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LOS CONTROLADORES… 45

agosto 19, 2017

LOS CONTROLADORES                         … 44

   -Ven por todo lo que te gusta, marica.

……

   No lo piensa más, de hecho no piensa, va tras el sujeto, moviéndose lenta, incómoda e irritantemente dentro del atestado vehículo. Todo el mundo se estorba, todos odian el roce. El calor, la humedad y los olores de gente que lleva todo el día en las calles, en diferentes oficios y tareas, dirigiéndose a sus casas, llena el espacio. Es una mezcla que, generalmente, no era muy grata. Y el gordito, en particular, era especialmente oloroso. No a violín, a peste de axilas, era como si hubiera sudado mucho, incluida las ropas, se hubiera secado, sin cambiarse ni bañarse, y volviera a sudar otra vez. Y otra. Así apestaba el tipo tras el cual se coloca.

   Este, sintiéndole, muy cerca, otra persona más presionándole, le lanza una mirada irritada. Ya tiene el metálico respaldo del asiento clavado en su entrepiernas. Es cuando el sujeto, un moreno claro y atractivo, de esos a los que odiaba porque las mujeres los aman y él nunca se podría parecer, se le pega. Así de simple y directo. Llegó, se detuvo detrás de él, montó una mano en el tubo que cruza el techo y le pegó la pelvis del culo. Parpadeando, ceñudo y molesto, lo siente, el contacto firme. Nada de sutilezas, de roces accidentales o disimulados. No, el tipo vino y le pegó el güevo del culo. Así lo piensa, porque… Es cuando parpadea aún más, confuso. Si, ese tipo tenía el tolete bien parado; duro, tieso, caliente a pesar de las ropas que los separaba. Pulsante. Eso también lo nota. Esa tranca de tío, verticalizada en la pelvis, estaba latiendo contra su culo, como si lo deseara. Sorprendido, intenta apartarse un poco, echarse hacia adelante, pero el tubo del respaldo no lo deja. Y ese carajo, respirando algo pesadamente tras su cuello, bañándole con el aliento, tiene las santas bolas de comenzar a frotarse, muy imperceptiblemente pero evidente, lento y deliberado para que lo note, de arriba abajo.

   El gordito traga en seco, alarmado por la situación, era algo que nunca antes en su vida le había pasado, que otro hombre le diera semejante refregada. Y ese bicho parecía largo, duro, con ganas de culiar. La idea le llega claramente, confundiéndole, consiguiendo que su sangre corra con fuerza en sus venas: era un güevo que evidentemente quería culo. Pegar la cabeza, mojada, de un agujero peludo y cerrado e ir enterrando esos pelos mientras iba entrando, centímetro a centímetro después de vencer la resistencia del esfínter, robando una virginidad. El gordito siente que su corazón va a dejarle sordo por la manera en la que martilla y hace que su sangre corra ante otro pensamiento que parece certeza: seguro que me dolerá si me la mete.

   ¡No, no!, se grita mentalmente, cara confundida. Debería estar gritándole ya, ¿no?

   -Oye, amigo, deja espacio, ¿no? –es lo único que puede gruñir, bajito para no llamar la atención, por alguna razón se sentía débil, vulnerable en aquella situación y no deseaba fuera notado por la gente alrededor, casi todos otros hombres. Sus ojos se encuentran, y le eriza no ver en esa otra mirada sino intensidad. Ganas. Unas ganas que adivina cuando el tipo, por toda respuesta, lo que hace es pegársele más, haciendo más evidente su refregar de perro, arriba y abajo, casi empujándole con la pelvis; ese tolete casi metido entre sus nalgas algo gordas.

   -Lo tienes caliente. Quiero tu caliente coño de chico.

   -¿Qué? –la boca se le secó, ¿acaso ese tipo estaba loco? ¿Por qué no se detenía? ¿Por que seguía refregándose? Y… ¿por qué, él mismo, empujaba su culo hacia atrás ahora? No sabe exactamente cuándo comenzó, o por qué, pero de alguna manera, tal vez para convencerse si la cosa era cierta o no, había proyectado su trasero. Para verificar el asunto, que sí, que ese tipo se le pegaba, que le tenía el güevo montado contra las nalgas, y que estaba duro. De alguna manera su trasero se había como sensibilizado para tal comprobación.

   -Quiero tu coño. –fue la respuesta mecánica.

   -¡Hey! –todavía no respondía algo adecuado a aquello, cuando ese tipo se suelta del tubo, autobús en plena marcha, y lleva las manos a su bragueta, abriéndole la corre, el botón del pantalón y el cierre.

   ¡Allí, en pleno autobús lleno de gente! Y él no hacía nada para detenerle…

……

   -¿Lo notas? –la joven le pregunta a su acompañante, con quien camina tomada de la mano, como si fueran novios o algo así (no quieras ponerle nombre a nada; no empujes Joanna, no empujes, se recordaba), mientras recorren el pasillo del Centro Simón Bolívar, el cual parecía algo umbrío, descuidado. Arruinado, apagado el brillo de ayer. Iban rumbo a un lugarcito donde vendían unas hamburguesas increíbles, sin embargo. Tanto que, aunque no habían llegado, ya sentían el agradable aroma.

   -Si, y eso que no tengo ninguna habilidad empática. –gruñe René, el hombre joven de piel aceitunada y aire medio árabe con el cual la joven pasaba sus buenas horas en la cama; se ve ceñudo, más curioso que mortificado. Mirando a todos a su alrededor.

   Las personas que pasan y se cruzan con ellos muestran una curiosa expresión… vacía. Especialmente las mujeres. Caminaban en línea recta sin mirar vidrieras, hablar por teléfono o hacer contacto visual con alguien. Incluso parecía que se alejaban. Que iban abandonando el lugar, los pasillos del Centro. Los hombres eran otra historia. Estaban detenidos, de espalda a las vidrieras o paredes. Mirando a todo el que pasaba. Sus ojos también parecían carentes de expresión, pero las pupilas buscaban. Cazaban. Sintió sobre sí, no sobre su bonita acompañante, miradas de interés, evaluadoras, unas que se volvían confusas, luego desdeñosas. Suspicaces. Era como si preguntaran algo, algo esperaran ver, y él no diera la respuesta adecuada.

   -Debe ser cosa de los controladores. –grazna Joanna, bajito, interpretando también la situación.

   René va a responder, pero no tiene tiempo. Un policía municipal, joven, bajito, mal encardo, les corta el paso. Su mirada, vacía al inicio al ir de uno a la otra, luego parece hostil.

   -Circulando, ciudadanos. –les gruñe, volviendo el rostro hacia una salida del Centro.

   -Vamos  comer algo. –responde Joanna, suave. Este los mira, frío.

   -¡Circulando! –repite con agresividad.

   -No hacemos nada malo. –se altera René, nunca muy paciente. Y nota que el joven policía alza la barbilla, como esperando la respuesta. Y que tres tipos, parados por allí, sin hacer nada, como esperando, se acercan, sin intercambiar palabras o miradas entre ellos, coordinados por algo externo. Y la idea era fascinante, y perturbadora.- No queremos problemas. –les mira, indolente.

   -Cédula. –pide ahora el joven agente. Agresivo. Los otros se acercan más.

   -Mejor nos vamos. –sonríe Joanna, tensa.

   -No, ahora no. ¡Identificación! –repite el joven, un brillo nuevo en sus pupilas. Agresividad, una alegre, evidente. Sentimiento compartido por los otros. Jóvenes osos buscando pelea por pelear.

   -Ya escuchaste. Tú y tu perra… -comienza otro de los presentes.

   -Váyanse a la mierda. –responde entre dientes René, abultando sus mejillas, frunciendo los labios y soplando muy suavemente, muy contenido, haciéndolo así porque en cuanto soltó su frase, Joanna le había montado una mano en el codo, para que se detuviera, o que actuara con mesura.

   Sopla, suave, muy leve, apenas una bocanada que no agitaría una telaraña, pero los otros cuatros, al frente, parpadean y comienzan a boquear, como si no pudieran respirar. Se inicia poco a poco, pero luego rojos de caras, inspiran ansiosamente en busca de oxígeno, uno que parece haber desaparecido. Uno de ellos se dobla de rodillas, los otros se alejan tambaleándose. ¡Se estaban asfixiando!

   -Vámonos. –la joven le gruñe, halándole del brazo.- Y deja de sonreír así. Eres aterrador.

   -Oye, ellos se lo buscaron. –se defiende, volviendo la mirada, ya parecían ir recuperándose. Era una pena, si Joanna no hubiera estado allí se habría divertido atormentándoles por abusadores.

   -Dios, esto está empeorando. –jadea ella, que rueda los ojos cuando la mira con evidente confusión.- ¿No lo ves? Los controladores están tomando la ciudad. Lo que hacen no nos afecta, y los controlados terminan notándolo… Y es posible que la agresión que intentaron fuera una respuesta programada. Tal vez deban ir contra todo el que no se someta. En ese caso…

   -Todo anómalo en esta ciudad corre peligro. –termina él, maravillado. ¡Vaya con esos bichos!

   -Y todo es culpa de Sombrío. –farfulla ella, resentida.- Nos pone a todos en peligro. Es un traidor.

   -Tal vez trabaje con ellos. Y tal vez debas dejar que yo me ocupe de él. –sugiere, alarmándola.

   ¿Ir contra Sombrío? La idea le parecía repulsiva, inconcebible, y se pregunta si el otro no la habría programado para que le fuera fiel. Aunque, viendo como estaban las cosas, era una idea. Un camino desagradable que tal vez habría que tomar para salvar a la mayoría de la locura que los controladores desatarían. O ya habían desatado. Es consciente de las hostiles miradas a su paso.

……

   -No, no, espera, ¿qué haces? -el hombre joven y gordito, mal vestido y apestoso a sudor no puede creer que ese otro tipo esté abriéndole el pantalón en medio de un autobús atestado de personas, y que sube al barrio, mientras le refriega de las nalgas un tolete que siente totalmente duro, caliente, pulsante… extraño.

   Gruñéndole al oído como un mantra que quiere su coño, llenar su coño, llenarlo con su güevo, todo ello le parece una locura al gordito, pero no puede hacer nada por detenerle, no se siente con fuerzas, aunque, a última hora, atrapa una de las perchas del pantalón, sosteniéndolo en su lugar, en la parte delantera, cuando el otro se lo baja por detrás. Enrojece, de vergüenza, porque lleva un bikini baratón de licra, verde chillón, de mal gusto, el cual dejaba ver el nacimiento de su peluda raja, y cuya tela estaba casi toda clavada entre sus regordetas y algo blandas nalgas. Todos verían que usa esa mierda… La idea le llena la mente (no que un carajo le hacía eso), embargándole de horror y emoción, su corazón bombeándole con fuerza en el pecho. Y a duras penas contiene un jadeo cuando el tipo vuelve a pegarle la pelvis, y el güevo, del trasero.

   -Bonitas pantaletas. Pero yo quiero tu coño. –el gordito siente la mano que entra en el borde del feo y barato bikini, bajándolo, exponiéndole.- Voy a coger tu coño… aquí y ahora.

CONTINÚA…

Julio César.

FASCINANDO SOLO OBSERVANDO

agosto 19, 2017

EL MOMENTO ESPERADO CADA TARDE

   Ya se estremece sintiendo su mirada…

   Le encantaba ejercitarse, cultivar su cuerpo en arduas horas de gimnasio. A su novia no le interesaba, no más allá de una inicial fascinación de enamorada. Otros eran como él, en el gym, y aunque era grato compararse secretamente en esos momentos, debía compartirlo con ellos, que también tenían lo suyo. Y eso no le gustaba. Por ello, cuando el vecino le alabó el corpachón, un tipo flaco y reilón, de dientes grandes, casi le obligó a ser testigo de sus rutinas, encontrando en el brillo de sus ojos, mientras recorría su musculoso cuerpo, un estimulo nuevo que calentaba su interior, obligándole a mostrarse más y más. Cada vez más encerrados para esos show, cuidando que no llegaran de improviso las novias y los pillaran. Cada vez en una trusa menor, más chicas, apretaditas, bien llenadas y mojadas. Más estremecido al flexionar ante los gruñidos roncos del otro, los “sí, sí, enséñamelo, muéstramelo todo”. Temblando a pesar del tamaño cuando las flacas manos ahora le aplicaban el aceite, lentamente, endureciéndosela bajo la trusa, cerrando los ojos y respirando pesado cuando esas manos iban y sobaban su trasero… prácticamente lubricándole el agujero.

   Oh, sí, eso iba a terminar muy mal… para su novia descuidada.

Julio César.

INTELIGENCIA

agosto 19, 2017

SOLOS

   Cuando leo todo lo que se dice, del lado “opositor”, de la dirigencia a la que aplaudíamos hasta ayer por derrotar al Gobierno en las parlamentarias, obligándoles a caer en el delito de dar un golpe de estado que los desnudó frente al mundo como ilegítimos y luego como represivos al tener que matar gente para sostenerse; lo que esos mismos necios repiten de gente como Leopoldo López y su esposa, (el placer de creerle al Gobierno); y lo mucho que gritan para entregarles todas las plazas al régimen en unas elecciones que tiñan de rojo rojito el mapa (“¿lo ven?, Venezuela está con nosotros”, dirá Maduro), alegando que con este CNE no se puede ganar, aunque se arrasó en esas parlamentarias (7 a 3), sólo queda asentir a lo que dice Rafael Poleo: quien está ganando es el G2 cubano. ¡Y cómo lo han insultado por eso!, ¿creerán que así dejará de ser cierto?

Julio César.

LOS HEREDEROS… 6

agosto 19, 2017

LOS HEREDEROS                         … 5

   Bolas azules, cuando se piensa que se va a gozar y…

……

   Elías no necesita observarlo especialmente, cuando él mismo responde al fuego, chispas saltando contra la tela metálica. Es bueno con las armas, pero todo fue rápido, profesional. La moto se aleja, rauda, dejando detrás el cuerpo caído de lado de una anciana medio encorvado. ¡La habían matado! A Anastasia Palicki, la extraña mujer mayor que sostenía saber y tener las pruebas de que al comandante presidente de Venezuela lo habían envenenado.

   El drama ante sus ojos le impresiona por una breve fracción de segundo, cuando ya se despega de la ventana y echa a correr fuera de la habitación, arma en manos, lanzándole una furiosa mirada a la puerta cerrada del otro lado del pasillo. Claro, aún con dos consideraciones en mente: el grito de alguna mujer situada cerca del lugar de los hechos, una testigo, y el recuerdo de la anciana saliendo disparada hacia atrás bajo el impacto de las balas, golpeando unos botes de basura estacionados allí, como en una mala película, derribándolos mientras caía de costado, con un sofocado grito, tal vez de sorpresa, o rabia. O miedo. Una mujer vieja, pequeña y frágil había sido asesinada. ¡El miedo qué debió sentir!

   -¡Cerruti! –ruge, furioso, sin detenerse, dando un golpe en esa puerta con un pie.

   No se detiene pero la oye abrirse cautelosamente, ¿qué habría estado haciendo el pajúo ese? Tal vez eso, un paja mientras la anciana a la que se suponía que debían proteger (en realidad extraer de su hábitat y llevársela al hombre fuerte del Gobierno), salía a fumar y le pegaban tres tiros. La rabia lo ciega, contra su compañero, por displicente (cosa extraña en él, debe admitir, pero aparta la cuestión por irrelevante ahora, ¡está furioso!), contra la anciana insensata que sabía su vida corría peligro y aun así salió, sola, a despoblado. Y contra sí mismo. Especialmente contra sí mismo. Había dejado que todo ocurriera. Bajó la guardia. Descuidó la vigilancia por estar pensando en meterse dentro de los pantalones del botones, preguntándose si usaba bóxers, trusas o bikinis; así, el temor que no tomó en serio, el de una mujer que temía por su vida se hizo realidad. Con paso de caballo al trote recorre el pasillo, empuja con el hombro la puerta que da a las escaleras y alarma a una parejita joven que subía, buscando un cuarto para follar en la tarde en lugar de estar en el colegio, quienes al verle con esa cara de matón, rabioso, arma en mano, volando por los escalones de tres en tres, se asustan. Aunque no tanto como para irse, el chico ya había pagado la habitación y no había devolución.

   -¡Llama a la policía y una ambulancia! -le grita Elías al hombre viejo tras la recepción, que parece turbado, seguramente habiendo notado algo. O por los gritos femeninos que se repetían en aquel costado del establecimiento. Parecía estar matándola a ella también.

   Sale, cegándose por el sol, tenso, rostro pétreo, mirada atenta, arma alzada frente a su rostro. Nada. La moto se había retirado hace rato. La perspectiva de un enfrentamiento (lo deseaba, en verdad, aunque no esperaba que ocurriera, si eran profesionales), le eriza la piel. Su corazón bombea con la adrenalina suficiente para acabar con un ejército.

   -¡Silencio! –ruge, sin volverse hacia la mujer parada a un lado de la puerta, una camarera del hotelucho, cigarro en mano también, una que tiembla bastante. Aparentemente en esa tierra de nadie se refugiaban todos los acosados por la prohibición del tabaco y el humo. La mirada la tiene clavada, algo apenado, en el cuerpo pequeño y frágil caído, la nuca cubierta con la llamativa pañoleta, el bolso abandonado fuera de su hombro. Un bolso que cuidaba tanto.

   Siente un renovado furor, contra sí mismo. La mujer no le había agradado, ni un poquito, pero había confiado en él, tanto como para poner la vida a su cuidado. Y le había fallado. Las manos se le tensan sobre el arma que aún sostiene en alto, los abultados bíceps casi haciendo estallar las mangas de la camisa. Pobre diabla. Con la boca seca, con un saborcillo cobrizo en la lengua va hacia ella, apenado, o todo lo que puede un endurecido hombre que se ha dedicado al mundo de las operaciones oscuras, y a las contra operaciones. ¿Cómo llegaron hasta ellos? ¿Quién sabía que pernotarían allí? La cosa era sencillamente imposible, él mismo no se había decidido por ese hotelucho hasta que tuvieron que parar ante la negativa de la anciana de continuar, temerosa por su vida si llegaba a Caracas. ¿Entonces? La duda penetra su mente. Cerruti.

   Él debió avisarle a alguien. Era la única explicación aunque le costara creerlo. El tipo era cabal y leal a su deber. No eran amigos, no confiaba en el catire ese, pero… Doblando las rodillas, la tela del pantalón tensándose al límite sobre sus muslos y trasero, la camisa demarcándole la espalda recia (le gustaba lucir así a los ojos de los chicos), se inclina sobre el cuerpo, casi encogido sobre sí, como si en medio de la agonía, la anciana hubiera adoptado una posición fetal de auto protección. Había poca sangre. Se tensa, los dedos se cierran sobre el arma y se vuelve desde su posición, apuntando hacia la entrada a ese callejón lateral, provocando otro grito de la mucama, quien todavía temblaba pero continuaba allí, mirando mórbidamente fascinada todo aquel drama. Elías Rodríguez, tragando en seco, ceño muy fruncido, apunta a su colega, Antón Cerruti, quien lleva su arma de reglamento en una mano, pero apuntando al piso.

   -¿Qué diablos pasa contigo? ¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar vigilando desde…? –pregunta este, ceñudo también, mirando al enorme oso inclinado junto a un cuerpo que se parecía curiosamente…

   -¿Qué estoy haciendo? ¿Qué coño te parece qué hago? –ruge molesto Elías, convencido de que le acaba de estallar una venita en el cerebro al escuchar preguntar eso al catire de cara ancha, bigotillo como pelusa, ojos clarones que despertaban admiración en las féminas del cuerpo. Un tipo atlético, joven al ir finalizando los veinte, ancho pero no obeso. Fuerte. Todo eso ya lo había notado antes, gustándole sexualmente los machos, pero sin sentir el menor interés por él, aunque, claro, le ha dado una que otra mirada cuando se cambian en medio de una operación. Joder, tampoco era de piedra, y tenía buen cuerpo. Y un macho en bóxer o trusa… En ese momento quiere gritarle, le oye hablar pero no le para bolas y se vuelve hacia el cuerpo caído, oprimiendo un delgado hombro, aún tibio, volviéndola. El shock le paraliza toda función mental, no así el físico, salta y se endereza como empujado por un resorte.

   Aquella anciana muerta no era su encargo, no era su anciana. Era otra anciana muerta, una que llevaba la pañoleta y el bolso de Anastasia Palicki. Parpadea, boca seca, mientras Cerruti se acerca, confundido, él no vio ningún asesinato por una ventana, ni supuso que era la fulana anciana. Un cebo, la idea penetra la mente de Elías como una tromba de agua. A esta anciana la habían usado de cebo para obligar a unos asesinos a manifestarse. Alguien la puso allí, le dijo ponte esto, cuélgate esto otro, camina de tal manera, sal a fumar. Pero, claro, no le dijeron que alguien la mataría. La enviaron como vaca al matadero.

   Anastasia Palicki. La vieja hija de…

………

   De espalda sobre su cama, Ricardo Amaya olvidó la franela rasgada y estar sobre su cama apestando a camarón de río cuando Sergio Luna, medio bajándole el pantalón, atrapó en un puño su tolete y comenzó a darle lengüetazos en sus bolas peludas, como todo él. O lo olvidó todo lo que pudo con su, muchas veces, mente quejumbrosa (joder, le gustaba esa franela, y con tantos gastos no podía comprar cosas nuevas; ni pagar tanto en lavandería, si al caso íbamos, y sacar el olor a camarón…), pero sí, todo lo olvida con un largo gemido de gusto cuando la boca del otro carajo atrapa su bola derecha, cubriéndola, lengüeteándola, succionándola y halándola, al tiempo que le masturba la barra; el recio puño masculino (muy distinto a cuando se lo atrapa una mujer, esto era más firme, exigente, como le gustaba), subiendo y bajando apretaba muy bien; las dos pieles ardiendo por segundo.

   Lloriquea sin ninguna vergüenza cuando su otra bola, de alguna manera, también queda atrapada en esa aspiradora que el otro tiene por boca, y que le hace notable a la hora de mamar güevo… O lamer culo. En lo que también era muy bueno. Bastante que le había hecho delirar cuando le trabajaba con ella, bañándole de saliva. Práctica a la que antes de Sergio, no era tan aficionado. Pero, coño, esa lengua se metía de una manera que le dejaba maluco, con la pepa alborotada esperando güevo para calmarse. El otro era bueno en el sexo homosexual. Era evidente que, a pesar de sus reparos, de buscar sólo citas a ciegas de un rato en las duchas de los gimnasios, se había aplicado. Eso o a sus mujeres les gustaba que también se las metiera. Por allí.

   Como sea, el algo relleno tipo, bajito y muy velludo, sonríe beatíficamente, tomando una almohada y acomodando su cabeza, disponiéndose a disfrutar en toda la regla de una buena mamada de güevo; de todas esas haladas y chupadas, algo que un hombre siempre agradecía. Y jadea cuando sus bolas son liberadas, mojadas de tibia saliva, y la mano sobre su tranca aprieta subiendo y bajando, lentamente, el pulgar sobre el ojete de su glande, presionando sabroso. Lo siente, primero el aliento pesado de Sergio bañándole la base, la lengua de este titilando sutilmente en ella, entre los pelos, las bolas y el tolete, subiendo siguiendo el curso de la gran vena de la cara posterior, la punta de esa lengua dándole pequeños azotes sutiles, excitantes y enloquecedores, subiendo y bajando. La lengua, pegándosele totalmente, sube lentamente, recreándose en su vena caliente que seguro la quemaba. ¡Dios, lo tiene tan duro y le late tanto! El agarre en puño se libera un poco para que Sergio suba lamiendo como quien disfruta una chupeta, hasta alcanzar el glande, azotándole el ojete bañado en licor.

   -Hummm… -gimotea sin ningún pudor.

   -Esto si te gusta de mí, ¿verdad? –tiene que abrir los ojos ante el tono levemente acusatorio del otro, encontrando su torturada mirada, los labios muy cerca de su glande.

   -Por Dios, ¿acaso vas a continuar…? –aunque era difícil encontrar fuerzas para alterarse y seguir discutiendo en un momento así, lo va a hacer.- Ahhh… -pero toda queja muere cuando la boca del otro cubre la punta de su tolete, los labios presionándole el cuello, succionando, la lengua tocándole, caliente, móvil. La sensación de vacío lujurioso es tan intensa que siente un escalofrío recorrerle todo, y aprieta el culo inconscientemente mientras sube las caderas.

   Quiere, por encima de todas las cosas, que se lo mame, que lo cubra y… Lanza otro gemido cuando esa boca va haciéndolo, descendiendo centímetro a centímetro sobre el más que vistoso tolete. Y mientras lo hace, mientras aprisiona con sus labios, mejillas y lengua, con la frente muy fruncida por el esfuerzo de mirarle, los ojos de Sergio están clavados en los suyos. Joder, si, era tan excitante ver a otro tío tomar tu güevo, piensa, especialmente uno como ese, tan guapo y masculino. Y más joven. Tomándolo todo como si le gustara que jode.

   Fuera lo que fuera que Sergio estuviera sintiendo en esos momentos, y pensando de él, para Ricardo era evidente que disfrutaba subir, dos o tres centímetros, y luego bajar, la misma distancia, sobre su tolete duro, sorbiendo. Le gustaba mamar güevos, o al menos el suyo. Por alguna razón tiene la idea de que el otro era siempre más activo en esos menesteres, acostumbrado a esperar que otros le hicieran y complacieran. La boca baja más, entre ahogados “aggg”, la saliva corriéndole por el tronco, caliente y espesa, el aliento quemándole. Y lo agradecía, independientemente de los problemas de comunicación que tuvieran (cables cruzados, quiero y no quiero esto), gime en la dicha cuando esa boca sube y baja, apretándole, halándole y chipándole el güevo con nuevos bríos, estimulándolo las mejillas, esa lengua que parecía al rojo vivo contra su sensible piel.

   Cierra los ojos otra vez, dejándose llevar, sonriendo aún más, mejillas más rojas, viéndose casi como un chicuelo a pesar de la edad; el rostro velludo, el cabello sobre su frente (parecía crecerle por segundos), dejándose llevar por la sensación de aquella boca que lo estaba mamando ruidosamente, con sorbidas poco elegantes si fuera la hora de comer, mientras una mano apretaba y daba suaves halones a sus bolas, las cuales era recorridas casi mimosamente por un pulgar cuando aquella boca se pegaba toda de su pubis, tragándole todo el tolete, y aún así sigue ordeñándoselo con la garganta. Y no necesita abrir los ojos para verlo, para comprobarlo, era algo que ya sabía, hasta por experiencia, que la vista de un  hombre devorando cada centímetro visible de un güevo tieso era una visión realmente erótica; y que Sergio tendría la frente levemente fruncida, los pómulos rojos, la manzana de Adán subiéndole y bajándole espasmódicamente. Especialmente si continuaba trabajándosela así.

   Recuerda la primera vez que chupó un güevo, uno joven, como joven era él mismo… Prácticamente comenzando la secundaria, en los baños del colegio, en uno de los privados, sentado en la tapa del inodoro, el compañero de estudios de pie, el tolete afuera del cierre del pantalón, ojos cerrados, gimiendo contenidamente mientras se lo cubría con la boca. Apresurado, nervioso, sintiéndose feliz y culpable al experimentar eso con lo que ya llevaba tiempo soñando en mil pajas en su cama. Disgustado porque el semen tocó su lengua. El alejamiento de ese amigo, quien tal vez contó algo por allí, por la manera en la cual le miraban los demás, le hirió. Pero luego le buscó, regresando por otra mamada. Y otra. Y otra. Él dándoselas, casi sin hablar. Parecían no disfrutar totalmente de esos encuentros, y sin embargo no podían simplemente pasar de ello. No encontrarse una tarde y hacerlo, era desagradable. Se sentía como haber perdido lo único importante de ese día. Si, ese chico del cual no recordaba mucho más que la forma de su miembro, había sido su primer tonto enamoramiento gay. Antes de, como se lo reclamó una tarde ese chico, herido y celoso en ese momento, la llegada de la bella y dulce (se lo parecía ene se entonces) mujer que sería su primera…

   Se congela, porque entre sus gemidos roncos y bajos escapados de sus entreabiertos labios brillantes de humedad, y las chupadas y sorbida de Sergio al subir y bajar, dándole espasmódicos besitos en el enrojecido glande, del cual manaban esos jugos que al otro encantaban, se escucha el sonido de su teléfono. ¡Justo en ese momento! Estridente, contundente. Una tonada de la película El Retorno del Jedi, Hacia la Trampa. Se oye obligándole a abrir los ojos, parpadeando. El otro parece sentirlo también, en aquel güevo que chupa, y lo suelta, mirándole ceñudo.

   -¿En serio? ¿Lo harás en este momento? ¿Dejarme colgado mientras atiendes? –exige saber.

CONTINÚA…

Julio César.

¿QUIERES…?

agosto 19, 2017

CUANDO LLEGA…

   -Hey, puto… -le dice al vecinito que no puede quitarles los ojos de encima.- ¿No quieres venir conmigo y mi pana para mi cuarto? Vamos a enseñarte algo.

   -Mi novia me habló de las prácticas privadas, pero no pudo venir. ¿No jugarías conmigo?

   -Vamos, chico, sé que te gustan. Tu papá es mi amigo y me ha contado de tus compañeros de estudio. Sólo juegos, ahora probarás una de verdad.

Julio César.

MANZOTOTE

agosto 19, 2017

EL PUNTO

   El chico encuentra una foto vieja de su tío, y entiende cuando dice que gozaba una bola con sus amigos en la playa. Deseando haber estado allí.

Julio César.

LOS GENERALES DE LA CONSTITUYENTE

agosto 19, 2017

LA ONU Y LA MENTADA DE MADRE

Torciéndolo todo…

   La verdad es que el mal que carcome al Gobierno no es cosa de este o aquel tarado, es como cuando hay piojos, todos están infectados. Cuando abre la boca y aleja a los chavistas, y a los amigos los transforma en enemigos (el viejo milagro de volver penes los panes), uno imaginaba que era cosas del ahora presidente de Venezuela, don Nicolás, pero escuchando al hijo, Nicosito, que llegó a formar parte de la Prostituyente, se entiende que sea lo que sea que le tiene en ese estado, a Nicosote (mental o adictivo), es cosa de familia. A unas amenazas que Donald Trump emitió, no a nombre suyo sino de su país (ese es otro que necesita un monitor, ¿será que si son estos los últimos días y los burros hablarán mientras perros y gatas cohabitan?), Nicosito, para ganarse los aplausos de la pequeña galería que le hace barra a la Prostituyente, grita que irá a Nueva York y atacará la Casa Blanca para detener al señor Trump. Irá a Nueva York. Por la Casa Blanca. Seguro que cree que la Gran Manzana es la capital del imperio. ¡Lo insólito fue que lo aplaudieron! Aunque la gente se veía como roja y miraban a los lados, apenada. Pena ajena. Y ese sujeto está allí, “diseñando” el nuevo país (y que me perdone Rafael Poleo por el título).

   Pero no es todo, la Prostituyente adelantó la convocatoria de la regionales, sin consultarle a nadie, y pretende dar carta de buena conducta a los candidatos de la oposición, tú sí, tú no, dependiendo de si han estado en marchas contra el Gobierno o no, reclamándoles el haberse robado todo el dinero y sumirnos en la miseria mientras violentaban la Constitución. Para ser candidato a gobernador o alcalde, no importa que se sea un reconocido ladrón, un incompetente que no puede ni cerrarse el pantalón antes de salir a la calle (pero muy bueno dando excusa y echándole la culpa a otros, ¿miren?, salió solita la definición de socialista), un violador de derechos humanos, un asesino fotografiado y grabado en mil videos, un famoso jefe del narcotráfico, sólo que no haya gritado contra un régimen corrupto, incompetente y violento, ¿qué tal? Más o menos eso pensó el país que terminaría pasando con la Prostituyente, por ello el ochenta y ocho por ciento del país desconoció el proceso.

Julio César.

ESPAÑA

agosto 18, 2017

   Mi más sentido pésame a los españoles por tan terrible acontecimiento, por tan cobarde ataque. Comparto el duelo de los catalanes que sufren y lloran por su gente amada caída en tan insensato, estúpido e inútil gesto de odio irracional. Mis mejores deseos para quienes velan los cuerpos de sus muertos para que en un momento dado sientan que pueden respirar de nuevo, que el dolor se vuelve un poquitico más tolerable, por difícil que sea creerlo. Un abrazo particular a toda la gente hermosa, cálida y amistosa que me ha brindado su afecto por años, desde allá; en este momento les aclaro que ese sentimiento es retribuido. Un beso, Marga, mi gitana catira que no bailas el tablao. En ti pensé primero y no respiré hasta saber que tú, tu nena y tu familia estaban a salvo. Así como tú siempre te preocupas por mí y los míos en estos tiempos oscuros, preguntándome regularmente sí puedes hacer algo por ayudarme. ¿Cómo no quererte, y a través de ti, suponer que todos son iguales de generosos, alegres y geniales? Igualmente a todos mis otros amigos, también a los conocidos que han partido buscando mejor destino.

EL PEPAZO… 77

agosto 17, 2017

EL PEPAZO                         … 76

De K.

   Tanto para ofrecer…

……

   Ceñudo, molesto, Raúl aparta la vista. ¡El maricón ese! La cosa parecía escocerle profundamente. ¿Cómo ese carajo, que convivía con ellos, que se la pasaba rascándose las bolas como si las tuviera de oro y todas las mujeres las desearan, le salía ahora con esa vaina?

   -Hummm… -se estremece de repulsa cundo le oye gemir, mirando aunque no quiere. Desde su punto de vista, observa lateralmente el extraño cuadro, todo el costado izquierdo del camarada de trabajo que yacía en cuatro patas, siendo embestido al unísono por boca y culo por tres toletes, que van y vienen coordinados, haciéndole delirar, tensarse, arquearse y babear mientras arroja su cuerpo de adelante hacia atrás, buscando todavía más de esos güevo. Dios, ¡ese maldito puto!

   Le cuesta un mundo no salir, encararles y gritarles que se detengan y dejen sus cochinadas; enfrentar al maricón ese, ¡pero ya vería el sucio ese lo que le esperaba! Todos iban a enterarse que era un puto marica. Comenzando por la señora. Luego los compañeros. Tendría que renunciar, ya no podría trabajar con él, no se sentiría bien. Y mientras se aleja, rojo de cara, molesto… también se siente incómodo. Joder, ¡una mañana le había sobado el culo! Recordaba bien ese momento, estando con Linares, en la quinta. Contreras se veía culón y… Coño, pensó que lo tenía terso, grato al tacto. Y la idea le hace rechinar los dientes de rabia. Todo había sido culpa del marica ese. Sí, eso. Por eso tenían que sacarle del trabajo. El pensamiento le brinda consuelo mientras se aleja, decidido a joderlo… Y no de la manera como se veía que le gustaba.

   -¡Oh, God! –ruge Taylor, con el rojizo rostro pecoso casi convulso, de emoción, de ganas, sintiéndose totalmente halado y chupado por ese culo que más bien parecía la mejor boca del mundo, una que le hacía la paja de manera simultánea. Pero no, no había nada mejor que enterrársela por el culo a otro tipo; sí era que uno iba a cogerse a alguien. Penetrar el culo de otro sujeto, especialmente a uno al que se acababa de conocer y que se desbarataba todo ante su masculinidad, casi daba poder. Y este culo en particular…

   Smith y White, turnando sus vergas chorreantes de saliva en aquella boca golosa de donde escapaban gemidos, miran al socio y saben que está a punto de caramelo. Clavándole los dedos en la cintura, afincándosele más, Taylor incrementa sus embestidas, su rojizo y grueso tolete sale y entra como un pistón de lo más profundo de ese agujero depilado, golpeando al otro con su pelvis y bolas, sintiendo ese recto atrapándole. La punta de su tolete chocaba de algo, lo nota, que parecía un pulgar jugando con su glande; todo ello enloqueciéndole. Aprieta los dientes, gruñendo algo en su idioma, y enterrándola toda, hasta lo más profundo, dispara su carga de leche caliente en un orgasmo que le parece insólitamente intenso. Y aunque no se mueve, tan sólo se corre, ese culo parece continuar chupándole la verga, succionándosela fuerte mientras se cerraba hambrientamente sobre ella. Se corre entre gritos roncos, masculinos, echando la cabeza hacia atrás, ojos cerrados, flotando en un clímax que aún a él le parece extraño, porque dura y dura.

   Demostrando que hacen esas cosas juntos, y que era peligrosa la boca de Jacinto, Smith y White retiran sus toletes babeantes de la cara del muchacho, para no terminar allí. Este continúa gimiendo al sentir las corridas de Taylor, arqueando la espalda, tensando todo el joven y musculoso cuerpo al sentir los temblores de la nervuda barra que llenaba sus entrañas, las cuales siguen apretando y succionando del venoso instrumento. Cierra los ojos, boca abierta, en dulce agonía, perfectamente consciente de los lechazos caliente que se derraman de aquel ojete, el glande sobre sus pepas, bañándolas rápidamente, una y otra vez. Una sensación tan poderosa que le hace flexionar los dedos de pies y manos. Y se corre también, sin tocarse, en cuatro patas. De su deformada tanga hilo dental, comprada a Fuckuyama, y de la cual no escapa el tolete o las bolas, si lo hace un chorro de esperma mientras alcanza un intenso orgasmo que le tiene todo tembloroso, uno que le hace reír levemente, alzando aún más el rostro, sintiéndose débil y poderoso. Con su agujero dándole un tirón fenomenal al la barra enterrada en él, por lo que Taylor vuelve a chillar, nunca habiendo experimentado una cosa así con los chicos que ocasionalmente ha cogido.

   -Oh, God… so perra… -gruñe el muchacho, tras Jacinto, clavándole los dedos en la cintura, como para sostenerse, ojos brillantes de calenturas, todavía envuelto en la vorágine de su clímax.

   -Aparta. –Smith le gruñe en tono seco, dirigiéndose tras el joven, la verga tiesa chorreándole jugos y saliva del muchacho, mientras camina y se le bambolea fuera del pantalón.

   A duras penas, como si aquel culo con sus hambrientas chupadas y halada le hubiera robado todas sus fuerzas (y él feliz de dárselas, reconoce el sonriente joven), Taylor retira su verga, centímetro a centímetro, disfrutando ese momento increíble cuando un sujeto ve su tranca todavía dura salir del culo de otro tío, uno al que sometió a su masculinidad, haciéndole gemir como perra mientras lo hacía. Y mira, como lo hace Smith, quien ya se agacha a su lado, como ese culo tiembla titilando salvajemente, abriéndose, dejando escapar algo del semen del joven y fornido marine, como deseando más. Los dos hombres intercambian una mirada, sonriendo de manera torcida. El culo de un hombre chorreando la leche de otro, siempre era un espectáculo caliente. Jacinto, por su parte, todavía temblando por un orgasmo que no parece interrumpírsele, deja su culo alzado, pero su torso cae sobre la fresca grama, mientras sonríe ronroneando, casi lloriqueando por el intenso estallido de placer que vive. Uno obtenido por el uso de su culo. Mamó güevos, claro, y todavía chasquea la lengua saboreándolos, pero la sensación de aquella joven, dura, gruesa y cálida barra refregándole las entrañas, dándole allí, justo allí, fue todavía mejor.

   -Mi turn… -oye a lo lejos la voz de Smith, y sonríe más, temblando con anticipación.

   Si, la quiere. Su culo quiere más. Sufre violentos espasmos ante la idea del marine de tolete duro, algo curvado hacia arriba, penetrándole mientras todavía chorrea la leche de su socio, seguramente este deseando metérsela mientras todavía estaba lleno con esa esperma (¡las cosas que excitaban a los hombres!). Sabe que su esfínter debía estar muy abierto en esos momentos, esperando el liso glande. Quiere más güevo y todavía faltaba la del negro grandote…

   Ignora el calvario que vivirá para ese momento, cuando la negra carne lo penetre.

CONTINÚA…

Julio César.

NOTA: Lo siento, K, debí quitar algunos modismos que usaste, los fonéticos, el corrector no me dejaba en paz.

AUTORIDAD

agosto 15, 2017

VUELTAS DE LA VIDA

   -Lo siento, primo, pero se nota que tienes un muy travieso y activo chiquito; voy a tener que darle un severo castigo.

Julio César.

DE TODAS MANERAS ROSAS

agosto 15, 2017

EL PUNTO

   -No, catire, erraste de cuarto de regreso del baño; tú y tu novia están al lado. Te gusta lo que ves, ¿eh? Vamos, entra y pasemos un buen rato. La tengo llena.

MANZOTOTE

Julio César.

DIAS DE OCIO Y SOL

agosto 15, 2017

LLEGO AGOSTO

   La semi desnudez nos hace agradables en la playa.

   Aprovechando el asueto de agosto, la gente bonita y famosa anda pasándola bomba por allí, en paraísos terrenales que a veces cuesta imaginar que existen; pero así es, como las hermosas playas y resorts arubeños donde apareció este esquiador olímpico mundial, Gus Kenworthy, asoleándose y divirtiéndose en atractivos bañadores (bien lejos de la nieve y el frío), con su novio, el modelo y actor Matt Wilkas. Por cierto, no sé quién es cuál, ¿okay? El punto es que debe ser increíble perderse un tiempo para ser bien atendidos y mimados, a cuerpo de rey, cada quien viviendo lo suyo… con chicuelos así dejándose ver. ¿O no? Es parte del atractivo de estas salidas, en la playa o la piscina. Curiosamente, cada vez que bajo al mar, aún en la isla de Margarita (cuando podía), no sólo no encuentro gente así, o que media Caracas se estaciona a mis lados en la arena, sino que a veces son conocidos de la cuadra o la oficina. Suerte que tiene uno. De la mala. ¿Ya viajaron? ¿Están por hacerlo? A disfrutarlo.

Julio César.

¿INVADIRA ESTADOS UNIDOS A VENEZUELA?

agosto 15, 2017

ATENTADO, CLINTON, KEIKO, CARIACO Y FUTBOL

  Humo, espejos y tonterías…

   Ha comenzado una mini Guerra Fría entre los viejos rivales, y, lamentablemente, Venezuela se encuentra en medio, y en minusvalía en tal acontecimiento, postrada por una dirigencia corrupta, incompetente e ignorante. Los socialista, pues. De las declaraciones dadas por Donald Trump, torpes como todas las que da aunque las intensiones sean muy concretas, interpretadas como una invasión armada a Venezuela, debo expresar mi opinión directa y brutal, dado tanto fariseísmo en boga dentro y fuera del país. Un fariseísmo falso, artificial, de los declaradores de oficio, los ineptos de siempre que intentan ocultar su incompetencia buscando otro foco de atención. Pero muy ruidosos, eso sí, como la declaración misma del gringo.

   A mí, que los marines norteamericanos vengan y se lleven en una bolsa a Nicolás Maduro Moros, Diosdado Cabello, Delcy Rodríguez, Tibisay Lucena, Vladimir Padrino López, Néstor Reverol, Tarek William Saab y Maikel Moreno, y los juzguen donde les dé la gana por sus terribles crímenes, me importa un carajo. Que se los lleven y los traten como ellos han tratado a sus víctimas dentro de Venezuela. La agresión a este país estuvo en llenarlo de extranjeros de toda pelambre y prontuarios, cedulándolos, cuando decían que iban a votar por el difunto, a pesar de que todo el mundo advirtió sobre lo peligroso que era para la integridad y seguridad de este suelo; estuvo en la venta de pasaportes y nacionalidades; estuvo en robarse hasta el último centavo en aras de la corrupción más salvaje vista jamás, dejándonos sumidos en el hambre, la miseria, la inflación más alta del mundo y la escasez de todo; la agresión estuvo en la venta de refinerías, del oro, de la entrega de la Zona en Reclamación por un voto en la OEA; la agresión al pueblo de Venezuela estuvo en desconocer su voluntad expresada en las elecciones parlamentarias de 2015, en desconocer la Carta Magna interrumpiendo el hilo democrático para remozarla y legalizar la represión y los asesinatos, sacando a los venezolanos de la ecuación en la toma de decisiones; la agresión estuvo en enviar militares a secuestrar gente, encarcelarla, en torturar y desaparecer prisioneros, en matar en las calles para reprimir. Y nada de eso lo hicieron los gringos. Ellos no son mis enemigos. Esos están aquí.

   Si Nicolás Maduro Moros, Diosdado Cabello, Delcy Rodríguez, Tibisay Lucena, Vladimir Padrino López, Néstor Reverol, Tarek William Saab y Maikel Moreno, no me llamarón cuando se robaban hasta los floreros de la cosa pública, para repartir los cobres, si no me preguntaron si quería que desconocieran al Parlamento, si no les importó saber qué pensaba de que ellos se inventaran leyes a su antojo y saber, si no les interesó lo que pensaba de que mataran a todo aquel que protestara por el hambre y la falta de libertades, ahora no pueden llamarme, ni esperar mi solidaridad cuando cierto tipo de justicia toca a sus puertas reclamándoles lo que hicieron, como ocurriera con esos otros fascistas peligrosos en la historia, los nazis en el juicio aquel, también con Ratko Mladic, el carnicero de los Balcanes, con Sadam Husein, Horni Mubarak y Muamar el Gadafi. Si  Nicolás Maduro Moros, Diosdado Cabello, Delcy Rodríguez, Tibisay Lucena, Vladimir Padrino López, Néstor Reverol, Tarek William Saab y Maikel Moreno, cometieron los crímenes de aquellos, lo justo es que paguen las penas.

   Pero esto es anecdótico, lo pequeño del asunto, aunque malo para nosotros porque es lo que nos toca. Al nivel mundial se da una soterrada puja de mayor alcance, comercial, pero también política, entre el viejo Este y el Oeste. Rusia y Estados Unidos vuelven por sus fueros, y sus gobiernos, al tiempo que les hacen un guiño a sus amigos en los negocios, también afincan las bases de lo que siempre han sido, países expansionistas; si ya no pueden en lo territorial, por lo menos en aéreas de influencias, en órbitas controladas. Las viejas zonas de seguridad. Estados Unidos siempre ha tenido como cierto el destino manifiesto que les empuja a marchar y marchar, desde las trece pequeñas colonias, terminando con un territorio de océano a océano. Rusia lo ha hecho desde los tiempos de Iván, Pedro, Catalina y Stalin. Cambiaron los nombres, los modelos e ideologías, pero la estrategia fue la misma. Y si, es por recursos, los países grandes los necesitan (los otros son quienes no entienden eso y así les va), es por espacio, pero la verdad es que mayormente es por poder. El “quién manda aquí”.

   Así vemos que mientras el mundo mira con desprecio al régimen sirio de Bashar al-Ásad, Rusia lo apoya, como parte de una estrategia para “trancar al Estado Islámico”, mientras los secunda en el bombardeo de los poblados que quieren a la tiránica familia fuera, aún con el uso de armas químicas. Y allí replica Estados Unidos bombardeando los arsenales de estos, aún sabiendo que hay rusos allí. Irónicamente le toca encarar el asunto a Donald Trump, quien prácticamente les juró a los ultra conservadores americanos que se retiraría de todas partes para librar el territorio norteamericano de negros, latinos, indios y asiáticos. Tenía que hacerlo para que los rusos no pensaran que podían hacer lo que les diera la gana, o que los dejarían convertirse en sensores del Oriente Medio. El mismo asunto se extiende a los mares de China, con el caso de Corea del Norte, asunto que terminará estallando, las amenazas directas emitidas por Kim Jong-un, de usar armas nucleares en la región no dejará otra alternativa, porque el hombre está cada vez más delirante, más extraviado, más peligroso, asunto del cual no saldrá bien librado a pesar del tácito apoyo ruso.

   Y lo que ocurre en Asia y el Medio Oriente, el llamado Cuerno de África, llega a Latinoamérica, como en el pasado. Venezuela, saqueada por un dirigencia rapiñera, cercados como están porque nadie les presta al caer en ilegalidad al desconocer el Parlamento, pretende venderle por mampuestos lo que queda de la faja del Orinoco a los rusos, desesperados como están. Necesitan plata para pagar coimas y continuar llenando sus cuentas; en el saqueo irracional que llevan casi veinte años practicando pretenden despojarnos de todo, aún de lo que está bajo la tierra y que hará falta, en el futuro, para levantarnos de esta postración y ruina. ¡Después de haber entregado la Zona en Reclamación! Eso sí, acusando a todo el mundo de traidor y apátrida si no se someten a los vejámenes de la vieja y sanguinaria dictadura cubana. Y esa papaya, la entrega por cuatro lochas de las aparentemente mayores reservas de crudo en este lado del mundo, no se las van a dar a los norteamericanos a los rusos. Tan sencillo como eso. Negocios, si (todos dicen que los países no tienen amigos sino intereses), pero también geopolítica.

   La amenaza directa al régimen en Caracas, ya dejaron el lenguaje diplomático y hablan de dictadura y de narco jefes, parece una respuesta molesta a toda la habladera de paja de Nicolás Maduro Moros, Diosdado Cabello, Delcy Rodríguez, Tibisay Lucena, Vladimir Padrino López, Néstor Reverol, Tarek William Saab y Maikel Moreno, quienes acusan y acusan de todo a los gringos, mientras sigue vendiéndoles petróleo (son los únicos que pagan, con esos dólares que les gustan tanto, y ahora nos venden gasolina porque el régimen dejó perder las refinerías nacionales); pero es también un pelada de dientes de Norteamérica, de su gobierno de destino manifiesto, a la vieja Rusia de todos los zares, premieres y ahora presidentes, expansionista e imperialista como ella sola. Como siempre lo ha sido. Aquí no se van a meter, se inventen el cuento que quieran para estafarles a los venezolanos esos yacimientos. Si alguien los va a agarrar, no pegándole  Maduro ni a su banda un centavo, somos nosotros.

   No es muy difícil de entender, ¿verdad?

   Que hayamos llegado  esto, a tener los peores estándares de vida de todo el mundo, no del continente, del mundo, superando ampliamente al Ecuador, Bolivia y aún a la chorocracia de Nicaragua, donde hablan la paja pareja para justificar el robo del erario nacional, la aniquilación de la democracia representativa y la brutal represión contra los pueblos, pero sin repetir allá la receta del destre, es una vergüenza que debemos agradecerle a unos ladrones inútiles que sólo saben hablar tonterías, ruidosa y estentóreamente, tanto que les ha granjeado la enemistad del planeta entero. El que cuenta, el que podría prestarles algo de plata ahora que el estado se cae por falta de lo más elemental (de los que apoyan al régimen, curiosamente, ninguno manda plata ni dice “que se vengan quinientos de los hombres nuevos a nuestro país para ayudarlos”). Por ello, yo, personalmente, no moveré un dedo para ayudarles cuando la justicia les alcance, como creo que no lo hará ese ochenta y ocho por ciento del país que rechazó la Prostituyente.

   Todo ese circo que montan porque “nos van a invadir”, puede que sea otro auto engaño, que en verdad piensen que a esos gritos la gente va a responder afirmativamente, la vieja tesis del patrioterismo frente al enemigo externo. Y sería raro que se engañaran así. Se llevaron una fea sorpresa el 6 de diciembre de 2015 cuando setenta de cada cien votantes les dijo que no, y miren que repartieron coimas para comprar votos, la gente tomó las cosas y luego les dio la espalda; la sorpresa fue más fea cuando para la elección de la Prostituyente, de cada treinta personas, de cien, que los apoyaron en las parlamentarias, sólo doce se manifestaron. La sorpresa puede ser aún más fea cuando les lancen un saco por las cabezas y se los lleven, y no sólo Venezuela no levante un dedo por defenderles sino que estalle la gran fiesta. El hambre, la rabia, la impotencia ante tanta locura y abusos ya han cansado a la gente.

   Por cierto, la última vez que en este continente funcionó el cuento de convocar a la gente a pelear contra un enemigo externo, fue en La Guerra de las Malvinas, cuando los militares quisieron silenciar las quejas y llamaron al pueblo a recuperar las islas; pero en ese entonces la gente no sabía que el régimen les mentía sobre la marcha de la guerra, que los muchachos estaban peleando en el frío sin insumos y que los generales los habían dejado solos, ni que lo que pidieron a la población para alimentos y municiones se lo habían robado. Al régimen en Caracas se le sabe ladrón, incompetente y violento hace rato. Por eso no acudió al llamado del mismísimo Hugo Rafael Chávez Frías cuando este se molestó con Álvaro Uribe Vélez y Juan Manuel Santos, porque ataron el campamento de las narco FARC en Ecuador; esa vez gritó que enviaría tropas, y el país le miró confuso, preguntándose si es que en verdad estaba loco. Nadie fue. Ahora, con Nicolás Maduro Moros, Diosdado Cabello, Delcy Rodríguez, Tibisay Lucena, Vladimir Padrino López, Néstor Reverol, Tarek William Saab y Maikel Moreno, a quienes Venezuela no puede despreciar más, la cosa será infinitamente peor.

   Uno recuerda la cara de Sadam Husein cuando lo sacaron de aquel hueco donde se ocultaba, antes de que le colgaran; recuerda la cara de miedo de  Horni Mubarak cuando le juzgaban y se hablaba de ejecutarle; recuerda a la familia de Gadafi escapando a donde podían, disfrazados de gitanos, después de ser “dioses”, exigiendo garantías y protección para sus vidas…

   …La ejecución del mismo Gadafi, tirado como un perro en el piso, y se pregunta: cuando Nicolás Maduro Moros, Diosdado Cabello, Delcy Rodríguez, Tibisay Lucena, Vladimir Padrino López, Néstor Reverol, Tarek William Saab y Maikel Moreno cometían sus crímenes, ¿cómo imaginaron que iba a terminar todo?

Julio César.

RECLAMO EN LA PLAYA… 3

agosto 15, 2017

RECLAMO EN LA PLAYA                         … 2

De EdwJc

   -¡No! –brama asustado, de que le escucharan y creyeran que era cierto, más que para convencerle, o reafirmarse como heterosexual. No puede evitar, mirar como ciervo encandilado, cuando el sujeto se lo atrapa con una mano sobre la tela, apretándolo, haciéndolo más evidente, ¡parecía tan largo y grueso!

   -¿Seguro que no es esto lo que quieres, muchacho? ¿El güevo tieso y caliente de un macho? –vuelve a interrogar, voz profunda, rica, masculina. ¡Volumen alto! Mirándole fijamente, como analizándole.

   -¡No! –reitera, cruzando los brazos sobre su pecho desnudo, el cual sube y baja con esfuerzo, rojo de cara, no pudiendo apartar del todo la mirada de ese tolete atrapado. ¿Por qué coño no le empujaba y escapaba? Es lo que se pregunta. Le irrita la sonrisita del otro.- No me gustan esas mariconerías, como a usted. –arroja, intentando alterarlo, aunque costándole, porque era cliente del banco.

   Parece funcionar su intento, el otro endurece la expresión, se suelta el tolete, va hacia él, tomándole por sorpresa, atrapándole con una mano, en puño, el suave cabello castaño, y con la otra se alza la camiseta sobre el cuello, despejando el recio y musculoso torso.

   -¡Pequeña cucaracha insolente! -le gruñe halándole el cabello, obligándole a doblar un tanto el cuello, acercándole, mirándole a los ojos.- A un hombre no puedes hablarle así. Sólo mirarle el güevo, preguntándote cómo será, imaginarlo, deseando tocarlo, esperando que ese hombre te deje… -autoritario, le enumera esa lista, al tiempo que le atrapa una mano y la lleva a su entrepiernas, sobre su tranca dura, que parece quemarle. El chico intenta alejarla, pero halándole el cabello, haciéndole gemir, y aplastándole la mano en su entrepiernas, le retine.- ¡Quieto, pequeño marica! –le gruñe, las pupilas encendidas por una luz salvaje, que intimida y encoge a Felipe, el cual traga en seco, temblando, rojo de cara, su piel caliente, tanteando ligeramente con sus dedos sobre la barra, como si no notara que lo hace. Que su cuerpo responde. O rindiéndose incapaz de sostener esa pelea. El otro si lo hace, con una sonrisa. Lo sabía, el chico, joven y guapillo, coqueto con las chicas, siempre de punta en blanco, era un sumiso. ¿Pero para las chicas o los tipos? Siempre se preguntaba esas cosas cuando se topaba con uno, aunque era irrelevante. Él tomaba lo que quería, y así le gustaba la vida.

   -Señor Cortez… –el chico intenta razonar, pensando en lo inconveniente del apellido del otro. Pero calla, la boca muy seca, no entendiendo qué pasaba que ese sujeto le hacía eso, en un lugar público (y la idea le eriza), y que no le respondiera agresivamente como un macho. Tan sólo es consciente del agarre en su cabello, firme pero ya no doloroso, de la manota sobre la suya, mientras acuna sobre el short jeans ese tolete duro. El otro olía a sudor y colonia de las buenas, el calor le llegaba casi como vapor. La mano sobre la suya le obligan a cerrar el puño, atrapando sobre la tela la mole de carne. Gesto que le estremece; efectivamente parecía larga, gruesa y muy tiesa. Casi pulsando en su joven mano. Y aprieta y aprieta suavecito, sintiéndose casi culpable al hacerlo, su corazón ensordeciéndole con lo rápido que late. Dios, cómo quería escapar de aquella situación de locos…

   El agarre en su nuca acaba, el tipo baja la mano, la otra deja la suya… y no se mueve, no puede. Como un chiquillo que no quiere molestar al maestro sigue mirándole, boca abierta… palpándole el güevo en ese baño de los vestuarios en la playa. Dios, ¿y si alguien entraba y le encontraba haciendo eso? La idea le provoca un escalofríos que erecta sus tetillas, de miedo. Contiene un jadeo cuando esa mano grande, ruda y cálida, va a su rostro y le acaricia suavemente.

   -Tienes una cara bonita, dulcemente masculina, lo que todo hombre desea ver de rodillas frente a él mientras le mama el güevo como si no hubiera mañana. –le informa, sin perder detalle de sus reacciones, sonriendo al verle abrir un poco más la boca, indignado, pero resignado a callar.

   Dios, tenía que irse, se dice alarmado, asustado, cerrando la boca cuando el pulgar del tipo recorrer su labio inferior, forzando la entrada, recorriéndoselo, todo tan íntimo, tan sucio y prohibido.

   -Sácamelo. –le ordena ronco, profundo, autoritario, bañándole el rostro con su aliento, paralizándole.

   -Señor Cortez, no puedo… Yo no… -se agita, sin soltarlo, pero sin acariciarle.

   -¡Sácalo, coño, deja de porfiar! Sabes que quieres verlo, comprobar cómo lo tengo. Sabes que deseas tocarlo, apretarlo. –le ruge en tono severo, alto.- No me hagas repetírtelo o lo haré gritándolo, y vas a tener que sacármelo de todas maneras, y tocarlo, pero posiblemente venga alguien atraído por los gritos y te verá hacerlo. Recuerda a tus compañeros de trabajo en la playa.

   El joven no puede reaccionar, como no sea soltando aquella barra que quema su mano, dominado por unas dudas que le eran incomprensibles. Lo lógico era que se le arrojara encima e intentara escapar, aunque la palabra fuera fea. O, por lo menos, le gritara y discutiera aquello, pero una extraña parálisis parecía maniatarle. Y una idea obsesionarle: “Dios, qué nadie me vea, que nadie sepa esto”. Su rostro es un poema de confusión, incertidumbre, y el otro hombre rueda los ojos, alza una de las manos y vuelve a atraparle el cabello, halándoselo feo hacia atrás, obligándole a levantar el rostro, sus miradas encontrándose; una dominante, autoritaria, viril, la otra asustada, vacilante. La mano libre del sujeto sube y le da una seca bofetada. Una. Más sorpresiva que otra cosa. Revolviendo al chico de su letargo físico.

   -Obedece, pequeño marica. –le ruge, acercándole, por el cabello en su puño,  a su rostro.- ¡Ahora! –le ladra alzando la mano que abofetea, abierta. Una que atrapa la mirada del muchacho y le nubla las pupilas.

   Frenético, Felipe baja sus propias manos y abre aquel jeans cortado en shorts, sin quitar los ojos de la gruesa pieza que abulta hacia la derecha. Sin pensar, sin detenerse a reflexionar, tan sólo obedeciendo automáticamente esa voz de mando. Como bien suponía el otro cuando comenzó a tratarle así, adivinándole sumiso, un tío joven, guapo, profesional, que tenía el paquete para ser un ganador, incluso un seductor de nenas, pero que era incapaz de resistir la voluntad de un verdadero hombre, uno que podría hacer lo que deseara con su vida, lo quisiera el chico o no, incluso usarle sexualmente.

   Felipe, respirando pesadamente, baja el cierre, y un poco la prenda, la mirada fija en un bañador licra azul oscuro, tipo bóxer corto, totalmente deformado por una barra de carne que lo alza. Y con la mano lo cubre, lo toca, como si no se diera cuenta de lo que hace, apretándolo sobre el suave material de baño. ¡El güevo erecto de otro hombre!, la idea le llega, pero no parece asustarle, impresionarle o molestarle lo suficiente. No puede. Es, efectivamente, sumiso.

   -Sácalo, bebé. Es tu chupeta para que tomes de ella todo el dulce que quieras o puedas tomar. –le gruñe el otro, rostro pétreo, tono burlón.

  Con la mano sobre el tolete, sin poder dar otro paso, Felipe siente que se asfixia de temor, sabiendo que no quiere hacer eso, era repugnante, pero que no encuentra las fuerzas para resistirse, no con ese hombre mirándole así, ni por el calor y las pulsadas que vienen de la carne erecta bajo el bañador.

   -Yo no… No…

   -¿No sabes qué hacer con la pieza de un verdadero hombre? Tranquilo, te enseñaré lo que debes hacer para poner a tus machos a mil, deseosos de complacerte, pequeño marica. –se burla.- Vamos con la lección número uno…

……

   Tantos hombres ponen a chicos así. Porque los adivinan, saben lo que anhelan en sus corazones, ser domados. Y cuando lo están, causan sensación. Sólo basta que estos sigan ENTRENANDO.

CONTINÚA…

Julio César.

CARNE

agosto 15, 2017

EL PUNTO EXACTO

Julio César.