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LOS CONTROLADORES… 9

mayo 20, 2015

LOS CONTROLADORES                         … 8

CHICO GUAPO BUSCA...

   La marca del que sirve.

……

   El chico todavía se debate, y Tony lo entiende. Es un joven heterosexual, voluntarioso, machista. No sólo no estaba acostumbrado a ser tratado así, ni siquiera había imaginado que le pudiera ocurrir y que debiera responder en ese terreno. Pero le ayudará, se dice cruel. Le atrapa la mano llevándola a su entrepiernas, obligándole a cerrar los dedos sobre la palpitante pieza. Y le ve enrojecer más, abriendo mucho los ojos. Sonriendo cruel se inclina, soplándole suavemente en el rostro, viéndole parpadear, como bañado por algo perturbador. Y para cuando entierra el rostro en su cuello, mordiéndole suavemente el lóbulo de la oreja, ya Rubén le aprieta el güevo por cuenta propia, respondiendo a los estímulos externos. Y, joder, ¡se sentía tan bien su mano allí! A todo carajo otro debía hacérselo al menos una vez y ya verían, piensa.

   La mente del joven y forzudo catire es un caos, grita de horror, de verdadero horror mientras siente casi sobre sí el peso del marica ese, los dientes que le producen escalofríos aunque no quiere, y la verga… La siente dura y palpitante bajo su mano. Y es lo peor, saber que tiene los dedos y la palma cerrados sobre el güevo pulsante de otro chico. ¡Del marica ese!

   Y era lo que Tony Moncada buscaba. Quería tenerle, besarle, lamerle. Sexo. Pero no de manera totalmente consensuada, como con otros, a quienes “influyó” de manera intensa para que en cuerpo y mente lo desearan también, como hizo con el conserje de mantenimiento en la escuela. Quiere controlar el hermoso cuerpo del mocetón odioso y cruel, pero no su mente. Desea que sea completamente consciente de lo que ocurre, que se horrorice como sabe que lo hace, ante los hechos y sus respuestas, pero que al mismo tiempo no pueda impedirlo. Quiere verle retorcerse como gusano en un anzuelo entre el placer y el deseo que experimenta su cuerpo, y el horror que eso producirá en su mente. Y sabe cómo hacerlo, de manera instintiva va tomando el control.

   -¿Te gusta? –le pregunta suavecito, rozándole la oreja, sonriendo, sabiendo que el chico lo disfrutaba a un nivel y lo detestaba en el otro.

   -Déjame ir… -lloriquea.

   -¿Cómo, si no me lo sueltas? –se burla.

   Y Rubén se estremece de rabia y frustración, porque era cierto, había cerrado los dedos sobre la barra y comenzó a acariciarla, a masturbarle sobre la tela, siendo acompañado por los movimientos del otro. Tony le suelta, poniéndose de pie, dominante, dejándole allí acostado, rojo de cara, ojos brillantes de rabia y llanto, pero también por la lujuria que experimenta, como lo denuncia…

   -¡Mírate lo duro que lo tienes! –le señala la ingle y ríe.

   El otro traga saliva, sintiéndose un poco más en sus cabales ahora que Tony estaba lejos. ¿Acaso su cercanía era la responsable de…?, poco a poco la idea iba penetrando su mente, pero lo deja enseguida cuando los dedos del otro, de manera fantasmal, recorren la silueta de su erección sobre la ropa, la cual se estremece.

   -¡Desnúdate! –le ordena, un dedo apoyado decididamente sobre la erección del chico, oprimiendo como si fuera un botón, haciéndole enrojece aún más.

   -Tony…

   -¡Ropas fuera! –es tajante. Y le suelta.

   Tal vez ahora podría reponerse y… comienza a pensar el chico al verle dar dos pasos atrás, pero se sienta en la cama y sus manos se mueven por cuenta propia, la franela sale, exponiendo su torso joven, muy levemente velludo, bien definido como todo chico coqueto que está orgulloso, a veces demasiado, de su pinta. Mira en todo momento al otro, los ojos como atrapados por imanes, encontrando y agradeciendo de una manera oscura la admiración en los ojos del marica. Con dedos temblorosos desata sus tenis, los arroja lejos. Va a…

   -Déjate las medias de paño. –le ordena Tony, de pie, la verga prácticamente pulsando como si deseara desgarrar el pantalón.

   Temblando como una hoja al viento, el fornido joven se pone de pie, abriendo su pantalón, uno que baja con esfuerzo sobre sus muslos musculosos, también levemente velludos. Sale de él, quedando más azorado todavía, vistiendo sus medias de paño blanco y su bóxer holgado tipo bermudas, de rayitas… y una enorme erección bajo el mismo, elevando la tela como una carpa de circo.

   -Sobre la cama, de espaldas. Y espérame. –lanzándole una mirada fría, controladora, Tony retrocede lentamente hasta la puerta, abre, pasa y echa a correr como loco por el pasillo, perdida toda la dignidad del machito alfa.

   Por su parte, tembloroso, Rubén cae automáticamente, y cierra los ojos frustrado y furioso, era como si su cuerpo estuviera totalmente desconectado de su control. Se tensa cuando le oye regresar. No quiere verle así que sus parpados no se mueven. Casi balbucea, lloroso, con deseos de suplicar que no, cuando los dedos de Tony caen en sus caderas, acariciantes, aferrando los bordes del bóxer, halándolo imposiblemente lento, sacándoselo casi centímetro a centímetro, los ojos clavados en su pelvis, esperando y disfrutando el momento cando aparecen los castaños pelos púbicos, luego la base de la verga y esta finalmente, que sale disparada hacia arriba y a un lado de lo dura que estaba. Ahora Tony clava los ojos en los de Rubén, quien los ha abierto como sintiéndole, bajando y bajando ese bóxer. Para el chico sobre la cama es una extraña tortura, estaba exponiéndose, pero al mismo tiempo sentir el agarre y la apretada de la liga recorriéndole finalmente los muslos, bajando por sus piernas, era una sensación nueva, extraña… e increíble.

   -Eres guapo, hijo de puta. –oye a Tony, y eso, a un nivel corporal, le agrada.

   Le siente caer a su lado y atraparle el joven güevo en un puño firme, una palma que arde como el budare de una cocina. Y sentir ese calor, ese agarre de la mano delgada pero firme de chico, uno que seguramente ha agarrado bastante veces su propio tolete para masturbarse, le hace arquearse sobre la cama. Su cuerpo no le responde, tan sólo se agita por las manipulaciones del chico. El puño va y viene, sube y baja, apretando sabroso, sobando rico, quemando, dando una que otra apretada extra cuando sube, abriéndole la boquita del ojete; todo eso pone mal a Rubén, quien cierra los ojos otra vez y echa la cabeza un poco hacia atrás, dejándose hacer. Dejando que la mano del otro chico le masturbe con ese amor, con esa fuerza, con esas ganas que seguramente ha guardado durante mucho tiempo. Imagina que los maricas son así, siempre deseando hacerles las pajas a los chicos.

   La mano sube y baja, va y viene sobre la deseosa carne joven, un pulgar sube hasta su glande y frota de manera circular su ojete, provocándole escalofríos y temblores; alzando las caderas del colchón, gimiendo abiertamente, este lleva y trae sus caderas. Rubén tiene la mente totalmente nublada, tan sólo nada, se sumerge y disfruta de un poderoso baño hormonal que le estimula sexualmente de una manera feroz. Ignora la sonrisa torva de Tony, quien, efectivamente, disfruta masturbándole, era gay, y le gustaban los chicos, y aquel perro era guapo, tenía una buena pieza y ahora le tenía en sus manos, era imposible que no disfrutara aquello. Pero quien debía gozarlo era él, no Rubén…

   -Ahhh… -chilla agónico Rubén, esa mano sube y baja sobre su falo con más energía, siente como sus bolas se contraen, las siente llenas de leche hirviente… y la masturbada se detiene, bruscamente. La mano se retira. La sensación de pérdida es terrible. Abre los ojos como platos, con las mejillas muy rojas, prácticamente adolorido.

   -¡No!, sigue. –jadea.

   -No estás aquí para satisfacerte, marica. –le insulta. Cuando el chico eleva una mano, para darse alivio, sonríe cruel.- ¡No te toques!

   A la mierda, pensó Rubén, tenía, debía, necesitaba desahogarse con lo caliente que está, pero la mano que había alzado cae por cuenta propia, sin importarle en lo más mínimo todas las órdenes desesperadas, a gritos, que estaba enviándole. Su cerebro no la controlaba.

   -Tony… -casi le gime. El otro se tiende sobre su rostro, y el joven catire nota, horrorizado, que separa los labios como esperando un beso.

   -Llámame papito rico. –le ordena, mitad en serio, mitad en burla. Y disfruta viéndole debatirse entre lo que necesita y desea, desahogarse sexualmente, o someterse a la humillación de la frase.

   -Vamos, papito rico… -casi lloriquea.

   Pero si la cosa le pareció horrible de decir, reconocer que debía someterse de esa manera, lo siguiente que hace Tony compensa todo, de holgada manera. Lleva el rostro a su ingle y con los labios, sin tocarla con la mano, dejándola donde está, pegada a su vientre mojándole, besa el glande de su verga. Ese roce era eléctrico, poderoso, y el catire gimió. Los labios recorrieron el rojizo y atormentado güevo joven, el cual pulsaba bajo el roce. Cuando la mano vuelve a atraparlo, los labios se frotan sobre la lisa y mojada cabeza (líquidos que le encantan a Tony), ya Rubén está delirando. La joven boca baja, y Tony se da su tiempo para tantearla con la lengua, para dejar que se le llene con los jugos del compañero de clases, embriagándose por el delicioso sabor que manaba de esa hombría excitada por él. Los rojos labios bajan más, tragando las venitas, los vasos más grandes totalmente llenos de sangre, que pulsaban contra sus mejillas.

   Cuando esos labios llegan al pubis, tomando toda su masculinidad, Rubén, gime entregadamente, echando la nuca hacia atrás. La boca subió y bajó, lentamente, chupando, apretando, halando, y todo le daba vueltas. La boca le deja salir, pero no tiene tiempo de preocuparse, una rápida sucesión de besos y chupadas sobre su glande le indican que le atienden. Pero cuando esos labios bajan otra vez…

   Aprovechando que lo tenía montado en la olla, dejando salir el sabroso güevo de su boca, sorbiendo escandalosamente mientras lo hacía, Tony se chupó dos dedos, ensalivándolos, antes de comenzar a besar ese rico glande. Así que cuando lo tragó otra vez, sus labios extendidos devorando centímetro a centímetro del falo juvenil, con la punta de esos dedos acarició bajo las bolas del muchacho, encontrando los pliegues que llevaban al culo, uno que frotó por fuera, encontrándolo peludo y cerrado. Esa caricia prendió todas las alarmas de Rubén, pero cuando esa boca le atrapó otra vez hasta los pelos, ordeñándole con la garganta como sólo los maricas saben hacerlo (lo imagina), ya no pudo pensar. De sus labios rojos y mojados de lujuria salen gemidos que no se sabe de qué son cuando la boca succiona y un dedo se frota y frota de su culo, entrando poco a poco, tensándole, obligándole a arquear la espalda, elevando más sus caderas, metiéndosela más en la garganta, pero también dejando más expuesta su entrada posterior.

   La mente del chico es un caos, goza como nunca con esa mamada, su cuerpo es una masa roja, caliente y mojada de lujuria, pero ese dedo enterrado en su culo era atormentador. Lo siente cómo lo arquea, cómo lo frota, cómo lo rota en sus entrañas, y las sensaciones son nuevas. Deberían ser terribles porque es algo que ha penetrado su culo por primea vez, pero su cuerpo traidor lo acepta, lo recibe agradecido y decide explotar toda una gama nuevas de sensaciones que le recorren mientras ese dedo ligeramente flexionado va y viene dentro de su ano. El pequeño capullo arrugado entra y sale levemente cuando el dedo comienza un muy corto saca y mete. Y cada roce, cada pasada, ponía a Rubén mas frenético. Pero esa boca…

   Lo siente, está a punto de caramelo, pronto vaciará sus bolas, toda esa locura de calenturas pasaría y recobraría el control sobre su cuerpo. Grita.

   -¡No! ¡No! –un intenso dolor, una frustración inmensa le domina y deprime cuando la boca y el dedo abandonan su cuerpo.- No, por favor, Tony… -el otro alza una ceja.- Oh, Dios… -grita frustrado, cerrando los ojos.- Vamos, papito rico, necesito terminar. ¡Me va a estallar!

   -Bien. Te voy a malcriar, pero si correrte es lo que quieres… -se sienta y se palmea los muslos.- Ponte aquí, boca abajo.

   Las palabras, las implicaciones, la postura, todo era tan sumamente degradante, e iba contra todo lo que era, que la mente de Rubén grita de manera agónica… mientras se moviliza, cayendo de panza sobre esos muslos, odiándose cuando intenta pegar su güevo erecto del muslo del otro, quien le da un leve azotón, indicándole, cuando se miran, que no lo haga. No se puede refregar como un perro de la pata de un mueble. ¡Era tan humillante, Dios!, cerró los ojos, temiendo lo que llegaría. Seguramente nalgadas y… Gime abriendo mucho la boca, alzando su rostro torturado eróticamente, sorprendiéndose de su propio reflejo en un espejo en el closet. Se veía… calentorro.

   Los dedos de Tony caen sobre sus nalgas, separándole la raja interglútea, exponiendo su culo algo enrojecido, pelos apelmazados por el tratamiento con los dedos mojados anteriormente. Un chorro caliente y baboso de nueva saliva cae, regándose desesperantemente lento. Un dedo cae en su entrada, untándolo. Y el joven, perlado de sudor, todo rojo, se odia, porque su cuerpo extraña eso de alguna manera. Su agujero más secreto y prohibido de machito se agita y abre por cuenta propia, momento cuando cae otro salivazo, el cual quema y lo puede sentir penetrándole, untándole, recorriéndole las entrañas. No pudo ver que del chorro caído, todo entró como yéndose por el sumidero de un lavamanos.

   Rubén casi grita cuando algo liso, mayor que un dedo, aunque no mucho, pega de su entrada. Los dos jóvenes se miran cuando Tony alza la mano mostrándole el juguete. Es un vibrador no muy largo, delgado, blanco, del cual pende un pequeño cable, también blanco, hacia una cajita de controles. Era un vibrador de intensidad ajustable. ¡Y pretendía metérselo por el culo!

   -Es de mi mamá. –informa casi con disgusto, luego sonríe.- Imagino que lo disfrutarás casi tanto como ella. Está hecho para las vaginas, creo, pero tu culo puede sacarle provecho también. Y la idea es caliente, ¿verdad? Mi mamá y tú compartiendo un juguete erótico que les llena. –le informa, la verdad no muy divertido por meter a su progenitora en eso, pero necesitándolo, mientras lleva la roma punta a ese culo untado de saliva, presionando, abriéndole, penetrando haciéndole tensarse, contener un jadeo por la intromisión.

   Dios, debía escapar, se dice con ojos llorosos de desesperación. Lo siente, Tony se lo ha metido hasta la base, lo primero es un breve sonido bajo, monocorde, y esa vaina se agita, parece lanzar ecos que chocan, se repiten y estimulan de una manera extraña sus entrañas. Ante el primera oleada de sensaciones, el muchacho se agita más, sus nalgas se mesen, chocan, se frotan; estaba, y Tony lo sabe, buscando el mayor contacto con ese juguete que controla y tiene en mínima intensidad.

   El joven sonríe siniestramente; oh, sí, Rubén Santana iba a correrse, pero no tocándose el güevo, eso para él había terminado. Ahora el único placer que experimentaría, los orgasmos que alcanzarían, llegarían por estimulación anal. Tan sólo sentiría placer jugando, llenado o entregando su coño. Porque tendría un coño, como debía ser, ahora que había decidido convertirle en una nena. Su nena en la escuela.

CONTINÚA…

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 8

abril 27, 2015

LOS CONTROLADORES                         … 7

CHICO GUAPO BUSCA...

   La marca del de sirve.

……

   -Moncada… -grazna, entre furioso y confuso, aterrado por la manera en la que se siente, prácticamente atrapado por el otro chico.

   -¡Pasa! -le ordena, echándose a un lado.

   No quiere, desea escapar, o golpearle, pero traga y pasa, sintiendo como el pulso le late feamente en la muñeca atrapada bajo el puño del otro. Sus piernas parecen moverse con vida propia y casi pega un bote, porque mientras pasa, cruzando frente al otro, este eleva su otra mano y le da una nalgada. No dolorosa, pero sí íntima, como de amistad… o posesión.

   -No hagas eso. –le pide, queriendo estar furioso, pero le suena a ruego.

   -Okay, okay… -le gruñe Tony, divertido.- Vamos a mi cuarto. –el anuncio le hace jadear, ojos muy abiertos, angustiado.- ¿Nunca has sentido curiosidad por el cuarto de un marica? Mientras me insultabas todos estos años, ¿jamás te preguntaste qué ocultaba bajo mi colchón? Qué clase de revistas, si tenía algún que otro calzoncillo robado, o un juguetito de forma curiosa que me consolara, ¿nada? –enumera casi riendo, soltándole, colocándose a sus espaldas, un dedo bajo su nuca, empujándole. Y controlándole. Obligándole a subir las escaleras.

   -Moncada… -alarmado, muy rojo de cara, intenta contenerse. Pareciera que subiera al cadalso de donde colgaría en pocos minutos.

   -Oh, vamos, ahora somos compañeros. Pronto seremos amiguitos con derechos, puede decirme Tony, o “mi semental”. Ese me gusta. Semental. –y ríe, embriagado con todo ese poder, también por el hambre que ha despertado en él; aunque saber que le tiene atrapado en esos momentos era lo más intoxicarte de todo.- Abre la puerta.

   Santana no sabe qué esperaba, pero aquella pequeña habitación era muy parecida a la suya, la cama de regular tamaño, medio desecha, cosas arrojadas de cualquier manera sobre un escritorio de estudios; camisetas y un pantalón sobre la silla, un zapato aquí, un patín por allá, el closet con la puerta medio abierta, con una gran cantidad de cosas. Cosas que serían como las suyas, peroles que se iban comprando, intercambiando o acumulando sin ninguna razón. Seguramente, traga en seco, allí ocultaba de sus padres (ni eso sabe del otro) su pornografía. No hay fotos de chicas en bikinis adornando las paredes, pero tampoco de tíos. Cuando el dedo se retira de su nuca se siente más libre, pero todavía cohibido.

   -¿Quieres algo de tomar? ¿Un jugo? ¿Refresco? ¿Semen? –le pregunta burlón Tony, llegándose a su cama, cayendo sentado, tomando un control remoto y encendiendo la televisión de plasma, que también debió poner a funcionar un equipo de reproducción porque bajo una tonada de Taylor Swift, boca abierta, estremeciéndose de temor y repulsa, Rubén ve escenas de diferentes chicos, jóvenes como ellos dos, besándose, tocándose como en citas de novios, paseando por la calle tomados de las manos, corriendo uno detrás de otro en una bicicleta, luchando por un balón, cayendo uno de espaladas sobre la grama, riendo, el otro sobre él, mirándole y besándole. Debe apartar la mirada, la cara ardiéndole.

   -No pienso hacer eso contigo. –le aclara, respiración pesada.

   -Ni lo espero. Tienes mal aliento. Sólo quiero tu boca dándome una buena mamada. Después tomaré antibióticos. –responde Tony, sonriendo, montando una pierna sobre la cama, echándose hacia atrás, el culo sobre una almohada.- Ven, acércate…

   -Tony… -gime, frente fruncida.

   -Lo siento, Santana, pero esto va a ocurrir… -eleva las manos.- Ya está fuera de mi control. Me hiciste enojar de una manera terrible hoy; hoy me di cuenta que la cosa no era contra mi condición sexual, sino contra mí como individuo. Me delataste, hablaste de las cosas que hice pero protegiste a tu “amigo”. Se te pasó la mano, fuiste una mierda y ahora lo pagarás. Es… justicia poética.

   -¿Acaso te has vuelto loco? –le grita, dominado por la ira, más recuperado.- ¡No voy a someterme a tus mariqueras!

   -Y sin embargo estás aquí. –le apuntala, sonriéndole al decirlo, desfrutando su confusión.- ¿Qué? ¿No te diviertes hablando conmigo? Creí que te gustaba mortificarme. Como hoy cuando contaste lo que hacía…

   -¡Fue una broma! –grazna, sabiéndose acorralado.

   -¿Una broma? ¿Les contaste a todos que era un marica mamagüevo y te pareció que era divertido? ¿Crees, de verdad, que disfruté el verme expuesto por ti, de tus comentarios, de las risas de tus amigos? –le mira francamente intrigado.- ¿Lo cree de verdad? Que como tú ríes, ¿todos la pasamos bien?

   -Fue tu culpa. –le señala, furioso, decidido a no dar su brazo a torcer.- No deberías ir por ahí mamándoles los güevos a los carajos que se cruzan en tu camino en lugares públicos. –Tony alza la barbilla, eventualmente atrapado. Luego se pone de pie, acercándosele.

   -¿Fue culpa de Téllez tener la nariz larga y que vivieras llamándola bruja, mañana, tarde y noche? ¿O escuchar que alguien dijera que Nelly Quintana tuvo una vez piojo en preescolar y que la acosarás a toda hora llamándola “piojosa, piojosa”, hasta que tuvo que dejar el colegio? ¿Fue culpa de Eric Orestes que llorara de dolor y miedo cuando tu amigo, el gorila de Aponte le empujara tirándole al suelo gritándole “marica”, que se parara y peleara, sabiendo que ese chico le llega apenas a la barbilla y es flaquito, callado y tímido? Todo es culpa de los demás, ¿verdad? –va molestándose, abandonando su aire jovial hasta ese momento, estallando cuando le ve abrir los labios.- ¡Cierra la boca, maldita basura abusadora! –Santana calla, agitado, temiéndole al tenerle tan cerca.

   -Lo siento. Lo siento mucho.

   -Imagino que sí, que ahora, viéndote… defectuoso, temes ser expuesto.

   El otro joven va a gritar algo, pero Tony eleva una mano, recorriéndole un lado de la cara, erizándosela y calentándosela bajo su roce. Rubén sabe que ocurre aunque no lo entiende, esa vaina no le gusta.

  -Vamos. –le ordena Tony, los dedos presionando en su cara, empujándole hacia la cama.

   -Tony…

   -Camina, coño, y deja la lloradera o Aponte te gritará “marica, marica”; pórtate como un hombrecito. –se burla, recobrando otra vez su estabilidad, preguntándose si al tocar al otro, algo de su esencia, su rabia, se traspasó también.

   Caen sentados en la cama, uno frente al otro, uno sonriendo, el otro temblando, rojo de mejillas.

   -Déjame ir.

   -Deja de fastidiar. ¿Sabes?, lo he pensado mejor… -responde Tony, sonriendo macabro, y sin soltarle abre una gaveta y saca un pequeño pote de espray.- Abre la boca. –le ordena, el otro tiembla pero lo hace. Dispara dos cargas con sabor a menta sobre esa lengua.- Y ahora…

   -No, Tony, eso no. –gimotea Santana, ese sabor llenándole la lengua.

   Ya ha hablado demasiado, piensa el otro chico, soltándole la cara pero rodeándole el cuello con el brazo izquierdo, cubriéndole con el cuerpo, obligándole a caer de espaldas, con la nuca sobre su brazo, y mete una pierna entre las del catire, ladeado a su lado, la otra mano bajando y metiéndosele dentro de la franela, cayendo, palma abierta, sobre ese abdomen plano que se hunde, eriza y tensa bajo su contacto. Y algo tan poderoso recorre a Rubén Santana, que se medio arquea, sintiéndose extrañamente consiente de sí, totalmente estimulado. Esa palma y esos dedos lo recorren y siente ganas de estremecerse y gemir, sabiendo que nunca antes había experimentado eso. Cierra los ojos, avergonzado, cuando sus labios, que se han enrojecido y humedecido, se abren dejando escapar un ronco gemido de lujuria. Y Tony le mira, burlón, pero también caliente.

   Su boca baja, lo siente estremecerse, tensarse en shock, pero se pregunta si es por el beso o por la respuesta al beso. Porque si, Rubén Santana gime ahogadamente mientras responde con fiereza a la caricia. Las lenguas luchan sin arte, como suelen hacer los muchachos, con más entusiasmo que técnica. Como sea, las bocas se succionan, ruidosamente, de manera chupada. La mano de Tony sigue subiendo y bajando, encontrando uno de los pezones jóvenes increíblemente erecto. Metiéndole más la lengua al tiempo que con dos dedos aprieta el pezón, siente como debajo de él el chico casi se alza, arqueado, mientras se bebe su gemido de gozo. La mano baja otra vez, encontrando toda la piel de gallina, un dedo llega al ombligo y recorre sus bordes, sin entrar, sin detenerse, atormentándole, tocando, acariciando, y sabe que tiene a Rubén ardiendo.

   El catire no piensa, no puede, tan sólo responde, todo su cuerpo está muy activado a la lujuria. Quiere eso, lo quiere todo, por eso apaga su mente. Pero esta se pone a trabajar cuando aquella mano abandona su panza y esa boca la suya. Se miran ahora a los ojos. Y un enrojecido Rubén encuentra la burla allí.

   -¿Tu primer beso con un chico? Lo hiciste bastante bien. –le dice, y algo dentro de Rubén se revuelve, pero también se excita.- ¿Acaso Mateo Alcántara y tú practican después de los juegos en las duchas bajo las regaderas? –le pregunta, horrorizándole; el catire quiere negar, pero la mano del brazo que está bajo su cuello le atrapa el lóbulo de la oreja, acariciándole, mareándole.- Mateo está tan caliente. ¿Te lo imaginas? Ese cuerpo grande y sexy, desnudo, transpirado, su güevo bamboleándose, entrando bajo la ducha… ¿no se te hace agua la boca sólo de imaginarlo así? –le provoca, sabiendo que la caricia le hacía sugestionable.

   -Tony… -gime. El otro ríe, bajando el rostro, casi sobre su boca, erizándole otra vez.

   -¿Quieres algo, pequeño marica? –le reta.- Ya imagino qué…

   Rubén no sabe qué esperar cuando la mano de Tony atrapa la suya, guiándosela. La palma cae, floja, sobre la enorme silueta de un güevo duro bajo un jeans.

   -Tócame… -le ordena.

CONTINÚA … 9

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 7

abril 17, 2015

LOS CONTROLADORES                         … 6

CHICO GUAPO BUSCA...

   La marca del de sirve.

……

   -¿Qué? ¡No! –jadea alarmado, sintiéndose erizado; ese dedo en su cuello, había algo que parecía mantenerle unido a él. Traga, sintiéndose violento, lleno de rabia, pero también impotente para cortar el agarre.- Suéltame, marica… -grazna, pero es un débil intento.

   -Estás tan lleno de mierda, Santana. No eres más que un maricón reprimido. –le acusa, con rabia, pero sonriendo por el control que de repente sabe que tiene.

   -¡No! –le rebate, pero gimotea contenido cuando ese dedo en su nuca afinca un poco más su punzada.

   -Lo eres. Eres un marica que quiere nacer, salir batiendo alas y pestañas para que todos te vean, para que tus amigos te soben y manoseen en las canchas. –le dice sabiendo que le mortifica, sintiéndose embriagado por sus propias palabras, por la confusión y miedo que nota en la mirada de ese hijo de perra que tanto le ha atormentado durante años.- ¿Sabes que creo? –se le acerca un poco, comparten alientos.- Creo qué te estás preguntando, ahora mismo… -y con su dedo oprime más.- …Qué sentirías realmente si tuvieras mi güevo clavado en tu culo cachondo.

   Rubén Santana quiere replicar, responder violentamente, su mente le dicta los inultos que debe proferir, pero que no puede en medio de la confusión que le produce esa parálisis, el estar escuchándole sin partirle la cara, odiando el cómo su cuerpo se estremece, de miedo, de…

   -Déjame ir… -quiere gritarle, ordenarle, odiando que suena a suplica. La sonrisa de Tony indica que no lo hará, que dirá algo horrible.

   -Santana, coño, ¿te fuiste por la poceta? –grita alguien desde afuera. No era el momento.

   -Te espero esta tarde en mi casa. Pasa para que arreglemos esto, si eres hombre. O se repetirá una y otra vez aquí en la escuela y alguien se dará cuenta. –sentencia, soltándole, alejándose a uno de los privados. Tembloroso, una vez libre del agarre, Santana jadea, mirándole encerrarse.

   -¡No, no iré! –ruge, pero ronco, respiración pesada. No recibe respuesta y sale casi huyendo, chocando con uno de sus amigos en la entrada.

   -¿Por qué coño tardaba tanto? ¿Tenías una cita? ¡Oye! –reclama el otro cuando es apartado bruscamente.

   -¡Déjame en paz! –ruge el joven antes de alejarse casi a la carera.

   Dentro del privado, sentado sobre la tapa del inodoro, Tony Moncada también tiembla, pero lo suyo es distinto, es un placer increíble, un deseo intenso. Está tan intoxicado como si hubiera probado algún estimulante. A falta de mejores palabras para explicárselo a sí mismo, sabe que está así por el poder. Porque sabe que puede hacerle algo a ese carajo al que tanto odia, que tanto le ha hecho sufrir. Que puede regresarle el daño. Mucho. Y la idea de hacerlo le excita más que el encuentro mismo.

   Si, estaba comenzando a ver el camino frente a él. Y le gustaba. Aunque también le asustaba.

……

   A diferencia de toda la mañana en la escuela, y a pesar de una que otra mirada torcida, risitas burlonas y comentarios por lo que Santana contó que le vio haciendo en los depósitos, Tony sale con rostro alegre, silbando animadamente. Decidido. El camino se le hace corto preguntándose qué hará si Santana acudía a la cita. O qué le haría si incumplía. ¿Se atrevería? ¿A una cosa o la otra? Para el otro debió ser extraño perder el control sobre su cuerpo, pero si lo que Bartok decía era cierto, tenía una gran posibilidad de humillarle y vengarse.

   Le recuerda, ambos sobre la cama, los cuerpos sudorosos, agitados, habiendo bebido uno del otro.

   -Tenemos esa facultad, chico, podemos tomar lo que queremos y necesitamos para continuar, no te diré aún en qué sentido, pero sí que podemos hacerlo. Podemos influir en los sentidos, despertar los apetitos más allá de lo controlable, someter las voluntades. –enumeró el hermoso hombre, mirada en el techo, fumando suavemente algo que olía a menta.- Y podemos producir cambios. Mi semen… y el tuyo, puede enviciar a otros, a culos y bocas que lo buscarán una y otra vez. Y a cualquiera. Podemos causar cambios físicos y sicológicos en… nuestras víctimas. Eso lo notarás también. Lo importante es que puedes tener tu rebaño, dos o tres, de quienes alimentarte.

   -¿Indefinidamente? –preguntó confuso, sintiendo él mismo parte de lo que el otro contaba. Notándolo dentro de su cuerpo.

   -También te lo diré después… -fue la enigmática respuesta.- Elige bien a tus piezas, por si acaso. –sonrió.- Imagínate, chico, la emoción de la cacería, de asediar, perseguir, acorralar y atrapar tus presas. Y darles y darles, mientras gritan, se estremecen y se agitan, convirtiéndoles los culos en coños calientes, siempre deseosos de tu miembro. Y así terminan. Siempre.

   Recordar ese punto le casó una leve desazón. ¿Habría algún otro peligro? Para quienes elija, se aclara mentalmente, porqué él mismo era muy consciente de los cambios producidos en su propia persona. Esa hambre, esas ganas de alimentarse, no estaban presente antes, como no fuera en los naturales deseo de joder de un chico cualquiera. Ahora eran una urgencia real.

   Abre la puerta de su casa, entrando medio trotando y se congela, allí estaba su madre, acicalándose frente a un espejo.

   -Mamá, ¿qué haces aquí?

   -Aquí vivo. –responde revisándose los dientes al espejo.

   -No me refería a eso, es temprano. ¿Saliste ante del trabajo? –joder, necesitaba la casa, por si Santana acudía.- ¿Te botaron? –se alarma.

   -No, sólo… salí antes. – le mira.- ¿Estás bien?

   -Si, un amigo viene a estudiar y no quiero que seas una de esas madres que…

   -¿Un amigo? ¿Tú? –se vuelve, sorprendida.

   -¡Los tengo! –se defiende.

   -En Facebock sólo somos tú y yo. Y perdí contactos por agregarte. Seguro que Norman Bate tiene más “amigos” que tú. –sonríe la mujer, él entorna los ojos.

   -Eres tan graciosa, madre, es raro que sigas sola. –su ceño se frunce.- Es eso, ¿verdad? ¡Te acicalas para una ocasión especial! –ella se corta.- ¿Vas a salir con tu jefe otra vez?, eso es un vulgar cliché. –se altera. Han sido demasiados años de ser solamente ella y él.

   -Es una tarde agradable, hijo, y quiero salir, ver una película que me interesa, en buena compañía, luego cenaré algo ligero y volveré. No hagas dramas.

   -¿Ese hombre no es casado?

   -Voy al cine y cenar. Tal vez a bailar. –entona los ojos.- Si, no lo dije antes, pero si, balar. Sólo eso. No ando buscando una relación ni un gran amor.

   -¡Mamá!

   -Es una salida con un hombre que no me está ofreciendo nada más, que no me está engañando ni aprovechándose de mí, déjame tranquila. –es terminante.- A veces se necesita hablar con otra persona, un hombre que no sea mi hijo; algo sin importancia, sin profundidad, sin falsas expectativas. Un día lo entenderás.

   -Quieres una revolcada, ¡no es tan confuso! Aunque si horrible.

   -¡Antonio José! –le reprende, luego bota aire.- Bien, me alegro que ya puedas entender las cosas de la vida. –le besa en la frente y va saliendo.- Cena sin mí. –y cierra la puerta a sus espaldas.

   No, a Tony no le gusta eso. Como a ningún hijo.

……

   Decir que pasó lo que quedaba del tiempo para la probable cita, de una manera lamentable, no era broma. Todo lleno de ansiedad, sería una descripción más acertada. Estaba casi convencido de que Rubén Santana no asistiría y que tendría que hacerle pagar en la escuela. Va a la cocina a servirse un vaso de leche, pero que al estar a solas, como ha hecho cada día de su vida, abre la boquilla del pote de cartón y bebe directamente. El timbre le sobresalta, haciéndole pensar en su madre pillándole otra vez, y se moja un poco la barbilla. Ceñudo se limpia, guarda el pote y va hacia la sala, cayendo en cuenta que el toque fue a la puerta.

   La verdad no le espera, pero al abrir se topó con un muy cabreado Rubén Santana, alto, guapetón, en chaqueta, que le empuja feo por el pecho.

   -Ahora vamos a hablar, marica de mierda, ¿qué me hiciste en el baño? –demanda saber.

   -¿Cuándo te quedaste quieto para que te tocara? –se burla.

   -¡No me quedé quieto!

   -Querías que te sobara, ¿no?

   -¡Hijo de puta! –le ruge alzando un puño, había vivido tal calvario reviviendo la escena a cada instante, el cómo se dejó tocar y le escuchó decirle todas esas cosas, que necesita machacarle la cara.

   Habiendo pasado buena parte de su vida como objetivo de guerra en la escuela, Tony desvió el rostro, esquivándole, y le atrapó ese puño con las dos manos, sus dedos oprimiendo sobre él. Rubén jadeó con la boca abierta, su cuerpo erizándose y con los ojos súbitamente dilatados.

   -Vamos, entra. –Tony, sintiéndose embriagado de poder al tenerle así (algo corría literalmente por sus venas), al notar que le controlaba otra vez, se le acerca de nuevo, acortando las distancias.- Bienvenido al resto de tu vida, Santana. –sus ojos se encuentran.- Coño, voy a amar el poder llenar tu culo con mi güevo, escuchándote gemir y pedirme más y más. –sonríe todo cabrón.- Anda, pasa…

CONTINÚA … 8

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 6

abril 7, 2015

LOS CONTROLADORES                         … 5

EXTRAÑO ENCANTO

   Papi viene.

……

   Pensar en el chico en Caracas, y en lo que va a hacerle a este, le tienen caliente al límite. Sonríe cruel, nada de eso era necesario, tan sólo necesitaba preparar al muchacho para tomar de él lo que deseaba, todo lo otro era por pura irresponsabilidad. Por maldad. El emputecerle. Así, igual de irresponsable y cruel, terminaría actuando el muchacho ese, Tony.

   -¿Quieres más güevos, muchacho? –se echa hacia adelante, encontrando las miradas de los otros dos.- ¿Llamamos al capitán y al copiloto?

   Y el joven asistente de vuelo casi se corre ante la idea, todo su cuerpo esbelto estremeciéndose por poderosas oleadas de lujuria, una imagen fugaz llenándole completamente la mente, una fila de hombres formándose al lado de ese asiento, todos esperando su turno para metérsela. Su culo responde ávidamente a la idea, succionando con fuerza sobre los dos güevos de machos que lo estaban llenando a un tiempo.

   Bartok ríe bajito, imaginando lo que piensa. Su güevo rojizo va y viene, con fuerza, metiéndosele, rozándole, refregándose de la dura y palpitante verga del otro; con eso consigue que el muchacho grite bajito, de puro gusto, su boca cubierta otra vez por la mano del ingeniero de vuelo, mientras este comienza también su saca y mete del vicioso culo ahora. Cada uno compite por metérselo más lejos, los dos entrando y saliendo a un tiempo. Los dos güevos van y vienen dentro del muy abierto agujero de manera entusiasta, y todos lo sentían de manera increíble.

   El hombre de barbita casi color bronce abre muchos sus ojos, un feroz brillo depredador en ellos, terribles, mientras su güevo estalla en leche dentro del culo del muchacho, quien gime más, casi mordiendo la mano del ingeniero, que siente que los tapones se le vuelan cuando ese semen caliente le baña al mismo tiempo. Su verga también dispara, una y otra vez, su ojete escupiendo esperma, una que se mezcla con la del otro hombre. Escupen y escupen, el semen se acumula, el asistente de vuelo siente que algo le llena, un calor grato parece bañar todo su cuerpo, que transpira por cada poro, siente que sus tetillas arden al límite, que su lengua quema, que su güevo está listo para correrse, pero, que su culo, necesita todavía más. Casi gime, con pena, cuando los dos güevos salen de su redondo agujero muy abierto. Ni una gota de esperma saliendo de allí.

   Está mareado, no puede ni con su alma, pero las manos del pasajero, atrapándole las caderas, le obligan a levantarse, y nuevamente gime, ahogado por la mano que todavía le retiene, cuando la boca del catire cae sobre su verga, cubriéndola, los labios cayéndole sobre el pubis, la lengua quemándosela mientras succiona de manera febril, sin moverse. Bartok chupa y mama sin hacer nada más, sonriendo al verle estremecerse de lujuria total, escuchándole los ahogados gemidos, sabiendo que nunca podría olvidar eso, que una parte de él siempre querría revivir este momento e iría pasando de hombre en hombres para recrear la experiencia. Una nueva succión de su boca y el joven se corre; retirando un poco los labios, Bartok la saborea sobre la lengua, estimulante y deliciosa, y se traga toda esa leche ligeramente aliñada.

……

   Menos de media hora después, el avión aterriza en Maiquetía, la gente lleva minutos despierta, acomodando sus cosas. Bartok se ve impecable, acaso tal vez más apuesto. El joven asistente de vuelo va de aquí para allá, rojo de cara, evitando mirarle. El otro sonríe, sabiendo que esa vergüenza pronto pasaría, que acabaría como terminó su vida de heterosexual y que ahora sería el terror de los botiquines donde llegaran los marineros al desembarcar.

   Toma su maletín y ocupa su lugar para desembarcar, mirando sus pocos vecinos de primera clase. Los estudia. Y la encuentra, la mujer delgada, morena, cabello lacio, piel canela oscura. Joven y elegante. Sabe que era ella quien notó lo que ocurría. Sus ojos se encuentran y repara en algo que lleva tiempo sin notar, que no le impresiona. Le es totalmente indiferente a la mujer.

   Frente a la barra donde se reclama el equipaje, la mira. La ve ceñuda, marcando un número telefónico. Y se enfoca en ella, a pesar de la distancia se concentra. Sonríe al notar que se tensa y lleva una mano a su cuello, volviéndose. La mujer le mira, así que le sonríe con todo su encanto. Ella no responde, pero también le observa con atención, ojos muertos, y se ahoga. Tragando en seco, Bartok intenta tomar aire, pero le cuesta, es como si sus pulmones no pudieran expandirse, consiguiendo casi en seguida un pitido agudo en sus oídos. La mira otra vez, ella asiente y se aleja. La horrible sensación desaparece.

   Vaya, era una de ellos.

……

   Tony Moncada sólo quiere que ese día de mierda escolar termine, poder correr a su casa tal vez llorando un poco y ocultarse del mundo entero. Sentado en los solitarios escalones que llevan a la azotea del instituto educativo, cavila entre la rabia y el dolor. ¡Maldito Rubén Santana! ¡Maldito Mateo Alcántara!

   ¡Maldito Liam Bartok!

   Fue él quien despertó esa hambre en su vida. Le recuerda de la primera vez que le vio, en el Metro: iba perdido en sus asuntos, los audífonos en los oídos y la mirada baja para escapar de un mundo hostil, sintiéndose de pronto no sólo mirado, sino “tocado” por algo cálido e inquietante. Elevando la mirada le encontró, recostado en la puerta contraria de ese vagón, casi todos los ojos fijos en él por alguna razón más allá del increíble atractivo del sujeto, que era innegable y que despertó en el acto todas sus terminaciones nerviosas, casi haciéndole jadear a la distancia, despertando su lívido bajo el flojo jeans que llevaba. La sonrisa torva del catire de ojos extraños fue…

   -¿Te volviste loco? –le saca bruscamente de sus cavilaciones, la llegada de un molesto Roger Díaz, un chico regordete, de cabello leonino y gruesos anteojo, que podría decirse que fungía de amigo.- ¿Estabas mamándole el güevo a un tipo en los depósitos? ¿Aquí? ¿No podías esperar para hacerlo, no sé, en el Metro o frente a una jefatura de policías o una iglesia?

   -¿Te enteraste? –pregunta de manera bastante tonta, debe reconocer.

   -¿No lo niegas primero? ¡Joder! –Roger le mira totalmente desconcertado, le agradaba ese chico que tenía buenos y viejos suplementos de unas series llamadas Kalimán y Tamakún.- Todo el mundo lo sabe. Santana abrió su boca y además de la mierda que generalmente suelta, también lo contó todo. –algo desconcierta a Tony.

   -¿Dijo Santana… a quién se la mamaba?

   -No… -frunce el ceño; como amante de las vaginas, aunque las ha visto tres veces en su vida, y una fue a su mamá cuando la ayudaba después de una cirugía, no entiende los gustos del muchacho. ¿Mamar un güevo, una vaina por donde los hombres meaban? No, no puede.

   La información desconcierta al joven al principio, luego le enfurece. Santana, por razones de afinidad, había mantenido oculta la identidad de su pareja ocasional, Darío Serra, el tipo que trabajaba en mantenimiento y con quien le ha visto fumar varias veces y que por lo tanto era algo así como amigo. Le protegió. Evidentemente no le parecía mal que dos tipos hicieran sus “cochinadas”, como una vez le escuchó decir al describir el sexo gay, el problema era con él, el imbécil de Tony Moncada a quien ahora podría torturar hasta la muerte como sólo saben hacer los jóvenes en las escuelas. ¿Acaso supone que sedujo al otro de alguna manera, que le ofreció sexo sucio y rápido y que Serra, como todo un “macho”, tuvo que responder? Bien, algo de cierto había, pero la mierda esa no lo sabía, sólo actuaba en su contra por pura mala fe. ¡Maldito hijo de puta de doble moral! Se la dedicaba solo a él, por gay, era una prosecución de odio.

   -Deberíamos… -comienza a decir Roger pero unas risas femenina a sus espaldas le interrumpen.

   -Cuidado con lo que van a hacer en las escaleras. –acota muerta de la risa una bonita muchacha de cabellos castaños, gesto pícaro, increíble cuerpo a pesar de ser delgada y alta, Vanesa Tineo. Va acompañada de otros dos que sueltan risas semejantes, y siguen su camino.

   Tony se siente mal.

   -Mierda, no es que sea cobarde, pero aquí me piro. –dice Roger, levantando las manos; le agradaba Tony, pero no tanto como para rayarse.

   -Chao. –le gruñe este, distante, concentrado en sí, hirviendo de rabia por dentro, ¿qué derecho tenía nadie a meterse en su vida, criticar su manera de sentir o lo que hacía porque le nacía? Bien, tal vez dar una mamada en un descampado no había sido la mejor idea del mundo, pero…

   Las risas que lanza Rubén Santana, acompañado por Vanesa, son como dardos que se clavan en su alma. El maldito hijo de puta encarnaba todo lo que odiaba de esa escuela, de esos jóvenes. De su vida. Le ve alejarse del grupo… rumbo al sanitario al final de ese pasillo.

   No lo piensa, no hace un cálculo, tan solamente se pone de pie, rostro pétreo, duro, cruzando al lado del grupito que habla, comenta y chismorrea. Que le ignora. Con una mano empuja la puerta del baño, que no tiene cerraduras, y le encuentra, de espaldas, frente a uno de los orinales individuales (para evitarse problemas, las escuelas jamás utilizaban esos largos urinales comunales), meando. La puerta se cierra y el catire se medio vuelve, encontrándole.

   -Moncada… ¿vienes para ver güevos?

   Y es todo lo que Antonio José Moncada puede soportar. Todo lo ve rojo, siente una rabia muy localizada nacer en su abdomen, que sube cálidamente, embargándole de una casi grata sensación. Algo le advierte que tal vez no sea buena idea, un instinto primitivo le aconseja retroceder, no hacerlo. Pero no puede. Es tan sólo un muchacho ofendido, escarnecido, burlado, que sabe que puede tomar ventaja si se atreve. Si quiere. No lo piensa más, con grandes zancadas cubre el espacio que le separa de Rubén, quien sonríe mirando al frente mientras canturrea algo como: “Tony, el marica, Tony, el marica quiere ver güevos”, al tiempo que se lo sacude, creyendo que así, como lo creen todos los hombres, logrará impedir que las últimas gotas de orina caigan en el calzoncillo. Se lo guarda cuando lo siente. A sus espaldas. No le da tiempo de volverse…

   Tony levanta una mano, cierra el puño, su índice queda extendido y medio apuñala la enrojecida nuca de Rubén, allí donde muere su cabello, cálido al tacto. Lo toca. Y Rubén jadea con la boca muy abierta, parpadeando de manera confusa, volviéndose sobre un hombro para observarle. Las miradas atrapadas.

   -¿Por qué no me lo enseñas, Santana? Tu güevo… -le ordena con respiración pesada.- Anda, sácalo…

CONTINÚA … 7

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 5

marzo 23, 2015

LOS CONTROLADORES                         … 4

EXTRAÑO ENCANTO

   Papi viene.

……

   ¡Esa mierda tiene que acabarse! ¡Ahora! De llegar a saberse el escándalo podría hundirles como compañía, perder su empleo y posición, justo en estos tiempos tan difíciles. Debía… Pierde la idea de todo lo que piensa cuando el tío se asoma por un costado del muchacho, sonriéndole al mirarle la pelvis. Y el ingeniero de vuelo nota, sorprendido él mismo, que la tiene dura bajo el pantalón azul de tela suave. Le late sabroso. Y esos ojos… Brillan burlones, llamativos. Crueles.

   Bartok sonríe más, le sintió llegar… Era una de las dos personas que sentía cerca. La otra se mantenía alejada. No excitada, inalcanzable. Peligrosa. Pero nada de eso le importa en esos momentos, hambriento como está.

   -Acércate. –llama al ingeniero de vuelo, y el chico sobre sus piernas, espalda erguida, hombros tensos, se detiene, volviéndose, rostro levemente transpirado y algo brillante, mirada oscura, sus ojos son pozos de lujurias, de ansiedades y necesidades, totalmente sentado sobre la gruesa verga entre sus nalgas.

   -No creo que esto sea una buena idea… -grazna el ingeniero de vuelo, acercándose, sin embargo.

   Y casi estalla cuando la mano de ese sujeto cae sobre la silueta de su güevo tieso, apretándolo sobre el pantalón, sobándolo, haciendo que lata y se estremezca. ¿Qué le pasa? Esas cosas no eran lo suyo. No tiene nada contra los homosexuales, pero… cuesta pensar con esa mano sobando, palpando, abriéndole el cierre, metiéndose, tocándole más para sacárselo, mientras el asistente de vuelo, con mechones de suave cabello fuera del gorrito, le mira totalmente ido. Volviendo los ojos al pasajero, encuentra que este le sonríe al sacarle el güevo. Pero hace algo más, nota que bajo el pantalón tensa los muslos y eso le provoca un espasmo y un gemido al asistente de vuelo. ¿Acaso movió el güevo en las entrañas de este sin mayores movimientos?

   -Chúpasela, pequeño puto. –le ordena al asistente de vuelo. Sellando el destino del muchacho.

   El joven ya no piensa, esa verga bien clavada en su culo despide oleada tras oleadas de temblores y calores, le llena de jugos que arden, todo su cuerpo es una sola masa de excitación, y con un ahogado gemido cierra la boca sobre la cabezota del güevo del ingeniero de vuelo, que ante el contacto contiene la respiración. La sorbida que le da les deja paralizados de gusto a ambos. El chico cubre más y más de ese güevo y comienza a succionar, como un bebito hambriento; traga mientras mórbido reinicia sus idas y venidas sobre el tolete que le abre el culo y le llena las entrañas, rozándole las paredes ricas en terminaciones nerviosas, dándole cada vez sobre la próstata, enloqueciéndole.

   Los dos hombres se miran sonriendo, disfrutando la cercanía del chico semi desnudo, con camisa y chaleco, zapatos y gorrito sobre su cabeza, que va y viene sobre los dos güevos que le someten al intenso goce del momento. Pero lo que impresiona al ingeniero de vuelo es la mirada más clara, casi amarillenta y brillante de esos ojos cuando el pasajero se muerde el labio inferior, y sabe que al retener al chico por las caderas, clavado sobre su güevo, se está corriendo.

   Bartok llena una y otra vez esas entrañas jóvenes y vírgenes con su esperma, una que es abundante, ardiente, viscosa y muy móvil. Un semen que, cuando el muchacho vuelve a subir y bajar su culo goloso necesitado de más, no escapa del agujero. Era como si lo hubiera absorbido.

……

   Tony Moncada, totalmente renovado después de desahogo sexual, sabiendo que no era exactamente por la eyaculada sino lo otro, regresa al salón de clases. Más calmado, sabiéndose capaz de soportar todas esas horas de materias. Nada le molesta, se siente bien… sensaciones que no duran mucho.

   Nada más entrar un nudo le cierra la garganta, allí, en medio de un grupito de los populares, y otros no tantos, Rubén Santana cuenta algo y estallan en carcajadas, momento cuando le nota, ojos brillantes de maldad, cachetes rojos.

   -Miren, ya cómo que terminó. –todas los ojos se vuelven, y Tony cree que el piso se abre bajo sus pies.- Límpiate la cara, creo que tienes leche en un cachete. ¿Te lavaste las manos e hiciste gárgaras? ¡Chamo, tira con tus maridos en otro lado! –estalla y ríen otra vez tras cada frase.

   Las risas, las miradas, las meneadas de cabeza enferman al muchacho, que traga en seco, llevándose insensatamente una mano a la cara, verificando el hecho, logrando más carcajadas y señalamientos de dedos. Se vuelve y sale… humilladlo.

   Y furioso. Siente una rabia sorda que le sube desde el estómago, una rabia que le ciega. Desea… lastimar a Santana, el hijo de puta de siempre. No lo sabe en esos momentos, porque no puede pensar claramente en nada, pero estaba a punto de tomar un camino oscuro. Uno para el que estaba capacitado.

……

   Algo insólito está ocurriendo en un vuelo comercial que se acerca a costas americanas, sexo en el aire, algo que es de lo más frecuente, pero no en plena cabina de primera clase. Y no de aquella manera.

   En medio de las penumbras y resplandores súbitos que lanza un aparato de televisión, es posible distinguir a un hombre atractivo, comenzando la treintena, cabellos claros y ojos de una tonalidad que hace sospechar de un nativo de otras latitudes contrarias a la venezolana, el cual tiene montado sobre sus muslos a un joven desnudo de la cintura para abajo, piernas así colgando, las puntas de los zapatos sobre el piso, vistiendo el chaleco y la camisa de un asistente de vuelos, un gorrito azul sobre su cabeza, ladeado, con mechones del algo largo cabello escapando por todas partes, especialmente sobre sus ojos, unos oscurecidos por una lujuria intensa que no entiende, mientras apenas mueve su redondo culo de adelante atrás al tiempo que dos gruesos güevos están penetrándole. Porque si, tras el chico, de pie, casi metido también entre las piernas del tío de ojos claros, un alto y fornido hombre totalmente vestido, con una camisa blanca y su pantalón azul oscuro, quepis sobre su cabeza, medio agachado, mete y saca su gruesa mole de las entrañas de aquel asistente de vuelo al que conocía pero al nunca había saludado. Metérsela, verle estremecerse, sentirle agitarse, escucharle gemir ahogado, totalmente caliente con los dos güevos llenándole, era una increíble locura. Se siente literalmente borracho de calenturas. No lo entiende, pero no puede detenerse, así que su tranca va y viene contra ese culito tan apretado, gozando las apretadas que le daba… deslizándola sobre la verga del otro, sensación extraña y suciamente excitante.

   El joven asistente de vuelo no piensa, tan sólo siente, lleno de calenturas y ganas; en un segundo de lucidez inicial temió que aquello le lastimará, pero en cuando el sujeto de ojos claros se la metió otra vez, no pudo pensar en nada más,  y ahora estaba allí, gozando entre esos dos machos, totalmente transpirado, jadeante, su cuerpo tenso como cuerda de violín, las manos recorriéndole provocándole más lujuria. El ingeniero de vuelo ha metido las enormes manos bajo los faldones de su camisa, subiendo, acariciándole de una manera rudamente masculina que no conocía pero que le encanta, atrapándole las tetillas al tiempo que los dos toletes se agitan contra las paredes de su recto, golpeándole la próstata; todo eso le tienen delirando de puro gusto. Chilla tanto que el hombre a sus espaldas le suelta un pezón, uno que pellizcaba mientras lo enculaba, cubriéndole la boca con ella, para contener sus gemidos de puro placer. Y casi se la muerde, sintiendo sobre los labios el frio metal del aro matrimonial del ingeniero de vuelo.

   Los dos güevos van y vienen, con dificultada, abriéndole, llenándole, rozándose una con la otra, las venas que recorrían sus caras posteriores intensificaban su calor por la sangre llena de adrenalina por algo que era tan prohibido en su goce (frotarse de la verga de otro tipo), como estimulante. El redondo culo se deforma con las trancas, y cada metida y sacada hacían delirar más y más al muchacho, uno que con el cabello sobre los ojos, deja escapar unas lágrimas de un total goce indescriptible; se deja llevar por todo lo que siente, estar así, asaltado, sometido, controlado por esos dos hombres que lo cogían, tocaban, pellizcaban, que le susurraban entre roncos gruñidos que era una puta caliente, todo era intoxicante. Cuando un también extrañamente excitado ingeniero de vuelo se tiende sobre él, metiéndosela toda, y le lame una de las orejas, intentando apuñalarle el conducto auditivo con la lengua, se entrega totalmente. Su culo va y viene sin reparos, ansioso, los hala, los aprieta, los chupa. Se transforma aunque él mismo no entiende lo que le pasa.

   Bartok.

   Liam Bartok no es un hombre ordinario. Él, y muchos, lo sabían; aunque el resto de la humanidad no. Y aún la generalidad de esos “muchos” que si sabían que tenía algo… diferente, no podían ni imaginar la profundidad de tal hecho: Bartok podía influir sobre otras personas, especialmente los hombres. Podía, tocando, y ahora sin tener que hacerlo, despertar baños hormonales en otras personas, a tal grado que estos eran incapaces de controlarse dominados como quedaban por la lívido. Pero lo más importante, y que únicamente lo sabía un muy pequeño puñado de personas (aunque le parece que son demasiados), era lo otro… Su semen tiene la propiedad de afectar a otros hombres una vez que lo prueban. Causaba cambios en ellos. Como el que induce en el joven que sube y saltan sobre su güevo, acompañado del otro, con una sonrisa de gozo entre dientes, los dos toletes metiéndosele y saliéndose, una mano pellizcándole las tetillas, la otra atrapándole el cuello, ojos cerrados, lágrimas corriendo por sus mejillas, la viva imagen del putito en la gloria.

   Por eso se corrió poco antes en lugar de contenerse, para estimularle, para dejarles las entrañas hambrientas por más, para que cuando ese otro sujeto también lo penetrara, en la memoria de su cuerpo quedara grabada la increíble sensación de goce que estaba experimentando, dejándole casi desmayado. Su culo, sus entrañas, aprenden rápidamente a amar un buen güevo metido, llenándole. Y el de ese sujeto maduro, atractivo, sería uno de la que más le gustaría. Mientras sube y baja como puede su tolete dentro del ocupado agujero, Bartok imagina lo cortados que estarán esos dos después de que todo termine. Lo que se evitarán, lo mucho que se preguntarán qué carajo hicieron, prometiéndose alejarse, pero siempre habrá un güevo anhelando meterse en cierto culo apretadito, aunque ya no esté ocupado por esa otra leche (que también le afectó); y un joven que sentirá, somáticamente, que sus entrañas arden de ganas por un güevo que le consuele, especialmente por ese güevo, si no estaba el de su iniciador. Sonríe sabiendo lo que ocurrirá, se resistirían por un tiempo, pero terminarán haciéndolo, y cada vez que lo hagan, necesitarán más y más. Ese hombre prácticamente deseará vivir metiéndosela por el culo y ese chico deseando que todas se le metan hasta lo más profundo.

   Le ha transformado, un poco. Hay cambios que pueden ser mayores. Y peores. Como ahora puede hacer ese nuevo discípulo que ha encontrado, Tony Moncada.

CONTINÚA … 6

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 4

marzo 16, 2015

LOS CONTROLADORES                         … 3

EXTRAÑO ENCANTO

   Papi viene.

……

   -Si, un tequila, por favor. Necesito algo fuerte. –le sonríe con algo de pompa.

   El joven, delgado, alto, cabello cobrizo y bien parecido (aparentemente era uno de los requisitos tácitos de la aerolínea), parte por la bebida, quejándose internamente de lo bien que vivían algunos, como ese tipo con su hermosa camisa. Debía estar bien resuelto para ir en primera clase y encima se veía guapo. No que le interesara en mayor medida. Toma el salero y algunos limones picados por si el hombre era exigente. Con todo en una bandeja regresa por el pasillo entre asientos un tanto vacíos en las penumbras, y casi la deja caer con la sorpresa.

   -¿Qué coño hace? –grazna alarmado, escandalizado, pero como buen asistente de vuelo, conteniéndose para no armar un escándalo.

   -Me lo sobo. –admite el otro con toda tranquilidad, voz queda pero no bajita, es un macho alfa, no está para disimular. Con una mano cerrada en puño, el sujeto se frota el tolete bajo las ropas.

   -¡No puede hacer eso aquí! –le indica vehemente, mirándole totalmente sorprendido.

   -¿No te han dado ganas a veces de hacer algo sucio, caliente y peligroso? –le pregunta mirándole a los ojos, y el chico no había notado que fueran tan claros y bonitos.- ¿No te has imaginado estar sentado en una cena con amigos o familiares y que una mano se meta entre tus piernas, bajo el mantel y te lo sobe duro? –tragando en seco y con ojos muy abiertos, el chico niega, aunque no puede hacer nada más, no con ese sujeto abriéndose la correa, el botón y bajando su bragueta, metiendo la mano.- ¿No? ¿No te has preguntado nunca que se sentiría si alguien te lo mamara en el privado de un baño público? ¿No has jugado básquet con tus amigos y sentido que uno te mete mano, con disimilo, pero sobándotelo, apretándotelo? –el chico no puede responder, de ese pantalón abierto emerge un güevo blanco rojizo totalmente erecto, surcado de venas.- Mi trago. –pide más como una orden, y algo tembloroso el otro le tiende la bandeja. Toma el vaso con la mano libre y bebe el fuerte licor, sonriendo, teniéndole allí, cerca.- Agárralo. –ordena cerrando los ojos con una sonrisa, apoyando la cabeza en el respaldo y sigue bebiendo.

   Ni siquiera le mira, o duda que vaya a ser obedecido, tan sólo bebe su tequila mientras el otro alarga una mano y le rodea la pulsante masa de carne que pega un bote como hacen todas cuando otra persona las atrapa. El miembro le quema la mano al muchacho, quien parece ausente, totalmente ido del lugar donde está, tan sólo consiente de lo increíblemente estimulante que era tener el güevo de otro carajo quemándole, mojándole y latiéndole en la mano. Él nunca ha hecho eso pero…

   Casi jadea cuando el sujeto, sin abrir los ojos, alza una mano y le atrapa el entrepiernas, palpando, sobándole el güevo, el cual se dispara en seguida, caliente como está, sintiendo su sangre llena de adrenalina. Ahora se miran, tocándose uno al otro; el hombre bebe otra vez mientras le baja el cierre, mete la mano y le atrapa sobre el bóxer. Y tener a ese sujeto en el pasillo del avión, con otros pasajeros presentes aunque dormidos, metiendo la mano dentro de la bragueta y sobándole, pone muy mal al hombre joven. Esa mano manipula y se lo saca, rojizo cobrizo, lleno de sangre, y la mano grande, recia y fuerte que corre sobre ella casi le hace correrse, claro que no es lo que el tipo quiere.

   Bartok se termina el trago, deja la copa sobre el vacío asiento de al lado y llevando su atractivo rostro hacia adelante besa suave y lentamente el glande. El chico gime, eso era tan sucio y prohibido que se estremece. Esa lengua le recorre la lisa cabezota, y fascinado, casi enfocando únicamente ese punto, ve la rojiza lengua bajo su ojete, recogiendo la gota clara que escapa. Le ve atraparla, llenarse la lengua con ella, meterla en su boca y saborearla. Casi le tiemblan las piernas cuando ese rostro se ladea otra vez, y esos ojos increíblemente hermosos le enfocan mientras le recorre el güevo de arriba abajo, casi dentro de la bragueta. El pase lento y deliberado de esa lengua sobre su tranca, lamiendo cada vena y rugosidad, le provoca poderosos escalofríos. No pensó que pudiera ser mejor, pero cuando la boca cubre su glande, chupando, bajando, tragándose su tranca palmo a palmo, la mente se le desconectó, como suele ocurrirle a todo hombre que le dan una sorpresiva e inesperada mamada.

   La presión de esos labios que se extienden, la vista de ese tenue bigote y barbita que los rodean, el lunar a un lado, todo era erótico mientras va desapareciendo su pulsante masculinidad entre ellos. Los labios casi entran en la bragueta, se detienen y las mejillas se cierran sobre ella, la lengua se agita de adelante atrás, contra la cara posterior de su miento, al tiempo que comienza a succionar. Ruidoso, salivoso. El joven sabe que no aguantará mucho. Esa boca es una trampa sensual, maravillosa… e implacable.

   Ojos cerrados, muy consciente de todo, a diferencia de lo que a veces le pasaba a Tony Moncada, Bartok sube y baja la boca sobre el palpitante falo del muchacho, que pulsa y moja de manera intensa, algo que siempre la ha gustado. Siempre se pone sentimental en ese punto, recordando los primeros güevos que mamó en su vida, casi todos amigos de su papá, tíos sorprendidos que se asustaron, a los que asedió. Ahora lo cubre y su garganta lo ordeña, su manzana de Adam sube y baja, y el asistente de vuelo cree que se muere. Maldita sea, el chico era muy novato en estas lides, ya estaba a punto de caramelo…  La idea del semen joven y caliente, viscoso y delicioso sobre su lengua le hace agua la boca, una que bebe con los jugos del chico, pero no puede, no todavía. Tiene que prepararle antes. Así que abandona la joven pieza, que brilla de saliva y jugos, algo de líquidos derramándose desde la punta. Sus ojos se encuentran otra vez, mientras el hombre seca su rostro de la manga del traje.

   -Bésalo. La cabecita. Hay un juguito rico ahí para ti. –le ordena, y al chico le cuesta despegar la mirada de su güevo mojado, para enfocar el que todavía sostiene con la mano.

   -No lo sé, señor, no soy marica, yo… -calla cuando el otro ríe, moviendo su mano a la vez, pegando la punta del índice del ojete del glande, empapándolo, llevándolo luego a su boca. Por un momento pensó en escapar, pero cuando ese dedo choca de sus labios, vence la resistencia y entra, ¡el dedo de otro carao!, y le toca la lengua, todo pierde sentido para él. Su lengua sé llena de saliva y de un sabor que le estimula cada terminación nerviosa. Lo chupa, cierra los labios sobre el dedo, uno que ahora va y viene levemente.

   Sonriendo, el hombre tiene que agarrar la bandeja o el chico la deja caer. Depositándola sobre el asiento de al lado, vacio a excepción del vaso corto, se dispone a gozar. El muchacho ha caído sobre sus rodillas, sin fuerza, y lleva el rostro hacia abajo, cerca de ese increíble güevo blanco rojizo que late exhalando calor y jugos. Con la boca seca, tragando, sabe que la desea. Que se muere por cubrir esa cabecita roja y chuparla. Baja más y los labios chocan del glande, sus labios se untan con esos líquidos, los recoge con su lengua y esta estalla en llama. No oye, no ve, no es consciente de nada como no sea rodear el manjar ofrecido y chupar directamente, buscando más de ese raro licor. Gime de manera algo escandalosa cuando ese jugo le estimula la lengua.

   Maquinalmente sube y baja un poco, y sorbe, esos jugos caen otra vez sobre su lengua y todo le da vueltas, su corazón late con fuerza, todo él se eriza. Esos jugos le excitan, con labios y mejillas rodea el grueso falo masculino mientras baja, chupándolo. Y al hacerlo gime ahogado, ojos cerrados, perdida toda cordura. ¡Quiere mamarle el güevo! Quiere chuparlo, cubrirlo, subir y bajar sobre él con gula, queriendo esos jugos, ese calor, esas pulsadas, quiere oírle gemir quedo cuando lo traga más y más, desea verle tensarse, excitado por la buena mamada de güevo que estaba dándole. Le pone a mil pensarlo, saberlo, sentirlo, estar consciente de ello, de que su boca va y viene sobre el güevo de otro tipo por primera vez en su vida… y que le encanta.

   Chupa como un poseso, lo atrapa más y más con su garganta, sus labios casi entran en la bragueta. Dándole en la frente, el tipo le aleja por un momento, y con voz gruesa, dominante, erótica, le indica que lama el tronco, que lo recorra con la lengua, que lo haga arder con la punta sobre las venas, que lengüetee y azote el ojete, que lo bese con cariño. Y cada palabra le encloquece más y más.

   Por un segundo, Bartok juega con la idea de correrse en su boca, el semen le prepararía, pero…

   -Bájate el pantalón. –le ordena separándole de su güevo otra vez, mirándole a los ojos de manera intensa.

   Y el joven obedece, labios y barbilla mojados de saliva, su pecho subiendo y bajando con pesadez, sus manos trémulas abriendo la correa y el pantalón, que cae. Arde, todo le arde, le urge. Su culo sufre un espasmo y… Mira esa verga gorda y larga, rojiza, y tiembla aún más.

   Bartok sonríe… aunque sabe que dos personas notarán lo que hace. Les puede sentir muy bien.

……

   -Voy a estirar las piernas. –dice dentro de la cabina, el ingeniero de vuelo, un cuarentón agradable y apuesto, bien conservado por su empleo, porque sabe que le queda bien el informe y que las asistente de vuelo son bastante ligeras de cascos en ciudades alejada de sus casas. Toma su quepis y sale, atrancando bien la puerta. Una universal medida antiterrorista. Cruza el pequeño departamento de los asistentes de primera clase, solitario, hay más trabajo atrás. Aparta la cortina y penetra en área de pasajeros importantes.

   -¿Qué…? –brama totalmente sorprendido.

   ¡Mierda!, es lo único que puede pensar mirando la escena. Allí estaba uno de los asistentes de vuelo, no recuerda su nombre, sólo que era ese que no le quitaba los ojos de encima a las tetas a Berta, una catira de pequeñas blusas y escotes generosos, y que ahora estaba allí, montado sobre las piernas de un pasajero, de frente a este, al que no ve, subiendo y bajando su culo abierto sobre una gruesa tranca blanca rojiza, llena de muchas venas hinchadas de sangre, que al entrar y salir,  deslizándose en sus entrañas, parecían hacerle alucinar. Porque se notaba que el muchacho (¿cómo carajo se llamaba?), estaba delirando de gusto mientras subía y bajaba sobre ese güevo que atrapaba casi hasta la empuñadura.

   Lo sabe porque ha tenido su buena cuota de putas a las que ha hecho delirar así, lo nota cuando el joven va y viene, que la cabeza se le agita de adelante atrás, con unos mechones de cabellos fuera de ese feo gorrito que usan, que la espalda, bajo la camisa y el chalequito, se agita, se tensa y arquea, que sus nalgas levemente velludas, redondas y firmes, se abren y cierran… ¿para masajear mejor ese güevo?; no, sabe que es para sentirlo rozarle más por dentro. El chico está totalmente desnudo de la cintura para abajo, en zapatos, sobre el asiento, las manos del macho que lo penetra (o que presta su güevo, ya que es él quien se encula), le retienen por las caderas, dedos largos casi cubiertos por la camisa.

   ¡Esa mierda tiene que acabarse! ¡Ahora!

CONTINÚA … 5

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 3

marzo 11, 2015

LOS CONTROLADORES                         … 2

BOY HOT

   ¿Quién es dueño de su destino?

……

   -No, yo… -¡joder, joder, joder!, era lo único que podía decirse Darío Serra. No lo entiende, ¿por qué se deja tocar?, ¿por qué le permite decirle todo eso? ¿Por qué no escapaba cagando leches? Y la imagen le turbó aún más. Pero no, no podía escapar.

   -Mira cómo me tiene ese culito redondo que traga jeans. –dice dejando de tocarle la cara y atrapándole una mano, una que se mueve como sin vida propia hacia su entrepiernas. Una mano a la que obliga a tocar la pulsante dureza bajo el pantalón, una mano a la que casi forza a cerrarse, aunque no del todo, sobre la ardiente barra de carne joven.

   -No, no… yo no le tocó el güevo a otros carajos. No soy un marica como tú… -grazna ronco, roto; pero sintiendo la palma ardiéndole por el tolete bajo ella, y sin poder contenerse o para ver qué era aquello, sus dedos se cierran y la medio atrapa en puño, horrorizado él mismo de su reacción. Si, le quema la palma, la siente pulsar, poderosa, vital, lleva de deseos… y se sentía suciamente excitante estarlo haciendo, tocándolo. ¡Tocándole el güevo a otro carajo!

   -Te va a gustar tener mi güevo en tu mano, mojándotela, y vas a lamer esos jugos de tus dedos como si fuera leche condensada. Y te va a encantar. –le dice Tony al conserje, sonriendo, sintiéndose increíblemente poderoso, como nunca, encantándole la sensación. También el ser malo y cruel con aquel sujeto que tantas veces le ha gritado vainas, le agradaba.

   -No, yo no… -todavía se resiste al hecho de estar apretándole el tolete sobre el jeans, y casi grita horrorizado cuando Tony se mueve.

   Pero no grita, no puede. El joven le cubre la boca con la suya y le lame el labio superior, metiendo la lengua cuando el otro se disponía a quejarse. Una lengua que penetra lentamente, tanteando, saboreando, invadiendo. Deliciosa.

   Y así les pillan cuando el otro se acerca, deteniéndose sorprendido.

   ¡Mierda!, fue el grito mental, escandalizado, horrorizado… y divertido que lanzó para sí Rubén Santana. La escena era increíble, allí estaban el marica de Moncada y el sucio de Serra (le conoce, le ha visto meterle manos que juega garrote a cuanta tía se le cruza, cosa que le excita, quería ser igual de gañan), dándose un latazo. Ríe contenido, mirando en todas direcciones, luchando entre la idea de decir algo para verles pegar un brinco hasta el techo sobre sus cabezas, ir a contárselo a alguien, o llamarles para que vean, o… Guardárselo. Riendo bajito, cara roja, se aleja. Ah, la vida daba sorpresas, como decía la canción. Que se jodiera el Vicedirector, después de todo no es asunto suyo decirle nada a nadie. Que le buscara él. Ríe, ya lejos, imaginándose la cara del hombre de haber llegado y encontrarles así.

   ¡No soy gay, no soy gay!, grita enfebrecida la mente del conserje pero gime y se apoya sobre el otro, rindiéndose, respondiéndole, atándose en una de besos, lamidas y chupas con mucha saliva que le tienen el güevo totalmente tieso dentro del pantalón, al tiempo que aferra, frota y acaricia el del muchacho, uno que no puede soltar. Ni quiere. Su mano no le obedece, como no lo hace su boca en esos momentos, cuando su lengua sale y se la deja rastrillar por los dientes del muchacho, o cuando aletean viciosamente una contra la otra. Un beso entre chicos, algo muy normal en tantos liceos.

   -Mírame… -le ordena en voz baja y ronca Tony, y le obedece, están tan cerca que es difícil, pero esos ojos amarillentos le atrapan, le atraen.- Vamos, lo quiero ya. –le urge, y Darío casi jadea cuando las manos del otro bajan y atrapan sus nalgas de manera procaz, apretándolas duro, casi alzándole. Y quiere oponerse, decirle que no, pero todo su cuerpo se rinde, lo desea, lo desea tanto que casi alcanza el clímax ya.

……

   El depósito es largo y ancho, dividido en cuatro cuartos, y en el más alejado se encuentra una vieja colchoneta gruesa donde de tarde en tarde, después del almuerzo, alguno de los empleados de Mantenimiento tomaba una siesta. Pero en ese momento está ocupada por dos cuerpos que no están durmiendo precisamente. Dos hombres curiosamente transpirados practican un sesenta y nueve muy agitado, las bocas van y vienen, pero también los güevos cuando las caderas son agitadas, urgidas por la caricias bucales, las apretadas de mejillas que frotaban al entrar y salir, las lenguas que queman al pegarse de las barras, lamiéndolas desesperadas mientras entran y esperando que suelten sus jugos a la salida, cuando dan sorbidas extra. Uno de ellos, de espaldas sobre el colchón, es un hombre acercándose a la treintena, el otro, sobre él, es un jovencito casi enrojecido, que no llega a veinte. Pero es este quien lleva el paso, el control, su boca de labios rojos sube y baja golosa como es siempre a esa edad sobre el falo erecto y grueso entre ellos, al tiempo que con una mano le aprieta las bolas al sujeto algo mayor. Hay algo posesivo en el agarre.

   Darío, por su parte, no piensa, tan sólo se deja hacer mientras sorbe de ese güevo joven que se mete y sale de su boca. Al principio creyó que no podría hacerlo, pero no pudo resistirse al tenerlo cerca, golpeándole la nariz, exhalando un calor intenso, una gota viscosa brillando en el ojete que le hizo salivar la lengua por alguna razón que no entendía, y un olor almizclado poderoso que le hacía sentirse cachondo. Cerró los labios sobre el glande sabiendo que daba un paso grande, y terrible desde su perspectiva, pero no pudo evitarlo, no pudo resistirse más, y al sentir ese calor contra sus labios, el sabor sobre su lengua, se le volaron los tapones. Ahora su cabeza sube y baja también, necesitado, porque esa era la palabra, estaba urgido por atraparlo, chuparlo, succionar más y más de esos jugos que cada vez le saben mejor, de un dulce salino que le marea y llena de endorfinas. Ignora que suda totalmente, está bañado como si saliera de una regadera, su ombligo casi es un pozo, y que una leve fosforescencia parece destacar su cuerpo. No oye nada, no es consciente de nada como no sea del peso de ese muchacho sobre él, sensación física que le parecía increíble ahora, y de ese güevo que necesitaba mamar, atrapándolo todo, las bolas cubriéndole los ojos allí donde se apoyan. Y la boca del chico… y su mano.

   Porque si, Tony le esta mamando bien, pero con la mano atrapa sus bolas, apretando sabrosito, para luego llevar un dedo a la pequeña depresión que lleva a la raja de su culo. Darío lo siente, ojos cerrados por las bolas sobre ellos, ese güevo pulsando en su garganta, llenándole de una manera que le encanta. Se tensa cuando lentamente ese dedo se desliza por su peluda raja, la punta deteniéndose sobre su cerrado culo, el cual es tocado, frotado, medio halado, y cada toque, cada pase le hace gemir con la boca llena de güevo, ahogándose, con lágrimas que no entiende saliendo de las comisuras de sus ojos cerrados. El dedo se centra en su orificio y frota de manea circular, y la sensación es tan intensa que deja salir el tolete que tiene en la boca, lo mejor que ha saboreado nunca, piensa en esos momentos de locura, arrojando una ahogada bocanada de aire, jugos y saliva, junto a un gemido de lujuria intensa, aterrándose y maravillándose al preguntarse qué se sentiría si ese dedo, el dedo de otro carajo, penetrara su virgen culo de macho vernáculo. Y grita cuando este se hunde, metiéndole los pelos y pliegues; el dedo entra lentamente, doblándose en dirección a la base de sus testículos, y todo él se estremece violentamente, casi lanzando fuera al chico sobre él, cuando se arquea.

   -Trágate mi güevo… -le oye exigente, dominante, el macho que desea todo de su perra.

   Y lo hace, atrapa con su boca el tolete caliente de Tony, ronroneando cuando el chico se la vuelve a tragar también, moviéndole el dedo en el culo, flexionándolo como gancho y enderezándolo. Todo temblorosos se traga el güevo joven hasta los pelos, que está imposiblemente duro, y a pesar de todo abre los ojos con alarma cuando lo siente, algo hirviente recorriendo a lo largo del pene, que se pone increíblemente tieso, y que al salir unos centímetros sus labios, le baña la legua con uno, dos, tres y cuatro trallazos de leche caliente. Por un segundo cree que se ahoga, que no podrá hacerlo, beberlo no, hasta que el viscoso, abundante y caliente semen estimula cada papila gustativa de su lengua; casi hambriento lo traga, buche a buche, sorbiendo copiosamente por más. “Dios, qué rico es”, fue su pensamiento asombrado y horrorizado. El sabor de la esperma le había dejado casi delirando, todo tembloroso, y fue cuando el chico abandono su güevo…

   -Oye… -bramó, soltando finalmente el tolete rojizo, mirándole cuando Tony se sienta a su lado. Pero gimió, alzando su espalda del colchón, cuando aquel chico, con un aire casi felino, inclinó el rostro sobre su bajo abdomen, casi en el borde de sus pelos púbicos, sacando la lengua y lamiendo su copioso sudor, recogiéndolo, saboreándolo con azotes y tragándolo, hasta casi chupar de su ombligo, toda esa transpiración, para regresar luego a su verga. Tragándola también.

   Fue todo para el conserje, los rojos labios la atraparon, las mejillas apretaron en la bajada y Darío Serra comenzó a gritar entre dientes, ojos muy cerrados, elevando sus caderas, buscando esa boca cálida que le succionaba de manera tan estimulante y corriéndose de una manera que le alzó a cumbres insospechadas, un placer físico y mental tal que roba todas sus fuerzas seguido de una debilidad a la que deseaba ceder. Y Tony lo recibió y bebió todo, hasta la última gota del semen previamente preparado, uno que llena su estómago de un calor intenso. Bebe con los ojos cerrados notando que toda tensión, incomodad, dolor o cansancio desaparece de su cuerpo y mente. En paz. Aunque le es posible escuchar sus propios pensamientos, indicándole que era necesario juntar un rebaño, una cosecha casera. Es justo en ese momento cuando abre los ojos con sorpresa, aún los labios apoyados en el pubis del otro, succionando por más. ¡Esos pensamientos no eran suyos! Eran de otro que susurraba en la nada, pero que se acercaba.

   Bartok…

   Y, sin embargo, no pudo preveer los problemas que también le llagarían.

……

   El viaje desde Holanda, donde hizo el trasbordo, ha durado bastante. Ha dormido, mirado algo de televisión, escuchó música y leyó… pero ahora se aburre. Cosa siempre peligrosa tratándose de él, admite con una leve sonrisa en su atractivo rostro. Primera clase está casi desierta, los pocos asientos ocupados acogen a gente que también duerme. Necesita un trago y llama. Espera. Despega la espalda del asiento y se estira, siente el cuello tieso; y justo cuando está así, el saco abierto, la fina camisa de seda oscura amoldada perfectamente contra su pecho, aparece un tipo joven vistiendo un uniforme de pantalón azul, camisa blanca y un chalequito feo, incluso un gorrito. Un asistente de vuelo. Y el joven, sin mayor interés, le mira los pectorales que se perfilan tanto como los pezones bajo la tela. Deseando tener una camisa igual, adivina el hombre sentado, perro sonriendo más, volviendo la mirada hacia los otros asientos.

   -¿Desea algo, caballero?

   Si, piensa Liam Bartok, quiere sexo. Ahora y allí.

CONTINÚA … 4

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 2

marzo 3, 2015

LOS CONTROLADORES

BOY HOT

   ¿Quién es dueño de su destino?

……

   El chirriar que indicaba que había finalizado la clase casi le hace pegar un bote en el asiento, de lo tenso y angustiado que estaba, había sido salvado por la campana. Todos, aunque mirándole, comienzan a recoger sus cosas mientras el profesor Pereira no deja de observarle al tiempo que les dice a todos que lean los dos capítulos que indicó porque viene un examen serio. Todavía tragando, fingiendo no ver a nadie, nota a Mateo levantándose, reuniéndose con dos de sus amigos, Rubén Santana y Emilio Nóbregas, comentando algo con ellos, mirándole, y saliendo finalmente.

   -¿No se va, Moncada? –le reta el profesor, burlón. Y el joven, mejillas rojas, se molesta.

   -Si, profesor. –se pone de pie y a pesar de la chemise por fuera del pantalón se le nota el erecto tolete, así como una pequeña mancha que podría tomarse por orina, una gota, pero que los dos saben no es.

   -¡Qué marica eres, muchacho! –se burla duro el tipo, con desprecio. Y la sangre de Tony hirvió más, al tiempo que tomaba sus cosas, medio cubriéndose con el morral y dirigiéndose a la salida.- ¿Qué?, ¿nada qué decir? ¿Acaso no oye bien?

   -¡Hijo de puta! –le gruñe, sorprendiendo evidentemente al otro que iba recogiendo cosas sobre su escritorio y se volvió a mirarle, molesto.

   -¿Qué dijo? –ladra, congelándole en la entrada al salón.

   -¿Qué? ¿Acaso no oye bien? –se vuelve a mirarle, frente a la puerta abierta.

   -¡Venga acá! –le grita, molesto. Intimidante. Sabe cómo imponerse a esos carajitos, especialmente a un chico tímido y débil como el otro. Pero Tony alza la mirada, sintiéndose fuerte, valiente. El corazón serenándose de manera extraña en su pecho.

   -¿Por qué siempre quiere que me quede después de clases, profesor? Me asusta, señor. –finge una vocecita maricona frente a esa puerta, y alarmado de pronto, Pereira nota que algunos muchachos se detienen en el pasillo, fruncen el ceño y miran hacia adentro.- ¿Qué quiere de mí, señor?

   -Lárgate, mariconcito. –le gruñe entre dientes.- Pero esto no acaba aquí.

   -Sería mejor que si, profe. –responde ominoso, dando media vuelta y saliendo, abriendo mucho la boca en el pasillo, tomando aire, sintiéndose increíblemente bien con sigo mismo; por enfrentar al hombre, justo al odiado, aunque guapo, profesor de Física. La sensación es casi embriagadora… y estimulante.

   Se cubre mejor con el morral, rojo de orejas, increíblemente caliente. Siente que el güevo le arde y palpita bajo las ropas, y los muchachos cruzándose en su camino, unos hablando o riendo, con sus olores y calores corporales regándose en todas direcciones, no hacen nada por aliviarle. Baja a paso rápido, necesita un lugar solitario para calmarse. ¡Mierda, lo que quiere es una dosis! Una masturbada rápida le ayudaría, pero sabe que no sería suficiente. ¡La dosis si!

   ¡Maldito Bartok!

   Cruza frente a la cafetería y sale al patio trasero, va a los depósitos de cosas varias, alimentos, mobiliario en otro cuarto, otros repletos de objetos variados. La gente, alumnos y profesores, lo usaban como tierra muerta donde fumaban botando más humo que chimeneas de fábricas de principios del siglo pasado. Se detiene contra una pared e intenta serenarse. No entiende esas urgencias, le habían hablado de ellas pero no las creyó, ahora las padece y sencillamente no las entiende. Tampoco de dónde le salió la resolución para abordar a un tío a la salida del Metro, o contestarle así a Pereira. Le sobresalta un ruido pesado, de algo que se arrastra. Vuelve la vista y encuentra una carretilla de cargas, y de uno de los depósitos sale uno de los conserjes halando de un pipote, Darío algo, nunca ha sabido qué. Y se estremece otra vez. Predador. ¡Quiere sexo! Y lo quiere ahora.

   Darío Serra era un carajo no muy alto, pero si fibroso y atlético que daba una sensación de poder. De cabello negro lustroso, su rostro siempre presentaba un rastro de barba que raspaba a sus nenas, por todos lados. Era un hombre infeliz. Estando cercano a los treinta, casado con una novia a la que preñó en el bachillerato, eso le obligó a trabajar en lugar de estudiar o preparase para algo mejor. Se sentía frustrado, el único escape es saber que gustaba. Que su cuerpo blanco cobrizo, de brazos marcados, pectorales abultados y abdomen tallado atrapaba miradas; siempre trabajaba en camisetas muy abiertas que dejaban ver sus hombros anchos, tatuados, y un pecho levemente velludo. El viejo jeans que usaba le quedaba como un guante, destacando sus muslos musculosos, un bulto siempre presente en el entrepiernas… y unas nalgas redondas y desafiantes, de las que estaba orgulloso, cosa que a nadie contaba. El tipo era todo un pillo; varias profesoras y una que otra madre y representante habían pasado por su filo. A las alumnas les tenía algo de pavor, un conocido suyo pagaba doce años en el infierno de El Rodeo por salir con una de dieciséis, que aunque lo seguía y asediaba, una vez preñada le dijo a la familia que fue violación. A una menor. La hija de puta, siempre se dijo. Pero aprendió. Por muy lindas, tetonas y regaladas que fueran, no las tocaba. Y eso que lo miraban, cosa que le halagaba.

   Y ahora los ojos de Tony Moncada, como dardos, estaban clavados sobre su trasero terso, el cual se destaca más cuando se medio agacha para halar del pesado pipote lleno de bolsas negras de basura. La áspera tela se perdía entre las nalgas y al muchacho el corazón le palpitaba locamente. Se imagina llegando, como si nada, extendiendo una mano y metiéndola allí, lentamente, acariciándole y frotándole de abajo hacia arriba, y de arriba abajo otra vez, entre esas nalgas que estarían calentitas. Respira pesado, sintiendo que se ahoga, notando que alrededor del tío todo va perdiendo nitidez.

   Aunque ocupado como estaba en ese trabajo de mierda, en su vida de mierda, que generalmente odiaba, como a su mujer, las manos enguantadas con esas porquerías de tela sobre el boquete del pipote, Darío Serra siente algo. Frunce el ceño, carajo, era como si le hubieran tocado el culo unos dedos fantasmales. Se vuelve y pilla mirándoselo como si quisiera incarle los dientes al muchacho ese, Moncada, el cual, según Rubén Santana, era un pato que olía calzoncillos.

   -¿Que me ves, marica de mierda? ¿Quieres güevo? ¡Vete al baño del terminal! –es duro, sonriendo cruel y burlón, se sentía bien ofendiendo así, ya que drenaba algo de sus frustraciones.

   -No te vi anoche ahí. –es la respuesta casi automática de Tony, quien es el primer sorprendido.

   -¿Qué dijiste, mierdita? –furioso, soportaba demasiadas cosas en una vida injusta como para también tolerar aquello, va hacia el muchacho, desafiante.- ¡Repítelo, mariconcito! –le ladra, a dos pasos, viéndose imponente, masculino, macho y agresivo. Tony nadaba en endorfinas, la boca seca, excitado como nunca. Quería domarlo.

   -¿No te gustaría tragarte mi leche? –le pregunta, labios rojizos, una tenue sonrisa. Y el otro explota de rabia.

……

   -¡Le digo que fue grosero e insolente! Me ofendió de una manera ultrajante y exijo que se le reprenda. –brama Pereira, profesor de Física, al vicedirector, en pleno pasillo frente a la Dirección.

   -Pero Moncada siempre ha sido un buen alumno.

   -Ahora no. Y no puedo tolerar las cosas que me dijo. Todo tiene un límite.

   -¡Okay! ¡Okay! –brama el hombre, sumamente incómodo como siempre que debía iniciarse una sanción contra un alumno, algo sumamente complicado dadas las nuevas leyes escolares que podían catalogarse de cabronerías. La única manera de deshacerse de un mal estudiante era sembrándole drogas y una pistola en el morral, si es que no lo tenía ya; pero la cosa era especialmente penosa en este caso por ser Antonio Moncada un buen alumno.- ¡Santana! –le brama al mocetón acuerpado y de cabellos cobrizos que pasa por ahí.- ¿Y tu compañero Moncada?

   -Le vi ir hace rato hacia los depósitos. Por allá le encontrará. –responde el joven, iniciando sin saber una cadena de eventos que terminaría creando un problema muy serio en todo el colegio.

   -Bien, yo me ocupo… -le dice el vicedirector a Pereira.

……

   -¡¿Qué dijiste?! –ruge Darío, manos en puños, agresivo al extremo.

   -Pregunté… -comienza a hablar lentamente, insolente, como si lo hiciera con un tonto.- …¿Me lo mamarías?

   -¡Hijo de…! –el hombre da un paso al frente, furioso, dispuesto a coserlo a golpes así fuera un alumno del colegio de mierda. Y es cuando el muchacho aparta el morral, el tolete se le nota abultado, duro, mojando la tela. Eso le congela y hace arrugar la cara.- ¿Qué haces, marica? ¡Tápate tu vaina, degeneradito! –suena asqueado.- ¡No! –brama cuando Tony se acerca, alza una mano y le acaricia el pómulo derecho. El toque es eléctrico, toda su piel se eriza y calienta bajo el tacto de los dedos; se siente tan bien que le asusta más, todo ojos abiertos, notando que los del muchacho parecían más brillantes.

   -¿Alguna vez tu lengua se ha visto cubierta con la leche caliente y espesa de un chico que se corre en tu boca, los dos gemiendo? –le pregunta, suave, tono profundo.

   -¡No! -se horroriza, por las palabras, pero más por la instantánea imagen de sí mismo de rodillas, boca muy abierta, un güevo pulsante bañándole la cara de una esperma caliente y olorosa, su boca llenándose de ella, las papilas gustativas estimuladas.- ¡Yo soy un hombre, carajo! ¡Un macho! –casi gime desesperado. Y contiene la respiración cuando el joven se acerca más, hablándole casi a los labios, bañándole con un aliento fresco.

   -¿Un hombre? ¿Un macho? Esos son los que más disfrutan del sabor de la leche de otros carajos. Y la mayoría, después de probarla, la desean toda la vida. –no sabe de dónde salen esas palabras, ese control sobre sí y sobre él otro. Ese poder. Pero le gusta. Con los dedos le rastrilla el rostro, notando que se estremece, que la respiración se le espesa más.- Esa boquita grosera e insultante se verá magnifica rodeando mi güevo, chupando de él como un becerrito hambriento, deseando saborear hasta la última gota de mi esperma. –parece prometerle, como si ya fuera un hecho. Cómo si no le quedara otro camino que someterse, mamar de su güevo y beber su semen.

CONTINÚA … 3

Julio César.

LOS CONTROLADORES

marzo 2, 2015

…DESGRACIADOS

   Hace tiempo llevaba en este espacio un relato que murió por falta de interés, MEMORIAS DE DESGRACIADOS. El presente lleva tiempo dándome vueltas en la cabeza, de manera algo molesta, debo admitir. Ando un tanto deprimido, pasan muchas cosas malas en este país, y el mundo; sé que suena algo tonto, pero no puedo evitar que afecte mi humor, y esto, drenar un poco, me ayuda. Someto la historia a consideración. Hay seres que son sumamente peligrosos para la estabilidad de otros, los controladores, porque transforman mientras se “alimentan”. La idea es vieja, de los días cuando escribí sobre un grupo de personas con habilidades en una dizque novela que un día presentaré aquí, cuando salga de luchas internas, los RELATOS CONEXOS.

……

BOY HOT

   No sabe cuándo cambió, pero le gustó… ¿y a ti?

……

   Tony Moncada no sabe cómo llegó a ese apartamento, ni siquiera podía enfocar bien los contornos más allá del tío que le montaba. Todo era difuso, como móvil más allá de lo importante, ese culo hambriento que devoraba su güevo. Sabe que está sobre una cama, de espaldas, y que ese hombre joven con rastro de barba en candado, montado a hojarasca sobre sus caderas, salta una y otra vez sobre su pubis, subiendo y bajando un culo totalmente mojado y caliente sobre su güevo erecto que adora las apretadas y succiones que recibe de ese tío que gime bajito, entre dientes. Cree recordar que le había dicho que era heterosexual cuando le tocó pidiéndole que le dejara clavársela. Ahora le ve estremecerse con una lujuria intensa cuando baja, metiéndoselo todo, casi descansando sobre sus bolas, meciéndose de adelante atrás para sentirla mejor en sus entrañas, le ve echar la cabeza hacia atrás, abrir la boca y gritar de manera entregada mientras sube aferrándolo, frotando cada nervadura del ardiente tolete de las paredes de sus entrañas. El sudor le resbala de la frente, le baña el torso, su cuerpo todo parece emitir una leve luminiscencia. Era un hombre joven que estaba gozando de manera indescriptible el cabalgar sobre el güevo ardiente de otro, un tolete que le daba una y otra vez en algún botón secreto que le tenía delirando.

   Clavándole los dedos en las caderas y afincando los talones sobre el colchón, Tony comienza a subir y bajar su pelvis, acompañando los movimientos del otro, empujando su güevo imposiblemente duro y babeante, una y otra vez contra el redondo, pequeño y algo peludo agujero de aquel hombre, que se abre, le permite entrar, llenarle, rozarle. Y sonríe al verle la expresión cuando comienza a cepillarle con más rapidez las entrañas, casi le ve convulsionar entre gemidos, totalmente desesperado por todas las sensaciones que le recorren al ser llenado por un macho, ahora sí totalmente bañado de transpiración. El tolete tieso del hombre pulsa salvajemente, babeando y mojándole el abdomen al caer, las bolas hirviéndole al posarse sobre las suyas. Eso excita tanto a Tony que le derriba de lado, colocándole luego de espaldas sobre la cama, arrodillándose entre sus piernas, elevándole el culo, uno que le furruquea sin detenerse con su palo, adentro y afuera, con todo, con golpes profundo, haciendo gemir el viejo colchón. Se lo clava hasta los pelos y sigue empujándole meciéndole sobre las mantas. Lo saca, halándole los pelos, dejándolo afuera un instante, el tipo viéndolo desde abajo, con el cuello en la cama, ojos brillantes de una suplicante lujuria, y se lo mete otra vez, centímetro a centímetro, mirándole con orgullo, engreído porque sabe que tiene a ese tipito, al presunto heterosexual, a punto de convulsionar de tanto placer, sus entrañas ardiendo como fuego.

   Aprieta los dientes, se la clava toda y se corre con poderosos disparos de semen. Unos que hacen gemir más a ese sujeto, que arquea la espalda, quemado por esa barra que incrementó su temperatura, por esos disparos de algo que le incendia y llena por dentro. Pero ahora algo le pasa, Tony lo nota; sus ojos casi parecen blanquecinos, todo él tembloroso mientras su culo es liberado de esa barra inflamada. Inclinándose sobre él, Tony le atrapa el güevo con la boca justo cuando el otro se corre, con disparos increíblemente abundantes, con un clímax tan intenso que casi parece desmayarse. El joven se bebe hasta la última gota, ojos brillantes. Alimentándose. El otro está como inconsciente. Ninguno de los dos reparando, al parecer, en que del culo desocupado del tío de la barbita en candado no escapa la esperma derramada segundos antes por Tony.

   Es justo el momento cuando el joven despierta sobre su cama, agitado, transpirado, vistiendo sobre su delgado y largo cuerpo únicamente un holgado bóxer de rayitas que le llega casi a las rodillas. Su tolete intensamente duro debajo. Boquea pasajeramente extraviado, entre lo intenso del sueño, de la gratificación sexual que experimentara, y el ahora…

   -Tony, ¿estás bien? –tocan a su puerta. Y traga para serenarse.

   -Si, mamá. Creo que… soñaba.

   -Si, te escuché gritar. Aunque no parecía de miedo. –oye perfectamente que comienza a alejarse.- No vuelvas a dormirte, no puedes llegar tarde a la escuela otra vez.

   ¡Coño!, piensa cruzando un brazo sobre sus ojos. El sueño… no era tal. Una semana antes, toda una semana, había conocido a ese tipo a la salida del Metro y se fue con él. Y le cogió. Le llenó con su güevo caliente, como estaba ahora, se dice mientras se lo soba sobre el bóxer. ¡Y tomó su semen cuando el otro se corrió! Le supo tan… Casi lanza un alarido de rabia e impotencia, sentándose. Lo necesitaba. ¡Le urgía otra dosis!

   ¡Maldito Bartok!

   Sin querer pensar en nada más, abandona el pequeño y atestado dormitorio y entra al cuarto de baño. Se ducha con agua caliente y se masturba, tiene que hacerlo. Le lleva largos y desesperantes minutos. Se corrió… pero no sintió alivio.

   -¡No tomes tanto café! –le reprendió Elvira, su madre, sentados a la mesa.- ¿En serio estás bien? Parece agotado. Y te ves algo pálido. De hecho te ves… distinto.

   -Estoy bien, mamá. –es la clásica respuesta un tanto exasperada.

   Pero la verdad es que si, reparó de pronto Tony mirándose de pasada en el espejo antes de salir. Se veía… como más sólido. Su cutis estaba más limpio de espinillas y manchas. Extrañado se pasó los dedos por los pómulos y mejillas, las cuales raspaban un tanto con una sombra de barba… que nunca había estado allí. Se veía más… acuerpado. Y le gustó. Aunque si, estaba pálido. A los diecisiete años, a punto de terminar la secundaría, siempre se había sentido algo inseguro de su aspecto. Siempre fue muy delgado, su piel era propensa a manchas y grasa, su vista no era muy buena. Y era gay. Todo ello confabuló en su contra en la escuela. Contaba con amigos, pero ninguno en especial, ninguna chica le tenía como “su amigo gay”, contándole cosas, y ciertos aspectos de la intercomunicación humana le fueron negados. Nunca le ha contado a nadie muchas cosas. Se ha guardado demasiado y eso le hizo proclive a la introspección. A la timidez.

   Saliendo a la calle le parece notar que la gente camina como algo lenta, sus voces eran estridentes, sus olores…

   Llega al liceo, el uniforme de pronto sintiéndolo algo ajustado, inquietándose por algunas miradas de muchachas de años inferiores, que le seguían. A él, que nunca destacaba. ¿Qué coño…? Va a su primera clase, sentándose al final del aula, como siempre. Apartado. Como en todo colegio estaban los populares, los estrafalarios, los medios landros y los solitarios por distintas causas. Sin razón aparente, y aunque compartía con gente de tarde en tarde, era uno de los solitarios. Un incidente ocurrido en su primer año de bachillerato determinó todo; después de practicar básquet en la cancha entró a los vestuarios y en el suelo vio un pequeño calzoncillo rojo, tomándolo aunque todo le gritaba que no lo hiciera, fue pillado por otros dos chicos, acusándosele de marica, siendo empujado y echado de allí; teniendo que repetir mil veces que sólo lo encontró e iba a dejarlo en el banco (algo que nadie haría, ¿o si?), esa fue su defensa y se atuvo a ella. Hubo quienes le creyeron, otros no; la duda siempre quedó. No se comentaba ya, eso pasó hace años, pero el cuento aún circulaba de tarde en tarde; o a él siempre se lo pareció. La verdad es que si, quiso tocarlo. Incluso olerlo, preguntándose quién sería su dueño. Desde ese momento se mantenía apartado de la mayoría.

   Practicaba futbolito, pero no miraba a nadie, aunque a veces, por las noches, les recordaba quitándose las franelas, los más acuerpados, deseando ser visos, admirados, exhibiéndose, empujándose unos a otros, tocándose de manera casual, pero que en sus fantasías sexuales se transformaban en algo más. Más de una vez debió emprender una titánica batalla contra las ganas que quedarse mirando un torso joven, largo, cobrizo, esbelto, de pectorales pronunciado, tetillas erectas, el sudor cubriéndolo. Obvio, no compartía las duchas, cosa que si alguien había notado no lo mencionaba.

   Al finalizar los saludos de esa primera hora de la mañana, la risas, los comentarios hirientes de unos a otros, de los populares o fuertes contra otros, de la llegada del señor Pereira, profesor de Física, un sujeto detestable que a veces se burlaba también de sus alumnos, comienza la lección. Tony no se concentra por dos cosas. Una, por alguna razón que ignora, desde asientos delanteros, dos chicas se han vuelto a mirarle, como extrañadas de encontrarle de repente allí, como notándole por primera vez. Una impresión que le incomodaba dentro de su propio pellejo. Lo otro… bien, sentado no en la fila siguiente a la suya, sino en la otra (dejó un pupitre vacio entre los dos), se sienta Mateo Alcántara, uno de los populares; fornido, atlético, cabello muy negro, piel cobriza oscura, alto y guapo, quien usa unos lentecitos finos sin montura que todos dudan no sean más cosméticos que correctivos. Se veía muy bien. Pero siempre ha sido así. Lo que tiene alterado a Tony en esos momentos es que suda, que su pecho sube y baja todavía con esfuerzo. Y es muy consciente de ello aunque nunca ha sido santo de su devoción; dentro del salón era uno de dos o tres que le molestaban.

   Llegando le vio jugando con dos más, con un balón y el aro de básquet, ahora estaba allí. Podía sentirle de una manera casi física, táctil, el sonido de su respiración todavía pesada, intensa, el calor que exhala su cuerpo y que parece llegarle, imagina que si posara una mano en su frente, le quemaría. Y le mojaría, porque Mateo transpira, sólo un poco, una gota resbala de su cabello negro, cuello abajo, y Tony deseó atraparla con su lengua. La idea fue intensa, rápida, poderosa. Se imaginó llegando tras él, medio agachándose y con la lengua recorrer la piel aceitosa y salina. El olor del joven le llena las fosas nasales, alterándole. El güevo responde bajo sus ropas, duro, caliente, palpitante. Intenta concentrarse en lo que escucha del profesor gilipollas, mirando su cuaderno, pero imagina a Mateo en ese salón, él detrás, tomándole los faldones del chemise beige, subiéndolo, descubriendo su abdomen trabajado, sudado, desnudándole de la cintura hacia arriba, recorriéndole con las manos ese torso de una manera que le harían gemir y echar la cabeza hacia atrás, apoyándola en su entrepiernas, sobre su güevo que palpitaría y soltaría sus jugos. Se imagina tomándole una muñeca, elevándole el brazo y enterrando la cara en su axila, olfateando ruidosamente, besándola, los pocos pelos que sabe tiene (se afeita de tanto en tanto) metiéndosele por la nariz. Y finalmente, sacando la lengua, lamer lentamente ese sobaco, recogiendo su sudor, su olor, su desodorante, antes de pegar los labios y comenzar a chupar ruidosamente, viéndole estremecerse, oyéndole gemir de gusto.

   Todo le da vueltas alrededor, todo pierde consistencia más allá de Mateo, y tiene que bajar rápidamente la cara cuando el chico, frente algo fruncida, se vuelve a mirarle. Su sangre hace demasiado ruido mientras circula por sus venas a toda carrera. Los latidos de su corazón tienen que escucharse en todas partes. El güevo le babea, lo sabe, casi percibe un olorcillo untuoso. Cierra las manos sobre el pupitre, luchando titánicamente con las ganas de lanzarse sobre Mateo, derribarle de espaldas en el piso, en medio de todos sus compañeros, y lamerle el cuello, beber su sudor, descubrir su torso y lamer sus tetillas, morderlas con fuerza para hacerle gemir de placer, para que arqueara la espalda ofreciéndoselas. Atrapándole la verga sobre el ajustado jeans desteñido que endurecería también, se la sacaría, tocándola en vivo, subiendo y bajando su puño sobre ella, en medio de los comentarios, risas y gritos de los testigos que llamarían a otros para que vieran. El ojete de ese güevo soltando sus juguitos y…

   -Moncada, ¿le pasa algo? –le impacta la voz del profesor Pereira, todo el alumnado volviéndose hacia él. Quien, todo ojos y controlando la respiración, niega con la cabeza.- ¿Seguro? Póngase de pie. –le ordena desconfiado.

   ¿Ponerse de pie? ¡¿Con el güevo como lo tiene de mojado y tieso?!

CONTINÚA … 2

Julio César.

MEMORIAS DE DESGRACIADOS… (16)

septiembre 8, 2011

…DESGRACIADOS                         … (15)

   Las sorpresas que ocultaba.

……

   Pero a la gente nunca la dejan hacer lo que quiere, y la interrupción llegó en la forma de una llamada a la puerta. Maldiciendo, Matías, todo enrojecido, bañado de babas y de jugo de güevo, así como terriblemente erecto dentro del bikini, fue a ver quién era y qué coño quería ya que no habían dejado de llamar con el puño.

   -¡Ya, carajo! –gritó abriendo, siendo recibido por un puñetazo que lo envía hacia atrás, con un grito, mareándolo, cayendo de culo.

   -¿Qué coño…? –brama el carajo de las pizzas, quien en cuanto oyó la llamada escondió su güevo, viendo al sujeto maduro, de aire acerado, que sonríe con una mueca de asco.

   -Lárgate. –le ordena este.

   -Nada de eso, ¿quién…? –inicia, echándosele encima, para ser recibido por un pie del sujeto.

   Es un movimiento simple y hasta hermoso. El hombre alza un poco la pierna, la lleva tras la pierna del repartidor y hala con fuerza; el repartidor cae de culo también, para ser pateado, duramente, en las bolas, que al estar hinchadas de semen por la mamada que le daban, le hace gritar ahogado.

   -¿Quién es usted? –jadea Matías, asustado por primera vez en su vida, sin levantarse todavía del piso.

   -Tenemos que hablar, amiguito… -responde el tipo maduro, volviéndose hacia el repartidor.- Agarra tus bolas y sal de aquí antes de que te las machuque con el tacón. –es una amenaza fría y el sujeto, tembloroso, bañado en sudor y adolorido, se medio arrastra hacia la puerta.

   Mierda, piensa Matías, estaba a solas con ese loco. Tal vez…

   -Eres duro, eso me gusta. –sonríe mórbido.

   -Y tú una basura asquerosa. –responde el otro, atrapándole el cabello en un puño, alzándolo, haciéndole gritar y arrojándole de culo en el sofá.- Tenemos que hablar de tu amigo Rosendo Murzi, y de algo que él te entregó.

   -Yo no sé… estaba drogado y no recuerdo nada. –grita agudo, asustado por primera vez en su vida.

   El sujeto le mira fijamente, irguiéndose frente a él. El feo puñetazo le impacta en el pómulo derecho y le deja viendo oscuro. Con un grito cae hacia atrás y termina gimiendo lastimeramente.

   -¡Silencio! –ladra, acercándosele y Matías Galindo casi se ahoga tragándose sus gemidos; caído de espaldas se arrastra, de culo, contra el sofá, deseando meterse bajo él. El tipo le mira fijamente.- ¿Cuántos años tienes?

   -Dieciséis.

   -Y ya tan puto. –ladra con disgusto.- Óyeme bien, pedazo de mierda, aquí no rigen las leyes sociales que pueden protegerte ordinariamente. No soy tu tío maricón que puede sacarte de una celda con argumentos seudo legales. No soy tu madre que siente debe quererte y protegerte a pesar de todo. –se inclina un poco.- Yo puedo enterrarte un cuchillo en las bolas, provocándote un dolor horrible, y retorcértelo dentro por horas, hasta que me cuentes lo que quiero y luego dejarte aquí a que te mueras. Nadie va a tocarme. No por ti. No por lo que estoy buscando. ¿Entiendes? –esa férrea mano le atrapa el cuello y aprieta, y Matías casi se orina de miedo.- Te lo preguntaré una vez más… ¿qué pasó con ese sobre que tu amigo, ese otro maricón de Murzi, te dio antes de que… alguien le lavara el flux?

   Matías quiere contestar. En serio. Pero tiene tanto miedo y su mente está tan llena por el zumbido de su sangre que no puede. La mano se cierra más, mientras el sujeto busca algo en la parte trasera de su pantalón. Una navaja delgada y pequeña, unos ocho centímetros de hoja, brilla siniestramente cuando recibe un rayo de luz. Y Matías ahora sí se orina.

   -Yo… yo estaba en casa de Alicia. En una fiesta. Y tenía el sobre, luego no. Lo perdí allí. –jadea entrecortadamente, temblando feo.- No me haga nada, señor, por favor… -y lloriquea amargamente. Rosetti le suelta como si apestara.

   -¿Alicia qué?

   -Rumano. Alicia Rumano.

   -Por tu bien espero que estés diciendo la verdad. –se endereza en toda su estatura.- Debería hacerle un favor al mundo y terminar de joderte, pero no lo haré, por ahora. Te aconsejo que no le cuentes esto a nadie. Verás, una denuncia así no llegará a ninguna parte; aún si me detuvieran y encerrarán, una noche te encontrarás con unos tipos que te cortaran las bolas y la verga y te las meterán en la boca mientras te desangras. Y eso dalo por hecho si me estorbas. –guarda la navaja, sin decirle que le deja porque si no encuentra el sobre donde la tal Alicia, volverá.

   Se marcha, cerrando cuidadosamente la puerta y Matías se abraza y tiembla violentamente, sollozando. Dios, tiene tanto miedo, ¿quién era ese tipo que hablaba con tanta seguridad sobre mutilar, lastimar y matar? ¿En qué coño se había metido Rosendo Murzi? Cierra los ojos  y deja caer la cabeza contra el sofá.

   Se siente… violado.

……

   Sandy (nacido Andrés), jadea mientras corre gimiendo y agitando sus manos de uñas largas nacaradas de rojo. La ceñida mini falda y los tacones le impiden al joven travesti correr con la velocidad que desea para escapar del perro. Su tez morena brilla de transpiración, también de miedo, cuando se vuelve a mirar la entrada de la calleja tras varios restoranes de mala muerte en San Agustín, tierra de prostitutas, putos y travestis (aunque ellas/ellos menos queridos que todos los demás).

   El auto cruza, es una camioneta nuevecita donde se ven los logos dela Metro, con el lema “servir y proteger” en una puerta que se abre al llegar a su altura, golpeándole feamente, haciéndole gritar, perder el paso y cae sobre unos cubos de basura que se derraman. El auto se detiene y Sandy intenta ponerse de pie, arrojando lejos los tacones (que por ahí debió comenzar), despatarradamente, sin cuidarse de dejar ver sus rojas pantaletas tangas. No había tiempo para el cuidado y recato femenino. Debía escapar del perro.

   Un portazo le indica que este ya está cerca, así que grita toda maricona, en cuatro patas, intentando salir disparada. Casi lo logra, dejando bolso y tacones cuando una mano enorme atrapa su cabello negro rizado y abundante, halándola feamente hacia arriba y atrás. Grita de dolor y sorpresa, cuando queda tambaleándose de pie, casi sentada sobre la capota de la camioneta.

   -¡No me la ensucies con tu culo vicioso! –ladra una voz masculina, cargada de desprecio, y que le hala nuevamente por el cabello, lastimándole.

   -¡No! –gimotea con el rostro distorsionado por el mido.

   Reinaldo Cortéz, un policía enorme de anchos hombros, muslos musculosos y brazos fornidos, tórax recio y rostro atractivo en su viril rudeza, le mira entre divertido y… había algo más en sus ojos que siempre era difícil de entender, pero no era nada bueno. El hombre era una basura, así de simple. Era un tipejo vestido de azul (aunque se veía del carajo con el uniforme de policía), que abusaba de su autoridad. Aprovechando la hora de almorzar había dejado al compañero en el centro Lido, para que mirara como marica a la distancia a una chica que le gustaba pero con quien no intentaba nada, mientras él iba a cobrar protección y peaje. Si una puta, puto o tranx, quería transitar por ahí, debían pagar. Y cobraba con furia y presteza. Pero sólo con los vividores del sexo. No se metía con malandros o drogadictos, esos podían joderle, pero a nadie parecía importarle que asediara a los trabajadores sexuales.

   El agente era violento, cruel, corrupto y miserable. No dudaba en halar bolas a los jefes si eso le ayudaba a subir, o denunciar a otros para salvarse. Estaba decidido a hacer una pequeña fortuna y dejar el cuerpo, pero no aún. Necesitaba de… sus otros jefes para establecerse; y ya estaba ganándose su espacio. Por eso persiguió a Sandy, porque le debía. No pagó y se le escondía. Dejarle hacer como quisiera podría costarle prestigio y respeto, por eso la aleccionaría. Bueno, también porque le excita. No los maricas o los transexuales. Lo que le gusta es…

   Le golpea el estómago. Sandy grita ahogada, para recibir en seguida un derechazo al rostro, cayendo sobre la capota, cosa que le molesta al policía. Gritándole cuidado con la carrocería, perra, le agarró del cabello, halándole violentamente. Algunos mechones quedaron en su mano. La oye gritar, la ve llorar de dolor y miedo y la abofetea una y otra vez, de una mejilla a la otra, sosteniéndola por el cabello. Están muy cerca, quiere sentir su miedo, su angustia, cada jadeo de desesperación. Cada cachetada de su mano grande contra la oscura piel es más gratificante.

   Lo hace una y otra vez aunque ella/él grita que basta, que la perdone, tambaleándose. ¡Paff! El sonido era seco, y cada bofetón que propinaba era seguido de una oleada de lujuria que le llenaba. Quiere partirle el labio, oírla lloriquear como una mujerzuela débil, hacerle sentir su fuerza, su poder. Su hombría. Le grita llamándola sucio marica, que no era nada, que era sólo sucio, mierda de perro, que debía entender su lugar, la puta a la que le llenan el culo de güevos y que paga por protección, que la próxima vez que no pague se busca a unos convictos para que le rompan el culo metiéndole dos güevos a un tiempo, mientras le arrancan los pezones a mordiscos y se le orinen en la boca.

   Habla y golpea. Oírla gemir, lloriquear, ver la sangre manar ahora de su boca y nariz, le tiene a punto de correrse dentro del ajustado uniforme. De un empujón la obliga a caer nuevamente sobre la basura. Jadeando, contento, toma el bolso y saca todos los billetes. Son pocos. Eso le molesta y le suelta una patada en un costado, sonriendo.

   -Trata de no retrasarte, perra; estas cosas me duelen más a mí que a ti. –se burla, arrojando lejos la cartera.

   Sube al auto y arranca con velocidad. Y alguna luz debió encenderse en la cabeza de Sandy, antes Andrés, que apartó las piernas, recogiéndose contra los botes, viendo como las llantas cruzan por donde estuvo echada hasta hace un momento. El auto se aleja y ella/él, llora. De rabia y miedo. También de dolor.

   Por su parte, Reinaldo sonríe divertido. Está caliente. Se buscará a una hembra de verdad, una sucia puta como lo son todas las mujeres, y se la clavará duro por el culo para hacerla gritar. Tal vez le de uno que otro toque técnico en la cara, para que siempre recuerde su lugar.

……

   El Doctor espera sentado en una celda. Parece tranquilo, con mirada serena encara a los uniformados que pasan y ríen, sabiendo cómo le atraparon. Valente Fernández se detiene frente a las rejas. Los dos hombres se miran.

   -Buenas tardes, mi nombre es…

   -Sé bien quién es, doctor Fernández. –responde el otro, entrecerrando los ojos.- Ahora entiendo…

   Y por un segundo Valente se desconcierta, cosa que no le ocurre muy seguido. Esperaba “tratar” con un hombre avergonzado, incómodo por haber sido pillado metiéndole mano a un prostituto, no imaginó que le encontraría tan sereno.

   -¿Entiende?

   -Si. El por qué la policía realizó esa sui generis redada. Imagino que el comisario Gutiérrez es amigo suyo y le ayudó. Es… bueno saberlo.

   -Oiga, creo que no comprende bien… -se altera, la cosa no iba como esperaba cuando urdió la trama. El Doctor se pone de pie, sereno.

   -¿No? Es el tío de Matías Galindo, un jovencito alocado que se ha colocado en una situación delicada en lo referente a una investigación de homicidio. O eso me han dicho, desconozco todo de su vida. Pero, usted, esta tarde vino a ver al comisario que lleva el caso, y… ¿qué? ¿Le pidió a su amigo que interceptara su llamada y me ubicara? ¿Pretendía detenerme… en delicada situación y hacerme “favorable” a su punto de vista? ¿Qué desea? ¿Qué a su sobrino se le deje en paz? Creo que… -mira su reloj.- …A estas horas ya se habló con el.

   -Si lo tocaron… -enrojece de furia y preocupación. Ese hombre era extraño, no podía clasificarlo, pero él era bueno tratando con gente dañada.- Mire, amigo, si le tocan, se arrepentirá. Usted es un ginecólogo de fama, doctor Torcatt, imagino que no quiere verse…. ¿cómo decirlo?, metido en problemas sensacionalistas.

   -Oh, no, doctor Fernández, eso no funciona conmigo. No tenemos ningún interés en su sobrino, más allá de que tuvo en sus manos cierto sobre. Si lo recuperamos y él no estorba, nada le ocurrirá. –sus ojos relampaguean.- Ahora que en lo referente a usted y su amigo el comisario Gutiérrez… -deja flotar las intensiones.

   -¡No me amenace! Ni a él. No querrá vérselas conmigo.

   -Lamento decirle que quien pifió en este asunto fue usted. –calla cuando un muy serio Salvador Gutiérrez se acerca. El Doctor sonríe al abogado.- Creo que esta conversación acabó por ahora.

   -Oiga…

   -Déjalo, Valente. –dice el policía, lívido y controlado, abriendo la celda.- El Doctor se va.

   -Tardaron bastante. –es cortante mientras sale y se detiene.- Espero que los señores Marcano y Laredo también hallan sido dejados en libertad. Y que este pequeño incidente no transcienda de ninguna manera.

   -Así es. –aclara el policía, mientras Valente le mira con la boca abierta. El Doctor le mira fríamente.

   -Ya nos veremos. –y se aleja.

   -¿Qué coño fue todo esto? ¿Por qué le dejas ir así? –se molesta Valente.

   -La orden vino del Ministerio. Ni siquiera sé cómo lo supieron. Nadie llamó, ni siquiera él, pero hace media hora que estoy recibiendo leña por teléfono. –bota aire.- Joder, ¿en qué problema me metiste?

   -No estoy seguro. Aunque parece que el viejito libidinoso es más interesante de lo que parecía a simple vista. –saca el teléfono móvil y marca.- ¿Matías? –hay una pausa.

   -¿Tío?

   -¿Ocurrió algo? ¿Estás bien?

   -¿Cómo carajo lo su…? –el muchacho se sorprende.- Vino un sujeto a… interrogarme. Un cincuentón medio panzón, de cara, pelo y voz acerada. Parecía policía. Me… golpeó. Pero estoy bien. –asegura rápidamente, callando lo que tuvo que contar.

   -Bien. Hablamos luego. –coño, debió ser Rossetti; mira al policía.- ¿Quiénes coño son estas personas?

   -Ni idea.

   Un recuerdo se filtra en la mente del abogado. Uno que logra trazar un profundo surco en su frente. Mario Giorgio… ¿será qué…?

……

   Un enorme y elegante auto, blindado y oscuro se desplaza por las calles de Caracas rumbo a Las Mercedes. Tres hombres comparten la parte posterior. Dándole la espalda al chofer, se encuentran el detective Alberto Rossetti, muy ceñudo y preocupado; a su lado está el uniformado Reinaldo Cortéz, sereno y algo displicente. Frente a ellos, temblando de rabia todavía, está el Doctor.

   -No puede culparme de esto. –se defiende, entre bravucón y obsequioso, Rossetti.

   -¡Tú me llamaste! –exclama el otro, mirándole de manera salvaje.- ¿No te extrañó que Valente Fernández fuera a hablarte de su sobrino? A mí si, cuando me lo contaste. Me pregunté el por qué lo haría. –se echa hacia delante y luego ruge.- ¡Lo hizo para rastrear tu llamada hasta mí!

   -No podía saber, como no lo sabía yo, que usted estaría… -enrojece violentamente. No le gustaba ser vergajeado por nadie, pero él conocía bien al infernal e infame Doctor. Mejor que mucha otra gente.

   -¡Imbécil! Él tan sólo deseaba saber quién podía estar interesado en lo que el muchacho escondía. El pillarme debió ser una manera de asegurarse mi “buena voluntad”, y de eso se encargó alguien más. –masca las palabras, mirando a Cortéz.

   -No podía adivinar que se trataba de usted. El comisario Gutiérrez me pidió rastrear un número, no sabía que era el suyo. Quería estar en la buena con él, ya vienen las evaluaciones.

   -¿No será que lo hiciste para que se lo piense mejor cuando investiguen tu cobro de protecciones? –achica los ojos el Doctor. El otro se tensa y luego sonríe.

   -Todos somos hombres de negocios. Y todos nos hemos cubiertos las espaldas.

   Parece decirlo al voleo, pero tanto el Doctor como Rossetti se tensan imperceptiblemente.

   -Quiero… neutralizar a Fernández. –señala el Doctor; cuando los otros cruzan una mirada, aclara rápido.- No… matarle. Él juega cierto papel en un pequeño drama que se está montando. Tan sólo deseo… llenarle de tanta mierda momentánea que no tenga tiempo para mí.

   -Es fácil. Conozco a ese sucio maricón. –sonríe con burla Reinaldo Cortéz, como olvidándose de con quien habla (el Doctor oprime los labios, Rossetti se pregunta si no estará drogado).- Déjemelo a mí.

   -Espero resultados. ¿Y el sobre? –el más viejo se vuelve hacia Rossetti.

   -Tengo una buena pista.

   -¿Qué hay en el fulano sobre? –se intriga Cortéz.- ¿Drogas? ¿Una lista de clientes ricos? ¿Una relación de traficantes?

   -Ojalá fuera algo tan inocente como eso. –suelta aire el Doctor, diciéndolo casi como sin desearlo, mirando a través de la ventanilla ahumada. Muy preocupado. Sí no tenía cuidado…

……

   Parece que, al fin, comienza la historia.

CONTINUARÁ… (abandonado por falta de interés del público)

LOS CONTROLADORES

Julio César.


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