Archive for the ‘CUADERNOS DE TRABAJO’ Category

VIDA Y GANAS

enero 4, 2017

…NIÑOS, UN POCO MAS

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   Un tiempo cuando experimentar era necesario y bastaba…

   Actualmente, por la red hay una propaganda muy buena, aparecen unos muchachos corriendo por un camino empantanado, arrojándose uno al otro, quedando encharcados, luego vemos a unas niñas deslizándose por la nieve, y una voz pregunta ¿recuerdas el tiempo cuándo hacías las cosas por el placer de hacerlas? Y la cuestión planteaba un amplio abanico de ideas, que al menos en mi cabeza se fueron mezclando unas con otras, tal vez influido por el fin de año.

   Si, hubo un tiempo cuando despertábamos llenos de expectativas, el qué haré hoy; cuando saltábamos, corríamos, juagábamos como queríamos. Subir a los árboles en el patio y saltar de una rama a la otra, sin pensar en caídas, sin miedo a las heridas, retándonos a ir más y más arriba, para angustia de mamá, como hoy es mía cuando veo a mis sobrinos. Lo he relatado, frente a la iglesia de Guatire, antes de que se hiciera cierto trabajo de remodelación había, y existe aún, un grueso muro de piedra, donde nos montábamos al salir de la misa, y saltábamos desde allí, a pesar de los gritos y regaños de los mayores. Tiempo después, viendo desde arriba, del otro lado del muro, me dio vértigo. Ya no tengo la invulnerabilidad de la niñez.

   Incluso la ida a la escuela era una aventura, una que nunca me pesó. En el bachillerato bastante que me divertí. Conocí gente genial e hice amistades que todavía duran, aunque a algunas las vea de tanto en tanto, incluso con años de por medio, en alguna reunión, la calle… o un velorio. Con los años, la llegada de la responsabilidad de tomar para mí el peso de mi vida, llegaron las obligaciones. El trabajo, me gustara o no, el tener que tratar con gente con la cual, en otra realidad, jamás interactuaría. A veces llamar a los amigos, reunirse con alguien, también es parte de la tarea. Como lo es planear qué haré mañana, pasado, o en las vacaciones del año que viene. Ahora todo es un deber, se hacen las cosas porque se tienen que hacer, independientemente de que gusten o no.

  Aclaro que, aunque con cierta tendencia al pesimismo, algo natural en mí, tal vez porque mi señora madre es una persona práctica, algo desconfiada (papá era sentimental y afectuoso), tuve una infancia feliz, llena de aventuras, como tenía que ser con tantos hermanos y luego con amigos del vecindario. Cada día era eso, un gran acontecimiento. Nunca fui particularmente depresivo, mi cabello feo me ganó motes, burlas, la natural agresividad de otros niños que podían ser implacables, pero pronto entendí que el sarcasmo era una buena defensa. Y es otro punto que asocié a ese comercial de los niños viviendo el tiempo de hacer lo que se desea, siendo dichosos: ¿un niño infeliz?

   Para mí fue toda una revelación, ya con algo de años, saber que un niño podía deprimirse, por problemas de acoso como ocurre ahora con una virulencia e impunidad terrible, porque los delincuentes que acosan de esta manera ni siquiera se responsabilizan de lo que hacen; creen no tener ningún grado de culpa en las consecuencias que acarrean sus actos. Chicos que acosan a otros, por las razones que sean, no puede legalmente enjuiciárseles si sus víctimas se matan para escapar de la persecución; pero no sólo la familia de estos animales, sino amigos, vecinos y conocidos deben entender que sí tienen responsabilidad, que son moralmente asesinos. Lo grave es cuando estos, como la sociedad misma, no lo entiende así. O se desentiende. Hay gente muy joven que padece de agresiones físicas o sexuales aún en sus propias casas; también chicos que sencillamente sienten que no pueden continuar, que no vale la pena, que para qué, que el mundo no guarda nada mejor para ellos. A veces sin privar siquiera una razón objetiva, hay quienes caen en esos pozos. Hay chicos, niños y niñas, que sienten que, por ejemplo, matarse es una salida a ese agobio que sienten. Y eso me cuesta entenderlo. Tal vez porque, repito, mi infancia fue feliz.

   Y uní el comercial, esa idea sobre la niñez osada y feliz, a otra que no lo es, por cuestiones reales, terribles, y aquellos que sienten que no hay salida por el motivo que sea, con algo que leí en la oficina en estos días cuando hay tan poco qué hacer. Llegan a la subdirección muchas publicaciones, aunque aquellas que llevan un crucigrama no duran nada. En una de esas publicaciones viejas, de los Testigos de Jehová (no sé quién las lleva), encontré algo que me recordó lo otro. Entre ver el comercial y encontrar la revista, pasó poco tiempo, debe ser lo que llaman sincronía cósmica, por eso lo asocio.

   Preguntaba el artículo cuánto valora usted la vida. Y pasaba a contar de un joven que se había suicidado saltando del octavo piso de un edificio después de haber leído en un libro que ese tipo de saltos, buscando la muerte, no producía temor, dolor o angustia, que de hecho era un vuelo agradable (¡Dios!). Que el autor del libro, editado en Japón (donde el suicidio no es extraño, la verdad sea dicha), alegaba que no incitaba al suicidio adolecente, que tan sólo ofrecía su guía como una alternativa frente a la vida, en particular si esta “no valía ser vivida”. El artículo, siendo una publicación religiosa, se abocaba a mostrar el poco respeto o valor que muchos sienten frente a la vida, que debería ser sagrada pues “es un don de Dios”. Algo parecido a lo que en el mismo Japón pasó después de las dos bombas atómicas, cuando el emperador anuncio la rendición y dado el código del pueblo nipón, decenas se suicidaron en un día y el emperador debió hablar nuevamente prohibiéndoselos, ya que toda vida era sagrada y le pertenecía a él (un dios dentro de la religión sintoísta).

   Me llamó la atención porque, y hay que estar claros, la adolescencia es una etapa difícil, el cerebro se halla sumergido en neurotransmisores, enzimas y hormonas activadas de pronto, muchas veces sin aviso, destinadas a transfórmale, física y síquicamente, en adulto, no pudiendo controlarlo o procesarlo a veces, cayendo en los extremos anímicos. Y un chico o chica en semejante estado, depresivos, furiosos con alguien a quien “quieren dar una lección”, puede ver muy fácil saltar desde una ventana como respuestas a la frustración, tristeza o rabias del día a día. Basta un momento, una mala decisión y ya. Como lo es igualmente darse un tiro o colgarse. Un novio que es desatento, una muchacha que no los mira, una madre que le impone reglas “injustas”, basta algo muy casual, ocasional, y la desgracia llega. Ho digamos aquellos que son perseguidos, golpeados, por esto y aquello, padeciendo hasta de acoso virtual, sin que nadie se sienta responsable de las consecuencias. A cierta edad, y bajo ciertas condiciones, no se mide lo que se arriesga. Y si para colmo hay opiniones tan ligeras al respecto…

   Como sea, el artículo me gustó. Comentaban que ese mismo irrespeto a la vida lo muestran quienes conducen en estado de intoxicación bajo el efecto de drogas, cuando el carro se transforma en un arma potencial de muerte, para ellos mismos, la familia o (peor) para otros. Como también quienes fuman en exceso, beben o consumen grasas sin pensar ni por un momento en el cáncer o los infartos. Lo mismo lo aplicaban a la promiscuidad sexual, o el sexo no seguro (bien, son Testigos de Jehová, parece que casi todo tipo de sexo es malo), arriesgándose conscientemente a contraer graves enfermedades venéreas, como el SIDA.

   Si, viéndolo así, hay poco respeto para con la vida, esa que comenzamos hace tiempo con tantas ganas de divertirnos, de explorar y disfrutarla. Todavía recuerdo que de muchacho soñaba con ir a Egipto y escavar sobre las arenas para desenterrar una pirámide sepultada; o ir a una selva centroamericana y encontrar un olvidado y magnifico templo maya. O, en la mayor de las fantasías, descubrir una ciudad de oro en el fondo de un lago en alguna selva de este continente, como en las aventuras de Kalimán. Hoy, me río de todo eso. Soy adulto. Bebo tal vez un poco más de la cuenta, la grasa me encanta… ¿quiero matarme?, no lo sé. No creo, pero… las evidencias son las evidencias, ¿no? Tal vez deba cuidarme un poco más.

   Por cierto, que ese artículo terminó con una cita bíblica que no conocía, y me hizo sonreír porque recordé otra cosa: “Comamos y bebamos, porque mañana hemos de morir”. Era algo del libro de Isaías. Visto en frío, parece lógico, pero hay que recordar que el Autor bíblico instruía para una vida “más allá”, que esta era la manera de pensar de quienes no confiaban en la idea de un Creador. La gracia me llegó al ver lo parecido que era a aquello de “a tirar, a tirar, porque el mundo se va a acabar”, refiriéndose por tirar al acto sexual.

Julio César.

CÓMO CONTROLAR A LA POBLACIÓN

junio 27, 2016

…NIÑOS, UN POCO MAS

CREDO ORWELLIANO

   Una receta vieja y muy utilizada…

   Por lo general me sorprende la gente que vive creyendo en conspiraciones mundiales de poderes tenebrosos en las sombras que controlan nuestros destinos, como el de la logia judía internacional que conspira desde hace más de dos mil años, o los iluminatis desde que ocultaron secretos en el antiguo Egipto hace aún más siglos (y todavía nada, cosa que no los desanima en sus creencias, los conversos son gente muy extraña), cuando no la de ancianos crueles en picos de montañas que matan reyes y mandatarios, por no hablar de las “teorías” francamente absurdas, como las razas de reptiles o demonios. Pero esta tontería no debe hacer perder de vista que realmente los gobiernos, de diferentes pelajes e ideologías, usan el temor para controlar. Desde el miedo de “allí vienen los comunistas, los comunistas”, para alcanzar poder y perseguir gente, a la de “traidores” a revoluciones como esas con las que Mao y Stalin bañaron de sangre hace sesenta años los valles de China y la Unión Soviética.

   Por no hablar de laboratorios que gritan ya viene la pandemia que acabará con todos, de la aviar a la porcina, y la gente encerrándose por miedo. A veces actuando de manera francamente desagradable, movidos por el miedo que vuelve a muchos irracionales. Y eso si son más visibles. Usar el ataque a las Torres Gemelas para autorizar el espiar directamente a la gente, muchas veces a personas que de buena fe desconfiaban de su gobierno, fue tan discutido por eso. En nombre de la seguridad los ciudadanos podían entregar de buen grado, o asustados, sus derechos; pero en ello, otros veían peligros mayores. El Gran Hermano, aquel que todo lo ve, sopesa y calibra, todo dependiendo de lo que busque o quiera ver. Es la vieja receta del control social.

   Aunque es poco elegante personalizar, debo acotar para comenzar que en Venezuela se libra una batalla de resistencia desde hace años entre una parte del país que quiere imponer el control del Gran Hermano, siendo dueños de privilegios y derechos sin encargarse de sus obligaciones (robarse todo los reales y mangonear a los demás, aún con amenazas de cárcel o exilio sin producir alimentos, crear fuentes de trabajo o garantizar la seguridad), y otra que se resiste a caer en ese hoyo donde los soviéticos estuvieron más de setenta años y los cubanos ya van para sesenta. La receta se aplica aquí, con éxito discutible pero evidente, a una nación que ve caer los niveles de vida, y aún su derecho a protestar o burlarse de los malos gerentes. No hay derecho a nada como no sea bajar la cabeza. Y mientras se le amenaza con “leyes” y regulaciones, se le dice que no es eso lo que pasa, es que hay una conspiración que no ve ni entiende porque es muy tonto, pero que para ellos es evidentes y de la cual lo salvarán… quera o no.

   Para ello se intenta dar consistencia a una realidad ficticia, algo que no existe, una gran revolución victoriosa mientras se oculta que la gente muere de hambre en las calles o por falta de medicinas básicas que antes se encontraban en cualquier parte. La explicación de por qué sin oposición, contando con todos los poderes, con diecisiete años controlándolo todo y con cuantiosas cantidades de dinero como nunca antes se vieron por esta zona, todo es un inmenso fracaso, se busca responsabilizando a los que están en las filas de quienes viven advirtiendo del desastre y de que ocurriría, así que se criminaliza la disidencia, se persigue a los que protestan, se encarcela o exilia a gente que molesta. Incluso se trae a figuras patéticas como los “intelectuales de izquierda”, que jamás han explicado el por qué de tantos fracasos donde han clavado las pezuñas, grupos de presidentes amigos, quienes practican los mismos vicios autocráticos, y hasta gente como Ernesto Samper, cuestionado como narco presidente colombiano en su momento, salvado por las narco bancadas del congreso (que por alguna razón se olvida), y los narco poderes colombianos del momento en fiscalía y tribunales, quienes vieron en Álvaro Uribe Vélez al enemigo a vencer siempre. La realidad debe ser sustituida por propaganda como hechos o noticias, la réplica a los reclamos son los viejos dogmas vacíos como respuesta, consignas que jamás en la historia han servido para llenar las ollas, como se vio en la Unión Soviética, la China de Mao o la  Cuba de los Castro, o se ve ahora en Venezuela o Corea del Norte.

   Pero igualmente hay, en este país, quienes se resisten dentro de la sociedad a perder todos sus derechos, a caminar con el lomo bajo, sin sueños ni propósitos, dejándose convencer de que este infierno siempre ha sido así (e incluso peor), porque no han olvidado cómo fue el pasado, que se nació en hospitales públicos levantados por la Democracia, se estudió en escuelas públicas, habían trabajos, ahorro, la gente compraba lo que quería o necesitaba; que antes, en los mercados, habían desodorantes y jabón de baño. La propaganda de que nada existía, de que no había nada hasta que ellos llegaron, condición necesaria para que los habladores de paja convenzan gente, se dificulta si se permite que la gente les contradiga hablando claramente en radio, televisión o prensa. Por ello es necesario controlar o someter a los medios de comunicación.

   En Venezuela, el desastre montado a estas alturas, en cerebros menos delirantes, en gente con menos temor a tener que responder por sus terribles crímenes contra los derechos humanos (encarcelamientos, torturas, muertos), debería haberles convencido de lo inútil de perseverar por ese camino, sin embargo se persiste, intentando en todo momento aparentar que las culpas son ajenas. Hay que llevar a la gente a pensar lo que se desea que piense, sienta o tema. Para ello, la herramienta mejor es, como señale más arriba, el temor. Meterle miedo a la gente logra maravillas en cuando al control sobre la población. Buscando seguridad, por miedo a ese enemigo que en cualquier momento “puede llegar a arrebatarnos todo” (puede ser desde una peste a un grupo terrorista), la gente entregará su independencia de criterio, aún sus derechos y libertades. No es por coincidencia, no es que se llega a eso por vueltas en el camino. Es la meta, que la población renuncia a su derecho a disentir y desconfiar.

   Repito, la receta es vieja como el tiempo, pero fue puesta por escrito en un libro a finales de los años cuarenta del siglo pasado, 1984, basado en el horror stalinista que se desparramaba sobre la Europa del Este, como un manual para aberrados (pichones de fascistas), o una advertencia para quien se interesara en el tema. Es notable constatar la claridad del autor de ese libro, George Orwell, su independencia de criterio, su honestidad (en una época cuando no era la norma, lo común era cubrir los delitos del ser admirado, así Fidel Castro siempre fue visto y dibujado como un noble revolucionario que liberó a Cuba y no como un sujeto que tumbó a un dictador para montar su propia tiranía), que siendo un hombre de izquierda que luchó en España contra el franquismo, tuvo la suficiente entereza, claridad y decencia intelectual para distanciarse del enorme gulag que el régimen del soviets levantó alrededor de la población prisionera. No alabó el señor Orwell a Stalin porque fuera Stalin, supo distinguir al homicida, al traidor de la utopía donde otros veían a una lumbrera. No todos tuvieron esa claridad de mente, ese sentido común, muchos fueron los llamados intelectuales occidentales, especialmente en Francia, que persiguieron y destrozaron a quienes intentaron hacer ver la realidad tras la Cortina de Hierro (esos mismos que ahora, con otros nombres y otras caras, se pasean por aquí, los presidentes afines a la receta, los Ernesto Samper).

DEMASIADO JOVEN, DEMASIADO TARDE

   Pero aunque el libro es de finales de los cuarenta (imagino que el autor temía que el mundo terminara bajo la bota soviética más o menos para ese año, 1984), sesenta años después sus postulados son muy válidos, muy reales, muy GEORGE ORWELLde ahora, porque en mayor o menor medida son los mismos cuentos que le echan a todos los grupos sociales humanos para movilizar a todos por el camino que se busca. Es importante conocer la fórmula del miedo porque es una receta de adoctrinamiento, de lavados cerebrales dignos de las mejores sectas satánicas, y una que se aplica una y otra vez a todo el mundo. En todo el mundo. Se manipula en Siria como se hace en Corea del Norte, o en Estados Unidos, por no hablar de los casos peores en este hemisferio, Cuba y Venezuela. Pero antes de entrar en otras consideraciones, y tengo tantas que esto podría no terminar jamás, me permito invitar al espacio a una dama colombiana, la profesora Diana Uribe, de quien pensé transcribir sus palabras entre comillas, pero cuando la señora lo cuenta es posible casi tocar y sentir esos hechos. He aquí, de su serie La Guerra Fría, lo que la profesora expresa de los peligros del mundo orwelliano que se quiere montar alrededor nuestro, a toda hora; disfrútenlo, que vale la pena:

   En Venezuela, los enormes ingresos petroleros, por excedentes de los precios que en otras naciones permitió juntar un sencillito de casi novecientos mil millones de dólares, fuera de lo presupuestado ordinariamente (en las reservas) o lo pedido en onerosos préstamos chinos, todo fue robado (no tenemos ni para comprar comida). Todo se despilfarró entre la corrupción más escandalosa que se haya visto nunca, en un país acostumbrado a sus administradores medio malandros, levantando grupos de estos y de aquello, que para nada sirven como no sean para autosatisfacerse (eso sí, muy costosos), y una locura en chatarra bélica rusa que no sirve ni para garantizar la seguridad en las calles (casi sesenta mil muertes a manos de la inseguridad y la violencia en los dos años anteriores sin contar los que van de este), proteger al piso patrio de grupos irregulares (narcotráfico y gente con antecedentes que fue cedulada hace quince años de manera irresponsable), ni defender los límites de la nación (perdimos el Territorio en Reclamación y ahora se amenaza la salida al Atlántico). ¿Por qué se hizo eso? ¿Sólo por ladrones? En parte, por ello se destruyó toda la institucionalidad democrática y figuras funestas terminaron controlando la Fiscalía, la Contraloría y la Procuraduría. Pero no fue sólo por ladrones.

   La receta de control sobre la población utilizada por Stalin en la Europa del Este, y por Fidel Castro en Cuba, obliga a que se impida que el dinero se gaste en educación y en posibilidades de superación de los individuos. El mejoramiento social mediante la educación fue desestimado en aras del robo, el pillaje y esperar la coima, la bolsita de comida, porque quien tiene un oficio y trabaja no necesita limosnas, ni le debe una obediencia servir a quien controla la botija o la bolsa de comida, como si se la debe quien espera que le den algo. Se requiere de un pueblo ignorante de su propio pasado y su suerte, y que dependan del Gran Hermano para subsistir día a día. Es necesario que la gente olvide los programas de vacunación y erradicación de enfermedades endémicas del pasado, y que dicho modelo fuera copiado por otros países. No se puede saber que la política venezolana chocaba de frente con la norteamericana y que por lo tanto se debía apoyar a los argentinos en su guerra contra Inglaterra, por Las Malvinas, así fuera con un pañuelo en la nariz por la junta militar, y que en El Salvador y Nicaragua no se aceptaría ningún otro régimen como no fuera uno democrático. Hay que olvidar que había escuelas, electricidad, dispensarios del Seguro Social, que la gente paría en hospitales públicos. Todo debe olvidarse para que las nuevas consignas llenen el espacio. El hambre, la ignorancia y el fanatismo llevarán a muchos a creer que eso es así, que es verdad, que siempre lo fue y que este campo desolado es la quimera, la utopía alcanzada. Es la receta de la miseria y la servidumbre calcada en todos sus detalles. Que nos llegó de Cuba. Aprendida, esta, de la cocina soviética.

   Sin embargo, esto no es potestad únicamente de los regímenes más atrasados política, social, económica e intelectualmente, meterle el miedo a la gente en el cuerpo para que corran de aquí para allá, asustados, agradeciendo a los hombres de fuerza su buena voluntad de defenderles, entregándoles sus libertades y derechos; cómo señalé, esto se practica en todas partes. “Vamos a espiar lo que dice todo el mundo para buscar terroristas islámicos”, dicen en Estados Unidos y todos terminan bajo el ojo de Saurón, especialmente rivales políticos o jueces difíciles. “No miren lo que hago o cómo vivo, a todo trapo y sumergidos en lujos y excesos mientras exijo fidelidad y votos de pobreza, todo es culpa de esas mujeres que no llevan velos en sus caras y de esos hombres que nos critican”, aluden los santones islámicos. En todas partes se cuecen habas. En todo momento hay quienes piensan que saben mejor que el resto, lo que nos conviene; y que eso que creen es mejor, calza en aquello que necesitan que sea por la razón que sea, así que se te obliga a seguir por ese camino.

   Miedo e ignorancia son los dos grandes pilares sobre los que se edifica el aparataje del control, y cuando una sociedad es controlada se pierde la iniciativa individual, se justifica lo que le pase a este o aquel porque lo importante es el gran engranaje (si es necesario como dicen, bien, que se lleven a los gitanos, a los judíos, a lo negros, a los moros, a los indocumentados, a los homosexuales y a las divorciadas), las personas pierden la posibilidad de aprobar o censurar aquello que en su conjunto consideran debe o no ser. Se comienza a creer dogmas y doctrinas que pueden aniquilar aquello que nos hace humanos, la finalidad es que respondamos como horda. Pasó en la Italia de los años veinte del siglo pasado, en la Alemania de los treinta, los soviéticos se lo hicieron a las naciones ocupadas, Fidel a los cubanos, reduciéndoles a la condición de prisioneros y rehenes mientras hablaban de peligros internos y externos, dividiendo a la población, con cuentos de invasiones y magnicidios al tiempo que se mantenía en el poder mediante la fuerza.

   Circo y pan, el eslogan de la Roma antigua. El “diles que un peligro los amenaza pero que los proteges si te dejan encarcelar a estos y aquellos; diviérteles así sea grotescamente, llénales las barrigas con lo que te sobre y te dejarán hacer lo que te dé la gana”, se aplica en muchas partes… Pero ahora, en Venezuela, ni pan hay. Sólo habladores de tonterías, que me parece no es ganancia para nada. En un viejo episodio de los Simpson, creo que de cuando Lisa fue a Washington, un pensamiento decía que el precio de la libertad es la eterna vigilancia. ¿La vigilancia de quién?, evidentemente la de los ciudadanos, de aquellos que consideran que esto o aquello es justo o no, moral o no, ético o no. Cuando una sociedad, menos aún, cuando una persona renuncia a su deber de velar y proteger su propia libertad, su derecho a ser, a pensar y decir abiertamente lo que le parece, defendiendo lo bueno y alzando la voz para condenar lo malo, termina como otro de los animalitos de la granja aquella sobre la que también escribió el señor Orwell, de su visión de la revolución rusa, historia donde los animales matan al cruel granjero y crean leyes de igualdad pero al poco tiempo un grupo controla a los otros, bajo el sello de esas leyes, mientras las incumplen total y descaradamente.

FANATISMO Y VIOLENCIA

   Es el mundo orwelliano, todos vigilados y fiscalizados en el menor de los casos; sometidos a toda arbitrariedad y amenaza, aún a perder la vida sometido a torturas, en el peor de ellos. La cuestión es, si la receta es vieja y mil veces utilizada, ¿cómo nos engañan cada vez? Porque de eso no se habla, no es agradable pensarlo, muchos prefieren que de los problemas “se encargue otro”, y abandona su responsabilidad para consigo mismo y su familia. Por ello no se les enseña a los muchachos a disentir lo que es fanatismo, fascismo, racismo, xenofobia y los males que han causado una y otra y otra vez; o lo que es cuento de lo que es historia. Por ello a muchas personas, a veces, les cuesta incluso aplicar la lógica y el sentido común frente a una situación (¡una invasión de reptiles, por Dios!). Los horrores se repiten y siempre sorprenden, tanto que no se entiende mientras ocurren, por eso hay que entender el por qué y el cómo.

VIDA Y GANAS

Julio César.

UNA GUIA… CONDICIONADA DE MALA FE

mayo 2, 2016

…NIÑOS, UN POCO MAS

GUIA PREJUICIOSA SOBRE MUCHOS PROBLEMAS

   Las mejores cosas se hacen por los peores motivos.

   Hay dos puntos que quiero aclarar de entrada, me gusta el mensaje escrito, odio el visual. Es el viejo menosprecio del sur norteamericano contra otros; lamentablemente esos estados han estado mucho tiempo en manos de los republicanos que responden a la supremacía blanca.

   Soy un ferviente convencido de que a los niños se les debe tratar como niños, no como personitas pequeñas que pueden dirigir la sociedad, o la familia misma. Un niño preferirá mil veces jugar a estudiar, deseará siempre que le compren pollo frito a comer vegetales, ir a vacacionar al campo o la playa, a ahorrar el dinero para útiles escolares, porque como niño sólo entiende de aquellas cosas que satisfacen sus necesidades inmediatas. Los chicos no entienden de crisis, de planes, les parecerán exigencias injustas para con ellos que desean tantas cosas. Un niño no es un adulto, no sabe cuánto cuesta ganar el dinero, en tiempo y esfuerzo que hay que invertir para obtenerlo, los problemas que pueden llegar cuando este no existe en lo referente a pagos de deudas, mensualidades o al tratar con enfermedades. Con los niños, y la nueva visión de “sentarse” a discutir con ellos qué se comerá y en qué se gastará el dinero decembrino, se comete el mismo grave error, aunque en sentido contrario, que en los tiempos oscuros de los años mil ochocientos y principios de los novecientos, cuando en todas partes del mundo se consideraba que los niños eran personitas y por lo tanto debían responder por las deudas de sus padres e ir a trabajar a minas, telares, fábricas y granjas, sin ningún otro derecho, para cancelar lo debido. Eran condiciones sencillamente horribles; tal vez por ello nos fuimos al otro extremo cometiendo el mismo disparate.

   Si se les deja por su cuenta, ocho de diez niños harán lo que les produzca placer, desde jugar con fuego e incendiar la casa, a manipular un arma de fuego y dispararle a alguien (como juego). Es deber de los padres, mientras se les ama, protege y dota de todo aquello que pueda necesitar, el guiarles en el proceso de aprendizaje. Hace tiempo mi hermano regañó a una sobrina nuestra, de cuatro años de edad, porque rompió algo, y cuando le dijo que tuviera cuidado, ella le respondió, de fea forma, que su papá lo pagaría. Mi hermano se lo contó a mi hermana y esta se encargó del asunto, para que no volviera a replicarle así a un adulto. Luego, hablando con él, discutí, porque yo sostenía que la beba le respondió de esa manera simplemente porque era muy niña, él alegaba que no lo parecía cuando dijo aquello. Pero es cierto, lo hizo porque era muy niña, mi sobrina de doce años jamás le habría respondido a uno de nosotros así, porque sabe que después del regaño que le diéramos todavía le tocaría enfrentar el de sus padres. La nena no tiene aún ese cálculo, todavía le falta aprenderlo. Y lo aprenderá de nosotros.

   Le tocará entender la diferencia entre lo bueno y lo malo, lo lícito de lo ilícito. La travesura del vandalismo, o de lo propiamente delictual, es una línea que los niños no nacen conociéndola (la gente llega a este mundo inocente porque no ha tenido tiempo de hacer algo, no es que nace buena), debe ser aleccionada. Ocurre que así como son las mujeres quienes crían y forman a los machistas que luego les hacen las vidas de cuadrito, cuando no las agreden o asesinan, muchos padres levantan delincuentillos; aunque es injusto, muchas veces, juzgar a esos muchachos. No tenían oportunidad de resultar en otra cosa al no contar con modelos apropiados (lo ajeno se respeta, la gente merece respeto, la junta pierde cuando no conviene), aunque finalmente cada quien sea responsable, individualmente, de lo que hace con su vida.

   El letrero de arriba, o imagen, en sí, no tiene desperdicio, lo comparto casi totalmente (casi), aunque todavía se queda corto. Es cierto que esos puntos en especial pueden potenciar una actitud delictiva más adelante, o cuando menos vandálica, pero hay otros señalamientos que sirven para “limitar” faltas. A los muchachos se les debe revisar la tarea que les imponen en la escuela, comprobando cada padre y madre si realmente sus muchachos saben leer, escribir o contar; hay quienes llegan a la secundaria fallando en eso, cosa inaceptable, porque será un adulto con posibilidades limitadas. En un colegio un maestro debe estar pendiente de treinta o cuarenta muchachos, y si varios fallan pero nada se puede hace porque sus padres no responden a las convocatorias y cuando van es a insultar desentendiéndose de la responsabilidad que tienen para con sus muchachos, ese maestro preferirá dedicarse un poco más a aquellos que si aprenden, primero para que no ser atrasen, y segundo para sentir que su vida tuvo propósito. Así, los chicos que no cuentan con los padres, perderán también al maestro.

   En las casas, son los padres quienes deben comprobar y vigilar que sus muchachos si lean o escriban. ¿Qué no es su trabajo y a los maestros les pagan para eso? Ese es el consuelo del idiota, lamentablemente el costo del fracaso no lo pagarán únicamente ellos, también los niños. Lo otro es que los padres no deben hacerles las tareas a los muchachos, eso los hace co dependientes. Que lean, que busquen en libros (el internet limita la imaginación, el lenguaje y muchas veces las visiones del hecho), que hagan sus redacciones, sus dibujos y presentaciones, que se les corrija en lo macro pero con ellos haciendo el trabajo o jamás aprenderán a encarar esos retos, no racionalizarán nada. Ni los desafíos que lleguen luego. No aprenderán a relacionar hechos o situaciones, conformándose con pensar que lo que creen es un hecho en sí, o una razón así no esté basada en nada real, y la niñez se les eternizará, con su subproducto detestable, el infantilismo, la inmadurez y la incapacidad para responsabilizarse de algo.

   ¿El mensaje visual?, tengo que aclarar que soy enemigo encarnizado de todo estereotipo discriminatorio, de la deshumanización de otros para justificar este y aquel proceder, aunque se crea que no se hace. Y la imagen peca de eso, ofende y menosprecia a todo un grupo humano. ¿Se hizo a propósito? Tal vez. ¿Es una creencia real?, peligroso. El cartel que intenta sembrar conciencia viene “firmado” por el Departamento de Policía de Houston, Texas, obviamente en Estados Unidos; como señalamiento de lo mal que pueden terminar las cosas si no se toman esas medidas, acabar con un delincuente juvenil en las manos, colocan a un niño claramente latino. Habría sido malo si fuera negro o piel roja, pero específicamente buscaron a un latino, etnia que combaten con ferocidad a lo largo de los estados fronterizos. Claro, sólo los latinos somos un problema social, ¿verdad?

    Como sea, las indicaciones sirven, el mensaje visual es ofensivo, pero la respuesta debe ser demostrar que es un estereotipo totalmente falso o errado; con hechos, no sólo haciendo comentarios en las redes, con muchos insultos. Eso no le sirve a nadie. El reto es siempre el mismo para Latinoamérica: educación, trabajo y constancia en el esfuerzo. Lo demás es perder el tiempo.

CÓMO CONTROLAR A LA POBLACIÓN

Julio César.

¿CARCEL O RIDICULO?

abril 29, 2014

…NIÑOS, UN POCO MAS

A CONFESION DE PARTE...

   Por alguna razón me recordó un episodio de los Simpson…

   Me cuenta mi señor padre, nacido hace bastante en un pueblo muy pequeño, que antes, cuando se detenía a los borrachos que daban escándalos en las calles, comportándose de manera lamentable, se les dejaba encerrados toda la noche y al otro día, así se sintieran mal por lo que ahora llamamos un ratón, y no sólo el moral (hacer el ridículo delante de todo el mundo), se les hacía barrer las calles principales. Y la verdad es que me parece práctico, alguien deber barrer las calles, y ya que se les debió detener, llevar, encerrar y hasta cuidar de que no murieran en una caída, arrollados o ahogados en vomito, algo debían pagar en trabajo concreto. Y es la cuestión: era una pena no sólo específica con un fin práctico, sino que representaba una sanción moral, que a veces es peor. Se les hacía eso para que todo el que pasara les viera y les diera vergüenza: los borrachos trabajando. También me contaba, que a los menores de edad, que tomaban exactamente como lo hacen ahora, les iba peor, porque después de las barridas se les dejaba allí hasta que un representante se presentaba, el cual era atormentado con recriminaciones de las autoridades, y se los llevaran… para la segunda parte de la pena.

   ¿Esto acabó con los borrachos en nuestros pueblitos? No, como la pena de muerte no impide los asesinatos, pero a aquellos borrachos de antes les hizo más consciente de la pena, cuidándose de no dar espectáculos y ser detenidos. Verse expuesto siempre tiene ese efecto. En cuanto a la pena de muerte, que jamás podría implementarse en un país como Venezuela con una fiscalía y unos tribunales asientos de toda irregularidad y delito, me parece que también tiene sus méritos disuasorios (¿les he comentado que creo en la pena de muerte?); así como en la Gran Caracas, donde no hay pena de muerte y con menos de tres millones y medios de habitantes, asesinaron a casi ocho mil personas en un año, Nueva York, que sí tiene pena de muerte y casi ocho millones y medio de habitantes, el año pasado se cometieron alrededor trescientos asesinatos. ¿Coincidencia? ¿Son menos violentos esos casi nueve millones? ¿Somos nosotros menos “gente”? En alguna parte debe residir la causa del problema, algo que no se está haciendo, o se hace mal, un enfoque equivocado que se mide en miles de muertes aunque no parezca importar. A menos que se crea en brujerías y tonterías marxistas.

   Personalmente me moriría de vergüenza si la gente a la que conozco me viera haciendo algo así, no por barrer una calle, como que lo hacemos frente a nuestro edificio y la zona, sino a que supieran que es una sanción moral a la que me hice acreedor por infractor. Si borracho cometo actos de vandalismo, gritó y destrozo cosas, si agredo a propios o extraños, razón tiene la sociedad de defenderse, soy un peligro para mí y para otros, deteniéndome y enviándome al engranaje del sistema judicial. Es una consecuencia lógica que debe tener en mente toda persona cuando inicia toda actividad. Pero, con todo lo malo que debe ser enfrentar a un juez de paz, o pasar un fin de semana encerrado, me parece mil veces peor si la gente que me conoce me viera al otro día, vistiendo un traje muy a propósito, barriendo una calle cerca del edificio donde vivo, por borracho infractor. Por suerte soy un beodo pacífico. Bebo para divertirme y pasarla bien, no para dejar salir la rabia contra todo el mundo, y menos contra mi familia o parejas ocasionales.

   Al punto, hace tiempo viendo Discovery, encontré un programa donde un juez condenaba a muchachos a penas parecidas, en la actualidad. Eran jóvenes que bajo influjo del alcohol o por deseo de dinero, entraban a tiendas a robar. Algunos de ellos con más de un incidente. El hombre, que tenía cara de juez ahorcador, le preguntaba a cada muchacho qué prefería: de seis meses a un año en un reformatorio, o un mes de pasearse frente al negocio robado portando un enorme letrero donde anunciaba que era un ladrón que debía hacer aquello por una orden judicial. Aparentemente todos preferían pasearse (yo lo haría, a fin de cuentas), creo que dos horas diarias, frente al mentado negocio. Era extraño verles hacer eso, con esos enormes carteles tipo ruanas, cubriendo sus cuerpos por delante y por detrás, anunciando sus infracciones y penas. Había gente que pasaba y no les miraba, otros sonreían, algunos amigos se acercaban a burlarse, otros les miraban con franca condena, como diciéndoles “te lo mereces y espero que aprendas”. Uno de los jóvenes contaba que a veces creía no tener fuerzas para hacerlo. Bien, un grupo de preocupados ciudadanos, abogados, maestros y psicólogos, consideraban que era una pena brutal que avergonzaba y traumatizaba a los jóvenes, estigmatizándoles, lo que podría llevar a la depresión y al suicidio, aunque no pudieron señalar un solo caso. Viéndoles, escuchándoles, me pregunté cómo la sociedad llegaba a tal punto de inconsistencia, de necedad y estupidez suicida. Y hablo de la norteamericana en este caso, que hace de su sistema judicial un circo, pero ocurre en muchas otras partes.

   La pena suena dura, realmente lo es, pero muchos de los jóvenes eran reincidentes de detenciones anteriores, y al menos uno, en su huida, había derribado a una mujer, lastimándola, y esos primeros encuentros con la Ley nada resolvieron, ¿qué quedaba? ¿Esperar un incidente grave, enviarles a la cárcel y lamentar una muerte o una invalidez causada por armas de fuego? Desde la implementación de esa sanción pública, los casos si habían descendido, y esa es una solución mil veces preferible. Y es de lógica, por muy muchacho que se sea, por muy tonto o temerario, nadie quiere hacer el ridículo delante de las personas que le conocen (por eso los errores se defienden con más furia que los aciertos, para no quedar como idiotas). El resultado, pasearse con ese letrero, es tan tormentoso que es mejor no exponerse nuevamente a dicha pena. Igual que los borrachitos de esa Venezuela de tiempos idos.

   Lo preocupante es la actitud de buena parte de la sociedad, que siente pena por el infractor pero es totalmente incapaz de lidiar con sus infracciones, menos de resolverlas o impedirlas. Si un joven comete pequeños robos porque quiere dinero para lo que sea, y con ello cae en problemas mayores, que le exigirán conseguir más dinero, ahora a punta de pistolas, y un familiar, amigo o conocido de uno cae, ¿de qué sirven las falsas lágrimas de esos ciudadanos llorosos por la suerte de los trasgresores? ¿Qué cambiará, confortará o mitigarán con “sus pesares” y condolencias vacías? Tienes a unos jóvenes que cometen actos de vandalismo, o delitos, porque robar es un delito ya explícito, lo detienes, les halas las orejas y reinciden una y otra vez (en Venezuela hay delincuentes que cuando mueren en un enfrentamiento, descubres que tienen siete, diez o quince muertos a cuestas, ¿cómo un Estado permite que se llegue a eso?), cada vez ganando en violencia, y en lugar de comprender que algo malo ocurre, que el sistema con sus detenciones e interminables procesos nada puede resolver, la “sociedad” condena la sanción porque “es cruel”, sientas las bases del caos. Robar no es tan malo, empujar a una mujer contra un estante tampoco, más tarde conseguir un arma y asesinar no es algo a tener en cuenta, “lo lamentable” es que los pobres muchachos se sienten avergonzados con la sanción que se les impone y que eso “pueda” llevarles incluso al suicidio.

   Siendo totalmente sinceros, diré que si yo fuera juez o fiscal, correría ese riesgo, que se avergüence por pasear el cartel a que se deprima por hacerlo. Si un muchacho es detenido una, dos o tres veces por un delito leve, siendo menor de edad, porque cree que puede, que no hay nada malo en robar para obtener lo que quiere, sin medir cuánto le costó al dueño de lo robado reunirlo, o a quién lastime para llevárselo, toda la sociedad debería abocarse para ver cómo detenerle, cómo terminar con un problema que comienza y quien sabe en qué acabará. Es de auto preservación, de supervivencia, para salvaguardarse todo aquel que sale temprano, o llega tarde, de trabajar; de la mujer que deja a sus niños en casa y tiene la mala suerte de quedar atrapada en un intercambio de balas en un atraco; o al muchacho cualquiera que pasaba por ahí y cae por balas desconocidas como un daño colateral. Una sociedad sana en su conjunto debe tomar las medidas necesarias para protegerse de los agresores, no defender al infractor y darle excusas y herramientas para que evolucione hasta convertirse en un monstruo. No hacerlo, no preocuparse de la gente común que trabajaba, estudia, vive y se esfuerza por intentar existir de la manera menos terrible, sino de los “derechos” del trasgresor, es una actitud irresponsable. Una conducta suicida de comunidades enfermas. Y no estoy hablando, en este caso por lo menos, de cárceles o pena de muerte, sino de atajar la pequeña ola antes de que sea un Tsunami. Enséñale al muchacho que robar o vandalizar está mal, que si persiste en hacerlo serás sancionado moralmente. En algunos casos parece que funciona, en quienes no, ya se sabe quiénes son y qué se puede esperar de ellos, la sociedad puede monitorearles.

   En estos casos, como siempre ocurre con todos los desequilibrios sociales, el problema comienza en casa, por irresponsabilidad ante conductas abiertamente antisociales. Lo he expresado muchas veces, acorralar entre varios a un chico porque es distinto y agredirle, violar en grupo a una jovencita y alegar después, padres, abogados e incriminados, que “ella se lo buscó”, que ebrios porten armas de fuego o carros, no son tremenduras, cosas de un momento. Son claros indicios (más que claros) de conductas psicópatas. Pero no todos los monstruos nacen siéndolo, no todos ahogan gatos o estrangula perros a los cinco o seis años de edad, van aprendiéndolo. Una mala semilla, unas malas entrañas pueden aprender a controlarse (no puedes robar, no puedes agredir, no puedes matar), lo que no se puede hacer es dejarles hacer lo que les dé la gana y luego justificar sus acciones, intentando que escapen a las consecuencias. Hace años, aquí, tuvimos un gran campeón deportivo, Rafael Vidal, nadador que en unas Olimpiadas en Estados Unidos llegó tercero en una competencia de nado mariposa. Recuerdo la emoción que sentí viéndolo; el narrador de VENEVISION,  cuando todo termina, saltándose al primero y al segundo, gritó que Rafael Vidal había ganado, compartiendo la emoción que sentíamos todos. Bien, años más tarde, este joven señor sufrió un accidente de tránsito y murió, su auto fue embestido por un carro medio blindado, al volante del cual iba un ebrio joven de la Caracas Bonita, con real, el cual ya había sido detenido borracho antes e incluso protagonizó otro accidente grave.

   ¿Cómo carajo se le permitía conducir un carro todavía a un sujeto con tales antecedentes? ¿Cuántas detenciones debe tener en estado de embriaguez una persona, cuántos accidentes producir, a cuántos debe matar antes de que se le impida subir a un carro, o sencillamente se les saque de las calles? ¿No hay leyes que protejan al peatón o al conductor consiente? ¿No hay un estado de derecho que castigue al infractor y salvaguarde a la sociedad? ¿No hay un sistema judicial que comprenda lo que ocurre? Pero lo más grave, ¿dónde estaba la familia de ese joven homicida? ¿Acaso no veían que era un monstruo en gestación tras el volante buscando dónde echar la vaina? ¿Tan imbéciles eran? En este caso incluso eran cómplices de asesinato. Pero ese es el punto, todo el mundo tiene derechos, a todos hay que comprenderles, protegerles, brindarles oportunidades, dejarles explicarse, que los sicólogos lloren por sus historias… si está cometiendo un delito o presenta una conducta francamente delictiva y son detenidos; para la gente común y corriente no existen tales facilidades.

   Y esto debe quedar claro, una sociedad donde los infractores cuentan con todos los derechos, aún de matar a otros y hay que entenderles, perdonarles y ver si no lo hacen otra vez aunque no tomen correctivos para cambiar de conducta, es una mancomunidad enferma, débil en su degeneración, que terminará agravándose y finalmente colapsando. Las señales de sociedades en decadencia están ahí para cualquiera que se detenga a mirarlas; claras, como en el caso de Venezuela, casi 24 mil muertes violentas a manos del hampa en un año no pueden disimularse con discursos, con numeritos o programitas de televisión que no son más que vacías propagandas, ni siquiera con “planes” a futuro, son montañas y montañas de cadáveres apilándose hasta el techo; o más leves, revelándose en esa sensación que tienen en las calles los ciudadanos de un país, donde les parece que el sistema ya no puede proteger a la gente decente, ya no previniendo que algo ocurra, sino para impedir que vuelva a repetirse. Un indicio claro es cuando un representante va a un colegio a amenazar a un maestro que intentó impedir que un muchacho cometiera una falta grave, y que en lugar de escuchar, de intentar comprender que algo está fallando con el joven y en su casa, le secunda en su comportamiento antisocial.

   Es mil veces preferible enfrentar a un muchacho a una sanción como pasear la pública denuncia de sus infracciones, en la esperanza de que “aprenda la lección” y no reincida, que encerrarles en colapsados correccionales que hay que mantener con impuestos y donde tal vez si terminan matándose, siendo asesinados o aprendiendo vicios y mañas nuevas. En su conjunto la mancomunidad de cada nación debe encarar el hecho de que no puede continuar mimando, protegiendo y excusando los vicios sociales que conllevan al delito, tarde o temprano terminan alcanzando a todos, y si en todas partes colapsa en entramado social, ¿para dónde escapamos? Pero el primer paso es el difícil, es tomar la responsabilidad por los hijos, por aquello en lo que terminarán convirtiéndose.

UNA GUIA… CONDICIONADA DE MALA FE

Julio César.

TRABAJANDO LA FELICIDAD

julio 22, 2012

…NIÑOS, UN POCO MAS

   -¡Soy feliz! –grita. Y la gente le odia.

   Nada que ver con la película de Will Smith, uno de los mejores actores del momento (y todavía le niegan un Oscar, es que no hay justicia en este mundo), la cual… no vi. Películas basadas en hechos reales, como no sea tipo Masacre en Texas, no suelen llamarme la atención (Dios, Capote daba sueño). Pero si quiero hablar de eso, de la felicidad. En estos días escuchando a Román Lozinski en la radio, uno de los buenos programas que quedan en Unión Radio Noticias Bolivarianas, este entrevistaba a un señor de quien no escuché el nombre. Pero este decía que la gente confundía la felicidad con una serie de emociones del momento, las cuales no se ajustaban a la descripción del término, sino que al contario contribuían a alejarla más.

   No es la felicidad, según este señor, la búsqueda del bienestar económico, ni una retribución rápida o un placer del ahora. La felicidad, y hay que quitarse el sombrero frente a los clásicos, responde más a la idea de la perfección que Buda sostuvo milenios atrás, cansado como estaba de las religiones de la época, aunque ahora él mismo sea reverenciado como una deidad (cosa que seguramente le molestaría, si los muertos sintieran). La felicidad no es un lugar, no depende de esto o aquello, aún de gente amiga o amada, viene de un espacio interior que se encuentra en equilibrio. Es la sensación interna de que se está bien y nada falta, esa que nos permite sentarnos, tal vez durante horas, y ver jugar a un perro sobre la grama. Es, en otras palabras, el nirvana personal. Y es algo que a veces se sospecha cuando te asomas a un balcón y sientes sobre la piel el suave sol de la mañana y la ciudad va llenándose de vida, de bullicio y carros, pero también hay pájaros trinando en los arboles y perros que corren unos tras otros a pesar del caos, y uno se siente bien. Incluso sonríe.

   Buscando más al respecto encontré una nota parecida de una psicóloga española que tiene el genial nombre de Covadonga, Covadonga Chaves, la cual es miembro de la Sociedad Española de Psicología Positiva (y no se crean, a mí me asusta un poco la gente positiva, esa que cree, siempre, que las cosas no tienen por qué salir mal). Sostiene la señora Covadonga que el concepto de felicidad que se maneja normalmente está equivocado: “La felicidad no es algo que se pueda alcanzar, no es una meta, es un estado, una emoción”. Y si nos detenemos a pensar (y no son de los que se deprimen fácilmente), hay que reconocer que es cierto. No es posible esperar que dentro de cinco, diez o quince años si hacemos esto y aquello, “seremos felices” automáticamente. No, nada lo garantiza. La felicidad como un estado perfecto de idoneidad no existe. En este momento podemos ser felices, trabajamos y cobramos bien, salimos en citas que nos brindan placer, vamos a la playa con gente amiga, los sobrinos son sanos y hermosos, los hermanos gozan de buena salud, los padres también. Pero puede ocurrir un accidente de cualquier tipo, un trabajo puede perderse y las deudas sumarse, los niños crecen y los sentimientos cambian, los hermanos y uno mismo envejece y llegan los achaques, un día los padres estarán tan ancianos (cuando hay suerte) que no podrán salir solos, agarrarán cama y morirán en medio de nuestra impotencia o suave dolor. Eventualmente todos los que fueron amigos irá pasando por el mismo trance, perderán a su gente querida y todos terminaremos llegando a esa edad. Incluso hay personas que lo tienen todo pero no paz; sus problemas, sus infiernos, son internos y rara vez encuentran sosiego, mucho menos felicidad. Y debo decirlo, hay gente a la que le gusta sufrir y no por placer de índole sexual.

   En este marco teórico filosófico, la felicidad, esa sensación de bienestar, debemos buscarla de a poco. No llega fácilmente. La Psicología Positiva sostiene: “La felicidad es algo que se debe cultivar día a día, no es una meta absoluta”. Para alcanzar ese estado interno de ventura, aconsejan los expertos, hay que reforzar los aspectos positivos de nuestras vidas (como escribir un blog si siempre se deseó), erradicando lo negativo. Aparentemente hay diez causas frecuente que causan infelicidad, veamos que sostienen los psicólogos:

1. La envidia

La envidia, y por extensión los celos, es una de las causas más comunes de la infelicidad. Por lo general, somos envidiosos al ver como los demás logran metas que nosotros no hemos conseguido alcanzar, lo que provoca en nosotros una frustración. Si tu amigo tiene éxito, celebra su victoria como propia. Si tu enemigo tiene éxito, recuerda que los celos son contraproducentes e inútiles y se limitan a extender el poder del enemigo sobre ti. Chaves recomienda, en cualquier caso, buscar relaciones positivas y evitar aquellas amistades conflictivas que provocan frustración y malestar. En definitiva: “Hay que rodearse de personas que te hagan sentir bien”.

2. La manía persecutoria

Es la sensación de estar siendo perseguido por fuerzas incontrolables. En ocasiones esto se convierte en una enfermedad, llegando a causar esquizofrenia, pero en la mayoría de los casos se trata de la sensación puntual, o transitoria, de que “todo el mundo está en contra tuyo”. Es un clásico en los niños, generalizado en el eterno “la profe me tiene manía”, pero muchos adultos lo padecen a diario en menor o mayor grado. La solución de esta causa de infelicidad pasa por reconocer que la persecución es irrelevante, ya que sólo uno mismo controla el resultado de su vida. Todas las personas encuentran obstáculos en su camino; el éxito y el fracaso dependen de la capacidad de cada uno para superar los obstáculos, no de las fuerzas incontrolables que, supuestamente, nos ponen la zancadilla. Los seres humanos tenemos una creencia básica sobre el mundo, queremos que sea justo, también con nosotros. Cuando nos encontramos con experiencias negativas tendemos a pensar que “el mundo está contra nosotros”, algo que no deja de ser un pensamiento paranoico.

3. La negación de responsabilidades

La capacidad de asumir responsabilidades, según explica Chaves, se conoce en términos psicológicos como “el control”, y es una necesidad básica del ser humano cuya ausencia provoca infelicidad. No podemos controlar todo lo malo que nos sucede, pero sí controlar cómo reaccionamos a esas cosas malas. Escurrir el bulto y “hacer como que nada ha pasado” es una decisión, además de cobarde, poco acertada. Negar la responsabilidad sobre algo que hemos hecho incorrectamente solo acrecienta nuestra infelicidad, así como el hecho de no reconocer que algo malo nos ha pasado. Hay que enfrentarse a los problemas.

4. El perfeccionismo

Aunque todos queremos hacer las cosas lo mejor posible, hay momentos en los que nos colocamos metas demasiado altas. Por muy buenos que seamos, no todo puede ser perfecto. Si nuestras expectativas son demasiado elevadas siempre fracasaremos y seremos infelices. La perfección es, en la mayoría de los casos, inalcanzable y nunca resulta necesaria.

5. El razonamiento excesivo

El razonamiento excesivo es una de las causas más comunes de la infelicidad. “Comerse el tarro” o “rallarse” son las expresiones coloquiales más utilizadas para expresar un problema habitual: la tendencia a sobredimensionar determinados problemas. El hombre tiene una asombrosa capacidad para razonar pero a veces esta habilidad se vuelve en nuestra contra. Si llegamos a la conclusión de que un problema no puede ser solucionado a base de lógica y razón, lo mejor es dejarlo pasar. Hay que encontrar un equilibrio entre lo emocional y lo racional. Las personas impulsivas tienden a no pensar antes las cosas, pero las personas demasiado racionales necesitan actuar más y pensar menos.

6. El negativismo

El negativismo es la principal causa de una de las enfermedades más extendidas en la sociedad moderna: la depresión. No hay vuelta de hoja: todo lo que nos rodea puede tener una lectura en negativo. Si no buscamos una lectura optimista de las cosas la infelicidad nos acompañará en nuestro día a día. Chaves nos da un consejo: “Por cada cosa negativa que nos ocurre podemos encontrar tres positivas, así podremos escorar la balanza hacia el lado de la felicidad”.

7. La percepción negativa de las acciones ajenas

En la sociedad actual tendemos a concebir las acciones de las personas con las que tratamos como una amenaza a priori. Si alguien llama a la puerta de nuestra casa lo primero que pensamos es que va a intentar vendernos algo que no queremos. Esto se puede trasladar a todas las facetas de nuestra vida y es algo muy común en algunos lugares de trabajo, dónde se crean climas propicios para pensar que todos nuestros compañeros quieren ponernos la zancadilla. Hay una gran diferencia entre la ingenuidad y la desconfianza continua y no hace falta situarse en los extremos. Siempre que sea posible, hay que dar a la gente el beneficio de la duda.

8. La baja autoestima

Es esta una de las causas más estudiadas de la infelicidad. Si no sabemos valorarnos a nosotros mismos como lo que realmente somos, sin prejuicios, siempre habrá algo de que culparnos y, por lo tanto, nunca seremos felices. Elevar la autoestima pasa por reconocer nuestros logros y cualidades positivas.

9. La baja autoeficacia

La autoeficacia es un término psicológico de reciente creación, articulado por el doctor Albert Bandura en 1977. Consiste en la confianza y convicción de que es posible alcanzar los resultados esperados para cada meta propuesta. Para superar la baja autoeficacia es necesario dominar las habilidades necesarias para alcanzar cada objetivo propuesto. En definitiva: todas las metas, mientras sean realistas, son alcanzables mediante la práctica y la constatación de que es posible lograr los objetivos propuestos.

10. La ausencia de sentido vital

La búsqueda del sentido de la vida ha sido la principal preocupación de religiones y filosofías. La caída de las grandes ideologías y el declive de las religiones han provocado una ausencia de sentido vital. Chaves recomienda plantearse cuestiones como “¿si hoy fuera el último día de mi vida haría lo que he hecho hoy? O “¿cómo me gustaría que me recordaran?” Hay que darle un sentido mayor a las cosas que realizamos a diario.

……

   Puntos interesantes, ¿eh?

   Hay gente que pierde tiempo para hacer cosas buenas para sí, incluso dinero, buscando la manera de perjudicar a otros. Quién critica tus éxitos, minimiza tus logros, ridiculiza tus aspiraciones, no es una amistad, y si es familia hay que mantenerla un tanto alejada, porque existen personas que no les preocupa superarse, progresar, salir de un mal momento, si tú le acompañas en el pozo.

   Todo el mundo puede vivir un mal momento, un examen que no llena las expectativas, un trabajo realizado que es criticado y rechazado. Los compañeros de trabajo que hablan entre sí de tu mal genio. Pero todo eso es momentáneo, es una realidad que puede cambiar al otro día. No hay que ahogarse de rabia dentro de sí mismos por un momento de frustración. Incluso hay que detenerse y pensar, ¿realmente seré así? Porque fuera del Ayatolá y Hugo Chávez (creen ellos), nadie es perfecto.

   Las metas tienen que ser realistas, hay que pisar sobre la tierra. Yo, nacido en Venezuela y ya con cierta edad, es poco probable que suba a una nave espacial y orbite la Tierra como parte activo del programa espacial, aunque la idea sea maravillosa. A menos que gane mucho dinero y pueda pagarme un pasaje. Fuera de eso sé que no seré astronauta, pero eso no puede hundirme en un hueco de depresión. Escribir un libro, tener una casa en la playa, recorrer Israel guía en manos, navegar en góndola por Venecia bien acompañado, correr frente a los toros en España, todas son sueños y metas sencillas, y uno se esfuerza y las busca, aunque a otro puedan parecerles tontas. Me gustaría que se acabara el hambre, que reinara la paz mundial, que la Tierra y sus ecosistemas fueran protegidos, que la gente no envejeciera y muriera. Personalmente puedo intentar algo, reunirme con otros y otros, plantear soluciones y esperar deseando que un día se den todas estas cosas; porque hay que conocer los límites aunque se intente cada vez empujar un poco más allá. Y, ¿quién sabe?, tal vez mañana alguien tenga una idea y el SIDA sea sólo un mal recuerdo y la vejez una opción cuando ya se esté cansado de vivir; tal vez mañana nos levantemos y exijamos a nuestros gobiernos que se dejen de tonterías y comiencen a trabajar en los problemas reales.

   ¿El sentido de la vida? Vivirla y pasarla lo mejor posible rodeado de gente amiga mientras dure. Fantástico, ¿verdad? Pero es más que eso, dentro del corazón de la humanidad existe la chispa de la transcendencia, esa que nos hace sonreír emocionados cuando un niño nace y sabemos que parte de lo que somos continuará. Hay quienes sólo viven para el disfrute inmediato y peligroso del exceso vacío, drogarse, beber día tras días, acostarse con todas las personas que pueda sin que lleguen siquiera a gustarle. Ellos pueden pasar indiferente frente a una hermosa pintura, alejarse de una bella melodía; son incapaces de ver la belleza en el centro de una rosa abierta. Pero también están los que se maravillan mirando al cielo de noche, abrumados antes su grandeza, preguntándose con un escalofrió: “¿Cómo llegó a ser todo esto? ¿Hay algo más? Tiene que ser”. No sé dónde lo leí, pero lo medio recuerdo: Todo hombre (imagino que el autor quiso decir persona) debe sembrar un árbol, criar un perro, levantar una casa, tener un hijo. Dejar una huella sobre este planeta.

   Cada uno de nosotros, a su manera, es una desconcertante maravilla, ¿por qué no reconocerlo?

¿CARCEL O RIDICULO?

Julio César.

HIJOS DEL DIVORCIO

marzo 3, 2011

…NIÑOS, UN POCO MAS

   En toda guerra la peor parte se la lleva quien queda atrapado en el fuego cruzado, y sí este toca los afectos que deberían ser más estables y naturales, es peor.

   Para comenzar les digo que siempre le aconsejo a la gente que no se case antes de los veinticinco años, y menos con la primera persona que se les pase por el frente. La gente se ciega, se emperra y no oye ni discierne. Es molesto mirar a esas parejitas que se casan aunque los padres no quieren y les aconsejan estudiar y prepararse, saliendo con aquello de que nadie entiende que se aman, que saben lo que hacen y lo harán. Lo hacen… para luego termina arrimados ya que ella es incapaz de buscarse o preñarse de un joven que le monte casa, o la nena no sabe ni hervir agua y necesita de su mamá.

   Es cuando después del sexo del bueno de los primeros meses, y ya hay muchachos y obligaciones, ella descubre que él es un inútil que no le gusta trabajar y jamás servirá para nada como no sea salir de parrandas, y él se convence de que ella no es más que una zorra glorificada. ¿Entonces? Lo mejor es que cada quien sepa dónde se mete. Que salgan, que vivan un poco antes. Que ella sepa que hay hombres que pueden o intentarán poner el mundo a sus pies; y que él diferencie el tener el cerebro caliente por las ganas de sexo, de la ilusión de formar un hogar. Imagino que para estas alturas todos estamos concientes de que las mujeres, en este caso las muchachas, también quieren y desean practicar el sexo, ¿no? Y este punto, que sexo no debe significar automáticamente una barriga no deseada o precoz, deben señalarlo claramente los padres, la escuela y hasta los programas de televisión.

   Sin embargo hay parejas que lo hacen, se casan con buenas o malas bases, y todo sale mal. Sencillamente no pueden continuar. He visto casos de gente que se dice de todo, se acusan de aberraciones, de cosas realmente feas, sucias y desagradables (cuando un amigo mío se divorció, la mujer y su familia me contaban como a un enemigo, y yo ni les visitaba). Hay gente que un día, después de intentarlo mucho, asume que la otra parte no entiende su punto de vista ni comparte las metas, y se dejan. A veces en buenos términos, como dice la sana lógica que deben terminar personas que un día vieron en los ojos del otro esa ilusión que les hizo soñar con una vida juntos para siempre. Compartían una cama, carajo. Que la gente se odie y quiera matarse, para mí no tiene sentido. Por suerte, generalmente, quedo en buenos términos con mis ex relaciones.

   Pero cuando todo acaba y llega el divorcio, comienza el calvario por la custodia de los hijos. Por regla general, en casi todos los países, esta queda en manos de la mujer a menos que se le demuestre alguna incapacidad mental, insolvencia o falla moral. Y tiene que ser algo que clame al cielo o nadie le para. Sin embargo muchos hombres presentan la batalla por los hijos, y en algunos casos la mujer desea hasta quitarle las pocas visitas a las que este tiene derecho, ¿por qué? Porque muchas veces cada conyugue llega a convencerse de que con él o ella, los hijos estarán mejor. Les preocupa algo en la vida o nuevas relaciones de la ex pareja. Y es algo humano y entendible. Son esos juicios que son dolorosos… aunque no tanto como aquellos donde usan a los hijos, y el chantaje emocional, como última arma para hacer daño, para “joder” al otro. Los hijos son simplemente instrumentos de venganza, y si yo fuera juez de casos familiares, lo tendría en cuenta. Quien use a sus hijos de esa manera es alguien peligroso mentalmente.

   Pero quienes sufren son los hijos. Después de la muerte de uno o los dos padres, el otro gran temor en la vida de un niño es que sus padres se separen. Que a los gritos, acusaciones, empujones y llantos, le siga la ruptura, ver al padre salir por una puerta y ya no regresar esa tarde, ni a la hora de la cena ni cuando va a la cama y se pregunta, por ejemplo, “¿dónde estará mi papi? ¿Lo veré mañana? ¿Regresará?”. Para la vida emotiva del niño un divorcio sensato es un cataclismo, uno donde hay deseos de revancha, es la hecatombe. De repente ya no cuenta con los dos grandes amores de su vida, los que brindan estabilidad y sentido, sino que se ve lanzado de una contra el otro. Y por increíble que parezca, hay casos donde un padre pone a los hijos en contra de la ex pareja, a que le odie, para así vengarse más allá de ellos mismos. Cuando no a mentir deliberadamente para sacar provecho.

   Sinceramente, ¿quién puede hacerle esto a sus hijos, a sus bebés? Es por eso que tantos expertos aconsejan que en lo referentes a los hijos, sean los padres, sentados y hablando como la gente y de ser posible actuando con inteligencia, quienes resuelvan con quién se quedan, en dónde, y qué régimen de visitas o custodia compartida implementarán. Después de todo nadie como los padres para saber lo que es mejor para sus hijos, lo que más les conviene, determinar de qué manera estarán más cómodos y protegidos; ¿a quién puede dolerle en verdad la suerte de esos infantes? Sólo a ellos, sus padres.

   Un acuerdo de los adultos le evita a los niños la presión de sentir que deben ponerse de uno u otro lado, evitándoles el tener que escoger entre el padre o la madre, alzando inconscientemente el muro en uno de los padres de “no me quisiste”; o “le haré daño a mami si digo…”; se evita el inconveniente de señalar al “mal padre”. Además, cuando la pareja se sienta a decidir lo que es mejor, pensando en los niños y no en ellos mismo, se favorece la comunicación entre ambos y es posible que la otra parte escuche cuales son sus objeciones a esto o aquello, o los temores. Incluso que los deseos de los hijos sean escuchados, discutidos y sopesados.

   Cuando la gente no puede hablar como la gente, cuando los adultos no desean comportarse como tal en un juicio de custodia, obligan a un tribunal a dictar las pautas, cosas que a veces termina perjudicando a todos (impedir visitas, imponer manutenciones difíciles, señalizar en actas cosas como irresponsabilidad, negligencia). Nada provoca más resentimiento, y sufrimiento a los hijos y en la ex pareja, como esas decisiones arbitrarias fundadas en acusaciones y deseos de dañarse. ¿Quién no ha visto a un niño llorando porque no le dejan ver a su papá?

   Esas son las cosas que los adultos, la gente de verdad, deben considerar cuando se embarcan en la aventura de vivir, enamorarse o ilusionarse, prometer una vida juntos para siempre, o lo que es mejor para los hijos cuando el sueño termina. Después de todo cada quien hace su elección, ¿entonces?: responsabilidad.

TRABAJANDO LA FELICIDAD

Julio César.

QUE SIGAN SIENDO NIÑOS UN POCO MAS

diciembre 29, 2010

EL 2000 Y LOS BUENOS DESEOS

   Aunque trabajo en el sector salud (de manera vaga y distante), fue no hace mucho tiempo que oí aquello de que los niños podían sufrir de stress. Para mí fue una sorpresa, crecido como lo hice bajo la idea de que la única ocupación de los muchachos es estudiar porque no tienen ninguna otra tarea. Parece que la cosa no es tan simple. Sobre los niños sí se ejercen presiones, directas o no, que les afectan. En guarderías y primeros años escolares, afortunadamente, se está prestando más a tensión a niños que lloran, gritan o sufren berrinches, no tanto como reflejos de conductas de muchachos “tremendos y malcriados”, sino como los signos visibles de los problemas que ocasionan tales comportamientos. Que en sí es dejar salir el stress de alguna manera.

   Conocí del hijo de unos amigos, que a pesar de que ya tiene cuatro años, aún moja el pantalón, y aunque me parece dulce y tranquilo, me cuentan que a veces sufre accesos de rabia, retando y enfrentando a la maestra. Hace poco su mamá, mi amiga, me comentó que la maestra la llamó a ella y al marido porque el niño les cuenta a todos que su papá les grita, no los quiere y que su mamá llora mucho. Atraviesan por problemas (yo no lo sabía), y creyeron que nadie lo notaba. Qué equivocados estaban. Lo peor es que tal situación se reflejaba en el muchachito.

   Fuera de las cuestiones personales, los niños están expuestos desde muy jóvenes a una enorme carga de responsabilidades o de privaciones. En los hogares donde todo falta porque carecen no sólo de alimentos, medicinas y cuidados elementales (desde limpiarles la nariz), pasando por el desinterés total de si aprenden a hablar, caminar bien, o sí comienzan la escuela o no. Del otro lado están los niños obligados a ir desde los cuatro años a una preparatoria que va introduciéndolos en cursos donde deben aprender a exponer y preparar charlas, algo que yo no hice hasta cuarto o quinto grado. Fuera de ello, los padres quieren que también aprendan, Y SOBRESALGAN, en natación, béisbol, música e incluso idiomas. Hay niños de tres y cuatro años de edad que salen de sus casas a las cinco de la mañana junto a sus padres rumbo a una guardería preparatoria donde pasarán buena parte de la mañana, de allí van al béisbol, más tarde a una clase de música, regresando a sus hogares casi a la misma hora que los adultos, y aún se espera que brillen. Hay padres que lo toman serenamente, como actividades de expansión, que pasen el rato en ello, pero hay quienes se obsesionan y empujan y empujan; para quienes lo que hacen los muchachos nunca es suficiente. Ni está bien. En muchos casos nos encontramos al niño presionado y a punto de estallar.

   Está bien, que se instruyan, en multiplicidad de cosas; siempre les digo a mis hermanos que en cuanto los muchachos tengan edad que aprendan a conducir un auto, a bailar y verlo como algo normal, que les enseñen a preparar alimentos, algo de mecánica, un poco de plomería y hasta electricidad (no a bebés de cinco, claro), porque todo hace falta, es bueno que se preparen para el mundo que se les viene encima. Y mientras lo hacen, que entiendan la necesidad de ayudar a mantener el hogar aseado, sus cuartos ordenados… dentro de ciertos límites (el mío es muchas veces un desastre). Pero no como si en ello, en esas tareas extracurriculares como dicen los gringos, les fuera la vida. El grito, el insulto, el ridiculizar y lastimar no es necesario, ni parte del proceso mediante el cual un jovencito aprende a batear, por ejemplo.

   Todos sabemos lo que cuesta ganarse el salario, las presiones sutiles del entorno, las molestias, los disgustos, la sensación de vacío cuando lo que esperábamos no se da, o se da y no resulta lo que imaginábamos. Sentir el fracaso de ver pasar el tiempo y aún observar lejos las metas… Nuestros niños pasarán por todo ello, y las herramientas que les demos ayudarán en la tarea de sobrellevarlo… pero sin robarles desde ahora este tiempo de “soy un niño y quiero jugar”, de que si se colocan el reloj de Ben Ten en verdad creen que se transformarán (claro, hay que ir explicándoles la diferencia entre ficción y realidad, o terminan como izquierdistas, lastimándose o causando daño). Mi sobrina, que ya tiene casi once, todavía atesora sus muñecas y cómo se mortifica cuando uno se lo hace notar.

   Que jueguen, que corran, que cada tarea sea una aventura que les divierta mientras la inician. Comer, estudiar, practicar otras actividades es importante, pero también el que se sientan en paz, que corran y rían como niños, que mañana no tengamos que lidiar con neuróticos, amargados o enfermos de los nervios. Parafraseando algo que leí por ahí, un corazón alegre preserva la salud.

   Que la carga que les tocará llevar en su momento no les llegue demasiado pronto cuando aún no hay necesidad.

HIJOS DEL DIVORCIO

Julio César.

REFORMA SANITARIA

septiembre 14, 2010

EL 2000 Y LOS BUENOS DESEOS

   ¿No vieron un capitulo de Los Simpson donde Lisa soñaba era presidenta de Estados Unidos y se encontró con que estaban arruinados, ella preguntó que pasó y le respondieron: “su antecesor invirtió en la juventud… grave error”? Fue divertido, pero no necesariamente tiene que ser cierto. Claro, eso si nos portamos como adultos responsables, tal vez ahí este el truco del fracaso.

   Retomando lo que escribí hace tiempo ya (cómo pasa el tiempo), el Primer Mundo, al menos en esos lugares dónde se sabe para donde vamos, han colocado a la educación por encima de la salud en cuanto a las prioridades a atender. La escuela debe enseñar a los individuos a ser sanos, o por lo menos que aprendan a prevenir. Antes se manejaba la tesis de que alguien debía tener una salud más o menos estable para que fuera luego educado. Ahora se sabe que es un disparate. La gente come, bebe, fuma y, como dirían los españoles, follan a gusto, en exceso y cuando les da la gana sin pensar en ninguna contrariedad o futuro problema, y así terminamos con un ejercito de hipertensos, diabéticos, sidosos y embarazos precoces; y una buena cantidad de ellos ubicados en el sector de la población que no produce, y en el cual los estados deben gastar más cuidándolos aunque sean un pasivo social. Gente que no sirve ni para cuidar de sí misma.

   Lógicamente nunca habrá hospitales o médicos suficientes para atender a semejante ejército de enfermos. ¿Entonces? Se habla de utilizar a la escuela, y el programa educativo para incentivar medidas y normas que hagan reflexionar a los muchachos que van creciendo y desarrollándose. Aunque, como es de todos sabidos, nadie, o muy pocos, aprenden en cabeza ajena. Sin embargo, la lucha hay que hacerla.

   En un mundo cundido de enfermedades venéreas, cáncer de cuello uterino causados por el papiloma humano (sexo, ¿cómo nos hace esto?), drogas y otras lindezas, hay que olvidarse de los conceptos del maestro y de las tareas respondidas con libros o bajadas, sin leer, de Internet, de las charlas y pedidos a la buena conducta. Siempre me ha parecido graciosa (trágicamente graciosa, como quien hace un truco tragándose una espada y se muere con la herida por un error se cálculo), la gente que apela a lo “bueno” para que los muchachos hagan lo correcto. Un joven puede ser obediente, bien portado, inteligente y centrado, pero cuando se le despierten las hormonas en una fiesta con una amiga que se pone cariñosa y fácil, no pensará en nada más. Ni en su mamá, o lo dicho por los maestros o los posibles peligros a su salud. Entonces hay que prepararlos para ese mundo de una manera… más directa. Qué sepan lo que puede suceder y cómo, tal vez, impedirlo.

   Si yo fuera padre (y pienso hacerlo con mis sobrinos, sobre todo las niñas que han salido tan pilas), en cuanto los muchachos tenga once años, los llevaría a una clínica donde desintoxiquen drogadictos. Que escuchen sus gritos, que los vean vomitándose encima y retorciéndose por el suelo. Y les hablaré de las drogas, de la marihuana, de esas cosas que “no hacen daño”; de los peligros del autoengaño y la autocomplacencia. Los llevaría a hospitales a ver las úlceras de los enfermos venéreos. Me las ingeniaría para que presenciaran la crisis de violencia de un borracho. Los pasearía por la sala de enfermos terminales de sida, con esas expresiones moribundas, sus flacuras y manchas. Porque como ya dije una vez, mucho más allá de cuando hayan olvidado lo que les dijeron o leyeron, recordarán lo que vieron. Los gritos y la locura. El dolor.

   No es para crear una generación de gente temerosa, ¿a quién no le encanta el cerdo frito? Pero hay que saber de los problemas que causa su exceso (esa grasa en el hígado, ese colesterol en el corazón); que entiendan que tomar puede ser pasable en un momento dado, pero no ya cuando se pierde la razón y el control, muchos menos para sacar a pasear la parte violenta. Que el sexo puede ser lo más divertido del mundo pero deben tomarse previsiones, hablando de la protección, del sexo seguro (no, no es una patente de corso para que hagan lo que les de la gana; pero llegado el momento lo harán, lo queramos o no, por lo menos que de ahí no venga un desastre), comenzando por las anticonceptivas y terminando en los condones.

   Sé que suena polémico, pero la idea es que más o menos se les meta en la cabeza que si van a tener sexo, es preferible que de ello no venga una barriga, sobre todo en esos grupos donde las jovencitas paren un muchacho tras otro sin tener ni puta idea de cómo harán para mantenerlos, darle alimentación, seguridad o atención médica si la necesitan, convirtiéndose ella y los hijos en una carga para toda la sociedad.

   ¿Conseguir que en una barriada marginal dejen de nacer muchachos como conejo de los cuales todo el mundo debe preocuparse y ocuparse menos sus padres? No, no me parece mal. ¿Qué hay menos incidencias de sida o cáncer de cuello uterino? No, no veo el problema. Si quinientos pacientes en un turno en un año pueden reducirse a doscientos o trecientos, o simplemente mantener el número con el paso del tiempo y el crecimiento de la población, en lugar de otro hospital oncológico, o el gasto en medicinas para la inmuno insuficiencia, se invertirá en otra vaina, en otro problema social que deba ser atacado, como construir más escuelas en los lugares más inverosímiles para que el mensaje de prevención también llegue.

   Nunca podremos ganarle al cáncer, el sida y las adicciones, si la gente, los muchachos, los que vienen creciendo, no comprenden que todos y cada uno de esos problemas (incluido la carga de embarazos precoces o no planificados con los cuales no se sabe después qué hacer), son autogenerados. No es cosa de magia, mala suerte o brujería. La gente se crea su propio infierno. Cada quien teje su camisón y luego tiene que ponérselo. Y no estoy culpando a un sidoso de su problema (hablando de sexo, porque trasfusiones y accidentes son otra cosa), el sexo no es un crimen o un pecado que deba ser castigado por el Cielo… pero, sabemos, ya todos lo sabemos, que el sida existe, está ahí, a veces no se nota pero está, entonces no hay excusas para acostarte con una cara bonita o una sonrisa fácil para al otro día despertar llorando preguntándote cómo coño pasó esto.

   Es como con los embarazos adolescentes, ¿acaso esas cabezas de ñame nunca oyen de lo que le pasó a fulana y mengana, no ven novelas o miran a su alrededor? ¿Cómo, a estas alturas del siglo 21, una muchacha llega llorando a su casa porque se preñó? ¿Acaso no sabes cómo sucede, desconoce la mecánica?

   ¿O será que estamos condenados a jamás aprender y cambiar?

…NIÑOS, UN POCO MAS

Julio César.

CHICOS, CIGARRILLOS Y OTRAS PRESIONES

enero 10, 2010

EL 2000 Y LOS BUENOS DESEOS

   Nada como el primero del día…

……

   De entrada aclaro que no fumo, pero no tengo nada contra los que lo hacen. Es su vida. Sé que existe algo como el fumador pasivo, pero cuando una mujer decide vivir con un fumador, o bisconversa, ya hizo su elección. Para los demás están todas esas leyes y restricciones que nos inventamos para limitarnos: No fumar aquí. Punto.

   Fumar es un vicio tonto. Vicio porque activa neurorreceptores que producen falsa respuestas a impulsos químicos (la nicotina), el sentirse bien de forma artificial. Igual que el alcohol (me cuesta decirlo) y en mayor medida los sicotrópicos, aunque estos son peores, no sólo afectan los neurotransmisores, sino que los condiciona con las “neurodepresiones”, que dejan al organismo gimiendo por esa falsa dicha, esclavizando de una manera rápida. Fuera de eso, algunas van destruyendo las conexiones sinápticas mientras envician, causando daños cerebrales. Y sin embargo, cada día gran cantidad de jóvenes se deciden a probarlas a pesar de que sus efectos son ampliamente conocidos, documentados y siempre se conoce a alguien que se volvió mierda con ellas. ¿Por qué lo hacen?

   No me pregunto de porqué cae alguien en vicios tan idiotas, le encuentro sentido a tomar una cerveza sobre todo sí hace calor, pero ¿fumar? No hablemos ya de las drogas. Sería como explicar porque una mujer se casa con un sujeto que la maltrata y anula desde el noviazgo y termina abusando de ella; o porque un joven condiciona y sojuzga su personalidad a la de un “líder” que le grita haz esto o aquello, y lo hace aunque sabe que está mal y muchas veces no lo quiere; o en un sentido más amplio, tanta gente admira como mandatario al que grita, amenaza, vergajea y ofende, viendo en todo ello la figura del macho que les hace falta. Y en esto caen hombres y mujeres. En el fondo es debilidad íntima, la falta de carácter, una personalidad que jamás se desarrolló.

   Repito, no hablo de eso, hablo de jóvenes de trece, catorce y quince, que con miedo y dudas enfrentan la presión del entorno. Hay que recordar siempre que por más cariñoso y tranquilo que sea un chico o una niña, llegará el momento cuando su cuerpo dispare grandes cantidades de hormonas que bañaran su sistema nervioso de neurotransmisores, que le exigirán internamente gritar, llorar, sentir rabia, creerse una víctima, los deprimirá o violentará. Esas emociones que los adultos enfrentamos en la vida cotidiana, desde el que choca el carro con otro que iba distraído pero que después se molesta con uno, al que enfrenta a un jefe que abusa y no aprecia el trabajo. Los adultos (bueno, la mayoría), sabe cómo capear aquello, hemos tenido tiempo de madurar y “controlar” esos estallidos emocionales. Los adolescentes, no.

   Cuando llega a esa edad, el niño se siente un extraño, ya no se ve como parte de esa familia que le exige se comporte, que ayude, que  actúe como un adulto. Se siente solo y muchas veces necesita de otros que lo acepten como está, que le digan que está bien, que lo que siente es correcto porque “a mí también me pasa”. Todos buscan encajar (los solitarios son otro caso, simple unos, inquietantes otros, pero no hablo de ellos aquí). Esos chicos llegan y quieren ser parte de esos muchachos que parecen resueltos. Y es aquí donde, a veces, comienza la presión del grupo. No por maldad, el: “Vamos al centro comercial”. “Mi mama no me deja”, o “No puedo, me esperan para esto”. “No chico, vente, después le dice que estabas haciendo esto y aquello”. Es tan sólo una presión social, salir, hablar, reír, pasarla bien. Claro, están los que van a gritar, derribar botes de basura y halar barandas, es el mismo exceso de neurotransmisores que les exige hacer algo, y cuando están cargados ya no les importa cómo descargan, así sea en acciones negativas como el vandalismo o intimidación y agresión de los “débiles” de grupo. Aquí intervienen los frenos de conducta que los padres hayan insertado, o no, dejándolo que haga lo que le de la gana y sea una carga social.

   El muchacho llega, agrada y le agradan, se siente contento de estar con esa gente donde se ve reflejado, pero… le ofrecen cigarrillos, porque todos fuman, o una botella de guarapita (mezcla de ron o caña blanca con limón, naranjas o parchita), o el porro (hay insensatos que sostienen que la marihuana no es droga, tan atrapados están que necesitan desesperadamente justificarse delante de un mundo que los sabe débiles). Resistir es difícil. Ante la mano extendida sosteniendo el cigarro encendido con un: “Anda, dale una probada. Vamos, no seas gallo”, con todos mirándolo, todos esperando que ceda y sea uno de ellos, es duro resistir. Muchas veces, aunque no quiera, aunque no le gusten y aunque sepan o sospeche consecuencias adversas, el joven cede, porque no quiere que los amigos lo vean como un miedoso, un rompe grupo, un “marica”. Cede porque teme perder a esos “maravillosos amigos que son tan diferentes a la gente horrible que vive en su casa donde sólo oye exigencias y criticas”. Cede porque es más fácil que discutir el porqué no.

   Como dije, la presión existe y no siempre es algo como irse de pinta. Está el cigarrillo, el alcohol, el sexo… o las drogas. Drogas y sexo son peligrosos, las drogas por lo ya dicho, el sexo (no seguro, ese sí es mejor), por las consecuencias inmediatas. ¿Quién quiere una niña de trece años preñada, convirtiéndose en una pesada y desagradable carga?, ¿quién desea en el futuro cuidar a un hijo consumiéndose con un sida? Imagino que nadie, o nadie con tres dedos de frente, entonces algo debemos hacer. Padres y maestros deben intentar reforzar lo único que puede salvar al muchacho o la joven de caer en esos peligros por la presión del entorno: Reforzar la personalidad.

   Siempre he pensado que es tarde esperar hasta los 15 para que te hablen de sexo (mi primera vez fue a los 14, qué susto y qué grato fue, aún la recuerdo), pero como casi un cuarentón, veo que el mundo era distinto. Corrí con suerte, pude ser padre a los 15, porque a esa edad por mucho que te digan no recuerdas advertencias, no piensas en sí está sana o enferma, en sí se preña o no. No, el raciocinio se nubla y sólo queda actuar. Es por eso que ciertas medidas para contener dos problemas sociales (embarazos precoces de niños no preparados para la responsabilidad, y enfermedades como el sida), deben comenzar antes. A los once y doce. Con clases teóricas, pero también prácticas.

   Esto suena difícil de lograr y coordinar. Hasta de ser aceptado. Pero sí yo fuera ministro de educación, planearía a lo largo y ancho de este país que cada colegio con niños mayores de once, y todo liceo (bachillerato) programara visitas guiadas. Autobuses, maestros y muchachos. Rumbo a los hospitales. Y que allí vean a pacientes delirando, sucios y vomitados, víctimas de las drogas. Los casos más horribles, los consumidos por la “piedra”. Y paseos, respetuosos pero obligatorios a pabellones con enfermos de sida, esos de los que nadie, como no sea el Estado, cuida porque fueron abandonados. Que los vean temblorosos, débiles, manchados de tumoraciones de la piel, con ese aire febril de agonía.

   Es duro, pero lo creo necesario. Más allá del tiempo que tardarán en olvidar lo que se les dijo en un salón de clases, o leyeron en un libro, recordarán los gritos y el llanto del adicto, y recordarán la rabia silente y agonizante del inmuno deficiente. Eso se les grabará con mayor fuerza. Lo del sida, hablando de agujas y sexo sin protección, sirve también como tapón, en parte, para contener los embarazos.

   Como ya he dicho antes, si un muchacho y una jovencita deciden que quieren hacerlo, no habrán padres ni maestros suficientes para vigilarlos a toda hora o para impedírselo. Lo harán, pero por lo menos que cuenten con herramientas que los ayuden a bordear los peligros. Cada vez que se plantea algo como esto, que se les hable a los muchachos de los preservativos, hay quienes, con una total falta de sentido común, alegan que tal proceder es como darles una patente de corso a los muchachos para hacerlo. Miren… sí quieren y tienen la oportunidad, el no haber oído jamás de preservativos no los va a detener. A quien crea semejante idiotez debería impedírsele la paternidad ya que no está preparado para eso. Lo del preservativo es curioso, mucha gente cubre los colchones de los muchachos con plásticos para protegerlos, pero temen que los hijos se cubran. Eso habla de las prioridades.

   Pero sin entrar en tantas honduras, hay consejos fáciles que pueden ayudar a un muchacho a enfrentar presiones para que fume, tome licor o se meta algo peor (esto sólo sirve para aquellos que no quieran; los que lo deseen, por esos es difícil hacer algo como no sea brindarle la información sobre lo que puede pasar). Frente a la mano extendida con la botella o el cigarro, se puede decir:

   -No, chamo, eso no me gusta, no lo gastes en mí.

   -Eso sabe a basura, cómprame un jugo si quieres darme algo; y… ¿qué van a hacer después? (cambiar de tema restándole importancia al otro).

   O como escuché una vez a un carajo que estudió conmigo. Antes debo aclararles que estudié en un colegio que siempre creí típico, luego hablando con otros, entendí que la cosa no era así. Una de mis amigas, en el segundo año de bachillerato, me comentó una tarde que se había pasado la noche anterior en su casa, sola, con el hijo de una amiga de su madrastra, y que saltaban en las camas: “Y a él no se le ocurrió nada, ni darme un abrazo”. Y creo que apenas tenía catorce también. Pues este amigo, Rafael, bajaba conmigo de la azotea y le ofrecieron un cigarrillo:

   -“A mi esa mariquera no me gusta, pero si me gusta otra vaina, pega la boca aquí…!; y se apretó el entrepiernas. Era todo un caso.

   Cada quien enfrenta la guerra de la adolescencia cómo puede. Ojalá los padres ayudaran más en lugar de mirarlo todo como necedades de muchachos, empeorándolo con aires de suficiencia, impaciencia y censura.

REFORMA SANITARIA

Julio César.

DE NIÑOS Y SUPERHEROES

julio 30, 2009

EL 2000 Y LOS BUENOS DESEOS

SUPERMAN

   ¿Quién, y no siendo precisamente un niño, no ha fantaseado con tener habilidades especiales, y no digo de destapar una lata con un cuchillo sin rebanarse medio dedo, hablo de volar, por ejemplo. El poder realizar tareas extraordinarias, o tan sólo ser distinto a los demás, es una idea que ejerce tal fuerza y atractivo en tantas personas, que terminan causando trastornos. Entonces, ¿qué queda para un niño de cuatro, cinco u ocho años de edad? Son simplemente eso, niños; seres inocentes que aún no logran entender ciertas verdades, como que nadie flota, todo cae, y dependiendo de la altura, es peor. Que nadie puede detener un auto en marcha, o un tren. Que una capa de murciélago no logrará que cruces de un edificio a otro. No lo comprenden cabalmente porque son niños y creen notar a su alrededor la magia, y la desean. A diferencia del adulto, o de algunos adultos, no logran captar la diferencia. No sospechan que esas fuerzas en verdad no operan.

   Uno de mis sobrinos, de cuatro años, vivaracho y lleno de una energía feroz, en diciembre me tenía loco contándome que su mamá, mi hermana, iba a comprarle el reloj de Ben Ten, o Ben Diez. Algo así era. Era un reloj que usaba un chico que lo transformaba en lo que quisiera. Y estaba emocionado. Les decía a los primos que iba a hablar con su mamá (mi hermana), para que también se los comprara a ellos. Corría y gritaba apretándose la muñeca, ya en su mente tenía el juguete y podía transformarse. ¿Qué paso? A mi hermana se le olvidó, y cuando salimos a última hora a comprarlo (como en aquella película El Regalo Prometido) estaba agotado. Fue doloroso mirar su desencanto. De hecho me molesté mucho con ella y mi cuñado.

   Para un niño esas cosas son muy reales. Ven a sus héroes realizar proezas y desean imitarlas. De alguna manera es un primer llamado al lado bueno. Todos quieren ser el Zorro, Superman, Batman, La Mujer Maravilla, el Hombre Araña… nadie quiere ser Lex Luthor o el comandante Monasterios. Aunque con el Guasón de Heath Ledger, así como la Gatúbela de Michelle Pfeiffer, hubo sus excepciones. Sin embargo a eso aspiran en esos primeros años, como algo hay que nos invita, de niños, a desear ser policías o bomberos. En fin, metido dentro del disfraz, según estudios resientes, el niño se siente lleno de confianza, de una falsa confianza, y corre para saltar sobre sillas, se sube a árboles o intenta detener bicicletas. Porque es lo que ha visto. No se puede vigilar a un muchacho todo el tiempo, es imposible, no se puede controlar cada toma corriente o cada barandal de escaleras, pero cuando un niño lleva sobre sí el atuendo de su héroe favorito, el peligro se potencia.

   Se habla de estudios resientes, pero en antiguas revistas que he leído en el trabajo (¡guardan cada cosa!), ya se hablaba en los setenta sobre la influencia de los héroes maravillosos de la televisión. Eran documentados casos de niños que murieron arrojándose de árboles o ventanas, con una sábana atada a sus cuellos, prestos a volar. Y que imagen tan terrible, ¿verdad? El niño emocionado atando la sabana, transformándola por obra y gracia de su inocencia e imaginación en una capa roja, tal vez todo un traje, y lanzándose al vacío esperando elevarse hacia las nubes. Es algo aterrador. Y es justamente lo que el niño piensa, siente y ve, una realidad donde aquello que observa, por fantástico que sea, es posible. Un adulto sabe que bajo la cama no hay ningún monstruo, pero el niño también “sabe” que sí, que cuando sus padres están “el hombre del saco, el hombre sin cara” se oculta, para reaparecer luego atormentándolo. Para él es una verdad, por tonto e infantil que nos parezca, e ir enseñándole a ver la diferencia entre imaginación y realidad es trabajo, paciente, de los adultos.

   La recomendación para niños pequeños siempre ha sido la misma, mientras se les disfraza para una ocasión especial, se les dice que eso es tan sólo un juego, que no existen esos poderes, que eso sólo se ve en televisión, y que si se arroja o salta más allá de sus posibilidades se va a lastimar. Incluso se aconseja alzarlos un poco y dejarlos caer sobre sus pies para que sepan que ni vuelan ni flotan. Pero aquí volvemos a la lógica de otra edad: “tal vez sí me arrojo desde más alto, sí lo logre”. Por eso la vigilancia siempre es necesaria, porque aunque no se cuente con un disfraz, en sus mentes, cualquier toalla se transforma en el indestructible traje de Superman, sí a eso está jugando.

   Fantasía y realidad son límites que a veces no podemos diferenciar fácilmente, aún los adultos. A veces una persona defiende una idea que está condenada al fracaso porque no puede ver sus efectos, lo que desea que ocurra nubla la razón y sólo observa aquello que su mete espera ver, filtrando todo lo demás. Debe ser grato poder engañarse así. A veces. Pero sin ir tan lejos en el tiempo o en la sicología; allí están los que creen en la raza de gente lagarto que vive entre nosotros, y no hace mucho era documentado, en El Nuevo País, tours de asiáticos que al viajar a Estados Unidos, los niños preguntaban dónde vivía, tal vez con la esperanza de llegar y conocerlo, Bart Simpson.

CHICOS, CIGARRILLOS Y OTRAS PRESIONES

Julio César.

EL CÍRCULO DE LA MISERIA

junio 16, 2009

EL 2000 Y LOS BUENOS DESEOS

EMBARAZO ADOLESCENTE

   Cuentan quienes con él fueron, que cuando Hugo Chávez, presidente de la república bolivariana de Venezuela, realizó su primer viaje largo al viejo continente, en un vuelo sobre Alemania, este miraba totalmente extrañado hacia abajo y preguntó dónde estaban los cerros, dónde estaban las barriadas pobres. Creo que a nuestro Presidente le pasó como a mí cuando fui a Bogota y a Quito, la primera vez, aunque no exterioricé lo pensado. Me preguntaba yo dónde están los buhoneros con sus tarantines, ensuciando, obstruyendo el paso peatonal, ocupando las aceras. Al parecer los cerros cuajados de ranchitos miserables es tan fenómeno de ciertos países, como la buhonería lo es de Venezuela. Este comercio ‘informal’ tiene explicaciones: en Venezuela ya nada se produce, todo lo compramos, las fábricas han cerrado y ya nadie invierte por la costumbre del Gobierno de apropiarse de lo que sirve, sin pagar, incapaz como es de hacer funcionar nada. También le sirve para enviar cifras al mundo de la disminución del desempleo. Todo un éxito revolucionario, como se observa.

   Pero el punto es ese, son nuestros pueblos, estos de la America Latina, quienes parecen padecer en embate de la miseria que obliga a seres humanos a vivir como tejones en cuevas, o en racimos a punto de caerse en los cerros. No sé cómo será en otras partes, pero gran cantidad diaria de las víctimas de la violencia (desde atracos a peleas, o golpizas familiares) tienen su asiento en tales lugares. Hay zonas en Caracas donde las autoridades no se atreven a penetrar, siendo que se recogen los cadáveres de esa violencia que a nadie importa (en cierta forma se deja que la naturaleza corrija como pueda el problema de esos ‘pobres’; que mueran) cuando son llevados por familiares a las entradas de las barriadas. En muchos lugares sólo impera la ley de los caciques: “este es mi cerro y a mi gente no me la tocan”; o “este vino a echar vaina, dale plomo”.

   Muchas veces jóvenes, que en otras circunstancias tal vez se habrían dedicado al deporte, o a montar un tarantín por su cuenta, termina uniéndose a la pandilla, a la banda, adoptando la violencia, las drogas y el crimen como medio de vida para protegerse. O estoy sólo y soy una víctima (de robo, golpizas e incluso abusos de tipo físico y sexual), o soy parte de los que mandan. Muchas jóvenes, como mecanismo de defensa, de ellas y de la familia, terminan siendo queridas de malandros y asesinos… por protección en la esquina, en las escaleras que llevan al quinto círculo. Esto explica algo que muchas personas de buena voluntad no entienden: ¿cómo esa carajita se metió a vivir con ese malandro? O ¿por qué ese muchacho cuya madre tanto buscó de ayudarlo, termina en las drogas atracando gente? Por una parte está la necesidad de pertenecer y ser fuerte, por el otro… la marginalidad.

   Es problema es que ya es una subcultura, la de la miseria, y ella dicta sus propias reglas. La violencia del cerro que le resta divinidad a la vida, dando la sensación de futilidad, de “en cualquier calleja me matan”; lo duro de la pobreza extrema que roba sueños o que no deja tiempo para fantasear; y la falta de guías, conspiran para destruir, generación tras generación, los sueños de millones. La muchachita que llega a los ochos años en un cerro, que no se preocupa por estudiar o hacer oficios (porque nadie le dijo que lo hiciera, y porque no es divertido, y es trabajoso), en cuanto siente que le crecen los senos ya se cree una mujercita, que se está poniendo buena y tiene que exhibirlo con orgullo. Esas niñas, de once y doce, reconocen las miradas de codicia de hombres viejos, y de chamitos, y lo aceptan como un tributo a lo que son, hembras, mujeres. Una cosa lleva a otra hasta que terminan recostada en algún lugar. Si tienen suerte se casan con algún muchacho bolsa, o se va a vivir con él, hasta que paren. Uno, dos, tres… pero falta real, los muchachos gritan, ellas son jóvenes y ‘necesitan vivir sus vidas’ y mientras el marido anda por ahí, trabajando en cualquier tontería que nunca aporta suficiente, o malandreando, esas mujeres notan las miradas del que tiene un carro, un negocio o una banda. No es raro que se enrede con uno u otro, que destruyan eso que llaman hogar y le para hijos a otro sujeto. Y a otro.

   Y allí está, pariendo y al cuidado de una casa precaria, cuando la tiene. O arrimada en casa de otros, soportando gritos, o insultando a otros ella misma. Fue lo suficientemente mujer para conseguir un marido e hijos, pero no tanto como para que se le diera puesto, pero eso no lo entiende ni aún cuando va llegando a los treinta y tantos, y todavía cree que puede, abriendo la piernas, encontrar una solución. El problema está en la casa sin mucho de nada, en los muchachos que crecen, el varoncito que se echa a la calle a buscar algo de comer, dónde fumar o beber, a buscar su gente, y las hembras que crecen gritándose con la madre por los oficios, o notando sobre ellas, niñas como fue su madre, la mirada del marido de turno. Nadie le explicó que había otro mundo, ni a ella ni al muchacho. No pasará mucho antes de que la nueva camada de niñas se lance por su ‘lugar’, sonriendo con suficiencia y necedad ante las voces de advertencia, tal vez de alguien que sí quiere bien para ellas, alertándolas a no repetir la historia. Pero ya tiene teticas, ya es una hembra y “sabe cómo conseguir lo que quiere’; lo que nadie le diga se lo dictará la herencia, los genes que recibió de una y otra y otra que ha repetido la historia.

   Claro que llevo la cosa a los extremos, de cinco muchachas tal vez dos quieran estudiar, una sea sensata y aprenda a cocer, o sepa entender que quiere ‘una vida estable, su hogar’. Pero las estadísticas de la miseria se tragan esos casos en la masa bruta del problema. Tenemos barriadas enteras que únicamente sirven para existir, exigiendo comida, casas, electricidad, servicios… sin aportar nada. No hay médicos, mecánicos, agricultores, peluqueras ni nada en sus filas. Sólo sirven para estar, para ocupar el presupuesto de países siempre deficitarios que simplemente no pueden darle la espalda y cercarlos en cerros para que no salgan. Ah, pero son eficientes para traer más y más muchachos. Es que están programados, sólo eso saben.

   Por otro lado, este no es un problema de pobreza, es de marginalidad. La marginalidad que se manifiesta en irresponsabilidad y superficialidad para encarar la vida, dando legiones de personas incapaces de responsabilizarse ni de sus actos, siempre inconformes y molestos con los demás ‘por lo que me pasó’. Es muchas urbanizaciones de clase media y media alta, se observa al mismo muchacho bueno para nada, tan solo presto a la vagancia, y la muchachita que ‘ya está sobrada’; simplemente que ellos resuelven sus problemas de otras maneras. Para una está el aborto en clínicas, para el otro las ventajas del dinero. Si supieran todo lo que se ha luchado para que el vago que mató a Rafael Vidal, pague por su crimen.

   Como habrán notado soy terriblemente simplista en un problema que es muy complejo, y así mismo lo soy en la manera que veo de solucionar o al menos intentar paliar la situación. Psicólogos y sociólogos seguro ya han conceptualizado los problemas y sus causas, dando soluciones, pero yo no las he leído. ¿Qué hacer? Lo primero que hay que lograr es detener esa fábrica de marginalidad, tratar con lo que ya se tiene mientras se intenta reducir el número de la masa. En otras palabras, que vengan menos muchachos. Hay que atacar la cadena que pone en movimiento ese círculo de miseria: “nací pobre, sin educación ni guía, hago lo que mejor me parece, salgo a buscar mi vida, paro de uno, de otro, no tengo casa, ni un trabajo que cubra enfermedades, comidas completas, pero sí muchos muchachos, déjame buscar otro marido para ver si tengo suerte”, mientras los muchachos van creciendo pobres, sin educación porque no quisieron estudiar, y sin guía.

   En cada buena urbanización de este país, a pesar de sus muchachos marginales y negligentes; en cada barriada alejada y miserable; en cada caserío pobre… la mayoría de los muchachos tienen que pasar por la escuela, aprendiendo al menos las primeras letras. Los cuarenta años de democracia se encargaron de que hubiera escuelas y maestros, y que tal cosa se viera como mecanismo para aprender y acceder a una vida más fácil y mejor, mediante la preparación y la ambición. Pero para que el mensaje llegue, el muchacho debía quedarse durante los once años, lo que no funciona en casos de niños que hacen lo que les da la gana por falta de guía paterna, o que deben abandonar para ir a trabajar; estos no disponen de tiempo para escuchar lo que se les diría siete años más tarde. Es por eso que se impone una reforma radical de los programa educativos, que todo niño de seis y siete años sepa que el mundo no es simplemente su barriada, su calle, el cerro, el jeep, los malandros, que el mundo es grande y puede ser bonito, que más allá hay otra gente, parques, edificios, catedrales. Que quien aprende y se prepara se convierte en dueño de su vida, de su destino y puede hacer lo que quiera con ella, sin tener que vivir durmiendo en el suelo, rebuscando en la basura o mendigando. Se debe hablar claro y duro para que el mensaje llegue, ya que estos muchachos van a sufrir un choque cultural, lo que se les quiere decir y lo que observan en sus casas.

   Ya a muchachos, niños y niñas, de diez y once años, hay que hablarles del peligro de pensar que ya son hombres y mujeres. Decirle claramente a las muchachas que los cambios de sus cuerpos las harán víctimas propicias de cualquier sádico de la treintena para arriba o de muchachos caliente que quieran pasar el rato; y que tener sexo no es decir, ni sentir, que se quiere a nadie ya que hasta los perros lo hacen sin que signifique mayor compromiso (porque, para colmo, hay que enfrentar las ideas ‘románticas’). A cada muchacho y jovencita, después de los doce (es necesario) hay que decirles sin ambages qué son los embarazos precoces y sus consecuencias sobre la vida de los padres (hablando de la carga si es gente que no tiene ni para comer); hay que decirles claramente que “niña preñada es igual a muchacho escapado o desinteresado”; hay que hablarles de los peligros del aborto en un tugurio, del gancho de ropa. Que entiendan que si se acuestan y tienen sexo PUEDEN quedar embarazados, sin misterios, sin sorpresas: sexo puede terminar en una barriga sí no se tiene cuidado (hay que aclararle tonterías como las del biorritmo). Aclaro que no tengo nada contra las mujeres que desean embarazarse, si una persona ama la idea de la maternidad y puede darle amor y protección, bienvenido sea; ahora sí los quiere pero estos van a pasar hambre, padecer enfermedades y terminar como víctimas de un malandro, a esa mujer deberían practicarle una lobotomía para ayudarla.

   Aquí soy un poco más radical todavía, pero creo en verdad que a todo muchacho mayor de trece años debe decírsele que el sexo puede ser muy rico y lo más placentero del mundo, pero que se debe tener en cuenta que los hijos vienen de allí… aclarándole que no todo el que se acuesta para pasar un buen rato, debe terminar necesariamente embarazado. Que se puede tener sexo, mucho, mucho, mucho sexo, sin necesidad de que vengan los hijos (promiscuidad y enfermedades son un tema aparte, aquí se habla de detener la fábrica de miseria). A un muchacho se le tiene que decir que ahora es que está comenzando, que se entiende que la sangre y la carne le arden, pero eso no significa que tiene que salir corriendo como perro en celo sin pensar en barrigas. Que no tiene por qué embarazar a la primera con la que se acuesta, teniendo que cargar con ella y el muchacho por el resto de su vida. Que fuera de su barriada, y en los años que todavía le faltan, conocerá más y más mujeres. Que si decide tener sexo (qué lo tendrá, ¿quién se detiene en artículos a la hora de la verdad?), y lo hace sin preñar, tiene las manos libres para salir con la hija de fulano, la sobrina de mengano, la hermana de zutano (repito, promiscuidad es otra vaina, también lo que pueda pasarle con los familiares masculinos de esas chicas. Después de todo ese tipo de valores, en jóvenes y muchachas, vienen del hogar).

   Lo que se busca es que ese joven, vigoroso gañán, sepa que puede probar de muchos platos, disfrutándolo, siempre y cuando tenga cuidado de no dejar marcas en el plato. Igual las muchachas (todavía hay quienes creen que sólo los varones sienten ‘ganas’), deben ser advertidas. Te acuesta, viene la barriga. Pero también hay que terminar con cierto axioma que ha resultado más falso que billete de a tres: que con una barriga una mujer amarra a un hombre (Dios, cómo me río); aunque la historia de cada barriada demuestra la inexactitud de esto, aún se considera como posibilidad. No, a las muchachas después de los doce años hay que hablarles de otro mundo, que hay uno donde pueden ser tratadas como reinas, que no tienen por qué parirle al primero que pasa y terminar viviendo en una pieza de la casa de la mamá, gritándose y peleando con el cuñado y el suegro, o el padrastro. Que una joven que se prepara conoce a otro tipo de gente, en el instituto o la universidad, que una mujer que tiene un oficio que le de para casa y comida, pero también seguridad en casos de enfermedad o muertes de familiares, es dueña de su vida. Que una joven bonita, dueña de su vida porque no necesita ser mantenida, libre y sn compromisos, puede reunirse con otra e irse para Margarita, a parrandear, y en tangas pasearse por allá, siendo atendida por los gañanes. Puede soñar con ir a Bogotá a pasar una noche de rico frío abrazada de la persona que le de a gana; o ir asolearse a Miami, donde dicen que están la gente más hermosa físicamente del mundo. Que una joven que se empeña puede ir a Roma, pasearse por París, porque para quien quiere el mundo no tiene límites, y que el mundo no es el callejón, el cerro, el final de las escaleras.

   Ojalá fuera así de fácil, ¿verdad? Pero lo que se busca es crearles inquietudes; si diez niñas de doce van a parir dos o tres muchachos antes de llegar a los quince, y se evita que cinco lo hagan, ya es un logro. Por eso hay que sembrar la inquietud en sus mentes jóvenes “¿por qué tengo que terminar así?”. Y se dan casos, en las pasadas elecciones municipales en lo que se llama la Gran Caracas, el Gobierno perdió el bastión de Petare, una zona que alberga los barrios más coloridos de este país. Y los sociólogos alegan que el cambio vino porque quienes viven en Petare deben cruzar media Caracas para llegar al Centro a trabajar, y que mientras lo hacen, cruzan por Baruta y Chacao, zonas hermosas y ordenadas donde lo primero no es la política sino el trabajo comunitario, cosa que llevó a muchos petareños a cuestionarse: ¿por qué ellos sí pueden y nosotros no?

   Así sea por observación y envidia, la gente quiere cambiar, mejorar. Tan sólo es necesario encausar esas fuerzas y tal vez se logre eso, un cambio. Y lo dejo así, esto quedó demasiado largo.

DE NIÑOS Y SUPERHEROES

Julio César.

PASEOS ESCOLARES… SIDA Y DROGAS

abril 5, 2009

EL 2000 Y LOS BUENOS DESEOS

paseos-escolares

   ¿No amaban y odiaban esos paseos escolares? Ah, yo recuerdos dos muy especiales. Uno fue en la primaria cuando nos llevaron al Campo de Carabobo, en Valencia. Partimos del colegio a la siete de la mañana, a medio camino nos dieron un desayuno de esos que vienen en bolsitas de plástico, un sánguche, un jugo y una fruta. Manzanas, creo. Pero algo debió estar mal con esos alimentos, mucha gente se sintió indispuesta, se marearon y… cuando llegamos a Valencia todos teníamos nauseas y el autobús olía a ácido gástrico. Pobre del que le tocó asearlo.

 

   El otro viaje fue, en el bachillerato, un paseo de estudios (como pasa en las películas norteamericanas, donde a los muchachos los llevan a museos e institutos; no creo que eso se haga aquí); fuimos a la casa natal del Libertador, aquí mismo en Caracas. El lugar no era nada del otro mundo, y menos rodeado como estaba de borrachitos y gente en las calles. Lo cumbre fue cuando el guía comenzó a hacernos preguntas sobre la vida de Simón Bolívar, y del periodo independentista, y no sabíamos nada. Parecía una excursión de mudos. Cuando interrogaba sobre algo se escuchaba el croar de las ranas. Únicamente un muchacho, Cardona, colombiano para más señas, contestaba. Recuerdo a la profesora de Historia, Josefa Machado, pelándonos los ojos, toda roja de callar su sofoco. A decir verdad por esa época no me gustaba la historia de Venezuela; comparada con las guerras mundiales, las cruzadas y la revolución francesa, era como aburrida. Más tarde descubrí su belleza, justo por un libro que no era de historia historia (más bien una épica): “Venezuela Heroica”. En ese momento comenzó a gustarme.

 

   Estos viajes están bien, todo muchacho debería hacerlos; no hay momento más divertido que cuando se sale con esa gente alegre, despreocupada, sin temores del futuro ni nada de eso que luego ensombrece nuestras vidas, es decir, los condiscípulos. Todo era gritos (Dios, cómo hacíamos ruido); se iba a esas excursiones para pasarla bien, y aprender era algo que no nos parecía precisamente divertido. Aunque lo es. Pero, y me perdonan la manida frase: esos eran otros tiempos. Esos viajes, tal vez, cumplían una función, pero ahora la tarea debe ser otra. Los jóvenes (de once, trece, quince) se enfrentan a un mundo más peligroso, o que tal vez siempre estuvo allí pero ahora se exacerba a límites casi escandalosos. Y a esos nuevos individuos debemos prepararlos para, si no entenderlo, al menos conocerlo: la vida es seria, la vida es grave.

 

   La dinámica de estos tiempos, en mi opinión, impone salidas escolares menos esotéricas, y más focalizadas en problema inmediatos. Como hemos comentado, el muchacho siempre es muchacho, va descubriendo un mundo y sus posibilidades de placer y gozo, egoístamente cree que todo está para ser usado y disfrutado, cosa que lo hace temerario e irresponsable sin pensar en las ramificaciones. Simplemente eso no cabe en su mente, y es algo que los adultos, muchas veces, parecemos no entender. Para un muchacho, o una chica, es imposible entender, o creer, que para todo aquello que diga o haga, habrá consecuencias. El “eso no me pasará a mí, es imposible”, es un credo tallado en sus cerebros, y en consecuencia responden a los estímulos. Para un muchacho de trece, cansado de masturbase viendo películas o revistas, hablando de ello con otros, de presentársele la oportunidad en un callejón oscuro, con una muchacha de la que nada sepa pero que la sospeche de lo más ‘liberal’, (o una tipa, por decirlo así, a quien no conoce y jamás había visto, con pinta de haber toreado en muchas plazas miserables) no llenará su mente de consideraciones éticas o morales sí lo invitan a usar su pieza; ni habrá temor que lo detengan. Embarazos, sífilis, SIDA… nada de eso entrará jamás en su cabeza, y menos en esos momentos cuando nota que unas piernas se separan; y los adultos que no entiendan eso, están condenados a fracasar en sus intentos de prepararlos o ‘ayudarlos’ a transitar con el menor daño posible. Los deseos del joven o la muchacha siempre estarán en primer lugar, y tomar caña con amiguitos, eso que intoxica, quita los miedos, envalentona y te acerca más a otro, será algo grato que le brinda bienestar, y continuará tomándolo; tocar o ser tocado de forma que excite y de placer, seguirá practicándose. Lo demás es querer creer en imbecilidades. Y de los imbéciles, me perdonan la crudeza, es mejor alejarse.

 

   Debemos utilizar la escuela para corregir estos problemas sanitarios de carácter social. Desde el primer año del bachillerato, o séptimo año como se le dice ahora, en cada colegio de cada pueblo de cada estado de todos los países de nuestra Latinoamérica, debe hablársele a los muchachos sobre tres cosas fundamentales: sexo sin protección como causante de embarazos precoses y su relación con las enfermedades venéreas, incluyendo el SIDA; de las drogas y del alcohol. Lo de los embarazos deberá corregirse solo, fuera de alguien joven que vaya y llore de forma desgarradora contando de cómo se le jodió la vida pariendo a los trece o catorce, no se me ocurre nada para alertar a los que vienen levantándose. Y esto es grave y hasta… desconcertante. En un rancho miserable una chica de ocho años ya ve y entiende que no hay comida, ni ropas, ni nada de nada; no hay nunca nada suficiente para todos, excepto hacinamiento y pobreza. Pero al llegar a cierta edad, va y busca quien la preñe sin resolverle el dónde llevarla o de qué vivirán. Parece una maldición, y no creo que sea únicamente idiotez como muchos sostienen. El problema es más grave. Es el transitar del Círculo de la Miseria, algo dinámico y vivo, que está allí en medio de nuestras barriadas. Pero para los otros problemas si hay paliativos, efectistas y hasta alarmantes, lo sé, pero necesarios. Cada liceo de este país, desde La Guajira hasta Cumaná, como dice la canción “María Lionza”, debe coordinar viajes a hospitales donde se observen ejemplos en vivo de estos desarreglos sociales.

 

   Llegarse, en fila, silenciosos, maestro al frente, hasta el ala donde estén internados enfermos terminales de SIDA, delgados, demacrados, picados de tumoraciones, con rostros de tortura interna. Que los vean, que lo sientan, que sepan qué es el SIDA (qué si da), y su relación con trasfusiones de sangre, el uso de agujas compartidas… y el sexo no seguro. Y que se especifique que no se habla de la píldora o el diafragma, sino de los preservativos. Esto siempre es tema de controversia, hay quienes sostienen que esto es algo privado que cada familia debe decidir, y hasta cierto punto es cierto. Un enfermo de SIDA es un padecimiento de una familia. Cinco mil casos, lo son del Estado y el país, que debe estar pendiente de la llegada de medicinas, de brindar centros especializados y ‘mano de obra’ para atenderlos, entre otras cosas; ya no es algo de una familia. Cuando un país enfrenta un problema en el orden de los miles, sin saber exactamente cuántos seropositivos hay, y sí estos se cuidan de no transmitir la enfermad (a veces ni lo saben), ya se habla de un problema de salud pública, por lo tanto los correctivos deben ser implementados por la sociedad. El SIDA aún no es curable, pero sí puede evitarse o prevenirse, al menos hasta ciertos puntos.

 

   No hablo de que se les de un permiso de corso a los jóvenes para que tiren como conejos al eliminar el factor incertidumbre dándoles una falsa seguridad… eso de todas maneras va a suceder así se rece a la virgen María todas las noches; lo que debe entender el hombre o mujer de buena fe que recubre un sofá de plástico, o un colchón, para protegerlo pero se aterra de hacerlo con los hijos, es que estos únicamente oyen una parte de lo que les dicen, por muy serio o responsable que parezca. Por muy maduro que sea un joven de catorce, en una excursión a la playa, donde una compañerita de clases esa noche en la arena le diga que no quiere regresar con los demás, y le sonría, olvidará hasta el nombre de su mamá (ah, qué recuerdos, todavía no puedo ir a una playa sin sonreír).

 

   Por muy espinoso que sea el asunto del condón, es preferible tratar con él que con sus otras alternativas. No es lo mismo lidiar con una joven que se cree lista y sale con uno y con otro, que lidiar con esa misma joven y luego tener que gastar lo que se tiene y lo que no es costosos tratamientos para el SIDA, o sufriendo al verla consumirse, mancándole la vida, y de paso la de los padres. O teniendo que críale al hijo. No sé si resulte en una ‘permisividad’ más inquietantes, pero la idea es que esos jóvenes de doce y trece años vean el dolor, las llagas, la sombra de la muerte en esas personas internas en un ala de enfermos terminales, porque mucho después de que se olviden de lo que padres y maestros digan, de lo que leyeron (sí es que leyeron) o miraron en televisión, esas imágenes los perseguirán durante mucho tiempo. El SIDA es real, está allí, al igual que los embarazos precoces, y el único remedio contra uno y otro, son la prevención y el cuidado de cada muchacho o jovencita.

 

   Igual ocurre con las drogas y el alcohol. Deberían programarse excursiones a lugares especializados, pero no para hablar con ellos. No, deben llegar para observar casos puntuales, aquellos que gritan, vomitan, se orinan, insultan y se arrastran por efecto de las drogas (o su falta); que miren hasta donde pude caer una persona, hasta convertirse en un animalejo torpe, una piltrafa. Que los vean sucios, gritando, enloquecidos en garras de su vicio. Que las imágenes de esa gente revolcándose, que el sonido de sus gritos y llantos los acompañe más allá del resto de año escolar. Sí dos o tres jóvenes, destinados por la suerte a caer en ello, no lo hacen, algo se logró.

 

   SIDA y drogas, son desequilibrios costosos, que crean legiones y legiones de seres necesitados de cuidados y atenciones. Si tenemos una ciudad, un país, un mundo donde no se observan  prácticas correctivas como políticas sanitarias continuas y sostenidas, siempre tendremos más enfermos y necesitados de atenciones que médicos y recursos. Y esos recursos que podrían utilizarse en otras cosas, quedan amarrados en mantener a gente que no se sabe si mejorarán. Entonces, en lugar de lamentar el problema en casa, en lugar de confiar en que “hablé con ellos, con él y ella y entendieron”, se puede intentar algo práctico para corregir o prevenir el problema. Esto ocurre en todas partes, aunque no se hable de ello. Hace tiempo en un prestigioso colegio caraqueño, de clase media alta, se desató ese horror. Una mujer entró al baño de su casa y encontró a su hijo muerto, ahorcado. Dejó una nota: sospechaba que tenía SIDA. El drama vino cuando se supo lo promiscuos que era, él, los compañeros y las chicas dentro del instituto, mucha gente cayó bajo observación. Y muchos enfermaron.

 

   A uno sólo le queda imaginar la espantosa impresión de esa mujer que abrió la puerta y lo encontró allí, colgando, frío, muerto. Ella, que lo parió, lo acunó y lo amó mucho antes que otros. Muchos recuerdos debieron aflorar a su mente en las horas siguiente. Seguramente se culpó, o responsabilizó a otros, pero ya era tarde. Para ella y para su muchacho. La verdad es que por mucho que se dicten talleres, se miren cintas o se ordenen investigaciones en clases… todo eso parece ajeno, lejano; nadie aprende en cabeza ajena. Nadie. Por ello tantos errores se repiten. Todo joven cree que se las sabe todas, qué con él se inicia el mundo, que sabe cómo actuar y que jamás nada malo le ocurrirá. Pero eso no es verdad, los adultos lo sabemos, o deberíamos saberlo sí es que algo aprendemos mientras vivimos; entonces, muéstrale a sus ojos lo que puede ocurrir en verdad. Que tenga elementos de juicios para decidir que camino seguirá, lo que quiere.

 

EL CÍRCULO DE LA MISERIA

 

Julio César.  

CONSTANCIA, ALGO QUE NO ES CONSTANTE

noviembre 2, 2008

EL 2000 Y LOS BUENOS DESEOS

   Tengo una amiga notable, ya más cercana de la cuarentena que de los treinta, quien durante seis años tuvo tres ‘novios’ medio serios; de cada uno de ellos dijo era el ‘indicado’. Sin ánimos de entrar a juzgar su mentalidad o moralidad, se puede decir que no era muy acertada a la hora de elegirlos, eran sujetos que todos notaban fallos en algo. El que no era flojo era un mentiroso. Uno incluso la robó. Pero durante esos seis años, mi amiga tuvo una meta: tener su casa propia. Y la construyó. Consiguió un terreno y lo aplanó, abrió zanjas, cargó material, sembró cabillas y bases, y durante esos seis años fue levantándola. Lo sé porque cómo molestaba a familiares y amigos demandando ayuda, bastante que me tocó cargar ladrillos, grava y cemento. Pero era un trabajo… aunque duro, grato. Por suerte ninguno era flojo, comenzando por ella. Durante los seis años me tocó ver de tarde en tarde a uno de los ‘novios’ laborando allí, los vi llegar y los vi marchar. Durante seis años su vida emocional fue un desastre de inestabilidad… pero el trabajo de la casa no se detuvo jamás. Deseaba una casa, tardó, ahorró, pidió favores, obligó a los ‘novios’ en su momento a trabajar; me tocó verla desalentada por la falta de materiales, deprimida viendo un techo que no podía tender aún, pero un día estuvo lista. Cómo celebramos, y qué contenta estaba. Durante seis años no cejó, y lo logró. Porque perseveró, tuvo una meta y no se desvió de su camino.

 

   En estos monólogos “hemos” hablado de la relación que ahora se hace en el Primer Mundo sobre la necesidad de invertir la vieja tendencia de dar prioridad a la salud sobre la educación, aquello de que la gente debía estar viva y medio sana para ser educada resultó un disparate. Tal primacía resultaba falsa por el simple estudio de las estadísticas mundiales: cada día hay un número creciente de enfermos y de aquellos que necesitan de atenciones. Por ello hubo (allá, aquí en el Tercer Círculo no hemos comenzado aún) que atacar el problema sanitario desde las escuelas con la “prevención”, donde se advertía sobre esas potenciales enfermedades que siempre acechan, las que vienen de la promiscuidad (¿cómo una palabra tan sonora y exótica puede ser mala?), a los cánceres, diabetes y enfermedades coronarias. Pero al lado de estas patologías evolucionan otros problemas como la verdolaga, los desajustes sociales, como la pobreza extrema (gente que literalmente come basura cuando no mueren simplemente de hambre), la delincuencia, el cinturón de la miseria y la poca preparación para enfrentar el mercado laboral con la que sale un bachiller del colegio.

 

   Una de las atrofias mentales con la que acentuadamente se levantan nuestros países, año tras año, es ese viejo cáncer que ha minado buena parte de Latinoamérica: la carencia de sentido común para encarar el futuro por propios pies, o con los pies sobre la tierra. Nuestro suelo es rico en minerales que el Primer Mundo codicia, pero también de gente que cree que todo lo merece sin necesidad de trabajarlo; o sin tomar en sus manos la responsabilidad de lo que ocurre con sus países. Imaginamos, en nuestra simpleza intelectual, que los países industrializados llegaron a semejante lugar por magia, o ‘abusando’ del Tercer Mundo. Si tal cosa fuera cierta, simplemente nos limitaríamos a invocar a los dioses del Sorte, por nombrar únicamente a Venezuela, y explotaríamos a otros (muchos ‘presidentes’ de la zona harían lo que fuera por ser ‘presidentes’ para siempre y recibir unos cuantos dólares, no sería difícil) y nos levantaríamos industrial y técnicamente sobre ellos. Pero la verdad es que tal premisa es falsa.

 

   Nos encanta echarle la culpa a otros de nuestros fracasos, de la miseria y desigualdad, del atraso, de ‘mascar’ hoja de coca para engañar el hambre, o llevar gente engañada a haciendas en un monte lejano para explotarla como mano de obra esclava. Nos encanta odiar a Estados Unidos, y en menor medida al Canadá, porque son ellos “los culpables de lo que somos, o al menos de dónde estamos”. Nos gusta eso porque es cómodo, es fácil decirlo y creerlo, y aleja de nosotros la responsabilidad individual y grupal. No nos gusta pensar que son nuestros arranques de correr tras cada charlatán que promete incendiar la sabana, o ‘resolver’ esto, sin decir cómo o cuándo, o con la promesa de que se irá al carajo si no lo logra en tanto tiempo, pero luego no lo hace; nos encanta el que grita, el que parece “macho” y habla golpeado, aunque sea de hecho un imbécil, un delincuente o un charlatán. Por esa falta de sentido común estamos condenados a no avanzar, a no prosperar; la población aprende a conformarse con la medianía y luego cae en la mediocridad. Un cerro comienza a llenarse de ranchos horribles y nos disgusta, pero nada se hace, se llena ese, y el siguiente y el siguiente y ya ni reparamos en ello, porque se transforma en el trasfondo de nuestras vidas, un ejemplo de que no podemos resolver nuestros problemas ni planificar nuestras vidas o destinos. Entonces, ¿para qué darse mala vida pensando en eso, o intentando revolverlo, si podemos odiar y culpar a los gringos?

 

   Siempre estamos comenzando, siempre estamos de estreno, siempre vamos “a hacer”, y cuando se dice “se hizo” y se va a revisar, se ve la mala costura (casi siempre en tiempos electorales). Se nos ha ido la vida esperando comenzar, iniciar, relanzar. Hemos visto llegar uno y otro régimen y los problemas que existían, que sabíamos cuáles eran, dejaron de enfrentarse, se les permitió crecer y estos degeneraron en otros que ahora nos asfixian: ciudades cercadas por círculos de miseria que aportan malandros, crímenes, pero sobretodo gasto material, gente que necesita médicos, maestros, carreteras y servicios básicos, aunque no aporten nada en forma de trabajo, ahorro o simple esfuerzo. Está la madre adolescente con el muchachito llorando, molestándola cuando ella sólo desea pensar en el otro “novio” que le dejará otro muchacho llorón. Está la gente que espera resolverse en los botaderos de basura, peleando con perros y zamuros, pero que no consideran ni por un segundo en irse a carga cajas en un mercado, trabajando. Y están los huele pega, gente que por diversas razones rodaron hasta convertirse en un problema, como los mendigos o los enfermos mentales arrojados a las calles. El problema crece mientras escribo o ustedes leen, porque nace otro y otro y otro muchacho, ninguno planificado, en hogares donde no hay qué comer, qué vestir, y muchas veces falta hasta el techo (Dios, parece que no saben que se puede tener sexo por el simple placer de tenerlo sin embarazarse), en medio de gente que no se siente totalmente responsable de eso, ni de los que van llegando, y peor, que sienten que los demás “les deben algo”. ¿Qué país avanza con tan pesada carga social, con un pasivo humano tan grande que nada aporta?

 

   Nuestros gobiernos de forma perversa, porque no cabe otra explicación, incentivan esta manera irresponsable e irreflexiva de pensar: “No, no son ustedes responsables ni culpables de lo que ocurre, son fulano, los ricos, los oligarcas, los medios, los políticos de antes, el Imperio”. La culpa se sitúa donde conviene, según el grupo que se quiera destruir mientras se desvía la atención de los errores garrafales propios. Es desconcertante ver a gente tan disímil como la señora Cristina K, a Evo Morales o Rafael Correa caer en el exabrupto, con una total falta de imaginación, se pensaría, pero sabiendo que les funciona. Personalidades patéticas y claramente patológicas como Hugo Chávez y Daniel Ortega ni vale la pena estudiarlas.

 

   Como ya lo he expresado, un país no puede recomenzar indefinidamente, no se puede comenzar siempre, porque entonces ¿cuándo llegamos a donde queremos? Si sembramos una mata de mangos y la vamos cortando año tras año cambiando de fruto, ¿cuándo los recogemos al fin? El problema que ha afrontado América Latina es de complejos de inferioridades y traumas sociales, ya que nuestras llamadas capas intelectuales han estado muy por debajo de las capacidades y las exigencias, tal vez por la forma en que fueron ‘formados’ por las viejas escuelas marxista que obligatoriamente los hacían dependientes del imperio soviético y su forma de ver el mundo, el gran hormiguero donde unos trabajaban mucho por nada y los zánganos la pasaban sabroso. Recuerdo que cuando liberaron a Ingrid Betancourt en Colombia, ‘intelectuales’ de izquierda en Venezuela dijeron, así, con llaneza, sin ruborizarse, de corazón, que eso debió ser cosa de los norteamericanos o los israelíes, porque era imposible que el miserable ejército de un país del lamentable Tercer Mundo hiciera algo tan perfecto. Son esos complejos y traumas los que mancaron a toda la región, y de la que tanto cuesta salir, como lo es siempre de toda prisión mental.

 

   Pero nosotros no somos líderes mundiales, lo único que podemos hacer es cambiar esa realidad fabricada a nivel local, a pequeña escala, en nuestros barrios, en nuestros colegios y con nuestros muchachos. Y la tarea debemos enfrentarla nosotros mismos. Debemos intentar, en la casa y en la escuela, que todo niño entre cinco y hasta que sale a los diecisiete años del bachillerato, escuche todos los días que quien no se prepara para enfrentar el futuro está condenado a ser un sirviente en esto o aquello, doblando la espalda siempre en lo ajeno, resignado, o tal vez rabioso; que quien no aprende a pegar un bloque, o planchar una camisa al menos, está condenado a no servir para nada y suya será la culpa de su futuro. Que la suerte y el azar pueden auxiliar, pero que jamás se puede esperar que la vida se resuelva por un golpe de suerte, o por una rezadita al Cielo; que ni velas a santos o la casualidad son garantías de nada y que sólo el necio y el insensato pueden contar con ello. Pero más importante, algo que a esos niños desde el primer hasta el ultimo año de estudios, debe remachársele día a día: que en todas las cosas de esta vida, cualquiera que vayan a afrontar, desde una relación de pareja hasta un trabajo, la clave es el esfuerzo, el trabajo continuo y constante, la meta vista claramente y el camino trazado para alcanzarlo.

 

   Se les debe repetir todos los días que no se puede comenzar vez tras vez o no se llegará nunca a ninguna parte; que el futuro se planifica, que quien sueña con convertirse en el rey de la mandarina debe pensar en el terreno que quiere o necesita, pensar en cómo limpiarlo de maleza y preparar la tierra, en cuántas plantas necesita, qué tantos huecos debe cavar, cuántas sembrara por día, de dónde saldrá el agua y asegurarse que se rieguen, ir podándolas, liberándolas de insectos, recortando montes y enredaderas de tanto en tanto, y en cosechar. Que las metas se consiguen así, planificando, con esfuerzo, con tesón, trabajando día tras día. Debemos meter en esas cabecitas de nuestros suelos que nada cae realmente del Cielo, que esperar limosnas es vergonzoso, e inútil, el dinero jamás alcanza para tantos durante mucho tiempo, y el hambre siempre está allí, así como las enfermedades que se combaten con medicamentos, y que la vida puede ser buena, o al menos cómoda, cuando uno puede procurarse las cosas que le gustan con lo que ha ganado. A todo niño, varón y hembra, debe repetírsele esto hasta que lo entiendan y lo computen. Debemos terminar cortando en cada escuela de cada ranchería, poblado o ciudad de nuestra América Latina, con ese pensamiento irresponsable de que las cosas van a salir siempre bien de alguna manera sin necesidad de que enfrentemos y afrontemos nuestras vidas. O que si no resolvemos nada, al menos nos quedará el consuelo de ver jodido a los demás, bastándonos con eso, o echándole la culpa a todos los demás, a ‘ellos’ por todos nuestros males.

 

   Producir, crear bienes y fuentes de trabajo, favorecer el ahorro y la seguridad social con planes simples y sostenibles, son metas que no parece, muchas veces, el objetivo final de nuestros gobiernos; aparentemente la única es asegurar control político desde el principio, acallar a quien se queje y utilizar a discreción el poder del Estado. Pero en los gobiernos serios un presidente no puede inmiscuirse en la decisión de un tribunal federal, no hablemos ya de un tribunal supremo, sin ser reprendido; países como Inglaterra y Estados Unidos cuentan con constituciones que han cumplido más de doscientos años, pero en los nuestros estas tienen que ser remendadas como un trapo viejo según vayan asentándose cada grupo en el poder; y lo más patético es que la gente parece creer que eso basta para resolver algo. De nuestros colegios deben salir niños entre cinco y diecisiete años de edad que sean capaces de entender la diferencia que hay entre ser ciudadano y un simple habitante, o cuál sistema medio funciona y cual no. Lo demás es que creamos que en verdad hay algo en los genes que nos condena al fracaso.

 

   ¿Será soñar? ¿Será tan difícil? De nuestros hogares y escuelan deben salir niños que visualicen el futuro que quieren, el país que desean, con ciudades modernas sin cinturones de miseria; con servicios públicos que funcionen, donde los colegios sean tan buenos que no halla necesidad de invertir en la privada, ahorrando o gastando en lo que dé la gana ese dinero; abriendo fuentes de trabajo; asegurando cada país su capacidad para procurarse alimentos; determinándose qué tanto territorio será urbano y qué tanto campo, con hectáreas para cultivos y cría de ganado, asegurando incluso aquellas que serán parques nacionales intocables para asegurar la preservación de las aguas e incluso la producción de oxígeno. ¿Quimera? No, sensatez. Planificación, trabajo y constancia debe ser la máxima que se repita en cada colegio como fórmula para reorganizar cada territorio; pero únicamente será posible sí cada persona entiende que tiene una responsabilidad individual hacia sí mismo, los suyos y su tierra. No queda otra.

 

PASEOS ESCOLARES… SIDA Y DROGAS

 

Julio César.

PADRES E HIJOS ADOLESCENTES

julio 20, 2008

EL 2000 Y LOS BUENOS DESEOS

   Hace unos ocho años atrás, Esperanza, una niña del piso donde vivía para esa época, me dijo con media voz y todo apenada, que deseaba que yo fuera su padrino de bautismo. Me sorprendió saber que aún no lo estaba, y acepté. Era una niña linda y yo me llevaba bien con sus padres, sobretodo con  Nelly, la mamá, mi comadre ahora. La niña se convirtió en una muchacha espigada, toda piernas, y ahora es una joven señorita de catorce años, los quince están a la vuelta de a esquina. Ya no vivo en ese lugar pero de tanto en tanto la visito y la animo a que me llame si tiene algún problema. Hace poco una hermana mía me dijo que hablara con ella porque andaba muy rebelde y contestona, teniendo incluso problemas en el liceo. Todos dicen que está en esa edad de enfrentamientos, no quiere obedecer y se la pasa en la calle con la amigas. Ese problemón, pues.

 

   La llamé y hablamos. Nelly, la comadre, se divorció (lo sabía), quedando con tres muchachos, de los cuales Esperanza es la menor. El pequeño apartamento de tres habitaciones mínimas había quedado holgado cuando Marta, la mayor, se casó y se fue; a mí nadie me quita de la cabeza que lo hizo para no vivir más con Nelly, quien ahora salía con un muchacho que a veces se quedaba en el apartamento. Nada del otro mundo. Lo que ahora ocurre es que Marta regresó, divorciada a su vez, con un bebé. Y Esperanza tuvo que dejarle su cuarto e irse con Nelly, ya que con Esteban no podía dormir, un muchacho medio malandroso, de diecisiete años. Es por ello que Esperanza anda rebelde, molesta, inconforme, gritando y discutiendo con todo el mundo, prefiriendo estar más tiempo fuera que dentro de su casa. Y en nuestra cultura eso es peligroso, porque aunque ella me dice que no, que quiere estudiar, ya tiene su cuerpecito y muchos la miran al pasar. Me aterra pensar que alguno pueda prometerle villas y castillas, y que ella se vaya tras él para escapar de su casa en un momento de furia o depresión.

 

   Intenté hablar con Nelly, que entendiera que lo que sucedía no eran simplemente malacrianzas de una niña grande, sino algo más complejo. Dentro del pequeño apartamento, Esperanza tenía su cuarto, su lugar, su espacio, su mundo propio, uno donde podía encerrarse a estudiar, leer, hablar por teléfono o hacer lo que le diera la gana. Ahora no. Ahora lo comparte con una madre a quien puede fastidiarle el que hable por teléfono, o que vigila más de cerca la ropa que usa, el maquillaje o sus amistades. Fuera de la mayor carga de parientes. Ya no son solamente los tres, Nelly, Esteban y ella, ahora están Marta, el niño y el novio de la mamá. He comprendido que es difícil que la gente entienda que los muchachos que gritan, son propensos al llanto, al mal humor, las tristezas súbitas e incluso a la agresión, no son simplemente ‘niños’ desafiantes o exagerados frente a la vida; médicamente se habla en la adolescencia de un exceso hormonal, incuso de la adrenalina, que les imposibilita controlarse muchas veces, incapaces como son por falta de experiencia, de asimilar semejantes impulsos cuando se siente atacados o amenazados, llegando a responder con violencia.

 

   Una de las quejas más reiteradas de los muchachos es la intromisión de todos en sus vidas, sienten que no tienen descanso ni paz. Pero quien se toma la molestia de oírlos (no me gusta mucho hablar con gente menor de dieciocho, no los entiendo), comprenderán que lo que desean es un momento de tranquilidad, para pensar en lo que desean, lo que quieren. Muchas veces sólo necesitan silencio, no ser vistos ni que les hablen, que se les deje a solas. Es una aspiración normal, tienen mucho en que meditar. Cuando un joven exige a gritos más privacidad simplemente pide calma, un momento de sosiego, tal vez para pensar en qué es lo que le pasa, por qué se siente rabioso, incómodo, poco apto o capacitado, o hasta menos dotado de ‘gracias’. Una aspiración normal de un muchacho es tener su mundo, un cuarto para sí. Es posible que el llanto de un niño moleste, o el que se le deje encargado muchas veces de vigilarlo, o las discusiones con un hermano que toma sin pedirlo sus cosas… Y es aquí donde debe entrar en juego la guía de padres y maestros, a ese adolescente debe explícasele que esa es sólo una faceta de la familia, los problemitas, las incomodidades momentáneas, pero que como núcleo, este es el grupo más importante para él o ella ya que son los únicos, en últimas instancia, a quienes pueden y deben recurrir en momentos de problemas. Y estemos claro, tal vez sean los únicos que realmente se interesen en su suerte, ¿a quién otro le dolería si algo malo les pasa? (punto que debe ser machacado por padre y maestros). A estos muchachos debe hablársele claramente de los aspectos más oscuros de esas tendencias hormonales, cuando están llenos de energías y adrenalinas y no pueden o no quieren ponerse frenos, dejando aflora tendencias vandálicas, desde los muchachos que zarandean con rabia a un bebé, rompen vidrieras, arrancan teléfonos públicos o incendian una zona verde, a los que en grupito salen a cazar gente distinta, otros muchachos, para acosarlos, perseguirlos y agredirlos; sin muchas veces ni saber por qué lo hacen. No todo eso es ‘normal’, o aceptable, y eso debe metérseles en la cabeza cuando tienen seis, siete, nueve u once años de edad.

 

   Es obligación de la escuela, y de los padres, qué dudas caben, explicar la ‘naturalidad’ de ciertas conductas, pero también de las responsabilidades individuales que acarrean. No puede simplemente obviarse el ver a muchachos que golpean a otro, generalmente uno que anda solo, o intentan forzar a una muchacha como ‘tremenduras de adolescentes’, porque el día de mañana se tendrá al carajo que golpea a la mujer, con placer, dejando escapar lo que es, o al que va a un sitio público y cree que es su derecho patear en la cara a otro. Padres, escuela y maestros deben trazar claramente una línea que divida lo que es travesura del momento, de la conducta delictiva. Los muchachos, desde los nueve años en adelante, incluso antes, deben entender porque se les explica claramente que hay límites entre conductas naturales y permitidas y las que no, y que estas no pueden cruzarse sin consecuencias, que hay puntos de difícil retorno que pueden acarrear sanciones (correccionales) o consecuencias peligrosas (el chico alcohólico que conduce, manipula un arma u otras). Nadie experimenta o aprende en cabeza ajena, pero por lo menos, en busca de ‘ciudadanos’, debe hacerse un esfuerzo. Y muchas veces los problemas comienzan por cosas sencillas, un adolescente que ‘no soporta’ a su familia que lo asfixia, avergüenza o ridiculiza, obligándolo a tomar medidas extremas, como buscarse quien la o lo resuelva, cambiando un problema por otro.

 

CONSTANCIA, ALGO QUE NO ES CONSTANTE

 

Julio César.

HACER UN HOMERO SIMPSON

junio 19, 2008

EL 2000 Y LOS BUENOS DESEOS

   Hace tiempo, en un capítulo de mis queridos Simpson, presencié uno de los momentos más hilarantes de dicha historia. A Lisa le había salido una competidora en la escuela, una niña sifrina que decía “cómo crees”, que la hizo sufrir. Pero lo realmente increíble de ese episodio fue la actitud de Homero, quien se involucró en una de sus ideas más desacertadas, locas e irresponsable: iba a hacerse rico recogiendo y vendiendo manteca usada. Grasa de cocina. En un momento gastó más dinero del que iba a ganar friendo unas tocinetas. Lisa, incrédula ante tantas tonterías, le pregunto: ¿Te harás rico vendiendo grasa? Y él, con un airecillo de quien responde a una gran bobería, replico: “No, llevaré gastos inteligentes, ahorraré y haré buenas inversiones”. Lo dijo como si la locura fuera esa, no su plan. Yo me reí largo rato ante tanta inconsecuencia. Pero esa forma disparatada de pensar la manifiestan demasiadas personas. Por un lado es bueno, porque incentiva la aparición de mercadillos que uno ni imaginaba. Hay quienes alquilan sillas frente a colas largas donde la gente espera para hacer trámites. A su manera, son útiles.

 

   En buena medida esa manera irresponsable de pensar es un mal generalizado de nuestros tiempos. Los Simpson no hacen más que colocar un enorme reflector sobre el problema (enorme como debe ser Homero en carne y hueso). Creo que por eso me gustan tanto, motivo por el que otros los detestan. Desde que aparecieron hace tantos años, los defendí diciendo que los Simpson eran gente como uno (siempre me replicaban: serán como tú). Pero el que resulte grotesco, o desagradable, no lo hace menos real (el problema de la inconsecuencia, no los Simpson). Ni va a desaparecer. Y me temo que por sí mismo tampoco se va a corregir. Por experiencia se sabe que todo camino fácil es el que se toma, así el resultado no sea el deseado, pero termina aceptándose como a todo, aún a una mala suegra. ¿Cuántas personas no arrojan la basura por la ventanilla del auto ya como algo automático, sin detenerse a pensar en ello? La maña comenzó con la prisa: no había donde botarlo y se arrojaba, sintiéndose cierta culpa. La costumbre acabó con eso. Ahora el gran basurero que terminan siendo tantas ciudades (en Venezuela) es cotidiano, por lo tanto no merecedor de una segunda mirada o análisis. Uno se acostumbra como a ver un perro en una esquina o una mata secándose.

 

   Ah, carrizo, ya divago y me aparto de lo que deseaba hablar. Es  lo que digo, se desvía uno del camino que deseaba seguir cada vez. Actualmente Venezuela Ecuador y Bolivia sufren de un mal endémico de nuestra región: olvidándose todo plan previo de trabajo, un grupo alzado con el poder cree que sólo ellos saben, sólo ellos pueden disponer de los recursos y de la manera de utilizarlos, como si el resto de la población no contara o no mereciera ser oída. Lo más preocupante es el delirio con el que parten, cada nuevo gobierno cree que es el más mejor, el bueno, que la historia y los cambios comienzan ahí, que el pasado debe ser sepultado, y por lo tanto todo plan o estrategia para enfrentar los problemas, olvidado. Cuando se analiza a fondo, encontramos que es la vieja maña de comenzar siempre de nuevo, una y otra vez, inconsecuentes, como malditos por algún designio que no nos permite prosperar. Nunca he entiendo a cabalidad por qué continuamos perpetuando tal estado de cosas.

 

   En Venezuela las tendencias a combatir son claras, no sé realmente si puede extrapolarse a otras realidades, pero aquí voy. La gente adulta, padres, representantes y ciudadanos comunes debemos hacer un esfuerzo para enderezar el entuerto que años de práctica viciada han ido creando como patrón o modelo de vida. En la escuela, desde los seis años, y desde el llamado primer año (o grado como era antes) hasta la salida misma del bachillerato, a los muchachos debe decírsele que los problemas de la vida diaria no pueden resolverse con milagrería, golpes de suerte o con brujas. Que se puede pedir ayuda al Cielo, pero moviéndose para resolver. Que los problemas no desaparecen solos, que hay que enfrentarlos y combatirlos. Debe inculcárseles una visión clara para que aprendan a asociar causas con efectos: sexo sin seguridad puede terminar en embarazos no deseados o en enfermedades. Diciéndolo claro, los niños vienen del sexo, el SIDA también; sin disfrazarlo tanto, este es un punto donde debemos enfrentar tajantemente las tendencias sociales o la vaina empeorará, por lo tanto hay que llamar al pan, pan y al vino, vino. Cuando los muchachos ya tienen cierta edad, cuando las hormonas halan en todas direcciones y ‘sabe’ que eso, el sexo, puede ser divertido, rico y satisfactorio, es difícil intentar cosa quiméricas como que abracen el celibato (ja ja ja), o ‘piensen’ en ese momento en los riesgos, pero sí que entiendan que si un muchacho se mete con una chica, o esta ‘quiere’ demasiado al novio, y caen en una cama,  puede haber consecuencias.

 

   No quiero meterme en cuestiones morales o éticas, cuando hay problemas reales e inmediatos, prácticas como dicen, esos esoterismos me parece que deben ser tratados únicamente en púlpitos y cátedras, la obligación inmediata es contener estos males: adolescentes embarazadas, peligros de abortos ilegales, paternidad irresponsable, aumento del círculo de la miseria, marginalidad y carga social pasiva, o enfermedades. Si no podemos impedir que un joven y una muchacha vayan a divertirse (o en las variadas combinaciones), por lo menos que tengan conciencia de enfermedades como el SIDA que consume y destruye, que vean y escuchen a sus víctimas; que en la casa donde no hay baño, comida o medicinas, eso puede empeorar con otro y otro y otro muchachito. Si van a tirar, como decimos por aquí, que se lleven un condón, carrizo. Que medio piensen que el sexo puede ser divertido y satisfactorio… pero más cuando no hay consecuencias con las cuales cargar toda la vida (o recostándoselas a otros). Hay que enseñarles a asociar una cosa con otra, sexo indiscriminado (sí, como si fuera tan fácil) con mayores probabilidades de problemas más tarde. Debe explicársele, día a día, que quien no se prepara para aprender un oficio termina trabajando en lo que sea, así no gane bien o le toque vivir en un lugar inundo, sin nada de lo que un día soñó o creyó merecer. Que entiendan que si toman caña y conducen puede haber un accidente, y que ello no es un castigo del Cielo ni mala suerte, que hubo una relación entre una cosa y otra. Y hay que hacerlo, porque muchos jóvenes (incluso gente más vieja) no es capaz de entender dicha correlación.

 

   Hay que terminar con ese pensamiento irresponsable, superficial y algo estúpido que nos hace creer que todo saldrá bien al final, sin que medie ningún esfuerzo propio. Desde los seis años, en cada casa y escuela, en cada ciudades y campos, y hasta que abandonen el bachillerato, se le debe explicar todo esto a los muchachos. Que entiendan que no hay una máquina mágica para hacer plata (excepto las del gobierno), que no existe algo como el negocito rápido y fácil (asaltantes, traficantes, criminales y asesinos terminan pagándolo, de una forma u otra, llevándose a la familia en los cachos muchas veces, la violencia tiene sus propias reglas), que para el futuro hay que prepararse o se terminará lamentándolo. Que quien no se prepara para encararlo puede terminar amargado cargando cajas en una fábrica, quejándose de su suerte o del italiano maldito que no paga, o envidiando al que puede viajar, comprar un carro o comer en un restorán, creyendo que la vida fue injusta con él o ella y que los demás son unos desgraciados (ah, este grupo, caldo de cultivo siempre para seguir a los revolucionarios, siempre arrechos con todos los demás. ¡Envidiosos!). Con todo esto no quiero decir que las oraciones no sirvan (como canta y defiende Vico C, bonito tema), o no se pueda encender una velita… pero como expresan por ahí: Dios dijo, ayúdate que yo te ayudaré…

 

PADRES E HIJOS ADOLESCENTES

 

Julio César.