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LOS CONTROLADORES… 13

agosto 23, 2015

LOS CONTROLADORES                         … 12

NICE BOY

   Temiendo al cambio.

……

   -¿Te gusta? ¿Te gusta esto, cabrón? –le ruge Tony, reiniciando sus embestidas con fuerza, sintiéndose del carajo cuando su güevo va y viene siendo atrapado, halado y chupado por las entrañas de ese dizque macho que tantas bromas le hizo en el pasado.

   -¡Ahhh…! –es lo único que sale de la boca de Sergio y al muchacho le excita verle brillar seboso de sudor, mientras arquea la espalda sobre la colchoneta y echa la cabeza hacia atrás, gimiendo largamente, evidentemente recorrido por las poderosas sensaciones que le provoca la verga de un chico metido en su culo peludo y virgen hasta hace poco.

   -¡Grita! –le exige, atrapándole los tobillos con sus manos, alzándole el culo, abriéndole más, sacándole el joven güevo casi hasta la cabecita para luego enterrárselo con golpes secos y duros.

   -Oh, Dios, si… -gime el hombre, incapaz de controlarse, todo él ardiendo, su piel erizada; tocarse el torso, las tetillas, todo eso le provoca un placer y una excitación intensa. Era como si no pudiera conseguir satisfacer ni eso, por lo que pellizca con fuerza sus pezones graníticos.

   -Te gusta tanto, ¿verdad? Sentir mi güevo llenándote el alma en estos momentos es lo mejor que has experimentado en tu vida, ¿no es así? –lo coge, le mira, lo controla, sus caderas van y vienen, el tolete frota y estimula las entrañas masculinas de ese hombre que le observa como borracho, pero dudando en responder.- ¡Dilo! –le gruñe, metiéndoselo todo, dejándolo allí, ardiendo como un tizón, latiendo como un corazón, empujando todavía más y más.

   -¡Ahhh…! -Sergio Serra casi blanquea los ojos, echando la nuca hacia atrás, nuevamente, su boca imposiblemente abierta de la cual mana algo de baba.

   -¡Dilo! –ordena otra vez, sacándole media tranca, envuelta por los pliegues de su culo peludo, y volviendo a embestirle.

   -Oh, sí, chico, cógeme así. ¡Quiero que me cojas! -cierra los ojos y lloriquea. Pero tiene que abrirlos, gimiendo de placer y sorpresa cuando Tony casi se le encima, forzándole mucho las piernas, teniéndole bien clavado de su verga.

   -Papi chulo, llámame así. Para ti soy eso, tu papi chulo. –le dice, sonriendo torvo, cruel, ojos llameantes.- Dilo…

   -Papi chulo… -las palabras salen embotadas de sus labios muy rojos y húmedos, salivando un poco. La sonrisa de satisfacción del chico le alegra de una manera intensa, extraña, y su culo sufre espasmos sobre la verga que le llena, sintiéndolo increíble. Dios, era delicioso.

   -¿Y qué quieres? –le sonríe suave, alzándose otra vez, mirándole. Comenzando un juego que el otro entiende fácilmente.

   Debe someterse, entregarse todo a ese chico que quiere verlo y sentirlo, su sumisión. La idea le llena de un calor agradable y maravilloso, tanto que sonríe y sus mejillas enrojecen profundamente mientras sus ojos resplandecen de lujuria, travesura y picardía, sintiéndose sexy.

   -¡Cógeme duro, papi chulo! Lléname el culo con tu güevo, papi… -y grita, mitad por ese juego al que se entrega, mitad de placer total y real cuando el tolete reinicia sus entradas y salidas, cada nervadura y rugosidad frotándose de las paredes de sus entrañas, la gran vena de la cara inferior deformando un tanto su culo al entrar, estimulándole. Grita y gime incapaz de controlarse, pero también porque su papi chulo quiere eso. Así de controlado está por aquel chiquillo cuya blanca rojiza verga va y viene sin descanso, cada vez más dura, caliente, botando más y más jugos.

   -Eso es, chilla más fuerte, cerdo. Escuchar tus gritos de gozo mientras te cojo me excita más. –le mira directamente a los ojos, logrando que sonría y se esponje, si cabe, todavía más mientras su culo es violentamente cepillado una y otra veza.- Sé sincero, ¿realmente te gusta sentir mi güevo llenado tu culo? –le pregunta, mirando por el rabillo del ojo. Alguien, seguramente atraído por los gritos que Sergio estaba lanzando, se acercó a mirar, quedándose quieto y silencioso al descubrirles.

   -Oh, sí, papi chulo, cógeme. Cógeme más duro, por favor. –admite y suplica, mitad por el juego sexual, otra porque se siente increíblemente caliente al hacerlo, y ruge, alzando la nuca, cuando el chico comienza a casi sacar su güevo y a metérselo duro, una y otra vez, moviendo las caderas de derecha a izquierda, de arriba abajo, golpeándole y rozándole fuerte en esta o aquella parte del recto.

   Sonriendo perverso, consciente de la quieta presencia que parece encogerse un poco para no ser notada, Tony sigue embistiendo al otrora gran machito del colegio, uno que ahora gime y se derrite ante su masculinidad superior. Su güevo sale, totalmente, y el tembloroso agujero peludo se agita. Sergio le mira con una mueca algo indefensa, una que desaparece cuando se lo mete otra vez, saciándole pero al mismo tiempo excitándole más.

   -Te chorrea, cabrón; tiene el culo totalmente mojado por mí y para mí. –le dice, sonriendo todo burlón.- ¿Sabes?, desde que comenzaste a trabajar en este colegio, con tus aires de machito conquistador que a toda mujer le lanzaba los tejos, insultando a los afeminados, soñé con esto, con tenerte así, ensartado con mi güevo por tu culo vicioso mientras te revolvías pidiendo más. Me hice mil pajas fantaseando con eso, contigo suplicando que te preñara con mi leche, en medio del auditorio, todo el colegio siendo testigo. –y se detiene, jadeando; los dos se miran, como evaluando sus realidades.

   Sergio no puede pensar con claridad, no sabe qué le ocurre exactamente, pero es totalmente consciente de esa verga llenarle totalmente las entrañas, la tiene prácticamente contra su próstata, pulsando contra las paredes de su recto despertando emociones y sensaciones increíbles que no le dejan razonar. Sólo quiere dejarse llevar y gozarlo; le parece que vuelve a ser un chiquillo calentorro que sale del colegio con una bolsa llena de pornografía bajo el brazo, y que necesita, y desespera, por llegar a un lugar secreto y mirar, llenarse los ojos y la mente, y tocarse con desesperación, pasando de una revista a otra, de una película a la siguiente, incapaz de contenerse, de medirse, tan sólo deseando abarcarlo todo y no poder correrse con una cosa o la otra dada la urgencia de continuar experimentando esa increíble necesidad de sentir. Así estaba en esos momentos, el güevo del chico, de papi chulo, clavado en su culo le enloquecía, quería terminar, correrse, pero al mismo tiempo sentía que lo lamentaría y deseaba prolongar más y más aquella experiencia increíblemente erótica y lujuriosa. Así que le mira, ojos oscuros llenos de ganas.

   -Mi culo es tuyo, tómalo, llenado, cógelo, déjamelo chorreado con tu leche, papi chulo… -y decirlo era más que jugar, lo sabía. Se sentía libre, allí, ahí, aceptando aquello. Que el otro tenía ese derecho sobre su persona. La idea era extrañamente embriagadora.

   Sonriendo más, Tony vuelve la mirada hacia la entrada, donde sorprende y desconcierta a un chico de octavo, un catirito de cara angelical, cabello castaño claro y cachetes eternamente rojos, ahora de color tomate. El joven, no recuerda quién, si es que le conoce, parecía trastornado por la escena, pero aún más por las palabras de Sergio. Ahora enfrentaba la intensa mirada de aquel joven que, vestido pero con el güevo afuera, se cogía a ese tipo al que siempre creyó tan macho y masculino.

   ¿Acaso tendría tendencias gay?, se pregunta Tony mirándole. ¿O tan sólo se acercó a mirar, picado por la curiosidad o con la esperanza de ver a Sergio con alguna tía? ¿O habría sido…? Observándole fijamente, sonríe más. De una manera torva, su mirada es más intensa, y se imagina algo saliendo de su cuerpo, de su persona, como una onda sombra que va extendiéndose y alcanzando al muchacho. ¿Son imaginaciones suyas o le ve estremecerse, cachetes ahora pálidos, labios temblorosos?

   -Tenemos visita, cabrón. –le informa a Sergio, nalgueándole, quien detiene sus gemidos y sus pedidos de que no se detenga, de que le coja más duro, para mirar al chico en la entrada. Le ve en la cara que está trastornado, fascinado, algo asqueado pero también excitado. Y sonríe, jadeando, pellizcándose las tetillas con fuerza.

   -Parece que anda buscando algo. –no sabe de dónde le salen las palabras.

   -Ayudémosle a encontrar el camino. –sonríe Tony, haciéndole una seña con la mano.- Ven, acércate. Ven a gozar tú también… -todo no es más que una gigantesca prueba, quiere saber si puede llegarle, influenciarle sin tocarle, ignorando él mismo qué tanto había comenzado a propagarse. A infectar.- Asegura esa puerta o esto terminará como Poliedro.

   El chico, ahora totalmente rojo, abultándole el entrepiernas, obedece y se acerca al tiempo que Tony se la saca a Sergio del culo, el cual quede momentáneamente abierto y titilante, extrañado el rico instrumento que lo llenaba y le daba sentido. Y ahora, por un segundo, sin la cercanía total de Tony, o el pulsante y vibrante güevo en su culo, Sergio se permite un segundo de vacilación, uno que nubla su mirada mientras, de espaldas sobre el viejo y sucio colchón, mira del chico delgado y bajito, a Tony, delgado pero últimamente como más acuerpado, armónico, y su verga enrojecida. Una que atrapa sus ojos haciéndole tragar y balbucear sin voz, perdido otra vez.

   -¡Cómo te lo mira! –grazna el muchacho, sorprendido por el hambre de güevo de aquel sujeto, todavía sitiándose extrañamente fascinado y como pisando una irrealidad al estar en esa situación.

   -Pocos lo saben, pero el conserje Serra es tremendo puto. El olor a machos le excita, ver un bulto como el tuyo le hace agua la boca. ¿Su mejor momento?, cuando su culo, chorreando leche, recibe otro tolete… -sonríe y rueda los ojos mientras miente, logrando que el chico tenga la boca imposiblemente abierta y sus ojos refulgiendo de perversión, igualmente que Sergio le mire entre asombrado y decididamente caliente.- Vamos… -se inclina otra vez de rodillas, palmeándole un costado al hombre, y enrojecido por saber lo que sigue, y lo rápido que lo hace, Sergio gira, quedando también agachado, brindándole la espalda y su trasero al chico, el papi chulo.- Huélelo… -le atrapa la nuca y le empuja la cara contra el entrepierna del catirito, quien casi pega un bote cuando el rostro masculino, transpirado y decididamente jadeante choca de él, la nariz, labios y mejillas frotándole.

   A Sergio no es que le guste especialmente eso, sentir la dura silueta del güevo joven contra su cara, pero… Se le escapa un largo gemido de gusto, bañando al otro con su aliento, cuando Tony se lo clava todo, de golpe, duro, abriéndole el culo, separándole las entrañas, rozándose de las paredes de su recto, latiendo, pulsando y ardiendo contra ellas, dándole sobre la próstata que parecía desplazársele en busca de aquel güevo cada vez.

   -Vamos, sabes que te gusta… -le oye decir, y gime mordisqueando aquel güevo de muchacho como obedeciendo una orden, de repente caliente como nunca por ver otro joven tolete.

   Con manos temblorosas, abriéndole la correa, el pantalón y el cierre, medio bajándolo, Sergio mira ese bóxer azul claro que muestra una carpa. El pene del chico. No sabe qué hace, pero lo toca, lo soba, lo huele, frota su rostro de él y mordisquea la punta sobre la tela. Todo porque ese güevo que entra y sale de su culo se siente todavía mejor mientras obedece. Oler al chico le embriaga de una manera intensa y total que imagina tiene que ver con lo que su papi chulo le hace.

   Tony casi rueda los ojos otra vez cuando el bóxer baja, el tolete del muchacho es corto, aunque está tieso y enrojecido, la pelambre que debería rodearlo es poca. Bien, serviría para probar, tendiéndose un poco sobre Sergio, cerrando el agarre de su pelvis sobre él, le cepilla con rapidez la pepa del culo, haciéndole gemir, tensarse y estremecerse. Lo trabaja, adentro y afuera, sin detenerse. Sin darle respiro. Esperando. Sin saber muy bien lo que hace, Sergio abre sus gruesos labios y cubre totalmente el tolete del muchacho, aprisionándolo con ellos, lengua y mejillas, chupando ruidosamente, como si lo necesitara, saboreando aquel nuevo instrumento, otras gotas que le saben a gloria.

   El chico gime casi agónicamente, estremeciéndose; fuera de escarceos con una prima, y pajas solitarias, muchas, muchas pajas, nunca había experimentado algo como eso, tan intenso, vital y real. El sexo era bueno, y acompañado mucho mejor. Menos le habían hecho eso. Una mamada. El calor, humedad, succión y apretadas que esa boca le da le provocan escalofríos por todos el cuerpo, cosa que se incrementa cuando los labios de ese hombre hecho y derecho retroceden hacia su glande, dejándole el tolete húmedo y brillante de saliva, de su saliva de macho que mama güevos. Los labios vuelven a caer cubriéndolo, los ojos encontrándose. ¡Estaba mirando a los ojos de un sujeto que le mamaba el güevo!

   -¡Le gusta! –gime el chico, sorprendido.

   -Probó el mío y se jodió. Le encontró el sabor y ahora nunca tendrá suficientes. –comenta Tony, en un tono extraño, suave, seguro, confiado, sugerente, mientras sigue cepillándole el culo al hombre. Le gusta verlo, casi sacárselo de los apretados globos de carne cobriza y luego volver a enterrárselo sabiendo que será bien recibido, que esas entrañas extrañan, amasan y aman su güevo.

   A Sergio, mientras chorrea líquidos a mares de su verga mientras le cogen, se marea escuchándole, esas palabras sucias y poderosas que consiguen que tener un güevo en la boca, quemándole la lengua, mojándosela de jugos de muchacho, se sintiera todavía mucho mejor. Cierra los ojos mientras va y viene, mamando y empalándose, succionando, intentando llevarla a su garganta y ordeñarla como se lo han hecho a él las mujeres, descubriendo de pronto por qué era que tanto les gustaba; nada superaba a tener un güevo en la boca, aunque el de Tony sabía muchísimo mejor.

   Tomándose su tiempo para prepararle, sabiéndolo de alguna manera instintiva, Tony pasa los siguientes minutos cogiéndole a conciencia, obligándole a caer de lado, luego de espaldas otra vez, cabalgándole duro, con fuerza, llenándole totalmente su agujero viciosos que ahora succionaba con hambre, con una intensidad tal que hacía difícil aguantar. Y estando así, Sergio le comía el culo al chico catire sobre su cara, desnudo también de la cintura para abajo, quien estaba agachado a hojarasca sobre su cara, ojos cerrados, cachetes rojo, su güevo corto babeando sobre el torso del recio hombre que le enterraba con gula, como si siempre lo hubiera hecho, la lengua profundamente en su virginal agujero. No sabía qué tenía, pero separándole las flacas nalgas con sus manos, Sergio buceaba en aquel huequito como si la vida le fuera en ello, lo más sorprendente era lo increíblemente estimulante que lo encontraba, cerrar sus labios contra el culo de un muchacho, y succionar o pasarle la lengua una y otra vez, queriendo cogerle con ella.

   Ignora que Tony, de alguna manera, lo sabe. Que prácticamente le guiaba a ello, a descubrir su pasión por mamar güevos, al gusto por lengüetear culos masculinos. La idea de ese hombre, sentado en un vagón del Metro, temblando ante el trasero de un macho que le da la espalda, deseando caer y enterrar su cara y lamerle la raja, o chuparle el tolete al que viene de frente, afiebraba al joven controlador. Desea que ese culo siempre extrañe un güevo metido en él, llenándolo, haciéndole sentir y vivir. Un culo de machito cabrío ya abierto a la sensualidad y al placer, se dice metiéndoselo todo, revolviéndoselo allí. Imagina que Sergio Serra no lo sabe, ni siquiera puede sospecharlo, pero de ahora en adelante siempre sentiría un vacío enorme en los días de su vida, a menos que una dura verga de hombre se enterrara profundamente en sus entrañas. Y eso le hace pensar en Rubén Santana, en las cosas muy específicas que quería hacerle a ese chico a quien en verdad, en verdad, odiaba… Quiere que sea la reina de la escuela.

   Apretando los dientes y cerrando los ojos, echando la cabeza hacia atrás, se corre. Sus disparos son abundantes, espesos, ardientes, prácticamente golpeando y alcanzando la próstata de Sergio, quien gime bizqueando los ojos, buscando aire, casi ahogado bajo el culo y las bolas del chico montado sobre su rostro.

   El joven cuerpo del macho sintió la dura barra ponerse más tiesa y caliente, notó cuando algo que parecía lava la recorría, fue perfectamente consciente de los disparos que alcanzaban y llenaban sus entrañas, regándose, produciéndole un calor intenso, estimulante y vital que parece mezclarse con su sangre y cuerpo, partiendo de allí a todas partes. Lo que no sabe interpretar es el cómo todo su cuerpo se estremece, cómo su culo parece ahora más consciente y agradecido de ese güevo llenándole, de su propio tolete intensamente duro, tan sensible que el roce contra su propia panza le parece increíblemente erótico, de sus tetillas imposiblemente erectas que parecen pedir a gritos una boca o unos dedos, de su misma lengua que la nota más sensible y, cuando aletea sobre el agujerito del chico, le parece que se siente incluso mejor. Su cuerpo era una bomba de lujuria. Eso quería Tony de él.

   Con los ojos totalmente depredadores, Tony le saca el güevo del culo, brusco. Este queda abierto pero ni una gota de semen escapa. Se agacha, aún vestido como está, y le atrapa con el puño el cobrizo tolete, notando como se tensa y agita contra su palma, y lo traga, con hambre y necesidad. Lo cubre y chupa dos veces, sólo eso, mientras le rasca suavemente con las uñas debajo de las bolas, y esta mismas. Sergio se arquea violentamente sobre la colchoneta, temblando, gimiendo contra el culo del sorprendido muchacho, y se corre una y otra vez, abundantemente, llenando esa boca cuyas mejillas se abultan. Tony casi jadea cuando la siente bañarle el paladar, una mejilla, tras las muelas, cubriéndole la lengua; la saborea, deliciosa, traga y se siente bien. En paz, equilibrado, aliviado. Casi eufórico.

   Como un adicto ante la dosis conseguida.

……

   -¡¿Qué diablos fue eso?! –pregunta la hermosa joven, deteniéndose bruscamente frente a las escaleras mecánicas que bajan en el elegante centro comercial. Parece buscar algún sonido que sólo ella percibe en el ambiente.

   -¿Ocurre algo? –se alarma su acompañante, una joven esbelta y delgada de cabellos oscuros. La cual frunce el ceño cuando la primera se vuelve y la mira, preocupada.

   -Un anómalo, un controlador, está actuando de manera irresponsable. Lo sentí aunque no está ni cerca. ¡El muy imbécil! –alza la barbilla, molesta.- Justo ahora que estamos más expuestos. Hay que buscarlo, encontrarlo y detenerle como sea.

CONTINÚA…

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 12

julio 28, 2015

LOS CONTROLADORES                         … 11

NICE BOY

   ¿La verdad?, los chicos viven calientes…

……

   Tragando en seco, Rubén quiere escapar, alejarse. Golpearle. Gritar. Pero se tiende hacia adelante, entreabriendo los labios, posándolos sobre los del otro. Este le atrapa la nuca con una mano, halándole, sus bocas encontrándose decididamente, sus lenguas chocando de manera intensa y profunda, los chasquidos escuchándose. ¿Lo horrible?, es que aunque le parece sencillamente repugnante, Rubén siente como cede, como participa, intercambiando chupadas, lengüetazos y salivas con el otro chico, en ese baño escolar. Los labios se separan centímetros, y no se aparta más, no porque siente que toda esa angustia que le agobiaba, ha descendido.

   -¿Te gustó?

   -Hijo de puta… -casi lloriquea, pero en tono ronco, cada uno bañándose con el aliento del otro.

   -De ahora en adelante, cada vez que nos encontremos, debes venir y darme un beso así, chuparás de mi lengua, tomarás mi saliva. Lo necesitarás. Si no lo haces te sentirás enfermo. Otro. –se burla, ojos brillantes casi de sadismo (y no había uno peor que un muchacho).

   Odiándole y odiándose, Rubén tiende el rostro, entre abre los labios y con ruidos feos, para molestarle, Tony acerca el suyo y le mete la lengua, tibia, reptante, salivosa, lamiendo y chupando. Las dos se encuentran, atan y luchan a espadas, y es cuando el renuente joven comprende que le responde entusiasta, aunque no quiere. Y mientras le come la lengua (con los dientes se la rastrilla a Tony como a Vanesa le gusta), echándosele encima, es consciente de las manos de este en su espalda, dedos clavándose, palmas rozando fuerte, bajando y bajando, provocándole escalofríos en la piel y en el alma, de miedo a lo desconocido. Llegan a sus nalgas, sobre el jeans, y aprietan. Amasan con codicia, como haría cualquier chico a quien otro se lo permite. Mientras siguen intercambiando salivas y chupadas, esas manos palpan, recorren, se hunden en la raja entre las nalgas, con pantalón y todo. Es cuando Tony le deja la boca, y Rubén se maldice, de sus labios sale un gemido que no puede contener, aunque no quiere ni desea eso, cuando esa mano, metida de canto en su culo, agita la punta de dos dedos, sobre el jeans, frotándole exactamente sobre el culo, el cual parece responder.

   -Lo tienes caliente, güevón. –le susurra casi sobre la boca, ojos nublados, y Rubén es consciente de la dureza del tolete del otro, quemándole a pesar de los dos juegos de ropas.- Tu culo es una tentación para cualquiera…

   -Tony…

   -Papi chulo, dime papi chulo, ya sabes. –le recuerda, cruel.

   -No hagas esto. –gime tragando en seco, respirando por la boca, esos dedos frotando y frotando, como queriendo metérsele por el culo a pesar del pantalón.

   -No hagas esto, ¿qué? –le mira a los ojos, los dedos deteniéndose, pero totalmente flexionados y empujados sobre la entrada.

   -No hagas esto… papi chulo. –se siente morir al decirlo, pero tiene que terminar eso. Y suspira aliviado, aunque su cuerpo hormiguea, extrañándolos, cuando los dedos se retiran. Pero se tensa feamente cuando ve al otro llevar esa mano al rostro.

   -Huele a culo con hambre. –se burla, le ve enrojecer y hacer un puchero.- Oh, quita esa cara. –le pide amable, llevando un dedo, oprimiéndolo contra sus labios, sus ojos enlazados, y Rubén desconcertado, y furiosa, nota como separa las mandíbulas, el dedo entra, una intromisión extraña.- Chúpalo, debes ir practicando. –le ordena, y al otro le toca vivir la sorpresa de notar como lo hace; cierra los labios, ahueca las mejillas y chupa ese dedo que el otro saca y mete.- Usa la lengua sobre la punta, lámela toda, cada rugosidad. –se burla terrible. Y lo peor, para Rubén, es que obedece.- Óyeme bien, no quiero esto más…. –sin sacarle el dedo de la boca, de donde salen ruiditos de succión, le atrapa nuevamente sobre el fundillo del pantalón que cuelga un tanto.- De ahora en adelante usarás pantalones de talla baja, ajustaditos. Quiero que las mejillas de tu culo se vean de lejos. Que todos lo miren y vuelvan las cabezas cuando pases; que si entras al Metro, todo carajo, gay o no, sienta que debe tocártelo por lo rico que se ve. –le ordena.- Y ya no usarás esos bóxer holgados. Ni ninguno. Llevarás únicamente suspensorios, una talla menor a la tuya. Quiero saber que si meto la mano… -esta sube un poco en la baja espalda y se medio mete por el borde del pantalón.- …Pueda tocarte. –le saca el dedo de la boca.

   -Tony, no puedo… -el otro menea la cabeza- ¡No puedo hacer eso, papi chulo! –se ve angustiado.

   -Podrás y lo harás. El jean ajustadito sobre tus nalgas te va a encantar, te va a calentar sin necesidad de nada más. –retira sus manos del otro, aunque siguen muy juntos. Uno echón, dominante, el otro rojo de cara, sometido y angustiado. Es cuando la puerta se abre.

   -¿Que pasa aquí? –el profesor Pereira, en el marco, pregunta algo agresivo. No le agrada Tony Moncada, desconfía de él. Desde el pasillo le vio entrar al baño, más tarde vio a Santana llegar e ir allí. Y llevaban demasiado tiempo encerrados. Conociendo a los sujetos temió encontrar una pelea, pero…

   -Nada, profe. –le sonríe, socarrón, Tony… mostrando una escandalosa erección que incomoda al educador.

   -¿Santana? –pregunta, entre desconcertado y suspicaz. El catire, rojo como un tomate, niega.

   -Todo está bien, profe.

   -Bien. –se nota que la respuesta no le satisface.- Fuera del baño, los dos.

   -¿Tiene dolor de barriga o una cita? –de algún lado a Tony le sale el descaro de preguntar mientras se dirige a la entrada. Indiferente a que la erección se le nota bastante.

   -Cuide su lengua, Moncada. –advierte, seco.

   -Diviértase usando la suya. –la insolencia está allí.

   El profesor Pereira oprime los labios con disgusto viéndole salir y luego clava los ojos en Rubén, pero este tiene la mirada baja y sale casi a la carrera. ¿Qué diablos estaba pasando?, se pregunta el hombre.

……

   Aunque el día resulta menos molesto que el anterior, Tony Moncada aún tiene que soportar algunas bromitas por el comentario echado a correr por Rubén Santana. Sonriendo mientras compra un jugo para almorzar, se dice que él había resultado mejor tipo que el otro. No había contado cómo la noche anterior este se había corrido con el consolador de su mamá enterrado en el culo. Pero así era ala vida. Llevando el jugo y la lonchera se vuelve y se topa con Roger Díaz, de pie, también con sus compras para la comida.

   -Épale. –saluda frío.

    -¿Qué tal? –replica Roger, incómodo. Tony siente que la rabia renace en su pecho con la misma intensidad del día anterior.

   -Me alegra ver que llegaste y que no estás enfermo; y no, no temas, come solo. –se alejará, sintiéndose extrañamente herido. Nunca ha sido un chico de “amigos”, pero pensó que ese pedazo de gordo vago…

   -Sabía que te molestarías. –le oye suspirar y se vuelve molesto.

   -¿Crees que no tengo motivos? ¡Me evitas! De toda la gente de este liceo… -calla cuando el otro se altera, viéndose molesto también.

   -Porque todo es sobre ti, ¿verdad? Te vuelves egocéntrico.

   -¿De qué hablas? A mí es a quien insultan, no a ti.

   -No hoy. Y si te insultan es porque actuaste como un tonto. ¿Hacerlo aquí, mamar a un tipo? –parece realmente ofendido por la insensatez del otro.- Y siento que estés molesto conmigo, no espero que entiendas, pero es verdad. Sin embargo, amigo, no es tan difícil ver mi punto… Soy el tipo gordo y con cara grasienta llena de espinillas, que no huele muy bien a veces. Y con todo y eso vivo caliente aunque ninguna chica me mira. Soy un casi virgen que aún está en secundaria y ya mide cuarenta y cuatro de cintura. No puedo arriesgarme a que también me digan marica sólo porque ando contigo. Me agradas, pero no a tal extremo. Esto pasará, como pasa todo, y podremos almorzar juntos e irnos o llegar, ¿bien? –Tony le mira desconcertado y estalla en una breve carcajada.

   -Tienes razón, gordo, en todo. Especialmente en ese olor que…

   -Déjalo, ¿sí? –se agita, incómodo. Se miran y sonríen.

   -Está bien, amigo, esperaré que pase el chaparrón. Y no es mi culpa que la gente no pueda meterse únicamente en sus asuntos, ¿eh? –le aclara y se aleja.

……

   Para la primera clase de la tarde, todavía medio sonreído por su encuentro con Roger, Tony entra al salón de clases siendo recibido por rechiflas y risas. Molesto mira hacia un inusualmente silencioso Rubén Santana, quien enrojece feo y baja la vista. Va hacia uno de los últimos asientos y se deja caer con desgana.

   -¿Cansado, Moncada? ¿Muchas mamadas? –le pregunta Emilio Nóbregas, sonriendo, quien está ubicado en el pupitre frente al suyo porque para la clase de Literatura hay que sentarse por orden alfabético.

   -¡Ja ja ja…! -gruñe torciendo la boca.- Eres tan divertido como un grano en una bola. –el otro se desconcierta. Nadie está acostumbrado a que responda.

   La profesora, una mujer cincuentona, bajita y que viste de una manera anticuada, comienza su aburrida clase, con una eterna sonrisa en los labios, y sintiéndose inquieto de pronto, sin saber por qué, Tony la observa preguntándose qué ocultará tras su apariencia inocua y su sonrisa perenne. ¿Y si fuera una loca que mata gatos? O tal vez una tigra en la intimidad, acostumbrada a las tangas de cuero. Menea la cabeza para alejar esos pensamientos, pero siendo demasiado consiente de todo. Hace calor en ese salón, todos huelen demasiado, especialmente los chicos. Frente a él, Nóbregas apesta a sudor, uno que seguramente cubrió todo su cuerpo por algo que hizo durante el último receso, tal vez jugando básquet o besuqueándose con alguna de las putillas que se turnaban a los chicos.

   Se ahoga, siente ansiedad, sed, hambre. Quiere…

   Cierra los ojos y puede imaginar a Nóbregas agitando, corriendo con el balón de básquet, haciéndolo rebotar, saltando entre dos, alzándose y encestando, masculino, competitivo, victorioso, el sudor bañando sus sienes, bajando por su espalda, empapando en gotitas su torso, humedeciendo sus axilas y su vello púbico. Su culo… un culo sudado, los pelos mojados. Respirando superficialmente, intenta pensar en otra cosa. Algo cae, un sonido que le sobre salta. Abre los ojos y al lado del pupitre del otro hay un libro caído, uno que este se agacha a recoger, su pantalón bajando, el chemi subiendo, dejando a la vista una franja de piel y los contornos de un  bóxer rojo intenso. Algo en lo que ahora siempre se fijaba en los chicos. Y nunca algo le ha parecido a Tony Moncada más erótico que eso.

   Menea la cabeza otra vez, costándole apartar la mirada; no puede pensar en otra cosa. No puede alejarse ni relajarse. La sangre le corre con fuerza por las venas.

   -Profesora Margarita… -casi grazna, poniéndose de pie.

   Tiene que salir de allí. Por un segundo le desconcierta la mirada de Rubén, ¿le habría sentido?

……

   Con pasos casi rígidos sale del edificio por la puerta que da a los patios de almacenamientos. Necesitaba algo, lo necesitaba ya y había alguien que se le había estado ocultando desde su llegada. Se lo sacaría a él. En su agitación no repara, o no puede, en lo extraño e intenso de su urgencia. No siendo fanático del café, los cigarrillos o las drogas, no sabía lo que era el apuro de una adicción. De hecho ni siquiera podía imaginar que tal apelativo pudiera aplicársele. No a él.

   -Épale. –saluda de manera directa, notando el sobresalto real del otro, quien mira en todas direcciones, como asustado.

   -¿Qué haces aquí, muchacho? No puede estar en esta área. –gruñe. Tony aspira, su nariz se perfila, y sonríe.

   -¿Miedo, Serra? –reta.

   Sergio Serra, uno de los conserjes del área de Mantenimiento, se agita más. Si, miedo, pero no de que les vea el jefe, u otro alumno, todavía no podía creer en la suerte que su nombre no fuera mencionado junto al del chico como la pareja que tenia sexo allí. El verdadero pavor lo sentía de él, del muchacho que podía hacer sentir cosas. Cosas que no deseaba experimentar.

   -¡Vete, hijo de puta! –le ruge, furioso por todo ese miedo.- No quiero tener nada que ver contigo otra vez.

   -¿Seguro? Cuando me la mamabas parecías en la gloria, ¿lo recuerdas? ¿Cómo gemías y chupabas? –siente rabia, fácil, latente. Y se le acerca.

   -¡Lárgate de aquí! –ruge.

   -Grita más, seguro alguien no te ha escuchado todavía en Caracas; ¿sabes cómo le dirán a eso si alguien llega?: peleas de maricas. –tiene que burlarse, no sabe por qué.

   -Eres un sucio pervertido, todo lo que tocas lo contaminas. –el sujeto gruñe, bajito, con rabia. Y Tony se congela.

   Tal vez fue por la elección de palabras, o los cambios que producía, el control que ejercía sobre otros, ¿serian alguna enfermedad real? No lo sabe, sólo que está molesto. E ignora que sus pupilas están algo amarillentas verdosas, de un color totalmente extraño. Sergio si lo nota y se inquieta. Va a decir algo, pero no puede. No porque sin poder pensar en nada más, dominado por la rabia y el despecho, Tony casi lanza un gruñido y se le va encima. Literalmente, brazos extendidos. De manera súbita y brusca.

   Por un segundo, Sergio pensó en golpearle. Pero no puede, no cuando una de las manos del chico cae sobre su pecho, por encima de la braga de trabajo, quemándole como si fuera de fuego, haciéndolo latir el corazón a toda velocidad, erizándole la piel; la otra mano le cubre la boca, para silenciarle y detenerle. Todo ojos, muy consciente de su cuerpo erizado y recorrido por mil puntos de corrientes, repara en la sonrisa terrible del chico, en sus pupilas que pierden intensidad, en la mano que se mueve un poco sobre su boca, el pulgar frotándose contra sus labios, unos que abre, atrapándolo con dientes y lengua, lamiéndolo como si fuera un caramelo, succionando. Como algo natural tan sólo porque el otro lo deseaba. ¿Y cómo sabía que lo deseaba si no dijo nada?

   -Creo que vamos a pervertirnos juntos… Necesito, de verdad, un buen culo que coger y llenar. Y únicamente estás tú, Sergio. Y creo que no sea solamente por hoy que voy a necesitar tu culo; creo que será más seguido de ahora en adelante. –le oye decir, sonriéndole con una mueca algo maniática.- Necesito un juguete para pasar el rato en la escuela.

   No sabe cómo, pero adivina que lo que hará iniciará algo más grande; emputecerá a ese tipo heterosexual, que fuera de ser un patán nada le había hecho. Pero no le importaba, por encima de todo deseaba tenerle. Poseerle. Traga y sonríe, mueca más maniática, la imagen de un culo del cual se retira un güevo de manera súbita, quedando abierto por unos segundos, manando leche, le trastorna. 

……

   Era una locura, se dice aquel hombre de espaldas sobre aquella colchoneta en el depósito, bañado en transpiración, arqueándose, agitándose, estremeciéndose todo mientras aquel chico, sin quitarse nada, sólo abriendo su bragueta y sacándose el güevo, le encula salvajemente. Le tiene montados los tobillos, aún dentro de sus botas de trabajo, en los hombros, su baja espalda descansa sobre una sucia almohada, estando prácticamente desnudo a excepción de su corta y ajustada camiseta (se la pone porque le queda bien y le gusta que las chicas le miren cuando se abre la braga), enrollada alrededor de su cuello, en la parte posterior, una gruesa cadena plateada, seguramente acero, colgándole y agitándose sobre su pecho; y entras sus piernas, arrodillado, ese mariconcito le cogía una y otra vez con movimientos rápidos, bruscos, abriéndole el culo sin piedad, refregándole las entrañas, rozándoselas con su nervuda pieza joven, dura y ardiente, que le eleva a cimas de placer y calenturas que no conocía, que no comprende, ni acepta de un todo, pero que sabe que experimenta. El chico le estaba cogiendo; le llenaba el culo del hombre que siempre había sido con su verga de machito… Y él lo buscaba, de alguna manera, por alguna razón que no entiende ni puede, sus caderas iban y venían, su agujero enviciado por lo que aquel tolete le producían, se agitaba contra el muchacho, apretándoselo masajeándoselo. La respuesta que el otro quería.

   Le mira, el chico se ve transfigurado, estaba disfrutando de una manera intensa el cogerle, el cabalgarle con su pieza. Ser el macho. Y podría entenderlo, en ese momento era “el hombre”, era quien disfrutaba del placer de coger a otro carajo, uno que dejó el culo al alcance de su güevo, por lo tanto merecedor de aquello; pero había más. Era como si realmente necesitara hacerlo, tener ese sexo en ese momento. Con cualquiera, pero ya. Los ojos del chico caen sobre los suyos, sonriendo cruel.

   -Si pudieras verte, Sergio, o tu papá; rojo de cachetes, ojos nublados por la lujuria, tus labios enrojecidos y húmedos dejando escapar gemidos, tus tetillas paraditas, todo tú brillando por el sudor de la cachondez… La cara de un puto que goza como nunca en su vida con un güevo cepillándole la pepa de culo. –es cruel, tendiéndose hacia adelante, aumentando sus embestidas, haciéndole gemir más, aún en contra de su voluntad.- No te contengas, puto, no te midas. Entrégate a lo que sientes. –le ordena, sonriendo, metiéndoselo todo, hasta los pelos, casi aplastándole las bolas, y agitándolo en su interior, provocándole nuevos sonoros jadeos.- Eso es, grita así, más fuerte. Me excita escuchar tus alaridos de puto gozón, saber que mi güevo en tus entrañas te pone ruin. ¿Te gusta sentirlo dentro de ti? –le pregunta, deteniéndose, esperando.

   Sergio tiembla, la nuca alzada de la colchoneta, rígido, mirándole, sintiendo de pronto una desagradable sensación de desesperación, algo muy somático, como si hubiera estado agradablemente envuelto en mantas maravillosas suaves, abrigadoras y cálidas en una zona terriblemente fría, y de repente le despojaran de todo. Su piel duele.

   -Si… -admite y traga saliva, mirándole, sabiendo que no es suficiente.- Si, Moncada, me encanta sentir tu güevo llenándome el culo; por favor… cógeme más.

CONTINÚA … 13

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 11

julio 9, 2015

LOS CONTROLADORES                         … 10

NICE BOY

   ¿La verdad?, los chicos viven calientes…

……

   Roja boca gimiente, entreabierta, brillante de saliva los labios, ojos cerrados, su cuerpo delgado, liso y esbelto reluciente de sudor, casi andrógino por su casi todavía adolescencia, el joven se estremece sobre ese hombre. Está acostado de espalda sobre ese sujeto joven, guapo como el infierno, sexy como ninguno, quien sonríe bajo él, burlón, conquistador, teniéndole las manos alzadas sobre su cabeza, reteniéndole por las muñecas, mientras la otra sube y baja acariciándole el cuerpo terso, que se eriza y estremece bajo su roce, mientas el redondo, liso y muy abierto culo del muchacho es penetrado una y otra vez por una gruesa mole de carne rojiza.

   El chico, totalmente entregado y dominado por la poderosas sensaciones que lo recorren, parece u muñeco de trapo, agitándose totalmente cuando el hombre bajo él, con los talones bien afincados en la cama, sube y baja sus caderas, aprovechando el colchón, cogiéndole rítmicamente.

   De la joven boca escapan gemidos de gozos cuando siente los poderosos músculos de aquellos muslos de hombre, bajo él, tensarse y relajarse, empujándole más y más arriba el güevo en el culo, el cual está empapado, quemaba y latía sobre la poderosa pieza masculina que le penetra y le convierte en su juguete sexual. Sonriendo, el tipo alza el culo de la cama, metiéndosela tan hondo que el chico echa la cabeza hacia atrás, derrotado de lujuria y gozo, de puro placer. Sus ojos casi tiemblan mientras se blanquean.

   -¿Te gusta sentir tu coño lleno, pequeño maricón? –le pregunta sonriendo al oído, mirando al frente, hacia la cámara que lo graba todo, incluido el ronroneo de intenso placer del chico.- Vamos, dilo para que todos los hombres de Caracas sepan a quien buscar para una buena revolcada. –siniestramente sonríe a la cámara, sabiendo que el mensaje llegaría a otra persona.

   Pero el chico no nota nada; rojo de cara, ojos totalmente cerrados al tiempo que su cuerpo se contorsiona sobre el poderoso macho, comienza a subir y bajar frenéticamente sus nalgas, agitando su culo sobre le hermosa pieza masculina que le penetra como si fuera su derecho. Tan sólo siente y se deja llevar.

   -Hummm, si, lo quiero, ¡lo quiero dentro de mí! –farfulla, totalmente entregado, salivando, ojos medio abriéndose, totalmente nublados de lujuria. Sentir la palpitante pieza llenándole, su culo de muchacho totalmente lleno con el güevo de aquel hombre, despierta tal intensidad de placer que cree que se morirá de pura lujuria. Cuando una mano grande, rueda otra vez sobre su torso, apretándole una tetilla, grita arqueándose, bajando más su agujero sobre el tolete.

   Sonriendo, Bartok, que de él se trata, disfruta de las apretadas y haladas que ese culito de chico calentorro estaba dándole. Cosa que no le sorprende, los muchachos vivían a esa edad con ganas, siempre deseando experimentar con el sexo. Pero esto era especial, lo sabe.

   Ha trabajado al chico con su habilidad especial, pero no fue todo. Si, le controla, o le hace perder los controles, pero en la naturaleza misma del joven estaba presente aquella predisposición a entregarse a los hombres, a desear servirles, satisfacerles, someterse totalmente a ellos. Tal vez no con la intensidad que muestra en esos momentos, mientras rota las nalgas sobre su pelvis, con su boca de labios rosa, brillantes, dejando salir leves sollozos de placer mientras la próstata le recibe golpe tras golpe de la punta de su verga; pero casi. Era… natural para muchos, aunque no lo supieran.

   Si, muchos chicos, e incluso hombres, eran coñitos sumisos deseando encontrar a un verdadero hombre a quien servir y obedecer, ante quien abrirse y dejarse llenar mientras se les dice de todo. Y a Bartok le gustaba cuando se le entregaban a él, cuando le elegían a él en un salón llenos de personas, cuando podían, o entregados apasionadamente cuando les controlaba. Los deseaba adorando su cuerpo, su güevo, anhelando su leche caliente en todos sus orificios. Pero este caso era especial, se dice sonriendo torvo, soltándole las muñecas que el chico no baja, atrapándole los pectorales con sus manos, de manera posesiva, los dedos contra la muy joven piel de músculos poco visibles, afincando los pies sobre el colchón una vez más e incrementando increíblemente la velocidad de sus cogidas, al tiempo que le susurra al oído cosas viciosas con voz ronca y sensual.

   -¿No puedes evitarlo, verdad?, tus temblores y gemidos, la forma en la cual tu culo me la aprieta; la putez corre por tus venas. Eres un bebé que quiere obedecerme, un niño que suplica por servirme como al macho grande que soy. Deseas mi cuerpo, mi verga, mi semen. En verdad no puedes hacer nada sino sentirlo, aceptarlo, disfrutarlo… -los labios rozan la orejita de aquel chico que se arquea más, imposiblemente caliente y recorrido por la lujuria ante las palabras.- Sobre mi güevo vas a encontrar tu lugar, experimentar tu felicidad más intensa, no deseando alejarte jamás de mí. –el rojizo güevo tieso sale casi todo, por un segundo incluso es posible ver parte del glande, ese culito liso, de labios hinchados, parece buscarlo, halarlo, y el chico gime cuando la buena pieza de carne dura se entierra otra vez, como calmándole, alimentándole, pero también haciéndole desear más; es el hermosos espectáculo de un chico que gime de gozo mientras un hombre más formado le coge con su güevo bien metido.- ¿Lo sientes?, estoy llenándote la vida con todo lo que necesitas. No tienes que pensar en nada más, ni en problemas, la realidad, tu familia o tu vida misma, todo lo que te hace falta es esto…

   Y mientras lo dice, el tolete entra y sale nuevamente con rapidez, cepillándole una y otra vez las sensibles paredes del recto. Los gemidos ahogados del muchacho no se dejan esperar, mientras la cabeza cae hacia atrás y un hilillo de baba escapa de sus labios, así como una lágrima de uno de sus ojos cerrados, sintiéndose en la gloria.

   -Un hombre de verdad nunca podría hacer esto, chico, el siquiera considerar el renunciar a su individualidad para servir a otro. Para ti es fácil y natural, el desear dejar de hacerte responsable de tu vida, de decidir o pensar, porque naciste para putito, para ser usado. Tan sólo quieres y buscas ser un siervo, la propiedad de alguien, reconocerle siempre la razón, el derecho que tiene sobre ti. –esto último lo apuntala alzando bastante el culo de la cama, dejándole bien ensartado, los brazos y piernas del chico como desarticulados, el güevo bien adentro de su culo, tan sólo un centímetro visible antes de las bolas por los contornos de las jóvenes nalgas.- A nivel subconsciente, en el fondo de tu naturaleza de sissyboy*, sabes que eres feliz así, con tu mente en blanco, tu cuerpo usado, tu coño lleno. Sirviéndome, abriéndote para abrazar todo lo que puedes de mi virilidad en tus entrañas mojadas, erizándote ante cada palabra mía. –y le muerde el lóbulo de la oreja, haciéndole gemir más.

   El culo del tipo baja, el güevo sale un poco, y regresa, duro, una y otra vez, dándole cogidas fuertes y lentas, tan sólo para que el chico sea totalmente consciente de la grandeza de su verga. Y este casi parecía desmayado de puro goce sensual y sexual, recorrido por oleadas intensas de placer como jamás había experimentado, y que a un tiempo le ataban a la voluntad de ese hombre, a quien, íntimamente ya le juraba eterna lealtad y total sumisión.

   Sonriendo como si le adivinara, Bartok le recorre el cuerpo con las manos mientras sigue cogiéndole, estimulándole cada célula, el chico es como cera blanda en sus manos, ya no tiene fuerzas ni para auto empalarse sobre su enorme güevo. Le toca a él. Sus dedos y palmas recorren el vientre liso y algo hundido, arrancando la punta de los dedos del leve pelo púbico que evidentemente está rasurado, subiendo sobre el ombligo, sobre los costados, llegando al delgado torso, atrapando las muy erectas pero chicas tetillas marrones rojizas. Y todo eso tiene ardiendo a ese muchacho que no puede controlar o asimilar tanto placer, todo ese goce intenso que la verga gorda y larga le provoca cuando abre los pliegues de su culo y llena sus entrañas. No tiene fuerzas físicas para hacer nada, tan sólo las paredes de su recto, como actuando por cuenta propia, halan, atrapan y succionan el maravilloso tolete. Pero no era suficiente, aún no, se dice Bartok. El enemigo debía saber a qué se enfrentaban, a qué se arriesgaban si intentaban acercarse.

   -¿Quieres obedecerme y servirme? –le mordisquea la oreja, sabiendo las cosquillas eróticas que eso produciría.

  -Si, si…

   -Dilo. –y le lengua lucha por entrarle por el conducto auditivo, mientras los pezones son apretados y el chico nuevamente alzado en peso cuando sus caderas suben enterrándole bien el güevo.

   -¡Oh, siiiii! Quiero obedecerte sólo a ti. Sólo quiero servirte. –gimotea el chico, ladeando un tanto el rostro, babeando prácticamente de goce entregado y sumiso.

   -Pídemelo. –le ordena, sus dedos pellizcando con más fuerza al tiempo que halan hacia arriba los chicos pezones erectos, provocándole otro estallido de gemidos.

   -Por favor, déjame servirte… -ahora si solloza un poco, incapaz de controlar o manejar tantos estímulos.

   -Bien, ese placer que siente sólo lo obtendrás sometiéndote, someterte es obedecerme… -mira hacia la cámara.- Abandonarás todo y a todos por mí, por seguirme. Si te digo algo, obedecerás inmediatamente; tu único deber será brindarme placer, mi goce es tu disfrute, y dedicado a ello, desnudo, atado, a mis pies, serás dichoso. –se lo surra al oído, mientras le coge ya con movimientos realmente poderosos, poco más y le arrojará de la cama, pero en todo momento mirando hacia la cámara.

   Como sea, por lo que sea, por el goce erótico o por las palabras, el chico estalla en un mar de esperma que le baña la cara, roja como la tiene, ojos cerrados, boca muy abierta, saboreando algunas gotas de su propio semen. Y eso enfurece a Bartok, pero no con el chico. Se descuidó y esa ordeñada se perdió, debió concentrarse, tanto en el mensaje como en el chico, pero bueno, ya le haría trabajar toda la noche, le sacaría todo, hasta la última gota de leche. Se alimentaría bien.

   Sabe que se mueve de manera convulsa, sin un plan fijo. Debía concentrar y concertar todos sus pasos. Debía levantar un ejército por si el enemigo volvía contra ellos. Era su única preocupación, eso de cobrar viejas cuentas contra rivales aún más viejos, de quienes nada sabía, le tenía sin cuidado. Pero sabía que debía obedecer, aún él, o la podría pasar mal. Sabe que otros están al tanto de su llegada, pronto sabrían lo que estaba haciendo, a la gente que atraía, aunque esperaba que desconocieran todo sobre ese chico, Antonio Moncada, por el momento. Sin embargo, nada de eso le inquietaba mucho, no tanto como la bella mujer del aeropuerto, se dice, deteniendo sus embestidas dentro de ese culo, con el chico medio desmayado de puro placer sobre su cuerpo. Perverso, con un dedo recoge algo del semen sobre el flaco torso, saboreándolo como si fuera mezcla para suspiros, disfrutándolo como siempre.

   Ella, sola o representando a otros (cosa más preocupante todavía), era como él. Una anómala, y como tal, merecedora de tenerse en cuenta. Si hubiera alguna manera de saber quién era…

……

   Aunque se acostó confuso con todo lo ocurrido el día anterior, igualmente tan caliente que tuvo que masturbarse, Tony Moncada no la pasó bien. Se sentía un tanto mal, por Rubén. Cosa increíble dado lo hijo de puta que este era con todo el mundo. O tal vez era por ver a su madre a la hora del desayuno, ensimismada en sus pensamientos, recordando lo cruel que había sido con ella. Como fuera, representó al hijo amoroso y arrepentido, y por una vez recogió todo y lavó los platos sin que le dijeran, como siempre. Todas las mañanas lo hacía, pero refunfuñando lo suyo, casi hablando en lenguas extrañas. Hoy no.

   De camino al colegio se sintió aún más mal. Tal vez si era peligroso hacer las cosas que hacía, desarrollar esas… facultades que aparentemente tenía. Pensar en ello le calienta la sangre, le hace sentir bien, embriagado de poder, pero aún eso, le disgusta. Seguramente consumir drogas era igual. Tal vez… A un nivel subconsciente algo va molestándole y se detiene. Ceñudo mira en todas direcciones; generalmente en ese punto se encontraba con Roger Díaz, y hablando paja llegaban al liceo. Hoy no está. Al principio le pareció curioso, luego se le ocurre que al gordo ese a los mejor le daba vergüenza que les vieran juntos después de lo que se dijo en la escuela (que le pillaron mamando güevo). Fue lo primero que le alteró feamente esa mañana.

   Lo otro fue encontrarse en la propia entrada del instituto, con Mateo Alcántara, Emilio Nóbregas y algunas de esas chicas idiotas que siempre estaban restregándoles las tetas de los hombros para ver si les hacían caso. Nada más aparecer, comienzan los silbidos, los sonidos de besitos y uno que otra de chupada, para molestarle, siendo la más soez, la Vanesa Tineo, la novia de Rubén Santana. ¡Puta!, piensa apretando los dientes, furioso, viéndolo todo rojo. Aunque repara, de pasada, que Rubén no formaba parte del grupo. ¿Habría llegado ya, se retrasó o no asistiría? Esa idea le hace sonreír por primera vez desde que llega.

   Alguien pagaría su disgusto.

   Rubén Santana llegó con bastante retraso, casi sobre la hora de la primera clase, cosa totalmente entendible dado el calvario que ha vivido desde el día anterior. En cuanto salió de la casa de Moncada le alcanzó en toda su extensión el horror de lo vivido, las cosas que hizo, las que le hizo y dijo el otro. La respuesta de su cuerpo, la degradación y humillación a la que fue arrastrado. Lloró de rabia mientras se bañaba intentando limpiarse de esos recuerdos, no cenó, nada pasaba de su garganta. No durmió bien, dio vueltas en su cama hasta horas de la madrugada, la cabeza caliente con todo lo ocurrido, y al dormir, en duermevela, tuvo pesadillas atroces. Despertó sudado, jadeando. Aterrado y atormentado. ¿Qué le había hecho ese marica? No lo sabe, pero no quiere encontrarle nunca más. Casi pensó en fingirse enfermo, evadir la escuela hasta la última semana de clases antes de la graduación, pero no quería arriesgarse a lo que Moncada pudiera hacer si se enojaba. Tanto sí le temía. Y le odiaba.

   -Hey, perro, ¿por qué tan tarde? –le grita en saludo, Mateo, palmeándole los hombros, dejando la mano allí, como ha hecho mil veces, y se tensa. El tacto del otro chico le incomoda y molesta.

   -No dormí bien. –se disculpa, sacudiéndoselo de manera disimulada, suspirando mentalmente cuando ve a Emilio, que también se acerca.

   -¿Muchas pajas te agotaron? –y ríe, sin reparar en su estremecimiento de asco.

   -Rubén, amor… -Vanesa, bella, riente, sin rollos, le grita feliz, colgándose del cuello, pegándole las tetas del pecho y besándole. Algo que siempre le ha encantado, pero ahora…

   -¿Cómo estás, bella? –intenta una sonrisa, apartándola levemente, tenso.- Debo ir… a… Ya vengo. –se aleja, no puede continuar allí, la sensación de angustia, de ahogo (de pánico, pero no lo sabe), no le deja pensar.

   Como suele ocurrir en esos casos, se oculta en el cuarto de baño, pegando la espalda de la puerta, su pecho subiendo y bajando frenéticamente. Teme estar enfermo o a punto de desmayarse. Lo recorre todo con los ojos agradeciéndole al Cielo estar a solas. Pero no lo está, oye el leve chirriar de una de las puertas metálicas de un privado abriéndose. Su corazón parece un caballo desbocado en su pecho, no necesita verle para saber que se trata de…

   -Al fin llegas, Santana. –con mala cara, Tony le mira, brazos cruzados en el pecho. Esperando algo.

   Rubén no sabe qué, pero odia la manera en la cual su malestar aumenta, cree que va a sufrir un ataque de asma, que morirá por falta de oxígeno, aunque no sufre de ello. Las manos, el cuerpo, todo le arde de fiebre.

   -¿Qué esperas?, acércate, güevón. –le ordena, seco. Y Rubén casi grita, ya está moviéndose en su dirección, como si otra persona estuviera usando su cuerpo, deteniéndose frente al marica ese, que le mira de manera fija, como retadora.- Ahora… bésame. Y usa bastante lengua.

CONTINÚA … 12

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 10

junio 18, 2015

LOS CONTROLADORES                         … 9

NICE BOY

   ¿La verdad?, los chicos viven calientes…

……

   -¿Lo sientes?, ¿el cómo te gusta? –le pregunta al oído, inclinándose sobre él, atrapándole entre sus muslos y abdomen, mientras el juguete le vibra y vibra en las entrañas. Le sopla al rostro, que tiene rojo, los ojos cerrados y la boca abierta. Hay algo nuevo en su aliento, él mismo lo nota.

   Rubén se estremece al recibir ese hálito, sus nalgas enrojecen más. Mientras con una mano sostiene el control del juguete, Tony, con la otra, le saca y mete lentamente el delgado vibrador. El roce, el recorrido a través de las imposiblemente excitadas y estimuladas paredes rectales provocan tal escalofrío en el chico sometido que casi cae de sus piernas. Le oye gemir, ahogadamente porque quiere resistirse, aguantar, cosa que le agrada. Porque a Tony no le interesa que acepte mentalmente aquello. No, quiere que luche contra su cuerpo, que se resista, que le enfrente… para derrotarle cada vez. Por ello saca y mete el juguete, con más rapidez, aumentando la intensidad de las vibraciones, haciéndole gritar, con labios muy rojos y abiertos, babeando, totalmente controlado por la lujuria que siente y que odia.

   Tony sonríe, sintiéndose extrañamente poderoso y terrible. Casi cruel. Le ve y siente estremecerse contra sus muslos, nota como rota, sube y baja las nalgas que abren y cierran el culo alrededor del estimulante juguete erótico de su madre. Le oye gemir. Vuelve a soplarle sobre el rostro y Rubén casi bizquea, como ahogado por un segundo, para el siguiente estar todavía más caliente. Ese jugueteo en su culo le tiene el güevo imposiblemente duro, palpitante, mojando, con ganas de correrse… y sin tocarse.

   -¿Te gusta sentirlo así, lleno, ocupado? –le pregunta, otra vez tendiéndose sobre él, deteniendo las embestidas, dejándole únicamente con las vibraciones.- Imagina cuando te llene un güevo de verdad; uno caliente, duro, palpitante y babeante. Piensa en cómo lo sentirás al atraparlo con tus entrañas tan urgidas de esto, lo rico que lo percibirás cuando te roce y te rasque por dentro. –sonríe malvado, un chico que saborea un poder inesperado.- Imagina todo lo que vas a gozarlo, como tu cuerpo le dará la bienvenida… tu culo todo abierto como un túnel esperando por camiones y montacargas…

   El otro joven no puede hablar, odia lo que escucha, pero su culo se estremece, lo siente como si pudiera verlo, las paredes de su recto cerrándose de manera ávida contra el juguete sexual que le llena y vibra contra ellas. Se sentía… Dios, era horrible, solloza un poco al fin, perdido, derrotado, humillado, reconociendo que si eso se sentía así de rico, físicamente hablando, un güevo de verdad debía…

   -Piénsalo, Santana… -la voz más pastosa y baja, excitada, deseosa de machacarle, de poseerle.- Tú, después de la práctica de básquet, sudoroso, con tus tenis y camiseta, metido en un chico suspensorio sudado. Echando de panza sobre el banco del baño, las manos en el borde, las piernas a los lados, en el suelo, tu culo alzado. Y detrás de ti están Mateo y Nóbregas, sudados también, desnudos, sus güevos tiesos, turnándose para cogerte, metiéndotelos una y otra vez, riéndose de lo marica caliente que eres, viendo mientras te los meten, como tu culo se abre como un coño que abraza. Dándote güevo, uno y otro, los dos corriéndose dentro de ti… Tú gimiendo, meneando las nalgas, buscando a esos chicos calientes con los que practicas y juegas, pidiendo más, ahogadamente porque muerdes y hueles el suspensorio de uno de ellos, seguro que el de Mateo que esta buenote. Y mordiendo, gozándole el olor a bolas sudadas, te llenan ese culo de esperma, uno y el otro; chorros y chorros…

   Lo dice mientras aumenta dramáticamente las vibraciones del juguete, así como las sacadas y metidas dentro del hasta hace poco virgen agujero. Rubén grita, ronco, bañado en sudor, su culo abriéndose y cerrándose incontrolable, estremeciéndose sobre los muslos de ese odiado y despreciado compañero de clases. No quiere, pero imagina a sus amigos, Mateo con su piel canela, fuerte y guapo, Nóbregas, alto y delgado, negro y bien dotado por lo que, sin ningún interés sexual, había notado en las duchas. Y esos dos carajos, sus amigos, cogiéndole en esas sucias fantasías. Los güevos entrando y saliendo, metiéndosele. Y en su mente calenturienta, necesitado como está de terminar, supone que les gusta, que le dicen que tiene un buen culo, que lo hace bien y… El juguete se lo clavan todo, otra vez, y allí se lo dejan Tony, estimulante.

   -Mírate… -le oye, demandante. Su cabello es halado y alza el rostro, mirándose en el espejo del closet. Rojo, sudado, con expresión de gozo, porque la tenía; una vez se filmó masturbándose y  tenía esa misma cara.- ¿Lo ves? Tu apretado coño está recibiendo lo suyo. –los ojos se encuentran, y Tony le ve revolverse, con una chispa de rebeldía en sus pupilas.- Ah, lo sé, nunca pensaste en eso, ¿verdad? En tu coño. En verte así, tan contento y excitado. Cuando te creías un hombre. ¡Qué confundido estabas! Ignorabas que tenías un agujero vicioso y ávido por cosas en forma de pepinos que le entraran. –ríe.- Si, Santana, tienes un coño. Vamos, úsalo, súbelo y bájalo, busca lo que quieres, llénate para mí. Muéstrame lo mucho que quieres usar tu culo de marica caliente… -le ruge, sin preguntarse de dónde le salen las palabras, ya que todo eso lo ha leído en relatos de un tal Lexicode, en portales pornográficos. Y parecía resultar.

   Las palabras erizan y calientan la piel del otro chico; mojan aún más su culo hecho realmente un caldo. Casi llora, mordiéndose los labios, cuando nota que muele esa cosa con el esfínter, buscando más contacto.

   -No… no… Yo no soy así… -todavía grazna, haciendo increíblemente feliz a Tony. Y molestándole. Le atrapa el muy mojado cabello, obligando a ladear el rostro, mirándose en directo pesar de la difícil posición, sabiendo que su aliento le bañará una vez más el rostro.

   -Eres un puto caliente, tu culo está vivo como nunca, brindándote el mayor placer sexual que has sentido en tu vida patética de marica reprimido. –le hala un poquito, causándole algo de dolor.- No lo niegues, tu culo casi parte el vibrador de mamá. Imagina si los chicos pudieran verte así, todo caliente y necesitado, todo sexy… Entre todos te usarían como el puto que eres, uno a uno te llenarían con sus güevos. Güevos que te producirían una sensación como la que te recorre ahora, pero mil veces más intensa y placentera. Imagina sus caras cuando se los aprietes, cuando se los ordeñes y les saques las leches. Cómo te amarán al saberte tan puto, tan caliente y dispuesto. Serías la princesa de los vestuarios, así como ahora eres mi nena.

   Rubén solloza de manera desconsolada, abatida, frustrada y rabiosa, sorprendido él mismo por todo el calor y anhelos que esas palabras despertaban en su cuerpo. Se imaginaba siendo ese sujeto que recibía a todos sus amigos, desnudo y en cuatro patas sobre una cama, que podía con todos sus güevos, que ordeñaba sus espermatozoides. Lo más horrible era que su cuerpo lo deseaba, parecía hambriento de más; sentía que necesitaba de un consolador más grueso y rugoso, más largo. ¡Quería un güevo!, su cuerpo lo pedía, entendió horrorizado, apretando aquel juguetito de manera intensa, sus bolas contrayéndose y corriéndose en un abundante, intenso y poderoso orgasmo. Todo él parecía flotar en la nada, en una blancura intensa de placer… sin tocarse. Por la pura fuerza de la estimulación a su culo. No supo que gimió, que arqueó la espalda y cayó, laxo, mientras su joven güevo escupía trallazo tras trallazo de semen sobre la alfombra.

   -Dios, qué reguero. Eres un cerdo. –Tony le gruñe, sacándole el vibrador del culo, alzándose y arrojándole al piso, sin mucha intensidad a decir verdad.

   Rubén, sobrepasado de pronto por lo que hizo, fuera del alcance físico del otro, enrojece feamente, casi con ganas de morirse de rabia y asco. Oculta el rostro contra la alfombra y llora, intentando contenerse, pero Tony le nota el temblor en los hombros. No dice nada mientras acomoda sus ropas, totalmente erecto, duro, necesitaría alivio, pero no con Santana. No todavía. No le quiere sumiso y entregado. Le odia demasiado para ponérsela tan fácil.

   -¿Qué me hiciste?-le oye, acusador, lloroso.

   -¿Qué? ¿Hacerte? ¿Fuera de lograr que experimentaras el primer gran orgasmo real de tu vida gracias a la utilización de tu coño? Nada, como no fuera mostrarte la silueta de mi erección. –se burla, el otro le mira feo.

   -¡Yo no tengo un coño, hijo de puta!

   -Me gustaría demostrarte que mientes, viéndote estremeciéndote sobre mi güevo, pero no tengo tiempo. Límpiate y lárgate… dejaste toda esta vaina sucia. –alza el vibrador, casi provocándole un dolor físico.- ¡No vayas a llevártelo en un descuido mío! Es de mamá. Cuando vengas puedes usarlo, pero sólo aquí. –aclara, sabiendo que le humilla, sonriendo al verle hacer una mueca llorosa, desviando la mirada.- Ahora vete. Nos vemos en el liceo.

……

   Preparándose algo de comer, un sánguche con mucha mortadela, tomate y lechugas (cosa que le gustaba y a un tiempo alegraba a su mamá), de pie en la cocina, Tony medita en todo lo ocurrido poco antes. Le costó medio limpiar la alfombra, le tocaría lavarla después. Le parecía que el olor a semen no se iba del cuarto. Cosa que, debía reconocerlo, no le molestaba del todo. ¡Qué corrida la de Santana! El recuerdo pone una sonrisa en su boca mientras mastica un buen pedazo de pan. Y le excita un poco.

   En esos momentos no se hace juicios morales. No se cuestiona si estuvo bien o mal tratarle de aquella manera. Someterle como lo hizo. Porque eso fue lo que ocurrió. Le obligó a actuar contra sus deseos, contra su propia naturaleza, llevándole a un inconsciente estado frenesí. Le había controlado totalmente. Y los resultados habían sido monstruosamente mejores de lo esperado. Mira el pan, algo ceñudo, ¿de dónde venía todo eso? El tal Bartok no se lo había explicado. No todo. Por un segundo recuerda el rostro de dolor, humillación y derrota con la que Rubén Santana se fue. Todo roto. Es una idea desagradable. La culpa. Pero no dura, no alcanza para hacerle arrepentirse. Es como si no pudiera. Más bien le divierte.

   Le gustó verle irse así, reconoce una parte oscura de su ser. Quería eso, que el otro chico se sintiera sucio, manchado. Que las palabras marica y culo-coño le persiguieran. Muerde con ganas, casi voraz. El tolete endurecido contra el jeans. La imagen de ese culo, eventualmente tomado, goteando su leche, le ponía las pelotas a millón.

   -¿Tony? –oye a su madre y casi se atraganta, cerrando la nevera abierta, tomando un vaso y dejando caer algo de leche del pote para que crea que no tomaba del pico.

   -Estoy aquí –gruñe. Ella entra.

   -¿Estás comiéndote un sánguche? ¡Dejé cosas en la nevera y el horno! –regaña. Verle encogerse de hombros, le altera.- ¿Cómo puedes ser tan perezoso?

   -Déjame en paz, mamá. –es algo cortante.

   -Sabes que no me gusta cuando haces lo fácil. Seguro que bebías del pico del cartón para no lavar un vaso. Y quien sabe qué hiciste con el cuchillo con el que te preparaste ese sánguche. -endurece el rostro cuando le ve enrojecer un poco.- Por Dios, muchacho… –calla cuando él la mira fijamente.

   -Vaya humor, ¿te fue mal en la cita, mami? ¿No hubo… romance duro? Se nota que estás demasiado tensa. Sal con chicos más jóvenes y fogosos que puedan…

   -¡Antonio! –grazna, sorprendida del tono frío, desdeñoso, y de la intensidad del ataque. Había confianza entre ellos, se contaban cosas, se decían otras, pero nunca se había traspasado ese límite de indelicadezas.- No ando… ruin, por falta de hombre. ¡No me faltes al respeto!

   -¿Segura? –traga más del sánguche y gime cuando ella le da un manotón por la cabeza. Furiosa, para encontrarse con la dura mirada del chico, una que nunca estaba así, para ella.

   -¿Se puede saber qué te sucede? –demanda, dura. No parecía su chico. Le ve desinflarse.

   -Lo siento, mamá, un mal día en la escuela. –termina de meterse todo el sánguche en la boca y va hacia el horno, sacando ollas.- ¿Vas a cenar también? –el tono es de buscar el perdón.

   -Okay… -acede ella, después de un rato y de estudiarle. ¿Qué le estaría pasando?

……

   Comenzando la noche, el hombre espera en aquella esquina que sube hacia Bello Monte. Anticuado como es, usa un sombrero Fedora, un viejo saco y un bastón de empuñadura de metal brillante. Se ve ajado, algo sibilante su respiración. Parece bastante viejo, y sin embargo hay un fuego extraño en sus ojos. Un carro largo, oscuro, no una limosina, aunque bien podía ser, se detiene a su lado. No espera a que el chofer baje, abre la portezuela de atrás, inclinándose.

   -Señora Vollmer… -saluda. Una mujer menuda, cara avinagrada, casi tan vieja como él, asiente.

   -Profesor Gruber.

   El hombre entra, el carro parte. Un cristal sube separando al chofer de la pareja. Esta se mira por un momento.

   -Qué viejo estás, Joel. –gruñe ella.

   -Estamos, Irene. –le sonríe cascado.- Me sorprendió tu llamada.

   -No lo creo. Imagino que llevas tiempo esperándola. –es seca. Le mira tras sus anteojos.- No nos andemos con rodeos, viejo zorro, eso facilitará el asunto. Mi nieto anda… extraviado. –le cuesta decirlo y se ve ofuscada.- Ha… cambiado tanto que no le reconozco. Y dejó la casa. –se ve molesta.- No he podido convencer a mi hijo, su padre, y a su mujer de que regresen a ocuparse de este asunto. No lo creen tan grave. O urgente.

   -El chico ya es mayor de edad, ¿verdad?

   -Apenas cumplió los dieciocho… -traga con esfuerzo.- Y todo comenzó.

   -Uno de ellos llegó, en el límite de lo legal para no exponerse, y se lo llevó. Te dije que ocurriría, hace más de cuarenta años. Que alguien de ese tipo aparecería. Son ladinos. Creí que vendrían por tu hijo, o el mío, pero llegan por tu nieto… Justo cuando estamos tan viejos que apenas podemos dejar la butaca, mucho menos enfrentarles. –suena amargado.

   -¿Es posible que toda esa locura que me contaste…? –todavía se ve dudosa, cosa que le molesta.

   -Hace cincuenta años cometimos el error de estorbarle a un sujeto que quería ponerse en una verdadera fortuna. Por mi parte fue peor, le expuse por lo que era. Eso nunca lo olvidaron. Sabía que llegarían para lastimarnos. Temía por mi hijo… -su voz cae.- Muerto él, ahora me angustia mi nieta. Debiste prepararte. –le reclama.- Con mi nieta lo hice, le hablé de todo aquello.

   -Tú viviste toda aquella locura, yo… -se defiende.

   -Creíste que eran desvaríos míos. Locuras. Que existiera gente que se apoderaba de la voluntad de otros puede sonar así. –arruga la cara, atormentado.- Hubo quienes me creyeron… -guarda silencio. Muchos de esos cayeron, otros derribaron a muchos de los controladores. Esa guerra también se la había buscado.- ¿Qué quieres que haga? Si le tienen… –ella se agita, vehemente, viéndose más vieja, menuda y frágil.

   -Ayúdame a encontrar a mi nieto. A salvarlo de esa gente horrible… y te ayudaré con todo mi dinero a terminar de exponerles y acabarles. Lo que hacen, lo que le hacen a la gente, es horrible.

   -Acepto, tenemos un trato. –le sonríe avinagrado, como si no fuera algo bueno.- Quien lo diría, juntos… otra vez.

   -Oh, viejo zorro, ¡déjate de esas cosas!

   -Tu nieto…

   -Creo que aún hay tiempo de impedirles hacerle algo loco… -gime la anciana.

……

   -¡Ahhh! ¡Ahhh! ¡Hummm! –gimotea una voz que chorea gozo.

   -Eso es, chico. Gime así, sonríe así. Pide más. –una voz le guía, burlona.- Mira hacia la cámara para que el mundo te vea como el putito caliente que eres. Mírala y saluda… para que tu abuelita te vea.

CONTINÚA … 11

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 9

mayo 20, 2015

LOS CONTROLADORES                         … 8

CHICO GUAPO BUSCA...

   La marca del que sirve.

……

   El chico todavía se debate, y Tony lo entiende. Es un joven heterosexual, voluntarioso, machista. No sólo no estaba acostumbrado a ser tratado así, ni siquiera había imaginado que le pudiera ocurrir y que debiera responder en ese terreno. Pero le ayudará, se dice cruel. Le atrapa la mano llevándola a su entrepiernas, obligándole a cerrar los dedos sobre la palpitante pieza. Y le ve enrojecer más, abriendo mucho los ojos. Sonriendo cruel se inclina, soplándole suavemente en el rostro, viéndole parpadear, como bañado por algo perturbador. Y para cuando entierra el rostro en su cuello, mordiéndole suavemente el lóbulo de la oreja, ya Rubén le aprieta el güevo por cuenta propia, respondiendo a los estímulos externos. Y, joder, ¡se sentía tan bien su mano allí! A todo carajo otro debía hacérselo al menos una vez y ya verían, piensa.

   La mente del joven y forzudo catire es un caos, grita de horror, de verdadero horror mientras siente casi sobre sí el peso del marica ese, los dientes que le producen escalofríos aunque no quiere, y la verga… La siente dura y palpitante bajo su mano. Y es lo peor, saber que tiene los dedos y la palma cerrados sobre el güevo pulsante de otro chico. ¡Del marica ese!

   Y era lo que Tony Moncada buscaba. Quería tenerle, besarle, lamerle. Sexo. Pero no de manera totalmente consensuada, como con otros, a quienes “influyó” de manera intensa para que en cuerpo y mente lo desearan también, como hizo con el conserje de mantenimiento en la escuela. Quiere controlar el hermoso cuerpo del mocetón odioso y cruel, pero no su mente. Desea que sea completamente consciente de lo que ocurre, que se horrorice como sabe que lo hace, ante los hechos y sus respuestas, pero que al mismo tiempo no pueda impedirlo. Quiere verle retorcerse como gusano en un anzuelo entre el placer y el deseo que experimenta su cuerpo, y el horror que eso producirá en su mente. Y sabe cómo hacerlo, de manera instintiva va tomando el control.

   -¿Te gusta? –le pregunta suavecito, rozándole la oreja, sonriendo, sabiendo que el chico lo disfrutaba a un nivel y lo detestaba en el otro.

   -Déjame ir… -lloriquea.

   -¿Cómo, si no me lo sueltas? –se burla.

   Y Rubén se estremece de rabia y frustración, porque era cierto, había cerrado los dedos sobre la barra y comenzó a acariciarla, a masturbarle sobre la tela, siendo acompañado por los movimientos del otro. Tony le suelta, poniéndose de pie, dominante, dejándole allí acostado, rojo de cara, ojos brillantes de rabia y llanto, pero también por la lujuria que experimenta, como lo denuncia…

   -¡Mírate lo duro que lo tienes! –le señala la ingle y ríe.

   El otro traga saliva, sintiéndose un poco más en sus cabales ahora que Tony estaba lejos. ¿Acaso su cercanía era la responsable de…?, poco a poco la idea iba penetrando su mente, pero lo deja enseguida cuando los dedos del otro, de manera fantasmal, recorren la silueta de su erección sobre la ropa, la cual se estremece.

   -¡Desnúdate! –le ordena, un dedo apoyado decididamente sobre la erección del chico, oprimiendo como si fuera un botón, haciéndole enrojece aún más.

   -Tony…

   -¡Ropas fuera! –es tajante. Y le suelta.

   Tal vez ahora podría reponerse y… comienza a pensar el chico al verle dar dos pasos atrás, pero se sienta en la cama y sus manos se mueven por cuenta propia, la franela sale, exponiendo su torso joven, muy levemente velludo, bien definido como todo chico coqueto que está orgulloso, a veces demasiado, de su pinta. Mira en todo momento al otro, los ojos como atrapados por imanes, encontrando y agradeciendo de una manera oscura la admiración en los ojos del marica. Con dedos temblorosos desata sus tenis, los arroja lejos. Va a…

   -Déjate las medias de paño. –le ordena Tony, de pie, la verga prácticamente pulsando como si deseara desgarrar el pantalón.

   Temblando como una hoja al viento, el fornido joven se pone de pie, abriendo su pantalón, uno que baja con esfuerzo sobre sus muslos musculosos, también levemente velludos. Sale de él, quedando más azorado todavía, vistiendo sus medias de paño blanco y su bóxer holgado tipo bermudas, de rayitas… y una enorme erección bajo el mismo, elevando la tela como una carpa de circo.

   -Sobre la cama, de espaldas. Y espérame. –lanzándole una mirada fría, controladora, Tony retrocede lentamente hasta la puerta, abre, pasa y echa a correr como loco por el pasillo, perdida toda la dignidad del machito alfa.

   Por su parte, tembloroso, Rubén cae automáticamente, y cierra los ojos frustrado y furioso, era como si su cuerpo estuviera totalmente desconectado de su control. Se tensa cuando le oye regresar. No quiere verle así que sus parpados no se mueven. Casi balbucea, lloroso, con deseos de suplicar que no, cuando los dedos de Tony caen en sus caderas, acariciantes, aferrando los bordes del bóxer, halándolo imposiblemente lento, sacándoselo casi centímetro a centímetro, los ojos clavados en su pelvis, esperando y disfrutando el momento cando aparecen los castaños pelos púbicos, luego la base de la verga y esta finalmente, que sale disparada hacia arriba y a un lado de lo dura que estaba. Ahora Tony clava los ojos en los de Rubén, quien los ha abierto como sintiéndole, bajando y bajando ese bóxer. Para el chico sobre la cama es una extraña tortura, estaba exponiéndose, pero al mismo tiempo sentir el agarre y la apretada de la liga recorriéndole finalmente los muslos, bajando por sus piernas, era una sensación nueva, extraña… e increíble.

   -Eres guapo, hijo de puta. –oye a Tony, y eso, a un nivel corporal, le agrada.

   Le siente caer a su lado y atraparle el joven güevo en un puño firme, una palma que arde como el budare de una cocina. Y sentir ese calor, ese agarre de la mano delgada pero firme de chico, uno que seguramente ha agarrado bastante veces su propio tolete para masturbarse, le hace arquearse sobre la cama. Su cuerpo no le responde, tan sólo se agita por las manipulaciones del chico. El puño va y viene, sube y baja, apretando sabroso, sobando rico, quemando, dando una que otra apretada extra cuando sube, abriéndole la boquita del ojete; todo eso pone mal a Rubén, quien cierra los ojos otra vez y echa la cabeza un poco hacia atrás, dejándose hacer. Dejando que la mano del otro chico le masturbe con ese amor, con esa fuerza, con esas ganas que seguramente ha guardado durante mucho tiempo. Imagina que los maricas son así, siempre deseando hacerles las pajas a los chicos.

   La mano sube y baja, va y viene sobre la deseosa carne joven, un pulgar sube hasta su glande y frota de manera circular su ojete, provocándole escalofríos y temblores; alzando las caderas del colchón, gimiendo abiertamente, este lleva y trae sus caderas. Rubén tiene la mente totalmente nublada, tan sólo nada, se sumerge y disfruta de un poderoso baño hormonal que le estimula sexualmente de una manera feroz. Ignora la sonrisa torva de Tony, quien, efectivamente, disfruta masturbándole, era gay, y le gustaban los chicos, y aquel perro era guapo, tenía una buena pieza y ahora le tenía en sus manos, era imposible que no disfrutara aquello. Pero quien debía gozarlo era él, no Rubén…

   -Ahhh… -chilla agónico Rubén, esa mano sube y baja sobre su falo con más energía, siente como sus bolas se contraen, las siente llenas de leche hirviente… y la masturbada se detiene, bruscamente. La mano se retira. La sensación de pérdida es terrible. Abre los ojos como platos, con las mejillas muy rojas, prácticamente adolorido.

   -¡No!, sigue. –jadea.

   -No estás aquí para satisfacerte, marica. –le insulta. Cuando el chico eleva una mano, para darse alivio, sonríe cruel.- ¡No te toques!

   A la mierda, pensó Rubén, tenía, debía, necesitaba desahogarse con lo caliente que está, pero la mano que había alzado cae por cuenta propia, sin importarle en lo más mínimo todas las órdenes desesperadas, a gritos, que estaba enviándole. Su cerebro no la controlaba.

   -Tony… -casi le gime. El otro se tiende sobre su rostro, y el joven catire nota, horrorizado, que separa los labios como esperando un beso.

   -Llámame papito rico. –le ordena, mitad en serio, mitad en burla. Y disfruta viéndole debatirse entre lo que necesita y desea, desahogarse sexualmente, o someterse a la humillación de la frase.

   -Vamos, papito rico… -casi lloriquea.

   Pero si la cosa le pareció horrible de decir, reconocer que debía someterse de esa manera, lo siguiente que hace Tony compensa todo, de holgada manera. Lleva el rostro a su ingle y con los labios, sin tocarla con la mano, dejándola donde está, pegada a su vientre mojándole, besa el glande de su verga. Ese roce era eléctrico, poderoso, y el catire gimió. Los labios recorrieron el rojizo y atormentado güevo joven, el cual pulsaba bajo el roce. Cuando la mano vuelve a atraparlo, los labios se frotan sobre la lisa y mojada cabeza (líquidos que le encantan a Tony), ya Rubén está delirando. La joven boca baja, y Tony se da su tiempo para tantearla con la lengua, para dejar que se le llene con los jugos del compañero de clases, embriagándose por el delicioso sabor que manaba de esa hombría excitada por él. Los rojos labios bajan más, tragando las venitas, los vasos más grandes totalmente llenos de sangre, que pulsaban contra sus mejillas.

   Cuando esos labios llegan al pubis, tomando toda su masculinidad, Rubén, gime entregadamente, echando la nuca hacia atrás. La boca subió y bajó, lentamente, chupando, apretando, halando, y todo le daba vueltas. La boca le deja salir, pero no tiene tiempo de preocuparse, una rápida sucesión de besos y chupadas sobre su glande le indican que le atienden. Pero cuando esos labios bajan otra vez…

   Aprovechando que lo tenía montado en la olla, dejando salir el sabroso güevo de su boca, sorbiendo escandalosamente mientras lo hacía, Tony se chupó dos dedos, ensalivándolos, antes de comenzar a besar ese rico glande. Así que cuando lo tragó otra vez, sus labios extendidos devorando centímetro a centímetro del falo juvenil, con la punta de esos dedos acarició bajo las bolas del muchacho, encontrando los pliegues que llevaban al culo, uno que frotó por fuera, encontrándolo peludo y cerrado. Esa caricia prendió todas las alarmas de Rubén, pero cuando esa boca le atrapó otra vez hasta los pelos, ordeñándole con la garganta como sólo los maricas saben hacerlo (lo imagina), ya no pudo pensar. De sus labios rojos y mojados de lujuria salen gemidos que no se sabe de qué son cuando la boca succiona y un dedo se frota y frota de su culo, entrando poco a poco, tensándole, obligándole a arquear la espalda, elevando más sus caderas, metiéndosela más en la garganta, pero también dejando más expuesta su entrada posterior.

   La mente del chico es un caos, goza como nunca con esa mamada, su cuerpo es una masa roja, caliente y mojada de lujuria, pero ese dedo enterrado en su culo era atormentador. Lo siente cómo lo arquea, cómo lo frota, cómo lo rota en sus entrañas, y las sensaciones son nuevas. Deberían ser terribles porque es algo que ha penetrado su culo por primea vez, pero su cuerpo traidor lo acepta, lo recibe agradecido y decide explotar toda una gama nuevas de sensaciones que le recorren mientras ese dedo ligeramente flexionado va y viene dentro de su ano. El pequeño capullo arrugado entra y sale levemente cuando el dedo comienza un muy corto saca y mete. Y cada roce, cada pasada, ponía a Rubén mas frenético. Pero esa boca…

   Lo siente, está a punto de caramelo, pronto vaciará sus bolas, toda esa locura de calenturas pasaría y recobraría el control sobre su cuerpo. Grita.

   -¡No! ¡No! –un intenso dolor, una frustración inmensa le domina y deprime cuando la boca y el dedo abandonan su cuerpo.- No, por favor, Tony… -el otro alza una ceja.- Oh, Dios… -grita frustrado, cerrando los ojos.- Vamos, papito rico, necesito terminar. ¡Me va a estallar!

   -Bien. Te voy a malcriar, pero si correrte es lo que quieres… -se sienta y se palmea los muslos.- Ponte aquí, boca abajo.

   Las palabras, las implicaciones, la postura, todo era tan sumamente degradante, e iba contra todo lo que era, que la mente de Rubén grita de manera agónica… mientras se moviliza, cayendo de panza sobre esos muslos, odiándose cuando intenta pegar su güevo erecto del muslo del otro, quien le da un leve azotón, indicándole, cuando se miran, que no lo haga. No se puede refregar como un perro de la pata de un mueble. ¡Era tan humillante, Dios!, cerró los ojos, temiendo lo que llegaría. Seguramente nalgadas y… Gime abriendo mucho la boca, alzando su rostro torturado eróticamente, sorprendiéndose de su propio reflejo en un espejo en el closet. Se veía… calentorro.

   Los dedos de Tony caen sobre sus nalgas, separándole la raja interglútea, exponiendo su culo algo enrojecido, pelos apelmazados por el tratamiento con los dedos mojados anteriormente. Un chorro caliente y baboso de nueva saliva cae, regándose desesperantemente lento. Un dedo cae en su entrada, untándolo. Y el joven, perlado de sudor, todo rojo, se odia, porque su cuerpo extraña eso de alguna manera. Su agujero más secreto y prohibido de machito se agita y abre por cuenta propia, momento cuando cae otro salivazo, el cual quema y lo puede sentir penetrándole, untándole, recorriéndole las entrañas. No pudo ver que del chorro caído, todo entró como yéndose por el sumidero de un lavamanos.

   Rubén casi grita cuando algo liso, mayor que un dedo, aunque no mucho, pega de su entrada. Los dos jóvenes se miran cuando Tony alza la mano mostrándole el juguete. Es un vibrador no muy largo, delgado, blanco, del cual pende un pequeño cable, también blanco, hacia una cajita de controles. Era un vibrador de intensidad ajustable. ¡Y pretendía metérselo por el culo!

   -Es de mi mamá. –informa casi con disgusto, luego sonríe.- Imagino que lo disfrutarás casi tanto como ella. Está hecho para las vaginas, creo, pero tu culo puede sacarle provecho también. Y la idea es caliente, ¿verdad? Mi mamá y tú compartiendo un juguete erótico que les llena. –le informa, la verdad no muy divertido por meter a su progenitora en eso, pero necesitándolo, mientras lleva la roma punta a ese culo untado de saliva, presionando, abriéndole, penetrando haciéndole tensarse, contener un jadeo por la intromisión.

   Dios, debía escapar, se dice con ojos llorosos de desesperación. Lo siente, Tony se lo ha metido hasta la base, lo primero es un breve sonido bajo, monocorde, y esa vaina se agita, parece lanzar ecos que chocan, se repiten y estimulan de una manera extraña sus entrañas. Ante el primera oleada de sensaciones, el muchacho se agita más, sus nalgas se mesen, chocan, se frotan; estaba, y Tony lo sabe, buscando el mayor contacto con ese juguete que controla y tiene en mínima intensidad.

   El joven sonríe siniestramente; oh, sí, Rubén Santana iba a correrse, pero no tocándose el güevo, eso para él había terminado. Ahora el único placer que experimentaría, los orgasmos que alcanzarían, llegarían por estimulación anal. Tan sólo sentiría placer jugando, llenado o entregando su coño. Porque tendría un coño, como debía ser, ahora que había decidido convertirle en una nena. Su nena en la escuela.

CONTINÚA … 10

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 8

abril 27, 2015

LOS CONTROLADORES                         … 7

CHICO GUAPO BUSCA...

   La marca del de sirve.

……

   -Moncada… -grazna, entre furioso y confuso, aterrado por la manera en la que se siente, prácticamente atrapado por el otro chico.

   -¡Pasa! -le ordena, echándose a un lado.

   No quiere, desea escapar, o golpearle, pero traga y pasa, sintiendo como el pulso le late feamente en la muñeca atrapada bajo el puño del otro. Sus piernas parecen moverse con vida propia y casi pega un bote, porque mientras pasa, cruzando frente al otro, este eleva su otra mano y le da una nalgada. No dolorosa, pero sí íntima, como de amistad… o posesión.

   -No hagas eso. –le pide, queriendo estar furioso, pero le suena a ruego.

   -Okay, okay… -le gruñe Tony, divertido.- Vamos a mi cuarto. –el anuncio le hace jadear, ojos muy abiertos, angustiado.- ¿Nunca has sentido curiosidad por el cuarto de un marica? Mientras me insultabas todos estos años, ¿jamás te preguntaste qué ocultaba bajo mi colchón? Qué clase de revistas, si tenía algún que otro calzoncillo robado, o un juguetito de forma curiosa que me consolara, ¿nada? –enumera casi riendo, soltándole, colocándose a sus espaldas, un dedo bajo su nuca, empujándole. Y controlándole. Obligándole a subir las escaleras.

   -Moncada… -alarmado, muy rojo de cara, intenta contenerse. Pareciera que subiera al cadalso de donde colgaría en pocos minutos.

   -Oh, vamos, ahora somos compañeros. Pronto seremos amiguitos con derechos, puede decirme Tony, o “mi semental”. Ese me gusta. Semental. –y ríe, embriagado con todo ese poder, también por el hambre que ha despertado en él; aunque saber que le tiene atrapado en esos momentos era lo más intoxicarte de todo.- Abre la puerta.

   Santana no sabe qué esperaba, pero aquella pequeña habitación era muy parecida a la suya, la cama de regular tamaño, medio desecha, cosas arrojadas de cualquier manera sobre un escritorio de estudios; camisetas y un pantalón sobre la silla, un zapato aquí, un patín por allá, el closet con la puerta medio abierta, con una gran cantidad de cosas. Cosas que serían como las suyas, peroles que se iban comprando, intercambiando o acumulando sin ninguna razón. Seguramente, traga en seco, allí ocultaba de sus padres (ni eso sabe del otro) su pornografía. No hay fotos de chicas en bikinis adornando las paredes, pero tampoco de tíos. Cuando el dedo se retira de su nuca se siente más libre, pero todavía cohibido.

   -¿Quieres algo de tomar? ¿Un jugo? ¿Refresco? ¿Semen? –le pregunta burlón Tony, llegándose a su cama, cayendo sentado, tomando un control remoto y encendiendo la televisión de plasma, que también debió poner a funcionar un equipo de reproducción porque bajo una tonada de Taylor Swift, boca abierta, estremeciéndose de temor y repulsa, Rubén ve escenas de diferentes chicos, jóvenes como ellos dos, besándose, tocándose como en citas de novios, paseando por la calle tomados de las manos, corriendo uno detrás de otro en una bicicleta, luchando por un balón, cayendo uno de espaladas sobre la grama, riendo, el otro sobre él, mirándole y besándole. Debe apartar la mirada, la cara ardiéndole.

   -No pienso hacer eso contigo. –le aclara, respiración pesada.

   -Ni lo espero. Tienes mal aliento. Sólo quiero tu boca dándome una buena mamada. Después tomaré antibióticos. –responde Tony, sonriendo, montando una pierna sobre la cama, echándose hacia atrás, el culo sobre una almohada.- Ven, acércate…

   -Tony… -gime, frente fruncida.

   -Lo siento, Santana, pero esto va a ocurrir… -eleva las manos.- Ya está fuera de mi control. Me hiciste enojar de una manera terrible hoy; hoy me di cuenta que la cosa no era contra mi condición sexual, sino contra mí como individuo. Me delataste, hablaste de las cosas que hice pero protegiste a tu “amigo”. Se te pasó la mano, fuiste una mierda y ahora lo pagarás. Es… justicia poética.

   -¿Acaso te has vuelto loco? –le grita, dominado por la ira, más recuperado.- ¡No voy a someterme a tus mariqueras!

   -Y sin embargo estás aquí. –le apuntala, sonriéndole al decirlo, desfrutando su confusión.- ¿Qué? ¿No te diviertes hablando conmigo? Creí que te gustaba mortificarme. Como hoy cuando contaste lo que hacía…

   -¡Fue una broma! –grazna, sabiéndose acorralado.

   -¿Una broma? ¿Les contaste a todos que era un marica mamagüevo y te pareció que era divertido? ¿Crees, de verdad, que disfruté el verme expuesto por ti, de tus comentarios, de las risas de tus amigos? –le mira francamente intrigado.- ¿Lo cree de verdad? Que como tú ríes, ¿todos la pasamos bien?

   -Fue tu culpa. –le señala, furioso, decidido a no dar su brazo a torcer.- No deberías ir por ahí mamándoles los güevos a los carajos que se cruzan en tu camino en lugares públicos. –Tony alza la barbilla, eventualmente atrapado. Luego se pone de pie, acercándosele.

   -¿Fue culpa de Téllez tener la nariz larga y que vivieras llamándola bruja, mañana, tarde y noche? ¿O escuchar que alguien dijera que Nelly Quintana tuvo una vez piojo en preescolar y que la acosarás a toda hora llamándola “piojosa, piojosa”, hasta que tuvo que dejar el colegio? ¿Fue culpa de Eric Orestes que llorara de dolor y miedo cuando tu amigo, el gorila de Aponte le empujara tirándole al suelo gritándole “marica”, que se parara y peleara, sabiendo que ese chico le llega apenas a la barbilla y es flaquito, callado y tímido? Todo es culpa de los demás, ¿verdad? –va molestándose, abandonando su aire jovial hasta ese momento, estallando cuando le ve abrir los labios.- ¡Cierra la boca, maldita basura abusadora! –Santana calla, agitado, temiéndole al tenerle tan cerca.

   -Lo siento. Lo siento mucho.

   -Imagino que sí, que ahora, viéndote… defectuoso, temes ser expuesto.

   El otro joven va a gritar algo, pero Tony eleva una mano, recorriéndole un lado de la cara, erizándosela y calentándosela bajo su roce. Rubén sabe que ocurre aunque no lo entiende, esa vaina no le gusta.

  -Vamos. –le ordena Tony, los dedos presionando en su cara, empujándole hacia la cama.

   -Tony…

   -Camina, coño, y deja la lloradera o Aponte te gritará “marica, marica”; pórtate como un hombrecito. –se burla, recobrando otra vez su estabilidad, preguntándose si al tocar al otro, algo de su esencia, su rabia, se traspasó también.

   Caen sentados en la cama, uno frente al otro, uno sonriendo, el otro temblando, rojo de mejillas.

   -Déjame ir.

   -Deja de fastidiar. ¿Sabes?, lo he pensado mejor… -responde Tony, sonriendo macabro, y sin soltarle abre una gaveta y saca un pequeño pote de espray.- Abre la boca. –le ordena, el otro tiembla pero lo hace. Dispara dos cargas con sabor a menta sobre esa lengua.- Y ahora…

   -No, Tony, eso no. –gimotea Santana, ese sabor llenándole la lengua.

   Ya ha hablado demasiado, piensa el otro chico, soltándole la cara pero rodeándole el cuello con el brazo izquierdo, cubriéndole con el cuerpo, obligándole a caer de espaldas, con la nuca sobre su brazo, y mete una pierna entre las del catire, ladeado a su lado, la otra mano bajando y metiéndosele dentro de la franela, cayendo, palma abierta, sobre ese abdomen plano que se hunde, eriza y tensa bajo su contacto. Y algo tan poderoso recorre a Rubén Santana, que se medio arquea, sintiéndose extrañamente consiente de sí, totalmente estimulado. Esa palma y esos dedos lo recorren y siente ganas de estremecerse y gemir, sabiendo que nunca antes había experimentado eso. Cierra los ojos, avergonzado, cuando sus labios, que se han enrojecido y humedecido, se abren dejando escapar un ronco gemido de lujuria. Y Tony le mira, burlón, pero también caliente.

   Su boca baja, lo siente estremecerse, tensarse en shock, pero se pregunta si es por el beso o por la respuesta al beso. Porque si, Rubén Santana gime ahogadamente mientras responde con fiereza a la caricia. Las lenguas luchan sin arte, como suelen hacer los muchachos, con más entusiasmo que técnica. Como sea, las bocas se succionan, ruidosamente, de manera chupada. La mano de Tony sigue subiendo y bajando, encontrando uno de los pezones jóvenes increíblemente erecto. Metiéndole más la lengua al tiempo que con dos dedos aprieta el pezón, siente como debajo de él el chico casi se alza, arqueado, mientras se bebe su gemido de gozo. La mano baja otra vez, encontrando toda la piel de gallina, un dedo llega al ombligo y recorre sus bordes, sin entrar, sin detenerse, atormentándole, tocando, acariciando, y sabe que tiene a Rubén ardiendo.

   El catire no piensa, no puede, tan sólo responde, todo su cuerpo está muy activado a la lujuria. Quiere eso, lo quiere todo, por eso apaga su mente. Pero esta se pone a trabajar cuando aquella mano abandona su panza y esa boca la suya. Se miran ahora a los ojos. Y un enrojecido Rubén encuentra la burla allí.

   -¿Tu primer beso con un chico? Lo hiciste bastante bien. –le dice, y algo dentro de Rubén se revuelve, pero también se excita.- ¿Acaso Mateo Alcántara y tú practican después de los juegos en las duchas bajo las regaderas? –le pregunta, horrorizándole; el catire quiere negar, pero la mano del brazo que está bajo su cuello le atrapa el lóbulo de la oreja, acariciándole, mareándole.- Mateo está tan caliente. ¿Te lo imaginas? Ese cuerpo grande y sexy, desnudo, transpirado, su güevo bamboleándose, entrando bajo la ducha… ¿no se te hace agua la boca sólo de imaginarlo así? –le provoca, sabiendo que la caricia le hacía sugestionable.

   -Tony… -gime. El otro ríe, bajando el rostro, casi sobre su boca, erizándole otra vez.

   -¿Quieres algo, pequeño marica? –le reta.- Ya imagino qué…

   Rubén no sabe qué esperar cuando la mano de Tony atrapa la suya, guiándosela. La palma cae, floja, sobre la enorme silueta de un güevo duro bajo un jeans.

   -Tócame… -le ordena.

CONTINÚA … 9

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 7

abril 17, 2015

LOS CONTROLADORES                         … 6

CHICO GUAPO BUSCA...

   La marca del de sirve.

……

   -¿Qué? ¡No! –jadea alarmado, sintiéndose erizado; ese dedo en su cuello, había algo que parecía mantenerle unido a él. Traga, sintiéndose violento, lleno de rabia, pero también impotente para cortar el agarre.- Suéltame, marica… -grazna, pero es un débil intento.

   -Estás tan lleno de mierda, Santana. No eres más que un maricón reprimido. –le acusa, con rabia, pero sonriendo por el control que de repente sabe que tiene.

   -¡No! –le rebate, pero gimotea contenido cuando ese dedo en su nuca afinca un poco más su punzada.

   -Lo eres. Eres un marica que quiere nacer, salir batiendo alas y pestañas para que todos te vean, para que tus amigos te soben y manoseen en las canchas. –le dice sabiendo que le mortifica, sintiéndose embriagado por sus propias palabras, por la confusión y miedo que nota en la mirada de ese hijo de perra que tanto le ha atormentado durante años.- ¿Sabes que creo? –se le acerca un poco, comparten alientos.- Creo qué te estás preguntando, ahora mismo… -y con su dedo oprime más.- …Qué sentirías realmente si tuvieras mi güevo clavado en tu culo cachondo.

   Rubén Santana quiere replicar, responder violentamente, su mente le dicta los inultos que debe proferir, pero que no puede en medio de la confusión que le produce esa parálisis, el estar escuchándole sin partirle la cara, odiando el cómo su cuerpo se estremece, de miedo, de…

   -Déjame ir… -quiere gritarle, ordenarle, odiando que suena a suplica. La sonrisa de Tony indica que no lo hará, que dirá algo horrible.

   -Santana, coño, ¿te fuiste por la poceta? –grita alguien desde afuera. No era el momento.

   -Te espero esta tarde en mi casa. Pasa para que arreglemos esto, si eres hombre. O se repetirá una y otra vez aquí en la escuela y alguien se dará cuenta. –sentencia, soltándole, alejándose a uno de los privados. Tembloroso, una vez libre del agarre, Santana jadea, mirándole encerrarse.

   -¡No, no iré! –ruge, pero ronco, respiración pesada. No recibe respuesta y sale casi huyendo, chocando con uno de sus amigos en la entrada.

   -¿Por qué coño tardaba tanto? ¿Tenías una cita? ¡Oye! –reclama el otro cuando es apartado bruscamente.

   -¡Déjame en paz! –ruge el joven antes de alejarse casi a la carera.

   Dentro del privado, sentado sobre la tapa del inodoro, Tony Moncada también tiembla, pero lo suyo es distinto, es un placer increíble, un deseo intenso. Está tan intoxicado como si hubiera probado algún estimulante. A falta de mejores palabras para explicárselo a sí mismo, sabe que está así por el poder. Porque sabe que puede hacerle algo a ese carajo al que tanto odia, que tanto le ha hecho sufrir. Que puede regresarle el daño. Mucho. Y la idea de hacerlo le excita más que el encuentro mismo.

   Si, estaba comenzando a ver el camino frente a él. Y le gustaba. Aunque también le asustaba.

……

   A diferencia de toda la mañana en la escuela, y a pesar de una que otra mirada torcida, risitas burlonas y comentarios por lo que Santana contó que le vio haciendo en los depósitos, Tony sale con rostro alegre, silbando animadamente. Decidido. El camino se le hace corto preguntándose qué hará si Santana acudía a la cita. O qué le haría si incumplía. ¿Se atrevería? ¿A una cosa o la otra? Para el otro debió ser extraño perder el control sobre su cuerpo, pero si lo que Bartok decía era cierto, tenía una gran posibilidad de humillarle y vengarse.

   Le recuerda, ambos sobre la cama, los cuerpos sudorosos, agitados, habiendo bebido uno del otro.

   -Tenemos esa facultad, chico, podemos tomar lo que queremos y necesitamos para continuar, no te diré aún en qué sentido, pero sí que podemos hacerlo. Podemos influir en los sentidos, despertar los apetitos más allá de lo controlable, someter las voluntades. –enumeró el hermoso hombre, mirada en el techo, fumando suavemente algo que olía a menta.- Y podemos producir cambios. Mi semen… y el tuyo, puede enviciar a otros, a culos y bocas que lo buscarán una y otra vez. Y a cualquiera. Podemos causar cambios físicos y sicológicos en… nuestras víctimas. Eso lo notarás también. Lo importante es que puedes tener tu rebaño, dos o tres, de quienes alimentarte.

   -¿Indefinidamente? –preguntó confuso, sintiendo él mismo parte de lo que el otro contaba. Notándolo dentro de su cuerpo.

   -También te lo diré después… -fue la enigmática respuesta.- Elige bien a tus piezas, por si acaso. –sonrió.- Imagínate, chico, la emoción de la cacería, de asediar, perseguir, acorralar y atrapar tus presas. Y darles y darles, mientras gritan, se estremecen y se agitan, convirtiéndoles los culos en coños calientes, siempre deseosos de tu miembro. Y así terminan. Siempre.

   Recordar ese punto le casó una leve desazón. ¿Habría algún otro peligro? Para quienes elija, se aclara mentalmente, porqué él mismo era muy consciente de los cambios producidos en su propia persona. Esa hambre, esas ganas de alimentarse, no estaban presente antes, como no fuera en los naturales deseo de joder de un chico cualquiera. Ahora eran una urgencia real.

   Abre la puerta de su casa, entrando medio trotando y se congela, allí estaba su madre, acicalándose frente a un espejo.

   -Mamá, ¿qué haces aquí?

   -Aquí vivo. –responde revisándose los dientes al espejo.

   -No me refería a eso, es temprano. ¿Saliste ante del trabajo? –joder, necesitaba la casa, por si Santana acudía.- ¿Te botaron? –se alarma.

   -No, sólo… salí antes. – le mira.- ¿Estás bien?

   -Si, un amigo viene a estudiar y no quiero que seas una de esas madres que…

   -¿Un amigo? ¿Tú? –se vuelve, sorprendida.

   -¡Los tengo! –se defiende.

   -En Facebock sólo somos tú y yo. Y perdí contactos por agregarte. Seguro que Norman Bate tiene más “amigos” que tú. –sonríe la mujer, él entorna los ojos.

   -Eres tan graciosa, madre, es raro que sigas sola. –su ceño se frunce.- Es eso, ¿verdad? ¡Te acicalas para una ocasión especial! –ella se corta.- ¿Vas a salir con tu jefe otra vez?, eso es un vulgar cliché. –se altera. Han sido demasiados años de ser solamente ella y él.

   -Es una tarde agradable, hijo, y quiero salir, ver una película que me interesa, en buena compañía, luego cenaré algo ligero y volveré. No hagas dramas.

   -¿Ese hombre no es casado?

   -Voy al cine y cenar. Tal vez a bailar. –entona los ojos.- Si, no lo dije antes, pero si, balar. Sólo eso. No ando buscando una relación ni un gran amor.

   -¡Mamá!

   -Es una salida con un hombre que no me está ofreciendo nada más, que no me está engañando ni aprovechándose de mí, déjame tranquila. –es terminante.- A veces se necesita hablar con otra persona, un hombre que no sea mi hijo; algo sin importancia, sin profundidad, sin falsas expectativas. Un día lo entenderás.

   -Quieres una revolcada, ¡no es tan confuso! Aunque si horrible.

   -¡Antonio José! –le reprende, luego bota aire.- Bien, me alegro que ya puedas entender las cosas de la vida. –le besa en la frente y va saliendo.- Cena sin mí. –y cierra la puerta a sus espaldas.

   No, a Tony no le gusta eso. Como a ningún hijo.

……

   Decir que pasó lo que quedaba del tiempo para la probable cita, de una manera lamentable, no era broma. Todo lleno de ansiedad, sería una descripción más acertada. Estaba casi convencido de que Rubén Santana no asistiría y que tendría que hacerle pagar en la escuela. Va a la cocina a servirse un vaso de leche, pero que al estar a solas, como ha hecho cada día de su vida, abre la boquilla del pote de cartón y bebe directamente. El timbre le sobresalta, haciéndole pensar en su madre pillándole otra vez, y se moja un poco la barbilla. Ceñudo se limpia, guarda el pote y va hacia la sala, cayendo en cuenta que el toque fue a la puerta.

   La verdad no le espera, pero al abrir se topó con un muy cabreado Rubén Santana, alto, guapetón, en chaqueta, que le empuja feo por el pecho.

   -Ahora vamos a hablar, marica de mierda, ¿qué me hiciste en el baño? –demanda saber.

   -¿Cuándo te quedaste quieto para que te tocara? –se burla.

   -¡No me quedé quieto!

   -Querías que te sobara, ¿no?

   -¡Hijo de puta! –le ruge alzando un puño, había vivido tal calvario reviviendo la escena a cada instante, el cómo se dejó tocar y le escuchó decirle todas esas cosas, que necesita machacarle la cara.

   Habiendo pasado buena parte de su vida como objetivo de guerra en la escuela, Tony desvió el rostro, esquivándole, y le atrapó ese puño con las dos manos, sus dedos oprimiendo sobre él. Rubén jadeó con la boca abierta, su cuerpo erizándose y con los ojos súbitamente dilatados.

   -Vamos, entra. –Tony, sintiéndose embriagado de poder al tenerle así (algo corría literalmente por sus venas), al notar que le controlaba otra vez, se le acerca de nuevo, acortando las distancias.- Bienvenido al resto de tu vida, Santana. –sus ojos se encuentran.- Coño, voy a amar el poder llenar tu culo con mi güevo, escuchándote gemir y pedirme más y más. –sonríe todo cabrón.- Anda, pasa…

CONTINÚA … 8

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 6

abril 7, 2015

LOS CONTROLADORES                         … 5

EXTRAÑO ENCANTO

   Papi viene.

……

   Pensar en el chico en Caracas, y en lo que va a hacerle a este, le tienen caliente al límite. Sonríe cruel, nada de eso era necesario, tan sólo necesitaba preparar al muchacho para tomar de él lo que deseaba, todo lo otro era por pura irresponsabilidad. Por maldad. El emputecerle. Así, igual de irresponsable y cruel, terminaría actuando el muchacho ese, Tony.

   -¿Quieres más güevos, muchacho? –se echa hacia adelante, encontrando las miradas de los otros dos.- ¿Llamamos al capitán y al copiloto?

   Y el joven asistente de vuelo casi se corre ante la idea, todo su cuerpo esbelto estremeciéndose por poderosas oleadas de lujuria, una imagen fugaz llenándole completamente la mente, una fila de hombres formándose al lado de ese asiento, todos esperando su turno para metérsela. Su culo responde ávidamente a la idea, succionando con fuerza sobre los dos güevos de machos que lo estaban llenando a un tiempo.

   Bartok ríe bajito, imaginando lo que piensa. Su güevo rojizo va y viene, con fuerza, metiéndosele, rozándole, refregándose de la dura y palpitante verga del otro; con eso consigue que el muchacho grite bajito, de puro gusto, su boca cubierta otra vez por la mano del ingeniero de vuelo, mientras este comienza también su saca y mete del vicioso culo ahora. Cada uno compite por metérselo más lejos, los dos entrando y saliendo a un tiempo. Los dos güevos van y vienen dentro del muy abierto agujero de manera entusiasta, y todos lo sentían de manera increíble.

   El hombre de barbita casi color bronce abre muchos sus ojos, un feroz brillo depredador en ellos, terribles, mientras su güevo estalla en leche dentro del culo del muchacho, quien gime más, casi mordiendo la mano del ingeniero, que siente que los tapones se le vuelan cuando ese semen caliente le baña al mismo tiempo. Su verga también dispara, una y otra vez, su ojete escupiendo esperma, una que se mezcla con la del otro hombre. Escupen y escupen, el semen se acumula, el asistente de vuelo siente que algo le llena, un calor grato parece bañar todo su cuerpo, que transpira por cada poro, siente que sus tetillas arden al límite, que su lengua quema, que su güevo está listo para correrse, pero, que su culo, necesita todavía más. Casi gime, con pena, cuando los dos güevos salen de su redondo agujero muy abierto. Ni una gota de esperma saliendo de allí.

   Está mareado, no puede ni con su alma, pero las manos del pasajero, atrapándole las caderas, le obligan a levantarse, y nuevamente gime, ahogado por la mano que todavía le retiene, cuando la boca del catire cae sobre su verga, cubriéndola, los labios cayéndole sobre el pubis, la lengua quemándosela mientras succiona de manera febril, sin moverse. Bartok chupa y mama sin hacer nada más, sonriendo al verle estremecerse de lujuria total, escuchándole los ahogados gemidos, sabiendo que nunca podría olvidar eso, que una parte de él siempre querría revivir este momento e iría pasando de hombre en hombres para recrear la experiencia. Una nueva succión de su boca y el joven se corre; retirando un poco los labios, Bartok la saborea sobre la lengua, estimulante y deliciosa, y se traga toda esa leche ligeramente aliñada.

……

   Menos de media hora después, el avión aterriza en Maiquetía, la gente lleva minutos despierta, acomodando sus cosas. Bartok se ve impecable, acaso tal vez más apuesto. El joven asistente de vuelo va de aquí para allá, rojo de cara, evitando mirarle. El otro sonríe, sabiendo que esa vergüenza pronto pasaría, que acabaría como terminó su vida de heterosexual y que ahora sería el terror de los botiquines donde llegaran los marineros al desembarcar.

   Toma su maletín y ocupa su lugar para desembarcar, mirando sus pocos vecinos de primera clase. Los estudia. Y la encuentra, la mujer delgada, morena, cabello lacio, piel canela oscura. Joven y elegante. Sabe que era ella quien notó lo que ocurría. Sus ojos se encuentran y repara en algo que lleva tiempo sin notar, que no le impresiona. Le es totalmente indiferente a la mujer.

   Frente a la barra donde se reclama el equipaje, la mira. La ve ceñuda, marcando un número telefónico. Y se enfoca en ella, a pesar de la distancia se concentra. Sonríe al notar que se tensa y lleva una mano a su cuello, volviéndose. La mujer le mira, así que le sonríe con todo su encanto. Ella no responde, pero también le observa con atención, ojos muertos, y se ahoga. Tragando en seco, Bartok intenta tomar aire, pero le cuesta, es como si sus pulmones no pudieran expandirse, consiguiendo casi en seguida un pitido agudo en sus oídos. La mira otra vez, ella asiente y se aleja. La horrible sensación desaparece.

   Vaya, era una de ellos.

……

   Tony Moncada sólo quiere que ese día de mierda escolar termine, poder correr a su casa tal vez llorando un poco y ocultarse del mundo entero. Sentado en los solitarios escalones que llevan a la azotea del instituto educativo, cavila entre la rabia y el dolor. ¡Maldito Rubén Santana! ¡Maldito Mateo Alcántara!

   ¡Maldito Liam Bartok!

   Fue él quien despertó esa hambre en su vida. Le recuerda de la primera vez que le vio, en el Metro: iba perdido en sus asuntos, los audífonos en los oídos y la mirada baja para escapar de un mundo hostil, sintiéndose de pronto no sólo mirado, sino “tocado” por algo cálido e inquietante. Elevando la mirada le encontró, recostado en la puerta contraria de ese vagón, casi todos los ojos fijos en él por alguna razón más allá del increíble atractivo del sujeto, que era innegable y que despertó en el acto todas sus terminaciones nerviosas, casi haciéndole jadear a la distancia, despertando su lívido bajo el flojo jeans que llevaba. La sonrisa torva del catire de ojos extraños fue…

   -¿Te volviste loco? –le saca bruscamente de sus cavilaciones, la llegada de un molesto Roger Díaz, un chico regordete, de cabello leonino y gruesos anteojo, que podría decirse que fungía de amigo.- ¿Estabas mamándole el güevo a un tipo en los depósitos? ¿Aquí? ¿No podías esperar para hacerlo, no sé, en el Metro o frente a una jefatura de policías o una iglesia?

   -¿Te enteraste? –pregunta de manera bastante tonta, debe reconocer.

   -¿No lo niegas primero? ¡Joder! –Roger le mira totalmente desconcertado, le agradaba ese chico que tenía buenos y viejos suplementos de unas series llamadas Kalimán y Tamakún.- Todo el mundo lo sabe. Santana abrió su boca y además de la mierda que generalmente suelta, también lo contó todo. –algo desconcierta a Tony.

   -¿Dijo Santana… a quién se la mamaba?

   -No… -frunce el ceño; como amante de las vaginas, aunque las ha visto tres veces en su vida, y una fue a su mamá cuando la ayudaba después de una cirugía, no entiende los gustos del muchacho. ¿Mamar un güevo, una vaina por donde los hombres meaban? No, no puede.

   La información desconcierta al joven al principio, luego le enfurece. Santana, por razones de afinidad, había mantenido oculta la identidad de su pareja ocasional, Darío Serra, el tipo que trabajaba en mantenimiento y con quien le ha visto fumar varias veces y que por lo tanto era algo así como amigo. Le protegió. Evidentemente no le parecía mal que dos tipos hicieran sus “cochinadas”, como una vez le escuchó decir al describir el sexo gay, el problema era con él, el imbécil de Tony Moncada a quien ahora podría torturar hasta la muerte como sólo saben hacer los jóvenes en las escuelas. ¿Acaso supone que sedujo al otro de alguna manera, que le ofreció sexo sucio y rápido y que Serra, como todo un “macho”, tuvo que responder? Bien, algo de cierto había, pero la mierda esa no lo sabía, sólo actuaba en su contra por pura mala fe. ¡Maldito hijo de puta de doble moral! Se la dedicaba solo a él, por gay, era una prosecución de odio.

   -Deberíamos… -comienza a decir Roger pero unas risas femenina a sus espaldas le interrumpen.

   -Cuidado con lo que van a hacer en las escaleras. –acota muerta de la risa una bonita muchacha de cabellos castaños, gesto pícaro, increíble cuerpo a pesar de ser delgada y alta, Vanesa Tineo. Va acompañada de otros dos que sueltan risas semejantes, y siguen su camino.

   Tony se siente mal.

   -Mierda, no es que sea cobarde, pero aquí me piro. –dice Roger, levantando las manos; le agradaba Tony, pero no tanto como para rayarse.

   -Chao. –le gruñe este, distante, concentrado en sí, hirviendo de rabia por dentro, ¿qué derecho tenía nadie a meterse en su vida, criticar su manera de sentir o lo que hacía porque le nacía? Bien, tal vez dar una mamada en un descampado no había sido la mejor idea del mundo, pero…

   Las risas que lanza Rubén Santana, acompañado por Vanesa, son como dardos que se clavan en su alma. El maldito hijo de puta encarnaba todo lo que odiaba de esa escuela, de esos jóvenes. De su vida. Le ve alejarse del grupo… rumbo al sanitario al final de ese pasillo.

   No lo piensa, no hace un cálculo, tan solamente se pone de pie, rostro pétreo, duro, cruzando al lado del grupito que habla, comenta y chismorrea. Que le ignora. Con una mano empuja la puerta del baño, que no tiene cerraduras, y le encuentra, de espaldas, frente a uno de los orinales individuales (para evitarse problemas, las escuelas jamás utilizaban esos largos urinales comunales), meando. La puerta se cierra y el catire se medio vuelve, encontrándole.

   -Moncada… ¿vienes para ver güevos?

   Y es todo lo que Antonio José Moncada puede soportar. Todo lo ve rojo, siente una rabia muy localizada nacer en su abdomen, que sube cálidamente, embargándole de una casi grata sensación. Algo le advierte que tal vez no sea buena idea, un instinto primitivo le aconseja retroceder, no hacerlo. Pero no puede. Es tan sólo un muchacho ofendido, escarnecido, burlado, que sabe que puede tomar ventaja si se atreve. Si quiere. No lo piensa más, con grandes zancadas cubre el espacio que le separa de Rubén, quien sonríe mirando al frente mientras canturrea algo como: “Tony, el marica, Tony, el marica quiere ver güevos”, al tiempo que se lo sacude, creyendo que así, como lo creen todos los hombres, logrará impedir que las últimas gotas de orina caigan en el calzoncillo. Se lo guarda cuando lo siente. A sus espaldas. No le da tiempo de volverse…

   Tony levanta una mano, cierra el puño, su índice queda extendido y medio apuñala la enrojecida nuca de Rubén, allí donde muere su cabello, cálido al tacto. Lo toca. Y Rubén jadea con la boca muy abierta, parpadeando de manera confusa, volviéndose sobre un hombro para observarle. Las miradas atrapadas.

   -¿Por qué no me lo enseñas, Santana? Tu güevo… -le ordena con respiración pesada.- Anda, sácalo…

CONTINÚA … 7

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 5

marzo 23, 2015

LOS CONTROLADORES                         … 4

EXTRAÑO ENCANTO

   Papi viene.

……

   ¡Esa mierda tiene que acabarse! ¡Ahora! De llegar a saberse el escándalo podría hundirles como compañía, perder su empleo y posición, justo en estos tiempos tan difíciles. Debía… Pierde la idea de todo lo que piensa cuando el tío se asoma por un costado del muchacho, sonriéndole al mirarle la pelvis. Y el ingeniero de vuelo nota, sorprendido él mismo, que la tiene dura bajo el pantalón azul de tela suave. Le late sabroso. Y esos ojos… Brillan burlones, llamativos. Crueles.

   Bartok sonríe más, le sintió llegar… Era una de las dos personas que sentía cerca. La otra se mantenía alejada. No excitada, inalcanzable. Peligrosa. Pero nada de eso le importa en esos momentos, hambriento como está.

   -Acércate. –llama al ingeniero de vuelo, y el chico sobre sus piernas, espalda erguida, hombros tensos, se detiene, volviéndose, rostro levemente transpirado y algo brillante, mirada oscura, sus ojos son pozos de lujurias, de ansiedades y necesidades, totalmente sentado sobre la gruesa verga entre sus nalgas.

   -No creo que esto sea una buena idea… -grazna el ingeniero de vuelo, acercándose, sin embargo.

   Y casi estalla cuando la mano de ese sujeto cae sobre la silueta de su güevo tieso, apretándolo sobre el pantalón, sobándolo, haciendo que lata y se estremezca. ¿Qué le pasa? Esas cosas no eran lo suyo. No tiene nada contra los homosexuales, pero… cuesta pensar con esa mano sobando, palpando, abriéndole el cierre, metiéndose, tocándole más para sacárselo, mientras el asistente de vuelo, con mechones de suave cabello fuera del gorrito, le mira totalmente ido. Volviendo los ojos al pasajero, encuentra que este le sonríe al sacarle el güevo. Pero hace algo más, nota que bajo el pantalón tensa los muslos y eso le provoca un espasmo y un gemido al asistente de vuelo. ¿Acaso movió el güevo en las entrañas de este sin mayores movimientos?

   -Chúpasela, pequeño puto. –le ordena al asistente de vuelo. Sellando el destino del muchacho.

   El joven ya no piensa, esa verga bien clavada en su culo despide oleada tras oleadas de temblores y calores, le llena de jugos que arden, todo su cuerpo es una sola masa de excitación, y con un ahogado gemido cierra la boca sobre la cabezota del güevo del ingeniero de vuelo, que ante el contacto contiene la respiración. La sorbida que le da les deja paralizados de gusto a ambos. El chico cubre más y más de ese güevo y comienza a succionar, como un bebito hambriento; traga mientras mórbido reinicia sus idas y venidas sobre el tolete que le abre el culo y le llena las entrañas, rozándole las paredes ricas en terminaciones nerviosas, dándole cada vez sobre la próstata, enloqueciéndole.

   Los dos hombres se miran sonriendo, disfrutando la cercanía del chico semi desnudo, con camisa y chaleco, zapatos y gorrito sobre su cabeza, que va y viene sobre los dos güevos que le someten al intenso goce del momento. Pero lo que impresiona al ingeniero de vuelo es la mirada más clara, casi amarillenta y brillante de esos ojos cuando el pasajero se muerde el labio inferior, y sabe que al retener al chico por las caderas, clavado sobre su güevo, se está corriendo.

   Bartok llena una y otra vez esas entrañas jóvenes y vírgenes con su esperma, una que es abundante, ardiente, viscosa y muy móvil. Un semen que, cuando el muchacho vuelve a subir y bajar su culo goloso necesitado de más, no escapa del agujero. Era como si lo hubiera absorbido.

……

   Tony Moncada, totalmente renovado después de desahogo sexual, sabiendo que no era exactamente por la eyaculada sino lo otro, regresa al salón de clases. Más calmado, sabiéndose capaz de soportar todas esas horas de materias. Nada le molesta, se siente bien… sensaciones que no duran mucho.

   Nada más entrar un nudo le cierra la garganta, allí, en medio de un grupito de los populares, y otros no tantos, Rubén Santana cuenta algo y estallan en carcajadas, momento cuando le nota, ojos brillantes de maldad, cachetes rojos.

   -Miren, ya cómo que terminó. –todas los ojos se vuelven, y Tony cree que el piso se abre bajo sus pies.- Límpiate la cara, creo que tienes leche en un cachete. ¿Te lavaste las manos e hiciste gárgaras? ¡Chamo, tira con tus maridos en otro lado! –estalla y ríen otra vez tras cada frase.

   Las risas, las miradas, las meneadas de cabeza enferman al muchacho, que traga en seco, llevándose insensatamente una mano a la cara, verificando el hecho, logrando más carcajadas y señalamientos de dedos. Se vuelve y sale… humilladlo.

   Y furioso. Siente una rabia sorda que le sube desde el estómago, una rabia que le ciega. Desea… lastimar a Santana, el hijo de puta de siempre. No lo sabe en esos momentos, porque no puede pensar claramente en nada, pero estaba a punto de tomar un camino oscuro. Uno para el que estaba capacitado.

……

   Algo insólito está ocurriendo en un vuelo comercial que se acerca a costas americanas, sexo en el aire, algo que es de lo más frecuente, pero no en plena cabina de primera clase. Y no de aquella manera.

   En medio de las penumbras y resplandores súbitos que lanza un aparato de televisión, es posible distinguir a un hombre atractivo, comenzando la treintena, cabellos claros y ojos de una tonalidad que hace sospechar de un nativo de otras latitudes contrarias a la venezolana, el cual tiene montado sobre sus muslos a un joven desnudo de la cintura para abajo, piernas así colgando, las puntas de los zapatos sobre el piso, vistiendo el chaleco y la camisa de un asistente de vuelos, un gorrito azul sobre su cabeza, ladeado, con mechones del algo largo cabello escapando por todas partes, especialmente sobre sus ojos, unos oscurecidos por una lujuria intensa que no entiende, mientras apenas mueve su redondo culo de adelante atrás al tiempo que dos gruesos güevos están penetrándole. Porque si, tras el chico, de pie, casi metido también entre las piernas del tío de ojos claros, un alto y fornido hombre totalmente vestido, con una camisa blanca y su pantalón azul oscuro, quepis sobre su cabeza, medio agachado, mete y saca su gruesa mole de las entrañas de aquel asistente de vuelo al que conocía pero al nunca había saludado. Metérsela, verle estremecerse, sentirle agitarse, escucharle gemir ahogado, totalmente caliente con los dos güevos llenándole, era una increíble locura. Se siente literalmente borracho de calenturas. No lo entiende, pero no puede detenerse, así que su tranca va y viene contra ese culito tan apretado, gozando las apretadas que le daba… deslizándola sobre la verga del otro, sensación extraña y suciamente excitante.

   El joven asistente de vuelo no piensa, tan sólo siente, lleno de calenturas y ganas; en un segundo de lucidez inicial temió que aquello le lastimará, pero en cuando el sujeto de ojos claros se la metió otra vez, no pudo pensar en nada más,  y ahora estaba allí, gozando entre esos dos machos, totalmente transpirado, jadeante, su cuerpo tenso como cuerda de violín, las manos recorriéndole provocándole más lujuria. El ingeniero de vuelo ha metido las enormes manos bajo los faldones de su camisa, subiendo, acariciándole de una manera rudamente masculina que no conocía pero que le encanta, atrapándole las tetillas al tiempo que los dos toletes se agitan contra las paredes de su recto, golpeándole la próstata; todo eso le tienen delirando de puro gusto. Chilla tanto que el hombre a sus espaldas le suelta un pezón, uno que pellizcaba mientras lo enculaba, cubriéndole la boca con ella, para contener sus gemidos de puro placer. Y casi se la muerde, sintiendo sobre los labios el frio metal del aro matrimonial del ingeniero de vuelo.

   Los dos güevos van y vienen, con dificultada, abriéndole, llenándole, rozándose una con la otra, las venas que recorrían sus caras posteriores intensificaban su calor por la sangre llena de adrenalina por algo que era tan prohibido en su goce (frotarse de la verga de otro tipo), como estimulante. El redondo culo se deforma con las trancas, y cada metida y sacada hacían delirar más y más al muchacho, uno que con el cabello sobre los ojos, deja escapar unas lágrimas de un total goce indescriptible; se deja llevar por todo lo que siente, estar así, asaltado, sometido, controlado por esos dos hombres que lo cogían, tocaban, pellizcaban, que le susurraban entre roncos gruñidos que era una puta caliente, todo era intoxicante. Cuando un también extrañamente excitado ingeniero de vuelo se tiende sobre él, metiéndosela toda, y le lame una de las orejas, intentando apuñalarle el conducto auditivo con la lengua, se entrega totalmente. Su culo va y viene sin reparos, ansioso, los hala, los aprieta, los chupa. Se transforma aunque él mismo no entiende lo que le pasa.

   Bartok.

   Liam Bartok no es un hombre ordinario. Él, y muchos, lo sabían; aunque el resto de la humanidad no. Y aún la generalidad de esos “muchos” que si sabían que tenía algo… diferente, no podían ni imaginar la profundidad de tal hecho: Bartok podía influir sobre otras personas, especialmente los hombres. Podía, tocando, y ahora sin tener que hacerlo, despertar baños hormonales en otras personas, a tal grado que estos eran incapaces de controlarse dominados como quedaban por la lívido. Pero lo más importante, y que únicamente lo sabía un muy pequeño puñado de personas (aunque le parece que son demasiados), era lo otro… Su semen tiene la propiedad de afectar a otros hombres una vez que lo prueban. Causaba cambios en ellos. Como el que induce en el joven que sube y saltan sobre su güevo, acompañado del otro, con una sonrisa de gozo entre dientes, los dos toletes metiéndosele y saliéndose, una mano pellizcándole las tetillas, la otra atrapándole el cuello, ojos cerrados, lágrimas corriendo por sus mejillas, la viva imagen del putito en la gloria.

   Por eso se corrió poco antes en lugar de contenerse, para estimularle, para dejarles las entrañas hambrientas por más, para que cuando ese otro sujeto también lo penetrara, en la memoria de su cuerpo quedara grabada la increíble sensación de goce que estaba experimentando, dejándole casi desmayado. Su culo, sus entrañas, aprenden rápidamente a amar un buen güevo metido, llenándole. Y el de ese sujeto maduro, atractivo, sería uno de la que más le gustaría. Mientras sube y baja como puede su tolete dentro del ocupado agujero, Bartok imagina lo cortados que estarán esos dos después de que todo termine. Lo que se evitarán, lo mucho que se preguntarán qué carajo hicieron, prometiéndose alejarse, pero siempre habrá un güevo anhelando meterse en cierto culo apretadito, aunque ya no esté ocupado por esa otra leche (que también le afectó); y un joven que sentirá, somáticamente, que sus entrañas arden de ganas por un güevo que le consuele, especialmente por ese güevo, si no estaba el de su iniciador. Sonríe sabiendo lo que ocurrirá, se resistirían por un tiempo, pero terminarán haciéndolo, y cada vez que lo hagan, necesitarán más y más. Ese hombre prácticamente deseará vivir metiéndosela por el culo y ese chico deseando que todas se le metan hasta lo más profundo.

   Le ha transformado, un poco. Hay cambios que pueden ser mayores. Y peores. Como ahora puede hacer ese nuevo discípulo que ha encontrado, Tony Moncada.

CONTINÚA … 6

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 4

marzo 16, 2015

LOS CONTROLADORES                         … 3

EXTRAÑO ENCANTO

   Papi viene.

……

   -Si, un tequila, por favor. Necesito algo fuerte. –le sonríe con algo de pompa.

   El joven, delgado, alto, cabello cobrizo y bien parecido (aparentemente era uno de los requisitos tácitos de la aerolínea), parte por la bebida, quejándose internamente de lo bien que vivían algunos, como ese tipo con su hermosa camisa. Debía estar bien resuelto para ir en primera clase y encima se veía guapo. No que le interesara en mayor medida. Toma el salero y algunos limones picados por si el hombre era exigente. Con todo en una bandeja regresa por el pasillo entre asientos un tanto vacíos en las penumbras, y casi la deja caer con la sorpresa.

   -¿Qué coño hace? –grazna alarmado, escandalizado, pero como buen asistente de vuelo, conteniéndose para no armar un escándalo.

   -Me lo sobo. –admite el otro con toda tranquilidad, voz queda pero no bajita, es un macho alfa, no está para disimular. Con una mano cerrada en puño, el sujeto se frota el tolete bajo las ropas.

   -¡No puede hacer eso aquí! –le indica vehemente, mirándole totalmente sorprendido.

   -¿No te han dado ganas a veces de hacer algo sucio, caliente y peligroso? –le pregunta mirándole a los ojos, y el chico no había notado que fueran tan claros y bonitos.- ¿No te has imaginado estar sentado en una cena con amigos o familiares y que una mano se meta entre tus piernas, bajo el mantel y te lo sobe duro? –tragando en seco y con ojos muy abiertos, el chico niega, aunque no puede hacer nada más, no con ese sujeto abriéndose la correa, el botón y bajando su bragueta, metiendo la mano.- ¿No? ¿No te has preguntado nunca que se sentiría si alguien te lo mamara en el privado de un baño público? ¿No has jugado básquet con tus amigos y sentido que uno te mete mano, con disimilo, pero sobándotelo, apretándotelo? –el chico no puede responder, de ese pantalón abierto emerge un güevo blanco rojizo totalmente erecto, surcado de venas.- Mi trago. –pide más como una orden, y algo tembloroso el otro le tiende la bandeja. Toma el vaso con la mano libre y bebe el fuerte licor, sonriendo, teniéndole allí, cerca.- Agárralo. –ordena cerrando los ojos con una sonrisa, apoyando la cabeza en el respaldo y sigue bebiendo.

   Ni siquiera le mira, o duda que vaya a ser obedecido, tan sólo bebe su tequila mientras el otro alarga una mano y le rodea la pulsante masa de carne que pega un bote como hacen todas cuando otra persona las atrapa. El miembro le quema la mano al muchacho, quien parece ausente, totalmente ido del lugar donde está, tan sólo consiente de lo increíblemente estimulante que era tener el güevo de otro carajo quemándole, mojándole y latiéndole en la mano. Él nunca ha hecho eso pero…

   Casi jadea cuando el sujeto, sin abrir los ojos, alza una mano y le atrapa el entrepiernas, palpando, sobándole el güevo, el cual se dispara en seguida, caliente como está, sintiendo su sangre llena de adrenalina. Ahora se miran, tocándose uno al otro; el hombre bebe otra vez mientras le baja el cierre, mete la mano y le atrapa sobre el bóxer. Y tener a ese sujeto en el pasillo del avión, con otros pasajeros presentes aunque dormidos, metiendo la mano dentro de la bragueta y sobándole, pone muy mal al hombre joven. Esa mano manipula y se lo saca, rojizo cobrizo, lleno de sangre, y la mano grande, recia y fuerte que corre sobre ella casi le hace correrse, claro que no es lo que el tipo quiere.

   Bartok se termina el trago, deja la copa sobre el vacío asiento de al lado y llevando su atractivo rostro hacia adelante besa suave y lentamente el glande. El chico gime, eso era tan sucio y prohibido que se estremece. Esa lengua le recorre la lisa cabezota, y fascinado, casi enfocando únicamente ese punto, ve la rojiza lengua bajo su ojete, recogiendo la gota clara que escapa. Le ve atraparla, llenarse la lengua con ella, meterla en su boca y saborearla. Casi le tiemblan las piernas cuando ese rostro se ladea otra vez, y esos ojos increíblemente hermosos le enfocan mientras le recorre el güevo de arriba abajo, casi dentro de la bragueta. El pase lento y deliberado de esa lengua sobre su tranca, lamiendo cada vena y rugosidad, le provoca poderosos escalofríos. No pensó que pudiera ser mejor, pero cuando la boca cubre su glande, chupando, bajando, tragándose su tranca palmo a palmo, la mente se le desconectó, como suele ocurrirle a todo hombre que le dan una sorpresiva e inesperada mamada.

   La presión de esos labios que se extienden, la vista de ese tenue bigote y barbita que los rodean, el lunar a un lado, todo era erótico mientras va desapareciendo su pulsante masculinidad entre ellos. Los labios casi entran en la bragueta, se detienen y las mejillas se cierran sobre ella, la lengua se agita de adelante atrás, contra la cara posterior de su miento, al tiempo que comienza a succionar. Ruidoso, salivoso. El joven sabe que no aguantará mucho. Esa boca es una trampa sensual, maravillosa… e implacable.

   Ojos cerrados, muy consciente de todo, a diferencia de lo que a veces le pasaba a Tony Moncada, Bartok sube y baja la boca sobre el palpitante falo del muchacho, que pulsa y moja de manera intensa, algo que siempre la ha gustado. Siempre se pone sentimental en ese punto, recordando los primeros güevos que mamó en su vida, casi todos amigos de su papá, tíos sorprendidos que se asustaron, a los que asedió. Ahora lo cubre y su garganta lo ordeña, su manzana de Adam sube y baja, y el asistente de vuelo cree que se muere. Maldita sea, el chico era muy novato en estas lides, ya estaba a punto de caramelo…  La idea del semen joven y caliente, viscoso y delicioso sobre su lengua le hace agua la boca, una que bebe con los jugos del chico, pero no puede, no todavía. Tiene que prepararle antes. Así que abandona la joven pieza, que brilla de saliva y jugos, algo de líquidos derramándose desde la punta. Sus ojos se encuentran otra vez, mientras el hombre seca su rostro de la manga del traje.

   -Bésalo. La cabecita. Hay un juguito rico ahí para ti. –le ordena, y al chico le cuesta despegar la mirada de su güevo mojado, para enfocar el que todavía sostiene con la mano.

   -No lo sé, señor, no soy marica, yo… -calla cuando el otro ríe, moviendo su mano a la vez, pegando la punta del índice del ojete del glande, empapándolo, llevándolo luego a su boca. Por un momento pensó en escapar, pero cuando ese dedo choca de sus labios, vence la resistencia y entra, ¡el dedo de otro carao!, y le toca la lengua, todo pierde sentido para él. Su lengua sé llena de saliva y de un sabor que le estimula cada terminación nerviosa. Lo chupa, cierra los labios sobre el dedo, uno que ahora va y viene levemente.

   Sonriendo, el hombre tiene que agarrar la bandeja o el chico la deja caer. Depositándola sobre el asiento de al lado, vacio a excepción del vaso corto, se dispone a gozar. El muchacho ha caído sobre sus rodillas, sin fuerza, y lleva el rostro hacia abajo, cerca de ese increíble güevo blanco rojizo que late exhalando calor y jugos. Con la boca seca, tragando, sabe que la desea. Que se muere por cubrir esa cabecita roja y chuparla. Baja más y los labios chocan del glande, sus labios se untan con esos líquidos, los recoge con su lengua y esta estalla en llama. No oye, no ve, no es consciente de nada como no sea rodear el manjar ofrecido y chupar directamente, buscando más de ese raro licor. Gime de manera algo escandalosa cuando ese jugo le estimula la lengua.

   Maquinalmente sube y baja un poco, y sorbe, esos jugos caen otra vez sobre su lengua y todo le da vueltas, su corazón late con fuerza, todo él se eriza. Esos jugos le excitan, con labios y mejillas rodea el grueso falo masculino mientras baja, chupándolo. Y al hacerlo gime ahogado, ojos cerrados, perdida toda cordura. ¡Quiere mamarle el güevo! Quiere chuparlo, cubrirlo, subir y bajar sobre él con gula, queriendo esos jugos, ese calor, esas pulsadas, quiere oírle gemir quedo cuando lo traga más y más, desea verle tensarse, excitado por la buena mamada de güevo que estaba dándole. Le pone a mil pensarlo, saberlo, sentirlo, estar consciente de ello, de que su boca va y viene sobre el güevo de otro tipo por primera vez en su vida… y que le encanta.

   Chupa como un poseso, lo atrapa más y más con su garganta, sus labios casi entran en la bragueta. Dándole en la frente, el tipo le aleja por un momento, y con voz gruesa, dominante, erótica, le indica que lama el tronco, que lo recorra con la lengua, que lo haga arder con la punta sobre las venas, que lengüetee y azote el ojete, que lo bese con cariño. Y cada palabra le encloquece más y más.

   Por un segundo, Bartok juega con la idea de correrse en su boca, el semen le prepararía, pero…

   -Bájate el pantalón. –le ordena separándole de su güevo otra vez, mirándole a los ojos de manera intensa.

   Y el joven obedece, labios y barbilla mojados de saliva, su pecho subiendo y bajando con pesadez, sus manos trémulas abriendo la correa y el pantalón, que cae. Arde, todo le arde, le urge. Su culo sufre un espasmo y… Mira esa verga gorda y larga, rojiza, y tiembla aún más.

   Bartok sonríe… aunque sabe que dos personas notarán lo que hace. Les puede sentir muy bien.

……

   -Voy a estirar las piernas. –dice dentro de la cabina, el ingeniero de vuelo, un cuarentón agradable y apuesto, bien conservado por su empleo, porque sabe que le queda bien el informe y que las asistente de vuelo son bastante ligeras de cascos en ciudades alejada de sus casas. Toma su quepis y sale, atrancando bien la puerta. Una universal medida antiterrorista. Cruza el pequeño departamento de los asistentes de primera clase, solitario, hay más trabajo atrás. Aparta la cortina y penetra en área de pasajeros importantes.

   -¿Qué…? –brama totalmente sorprendido.

   ¡Mierda!, es lo único que puede pensar mirando la escena. Allí estaba uno de los asistentes de vuelo, no recuerda su nombre, sólo que era ese que no le quitaba los ojos de encima a las tetas a Berta, una catira de pequeñas blusas y escotes generosos, y que ahora estaba allí, montado sobre las piernas de un pasajero, de frente a este, al que no ve, subiendo y bajando su culo abierto sobre una gruesa tranca blanca rojiza, llena de muchas venas hinchadas de sangre, que al entrar y salir,  deslizándose en sus entrañas, parecían hacerle alucinar. Porque se notaba que el muchacho (¿cómo carajo se llamaba?), estaba delirando de gusto mientras subía y bajaba sobre ese güevo que atrapaba casi hasta la empuñadura.

   Lo sabe porque ha tenido su buena cuota de putas a las que ha hecho delirar así, lo nota cuando el joven va y viene, que la cabeza se le agita de adelante atrás, con unos mechones de cabellos fuera de ese feo gorrito que usan, que la espalda, bajo la camisa y el chalequito, se agita, se tensa y arquea, que sus nalgas levemente velludas, redondas y firmes, se abren y cierran… ¿para masajear mejor ese güevo?; no, sabe que es para sentirlo rozarle más por dentro. El chico está totalmente desnudo de la cintura para abajo, en zapatos, sobre el asiento, las manos del macho que lo penetra (o que presta su güevo, ya que es él quien se encula), le retienen por las caderas, dedos largos casi cubiertos por la camisa.

   ¡Esa mierda tiene que acabarse! ¡Ahora!

CONTINÚA … 5

Julio César.


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