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OJO POR OJO, SANGRE POR SANGRE

noviembre 12, 2011

LOS NIÑOS PERDIDOS PARA SIEMPRE

   La mañana del 18 de noviembre de 2004, recuerdo que tomaba una taza de café, molesto, no me gusta despertar temprano, cuando lo supe. Enfurruñado escuchaba las informaciones por UNIÓN RADIO NOTICIAS cuando alcancé un cacho de noticia: el atentado al fiscal con competencia nacional, Danilo Anderson. Me dije (y me avergüenza un poco reconocerlo, pero así fue): vaya, intentaron matarlo, seguro que fallaron, este país está lleno de incompetentes. Fue un pensamiento a la ligera, pero este sujeto tan complejo, villano y malvado unas veces, humanitario y solidario con el dolor en otras, representaba lo peor de la justicia entregada como institución que debió permanecer soberana: era el gran inquisidor, la ficha política utilizada para destruir a la gente incómoda al régimen, y lo hacía con eficiencia. Muchas personas de la llamada Oposición estaban en su mira… pero también mucha gente del Gobierno, comenzando por un ahora gobernador y un general trisoleado que le anunció al mundo que Hugo Chávez había renunciado. Pero no, me había equivocado yo, al hombre sí lo mataron. Creo que nunca había recibido una noticia tan impactante, si exceptuaba la matanza del Urológico San Román, en vivo y directo por televisión, o la caída de las Torres Gemelas en Nueva York.

   El régimen enloqueció con esa muerte, hubo cacareos públicos de miedo, se decía que había una lista de vagabundos que serían los siguientes, se nombraba a la diputada fulanita y a la dirigente popular zutanita; y en un Gobierno de malandros nadie podía sentirse seguro. Al fiscal quiso elevársele a los altares de la revolución, de los mártires, a ese que quiere entrar Chávez sin ser martirizado y menos asesinado. Fue cuando el para entonces fiscal general de la república, Isaías Rodríguez, lanzó aquella infeliz expresión: Esta muerte me ha dolido más que la de mi madre (y repito, pobre señora). Pero esos planes debieron suspenderse cuando poco a poco fue desenmarañándose una oscura red de chantajes y extorsiones. Anderson, al parecer, capitaneaba la mafia de los enanos, un grupo de jueces y fiscales que extorsionaban a gente con real para no meterlos, o para sacarles, de alguna lista de vetados por el Gobierno. De su apartamento desapareció, en efectivo, la cantidad de mil millones de bolívares de los viejos. La canonización debió paralizarse, más no la ofensiva. Esta debía ser feroz para que la gente viera, en primer lugar, que nada se podía contra ellos, y en segunda para desviar la atención de ciertos detalles que nadie supo explicar, ni antes ni ahora, y menos el chavista común en la calle, que prefiere no pensar en eso, como por ejemplo: ¿por qué la policía política,la DISIP, acordonó la zona del atentado horas antes, obligando a sacar los vehículos de la calle y cerrar los negocios del lugar?, ¿o por qué se montó una alcabala en la avenida para que nadie transitara por allí? Como esos detallitos minúsculos, que no merecieron una explicación, podían interpretarse como que el Gobierno algo sabía, debía buscarse un culpable.

   Una de las primeras versiones que corrió, desdela Fiscalía, dictada por Isaías Rodríguez, fue que había sido asesinado por orden de un general alzado, con tiempo en la clandestinidad, un tipo que parecía más arrecho de lo que resultó al final, González Gonzáles, un calvo de mirar duro, que por alguna razón gustaba a las mujeres. Así, el día 23 de noviembre de 2004, se escucha la noticia: muerto el abogado Antonio López Castillo en un enfrentamiento conla DISIP, el occiso era hijo del también abogado Antonio López A costa y de la ex senadora social cristiana Haydee Castillo de López. El hombre estaba tirado en la calle, abaleado, bañado en sangre, y se habló de un enfrentamiento, pero en cuanto llegaron las cámaras de televisión, la gente corrió hacia ellos contando que aquel hombre había sido rodeado y le dispararon, que en ningún momento salió del vehículo arma en mano. Que lo mataron y lo arrojaron al piso. Fiscales y policías arremetían contra los testigos y sus declaraciones, pero estos se mantenían inquebrantables: lo habían matado a sangre fría. Luego fueron surgiendo los detalles más escalofriantes, al parecer lo había confundido con el general González González, y ante el error, repetido en mil declaraciones por uno de los testigos presente, uno de los policías dijo que no importaba, que era un escuálido, “ellos mataron a uno de nosotros y nosotros a uno de ellos”. Así, tan simple, tan sencillo… Se equivocan, un hombre cayó, pero no importa, porque como enla Cubadel insepulto Fidel, no era un ciudadano de primera, no como ellos al menos.

   El escándalo fue tal quela Fiscalíayla DISIPse aferraron a la tesis del complot del muerto en el asesinato de Anderson, sus oficinas fueron allanadas, así como la casa de sus padres, dos días después. Y aquí ocurre otro de esos episodios grotescos, aplaudidos por gente como Lula, Rodríguez Zapatero y el secretario Insulsa dela OEA: mientas los viejos son mantenidos en la sala, los agentes, sin fiscales ni testigos (se supone que gente espontánea de una zona cualquiera es llamada para que sirva de testigos en dichos requerimientos), la vivienda fue requisada… y bajo la mesa de la cocina, donde cada día comía la familia, encontraron explosivos C-4. Así, como si la gente consiguiera eso por ahí y no estuviera regulado por organismos públicos, como si tal producto se acostumbrara a guardar en la cocina, como si se deja ahí, bajo la mesa, en una casa que se sabe será allanada (NOTA: Años más tarde, cuando el presidente Chávez ordenara la detención del señor Peña Esclusa, también bajo la mesa familiar encontrarían, otra vez, C-4).

   Y aquí quiero hacer un pequeño alto, quiero decirles que fue lo que más me llenó de arrechera, de amargura, de una impotencia y frustración tal que casi me sentí enfermo. No fue ver el rostro de esa mujer demacrado, con huellas de llanto en sus ojos (era su único hijo, el único que pudo parir en toda su vida, el que le costó llevar a feliz término, aprisionándolo con tratamientos en unas entrañas que deseaban expulsarlo), gimiendo en televisión que le habían matado a su hijo. En ese momento, con ese dolor que nadie que no lo haya sentido puede medir, esa mujer se hermanó a todas las que un día vieron salir a sus hijos a hacer algo y no regresaron, que no los volvieron a ver como no fuera para abrazarlos en una camilla y llorar hasta que se secara la vida. Verla gemir por su muchacho, con esa voz seca que siempre tuvo, no fue grato; de su apariencia otrora gordita, de hablar fluido, educado (dirigió la comisión de Presupuesto por no recuerdo cuántos periodos como senadora de la república), no muy agradable y cachetona, no quedaba nada.

   No fue verla gemir que le entregaran el cuerpo de su hijo, retenido en la morgue mientras, según, se intentaba maquillar el ajusticiamiento. No fue el que no pudiera recibirlo luego, ya que terminado el allanamiento donde encontraron el mismo tipo de explosivo con el que aparentemente volaron a Anderson, fueron detenidos. Dos viejos, de los que una fue senadora de la república, reconocida por sus fuertes convicciones personales y morales (cómo se negó esa mujer vez tras vez a la legalización del aborto llamándolo crimen, y eso lo sabía el país), fueron esposados y obligados a desfilar como vulgares criminales. Y debo hacer otra observación, el edificio estaba rodeado de gente que le gritaba a la policía que se fueran; de la prensa que gritaba que eso no podía ser; por los adecos, gente del partido político del que la mujer siempre fue opositora, pero que en ese momento se cuadró con ella, distinto a, lamentable es decirlo, su partido de toda la vida, COPEI, quien guardó un silencio deshonroso en esos instantes. Se comentó después, dicho por ella, que un policía intentó cubrir las esposas con chaquetas, pero que la mujer no se dejó, que si iban a exhibirla, que lo hicieran de una vez. Era ese tipo de mujer, dura, curtida.

   Pero lo que más me arrechó no fue verlos salir rodeados de policías, esposados, uno al lado del otro, un viejo calvo, una gordita enflaquecida de repente, gentes mayores; no fue oír los gritos contra la policía, no fue verlos caminar apuraditos cuandola DISIPlos aferró de los brazos llevándolos casi a rastra a las patrullas, como deseando salir pronto de ahí… A mí lo que me molestó fue algo más cercano. Dio la casualidad que ese día había ido a visitar a mi madre, una mujer peleona, curtida también, metida siempre en trabajos comunales, que no es adeca ni copeyana, que es bien atendida siempre por todo a quien busca. Estando allí, como siempre con los televisores sintonizados en GLOBOVISIÓN (creo que toda mi gente es así), escuchamos la fanfarria horrible de la noticia de último momento. Fue ese momento el que llegamos a ver, a dos viejos que habían estado juntos durante años y años en momentos tal vez azarosos, otros felices, de llanto por mil problemas, siendo casi empujados como delincuentes hacia una patrulla, mientras el hijo, el único que parieron, yacía todavía sobe una camilla de la morgue, negado hasta ese ultimo consuelo a la vieja ex senadora. Fue allí cuando pasó…

   Mi mamá comenzó a llorar como una desesperada, que Dios mío cómo era posible que pasara esto. Años atrás en una conmemoración del día de las mujeres se habían conocido, y esa senadora le había dado un teléfono para ayudarla con sus asuntos comunales, y allí hablaron de mil vainas, y la senadora le había contado todos los tratamientos a los que se sometió para quedar embarazada. Mi señora madre enrojeció y lloró con ese llanto raro, desconsolado, amargo y dolido que siempre le hemos visto en los momentos más malos de nuestra vida familiar, enfermedades súbitas, la muerte de un conocido, la muerte del Papa polaco, el infarto de mi papá, la convulsión que sufrió un sobrinito que pareció muerto por un minuto y que nunca supimos por qué. No supe que hacer, ¿qué se hace?, con ojos enrojecidos de arrechera tuve que consolarla, apagar el televisor, servir café, hablar de mil vainas que siempre terminaban allí, en la vieja pareja corriendito, apurados, esposados, pero seguramente no pensando en ellos en ese momento, insensibles a lo que fuera su suerte, con sus cabezas en otro sitio, en Bello Monte donde está la morgue, porque allí, en un cubículo, se les había acabado la vida. Ese día mi mamá dijo algo terrible: que para ninguno de ellos habría paz, que cada uno de ellos pagarían eso que habían hecho y con creces (y los tiempos de Dios son perfectos).

   Haydee Castillo de López y Antonio López Acosta fueron liberados, finalmente el cuerpo fue entregado, sus pertenencias fueron robadas por aquellos que se supone son agentes de la ley y el orden. Sepultaron, rodeándoos de una gran cantidad de asistentes, a su muchacho, un hombre ya, pero que seguramente ella recordaba cuando aún mamaba teta, pegado a ella, sintiéndose protegido y amado sin saberlo, sólo intuyéndolo en las miradas que seguramente ella le habría lanzado. Jamás se pudo trazar una línea que conectara al muerto con ese homicidio, ninguna llamada, ningún testigo, nada de fotografías, ni siquiera alguien que dijera me parece que… Pero nadie pagó por ello. Esa sangre, ese crimen continúa como el del mismísimo Danilo Anderson, pendiente. Isaías Rodríguez hizo de todo para que jamás se resolviera el crimen como no fuera desviando las sospechas hacia un grupo de enemigos del régimen y personales, con tan sólo la declaración de dos testigos, de uno que dijo estar con ellos cuando planeaban el homicidio pero en verdad estaba preso en una cárcel colombiana ese día en cuestión, y otro que, llorando más tarde por televisión, le pidió disculpas públicamente a los acusados por haber mentido y mencionar sus nombres. Al ex fiscal el mundo se le hace pequeño, pero es un ser sucio y despreciable, eso no le afecta, el presidente Chávez en persona dijo que no debía tocársele. Él sabrá qué protegen. Para uno, el tipo en la calle sólo le queda el consuelo de que un día se cumpla lo dicho por Neruda: Para el culpable de esa sangre, sangre derramada, pido castigo…

   Llegarán otros tiempos, tal vez nunca se sepa en ciencia cierta quién mató a Danilo Anderson o por qué, en Venezuela hay cosas que quedan así, como misterios sin solución, pero en el caso de Antonio López Castillo es más sencillo, alguien ordenó disparar, simplemente hay que detener a los que en esa actuación estaban. El momento llegará, pero por ahora que descansen en paz esos dos hombres, tan distintos entre sí, tan distantes uno del otro, y sin embargo caídos, marcando uno con su muerte, la suerte del otro. Descanse en paz Danilo Anderson. Descanse en paz Antonio López Castillo, y consuelo para su madre, una mujer que una vez fue la más poderosa políticamente hablando de este país, hoy una doñita para quien los días deben ser largos y las noches más aún, sonriendo, o tal vez empañándosele la mirada al creer ver una sombra cruzar de la sala a la cocina, imaginando oír de tarde en tarde: Llegué, mama…

Julio César.

CHARITO ROJAS

enero 30, 2011

LOS NIÑOS PERDIDOS PARA SIEMPRE

   Hace poco, escuchando las denuncias de agentes policiales de la metropolitana implicados en atracos, recordé el pasado no tan reciente. Este cuerpo policial siempre ha estado en la picota pública pues se le consideraba el brazo represivo más representativo de los gobiernos de turno para atajar manifestaciones. Era frecuente, en los años desdichados de Carlos Andrés Pérez, cuando pensábamos que nada peor podía haber (no soñábamos que la izquierda un día fuera gobierno), las calles estaban llenas de personas reclamando: por sueldos, contra la inflación, contra la inseguridad, contra las llamadas medidas del paquete económico que perjudicó a una cantidad enorme de personas en cosas tan delicadas y vitales como la vivienda. El ciudadano se encontró un día que las cuotas que pagaba a los bancos se habían duplicado y triplicado en una noche, sumergiendo a todos en la angustia.

   El hecho de las medidas de rectificación económicas en sí, era algo hasta comprensible y tolerable en circunstancias normales. Pero el gobierno de CAP era increíblemente corrupto, lo que exacerbaba la paciencia. Después de la explosión popular del 27 de febrero del 89, y las intentona golpistas del 92, la gente le perdió el miedo y la paciencia al Gobierno, y salía a protestar: estudiantes, partidos políticos, asociaciones civiles. Y a la Policía Metropolitana (la PM), los odiados azules, les tocó la ingrata tarea de contenerlos.

   Era frecuente oír en las calles y avenida los chillidos de la ballena, un camión tanque que arrojaba chorros fortísimos de agua contra la gente (recuerdo mi rabia cuando vi a la vieja Argelina Laya, venezolana insigne, rodar como una lata vacía por una acera bajo la presión de esa agua). También salía el rinoceronte, otro blindado con un cuerno central que arrojaba nada más y nada menos que bombas lacrimógenas. Eran días de protesta y represión, aunque Carlos Andrés jamás salió gritándole pilas de m… a nadie, y muchos menos llamaba terroristas o golpistas a los estudiantes. Eso vino después, con esta ‘democracia protagónica y participativa’. En fin, la gente odiaba a la Metropolitana. Personalmente la detestaba, ¡qué tipos, Dios mío!, y entonces apareció Charito Rojas. Esta mujer, una distinguido de este cuerpo, tuvo un encuentro con el destino un día de junio de 1996; y con ella comenzó a cambiar la percepción que se tenía de los uniformados.

   Una conocida panadería caraqueña, La Poma, era objeto de un atraco ordinario, con dos malandros blandiendo armas y amenazando a todo el mundo como perros rabiosos, cuando esta mujer, uniformada, se percató y entró, arrecha, resuelta, y los enfrentó. Al estar sola (se supone debió esperar refuerzos), llamó a un guardia nacional que estaba allí para que le sirviera de respaldo. Y mientras encaraba a uno de los malandro, ese sujeto la mató a traición. Era un delincuente disfrazado de guardia nacional. Charito Rojas había caído, cumpliendo con su deber, no en un enfrentamiento directo, de frente, sino por la espalda, porque no vio una cara, tal vez no detectó en unos ojos la ruindad, sino que se fijó en un uniforme. No vio a un tipo, vio un símbolo, a otro representante de las fuerzas del orden, como ella misma. Y bajó la guardia, le dio la espalda. Y la mataron por eso.

   La panadería fue rodeada por agentes policiales, hubo un feroz intercambio de disparos, y antes las cámaras de televisión, se dijo que los atracadores estaban heridos y sometidos. Los arrastraron, aunque caminaban por sus propios pies, y los metieron en una de las jaulas, esas camionetas cerradas con telas metálicas. Lo curioso fue que al llegar a su destino, los hampones estaban muertos. ¿Los ajusticiaron? Nunca se supo; se dijo, lo dijo el Estado, que murieron a causa de las heridas, pero ahí comenzó uno de esos debates interminables sobre cuántos ángeles caben en la cabeza de un alfiler sin que estén tan cerca que practiquen sexo.

   Cuando la historia de Charito se supo, la gente se indignó. Era la primera mujer uniformada de la Policía Metropolitana que moría, asesinada, en el cumplimiento de su deber. Yo sentí mucha rabia, la habían matado cobardemente, sin darle la cara. Para mí, su asesino era una rata. Recuerdo que por aquellos días me tocaron unas supervisiones en el hospital oncológico Padre Machado, adscrito a la Sociedad Anticancerosa, ubicado en la populosa urbanización de El Cementerio, en Caracas. De hecho el Cementerio General del Sur se localiza allí. Aquí está el camposanto y el hospital al lado, ¿a quién se le ocurre? Y ese día me tocó salir caminando varias cuadras porque aquello se llenó de gente, de gente con caras amarradas, arrechas, dolidas, seguían un cortejo fúnebre, mientras cuatro mujeres, (unos mujerones enormes, yo pensé que cualquiera de ellas era capaz de darle un buen carajazo a un hombre y derribarlo), cargaban la urna de la fémina caída. Se veía magnificas, aunque la palabra suena a frivolidad. Dos eran unas negras inmensas, de bocas rojas, cabellos malos como decimos aquí, de caras arrechas, quién sabe pensando en qué. Eso estaba lleno.

   Creo que media Caracas se había volcado a acompañar a Charito a su última morada, en silencio, con muestras de dolor, impotencia y rabia. Fue en ese momento cuando comencé a ver a esa gente de forma distinta. No eran simplemente agentes de la represión, eran gente como ella, una mujer gordita de cara, divorciada, intentando ascender dentro de la difícil jerarquía policial, que se fue de este mundo dejando un hijo al cuidado de la abuela. Era una mujer, y tal vez el policía de corazón es así, que era impulsada por motivos que yo no entiendo, que se percata de un crimen, y va. No duda, no piensa “eso no es asunto mío”. Me ha tocado oír de gente que es atacada en una calle y aunque muchos pasan y ven, nadie ayuda, nadie se mete. Pero ella no lo hizo, y creo que por eso era policía.

   Como dije, luego vino un grotesco sainete sobre la muerte de los malandros, que se llevó a tribunales. Un grupo de defensores de derechos humanos denunciaban el ‘asesinato’ de esa gente a manos de la policía. Sin entrar en ningún otro valor de índole moral, de ley de la jungla u otras, que puedo hacer y sostener ante el Tribunal Celestial y las barbas de San Pedro, sólo mencionaré un hecho: el día que los metropolitanos fueron llevados a comparecer, un grupo estaba afuera, apoyándolos. Pero para mí la farsa, la inversión de valores, la idiotez que destruye sociedades y pueblos estuvo en un titular de prensa que el mismo juez leyó dentro del tribunal. No recuerdo el nombre del periódico, pero sí su encabezado: A juicio metropolitanos asesinos de los presuntos atracadores de la panadería La Poma. Así, y créanme, la memoria no me falla. Para mí, mucho más joven en ese momento, la vaina me llenó de bilis amarga.

   Los delincuentes eran ‘presuntos’, no importaba qué dijeran los clientes atracados, o el hombre golpeado o el dueño del lugar. No, eso no era concluyente, eran ‘presuntos’. Ah, pero los policías no eran ‘presuntos asesinos’, no, ya eran asesinos. Esa ligereza causó muchas ronchas, y denunciaba un problema que carcomía la sociedad venezolana, que la ataba de manos, por mano propia además, a ser víctima. A esa gente se les dio hasta con el tobo, pero, afortunadamente digo yo, no hubo juez que los condenara. Recuerdo que quien finalmente zanjó el asunto fue el juez Arnoldo Echegaray, revocando los autos de detención contra los metropolitanos. Y no crean, no era algo simple oír testimonios de los asaltados, de los policías o que en verdad nadie viera el ajusticiamiento, un grupo los quería lapidar porque habían matado a esos pobres malandros, que sí, robaban y mataron a esa mujer, pero que esas son cosas que pasan, que no eran malos, que con amor y caricias se habrían reformado. Desde ahí le tomé idea a esos grupos defensores de derechos humanos, así que cuando el señor Tarek Saab, quien hizo vida pública defendiéndolos, resultó un represor y perseguidor de opositores ahora que es Gobierno, no me sorprendió en lo más mínimo. Siempre me pareció un ser de cuidado. Y no creo calumniar cuando me pregunto sí tanto amparo, tanto temor a la mano dura, no terminó por revolcarnos a esta cultura de muerte de hoy, de impunidad, donde delincuentes, policías y gente de la calle (un autobusero que pasa la unidad sobre gente que tranca una calle en protesta, justa o no) cree, que en verdad, se puede hacer lo que da la gana sin responder.

   ¿Que es peligroso dejar actuar al policía a su cuenta y riesgo? Claro, cuando eso pasa tenemos a los malandros que roban, matan, secuestran y violan que ahora tenemos. ¿Qué no se puede justificar la muerte de todos esos malandros en el caso la Poma? Charito Rojas estaba muerta y aparentemente, en esa época, no había forma de revivirla. Para como lo veo, hubo un atraco, los atracadores fueron vistos y reconocidos como tales, se observó cuando la mataron y luego hubo un enfrentamiento con la policía; no fue un caso sórdido en un callejón oscuro donde la policía mete a una gente que luego muere, o el muchacho que sacan de su casa y luego aparece muerto y dicen que fue en un enfrentamiento, o el militar tras una reja que se quema en la celda y luego dicen que era porque fumaba (y estos caso que ocurren ahora, ni se investigan). No, la gente ahí vio lo que sucedía. Hubo un atraco, ellos hacían lo que querían hacer y apareció esta mujer que intentó pararlos porque era su trabajo. Ella sentía que ese era su deber. Y la mataron. Eso lo relató todo el mundo ahí; bien, hubo justicia retributiva, vida por vida. Simple. Jamás sentiré pena por esta gente, mis simpatías siempre estarán del lado de la mamá de esa mujer, y del hijo que dejó; el llanto, el dolor, la pérdida de esos dos sí es importante para mí.

   Eso pasó hace mucho, pero basta que en el Metro, la calle, o en una cola uno diga Charito Rojas, para que todo el que tenga más de treinta, la recuerde. Ella, por derecho propio, se convirtió en otro nombre de referencia, como decir William Nihaus es hablar del secuestro más largo de Venezuela (“No me maten, soy Nihaus”); o Tío Simón es hablar de Simón Díaz (“¿Qué sería de la tonada si no existiera Simón?”); o de Ledesma (otro metropolitano, pero malo), para que se piense en el monstruo de Mamera; o Raisa Ruiz, y se piense en la mujer que cayó en avión en la selva y sobrevivió arrastrándose cuando se le daba por muerta.

   Charito Rojas yace en el Cementerio General del Sur, allí llegaran de tarde en tarde alguna de esas mujeres que la conocieron, muy pocas veces ya, imagino, siempre olvidamos; pero su madre, si vive, debe estar pendiente. Y su hijo. Ya debe ser un hombre, qué orgullo debe sentir para sus adentros cuando piensa u oye de ella, si es que él mismo no ha ido olvidándola. Del nombre de sus victimarios, aún de aquel que se disfrazó de militar y que colocándose a sus espaldas la mató a traición (el muy Judas), nadie se acuerda, condenados a cargar para siempre con el “las lacras esas”; pero de ella sí.

   Paz a tus restos, Charito.

OJO POR OJO, SANGRE POR SANGRE

Julio César.

TAN SÓLO TRES MUERTOS MÁS…

mayo 13, 2010

LOS NIÑOS PERDIDOS PARA SIEMPRE

   Esto lo dije el 25 de octubre de 2007:

   Hace apenas una semana y media, cumplido de este día, un hecho de sangre, cotidiano a estas alturas a nivel de todo el país, conmovió a la pequeña población mirandina cercana a donde nací hace treinta y picos de años atrás, pueblo al que no pienso regresar a vivir, pero querido al fin. En un cotidiano ajuste de cuenta entre malandros, unos sujetos dispararon contra otro, con quien tenían una culebra, como dicen. Y mientras lo hacían, mataron a tres personas inocentes que únicamente tuvieron la culpa de estar en ese mal momento en tan peor lugar. Así, dispararon sobre el sujeto y se llevaron por el medio a todos los que estuvieron allí. Sin pensarlo, sin dudar, sin penas o remordimientos, ninguna limitante de índole moral o ética se interpuso: deseaban matar a alguien y dispararon.

   El hecho en sí, que no es tan desusado como podría creerse, tuvo sin embargo ciertas características especiales. Lo primero es el asco, la rabia que produjo el que gente buena de un pequeño poblado, conocidos de todos, cayera a manos de unos sucios malandros que se creen con derecho, tal vez divino, a disponer de vidas y destinos, seguros de que no serán perseguidos (o eso creyeron en este caso). Lo segundo es el lugar, prácticamente en el centro del pueblo de Guatire, donde si es cierto que ha habido muertos y violencia, jamás a esa escala. Lo otro fue la crudeza del drama, quien menos balazos recibió, recibió tres o cuatro, aunque halla quienes digan que sólo una que otra eran de muerte (vaya consuelo). Finalmente, uno de los muertos, Franklin Sanz, era un hombre decente, padre de tres hijos, con mujer, que tenía a su madre viviendo con ellos… y era hermano de un conocido ex diputado chavista, concejal ahora del pueblo, el muy revolucionario Luís Sanz.

   La noticia fue dolorosa para los conocidos. Su señora madre gritó y lloró desconsoladamente, como toda mujer a lo largo y ancho de este mundo que le toca presenciar algo que jamás esperó: vivir lo suficiente para ver muerto a uno de sus hijos. Su dolor debe ser como el descrito en la Biblia cuando relatan la matanza de los inocentes, cuando Raquel lloraba y no permitía ser consolada. Por referencias, supe que al concejal le pegó fuerte, hablaban de un desmayo, entre gritos, angustia y frustración; y cómo no, era su hermano. Al parecer, el señor Sanz no murió instantáneamente, aunque grave, aún vivía al ser retirado de la zona. En un acto que habla de la desesperación de quienes los transportaban, tal vez por la cercanía (lo único que justificaría semejante tontería), lo llevaron al Hospital General Guatire-Guarenas, el cual debe atender la basta población de las dos ciudades dormitorios del área metropolitana, incluidas en la llamada Gran Caracas, y aún más, a toda la gente que llega de Barlovento. Ahí no pudo atendérsele porque no hay laboratorios, Rayos X, quirófanos ni insumos; ya ni médicos, quienes han emigrado ante los sueldos y condiciones infrahumanas. Sin embargo lo atendieron médicos y enfermeras presentes, quienes deben cargar siempre en esos momentos con la cruz de negligentes, de que no quisieron atender o no hicieron nada. Se lo llevaron de ahí, pero ya estaba muerto.

   Sí, fue doloroso. Por su madre, por sus hijos, esposa y hermanos. Por el señor Luís Sanz, el concejal. Un buen hombre salió de su casa una mañana, despidiéndose de todo el mundo, diciendo que haría esto o aquello más tarde, tal vez prometiéndole hacer algo a su mujer que no le agradaba (como sacar cosas viejas de un armario o reparar la canilla de un lavamanos), y ya no volvió. Días después supe nuevamente del concejal. Viéndome obligado a viajar a Guatire, tomé un taxi, la zona de la llamada Gran Caracas está convirtiéndose en un gigantesco estacionamiento, creció la población, hay muchos carros, pocas vías construidas, muy pocas en buen estado y con múltiples parches que parecen jamás terminarse de reparar caotizan el tráfico. En una emisora radial de la zona, en frecuencia FM, hija de la matriz Radio Bonita, que reina en la zona, trasmitían un programa de ‘opinión’ bajo la conducción del concejal Sanz y otro reportero. Quien va en carro ajeno oye lo que no quiere, sin embargo, era interesante saber qué opinaba ese hombre ahora que había sido víctima del hampa por lo que no me importó.

   El concejal Sanz llegó tarde, y el otro se desbocó hablando sobre la horrible tragedia y de que cómo era posible que en el Hospital General Guatire-Guarenas no hubieran podido hacer nada, casi insinuando que no les dio la gana, continuando con la tónica que hace tiempo impera en Venezuela de ir contra profesionales acreditados que nada le deben al Estado. El concejal llegó más tarde y en su tono se notaba todo el dolor que nadie que halla perdido a un ser cercano y querido, puede dejar de identificar. Sin embargo, aunque quiso abordar los temas importantes de su tragedia, no pudo o no le dio la gana. No pudo denunciar el mal estado del sistema de salud, no pudo gritar contra el hampa desbordada, no supo cómo atacar a jueces, fiscales y policías incompetentes para contener tanto delito. En Venezuela se vive bajo el temor de hablar, de expresarse, el recuerdo de la infame lista de Tascón (muy aplaudida por la OEA, Brasil, España y Argentina), con la que se persiguió, martirizó y destruyó a tanta gente en el país, estaba muy fresco todavía.

   Personalmente yo tenía la piedra afuera con el fulano programa, hasta que comenzaron las intervenciones telefónicas, y una señora, molesta, lo llamó inmoral, que si él no sabía que el presidente Chávez le había declarado la guerra a la clase media profesional para destruirla, incluidos médicos y maestros, y que por eso no se dotaban los hospitales, no se contrataba gente, no se pagaban aumentos, mientras todo se iba en la enorme corruptela de Barrio Adentro, una misión dizque social donde los cubanos atienden dispensarios médicos, cobrando en dólares que le manda a Fidel Castro. La mujer chilló que llevábamos años manteniendo al viejo vividor que había prometido, junto al presidente Chávez, que el pobre ya no se moriría por falta de atención médica porque esos dispensarios iban a estar mejor dotados que una clínica privada, acabándose con la crisis de asistencia sanitaria. Molesta terminó preguntándole por qué no lo llevó a uno de esos dispensarios si la cosa era tan buena, o sí es qué no lo es, y que si los cacareados dispensarios eran una colosal estafa, que lo denunciara y pidiera una averiguación y un enjuiciamiento por estafa a la nación.

   El ataque me pareció duro, Sanz guardó silencio, el otro la atacó con fiereza acusándola de todo lo habido y por haber, creo que hasta agente de la CIA la llamó, como suelen hacer en esos casos, repitiendo en el siglo XXI las viejas consignas cubanas de los cincuenta, pero que por alguna razón llaman nuevo socialismo. Pero… ella tenía razón. Ese señor, Luís Sanz, lleva nueve años siendo Gobierno, nacional y local, y durante todo ese tiempo nada se ha hecho, nada ha hecho él, ni siquiera dotar el pobre Hospital General. Cómo debió pesarle, dolerle, en ese momento el no haber hecho nada por su pueblo en todo este tiempo. Cómo debió molestarle en la conciencia la visión de su hermano muerto tendido en una camilla. Nueve años y nada se ha hecho contra el hampa, sabiendo él muy bien que las policías, fiscales y tribunales sólo están para perseguir a opositores políticos, nada más. Sabiendo muy bien que Venezuela es jineteada por el viejo vividor antillano, bajo la mascara de ayuda médica, cosa que no es más que un gigantesco fraude, y que todo eso lo ha santificado él.

   Sé que suena duro, pero se podría decir, de forma melodramática, que la sangre de su hermano está en sus manos. Él es responsable, moral y de hecho, en parte de todo lo sucedido. Pero, afortunadamente para él, una falta total de sentido común, de responsabilidad personal, y hasta de vergüenza parece ser el signo externo mostrado por todos ellos en sus actuaciones. De nada le sirvió tener poder político, ni todo lo amasado y visible a todos en la comunidad. Eso no salvó la vida de su hermano, eso no pudo garantizarle el transitar por el pueblo en paz, ni le valió de nada cuando agonizaba a las puertas de un hospital desasistido desde hace ocho años en una política de asfixia y destrucción de todo colegio, gremio o sindicato independiente. Con todo lo que tiene no puedo evitarle a su madre ese terrible dolor. Y como en todas las grandes y pequeñas miseria de la historias humana, el drama es el mismo, independientemente de qué extremo del embudo se esté.

   Hace tiempo, escuchando el programa mañanero de Marta Colomina, una dura periodista a quien no le tiembla la voz a la hora de denunciar vagabunderías, la profesora comentó una noticia roja, creo que uno de los trabajos del diario El Universal. En una zona apartada de Cúa, en el estado Miranda, una mujer de nombre Angélica, no recuerdo el apellido, pasó una noche de horror con una niña de dos años ardiendo de fiebres por el dengue, una plaga que ha reaparecido con furia en la Venezuela del siglo XXI, luego de ser combatida y erradicada en el pasado. En la poblada no había médicos ni dispensarios. Y para hacer el drama total, ni siquiera se podía llamar un carro para que fuera a buscarla porque el puente que unía al caserío de la carretera se había caído hace tiempo y no hubo poder humano capaz de levantarlo nuevamente. Al amanecer, viéndola tan mal, la mujer la envolvió en unas sábanas y salió con ella, cargando con su muchacha y con su angustia.

   Mientras lo leía, la voz de la profesora Colomina se volvía más opaca y oscura. La periodista de la nota de prensa era macabra en detalles y frases: Angélica corría con su muchacha en brazos, esperando llegar a tiempo al dispensario en Cúa, pero la muerte corrió más rápido y la alcanzó en algún punto del camino, llegando con su preciosa carga sin vida (así lo escribió). Recuerdo todo mi pesar al oírlo; no conocí a esa mujer, y era imposible para mí saber cómo era físicamente, pero la imaginación es una vaina seria. Yo ‘veía’ a una mujer sin cara, sólo con signos de miedo, de angustia, pero decidida, caminando con premura por caminos de tierra. Agitada, apretando contra el pecho a su muchacha para “mantenerla con ella”, rezándole a todos los santos que conocía, a todos aquellos a quienes su madre seguramente pedía cuando ella era niña, haciéndole mil promesas a Dios y a José Gregorio Hernández y a las Ánimas Benditas, si le hacían el milagrito; apresurando el paso cada vez más, temiendo algo, presintiendo algo malo. Para mí era posible visualizar una sombra implacable, fría y deshumanizada caminando tras ella, cada vez más rápida. ¿Puede alguien imaginar su dolor, su rabia, su desesperación al entender que ya nada podía hacerse, que la había perdido? No creo que se pueda.

   Pobre Angélica, cuya hija murió de unas fiebres que pudieron curarse, pero lejos de un hospital, sin un camino que pudo haberla transportado más rápidamente. Pobre señora de Sanz, cuyo hijo muere en medio del pueblo, en medio de la calle, sin poder recibir atención médica primaria. Curiosamente los dos decesos, tal vez, pudieron impedirse con buena atención hospitalaria, con muchas medicinas y profesionales en sus puestos. Cada una de ellas llorará su pérdida, mucho o poco tiempo; ¿olvidar?, jamás podrán. El tiempo palia, cura, pero no creo desacertado imaginar que una mañana o una noche cualquiera, el recuerdo volverá. Son madres. Seguramente el concejal Sanz vivirá dolido mucho tiempo, pero dudo que haga un verdadero examen de conciencia, ni creo que le convenga; ahora sería mejor para él continuar en su negligente, complaciente, cómplice y criminal manera de actuar, él, que es un llamado líder de la zona.

CHARITO ROJAS

Julio César.

CARARABO, LA NOCHE DE LA INFAMIA…

enero 10, 2010

LOS NIÑOS PERDIDOS PARA SIEMPRE

   Hace algún tiempo oyendo las declaraciones del canciller colombiano Fernando Araújo, dadas en algún punto de Estados Unidos a un reportero, le oí una historia que me dejó pensativo durante un rato. Hablaba el buen hombre del tiempo que estuvo secuestrado por la guerrilla criminal que ha mancado la vida de Colombia durante tantos años. De hecho hizo dos comentarios que a mí me parecieron relevantes: uno era que la guerrilla escuchaba al presidente Chávez, de mi país, como quien oye hablar a un profeta. En seguida se comenzó una polémica sobre si el hombre quería implicar o no al Presidente con esos grupos. Creo que se trató de una rara ingenuidad del colombiano (¡cosa que es tan extraña, como un secretario general de la OEA o al gobierno brasileño defendiendo la Carta Democrática!), y algo tomado fuera de contexto ya que él no insinuó nada. De todas formas es nuestro propio Presidente quien se pone en la picota cada vez que abre la boca llamándose amigos de grupos criminales; lamentablemente no hay nadie con suficiente personalidad para recordárselo cuando vocifera como gorila bajando de un árbol contra quienes lo nombran, y eso que se mete con todo el mundo, contando con la poca hombría de tanta gente y la total inoperancia de tantos Organismos Internacionales que de verdad no sirven para nada como no sea para gastar dinero en su mantenimiento.

   El segundo comentario que hizo el colombiano fue sobre el horror que vivió como rehén de esos maleantes. Un segmento me fue particularmente escalofriante, comentaba que al estar en uno de los campamentos en pleno monte, oyeron rumores de que las fuerzas armadas colombianas estaban acercándose y la guerrilla se disponía a abandonar el punto, corriéndose el comentario de que matarían a los prisioneros dejándolos abandonados en la espesura. El hombre cuenta que él, y otros, tomaron objetos filosos y cortantes, y cada uno escribió en sus carnes su nombre, por si los mataban y botaban (como basura, así siempre ven estos criminales mesiánicos a los demás) por ahí. Así, si alguien los encontraba, supieran quiénes eran y fueran remitidos a sus familias. Dijo que lo hacía porque no quería terminar como un muerto sin nombre, en una fosa en la selva, olvidado, o dejar a su familia con la eterna angustia de saber si vivía o no.

   Para uno que se pincha a veces con una aguja y es tan desagradable, imaginarse el mutilar la carne para escribir algo legible le suena extraño. ¿Qué pensamientos cruzaban por esas cabezas mientras se dedicaban a identificar sus posibles cadáveres? Es difícil entender en toda su magnitud una acción como esa así como estoy yo, cómodamente sentado en mi casa. Su historia, marcar su carne prisionero de asesinos violentos, me recordó cuentos de los campos de concentraciones nazi durante la Segunda Guerra Mundial, de cómo hubo personas que se dedicaron a cazar luego a los criminales, y en los juicios subían las mangas de sus ropas para mostrarle a la Ley, y al mundo, que sí habían sido prisioneros y que fueron marcados como animales.

   Todo eso me llevó a recordar la masacre de Cararabo, algo que hoy parece olvidado en un país sacudido por delitos de Lesa Humanidad cada uno peor que el otro. La noche del 26 de marzo de 1994, en el puesto fronterizo fluvial de Cararabo, a pata de mingo de la frontera con Colombia, un destacamento de la Armada fue atacado por un grupo de irregulares colombianos, de los que se hacen llamar ejércitos de esto o aquello, pero en la práctica son brazos armados del narcotráfico. El ataque había sido bien montado y estudiado. Sabían cuántos eran en el puesto, qué armamento tenían y hasta con cuáles medios de comunicación contaban. Los puntos de posible ayuda también habían sido cubiertos, sabían que les sería difícil recibir ayuda. Toda esa información había sido dada por venezolanos enemigos de la paz del país en esa época. La mesa estaba servida para un sensacional ataque en territorio venezolano. Los irregulares querían mostrar garras y colmillos.

   Poco después de las diez de la noche de tan álgido día, un grupo cercano al centenar rodearon el lugar. El primer disparo de FAL se produjo menos de un cuarto de hora después, y el centinela, atrincherado en uno de los nidos de ametralladora murió sin darse cuenta de nada (eso espero), con el rostro destrozado, tal vez como dice la canción de Rubén Blade que murió Andrés al lado de padre Antonio. Con el arma disponible, volviéndola contra las instalaciones, desde el nido comenzó el ataque en serio contra los infantes venezolanos.

   Los nacionales se defendieron con razonable eficacia, tal vez más movidos por la desesperación, o el miedo mondo y lirondo, ese que siente la rata acosada en una esquina que viéndose incapacitada de escapar se lanza al ataque con furia suicida. Rodeados, atacados desde los nidos de ametralladoras y destruidos los pocos medios de comunicación, imposibilitando la pedida de ayuda, los infantes estaban a merced de sus salvajes atacantes. Sólo podía contar con ellos mismos, librados a sus fuerzas… y a su suerte. Los pocos más de treinta hombres que defendían el fuerte apache estaban distribuidos a todo lo largo del puesto, por lo que los irregulares lograron separar pequeños grupos, a los que atacaban con singular poderío de fuego. Y sin embargo se defendieron bien, como gatos patas arribas, como hombres, al menos mientras duraron las municiones.

   Los detalles dantescos y grotescos de las salvajadas cometidas por este grupo de mal vivientes, con prácticas aberrantes (y con lo mucho que sus representantes y aliados en la lucha contra la gente decente gustan de acusar a los Estados Unidos, o a Uribe Vélez, de genocidas), fueron de tal gravedad que la sangre de todos lo venezolanos hirvió de indignación. Porque ese ataque había sido el producto de la debilidad de Venezuela y Colombia en el enfrentamiento total y definitivo de este grupo de hampones a los que se les dejaba hacer, decir y existir. Los cadáveres de los infantes, colocados en filas, fueron profanados, porque más allá de la muerte debían continuar enviando un mensaje: no se les quería por ahí, el dinero de las drogas hablaba claro y con fuerza.

   A algunos se le cercenó la garganta y por ahí les sacaron las lenguas, en el llamado ‘corte de corbata’, práctica que parece común de la mafia en sus ejecuciones. A otros le costaron los testículos y se los colocaron en la boca. Y estuvo el caso del joven, quien aún vivo y suplicando por su vida, le metieron una granada fragmentaria dentro del pantalón. Cómo debieron reír al verlo chillar y revolcarse dentro de sí intentando sacar la granada. Qué cómico debió parecerles, eso debió ser lo mejor de la noche para esos valientes guerreros. Uno se imagina al joven gritando, totalmente enajenado de miedo manoteando por sacar la granada y entiende la risa de esa gente, de esos dignos luchadores sociales, ¿verdad? Al estallar debieron vomitar de tanto reír.

   Así, esos jóvenes venezolanos, sacados de calles tal vez como las de Caracas o Maracay (por esos tiempos aún existía la recluta obligatoria, donde agarraban al más bolsa y lo enviaban al peor de los punto fronterizo) encontraron la muerte. Los reclamos no se hicieron esperar, la gente andaba molesta con los colombianos, como si ellos fueran los únicos culpables de que la frontera, del lado venezolano, no estuviera bien resguardada, o los puntos de control mejor organizados, o la Inteligencia Militar mejor informada, o que los equipos de radio no fueran los idóneos. Porque en medio de todo ese horror, los marines no pudieron ni pedir ayuda porque los equipos de comunicación no funcionaban. No eran los adecuados para la zona; porque en Venezuela todo es negocio, y los contratos militares siempre dan ganancias, ¿qué tal vez mueran unos pobres idiotas como resultados del negocito? Bueno, ellos (los traficantes de contratos) están dispuestos a correr ese riesgo, como ahora se hace con países mercenarios como Rusia o España.

   De esos días recuerdo al periodista José Vicente Rangel, quien tenía un programa de opinión en el canal de televisión Televén, que era impelable. Se le debía ver cada domingo de forma casi obligatoria, de lo contrario uno se sentía mal, José Vicente Hoy era el programa del momento. Recuerdo que al hombre, ya viejo pero no con aire de degenerado todavía, el bigote blanco le temblaba de indignación, arrecho por aquella barbaridad. Se le veía casi al punto de soponcio ante tanta bestialidad innecesaria. El hombre denunciaba que las fronteras eran zonas libres, tierras de nadie para criminales, que la guerrilla y los narcotraficantes, trabajando de la mano, aterraban a los residentes de la región obligándolos a irse para hacerse con haciendas y terrenos. Gritaba que eso no podía ser, que era un peligro nacional y violaba la soberanía.

   Todo muy cierto. Lamentablemente el señor José Vicente Rangel era un hombre sano y la vida le dio tiempo de llegar a ser vicepresidente de esta morisqueta de república de quinta. Y para asombro de todo el mundo, o al menos para los que no le conocíamos esa vena ruin, se le vio aceptando y defendiendo a estos grupos criminales. Lo que ese tipo había sido ayer, hoy no más. La vida lo castigó dándole más tiempo para permitirle al mundo verlo convertido en una piltrafa, en un aguantador, un tenedor, un traidor. Y lo hizo a conciencia, saboreando a cada momento sus delitos.

   Y así, de asesinos de venezolanos, de enemigos jurados de Venezuela y su sistema de vida medio vivible al que siempre quisieron destruir, esa gentuza se convertía en aliados, en hermanos de lucha, en ejemplo de dignidad y decencia, y los muertos venezolanos, muertos debían quedar, y si se les olvidaba, mucho mejor. ¿Se dejó de secuestrar, torturar, chantajear o asesinar venezolanos por esa alianza traidora a los intereses del país? No, porque ni eso fueron capaces de conseguir los muy inútiles como José Vicente Rangel, pero eso no importaba, un secuestro aquí, un muerto allá, ¿eso a quién le interesa? De lo único a preocuparse era de acallarlo en la prensa, que no se hable y todo resuelto. En la mente del cogollo ruin que maneja al país hay una sola idea: que la frontera se hunda y se cojan todo eso, mientras el ejército esté en Caracas, Maracay y Valencia para contener a los ciudadanos a los que se les ocurra salir a gritar basta ya de tantos delitos. Sin embargo, y debo decirlo en forma totalmente egoísta, como ciudadano de un pobre país que antes fue una República que ni instinto de supervivencia o soberanía tuvo, uno debe verle la utilidad a la guerrilla colombiana y todo su aparato de terror y muerte.

   ¿Quién, dentro de todo el espectro sudamericano puede dudar de que si Colombia fuera un país en paz y cohesionado ya no controlaría la mitad del subcontinente? Nadie. Esa gente tiene la tenacidad y laboriosidad, la responsabilidad y disciplina para convertirse en una superpotencia, algo mayor que Brasil (donde la casta política es irresponsable y oportunista), tal vez del tipo de Canadá. Tienen recursos naturales, pero sobretodo una clase media racional y una oligarquía responsable que sabe que por encima de todo está Colombia, su paz, su crecimiento y su defensa, y que eso comienza por la estabilidad de la región. De estar cohesionados, ¿quién podría pararles el trote, sobretodo paisillos que cada tres años tumban y cambian el gobierno porque no transforma el agua en vino o las piedras en oro, o esperan que el Mesías los lleve a la tierra de promisión? ¿Que puede un país desmoralizado, desgarrado y decadente como la pobre Venezuela en estos momentos contra una ofensiva diplomática colombiana en toda la regla y un ejercito rearmado y dirigido por altos mandos graduados en la lucha contra delincuentes peligrosos y enloquecidos, y no vendiendo verduras o golpeando mujeres en manifestaciones? Nada, sólo llorar como mujeres lo que no sabrían defender como hombre (y que me perdonen las mujeres por tal figura literaria, pero es para ilustrar la falta de bolas).

   Lo único que nos salva de todo eso, a pesar de que violan una y otra vez la soberanía de nuestros países, es la guerrilla criminal que lleva tantos años sembrando muerte allí, como Fidel en Cuba; su sola existencia amarra y retraza el crecimiento neogranadino. Y si a ver vamos, ¿puede creer alguien con dos dedos de frente que un grupo que lleva cuarenta años armado, matando campesinos, secuestrando mujeres, robando niños para adiestrarlos en sus odios y vicios, y protegiendo ahora al narcotráfico, puede traer paz y prosperidad? ¿Puede alguien imaginar que de ese pozo de vicios y muerte saldrá una sociedad mejor, más justa? ¿Se puede creer que ellos harán una Colombia superior? Eso sólo pueden creerlo los que desean engañarse… o los que tengan una fuga cerebral (esas cosas pasan, una fiebre o un mal golpe).

   Hace treinta años era posible creer en sueños de gloria y romanticismo, de creer en un mundo más justo alcanzado por esos grupos abnegados. Pero luego de la caída del Bloque Soviético, con sus gulags y muertos por carretadas, así como sus vicios capitalistas que no alcanzaban a otros; o la buena vida que se da Fidel Castro y la recua de delincuentes que se hacen llamar cancilleres, artistas e intelectuales cubanos que viven sabrosos mientras toda una poblada vive entre la prostitución y el hambre, únicamente los muy necios pueden engañarse. A menos que a uno le den dinero, así uno dice compartir o creer cualquier cosa.

   Esos aires románticos y casi míticos que alcanzan algunos personajes siempre me han intrigado, pero yo debo ser del tipo de Santo Tomás: ver para creer. Casi nunca puedo creer en bondades como apariciones de vírgenes, curaciones con piedras o imposiciones de manos, o en milagros. Cosa que no es tan sabrosa tampoco. A veces uno quiere ilusionarse con algo, pero no puede. Hace tiempo viendo un documental de History Channel, o Discovery o National Geographic, no recuerdo dónde, un gringuito, un joven catire, visitaba Bolivia y decía que en esas montañas había muerto el Che Guevara, entregado por los campesinos de la zona, y que ahora los nietos de esos campesinos lo idolatraban, y de ser ellos los de antes, el guerrillero estaría vivo. Lo decía convencido, pero a mí me vino una idea en seguida a la cabeza: ah, pero ni tú ni los hijos o nietos de esos campesinos lo conocieron y tuvieron que tratar o lidiar con él. Aquellos campesinos sí, y tal vez por eso tuvieron que entregarlo para salir de eso; porque hasta donde se han oído relatos de gente que escapó de Cuba en los primeros años, al Che le encantaba mucho interrogar prisioneros personalmente, ya que la tortura y los gritos (de otros) le gustaban demasiado.

   Pero así es la realidad, muchas veces no se investiga, se prefiere vivir del mito, del cuento, del: el mundo no es como es, ni la realidad, sino como me gustaría a mí que fuera o como yo creo que es. ¿Qué eso es irracional? Claro, pero ¿quién se los explica? La guerrilla colombiana y la revolución cubana fueron buenas… sólo en la imaginación de quienes soñaban con utopías. La realidad para quienes tienen que padecerla, es el infierno.

   En fin, los muertos de Cararabo allí quedan. No puedo recordar todos sus nombres, sólo una imagen borrosa de los cadáveres, tendidos, tan muertos, tan feamente muertos, no era algo fácil de soportar ver los signos de mutilación. Sus madres, novias o mujeres los recordaran, y tal vez prendan una vela por el descanso de sus almas de vez en cuando. Y de tarde en tarde soltarán una lágrima por muchos años que hallan pasado. Sus muertos les duelen, así pase el tiempo que pase, sobretodo en el caso de las madres. Esa sangre no es importante para nadie aunque se derramó en medio de la noche y el miedo, del ruido de disparos, de explosiones y tal vez de gritos de compañeros que caían heridos demando una ayuda que nadie podía brindarles, o simplemente tenían pavor, donde unos a otros se decían que iban a matarlos a todos, pensando tal vez en rendirse y con eso salvarse (los ilusos), temblando en un rincón, pero sobretodo deseando que la noche se acabara (en lo oscuro los terrores son mayores), que los asesinos se fueran o la ayuda llegara, defendiéndose contra un enemigo superior, protegiendo la abstracta idea de soberanía, concepto en el cual se cagan tantos ahora al entregar el país pedazo a pedazo para satisfacer la vanidad enferma de un hombrecillo delirante.

   Nadie recuerda ya a esos muchachos, nadie los llora, como no sean ellas, sus mujeres. Tal vez, como piensan ahora en estos tiempos de revolución de quinta, no eran gente importante, y más bien eran delincuentes imperialistas rechazando a la noble guerrilla. Después de todo no se trataban de Ricaurte haciendo estallar el polvorín en San Mateo para impedir que cayera en manos de Boves, defendiendo la idea de una nación libre que nacía. Sin embargo parece injusto que tantos generalotes y oficiales de charreteras llenas de chapitas no los recuerden tampoco, ocupados como están en someter a la población con las armas de la República, ahora a las órdenes de un tiranillo antillano; al menos están ellas, las mujeres de sus vidas. No recuerdo donde leí: maldito el hombre que no tiene al menos una mujer que llore su muerte. Que en paz descansen, ojalá recordara todos sus nombres, pero también yo he olvidado, como lo hizo José Vicente Rangel y los hombres que una vez creímos de honor dentro de sus uniformes. Que en paz descansen: José Orlando Colmenares Zambrano, Jorge Armada Aponte, Hernán Eloy Graterol Tovar, Nelson Gregorio Contreras, Félix Ramón Guarenas Silva, Cándido Arenas Mendoza, Jacinto Viloria Pereira y José Ascanio Aponte. 

TAN SÓLO TRES MUERTOS MÁS…

Julio César.

PEQUEÑA HISTORIA DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA

mayo 4, 2009

LOS NIÑOS PERDIDOS PARA SIEMPRE

   En todas partes existen, se dan allí donde se reúnen los seres humanos para vivir, pequeños relatos de dolor, de amargura, de decepción. De injusticias tales que únicamente nos queda, con rabia suprema (en mi caso es rabia) y ojos llorosos, elevar la mirada al Cielo y exclamar (impíadamente): Señor, castígalos. Esta es una de esas vivencias. No la presencié. No tenía un conocimiento cabal de ella, ni de sus circunstancias. Sabía que hubo algo llamado la Guerra Civil Española, como amante de la historia universal que soy, y que sirvió de práctica para los ejércitos europeos antes de la Segunda Guerra Mundial. Poco más. Era un nombre, un sonido hasta interesante. De los iberos llegados de esos días, uno tenía la idea de gente que se vino por alejarse de un conflicto duro, preguntándose, de pasada: ‘¿Cómo pudieron dejar sus tierras y todo atrás?’. Tan sólo eso. Pero la guerra fue mucho más. Se libró contra la gente sencilla, casa a casa. Cayendo, muchas veces, de noche, como suele atacar el mal.

   Esto lo contó una de esas amistades cibernéticas. Alguien a quien he leído como si la oyera hablar, y que a veces me parece (y me gustaría) que vive en la puerta de enfrente de mi apartamento; estoy seguro que sería grato verla, reír con ella, hablar de las pequeñas cosas de todos los días. Lástima que está lejos.

   Ella me habló de esto:

……

… DE TRAICIONES Y OTROS DOLORES

   Hace un par de días vi ‘La Pasión de Cristo’. Me impactó. No la había visto todavía, y creía que una película hablada íntegramente en arameo y latín, de la que me habían dicho que tenía un exceso de sangre y crueldad, no me iba a gustar. Lejos de eso, me encantó. Me pareció que debe acercarse mucho más a la realidad histórica que otras versiones. Y sobre todo me gustó el punto de vista: la relación entre María y Jesús. Nunca me había parado a pensarlo.
Para esa madre, que al fin y al cabo es lo que era, la pasión fue ver a su hijo escarnecido, maltratado, torturado, y finalmente asesinado…

   Y creo haberte hablado ya de otra María, de aquella que dos meses después del inicio de nuestra guerra Civil, allá por el 36, recibió una llamada en su puerta en plena noche. Eran tiempos difíciles, tiempos de miedos y de venganzas. En casa estaban con ella dos de sus hijos y su única hija, también María, la que 35 años después sería mi abuela, embarazada de ocho meses de la mayor de mis tías.

   María Galera, mi bisabuela, abrió la puerta, y se sintió aliviada al ver que quien picaba era el mejor amigo de sus hijos. Ese que había compartido con ellos tantos días de siega y de campo, y que solía comer invitado a su mesa, porque la casa de mi familia era de las primeras que se encontraban al entrar en el pueblo, y María siempre le decía al verlos llegar agotados por un día de durísimo trabajo bajo el sol andaluz “¿ahora te vas a ir para arriba?, hombre, ¡quédate a comer con nosotros!”.

   Pero el alivio le duró muy poco tiempo, tan poco como él tardó en pronunciar: “diles que salgan”.

   Ella no lo podía creer, a pesar de que en la puerta también había más gente. La historia me la explicaron hace muchos años, y hará cosa de cuatro me la repitió, en una de las pocas conversaciones serias que tuvimos, María Olmo, mi abuela. No recuerdo muchos detalles. No sé cómo se llamaba el amigo de mis tíos, seguramente porque no hemos querido repetir mucho su nombre. No sé cuántos eran, pero lo que sí sé es que María Galera suplicó, lloró, rogó… se arrodilló abrazando las piernas de aquel que había sido como su hijo mientras le decía: “¿tú?, ¿tú que has comido tantas veces en esta mesa?… ¿tú a quién he querido y tratado como a mi sangre?”

   En ese momento una de las armas que traían se dirigió a la frente de María, y apoyándola en ella alguien dijo: “y como no te levantes ahora mismo del suelo y ellos salgan, te llevamos a ti también”.

   Los dos muchachos, porque no eran otra cosa, salieron al oír la amenaza. Y se los llevaron.

   María Galera pasó la noche recorriendo, como loca, los campos, las acequias… todos los lugares donde creía que pudiera localizar a sus hijos. No los encontró. Al amanecer sus dos gorras estaban colgadas en la tapia del cementerio. Esa era la forma gentil en que los verdugos hacían saber a las familias de las víctimas que ya no había esperanzas. Aparecieron debajo de un puente por el que María había pasado una y otra vez esa noche… pero no miró debajo.

   Nunca se recuperó. Nunca volvió a hablar. Nunca volvió a salir de su casa. Se vistió de luto y nunca más lo abandonó.

   Durante la Guerra se vivieron muchos otros momentos duros, y al finalizar esta aún más, porque los vencedores se sintieron siempre con derechos sobre los vencidos. La familia del traidor siempre vivió cerca de la mía, pero no éramos una excepción en el pueblo.

   ¿Qué debió pasar por la cabeza de aquél hombre…? ¿Qué amenazas debió recibir para hacer aquello, si es que ese fue el motivo…? ¿Cómo siguió adelante con su vida sabiéndose responsable de la muerte de sus dos mejores amigos que habían cometido el único delito de ser simpatizantes socialistas y fieles a la República que el pueblo votó…? ¿Qué hacía cuando se cruzaba con mi abuela por la calle…? ¿Qué hacía mi abuela cuando lo veía…?

   Mi madre me ha contado muchas veces que pasó mucho tiempo con María Galera. María Olmo, mi abuela, la enviaba a hacerle compañía porque nunca más volvió a salir de su casa. Ella nunca le contó nada, ni de esa noche ni del resto de miserias de la Guerra, porque no quería inculcar en sus nietos la semilla del rencor ni el odio. Habló muy poco después de esa noche. Sólo suspiraba.
“…Y de vez en cuando, se le escapaba un suspiro… que helaba el alma”

M.

……

   La verdad que es difícil ponerse en el lugar de una señora, y no tan sólo porque yo sea hombre y no entienda el dolor de una madre, los hombres también quieren a sus hijos. Pero ella estaba ahí esa noche, inquieta al oír el llamado a la puerta, incrédula ante la realidad, ¡venían por sus hijos! Los de ella, los que fueron el dolor de su carne un día pero que la hicieron sonreír de amor al ver sus caras de bebé; era la sangre de su sangre la que se llevaban para derramarla. Es imposible imaginar su llanto y sus gritos mientras los muchachos salían y eran arrastrados, desapareciendo en la noche. Imaginarla resulta estremecedor, desesperada, tal vez desorientada, con pasos vacilantes, buscándolos por todas partes, todavía conservando la esperanza de que estuvieran detenidos, de que todo no fuera más que un error. Una pesadilla. Pero no, estaban muertos, sus hijos le habían sido arrebatados y asesinados, en su pueblo, el lugar donde siempre vivió. ¿Qué sintió después al recorrer esos lugares? M, cuenta que salía poco, pero debió salir de tarde en tarde. ¿Se llegaba al puente? ¿Lo miraría, confundida todavía por todo lo vivido, preguntándose por qué pasó? M, no recuerda o nunca supo el nombre del “amigo”. Seguro sí lo oyó, aunque no se hablara de eso. Su abuela, y la madre de esta debieron recordar bien ese nombre, el del traidor; tal sólo ha sido relegado, como en la Biblia algunos nombres, al ‘fulano de tal’, alguien que no merece otra consideración. O un día, sobre su tumba, se le reconoció al fin: aquí yace Judas.

   La Guerra Civil Española, habrá quienes cantaran epopeyas, hubo quien lloró, de noche, junto a una batea, por alguien caído mientras encendía una vela, dejando ver su dolor y lágrimas únicamente a Dios. Es una historia que no necesita de muchos estudios. Es el horror del odio desatado y sembrado en una tierra para dividir y reinar, donde unos pocos que desean el control y el poder para sí, no se detienen en comenzar matanzas, persecuciones y violencia exacerbando los odios tribales y ancestrales del hombre. “Ve, mátalos y seremos felices. Yo te haré feliz”, grita el monstruo; algunas veces lo llaman Gengis Kan, otras Napoleón, Hitler es otro nombre, también Idi Amín, Milosevic, Saddam, Al-Bashir, Fidel Castro… o alguien más nuevo, que grita y habla, y el mundo le ríe mientras persigue, acosa, encarcela y lastima.

   Es la vieja maldición bíblica que se cumple, cada vez, de vecino contra vecino, padres contra hijos; cuando enfermo de una ‘visión’ superior alguien decide que el mundo debe entrar en los cánones de su entendimiento, así deba forzar a los demás a golpes para que encajen. Pasó ya, seguramente continuará ocurriendo; los monstruos jamás son detenidos hasta que han causado mucho mal, y a muchos sólo los vence la edad, como al viejo sátrapa cubano, quien morirá cómodamente en su cama después de toda la violencia y muertes que ha causado.

   Y muy de cierto, en muchas partes del mundo, pasa ahora; por allí sufre el hombre encarcelado y el hijo perseguido por la jauría; otro que tiene que huir de una justicia entregada a los juristas del terror, y esta volviéndose contra la mujer y los hijos, sedienta siempre de más miseria, de nuevos sacrificios; y todo ante la mirada indiferente de un mundo demasiado ocupado en “ser mejor”. Vano y estúpido intento.

CARARABO, LA NOCHE DE LA INFAMIA…

Julio César.

AMANECIÓ DE GOLPE

febrero 20, 2009

LOS NIÑOS PERDIDOS PARA SIEMPRE

   Venezuela es un país que siempre se mueve al borde del abismo, creándose problemas de forma perenne, de los cuales quiere librarse después de forma milagrosa. O dejándoselo a Dios. El actual régimen es una clara muestra de ello. Aunque voces autorizadas advirtieron que esto terminaría como la dictadura cubana, ya en años tan lejos como el noventa y siete y el noventa y ocho, nadie quiso escucharlo y terminamos como estamos. Algo similar sucedió en las elecciones que ganó por segunda vez, Carlos Andrés Pérez. Muchas voces dijeron que era un error histórico, que el hombre era un ladrón, un mentiroso, un ser sin escrúpulos. Pero nadie quiso oírlo, la gente sólo recordaba que durante su primer gobierno se botó real del bueno, y eso bastaba, la velada promesa del candidato de que ocurriría igual. El resultado era previsible, y sin embargo el país pareció sorprendido e indignado con el hombre cuando hizo exactamente lo contrario de lo prometido; de donde viene aquello de que cada país tiene el gobierno y los gobernantes que se merecen. Es irrebatible.

 

   Personalmente siempre sentí desprecio por los adecos (los militantes del partido ACCIÓN DEMOCRÁTICA), en general, y por Carlos Andrés Pérez en particular. Todo ello me vino de leer, siendo muy joven, un libro corto y terrible escrito por el difunto Argenis Rodríguez, LA AMANTE DEL PRESIDENTE. Era brutal. Allí se describía no sólo a la amante del hombre, la barragana como también le dicen, sino los vicios a los que se arrastró toda la dirigencia de ACCIÓN DEMOCRÁTICA, muchos empresarios, militares e industriales de este país, por plata. Ese libro me traumatizó y esa gente me llenó de asco, creo que fueron otro motivo para que yo fuera socialista en esos años.

 

   Los delitos de ese hombre estaban tan bien documentados y descritos, que para mí fue realmente una sorpresa, una muy mala, cuando volvió a ganar. ¡Era presidente de la República otra vez! No podía creerlo. Esa noche, al saber el resultado, intercambié palabras muy feas que un muchacho no debe decir jamás a su progenitora. El país lo sabía un delincuente, pero esperaba que multiplicara peces, panes y billetes (como prometió), lo demás, no importaba. Hay que entender, por otro lado, que Venezuela nunca ha sido un país muy disciplinado, cosas como ahorro y trabajo, o trabajo sostenido, parecen dichas en un idioma como el mandarín, del que nada se entiende. Somos muy dados al golpe de suerte, a esperar que el azar resuelva las cosas, y en última instancia dejamos todo a la velita prendida a los santos, o a la consulta con la bruja.

 

   Recuerdo el momento del traspaso de poder, en el teatro Teresa Carreño, en lo que se llamó más tarde la coronación. Todo el que era alguien en el mundo estuvo presente, ¡cómo le haló mecate Fidel Castro a Carlos Andrés Pérez ese día! ¡Y la gente del PSOE español! El mundo, y el país todo, lo amaban con furia. Ah, pero después el hombre salió con el vallenato de que no había dinero, de que las reservas internacionales estaban acabadas, que la banca internacional no nos prestaría ni para comer si no se aplicaban un conjunto de medidas tendentes a rectificar la economía. Uno no entendía muy bien de qué hablaba, pero arrugaba la cara sospechando que el Gobierno había hecho la engañosa oferta de la abundancia, sabiendo que lo que venía era la carraplana.

 

   Las fulanas medidas económicas, llamadas cariñosamente El Paquete, porque amarraban y ataban a todos los venezolanos, se aplicaron con el vigor de un veneno. Dos aspectos fueron dramáticos y terribles para la gente común. Uno, se liberaron las tasas de intereses de los créditos hipotecarios, y así todo el que pagaba casa, apartamento o alquiler, se vio con que si pagaba cinco mil bolívares mensuales, con esfuerzo y disciplina, debía pagar de golpe y porrazo quince y dieciocho mil, pero cómo si los sueldos no habían sido tocados. Mucha gente perdió sus casas; las personas veían llegar el fin de mes con la angustia, la rabia y el temor de no poder pagar esa cuota del crédito, viéndose llevado frente a un abogado de cobranzas. Lo otro fue el precio del dinero, el interés que se llegó a cobrar por las tarjetas crédito superó el sesenta y setenta por ciento, momento en que casi todo el mundo picó su tarjeta.

 

   Lo que perdió al Gobierno frente a la opinión pública fue que la gente se dio cuenta de que los muy ricos se hacían todavía más ricos, y que los jerarcas del régimen y sus entornos íntimos, no sólo no ahorraban o hacían sacrificios, sino que mostraban desvergonzadamente lo que pillaban, riendo mientras paseaban por las calles, viendo salivar de hambre a los demás. La apariencia de normalidad que el país aún conservaba estalló, para siempre, la madrugada del 27 de febrero de 1989, con un tumulto popular que comenzó en la vecina ciudad de Guarenas, a pata de mingo de Caracas, llamado después, impropiamente, el CARACAZO. ¿Quién no recuerda esos días terribles, y al mismo tiempo tan… justificados? Para mí, de los saqueos, del pillaje y de la represión, quedará para siempre aquella imagen dantesca de un niño, sólo un muchacho, tirado boca abajo en el piso, en medio de un charco de sangre, muerto, con una lata de sardinas casi en la mano, lo que había logrado pillar. ¡Había muerto, asesinado, por una lata de sardinas! Una maldita lata de sardinas y lo habían matado de un disparo por la espalda. Dios, qué arrechera…

 

   El país estaba herido y dividido. Cada día había una protesta popular de gente que sufría los rigores del hambre, el temor de perder su casa, su empleo e incluso la vida ante una nueva arremetida del hampa que salió a ganarse también el sustento, creados de la oleada de nuevos marginales sin nada, en un país donde la vida se hacía cada vez más dura; mientras tanto el entorno presidencial iba por su lado. La gente sabía, por la guerra dada por la prensa para desenmascararlos (cosa que ahora nadie recuerda con ese toque de insensatez que jamás nos ha dejado crear un país serio) de los negocios que la amante del presidente, Cecilia Matos, hacía con los perros de la guerra, donde ordenaba compra de armas y otros periquitos que no eran entregados, que estaban sobre facturadas por centenas de millones de bolívares, pero de las cuales a ella y a su gente le quedaban buenas comisiones.

 

   La gente supo de las persecuciones contra intelectuales, gente notable del país y de reporteros que criticaban esas actuaciones delictivas. Los notables, Arturo Uslar Pietri, Rafael Caldera, Castro Leiva, Maza Zabala, y muchos, muchos otros hombres y mujeres de probada decencia y patriotismo que exigían rectificaciones, sólo recibían ataques por los medios de información tarifados (al menos no estaba la sordidez y escatología de LA HOJILLA y los enfermos que la manejan actualmente). El periodista Rafael Poleo, crítico y opositor de todos los gobiernos desde la Independencia para acá, fue acusado de esto y aquello, su casa fue allanada y se le quería detener. Muchos diarios fueron allanados y sus articulistas asediados. Un país se llenaba de rabia, de arrechera, y una clase política dominante hasta ese momento, borracha en sus vicios y estupidez, no se daba cuenta del cambio de la marea (como no lo hacen ahora tampoco, cuando arrecian en sus desmanes y abusos para mantenerse en el poder contando con el apoyo y complicidad de gobiernos promilitaristas como Brasil, Argentina, Chile y España).

 

   Recuerdo muy bien ese 4 de febrero de 1992. Mirando hacia atrás, intentaré transmitirlo como lo sentí sin dejarme llevar por lo que ahora sé y pienso. Para esa fecha, un día martes, desperté a las cinco y media de la mañana, ya que vivía fuera de Caracas y debía subir a la capital para llegar antes de las siete de la mañana al trabajo. Entiendo, porque me lo han dicho aunque no lo crea, que hay personas que despiertan agradeciéndole a Dios por un nuevo día, e incluso encienden una velita al ángel de la guarda. Por mi parte, cuando ese despertador sonaba a las cinco y algo, siempre tenía el mismo pensamiento: maldita sea, ya amaneció. Abría los ojos y dejaba la cama, pero mi mente seguía ahí. Tomaba café, me duchaba, más café, me vestía, más café, y salía, pero con el cerebro dormido. No escuchaba noticias ni nada, así que ignoraba lo que sucedía ese día en especial.

 

   Sin embargo, no tardé en darme cuenta de que algo extraño ocurría; a esa hora tan temprana notaba que había muchas casas iluminadas y que la gente se movía de aquí para allá en sus interiores, como presas de gran excitación. Otra cosa curiosa era que todos parecían sintonizar las televisoras. Las calles estaban solitarias, cuando lo común eran los carros y busetas que iban de aquí para allá, con sus tempraneros viajeros. Llegué al Terminal y ahí no había gente ni vehículos. Intentando saber qué sucedía, caminé hasta un céntrico puesto de periódicos donde siempre había alguien, y ahí lo escuché: ¡el Ejército estaba dando un golpe de estado!

 

   No sé como decirles esto, como explicarlo para que lo entiendan, ¿cómo podría comprender un ciudadano de un país serio y demócrata que tal cosa me emocionara de esa forma? Para ello deberían imaginar un sistema de vida que al ciudadano común le diera asco, le repugnara. Pero sí, cuando escuché lo del golpe de estado, sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas, que me estremecía, que la piel se me erizaba. ¡Estaban dando un golpe de estado! Por fin. ¡Estaban tumbando al degenerado de Carlos Andrés Pérez! No cabía en mí de felicidad. Un hombre que estaba allí dijo algo duro y extremo, pero nadie lo censuró: ojalá atrapen al ladrón ese y le peguen tres tiros por la calva. Huelga decir que salí corriendo para mi casa para saber exactamente qué ocurría.

 

   Al parecer un comando de tanquetas había salido de Maracay, en la noche del tres de febrero, reclutando a jóvenes conscriptos. Según versiones dadas más tarde por los soldados, algunos oficiales les dijeron a los muchachos que en Caracas ocurría una situación irregular y que Miraflores, el palacio presidencial, había sido tomado por delincuentes que debían ser desalojados, detenidos y encarcelados. La caravana partió de noche, al parecer nadie les preguntó para dónde iban o hacer qué. Nadie los detuvo al entrar a Caracas, bordeando Fuerte Tiuna. Todo esto hizo suponer que muchos generales sabían lo que ocurría, pero lo dejaron hacer. Las humillaciones que el Ejecutivo y su círculo íntimo había infligido a los uniformados había sido terrible, llegándose a los extremos de que coroneles y capitanes debían cargar las maletas de la amante del presidente, o usar aviones de las fuerza aérea para ir comprar hielo y llevarlo a fiestas del entorno presidencial en la isla de La Orchila, como en las bacanales de la decadente Roma imperial (o como ahora, cuando Huguito, el hijo de quien les conté, hace sus fiestas allí, tan revolucionario él).

 

   Los generales sabían de la conspiración, de la asonada y la dejaron correr. Carlos Andrés Pérez llegó esa noche de Brasil, y en Maiquetía lo recibió el Ministro de la Defensa, advirtiéndole que se gestaba un golpe. Carlos Andrés Pérez, soberbio y creyéndose un predestinado, mal del que parece sufren todos, se negó a oírlo o creerle. ¡Él era Carlos Andrés Pérez, nadie se le alzaba, carajo! Horas después, metido en Miraflores, enfrentó los primeros disparos y el empuje de las tanquetas que se abatían contra el venerable edificio. ¡Estaban allí! ¡Habían ido por él! Aterrado, contando únicamente con la Guardia de Honor, el Presidente intentó comunicarse con Fuerte Tiuna y con el Ministro de la Defensa, sin que nadie lo atendiera.

 

   En medio del caos, del desorden, de gritos de muchachos heridos en un absurdo enfrentamiento fratricida, un viejo caudillo de ACCIÓN DEMOCRÁTICA, de los viejos, de los que tienen tabaco en la vedija, Alfaro Ucero, cruzó entre las tanquetas, lo alzados y los que defendían al Presidente. Llegó donde Carlos Andrés y le dijo que debía salir y huir, pues el que lo capturaran sería terrible, que fuera a una de las televisoras y denunciara el golpe, llamando a la gente a las calles a defender el Sistema Democrático. Con lo que queda dicho que ni aquel señor sabía realmente lo qué ocurría en Venezuela para ese momento. Años después, cuando abusando de su poder de forma dictatorial, el presidente Chávez ordena el cierre de RCTV, y al enfrentar las protestas estudiantiles, el hombre llamó a las barriadas a salir a las calles a enfrentar a los jóvenes y apalearlos, para que los ‘pobres’ defendieran su revolución, el resultado, antes y ahora, fue el mismo, nadie acudió al llamado.

 

   Acompañado del general Carratú, Carlos Andrés Pérez abandona Miraflores por los sótanos y corrió hacía VENEVISIÓN, canal de televisión que debió acogerlo. Desde allí, todo ojos, con rabia y temor denunció el golpe. La gente, que lo odiaba como un día lo quiso, decía que la camisita blanca le temblaba del miedo que tenía. Dentro de Miraflores, todo era caos. Los atacantes no podían entrar y sus defensores no podían expulsarlos, sólo iban quedando los heridos y muertos de uno y otro bando, cayendo los tontos para que los líderes gozaran su momento de gloria. Alfaro Ucero, en el salón presidencial, impartía órdenes: Miraflores no debía caer. Doña Blanca (Blanquita) Rodríguez de Pérez, esposa legítima de Carlos Andrés, una matrona estimada y respetada por el pueblo venezolano, se vio de pronto rodeada de jóvenes de la Casa Militar que le preguntaban: ¿qué hacemos, señora, ahora que hacemos?

 

   Según testigos que más tarde echaron el cuento, la doña dijo que había que resistir, repitiendo tal vez sin saberlo, que Miraflores no debía caer. Tal vez leyenda ya sea la parte en la que pidió un arma para defender el palacio ella misma. Pero tal vez no, doña Blanquita estaba en palacio con sus hijas, de las cuales una estaba muy enferma, y no hay leona más peligrosa que la que lucha por su prole; por otro lado, ella venía del mismo molde de donde salieron doña Menca de Leoni, o doña Alicia de Caldera, mujeres que sabían muy bien cuál era su lugar, prestándole brillo, prestigio y dignidad al cargo de Primera Dama de la República, tan distintas a las barraganas o a esta última que padecimos.

 

   Eduardo Fernández, secretario general del mayor partido opositor, COPEI, se lanzó a la defensa del Sistema Democrático, haciendo desesperados llamados a la ciudadanía para que entendieran que ese no era el camino, pero cometiendo el error fatal que le costaría la vida entera jamás ser el presidente de Venezuela, cuando ya olía a eso unos meses antes, el de amarrar el destino de su partido no a las instituciones, sino al presidente Pérez, apuntalando todo lo que la gente percibía como sucio, ruin y delictivo en la República. Porque ni él, ni los otros, entendieron realmente lo que sucedía. Pensaban que la gente se asustaría ante palabras como dictadura o fin del hilo democrático. No entendían que la población estaba cansada de vicios, crímenes y mañas desde el poder. Ni siquiera el hecho de que la gente no salió a defender al Gobierno, copando aceras, calles y avenidas, o se lanzaran a censurar a los alzados, les dijo nada. Eran una clase obsoleta y necia, destinada a desaparecer aunque hicieron esfuerzos inauditos para que eso no ocurriera, impidiendo los cambios y acuerdos que hubieran hecho de Venezuela una nación más sana democráticamente, con los anticuerpos necesarios para resistir a los bárbaros. Cerraron toda puerta, todo escape, y Democracia, Partidos, Políticos y Sistema, se convirtieron en sinónimos de basura, de porquería.

 

   Poco a poco las fuerzas institucionalitas fueron imponiéndose sobre los alzados en los dos grandes núcleos de ataque capitalino, Miraflores y el puesto aéreo de La Carlota. Yo me sentía desanimado, aunque ver a tanta gente corriendo, gritando, llorando, era terrible y uno deseaba que también terminara. Luego llegaron nuevas noticias. Arias Cárdenas, otro de los comandantes alzados, había tomado el Zulia, controlándolo totalmente, habiendo puesto preso al gobernador, todo dentro del orden y el respeto que logra una persona capaz. Las noticias que venían de Valencia eran aún más emocionantes. Urdaneta no había logrado apoderarse del estado, y replegándose con su gente tuvo que atrincherarse en la universidad de Carabobo. Luego se supo que una gran cantidad de personas, mayoritariamente estudiantes, habían saltados los muros de la casa de estudio, pidiendo armas y uniéndose a la asonada. En ese entonces todavía no se les tachaba de terroristas o guarimberos.

 

   Venezuela era eso, entre la sorpresa y el desconcierto, el país supo que a Carlos Andrés Pérez habían intentado tumbarlo, y quienes no se alegraron decididamente, lo miraron con simpatía; porque a ese hombre que un día se le amó, ahora se le odiaba demasiado. Por ladrón, por mentiroso, por haber dejado a sus secuaces solazarse en las carnes de la patria de forma grosera y abusiva. Pero de cierta forma la gente deseaba que todo terminara de una vez. Las imágenes eran dolorosas. El joven herido que gritaba echado contra un muro cerca de La Carlota, mientras un grupo atacaba al suyo, donde todo se detenía porque un compañero del herido salía corriendo, lo cargaba y lo sacaba de la línea de fuego, fue un momento dramático que nos tocó ver gracias al increíble trabajo de los periodistas, quienes luego serían satanizados por un dizque régimen revolucionario. Más tarde se sabría de las balas que entraron por techos y ventanas, de los muertos en casas humildes, del llanto sin consuelo de las madres que miraron a sus hijos sangrando dentro de sus uniformes en una calle.

 

   Todo terminó cuando un hombre de tez morena, rostro limpio, delgado, de voz gruesa, llanera, apareció flanqueado por el Ministro de la Defensa. Era el comandante Hugo Rafael Chávez Frías. El hombre llamaba a sus camaradas alzados, pidiéndoles que entregaran las armas, que la asonada había fracasado por ahora. Ese hombre tomó renombre nacional, alzándose entre los demás. Y supo sacarle provecho a esos minutos de fama. Esa declaración enérgica, ese por ahora, y el haber hecho algo que en Venezuela nadie había hecho jamás hasta ese momento, ni volverían a hacerlo después, se responsabilizaba por el golpe, deslumbró al país. Los venezolanos, con las bocas abiertas de sorpresa, escucharon a un hombre que se responsabilizaba de algo, de lo que fuera, y decía que enfrentaría las consecuencias de ello; todo eso fue suficiente para catapultarlo en los afectos de la gente. Y aunque en el fondo nos alegraba que no hubiera triunfado, lo quisimos. Ese día, Venezuela amó a Hugo Chávez.

 

   Más tarde llegaron las preguntas de bocas de los opositores de siempre, los perros guardianes de la verdad, pero nadie quiso escucharlas porque iban contra el mito que deseábamos creer por encima de todo, la esperanza que deseábamos conservar. Pero los propios alzados se preguntaban, ¿por qué Chávez no encabezó el ataque contra Miraflores o La Carlota? ¿Por qué no estaba allí? ¿Dónde estuvo durante todo ese tiempo? Luego se supo que se había ocultado nada más comenzar la batalla dentro del Museo Militar, de donde tuvieron que sacarlo casi a la fuerza. Sus compañeros lo acusaron de cobarde y de traidor. El historiador Manuel Caballero, con ese aire mordaz e irónico que siempre usa, lo bautizó como el héroe de La Batalla del Museo Militar. Pero en ese momento nadie quiso escuchar nada. Sólo deseábamos oír que eran ángeles justicieros, vengadores decentes y austeros que deseaban lavar la cara de la patria herida. El nombre de Chávez se transformó en sinónimo de rectificación, de esperanza, el hombre sencillo y centrado, espartano y honrado que un día liderizaría el gran cambio. Todo lo que no era Carlos Andrés Pérez, ni los partidos políticos o las instituciones.

 

   El país comenzó una carrera demente para terminar en los brazos del nuevo Mesías. Desde medios de información, grupos civiles y militares, se inició un ataque sistemático y constante contra la democracia, se le acusaba de arpía, de sucia, de mala madre; en una dura campaña de descrédito total. Todo lo que el Gobierno hacía o decía era malo, ruin, un truco (generalmente lo era). Todos estaban de acuerdo con los alzados, con sus manifiestos, con todo aquello que quisieran decir. ¿Cuántas veces no se desplazó Napoleón Bravo, el irreverente y valiente periodista venezolano, patriota por encima de todo, hacía la cárcel de Yare ante la más pequeña denuncia de que algo se intentaba contra Chávez y su gente? Ahora Napoleón no puede aparecer en televisión, y se le mantienen juicios en una judicatura caricaturesca, perseguido por Chávez.

 

   El tiempo que Carlos Andrés Pérez pudo sostenerse en el poder, apuntalado por ACCIÓN DEMOCRÁTICA y COPEI, sólo sirvió para terminar de erosionar la fe en el Sistema. El venezolano no quería saber nada más de esa gente, y torció los ojos en otros derroteros. Pocos podíamos imaginar durante esos años toda la traición, entreguismo y horror que terminaría instalándose en el país de mano de un régimen títere, lacayo y cachorro de Cuba, con su aparato de represión y envilecimiento.

 

   Pero ese 4 de febrero, cuando en Caracas, el Zulia y Valencia se alzaron los militares, se dejó oír el fusil y el traquetear de las tanquetas, se pensó que podíamos escapar de la pesadilla que era Carlos Andrés Pérez y su régimen delictivo. Nuevamente mirábamos el atajo, el golpe del azar para ver si la pegábamos y se nos resolvía la vida, corrigiendo el error de toda una población no sólo necia e irresponsable, sino sumergida en esa moral laxa de quienes creen que un delincuente puede manejar una empresa porque al parecer multiplica la plata. Carlos Andrés Pérez, y su régimen, como el que ahora padecemos, no llegaron del Cielo por un castigo, sino voto a voto en unas elecciones que todos celebraron, en tiempos donde todavía se podía creer en resultados electorales. Muchos repetíamos, tiempo después, hasta con lágrimas en los ojos o un nudo en la garganta, el estribillo de aquella canción:

 

   El cuatro de febrero, todo sucedió,

   tomamos las armas, el fusil habló.

   Dije por ahora todo fracasó…

 

PEQUEÑA HISTORIA DE LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA

 

Julio César.

LOS NIÑOS PERDIDOS PARA SIEMPRE

marzo 27, 2008

   Hace poco una amiga mía pasó por una experiencia terrible. Mientras llevaba al hijo, un travieso chicuelo de ocho años al colegio, fue interceptada por unos motorizados que la apuntaron con un arma y la secuestraron con todo y muchacho. Los ruletearon, sacaron dinero del cajero automático y se llevaron el carro, dejándolos abandonados (gracias a Dios) en una carretera secundaria a las afueras de Caracas. Antes, ella les lloró y gritó que la dejaran bajar del carro con su muchacho, o que al menos dejaran al niño en alguna esquina. Tuvo suerte, al final la dejaron ir sólo con un susto mortal, sin carro y con un muchacho que lloraba histéricamente. Fuera de eso, nada más. Una gente se detuvo y la auxiliaron, aunque ella me contó que cuando el carro frenó frente a ellos, el niño comenzó a llorar otra vez, asustado, tal vez pesando que habían regresado los malandros o que eran otros parecidos. Es el miedo de un país cercado por la ingobernabilidad. Mientras me lo contaba, Mercedes, mi amiga, lloraba de nuevo diciéndome que tuvo mucho miedo, no de que abusaran de ella, sino de que tocaran al niño malamente, o los asesinaran. O la dejaran a ella y se llevaran al niño para pedir rescate o algo así. Para terminar su relato soltó una frase que a mí me dejó pensativo, porque revivió un viejo dolor que ya había olvidado:  

   -Al menos no nos pasó como a los Faddoul.  

   El día 23 de febrero del 2006, a las seis de la mañana, tres muchachos, los Faddoul Diab, Bryan (el mayor), Kevin (de 14 años, con una leve parálisis motora) y Jason (el menor, ángel guardián de Kevin, a quien ayudaba con su problema para caminar), salieron de su casa en la caraqueña urbanización Bella Vista rumbo al colegio, conducidos por el señor Miguel Rivas (con años de servicios con ellos, donde se había ganado un puesto de confianza en la familia). Todo parecía de lo más corriente hasta que el carro fue interceptado por una falsa alcábala, donde habían oficiales de las llamadas fuerzas del orden, y todos fueron secuestrados. Hasta ese punto, la verdad sea dicha, nadie le prestó mayor atención como no fuera ante el desastre de tres hermanitos secuestrados al mismo tiempo, de los cuales uno tenía un leve retraso físico. Sin embargo, era sólo un caso más dentro de un país sitiado por delincuentes. Sólo un delito más, otro secuestro.  

   Venezuela es un país rumorero, nos encanta un chisme, y ya por ahí se decía que un familiar de los Faddoul estaba implicado en el secuestro. Falso. Se dijo que el chofer, el señor Rivas, era cómplice. Totalmente falso. Lo único cierto era lo que vecinos y compañeros de estudios de los muchachos decían, que eran buenas personas y que en la fulana alcabala habían policías de verdad. Dato que no fue investigado hasta que fue demasiado tarde. Lamentablemente, en el país, policías, fiscales y jueces sólo persiguen a la gente que es atacada o señalada por el Presidente de lo que antes era la República, desde sus peroratas insensatas interminables e inútiles, en especial periodistas y medios de comunicación. Para todo lo demás, no hay tiempo. Que cada quien se salve como pueda.  

   El tiempo pasaba, la familia hacía llamados para que los regresaran, los compañeros de estudios marchaban pidiendo por la libertad de los Faddoul y del señor Rivas; se rezaban misas, se hacían vigilias, y en todo ese tiempo se establecían los contactos para pagar y recuperarlos. Hasta ese momento, nada extraño; una gente con real había sido atacada, se llevaron a los hijos, se pagaría una cantidad horrible de dinero y ya volverían. Todo como siempre. Pero no fue así.  

   Recuerdo bien esa noche del martes 4 de abril de ese mismo año; estaba yo en el apartamento de un hermano usando su computadora, cuando me paré un rato y fui a buscar algo, no recuerdo qué, y lo vi sentado en su cama, mientras veía Globovisión, el canal de noticias todo el día, mientras revisaba unos exámenes de sus alumnos, y me dijo con voz estrangulada que habían aparecido cuatro cadáveres en un botadero de basura en El Lechosal, en San Antonio de Yare. No caí en cuenta de lo que eso podía significar, y sólo solté un ¿si?, de indiferencia. Muere tanta gente en Venezuela a manos del hampa y la violencia desatada, muchas veces justificada desde los organismos e instituciones que debían controlarla, que ya uno ni se sorprende.  

   -Si, parece que son los niños Faddoul. –dijo, grave.  

   ¡Coño! Sentí una vaina fea por dentro. Dios, ¡no podía ser! ¡Mataron a los niños secuestrados! Era imposible de creer. Y uno todavía tenía la esperanza de que no fueran ellos, como que si de tratarse de otros, la cosa fuera menos terrible. Pero lo cierto es que uno lo sentía así. Porque eran tres hermanitos, eran sólo muchachos, y eran los tres hijos de una señora (y de un señor, pero Venezuela es un país marcadamente matriarcal) que iba a saber y encontrarse con que sus niños ya jamás volverían, que ahora si habían desaparecido para siempre; y pensar en eso ponía la carne de gallina. Creo que esa noche todo el mundo siguió las noticias. Decían que llevaban más de cuarenta y ocho horas muertos, que si estaban vestidos con sus uniformes de colegio y que estaban caídos en fila, con un disparo en las sienes y rematados con tiros en las nucas, tipo ejecución. Después comenzaron las noticias más escabrosas, los detalles más siniestros: que si los habían torturado, que si tenían marcas de quemadas de cigarrillo, de golpes. Que estaban desnutridos; y lo peor, que en la zona habían circulado rumores desde hacía semanas de que por ahí andaban esos muchachos, y ninguna autoridad hizo nada por buscarlos.  

   Al día siguiente todo fue un pandemónium, la población estaba como enloquecida de rabia, de dolor, de espanto. En las urbanizaciones y las barriadas populares la gente comenzó a salir, a reunirse, a comentar entre ellos tanto horror. Y se protestaba y se gritaba. ¡Cómo había personas llorando en las calles! Todos exigían justicia y seguridad. Pero, sobre todo, declaraban su arrechera, su impotencia y dolor ante un crimen tan terrible, monstruoso e innecesario. Recuerdo que ese día quedé atrapado en una cola gigantesca que duró horas, porque muchas avenidas estaban trancadas con la gente que gritaba contra la violencia que se exacerbaba desde tribunas públicas por dirigentes delirantes que justificaban el crimen como medio para subsistir en lugar de crear fuentes de empleos y mandar a todos a trabajar como gente decente; y uno no podía molestarse con esas demoras, el crimen había sido demasiado feo. Todo el mundo lo entendía.  

   Recuerdo que la conmoción duró semanas, aderezado con los cuentos de boca a boca, donde se decía que la mamá de los niños se había vuelto loca ante la vista de los cadáveres. Otros sostenían que había intentado suicidarse, y, aseguraban otros, que ya había muerto. La doña demostró tener una tenacidad y un temperamento de acero, desconcertante para nuestra naturaleza más llorona y emotiva, extrañamente resignada ante su perdida y dolor, tal vez dado sus antecedentes, una libanesa, y la gente de esos lados tiene que ser dura para subsistir entre la esperanza y la violencia de la zona y su historia. El caso es que a los días, hablándolo nuevamente del tema en mi sitio de trabajo, algunos comentaban que la cosa ya estaba durando mucho, que se usaba para atacar al Gobierno y cosas así. Recuerdo que me molesté y les dije que a mí me había parecido una desgracia terrible y pasé a contar por qué, cosa que explica la noche tan mala que había pasado ese martes.  

   Yo lo veía así: los captores habían demostrado ser brutales dado las huellas de golpes y quemaduras, de tortura física y mental. Durante todo el tiempo de cautiverio esos niños debieron sufrir mucho, no sólo por estar retenidos, sino al saberse a merced de gente capaz de herir con golpes y quemaduras, y que niños al fin tal vez lloraban y suplicaban que los dejaran ir, que no le dirían nada a nadie. Seguramente les respondían que si, que todo se solucionaría, que los liberarían. O lo arreglaban todo golpeándolos más. Y ese día, cuando los sacaron de donde estuvieron, tal vez los cuatro pensaron que la pesadilla iba a terminar. Pero imagino que el chofer, el señor Rivas, siendo más viejo, y Bryan, el mayor, al entrar al vertedero de basura (qué conveniente, qué simbólico) debieron imaginar por dónde venían los tiros, porque todos en este país saben para qué se utilizan ciertos lugares. Y debieron tener miedo, mucho miedo, porque la muerte no es algo que se pueda afrontar con frialdad cuando se tiene niños pequeños como el señor Miguel Rivas, o cuando se es sólo muchacho. Debieron suplicar que no los mataran, que, por favor no les hicieran nada; debieron, tal vez el muchacho, Bryan, llorar y pedir que los dejaran ir. Sé que es idiota, irreal y morboso pensar en eso, pero no puedo dejar de imaginar que el muchacho, tal vez,  pidió por sus hermanitos, para que dejaran ir a Kevin y a Jason.  

   Cuando los obligaron a arrodillarse en fila, ya todo estaba dicho; para ese momento hasta los menores debieron saber lo que pasaría. Imagino que en ese momento comenzaron a llorar desconsoladamente, mucho, de miedo, y que llamaron a su mamá, el último recurso que les quedaba en medio del miedo y la impotencia. Porque aún a los catorce, y sobre todo cuando se tiene menos, la mamá es más grande y poderosa que Dios mismo. La madre es la que puede detener el sol en su órbita y  la Tierra en su eje, vencer miedos y temores, la que acaba con los monstruos y no deja que nos ocurra nada malo. Los niños debieron llamar a su mamá en esos momentos, pero de nada les sirvió esa vez la mágica palabra. Uno de los monstruos se colocó tras ellos. Pum, y cayó el primero, con el cráneo destrozado, sangrando, tal vez sin gritos o lamentos. Y en este punto quiero suponer que ya estaban tan aterrados que habían caído en shock, que no vieron al que temblaba agonizando en el suelo, ni sintieron miedo, ni dolor cuando le tocó el turno a cada uno, y que todo pasó rápidamente.  

   ¿Cuánto pudieron tardar esos monstruos en destruir a todas esas personas, todas esas vidas, todas esas promesas? Mientras les contaba lo que había pensado esa noche, con mil preguntas más, una de mis jefas chilló que me callara, que ya no siguiera. Tenía los ojos enrojecidos, pero eso era lo único que nos quedaba a todos. Dolor, rabia e impotencia. Jamás he podido pensar en los niños Faddoul, y en el señor Rivas, sin imaginar todo ese drama. ¿Cómo puede alguien hacer algo como eso sin sentir pena o remordimientos? ¿Acaso esas caras, esos gritos, ese llanto y súplicas no los persiguen atormentándoles para el resto de sus vidas obligándolos a padecer encerrados en el infierno que se construyeron a placer?  

   A los delincuentes materiales los atraparon, y si esto fuera Norteamérica, al menos quedaría el consuelo de que serían condenados a muerte y que ya no tendrán jamás la oportunidad de escapar y repetir la hazaña. Me han dicho que hay quienes sostienen que la pena de muerte es cruel e inhumana; pero supongo que eso sólo ocurre cuando se aplica a seres humanos, no a perros rabiosos. Dicen que hay quienes creen que no es justo que quien pasa veinte años luchando por su libertad, que se arrepiente y cambia de vida, al final muera. No lo sé, debe ser porque nací en un país del llamado Tercer Mundo, pero a mí me parece que sólo los delincuentes que detienen, encierran y condenan, se arrepienten, se vuelven evangélicos o escriben libros de ayuda para jóvenes. Nunca ocurre que un malandro vaya a una estación policial, llorando y diga: maté a tantos, deténganme que estoy arrepentido y no quiero hacerlo más. Siempre me ha parecido, no sé (que Dios me perdone por pensar mal de esos pobre asesinos), que es como un cuento para ver si engañan a la justicia. No es arrepentimiento real, sino miedo al castigo.  

   Claro, si alguna de las víctima, en este caso los niños Faddoul, regresa un día a su casa y le dice a la mamá, mira, me vine porque te extrañaba, yo mejor me quedo aquí; o si el señor Rivas se presenta, quince años más tarde, en el matrimonio de uno de sus hijos, sonriendo feliz, comiendo y bebiendo con ellos en ese día tan especial… entonces, tal vez, se podría reconsiderar la pena de muerte. Pero al parecer los muertos, muertos se quedan; al menos en este país, no sé en otros. Quienes son asesinados ya no pueden conocer a gente nueva, comer algo delicioso, reír con sus seres amados, enamorarse, o sufrir o llorar por alguien que se les va, o estudiar una carrera, visitar mundo, viajar a otro país y conocer a alguien increíble y tener algo bueno. Al parecer no se casarán, no visitaran a sus padres en un hospital, no acompañaran al papá viejo, al final de sus días, haciéndole la vida más fácil. No, muertos están, y no sé si será por tercermundista, pero entre las víctimas y sus asesinos, prefiero a las víctimas. ¿Qué son productos del medio, de la violencia e injusticias? Más del sesenta por ciento de toda la población mundial podría caer bajo esta categoría; hay personas que tienen vidas duras y terribles, y son gente normal, personas decentes, y muchos hasta ayudan a otros para superar momentos parecidos. No, ser un delincuente, un asesino, es una decisión personal; detenerse frente a una persona indefensa, desarmada y matarla, robándole todo lo que era y pudo llegar a ser no es un mandato divino ni una obligación, no es un deber sagrado, es una decisión. Esa persona es responsable de sí, y como tal, debe responder, a pesar de quienes desean protegerlo y mimarlo movidos como están por un atrofiado instinto de supervivencia para con la sociedad, respondiendo a una atrofiada laxitud moral contra la que tanto previno el viejo Papa polaco.  

   Que descansen en paz Bryan, Kevin y Jason Faddoul Diab; así como ese hombre humilde y decente, el señor Miguel Rivas. 

AMANECIÓ DE GOLPE 

Julio César.