RECLAMO EN LA PLAYA… 3

RECLAMO EN LA PLAYA                         … 2

De EdwJc

   -¡No! –brama asustado, de que le escucharan y creyeran que era cierto, más que para convencerle, o reafirmarse como heterosexual. No puede evitar, mirar como ciervo encandilado, cuando el sujeto se lo atrapa con una mano sobre la tela, apretándolo, haciéndolo más evidente, ¡parecía tan largo y grueso!

   -¿Seguro que no es esto lo que quieres, muchacho? ¿El güevo tieso y caliente de un macho? –vuelve a interrogar, voz profunda, rica, masculina. ¡Volumen alto! Mirándole fijamente, como analizándole.

   -¡No! –reitera, cruzando los brazos sobre su pecho desnudo, el cual sube y baja con esfuerzo, rojo de cara, no pudiendo apartar del todo la mirada de ese tolete atrapado. ¿Por qué coño no le empujaba y escapaba? Es lo que se pregunta. Le irrita la sonrisita del otro.- No me gustan esas mariconerías, como a usted. –arroja, intentando alterarlo, aunque costándole, porque era cliente del banco.

   Parece funcionar su intento, el otro endurece la expresión, se suelta el tolete, va hacia él, tomándole por sorpresa, atrapándole con una mano, en puño, el suave cabello castaño, y con la otra se alza la camiseta sobre el cuello, despejando el recio y musculoso torso.

   -¡Pequeña cucaracha insolente! -le gruñe halándole el cabello, obligándole a doblar un tanto el cuello, acercándole, mirándole a los ojos.- A un hombre no puedes hablarle así. Sólo mirarle el güevo, preguntándote cómo será, imaginarlo, deseando tocarlo, esperando que ese hombre te deje… -autoritario, le enumera esa lista, al tiempo que le atrapa una mano y la lleva a su entrepiernas, sobre su tranca dura, que parece quemarle. El chico intenta alejarla, pero halándole el cabello, haciéndole gemir, y aplastándole la mano en su entrepiernas, le retine.- ¡Quieto, pequeño marica! –le gruñe, las pupilas encendidas por una luz salvaje, que intimida y encoge a Felipe, el cual traga en seco, temblando, rojo de cara, su piel caliente, tanteando ligeramente con sus dedos sobre la barra, como si no notara que lo hace. Que su cuerpo responde. O rindiéndose incapaz de sostener esa pelea. El otro si lo hace, con una sonrisa. Lo sabía, el chico, joven y guapillo, coqueto con las chicas, siempre de punta en blanco, era un sumiso. ¿Pero para las chicas o los tipos? Siempre se preguntaba esas cosas cuando se topaba con uno, aunque era irrelevante. Él tomaba lo que quería, y así le gustaba la vida.

   -Señor Cortez… –el chico intenta razonar, pensando en lo inconveniente del apellido del otro. Pero calla, la boca muy seca, no entendiendo qué pasaba que ese sujeto le hacía eso, en un lugar público (y la idea le eriza), y que no le respondiera agresivamente como un macho. Tan sólo es consciente del agarre en su cabello, firme pero ya no doloroso, de la manota sobre la suya, mientras acuna sobre el short jeans ese tolete duro. El otro olía a sudor y colonia de las buenas, el calor le llegaba casi como vapor. La mano sobre la suya le obligan a cerrar el puño, atrapando sobre la tela la mole de carne. Gesto que le estremece; efectivamente parecía larga, gruesa y muy tiesa. Casi pulsando en su joven mano. Y aprieta y aprieta suavecito, sintiéndose casi culpable al hacerlo, su corazón ensordeciéndole con lo rápido que late. Dios, cómo quería escapar de aquella situación de locos…

   El agarre en su nuca acaba, el tipo baja la mano, la otra deja la suya… y no se mueve, no puede. Como un chiquillo que no quiere molestar al maestro sigue mirándole, boca abierta… palpándole el güevo en ese baño de los vestuarios en la playa. Dios, ¿y si alguien entraba y le encontraba haciendo eso? La idea le provoca un escalofríos que erecta sus tetillas, de miedo. Contiene un jadeo cuando esa mano grande, ruda y cálida, va a su rostro y le acaricia suavemente.

   -Tienes una cara bonita, dulcemente masculina, lo que todo hombre desea ver de rodillas frente a él mientras le mama el güevo como si no hubiera mañana. –le informa, sin perder detalle de sus reacciones, sonriendo al verle abrir un poco más la boca, indignado, pero resignado a callar.

   Dios, tenía que irse, se dice alarmado, asustado, cerrando la boca cuando el pulgar del tipo recorrer su labio inferior, forzando la entrada, recorriéndoselo, todo tan íntimo, tan sucio y prohibido.

   -Sácamelo. –le ordena ronco, profundo, autoritario, bañándole el rostro con su aliento, paralizándole.

   -Señor Cortez, no puedo… Yo no… -se agita, sin soltarlo, pero sin acariciarle.

   -¡Sácalo, coño, deja de porfiar! Sabes que quieres verlo, comprobar cómo lo tengo. Sabes que deseas tocarlo, apretarlo. –le ruge en tono severo, alto.- No me hagas repetírtelo o lo haré gritándolo, y vas a tener que sacármelo de todas maneras, y tocarlo, pero posiblemente venga alguien atraído por los gritos y te verá hacerlo. Recuerda a tus compañeros de trabajo en la playa.

   El joven no puede reaccionar, como no sea soltando aquella barra que quema su mano, dominado por unas dudas que le eran incomprensibles. Lo lógico era que se le arrojara encima e intentara escapar, aunque la palabra fuera fea. O, por lo menos, le gritara y discutiera aquello, pero una extraña parálisis parecía maniatarle. Y una idea obsesionarle: “Dios, qué nadie me vea, que nadie sepa esto”. Su rostro es un poema de confusión, incertidumbre, y el otro hombre rueda los ojos, alza una de las manos y vuelve a atraparle el cabello, halándoselo feo hacia atrás, obligándole a levantar el rostro, sus miradas encontrándose; una dominante, autoritaria, viril, la otra asustada, vacilante. La mano libre del sujeto sube y le da una seca bofetada. Una. Más sorpresiva que otra cosa. Revolviendo al chico de su letargo físico.

   -Obedece, pequeño marica. –le ruge, acercándole, por el cabello en su puño,  a su rostro.- ¡Ahora! –le ladra alzando la mano que abofetea, abierta. Una que atrapa la mirada del muchacho y le nubla las pupilas.

   Frenético, Felipe baja sus propias manos y abre aquel jeans cortado en shorts, sin quitar los ojos de la gruesa pieza que abulta hacia la derecha. Sin pensar, sin detenerse a reflexionar, tan sólo obedeciendo automáticamente esa voz de mando. Como bien suponía el otro cuando comenzó a tratarle así, adivinándole sumiso, un tío joven, guapo, profesional, que tenía el paquete para ser un ganador, incluso un seductor de nenas, pero que era incapaz de resistir la voluntad de un verdadero hombre, uno que podría hacer lo que deseara con su vida, lo quisiera el chico o no, incluso usarle sexualmente.

   Felipe, respirando pesadamente, baja el cierre, y un poco la prenda, la mirada fija en un bañador licra azul oscuro, tipo bóxer corto, totalmente deformado por una barra de carne que lo alza. Y con la mano lo cubre, lo toca, como si no se diera cuenta de lo que hace, apretándolo sobre el suave material de baño. ¡El güevo erecto de otro hombre!, la idea le llega, pero no parece asustarle, impresionarle o molestarle lo suficiente. No puede. Es, efectivamente, sumiso.

   -Sácalo, bebé. Es tu chupeta para que tomes de ella todo el dulce que quieras o puedas tomar. –le gruñe el otro, rostro pétreo, tono burlón.

  Con la mano sobre el tolete, sin poder dar otro paso, Felipe siente que se asfixia de temor, sabiendo que no quiere hacer eso, era repugnante, pero que no encuentra las fuerzas para resistirse, no con ese hombre mirándole así, ni por el calor y las pulsadas que vienen de la carne erecta bajo el bañador.

   -Yo no… No…

   -¿No sabes qué hacer con la pieza de un verdadero hombre? Tranquilo, te enseñaré lo que debes hacer para poner a tus machos a mil, deseosos de complacerte, pequeño marica. –se burla.- Vamos con la lección número uno…

……

   Tantos hombres ponen a chicos así. Porque los adivinan, saben lo que anhelan en sus corazones, ser domados. Y cuando lo están, causan sensación. Sólo basta que estos sigan ENTRENANDO.

CONTINÚA … 4

Julio César.

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