LOS HEREDEROS… 6

LOS HEREDEROS                         … 5

   Bolas azules, cuando se piensa que se va a gozar y…

……

   Elías no necesita observarlo especialmente, cuando él mismo responde al fuego, chispas saltando contra la tela metálica. Es bueno con las armas, pero todo fue rápido, profesional. La moto se aleja, rauda, dejando detrás el cuerpo caído de lado de una anciana medio encorvado. ¡La habían matado! A Anastasia Palicki, la extraña mujer mayor que sostenía saber y tener las pruebas de que al comandante presidente de Venezuela lo habían envenenado.

   El drama ante sus ojos le impresiona por una breve fracción de segundo, cuando ya se despega de la ventana y echa a correr fuera de la habitación, arma en manos, lanzándole una furiosa mirada a la puerta cerrada del otro lado del pasillo. Claro, aún con dos consideraciones en mente: el grito de alguna mujer situada cerca del lugar de los hechos, una testigo, y el recuerdo de la anciana saliendo disparada hacia atrás bajo el impacto de las balas, golpeando unos botes de basura estacionados allí, como en una mala película, derribándolos mientras caía de costado, con un sofocado grito, tal vez de sorpresa, o rabia. O miedo. Una mujer vieja, pequeña y frágil había sido asesinada. ¡El miedo qué debió sentir!

   -¡Cerruti! –ruge, furioso, sin detenerse, dando un golpe en esa puerta con un pie.

   No se detiene pero la oye abrirse cautelosamente, ¿qué habría estado haciendo el pajúo ese? Tal vez eso, un paja mientras la anciana a la que se suponía que debían proteger (en realidad extraer de su hábitat y llevársela al hombre fuerte del Gobierno), salía a fumar y le pegaban tres tiros. La rabia lo ciega, contra su compañero, por displicente (cosa extraña en él, debe admitir, pero aparta la cuestión por irrelevante ahora, ¡está furioso!), contra la anciana insensata que sabía su vida corría peligro y aun así salió, sola, a despoblado. Y contra sí mismo. Especialmente contra sí mismo. Había dejado que todo ocurriera. Bajó la guardia. Descuidó la vigilancia por estar pensando en meterse dentro de los pantalones del botones, preguntándose si usaba bóxers, trusas o bikinis; así, el temor que no tomó en serio, el de una mujer que temía por su vida se hizo realidad. Con paso de caballo al trote recorre el pasillo, empuja con el hombro la puerta que da a las escaleras y alarma a una parejita joven que subía, buscando un cuarto para follar en la tarde en lugar de estar en el colegio, quienes al verle con esa cara de matón, rabioso, arma en mano, volando por los escalones de tres en tres, se asustan. Aunque no tanto como para irse, el chico ya había pagado la habitación y no había devolución.

   -¡Llama a la policía y una ambulancia! -le grita Elías al hombre viejo tras la recepción, que parece turbado, seguramente habiendo notado algo. O por los gritos femeninos que se repetían en aquel costado del establecimiento. Parecía estar matándola a ella también.

   Sale, cegándose por el sol, tenso, rostro pétreo, mirada atenta, arma alzada frente a su rostro. Nada. La moto se había retirado hace rato. La perspectiva de un enfrentamiento (lo deseaba, en verdad, aunque no esperaba que ocurriera, si eran profesionales), le eriza la piel. Su corazón bombea con la adrenalina suficiente para acabar con un ejército.

   -¡Silencio! –ruge, sin volverse hacia la mujer parada a un lado de la puerta, una camarera del hotelucho, cigarro en mano también, una que tiembla bastante. Aparentemente en esa tierra de nadie se refugiaban todos los acosados por la prohibición del tabaco y el humo. La mirada la tiene clavada, algo apenado, en el cuerpo pequeño y frágil caído, la nuca cubierta con la llamativa pañoleta, el bolso abandonado fuera de su hombro. Un bolso que cuidaba tanto.

   Siente un renovado furor, contra sí mismo. La mujer no le había agradado, ni un poquito, pero había confiado en él, tanto como para poner la vida a su cuidado. Y le había fallado. Las manos se le tensan sobre el arma que aún sostiene en alto, los abultados bíceps casi haciendo estallar las mangas de la camisa. Pobre diabla. Con la boca seca, con un saborcillo cobrizo en la lengua va hacia ella, apenado, o todo lo que puede un endurecido hombre que se ha dedicado al mundo de las operaciones oscuras, y a las contra operaciones. ¿Cómo llegaron hasta ellos? ¿Quién sabía que pernotarían allí? La cosa era sencillamente imposible, él mismo no se había decidido por ese hotelucho hasta que tuvieron que parar ante la negativa de la anciana de continuar, temerosa por su vida si llegaba a Caracas. ¿Entonces? La duda penetra su mente. Cerruti.

   Él debió avisarle a alguien. Era la única explicación aunque le costara creerlo. El tipo era cabal y leal a su deber. No eran amigos, no confiaba en el catire ese, pero… Doblando las rodillas, la tela del pantalón tensándose al límite sobre sus muslos y trasero, la camisa demarcándole la espalda recia (le gustaba lucir así a los ojos de los chicos), se inclina sobre el cuerpo, casi encogido sobre sí, como si en medio de la agonía, la anciana hubiera adoptado una posición fetal de auto protección. Había poca sangre. Se tensa, los dedos se cierran sobre el arma y se vuelve desde su posición, apuntando hacia la entrada a ese callejón lateral, provocando otro grito de la mucama, quien todavía temblaba pero continuaba allí, mirando mórbidamente fascinada todo aquel drama. Elías Rodríguez, tragando en seco, ceño muy fruncido, apunta a su colega, Antón Cerruti, quien lleva su arma de reglamento en una mano, pero apuntando al piso.

   -¿Qué diablos pasa contigo? ¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar vigilando desde…? –pregunta este, ceñudo también, mirando al enorme oso inclinado junto a un cuerpo que se parecía curiosamente…

   -¿Qué estoy haciendo? ¿Qué coño te parece qué hago? –ruge molesto Elías, convencido de que le acaba de estallar una venita en el cerebro al escuchar preguntar eso al catire de cara ancha, bigotillo como pelusa, ojos clarones que despertaban admiración en las féminas del cuerpo. Un tipo atlético, joven al ir finalizando los veinte, ancho pero no obeso. Fuerte. Todo eso ya lo había notado antes, gustándole sexualmente los machos, pero sin sentir el menor interés por él, aunque, claro, le ha dado una que otra mirada cuando se cambian en medio de una operación. Joder, tampoco era de piedra, y tenía buen cuerpo. Y un macho en bóxer o trusa… En ese momento quiere gritarle, le oye hablar pero no le para bolas y se vuelve hacia el cuerpo caído, oprimiendo un delgado hombro, aún tibio, volviéndola. El shock le paraliza toda función mental, no así el físico, salta y se endereza como empujado por un resorte.

   Aquella anciana muerta no era su encargo, no era su anciana. Era otra anciana muerta, una que llevaba la pañoleta y el bolso de Anastasia Palicki. Parpadea, boca seca, mientras Cerruti se acerca, confundido, él no vio ningún asesinato por una ventana, ni supuso que era la fulana anciana. Un cebo, la idea penetra la mente de Elías como una tromba de agua. A esta anciana la habían usado de cebo para obligar a unos asesinos a manifestarse. Alguien la puso allí, le dijo ponte esto, cuélgate esto otro, camina de tal manera, sal a fumar. Pero, claro, no le dijeron que alguien la mataría. La enviaron como vaca al matadero.

   Anastasia Palicki. La vieja hija de…

………

   De espalda sobre su cama, Ricardo Amaya olvidó la franela rasgada y estar sobre su cama apestando a camarón de río cuando Sergio Luna, medio bajándole el pantalón, atrapó en un puño su tolete y comenzó a darle lengüetazos en sus bolas peludas, como todo él. O lo olvidó todo lo que pudo con su, muchas veces, mente quejumbrosa (joder, le gustaba esa franela, y con tantos gastos no podía comprar cosas nuevas; ni pagar tanto en lavandería, si al caso íbamos, y sacar el olor a camarón…), pero sí, todo lo olvida con un largo gemido de gusto cuando la boca del otro carajo atrapa su bola derecha, cubriéndola, lengüeteándola, succionándola y halándola, al tiempo que le masturba la barra; el recio puño masculino (muy distinto a cuando se lo atrapa una mujer, esto era más firme, exigente, como le gustaba), subiendo y bajando apretaba muy bien; las dos pieles ardiendo por segundo.

   Lloriquea sin ninguna vergüenza cuando su otra bola, de alguna manera, también queda atrapada en esa aspiradora que el otro tiene por boca, y que le hace notable a la hora de mamar güevo… O lamer culo. En lo que también era muy bueno. Bastante que le había hecho delirar cuando le trabajaba con ella, bañándole de saliva. Práctica a la que antes de Sergio, no era tan aficionado. Pero, coño, esa lengua se metía de una manera que le dejaba maluco, con la pepa alborotada esperando güevo para calmarse. El otro era bueno en el sexo homosexual. Era evidente que, a pesar de sus reparos, de buscar sólo citas a ciegas de un rato en las duchas de los gimnasios, se había aplicado. Eso o a sus mujeres les gustaba que también se las metiera. Por allí.

   Como sea, el algo relleno tipo, bajito y muy velludo, sonríe beatíficamente, tomando una almohada y acomodando su cabeza, disponiéndose a disfrutar en toda la regla de una buena mamada de güevo; de todas esas haladas y chupadas, algo que un hombre siempre agradecía. Y jadea cuando sus bolas son liberadas, mojadas de tibia saliva, y la mano sobre su tranca aprieta subiendo y bajando, lentamente, el pulgar sobre el ojete de su glande, presionando sabroso. Lo siente, primero el aliento pesado de Sergio bañándole la base, la lengua de este titilando sutilmente en ella, entre los pelos, las bolas y el tolete, subiendo siguiendo el curso de la gran vena de la cara posterior, la punta de esa lengua dándole pequeños azotes sutiles, excitantes y enloquecedores, subiendo y bajando. La lengua, pegándosele totalmente, sube lentamente, recreándose en su vena caliente que seguro la quemaba. ¡Dios, lo tiene tan duro y le late tanto! El agarre en puño se libera un poco para que Sergio suba lamiendo como quien disfruta una chupeta, hasta alcanzar el glande, azotándole el ojete bañado en licor.

   -Hummm… -gimotea sin ningún pudor.

   -Esto si te gusta de mí, ¿verdad? –tiene que abrir los ojos ante el tono levemente acusatorio del otro, encontrando su torturada mirada, los labios muy cerca de su glande.

   -Por Dios, ¿acaso vas a continuar…? –aunque era difícil encontrar fuerzas para alterarse y seguir discutiendo en un momento así, lo va a hacer.- Ahhh… -pero toda queja muere cuando la boca del otro cubre la punta de su tolete, los labios presionándole el cuello, succionando, la lengua tocándole, caliente, móvil. La sensación de vacío lujurioso es tan intensa que siente un escalofrío recorrerle todo, y aprieta el culo inconscientemente mientras sube las caderas.

   Quiere, por encima de todas las cosas, que se lo mame, que lo cubra y… Lanza otro gemido cuando esa boca va haciéndolo, descendiendo centímetro a centímetro sobre el más que vistoso tolete. Y mientras lo hace, mientras aprisiona con sus labios, mejillas y lengua, con la frente muy fruncida por el esfuerzo de mirarle, los ojos de Sergio están clavados en los suyos. Joder, si, era tan excitante ver a otro tío tomar tu güevo, piensa, especialmente uno como ese, tan guapo y masculino. Y más joven. Tomándolo todo como si le gustara que jode.

   Fuera lo que fuera que Sergio estuviera sintiendo en esos momentos, y pensando de él, para Ricardo era evidente que disfrutaba subir, dos o tres centímetros, y luego bajar, la misma distancia, sobre su tolete duro, sorbiendo. Le gustaba mamar güevos, o al menos el suyo. Por alguna razón tiene la idea de que el otro era siempre más activo en esos menesteres, acostumbrado a esperar que otros le hicieran y complacieran. La boca baja más, entre ahogados “aggg”, la saliva corriéndole por el tronco, caliente y espesa, el aliento quemándole. Y lo agradecía, independientemente de los problemas de comunicación que tuvieran (cables cruzados, quiero y no quiero esto), gime en la dicha cuando esa boca sube y baja, apretándole, halándole y chipándole el güevo con nuevos bríos, estimulándolo las mejillas, esa lengua que parecía al rojo vivo contra su sensible piel.

   Cierra los ojos otra vez, dejándose llevar, sonriendo aún más, mejillas más rojas, viéndose casi como un chicuelo a pesar de la edad; el rostro velludo, el cabello sobre su frente (parecía crecerle por segundos), dejándose llevar por la sensación de aquella boca que lo estaba mamando ruidosamente, con sorbidas poco elegantes si fuera la hora de comer, mientras una mano apretaba y daba suaves halones a sus bolas, las cuales era recorridas casi mimosamente por un pulgar cuando aquella boca se pegaba toda de su pubis, tragándole todo el tolete, y aún así sigue ordeñándoselo con la garganta. Y no necesita abrir los ojos para verlo, para comprobarlo, era algo que ya sabía, hasta por experiencia, que la vista de un  hombre devorando cada centímetro visible de un güevo tieso era una visión realmente erótica; y que Sergio tendría la frente levemente fruncida, los pómulos rojos, la manzana de Adán subiéndole y bajándole espasmódicamente. Especialmente si continuaba trabajándosela así.

   Recuerda la primera vez que chupó un güevo, uno joven, como joven era él mismo… Prácticamente comenzando la secundaria, en los baños del colegio, en uno de los privados, sentado en la tapa del inodoro, el compañero de estudios de pie, el tolete afuera del cierre del pantalón, ojos cerrados, gimiendo contenidamente mientras se lo cubría con la boca. Apresurado, nervioso, sintiéndose feliz y culpable al experimentar eso con lo que ya llevaba tiempo soñando en mil pajas en su cama. Disgustado porque el semen tocó su lengua. El alejamiento de ese amigo, quien tal vez contó algo por allí, por la manera en la cual le miraban los demás, le hirió. Pero luego le buscó, regresando por otra mamada. Y otra. Y otra. Él dándoselas, casi sin hablar. Parecían no disfrutar totalmente de esos encuentros, y sin embargo no podían simplemente pasar de ello. No encontrarse una tarde y hacerlo, era desagradable. Se sentía como haber perdido lo único importante de ese día. Si, ese chico del cual no recordaba mucho más que la forma de su miembro, había sido su primer tonto enamoramiento gay. Antes de, como se lo reclamó una tarde ese chico, herido y celoso en ese momento, la llegada de la bella y dulce (se lo parecía ene se entonces) mujer que sería su primera…

   Se congela, porque entre sus gemidos roncos y bajos escapados de sus entreabiertos labios brillantes de humedad, y las chupadas y sorbida de Sergio al subir y bajar, dándole espasmódicos besitos en el enrojecido glande, del cual manaban esos jugos que al otro encantaban, se escucha el sonido de su teléfono. ¡Justo en ese momento! Estridente, contundente. Una tonada de la película El Retorno del Jedi, Hacia la Trampa. Se oye obligándole a abrir los ojos, parpadeando. El otro parece sentirlo también, en aquel güevo que chupa, y lo suelta, mirándole ceñudo.

   -¿En serio? ¿Lo harás en este momento? ¿Dejarme colgado mientras atiendes? –exige saber.

CONTINÚA … 7

Julio César.

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