CORRERÍAS EN BOSTON… 27

CORRERÍAS EN BOSTON                         … 26

Titulo: Una noche en Boston

Autor: yeya-wc

Resumen: Dean sorprende a Sam con una vida secreta, una donde pensó dejarlo todo, incluso las cacerías.

……

   Así que no fue extraño que le aguardara esa tarde, ni que le recibiera con un beso, que respondiera cuando el otro, en su serio traje, le estrechara contra su cuerpo, bebiendo de su boca como un sediento. Las manos de Nicholas, recorriéndole, metiéndose bajo su franela, le excitó, y sonriendo contraatacó, ocultando el rostro en su cuello, olisqueándole con fuerza, sonriendo al notarle temblar, para luego lamer y medio morder, lengua que hizo delirar al abogado. Cayeron en la cama aún antes de cenar. Más tarde, todavía mareados por la experiencia, se sentaron a la mesa, aunque ninguno de los dos recordara cabalmente que devoraron, sólo que era carne, mucha. Y volvieron a hacerlo. Nicholas parecía no cansarse de tocarle, besarle, lamerle, ni él de montarse sobre su verga, literalmente, subiendo y bajando su culo con fuerza y ganas, hasta ordeñarla, momento cuando ambos se corría ruidosamente, para caer uno en brazos del otro y dormir por ratos, envueltos en el olor a esperma. Parecía… una luna de miel.

   La vida parecía idílica… hasta que Nick mostró ciertas costuras. Una de ellas eran aquellas llamadas que mantenía como en secreto (con Leslie, su prometida), aunque las atribuía al trabajo, alejándose para responder, fuera del alcance del oído del cazador, alegando que no era cosa de comentar sobre los asuntos de la fiscalía, o que le contara a los colegas del amante secreto. Dean, le creyó, no le interesaban esos menesteres. Pero luego el asunto tomó otro cariz, revisando la prensa le pareció encontrar un caso de fantasmas, saliendo para investigar. Se sentía mejor y fue grato cazar, pero al llegar le encontró frenético, caminando de un lado a otro, gritándole porque había dejado el teléfono, que qué hacía cazando. Eso le sorprendió, y una llama de rebeldía ardió en su pecho.

   -Es lo que hago, Nick, es lo que soy. Lo sabes. –fue la seca respuesta. Y notó que el otro se congelaba, no contento pero controlándose a duras penas.

   -Sí, pero… Joder, llegué y no estabas, y no pude comunicarme contigo. Y pensé… Imaginé mil escenarios. Tú, caído al pie de las escaleras de un sótano, sin poder levantarte, sangrando. Tu boca llenándose de sangre y… -jadeó, retrocediendo, apoyando el trasero del respaldo del mueble, mostrando tal horror ante la idea que Dean se sintió culpable. Y si, la preocupación había sido real, y odió ese sentimiento, pero también le manipulaba.

   -Lo siento. –rodó los ojos, sintiéndose un cabrón.- Te avisaré cuando vaya a salir. –concedió, notando que eso no le hacía totalmente feliz.- ¡Debo cazar! Alguien debe detener a los monstruos. –se defendió argumentando, notando que el otro seguía tenso, pero asintiendo.

   -Lo sé, lo entiendo, racionalmente lo hago, pero… Lo que haces es tan peligroso, me mata imaginar… Pero es importante. –le miró con adoración.- Eres un maldito héroe. –fue a su encuentro, ligero, sabiendo que llegarían los besos.- Un maldito héroe pecoso y sexy. –le abrazó y se besaron, Dean respondiéndole, olvidando sus reclamos.

   Pero, desde ese momento comenzó a reportarse… Cosa que al otro hizo feliz, prometiéndose que luego le llevaría a dejar la cacería. Le ofrecería algo mucho mejor, algo por lo cual vivir y a lo cual aferrarse, lejos de los cazadores, la familia disfuncional y su necesidad de revalidar su vida mediante un asunto tan peligroso. Nick le quería bien, y feliz, para él.

   Y, tal vez, pudo haber triunfado, pero no jugó bien una carta, una sola, que terminó cayendo de su manga. No fue por falta de maniobras.

   Nick intentó de todo por retener a Dean, satisfaciendo todos sus caprichos, muchos de ellos extremadamente simples, como trabajar en motores de autos clásicos que representaban para este un desafío, y conocía dónde los había, dejándole allí, perdiéndose el cazador en el reto; tomar cervezas, comer pizzas o hamburguesas, era fácil. Y el sexo. Era una locura todo lo que podían hacer en casi cualquier lugar. Había una necesidad física básica en Dean en esos momentos, de ser tocado, lamido, mordido, a veces tratado con rudeza, como descubrió una tarde cuando, estando ambos en bóxer, sobre la cama, discutían por el control remoto del equipo de video y Dean cayó sobre él, intentando arrebatárselo, ofreciéndole la visión de su magnífico trasero redondo bajo la suave tela del bóxer (uno suyo, parecía reacio a los regalos de tipo más directos), y le dio un manotón, sintiéndose increíblemente caliente, especialmente cuando el rubio soltó un jadeo, meneándose sobre su regazo, mientras una brillante luz de sus ojos le cegó y la sonrisa era mórbidamente erótica.

   -Eres un chico malo, Dean. –se dejó llevar, azotándole suavemente otra vez, con la mano abierta, encontrándolo increíblemente erótico.

   -Si, lo soy… Hummm… -le respondió este, con cachondez. Y la mano subió y bajó, suave pero firme sobre esas turgentes nalgas, mientras Dean, muy enrojecido, se refregaba de él, riendo.

   Esos detalles de la vida juntos en ese apartamento, eran buenos. Gratos. Otros no tanto. Como discutir porque quería salir a cazar, también como una necesidad, víctima de un exceso de energías que ni el sexo agotaba. Eso les enfrentaba aún. También el que llamara o buscara a cualquiera de su pasado, gente que parecía especialmente desabrida afectivamente. Siempre querían algo, que hiciera esto o aquello ya que estaba en la zona. Nada más. Pero eso era bueno, a la larga; cuando una de esas charlas terminaba, generalmente el joven preguntando por el paradero de su padre, volvía a él, a sus brazos, inconscientemente buscando calor y consuelo. Y él se lo ofrecía, con abrazos fuertes, sin mimos o palabras, que terminaban cuando se miraban, ojos oscuros de lujuria y se besaban para reiniciar el sexo.

   Nicholas Stanton vivía en el cielo, con ocasionales caídas en el infierno. Verle, o saberle de cacería a pesar de las disputas, siempre agregaba un elemento desagradable. ¿Y cuándo coqueteaba? Para el abogado era sencillamente una tortura china cuando salían a comer algo, o tomar en una tasca para dejar por un rato el apartamento, cuando le miraba guiñarle el ojo a una camarera, o seguir con los ojos el trasero de alguna fulana, y ocasionalmente algún chico, quien se veía todo rojo y emocionado. Para ser totalmente honestos, parecía que Dean no debía hacer mucho como no fuera llegar a un lugar, dejarse ver, o sonreír, o alzando una ceja para que todos alrededor desearan lanzarle los tejos. Y estaba esa pasión, esa persona que fue tan importante en su vida, cuyo abandono le destrozó. El rubio nunca hablaba de esa persona, a la cual el abogado odiaba intensamente, no tanto porque le lastimara, que algo de eso había, sino porque era obvio que el pecoso no le había olvidado. No del todo, al menos. O todavía. El tal Sam.

   Lo sabía ilógico, pero deseaba absorber y ocupar cada segundo de la vida de ese joven hermoso, sensual y voluntarioso, pero este no se lo permitía. No completamente. Dean se dejaba querer, o le buscaba cuando le necesitaba, y no podía negarse a nada de ello. El rubio era capaz, estando solos, mientras preparaba dos bebidas, únicamente en bóxer, llegar a sus espaldas y saltar a ellas, rodeándole el cuello con los brazos, las caderas con sus piernas, riendo como un chico. Y su peso, el calor, su cuerpo, saberle también sólo en bóxer, era suficiente para que las bebidas se olvidaran y cayeran en la zona plana más cercanas, porque tenía que besarle, acariciarle, saberle bajo su cuerpo, estremeciéndose. Y, luego de tan maravillosos momentos, desaparecía una tarde, un día, o dos. Y las discusiones eran grandes, aunque el cazador bajaba la mirada y parecía apenado por haberle preocupado, prometiéndole, siempre, que tendría cuidado, que le llamará. Que siempre regresaría. Nicholas no era tonto, sabía que enfrentaba una voluntad demasiado dejada a sus maneras, cambiarle le llevaría tiempo, pero contaba con los recursos y los días. Porque, para ese entonces, cada segundo libre de su trabajo y de la apretada agenda social dictada por sus planes futuros, los quemaba con el rubio, a veces tan sólo sentados viendo un juego de beisbol, sus piernas enlazadas, haciendo ambos todo tipo de comentarios estrafalarios para molestarse.

   Claro que, aunque juraba que balanceaba muy bien su agenda, todos notaron cierto cambio, sus ausencias, las horas perdidas sabía Dios en dónde. O con quién. Comenzando en la oficina, donde parecía extrañamente impaciente cuando algo le retenía después de horas.

   -Hace días que no te veo. –le comentó en una ocasión Rebecca, con un brillo irónico en sus ojos.

   -¿Ocurre algo, cariño?, habíamos quedado en que pasarías por mí para ir juntos a la cena con los Setton. –le telefoneó una tarde Leslie, cuando estaba en el apartamento con Dean, en bóxer, disponiéndose a ver un juego y devorar una obscena cantidad de palomitas de maíz.

   -Yo… Yo… ¿Era hoy? No sé si… -Dios, no, no quería salir. Y temía que Dean le mirara en esos momentos y preguntara algo. Le molestaba el que…

   -Es hoy. Y es importante. Nos vemos allá. –fue la réplica de Leslie, esa vez, cortando la llamada.

   Maldiciendo interiormente debió despedirse del rubio, quien le miró con un puchero inmenso, aunque luego no lo reconocería como tal. A Nicholas le costó mucho, mucho, dejarle. Fue cuando entendió que el pecoso cazador se le había convertido en algo mucho más importante de lo que había imaginado que llegaría a ser. O le permitiría llegar. En ese entonces sintió que prefería quedarse allí, en ese apartamento, los dos en el sofá, con el gran bol de palomitas de maíz, mirando el juego uno prácticamente sobre el otro, a asistir a esa cita que era, en verdad, un asunto de negocios, un ladrillo más en su camino a dirigir la fiscalía de Boston. Si, le costó irse, habría preferido quedarse y ser… feliz en ese momento con Dean; pero lo hizo. A tratar con Leslie y los Setton, que podían apoyarle en una campaña. Escogió y no supo valorar en toda su extensión lo que ya tenía en ese entonces, y que dejaba atrás en aras de algo que esperaba fuera mejor. Aunque la cosa, mientras salía, fue aún peor que todo eso, por un segundo infinitesimal consideró la prudencia de acabar la relación con el rubio, al menos hasta después de la boda y la elección del fiscal. Sin embargo, la sola idea le provocó tal angustia y desazón, un dolor tan nuevo en su vida satisfecha de hombre que siempre ha tenido lo que desea que no pudo tolerarlo.

   No, Leslie y Dean continuarían en su vida, los necesitaba, o quería, a ambos en su vida, era la única manera. Como muchos hombres antes que él, en la misma posición, creyó poder asar dos conejos a la vez. Y, como suele ocurrir, uno se le quemaría…

CONTINÚA … 28

Julio César.

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