LOS CONTROLADORES… 45

LOS CONTROLADORES                         … 44

   -Ven por todo lo que te gusta, marica.

……

   No lo piensa más, de hecho no piensa, va tras el sujeto, moviéndose lenta, incómoda e irritantemente dentro del atestado vehículo. Todo el mundo se estorba, todos odian el roce. El calor, la humedad y los olores de gente que lleva todo el día en las calles, en diferentes oficios y tareas, dirigiéndose a sus casas, llena el espacio. Es una mezcla que, generalmente, no era muy grata. Y el gordito, en particular, era especialmente oloroso. No a violín, a peste de axilas, era como si hubiera sudado mucho, incluida las ropas, se hubiera secado, sin cambiarse ni bañarse, y volviera a sudar otra vez. Y otra. Así apestaba el tipo tras el cual se coloca.

   Este, sintiéndole, muy cerca, otra persona más presionándole, le lanza una mirada irritada. Ya tiene el metálico respaldo del asiento clavado en su entrepiernas. Es cuando el sujeto, un moreno claro y atractivo, de esos a los que odiaba porque las mujeres los aman y él nunca se podría parecer, se le pega. Así de simple y directo. Llegó, se detuvo detrás de él, montó una mano en el tubo que cruza el techo y le pegó la pelvis del culo. Parpadeando, ceñudo y molesto, lo siente, el contacto firme. Nada de sutilezas, de roces accidentales o disimulados. No, el tipo vino y le pegó el güevo del culo. Así lo piensa, porque… Es cuando parpadea aún más, confuso. Si, ese tipo tenía el tolete bien parado; duro, tieso, caliente a pesar de las ropas que los separaba. Pulsante. Eso también lo nota. Esa tranca de tío, verticalizada en la pelvis, estaba latiendo contra su culo, como si lo deseara. Sorprendido, intenta apartarse un poco, echarse hacia adelante, pero el tubo del respaldo no lo deja. Y ese carajo, respirando algo pesadamente tras su cuello, bañándole con el aliento, tiene las santas bolas de comenzar a frotarse, muy imperceptiblemente pero evidente, lento y deliberado para que lo note, de arriba abajo.

   El gordito traga en seco, alarmado por la situación, era algo que nunca antes en su vida le había pasado, que otro hombre le diera semejante refregada. Y ese bicho parecía largo, duro, con ganas de culiar. La idea le llega claramente, confundiéndole, consiguiendo que su sangre corra con fuerza en sus venas: era un güevo que evidentemente quería culo. Pegar la cabeza, mojada, de un agujero peludo y cerrado e ir enterrando esos pelos mientras iba entrando, centímetro a centímetro después de vencer la resistencia del esfínter, robando una virginidad. El gordito siente que su corazón va a dejarle sordo por la manera en la que martilla y hace que su sangre corra ante otro pensamiento que parece certeza: seguro que me dolerá si me la mete.

   ¡No, no!, se grita mentalmente, cara confundida. Debería estar gritándole ya, ¿no?

   -Oye, amigo, deja espacio, ¿no? –es lo único que puede gruñir, bajito para no llamar la atención, por alguna razón se sentía débil, vulnerable en aquella situación y no deseaba fuera notado por la gente alrededor, casi todos otros hombres. Sus ojos se encuentran, y le eriza no ver en esa otra mirada sino intensidad. Ganas. Unas ganas que adivina cuando el tipo, por toda respuesta, lo que hace es pegársele más, haciendo más evidente su refregar de perro, arriba y abajo, casi empujándole con la pelvis; ese tolete casi metido entre sus nalgas algo gordas.

   -Lo tienes caliente. Quiero tu caliente coño de chico.

   -¿Qué? –la boca se le secó, ¿acaso ese tipo estaba loco? ¿Por qué no se detenía? ¿Por que seguía refregándose? Y… ¿por qué, él mismo, empujaba su culo hacia atrás ahora? No sabe exactamente cuándo comenzó, o por qué, pero de alguna manera, tal vez para convencerse si la cosa era cierta o no, había proyectado su trasero. Para verificar el asunto, que sí, que ese tipo se le pegaba, que le tenía el güevo montado contra las nalgas, y que estaba duro. De alguna manera su trasero se había como sensibilizado para tal comprobación.

   -Quiero tu coño. –fue la respuesta mecánica.

   -¡Hey! –todavía no respondía algo adecuado a aquello, cuando ese tipo se suelta del tubo, autobús en plena marcha, y lleva las manos a su bragueta, abriéndole la corre, el botón del pantalón y el cierre.

   ¡Allí, en pleno autobús lleno de gente! Y él no hacía nada para detenerle…

……

   -¿Lo notas? –la joven le pregunta a su acompañante, con quien camina tomada de la mano, como si fueran novios o algo así (no quieras ponerle nombre a nada; no empujes Joanna, no empujes, se recordaba), mientras recorren el pasillo del Centro Simón Bolívar, el cual parecía algo umbrío, descuidado. Arruinado, apagado el brillo de ayer. Iban rumbo a un lugarcito donde vendían unas hamburguesas increíbles, sin embargo. Tanto que, aunque no habían llegado, ya sentían el agradable aroma.

   -Si, y eso que no tengo ninguna habilidad empática. –gruñe René, el hombre joven de piel aceitunada y aire medio árabe con el cual la joven pasaba sus buenas horas en la cama; se ve ceñudo, más curioso que mortificado. Mirando a todos a su alrededor.

   Las personas que pasan y se cruzan con ellos muestran una curiosa expresión… vacía. Especialmente las mujeres. Caminaban en línea recta sin mirar vidrieras, hablar por teléfono o hacer contacto visual con alguien. Incluso parecía que se alejaban. Que iban abandonando el lugar, los pasillos del Centro. Los hombres eran otra historia. Estaban detenidos, de espalda a las vidrieras o paredes. Mirando a todo el que pasaba. Sus ojos también parecían carentes de expresión, pero las pupilas buscaban. Cazaban. Sintió sobre sí, no sobre su bonita acompañante, miradas de interés, evaluadoras, unas que se volvían confusas, luego desdeñosas. Suspicaces. Era como si preguntaran algo, algo esperaran ver, y él no diera la respuesta adecuada.

   -Debe ser cosa de los controladores. –grazna Joanna, bajito, interpretando también la situación.

   René va a responder, pero no tiene tiempo. Un policía municipal, joven, bajito, mal encardo, les corta el paso. Su mirada, vacía al inicio al ir de uno a la otra, luego parece hostil.

   -Circulando, ciudadanos. –les gruñe, volviendo el rostro hacia una salida del Centro.

   -Vamos  comer algo. –responde Joanna, suave. Este los mira, frío.

   -¡Circulando! –repite con agresividad.

   -No hacemos nada malo. –se altera René, nunca muy paciente. Y nota que el joven policía alza la barbilla, como esperando la respuesta. Y que tres tipos, parados por allí, sin hacer nada, como esperando, se acercan, sin intercambiar palabras o miradas entre ellos, coordinados por algo externo. Y la idea era fascinante, y perturbadora.- No queremos problemas. –les mira, indolente.

   -Cédula. –pide ahora el joven agente. Agresivo. Los otros se acercan más.

   -Mejor nos vamos. –sonríe Joanna, tensa.

   -No, ahora no. ¡Identificación! –repite el joven, un brillo nuevo en sus pupilas. Agresividad, una alegre, evidente. Sentimiento compartido por los otros. Jóvenes osos buscando pelea por pelear.

   -Ya escuchaste. Tú y tu perra… -comienza otro de los presentes.

   -Váyanse a la mierda. –responde entre dientes René, abultando sus mejillas, frunciendo los labios y soplando muy suavemente, muy contenido, haciéndolo así porque en cuanto soltó su frase, Joanna le había montado una mano en el codo, para que se detuviera, o que actuara con mesura.

   Sopla, suave, muy leve, apenas una bocanada que no agitaría una telaraña, pero los otros cuatros, al frente, parpadean y comienzan a boquear, como si no pudieran respirar. Se inicia poco a poco, pero luego rojos de caras, inspiran ansiosamente en busca de oxígeno, uno que parece haber desaparecido. Uno de ellos se dobla de rodillas, los otros se alejan tambaleándose. ¡Se estaban asfixiando!

   -Vámonos. –la joven le gruñe, halándole del brazo.- Y deja de sonreír así. Eres aterrador.

   -Oye, ellos se lo buscaron. –se defiende, volviendo la mirada, ya parecían ir recuperándose. Era una pena, si Joanna no hubiera estado allí se habría divertido atormentándoles por abusadores.

   -Dios, esto está empeorando. –jadea ella, que rueda los ojos cuando la mira con evidente confusión.- ¿No lo ves? Los controladores están tomando la ciudad. Lo que hacen no nos afecta, y los controlados terminan notándolo… Y es posible que la agresión que intentaron fuera una respuesta programada. Tal vez deban ir contra todo el que no se someta. En ese caso…

   -Todo anómalo en esta ciudad corre peligro. –termina él, maravillado. ¡Vaya con esos bichos!

   -Y todo es culpa de Sombrío. –farfulla ella, resentida.- Nos pone a todos en peligro. Es un traidor.

   -Tal vez trabaje con ellos. Y tal vez debas dejar que yo me ocupe de él. –sugiere, alarmándola.

   ¿Ir contra Sombrío? La idea le parecía repulsiva, inconcebible, y se pregunta si el otro no la habría programado para que le fuera fiel. Aunque, viendo como estaban las cosas, era una idea. Un camino desagradable que tal vez habría que tomar para salvar a la mayoría de la locura que los controladores desatarían. O ya habían desatado. Es consciente de las hostiles miradas a su paso.

……

   -No, no, espera, ¿qué haces? -el hombre joven y gordito, mal vestido y apestoso a sudor no puede creer que ese otro tipo esté abriéndole el pantalón en medio de un autobús atestado de personas, y que sube al barrio, mientras le refriega de las nalgas un tolete que siente totalmente duro, caliente, pulsante… extraño.

   Gruñéndole al oído como un mantra que quiere su coño, llenar su coño, llenarlo con su güevo, todo ello le parece una locura al gordito, pero no puede hacer nada por detenerle, no se siente con fuerzas, aunque, a última hora, atrapa una de las perchas del pantalón, sosteniéndolo en su lugar, en la parte delantera, cuando el otro se lo baja por detrás. Enrojece, de vergüenza, porque lleva un bikini baratón de licra, verde chillón, de mal gusto, el cual dejaba ver el nacimiento de su peluda raja, y cuya tela estaba casi toda clavada entre sus regordetas y algo blandas nalgas. Todos verían que usa esa mierda… La idea le llena la mente (no que un carajo le hacía eso), embargándole de horror y emoción, su corazón bombeándole con fuerza en el pecho. Y a duras penas contiene un jadeo cuando el tipo vuelve a pegarle la pelvis, y el güevo, del trasero.

   -Bonitas pantaletas. Pero yo quiero tu coño. –el gordito siente la mano que entra en el borde del feo y barato bikini, bajándolo, exponiéndole.- Voy a coger tu coño… aquí y ahora.

CONTINÚA … 46

Julio César.

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