DE HOMÓFOBO A PUTO… 13

DE HOMÓFOBO A PUTO                         … 12

Por Sergio.

Las dos duchas  que Rodrigo tomó, antes y después de la visita de Claudio, han facilitado que se sienta listo para dormir. Tampoco necesitaba demasiados estímulos para hacerlo teniendo cansancio físico y psicológico acumulados como consecuencia de los acontecimientos sin precedentes de los últimos dos días, el fin de semana más anormal de su vida hasta ahora. A pesar de haber dormido siete horas después de  la primera ducha (y antes de la inolvidable visita de Claudio), a Rodrigo le parece que no le resultará difícil entrar en fase REM, estando acostado en su cama y sus párpados a punto de cerrarse.

Solamente esperaba no tener otro sueño como el primero que tuvo con Claudio, un sueño que, si desde un inicio le pareció denigrante y obsceno, ahora lo encontraba escalofriante, blasfemo y la peor cosa de todas: profético. Recordar este sueño le hace abrir sus ojos de golpe, siendo ahora capaz de ver las cosas en retrospectiva. Es cuando su mente, de golpe, pregunta “¿¡acaso fue ese sueño una premonición!? ¿¡Acaso fue ese sueño una advertencia!?”… pero antes de volver a dejarse perturbar por estos pensamientos, se esfuerza por ignorarlos y regresar al frágil estado de relajación que ya había logrado hasta conciliar el sueño. Afortunadamente para él, lo logra en pocos minutos.

Contrariamente para quienes duermen, el tiempo transcurre lento para quienes esperan… y más aún para quienes esperan resistir el sueño, desvelándose mientras estudian el vasto temario de un examen a evaluarse en la mañana siguiente, un examen para el cual los sensatos se prepararon con anticipación. Éste era el caso de Roberto, quien ahora se lamenta de no haber empezado a estudiar antes; pero su método de estudio ha consistido siempre en el círculo vicioso de planificar, procrastinar, arrepentirse y volver a fracasar miserablemente en el proyecto que había planeado cuidadosamente. No obstante, para su fortuna, no estaba solo.

Mientras transcurría la calurosa tarde, se dio cuenta que no iba a lograr terminar de estudiar por su cuenta, así que invitó a su casa a Samuel, su nuevo amigo y compañero de la Universidad. Él es uno de esos sensatos chicos que ya habían terminado de estudiar y, cuando Roberto le suplicó su ayuda, aceptó con agrado, aunque se preguntaba por qué no le pediría ayuda a Rodrigo, el asesor y el experto, viviendo ambos en la misma casa. Antes de la llegada de Samuel, Roberto predijo que seguramente la madrugada llegaría antes de que éste terminara de explicarle todos los contenidos del examen, por lo que buscó a Lucía para pedirle dinero con la idea de comprar unas pizzas y hacer sentir bienvenido a su amigo. Estuvo a punto de no encontrarla, pues la alcanzó cuando ella iba de camino a su cita con Claudio, cita a la cual éste esperaba que asistiera junto a su madre para poder quedarse a solas con Rodrigo, pero no contaba con que ella ni siquiera les había querido avisar a sus hijos.

– ¿Adónde vas, mamá? – pregunta la ruidosa voz de Roberto.

– ¡Me asustaste! – responde Lucía sin dejar de caminar.

– ¿Por qué la prisa? ¿Vas a ver a tu noviecito? – bromea mientras le sigue el paso a su madre.

– ¿Qué quieres? – pregunta secamente.

– Necesito dinero.

– ¿Cuánto?

– 300 pesos

– ¿¡Y para qué quieres tanto!? – se impacienta.

– Para comprar unas pizzas. Es que va a venir un amigo.

– ¿Qué amigo? No estarás pensando en hacer fiesta en la casa, ¿verdad?

– ¡Es un amigo de la universidad! ¡Va a ayudarme a estudiar! – Roberto también empieza a perder la paciencia.

– Bueno, pero yo no tengo dinero. Pídeselo a tu hermano.

– ¡Ni hablar! Estoy enojado con él…

– Pues entonces lo lamento.

– ¡Ay, no manches, mamá! ¿Me vas a decir que no puedes sacar esa miserable cantidad de dinero de tu tarjeta de crédito? ¡Tampoco es tanto! – cuestiona molesto ante la actitud de Lucía.

– Y tú crees que el dinero crece en los árboles, ¿verdad? Luego tengo que reponerlo o me va seguir creciendo la deuda.

– ¿Y para qué está Claudio? ¿A verlo a él vas, no?

– Yo no soy ninguna mantenida.

– ¡Pues  gracias por nada! – explota finalmente, empezando a caminar en la dirección contraria.

– ¡ROBERTO! – le grita, haciendo que Roberto se detenga.

– Voy a sacar el dinero de la tarjeta, pero no quiero berrinches y ya no te vas a pelear con tu hermano. ¿Entendiste? – negocia con calma.

Roberto está molesto y se mantiene en silencio, pero sin desviar sus desafiantes ojos verdosos de los de su madre, también desafiantes y verdosos.

– ¿¡Entendiste!?  – pregunta Lucía alzando nuevamente su voz.

– Sí. – acepta el trato con disgusto.

– Bien, entonces acompáñame al centro comercial que no me fío de los cajeros de esta zona… Han habido muchos asaltos últimamente…

Sin decir nada, Roberto acompañó a Lucía mientras pensaba en que ella jamás trataría a Rodrigo como lo trató a él esa tarde. Ahora, a pesar de que eso sucedió hace ya muchas horas, Roberto continuaba molesto y eso le había impedido concentrarse en las explicaciones de Samuel durante la tarde y noche.

– ¡Roberto! – Samuel llama su atención, trayéndolo nuevamente al presente.

– ¿Qué pasa? – Roberto se sobresalta.

– No te estás concentrando y así no va a servir de nada que te explique.

– Perdón, pero es que sí me sacó de onda lo de mi mamá…

– Yo sé, pero ahorita tienes que olvidarlo y concentrarte. ¡Ya casi es madrugada!

– Tienes razón. Sigamos…

Roberto y Samuel continúan estudiando hasta que el sueño los vence pocas horas después. A las 5:30 a.m., Rodrigo despierta y, fiel a su rutina, se prepara para ir a entrenar al gimnasio, como acostumbra desde hace más de un año. En esta ocasión, no abandona su habitación sin antes tomar una alargada y vieja lámpara que perteneció a su padre, la cual lleva consigo por dos razones: 1. No está dispuesto a permanecer en la oscuridad, como lo estuvo antes de ser raptado el viernes, y su muy potente luz lo evitaría; y 2. Al ser metálica y dura, es lo más parecido a un arma con lo que contaba, de manera que si se volvía a “encontrar” con sus ex captores, les partiría el cráneo con ella antes que éstos sacaran sus revólveres.

Con la fantasía de encestar el pesado objeto en sus cabezas, emprende camino hacia su destino corriendo, empuñando la lámpara como si de una espada medieval se tratara. Si Rodrigo estuviera vistiendo una armadura, en lugar de su moderna ropa deportiva, parecería un guerrero medieval: fuerte y valiente… y, además, muy apuesto. Son éstos los pensamientos que se presentan en la mente de Luciano, un hombre un par de años mayor que Rodrigo que, desde la amplia entrada del gimnasio, observa cómo corre hacia esa dirección.

En cuestión de segundos, Rodrigo toma un par de mancuernas, con las que empieza a ejecutar el primer ejercicio de su entrenamiento. Luciano no puede evitar esbozar una sonrisa al observar con mayor detenimiento la anatomía de Rodrigo, quien esta mañana lucía especialmente sensual con un centro deportivo rojo, que exhibía su prominente pecho, espalda y sus fuertes brazos; mientras que sus shorts negros mostraban sus muy desarrolladas piernas y no dejaba a la imaginación la forma de sus enormes nalgas. Curiosamente para Luciano, esas nalgas parecían haber crecido aún más desde la última vez que vio al joven días antes.

Luciano tenía dos semanas asistiendo a ese gimnasio particular, pero no era ajeno a ellos. Él es un poco más alto que Rodrigo, aunque un poco menos musculoso debido a factores genéticos. Su tez morena clara, sus facciones armoniosas y su lacio y bien peinado cabello negro combinaban con su cuerpo a la perfección. Durante esas dos semanas, Luciano había observado a Rodrigo todos los días que habían coincidido, aunque éste nunca había reparado en él… hasta hoy. Tras poco más de una hora de ejercicio, Rodrigo ya se ha bebido toda el agua que su botella, por lo que estaba sediento. Luciano, que estaba al tanto, se le acerca para ofrecerle agua y tener un primer contacto con él.

– Toma. Desde allá se te ve la cara de sediento. – Dice Luciano mientras le entrega su botella llena de agua fría.

– ¡Muchas gracias, amigo! – Exclama Rodrigo exhausto antes de dar un largo trago.

A Luciano le parece sensual la imagen de Rodrigo, rojo y cubierto de sudor, ingiriendo agua de su botella, pensando que ésta tiene una forma medianamente fálica.

– Muchas gracias, amigo – repite Rodrigo, recuperando el aliento.

– Nada que agradecer. Estamos para ayudarnos. – replica amablemente.

Tras haber bebido gran cantidad del agua que contenía la botella, Rodrigo se la devuelve a Luciano, sintiéndose inmediatamente casi avergonzado por haberla dejado casi vacía. Debido a esto, Rodrigo no termina de soltar la botella y Luciano no termina de tomarla, resultando en que ambos hombres están sosteniendo un extremo de la botella mientras también mantienen un involuntario contacto visual.

– Perdóname. Ahora tú te has quedado sin agua por mi culpa. – dice Rodrigo, entre apenado y gracioso.

– No te preocupes. Jeje De todos modos, no me queda mucho tiempo aquí por hoy. – continúa simpático.

– Bueno, lo menos que puedo hacer es presentarme. Je, je Me llamo Rodrigo. – dice mientras menea la botella con su mano, moviendo automáticamente la de Luciano.

– Ja, ja, ja Soy Luciano. – ríe ante el singular apretón de manos.

A ambos hombres les faltaba todavía realizar unos pocos ejercicios adicionales para terminar sus respectivas rutinas del día, pero le restan importancia al asunto, casi sin darse cuenta, cuando prefieren seguir conversando, permaneciendo de pie en medio de las muchas máquinas del gimnasio. Luciano ve en Rodrigo a un joven que, además de guapo, es encantador; mientras que la percepción de Rodrigo sobre Luciano no nada diferente. Esto no deja de sorprenderlo, pero no lo alarma. Simplemente, por alguna razón, le genera confianza y disfruta la compañía de ese desconocido como disfruta de la de su mejor amigo Víctor; aunque en esta ocasión, era mucho más consciente de la masculina belleza de su interlocutor.

Mientras mantienen una animada conversación que relaciona temas dispares y mayormente triviales, Rodrigo empieza a pensar si debería preocuparse. Después de todo, fue secuestrado hace dos días y medio, conoció (muy a fondo) el sexo homosexual durante su cautiverio y fue liberado ayer. “Y después de ser liberado, lo primero que hago es darle el culo a Claudio” se recrimina en silencio, pero rápidamente razona “todos cometemos errores”. A medida que la conversación sigue fluyendo, deja de prestar atención al contenido de lo que Luciano está diciendo, cambiando momentáneamente el objeto de su atención. Ésta se dirige ahora al cuerpazo de su interlocutor.

Lo más inmediato es su masculina boca, sus ojos, su nariz… todas sus expresiones faciales, las cuales denotan seguridad y un don de mando innegable, pero sin perder su naturaleza amable. Los ojos avellana de Rodrigo empiezan a bajar, recorriendo con ellos su pecho, sus brazos y sus piernas. El atuendo deportivo de Luciano, bastante similar al suyo, le posibilita la observación de todas estas partes; pero ahora su linda mirada se desvía hacia otro lugar: su entrepierna. Al examinar esa área, ésta se ve plana, como si se tratara de un inocente dibujo de la figura masculina, en los que se dibujan con detalle todas las partes del cuerpo de un hombre, pero jamás esbozan siquiera sus genitales debido al conservadurismo que aún existe en la sociedad.

– ¿Me estás escuchando? – escucha Rodrigo a Luciano preguntar con cierto tono de humor.

– Perdona, pero me distraje. Je, je – responde esperando que no note el objeto de esa distracción.

– Espero no haberte aburrido con lo que te decía de mi trabajo. Je

– No, lo que pasa es que ya se me está haciendo tarde a mí. Je, je Debo ducharme e irme ya.

– Eso también aplica para mí. Ja, ja Te acompaño a las duchas.

Rodrigo no esperaba que Luciano lo acompañara a los vestidores. Era verdad que ya se aproximaba la hora a la que normalmente se retira del gimnasio, pero no estaba retrasado para sus compromisos en la Universidad. En realidad, Rodrigo buscaba escapar de “la tentación”. Se había pillado a sí mismo no solamente notando apreciando la belleza de un amable desconocido, sino que también había intentado adivinar la forma de su pene. No era una situación demasiado diferente a la que estaba ocurriendo ayer con Claudio… antes de su “espontáneo” encuentro sexual.

No se siente dueño de sí mismo, sino vulnerable y teme que algo similar pueda ocurrirle con Luciano ahora mismo y en el gimnasio, estando éste, además, cada vez más lleno de gente. Camina hacia la zona de vestidores y duchas junto a Luciano, imaginando que la encontrarían con varios ocupantes, pero para su sorpresa, nota que solamente están ellos dos ahí. Luciano no pierde tiempo para sacar sus cosas del locker e, inmediatamente después, quitarse la camisa. Al hacerlo, levanta sus brazos y es entonces cuando los ojos de Rodrigo se abren completamente, sobresaltados de pronto ante la escena: ¡el short de Luciano parece una tienda de campaña!

Para comentarios o sugerencias, escriban a maxival91@gmail.com

NOTA: El autor agradecería le comunicaran algún comentario, o idea sobre la historia. Esta me agrada, y personalmente la espero y sigo con interés, por eso, en ese detalle en específico, no he querido indicarle nada, no vaya a terminar como “otro cuento que se parece mucho a los otros”. Pero están invitados, ¿eh?

CONTINUARÁ … 14

Julio César (no es mío).

3 comentarios to “DE HOMÓFOBO A PUTO… 13”

  1. jcqt1213 Says:

    ¿Luciano? ¿En serio? Cómo he reído con esta parte. A nuestro muchachón comienza a expandírsele el mundo, ¿eh? Muy buena la descripción de los personajes y sus rutinas a la hora del encuentro, de por sí, muy sensual todo. Vamos a ver qué ocurre. Por cierto, cómo me desagrada un poco Roberto, comparado con él, Claudio es un sol.

    • Sergio Says:

      ¿Qué te hizo reír en particular? Je, je

      • jcqt1213 Says:

        Las cosas en las que ahora se fija nuestro héroe, aunque, en muchos gimnasios, a donde a veces voy por ratos porque eso me cansa, siempre es común ver a dos sujetos hablando que miran, como si tal cosa, el culo de otro que pasa y se ve bien en licra. Pero aquí hubo más.

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