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LOS CONTROLADORES… 5

marzo 23, 2015

LOS CONTROLADORES                         … 4

EXTRAÑO ENCANTO

   Papi viene.

……

   ¡Esa mierda tiene que acabarse! ¡Ahora! De llegar a saberse el escándalo podría hundirles como compañía, perder su empleo y posición, justo en estos tiempos tan difíciles. Debía… Pierde la idea de todo lo que piensa cuando el tío se asoma por un costado del muchacho, sonriéndole al mirarle la pelvis. Y el ingeniero de vuelo nota, sorprendido él mismo, que la tiene dura bajo el pantalón azul de tela suave. Le late sabroso. Y esos ojos… Brillan burlones, llamativos. Crueles.

   Bartok sonríe más, le sintió llegar… Era una de las dos personas que sentía cerca. La otra se mantenía alejada. No excitada, inalcanzable. Peligrosa. Pero nada de eso le importa en esos momentos, hambriento como está.

   -Acércate. –llama al ingeniero de vuelo, y el chico sobre sus piernas, espalda erguida, hombros tensos, se detiene, volviéndose, rostro levemente transpirado y algo brillante, mirada oscura, sus ojos son pozos de lujurias, de ansiedades y necesidades, totalmente sentado sobre la gruesa verga entre sus nalgas.

   -No creo que esto sea una buena idea… -grazna el ingeniero de vuelo, acercándose, sin embargo.

   Y casi estalla cuando la mano de ese sujeto cae sobre la silueta de su güevo tieso, apretándolo sobre el pantalón, sobándolo, haciendo que lata y se estremezca. ¿Qué le pasa? Esas cosas no eran lo suyo. No tiene nada contra los homosexuales, pero… cuesta pensar con esa mano sobando, palpando, abriéndole el cierre, metiéndose, tocándole más para sacárselo, mientras el asistente de vuelo, con mechones de suave cabello fuera del gorrito, le mira totalmente ido. Volviendo los ojos al pasajero, encuentra que este le sonríe al sacarle el güevo. Pero hace algo más, nota que bajo el pantalón tensa los muslos y eso le provoca un espasmo y un gemido al asistente de vuelo. ¿Acaso movió el güevo en las entrañas de este sin mayores movimientos?

   -Chúpasela, pequeño puto. –le ordena al asistente de vuelo. Sellando el destino del muchacho.

   El joven ya no piensa, esa verga bien clavada en su culo despide oleada tras oleadas de temblores y calores, le llena de jugos que arden, todo su cuerpo es una sola masa de excitación, y con un ahogado gemido cierra la boca sobre la cabezota del güevo del ingeniero de vuelo, que ante el contacto contiene la respiración. La sorbida que le da les deja paralizados de gusto a ambos. El chico cubre más y más de ese güevo y comienza a succionar, como un bebito hambriento; traga mientras mórbido reinicia sus idas y venidas sobre el tolete que le abre el culo y le llena las entrañas, rozándole las paredes ricas en terminaciones nerviosas, dándole cada vez sobre la próstata, enloqueciéndole.

   Los dos hombres se miran sonriendo, disfrutando la cercanía del chico semi desnudo, con camisa y chaleco, zapatos y gorrito sobre su cabeza, que va y viene sobre los dos güevos que le someten al intenso goce del momento. Pero lo que impresiona al ingeniero de vuelo es la mirada más clara, casi amarillenta y brillante de esos ojos cuando el pasajero se muerde el labio inferior, y sabe que al retener al chico por las caderas, clavado sobre su güevo, se está corriendo.

   Bartok llena una y otra vez esas entrañas jóvenes y vírgenes con su esperma, una que es abundante, ardiente, viscosa y muy móvil. Un semen que, cuando el muchacho vuelve a subir y bajar su culo goloso necesitado de más, no escapa del agujero. Era como si lo hubiera absorbido.

……

   Tony Moncada, totalmente renovado después de desahogo sexual, sabiendo que no era exactamente por la eyaculada sino lo otro, regresa al salón de clases. Más calmado, sabiéndose capaz de soportar todas esas horas de materias. Nada le molesta, se siente bien… sensaciones que no duran mucho.

   Nada más entrar un nudo le cierra la garganta, allí, en medio de un grupito de los populares, y otros no tantos, Rubén Santana cuenta algo y estallan en carcajadas, momento cuando le nota, ojos brillantes de maldad, cachetes rojos.

   -Miren, ya cómo que terminó. –todas los ojos se vuelven, y Tony cree que el piso se abre bajo sus pies.- Límpiate la cara, creo que tienes leche en un cachete. ¿Te lavaste las manos e hiciste gárgaras? ¡Chamo, tira con tus maridos en otro lado! –estalla y ríen otra vez tras cada frase.

   Las risas, las miradas, las meneadas de cabeza enferman al muchacho, que traga en seco, llevándose insensatamente una mano a la cara, verificando el hecho, logrando más carcajadas y señalamientos de dedos. Se vuelve y sale… humilladlo.

   Y furioso. Siente una rabia sorda que le sube desde el estómago, una rabia que le ciega. Desea… lastimar a Santana, el hijo de puta de siempre. No lo sabe en esos momentos, porque no puede pensar claramente en nada, pero estaba a punto de tomar un camino oscuro. Uno para el que estaba capacitado.

……

   Algo insólito está ocurriendo en un vuelo comercial que se acerca a costas americanas, sexo en el aire, algo que es de lo más frecuente, pero no en plena cabina de primera clase. Y no de aquella manera.

   En medio de las penumbras y resplandores súbitos que lanza un aparato de televisión, es posible distinguir a un hombre atractivo, comenzando la treintena, cabellos claros y ojos de una tonalidad que hace sospechar de un nativo de otras latitudes contrarias a la venezolana, el cual tiene montado sobre sus muslos a un joven desnudo de la cintura para abajo, piernas así colgando, las puntas de los zapatos sobre el piso, vistiendo el chaleco y la camisa de un asistente de vuelos, un gorrito azul sobre su cabeza, ladeado, con mechones del algo largo cabello escapando por todas partes, especialmente sobre sus ojos, unos oscurecidos por una lujuria intensa que no entiende, mientras apenas mueve su redondo culo de adelante atrás al tiempo que dos gruesos güevos están penetrándole. Porque si, tras el chico, de pie, casi metido también entre las piernas del tío de ojos claros, un alto y fornido hombre totalmente vestido, con una camisa blanca y su pantalón azul oscuro, quepis sobre su cabeza, medio agachado, mete y saca su gruesa mole de las entrañas de aquel asistente de vuelo al que conocía pero al nunca había saludado. Metérsela, verle estremecerse, sentirle agitarse, escucharle gemir ahogado, totalmente caliente con los dos güevos llenándole, era una increíble locura. Se siente literalmente borracho de calenturas. No lo entiende, pero no puede detenerse, así que su tranca va y viene contra ese culito tan apretado, gozando las apretadas que le daba… deslizándola sobre la verga del otro, sensación extraña y suciamente excitante.

   El joven asistente de vuelo no piensa, tan sólo siente, lleno de calenturas y ganas; en un segundo de lucidez inicial temió que aquello le lastimará, pero en cuando el sujeto de ojos claros se la metió otra vez, no pudo pensar en nada más,  y ahora estaba allí, gozando entre esos dos machos, totalmente transpirado, jadeante, su cuerpo tenso como cuerda de violín, las manos recorriéndole provocándole más lujuria. El ingeniero de vuelo ha metido las enormes manos bajo los faldones de su camisa, subiendo, acariciándole de una manera rudamente masculina que no conocía pero que le encanta, atrapándole las tetillas al tiempo que los dos toletes se agitan contra las paredes de su recto, golpeándole la próstata; todo eso le tienen delirando de puro gusto. Chilla tanto que el hombre a sus espaldas le suelta un pezón, uno que pellizcaba mientras lo enculaba, cubriéndole la boca con ella, para contener sus gemidos de puro placer. Y casi se la muerde, sintiendo sobre los labios el frio metal del aro matrimonial del ingeniero de vuelo.

   Los dos güevos van y vienen, con dificultada, abriéndole, llenándole, rozándose una con la otra, las venas que recorrían sus caras posteriores intensificaban su calor por la sangre llena de adrenalina por algo que era tan prohibido en su goce (frotarse de la verga de otro tipo), como estimulante. El redondo culo se deforma con las trancas, y cada metida y sacada hacían delirar más y más al muchacho, uno que con el cabello sobre los ojos, deja escapar unas lágrimas de un total goce indescriptible; se deja llevar por todo lo que siente, estar así, asaltado, sometido, controlado por esos dos hombres que lo cogían, tocaban, pellizcaban, que le susurraban entre roncos gruñidos que era una puta caliente, todo era intoxicante. Cuando un también extrañamente excitado ingeniero de vuelo se tiende sobre él, metiéndosela toda, y le lame una de las orejas, intentando apuñalarle el conducto auditivo con la lengua, se entrega totalmente. Su culo va y viene sin reparos, ansioso, los hala, los aprieta, los chupa. Se transforma aunque él mismo no entiende lo que le pasa.

   Bartok.

   Liam Bartok no es un hombre ordinario. Él, y muchos, lo sabían; aunque el resto de la humanidad no. Y aún la generalidad de esos “muchos” que si sabían que tenía algo… diferente, no podían ni imaginar la profundidad de tal hecho: Bartok podía influir sobre otras personas, especialmente los hombres. Podía, tocando, y ahora sin tener que hacerlo, despertar baños hormonales en otras personas, a tal grado que estos eran incapaces de controlarse dominados como quedaban por la lívido. Pero lo más importante, y que únicamente lo sabía un muy pequeño puñado de personas (aunque le parece que son demasiados), era lo otro… Su semen tiene la propiedad de afectar a otros hombres una vez que lo prueban. Causaba cambios en ellos. Como el que induce en el joven que sube y saltan sobre su güevo, acompañado del otro, con una sonrisa de gozo entre dientes, los dos toletes metiéndosele y saliéndose, una mano pellizcándole las tetillas, la otra atrapándole el cuello, ojos cerrados, lágrimas corriendo por sus mejillas, la viva imagen del putito en la gloria.

   Por eso se corrió poco antes en lugar de contenerse, para estimularle, para dejarles las entrañas hambrientas por más, para que cuando ese otro sujeto también lo penetrara, en la memoria de su cuerpo quedara grabada la increíble sensación de goce que estaba experimentando, dejándole casi desmayado. Su culo, sus entrañas, aprenden rápidamente a amar un buen güevo metido, llenándole. Y el de ese sujeto maduro, atractivo, sería uno de la que más le gustaría. Mientras sube y baja como puede su tolete dentro del ocupado agujero, Bartok imagina lo cortados que estarán esos dos después de que todo termine. Lo que se evitarán, lo mucho que se preguntarán qué carajo hicieron, prometiéndose alejarse, pero siempre habrá un güevo anhelando meterse en cierto culo apretadito, aunque ya no esté ocupado por esa otra leche (que también le afectó); y un joven que sentirá, somáticamente, que sus entrañas arden de ganas por un güevo que le consuele, especialmente por ese güevo, si no estaba el de su iniciador. Sonríe sabiendo lo que ocurrirá, se resistirían por un tiempo, pero terminarán haciéndolo, y cada vez que lo hagan, necesitarán más y más. Ese hombre prácticamente deseará vivir metiéndosela por el culo y ese chico deseando que todas se le metan hasta lo más profundo.

   Le ha transformado, un poco. Hay cambios que pueden ser mayores. Y peores. Como ahora puede hacer ese nuevo discípulo que ha encontrado, Tony Moncada.

CONTINÚA…

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 4

marzo 16, 2015

LOS CONTROLADORES                         … 3

EXTRAÑO ENCANTO

   Papi viene.

……

   -Si, un tequila, por favor. Necesito algo fuerte. –le sonríe con algo de pompa.

   El joven, delgado, alto, cabello cobrizo y bien parecido (aparentemente era uno de los requisitos tácitos de la aerolínea), parte por la bebida, quejándose internamente de lo bien que vivían algunos, como ese tipo con su hermosa camisa. Debía estar bien resuelto para ir en primera clase y encima se veía guapo. No que le interesara en mayor medida. Toma el salero y algunos limones picados por si el hombre era exigente. Con todo en una bandeja regresa por el pasillo entre asientos un tanto vacíos en las penumbras, y casi la deja caer con la sorpresa.

   -¿Qué coño hace? –grazna alarmado, escandalizado, pero como buen asistente de vuelo, conteniéndose para no armar un escándalo.

   -Me lo sobo. –admite el otro con toda tranquilidad, voz queda pero no bajita, es un macho alfa, no está para disimular. Con una mano cerrada en puño, el sujeto se frota el tolete bajo las ropas.

   -¡No puede hacer eso aquí! –le indica vehemente, mirándole totalmente sorprendido.

   -¿No te han dado ganas a veces de hacer algo sucio, caliente y peligroso? –le pregunta mirándole a los ojos, y el chico no había notado que fueran tan claros y bonitos.- ¿No te has imaginado estar sentado en una cena con amigos o familiares y que una mano se meta entre tus piernas, bajo el mantel y te lo sobe duro? –tragando en seco y con ojos muy abiertos, el chico niega, aunque no puede hacer nada más, no con ese sujeto abriéndose la correa, el botón y bajando su bragueta, metiendo la mano.- ¿No? ¿No te has preguntado nunca que se sentiría si alguien te lo mamara en el privado de un baño público? ¿No has jugado básquet con tus amigos y sentido que uno te mete mano, con disimilo, pero sobándotelo, apretándotelo? –el chico no puede responder, de ese pantalón abierto emerge un güevo blanco rojizo totalmente erecto, surcado de venas.- Mi trago. –pide más como una orden, y algo tembloroso el otro le tiende la bandeja. Toma el vaso con la mano libre y bebe el fuerte licor, sonriendo, teniéndole allí, cerca.- Agárralo. –ordena cerrando los ojos con una sonrisa, apoyando la cabeza en el respaldo y sigue bebiendo.

   Ni siquiera le mira, o duda que vaya a ser obedecido, tan sólo bebe su tequila mientras el otro alarga una mano y le rodea la pulsante masa de carne que pega un bote como hacen todas cuando otra persona las atrapa. El miembro le quema la mano al muchacho, quien parece ausente, totalmente ido del lugar donde está, tan sólo consiente de lo increíblemente estimulante que era tener el güevo de otro carajo quemándole, mojándole y latiéndole en la mano. Él nunca ha hecho eso pero…

   Casi jadea cuando el sujeto, sin abrir los ojos, alza una mano y le atrapa el entrepiernas, palpando, sobándole el güevo, el cual se dispara en seguida, caliente como está, sintiendo su sangre llena de adrenalina. Ahora se miran, tocándose uno al otro; el hombre bebe otra vez mientras le baja el cierre, mete la mano y le atrapa sobre el bóxer. Y tener a ese sujeto en el pasillo del avión, con otros pasajeros presentes aunque dormidos, metiendo la mano dentro de la bragueta y sobándole, pone muy mal al hombre joven. Esa mano manipula y se lo saca, rojizo cobrizo, lleno de sangre, y la mano grande, recia y fuerte que corre sobre ella casi le hace correrse, claro que no es lo que el tipo quiere.

   Bartok se termina el trago, deja la copa sobre el vacío asiento de al lado y llevando su atractivo rostro hacia adelante besa suave y lentamente el glande. El chico gime, eso era tan sucio y prohibido que se estremece. Esa lengua le recorre la lisa cabezota, y fascinado, casi enfocando únicamente ese punto, ve la rojiza lengua bajo su ojete, recogiendo la gota clara que escapa. Le ve atraparla, llenarse la lengua con ella, meterla en su boca y saborearla. Casi le tiemblan las piernas cuando ese rostro se ladea otra vez, y esos ojos increíblemente hermosos le enfocan mientras le recorre el güevo de arriba abajo, casi dentro de la bragueta. El pase lento y deliberado de esa lengua sobre su tranca, lamiendo cada vena y rugosidad, le provoca poderosos escalofríos. No pensó que pudiera ser mejor, pero cuando la boca cubre su glande, chupando, bajando, tragándose su tranca palmo a palmo, la mente se le desconectó, como suele ocurrirle a todo hombre que le dan una sorpresiva e inesperada mamada.

   La presión de esos labios que se extienden, la vista de ese tenue bigote y barbita que los rodean, el lunar a un lado, todo era erótico mientras va desapareciendo su pulsante masculinidad entre ellos. Los labios casi entran en la bragueta, se detienen y las mejillas se cierran sobre ella, la lengua se agita de adelante atrás, contra la cara posterior de su miento, al tiempo que comienza a succionar. Ruidoso, salivoso. El joven sabe que no aguantará mucho. Esa boca es una trampa sensual, maravillosa… e implacable.

   Ojos cerrados, muy consciente de todo, a diferencia de lo que a veces le pasaba a Tony Moncada, Bartok sube y baja la boca sobre el palpitante falo del muchacho, que pulsa y moja de manera intensa, algo que siempre la ha gustado. Siempre se pone sentimental en ese punto, recordando los primeros güevos que mamó en su vida, casi todos amigos de su papá, tíos sorprendidos que se asustaron, a los que asedió. Ahora lo cubre y su garganta lo ordeña, su manzana de Adam sube y baja, y el asistente de vuelo cree que se muere. Maldita sea, el chico era muy novato en estas lides, ya estaba a punto de caramelo…  La idea del semen joven y caliente, viscoso y delicioso sobre su lengua le hace agua la boca, una que bebe con los jugos del chico, pero no puede, no todavía. Tiene que prepararle antes. Así que abandona la joven pieza, que brilla de saliva y jugos, algo de líquidos derramándose desde la punta. Sus ojos se encuentran otra vez, mientras el hombre seca su rostro de la manga del traje.

   -Bésalo. La cabecita. Hay un juguito rico ahí para ti. –le ordena, y al chico le cuesta despegar la mirada de su güevo mojado, para enfocar el que todavía sostiene con la mano.

   -No lo sé, señor, no soy marica, yo… -calla cuando el otro ríe, moviendo su mano a la vez, pegando la punta del índice del ojete del glande, empapándolo, llevándolo luego a su boca. Por un momento pensó en escapar, pero cuando ese dedo choca de sus labios, vence la resistencia y entra, ¡el dedo de otro carao!, y le toca la lengua, todo pierde sentido para él. Su lengua sé llena de saliva y de un sabor que le estimula cada terminación nerviosa. Lo chupa, cierra los labios sobre el dedo, uno que ahora va y viene levemente.

   Sonriendo, el hombre tiene que agarrar la bandeja o el chico la deja caer. Depositándola sobre el asiento de al lado, vacio a excepción del vaso corto, se dispone a gozar. El muchacho ha caído sobre sus rodillas, sin fuerza, y lleva el rostro hacia abajo, cerca de ese increíble güevo blanco rojizo que late exhalando calor y jugos. Con la boca seca, tragando, sabe que la desea. Que se muere por cubrir esa cabecita roja y chuparla. Baja más y los labios chocan del glande, sus labios se untan con esos líquidos, los recoge con su lengua y esta estalla en llama. No oye, no ve, no es consciente de nada como no sea rodear el manjar ofrecido y chupar directamente, buscando más de ese raro licor. Gime de manera algo escandalosa cuando ese jugo le estimula la lengua.

   Maquinalmente sube y baja un poco, y sorbe, esos jugos caen otra vez sobre su lengua y todo le da vueltas, su corazón late con fuerza, todo él se eriza. Esos jugos le excitan, con labios y mejillas rodea el grueso falo masculino mientras baja, chupándolo. Y al hacerlo gime ahogado, ojos cerrados, perdida toda cordura. ¡Quiere mamarle el güevo! Quiere chuparlo, cubrirlo, subir y bajar sobre él con gula, queriendo esos jugos, ese calor, esas pulsadas, quiere oírle gemir quedo cuando lo traga más y más, desea verle tensarse, excitado por la buena mamada de güevo que estaba dándole. Le pone a mil pensarlo, saberlo, sentirlo, estar consciente de ello, de que su boca va y viene sobre el güevo de otro tipo por primera vez en su vida… y que le encanta.

   Chupa como un poseso, lo atrapa más y más con su garganta, sus labios casi entran en la bragueta. Dándole en la frente, el tipo le aleja por un momento, y con voz gruesa, dominante, erótica, le indica que lama el tronco, que lo recorra con la lengua, que lo haga arder con la punta sobre las venas, que lengüetee y azote el ojete, que lo bese con cariño. Y cada palabra le encloquece más y más.

   Por un segundo, Bartok juega con la idea de correrse en su boca, el semen le prepararía, pero…

   -Bájate el pantalón. –le ordena separándole de su güevo otra vez, mirándole a los ojos de manera intensa.

   Y el joven obedece, labios y barbilla mojados de saliva, su pecho subiendo y bajando con pesadez, sus manos trémulas abriendo la correa y el pantalón, que cae. Arde, todo le arde, le urge. Su culo sufre un espasmo y… Mira esa verga gorda y larga, rojiza, y tiembla aún más.

   Bartok sonríe… aunque sabe que dos personas notarán lo que hace. Les puede sentir muy bien.

……

   -Voy a estirar las piernas. –dice dentro de la cabina, el ingeniero de vuelo, un cuarentón agradable y apuesto, bien conservado por su empleo, porque sabe que le queda bien el informe y que las asistente de vuelo son bastante ligeras de cascos en ciudades alejada de sus casas. Toma su quepis y sale, atrancando bien la puerta. Una universal medida antiterrorista. Cruza el pequeño departamento de los asistentes de primera clase, solitario, hay más trabajo atrás. Aparta la cortina y penetra en área de pasajeros importantes.

   -¿Qué…? –brama totalmente sorprendido.

   ¡Mierda!, es lo único que puede pensar mirando la escena. Allí estaba uno de los asistentes de vuelo, no recuerda su nombre, sólo que era ese que no le quitaba los ojos de encima a las tetas a Berta, una catira de pequeñas blusas y escotes generosos, y que ahora estaba allí, montado sobre las piernas de un pasajero, de frente a este, al que no ve, subiendo y bajando su culo abierto sobre una gruesa tranca blanca rojiza, llena de muchas venas hinchadas de sangre, que al entrar y salir,  deslizándose en sus entrañas, parecían hacerle alucinar. Porque se notaba que el muchacho (¿cómo carajo se llamaba?), estaba delirando de gusto mientras subía y bajaba sobre ese güevo que atrapaba casi hasta la empuñadura.

   Lo sabe porque ha tenido su buena cuota de putas a las que ha hecho delirar así, lo nota cuando el joven va y viene, que la cabeza se le agita de adelante atrás, con unos mechones de cabellos fuera de ese feo gorrito que usan, que la espalda, bajo la camisa y el chalequito, se agita, se tensa y arquea, que sus nalgas levemente velludas, redondas y firmes, se abren y cierran… ¿para masajear mejor ese güevo?; no, sabe que es para sentirlo rozarle más por dentro. El chico está totalmente desnudo de la cintura para abajo, en zapatos, sobre el asiento, las manos del macho que lo penetra (o que presta su güevo, ya que es él quien se encula), le retienen por las caderas, dedos largos casi cubiertos por la camisa.

   ¡Esa mierda tiene que acabarse! ¡Ahora!

CONTINÚA … 5

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 3

marzo 11, 2015

LOS CONTROLADORES                         … 2

BOY HOT

   ¿Quién es dueño de su destino?

……

   -No, yo… -¡joder, joder, joder!, era lo único que podía decirse Darío Serra. No lo entiende, ¿por qué se deja tocar?, ¿por qué le permite decirle todo eso? ¿Por qué no escapaba cagando leches? Y la imagen le turbó aún más. Pero no, no podía escapar.

   -Mira cómo me tiene ese culito redondo que traga jeans. –dice dejando de tocarle la cara y atrapándole una mano, una que se mueve como sin vida propia hacia su entrepiernas. Una mano a la que obliga a tocar la pulsante dureza bajo el pantalón, una mano a la que casi forza a cerrarse, aunque no del todo, sobre la ardiente barra de carne joven.

   -No, no… yo no le tocó el güevo a otros carajos. No soy un marica como tú… -grazna ronco, roto; pero sintiendo la palma ardiéndole por el tolete bajo ella, y sin poder contenerse o para ver qué era aquello, sus dedos se cierran y la medio atrapa en puño, horrorizado él mismo de su reacción. Si, le quema la palma, la siente pulsar, poderosa, vital, lleva de deseos… y se sentía suciamente excitante estarlo haciendo, tocándolo. ¡Tocándole el güevo a otro carajo!

   -Te va a gustar tener mi güevo en tu mano, mojándotela, y vas a lamer esos jugos de tus dedos como si fuera leche condensada. Y te va a encantar. –le dice Tony al conserje, sonriendo, sintiéndose increíblemente poderoso, como nunca, encantándole la sensación. También el ser malo y cruel con aquel sujeto que tantas veces le ha gritado vainas, le agradaba.

   -No, yo no… -todavía se resiste al hecho de estar apretándole el tolete sobre el jeans, y casi grita horrorizado cuando Tony se mueve.

   Pero no grita, no puede. El joven le cubre la boca con la suya y le lame el labio superior, metiendo la lengua cuando el otro se disponía a quejarse. Una lengua que penetra lentamente, tanteando, saboreando, invadiendo. Deliciosa.

   Y así les pillan cuando el otro se acerca, deteniéndose sorprendido.

   ¡Mierda!, fue el grito mental, escandalizado, horrorizado… y divertido que lanzó para sí Rubén Santana. La escena era increíble, allí estaban el marica de Moncada y el sucio de Serra (le conoce, le ha visto meterle manos que juega garrote a cuanta tía se le cruza, cosa que le excita, quería ser igual de gañan), dándose un latazo. Ríe contenido, mirando en todas direcciones, luchando entre la idea de decir algo para verles pegar un brinco hasta el techo sobre sus cabezas, ir a contárselo a alguien, o llamarles para que vean, o… Guardárselo. Riendo bajito, cara roja, se aleja. Ah, la vida daba sorpresas, como decía la canción. Que se jodiera el Vicedirector, después de todo no es asunto suyo decirle nada a nadie. Que le buscara él. Ríe, ya lejos, imaginándose la cara del hombre de haber llegado y encontrarles así.

   ¡No soy gay, no soy gay!, grita enfebrecida la mente del conserje pero gime y se apoya sobre el otro, rindiéndose, respondiéndole, atándose en una de besos, lamidas y chupas con mucha saliva que le tienen el güevo totalmente tieso dentro del pantalón, al tiempo que aferra, frota y acaricia el del muchacho, uno que no puede soltar. Ni quiere. Su mano no le obedece, como no lo hace su boca en esos momentos, cuando su lengua sale y se la deja rastrillar por los dientes del muchacho, o cuando aletean viciosamente una contra la otra. Un beso entre chicos, algo muy normal en tantos liceos.

   -Mírame… -le ordena en voz baja y ronca Tony, y le obedece, están tan cerca que es difícil, pero esos ojos amarillentos le atrapan, le atraen.- Vamos, lo quiero ya. –le urge, y Darío casi jadea cuando las manos del otro bajan y atrapan sus nalgas de manera procaz, apretándolas duro, casi alzándole. Y quiere oponerse, decirle que no, pero todo su cuerpo se rinde, lo desea, lo desea tanto que casi alcanza el clímax ya.

……

   El depósito es largo y ancho, dividido en cuatro cuartos, y en el más alejado se encuentra una vieja colchoneta gruesa donde de tarde en tarde, después del almuerzo, alguno de los empleados de Mantenimiento tomaba una siesta. Pero en ese momento está ocupada por dos cuerpos que no están durmiendo precisamente. Dos hombres curiosamente transpirados practican un sesenta y nueve muy agitado, las bocas van y vienen, pero también los güevos cuando las caderas son agitadas, urgidas por la caricias bucales, las apretadas de mejillas que frotaban al entrar y salir, las lenguas que queman al pegarse de las barras, lamiéndolas desesperadas mientras entran y esperando que suelten sus jugos a la salida, cuando dan sorbidas extra. Uno de ellos, de espaldas sobre el colchón, es un hombre acercándose a la treintena, el otro, sobre él, es un jovencito casi enrojecido, que no llega a veinte. Pero es este quien lleva el paso, el control, su boca de labios rojos sube y baja golosa como es siempre a esa edad sobre el falo erecto y grueso entre ellos, al tiempo que con una mano le aprieta las bolas al sujeto algo mayor. Hay algo posesivo en el agarre.

   Darío, por su parte, no piensa, tan sólo se deja hacer mientras sorbe de ese güevo joven que se mete y sale de su boca. Al principio creyó que no podría hacerlo, pero no pudo resistirse al tenerlo cerca, golpeándole la nariz, exhalando un calor intenso, una gota viscosa brillando en el ojete que le hizo salivar la lengua por alguna razón que no entendía, y un olor almizclado poderoso que le hacía sentirse cachondo. Cerró los labios sobre el glande sabiendo que daba un paso grande, y terrible desde su perspectiva, pero no pudo evitarlo, no pudo resistirse más, y al sentir ese calor contra sus labios, el sabor sobre su lengua, se le volaron los tapones. Ahora su cabeza sube y baja también, necesitado, porque esa era la palabra, estaba urgido por atraparlo, chuparlo, succionar más y más de esos jugos que cada vez le saben mejor, de un dulce salino que le marea y llena de endorfinas. Ignora que suda totalmente, está bañado como si saliera de una regadera, su ombligo casi es un pozo, y que una leve fosforescencia parece destacar su cuerpo. No oye nada, no es consciente de nada como no sea del peso de ese muchacho sobre él, sensación física que le parecía increíble ahora, y de ese güevo que necesitaba mamar, atrapándolo todo, las bolas cubriéndole los ojos allí donde se apoyan. Y la boca del chico… y su mano.

   Porque si, Tony le esta mamando bien, pero con la mano atrapa sus bolas, apretando sabrosito, para luego llevar un dedo a la pequeña depresión que lleva a la raja de su culo. Darío lo siente, ojos cerrados por las bolas sobre ellos, ese güevo pulsando en su garganta, llenándole de una manera que le encanta. Se tensa cuando lentamente ese dedo se desliza por su peluda raja, la punta deteniéndose sobre su cerrado culo, el cual es tocado, frotado, medio halado, y cada toque, cada pase le hace gemir con la boca llena de güevo, ahogándose, con lágrimas que no entiende saliendo de las comisuras de sus ojos cerrados. El dedo se centra en su orificio y frota de manea circular, y la sensación es tan intensa que deja salir el tolete que tiene en la boca, lo mejor que ha saboreado nunca, piensa en esos momentos de locura, arrojando una ahogada bocanada de aire, jugos y saliva, junto a un gemido de lujuria intensa, aterrándose y maravillándose al preguntarse qué se sentiría si ese dedo, el dedo de otro carajo, penetrara su virgen culo de macho vernáculo. Y grita cuando este se hunde, metiéndole los pelos y pliegues; el dedo entra lentamente, doblándose en dirección a la base de sus testículos, y todo él se estremece violentamente, casi lanzando fuera al chico sobre él, cuando se arquea.

   -Trágate mi güevo… -le oye exigente, dominante, el macho que desea todo de su perra.

   Y lo hace, atrapa con su boca el tolete caliente de Tony, ronroneando cuando el chico se la vuelve a tragar también, moviéndole el dedo en el culo, flexionándolo como gancho y enderezándolo. Todo temblorosos se traga el güevo joven hasta los pelos, que está imposiblemente duro, y a pesar de todo abre los ojos con alarma cuando lo siente, algo hirviente recorriendo a lo largo del pene, que se pone increíblemente tieso, y que al salir unos centímetros sus labios, le baña la legua con uno, dos, tres y cuatro trallazos de leche caliente. Por un segundo cree que se ahoga, que no podrá hacerlo, beberlo no, hasta que el viscoso, abundante y caliente semen estimula cada papila gustativa de su lengua; casi hambriento lo traga, buche a buche, sorbiendo copiosamente por más. “Dios, qué rico es”, fue su pensamiento asombrado y horrorizado. El sabor de la esperma le había dejado casi delirando, todo tembloroso, y fue cuando el chico abandono su güevo…

   -Oye… -bramó, soltando finalmente el tolete rojizo, mirándole cuando Tony se sienta a su lado. Pero gimió, alzando su espalda del colchón, cuando aquel chico, con un aire casi felino, inclinó el rostro sobre su bajo abdomen, casi en el borde de sus pelos púbicos, sacando la lengua y lamiendo su copioso sudor, recogiéndolo, saboreándolo con azotes y tragándolo, hasta casi chupar de su ombligo, toda esa transpiración, para regresar luego a su verga. Tragándola también.

   Fue todo para el conserje, los rojos labios la atraparon, las mejillas apretaron en la bajada y Darío Serra comenzó a gritar entre dientes, ojos muy cerrados, elevando sus caderas, buscando esa boca cálida que le succionaba de manera tan estimulante y corriéndose de una manera que le alzó a cumbres insospechadas, un placer físico y mental tal que roba todas sus fuerzas seguido de una debilidad a la que deseaba ceder. Y Tony lo recibió y bebió todo, hasta la última gota del semen previamente preparado, uno que llena su estómago de un calor intenso. Bebe con los ojos cerrados notando que toda tensión, incomodad, dolor o cansancio desaparece de su cuerpo y mente. En paz. Aunque le es posible escuchar sus propios pensamientos, indicándole que era necesario juntar un rebaño, una cosecha casera. Es justo en ese momento cuando abre los ojos con sorpresa, aún los labios apoyados en el pubis del otro, succionando por más. ¡Esos pensamientos no eran suyos! Eran de otro que susurraba en la nada, pero que se acercaba.

   Bartok…

   Y, sin embargo, no pudo preveer los problemas que también le llagarían.

……

   El viaje desde Holanda, donde hizo el trasbordo, ha durado bastante. Ha dormido, mirado algo de televisión, escuchó música y leyó… pero ahora se aburre. Cosa siempre peligrosa tratándose de él, admite con una leve sonrisa en su atractivo rostro. Primera clase está casi desierta, los pocos asientos ocupados acogen a gente que también duerme. Necesita un trago y llama. Espera. Despega la espalda del asiento y se estira, siente el cuello tieso; y justo cuando está así, el saco abierto, la fina camisa de seda oscura amoldada perfectamente contra su pecho, aparece un tipo joven vistiendo un uniforme de pantalón azul, camisa blanca y un chalequito feo, incluso un gorrito. Un asistente de vuelo. Y el joven, sin mayor interés, le mira los pectorales que se perfilan tanto como los pezones bajo la tela. Deseando tener una camisa igual, adivina el hombre sentado, perro sonriendo más, volviendo la mirada hacia los otros asientos.

   -¿Desea algo, caballero?

   Si, piensa Liam Bartok, quiere sexo. Ahora y allí.

CONTINÚA … 4

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 2

marzo 3, 2015

LOS CONTROLADORES

BOY HOT

   ¿Quién es dueño de su destino?

……

   El chirriar que indicaba que había finalizado la clase casi le hace pegar un bote en el asiento, de lo tenso y angustiado que estaba, había sido salvado por la campana. Todos, aunque mirándole, comienzan a recoger sus cosas mientras el profesor Pereira no deja de observarle al tiempo que les dice a todos que lean los dos capítulos que indicó porque viene un examen serio. Todavía tragando, fingiendo no ver a nadie, nota a Mateo levantándose, reuniéndose con dos de sus amigos, Rubén Santana y Emilio Nóbregas, comentando algo con ellos, mirándole, y saliendo finalmente.

   -¿No se va, Moncada? –le reta el profesor, burlón. Y el joven, mejillas rojas, se molesta.

   -Si, profesor. –se pone de pie y a pesar de la chemise por fuera del pantalón se le nota el erecto tolete, así como una pequeña mancha que podría tomarse por orina, una gota, pero que los dos saben no es.

   -¡Qué marica eres, muchacho! –se burla duro el tipo, con desprecio. Y la sangre de Tony hirvió más, al tiempo que tomaba sus cosas, medio cubriéndose con el morral y dirigiéndose a la salida.- ¿Qué?, ¿nada qué decir? ¿Acaso no oye bien?

   -¡Hijo de puta! –le gruñe, sorprendiendo evidentemente al otro que iba recogiendo cosas sobre su escritorio y se volvió a mirarle, molesto.

   -¿Qué dijo? –ladra, congelándole en la entrada al salón.

   -¿Qué? ¿Acaso no oye bien? –se vuelve a mirarle, frente a la puerta abierta.

   -¡Venga acá! –le grita, molesto. Intimidante. Sabe cómo imponerse a esos carajitos, especialmente a un chico tímido y débil como el otro. Pero Tony alza la mirada, sintiéndose fuerte, valiente. El corazón serenándose de manera extraña en su pecho.

   -¿Por qué siempre quiere que me quede después de clases, profesor? Me asusta, señor. –finge una vocecita maricona frente a esa puerta, y alarmado de pronto, Pereira nota que algunos muchachos se detienen en el pasillo, fruncen el ceño y miran hacia adentro.- ¿Qué quiere de mí, señor?

   -Lárgate, mariconcito. –le gruñe entre dientes.- Pero esto no acaba aquí.

   -Sería mejor que si, profe. –responde ominoso, dando media vuelta y saliendo, abriendo mucho la boca en el pasillo, tomando aire, sintiéndose increíblemente bien con sigo mismo; por enfrentar al hombre, justo al odiado, aunque guapo, profesor de Física. La sensación es casi embriagadora… y estimulante.

   Se cubre mejor con el morral, rojo de orejas, increíblemente caliente. Siente que el güevo le arde y palpita bajo las ropas, y los muchachos cruzándose en su camino, unos hablando o riendo, con sus olores y calores corporales regándose en todas direcciones, no hacen nada por aliviarle. Baja a paso rápido, necesita un lugar solitario para calmarse. ¡Mierda, lo que quiere es una dosis! Una masturbada rápida le ayudaría, pero sabe que no sería suficiente. ¡La dosis si!

   ¡Maldito Bartok!

   Cruza frente a la cafetería y sale al patio trasero, va a los depósitos de cosas varias, alimentos, mobiliario en otro cuarto, otros repletos de objetos variados. La gente, alumnos y profesores, lo usaban como tierra muerta donde fumaban botando más humo que chimeneas de fábricas de principios del siglo pasado. Se detiene contra una pared e intenta serenarse. No entiende esas urgencias, le habían hablado de ellas pero no las creyó, ahora las padece y sencillamente no las entiende. Tampoco de dónde le salió la resolución para abordar a un tío a la salida del Metro, o contestarle así a Pereira. Le sobresalta un ruido pesado, de algo que se arrastra. Vuelve la vista y encuentra una carretilla de cargas, y de uno de los depósitos sale uno de los conserjes halando de un pipote, Darío algo, nunca ha sabido qué. Y se estremece otra vez. Predador. ¡Quiere sexo! Y lo quiere ahora.

   Darío Serra era un carajo no muy alto, pero si fibroso y atlético que daba una sensación de poder. De cabello negro lustroso, su rostro siempre presentaba un rastro de barba que raspaba a sus nenas, por todos lados. Era un hombre infeliz. Estando cercano a los treinta, casado con una novia a la que preñó en el bachillerato, eso le obligó a trabajar en lugar de estudiar o preparase para algo mejor. Se sentía frustrado, el único escape es saber que gustaba. Que su cuerpo blanco cobrizo, de brazos marcados, pectorales abultados y abdomen tallado atrapaba miradas; siempre trabajaba en camisetas muy abiertas que dejaban ver sus hombros anchos, tatuados, y un pecho levemente velludo. El viejo jeans que usaba le quedaba como un guante, destacando sus muslos musculosos, un bulto siempre presente en el entrepiernas… y unas nalgas redondas y desafiantes, de las que estaba orgulloso, cosa que a nadie contaba. El tipo era todo un pillo; varias profesoras y una que otra madre y representante habían pasado por su filo. A las alumnas les tenía algo de pavor, un conocido suyo pagaba doce años en el infierno de El Rodeo por salir con una de dieciséis, que aunque lo seguía y asediaba, una vez preñada le dijo a la familia que fue violación. A una menor. La hija de puta, siempre se dijo. Pero aprendió. Por muy lindas, tetonas y regaladas que fueran, no las tocaba. Y eso que lo miraban, cosa que le halagaba.

   Y ahora los ojos de Tony Moncada, como dardos, estaban clavados sobre su trasero terso, el cual se destaca más cuando se medio agacha para halar del pesado pipote lleno de bolsas negras de basura. La áspera tela se perdía entre las nalgas y al muchacho el corazón le palpitaba locamente. Se imagina llegando, como si nada, extendiendo una mano y metiéndola allí, lentamente, acariciándole y frotándole de abajo hacia arriba, y de arriba abajo otra vez, entre esas nalgas que estarían calentitas. Respira pesado, sintiendo que se ahoga, notando que alrededor del tío todo va perdiendo nitidez.

   Aunque ocupado como estaba en ese trabajo de mierda, en su vida de mierda, que generalmente odiaba, como a su mujer, las manos enguantadas con esas porquerías de tela sobre el boquete del pipote, Darío Serra siente algo. Frunce el ceño, carajo, era como si le hubieran tocado el culo unos dedos fantasmales. Se vuelve y pilla mirándoselo como si quisiera incarle los dientes al muchacho ese, Moncada, el cual, según Rubén Santana, era un pato que olía calzoncillos.

   -¿Que me ves, marica de mierda? ¿Quieres güevo? ¡Vete al baño del terminal! –es duro, sonriendo cruel y burlón, se sentía bien ofendiendo así, ya que drenaba algo de sus frustraciones.

   -No te vi anoche ahí. –es la respuesta casi automática de Tony, quien es el primer sorprendido.

   -¿Qué dijiste, mierdita? –furioso, soportaba demasiadas cosas en una vida injusta como para también tolerar aquello, va hacia el muchacho, desafiante.- ¡Repítelo, mariconcito! –le ladra, a dos pasos, viéndose imponente, masculino, macho y agresivo. Tony nadaba en endorfinas, la boca seca, excitado como nunca. Quería domarlo.

   -¿No te gustaría tragarte mi leche? –le pregunta, labios rojizos, una tenue sonrisa. Y el otro explota de rabia.

……

   -¡Le digo que fue grosero e insolente! Me ofendió de una manera ultrajante y exijo que se le reprenda. –brama Pereira, profesor de Física, al vicedirector, en pleno pasillo frente a la Dirección.

   -Pero Moncada siempre ha sido un buen alumno.

   -Ahora no. Y no puedo tolerar las cosas que me dijo. Todo tiene un límite.

   -¡Okay! ¡Okay! –brama el hombre, sumamente incómodo como siempre que debía iniciarse una sanción contra un alumno, algo sumamente complicado dadas las nuevas leyes escolares que podían catalogarse de cabronerías. La única manera de deshacerse de un mal estudiante era sembrándole drogas y una pistola en el morral, si es que no lo tenía ya; pero la cosa era especialmente penosa en este caso por ser Antonio Moncada un buen alumno.- ¡Santana! –le brama al mocetón acuerpado y de cabellos cobrizos que pasa por ahí.- ¿Y tu compañero Moncada?

   -Le vi ir hace rato hacia los depósitos. Por allá le encontrará. –responde el joven, iniciando sin saber una cadena de eventos que terminaría creando un problema muy serio en todo el colegio.

   -Bien, yo me ocupo… -le dice el vicedirector a Pereira.

……

   -¡¿Qué dijiste?! –ruge Darío, manos en puños, agresivo al extremo.

   -Pregunté… -comienza a hablar lentamente, insolente, como si lo hiciera con un tonto.- …¿Me lo mamarías?

   -¡Hijo de…! –el hombre da un paso al frente, furioso, dispuesto a coserlo a golpes así fuera un alumno del colegio de mierda. Y es cuando el muchacho aparta el morral, el tolete se le nota abultado, duro, mojando la tela. Eso le congela y hace arrugar la cara.- ¿Qué haces, marica? ¡Tápate tu vaina, degeneradito! –suena asqueado.- ¡No! –brama cuando Tony se acerca, alza una mano y le acaricia el pómulo derecho. El toque es eléctrico, toda su piel se eriza y calienta bajo el tacto de los dedos; se siente tan bien que le asusta más, todo ojos abiertos, notando que los del muchacho parecían más brillantes.

   -¿Alguna vez tu lengua se ha visto cubierta con la leche caliente y espesa de un chico que se corre en tu boca, los dos gemiendo? –le pregunta, suave, tono profundo.

   -¡No! -se horroriza, por las palabras, pero más por la instantánea imagen de sí mismo de rodillas, boca muy abierta, un güevo pulsante bañándole la cara de una esperma caliente y olorosa, su boca llenándose de ella, las papilas gustativas estimuladas.- ¡Yo soy un hombre, carajo! ¡Un macho! –casi gime desesperado. Y contiene la respiración cuando el joven se acerca más, hablándole casi a los labios, bañándole con un aliento fresco.

   -¿Un hombre? ¿Un macho? Esos son los que más disfrutan del sabor de la leche de otros carajos. Y la mayoría, después de probarla, la desean toda la vida. –no sabe de dónde salen esas palabras, ese control sobre sí y sobre él otro. Ese poder. Pero le gusta. Con los dedos le rastrilla el rostro, notando que se estremece, que la respiración se le espesa más.- Esa boquita grosera e insultante se verá magnifica rodeando mi güevo, chupando de él como un becerrito hambriento, deseando saborear hasta la última gota de mi esperma. –parece prometerle, como si ya fuera un hecho. Cómo si no le quedara otro camino que someterse, mamar de su güevo y beber su semen.

CONTINÚA … 3

Julio César.

LOS CONTROLADORES

marzo 2, 2015

…DESGRACIADOS

   Hace tiempo llevaba en este espacio un relato que murió por falta de interés, MEMORIAS DE DESGRACIADOS. El presente lleva tiempo dándome vueltas en la cabeza, de manera algo molesta, debo admitir. Ando un tanto deprimido, pasan muchas cosas malas en este país, y el mundo; sé que suena algo tonto, pero no puedo evitar que afecte mi humor, y esto, drenar un poco, me ayuda. Someto la historia a consideración. Hay seres que son sumamente peligrosos para la estabilidad de otros, los controladores, porque transforman mientras se “alimentan”. La idea es vieja, de los días cuando escribí sobre un grupo de personas con habilidades en una dizque novela que un día presentaré aquí, cuando salga de luchas internas, los RELATOS CONEXOS.

……

BOY HOT

   No sabe cuándo cambió, pero le gustó… ¿y a ti?

……

   Tony Moncada no sabe cómo llegó a ese apartamento, ni siquiera podía enfocar bien los contornos más allá del tío que le montaba. Todo era difuso, como móvil más allá de lo importante, ese culo hambriento que devoraba su güevo. Sabe que está sobre una cama, de espaldas, y que ese hombre joven con rastro de barba en candado, montado a hojarasca sobre sus caderas, salta una y otra vez sobre su pubis, subiendo y bajando un culo totalmente mojado y caliente sobre su güevo erecto que adora las apretadas y succiones que recibe de ese tío que gime bajito, entre dientes. Cree recordar que le había dicho que era heterosexual cuando le tocó pidiéndole que le dejara clavársela. Ahora le ve estremecerse con una lujuria intensa cuando baja, metiéndoselo todo, casi descansando sobre sus bolas, meciéndose de adelante atrás para sentirla mejor en sus entrañas, le ve echar la cabeza hacia atrás, abrir la boca y gritar de manera entregada mientras sube aferrándolo, frotando cada nervadura del ardiente tolete de las paredes de sus entrañas. El sudor le resbala de la frente, le baña el torso, su cuerpo todo parece emitir una leve luminiscencia. Era un hombre joven que estaba gozando de manera indescriptible el cabalgar sobre el güevo ardiente de otro, un tolete que le daba una y otra vez en algún botón secreto que le tenía delirando.

   Clavándole los dedos en las caderas y afincando los talones sobre el colchón, Tony comienza a subir y bajar su pelvis, acompañando los movimientos del otro, empujando su güevo imposiblemente duro y babeante, una y otra vez contra el redondo, pequeño y algo peludo agujero de aquel hombre, que se abre, le permite entrar, llenarle, rozarle. Y sonríe al verle la expresión cuando comienza a cepillarle con más rapidez las entrañas, casi le ve convulsionar entre gemidos, totalmente desesperado por todas las sensaciones que le recorren al ser llenado por un macho, ahora sí totalmente bañado de transpiración. El tolete tieso del hombre pulsa salvajemente, babeando y mojándole el abdomen al caer, las bolas hirviéndole al posarse sobre las suyas. Eso excita tanto a Tony que le derriba de lado, colocándole luego de espaldas sobre la cama, arrodillándose entre sus piernas, elevándole el culo, uno que le furruquea sin detenerse con su palo, adentro y afuera, con todo, con golpes profundo, haciendo gemir el viejo colchón. Se lo clava hasta los pelos y sigue empujándole meciéndole sobre las mantas. Lo saca, halándole los pelos, dejándolo afuera un instante, el tipo viéndolo desde abajo, con el cuello en la cama, ojos brillantes de una suplicante lujuria, y se lo mete otra vez, centímetro a centímetro, mirándole con orgullo, engreído porque sabe que tiene a ese tipito, al presunto heterosexual, a punto de convulsionar de tanto placer, sus entrañas ardiendo como fuego.

   Aprieta los dientes, se la clava toda y se corre con poderosos disparos de semen. Unos que hacen gemir más a ese sujeto, que arquea la espalda, quemado por esa barra que incrementó su temperatura, por esos disparos de algo que le incendia y llena por dentro. Pero ahora algo le pasa, Tony lo nota; sus ojos casi parecen blanquecinos, todo él tembloroso mientras su culo es liberado de esa barra inflamada. Inclinándose sobre él, Tony le atrapa el güevo con la boca justo cuando el otro se corre, con disparos increíblemente abundantes, con un clímax tan intenso que casi parece desmayarse. El joven se bebe hasta la última gota, ojos brillantes. Alimentándose. El otro está como inconsciente. Ninguno de los dos reparando, al parecer, en que del culo desocupado del tío de la barbita en candado no escapa la esperma derramada segundos antes por Tony.

   Es justo el momento cuando el joven despierta sobre su cama, agitado, transpirado, vistiendo sobre su delgado y largo cuerpo únicamente un holgado bóxer de rayitas que le llega casi a las rodillas. Su tolete intensamente duro debajo. Boquea pasajeramente extraviado, entre lo intenso del sueño, de la gratificación sexual que experimentara, y el ahora…

   -Tony, ¿estás bien? –tocan a su puerta. Y traga para serenarse.

   -Si, mamá. Creo que… soñaba.

   -Si, te escuché gritar. Aunque no parecía de miedo. –oye perfectamente que comienza a alejarse.- No vuelvas a dormirte, no puedes llegar tarde a la escuela otra vez.

   ¡Coño!, piensa cruzando un brazo sobre sus ojos. El sueño… no era tal. Una semana antes, toda una semana, había conocido a ese tipo a la salida del Metro y se fue con él. Y le cogió. Le llenó con su güevo caliente, como estaba ahora, se dice mientras se lo soba sobre el bóxer. ¡Y tomó su semen cuando el otro se corrió! Le supo tan… Casi lanza un alarido de rabia e impotencia, sentándose. Lo necesitaba. ¡Le urgía otra dosis!

   ¡Maldito Bartok!

   Sin querer pensar en nada más, abandona el pequeño y atestado dormitorio y entra al cuarto de baño. Se ducha con agua caliente y se masturba, tiene que hacerlo. Le lleva largos y desesperantes minutos. Se corrió… pero no sintió alivio.

   -¡No tomes tanto café! –le reprendió Elvira, su madre, sentados a la mesa.- ¿En serio estás bien? Parece agotado. Y te ves algo pálido. De hecho te ves… distinto.

   -Estoy bien, mamá. –es la clásica respuesta un tanto exasperada.

   Pero la verdad es que si, reparó de pronto Tony mirándose de pasada en el espejo antes de salir. Se veía… como más sólido. Su cutis estaba más limpio de espinillas y manchas. Extrañado se pasó los dedos por los pómulos y mejillas, las cuales raspaban un tanto con una sombra de barba… que nunca había estado allí. Se veía más… acuerpado. Y le gustó. Aunque si, estaba pálido. A los diecisiete años, a punto de terminar la secundaría, siempre se había sentido algo inseguro de su aspecto. Siempre fue muy delgado, su piel era propensa a manchas y grasa, su vista no era muy buena. Y era gay. Todo ello confabuló en su contra en la escuela. Contaba con amigos, pero ninguno en especial, ninguna chica le tenía como “su amigo gay”, contándole cosas, y ciertos aspectos de la intercomunicación humana le fueron negados. Nunca le ha contado a nadie muchas cosas. Se ha guardado demasiado y eso le hizo proclive a la introspección. A la timidez.

   Saliendo a la calle le parece notar que la gente camina como algo lenta, sus voces eran estridentes, sus olores…

   Llega al liceo, el uniforme de pronto sintiéndolo algo ajustado, inquietándose por algunas miradas de muchachas de años inferiores, que le seguían. A él, que nunca destacaba. ¿Qué coño…? Va a su primera clase, sentándose al final del aula, como siempre. Apartado. Como en todo colegio estaban los populares, los estrafalarios, los medios landros y los solitarios por distintas causas. Sin razón aparente, y aunque compartía con gente de tarde en tarde, era uno de los solitarios. Un incidente ocurrido en su primer año de bachillerato determinó todo; después de practicar básquet en la cancha entró a los vestuarios y en el suelo vio un pequeño calzoncillo rojo, tomándolo aunque todo le gritaba que no lo hiciera, fue pillado por otros dos chicos, acusándosele de marica, siendo empujado y echado de allí; teniendo que repetir mil veces que sólo lo encontró e iba a dejarlo en el banco (algo que nadie haría, ¿o si?), esa fue su defensa y se atuvo a ella. Hubo quienes le creyeron, otros no; la duda siempre quedó. No se comentaba ya, eso pasó hace años, pero el cuento aún circulaba de tarde en tarde; o a él siempre se lo pareció. La verdad es que si, quiso tocarlo. Incluso olerlo, preguntándose quién sería su dueño. Desde ese momento se mantenía apartado de la mayoría.

   Practicaba futbolito, pero no miraba a nadie, aunque a veces, por las noches, les recordaba quitándose las franelas, los más acuerpados, deseando ser visos, admirados, exhibiéndose, empujándose unos a otros, tocándose de manera casual, pero que en sus fantasías sexuales se transformaban en algo más. Más de una vez debió emprender una titánica batalla contra las ganas que quedarse mirando un torso joven, largo, cobrizo, esbelto, de pectorales pronunciado, tetillas erectas, el sudor cubriéndolo. Obvio, no compartía las duchas, cosa que si alguien había notado no lo mencionaba.

   Al finalizar los saludos de esa primera hora de la mañana, la risas, los comentarios hirientes de unos a otros, de los populares o fuertes contra otros, de la llegada del señor Pereira, profesor de Física, un sujeto detestable que a veces se burlaba también de sus alumnos, comienza la lección. Tony no se concentra por dos cosas. Una, por alguna razón que ignora, desde asientos delanteros, dos chicas se han vuelto a mirarle, como extrañadas de encontrarle de repente allí, como notándole por primera vez. Una impresión que le incomodaba dentro de su propio pellejo. Lo otro… bien, sentado no en la fila siguiente a la suya, sino en la otra (dejó un pupitre vacio entre los dos), se sienta Mateo Alcántara, uno de los populares; fornido, atlético, cabello muy negro, piel cobriza oscura, alto y guapo, quien usa unos lentecitos finos sin montura que todos dudan no sean más cosméticos que correctivos. Se veía muy bien. Pero siempre ha sido así. Lo que tiene alterado a Tony en esos momentos es que suda, que su pecho sube y baja todavía con esfuerzo. Y es muy consciente de ello aunque nunca ha sido santo de su devoción; dentro del salón era uno de dos o tres que le molestaban.

   Llegando le vio jugando con dos más, con un balón y el aro de básquet, ahora estaba allí. Podía sentirle de una manera casi física, táctil, el sonido de su respiración todavía pesada, intensa, el calor que exhala su cuerpo y que parece llegarle, imagina que si posara una mano en su frente, le quemaría. Y le mojaría, porque Mateo transpira, sólo un poco, una gota resbala de su cabello negro, cuello abajo, y Tony deseó atraparla con su lengua. La idea fue intensa, rápida, poderosa. Se imaginó llegando tras él, medio agachándose y con la lengua recorrer la piel aceitosa y salina. El olor del joven le llena las fosas nasales, alterándole. El güevo responde bajo sus ropas, duro, caliente, palpitante. Intenta concentrarse en lo que escucha del profesor gilipollas, mirando su cuaderno, pero imagina a Mateo en ese salón, él detrás, tomándole los faldones del chemise beige, subiéndolo, descubriendo su abdomen trabajado, sudado, desnudándole de la cintura hacia arriba, recorriéndole con las manos ese torso de una manera que le harían gemir y echar la cabeza hacia atrás, apoyándola en su entrepiernas, sobre su güevo que palpitaría y soltaría sus jugos. Se imagina tomándole una muñeca, elevándole el brazo y enterrando la cara en su axila, olfateando ruidosamente, besándola, los pocos pelos que sabe tiene (se afeita de tanto en tanto) metiéndosele por la nariz. Y finalmente, sacando la lengua, lamer lentamente ese sobaco, recogiendo su sudor, su olor, su desodorante, antes de pegar los labios y comenzar a chupar ruidosamente, viéndole estremecerse, oyéndole gemir de gusto.

   Todo le da vueltas alrededor, todo pierde consistencia más allá de Mateo, y tiene que bajar rápidamente la cara cuando el chico, frente algo fruncida, se vuelve a mirarle. Su sangre hace demasiado ruido mientras circula por sus venas a toda carrera. Los latidos de su corazón tienen que escucharse en todas partes. El güevo le babea, lo sabe, casi percibe un olorcillo untuoso. Cierra las manos sobre el pupitre, luchando titánicamente con las ganas de lanzarse sobre Mateo, derribarle de espaldas en el piso, en medio de todos sus compañeros, y lamerle el cuello, beber su sudor, descubrir su torso y lamer sus tetillas, morderlas con fuerza para hacerle gemir de placer, para que arqueara la espalda ofreciéndoselas. Atrapándole la verga sobre el ajustado jeans desteñido que endurecería también, se la sacaría, tocándola en vivo, subiendo y bajando su puño sobre ella, en medio de los comentarios, risas y gritos de los testigos que llamarían a otros para que vieran. El ojete de ese güevo soltando sus juguitos y…

   -Moncada, ¿le pasa algo? –le impacta la voz del profesor Pereira, todo el alumnado volviéndose hacia él. Quien, todo ojos y controlando la respiración, niega con la cabeza.- ¿Seguro? Póngase de pie. –le ordena desconfiado.

   ¿Ponerse de pie? ¡¿Con el güevo como lo tiene de mojado y tieso?!

CONTINÚA … 2

Julio César.

MEMORIAS DE DESGRACIADOS… (16)

septiembre 8, 2011

…DESGRACIADOS                         … (15)

   Las sorpresas que ocultaba.

……

   Pero a la gente nunca la dejan hacer lo que quiere, y la interrupción llegó en la forma de una llamada a la puerta. Maldiciendo, Matías, todo enrojecido, bañado de babas y de jugo de güevo, así como terriblemente erecto dentro del bikini, fue a ver quién era y qué coño quería ya que no habían dejado de llamar con el puño.

   -¡Ya, carajo! –gritó abriendo, siendo recibido por un puñetazo que lo envía hacia atrás, con un grito, mareándolo, cayendo de culo.

   -¿Qué coño…? –brama el carajo de las pizzas, quien en cuanto oyó la llamada escondió su güevo, viendo al sujeto maduro, de aire acerado, que sonríe con una mueca de asco.

   -Lárgate. –le ordena este.

   -Nada de eso, ¿quién…? –inicia, echándosele encima, para ser recibido por un pie del sujeto.

   Es un movimiento simple y hasta hermoso. El hombre alza un poco la pierna, la lleva tras la pierna del repartidor y hala con fuerza; el repartidor cae de culo también, para ser pateado, duramente, en las bolas, que al estar hinchadas de semen por la mamada que le daban, le hace gritar ahogado.

   -¿Quién es usted? –jadea Matías, asustado por primera vez en su vida, sin levantarse todavía del piso.

   -Tenemos que hablar, amiguito… -responde el tipo maduro, volviéndose hacia el repartidor.- Agarra tus bolas y sal de aquí antes de que te las machuque con el tacón. –es una amenaza fría y el sujeto, tembloroso, bañado en sudor y adolorido, se medio arrastra hacia la puerta.

   Mierda, piensa Matías, estaba a solas con ese loco. Tal vez…

   -Eres duro, eso me gusta. –sonríe mórbido.

   -Y tú una basura asquerosa. –responde el otro, atrapándole el cabello en un puño, alzándolo, haciéndole gritar y arrojándole de culo en el sofá.- Tenemos que hablar de tu amigo Rosendo Murzi, y de algo que él te entregó.

   -Yo no sé… estaba drogado y no recuerdo nada. –grita agudo, asustado por primera vez en su vida.

   El sujeto le mira fijamente, irguiéndose frente a él. El feo puñetazo le impacta en el pómulo derecho y le deja viendo oscuro. Con un grito cae hacia atrás y termina gimiendo lastimeramente.

   -¡Silencio! –ladra, acercándosele y Matías Galindo casi se ahoga tragándose sus gemidos; caído de espaldas se arrastra, de culo, contra el sofá, deseando meterse bajo él. El tipo le mira fijamente.- ¿Cuántos años tienes?

   -Dieciséis.

   -Y ya tan puto. –ladra con disgusto.- Óyeme bien, pedazo de mierda, aquí no rigen las leyes sociales que pueden protegerte ordinariamente. No soy tu tío maricón que puede sacarte de una celda con argumentos seudo legales. No soy tu madre que siente debe quererte y protegerte a pesar de todo. –se inclina un poco.- Yo puedo enterrarte un cuchillo en las bolas, provocándote un dolor horrible, y retorcértelo dentro por horas, hasta que me cuentes lo que quiero y luego dejarte aquí a que te mueras. Nadie va a tocarme. No por ti. No por lo que estoy buscando. ¿Entiendes? –esa férrea mano le atrapa el cuello y aprieta, y Matías casi se orina de miedo.- Te lo preguntaré una vez más… ¿qué pasó con ese sobre que tu amigo, ese otro maricón de Murzi, te dio antes de que… alguien le lavara el flux?

   Matías quiere contestar. En serio. Pero tiene tanto miedo y su mente está tan llena por el zumbido de su sangre que no puede. La mano se cierra más, mientras el sujeto busca algo en la parte trasera de su pantalón. Una navaja delgada y pequeña, unos ocho centímetros de hoja, brilla siniestramente cuando recibe un rayo de luz. Y Matías ahora sí se orina.

   -Yo… yo estaba en casa de Alicia. En una fiesta. Y tenía el sobre, luego no. Lo perdí allí. –jadea entrecortadamente, temblando feo.- No me haga nada, señor, por favor… -y lloriquea amargamente. Rosetti le suelta como si apestara.

   -¿Alicia qué?

   -Rumano. Alicia Rumano.

   -Por tu bien espero que estés diciendo la verdad. –se endereza en toda su estatura.- Debería hacerle un favor al mundo y terminar de joderte, pero no lo haré, por ahora. Te aconsejo que no le cuentes esto a nadie. Verás, una denuncia así no llegará a ninguna parte; aún si me detuvieran y encerrarán, una noche te encontrarás con unos tipos que te cortaran las bolas y la verga y te las meterán en la boca mientras te desangras. Y eso dalo por hecho si me estorbas. –guarda la navaja, sin decirle que le deja porque si no encuentra el sobre donde la tal Alicia, volverá.

   Se marcha, cerrando cuidadosamente la puerta y Matías se abraza y tiembla violentamente, sollozando. Dios, tiene tanto miedo, ¿quién era ese tipo que hablaba con tanta seguridad sobre mutilar, lastimar y matar? ¿En qué coño se había metido Rosendo Murzi? Cierra los ojos  y deja caer la cabeza contra el sofá.

   Se siente… violado.

……

   Sandy (nacido Andrés), jadea mientras corre gimiendo y agitando sus manos de uñas largas nacaradas de rojo. La ceñida mini falda y los tacones le impiden al joven travesti correr con la velocidad que desea para escapar del perro. Su tez morena brilla de transpiración, también de miedo, cuando se vuelve a mirar la entrada de la calleja tras varios restoranes de mala muerte en San Agustín, tierra de prostitutas, putos y travestis (aunque ellas/ellos menos queridos que todos los demás).

   El auto cruza, es una camioneta nuevecita donde se ven los logos dela Metro, con el lema “servir y proteger” en una puerta que se abre al llegar a su altura, golpeándole feamente, haciéndole gritar, perder el paso y cae sobre unos cubos de basura que se derraman. El auto se detiene y Sandy intenta ponerse de pie, arrojando lejos los tacones (que por ahí debió comenzar), despatarradamente, sin cuidarse de dejar ver sus rojas pantaletas tangas. No había tiempo para el cuidado y recato femenino. Debía escapar del perro.

   Un portazo le indica que este ya está cerca, así que grita toda maricona, en cuatro patas, intentando salir disparada. Casi lo logra, dejando bolso y tacones cuando una mano enorme atrapa su cabello negro rizado y abundante, halándola feamente hacia arriba y atrás. Grita de dolor y sorpresa, cuando queda tambaleándose de pie, casi sentada sobre la capota de la camioneta.

   -¡No me la ensucies con tu culo vicioso! –ladra una voz masculina, cargada de desprecio, y que le hala nuevamente por el cabello, lastimándole.

   -¡No! –gimotea con el rostro distorsionado por el mido.

   Reinaldo Cortéz, un policía enorme de anchos hombros, muslos musculosos y brazos fornidos, tórax recio y rostro atractivo en su viril rudeza, le mira entre divertido y… había algo más en sus ojos que siempre era difícil de entender, pero no era nada bueno. El hombre era una basura, así de simple. Era un tipejo vestido de azul (aunque se veía del carajo con el uniforme de policía), que abusaba de su autoridad. Aprovechando la hora de almorzar había dejado al compañero en el centro Lido, para que mirara como marica a la distancia a una chica que le gustaba pero con quien no intentaba nada, mientras él iba a cobrar protección y peaje. Si una puta, puto o tranx, quería transitar por ahí, debían pagar. Y cobraba con furia y presteza. Pero sólo con los vividores del sexo. No se metía con malandros o drogadictos, esos podían joderle, pero a nadie parecía importarle que asediara a los trabajadores sexuales.

   El agente era violento, cruel, corrupto y miserable. No dudaba en halar bolas a los jefes si eso le ayudaba a subir, o denunciar a otros para salvarse. Estaba decidido a hacer una pequeña fortuna y dejar el cuerpo, pero no aún. Necesitaba de… sus otros jefes para establecerse; y ya estaba ganándose su espacio. Por eso persiguió a Sandy, porque le debía. No pagó y se le escondía. Dejarle hacer como quisiera podría costarle prestigio y respeto, por eso la aleccionaría. Bueno, también porque le excita. No los maricas o los transexuales. Lo que le gusta es…

   Le golpea el estómago. Sandy grita ahogada, para recibir en seguida un derechazo al rostro, cayendo sobre la capota, cosa que le molesta al policía. Gritándole cuidado con la carrocería, perra, le agarró del cabello, halándole violentamente. Algunos mechones quedaron en su mano. La oye gritar, la ve llorar de dolor y miedo y la abofetea una y otra vez, de una mejilla a la otra, sosteniéndola por el cabello. Están muy cerca, quiere sentir su miedo, su angustia, cada jadeo de desesperación. Cada cachetada de su mano grande contra la oscura piel es más gratificante.

   Lo hace una y otra vez aunque ella/él grita que basta, que la perdone, tambaleándose. ¡Paff! El sonido era seco, y cada bofetón que propinaba era seguido de una oleada de lujuria que le llenaba. Quiere partirle el labio, oírla lloriquear como una mujerzuela débil, hacerle sentir su fuerza, su poder. Su hombría. Le grita llamándola sucio marica, que no era nada, que era sólo sucio, mierda de perro, que debía entender su lugar, la puta a la que le llenan el culo de güevos y que paga por protección, que la próxima vez que no pague se busca a unos convictos para que le rompan el culo metiéndole dos güevos a un tiempo, mientras le arrancan los pezones a mordiscos y se le orinen en la boca.

   Habla y golpea. Oírla gemir, lloriquear, ver la sangre manar ahora de su boca y nariz, le tiene a punto de correrse dentro del ajustado uniforme. De un empujón la obliga a caer nuevamente sobre la basura. Jadeando, contento, toma el bolso y saca todos los billetes. Son pocos. Eso le molesta y le suelta una patada en un costado, sonriendo.

   -Trata de no retrasarte, perra; estas cosas me duelen más a mí que a ti. –se burla, arrojando lejos la cartera.

   Sube al auto y arranca con velocidad. Y alguna luz debió encenderse en la cabeza de Sandy, antes Andrés, que apartó las piernas, recogiéndose contra los botes, viendo como las llantas cruzan por donde estuvo echada hasta hace un momento. El auto se aleja y ella/él, llora. De rabia y miedo. También de dolor.

   Por su parte, Reinaldo sonríe divertido. Está caliente. Se buscará a una hembra de verdad, una sucia puta como lo son todas las mujeres, y se la clavará duro por el culo para hacerla gritar. Tal vez le de uno que otro toque técnico en la cara, para que siempre recuerde su lugar.

……

   El Doctor espera sentado en una celda. Parece tranquilo, con mirada serena encara a los uniformados que pasan y ríen, sabiendo cómo le atraparon. Valente Fernández se detiene frente a las rejas. Los dos hombres se miran.

   -Buenas tardes, mi nombre es…

   -Sé bien quién es, doctor Fernández. –responde el otro, entrecerrando los ojos.- Ahora entiendo…

   Y por un segundo Valente se desconcierta, cosa que no le ocurre muy seguido. Esperaba “tratar” con un hombre avergonzado, incómodo por haber sido pillado metiéndole mano a un prostituto, no imaginó que le encontraría tan sereno.

   -¿Entiende?

   -Si. El por qué la policía realizó esa sui generis redada. Imagino que el comisario Gutiérrez es amigo suyo y le ayudó. Es… bueno saberlo.

   -Oiga, creo que no comprende bien… -se altera, la cosa no iba como esperaba cuando urdió la trama. El Doctor se pone de pie, sereno.

   -¿No? Es el tío de Matías Galindo, un jovencito alocado que se ha colocado en una situación delicada en lo referente a una investigación de homicidio. O eso me han dicho, desconozco todo de su vida. Pero, usted, esta tarde vino a ver al comisario que lleva el caso, y… ¿qué? ¿Le pidió a su amigo que interceptara su llamada y me ubicara? ¿Pretendía detenerme… en delicada situación y hacerme “favorable” a su punto de vista? ¿Qué desea? ¿Qué a su sobrino se le deje en paz? Creo que… -mira su reloj.- …A estas horas ya se habló con el.

   -Si lo tocaron… -enrojece de furia y preocupación. Ese hombre era extraño, no podía clasificarlo, pero él era bueno tratando con gente dañada.- Mire, amigo, si le tocan, se arrepentirá. Usted es un ginecólogo de fama, doctor Torcatt, imagino que no quiere verse…. ¿cómo decirlo?, metido en problemas sensacionalistas.

   -Oh, no, doctor Fernández, eso no funciona conmigo. No tenemos ningún interés en su sobrino, más allá de que tuvo en sus manos cierto sobre. Si lo recuperamos y él no estorba, nada le ocurrirá. –sus ojos relampaguean.- Ahora que en lo referente a usted y su amigo el comisario Gutiérrez… -deja flotar las intensiones.

   -¡No me amenace! Ni a él. No querrá vérselas conmigo.

   -Lamento decirle que quien pifió en este asunto fue usted. –calla cuando un muy serio Salvador Gutiérrez se acerca. El Doctor sonríe al abogado.- Creo que esta conversación acabó por ahora.

   -Oiga…

   -Déjalo, Valente. –dice el policía, lívido y controlado, abriendo la celda.- El Doctor se va.

   -Tardaron bastante. –es cortante mientras sale y se detiene.- Espero que los señores Marcano y Laredo también hallan sido dejados en libertad. Y que este pequeño incidente no transcienda de ninguna manera.

   -Así es. –aclara el policía, mientras Valente le mira con la boca abierta. El Doctor le mira fríamente.

   -Ya nos veremos. –y se aleja.

   -¿Qué coño fue todo esto? ¿Por qué le dejas ir así? –se molesta Valente.

   -La orden vino del Ministerio. Ni siquiera sé cómo lo supieron. Nadie llamó, ni siquiera él, pero hace media hora que estoy recibiendo leña por teléfono. –bota aire.- Joder, ¿en qué problema me metiste?

   -No estoy seguro. Aunque parece que el viejito libidinoso es más interesante de lo que parecía a simple vista. –saca el teléfono móvil y marca.- ¿Matías? –hay una pausa.

   -¿Tío?

   -¿Ocurrió algo? ¿Estás bien?

   -¿Cómo carajo lo su…? –el muchacho se sorprende.- Vino un sujeto a… interrogarme. Un cincuentón medio panzón, de cara, pelo y voz acerada. Parecía policía. Me… golpeó. Pero estoy bien. –asegura rápidamente, callando lo que tuvo que contar.

   -Bien. Hablamos luego. –coño, debió ser Rossetti; mira al policía.- ¿Quiénes coño son estas personas?

   -Ni idea.

   Un recuerdo se filtra en la mente del abogado. Uno que logra trazar un profundo surco en su frente. Mario Giorgio… ¿será qué…?

……

   Un enorme y elegante auto, blindado y oscuro se desplaza por las calles de Caracas rumbo a Las Mercedes. Tres hombres comparten la parte posterior. Dándole la espalda al chofer, se encuentran el detective Alberto Rossetti, muy ceñudo y preocupado; a su lado está el uniformado Reinaldo Cortéz, sereno y algo displicente. Frente a ellos, temblando de rabia todavía, está el Doctor.

   -No puede culparme de esto. –se defiende, entre bravucón y obsequioso, Rossetti.

   -¡Tú me llamaste! –exclama el otro, mirándole de manera salvaje.- ¿No te extrañó que Valente Fernández fuera a hablarte de su sobrino? A mí si, cuando me lo contaste. Me pregunté el por qué lo haría. –se echa hacia delante y luego ruge.- ¡Lo hizo para rastrear tu llamada hasta mí!

   -No podía saber, como no lo sabía yo, que usted estaría… -enrojece violentamente. No le gustaba ser vergajeado por nadie, pero él conocía bien al infernal e infame Doctor. Mejor que mucha otra gente.

   -¡Imbécil! Él tan sólo deseaba saber quién podía estar interesado en lo que el muchacho escondía. El pillarme debió ser una manera de asegurarse mi “buena voluntad”, y de eso se encargó alguien más. –masca las palabras, mirando a Cortéz.

   -No podía adivinar que se trataba de usted. El comisario Gutiérrez me pidió rastrear un número, no sabía que era el suyo. Quería estar en la buena con él, ya vienen las evaluaciones.

   -¿No será que lo hiciste para que se lo piense mejor cuando investiguen tu cobro de protecciones? –achica los ojos el Doctor. El otro se tensa y luego sonríe.

   -Todos somos hombres de negocios. Y todos nos hemos cubiertos las espaldas.

   Parece decirlo al voleo, pero tanto el Doctor como Rossetti se tensan imperceptiblemente.

   -Quiero… neutralizar a Fernández. –señala el Doctor; cuando los otros cruzan una mirada, aclara rápido.- No… matarle. Él juega cierto papel en un pequeño drama que se está montando. Tan sólo deseo… llenarle de tanta mierda momentánea que no tenga tiempo para mí.

   -Es fácil. Conozco a ese sucio maricón. –sonríe con burla Reinaldo Cortéz, como olvidándose de con quien habla (el Doctor oprime los labios, Rossetti se pregunta si no estará drogado).- Déjemelo a mí.

   -Espero resultados. ¿Y el sobre? –el más viejo se vuelve hacia Rossetti.

   -Tengo una buena pista.

   -¿Qué hay en el fulano sobre? –se intriga Cortéz.- ¿Drogas? ¿Una lista de clientes ricos? ¿Una relación de traficantes?

   -Ojalá fuera algo tan inocente como eso. –suelta aire el Doctor, diciéndolo casi como sin desearlo, mirando a través de la ventanilla ahumada. Muy preocupado. Sí no tenía cuidado…

……

   Parece que, al fin, comienza la historia.

CONTINUARÁ… (abandonado por falta de interés del público)

LOS CONTROLADORES

Julio César.

MEMORIAS DE DESGRACIADOS… (15)

junio 10, 2011

…DESGRACIADOS                         … (14)

   Quiere… cariño.

……

   La sede central de la policía científica en Parque Carabobo, estaba llena como siempre. Venezuela era un país cundido de problemas de seguridad, por decirlo caritativamente, y de la mayor incompetencia gubernamental a la hora de enfrentar dichos problemas. Mucha gente ya sospechaba una estrecha complicidad entre varios santones del régimen y las fuerzas del hampa. De otra manera era incomprensible tanta imbecilidad y mal manejo. Y no porque las policías fueran totalmente ineptas, de tarde en tarde, cuando se lo proponían y la víctima del delito era más o menos conocida, resolvían un caso, para sorpresa de todo el mundo.

   Valente Fernández, elegantemente trajeado, viéndose realmente alto, fuerte, varonil y sensual, cruza la recepción, seguido por miradas de interés, tanto de féminas como de chicos un tanto… delicados, que aunque nunca habían enfrentado ciertos asuntos, intuían que ese carajo era capaz de darles lo que necesitaban. Cosa en la que no se equivocaban.

   El hombre encuentra, sentado sobre su escritorio, con aire ausente, a la persona que busca. A su amigo Salvador Gutiérrez.

   -Un centavo por tus pensamientos. –dice al acercarse, sobresaltándole.

   -Épale. –el otro compone una sonrisa, tendiendo la mano, sonriendo. Pero Valente le estudia.

   -¿Ocurre algo en la cueva con la leona? –nunca ha sentido muchas simpatías por Nora, y de corazón piensa que el peor error que ha cometido Salvador en su vida fue casarse con ella.

   -No, todo bien. –sonríe más, encogiéndose de hombros. Sin engañar al abogado. Lo sabe, ¡era Valente un carajo tan difícil! Con una mano señala un mesón donde una cafetera vieja se deja ver. Se encaminan hacia ella.

   -¿Qué haces por aquí? –se intriga Salvador después de servir dos vasitos plásticos con el negro brebaje.

   -Carajo, ¿no pueden encontrar vasos más chicos? –se queja Valente. Como buen venezolano le encanta el café. Negro y algo amargo. Y definitivamente no en ese vasito que parece dedal de uña.

   -Economías, Fernández, ¿no has oído que el país está quebrado? –sonríe Salvador, mirándolo. Valente prueba el café. Malo, por supuesto, y le sonríe.

   -¿No puede un carajo llegar donde un amigo y saludarle?

   -No si ese amigo que visita, eres tú.

   -Idiota. –medio ríe Valente, formándosele arruguitas alrededor de los ojos, y de una manera totalmente no gay, Salvador reconoce que ese sujeto es peligrosamente atractivo.- Bien, si, estoy interesado en cierta información. Un chico que apareció muerto. Rosendo Murzi. –Salvador le mira fijamente.

   -¿Es personal o laboral?

   -¿Habría diferencia?

   -Ese chico parece que se involucró en algo malo. De entrada te digo que no fue suicidio, a menos que fuera uno particularmente complicado e imaginativo. Estaba de cabeza en un bote de basura y le dispararon cuando estaba allí.

   -Vaya. Debió estar bien asustado.

   -Mucho. Se ensució encima. Cómo maldijo el forense. El, o los asesinos, se divirtieron antes… encontramos impactos de balas en el bote que no le alcanzaron. O era para interrogarle…

   -O para torturarlo. O una mezcla de ambas cosas. –frunce el ceño Valente. Una imanten peligrosa va conformándose en su mente. Un psicópata.

   Y el idiota de su sobrino estaba metido en todo ello.

   -Cómo sea, no te será fácil meter las narices.

   -¿Por qué lo dices?

   -Rossetti lleva el caso. –responde, mirando hacia el piso. Esa mañana le costaba concentrarse en todo, y todo por culpa de su joven cuñado. Esa mañana…

   -¿Se puede saber qué coño tienes que pareces un tanto ido hoy? ¿Nora te confesó que te monta los cachos con todos? Amigo, te lo habría dicho, pero…

   -¡Guevón! –lo corta, sin molestarse, pero toma aire.- No es nada.

   -Bien, déjame hablar con Rossetti. Lástima que ese mojón esté llevando la investigación. Es tan… Amigo, voy a necesitar un favor.

   -Ah no, si es lo que estoy pensando, te jodiste, abogaducho.

   -Vamos; mira que muchas veces te he cubierto.

   -¿Cuándo? –demanda.

   -¿Recuerda esa cabaretera que decía que eras el padre de su muchacho? Yo la hice desistir de irle con el cuento a Nora, quien te habría capado con la tapa de una lata oxidada.

   -¡Ese muchacho no era mío! ¡Era asiático!

   -Ah, claro, la verdad, bonito te iba a ir contándola; cómo si eso habría servido para algo si esa mujer hubiera decidido ir a Globovisión y contar la historia del policía acosador. –sonríe burlón.

……

   Dentro de una pequeña oficina que más parece cubículo, el comisario Alberto Rossetti termina de hablar por teléfono. Es un hombre cincuentón, alto, de ralo cabello algo canoso, de panza un tanto abultada, aunque nada en él da apariencia de suavidad o flacidez. Al contrario, su rostro serio, mandíbula cuadrada y ojos cargados de desden, sospecha e inteligencia, le hacían formidable.

   -Adelante… -permisa sin alzar la vista cuando alguien llama a su puerta. Valente entra y el otro le mira con acritud.- Fernández… ¿no te equivocaste de lugar? Si buscas los sanitarios para dar mamadas…

   -Rossetti… -finge una risita, manos en los bolsillos del pantalón, viéndose próspero, seguro de sí, y sexy, lo sabe aunque intuye que eso no afecta al policía. Es un rudo heterosexual, o alguna vaina parecida. Bien, él había domado a varios así, pero algo le decía que con este, fallaría.- Ya veo por qué tus ex esposas te aguantaron hasta seis meses después del matrimonio antes de pedir la separación, contigo todo es diversión.

   -Cómo si supieras de mujeres. –es la pronta réplica, sin animosidad real. Al policía ese carajo le desagrada y punto, no le odia.- ¿Vienes por algo o tan sólo para mostrar tu ingenio de piano bar frecuentado por marineritos borrachos? –le señala una silla frente al escritorio.

   -Es sobre el asesinato de Rosendo Murzi.

   -¿Y tú qué interés tienes en eso? Eres abogado de ricachones, ¿no? Esa ratica no tenía donde caerse muerto.  –le estudia.

   -Es… Era un conocido de la familia. Quiero saber cómo van las investigaciones y sí ya tienes algún nombre relacionado con el caso… -alza rápido las manos.- No quiero nombres, sólo saber que tienes algo.

   Rossetti le estudia y deja caer el lapicero que tenía en la mano.

   -No, no puedo ni voy a decirte nada. Y ahora que recuerdo… tienes un sobrino todo putico, drogo y loquito, ¿no? Más o menos de la edad de Murzi… de quien era curruña. –Valente se tensa.

   -Si… se conocen… se conocían, pero…

   -¿Qué es esto, Fernández? Me parece extraño que vengas a hacerme pregunta a mí, sabiendo que nada te diré y que haré la conexión entre la víctima y tu sobrino. Sabes que no se ha descartado el móvil de una lucha entre drogadictos, ¿verdad?

   -Rossetti…

   -Creo que es mejor que te vayas.

   Se estudian, pétreos. Valente bota aire y se pone de pie.

   -Gracias, por nada. –y sale, sin reparar en la mirada curiosa del policía ni en su sonrisa burlona.

   Claro que mientras Rossetti toma un teléfono y marca, tampoco repara en la leve mirada que Valente le lanza. Ni es su sonrisa de triunfo.

   -Oye, soy yo. Si, carajo, yo. –gruñe.- Hay un nombre que no hemos considerado, un mariconcito al que vale la pena llegarle. Matías Galindo. –lee el policía en una carpeta.

……

   -Wilfredo, por favor… -Larry Marcano tiembla violentamente frente a la puerta del bonito penthouse.

   Hace apenas una hora se disponía a almorzar saliendo de la oficina cuando el cuñado le llamó diciéndole que tenía trabajo. Botando aire, rindiéndose, aceptó. Sabía que no tenía caso luchar contra el cruel hombre joven.

   -Deja la lloradera. Sabes que el Doctor paga muy bien… le encanta tu dulce culo.

   -No, no lo haré. No con ese tipo. –traga, con angustia y rebeldía. El bofetón no se hace esperar. Es más humillante que doloroso, es un recordatorio para el rubio de cuál es su lugar.

   -¡Mira lo que me haces hacerte!

   Wilfredo, sonriendo para sus adentros al notar la rendición en la palidez y temblor de su bonito cuñado, llama suavemente a la puerta. Se oye un “adelante”. Larry traga saliva. La habitación es un acogedor, iluminado y hermosos apartamentico con un enorme ventanal que lo baña todo de luz. Un hombre sesentón, bajito, de cabello escaso, entre cano y negro, peinado hacia atrás, nariz algo bulbosa y con pequeña verruguitas, ojos agrandados por unos anteojos, algo acuosos, panza albo visible y bastante ajado dentro de un feo traje gris, les sonríe.

   -Wilfredo. –y sus ojos viciosos van hacia el catire.- Larry, siempre tan… -y traga saliva, codicioso.

   -Se cuida para usted, Doctor. Siempre me pregunta cuándo le llamará otra vez. –se burla Wilfredo.

   -Oh, gracias. Y eres tan hermoso. –casi traga el hombre, alzando sus manos arrugadas y manchadas, algo temblorosas, atrapando el joven rostro, acariciándole con sus pulgares.

   Larry se estremece, y no de lujuria, esas manos son frías, le atrae e intenta besarle con esa boca de labios secos, con su aliento algo agrio, apestando. Larry aleja el rostro aunque el hombre le atrae y susurra un “vamos”.

   -No, nada de besos. –corta Wilfredo, posesivo.

   -Quiero probar esos labios de fresas… te daré el doble. –ofrece al cuñado. Este mira al aterrorizado catire.

   -Okay.

   Y Larry va a decir algo, a quejarse o discutir, cuando esa boca fría, con aliento metálico como a acidez estomacal, atrapa la suya. La lengua babeante roza la suya y casi siente nauseas mientras ese tipo chasquea y chupa de su boca. El doctor recorre con sus manos ahora el cuerpo firme y joven sobre el traje caro.

   Pero eso no es todo, el viejo le arroja de culo sobre un sofá, e indiferente a que Wilfredo se sirve un whisky y toma asiento en un sillón, mirándoles, se inclina frente al joven, sonriendo (babeando un poco), mientras le acaricia los firmes y musculosos muslos, abriéndole el cinturón y el pantalón. Jadeando, rojo de rabia, vergüenza y humillación, Larry le mira… y no le encuentra para nada agradable. El hombre le urge y el joven, suspirando, se pone de pie, el pantalón cae y debe subirse los faldones de la camisa y el saco, mostrando una ridículamente chica prenda interior, una tanga atigrada donde su miembro abulta.

   Los ojos lacrimosos del Doctor brillan, lujuriosos. Pero también Wilfredo se estremece al reparar en lo realmente bien que se ve el marido de su hermana con la fulana prenda. Él se la compró. Atrapándole los muslos, gimiendo, el hombre mayor entierra el rostro, besando y lamiendo la piel fuera de la tanga, frotando el rostro de la prenda, gozando el pase contra el miembro.

   Larry tiene los ojos fieramente cerrados, echado nuevamente sobre el sofá, sin pantalones, con la breve tanga enrollada en un tobillo, esa pierna está extendida y llega al piso, el otro pie descansa sobre el sofá, mientras el Doctor lame y traga repetidamente ese blanco güevo que no termina de ponerse duro. Pero aún así lo chupa, con unos chasquidos realmente feos, mientras el joven, con el corazón palpitante, debe soltar unas cuentas gotas que orina que el hombre recibe con gruñidos de gusto mientras las traga. Es una de las mil cosas que le disgustan del Doctor, el que deba orinar en su boca cuando terminan. Mientras le chupa, un dedo del sujeto juega con la entrada de su culo, frotándolo. La punta recorre el redondo anillo, sin penetrar, alisándolo, halándolo, casi dando golpecitos contra él.

   Larry no desea sentir nada, pero ese dedo…

   Entra lentamente, suave, como cuchillo caliente cortando mantequilla, y por primera vez Larry se estremece. La tocadera a su dulce botón producía los efectos esperando. Se tensó y alzó un tanto el culo, meciéndolo aún contra su voluntad, mientras la mirada vidriosa de Wilfredo no perdía detalle. Verle estremecerse y gemir mientras dos dedos ahora, le entraban hondo, tijereando. Sabía que, técnicamente, Larry no era gay, pero ya no podía escapar al control que su propio cuerpo ejercía.

   Es cuando se oyen unos rudos toques a la puerta… desconcertándoles a todos.

   -¡Abran, la policía! –ladra una voz autoritaria, un segundo después la puerta estalla y tres hombres entran, dos de ellos uniformados de azul, armas en manos. Un tercero, entre ellos, vestido de paisano.

   -Pero ¿qué coño…? –ladra el Doctor, lívido, poniéndose de pie. Wilfredo y Larry, por otra parte, están pálidos y temblorosos.

  -Señores, no es lo que… -tartajea Larry.

   -No tienen ningún derecho a entrar así. –brama el viejo, con dominio sobre sí. Extrañamente indiferente a ver sido pillado mamando un güevo y con dos dedos metidos en el culo de otro carajo.- ¿Quién es usted y qué busca?

   -Soy el comisario Salvador Gutiérrez. –responde el paisano.- E investigamos una denuncia por prostitución. Y me temo que todos tendrán que acompañarme a la jefatura. Y tú, amigo, vístete.

   -Oh, por Dios. –gime Larry, rojo de vergüenza, deseando morirse al imaginar el escándalo que viene.

……

   Matías Galindo no fue al colegio esa tarde, después de perder toda una mañana intentando recordar qué hacía semanas atrás (o dónde botó el maldito sobre que le entregó el difunto Rosendo), regresó a la casona para entretenerse. Esperaba encontrarse con papi (como mentalmente le decía al padrastro), pero este, cosa desacostumbrada, no estaba llevando sol en la piscina vistiendo únicamente un bikini caliente. Algo decepcionado, aunque pícaro, entró al cuarto de su madre, y después de olisquear un poco un calzoncillo de papi, tomó uno de sus bikinis y se puso a llevar sol. Aunque menos fornido que el padrastro, el muchacho se encuentra con que esa vaina tenía bastante poca tela. Sonriendo no pudo dejar de sobarse sobre la tela, sintiéndose sexy y putón, como todo hombre que usa una tanga o un bikini y está a solas.

   Muerto de hambre, media hora más tarde, pidió una pizza, que llegó treinta minutos después, aunque se supone que llegaría en diez, aunque quedó olvidada sobre una mesa. El carajo que la entregó era un bachaco alto y fornido de piel oscura y cabellos ensortijados, que lo recorrió con la vista cuando abrió la puerta. Matías lo notó, aunque hizo la prueba de reglamento… inclinándose como para buscar el dinero caído, levantó sus nalgas redondas medio cubiertas con el bikini, y el otro sujeto debió entender cabalmente porque pronto estuvo sobándole esas nalgas antes de pegarle el entrepiernas, con la barra dura bajo el jeans, contra el culo, frotándose como si le cogiera.

   El depravado jovencito no tenía ninguna intención de ser cogido, a él sólo le iba la caza, coger y domar héteros, pero sí se permitió darle una buena mamada al sujeto en plena sala de la casa de su madre. De rodillas, con los labios muy rojos y húmedos, subió y bajó sobre la gruesa tranca que botaba líquidos, calorones y temblores mientras la chupaba, tragando cada bocado con ganas. Su lengua, mientas la lamía, sonriéndole, era cálida, babeante y viciosa, y el sujeto de las pizzas, todo tenso y duro de las ganas, imagina que ese cerdito debía ser bien guarro.

   Pero a la gente nunca la dejan hacer lo que quiere, y la interrupción llegó en la forma de una llamada a la puerta. Maldiciendo, Matías, todo enrojecido, bañado de babas y de jugo de güevo, así como terriblemente erecto dentro del bikini, fue a ver quién era y qué coño quería ya que no habían dejado de llamar con el puño.

   -¡Ya, carajo! –gritó abriendo, siendo recibido por un puñetazo que lo envía hacia atrás, con un grito, mareándolo, cayendo de culo.

   -¿Qué coño…? –brama el carajo de las pizzas, quien en cuanto oyó la llamada escondió su güevo, viendo al sujeto maduro, de aire acerado, que sonríe con una mueca de asco.

   -Lárgate. –le ordena este.

   -Nada de eso, ¿quién…? –inicia, echándosele encima, para ser recibido por un pie del sujeto.

   Es un movimiento simple y hasta hermoso. El hombre alza un poco la pierna, la lleva tras la pierna del repartidor y hala con fuerza; el repartidor cae de culo también, para ser pateado, duramente, en las bolas, que al estar hinchadas de semen por la mamada que le daban, le hace gritar ahogado.

   -¿Quién es usted? –jadea Matías, asustado por primera vez en su vida, sin levantarse todavía del piso.

   -Tenemos que hablar, amiguito… -responde el tipo maduro, volviéndose hacia el repartidor.- Agarra tus bolas y sal de aquí antes de que te las machuque con el tacón. –es una amenaza fría y el sujeto, tembloroso, bañado en sudor y adolorido, se medio arrastra hacia la puerta.

   Mierda, piensa Matías, estaba a solas con ese loco. Tal vez…

   -Eres duro, eso me gusta. –sonríe mórbido.

   -Y tú una basura asquerosa. –responde el otro, atrapándole el cabello en un puño, alzándolo, haciéndole gritar y arrojándole de culo en el sofá.- Tenemos que hablar de tu amigo Rosendo Murzi, y de algo que él te entregó.

……

   Son como muchas interrupciones, ¿verdad? ¿A quién se enfrenta Matías? ¿Y qué es lo que quieren de él, sino es su culo? ¿Qué le espera a Larry ahora que todo está por saberse?

CONTINUARÁ … (16)

Julio César.

MEMORIAS DE DESGRACIADOS… (14)

febrero 25, 2011

…DESGRACIADOS                         … (13)

   Lo bueno estaba por llegar…

……

   El muchacho casi llora de decepción cuando esa boca sube, lenta, deformada por su verga, hasta dejarla libre, brillante de saliva y jugos, pero rápidamente es atrapada en un puño que lo masturba, mientras ese aliento cae sobre sus bolas que se contraen en el saco, de gozo anticipado. Esa lengua las recorre, las moja, esa boca las besa y chupa, y es casi doloroso de lo delicioso que es. Martín gime que sí, que se coma sus bolas, mientras agita sus caderas para lograr una masturbada más a fondo. Sin embargo su cerebro se congela.

   -Épale… -lanza un gemido de advertencia.

   La boca de Valente deja sus bolas, y esa lengua flexible, semi enrollada, choca de la entrada de su culo. Eso es tan prohibido para un heterosexual, que Martín casi logra ponerse de pie. Pero tan sólo puede gritar, agónico, sorprendido… y excitado, cuando esa boca se cierra sobre su culito, besándolo, chupándolo, metiéndole esa lengua caliente y móvil que repta como una serpiente. Grita cuando siente que su esfínter, tembloroso, deja pasar la calida, babosa y enloquecedora lengua. Sentir ese calorcito húmedo le hace ver estrellas.

   Esa lengua lo coge una y otra vez, y se estremece. No debería dejarle hacerle eso. Está mal. No es de hombres… ¡pero se sentía tan bien! Estaba tan excitado que únicamente podía estremecerse. Las mejillas del otro rozan sus nalgas, la lengua entra y sale, golosa. Martín siente que su culo arde como nunca, que palpita y titila sobre esa lengua. Es cuando, sin retirar del todo la lengua, un dedo se frota de su ensalivada entrada, metiéndose lentamente.

   -¡No! ¡Eso no! –grita a pesar de la excitación y del mareo, intentando bajar el pie, cerrar las piernas y ponerse de pie, todo al mismo tiempo.

   Pero Valente no ha sido un desgraciado únicamente por un año. O sólo ese año. Lleva años disfrutando del sexo caliente y rico, desde que a los catorce sedujo a un profesor. Su boca sube rápida y atrapa el palpitante güevo, tragándolo de forma ruda, dándole una succionada de campeonato, mientras ese dedo largo y grueso, que lastimó al muchacho mientras entraba, se curva hacia arriba, en sus entrañas, buscando, encontrando y sobando la próstata. Sabía dónde localizarla. En todos.

   Ese dedo entra y sale rítmicamente mientras todo su güevo es comido y chupado. Su próstata es tocada una y otra vez, haciéndole temblar las piernas, cayendo desfallecido contra el mueble, dejando escapar un gritico agónico cuando dos dedos se abren paso ahora y tijerean sobre su próstata, haciendo que mil luces estallen frente a sus ojos. Tiembla sin control… y Valente, subiendo su boca sobre el tolete, dejándolo afuera, hinchado y duro, sonríe mientras sus dedos van y vienen, cogiéndolo, mirándolo sudar, enrojecer y estremecerse… sabiendo que poco a poco estaba conduciéndolo a lo que deseaba… convertirlo en uno de sus putitos…

   Martín no piensa, no repara en esos momentos en lo extraño e inconveniente de sus actos, porque no puede. Tan sólo le quedan neuronas para moverse. Y lo hace. Alzando sus nalgas, va y viene, descaradamente, contra esos dos dedos que lo cogen, que entran y se mueven en sus entrañas que arden, y lo frotan hondo. Su mente intenta gritarle “párate, coño, que no eres un marica”, pero su culo sólo gime “si, si, si. Ay, qué rico”. Pero de pronto…

   Mareado, Martín mira a Valente, quien le sonríe socarrón, como diciéndole “así que muy machito, ¿eh?”. Y una cálida ola de vergüenza lo recorre. Porque Valente ya no le mama el güevo. Y si no le mamaban el güevo, tan sólo era un carajo que se dejaba meter dos dedos en el culo. Y que lo disfrutaba como una puta barata en fiesta de marineros.

   -Vecino… -jadea ronco, su pecho agitado, rojo de cara, bañado en transpiración. No sabe qué pide.

   -¿Te gusta sentir mis dedos en tu culo? –le pregunta, y Martín enrojece ferozmente, pero calla.- Oh, sí, veo que te encanta, tu culo late sobre mis dedos… -se burla cuando ese culito atravesado por los gruesos dedos aún va y viene. Un poco. Pero va y viene.

   Los dedos salen, los hombres se miran, Martín, con los labios rojos de lujuria, Valente con la mirada brillante de maldad. Tres dedos se apoyan y Martín jadea esperando. Valente sabe que es el momento de la verdad, si el muchacho tiene aguante de macho, escapará… Pero si quiere esos dedos…

   Se van metiendo, lentamente, forzándolo, le duele… hasta que las yemas, hábilmente, encuentran su próstata otra vez. Esos dedos caliente parecen abrirse y cerrarse en sus entrañas, y Martín jadea, afincando los pies, alzando el culo, cerrándolo con fiereza sobre esos dedos. Quiere huir, correr y gritar y bañarse y caer muerto por la vergüenza a su masculinidad… pero su culo va y viene nuevamente. Y las cosas qué le dice Valente…

   No quiere oírlas, son terribles, pero también suciamente atractivas. Y no es como si pudiera evitarlo tampoco, no estando como está, caliente, jadeante, empalándose de esos dedotes y temblándole todo el cuerpo con las ganas de correrse.

   -Eso es, nene. Mueve ese culo como te gusta. Métete hondo esos dedos que tanto placer te dan. ¿Te gusta así? ¿Te gusta cuando los meto todo y giro un poco mi puño así? –le oye gemir mientras lo hace.- ¿Te gusta cuando lanzo tijerazos dentro de tu culo hambriento?

   Dios, ¡está tan caliente! Y su güevo tiembla, babea… y necesita atenciones. Su mano sube y quiere atraparlo, pero un manotazo de Valente se lo impide. Dos veces más, frustrado en lugar de molesto (no tiene fuerzas para ello), gimotea al no conseguirlo. Necesita masturbarse o se morirá. Eso cree realmente. Pero Valente, sonriendo, no deja de cogerlo con sus dedos, pasando una sola vez la lengua a lo largo del duro y palpitante tronco que se estremece todo, mientras se masturba él mismo.

   -Por favor… déjame que… -suplica Martín, olvidada toda vergüenza, deseando tocarse cuando Valente aparta su lengua caliente y viciosa.

   -Nada de eso, señorito. –se burla el hombre mayor.

   El hombre lo mira estremecerse, agitarse sobre el mueble recorrido como está por el placer y la necesidad de tocarse. Para correrse a chorros, unos que Valente ya desea saborear sobre su lengua, paladeándolos bien y luego tragarlos (irse a trabajar después de tragar una buena carga de semen caliente era lo mejor del mundo); pero no le dejará tocarse. Martín tiene que llegar sin tocarse, sólo así se amariconearía más rápido. Lo siente tensarse, hervir, apretar los dientes y cerrar los ojos mientras los dedos van y vienen, se clavan todo y medio se revuelven. De la verga de Martín manan chorros de líquidos blancos, temblando en el aire mientras los dedos siguen cogiéndolo.

   -¡Ahhh…! –grita el joven, tensándose más, echando la cabeza hacia atrás.

   Y sin sacarle los dedos del culo, al contrario, moviéndolos más, Valente apresura su propia paja mientras se coloca frente al hermoso güevo babeante, abriendo mucho la boca, recibiendo el primer trillazo, mitad dentro de su boca, la otra cruzándole sobre la nariz y la ceja izquierda. Se acomoda mejor y, casi ronroneando de gusto, atrapa los otros tres disparos de hirviente leche de macho con su boca. Esta es espesa, salina y cubre su lengua, donde la saborea con morbo y deleite, mirando fijamente a Martín, quien ahora también le observa. Y se la traga casi gimiendo de gusto mientras él mismo estalla en semen.

   Y en cuanto se corre, Martín se llena de pánico, de rabia, y casi salta del mueble. Tiembla de furia y vergüenza cuando le parece notar que al hacerlo, su culo deja oír un plop cuando los dedos salieron. Tanto así los chupaba con sus entrañas. Valente, sentándose en el piso, lo mira. No sonríe, al menos no con los labios. Los ojos son otro cuento.

   -Yo… yo… -el joven, tembloroso, incapaz de mirarle, recoge sus cosas. Valente ahora si se permite una sonrisa.

   -De nada. Vuelve cuando quieras.

……

   La sede central de la policía científica en Parque Carabobo, estaba llena como siempre. Venezuela era un país cundido de problemas de seguridad, por decirlo caritativamente, y de la mayor incompetencia gubernamental a la hora de enfrentar dichos problemas. Mucha gente ya sospechaba una estrecha complicidad entre varios santones del régimen y las fuerzas del hampa. De otra manera era incomprensible tanta imbecilidad y mal manejo. Y no porque las policías fueran totalmente ineptas, de tarde en tarde, cuando se lo proponían y la víctima del delito era más o menos conocida, resolvían un caso, para sorpresa de todo el mundo.

   Valente Fernández, elegantemente trajeado, viéndose realmente alto, fuerte, varonil y sensual, cruza la recepción, seguido por miradas de interés, tanto de féminas como de chicos un tanto… delicados, que aunque nunca habían enfrentado ciertos asuntos, intuían que ese carajo era capaz de darles lo que necesitaban. Cosa en la que no se equivocaban.

   El hombre encuentra, sentado sobre su escritorio, con aire ausente, a la persona que busca. A su amigo Salvador Gutiérrez.

   -Un centavo por tus pensamientos. –dice al acercarse, sobresaltándole.

   -Épale. –el otro compone una sonrisa, tendiendo la mano, sonriendo. Pero Valente le estudia.

   -¿Ocurre algo en la cueva con la leona? –nunca ha sentido muchas simpatías por Nora, y de corazón piensa que el peor error que ha cometido Salvador en su vida fue casarse con ella.

   -No, todo bien. –sonríe más, encogiéndose de hombros. Sin engañar al abogado. Lo sabe, ¡era Valente un carajo tan difícil! Con una mano señala un mesón donde una cafetera vieja se deja ver. Se encaminan hacia ella.

   -¿Qué haces por aquí? –se intriga Salvador después de servir dos vasitos plásticos con el negro brebaje.

   -Carajo, ¿no pueden encontrar vasos más chicos? –se queja Valente. Como buen venezolano le encanta el café. Negro y algo amargo. Y definitivamente no en ese vasito que parece dedal de uña.

   -Economías, Fernández, ¿no has oído que el país está quebrado? –sonríe Salvador, mirándolo. Valente prueba el café. Malo, por supuesto, y le sonríe.

   -¿No puede un carajo llegar donde un amigo y saludarle?

   -No si ese amigo que visita, eres tú.

   -Idiota. –medio ríe Valente, formándosele arruguitas alrededor de los ojos, y de una manera totalmente no gay, Salvador reconoce que ese sujeto es peligrosamente atractivo.- Bien, si, estoy interesado en cierta información. Un chico que apareció muerto. Rosendo Murzi. –Salvador le mira fijamente.

   -¿Es personal o laboral?

   -¿Habría diferencia?

   -Ese chico parece que se involucró en algo malo. De entrada te digo que no fue suicidio, a menos que fuera uno particularmente complicado e imaginativo. Estaba de cabeza en un bote de basura y le dispararon cuando estaba allí.

   -Vaya. Debió estar bien asustado.

   -Mucho. Se ensució encima. Cómo maldijo el forense. El, o los asesinos, se divirtieron antes… encontramos impactos de balas en el bote que no le alcanzaron. O era para interrogarle…

   -O para torturarlo. O una mezcla de ambas cosas. –frunce el ceño Valente. Una imanten peligrosa va conformándose en su mente. Un psicópata.

   Y el idiota de su sobrino estaba metido en todo ello.

CONTINUARÁ … (15)

Julio César.

MEMORIAS DE DESGRACIADOS… (13)

diciembre 16, 2010

…DESGRACIADOS                         … (12)

   Quiere cariñito…

……

   Si, a esas alturas, Martín debía estar un poco más que obsesionado por el marica treintón que gustaba de saborear güevos, que mamaba con ganas, pero que ahora no le tocaba. Ni le miraba. Lo ve dar algunos saltitos, sin alejarse. Por un segundo (el deseo de pasarle la lengua por la raja del culo, así como estaba, se hizo grande), pensó llamarle, fue cuando reparó en una puerta que se abría más allá. La del maldito desgraciado de Guillermo Rontara, un carajo que discutía con todos, que de todo se quejaba, quien le tenía el ojo puesto por considerarlo una influencia peligrosa cerca de tantos jóvenes.

   La homofobia del otro, un carajo alto, delgado y medio calvo, de rostro avinagrado, le llevaba a imaginar que porque era gay, debía tener tendencia pedófilas. Siempre prevenía a todos, discretamente, al respecto.

   Por eso entra, para que no fuera a verlo en boxer y hablar después sus vainas. No tuvo necesidad de mirar a Martín para adivinar su desencanto. Sonriendo malignamente, arrojando el diario sobre la mesita de la sala, Valente se promete que pronto Martín Serrano va a recibir todo lo que espera… aunque jamás haya querido detenerse a meditarlo. O lo imaginara. Seguro que el cabroncito se calentaba cuando lo recordaba tragándose su semen, aunque no quería profundizar en ello. Un día, pronto, lo enfrentaría a ese hecho. Después de todo… para desgraciado, él.

   -Hola tío Valente. Guaooo… ¿me esperabas? –aparece frente a él, sonriente y todo chulo, Matías Galindo, mirándole con ojos brillantes de codicia el bulto bajo el boxer.

   -Matías, ¿qué haces en mi casa? ¿Cómo entraste? –se incomoda casi tanto como se molesta. El otro sonríe divertido.

   -Robé la llave de mamá. Necesitaba hablar contigo y te me niegas por teléfono. –finge una carita dulce.- ¿Por qué, tío? ¿Ya no me quieres? ¿Por qué no me sientas en tus piernas y me cuentas un cuento?

   -Déjate de vainas. Puede que sea un perro, pero no tanto.

   -Te pones aburrido, tío.

   -¿Qué quieres?

   -Hablar. Tengo un problema arrecho. Creo que… sé de alguien que cometió un delito. Un asesinato.

   -¿Que tú qué? –brama, descorazonado. Sabe que la gente es una mierda y que los jóvenes no servían para un coño de la madre. Era un hecho científico mejor demostrado que la teoría de la evolución, pero cuando la cosa incluía a su familia…- ¿Sabes de un asesino?

   -Hummm… no, más de la víctima, mejor dicho.

   -Ay, Dios…

   -No lo maté yo.

   -Eso me alegra. –ironiza. Cae de culo sobre el mueble, incómodo de la manera en la cual el sobrinito le mira los muslos y el entrepiernas.- ¿Quieres dejar de bucearme y contar qué coño pasa?

   -Es difícil viendo esas piernas musculosas y velludas, tío. –sonríe el otro, sabiendo que le molesta. No entendía al hombre, lo sabía un puto reputo, pero con él siempre se cortaba.- Fue mi amigo Rosendo, un día tenía el negocio del siglo, ganaba plata, gastaba más, siempre con porros o algo de ácido para regalar… imaginarás lo popular que era. Y un día vino asustado a decirme que andaban cazándolo. Que unos carajos querían hacerle daño. Creí que… eran desvarío de drogo. Esa mierda se le subió a la cabeza. Ya no hacía nada, ni en el colegio, ni con sus perras… Antes no podía ver un culito de chica porque le caía encima. Hasta eso lo dejó. No comía ni se bañaba. Tan sólo…

   -¿Lo mataron o se mató?

   -Estaba echado de cabeza en un bote de basura, amarrado de manos y piernas, con el cuello abierto en tajo. Dudo mucho que fuera suicidio.

  -¿Y? –está bien, era horrible imaginar que un chico idiota se había metido en tantos problemas y había muerto, pero no era la primera vez. Seguramente tampoco sería el último, el mundo estaba lleno de retrasados mentales. Pero eso no tenía nada que ver con él. No iba a perder tiempo o sueño lamentándose por un pobre imbécil que se buscó lo que le ocurrió.

   Matías lo mira fijamente, pasándose la lengua por los labios, nerviosos, y por primera vez en bastante tiempo, parece tan sólo un muchacho, no esa cosa horrorosa que Valente sabe oculta en su interior.

   -Alguien me sigue, tío.

   -¿Qué? -jadea, pasándose la lengua por los labios de la misma forma nerviosa que hizo el otro.- ¿Estás seguro o también tú te metes tu chute y…?

   -Estoy seguro. –se molesta levemente.

   -¿Por qué? ¿Por qué te seguirían a ti? –abre mucho los ojos.- ¿Estás metido en esa vaina del tráfico?

   -¡No! Ni sé porqué me siguen. Verás… -sonríe tenso.- …En una fiesta, Rosendo me entregó un sobre. Una vaina de manila amarilla. Pensé que era polvo o hierbas, lo tanteé pero nada. Tan sólo papales. Y… ese sobre se me perdió. –saca su teléfono móvil, tendiéndoselo a Valente, fijándose de pasada en sus brazos musculosos.

   El hombre, ignorando la miradera del sobrino, toma el teléfono y lee un mensaje: “c q’ tiene el sobre marik entrégalo”. Se miran. La mente de Valente trabaja a toda mecha.

   -¿No abriste el sobre?

   -No.

   -¿Ni por curiosidad? ¡No te creo!

   -¡En serio! Cuando entendí que no era… droga, lo… dejé por ahí. Hace cuatro días. Fue una fiesta brutal y no recuerdo casi nada.

   -¿Qué logras recordar?

   -Que ese día desperté y desayuné. Salí y que para la universidad, pero no llegué… y más nada.

   -¡Carajo, eres tan idiota! –grazna.- Seguramente en ese papel hay algún tipo de lista, de clientes o contactos, y seguramente temen que tú y el difunto estuvieran planeando algo.

   -¡Yo no me metería a narcotraficante! No conozco a nadie en ese mundo. Sin contactos no llegaría lejos.

   -¡No te meterías a narco porque eres decente! –corrige seco.

   -Si, claro. -sonríe triste.- Estoy tan asustado, tío. Abrázame…

   El joven se le va encima, pero Valente extiende un brazo deteniéndolo.

   -Déjate de tonterías.

   -No entiendo tus remilgos. Se las clavaste por el culo a dos amigos míos, y a mí no me dejas ni acercarme.

   -Esos muchachos eran un problema. –responde enrojeciendo un tanto, mirándole fijamente. En esos casos había hecho un favor. Uno bien desgraciado.- Y ahora que lo pienso también tú lo eres. Un enorme y estúpido problema.

   -¡Tío! Vas a perjudicarme mental y emocionalmente con tus palabras. –se burla, pero le mira intenso.- ¿Qué hago?

   -Déjame investigar un poco, ¿okay? Mantente a salvo. ¡Y encuentra el maldito sobre!

……

   Aún sin vestirse, y sin decidirse a salir para el trabajo, Valente camina de arriba abajo por la sala de su casa. ¡Maldito muchacho!, ¿quién sabe en qué problema se había metido? Le enfurece porque sabe que la pequeña y amoral sabandija estaba contando con que él, su tío abogado y con conexiones dentro de los cuerpos policiales, para que le resolviera el problema y continuar adelante con su despreocupada y disipada vida de vicios. ¡Cómo se parecía a él!

   Pero tenía que hacerlo. No podía permitir que el muchacho imbécil, y el más o menos conservado nombre de la familia, se vieran envuelto en un problema de drogas, tráfico y asesinato. También por su hermana, la necia mujer que profesional y preparada, era totalmente insensata en la manera que llevaba su vida. Dándole todo a un muchacho egoísta que cree merecerlo todo por derecho, y buscándose un carajito flojo y sin oficio de marido, tan sólo porque “ella lo amaba, él a ella, y se merecía ser feliz”. Eran todo tan absurdo, pero eso era su hermana, y también a ella debía lanzarle una soga. Aunque fuera tentador la idea de que terminaran ahorcándose ella y Matías.

   La ira lo llena de adrenalina, de energías, y con mirada torva ve por la ventana cruzar frente al patio vecino al muchacho ese, Martín Serrano, todavía trotando (seguramente quemando deseo sexual también, porque si no es por frustración ¿por qué alguien correría tanto?).

   Casi moviéndose por impulso abre la puerta y sale a la entrada, ya más clara al despuntar totalmente el día. No pensaba hacerlo todavía. Por una parte tenía asuntos pendientes por atender, por el otro esperaba que el joven calienta braguetas se cocinara un poco más en su jugo, pero la urgencia de descargar tensiones le obliga. O eso se dice. Sabe que está a punto de cometer una perrada, y eso es lo que más le excita. Haciendo lo que hará, se siente bien. Lo cual era perfecto, aunque para otros resultara terrible.

   -Oye, ¿no quieres tomar un café? –llama de forma claro, todo expuesto a excepción del boxer mientras se pasa la lengua por el labio inferior. Vicioso.

    Martín se frena bruscamente, todo enrojecido, mirando en todas direcciones antes de clavar la vista en ese sujeto musculado, velludo y varonil… que gustaba de mamar güevos. Valente sabe de la lucha interna del muchacho, las ganas de ser atendido por una boca ansiosa, cálida y hambrienta que le chupe el güevo, la repulsa por la idea de que se trate de otro hombre y el miedo a que alguien se entere de algo.

   Pero también sabe qué urgencia ganará.

   -Claro. –responde, ronco, dirigiéndose a buen paso hacia la casa.

   Valente sonríe y se hace a un lado para dejar pasar al jadeante, transpirado y joven machito. Sabía que las ganas de una mamada vencerían, era lógico. Después de todo, ¿en dónde está el hombre que no desea otra mano sobándole la tranca cuando la tiene bien dura, palpitante y sensible, o una lengua cálida recorriéndosela, o los labios que se la traguen dándole la chupada de su vida, apretándola con lengua y mejillas mientras la succionan hasta que se venga en leche caliente?

   Martín entra, todo cortado. Quiere y no quiere, pero toma asiento cuando el otro se lo indica, saliendo por la taza de café. No sabe qué hace ahí. Debería…

   -Aquí tienes… -sonríe regresando el otro, torvo, cargando dos tazas.- Negro y amargo… -le mira codicioso las piernas musculosas.- Yo lo quiero con leche.

   Y mientras Martín lanza un jadeo, agarrando la taza con manos temblorosas, Valente cae de rodillas frente a él, abriéndole los muslos, recreándose en tocar las rodillas sudadas. Sin esperar más (debía pasar por otra parte antes de llegar a su oficina), baja el rostro y besa el muslo derecho, que se contrae bajo la piel. Besa ruidoso, medio mordiendo, sin dejar de mirarle. Sus ojos viciosos brillan, atrapan y fascinan a Martín. Cuando la hábil lengua sale y comienza a recorrerle la cara interna de un muslo al otro, recogiendo el sudor, paladeándolo y tragándolo con leves gemidos, Martín tiembla todo. Su verga está imposiblemente erecta bajo el shorts, aunque por un momento pensó que no podría. Valente deja de trabajar para las galerías y cierra los ojos recorriendo uno de los muslos otra vez con su lengua, gozando de ese sudor fuerte. Y olfatea, llenándose las fosas nasales con el aroma del machito caliente.

   Cuando muerde el entrepiernas, el otro gime, casi cerrando las piernas. La boca cae sobre la silueta del güevo atrapado por la tela, mordisqueándolo, recorriéndolo, sintiéndolo palpitar y estremecerse como hace todo tolete al intuir que será tragado. Esa verga quiere ser mamada. Muerde más fuerte mientras enreda sus dedos en la cintura de la prenda, comenzando a bajarla. Ambos gimen cuando los pelos púbicos aparecen y la tranca se insinúa. Alzándose un poco, con la punta de la lengua, Valente lametea la base del blanquirrojo tolete y Martín cierra los ojos, ganado por la lujuria.

   Valente sonríe, desnudándolo. No es que baja el short y el boxer del muchacho, es que se los quita, mientras da lengüetazos sobre la amoratada cabeza de ese tolete que cae sobre el abdomen del joven de lo tieso que está. La mano de Valente lo atrapa en un puño, rudo, subiendo y bajando un poco, con el pulgar sobre el ojete del glande, sobando, mientras lametea la base. Y Martín gime agudo.

   La lengua recorre la nervuda cara posterior de ese güevo, lenta y ansiosamente, encontrándolo salado y rico, para cerrar los labios sobre la cabecita, dándole leves chupadas que provocan oleadas eléctricas de placer que recorren el joven cuerpo del otro. La boca traga, los labios bajan, cubriéndolo, resollándole encima, apretándolo y succionando a un tiempo, y el chico se tensa en el sillón, alzando un tanto sus caderas, dándole a saber a Valente qué tan calentorro era.

   La boca sube y baja lentamente a veces, otras rápidas. Baja apretando, sube chupando. Ladea la cara y la lengua lo frota. Ese güevo sabe delicioso mientras lo lleva a su garganta, y es algo increíblemente placentero (una verga palpitante y caliente que suelta sus jugos), pero Valente es un desgraciado que necesita más. Y mientras lo traga todo, resollándole en el pubis, haciéndolo gritar roncamente, le atrapa una rodilla alzándola, apoyando el pie sobre el sillón. Mareado, Martín nota algo, pero no puede reaccionar, no cuando esa boca que parecía chupón de desagüe, sin dejar salir un centímetro de su tranca, continuaba tragándola, masajeándosela de una forma salvaje con la garganta.

   El muchacho casi llora de decepción cuando esa boca sube, lenta, deformada por su verga, hasta dejarla libre, brillante de saliva y jugos, pero rápidamente es atrapada en un puño que lo masturba, mientras ese aliento cae sobre sus bolas que se contraen en el saco, de gozo anticipado. Esa lengua las recorre, las moja, esa boca las besa y chupa, y es casi doloroso de lo delicioso que es. Martín gime que sí, que se coma sus bolas, mientras agita sus caderas para lograr una masturbada más a fondo. Sin embargo su cerebro se congela.

   -Épale… -lanza un gemido de advertencia.

   La boca de Valente deja sus bolas, y esa lengua flexible, semi enrollada, choca de la entrada de su culo. Eso es tan prohibido para un heterosexual, que Martín casi logra ponerse de pie. Pero tan sólo puede gritar, agónico, sorprendido… y excitado, cuando esa boca se cierra sobre su culito, besándolo, chupándolo, metiéndole esa lengua caliente y móvil que repta como una serpiente. Grita cuando siente que su esfínter, tembloroso, deja pasar la calida, babosa y enloquecedora lengua. Sentir ese calorcito húmedo le hace ver estrellas.

   Esa lengua lo coge una y otra vez, y se estremece. No debería dejarle hacerle eso. Está mal. No es de hombres… ¡pero se sentía tan bien! Estaba tan excitado que únicamente podía estremecerse. Las mejillas del otro rozan sus nalgas, la lengua entra y sale, golosa. Martín siente que su culo arde como nunca, que palpita y titila sobre esa lengua. Es cuando, sin retirar del todo la lengua, un dedo se frota de su ensalivada entrada, metiéndose lentamente.

   -¡No! ¡Eso no! –grita a pesar de la excitación y del mareo, intentando bajar el pie, cerrar las piernas y ponerse de pie, todo al mismo tiempo.

   Pero Valente no ha sido un desgraciado únicamente por un año. O sólo ese año. Lleva años disfrutando del sexo caliente y rico, desde que a los catorce sedujo a un profesor. Su boca sube rápida y atrapa el palpitante güevo, tragándolo de forma ruda, dándole una succionada de campeonato, mientras ese dedo largo y grueso, que lastimó al muchacho mientras entraba, se curva hacia arriba, en sus entrañas, buscando, encontrando y sobando la próstata. Sabía dónde localizarla. En todos.

   Ese dedo entra y sale rítmicamente mientras todo su güevo es comido y chupado. Su próstata es tocada una y otra vez, haciéndole temblar las piernas, cayendo desfallecido contra el mueble, dejando escapar un gritico agónico cuando dos dedos se abren paso ahora y tijerean sobre su próstata, haciendo que mil luces estallen frente a sus ojos. Tiembla sin control… y Valente, subiendo su boca sobre el tolete, dejándolo afuera, hinchado y duro, sonríe mientras sus dedos van y vienen, cogiéndolo, mirándolo sudar, enrojecer y estremecerse… sabiendo que poco a poco estaba conduciéndolo a lo que deseaba… convertirlo en uno de sus putitos…

   Vaya con el abogado, parece tener talento. ¿Logrará cebar al muchacho? Y Matías, ¿en qué negocios anda? ¿Qué le sabe Valente, su tío, para considerarlo un degeneradito? Su historia debe ser buena, ¿verdad?

CONTINUARÁ … (14)

Julio César.

MEMORIAS DE DESGRACIADOS… (12)

octubre 16, 2010

…DESGRACIADOS                        … (11)

   Estaba maduro para lo que fuera…

……

   Loco de lujuria, Antón se abre el botón y el cierre del pantalón. Un güevo tieso y rojizo escapa de allí. Una verga realmente grande. Y ese güevote se enfila hacia el pequeño culo, frotándose de la raja entre las nalgas. El hombre jadea de gusto cuando comienza a meterlo. Larry chilla en sueños, intenta pararse pero una mano grande y ruda cae entre sus omoplatos arrojándolo sobre el colchón. La cabezota roja logra entrar y Larry lloriquea en sueños. Eso dolía.

   Jadeando largamente a cada palmo, el otro entierra, lento pero seguro su verga en ese culo. Hasta los dientes del cierre. Y grita cuando ese culito masculino sufre de espasmos y tirones, intentando librarse de él, atenazándole la verga de una manera maravillosa. La deja ahí, caliente y palpitante, dura, disfrutando de cada halón. La saca tan sólo unos centímetros y vuelve a clavarla. Con todo su peso y fuerza.

   Su verga sale y entra de ese culo mientras lo coge con buen ritmo, rudo. Anton suda y gime mientras cabalga al tipo semi inconciente. Lo encula duramente y el catire sólo jadea e intenta como despertar. Tendiéndose sobre él, después de permitirle a Wilfredo una pequeña toma de quince segundos donde se aprecia bien ese culo cogido y el rostro del catire, el hombre le clava los dedos en un hombro, subiendo y bajando con fuerza sus caderas, haciendo chillar la cama. Lo coge duro y a fondo, la deja clavada y sigue empujando, mientras gruñe que ese culito si está rico, que Larry estaba hecho para ser una perra.

   Y aunque Larry gimotea, con gestos de dolor, la niebla que cubre su cerebro no lo deja actuar ni reaccionar.

   -Eso es, Antón, dale a la perra. Cógelo y conviértelo en tu puta. –grazna, fascinado y totalmente mojado dentro de su pantalón, Wilfredo.- Mira, le duele…

   -Las putas siempre lo dan a entender, pero esto les encanta… -ruge el otro, sonriéndole, medio arrodillándose otra vez, cogiéndolo ininterrumpidamente.- Este culo vale oro… -le clava los dedos en una cadera mientra lo nalguea rudamente con la otra mano.

   -Y se lo estás rompiendo.

   -Calma, la leche se lo curará… ¡Ahhh…! Pero qué culo más rico tiene tu cuñadito, Wilfredo, tienes que probarlo.

   No respondió. No sabría cómo. Pero el güevo le ardía de ganas. Mirarlo así, sometido a los caprichos y deseos de un macho que se saciaba en él, era demasiado. Verle humillado, caído. ¡Cogido! Eso lo excitaba terriblemente. Mira como Anton clava sus dedos en sus carnes trémulas, mientras saca casi todo su tolete, largo y grueso, antes de volver a clavárselo hasta lo hondo. Larry tan sólo gemía, ahogado, de mal humor. O lastimado.

   -Ahhh… sí, Ahhh… -gritó Anton, temblando todo, y disparando su abundante y espesa carga de leche en lo más hondo de su cuñadito imbécil. Gemía mientras se vaciaba, bombeando aún su tranca un poco, dejándole el hueco bien lleno de semen caliente.- Ahhh… ¡Dios! Te lo repito, Wilfredo, ¡qué culo! Vale oro. Hala el güevo de una manera que… ¡Ahhh!

   Poco después el dinero cambió de manos. Tan contento andaba Anton con ese culito virgen que se había gozado, que fue muy generoso. Eso dejó desconcertado, y contento, a Wilfredo, quien miraba al ahora dormido cuñado caído sobre el camastro. Debía sacarlo de ahí antes de que alguien notara algo y sus nombres rodaran de boca en boca como corrido llanero. Fue difícil ayudarle a vestirse, pero por un momento, mientras le subía el bikini por las fuertes piernas, el hombre, aunque esas vainas no iban con él, se sintió caliente. Enrojecido de vergüenza hizo algo que jamás le confesaría ni confiaría a nadie: bajó nuevamente aquella prenda putona y la guardó en un bolsillo.

   Como pudo lo subió al carro, le oyó gruñir aún adormilado. Wilfredo sonrió, seguramente ese culo bien macheteado le dolía. Condujo en silencio, sin música ni nada. No por consideración a ese cuñado coño’e madre, sino porque necesitaba pensar. Una idea trataba de tomar forma, y aunque podía concebirla en su totalidad, no veía aún la manera de ponerla en marcha: prostituir a su cuñado. Qué fuera su puta y le brindara ganancias. Sonríe viendo el teléfono móvil, recordando la corta grabación, sabiendo que tenía armas que podía usar.

   Sandra gritó molesta cuando lo vio entrar a la salita del apartamento (donde vivían antes de dar el gran salto a aquella bonita casa con patio y todo). Larry no podía sostenerse. Ella quería saber qué había pasado, qué había tomado. Y Wilfredo respondía a todo que no sabía. Gritándole que ella tenía una cita con unas amigas y no podía quedarse cuidando borrachos, se fue, diciéndole antes:

   -Todo esto seguro que es tu culpa.

   -Maldita estúpida. –gruñó, molesto con su hermana.

   ¡Qué tonta podía ser esa mujer! ¿Acaso no veía que el marido no era más que una enorme pila de mierda que no la quería ni servía para nada? Y mientras lo empuja en dirección al dormitorio, sonríe cruel, bueno, si servía para algo, para que su culo fuera deseado por hombres dispuestos a pagar por él. Y aparentemente era un culito de los ricos.

   Llegando al cuarto matrimonial lo arroja de largo sobre la cama, con bastante falta de delicadeza. Larry gimió ahogadamente. Pensaba dejarlo allí, pero… con manos febriles, diciéndose que no era por nada malo, fue quitándole las ropas, cosa que le costó ya que era un  borracho peso muerto. Cuando lo tuvo desnudo, tragó grueso, recordando cuando lo enculaban, cuando se la clavaban hondo por ese culo, y se sintió caliente. Se excitó. Debía irse, pero ya, sin embargo…

   Fue cuando Larry, en sueños, rodó sobre su estómago, quedando boca abajo, abierto de piernas. Una extendida, la otra algo recogida, dejando a la vista esas nalgas redondas, duras, casi lampiñas, y la raja que dejaba a la vista su culito rojo e irritado de la cogida anterior. Wilfredo tembló. Quería irse pero…

   ¡Qué coño!, tan sólo era el sucio marica de su cuñado que lastimaba a su hermana y a la familia. No le debía nada. Se dejó caer sentado en la cama, y lo nalgueó. Duro, su mano ardió. Le oyó gruñir. Los dedos se marcaron en la turgente piel. Tragó saliva, recorrió ese duro glúteo, estremeciéndose. Llegó a la raja, metió sus dedos y la recorrió de arriba abajo, tembloroso, sintiendo bajo las yemas de sus dedos el cerrado culo. Pronto un dedo estuvo tanteando, antes de meterse, rudo. Hondo. Casi gritó. Ese culo ardía, mucho, y halaba con unas ganas que no entendía. Y estaba suave y pegostozo, de la leche de Anton, algo que debió provocarle asco, pero no. Y todo eso mientras Larry gruñía con disgusto. El dedo salió casi hasta la uña, allí frotó la entrada, notando como esas nalga se contraían un poco. Y lo metió de nuevo, totalmente intoxicado de lujuria.

   Pronto fueron dos dedos, y tres. Costó clavarlos, pero era excitante luchar con la resistencia de ese ano, era divertido verlos entrar y agitarlos. Era extraño oír los jadeos roncos de Larry, y más ver como sus nalgas se movían. ¿Era posible que esa vaina le gustara? No lo supo, tal vez era por la manipulación de la próstata, porque sabía que sus dedos frotaban algo allí adentro, y que cada vez que lo hacía ese culito se cerraba y halaba sus dedos como deseándolos.

   ¿Puede alguien realmente culparlo por bajar su cierre, sacar su verga amoratada, caliente y cruzada de venas, frotar la roja cabezota de la raja que quemaba y del ojete que se resistía? Tal vez sí. Después de todo Larry estaba borracho y drogado. Pero nada de eso importaba mientras, víctima de la fuerte fiebre, Wilfredo empujó. Gritó cuando la cabeza de su verga se abrió paso, dejándola allí, sintiendo los tirones de ese culo. La fue clavando lentamente, centímetro a centímetro, disfrutando de cada templada que recibía. Lo oyó gemir, sintió como se revolvió como intentado levantarse, y como hizo Anton menos de una hora antes, con una mano en su espalda, lo detuvo. Su güevo se enterró todo, y esas entrañas ardientes le enloquecían casi tanto como la chupada que estaban dando sobre él.

   Comenzó a sacarlo y a metérselo, hondo, con golpes de cadera, cogiéndoselo en toda la regla, haciéndolo gemir lloroso. Pero no le importaba, aún vestido, con los zapatos puestos, alzándole un poco las caderas al otro, y arrodillado tras él, fue cogiéndolo una y otra vez, cabalgándolo con fuerza, gimiendo de gusto cuando iba sacándolo y el culo lo halaba como deseando no soltarlo, para luego enterrárselo y sentirlo ricamente apretado. Larry era tan estrecho que el vaivén era enloquecedor. Las bolas de Larry se bamboleaban mientras un poco más arriba su redondo culo era penetrado una y otra vez por la enorme verga dura de su cuñado, allí, en la cama que compartía con su mujer… la hermana menor de ese sujeto que lo llamaba “perra, tómalo todo, perra caliente, apriétalo más, puta, eres mi puta”, nalgueándolo, halándole los cabellos.

   Wilfredo no podía contenerse, le gritaba “tómalo todo, puta, goza del güevo que te gusta, es lo que te gusta, ¿verdad?”, sin dejar de clavárselo ni una vez, sin detenerse, sudando a mares mientras cataba por primera vez el rico orificio de su atractivo cuñado. Un cuñado que estaba bien jodido… Y no por lo que le hacía en ese momento, sino por lo que vendría después.

   -Puto. Eres un maldito puto… -le gritó agónico, cayendo sobre él, clavándosela hasta los pelos, dejándole nuevamente ese culo embarrado de semen.

   Cuando salió un poco más tarde, sin remordimientos o vergüenzas, un alegre Wilfredo sabía lo que tenía que hacer. Aunque aún faltaba un poco…

…………………

   Es temprano en la mañana cuando un renuente Valente Fernández sale al porche de su casa, vistiendo únicamente un pequeño boxer blanco ajustadísimo, a recoger el diario. Coño, ya bastante hace levantándose a esas horas de mierda como para andar preocupándose por los vecinos. Lo lógico era que no hubiera nadie por allí. Pero si lo había.

   Trotando lentamente, totalmente transpirado y sexy dentro de una camiseta sin mangas, un short del medio muslo para arriba y unos zapatos deportivos sin medias, Martín Serrano, pasa por ahí. Rojito de cara y respirando por la boca, en su doceava vuelta a la cuadra. Valente lo mira, serio, y saluda con un gesto de cabeza al cual responde el otro, deteniéndose un momento, doblando la cintura, apoyando las manos en sus rodillas y respirando. A Valente le arde la lengua por las ganas que siente de acercársele y restregársela de una de sus clavículas y subir por su cuello, recogiendo ese sudor caliente. Sin embargo no lo demuestra, tan sólo mira los titulares.

   Pero sabe que lo mira. El joven lo mira fijamente, casi enviándole un mensaje telepático. El hombre de más edad comprende, porque sabe de esas cosas. Después de aquella mamada de antología que le había dado, Martín lo evitó. No le miraba, respondía con monosílabos al saludo y se alejaba en seguida. Avergonzado como estaba por haberse dejado tocar por otro hombre; siendo un macho tan macho, haberse dejado mamar por un tipo era una pesadilla. Y peor, por ese tipo que vivía en su cuadra, un marica reconocido. Ese disgusto, y remordimiento, Valente sabía que terminaría pasando. Que el joven sólo recordaría una cosa: su boca golosa, húmeda y caliente atrapándole todo el güevo, mamándole hasta la médula, dejándolo viendo estrellas.

   Por eso sabe que esa parada era intencional. Martín esperaba que le saludara cálidamente, le sonriera, le invitara un café… y se tragara nuevamente su güevo joven y babeante, que, debía reconocer, sabía bien rico. Tanto que tan sólo de recordarlo contra su lengua, el como temblaba y palpitaba cuando lo recorría, le provoca un calentamiento de bolas. Posiblemente a Martín no le gustaba lo que estaba ocurriéndole, esa dualidad entre el disgusto por el marica y las ganas de que el marica le mamara, pero Valente ya ha tratado antes con hombres como él. Jóvenes, guapos, todo calientes y seductores, que gustan de disfrutar del sexo (¿y quién no?), que se deja tocar por un tipito, cosa que le asquea luego; pero más tarde, en algún momento entre ese instante y el ahora, una noche a solas en su cama, o en la ducha cuando enjabonan sus cuerpos, logrando que sus vergas se le pararas, debías racionar que dejarse mamar, sin importar por quién, era tan rico, satisfactorio y bueno que no valía la pena poner reparos.

   Si, a esas alturas, Martín debía estar un poco más que obsesionado por el marica treintón que gustaba de saborear güevos, que mamaba con ganas, pero que ahora no le tocaba. Ni le miraba. Lo ve dar algunos saltitos, sin alejarse. Por un segundo (el deseo de pasarle la lengua por la raja del culo, así como estaba, se hizo grande), pensó llamarle, fue cuando reparó en una puerta que se abría más allá. La del maldito desgraciado de Guillermo Rontara, un carajo que discutía con todos, que de todo se quejaba, quien le tenía el ojo puesto por considerarlo una influencia peligrosa cerca de tantos jóvenes.

   La homofobia del otro, un carajo alto, delgado y medio calvo, de rostro avinagrado, le llevaba a imaginar que porque era gay, debía tener tendencia pedófilas. Siempre prevenía a todos, discretamente, al respecto.

   Por eso entra, para que no fuera a verlo en boxer y hablar después sus vainas. No tuvo necesidad de mirar a Martín para adivinar su desencanto. Sonriendo malignamente, arrojando el diario sobre la mesita de la sala, Valente se promete que pronto Martín Serrano va a recibir todo lo que espera… aunque jamás haya querido detenerse a meditarlo. O lo imaginara. Seguro que el cabroncito se calentaba cuando lo recordaba tragándose su semen, aunque no quería profundizar en ello. Un día, pronto, lo enfrentaría a ese hecho. Después de todo… para desgraciado, él.

   -Hola tío Valente. Guaooo… ¿me esperabas? –aparece frente a él, sonriente y todo chulo, Matías Galindo, mirándole con ojos brillantes de codicia el bulto bajo el boxer.

   -Matías, ¿qué haces en mi casa? ¿Cómo entraste? –se incomoda casi tanto como se molesta. El otro sonríe divertido.

   -Robé la llave de mamá. Necesitaba hablar contigo y te me niegas por teléfono. –finge una carita dulce.- ¿Por qué, tío? ¿Ya no me quieres? ¿Por qué no me sientas en tus piernas y me cuentas un cuento?

   -Déjate de vainas. Puede que sea un perro, pero no tanto.

   -Te pones aburrido, tío.

   -¿Qué quieres?

   -Hablar. Tengo un problema arrecho. Creo que… sé de alguien que cometió un delito. Un asesinato.

   Vaya con el sobrinito, ¿qué pinta este chico en la historia? ¿Será un cuento o habrá algo de verdad? Y Larry Marcano, ¿cómo terminó realmente de puta regenteado, y usado, por su cuñado? Dato que vale la pena conocer.

CONTINUARÁ … (13)

Julio César.

NOTA: Saben que todo estos son cuentos, ¿no? Por eso no pasa nada malo. En la vida real a la fiesta no se puede ir sin guantes. A cargar cada quien con su condón.


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