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LOS CONTROLADORES… 26

abril 29, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 25

BOY HOT

   La hora de los mininos.

……

   -Lo sé, le sentí.

   -Hay alguien más, ¿verdad? No un controlado. –le tantea el otro.

   -Si, maestro, un chico. Me sorprendió su potencial cuando le conocí, por pura casualidad, en el Metro. Tiene un gran poder, aunque él mismo lo ignora. Fue extraño, por su edad ya debería haberse encontrado con otros, pero aparentemente no ha sido así. –hay un silencio que le incomoda.

   -Si, curioso; seguramente es como dices, pero sé prudente. Aunque hay gente buscándonos ya, como imaginarás. Y son poderosos.

   -Anómalos. Conocí a una, a mi llegada al aeropuerto, hace poco.

   -Te vio. Eso es malo, es más fácil ubicarte conociendo tus facciones. –eso inquieta al atractivo catire.- He visto tu trabajo, debo reconocer que es sensacional. Te has superado, Liam. –la lisonja le hace sonreír.- Yo mismo he dado algunos pasos, como sabes, pero dos de tus chicos son estupendos para la tarea. –adivina fácilmente de quienes se trata.- Envíamelos.

   -Si, maestro.

……

   Moviéndose exactamente como si tuviera un palo metido por el culo, y con la misma cara de molestia, Tony Moncada sube a la segunda planta del instituto buscando un lugar solitario y tranquilo. Necesita calmarse. Sabe que de alguna manera todo ha cambiado. Si dejaba que la ira le dominara, si perdía el control, no sabe qué podría ocurrir. Y estaba furioso. No quiere pensar en nada como no sea que es un chico egoísta, que siempre lo ha sido, jamás le ha gustado compartir sus juguetes. Su madre podría atestiguarlo. Por ello, se dice, le molestaban las atenciones que la hermosa Vanesa le brindaba a Rubén. Eran novios, después de todo, se recuerda; pensamiento que le quema como ácido en la garganta. Ella creía que Rubén Santana era aún el mismo de siempre. Ignoraba que ahora le pertenecía. ¡Rubén era suyo!

   La idea, intensa, posesiva, dolorosamente obsesionante, le enferma. Y si a eso se sumaba la profunda sensación de frío que le dominaba justo en aquellos instantes, tanto que sus dedos le duelen ligeramente, la tormenta podría estallar. No sabe qué significa todo eso, pero una idea ajena, o eso le parecía, le indicaba que todo “estaba en moviendo”. Pero quién, haciendo qué. No lo sabe, pero esa era la razón de ese frío. Y de la sensación de poder que lo recorría en esos instantes. Sabe, o lo sospecha, que si dejaba que ese algo que a veces salía de él, alcanzando a otros, escapaba en esos momentos, justo en esos instantes cuando casi tirita de frío, podría controlar todo el liceo, desde la azotea a los sótanos, incluidas las canchas. Lo sabe. De alguna manera. Era una sensación embriagante, quería hacerlo, abrir los brazos y poseerlos a todos. Deteniéndose en uno de los solitarios pasillos, asomándose a la baranda, respira pesadamente y cierra los ojos. Imaginándolo. Lanzándose contra todos, dominando a cada persona dentro de esos límites. Controlándolos. Imagina una larga hilera de chicos en ropas de cuero, con las manos atadas a sus espaldas, de rodillas, mirándole con adoración.

   Si, podría. Sonríe… Pero abre los ojos asustado. No, no podía. ¡No debía hacerlo! Se asusta, y enfurece por ello, cuando esa idea da vueltas y vueltas en su cabeza; que si, que sí puede hacerlo, que lo haga y lo disfrute. Se aleja y es cuando repara en él…

   También asomado a la baranda, pero viendo hacia la entrada del instituto, Emilio Nóbregas sonríe totalmente malicioso, la mirada clavada sobre Rubén Santana (¡el marica ese!), quien tiene en esos momentos a Vanesa colgada a él. La hermosa Vanesa de tetas grandes que nunca ha querido salir con él porque no es el capitán del equipo. Allí estaba, sonreída, feliz, luciéndose al lado del mariconcito que tenía por novio. Porque así pensaba ahora de él, su hasta hace muy poco mejor amigo, capitán y colega. El mariconcito de Rubén. Sonríe de manera abierta, oh, sí, será maravilloso exponerlo, tachándole de lo mismo que él acusaba a otros hasta hace poco. Les contará a todos y el capi sería el hazmerreír del liceo. ¡Ya imagina la cara de Vanesa! Asiente, decidido, ya había un buen grupo de compañeros de clases, del equipo y de amigos junto a Rubén, era hora de echar el cuento. Le atormentaría un poco y, cuando estuviera retorciéndose como bagre en anzuelo, lanzaría el golpe.

   Se vuelve, maliciosamente feliz, y se sobresalta congelándose. Para luego sonreír de manera malvada otra vez.

   -¿Qué haces aquí, maricón?, ¿buscando a quien mamarle el güevo? –es cortante, soez.

   -¿Y tú? ¿Dejaste alguno? –contraataca, aparentemente sereno, Tony. El otro aprieta los gruesos labios.

   -¡Maricón! –e intenta pasar a su lado, pero Tony se mueve y le cierra el paso.- ¡Quítate!

   -¿Tienes prisa? –y mira hacia la entrada, hacia Rubén.- ¿Qué piensas hacer?

   -Ah, ¿es eso? ¿Estás preocupado por tu novio? Que ternura. Nunca imaginé que te interesara tanto un chico que siempre se ha burlado de lo raro que eres. ¿Entonces es cierto que en las escuelas los maricones se enamoran de los heterosexuales que los maltratan porque todas esas testosteronas son como un afrodisiaco? –se burla y Tony no puede evitar el parpadeo.

   -Guao, se nota que le has dedicado tiempo al tema. ¿Has visto mucho porno gay en tus investigaciones? ¿Se te pone duro? Puedo recomendarte…

   -¡Déjate de mariqueras! –estalla el muchacho, furioso de que se le cuestione en su identidad, pero logra recomponerse con una sonrisa.- Si es así como pretendes que no diga nada de ti y de tu amiguito, te equivocas de estrategia.

   -Creí que era tu amigo. Mío no lo es. Es tan sólo… un bonito cuerpo al cual meterle mano. –es crudo y sonríe al verle dar un respingo por no negar nada.- ¿Acaso he dado muestras de preocuparme de lo que tú, él o el resto de los hijos de putas piensen?

   -Me alegro por ti, que no te importe, porque pienso exponer al maricón ese. –vuelve por sus fueros.- Mierda, eres como una enfermedad infecciosa. Contagias, atacas el sistema y lo destruyes. Deberían matarlos a todos. –sonríe con desprecio, sabiendo que lastima.

   Tony se queda paralizado por un segundo, esa rabia que lleva rato padeciendo estalla de manera intensa, blanca y pura. En esos momentos odia a ese hijo de puta más de lo que en su momento detestó a Rubén. Y quiere lastimarle. Mucho. Tanto que las ganas casi le hacen desear gritar. Con un alarido de rabia le atrapa el rostro con las manos, desconcertándole, asombrándole. Cuando se le va encima con claras intensiones de besarle, horrorizado, erizado de repulsa, Emilio va a gritarle que no, al tiempo que empujarle, pero sus bocas se unen.

   Todo gira de manera vertiginosa alrededor del joven muchacho negro cuando siente esos labios sobre los suyos, cubriéndolos a pesar de tener la boca abierta. La lengua metiéndosele. La lengua de otro chico. ¡La lengua de ese marico! Quiere empujarle, pero parecen faltarle las fuerzas. El girar vertiginoso parece incrementarse, tanto que tiene que sostenerse del chemise del otro para no caer. Y es perfectamente consciente de todo, del olor corporal de Tony, de su aliento bañándole, de la lengua entrando, lamiendo y tanteando, chocando de la suya, chasqueando, salivosa, de su cuerpo presionándole, de tener contra un muslo la entrepierna del otro, con su miembro no duro pero si consistente. Por alguna razón era perfectamente consciente de ello. Esa lengua le eriza, la verga contra su muslo, quemándole a pesar de no estar dura, le obsesiona. La suya responde, horrorizándole, endureciéndose contra una pierna de Tony, mientras su lengua sale al encuentro de la del joven. No sabe cómo o por qué pero le enloquece sentirla, sobre la suya, agitándose, azotándole. La busca cuando sale y penetra ahora en la boca del otro. Y se estremece, gimiendo de manera ansiosa cuando los dientes de Tony se la rastrillan suavemente.

   Las boca se separan lentamente, y ambos jóvenes se miran, respiraciones pesadas. Algo de conciencia de lo que hacía regresa a Emilio, pero no puede apartarse, ni siquiera aflojar los puños sobre la chemise del otro, gesto con el cual parece más bien retenerle a su lado.

   -Respondiste demasiado bien. –Tony le habla casi sobre la boca, con burla y desdén.- O lo has hecho o has soñado mucho con la idea de besar a otro chico. ¿Sueñas con tener un novio, Nóbregas? Dime, ¿es Rubén quien llena tus fantasías homoeróticas de noche en tu cama mientras te masturbas con ansiedad y todo erizado? ¿Sueñas con lamer su cuerpo sólido en los vestuarios mientras sólo usa un suspensorio, recogiendo gotitas de su sudor? ¿Con caer de rodillas y adorarle? Besa bien, eso puedo decírtelo.

   -No, yo no… -se defiende, negando, pero deja escapar un gemido débil cuando los rojizos labios de Tony se acercan a los suyos; le asusta lo mucho que desea que le bese otra vez.

   -Me hiciste molestar, Nóbregas, con tus palabras venenosas. Ya venía arrecho, pero por Rubén no te habría hecho lo que ahora si te haré. Fueron esas palabras, tus “mariconcito”, dichos con tanto desprecio. Te convertiré en algo despreciable a la vista de otros. Vamos, sígueme a ese salón, estará vacío los próximos cuarenta minutos. –sigue diciéndole contra los labios, mirándole a los ojos, sonriendo.- Voy a cogerte. –le informa y le ve tensarse, asustarse mucho, y le da un rápido besito, atrapándole con los dientes el gordito labio inferior.- Voy a llenar tu apretado culo negro con mi güevo tieso y caliente…  Y cuando te lo llene con mi leche te va a pasar algo. Algo muy malo para ti… pero que será muy divertido para todo chico calentorro y deseoso de sexo que se encuentre contigo. –dice con seguridad, cruel.- Es algo que quiero probar. Vamos… -se aparta un poco, extendiendo una mano. Esperándole. Invitándole.

   Emilio, jadeando, le mira entre fascinado y horrorizado. Pero alza la mano y deja que el otro la cubra con la suya, siguiéndole a ese salón.

CONTINÚA…

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 25

abril 13, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 24

BOY HOT

   La hora de los mininos.

……

   No ve a Emilio Nóbregas, pero están los de siempre, cinco o seis de sus amigos y colegas en el equipo, todos tipos de lo más bromistas… y crueles. Intuye que Nóbregas espera que llegue para exponerlo. Y la idea casi le hace gritar; desea echarse a correr, ocultarse. O buscar al “amigo” y explicarle, mentirle, rogarle que callara. Aunque le cuesta mucho, por alguna razón, desobedecer, incluso molestarse con Tony, se vuelve a mirarle para reclamarle, pero termina frunciendo el ceño. El otro parece ido del mundo.

   Algo estaba pasando, algo serio, la idea penetra la mente del joven manipulador, igual que esa fría y horrible sensación que le domina desde hace un buen rato. Si, sabe que es algo grande, y que de alguna manera tiene que ver con su vida, aunque ignore el qué o cómo; y una parte de sí se siente bien. Feliz. Otra no…

   -Al fin llegaste, cariño. –la alegre voz de la hermosa Vanesa Tinedo, le saca de sus pensamientos, mientras la ve ignorarle olímpicamente y echarle los brazos al cuello a Rubén, besándole en la boca, colgándosele literalmente, obligándolo a rodearle la delgada cintura con sus brazos. Y que este responde al beso.

   Por un segundo, con la boca muy abierta, Tony se ve casi cómico; lo que no es tan divertido es la intensa rabia que lo recorre, una ira roja, sorda, escandalosa que casi le deja sordo. “¡Suéltale!”, la idea viene como un grito furioso. Ver el beso, oír los chasquidos le envenena de rabia. ¿Cómo se atrevía a tocarlo, a besarlo, a restregársele así de la bragueta? ¡Celoso!, ¿acaso estaba celoso de esa puta? Balbucea sin sonido, dando un paso atrás. No. ¡No! Claro que no, no eran celos, se grita. Pero eso no hacía nada por aligerar el peso de todo el disgusto, y casi hasta de pesar, que siente en esos momentos. Desea tomarla de los hombros y arrastrarla… Intenta controlarse, pero algo debía estar emanando porque nota que Rubén lo capta, tensándose.

   ¿Qué diablos…?, pensó cuando Vanesa le saltó al cuello, amorosa, o lo parecía. La notaba algo ansiosa. Creía entenderla; seguro interpretaba su alejamiento, por culpa de Tony, como un signo de que se cansaba de ella. El beso fue sorpresivo y respondió automáticamente. Luego lo captó, una sensación hiriente, fea y desagradable. Que venía de Tony. Un reclamo. No lo entendía pero…

   -Búsquense un cuarto de hotel, ¿no? –gruñe este, ceñudo. Los dos chicos se miran, pero Rubén no puede decir nada.

   -Ocúpate de tus asuntos, Moncada, ¿no tienes a quién mamársela en estos momentos? –la joven es burlona, cruel de manera totalmente adolecente. Ignorándole, otra vez, vuelve toda su atención a Rubén, a quien todavía abraza.- Nóbregas te anda buscando; quería que le avisaran cuando llegaras, parece que tiene algo importante qué contarnos.

   El suelo se hunde bajo los pies de Rubén, y ve a Tony, casi suplicante. Este, ceñudo, se acomoda el morral al hombro, evitando corresponder a su mirada, ignorándole, entregado a su rencor con un mental ah, ¿ahora si te acuerdas de mí?

   -Permiso, debo ocuparme de mi vida. –informa, neutro. ¿Iría a detener a Nóbregas?, Rubén no lo sabe, no le queda claro, y la ansiedad y el temor le enferman.

   -Ay, no cuentes tus cosas íntimas. –se burla Vanesa, riendo, no notando que Rubén no la acompaña.

   ¡Puta!, piensa Tony, decidido a hacerla pagar. Pero, por ahora, necesita alejarse. De Rubén. No, no había sentido celos, no era lógico, ¿verdad? El muchacho era su enemigo. Si, en eso debía concentrarse. En herirle, someterle y humillarle; en tenerle desnudo sobre su cama, las manos a la espalda, de rodillas, suplicándole que le amara. Una ola fría le arropa, estremeciéndole, la imagen era casi… Un frío se intensifica y lo envuelve, paralizándole por un segundo, alzando el rostro, aguzando los oídos. ¿Qué coño ocurría? ¿Y en dónde? Algo se acercaba, lo sabe. Y sería algo enorme.

   -Te extrañé ayer. –todavía oye a la puta, y no necesita volverse para saber que vuelve abrazar a Rubén. Dios… ¡cómo la odia!

……

   -¡Ahhh…! ¡Tómala toda, puto de mierda! –ruge Jóvito Malavé cuan vikingo cayendo sobre poblada indefensa, metiéndole el güevo hasta el fondo a Wilmer Soteldo en el ardiente culo, cerrando los dedos sobre sus caderas, corriéndose otra vez, temblando con un alarido y un gesto de gozo indescriptible, el del macho conquistador.

   Su rostro, transfigurado, casi parece vacío de toda expresión, pero su mente es de certezas; sabe a ciencia cierta que pocas veces antes ha alcanzando un orgasmo semejante (bueno, que fuera de pajas solitarias no eran tampoco tantas las experiencias); sabe que quiere, que quiere coger culos, todos los culos de los putos del mundo. Que nació para preñar maricones. Y bombea, una o dos veces más, sintiendo un gozo increíble al oírle gemir. De responder a su masculinidad poderosa.

   A su lado, su padre le mira y aguarda, fijando luego los ojos en esas nalgas peludas donde las tirita putonas de un hilo dental que sólo un puto usaría, enmarcan el coño caliente, pulsante y ávido que ese sujeto tenía en medio. Porque era un coño que se adhería, halaba, apretaba, masajeaba y chupaba güevos. Su hijo estaba dándole duro, y seguro que ese puto estaba brindándole un gran placer mientras recibía con amor su joven tolete y la leche, o la poca que todavía pudiera estarle saliendo después de una corrida previa. Ve el rostro de ese tipo, babeando, ojos cerrados, una expresión de máxima gloria. Oh, sí, ese carajo estaba gozando aún más que su muchacho cogiéndole, el tener el culo lleno con una dura verga masculina, la cual estaba brindándole todo el placer que necesita en esta vida.

   Jadeando, sonriendo de manera casi cruel, Jóvito saca su güevo de aquel culo, de golpe, dejando el peludo agujero abierto por un segundo, manando aún más semen. El muchacho mira la leche chorreando, su leche (también la de su papá, claro), y le gusta, así como el fijar la mirada en su tranca enrojecida, manchada de esperma… más gruesa, nervuda y poderosa de lo que la ha sentido nunca. Mierda, ¿acaso estaba más grande? Alza los ojos hacia su padre, sus miradas se cruzan, sonriendo complacido, orgulloso de sí mismo. Pero Onésimo no tarda en apartar los ojos. No por vergüenza o incomodidad. No, estos caen como dardos sobre ese culo velludo donde una tirita de la putona prenda aún no termina de caer, pero es visible, la tirita de un carajo que usa eso bajo sus ropas. Mira con ansiedad ese culo que titila y de donde mana semen.

   Todo él arde con una lujuria salvaje, primitiva. ¡Quiere culo! Quiere follarse a la perra mientras todavía los espermatozoides de su hijo nadan en él. Quiere metérsela a ese hombre que tiene un coño caliente entre sus nalgas. Con movimientos bruscos va a su lado, su tolete erecto bamboleándose, y atrapa las piernas del sujeto, quien grita, sorprendido, y lo alza, volviéndole sobre la capota. Wilmer queda boca arriba, pasmado, con las piernas unidas por un brazo de Onésimo sobre su hombro izquierdo, halándole sin miramientos, hacia el borde, dejándole el culo a la altura de su verga pulsante. Esta sufre un violento espasmo en anticipación, una espesa gota de líquidos pre-seminales, también de semen viejo, escapa del ojete. Y la mete, la hunde suavemente, poco a poco, consiente de cada apretada que aquel esfínter da a su pieza. Y mientras la clava, dura y pulsante, disfruta viendo al maricón ese arquearse sobre la capota, gritando por la boca abierta, muy rojo de cara. Se le mete toda, toda, y todavía empuja más, meciendo sus caderas, casi viendo luces blancas estallando frente a sus ojos por la sensación que brindaban esas entrañas adheridas a su tabla, rozándola, apretándola, halándola.

   -Coge a la perra, papá, coge su coño. –ríe, cascado y algo desequilibrado, Jóvito, a su lado, mirando ávidamente la cara del otro, quien echa la nuca hacia atrás y lanza un largo gemido.

   Es todo lo que Onésimo necesita, comienza un violento saca y mete, echando casi con elegancia sus caderas de adelante atrás, respirando pesadamente, ojos brillantes de lujuria, boca torcida en una sonrisa torva. Lo clava hondo, lo encula con dureza, estremeciéndole el cuerpo sobre la capota, haciéndole gritar, ronco, de placer. Lo coge feo, mirando su verga entrando y saliendo casi hasta el glande y volviendo a enterrarla, ladeando su pelvis, a la derecha, a la izquierda, arriba, abajo, dándole donde es. Le gusta ver ese culo llenarse con su güevo, no había una visión mejor, aunque la tanga, esa prenda putona que el hombre usaba, totalmente mojada de semen, de sus propias corridas, era también extrañamente erótica. Cierra los ojos mientras lo cabalga, oyéndole gemir, suplicar leve, casi sollozar de gusto; también él echa un poco el rostro hacia atrás, sintiendo la tibia brisa contra su cara, el sol, sabiendo que quiere eso, coger a ese tipo, llenarle con su güevo. Si, un macho como él merece todos los culos del mundo, todos los maricones tienen que ser cogidos, uno tras otro, filas y filas de maricones esperando ser tomados por los hombres, ser llenados con sus vergas y sus leches, cayendo luego de rodillas, jadeando, sus culos chorreando semen, sus caras, torsos y barrigas cubiertos de las mil leches de los hombres que les rodearían y se les correrían encima. Perdido en su lujuria le parece que la voz de su hijo le llega de muy lejos.

   -Papá, se acerca un auto.

……

   Liam Bartok, llevando un suéter grueso y felpudo, no puede parecer más extranjero mientras revisa unas cifras en una carpeta. Podría usar una tableta o un monitor, pero con sus desplazamientos era engorroso. Esa vaina podía arrojarla en cualquier lado. Cruza el angosto pasillo entre los sets, escuchando argumentaciones técnicas, otras de falsas conversaciones que llevarán a porno. Y el porno. Sonríe aún más. Todo iba según lo previsto. ¡Si tan sólo dejara de sentir ese maldito frío! Su móvil timbra y contesta automáticamente.

   -¿Si?

   -Hola, Bartok. –la voz neutra, baja y casi tenue, le impacta sobremanera.

   -¡Maestro!

   -Estoy aquí.

CONTINÚA … 26

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 24

marzo 23, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 23

GUAPO Y CEÑUDO

   -¿No me quieres aquí?

……

   Rubén Santana. Su juguete. Y lo tenía a tiro de pichón… casi literalmente.

   Este se ve agitado, nota malicioso mientras se detiene intencionadamente tras una camioneta en la calle que cubre esa parte de la acera. Esperándole. El otro parece luchar contra su voluntad pero finalmente se acerca. A Tony le gusta verle, de una manera salvaje, así como notar su mirada torturada, las tetillas del muchacho destacándose contra el chemise, como si hubieran sido estimuladas, el entrepiernas del muy ajustado jeans algo abultado.

   Sonríe cuando Rubén corta la distancia y le besa, incapaz de controlarse, de negarse. Siente los labios cubriendo los suyos; los separa y mete la lengua en la boca del otro, lentamente, saboreándole, sintiéndolo rico mientras la usa y encuentra la del muchacho, atándose ambos en un beso chupado, húmedo y lleno de succiones. Y mientras le besa, Tony nota que ya no siente tanto frío. La caricia termina, se miran agitados, ojos brillantes. Se veía tan guapo el hijo de perra ese, piensa y en seguida se molesta. No, no debía pensar así de Rubén, era tan sólo un hijo de perra listo a ser usado. Le besa otra vez, con furia, las mochilas escolares caen al suelo, las manos cruzándose al aferrar el chemise ajeno. Los sonidos de la calle se perciben lejanos mientras chupan de sus lenguas alternativamente; autos, cornetas, motocicletas, todo…

   -Mierda, ¡¿qué haces?! –estalla una voz alarmada y molesta. La pareja se separa bruscamente y reparan en Emilio Nóbregas, sobre una motoneta, mirando a Rubén, su amigo, con cara de disgusto.- ¿Qué coño? ¿Ahora eres un marico, Santana? Vamos a ver qué dicen en el liceo. –amenaza con rabia, pero también con esa cruel resolución de todo chico que puede echarle una gran vaina a otro; acelerando su motoneta se aleja, dejándoles sin tiempo de responder.

   -Dios… joder… -grazna Rubén, por un segundo fuera del control de Tony, dando un paso atrás.- ¡Mira lo que hiciste! ¿Es lo que querías? –le grita, sorprendiéndole.

   -Oye, oye, no me hables así. –por un segundo se ve desconcertado, y alarmado, eso no le gustaba. ¡Rubén estaba fuera de su alcance! ¿Sería por toda la adrenalina corriéndole por las venas?- No ha pasado nada.

   -¿No? ¿Estás loco acaso? ¡Nóbregas les contará a todos! –casi parece al borde de un ataque de ira, pánico o llanto, dando un paso de adelante atrás.

   -¡Calma! –se molesta un tanto, sonriendo luego al cruzar los brazos sobre su pecho.- ¿Qué, acaso te avergüenzas de lo que sientes por mí? –eso le eriza y se vuelve a mirarle, feo.

   -No siento nada por ti; tú… -calla, balbuceando sin sonido. No, no sabe qué le ocurrió. Pero, por alguna razón, en días, se siente capaz de enfrentarle. De alzar un puño y estrellarlo en su joven y atractivo rostro, un momento, ¿acaso pensó qué…?

   -Me hieres, amor. Y tranquilo, lo resolveré. –Tony se inquieta, no podía llegarle aunque se concentra con todas sus fuerzas, finalmente, mandándolo todo al coño, alarga un  brazo y le atrapa un hombro, cerca del cuello, el pulgar frotando la joven piel.- Todo estará bien, te lo prometo. -y se patentiza ese choque, algo eléctrico y cálido que parece extenderse desde ese punto de contacto, y un tanto de la rebeldía de Rubén desaparece, sus ojos se nublan, sus labios se entreabren. Viéndose hermoso, piensa molesto, acercando el rostro y besándole fugazmente; para controlarle, claro.- No dejaré que te pase nada; tu papi chulo resolverá todo. Confía en mí.

……

   Algol increíblemente grave, y altamente infeccioso, estaba comenzando en una zona apartada del oeste capitalino, en una de sus partes más elevadas y solitarias, justamente frente a una gasolinera de mala muerte. Aunque muy poca gente lo supiera. O imaginara siquiera.

   -¡Oh, mierda! –brama Onésimo, un hombre hecho y derecho con su güevo fuera de la bragueta de su pantalón, embistiendo salvajemente por el culo a un carajo contra la capota de su camioneta, con tantos bríos que casi le alza de sus pies arrojándole sobre el metal. Su tolete grueso y duro, caliente y lleno de ganas, va y viene sin detenerse, metiéndose y saliendo de las entrañas del tío que gime y chilla poseído de una lujuria y un placer que no comprende pero que le eriza. Ese sujeto estaba así porque le estaba metiendo la tranca por el culo, su tranca gruesa y nervuda. Era su verga la que tanto placer le brindaba.- Tómala toda, puta de mierda. –le grita soltándole otra fea nalgada en el peludo glúteo, haciendo reír a su hijo, que mira el agujero de manera ávida y sucia mientras les separa las nalgas al hombre que coge.

   La idea, toda la experiencia era alucinante para el hombre. Estaba cogiéndose a un tipo, por primera vez en su vida, frente a su hijo, quien le ayudaba abriéndole el culo, riendo, rugiéndole que lo cogiera duro, que se lo partiera, que la puta quería más güevo. Todo eso casi parece irreal al hombre, pero no le detiene; su rostro se encuentra deformado por una mueca de virilidad, de control y dominio, era el macho triunfador que entraba y salía del culo conquistado. Había enfrentado a otro carajo y le dominó, tomando su agujero como trofeo; el sumiso rindiéndose y entregándose a su superior. La idea era extraña, caliente, ese culo era suyo ahora. Su güevo lo convertía en su culo, a ese hombre en su puto. Y otra idea se hace presente, casi embriagadora, con su verga podía transformar a los medio hombres en putas hambrientas de güevos. Puede hacerlo, coger y enviciar a un sujeto con el poder de su masculinidad.

   No es consciente de que monta las manos sobre las de Jóvito, apretando, mientras sigue macheteándole el culo a ese tipo, Wilmer; ver su venosa tranca entrando y saliendo, halándole los labios del culo, era enloquecedor. La mete y saca sintiendo su tranca increíblemente abrazada, oprimida, halada y chupada; cada centímetro cúbico de su tolete estaba siendo estimulado y usado de una manera intensa. Nunca había experimentado un placer tal; y esa idea penetra su mente de manera intensa cuando se la empuja toda, haciéndole gritar, sintiendo sus propios dedos en su pelvis, y los dedos de su hijo, con ese agujero vicioso succionándole: no había mayor placer al de cogerse el culo de un hombre que lloriquea y suplica por ello. Eso se repetía ahora en su mente como un mantra mientras comienza a embestirle con más fuerza, sacándosela casi hasta el glande, deteniéndose un instante para disfrutar de las apretadas en la cabecita de la pieza rojiza y algo llena del semen de su hijo, clavándosela otra vez, dándole con las bolas, adentro y afuera, como alimentándolo, cayendo sobre él, derribándole contra la capota, oyendo la risa de Jóvito que se aleja un paso disfrutando del muy sucio y erótico espectáculo de su padre cogiendo a otro tío.

   Onésimo sentía la ola creciendo en sus pelotas que se contraen, cruzando los conductos, quemándole la tranca mientras la recorre, va a correrse, va a estallar en leche dentro del culo de otro hombre, mezclándola con la de su propio hijo, y la idea era maravillosa. Wilmer Soteldo lo percibe; las paredes estimuladas de su recto abrazan de tal manera la gruesa, tiesa, cálida y nervuda verga que puede sentir el recorrido de esa esperma que pronto bañará sus entrañas. Los dedos de Onésimo se clavan en sus caderas, y este la bombea una o dos veces más, dejándola bien adentro, echando sus caderas hacia adelante mientras aprieta los dientes, cierra los ojos y ruge, recorrido por un placer intenso.

   -¡Oh, sí, tómala toda, puta de mierda! –le grita a todo pulmón, sintiéndose muy bien al hacerlo. Y su tolete estalla dentro del culo masculino, disparando sus potentes trallazos que chocan, mojan, reptan y estimulan. Una y otra vez. El hombre se corre de una manera tal que siente que se desmayará de pura gloria.

   Y mientras su culo recibe lo que todo chico sumiso bueno quiere, güevo y esperma, por segunda vez, la mente de Wilmer también se ve llena de imágenes y voces, mientras se corre a su vez, otra vez dentro de su tanga hilo dental que presiona con una fuerza excitante sobre su glande. Esa idea le marea, le maravilla, le da sentido a toda su vida y propósito en el mundo, todo eso mientras sus entrañas aprietan y succionan todavía del macho que se le corre adentro. Sí, eso es lo que quiere, güevos y esperma, machos que lo usen, que lo traten como el coño caliente que es, el coño hambriento de hombrías, de machos de verdad para que lo llenen, usen y dejen rebosado. Nació para buscar hombres para entregárseles, para revivir una y otra vez la intensa sensación experimentada sobre la verga de un tío. Eso gira en su cabeza mientras deja caer la cara, de lado, sobre el metal que va calentándose bajo el sol, ojos cerrados en éxtasis, una lágrima de satisfacción escapando de su ojo izquierdo, jadeos ahogados de gozo escapando de sus labios entreabiertos. Y en todo momento, sobre el grueso tronco cilíndrico que lo cruza, su esfínter sigue cerrándose y abriéndose. Gimotea cuando el güevo sale, lentamente, chapoteante, todavía duro, bañado de esperma untada.

   Jadeando, Onésimo se lo mira, notándolo… como muy tieso aún, y como más grueso. Eso le gusta. Y sonríe de la mirada de admiración, y algo de envida, que su hijo le lanza. Observa nuevamente a ese tipo, caído sobre la capota de su auto, el peludo culo tembloroso dejando escapar algo de semen, la tira del hilo dental a un lado, casi cubriéndolo pero sin hacerlo, brillante con toda esa esperma. Y ahora la realidad se hace presente, ¿qué coño acaba de hacer? Respirando con dificultad, frenético, mira a los alrededores, el lugar era apartado, solitario, pero mucha gente iba por repuestos o por reparaciones a un lugar donde no hacían muchas preguntas sobre procedencias o seriales lijados. Qué locura, no debió…

   -¡Jóvito, ¿qué haces?! –grazna desconcertado.

   -Quiero culo, papá; quiero coger a este puto otra vez. –gruñe el muchacho con una sonrisa predadora y una mirada turbia, como en trance, metiéndose en el lugar que poco antes ocupara su padre.

   Onésimo traga, erizado, cuando le ve llevar la punta de su güevo joven pero de buen tamaño a esa raja peluda, recorriéndola, recogiendo las leches que manan, untándolas en el agujero, metiéndoselo otra vez, con un rudo y único golpe. Sobre la capota, elevando la espalda, ojos cerrados todavía, sonriendo abiertamente, Wilmer le da la bienvenida con un ronroneo. Si, quiere eso, ser trabajado otra vez por un güevo. Tener uno clavado en su culo era la dicha.

   -Hijo… -intenta una breve advertencia. Este lo mira, sonriendo cruel, dientes apretados.

   -Quiero culo. –repite y lanza una risilla algo maniática mientras comienza un saca y mete que hace gritar de lujuria a Wilmer, de una manera totalmente entregada, estremeciéndose sobre la capota, su espalda arqueándose. El macho que sabía gozar ser enculado.

   El güevo va y viene… y Onésimo sabe que también quiere cogerle otra vez. Lo desea con unas ganas tales que debe luchar para no apartar a su hijo y tomar su lugar.

   -Apúrate. –casi le exige, la tranca latiéndole.

……

   Nunca, en toda su joven vida, y a pesar de cierta nube que enturbia su mente, Rubén Santana había sentido tan pocos deseos de llegar a su colegio como en esos momentos, al lado de Tony Moncada. No notando el grupito en la entrada que parece esperarles.

CONTINÚA … 25

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 23

febrero 24, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 22

GUAPO Y CEÑUDO

   -¿No me quieres aquí?

……

   No, no debía. No podía. Eso estaba mal por tantos motivos qué… Recorrido por una fuerte sensación, la piel hormigueándole, Onésimo se acerca más a la pareja llevándose una mano a la dura erección que ya tiene bajo el pantalón, con dos ideas sucias llenando su mente; desea clavársela por el culo a ese carajo y hacerle gritar por maricón, como dice su hijo. La otra… que el muchacho vea que también él la tiene inmensa. Es su padre, tenía que haber respeto, carajo. Todo otro pensamiento racional parece desaparecer mientras mira las velludas nalgas, el hilo dental apartado, el culo manando el chorrito claro de la esperma de su hijo, y el tolete de este, fuera del bermudas, endureciéndose otra vez, todavía chorreando algo de de su propio semen que depositó y regó con nuevas embestidas dentro del agujero vicioso del maricón. Un agujero vicioso de maricón que pedía a gritos güevo…

   Con manos febriles se abre el pantalón, sacándoselo, duro, tieso, ojos clavados en ese culo, no podía apartarlos o resistirse a meterlo allí ahora que lo había mostrado. Una voz que no logra tomar el control en su cabeza le grita que se detenga, pero no puede. No cuando… agarrándose el güevo, el cual le late de gusto como no recuerda haber sentido hace tiempo en su vida de sexo seguro en casa, azota esa peluda nalga de hombre, duro, estremeciéndose cuando le ve tensar los músculos de aquel trasero, oyéndole respirar más bajo y caliente.

   -Papa… -la voz de Jóvito le trae a la realidad, le mira los ojos cubiertos de un velo de lujuria, con una mano halando la nalga izquierda, separándola igual que el hilo, cruzando el brazos sobre la baja espalda del sujeto ese, Wilmer algo, atrapándole la nalga derecha, halando fuera también, separándolas más.- Vamos, papá, este coño va a estallar en candela si no lo coges.

   -Jóvito… -tiembla intentando algún tipo de control. ¿Qué estaba haciendo? No podía cogerle si su muchacho tenía las manos ahí y…

   No sabe en qué momento echa sus cadera hacia adelante, el glande rozando el culo tembloroso, abierto y enlechado, y penetra. Contiene un grito cuando lo siente, el peludo esfínter, el sedoso y ardiente camino, el semen de Jóvito que sale más al ocupar el espacio. Se lo clava todo, rudamente, un real güevo de hombre, de macho, una mierda gruesa y nervuda. Y Wilmer se agita, alza el torso y el rostro, y grita sintiéndolo muy adentro, llenándole, latiéndole contra las paredes del recto, percibiendo un placer infinito que casi arranca lágrimas de gratitud de sus ojos mientras amasa la adorada pieza masculina enterrada en lo más profundo de sus entrañas.

   -Rómpele el culo al maricón, papa… -ríe, ronco y bajito, en tono totalmente depredador, Jóvito. Y los otros dos se estremecen.

   En aquel instante a Onésimo se le olvida que es un heterosexual que tolera a los gay, pero no tanto como para tenerlos de amigos verdaderos; que es el padre del chico que está ahí, al lado, con su verga también fuera de las ropas; y que es un hombre casado medianamente feliz. Todo pasa a otro plano mientras encula con golpes rudo a ese carajo que grita, se estremece y arquea el cuerpo en señal de gozo mientras lo cabalga. Una idea poderosa, grata a todo carajo, que alguien goza de su güevo. A eso se suma que Jóvito, su muchacho, sonríe de manera depredadora, con cierto desprecio hacia el puto, pero admirándole la pieza cuando la saca y mete del extrañamente apretado, sedoso y ardiente agujero que le daba las apretadas de su vida. Sacarla era sentirla apretada, retenida, meterla era casi correrse, piensa sorprendido. ¿Se sentía eso siempre al coger a un pato? ¡De haberlo sabido…!

   Wilmer, aferrándose con las manos a la capota, lleva y trae su culo contra esa pelvis, contra ese güevo que se abre camino en su alma, ofreciéndose de manera total. Las sensaciones que lo recorrían mientras era cogido, una y otra vez por aquel sujeto rudo que bufaba, le tienen al borde. Una mano de Onésimo, sobre la espalda, le derriba como poco antes hizo su hijo.

   -Tómalo todo, puto de mierda. Es como te gusta, ¿verdad?, duro y a fondo, saciándote ese coño maluco que tienes por culo. –le ruge, sonriendo cuando Jóvito ríe divertido.

   -Rómpele el culo, papá. Que grite, que llore.

   Escucharle hace que Wilmer sonría en la gloria, gimoteando y cerrando los ojos, babeando sobre la capota al incrementar Onésimo el ritmo de sus cogidas, su culo era cepillado de manera rápida y ruda por aquella tranca dilatada, gruesa y surcada de venas, esas bolas le golpeaban duro. El hombre, por su parte, a la par de excitado por ese agujero que estaba dándole las haladas, apretadas y ordeñadas que todo carajo sueña para su tolete, parece picarse con las palabras de su hijo y clavándole los dedos en las caderas, lo jode con violencia, casi con rabia, pero gozando sintiéndose poderoso. La risita algo alocada de Jóvito le hace mirarle, su muchacho mira ese culo con ganas. Dios, ¡su hijo quería darle otra cogida al maricón ese! Le había encontrado el gusto, se dijo casi orgulloso. Y la idea, dejarlo lleno de esperma y que Jóvito la metiera, le enferma de lo caliente que es. Los gemidos de Wilmer, de gozo entregado que parece agonía pero se sabe es placer, se incrementan, se la mete toda y se queda allí, enchufado a ese culo, agitándole contra el vehículo.

   -Si, así, grita y gime, a los hombres nos gusta cuando las putas lo hacen sobre nuestros güevos. –le ruge, sacándoselo.- ¡Quítate ese pantalón! –le ordena.

   Turbado al quedar sin verga en su culo y sin las manos de Jóvito, Wilmer se endereza, se vuelve, y cuando el dueño de la gasolinera le grita que se desnude de una puta vez, obedece rápidamente, quitándose las botas, sabiendo que esos machos no han terminado aún con él. Pronto, con su camisa, medias y tanga, cae de espaldas sobre la capota, sus piernas son atrapadas por los tobillos, alzadas y separadas, y después de apartarle un tanto el hilo dental del culo, tocándole ya sin reparos (Onésimo sentía que le iba a estallar y no de placer si no se la enterraba ya), el hombre vuelve a encularlo, de golpe, duro, gozando el verle estremecerse, arquear la espalda sobre la capota y lanzar un alarido. Todo eso hacía su verga al hundirse en el culo de otro tío, se decía maravillado. Y una idea extraña le dominó en ese momento mientras deslizaba su gordo tolete dentro del peludo culo de ese carajo, el cual se lo apretaba sabroso: se sentía muy bien hacer eso, junto a su hijo, coger al marica, allí, en su negocio, al aire libre, bajo el cielo inmenso y la brisa cálida. Si, era perfecto.

   -Préñalo, papá, móntale una barriga. –reía y aupaba Jóvito a su lado, dominado por su propia lujuria. Se miran.

   -Lo preñaremos juntos, hijo. Tú y yo.

   Y Wilmer, quien había alzado la cabeza, les mira, les escucha y sonríe cuando la echa hacia atrás, nuca sobre el metal, al sentir una fuerte estocada que le hace trinar de placer. Era lo que deseaba. Vivía para eso, ahora, para ser usado por los hombres de verdad. Y esa aceptación le hace gemir de placer, tanto que aprieta el esfínter sobre esa verga de una manera que Onésimo le agradece con un bufido y una leve nalgada. La gloria…

……

   -¿Seguro que te sientes bien? Te ves algo pálido. –Tony Moncada escucha lo que su madre dice mientras cruza la sala, mochila escolar al hombro.

   -Ya estoy bien, mamá. Debe ser… alguna virosis que va a darme. –intenta una sonrisa pero le cuesta; se sentía algo mal desde que sufriera esa… debilidad, o lo que fuera, mientras se duchaba, presintiendo que algo le tocaba. Había perdido la mañana, pero no podía con la tarde. Se acercaban los exámenes.

   -¿Crees que estás enfermo y te parece bien ir y contagiar a tus compañeros?

   -Vaya, no lo había pensando, pero eso lo hace más atractivo; gracias, mamá. –se medio burla y sale.

   Lentamente, aunque no sabe que va a paso de tortuga, comienza a cubrir el camino, diciéndose tangencialmente que era una vergüenza no vivir lo suficientemente lejos del colegio como para haberle hecho imprescindible el molestar a su madre para que consiguieran un carro. Tal vez ahora que iría a la universidad… Suspira, no lo cree, ya bastantes cuentas tenían a pagar. Su frente se frunce regresando al punto que le intriga. ¿Qué le pasaba? ¿Tendría algo que ver con lo que Liam Bartok le hizo? Había sentido los cambios, también padecido como cuando enfrentó a su madre, incapaz de controlar su ira y patanería, pero no esperaba sentir cosas tan… desagradables. Una cálida brisa agita las ramas de un árbol sobre su cabeza, alza la vista y el día le parece luminoso, acogedor. Hermoso. Y sin embargo… había algo inquietante. Un escalofrío desagradable lo recorre, un frío extraño. Se parecía a esa “hambre” que a veces le daba y que solamente saciaba con la boca sobre un güevo duro y caliente a punto de estallar en  leche, el tolete de algún chico o sujeto a quien previamente ya llenó con su propia esperma. Ese frío era parecido en lo molesto, en lo obsesionante ahora que había reparado en él. Una vez fuera de la sombra del árbol, con el sol de Caracas sobre su cabeza, sigue sintiéndolo.

   No le gusta, era… Se detiene en seco y todo su cuerpo responde automáticamente de una manera alerta. Si fuera una serpiente, alguien diría que se armó. Delante de él va un chico de espalda ancha, culo firme bajo un ajustado jeans, y su boca saliva. Quiere eso, erra lo que necesitaba, lo sabe. Sonríe alzando un tanto su rostro, su pecho subiendo y bajando como si exhalara aire, uno que dirige hacia el otro caminante. Este se detiene, rígido, notando algo que le alcanza, lo rodea y detiene. Se vuelve.

    Rubén Santana. Su juguete.

CONTINÚA … 24

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 22

febrero 8, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 21

GUAPO Y CEÑUDO

   -¿No me quieres aquí?

……

   Apretando los dientes, sintiéndose fuerte, duro, dominante, el muchacho le propina una dura nalgada, ahora totalmente consciente de que lo hace. Sintiéndolo increíblemente bien, darle, sentirle tensarse, escucharle gemir, notar como ese culo se cerraba, completamente, sobre su güevo. Y lo coge con más fuerza. Nalguea y coge mientras ese hombre hecho y derecho gemía bajo su tranca juvenil.

   -¿Querías güevo, maricón del coño? Tómalo, tómalo todo, puto de mierda. –le rugía cosas que únicamente habías escuchado el películas, que le excitaban una barbaridad, pero que ahora, hacerlo, decirlo, era mil veces mejor. Cogerlo le llenaba de sensaciones poderosas.- Puto, puto de mierda. –le ruge cogiéndole con embestidas aún más poderosas que casi parecen alzarle un poco del piso, encimándole más sobre la capota.

   El muchacho afinca las manos sobre esas caderas, con posesividad, para asegurar el culo de su marico mientras su güevo sale y entra dentro de él con movimientos bruscos, al tiempo que cierra los ojos y echa la cabeza hacia atrás, sintiendo el aire caliente sobre su rostro, los rayos del sol en sus brazos, sintiéndose plenamente consciente de que es un machito joven que quiere coger y gozar, y que lo está haciendo. Lo que el culo del maricón ese, las apretadas que le daba, las succiones, le tenían a punto de caramelo. El interior del gimiente hombre le brindaba un placer indescriptible. Mierda, tantos culos que habría podido coger ya…

   -Hummm… Cógeme, papi, así. Llena mi coño con tu esperma de macho. Aliméntame. –gime ese sujeto, ojos cerrados, boca muy abierta, la cara viva del goce supremo, todo su cuerpo deslizándose un tanto adelante atrás por la fuerza de las cogidas, hasta que una mano del chico cae sobre su nuca, derribándole sobre la capota, controlándole, dominándole. El tolete va y viene, ese culo apretaba sabroso, y Jóvito ya no puede pensar.- Oh, papi… papi… papiiiii… -gimotea, estremeciéndose, corriéndose contra el vehículo, el güevo atrapado dentro del hilo dental. Corriéndose mientras aquel joven tolete caliente y duro sigue dándole y dándole donde tanto le gusta. Se corre y su culo parece más goloso y apretado, sorprendiendo al chico que gime.

   Sentir eso sobre su güevo… La cara del joven se contrae, una vena se hincha en su frente lisa y despejada, aprieta los dientes, su tranca sigue cogiendo, entrando y saliendo de las entrañas de aquel maricón que gemía, se estremecía y corría bajo la acción de su sexualidad. El medio hombre que se entregaba al macho total, a su macho, el que lo controlaba, que se corría únicamente sintiendo su culo, no, su coño ocupado por un hombre. La idea era embriagante, poderosa. Mira como su tranca sale y entra y quiere más, lo retiene contra ella y le obliga a menear las caderas de un lado a otro. Y ese tipo sabe lo que su macho quiere, su culo, todavía temblando por el orgasmo vivido, se refriega de esa pelvis y bragueta.

   El muchacho se siente alcanzar nuevas cumbres, cierra los ojos otra vez y toma aire por la boca abierta. Lo siente, como su güevo se caliente impresionantemente y endurece. Lo nota claramente, el semen hirviendo cruzándolo…

   -Tómala mi leche, tómala toda, puto de mierda. –le ruge, luego grita al cielo cuando se corre, un disparo tras otro, de una manera abundante como no recordaba haberlo hecho antes, de igual manera era la intensidad del placer que estaba alcanzando.

   Mientras gritaba roncamente, prácticamente temblaba de debilidad y poder, al correrse dentro del coño del maricón ese, sigue bombeándole, duro. Oyendo los plo, plo, plo de su propia esperma en el estuche del hombre. Jadea al ir retirando su joven y saciado güevo, casi mareado, las piernas fallándole por el inmenso placer que experimenta, eran como dos orgasmos juntos. Tanto así lo siente. Su verga, la mira con la boca abierta, jadeando, dura, gruesa, manchada de la propia leche depositada en esas entrañas hambrientas. Se le veía más grande… Eso le gusta, como mirar al tembloroso carajo casi desmayado sobre la capota, el culo abierto, el hilo dental regresando a la raja, mojándose por la esperma que va manando. Una visión que le provoca escalofríos; quiere más, quiere cogerle otra vez. Desea sentir su güevo atrapado dentro de ese u otro culo apretado de machito faltón, y cogerle, hacerle gritar y suplicar por más. ¡Quiere coger otra vez!

   -¡Jóvito, ¿qué coño’e la madre pasa aquí?! –ruge, a sus espaldas, la atronadora voz de Onésimo Malavé. Su padre.

……

   Sintiéndose, de pronto, mareado y con algo de nauseas mientras se duchaba, Tony Moncada sale semi mojado, desnudo, a la carrera hacia su cuarto, todo girándole alrededor. Por un momento de pánico pensó en llamar a su madre, pero estando desnudo de bola no se animó. Así como estaba cayó sobre la cama, boca abajo, ahogándose, con esfuerzo logró quedar bocarriba, tembloroso, toda su piel erizada. Una fuerza extraña estaba llegándole, intensa, no sabía qué era, de dónde venía o por qué le alcanzaba, pero así era. Y no le gustaba. Le enfermaba.

   Dentro de la productora de porno gay que ahora maneja, un hombree increíblemente guapo yace sobre su silla, la cabeza echada hacia atrás, sus ojos cerrados y los parpados agitándose por el movimiento de las pupilas tras ellas. No puede controlarse, ni moverse. Siente una corriente intensa que le alcanza y atraviesa, su piel arde, sus tetillas y verga se yerguen. El juego comenzaba, al fin, pensó con una sonrisa torva Liam Bartok.

   En la biblioteca ancha, larga y de altos techos dentro de su lóbrega casa, un joven delgado, pálido y de anteojos de montura fina yace en posición loto sobre un mueble. Ojos cerrados, frente levemente fruncida al ser alcanzado por una fuerza intensa y poderosa. Casi estimulante… Una que no le afecta mayormente. Abre los ojos, preocupado. Las piezas habían sido colocadas y comenzaba el juego real. Uno sumamente peligroso que podría terminar con la revelación al mundo de la existencia de los controladores, para comenzar. Luego todos los demás. Si no les detenían ahora… Bota aire con desaliento, sabe que el problema ya ha comenzando en alguna zona del oeste capitalino, pero nada más.

……

   Con la boca increíblemente abierta por la sorpresa, siendo esta sustituida rápidamente por una rabia enorme, Onésimo contempla la visión de su hijo, su muchacho, Jóvito, con el güevo increíblemente duro fuera de su pantalón (y le sorprende ver lo grueso que se ve), al lado de aquel sucio maricón que tenia los pantalones en las rodillas y una tanga hilo dental que le cubría la raja del culo, culo peludo del que manaba, a pesar de la tirita del hilo, una buena cantidad de semen.

   -¿Qué coño’e la madre está pasando aquí? –ruge nuevamente, como un basilisco el hombre, acercándoseles, cerrando los puños. Cachetearía a su hijo coge maricas, para comenzar, luego sabría si era también marica y le atizaría más. Pero antes molería a palos al maricón de mierda de cuyo culo manaba un río de esperma espesa, la de su muchacho (y vaya corrida).

   -Cogía al maricón este, papá. –responde Jóvito, sintiéndose todavía poderoso por la corrida alcanzada.- Lo hice chillar de gusto. Se corrió sin tocarse. –parece vanagloriarse. Eso desconcierta a su padre.

   -¿Cómo puedes…? –no entiende qué le pasa a su muchacho. Ni sus palabras. ¿Acaso le retaba para que respondiera si podía hacer correrse a un marica únicamente dándole por el culo?

   -Tenía que cogerlo, papá. Su coño estaba pidiéndomelo a gritos. Mira… -y aparta la tira del hilo.

   El hombre se queda paralizado, entre las musculosas nalgas peludas, con el hilo apartado, el culo es totalmente visible, manando leche. El semen de su hijo el cual estuvo llenándolo poco antes con ese güevo que se ve tan grueso, tan manchado de su propia esperma. Un culo que…

   -¡Cogías a un hombre! –acusa.

   -No, el coño de un maricón. Soy un macho, papá, tenía que cogerlo, ¿no lo habrías hecho tú? –arguye el muchacho. El tipo mira sobre un hombro al recién llegado.

   -Cógeme… Lléname el coño con tu güevo también. –pide ese sujeto, Wilmer Soteldo, urgido, meneando un poco el trasero, los labios hinchados del culo abriéndose un poco.

   -¿Qué? No, yo… -Onésimo parece aturdido, recorrido súbitamente por una corriente sucia y poderosa de lujuria mirando la mendicidad en esos ojos, el culo goteante.

   Le gusta usar su güevo, no había placer comparable a ese; masturbarse, recibir una mamada, coger dentro de un apretado y cálido conducto que se lo aprisiona y hala es increíble, pero esto… No era gay, fuera de un carajo que se lo había mamado cuando chicos, cosa de la que jamás habló a nadie, nunca se había interesado en aquella vaina. Pero allí estaba ese carajo, no mal parecido, con su culo y muslos peludos abiertos, con el pantalón en los tobillos, ofreciéndole el agujero con el cual seguramente les ha exprimido la leche a muchos hombres. Le imagina en un callejón tras un botiquín, así abierto sobre un bote de basura, una fila de jóvenes marineros borrachos esperando sus turnos de cogerlo, y él feliz, trabajándoselos a todos. La idea era intensamente erótica por sucia y prohibida, agravado para colmo por saber qué segundo antes todavía albergaba y exprimía el tolete de su propio muchacho. Allí estaba, chorreando la esperma de Jóvito, su Jóvito, y todavía quería más.

   -Vamos, papa, coge al marica. Llenándole el coño con tu güevo. Quiero ver que le hagas llorar. Enséñame a tratar a un puto como este. –sonríe el muchacho con la mirada brillante de ociosidad, de ganas. Y su sonrisa, sus ojos traviesos, el tolete que aunque había soltado toda esa cantidad de semen aún continuaba morcillón, era casi mareante.

   No, no debía. No podía. Eso estaba mal por tantos motivos qué… recorrido por una fuerte sensación, la piel hormigueándole, Onésimo se acerca más a la pareja llevándose una mano a la dura erección que ya tiene bajo el pantalón, con dos ideas sucias, desea clavársela por el culo y hacerle gritar por maricón, como dice su hijo. La otra… que el muchacho vea que también él la tiene inmensa. Es su padre, después de todo.

CONTINÚA … 23

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 21

enero 26, 2016

LOS CONTROLADORES                        … 20

SEXY BOY

   Guapo, casi infecciosamente…

……

   ¡Qué asco, joder!, piensa el chico, estremeciéndose salvajemente ante la visión de ese arrugado agujero que deja entrar el grueso dedo del hombre, seguramente apretándoselo. La idea le hace estremecer.

   -Cógeme. -pide el sujeto sobre un hombro, casi suplicante, mirada perdida, metiéndose y sacándose el dedo del culo, el cual medio bailotea, llamativo.

   -Grandísimo marica. –Jóvito estalla, rojo de cara, ojos sobre esa raja peluda, sobre la tirita blanca que atrapa en saco más abajo las bolas del carajo, ese agujero vicioso cuyos labios parece atrapar el dedo. ¡Lo que harían sobre un güevo!, piensa, estremeciéndose más.

   No sabe en qué momento se mueve, acercándose, recibiendo contra su rostro, cuello y brazos el calor que exhala ese otro cuerpo que parece dominado por una gran fiebre.

   -Por favor, chico, lléname el coño con tu güevo que siento que me muero. –suplica de manera patética, rostro crispado… metiéndose ahora dos dedos, que se deslizan fácilmente dentro de un agujero que lleva años disfrutando del buen sexo.

   -¡Maricón! –le ruge, atrapado entre la rabia y la fascinación. Le oye respirar pesadamente, como exasperado, dejando su tono de mendicidad.

   -¿Qué? ¿No te gusta coger? –le impacta.

   -Sí, pero…

   -¿Te gusta sentir tu güevo atrapado, apretado, halado y chupado por un apretado agujero que lo ama y que da gracias a la vida de que existe el tuyo? ¿No te gusta que te lo ordeñen así? Una mano está bien, una boca es mejor todavía… pero coger…

   -Vete, maricón, mi papá está por llegar y… -tiembla viendo esos dos dedos entrar y salir de ese culo peludo, fascinante, que parecía atraparlos.

   -Eres tan niño. –parece quejarse, sacándose los dedos, pero todavía apartando la tirita blanca, y con la otra mano, haciéndole pegar un bote, le atrapa una mano al chico, llevándola a su trasero.

   En cuanto su mano entra en contacto con la redonda nalga masculina, peluda, caliente, Jóvito queda paralizado, sintiendo como bajo la yema de sus dedos esa piel arde literalmente. Cuando ese tipo le suelta, no se aparta, los dedos recorren la curva de ese trasero como animados por vida propia.

   -Esto… esto no está bien… -todavía grazna, pero sus dedos van hacia esa raja, cosquilleando sus contornos.

   -Míralo, ¿no se te antoja? Dime, hombrecito grande, machito alfa, ¿no deseas llenármelo con tu güevo y cogerme como la perra que soy? Un macho como tú puede hacer llorar de placer a una perra, ¿o no?

   Esas palabras le hacen arder también; si, es un macho, podría llenarle el culo al marica ese con su güevo, cogerlo duro, hacerlo llorar pidiendo por más, y seguiría siendo un hombre.

   -¡Puto! –le ruge, como molesto, voz ronca, dándole una nalgada, dura, ruidosa, sintiendo un cosquilleo rico cuando le ve estremecerse y le oye gemir.

   Pero lo que le trastorna es ver ese culo que se agitaba fieramente, abriéndose y cerrándose de manera hambrienta. Un culo parecía una boquita de labios fruncidos que luego se abrían, y Jóvito no puede dejar de mirarlo, acariciándole otra vez, ahora de manera abierta, sin pensar en la extraña sensación de estar sobar una piel más dura y también peluda, nada femenina.

   -Vamos, chico, mi coño necesita de tu güevo. –pide otra vez. Se miran.

   -¿Quieres mi güevo? –preguntarle era como retarle, como incitarle. Jugar.

   -Lo tengo tan caliente, mojado y palpitante, papi. –sonaba extraño a oídos del muchacho que un carajo hecho y derecho le llamar de esa forma a él, un jovencito.- Mi coño necesita de tu hombría.

   Claro, para eso eran los coños, se dice como en trance Jóvito. Para ser jodidos por los hombres, para albergar sus güevos, apretándolos y exprimiéndolos para quedar rebosantes de leche masculina. Ardía de ganas, sabía que lo tenía bien duro bajo el jeans, tanto que le dolía presionado por el bóxer y la áspera tela del pantalón. Pero era un carajo, hombre…

   -Vamos, chico, ¿acaso no eres un hombrecito? Tu papá no dudaría un segundo. Respondería como un macho y sabría que tiene la obligación de llenar el coño hambriento de una perra. Él sabría que necesito tenerlo lleno con una barra dura, caliente y palpitante, y lo haría.

   Sintiéndose recorrido por una energía rabiosa, el muchacho empuja por la espalda al hombre contra la capota, haciéndole caer de panza, sacándole un pujido y una sonrisa, logrando que alce más el culo; luego, con manos febriles, mirando esa raja y la tirita del hilo dental blanco apartado, saca no sin esfuerzo su endurecido güevo del jeans y el calzoncillo corto que lleva. El tolete, cobrizo claro, enrojecido, resuma algo de líquidos desde su ojete. Agarrándoselo para llevarlo a donde toca, Jóvito siente una llamarada como pocas veces en su joven vida. Se miran.

   -Vamos, hombrecito duro, hombrecito fuerte, coge a tu puto. –casi sonríe ese tipo.

   Esas palabras, que hicieron arder la piel del muchacho, llenaron su mente. Coger al puto, llenarle el coño, todo coño debía ser llenado. Esas ideas se repetían en su mente. Se acerca más, aprieta los dientes con decisión y frota su glande de la raja peluda, del agujero que se estremece, mojándolo. Y quemaba, ambos lo sienten.

   -Toma, maldito maricón. –ruge Jóvito, entre dientes, y aferrándose la base de la verga la echa hacia adelante, siente el roce contra el arrugado anillo, lo alisa empujándolo hacia adentro, hay una leve resistencia pero esta pronto cede, por la fuerza de la embestida. Se la clava de un carajazo, y eso que el tolete era de buen tamaño.

   Una vez se la clava, su pelvis chocando de aquellas nalgas de macho putón, Jóvito parpadea, transfigurado. Las entrañas de ese hombre apretaban de una manera reptante, masajeante, era casi sedoso y terriblemente caliente. Muy caliente. Y le gusta; una idea le llena la mente de testosteronas, haciéndole sentirse increíblemente bien, ¡le había enterrado su güevo caliente a otro hombre por el culo! Él lo había hecho. Era más macho que el otro, el cual, cuando le abrió las entrañas de golpe y porrazo, había tensado el cuerpo, las nalgas y el agujero, apretándole todavía más, al tiempo que arqueaba la espalda y dejaba escapar un grito agudo, intenso, que no era para nada de dolor. Le gustaba, piensa el muchacho, la mente ofuscada. Retira medio tolete y vuelve a clavárselo, sintiéndolo increíblemente bien mientras iba y venía, más apretado y ahora masajeándole abiertamente la verga en el vaivén. Lo saca y lo mete, duro, no puede hacerlo de otro forma.

   -¿Es lo que querías, maricón, que te cogiera como una puta? Pues bien, toma, toma, puta… -le ruge altivo, sonriendo, casi transformado en otro, atrapándole las caderas y macheteándole con fuerza el chiquito.

   El güevo iba y venía de ese agujero que se abría con hambre para permitirle el transito, rodeado de pelos, la tira blanca del hilo dental, soltado, rozando el tolete que lo trabaja. Son embestidas duras las que da el muy joven sátiro, el cilíndrico tolete salía casi hasta el glande, halándole los labios del culo y los pelos, para luego enterrárselos, desapareciendo en su interior la joven y dura pieza de joder surcada de venas, mientras las bolas le golpeaban.

   El otro, por toda respuesta, gemía y se estremecía sintiendo su culo lleno, atendido como el buen Dios manda, como despertando aún a nuevas sensaciones o niveles de gozo. Se siente bañado, todo él, con algo cálido y grato que lo envuelve… y que nace en su agujero.

   -Hummm… hummm… -era todo lo que podía expresar, mordiéndose los labios, pareciendo luchar contra tanta excitación y gozo, comenzando a mover sus nalgas de adelante atrás, buscando con su culo ese tolete, el cual, por un segundo se queda quieto y es su agujero el que va y viene sobre él, hambriento y desesperado por más, clavándose todo y meneándose de lado a lado.

   -¿Es lo que querías, puto? ¿Güevo? Bueno, toma güevo, toma güevo –le gritaba Jóvito, perdida toda cordura, cogiéndole feo, nalgueándole.

   Y ocurre, siente como las paredes de ese recto se adhieren totalmente a su pieza, estimulando cada centímetro cúbico de su dura mole joven, dándole las apretadas de su vida. Es como si lo chupara literalmente, con tal fuerza e intensidad que teme morirse. Tan sorpresivo es que saca su güevo, pulsante, mirando el agujero que ser abre como una pequeña boca, reclamándole por más. Los ojos del muchacho se fijan en su propio tolete, pareciéndole que está… no lo sabe, como más dilatado por los lados, como si las venas estuvieran más llenas. Como más grueso. Cosa que le gusta. Coger al maricón se lo ponía más grande, pensó. Y lo clava, ese culo se abre, lo cubre, halándoselo; entre las apretadas y el intenso calor de las lisas paredes, lo siente más estimulado que nunca antes en toda su corta vida. Y grita de placer, dejándose llevar, perdiéndose, diciéndose que sólo quiere eso, coger coños apretados así. Los apretados y dulces coños calientes de otros hombres.

   Los dados habían sido echados.

CONTINÚA … 22

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 20

diciembre 24, 2015

LOS CONTROLADORES                         … 19

SEXY BOY

   Guapo, casi infecciosamente…

……

   Sonríe al notar como ambos le miran, de soslayo, esperando que mengue el número de personas presentes, y en un momento cuando prácticamente no hay nadie, cada uno se acerca, resintiendo la presencia del otro. Parecía cohibirles lo que hacían y no querían testigos. Es el cuarentón quien habla primero, saludando.

   -¿Si, caballero? –le pregunta solícito, le ve enrojecer un poco, como vigilando con el rabillo del ojo al chico ambiguo. Nunca era fácil hablar ciertos temas con un vendedor, menos si había un tercero.

   -Tengo un amigo que… -comienza, se atraganta, baja el tono de su recia voz.- Me habló de unos videos nuevos que están saliendo, del país, de sexo duro de tíos con jovencitos donde… -se corta todo, el chico ambiguo ahora mira con interés.

   -¿Fingen forzarles o violarles pero un superhéroe les salva? –termina, intrigado, el vendedor. La voz se corría y le pedían mucho ver eso, se dice no poco extrañado.

   -Ese mismo. –interviene con voz afectada, algo melosa, el joven. Sin mirar al hombre.

   -Tenemos algo pero… no he podido copiarlo, así que sólo está para exhibición. Tengo dos cabinas. Tal vez puedan verla y decidir si quieren adquirirlas. Compradas. Todo es muy discreto. –ofrece, notándoles luchar con la idea. Pero sonríe viéndoles asentir.- Vamos.

   Le siguen… y vaya que les gustaría, el encargado vería algo insólito, que le decidiría a meterse de lleno en el negocio de la distribución. Cada ficha en el juego del controlador jefe iba cayendo en su sitio.

……

   Matías, el chico ambiguo, con la boca seca se pregunta qué hace entrando en esa cabina. Debió comprar porno gay como siempre e irse, a toda prisa, con el corazón alegremente enloquecido, ansioso de llegar a su casa, cruzar la sala sin mirar a su madre y encerrarse en su cuarto a verla. Tragando en seco y todo su cuerpo caliente ante la visión de todos esos hombres hermosos de güevos grandes que se los metían por todas partes a otros hombres guapos. Lo de siempre. Pero cuando leyó en la red sobre aquellas películas, la curiosidad pudo más. La cabina es un minúsculo espacio de metro y medio por dos metros, un monitor de buen tamaño ocupa la pared que sirve de división con la otra cabina, donde seguramente el monitor correspondiente estaría en el mismo lugar para aprovechar el cableado. Una silla giratoria, con rueditas, se encuentra frente al aparato de video.

   Toma asiento y toca la pantalla, donde dice inicio, todavía dudando. Hay una grandilocuente música de introducción, con fanfarrias preciadas a las de la Twenty Century Fox, sobre el nombre de la casa productora, Coños de PerrasBoys. Eso le hace sonreír pero también le provoca un escalofrío por la columna. La filmación no es nada del otro mundo en calidad o iluminación, un menudo joven catire, delgado, con un chalequito escolar y un pantaloneta parece recrear la imagen de un chico que regresa de la escuela. Viene canturreando, saltando, con una rama recorre una tela metálica que cruza y se detiene en seco, algo alarmado, cuando queda frente a un bote de basura en llamas donde dos hombres corpulentos, con apariencias de mendigos, beben de una botella. Son dos hombres altos, treintones o cuarentones, con cuerpos forrados de músculos bajo sus ropas sucias, con manchas oscuras en sus caras y manos, donde lucen descuidadas barbas. Uno es negro, con crinejas largas, el otro tiene la piel cetrina y es calvo. Y son grandes, intimidantes, masculinos y predadores, mirando un poco hacia abajo, al chico catire, dulce e inocente como un escolar. Matías tiene la mirada fija en la escena, la boca seca, el corazón cabalgándole en el pecho, lleno de expectativas.

   Algo le dicen los sujetos al chico, con miradas predadoras, de burla y deseo, asegurando que un lindo chico como él seguro tenía un dulce coño escondido esperando ser tocado por los machos. Este se asusta, intenta retroceder y grita cuando dos pares de manos le atrapan. Se agita y se resiste, grita (¡era tan vivido!), pero esos hombres, uno al frente, el calvo, otro a sus espaldas, el negro, le pasan las manos por todos lados. El hombre negro, desde atrás, le cubre la boca haciéndole gemir ahogadamente, al tiempo que mete una manota dentro del chaleco y la camisa, bajándolos bastante, mostrando como manosea sus pequeños y virginales pezones. El otro le mete la mano bajo el borde del chaleco, alzándolo, frotándole la flaca panza blanca. Le desnudan, a zarpazos, el chico se agita y grita, pero sin palabras. Inmediatamente lo dejan totalmente desnudo, en cuatro patas, un enorme güevo negro rozándole la cara, azotándole con él, metiéndosele en la boca. Los ojos llorosos y desenfocados del chico, sus mejillas rojas denotan el esfuerzo que hace cuando sus delgados labios color rosa tienen que cubrir la impresionante masculinidad que emerge de la sucia ropa, con dos manotas reteniéndole por el amarillento cabello. Sus púberes nalgas son azotadas por una mano grande, feas y sonoras nalgadas se suceden, y gime, se tensa con cada una. Matías se siente trastornado oyendo a ese tipo decir que ese chico aún no estrenaba su dulce coño. Eso estaba mal, muy mal, pero todo su ser arde.

   Las nalgas enrojecidas con marcas de dedos muestran dentro de ellas un redondo, lampiño y muy cerrado culo, la rojiza cabeza del güevo cetrino se frota sobre la raja, arriba abajo, con el grosero tipo riendo preguntándole si el coño no se le mojaba ya de anticipación. El chico deja de mamar y se nota que pide que no le haga eso, el negro güevo ensalivado, que chorrea espesa baba y jugos, le azota feo la carita y vuelve a meterse en su boca. Hay una toma cercana del tembloroso culo y del frotar de la cabeza de ese miembro, arriba y abajo, que babea también. Y el tipo, atrapándole las caderas, apretando los dientes con maldad, se la clava toda, a fondo, con un “oh, sí, este coño virgen se siente tan bien”. El chico deja de mamar y grita, elevando la cabeza. Pero pronto tiene que regresar a chupar ese güevo pulsante. Llora pero su boca va y viene mientras aquel grueso instrumento de joder, la carne dura de un hombre hecho y derecho, se clava en sus entrañas, robando su inocencia y virginidad. Los dos machos lo cogen con violencia, sus güevos entran y salen de sus orificios sin piedad.

   Le tienden de espalda, nota Matías, frunciendo el ceño, parpadeando un poco, hay una luz intermitente en la imagen, algo que se refleja en un cristal. Era una luz molesta, continua. Y teniéndole de espaldas, el tipo cetrino, a su lado, le toma el bello e inocente rostro, obligándole a ir y venir sobre su güevo, comiéndolo. Los labios del chico lo cubren, sus mejillas muestran la figura del tolete. El sujeto le dice que sí, que siga así, que se nota que le encontró el sabor, que a todos los chicos como él les encantan las chupetas que los hombres guardan para ellos y tan sólo deben pelarlas. Eso hace reír a los dos violadores. El hombre negro, con su monstruosa verga todavía mojada de saliva y jugos, frota el amoratado glande de la raja, presionando en una toma cercana. Y es sencillamente increíble por lo mórbido, piensa un agitado Matías, todavía notando la luz parpadeante, también un cierto sonido de pitido que le hace arrugar la frente, ver como la titánica pieza se forza, abre y va penetrando, pedazo a pedazo del inmenso tolete, dentro del pequeño culo del chico, quien se agita, arruga la frente y arquea la espalda. Lo cogen así, el hombre negro rugiéndole que tomara, que le sacara la leche con su coño caliente y hambriento. Matías siente la boca seca, su cuerpo ardiente, su verga dura, sus tetillas sensibles… y su culo algo picoso. No lo entiende, pero se imagina en ese predicamento, dos machos cabríos, abusadores, dos sádicos tomándole así en plena calle, sometiéndole a pesar de sus gritos y llanto.

   Esa luz parpadeante, coño, ese pitido…

   La escena, los sonidos, tan claramente vívidos, sin embargo parecen llegarle con cierto retraso. Se sobresalta cuando una mano grande, firme, ruda y muy masculina cae en su hombro. Agitado vuelve la mirada, hacia arriba, y encuentra a ese tipo que entró con él a la tienda, el cuarentón. Su mirada era oscura, lujuriosa, su determinación era la del macho dominador.

   -De pie. –le ruge, halándole hacia arriba, apartando con un pie la silla. Dejándole parado frente al monitor, él detrás.- Mira eso…

   La mirada de Matías, quien no puede procesar exactamente qué ocurre, qué hace allí ese sujeto al que no conoce, tratándole de esa manera y hablándole en semejante tono, vuelve a la pantalla y casi jadea contenido. El chico, catire y bonito, muy joven, totalmente desnudo, está entre esos dos hombres, que están de pie, uno adelante, el otro atrás, sosteniéndole, sus piernas cuelgan en los brazos del sujeto negro, alzado en peso, su culo recibiendo en esos momentos el ataque, penetrada e invasión agresiva de dos moles de carnes duras. Estaban cogiéndole entre los dos, a un tiempo, mientras el chico gemía entre sus cuerpos, carita de dolor, pero tono ronco, totalmente tomado por aquellos machos dominantes.

   Boca abierta, Matías lo mira, esa luz parpadeando en la toma, desde otro punto, mientras ese sujeto a sus espalda mete las manos bajo su franela, las callosas palmas recorriéndole la suave y lisa piel, erizándole. ¿Qué demonios hacía?, le grita una voz en su cabeza, alarmada. Pero la escena, los dos güevos, uno negro, el otro cetrino, ambos frotándose uno contra el otro mientras cogen el pequeño culo blanco de un chico que se estremecía, arqueaba, gemía y flexionaba los dedos de sus pies, esa luz parpadeante, ese pitido que era algo desequilibrante, ese sujeto tocándole…

   No nota que mese su culo hacia atrás, contrala bragueta llena del tipo, frotándole la dura barra que quema a pesar de los dos juegos de pantalones. Gruñendo animal, ronco y predador, el sujeto le muele también. Verga contra culo. Y Matías traga, nunca ha hecho eso, no se ha atrevido, lo piensa todo demasiado, pero en esos momentos… esas manos lo tocan con propiedad, el resuello del sujeto, su deseo por él, le trastorna, tanto como estar tan consciente de la dura sexualidad contra sus nalgas.

   -Voy a llenar tu coño… -le oye rugir contra su oído, asustándole, perdiéndole.

……

   Jóvito Malavé silba con desgana mientras pasa un trapo húmedo, inmundo, sobre los surtidores de gasolina. Su papá no le dejó irse con su primo, Benito, a jugar básquet en la cancha de Los Araguaneyes. Aunque le gritó que no fuera a Benito, su sobrino, porque terminaría metiéndose en problemas por tratar con esos malandros, no podía, técnicamente, detenerle. Pero a él sí. Y le había echado esa vaina. Mientras Benito seguramente estaba jugando básquet, echando vaina, enséñanosle el pecho a las chamas de la zona, fumando y tomando algo de guarapita, perdiendo el tiempo de manera gloriosa, el tenía que hacer aquello. Y lo peor era que no había pasado casi nadie a llenar el tanque. No es un trabajo muy exigente a realiza para ese cuerpo joven, esbelto, transpirado dentro del viejo bermudas y la camiseta blanca que se adhiere a su cuerpo de una manera que le gusta porque hacía que las nenas, y una que otra vieja le mirara (así pensaba de toda mayor de treinta y ocho años). El sonido de un motor le llama la atención y arruga la frente. Lo que faltaba, el marica ese.

   Viendo la grúa llegar y estacionarse, cae en cuenta que llevaba días sin verle. Desde que subió la otra camioneta, la buena. Una idea le hace sonreír, seguramente el que le dio güevo le dejó el culo muy adolorido. ¡Malditos maricos!, se dijo. Sin embargo, muchacho al fin, lo miró, arrojando el sucio trapo, manos en las caderas. Insolente en su juventud. Benito tenía razón, el pato ese no podía pasar por allí sin mirarle, sin comerle con los ojos. Eso le molestaba pero también le divertía. Le ve salir, algo barbudo, con ojos turbios, el paso fue algo inseguro.

   -Buenas. –saludó este, recorriéndolo todo con la mirada.- ¿Y tu papá? –el macho alfa, debía llegar a él primero.

   -No está. –sonríe desdeñoso.- Sólo estoy yo para cuidar de las mangueras. –agrega con burla provocativa, tocándose el entrepiernas. Casi riendo del patético marica cuya mirada cae ahí, algo confusa, mientras separa los labios.

   -Tienes una lengua afilada. –le gruñe el sujeto, sintiéndose más tranquilo, sabiendo que le sorprende. Siempre les mira, intercambia saludos y no pasaba de allí. No quería problemas en la zona, menos con esos muchachos que eran, prácticamente, sus únicos vecinos.- Pero no sabes usarla. Sé respetuoso. –nota que eso le molesta.

   -Imagino que tú si usas la lengua bien, cuando lames lo que te gusta. –suena retador, abierto, casi agresivo en su desprecio. Se miran.

   -Respeta. –repite con un gruñido, sintiéndose nuevamente mareado, con ese calor que lo embargaba y que no tenía nada que ver con el deseo sexual, lo sabe. Era otra cosa. Como fiebre.

   -¿Respetar a un mamagüevo?, muy difícil. –dejándose llevar por la ira, replica, a pesar de saber que su padre se molestará mucho si se entera.

   -Eres un… -ruge con disgusto; maldita sea, toda su vida ha tenido que escuchar insultos homófobos, pero que provinieran de un muchacho era demasiado. Endereza los hombros y nota que el chico se tensa, apretando los puños, algo pálido y preocupado, pero listo a responder. Todo un gallito. Un alfa.- Mira, necesito ayuda… -dice mientras las palabras se le ocurren.

   -¿Qué quiere? –Jóvito cruza los brazos sobre el pecho, hostil pero interesado. Le conviene. Sabe que se pasó.

   -Ayuda. –repite, como si le costara hilvanar sus pensamientos. El calor estaba quemándole. Se abre la correa, saca la camisa del pantalón y lo abre también.

   -¿Qué coño haces? Déjate de mariqueras, mamagüevo o… -el chico se alarma, ahora realmente asustado. No esperaba aquello.

   -Necesito ayuda. –repite el sujeto, bajándose con dificultad el jeans por sus muslos, volviéndose, apoyándose de la capota de la grúa y levantándose la camisa, los ojos de Jóvito muestran toda su sorpresa, escándalo y repudio.- Necesito que me ayudes. –corea, mirándole sobre un hombro, mostrándole su trasero redondo, musculoso, velludo, masculino, apenas cubierto por una tanguita hilo dental color blanca, que se pierde en la raja entre los glúteos.

   -Maricón de mierda, súbete su vaina y lárgate de aquí o llamo a la policía y mi papá… -el chico ruge, de furor y rabia. Ese sujeto le ofendía, ¿acaso le creía marica también? Eso era lo que le parecía entender, que le buscaba porque le notaba algo. Siente furia pero no puede apartar los ojos de las nalgas, morbosamente curioso, cuando el tío se inclina más, ese redondo culo expuesto en toda su majestad, la tirita obscena apenas cubriéndole.

   -Ayúdame. –oye que le dice otra vez, mirándole sobre un hombro, pero no notándolo ya que sólo mira una de las manos del tipo que va a su trasero, metiendo el pulgar debajo de la telita, apartándola de su culo peludo, rugoso, el orificio más secreto y sagrado de un hombre heterosexual, y que con la otra mano, con dos dedos, separa un poco los pliegues de ese agujero en botón.- Mi coño necesita ayuda. Ayúdame. Llena mi coño caliente… -suplica.

CONTINÚA … 21

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 19

diciembre 6, 2015

LOS CONTROLADORES                         … 18

SEXY BOY

   Guapo, casi infecciosamente…

……

   Las dos jóvenes intercambian una mirada, Joanna parece ligeramente divertida, Sabrina no. Menos cuando el joven alza la vista, la luz reflejándose totalmente en los cristales, como espejos, impidiendo mirar sus pupilas.

   -¿Qué lo hace tan peligroso? A este sujeto que esperas. –se interesa esta última.

   -Está completamente loco. Heredó un poder increíble, pero también un viejo odio, y no supo manejarlo. Querrá superar a su predecesor, quien también fue terrible, pero era mediamente sensato. Se podía hablar con él, negociar en medio de la batalla. Con este no ocurre eso. –calla y mira a un lado, ocultando sus pensamientos; había sido una pena que no le matarán antes. Pero ni aún él, o Gea, podían verlo todo.- Estamos a punto de ser atacados, de manera total y frontal. –sonríe leve, una mueca que provoca escalofríos en las mujeres.- Y de una manera que nunca han visto, ni pueden imaginar a menos que pudieran entrar en mi mente. –las ve encogerse. Nadie querría eso jamás.- Me parece que el otro, ese a quien viste, sólo vino a prepararle el camino.

   -Pero… es una locura ir contra nosotros. Solos podemos ser… intimidantes, juntos no podrá… –alega Joanna, confusa; no siendo empática como Sabrina, no podía leer en las emociones del siniestro joven. Ni lo deseaba.

   -Y, sin embargo, él comenzará su guerra. Contra todos. Contra el mundo. –informa y Joanna lanza una carcajada que contiene cuando los otros la miran con seriedad.

   -¿Qué? ¿Hacerle la guerra al mundo? Es una locura. Es imposible. Ni Gea o tú… -titubea.

   -No imaginas lo aterrador que puede llegar a ser su facultad; creo que su demencia, su falta de escrúpulos o empatía, potenció su naturaleza. Es un controlador de quien no hay manera de escapar. Tal vez su única debilidad sea esa, su inestabilidad. Con su predecesor no hubo esa falla, tan sólo se metió con alguien que no debía, puso a demasiados en su contra. –mira a Joanna, quien asiente.

   -El abuelo me ha contado la historia, lo que sabe. Y a su manera. –responde la nieta del viejo Joel Gruber. Frunce el ceño.- Él no habló nunca de…

   -No le dijimos quiénes éramos. Eso es peligroso. Somos muy pocos. –sonríe leve, desvaído.- Ese controlador era poderoso, no tanto como este, pero si más inteligente, quería únicamente nuestro fin, por eso pactamos con gente común para… el trabajo de campo.

   -¿Tuvimos? Mucha gente habla en tercera persona o plural, pero… -Sabrina le mira ceñuda.- ¿Qué edad dices que tienes? –el otro sonríe, flojamente.

   -No desvaríen. Tenemos que prepararnos, ubicar al sujeto que viste bajando de ese vuelo. –le dice a Joanna.- Encontrar a quien esté actuando en el Centro. Tú debes llegar a él. –se dirige a Sabrina.- Pero de quien debemos ocuparnos, y cuidarnos, es del que todavía está por llegar. Porque llegará y actuará; lleva demasiado tiempo soñando con el levantamiento de los controladores. Desea declarase diferente y poderoso ante la humanidad misma, merecedor de adoración incondicional. Y nos hará la guerra, a todos, por ello. –calla, hombros caídos, mirando a un rincón de la habitación.

   -¿No hay manera de encontrarle? Alguno de nosotros debe poder…

   -No, Joanna, no sabremos nada hasta que termine de colocar sus piezas en el tablero. Luego mostrará su juego… Y tal vez, ya en ese momento, sea tarde. –sentencia el pálido joven.

……

   El día es hermoso, claro, diáfano, pero terriblemente caluroso y húmedo. El asfalto sduelta un vaho apestoso. Los rayos solares queman en el cogote, el sudor rueda caliente por las sienes y espaldas. Y los dos gañanes, primos, cercanos ambos a los veinte, pieles cobrizas, cabellos ensortijados uno, lacio tirando a indio el otro, yacen casi arrojados contra una pared de la gasolinera destartalada que pertenece al papá de uno de ellos, el del pelo lacio. Se quejan del calor, del trabajo y los estudios, pero ríen hablando de guarapita, de chicas, de bailes, de parrandas y nenas que se dejan meter manos. Son atractivos por sus facciones, por lo jóvenes, voluntariosos, risueños y escandalosos. Se sabían guapos y les gustaba de maneras que otros no podrían entenderlo como no fuera teniendo o recordando vívidamente cuando se tenía diecisiete o dieciocho años y los ojos de las chicas les seguían, o se miraban al espejo y les gustaba todo, absolutamente todo lo que veían sobre sí mismos. Así ocurría con estos dos; eran algo patanes, groseros, simplones, pero ni mejores ni peores que millones de jóvenes alrededor del mundo, independientemente del credo, color de piel o nacionalidad.

   Sentados, hablando de lo putica que es la novia de uno, en la secundaria, ven llegar la vieja camioneta tipo grúa. El pelo lacio le da con la rodilla al otro, llamando su atención sobre el vehículo y el hombre que inicia la treintena que baja, los mira y luego las máquinas expendedoras. Conoce al lugar y se sirve. Los otros le observan y sonríen con esas muecas burlonas de la cruel intolerancia joven.

   -Debe estar triste, siempre viene cuando estás sin camisa. –comenta, no en tan bajo tono, el pelo ensortijado, con una sonrisa de oreja a oreja.

   -Ay, hoy no tendré propina.-replica este y ríe.

   El hombre, rostro armónico, de gran bigote y ojos amarillentos, les ignora aunque debe estar escuchándoles. Era el viejo juego de los chicos con el tipo que vive sin mujer, del que todos decían que era marico lo hubieran visto en algo o no, y a quien, cualquier cosa que hiciera, desde saludar, mirar o sonreír, era prueba de una coquetería descarada para intentar chupar un güevo.

   -Hey, si no van a trabajar se asean y para la escuela, a ver si aprenden a escribir sus nombres. –gruñe un hombre cuarentón, velludo, con algo de panza, que sale del local donde venden algunos periquitos para autos, motos y bicicletas. Nada muy bueno en una zona nada buena.

   Los muchachos, riéndose aún, se ponen de pe y entran, seguramente que a tomarse algún refresco, piensa con disgusto del hijo y del sobrino. Mira al tío de la grúa. Tampoco le agrada, no le ha hecho nada, no le sabe nada, pero lo de marica parece herir profundamente su forma de ser.

   El hombre termina, intercambia algunas fórmulas de ruda cortesía mientras cancela la gasolina, cosa que, cómo no, molesta al dueño del lugar, y va hacia su vehículo. Volviendo la vista, mirando por una ventana, sin mostrar nada particular, sus ojos enfocando a los dos chicos que le observan también, efectivamente refrescos en mano, quienes al notar la mirada, le señalan y ríen.

   La vieja camioneta parte, subiendo aún más. En aquel cerro, el tipo tenía su viejo depósito, y su casa, casi en un tope. Los jóvenes salen, el hombre les grita por tomarse la ganancia de los refrescos, pero estos no le paran. Están allí, siguiendo el sinuoso camino que se aleja y sube.

   -¿Cómo será eso de que otro carajo te mame el güevo? –pregunta de pronto, una vez que quedan a solas, el pelo ensortijado, sorprendiendo al otro, que sonríe con sorna.

   -¿Qué? ¿Sientes ganas de dar una? ¡Paso!

   -¡Marico! –es la clásica respuesta.- Es que… -el chico duda.- ¿Sabes de Jacinto, en la escuela?

   -¿El marico?

   -Si, ese mama güevos en el baño… y me he preguntado. Coño, primo, me encanta hacerme la paja, pero que me la mamen me gusta más. Y si una boca es una boca…

   -¿Y quién te mamó el güevo a ti? –se interesa, como todo chico, el pelo lacio.

   -Nubia.

   -Esa puta se lo mama a todos, menos a mí. –suelta con disgusto.

   Interrumpen su charla de altura cuando una Jeep Gran Cherokee, cuatro por cuatro, oscura, cristales polarizados, cruza frente al negocio, sin detenerse o aminorar, subiendo y subiendo, siguiendo la ruta que poco antes llevara la grúa. Quedan con las bocas abiertas.

   -Guao, que belleza, ¿qué hará una camioneta así por aquí? En este cerro de mierda te roban los calzoncillos sin quitarte el pantalón –se extraña el pelo ensortijado.

   -Debe ir para el depósito del marica. –se encoge de hombros el pelo lacio. Lazando un rebuzno.- A lo mejor es un marido que tiene. –ríen a dúo.

   Lo recordarían al regresar del colegio, por la tarde, casi anocheciendo, cuando el vehículo bajó, también a toda mecha. Los muchachos intercambiaron una maliciosa mirada.

   -¡Un marido! –comentaron y rieron.

   Aunque vivían en la deprimida y populosa Filas de Mariche, casi por encima de la Capital a donde se llega por caminos que parecen sostenerse precariamente del paisaje, rodeados de farallones, los muchachos se sienten bien, aún no les turba ninguna gran preocupación, no se han enamorado de ninguna, las quieren a todas, y tienen lo que desean del taller y la gasolinera. Mirando el bajar de la lujosa camioneta, reparan en el terreno baldío, de maleza y farallones, que recubre la bajada, más al Oeste encuentran los cuajados cerros de Petare. Más allá… Caracas misma.

   El paisaje de siempre en la vida de siempre. Un lugar apartado, marginal, de vida azarosa, una a la cual la gente se adaptó y acostumbró. De allí descendería el caos desatado por el gran controlador. Y ya había comenzado.

……

   -Me alegra que me telefonearas. –sonriendo, tratando de mantenerse sereno, Gabriel Rojas estrecha la mano de Hernán Bravo, quien le llamó para una prueba si estaba interesado en trabajar en los videos. El lugar estaba copado, porque no era muy espacioso y había luminitos, técnicos, cámaras y cosas así. Poca gente, pero llenaban todo.

   -Hay demanda, amigo, tenía tiempo sin ver una reacción así. –informa el director de filmaciones, entusiasmado, pensando en todo el dinero que ganará.- Si sigue gustando, y siguen pidiendo, esta puede ser una buena mina.

   -Eso estaría bien, ¿no? –sonríe el otro, preguntándose exactamente qué coño querrían que hiciera. Estaba buscando información sobre el nieto de cierta anciana, enterándose del “negocio”, pero no quería participar en todas esas mariqueras.- Dios, estoy algo nervioso. –confiesa porque puede notársele y porque le da credibilidad a su papel.

   -Tranquilo, la gente aquí es muy amable. Si no fuera por el porno diría que son mormones. –sonríe el sujeto mirando a alguien.- Hey, Garzón, conoce a un nuevo colega.

   Gabriel se vuelve y ve al joven, todo sonrisas untuosas, todo candencia mientras camina, había algo inequívocamente gay en él, que no se notaba, no mucho, poco antes (la aerolínea tenía sus directivas), y que ahora casi afectaba. El hombre siente un leve vacío de estómago cuando el joven lo recorre con la mirada, llevándose un dedo a la boca y mordiéndolo juguetón.

   -Bienvenido. Me gusta lo que veo. –y con un dedo le recorre el torso.- Creo que me gustará conocerte… a fondo.

   Y que lo aspen, piensa Gabriel, enrojeciendo, erizándosele la piel, una reacción que jamás había sentido en presencia de otro tipo. ¿Qué diablos pasaba allí?

……

   El local, en pleno boulevard de Sabana Grande, se ve iluminado, aséptico, muy público. Es un cuarto más largo que ancho, con estantes donde se muestran caratulas de videos y revistas del tipo sensual, de todos los géneros. Tras la barra, un joven de rostro picado, como por una vieja acné, recibe a los clientes. Parejas, hombres solos. Aunque no una sex shop, hay algunos juguetes, cartas y cosas así; la titánica lucha del negocito por no perecer en la era del internet y el porno virtual. Una infaltable cortina divide la habitación, separándola en dos semi cuartos, uno para el porno gay propiamente dicho, que contaba con muchos adeptos, gente que no quería ser vista revisando caratulas tan al frente, y dos pequeñas cabinas de exhibición. Minúsculas, separadas por paneles delgados, donde se podía, en teoría, mirar porno. Sólo eso. Aunque en la intimidad del lugar, si eso se quería, se podían masturbar. También las paredes guardaban trucos, que no era explicado a los que no sabían. El negocio no se hacía responsable de lo que la gente hiciera, como pajearse mirando a otro hacérsela también. O compartir…

   El joven encargado nota que dos hombres van rezagándose, como revisando cosas; evidentemente cada uno iba por su lado sin conocer al otro. Era la manera de actuar de la gente de las cabinas, lo sabe. Y le divierte porque no pueden ser más distintos. Uno es un sujeto cuarentón, de bigotillo y camisa manga larga dentro de los pantalones, un saco completando el atuendo. Algo de canas en sus sienes le daban un aspecto distinguió. También muy varonil y masculino, tanto que se ganó una que otra mirada del otro rezagado. Este es un tipo algo bajo pero fornido, muy joven (tendría que chequearle la edad, piensa), de cabellos castaños muy lacios, y con mechitas. Aunque lleva la sombra de una barba y un bigotillo, había algo profundamente ambiguo en él, que nada tenía que ver con su franela ajustada sobre los hombros y pectorales, demarcándole las tetillas, o el pantalón metido un tanto en su culo redondo.

   Un culo que lo metería en problemas dentro de unos minutos.

CONTINÚA … 20

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 18

noviembre 17, 2015

LOS CONTROLADORES                        … 17

SEXY BOY

   Ya se dejan ver…

……

   -Moncada, pueden vernos y… -jadeó bajito, aturdido y asustado, ganándose una mirada cerrada del otro, una que le hizo suspirar mentalmente.- Papi chulo, no creo…

   -¿Seguro que no quieres? –le pregunta burlón, moviendo una mano y atrapándole el muslo, muy arriba, caliente y firme bajo su palma, el muslo de un joven atleta que llenaba obscenamente un jeans.

   Y esa mano, también cálida, parecía vibrar contra su piel, a pesar de la áspera tela del pantalón, Rubén la sentía. Una vibración que parecía ir directamente a su entrepiernas, a sus bolas y tolete de una manera excitante. Su cerebro mismo parecía desconectarse y tan sólo pensar “quiero, quiero, quiero”.

   -Vamos, sé que lo deseas. –indicó indolente, bajito, ronco, abriendo más sus piernas, relajándose en aquellas penumbras interrumpidas por los relámpagos de la pantalla de cine.

   Rubén ya no pensaba, no con el muslo de Tony chocando del suyo, o la mano sobre su muslo, que estimulaba más y más sus sentidos. No con el recuerdo de aquella verga que ya conocía. Se tensa, pero se eriza más, cuando aquella mano atrapa la suya, llevándola al otro entrepiernas. Y la rozó, la verga del joven marica ese, ya dura. No quería, en serio, pero sus dedos la recorrían, delineando los contornos sobre la tela, sintiéndole tensarse, oyéndole respirar pesadamente por lo que le hacía. Clava los ojos, no puede apartarlos, de la silueta del glande contra la tela, sus dedos tocan, acarician y rastrillan allí. Se tensa más, aunque no aparta los dedos, cuando el joven abre el botón y baja el cierre del pantalón, despejando la bragueta. Allí, bajo el bóxer que lo abraza como si de un guante se tratara, destaca el miembro del muchacho. Duro como lo es siempre a esa edad. Nadie le ordena nada pero lo recorre con las cortas uñas, y después de atraparlo con su mano sobre la delicada tela, apretándolo, la libró. La visión del joven, rojizo, duro y caliente güevo le robó el aliento. Su puño subió y bajó sobre él, sintiéndolo latiéndole contra la palma.

   -Como has cambiado, puto. –le oye decir, y se miran. Rubén avergonzado, pero incapaz de soltarle el güevo, Tony con cierta extrañeza.- Recuerdo todas las cosas insultantes y degradantes que me gritabas sabiéndome gay, ahora mírate. –ambos pares de ojos caen sobre la mano que envuelve el tolete.- Chúpalo. Aquí. Ahora.

   Mientras la música del filme se oye, mujeres gritan y las luces centellean, Rubén se inclina, sin muchas resistencias en esos momentos ya. Acerca el rostro al glande, temblando de anticipación, lo sabe. Percibe su calor, su olor fuerte, y como sigue masturbándole, nota como el ojete se abre y cierra, acuoso para ese entonces. Pega la lengua de la lisa y ardiente cabeza, bajo el ojete, los líquidos caen en su lengua y pierde todo sentido. Ya lo hizo antes, pero ahora…

   El olor le parece maravilloso, el sabor del líquido es embriagador, y cuando besa y chupa esa cabecita, le parece que nada sabe mejor sobre una lengua, dentro de la boca de un chico, que el güevo de otro. Succionó, casi gimiendo goloso al tragar la saliva y esos jugos masculinos.

   -Oh, sí, así… -le dice Tony, sonriente,  burlón y poderoso, montándole la mano abierta sobre su nuca, empujándole poco a poco contra la verga.- Tómala toda; si vas a mamarle el güevo a otro carajo debes, al menos una o dos veces, tomarla toda con tu garganta. Eso hará que todos adoren tu boca.

   Estremeciéndose ante las palabras que le enfrentaban al hecho de que, efectivamente, tenía el güevo del marica ese en su boca, también comprobaba lo sabroso que le parecía, además de estimulante. Dios, estaba dándole una mamada a otro chico en un cine, con gente en la sala y otros que podrían entrar. Tony le empujaba más, arruga la frente y lucha por respirar mientras sus labios rojizos y delgados van atrapando, centímetro a centímetro, la pieza del otro, la cual pulsa salvajemente contra su lengua. Y no tenía manera de describir lo bien que se sentía tenerla allí. Nota el glande golpeándole el paladar, continuando, dándole contra las amígdalas. La succiona con fuerza. Y se estremece, de vergüenza y oscuro orgullo, cuando le oye reír. Si, quiere agradarle, y teniéndola toda tragada, labios y nariz dentro de su bragueta, aspirándole los pelos púbicos, se esfuerza, quiere complacerle. Se sentía tan bien tener la boca llena con ese güevo, como el saber que lo hacía, y que Tony era feliz mientras lo hacía. Ahogándose un poco, va retirándose, dejando el tolete visible, más rojo, hinchado y brillante de saliva.

   Conteniendo un jadeo, ojos brillantes de poder y placer, Tony se recuesta en su asiento, piernas muy tensas y abiertas, con Rubén, cuya cabeza ahora sólo sostiene tomada, sin empujarle ya que el otro hace todo el trabajo, sube y baja dándole una mamada increíble, y a esa edad, o a cualquiera, un hombre gozaba de una buena mamada de güevo, especialmente si se la daba otro carajo en un escenario como ese donde si era pillado, Rubén sería tachado de marica por todos. Mira la película, Channing Tatum comienza a bailar, en camiseta, y se tensa, sonriendo extraviado. Un día iría a Los Ángeles y haría de ese actor su juguete sexual maullante de placer cuando lo tomara. Ignora que comienza a subir y bajar sus caderas, acompañando los movimientos de Rubén, cogiéndole la boca. Cada empuje despertaba el hambre del muchacho, anulado su reflejo de nauseas.

   Apretando los dientes, sintiéndose increíblemente excitado, Tony sabe de sus jugos pre eyaculares que mojan y empapan la lengua del muchacho, y nota cómo los traga con gula. Le atrapa un mechón de cabellos, ladeándole el rostro, sus miradas encontrándose. El chico dominante que es mamado por su putito, así lo pensaba, y el putito, rojo de cachetes, le atrapa el tolete con la boca, la silueta del glande deformándole una mejilla. Es cuando algo llama su atención, unas cuentas filas por debajo, un hombre joven miraba la pantalla pero se vuelve y les pilla, evidentemente sorprendiéndose. ¡Les habían visto!

   -Te gusta, ¿verdad? Tu cara es un poema. –le dice, cruel, a Rubén, necesitado por alguna razón (bien, la conoce, pero no quiere pensar en ello) de rebajarle a nada. Se baja más el pantalón y el bóxer, sus bolas colgando.- Imagina cuando se me pongas más duro y caliente, cuando tiemble en tu boca, contra tus labios, y escupa su leche; un disparo y otro y otro de esperma caliente y espesa bañándote las amígdalas y la lengua. La quiere ya, lo sé. Sigue aquí. –le sonríe cruel, halándole el cabello, retirándole de su güevo que, bañado en saliva y jugos, pega de su panza plana, mientras empuja el bonito rostro del otro muchacho más abajo, metiéndoselo bajo los testículos, obligándole a frotarse de allí. Y mira cuando, cerrando los ojos, Rubén cae de rodillas y aspira sus aromas de hombre.

   Eso le hace sonreír, aunque no tanto como el hombre joven que les miraba, olvidada la película, ojos fascinados por el insólito cuadro en un cine no porno. Claro, estar en una sala y descubrir que semejante cosa ocurría, un chico mamándole el güevo a otro, sería algo violento o chocante. Pero se miraría, aunque sólo fuera por curiosidad. Podía ser eso, pero Tony, tarde, entiende que se dejó llevar. Que esa cosa que atraía a otros había salido de sí y alcanzó al sujeto unas cuantas filas más allá. Le sonríe, de manera abierta y el hombre vacila, poniéndose de pie. Marchando hacia ellos.

   Rubén casi ni cuenta se dio de la llegada del extraño, o no le importó, mientras mamaba con apetito. Succionando, deseándolo todo (soñando con esa esperma que el otro le prometió), nada más tenía sentido. Tony sí; seguro de sí, casi chocante, miraba al recién llegado mientras el otro le mamaba.

   -Nada como una mamada, ¿eh?

   -Tu amigo se ve bien puto. –gruñó el sujeto, como intentando despertar de algún embeleso.

   -Es un güevo rico. Siempre me lo dice. Pruébalo. –le ofrece.

   El recién llegado, un hombre joven alejándose de los veinticinco, de cabello negro y bigotillo, duda. Entró casi a escondidas a ver la película de esos chicos bailando, lo deseaba, pero había cosas que no hacía. O temía. No se había atrevido nunca de hecho. Estar en ese cine era un placer secreto y muy culpable. Aunque había cosas con las que soñaba, especialmente con todo el porno que miraba. Y allí estaba ocurriendo aquella escena alucinante. Un guapo chico se estaba dejando mamar un güevo más que bonito por otro chico, uno que gemía y suspiraba mientras se relamía. Ese tolete se deja ver en toda su gloria cuando el chico separa al otro, por el cabello que todavía le tenía atrapado en un puño.

   Era un güevo hermoso, efectivamente, se dijo, con la boca seca, los ojos fijos, el corazón latiéndole de manera enloquecida en el pecho.

   -Vamos, date gusto. –oyó, como si llegara de muy lejos, al muchacho. ¿Qué habría hecho cualquier otro en su lugar?, ni se lo pregunta cuando cae de rodillas.

   Y ahora sí que Tony Moncada se estremece. Una nueva boca, la de un carajo mayor que él, con rostro de reprimido, cae sobre su tranca tras soltar aliento y un gemido. Otros labios, estos rodeados de un bigotillo, lamen, chupan y besan su glande. La lengua tanteaba, pero en seguida el carajo tragó güevo. Eso era lo que quería, seguramente soñándolo mucho, angustiado en su solitaria cama, por el miedo que le había impedido vivir, preguntándose cómo sería, temblando de emoción, diciéndose que no podía ser tan bueno, pero ahora, entre temblores, comprobaba que era todavía mejor. Porque si, se tragó la mitad de la tranca, chupando con desmaño, más con ansiedad que técnica. Con urgencia.

   Ese hombre joven mamaba su güevo como si no hubiera mañana, dándose por fin el gusto de probar uno. Y tenía que tocarle ese, que latía y le quemaba, que hacía su lengua agua, que la bañaba de unos líquidos que sencillamente le encantaban. Y quería más y más, succionando. Tony sonrió, tuvo que hacerlo porque al soltar la cabeza de Rubén, este volvió a su güevo, lengüeteando lo que el otro dejaba afuera, azotándole las bolas, deseando demostrarle que también él podía darle placer. Las dos bocas se baten ahora por besar, lamer y ensalivar su glande, dando chupadas. Las lenguas van y vienen por todo el venoso tronco, compitiendo por estimularle. Ambas recorren la gran vena de la cara inferior, ambas aletean sobre su glande de donde manan jugos y saliva acumulada. Ver, y sentir, las dos lenguas azotando su ojete, era una locura para el joven controlador.

   Y como tiene que ser, como debe hacer todo carajo a quienes otros dos se la están mamando, uno a cada lado de su cuerpo, Tony atrapa sus nucas, los lleva y los guía mientras lengüetean, arriba y abajo sobre su güevo, turnándose para dar besitos al glande hinchado.

   -Se te nota lo hambriento. –le dice el tipo joven, sonriendo burlón.- ¿Toda una vida negándote a olisquearle las bolas a tus amigos deseando tragarte sus güevos? Tonto, tu vida no la vivirá nadie. Anda, aliméntate…

   Le lleva, por la nuca, a la punta de su verga, una que el otro traga casi con un jadeo; rodeados por el bigotillo, los labios rojos e hinchados se separan, su barbilla brilla llena de saliva, suya y de Rubén, también de jugos. Baja y va apretando, cerrando los ojos. La siente más dura, caliente y pulsante contra su lengua. Y traga y traga. Luego sube, succionando, sobándola, masajeándola con mejillas y lengua. Arriba y abajo.

   Con ojos de cachorrito, algo molesto, Rubén mira al goloso intruso, luego a Tony, estremeciéndose por toda la burla que encuentra allí.

   Por su parte, aquel tipo joven se encontraba perdido en una fantasía largamente anhelada. No sólo tener a un chico guapo para sí, no sólo mamar el güevo lleno y jugoso de un joven voluntarioso, como lo hacía, con fuerza, hambre y bríos, sino hacerlo allí, en un lugar público. Como tantos reprimidos, había soñado con ser tomado por alguien en una cola del Metro, un ascensor, en su cubículo del trabajo. Y ahora estaba succionando maná de aquella maravillosa pieza masculina, de rodillas en un cine. Oye gemir al chico, notándose que goza de lo que ahora hace mejor, y tan sólo eso le hace aún más feliz. Cuando le empuja para que trague casi toda la mole, se ahoga, pero cumple, para sentirla, para darle placer. Se le entregaba totalmente. Eso le parece tan bueno, tan maravilloso, que de sus ojos cerrados escapan algunas lágrimas. El chico le suelta, sube, chupando fuerte, sin sacarla, tomando aire, y se miran.

   -Amigo, qué rápido aprendes. Con unas cuantas mamadas más que des en tu cuadra o trabajo, esa garganta será el mejor coño ordeñador de Caracas. –la voz le sale estrangulada, sus piernas se agitan, le retiene allí, justo allí, y un disparo de semen escapa.

   Al joven tipo le sorprende y alarma, no estaba tan ducho como para beber semen, pero nada más esta caer sobre su lengua, impregnándola, estimulando cada papila gustativa, enloquece. Nunca había probado nada tan delicioso, se dice con asombro y maravilla, saboreándola, tragando el segundo disparo, sintiéndola bajar espesa por su garganta, calentándole de una manera extraña el estómago y todo su cuerpo. Nunca imaginó que el néctar de los hombres fuera así, por mucho que fantaseara con ello.

   -¡Basta, niño goloso! –el gruñido de Tony le descoloca y casi lloriquea cuando es apartado de la temblorosa verga totalmente enrojecida.

   El joven atrapa a Rubén, quien ni se resiste, ya viene bajando sobre el falo, abriendo la boca, recibiendo el trallazo sobre la lengua también, alcanzándole para dos disparos, sintiéndose elevado a niveles increíbles.

   -¡No te lo tragues, maricón! –Tony le brama.- Deja que haga su magia. –mira al otro.- De pie. Sácatela. –ordena.

   El joven obedece, como en trance, todavía mareado por el delicioso semen saboreado, uno que parece le embriagó, sacándose con esfuerzo el tolete cobrizo totalmente erecto. Y le tiembla cuando ve los labios del chico acercarse a su punta, notando también que este únicamente mira al joven que todavía está de rodillas, ojitos tristes, también celoso, con las mejillas abultadas con saliva y esperma. Casi gime cuando esos labios lo rozan, se abren y tragan. Una, dos, tres veces esa boca va y viene y no aguanta, se corre de manera intensa, llenándole la boca al chico con su esperma, una que a él mismo le parece abundante, no recordando otra corrida igual. El chico la bebe y algo pasa. La bebe y sonríe, sus ojos brillan, depredadores, excitantes. Se veía más guapo y sexy.

   Por su parte, cabizbajo por no recibir ese tratamiento, peor, celoso por la llegada del otro, a Rubén, sin embargo, le encanta tener la esperma de Tony en su boca, le sabía cada vez mejor, pero también crecía las ganas de tragarla, la boca estaba muy llena de saliva ya y…

   -Eleva la cara y abre la boca. –le ordena un jadeante Tony, relamiéndose todavía el semen del hombre joven, sintiéndose muy bien.

   Rubén le obedece, su lengua se ve cubierta de algo blanco gelatinoso, lo cual, por gravedad, va cayendo, deslizándose lentamente; lo traga. Tony le ve enrojecer, imaginando lo que siente, el calor intenso, lo muy consciente que está de su cuerpo. El terrible deseo de terminar con una buena corrida. Y la desea, quiere tomar la esperma tratada de Rubén, un semen que le alimentaría de manera increíble. Pero aún no. Le quiere cocinándose en sus jugos. Sabe que el chico espera desahogo, satisfacerse, tratar de alguna manera aquella calentura peor que cuando se ocultaba en el baño de su casa con varias revistas porno, dándose y dándose, sin desear acabar, con las bolas llenas pero alargando el instante del clímax, y que llegara gente que interrumpiera el asunto. Sabe que Rubén está peor que todo eso.

   -Lo siento, no hay orgasmo para ti. –sonríe al verlo palidecer, molesto pero atrapado.

……

   Las dos jóvenes mujeres, rostros impasibles, no se encuentran nada tranquilas, aunque intentan controlar sus emociones. Y pensamientos. El despacho dentro de la enorme casona, es como esta, basta, amplia, pero lúgubre a cierto nivel. La idea de “la casa embrujada”, no estaba muy lejos. Y sin embargo, Sabrina, la joven de rublos castaños y aire de poetiza de los ochenta, con lentecitos y todo, acomodándoselos sobre el puente de la nariz, supone que algo del dueño de la casa debía influir sobre todo ello. La cosa incomoda, molesta, porque el dueño así lo quiere.

   -Sabrina… Joanna… -les sobresalta la aparición del pálido, delgado y alto joven, de cabello lacios, con unos lentecitos de montura que parecen determinar su rostro y su persona. Es el tipo de los lentes, era lo único que recordaba la gente de él, y eso cuando recordaban algo.

   Ellas le saludan, sonriendo, aún más incomodas. Él parece notarlo, cayendo en un sillón frente a ellas. Y calla. Sabiendo que eso altera.

   -Hace tiempo que no venía por aquí. –comenta Sabrina.

   -Las puertas de mi casa siempre están abiertas. –corresponde él. Cada una piensa: “sí, claro, ya está que voy a venir”. La sonrisa en el pálido y delgado rostro les indica que sabe lo que piensan. Se habían descuidado.- ¿Entonces…?

   -Algo pasa en Caracas. –comienza Sabrina.- Sentí, hace poco, un brote en el Centro. No el que ya habíamos experimentado. Hay un segundo controlador.

   -Y aún no tienen al primero. –se burla él, incomodándolas. Es una segunda naturaleza. Joanna le estudia.

   -Pareces muy tranquilo. No creo que esto te sorprenda. –enrojece cuando este la mira directamente, evaluándola a su vez.

   -No me preocupan esos dos. El que se mueve tras ellos, si. Ese si es un monstruo. Uno al que no sé si podríamos resistir, ni aún los aquí presentes, dicen que también viene al país. –desvía la mirada.- Y algo monstruoso hará. Algo monstruoso está por ocurrir.

CONTINÚA … 19

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 17

octubre 24, 2015

LOS CONTROLADORES                         … 16

SEXY BOY

   Ya se dejan ver…

……

   No hay otra palabra entre los dos. Tony le clava los ojos, Darío mira la pieza, dejando caer la pala, caminando hacia él; cayendo de rodillas como si tal cosa, eleva una mano pero Tony le da en ella. Se miran, el chico muy joven y limpio, el hombre hecho y derecho de rodillas bajo la sombra de su güevo. El conserje baja la mano, ladea el rostro y comienza a lamer ese güevo de base a punta, lo que sale de la bragueta abierta, recorriendo una de sus venas, sintiéndolo palpitar, quemar contra sus papilas gustativas. Le ve tensarse, sonreír complacido y eso le llena de una felicidad sumisa que no entiende pero que le agrada. Sin quitarle los ojos de encima, no podía, comienza a dar besitos, lametones y azotes con la lengua sobre el glande. Los labios se cierran sobre el ojete y sorbe, dejando escapar un gemido. Esas gotas le saben a néctar, a algo muy delicioso, y se goza en saborearlo, en buscar más.

   -Vamos, becerro, trágate mi güevo, dame una buena mamada y sácame la leche. En cuanto te la tragues sólo desearás más y más, y tener tu lengua, boca y cara siempre llena de esperma. –casi le promete, burlón.

   Y jadeando como si no pudiera aguantar más, Darío cubre el tieso aparato sexual masculino, que le quema, que late sobre su lengua, y comienza a succionar, a chupar, halándole cuando va y viene. Deseando hacerlo, una parte de sí descontrolada. Ignorando que, efectivamente, eso le cambiaría la vida en cuestión de horas.

   Pero, tal vez, aunque lo hubiera sabido, no habría podido contenerse, no en manos de aquel chico del tipo controlador. Por eso, entre gorgoreos, suspiros y chupadas ruidosas, sus labios van y vienen sobre el delicioso bocado, ojos idos, expresión de gozo, preguntándose, trastornado como está en esos momentos, cómo es que nunca antes había intentando tragarse un güevo. Qué desperdicio de tiempo, piensa, o el otro le dice, no está seguro. Tan sólo mama de esa dura y palpitante verga joven como un experto necesitado. Y todo él se eriza cuando la mano del muchacho, con propiedad, atrapa su nuca y le guía.

   -Mírame a los ojos, siempre debes mirar a los hombres a la cara cuando te dejen mamar su güevo. –le dice, sonriendo cruel. Y Darío le obedece, temblando de lujuria ante tanto control.

   Sus labios van y vienen con frenesí, apretando y chupando, gozando como nunca. Sin apartar los ojos, Tony lo disfruta, retira sus caderas sacándosela de la boca, y sonríe al verlo gemir bajito, de pesar. Sus ojos se encuentran y comienza a azotarle y mojarle la cara con su tolete, son bofetadas sonoras que le llenan de un indescriptible placer, golpeándole los labios, apartando su tranca cuando intenta atraparla; era la única manera de tratar con un marica del tipo que Darío iba convirtiéndose, uno muy necesitado de güevo. Su pecho sube y baja al verle cerrar los ojos, piel rojiza, húmeda de la saliva que cubre su verga; ojalá tuviera tiempo para joderlo, para cogerlo duro, haciéndole gritar. La idea le estimula de una manera salvaje. Aunque sabiendo que lo gozaría, el cambio haría que ese coñito apretado, peludo y sucio que el otro tenía por culo se abriera de ganas.

   Iba camino a convertirse en un sumiso pendiente de servir sexualmente a los hombres, deseando chupar cuanto güevo se pusiera a su alcance, anhelando el sabor del semen sobre su lengua, bajando por su esófago, llenando su estómago. Y quiere eso, que Darío Serra desee chupar a todos los hombres del mundo, que prácticamente no pueda apartar sus pensamientos de las braguetas masculinas, que su único sueño sea mamar de manera intensa hasta que los disparos de esperma recompensen su esfuerzo.

   -Eso es, marica. –jadea el chico, clavándole la muletilla.- ¿No te encanta mamar güevo, marica? –le recuerda toda las veces  que le ofendió con aquello.

   Y Darío lo recuerda, pegando los labios de su pubis, las fosas nasales llenas de sus pelos, mirándole con ojos lujuriosos y entregados. Pero lo recuerda con pensamientos extraños, como con pena por todas las cosas que dijo cuando bien podía andar de mamagüevo por todas partes.

   -Tómatela toda, hijo de puta. –le gruñe cuando siente la corrida cerca, clavándosela hasta la garganta, indiferente ya a si la saborea o no. No era la idea.

   Le ve ahogarse, lanzar arcadas, su rostro contraerse pero tragando, ordeñándole todavía con la garganta. Nota su manzana de Adán subir y bajar, bebiendo. Se la saca, lentamente, disfrutando el instante como todo sujeto que ve cómo se retira su güevo todavía tieso de la boca de otro carajo, uno que no sólo se lo ha mamado sino que se ha bebido hasta la última gota de su esperma. Le ve quedar con la boca abierta, labios muy rojos e hinchados, ojos extraviados, con una expresión total de felicidad, de gozo. Imagina su semen llegándole al estómago, siendo digerido. Asimilado. Transformándole.

   Le atrapa por las axilas, casi luchando por ponerle de pie, bajándole lo que lleva de ropas. Cae frente a él, atrapándole la verga imposiblemente dura con la mano, tragándola toda, sintiéndole tensarse, estremecerse, resollándole en el pubis. Sólo necesita tres haladas dadas por su garganta para que el hombre se corra de manera abundante, intensa y generosa. No es importante que prolongue su propia excitación, en el nuevo orden, Darío estaba para dar placer únicamente. Aunque el muchacho si retira un poco el rostro, para que le bañe la lengua el último disparo de espermatozoides, para saborearlo y guardar un poco. La percibe, nutriéndole, sintiéndose más sereno, más calmado, más centrado. Capaz de todo. Se pone de pie, le atrapa el rostro, maravillándose por los rastrojos de barba rasurada bajo sus palmas, tan masculino, tan viril, y le besa, metiendo su lengua llena de saliva y esperma. Le alimenta con ella, prueba la suya igual. Pero no importa, no cuando Darío se estremece y gime como la propia puta caliente.

……

   -Hey, amigo, ya voy saliendo… -minutos después, acomodado lo mejor posible, Tony abandona el depósito, hablando con nadie por el móvil, en voz alta, atrayendo la mirada de un joven cafre que fuma por allí, uno de los estudiantes de último año, de la F, cree, los más alborotadores, peligrosos y mala gente de toda la escuela (los típicos roba meriendas de los chicos de los primeros años).- Si, lo sé, voy retrasado, pero ya conoces al marica de Darío Serra, vive para mamar güevos, y una buena mamada de güevo nunca se rechaza. –finge contar y ríe.- Si, coño, mama como los buenos. Es todo un becerro. La leche lo vuelve loco. –sonríe aún más, notando la sorpresa del otro.

……

   Algo avergonzado por recordare todavía el fulano video, Gabriel Rojas se pregunta quién y cómo fue filmado. No parecía un trabajo amateur para guardar bajo la cama, donde seguramente terminaría eventualmente en malas manos (con todo y el efecto que pueda tener sobre esas manos), ni para torturar a una vieja dama. Era muy profesional. Así que llama a cuantos conoce, dedicados al negocio de los videos para adultos en Caracas, indagando; no son tan pocos como cabría imaginar. Oye un rumor, un tipo nuevo que está repartiendo una fortuna en un grupo selecto y pequeño, una operación reducida de porno gay. ¿Pero lo sería? ¿Algo reducido? El hombre no está muy seguro de ello.

   Con un nombre en el móvil, buscó una dirección, un taller otrora industrial ahora abandonado, arruinado por la burda política económica destinada a concentrar todo el poder en unas pocas manos fascistas. No tenía muy clara cuál sería su estrategia, pero cuando repara en la mirada del sujeto que le recibe, un cuarentón que olía a heterosexualidad por todos sus poros, y aún así le evaluaba, una idea penetró su mente. Vestía de manera descuidada, buenas ropas ásperas y gruesas, que le daban un aspecto agresivo y masculino.

   -Gracias por recibirme… -no sonríe, tan sólo hace una leve mueca mientras tiende una mano que es atrapada por el otro, tras su mesa, quien da un buen apretón.- Gabriel Rojas.

   -No hay problema, Hernán Bravo. –se presenta.- ¿Vienes de parte de Barney? ¿Cómo sigue? –le indica una silla y él mismo cae en la suya.

   -Sigue meneando la cola. –es una broma despectiva entre quienes conocen al cincuentón neurasténico que gusta de filmar muchachos masturbándose. Eso agrada al otro, demostrándolo con una mueca.- Me habló de una nueva compañía de filmaciones… algo exclusiva y… -finge vacilar.- Ando buscando algo qué hacer. Soy bueno con una cámara, casi siempre en tomas de acción, en autos a toda velocidad, caídas desde riscos, canotaje en aguas turbulentas…

   -Suena interesante, pero esto es algo pequeño. Muy… -menea la cabeza.- …Íntimo. –le estudia otra vez, agradándole lo que ve, es lo que ese sujeto, Bartok, quería.- Tienes buena pinta, ¿no te interesaría… actuar? –le parece normal que el otro se envare, aunque a decir verdad, Gabriel esperaba la oferta.

   -¿Porno gay? No lo sé…

   -Es dejarte mamar y coger duro. Y una boca y un culo son una boca y un culo. Mi cliente paga bien. –ofrece el paquete.

   -¿Exactamente qué viste en mí? –presiona. El otro sonríe por primera vez.

   -No pareces marica, tranquilo. Pero tienes ese algo de, y no te ofendas, sadicón que posiblemente interese a mi cliente. –después de parpadear, algo sorprendido en verdad, Gabriel ríe.

   -Gracias, creo.

   -No es tan malo como suena.

   -Sexo gay…

   -Este sujeto, mi cliente, tiene ideas interesantes. Te lo juro. No soy homosexual y sin embargo, mientras estoy filmando y dirigiendo…

   -Lo imagino. ¿Puedo pensarlo?

   -Okay, pero no mucho. Vamos contra reloj. Y… no le hables a nadie de nosotros. Mi cliente no quiere ser localizado fácilmente. No, no le he visto en cosas raras, como drogas o abuso de menores. –aclara como si hubiera notado alguna alarma en la cara del otro.- Seguro le debe al fisco. Sabes cómo son esos perros. Yo hablare con Barney al respecto.

   -Bien, te llamo.

   Momentos después, sonriendo complacido, abandona el galpón. No había visto a nadie más en ese lugar, excepto al tipo silente y de mirada muerta que le abrió la puerta y le llevó hasta la oficina del director. Pero el muchacho, el nieto de la amiga de su cliente, no debía estar muy lejos, había reconocido, de pasada, el set del video.

   Ahora se inquieta, la idea de una grabación… esperaba no llegar a eso.

……

   -Mamá, ¿no has visto mi chaqueta azul? –Tony grita exasperado, hacia la abierta puerta de su habitación, en medio del desordenado lugar.

   -Debe estar donde la arrojaste la última vez. –oye la réplica que tanto le altera siempre. Si supiera donde la dejó no le preguntaría, ¿verdad? La ve aparecer en la entrada y mirarle.- ¿Vas a algún lugar?

   -Si, al cine, con un compañero del liceo. –responde imprudente, congelándose cuando la oye reír un “awww”; rodando los ojos abre una gaveta atestada, arroja cosas a la cama y encuentra la chaqueta.- Nada de “awww”, es sólo ir al cine.

   -Pues te peinaste muy bien, y ese jeans te encaja a la perfección, y la franela resalta el color de tus ojos. –enumera ella, molestándole, divertida. Y feliz porque salga, aunque claro, eso abría toda una nueva serie de temores.- Llevas… ya sabes, protección, ¿verdad?

   -¡Mama! -enrojece, ceñudo, mirando de la chaqueta a ella.- Es sólo cine. Santana… -tarde entiende que cometió otro error.

   -¿Irás con ese chico, Rubén Santana? Creí que le odiabas. –parece entender.- Oh, por eso era tu disgusto, te gustaba tanto que… –vuelve al awww, que le irrita.

   -¡No! No hay nada romántico entre él y yo. Es un hijo de perra.

   -Qué lenguaje. Y no me parece normal que una persona salga, para el cine, con alguien a quien detesta. –llaman a la puerta, Tony se tensa y ella sonríe más.- ¿Es él? ¿Vino por ti? ¡Awww!

   -Deja eso. –se exaspera, colocándose la chaqueta y saliendo, sintiéndola detrás.- Mamá, no… no. –ella le sigue, como si acomodara cosas a su paso.- Mama, que no. –ruge, avergonzado.

   -Andas muy garoso para una simple cita al cine con un guapo compañero de estudios. –lanza una barandilla y se aleja.

   ¿Una cita? ¿Con Santana? Las palabras le revuelven el estómago. No, nunca había pensado en el otro de esa manera. Y si, era guapo, lo sabía, muchas noches fantaseó sexualmente con él, pero con cosas que le haría si pudiera. Y ahora… abre la puerta y se miran. Rubén se ve del carajo con una camisa corta y ese jeans casi obscenamente ajustado, como le ordenó. Perdido en sus contemplaciones del otro chico, y distraído por las palabras de su madre, le toma realmente por sorpresa cuando un sonrojado Rubén da un paso al frente y le besa en la boca, labios entreabiertos, la lengua acariciando los suyos. Es automático, responde a la caricia, se abrazan y besan; no puede evitar bajar las manos y atrapar sus redondos glúteos.

   -¡No frente a la puerta de entrada! –oye a lo lejos a su madre.

   -¡Coño! –se exaspera, regresando al presente, entendiendo lo que hacía, cómo respondía a las caricias del otro chico. Ese beso le gustó demasiado. Eso le molesta.- Vamos. –secamente ordena, reparando en la mirada extrañada de Rubén, aunque también parecía haber, ¿qué?, ¿dolor? Seguro termina doliéndole la cabeza.

……

   Mentalmente, todo Rubén grita cuando van entrando, uno al lado del otro, en aquellas enormes salas de cine. Le parecía que todos sabían algo, que les adivinaban. El viaje desde casa del chico había sido increíblemente incómodo. Él, porque iba casi contra su voluntad, pero además… algo le había ocurrido a Tony. No parecía el burlón energúmeno de otros días. Se veía pensativo, y fuera lo que sea que pensaba, no le gustaba. Lo otro… bien, el maldito beso. Algo más fuerte que él mismo le obligaba a buscar al otro, obedeciéndole la orden de besarle, sin embargo… traga sintiéndose mortificado. Había disfrutado la caricia.

   -Ve por refrescos y cotufas. –le ordena el otro, seco, como necesitado de distanciarse.- Voy por las entradas.

   -¿Que veremos? –siente un nudo desagradable en el estómago cuando Tony no sólo no contesta sino que se aleja, mientras ya sus pies, como dotados de vida propia, le llevaban a la cantina.

   Sintiéndose horriblemente mortificado con dos botes de cotufas grandes, y dos refrescos, se dirige hacia donde el otro le espera, con una sonrisa bonita en el rostro, una que, sin embargo, no llega a sus ojos. Enrojece totalmente cuando dos chicas paradas a un lado del joven, miran de uno al otro y ríen, con complicidad y diversión. Les suponían pareja. Y acercársele, mirarle, despierta ese algo salvaje, ese deseo que no entiende, y mortalmente rojo, al tiempo que tiende uno de los combos, besa fugazmente sus labios, ganándose unas risas de las chicas, que escandalosas, por muy jóvenes, se apartan.

   -No fue tan difícil, ¿verdad? –Tony le pincha, todavía.- Entremos, va a comenzar… -y le atrapa una mano, hacen equilibrios con lo que cargan porque desea sujetarle así. Rubén nota que algunos hombres les miran entre divertidos, burlones, otros meneando la cabeza con el consabido y atrasado “fin de mundo”, comprendiendo que el otro lo hace para exponerle al escarnio.- La mano te suda, amor. –casi ríe mientras cruzan la cortina, todavía tomados de las manos.

   Por suerte la larga sala se ve vacía, tal vez por la hora, y Tony le lleva prácticamente a una de las últimas filas, cayendo uno al lado del otro, sus piernas chocando, provocando un punto caliente de la que ambos son muy consientes. Los avances terminan, comienza la cinta y…

   -Oh, mierda, debes estar bromeando. –ruge Rubén.

   Un grupo de apuestos hombres bailan, como un avance tipo promesa de “cosas mejores” que llegaran en el filme: Magic Mike XXL.

   -Esto me la pone dura, ese Channing Tatum, Dios… Y la quieres así, ¿no? Bien dura. Para ti. –Tony le pincha. Oh, sí, piensa pasársela en grande. Le mortificará, le molestará. Olvidará el tibio calor de sus entrañas cuando le besó.

CONTINÚA … 18

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 16

octubre 5, 2015

LOS CONTROLADORES                         … 15

SEXY BOY

   Ya se dejan ver…

……

   -¡No! No, eso no. –grita aterrando el muchacho, mirándole sobre un hombro, estremeciéndose.- ¡No puede violarme!

   -No es violación si lo quieres; tu cuerpo de puta lo pide. -le aclara, casi montándosele sobre las nalgas, las rodillas a ambos lados del cuerpo, el güevo es un impresionante arpón de carne parada, ensalivada, que pulsa y gotea sobre el nacimiento del trasero del muchacho.- Voy a tomar esa molesta virginidad, librarte de ella y renacerás como desatada perra calentorra, soñando con complacer a todos tus amigos, conocidos, familiares y a todos los carajos que se te crucen en la calle.

   -¡No! ¡No! –se resiste, sus ojos angustiados cayendo sobre lo del tipo.

   -Cuando lo tengas en el coño, haciendo su magia, lo amarás, putica.

   Y sin más, montándole las manotas en los flacos hombros al chico, que se revuelve más, alarmado, pero retenido por el agarre y su peso, el hombre levanta las caderas, la punta de su goteante güevo dirigiéndose a la lampiña entrada, luego frota con la hinchada cabeza la dulce y cerrada cereza, de arriba abajo, incrementando la desesperación del joven. Empuja el grueso y liso glande, penetrando el esfínter, haciéndole gritar de dolor, arrugar la frente y apretar los dientes. Y de un golpe se lo clava hasta los pelos, acompañado por el alarido del muchacho.

   -Ahhh… si… -jadea el hombre cerrando los ojos, con deleite, reteniéndole.- Eso es, chico, revuelve el culo así. Ahhh, se siente tan bien mientras aprietas mi güevo tieso. –suspira nuevamente, de puro gusto mientras el chico lloriquea.- Si, ustedes los maricas sumisos saben hacerlo de manera tan natural. –el muchacho incrementa sus quejas, apretando feamente los dientes cuando el sujeto saca casi todo su tolete  y lo clava otra vez de golpe.- Si, así, pequeño, amásalo así. –le indica mientras clava los dedos en la cintura estrecha, usándolo como base para sacar y meter, lento pero fuerte, su tranca de la joven entrada.

   -No, no… -gimotea.- Por favor, no… -intenta escapar y grita cuando el tipo le monta una mano en la espalda, aplastándole contra el colchón.

   -Esto es para ti, bebé, lo hago por ti. ¿Crees que tu mamá no sabía lo que te pasaría al dejar a un macho saludable aquí con una delicada princesa en pantaletas como tú? Ella quería que te hiciera el favor. Deberías agradecérselo y a mí. –le informa, cepillándole el culo sin tregua; la gruesa mole de carne, amoratada de gusto, entra y sale rítmicamente del redondo y lampiño culo del chico que gimotea cuando le hala y cuando le golpea.- Oh, sí, un culo así necesitaba de un macho hace tiempo, chico. Fue un descuido de tu mamá y es obvio que no tienes papá, o él se habría encargado de estrenar tu coño hace tiempo.

   El muchacho llora e intenta concentrar sus fuerzas y empujarle, tomándole por sorpresa en uno de esos momentos cuando cierra los ojos y gruñe como un gorila, al sacar su gruesa verga y luego enterrársela con fuerza y violencia por el culo desflorado. Intenta empujarle, pero el tipo ríe.

   -Ah, sé lo que deseas, putita. –le dice, cruzando un brazo y atrapándole la pierna contraria, sacándole el güevo del culo hasta la mitad e increíblemente rotándole sobre la cama, dejándole de espalda, con una pierna atrapada y el culo un poco alzado.- Quieres ver y adorar el rostro del hombre que te convierte en mujer. –y ríe de la cara del chico, atrapándole la otra piernas, abriéndole, alzándolas más, cogiéndole rudamente el culo, mirándole del güevo, que no abulta dentro de la tanguita hilo dental, a la cara.- Ahhh, si, bebé, apriétamelo, que tus entrañas hambrientas gocen de mi verga. Alimenta tu mariconería, sacia tus ganas de macho. Si, bebé, así…

   -Por favor, por favor… -le lloriquea, cara contraída.

   -No debes rogarme, aunque es de buena educación que siempre le supliques por un poco de atenciones a tus hombres; pero en este caso está bien, no es un sacrificio, esto me gusta. –le mira cruel, sonriendo, clavándosela toda, golpeándole con sus bolas, oyéndole gritar, viéndole echar la cabeza hacia atrás. Y se le tiende encima, casi rostro con rostro.- Shhh, cálmate, bebé. Lo peor ha pasado, todo nacimiento es doloroso y el tuyo ha terminado, ahora puedes sentirlo dentro de ti, mi güevo abriéndote y llenándote totalmente, tú notando y entendiendo que es ahí donde debe estar. Así. Concéntrate en eso, goza de esas nuevas sensaciones que tu estrenado coño recrea para ti. No pasaran ni diez minutos antes de que estés jadeando, gimiendo, lanzando gritos de placer, pidiéndome más. Relájate y busca la verdad dentro de tu mente, esa que tu cuerpo ya conoce. Eres un juguete a ser usado por los hombres, una cosa destinada a dar placer, a gozar sirviéndole a los machos. Tu coño caliente siempre estará hambriento para nosotros. Desesperado. Te picará. Así que sométete y disfrútalo. Y lo disfrutarás, eso puedes jurártelo.

   -No, no… -se oye roto, derrotado.

   -¡Basta! –ruge una poderosa voz varonil, rica en timbres masculinos.- Deja a ese chico, truhán.

   La pareja, sorprendida, se vuelve hacia el lugar de procedencia, una ventana abierta, donde se asoma un hombre de cabellos claros aplastados hacia atrás, con un antifaz azulado pintado sobre unos ojos de un color gris claro extraños. El tipo se ve altivo, fuerte, musculoso, también molesto mientras cruza y entra, vistiendo un traje de neo propano que más bien parece pintado sobre su piel, de color gris acerado, con guantes y botas oscuras, en su entrepiernas, notándose los cortos contornos de una ropa interior que podría ser un bikini, se observa un buen bojote. ¿En conclusión?, era una extraña visión de comiquitas, pero la de un tipo increíblemente sexy y caliente.

   El enmascarado se lanza contra el sujeto, quien le saca el güevo del culo al chico de golpe, el cual grita y se vuelve boca abajo, lloroso de dolor, vergüenza y humillación, mientras los dos tipos forcejean tontamente, uno de ellos con el tolete afuera. Un gemido del chico distrae al enmascarado, momento que el otro aprovecha, le empuja y sale por la ventana. El tipo duda en seguirle, pero un nuevo gemido del muchacho lo decide. Va hacia él.

   -Calma, chico…

   -Dios, ese sujeto… -lloriquea, ocultando el rostro.- Me duele mucho. –y grita cuando una de las enguantadas manos va a una de sus nalgas.- ¡No!

   -Tranquilo, no te haré daño, quiero ver qué te hizo. –se miran, le medio sonríe.- Confía en mí.

   -¿Quién… quién eres? ¿Y esas… ropas?

   -Soy Superverga, tranquilo, no te haré daño. –le garantiza, y el chico hipa, sorber y se medio relaja, asintiendo. El sujeto, con un dedo enguantado que contrasta con el color del hilo dental mojado de saliva y jugos de güevo, aparta la tira, exponiendo el culo rojo e hinchado.- Está muy inflamado. Creo que debo… -duda y le mira con los bonitos ojos claros.- …Usar mi saliva medicinal.

   -¿Qué?

   -Te ayudará, créeme. –le asegura, recibiendo otro asentimiento aunque este más dudoso. Acerca el rostro.- Tus nalgas de muchacho queman, qué calor exhalas. –coloca la boca cerca de la hinchada entrada y un hilillo de clara saliva cae sobre la misma, estremeciendo al joven. Otro buche cae, y otro, mojándole, y el chico parpadeando algo sorprendido.

   -Ya no… duele tanto.

   -Necesito aplicar el tratamiento. –le dice, sacando la lengua y aleteándola sobre el culo desflorado del joven; este se tensa, pero no de dolor. Cuando la reptante pieza choca y da pinceladas regando la saliva, le somete al tratamiento del perrito jadeante, una lengua que sale y entra de la boca del hombre de manera frenética. El chico cierra los puños sobre la sábana, conteniendo su lengua.

   -Eso se siente tan… -gimotea incapaz de contenerse más.

   La boca se cierra sobre el culo herido, chupando, lamiendo, lengüeteando de manera obscenamente ruidosa, y el chico parpadea, boca y ojos muy abiertos, contrayendo sus glúteos, deseando atrapar y fijar esa cara allí.

   -Ahhh… -gime asombrado, volviendo el rostro hacia la nuca amarillenta.- ¡Me metiste la lengua! ¡La siento tan dentro de mí! Oh, quema, y se mueve… –y comienza a agitarse sobre el colchón, de adelante atrás, como si la lengua le embistiera cogiéndole o como si bailara el culo contra esa boca. Los gemidos que escapan de su boca son de un placer intenso. Separa más los labios, bizquea, cierra los ojos y alza mucho la nuca cuando el sujeto a sus espaldas sigue comiéndole el culo, cogiéndole con su lengua de manera más intensa.- ¡No! –gime cuando el sujeto se retira, dejándole el agujero, por un segundo, muy abierto, como extrañándole.- Por favor, sigue… -rojo de vergüenza pide, mirándole.- Eso me ayuda. Cúrame.

   -El daño que ese granuja causó internamente es grande, necesitarás algo mejor que esto. –le dice con tono ampuloso, poniéndose de pie, y al chico que le mira hacia arriba, a sus espaldas, le ve como a un sujeto grande, musculoso, viril, con una increíblemente vistosa erección bajo su traje, uno que medio baja, se separa por la cintura, mostrando efectivamente una prenda tipo bikini azul chillón, totalmente deformada por el tolete tieso; penda que baja. La pieza pálida, surcada de venas, se alza como impulsada por un resorte, enorme.- ¿Me dejas curarte, muchacho?

   -Me asusta, pero sé que quieres ayudarme. –el chico gime, mirándole con confianza, agarrándose las nalgas y separándolas.- Cúrame como necesito.

   El sujeto asiente, su boca se coloca en puchero y un chorrito de saliva cae, sobre su tolete. Y otro y otro, la gruesa y maciza pieza queda cubierta totalmente cuando la unta con la mano. El joven se tensa y mira al frente, temiendo otro ataque cuando el sujeto se inclina en la cama a sus espaldas, como el violador. Jadea, un dedo enguantado aparta bastante el hilo de la tanga, que queda definitivamente olvidada sobre una de sus nalgas, el culo expuesto a la muy blanca moler de carne dura, que también babea. Esta se frota, empuja, el chico teme, se le nota en la cara, y finalmente penetra. El güevo va entrando centímetro a centímetro, lentamente, y el muchacho parpadea, asintiendo como si no pudiera entenderlo.

   -Oh, Dios, se siente… increíble. Métemela toda. -pide.

   -Todo lo que necesite un chico. –contesta Superverga, metiéndole el resto de la gruesa mole de golpe.

   El muchacho gime, largamente, babeando un poco, totalmente rojo de lujuria. El güevo se retira hasta la mitad y vuelve a caer con la fuerza de los golpes que provoca ese cuerpo alto y musculoso al dejarse caer, y el grito de placer se repite. De gozo intenso. El tolete sale y entra, lentamente pero a fondo. Luego, alzándose un poco, atrapándole por la cintura y elevándole también, Superverga comienza a cogerle con fuerza, con rapidez y dureza, haciéndole gemir y estremecerse como nunca antes le había ocurrido en su joven vida, tanto que arquea la espalda y menea su rostro. El afeitado agujero sube y baja buscándole, y cuando el enmascarado incrementa aún más sus embestidas, cepillándole con todo la pepa del culo, el chico se agita todo, quitándose a manotazos la camiseta.

   -Oh, Dios, si… si, cógeme así. –grita incapaz de controlarse, ronroneando cuando las manos enguantadas le recorren la cintura, la espalda, cuando una leve nalgada cae.- ¡Hummm!

   -¿Te gusta así, muchacho? ¿Te sientes mejor con el tieso güevo de un hombre bien metido en tus entrañas? –pregunta ampuloso.

   -Si, si, Superverga; cógeme así. No te detengas, por favor… -lloriquea el chico, medio alzando sus caderas, llevando decididamente su culo de adelante atrás, buscando más y más de ese tolete.- Oh, Dios, se siente tan bien… -grita entregado. Y se corre, gritando escandalosamente, el hombre a sus espaldas sonriendo, atrapándole un hombro para retenerle y clavársela hasta los muy recortados pelos amarillos en su pubis.

   -¿Lo sientes?, ¿la intensidad del clímax alcanzado así, tú dentro de tu tanga hilo dental? Tu cara lo dice todo, lo rico y sabroso que te pareció alcanzar un orgasmo de esta manera, sin tocarte, tu pene dentro de esa pequeña tanga que usas y que deberían llevar todos los chicos, con un buen güevo clavado en tus entrañas, latiéndote, pulsando. Es a lo que tienes derecho, muchacho, a gozar de miles y miles de vergas deseosas de tu coñito caliente y dulce, todas queriendo dejar sus espermatozoides en él.

   Sin poder responder, casi blanqueando los ojos de gusto, el joven cae sobre su cama, el tolete retirándose y metiéndosele una, dos y tres veces, antes de que Superverga aprietes los dientes, le clave los dedos enguantados en la piel, sacándosela bruscamente, lo que debería ser doloroso pero no, la impresionante verga rojiza estremeciéndose, y mientras el hombre gruñe, un chorro abundante, caliente, espeso y totalmente oloroso de semen se dispara, cayéndole sobre la espalda, agitándole, obligándole a abrir los ojos y revolverse contra el colchón. El güevo se clava otra vez en sus entrañas y allí la siente.

   -Tómala, pequeño chico en tanga. Toma toda la leche de tu hombre. Ahhh, sí, que tu culo se trague hasta la última gota de mi esperma. Eso nos gusta. –gruñe estremeciéndose visiblemente, disparando una y otra vez, haciéndole gemir de gusto sobre la cama, ojos muy abiertos por la sorpresa y lo rico del momento.

   Ahíto se la saca, ambos jadean. El chico, de cuyo culo mana semen, se ladea a mirarle con adoración.

   -Gracias, Superverga.

   -Era mi deber… -le sonríe, tomándole con una mano enguantada la barbilla.- No es justo que por un mal sujeto te niegues toda una vida de disfrutar y agotar güevos con tu culo. No es justo que todos los hombres debamos privarnos de él. Ahora ve y vive, reparte tu culo con generosidad…

   -¡Corten! –grita el sujeto que les filma.

   Y el enmascarado, sonriendo, se pone de pie, cubriéndose el todavía erecto tolete. Jadeando en la cama, el chico, frunce el ceño y lleva una mano a su culo. El semen estaba manando, como ocurre siempre, pero ahora no, parecía haberle penetrado nuevamente. Y se siente bien, muy bien, nadando en sus entrañas. Le hace sentirse… bonito y deseado.

……

   Borrado el antifaz con una toalla y cremas, Liam Bartok, de pie al lado de un hombre bigotudo, cuarentón, revisan la escena que acaban de filmar. Una porno dura.

   -Cuando me hablaste de esta idea, lo creí una tontería. Pero esto se venderá. –gruñe el sujeto, respiración pesada, sintiendo la verga dura bajo sus ropas, agradeciendo estar sentado, siendo totalmente consciente de ese sujeto en neo propano a su lado, oloroso a sexo, a esperma. La siente llenándole las fosas nasales.

   -Te lo dije, estos videos se venderán como pan caliente. –sonríe el sujeto, callando lo que otros no saben, que serán un gancho para atraer una legión. Lo que también sabe es que ese tipo, heterosexual, experto en porno heterosexual, se había excitado con la escena. Habiendo deseado ser él quien cogiera al chico, fantaseando con la ruda violación, y aún ahora, afectado por su propia cercanía y virilidad. Si, era lo que buscaba.

   -¿Lo hice bien? –pregunta, sonriendo y acercándose a medio vestir, el chico.

   -Excelente, Ernesto, tus habilidades se desperdician en esa aerolínea. –le sonríe Bartok, tendiéndose sobre el sujeto sentado, pegándole la verga del hombro, notándole tensarse pero no retirarse, estrechando la mano del chico.- Tu actuación fue increíble, sobre todo el clímax, parecías estarlo alcanzando de verdad. –se burla, el asistente de vuelo ríe, porque ambos sabían que esa parte había sido muy cierta.

   -Bartok… -tartamudea el joven por primera vez.- Esa… filmación es para el exterior, ¿verdad? –le inquieta que su familia sepa, ve, le digan o comenten algo.

   -Claro. –sonríe el catire, todavía pegándole el tolete del hombro a ese sujeto que parece estar sufriendo calorones recorriéndole, sabiendo el muy malvado que le miente al chico, que en unos pocos días, en cada esquina del país, se estaría rematando el video.

   Era parte del plan.

……

   Y mientras Bartok se divierte y trabaja, a su manera, Tony Moncada también se mueve, llevado por las ganas de divertirse pero también por obligación. Recorre los patios en busca de Darío Serra, a quien ya considera su puto en la escuela. O quien terminaría siéndolo. Desea que le dé una buena mamada, para obligarle a darla, para que trague esperma, y para que le desahogue. No quiere ir cargado a su cita con el perro de Rubén Santana. No quiere saltarle encima y convertirle de un golpe. Desea tomarse su tiempo con él. Atormentarle. Hacerle sufrir como el otro hizo padecer a tantos en la escuela.

   -¡Hey! –dice entrando en el depósito, donde el hombre, con una braga mugrosa de polvillo, palea unos escombros en una bolsa negra. Nada más verle, el conserje de congela.

   -Hey. –le responde igual, muy quito, ojos muertos, boca algo abierta. Ninguna idea cruzando su mente. Nada de qué hace ese carajito ahí, o un esto ya no puede ser, o un simple lárgate. Está en blanco.

   -Necesito tu ayuda. –Tony se siente obligado a decir.

   -Tú dirás. –la voz sale con esfuerzo. Tenso, mira las manos del chico cuando manipula su bragueta, bajando el cierre, el güevo saltando afuera, duro, lleno.

   -Mámalo… puto.

CONTINÚA…

LOS CONTROLADORES… 17

Julio César.

NOTA: La denominación Superverga no es mía, es de un relato que leí hace añales, en el liceo, precisamente, sobre un tipo que se acostaba con todo lo que se cruzara en su camino, dada su gran masculinidad que enloquecía a quien le veía.

NOTA 2:

LOS CONTROLADORES… 15

septiembre 18, 2015

LOS CONTROLADORES                         … 14

NICE BOY

   Temiendo al cambio.

……

   Con los dientes, Bartok rastrilla sobre la lengua del chico, recogiendo su saliva espesa y los últimos restos del semen del joven policía en el callejón, encontrándolo delicioso. Cuando separa sus bocas, la lengua aún algo afuera, hilillos de saliva se tienden y rompen. El muchacho está rojo de excitación. Caliente. Muy caliente.

   -Es grato volverle a ver. –gimotea Ernesto. Se estremece cuando las manos del atractivo catire van a sus caderas, atrayéndole con fuerza y posesión.

   -Te estaba buscando, vengo a ofrecerte un trabajito extra, donde ganarás algo de dinero, te divertirás… y la pasaremos bien. –ofrece, ojos relucientes.

……

   Entrada la mañana, el más molesto que nervioso muchacho entra a la tienda donde ha comprado muchas veces sus cosas. Antes con su madre, ahora a solas (aunque la tarjeta de crédito de esta siempre era bien recibida a acompañarle). No lleva una relación de conocimiento o amistad con ninguno de los vendedores, hombres o mujeres, jóvenes con rostros aburridos que parecían ir sacando las cuentas de lo mal que iba el negocio de las comisiones. Una de ellas se le acerca.

   -¿Puedo servirte en algo? –la pregunta acosadora de siempre, algo triste.

   -Si, necesito comprar unos pantalones y… unos bóxers. –anuncia Rubén Santana, enrojeciendo un tanto, sintiéndose molesto al notarlo. Le irritaba saber que obedecía una exigencia del marica ese (ya le resultaba difícil pensar así del otro, haciendo las cosas que hacía), pero sabía que era absurdo avergonzarse delante de la joven. Era imposible que ella supiera que cambiaba su guardarropa porque un dizque hombre se lo imponía.

   La vendedora le muestra algunos buenos bóxers, y nuevamente con las orejas rojas le parece notar sobre sí la mirada de ella mientras escoge, y paga, unos un tanto cortos. Igualmente toma unos pantalones que, prácticamente, son dos tallas menos del que lleva en ese momento.

   -¿Puedo probármelos? –croa.

   -Claro. –sonríe ella, indiferente; le alegraba tener una venta, pero era tan poco que no podía sentirse contenta. Ojalá fuera el inicio de un buen día.

  Cargando sus vainas nuevas, Rubén va tras la cortina. Duda, tragando en seco, pero sale de sus zapatos, pantalón y bóxer tipo bermudas, holgado y a medio muslo. Siente frío y sospecha que tiene la verga reducida a su mínima expresión. Toma uno de los bóxers nuevos, una cosa amarilla clara, corta, suave. Entra en ella, siente la presión contra sus muslos, luego el cómo abraza sus nalgas y su paquete. Intenta subirlo más, pero no da para tanto. Se mira al espejo, manteniendo alzado el corto chemise escolar. ¡Vaya! Ceñudo, nota que le queda bien. Amoldado, la tela enmarcando la silueta de su verga, apretándola lo suficiente para hacerla consiente de sí. Se medio vuelve y su ceño se frunce más, casi sorprendido. Esa prenda, de vaina, no deja fuera, por arriba, el nacimiento de la separación entre sus nalgas, más abajo terminan casi antes de la curva de los glúteos, pero… los abraza de manera intensa, destacando muchos su trasero. Se le nota como más redondo, paradito, firme. La tela amarilla se pierde un tanto entre las dos mejillas y una idea le llega de golpe: a Tony le encantaría recorrerla con sus dedos, empujando un poco. ¡Joder!

   Alejando la idea, molesto, toma uno de los pantalones, decidido a no mirar la sombra de su tolete algo más destacado ahora contra la suave tela del chico bóxer. Se mete dentro del pantalón y le incomoda subirlo, demasiado ajustado. La resistente tela cubre sus muslos como si fuera únicamente una capa de pintura; por suerte sabía que tenía buenas piernas, por el futbol, la natación y la bicicleta (pensó no exento de vanidad). Lo siente desesperantemente ajustado a su cintura, le gustaban holgados, casi cayendo. Cierra y se mira, escandalizado. Mierda, ¡quedaba demasiado bajo! Había prácticamente cinco o seis dedos de separación entre su ombligo y la cintura del jeans. Se medio vuelve y es peor. Jamás ha tenido algo tan bajo, casi dejando ver los contornos de un bóxer también bajo. Sin embargo… coño, cómo destacaban sus nalgas bajo esa tela ajustada. Le provoca cierto escalofríos ver como la tela se hunde un poco entre las nalgas. A Vanesa le encantaría que…

   Aleja el pensamiento de la chica, por alguna razón le parecía malo, sucio, pensar en ella cuando hacía cosas por órdenes del marica ese. Toma aire y echa el culo un poco hacia atrás. Si, se veía bien; sigue empujando y bajando algo más y se congela. A pesar de lo ajustado del jeans, de lo algo apretado en la cintura, el pantalón se separa de su espalda, dejando ver el bóxer, el cual se mantiene valientemente en su lugar. Eso le pone los cachetes rojos.

   -¿Todo bien? –pregunta la chica, desde afuera, sobresaltándole. Tembloroso se endereza.

   -Si, ya salgo. Me llevo todo. –grazna.

   Algo ruborizado sale del cuarto, diciéndose que estaba bien, que nadie sabía lo que estaba haciendo o por qué, que todo… ¡Le miran! Desde la vendedora a otro chico, de cara muy picada por acné. Le miran el entrepiernas, y cuando pasa, el chico vuelve la vista. La siente en su culo, sobre sus nalgas. Cancela todo y sale a toda prisa cargando con sus bolsas, sintiéndose de pronto muy consciente de sí. Guapo en su juventud, con su figura de atleta que se cuida, puede apreciar las miradas que recibe, pero recibe demasiadas. Camina cada vez más tenso, sintiendo ojos, literalmente, clavados en su culo. Coño, ¡debió llevar un chemise más largo! Una joven le sonríe con picardía y eso le gusta, haciéndole olvidar todo lo demás. Bien, le miraban, ¿y qué? Que notaran lo buenote que estaba, se dice mandándolo todo al coño.

……

   Dejando sus cosas en el locker de la escuela, es consciente de la gente que le mira, sus amigos le saludan y palmean la espalada, todos felices como siempre, pero nota que detallan su jeans nuevo. Vanesa se le cuelga del cuello, ojos brillantes.

   -¿Pantalones nuevos? Se te ven ricos. –dice ella, cosa que le alivia de manera intensa.

   -Se te nota mucho el culo. –ríe Emilio Nóbregas; cosa que hace reaparecer su mala cara, Vanesa le besa.

   -Olvídalo, es la envidia porque es plano como tabla, y eso que siempre dicen que los negros son culones. –le conforta ella.

   Hay comentarios, bromas, sobrevive a ellas; pero es consciente de que le observan. En un momento dado se detiene en un pasillo, espalda contra la baranda, para leer algo, y lo nota. Levanta la vista y hay dos chicos de los primeros años que le miraban. El entrepiernas, la silueta de su verga. Enrojeciendo, ambos escaparon, dejándole afectado, sintiendo algo caliente por dentro, halago, placer, excitación. Lucha contra las ideas, no quería que fuera a parársele, no con ese pantalón. Va hacia el salón de clases, notándolo otra vez. Se vuelve y ve a Jean Franco, un amigo del equipo, con los ojos clavados sobre su culo, evadiendo la mirada y casi escapando cuando le pilla.

   Ah, carajo, todos como que tenían las hormonas alborotadas. O siempre había sido así y no lo notaba afectado como estaba por sus propios impulsos, se dice entrando al vacio salón de clases.

   -Bonito culo. –oye, lo que imagina todos los otros pensaron, expresado en dos palabras. Rojo de cara, sintiéndose frío de temor, rabia y repulsa, enfrenta Tony Moncada, quien está de pie, casi al final del salón, la espalda apoyada contra la pared, mirándole displicente.- ¿Te sientes más bonito que la puta de Vanesa? ¿Sientes cómo si hoy el mundo te amara más? –se burla.

   La rabia le domina por un segundo, las ganas de golpearle en la cara son insoportables, por lo que se dirige hacia él, apretando los puños, casi disfrutando, por un segundo, la inquietud que aparece en los ojos del marica ese. Lanza las manos hacia adelante, atrapándole el chemise… ¡Y le besa! Dios míos, ¡le estaba besando! Abrió los labios y cubrió los del marica, sintiendo un maldito corrientaso de lujuria al hacerlo, al relamerle los labios. Cuando los de Tony se separan, mete la lengua, sin pensar, sin reparos, odiándolo. Las dos lenguas se encuentran, se tocan, acarician, se frotan y azotan, y los dientes de Tony rastrillan la suya. Pero no es eso lo que le tiene temblando, son las manos de marica cayendo, con posesividad, sobre su trasero, recorriendo la áspera tela, palpándole con derechos. Las bocas chupan y lamen salivas cuando los dedos de Tony le recorren y acarician la raja del culo sobre la tela. Se separan y Rubén se estremece, de vergüenza y debilidad cuando el otro ríe, todavía reteniéndole así.

   -Estás hermosa, me dan ganas de exhibirte. ¿Mi nena bella quieres ir el cine esta tarde conmigo? –le pregunta y da unos piquitos en sus labios.- ¿Es una cita? –se le acerca a un oído.- Puede que tengas suerte y te dé a probar un pedazo duro y caliente de mí, en la sala oscura, rodeados de otros alrededor.

……

   El chico, púber e inocente, mejillas rojas y ojos brillantes, transpirado por el juego de básquet sostenido con los amigos del edificio, los pintados cabellos claros revueltos, vistiendo un shorts largo y una franela igual, entra en la cocina donde su madre habla con un hombre enorme que revisa algo bajo el lavaplatos, un plomero. La mujer, su madre, le dice que tiene que salir y que regresará pronto, que ayude al señor en lo que necesite, o requiera. El joven asiente, mirando al enorme sujeto, cercano a los cuarenta años de edad, calvo, algo colorado, de barba y bigote, mirada brutal, que le recorre con la mirada con cierta burla.

   -Si, mamá. –responde el chico, costándole apartar los ojos del sujeto enorme, preguntándose si él algún día podría verse a sí; en cuanto quedan a solas, carraspea, logrando que ese tipo se ponga de pie, sobrepasándole. Fuerte, algo panzón, pero duro, casi reventando con los pectorales velludos una camisetica que alguna vez fue blanca. Tanta masculinidad le incomoda y cohíbe.- Voy a mi cuarto, señor, a bañarme… -intenta una sonrisa, mirándole hacia arriba, mejillas rojas.- Iré al cine con mi novia y quiero prepararme.

   -¿Novia? –hay algo de desdén en el tono y ceja alzada, cosa que le altera.

   -Sí, mi novia. –puntualiza.- Si necesita algo…

   -No ve a ducharte con tus burbujas, tu olor a coño transpirado me llega hasta aquí. –y ríe burlón de su cara de chasco.

   El chico corrió a refugiarse en su habitación, sintiéndose alarmado y molesto. Ese tipo era inquietante. Se quita la franela y toma el teléfono, marca un número y deja un mensaje a su chica, Regina, que ya arde en ganas de verla y tocarla. Le lanza un beso. Una risita a sus espaldas le hace pegar un bote, ese tipo, con una sonrisa socarrona, le mira desde la entrada del cuarto, recostado del marco.

   -¿Acción entre lesbianas? Ah, chicas juguetonas…

   -¡Oiga! –jadea, alarmado.

   -Tranquila, nena, yo te curo del gusto por las chicas. –le ruge el plomero, caminando hacia él, atrapándole la nuca, halándole y besándole con fuerza, metiéndole la lengua caliente y salivosa, lamiendo y chupando, tomándose su tiempo aunque el chico gimotea y le empuja, casi golpeándole con sus puños sobre el firme torso musculoso de tetillas erectas bajo la camiseta. Lo forzaba.

   -¡Suéltateme! –le grita, asustado y furioso.

   -Silencio, perra, noté cómo me miraste, con lujuria. Y dejaste la cocina impregnada con tu enloquecedor olor a coño en celo… -le acusa. El chico va a gritar y le abofetea, fuerte, haciéndole caer, sorprendido y mareado, sobre la cama.- ¡Silencio o te haré algo que no te gustará! –brama, de pie, medio inclinado, intimidante, sonriendo al verle encogerse. Se abre el pantalón donde ya destaca una escandalosa erección.- Vas a usar tu boquita de putita para otra cosa.

   -¡No! No, no soy gay… -gimotea el chico, abriendo mucho los ojos, con verdadera sorpresa al ver el tamaño, grosor y dureza de la pieza masculina que emerge frente a sus ojos.

   -¡Eres una puta maricona! –le grita la aclaración.- Y las putitas mariconas sólo sirven para una cosa.

   Con una sonrisa sádica y cruel, le atrapa tras la nuca con una mano, acercando el bonito y juvenil rostro a su gruesa mole, una que el chico mira con miedo y algo de sorpresa, por el tamaño, y le azota la cara con ella, duro, dándole en la frente, mejillas y boca; frotándosela de arriba abajo, para que la sienta palpitar contra su bonita cara. Le ve cerrar los ojos, resistir, y ríe, obligándole a llevar los labios contra la pieza masculina que late de gusto ante tan rico e indefenso manjar, un chico bonito dejado a solas por su madre con un enorme, brutal y depredador extraño en casa. Gimiendo, lloroso, los labios del chico van y vienen sobre el tronco venoso, guiado por esa mano, un ligero rastro de humedad quedando sobre su cara.

   -No, no… -gimotea aún el muchacho, lloroso.

   -Silencio, puta. ¡Separa los labios! –le grita, halándole más sobre su pieza, y el chico, abriendo mucho los ojos, debe dejar entrar la salina, dura y caliente pieza por primera vez en su virginal boca, cerrando mejillas, lengua y labios sobre ella para intentar pararla, logrando que el sujeto jadee de gusto.- Eso es, te sale natural, pequeño marica. –y comienza un saca y mete violento, exigente, viéndole la frente fruncida, los ojos cerrados, los cachetes rojos. De sus dulces y rojos labios de chico inocente emerge y desaparece la nervuda pieza del macho sátiro.- Ahhh, eso es, pequeña puta, lo haces bien. –ríe al verle los ojos llenos de llanto, de suplica y rebeldía cuando los abre ante las palabras.- Oh, vamos, no te lo niegues, huelo a una puta en cuanto me le acerco. En cuanto te vi sabía que terminarías comiéndomela, y que te gustaría. –chasqueando la lengua, atrapándole los cabellos pintados con las dos manos, reteniéndole en su sitio, lleva y trae sus caderas cogiéndole la boca con rapidez y violencia, metiéndosela casi hasta la garganta, ahogándole, oyéndole gemir entre sorbidas.- Oh, sí, sabía que sería así en cuanto tu mamá salió. –ríe, tendiéndose sobre él, atrapándole los bordes del shorts y bajándoselo, teniéndole acostado de lado en la cama, riendo al ver al chico usar no un bóxer o un suspensorio, sino un hilo dental rojo diminuto. La risa es brutal.- ¡Lo sabía, marica! –le saca la pieza de la boca por un segundo, viéndose inmensa mientras va saliendo, centímetro a centímetro de carne dura y llena de venas, cubierta de saliva, una que gotea.

   -No soy marica, a mi novia le gusta que… -le bofetada es fuerte, haciéndole gemir y caer de espaldas en la cama.

   -¡Eres un marica! -le puntualiza.- Tanto que sales con una chica que intercambia sus pantaletas contigo; porque lo sabe. Ella lo sabe, como lo sé yo. Ven acá, ya quiero probar tu coño estrecho y mojado –le ruge, asustándole de verdad, disfrutando su miedo, su pataleo. El intento de escapar por el otro lado de la cama. Se lo impide reteniéndole por el cabello y una pierna, que hala hacia sí, girándole las caderas sobre la cama, soltándole el cabello, montándole la manota en la baja espalda y con la otra le termina de quitar el shorts, dejándole con el hilo dental clavado entre las lisas, rojizas y redondas nalguitas de muchacho.

   -¡No, por favor! –grita el chicuelo, asustado, pataleando, cerrando los puños sobre la sábana intentando escapar de su agarre, estremeciéndole el oírle reír.

   -Grita todo lo que quieras, mariconcito, nadie te escuchará; nadie vendrá. Grita, que de todas maneras voy a hundir mi güevo tieso de hombre en tu coño dulce de putita. –le ruge, nalgueándole feamente, dos veces, haciéndole gritar, los dedos marcándose en las jóvenes carnes.- Enséñamelo, muéstrame tu dulce coñito… Papi quiere ver el coño de su nena. –le aparta con un dedo el hilo dental rojo de la raja y ríe.- ¿Depilado? Lo sabía…

   El chico, con cara de miedo, agitándose, alarmado, se medio voltea para explicarle, pero ese tipo no le ve ni oye, doblándose, mete la cara entre sus nalgas, resollando, aspirando.

   -Hummm… lo tienes sudado, perrita. –le dice, sacando procazmente la lengua y pegándola de la raja, recorriéndola lentamente de abajo arriba, ensalivándola, gozando sus estremecimientos, oyendo sus gemidos, saboreando el sudor del chico. El redondo y realmente liso agujero es halado, azotado, lamido y medio penetrado. La punta de la lengua cae sobre el ojete decididamente, metiéndosele. Sabe que el chico lo nota, que la tiene adentro.

   -No, no, por favor, señor, no lo haga…-grita y suplica el muchacho, agitando su culo, abriendo y cerrando las nalgas contra esa cara barbuda, ignorando el placer que le provocaba. Con un profundo gemido de satisfacción, el hombre eleva la cara, bigote y barba ensalivados.

   -Ya lo tienes listo, nena. Tu coño ha sido bien lubricado, ahora a coger. Puedo notar que eres virgen, bien, no será así por mucho tiempo; seré tu primer macho. El primero de miles que seguramente te conocerán.

CONTINÚA … 16

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 14

septiembre 1, 2015

LOS CONTROLADORES                         … 13

NICE BOY

   Temiendo al cambio.

……

   -¿Estás segura de que se trata de un controlador? Tú no eres… -comienza, con duda, la bonita mujer morena de cuello largo y cabello lustroso y liso, recordando por un instante infinitesimal a un atractivo catire bajando de un avión.

   -Muy segura, Joanna. –sentencia la otra, un poco más baja de estatura, cabellos ensortijados, castaños claros, ojos luminosos tras unos lentecitos claros sin monturas, mordiéndose el labio inferior.- ¡Tú sabes algo! Tienes algo en mente pero no lo dices. –apunta y la otra la mira con disgusto.

   -Deja de leerme. Es el trato.

   -Lo siento. Busquemos a Sombrío…

   -Si algo ocurre, ya debe saberlo. –dice casi con resentimiento.

……

   El arrugado y avinagrado rostro de Joel Gruber se contrajo más cuando vio salir, por fin, a Gabriel Rojas de la biblioteca de su casa, la cual el fornido y agresivo hombre de treinta y tantos había descrito como un museo sin nada valioso. Eso le agradó al anciano, su descaro sincero, igualmente su fama: el hombre buscaba y encontraba lo que fuera. Por un precio. También si le intrigaba, eso no lo anunciaba el otro, pero Joel no había llegado a la edad que padecía simplemente suponiendo que era cierto todo lo que otros decían o aparentaban.

   -Se tardó bastante. –comienza levantándose del sillón donde esperaba, con esfuerzo, señalándole otra silla. Gabriel, sonriendo, tomó asiento.

   -Era un video… largo.

   -¿Había necesidad de verlo todo? –cuestiona, sintiéndose francamente disgustado mientras sirve dos tazas de café de una muy anticuada pero pulcra cafetera, tendiéndole una taza con un pulso extrañamente firme. Sus ojos se encuentran y el otro sonríe socarrón, guardándose sus impresiones, sabiendo cómo puyar al anciano.

   -Muy necesario. No sabía cuando la cámara podría enfocar, en un descuido, un letrero, una ventana o un detalle que permita saber dónde alojan al nieto de su amiga. –saborea el café, todavía intrigado y, suciamente, excitado por lo que vio.- Fue porno del duro, al sujeto mayor no se le veía la cara, pero al muchacho…

   -Era la idea.

   -¿Por qué se lo enviaron a la doñita?

   -Para lastimarle. Tratamos con gente malvada, señor Rojas. Entiendo que la definición pueda parecerle anticuada o extraña, pero es la justa. Lo comprobará según vaya averiguando cosas.

   -Era sexo…

   -Eso también fue calculado. Para ofender y humillar. Un mensaje: puedo hacerlo y nadie está a salvo de mí. –eso hace que el otro frunza el ceño.

   -Lo hace sonar como si al chico lo obligaran a todo eso; pero más bien me pareció que lo disfrutaba… demasiado, en mi opinión.

   La verdad es que todo era extraño en ese caso de persona desaparecida, se dice Gabriel Rojas. Aquel anciano de mirada astuta le había citado para encomendarle buscar al nieto de una amiga que había caído en manos de tratantes de blancas. Mostrándole el video que la doñita había recibido. Filmación que fue toda una sorpresa. Era un heterosexual seguro de sí, con una vida sexual no amplia pero si intensa en sus relaciones, había tres damas que juraban ser el centro de su mundo, todas ellas profesionales que no necesitaban o buscaban un marido para mantenerlas, tan sólo le querían para pasar el rato y era grato; pero aquella escena…

   Ver al catirito lisito, delgado y bonito subiendo y bajando frenéticamente su culo sobre el grueso, rojizo y largo güevo que casi le deformaba el anillo del esfínter, le produjo asco y fascinación. Oyéndole gemir, viéndole estremecerse, escuchando las palabras del hombre, la manera de tratarle, se le puso dura bajo las ropas. Cosa que fue una sorpresa total. Y miró y miró, no podía, sencillamente, detenerla o apagarla. No se masturbó pero… Seguro que se había mojado un poco los pelos púbicos. Y no fue su única reacción.

   -Si, parece estarla pasando en grande, y sin embargo, mi amigo, el chico no era totalmente consciente de sí. Le habían… sugestionado para hacer eso. Le llevaron a reaccionar así. –informa el viejo.

   Y el hombre frunce el ceño. ¿Obligado?, ¿llevado? ¿Sería posible? Bien, recuerda que, tenso sobre el sillón de la biblioteca, oyéndole gemir y viéndole babear por su boquita roja que se abría bastante mientras su culo era cepillado ferozmente por aquel tolete duro, se encontró pensándolo, casi deseando gritarlo al monitor: cógelo duro, pártele el culo al putico ese. Haz que llore. Eso, cógelo así, que suplique como la putita caliente que es.

   Incómodo ante el anciano, que le mira fijamente, ¿tal vez adivinándole?, cruza las piernas.

   -¿Qué no me está diciendo?

   -Que trata con gente peligrosa. Que el chico… -y se le nota el disgusto al pensar en él.- …Está en manos peligrosas. Pero no es todo, esos videos… -ahora si duda. No quiere exponerlo así, que estaban destinados a influenciar, a excitar. A reclutar gente.- Hay que impedir que sean comercializados. No sólo por mi amiga y el buen nombre de su familia. –ahora parece hablarse a sí mismo, viéndose algo maniático aunque lo ignora.- No se les pude dejar actuar libremente.

   Gabriel podría haber dicho algo sobre sus temores, que eran cosas de ancianos asustados, pero no habría sido del todo sincero. No porque… en un momento, mientras miraba el video, él, que es heterosexual, se imaginó en aquel colchón con el chico subiendo y cayendo sobre sus muslos y vientre cubiertos de una negra pelambre. Que ese culo se ensartaba, abriéndose y devorando, su propio güevo. Que era él quien le cogía, le apretaba las tetillas y le llamaba putica caliente destinada a servirles a los hombres como juguete. Casi se sintió allí. Casi… lo disfrutó. No sólo tener su güevo amasado, apretado y halado, sino de la extraña sensación de poder que devenía de tener al chico a su merced, obligándole a empalarse, a gemir y llorar por su güevo de macho de verdad mientras lagrimas caían de sus ojos y la baba de su boca de labios rojos.

   -¿Sabe qué? Creo que tiene razón en ese punto. No es un video apto para todo el mundo. Acepto el trabajo. –replica brusco, como intentando alejar esas ideas.

   -Me alegra, pero… su reputación le precede. Eficiente encontrando lo que busca. Pero también es temerario. –se echa hacia adelante en el sillón, con tono preocupado.- Tenga cuidado, señor Rojas, no son exageraciones de ancianos tontos, esto que le advierto es muy serio: precaución o terminará protagonizando su propia cinta. –no le desanima, ni ofende, la carcajada alegremente burlona que lanza el otro hombre. Tan sólo sonríe un poco, socarrón. Ha vivido y visto mucho.

   -Lo tendré en cuenta. –sonríe divertido, ojos burlones.

   El anciano abre la boca, decidido a darle un halón de orejas verbal, pero se deja caer en su sillón.

   -¿Más café?

……

   Las noches de Caracas son calurosas, mucho. El grato frescor de las tardes de antaño era cosa del recuerdo, como el poder caminar por una acera de día o que el alumbrado funcionara eficientemente. Y Ernesto Garzón, agitado, salió de su casa después de despedirse de su angustiada madre, a quien le parecía que salía demasiado de noche. El joven asistente de vuelos sabía que era cierto, pero no podía evitarlo. Ya quiere partir en algún viaje, ir lejos en algún vuelo y escapar de las miradas de sus padres. Bien, de su madre; su papá apenas le prestaba atención a sus cosas, algo que le agradaba. Imagina que le sabe, en el fondo y desde hace tiempo, gay, y decidió no tocar el asunto ni de lejos. El joven amaba que lo tratara normalmente, sin miradas severas, críticas o reproches que no servirían de nada. Su madre era otro asunto…

   Cosa que ahora chocaba con el calor que siempre sentía. Desde su encuentro con aquel extraño y atractivo pasajero, y el ingeniero de vuelo en aquel viaje, no podía apagar ese fuego. Ardía por dentro. Quería güevo. Tan simple como eso. Por ello debía salir e intentar encontrar algo. A alguien. Por eso se llegaba a las tascas del Centro, venidas a menos, especialmente por la inseguridad, pero aún así peor era nada. Llegaba a la barra, pedía algo y lanzaba miradas y señales; tragando pico de botellas enviaba el mensaje que quería.

   Sonríe en esos momentos, la música, el calor, la gente hablando y riendo, la excitación corriendo por sus venas, bebe y mira al tipo joven que no le quita los ojos de encima, quien, sonriendo también, le hizo señas enfocando una de las salidas laterales. Tragando con esfuerzo de puras expectativas, le siguió. Salió a la calle, a un callejón lateral bajo un cielo nublado, un calor húmedo cubriéndolo todo. El tipo estaba allí, recostado de la pared, esperándole.

   La verdad es que debería decir algo, presentarse, lanzar un hola o lo que fuera, pero simplemente va a su encuentro y se agacha, la mirada sobre el entrepiernas. Desesperado.

   -Coño, si que andas maluco, ¿eh? –le oye bromear.

   -Ni te imaginas. –confiesa su gran verdad, levando una mano.

   -¿Qué hacen? –una linterna les enfoca y el tipo joven sale huyendo, regresando al interior del bar. Ernesto jadea, pierde el equilibrio y cae.- ¿Qué coño hacían aquí?

   -Nada, oficial. –gime inquieto. La aerolínea no vería con buenos ojos que le sindicaran de…

   -¿Nada? Asunto de drogas no es, ya lo capto. ¿Sexo oral en la calle? ¿Qué clase de pervertido hace una cosa así? –el uniformado, un hombre joven, le mira severo. Ernesto puede sentir su hostilidad por haberles casi pillado, pero su mente anda calenturienta y sólo ve a un tipo joven y guapo enfundado en un uniforme oscuro por la noche, y que le queda del carajo. Desde donde está le clava la mirada en el entrepiernas.- ¡Hey, tengo los ojos aquí! –le reprende, casi sorprendido.- Amigo, ¿todavía pensando en eso? ¡Soy agente de policía!

   -Lo sé, pero… -se sienta de culo, como más relajado, mirándole.- La verdad, señor agente, la verdad verdadera es que me muero de ganas por mamar un güevo gordito y lleno de leche. –nota que le sorprende.- No pretendo que entienda cuánto lo deseo, sentir un buen pedazo de carne dura llenándome la boca, latiendo sobre mi lengua, la promesa de una corrida abundante. Pero la quiero. No hacía nada malo, tan sólo… -su voz muere.

   -Es ilegal si es en la calle. Deberías hacer esas vainas en tu casa, ¿no?

   -Vivo con mis padres. –casi intenta una sonrisa rodando los ojos.- Si viviera sólo me encontrarían fácilmente por la fila de hombres frente a mi casa.

   -¡Amigo! –se ve desconcertado, no sabiendo si reír o molestarse ante tanto descaro.- Es cierto, no te entiendo y…

   -¿En serio? –le desafía.- ¿No sueñas con detener en plena vía a hermosas chicas en pequeñas minifaldas y requisarlas a fondo, metiéndoles una mano dentro de sus pantaleticas tipo tangas, hundiendo tus dedos en sus coños y mojarlos a fuerza de tus dedos subiendo y bajando mientras ellas gimen? –su voz tiene una tonalidad melosa que él mismo desconoce, pero que le hace audaz. Fuerte. Y nota cierto revuelo en aquellas entrepiernas.

   -Te estás pasando. No se debe ir sólo pensando en… eso.

   -¿No es por eso que vas al gimnasio? Lo haces porque tienes un cuerpo lindo y deseas que siga así. Seguro que te ejercitas bastante para mantenerlo, pero también disfrutando las miradas de admiración que las chicas en el gym te lanzan cuando andas sin camisa y dentro de un pantalón de látex… Y tal vez hasta la de los pobres chicos que miraran tu trasero y entrepiernas soñando con un momento de gloria.

   -Oye, no te pases y… -se nota menos seguro, y casi pega un bote cando el muchacho se apoya sobre las rodillas, mirándole, pero el rostro casi contra su entrepiernas.

   -¿No quieres que te de una buena mamada? –pregunta mirándole a los ojos.

   El hombre joven se estremece, las palabras dichas por el otro, imaginarse por un segundo realmente requisando chicas a la entrada de la universidad, metiéndoles manos, le afectó. Su tranca respondía a los estímulos de la fantasía, también a la edad y a esa mirada viciosa. Una boca que quería mamar. Una boca ansiosa muy cerca de su verga. En ese rostro hay una lujuria intensa, sucia; y después de todo una boca que se muere por tragar una verga dura es sólo una boca, ¿no?

   -Yo no… -se tensa cuando la mano del chico le acaricia la silueta del tolete, provocándole cosquillas y escalofríos.

   -Puedo darte la mamada de tu vida, sacándote la leche del cerebro.

……

   Habiéndose retirado temprano a su cuarto, Tony Moncada no puede dormir en medio de las penumbras y el cambio de sombras que produce su televisor. Desnudo de la cintura para arriba, con cierta arrogancia, descansa sobre las sábanas, las manos bajo su nuca, mirando por la ventana a una noche quieta. Revive todo lo ocurrido ese día, notando con extrañeza la ausencia de preocupación. O culpa. Había cambiado una vida, lo sabía. Sergio Serra ya nunca sería el mismo, pero la cosa no solo no le inquieta sino que casi le divierte. Lo que en verdad llena su noche es pensar en Rubén Santana, su odiado enemigo, imaginar lo que le hará. Cierra los ojos, su mente quedando por un segundo en blanco, y se estremece. No sabe si se adormila y lo imagina, lo sueña o es una influencia de la televisión y los videos musicales, pero le parece desplazarse en auto por la ciudad, mirando trazos de imágenes desde una ventana. Rumbo al centro de Caracas…

   Abre los ojos sintiéndose más agitado, su armonioso y ahora apolíneo torso subiendo y bajando con esfuerzo. Bartok estaba cerca…

……

   Tal vez nunca en su vida aquel joven hombre uniformado esperó verse en semejante predicamento sexual. Siempre ha pensado en chicas, en mamadas dadas por nenas de coños calientes; para ellas, si, era que se ejercitaba. Quería verse buenote y rico para ellas, aunque también por él mismo. Le halagaba y alegraba saber que le miraban. Pero esto… boca abierta, conteniendo los jadeos, apoyado de la pared, separadas las piernas enfundadas en su pantalón, mira con ojos vidriosos en las penumbras como ese chico flaco y amanerado le daba, efectivamente, la mamada de güevo de su vida. Dudó, casi sintió repulsa cuando le manipulaba para sacársela del pantalón, pero en cuanto la tuvo en sus manos, todo fue distinto.

   -Eso es, maricón, trágate todo mi güevo duro y tieso. Comételo todo como querías, puto de mierda. –gemía casi no reconociéndose, mirando fascinado ese rostro medio ladeado cuyos labios se abrían y devoraban su pieza sexual, apretándola con ellos, con las mejillas, pegándole la lengua, y así, atrapada y apretada, se la agitaba al llevar la cabeza de adelante atrás. Una y otra vez, ¡y las chupadas que daba!, eso era una locura.

   Le ve sacarse el tolete de la boca, y de alguna manera perversa le gusta ver su güevo así, tieso y rojizo a la poca luz del callejón, brillante de saliva, sabiendo que ese carajito lo amaba. Cuando se lo atrapó con la mano, duro, en la base, agitándolo y golpeándose el rostro con él, pensó que se correería. Había algo increíblemente sucio, prohibido y erótico en ver el propio tolete frotarse de la cara ansiosa de otro tipo. Nunca había visto brillar en unos ojos tal deseo por un güevo.

   Aunque había dado una que otra mamada antes, Ernesto reconoce que ahora si lo hace bien. Puede hacer estallar en llamas un tolete con tan sólo pasar la lengua por su cara posterior, aleteando sobre la carne dura; puede tensar a los tíos cerrando los labios sobre el glande y chupando del ojete, después de besarlos en gratitud. Podía volverlos locos cuando los atrapaba de punta a base, resollándole en los pelos dentro de las braguetas, succionándoselos con la garganta. Teniéndolo así en ese momento, todo tomado el joven güevo del policía, Ernesto cierra los ojos, casi ahogado, sintiéndolo latir contra su lengua y campanilla, inhalando profundamente los fuerte y maravillosos aromas del macho, llenándose las fosas nasales con sus pelos. Eso le marea y aspira una y otra vez, oyéndole gemir, sabiendo que a los hombres les gustaba que sus puticas y puticos admiraran y adoraran eso, sus esencias de machos. Por eso, temblando, lo hacía. Su mente era una masa de poderosas sensaciones mientras olisquea en ese pubis y succiona con su garganta, la lengua totalmente pegada a la pieza dura. Le oye respirar más grueso, y casi le adivina la sonrisa, la satisfacción del macho alfa ante el otro que se entrega totalmente a su masculinidad, reconociéndole como superior. El hombre.

   -Oh Dios, si… -gime el policía, atrapándole la nuca con las manos, fijándole y comenzando a cogerle la boca, sacándole y metiéndole el tolete casi hasta el esófago; reteniéndole luego, casi indiferente a si respiraba o no, corriéndose.

   Desesperando al pobre chico que quiere retirarse un poco y vivir la increíble experiencia de tener su lengua cubierta con el espeso semen y saborearlo. El hombre lo entiende, retira un polco su culo y le baña la boca, tanto que una gota escurre por una de las comisuras de sus labios. Y verlo, sus ojos febriles, sus cachetes algo rojos a pesar de las penumbras, la boca deformada por su tembloroso tolete, la gota de semen corriendo, todo eso pone al policía más caliente mientras alcanza el intenso clímax: ese chico era realmente feliz tragando toda su esperma, la suya.

……

   Escapando más que alejándose, minutos más tarde Ernesto sale del callejón por una puerta que conoce (ya ha cosechado vergas allí), alejándose del agente de policía. No fuera a ser de esos uniformados que después de que se corren se pone estricto con los infractores. Está feliz… a medias. Fue una buena corrida, millones de espermatozoides de un joven macho. Sabían tan ricos que no podía quejarse, pero… Su culo sufre un estremecimiento. Si, quería algo más. Pero era totalmente consciente de que no lo obtendría del policía. Este podía dejarse mamar, pero de allí a meter su güevo en un culo de hombre…

   -¿Divirtiéndote? –la voz le sorprende y casi pega un bote. Había salida a la avenida, y pensando en sus cosas no se fijó en el carro estacionado. Hasta ahora. Sentado sobre el capote, obviamente esperando, se encontraba su antiguo pasajero, catire y guapo, sonriente.- Acércate. –le ordena.

   -¿Qué hace aquí? –sin pensarlo, ni dudarlo, fue a su encuentro, cerca, casi entre sus piernas.

   -Te buscaba. –se encoge de hombros, atrapándole con las manos el cuello, halándole y cubriéndole la boca con la suya. El chico se estremece violentamente, esas manos son eléctricas, esos labios son de fuego, esa lengua sobre la suya despierta una lujuria inmediata e intensa, una que habla de sexo, de cogidas rudas y metidas a fondo.- Hummm… me encanta el sabor a semen que hay en tu boca. –le informa, pasándose la lengua por los labios, y vuelve a besarle, robándole todo rastro de cordura.

   El cual era el plan de Bartok, desde el principio.

CONTINÚA … 15

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 13

agosto 23, 2015

LOS CONTROLADORES                         … 12

NICE BOY

   Temiendo al cambio.

……

   -¿Te gusta? ¿Te gusta esto, cabrón? –le ruge Tony, reiniciando sus embestidas con fuerza, sintiéndose del carajo cuando su güevo va y viene siendo atrapado, halado y chupado por las entrañas de ese dizque macho que tantas bromas le hizo en el pasado.

   -¡Ahhh…! –es lo único que sale de la boca de Sergio y al muchacho le excita verle brillar seboso de sudor, mientras arquea la espalda sobre la colchoneta y echa la cabeza hacia atrás, gimiendo largamente, evidentemente recorrido por las poderosas sensaciones que le provoca la verga de un chico metido en su culo peludo y virgen hasta hace poco.

   -¡Grita! –le exige, atrapándole los tobillos con sus manos, alzándole el culo, abriéndole más, sacándole el joven güevo casi hasta la cabecita para luego enterrárselo con golpes secos y duros.

   -Oh, Dios, si… -gime el hombre, incapaz de controlarse, todo él ardiendo, su piel erizada; tocarse el torso, las tetillas, todo eso le provoca un placer y una excitación intensa. Era como si no pudiera conseguir satisfacer ni eso, por lo que pellizca con fuerza sus pezones graníticos.

   -Te gusta tanto, ¿verdad? Sentir mi güevo llenándote el alma en estos momentos es lo mejor que has experimentado en tu vida, ¿no es así? –lo coge, le mira, lo controla, sus caderas van y vienen, el tolete frota y estimula las entrañas masculinas de ese hombre que le observa como borracho, pero dudando en responder.- ¡Dilo! –le gruñe, metiéndoselo todo, dejándolo allí, ardiendo como un tizón, latiendo como un corazón, empujando todavía más y más.

   -¡Ahhh…! -Sergio Serra casi blanquea los ojos, echando la nuca hacia atrás, nuevamente, su boca imposiblemente abierta de la cual mana algo de baba.

   -¡Dilo! –ordena otra vez, sacándole media tranca, envuelta por los pliegues de su culo peludo, y volviendo a embestirle.

   -Oh, sí, chico, cógeme así. ¡Quiero que me cojas! -cierra los ojos y lloriquea. Pero tiene que abrirlos, gimiendo de placer y sorpresa cuando Tony casi se le encima, forzándole mucho las piernas, teniéndole bien clavado de su verga.

   -Papi chulo, llámame así. Para ti soy eso, tu papi chulo. –le dice, sonriendo torvo, cruel, ojos llameantes.- Dilo…

   -Papi chulo… -las palabras salen embotadas de sus labios muy rojos y húmedos, salivando un poco. La sonrisa de satisfacción del chico le alegra de una manera intensa, extraña, y su culo sufre espasmos sobre la verga que le llena, sintiéndolo increíble. Dios, era delicioso.

   -¿Y qué quieres? –le sonríe suave, alzándose otra vez, mirándole. Comenzando un juego que el otro entiende fácilmente.

   Debe someterse, entregarse todo a ese chico que quiere verlo y sentirlo, su sumisión. La idea le llena de un calor agradable y maravilloso, tanto que sonríe y sus mejillas enrojecen profundamente mientras sus ojos resplandecen de lujuria, travesura y picardía, sintiéndose sexy.

   -¡Cógeme duro, papi chulo! Lléname el culo con tu güevo, papi… -y grita, mitad por ese juego al que se entrega, mitad de placer total y real cuando el tolete reinicia sus entradas y salidas, cada nervadura y rugosidad frotándose de las paredes de sus entrañas, la gran vena de la cara inferior deformando un tanto su culo al entrar, estimulándole. Grita y gime incapaz de controlarse, pero también porque su papi chulo quiere eso. Así de controlado está por aquel chiquillo cuya blanca rojiza verga va y viene sin descanso, cada vez más dura, caliente, botando más y más jugos.

   -Eso es, chilla más fuerte, cerdo. Escuchar tus gritos de gozo mientras te cojo me excita más. –le mira directamente a los ojos, logrando que sonría y se esponje, si cabe, todavía más mientras su culo es violentamente cepillado una y otra veza.- Sé sincero, ¿realmente te gusta sentir mi güevo llenado tu culo? –le pregunta, mirando por el rabillo del ojo. Alguien, seguramente atraído por los gritos que Sergio estaba lanzando, se acercó a mirar, quedándose quieto y silencioso al descubrirles.

   -Oh, sí, papi chulo, cógeme. Cógeme más duro, por favor. –admite y suplica, mitad por el juego sexual, otra porque se siente increíblemente caliente al hacerlo, y ruge, alzando la nuca, cuando el chico comienza a casi sacar su güevo y a metérselo duro, una y otra vez, moviendo las caderas de derecha a izquierda, de arriba abajo, golpeándole y rozándole fuerte en esta o aquella parte del recto.

   Sonriendo perverso, consciente de la quieta presencia que parece encogerse un poco para no ser notada, Tony sigue embistiendo al otrora gran machito del colegio, uno que ahora gime y se derrite ante su masculinidad superior. Su güevo sale, totalmente, y el tembloroso agujero peludo se agita. Sergio le mira con una mueca algo indefensa, una que desaparece cuando se lo mete otra vez, saciándole pero al mismo tiempo excitándole más.

   -Te chorrea, cabrón; tiene el culo totalmente mojado por mí y para mí. –le dice, sonriendo todo burlón.- ¿Sabes?, desde que comenzaste a trabajar en este colegio, con tus aires de machito conquistador que a toda mujer le lanzaba los tejos, insultando a los afeminados, soñé con esto, con tenerte así, ensartado con mi güevo por tu culo vicioso mientras te revolvías pidiendo más. Me hice mil pajas fantaseando con eso, contigo suplicando que te preñara con mi leche, en medio del auditorio, todo el colegio siendo testigo. –y se detiene, jadeando; los dos se miran, como evaluando sus realidades.

   Sergio no puede pensar con claridad, no sabe qué le ocurre exactamente, pero es totalmente consciente de esa verga llenarle totalmente las entrañas, la tiene prácticamente contra su próstata, pulsando contra las paredes de su recto despertando emociones y sensaciones increíbles que no le dejan razonar. Sólo quiere dejarse llevar y gozarlo; le parece que vuelve a ser un chiquillo calentorro que sale del colegio con una bolsa llena de pornografía bajo el brazo, y que necesita, y desespera, por llegar a un lugar secreto y mirar, llenarse los ojos y la mente, y tocarse con desesperación, pasando de una revista a otra, de una película a la siguiente, incapaz de contenerse, de medirse, tan sólo deseando abarcarlo todo y no poder correrse con una cosa o la otra dada la urgencia de continuar experimentando esa increíble necesidad de sentir. Así estaba en esos momentos, el güevo del chico, de papi chulo, clavado en su culo le enloquecía, quería terminar, correrse, pero al mismo tiempo sentía que lo lamentaría y deseaba prolongar más y más aquella experiencia increíblemente erótica y lujuriosa. Así que le mira, ojos oscuros llenos de ganas.

   -Mi culo es tuyo, tómalo, llenado, cógelo, déjamelo chorreado con tu leche, papi chulo… -y decirlo era más que jugar, lo sabía. Se sentía libre, allí, ahí, aceptando aquello. Que el otro tenía ese derecho sobre su persona. La idea era extrañamente embriagadora.

   Sonriendo más, Tony vuelve la mirada hacia la entrada, donde sorprende y desconcierta a un chico de octavo, un catirito de cara angelical, cabello castaño claro y cachetes eternamente rojos, ahora de color tomate. El joven, no recuerda quién, si es que le conoce, parecía trastornado por la escena, pero aún más por las palabras de Sergio. Ahora enfrentaba la intensa mirada de aquel joven que, vestido pero con el güevo afuera, se cogía a ese tipo al que siempre creyó tan macho y masculino.

   ¿Acaso tendría tendencias gay?, se pregunta Tony mirándole. ¿O tan sólo se acercó a mirar, picado por la curiosidad o con la esperanza de ver a Sergio con alguna tía? ¿O habría sido…? Observándole fijamente, sonríe más. De una manera torva, su mirada es más intensa, y se imagina algo saliendo de su cuerpo, de su persona, como una onda sombra que va extendiéndose y alcanzando al muchacho. ¿Son imaginaciones suyas o le ve estremecerse, cachetes ahora pálidos, labios temblorosos?

   -Tenemos visita, cabrón. –le informa a Sergio, nalgueándole, quien detiene sus gemidos y sus pedidos de que no se detenga, de que le coja más duro, para mirar al chico en la entrada. Le ve en la cara que está trastornado, fascinado, algo asqueado pero también excitado. Y sonríe, jadeando, pellizcándose las tetillas con fuerza.

   -Parece que anda buscando algo. –no sabe de dónde le salen las palabras.

   -Ayudémosle a encontrar el camino. –sonríe Tony, haciéndole una seña con la mano.- Ven, acércate. Ven a gozar tú también… -todo no es más que una gigantesca prueba, quiere saber si puede llegarle, influenciarle sin tocarle, ignorando él mismo qué tanto había comenzado a propagarse. A infectar.- Asegura esa puerta o esto terminará como Poliedro.

   El chico, ahora totalmente rojo, abultándole el entrepiernas, obedece y se acerca al tiempo que Tony se la saca a Sergio del culo, el cual quede momentáneamente abierto y titilante, extrañado el rico instrumento que lo llenaba y le daba sentido. Y ahora, por un segundo, sin la cercanía total de Tony, o el pulsante y vibrante güevo en su culo, Sergio se permite un segundo de vacilación, uno que nubla su mirada mientras, de espaldas sobre el viejo y sucio colchón, mira del chico delgado y bajito, a Tony, delgado pero últimamente como más acuerpado, armónico, y su verga enrojecida. Una que atrapa sus ojos haciéndole tragar y balbucear sin voz, perdido otra vez.

   -¡Cómo te lo mira! –grazna el muchacho, sorprendido por el hambre de güevo de aquel sujeto, todavía sitiándose extrañamente fascinado y como pisando una irrealidad al estar en esa situación.

   -Pocos lo saben, pero el conserje Serra es tremendo puto. El olor a machos le excita, ver un bulto como el tuyo le hace agua la boca. ¿Su mejor momento?, cuando su culo, chorreando leche, recibe otro tolete… -sonríe y rueda los ojos mientras miente, logrando que el chico tenga la boca imposiblemente abierta y sus ojos refulgiendo de perversión, igualmente que Sergio le mire entre asombrado y decididamente caliente.- Vamos… -se inclina otra vez de rodillas, palmeándole un costado al hombre, y enrojecido por saber lo que sigue, y lo rápido que lo hace, Sergio gira, quedando también agachado, brindándole la espalda y su trasero al chico, el papi chulo.- Huélelo… -le atrapa la nuca y le empuja la cara contra el entrepierna del catirito, quien casi pega un bote cuando el rostro masculino, transpirado y decididamente jadeante choca de él, la nariz, labios y mejillas frotándole.

   A Sergio no es que le guste especialmente eso, sentir la dura silueta del güevo joven contra su cara, pero… Se le escapa un largo gemido de gusto, bañando al otro con su aliento, cuando Tony se lo clava todo, de golpe, duro, abriéndole el culo, separándole las entrañas, rozándose de las paredes de su recto, latiendo, pulsando y ardiendo contra ellas, dándole sobre la próstata que parecía desplazársele en busca de aquel güevo cada vez.

   -Vamos, sabes que te gusta… -le oye decir, y gime mordisqueando aquel güevo de muchacho como obedeciendo una orden, de repente caliente como nunca por ver otro joven tolete.

   Con manos temblorosas, abriéndole la correa, el pantalón y el cierre, medio bajándolo, Sergio mira ese bóxer azul claro que muestra una carpa. El pene del chico. No sabe qué hace, pero lo toca, lo soba, lo huele, frota su rostro de él y mordisquea la punta sobre la tela. Todo porque ese güevo que entra y sale de su culo se siente todavía mejor mientras obedece. Oler al chico le embriaga de una manera intensa y total que imagina tiene que ver con lo que su papi chulo le hace.

   Tony casi rueda los ojos otra vez cuando el bóxer baja, el tolete del muchacho es corto, aunque está tieso y enrojecido, la pelambre que debería rodearlo es poca. Bien, serviría para probar, tendiéndose un poco sobre Sergio, cerrando el agarre de su pelvis sobre él, le cepilla con rapidez la pepa del culo, haciéndole gemir, tensarse y estremecerse. Lo trabaja, adentro y afuera, sin detenerse. Sin darle respiro. Esperando. Sin saber muy bien lo que hace, Sergio abre sus gruesos labios y cubre totalmente el tolete del muchacho, aprisionándolo con ellos, lengua y mejillas, chupando ruidosamente, como si lo necesitara, saboreando aquel nuevo instrumento, otras gotas que le saben a gloria.

   El chico gime casi agónicamente, estremeciéndose; fuera de escarceos con una prima, y pajas solitarias, muchas, muchas pajas, nunca había experimentado algo como eso, tan intenso, vital y real. El sexo era bueno, y acompañado mucho mejor. Menos le habían hecho eso. Una mamada. El calor, humedad, succión y apretadas que esa boca le da le provocan escalofríos por todos el cuerpo, cosa que se incrementa cuando los labios de ese hombre hecho y derecho retroceden hacia su glande, dejándole el tolete húmedo y brillante de saliva, de su saliva de macho que mama güevos. Los labios vuelven a caer cubriéndolo, los ojos encontrándose. ¡Estaba mirando a los ojos de un sujeto que le mamaba el güevo!

   -¡Le gusta! –gime el chico, sorprendido.

   -Probó el mío y se jodió. Le encontró el sabor y ahora nunca tendrá suficientes. –comenta Tony, en un tono extraño, suave, seguro, confiado, sugerente, mientras sigue cepillándole el culo al hombre. Le gusta verlo, casi sacárselo de los apretados globos de carne cobriza y luego volver a enterrárselo sabiendo que será bien recibido, que esas entrañas extrañan, amasan y aman su güevo.

   A Sergio, mientras chorrea líquidos a mares de su verga mientras le cogen, se marea escuchándole, esas palabras sucias y poderosas que consiguen que tener un güevo en la boca, quemándole la lengua, mojándosela de jugos de muchacho, se sintiera todavía mucho mejor. Cierra los ojos mientras va y viene, mamando y empalándose, succionando, intentando llevarla a su garganta y ordeñarla como se lo han hecho a él las mujeres, descubriendo de pronto por qué era que tanto les gustaba; nada superaba a tener un güevo en la boca, aunque el de Tony sabía muchísimo mejor.

   Tomándose su tiempo para prepararle, sabiéndolo de alguna manera instintiva, Tony pasa los siguientes minutos cogiéndole a conciencia, obligándole a caer de lado, luego de espaldas otra vez, cabalgándole duro, con fuerza, llenándole totalmente su agujero viciosos que ahora succionaba con hambre, con una intensidad tal que hacía difícil aguantar. Y estando así, Sergio le comía el culo al chico catire sobre su cara, desnudo también de la cintura para abajo, quien estaba agachado a hojarasca sobre su cara, ojos cerrados, cachetes rojo, su güevo corto babeando sobre el torso del recio hombre que le enterraba con gula, como si siempre lo hubiera hecho, la lengua profundamente en su virginal agujero. No sabía qué tenía, pero separándole las flacas nalgas con sus manos, Sergio buceaba en aquel huequito como si la vida le fuera en ello, lo más sorprendente era lo increíblemente estimulante que lo encontraba, cerrar sus labios contra el culo de un muchacho, y succionar o pasarle la lengua una y otra vez, queriendo cogerle con ella.

   Ignora que Tony, de alguna manera, lo sabe. Que prácticamente le guiaba a ello, a descubrir su pasión por mamar güevos, al gusto por lengüetear culos masculinos. La idea de ese hombre, sentado en un vagón del Metro, temblando ante el trasero de un macho que le da la espalda, deseando caer y enterrar su cara y lamerle la raja, o chuparle el tolete al que viene de frente, afiebraba al joven controlador. Desea que ese culo siempre extrañe un güevo metido en él, llenándolo, haciéndole sentir y vivir. Un culo de machito cabrío ya abierto a la sensualidad y al placer, se dice metiéndoselo todo, revolviéndoselo allí. Imagina que Sergio Serra no lo sabe, ni siquiera puede sospecharlo, pero de ahora en adelante siempre sentiría un vacío enorme en los días de su vida, a menos que una dura verga de hombre se enterrara profundamente en sus entrañas. Y eso le hace pensar en Rubén Santana, en las cosas muy específicas que quería hacerle a ese chico a quien en verdad, en verdad, odiaba… Quiere que sea la reina de la escuela.

   Apretando los dientes y cerrando los ojos, echando la cabeza hacia atrás, se corre. Sus disparos son abundantes, espesos, ardientes, prácticamente golpeando y alcanzando la próstata de Sergio, quien gime bizqueando los ojos, buscando aire, casi ahogado bajo el culo y las bolas del chico montado sobre su rostro.

   El joven cuerpo del macho sintió la dura barra ponerse más tiesa y caliente, notó cuando algo que parecía lava la recorría, fue perfectamente consciente de los disparos que alcanzaban y llenaban sus entrañas, regándose, produciéndole un calor intenso, estimulante y vital que parece mezclarse con su sangre y cuerpo, partiendo de allí a todas partes. Lo que no sabe interpretar es el cómo todo su cuerpo se estremece, cómo su culo parece ahora más consciente y agradecido de ese güevo llenándole, de su propio tolete intensamente duro, tan sensible que el roce contra su propia panza le parece increíblemente erótico, de sus tetillas imposiblemente erectas que parecen pedir a gritos una boca o unos dedos, de su misma lengua que la nota más sensible y, cuando aletea sobre el agujerito del chico, le parece que se siente incluso mejor. Su cuerpo era una bomba de lujuria. Eso quería Tony de él.

   Con los ojos totalmente depredadores, Tony le saca el güevo del culo, brusco. Este queda abierto pero ni una gota de semen escapa. Se agacha, aún vestido como está, y le atrapa con el puño el cobrizo tolete, notando como se tensa y agita contra su palma, y lo traga, con hambre y necesidad. Lo cubre y chupa dos veces, sólo eso, mientras le rasca suavemente con las uñas debajo de las bolas, y esta mismas. Sergio se arquea violentamente sobre la colchoneta, temblando, gimiendo contra el culo del sorprendido muchacho, y se corre una y otra vez, abundantemente, llenando esa boca cuyas mejillas se abultan. Tony casi jadea cuando la siente bañarle el paladar, una mejilla, tras las muelas, cubriéndole la lengua; la saborea, deliciosa, traga y se siente bien. En paz, equilibrado, aliviado. Casi eufórico.

   Como un adicto ante la dosis conseguida.

……

   -¡¿Qué diablos fue eso?! –pregunta la hermosa joven, deteniéndose bruscamente frente a las escaleras mecánicas que bajan en el elegante centro comercial. Parece buscar algún sonido que sólo ella percibe en el ambiente.

   -¿Ocurre algo? –se alarma su acompañante, una joven esbelta y delgada de cabellos oscuros. La cual frunce el ceño cuando la primera se vuelve y la mira, preocupada.

   -Un anómalo, un controlador, está actuando de manera irresponsable. Lo sentí aunque no está ni cerca. ¡El muy imbécil! –alza la barbilla, molesta.- Justo ahora que estamos más expuestos. Hay que buscarlo, encontrarlo y detenerle como sea.

CONTINÚA … 14

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 12

julio 28, 2015

LOS CONTROLADORES                         … 11

NICE BOY

   ¿La verdad?, los chicos viven calientes…

……

   Tragando en seco, Rubén quiere escapar, alejarse. Golpearle. Gritar. Pero se tiende hacia adelante, entreabriendo los labios, posándolos sobre los del otro. Este le atrapa la nuca con una mano, halándole, sus bocas encontrándose decididamente, sus lenguas chocando de manera intensa y profunda, los chasquidos escuchándose. ¿Lo horrible?, es que aunque le parece sencillamente repugnante, Rubén siente como cede, como participa, intercambiando chupadas, lengüetazos y salivas con el otro chico, en ese baño escolar. Los labios se separan centímetros, y no se aparta más, no porque siente que toda esa angustia que le agobiaba, ha descendido.

   -¿Te gustó?

   -Hijo de puta… -casi lloriquea, pero en tono ronco, cada uno bañándose con el aliento del otro.

   -De ahora en adelante, cada vez que nos encontremos, debes venir y darme un beso así, chuparás de mi lengua, tomarás mi saliva. Lo necesitarás. Si no lo haces te sentirás enfermo. Otro. –se burla, ojos brillantes casi de sadismo (y no había uno peor que un muchacho).

   Odiándole y odiándose, Rubén tiende el rostro, entre abre los labios y con ruidos feos, para molestarle, Tony acerca el suyo y le mete la lengua, tibia, reptante, salivosa, lamiendo y chupando. Las dos se encuentran, atan y luchan a espadas, y es cuando el renuente joven comprende que le responde entusiasta, aunque no quiere. Y mientras le come la lengua (con los dientes se la rastrilla a Tony como a Vanesa le gusta), echándosele encima, es consciente de las manos de este en su espalda, dedos clavándose, palmas rozando fuerte, bajando y bajando, provocándole escalofríos en la piel y en el alma, de miedo a lo desconocido. Llegan a sus nalgas, sobre el jeans, y aprietan. Amasan con codicia, como haría cualquier chico a quien otro se lo permite. Mientras siguen intercambiando salivas y chupadas, esas manos palpan, recorren, se hunden en la raja entre las nalgas, con pantalón y todo. Es cuando Tony le deja la boca, y Rubén se maldice, de sus labios sale un gemido que no puede contener, aunque no quiere ni desea eso, cuando esa mano, metida de canto en su culo, agita la punta de dos dedos, sobre el jeans, frotándole exactamente sobre el culo, el cual parece responder.

   -Lo tienes caliente, güevón. –le susurra casi sobre la boca, ojos nublados, y Rubén es consciente de la dureza del tolete del otro, quemándole a pesar de los dos juegos de ropas.- Tu culo es una tentación para cualquiera…

   -Tony…

   -Papi chulo, dime papi chulo, ya sabes. –le recuerda, cruel.

   -No hagas esto. –gime tragando en seco, respirando por la boca, esos dedos frotando y frotando, como queriendo metérsele por el culo a pesar del pantalón.

   -No hagas esto, ¿qué? –le mira a los ojos, los dedos deteniéndose, pero totalmente flexionados y empujados sobre la entrada.

   -No hagas esto… papi chulo. –se siente morir al decirlo, pero tiene que terminar eso. Y suspira aliviado, aunque su cuerpo hormiguea, extrañándolos, cuando los dedos se retiran. Pero se tensa feamente cuando ve al otro llevar esa mano al rostro.

   -Huele a culo con hambre. –se burla, le ve enrojecer y hacer un puchero.- Oh, quita esa cara. –le pide amable, llevando un dedo, oprimiéndolo contra sus labios, sus ojos enlazados, y Rubén desconcertado, y furiosa, nota como separa las mandíbulas, el dedo entra, una intromisión extraña.- Chúpalo, debes ir practicando. –le ordena, y al otro le toca vivir la sorpresa de notar como lo hace; cierra los labios, ahueca las mejillas y chupa ese dedo que el otro saca y mete.- Usa la lengua sobre la punta, lámela toda, cada rugosidad. –se burla terrible. Y lo peor, para Rubén, es que obedece.- Óyeme bien, no quiero esto más…. –sin sacarle el dedo de la boca, de donde salen ruiditos de succión, le atrapa nuevamente sobre el fundillo del pantalón que cuelga un tanto.- De ahora en adelante usarás pantalones de talla baja, ajustaditos. Quiero que las mejillas de tu culo se vean de lejos. Que todos lo miren y vuelvan las cabezas cuando pases; que si entras al Metro, todo carajo, gay o no, sienta que debe tocártelo por lo rico que se ve. –le ordena.- Y ya no usarás esos bóxer holgados. Ni ninguno. Llevarás únicamente suspensorios, una talla menor a la tuya. Quiero saber que si meto la mano… -esta sube un poco en la baja espalda y se medio mete por el borde del pantalón.- …Pueda tocarte. –le saca el dedo de la boca.

   -Tony, no puedo… -el otro menea la cabeza- ¡No puedo hacer eso, papi chulo! –se ve angustiado.

   -Podrás y lo harás. El jean ajustadito sobre tus nalgas te va a encantar, te va a calentar sin necesidad de nada más. –retira sus manos del otro, aunque siguen muy juntos. Uno echón, dominante, el otro rojo de cara, sometido y angustiado. Es cuando la puerta se abre.

   -¿Que pasa aquí? –el profesor Pereira, en el marco, pregunta algo agresivo. No le agrada Tony Moncada, desconfía de él. Desde el pasillo le vio entrar al baño, más tarde vio a Santana llegar e ir allí. Y llevaban demasiado tiempo encerrados. Conociendo a los sujetos temió encontrar una pelea, pero…

   -Nada, profe. –le sonríe, socarrón, Tony… mostrando una escandalosa erección que incomoda al educador.

   -¿Santana? –pregunta, entre desconcertado y suspicaz. El catire, rojo como un tomate, niega.

   -Todo está bien, profe.

   -Bien. –se nota que la respuesta no le satisface.- Fuera del baño, los dos.

   -¿Tiene dolor de barriga o una cita? –de algún lado a Tony le sale el descaro de preguntar mientras se dirige a la entrada. Indiferente a que la erección se le nota bastante.

   -Cuide su lengua, Moncada. –advierte, seco.

   -Diviértase usando la suya. –la insolencia está allí.

   El profesor Pereira oprime los labios con disgusto viéndole salir y luego clava los ojos en Rubén, pero este tiene la mirada baja y sale casi a la carrera. ¿Qué diablos estaba pasando?, se pregunta el hombre.

……

   Aunque el día resulta menos molesto que el anterior, Tony Moncada aún tiene que soportar algunas bromitas por el comentario echado a correr por Rubén Santana. Sonriendo mientras compra un jugo para almorzar, se dice que él había resultado mejor tipo que el otro. No había contado cómo la noche anterior este se había corrido con el consolador de su mamá enterrado en el culo. Pero así era ala vida. Llevando el jugo y la lonchera se vuelve y se topa con Roger Díaz, de pie, también con sus compras para la comida.

   -Épale. –saluda frío.

    -¿Qué tal? –replica Roger, incómodo. Tony siente que la rabia renace en su pecho con la misma intensidad del día anterior.

   -Me alegra ver que llegaste y que no estás enfermo; y no, no temas, come solo. –se alejará, sintiéndose extrañamente herido. Nunca ha sido un chico de “amigos”, pero pensó que ese pedazo de gordo vago…

   -Sabía que te molestarías. –le oye suspirar y se vuelve molesto.

   -¿Crees que no tengo motivos? ¡Me evitas! De toda la gente de este liceo… -calla cuando el otro se altera, viéndose molesto también.

   -Porque todo es sobre ti, ¿verdad? Te vuelves egocéntrico.

   -¿De qué hablas? A mí es a quien insultan, no a ti.

   -No hoy. Y si te insultan es porque actuaste como un tonto. ¿Hacerlo aquí, mamar a un tipo? –parece realmente ofendido por la insensatez del otro.- Y siento que estés molesto conmigo, no espero que entiendas, pero es verdad. Sin embargo, amigo, no es tan difícil ver mi punto… Soy el tipo gordo y con cara grasienta llena de espinillas, que no huele muy bien a veces. Y con todo y eso vivo caliente aunque ninguna chica me mira. Soy un casi virgen que aún está en secundaria y ya mide cuarenta y cuatro de cintura. No puedo arriesgarme a que también me digan marica sólo porque ando contigo. Me agradas, pero no a tal extremo. Esto pasará, como pasa todo, y podremos almorzar juntos e irnos o llegar, ¿bien? –Tony le mira desconcertado y estalla en una breve carcajada.

   -Tienes razón, gordo, en todo. Especialmente en ese olor que…

   -Déjalo, ¿sí? –se agita, incómodo. Se miran y sonríen.

   -Está bien, amigo, esperaré que pase el chaparrón. Y no es mi culpa que la gente no pueda meterse únicamente en sus asuntos, ¿eh? –le aclara y se aleja.

……

   Para la primera clase de la tarde, todavía medio sonreído por su encuentro con Roger, Tony entra al salón de clases siendo recibido por rechiflas y risas. Molesto mira hacia un inusualmente silencioso Rubén Santana, quien enrojece feo y baja la vista. Va hacia uno de los últimos asientos y se deja caer con desgana.

   -¿Cansado, Moncada? ¿Muchas mamadas? –le pregunta Emilio Nóbregas, sonriendo, quien está ubicado en el pupitre frente al suyo porque para la clase de Literatura hay que sentarse por orden alfabético.

   -¡Ja ja ja…! -gruñe torciendo la boca.- Eres tan divertido como un grano en una bola. –el otro se desconcierta. Nadie está acostumbrado a que responda.

   La profesora, una mujer cincuentona, bajita y que viste de una manera anticuada, comienza su aburrida clase, con una eterna sonrisa en los labios, y sintiéndose inquieto de pronto, sin saber por qué, Tony la observa preguntándose qué ocultará tras su apariencia inocua y su sonrisa perenne. ¿Y si fuera una loca que mata gatos? O tal vez una tigra en la intimidad, acostumbrada a las tangas de cuero. Menea la cabeza para alejar esos pensamientos, pero siendo demasiado consiente de todo. Hace calor en ese salón, todos huelen demasiado, especialmente los chicos. Frente a él, Nóbregas apesta a sudor, uno que seguramente cubrió todo su cuerpo por algo que hizo durante el último receso, tal vez jugando básquet o besuqueándose con alguna de las putillas que se turnaban a los chicos.

   Se ahoga, siente ansiedad, sed, hambre. Quiere…

   Cierra los ojos y puede imaginar a Nóbregas agitando, corriendo con el balón de básquet, haciéndolo rebotar, saltando entre dos, alzándose y encestando, masculino, competitivo, victorioso, el sudor bañando sus sienes, bajando por su espalda, empapando en gotitas su torso, humedeciendo sus axilas y su vello púbico. Su culo… un culo sudado, los pelos mojados. Respirando superficialmente, intenta pensar en otra cosa. Algo cae, un sonido que le sobre salta. Abre los ojos y al lado del pupitre del otro hay un libro caído, uno que este se agacha a recoger, su pantalón bajando, el chemi subiendo, dejando a la vista una franja de piel y los contornos de un  bóxer rojo intenso. Algo en lo que ahora siempre se fijaba en los chicos. Y nunca algo le ha parecido a Tony Moncada más erótico que eso.

   Menea la cabeza otra vez, costándole apartar la mirada; no puede pensar en otra cosa. No puede alejarse ni relajarse. La sangre le corre con fuerza por las venas.

   -Profesora Margarita… -casi grazna, poniéndose de pie.

   Tiene que salir de allí. Por un segundo le desconcierta la mirada de Rubén, ¿le habría sentido?

……

   Con pasos casi rígidos sale del edificio por la puerta que da a los patios de almacenamientos. Necesitaba algo, lo necesitaba ya y había alguien que se le había estado ocultando desde su llegada. Se lo sacaría a él. En su agitación no repara, o no puede, en lo extraño e intenso de su urgencia. No siendo fanático del café, los cigarrillos o las drogas, no sabía lo que era el apuro de una adicción. De hecho ni siquiera podía imaginar que tal apelativo pudiera aplicársele. No a él.

   -Épale. –saluda de manera directa, notando el sobresalto real del otro, quien mira en todas direcciones, como asustado.

   -¿Qué haces aquí, muchacho? No puede estar en esta área. –gruñe. Tony aspira, su nariz se perfila, y sonríe.

   -¿Miedo, Serra? –reta.

   Sergio Serra, uno de los conserjes del área de Mantenimiento, se agita más. Si, miedo, pero no de que les vea el jefe, u otro alumno, todavía no podía creer en la suerte que su nombre no fuera mencionado junto al del chico como la pareja que tenia sexo allí. El verdadero pavor lo sentía de él, del muchacho que podía hacer sentir cosas. Cosas que no deseaba experimentar.

   -¡Vete, hijo de puta! –le ruge, furioso por todo ese miedo.- No quiero tener nada que ver contigo otra vez.

   -¿Seguro? Cuando me la mamabas parecías en la gloria, ¿lo recuerdas? ¿Cómo gemías y chupabas? –siente rabia, fácil, latente. Y se le acerca.

   -¡Lárgate de aquí! –ruge.

   -Grita más, seguro alguien no te ha escuchado todavía en Caracas; ¿sabes cómo le dirán a eso si alguien llega?: peleas de maricas. –tiene que burlarse, no sabe por qué.

   -Eres un sucio pervertido, todo lo que tocas lo contaminas. –el sujeto gruñe, bajito, con rabia. Y Tony se congela.

   Tal vez fue por la elección de palabras, o los cambios que producía, el control que ejercía sobre otros, ¿serian alguna enfermedad real? No lo sabe, sólo que está molesto. E ignora que sus pupilas están algo amarillentas verdosas, de un color totalmente extraño. Sergio si lo nota y se inquieta. Va a decir algo, pero no puede. No porque sin poder pensar en nada más, dominado por la rabia y el despecho, Tony casi lanza un gruñido y se le va encima. Literalmente, brazos extendidos. De manera súbita y brusca.

   Por un segundo, Sergio pensó en golpearle. Pero no puede, no cuando una de las manos del chico cae sobre su pecho, por encima de la braga de trabajo, quemándole como si fuera de fuego, haciéndolo latir el corazón a toda velocidad, erizándole la piel; la otra mano le cubre la boca, para silenciarle y detenerle. Todo ojos, muy consciente de su cuerpo erizado y recorrido por mil puntos de corrientes, repara en la sonrisa terrible del chico, en sus pupilas que pierden intensidad, en la mano que se mueve un poco sobre su boca, el pulgar frotándose contra sus labios, unos que abre, atrapándolo con dientes y lengua, lamiéndolo como si fuera un caramelo, succionando. Como algo natural tan sólo porque el otro lo deseaba. ¿Y cómo sabía que lo deseaba si no dijo nada?

   -Creo que vamos a pervertirnos juntos… Necesito, de verdad, un buen culo que coger y llenar. Y únicamente estás tú, Sergio. Y creo que no sea solamente por hoy que voy a necesitar tu culo; creo que será más seguido de ahora en adelante. –le oye decir, sonriéndole con una mueca algo maniática.- Necesito un juguete para pasar el rato en la escuela.

   No sabe cómo, pero adivina que lo que hará iniciará algo más grande; emputecerá a ese tipo heterosexual, que fuera de ser un patán nada le había hecho. Pero no le importaba, por encima de todo deseaba tenerle. Poseerle. Traga y sonríe, mueca más maniática, la imagen de un culo del cual se retira un güevo de manera súbita, quedando abierto por unos segundos, manando leche, le trastorna. 

……

   Era una locura, se dice aquel hombre de espaldas sobre aquella colchoneta en el depósito, bañado en transpiración, arqueándose, agitándose, estremeciéndose todo mientras aquel chico, sin quitarse nada, sólo abriendo su bragueta y sacándose el güevo, le encula salvajemente. Le tiene montados los tobillos, aún dentro de sus botas de trabajo, en los hombros, su baja espalda descansa sobre una sucia almohada, estando prácticamente desnudo a excepción de su corta y ajustada camiseta (se la pone porque le queda bien y le gusta que las chicas le miren cuando se abre la braga), enrollada alrededor de su cuello, en la parte posterior, una gruesa cadena plateada, seguramente acero, colgándole y agitándose sobre su pecho; y entras sus piernas, arrodillado, ese mariconcito le cogía una y otra vez con movimientos rápidos, bruscos, abriéndole el culo sin piedad, refregándole las entrañas, rozándoselas con su nervuda pieza joven, dura y ardiente, que le eleva a cimas de placer y calenturas que no conocía, que no comprende, ni acepta de un todo, pero que sabe que experimenta. El chico le estaba cogiendo; le llenaba el culo del hombre que siempre había sido con su verga de machito… Y él lo buscaba, de alguna manera, por alguna razón que no entiende ni puede, sus caderas iban y venían, su agujero enviciado por lo que aquel tolete le producían, se agitaba contra el muchacho, apretándoselo masajeándoselo. La respuesta que el otro quería.

   Le mira, el chico se ve transfigurado, estaba disfrutando de una manera intensa el cogerle, el cabalgarle con su pieza. Ser el macho. Y podría entenderlo, en ese momento era “el hombre”, era quien disfrutaba del placer de coger a otro carajo, uno que dejó el culo al alcance de su güevo, por lo tanto merecedor de aquello; pero había más. Era como si realmente necesitara hacerlo, tener ese sexo en ese momento. Con cualquiera, pero ya. Los ojos del chico caen sobre los suyos, sonriendo cruel.

   -Si pudieras verte, Sergio, o tu papá; rojo de cachetes, ojos nublados por la lujuria, tus labios enrojecidos y húmedos dejando escapar gemidos, tus tetillas paraditas, todo tú brillando por el sudor de la cachondez… La cara de un puto que goza como nunca en su vida con un güevo cepillándole la pepa de culo. –es cruel, tendiéndose hacia adelante, aumentando sus embestidas, haciéndole gemir más, aún en contra de su voluntad.- No te contengas, puto, no te midas. Entrégate a lo que sientes. –le ordena, sonriendo, metiéndoselo todo, hasta los pelos, casi aplastándole las bolas, y agitándolo en su interior, provocándole nuevos sonoros jadeos.- Eso es, grita así, más fuerte. Me excita escuchar tus alaridos de puto gozón, saber que mi güevo en tus entrañas te pone ruin. ¿Te gusta sentirlo dentro de ti? –le pregunta, deteniéndose, esperando.

   Sergio tiembla, la nuca alzada de la colchoneta, rígido, mirándole, sintiendo de pronto una desagradable sensación de desesperación, algo muy somático, como si hubiera estado agradablemente envuelto en mantas maravillosas suaves, abrigadoras y cálidas en una zona terriblemente fría, y de repente le despojaran de todo. Su piel duele.

   -Si… -admite y traga saliva, mirándole, sabiendo que no es suficiente.- Si, Moncada, me encanta sentir tu güevo llenándome el culo; por favor… cógeme más.

CONTINÚA … 13

Julio César.


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