RECLAMO EN LA PLAYA… 4

RECLAMO EN LA PLAYA                         … 3

De EdwJc

   Dios mío, ¡ese hombre se había vuelto loco!, jadea para sus adentros Felipe, alejando la mano nuevamente, todo su ser revolviéndose contra la idea de tocar ahí, y así, a otro carajo, pero sintiéndose dividido entre el miedo y la desesperación. Paralizado ante la poderosa voluntad del otro, quien nuevamente le atrapa la mano, con dureza, afincando el agarre en su cabello, ahora algo transpirado por la angustia.

   -Señor… -intenta razonar.

   -¡Cierra la boca, maricón! –es tajante, menos cordial, mirada brillante de algo que le asusta todavía más. ¿Deseaba que diera guerra para zurrarle? ¿Discutir? ¿Gritarle en ese baño, humillándole y sometiéndole al tiempo que todos se enteraban? Lo sospecha y la sola idea le debilita, congelándole. Eso parece complacerle y el tono vuelve a ser pedagógico, paternal y casi amistoso.- Lo primero que tienes que hacer, y sería bueno que amaras hacerlo porque te tocará mucho como marica latente que los hombres huelen… -desconsiderado, burlón, controlador, le dice aquello, llevándole la mano nuevamente a la verga tiesa que deforma el bañador que usa, obligándole a atraparla con la palma, frotándosela con fuerza de ella. Los cachetes rojos del muchacho, el furor impotente de sus ojos, le hacen sonreír.- ¿Ves lo duro que está mi güevo? Responde así a la caricia, a una mano ajena que lo soba, que lo adora y rinde pleitesía por lo buenote que está. Por lo mucho que le gusta a las mujeres y a ustedes los maricones. –le dice al rostro; están tan cerca que los alientos se mezclan, así como los calores corporales.- ¿Lo sientes? ¿Cómo pulsa cuando lo recorres con tus deditos que se agitan sobre él? -ríe de su jadeo.- ¿No notabas que lo palpabas? Es lógico, un maricón, independientemente de lo que crea, vive para estos momentos, su cuerpo se eriza, calienta y se le moja todo en presencia de un güevo que se le ofrece. Sus reacciones, sus respuestas, son automáticas.

   Felipe no responde, pero se paraliza, ofendido, humillado, sus dedos quietos aunque la palma sigue recorriendo la barra dura y caliente bajo la suave tela. Y sí que era grande, coño, se dice sorprendido; pero más por el detalle que por estar tocándolo, obligado por la mano del otro. Se sentía tan… extraño. Ignora la sonrisa socarrona del otro porque no está mirándola; curioso, aunque no cree poder jamás llegar a sentir deseo sexual por eso, no puede dejar de mirar la fascinante pieza del otro sujeto (el güevo de otro tipo, algo que jamás consideró tocar, dijera ese tipo lo que dijera), tan duro, tan pulsante. Parpadea, maravillado, cuando una leve gotita de algo moja la tela, untándola. Le parece percibir un olor fuerte, uno que reconoce como el de él mismo, cuando se masturba y el güevo le babea de ganas. Un olor poderoso, la esencia de un hombre. Y, llevado por la curiosidad, cierra los dedos, la mano en puño, sobre la barra, apretándola, medio agitándola de adelante atrás sobre la pieza, provocando más de ese humedad. Y un ronco gemido del otro.

   -Si, a los hombres nos gusta que jueguen con nuestros güevos. Nos gusta usar el güevo. Vivimos para el placer que sentimos cuando los usamos. Y nos excita lo mucho que vuelve loquita a los maricas. –le gruñe, bajito.- Esa fascinación que sufren cuando ven uno todo parado. ¿Te gusta cómo se siente en tu mano? –casi ríe al verle congelarse, el puño cerrado sobre su verga.

   -No, señor, Cortez, esto no… -comienza, indignado.

   -Coño, ¿dónde está la niña? –oyen una voz que ruge, afuera, un sujeto molesto por algo, tal vez un padre que dejara a un hijo vigilando a la hijita mientras iba a tomarse una cerveza. O gritándole a la mujer. La cosa era que se escuchaba cerca. Y el pánico se eleva a la estratosfera en aquel muchacho, que tiene miedo de que le vean en eso, e intenta alejar la mano, otra vez. Y nuevamente es retenido en el lugar por la mano del otro. aumentando su angustia e impotencia.

   -¡Quieto! –le ruge, mirándole a los ojos, saboreando su angustia, su pánico.

   -¡Pero alguien puede entrar! –lloriquea, casi temblando de miedo.

   -Entonces hazlo rápido, maricón. Satisface a tu hombre ya. –le indica, elevando un tanto la voz, provocándole más miedo.- Aprende los caminos de los maricas eficientes. –cada frase es lapidaria para el joven. Oh, sí, era tan sumiso. ¿Gay o no? No importaba.- Toca, deléitate en sobar a un hombre excitado. –le indica, seco, obligándole a tocar y apretar sobre el bañador, sabiendo que el otro estaba ansioso. Guiándole por el puño que le retiene del cabello, le acerca más, sus rostros casi tocándose.- Después de una tarde de practicar un deporte como futbol, o beisbol, en los vestuarios, sudados, calientes, la sangre todavía corriendo, cualquier macho agradecería que te acercaras a él, y sin decir nada, lo tocaras así sobre los calzoncillos, indicándole cuánto amas la figura masculina. No habrá hombre que, riendo mientras te llama maricón, no abra las piernas para facilitarte el trabajo, soñando con que le des una mamada. Una que, en lógica, deberías darle después de tocarle y calentarle las bolas; pero, el punto, es que a todos nos gusta esto. Que nos lo soben y digan lo hermoso que es nuestro güevo, lo sabroso que se ve, el de cada quién. Que llegues y digas, por ejemplo, “que buen güevo tienes ahí, Manuel, se ve tan grande y tan rico”, y que lo toques, sorprendiéndolo, y agregues que uno así provoca masturbarlo o tragárselo hasta que suelte la leche. Así debes proceder siempre, maricón. Imagínate todos esos toletes creciendo, poniéndose duros por ti y para ti; la recompensa que mereces todavía cubierta por un bóxer, esperando que lo tomes.

   -No… no… ¿está loco? –el chico grazna, muy rojo de cara, casi aterrorizado ante semejante escenario. Conteniendo un jadeo cuando el otro le hala más, sus bocas casi rozándose, sus alientos totalmente mezclados, los ojos del otro sobre sus labios. Estaba tan cerca que… ¿Le besaría? La idea le sorprende y hace parpadear, garganta seca, labios temblorosos.

   -Deléitate en tocar así… así… Recórrelo con la palma, así. Aprieta con tus deditos de chico maricón, si, así… -le obliga a proceder, mirándole, sonriéndole, autoritario, complaciéndose en su sumisión. Porque Felipe parece dejarse llevar. Era como más fácil que enfrentare al formidable tipo.- Lo mejor está por llegar… -le advierta sonriendo, y el joven abre mucho los ojos, conteniendo un jadeo cuando le alza un poco la mano, los dedos quemándole al tocar ese bajo vientre algo velludo, y le obliga a bajar, metiéndosela dentro del bañador, tocándole directamente un güevo realmente caliente, venoso y duro.

   -No, no… -grazna el chico, casi mirándole suplicante. Aquello era una locura. ¡Él no era gay! Pero el otro no le deja apartar la mano de su verga, obligándole a recorrerla, como acariciándola para conocerla. Por un segundo logra despegar la mirada de la del otro, bajándola, encontrando su propia mano metida en ese bañador ajeno, notando la silueta de esta, deslizándose sobre el tolete tieso.

   -Tócalo, gózalo sentirlo así, muchacho maricón. Hazlo, cierra tu mano sobre el tolete de papá, eso nos gusta a los hombres. Aún a los más jóvenes, cuando un marica viene y lo hace. Apriétalo, sóbalo… -ordena, sus miradas atadas otra vez.

   Las mejillas de Felipe están muy rojas, su frente fruncida, sus ojos gritan de incertidumbre, impotencia y humillación… Su mano se cierra sobre la dura barra que pulsa contra su palma. Todo tan extraño, tan… Y lo masajea, de lado a lado dentro del bañador, las siluetas destacándose, el canto de su mano cerrada, la punta del güevo al ir y venir, la cabecita dibujándose, como un nabo, bajo la suave tela. Lo hace, lo masturba, temblando, mirándole. Bajando la vista, inconscientemente, hacia los gruesos y sonreídos labios del hombre, una boca masculina, cruel…

   -Ya está listo para ti. Para que saboree el momento. Sácalo…

CONTINÚA … 5

Julio César.

2 comentarios to “RECLAMO EN LA PLAYA… 4”

  1. jrvaquero00 Says:

    La primera fase del sometimiento

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