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SIGUE EL DILEMA… 16

agosto 30, 2017

SIGUE EL DILEMA                         … 15

   Basado en caracteres creados por capricornio1967

   -Acércate, muchacho, aquí está lo bueno…

……

   -Por Dios, ¡está tan enfermo! –grita desesperado, aunque intentó controlarse para no irritarle aún más. Aunque Franco no parecía molestarse; asustado entiende que el otro buscaba eso, ponerlo en esa situación de enfrentamiento para disfrutar el someterle.

   -¿Lo dice usted, que dio culo para ir  un evento deportivo; hijo de su padre, quien es todavía peor? –le reta con una sonrisa dura.- No me haga molestar, Saldíavar, o todos los que conoce recibirán correos con muchas fotos y videos. Y sabe sobre qué… -la amenaza flota en el aire.

   El pecho del muchacho sube y baja con esfuerzo, impotente, frustrado, furioso. Pero, sobre todo, asustado. Se siente atrapado por ese sujeto que le mira con ojos de halcón, buscando señales. No podía arriesgarse a que mostrara todo eso, destruiría su vida, la de su papá, a sus padres, su familia…

   -Señor, no puedo… -nuevamente debe luchar contra el llanto, estremeciéndose de repulsa cuando el otro se le acerca otra vez, sus cuerpos haciendo contacto, esa verga pulsando contra su cuerpo, a pesar de las ropas.

   -Sólo quiero una despedida, Saldívar, por todo lo que vivimos. Que terminemos… bien. Fue grosero, insolente y desconsiderado con su maestro, debe reconocerlo. Ahora debe pagar toda esa osadía y grosería. Decida: un momento entre ambos, secreto, o una vida de señalamientos, ¿qué es mejor?

   Se ahoga, ¿cómo podía estar pasando esto? Hizo cosas terribles, denigrantes, pero esperaba que todo terminara tras la competencia. Pero no, ese hombre terrible le tenía otra vez en sus manos, porque sabe que va a ceder, no puede enfrentar, o vivir, con las consecuencias de su negativa. Los suaves, sonrosados y sensuales labios le tiemblan, su mirada brilla entre la profunda repulsa de la rabia y la súplica, una que sabe será inútil, pero su corazón le impulsa a tomar ese camino para ver sí tiene efecto. Sus miradas se encuentran, sus alientos se mezclan.

   -¿Listo para ser mi juguete sexual por un rato? –le pregunta directo al rostro, bañándole con el aliento, tono burlón. Y el muchacho traga, sin responder.- ¿LISTO PARA SER MI JUGUETE SEXUAL POR UN RATO? –el grito es atronador, haciéndole pegar un bote. Le ve desviar la acuosa mirada, dirigiéndola al piso; con un sádico placer espera, pero el silencio se prolonga.- Está bien, Saldívar, entiendo, váyase. Estoy ocupado. Ya vendrá a buscarme para suplicar cosas, pero será tarde. Eso sí, recuerde en todo momento que lo que ocurra será culpa suya. –le urge, duro, cruel, tomándole de un brazo y apartándole de la puerta, haciendo el amago de abrirla para sacarle.

   -No, no, señor… -se le escapa, bajito, roto, mirándole suplicante. Algo que eriza cada vello del cuerpo del abusador. Era la canción que deseaba escuchar desde que el muchacho llegó, la de la entrega, la sumisión.

   -¿LISTO PARA SER MI JUGUETE SEXUAL POR UN RATO? –repite el alarido, casi en su oído, disfrutando de verlo tragar.

   -Si…

   -¿NO LE ESCUCHO?

   -¡SI, SEÑOR! –ruge desesperado.

   -SI, SEÑOR, ¿QUÉ?

   -¡ESTOY LISTO PARA SER SU JUGUETE SEXUAL POR UN RATO, SEÑOR! –grita medio histérico, todo aquello pareciéndole una pesadilla.

   -ESTOY LISTO PARA SER SU JUGUETE SEXUAL POR UN RATO, ¿QUÉ?

   -ESTOY LISTO PARA SER SU JUGUETE SEXUAL POR UN RATO, MAESTRO. –y Daniel tiene que luchar para no dejar escapar una lágrima que quema su ojo derecho. La sonrisa de triunfo del otro es aterradora.

   -Bien, bien, Saldívar, veo que tiene potencial para aprender.

   Las palabras, la sonrisa del sujeto, son como puñetazos en el rostro del muchacho, que casi no puede encajar aquello, que siendo prácticamente un adulto, se vea de pronto, otra vez, atrapado en una situación inconcebible para la gente común y corriente, la normal. A la merced de un sucio sujeto que quería controlarle sexualmente. Pero así era. Sin embargo, ceñudo, desafiante, vuelve a encarar la mirada satisfecha del otro hombre.

   -Señor… -todavía gimotea, tragando bilis y temor, pero necesitado de saberlo.- ¿Por qué…? ¿Por qué a mí? –grazna. El otro lo medita.

   -Por su cuerpo sexy y joven, musculoso, bonito, pidiendo ser tocado y tomado. Por su aire insolente cuando practicaba, tratándome como menos porque sentía que la gran estrella era usted. Su arrogancia le perdió, Saldívar, le hizo notable para mí. Por su boca… -le sonríe.- Desde que la vi, joven, tersa, labios color rosa, supe que se vería increíble rodeando mi verga, subiendo y bajando golosamente por ella, tragándola toda mientras me succionaba los jugos, la orina y la leche. –sonríe más al verle tensarse, la repulsa brillando en sus ojos.- Su trasero altivo, alzado y musculoso me hacía imaginar el dulce y apretado estuchecito de amor que ocultaba allí, y que necesitaba ser estrenado por un hombre. Su dulce virginidad, su cerecita que necesitaba ser probada… tomada. Disfrutada por un hombre de verdad, jejejejeje… -ríe al verle el gesto de asco y alarma.

   Le ve luchar contra la joven ira, controlando su genio, su lengua, bajar la mirada, humillado, derrotado. Bien, bien, así estaba mucho mejor. Para él no habría droga de violación, Daniel lo sentiría todo en la carne. Y vaya que lo sentiría. Quería jugar… Eso se decía, aunque en realidad lo que deseaba era castigarle por su anterior rebeldía. Por su desafío. Se aleja unos pasos, brazos cruzados en el fuerte y ancho pecho, mirándole sereno per controlador.

   -Pase al comedor, Saldívar, sobre la mesa encontrará algo, pónganselo, vístase y regrese. Aquí le espero. No tarde. –le ordena, viéndolo dudar, confuso.- ¡MUEVA ESE CULO PEREZOSO O TENDRÉ QUE DARLE UNOS BUENOS AZOTES SOBRE MI REGAZO!

   El joven pega un bote, y sin pensar en lo que hace se aleja del sujeto, casi a la carrera, saliendo de la sala y entrando en el pequeño comedor para seis. El corazón le late con fuerza, la desesperación e impotencia suben aún más. ¡Estaba a punto de sometérsele! Para lo que quisiera. Pero no podía hacer otra cosa. No podía enfrentar todo ese futuro que le prometía. Si se negaba saldría a la luz lo que tenía contra su padre, tal vez algo contra él; si le denunciaba entonces sería abiertamente conocido, por boca del otro, como el amante homosexual de su profesor. Muchos dirían que así logró lo que logró, y aún su medalla olímpica quedaría salpicada. Todo por lo que se había esforzado tanto quedaría destruido. La mirada se le nubla, trina de rabia, pero sabe que no puede esconderse allí, dilatando el tiempo, temiendo encarar…

   Sobre el respaldo de la silla que da cara en cuanto entra, encuentra un bañador elástico de un rosa chillón. Nada más el color le revuelve todo, por las connotaciones que el otro quiere que entienda. Lo toma, parece de los usados en la piscina, pequeño, funcional, práctico… pero dos o tres tallas menores a la suya. Y de tela más elástica. ¡El hijo de perra!

   Casi con rabia se desnuda, intentando no pensar en lo irónico de la situación, venía a finiquitarlo todo con el despreciable sujeto y allí estaba, saliendo de su pantaloneta y bóxer, colocándose el bañador, que se enrolla mientras lo sube por sus musculosas piernas depiladas, cerrándose sobre sus bolas, su trasero y verga. Apretaba, pero no tanto como incomodaba; debe luchar por estirar la tela en la parte trasera, para que cubran la mayor cantidad posible de sus glúteos, y que no se enrolle en la raja entre ellos. Rojo de indignación nota el paquete que forma adelante. Era lo que el otro buscaba. Dios, ¿cómo cayó en eso otra vez? Con manos menos seguras entra nuevamente dentro de la pantaloneta y zapatos.

   -Estoy esperando, Saldívar. –oye la demanda, por supuesto que sí.

   Regresa odiándole con todas las fuerzas de su corazón, intentando alzar la barbilla y todavía mostrarse desafiante. En su juventud ignora que eso divierte más al peligroso sujeto, el cual sonríe, aún con los brazos cruzados en su pecho.

   -Imagine que llega a la alberca, desvístase…

   El ritmo de la respiración del muchacho aumenta cuando, después de una leve vacilación, lleva las manos a los faldones de la franela y comienza a quitársela, sintiéndose erizado de temor. Es muy joven, pero su torso es ancho, sus pectorales están artísticamente dibujados (como para ser cubiertos con las enormes y velludas manos de un macho, piensa Franco, burlón y excitado), de pezones en botón, diminutos, seguramente por los nervios. Cuando deja la prenda sobre un mueble, se nota la espalda ancha, los músculos contrayéndose, el abdomen en tableta. Todo él brillando con una leve capa de traspiración que aún no se convierte en gotas.

   -Perfecto, Saldívar. –comenta el hombre, acercándosele, mirándole a los ojos, alzando las manos callosas, dedos y dorso velludos, y posando las palmas sobre los globos pectorales, sintiendo la tensión del joven cuerpo bajo su toque, esperando una reacción violenta de rechazo. Una que no llega. El joven cuida sus plazas. Y eso le hace sonreír más.- Su cuerpo es una obra de arte, muchacho. –dice rozándole levemente los pezones con los pulgares.- Hice un buen trabajo con usted. –agrega para zaherirlo, disfrutando el brillo resentido y de odio en esos bonitos ojos.

   Daniel traga en seco cuando esas manos ásperas siguen tocándole, dejando sus pezones, recorriendo sus hombros, brazos, sus costados; un velludo dedo demarcando su abdomen en cuadritos, índices y pulgares atrapando sus tetillas y dándole leves tirones.

   -¿Te gusta esto, cabrón? –el trato y el tono cambian, volvía a ser personal.- ¿Te gusta que tu profesor juegue con tu cuerpo? ¿Te gusta que un hombre manosee tus tetas? –le pregunta con tono oscuro, al rostro, sonriendo perverso.

   -¡No! –se atreve a responder, cansado de tanta humillación. Sus miradas están atadas. Y no le gusta para nada la sonrisa del otro.

   -Quizás sea cierto, tus pequeñas téticas aún no responden. Tal vez necesitas ayuda. –informa soltándole, alejándose hacia el sofá, donde abre un maletín ejecutivo, ancho. Buscando en su interior, volviéndose sosteniendo algo entre sus índices y pulgares, unos ganchos.

   -¿Qué…? ¿Qué es eso? –el joven siente una inquietud creciente. La mirada le queda atrapada en las cosas que sostiene entre sus dedos, como si le mostrara unos zarcillos. Eran pinzas cortas, de platillitos redondos y plateados, con sus agarres para separarlos. Eran pinzas para pezones, estaba seguro. Siente un hueco en el estómago y retrocede un paso.- No, yo…

   -¿Vamos a volver con eso, Saldívar? No quiero discutir CADA PUTO PUNTO. –ruge, falsamente colérico.- Le dije que quería jugar, y aceptó, pero si voy a tener que repetirme, gritarle, perder horas en…

   -¡Okay, okay! –ruge.- Entiendo, ¿pero es necesario…?

   -¡NO ME HABLE ASI, SALDIVAR! Recuerde su papel. –le grita ahora casi al rostro, manteniendo las manos en alto. Ahogándole de angustia, impotencia y rabia.

   -Lo siento, maestro… -croa, mirando esos ganchos. Temblando. No, no quiere hacer aquello, pero ¿qué elección tenía?

   -¿LO HARAS O NO, PUTO? –cambia el trato otra vez.- ¿TE QUEDAS O NO?

   -Lo haré, maestro. –jadea, vencido, rojo de cara, mirada baja, no deseando notar el brillo de júbilo y triunfo en los ojos del otro.

   -Okay, hemos perdido mucho tiempo. –informa el otro, entregándole uno de los ganchos, el cual el chico mira confuso, ¿qué quiere que haga con eso?- Deje que me ocupe esta vez. -le dice, mirada salvaje, separando los pequeños platillos, sonriendo al llevar la mano hacia el musculoso, esbelto y hermoso torso del joven atleta, el cual tiembla visiblemente, cosa que le excita todavía más. El casi palpable el olor a miedo que Daniel exhala, junto a su frustración.

   El muchacho, jadeando por la boca, quiere apartar la mirada pero no puede, notando los deliberados movimientos del otro, el tiempo que se toma en cerrar los dedos alrededor de su pectoral, apretando un poco, como abultándolo, para destacar el encogido pezón derecho. En el orden natural del juego entre parejas, la aureola tendría que haber sido estimulada, tocada, acariciada, tal vez lamida, para provocar un endurecimiento, pero al no estar disfrutando de aquello, Daniel no lo consigue, y a Franco no le importa. Acerca lo platillos, cubre la pequeña área, y clavándole la mirada al joven en los ojos, suelta, liberando los platillos. Estos se cierran, con fuerza, y Daniel siente un dolor grande, la apretada de su vida, una que le hace gritar, retrocediendo y medio doblando el torso; el ramalazo de dolor partiendo de su pectoral casi le provocan ganas de orinar. Manotea y…

   -¡Ni se le ocurra quitárselo, Saldívar! -le ruge.- Aguante, ya pasará.

  El joven le mira con odio, sintiendo la insoportable presión en su pezón, la cara muy roja, los ojos húmedos, agitándose un poco, gruñendo de agonía. Y Franco sonríe, preguntándose qué cara pondrá cuando se dé cuenta que le colocará una jaula de castidad, encerrando su verga y guardándose la llave para sí.

CONTINÚA … 17

Julio César.

NOTA: Va lento porque intentó mantener el estilo detallado de Capricornio, pero me cuesta escribir como él.

HOMBRES Y CHICOS…

agosto 30, 2017

CUANDO LLEGA…

   A veces un chico tan sólo quiere su chocolate bien caliente.

   Viéndole desde atrás le gritó déjame tocarte ese culito lindo, antes de darse cuenta de que era su hijo…

   Lujurioso lo olería por horas, pero ya tocaba usar la boca…

   -Okay, panas, ¿quién quiere que se lo baile de primero en la cara?

   Le gustaban las dobles sorpresas de chocolate con leche espesa.

PARA CHICOS

Julio César.

UN HOMBRE SABE

agosto 30, 2017

MANDO

   Sus miradas se cruzan y se la sostiene con un mental: Oh, sí, chico, será toda tuya; se nota que se te antoja mucho lo que guardo en mi bolsa.

EMPAPADO

Julio César.

PARA ENFRENTAR LA INVASION

agosto 30, 2017

EL BLOG

   Simplemente, no lo podía creer…

   Todo el fin de semana pasado Venezuela vivió, o un retroceso en el tiempo, o un adelanto, cosa que no todos los países pueden hacer, y caímos en el carnaval. ¡Y cómo había disfraces, carajo! Fue tan mortificante ver al Gobierno y que llamando a las tropas, refuerzos y milicianos para ensayar la manera en la que repelerían la invasión de los marines gringos, como risa debió darle al resto del mundo. Eso era bobada tras bobada. Bueno, por el contenido, porque ni se imaginan la cantidad de dinero que se malgastó en esa vaina. Estando toda Caracas sin radioterapia para los pacientes oncológicos, porque hace años que no se les paga a las casas que les dan mantenimiento; para atender eso no había recursos, para este circo sí.

   Y es que viéndoles, se padecía una dicotomía emocional. Por una parte nos alegraba que Colombia y Brasil hayan abandonado esas agresivas políticas expansionistas de toda la vida, o ya los tendríamos aquí, en el centro del país, para ayer lunes; con el beneplácito de mucha gente, para hacer las cosas peores. Y, segundo, sentir rabia, esa gente nos hizo pasar la vergüenza más grande del mundo. Venezuela, Banana Republic, con gorilas uniformados y todo. La propia comiquita de nación. ¿Por dónde comenzar? Nicolás Maduro disfrazado se parecía al difunto Sadam Husein (y muchos esperan de corazón que así termine… separado del poder), a Diosdado Cabello parecía que iba darle algo de lo gordo y deforme que está (eso ya debe ser una enfermedad y no sólo glotonería por vicio); Iris Varela bailaba con un sujeto bajito y todo el mundo decía al menos este no es uno de los pranes con los que se reúne siempre y después los niega. Estaban los militares de verdad (por llamarlos de alguna manera), con unas ínfulas incomprensibles, como si no supiéramos que no hay batalla dentro de un penal que no pierdan frente a los presos, o de todo el contrabando que sale, incluida la coca, y que son los mismos que todavía nos deben una explicación sobre la pérdida de la Zona en Reclamación. Viéndoles allí, era difícil imaginárseles tan inútiles.

   Y la gente… Obviamente el mal gusto, y las necedades, se pegan como un mal olor de axilas. Los amigos y conocidos me preguntaban, molestos, cómo había gente que se prestaba para esa cómica. Coño, dieron botas, gorras, sánguches, jugos, almuerzos. En este país la gente se muere de hambre (¿cuántos se habrán desmayado por cargar el fusil de plástico?; si, plástico, ni locos Nicolás o Diosdado se habrían arriesgado a acercarse a gente del pueblo con un arma en las manos). Viendo a todos en conjunto, Gobierno, militares, milicianos, se me ocurrió algo feo: ¿Esa será la estrategia?, ¿verse bien patéticos para inspirar lástima?

   Cómo deben estar riéndose de nosotros.

EN LO PERSONAL… HACIA LAS REGIONALES

Julio César.

EL PEPAZO… 78

agosto 28, 2017

EL PEPAZO                         … 77

De K.

   Quiere músculos más grandes, y tangas más chicas…

……

   Se congela momentáneamente, expectante, una sonrisa fija en su bonito rostro masculino al sentir la lisa y ardiente cabeza de un güevo frotando su entrada titilante. Smith, ojos clavados en ese culo, mira su propio glande regando la espesa leche de su camarada de armas, sin sentir asco en esos momentos. Si, un culo botando semen era… Empuja, firme, venciendo la casi nula resistencia de ese anillo que se abre para darle la bienvenida, y casi aprieta los dientes desde el principio; nada más la cabeza cruza la barrera, la siente aprisionada y halada hacia adentro. Joder, ¡ese culo era algo serio!, se dice con una sonrisa fascinada, metiéndosela toda, de golpe, chocando su pelvis, cubierta por el pantalón, de esa nalgas redondas, increíblemente duras, de macho joven. Y teniéndosela toda clavada, tan sólo viéndose un centímetro afuera, por los pliegues anales, la siente amasada, chupada, su punta, el ojete mismo, siendo como acariciando sutilmente por algo que le eriza y hace temblar de emoción.

   -Ahhh… -escapa el gemido de la boca del todavía medio borracho Jacinto, pero no era dolor. Su cuerpo fornido se tensa, la espalda se le arqueaba mientras siente el recorrido del poderoso y venoso tolete masculino que abre su culo, llenándolo, latiéndole contra las paredes anales, estimulándole, dándole en un punto que no entiende pero que le afecta. Acaba de correrse y…

   Grita aún más, bajando la nuca, cerrando los ojos, como buscando un punto de control para todo ese placer que experimenta, al tiempo que la barra se retira, refregándole todo, halándole los hinchados labios del culo, para regresar. Sale y entra lentamente, mientras las manos del macho le acarician, le soban, le nalguean. Lo coge, lo hace suyo, la pepa del culo la siente golpeada, o era esa otra cosa, y casi teme estallar de ganas. Acaba de correrse y ya arde otra vez, el tolete, sin desinflamársele del todo, aún goteando su propia leche, vuelve a crecerle. Y eso le hace sonreír, sentirse realizado, feliz. Un gemido casi de risa escapa de sus labios mientras ese grueso güevo entra y sale de su culo sin detenerse, latiéndole de manera intensa. Es consciente de cada vena llena de sangre caliente contra su recto, siente la leche del otro ser batida, escapar de su agujero, seguramente cubriendo ese nuevo tolete; y ríe, agitando sus nalgas, de arriba abajo sobre esa pelvis, de adelante atrás, ordeñando ese tolete con su agujero hambriento, dándole con la pepa. Lo sabe de alguna manera, que esa cosa que Fuckuyama le había vendido, chocaba del glande del otro y que a este le gustaba la sensación, buscándola una y otra vez, sacándosela y metiéndosela como un fuete para conseguirlo. Ríe con abandono, disfrutando la gloria en el cielo de los maricas.

   Siente las rudas y callosas manos del macho sobre sus caderas nuevamente, aprisionándole como aprisiona un nombre cuando coge; y mientras le atrapa, le machetea con fuerza el tembloroso chiquito que pulsa y arde. No puede evitar gritar ronco, bajo las sensaciones que el paso de ese tolete produce en sus entrañas. Y mientras le da, metiéndosela y sachándosela con fuerza, el marine parpadea y abre mucho la boca, asombrado por lo suave, apretado y caliente del agujero, por las ganas con la cual le atrapa, chupa y hala el tolete, como deseando arrancárselo.

   La mente del muchacho es una vorágine de sensaciones, los ruidosos golpes de esa pelvis contra sus nalgas, empujándole esa pulsante verga bien adentro y refregándole las paredes del recto, golpeándole las pepas, le tienen tan loco como los gruñidos de Smith, quien bufaba como sorprendido y agradado, al tiempo que White le animaba a cogerlo con más fuerza, más duro; y Taylor, que ríe como ratón, algo agotado, todavía jadeante por su corrida, le dice algo que cree es un “coge a la perra, llénale el coño con tu verga”. Todo ello lo tiene delirando, su joven y musculoso cuerpo tenso, levemente enrojecido en la noche, firmemente asentado en rodillas y manos, sonriendo con lujuria. Cada golpe, cada embestida, le obligaba a gritar cuan puta caliente.

   -¡Bicth! –le gruñe Smith, empujándosela otra vez, con todo su peso, dejándole bien enchufado por el culo, meneándole con sus mecidas, y Jacinto chilla más. No puede evitarlo. Ni lo intenta ya.

   Ese tolete rojizo y venoso sale y entra, con fuerza y rapidez, abriendo y llenando el sedoso estuche del forzudo muchacho. ¡Y cómo apretaba y halaba ese culo!; las amasadas que daba parecían mamadas de una garganta golosa, o la mejor paja del mundo. Y Smith se la clava con fuerza, goleándole una y otra vez con su pelvis, adentro y afuera, de derecha a izquierda, dándole y dándole, los castaños pelos claros se pegaban de esas nalgas, sus bolas lo golpeaban. Y el chico grande y bonito se estremece, arquea y gime babeando un poco, mientras empuja su agujero vicioso contra la tranca. Los labios de ese culo, rojizos, sin pelos, se extiende sobre la barra cuando sale, y entran cuando se la empuja, y el marine sabe que esas refregadas enloquecían al chico.

   -Enseñar… enseñar a perra… -machuca el español, White.

   -¡Hey! –Jacinto chilla, sorprendido, cuando aquella vergota abandona su ávido agujero, el cual aún brilla por la saliva y semen de Taylor. Parpadeando confuso, casi lastimeramente como el chico al que le niegan sus chupetas, le mira sobre un hombro, pero ya el sonriente hombre le atrapa otra vez por la cintura, empujándole hacia un lado, obligándole a caer de espaldas sobre sus ropas y la suave y fresca grama. Su corpachón sexy y musculoso brillando de sudor, los pectorales enormes, las tetillas muy erectas (seguramente desenado las bocas de muchos amantes), la pequeña y putona tanga reteniendo de alguna manera la verga erecta bajo ella.

   -Calm down… -le sonríe el hombre, metiéndosele entre las piernas, atrapándole las rodillas, alzándoselas aunque esos miembros pesan, levantándole el ávido agujero.- Mirarme, perra…

   Lo hade, sus miradas se encuentran al tiempo que nota, tangencialmente, que Taylor y White se acercan, sonriendo, como preparándose para presenciar algo llamativo. Es cuando la punta de ese curvo tolete, liso y caliente, frota de nuevo su entrada, empuja y se abre camino en sus entrañas, en su vida. La poderosa verga penetra victoriosa su retaguardia; centímetro a centímetro nuevamente, llenándole lento para que la sienta y goce, las venas hinchadas quemándole estimulantemente. Parpadea sorprendido, otra vez tiene un güevo en el culo, pero esta…

CONTINÚA … 79

Julio César.

NOTA: Lo siento, K, debí quitar algunos modismos que usaste, los fonéticos, el corrector no me dejaba en paz.

EL DETALLE DE LA FIESTA

agosto 28, 2017

VUELTAS DE LA VIDA

    A quién no le ha pasado, ¿verdad?

MANDRAKE

Julio César.

BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 24

agosto 28, 2017

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                         … 23

   Al amparo de la oscuridad…

   -No, no dijo nada. Ni una palabra. –bufa el cura, respondiendo al ex jefe policial.- Pero la señora Martus tiene razón, esto va a causar un verdadero y desagradable impacto en el pueblo.

   -Y tiene qué producirlo, joder; el niño… –jadea William, abrumado, parpadeando, viéndose confuso, asustado.- ¿Qué carajo está pasando en este pueblo?

   -Cálmese, señor Villalta. –gruñe la mujer, ceñuda; la gente que no se controlaba eran un verdadero dolor de cabeza para ella.- ¿Qué haremos? –pregunta mirando al único en la estancia que sabe puede caminar, pensar y mascar chicle, todo al mismo tiempo. Este, corresponde con su mirada, cierra las manos sobre la empuñadura de su bastón y recorre a todos con la mirada.

   -Haremos lo de siempre, negar todo. Silenciarlo. –el ex jefe policial, Alirio Ricaurte, interrumpe el silencio de segundos que se hizo mientras esperaban sus palabras.

   -¿Cómo pretende hacer eso?, el niño regresó, ¡como un niño, por Dios! –trona Ernesto Mendoza, viéndose bastante desencajado, aunque traga cuando tres pares de ojos, cura, viuda y ex policía, le miran fríamente.

   -Porque nadie sabrá que es el niño Lezama, a menos que salgamos a contarlo. –arguye el hombre de piel negra, sienes plateadas, rostro liso, sonrisa desdeñosa.- Repito, lo de siempre.

   -Pero verán al niño. –jadea William, confuso, dominado por el temor. Toda aquella fantástica situación le demostraba, como si alguna vez lo hubiera dudado, la existencia de un lado oscuro en el pueblo.- Alguien le recordará y reconocerá, como pasó con el jefe Zabala.

   -Verán a un niño en la casa Lezama, que se parece vagamente a ellos; en los recuerdos siempre es así, joven. Verán a un visitante, a un sobrino de la familia.

   -¿Pero y si Elena Yorca…? –comienza Victoria, temiendo que la mujer haga un escándalo.- ¿Imaginan lo que ocurrirá cuando vea al niño? Si no es que lo ha visto ya. Exigirá saber qué pasó… Recuerden lo trastornada que estaba por aquellos días, acusando a todo el mundo de haberlo raptado, de callar. De no buscarle. –vuelve a oprimir los labios. Siempre pensó que todo aquel ataque histérico de la mujer denunciaba una mala crianza. Sus palabras, ciertas como el anochecer que los cubría de inciertas sombras, alteran a los presentes. A todos menos al viejo ex jefe policial, que le sonríe suavemente, con una mueca, mostrando el gastado diente de oro.

   -Ella es quién menos me preocupa, la verdad sea dicha. Será la más fácil de… controlar, por fea que se escuche la palabra. Bastará con insinuarle que tal evento “milagroso” atraería la atención de gente de todas partes, aún de Caracas y quién sabe si hasta del Norte, que los gringos podrían sentirse intrigados con una noticia así, y podrían llevárselo. Tal vez sin ella. –la amenaza flota ominosa. Ellos se lo quitarían. No hace falta decirlo. La sensación de alivio es general. O casi.

   -Cree que sea tan fácil así… -el cura le mira casi humilde, como quien busca consuelo en alguien mejor preparado. Era lo que solía ocurrir ante el sagaz, directo, brutal en sus planteamientos, y a veces amoral ex jefe policial.

   -Me preocupan más las comadres del pueblo y ese chismorreo incansable. –este sonríe, otra vez, sin humor.- Pero cada cosa en su momento. Padre, hable con el jefe Zabala y con esa gente, los Lezama; como haremos el resto de nosotros. Es bueno que el viejo Fuenmayor les llame también, Raúl Lezama trabaja para la petrolera. Que no se comente sobre esto, que nadie hable del “regreso” de Leonardo Lezama en estas circunstancias; eso mientras averiguamos sí es cierto, o no. No puede ser, en lógica. Pero sí lo es, hay que abocarse, sin que estorben otros, a saber el cómo pasó. –baja la voz y sonríe rapaz, el diente de oro lanzando un fugaz destello, notando la obesa silueta del ex profesor sin mirarle directamente.- Y qué le pasó, es lo que hay que averiguar, en primer lugar. Saber si hubo… juego sucio tras todo esto.

   -Fue lo que siempre supusimos, ¿no? No que escapó tras el circo, aunque recuerdo que uno de ellos pasó por aquí en esos días. Dios, ese olor a tigres… -comienza Victoria, mirándole, ceñuda.- Pero el consenso era que alguien le había raptado, algún enfermo… -enrojece y calla; no puede decirlo. Se lleva una mano algo insegura al moño y arregla un inexistente mechón fuera de su sitio.

   -Un aberrado. Eso fue lo que imaginamos. Un sucio degenerado que abusaría de él, desechando su cuerpo. Pero ahora el chico está de vuelta. Y es todavía un chico. Aquí hay algo más. –sentencia el ex policía, brutal, mirando al cura, los dos compartiendo una desazón.

   -¿Qué? ¿Estuvo muerto y se levantó de su tumba tal como cundo entró? –grazna William, y todos se tensan, por lo absurdo del argumento, y sin embargo…

   El corazón del rubicundo Ernesto sufre un leve espasmo. ¿Qué había pasado? Ahora iban a preguntar, a indagar, el maldito chico… No, nada iba a pasar. Leonardo no sabía, no podía…

   El chico iba silbando alegremente, olvidado ya el encuentro con el director de su escuela, deteniéndose de pronto, sintiendo que algo o alguien se acercaba rápidamente a sus espaldas, pero le faltó velocidad. Ernesto Mendoza, mirando en todas direcciones antes de actuar, moviéndose con gestos que desmentían su peso y tamaño, le cubrió la cabeza, desde atrás, con una enorme bolsa negra, balándola por sus hombros y llegándola más abajo del delgado torso, el cual rodeó con un gordo pero fuerte brazo, inmovilizando los del chico contra su cuerpo, alzándole cuando este comenzaba a chillar sordamente y se debatía intentando escapar. Así le cargó hacia la camioneta que se había detenido justo en ese momento a su lado.

   Había tragado con esfuerzo desde que bajara de su carro, la vista fija en el chico que se había negado a subir, la garganta muy seca mientras su rubicunda cara se empapada de sudor por ese brillante e implacable sol del medio día. Habría sido más fácil terminar lo que iba a hacer si el maldito muchacho hubiera entrado en el carro, pero no; siempre era así con los chicos, se dijo con mortificación, y algo de enferma rabia. Como si fuera deber del chico el facilitarle su ruindad. Le siguió, silenciosamente, algo notable dado su volumen. Controlando su respiración ruidosa. Miró intranquilo de derecha a izquierda, inquietándose de verlo todo tan carente de personas. Era la hora del almuerzo, todos estaban ocupados con eso, sin embargo no era normal que una calle como aquella estuviera tan solitaria. Menos por el chico que iba por un refresco. El chico al que debía… No quería hacerlo, no porque fuera algo malo y terrible, sino por miedo a ser sorprendido, atrapado. Bastaba que alguien mirara por una ventana, o abriera una puerta. O un rezagado regresara a toda prisa a sentarse a la mesa antes de volver al trabajo. Y que le vieran. Y que se supiera de toda su bajeza. Enfermedad. Enfermo, aberrado, así le llamarían todos si el asunto se descubría. La policía allanaría su pieza, encontrarían las revistas, las fotos, las cartas… El miedo se le intensificó mientras le seguía, ante la posibilidad de verse, de pronto y ante los demás, sin su máscara de hombre de bien, de prohombre de la comunidad. Y, sin embargo, tenía que hacerlo, atraparle, o todo se iría al infierno.

   Le vio doblar por la calle Sucre, la del correo, perdiéndose de la vista de algunas ventanas comprometedoras, como las de su propia casa. Apresuró el paso, la barriga bamboleándosele, la respiración contenida, con tanto esfuerzo que casi le hizo estallar los pulmones. Deseó respirar por boca y nariz, tomar profunda inspiradas, pero no pudo. Estaba más cerca, cautelosamente sacó del bolsillo posterior de su pantalón de pana la bolsa que desdobló con cuidado. El chico tonto…

   Casi sonrió cuando le cubrió con la bolsa, al inmovilizarle y alzarle. ¡Había sido tan fácil! Así de sencillo era atrapar al muchacho de cualquiera en una calle mientras iba a hacer algo tan cotidiano como ir a la bodega. Sonrió ante la ironía, que él como maestro, veía en todo aquello.

   Sin embargo, el corazón pudo haberle fallado justo en ese momento por todo lo que bombeó, a pesar del ramalazo de excitación al atraparle así. El muy tonto ya estaba perdido… Fue cuando se congeló, al arrojarle en la camioneta y allí era retenido por otras manos, con la nuca totalmente erizada. Sintiendo, allí, la intensidad de una mirada vigilante, censuradora. Casa que le obligó a volverse con alarma. Dios de los Cielos, ¡le habían visto hacer aquello! La certeza fue total, completa. Una sombra se había movido a su derecha, desde atrás. Un testigo de su infamia. Con mirada frenética, los redondos y porcinos ojillos girando de manera convulsa, recorrió la calle. Nada. Ni un alma, reconoció escuchando, como desde muy lejos, la camioneta alejándose, justo cuando un aterrorizado chico comenzaba a gritar que lo soltaran, llamando a su mamá, con fuerza, como si la palabra lograra, efectivamente, de alguna manera, salvarle de lo que le esperaba.

   No se volvió, siguió escrutando y sus ojos cayeron sobre la casa Marotta, en la esquina, en el inicio de la calle Sucre, con su jardincillo lleno de grama y altas hierbas, puertas y ventanas cerradas. Casa que llevaba cinco o seis meses sola. No se sabía qué había sido, exactamente, de José y Melinda Marotta, el joven matrimonio que vivía discutiendo a todas horas por los enfermizos celos de una mujer casada con un hombre joven que parecía estrella de cine. Hecho en sí que debía hacerla feliz, sentirse orgullosa ante otras mujeres, las casadas con sujetos toscos; pero que no era así, ni por asomo. El atractivo del hombre era la cruz de Melinda, quien iba extraviándose de manera cierta frente a todos, haciéndoles temer que eso podría terminar o en una agresión de él a ella, o en una separación escandalosa y hostil. Sin embargo, sorprendió a todos, había que decir la verdad, cuando José Marotta apareció un día, en público, con una venda que le cubría media cara, corriéndose el rumor de que ella, mientras este dormía, le había herido con unas tijeras. Se dijo que para desfigurarle. Para estar segura de que no le gustará a otras. Eso decían, él nada contó, ella tampoco, así que todo pertenecía al campo de la especulación de los chismosos del pueblo. Hasta una mañana cuando un vecino entró al escuchar la radio encendida y las puertas abiertas. Sin encontrarlos. Allí no había nadie, a pesar de la mesa puesta para un desayuno algo flojo, una arepa en cada plato, y dos tazas de un café frío. Se les esperó y no volvieron. ¿Les habría buscado Ricaurte?, se preguntó el obeso sujeto, ignorando la respuesta. Pero ahí no vivía nadie. La casa estaba sola, los notables (de ese momento, cuando él ni soñaba con ocupar un lugar en ese grupo), murmuraban que algo debía hacerse con la propiedad, no era bueno que quedara sola por mucho tiempo, por la fama que podría darle a la zona. La casa misteriosa y precipitadamente abandonada. Nadie entraba y la ocupaba, así fuer por una noche, por ejemplo, porque era visitada regularmente por la policía para evitar algún robo mientras se contactaba a alguien de la familia. No, nadie moraba ya en ese lugar.

   Pero, bajo ese sol intenso que le hacía transpirar como un cerdo, el hombre tuvo la certeza de que alguien había visto lo que hizo, atacar al chico Lezama, y que, quien fuera que seda, le había visto desde allí, desde la casa de puertas y ventanas cerradas. El miedo que se apoderó de él, desde ese instante y por todas las horas y días siguientes, fue grande. Pálido, con sobresaltos involuntarios, transpirado generalmente, se le vio ir y venir mientras la alarma, pánico e incertidumbre por la suerte del chico se extendí por Río Grande. En su pieza, después de recoger y ocultar muy bien sus tesoros en lo más profundo de una maleta, mantuvo esta siempre lista por si le tocaba escapar a la carrera, en medio de la noche. Y nada pasó. Las horas eran una tortura, cada vez que alguien llegaba a la pensión, o le detenía en la calle para indagar por noticias, le parecía que, al fin, venían a encerrarle. Pero nadie contó nada, nada se supo. ¿Acaso lo imaginó, esa sombra furtiva desde el frente de la propiedad? ¿Había sido su “conciencia”? ¿O, efectivamente, alguien le había visto y callado, esperando un mejor momento para emerger?

   Recordándolo, tragando en seco pero intentando controlar esos gestos, el hombre se dice que el chico nunca le vio llegar. No vio su cara. En ningún momento. Por alguna razón se había cuidado muy bien de ello, no quiso que el recuerdo de su mirada le siguiera mucho después de que desapareciera y le pasara… lo que iba a sucederle. Lo que debió pasarle. Bien, no era posible, en sana lógica del mundo natural, que ese chico hubiera vuelto, que fuera Leonardo Lezama; pero aún así, si lo fuera, no podía contarle a nadie lo que no sabía, su participación en todo aquello tan horrible que le ocurrió. Erizado, con la garganta aún seca, evita mirar a ninguno de los presentes, especialmente al ex jefe policial. Sabe que su máscara está algo descolocada, y eso podría delatarle, dejar que le vieran como… el monstruo que imagina todos le supondrían. No, nadie debía saberlo nunca. Pero, y las dudas vuelven a atormentarle como llevaban haciendo desde la llamada del cura, ¿y sí el chico vio algo? ¿Y sí ese niño sí era Leonardo y sí le vio acercarse y atacarle, pero no lo recuerda de momento, o espera el instante de contarlo y denunciarle frente a Río Grande? Un jadeo involuntario se le escapa.

   -¿Todo bien, profesor? –la voz del ex jefe policial le llega, lejana, y sonríe de manera mecánica, asintiendo, sabiendo que su máscara se desliza un poco más.

   -Bien, creo que… en medio de una situación tan extraordinaria, esta amenaza que se perfila contra el pueblo y sus buenos ciudadanos… -comienza el cura, creyéndolo en serio, ignorando las muy leves sonrisas desdeñosas de Victoria y Alirio, o el bufido de William.- …Es lo mejor que podemos hacer de momento. Minimizar el daño.

   -Bien, no sé si sea correcto decir que eso es lo mejor… -comienza Alirio, sin mirar a nadie en especial.- Pero es lo que haremos, de eso nos ocuparemos en primer lugar. Lo esencial es averiguar quién es en realidad ese niño. No puede ser el que desapareció hace años, pero sí lo es…

   -Qué locura. –jadea William, necesitando como nunca antes en su vida un enorme vaso de whisky. Todo lo que escuchaba le sonaba a locura. Una siniestra, fea.

   -Y saber qué le ocurrió… -tercia Victoria, sin mirar a nadie, tampoco, ceñuda.- Yo quiero saberlo.

……

   Las cosas no resultarían tan fáciles, como imaginaban en esos momentos, los pocos notables que acudieron a las precipitadas llamadas del cura, porque ignoraban, ya que el profesor Miranda nada les contó, que un detective de la capital del estado estaba en el pueblo, y había sido testigo de la llegada del muchacho y la reacción del jefe policial que había intentado deshacerse de él, dejándole atrás en aquella investigación.

   Joel Narváez, sentado en la parte posterior del vehículo policial, todo ceñudo, desvía la mirada, que volvía una y otra vez, con fascinada morbosidad, a la nuca del niño y a la del jefe Zabala, sabiendo que este lo notaba. Ahora ve hacia una bonita quinta de dos plantas, a la que se acercan más despacio, ubicada a mitad de una calle ancha, bien iluminada, con el consabido jardín y la valla, aunque con un añadido que imagina no es regular: una vieja camioneta van estacionada a medio camino del techado estacionamiento.

   La casa de los Lezama Yorca. Suspira, notando la tensión del policía de pueblo, la mirada del chico, ceñuda, algo extrañada, en la propiedad. Imagina muy bien la tensión y aprensión del otro, porque él mismo no es indiferente al hecho. Ya imagina la reacción que la llegada del niño, el supuesto Leonardo Lezama, causará cuando su familia, sus padres y hermanos, lo vean. Regresando después de más de una década de sabérsele extraviado, sospechándose que muerto… Siendo un niño todavía.

CONTINÚA … 25

Julio César.

APETENCIA

agosto 27, 2017

DA DE BEBER AL SEDIENTO

   Muchos no saben que lo necesitan…

   Mientras jadea, compitiendo con la otra boca, la otra lengua, Alirio se dice que seguramente no existía una manera más extraña para terminar la fiesta, con algunos amigos, por su aniversario de boda número cinco, que chupando una enorme verga a esas altas horas de la madrugada. Gimiendo y afanándose por atrapar todo ese tolete de un amigo que trajo su hermano, el cual ríe y les dice, mirándoles desde arriba, que se ven bien mamando palo; de manera condescendiente, como quien está acostumbrado a que se la chupen porque la tiene muy buena. Así lo piensa, algo resentido, frotándose del rostro de su acompañante mientras no puede dejar de pegar la lengua, darle fuerte lamidas, deseando atraparle la cabecita y tomarse nuevamente sus jugos. Dios, ojalá su mujer esté bien dormida, porque si le pillaba mamando güevo gritaría como una loca. Y mucho más al ver a quién se la tragaba, al amigo de su hermano, ese desconocido que le acompañó a la reunión, desatando algunos curiosos comentarios… Hermano que lame y se afana, también, a su lado.

   Si, era tan sucio, tan prohibido e insano, ¡tan caliente!, se dice Vicente, lamiendo aquella dura barra al lado de su hermano, a cuya reunión de aniversario acudiera con este nuevo amigo a quien conociera en la despedida de soltero de un pana… donde ambos, él, heterosexual, y el amigo por casarse, terminaron haciendo exactamente eso, cuando tras unas copas, el tipo se la sacó diciendo que estaba caliente y necesitaba que lo atendieran un par de perras. Verla en su gloria apagó algo en sus cerebros, y despertó otra cosa en sus estómagos y entrepiernas, más tarde les calmó una llamarada en los culos a fuerza de corridas. Desde esa noche ha perdido la cuenta de cuánta leche ha tragado, sin cansarse. Ahora, allí estaban. Dudó por un segundo en presentárselo al menor, ¡joder, era su hermano!, pero al otro le gustó su sonrisa. Sabía que en cuanto Alirio la viera, tiesa y babeante, como le ocurriera a él mismo, la boca se le haría agua y el culo igual. Pero no, no puede culparle; su amigo, su hermano, él mismo, todos fueron heterosexuales hasta que ese sujeto necesitó una mamada (también culos, le gustaba estrenarlos), sacándola, ofreciéndola, guiándoles para que aprendieran el camino para satisfacer a un hombre verdadero.

   -Oh, sí, perras, voy a bañar sus rostros con chorros y chorros de esperma, ¿la lamerán cada uno de la cara del otro? –les pregunta, y ellos mirándole hacia arriba, jadeantes, casi suplicantes, saben que, aunque se besen, lo harán.

UN ESPECTACULO FAMILIAR

Julio César.

MANDO

agosto 27, 2017

EL PUNTO

   -Silencio, capitán; abra la boca y de rodillas, que voy a bautizarlo con orina…

UN HOMBRE SABE

Julio César.

REGRESA EL MIEDO

agosto 27, 2017

   ¿Quieres jugar un juego?

   Por fin, después de tanto tiempo de taquilla huérfana de este tipo de películas llenas de violencia y sangre, con buenas pinceladas de crueldad, actos grotescos y trama más o menos bien hilvanadas, regresa El Juego del Miedo, parte ocho (Saw 8). Y hacía falta, a nosotros, los fieles seguidores de cintas con implacables asesinos que asedian, aterrorizan y acaban con gente desprevenida, como Viernes 13, Pesadilla en la Calle del Infierno y Halloween (Masacre en Texas nunca ha sido de mis favoritas, y Camino al Terror, después de la segunda, perdieron casi todo el encanto, la última, algo como Herencia, fue fatal). Estas si me gustan, tienen un nudo central casi lógico (la seis fue excepcional, castigando a los aseguradores desgraciados; el aire era casi moralista). La ¿enseñanza?, gente que no merece la suerte que tiene, que vegeta, que vive sin vivir mientras otros enfrentan pérdidas, golpes y aún sentencias de muerte, tiene de donde agarrarse. Las he visto todas, las tengo todas en mi filmoteca, en dos de ellas, en escenas particulares, he tenido que cerrar los ojos las primeras veces, sintiendo un fuerte estremecimiento en la columna ante tanto sadismo y barbarie (la mujer compitiendo con el socio usurero, cortándose el brazo; el tipo adherido con pegamento al asiento del auto). Todavía las veo de tarde en tarde.

   Regresa, Saw, sin el maestro del juego, John Kramer, Jigsaw, muerto hace bastante rato (aunque eso no le impedía aparecer en las secuelas), y Amanda, mi hija de perra favorita, patética y malvada. Ha muerto la esposa del maestro, y miren que se lo merecía por no asegurarse de matar al policía. Los herederos de John quedaron al frente, lo que abre toda una gama de nuevas posibilidades. El modelo no aburre, no cansa, nos gusta la violencia, la sensación de ahogo, de acorralamiento, ver a los no totalmente buenos luchando por escapar. El asesino allí, a simple vista, o tirado en un rincón, elevándose al final con el gran plan consumándose, es tan intenso como el protagonista de turno gritando que no, cuando todo se cierra a su alrededor. Y cuando debió verlo venir (qué nunca lo vemos, la verdad sea dicha, dígame en la primera). Lo único que podría dañar la franquicia sería que decayera, precisamente, esto, la manera de llevar el argumento, que todo termine encajando con el inicio, como nos han acostumbrado.

   Hay que estar pendientes…

EL REGRESO DE BOND

Julio César.

HOT!

agosto 26, 2017

BANAS ILUSIONES

   Y el vecinito no perdía detalle…

   Al tipo no le molesta, para nada, que  el novio de su hermana llegue cuando quiera, aunque esta no esté, y recibirle, saludarle y atenderle cuando este quiere  llevar sol, un rato, en el patio de la casa. Sonriendo, el enorme mocetón dice que le gusta sentir el calor en su piel, también la brisa que recibe en ese bello jardín con árboles. Cosa que se entiende, viviendo como vive, en un pequeño apartamento. Era llegar y sonreír como un chiquillo para pedirle permiso e ir a echarse de panza en la terraza, a lo que, enternecido, el otro accedía. A veces, cuando este se quejaba del sol, también le aplicaba bronceador, lentamente, por hombros, brazos, espalda y piernas, por largos, largos, muy largos minutos mientras este reía y se estremecía alabando el trabajo de sus fuertes manos. Manos que en cada visita bajaban más, y más rápido, al firme y parado trasero que…

   ¿Imaginan vivir en la casa de al lado del tipo que usa semejante vaina para tenderse en las tardes? Nada más que esté allí ya hace subir el valor de la cuadra.

HACIENDO LA DIFERENCIA

Julio César.

PROPOSITO

agosto 24, 2017

BANAS ILUSIONES

   Su mamá se pregunta qué tanto hace en su cuarto…

   Es un chico aplicado, serio, conoce su tarea, su deber, que, irónicamente, es su mayor placer. Entrenarlo para su profesor de Educación Física, el viejo, velludo y rudo oso que una tarde, en los vestuarios del colegio le preguntó si era putito y que en tal caso debía mostrar más ese enorme trasero, regalándole la primera de aquellas atrevidas, apretaditas y sedosas prendas. Todo comenzó así. Pensar en él, mirar la tanga, lo ponía caliente, por lo que le dio el consentimiento que el otro buscaba con tan sólo dos palabras: si, papi. Ahora, en cada momento que tiene, se despoja de sus ropas menos de lo que conviene, y lo ejercita, totalmente excitado, nadando en hormonas, casi corriéndose… sin tocar nada por delante. Ya no le hace falta.

HOT!

Julio César.

REALIDAD

agosto 24, 2017

PRIMERO EL OJO QUE LA BARRIGA

   Una cosa piensa el burro…

   …De enorme pieza, y otra el arreado. Mientras sube y baja, gruñendo, babeando, blanqueando los ojos, los amigos, que saben de esta pequeña debilidad al perder el control al tomar dos cervezas (cosa de lo que todos se aprovechan por muy machotes que sean), se gozan en la idea de abusar de su garganta, clavándosela toda, obligándole a actuar como el faltón que ahora le saben. La realidad es que finge perder el control, así les deja hacer y decirle lo que quieran, todo lo que les provoque, porque ese es el camino a su felicidad. Y lo cubre palmo a palmo con sus labios y se lo trabaja con la garganta, para experimentar la dicha de tomar lo que en verdad, verdad, necesita y desea.

Julio César.

RECLAMO EN LA PLAYA… 4

agosto 24, 2017

RECLAMO EN LA PLAYA                         … 3

De EdwJc

   Dios mío, ¡ese hombre se había vuelto loco!, jadea para sus adentros Felipe, alejando la mano nuevamente, todo su ser revolviéndose contra la idea de tocar ahí, y así, a otro carajo, pero sintiéndose dividido entre el miedo y la desesperación. Paralizado ante la poderosa voluntad del otro, quien nuevamente le atrapa la mano, con dureza, afincando el agarre en su cabello, ahora algo transpirado por la angustia.

   -Señor… -intenta razonar.

   -¡Cierra la boca, maricón! –es tajante, menos cordial, mirada brillante de algo que le asusta todavía más. ¿Deseaba que diera guerra para zurrarle? ¿Discutir? ¿Gritarle en ese baño, humillándole y sometiéndole al tiempo que todos se enteraban? Lo sospecha y la sola idea le debilita, congelándole. Eso parece complacerle y el tono vuelve a ser pedagógico, paternal y casi amistoso.- Lo primero que tienes que hacer, y sería bueno que amaras hacerlo porque te tocará mucho como marica latente que los hombres huelen… -desconsiderado, burlón, controlador, le dice aquello, llevándole la mano nuevamente a la verga tiesa que deforma el bañador que usa, obligándole a atraparla con la palma, frotándosela con fuerza de ella. Los cachetes rojos del muchacho, el furor impotente de sus ojos, le hacen sonreír.- ¿Ves lo duro que está mi güevo? Responde así a la caricia, a una mano ajena que lo soba, que lo adora y rinde pleitesía por lo buenote que está. Por lo mucho que le gusta a las mujeres y a ustedes los maricones. –le dice al rostro; están tan cerca que los alientos se mezclan, así como los calores corporales.- ¿Lo sientes? ¿Cómo pulsa cuando lo recorres con tus deditos que se agitan sobre él? -ríe de su jadeo.- ¿No notabas que lo palpabas? Es lógico, un maricón, independientemente de lo que crea, vive para estos momentos, su cuerpo se eriza, calienta y se le moja todo en presencia de un güevo que se le ofrece. Sus reacciones, sus respuestas, son automáticas.

   Felipe no responde, pero se paraliza, ofendido, humillado, sus dedos quietos aunque la palma sigue recorriendo la barra dura y caliente bajo la suave tela. Y sí que era grande, coño, se dice sorprendido; pero más por el detalle que por estar tocándolo, obligado por la mano del otro. Se sentía tan… extraño. Ignora la sonrisa socarrona del otro porque no está mirándola; curioso, aunque no cree poder jamás llegar a sentir deseo sexual por eso, no puede dejar de mirar la fascinante pieza del otro sujeto (el güevo de otro tipo, algo que jamás consideró tocar, dijera ese tipo lo que dijera), tan duro, tan pulsante. Parpadea, maravillado, cuando una leve gotita de algo moja la tela, untándola. Le parece percibir un olor fuerte, uno que reconoce como el de él mismo, cuando se masturba y el güevo le babea de ganas. Un olor poderoso, la esencia de un hombre. Y, llevado por la curiosidad, cierra los dedos, la mano en puño, sobre la barra, apretándola, medio agitándola de adelante atrás sobre la pieza, provocando más de ese humedad. Y un ronco gemido del otro.

   -Si, a los hombres nos gusta que jueguen con nuestros güevos. Nos gusta usar el güevo. Vivimos para el placer que sentimos cuando los usamos. Y nos excita lo mucho que vuelve loquita a los maricas. –le gruñe, bajito.- Esa fascinación que sufren cuando ven uno todo parado. ¿Te gusta cómo se siente en tu mano? –casi ríe al verle congelarse, el puño cerrado sobre su verga.

   -No, señor, Cortez, esto no… -comienza, indignado.

   -Coño, ¿dónde está la niña? –oyen una voz que ruge, afuera, un sujeto molesto por algo, tal vez un padre que dejara a un hijo vigilando a la hijita mientras iba a tomarse una cerveza. O gritándole a la mujer. La cosa era que se escuchaba cerca. Y el pánico se eleva a la estratosfera en aquel muchacho, que tiene miedo de que le vean en eso, e intenta alejar la mano, otra vez. Y nuevamente es retenido en el lugar por la mano del otro. aumentando su angustia e impotencia.

   -¡Quieto! –le ruge, mirándole a los ojos, saboreando su angustia, su pánico.

   -¡Pero alguien puede entrar! –lloriquea, casi temblando de miedo.

   -Entonces hazlo rápido, maricón. Satisface a tu hombre ya. –le indica, elevando un tanto la voz, provocándole más miedo.- Aprende los caminos de los maricas eficientes. –cada frase es lapidaria para el joven. Oh, sí, era tan sumiso. ¿Gay o no? No importaba.- Toca, deléitate en sobar a un hombre excitado. –le indica, seco, obligándole a tocar y apretar sobre el bañador, sabiendo que el otro estaba ansioso. Guiándole por el puño que le retiene del cabello, le acerca más, sus rostros casi tocándose.- Después de una tarde de practicar un deporte como futbol, o beisbol, en los vestuarios, sudados, calientes, la sangre todavía corriendo, cualquier macho agradecería que te acercaras a él, y sin decir nada, lo tocaras así sobre los calzoncillos, indicándole cuánto amas la figura masculina. No habrá hombre que, riendo mientras te llama maricón, no abra las piernas para facilitarte el trabajo, soñando con que le des una mamada. Una que, en lógica, deberías darle después de tocarle y calentarle las bolas; pero, el punto, es que a todos nos gusta esto. Que nos lo soben y digan lo hermoso que es nuestro güevo, lo sabroso que se ve, el de cada quién. Que llegues y digas, por ejemplo, “que buen güevo tienes ahí, Manuel, se ve tan grande y tan rico”, y que lo toques, sorprendiéndolo, y agregues que uno así provoca masturbarlo o tragárselo hasta que suelte la leche. Así debes proceder siempre, maricón. Imagínate todos esos toletes creciendo, poniéndose duros por ti y para ti; la recompensa que mereces todavía cubierta por un bóxer, esperando que lo tomes.

   -No… no… ¿está loco? –el chico grazna, muy rojo de cara, casi aterrorizado ante semejante escenario. Conteniendo un jadeo cuando el otro le hala más, sus bocas casi rozándose, sus alientos totalmente mezclados, los ojos del otro sobre sus labios. Estaba tan cerca que… ¿Le besaría? La idea le sorprende y hace parpadear, garganta seca, labios temblorosos.

   -Deléitate en tocar así… así… Recórrelo con la palma, así. Aprieta con tus deditos de chico maricón, si, así… -le obliga a proceder, mirándole, sonriéndole, autoritario, complaciéndose en su sumisión. Porque Felipe parece dejarse llevar. Era como más fácil que enfrentare al formidable tipo.- Lo mejor está por llegar… -le advierta sonriendo, y el joven abre mucho los ojos, conteniendo un jadeo cuando le alza un poco la mano, los dedos quemándole al tocar ese bajo vientre algo velludo, y le obliga a bajar, metiéndosela dentro del bañador, tocándole directamente un güevo realmente caliente, venoso y duro.

   -No, no… -grazna el chico, casi mirándole suplicante. Aquello era una locura. ¡Él no era gay! Pero el otro no le deja apartar la mano de su verga, obligándole a recorrerla, como acariciándola para conocerla. Por un segundo logra despegar la mirada de la del otro, bajándola, encontrando su propia mano metida en ese bañador ajeno, notando la silueta de esta, deslizándose sobre el tolete tieso.

   -Tócalo, gózalo sentirlo así, muchacho maricón. Hazlo, cierra tu mano sobre el tolete de papá, eso nos gusta a los hombres. Aún a los más jóvenes, cuando un marica viene y lo hace. Apriétalo, sóbalo… -ordena, sus miradas atadas otra vez.

   Las mejillas de Felipe están muy rojas, su frente fruncida, sus ojos gritan de incertidumbre, impotencia y humillación… Su mano se cierra sobre la dura barra que pulsa contra su palma. Todo tan extraño, tan… Y lo masajea, de lado a lado dentro del bañador, las siluetas destacándose, el canto de su mano cerrada, la punta del güevo al ir y venir, la cabecita dibujándose, como un nabo, bajo la suave tela. Lo hace, lo masturba, temblando, mirándole. Bajando la vista, inconscientemente, hacia los gruesos y sonreídos labios del hombre, una boca masculina, cruel…

   -Ya está listo para ti. Para que saboree el momento. Sácalo…

CONTINÚA … 5

Julio César.

POR UNAS MIGAS DE PAN

agosto 24, 2017

LLEGO AGOSTO

   El Chigüiere Bipolar lo hace de nuevo.

   Entrando en sus páginas para reírme un poco con ese humor negro, la ironía, encuentro esto: “Bruja que pone migas de pan para atraer niños gordos termina con cola afuera de su casa”. ¿No es genial? No el mensaje en sí, la espantosa realidad de Venezuela, otrora país cuasi saudita donde la gente viajaba a Miami para comprarle tierra a las matas del balcón (ta’ barato, dame dos), hoy arruinada y miserable. Hablo de lo ingenioso de la composición. El hambre tiene a la gente haciendo cosas así. Los totalitarismos de izquierda son la muerte; los tiranos de derecha, Franco, Pinochet, después de un tiempo dicen “bueno, al carajo, me voy; no es necesario que se maten por mí”. Los otros no, Fidel pretendía morirse en el trono, Raúl va por el mismo camino, Chávez también lo intentó, Maduro no halla que delitos y tropelías cometer para conseguirlo. Con la izquierda, con los socialistas, no hay vida.

ENORME ROCA SE ACERCA A LA TIERRA

Julio César.