CORRERÍAS EN BOSTON… 28

CORRERÍAS EN BOSTON                         … 27

Titulo: Una noche en Boston

Autor: yeya-wc

Resumen: Dean sorprende a Sam con una vida secreta, una donde pensó dejarlo todo, incluso las cacerías.

……

   Nunca podría olvidar ese día, su boda, y no por las razones tradicionales, se dijo el apuesto hombre cerrando la puerta de aquel dormitorio en casa de su abuela, donde conoció carnalmente, por primera vez, a un rubio pecoso e irritante que se le convirtió en algo muy importante.

   Había pasado esa mañana tenso, aprensivo. Si fuera de los que se dejaba llevar por la imaginación para acomodar su mundo, habría dicho después que ya presentía algo de lo que ocurriría. Pero no lo creyó antes, ni ahora. Había estado impaciente porque iba a casarse con una mujer que le agradaba pero la que no le significaba nada mayormente. No como cierto Dean Winchester, un sujeto que quién sabía qué estaría haciendo en esos momentos (no respondió a dos mensajes enviados), desde perseguir, a solas, una feroz manada de hombres lobo, a coquetear con cuanta camarera (o botones) hubiera de allí a Washington. Le extrañaba, horriblemente, y le inquietaba no saber qué hacía. La inseguridad y los celos eran una cosa terrible. Con la llegada de la tarde, le tocó recibir a amigos del trabajo, del colegio, de años, gente de la fiscalía, a los herederos de las casas amigas de su familia, todos deseándole felicidades o endosándole, con cierta maldad mal disimulada, aquello de que ahora “si sabría lo que era bueno y pagaría toda lasque había hecho”. Y la ceremonia.

   La iglesia estaba impresionante, llena, todo el que era alguien estaba presente. Las flores, la iluminación, todo parecía de cuento de hadas. Pero él, esperando por Leslie, no podía borrar aquella leve arruga en su frente… revisando sí tenía alguna llamada. Contrariándose aunque no quería al no halla nada; había intentado hablar dos veces con el rubio. Dos veces le llamó y cayó directamente en el buzón. ¡Ese pequeño…!, no pudo evitar irritarse. Aún en ese momento no llegaba una respuesta. Alzando la vista encontró la dura mirada de su abuela, quien con leve inflexiones parecía indicarle que se comportara y se concentrara en lo que hacía. ¿Cuánto imaginaba o sabría, de hecho, la mujer?, lo ignoraba, pero intentó relajarse, sonreír. Borrar el ceño, especialmente cuando una etérea y hermosa Leslie entró acompañada de su padre y se escucharon las notas del avemaría. Ella, sonriendo, le miraba fijamente, como extrañada de algo. ¿Notando su desazón? Le sonrió lo más honestamente que pudo, lo que no le era difícil; era la sonrisa que siempre componía, y con la cual engañaba, en los tribunales. Dios, ¿estaría cometiendo un error que le resultaría costoso luego? No, con Leslie estaría a un paso más cerca de coronar sus ambiciones políticas.

   La ceremonia comenzó, solemne emocionante de cierta manera, tuvo que reconocer. Las palabras, los votos, el beso, los presente sonriendo. Eran marido y mujer. Abrazados, sonriendo, se volvieron hacia las familias y amistades, admitiendo que se sentía bien hacer aquello. Allí estaban todos los que le importaban, sus compañeros del trabajo, la abuela, sus padres. Padrinos y madrinas se acercaban a felicitarles en alegre montón. Hasta Dean aplaudía, lenta y deliberadamente, con una mirada intensa en sus ojos verdes que parecían lanzarle destellos que…

   ¡Dean!

   El joven cazador estaba al final del amplio salón, cerca de una de las entradas laterales, prácticamente apoyado de espaldas de una de las altas columnas, vistiendo lo que seguramente era su mejor traje para hacerse pasar por agente federal (“Dios, odio disfrazarme de agente del FBI”, le había contado una vez, luchando con el nudo de la corbata), de pie como todos, aplaudiendo ominosamente. Mirándole, los ojos revelando tantas emociones a un tiempo que le fue difícil entender que era realmente él, Dean, mostrando enfado, dolor, decepción, y algo más, un sentimiento que no podía identificar pero que le provocó un dolor atroz en el pecho, el mismo que pareció congelársele impidiéndole respirar. Debía estar mortalmente pálido, lo supuso por lo frío que se sintió. No podía apartar la mirada del pecoso, que aplaudía y le prometía, sin palabras, toda la furia del infierno. Le había descubierto, y debió imaginarlo. Su matrimonio era la gran noticia del mes; el cazador no gustaba de leer la prensa rosa, sino sobre deportes, muertes extrañas y algo sobre la vida de cantantes. Nada más. Pero la boda había sido bien promocionada.

   Lo supo y ahora estaba allí, diciéndole algo que no quería entender, que no podía aceptar porque, aunque sonara idiota, sabe que si este partiera se llevaría demasiado de sí. No temió ni por un segundo un escándalo, que este gritara algo, que lo pusiera en evidencia. No, lo que le estaba diciendo era mucho peor que todo eso. Le ve dejar de aplaudir, siente su mirada, elocuente. Reclamándole su traición.

   -¿Nick? –la voz de Leslie le regresó en sí, al tiempo que esta le agarró por un brazo, ¿deteniéndole cuando se disponía a bajar del altar? Mirándola, entendió que el tiempo se había dilatado para él, como tantas veces leyera y escuchara que les ocurría a otros, haciéndole sonreír siempre con desdén. Hasta ese instante.- ¿Te sientes bien?

   -Sí, yo… yo… -no puede reaccionar, y volviendo nuevamente la mirada encontró lo que esperaba y temía. Dean ya no estaba.

   ¡Dios!

   Nunca en toda su vida, el hombre había conocido una impaciencia, frustración e impotencia tal como la vivida mientras recibía mil felicitaciones, posaba para las cámaras fotográficas y se reunía con los suyos, rumbo a la casona de la familia de Leslie donde se llevaría a cabo una recepción  “íntima”, con media ciudad presente. Y en todo momento lo único que Nicholas Stanton deseaba era salir corriendo rumbo a su apartamento, seguro como la muerte al final del camino de la vida que no encontraría a Dean Winchester; al que no había parado de llamar a la menor oportunidad, sin recibir alguna contestación. Pero él sabía un poquito más que eso…

   Con gestos y miradas hacia su chofer-guardaespaldas, cuadró la escapada de la reunión, aprovechando que los salones y jardines de la impresionante propiedad estaban atestados de personas felices y sonrientes. ¡Estaba escapándose de su propia fiesta de bodas! Sabía las consecuencias que eso le acarrearía, no era un buen comienzo con su mujer, pero no podía esperar. Tenía que llegar junto a Dean, mirarle, atraparle de alguna manera entre sus brazos y hacerle entender que procedió así porque fue el único camino que vio. Debía casarse, pero no quería perderle. Aun a él le sonaba egoísta, ruin, los motivos y los métodos, pero era real. Con Leslie alcanzaría la fiscalía, el puesto en el senado, el futuro; ella le daría hermosos hijos. Lo que tenía con Dean… No, no quiere perderle. No puede.

   El trayecto al apartamento se le hizo insoportable, dolorosamente largo, mientras imaginaba cómo sería vivir con un vacío en el pecho. La gran parte de sí que había sido ocupada, hasta ese momento, por el pecoso, atrevido y desvergonzado cazador de monstruos y criaturas sobrenaturales. Tenía que hacerle entender que… que… “No te vayas Dean, aún no. Espérame. Yo te haré comprender, ya verás. Pero espérame”. Era lo único que deseaba, una oportunidad.

   -Sígueme. –ordenó, impaciente, al chofer.

   Tarde. Era tarde. La idea le atormentó al salir casi de un salto del vehículo cuando el otro lo detuvo, conteniéndose a duras penas para no echarse correr hacia los ascensores del estacionamiento. Seguido por la confusa mirada de su auxiliar, quien no le entendía. Ni le juzgaba. Pero dejar su boda así… Apresurándose a ir tras él.

   A Nicholas le dolió el pecho mientras llegaban al piso y se dirigía hacia la puerta, gruñéndole al otro que espera allí… y que no dejara salir a nadie sin su autorización. Tarde, demasiado tarde, la frase le torturaba mientras abría la puerta, respirando pesadamente, tensando el cuerpo aprestándose para la discusión y argumentación de su vida que tendría que dar. Si el cazador aún estaba allí. Sobre la mesita vio el enorme morral de viaje, abierto, conteniendo muchas cosas arrojadas de cualquier manera, armas, revistas, ropas, las camisas de franela. Todo lo que era de Dean al llegar. Sabía que este no se iría sin confrontarle una última vez. Que tendría la oportunidad de encontrarle, de verle. Pero ese morral abierto le había dejado sin habla. Se iba. ¡Dean pensaba dejarle! Oyó sus pasos, resueltos, pesados por las botas, que llegaban del dormitorio donde tantas cosas y tantos momentos compartieron. Y abrumado no pudo despegar la mirada del bolso de viaje. No le miró, pero supo que el cazador se detuvo, tenso, al encontrarle.

   -¿No deberías estar en tu fiesta de boda? –la pregunta fue directa, altanera, agresiva. Dolida.

   -Sabía que me esperabas. –replicó, izando por fin la mirada, toda la tortura de su alma ardiendo en sus pupilas.- Dean… no quería que lo supieras así… -no puede hablar ahora. Estremeciéndose al notarle tensar aún más la mandíbula, viéndose sencillamente fantástico con su cabello bien cepillado, la leve sombra de barba en sus mejillas, la chaqueta negra de cuero.

   -Si, supongo que no querías que te descubriera en tus engaños. -gruñó arrojando unos calcetines en la bolsa.- Ni qué me presentara en tu momento de triunfo, lo siento, ¿okay?, pero necesitaba ver si el Nicholas Stanton, miembro de la fiscalía de Boston, que se casaba, eras tú, ya que me habías dicho que partías a una reunión familiar. –le lazó una sonrisa torva.- Ah, no, era cierto, estas allí reunido con mucha familia. –se golpeó la frente.- Tonto de mí que nunca entiendo.

   -Dean, no… -se atragantó. No pudo continuar con todas las razones que pensaba exponerle para sus acciones, tan sólo se quedó mirándole, inquietándose por segundo al notar que se cabreaba más y más.- Joder, ¿para qué fuiste? ¿Por qué no aceptaste que tenía compromisos y ya? Estábamos bien. –gruñó, frustrado.

   Supo, en cuanto abrió la boca, que había comenzado mal. Ver al cazador entrecerrar los ojos, dar un paso rápido y lanzarle un puñetazo al rostro, fue una sola cosa. Aunque era un sujeto alto, duro, desagradable muchas veces con demasiada gente, por lo tanto sabiendo que muchos le odiaban, Nicholas no estaba acostumbrado a las agresiones físicas, y le dolió recibir ese puñetazo sobre la boca, dando dos pasos atrás, saboreando su propia sangre.

   -¡Me golpeaste! –jadeó, parpadeando.

   -Y estoy seguro que volveré  hacerlo antes de salir por esa puerta, hijo de perra. –le rugió el otro, mirándole todo enojado, herido.

   -¡No! Eso no, por favor; yo… -se vio abrumado.

   -¡Habla, Nick! Si tienes algo que decir, dilo ahora, y pronto, porque estoy a punto de largarme al quinto coño en Wyoming para cortar cabezas de vampiros, y posiblemente nunca más volveremos a cruzarnos en esta vida. –sentenció con voz clara, implacable, haciendo temblar al hombre un poco más alto.- Comienza a mentir, a tratarme como un perfecto imbécil antes de que se acabe tu tiempo. –exigió.

CONTINÚA…

Julio César.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: