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LOS CONTROLADORES… 35

noviembre 3, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 34

muscle-hot

   Los cambios comienzan.

……

   -Déjate… de vainas… -intenta Benito una sonrisa, todo nervioso, pero sin poder apartar la vista de ese tolete duro y rojizo, el cual ha visto antes, pero no como ahora. No deseando… tocarlo, para ver si era cierto que era real. ¿Cómo le creció tanto en tan poco tiempo?

   -Vamos, no seas tímido, primito. –invita el otro. Y sonríe.

   Tragando saliva, Benito siente que tiene que comprobar si… no podía ser un güevo falso o una extensión, lo sabe, y sin embargo necesita comprobarlo. Alarga una mano trémula y con la punta de los dedos toca esa lisa cabeza, frotando, provocándole un gruñido al joven gañan, que se estremece de lujuria, sintiéndose poderoso al recibir la caricia sobre su cetro de poder de parte de un sumiso. Nada más tocarle, sintiendo ese extraño calor, el otro joven, muy rojo de mejillas, lo frota, arriba y abajo, con la punta de sus dedos. Se sentía tan bien que…

   Baja la mano y cierra la palma y los dedos alrededor del cilíndrico tolete, que pulsa y quema contra su piel, casi dando un salto de placer y gusto. Dios, se sentía tan extraño tener el güevo de Jóvito atrapado así, subiendo y bajando el puño, masturbándole. Una vez, hace añales (dos), se habían medio tocado, pero no existía este aire de… lujuria. Aprieta con más fuerza y seguridad, deseando sentirlo, domarlo… ordeñarlo. La idea penetra su mente algo enfebrecida, inquietándole, pero a un tiempo excitándole también. Mirándole, echándose hacia atrás, contra la pared, dejándose masturbar, Jóvito sonríe.

   -Debiste verlo, primo, el coño le temblaba a ese carajo cuando le acercaba mi güevo, le latía con ganas, creo que se habría muerto si no se la meto. Y cuando se la metí, poquito a poco, chillaba y se revolcaba, gritando y pidiéndome que no me parara, que deseaba sentirse vivo. Vivía mientras su coño era abierto y llenado por la dura carne de un macho. –va contando, viéndole enrojecer y estremecerse más. Bastaría muy poco, lo sabe. Tan sólo montarle una mano sobre la nuca y halarle, llevarle hacia su glande rojizo y mojado, y ponerle a mamárselo. Y saber que puede, le calienta más. Pero no es lo que necesita en ese momento. Un coño, el coño de un chico, eso es lo que pide su verga. Sin embargo lleva la mano tras esa nuca, tensándole, mirándose a los ojos.

   -Jóvito… -muy rojo de cara, y asustado, Benito le mira. ¿Acaso quería que se la chupara? ¿Llenarse la boca con el duro y caliente güevo de su primo? Y si le mamaba, ¿no se convertiría en un marico?

   -Vamos, primo, enséñamelo… -pide, reteniéndole por la nuca, con fuerza de macho dominante, confundiendo al otro.

   -¿Qué? ¿Mi güe…?

   -No, la cueva de tu conejito. Enséñame tu huequito cerrado. –no ordena, pero tampoco pide, tan sólo expresa, asombrándole.

   -¿Quieres ver mi culo? ¿Para qué? –grazna, sorprendiéndole la pulsada poderosa del güevo del otro al decirlo, apretado en su puño, así como los espesos y abundantes líquidos pre eyaculares que mana.

   -Vamos, carajo, enséñamelo. –casi le gruñe, atrapándole los hombros, obligándole a moverse.

   Y se mueve, Benito nunca sabría explicarle a nadie cómo o por qué, pero lo hace. Soltando ese güevo caliente, y la maravillosa sensación que producía en su mano (o tal vez por eso mismo), se vuelve, arrodillado en la cama, dándole la espalda, temblando ante el brillo predador que aparece en los ojos de Jóvito a la vista de sus nalgas jóvenes.

   -Bonito culo. –se atraganta de ganas, el otro, el güevo pulsándole feo, alzando las manos y acariciando los duros glúteos sobre la tela.

   -Jóvito… no, no sé si… -Benito se asusta por el cariz que toma todo aquello, por esas manos incansables que subían, bajaban, acariciaban, apretaban.

   -Te va a gustare, a los putos siempre les gusta. –le ofrece.

   -¡No soy un puto! –brama indignado, mirándole sobre un hombro, muy quieto mientras esas manos halan su bóxer, descubriéndole las levemente velludas nalgas, unas que azota suavemente.- Jóvito… -inicia otra vez, con miedo y expectación.

   -Shhh, puto, deja que vea tu coño apretado. –es más autoritario, el güevo botándole jugos a mares, inclinándose tras ese trasero, separando los glúteos y jadeando contenido, casi desesperado de tantas ganas a la vista del agujero canela del muchacho, levemente peludo, tan pequeño y cerrado. Tan… apetitoso.- A los hombres nos gustan los coños… -expresa en voz alta la idea que cruza por su mente, mirada perdida en el capullo viril, deseando pasarle la lengua, clavársela. Los coños sabían ricos, esa idea también se le ocurre.

   -Primo, esto es una locura… -grazna Benito, mirándola salir de su bóxer, el tolete tieso saltando, golpeándole en el abdomen y rebotando, bajándole un poco más el suyo, justo por debajo de las bolas

   -Te gustará, a todo coño le gusta sentir un güevo llenándolo y colmándolo. –le asegura, arrodillándose también sobre la cama, a sus espaldas, rodeándole la cintura con sus brazos, atrayéndole, su verga tiesa y caliente, mojada, lateralizándose contra la raja entre las nalgas, comenzando un sube y baja, frotándosela contra la joven piel.

   -Jóvito… -todavía gimotea, asustado, el corazón latiéndole locamente, no sabiendo por qué no detiene toda aquella mierda. Estremecido por la fuerza de su agarre por la cintura (como lo hace un hombre, piensa extrañamente, estremeciéndose), este le echa un tanto las caderas hacia atrás, y ahora nota algo liso y caliente, húmedo, frotándose contra la entrada de su culo.- Primo… -todavía intenta, mirándole sobre un hombro, asustado y paralizado. Acercando el rostro, sonriéndole confiado, Jóvito parece saber lo que hace.

   -Créeme, primo, cuando te lo meta vas a gritar por más y más. Y voy a dártelo, lo clavaré en tu coñito caliente y dulce todo lo que quieras, abriéndolo a la vida, despertándolo a los sentidos. Necesito tu coñito apretado, pero también tú necesitas esto. –expone como si alguna lógica hubiera tras aquellas palabras. Le sonríe casi cariñoso.- Amarás sentir tu coñito bien trabajado.

   Incapaz de decir algo más, pero temblando visiblemente de temor e incertidumbre, Benito abre mucho los ojos y boca cuando, montándole la barbilla en un hombro, Jóvito empuja sus caderas hacia adelante, chocando el glande mojado y caliente de su agujero cerrado, forzándolo, obligándolo a abrirse, a dejarle pasar, empujándole los labios del esfínter hacia adentro. El chico se tensa, y grita, ¡era demasiado grueso!, pero Jóvito, siseándole, calmándole, continúa metiéndolo, forzando cada centímetro cubico de su impresionantemente duro güevo. Dentro del cuarto sólo se oyen los rugidos de tortura de Benito.

   -Coño, es muy grande, ¡duele mucho! –grita, imprudentemente en una casa donde viven, además del primo, sus tíos.

   -Relájate, ya entré. –respira pesadamente Jóvito, dientes apretados en una mueca depredadora, halándole más con los brazos sobre el abdomen, contra su güevo que va penetrándole mientras el otro sigue quejándose y gritando.- Oh, mierda, si… -gruñe pesado, contra su oído.- Se siente tan bien llenar tu coñito caliente, primo, me lo hala y aprieta tan sabroso. –los jóvenes labios casi tocan y rozan la oreja del chico tenso y de frente fruncida.- ¿Lo sientes, primo? ¿El cómo me lo halas y sobas? Para esto es que sirve un coño masculino, para esto lo tienen los chicos como tú, para que se los follen y den placer.

   -Coño… -brama Benito entre dientes.- ¡Sácalo!

   Jóvito no le escucha mientras sigue empujando más y más de su cilíndrico tolete dentro del culo virgen, notando cómo se cierra alrededor de su tranca, igual que las paredes del recto, aunque también parecía… dilatarse.

   -¿Lo sientes? ¿Siente mi güevo llenando tu coño caliente? –le pregunta al oído, ronco, metiéndoselo más y más.- Tienes un rico coñito entre tus nalgas, uno que llama a los machos.

   Benito no responde, dientes apretados, rostro perlado en sudor, padeciendo la penetrada de aquella mole que parece romperle. Se les escapa un gruñido cuando la pelvis de Jóvito se cierra contra  sus nalgas, casi aplastándoselas para metérsela más, dejándola allí, pulsante, ardiente, llena de sangre. Vuelve a gemir cuando el otro la retira unos cuantos centímetros, sintiendo toda esa agonía, y cuando vuelve. Sale y entra, lentamente, cogiéndole ya, y parpadeando asombrado, el joven deja escapar profundas bocanada de aire. Algo estaba cambiando, las paredes de sus entrañas se cerraban sobre la pieza para experimentarla, notándola latiéndole. Su esfínter se cerraba ferozmente contra la verga de Jóvito… para sentirla abriéndole, rozándole. Abre mucho la boca, confuso, sus entrañas sufriendo espasmos. Aquello se sentía realmente bien. Muy bien, a decir verdad, y la idea le sobrepasa. Mira al frente, no quiere pensar o decir nada, ni siquiera moverse, pero cuando los brazos de Jóvito se cierran más alrededor de su cuerpo, comenzando un saca y mete más rápido…

   -¡Ahhh…! -lanza un agudo gemido, de inconfundible sexualidad.

   Uno que hace sonreír de manera predadora a Jóvito. ¡Ya lo tenía donde lo quería!

   -Si, lo sabía, ahora eres mi puta. –le gruñe enfático al oído, incrementando las enculadas, haciéndole gritar entregadamente.

CONTINÚA…

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 34

octubre 7, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 33

muscle-hot

   Los cambios comienzan.

……

   Pero mientras llegaba, y por ahora, esos tres hombres, mientras le insultaban llamándole negrito puto y mariconcito, le usaban para darle alivio a sus duros güevos, los cuales, aunque ya se han corrido, no parecían agotarse, no con aquel rico y tierno bocado encontrado en la cocina de aquella casa. Cogerlo, escucharle gritar y gemir, los autoalimentaba. Los toletes salían, en un momento dado de su culo urgido, el cual palpitaba y chupaba necesitado, para azotarle las turgentes nalgas negras, antes de volver a clavársele, metiendo primero la cabecita en forma de nabo y clavándole el resto con un seco golpe de cadera después. Provocándole estremecimientos por la fuerza de la embestida y roncos gemidos de gozo. La cara del chico era una máscara de saliva espesa y jugos, y aún de semen ya regado, cuando con desesperación ahora, mamaba de una verga a la otra, y era azotado también por estas, con dureza. Esos hombres parecían encontrar el mayor de los placeres tomándole, sí, pero también degradándole, humillándole, diciéndole cosas mientras cogían su boca y culo al tiempo que le azotaban con sus güevos.

   -Mira qué sucio, como chupa, parece que quiere más. –gruñía uno, riendo, metiéndosela hasta los pelos por la boca, lanzando un gemido cuando esas mejillas y lengua lo chupaban.

   -¿Te gusta más por el culo o por la boca? –preguntaba el otro, riendo de manera cascada, emocionado por ser parte de la horda (nada como coger así con un amigo), dándole en la frente con su tolete tieso.- Ahora yo. –casi apartó al compañero para enterrarlo entre esos gruesos labios de mamagüevo.

   -Calma, niños, que este negrito tiene para todos. –asegura el hombre que aferra la cintura delgada del muchacho, macheteándole con fuerza el ávido agujero. Sus bolas lo golpean incansablemente, no puede detenerse. Las apretadas que esas entrañas le daban no le dejaban pensar. ¿Sería así cogiendo a todos los maricos?, se preguntaba con vicio. Y es que ideas extrañas cruzaban su mente de hombre maduro, ideas que otro chico, más allá de Petare también consideraba viendo a su primo. Ideas que no parecían suyas, o tal vez sí, pero tan escondidas que nunca consideró siquiera que existieran.

   Mientras coge al muchacho que gime y se estremece, indudablemente amando los güevos en su culo, dado el cómo lo agitaba y llevaba de adelante atrás, atrapando y halando, ordeñando con sus entrañas, el chofer del camión de agua piensa que con tiempo, y la ayuda de sus dos colaboradores, podría terminar convirtiendo a ese muchacho, que seguro eso no lo hacía de diario, en el perfecto mariconcito necesitado de hombres. En un juguete sexual, en una amanerada princesa en busca de reyes calientes. Que los hombres, todos los hombres, gozaran de sus agujeros de putico, como todo macho merecía para desahogar las ganas. La idea, perversa, inflamaba su pecho que sube y baja con esfuerzo mientras mira sus pelos púbicos y su tolete cobrizo claro, entrando y saliendo del negro agujero, provocándole gemidos al muchacho. Si se lo llevaran, él y sus compañeros, podrían cogerlo a gusto durante horas enteras, días completos, empujándole, a fuerza de güevazos en sus entrañas y garganta, a ser cada vez más marica y entregado. Un perfecto regalo para los hombres de verdad. Ese muchacho nació para eso, se notaba en lo mucho que gemía, en lo duro que estaba su verga aún dentro del bóxer (no querían vérselo), mojado de líquidos pre eyaculares. Uno de los chicos le había dado un manotazo cuando intentó masturbarse.

   Y era parte de la tortura de Emilio Nóbregas. Algo se había encendido en sus entrañas y necesitaba de esas tres vergas que, por tunos, se le habían clavado por el culo haciéndole delirar de gusto; porque tiene que reconocerlo muerto de vergüenza, que casi se corría mientras esos hombres lo cogían. Aún mamar güevo ya le gustaba, aunque sospechaba que era por las palabras de los hombres que le dominaban, la manera de tratarlo, de reducirlo a ser sólo dos agujeros ávidos de drenar semen oloroso y caliente. Cierra los ojos mientras succiona de un güevo a otro, esos chicos parecían no desinflamarse, siendo azotado en la cara por el que no mamaba. Su culo era abierto y llenado por la pulsante, gruesa, ardiente y apasionada pieza de un macho que despertaba aún más sus urgencias… y, dejando escapar una lágrima, reconoce que le gusta eso. Era un puto, se dice, para torturarse, pero la definición le pone caliente. Y desespera, porque a pesar de todos esos hombres dándole güevo, llenándole, no alcanzaba el dichoso clímax, el desahogo. Y, por alguna razón, pensó en Tony Moncada. En sus extrañas palabras que… más bien parecían una maldición.

   -Vamos, muchachos, aún tenemos mucho trabajo si queremos dejarlo todo chorreado de esperma de pies a cabeza. –anuncia el chofer, riendo, dándole una fuerte nalgada al chico negro.

   Extrañada, la doctora Elisa de Nóbregas repara en el camión de agua mineral estacionado frente a su casa. Estaciona el auto nuevo y, llaves en mano, se congela al ver la puerta de la calle abierta.  Alarmada entra, silenciosa, temiendo encontrar a un intruso, pero sin haber tenido el sentido común de llamar antes a la policía. Oye unos sonidos ahogados, unos pujidos, y a la extrañeza sigue la confusión. Parecían sonidos de sexo provenientes de la cocina. Por un segundo piensa en su marido con alguna tipita, pero acababa de hablar con él por teléfono. Luego recuerda a Emilio, su joven, guapo y saludable hijo. Oh, mierda, andaba en eso. En sexo con alguna carajita y…

   -Emilio Nóbregas, ¿se puede saber con quién carajo…? –comienza al empujar la puerta, molesta por el abuso de confianza, congelándose al ver a su muchacho, efectivamente allí, ensartado entre dos chicos que le metan dos güevos por el culo mientras mama  a un tercero. El grito de horror que lanza congela a todos los presentes.- Pero, ¿qué coño’e la madre le están haciendo a mi niño, pila de sádicos? ¡Policía! –grita, buscando su teléfono.

……

   Los toques se oyen lejanos, y al joven le cuesta un mundo abrir los ojos, enfocar sus alrededores. Sobresaltado mira hacia la entrada cuando la puerta se abre.

   -Cariño, ¿estás bien? Llevo rato llamándote. –hay preocupación en el tono.

   Dios, ¿quién es esa mujer?, por un segundo, mientras se sienta en la cama de un salto, echándose hacia atrás, no sabe dónde está, o quién es. O ella, reconoce alarmándose. La mira.

   -¿Mamá? Estoy… Dormía. –Tony se oye confuso, mirando la cama, sus manos. Ese cuarto. A esa mujer.

   -¿Seguro? Pareces… -la mujer se muerde el labio inferior.- Cariño, ¿hay algo de lo que debamos hablar? Llevas días actuando… distinto. Y esto, te encierras y duermes siestas, ¿desde cuándo? ¿Está todo bien? –pregunta otra vez, con una palabra dando vueltas en su mente. El joven sonríe y eso casi la alivia, ¡era tan él!

   -No estoy consumiendo drogas, mamá. Es… -bota aire recostando la cabeza de la pared.- Estoy bien. Agarre una arre… una rabieta en el liceo. Gracias por despertarme.

   -Bien. –sonríe aliviada. En partes. ¿Problemas en el liceo? ¿Una arrechera? ¿Encerrarse enfurruñado? Sonaba a cosas del corazón… o de lo que se le levantaba dentro del pantalón. Tal vez por eso la visita.- Alguien te busca.

   -¿Quién? –ha perdido interés.

   -Un compañero de clases, un chico Santana, Rubén Santana. –y la información deja al otro con la boca abierta, moviendo los labios sin emitir sonidos. ¿El idiota ese allí? ¿Qué querría?- ¿Quieres verle o le digo que…?

   -¡Lo veré! –exclama con prisa, poniéndose de pie, pasándose los dedos por el cabello, acomodándolo.

   -Bien, te espera en la sala. -Oh, Dios, si era un problema de esos, se dice la mujer.

   -Mamá, ¿puedes decirle que suba? –pide permiso, sintiendo el corazón acelerado, y sospechaba que no era por rabia hacia el otro como quería pensar.

……

   -¿Lo quieres ver para comprobar si es todo tolete o no? –reta Jóvito, con voz ronca, risueña, algo burlona, mirando a Benito sentado a su lado, respirando sus aromas, llegándole su calor. Este ríe nervioso.

   -¡Maricón! –le acusa, la clásica respuesta, una que hace sonreír torvamente al otro, porque este sabe mejor en qué puede terminar todo.

   -Creí que te daba curiosidad todo esto. –comenta como si nada, cerrando la mano sobre la tela y el tolete, que parece especialmente largo, duro y grueso. O así se lo parece a Benito, quien no puede despegar los ojos; y aún así, presentía algo, un problema. Un peligro.

   -Déjate de vainas y cuéntame, ¿qué fue eso tan increíble que te pasó aquí y que es mejor que ver a una caraja en traje de baño? –pregunta sentado en la cama de su primo Jóvito, dentro del pequeño cuarto, algo oscuro en esa casi noche, en lo más alto de aquel cerro que veía hacia abajo la cara fea de Petare, en el oeste capitalino. Se siente ligeramente inquieto, casi desnudo en bóxer, sentado junto al otro, semi chino también, con una clara y muy evidente erección deformándole el calzoncillo. Una erección que se veía sospechosamente grande en su puño, uno que movía levemente… como masturbándose. Cosa que han hecho antes, con una revista o una película, pero no de esta manera. Había algo nuevo.

   -Cogí culo. –informa, sorprendiéndole.

   -¿Qué? –abre mucho los ojos.- ¡Mentiroso! –acusa sintiéndose levemente ofendido, que el otro la pasara de manera interesante mientras estaba encerrado allí no era justo.

   -Cogí culo. –reitera con una sonrisa torcida, cerca del rostro del otro, notando como se estremece.- Metí mi güevo en un agujerito cerrado, chiquito, que me lo apretó duro y sabroso mientras se lo enterraba y sacaba. Adentro y afuera, primo. Me lo exprimía. –se medio muerde la lengua con lascivia.

   -Pero, ¿por el culo? Parece sucio y… -Benito respira pesadamente.

   -Fue rico, era caliente, apretado y suave, mejor que una mano, eso sí. La metía y la metía y los gritos de puta se le escapaban, porque con mi güevo le hacía gozar. Con esto. –y agita el puño sobre el bóxer, nuevamente.

   -¿A quién…? –se agita, quiere saber qué chica se había dejado encular, con la respiración pesada, los ojos bajando a ese tolete grueso que moja un poco el bóxer.

   -Al marico de la grúa.

   -¿Qué? –estalla Benito, incapaz de asimilar aquello.- ¿Te cogiste a un carajo? ¿Se la metiste por el culo lleno de mierda? ¡Qué asco! ¿Que eres, maricón? –reclama.

   -Nada de maricón, lo cogí duro, como un macho, y gritó como puta.

   -¿De qué coño hablas? Siempre nos burlamos de… -intenta recuperarse. No entiende, siempre se han reído de los gay, en todas partes. Especialmente de ese. Especialmente Jóvito. ¿Cómo era que ahora…?- ¿Cómo dejaste que se te acercara? –casi acusa.

   -Me lo rogó. Mucho. Quería desesperadamente que le metiera mi güevo duro y caliente por el culo. –aclara mirándole a los ojos, sobándose más, la silueta del tolete muy visible, atrapando los furtivos vistazos de Benito.- Necesitaba desesperadamente tener un güevo en su culo, llenándolo, latiéndole contra las paredes de las entrañas. Y este lo volvió loco. –termina bajando un poco el bóxer, mostrando un tolete cobrizo claro muy erecto, grueso y largo. Mucho más de lo que Benito, que ya lo ha visto (y jamás le ha impresionado), recuerda. Queda con la boca abierta.

   -Jóvito, guárdate tu vaina. –grazna, ronco, la respiración más agitada.

   -Lo vio y se le mojó el culo, el coño como él le dice a su agujero. –le insiste, atrapando el tolete por su base, agitándolo, goteando, emanando calor y olores a sexo joven.- Lo tocó y… Ahhh, ese carajo cayó rendido. –se le acerca un poco más, respirándole pesado al rostro.- ¿No crees que es bonito? ¿No quieres tocarlo un poco, primo? –se acerca más, Benito es todo ojos, respiración pesada, aire cautivo. Los labios casi se rozan.- ¿No se te moja el coño, primito?

CONTINÚA … 35

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 33

septiembre 14, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 32

SEXY

   -¿No me quieres servir?

……

   Ni por un segundo, mientras considera contarle lo del marica de la grúa, piensa que el otro pueda juzgarle, llamarle homosexual o algo por el estilo. Porque no lo era, era un macho que les macheteaba los culos a los maricones de verdad. Están en su cuarto, donde tanto hablan de pajas, de mujeres, de tomar cervezas y fumar a escondidas. Aunque, fuera de las masturbadas, del resto hacían muy poco, no con su padre, Onésimo, por ahí vigilándoles, no obstante si exageraban. Sentado en su cama, en shorts a media pierna y camiseta, Jóvito mira a su primo, que entra transpirado.

   -¿Una tarde divertida? –le pregunta mientras se plantea cómo contarle a Benito que se cogió al carajo ese, callando, por supuesto, la participación de su padre en la escena. Algo que le agitaba el güevo bajo las ropas. Quiere convencer al otro de que salgan a cazar mariconcitos de culos paraditos y someterlos.

   -¡De bolas! –reconoce Benito sonriendo.- Mariana tenía una tanga que casi se le salió en las piscina comunal, eso fue lo locura. Todos estábamos malucos. –informa emocionado el otro, quitándose la franela, disponiéndose a tomar una ducha. Tiene cosas allí, se queda muchas veces, especialmente desde que su mamá, la tía de Jóvito, se había casado con un hijo de puta que gustaba de gritar e insultar cuando se emborrachaba.

   -Aquí también hubo novedades. –comenta el otro, sonriendo sibilino. Qué tonto era Benito, calentorro por una chica en tanga a la que no puede tocar, lamer, oler o coger. Mirar, desear, eso era algo idiota, se dice convencido, con su tolete alzándose un poco al recordar esa tarde de locuras, calenturas y corridas calientes en aquel culo vicioso y hambriento de semen.

   -¿Qué, encontraste otra pantaleta tirada en la basura? A lo mejor es de tu mamá, otra vez. –le recuerda y ríe, el esbelto y joven cuerpo brillante de sudor, arrojando los zapatos y bajando el pantalón, quedándose en un bóxer ajustado.

   -¿Y esa mierda?

   -Por si una chica quería dar una mirada quedara emocionada.

   -¿Con tu culo flaco? –se burla. Pero no, no era un culo flaco para nada. Al contrario.

   -Te sorprendería lo mucho que me lo miran. –ríe Benito, tomando la franela y secándose con ella, especialmente las axilas.

   -Claro, claro. –se burla, pero le cuesta apartar los ojos de ese cuerpo joven y compacto en bóxer. Notando los hombros que prometían ser anchos, los brazos y piernas con la esperanza de ser musculosos. Pero era su trasero… ese culo.

   El sedoso material amarillo, barato y algo brillante del bóxer, lo cubría, dos buenos pedazos de carnes duras. ¿Qué diablos…?, pensó alarmado. Nunca antes se había fijado en su primo de esa manera, pero… ese culo redondito y paradito parecía llamarle. Y él sabía muy bien lo rico que se sentía tenerlo atrapado dentro de un redondo anillo y masajeado por las paredes de un recto.

   -Tienes un bonito trasero que enmarca un buen coño, putito. –susurra como ido, como si las palabras no fueran suyas.

……

   Lejos, en una casa solitaria que poco antes recibiera la visita vigilante de algunos que le odiaban, el maestro de Bartok sonríe echado sobre un sillón, perfectamente consiente de lo que ocurre. La infección, la suya, se propagaría indetenible.

……

   -¿Qué dijiste? –dejando de frotarse con la franela, Benito se vuelve a mirar a su primo, sobre un hombro, reparando de pasada en la silueta contra la tela del shorts.

   -Yo… nada. –con la respiración agitada, Jóvito sufre el espanto de sentir como el tolete le crece, se le llena de sangre caliente y endurece, visible. Mirándole el culo a su primo, su casi hermano, su mejor amigo. Mierda, si se parara y le bajara ese bóxer baratón sería capaz de encontrarle y tocarle el coño que seguramente tenía entre las nalgas. Un coñito virgen y apretado, urgido de ser estrenado. Un coño joven y caliente. Un coñito mojado y delicioso.

   -Algo te pasa. –insiste Benito, mirándole sobre un hombro. Ojos en su regazo.

   -Nada. –grazna otra vez, los ojos volviendo una y otra vez a ese traserito respingón, las palabras girando en su cabeza, recordándole al maricón de la grúa, quien también las repetía como letanías. Un coñito. Un coño de chico. Un coño listo para ser usado por los hombres de verdad. Si, estaba convencido, no sabía cómo pero lo sabía, que Benito tenía un coño listo a ser usado. Y él lo necesitaba, lo sabe por las pulsadas contra la tela del shorts que se alza, algo que parece desconcertar y atrapar la mirada de su primo.

   Mierda, si, necesita el coño de Benito, abriles los labios de la vagina que tenía por culo con la cabeza de su verga, refregar una y otra vez su crica, llenarle de espermatozoides la concha. Ahora quiere saltar sobre el otro muchacho, controlarle, dominarle y arrojarle de panza sobre la cama, luchar mientras le arropa con su cuerpo, no detenerse por mucho que el otro grite y se moleste hasta que cabalgue su culo virgen. Y lo increíble para el propio chico, que poco antes se sintiera alarmado por admirar el joven cuerpo del primo, era que ya no se sentía extraño con la idea. Lo necesitaba, le urgía sacar el güevo y enterrárselo, encularlo una y otra vez hasta hacerle entender que ese era su lugar, su papel.

   -Mierda, primo, me estás asustado. –le llega la nerviosa voz de Benito. ¿Qué le pasaba a Jóvito?, ¿acaso se estaba sobando sobre el shorts mientras le miraba el culo?

   -No pasa nada, primo, ven, siéntate aquí junto a mí para que te cuente qué hice esta tarde.

   -Debo ducharme, apesto y…

   -No, ven, siéntate. –invita jovial pero en tono algo autoritario. Sonríe cuando Benito, todavía franela en las manos, cae a su lado. Si, apesta a sudor, exhala una gran cantidad de calor; y ese aroma y esa temperatura le hacen temblar visiblemente la verga.

   -Oye, ¿qué tienes ahí? ¿Te metiste una media acaso? Se te nota mucho machete y no tienes tanto.

   Algo hace clic en la mente de Jóvito, quien sonríe predador y aspira un poco del aroma del otro joven cuerpo. Esa era la solución, todo se arreglaría en cuanto Benito…

   -Claro que lo tengo más grande, ¿quieres verlo?

……

   Los jardines posteriores de la enorme, solitaria y lóbrega casona se ven descuidados, la grama ya parece un montarral y los arbustos arboles. El viento cálido de aquella noche que se inicia barre las muchas hojas secas dándole un aspecto aún más descorazonador. Era como si nadie viviera allí, como si la propiedad hubiera sido abandonada. El joven alto y delgado, pálido y de ojos mortecinos tras los finos cristales de los anteojos se pasea con las manos en los bolsillos del pantalón oscuro. Una ráfaga especialmente fuerte de viento le hace alzar los ojos hacia el cielo oscuro. Los cierra.

   Lo siente. O presiente. No tiene las habilidades de Sabrina, le es imposible entablar conexiones empáticas con otros. Pero no lo necesita, lo que ocurre es lo suficientemente grave como para que le llegue. La oscuridad, lo malo, ese era su elemento. Ese pensamiento le hace sonreír levemente, casi en mueca. Qué increíble era Gea, lo que la mujer le había mostrado había sido horrible, tanto que tuvo que intervenir haciéndola olvidar, fue peligroso pero corrió con suerte. No se podía jugar con ella, y, para colmo, sospechaba que la bonita mujer lo sabía. Lo que le había mostrado fue sencillamente horroroso, tanto que tentado estuvo a desconfiar de sus ojos, de su mente, incapaz de poder asimilar que los controladores llegaran a tal grado de irresponsabilidad, negligencia… y locura.

   La noche de los muertos vivientes… eso fue lo que pensó cuando la mujer le mostró lo que el futuro inmediato guardaba para toda la Gran Caracas. Pero, por terrible y amargo que fuera aquello, todo debía darse de cierta manera. Corría un riesgo enorme, y no estaba totalmente convencido de su propia cordura, ¿acaso no actuaba con tanta irresponsabilidad como los controladores? El fin justificaba los medios, por errado, o amoral que aquello fuera, siempre le había guiado. No era una buena persona, ni decente. No podía serlo, no dada su naturaleza. Pero esto era, quizás, lo más peligroso que había hecho (sonríe otra vez, caminando lentamente, sabiendo que se miente), pero era necesario. El problema era que sólo él lo sabía… Lo inevitable de aquello. Era su carga, una que se podía decir que cobraba peso por la manera en que hunde sus hombros.

   Piensa en Joanna, en su secreta duda sobre el poder, quién de ellos era más peligroso. No le cabían dudas a ese joven hombre que tal honor lo ostentaba, por ahora, Gea. Hasta que llegara el próximo. Y de ese todavía no se podían calcular todas las variables. De saber lo que planeaba, lo que pensaba invocar, el resto se uniría a los controladores para combatirle. Para detenerle. Y no podría culparles.

……

   Han pasado horas, ¡horas!, y un camión de agua mineral sigue detenido frente a una casa de clase media alta, en cuya cocina hay prácticamente un reguero de fluidos. Tres hombres, dos muchachos y un sujeto adulto, con sus vergas afuera, enculan una y otra vez a un chico negro, quien se retuerce bajo sus manejos. Emilio Nóbregas era tratado como una joven perra caliente, como a una putica total. Cosas que le decían, riendo, con vozarrones, disfrutando tanto el cogerlo, llenarle la boca, como insultarlo y soltarle de vez en cuando un manotazo sobre esas duras nalgas redondas y negras. Había algo en ese ataque en jauría, en ese control, que excitaba a esos hombres.

   Mientras clavaba los dedos de sus manos grandes y velludas en la estrecha cintura oscura, arrodillado tras él, el chofer del camión penetraba una y otra vez al muchacho con su grueso y nervudo tolete de hombre hecho y derecho. Macheteándole ese culo con ganas, disfrutando de las apretadas y salvajes haladas que ese vicioso agujero joven le daba. El glande casi aparecía entre los pliegues de aquel orificio, para luego volver a enterrarse con ganas, estremeciéndolo con la fuerza de las embestidas. Porque cada enculada era violenta, dura, tanto que casi le estremecían los glúteos. Y mientras era cogido por aquel macho, el cual alimentaba y estimulaba sus entrañas de una manera tal que le tenía nadando en endorfinas de placer y lujuria, Emilio se ve obligado a algo que si no le gusta tanto, sus gruesos labios están totalmente pegados a una verga joven y tiesa que brilla de saliva cuando va y viene sobre ella.

   Su rostro reluce con un sudor oleoso, también de saliva, mientras succiona del tolete del tal Maikel, chupando y tragando saliva y jugos masculinos, reconociendo a cierto nivel que no sabían tan mal, mientras el otro joven, Saúl, le frota y golpea el rostro con su tranca mojada de saliva de una mamada previa. Los dos muchachos, frente a su rostro, mientras lo insultan llamándole mamagüevo, negrito mamagüevo, le obligan a ir de una a la otra verga, dejándolas bañadas en espesa saliva, y al tragar una la otra le azotaba con fuerza la cara.

   -Eso es, negrito mamagüevo, usa tu sucia boca maricona para comerte los güevos que quieres. –insulta y ríe Maikel, mordiéndose la lengua y atrapándole la nuca, obligándola a llevársela a la garganta.

   -Cómo te gusta chupar güevos, cabrón. –gruñe Saúl, sonriendo, apartando al amigo, necesitado de esa boca golosa.

   -Ahhh, no, a este negrito maricón lo que le gusta es que le den por el culo; ordeña que da gusto. –interviene el chofer, el hombre hecho y derecho mientras cepilla con su nervuda barra las entrañas sensibles y estimuladas de un muchacho que gime en la gloria.

   Y, justo así, les pillaría la madre del muchacho.

CONTINÚA … 34

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 32

agosto 19, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 31

SEXY

   -¿No me quieres servir?

……

   -Ahhh… -Emilio parece un poseso; ojos cerrados, su cabeza va de adelante atrás, todo su joven cuerpo brillante de sudor y lujuria, abriendo y cerrando espasmódicamente el culo sobre ese dedo.

   -Dime qué quieres. –le ordena el joven, adoptando rápidamente el papel.

   -¡Cógeme! –le pide.

   -Pídemelo bien, negrito maricón. –se burla clavándole el dedo, dejándolo allí, agitándolo en su interior, escuchándole gemir putonamente otra vez.

   -Por favor… por favor… cógeme. –suplica.

……

   -¿Donde coño está ese muchacho marico? –pregunta, molesto, el chofer del camión de agua mineral al otro vendedor, un joven de cara aindiada, algo bajito.

   -Todavía está en la casa de la doctora Nóbregas.

   -Ve a buscarle, no joda. –le ruge el hombretón barbudo y algo obeso.

   El joven corre hacia la casa, maldiciendo al compañero por hacerle trabajar más de la cuenta. Coño, la puerta estaba abierta, ¿acaso esa gente vivía en la luna y no sabían de la inseguridad? Pasa y va a llamar cuando oye unos gruñidos.

   -Oh, si, negrito maricón, aprieta mi güevo, apriétalo así, sácame la leche con tu culo de puto. –era la voz de su compañero, y las embestidas ¡de una cogida! Pero, ¿qué diablos…?

……

   Dentro de la cocina no sólo se oyen gemidos y gruñidos de pasión entre machos; como está siendo cabalgado de pie, apoyándose contra la nevera, Emilio se aferra a esta y la fuerza de las embestidas la tienen traqueteando toda. El joven de rostro aindiado se asoma a la puerta y los mira con la boca abierta, el espanto reflejándose en sus facciones. ¿Qué carajo hacia ese hijo de puta cogiéndose a un negrito marico?, ¡y de tan machito que se la daba!, la idea le parece horrible. Pero están los dientes apretados de este, su gesto torvo de dominio y control, la camiseta alzada sobre su cuello mostrando el joven y delgado, pero fibroso torso, la bragueta abierta y su güevo saliendo de allí, grueso y tieso, clavándose una y otra vez entre aquellas nalgas redondas y negras, haciendo que aquel tipito joven, más que ellos dos, grite y se revuelva como un poseso, con gemidos y una sonrisa viciosa que le eriza la piel. ¡Aquel chico estaba en la gloria mientras le daban duro güevo por ese culo!, eso estaba claro.

……

   En su casa, caído sobre su cama, de medio lado, como si hubiera estado sentado y perdido el conocimiento, Tony Moncada tiembla, violentamente, alcanzado por una fría ola que le cubre, desagradable y dolorosa, mientras el calor abandonaba su cuerpo. Sus labios tiemblan aunque no emite sonidos. Cierra los ojos y algo de llanto escapa por la comisura de uno de ellos.

   -Nóbregas… -grazna con voz rota. Sabiendo lo que ocurre. Horrorizado de lo que hizo.

……

   -Tómalo todo, negro cabrón, apriétalo; esto es lo que te gusta, ¿verdad?, un güevo en tu culo. –le ruge el chico del agua a Emilio Nóbregas, cogiéndole con renovados bríos, con fuerza, casi estrellándole contra la nevera de donde caen imanes y algunas cosas suenan en su interior.

   -Ahhh… Ahhh… -es todo lo que el joven puede hacer, balbuceando, babeando, sonriendo y sintiéndose caliente y muy vivo mientras ese tolete pulsante y nervudo barre y refriega las paredes de su recto, uno hecho para brindarle todo ese placer. Entregar su culo, ordeñar vergas con él, era todo lo que deseaba en la vida. Servir a los hombres. Esas ideas extrañas daban vueltas en su cabeza, mientras dentro del bóxer se le agitaba y frotaba el negro tolete, duro y goteante, sintiéndose caliente, a punto de caramelo. Se lo aferra y gime con el puño, qué rico era; lo frota con amor, con ternura, pero también con ganas. ¡Quiere correrse!

   -Oh, sí, así. –ruge el muchacho con una expresión malvada, sintiendo su miembro bien apretado y chupado por ese culito vicioso. Había algo en sacarla y meterla dentro del redondo agujero masculino en medio de las dos turgentes nalgas que le tenía al borde. Coger culo era rico, coger a los maricones también. Quiere eso, quiere coger a todos los maricones del mundo. Y podría, se dice sintiéndose fuerte, poderoso.

   Incrementa sus embestidas y Emilio se retuerce, agitado, chillando como la propia puta, siendo alzado a cumbres de excitación imposibles de comprender. Con descaro y ganas comienza a echar su culo hacia adelante y atrás, deseando atrapar con su anillo el joven tolete de carne de macho, mientras se masturba deseando acabar. Grita y jadea, siente que está a punto de correrse, que le falta poco, muy poco…

   -Maikel, ¿qué haces? –llega la ronca voz, y la pareja que tira vuelve los rostros, sin detener las embestidas uno, sin dejar de mecer su culo de adelante atrás el otro.

   -Le lleno el culo de leche al maricón este. –ruge el tal Maikel entre dientes, clavándosela toda a Emilio y gritando, corriéndose abundantemente, rebosándole las entrañas de esperma con uno, dos y tres estallidos, mientras el muchacho gime, oyéndose y viéndose más maricón aún, apretando el culo, succionando con él. Todavía bombeándose hacia atrás… necesitado de su orgasmo. Uno que no alcanza.- ¿No quieres probar? –pregunta sacándole el tolete, el semen mojándoselo y chorreando de ese agujero negro, empegostando el bóxer.

……

   Liam Bartok se estremece echado sobre el sillón de su despacho, piernas separadas y lazas, apenas moviéndose cuando el teléfono fijo repica y lo toma. Sabe quién es.

   -¿Lo sientes? –pregunta su jefe.

   -Está… está… -ojos cerrados y boca muy abierta le cuesta contestar, por la sensación que le alcanzó, una energía ajena, dejándole frío y sin fuerzas… o tal vez por la golosa boca masculina que le traga la rojiblanca barra de carne que sale de su pantalón, ruidosa y entusiastamente como si de un muerto de hambre que encontrara un buen bistec se tratara.

   -¿Quién es ese chico, Liam? Cómo puede tener semejante poder? –demanda saber la voz.- Parece comparable al mío.

   -Es un… -traga en seco cuando aquella boca húmeda y caliente le traga todo el tolete, metiéndose en su bragueta, los labios pegándose de su pubis, bañándole con el aliento, succionándole con la garganta.- …Es tan sólo un chico poderoso, señor. Aunque no imaginé que lo fuera tanto. Es bueno que… hummm… esté de nuestra parte.

   -Nos buscan, amigo mío. Frente a la quinta, después de que se fueron tus muchachos… -oye y traga, la boca del director de escenas, ese tío de cuarenta y siete años que ha filmado toda su vida porno variado, aunque era totalmente heterosexual, hasta ahora, sube sorbiendo juguetona y golosamente por todo su tronco, dejándolo brillante de saliva, rojizo, besándole y lamiéndole la cabecita con una intuición y conocimiento nuevos, el bigote rozándole un tanto.- …Sentí la presencia de otros dos como nosotros. No controladores, pero si poderosas. Dos mujeres. Nuestros enemigos nos buscan y tu chico puede llevarlos hasta ti. –sentencia, y aunque Bartok sabe que es algo grave, cuando el director de escena vuelve a tragarle el güevo, quemándoselo con sus labios, mejillas y lengua, agitando el rostro de un lado a otro, no puede pensar con claridad.- Comencemos. Es hora de darnos a conocer. Que Caracas y el mundo se vayan a la mierda. ¡Y termina de correrte en ese tipo! –ordena fríamente, cortando la llamada.

   Bartok sonríe satisfecho, sin abrir los ojos; si, el mundo sabría al fin de ellos, la infección se extendería indetenible. No había nada que nadie pudiera hacer… Levanta la nuca y enfoca al sujeto que entró justo cuando sintió al chico. Lo que Tony hacía le afectó, despertó su esencia, sus habilidades, y el otro había ido a decirle algo quedando atrapado. Ahora, aunque nunca en su vida hubiera considerado tal cosa, estaba allí becerreándole el güevo en busca de leche.

   -Basta. –ruge imperativo, apartándole bruscamente por la frente, sorprendiéndole dejándole allí de rodillas, barrigón pero fuerte, la barba cubierta de espesa saliva, los labios rojos de tanto chupar, mirada confundida.- Párate, bájate los pantalones, monta la panza en mi escritorio y separa las piernas, voy a usar tu coño…

……

   ¿Puede creerse que cuando una verga fue acercada a sus gruesos labios de joven negro, Emilio Nóbregas lo resintió? No era lo que Tony Moncada había “programado” para él, pero de nada le valió cuando el muchacho del agua mineral, el tal Maikel, y su socio, decidieron gozarse a dúo al mariquito ese que habían encontrado. Claro, así como ignoraba lo de la programación, el trío no sabía que toda esa sobre estimulación sexual no era enteramente de ellos, habían pasado por ahí cuando una bomba sexual había estallado y quedaron afectados.

   Como sea, negándose en principio  a mamar güevo, allí estaba, en cuatro patas sobre el piso de linóleo de la cocina de su madre, con el bóxer todavía a medio culo, ocultándole los genitales pero no el orificio, el cual era macheteado con fuerza en esos momentos por el joven de rasgos aindiados, al tiempo que se tragaba el güevo de Maikel, chupándolo ruidosamente. Los chicos del agua estaban follando su boca y su culo como si de algo ensayado se tratara; con fuertes golpes de caderas, uno iba y el otro venía, llenaban sus agujeros ahora ávidos de sexo. Porque si, ese tolete deslizándose sobre su lengua le encantaba al chico de ojos cerrados que gemía de manera erótica, ahogado al tener el claro tolete llenándola. Y todavía se las ingeniaba para masturbarse metiendo una mano dentro del bóxer sin exponer su tranca. A esos machos no les gustaba verla.

   Maikel atrapaba su nuca, clavándosela por la garganta, donde la ordeñaba, al tiempo que el otro le aferraba las caderas con manos fuertes, sacándole el güevo casi hasta el glande, refregándole las paredes del recto en el trayecto, antes de clavárselo otra vez. En un momento dado, el chico que llenaba su agujero anal gritó, estremeciéndose, corriéndose en sus entrañas. Sintió esa pieza caliente, más dura, vomitado su carga de lava, una que su culo parecía succionar con vida propia. E intercambiaron. Dejándole en cuatro patas, el culo goteando semen, esos mocetones se pusieron de pie y cambiaron de lugares, llenándole otra vez.

   Los chicos parecían dominados por algo superior a ellos, que les obliga a usar sus jóvenes güevos sin descanso, gozando de sentirlos apisonados por esa boca y ese culo goloso que no se cansaba de ir y venir a su encuentro, apretándolo sedosa pero exigentemente, exprimiéndolo. Gruñían y sudaban cuando sacaban sus toletes y con ellos le azotaban la cara y las nalgas, con fuertes y muy sonoras bofetadas para luego clavárselos otra vez. Y mientras lo cogían, duro y a fondo, el par de mocetones le decían de todo, todos los insultos que Emilio había usado en el pasado, con sus amigos para herir a otros, le eran regresados ahora de manera degradante, humillante e insultante… poniéndole más y más caliente. Le excitaba ser insultado, abofeteado por un güevo mojado de saliva. Los “negrito maricón” eran como caricias para sus oídos. No dejaban de cogerle mientras le insultaban, con Maikel dándole duras palmadas a sus nalgas, el otro chico halándole el cabello mientras le obligaba air y venir con más rapidez sobre su tranca con la boca.

   -Trágatelo todo, maricón. –rugía el muchacho, mirando al socio y riendo.- Si, este marico sí que sabe mamar un güevo. Y se siente tan rico.

   -Pero este culo esta mejor todavía; cómo aprieta de sabroso. –respondía Maikel, aumentando sus embestida.- Escúchalo gemir y lloriquear, es toda una princesita marica, y una princesita necesita que los caballeros las coronen, ¿no? –y riendo de su broma, le azotaba aún más con la mano, metiéndosela hasta el fondo y todavía frotándose de sus nalgas.

   -Maikel, Saúl, ¿se puede saber qué tanto…? –una voz que viene de la entrada de la cocina, les sorprende. Y el trío ver al chofer del camión.- Pero ¿qué carajo…? –asombrado, en shock, les mira… mientras su tolete comienza a endurecer bajo el jeans y Emilio sospecha lo que viene.

……

   Cuando Jóvito Malavé ve llegar a su primo Benito, sabe que se meterá en problemas, pero no podía dejar de contarle y compartir lo vivido. Ignoraba que comenzaba un juego muy peligroso.

CONTINÚA … 33

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 31

julio 30, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 30

SEXY

   -¿No me quieres servir?

……

   La hermosa y joven mujer negra (parecía de esas personas imposible de clasificar por edad), entra en la biblioteca silenciosamente; su paso es felino, elegante, haciéndola más vistosa si cupiera. Es alta y delgada pero de buenas curvas, aunque a decir verdad eran esos sus atributos menos llamativo. Gea es una mujer impresionante de por sí, pero infinitamente aún más por el conocimiento que parece ocultar tras sus ojos negros, totalmente oscuros, como si la luz no se reflejara jamás en ellos. El cabello grueso pero lacio, largo, le llega a media espalda, cubriendo también uno de sus hombros. Usa un vestido llamativo, mangas largas claro, que abraza su buena figura y se abre a los lados en sus muslos. Se veía exótica y misteriosa, indudablemente sensual. Cosa que no le importa. Pocas cosas lo hacían ahora.

   Mira al hombre joven y pálido, de anteojos y cabello negro, lacio también, muy fino que cae sobre su frente despejada, que mira por el ventanal hacia afuera, a ese día que ya comenzaba a declinar en tarde. Por un segundo la mujer tiene la idea de que el otro envidia a la gente que ve cruzar frente a la casona, apurados, rientes, conversadores. Libres. El sombrío joven parecía extrañar la vida.

   -No seas dramática. –le dice este, sin volverse.

   -Tu juego es peligroso. –responde ella con buena entonación y modulación, hasta su voz era perfecta.- Te metes en una pequeña jaula en llamas y llena de tigres. Tenemos enemigos y tú… Joanna y especialmente Sabrina terminarán descubriéndolo todo, lo sabes, ¿verdad? –espera, este toma aire y la mira, vacío de toda expresión.

   -Para entonces ya no importará. Todo se habrá consumado. –informa, y ella quisiera poder entrar en su mente, entender qué esperaba conseguir.- No te gustaría. –le sonríe, más pálido, golpeándose con un dedo la frente. La estudia.- ¿Joanna nos traicionará? –quiere saber.

   -Depende de si es traición enfrentarte. –se encoge de hombros, cerrando su mente.- Deja que vayamos por ellos, por los controladores, sabemos dónde encontrarles. Contengamos esto antes de que sea tarde. No lo dejes llegar a su meta, sabes lo horrible que será. La cantidad de gente que será destruida.

   -Gea…

   -No lo entiendo, ¿acaso no entiendes lo que te mostré? ¿Lo que ese sujeto hará de Caracas? Y ese será sólo el principio. ¡Hay que detenerlo ahora! –demanda airada, con el tono de una princesa, lo que es en realidad.

   -No es tiempo aún. Tranquilízate, todo saldrá bien. Te lo juro. –la mira  con curiosidad, ¿qué haría la poderosa mujer? Incluso él le temía.

   -Quisiera poder creerte. –es la fría replica y se aleja.

   Por un segundo, el joven siente el deseo de incorporarse, alcanzarla, explicarle, pedirle que esperara. Pero sabe que ya no la encontraría. Quién sabe dónde estaría ya.

……

   Emilio Nóbregas traga en seco, incapaz de controlarse, cuando el toque a la puerta de su casa se repite y abre casi bruscamente, exponiendo su esbelto cuerpo de adolecente atleta, fibroso, oscuro, cubierto con un bóxer blanco donde destaca un miembro algo alborotado.

   -¿Si? –pregunta como si tal cosa, como si no supiera de antemano que allí estaría el chico que llevaba los botellones de agua; una mirada húmeda se destaca en su rostro oscuro al notar la sorpresa del otro, que lo recorre de pies a cabeza.

   -El agua mineral. –anuncia. ¿Qué coño…?, piensa para sus adentros. ¿Quién abría una puerta así?

   -Entra. Ya sabes dónde está la cocina. –le permite la entrada con voz algo urgida, dándole la espalda y emprendiendo la marcha.

   Los ojos del mocetón caen como dardos sobre ese trasero joven, altanero, redondo y paradito dentro del bóxer blanco, uno no muy largo… que traga la tela como si se la hubiera metido con los dedos. ¿Para recibirle?, se pregunta algo intrigado. Conocía al joven y nunca le había notado nada raro.

   -¿Y la señora? –siempre trataba con la mamá, una mujer avinagrada que invariablemente parecía molesta.

   -Salió. Tengo lo tuyo. –le mira sobre un hombro, ¿con picardía? ¿Con dobles intensiones en sus palabras?, el joven se pregunta, sonriendo tenue. Sabía lo que su cuerpo causaba en algunos mariconcitos cuando les llevaba el agua. Y en uno que otro don, también. Las propinas eran buenas.

   -¿Y me lo vas a dar? –pregunta con intensión, jugando, ¿cierto? La risita del otro, sus ojos brillantes, le provocan un escalofrío nuevo, desconocido.

   -Si lo quieres… -y sigue su camino. Automáticamente los ojos del joven van a ese culo, experimentando cierto repeluzco, pero también curiosidad.- ¿No es cansado ese trabajo? ¿Cargar toda esa agua?

   -Algo, pero es trabajo.

   -Por lo menos te sirve, tienes un gran cuerpo. –comenta osadamente, ya no pensaba con claridad. El otro se queda paralizado por un segundo, luego sonríe.

   -Gracias. A mucha gente le gusta. –y nuevamente los ojos van a ese trasero que se agita, firme, moliendo la tela del bóxer entre ellas mientras Emilio camina. Un culote grande, como el de casi todos los negros, se dice.

   Sonriendo nota el tensar del chico que pega el culo de la cocina con seis quemadores, cuando se dobla dejando el botellón de agua en el piso. Casi podía sentir su mirada como una caricia sobre la espalda y los brazos. Y si, estaba como más duro dentro del ajustado bóxer blanco, el cual destacaba increíble sobre su joven piel oscura, se descubre pensando. Se alza, se miran, nadie dice nada.

   -¿Tienes sed? –voz algo temblorosa, Emilio le pregunta.

   -Mucha. Hace calor. –responde recorriéndose con el dorso la frente, bajando la mano y con la punta de los dedos tocándose un poco el torso. Le divierte notar que el negrito maricón casi jadea.

   -¿Jugo o refresco?

   -Lo que quieras darme.

   La respuesta parece estremecer al Emilio, quien se vuelve, abre la nevera y se extiende para tomar un vaso del alto gabinete sobre el electrodoméstico, casi alzándose en la punta de los pies descalzos, el culo algo contraído, mordiendo la tela del bóxer de una manera totalmente erótica. Y los ojos del muchacho del agua no pueden apartarse de allí.

   Mierda, si eso no era una invitación…

   Algo tenso, temblorosos de ganas pero también de temor, por lo que siente (aunque sabe que esa guerra está perdida, no puede contenerse), y el ser rechazado por el otro, Emilio alcanza uno de los vasos buenos de su mamá, cuando siente una mano delgada pero firme y fuerte que casi se mete entre sus nalgas, empujando más la tela contra la piel, tocándole allí, y que comienza a subir y bajar, refregándole la raja del culo sobre el calzoncillo.

   -¡Ahhh! –se le escapa y con ojos nublados le mira.- Pero, ¿qué haces? –el chico está a su lado, mirada oscura, tocarle pareció volarle los tapones.

   -¿No es lo que quieres, negrito maricón? –responde con la pregunta e intensifica las sobadas, sube y baja la mano entre las nalgas, pero sus dedos también se agitan y en un momento dado, un tanto por debajo del hueco del culo, sobre el bóxer, rasca y le provoca cosquillas y calambres.

   -Ahhh… -es todo lo que puede responder Emilio, alzando más su culo, de manera inconsciente, echándolo también hacia atrás y separando las piernas. Dejándole hacer lo que quiera. Que tocara lo que gustara. Que tomara lo que deseara. La idea le es natural, fácil. Automática.

   -¡Maricón! –casi le acusa entre dientes, moviendo más la mano y los dedos, sabiendo que tocaba el botoncito que enloquecía al culón. Personalmente nunca le había ido toda esa vaina de lo gay más allá de paja con los amigos viendo porno, pero como muchacho vivía caliente y todo mogote bien merecía ser tanteado por su palo. Y, tal veraz, podría sacarle una buena mamada de güevo a ese negrito maricón de culo caliente. Ya imaginaba su tolete separándole los gruesos labios, cogiéndole la boca, ahogándole con carne dura, baba de güevo, semen y la propia saliva del chico.

   -No, yo no… -Emilio intenta defenderse de la palabrita, una que ha usado antes para insultar a muchos, pero calla para gemir.- Hummm… -le gusta, le gusta sentir esa mano atrevida y osada tocándole, esos dedos sobre su culo… Y comienza a menearlo, de arriba abajo contra la mano del joven macho, provocando la risa del otro.

   -¡Ah, negrito maricón! –le repite despectivo, pero también caliente. Con una mueca casi predadora, mordiéndose la lengua, mueve un dedo en el firme trasero de otro chico, y tanteando encuentra la entrada y empuja como deseando entrar con todo y la tela del bóxer, siendo recompensado por profundos jadeos del otro.

   Loco de lujuria, por la edad y el platillo tan fácilmente ofrecido, y en el cual podía saciar la eterna hambre de sexo, el muchacho hace algo que generalmente creería sucio, cochino como nada, y así, osadamente, mete una mano dentro del ajustado bóxer, palma abierta, recorriendo la tersa y cálida piel del joven, que se eriza bajo su roce, y enfila un dedo hacia ese culo algo peludo, penetrándolo sin mayores miramientos. No estaba como para eso.

   -¡Ahhh! –ladra Emilio, tensándose sus nalgas, echando la cabeza un tanto hacia atrás. Era un gemido de placer. El dedo entrándole rudamente le había, por un segundo, calmado un tanto ese calorón, el cual regresó en seguida con mayor fuerza.

   -¡Maricón! –le gruñe casi al oído, ronco de lujuria, el joven carga botellones de agua, su dedo totalmente clavado en aquel culito apretado, sedoso y ardiente.

   En verdad andaba buscando tan sólo una mamada, una boca era una boca, pero en cuando siente la forma en la cual ese culo atrapa, hala y hasta masajea su dedo, totalmente adherido a él, el güevo, hace rato erecto contra la holgada tela del jeans, le pulsa y babea. ¡Su verga quería culo! Saca un poco el dedo y vuelve a clavarlo, una y otra vez, adentro y afuera del algo peludo agujero del nalgón chico negro, y los gemidos de este se incrementan, como el vaivén de sus caderas, buscando el dedo y ser penetrado.

   -Oh, Dios, oh Dios… -estremeciéndose presa de poderosas convulsiones de deseo, Emilio es incapaz de entender aquello, o creer qué le ocurre. Sólo es consciente del indescriptible placer que le brinda ese dedo que penetra y sale de su culo, rozándole, rascándole un tanto cuando, con ese conocimiento instintivo del hombre para con el sexo, el chico lo flexiona un poco.- Ahhh…

   -Eres tan marica. –le ruge entre dientes, gozando de tenerle así, el bóxer por debajo de sus nalgas, cogiéndole con un dedo. Había algo en los redondos glúteos oscuros y ese agujero en donde aparecía y desaparecía su propio dedo que lo tenía al borde- Te gusta esto, ¿verdad? Que otros chicos jurunguen tu culo, que te metan vainas por el hueco. ¿Qué otra cosas te metes? ¿Güevos? ¿Te gustan los güevos? –demanda saber, cogiéndole aún más rápido con el dedo.- Te voy a coger duro, a llenarte con mi güevo y dejarte el culo lleno de leche, lo sabes, ¿verdad, negrito maricón?

CONTINÚA … 32

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 30

julio 5, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 29

CHICO CALIENTE QUIERE MIMOS

   -¿Seguro que no puedo interesarte en algo?

……

   -Jóvito… -comienza, luchando contra la oleada de lujuria que amenaza con ahogarle, imaginando bajar con el joven a una tasca en la Redoma, él tomando una cerveza, tal vez permitiéndole una al muchacho, ambos mirando a uno o dos carajitos de culos respingones. Algo dentro de él le decía que podían. Ir y conseguir apretados y dulces culos que ordeñaran sus vergas de manera gloriosa hasta sacarles las leches en medios de gemidos de gozos.

   -Vamos, papá, podemos…

   -¡No! –es tajante. Tiene que serlo.- Tu madre y tus hermanas regresarán pronto. –el otro, claramente inconforme, abre la boca.- No, hijo, debes controlarte. –le indica con fuerza.

   Por mucho que costara, se dice, extrañado por la intensidad de las ganas de culiar que tiene. Intenta apartarse de todo, de la conversación con el muchacho, de los recuerdos del maricón aquel gimiendo mientras le clavaba el güevo uno y otra vez en ese culo sedoso y ávido, suavecito de tanto semen. ¡Había sido una locura!, gritaba la parte “normal” de su mente, esa donde le gustaban mucho, pero que mucho, las mujeres, y donde no se revolcaba con tíos, ni le gustaba eso. Siente como la ansiedad le comienza a embargar ahora, ¿qué hizo? ¡Y una gente les vio en eso! No reconoció el vehículo pero…

   No, no, no debía atormentarse con eso. No le llevaría a nada. Ha sentido culpas antes, como cuando se acostó con una cuñada putona, pero esto era aún mas grave. Había tenido sexo con otro tío, mientras Jóvito estaba allí. Traga en seco, toando una toalla y frotándose con fuerza. ¿Acaso ocurrió realmente todo eso? ¿Encontró a su muchacho cogiéndose a un puto y también él lo hizo, compartiéndolo entre ambos? ¡No!, brama, cerrando los ojos. No quería pensar en ello otra vez o…

   -Termina ya. –le gruñe a su muchacho, quien, verga erecta, mojado, se medio sobaba.

   Pronto descubriría que era más fácil decirlo, prometerse algo, que cumplirlo.

……

   Algo frustrado, Gabriel Rojas se aleja de la urbanización donde perdió a los chicos de la compañía de filmación. Una vez que su viejo compañero de estudios identificó la casa donde “chicos amanerados entraban y salían decididamente maricas”, intentó echar una ojeada pero nada en la bonita aunque austera fachada le brindó alguna información. Le incomoda pensar también en su viejo amigo.

   -Entonces, ¿entiendes? –le preguntó algo apartados de la reja.

   -Oye, no soy idiota. –sonrió el otro, ojos brillantes como si estuviera soñando con la gran aventura que correría.- Esperaré los papeles que me enviarás identificándome como supervisor municipal de gas domestico, entraré y echaré un ojo. Mientras tanto vigilare quien entra y quién sale.

   -Okay, pero no te expongas. –no le gustaba nada de aquello. La reja cerrada era ominosa.- Intentaré averiguar a quién pertenece la propiedad. Nos vemos, llámame si… -la risa del otro le interrumpió.

   -Coño, deja de tratarme como si fuera retrasado. –no había maldad o ira en las palabras, sólo diversión, que acabó cuando, sin darse cuenta, peló la baja acera y casi cayó hacia atrás.

   Si, no sabía si había sido buena idea implicar al otro en todo aquello. El mal pálpito no le dejaba.

……

   Mientras se aleja rumbo al Centro, Gabriel Rojas por poco no se encuentra con otro carro de importancia a su propia historia, uno bajito, deportivo, bonito, ocupado por dos bellas chicas muy jóvenes. La conductora tararea algo que escucha en el equipo de sonido, cabello negro largo y lacio, unos lentes oscuros enmarcando un bonito rostro de piel canela; la otra, viéndose sexy a pesar de los anteojos de lectura, mira distraídamente por la ventanilla, disfrutando del cálido vapor de la ciudad que le llega como brisa. Frunce el ceño.

   -¿Puedes sentirlo? –se vuelve hacia la chofer.

   -No, Sabrina, a diferencia de ti no puedo sentir nada en el aire. –esta replica algo displicente, intentando no ahondar en ello. No quiere que la otra lea en ella que envidia un poco su habilidad. Y era muy capaz de hacerlo.

   -Muchas cosas están en movimiento. Encuentro… -Sabrina se lleva unos dedos a la sien derecha.- Hay tres o cuatro puntos calientes en toda la ciudad. Los controladores se están posicionando. Y la energía llena el valle. Se siente en todas partes. –frunce más el ceño.- Y es desagradable. Si no paramos esto nos quedaremos sin hombres. –eso arranca una leve sonrisa a Joanna.

   -Qué horror. ¿No puedes ubicar a los alfas?

   -No, y es extraño. Entiendo que uno o dos sepan cómo ocultarse de mí, ¿pero los tres? Hay alguien muy joven, descontrolado, afectando a otros, y no puedo verlo. –se oye algo frustrada.

   -Tal vez deberíamos, ya sabes, buscar en la fulana compañía de grabaciones. –Joanna pone en palabras lo que piensa. Conoció a ese tipo en el aeropuerto, sintió cuando este quiso analizarla, sondearla, resistiéndole. No sabía, en ese momento, que sería un “enemigo”. Menos a uno tan peligroso. Era una suerte que su abuelo, para ayudar a una vieja amiga a encontrar a su nieto, hubiera enviado a un investigador a indagar, el tal Gabriel Rojas, al que ella vio y “cubrió” con su habilidad. No le sería fácil a los controladores llegarle. Sus pensamientos oscuros son interrumpidos.

   -Nuestro sombrío amigo no quiere. Lo cree peligroso para nosotras.

   -Tan típico de un hombre, creer que puede más que nosotras. Pero esa sería la ruta más rápida para encontrar a los controladores y enfrentarles de una vez.

   -Mana, ¿no sientes algo extraño? –Joanna se vuelve y enfoca a la chica de anteojos.

   -Te dije que no puedo. ¿Qué tienes? ¿Tanto te inquieta todo esto?

   -Claro, los cambios que se están produciendo son grotescos, aunque no pueda explicártelos. Pero no es sólo eso… -ceñuda mira al frente, a través del parabrisas, enfocando aceras, árboles, carros y peatones.- ¿No sientes que ya has vivido todo esto? –rueda los ojos ante la ceja alzada de la otra.- No lo sé, me parece que… la realidad se siente extraña.

   -¿Una gran manipulación que nos está afectando? ¿A nosotros? –lo duda claramente, a ella era muy difícil que otro pudiera hacerle eso.- Entonces enfrentamos a alguien realmente muy poderoso. –eso la hace sonreír levemente. ¡Un ser poderoso! Ha visto y conocido gente notable desde que llegó con los otros, ella misma pudo identificar a varios, aunque no sabe cómo lo hace, y siempre se pregunta lo mismo, ¿quién es el más poderoso de todos ellos? ¿Serían esos controladores? ¿Gea?, a la extraña mujer le temía. Aunque no tanto como al sombrío chico en la casa grande y solitaria. Entre ella y Sabrina, en una lucha, ¿quién…?

   -Nuestras habilidades son distintas, amiga. –la voz, preñada de diversión, de la otra, le alteran.

   -¡Hey, sal de mi cabeza! –es tajante.

   -No necesito habilidades para saber en qué piensas –la contradice, sonriendo por primera vez en todo el día.- Mierda, todo esto me incomoda. Esos controladores, irónicamente, fuera de control. Y esta sensación de doble realidad. Es molesto. ¿Qué? –se vuelve hacia la otra, que miraba algo en una acera y luego por el retrovisor.

   -¿No viste al chico de la patineta? ¿Tendrá, qué, doce, trece años?

   -No me fijé.

   -Es uno de nosotros. –informa. La otra se vuelve en el asiento, enfocando la pequeña figura que se aleja en sentido contrario.- Están apareciendo como la verdolaga. En todas partes. Antes notaba uno que otro en meses. Ahora…

   -Puede ser por los controladores. Esa energía que emiten puede estar llegando a muchos.

   -Nuestro sombrío amigo debería ocuparse. Me parece que está demasiado pasivo esperando a ver qué ocurre. ¿Imaginas que un gran número de nosotros sea convocado por los controladores? –la inquietud es tan parecida a la que atormenta a Sabrina, que esta bota aire ruidosamente.

   -Ni siquiera sé qué estamos haciendo. ¿Qué quiere nuestro sombrío amigo de nosotras?

……

   Furioso, literalmente ardiendo de rabia, Tony entra en su casa. Su pecho agitado sube y baja con fuerza. Desde la cocina escucha.

   -Tony, querido, ¿eres tú? –y por un segundo extraño le parece que las cosas se desenfocan, no puede responder aunque sus labios se abren, ¿quién era esa mujer? ¡Mamá!, la respuesta le llega de manera automática, desconcertándole todavía más.

   -Si, mamá.

   -Llegas temprano, ¿quieres picar algo antes de la cena?

   -No quiero nada, gracias. –la corta y sigue hacia su cuarto, entrando y dejando caer su mochila, temblándole las manos. De rabia.

   ¿Qué coño le pasaba? ¿Qué ocurrió al llegar? Por un segundo no reconoció a su madre. ¿Qué le estaba pasando? Se deja caer de espaldas sobre la cama, molestándose más. Debía tomar un baño, una larga ducha. ¡Apestaba a Emilio Nóbregas! Y Rubén Santana… Lo siente, la cólera invadiéndole nuevamente, de manera total, llenándole, frío, casi insoportablemente helado, emanando de él, a borbotones.

   En la cancha deportiva del liceo, en medio de amigos que ríen, hablan a gritos todos al mismo tiempo para no contar nada que valiera la pena, Rubén Santana se tensa. Enrojeciendo sus cachetes, volviendo la mirada; como temiendo, y deseando, encontrar en la vereda a un chico guapo e insoportablemente maricón al cual no podía sacárselo de la cabeza.

   En los depósitos de basura, Darío Serra se tambalea y se deja caer, de pie, contra uno de los contenedores. Casi mareado de debilidad, famélico, hambriento. Horrorizado entiende que… ¡quiere mamar un güevo! Llenar su boca con uno nervudo y caliente, duro y  pulsante.

   En una quintica en La Florida, después de tomar esa larga ducha que Tony no tomó, un lloroso y roto Emilio Nóbregas todavía se pregunta qué coño le pasó, echado sobre su cama vistiendo únicamente un bóxer blanco que destaca bastante sobre su piel oscura. Ha llorado durante un rato; horrorizado repasó todo lo que hizo, y aunque quería culpar al marica de Moncada, recordaba claramente las cosas que sintió, el cómo se entregó. Ignora que fue controlado. Por eso sufre. Es cuando le siente, algo envolviéndole…

   No sabe qué es, pero alza la mirada, respirando pesadamente. Un calor abrazador, otra diferencia con Tony, le rodea y cobija. Es algo untuoso, grato, excitante. Oye como desde muy lejos, el timbre de la puerta de la calle, y el grito a alguien más de “yo me ocupo de esta”. Se asoma a su ventana, que da a la entrada, y se encuentra con el muchacho que siempre les lleva el botellón de agua mineral, un fibroso chico de unos veinte años de edad, piel cobriza clara, cara de granuja bajo un despeinado cabello negro. Se ve fuerte, de cargar esos botellones, por debajo de la ajustada camiseta y el jeans algo holgado. Le mira los bíceps, el torso, la bragueta, y traga en seco, la lengua pegada al paladar, horrorizándose al medio levantársele el tolete dentro del bóxer, e ir hacia la entrada, obedeciendo un llamado interno que no puede controlar…

   Con el culo latiéndole, picándole, pidiéndole atenciones.

CONTINÚA … 31

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 29

junio 11, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 28

CHICO CALIENTE QUIERE MIMOS

   -¿Seguro que no puedo interesarte en algo?

……

   Emilio no entiende de qué habla, pero se estremece, está cerca, a punto de alcanzar el placer de un estallido orgásmico, algo que él mismo intuye será épico… pero no lo consigue. No puede, y es frustrante. Angustioso. Menea sin reparos, sin ningún tipo de vergüenza, sin importarle nada, las nalgas de aquella pelvis, rozando sus entrañas de ese tolete joven y duro que todavía palpita y que aún deja escapar algo de un semen viscoso. Le parecía que Moncada había disparado un litro de leche caliente en sus entrañas, y su recto, instintivamente, se contraía chupándolo. Y nuevamente estaba cerca, su propio tolete sufre violentos espasmos mientras moja el piso de abundantes líquidos espesos… pero no lo logra. No lo alcanza. Quiere gritar. Y lo hace.

   -¡No! –jadea alarmado, casi lloroso cuando Tony retira nuevamente el güevo de sus entrañas, lentamente. Por un segundo su culo queda muy abierto pero ni una gota de esperma escapa. El otro sabe que no ocurriría, de alguna manera lo sabía, que el culo del joven absorbería todo… para su desgracia.

   -Tengo que irme. –anuncia con desprecio, alzando una ceja cuando Emilio se vuelve casi demandante.

   -¡No puedes dejarme así! –tiene la osadía de exclamar.

   -Tus mariconerías no son asuntos mío, puta. Busca a otro que te atienda. –es cruel, duro, y eso le agrada. Ser malvado con el otro le llena de una satisfacción lejanamente parecida al sexo.- Y cúbrete, te ves patético.

   Las palabras, el trato, dejan sin aliento al joven negro, quien se siente escarnecido, humilladlo, allí, totalmente desnudo y cubriéndose los genitales con las manos. Todavía le toca ver como el otro toma su camisa escolar y se limpia con ella, arrojándosela a la cara luego.

   Hirviendo de ira, pero también de algo más, el joven boquea, lleno de odio mientras le ve salir y dejar la puerta entornada, no cerrada del todo; pero no puede ocuparse de eso en esos momentos. Se sienta, culo pelado sobre el escritorio y comienza a masturbarse. Debía salir de eso primero. Tenía que, o estallaría de frustración. Se da y se da, lo tiene duro, lleno de ganas, desea estallar en leche, se siente muy cerca… pero no consigue el orgasmo. No puede. Su corazón late frenético, sabe que cada segundo que permanece ahí, en semejante posición, era peligroso para él, pero no se decidía a terminar su intento de paja. Oye unas risas afuera y pega un bote. Con manos temblorosas toma sus ropas y se viste a toda prisa. Tendría que aguardar para terminar eso. Y para arreglarle las cuenta al maricón ese.

……

   Detuvo al otro, se dice Tony con rostro pétreo, ceñudo, sin sentir alivio o paz. Emilio Nóbregas no diría nada, ahora. Pero seguía furioso. Vahos de ira emanaban de su cuerpo sin siquiera notarlo. No entiende muy bien el por qué de su enojo. ¿Fueron por las palabras del otro al tacharle de enfermedad? Podría ser. Claro que no fue porque…

   -Tony… -oye tras de sí la anhelante voz de Rubén, quien casi trota para alcanzarle. Se vuelve a mirarle, con dureza, notando la tensión del otro.

   -No tengo tiempo para ti. –le corta de entrada, mirando luego hacia la salida.

   -¿Hablaste con…? –traga en seco, sintiéndose extrañamente desasosegado. Nunca el otro le había rechazado así, de plano. No cuando deseaba de manera imperiosa acercarse y tocarle. Besarle. Lo sabe aunque nunca lo diría en voz alta.

   -Quédate tranquilito con tu novia, ya no tienes que temer que diga algo de tu virilidad. –casi le escupe la respuesta, dando la vuelta.

   -¿Te vas? –algo le obliga a detenerle. No quiere que Tony de vaya. No molesto con él, reconoce con vergüenza.

   El otro chico ni le responde, asegurando el morral sobre un hombro sigue su camino sintiéndose ruinmente feliz, intuyendo que lastima, de alguna manera, a Rubén. No se vuelve, pero sabe que sigue mirándole. Pero ni eso le importa en esos momentos. ¡Estaba celoso, maldita sea!

   Rato más tarde, todavía ceñudo, Rubén vería a su compañero de equipo y miembro del grupo de amigos, Emilio Nóbregas, saliendo también casi a la carrera, evitando su mirada. ¿Qué habría pasado entre Tony y él?

……

   ¡Maldita sea!, se dice Gabriel Rojas, recorriendo por segunda vez la algo solitaria acera, mirando hacia las casas de buen ver, nada ostentosas u opulentas, pero si bien cuidadas, arregladas con esmero. Bonitas. El vehículo que traía a los dos chicos que salieron del estudio de filmación había desaparecido fugazmente de sus ojos cuando un motorizado le frenó en seco una esquina antes. Mientras se gritaba con el sujeto, el cual venía comiéndose la flecha y cruzándose sin mirar, este todavía tuvo las bolas de reclamarle. Bastó eso para perder a los chicos de vista. Recorrió la calle a toda velocidad y no vio el vehículo, retrocediendo, imaginó que penetró en alguna de las casitas o quintas, tras sus verjas. ¿Pero cuál? Estacionándose, encendiendo un cigarro,  bajó de su vehículo, disponiéndose a esperar.

   -¿Gabriel? –la voz a sus espaldas le sobresalta, después de todo estaba acechando gente. Se vuelve y encuentra a un sujeto de contextura algo más baja, de cabello liso y lacio que escasea en la coronilla, de ojos grandes, dolorosamente sonrientes y alegres, de boca delgada y dientes superiores algo grandes, que le daban junto a su barbilla estrecha un aire de debilidad.

   -¿Román Guedez? –se desconcierta, era un viejo condiscípulo del bachillerato, alguien con quien muchos se metían por su flacura, y al cual tuvo que ayudar en más de una ocasión. La sonrisa del otro se ensancha y le abraza, desconcertándole tal demostración de afecto. En público.

   -Si, amigo, soy yo. Qué bueno encontrarte. –retrocede.- Joder, estás como más grande y fuerte. ¿Qué haces por aquí? –le mira de manera abierta.

   -Estoy trabajando –casi se le escapa, y se golpea mentalmente la frente al verle abrir aún más los ojos.

   -¿Sigues a alguien? –pregunta mientras mira indiscretamente en todas direcciones; Román conocía su trabajo.

   -Sí, pero baja la voz. ¿Qué haces tú por aquí? –le ve desinflarse.

   -Busco trabajo, había una oferta, pero era para vender biblias, pero de mormones, eso no se vende jamás. –se ve desalentado, sus ojos se llenan de una muda súplica que inquieta a Gabriel.- Oye, ¿no tendrás algo para mí?

   -No, yo… -se siente culpable, siempre fue así. Desde que le ayudó en el bachillerato, el otro comenzó a seguirle como un perrito faldero, tanto que le exasperaba a veces, como también las bromas que hacían los otros chicos sobre su “novia”, y con tres cervezas encima, en una fiesta escolar, le golpeo una vez, haciéndole caer y golpearse la cabeza. Conmocionándole. Fue uno de sus peores momentos en la vida, dejándole lleno de culpas para con el otro.- No sé…

   -¿A quién buscas por aquí? –indaga, mirando las casas.- Llevo tiempo dándole vuelta a este lugar. Ofrecen empleos muy extraños…

   -Seguía una camioneta que… -se encuentra casi obligado a responderle, debilidad que reconoce siempre ha sentido frente al tipo sonriente y dientón.- Son unos chicos… -le ve parpadear.- ¿Sabes algo?

   -De esa quinta… -señala un lugar anodino, solitario, cercado por una reja alta, bajo la sombra de una enorme mata de mangos, el portón de un estacionamiento impide ver qué vehículo reposa allí.- …Entran y salen muchachos… extraños.

   -¿Cómo que extraños?

   -Hay algo de… Se ven maricones cuando llegan, luego parecen aún más mariconcitos cuando salen. –arruga la frente.- Creí que tal vez era un negocio de esos, ya sabes, escoltas y acompañantes. –la información deja a Gabriel sin palabras. Mira tú por dónde saltaba la liebre. Le mira.

   -Oye, puede que si tenga un empleo para ti. –ofrece impulsivamente, y casi se arrepiente al verle sonreír con toda la cara.

   -Genial. –jadeo en estasis.- ¿Qué tengo que hacer?

   Gabriel procede a explicarle, lentamente, todavía preguntándose sí no estaría cometiendo un error. No sería hasta mucho después que el fornido sujeto se arrepentiría de aquella acción.

……

   Muy al este capitalino, en el intermedio de una carretera accidentada que sube y sube, con curvas algo cerradas y generalmente solitaria, una vacía gasolinera ve caer la tarde. No hay nadie al frente, ni clientes ni trabajadores. En la parte posterior del negocio, en el patio, bajo un teco de zinc, dos hombres toman un buen baño, desnudos en pelota, padre e hijo. Onésimo Malavé y su retoño se enjabonan y enjuagan tomando agua de unos pipotes llenos por una manguera, donde lavan autos de tarde en tarde. La pareja es una exuberante muestra de virilidad. No hablan entre sí, ni siquiera cuando el mayor le tiende al otro un pote de champú; tan sólo se mojan y refriegan sus cuerpos húmedos y jabonosos, toscamente masculinos. Parecen ausentes…

   Posiblemente cada uno recordaba su parte en la tremenda jodienda que le dieron al tipo ese, el marica de nalgas y culo peludo que usaba ese endemoniadamente erótico hilo dental blanco. Por su parte, por ser mayor, Onésimo todavía se pregunta qué le ocurrió para dejarse llevar así. Recuerda cuando su muchacho terminó de correrse por segunda o tercera vez en ese culo vicioso y hambriento, casi las mismas que se corrió él, y vieron a ese tipo jadear desfallecido contra la capota de su camión grúa, las piernas abiertas, el hilo dental entre sus nalgas velludas totalmente mojada, el semen, la gran cantidad de leche masculina depositado en él, escapando lentamente. Una visión enloquecedoramente erótica, ver el culo de otro carajo rezumando el semen propio. En ese momento, cuando debió sentir vergüenza por lo hecho, especialmente frente a su hijo, y junto a su hijo, la visión de ese culo enlechado le provocó otra semi erección. Hormigueo que se incrementó cuando el tipo, finalmente, como robándole fuerza a la debilidad producida por el goce sexual, se enderezó, levantándose con piernas temblorosas, volviéndose hacia ellos, masculino en su apariencia, con la pequeña pantaletica blanca totalmente mojada con su propia esperma, de las corridas que había sufrido sin tocarse mientras dos hombres llenaban, jodían y enlechaban su culo goloso.

   Fue ver el anhelo en esos ojos, como si todavía quisiera más, lo que le erizó. Y algo le decía que a su muchacho también. Pero si todo eso parecía irreal, más lo fueron las palabras del marica, mirándole a ambos, sonriendo con ojos brillantes.

   -Gracias por joder mi coño caliente, señores. Espero que pronto se repita y que me vuelvan a coger duro… Si quieren, pueden traer amigos. Díganles que conocen a un puto que quiere todos los güevos del mundo –les dijo complacido, sonriente. Inquietante y excitante.

   -Mierda, papá… -la voz de Jóvito le saca de esos recuerdos y le mira, totalmente cubierto de agua, ojos parpadeantes, el cabello pegado a su nuca.- Quiero otro culo rico de maricón para coger… -le informa respirando pesadamente, su tolete alzándose.- Vamos a bajar a la redoma, busquemos un mariconcito y vamos a llenarlo de güevo, lo enloqueceremos entre los dos mientras lo hacemos gritar de  gusto. –había urgencia en su tono, casi anhelo, y el tolete estaba más y más duro.

CONTINÚA … 30

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 28

mayo 21, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 27

CHICO CALIENTE QUIERE MIMOS

   -¿Seguro que no puedo interesarte en algo?

……

   Sonríe malignamente mientras le penetra, una y otra vez lanzando su güevo increíblemente tieso, y estimulado, dentro de las apretadas y sedosas entrañas todavía virginales del chico negro al que folla estremeciéndole sobre el mesón del odiado profesor de Matemáticas. No es totalmente consciente de que se ha dejado llevar por esa fuerza que emane de él, pero que también desea dominarle, que le grita que es el rey del mundo y puede tener todo lo que quiera. Tan sólo respondió a la rabia del momento, una que le dominaba desde que vio a Rubén Santana con la novia, intensificándose con el cuento del compañero de clases que le insultó mientras se disponía a “acabar” socialmente, con Rubén. En verdad, esa parte, no le había inquietado tanto, un Rubén desprestigiado, siendo víctima de burlas, escarnecido y perseguido por los demás le convenía. Que todos le tacharan de marica, le insultaran, que el mundo se le hiciera chiquito y que únicamente le quedara él como faro, como refugio. Pero las cosas que Emilio Nóbregas había dicho…

   Todo se conjugó para que estallara, por eso le llevó de la mano a ese solitario salón, casi empujándole hacia el escritorio; obligándole a darle la espalda, le abrió la correa y el pantalón, momento cuando algo de conciencia, o miedo, se coló en el ánimo del delgado y fibroso muchacho de color, pero un leve manotazo dado desde atrás, en su nuca, pareció confundirle, controlarle. El pantalón bajó hasta sus rodillas, y gimió y se estremeció, asustado pero recorrido por una excitación totalmente nueva cuando la blanca mano de Tony, con posesividad, deseando darle a entender quién era el macho ahí, le sobó el trasero sobre el ajustado bóxer rojo, algo largo, con codicia y desdén por sus sentimientos, como si fuera una cosa. La mano entró dentro del bóxer y por primera vez Tony sonrió con agrado, la tersa y joven piel del chico, de sus nalgas, era maravillosa bajo su palma. Para Emilio fue una sensación totalmente nueva, que no podía procesar, pero sabía, amoratado de vergüenza, que mecía su culo, que quería experimentar la sensación de la mano del otro chico acariciándole, tocándole así, allí, los dedos deslizándose por sus glúteos erizados y con piel de gallina, metiéndose en la raja, recorriéndosela, los dedos cepillando la entrada de su culo, uno que echaba hacia atrás, contra esa mano intrusa, de manera desesperada.

   Y si, cuando el dedo entró, se asustó y sintió algo de incomodidad; pero algo en su cabeza voló por los aires, cayendo finalmente en su sitio, cuando ese dedo se le enterró todo. Era como si… como si Moncada hubiera tocado un botón que despertara de manera mecánica todo tipo de lujuriosas respuestas a esos estímulos increíbles. Cuando le bajó el bóxer con la mano libre, dejando al descubierto sus nalgas negras más claras, con la otra mano allí, la que le tenía el dedo clavado en el culo, Emilio gritó sin poder contenerse, estremeciéndose con los brazos extendidos y aguantándose del mesón. Ese dedo iba y venía, duro, rápido, cogiéndole, abriéndole, metiéndole un poco lo pelos. Pero fue poco a cuando sintió sobre la circunferencia de sus glúteos el choque de una barra caliente, dura y pulsante, y supo, cerrando los ojos y dejando escapar otro gemido, que Tony se había sacado el güevo y le golpeaba con él como quien toquetea con una rama, sobre su trasero. Lo insólito era lo mucho que le gustaba cuando la verga golpeaba, tocaba y se frotaba de sus carnes. Quería eso. Y ese dedo, por ello separó sus piernas, abriéndose. Ofreciéndose.

   -Este culo quiere güevo.  -le escuchó, burlón, insultante, y tan sólo pudo tensarse, boca y ojos muy abiertos cuando Tony le atrapó la cintura, colocando ese güevo de buen tamaño entre sus nalgas, frotándolo allí, de arriba abajo. Y supo que su propia verga soltó un chorro de líquidos de lo mucho que le gustó que ese compañero de clase lo usara para frotarse la verga, por lo caliente que aquello era.

   La blanca rojiza cabeza presionó del arrugado y ligeramente peludo culo negro, forzándole, Emilio tensándose y gritando cuando fue penetrándole. Y más gritó, tensándose totalmente y alzándose, chocando del cuerpo de Tony, quien casi le abrazó, cuando la dura barra de carne masculina penetró totalmente su agujero secreto de hombrecito. Y sentirlo adentro, llenándolo, palpitándole, poseyéndole, obligó al chico a gemir y temblar de emoción, gritando de manera entregada, casi femenil del placer que sentía. Sus tetillas bajo el uniforme eran masas duras que necesitaban las manos de Tony, que penetraron y atraparon, pellizcándolo, provocándole más gemidos. Su verga era una  tiesa barra chorreante de jugos.

   -Ah, mira como te chorreas cuando un güevo te penetra. –le oyó, ronco, contra la oreja.- ¿No es lo mejor que has experimentado nunca, ser poseído así por un hombre?

   Y era así como estaban ahora; vestido uno, con una mueca en su rostro, metiéndole y sacándole el güevo del culo al otro, un chico esbelto, oscuro claro, totalmente desnudo. Tony lo quería así, en inferioridad de condiciones para hacerle consciente de su vulnerabilidad, aplastándole las redondas nalgas con la pelvis al encularle, montándole una mano en la nuca y derribándole casi violentamente sobre el escritorio del profesor, aumentando el ritmo de sus embestidas. Y al caer sobre el mesón, abriendo las manos para sostenerse, rostro contra un libro, Emilio Nóbregas gime y grita, de sus labios gruesos escapan alaridos de intensa y profunda lujuria, la que le ocasionaba estar siendo utilizado así, aunque no lo entendiera, sabiendo que… Y roza el rostro del libro, moviendo la cabeza, gritando más ante la idea: el güevo blanco rojizo del marica ese clavándosele en el culo.

   A lo lejos se oye un timbre, también gritos y voces, gente que corre aunque alguien les advierte de no hacerlo; era el mar de chicos que, alegre y voluntariosamente iban a sus salones a recibir clases. Eso los excita, uno sabiendo que lleva las de ganar, se le sabía gay ya, el otro por lo “grave” de su situación, mientras su cuerpo era agitado de adelante atrás sobre el escritorio del profesor por las fuerza de las cogidas que un compañerito de clases le daba, en la escuela, en un aula, mientras las clases comenzaban a su alrededor y las voces, gritos y risas del muchacherío era claramente audible.

   ¿Lo increíble, desde su punto de vista para Emilio?, lo mucho que le gustaba ser tratado así, lo que ese maricón le estaba haciendo, retenido por esa mano en su nuca contra el mesón sobre el cual se agita su cuerpo por las cogidas, sintiendo como el grueso tolete caliente y pulsante del chico se retira casi todo, para luego clavársele, abriéndole, rozándole las paredes del recto, dándole en lo profundo al tiempo que le golpean las bolas fuera de la bragueta. El chico sabe que quiere eso, ser cogido así, de manera total, inmisericorde, oyendo al otro rugirle, entre risas, que menea ese culo sabroso, que amasa su güevo como los buenos, que se nota lo mucho que quería un macho. Todas esas palabras le marean, le hacen perder el control, y sonríe beatíficamente, algo de baba manchando aquel libro.

   El tolete sale, casi totalmente, blanco rojizo, surcado de venas, deteniéndose, y agitado, Emilio casi enrojece sobre la mesa, porque siente como su esfínter lo hala, lo atrapa, lo desea. Y cuando se le clava con un “tómalo, maricón, que se nota que te hace falta”, gime largamente, de manera escandalosa. Si, ¡quiere ser cogido y tratado como una puta barata!, ¡quiere que todos sepan que es una puta barata! Esa idea le rodea, penetra, embarga, y su erecto tolete bota un mar de líquidos espesos que se agitan al caer, por las embestidas. Chilla tanto con cada nueva enculada del joven blanco, que este, soltándole la nuca, viendo como eleva el rostro, le cubre la boca.

   -Silencio, puta, silencio, todavía no estás lista para darte a conocer al mundo. Necesitas algo más. –le gruñe, halándole, amordazándole, casi obligándole a arquear la espalda.- Vamos, muéstrame de que eres capaz, pórtate como un hombrecito grande y ordéñame el güevo con tu culo negro… -las palabras fluían con facilidad, con maldad. Y ríe, ronco y bajo, teniéndoselo bien clavado en el culo, notando como esas entrañas se agitan, lo halan y trabajan.

   -Hummfff… -es todo lo que puede agregar, contra la mano de ese chico del que se burlaba y que ahora se había transformado en una bestial sexual que le dominaba, que le machacaba el culo una y otra vez con su poderosa barra, así lo pensaba, haciéndole estremecer, gemir, mecer su agujero vicioso contra esa pelvis, frotándose, y queriendo más de toda esa joven y dura masculinidad.

   -Si, sabía que lloriquearías cuando te cogiera, puta barata. –le sobresalta escucharle, ¡era lo que había estado pensando!, y eso le hizo botar aún más líquidos por la verga.- Esto es lo que querías, ¿verdad? Un güevo por tu culo, llenándotelo, rascándote esa piquiña de machos que tenías. –le ruge, halándole más, casi contra su cuerpo.- ¿Es lo que querías de Rubén? ¿Qué te cogiera en los vestuarios después de las prácticas, él sudado metiéndotela por tu culo sucio y mojado? Dime, ¿te gusta oler sus calzoncillos, lamer sus suspensorios? –le gruñe, y hay algo de enojo en todo ello, como de… celos.

   -Humggg… -Emilio medio vuelve los ojos, para verlo, como un cervatillo atrapado.

   -Has insultado durante mucho tiempo a mucha gente, Nóbregas, ahora te toca a ti ser el hazmerreir. Por suerte, te gustará ser humillado y usado como te usarán todos. –le promete.

   Emilio se estremece todo, como presintiendo un peligro real, pero cuando el otro, soltándole la boca y atrapándole una rodilla, obligándole a subir la pierna sobre el escritorio, muy elásticamente separándole más las nalgas, comienza un mete y saca aún más violento, tan sólo puede gritar, echando la cabeza hacia atrás, boca muy abierta, ojos cerrados. Olvidado de todo, nada importaba como no fuera la experiencia de esa tranca pulsante y dura que le quema las entrañas, que le hacía delirar a cada pasada, que le provocaba temblores por todo su cuerpo. Ahora sólo desea una cosa, algo que jamás en su vida había contemplado, la posibilidad de recibir la esperma acumulada en esas bolas que le golpeaban las nalgas a cada embestida.

   ¡Quiere que Tony le deje el culo lleno de leche!, y la idea le hace tragar, abriendo los ojos, sorprendido. ¿Lo pensó?, ¿el otro se lo dijo?, no lo sabe, sólo lo espera.

   -Tómala toda, puta barata. Toma toda mi leche. –le ruge Tony al oído, escuchándose bastante en el silencio de un piso de muchachos en clases.

   La siente llegar, de alguna manera Emilio lo sabe, con un jadeo de anticipación, tal vez por la dureza de la barra de carne de Tony llenándole aún más el culo, o por su temblor, las pulsadas intensas, pero sabe que el chico está a punto de vaciar las bolas, de disparar su carga de espermatozoides en sus entrañas. Un chico iba a corrérsele adentro. Otro chico iba a llenarlo con su leche. E instintivamente relaja las paredes de su recto, sintiendo el primer disparo, profundo al tenerlo ese güevo tan clavado, golpeándole allí, donde el otro le da y le hace gemir de gusto, y la sensación casi le hace flotar. Grita al sentir el segundo disparo, toda esa leche llenando su culo, Tony sacándola lentamente, chorreando esperma caliente y viscosa por todo el camino mientras se retira.

   -No… no… -gimotea, volviendo el rostro, ardiendo también, sintiendo su culo como más urgido, más caliente y mojado ahora con la esperma de Tony.

   La quería adentro para correrse también, ya que estaba tan cerca. La mano del otro sobre su nuca le derriba otra vez sobre el mesón, cosa que le hace gemir de gusto, al sentirse sometido así, y porque ese tolete cilíndrico vuelve a enterrársele en sus urgidas entrañas, ahora tensas, deseando atraparle, halarle. Pero es la voz de Tony la que le llena de desconcierto… y temor.

   -No, puta, no alcanzarás tu orgasmo. No tan fácil. –las manos del chico le atrapan la nuca, y siente pequeñas vibraciones desconcertantes que parecen provenir de los dedos que le halan y obligan volver al rostro a mirarle.- Tres… -le dice sonriendo, sentencioso.- Ese será tu castigo, maricón reprimido. Pronto lo entenderás.

CONTINÚA … 29

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 27

mayo 9, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 26

BOY HOT

   La hora de los mininos.

……

   William Contreras estaba molesto; Nancy, su mujer, había insistido en tomar aquella ruta, entrando por Petare, buscando un aserradero donde esperaba encontrar puertas de madera, no procesadas, que resultaran más baratas ahora que había decidido reemplazar todas las del apartamento. Justo ahora que todo costaba un ojo de la cara y cuando todavía no terminaban de montar el baño nuevo. Había insistido en que sólo “mirarían y preguntarían”, pero ya la veía embarcada en la faena, insensible, aparentemente, a sus argumentos de que el presupuesto no alcanza en esos momentos para tantos cambios. Pero debía darle por su lado, meterse por esa horrible y solitaria zona, siempre subiendo, o de lo contrario ella le recordaría hasta el final de los tiempos que nunca quiere hacer las cosas y que vive achantado. Por ello, mientras ella hablaba hasta por los codos del tiempo que han perdido desde el diciembre pasado para terminar esos arreglos, él guarda un malhumorado silencio, sospechando, hace rato, que en algún punto cometieron un error y la serpenteante, delgada y accidentada carretera no les llevaría al fulano aserradero.

   -¡Oh, Dios mío! –un grito escandalizado, y muy molesto de la mujer, le sobresalta, literalmente, perdido como estaba en sus funestos pensamientos.- ¡Mira a esos degenerados! ¡Están tirando en plena calle!

   En los hombres heterosexuales, en lo referente al sexo gay, hay dos fuertes y contradictorios sentimientos que se enfrentan y coexisten al mismo tiempo: les divierte de forma obscena y sucia como un chisme, pero al mismo tiempo les disgusta ver a los sujetos con mariconerías cerca de ellos; en mayor o menor medida, según el hombre en cuestión. Y William Contreras no era ninguna excepción a la regla. En cuanto su alarmada mujer le señala la escena a un lado de la carretera, en aquel parador con pinta de gasolinera con venta de basuritas automovilísticas, se queda con la boca abierta. Allí, bajo el sol, a la vista de cualquiera que pudiera pasar (y era una posibilidad real por muy apartado que estuviera ese lugar), dos hombres estaban de pie, uno joven, con un güevo tieso como pata de perro envenenado, y el otro, un adulto recio y masculino, quien estaba cogiendo rítmicamente a un tercer carajo que está de espaldas sobre la capota de una camioneta tipo grúa. Y ese tipo gemía, se arqueaba y prácticamente sollozaba de placer mientras su culo era arado, una y otra vez con rudeza, por el otro.

   -Malditos ociosos. –ruge, colérica, Nancy, volviéndose hacia su marido.- ¿Puedes creerlo? Da la vuelta y vámonos de esta vaina.

   Sonriendo leve, del malestar de su mujer (se lo tenía merecido por andar arreándole como lo hacía), el hombre gira el volante, mirando, a pesar de todo, a los carajos que joden tan libremente bajo la luz del sol. Le impresiona, aunque jamás lo diría, la cara y porte del chico que sonríe, su verga rezumando algo de líquidos o semen, altanero por la buena pieza que tenía entre las piernas. Así, intrigado y molesto, asqueado pero interesado, William se aleja, comenzando a descender el camino andado, todavía tocándole escuchar las quejas de Nancy, quien habla del fin del mundo, que ya no quedaban hombres y que deberían denunciarlos con la policía.

   Por un segundo, Jóvito y Onésimo se miran, este deteniendo las embestidas, mientras observan alejarse el vehículo, y comienzan a reír de manera descontrolada, como si aquello fuera realmente una broma, un chiste. O una hazaña. No estaban pensando con claridad. El hombre mayor, teniendo el güevo bien clavado en aquel culo que se lo apretaba y chupaba, con su hijo al lado, exhibiendo descaradamente su tolete tieso, se eriza con todo lo ocurrido. Una gente pasó frente a su negocio y le vio cogiéndose al marica ese. Esa imagen le excita todavía más. Reinicia sus embestidas, con fuerza, estremeciéndole sobre la capota que rechina, golpeándole con las bolas. Eso logra que Wilmer Soteldo grite largamente de placer, las paredes de su recto necesitando mucho de aquello, de la pulsante pieza de un macho que las satisficiera.

   -Mierda, papa, cómo le gusta un güevo bien clavado en el culo. –comenta Jóvito, maravillado, riendo vicioso.

   -Y se nota que ha repartido bastante culo, pero con nosotros dándole si es verdad que no tiene vuelta atrás, se morirá maricón y añorando güevos. –ruge Onésimo, sintiéndose poderoso; con una mueca tipo sonrisa mira al sujeto y comienza un rítmico cepillado con sus verga dentro de aquellas entrañas.- Cuéntame, maricón, ¿cómo fue la primera vez? ¿Un primo te atrapó en las duchas cuando eras chico, haciéndote tragar su güevo, metiéndotelo luego por el culo, haciéndote saber que eras un puto así tomado a la fuerza y en contra de tu voluntad? ¿O fue un tío de visita una tarde? No, seguro que siempre has amado repartir culo, que te den así… -empuja duro, casi meciéndole sobre la capota.- Así… así… -el grueso tolete salía casi hasta el glandes antes de volverse a enterrar.- Esto era todo lo que necesitabas para ser la reina de tu escuela y tu cuadra, ¿verdad? –ruge poderoso; Wilmer gime cada vez más, también afectado por aquella palabras, así como Jóvito, que ríe con ganas.

   El hombretón ruge, apretando los dientes, temblando ricamente, de una manera intensa, su tolete parece una barra de acero al rojo vivo cuando comienza vomitar su carga; Dios, la intensidad de ese orgasmo era todavía mejor que el anterior, y duraba y duraba. Teniéndole el güevo clavado hasta los pelos, este, pulsante y caliente, emitió una carga mucho menor de semen en aquellas entrañas ya bañadas. Y sobre la capota, gimiendo, ojos cerrados, Wilmer sonreía recibiéndola. Con una mueca, el hombre le saca el güevo; el carajo, tembloroso, queda allí, piernas medio caídas.

   -¡Eres tan marica! –le lanza, respirando pesadamente.

   Sin embargo sonríe cuando su hijo, Jóvito, con una mueca, pasa a su lado, le toma las piernas al carajo, que le mira sonriéndole leve, apartándose él mismo el muy empeguntado hilo, exponiéndole su culo. Y el muchacho se la clava con un golpe, duro, desplazando todo ese semen. Los dos rugen de placer, el güevo siendo apretado y chupado, las pareces de ese recto sintiendo las pulsantes vibraciones de la rugosa pieza. Jóvito retira unos centímetros su tranca y vuelve a clavársela, apretando los dientes, sintiendo como las piernas del otro le rodean la cintura, halándole, como obligándole a metérsela más todavía.

   -Toma, toma, maricón, tómalo todo. –le gritaba ronco, lujurioso.

   Estremeciéndose por la intensidad que nota en su hijo mientras se coge el culo del maricón donde acaba de derramar sus bolas, Onésimo se mira su propia tranca. Estremeciéndose. ¡Todavía estaba dura! También le parecía que sí, que estaba como más gruesa, algo más voluminosa. Levanta la mirada hacia su hijo, quien tiene los ojos cerrados, la cabeza algo echada hacia atrás, los rayos del sol bañándole, mientras sigue enculando con fuerza al maricón ese, que se arquea sobre la capota, gritando imposiblemente puto y feliz, la verga temblándole bajo la muy empegostada tanga, mojándola otro poco más. Había alcanzado otro orgasmo mientras su culo, no, su coño era penetrado y estimulado por la masculinidad de un hombre de verdad.

   -Vamos, hijo, dale duro. Preña al puto. Déjale un hijo en la barriga. –aúpa a su muchacho, sintiendo ganas de ocupar otra vez su lugar y volver encular al marica.

   Pero, claro, no todo podía ser tirar, ¿verdad? También había que trabajar y pronto el resto de la familia regresaría. La idea le produce desazón. Si, preferiría seguir cogiendo maricas.

……

   -Adelante, chico. –Bartok, sonriendo, le indica a los jóvenes dos sillas frente a su escritorio. Su hermoso semblante eriza la piel de los muchachos cuando toman asiento, sonriendo algo avergonzados, como adolecentes enamorados ante una estrella de cine.

   Ernesto garzón, el joven asistente de vuelo, se ve bien; le habían pintado mechitas platino en el cabello, que contrastaban bien con su tono de piel color caramelo claro. Leonardo Pompa, el nieto de Irene Wollmer, se veía… Bueno, bonito, mucho, de una manera ligeramente amanerada tipo nena. Los dos tenían ya un inocultable tumbadito amanerado. Aunque los han mantenido, en la red, dentro de ciertos límites. En las fantasías de los clientes siempre deberán parecer chicos ingenuos pero heterosexuales, vírgenes, siendo tomados por adultos agresivos y poderosos que los transformaban a fuerza de vergas.

   -¿Ocurre algo, Bartok? –pregunta finalmente Leonardo, con cierta candencia, indicándole a su colega de filmaciones que tiene confianza con el guapo jefe. Había cierta competencia entre ellos, algo que ni siquiera el apuesto controlador puede corregir. Su amo si podría.

   -Si, pero todo bien. Un importante productor internacional quiere conocerlos… -sonríe, echándose hacia atrás en su sillón, emanando algo de él que alerta a los chicos, les excita.- Promete abrirnos el mundo. Europa, Asia… y mucho dinero. Hay promesa de oro del bueno para todos nosotros al final del arcoíris. -se inclina sobre el escritorio.- Así que les pregunto: ¿están interesados en conocerle? –sonríe socarrón, esos muchachos no tenían ninguna oportunidad de negarse, no cuando les manejaba, como hacía en esos momentos, para que sus culos sintieran calores y picor.

……

   Poco después, vistiendo de jeans, botines deportivos y chaquetas tipo universitarios, Leonardo y Ernesto, pareciendo dos chicos cualquiera que iban a pasear por ahí, salen de la productora. Se dirigen a una camioneta que les espera, suben y se alejan. Un poco más allá, Gabriel Rojas lanza una bocanada de humo y arroja el cigarrillo al suelo, pisándolo y subiendo a su viejo carro. Siguiéndoles. Tenían que hablar con Leonardo a solas, lejos del equipo de producción. Fuera de la mirada de ese extraño sujeto, Liam Bartok, que a veces le observaba de manera curiosa, produciéndole una reacción singular: repulsa. Pero, ahora, llegaba el momento de hablare y, tal vez, raptar al chico.

……

   -¡Ahhh…! -grita Emilio Nóbregas sin poder contenerse, echando la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos, su rostro suavemente negro algo reluciente, de su boca muy abierta escapa algo de saliva, estremeciéndose cada vez que el blanco tolete de Tony Moncada sale casi hasta el enrojecido glande y vuelve a clavarse en sus entrañas, profundo, con golpes fuertes dándole en alguna parte que le tenía temblando, erizado, gimiendo putonamente, con las tetillas duras, su propio tolete, tieso y agitándose por la fuerza de las cogidas, rezumando jugos.

   -Toma, tómalo todo, coño’e tu madre. –le ruge Tony, entre dientes, con una mueca depredadora de poder y control casi cruel.- Apriétamelo así, con tu sucio culo negro de maricón. –las palabras le llegaban solas, gruñéndolas con fiereza, notando como el otro respondía a ellas.- Lo tienes tan hambriento y caliente que no creo poder; dime, ¿llamamos a tus amigos en la entrada del liceo para que vengan a ayudarme a satisfacerte? –le pregunta casi a un oído, después de clavárselo todo, aplastándole las redondas nalgas de color.- ¿Llamo a tus amigos para que te cojamos entre todos?

CONTINÚA … 28

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 26

abril 29, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 25

BOY HOT

   La hora de los mininos.

……

   -Lo sé, le sentí.

   -Hay alguien más, ¿verdad? No un controlado. –le tantea el otro.

   -Si, maestro, un chico. Me sorprendió su potencial cuando le conocí, por pura casualidad, en el Metro. Tiene un gran poder, aunque él mismo lo ignora. Fue extraño, por su edad ya debería haberse encontrado con otros, pero aparentemente no ha sido así. –hay un silencio que le incomoda.

   -Si, curioso; seguramente es como dices, pero sé prudente. Aunque hay gente buscándonos ya, como imaginarás. Y son poderosos.

   -Anómalos. Conocí a una, a mi llegada al aeropuerto, hace poco.

   -Te vio. Eso es malo, es más fácil ubicarte conociendo tus facciones. –eso inquieta al atractivo catire.- He visto tu trabajo, debo reconocer que es sensacional. Te has superado, Liam. –la lisonja le hace sonreír.- Yo mismo he dado algunos pasos, como sabes, pero dos de tus chicos son estupendos para la tarea. –adivina fácilmente de quienes se trata.- Envíamelos.

   -Si, maestro.

……

   Moviéndose exactamente como si tuviera un palo metido por el culo, y con la misma cara de molestia, Tony Moncada sube a la segunda planta del instituto buscando un lugar solitario y tranquilo. Necesita calmarse. Sabe que de alguna manera todo ha cambiado. Si dejaba que la ira le dominara, si perdía el control, no sabe qué podría ocurrir. Y estaba furioso. No quiere pensar en nada como no sea que es un chico egoísta, que siempre lo ha sido, jamás le ha gustado compartir sus juguetes. Su madre podría atestiguarlo. Por ello, se dice, le molestaban las atenciones que la hermosa Vanesa le brindaba a Rubén. Eran novios, después de todo, se recuerda; pensamiento que le quema como ácido en la garganta. Ella creía que Rubén Santana era aún el mismo de siempre. Ignoraba que ahora le pertenecía. ¡Rubén era suyo!

   La idea, intensa, posesiva, dolorosamente obsesionante, le enferma. Y si a eso se sumaba la profunda sensación de frío que le dominaba justo en aquellos instantes, tanto que sus dedos le duelen ligeramente, la tormenta podría estallar. No sabe qué significa todo eso, pero una idea ajena, o eso le parecía, le indicaba que todo “estaba en moviendo”. Pero quién, haciendo qué. No lo sabe, pero esa era la razón de ese frío. Y de la sensación de poder que lo recorría en esos instantes. Sabe, o lo sospecha, que si dejaba que ese algo que a veces salía de él, alcanzando a otros, escapaba en esos momentos, justo en esos instantes cuando casi tirita de frío, podría controlar todo el liceo, desde la azotea a los sótanos, incluidas las canchas. Lo sabe. De alguna manera. Era una sensación embriagante, quería hacerlo, abrir los brazos y poseerlos a todos. Deteniéndose en uno de los solitarios pasillos, asomándose a la baranda, respira pesadamente y cierra los ojos. Imaginándolo. Lanzándose contra todos, dominando a cada persona dentro de esos límites. Controlándolos. Imagina una larga hilera de chicos en ropas de cuero, con las manos atadas a sus espaldas, de rodillas, mirándole con adoración.

   Si, podría. Sonríe… Pero abre los ojos asustado. No, no podía. ¡No debía hacerlo! Se asusta, y enfurece por ello, cuando esa idea da vueltas y vueltas en su cabeza; que si, que sí puede hacerlo, que lo haga y lo disfrute. Se aleja y es cuando repara en él…

   También asomado a la baranda, pero viendo hacia la entrada del instituto, Emilio Nóbregas sonríe totalmente malicioso, la mirada clavada sobre Rubén Santana (¡el marica ese!), quien tiene en esos momentos a Vanesa colgada a él. La hermosa Vanesa de tetas grandes que nunca ha querido salir con él porque no es el capitán del equipo. Allí estaba, sonreída, feliz, luciéndose al lado del mariconcito que tenía por novio. Porque así pensaba ahora de él, su hasta hace muy poco mejor amigo, capitán y colega. El mariconcito de Rubén. Sonríe de manera abierta, oh, sí, será maravilloso exponerlo, tachándole de lo mismo que él acusaba a otros hasta hace poco. Les contará a todos y el capi sería el hazmerreír del liceo. ¡Ya imagina la cara de Vanesa! Asiente, decidido, ya había un buen grupo de compañeros de clases, del equipo y de amigos junto a Rubén, era hora de echar el cuento. Le atormentaría un poco y, cuando estuviera retorciéndose como bagre en anzuelo, lanzaría el golpe.

   Se vuelve, maliciosamente feliz, y se sobresalta congelándose. Para luego sonreír de manera malvada otra vez.

   -¿Qué haces aquí, maricón?, ¿buscando a quien mamarle el güevo? –es cortante, soez.

   -¿Y tú? ¿Dejaste alguno? –contraataca, aparentemente sereno, Tony. El otro aprieta los gruesos labios.

   -¡Maricón! –e intenta pasar a su lado, pero Tony se mueve y le cierra el paso.- ¡Quítate!

   -¿Tienes prisa? –y mira hacia la entrada, hacia Rubén.- ¿Qué piensas hacer?

   -Ah, ¿es eso? ¿Estás preocupado por tu novio? Que ternura. Nunca imaginé que te interesara tanto un chico que siempre se ha burlado de lo raro que eres. ¿Entonces es cierto que en las escuelas los maricones se enamoran de los heterosexuales que los maltratan porque todas esas testosteronas son como un afrodisiaco? –se burla y Tony no puede evitar el parpadeo.

   -Guao, se nota que le has dedicado tiempo al tema. ¿Has visto mucho porno gay en tus investigaciones? ¿Se te pone duro? Puedo recomendarte…

   -¡Déjate de mariqueras! –estalla el muchacho, furioso de que se le cuestione en su identidad, pero logra recomponerse con una sonrisa.- Si es así como pretendes que no diga nada de ti y de tu amiguito, te equivocas de estrategia.

   -Creí que era tu amigo. Mío no lo es. Es tan sólo… un bonito cuerpo al cual meterle mano. –es crudo y sonríe al verle dar un respingo por no negar nada.- ¿Acaso he dado muestras de preocuparme de lo que tú, él o el resto de los hijos de putas piensen?

   -Me alegro por ti, que no te importe, porque pienso exponer al maricón ese. –vuelve por sus fueros.- Mierda, eres como una enfermedad infecciosa. Contagias, atacas el sistema y lo destruyes. Deberían matarlos a todos. –sonríe con desprecio, sabiendo que lastima.

   Tony se queda paralizado por un segundo, esa rabia que lleva rato padeciendo estalla de manera intensa, blanca y pura. En esos momentos odia a ese hijo de puta más de lo que en su momento detestó a Rubén. Y quiere lastimarle. Mucho. Tanto que las ganas casi le hacen desear gritar. Con un alarido de rabia le atrapa el rostro con las manos, desconcertándole, asombrándole. Cuando se le va encima con claras intensiones de besarle, horrorizado, erizado de repulsa, Emilio va a gritarle que no, al tiempo que empujarle, pero sus bocas se unen.

   Todo gira de manera vertiginosa alrededor del joven muchacho negro cuando siente esos labios sobre los suyos, cubriéndolos a pesar de tener la boca abierta. La lengua metiéndosele. La lengua de otro chico. ¡La lengua de ese marico! Quiere empujarle, pero parecen faltarle las fuerzas. El girar vertiginoso parece incrementarse, tanto que tiene que sostenerse del chemise del otro para no caer. Y es perfectamente consciente de todo, del olor corporal de Tony, de su aliento bañándole, de la lengua entrando, lamiendo y tanteando, chocando de la suya, chasqueando, salivosa, de su cuerpo presionándole, de tener contra un muslo la entrepierna del otro, con su miembro no duro pero si consistente. Por alguna razón era perfectamente consciente de ello. Esa lengua le eriza, la verga contra su muslo, quemándole a pesar de no estar dura, le obsesiona. La suya responde, horrorizándole, endureciéndose contra una pierna de Tony, mientras su lengua sale al encuentro de la del joven. No sabe cómo o por qué pero le enloquece sentirla, sobre la suya, agitándose, azotándole. La busca cuando sale y penetra ahora en la boca del otro. Y se estremece, gimiendo de manera ansiosa cuando los dientes de Tony se la rastrillan suavemente.

   Las boca se separan lentamente, y ambos jóvenes se miran, respiraciones pesadas. Algo de conciencia de lo que hacía regresa a Emilio, pero no puede apartarse, ni siquiera aflojar los puños sobre la chemise del otro, gesto con el cual parece más bien retenerle a su lado.

   -Respondiste demasiado bien. –Tony le habla casi sobre la boca, con burla y desdén.- O lo has hecho o has soñado mucho con la idea de besar a otro chico. ¿Sueñas con tener un novio, Nóbregas? Dime, ¿es Rubén quien llena tus fantasías homoeróticas de noche en tu cama mientras te masturbas con ansiedad y todo erizado? ¿Sueñas con lamer su cuerpo sólido en los vestuarios mientras sólo usa un suspensorio, recogiendo gotitas de su sudor? ¿Con caer de rodillas y adorarle? Besa bien, eso puedo decírtelo.

   -No, yo no… -se defiende, negando, pero deja escapar un gemido débil cuando los rojizos labios de Tony se acercan a los suyos; le asusta lo mucho que desea que le bese otra vez.

   -Me hiciste molestar, Nóbregas, con tus palabras venenosas. Ya venía arrecho, pero por Rubén no te habría hecho lo que ahora si te haré. Fueron esas palabras, tus “mariconcito”, dichos con tanto desprecio. Te convertiré en algo despreciable a la vista de otros. Vamos, sígueme a ese salón, estará vacío los próximos cuarenta minutos. –sigue diciéndole contra los labios, mirándole a los ojos, sonriendo.- Voy a cogerte. –le informa y le ve tensarse, asustarse mucho, y le da un rápido besito, atrapándole con los dientes el gordito labio inferior.- Voy a llenar tu apretado culo negro con mi güevo tieso y caliente…  Y cuando te lo llene con mi leche te va a pasar algo. Algo muy malo para ti… pero que será muy divertido para todo chico calentorro y deseoso de sexo que se encuentre contigo. –dice con seguridad, cruel.- Es algo que quiero probar. Vamos… -se aparta un poco, extendiendo una mano. Esperándole. Invitándole.

   Emilio, jadeando, le mira entre fascinado y horrorizado. Pero alza la mano y deja que el otro la cubra con la suya, siguiéndole a ese salón.

CONTINÚA … 27

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 25

abril 13, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 24

BOY HOT

   La hora de los mininos.

……

   No ve a Emilio Nóbregas, pero están los de siempre, cinco o seis de sus amigos y colegas en el equipo, todos tipos de lo más bromistas… y crueles. Intuye que Nóbregas espera que llegue para exponerlo. Y la idea casi le hace gritar; desea echarse a correr, ocultarse. O buscar al “amigo” y explicarle, mentirle, rogarle que callara. Aunque le cuesta mucho, por alguna razón, desobedecer, incluso molestarse con Tony, se vuelve a mirarle para reclamarle, pero termina frunciendo el ceño. El otro parece ido del mundo.

   Algo estaba pasando, algo serio, la idea penetra la mente del joven manipulador, igual que esa fría y horrible sensación que le domina desde hace un buen rato. Si, sabe que es algo grande, y que de alguna manera tiene que ver con su vida, aunque ignore el qué o cómo; y una parte de sí se siente bien. Feliz. Otra no…

   -Al fin llegaste, cariño. –la alegre voz de la hermosa Vanesa Tinedo, le saca de sus pensamientos, mientras la ve ignorarle olímpicamente y echarle los brazos al cuello a Rubén, besándole en la boca, colgándosele literalmente, obligándolo a rodearle la delgada cintura con sus brazos. Y que este responde al beso.

   Por un segundo, con la boca muy abierta, Tony se ve casi cómico; lo que no es tan divertido es la intensa rabia que lo recorre, una ira roja, sorda, escandalosa que casi le deja sordo. “¡Suéltale!”, la idea viene como un grito furioso. Ver el beso, oír los chasquidos le envenena de rabia. ¿Cómo se atrevía a tocarlo, a besarlo, a restregársele así de la bragueta? ¡Celoso!, ¿acaso estaba celoso de esa puta? Balbucea sin sonido, dando un paso atrás. No. ¡No! Claro que no, no eran celos, se grita. Pero eso no hacía nada por aligerar el peso de todo el disgusto, y casi hasta de pesar, que siente en esos momentos. Desea tomarla de los hombros y arrastrarla… Intenta controlarse, pero algo debía estar emanando porque nota que Rubén lo capta, tensándose.

   ¿Qué diablos…?, pensó cuando Vanesa le saltó al cuello, amorosa, o lo parecía. La notaba algo ansiosa. Creía entenderla; seguro interpretaba su alejamiento, por culpa de Tony, como un signo de que se cansaba de ella. El beso fue sorpresivo y respondió automáticamente. Luego lo captó, una sensación hiriente, fea y desagradable. Que venía de Tony. Un reclamo. No lo entendía pero…

   -Búsquense un cuarto de hotel, ¿no? –gruñe este, ceñudo. Los dos chicos se miran, pero Rubén no puede decir nada.

   -Ocúpate de tus asuntos, Moncada, ¿no tienes a quién mamársela en estos momentos? –la joven es burlona, cruel de manera totalmente adolecente. Ignorándole, otra vez, vuelve toda su atención a Rubén, a quien todavía abraza.- Nóbregas te anda buscando; quería que le avisaran cuando llegaras, parece que tiene algo importante qué contarnos.

   El suelo se hunde bajo los pies de Rubén, y ve a Tony, casi suplicante. Este, ceñudo, se acomoda el morral al hombro, evitando corresponder a su mirada, ignorándole, entregado a su rencor con un mental ah, ¿ahora si te acuerdas de mí?

   -Permiso, debo ocuparme de mi vida. –informa, neutro. ¿Iría a detener a Nóbregas?, Rubén no lo sabe, no le queda claro, y la ansiedad y el temor le enferman.

   -Ay, no cuentes tus cosas íntimas. –se burla Vanesa, riendo, no notando que Rubén no la acompaña.

   ¡Puta!, piensa Tony, decidido a hacerla pagar. Pero, por ahora, necesita alejarse. De Rubén. No, no había sentido celos, no era lógico, ¿verdad? El muchacho era su enemigo. Si, en eso debía concentrarse. En herirle, someterle y humillarle; en tenerle desnudo sobre su cama, las manos a la espalda, de rodillas, suplicándole que le amara. Una ola fría le arropa, estremeciéndole, la imagen era casi… Un frío se intensifica y lo envuelve, paralizándole por un segundo, alzando el rostro, aguzando los oídos. ¿Qué coño ocurría? ¿Y en dónde? Algo se acercaba, lo sabe. Y sería algo enorme.

   -Te extrañé ayer. –todavía oye a la puta, y no necesita volverse para saber que vuelve abrazar a Rubén. Dios… ¡cómo la odia!

……

   -¡Ahhh…! ¡Tómala toda, puto de mierda! –ruge Jóvito Malavé cuan vikingo cayendo sobre poblada indefensa, metiéndole el güevo hasta el fondo a Wilmer Soteldo en el ardiente culo, cerrando los dedos sobre sus caderas, corriéndose otra vez, temblando con un alarido y un gesto de gozo indescriptible, el del macho conquistador.

   Su rostro, transfigurado, casi parece vacío de toda expresión, pero su mente es de certezas; sabe a ciencia cierta que pocas veces antes ha alcanzando un orgasmo semejante (bueno, que fuera de pajas solitarias no eran tampoco tantas las experiencias); sabe que quiere, que quiere coger culos, todos los culos de los putos del mundo. Que nació para preñar maricones. Y bombea, una o dos veces más, sintiendo un gozo increíble al oírle gemir. De responder a su masculinidad poderosa.

   A su lado, su padre le mira y aguarda, fijando luego los ojos en esas nalgas peludas donde las tirita putonas de un hilo dental que sólo un puto usaría, enmarcan el coño caliente, pulsante y ávido que ese sujeto tenía en medio. Porque era un coño que se adhería, halaba, apretaba, masajeaba y chupaba güevos. Su hijo estaba dándole duro, y seguro que ese puto estaba brindándole un gran placer mientras recibía con amor su joven tolete y la leche, o la poca que todavía pudiera estarle saliendo después de una corrida previa. Ve el rostro de ese tipo, babeando, ojos cerrados, una expresión de máxima gloria. Oh, sí, ese carajo estaba gozando aún más que su muchacho cogiéndole, el tener el culo lleno con una dura verga masculina, la cual estaba brindándole todo el placer que necesita en esta vida.

   Jadeando, sonriendo de manera casi cruel, Jóvito saca su güevo de aquel culo, de golpe, dejando el peludo agujero abierto por un segundo, manando aún más semen. El muchacho mira la leche chorreando, su leche (también la de su papá, claro), y le gusta, así como el fijar la mirada en su tranca enrojecida, manchada de esperma… más gruesa, nervuda y poderosa de lo que la ha sentido nunca. Mierda, ¿acaso estaba más grande? Alza los ojos hacia su padre, sus miradas se cruzan, sonriendo complacido, orgulloso de sí mismo. Pero Onésimo no tarda en apartar los ojos. No por vergüenza o incomodidad. No, estos caen como dardos sobre ese culo velludo donde una tirita de la putona prenda aún no termina de caer, pero es visible, la tirita de un carajo que usa eso bajo sus ropas. Mira con ansiedad ese culo que titila y de donde mana semen.

   Todo él arde con una lujuria salvaje, primitiva. ¡Quiere culo! Quiere follarse a la perra mientras todavía los espermatozoides de su hijo nadan en él. Quiere metérsela a ese hombre que tiene un coño caliente entre sus nalgas. Con movimientos bruscos va a su lado, su tolete erecto bamboleándose, y atrapa las piernas del sujeto, quien grita, sorprendido, y lo alza, volviéndole sobre la capota. Wilmer queda boca arriba, pasmado, con las piernas unidas por un brazo de Onésimo sobre su hombro izquierdo, halándole sin miramientos, hacia el borde, dejándole el culo a la altura de su verga pulsante. Esta sufre un violento espasmo en anticipación, una espesa gota de líquidos pre-seminales, también de semen viejo, escapa del ojete. Y la mete, la hunde suavemente, poco a poco, consiente de cada apretada que aquel esfínter da a su pieza. Y mientras la clava, dura y pulsante, disfruta viendo al maricón ese arquearse sobre la capota, gritando por la boca abierta, muy rojo de cara. Se le mete toda, toda, y todavía empuja más, meciendo sus caderas, casi viendo luces blancas estallando frente a sus ojos por la sensación que brindaban esas entrañas adheridas a su tabla, rozándola, apretándola, halándola.

   -Coge a la perra, papá, coge su coño. –ríe, cascado y algo desequilibrado, Jóvito, a su lado, mirando ávidamente la cara del otro, quien echa la nuca hacia atrás y lanza un largo gemido.

   Es todo lo que Onésimo necesita, comienza un violento saca y mete, echando casi con elegancia sus caderas de adelante atrás, respirando pesadamente, ojos brillantes de lujuria, boca torcida en una sonrisa torva. Lo clava hondo, lo encula con dureza, estremeciéndole el cuerpo sobre la capota, haciéndole gritar, ronco, de placer. Lo coge feo, mirando su verga entrando y saliendo casi hasta el glande y volviendo a enterrarla, ladeando su pelvis, a la derecha, a la izquierda, arriba, abajo, dándole donde es. Le gusta ver ese culo llenarse con su güevo, no había una visión mejor, aunque la tanga, esa prenda putona que el hombre usaba, totalmente mojada de semen, de sus propias corridas, era también extrañamente erótica. Cierra los ojos mientras lo cabalga, oyéndole gemir, suplicar leve, casi sollozar de gusto; también él echa un poco el rostro hacia atrás, sintiendo la tibia brisa contra su cara, el sol, sabiendo que quiere eso, coger a ese tipo, llenarle con su güevo. Si, un macho como él merece todos los culos del mundo, todos los maricones tienen que ser cogidos, uno tras otro, filas y filas de maricones esperando ser tomados por los hombres, ser llenados con sus vergas y sus leches, cayendo luego de rodillas, jadeando, sus culos chorreando semen, sus caras, torsos y barrigas cubiertos de las mil leches de los hombres que les rodearían y se les correrían encima. Perdido en su lujuria le parece que la voz de su hijo le llega de muy lejos.

   -Papá, se acerca un auto.

……

   Liam Bartok, llevando un suéter grueso y felpudo, no puede parecer más extranjero mientras revisa unas cifras en una carpeta. Podría usar una tableta o un monitor, pero con sus desplazamientos era engorroso. Esa vaina podía arrojarla en cualquier lado. Cruza el angosto pasillo entre los sets, escuchando argumentaciones técnicas, otras de falsas conversaciones que llevarán a porno. Y el porno. Sonríe aún más. Todo iba según lo previsto. ¡Si tan sólo dejara de sentir ese maldito frío! Su móvil timbra y contesta automáticamente.

   -¿Si?

   -Hola, Bartok. –la voz neutra, baja y casi tenue, le impacta sobremanera.

   -¡Maestro!

   -Estoy aquí.

CONTINÚA … 26

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 24

marzo 23, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 23

GUAPO Y CEÑUDO

   -¿No me quieres aquí?

……

   Rubén Santana. Su juguete. Y lo tenía a tiro de pichón… casi literalmente.

   Este se ve agitado, nota malicioso mientras se detiene intencionadamente tras una camioneta en la calle que cubre esa parte de la acera. Esperándole. El otro parece luchar contra su voluntad pero finalmente se acerca. A Tony le gusta verle, de una manera salvaje, así como notar su mirada torturada, las tetillas del muchacho destacándose contra el chemise, como si hubieran sido estimuladas, el entrepiernas del muy ajustado jeans algo abultado.

   Sonríe cuando Rubén corta la distancia y le besa, incapaz de controlarse, de negarse. Siente los labios cubriendo los suyos; los separa y mete la lengua en la boca del otro, lentamente, saboreándole, sintiéndolo rico mientras la usa y encuentra la del muchacho, atándose ambos en un beso chupado, húmedo y lleno de succiones. Y mientras le besa, Tony nota que ya no siente tanto frío. La caricia termina, se miran agitados, ojos brillantes. Se veía tan guapo el hijo de perra ese, piensa y en seguida se molesta. No, no debía pensar así de Rubén, era tan sólo un hijo de perra listo a ser usado. Le besa otra vez, con furia, las mochilas escolares caen al suelo, las manos cruzándose al aferrar el chemise ajeno. Los sonidos de la calle se perciben lejanos mientras chupan de sus lenguas alternativamente; autos, cornetas, motocicletas, todo…

   -Mierda, ¡¿qué haces?! –estalla una voz alarmada y molesta. La pareja se separa bruscamente y reparan en Emilio Nóbregas, sobre una motoneta, mirando a Rubén, su amigo, con cara de disgusto.- ¿Qué coño? ¿Ahora eres un marico, Santana? Vamos a ver qué dicen en el liceo. –amenaza con rabia, pero también con esa cruel resolución de todo chico que puede echarle una gran vaina a otro; acelerando su motoneta se aleja, dejándoles sin tiempo de responder.

   -Dios… joder… -grazna Rubén, por un segundo fuera del control de Tony, dando un paso atrás.- ¡Mira lo que hiciste! ¿Es lo que querías? –le grita, sorprendiéndole.

   -Oye, oye, no me hables así. –por un segundo se ve desconcertado, y alarmado, eso no le gustaba. ¡Rubén estaba fuera de su alcance! ¿Sería por toda la adrenalina corriéndole por las venas?- No ha pasado nada.

   -¿No? ¿Estás loco acaso? ¡Nóbregas les contará a todos! –casi parece al borde de un ataque de ira, pánico o llanto, dando un paso de adelante atrás.

   -¡Calma! –se molesta un tanto, sonriendo luego al cruzar los brazos sobre su pecho.- ¿Qué, acaso te avergüenzas de lo que sientes por mí? –eso le eriza y se vuelve a mirarle, feo.

   -No siento nada por ti; tú… -calla, balbuceando sin sonido. No, no sabe qué le ocurrió. Pero, por alguna razón, en días, se siente capaz de enfrentarle. De alzar un puño y estrellarlo en su joven y atractivo rostro, un momento, ¿acaso pensó qué…?

   -Me hieres, amor. Y tranquilo, lo resolveré. –Tony se inquieta, no podía llegarle aunque se concentra con todas sus fuerzas, finalmente, mandándolo todo al coño, alarga un  brazo y le atrapa un hombro, cerca del cuello, el pulgar frotando la joven piel.- Todo estará bien, te lo prometo. -y se patentiza ese choque, algo eléctrico y cálido que parece extenderse desde ese punto de contacto, y un tanto de la rebeldía de Rubén desaparece, sus ojos se nublan, sus labios se entreabren. Viéndose hermoso, piensa molesto, acercando el rostro y besándole fugazmente; para controlarle, claro.- No dejaré que te pase nada; tu papi chulo resolverá todo. Confía en mí.

……

   Algol increíblemente grave, y altamente infeccioso, estaba comenzando en una zona apartada del oeste capitalino, en una de sus partes más elevadas y solitarias, justamente frente a una gasolinera de mala muerte. Aunque muy poca gente lo supiera. O imaginara siquiera.

   -¡Oh, mierda! –brama Onésimo, un hombre hecho y derecho con su güevo fuera de la bragueta de su pantalón, embistiendo salvajemente por el culo a un carajo contra la capota de su camioneta, con tantos bríos que casi le alza de sus pies arrojándole sobre el metal. Su tolete grueso y duro, caliente y lleno de ganas, va y viene sin detenerse, metiéndose y saliendo de las entrañas del tío que gime y chilla poseído de una lujuria y un placer que no comprende pero que le eriza. Ese sujeto estaba así porque le estaba metiendo la tranca por el culo, su tranca gruesa y nervuda. Era su verga la que tanto placer le brindaba.- Tómala toda, puta de mierda. –le grita soltándole otra fea nalgada en el peludo glúteo, haciendo reír a su hijo, que mira el agujero de manera ávida y sucia mientras les separa las nalgas al hombre que coge.

   La idea, toda la experiencia era alucinante para el hombre. Estaba cogiéndose a un tipo, por primera vez en su vida, frente a su hijo, quien le ayudaba abriéndole el culo, riendo, rugiéndole que lo cogiera duro, que se lo partiera, que la puta quería más güevo. Todo eso casi parece irreal al hombre, pero no le detiene; su rostro se encuentra deformado por una mueca de virilidad, de control y dominio, era el macho triunfador que entraba y salía del culo conquistado. Había enfrentado a otro carajo y le dominó, tomando su agujero como trofeo; el sumiso rindiéndose y entregándose a su superior. La idea era extraña, caliente, ese culo era suyo ahora. Su güevo lo convertía en su culo, a ese hombre en su puto. Y otra idea se hace presente, casi embriagadora, con su verga podía transformar a los medio hombres en putas hambrientas de güevos. Puede hacerlo, coger y enviciar a un sujeto con el poder de su masculinidad.

   No es consciente de que monta las manos sobre las de Jóvito, apretando, mientras sigue macheteándole el culo a ese tipo, Wilmer; ver su venosa tranca entrando y saliendo, halándole los labios del culo, era enloquecedor. La mete y saca sintiendo su tranca increíblemente abrazada, oprimida, halada y chupada; cada centímetro cúbico de su tolete estaba siendo estimulado y usado de una manera intensa. Nunca había experimentado un placer tal; y esa idea penetra su mente de manera intensa cuando se la empuja toda, haciéndole gritar, sintiendo sus propios dedos en su pelvis, y los dedos de su hijo, con ese agujero vicioso succionándole: no había mayor placer al de cogerse el culo de un hombre que lloriquea y suplica por ello. Eso se repetía ahora en su mente como un mantra mientras comienza a embestirle con más fuerza, sacándosela casi hasta el glande, deteniéndose un instante para disfrutar de las apretadas en la cabecita de la pieza rojiza y algo llena del semen de su hijo, clavándosela otra vez, dándole con las bolas, adentro y afuera, como alimentándolo, cayendo sobre él, derribándole contra la capota, oyendo la risa de Jóvito que se aleja un paso disfrutando del muy sucio y erótico espectáculo de su padre cogiendo a otro tío.

   Onésimo sentía la ola creciendo en sus pelotas que se contraen, cruzando los conductos, quemándole la tranca mientras la recorre, va a correrse, va a estallar en leche dentro del culo de otro hombre, mezclándola con la de su propio hijo, y la idea era maravillosa. Wilmer Soteldo lo percibe; las paredes estimuladas de su recto abrazan de tal manera la gruesa, tiesa, cálida y nervuda verga que puede sentir el recorrido de esa esperma que pronto bañará sus entrañas. Los dedos de Onésimo se clavan en sus caderas, y este la bombea una o dos veces más, dejándola bien adentro, echando sus caderas hacia adelante mientras aprieta los dientes, cierra los ojos y ruge, recorrido por un placer intenso.

   -¡Oh, sí, tómala toda, puta de mierda! –le grita a todo pulmón, sintiéndose muy bien al hacerlo. Y su tolete estalla dentro del culo masculino, disparando sus potentes trallazos que chocan, mojan, reptan y estimulan. Una y otra vez. El hombre se corre de una manera tal que siente que se desmayará de pura gloria.

   Y mientras su culo recibe lo que todo chico sumiso bueno quiere, güevo y esperma, por segunda vez, la mente de Wilmer también se ve llena de imágenes y voces, mientras se corre a su vez, otra vez dentro de su tanga hilo dental que presiona con una fuerza excitante sobre su glande. Esa idea le marea, le maravilla, le da sentido a toda su vida y propósito en el mundo, todo eso mientras sus entrañas aprietan y succionan todavía del macho que se le corre adentro. Sí, eso es lo que quiere, güevos y esperma, machos que lo usen, que lo traten como el coño caliente que es, el coño hambriento de hombrías, de machos de verdad para que lo llenen, usen y dejen rebosado. Nació para buscar hombres para entregárseles, para revivir una y otra vez la intensa sensación experimentada sobre la verga de un tío. Eso gira en su cabeza mientras deja caer la cara, de lado, sobre el metal que va calentándose bajo el sol, ojos cerrados en éxtasis, una lágrima de satisfacción escapando de su ojo izquierdo, jadeos ahogados de gozo escapando de sus labios entreabiertos. Y en todo momento, sobre el grueso tronco cilíndrico que lo cruza, su esfínter sigue cerrándose y abriéndose. Gimotea cuando el güevo sale, lentamente, chapoteante, todavía duro, bañado de esperma untada.

   Jadeando, Onésimo se lo mira, notándolo… como muy tieso aún, y como más grueso. Eso le gusta. Y sonríe de la mirada de admiración, y algo de envida, que su hijo le lanza. Observa nuevamente a ese tipo, caído sobre la capota de su auto, el peludo culo tembloroso dejando escapar algo de semen, la tira del hilo dental a un lado, casi cubriéndolo pero sin hacerlo, brillante con toda esa esperma. Y ahora la realidad se hace presente, ¿qué coño acaba de hacer? Respirando con dificultad, frenético, mira a los alrededores, el lugar era apartado, solitario, pero mucha gente iba por repuestos o por reparaciones a un lugar donde no hacían muchas preguntas sobre procedencias o seriales lijados. Qué locura, no debió…

   -¡Jóvito, ¿qué haces?! –grazna desconcertado.

   -Quiero culo, papá; quiero coger a este puto otra vez. –gruñe el muchacho con una sonrisa predadora y una mirada turbia, como en trance, metiéndose en el lugar que poco antes ocupara su padre.

   Onésimo traga, erizado, cuando le ve llevar la punta de su güevo joven pero de buen tamaño a esa raja peluda, recorriéndola, recogiendo las leches que manan, untándolas en el agujero, metiéndoselo otra vez, con un rudo y único golpe. Sobre la capota, elevando la espalda, ojos cerrados todavía, sonriendo abiertamente, Wilmer le da la bienvenida con un ronroneo. Si, quiere eso, ser trabajado otra vez por un güevo. Tener uno clavado en su culo era la dicha.

   -Hijo… -intenta una breve advertencia. Este lo mira, sonriendo cruel, dientes apretados.

   -Quiero culo. –repite y lanza una risilla algo maniática mientras comienza un saca y mete que hace gritar de lujuria a Wilmer, de una manera totalmente entregada, estremeciéndose sobre la capota, su espalda arqueándose. El macho que sabía gozar ser enculado.

   El güevo va y viene… y Onésimo sabe que también quiere cogerle otra vez. Lo desea con unas ganas tales que debe luchar para no apartar a su hijo y tomar su lugar.

   -Apúrate. –casi le exige, la tranca latiéndole.

……

   Nunca, en toda su joven vida, y a pesar de cierta nube que enturbia su mente, Rubén Santana había sentido tan pocos deseos de llegar a su colegio como en esos momentos, al lado de Tony Moncada. No notando el grupito en la entrada que parece esperarles.

CONTINÚA … 25

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 23

febrero 24, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 22

GUAPO Y CEÑUDO

   -¿No me quieres aquí?

……

   No, no debía. No podía. Eso estaba mal por tantos motivos qué… Recorrido por una fuerte sensación, la piel hormigueándole, Onésimo se acerca más a la pareja llevándose una mano a la dura erección que ya tiene bajo el pantalón, con dos ideas sucias llenando su mente; desea clavársela por el culo a ese carajo y hacerle gritar por maricón, como dice su hijo. La otra… que el muchacho vea que también él la tiene inmensa. Es su padre, tenía que haber respeto, carajo. Todo otro pensamiento racional parece desaparecer mientras mira las velludas nalgas, el hilo dental apartado, el culo manando el chorrito claro de la esperma de su hijo, y el tolete de este, fuera del bermudas, endureciéndose otra vez, todavía chorreando algo de de su propio semen que depositó y regó con nuevas embestidas dentro del agujero vicioso del maricón. Un agujero vicioso de maricón que pedía a gritos güevo…

   Con manos febriles se abre el pantalón, sacándoselo, duro, tieso, ojos clavados en ese culo, no podía apartarlos o resistirse a meterlo allí ahora que lo había mostrado. Una voz que no logra tomar el control en su cabeza le grita que se detenga, pero no puede. No cuando… agarrándose el güevo, el cual le late de gusto como no recuerda haber sentido hace tiempo en su vida de sexo seguro en casa, azota esa peluda nalga de hombre, duro, estremeciéndose cuando le ve tensar los músculos de aquel trasero, oyéndole respirar más bajo y caliente.

   -Papa… -la voz de Jóvito le trae a la realidad, le mira los ojos cubiertos de un velo de lujuria, con una mano halando la nalga izquierda, separándola igual que el hilo, cruzando el brazos sobre la baja espalda del sujeto ese, Wilmer algo, atrapándole la nalga derecha, halando fuera también, separándolas más.- Vamos, papá, este coño va a estallar en candela si no lo coges.

   -Jóvito… -tiembla intentando algún tipo de control. ¿Qué estaba haciendo? No podía cogerle si su muchacho tenía las manos ahí y…

   No sabe en qué momento echa sus cadera hacia adelante, el glande rozando el culo tembloroso, abierto y enlechado, y penetra. Contiene un grito cuando lo siente, el peludo esfínter, el sedoso y ardiente camino, el semen de Jóvito que sale más al ocupar el espacio. Se lo clava todo, rudamente, un real güevo de hombre, de macho, una mierda gruesa y nervuda. Y Wilmer se agita, alza el torso y el rostro, y grita sintiéndolo muy adentro, llenándole, latiéndole contra las paredes del recto, percibiendo un placer infinito que casi arranca lágrimas de gratitud de sus ojos mientras amasa la adorada pieza masculina enterrada en lo más profundo de sus entrañas.

   -Rómpele el culo al maricón, papa… -ríe, ronco y bajito, en tono totalmente depredador, Jóvito. Y los otros dos se estremecen.

   En aquel instante a Onésimo se le olvida que es un heterosexual que tolera a los gay, pero no tanto como para tenerlos de amigos verdaderos; que es el padre del chico que está ahí, al lado, con su verga también fuera de las ropas; y que es un hombre casado medianamente feliz. Todo pasa a otro plano mientras encula con golpes rudo a ese carajo que grita, se estremece y arquea el cuerpo en señal de gozo mientras lo cabalga. Una idea poderosa, grata a todo carajo, que alguien goza de su güevo. A eso se suma que Jóvito, su muchacho, sonríe de manera depredadora, con cierto desprecio hacia el puto, pero admirándole la pieza cuando la saca y mete del extrañamente apretado, sedoso y ardiente agujero que le daba las apretadas de su vida. Sacarla era sentirla apretada, retenida, meterla era casi correrse, piensa sorprendido. ¿Se sentía eso siempre al coger a un pato? ¡De haberlo sabido…!

   Wilmer, aferrándose con las manos a la capota, lleva y trae su culo contra esa pelvis, contra ese güevo que se abre camino en su alma, ofreciéndose de manera total. Las sensaciones que lo recorrían mientras era cogido, una y otra vez por aquel sujeto rudo que bufaba, le tienen al borde. Una mano de Onésimo, sobre la espalda, le derriba como poco antes hizo su hijo.

   -Tómalo todo, puto de mierda. Es como te gusta, ¿verdad?, duro y a fondo, saciándote ese coño maluco que tienes por culo. –le ruge, sonriendo cuando Jóvito ríe divertido.

   -Rómpele el culo, papá. Que grite, que llore.

   Escucharle hace que Wilmer sonría en la gloria, gimoteando y cerrando los ojos, babeando sobre la capota al incrementar Onésimo el ritmo de sus cogidas, su culo era cepillado de manera rápida y ruda por aquella tranca dilatada, gruesa y surcada de venas, esas bolas le golpeaban duro. El hombre, por su parte, a la par de excitado por ese agujero que estaba dándole las haladas, apretadas y ordeñadas que todo carajo sueña para su tolete, parece picarse con las palabras de su hijo y clavándole los dedos en las caderas, lo jode con violencia, casi con rabia, pero gozando sintiéndose poderoso. La risita algo alocada de Jóvito le hace mirarle, su muchacho mira ese culo con ganas. Dios, ¡su hijo quería darle otra cogida al maricón ese! Le había encontrado el gusto, se dijo casi orgulloso. Y la idea, dejarlo lleno de esperma y que Jóvito la metiera, le enferma de lo caliente que es. Los gemidos de Wilmer, de gozo entregado que parece agonía pero se sabe es placer, se incrementan, se la mete toda y se queda allí, enchufado a ese culo, agitándole contra el vehículo.

   -Si, así, grita y gime, a los hombres nos gusta cuando las putas lo hacen sobre nuestros güevos. –le ruge, sacándoselo.- ¡Quítate ese pantalón! –le ordena.

   Turbado al quedar sin verga en su culo y sin las manos de Jóvito, Wilmer se endereza, se vuelve, y cuando el dueño de la gasolinera le grita que se desnude de una puta vez, obedece rápidamente, quitándose las botas, sabiendo que esos machos no han terminado aún con él. Pronto, con su camisa, medias y tanga, cae de espaldas sobre la capota, sus piernas son atrapadas por los tobillos, alzadas y separadas, y después de apartarle un tanto el hilo dental del culo, tocándole ya sin reparos (Onésimo sentía que le iba a estallar y no de placer si no se la enterraba ya), el hombre vuelve a encularlo, de golpe, duro, gozando el verle estremecerse, arquear la espalda sobre la capota y lanzar un alarido. Todo eso hacía su verga al hundirse en el culo de otro tío, se decía maravillado. Y una idea extraña le dominó en ese momento mientras deslizaba su gordo tolete dentro del peludo culo de ese carajo, el cual se lo apretaba sabroso: se sentía muy bien hacer eso, junto a su hijo, coger al marica, allí, en su negocio, al aire libre, bajo el cielo inmenso y la brisa cálida. Si, era perfecto.

   -Préñalo, papá, móntale una barriga. –reía y aupaba Jóvito a su lado, dominado por su propia lujuria. Se miran.

   -Lo preñaremos juntos, hijo. Tú y yo.

   Y Wilmer, quien había alzado la cabeza, les mira, les escucha y sonríe cuando la echa hacia atrás, nuca sobre el metal, al sentir una fuerte estocada que le hace trinar de placer. Era lo que deseaba. Vivía para eso, ahora, para ser usado por los hombres de verdad. Y esa aceptación le hace gemir de placer, tanto que aprieta el esfínter sobre esa verga de una manera que Onésimo le agradece con un bufido y una leve nalgada. La gloria…

……

   -¿Seguro que te sientes bien? Te ves algo pálido. –Tony Moncada escucha lo que su madre dice mientras cruza la sala, mochila escolar al hombro.

   -Ya estoy bien, mamá. Debe ser… alguna virosis que va a darme. –intenta una sonrisa pero le cuesta; se sentía algo mal desde que sufriera esa… debilidad, o lo que fuera, mientras se duchaba, presintiendo que algo le tocaba. Había perdido la mañana, pero no podía con la tarde. Se acercaban los exámenes.

   -¿Crees que estás enfermo y te parece bien ir y contagiar a tus compañeros?

   -Vaya, no lo había pensando, pero eso lo hace más atractivo; gracias, mamá. –se medio burla y sale.

   Lentamente, aunque no sabe que va a paso de tortuga, comienza a cubrir el camino, diciéndose tangencialmente que era una vergüenza no vivir lo suficientemente lejos del colegio como para haberle hecho imprescindible el molestar a su madre para que consiguieran un carro. Tal vez ahora que iría a la universidad… Suspira, no lo cree, ya bastantes cuentas tenían a pagar. Su frente se frunce regresando al punto que le intriga. ¿Qué le pasaba? ¿Tendría algo que ver con lo que Liam Bartok le hizo? Había sentido los cambios, también padecido como cuando enfrentó a su madre, incapaz de controlar su ira y patanería, pero no esperaba sentir cosas tan… desagradables. Una cálida brisa agita las ramas de un árbol sobre su cabeza, alza la vista y el día le parece luminoso, acogedor. Hermoso. Y sin embargo… había algo inquietante. Un escalofrío desagradable lo recorre, un frío extraño. Se parecía a esa “hambre” que a veces le daba y que solamente saciaba con la boca sobre un güevo duro y caliente a punto de estallar en  leche, el tolete de algún chico o sujeto a quien previamente ya llenó con su propia esperma. Ese frío era parecido en lo molesto, en lo obsesionante ahora que había reparado en él. Una vez fuera de la sombra del árbol, con el sol de Caracas sobre su cabeza, sigue sintiéndolo.

   No le gusta, era… Se detiene en seco y todo su cuerpo responde automáticamente de una manera alerta. Si fuera una serpiente, alguien diría que se armó. Delante de él va un chico de espalda ancha, culo firme bajo un ajustado jeans, y su boca saliva. Quiere eso, erra lo que necesitaba, lo sabe. Sonríe alzando un tanto su rostro, su pecho subiendo y bajando como si exhalara aire, uno que dirige hacia el otro caminante. Este se detiene, rígido, notando algo que le alcanza, lo rodea y detiene. Se vuelve.

    Rubén Santana. Su juguete.

CONTINÚA … 24

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 22

febrero 8, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 21

GUAPO Y CEÑUDO

   -¿No me quieres aquí?

……

   Apretando los dientes, sintiéndose fuerte, duro, dominante, el muchacho le propina una dura nalgada, ahora totalmente consciente de que lo hace. Sintiéndolo increíblemente bien, darle, sentirle tensarse, escucharle gemir, notar como ese culo se cerraba, completamente, sobre su güevo. Y lo coge con más fuerza. Nalguea y coge mientras ese hombre hecho y derecho gemía bajo su tranca juvenil.

   -¿Querías güevo, maricón del coño? Tómalo, tómalo todo, puto de mierda. –le rugía cosas que únicamente habías escuchado el películas, que le excitaban una barbaridad, pero que ahora, hacerlo, decirlo, era mil veces mejor. Cogerlo le llenaba de sensaciones poderosas.- Puto, puto de mierda. –le ruge cogiéndole con embestidas aún más poderosas que casi parecen alzarle un poco del piso, encimándole más sobre la capota.

   El muchacho afinca las manos sobre esas caderas, con posesividad, para asegurar el culo de su marico mientras su güevo sale y entra dentro de él con movimientos bruscos, al tiempo que cierra los ojos y echa la cabeza hacia atrás, sintiendo el aire caliente sobre su rostro, los rayos del sol en sus brazos, sintiéndose plenamente consciente de que es un machito joven que quiere coger y gozar, y que lo está haciendo. Lo que el culo del maricón ese, las apretadas que le daba, las succiones, le tenían a punto de caramelo. El interior del gimiente hombre le brindaba un placer indescriptible. Mierda, tantos culos que habría podido coger ya…

   -Hummm… Cógeme, papi, así. Llena mi coño con tu esperma de macho. Aliméntame. –gime ese sujeto, ojos cerrados, boca muy abierta, la cara viva del goce supremo, todo su cuerpo deslizándose un tanto adelante atrás por la fuerza de las cogidas, hasta que una mano del chico cae sobre su nuca, derribándole sobre la capota, controlándole, dominándole. El tolete va y viene, ese culo apretaba sabroso, y Jóvito ya no puede pensar.- Oh, papi… papi… papiiiii… -gimotea, estremeciéndose, corriéndose contra el vehículo, el güevo atrapado dentro del hilo dental. Corriéndose mientras aquel joven tolete caliente y duro sigue dándole y dándole donde tanto le gusta. Se corre y su culo parece más goloso y apretado, sorprendiendo al chico que gime.

   Sentir eso sobre su güevo… La cara del joven se contrae, una vena se hincha en su frente lisa y despejada, aprieta los dientes, su tranca sigue cogiendo, entrando y saliendo de las entrañas de aquel maricón que gemía, se estremecía y corría bajo la acción de su sexualidad. El medio hombre que se entregaba al macho total, a su macho, el que lo controlaba, que se corría únicamente sintiendo su culo, no, su coño ocupado por un hombre. La idea era embriagante, poderosa. Mira como su tranca sale y entra y quiere más, lo retiene contra ella y le obliga a menear las caderas de un lado a otro. Y ese tipo sabe lo que su macho quiere, su culo, todavía temblando por el orgasmo vivido, se refriega de esa pelvis y bragueta.

   El muchacho se siente alcanzar nuevas cumbres, cierra los ojos otra vez y toma aire por la boca abierta. Lo siente, como su güevo se caliente impresionantemente y endurece. Lo nota claramente, el semen hirviendo cruzándolo…

   -Tómala mi leche, tómala toda, puto de mierda. –le ruge, luego grita al cielo cuando se corre, un disparo tras otro, de una manera abundante como no recordaba haberlo hecho antes, de igual manera era la intensidad del placer que estaba alcanzando.

   Mientras gritaba roncamente, prácticamente temblaba de debilidad y poder, al correrse dentro del coño del maricón ese, sigue bombeándole, duro. Oyendo los plo, plo, plo de su propia esperma en el estuche del hombre. Jadea al ir retirando su joven y saciado güevo, casi mareado, las piernas fallándole por el inmenso placer que experimenta, eran como dos orgasmos juntos. Tanto así lo siente. Su verga, la mira con la boca abierta, jadeando, dura, gruesa, manchada de la propia leche depositada en esas entrañas hambrientas. Se le veía más grande… Eso le gusta, como mirar al tembloroso carajo casi desmayado sobre la capota, el culo abierto, el hilo dental regresando a la raja, mojándose por la esperma que va manando. Una visión que le provoca escalofríos; quiere más, quiere cogerle otra vez. Desea sentir su güevo atrapado dentro de ese u otro culo apretado de machito faltón, y cogerle, hacerle gritar y suplicar por más. ¡Quiere coger otra vez!

   -¡Jóvito, ¿qué coño’e la madre pasa aquí?! –ruge, a sus espaldas, la atronadora voz de Onésimo Malavé. Su padre.

……

   Sintiéndose, de pronto, mareado y con algo de nauseas mientras se duchaba, Tony Moncada sale semi mojado, desnudo, a la carrera hacia su cuarto, todo girándole alrededor. Por un momento de pánico pensó en llamar a su madre, pero estando desnudo de bola no se animó. Así como estaba cayó sobre la cama, boca abajo, ahogándose, con esfuerzo logró quedar bocarriba, tembloroso, toda su piel erizada. Una fuerza extraña estaba llegándole, intensa, no sabía qué era, de dónde venía o por qué le alcanzaba, pero así era. Y no le gustaba. Le enfermaba.

   Dentro de la productora de porno gay que ahora maneja, un hombree increíblemente guapo yace sobre su silla, la cabeza echada hacia atrás, sus ojos cerrados y los parpados agitándose por el movimiento de las pupilas tras ellas. No puede controlarse, ni moverse. Siente una corriente intensa que le alcanza y atraviesa, su piel arde, sus tetillas y verga se yerguen. El juego comenzaba, al fin, pensó con una sonrisa torva Liam Bartok.

   En la biblioteca ancha, larga y de altos techos dentro de su lóbrega casa, un joven delgado, pálido y de anteojos de montura fina yace en posición loto sobre un mueble. Ojos cerrados, frente levemente fruncida al ser alcanzado por una fuerza intensa y poderosa. Casi estimulante… Una que no le afecta mayormente. Abre los ojos, preocupado. Las piezas habían sido colocadas y comenzaba el juego real. Uno sumamente peligroso que podría terminar con la revelación al mundo de la existencia de los controladores, para comenzar. Luego todos los demás. Si no les detenían ahora… Bota aire con desaliento, sabe que el problema ya ha comenzando en alguna zona del oeste capitalino, pero nada más.

……

   Con la boca increíblemente abierta por la sorpresa, siendo esta sustituida rápidamente por una rabia enorme, Onésimo contempla la visión de su hijo, su muchacho, Jóvito, con el güevo increíblemente duro fuera de su pantalón (y le sorprende ver lo grueso que se ve), al lado de aquel sucio maricón que tenia los pantalones en las rodillas y una tanga hilo dental que le cubría la raja del culo, culo peludo del que manaba, a pesar de la tirita del hilo, una buena cantidad de semen.

   -¿Qué coño’e la madre está pasando aquí? –ruge nuevamente, como un basilisco el hombre, acercándoseles, cerrando los puños. Cachetearía a su hijo coge maricas, para comenzar, luego sabría si era también marica y le atizaría más. Pero antes molería a palos al maricón de mierda de cuyo culo manaba un río de esperma espesa, la de su muchacho (y vaya corrida).

   -Cogía al maricón este, papá. –responde Jóvito, sintiéndose todavía poderoso por la corrida alcanzada.- Lo hice chillar de gusto. Se corrió sin tocarse. –parece vanagloriarse. Eso desconcierta a su padre.

   -¿Cómo puedes…? –no entiende qué le pasa a su muchacho. Ni sus palabras. ¿Acaso le retaba para que respondiera si podía hacer correrse a un marica únicamente dándole por el culo?

   -Tenía que cogerlo, papá. Su coño estaba pidiéndomelo a gritos. Mira… -y aparta la tira del hilo.

   El hombre se queda paralizado, entre las musculosas nalgas peludas, con el hilo apartado, el culo es totalmente visible, manando leche. El semen de su hijo el cual estuvo llenándolo poco antes con ese güevo que se ve tan grueso, tan manchado de su propia esperma. Un culo que…

   -¡Cogías a un hombre! –acusa.

   -No, el coño de un maricón. Soy un macho, papá, tenía que cogerlo, ¿no lo habrías hecho tú? –arguye el muchacho. El tipo mira sobre un hombro al recién llegado.

   -Cógeme… Lléname el coño con tu güevo también. –pide ese sujeto, Wilmer Soteldo, urgido, meneando un poco el trasero, los labios hinchados del culo abriéndose un poco.

   -¿Qué? No, yo… -Onésimo parece aturdido, recorrido súbitamente por una corriente sucia y poderosa de lujuria mirando la mendicidad en esos ojos, el culo goteante.

   Le gusta usar su güevo, no había placer comparable a ese; masturbarse, recibir una mamada, coger dentro de un apretado y cálido conducto que se lo aprisiona y hala es increíble, pero esto… No era gay, fuera de un carajo que se lo había mamado cuando chicos, cosa de la que jamás habló a nadie, nunca se había interesado en aquella vaina. Pero allí estaba ese carajo, no mal parecido, con su culo y muslos peludos abiertos, con el pantalón en los tobillos, ofreciéndole el agujero con el cual seguramente les ha exprimido la leche a muchos hombres. Le imagina en un callejón tras un botiquín, así abierto sobre un bote de basura, una fila de jóvenes marineros borrachos esperando sus turnos de cogerlo, y él feliz, trabajándoselos a todos. La idea era intensamente erótica por sucia y prohibida, agravado para colmo por saber qué segundo antes todavía albergaba y exprimía el tolete de su propio muchacho. Allí estaba, chorreando la esperma de Jóvito, su Jóvito, y todavía quería más.

   -Vamos, papa, coge al marica. Llenándole el coño con tu güevo. Quiero ver que le hagas llorar. Enséñame a tratar a un puto como este. –sonríe el muchacho con la mirada brillante de ociosidad, de ganas. Y su sonrisa, sus ojos traviesos, el tolete que aunque había soltado toda esa cantidad de semen aún continuaba morcillón, era casi mareante.

   No, no debía. No podía. Eso estaba mal por tantos motivos qué… recorrido por una fuerte sensación, la piel hormigueándole, Onésimo se acerca más a la pareja llevándose una mano a la dura erección que ya tiene bajo el pantalón, con dos ideas sucias, desea clavársela por el culo y hacerle gritar por maricón, como dice su hijo. La otra… que el muchacho vea que también él la tiene inmensa. Es su padre, después de todo.

CONTINÚA … 23

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 21

enero 26, 2016

LOS CONTROLADORES                        … 20

SEXY BOY

   Guapo, casi infecciosamente…

……

   ¡Qué asco, joder!, piensa el chico, estremeciéndose salvajemente ante la visión de ese arrugado agujero que deja entrar el grueso dedo del hombre, seguramente apretándoselo. La idea le hace estremecer.

   -Cógeme. -pide el sujeto sobre un hombro, casi suplicante, mirada perdida, metiéndose y sacándose el dedo del culo, el cual medio bailotea, llamativo.

   -Grandísimo marica. –Jóvito estalla, rojo de cara, ojos sobre esa raja peluda, sobre la tirita blanca que atrapa en saco más abajo las bolas del carajo, ese agujero vicioso cuyos labios parece atrapar el dedo. ¡Lo que harían sobre un güevo!, piensa, estremeciéndose más.

   No sabe en qué momento se mueve, acercándose, recibiendo contra su rostro, cuello y brazos el calor que exhala ese otro cuerpo que parece dominado por una gran fiebre.

   -Por favor, chico, lléname el coño con tu güevo que siento que me muero. –suplica de manera patética, rostro crispado… metiéndose ahora dos dedos, que se deslizan fácilmente dentro de un agujero que lleva años disfrutando del buen sexo.

   -¡Maricón! –le ruge, atrapado entre la rabia y la fascinación. Le oye respirar pesadamente, como exasperado, dejando su tono de mendicidad.

   -¿Qué? ¿No te gusta coger? –le impacta.

   -Sí, pero…

   -¿Te gusta sentir tu güevo atrapado, apretado, halado y chupado por un apretado agujero que lo ama y que da gracias a la vida de que existe el tuyo? ¿No te gusta que te lo ordeñen así? Una mano está bien, una boca es mejor todavía… pero coger…

   -Vete, maricón, mi papá está por llegar y… -tiembla viendo esos dos dedos entrar y salir de ese culo peludo, fascinante, que parecía atraparlos.

   -Eres tan niño. –parece quejarse, sacándose los dedos, pero todavía apartando la tirita blanca, y con la otra mano, haciéndole pegar un bote, le atrapa una mano al chico, llevándola a su trasero.

   En cuanto su mano entra en contacto con la redonda nalga masculina, peluda, caliente, Jóvito queda paralizado, sintiendo como bajo la yema de sus dedos esa piel arde literalmente. Cuando ese tipo le suelta, no se aparta, los dedos recorren la curva de ese trasero como animados por vida propia.

   -Esto… esto no está bien… -todavía grazna, pero sus dedos van hacia esa raja, cosquilleando sus contornos.

   -Míralo, ¿no se te antoja? Dime, hombrecito grande, machito alfa, ¿no deseas llenármelo con tu güevo y cogerme como la perra que soy? Un macho como tú puede hacer llorar de placer a una perra, ¿o no?

   Esas palabras le hacen arder también; si, es un macho, podría llenarle el culo al marica ese con su güevo, cogerlo duro, hacerlo llorar pidiendo por más, y seguiría siendo un hombre.

   -¡Puto! –le ruge, como molesto, voz ronca, dándole una nalgada, dura, ruidosa, sintiendo un cosquilleo rico cuando le ve estremecerse y le oye gemir.

   Pero lo que le trastorna es ver ese culo que se agitaba fieramente, abriéndose y cerrándose de manera hambrienta. Un culo parecía una boquita de labios fruncidos que luego se abrían, y Jóvito no puede dejar de mirarlo, acariciándole otra vez, ahora de manera abierta, sin pensar en la extraña sensación de estar sobar una piel más dura y también peluda, nada femenina.

   -Vamos, chico, mi coño necesita de tu güevo. –pide otra vez. Se miran.

   -¿Quieres mi güevo? –preguntarle era como retarle, como incitarle. Jugar.

   -Lo tengo tan caliente, mojado y palpitante, papi. –sonaba extraño a oídos del muchacho que un carajo hecho y derecho le llamar de esa forma a él, un jovencito.- Mi coño necesita de tu hombría.

   Claro, para eso eran los coños, se dice como en trance Jóvito. Para ser jodidos por los hombres, para albergar sus güevos, apretándolos y exprimiéndolos para quedar rebosantes de leche masculina. Ardía de ganas, sabía que lo tenía bien duro bajo el jeans, tanto que le dolía presionado por el bóxer y la áspera tela del pantalón. Pero era un carajo, hombre…

   -Vamos, chico, ¿acaso no eres un hombrecito? Tu papá no dudaría un segundo. Respondería como un macho y sabría que tiene la obligación de llenar el coño hambriento de una perra. Él sabría que necesito tenerlo lleno con una barra dura, caliente y palpitante, y lo haría.

   Sintiéndose recorrido por una energía rabiosa, el muchacho empuja por la espalda al hombre contra la capota, haciéndole caer de panza, sacándole un pujido y una sonrisa, logrando que alce más el culo; luego, con manos febriles, mirando esa raja y la tirita del hilo dental blanco apartado, saca no sin esfuerzo su endurecido güevo del jeans y el calzoncillo corto que lleva. El tolete, cobrizo claro, enrojecido, resuma algo de líquidos desde su ojete. Agarrándoselo para llevarlo a donde toca, Jóvito siente una llamarada como pocas veces en su joven vida. Se miran.

   -Vamos, hombrecito duro, hombrecito fuerte, coge a tu puto. –casi sonríe ese tipo.

   Esas palabras, que hicieron arder la piel del muchacho, llenaron su mente. Coger al puto, llenarle el coño, todo coño debía ser llenado. Esas ideas se repetían en su mente. Se acerca más, aprieta los dientes con decisión y frota su glande de la raja peluda, del agujero que se estremece, mojándolo. Y quemaba, ambos lo sienten.

   -Toma, maldito maricón. –ruge Jóvito, entre dientes, y aferrándose la base de la verga la echa hacia adelante, siente el roce contra el arrugado anillo, lo alisa empujándolo hacia adentro, hay una leve resistencia pero esta pronto cede, por la fuerza de la embestida. Se la clava de un carajazo, y eso que el tolete era de buen tamaño.

   Una vez se la clava, su pelvis chocando de aquellas nalgas de macho putón, Jóvito parpadea, transfigurado. Las entrañas de ese hombre apretaban de una manera reptante, masajeante, era casi sedoso y terriblemente caliente. Muy caliente. Y le gusta; una idea le llena la mente de testosteronas, haciéndole sentirse increíblemente bien, ¡le había enterrado su güevo caliente a otro hombre por el culo! Él lo había hecho. Era más macho que el otro, el cual, cuando le abrió las entrañas de golpe y porrazo, había tensado el cuerpo, las nalgas y el agujero, apretándole todavía más, al tiempo que arqueaba la espalda y dejaba escapar un grito agudo, intenso, que no era para nada de dolor. Le gustaba, piensa el muchacho, la mente ofuscada. Retira medio tolete y vuelve a clavárselo, sintiéndolo increíblemente bien mientras iba y venía, más apretado y ahora masajeándole abiertamente la verga en el vaivén. Lo saca y lo mete, duro, no puede hacerlo de otro forma.

   -¿Es lo que querías, maricón, que te cogiera como una puta? Pues bien, toma, toma, puta… -le ruge altivo, sonriendo, casi transformado en otro, atrapándole las caderas y macheteándole con fuerza el chiquito.

   El güevo iba y venía de ese agujero que se abría con hambre para permitirle el transito, rodeado de pelos, la tira blanca del hilo dental, soltado, rozando el tolete que lo trabaja. Son embestidas duras las que da el muy joven sátiro, el cilíndrico tolete salía casi hasta el glande, halándole los labios del culo y los pelos, para luego enterrárselos, desapareciendo en su interior la joven y dura pieza de joder surcada de venas, mientras las bolas le golpeaban.

   El otro, por toda respuesta, gemía y se estremecía sintiendo su culo lleno, atendido como el buen Dios manda, como despertando aún a nuevas sensaciones o niveles de gozo. Se siente bañado, todo él, con algo cálido y grato que lo envuelve… y que nace en su agujero.

   -Hummm… hummm… -era todo lo que podía expresar, mordiéndose los labios, pareciendo luchar contra tanta excitación y gozo, comenzando a mover sus nalgas de adelante atrás, buscando con su culo ese tolete, el cual, por un segundo se queda quieto y es su agujero el que va y viene sobre él, hambriento y desesperado por más, clavándose todo y meneándose de lado a lado.

   -¿Es lo que querías, puto? ¿Güevo? Bueno, toma güevo, toma güevo –le gritaba Jóvito, perdida toda cordura, cogiéndole feo, nalgueándole.

   Y ocurre, siente como las paredes de ese recto se adhieren totalmente a su pieza, estimulando cada centímetro cúbico de su dura mole joven, dándole las apretadas de su vida. Es como si lo chupara literalmente, con tal fuerza e intensidad que teme morirse. Tan sorpresivo es que saca su güevo, pulsante, mirando el agujero que ser abre como una pequeña boca, reclamándole por más. Los ojos del muchacho se fijan en su propio tolete, pareciéndole que está… no lo sabe, como más dilatado por los lados, como si las venas estuvieran más llenas. Como más grueso. Cosa que le gusta. Coger al maricón se lo ponía más grande, pensó. Y lo clava, ese culo se abre, lo cubre, halándoselo; entre las apretadas y el intenso calor de las lisas paredes, lo siente más estimulado que nunca antes en toda su corta vida. Y grita de placer, dejándose llevar, perdiéndose, diciéndose que sólo quiere eso, coger coños apretados así. Los apretados y dulces coños calientes de otros hombres.

   Los dados habían sido echados.

CONTINÚA … 22

Julio César.