Archive for 27 noviembre 2017

PREGUNTAS

noviembre 27, 2017

TURISMO Y RESOLUCION

   -Hey, chico, ¿qué tanto me miras? ¿Nos conocemos? ¿Acaso quieres algo de mí?

RAZON

Julio César.

NOTA: Joder, yo con esa pinta no saldría de una playa jamás.

SIGUE EL DILEMA… 20

noviembre 27, 2017

SIGUE EL DILEMA                         … 19

   Basado en caracteres creados por capricornio1967

   -¿Quieres comenzar a gozar?: De rodillas, ¡ahora!

……

   Inocente de lo que el otro trama como gran final para ese encuentro, sintiéndose aturdido por todo lo que experimenta, aún en contra de sí mismo, Daniel extiende su cuello y muerde salvajemente la bola en su boca, para contener los jadeos, para dejar escapar algo de toda la sucia lujuria que siente lo envuelve y controla en esa nueva realidad de sentidos disminuidos. Culpa y vergüenza llenan su mente, tanto como la excitación sexual cuando los labios de Franco atrapan su glande, chasqueándolo, salivando ruidosamente, besándole y succionándole, antes de bajar tragándose otra vez su barra dura y venosa. Se tensa cuando esos labios viciosos se posan en su pubis, teniéndola toda dentro de su boca húmeda y caliente, succionándola con lengua, mejillas y garganta. Y el vil hombre sabía muy bien cómo hacerlo.

   No quería responder, no deseaba que su propia sexualidad lo traicionara respondiendo a las manipulaciones del entrenador pero no podía impedirlo. Ni negárselo. Gime ahogadamente, los muy blancos dientes clavados en aquella bola, perdiéndose en fantasías. En imaginar a aquella chica con la que estuvo cuando el vicioso hombre los pilló. Desea creer que es la güerita la que se atraganta ruidosamente con su verga, alimentándose hambrientamente con ella mientras le baña con una respiración agitada, espesa y caliente.

   -Ugggfff… -brama cuando esa boca sube sobre su barra, apretando cada pedazo, dejándola libre, pulsante de ganas, lamiéndola de base a punta, tomándose su rato entre las bolas, agitando la lengua sobre la gran vena, todo tan excitante, al tiempo que sus pectorales son apretados, y sus tetillas pisadas con aquellos ganchos estallan en llamaradas que ya no sabe si eran de dolor o no.

   Sonriendo en una mueca depredadora, su pecho subiendo y bajando con esfuerzo, su verga misma soltando grandes cantidades de líquidos claros y espesos, Franco disfruta tocarle, lamerle la verga mientras le ve el torturado y hermoso rostro. Sabe de la lucha mental del muchacho. Una que está perdiendo. Y si supiera lo que le haría…

   Tomando la rojiza, dura y pulsante verga con su mano áspera, la aprieta, sonriendo al verle tensarse y morder la bola en su boca; agitando el puño masturba la mojada barra al tiempo que le reparte besitos chupados y salivosos en la punta, en el ojete. Cierra los ojos y se pierde también en sensaciones, saboreando la carne del muchacho, pero también sus jugos. Las mejillas velludas se ahuecan cuando atrapa otra vez medio tolete, succionándolo ruidosamente, el bigote rozando el tronco del muchacho, mientras le suelta la barra. Su boca va y viene mamando, como tanto le gusta, la tierna carne de los chicos. Ah, sí, tantos a los que ha pervertido, tantos carajos a los que había roto como el muchacho y el puto de su padre. Eso le provoca tanta satisfacción como tragar nuevamente toda la tranca, succionándola con su garganta, al tiempo que atrapa los bordes del speedos, halándolo muy lentamente, disfrutando de desnudarle, tanto como de la leve tensión de alarma del chico, y su jadeo de incertidumbre, aunque hace poco para detenerle. Ocupado como estaba en sentir. Como tenía que ser cuando su joven tranca era tan chupada, sobada, lamida y mimada como lo era en ese momento.

   Vicioso como era, al terminar de sacarle el bañador de las largas y musculosas piernas, Franco aparta el rostro de la pelvis del chico y se lleva el speedos a la nariz, aspirando el olor, todavía a nuevo de la prenda. Y a Daniel. Era un aroma intoxicante, aunque no tan bueno como si el chico lo hubiera sudado durante horas. Arroja la pieza a un lado y vuelve a tragarse esa barra dura. Joder, le encanta tenerla quemando y pulsando sobre su lengua ávida.

   Aunque atrapado en una vorágine de estímulos, con esa boca sorbiéndole con fuerza, de manera increíble, Daniel es consciente de que Franco eleva sus piernas, atrapándoselas por las caras posteriores de las rodillas, haciéndole rodar un tanto sobre el mueble, incrementando la presión sobre sus brazos atados… exponiendo su culo. Pero las intensas mamadas que está recibiendo no le dejan pensar con claridad, tan sólo lo intenta, recuperarse, algo asustado, cuando esa boca se retira de su tolete, apretándolo mientras lo hace, produciendo un sonido casi succionante de chupón al soltarlo. Dios, ¡la tenía tan dura y urgida!, necesitaba correrse. Pero ahora estaba abierto y…

   -Hufff… -el lloriqueo escapa de sus labios cuando el aliento de Franco le quema, y algo suave y caliente, la lengua del otro, recorre su raja interglútea de manera lenta, tomándose su tiempo para “torturarle”, deteniéndose sobre su culo, aleteando allí.- ¡Uggg! –ruge casi ahogado cuando siente los pelos de la barba y el bigote rozar esa zona de su anatomía, esa boca cerrándose viciosa sobre su agujero y comenzando a lengüetearlo con fuerza.- Ohhhggg… -se atraganta, tenso, cuando esa lengua prácticamente se le mete, reptante, babosa y viciosa. Y, soltándole una de las rodillas dejando que su pierna caiga en uno de sus hombros, Franco vuelve a atraparle la verga con una mano.

   El joven jadea, se tensa y arquea sobre el sofá mientras esa boca bucea en su culo, la semi enrollada lengua entrándole ruidosamente, al tiempo que su verga es masturbada con fuerza; el puño va arriba y abajo, y el pulgar frotándole el ojete del cual manan tantos líquidos. No puede ni pensar. Franco, apartando un poco el rostro, le quema el orificio con el aliento, antes de rozarle sutilmente con los pelos del bigote. Hacia cosquillas, pinchaba un poco, y todavía siendo masturbado, Daniel se agita como intentado alejar el culo de aquellos pelos, como el que sufre de cosquillas e intenta apartarse de los dedos que le atormentan. Pero dura poco, esa boca regresa a su culo, cerrándose sobre él, succionando de manera ávida.

   El muchacho jadea, le cuesta respirar, su torso sube y baja mientras muerde la bola. La lengua, brillante de saliva espesa, da estocadas sobre la temblorosa entrada. Y esa lengua sube por su raja, erizándole por el roce en tal zona, y se detiene y recrea bajo sus bolas, lamiendo y acariciándole con ella, para luego lengüetearle las pelotas. Daniel, respirando ruidosamente, sabe para dónde va y la espera. Franco, sonriendo malévolo, viéndole tan estimulado, se recrea subiéndole por el tolete, muy lentamente, dando ligeros azotes, antes de tragarlo otra vez, todo.

   -Huggg… -el joven balbucea de éxtasis al sentirlo chupándosela. Esa boca que sube y baja le tenía sin control. Pero…

   La punta de un grueso dedo va a su entrada temblorosa, que se agita, brillante de saliva, y la recorre, los pliegues, acariciándole de manera suave, erizándole todo. No, eso no, se dice, pero la boca del entrenador baja toda, le resuella en el pubis, succionándosela así, y no puede resistirse, ni siquiera cuando la uña del dedo penetra su culo, empujando hacia abajo el ojete, dejándolo ahí, así, y medio rodándolo por dicho labio anal. Las sensaciones eran traicioneramente gratas aunque su mente se revelara contra ello. La punta de dedo acaricia y acaricia, ahora girando por toda la circunferencia de su anillo. Hasta que se lo clava, lentamente, sin violencia, pero todo, hasta el puño.

   -Hufff… -los dientes de Daniel se clavan sobre la bola, no sabe si de rabia, frustración… o lujuria, porque, aunque su mente gritaba una cosa, su cuerpo se deleitaba. Era un chico que desconocía el alcance de las estimulaciones eróticas, todo lo que una persona con experiencia podía hacerle a otra, para despertar toda su lujuria y hacerle responder. Una de las armas, y excusas, de sádico.

   Franco le chupa la verga de arriba abajo, sus labios se adhieren a la brillante barra blanco rojiza, chupándola sabroso, con fuerza, masajeándola con sus mejillas y lengua, al tiempo que le saca y mete el dedo del culo, flexionándolo para rozarle las paredes del recto; retirándolo muy lento, metiéndoselo apuntando con la uña del mismo hacia arriba, buscándole ese punto que le tenía chillando sobre el sofá, empapado de sudor y la verga manando más líquidos que un río. Daniel no puede dejar de pensar que respondía como el puto maricón que Franco decía que era; que un hombre no se comportaba así, que no debía sentir aquello, y se alarma, en verdad cando el dedo sale y regresa acompañado, uno al lado del otro, frotándole la entrada y penetrando igual de lentos que antes. Chilla y se tensa, su agujero se cierra un poco cuando las dos gruesas y velludas falanges se le clavan, hasta el puño, quedándose allí, ocupando su culo, mientras el hombre sigue mamándole la verga con fuerza.

   Esa boca lo hacía bien, bajado, tragándola toda, y los labios continuaban reptando, como buscando más, al tiempo que la lengua se pega a la gran vena y la garganta succiona; ahora los dos dedos se retiran un poco, y regresan, ambos empujándose hacia arriba. Eso casi le hace saltar del sofá. La boca sube y baja, gruñendo golosamente, la saliva mojando el pubis del muchacho, mientras esos dedos en su ir y venir deformaban el anillo de su culo, casi volviéndolo una boquita cerrada sobre ellos. Los dedos le dan y le dan, le frotan las entrañas, la boca le estaba brindando una de las mejores experiencias de su vida hasta ahora (la verdad fuera dicha), su verga era amasada y chupada rico.

   Si, si, la siente tan cerca, su respiración es pesada y ruidosa, en algún momento Franco le soltó la otra rodilla y él continuó con las piernas arriba, abiertas, dejándole mamar y meterle los dedos, así que cuando la mano libre del otro le hala los ganchos, grita y se estremece, de dolor y… cuando la boca sube apretando duro, ruidosa, y los dedos se le empujan hasta el fondo, tijereándole sobre la próstata, y la otra mano le atrapa de una tetilla a la otra, halando suave, despertando latigazos de sensaciones, Daniel Saldívar gruñe, se tensa como una cabilla y de su verga joven mana, como lava de volcán, una impresionante corrida. Tiembla, se agita y medio baila sobre el sofá mientras estalla en trallazos de leche que caen en la boca del sujeto, sobre su lengua, cuando le tenía únicamente el glande atrapado entre los labios. Y así como Daniel se ve elevado a la dicha de un orgasmo extraño pero intenso, la tensa espalda levantada del mueble, mordiendo feo la bola mientras gime, Franco saborea cada gota de la abundante chorreada de esperma joven, caliente y espesa, degustándola y tragándola ruidosamente. No había nada mejor que el sabor del semen, se dice. Y no se aparta hasta que el chico termina.

   Tembloroso, débil, sudoroso, Daniel ce sobre el mueble, respirando afanosamente, intentando controlarse, recuperar el control. Ahora, cuando Franco abandona su verga y esta cae, pegando contra su abdomen, siente volver el ratón moral. Pero le dura poco.

   -¿Huggg? Noggg… Noggg… -gimotea, resistiéndose, cuando algo cae sobre su boca ocupada por la bola y su nariz (sensación empeorada al estar atado de manos y cegado), un trapo que huele espantosamente a químicos, a laboratorio de ciencias. A cloroformo. ¡Franco le ha cubierto el rostro con un pañuelo empapado en eso! Intenta resistirse, pelear, medio sentarse, ladear el rostro.

   -Jejejejeje… ¿no te gusta el olor, puto? –oye la burlona voz del tipo, que se divertía de su angustia, de su inútil resistencia, persiguiendo su rostro, su nariz, con aquel pañuelo del que intenta distanciarse.

   -Noggg… -ruge contra la bola en su boca, desesperado, intentando aguantar la respiración, todo girando a su alrededor. Pero no puede, siente que se debilita, que se adormilan sus sentidos.

   -Vamos, vamos, duérmete, bebé, si no lo haces, ¿cómo Santa va a darte tu regalito? –se burla, apoyando con fuerza el pañuelo en su rostro cada vez más quieto, vencido.- Vamos, duerme… mi casto, castísimo muchacho, jejejejeje…

CONTINÚA…

Julio César.

A MANO

noviembre 27, 2017

SUEÑOS DE UNA MAÑANA DE VERANO

   Pensaba gritarle al llegar, pero…

   Apiadándose de la suegra, y de su propia mujer, el exitoso y recio hombre de negocios ha tomado para sí la tarea, cada día, de despertar al flojo cuñado para que busque qué hacer con su vida. Sabe que lo que el guapo y sexy catire necesita es la ruda mano de un macho con pelos en el pecho que le ponga preparo. Una mano que lo ponga en movimiento hacia un mejor destino… ¿sobre manos y rodillas? ¿Sobre un regazo? Tal vez. Sí es lo que necesita…

   Por ello, saboreando lo que hace, paladeando cada gota del momento, ha decidido destinarle a ese oficio, que sirviera en casa para algo; aunque este se sorprendiera, y hasta se negara al principio al rugido de: “hey, ¿qué haces, cuñado?, ¿ahora eres marico?”. Era una tarea difícil mostrarle su situación, cuál era su lugar, pero, como en todo lo que hace, el hombre es consciente de los pasos a dar para llegar a coronar.

   El pobre catire vago no es rival que pueda oponerse a la voluntad de un macho como ese, uno que sabe lo que quiere. Bajo el toque de sus manos, el hombre lo encamina hacia lo que desde hace tiempo sospecha que es para lo único que puede servir en esta vida: para perra caliente. De él y en el futuro de sus socios y amigos. Y miren que lo era, una perra en potencia; sabiendo dónde tocar, morder y lamer, dónde los dedos clavar, el catire termina gritando y se estremece quemándose de ganas, sabiendo que lo tiene como una sopa caliente, necesitado tan sólo de un buen trozo de carne ardiente.

……

   Esta filmación es increíblemente excitante. Algo distinto al cuento creado aquí. Un tipo duerme y sueña con un hombre que llega y lo toma. Y es muy bueno el video. El guapo catire, el apuesto moreno con aire latino (español o italiano), uno en traje y corbata, el otro en camiseta. Por la manera en la cual el tipo le hace vivir manipulándole de una manera realmente erótica, vale la pena no sólo mirarlo sino atesorarlo. La cara de ese catire, sus gemidos y gritos cuando su macho lo trabaja, sólo de por sí, ya es de antología. Y el latino, velludo, masculino, viril, que toca, chupa y penetra, es una imagen casi fetichista, perfecta. Nada más cuando comienza, uno acostado, el otro apareciendo, mirándole con lujuria, ya uno está enganchado en espera de lo que llegue. Si no lo han visto, o quieren disfrutarlo otra vez, vayan a: AMANTE SECRETO

……

   También subí este video. Ah, los vaqueros, otra figura fetichista (dígame cuando están con los indios).

   Tanto trabajo, tan apartados de todos y todo, carajos jóvenes de sangre caliente, siempre duros bajos sus ropas, siempre esperando salir y gozar de un buen coño. Machos tan desesperados que terminan clavándosela duro y a fondo al dulce chico de Oregón, más joven, bonito y putito, que apenado ante las urgencias de los compañeros de arreo de ganado, sabe que tiene que atenderles… Y lo hace, todo silente, en los sanitarios del rancho, ordeñándolos eficientemente, mientras afuera los otros se lavan las manos.

   La verdad es que para ser esta una película del insuperable Johnny Rapid, metido en su papel de siempre, chico guapo y sexy calientabraguetas, no se luce tanto en este trabajo. Algo falla, desde mi punto de vista. Para saber qué fue, tendrán que ir a: UNO A LA MANO

COMPENSACION

Julio César.

EL PEPAZO… 86

noviembre 27, 2017

EL PEPAZO                         … 85

De K.

   Metido en la trampa…

……

   Oh, mierda, ¿qué estaba haciendo? Coger al puto ese era una cosa, pero besarle… Y sigue metiéndole la lengua, enrollándola con la de Jacinto, atándolas, pareciéndole que la saliva del forzudo maricón sabía deliciosa. Sabe que jadean, que gruñen mientras continúan aquel beso mordelón y chupado, entre las risas de los otros, y los aplausos del más joven de los marines. Debería apartarse, avergonzado, pero al hombre todo le da vueltas mientras sigue besando a su camarada de trabajo, ¡a otro tipo, coño!, al tiempo que baja las manos y le atrapa las nalgas que van y vienen sobre el regazo del marine negro. Dios, eran tan turgentes, duras y redondas, las palmas le hormiguean y tiene que tensar y clavar los dedos en esa piel joven. O intentarlo, porque son tan firmes que casi es imposible. Aunque…

   Odia sentir el regazo del marine. El otro tío que también estaba cogiéndole, enterrándole también su verga negra y enorme. Odiaba al tipo que hacía aquello, aunque era suciamente excitante sentirle, saber que los dos estaban empujando a un tiempo, acompasadamente, sus trancas en aquel culo bien abierto. Finalmente, jadeando, necesitados de oxígeno, separan sus bocas, quedando a centímetros, bañándose uno al otro con sus respiraciones afanadas.

   Mareado, excitado más allá de toda medida, Jacinto busca en la mirada de Rigoberto algún indicio de… algo. No sabe de qué, pero…

   -Hummm… -chilla y se tensa cuando los dos hombres dan una embestida particularmente dura, briosa, entusiasta. Los dos toletes negros y duros, uno sobre el otro, se le entierran muy hondo, y allí los atrapa, los hala con sus entrañas. Necesitándolos.

   A pesar de la molestia que sentía, ligera y que iba desapareciendo por minutos, el forzudo joven estaba disfrutando realmente el hecho de tener dos güevos clavados en su culo ávido. Si con el del marine negro, White, se había sentido totalmente lleno, cuando Rigoberto empujó el suyo, venciendo su resistencia mental, no mucha, y la física, mucho menor, la cosa había sido una locura de sensaciones y de emociones; allí, con su agujero estirado al máximo, viéndose totalmente rebosado de masculinidades calientes y babeantes, vive. Cierra los ojos, estirando mucho el cuello, cuando las manotas de White sueltan sus piernas y le atrapan los hombros, con fuerza, bajando sobre su torso, atrapando sus muy sensibles y erectas tetillas, torciéndolas. Eso provoca verdaderos espasmos en su culo, que esos hombres, que van y vienen cogiéndole, disfrutan entre sorprendidos y maravillados. Es cuando siente un aliento caliente quemarle, y tiene que abrir los ojos porque Rigoberto ahora estaba mordiéndole la barbilla, metiendo el rostro en su cuello, aspirando de manera ansiosa, lamiéndole la piel, deteniéndose sobre su temblorosa manzana de Adam y rastrillándola con los dientes. Y entre las cogidas, las sobadas, las lamidas y mordida, porque White le clava los dientes en un hombro, un tembloroso, chillón y gimiente Jacinto Contreras sabe que no tardará mucho en estallar en otro clímax.

   -Sorry, amigou… -una voz ronca, excitada, distrae a los tres hombres.

   Y mientras Jacinto mira y sonríe con ojos luminosos, de lujuria, Rigoberto aparta su rostro del cuello de su compañero de trabajo, todavía cuestionándose el hacer esas vainas. Se aparta porque el marine que parecía el líder, se había acercado y blandía fuera de su bragueta abierta una verga tiesa totalmente roja y llena de ganas frente al rostro de su compañero de trabajo.

   -¿Querer tragar? –el marine le pregunta y ofrece, sonriendo, adivinándole.

   El joven separa un poco más los labios, y aunque se muere un poco de vergüenza con su compañero en la quinta, traga de un bocado la hermosa pieza ofrecida, apretándola con sus labios y mejillas, recorriéndola con la lengua mientras esta se la aplasta. Ignora que un gemido escapó de su boca un segundo antes de cubrirla, pero si repara en las fuertes manos del hombre atrapándole la nuca, guiándole sobre su barra, “obligándole” a chupar y tragar. “Sometiéndole” a sus exigencias sexuales… como si hiciera falta. Y cerrando los ojos sumido en la lujuria total, Jacinto Contreras disfruta de las tres vergas duras que lo trabajan rítmicamente, llenando sus ávidos orificios. Su rostro va y viene, saboreando aquel tolete con deleite, mientras su culo palpita, abriéndose y cerrándose sobre los otros dos que entran y salen de manera sincronizada, abriéndole, llenándole, refregándole todo por dentro con esos venosos troncos llenos de sangre.

   Las tres vergas calientes y duras, babeante de jugos, calores y pulsaciones, van y vienen contra el gimiente chico forzudo, el cual se estremece, excitado a límites imposibles, notando que mientras mama con ansiedad, la saliva y los jugos de Smith que se le escapan bañándole la barbilla, su culo siente más calor, el cual, mientras es ocupado por dos toletes, pulsa también, atrapándolos, deseando cubrirlos todos. Jadea y mama, chilla mientras sube y baja, ronronea cuando los tres toletes parecen ir acompasadamente, su nariz clavándose en un pubis peludo, los pelos de otros dos carajos quemando la entrada de su culo (y casi sentía que reventaba). Como fuera, el muchacho, afincando los pies en el banco y las manos en los hombros de Rigoberto, va y viene contra ellos. Si, lo cogían, gozaban de sus orificios, sus vergas estaban delirando con el momento, pero mucho más lo hacía Jacinto. Y saltaba con más bríos, gimoteando lloriqueante, cuando las manos le aferran el rostro contra un pubis, cuando dos toletes bien clavados siguen empujando casi alzándole del banco, oyendo los “puto, tan puto”, y los “bitch, so bitch”.

   -Hey, mucho cachondeo, ¿no?… -ríe una voz borracha, alarmándoles al verse sorprendidos, extraviados en la lujuria como estaban, por un recién llegado.- Veo que le gustan los culos, chicos, a mí también… -y ríe.

CONTINÚA … 87

Julio César.

NOTA: Lo siento, K, debí quitar algunos modismos que usaste, los fonéticos, el corrector no me dejaba en paz.

LOS HEREDEROS… 13

noviembre 27, 2017

LOS HEREDEROS                         … 12

   Admirado y soñado, amado… y muy odiado.

……

   La puerta se abre y aparece la grácil, hermosa y espigada Sofía Nazario, elegante como siempre, aunque pareciera un tanto anticuada con aquella estampada blusa mangas largas y el pantalón de bota ancha. El cabello, artísticamente peinado en un moño a un lado de su rostro en forma de corazón, le sentaba bien. Como la sonrisa amigable en sus armónicas facciones, de frente despajada, pestañas largas, ojos almendrados que hacían juego con su cabello castaño claro. Los labios, también en forma de corazón (aunque este si era un efecto cosmético), pintados suavemente de color cereza, era muy besables. La joven mujer, desplazándose con donaire, penetra en la oficina. Y la sonrisa que esgrime como parte de su persona, le dura hasta que repara en la otra pareja, Reinaldo Velazco, y especialmente en Cecilia Requena, esa odiosa mujer que la mira en esos momentos con burla. Con un brillo predador en los ojos. Lo siente, lo nota, algo estaba mal, lo sabe desde que saludó a Elisa, la asistente de Oswaldo, quien pareció verla con simpatía piadosa. ¿Acaso el jefe estaba molesto con ella?

   El hombre, tras su escritorito, parecía un tipo apuesto pero ordinario, deportivamente vestido con un suéter azul oscuro, mangas largas, un pantalón negro, unas botas oscuras y el cabello cuidadosamente peinado hacia atrás, algo elevado en la coronilla, con su sombra de barba y bigote reapareciendo después de una afeitada seguramente temprana. Masculino. Guapo. Y que en esos momentos, agitándola un poco, la mira de forma evaluadora. No amable. No clemente.

   -Cecilia, qué bien te ves. Reinaldo, cariño, esa corbata es algo… oscura para ti. –la sonrisa vuelve automáticamente a su rostro, toda afabilidad, saliendo de la pareja antes de volverse hacia el dueño del circo.- Oswaldo, ¿cómo estás? ¿Todo listo para la fiesta del siglo?

   -Todo bien. –responde este, poniéndose de pie, acercándosele, algo cortado, como siempre, cuando la perfumada joven le besa una mejilla. Era algo que no soportaba de ella, por alguna razón que no lograba comprender del todo.- ¿Y tú?

   -Fantástica. –la sonrisa de Sofía es luminosa, parecía que ya no notaba la tensión en la habitación, la sequedad de Oswaldo, la sonrisa lobuna de Cecilia, la mirada algo incómoda de Reinaldo.- Justo ayer estuve en la sede central de Bancorp, gestionando el crédito para…

   -Si, sobre eso, bien, gracias, pero ya no tienes que ocuparte de ello. –la corta, y la joven parpadea, francamente desconcertada, aunque nota el mohín duro en la cara de Cecilia.

   -Pensé qué deseabas gestionar la compra de esos depósitos en La Victoria lo antes posible.

   -Así es, pero no es necesario que te ocupes de eso. No tú. –es frío ahora, cruza los brazos sobre el pecho y en su mirada hay una tormenta. A la joven le parece que intenta controlar la rabia.- No hay un manera fácil de hacer esto, Sofía, pero ya no serás mi enlace con el banco de los Girardi, de ahora en adelante Cecilia me representará en toda gestión, y en las reuniones de accionistas. –es frío. No busca en realidad, lastimarla, pero se siente bien saliendo de ella.

   El Bancorp era una estadidad bancaria nacional con ramificaciones en el Caribe y Centroamérica, perteneciente a la familia Girardi, fundado durante el auge de los empresarios banqueros, cuando todo el que tenía cierta fortuna en Venezuela juraba que era dueño de Falcon Crest, el viñedo en la vieja serie televisiva, y se ramificó en mil negocios que a la larga no pudieron sostener. Razón de la caída bancaria de los años noventa del siglo pasado, hecatombe que arruinó a cientos, lanzó a la desesperación a millones de ahorrista y enriqueció a la cúpula política de toda la gama que antes existía, incluida la izquierda. La entidad bancaria, orgullo de viejo Giuseppe, hijo del patriarca, había soportado bien las embestidas de los noventas, la debacle de los empresarios banqueros y las intervenciones estatales. Pero, aunque la institución se había mantenido relativamente saludable, muchos negocios marginales fracasaron, y la llegada de interventores buscando de dónde medrar (debían sanear el sistema financiero y en cambio arruinaron empresas sólidas para rematarlas y llevarse la plata), cierta crisis de liquidez los puso momentáneamente en rojo. El prestigio de la familia logró que fuera auxiliado por amigos, creándose la junta accionaria, lo que fue su salvación. Eso y que no cometió pecados financieros como el resto. La familia Girardi lo utilizaba sólo para negociar. Era un pilar de sensatez y sentido común de la familia, por ello, Oswaldo intentó penetrarlo. Sabiendo que sus enemigos jamás le dejarían entrar, solicitó mil créditos y financiamientos para negocios en auge, otros que prometían millones en ganancias, siendo rechazado una y otra vez por la familia, lo que terminó provocando cierta crisis dentro de la agencia con los accionistas minoritarios. Estos notaban que lo que Oswaldo tocaba se volvía oro, y no le gustó cómo los Girardi manejaban la entidad, haciéndoles perder dinero; esos desacuerdos llevaron a muchos a vender sus acciones, justo cuando se dijo que el nuevo régimen, la revolución de marras (que donde metía la mano todo lo robaba), pensaba nacionalizar el banco. Rumor falso que corrió como bola de fuego en un país dado al comadreo, especialmente en la red; rumor del cual los Girardi culparon al grupo comunicacional de Oswaldo, cosa que este nunca confirmó. Ni desmintió.

   Así, mientras Oswaldo era abierta y públicamente rechazado en el banco, toda iniciativa anulada, todo financiamiento negado, los rumores estatales se multiplicaban día a día, el hombre encabezó un movimiento subrepticio y muchas acciones pasaron a sus manos a nombre de terceros. Cuando los Girardi notaron la jugada (también a lo Falcon Crest), hicieron lo que lo pudieron por eliminarle, como un pequeño tumor que aparecía en una extremidad apartada; pero no pudieron. Había logrado amasar un pequeño grupo accionario, mayor que el de otros dentro de dicha junta; no tenía voz, no tenía voto, pero no podían negarle la asistencia a la junta. Reuniones a las que nunca se presentó, delegándolo en manos de una contadora joven, ambiciosa y que conocía la historia de la dos familias, Sofía Nazario, una Girardi renegada y rechazada dentro del clan familiar, de la que se valió para que vigilara sus intereses. También para acertarles una puñalada a la odiada familia, que nunca le perdonó aquello a la joven.

   Siendo sinceros, Sofía le había servido bien… pero nunca se sintió cómodo con ella. La sonrisa de la joven, el brillo en su mirada, su tono afable, su costumbre de llegar con cafés para todos, saludando a todos por sus nombres y preguntando por sus familias, especialmente si habían tenido algún triunfo laboral o estudiantil, o padecer una pena como una enfermedad (datos que él mismo ignoraba), le irritaban. Era como… Joder, si, mirarla, tenerla cerca le hacía pensar en un tiburón dentro de una bañera. Sensación de la cual nunca se libraba. Aunque no salía de ella ahora porque le incomodara, era por las negociaciones que iba a iniciar, pedir un crédito alto dentro del banco, para ir contra uno de los grandes activos de la otra familia. Y no confiaba en la mujer para aquella tarea. Dijera ella lo que dijera, era una Girardi. Y estaba lo de Mariana (pensó con rabia). Así que, la sacaría de la ecuación, ya no sería su representante frente a los hijos de perra esos. Sabe bien lo que eso le haría a la vida profesional de la chica, pero… en verdad no le importa. No quiere perjudicarla, pero tampoco le interesa su suerte. Era, como decía su mejor amigo, uno de los aspectos más deplorables de su personalidad egoísta y voluntarista, que, por suerte, el mundo no parecía notar.

   -¿Cómo dices? –Sofía jadea al escucharle, palideciendo, pero intentando controlarse, sonreír.- ¿Qué es esto? ¿Alguna clase de broma? –cuestiona, sonriendo falsamente ligera, pero asustada.

   -No, no tengo quejas de tu trabajo, pero… eres externa. Quiero centralizar mi representación en el banco con alguien de mi empresa.

   -Oswaldo, no; no puedes… -la joven traga frenéticamente, sintiendo que todo le da vueltas.- ¿Hay algún problema? Te he servido bien. Tus intereses siempre han sido mi mayor prioridad.

   -Y te lo agradezco. Y bien que te he pagado por ello. Pero, oye, no saldré de tu firma, no aún; puedes quedar para auditorías externas… ocasionales, pero en esta negociación, frente a la junta…

   -¡No! –la joven es firme, dura, desconcertándole. Se miran a los ojos, luego sonríe.- No, no haré eso, llenar las declaraciones de impuesto de uno o dos que me envíes para que les cobre algo. No voy a aceptar un hueso porque quiere salir de mí. No te sientas responsable de mi suerte, ni… culpable de nada. Entiendo. Son negocios. –se encoge de hombros dos veces, nerviosa llevándose un mano al cuello, su sonrisa aún más falsa, no pudiendo demostrar fortaleza como quisiera.- Te felicito, Cecilia. Es un gran paso en tu carrera.

   -Gracias, he… trabajado mucho para ello. –la otra sonríe mordaz, disfrutando del momento. A Oswaldo no le grada, a Reinaldo, menos, pero nadie dice nada.

   -Bien, yo… -Sofía intenta controlarse, no desmoronarse frente a esa gente que no siente simpatías, o afecto por ella. Lo sabe. Su sonrisa es valiente, pero dolida. Estaba perdiendo prácticamente su firma, esa cosa chiquita que tenía en un modesto edificio del Centro, nada hermoso o glamoroso, donde todo el personal eran ella y su hermana, Olga, que le sirve de asistente, donde reciben a uno que otro que buscan algún acercamiento con el poderoso Oswaldo Simanca. Aún la familia, los Girardi, habían terminado por tolerarla porque era un dique, una posible puerta a tocar si se quería información sobre algo del detestable empresario arribista y nuevo rico. Cosa en la cual no transigía como la profesional que era. ¡Y así le pagaban!- Imagino que nos veremos en la fiesta. –mira a Oswaldo, la sonrisa doliéndole; y este alza una ceja.

   -¿Y vas a ir? –Cecilia es cruel en esos momentos.

   -Por supuesto que asistirá, y bailaremos. Allí allí te espero. –trona Oswaldo, cortando el tema, algo irritado con su empleada. No aparta los ojos de la mujer, cansado de todo ese juego.- Salgan, necesito hablar con… Sofi. –ordena, mientras deja notar que no es particularmente amigo del diminutivo. O del nombre de la bonita joven que parece aún abrumada.

   Cecilia y Reinaldo intercambian una mirada, se disculpan y van rumbo a la puerta. La mujer no se siente contenta de ser desalojada así, pero todavía le sonríe a Sofía, la burla brillando en su mirada. Te gané, puta. Le expresaba con toda intensión. Esta, tragando en seco, desvió la mirada, concentrándola en Oswaldo. La puerta se cierra tras la pareja y la mujer cruza los brazos sobre su pecho, mirando fijamente al otro, más dolida que otra cosa.

   -¿Ahora si me dirás qué pasa, antes de que me vaya? ¿Por qué estás haciendo todo esto? He sido fiel y eficiente cuidando tus intereses, creo que merezco una explicación. –reclama, luego jadea.- Sabes lo que esto le hará a mi firma. A Olga y a mí.

   -Me has servido bien, pero tu familia es muy peligrosa. Nunca dejan de joder.

   -Pero, yo no he hecho nada que…

   -Esta mañana vino a verme Patricia Ontario. –informa duro, seco, hostil, estremeciéndola. Ella conocía bien el trabajo de la periodista, y un ramalazo de temor quema su pecho.- Vino a verme para entrevistarme por mi cumpleaños, si, y a felicitarme, pero también a preguntar sobre ciertas historias  que llegaron a sus oídos, de parte de tu madre, sobre la muerte de Mariana, mi primera esposa. –mastica las palabras entre dientes, con rabia.- Quería, porque “al mundo le gustaría conocer”… -encomilla las palabras.- …Los detalles de su muerte.

CONTINÚA … 14

Julio César.

LAS ACLAMACIONES AL DESPOTA

noviembre 27, 2017

SOLOS

   Nada más falso que los triunfos electorales de las autocracias…

   En Zimbabwe la gente salió como loca a celebrar en las calles la deposición del tirano que durante casi 40 años amargó, arruinó y reprimió sus vidas. Viéndolo me pregunté, ¿dónde estaban los seguidores de Robert Mugabe? Ese tipo realizó a los largo de su dictadura casi 30 procesos electorales, ganando corrido; era de suponer que tenía verdaderos ejércitos de personas contentas con él, admirándole, siguiéndole… pero ahora ninguna voz se alza para decir algo bueno de él. Como el tirano en Corea del Norte, los Castro en Cuba, los sátrapas en Siria y ocurría en Egipto y Libia, las elecciones bajo la conducción de sus policías, ejércitos y entes electorales, las ganan de banda a banda; una vez que ya no asustan tienen que salir corriendo. La farsa en los papeles no aguanta a la gente cuando, empujada por la rabia, no teme expresar lo que siente.

Julio César.

EL CAMBIO… 40

noviembre 27, 2017

EL CAMBIO                         … 39

   Basado en una idea QUE NO ES MIA. Es una adaptación. No digo más, por ahora, no contacto aún al autor. Es un cuento de los que llaman de lenta construcción.

   Pasa, te está esperando…

……

   Por un segundo se hace un silencio impresionado por las implicaciones presentes en la declaración. Claro, si se exceptuaban los gritos y gemidos de profundo gozo de Jeffrey McCall mientras salta literalmente sobre el regazo del marine Joseph Down, el cual le ruge que la tome, que la tome toda como el puto de barracas que es.

   -Hessler, esto es… -uno de los oficiales se vuelve hacia el coronel.

   -Era el plan desde el principio, general. –responde este, mirando a Larry O’Donnell, con su perenne sonrisa, los brazos cruzados otra vez sobre su pecho… ¿acaso eran ideas suyas o algo de fanatismo brillaba en sus ojos?- El Pentágono dio carta blanca y ofreció todos los recursos. También la Secretaría de Defensa.

   -Sí, pero esto… -jadea el hombre, rojo como un tomate, lanzando miradas traicioneras hacia el gran monitor, allí donde ese tipo joven, pero de impresionante físico, músculos abultados al límite, echa la cabeza hacia atrás y ríe, sentado sobre el otro, evidentemente con una verga bien clavada por el culo, refregándose de manera circular sobre él.

   -Oh, señores, pero es que aún no han visto el alcance del experimento. –aclara Larry, volviendo los ojos al monitor.- Ni se pueden imaginar, en este momento, en dónde y cómo va a terminar todo esto. Pero ya lo sabrán. –les mira sardónico.- En sus escritorios tendrán cintas con cada una de las pruebas… para sus archivos. –y Hessler, que le conoce un poco mejor, casi temió que guiñara un ojo. Cosa que, afortunadamente, no hace.

   -Tómala, tómala toda, puta. Sácame la leche. –ruge, febril, Joseph Down bajo el musculoso marine que le ordeñaba la verga, al tiempo que le hala y pellizca aquellas tetillas largas, firmes, que el otro parecía tener conectadas al culo, porque cada halón, fuera de hacerle gritar putonamente, le hacía abrir y cerrar el agujero con fuerza.

   -Oh, sí, sí, ¡dámela toda! –ruge Jeffrey, perdida toda cordura, riendo, casi sollozando de placer, subiendo y bajando, disfrutando aquella manipulación a sus pezones, su propio tolete pulsando dentro del bóxer, o el shorts ese. Todo su poderoso cuerpo es una fuente de lujuria. La ancha espalda brilla, sus redondas nalgas musculosas se cierran al subir, se abren al bajar el depilado y hambriento agujero sobre la blanco rojiza vara venosa que lo atraviesa. La soba, la amasa. La chupa queriendo sacarle los jugos, muy necesitado de refregarse con ella.

   -¡Oh, diablo! –ruge Down, casi sentándose, metiéndosela toda, tensándose, temblando, su verga impasiblemente dura, estallando en un trallazo intenso que casi le marea, que le obliga a apretar los dientes y echar la cabeza hacia atrás también. Llenándole el culo con su esperma caliente.

   -¡Si, si, si! –grita frenético Jeffrey, riendo, sintiendo el hirviente semen dándole en sus puntos secretos.- Ahhh… -y se corre también, sin tocarse, estremeciéndose tanto como Down, su culo cerrándose feamente, dando un buen tirón que hace chillar otra vez al cabo, quien abre los ojos y le mira fascinado, sintiéndose obligado a intentar impulsar su verga, bien enchufada, para sentir más de esa rica prisión sedosa y ardiente.

……

   Pero, claro, como suele ocurrir, en cuando el hombre hace algo que no creyó posible que hiciera (o se rebajara a hacer, algo muy malo, así siempre lo racionalizaba), huye recriminándose. El cabo Joseph Down, mortalmente pálido una vez alejado del apuesto marine, casi escapó a la carrera de aquella pieza, dispuesto a salir de esas instalaciones y jamás regresar. Así tuviera que desertar. Por su parte, cayendo de espaldas en su camastro, saciado y feliz, sin haber reparado en la tensión del otro, Jeffrey cerró los ojos, con el bóxer y el bikini aún enrollados. Adormilándose con una sonrisa. Duerme como un bebito, su verga morcillona mojando la escasa ropa, la camisetica dejando ver sus pectorales, una de sus manos sobre el abdomen en cuadros firmes, la otra, bajo su nuca, mostraba un bíceps impresionante. Roncó, tranquilo, en la dicha total… Y eso que debería ejercitarse, o pesarse. O hacer alguna otra mierda de esas de todos los días.

   Despierta más tarde sintiéndose bien, riendo tontamente al verse y sentirse todo manchado de esperma, propia y ajena. Estirándose ruidosamente, sentado en el camastro, decide ponerse de pie y va al cuarto de baño, mirando la hora de pasada, lanzando un gemido feliz, pronto llegaría el almuerzo. Se ducha, se acaricia. Como le ocurría ahora, nada más tocarse, se calienta. También cuando se mira al espejo, todo forrado de duros músculos. Bajo la fina lluvia de la regadera, ríe y se acaricia la dura verga… mientras con la otra mano acaricia su raja interglútea y con un dedo se “lava” la entrada del culo… pensando en la verga del cabo Down. Excitado. Quiere joder, quiere mamar, tocar, ser tocado. Notar que gusta. Quiere…

   -Ahhh… -chilla al meterse el dedo por el ano; adentro y afuera, adentro y afuera, lentamente, bizqueando de placer… pero inconforme. No alcanzaba ese punto que…

   Un orgasmo insatisfactorio más tarde, sale de la ducha, se seca y sonriendo se admira en los espejos. Parpadea, un tanto extrañado, al no encontrar ninguna prenda interior en el botiquín médico. Y desnudo, algo húmedo, rojizo por las refregadas en su impresionante cuerpo, regresa a la pieza. Por ropas. Sonríe dichoso de la vida, sin preocupaciones, sin pensamientos serios, feliz en saberse grande, bonito y sexy. Sonríe hasta que se sobresalta.

   -Hey, amigo, ¿y la ropa? –ladra, sorprendido, un hombre joven en el centro de su pieza.- No puedes ir por ahí enseñando tus vainas. –recrimina.

CONTINÚA … 41

Julio César.

INTERESES

noviembre 27, 2017

DE FIESTA

   Los amigos llegan a tu vida por una razón…

   Porque les gusta lo que nos agrada, o son opuestos a los que amamos y ese contraste nos alegra. En este caso el interés es mutuo; les gustan no sólo los ejercicios, la vida sana y los deportes: aman los músculos. Y no hay nada que excite tanto, sin ser algo de tipo sexual, como un amigo que admira,  soba, mordisquea, lame y besa esos músculos que tan laboriosamente has logrados, ¿verdad?

RATOS DE OCIO…

Julio César.

RECOMPENSA

noviembre 27, 2017

TIEMPO DETENIDO

   Ya preocupaba a su familia…

   El profesor de Matemáticas no vio la necesidad de regresar a su casa después de las clases, ansioso como estaba por llegar al gym y comenzar a ejercitarse, viéndose recorrido por una ola de excitación al bombear en las máquinas, empujándose a los límites, obsesionado por verse más y más musculoso y fornido, mientras más ajustada, chica y… rara era la ropa que vestía como indumentaria obligatoria del lugar. Mirarse al espejo mientras flexiona su cuerpo, notar todos esos músculos tersos, le gustaba, aunque su mujer no lo aprobara, creyendo que exageraba. Pero no le importa, se dice sonriendo vacíamente, la mente desconectada. A él si le emocionaba, como las sobadas con aceites que algunos chicos le daba después de las rutinas, frente a los amigos, tratándole como a un tonto aunque hermoso objeto de deseo. Idea que le encantaba, como las manos osadas que iban a sus tangas.

SANTA PRONTO LLEGARA

Julio César.

EL MINISTRO NECESARIO

noviembre 27, 2017

ATRAPADO!!!

   Hay situaciones que sólo se corrigen con magia…

   Cómo me hizo reír el cartelito. Tan sencillo, tan corto, tan expresivo. ¿No les ha pasado que se han encontrado de repente con un amigo, pasado un tiempo, y les parece que se ve sencillamente terrible, y más cuando comienza a relatar un largo rosario de pesares? Dan ganas de decir que todo pasará, ¿verdad?, aunque sospechemos que no. Me viene a la cabeza porque, por alguna razón de sincronía cósmica, uno siempre se tropieza con los panas así justo en estos días, acercándose el fin de año siempre reaparecen los fantasmas de esas navidades pasadas. Comentándolo una vez, alguien me dijo que era una lección, para que me diera cuenta de lo afortunado que soy… Lo que siempre me ha parecido una tontería; ¿por qué la vida, el destino o el buen Dios me querría más a mí que a otros? Sobre todo gente buena y meritoria aún a mis ojos descreídos. Tiene que ser… suerte. La ciega y, a veces, tonta e injusta suerte.

Julio César.

NOTA: No había escrito porque no he estado en casa.

TIOS YA CONOCIDOS

noviembre 22, 2017

NO TAN MACHOS MEN

   Cuando trota con su shortcito, los sábados por la tarde, es un regalo para la vista; pero los hombres de la cuadra saben que en cuanto tenga entre pecho y espalda media botella comenzará la fiesta, porque lo terminará regalando en el parque, a todo el que llegue, de panza sobre la rueda, mientras sigue bebiendo lo que queda de su aguardiente. Hasta que otro de los locales le diga que abra bien la boca y le brinde un trago caliente diferente.

   Aunque la grúa es fea y se apaga a cada rato, sus clientes leales, hombres de edades y trabajos variados, le llaman con sospechosa regularidad, aunque muchos de los vehículos accidentados en apartados lugares de donde tarda en regresarlos, son como nuevos. Sabe que todo se lo debe a su exitosa política de dejarles conducir. A esos tipos les encanta hacerlo, llevar la grúa… mientras se les sube en los regazos y les “maneja” las palancas fuera de las braguetas, durante todo el recorrido. Sacándoles mucho más que sólo la cuenta.

   Buen hijo, novio de la madrina del colegio, capitán del equipo de fútbol y mejor estudiante, el muchacho está claro en lo que quiere y le gusta, y sale a buscarlo. Al ver a un chico guapo que le mira como desnudándole con la vista, con tranquilidad le muestra lo que tiene, agitando algo la lengua, indicándole, claramente, dónde quiere que se la metan; algo que le gusta mucho desde que una de sus chicas comenzó a jugar con tocarle dulcemente esa entrada tan secreta.

Julio César.

EL CAMBIO… 39

noviembre 22, 2017

EL CAMBIO                         … 38

   Basado en una idea QUE NO ES MIA. Es una adaptación. No digo más, por ahora, no contacto aún al autor. Es un cuento de los que llaman de lenta construcción.

   Pasa, te está esperando…

……

   -Dios bendito, eres tan… -grazna Down, riendo ronco, excitado, bajando las manos y atrapándole la cintura firme, acompañándole cuando comienza nuevamente el sube y baja sobre su regazo, buscando y deseando su vergas (la idea le eriza), empalándose hasta lo más hondo.

   Riendo de manera traviesa, lujuriosa, tan diferente de quien era antes, Jeffrey sube sus propias manos, acariciándose, recorriéndose voluptuosamente el abdomen y torso, apretándose las largas tetillas, gimiendo al hacerlo y cerrando violentamente su agujero alrededor de la pulsante barra entre los labios de su culo. Cerrando los ojos, todo cachondo, echa la cabeza hacia atrás, sus dedos recorriendo, acariciando y halando sus pezones, al tiempo que se afinca en las rodillas e incrementa el sube y baja sobre el otro marine. Su depilado agujero traga y suelta aquella dura vara rojiza y venosa que tanto placer le provoca. Su mente gira y gira confusamente, tan sólo es consciente del gran placer físico y sexual que experimenta mientras la barra refriega sus entrañas y la punta de aquel machete le golpea en la próstata y aún más arriba, allí, donde necesita desesperadamente que llegue. ¡Qué bueno que tuviera un tolete largo!

   Oye los gemidos y gruñidos sexuales del cabo, y comprende que el otro debió estar un tiempo sin acción; pobrecillo… ¡Y teniendo una verga tan buena! Bien, podía ayudarle, se dice mórbidamente juguetón, abriendo los empañados ojos, sonriéndole con picardía cuando vuelve a bajar, totalmente, haciendo consiente al otro de su peso corporal, y estando allí sigue succionándosela, apretándola y halándola con las paredes de su recto, para comenzara a refregarse otra vez de esa pelvis, consiguiendo que la punta de la verga roce una y otra vez ese punto caliente. Y los dos gritan, totalmente lujuriosos.

   Si, ese podía ser su trabajo en la Naval, piensa Jeffrey, erizado de su propia osadía, casi saltando sobre aquel sujeto, necesitado de más y más de ese güevo tieso. Podía satisfacer las necesidades de las tropas cuando estuvieran desplegadas. Marine de día, puta golosa e insaciable de noche, para ayudarles, para aliviarles. Y ríe, alzando mucho el rostro, su ancho pecho subiendo y bajando con esfuerzo, sintiendo sus entrañas más calientes y mojadas. ¿Le prepararía Larry para eso?, ¿para ser la puta de las barracas? Y la idea de todos esos hombres obligados a vivir en peligro, lejos de sus familias, de sus parejas, calientes, excitados, llenos de testosteronas…

   -Ahhh… -se le escapa justo cuando baja, clavándose todo, el glande en su interior presionando sabroso y desesperantemente, dándole placer pero también despertándole más calenturas.

   Si, él podría atenderlos a todos, montándose sobre sus vergas, en los camastros, en las barracas, saltando sobre ellos, ellos empujándoselas bien adentro. Pero sabe cómo eran los machos… y esa idea, que le llega, le parece normal, suya. Esos querrían más, le pondrían a mamar mientras lo cogían, entre todos, rodeándole. Un mar de vergas babeantes y ansiosas por…

   -Ahhh… -grita otra vez ante las imágenes que conjura, su piel ligeramente brillante de una suave transpiración al tiempo que jadea pesadamente. Su espalda, allí donde termina la corta y ajustada camisetica, brilla aún más, así como sus nalgotas abiertas, algo rojizas, de nalgadas y de emoción, mientras van y vienen, guiando su goloso agujero sobre la dura barra masculina que lo alimenta y satisface. Y mientras el enorme marine musculoso va y viene, como si realmente jineteara un caballo, un muy caliente Joseph Down, a punto de correrse, se pregunta cómo carajo no probó el culo de algún chico antes. ¡Era algo increíblemente cachondo!

   -Capitán… -comienza el coronel Hessler, teniendo que carraspear para endurecer el tono, aclarando la voz.- Es… impresionante lo que ha logrado aquí. –comenta, mientras se oyen los gruñidos roncos de Down, empujando su verga hacia arriba, y los putones gemidos de Jeffrey, que salta sobre su regazo.- Pero, esto, en esencia, no prueba nada. Un tipo aislado, caliente por la soledad y la imposibilidad de satisfacerse, ¿se ve de repente expuesto a un sujeto que… prácticamente se le regala? No creo que eso demuestre…

   -Vaya, coronel, ¿cree que cualquier hombre cae en la homosexualidad si está lo suficientemente caliente?, ¿o ebrio? –Larry le encara, sonriendo algo divertido, todas las miradas centradas en él; aunque lanza un pequeño bufido y rueda los ojos.- Bien, si, pasa más de lo que la gente, y los heterosexuales quieren admitir, es cierto, pero este no es el fin del experimento, señores. –informa mirando a todos. Luego, con un dedo, señala al monitor mayor, uno que muestra al cabo Down atrapándole las tetillas al otro, tensando el cuerpo, y a Jeffrey chillando, retorciéndose al caer sobre su verga.- El experimento real vendrá cuando Down salga de allí, cuestionándose lo que hizo, justificándoselo a sí mismo, y le dejemos ir a su casa, con su familia, lejos de la base, donde se hundiera en cierto frenesí, para olvidar esto, para demostrarse que sigue siendo el mismo… regresando dentro de cinco días, aliviado… para encontrarse nuevamente con el marine McCall. –sonríe.- No estará ebrio, señores, ni vendrá de una sequia sexual; esa será la prueba real para ese hombre. Como lo será para el cabo Pelham, a quien McCall aún no conoce, un marine también heterosexual, que no ha sufrido privaciones sexuales, que acaba de regresar de estar con su novia. El cual también será… sometido a la exposición de nuestro sujeto. –el silencio se hace en el cuarto; a no ser, claro, por los gemidos de Jeffrey McCall cuando cae con todo su peso sobre el cabo Joseph Down, que le gruñe que la tome toda, que toda esa leche caliente es para él.

   -¿Piensa… exponer a otros…? –uno de los otros oficiales, increpa al médico.

   -Por supuesto, general; hay que comprobar la validez de la prueba. Algo que no estará completo hasta que en un espacio abierto, no controlado por nosotros, otros sujetos se encuentren con nuestro súper soldado, y veamos cómo se comportan. Algo como… una piscina o el sauna de un club para caballeros, con tipos abiertamente heterosexuales… Con individuos específicos que puedan interesarnos, como… -se encoge de hombros, pensándolo sobre la marcha.- …Como algún periodista que critique operaciones militares, o un congresista que estorbe el presupuesto de Defensa… por decir algo. Debemos comprobar si nuestra arma de infiltración, funciona.

CONTINÚA … 40

Julio César.

LO ETERNO… ¿SE ACABA?

noviembre 22, 2017

LOS PELIGROSOS 15 MINUTOS DE FAMA

   ¿Se moderniza una monarquía atávica?

   Me hizo feliz escuchar de la caída del ruin Robert Mugabe, déspota que hizo de Zimbabwe, el granero de África, un infierno de miseria, dolores y abusos. Lo imaginé loco de miedo en su palacio faraónico en un país arruinado, cuidándose de todo el mundo, con la réplica de la espada de Bolívar en la mano, la misma que el irresponsable de Hugo Chávez le regalara por ser un dictador exitoso. Su régimen, qué parecía tan eterno como los de Sadam Husein,  Muamar el Gadafi (¿qué habrá hecho este con su réplica de la espada?) y Hosni Mubarak en Egipto, también terminó. La cosa es que hace semanas se escuchó que en Arabia Saudita, una de las monarquías estables y longevas más represivas del Medio Oriente (aliados de Estados Unidos), se produjo un revuelo cuando el príncipe heredero, Mohamed bin Salman, descabezó a otros príncipes, ministros, militares y hombres de negocios de importancia dentro del régimen. A muchos. ¿Ruido de sables? ¿Consolidando su poder? ¿Sólo los diamantes son eternos?

PRIMERO DE DICIEMBRE

Julio César.

BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 28

noviembre 22, 2017

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                         … 27

   Salgamos al campo a pasear una noche como esta…

   La noche era oscura, el viento ruidoso en sus propios oídos, con un tono censurador, casi cree escuchar que le ruge “todo es tu culpa, tu culpa”, los pies hundiéndose en pilas tibias de una basura maloliente que llena sus fosas nasales dificultándole respirar, empapándole los dedos a través de las sandalias. Se sentía pequeña entre esas montañas grises apenas distinguibles de desperdicios, por todos lados, que parecían rodearla, cercarla, impidiéndole ver más allá de sus propias narices. Olía a descomposición, a podrido, a alimentos totalmente corrompidos. Pero también a algo más. Había un hedor más profundo, sucio y ominoso, también a descomposición, lo sabe. A carne pudriéndose. También a carne reseca. Y quemada. Así olerían las tumbas abiertas, pensó encogiéndose de temor. O el infierno. Fue cuando escuchó los gritos de una niña, de Delia, chillando aterrorizada por ayuda, pidiéndole a algo o alguien que no la lastimara; llamándola a gritos. “¡Mami, mami!”, en tono desgarrador. ¡Su niña estaba en peligro!, gritó una voz en su mente, erizándole completamente la piel.

   Intentó correr, moverse a más aprisa, pero la basura donde se hundía impedía un rápido avance, y esas pilas formaban corredores, laberintos; la luna, apareciendo fugazmente de entre unas nubes que cubrían el cielo, le permite dar una mayor mirada a todas aquellas montañas de desperdicios, de cosas rechazadas, olvidadas. El lugar donde su Delia gritaba y gritaba llamándola, llorando como toda niña que enfrenta de pronto un horror tan grande que no puede hacer otra cosa como no sea chillar y suplicar su: “No, no, por favor, no lo haga. Me portaré bien, me portaré bien”.

   -¡Delia! –gritó para qué el monstruo la escuchara y se detuviera. Porque de una cosa estaba completamente segura, una presidencia malvada, terriblemente infame y cruel estaba a punto de lastimar a su niña.- ¡Delia, ¿dónde estás?! –repite el llamado porque de pronto hay demasiado silencio. Respira agitadamente, con esfuerzo, el olor casi mareándola, las nauseas a flor de piel.

   Corrió llamándola, cayendo y enterrando las manos en los potes, botellas y bolsas, mojándoselas de cosas que apestan, de basura licuada. Patalea y chapalea poniéndose de pie, continuando su marcha. Corre y la llama, aterrorizada por ese silencio ominoso donde sólo oye sus miedos, sus propios temores, el “es tarde, voy a llegar demasiado tarde”; quiere escucharla gritar, llamándola. Quiere escuchar algo, cualquier cosa… Y una risilla aguda, cruel y malévola le responde, haciéndola frenar en seco, alarmada. Ese sonido la envuelve, parece llegar de más adelante, pero también a sus espaldas. Una risilla perversamente divertida.

   -¡No! ¡No! –grita aterrorizada, bordeando una pila de basura, deteniéndose en seco, alcanzada por temblores incontrolables. La base de la pila de desperdicios  forma una circunferencia y lo primero que aparece frente a sus ojos es un zapato blanco, de hebilla, de niña. Alzada su punta, apoyado en el talón, mirándose en primer plano toda la base. Así se vería el zapato de alguien caído de espaldas. Una media blanca emerge de él, perdiéndose en la curva del montón de desperdicios. Una media llena con una pierna de niña.- No, no… -lloriqueó, los ojos cuajados de ardientes lágrimas, toda su piel erizada, sintiéndose sencillamente devastada.- No, no, ¡Delia!

   La risita lejana le sobresaltó, alejándose de allí vio una figura furtiva, que queda oculta por la oscuridad al cubrir las nubes nuevamente la luna mortecina. Pero, por un segundo, vio lateralizada una figura vestida de negro, o de ropas oscuras, con un largo cabello blanco, casi deslumbrante bajo la fantasmal luz del satélite, el rostro estrecho, enjuto, increíblemente arrugado, de nariz grande y sarmentosa, boca de labios casi inexistentes, de donde salía esa risita. El viento aulló claramente algo que la hizo gritar otra vez: “Cada niña que muere, es por culpa de su madre”.

   -No, no. ¡Asesino! ¡Asesino! –gritó con dolor e impotencia, todavía mirando en la dirección por donde desapareciera esa figura, cayendo de rodillas entre la basura, su figura pequeña perdiéndose en la inmensidad de aquel lugar oscuro, maloliente, siniestro. El vertedero de la humanidad. ¿Su infierno? Ingrid lloró y lloró como si no le quedara otro camino que aquel, agotarse, deshacerse en llanto, seguir y seguir hasta caer ella también.

   -¿Mami? –la voz a sus espaldas la sobresaltó, haciéndola lanzar un gemido de alivio, de alegría; ¡su niña estaba viva!

   Se volvió, pero no era la niña, el pies dentro del zapato continuaba caído, lo que vio, riéndose de manera terrible de su auto engaño, de sus esperanzas rotas, de pie, frente a ella, era ese ser que se había alejado en dirección contraria. Delgada, el cabello claro destacándose a pesar de la oscuridad, alta y delgada. Riendo de una manera terrible.

    -Tú sabías lo que le pasaría, maldita zorra, desde el momento que la pariste sabías que todo terminaría así, aquí; en este lugar donde pagarás finalmente tus culpas. Sin importar lo lejos que escapes, volverás, siempre aquí. No tienes a dónde huir. No de mí. No de ti. Nadie levantará un dedo para interceder por ti. –sentenció una voz que parecía llegar de su propi cabeza, así como la horrible risita burlona.- Nadie te acompañará en el tribunal.

   Cubriéndose los oídos con las manos, la mujer tan sólo pudo gritar y gritar, echándose hacia atrás, cayendo de culo sobre la cálida y apestosa basura, hundiéndose, chapaleando, intentando alejarse, sabiendo que si dejaba que esa cosa la tocara, estaría perdida y ya no podría escapar.

   En ese punto, despertó del mal sueño sobre el sofá, en la sala de su casa, a donde fue a dormir después de un disgusto con su marido. Abrió los ojos sintiéndose perdida en medio de las penumbras y la soledad, asustada, los ojos cuajados de lágrimas y el corazón latiéndole dolorosamente en el pecho. Aturdida se puso de pie, vacilante, las piernas no la sostenían. ¡Delia! Tenía que verla. Dio dos pasos antes de entender que no estaba sola, no en aquella sala en penumbras. El corazón se le paralizó mientras iba volviéndose, lentamente, deseando estar equivocada, rezando interiormente. La respiración se le congeló, en el mueble al lado de sofá, sentada, estaba esa figura delgada y alta, vestida de negro, o de oscuro, el rostro afilado, arrugado, en penumbras, sonriendo de manera torva, el cabello blanco. Comenzando a reír.

   -No eres tan rápida como para huir de mí, zorra. –le dijo, o le pareció escuchar en su cabeza.

   El grito al saberse atrapada, la estremeció, todo su ser, y despertó por segunda vez, bañada en sudor en ese sofá del que saltó, alejándose del otro mueble, como si estuviera en llamas. Soñó que soñaba. O lo que fueran esas horribles pesadillas. Una que la había seguido desde un punto que desconocía, hasta la sala de su casa. ¡Delia!, recordó de nuevo, y dándole la espalda a los muebles, temiendo en su fuero interno volver a escuchar esa risita, corrió, hacia la habitación de su hija, abriendo la puerta y viendo a la niña dormida en su cama, respirando suavemente. Tuvo que cubrirse la boca con las dos manos para sofocar un alarido de alivio, de agradecimiento al Cielo, o la vida, ya que la habría despertado y asustado. Pero si, su niña estaba bien. A salvo. Ese monstruo no la había atrapado en realidad. Qué tonta había sido, se dijo conteniendo una risilla histérica, acercándose a mirarla, temblando toda con las ganas que tenía de llamarla, despertarla y abrazarla. Pero no lo hizo. No quería comportarse como una tonta, alarmándola. No después de todo lo que había costado que la niña accediera a dormir sola en su cama, abandonando la suya, o la de su abuela, donde suplicaba dormir porque le daba miedo la oscuridad, la soledad.

   La niña, en esos momentos, susurró en sueños.

   -Galatea… -una palabra que no reconoció pero que la asustó nuevamente, erizándole la piel otra vez.- Corre, Galatea, corre; que no te alcance la mujer mala. –la niña pareció desinflarse en sueño al soltar esas palabras.

   -¿Mami? –la voz de Delia la regresa al presente, alejándola con mucho esfuerzo de todo ese horror, del mal sueño, de las palabras que no entendía pero que intuía peligrosas.- ¿Estás bien?

   Y la mujer no aguanta más, sonriendo pero sintiéndose turbada, asiente su falsa conformidad, inclinándose y abrazándola, notándola algo fría (tanto como Elena pronto encontraría a Leonardo).

   -Te amo, mi niña. Sabes que puedo darte todo lo que quieras, ¿verdad? Y todo lo que quieras será. –le susurra aquella promesa rara, pero que se siente obligada a hacer. Le dará lo que sea, hará lo que la pequeña pida, para que la ame. La idea resultaba extraña a ella misma, como lo es la voz de la niña al responderle, algo gorgoreante.

   -Mami… ¿no hueles la basura?

CONTINÚA … 29

Julio César.

PASA

noviembre 21, 2017

CUANDO LLEGA…

   Debió saber qué pasaría cuando “generosamente” se ofreció a ayudarle… Que descubriría su secreto para tonificarse.

   Era un gran arreglo: el joven nerd se ocupa de hacer las tareas y el guapo atleta de darle de comer… trasero.

   -Tranquilo, chico. –dice paternal.- Comprendo tu confusión, tu miedo por lo que sientes. Por lo que quieres. No hay problema, vamos, tómalo.

   Se le advirtió sobre esos chicos a los que reprobó, ahora espera para saber qué quieren decir con eso de que ahora ellos serán sus maestros.

   Su novia le dijo que alentaba mucho al amigo gay y que un día despertaría con este clavándole la lengua. Bien, la idea se la metió ella…

URGENCIAS

Julio César.