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LOS CONTROLADORES… 41

abril 18, 2017

LOS CONTROLADORES                         … 40

   Y llegan con las bolsas llenas.

……

   -Ciudadano, ¿se encuentra bien? –oye la voz, lejana, y eleva la mirada, parpadeando confuso. A media docena de pasos se encuentra un mocetón alto, de rostro redondo, cejas fruncidas, enfundado en el feo uniforme verde de guardia nacional.

   -Sí, yo… -balbucea cuando este llega a su lado, pero no puede decir más, algo en ese joven le llega en oleadas, lo envuelve y tensa. El uniformado olía fuerte, a macho, a testosteronas. A sudor y bolas. No puede responder, ni pensar, tan sólo quiere bajar la mano y atraparle el entrepiernas, sentir el joven güevo contra su palma y notar cómo crecería llenándose de sangre y ganas. La confusión del otro parece aumentar.

   -¿Seguro que no se siente mal? Se ve extraño.  –el joven oriental se pregunta si ese carajo no estaría drogado, mientras da otro paso hacia él. Notando ahora…

   -No, no estoy… -jadea desmayadamente, relamiéndose los labios, cara muy roja. Pero el otro no le escucha; el rostro mostrando más confusión y curiosidad, lo acerca al sujeto y olfatea, por muy grosero que el gesto se viera.

   -¿A qué huele? –le pregunta acercando aún más el rostro, su expresión ensombreciéndose con ese aroma, uno que no reconoce pero que, por alguna razón desconocida, despierta una revolución entre sus bolas y su tolete bajo el uniforme. Sus miradas están atadas, las respiraciones se espesan.- Huele a puta… A puta caliente. –casi grazna, el tono endureciéndose, el del gallito frente al pollito con culo como de gallina. No pueden apartar las miradas.- ¿Qué buscas deteniéndote aquí, maricón? –el tono y las palabras cambian, el deseo de controlar se impone.

   -Yo… yo… -a Wilmer Soteldo el culo le arde, siente algo caliente y húmedo que le baja. Y los ojos del joven refulgen con ferocidad. Inmisericordes.

   -Necesitas un güevo, ¿verdad? Es lo que quieres, por eso te paraste aquí, buscando un hombre que te dé güevo. –desafía el muchacho sonriendo con osadía y maldad, él mismo no entendiendo su comportamiento. Ha dejado que uno o dos maricas se la chupen, en toda su vida, cuando ha estado muy, muy caliente y sin mujeres cerca, pero nunca había sentido esto. La verga le late, totalmente erecta dentro del feo y barato uniforme con el cual la dictadura cubana había estafado al ejército venezolano con la complicidad de una cúpula militarista corrupta. Y se estremece por la mirada ida, pero hambrienta de ese sujeto sobre su tolete duro.

   -La quiero… -admite este con voz monocorde, sonriendo, dándole la espalda y abriéndose la correa y el pantalón, en pleno sobre ancho de la autopista, de cara al borde. La mirada del joven cae con fuerza sobre esas nalgas velludas que son expuestas de repente. Soteldo viste, otra vez, como cuando “atacara” a Onésimo y a su hijo, una de esas tangas metidas en el culo.- Llena mi coño de chico con tu güevo gordo… -ronronea, tendiéndose hacia adelante, apoyándose en la ventanilla de su grúa, echando el trasero hacia atrás, abriéndolo, mirándole sobre un hombro. Y sonríe más, conteniendo un jadeo, cuando el muchacho se abre el pantalón con manos febriles, maniobrando dentro de la bragueta y sacando un tolete de  buen tamaño, totalmente duro ya, sin apartar los ojos un segundo de aquella puerta ofrecida y supuestamente abierta.

   El joven uniformado no lo piensa, no puede, esas nalgas atraen su mirada, la raja cubierta con la tirita blanca, ese culo ofrecido para que entierre en él su masculinidad, dura y caliente, pulsante de ganas de joder el coño del maricón ese. Si, lo quiere, quiere cogerlo, enterrárselo duro, hacerle gritar y llorar como una puta. Quiere que ese coño de chico se lo ordeñe, y dejarlo rebosante de espermatozoides. Desea que todos escuchen a la puta gemir de gusto bajo los machetazos de su tolete. Casi traga, estrangulado, cuando el tipo aparta, con un dedo, el hilo del peludo agujero, uno que titita, se estremece, que se abre y lo llama. Un culo de hombre que necesitaba, urgentemente, de un buen güevo tieso y pulsante, lleno de sangre y venas calientes.

   No piensa en dónde está, al lado de la autopista, cerca del puesto de control donde otros guardias aguardan; ni lo extraño del deseo por otro hombre, aunque fuera por el culo. Ese agujero lo llamaba, el olor de ese tío, como a caramelo, uno del que no estaba muy seguro pero que le recuerda su infancia, que antes le gustaba y le brindaba placer al degustarlo, lo controla. Se acerca, la lanza de carne bamboleándose en el aire, la roja cabeza rozando de la velluda entrada, las pieles ardiendo, los dos jadeando contenidos, de anticipación…

   -Si, si, llena mi coño caliente… -gimotea Soteldo.

   El joven no aguanta más, tan sólo da medio paso hacia adelante y con fuerza le entierra todo ese güevo por el culo. Es todo un espectáculo verlo desaparecer, palmo a palmo, venoso y grueso, metiéndole los pelos y los labios del coño masculino. El gruero se tensa, su boca estalla en un gemido ronco de placer, siente el roce, las refregadas contra las paredes de su recto. Cierra los ojos y casi sonríe beatíficamente. Nota el roce del glande, el cómo le abrió y penetró, disfruta de cada centímetro cúbico que se le entierra y le golpea hondo. Ya no piensa.

   -¿Te gusta, maricón? ¿Te gusta sentir mi güevo llenando tu culo caliente?

   -Ahhh… Ahhh… -escandalosos gemidos de puta caliente escapan de sus labios, no puede contenerse, cuando el joven, clavándole los dedos en la cintura, comienza un agresivo, áspero y rudo saca y mete, cogiéndole con fuerza, casi arrojándole contra el vehículo. Se lo saca casi hasta el glande, que se asoma entre los peludos labios que hala, y se lo entierra hasta la base, rozándole con los crespos pelos púbicos y azotándole con las bolas.- Hummm…. Hummm… -es todo lo que escapa de aquella boca mientras es cogido, penetrado, cabalgado por el joven macho cabrío, y era todo lo que ese muchacho necesitaba escuchar, fuera de las haladas y chupadas sobre su miembro para incrementar las embestidas, la fuerza de sus cogidas. Era automático, en homosexuales o no, al escuchar a otro carajo gozar tanto de su verga.

   -Toma, toma, tómalo toda, marica… -el chico le grita entre dientes, sonriendo procaz, gozando ser el macho que no sólo coge sino que tiene delirando al otro con su instrumento.

   -Hummm… Oh, sí, sí, coge mi coño, llénamelo con tu güevo… -medio lloriquea y grita Wilmer. –sonriendo en delirio mientras la barra va y viene, ruda, amoratada de sangre, hinchada de ganas, adentro y afuera. Ese muchacho gozando de la dulce agonía de sentir su verga masajeada.

   -Oye, ¿qué pasa allí? –la pregunta, algo apartada, les llega.

   Y debería alarmarles, alguien les pilló y se acercaba a ver, pero en esos momentos no pueden pensar en nada como no sea ese güevo entrando en aquel culo lleno de ganas.

……

   Se propaga, aumenta, transforma…

   No lo entiende, nunca había hecho algo como eso, por recato, por el qué dirían sus padres, amigos, vecinos  y conocidos. Por temor. Era gay pero… Matías Sequera parece un tanto ausente mientras cruza los pasillos del centro comercial, rumbo a la video tienda, ese club donde proyectaban esas películas. Sabe que lo miran, mucho, porque algo le había empujado a moverse de aquella manera, vistiendo así. Lleva una gorra de beisbol, volteada, un suéter gris manga largas con una capucha que cuelga, unos zapatos deportivos rojos, bajos y sin medias… y un ajustado pantalón de ciclista, de látex blanco, que ajusta de manera escandalosa sobre la parte superior de sus muslos, pelvis, cintura y trasero, el cual se nota firme, turgente. Joven y travieso mientras camina. Ese “algo” que le llevó a salir de su casa vistiendo de aquella manera aprovechando que estaba solo, le empujaba a moverse, a caminar con paso decidido, dejando que la tersa tela elástica sobre su trasero evidencie lo que provocaba sonrisitas de burlas, pero también ojos clavados como dardos, los contornos de un calzoncillo bikini rojo, que destacaba claramente.

   Entra en la tienda respirando con dificultad, muchos rostros volviéndose, muchos ojos clavándose codiciosamente en él, una que otra cara, ceñuda y extrañada, olfateando algo en el aire; miradas e interés que a él huele a testosteronas y que elevan su temperatura, que le ahogan de emoción. Cruza el salón buscando… algo, sintiendo esos ojos clavados en su culo. Tiembla de emoción cuando esos tipos robustos, barbudos algunos, con pinta de mala gente otros, treintones y cuarentones, recorren su figura de muchacho esbelto, culón, ofrecido. Su corazón se detiene, cree haber encontrado lo suyo. Va a entrar en una de las salas de proyecciones de donde escapan los jóvenes jadeos masculinos de los chicos que eran tomados en aquellas extrañas películas que estaban rodando por ahí, y sabe que uno de los sujetos, de pañoleta en la cabeza, una con calaveras, en camiseta, con brazos y hombros velludos, le sigue con una sonrisa predadora en unos crueles labios que destacan dentro de un descuidado bigote y la barba. Sus miradas se habían encontrado y algo había hecho, literalmente, clic en sus cabezas. Era lo que el joven deseaba; el chico era lo que ese gañán quería disfrutar por un rato. O eso pensaba,

   Dentro de la estrecha cabina, corta, cubierta la entrada con una cortina, el joven aguarda, dándole la espalda a la puerta, mirando con ojos brillantes la pantalla donde la acción discurría, dos hermosos chicos vistiendo los serios uniformes de un colegio corriendo por unos matorrales, como escapando, y unos sujetos enormes, riendo, les persiguen, cazándoles; iban a atraparles e iban a usarlos, lo sabe porqué es la temática de las cintas. No puede evitar estremecerse voluptuosamente, deseando ser uno de esos jóvenes acosados por esos tipejos, alzado en peso, gritando mientras era sometido sexualmente a la servidumbre. Por todos ellos. Era su papel. Sabía que estaba en el mundo para eso… ¿La idea le extraña o inquieta?, no, estaba más allá de eso.

   Cierra los ojos cuando siente cierto aleteo tras él, al ser la cortina aparada con brusquedad y una figura alta y recia ocupa la entrada. El tipo sonríe, viéndole apoyar las manos sobre el respaldo del asiento, levantando un poco más su turgente trasero. Los contornos del bikini que lleva el muchacho… Ya no piensa, el tipo se acerca y con la mano le atrapa una dura nalga, palpando soez, con propiedad, recorriéndosela, metiéndola de canto entre ellas.

   -Lo tienes caliente, ¿verdad, putico? Este culo huele a necesitado…

CONTINÚA…

Julio César.

NOTA: Era una de las que iba a dejar así, a algunos les gusta, ya veremos.

LOS CONTROLADORES… 40

marzo 26, 2017

LOS CONTROLADORES                         … 39

   Y llegan con las bolsas llenas.

……

   -Eso debes preguntárselo a nuestro líder. Sombrío…  tiene su propia agenda. Y eso si me asusta. –elevando una ceja, es la viva imagen de un rostro inexpresivo, pero perplejo.

   -Pero, ¿qué busca? ¿Qué, exactamente quiere que ocurra? Hay personas que están perdiendo la voluntad, que los están llevando a un nivel primitivo de reacción… -arruga la cara en confusión.- De alguna manera se estableció una relación entre la perdida de la conciencia, ese… detestable apetito sexual, y la facilidad de atraer, modificar y transformar a otros. Nunca había visto algo así. Ni sabía que se podía hacer. –camina hacia la otra, mirándola fijamente. – ¿Qué supones que trama Sombrío?

   -Qué se yo. Es difícil imaginar lo que pueda pasar por la mente de alguien tan… profundo. Y peligroso. Lo que sé es lo que va a ocurrir. Ya lo he visto. Y no es bonito, Sabrina. Aún a mí, que he visto tanto, me sorprende. –eleva una mano, acercándola al rostro de la catira.- Permíteme llevarte a…

   -¡No! –jadea la otra, alejándose un poco, alarmada. No sólo Sombrío era desagradable al tacto. El poder de Gea era desconcertante, abrumador. Y uno quedaba con el estómago revuelto, se recuerda.- Déjame a mí. –y le clava la mirada en los ojos, una que se vuelve difusa. A la otra joven le parece sentir algo rodando sobre su cráneo. Sonríe al verla palidecer y lanzar un gemido, retrocediendo alarmada.- Dios mío…

   -Sí, eso es lo que va a pasar. Se extenderá desde varios puntos, y más y más hombres caerán bajo la infección. Al final, esta ciudad, parecerá que se vive La Noche de los Muertos Vivientes, pero de sujetos enfebrecidos por la necesidad de sexo. Uno que les irá, como dices, transformando.

   -¿Por qué… Sombrío querría eso? –la joven jadea, sintiéndose enferma, de repente rabiosa con el joven delgado de anteojos que vivía en la lóbrega casona. Gea se encoge de hombros.

   -Cómo podría saberlo? Algo debe estar tramando, algo desea conseguir.

   -Gea, tú… Tú podría detenerlo. Parar todo esto, ahora, sin que siquiera lo supiéramos. –la mira, ente esperanzada e indecisa. ¿Traicionar a Sombrío? La idea era abrumadora. El negro rostro se suaviza con una sonrisa exasperada.

   -¿Ir contra Sombrío? No estoy tan loca.

   -Él no puede alcanzarte, no si ni siquiera sabe que has intentado algo.

   -Lo siento, cariño, pero no me atrevo. De alguna manera, en todo el tiempo que llevo de conocerle, viéndole surgir de una u otra realidad, Sombrío se ha mantenido constante, como si la dimensión temporal no le afectara. Él sabe a dónde va, qué quiere y cómo espera conseguirlo, y a lo largo de estos años la constante es que lo haga, aunque los resultados sean terribles. Hace años pudo detener todo esto, aún hoy pienso que sabía que no había acabado con todos los controladores, pero los dejó ir, ahora les deja hacer, ¿por qué? Sólo él lo sabe, y aunque cueste mucho, todo ese desastre que “viste” en mi cabeza, enfrentarle no es alternativa. –sus palabras logran molestar a la otra.

   -Pero algo hay que hacer. Detener… toda esta locura.

   -¿Piensas que aún hay tiempo? No lo creo. La infección se riega, aumenta, se potencia. Es la hora de los controladores, Sabrina, y no nos queda sino aguantar. –la voz es monocorde. Sentenciosa.

……

   Se propaga, aumenta, transforma…

   Darío Serra, con su braga de trabajo va llegando a su casa. No se cambió de ropas al dejar la escuela donde funge de conserje, con aire extraviado. No está seguro si cerró todo, dónde tomó el Metro o en qué jeep subió a la barriada. Al entrar en la humilde vivienda siente la boca seca, mucho, la lengua pegada al paladar, la chasquea y la mueve, su manzana de Adán sube y baja con rapidez. ¿Necesitaría agua? Se sentía…

   -Épale, pana… -en la cocina, a donde fue por el agua, encuentra al marido de su hermana, el de turno. Esta, que comparte con él la casa que dejaron los viejos, aunque se odian, ha hecho desfilar por ahí una buena cantidad de carajos. Era una puta, pues. Así lo pensaba. Y allí estaba ese moreno claro, de bigotillo, sonrisa agradable a pesar de todo. Uno de los menos molestos de los que ha traído.

   -Hey… -responde confuso, mirándole como si lo hiciera por primera vez, parpadeando. El otro lleva únicamente una toalla envuelta en la cintura, mientras sostiene en la mano derecha un jabón de olor sacado del gabinete de artículos para el aseo personal; todo parecía indicar que iba a tomar una ducha. Seguramente para ir a recoger a la puta e irse por ahí a pasar el rato.

   -¿Estás bien? Te ves raro, pana. –comenta el otro, levemente preocupado. Era un buen sujeto, a pesar de todo. Le gustaba Nina, pero entendía al tal Sergio. Sabía de los muchos “novios” que la otra ha tenido y llevado allí. No le extrañaba que el hermano no les apreciara, aunque él mismo sea bastante putero. O lo era, porque, ahora que caía, el otro llevaba días sin salir de noche.

   -Sí, yo… -no puede apartar los ojos de la pelvis del moreno claro, donde se nota la silueta de un tolete en reposo contra la blanca y áspera tela. El güevo. Traga en seco.

   -¿Seguro que no te pasa algo? Te ves raro.

   -No, yo… Si… -alza la vista de repente y va hacia él.- Necesito ayuda. Tu ayuda. –le desconcierta.

   -Claro, amigo, en lo que pueda… ¡Hey, ¿qué haces?! –chilla cuando Darío cae de rodillas frente a él, clavando los ojos en la toalla, luego mirándole a los ojos, mendicante.

   -Estoy… sediento. Tengo mucha sed. –y sin dejar de mirarle acerca el rostro a la toalla y aspira con fuerza.- Dios, huele tan rico, a güevo, a bolas… -y, sin agregar más, pega el rostro de la toalla, frotando mejillas, nariz y boca de la silueta.- Necesito chupártelo.

   -¡Pero, ¿qué dices?! -totalmente sorprendido, manos alzadas, en una de ellas está el jabón dentro de su empaque, el moreno claro le mira, paralizado cuando el otro le pide eso, como si tal cosa. Sin embargo, algo más le ocurre, y también parpadea, confuso, pareciéndole de pronto muy excitante tener a ese carajote guapo y viril allí de rodillas frente a él, rogándole por su tranca. Otra persona que quería mamárselo. Otro macho queriendo tragárselo. Era… era tan…

   -Quiero mamarte el güevo. –repite Darío y alza nuevamente los ojos, rogando.- Necesito chupártelo todo, sentirlo en mi boca, que me la llenes con tus jugos.

   -¿Quieres chuparme el güevo, puto? ¿Es esto lo que quiere? –ni él mismo sabe de dónde surgen las palabras, o la calentura que le endurece el tolete en segundos, mientras se lo aferra con la mano sobre el paño.- ¿Quieres esto, tragártelo todito, todito, puto?

   -Si, si, lo quiero… -jadea Darío, con más ansiedad, una que, por alguna razón, llena al otro de una sensación intoxicante y maravillosa de poder. De poder sobre el pobre marica que quería comerse su güevo. No, que necesitaba tragárselo, eso lo veía en su cara de marica mamagüevo.

   -No lo sé, pana… -le responde, burlándose de su ansiedad.- Sólo perras muy perras pueden comerse esto. ¿Eres una perra tragona mejor que tu hermana? –y Darío parpadea confuso.

   -No, no lo sé, sólo sé que quiero chupártelo. Vamos, anda, déjame mamártelo, te va a gustar. –le sonríe, rogando y prometiendo.- Te sacaré la leche y me la beberé, pero puedes echarme un trallazo por la cara si quieres. –ofrece ansioso, el tono mendicante nuevamente allí.

   -No estoy seguro, no me convences… -se burla, dejando caer la toalla, el grueso tolete, surcado de venas, quedando al descubierto.- Lo tengo duro, y sudado, trabaje mucho en el taller. Me gustaría recibir una buena mamada, pero… -la mirada extraviada del hermano de su novia, fija en la pieza bamboleante, mientras traga en seco y se pasa la lengua por los labios, es increíble.

   -Soy una perra tragona de güevos y leche, y lo hago mejor que mi hermana. –jadea al fin. El otro ríe, sintiéndose increíblemente poderoso. Excitado. Y muy macho.

   -Sírvete en caliente, perra tragona.

   Y Darío Serra, jadeando, abre su boca y cubre el glande, ronroneando cuando este hace contacto con su piel, casi bizqueando de gusto cuando su lengua se adhiere a la lisa y oscura superficie. Lo cubre, pegándole los labios y mejillas, succionando los acres sabores, llenándose la nariz con los olores a sudor, a bolas, a hombre. Con manos febriles atrapa las caderas del joven moreno, y comienza un impresionante saca y mete de su boca de ese tolete, chupándolo a cada palmo, atrapándolo con lengua y mejillas, masturbándole, masajeándolo, poniendo a ese tipo a gemir, a gritarle que se lo chupara así, que se lo tragara todo, que lo trabajara como una buena perra tragona para que consiguiera su leche. Y cada succionada, cada pase de ese tolete sobre su lengua, cada palabra que escucha, parece ir acabando con el proceso cognitivo del Darío, quien deja de pensar y tan sólo siente y actúa. Y lo único que desea es mamar güevo, quiere chuparlos todos. Una perra tragona como él estaba para eso, lo sabe, para comerles los güevos a los hombres en las calles, en el Metro, en el cine, en los restoranes. Y la idea le excita y hace inmensamente feliz.

……

   Se propaga, aumenta, transforma…

  Wilmer Soteldo tuvo que detener la grúa en plena autopista, a las afueras de la ciudad, en el sobre ancho que llevaba a la universidad Metropolitana, porque jadeaba y temblaba incontrolablemente. Llevaba rato así. Le costaba pensar, respirar. Incluso recordar cosas. Con pasos inseguros, baja del vehículo, cayendo contra la portezuela, cerrando los ojos, sin fuerzas. Finalmente los abre y busca… Quiere machos que llenen su coño caliente… Y los quiere allí mismo.

CONTINÚA … 41

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 39

marzo 8, 2017

LOS CONTROLADORES                         … 38

   Ah, sentirán unas ganas locas de…

……

   Onésimo deja el periódico, uno que no leía en serio, no desde hace rato, cuando una oleada de calor le envolvió. Mira a la mujer que se dirige a la entrada de la cocina.

   -Deja, yo me ocupo.

……

   -¿Te gusta, primo, te gusta sentir mi güevo en tu coño? –Jóvito le ruge al otro, atrapándole la cintura, dándole con fuerza, el tolete entrando y saliendo rápido del redondo y algo peludo culo.

   -Si, si, lléname el coño; mi coño quiere güevo… -chilla Benito con una sonrisa extraviada, de abandono, cerrando los ojos y echando la nuca hacia atrás, lanzando otro gemido erótico cuando Jóvito se tiende hacia adelante, cogiéndole con más fuerza.

   Sí, sí, eso es lo que quiere, ser una puita hambrienta de güevos. Su coño estaba gozando mucho, le iba a gustar mucho ser tomado por los hombres. Nació para eso, para sometérseles, está allí para hacerlos felices con su agujero vicioso. Y ríe, entre jadeos. Si, si, quiere güevo, quieres todos los güevos del mundo, no quiere hacer ninguna otra cosa como no sea tirar y tirar, sentir su coño usado por los machos, abierto y recorrido por calientes falos que lo dejarían lleno de esperma. Oh, sí, quiere eso, toda la esperma del mundo en su coño. Y la idea es tan embriagante y poderosa que se tensa, apretando fieramente su agujero sobre ese güevo que aún así sigue recorriéndolo, adentro y afuera, y se corre, entre gritos de placer intenso, mojando el bóxer que todavía cubre su verga, teniendo sólo el culo afuera.

   -Oh, Dios… -chilla a todo pulmón, ojos cerrados y cara de gozo mientras alcanza el clímax.

   Y ese orgasmo casi le provoca un infarto de lo poderoso que es, por las cumbres que alcanza. De sus ojos escapan lágrimas de felicidad. Se había corrido como nunca antes, sin tocarse, mientras un hombre le sacaba y metía el güevo por el culo. Su culo virgen hace minutos. Ahora su coño. Y de esa idea no podría escapar, su transformación estaba acelerándose y pronto sería irreversible. Sería tan sólo un chico-coño buscando machos para repetir ese momento mágico de placer.

   -Si, córrete como la perra que eres. –le gruñe Jóvito, encimándosele, atrapándole el cabello con una mano, halándoselo, alzándole el rostro, el otro joven sonriendo en éxtasis.- Siento como tu coño está totalmente mojado, primo. Como siempre lo tienen las putitas que adoran los güevos. –le dice con voz autoritaria, su joven rostro bañado de sudor mientras sigue penetrando como un animal en celo al otro muchacho, a quien derriba con su ímpetu. Lo coge una y otra vez, dientes apretados en una mueca rapaz, dura, metiéndole y sacándole el aparentemente cada vez más grueso tolete del redondo culito. Le da y le da hasta que Benito gime y se tensa otra vez.

   ¿Qué era eso?, se pregunta el otro joven, bajo el peso de su primo, todavía goteándole semen la verga por el orgasmo alcanzado, sintiendo ese pistonear en su interior, el roce de ese grueso y nervudo tronco, los golpes de la punta caliente contra su próstata, calentándose otra vez. Acaba de correrse y ya siente que su cuerpo responde, que su tolete también se anima, pero era su culo el que estaba en llamas; Dios, ¿qué le pasaba? Sentía como este parecía llenársele de un líquido espeso y caliente que sensibiliza las paredes de su recto y su próstata, haciéndole más receptivo a la intrusión de aquel güevo. Y la combinación era enloquecedora.

   -Ahhh, ahhh… -gimotea nuevamente, arqueando la espalda, ojos nublados, abriendo y cerrando su culo otra vez. Listo para otro clímax.

   -Si, así, desátate como la perra que eres. –oye a Jóvito y cada centímetro de su cuerpo se eriza.

   Es cuando la puerta se abre y Onésimo entra, mirándoles con ojos oscuros.

   -¿Qué hacen? –el hombre mira a su hijo, el mocetón le sonríe de manera afilada mientras sube y baja su culo, guiando su güevo dentro y fuera del culo del hijo de su hermana Adelina.

   -Benito necesitaba que le llenara el coño, papá. ¡Y mira que tiene un coño caliente!

   -¿Es cierto, Benito, mijo? ¿Necesitabas mucho un güevo?, ¿tienes tú, un coño de chico? –la pregunta y la mirada era extraña mientras se acerca a la joven pareja que tira sobre la cama.

   -Hummm, si, tío, necesito un güevo. Mi coño de puta necesita ser llenado. –el muchacho gimotea, ojos algo desenfocados cuando mira con hambre la erección del hermano de su mamá, dentro del pantalón.

   -Su coño es tan suave, caliente y apretado, papá. Es un coño hecho para los hombres. –ruge Jóvito, mordiéndose procaz la lengua y sonriéndole a su progenitor.- Ahhh, maldita puta, ¡toma, toma toda mi leche! –grita el muchacho, cerrando los ojos, clavándole hasta lo  más hondo el tolete al joven bajo el, fijándole mientras le dispara una enorme cantidad de esperma; mucha, sí se tomaba en cuenta todas las corridas que ya ha tenido ese día, junto a su padre.

   Para Onésimo es fascinante verlo, la cara de su muchacho mientras goza, como debe gozar todo hombre, del coño de su primo. Porque para eso estaban los coños de los chicos, para ser usados y ocupados. Y les gustaba, la mueca de Benito al recibir los disparos de ardiente esperma en lo más profundo de su sexo; era un hermoso cuadro de juventud, cachondeo y vitalidad sensual.

   -Hijo… -de todas maneras, como padre y tío, siente que debe decir algo.- No me molesta que te pegues a todos los maricas que encuentres, que los enloquezcas con tu güevo y llenes sus coños, para eso están las perras, ¿pero hacérselo a tu primo?

   -Yo… yo… -comienza Benito, satisfecho por la corrida recién vivida, caliente por la nueva manipulación de su culo, ardiendo por el semen depositado allí. ¡No quiere que Jóvito pare! Pero, cuando recibe una nalgada, gime.- ¡Hey!

   -No te metas cuando los hombres hablan, puta. –es lo que le responde este, sintiéndolo y creyéndolo en serio, como si fuera algo de toda su vida. Le saca lentamente el güevo, sonriendo él mismo de lo grande que se le veía, lleno de venas pulsantes, bañado con su propia esperma y los jugos de aquel coño. Ahora mira a su padre.- Sé que Benito… Mira, lo siento, no puedo sentirme culpable o mal por esto, por cogerlo, por hacerle ver que es un sumiso. En cuanto entró esta tarde, todo sudado, sentí que olía a perra, a puta. A coño desperdiciado. Me siento bien de habérselo enseñado, ahora sabe lo que le gusta, tener el coño ocupado con un güevo, uno al cual ordeñar. Me siento bien por eso, papá, por guiar a esta perra hacia su realización. Además… -guiña un ojo, bajando de la cama, nada perturbado por estar así delante de su padre.- …Dentro de un rato voy a querer cogerlo otra vez. Mi verga necesita de su coño, de cualquier coño de hombre o chico, ¿por qué no procurarme uno fijo?

   -Hijo… -si, todo sonaba bien, como debía ser en el orden natural, pero…

   -Nada, papá, mira… -Jóvito se inclina y atrapa la cintura de Benito, halándole, obligándole a bajar las piernas de la cama, quedando apoyado de rodillas en el piso, la panza en la cama, mirando de Jóvito a su tío sobre un hombro, el culo expuesto, abierto, titilante, manando el semen de su primo.- Míralo, papá. Necesita de más. –sonríe. Y Onésimo, ojos extraviados, casi sonriendo, mira fascinado ese joven culito recién estrenado, el agujerito caliente de su sobrino, uno que fue ocupado por el tolete de su muchacho, quien dejo allí su semilla, esa que chorrea.- Quiere más.

   -Benito… -casi croa, voz estrangulada, el güevo casi a punto de romperle el pantalón de lo muy hinchado que lo tenía, por la manera en la cual palpitaba. El muchacho le mira, ojos brillantes, mejillas enrojecidas.

   -Mi coño lo quiere, tío… -el chico habla suave, mórbido, casi rogándole, bajando el rostro, alzando el culo, meciéndolo.- Necesito que llenes mi coño, tío. Por favor… Por favor… –ruega.- ¡Ahhh! –exclama sorprendido y feliz, así como Jóvito ríe.

   No sabiendo ni cómo o cuándo, Onésimo libra del pantalón un tolete tan erguido y duro que le costó, el cual queda colgando como una lanza de carne erecta, cabezona, llena de venas. Una tranca que le duele de las ganas que tiene de enterrársela en el coño a su sobrino. Ese coño lo llamaba. Quiere abrírselo y llenárselo, piensa estremeciéndose, sabiendo lo sabroso que sería la apretada que le daría, y lo mucho que el chico gozaría a su vez.

   -¿Lo quieres, muchacho? –le pregunta con voz ronca, de control, aferrándoselo con una mano y agitándolo, notando maravillado, y más caliente, como su sobrino baja más los hombros, alzando aún más el trasero, como los labios hinchados de aquel culo se agitan y el semen sigue manando como un delgado hilillo.

   -Si, tío, quiero que tomes mi coño.

……

   Temblorosa y terriblemente agitada, Sabrina López camina de un lado a otro de la sala de su apartamento, mordiéndose los labios, ¿cuándo coño aparecería? La había llamado hace casi cuarenta minutos y todavía…

   -Cariño, te ves terrible. –la imprevista voz, surgida casi a su lado, justo cuando le daba la espalda a la cerrada puerta de la calle, le sobresalta. Así estaban sus nervios. Gea, mirándole, arquea una de sus cinceladas cejas.

   -¿Cómo…? –la pregunta tonta que estaba a punto de hacer, ¿cómo entró?, muere. Habían cosas más urgente.- ¿Lo sentiste? ¿Ese increíble chorro de… poder? –la voz le falla.

   -No, lo siento. No soy empática, ni síquica. –la otra, casi indiferente, se encoge de hombros. Y Sabrina, rostro enrojecido, se molesta.

   -Pues alguien increíblemente empático está moviéndose. Y de una manera repugnante y peligrosa… -se estremece.- ¿Por qué dejamos que lo haga?

   -Eso debes preguntárselo a nuestro líder. Sombrío*… tiene su propia agenda. Y eso si me asusta.

CONTINÚA … 40

Julio César.

NOTA*: Sombrío es un personaje que aparece en otro relato, Dentro y Fuera, en RELATOS CONEXOS… 16

LOS CONTROLADORES… 38

febrero 11, 2017

LOS CONTROLADORES                         … 37

muscle-boy

   Ah, sentirán unas ganas locas de…

……

   En su cuarto, Tony Moncada, mal encarado, sale rumbo al baño, mirándose al espejo una vez en él. Se ve confuso, tal vez por la siesta. Una que no fue tal. O eso sospecha. Había estado pensando en Emilio Nóbregas, riéndose en “sueños” de algo que a este le sucedía. Pero no puede recordarlo, ni le parece divertido ahora. Acerca el rostro al espejo mientras se moja una mano con agua del grifo y lo pasa por su cabello, mostrando los dientes. Y se congela por un segundo. ¡Esa no era su cara! No era su cabello, sus ojos se veían… Alarmado cierra los ojos, soltándose el cabello y retrocediendo. Al abrirlos nuevamente, todo se ve normal. Pero su pecho sube y baja, con rabia… y temor. Bartok…

   ¿Estaría el otro haciéndole algo? Traga en seco, pensando en cosas a las que antes no le había prestado atención, lo que en sí era extraño: ¿cómo podía Bartok, o él mismo, influir en otros? Y no sólo eso, sino iniciar cambios… como los que practicó con Emilio Nóbregas, al que odia tanto y desea que le vaya bien mal. Y a Rubén Santana. El mismo chico idiota y prepotente que le atormentaba con sus amigos en el liceo, por saberle gay. Y que ahora le esperaba en la sala. Que había venido porque no soportaba mantenerse lejos. Él, el chico dorado de la escuela, el que le metía manos a todas las chicas, y que ahora le esperaba, obligado por ese control…

   La ira que siempre despertó en su naturaleza la manera de actuar de los chicos abusadores de la escuela, le domina. Y eso es bueno porque le da propósito, una determinación por la tarea que le faltaba ahora con esos raros desvanecimientos (¿qué estaba haciéndole Bartok?). Seca sus manos y baja, alejando de su mente toda idea analítica. Como que su enojo real, ese que explotó cuando “controló” a Emilio, se debió a que vio a Rubén con esa putica que era su novia. A la que antes le metía manos, la misma que seguro disfrutó con su cuerpo, ¡uno que ahora le pertenecía a él! Frunce el ceño, molesto; no, no era por eso, de dice. Y engañándose así, llega al piso de abajo y mira hacia la sala, donde Rubén parece esperar mirando un cuadro, con aquel ajustadísimo jeans de talle algo bajo, el cual abraza de manera increíble su trasero joven y desafiante, casi retando a cualquiera a que le diera un azotón… o una sobada. Imagina que a muchos debió picarles la mano, en las calles, a su paso. Le da la espalda y nota como esta se agita bajo la franela que lleva, al medio mover los brazos o balancear las piernas, impaciente. O nervioso. Nota como se tensa y se vuelve, a mirarle, parpadeando. ¿Presintiéndole? ¿Ya no necesitaba “enviar” nada al chico, o tocarle, para que este respondiera?

   -Santana, qué sorpresa… -por alguna razón muy humana y joven, tuvo que ser cruel en el tono, cruzándose de brazos.- Pensé que te había dicho que no quería verte por ahora. –le estudia, le nota la confusión y frustración, el paso que da en su dirección, deteniéndose. Comprendiendo su lucha, ¿había venido impulsado por algo, un efecto colateral del control? Le había condicionado a que respondiera a su presencia, a su vista; tal vez eso estaba creando ecos condicionantes en su mente, y la disputa en el colegio debió atormentarle, saber que su… ¿amo?, no quería verle, obligándole a buscarle y disculparse.

   -¿Estás molesto conmigo? –la pregunta sale rota, forzada, el joven no quería hacerla pero lo necesita.

   Eso debía alegrarle, brindarle consuelo, piensa Tony. Era la consumación de su venganza. Pero la pregunta de Rubén tuvo el efecto de humillarle a él. ¡Lo hizo por celos!, toda sus rabietas, el desprecio con el cual le trató. Y admitirlo para si, era horrible. Pero, bien, ¿sería realmente tan malo acercarse al hermoso hijo de puta y abrazarle, besarle, recorrerle con las manos y finalmente clavársela duro por el culo? No, no debía ser un problema. El lío era que comenzaba a sentir que no estaba bien. Lo que le hizo, o al sucio conserje del colegio. O a esa sarna de Emilio Nóbregas. Eran sujetos crueles, pero también productos de su medio. En el caso de los chicos tal vez ni era totalmente responsabilidad de ellos, el no saber de respeto a la dignidad de otros, a no conocer de tolerancia, de convivencia, de comportarse como la gente, de vivir y dejar vivir, aquello de todos diferentes pero en el mismo barco. Tal vez nadie les había enseñado a ser gente normal y les resultó natural, fácil y placentero dejar salir la bestia interna, burlarse atormentando a otros, persiguiéndoles, escarneciéndoles, sin tener plena conciencia de todo el daño que hacían. Era, en fin, culpa de hogares donde fallaba hasta lo más elemental, enseñar a los hijos a ser gente y comportarse como tal.

   -No estoy molesto contigo… Rubén. –grazna, descruzando los brazos y tomando aire.

   -¿Seguro?, fuiste bastante claro en tu ira. –traga este, a cercándosele, necesitado, por el control, de tocarle, besarle.

   -Lo siento, no fue una buena mañana para mí. –le cuesta hablar, pero calla, porque el otro termina con la distancia, y mirándole a los ojos como esperando el rechazo, acerca el rostro, entreabre los labios y cubriendo los suyos, besándole. Y se sentía bien, carajo, por lo que responde, tomándole por la cintura, clavándole la lengua, ambas encontrándose, cálidas, húmedas, luchando. Cada roce provocando escalofríos en sus columnas, el endurecimiento de sus vergas bajo sus jeans. Y los gemidos ahogados no se dejan esperar. Era tan rico tenerle…

   La idea le congela y deja de besarle, casi asustado, alejándole suavemente, reteniéndole por los hombro cuando el catire intenta acercarse otra vez. Rechazándole nuevamente, e hiriéndole. Lo sabe por la mirada desvalida del otro chico.

   -¿Qué ocurre? ¿Hice algo? –parece asustado.

   Y Tony quiere calmarle, decirle que no, que nada grave ocurría, que él no había hecho nada para merecer su enojo. Al contrario… pero no puede, porque la idea, así como es de sorpresiva, también es odiosa: Quiere que Rubén le busque, y que le bese… porque lo desea, no porque le controla. Y era algo tan absurdo que casi ríe burlándose de sí mismo, porque sin el control, en primer lugar, jamás habría logrado atraerlo. Y ahora no le bastaba. No quería eso. Deseaba que el otro le buscara porque lo… quisiera.

   Va a disculparse, preguntándose si habría alguna forma de terminar con ese control, de liberarle de las modificaciones (esa mierda no valía la pena, se dijo con rabia), cuando siente esa oleada fría llegarle, envolverle. Desagradable. Asfixiante. Por la mirada desconcertada de Rubén, entiende que este también lo siente. ¿Era Bartok? Esto era nuevo, extraño. E infinitamente poderoso. Su cerebro va llenándose de algo caliente, violento. Y atrapándole el rostro a Rubén con las manos le hala y besa, salvaje, mordiéndole y chupándole el labio inferior, entrando en su boca y recorriéndola toda con la lengua, haciéndole temblar y gemir.

   Ya no piensa con claridad, no parece estar en sus cabales cuando la idea gira y gira en su mente: quiere controlarle totalmente, cambiarle, transformarle. Quiere que Rubén Santana sea su perra sumisa, mucho, cayendo en la degradación, feminizarle, convertirle en una caricatura que grotescamente buscara machos, y güevos, en cualquier lugar. Quiere llevarle por caminos sucios, prohibidos, rebajándole, escalón por escalón, hasta que ya no encontrara manera de regresar. Quiere… destruirle.

……

   Y si estando con Rubén, Tony sintió aquella presencia alcanzándole, tan poderosa que incluso logró anular sus propios pensamientos, y sentimientos, no fue el único. En medio de un patio de matorrales un tanto altos y descuidados, un pálido y sombrío joven de anteojos se llevó una mano a la sien derecha, percibiendo un pitido intenso, taladrante y desagradable que parecía alcanzar su propia mente. Bloqueándolo al cerrarse. Un telón cayó, metafóricamente, cerrando su cerebro. Sabía lo que significaba. Los controladores se movían de prisa. En su apartamento, pequeño, acogedor y muy femenino, Sabrina no fue tan afortunada, la joven llevó las puntas de sus dedos a ambas sienes y debió caer sentada sobre su cama cuando la visión se le nubló, las rodillas fallándole. El pitido era intenso dentro de su adolorida frente. Y frío. Mucho.

   En un cuarto donde un joven enculaba a su primo, ambos se quedan quietos por un momento; uno de ellos, arrodillado sobre una cama estrecha y totalmente pegado al culo del otro, que está en cuatro patas sobre el colchón. Sienten algo, y el que encula, aprieta los dientes en una mueca viciosa, mientras su primo baja la espalda con un ronroneo de placer sumiso. Saliendo de una propiedad apartada, más arriba de esa donde los primos tiran sobre una cama, un hombre que conduce una grúa se detiene a un lado de la carretera, bajando de la misma, con pasos inseguros, ojos extraviados, cayendo contra el vehículo. Pensándolo, deseándolo: su culo necesitaba de un güevo, de uno duro y caliente que lo llenara.

   Pero no eran los únicos afectados, había otros, un joven que había ido a un club de videos porno, se dirige como en trance, de vuelta al lugar. Esperando encontrar un hombre que llene su agujero ávido. Dos jóvenes “actores” de la industria porno gay, que habían ido a una reunión importante, se congelan por un segundo en la parte trasera de una camioneta que les regresa a la productora. Y ríen aniñada y amaneradamente, mientras se empujan y juegan con sus manos, mirando al hombre que los conduce de regreso, deseando que este los enculara, invitándole con coquetos guiños de ojos. Hasta el pobre Emilio Nóbregas, hasta un segundo antes aterrorizado de lo que ocurriría cuando su padre llegara y su madre le contara todo, sonríe ahora extraviadamente, sentado en su cama, sintiendo un calor intenso en su culo, medio restregándolo contra el colchón. Y estaba aquel conserje del colegio… Y Bartok, casi inconsciente en su oficina de la productora, y el director de grabaciones, el cual, de manera extraña, desea chupar nuevamente el tolete de aquel sujeto. No saben qué tienen, pero todos responden a una necesidad intensa, una que les obligaría a salir, a cazar culos unos, a servir de receptáculos de güevos otros. Incapaces de contenerse, de medirse.  Así terminarían propagando, como una enfermedad infecto contagiosa, el control del jefe mayor. El mundo sabría de ellos, pronto.

   Y Caracas sería la zona cero.

……

   Las ganas habían despertado de una manera intensa dentro de su cuerpo, lo reconoce Jóvito Malavé, de rodillas sobre su cama, subiendo y bajando la pelvis, casi sentándose sobre sus tobillos, mientras continúa enculando a su primo Benito, quien ahora está de espaldas sobre el colchón, abierto de piernas, rodeándole con estas la cintura, mientras le cepilla con fuerza y rapidez la pepa del culo con su tolete increíblemente duro y caliente. Jóvito sabe que lo tiene así, firme, como más lleno de sangre, cada vena y vaso hinchado, caliente, rozándose contra las paredes del coño mojado y hambriento de su primo. Porque sí, Benito estaba halándoselo, apretándoselo, succionándoselo de alguna manera con esa crica golosa. Y si de los labios de Jóvito salen gruñidos animales, los del macho cabrío que coge y goza tomando lo que quiere, los gemidos de Benito no se quedan atrás en intensidad, incluso halándole con las piernas como para sentirlo más adentro.

   Tan escandalosos están que Marta, la madre del joven, desde la cocina, se congela, volviéndose hacia su marido, quien parece ido, extraviado, sentado en una silla.

   -¿Oyes eso? Parece venir del cuarto de nuestro hijo. –dice, lanzando un pañito sobre el lavaplatos, disponiéndose a ir e investigar.

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Julio César.

LOS CONTROLADORES… 37

enero 14, 2017

LOS CONTROLADORES                         … 36

muscle-boy

   Ah, sentirán unas ganas locas de…

……

   Contra su costosa nevera de dos puertas, un joven gañan apoyaba la espalda, sentado en el piso, con los pantalones en las rodillas, mientras encaramado sobre su regazo, dándole la cara, su hermoso muchacho, aún llevando su bóxer, aunque medio enrollado, subía y bajaba el culo sobre la buena barra del otro, mientras tras él, con los pantalones en los tobillos, de rodillas, otro joven también le metía la verga por el culo. A su muchacho estaban culeándole dos jóvenes con caras de pillos, metiéndole sus toletes a un tiempo, adentro y afuera, golpeándole uno de ellos, de paso, con sus bolas. Eso, tener el hueco del culo tan abierto, debería ser doloroso, Emilio debería estar llorando pero, como era evidente por la cara, le gustaba. Aunque, al menos, deberían escucharse los gemidos de placer, pero estos no salen porque su boca, deformada una mejilla en ese instante, está ocupada por la tranca de un tercer sujeto, algo más maduro, de pie, que le coge la boca. ¡Tres vergas para su niño! Tres gañanes estaban cogiéndole de una manera intensa, posesiva, dominante, y el rostro de su muchacho era el de dulce tortura. Fue cuando gritó…

   Era un cuadro caliente y sucio que se había ido conformando por sí mismo. Sí, ese trío le había caído encima, lo querían encular, meterle los güevos hasta por los oídos, algo en el negrito lo pedía, pero también este lo deseaba aunque pretendiera que no, como cuando costó que sus gruesos labios rodearan el primer glande en su vida, saboreando por primera vez el salino sabor de la carne de joder de un macho, algo de orina y muchos líquidos pre eyaculares. Aunque sabían que terminaría amándolo, no lo hablaron, pero cada uno de esos sujetos, los dos muchachos y el tipo, sabían, por instinto, que no había un mariconcito que no deseara comer güevos, todos los que pudiera. Atragantarse con ellos. Y estaba eso… su culo. Estrecho, sedoso, mojando, caliente, que halaba con desesperación, como si realmente necesitara ser penetrado por un pulsante tolete venoso (ignoraban que sí, que le urgía, era el cambio que Tony Moncada había introducido en él, al tomar la cereza achocolatada de su virginidad anal en la escuela). Ese culo halaba tanto que fue cuando…

   Maikel, sonriendo, cayó de culo en el piso, y el muchacho, ojos nublados de lujuria y tal vez algo de vergüenza, había caído sobre él, dándole la cara, enterrándoselo todo, su arrugado y peludo agujero tragando, de punta a base, el joven güevo, gimiendo mientras lo hacía.

   -Qué puto. –había dicho su amigo, Saúl, a las espaldas del negrito al que veía retorcerse y escuchaba lloriquear de voluptuosidad mientras subía y bajaba su agujero goloso sobre la joven tranca. Un hueco hambriento que era mejor que una paja… y que algunos coños también…

   -Quiere más. –respondió Maikel, con una sonrisa tipo mueca, mirando al socio sobre un hombro.

   Fue cuando este, todo vicioso, cayó de rodillas, toqueteándole la entrada ya ocupada con su liso glande mojado. Los dos jóvenes carajos no pensaron en lo raro del toque entre sus vergas, tan sólo deseaban llenar al negrito puto.  Cuando Saúl le forzó, abriéndole, clavándosela, Emilio lanzó un largo grito, echando la cabeza hacia atrás, la boca muy abierta, su agujero cerrándose duro sobre las dos barras, la imagen misma de la concupiscencia. Tanto que afectó al otro sujeto, quien, de pie a un lado, le silenció llenándole la boca con su güevo.

   Tres güevos le trabajaban, uno en la  boca, dos en su culo, dándole desacompasadamente, uno entrando, el otro saliendo, forzándole la entrada, rozándole. Las sensaciones que le recorrían, tan distinto a lo que había sido siempre su vida, le tenían mal. Esos toletes hinchados y duros iban y venían dentro de su cuerpo, su negro agujero estaba muy abierto, de sus labios, fuera de gemidos de gusto, escapaba algo de baba mientras chupaba de aquel otro falo. No sabían, esos tres, la angustia que sentía, estaba tan caliente, tanto que temía que se moriría de frustración, por lo mucho que le gustaba aquello… y sin embargo no terminaba de alcanzar el orgasmo liberador. ¡Necesitaba correrse! Por eso subía y bajaba de aquella manera, se agitaba, sus nalgas iban y venían, su boca no paraba de sorber; quería acabar. Y así, todo decidido a lograrlo, le pilló su mamá.

   Cuatro pares de ojos, alarmados, la miraron, entre confusos y, secretamente, resentidos por la intromisión en tan increíble momento. Pero ninguna mirada más intensa que la de Emilio, quien parpadea deseando que la tierra se lo trague, con ese güevo deformándole la mejilla, a la vista de su madre.

   -¡Malditos sádicos! –el nuevo grito de la doctora Elisa de Nóbregas, atronador, cargado de espanto y rabia, sacude al cuarteto de carajos ociosos, un güevo sale, húmedo, de una boca, dos de un culo que todavía parece querer retenerlos, y su muchacho cae sentado en el piso.

   -Se… Señora, no es lo que cree… -comienza, realmente alarmado, el hombre mayor, el conductor del camión de agua mineral, alcanzado de pronto por toda la locura sufrida.

   Mierda, ¿qué había ocurrido? No era gay, no le gustaban esas cosas, y, de hecho, le desagradaban esos granujientos canallitas con quienes trabajaban, y allí habían estado, llenos de testosteronas, de calenturas, todos deseando meter sus vergas duras en aquel tierno y negro coñito masculino. Eso le hace parpadear, ¿coñito masculino?, ¿por qué lo pensó así? Pero aún eso carecía de importancia en esos momentos. Había querido cogérselo, llenar a ese muchacho de güevo, junto a los otros. Habían querido someterlo sexualmente, degradarlo, dejarlo bañado de esperma mientras le llamaban mariconcito o putico. Esas ganas habían sido extrañas, pero intensas, poderosas. No recordaba haber estado en una situación tan caliente, tan excitante, como esta, tomando, con esos otros dos, a ese muchachito negro, bonito y culón… Tener ese coñito sedoso que apretaba…

   -¡Sádicos! ¡Sádicos! –los gritos histéricos y furiosos de aquella mujer, que toma algunas cosas colocadas en el centro de la mesa de la cocina, arrojándoselos con evidentes intensiones de herirles, al tiempo que jura que los encarcelará y que todos sabrán que eran unos agresores sexuales, les hizo reaccionar. El temor a un golpe… y el mayor de que llamaran la atención y llegara la policía, les aconsejaba escapar.

   Mientras le gritan a la mujer que pare, retroceden y rodean la mesa que les separa, esquivando o alejando con las manos la platería, adornados saleros y cosas así. A los hombres les cuesta huir porque están semi desnudos y tienen que cubrir sus cuerpos al tiempo que intentan escapar. Jadeante, terriblemente avergonzado, Emilio se cubre, subiéndose el bóxer, uno deformado por su erección, totalmente mojado, de sus jugos y de los jugos de los tres machos que se servían de él.

   Viéndoles retroceder, el dique emocional que contiene a la mujer, cede, y les persigue gritándoles amenazas ahora sobre lo que les haría por meterse así en su casa y hacerle aquello a su muchacho. Nada de lo que dicen parece calmarla (como debe ser, es madre, después de todo). El trío sale a la calle, ahora si inquietos, seguidos por ella que todavía les grita que se las pagarán. Sus aullidos provocan que puertas cercanas se abran.

   -¿Ocurre algo, Elisa? –un hombre cuarentón, algo obeso, se les acerca, mirando feamente al trío, que se ve realmente sospechosos con los cabellos revueltos, las ropas mal abotonadas y sudorosos.

   -Iván, hazme el favor y llama a la… -comienza la mujer, pero es todo lo que parece soportar el chofer del camión de agua, quien se vuelve, encarándola, de cerca, mirándola duramente.

   -Basta, señora, yo en su lugar me quedaría tranquilo. No fue nuestra culpa. –es tajante al gruñirlo entre dientes.- No es culpa nuestra que tenga a una putica caliente por hijo; una putica que muere por machos. –la frase, casi escupida, la impacta, enmudeciéndola.- Haga su escándalo, que venga quien quiera y veremos qué se descubre, ¿okay? –la amenaza es clara. Y terrible.

   Todavía impactado por todo lo ocurrido, por las emociones que experimentó, las cosas que hizo y permitió que le pasaran, Emilio mira por una ventana como el camión de agua mineral se aleja. Su corazón tiembla salvajemente al volverse hacia la puerta de la cocina, donde aparece Elisa, grisácea, mirada llorosa y dura.

   -Mamá… -comienza, aunque no sabe qué puede decir que explique todo aquello.- ¡Ah! –jadea de sorpresa cuando el feo bofetón le alcanza.

   -Sube a vestirte y quédate en tu cuarto. Tu padre, tú y yo, ya hablaremos. –casi croa la mujer. Sobándose una mejilla, el chico va a agregar algo.- ¡Sube y vístete! No soporto verte así.

   Emilio siente ganas de llorar, no sólo por la humillación sino por el rechazo, que duele de manera casi física. Pero, ni aún en esos momentos, mientras escapa casi a la carrera, viéndolo todo desenfocado por el llanto, es capaz de relacionar aquello con lo que, él mismo, les ha hecho y dicho a otros, antes.

   La mujer, a solas, se muerde el labio inferior para contener un sollozo. Sabe, o se dice, que lo está tratando mal, no es ecuánime en aquel asunto, pero la verdad es que está impactada. La revelación fue demasiado brusca. Su hijo hermoso, su orgullo, ¿gay? ¿Y todas esas chicas con las que salía?, ¿y el porno hétero que ella sabe que guarda? No lo entiende. Era su hijo, debía apoyarle, amarle, pero… Oh, Dios, ¡su cocina! Toda esa bestialidad… Cierra los ojos y la escena vuelve a su cabeza. Aunque ha sido un golpe impresionante lo de la orientación sexual, casi podría haber digerido encontrarle besándose con un chico en la sala, tenía amigas con hijos así, pero esos tres hombres desnudos y penetrándole…

   Lanza un sollozo. ¿Qué estaba pasando, Dios? ¿Cómo podía la gente, sensata y civilizada, hacer esas cosas, así, de esa manera? Eso que vio no era sexo, era depravación. Caracas estaba perdida.

   Aunque se había llevado una impresión de muerte, y por suerte su corazón estaba duro, ni ella misma podía imaginar lo que estaba por desatarse. Emilio ya no podía contenerse, controlarse. Estaba bajo el poder de otro. Como ocurriría con toda la ciudad dentro de poco.

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Julio César.

LOS CONTROLADORES… 36

diciembre 16, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 35

muscle-hot

   Los cambios comienzan.

……

   Benito no puede responder, está sobrepasado por algo, de su boca muy abierta continúan escapando gemidos de placer mientras el agarre de Jóvito alrededor de su cuerpo se incrementa tanto como los saca y mete del tieso güevo en su culo, abriéndolo y llenándolo con esa carne caliente y dura. Esa barra va y viene sin detenerse, las bolas del primo le azotan, la pelvis le aplasta las nalgas, ¡le estaba cogiendo! Su primo le estaba cogiendo mientras le decía puta caliente, y tan sólo puede gemir más y más entregado, dejándose arropar y llevar por sensaciones totalmente nuevas y embriagantes.

   -Toma, toma, putica, tómalo todo con tu coñito caliente. –le ruge, entre dientes, casi al oído.

   -Hummm… hummm, si, si… -grazna el joven hasta hace unos segundos virgen analmente, y heterosexual, mientras el primo le cepilla la pepa del culo con fuerza. Si, aquello se sentía bien, realmente bien. Algo se ajusta como debe ser en su interior y es plenamente consciente de cómo afloja las paredes de su recto, llenando de sangre las terminaciones nerviosas, ardiendo sobre la barra  nudosa que las cepilla y frota. Si, si, era tan bueno sentir un güevo en su culo, carajo; dejarse hacer todo eso por un machito cabrío y caliente. La idea le marea y sorprende, tanto que abre los ojos y parpadea.

   Apretándole las tetillas, casi montado sobre su hombro, Jóvito lo encula como si de perritos se trataran, con rapidez, haciendo crujir la cama, su güevo entrando y saliendo del apretado agujero que ahora parecía más suave, caliente y hambriento. Se lo estaba halando, ¡apretándoselo!, reconoce sonriendo. Separa un tato su cuerpo, atrapando las caderas, cogiéndole así, mirándole las nalgas, y su propio tolete entrando y saliendo.

   -Sabes lo que quieres, putica. –le dice, lleno de un conocimiento nuevo y viejo.

   Y totalmente enrojecido, de vergüenza y lujuria, la respiración de Benito se hace más ruidosa, pesada, cuando comienza a agitar sus nalgas de adelante atrás, contra su primo, llevando su joven culo goloso sobre ese magnífico güevo tieso que lo penetraba. Halándolo, moliéndolo.

   -¡Hummm!

   -Si, sabía que lo querías, olías a pura nena maricona. –ruge triunfal Jóvito, clavándole los dedos con fuerza y propiedad, apretando los dientes y embistiéndole más y más, acompasando sus embestidas con el lleva y trae de esas nalgas jóvenes que se abrían para él.

   -Ahhh… -es todo lo que puede exclamar Benito, sonriendo extraviado, su torso muy erecto, cuando Jóvito le azota de una nalga a la otra, provocándole estallidos cálidos, estimulantes.

   -¿Te gusta? Vamos, dímelo… -le ordena, sonriendo de manera infame, mientras le coge y le da nalgadas.

   -Si, si, me gusta, cógeme… -brama el joven, incapaz de contenerse, echando su rostro hacia adelante, contra la pared, para extender sus nalgas y recibir mejor los golpes de esa pelvis y las palmadas de esas manos que se turnan para darle azotes, no muy duros en verdad. El cuarto sé llena de sonidos decididamente eróticos.

   -Oh, sí, cómo te gusta un güevo, primito… -se burla.

   -Hummm, si, si, papi, llena mi coño caliente… -sale de la boca del muchacho, ojos idos, rostro de gozo nirvánico, abriéndolos y cerrándolos al ritmo de las cepilladas que el otro le daba cuando se la metía y sacaba de las entrañas. Sus palabras provocan un espasmo en el güevo de Jóvito, el cual parece endurecerse aún más.

   -Si, sí, soy tu papi, tu hombre, tu macho, y voy a llenarte el coño de güevo y de leche… -sus miradas se encuentran sobre un hombro de Benito.

   -¿Te gusta mi coño de chico?

   -Tu coñito es delicioso, primito. –le aclara con una mueca, sacándole el tolete casi hasta el glande y enterrándoselo de golpe, una y otra vez.- ¡Y es mío! Goza, goza de lo que tu papi le hace a tu coñito mojado y hambriento de güevo.

   Esas palabras parecían grabarse a fuego en la mente del muchacho; si, tenía un coño hambriento, un coño que necesitaba de machos que lo saciaran. Su coñito caliente y estrecho era para ser usado, para que lo llenaran de eso, de güevos y semen. Esas ideas daban vueltas en su cabeza, excitándole tanto que su propio tolete estaba duro, pulsante y goteante sobre el colchón. Sigue agitando su culo, apretando aquella barra, exprimiéndola, parecía no poder contenerse. ¡Necesitaba tener su coño de chico bien lleno de sexo!

   -Hummm, si, papi, llena mi coño. –nuevas embestidas le hacen gemir, el placer era tanto mientras ese tolete se le enterraba y salía de las entrañas, que casi lloriquea.- No sé por qué nunca me lo hiciste, por qué no llenaste mi coño antes. –cierra los ojos como flotando en trance, sonriendo, una lágrima escapando de uno de sus ojos, manos sobre el cabezal de la cama, agitando su culo sobre aquel güevo.- Siempre me he sentido tan vacío, tan… insatisfecho. Tu güevo, papi, me llena. –confiesa, y decirlo le hace reír.

   -Dilo…

   -Si, papi, lléname el coño con tu güevo, rastríllamelo, rómpemelo. Llénamelo con tus bebés. Córrete y llénamelo con tus espermatozoides calientes, quiero sentirlos nadar dentro de mí, transformándome en maricona. En tu maricona. Oh, papi, lléname el coño con tu néctar.

   Al escucharle, Jóvito se eriza, sonriendo más, apretando los dientes, dominante, poderoso. Si, el puto se entregaba a su poder. Aquel culo goloso, aquel coño de chico, era suyo para usar y abusar. Y lo machetea con fuerza, adentro y afuera, casi haciendo bailar la cama sobre el piso. Le clava los dedos, lo nalguea, gruñe oyéndole gemir, mendigar por más y más güevo, totalmente enloquecido. Se lo saca, retrocediendo, mirándoselo. Su tolete parece, si, como más grueso y venoso, casi como el de un hombre hecho y derecho.

   -¡No! –gimotea desesperado Benito, mirándole sobre un hombre.- ¡Métemelo! –suplica, casi desesperado.- ¡Métemelo! ¡Cógeme! ¡Coge mi coño! –le grita imprudentemente en aquella casa donde estaban sus tíos.

   Sonriendo cruel, Jóvito pensaba hacerle sufrir un poco, negarle su güevo por un rato, no llenarle el culo, pero… Ese culo titila, pulsa, se abre. Y como en trance lleva el glande hacia él, frotándolo, metiéndolo, empujando los labios del coño masculino. Se lo entierra y alza el rostro, sintiéndose apretado, halado por aquel agujero suave, caliente y húmedo, sazonado todo por los gemidos del primo, el cual le pide que se lo meta más duro, que lo cogiera a fondo, que le reventara el culo.

   Si, piensa Benito, estremeciéndose, rogando por más. Quiere eso, que su primo le llene el coño con su güevo, que use su coño de chico, para eso estaba hecho, para cogerse a todos los hombres del mundo, para ordeñar y secar sus güevos. Y mientras Jóvito se lo clava hasta los pelos, con un empuje especialmente duro, grita imaginando un ejército de vergas tiesas, todas goteantes, todas deseando su coño chico y apretado…

   Estaba cambiando, al igual que Jóvito. La infección comenzaba.

……

   -¿Qué? –brama Joanna seca al contestar el teléfono. Cómo molestaba la gente. El silencio que sigue, le irrita más.- ¿Quién es? –mira el aparato y no reconoce el número.

   -Está pasando. –es Sabrina.

   -¿De qué…? –se ve confusa la bonita joven.- Ah, el problema con los controladores… -rueda los ojos por su dormitorio.

   -No es un asunto menor, Joanna. Es serio. El problema ya está montado. Deja tu cama y…

   -Oye, oye, no entres en mi cabeza. –advierte, alarmada, la morena, echándose hacia atrás en la cama, sus senos redondos algo hinchados y rojos por los pellizcos y chupadas dadas por su amante, el hombre de piel aceitunada que le mira sonriendo.

   -¡Esto es serio!

   -Entonces ve y díselo a nuestro sombrío jefe, es él quien no nos deja ir sobre esa productora y su gente. –estalla, impaciente, cortando la llamada.

   -¿No le temes a ese tipo? –le pregunta el hombre joven, alzándose sobre un codo, de medio lado, gloriosamente desnudo, acariciándole un seno con la mano libre.

   -Que se vaya al diablo, no sé a qué juega, pero no creo que sea a favor de nadie. –gruñe esta, exasperada. Ya no soportaba más todo aquello.

……

   -¿Qué coño hacen? –vuelve a rugir, casi presa de un infarto, la doctora Nóbregas, entrando en su cocina y encontrando a su hijo Emilio, su bebé, con dos güevos llenando su culo mientras chupa un tercero, el de un hombre barrigón, hecho y derecho.

CONTINÚA … 37

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 35

noviembre 3, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 34

muscle-hot

   Los cambios comienzan.

……

   -Déjate… de vainas… -intenta Benito una sonrisa, todo nervioso, pero sin poder apartar la vista de ese tolete duro y rojizo, el cual ha visto antes, pero no como ahora. No deseando… tocarlo, para ver si era cierto que era real. ¿Cómo le creció tanto en tan poco tiempo?

   -Vamos, no seas tímido, primito. –invita el otro. Y sonríe.

   Tragando saliva, Benito siente que tiene que comprobar si… no podía ser un güevo falso o una extensión, lo sabe, y sin embargo necesita comprobarlo. Alarga una mano trémula y con la punta de los dedos toca esa lisa cabeza, frotando, provocándole un gruñido al joven gañan, que se estremece de lujuria, sintiéndose poderoso al recibir la caricia sobre su cetro de poder de parte de un sumiso. Nada más tocarle, sintiendo ese extraño calor, el otro joven, muy rojo de mejillas, lo frota, arriba y abajo, con la punta de sus dedos. Se sentía tan bien que…

   Baja la mano y cierra la palma y los dedos alrededor del cilíndrico tolete, que pulsa y quema contra su piel, casi dando un salto de placer y gusto. Dios, se sentía tan extraño tener el güevo de Jóvito atrapado así, subiendo y bajando el puño, masturbándole. Una vez, hace añales (dos), se habían medio tocado, pero no existía este aire de… lujuria. Aprieta con más fuerza y seguridad, deseando sentirlo, domarlo… ordeñarlo. La idea penetra su mente algo enfebrecida, inquietándole, pero a un tiempo excitándole también. Mirándole, echándose hacia atrás, contra la pared, dejándose masturbar, Jóvito sonríe.

   -Debiste verlo, primo, el coño le temblaba a ese carajo cuando le acercaba mi güevo, le latía con ganas, creo que se habría muerto si no se la meto. Y cuando se la metí, poquito a poco, chillaba y se revolcaba, gritando y pidiéndome que no me parara, que deseaba sentirse vivo. Vivía mientras su coño era abierto y llenado por la dura carne de un macho. –va contando, viéndole enrojecer y estremecerse más. Bastaría muy poco, lo sabe. Tan sólo montarle una mano sobre la nuca y halarle, llevarle hacia su glande rojizo y mojado, y ponerle a mamárselo. Y saber que puede, le calienta más. Pero no es lo que necesita en ese momento. Un coño, el coño de un chico, eso es lo que pide su verga. Sin embargo lleva la mano tras esa nuca, tensándole, mirándose a los ojos.

   -Jóvito… -muy rojo de cara, y asustado, Benito le mira. ¿Acaso quería que se la chupara? ¿Llenarse la boca con el duro y caliente güevo de su primo? Y si le mamaba, ¿no se convertiría en un marico?

   -Vamos, primo, enséñamelo… -pide, reteniéndole por la nuca, con fuerza de macho dominante, confundiendo al otro.

   -¿Qué? ¿Mi güe…?

   -No, la cueva de tu conejito. Enséñame tu huequito cerrado. –no ordena, pero tampoco pide, tan sólo expresa, asombrándole.

   -¿Quieres ver mi culo? ¿Para qué? –grazna, sorprendiéndole la pulsada poderosa del güevo del otro al decirlo, apretado en su puño, así como los espesos y abundantes líquidos pre eyaculares que mana.

   -Vamos, carajo, enséñamelo. –casi le gruñe, atrapándole los hombros, obligándole a moverse.

   Y se mueve, Benito nunca sabría explicarle a nadie cómo o por qué, pero lo hace. Soltando ese güevo caliente, y la maravillosa sensación que producía en su mano (o tal vez por eso mismo), se vuelve, arrodillado en la cama, dándole la espalda, temblando ante el brillo predador que aparece en los ojos de Jóvito a la vista de sus nalgas jóvenes.

   -Bonito culo. –se atraganta de ganas, el otro, el güevo pulsándole feo, alzando las manos y acariciando los duros glúteos sobre la tela.

   -Jóvito… no, no sé si… -Benito se asusta por el cariz que toma todo aquello, por esas manos incansables que subían, bajaban, acariciaban, apretaban.

   -Te va a gustare, a los putos siempre les gusta. –le ofrece.

   -¡No soy un puto! –brama indignado, mirándole sobre un hombro, muy quieto mientras esas manos halan su bóxer, descubriéndole las levemente velludas nalgas, unas que azota suavemente.- Jóvito… -inicia otra vez, con miedo y expectación.

   -Shhh, puto, deja que vea tu coño apretado. –es más autoritario, el güevo botándole jugos a mares, inclinándose tras ese trasero, separando los glúteos y jadeando contenido, casi desesperado de tantas ganas a la vista del agujero canela del muchacho, levemente peludo, tan pequeño y cerrado. Tan… apetitoso.- A los hombres nos gustan los coños… -expresa en voz alta la idea que cruza por su mente, mirada perdida en el capullo viril, deseando pasarle la lengua, clavársela. Los coños sabían ricos, esa idea también se le ocurre.

   -Primo, esto es una locura… -grazna Benito, mirándola salir de su bóxer, el tolete tieso saltando, golpeándole en el abdomen y rebotando, bajándole un poco más el suyo, justo por debajo de las bolas

   -Te gustará, a todo coño le gusta sentir un güevo llenándolo y colmándolo. –le asegura, arrodillándose también sobre la cama, a sus espaldas, rodeándole la cintura con sus brazos, atrayéndole, su verga tiesa y caliente, mojada, lateralizándose contra la raja entre las nalgas, comenzando un sube y baja, frotándosela contra la joven piel.

   -Jóvito… -todavía gimotea, asustado, el corazón latiéndole locamente, no sabiendo por qué no detiene toda aquella mierda. Estremecido por la fuerza de su agarre por la cintura (como lo hace un hombre, piensa extrañamente, estremeciéndose), este le echa un tanto las caderas hacia atrás, y ahora nota algo liso y caliente, húmedo, frotándose contra la entrada de su culo.- Primo… -todavía intenta, mirándole sobre un hombro, asustado y paralizado. Acercando el rostro, sonriéndole confiado, Jóvito parece saber lo que hace.

   -Créeme, primo, cuando te lo meta vas a gritar por más y más. Y voy a dártelo, lo clavaré en tu coñito caliente y dulce todo lo que quieras, abriéndolo a la vida, despertándolo a los sentidos. Necesito tu coñito apretado, pero también tú necesitas esto. –expone como si alguna lógica hubiera tras aquellas palabras. Le sonríe casi cariñoso.- Amarás sentir tu coñito bien trabajado.

   Incapaz de decir algo más, pero temblando visiblemente de temor e incertidumbre, Benito abre mucho los ojos y boca cuando, montándole la barbilla en un hombro, Jóvito empuja sus caderas hacia adelante, chocando el glande mojado y caliente de su agujero cerrado, forzándolo, obligándolo a abrirse, a dejarle pasar, empujándole los labios del esfínter hacia adentro. El chico se tensa, y grita, ¡era demasiado grueso!, pero Jóvito, siseándole, calmándole, continúa metiéndolo, forzando cada centímetro cubico de su impresionantemente duro güevo. Dentro del cuarto sólo se oyen los rugidos de tortura de Benito.

   -Coño, es muy grande, ¡duele mucho! –grita, imprudentemente en una casa donde viven, además del primo, sus tíos.

   -Relájate, ya entré. –respira pesadamente Jóvito, dientes apretados en una mueca depredadora, halándole más con los brazos sobre el abdomen, contra su güevo que va penetrándole mientras el otro sigue quejándose y gritando.- Oh, mierda, si… -gruñe pesado, contra su oído.- Se siente tan bien llenar tu coñito caliente, primo, me lo hala y aprieta tan sabroso. –los jóvenes labios casi tocan y rozan la oreja del chico tenso y de frente fruncida.- ¿Lo sientes, primo? ¿El cómo me lo halas y sobas? Para esto es que sirve un coño masculino, para esto lo tienen los chicos como tú, para que se los follen y den placer.

   -Coño… -brama Benito entre dientes.- ¡Sácalo!

   Jóvito no le escucha mientras sigue empujando más y más de su cilíndrico tolete dentro del culo virgen, notando cómo se cierra alrededor de su tranca, igual que las paredes del recto, aunque también parecía… dilatarse.

   -¿Lo sientes? ¿Siente mi güevo llenando tu coño caliente? –le pregunta al oído, ronco, metiéndoselo más y más.- Tienes un rico coñito entre tus nalgas, uno que llama a los machos.

   Benito no responde, dientes apretados, rostro perlado en sudor, padeciendo la penetrada de aquella mole que parece romperle. Se les escapa un gruñido cuando la pelvis de Jóvito se cierra contra  sus nalgas, casi aplastándoselas para metérsela más, dejándola allí, pulsante, ardiente, llena de sangre. Vuelve a gemir cuando el otro la retira unos cuantos centímetros, sintiendo toda esa agonía, y cuando vuelve. Sale y entra, lentamente, cogiéndole ya, y parpadeando asombrado, el joven deja escapar profundas bocanada de aire. Algo estaba cambiando, las paredes de sus entrañas se cerraban sobre la pieza para experimentarla, notándola latiéndole. Su esfínter se cerraba ferozmente contra la verga de Jóvito… para sentirla abriéndole, rozándole. Abre mucho la boca, confuso, sus entrañas sufriendo espasmos. Aquello se sentía realmente bien. Muy bien, a decir verdad, y la idea le sobrepasa. Mira al frente, no quiere pensar o decir nada, ni siquiera moverse, pero cuando los brazos de Jóvito se cierran más alrededor de su cuerpo, comenzando un saca y mete más rápido…

   -¡Ahhh…! -lanza un agudo gemido, de inconfundible sexualidad.

   Uno que hace sonreír de manera predadora a Jóvito. ¡Ya lo tenía donde lo quería!

   -Si, lo sabía, ahora eres mi puta. –le gruñe enfático al oído, incrementando las enculadas, haciéndole gritar entregadamente.

CONTINÚA … 36

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 34

octubre 7, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 33

muscle-hot

   Los cambios comienzan.

……

   Pero mientras llegaba, y por ahora, esos tres hombres, mientras le insultaban llamándole negrito puto y mariconcito, le usaban para darle alivio a sus duros güevos, los cuales, aunque ya se han corrido, no parecían agotarse, no con aquel rico y tierno bocado encontrado en la cocina de aquella casa. Cogerlo, escucharle gritar y gemir, los autoalimentaba. Los toletes salían, en un momento dado de su culo urgido, el cual palpitaba y chupaba necesitado, para azotarle las turgentes nalgas negras, antes de volver a clavársele, metiendo primero la cabecita en forma de nabo y clavándole el resto con un seco golpe de cadera después. Provocándole estremecimientos por la fuerza de la embestida y roncos gemidos de gozo. La cara del chico era una máscara de saliva espesa y jugos, y aún de semen ya regado, cuando con desesperación ahora, mamaba de una verga a la otra, y era azotado también por estas, con dureza. Esos hombres parecían encontrar el mayor de los placeres tomándole, sí, pero también degradándole, humillándole, diciéndole cosas mientras cogían su boca y culo al tiempo que le azotaban con sus güevos.

   -Mira qué sucio, como chupa, parece que quiere más. –gruñía uno, riendo, metiéndosela hasta los pelos por la boca, lanzando un gemido cuando esas mejillas y lengua lo chupaban.

   -¿Te gusta más por el culo o por la boca? –preguntaba el otro, riendo de manera cascada, emocionado por ser parte de la horda (nada como coger así con un amigo), dándole en la frente con su tolete tieso.- Ahora yo. –casi apartó al compañero para enterrarlo entre esos gruesos labios de mamagüevo.

   -Calma, niños, que este negrito tiene para todos. –asegura el hombre que aferra la cintura delgada del muchacho, macheteándole con fuerza el ávido agujero. Sus bolas lo golpean incansablemente, no puede detenerse. Las apretadas que esas entrañas le daban no le dejaban pensar. ¿Sería así cogiendo a todos los maricos?, se preguntaba con vicio. Y es que ideas extrañas cruzaban su mente de hombre maduro, ideas que otro chico, más allá de Petare también consideraba viendo a su primo. Ideas que no parecían suyas, o tal vez sí, pero tan escondidas que nunca consideró siquiera que existieran.

   Mientras coge al muchacho que gime y se estremece, indudablemente amando los güevos en su culo, dado el cómo lo agitaba y llevaba de adelante atrás, atrapando y halando, ordeñando con sus entrañas, el chofer del camión de agua piensa que con tiempo, y la ayuda de sus dos colaboradores, podría terminar convirtiendo a ese muchacho, que seguro eso no lo hacía de diario, en el perfecto mariconcito necesitado de hombres. En un juguete sexual, en una amanerada princesa en busca de reyes calientes. Que los hombres, todos los hombres, gozaran de sus agujeros de putico, como todo macho merecía para desahogar las ganas. La idea, perversa, inflamaba su pecho que sube y baja con esfuerzo mientras mira sus pelos púbicos y su tolete cobrizo claro, entrando y saliendo del negro agujero, provocándole gemidos al muchacho. Si se lo llevaran, él y sus compañeros, podrían cogerlo a gusto durante horas enteras, días completos, empujándole, a fuerza de güevazos en sus entrañas y garganta, a ser cada vez más marica y entregado. Un perfecto regalo para los hombres de verdad. Ese muchacho nació para eso, se notaba en lo mucho que gemía, en lo duro que estaba su verga aún dentro del bóxer (no querían vérselo), mojado de líquidos pre eyaculares. Uno de los chicos le había dado un manotazo cuando intentó masturbarse.

   Y era parte de la tortura de Emilio Nóbregas. Algo se había encendido en sus entrañas y necesitaba de esas tres vergas que, por tunos, se le habían clavado por el culo haciéndole delirar de gusto; porque tiene que reconocerlo muerto de vergüenza, que casi se corría mientras esos hombres lo cogían. Aún mamar güevo ya le gustaba, aunque sospechaba que era por las palabras de los hombres que le dominaban, la manera de tratarlo, de reducirlo a ser sólo dos agujeros ávidos de drenar semen oloroso y caliente. Cierra los ojos mientras succiona de un güevo a otro, esos chicos parecían no desinflamarse, siendo azotado en la cara por el que no mamaba. Su culo era abierto y llenado por la pulsante, gruesa, ardiente y apasionada pieza de un macho que despertaba aún más sus urgencias… y, dejando escapar una lágrima, reconoce que le gusta eso. Era un puto, se dice, para torturarse, pero la definición le pone caliente. Y desespera, porque a pesar de todos esos hombres dándole güevo, llenándole, no alcanzaba el dichoso clímax, el desahogo. Y, por alguna razón, pensó en Tony Moncada. En sus extrañas palabras que… más bien parecían una maldición.

   -Vamos, muchachos, aún tenemos mucho trabajo si queremos dejarlo todo chorreado de esperma de pies a cabeza. –anuncia el chofer, riendo, dándole una fuerte nalgada al chico negro.

   Extrañada, la doctora Elisa de Nóbregas repara en el camión de agua mineral estacionado frente a su casa. Estaciona el auto nuevo y, llaves en mano, se congela al ver la puerta de la calle abierta.  Alarmada entra, silenciosa, temiendo encontrar a un intruso, pero sin haber tenido el sentido común de llamar antes a la policía. Oye unos sonidos ahogados, unos pujidos, y a la extrañeza sigue la confusión. Parecían sonidos de sexo provenientes de la cocina. Por un segundo piensa en su marido con alguna tipita, pero acababa de hablar con él por teléfono. Luego recuerda a Emilio, su joven, guapo y saludable hijo. Oh, mierda, andaba en eso. En sexo con alguna carajita y…

   -Emilio Nóbregas, ¿se puede saber con quién carajo…? –comienza al empujar la puerta, molesta por el abuso de confianza, congelándose al ver a su muchacho, efectivamente allí, ensartado entre dos chicos que le metan dos güevos por el culo mientras mama  a un tercero. El grito de horror que lanza congela a todos los presentes.- Pero, ¿qué coño’e la madre le están haciendo a mi niño, pila de sádicos? ¡Policía! –grita, buscando su teléfono.

……

   Los toques se oyen lejanos, y al joven le cuesta un mundo abrir los ojos, enfocar sus alrededores. Sobresaltado mira hacia la entrada cuando la puerta se abre.

   -Cariño, ¿estás bien? Llevo rato llamándote. –hay preocupación en el tono.

   Dios, ¿quién es esa mujer?, por un segundo, mientras se sienta en la cama de un salto, echándose hacia atrás, no sabe dónde está, o quién es. O ella, reconoce alarmándose. La mira.

   -¿Mamá? Estoy… Dormía. –Tony se oye confuso, mirando la cama, sus manos. Ese cuarto. A esa mujer.

   -¿Seguro? Pareces… -la mujer se muerde el labio inferior.- Cariño, ¿hay algo de lo que debamos hablar? Llevas días actuando… distinto. Y esto, te encierras y duermes siestas, ¿desde cuándo? ¿Está todo bien? –pregunta otra vez, con una palabra dando vueltas en su mente. El joven sonríe y eso casi la alivia, ¡era tan él!

   -No estoy consumiendo drogas, mamá. Es… -bota aire recostando la cabeza de la pared.- Estoy bien. Agarre una arre… una rabieta en el liceo. Gracias por despertarme.

   -Bien. –sonríe aliviada. En partes. ¿Problemas en el liceo? ¿Una arrechera? ¿Encerrarse enfurruñado? Sonaba a cosas del corazón… o de lo que se le levantaba dentro del pantalón. Tal vez por eso la visita.- Alguien te busca.

   -¿Quién? –ha perdido interés.

   -Un compañero de clases, un chico Santana, Rubén Santana. –y la información deja al otro con la boca abierta, moviendo los labios sin emitir sonidos. ¿El idiota ese allí? ¿Qué querría?- ¿Quieres verle o le digo que…?

   -¡Lo veré! –exclama con prisa, poniéndose de pie, pasándose los dedos por el cabello, acomodándolo.

   -Bien, te espera en la sala. -Oh, Dios, si era un problema de esos, se dice la mujer.

   -Mamá, ¿puedes decirle que suba? –pide permiso, sintiendo el corazón acelerado, y sospechaba que no era por rabia hacia el otro como quería pensar.

……

   -¿Lo quieres ver para comprobar si es todo tolete o no? –reta Jóvito, con voz ronca, risueña, algo burlona, mirando a Benito sentado a su lado, respirando sus aromas, llegándole su calor. Este ríe nervioso.

   -¡Maricón! –le acusa, la clásica respuesta, una que hace sonreír torvamente al otro, porque este sabe mejor en qué puede terminar todo.

   -Creí que te daba curiosidad todo esto. –comenta como si nada, cerrando la mano sobre la tela y el tolete, que parece especialmente largo, duro y grueso. O así se lo parece a Benito, quien no puede despegar los ojos; y aún así, presentía algo, un problema. Un peligro.

   -Déjate de vainas y cuéntame, ¿qué fue eso tan increíble que te pasó aquí y que es mejor que ver a una caraja en traje de baño? –pregunta sentado en la cama de su primo Jóvito, dentro del pequeño cuarto, algo oscuro en esa casi noche, en lo más alto de aquel cerro que veía hacia abajo la cara fea de Petare, en el oeste capitalino. Se siente ligeramente inquieto, casi desnudo en bóxer, sentado junto al otro, semi chino también, con una clara y muy evidente erección deformándole el calzoncillo. Una erección que se veía sospechosamente grande en su puño, uno que movía levemente… como masturbándose. Cosa que han hecho antes, con una revista o una película, pero no de esta manera. Había algo nuevo.

   -Cogí culo. –informa, sorprendiéndole.

   -¿Qué? –abre mucho los ojos.- ¡Mentiroso! –acusa sintiéndose levemente ofendido, que el otro la pasara de manera interesante mientras estaba encerrado allí no era justo.

   -Cogí culo. –reitera con una sonrisa torcida, cerca del rostro del otro, notando como se estremece.- Metí mi güevo en un agujerito cerrado, chiquito, que me lo apretó duro y sabroso mientras se lo enterraba y sacaba. Adentro y afuera, primo. Me lo exprimía. –se medio muerde la lengua con lascivia.

   -Pero, ¿por el culo? Parece sucio y… -Benito respira pesadamente.

   -Fue rico, era caliente, apretado y suave, mejor que una mano, eso sí. La metía y la metía y los gritos de puta se le escapaban, porque con mi güevo le hacía gozar. Con esto. –y agita el puño sobre el bóxer, nuevamente.

   -¿A quién…? –se agita, quiere saber qué chica se había dejado encular, con la respiración pesada, los ojos bajando a ese tolete grueso que moja un poco el bóxer.

   -Al marico de la grúa.

   -¿Qué? –estalla Benito, incapaz de asimilar aquello.- ¿Te cogiste a un carajo? ¿Se la metiste por el culo lleno de mierda? ¡Qué asco! ¿Que eres, maricón? –reclama.

   -Nada de maricón, lo cogí duro, como un macho, y gritó como puta.

   -¿De qué coño hablas? Siempre nos burlamos de… -intenta recuperarse. No entiende, siempre se han reído de los gay, en todas partes. Especialmente de ese. Especialmente Jóvito. ¿Cómo era que ahora…?- ¿Cómo dejaste que se te acercara? –casi acusa.

   -Me lo rogó. Mucho. Quería desesperadamente que le metiera mi güevo duro y caliente por el culo. –aclara mirándole a los ojos, sobándose más, la silueta del tolete muy visible, atrapando los furtivos vistazos de Benito.- Necesitaba desesperadamente tener un güevo en su culo, llenándolo, latiéndole contra las paredes de las entrañas. Y este lo volvió loco. –termina bajando un poco el bóxer, mostrando un tolete cobrizo claro muy erecto, grueso y largo. Mucho más de lo que Benito, que ya lo ha visto (y jamás le ha impresionado), recuerda. Queda con la boca abierta.

   -Jóvito, guárdate tu vaina. –grazna, ronco, la respiración más agitada.

   -Lo vio y se le mojó el culo, el coño como él le dice a su agujero. –le insiste, atrapando el tolete por su base, agitándolo, goteando, emanando calor y olores a sexo joven.- Lo tocó y… Ahhh, ese carajo cayó rendido. –se le acerca un poco más, respirándole pesado al rostro.- ¿No crees que es bonito? ¿No quieres tocarlo un poco, primo? –se acerca más, Benito es todo ojos, respiración pesada, aire cautivo. Los labios casi se rozan.- ¿No se te moja el coño, primito?

CONTINÚA … 35

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 33

septiembre 14, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 32

SEXY

   -¿No me quieres servir?

……

   Ni por un segundo, mientras considera contarle lo del marica de la grúa, piensa que el otro pueda juzgarle, llamarle homosexual o algo por el estilo. Porque no lo era, era un macho que les macheteaba los culos a los maricones de verdad. Están en su cuarto, donde tanto hablan de pajas, de mujeres, de tomar cervezas y fumar a escondidas. Aunque, fuera de las masturbadas, del resto hacían muy poco, no con su padre, Onésimo, por ahí vigilándoles, no obstante si exageraban. Sentado en su cama, en shorts a media pierna y camiseta, Jóvito mira a su primo, que entra transpirado.

   -¿Una tarde divertida? –le pregunta mientras se plantea cómo contarle a Benito que se cogió al carajo ese, callando, por supuesto, la participación de su padre en la escena. Algo que le agitaba el güevo bajo las ropas. Quiere convencer al otro de que salgan a cazar mariconcitos de culos paraditos y someterlos.

   -¡De bolas! –reconoce Benito sonriendo.- Mariana tenía una tanga que casi se le salió en las piscina comunal, eso fue lo locura. Todos estábamos malucos. –informa emocionado el otro, quitándose la franela, disponiéndose a tomar una ducha. Tiene cosas allí, se queda muchas veces, especialmente desde que su mamá, la tía de Jóvito, se había casado con un hijo de puta que gustaba de gritar e insultar cuando se emborrachaba.

   -Aquí también hubo novedades. –comenta el otro, sonriendo sibilino. Qué tonto era Benito, calentorro por una chica en tanga a la que no puede tocar, lamer, oler o coger. Mirar, desear, eso era algo idiota, se dice convencido, con su tolete alzándose un poco al recordar esa tarde de locuras, calenturas y corridas calientes en aquel culo vicioso y hambriento de semen.

   -¿Qué, encontraste otra pantaleta tirada en la basura? A lo mejor es de tu mamá, otra vez. –le recuerda y ríe, el esbelto y joven cuerpo brillante de sudor, arrojando los zapatos y bajando el pantalón, quedándose en un bóxer ajustado.

   -¿Y esa mierda?

   -Por si una chica quería dar una mirada quedara emocionada.

   -¿Con tu culo flaco? –se burla. Pero no, no era un culo flaco para nada. Al contrario.

   -Te sorprendería lo mucho que me lo miran. –ríe Benito, tomando la franela y secándose con ella, especialmente las axilas.

   -Claro, claro. –se burla, pero le cuesta apartar los ojos de ese cuerpo joven y compacto en bóxer. Notando los hombros que prometían ser anchos, los brazos y piernas con la esperanza de ser musculosos. Pero era su trasero… ese culo.

   El sedoso material amarillo, barato y algo brillante del bóxer, lo cubría, dos buenos pedazos de carnes duras. ¿Qué diablos…?, pensó alarmado. Nunca antes se había fijado en su primo de esa manera, pero… ese culo redondito y paradito parecía llamarle. Y él sabía muy bien lo rico que se sentía tenerlo atrapado dentro de un redondo anillo y masajeado por las paredes de un recto.

   -Tienes un bonito trasero que enmarca un buen coño, putito. –susurra como ido, como si las palabras no fueran suyas.

……

   Lejos, en una casa solitaria que poco antes recibiera la visita vigilante de algunos que le odiaban, el maestro de Bartok sonríe echado sobre un sillón, perfectamente consiente de lo que ocurre. La infección, la suya, se propagaría indetenible.

……

   -¿Qué dijiste? –dejando de frotarse con la franela, Benito se vuelve a mirar a su primo, sobre un hombro, reparando de pasada en la silueta contra la tela del shorts.

   -Yo… nada. –con la respiración agitada, Jóvito sufre el espanto de sentir como el tolete le crece, se le llena de sangre caliente y endurece, visible. Mirándole el culo a su primo, su casi hermano, su mejor amigo. Mierda, si se parara y le bajara ese bóxer baratón sería capaz de encontrarle y tocarle el coño que seguramente tenía entre las nalgas. Un coñito virgen y apretado, urgido de ser estrenado. Un coño joven y caliente. Un coñito mojado y delicioso.

   -Algo te pasa. –insiste Benito, mirándole sobre un hombro. Ojos en su regazo.

   -Nada. –grazna otra vez, los ojos volviendo una y otra vez a ese traserito respingón, las palabras girando en su cabeza, recordándole al maricón de la grúa, quien también las repetía como letanías. Un coñito. Un coño de chico. Un coño listo para ser usado por los hombres de verdad. Si, estaba convencido, no sabía cómo pero lo sabía, que Benito tenía un coño listo a ser usado. Y él lo necesitaba, lo sabe por las pulsadas contra la tela del shorts que se alza, algo que parece desconcertar y atrapar la mirada de su primo.

   Mierda, si, necesita el coño de Benito, abriles los labios de la vagina que tenía por culo con la cabeza de su verga, refregar una y otra vez su crica, llenarle de espermatozoides la concha. Ahora quiere saltar sobre el otro muchacho, controlarle, dominarle y arrojarle de panza sobre la cama, luchar mientras le arropa con su cuerpo, no detenerse por mucho que el otro grite y se moleste hasta que cabalgue su culo virgen. Y lo increíble para el propio chico, que poco antes se sintiera alarmado por admirar el joven cuerpo del primo, era que ya no se sentía extraño con la idea. Lo necesitaba, le urgía sacar el güevo y enterrárselo, encularlo una y otra vez hasta hacerle entender que ese era su lugar, su papel.

   -Mierda, primo, me estás asustado. –le llega la nerviosa voz de Benito. ¿Qué le pasaba a Jóvito?, ¿acaso se estaba sobando sobre el shorts mientras le miraba el culo?

   -No pasa nada, primo, ven, siéntate aquí junto a mí para que te cuente qué hice esta tarde.

   -Debo ducharme, apesto y…

   -No, ven, siéntate. –invita jovial pero en tono algo autoritario. Sonríe cuando Benito, todavía franela en las manos, cae a su lado. Si, apesta a sudor, exhala una gran cantidad de calor; y ese aroma y esa temperatura le hacen temblar visiblemente la verga.

   -Oye, ¿qué tienes ahí? ¿Te metiste una media acaso? Se te nota mucho machete y no tienes tanto.

   Algo hace clic en la mente de Jóvito, quien sonríe predador y aspira un poco del aroma del otro joven cuerpo. Esa era la solución, todo se arreglaría en cuanto Benito…

   -Claro que lo tengo más grande, ¿quieres verlo?

……

   Los jardines posteriores de la enorme, solitaria y lóbrega casona se ven descuidados, la grama ya parece un montarral y los arbustos arboles. El viento cálido de aquella noche que se inicia barre las muchas hojas secas dándole un aspecto aún más descorazonador. Era como si nadie viviera allí, como si la propiedad hubiera sido abandonada. El joven alto y delgado, pálido y de ojos mortecinos tras los finos cristales de los anteojos se pasea con las manos en los bolsillos del pantalón oscuro. Una ráfaga especialmente fuerte de viento le hace alzar los ojos hacia el cielo oscuro. Los cierra.

   Lo siente. O presiente. No tiene las habilidades de Sabrina, le es imposible entablar conexiones empáticas con otros. Pero no lo necesita, lo que ocurre es lo suficientemente grave como para que le llegue. La oscuridad, lo malo, ese era su elemento. Ese pensamiento le hace sonreír levemente, casi en mueca. Qué increíble era Gea, lo que la mujer le había mostrado había sido horrible, tanto que tuvo que intervenir haciéndola olvidar, fue peligroso pero corrió con suerte. No se podía jugar con ella, y, para colmo, sospechaba que la bonita mujer lo sabía. Lo que le había mostrado fue sencillamente horroroso, tanto que tentado estuvo a desconfiar de sus ojos, de su mente, incapaz de poder asimilar que los controladores llegaran a tal grado de irresponsabilidad, negligencia… y locura.

   La noche de los muertos vivientes… eso fue lo que pensó cuando la mujer le mostró lo que el futuro inmediato guardaba para toda la Gran Caracas. Pero, por terrible y amargo que fuera aquello, todo debía darse de cierta manera. Corría un riesgo enorme, y no estaba totalmente convencido de su propia cordura, ¿acaso no actuaba con tanta irresponsabilidad como los controladores? El fin justificaba los medios, por errado, o amoral que aquello fuera, siempre le había guiado. No era una buena persona, ni decente. No podía serlo, no dada su naturaleza. Pero esto era, quizás, lo más peligroso que había hecho (sonríe otra vez, caminando lentamente, sabiendo que se miente), pero era necesario. El problema era que sólo él lo sabía… Lo inevitable de aquello. Era su carga, una que se podía decir que cobraba peso por la manera en que hunde sus hombros.

   Piensa en Joanna, en su secreta duda sobre el poder, quién de ellos era más peligroso. No le cabían dudas a ese joven hombre que tal honor lo ostentaba, por ahora, Gea. Hasta que llegara el próximo. Y de ese todavía no se podían calcular todas las variables. De saber lo que planeaba, lo que pensaba invocar, el resto se uniría a los controladores para combatirle. Para detenerle. Y no podría culparles.

……

   Han pasado horas, ¡horas!, y un camión de agua mineral sigue detenido frente a una casa de clase media alta, en cuya cocina hay prácticamente un reguero de fluidos. Tres hombres, dos muchachos y un sujeto adulto, con sus vergas afuera, enculan una y otra vez a un chico negro, quien se retuerce bajo sus manejos. Emilio Nóbregas era tratado como una joven perra caliente, como a una putica total. Cosas que le decían, riendo, con vozarrones, disfrutando tanto el cogerlo, llenarle la boca, como insultarlo y soltarle de vez en cuando un manotazo sobre esas duras nalgas redondas y negras. Había algo en ese ataque en jauría, en ese control, que excitaba a esos hombres.

   Mientras clavaba los dedos de sus manos grandes y velludas en la estrecha cintura oscura, arrodillado tras él, el chofer del camión penetraba una y otra vez al muchacho con su grueso y nervudo tolete de hombre hecho y derecho. Macheteándole ese culo con ganas, disfrutando de las apretadas y salvajes haladas que ese vicioso agujero joven le daba. El glande casi aparecía entre los pliegues de aquel orificio, para luego volver a enterrarse con ganas, estremeciéndolo con la fuerza de las embestidas. Porque cada enculada era violenta, dura, tanto que casi le estremecían los glúteos. Y mientras era cogido por aquel macho, el cual alimentaba y estimulaba sus entrañas de una manera tal que le tenía nadando en endorfinas de placer y lujuria, Emilio se ve obligado a algo que si no le gusta tanto, sus gruesos labios están totalmente pegados a una verga joven y tiesa que brilla de saliva cuando va y viene sobre ella.

   Su rostro reluce con un sudor oleoso, también de saliva, mientras succiona del tolete del tal Maikel, chupando y tragando saliva y jugos masculinos, reconociendo a cierto nivel que no sabían tan mal, mientras el otro joven, Saúl, le frota y golpea el rostro con su tranca mojada de saliva de una mamada previa. Los dos muchachos, frente a su rostro, mientras lo insultan llamándole mamagüevo, negrito mamagüevo, le obligan a ir de una a la otra verga, dejándolas bañadas en espesa saliva, y al tragar una la otra le azotaba con fuerza la cara.

   -Eso es, negrito mamagüevo, usa tu sucia boca maricona para comerte los güevos que quieres. –insulta y ríe Maikel, mordiéndose la lengua y atrapándole la nuca, obligándola a llevársela a la garganta.

   -Cómo te gusta chupar güevos, cabrón. –gruñe Saúl, sonriendo, apartando al amigo, necesitado de esa boca golosa.

   -Ahhh, no, a este negrito maricón lo que le gusta es que le den por el culo; ordeña que da gusto. –interviene el chofer, el hombre hecho y derecho mientras cepilla con su nervuda barra las entrañas sensibles y estimuladas de un muchacho que gime en la gloria.

   Y, justo así, les pillaría la madre del muchacho.

CONTINÚA … 34

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 32

agosto 19, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 31

SEXY

   -¿No me quieres servir?

……

   -Ahhh… -Emilio parece un poseso; ojos cerrados, su cabeza va de adelante atrás, todo su joven cuerpo brillante de sudor y lujuria, abriendo y cerrando espasmódicamente el culo sobre ese dedo.

   -Dime qué quieres. –le ordena el joven, adoptando rápidamente el papel.

   -¡Cógeme! –le pide.

   -Pídemelo bien, negrito maricón. –se burla clavándole el dedo, dejándolo allí, agitándolo en su interior, escuchándole gemir putonamente otra vez.

   -Por favor… por favor… cógeme. –suplica.

……

   -¿Donde coño está ese muchacho marico? –pregunta, molesto, el chofer del camión de agua mineral al otro vendedor, un joven de cara aindiada, algo bajito.

   -Todavía está en la casa de la doctora Nóbregas.

   -Ve a buscarle, no joda. –le ruge el hombretón barbudo y algo obeso.

   El joven corre hacia la casa, maldiciendo al compañero por hacerle trabajar más de la cuenta. Coño, la puerta estaba abierta, ¿acaso esa gente vivía en la luna y no sabían de la inseguridad? Pasa y va a llamar cuando oye unos gruñidos.

   -Oh, si, negrito maricón, aprieta mi güevo, apriétalo así, sácame la leche con tu culo de puto. –era la voz de su compañero, y las embestidas ¡de una cogida! Pero, ¿qué diablos…?

……

   Dentro de la cocina no sólo se oyen gemidos y gruñidos de pasión entre machos; como está siendo cabalgado de pie, apoyándose contra la nevera, Emilio se aferra a esta y la fuerza de las embestidas la tienen traqueteando toda. El joven de rostro aindiado se asoma a la puerta y los mira con la boca abierta, el espanto reflejándose en sus facciones. ¿Qué carajo hacia ese hijo de puta cogiéndose a un negrito marico?, ¡y de tan machito que se la daba!, la idea le parece horrible. Pero están los dientes apretados de este, su gesto torvo de dominio y control, la camiseta alzada sobre su cuello mostrando el joven y delgado, pero fibroso torso, la bragueta abierta y su güevo saliendo de allí, grueso y tieso, clavándose una y otra vez entre aquellas nalgas redondas y negras, haciendo que aquel tipito joven, más que ellos dos, grite y se revuelva como un poseso, con gemidos y una sonrisa viciosa que le eriza la piel. ¡Aquel chico estaba en la gloria mientras le daban duro güevo por ese culo!, eso estaba claro.

……

   En su casa, caído sobre su cama, de medio lado, como si hubiera estado sentado y perdido el conocimiento, Tony Moncada tiembla, violentamente, alcanzado por una fría ola que le cubre, desagradable y dolorosa, mientras el calor abandonaba su cuerpo. Sus labios tiemblan aunque no emite sonidos. Cierra los ojos y algo de llanto escapa por la comisura de uno de ellos.

   -Nóbregas… -grazna con voz rota. Sabiendo lo que ocurre. Horrorizado de lo que hizo.

……

   -Tómalo todo, negro cabrón, apriétalo; esto es lo que te gusta, ¿verdad?, un güevo en tu culo. –le ruge el chico del agua a Emilio Nóbregas, cogiéndole con renovados bríos, con fuerza, casi estrellándole contra la nevera de donde caen imanes y algunas cosas suenan en su interior.

   -Ahhh… Ahhh… -es todo lo que el joven puede hacer, balbuceando, babeando, sonriendo y sintiéndose caliente y muy vivo mientras ese tolete pulsante y nervudo barre y refriega las paredes de su recto, uno hecho para brindarle todo ese placer. Entregar su culo, ordeñar vergas con él, era todo lo que deseaba en la vida. Servir a los hombres. Esas ideas extrañas daban vueltas en su cabeza, mientras dentro del bóxer se le agitaba y frotaba el negro tolete, duro y goteante, sintiéndose caliente, a punto de caramelo. Se lo aferra y gime con el puño, qué rico era; lo frota con amor, con ternura, pero también con ganas. ¡Quiere correrse!

   -Oh, sí, así. –ruge el muchacho con una expresión malvada, sintiendo su miembro bien apretado y chupado por ese culito vicioso. Había algo en sacarla y meterla dentro del redondo agujero masculino en medio de las dos turgentes nalgas que le tenía al borde. Coger culo era rico, coger a los maricones también. Quiere eso, quiere coger a todos los maricones del mundo. Y podría, se dice sintiéndose fuerte, poderoso.

   Incrementa sus embestidas y Emilio se retuerce, agitado, chillando como la propia puta, siendo alzado a cumbres de excitación imposibles de comprender. Con descaro y ganas comienza a echar su culo hacia adelante y atrás, deseando atrapar con su anillo el joven tolete de carne de macho, mientras se masturba deseando acabar. Grita y jadea, siente que está a punto de correrse, que le falta poco, muy poco…

   -Maikel, ¿qué haces? –llega la ronca voz, y la pareja que tira vuelve los rostros, sin detener las embestidas uno, sin dejar de mecer su culo de adelante atrás el otro.

   -Le lleno el culo de leche al maricón este. –ruge el tal Maikel entre dientes, clavándosela toda a Emilio y gritando, corriéndose abundantemente, rebosándole las entrañas de esperma con uno, dos y tres estallidos, mientras el muchacho gime, oyéndose y viéndose más maricón aún, apretando el culo, succionando con él. Todavía bombeándose hacia atrás… necesitado de su orgasmo. Uno que no alcanza.- ¿No quieres probar? –pregunta sacándole el tolete, el semen mojándoselo y chorreando de ese agujero negro, empegostando el bóxer.

……

   Liam Bartok se estremece echado sobre el sillón de su despacho, piernas separadas y lazas, apenas moviéndose cuando el teléfono fijo repica y lo toma. Sabe quién es.

   -¿Lo sientes? –pregunta su jefe.

   -Está… está… -ojos cerrados y boca muy abierta le cuesta contestar, por la sensación que le alcanzó, una energía ajena, dejándole frío y sin fuerzas… o tal vez por la golosa boca masculina que le traga la rojiblanca barra de carne que sale de su pantalón, ruidosa y entusiastamente como si de un muerto de hambre que encontrara un buen bistec se tratara.

   -¿Quién es ese chico, Liam? Cómo puede tener semejante poder? –demanda saber la voz.- Parece comparable al mío.

   -Es un… -traga en seco cuando aquella boca húmeda y caliente le traga todo el tolete, metiéndose en su bragueta, los labios pegándose de su pubis, bañándole con el aliento, succionándole con la garganta.- …Es tan sólo un chico poderoso, señor. Aunque no imaginé que lo fuera tanto. Es bueno que… hummm… esté de nuestra parte.

   -Nos buscan, amigo mío. Frente a la quinta, después de que se fueron tus muchachos… -oye y traga, la boca del director de escenas, ese tío de cuarenta y siete años que ha filmado toda su vida porno variado, aunque era totalmente heterosexual, hasta ahora, sube sorbiendo juguetona y golosamente por todo su tronco, dejándolo brillante de saliva, rojizo, besándole y lamiéndole la cabecita con una intuición y conocimiento nuevos, el bigote rozándole un tanto.- …Sentí la presencia de otros dos como nosotros. No controladores, pero si poderosas. Dos mujeres. Nuestros enemigos nos buscan y tu chico puede llevarlos hasta ti. –sentencia, y aunque Bartok sabe que es algo grave, cuando el director de escena vuelve a tragarle el güevo, quemándoselo con sus labios, mejillas y lengua, agitando el rostro de un lado a otro, no puede pensar con claridad.- Comencemos. Es hora de darnos a conocer. Que Caracas y el mundo se vayan a la mierda. ¡Y termina de correrte en ese tipo! –ordena fríamente, cortando la llamada.

   Bartok sonríe satisfecho, sin abrir los ojos; si, el mundo sabría al fin de ellos, la infección se extendería indetenible. No había nada que nadie pudiera hacer… Levanta la nuca y enfoca al sujeto que entró justo cuando sintió al chico. Lo que Tony hacía le afectó, despertó su esencia, sus habilidades, y el otro había ido a decirle algo quedando atrapado. Ahora, aunque nunca en su vida hubiera considerado tal cosa, estaba allí becerreándole el güevo en busca de leche.

   -Basta. –ruge imperativo, apartándole bruscamente por la frente, sorprendiéndole dejándole allí de rodillas, barrigón pero fuerte, la barba cubierta de espesa saliva, los labios rojos de tanto chupar, mirada confundida.- Párate, bájate los pantalones, monta la panza en mi escritorio y separa las piernas, voy a usar tu coño…

……

   ¿Puede creerse que cuando una verga fue acercada a sus gruesos labios de joven negro, Emilio Nóbregas lo resintió? No era lo que Tony Moncada había “programado” para él, pero de nada le valió cuando el muchacho del agua mineral, el tal Maikel, y su socio, decidieron gozarse a dúo al mariquito ese que habían encontrado. Claro, así como ignoraba lo de la programación, el trío no sabía que toda esa sobre estimulación sexual no era enteramente de ellos, habían pasado por ahí cuando una bomba sexual había estallado y quedaron afectados.

   Como sea, negándose en principio  a mamar güevo, allí estaba, en cuatro patas sobre el piso de linóleo de la cocina de su madre, con el bóxer todavía a medio culo, ocultándole los genitales pero no el orificio, el cual era macheteado con fuerza en esos momentos por el joven de rasgos aindiados, al tiempo que se tragaba el güevo de Maikel, chupándolo ruidosamente. Los chicos del agua estaban follando su boca y su culo como si de algo ensayado se tratara; con fuertes golpes de caderas, uno iba y el otro venía, llenaban sus agujeros ahora ávidos de sexo. Porque si, ese tolete deslizándose sobre su lengua le encantaba al chico de ojos cerrados que gemía de manera erótica, ahogado al tener el claro tolete llenándola. Y todavía se las ingeniaba para masturbarse metiendo una mano dentro del bóxer sin exponer su tranca. A esos machos no les gustaba verla.

   Maikel atrapaba su nuca, clavándosela por la garganta, donde la ordeñaba, al tiempo que el otro le aferraba las caderas con manos fuertes, sacándole el güevo casi hasta el glande, refregándole las paredes del recto en el trayecto, antes de clavárselo otra vez. En un momento dado, el chico que llenaba su agujero anal gritó, estremeciéndose, corriéndose en sus entrañas. Sintió esa pieza caliente, más dura, vomitado su carga de lava, una que su culo parecía succionar con vida propia. E intercambiaron. Dejándole en cuatro patas, el culo goteando semen, esos mocetones se pusieron de pie y cambiaron de lugares, llenándole otra vez.

   Los chicos parecían dominados por algo superior a ellos, que les obliga a usar sus jóvenes güevos sin descanso, gozando de sentirlos apisonados por esa boca y ese culo goloso que no se cansaba de ir y venir a su encuentro, apretándolo sedosa pero exigentemente, exprimiéndolo. Gruñían y sudaban cuando sacaban sus toletes y con ellos le azotaban la cara y las nalgas, con fuertes y muy sonoras bofetadas para luego clavárselos otra vez. Y mientras lo cogían, duro y a fondo, el par de mocetones le decían de todo, todos los insultos que Emilio había usado en el pasado, con sus amigos para herir a otros, le eran regresados ahora de manera degradante, humillante e insultante… poniéndole más y más caliente. Le excitaba ser insultado, abofeteado por un güevo mojado de saliva. Los “negrito maricón” eran como caricias para sus oídos. No dejaban de cogerle mientras le insultaban, con Maikel dándole duras palmadas a sus nalgas, el otro chico halándole el cabello mientras le obligaba air y venir con más rapidez sobre su tranca con la boca.

   -Trágatelo todo, maricón. –rugía el muchacho, mirando al socio y riendo.- Si, este marico sí que sabe mamar un güevo. Y se siente tan rico.

   -Pero este culo esta mejor todavía; cómo aprieta de sabroso. –respondía Maikel, aumentando sus embestida.- Escúchalo gemir y lloriquear, es toda una princesita marica, y una princesita necesita que los caballeros las coronen, ¿no? –y riendo de su broma, le azotaba aún más con la mano, metiéndosela hasta el fondo y todavía frotándose de sus nalgas.

   -Maikel, Saúl, ¿se puede saber qué tanto…? –una voz que viene de la entrada de la cocina, les sorprende. Y el trío ver al chofer del camión.- Pero ¿qué carajo…? –asombrado, en shock, les mira… mientras su tolete comienza a endurecer bajo el jeans y Emilio sospecha lo que viene.

……

   Cuando Jóvito Malavé ve llegar a su primo Benito, sabe que se meterá en problemas, pero no podía dejar de contarle y compartir lo vivido. Ignoraba que comenzaba un juego muy peligroso.

CONTINÚA … 33

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 31

julio 30, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 30

SEXY

   -¿No me quieres servir?

……

   La hermosa y joven mujer negra (parecía de esas personas imposible de clasificar por edad), entra en la biblioteca silenciosamente; su paso es felino, elegante, haciéndola más vistosa si cupiera. Es alta y delgada pero de buenas curvas, aunque a decir verdad eran esos sus atributos menos llamativo. Gea es una mujer impresionante de por sí, pero infinitamente aún más por el conocimiento que parece ocultar tras sus ojos negros, totalmente oscuros, como si la luz no se reflejara jamás en ellos. El cabello grueso pero lacio, largo, le llega a media espalda, cubriendo también uno de sus hombros. Usa un vestido llamativo, mangas largas claro, que abraza su buena figura y se abre a los lados en sus muslos. Se veía exótica y misteriosa, indudablemente sensual. Cosa que no le importa. Pocas cosas lo hacían ahora.

   Mira al hombre joven y pálido, de anteojos y cabello negro, lacio también, muy fino que cae sobre su frente despejada, que mira por el ventanal hacia afuera, a ese día que ya comenzaba a declinar en tarde. Por un segundo la mujer tiene la idea de que el otro envidia a la gente que ve cruzar frente a la casona, apurados, rientes, conversadores. Libres. El sombrío joven parecía extrañar la vida.

   -No seas dramática. –le dice este, sin volverse.

   -Tu juego es peligroso. –responde ella con buena entonación y modulación, hasta su voz era perfecta.- Te metes en una pequeña jaula en llamas y llena de tigres. Tenemos enemigos y tú… Joanna y especialmente Sabrina terminarán descubriéndolo todo, lo sabes, ¿verdad? –espera, este toma aire y la mira, vacío de toda expresión.

   -Para entonces ya no importará. Todo se habrá consumado. –informa, y ella quisiera poder entrar en su mente, entender qué esperaba conseguir.- No te gustaría. –le sonríe, más pálido, golpeándose con un dedo la frente. La estudia.- ¿Joanna nos traicionará? –quiere saber.

   -Depende de si es traición enfrentarte. –se encoge de hombros, cerrando su mente.- Deja que vayamos por ellos, por los controladores, sabemos dónde encontrarles. Contengamos esto antes de que sea tarde. No lo dejes llegar a su meta, sabes lo horrible que será. La cantidad de gente que será destruida.

   -Gea…

   -No lo entiendo, ¿acaso no entiendes lo que te mostré? ¿Lo que ese sujeto hará de Caracas? Y ese será sólo el principio. ¡Hay que detenerlo ahora! –demanda airada, con el tono de una princesa, lo que es en realidad.

   -No es tiempo aún. Tranquilízate, todo saldrá bien. Te lo juro. –la mira  con curiosidad, ¿qué haría la poderosa mujer? Incluso él le temía.

   -Quisiera poder creerte. –es la fría replica y se aleja.

   Por un segundo, el joven siente el deseo de incorporarse, alcanzarla, explicarle, pedirle que esperara. Pero sabe que ya no la encontraría. Quién sabe dónde estaría ya.

……

   Emilio Nóbregas traga en seco, incapaz de controlarse, cuando el toque a la puerta de su casa se repite y abre casi bruscamente, exponiendo su esbelto cuerpo de adolecente atleta, fibroso, oscuro, cubierto con un bóxer blanco donde destaca un miembro algo alborotado.

   -¿Si? –pregunta como si tal cosa, como si no supiera de antemano que allí estaría el chico que llevaba los botellones de agua; una mirada húmeda se destaca en su rostro oscuro al notar la sorpresa del otro, que lo recorre de pies a cabeza.

   -El agua mineral. –anuncia. ¿Qué coño…?, piensa para sus adentros. ¿Quién abría una puerta así?

   -Entra. Ya sabes dónde está la cocina. –le permite la entrada con voz algo urgida, dándole la espalda y emprendiendo la marcha.

   Los ojos del mocetón caen como dardos sobre ese trasero joven, altanero, redondo y paradito dentro del bóxer blanco, uno no muy largo… que traga la tela como si se la hubiera metido con los dedos. ¿Para recibirle?, se pregunta algo intrigado. Conocía al joven y nunca le había notado nada raro.

   -¿Y la señora? –siempre trataba con la mamá, una mujer avinagrada que invariablemente parecía molesta.

   -Salió. Tengo lo tuyo. –le mira sobre un hombro, ¿con picardía? ¿Con dobles intensiones en sus palabras?, el joven se pregunta, sonriendo tenue. Sabía lo que su cuerpo causaba en algunos mariconcitos cuando les llevaba el agua. Y en uno que otro don, también. Las propinas eran buenas.

   -¿Y me lo vas a dar? –pregunta con intensión, jugando, ¿cierto? La risita del otro, sus ojos brillantes, le provocan un escalofrío nuevo, desconocido.

   -Si lo quieres… -y sigue su camino. Automáticamente los ojos del joven van a ese culo, experimentando cierto repeluzco, pero también curiosidad.- ¿No es cansado ese trabajo? ¿Cargar toda esa agua?

   -Algo, pero es trabajo.

   -Por lo menos te sirve, tienes un gran cuerpo. –comenta osadamente, ya no pensaba con claridad. El otro se queda paralizado por un segundo, luego sonríe.

   -Gracias. A mucha gente le gusta. –y nuevamente los ojos van a ese trasero que se agita, firme, moliendo la tela del bóxer entre ellas mientras Emilio camina. Un culote grande, como el de casi todos los negros, se dice.

   Sonriendo nota el tensar del chico que pega el culo de la cocina con seis quemadores, cuando se dobla dejando el botellón de agua en el piso. Casi podía sentir su mirada como una caricia sobre la espalda y los brazos. Y si, estaba como más duro dentro del ajustado bóxer blanco, el cual destacaba increíble sobre su joven piel oscura, se descubre pensando. Se alza, se miran, nadie dice nada.

   -¿Tienes sed? –voz algo temblorosa, Emilio le pregunta.

   -Mucha. Hace calor. –responde recorriéndose con el dorso la frente, bajando la mano y con la punta de los dedos tocándose un poco el torso. Le divierte notar que el negrito maricón casi jadea.

   -¿Jugo o refresco?

   -Lo que quieras darme.

   La respuesta parece estremecer al Emilio, quien se vuelve, abre la nevera y se extiende para tomar un vaso del alto gabinete sobre el electrodoméstico, casi alzándose en la punta de los pies descalzos, el culo algo contraído, mordiendo la tela del bóxer de una manera totalmente erótica. Y los ojos del muchacho del agua no pueden apartarse de allí.

   Mierda, si eso no era una invitación…

   Algo tenso, temblorosos de ganas pero también de temor, por lo que siente (aunque sabe que esa guerra está perdida, no puede contenerse), y el ser rechazado por el otro, Emilio alcanza uno de los vasos buenos de su mamá, cuando siente una mano delgada pero firme y fuerte que casi se mete entre sus nalgas, empujando más la tela contra la piel, tocándole allí, y que comienza a subir y bajar, refregándole la raja del culo sobre el calzoncillo.

   -¡Ahhh! –se le escapa y con ojos nublados le mira.- Pero, ¿qué haces? –el chico está a su lado, mirada oscura, tocarle pareció volarle los tapones.

   -¿No es lo que quieres, negrito maricón? –responde con la pregunta e intensifica las sobadas, sube y baja la mano entre las nalgas, pero sus dedos también se agitan y en un momento dado, un tanto por debajo del hueco del culo, sobre el bóxer, rasca y le provoca cosquillas y calambres.

   -Ahhh… -es todo lo que puede responder Emilio, alzando más su culo, de manera inconsciente, echándolo también hacia atrás y separando las piernas. Dejándole hacer lo que quiera. Que tocara lo que gustara. Que tomara lo que deseara. La idea le es natural, fácil. Automática.

   -¡Maricón! –casi le acusa entre dientes, moviendo más la mano y los dedos, sabiendo que tocaba el botoncito que enloquecía al culón. Personalmente nunca le había ido toda esa vaina de lo gay más allá de paja con los amigos viendo porno, pero como muchacho vivía caliente y todo mogote bien merecía ser tanteado por su palo. Y, tal veraz, podría sacarle una buena mamada de güevo a ese negrito maricón de culo caliente. Ya imaginaba su tolete separándole los gruesos labios, cogiéndole la boca, ahogándole con carne dura, baba de güevo, semen y la propia saliva del chico.

   -No, yo no… -Emilio intenta defenderse de la palabrita, una que ha usado antes para insultar a muchos, pero calla para gemir.- Hummm… -le gusta, le gusta sentir esa mano atrevida y osada tocándole, esos dedos sobre su culo… Y comienza a menearlo, de arriba abajo contra la mano del joven macho, provocando la risa del otro.

   -¡Ah, negrito maricón! –le repite despectivo, pero también caliente. Con una mueca casi predadora, mordiéndose la lengua, mueve un dedo en el firme trasero de otro chico, y tanteando encuentra la entrada y empuja como deseando entrar con todo y la tela del bóxer, siendo recompensado por profundos jadeos del otro.

   Loco de lujuria, por la edad y el platillo tan fácilmente ofrecido, y en el cual podía saciar la eterna hambre de sexo, el muchacho hace algo que generalmente creería sucio, cochino como nada, y así, osadamente, mete una mano dentro del ajustado bóxer, palma abierta, recorriendo la tersa y cálida piel del joven, que se eriza bajo su roce, y enfila un dedo hacia ese culo algo peludo, penetrándolo sin mayores miramientos. No estaba como para eso.

   -¡Ahhh! –ladra Emilio, tensándose sus nalgas, echando la cabeza un tanto hacia atrás. Era un gemido de placer. El dedo entrándole rudamente le había, por un segundo, calmado un tanto ese calorón, el cual regresó en seguida con mayor fuerza.

   -¡Maricón! –le gruñe casi al oído, ronco de lujuria, el joven carga botellones de agua, su dedo totalmente clavado en aquel culito apretado, sedoso y ardiente.

   En verdad andaba buscando tan sólo una mamada, una boca era una boca, pero en cuando siente la forma en la cual ese culo atrapa, hala y hasta masajea su dedo, totalmente adherido a él, el güevo, hace rato erecto contra la holgada tela del jeans, le pulsa y babea. ¡Su verga quería culo! Saca un poco el dedo y vuelve a clavarlo, una y otra vez, adentro y afuera del algo peludo agujero del nalgón chico negro, y los gemidos de este se incrementan, como el vaivén de sus caderas, buscando el dedo y ser penetrado.

   -Oh, Dios, oh Dios… -estremeciéndose presa de poderosas convulsiones de deseo, Emilio es incapaz de entender aquello, o creer qué le ocurre. Sólo es consciente del indescriptible placer que le brinda ese dedo que penetra y sale de su culo, rozándole, rascándole un tanto cuando, con ese conocimiento instintivo del hombre para con el sexo, el chico lo flexiona un poco.- Ahhh…

   -Eres tan marica. –le ruge entre dientes, gozando de tenerle así, el bóxer por debajo de sus nalgas, cogiéndole con un dedo. Había algo en los redondos glúteos oscuros y ese agujero en donde aparecía y desaparecía su propio dedo que lo tenía al borde- Te gusta esto, ¿verdad? Que otros chicos jurunguen tu culo, que te metan vainas por el hueco. ¿Qué otra cosas te metes? ¿Güevos? ¿Te gustan los güevos? –demanda saber, cogiéndole aún más rápido con el dedo.- Te voy a coger duro, a llenarte con mi güevo y dejarte el culo lleno de leche, lo sabes, ¿verdad, negrito maricón?

CONTINÚA … 32

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 30

julio 5, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 29

CHICO CALIENTE QUIERE MIMOS

   -¿Seguro que no puedo interesarte en algo?

……

   -Jóvito… -comienza, luchando contra la oleada de lujuria que amenaza con ahogarle, imaginando bajar con el joven a una tasca en la Redoma, él tomando una cerveza, tal vez permitiéndole una al muchacho, ambos mirando a uno o dos carajitos de culos respingones. Algo dentro de él le decía que podían. Ir y conseguir apretados y dulces culos que ordeñaran sus vergas de manera gloriosa hasta sacarles las leches en medios de gemidos de gozos.

   -Vamos, papá, podemos…

   -¡No! –es tajante. Tiene que serlo.- Tu madre y tus hermanas regresarán pronto. –el otro, claramente inconforme, abre la boca.- No, hijo, debes controlarte. –le indica con fuerza.

   Por mucho que costara, se dice, extrañado por la intensidad de las ganas de culiar que tiene. Intenta apartarse de todo, de la conversación con el muchacho, de los recuerdos del maricón aquel gimiendo mientras le clavaba el güevo uno y otra vez en ese culo sedoso y ávido, suavecito de tanto semen. ¡Había sido una locura!, gritaba la parte “normal” de su mente, esa donde le gustaban mucho, pero que mucho, las mujeres, y donde no se revolcaba con tíos, ni le gustaba eso. Siente como la ansiedad le comienza a embargar ahora, ¿qué hizo? ¡Y una gente les vio en eso! No reconoció el vehículo pero…

   No, no, no debía atormentarse con eso. No le llevaría a nada. Ha sentido culpas antes, como cuando se acostó con una cuñada putona, pero esto era aún mas grave. Había tenido sexo con otro tío, mientras Jóvito estaba allí. Traga en seco, toando una toalla y frotándose con fuerza. ¿Acaso ocurrió realmente todo eso? ¿Encontró a su muchacho cogiéndose a un puto y también él lo hizo, compartiéndolo entre ambos? ¡No!, brama, cerrando los ojos. No quería pensar en ello otra vez o…

   -Termina ya. –le gruñe a su muchacho, quien, verga erecta, mojado, se medio sobaba.

   Pronto descubriría que era más fácil decirlo, prometerse algo, que cumplirlo.

……

   Algo frustrado, Gabriel Rojas se aleja de la urbanización donde perdió a los chicos de la compañía de filmación. Una vez que su viejo compañero de estudios identificó la casa donde “chicos amanerados entraban y salían decididamente maricas”, intentó echar una ojeada pero nada en la bonita aunque austera fachada le brindó alguna información. Le incomoda pensar también en su viejo amigo.

   -Entonces, ¿entiendes? –le preguntó algo apartados de la reja.

   -Oye, no soy idiota. –sonrió el otro, ojos brillantes como si estuviera soñando con la gran aventura que correría.- Esperaré los papeles que me enviarás identificándome como supervisor municipal de gas domestico, entraré y echaré un ojo. Mientras tanto vigilare quien entra y quién sale.

   -Okay, pero no te expongas. –no le gustaba nada de aquello. La reja cerrada era ominosa.- Intentaré averiguar a quién pertenece la propiedad. Nos vemos, llámame si… -la risa del otro le interrumpió.

   -Coño, deja de tratarme como si fuera retrasado. –no había maldad o ira en las palabras, sólo diversión, que acabó cuando, sin darse cuenta, peló la baja acera y casi cayó hacia atrás.

   Si, no sabía si había sido buena idea implicar al otro en todo aquello. El mal pálpito no le dejaba.

……

   Mientras se aleja rumbo al Centro, Gabriel Rojas por poco no se encuentra con otro carro de importancia a su propia historia, uno bajito, deportivo, bonito, ocupado por dos bellas chicas muy jóvenes. La conductora tararea algo que escucha en el equipo de sonido, cabello negro largo y lacio, unos lentes oscuros enmarcando un bonito rostro de piel canela; la otra, viéndose sexy a pesar de los anteojos de lectura, mira distraídamente por la ventanilla, disfrutando del cálido vapor de la ciudad que le llega como brisa. Frunce el ceño.

   -¿Puedes sentirlo? –se vuelve hacia la chofer.

   -No, Sabrina, a diferencia de ti no puedo sentir nada en el aire. –esta replica algo displicente, intentando no ahondar en ello. No quiere que la otra lea en ella que envidia un poco su habilidad. Y era muy capaz de hacerlo.

   -Muchas cosas están en movimiento. Encuentro… -Sabrina se lleva unos dedos a la sien derecha.- Hay tres o cuatro puntos calientes en toda la ciudad. Los controladores se están posicionando. Y la energía llena el valle. Se siente en todas partes. –frunce más el ceño.- Y es desagradable. Si no paramos esto nos quedaremos sin hombres. –eso arranca una leve sonrisa a Joanna.

   -Qué horror. ¿No puedes ubicar a los alfas?

   -No, y es extraño. Entiendo que uno o dos sepan cómo ocultarse de mí, ¿pero los tres? Hay alguien muy joven, descontrolado, afectando a otros, y no puedo verlo. –se oye algo frustrada.

   -Tal vez deberíamos, ya sabes, buscar en la fulana compañía de grabaciones. –Joanna pone en palabras lo que piensa. Conoció a ese tipo en el aeropuerto, sintió cuando este quiso analizarla, sondearla, resistiéndole. No sabía, en ese momento, que sería un “enemigo”. Menos a uno tan peligroso. Era una suerte que su abuelo, para ayudar a una vieja amiga a encontrar a su nieto, hubiera enviado a un investigador a indagar, el tal Gabriel Rojas, al que ella vio y “cubrió” con su habilidad. No le sería fácil a los controladores llegarle. Sus pensamientos oscuros son interrumpidos.

   -Nuestro sombrío amigo no quiere. Lo cree peligroso para nosotras.

   -Tan típico de un hombre, creer que puede más que nosotras. Pero esa sería la ruta más rápida para encontrar a los controladores y enfrentarles de una vez.

   -Mana, ¿no sientes algo extraño? –Joanna se vuelve y enfoca a la chica de anteojos.

   -Te dije que no puedo. ¿Qué tienes? ¿Tanto te inquieta todo esto?

   -Claro, los cambios que se están produciendo son grotescos, aunque no pueda explicártelos. Pero no es sólo eso… -ceñuda mira al frente, a través del parabrisas, enfocando aceras, árboles, carros y peatones.- ¿No sientes que ya has vivido todo esto? –rueda los ojos ante la ceja alzada de la otra.- No lo sé, me parece que… la realidad se siente extraña.

   -¿Una gran manipulación que nos está afectando? ¿A nosotros? –lo duda claramente, a ella era muy difícil que otro pudiera hacerle eso.- Entonces enfrentamos a alguien realmente muy poderoso. –eso la hace sonreír levemente. ¡Un ser poderoso! Ha visto y conocido gente notable desde que llegó con los otros, ella misma pudo identificar a varios, aunque no sabe cómo lo hace, y siempre se pregunta lo mismo, ¿quién es el más poderoso de todos ellos? ¿Serían esos controladores? ¿Gea?, a la extraña mujer le temía. Aunque no tanto como al sombrío chico en la casa grande y solitaria. Entre ella y Sabrina, en una lucha, ¿quién…?

   -Nuestras habilidades son distintas, amiga. –la voz, preñada de diversión, de la otra, le alteran.

   -¡Hey, sal de mi cabeza! –es tajante.

   -No necesito habilidades para saber en qué piensas –la contradice, sonriendo por primera vez en todo el día.- Mierda, todo esto me incomoda. Esos controladores, irónicamente, fuera de control. Y esta sensación de doble realidad. Es molesto. ¿Qué? –se vuelve hacia la otra, que miraba algo en una acera y luego por el retrovisor.

   -¿No viste al chico de la patineta? ¿Tendrá, qué, doce, trece años?

   -No me fijé.

   -Es uno de nosotros. –informa. La otra se vuelve en el asiento, enfocando la pequeña figura que se aleja en sentido contrario.- Están apareciendo como la verdolaga. En todas partes. Antes notaba uno que otro en meses. Ahora…

   -Puede ser por los controladores. Esa energía que emiten puede estar llegando a muchos.

   -Nuestro sombrío amigo debería ocuparse. Me parece que está demasiado pasivo esperando a ver qué ocurre. ¿Imaginas que un gran número de nosotros sea convocado por los controladores? –la inquietud es tan parecida a la que atormenta a Sabrina, que esta bota aire ruidosamente.

   -Ni siquiera sé qué estamos haciendo. ¿Qué quiere nuestro sombrío amigo de nosotras?

……

   Furioso, literalmente ardiendo de rabia, Tony entra en su casa. Su pecho agitado sube y baja con fuerza. Desde la cocina escucha.

   -Tony, querido, ¿eres tú? –y por un segundo extraño le parece que las cosas se desenfocan, no puede responder aunque sus labios se abren, ¿quién era esa mujer? ¡Mamá!, la respuesta le llega de manera automática, desconcertándole todavía más.

   -Si, mamá.

   -Llegas temprano, ¿quieres picar algo antes de la cena?

   -No quiero nada, gracias. –la corta y sigue hacia su cuarto, entrando y dejando caer su mochila, temblándole las manos. De rabia.

   ¿Qué coño le pasaba? ¿Qué ocurrió al llegar? Por un segundo no reconoció a su madre. ¿Qué le estaba pasando? Se deja caer de espaldas sobre la cama, molestándose más. Debía tomar un baño, una larga ducha. ¡Apestaba a Emilio Nóbregas! Y Rubén Santana… Lo siente, la cólera invadiéndole nuevamente, de manera total, llenándole, frío, casi insoportablemente helado, emanando de él, a borbotones.

   En la cancha deportiva del liceo, en medio de amigos que ríen, hablan a gritos todos al mismo tiempo para no contar nada que valiera la pena, Rubén Santana se tensa. Enrojeciendo sus cachetes, volviendo la mirada; como temiendo, y deseando, encontrar en la vereda a un chico guapo e insoportablemente maricón al cual no podía sacárselo de la cabeza.

   En los depósitos de basura, Darío Serra se tambalea y se deja caer, de pie, contra uno de los contenedores. Casi mareado de debilidad, famélico, hambriento. Horrorizado entiende que… ¡quiere mamar un güevo! Llenar su boca con uno nervudo y caliente, duro y  pulsante.

   En una quintica en La Florida, después de tomar esa larga ducha que Tony no tomó, un lloroso y roto Emilio Nóbregas todavía se pregunta qué coño le pasó, echado sobre su cama vistiendo únicamente un bóxer blanco que destaca bastante sobre su piel oscura. Ha llorado durante un rato; horrorizado repasó todo lo que hizo, y aunque quería culpar al marica de Moncada, recordaba claramente las cosas que sintió, el cómo se entregó. Ignora que fue controlado. Por eso sufre. Es cuando le siente, algo envolviéndole…

   No sabe qué es, pero alza la mirada, respirando pesadamente. Un calor abrazador, otra diferencia con Tony, le rodea y cobija. Es algo untuoso, grato, excitante. Oye como desde muy lejos, el timbre de la puerta de la calle, y el grito a alguien más de “yo me ocupo de esta”. Se asoma a su ventana, que da a la entrada, y se encuentra con el muchacho que siempre les lleva el botellón de agua mineral, un fibroso chico de unos veinte años de edad, piel cobriza clara, cara de granuja bajo un despeinado cabello negro. Se ve fuerte, de cargar esos botellones, por debajo de la ajustada camiseta y el jeans algo holgado. Le mira los bíceps, el torso, la bragueta, y traga en seco, la lengua pegada al paladar, horrorizándose al medio levantársele el tolete dentro del bóxer, e ir hacia la entrada, obedeciendo un llamado interno que no puede controlar…

   Con el culo latiéndole, picándole, pidiéndole atenciones.

CONTINÚA … 31

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 29

junio 11, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 28

CHICO CALIENTE QUIERE MIMOS

   -¿Seguro que no puedo interesarte en algo?

……

   Emilio no entiende de qué habla, pero se estremece, está cerca, a punto de alcanzar el placer de un estallido orgásmico, algo que él mismo intuye será épico… pero no lo consigue. No puede, y es frustrante. Angustioso. Menea sin reparos, sin ningún tipo de vergüenza, sin importarle nada, las nalgas de aquella pelvis, rozando sus entrañas de ese tolete joven y duro que todavía palpita y que aún deja escapar algo de un semen viscoso. Le parecía que Moncada había disparado un litro de leche caliente en sus entrañas, y su recto, instintivamente, se contraía chupándolo. Y nuevamente estaba cerca, su propio tolete sufre violentos espasmos mientras moja el piso de abundantes líquidos espesos… pero no lo logra. No lo alcanza. Quiere gritar. Y lo hace.

   -¡No! –jadea alarmado, casi lloroso cuando Tony retira nuevamente el güevo de sus entrañas, lentamente. Por un segundo su culo queda muy abierto pero ni una gota de esperma escapa. El otro sabe que no ocurriría, de alguna manera lo sabía, que el culo del joven absorbería todo… para su desgracia.

   -Tengo que irme. –anuncia con desprecio, alzando una ceja cuando Emilio se vuelve casi demandante.

   -¡No puedes dejarme así! –tiene la osadía de exclamar.

   -Tus mariconerías no son asuntos mío, puta. Busca a otro que te atienda. –es cruel, duro, y eso le agrada. Ser malvado con el otro le llena de una satisfacción lejanamente parecida al sexo.- Y cúbrete, te ves patético.

   Las palabras, el trato, dejan sin aliento al joven negro, quien se siente escarnecido, humilladlo, allí, totalmente desnudo y cubriéndose los genitales con las manos. Todavía le toca ver como el otro toma su camisa escolar y se limpia con ella, arrojándosela a la cara luego.

   Hirviendo de ira, pero también de algo más, el joven boquea, lleno de odio mientras le ve salir y dejar la puerta entornada, no cerrada del todo; pero no puede ocuparse de eso en esos momentos. Se sienta, culo pelado sobre el escritorio y comienza a masturbarse. Debía salir de eso primero. Tenía que, o estallaría de frustración. Se da y se da, lo tiene duro, lleno de ganas, desea estallar en leche, se siente muy cerca… pero no consigue el orgasmo. No puede. Su corazón late frenético, sabe que cada segundo que permanece ahí, en semejante posición, era peligroso para él, pero no se decidía a terminar su intento de paja. Oye unas risas afuera y pega un bote. Con manos temblorosas toma sus ropas y se viste a toda prisa. Tendría que aguardar para terminar eso. Y para arreglarle las cuenta al maricón ese.

……

   Detuvo al otro, se dice Tony con rostro pétreo, ceñudo, sin sentir alivio o paz. Emilio Nóbregas no diría nada, ahora. Pero seguía furioso. Vahos de ira emanaban de su cuerpo sin siquiera notarlo. No entiende muy bien el por qué de su enojo. ¿Fueron por las palabras del otro al tacharle de enfermedad? Podría ser. Claro que no fue porque…

   -Tony… -oye tras de sí la anhelante voz de Rubén, quien casi trota para alcanzarle. Se vuelve a mirarle, con dureza, notando la tensión del otro.

   -No tengo tiempo para ti. –le corta de entrada, mirando luego hacia la salida.

   -¿Hablaste con…? –traga en seco, sintiéndose extrañamente desasosegado. Nunca el otro le había rechazado así, de plano. No cuando deseaba de manera imperiosa acercarse y tocarle. Besarle. Lo sabe aunque nunca lo diría en voz alta.

   -Quédate tranquilito con tu novia, ya no tienes que temer que diga algo de tu virilidad. –casi le escupe la respuesta, dando la vuelta.

   -¿Te vas? –algo le obliga a detenerle. No quiere que Tony de vaya. No molesto con él, reconoce con vergüenza.

   El otro chico ni le responde, asegurando el morral sobre un hombro sigue su camino sintiéndose ruinmente feliz, intuyendo que lastima, de alguna manera, a Rubén. No se vuelve, pero sabe que sigue mirándole. Pero ni eso le importa en esos momentos. ¡Estaba celoso, maldita sea!

   Rato más tarde, todavía ceñudo, Rubén vería a su compañero de equipo y miembro del grupo de amigos, Emilio Nóbregas, saliendo también casi a la carrera, evitando su mirada. ¿Qué habría pasado entre Tony y él?

……

   ¡Maldita sea!, se dice Gabriel Rojas, recorriendo por segunda vez la algo solitaria acera, mirando hacia las casas de buen ver, nada ostentosas u opulentas, pero si bien cuidadas, arregladas con esmero. Bonitas. El vehículo que traía a los dos chicos que salieron del estudio de filmación había desaparecido fugazmente de sus ojos cuando un motorizado le frenó en seco una esquina antes. Mientras se gritaba con el sujeto, el cual venía comiéndose la flecha y cruzándose sin mirar, este todavía tuvo las bolas de reclamarle. Bastó eso para perder a los chicos de vista. Recorrió la calle a toda velocidad y no vio el vehículo, retrocediendo, imaginó que penetró en alguna de las casitas o quintas, tras sus verjas. ¿Pero cuál? Estacionándose, encendiendo un cigarro,  bajó de su vehículo, disponiéndose a esperar.

   -¿Gabriel? –la voz a sus espaldas le sobresalta, después de todo estaba acechando gente. Se vuelve y encuentra a un sujeto de contextura algo más baja, de cabello liso y lacio que escasea en la coronilla, de ojos grandes, dolorosamente sonrientes y alegres, de boca delgada y dientes superiores algo grandes, que le daban junto a su barbilla estrecha un aire de debilidad.

   -¿Román Guedez? –se desconcierta, era un viejo condiscípulo del bachillerato, alguien con quien muchos se metían por su flacura, y al cual tuvo que ayudar en más de una ocasión. La sonrisa del otro se ensancha y le abraza, desconcertándole tal demostración de afecto. En público.

   -Si, amigo, soy yo. Qué bueno encontrarte. –retrocede.- Joder, estás como más grande y fuerte. ¿Qué haces por aquí? –le mira de manera abierta.

   -Estoy trabajando –casi se le escapa, y se golpea mentalmente la frente al verle abrir aún más los ojos.

   -¿Sigues a alguien? –pregunta mientras mira indiscretamente en todas direcciones; Román conocía su trabajo.

   -Sí, pero baja la voz. ¿Qué haces tú por aquí? –le ve desinflarse.

   -Busco trabajo, había una oferta, pero era para vender biblias, pero de mormones, eso no se vende jamás. –se ve desalentado, sus ojos se llenan de una muda súplica que inquieta a Gabriel.- Oye, ¿no tendrás algo para mí?

   -No, yo… -se siente culpable, siempre fue así. Desde que le ayudó en el bachillerato, el otro comenzó a seguirle como un perrito faldero, tanto que le exasperaba a veces, como también las bromas que hacían los otros chicos sobre su “novia”, y con tres cervezas encima, en una fiesta escolar, le golpeo una vez, haciéndole caer y golpearse la cabeza. Conmocionándole. Fue uno de sus peores momentos en la vida, dejándole lleno de culpas para con el otro.- No sé…

   -¿A quién buscas por aquí? –indaga, mirando las casas.- Llevo tiempo dándole vuelta a este lugar. Ofrecen empleos muy extraños…

   -Seguía una camioneta que… -se encuentra casi obligado a responderle, debilidad que reconoce siempre ha sentido frente al tipo sonriente y dientón.- Son unos chicos… -le ve parpadear.- ¿Sabes algo?

   -De esa quinta… -señala un lugar anodino, solitario, cercado por una reja alta, bajo la sombra de una enorme mata de mangos, el portón de un estacionamiento impide ver qué vehículo reposa allí.- …Entran y salen muchachos… extraños.

   -¿Cómo que extraños?

   -Hay algo de… Se ven maricones cuando llegan, luego parecen aún más mariconcitos cuando salen. –arruga la frente.- Creí que tal vez era un negocio de esos, ya sabes, escoltas y acompañantes. –la información deja a Gabriel sin palabras. Mira tú por dónde saltaba la liebre. Le mira.

   -Oye, puede que si tenga un empleo para ti. –ofrece impulsivamente, y casi se arrepiente al verle sonreír con toda la cara.

   -Genial. –jadeo en estasis.- ¿Qué tengo que hacer?

   Gabriel procede a explicarle, lentamente, todavía preguntándose sí no estaría cometiendo un error. No sería hasta mucho después que el fornido sujeto se arrepentiría de aquella acción.

……

   Muy al este capitalino, en el intermedio de una carretera accidentada que sube y sube, con curvas algo cerradas y generalmente solitaria, una vacía gasolinera ve caer la tarde. No hay nadie al frente, ni clientes ni trabajadores. En la parte posterior del negocio, en el patio, bajo un teco de zinc, dos hombres toman un buen baño, desnudos en pelota, padre e hijo. Onésimo Malavé y su retoño se enjabonan y enjuagan tomando agua de unos pipotes llenos por una manguera, donde lavan autos de tarde en tarde. La pareja es una exuberante muestra de virilidad. No hablan entre sí, ni siquiera cuando el mayor le tiende al otro un pote de champú; tan sólo se mojan y refriegan sus cuerpos húmedos y jabonosos, toscamente masculinos. Parecen ausentes…

   Posiblemente cada uno recordaba su parte en la tremenda jodienda que le dieron al tipo ese, el marica de nalgas y culo peludo que usaba ese endemoniadamente erótico hilo dental blanco. Por su parte, por ser mayor, Onésimo todavía se pregunta qué le ocurrió para dejarse llevar así. Recuerda cuando su muchacho terminó de correrse por segunda o tercera vez en ese culo vicioso y hambriento, casi las mismas que se corrió él, y vieron a ese tipo jadear desfallecido contra la capota de su camión grúa, las piernas abiertas, el hilo dental entre sus nalgas velludas totalmente mojada, el semen, la gran cantidad de leche masculina depositado en él, escapando lentamente. Una visión enloquecedoramente erótica, ver el culo de otro carajo rezumando el semen propio. En ese momento, cuando debió sentir vergüenza por lo hecho, especialmente frente a su hijo, y junto a su hijo, la visión de ese culo enlechado le provocó otra semi erección. Hormigueo que se incrementó cuando el tipo, finalmente, como robándole fuerza a la debilidad producida por el goce sexual, se enderezó, levantándose con piernas temblorosas, volviéndose hacia ellos, masculino en su apariencia, con la pequeña pantaletica blanca totalmente mojada con su propia esperma, de las corridas que había sufrido sin tocarse mientras dos hombres llenaban, jodían y enlechaban su culo goloso.

   Fue ver el anhelo en esos ojos, como si todavía quisiera más, lo que le erizó. Y algo le decía que a su muchacho también. Pero si todo eso parecía irreal, más lo fueron las palabras del marica, mirándole a ambos, sonriendo con ojos brillantes.

   -Gracias por joder mi coño caliente, señores. Espero que pronto se repita y que me vuelvan a coger duro… Si quieren, pueden traer amigos. Díganles que conocen a un puto que quiere todos los güevos del mundo –les dijo complacido, sonriente. Inquietante y excitante.

   -Mierda, papá… -la voz de Jóvito le saca de esos recuerdos y le mira, totalmente cubierto de agua, ojos parpadeantes, el cabello pegado a su nuca.- Quiero otro culo rico de maricón para coger… -le informa respirando pesadamente, su tolete alzándose.- Vamos a bajar a la redoma, busquemos un mariconcito y vamos a llenarlo de güevo, lo enloqueceremos entre los dos mientras lo hacemos gritar de  gusto. –había urgencia en su tono, casi anhelo, y el tolete estaba más y más duro.

CONTINÚA … 30

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 28

mayo 21, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 27

CHICO CALIENTE QUIERE MIMOS

   -¿Seguro que no puedo interesarte en algo?

……

   Sonríe malignamente mientras le penetra, una y otra vez lanzando su güevo increíblemente tieso, y estimulado, dentro de las apretadas y sedosas entrañas todavía virginales del chico negro al que folla estremeciéndole sobre el mesón del odiado profesor de Matemáticas. No es totalmente consciente de que se ha dejado llevar por esa fuerza que emane de él, pero que también desea dominarle, que le grita que es el rey del mundo y puede tener todo lo que quiera. Tan sólo respondió a la rabia del momento, una que le dominaba desde que vio a Rubén Santana con la novia, intensificándose con el cuento del compañero de clases que le insultó mientras se disponía a “acabar” socialmente, con Rubén. En verdad, esa parte, no le había inquietado tanto, un Rubén desprestigiado, siendo víctima de burlas, escarnecido y perseguido por los demás le convenía. Que todos le tacharan de marica, le insultaran, que el mundo se le hiciera chiquito y que únicamente le quedara él como faro, como refugio. Pero las cosas que Emilio Nóbregas había dicho…

   Todo se conjugó para que estallara, por eso le llevó de la mano a ese solitario salón, casi empujándole hacia el escritorio; obligándole a darle la espalda, le abrió la correa y el pantalón, momento cuando algo de conciencia, o miedo, se coló en el ánimo del delgado y fibroso muchacho de color, pero un leve manotazo dado desde atrás, en su nuca, pareció confundirle, controlarle. El pantalón bajó hasta sus rodillas, y gimió y se estremeció, asustado pero recorrido por una excitación totalmente nueva cuando la blanca mano de Tony, con posesividad, deseando darle a entender quién era el macho ahí, le sobó el trasero sobre el ajustado bóxer rojo, algo largo, con codicia y desdén por sus sentimientos, como si fuera una cosa. La mano entró dentro del bóxer y por primera vez Tony sonrió con agrado, la tersa y joven piel del chico, de sus nalgas, era maravillosa bajo su palma. Para Emilio fue una sensación totalmente nueva, que no podía procesar, pero sabía, amoratado de vergüenza, que mecía su culo, que quería experimentar la sensación de la mano del otro chico acariciándole, tocándole así, allí, los dedos deslizándose por sus glúteos erizados y con piel de gallina, metiéndose en la raja, recorriéndosela, los dedos cepillando la entrada de su culo, uno que echaba hacia atrás, contra esa mano intrusa, de manera desesperada.

   Y si, cuando el dedo entró, se asustó y sintió algo de incomodidad; pero algo en su cabeza voló por los aires, cayendo finalmente en su sitio, cuando ese dedo se le enterró todo. Era como si… como si Moncada hubiera tocado un botón que despertara de manera mecánica todo tipo de lujuriosas respuestas a esos estímulos increíbles. Cuando le bajó el bóxer con la mano libre, dejando al descubierto sus nalgas negras más claras, con la otra mano allí, la que le tenía el dedo clavado en el culo, Emilio gritó sin poder contenerse, estremeciéndose con los brazos extendidos y aguantándose del mesón. Ese dedo iba y venía, duro, rápido, cogiéndole, abriéndole, metiéndole un poco lo pelos. Pero fue poco a cuando sintió sobre la circunferencia de sus glúteos el choque de una barra caliente, dura y pulsante, y supo, cerrando los ojos y dejando escapar otro gemido, que Tony se había sacado el güevo y le golpeaba con él como quien toquetea con una rama, sobre su trasero. Lo insólito era lo mucho que le gustaba cuando la verga golpeaba, tocaba y se frotaba de sus carnes. Quería eso. Y ese dedo, por ello separó sus piernas, abriéndose. Ofreciéndose.

   -Este culo quiere güevo.  -le escuchó, burlón, insultante, y tan sólo pudo tensarse, boca y ojos muy abiertos cuando Tony le atrapó la cintura, colocando ese güevo de buen tamaño entre sus nalgas, frotándolo allí, de arriba abajo. Y supo que su propia verga soltó un chorro de líquidos de lo mucho que le gustó que ese compañero de clase lo usara para frotarse la verga, por lo caliente que aquello era.

   La blanca rojiza cabeza presionó del arrugado y ligeramente peludo culo negro, forzándole, Emilio tensándose y gritando cuando fue penetrándole. Y más gritó, tensándose totalmente y alzándose, chocando del cuerpo de Tony, quien casi le abrazó, cuando la dura barra de carne masculina penetró totalmente su agujero secreto de hombrecito. Y sentirlo adentro, llenándolo, palpitándole, poseyéndole, obligó al chico a gemir y temblar de emoción, gritando de manera entregada, casi femenil del placer que sentía. Sus tetillas bajo el uniforme eran masas duras que necesitaban las manos de Tony, que penetraron y atraparon, pellizcándolo, provocándole más gemidos. Su verga era una  tiesa barra chorreante de jugos.

   -Ah, mira como te chorreas cuando un güevo te penetra. –le oyó, ronco, contra la oreja.- ¿No es lo mejor que has experimentado nunca, ser poseído así por un hombre?

   Y era así como estaban ahora; vestido uno, con una mueca en su rostro, metiéndole y sacándole el güevo del culo al otro, un chico esbelto, oscuro claro, totalmente desnudo. Tony lo quería así, en inferioridad de condiciones para hacerle consciente de su vulnerabilidad, aplastándole las redondas nalgas con la pelvis al encularle, montándole una mano en la nuca y derribándole casi violentamente sobre el escritorio del profesor, aumentando el ritmo de sus embestidas. Y al caer sobre el mesón, abriendo las manos para sostenerse, rostro contra un libro, Emilio Nóbregas gime y grita, de sus labios gruesos escapan alaridos de intensa y profunda lujuria, la que le ocasionaba estar siendo utilizado así, aunque no lo entendiera, sabiendo que… Y roza el rostro del libro, moviendo la cabeza, gritando más ante la idea: el güevo blanco rojizo del marica ese clavándosele en el culo.

   A lo lejos se oye un timbre, también gritos y voces, gente que corre aunque alguien les advierte de no hacerlo; era el mar de chicos que, alegre y voluntariosamente iban a sus salones a recibir clases. Eso los excita, uno sabiendo que lleva las de ganar, se le sabía gay ya, el otro por lo “grave” de su situación, mientras su cuerpo era agitado de adelante atrás sobre el escritorio del profesor por las fuerza de las cogidas que un compañerito de clases le daba, en la escuela, en un aula, mientras las clases comenzaban a su alrededor y las voces, gritos y risas del muchacherío era claramente audible.

   ¿Lo increíble, desde su punto de vista para Emilio?, lo mucho que le gustaba ser tratado así, lo que ese maricón le estaba haciendo, retenido por esa mano en su nuca contra el mesón sobre el cual se agita su cuerpo por las cogidas, sintiendo como el grueso tolete caliente y pulsante del chico se retira casi todo, para luego clavársele, abriéndole, rozándole las paredes del recto, dándole en lo profundo al tiempo que le golpean las bolas fuera de la bragueta. El chico sabe que quiere eso, ser cogido así, de manera total, inmisericorde, oyendo al otro rugirle, entre risas, que menea ese culo sabroso, que amasa su güevo como los buenos, que se nota lo mucho que quería un macho. Todas esas palabras le marean, le hacen perder el control, y sonríe beatíficamente, algo de baba manchando aquel libro.

   El tolete sale, casi totalmente, blanco rojizo, surcado de venas, deteniéndose, y agitado, Emilio casi enrojece sobre la mesa, porque siente como su esfínter lo hala, lo atrapa, lo desea. Y cuando se le clava con un “tómalo, maricón, que se nota que te hace falta”, gime largamente, de manera escandalosa. Si, ¡quiere ser cogido y tratado como una puta barata!, ¡quiere que todos sepan que es una puta barata! Esa idea le rodea, penetra, embarga, y su erecto tolete bota un mar de líquidos espesos que se agitan al caer, por las embestidas. Chilla tanto con cada nueva enculada del joven blanco, que este, soltándole la nuca, viendo como eleva el rostro, le cubre la boca.

   -Silencio, puta, silencio, todavía no estás lista para darte a conocer al mundo. Necesitas algo más. –le gruñe, halándole, amordazándole, casi obligándole a arquear la espalda.- Vamos, muéstrame de que eres capaz, pórtate como un hombrecito grande y ordéñame el güevo con tu culo negro… -las palabras fluían con facilidad, con maldad. Y ríe, ronco y bajo, teniéndoselo bien clavado en el culo, notando como esas entrañas se agitan, lo halan y trabajan.

   -Hummfff… -es todo lo que puede agregar, contra la mano de ese chico del que se burlaba y que ahora se había transformado en una bestial sexual que le dominaba, que le machacaba el culo una y otra vez con su poderosa barra, así lo pensaba, haciéndole estremecer, gemir, mecer su agujero vicioso contra esa pelvis, frotándose, y queriendo más de toda esa joven y dura masculinidad.

   -Si, sabía que lloriquearías cuando te cogiera, puta barata. –le sobresalta escucharle, ¡era lo que había estado pensando!, y eso le hizo botar aún más líquidos por la verga.- Esto es lo que querías, ¿verdad? Un güevo por tu culo, llenándotelo, rascándote esa piquiña de machos que tenías. –le ruge, halándole más, casi contra su cuerpo.- ¿Es lo que querías de Rubén? ¿Qué te cogiera en los vestuarios después de las prácticas, él sudado metiéndotela por tu culo sucio y mojado? Dime, ¿te gusta oler sus calzoncillos, lamer sus suspensorios? –le gruñe, y hay algo de enojo en todo ello, como de… celos.

   -Humggg… -Emilio medio vuelve los ojos, para verlo, como un cervatillo atrapado.

   -Has insultado durante mucho tiempo a mucha gente, Nóbregas, ahora te toca a ti ser el hazmerreir. Por suerte, te gustará ser humillado y usado como te usarán todos. –le promete.

   Emilio se estremece todo, como presintiendo un peligro real, pero cuando el otro, soltándole la boca y atrapándole una rodilla, obligándole a subir la pierna sobre el escritorio, muy elásticamente separándole más las nalgas, comienza un mete y saca aún más violento, tan sólo puede gritar, echando la cabeza hacia atrás, boca muy abierta, ojos cerrados. Olvidado de todo, nada importaba como no fuera la experiencia de esa tranca pulsante y dura que le quema las entrañas, que le hacía delirar a cada pasada, que le provocaba temblores por todo su cuerpo. Ahora sólo desea una cosa, algo que jamás en su vida había contemplado, la posibilidad de recibir la esperma acumulada en esas bolas que le golpeaban las nalgas a cada embestida.

   ¡Quiere que Tony le deje el culo lleno de leche!, y la idea le hace tragar, abriendo los ojos, sorprendido. ¿Lo pensó?, ¿el otro se lo dijo?, no lo sabe, sólo lo espera.

   -Tómala toda, puta barata. Toma toda mi leche. –le ruge Tony al oído, escuchándose bastante en el silencio de un piso de muchachos en clases.

   La siente llegar, de alguna manera Emilio lo sabe, con un jadeo de anticipación, tal vez por la dureza de la barra de carne de Tony llenándole aún más el culo, o por su temblor, las pulsadas intensas, pero sabe que el chico está a punto de vaciar las bolas, de disparar su carga de espermatozoides en sus entrañas. Un chico iba a corrérsele adentro. Otro chico iba a llenarlo con su leche. E instintivamente relaja las paredes de su recto, sintiendo el primer disparo, profundo al tenerlo ese güevo tan clavado, golpeándole allí, donde el otro le da y le hace gemir de gusto, y la sensación casi le hace flotar. Grita al sentir el segundo disparo, toda esa leche llenando su culo, Tony sacándola lentamente, chorreando esperma caliente y viscosa por todo el camino mientras se retira.

   -No… no… -gimotea, volviendo el rostro, ardiendo también, sintiendo su culo como más urgido, más caliente y mojado ahora con la esperma de Tony.

   La quería adentro para correrse también, ya que estaba tan cerca. La mano del otro sobre su nuca le derriba otra vez sobre el mesón, cosa que le hace gemir de gusto, al sentirse sometido así, y porque ese tolete cilíndrico vuelve a enterrársele en sus urgidas entrañas, ahora tensas, deseando atraparle, halarle. Pero es la voz de Tony la que le llena de desconcierto… y temor.

   -No, puta, no alcanzarás tu orgasmo. No tan fácil. –las manos del chico le atrapan la nuca, y siente pequeñas vibraciones desconcertantes que parecen provenir de los dedos que le halan y obligan volver al rostro a mirarle.- Tres… -le dice sonriendo, sentencioso.- Ese será tu castigo, maricón reprimido. Pronto lo entenderás.

CONTINÚA … 29

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 27

mayo 9, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 26

BOY HOT

   La hora de los mininos.

……

   William Contreras estaba molesto; Nancy, su mujer, había insistido en tomar aquella ruta, entrando por Petare, buscando un aserradero donde esperaba encontrar puertas de madera, no procesadas, que resultaran más baratas ahora que había decidido reemplazar todas las del apartamento. Justo ahora que todo costaba un ojo de la cara y cuando todavía no terminaban de montar el baño nuevo. Había insistido en que sólo “mirarían y preguntarían”, pero ya la veía embarcada en la faena, insensible, aparentemente, a sus argumentos de que el presupuesto no alcanza en esos momentos para tantos cambios. Pero debía darle por su lado, meterse por esa horrible y solitaria zona, siempre subiendo, o de lo contrario ella le recordaría hasta el final de los tiempos que nunca quiere hacer las cosas y que vive achantado. Por ello, mientras ella hablaba hasta por los codos del tiempo que han perdido desde el diciembre pasado para terminar esos arreglos, él guarda un malhumorado silencio, sospechando, hace rato, que en algún punto cometieron un error y la serpenteante, delgada y accidentada carretera no les llevaría al fulano aserradero.

   -¡Oh, Dios mío! –un grito escandalizado, y muy molesto de la mujer, le sobresalta, literalmente, perdido como estaba en sus funestos pensamientos.- ¡Mira a esos degenerados! ¡Están tirando en plena calle!

   En los hombres heterosexuales, en lo referente al sexo gay, hay dos fuertes y contradictorios sentimientos que se enfrentan y coexisten al mismo tiempo: les divierte de forma obscena y sucia como un chisme, pero al mismo tiempo les disgusta ver a los sujetos con mariconerías cerca de ellos; en mayor o menor medida, según el hombre en cuestión. Y William Contreras no era ninguna excepción a la regla. En cuanto su alarmada mujer le señala la escena a un lado de la carretera, en aquel parador con pinta de gasolinera con venta de basuritas automovilísticas, se queda con la boca abierta. Allí, bajo el sol, a la vista de cualquiera que pudiera pasar (y era una posibilidad real por muy apartado que estuviera ese lugar), dos hombres estaban de pie, uno joven, con un güevo tieso como pata de perro envenenado, y el otro, un adulto recio y masculino, quien estaba cogiendo rítmicamente a un tercer carajo que está de espaldas sobre la capota de una camioneta tipo grúa. Y ese tipo gemía, se arqueaba y prácticamente sollozaba de placer mientras su culo era arado, una y otra vez con rudeza, por el otro.

   -Malditos ociosos. –ruge, colérica, Nancy, volviéndose hacia su marido.- ¿Puedes creerlo? Da la vuelta y vámonos de esta vaina.

   Sonriendo leve, del malestar de su mujer (se lo tenía merecido por andar arreándole como lo hacía), el hombre gira el volante, mirando, a pesar de todo, a los carajos que joden tan libremente bajo la luz del sol. Le impresiona, aunque jamás lo diría, la cara y porte del chico que sonríe, su verga rezumando algo de líquidos o semen, altanero por la buena pieza que tenía entre las piernas. Así, intrigado y molesto, asqueado pero interesado, William se aleja, comenzando a descender el camino andado, todavía tocándole escuchar las quejas de Nancy, quien habla del fin del mundo, que ya no quedaban hombres y que deberían denunciarlos con la policía.

   Por un segundo, Jóvito y Onésimo se miran, este deteniendo las embestidas, mientras observan alejarse el vehículo, y comienzan a reír de manera descontrolada, como si aquello fuera realmente una broma, un chiste. O una hazaña. No estaban pensando con claridad. El hombre mayor, teniendo el güevo bien clavado en aquel culo que se lo apretaba y chupaba, con su hijo al lado, exhibiendo descaradamente su tolete tieso, se eriza con todo lo ocurrido. Una gente pasó frente a su negocio y le vio cogiéndose al marica ese. Esa imagen le excita todavía más. Reinicia sus embestidas, con fuerza, estremeciéndole sobre la capota que rechina, golpeándole con las bolas. Eso logra que Wilmer Soteldo grite largamente de placer, las paredes de su recto necesitando mucho de aquello, de la pulsante pieza de un macho que las satisficiera.

   -Mierda, papa, cómo le gusta un güevo bien clavado en el culo. –comenta Jóvito, maravillado, riendo vicioso.

   -Y se nota que ha repartido bastante culo, pero con nosotros dándole si es verdad que no tiene vuelta atrás, se morirá maricón y añorando güevos. –ruge Onésimo, sintiéndose poderoso; con una mueca tipo sonrisa mira al sujeto y comienza un rítmico cepillado con sus verga dentro de aquellas entrañas.- Cuéntame, maricón, ¿cómo fue la primera vez? ¿Un primo te atrapó en las duchas cuando eras chico, haciéndote tragar su güevo, metiéndotelo luego por el culo, haciéndote saber que eras un puto así tomado a la fuerza y en contra de tu voluntad? ¿O fue un tío de visita una tarde? No, seguro que siempre has amado repartir culo, que te den así… -empuja duro, casi meciéndole sobre la capota.- Así… así… -el grueso tolete salía casi hasta el glandes antes de volverse a enterrar.- Esto era todo lo que necesitabas para ser la reina de tu escuela y tu cuadra, ¿verdad? –ruge poderoso; Wilmer gime cada vez más, también afectado por aquella palabras, así como Jóvito, que ríe con ganas.

   El hombretón ruge, apretando los dientes, temblando ricamente, de una manera intensa, su tolete parece una barra de acero al rojo vivo cuando comienza vomitar su carga; Dios, la intensidad de ese orgasmo era todavía mejor que el anterior, y duraba y duraba. Teniéndole el güevo clavado hasta los pelos, este, pulsante y caliente, emitió una carga mucho menor de semen en aquellas entrañas ya bañadas. Y sobre la capota, gimiendo, ojos cerrados, Wilmer sonreía recibiéndola. Con una mueca, el hombre le saca el güevo; el carajo, tembloroso, queda allí, piernas medio caídas.

   -¡Eres tan marica! –le lanza, respirando pesadamente.

   Sin embargo sonríe cuando su hijo, Jóvito, con una mueca, pasa a su lado, le toma las piernas al carajo, que le mira sonriéndole leve, apartándose él mismo el muy empeguntado hilo, exponiéndole su culo. Y el muchacho se la clava con un golpe, duro, desplazando todo ese semen. Los dos rugen de placer, el güevo siendo apretado y chupado, las pareces de ese recto sintiendo las pulsantes vibraciones de la rugosa pieza. Jóvito retira unos centímetros su tranca y vuelve a clavársela, apretando los dientes, sintiendo como las piernas del otro le rodean la cintura, halándole, como obligándole a metérsela más todavía.

   -Toma, toma, maricón, tómalo todo. –le gritaba ronco, lujurioso.

   Estremeciéndose por la intensidad que nota en su hijo mientras se coge el culo del maricón donde acaba de derramar sus bolas, Onésimo se mira su propia tranca. Estremeciéndose. ¡Todavía estaba dura! También le parecía que sí, que estaba como más gruesa, algo más voluminosa. Levanta la mirada hacia su hijo, quien tiene los ojos cerrados, la cabeza algo echada hacia atrás, los rayos del sol bañándole, mientras sigue enculando con fuerza al maricón ese, que se arquea sobre la capota, gritando imposiblemente puto y feliz, la verga temblándole bajo la muy empegostada tanga, mojándola otro poco más. Había alcanzado otro orgasmo mientras su culo, no, su coño era penetrado y estimulado por la masculinidad de un hombre de verdad.

   -Vamos, hijo, dale duro. Preña al puto. Déjale un hijo en la barriga. –aúpa a su muchacho, sintiendo ganas de ocupar otra vez su lugar y volver encular al marica.

   Pero, claro, no todo podía ser tirar, ¿verdad? También había que trabajar y pronto el resto de la familia regresaría. La idea le produce desazón. Si, preferiría seguir cogiendo maricas.

……

   -Adelante, chico. –Bartok, sonriendo, le indica a los jóvenes dos sillas frente a su escritorio. Su hermoso semblante eriza la piel de los muchachos cuando toman asiento, sonriendo algo avergonzados, como adolecentes enamorados ante una estrella de cine.

   Ernesto garzón, el joven asistente de vuelo, se ve bien; le habían pintado mechitas platino en el cabello, que contrastaban bien con su tono de piel color caramelo claro. Leonardo Pompa, el nieto de Irene Wollmer, se veía… Bueno, bonito, mucho, de una manera ligeramente amanerada tipo nena. Los dos tenían ya un inocultable tumbadito amanerado. Aunque los han mantenido, en la red, dentro de ciertos límites. En las fantasías de los clientes siempre deberán parecer chicos ingenuos pero heterosexuales, vírgenes, siendo tomados por adultos agresivos y poderosos que los transformaban a fuerza de vergas.

   -¿Ocurre algo, Bartok? –pregunta finalmente Leonardo, con cierta candencia, indicándole a su colega de filmaciones que tiene confianza con el guapo jefe. Había cierta competencia entre ellos, algo que ni siquiera el apuesto controlador puede corregir. Su amo si podría.

   -Si, pero todo bien. Un importante productor internacional quiere conocerlos… -sonríe, echándose hacia atrás en su sillón, emanando algo de él que alerta a los chicos, les excita.- Promete abrirnos el mundo. Europa, Asia… y mucho dinero. Hay promesa de oro del bueno para todos nosotros al final del arcoíris. -se inclina sobre el escritorio.- Así que les pregunto: ¿están interesados en conocerle? –sonríe socarrón, esos muchachos no tenían ninguna oportunidad de negarse, no cuando les manejaba, como hacía en esos momentos, para que sus culos sintieran calores y picor.

……

   Poco después, vistiendo de jeans, botines deportivos y chaquetas tipo universitarios, Leonardo y Ernesto, pareciendo dos chicos cualquiera que iban a pasear por ahí, salen de la productora. Se dirigen a una camioneta que les espera, suben y se alejan. Un poco más allá, Gabriel Rojas lanza una bocanada de humo y arroja el cigarrillo al suelo, pisándolo y subiendo a su viejo carro. Siguiéndoles. Tenían que hablar con Leonardo a solas, lejos del equipo de producción. Fuera de la mirada de ese extraño sujeto, Liam Bartok, que a veces le observaba de manera curiosa, produciéndole una reacción singular: repulsa. Pero, ahora, llegaba el momento de hablare y, tal vez, raptar al chico.

……

   -¡Ahhh…! -grita Emilio Nóbregas sin poder contenerse, echando la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos, su rostro suavemente negro algo reluciente, de su boca muy abierta escapa algo de saliva, estremeciéndose cada vez que el blanco tolete de Tony Moncada sale casi hasta el enrojecido glande y vuelve a clavarse en sus entrañas, profundo, con golpes fuertes dándole en alguna parte que le tenía temblando, erizado, gimiendo putonamente, con las tetillas duras, su propio tolete, tieso y agitándose por la fuerza de las cogidas, rezumando jugos.

   -Toma, tómalo todo, coño’e tu madre. –le ruge Tony, entre dientes, con una mueca depredadora de poder y control casi cruel.- Apriétamelo así, con tu sucio culo negro de maricón. –las palabras le llegaban solas, gruñéndolas con fiereza, notando como el otro respondía a ellas.- Lo tienes tan hambriento y caliente que no creo poder; dime, ¿llamamos a tus amigos en la entrada del liceo para que vengan a ayudarme a satisfacerte? –le pregunta casi a un oído, después de clavárselo todo, aplastándole las redondas nalgas de color.- ¿Llamo a tus amigos para que te cojamos entre todos?

CONTINÚA … 28

Julio César.