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LOS CONTROLADORES… 45

agosto 19, 2017

LOS CONTROLADORES                         … 44

   -Ven por todo lo que te gusta, marica.

……

   No lo piensa más, de hecho no piensa, va tras el sujeto, moviéndose lenta, incómoda e irritantemente dentro del atestado vehículo. Todo el mundo se estorba, todos odian el roce. El calor, la humedad y los olores de gente que lleva todo el día en las calles, en diferentes oficios y tareas, dirigiéndose a sus casas, llena el espacio. Es una mezcla que, generalmente, no era muy grata. Y el gordito, en particular, era especialmente oloroso. No a violín, a peste de axilas, era como si hubiera sudado mucho, incluida las ropas, se hubiera secado, sin cambiarse ni bañarse, y volviera a sudar otra vez. Y otra. Así apestaba el tipo tras el cual se coloca.

   Este, sintiéndole, muy cerca, otra persona más presionándole, le lanza una mirada irritada. Ya tiene el metálico respaldo del asiento clavado en su entrepiernas. Es cuando el sujeto, un moreno claro y atractivo, de esos a los que odiaba porque las mujeres los aman y él nunca se podría parecer, se le pega. Así de simple y directo. Llegó, se detuvo detrás de él, montó una mano en el tubo que cruza el techo y le pegó la pelvis del culo. Parpadeando, ceñudo y molesto, lo siente, el contacto firme. Nada de sutilezas, de roces accidentales o disimulados. No, el tipo vino y le pegó el güevo del culo. Así lo piensa, porque… Es cuando parpadea aún más, confuso. Si, ese tipo tenía el tolete bien parado; duro, tieso, caliente a pesar de las ropas que los separaba. Pulsante. Eso también lo nota. Esa tranca de tío, verticalizada en la pelvis, estaba latiendo contra su culo, como si lo deseara. Sorprendido, intenta apartarse un poco, echarse hacia adelante, pero el tubo del respaldo no lo deja. Y ese carajo, respirando algo pesadamente tras su cuello, bañándole con el aliento, tiene las santas bolas de comenzar a frotarse, muy imperceptiblemente pero evidente, lento y deliberado para que lo note, de arriba abajo.

   El gordito traga en seco, alarmado por la situación, era algo que nunca antes en su vida le había pasado, que otro hombre le diera semejante refregada. Y ese bicho parecía largo, duro, con ganas de culiar. La idea le llega claramente, confundiéndole, consiguiendo que su sangre corra con fuerza en sus venas: era un güevo que evidentemente quería culo. Pegar la cabeza, mojada, de un agujero peludo y cerrado e ir enterrando esos pelos mientras iba entrando, centímetro a centímetro después de vencer la resistencia del esfínter, robando una virginidad. El gordito siente que su corazón va a dejarle sordo por la manera en la que martilla y hace que su sangre corra ante otro pensamiento que parece certeza: seguro que me dolerá si me la mete.

   ¡No, no!, se grita mentalmente, cara confundida. Debería estar gritándole ya, ¿no?

   -Oye, amigo, deja espacio, ¿no? –es lo único que puede gruñir, bajito para no llamar la atención, por alguna razón se sentía débil, vulnerable en aquella situación y no deseaba fuera notado por la gente alrededor, casi todos otros hombres. Sus ojos se encuentran, y le eriza no ver en esa otra mirada sino intensidad. Ganas. Unas ganas que adivina cuando el tipo, por toda respuesta, lo que hace es pegársele más, haciendo más evidente su refregar de perro, arriba y abajo, casi empujándole con la pelvis; ese tolete casi metido entre sus nalgas algo gordas.

   -Lo tienes caliente. Quiero tu caliente coño de chico.

   -¿Qué? –la boca se le secó, ¿acaso ese tipo estaba loco? ¿Por qué no se detenía? ¿Por que seguía refregándose? Y… ¿por qué, él mismo, empujaba su culo hacia atrás ahora? No sabe exactamente cuándo comenzó, o por qué, pero de alguna manera, tal vez para convencerse si la cosa era cierta o no, había proyectado su trasero. Para verificar el asunto, que sí, que ese tipo se le pegaba, que le tenía el güevo montado contra las nalgas, y que estaba duro. De alguna manera su trasero se había como sensibilizado para tal comprobación.

   -Quiero tu coño. –fue la respuesta mecánica.

   -¡Hey! –todavía no respondía algo adecuado a aquello, cuando ese tipo se suelta del tubo, autobús en plena marcha, y lleva las manos a su bragueta, abriéndole la corre, el botón del pantalón y el cierre.

   ¡Allí, en pleno autobús lleno de gente! Y él no hacía nada para detenerle…

……

   -¿Lo notas? –la joven le pregunta a su acompañante, con quien camina tomada de la mano, como si fueran novios o algo así (no quieras ponerle nombre a nada; no empujes Joanna, no empujes, se recordaba), mientras recorren el pasillo del Centro Simón Bolívar, el cual parecía algo umbrío, descuidado. Arruinado, apagado el brillo de ayer. Iban rumbo a un lugarcito donde vendían unas hamburguesas increíbles, sin embargo. Tanto que, aunque no habían llegado, ya sentían el agradable aroma.

   -Si, y eso que no tengo ninguna habilidad empática. –gruñe René, el hombre joven de piel aceitunada y aire medio árabe con el cual la joven pasaba sus buenas horas en la cama; se ve ceñudo, más curioso que mortificado. Mirando a todos a su alrededor.

   Las personas que pasan y se cruzan con ellos muestran una curiosa expresión… vacía. Especialmente las mujeres. Caminaban en línea recta sin mirar vidrieras, hablar por teléfono o hacer contacto visual con alguien. Incluso parecía que se alejaban. Que iban abandonando el lugar, los pasillos del Centro. Los hombres eran otra historia. Estaban detenidos, de espalda a las vidrieras o paredes. Mirando a todo el que pasaba. Sus ojos también parecían carentes de expresión, pero las pupilas buscaban. Cazaban. Sintió sobre sí, no sobre su bonita acompañante, miradas de interés, evaluadoras, unas que se volvían confusas, luego desdeñosas. Suspicaces. Era como si preguntaran algo, algo esperaran ver, y él no diera la respuesta adecuada.

   -Debe ser cosa de los controladores. –grazna Joanna, bajito, interpretando también la situación.

   René va a responder, pero no tiene tiempo. Un policía municipal, joven, bajito, mal encardo, les corta el paso. Su mirada, vacía al inicio al ir de uno a la otra, luego parece hostil.

   -Circulando, ciudadanos. –les gruñe, volviendo el rostro hacia una salida del Centro.

   -Vamos  comer algo. –responde Joanna, suave. Este los mira, frío.

   -¡Circulando! –repite con agresividad.

   -No hacemos nada malo. –se altera René, nunca muy paciente. Y nota que el joven policía alza la barbilla, como esperando la respuesta. Y que tres tipos, parados por allí, sin hacer nada, como esperando, se acercan, sin intercambiar palabras o miradas entre ellos, coordinados por algo externo. Y la idea era fascinante, y perturbadora.- No queremos problemas. –les mira, indolente.

   -Cédula. –pide ahora el joven agente. Agresivo. Los otros se acercan más.

   -Mejor nos vamos. –sonríe Joanna, tensa.

   -No, ahora no. ¡Identificación! –repite el joven, un brillo nuevo en sus pupilas. Agresividad, una alegre, evidente. Sentimiento compartido por los otros. Jóvenes osos buscando pelea por pelear.

   -Ya escuchaste. Tú y tu perra… -comienza otro de los presentes.

   -Váyanse a la mierda. –responde entre dientes René, abultando sus mejillas, frunciendo los labios y soplando muy suavemente, muy contenido, haciéndolo así porque en cuanto soltó su frase, Joanna le había montado una mano en el codo, para que se detuviera, o que actuara con mesura.

   Sopla, suave, muy leve, apenas una bocanada que no agitaría una telaraña, pero los otros cuatros, al frente, parpadean y comienzan a boquear, como si no pudieran respirar. Se inicia poco a poco, pero luego rojos de caras, inspiran ansiosamente en busca de oxígeno, uno que parece haber desaparecido. Uno de ellos se dobla de rodillas, los otros se alejan tambaleándose. ¡Se estaban asfixiando!

   -Vámonos. –la joven le gruñe, halándole del brazo.- Y deja de sonreír así. Eres aterrador.

   -Oye, ellos se lo buscaron. –se defiende, volviendo la mirada, ya parecían ir recuperándose. Era una pena, si Joanna no hubiera estado allí se habría divertido atormentándoles por abusadores.

   -Dios, esto está empeorando. –jadea ella, que rueda los ojos cuando la mira con evidente confusión.- ¿No lo ves? Los controladores están tomando la ciudad. Lo que hacen no nos afecta, y los controlados terminan notándolo… Y es posible que la agresión que intentaron fuera una respuesta programada. Tal vez deban ir contra todo el que no se someta. En ese caso…

   -Todo anómalo en esta ciudad corre peligro. –termina él, maravillado. ¡Vaya con esos bichos!

   -Y todo es culpa de Sombrío. –farfulla ella, resentida.- Nos pone a todos en peligro. Es un traidor.

   -Tal vez trabaje con ellos. Y tal vez debas dejar que yo me ocupe de él. –sugiere, alarmándola.

   ¿Ir contra Sombrío? La idea le parecía repulsiva, inconcebible, y se pregunta si el otro no la habría programado para que le fuera fiel. Aunque, viendo como estaban las cosas, era una idea. Un camino desagradable que tal vez habría que tomar para salvar a la mayoría de la locura que los controladores desatarían. O ya habían desatado. Es consciente de las hostiles miradas a su paso.

……

   -No, no, espera, ¿qué haces? -el hombre joven y gordito, mal vestido y apestoso a sudor no puede creer que ese otro tipo esté abriéndole el pantalón en medio de un autobús atestado de personas, y que sube al barrio, mientras le refriega de las nalgas un tolete que siente totalmente duro, caliente, pulsante… extraño.

   Gruñéndole al oído como un mantra que quiere su coño, llenar su coño, llenarlo con su güevo, todo ello le parece una locura al gordito, pero no puede hacer nada por detenerle, no se siente con fuerzas, aunque, a última hora, atrapa una de las perchas del pantalón, sosteniéndolo en su lugar, en la parte delantera, cuando el otro se lo baja por detrás. Enrojece, de vergüenza, porque lleva un bikini baratón de licra, verde chillón, de mal gusto, el cual dejaba ver el nacimiento de su peluda raja, y cuya tela estaba casi toda clavada entre sus regordetas y algo blandas nalgas. Todos verían que usa esa mierda… La idea le llena la mente (no que un carajo le hacía eso), embargándole de horror y emoción, su corazón bombeándole con fuerza en el pecho. Y a duras penas contiene un jadeo cuando el tipo vuelve a pegarle la pelvis, y el güevo, del trasero.

   -Bonitas pantaletas. Pero yo quiero tu coño. –el gordito siente la mano que entra en el borde del feo y barato bikini, bajándolo, exponiéndole.- Voy a coger tu coño… aquí y ahora.

CONTINÚA…

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 44

julio 19, 2017

LOS CONTROLADORES                         … 43

   -Ven por todo lo que te gusta, marica.

……

   -Vamos, vamos, papá, termina con la perra, también yo quiero gozar de su coño. Déjaselo bien lleno de leche, pero apúrate. –le urge Jóvito, el tolete, muy tieso, goteándole.

   La prisa de su hijo por poseer al otro, como la urgencia del chico al que penetra una y otra vez contra esa cama, por recibir más y más, también afecta al hombre. Lo siente, así como ese culo parecía cambiar para “chupar” con mayor intensidad, dándole mayor placer al chico, siente su propia tranca más gruesa, más dura, más llena de sangre y calor. Algo ocurría, lo sabe. No era… natural las ganas que tenía del coño de su sobrino, ni el intenso deseo que Jóvito y él sentían, la urgencia de salir y tomar todos los culitos coños que pudieran, sabiendo, de alguna manera, que estos también querrían, como Benito, quien lloriquea y se estremece entre vapores de lujuria sobre esa cama mientras le penetra. Verle, escucharle, sentir el firme apretón de ese coño de chico, las haladas y chupadas que le daba, le obligan a ir con mayor fuerza. Su güevote sale y entra, duro, aplastándole contra el colchón. Y ahora que lo pensaba, tampoco era natural que su mujer no escuchara nada, que no se acercara a averiguar qué ocurría. ¿Lo que le ponía tan cachondo a él, la mantenía lejos a ella? Pensarlo le lastima, le provoca dolor de cabeza, así que aleja la idea rápidamente, sonriendo procaz, dedicándose a coger una y otra vez a su sobrino, sintiéndose increíblemente duro, a punto de correrse, de llenarle su coñito de chico con su esperma, uniéndola a la de Jóvito. El culo de Benito sería un territorio marcado por dos lobos alfas.

   -Dale cariño a papi… -le gruñe al muchacho, separándole las piernas otra vez, inclinándose sobre él, metiéndosela toda, dejándole las bolas pegadas de la raja, cubriéndole la gimiente boca con la suya, aprovechando los labios entre abiertos para meterle la lengua y chupar voraz y ruidosamente. Lo besa y lame, toda esa saliva y gorgojeos le parece delicioso.

   -Si, papá, dale cariño a la perra tú también… -chilla y ríe algo histéricamente Jóvito, el tolete babeándole aún más. Ya quiere el coño de su primo. Es en lo único que puede pensar.

   Eso era bueno, piensa el hombre, que su hijo fuera tan gañán como él. Coger al muchacho también; llenar ese agujero sedoso, apretado y tibio que parecía adherirse a su tolete, apretándolo, chupándolo, frotándoselo, era la dicha. Era como recibir la mejor de las pajas o mamadas, pero dadas con ese hoyo hecho sopa. Algo cambiaba, lo siente, lo nota; al empujársela, al írsela enterrando centímetro a centímetro, la tranca gorda y extrañamente nervudas (gruesas venas que pulsaban caliente), Benito parecía gemir más y más, tensándose, arqueándose, como si la entrada de su coño fuera especialmente sensible ahora.

   No puede luchar contra las ganas de cubrirle la boca nuevamente con la suya, metiéndole la lengua hondo mientras este gemía de gusto por las cepilladas que la barra estaba dándole a su sensible agujero. En cuanto sus bocas se unieron esta vez, el muchacho pareció ronronear y mirarle con nueva morbosidad, rodeándole el recio cuello con los brazos y respondiéndole. Jóvito se palmea los muslos, riendo al verles, el güevo pulsándole de emoción ante el intercambio de lenguas y salivas, de furiosas chupadas llenas de excitación. Su papá estaba tragándole la lengua a Benito con ganas, y la saliva y el aliento. Sin detener las cogidas. El hombre iba contra el chico, tan sólo subiendo unos centímetros su culo peludo, sacándole esos centímetros de güevo del agujero, antes de volver  caer. Y cada roce era tan caliente como besar al muchacho mismo.

   -Si, si, cógelo así, papá; preña a la perra… -chilla Jóvito, con una mueca algo maniaca en la cara.

   Y mientras lo coge y besa, Onésimo atrapa la nuca de su sobrino, metiendo los dedos en el áspero y muy negro cabello sudado. Cada vez que su tolete entraba y salía, del agujero manaba algo de la esperma de su hijo, y la sola idea era insoportablemente caliente. Semen que chorreaba nalgas abajo, cayendo sobre la cama. Dios, si, quería llenárselo. Quería enterársela hondo y disparar su carga en esas jóvenes entrañas, llenárselas con su esperma, marcar de una vez el territorio que comparte con su joven muchacho. Un culito dulce para dos tipos. Dos hombres vaciando sus bolas unas y otra vez dentro de aquel coño de chico. La idea le hizo rugir, apretar los dientes y clavar intensamente su güevo en aquel interior en llamas. Y disparó con fuerza, duro, abundantemente a pesar de todas las corridas de esa tarde. Sus bolas parecían producir una cantidad enorme de esperma, una que él mismo sentía ardiente y espesa mientras salía a borbotones.

   En cuanto el tolete de su tío tembló, anunciando el clímax, Benito gimió de manera putona, sintiendo que todo le daba vueltas, mientras era consciente de aquellas sensaciones eléctricas y poderosas que parecían estimular más y más los labios de su coño de chico, y las paredes de su concha, haciéndole más y más consciente de la barra del hombre de verdad que las ocupaba y llenaba. Cuando el semen impactó contra su próstata, gritó y tembló, sintiéndose más pequeño, suave y vulnerable entre los fornidos brazos del hombre velludo que ahora le sostenía medio alzado de la cama, con los recios brazo bajo su cuello, reteniéndole allí, bien empalado mientras se corría una y otra vez. Esperma y más esperma, una que el chico cree sentir nadando en su interior, subiendo, embargándole todo… transformándole todavía más.

   -Oh, qué bien… -gruñe Onésimo, voz más ronca y baja, sintiéndose completamente satisfecho, sin importarle, en ese momento, que el chico no hubiera alcanzado su clímax. Le deja caer de espaldas sobre la cama, y lentamente le retira el güevo del culo, la leche mana lentamente. Nada, le parece en esos momentos, se veía mejor que su propia esperma chorreando el culito de su sobrino, el cual jadeaba todavía. Y sonríe mirándose la propia tranca. Mierda, si, le parecía que la tenía más gruesa, más dura, las venas parecían más llenas. Sale de la cama, porque sabe que lo contrario sería una maldad.

   -Yo, ahora yo. –jadea Jóvito, con un risita algo histérica, la verga increíblemente dura y goteante ya, tomando a Benito por un costado y obligándole a caer de panza, separándole las piernas.

   Las nalgas del muchacho se veían… más redondas, más turgentes y grandes, un buen trasero para un maricón que amara los güevos.  El culo, rojizo, poco peludo, dejaba manar aún el semen. La esperma de su padre, de ella se formó, una vez, piensa con suciedad, Jóvito, más caliente todavía. Tendiéndose sobre él, abarcándole el cuerpo, baja sus caderas, sin necesidad de tocársela para guiarla. La punta de su tolete choca del enlechado agujero, alejándose unos centímetros, quemándose ambas pieles. Y así, riendo, sin cogerle, Jóvito acerca, frota y aleja el glande de su tolete de aquel agujero tembloroso, dejando que hilachos de esperma cuelguen entre los dos.

   -Por favor, por favor, cógeme, llena mi coño de chico. –lloriquea Benito, mirándole sobre un hombro, boca muy abierta, tono desesperado. Urgido de un güevo. Del güevo de un hombre, uno que sonríe complacido ante el pedido.

   -Voy a dártelo, puto. –y dejándose caer, de golpe, se lo entierra todo. La leche mana a borbotones del tubo rectal ocupado, y cuando se retira y vuelve a caer, una y otra vez, los plo plo eran silenciados por los gemidos de Benito.

   -Hummm… hummm… Ohhh, si, si…

   -Tómalo todo, puto, toma todo mi güevo. Es lo que quiere tu coño, ¿verdad? Es lo único que quieres. Güevo. –le ruge en un oído, subiendo y bajando su culo también, cabalgándole con fuerza, haciendo chirriar la cama.

   Y mientras enciende un cigarro y aspira ruidosamente, con calma, duro otra vez al ver a su propio hijo coger, hacer gemir y enloquecer a su sobrino, Onésimo se pregunta nuevamente dónde estaba su mujer. ¿Cómo no se había acercado a ver qué pasaba? Eso le inquieta… pero al ver a Jóvito cerrar los dientes sobre un hombro de Benito, marcándole mientras se lo tiene todo metido, y aún así empujando más y más, todo pierde sentido o gravedad. Fuma… y espera su turno. Oh, sí, volverá a coger a su sobrino. El tolete le tiembla imaginando el momento de clavarlo otra vez, caliente, apretado, sedoso, succionante… Todo mojado con el semen de su muchacho.

……

   El anodino joven de rostro anguloso y espeso cabello castaño, algo enmarañado, lleva un dedo al puente de los lentes sobre su nariz y los acomoda, frente ligeramente fruncida. ¿Qué estaba ocurriendo? Regresando de La Urbina, del instituto universitario, rumbo a su casa en el cerro, ha estado sintiendo algo extraño. El viento cálido de la tarde y el temprano esa noche parecía cargado de electricidad, una que caía sobre él y perecía rebotar. Casi le parecía poder verla. Era como… radiación cósmica, de esa que todo lo atravesaba y continuaba. Excepto porque esta parecía emitida por cierto sujeto y a él no parecía llegarle. No era algo grato. Y la gente actuaba extraño. Como el tipo que parecía emitirla, y que subió hace poco en el atestado autobús. Había algo curioso en su mirada, demasiado brillante, como los de un gato buscando un ratón, pero, al mismo tiempo, parecía algo desconectado. No podía explicárselo, pero no le agradaba. El sujeto, nada más subir, recorriendo las filas de personas sentadas, y la casi parecida cantidad de pie en el pasillo, le miró directamente, con un brillo de sorpresa en las pupilas. Alarma. O disgusto. No sabía decidirse por cuál. Pero le inquietó. Ese tipo parecía molesto con él. Mucho. Luego pareció olvidarle completamente. ¿Cómo lo sabía?, no está seguro, pero así era.

   El hombre que despierta el interés receloso de ese joven alto y delgado, efectivamente le ha olvidado. Totalmente. Como si jamás le hubiera visto. Le había sorprendido al subir porque no sintió en él nada, ni un olorcito a bolas… Ni a… No, no sabía ponerle nombre a ese otro olor. Uno que el hermano de su novia actual había desplegado cuando le mamó el güevo poco antes, en aquel extraño encuentro en la cocina, cuando sólo vestía una toalla y el otro cayó de rodillas suplicándole que le dejara mamárselo, que quería tragarse todo su güevo y toda su leche caliente. A lo que accedió, todo hombre desea que se lo chupen, y había algo en ver a otro carajo haciéndolo que… Pero había algo más. Lo sintió, aunque ahora no deseaba pensar en ello. Pensar era difícil. La boca del cabrón se había sentido increíble, atrapando cada pedazo de su tieso tolete, y succionándolo de la manera más que correcta. Ronroneando mientras se lo comía y lo disfrutaba. Como las propias putas. El güevón ese, conserje en un colegio de niños de la jai, si que mamaba bien. Parecía tener un coño en esa garganta, uno que sabía atrapar los toletes y los ordeñaba dejándolos secos. Si, el olorcito que exhalaba el marica ese, el coño en su garganta…

   Allí estaba otra vez. Lo percibe, bajito, el mismo aroma que percibiera en su cuñado, mientras está allí, en medio de ese autobús donde logró colarse hasta la mitad, sosteniéndose con una mano en el tubo. Erizándose, sus fosas nasales hinchándose, buscando. El tolete dolorosamente endurecido bajo su pantalón. Buscaba, quería y usaría al marica que viajaba allí. Sabía que había uno, oculto entre todos. Y lo necesitaba. El coño de un chico… Si, era ese sujeto, el de allá…

CONTINÚA… 45

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 43

junio 26, 2017

LOS CONTROLADORES                         … 42

   -Ven por todo lo que te gusta, marica.

……

   -Vine por café. –alza la taza, intentado desesperadamente parecer inocuo e inofensivo. Bartok le mira fijamente, la desconfianza completamente dibujada en su bonito rostro.

   -Te buscaba hace rato, ¿saliste? –hay sospecha en el tono.

   -Si, yo… -le cuesta concentrarse. Generalmente era muy bueno inventando, mintiendo. Era parte de su trabajo, pero ahora le resultaba difícil. Joder, qué guapo era ese tipo, no era justo que otro sujeto se viera tan bien, se encuentra pensando, luchando contra la idea. Sería fácil bajar el tono, ablandar la cara y hacérsele agradable, ser un amigo, servirle. Lo piensa casi con pánico. Pero no puede, todas sus murallas se alzan. Se cubre. Se protege, y algo debió notar Bartok, quien parpadeó como sorprendido.- Yo… me robaron una moto, un pana me llamó con una pista sobre su paradero, salí y…

   -Bien, bien, entiendo, pero no tienes nada qué hacer aquí. El director ese, el que se cree Spielberg te, busca, no sé para qué. Hace rato. Ve con él. –le ordena, casi urgiéndole a salir. Así lo siente el detective privado, alertándose más.- ¡Vamos, que es para hoy! –ruge y, lamentándolo, tiene que salir, lentamente, notando que por el portón viene entrando la camioneta que llevó a los chicos actores, el nieto de la amiga de su jefe, y el azafato, a esa casona extraña. Joder, algo pasaba, o pasaría, y Bartok no le quería allí. Pero no pudo quedarse, no seguido por esa mirada.

   Bartok no afloja la tensión de su bonito rostro ni siquiera cuando le ve desparecer y la puerta metálica se cierra a sus espaldas. ¡No había podido entrar en ese sujeto! Eso era… El maestro tenía razón, los habían localizado e infiltrado. Oprime los labios, y un joven de modales torvos, que mascaba chicle y que pasaba cargando unas cajas, casi da un traspiés, deslumbrando de repente por la belleza viril y física del sujeto, algo tan fuerte que le hace enrojecer y parpadear, alejándose casi asustado de sentir aquello. Bartok no lo notó, tan sólo piensa en lo que ocurre. En los fenómenos que les habían encontrado. Los malditos anómalos, esos frígidos sujetos que preferían vivir en las sombras, ocultos, disimulando sus dones y destrezas en aras de un mundo vulgar y lleno de mediocridad. Pero no importaba que estuvieran justo allí, no ahora que todo estaba en movimiento. Sonríe con crueldad, era la hora de los controladores.

   Se vuelve a mirar el auto detenido, del cual, de la parte posterior, bajan los dos chicos, viéndose muy andróginos, delgados, muy maricones, riendo y medio contoneándose, los ojos de todos los hombres presentes vueltos hacia ellos, algunos de los sujetos cargando aún las cajas, recorriendo con variadas sensaciones los jóvenes y bonitos cuerpos de los mariconcitos que reconocen de las caratulas de los DVDs.

   -Hey, muchachotes guapos… -sonríe mórbidamente Leonardo Pompa, contoneándose.- Mi amigo y yo queremos vivir emociones intensas. –anuncia riendo de manera totalmente maricona, igual que Ernesto Garzón, impactado a los cargadores.- ¿Hay hombres presentes? –pregunta dando media vuelta, apoyando las manos en la carrocería del auto, mirándoles sobre un hombro, el culito redondo resaltando bajo la blanca y suave tela de un pantalón que deja ver los contornos de un bikini de color más oscuro.

   La declaración causa un profundo silencio de sorpresa, ¿o es algo más? Podría ser, porque el depósito parece ir llenándose de una electricidad estática intensa; la de machos cabríos en celo.

   Bartok mira y sonríe leve, aunque sin olvidar del todo el incidente con Gabriel Rojas, el sujeto a quien no pudo leer… ni afectar (¿cómo era posible?; los anómalos, si, era la única respuesta), se complace en la marcha de sus planes. Esos chicuelos ya ni pensaban, tan sólo eran hermosos objetos necesitados de sexo, y cada vez que lo obtenían, el poder de los controladores se incrementaba. Su satisfacción aumenta cuando ve a los sujetos en ese taller respirar pesadamente, como si un olor les alcanzara haciéndoles arder de ganas salvajes y primitivas que necesitarán manifestarse y ser saciadas. Dos de ellos, muy jóvenes, cruzando una mirada lobuna y van hacia Leonardo, quien sonríe aún sobre su hombro y los recibe con un “hummm”, cuando ambos acarician su culo al tiempo que le preguntan si es que el putico está caliente. Esas manos tocan y soban, hurgan y palpan. Los otros miran y se movilizan, tocan también, y posicionan al otro, junto a su amiguito, quien también ríe como putilla en fiesta de universitarios cachondos.

……

   Frenesí… No había otra palabra para describir toda aquella locura y fiebre sexual que parecía ir atrapando a todos, impidiéndoles pensar con claridad, tan sólo necesitando y deseando satisfacer un impulso primario. Unos poseer, coger a los putitos, así lo pensaban, sentían, que era su derecho tomar (penetrar y follar) a todos los chicos cuyos culos eran coños ansiosos de güevos; y los otros, los que buscaban ser poseídos, sentir sus coños de chicos bien llenos de masculinidades duras y pulsantes. Ambos generando una intensa carga de energía sexual que parecía ir creando una nube de electricidad sobre la ciudad. Una que era captada y utilizada por sujetos especiales. Un ímpetu que se incrementaba por segundos.

   Como en aquella casa camino al cielo, si uno pudiera llegar a él por una vía fea y marginal en el oeste capitalino, donde, sobre la cama de su propio hijo, un hombre folla con los dientes apretados el culito tierno de uno de sus sobrinos preferidos, un chico al que hasta hace poco casi consideraba otro hijo, el cual, de espaldas sobre el camastro, se agita, estremece y ronronea lloroso por el placer que su tío estaba dándole al enterrarle el güevo por el dulce culo, abierto y lubricado por su hijo, minutos antes, que descargó una buena carga de leche en él, la misma que ahora salía cuando la nueva tranca iba y venía al cogerle.

   Lo sucio de la escena, lo muy prohibido y malo de lo que hace, estar de rodillas sobre la cama de su muchacho cogiéndose a Benito, tiene mareado de calenturas al Onésimo Malavé. El joven y guapillo muchacho, con ojos nublados de lujuria, gemía entre jadeos cuando la mole de carne de su tío salía y entraba de su culo sedoso, metiéndosele con todo, golpeándole en lo más profundo. Era todo lo que quería, pensaba como en bucle, una buena pieza llenándole el coño, su coño de chico. Sonríe tenue, feliz, realizado, mientras se acaricia el torso y se pellizca las tetillas, sabiendo que su tío le miraba con ganas. Una perrita como él amaba eso, saber que gustaba, que excitaba y enloquecía a los hombres de verdad. Porque eso era, una perra caliente que necesitaba de las atenciones de los machos. Esas ideas casi parecían palabras pronunciadas en su cerebro, controlándole, haciéndole ronronear cuando sentía la gruesa y nervuda barra retirándose, refregándole todo, para volver a clavársele duro, golpeándole en su punto G. Dios, amaba ese güevo, su coño de chico lo amaba, comienza a decirse, apretando el culo, intentando atraparlo, masajearlo, exprimirlo. Todo lo que un hombre podía desear sentir sobre su barra cuando penetraba a otro hombre, uno que se sometía a su masculinidad superior.

   Respirando pesadamente, Onésimo levanta las piernas del muchacho, llevándole los tobillos a los recios y peludos hombros, atrapándole luego las duritas nalgas con las manos, alzándole un tanto de la cama, e intensificando sus cogidas, las embestidas de su tranca, adentro y afuera, haciéndole trinar.

   -Oh, Dios… Hummm… -lo gimoteos de Benito llenan el cuarto.

   -Míralo delirar, papá, es tan perra. –la risita de Jóvito, a su lado, atrae su mirada. Su muchacho estaba caliente otra vez, desnudo como todos en ese cuarto, a excepción de Benito, quien aún conservaba su calzoncillo cubriéndole los genitales, tan sólo con las nalgas afuera.- Quiere y quiere güevo, papá; no se cansa. Cógelo duro, llénalo de leche. Préñalo. –ríe, extraviado.

   -¿Eso quieres, muchacho? ¿Quieres mi güevo llenando tu dulce y apretado coño de chico? ¿Quieres que papi te preñe? –Onésimo se siente sucio, atrapándole con más fuerza las caderas, alzándole y atrayéndole contra su barra, dejándole bien conectado.

   -Hummm, hummm, si, tío, cógeme duro, métemelo todo, llena mi coño con tu semilla… -ronronea, perdido en su lujuria. Así como Jóvito y su tío parecían aún más viriles, sus toletes más gruesos y duros, él se sentía más suave, más delicado y necesitado. Femenino. Quería güevo, lo quería bien adentro y lo quería ya.

   -Pídemelo, pídele a tu papi que te preñe. –le ruge el hombre, sonriendo, sintiéndose morboso y malvado, deteniendo sus embestidas. Jóvito sonríe maloso, esperando por las palabras de sumisión y gratitud, el ruego que todo mariquita debía brindarle a sus hombres.

   -Oh, sí, papá, cógeme duro, coge el coño de tu perra… -balbucea el muchacho, sintiéndose tan caliente, tan excitado al entregarse de esa manera.

   -Tranquilo, bebé, lo tendrás. -le ruge el hombre, entre dientes, soltándole las nalgas y montándole los dos tobillos en un hombro, cerrándole un tanto las nalgas y el agujero del culo alrededor de su güevo pulsante y todavía enterrado, y el chico lloriquea de emoción.- Voy a ponerte una barriga, a preñarte, y parirás un hermanito para Jóvito que luego te cogerá también…

   Las palabras le emocionan, así como hacen reír más a Jóvito, y el chico es recompensado por una nueva oleada de embestidas que hacen chirriar la cama, por la barra que sale casi hasta el glande, pulsante, para luego enterársele, metiéndole los pliegues del culo, rozándole las paredes del recto, golpeándole en la próstata una y otra vez, haciéndole chillar. Las palabras de su tío son como caricias, dulces poemas de amor en sus oídos de marica, mientras es perfectamente consciente del vaivén del tolete del hombre dentro de su cuerpo, de sus entrañas, abriéndole y llenándole su coño de chico, transformándole con cada embestida, llevándole a un punto sin retorno donde terminaría siendo una perrita caliente, siempre en celo, esperando por machos el resto de su vida.

   Lo sabe, de alguna manera lo intuye y tiene que alzar la nuca, echándola hacia atrás, arqueándose sobre la cama cuando lo siente, el cambio físico que se produce en su cuerpo, los labios de su culo, su entrada misma llenándose de sangre, incrementando las sensaciones con el roce del tolete, la estimulación y la excitación. Grita y grita porque no puede contenerse ni asimilar completamente las poderosas oleadas placenteras que ahora le recorren. Su culo, independientemente de lo que pensara o hiciera, parecía una boquita que se abría y cerraba sobre un sabroso caramelo al cual chupaba, disfrutando intensamente del sabor. Así sentía el “trabajar” sobre ese güevo que lo cambiaba, que lo transformaba completamente en un chico de coño ardiente, como le pasaría a decenas de carajos en unas horas, a cientos para media noche. Miles al día siguiente en la gran Caracas. Luego… el mundo.

CONTINÚA … 44

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 42

mayo 27, 2017

LOS CONTROLADORES                         … 41

   Y llegan con las bolsas llenas.

……

   -Lo tienes caliente, ¿verdad, putico? Este culo huele a necesitado… -le gruñe el hombre con un vozarrón, realmente excitado. Le gustaban los chicos, lo sabía de siempre, aunque pocos de sus conocidos estuvieran enterados de eso, menos su familia  o su mujer, pero salir y recoger á uno en una vía, tener un culito como ese en sus manos…

   Matías no responde, no puede, la ruda caricia le roba la calma, la capacidad de pensar; la nalgada le hace gemir de gusto. Cuando la mano alza el látex y entra, la palma callosa y caliente recorriéndole sobre el bikini, jadea más. Era tan rico que un hombre le manoseara así que… Sus gemidos, largos, intensos, putos, son interrumpido por la mano que cae sobre sus labios, el dedo que apunta y… lo cubre, tragándolo ansioso, chupándolo, lamiéndolo, oyendo reír al hombre a sus espaladas, cuyos otros dedos estaban hundiéndose entre sus nalgas, metiéndole la tela del bikini. El roce sobre su raja le tenía…

   -Se los dije, amigos, está caliente como puta universitaria. –el sujeto ruge hacia la entrada.- Quiere güevo, muchos güevos, y hay que dárselos…

   Y aún chupando de aquel dedo, de manera entregada y mórbida que excitaría aún a su propio padre en esa situación, volviendo el rostro, Matías ve en la entrada a otros dos carajos, muy parecido al primero… El culo le late con fuerza, le arde, siente que se le moja y casi desea menearlo, refregárselo con algo. Y ese sujeto, riendo, lo nota, apartando un poco el bikini, gestos visibles de sus dedos contra el látex, metiéndole uno por el apretado agujero, que el joven recibe tensándose y con un gemido de gloria. Si, quería güevos…

……

   Se propaga, aumenta, transforma…

   ¡No, no… no! La mente de Tony Moncada se resiste, lucha contra algo que sabe no está bien, o que no era lo que perseguía o deseaba, que le controlaba, pero no podía detenerlo. La rabia contra Rubén Santana, por los celos sufridos al verlo con la novia, la ira al entender que buscaba algo que sabía no podía ser (que el otro le quisiera porque lo deseara, no porque le controlaba, ¿se podía ser más patético?), le habían hecho descartar más de una línea de actuación, pero ahora… En su mente sólo hay una idea, y sólo una, poderosa, intensa. Terrible: destrúyelo. Conviértelo en basura despreciable a sus propios ojos. Para siempre. Que no tenga oportunidad de escapar de lo que vas a hacerle… convertirle en una puta siempre necesitada de hombres… De manera irreversible.

   Le había tomado de la mano en la sala, casi halándole hacia su habitación, indiferente a que su madre aún estuviera por allí (era su madre, ¿verdad?, la confusión le dominaba en esos momentos), encarándole allí, viéndole los ojos brillantes de confusión, expectativas, excitación y miedo. Parecía que también Rubén captaba que otra cosa estaba ocurriendo. Y así era. Una vez en el dormitorio le suelta, aunque queda muy cerca de él, invadiendo su espacio, sabiendo que el otro era totalmente consciente de su presencia, su calor, su olor, y que eso le llevaba a estremecerse con una lujuria que no conocía limites, ni igual, en su joven vida. Estaba alterándole totalmente, y el muchacho no puede resistirse. O no quiere. Es lo que desea imaginar, en una parte profunda de su mente, una donde ya no tenía control ni siquiera él, que era un controlador.

   Rubén acerca el rostro, ojos brillantes, labios rojos, e intenta besarle, pero, cruel, sintiéndose bien siéndolo, evade el gesto una y otra vez, frustrándole, casi haciéndole gemir.

   -Lo quieres mucho, ¿verdad? Besarme, saborearme como el maricón que eres. –casi le escupe al rostro, humillándole, recordando las muchas agresiones de las que fue víctima en el pasado a manos de ese muchacho. Nota como sus ojos se nublan de pesar, de frustración y angustia, temiendo ser rechazado. Lo tenía donde lo quería, y sin embargo…

   Llevado por una rabia que no entendía, una casi violenta, le rodea el cuello y lo besa de manera procaz, metiéndole la lengua casi hasta la garganta, ahogando sus gemidos de entrega. Y mientras le besa así, de manera total, sus lenguas encontrándose y comenzando un fuego intenso que los consume, uno que anula totalmente la voluntad del joven, baja las manos hacia sus nalgas firmes, duras, estremeciéndose de poder al hacerlo, tocar así al antiguo enemigo al que debe controlar… destruir. Amasarle el trasero provoca que Rubén lance nuevos gemidos ahogados. Y apartando lentamente la boca de la del joven, un hilillo de espesa saliva tendiéndose entre ambas bocas antes de romperse, sus lenguas aún notándose, sus respiraciones agitadas bañando de uno al otro, le mira con posesividad.

   -Eres mi puta, Rubén. –le dice ronco, burlón y categórico, sintiéndose increíblemente caliente y bien de hacerlo, de tratar así al otro, quien jadea, rojo de cachetes.- Dilo…

   -Soy tu puta. –es automático, con un parpadeo de sorpresa, sonriendo luego, como si eso fuera correcto, como si admitirlo para sí mismo estuviera bien. Claro, ¡era su puta!

   -Quiero ver tus tetas. –le ordena sin quitarle los ojos de encima, erizándose de morbo al ver un brillo de picardía, coquetería y entrega en las pupilas del antiguo acosa maricas.

   Sonriendo de una manera extraña, jadeando casi como porrista de película porno frente a tres atletas desnudos en un vestuario, Rubén le obedece, lentamente quitándose la ajustada franela, dejando ver la flexión de sus brazos, el tensar de su torso, dejando al descubierto su abdomen plano y recio, quitándosela finalmente. Exhibiéndose frente al objeto de su deseo. Tony clava los ojos en esos pectorales jóvenes, en aquellas tetillas marrones claras, erguidas, desafiantes, y lleva las manos allí, con la punta de los dedos recorre la firme piel del otro chico.

   -Hummm… -este deja escapar un gemido, intensificándose ese brillo en sus ojos, ese gesto de excitación. El joven y entusiasta güevo abultando escandalosamente contra el apretado jeans, hacia la derecha. Esas manos tocándole le parecía eléctricas, calientes y…

   -¿Te gusta que juegue con tus tetas, puta? –le pregunta, torcido, porque tiene que ser malo, y flexionando los índices, bajo las tetillas, las aprieta con los pulgares.

   -Ahhh… -el grito ronco de lujuria que lanza Rubén le eriza la piel y le pone más cachondo aún; apretándole y halándole continúa haciéndole gemir.

   -¿Te gusta?, ¿te gusta?, ¿te gusta esto? –le pregunta mientras hala y suelta, mientras aprieta y afloja, duro, siendo recibido cada manoseo con otro gemido. Clava los ojos en esos pectorales, ahora rozándolos, acariciándolos suavemente con los pulgares e índices de manera semi circular, de derecha a izquierda, luego al contario. Rubén gime, pero eso no le interesa ahora. No. Mira el cambio… Aquellos pequeños pezones masculinos, de muchacho, parecen crecer, ser un poco más largos, más gruesos, más rosáceos. Y mientras cambian, y los manipula, más chilla Rubén, como si no pudiera controlarse, como si le tocara botones que lo encendían sin poder evitarlo.

   Soltando uno de los pezones, sintiéndose perverso, terriblemente malvado, Tony medio inclina el cuerpo, su nariz baña de cálido aliento ese torso, y Rubén lo siente, sus labios se abren y cubren ese nuevo pezón, y al cerrarlos sobre él (si, era más largo), de la boca del otro escapan verdaderos griticos de puta, casi parece convulsionarse de tanta emoción. Succiona hambrientamente de aquella tetilla porque le gusta, y porque sabe que le altera; los ruidos llenan el cuarto, descontrolándole más. Luego va a la otra, y repite la dosis. Casi teniendo que rodearle con los brazos para que no caiga, por la debilidad en las rodillas que le provocaba aquella atención a “sus tetas”. Y mientras succiona, de una a otra, chupando, lengüeteando, mordiendo, las manos, palmas abiertas, vuelven a ese trasero firme. Lo quiere más grande, llamativo, que todos notaran lo culón que era… Exhibirlo, lo llevaría a la piscina del liceo, con un hilo dental, todos admirando sus tetas, su culo… con una verga algo reducida. Lo quiere culón, tetón, chillón… lo quiere feminizar. Que sea un chico-nena de manera permanente.

……

   Gabriel Rojas, ceñudo, presentía que algo serio ocurría, mucha gente dentro de la pequeña productora de porno parecía agitada. Se había dado la orden de movilizar cientos de cajas con algunas de las películas, cosa que de por sí le inquietaba, a él, cuya única moral estaba basaba en aquello que le servía o no en un momento dado. Sabe que esos videos tenían algo… peligroso. Lo otro, inquietante, era la mirada aturdida de tantos en los pasillos, parecían idos, como esperando que alguien les dijera que tenían que respirar, moverse, hablar. Parecían estar escuchando, sintiendo u oliendo algo que no podía detectar. Botando aire, se pregunta si no debería llamar a la policía y detener esos embarques que llenarían la gran Caracas con esos DVDs, y al resto del país. Pero su trabajo era encontrar a ese chico, Leonardo Pompa, el nieto de la amiga de su cliente, al que, aunque ya le había visto dos veces, no había podido acercársele. Su trabajo no era involucrar a las autoridades en nada de aquello, ¿y si el nombre del chico marica salía a relucir en algún asunto turbio? Bueno, más turbio que esos videos de mierda no se podía, o era difícil imaginarlo, pero aún así…

   Eso, un mal menor dentro de uno mayor, era calibrado según su moral, su ética utilitaria. Sentía ganas de… lanzar una bomba a esos depósitos, acabar con las películas, los sonidos, el curioso hechizo de fascinación que despertaban (aún en él), pero su deber era para con una sola persona, el resto tendría que esperar.

   -¡Hey! –pega un bote al escuchar la voz  sus espaldas, y sentir una mano firme caer sobre su hombro derecho. Con disimulo, para fisgonear, había entrado a uno de los depósitos, que también servía de set por momentos, ahora lleno de cajas y cajas con DVDs, con mucha gente trabajando en llenar las camionetas de distribución, personas a las que no reconoce, seguramente eventuales para dicha tarea. Fingía tomar café del termo que tenían allí (uno que estaba horriblemente malo), y le habían pillado. Volviéndose se encuentra con la persona que más ha evitado desde que está allí, Liam Bartok, el curiosamente guapo hombre ante quienes otros parecían derretirse como mantequilla frente a una flama. El sujeto estaba allí, cerca, viéndose increíblemente bien, oliendo sabroso, enfocándole con esos ojos como espejos de plata pulida donde sería fácil perderse, o uno se perdería de gratis.- ¿Qué diablos haces aquí? –demanda saber este, lleno de sospechas.

   Y Gabriel lo siente, una oleada fría que le llega, rodeándole, envolviéndole… peligrosa. Ese hermoso hombre era peligroso, le gritó una voz en la cabeza, alarmándole.

CONTINÚA … 43

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 41

abril 18, 2017

LOS CONTROLADORES                         … 40

   Y llegan con las bolsas llenas.

……

   -Ciudadano, ¿se encuentra bien? –oye la voz, lejana, y eleva la mirada, parpadeando confuso. A media docena de pasos se encuentra un mocetón alto, de rostro redondo, cejas fruncidas, enfundado en el feo uniforme verde de guardia nacional.

   -Sí, yo… -balbucea cuando este llega a su lado, pero no puede decir más, algo en ese joven le llega en oleadas, lo envuelve y tensa. El uniformado olía fuerte, a macho, a testosteronas. A sudor y bolas. No puede responder, ni pensar, tan sólo quiere bajar la mano y atraparle el entrepiernas, sentir el joven güevo contra su palma y notar cómo crecería llenándose de sangre y ganas. La confusión del otro parece aumentar.

   -¿Seguro que no se siente mal? Se ve extraño.  –el joven oriental se pregunta si ese carajo no estaría drogado, mientras da otro paso hacia él. Notando ahora…

   -No, no estoy… -jadea desmayadamente, relamiéndose los labios, cara muy roja. Pero el otro no le escucha; el rostro mostrando más confusión y curiosidad, lo acerca al sujeto y olfatea, por muy grosero que el gesto se viera.

   -¿A qué huele? –le pregunta acercando aún más el rostro, su expresión ensombreciéndose con ese aroma, uno que no reconoce pero que, por alguna razón desconocida, despierta una revolución entre sus bolas y su tolete bajo el uniforme. Sus miradas están atadas, las respiraciones se espesan.- Huele a puta… A puta caliente. –casi grazna, el tono endureciéndose, el del gallito frente al pollito con culo como de gallina. No pueden apartar las miradas.- ¿Qué buscas deteniéndote aquí, maricón? –el tono y las palabras cambian, el deseo de controlar se impone.

   -Yo… yo… -a Wilmer Soteldo el culo le arde, siente algo caliente y húmedo que le baja. Y los ojos del joven refulgen con ferocidad. Inmisericordes.

   -Necesitas un güevo, ¿verdad? Es lo que quieres, por eso te paraste aquí, buscando un hombre que te dé güevo. –desafía el muchacho sonriendo con osadía y maldad, él mismo no entendiendo su comportamiento. Ha dejado que uno o dos maricas se la chupen, en toda su vida, cuando ha estado muy, muy caliente y sin mujeres cerca, pero nunca había sentido esto. La verga le late, totalmente erecta dentro del feo y barato uniforme con el cual la dictadura cubana había estafado al ejército venezolano con la complicidad de una cúpula militarista corrupta. Y se estremece por la mirada ida, pero hambrienta de ese sujeto sobre su tolete duro.

   -La quiero… -admite este con voz monocorde, sonriendo, dándole la espalda y abriéndose la correa y el pantalón, en pleno sobre ancho de la autopista, de cara al borde. La mirada del joven cae con fuerza sobre esas nalgas velludas que son expuestas de repente. Soteldo viste, otra vez, como cuando “atacara” a Onésimo y a su hijo, una de esas tangas metidas en el culo.- Llena mi coño de chico con tu güevo gordo… -ronronea, tendiéndose hacia adelante, apoyándose en la ventanilla de su grúa, echando el trasero hacia atrás, abriéndolo, mirándole sobre un hombro. Y sonríe más, conteniendo un jadeo, cuando el muchacho se abre el pantalón con manos febriles, maniobrando dentro de la bragueta y sacando un tolete de  buen tamaño, totalmente duro ya, sin apartar los ojos un segundo de aquella puerta ofrecida y supuestamente abierta.

   El joven uniformado no lo piensa, no puede, esas nalgas atraen su mirada, la raja cubierta con la tirita blanca, ese culo ofrecido para que entierre en él su masculinidad, dura y caliente, pulsante de ganas de joder el coño del maricón ese. Si, lo quiere, quiere cogerlo, enterrárselo duro, hacerle gritar y llorar como una puta. Quiere que ese coño de chico se lo ordeñe, y dejarlo rebosante de espermatozoides. Desea que todos escuchen a la puta gemir de gusto bajo los machetazos de su tolete. Casi traga, estrangulado, cuando el tipo aparta, con un dedo, el hilo del peludo agujero, uno que titita, se estremece, que se abre y lo llama. Un culo de hombre que necesitaba, urgentemente, de un buen güevo tieso y pulsante, lleno de sangre y venas calientes.

   No piensa en dónde está, al lado de la autopista, cerca del puesto de control donde otros guardias aguardan; ni lo extraño del deseo por otro hombre, aunque fuera por el culo. Ese agujero lo llamaba, el olor de ese tío, como a caramelo, uno del que no estaba muy seguro pero que le recuerda su infancia, que antes le gustaba y le brindaba placer al degustarlo, lo controla. Se acerca, la lanza de carne bamboleándose en el aire, la roja cabeza rozando de la velluda entrada, las pieles ardiendo, los dos jadeando contenidos, de anticipación…

   -Si, si, llena mi coño caliente… -gimotea Soteldo.

   El joven no aguanta más, tan sólo da medio paso hacia adelante y con fuerza le entierra todo ese güevo por el culo. Es todo un espectáculo verlo desaparecer, palmo a palmo, venoso y grueso, metiéndole los pelos y los labios del coño masculino. El gruero se tensa, su boca estalla en un gemido ronco de placer, siente el roce, las refregadas contra las paredes de su recto. Cierra los ojos y casi sonríe beatíficamente. Nota el roce del glande, el cómo le abrió y penetró, disfruta de cada centímetro cúbico que se le entierra y le golpea hondo. Ya no piensa.

   -¿Te gusta, maricón? ¿Te gusta sentir mi güevo llenando tu culo caliente?

   -Ahhh… Ahhh… -escandalosos gemidos de puta caliente escapan de sus labios, no puede contenerse, cuando el joven, clavándole los dedos en la cintura, comienza un agresivo, áspero y rudo saca y mete, cogiéndole con fuerza, casi arrojándole contra el vehículo. Se lo saca casi hasta el glande, que se asoma entre los peludos labios que hala, y se lo entierra hasta la base, rozándole con los crespos pelos púbicos y azotándole con las bolas.- Hummm…. Hummm… -es todo lo que escapa de aquella boca mientras es cogido, penetrado, cabalgado por el joven macho cabrío, y era todo lo que ese muchacho necesitaba escuchar, fuera de las haladas y chupadas sobre su miembro para incrementar las embestidas, la fuerza de sus cogidas. Era automático, en homosexuales o no, al escuchar a otro carajo gozar tanto de su verga.

   -Toma, toma, tómalo toda, marica… -el chico le grita entre dientes, sonriendo procaz, gozando ser el macho que no sólo coge sino que tiene delirando al otro con su instrumento.

   -Hummm… Oh, sí, sí, coge mi coño, llénamelo con tu güevo… -medio lloriquea y grita Wilmer. –sonriendo en delirio mientras la barra va y viene, ruda, amoratada de sangre, hinchada de ganas, adentro y afuera. Ese muchacho gozando de la dulce agonía de sentir su verga masajeada.

   -Oye, ¿qué pasa allí? –la pregunta, algo apartada, les llega.

   Y debería alarmarles, alguien les pilló y se acercaba a ver, pero en esos momentos no pueden pensar en nada como no sea ese güevo entrando en aquel culo lleno de ganas.

……

   Se propaga, aumenta, transforma…

   No lo entiende, nunca había hecho algo como eso, por recato, por el qué dirían sus padres, amigos, vecinos  y conocidos. Por temor. Era gay pero… Matías Sequera parece un tanto ausente mientras cruza los pasillos del centro comercial, rumbo a la video tienda, ese club donde proyectaban esas películas. Sabe que lo miran, mucho, porque algo le había empujado a moverse de aquella manera, vistiendo así. Lleva una gorra de beisbol, volteada, un suéter gris manga largas con una capucha que cuelga, unos zapatos deportivos rojos, bajos y sin medias… y un ajustado pantalón de ciclista, de látex blanco, que ajusta de manera escandalosa sobre la parte superior de sus muslos, pelvis, cintura y trasero, el cual se nota firme, turgente. Joven y travieso mientras camina. Ese “algo” que le llevó a salir de su casa vistiendo de aquella manera aprovechando que estaba solo, le empujaba a moverse, a caminar con paso decidido, dejando que la tersa tela elástica sobre su trasero evidencie lo que provocaba sonrisitas de burlas, pero también ojos clavados como dardos, los contornos de un calzoncillo bikini rojo, que destacaba claramente.

   Entra en la tienda respirando con dificultad, muchos rostros volviéndose, muchos ojos clavándose codiciosamente en él, una que otra cara, ceñuda y extrañada, olfateando algo en el aire; miradas e interés que a él huele a testosteronas y que elevan su temperatura, que le ahogan de emoción. Cruza el salón buscando… algo, sintiendo esos ojos clavados en su culo. Tiembla de emoción cuando esos tipos robustos, barbudos algunos, con pinta de mala gente otros, treintones y cuarentones, recorren su figura de muchacho esbelto, culón, ofrecido. Su corazón se detiene, cree haber encontrado lo suyo. Va a entrar en una de las salas de proyecciones de donde escapan los jóvenes jadeos masculinos de los chicos que eran tomados en aquellas extrañas películas que estaban rodando por ahí, y sabe que uno de los sujetos, de pañoleta en la cabeza, una con calaveras, en camiseta, con brazos y hombros velludos, le sigue con una sonrisa predadora en unos crueles labios que destacan dentro de un descuidado bigote y la barba. Sus miradas se habían encontrado y algo había hecho, literalmente, clic en sus cabezas. Era lo que el joven deseaba; el chico era lo que ese gañán quería disfrutar por un rato. O eso pensaba,

   Dentro de la estrecha cabina, corta, cubierta la entrada con una cortina, el joven aguarda, dándole la espalda a la puerta, mirando con ojos brillantes la pantalla donde la acción discurría, dos hermosos chicos vistiendo los serios uniformes de un colegio corriendo por unos matorrales, como escapando, y unos sujetos enormes, riendo, les persiguen, cazándoles; iban a atraparles e iban a usarlos, lo sabe porqué es la temática de las cintas. No puede evitar estremecerse voluptuosamente, deseando ser uno de esos jóvenes acosados por esos tipejos, alzado en peso, gritando mientras era sometido sexualmente a la servidumbre. Por todos ellos. Era su papel. Sabía que estaba en el mundo para eso… ¿La idea le extraña o inquieta?, no, estaba más allá de eso.

   Cierra los ojos cuando siente cierto aleteo tras él, al ser la cortina aparada con brusquedad y una figura alta y recia ocupa la entrada. El tipo sonríe, viéndole apoyar las manos sobre el respaldo del asiento, levantando un poco más su turgente trasero. Los contornos del bikini que lleva el muchacho… Ya no piensa, el tipo se acerca y con la mano le atrapa una dura nalga, palpando soez, con propiedad, recorriéndosela, metiéndola de canto entre ellas.

   -Lo tienes caliente, ¿verdad, putico? Este culo huele a necesitado…

CONTINÚA … 42

Julio César.

NOTA: Era una de las que iba a dejar así, a algunos les gusta, ya veremos.

LOS CONTROLADORES… 40

marzo 26, 2017

LOS CONTROLADORES                         … 39

   Y llegan con las bolsas llenas.

……

   -Eso debes preguntárselo a nuestro líder. Sombrío…  tiene su propia agenda. Y eso si me asusta. –elevando una ceja, es la viva imagen de un rostro inexpresivo, pero perplejo.

   -Pero, ¿qué busca? ¿Qué, exactamente quiere que ocurra? Hay personas que están perdiendo la voluntad, que los están llevando a un nivel primitivo de reacción… -arruga la cara en confusión.- De alguna manera se estableció una relación entre la perdida de la conciencia, ese… detestable apetito sexual, y la facilidad de atraer, modificar y transformar a otros. Nunca había visto algo así. Ni sabía que se podía hacer. –camina hacia la otra, mirándola fijamente. – ¿Qué supones que trama Sombrío?

   -Qué se yo. Es difícil imaginar lo que pueda pasar por la mente de alguien tan… profundo. Y peligroso. Lo que sé es lo que va a ocurrir. Ya lo he visto. Y no es bonito, Sabrina. Aún a mí, que he visto tanto, me sorprende. –eleva una mano, acercándola al rostro de la catira.- Permíteme llevarte a…

   -¡No! –jadea la otra, alejándose un poco, alarmada. No sólo Sombrío era desagradable al tacto. El poder de Gea era desconcertante, abrumador. Y uno quedaba con el estómago revuelto, se recuerda.- Déjame a mí. –y le clava la mirada en los ojos, una que se vuelve difusa. A la otra joven le parece sentir algo rodando sobre su cráneo. Sonríe al verla palidecer y lanzar un gemido, retrocediendo alarmada.- Dios mío…

   -Sí, eso es lo que va a pasar. Se extenderá desde varios puntos, y más y más hombres caerán bajo la infección. Al final, esta ciudad, parecerá que se vive La Noche de los Muertos Vivientes, pero de sujetos enfebrecidos por la necesidad de sexo. Uno que les irá, como dices, transformando.

   -¿Por qué… Sombrío querría eso? –la joven jadea, sintiéndose enferma, de repente rabiosa con el joven delgado de anteojos que vivía en la lóbrega casona. Gea se encoge de hombros.

   -Cómo podría saberlo? Algo debe estar tramando, algo desea conseguir.

   -Gea, tú… Tú podría detenerlo. Parar todo esto, ahora, sin que siquiera lo supiéramos. –la mira, ente esperanzada e indecisa. ¿Traicionar a Sombrío? La idea era abrumadora. El negro rostro se suaviza con una sonrisa exasperada.

   -¿Ir contra Sombrío? No estoy tan loca.

   -Él no puede alcanzarte, no si ni siquiera sabe que has intentado algo.

   -Lo siento, cariño, pero no me atrevo. De alguna manera, en todo el tiempo que llevo de conocerle, viéndole surgir de una u otra realidad, Sombrío se ha mantenido constante, como si la dimensión temporal no le afectara. Él sabe a dónde va, qué quiere y cómo espera conseguirlo, y a lo largo de estos años la constante es que lo haga, aunque los resultados sean terribles. Hace años pudo detener todo esto, aún hoy pienso que sabía que no había acabado con todos los controladores, pero los dejó ir, ahora les deja hacer, ¿por qué? Sólo él lo sabe, y aunque cueste mucho, todo ese desastre que “viste” en mi cabeza, enfrentarle no es alternativa. –sus palabras logran molestar a la otra.

   -Pero algo hay que hacer. Detener… toda esta locura.

   -¿Piensas que aún hay tiempo? No lo creo. La infección se riega, aumenta, se potencia. Es la hora de los controladores, Sabrina, y no nos queda sino aguantar. –la voz es monocorde. Sentenciosa.

……

   Se propaga, aumenta, transforma…

   Darío Serra, con su braga de trabajo va llegando a su casa. No se cambió de ropas al dejar la escuela donde funge de conserje, con aire extraviado. No está seguro si cerró todo, dónde tomó el Metro o en qué jeep subió a la barriada. Al entrar en la humilde vivienda siente la boca seca, mucho, la lengua pegada al paladar, la chasquea y la mueve, su manzana de Adán sube y baja con rapidez. ¿Necesitaría agua? Se sentía…

   -Épale, pana… -en la cocina, a donde fue por el agua, encuentra al marido de su hermana, el de turno. Esta, que comparte con él la casa que dejaron los viejos, aunque se odian, ha hecho desfilar por ahí una buena cantidad de carajos. Era una puta, pues. Así lo pensaba. Y allí estaba ese moreno claro, de bigotillo, sonrisa agradable a pesar de todo. Uno de los menos molestos de los que ha traído.

   -Hey… -responde confuso, mirándole como si lo hiciera por primera vez, parpadeando. El otro lleva únicamente una toalla envuelta en la cintura, mientras sostiene en la mano derecha un jabón de olor sacado del gabinete de artículos para el aseo personal; todo parecía indicar que iba a tomar una ducha. Seguramente para ir a recoger a la puta e irse por ahí a pasar el rato.

   -¿Estás bien? Te ves raro, pana. –comenta el otro, levemente preocupado. Era un buen sujeto, a pesar de todo. Le gustaba Nina, pero entendía al tal Sergio. Sabía de los muchos “novios” que la otra ha tenido y llevado allí. No le extrañaba que el hermano no les apreciara, aunque él mismo sea bastante putero. O lo era, porque, ahora que caía, el otro llevaba días sin salir de noche.

   -Sí, yo… -no puede apartar los ojos de la pelvis del moreno claro, donde se nota la silueta de un tolete en reposo contra la blanca y áspera tela. El güevo. Traga en seco.

   -¿Seguro que no te pasa algo? Te ves raro.

   -No, yo… Si… -alza la vista de repente y va hacia él.- Necesito ayuda. Tu ayuda. –le desconcierta.

   -Claro, amigo, en lo que pueda… ¡Hey, ¿qué haces?! –chilla cuando Darío cae de rodillas frente a él, clavando los ojos en la toalla, luego mirándole a los ojos, mendicante.

   -Estoy… sediento. Tengo mucha sed. –y sin dejar de mirarle acerca el rostro a la toalla y aspira con fuerza.- Dios, huele tan rico, a güevo, a bolas… -y, sin agregar más, pega el rostro de la toalla, frotando mejillas, nariz y boca de la silueta.- Necesito chupártelo.

   -¡Pero, ¿qué dices?! -totalmente sorprendido, manos alzadas, en una de ellas está el jabón dentro de su empaque, el moreno claro le mira, paralizado cuando el otro le pide eso, como si tal cosa. Sin embargo, algo más le ocurre, y también parpadea, confuso, pareciéndole de pronto muy excitante tener a ese carajote guapo y viril allí de rodillas frente a él, rogándole por su tranca. Otra persona que quería mamárselo. Otro macho queriendo tragárselo. Era… era tan…

   -Quiero mamarte el güevo. –repite Darío y alza nuevamente los ojos, rogando.- Necesito chupártelo todo, sentirlo en mi boca, que me la llenes con tus jugos.

   -¿Quieres chuparme el güevo, puto? ¿Es esto lo que quiere? –ni él mismo sabe de dónde surgen las palabras, o la calentura que le endurece el tolete en segundos, mientras se lo aferra con la mano sobre el paño.- ¿Quieres esto, tragártelo todito, todito, puto?

   -Si, si, lo quiero… -jadea Darío, con más ansiedad, una que, por alguna razón, llena al otro de una sensación intoxicante y maravillosa de poder. De poder sobre el pobre marica que quería comerse su güevo. No, que necesitaba tragárselo, eso lo veía en su cara de marica mamagüevo.

   -No lo sé, pana… -le responde, burlándose de su ansiedad.- Sólo perras muy perras pueden comerse esto. ¿Eres una perra tragona mejor que tu hermana? –y Darío parpadea confuso.

   -No, no lo sé, sólo sé que quiero chupártelo. Vamos, anda, déjame mamártelo, te va a gustar. –le sonríe, rogando y prometiendo.- Te sacaré la leche y me la beberé, pero puedes echarme un trallazo por la cara si quieres. –ofrece ansioso, el tono mendicante nuevamente allí.

   -No estoy seguro, no me convences… -se burla, dejando caer la toalla, el grueso tolete, surcado de venas, quedando al descubierto.- Lo tengo duro, y sudado, trabaje mucho en el taller. Me gustaría recibir una buena mamada, pero… -la mirada extraviada del hermano de su novia, fija en la pieza bamboleante, mientras traga en seco y se pasa la lengua por los labios, es increíble.

   -Soy una perra tragona de güevos y leche, y lo hago mejor que mi hermana. –jadea al fin. El otro ríe, sintiéndose increíblemente poderoso. Excitado. Y muy macho.

   -Sírvete en caliente, perra tragona.

   Y Darío Serra, jadeando, abre su boca y cubre el glande, ronroneando cuando este hace contacto con su piel, casi bizqueando de gusto cuando su lengua se adhiere a la lisa y oscura superficie. Lo cubre, pegándole los labios y mejillas, succionando los acres sabores, llenándose la nariz con los olores a sudor, a bolas, a hombre. Con manos febriles atrapa las caderas del joven moreno, y comienza un impresionante saca y mete de su boca de ese tolete, chupándolo a cada palmo, atrapándolo con lengua y mejillas, masturbándole, masajeándolo, poniendo a ese tipo a gemir, a gritarle que se lo chupara así, que se lo tragara todo, que lo trabajara como una buena perra tragona para que consiguiera su leche. Y cada succionada, cada pase de ese tolete sobre su lengua, cada palabra que escucha, parece ir acabando con el proceso cognitivo del Darío, quien deja de pensar y tan sólo siente y actúa. Y lo único que desea es mamar güevo, quiere chuparlos todos. Una perra tragona como él estaba para eso, lo sabe, para comerles los güevos a los hombres en las calles, en el Metro, en el cine, en los restoranes. Y la idea le excita y hace inmensamente feliz.

……

   Se propaga, aumenta, transforma…

  Wilmer Soteldo tuvo que detener la grúa en plena autopista, a las afueras de la ciudad, en el sobre ancho que llevaba a la universidad Metropolitana, porque jadeaba y temblaba incontrolablemente. Llevaba rato así. Le costaba pensar, respirar. Incluso recordar cosas. Con pasos inseguros, baja del vehículo, cayendo contra la portezuela, cerrando los ojos, sin fuerzas. Finalmente los abre y busca… Quiere machos que llenen su coño caliente… Y los quiere allí mismo.

CONTINÚA … 41

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 39

marzo 8, 2017

LOS CONTROLADORES                         … 38

   Ah, sentirán unas ganas locas de…

……

   Onésimo deja el periódico, uno que no leía en serio, no desde hace rato, cuando una oleada de calor le envolvió. Mira a la mujer que se dirige a la entrada de la cocina.

   -Deja, yo me ocupo.

……

   -¿Te gusta, primo, te gusta sentir mi güevo en tu coño? –Jóvito le ruge al otro, atrapándole la cintura, dándole con fuerza, el tolete entrando y saliendo rápido del redondo y algo peludo culo.

   -Si, si, lléname el coño; mi coño quiere güevo… -chilla Benito con una sonrisa extraviada, de abandono, cerrando los ojos y echando la nuca hacia atrás, lanzando otro gemido erótico cuando Jóvito se tiende hacia adelante, cogiéndole con más fuerza.

   Sí, sí, eso es lo que quiere, ser una puita hambrienta de güevos. Su coño estaba gozando mucho, le iba a gustar mucho ser tomado por los hombres. Nació para eso, para sometérseles, está allí para hacerlos felices con su agujero vicioso. Y ríe, entre jadeos. Si, si, quiere güevo, quieres todos los güevos del mundo, no quiere hacer ninguna otra cosa como no sea tirar y tirar, sentir su coño usado por los machos, abierto y recorrido por calientes falos que lo dejarían lleno de esperma. Oh, sí, quiere eso, toda la esperma del mundo en su coño. Y la idea es tan embriagante y poderosa que se tensa, apretando fieramente su agujero sobre ese güevo que aún así sigue recorriéndolo, adentro y afuera, y se corre, entre gritos de placer intenso, mojando el bóxer que todavía cubre su verga, teniendo sólo el culo afuera.

   -Oh, Dios… -chilla a todo pulmón, ojos cerrados y cara de gozo mientras alcanza el clímax.

   Y ese orgasmo casi le provoca un infarto de lo poderoso que es, por las cumbres que alcanza. De sus ojos escapan lágrimas de felicidad. Se había corrido como nunca antes, sin tocarse, mientras un hombre le sacaba y metía el güevo por el culo. Su culo virgen hace minutos. Ahora su coño. Y de esa idea no podría escapar, su transformación estaba acelerándose y pronto sería irreversible. Sería tan sólo un chico-coño buscando machos para repetir ese momento mágico de placer.

   -Si, córrete como la perra que eres. –le gruñe Jóvito, encimándosele, atrapándole el cabello con una mano, halándoselo, alzándole el rostro, el otro joven sonriendo en éxtasis.- Siento como tu coño está totalmente mojado, primo. Como siempre lo tienen las putitas que adoran los güevos. –le dice con voz autoritaria, su joven rostro bañado de sudor mientras sigue penetrando como un animal en celo al otro muchacho, a quien derriba con su ímpetu. Lo coge una y otra vez, dientes apretados en una mueca rapaz, dura, metiéndole y sacándole el aparentemente cada vez más grueso tolete del redondo culito. Le da y le da hasta que Benito gime y se tensa otra vez.

   ¿Qué era eso?, se pregunta el otro joven, bajo el peso de su primo, todavía goteándole semen la verga por el orgasmo alcanzado, sintiendo ese pistonear en su interior, el roce de ese grueso y nervudo tronco, los golpes de la punta caliente contra su próstata, calentándose otra vez. Acaba de correrse y ya siente que su cuerpo responde, que su tolete también se anima, pero era su culo el que estaba en llamas; Dios, ¿qué le pasaba? Sentía como este parecía llenársele de un líquido espeso y caliente que sensibiliza las paredes de su recto y su próstata, haciéndole más receptivo a la intrusión de aquel güevo. Y la combinación era enloquecedora.

   -Ahhh, ahhh… -gimotea nuevamente, arqueando la espalda, ojos nublados, abriendo y cerrando su culo otra vez. Listo para otro clímax.

   -Si, así, desátate como la perra que eres. –oye a Jóvito y cada centímetro de su cuerpo se eriza.

   Es cuando la puerta se abre y Onésimo entra, mirándoles con ojos oscuros.

   -¿Qué hacen? –el hombre mira a su hijo, el mocetón le sonríe de manera afilada mientras sube y baja su culo, guiando su güevo dentro y fuera del culo del hijo de su hermana Adelina.

   -Benito necesitaba que le llenara el coño, papá. ¡Y mira que tiene un coño caliente!

   -¿Es cierto, Benito, mijo? ¿Necesitabas mucho un güevo?, ¿tienes tú, un coño de chico? –la pregunta y la mirada era extraña mientras se acerca a la joven pareja que tira sobre la cama.

   -Hummm, si, tío, necesito un güevo. Mi coño de puta necesita ser llenado. –el muchacho gimotea, ojos algo desenfocados cuando mira con hambre la erección del hermano de su mamá, dentro del pantalón.

   -Su coño es tan suave, caliente y apretado, papá. Es un coño hecho para los hombres. –ruge Jóvito, mordiéndose procaz la lengua y sonriéndole a su progenitor.- Ahhh, maldita puta, ¡toma, toma toda mi leche! –grita el muchacho, cerrando los ojos, clavándole hasta lo  más hondo el tolete al joven bajo el, fijándole mientras le dispara una enorme cantidad de esperma; mucha, sí se tomaba en cuenta todas las corridas que ya ha tenido ese día, junto a su padre.

   Para Onésimo es fascinante verlo, la cara de su muchacho mientras goza, como debe gozar todo hombre, del coño de su primo. Porque para eso estaban los coños de los chicos, para ser usados y ocupados. Y les gustaba, la mueca de Benito al recibir los disparos de ardiente esperma en lo más profundo de su sexo; era un hermoso cuadro de juventud, cachondeo y vitalidad sensual.

   -Hijo… -de todas maneras, como padre y tío, siente que debe decir algo.- No me molesta que te pegues a todos los maricas que encuentres, que los enloquezcas con tu güevo y llenes sus coños, para eso están las perras, ¿pero hacérselo a tu primo?

   -Yo… yo… -comienza Benito, satisfecho por la corrida recién vivida, caliente por la nueva manipulación de su culo, ardiendo por el semen depositado allí. ¡No quiere que Jóvito pare! Pero, cuando recibe una nalgada, gime.- ¡Hey!

   -No te metas cuando los hombres hablan, puta. –es lo que le responde este, sintiéndolo y creyéndolo en serio, como si fuera algo de toda su vida. Le saca lentamente el güevo, sonriendo él mismo de lo grande que se le veía, lleno de venas pulsantes, bañado con su propia esperma y los jugos de aquel coño. Ahora mira a su padre.- Sé que Benito… Mira, lo siento, no puedo sentirme culpable o mal por esto, por cogerlo, por hacerle ver que es un sumiso. En cuanto entró esta tarde, todo sudado, sentí que olía a perra, a puta. A coño desperdiciado. Me siento bien de habérselo enseñado, ahora sabe lo que le gusta, tener el coño ocupado con un güevo, uno al cual ordeñar. Me siento bien por eso, papá, por guiar a esta perra hacia su realización. Además… -guiña un ojo, bajando de la cama, nada perturbado por estar así delante de su padre.- …Dentro de un rato voy a querer cogerlo otra vez. Mi verga necesita de su coño, de cualquier coño de hombre o chico, ¿por qué no procurarme uno fijo?

   -Hijo… -si, todo sonaba bien, como debía ser en el orden natural, pero…

   -Nada, papá, mira… -Jóvito se inclina y atrapa la cintura de Benito, halándole, obligándole a bajar las piernas de la cama, quedando apoyado de rodillas en el piso, la panza en la cama, mirando de Jóvito a su tío sobre un hombro, el culo expuesto, abierto, titilante, manando el semen de su primo.- Míralo, papá. Necesita de más. –sonríe. Y Onésimo, ojos extraviados, casi sonriendo, mira fascinado ese joven culito recién estrenado, el agujerito caliente de su sobrino, uno que fue ocupado por el tolete de su muchacho, quien dejo allí su semilla, esa que chorrea.- Quiere más.

   -Benito… -casi croa, voz estrangulada, el güevo casi a punto de romperle el pantalón de lo muy hinchado que lo tenía, por la manera en la cual palpitaba. El muchacho le mira, ojos brillantes, mejillas enrojecidas.

   -Mi coño lo quiere, tío… -el chico habla suave, mórbido, casi rogándole, bajando el rostro, alzando el culo, meciéndolo.- Necesito que llenes mi coño, tío. Por favor… Por favor… –ruega.- ¡Ahhh! –exclama sorprendido y feliz, así como Jóvito ríe.

   No sabiendo ni cómo o cuándo, Onésimo libra del pantalón un tolete tan erguido y duro que le costó, el cual queda colgando como una lanza de carne erecta, cabezona, llena de venas. Una tranca que le duele de las ganas que tiene de enterrársela en el coño a su sobrino. Ese coño lo llamaba. Quiere abrírselo y llenárselo, piensa estremeciéndose, sabiendo lo sabroso que sería la apretada que le daría, y lo mucho que el chico gozaría a su vez.

   -¿Lo quieres, muchacho? –le pregunta con voz ronca, de control, aferrándoselo con una mano y agitándolo, notando maravillado, y más caliente, como su sobrino baja más los hombros, alzando aún más el trasero, como los labios hinchados de aquel culo se agitan y el semen sigue manando como un delgado hilillo.

   -Si, tío, quiero que tomes mi coño.

……

   Temblorosa y terriblemente agitada, Sabrina López camina de un lado a otro de la sala de su apartamento, mordiéndose los labios, ¿cuándo coño aparecería? La había llamado hace casi cuarenta minutos y todavía…

   -Cariño, te ves terrible. –la imprevista voz, surgida casi a su lado, justo cuando le daba la espalda a la cerrada puerta de la calle, le sobresalta. Así estaban sus nervios. Gea, mirándole, arquea una de sus cinceladas cejas.

   -¿Cómo…? –la pregunta tonta que estaba a punto de hacer, ¿cómo entró?, muere. Habían cosas más urgente.- ¿Lo sentiste? ¿Ese increíble chorro de… poder? –la voz le falla.

   -No, lo siento. No soy empática, ni síquica. –la otra, casi indiferente, se encoge de hombros. Y Sabrina, rostro enrojecido, se molesta.

   -Pues alguien increíblemente empático está moviéndose. Y de una manera repugnante y peligrosa… -se estremece.- ¿Por qué dejamos que lo haga?

   -Eso debes preguntárselo a nuestro líder. Sombrío*… tiene su propia agenda. Y eso si me asusta.

CONTINÚA … 40

Julio César.

NOTA*: Sombrío es un personaje que aparece en otro relato, Dentro y Fuera, en RELATOS CONEXOS… 16

LOS CONTROLADORES… 38

febrero 11, 2017

LOS CONTROLADORES                         … 37

muscle-boy

   Ah, sentirán unas ganas locas de…

……

   En su cuarto, Tony Moncada, mal encarado, sale rumbo al baño, mirándose al espejo una vez en él. Se ve confuso, tal vez por la siesta. Una que no fue tal. O eso sospecha. Había estado pensando en Emilio Nóbregas, riéndose en “sueños” de algo que a este le sucedía. Pero no puede recordarlo, ni le parece divertido ahora. Acerca el rostro al espejo mientras se moja una mano con agua del grifo y lo pasa por su cabello, mostrando los dientes. Y se congela por un segundo. ¡Esa no era su cara! No era su cabello, sus ojos se veían… Alarmado cierra los ojos, soltándose el cabello y retrocediendo. Al abrirlos nuevamente, todo se ve normal. Pero su pecho sube y baja, con rabia… y temor. Bartok…

   ¿Estaría el otro haciéndole algo? Traga en seco, pensando en cosas a las que antes no le había prestado atención, lo que en sí era extraño: ¿cómo podía Bartok, o él mismo, influir en otros? Y no sólo eso, sino iniciar cambios… como los que practicó con Emilio Nóbregas, al que odia tanto y desea que le vaya bien mal. Y a Rubén Santana. El mismo chico idiota y prepotente que le atormentaba con sus amigos en el liceo, por saberle gay. Y que ahora le esperaba en la sala. Que había venido porque no soportaba mantenerse lejos. Él, el chico dorado de la escuela, el que le metía manos a todas las chicas, y que ahora le esperaba, obligado por ese control…

   La ira que siempre despertó en su naturaleza la manera de actuar de los chicos abusadores de la escuela, le domina. Y eso es bueno porque le da propósito, una determinación por la tarea que le faltaba ahora con esos raros desvanecimientos (¿qué estaba haciéndole Bartok?). Seca sus manos y baja, alejando de su mente toda idea analítica. Como que su enojo real, ese que explotó cuando “controló” a Emilio, se debió a que vio a Rubén con esa putica que era su novia. A la que antes le metía manos, la misma que seguro disfrutó con su cuerpo, ¡uno que ahora le pertenecía a él! Frunce el ceño, molesto; no, no era por eso, de dice. Y engañándose así, llega al piso de abajo y mira hacia la sala, donde Rubén parece esperar mirando un cuadro, con aquel ajustadísimo jeans de talle algo bajo, el cual abraza de manera increíble su trasero joven y desafiante, casi retando a cualquiera a que le diera un azotón… o una sobada. Imagina que a muchos debió picarles la mano, en las calles, a su paso. Le da la espalda y nota como esta se agita bajo la franela que lleva, al medio mover los brazos o balancear las piernas, impaciente. O nervioso. Nota como se tensa y se vuelve, a mirarle, parpadeando. ¿Presintiéndole? ¿Ya no necesitaba “enviar” nada al chico, o tocarle, para que este respondiera?

   -Santana, qué sorpresa… -por alguna razón muy humana y joven, tuvo que ser cruel en el tono, cruzándose de brazos.- Pensé que te había dicho que no quería verte por ahora. –le estudia, le nota la confusión y frustración, el paso que da en su dirección, deteniéndose. Comprendiendo su lucha, ¿había venido impulsado por algo, un efecto colateral del control? Le había condicionado a que respondiera a su presencia, a su vista; tal vez eso estaba creando ecos condicionantes en su mente, y la disputa en el colegio debió atormentarle, saber que su… ¿amo?, no quería verle, obligándole a buscarle y disculparse.

   -¿Estás molesto conmigo? –la pregunta sale rota, forzada, el joven no quería hacerla pero lo necesita.

   Eso debía alegrarle, brindarle consuelo, piensa Tony. Era la consumación de su venganza. Pero la pregunta de Rubén tuvo el efecto de humillarle a él. ¡Lo hizo por celos!, toda sus rabietas, el desprecio con el cual le trató. Y admitirlo para si, era horrible. Pero, bien, ¿sería realmente tan malo acercarse al hermoso hijo de puta y abrazarle, besarle, recorrerle con las manos y finalmente clavársela duro por el culo? No, no debía ser un problema. El lío era que comenzaba a sentir que no estaba bien. Lo que le hizo, o al sucio conserje del colegio. O a esa sarna de Emilio Nóbregas. Eran sujetos crueles, pero también productos de su medio. En el caso de los chicos tal vez ni era totalmente responsabilidad de ellos, el no saber de respeto a la dignidad de otros, a no conocer de tolerancia, de convivencia, de comportarse como la gente, de vivir y dejar vivir, aquello de todos diferentes pero en el mismo barco. Tal vez nadie les había enseñado a ser gente normal y les resultó natural, fácil y placentero dejar salir la bestia interna, burlarse atormentando a otros, persiguiéndoles, escarneciéndoles, sin tener plena conciencia de todo el daño que hacían. Era, en fin, culpa de hogares donde fallaba hasta lo más elemental, enseñar a los hijos a ser gente y comportarse como tal.

   -No estoy molesto contigo… Rubén. –grazna, descruzando los brazos y tomando aire.

   -¿Seguro?, fuiste bastante claro en tu ira. –traga este, a cercándosele, necesitado, por el control, de tocarle, besarle.

   -Lo siento, no fue una buena mañana para mí. –le cuesta hablar, pero calla, porque el otro termina con la distancia, y mirándole a los ojos como esperando el rechazo, acerca el rostro, entreabre los labios y cubriendo los suyos, besándole. Y se sentía bien, carajo, por lo que responde, tomándole por la cintura, clavándole la lengua, ambas encontrándose, cálidas, húmedas, luchando. Cada roce provocando escalofríos en sus columnas, el endurecimiento de sus vergas bajo sus jeans. Y los gemidos ahogados no se dejan esperar. Era tan rico tenerle…

   La idea le congela y deja de besarle, casi asustado, alejándole suavemente, reteniéndole por los hombro cuando el catire intenta acercarse otra vez. Rechazándole nuevamente, e hiriéndole. Lo sabe por la mirada desvalida del otro chico.

   -¿Qué ocurre? ¿Hice algo? –parece asustado.

   Y Tony quiere calmarle, decirle que no, que nada grave ocurría, que él no había hecho nada para merecer su enojo. Al contrario… pero no puede, porque la idea, así como es de sorpresiva, también es odiosa: Quiere que Rubén le busque, y que le bese… porque lo desea, no porque le controla. Y era algo tan absurdo que casi ríe burlándose de sí mismo, porque sin el control, en primer lugar, jamás habría logrado atraerlo. Y ahora no le bastaba. No quería eso. Deseaba que el otro le buscara porque lo… quisiera.

   Va a disculparse, preguntándose si habría alguna forma de terminar con ese control, de liberarle de las modificaciones (esa mierda no valía la pena, se dijo con rabia), cuando siente esa oleada fría llegarle, envolverle. Desagradable. Asfixiante. Por la mirada desconcertada de Rubén, entiende que este también lo siente. ¿Era Bartok? Esto era nuevo, extraño. E infinitamente poderoso. Su cerebro va llenándose de algo caliente, violento. Y atrapándole el rostro a Rubén con las manos le hala y besa, salvaje, mordiéndole y chupándole el labio inferior, entrando en su boca y recorriéndola toda con la lengua, haciéndole temblar y gemir.

   Ya no piensa con claridad, no parece estar en sus cabales cuando la idea gira y gira en su mente: quiere controlarle totalmente, cambiarle, transformarle. Quiere que Rubén Santana sea su perra sumisa, mucho, cayendo en la degradación, feminizarle, convertirle en una caricatura que grotescamente buscara machos, y güevos, en cualquier lugar. Quiere llevarle por caminos sucios, prohibidos, rebajándole, escalón por escalón, hasta que ya no encontrara manera de regresar. Quiere… destruirle.

……

   Y si estando con Rubén, Tony sintió aquella presencia alcanzándole, tan poderosa que incluso logró anular sus propios pensamientos, y sentimientos, no fue el único. En medio de un patio de matorrales un tanto altos y descuidados, un pálido y sombrío joven de anteojos se llevó una mano a la sien derecha, percibiendo un pitido intenso, taladrante y desagradable que parecía alcanzar su propia mente. Bloqueándolo al cerrarse. Un telón cayó, metafóricamente, cerrando su cerebro. Sabía lo que significaba. Los controladores se movían de prisa. En su apartamento, pequeño, acogedor y muy femenino, Sabrina no fue tan afortunada, la joven llevó las puntas de sus dedos a ambas sienes y debió caer sentada sobre su cama cuando la visión se le nubló, las rodillas fallándole. El pitido era intenso dentro de su adolorida frente. Y frío. Mucho.

   En un cuarto donde un joven enculaba a su primo, ambos se quedan quietos por un momento; uno de ellos, arrodillado sobre una cama estrecha y totalmente pegado al culo del otro, que está en cuatro patas sobre el colchón. Sienten algo, y el que encula, aprieta los dientes en una mueca viciosa, mientras su primo baja la espalda con un ronroneo de placer sumiso. Saliendo de una propiedad apartada, más arriba de esa donde los primos tiran sobre una cama, un hombre que conduce una grúa se detiene a un lado de la carretera, bajando de la misma, con pasos inseguros, ojos extraviados, cayendo contra el vehículo. Pensándolo, deseándolo: su culo necesitaba de un güevo, de uno duro y caliente que lo llenara.

   Pero no eran los únicos afectados, había otros, un joven que había ido a un club de videos porno, se dirige como en trance, de vuelta al lugar. Esperando encontrar un hombre que llene su agujero ávido. Dos jóvenes “actores” de la industria porno gay, que habían ido a una reunión importante, se congelan por un segundo en la parte trasera de una camioneta que les regresa a la productora. Y ríen aniñada y amaneradamente, mientras se empujan y juegan con sus manos, mirando al hombre que los conduce de regreso, deseando que este los enculara, invitándole con coquetos guiños de ojos. Hasta el pobre Emilio Nóbregas, hasta un segundo antes aterrorizado de lo que ocurriría cuando su padre llegara y su madre le contara todo, sonríe ahora extraviadamente, sentado en su cama, sintiendo un calor intenso en su culo, medio restregándolo contra el colchón. Y estaba aquel conserje del colegio… Y Bartok, casi inconsciente en su oficina de la productora, y el director de grabaciones, el cual, de manera extraña, desea chupar nuevamente el tolete de aquel sujeto. No saben qué tienen, pero todos responden a una necesidad intensa, una que les obligaría a salir, a cazar culos unos, a servir de receptáculos de güevos otros. Incapaces de contenerse, de medirse.  Así terminarían propagando, como una enfermedad infecto contagiosa, el control del jefe mayor. El mundo sabría de ellos, pronto.

   Y Caracas sería la zona cero.

……

   Las ganas habían despertado de una manera intensa dentro de su cuerpo, lo reconoce Jóvito Malavé, de rodillas sobre su cama, subiendo y bajando la pelvis, casi sentándose sobre sus tobillos, mientras continúa enculando a su primo Benito, quien ahora está de espaldas sobre el colchón, abierto de piernas, rodeándole con estas la cintura, mientras le cepilla con fuerza y rapidez la pepa del culo con su tolete increíblemente duro y caliente. Jóvito sabe que lo tiene así, firme, como más lleno de sangre, cada vena y vaso hinchado, caliente, rozándose contra las paredes del coño mojado y hambriento de su primo. Porque sí, Benito estaba halándoselo, apretándoselo, succionándoselo de alguna manera con esa crica golosa. Y si de los labios de Jóvito salen gruñidos animales, los del macho cabrío que coge y goza tomando lo que quiere, los gemidos de Benito no se quedan atrás en intensidad, incluso halándole con las piernas como para sentirlo más adentro.

   Tan escandalosos están que Marta, la madre del joven, desde la cocina, se congela, volviéndose hacia su marido, quien parece ido, extraviado, sentado en una silla.

   -¿Oyes eso? Parece venir del cuarto de nuestro hijo. –dice, lanzando un pañito sobre el lavaplatos, disponiéndose a ir e investigar.

CONTINÚA … 39

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 37

enero 14, 2017

LOS CONTROLADORES                         … 36

muscle-boy

   Ah, sentirán unas ganas locas de…

……

   Contra su costosa nevera de dos puertas, un joven gañan apoyaba la espalda, sentado en el piso, con los pantalones en las rodillas, mientras encaramado sobre su regazo, dándole la cara, su hermoso muchacho, aún llevando su bóxer, aunque medio enrollado, subía y bajaba el culo sobre la buena barra del otro, mientras tras él, con los pantalones en los tobillos, de rodillas, otro joven también le metía la verga por el culo. A su muchacho estaban culeándole dos jóvenes con caras de pillos, metiéndole sus toletes a un tiempo, adentro y afuera, golpeándole uno de ellos, de paso, con sus bolas. Eso, tener el hueco del culo tan abierto, debería ser doloroso, Emilio debería estar llorando pero, como era evidente por la cara, le gustaba. Aunque, al menos, deberían escucharse los gemidos de placer, pero estos no salen porque su boca, deformada una mejilla en ese instante, está ocupada por la tranca de un tercer sujeto, algo más maduro, de pie, que le coge la boca. ¡Tres vergas para su niño! Tres gañanes estaban cogiéndole de una manera intensa, posesiva, dominante, y el rostro de su muchacho era el de dulce tortura. Fue cuando gritó…

   Era un cuadro caliente y sucio que se había ido conformando por sí mismo. Sí, ese trío le había caído encima, lo querían encular, meterle los güevos hasta por los oídos, algo en el negrito lo pedía, pero también este lo deseaba aunque pretendiera que no, como cuando costó que sus gruesos labios rodearan el primer glande en su vida, saboreando por primera vez el salino sabor de la carne de joder de un macho, algo de orina y muchos líquidos pre eyaculares. Aunque sabían que terminaría amándolo, no lo hablaron, pero cada uno de esos sujetos, los dos muchachos y el tipo, sabían, por instinto, que no había un mariconcito que no deseara comer güevos, todos los que pudiera. Atragantarse con ellos. Y estaba eso… su culo. Estrecho, sedoso, mojando, caliente, que halaba con desesperación, como si realmente necesitara ser penetrado por un pulsante tolete venoso (ignoraban que sí, que le urgía, era el cambio que Tony Moncada había introducido en él, al tomar la cereza achocolatada de su virginidad anal en la escuela). Ese culo halaba tanto que fue cuando…

   Maikel, sonriendo, cayó de culo en el piso, y el muchacho, ojos nublados de lujuria y tal vez algo de vergüenza, había caído sobre él, dándole la cara, enterrándoselo todo, su arrugado y peludo agujero tragando, de punta a base, el joven güevo, gimiendo mientras lo hacía.

   -Qué puto. –había dicho su amigo, Saúl, a las espaldas del negrito al que veía retorcerse y escuchaba lloriquear de voluptuosidad mientras subía y bajaba su agujero goloso sobre la joven tranca. Un hueco hambriento que era mejor que una paja… y que algunos coños también…

   -Quiere más. –respondió Maikel, con una sonrisa tipo mueca, mirando al socio sobre un hombro.

   Fue cuando este, todo vicioso, cayó de rodillas, toqueteándole la entrada ya ocupada con su liso glande mojado. Los dos jóvenes carajos no pensaron en lo raro del toque entre sus vergas, tan sólo deseaban llenar al negrito puto.  Cuando Saúl le forzó, abriéndole, clavándosela, Emilio lanzó un largo grito, echando la cabeza hacia atrás, la boca muy abierta, su agujero cerrándose duro sobre las dos barras, la imagen misma de la concupiscencia. Tanto que afectó al otro sujeto, quien, de pie a un lado, le silenció llenándole la boca con su güevo.

   Tres güevos le trabajaban, uno en la  boca, dos en su culo, dándole desacompasadamente, uno entrando, el otro saliendo, forzándole la entrada, rozándole. Las sensaciones que le recorrían, tan distinto a lo que había sido siempre su vida, le tenían mal. Esos toletes hinchados y duros iban y venían dentro de su cuerpo, su negro agujero estaba muy abierto, de sus labios, fuera de gemidos de gusto, escapaba algo de baba mientras chupaba de aquel otro falo. No sabían, esos tres, la angustia que sentía, estaba tan caliente, tanto que temía que se moriría de frustración, por lo mucho que le gustaba aquello… y sin embargo no terminaba de alcanzar el orgasmo liberador. ¡Necesitaba correrse! Por eso subía y bajaba de aquella manera, se agitaba, sus nalgas iban y venían, su boca no paraba de sorber; quería acabar. Y así, todo decidido a lograrlo, le pilló su mamá.

   Cuatro pares de ojos, alarmados, la miraron, entre confusos y, secretamente, resentidos por la intromisión en tan increíble momento. Pero ninguna mirada más intensa que la de Emilio, quien parpadea deseando que la tierra se lo trague, con ese güevo deformándole la mejilla, a la vista de su madre.

   -¡Malditos sádicos! –el nuevo grito de la doctora Elisa de Nóbregas, atronador, cargado de espanto y rabia, sacude al cuarteto de carajos ociosos, un güevo sale, húmedo, de una boca, dos de un culo que todavía parece querer retenerlos, y su muchacho cae sentado en el piso.

   -Se… Señora, no es lo que cree… -comienza, realmente alarmado, el hombre mayor, el conductor del camión de agua mineral, alcanzado de pronto por toda la locura sufrida.

   Mierda, ¿qué había ocurrido? No era gay, no le gustaban esas cosas, y, de hecho, le desagradaban esos granujientos canallitas con quienes trabajaban, y allí habían estado, llenos de testosteronas, de calenturas, todos deseando meter sus vergas duras en aquel tierno y negro coñito masculino. Eso le hace parpadear, ¿coñito masculino?, ¿por qué lo pensó así? Pero aún eso carecía de importancia en esos momentos. Había querido cogérselo, llenar a ese muchacho de güevo, junto a los otros. Habían querido someterlo sexualmente, degradarlo, dejarlo bañado de esperma mientras le llamaban mariconcito o putico. Esas ganas habían sido extrañas, pero intensas, poderosas. No recordaba haber estado en una situación tan caliente, tan excitante, como esta, tomando, con esos otros dos, a ese muchachito negro, bonito y culón… Tener ese coñito sedoso que apretaba…

   -¡Sádicos! ¡Sádicos! –los gritos histéricos y furiosos de aquella mujer, que toma algunas cosas colocadas en el centro de la mesa de la cocina, arrojándoselos con evidentes intensiones de herirles, al tiempo que jura que los encarcelará y que todos sabrán que eran unos agresores sexuales, les hizo reaccionar. El temor a un golpe… y el mayor de que llamaran la atención y llegara la policía, les aconsejaba escapar.

   Mientras le gritan a la mujer que pare, retroceden y rodean la mesa que les separa, esquivando o alejando con las manos la platería, adornados saleros y cosas así. A los hombres les cuesta huir porque están semi desnudos y tienen que cubrir sus cuerpos al tiempo que intentan escapar. Jadeante, terriblemente avergonzado, Emilio se cubre, subiéndose el bóxer, uno deformado por su erección, totalmente mojado, de sus jugos y de los jugos de los tres machos que se servían de él.

   Viéndoles retroceder, el dique emocional que contiene a la mujer, cede, y les persigue gritándoles amenazas ahora sobre lo que les haría por meterse así en su casa y hacerle aquello a su muchacho. Nada de lo que dicen parece calmarla (como debe ser, es madre, después de todo). El trío sale a la calle, ahora si inquietos, seguidos por ella que todavía les grita que se las pagarán. Sus aullidos provocan que puertas cercanas se abran.

   -¿Ocurre algo, Elisa? –un hombre cuarentón, algo obeso, se les acerca, mirando feamente al trío, que se ve realmente sospechosos con los cabellos revueltos, las ropas mal abotonadas y sudorosos.

   -Iván, hazme el favor y llama a la… -comienza la mujer, pero es todo lo que parece soportar el chofer del camión de agua, quien se vuelve, encarándola, de cerca, mirándola duramente.

   -Basta, señora, yo en su lugar me quedaría tranquilo. No fue nuestra culpa. –es tajante al gruñirlo entre dientes.- No es culpa nuestra que tenga a una putica caliente por hijo; una putica que muere por machos. –la frase, casi escupida, la impacta, enmudeciéndola.- Haga su escándalo, que venga quien quiera y veremos qué se descubre, ¿okay? –la amenaza es clara. Y terrible.

   Todavía impactado por todo lo ocurrido, por las emociones que experimentó, las cosas que hizo y permitió que le pasaran, Emilio mira por una ventana como el camión de agua mineral se aleja. Su corazón tiembla salvajemente al volverse hacia la puerta de la cocina, donde aparece Elisa, grisácea, mirada llorosa y dura.

   -Mamá… -comienza, aunque no sabe qué puede decir que explique todo aquello.- ¡Ah! –jadea de sorpresa cuando el feo bofetón le alcanza.

   -Sube a vestirte y quédate en tu cuarto. Tu padre, tú y yo, ya hablaremos. –casi croa la mujer. Sobándose una mejilla, el chico va a agregar algo.- ¡Sube y vístete! No soporto verte así.

   Emilio siente ganas de llorar, no sólo por la humillación sino por el rechazo, que duele de manera casi física. Pero, ni aún en esos momentos, mientras escapa casi a la carrera, viéndolo todo desenfocado por el llanto, es capaz de relacionar aquello con lo que, él mismo, les ha hecho y dicho a otros, antes.

   La mujer, a solas, se muerde el labio inferior para contener un sollozo. Sabe, o se dice, que lo está tratando mal, no es ecuánime en aquel asunto, pero la verdad es que está impactada. La revelación fue demasiado brusca. Su hijo hermoso, su orgullo, ¿gay? ¿Y todas esas chicas con las que salía?, ¿y el porno hétero que ella sabe que guarda? No lo entiende. Era su hijo, debía apoyarle, amarle, pero… Oh, Dios, ¡su cocina! Toda esa bestialidad… Cierra los ojos y la escena vuelve a su cabeza. Aunque ha sido un golpe impresionante lo de la orientación sexual, casi podría haber digerido encontrarle besándose con un chico en la sala, tenía amigas con hijos así, pero esos tres hombres desnudos y penetrándole…

   Lanza un sollozo. ¿Qué estaba pasando, Dios? ¿Cómo podía la gente, sensata y civilizada, hacer esas cosas, así, de esa manera? Eso que vio no era sexo, era depravación. Caracas estaba perdida.

   Aunque se había llevado una impresión de muerte, y por suerte su corazón estaba duro, ni ella misma podía imaginar lo que estaba por desatarse. Emilio ya no podía contenerse, controlarse. Estaba bajo el poder de otro. Como ocurriría con toda la ciudad dentro de poco.

CONTINÚA … 38

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 36

diciembre 16, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 35

muscle-hot

   Los cambios comienzan.

……

   Benito no puede responder, está sobrepasado por algo, de su boca muy abierta continúan escapando gemidos de placer mientras el agarre de Jóvito alrededor de su cuerpo se incrementa tanto como los saca y mete del tieso güevo en su culo, abriéndolo y llenándolo con esa carne caliente y dura. Esa barra va y viene sin detenerse, las bolas del primo le azotan, la pelvis le aplasta las nalgas, ¡le estaba cogiendo! Su primo le estaba cogiendo mientras le decía puta caliente, y tan sólo puede gemir más y más entregado, dejándose arropar y llevar por sensaciones totalmente nuevas y embriagantes.

   -Toma, toma, putica, tómalo todo con tu coñito caliente. –le ruge, entre dientes, casi al oído.

   -Hummm… hummm, si, si… -grazna el joven hasta hace unos segundos virgen analmente, y heterosexual, mientras el primo le cepilla la pepa del culo con fuerza. Si, aquello se sentía bien, realmente bien. Algo se ajusta como debe ser en su interior y es plenamente consciente de cómo afloja las paredes de su recto, llenando de sangre las terminaciones nerviosas, ardiendo sobre la barra  nudosa que las cepilla y frota. Si, si, era tan bueno sentir un güevo en su culo, carajo; dejarse hacer todo eso por un machito cabrío y caliente. La idea le marea y sorprende, tanto que abre los ojos y parpadea.

   Apretándole las tetillas, casi montado sobre su hombro, Jóvito lo encula como si de perritos se trataran, con rapidez, haciendo crujir la cama, su güevo entrando y saliendo del apretado agujero que ahora parecía más suave, caliente y hambriento. Se lo estaba halando, ¡apretándoselo!, reconoce sonriendo. Separa un tato su cuerpo, atrapando las caderas, cogiéndole así, mirándole las nalgas, y su propio tolete entrando y saliendo.

   -Sabes lo que quieres, putica. –le dice, lleno de un conocimiento nuevo y viejo.

   Y totalmente enrojecido, de vergüenza y lujuria, la respiración de Benito se hace más ruidosa, pesada, cuando comienza a agitar sus nalgas de adelante atrás, contra su primo, llevando su joven culo goloso sobre ese magnífico güevo tieso que lo penetraba. Halándolo, moliéndolo.

   -¡Hummm!

   -Si, sabía que lo querías, olías a pura nena maricona. –ruge triunfal Jóvito, clavándole los dedos con fuerza y propiedad, apretando los dientes y embistiéndole más y más, acompasando sus embestidas con el lleva y trae de esas nalgas jóvenes que se abrían para él.

   -Ahhh… -es todo lo que puede exclamar Benito, sonriendo extraviado, su torso muy erecto, cuando Jóvito le azota de una nalga a la otra, provocándole estallidos cálidos, estimulantes.

   -¿Te gusta? Vamos, dímelo… -le ordena, sonriendo de manera infame, mientras le coge y le da nalgadas.

   -Si, si, me gusta, cógeme… -brama el joven, incapaz de contenerse, echando su rostro hacia adelante, contra la pared, para extender sus nalgas y recibir mejor los golpes de esa pelvis y las palmadas de esas manos que se turnan para darle azotes, no muy duros en verdad. El cuarto sé llena de sonidos decididamente eróticos.

   -Oh, sí, cómo te gusta un güevo, primito… -se burla.

   -Hummm, si, si, papi, llena mi coño caliente… -sale de la boca del muchacho, ojos idos, rostro de gozo nirvánico, abriéndolos y cerrándolos al ritmo de las cepilladas que el otro le daba cuando se la metía y sacaba de las entrañas. Sus palabras provocan un espasmo en el güevo de Jóvito, el cual parece endurecerse aún más.

   -Si, sí, soy tu papi, tu hombre, tu macho, y voy a llenarte el coño de güevo y de leche… -sus miradas se encuentran sobre un hombro de Benito.

   -¿Te gusta mi coño de chico?

   -Tu coñito es delicioso, primito. –le aclara con una mueca, sacándole el tolete casi hasta el glande y enterrándoselo de golpe, una y otra vez.- ¡Y es mío! Goza, goza de lo que tu papi le hace a tu coñito mojado y hambriento de güevo.

   Esas palabras parecían grabarse a fuego en la mente del muchacho; si, tenía un coño hambriento, un coño que necesitaba de machos que lo saciaran. Su coñito caliente y estrecho era para ser usado, para que lo llenaran de eso, de güevos y semen. Esas ideas daban vueltas en su cabeza, excitándole tanto que su propio tolete estaba duro, pulsante y goteante sobre el colchón. Sigue agitando su culo, apretando aquella barra, exprimiéndola, parecía no poder contenerse. ¡Necesitaba tener su coño de chico bien lleno de sexo!

   -Hummm, si, papi, llena mi coño. –nuevas embestidas le hacen gemir, el placer era tanto mientras ese tolete se le enterraba y salía de las entrañas, que casi lloriquea.- No sé por qué nunca me lo hiciste, por qué no llenaste mi coño antes. –cierra los ojos como flotando en trance, sonriendo, una lágrima escapando de uno de sus ojos, manos sobre el cabezal de la cama, agitando su culo sobre aquel güevo.- Siempre me he sentido tan vacío, tan… insatisfecho. Tu güevo, papi, me llena. –confiesa, y decirlo le hace reír.

   -Dilo…

   -Si, papi, lléname el coño con tu güevo, rastríllamelo, rómpemelo. Llénamelo con tus bebés. Córrete y llénamelo con tus espermatozoides calientes, quiero sentirlos nadar dentro de mí, transformándome en maricona. En tu maricona. Oh, papi, lléname el coño con tu néctar.

   Al escucharle, Jóvito se eriza, sonriendo más, apretando los dientes, dominante, poderoso. Si, el puto se entregaba a su poder. Aquel culo goloso, aquel coño de chico, era suyo para usar y abusar. Y lo machetea con fuerza, adentro y afuera, casi haciendo bailar la cama sobre el piso. Le clava los dedos, lo nalguea, gruñe oyéndole gemir, mendigar por más y más güevo, totalmente enloquecido. Se lo saca, retrocediendo, mirándoselo. Su tolete parece, si, como más grueso y venoso, casi como el de un hombre hecho y derecho.

   -¡No! –gimotea desesperado Benito, mirándole sobre un hombre.- ¡Métemelo! –suplica, casi desesperado.- ¡Métemelo! ¡Cógeme! ¡Coge mi coño! –le grita imprudentemente en aquella casa donde estaban sus tíos.

   Sonriendo cruel, Jóvito pensaba hacerle sufrir un poco, negarle su güevo por un rato, no llenarle el culo, pero… Ese culo titila, pulsa, se abre. Y como en trance lleva el glande hacia él, frotándolo, metiéndolo, empujando los labios del coño masculino. Se lo entierra y alza el rostro, sintiéndose apretado, halado por aquel agujero suave, caliente y húmedo, sazonado todo por los gemidos del primo, el cual le pide que se lo meta más duro, que lo cogiera a fondo, que le reventara el culo.

   Si, piensa Benito, estremeciéndose, rogando por más. Quiere eso, que su primo le llene el coño con su güevo, que use su coño de chico, para eso estaba hecho, para cogerse a todos los hombres del mundo, para ordeñar y secar sus güevos. Y mientras Jóvito se lo clava hasta los pelos, con un empuje especialmente duro, grita imaginando un ejército de vergas tiesas, todas goteantes, todas deseando su coño chico y apretado…

   Estaba cambiando, al igual que Jóvito. La infección comenzaba.

……

   -¿Qué? –brama Joanna seca al contestar el teléfono. Cómo molestaba la gente. El silencio que sigue, le irrita más.- ¿Quién es? –mira el aparato y no reconoce el número.

   -Está pasando. –es Sabrina.

   -¿De qué…? –se ve confusa la bonita joven.- Ah, el problema con los controladores… -rueda los ojos por su dormitorio.

   -No es un asunto menor, Joanna. Es serio. El problema ya está montado. Deja tu cama y…

   -Oye, oye, no entres en mi cabeza. –advierte, alarmada, la morena, echándose hacia atrás en la cama, sus senos redondos algo hinchados y rojos por los pellizcos y chupadas dadas por su amante, el hombre de piel aceitunada que le mira sonriendo.

   -¡Esto es serio!

   -Entonces ve y díselo a nuestro sombrío jefe, es él quien no nos deja ir sobre esa productora y su gente. –estalla, impaciente, cortando la llamada.

   -¿No le temes a ese tipo? –le pregunta el hombre joven, alzándose sobre un codo, de medio lado, gloriosamente desnudo, acariciándole un seno con la mano libre.

   -Que se vaya al diablo, no sé a qué juega, pero no creo que sea a favor de nadie. –gruñe esta, exasperada. Ya no soportaba más todo aquello.

……

   -¿Qué coño hacen? –vuelve a rugir, casi presa de un infarto, la doctora Nóbregas, entrando en su cocina y encontrando a su hijo Emilio, su bebé, con dos güevos llenando su culo mientras chupa un tercero, el de un hombre barrigón, hecho y derecho.

CONTINÚA … 37

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 35

noviembre 3, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 34

muscle-hot

   Los cambios comienzan.

……

   -Déjate… de vainas… -intenta Benito una sonrisa, todo nervioso, pero sin poder apartar la vista de ese tolete duro y rojizo, el cual ha visto antes, pero no como ahora. No deseando… tocarlo, para ver si era cierto que era real. ¿Cómo le creció tanto en tan poco tiempo?

   -Vamos, no seas tímido, primito. –invita el otro. Y sonríe.

   Tragando saliva, Benito siente que tiene que comprobar si… no podía ser un güevo falso o una extensión, lo sabe, y sin embargo necesita comprobarlo. Alarga una mano trémula y con la punta de los dedos toca esa lisa cabeza, frotando, provocándole un gruñido al joven gañan, que se estremece de lujuria, sintiéndose poderoso al recibir la caricia sobre su cetro de poder de parte de un sumiso. Nada más tocarle, sintiendo ese extraño calor, el otro joven, muy rojo de mejillas, lo frota, arriba y abajo, con la punta de sus dedos. Se sentía tan bien que…

   Baja la mano y cierra la palma y los dedos alrededor del cilíndrico tolete, que pulsa y quema contra su piel, casi dando un salto de placer y gusto. Dios, se sentía tan extraño tener el güevo de Jóvito atrapado así, subiendo y bajando el puño, masturbándole. Una vez, hace añales (dos), se habían medio tocado, pero no existía este aire de… lujuria. Aprieta con más fuerza y seguridad, deseando sentirlo, domarlo… ordeñarlo. La idea penetra su mente algo enfebrecida, inquietándole, pero a un tiempo excitándole también. Mirándole, echándose hacia atrás, contra la pared, dejándose masturbar, Jóvito sonríe.

   -Debiste verlo, primo, el coño le temblaba a ese carajo cuando le acercaba mi güevo, le latía con ganas, creo que se habría muerto si no se la meto. Y cuando se la metí, poquito a poco, chillaba y se revolcaba, gritando y pidiéndome que no me parara, que deseaba sentirse vivo. Vivía mientras su coño era abierto y llenado por la dura carne de un macho. –va contando, viéndole enrojecer y estremecerse más. Bastaría muy poco, lo sabe. Tan sólo montarle una mano sobre la nuca y halarle, llevarle hacia su glande rojizo y mojado, y ponerle a mamárselo. Y saber que puede, le calienta más. Pero no es lo que necesita en ese momento. Un coño, el coño de un chico, eso es lo que pide su verga. Sin embargo lleva la mano tras esa nuca, tensándole, mirándose a los ojos.

   -Jóvito… -muy rojo de cara, y asustado, Benito le mira. ¿Acaso quería que se la chupara? ¿Llenarse la boca con el duro y caliente güevo de su primo? Y si le mamaba, ¿no se convertiría en un marico?

   -Vamos, primo, enséñamelo… -pide, reteniéndole por la nuca, con fuerza de macho dominante, confundiendo al otro.

   -¿Qué? ¿Mi güe…?

   -No, la cueva de tu conejito. Enséñame tu huequito cerrado. –no ordena, pero tampoco pide, tan sólo expresa, asombrándole.

   -¿Quieres ver mi culo? ¿Para qué? –grazna, sorprendiéndole la pulsada poderosa del güevo del otro al decirlo, apretado en su puño, así como los espesos y abundantes líquidos pre eyaculares que mana.

   -Vamos, carajo, enséñamelo. –casi le gruñe, atrapándole los hombros, obligándole a moverse.

   Y se mueve, Benito nunca sabría explicarle a nadie cómo o por qué, pero lo hace. Soltando ese güevo caliente, y la maravillosa sensación que producía en su mano (o tal vez por eso mismo), se vuelve, arrodillado en la cama, dándole la espalda, temblando ante el brillo predador que aparece en los ojos de Jóvito a la vista de sus nalgas jóvenes.

   -Bonito culo. –se atraganta de ganas, el otro, el güevo pulsándole feo, alzando las manos y acariciando los duros glúteos sobre la tela.

   -Jóvito… no, no sé si… -Benito se asusta por el cariz que toma todo aquello, por esas manos incansables que subían, bajaban, acariciaban, apretaban.

   -Te va a gustare, a los putos siempre les gusta. –le ofrece.

   -¡No soy un puto! –brama indignado, mirándole sobre un hombro, muy quieto mientras esas manos halan su bóxer, descubriéndole las levemente velludas nalgas, unas que azota suavemente.- Jóvito… -inicia otra vez, con miedo y expectación.

   -Shhh, puto, deja que vea tu coño apretado. –es más autoritario, el güevo botándole jugos a mares, inclinándose tras ese trasero, separando los glúteos y jadeando contenido, casi desesperado de tantas ganas a la vista del agujero canela del muchacho, levemente peludo, tan pequeño y cerrado. Tan… apetitoso.- A los hombres nos gustan los coños… -expresa en voz alta la idea que cruza por su mente, mirada perdida en el capullo viril, deseando pasarle la lengua, clavársela. Los coños sabían ricos, esa idea también se le ocurre.

   -Primo, esto es una locura… -grazna Benito, mirándola salir de su bóxer, el tolete tieso saltando, golpeándole en el abdomen y rebotando, bajándole un poco más el suyo, justo por debajo de las bolas

   -Te gustará, a todo coño le gusta sentir un güevo llenándolo y colmándolo. –le asegura, arrodillándose también sobre la cama, a sus espaldas, rodeándole la cintura con sus brazos, atrayéndole, su verga tiesa y caliente, mojada, lateralizándose contra la raja entre las nalgas, comenzando un sube y baja, frotándosela contra la joven piel.

   -Jóvito… -todavía gimotea, asustado, el corazón latiéndole locamente, no sabiendo por qué no detiene toda aquella mierda. Estremecido por la fuerza de su agarre por la cintura (como lo hace un hombre, piensa extrañamente, estremeciéndose), este le echa un tanto las caderas hacia atrás, y ahora nota algo liso y caliente, húmedo, frotándose contra la entrada de su culo.- Primo… -todavía intenta, mirándole sobre un hombro, asustado y paralizado. Acercando el rostro, sonriéndole confiado, Jóvito parece saber lo que hace.

   -Créeme, primo, cuando te lo meta vas a gritar por más y más. Y voy a dártelo, lo clavaré en tu coñito caliente y dulce todo lo que quieras, abriéndolo a la vida, despertándolo a los sentidos. Necesito tu coñito apretado, pero también tú necesitas esto. –expone como si alguna lógica hubiera tras aquellas palabras. Le sonríe casi cariñoso.- Amarás sentir tu coñito bien trabajado.

   Incapaz de decir algo más, pero temblando visiblemente de temor e incertidumbre, Benito abre mucho los ojos y boca cuando, montándole la barbilla en un hombro, Jóvito empuja sus caderas hacia adelante, chocando el glande mojado y caliente de su agujero cerrado, forzándolo, obligándolo a abrirse, a dejarle pasar, empujándole los labios del esfínter hacia adentro. El chico se tensa, y grita, ¡era demasiado grueso!, pero Jóvito, siseándole, calmándole, continúa metiéndolo, forzando cada centímetro cubico de su impresionantemente duro güevo. Dentro del cuarto sólo se oyen los rugidos de tortura de Benito.

   -Coño, es muy grande, ¡duele mucho! –grita, imprudentemente en una casa donde viven, además del primo, sus tíos.

   -Relájate, ya entré. –respira pesadamente Jóvito, dientes apretados en una mueca depredadora, halándole más con los brazos sobre el abdomen, contra su güevo que va penetrándole mientras el otro sigue quejándose y gritando.- Oh, mierda, si… -gruñe pesado, contra su oído.- Se siente tan bien llenar tu coñito caliente, primo, me lo hala y aprieta tan sabroso. –los jóvenes labios casi tocan y rozan la oreja del chico tenso y de frente fruncida.- ¿Lo sientes, primo? ¿El cómo me lo halas y sobas? Para esto es que sirve un coño masculino, para esto lo tienen los chicos como tú, para que se los follen y den placer.

   -Coño… -brama Benito entre dientes.- ¡Sácalo!

   Jóvito no le escucha mientras sigue empujando más y más de su cilíndrico tolete dentro del culo virgen, notando cómo se cierra alrededor de su tranca, igual que las paredes del recto, aunque también parecía… dilatarse.

   -¿Lo sientes? ¿Siente mi güevo llenando tu coño caliente? –le pregunta al oído, ronco, metiéndoselo más y más.- Tienes un rico coñito entre tus nalgas, uno que llama a los machos.

   Benito no responde, dientes apretados, rostro perlado en sudor, padeciendo la penetrada de aquella mole que parece romperle. Se les escapa un gruñido cuando la pelvis de Jóvito se cierra contra  sus nalgas, casi aplastándoselas para metérsela más, dejándola allí, pulsante, ardiente, llena de sangre. Vuelve a gemir cuando el otro la retira unos cuantos centímetros, sintiendo toda esa agonía, y cuando vuelve. Sale y entra, lentamente, cogiéndole ya, y parpadeando asombrado, el joven deja escapar profundas bocanada de aire. Algo estaba cambiando, las paredes de sus entrañas se cerraban sobre la pieza para experimentarla, notándola latiéndole. Su esfínter se cerraba ferozmente contra la verga de Jóvito… para sentirla abriéndole, rozándole. Abre mucho la boca, confuso, sus entrañas sufriendo espasmos. Aquello se sentía realmente bien. Muy bien, a decir verdad, y la idea le sobrepasa. Mira al frente, no quiere pensar o decir nada, ni siquiera moverse, pero cuando los brazos de Jóvito se cierran más alrededor de su cuerpo, comenzando un saca y mete más rápido…

   -¡Ahhh…! -lanza un agudo gemido, de inconfundible sexualidad.

   Uno que hace sonreír de manera predadora a Jóvito. ¡Ya lo tenía donde lo quería!

   -Si, lo sabía, ahora eres mi puta. –le gruñe enfático al oído, incrementando las enculadas, haciéndole gritar entregadamente.

CONTINÚA … 36

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 34

octubre 7, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 33

muscle-hot

   Los cambios comienzan.

……

   Pero mientras llegaba, y por ahora, esos tres hombres, mientras le insultaban llamándole negrito puto y mariconcito, le usaban para darle alivio a sus duros güevos, los cuales, aunque ya se han corrido, no parecían agotarse, no con aquel rico y tierno bocado encontrado en la cocina de aquella casa. Cogerlo, escucharle gritar y gemir, los autoalimentaba. Los toletes salían, en un momento dado de su culo urgido, el cual palpitaba y chupaba necesitado, para azotarle las turgentes nalgas negras, antes de volver a clavársele, metiendo primero la cabecita en forma de nabo y clavándole el resto con un seco golpe de cadera después. Provocándole estremecimientos por la fuerza de la embestida y roncos gemidos de gozo. La cara del chico era una máscara de saliva espesa y jugos, y aún de semen ya regado, cuando con desesperación ahora, mamaba de una verga a la otra, y era azotado también por estas, con dureza. Esos hombres parecían encontrar el mayor de los placeres tomándole, sí, pero también degradándole, humillándole, diciéndole cosas mientras cogían su boca y culo al tiempo que le azotaban con sus güevos.

   -Mira qué sucio, como chupa, parece que quiere más. –gruñía uno, riendo, metiéndosela hasta los pelos por la boca, lanzando un gemido cuando esas mejillas y lengua lo chupaban.

   -¿Te gusta más por el culo o por la boca? –preguntaba el otro, riendo de manera cascada, emocionado por ser parte de la horda (nada como coger así con un amigo), dándole en la frente con su tolete tieso.- Ahora yo. –casi apartó al compañero para enterrarlo entre esos gruesos labios de mamagüevo.

   -Calma, niños, que este negrito tiene para todos. –asegura el hombre que aferra la cintura delgada del muchacho, macheteándole con fuerza el ávido agujero. Sus bolas lo golpean incansablemente, no puede detenerse. Las apretadas que esas entrañas le daban no le dejaban pensar. ¿Sería así cogiendo a todos los maricos?, se preguntaba con vicio. Y es que ideas extrañas cruzaban su mente de hombre maduro, ideas que otro chico, más allá de Petare también consideraba viendo a su primo. Ideas que no parecían suyas, o tal vez sí, pero tan escondidas que nunca consideró siquiera que existieran.

   Mientras coge al muchacho que gime y se estremece, indudablemente amando los güevos en su culo, dado el cómo lo agitaba y llevaba de adelante atrás, atrapando y halando, ordeñando con sus entrañas, el chofer del camión de agua piensa que con tiempo, y la ayuda de sus dos colaboradores, podría terminar convirtiendo a ese muchacho, que seguro eso no lo hacía de diario, en el perfecto mariconcito necesitado de hombres. En un juguete sexual, en una amanerada princesa en busca de reyes calientes. Que los hombres, todos los hombres, gozaran de sus agujeros de putico, como todo macho merecía para desahogar las ganas. La idea, perversa, inflamaba su pecho que sube y baja con esfuerzo mientras mira sus pelos púbicos y su tolete cobrizo claro, entrando y saliendo del negro agujero, provocándole gemidos al muchacho. Si se lo llevaran, él y sus compañeros, podrían cogerlo a gusto durante horas enteras, días completos, empujándole, a fuerza de güevazos en sus entrañas y garganta, a ser cada vez más marica y entregado. Un perfecto regalo para los hombres de verdad. Ese muchacho nació para eso, se notaba en lo mucho que gemía, en lo duro que estaba su verga aún dentro del bóxer (no querían vérselo), mojado de líquidos pre eyaculares. Uno de los chicos le había dado un manotazo cuando intentó masturbarse.

   Y era parte de la tortura de Emilio Nóbregas. Algo se había encendido en sus entrañas y necesitaba de esas tres vergas que, por tunos, se le habían clavado por el culo haciéndole delirar de gusto; porque tiene que reconocerlo muerto de vergüenza, que casi se corría mientras esos hombres lo cogían. Aún mamar güevo ya le gustaba, aunque sospechaba que era por las palabras de los hombres que le dominaban, la manera de tratarlo, de reducirlo a ser sólo dos agujeros ávidos de drenar semen oloroso y caliente. Cierra los ojos mientras succiona de un güevo a otro, esos chicos parecían no desinflamarse, siendo azotado en la cara por el que no mamaba. Su culo era abierto y llenado por la pulsante, gruesa, ardiente y apasionada pieza de un macho que despertaba aún más sus urgencias… y, dejando escapar una lágrima, reconoce que le gusta eso. Era un puto, se dice, para torturarse, pero la definición le pone caliente. Y desespera, porque a pesar de todos esos hombres dándole güevo, llenándole, no alcanzaba el dichoso clímax, el desahogo. Y, por alguna razón, pensó en Tony Moncada. En sus extrañas palabras que… más bien parecían una maldición.

   -Vamos, muchachos, aún tenemos mucho trabajo si queremos dejarlo todo chorreado de esperma de pies a cabeza. –anuncia el chofer, riendo, dándole una fuerte nalgada al chico negro.

   Extrañada, la doctora Elisa de Nóbregas repara en el camión de agua mineral estacionado frente a su casa. Estaciona el auto nuevo y, llaves en mano, se congela al ver la puerta de la calle abierta.  Alarmada entra, silenciosa, temiendo encontrar a un intruso, pero sin haber tenido el sentido común de llamar antes a la policía. Oye unos sonidos ahogados, unos pujidos, y a la extrañeza sigue la confusión. Parecían sonidos de sexo provenientes de la cocina. Por un segundo piensa en su marido con alguna tipita, pero acababa de hablar con él por teléfono. Luego recuerda a Emilio, su joven, guapo y saludable hijo. Oh, mierda, andaba en eso. En sexo con alguna carajita y…

   -Emilio Nóbregas, ¿se puede saber con quién carajo…? –comienza al empujar la puerta, molesta por el abuso de confianza, congelándose al ver a su muchacho, efectivamente allí, ensartado entre dos chicos que le metan dos güevos por el culo mientras mama  a un tercero. El grito de horror que lanza congela a todos los presentes.- Pero, ¿qué coño’e la madre le están haciendo a mi niño, pila de sádicos? ¡Policía! –grita, buscando su teléfono.

……

   Los toques se oyen lejanos, y al joven le cuesta un mundo abrir los ojos, enfocar sus alrededores. Sobresaltado mira hacia la entrada cuando la puerta se abre.

   -Cariño, ¿estás bien? Llevo rato llamándote. –hay preocupación en el tono.

   Dios, ¿quién es esa mujer?, por un segundo, mientras se sienta en la cama de un salto, echándose hacia atrás, no sabe dónde está, o quién es. O ella, reconoce alarmándose. La mira.

   -¿Mamá? Estoy… Dormía. –Tony se oye confuso, mirando la cama, sus manos. Ese cuarto. A esa mujer.

   -¿Seguro? Pareces… -la mujer se muerde el labio inferior.- Cariño, ¿hay algo de lo que debamos hablar? Llevas días actuando… distinto. Y esto, te encierras y duermes siestas, ¿desde cuándo? ¿Está todo bien? –pregunta otra vez, con una palabra dando vueltas en su mente. El joven sonríe y eso casi la alivia, ¡era tan él!

   -No estoy consumiendo drogas, mamá. Es… -bota aire recostando la cabeza de la pared.- Estoy bien. Agarre una arre… una rabieta en el liceo. Gracias por despertarme.

   -Bien. –sonríe aliviada. En partes. ¿Problemas en el liceo? ¿Una arrechera? ¿Encerrarse enfurruñado? Sonaba a cosas del corazón… o de lo que se le levantaba dentro del pantalón. Tal vez por eso la visita.- Alguien te busca.

   -¿Quién? –ha perdido interés.

   -Un compañero de clases, un chico Santana, Rubén Santana. –y la información deja al otro con la boca abierta, moviendo los labios sin emitir sonidos. ¿El idiota ese allí? ¿Qué querría?- ¿Quieres verle o le digo que…?

   -¡Lo veré! –exclama con prisa, poniéndose de pie, pasándose los dedos por el cabello, acomodándolo.

   -Bien, te espera en la sala. -Oh, Dios, si era un problema de esos, se dice la mujer.

   -Mamá, ¿puedes decirle que suba? –pide permiso, sintiendo el corazón acelerado, y sospechaba que no era por rabia hacia el otro como quería pensar.

……

   -¿Lo quieres ver para comprobar si es todo tolete o no? –reta Jóvito, con voz ronca, risueña, algo burlona, mirando a Benito sentado a su lado, respirando sus aromas, llegándole su calor. Este ríe nervioso.

   -¡Maricón! –le acusa, la clásica respuesta, una que hace sonreír torvamente al otro, porque este sabe mejor en qué puede terminar todo.

   -Creí que te daba curiosidad todo esto. –comenta como si nada, cerrando la mano sobre la tela y el tolete, que parece especialmente largo, duro y grueso. O así se lo parece a Benito, quien no puede despegar los ojos; y aún así, presentía algo, un problema. Un peligro.

   -Déjate de vainas y cuéntame, ¿qué fue eso tan increíble que te pasó aquí y que es mejor que ver a una caraja en traje de baño? –pregunta sentado en la cama de su primo Jóvito, dentro del pequeño cuarto, algo oscuro en esa casi noche, en lo más alto de aquel cerro que veía hacia abajo la cara fea de Petare, en el oeste capitalino. Se siente ligeramente inquieto, casi desnudo en bóxer, sentado junto al otro, semi chino también, con una clara y muy evidente erección deformándole el calzoncillo. Una erección que se veía sospechosamente grande en su puño, uno que movía levemente… como masturbándose. Cosa que han hecho antes, con una revista o una película, pero no de esta manera. Había algo nuevo.

   -Cogí culo. –informa, sorprendiéndole.

   -¿Qué? –abre mucho los ojos.- ¡Mentiroso! –acusa sintiéndose levemente ofendido, que el otro la pasara de manera interesante mientras estaba encerrado allí no era justo.

   -Cogí culo. –reitera con una sonrisa torcida, cerca del rostro del otro, notando como se estremece.- Metí mi güevo en un agujerito cerrado, chiquito, que me lo apretó duro y sabroso mientras se lo enterraba y sacaba. Adentro y afuera, primo. Me lo exprimía. –se medio muerde la lengua con lascivia.

   -Pero, ¿por el culo? Parece sucio y… -Benito respira pesadamente.

   -Fue rico, era caliente, apretado y suave, mejor que una mano, eso sí. La metía y la metía y los gritos de puta se le escapaban, porque con mi güevo le hacía gozar. Con esto. –y agita el puño sobre el bóxer, nuevamente.

   -¿A quién…? –se agita, quiere saber qué chica se había dejado encular, con la respiración pesada, los ojos bajando a ese tolete grueso que moja un poco el bóxer.

   -Al marico de la grúa.

   -¿Qué? –estalla Benito, incapaz de asimilar aquello.- ¿Te cogiste a un carajo? ¿Se la metiste por el culo lleno de mierda? ¡Qué asco! ¿Que eres, maricón? –reclama.

   -Nada de maricón, lo cogí duro, como un macho, y gritó como puta.

   -¿De qué coño hablas? Siempre nos burlamos de… -intenta recuperarse. No entiende, siempre se han reído de los gay, en todas partes. Especialmente de ese. Especialmente Jóvito. ¿Cómo era que ahora…?- ¿Cómo dejaste que se te acercara? –casi acusa.

   -Me lo rogó. Mucho. Quería desesperadamente que le metiera mi güevo duro y caliente por el culo. –aclara mirándole a los ojos, sobándose más, la silueta del tolete muy visible, atrapando los furtivos vistazos de Benito.- Necesitaba desesperadamente tener un güevo en su culo, llenándolo, latiéndole contra las paredes de las entrañas. Y este lo volvió loco. –termina bajando un poco el bóxer, mostrando un tolete cobrizo claro muy erecto, grueso y largo. Mucho más de lo que Benito, que ya lo ha visto (y jamás le ha impresionado), recuerda. Queda con la boca abierta.

   -Jóvito, guárdate tu vaina. –grazna, ronco, la respiración más agitada.

   -Lo vio y se le mojó el culo, el coño como él le dice a su agujero. –le insiste, atrapando el tolete por su base, agitándolo, goteando, emanando calor y olores a sexo joven.- Lo tocó y… Ahhh, ese carajo cayó rendido. –se le acerca un poco más, respirándole pesado al rostro.- ¿No crees que es bonito? ¿No quieres tocarlo un poco, primo? –se acerca más, Benito es todo ojos, respiración pesada, aire cautivo. Los labios casi se rozan.- ¿No se te moja el coño, primito?

CONTINÚA … 35

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 33

septiembre 14, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 32

SEXY

   -¿No me quieres servir?

……

   Ni por un segundo, mientras considera contarle lo del marica de la grúa, piensa que el otro pueda juzgarle, llamarle homosexual o algo por el estilo. Porque no lo era, era un macho que les macheteaba los culos a los maricones de verdad. Están en su cuarto, donde tanto hablan de pajas, de mujeres, de tomar cervezas y fumar a escondidas. Aunque, fuera de las masturbadas, del resto hacían muy poco, no con su padre, Onésimo, por ahí vigilándoles, no obstante si exageraban. Sentado en su cama, en shorts a media pierna y camiseta, Jóvito mira a su primo, que entra transpirado.

   -¿Una tarde divertida? –le pregunta mientras se plantea cómo contarle a Benito que se cogió al carajo ese, callando, por supuesto, la participación de su padre en la escena. Algo que le agitaba el güevo bajo las ropas. Quiere convencer al otro de que salgan a cazar mariconcitos de culos paraditos y someterlos.

   -¡De bolas! –reconoce Benito sonriendo.- Mariana tenía una tanga que casi se le salió en las piscina comunal, eso fue lo locura. Todos estábamos malucos. –informa emocionado el otro, quitándose la franela, disponiéndose a tomar una ducha. Tiene cosas allí, se queda muchas veces, especialmente desde que su mamá, la tía de Jóvito, se había casado con un hijo de puta que gustaba de gritar e insultar cuando se emborrachaba.

   -Aquí también hubo novedades. –comenta el otro, sonriendo sibilino. Qué tonto era Benito, calentorro por una chica en tanga a la que no puede tocar, lamer, oler o coger. Mirar, desear, eso era algo idiota, se dice convencido, con su tolete alzándose un poco al recordar esa tarde de locuras, calenturas y corridas calientes en aquel culo vicioso y hambriento de semen.

   -¿Qué, encontraste otra pantaleta tirada en la basura? A lo mejor es de tu mamá, otra vez. –le recuerda y ríe, el esbelto y joven cuerpo brillante de sudor, arrojando los zapatos y bajando el pantalón, quedándose en un bóxer ajustado.

   -¿Y esa mierda?

   -Por si una chica quería dar una mirada quedara emocionada.

   -¿Con tu culo flaco? –se burla. Pero no, no era un culo flaco para nada. Al contrario.

   -Te sorprendería lo mucho que me lo miran. –ríe Benito, tomando la franela y secándose con ella, especialmente las axilas.

   -Claro, claro. –se burla, pero le cuesta apartar los ojos de ese cuerpo joven y compacto en bóxer. Notando los hombros que prometían ser anchos, los brazos y piernas con la esperanza de ser musculosos. Pero era su trasero… ese culo.

   El sedoso material amarillo, barato y algo brillante del bóxer, lo cubría, dos buenos pedazos de carnes duras. ¿Qué diablos…?, pensó alarmado. Nunca antes se había fijado en su primo de esa manera, pero… ese culo redondito y paradito parecía llamarle. Y él sabía muy bien lo rico que se sentía tenerlo atrapado dentro de un redondo anillo y masajeado por las paredes de un recto.

   -Tienes un bonito trasero que enmarca un buen coño, putito. –susurra como ido, como si las palabras no fueran suyas.

……

   Lejos, en una casa solitaria que poco antes recibiera la visita vigilante de algunos que le odiaban, el maestro de Bartok sonríe echado sobre un sillón, perfectamente consiente de lo que ocurre. La infección, la suya, se propagaría indetenible.

……

   -¿Qué dijiste? –dejando de frotarse con la franela, Benito se vuelve a mirar a su primo, sobre un hombro, reparando de pasada en la silueta contra la tela del shorts.

   -Yo… nada. –con la respiración agitada, Jóvito sufre el espanto de sentir como el tolete le crece, se le llena de sangre caliente y endurece, visible. Mirándole el culo a su primo, su casi hermano, su mejor amigo. Mierda, si se parara y le bajara ese bóxer baratón sería capaz de encontrarle y tocarle el coño que seguramente tenía entre las nalgas. Un coñito virgen y apretado, urgido de ser estrenado. Un coño joven y caliente. Un coñito mojado y delicioso.

   -Algo te pasa. –insiste Benito, mirándole sobre un hombro. Ojos en su regazo.

   -Nada. –grazna otra vez, los ojos volviendo una y otra vez a ese traserito respingón, las palabras girando en su cabeza, recordándole al maricón de la grúa, quien también las repetía como letanías. Un coñito. Un coño de chico. Un coño listo para ser usado por los hombres de verdad. Si, estaba convencido, no sabía cómo pero lo sabía, que Benito tenía un coño listo a ser usado. Y él lo necesitaba, lo sabe por las pulsadas contra la tela del shorts que se alza, algo que parece desconcertar y atrapar la mirada de su primo.

   Mierda, si, necesita el coño de Benito, abriles los labios de la vagina que tenía por culo con la cabeza de su verga, refregar una y otra vez su crica, llenarle de espermatozoides la concha. Ahora quiere saltar sobre el otro muchacho, controlarle, dominarle y arrojarle de panza sobre la cama, luchar mientras le arropa con su cuerpo, no detenerse por mucho que el otro grite y se moleste hasta que cabalgue su culo virgen. Y lo increíble para el propio chico, que poco antes se sintiera alarmado por admirar el joven cuerpo del primo, era que ya no se sentía extraño con la idea. Lo necesitaba, le urgía sacar el güevo y enterrárselo, encularlo una y otra vez hasta hacerle entender que ese era su lugar, su papel.

   -Mierda, primo, me estás asustado. –le llega la nerviosa voz de Benito. ¿Qué le pasaba a Jóvito?, ¿acaso se estaba sobando sobre el shorts mientras le miraba el culo?

   -No pasa nada, primo, ven, siéntate aquí junto a mí para que te cuente qué hice esta tarde.

   -Debo ducharme, apesto y…

   -No, ven, siéntate. –invita jovial pero en tono algo autoritario. Sonríe cuando Benito, todavía franela en las manos, cae a su lado. Si, apesta a sudor, exhala una gran cantidad de calor; y ese aroma y esa temperatura le hacen temblar visiblemente la verga.

   -Oye, ¿qué tienes ahí? ¿Te metiste una media acaso? Se te nota mucho machete y no tienes tanto.

   Algo hace clic en la mente de Jóvito, quien sonríe predador y aspira un poco del aroma del otro joven cuerpo. Esa era la solución, todo se arreglaría en cuanto Benito…

   -Claro que lo tengo más grande, ¿quieres verlo?

……

   Los jardines posteriores de la enorme, solitaria y lóbrega casona se ven descuidados, la grama ya parece un montarral y los arbustos arboles. El viento cálido de aquella noche que se inicia barre las muchas hojas secas dándole un aspecto aún más descorazonador. Era como si nadie viviera allí, como si la propiedad hubiera sido abandonada. El joven alto y delgado, pálido y de ojos mortecinos tras los finos cristales de los anteojos se pasea con las manos en los bolsillos del pantalón oscuro. Una ráfaga especialmente fuerte de viento le hace alzar los ojos hacia el cielo oscuro. Los cierra.

   Lo siente. O presiente. No tiene las habilidades de Sabrina, le es imposible entablar conexiones empáticas con otros. Pero no lo necesita, lo que ocurre es lo suficientemente grave como para que le llegue. La oscuridad, lo malo, ese era su elemento. Ese pensamiento le hace sonreír levemente, casi en mueca. Qué increíble era Gea, lo que la mujer le había mostrado había sido horrible, tanto que tuvo que intervenir haciéndola olvidar, fue peligroso pero corrió con suerte. No se podía jugar con ella, y, para colmo, sospechaba que la bonita mujer lo sabía. Lo que le había mostrado fue sencillamente horroroso, tanto que tentado estuvo a desconfiar de sus ojos, de su mente, incapaz de poder asimilar que los controladores llegaran a tal grado de irresponsabilidad, negligencia… y locura.

   La noche de los muertos vivientes… eso fue lo que pensó cuando la mujer le mostró lo que el futuro inmediato guardaba para toda la Gran Caracas. Pero, por terrible y amargo que fuera aquello, todo debía darse de cierta manera. Corría un riesgo enorme, y no estaba totalmente convencido de su propia cordura, ¿acaso no actuaba con tanta irresponsabilidad como los controladores? El fin justificaba los medios, por errado, o amoral que aquello fuera, siempre le había guiado. No era una buena persona, ni decente. No podía serlo, no dada su naturaleza. Pero esto era, quizás, lo más peligroso que había hecho (sonríe otra vez, caminando lentamente, sabiendo que se miente), pero era necesario. El problema era que sólo él lo sabía… Lo inevitable de aquello. Era su carga, una que se podía decir que cobraba peso por la manera en que hunde sus hombros.

   Piensa en Joanna, en su secreta duda sobre el poder, quién de ellos era más peligroso. No le cabían dudas a ese joven hombre que tal honor lo ostentaba, por ahora, Gea. Hasta que llegara el próximo. Y de ese todavía no se podían calcular todas las variables. De saber lo que planeaba, lo que pensaba invocar, el resto se uniría a los controladores para combatirle. Para detenerle. Y no podría culparles.

……

   Han pasado horas, ¡horas!, y un camión de agua mineral sigue detenido frente a una casa de clase media alta, en cuya cocina hay prácticamente un reguero de fluidos. Tres hombres, dos muchachos y un sujeto adulto, con sus vergas afuera, enculan una y otra vez a un chico negro, quien se retuerce bajo sus manejos. Emilio Nóbregas era tratado como una joven perra caliente, como a una putica total. Cosas que le decían, riendo, con vozarrones, disfrutando tanto el cogerlo, llenarle la boca, como insultarlo y soltarle de vez en cuando un manotazo sobre esas duras nalgas redondas y negras. Había algo en ese ataque en jauría, en ese control, que excitaba a esos hombres.

   Mientras clavaba los dedos de sus manos grandes y velludas en la estrecha cintura oscura, arrodillado tras él, el chofer del camión penetraba una y otra vez al muchacho con su grueso y nervudo tolete de hombre hecho y derecho. Macheteándole ese culo con ganas, disfrutando de las apretadas y salvajes haladas que ese vicioso agujero joven le daba. El glande casi aparecía entre los pliegues de aquel orificio, para luego volver a enterrarse con ganas, estremeciéndolo con la fuerza de las embestidas. Porque cada enculada era violenta, dura, tanto que casi le estremecían los glúteos. Y mientras era cogido por aquel macho, el cual alimentaba y estimulaba sus entrañas de una manera tal que le tenía nadando en endorfinas de placer y lujuria, Emilio se ve obligado a algo que si no le gusta tanto, sus gruesos labios están totalmente pegados a una verga joven y tiesa que brilla de saliva cuando va y viene sobre ella.

   Su rostro reluce con un sudor oleoso, también de saliva, mientras succiona del tolete del tal Maikel, chupando y tragando saliva y jugos masculinos, reconociendo a cierto nivel que no sabían tan mal, mientras el otro joven, Saúl, le frota y golpea el rostro con su tranca mojada de saliva de una mamada previa. Los dos muchachos, frente a su rostro, mientras lo insultan llamándole mamagüevo, negrito mamagüevo, le obligan a ir de una a la otra verga, dejándolas bañadas en espesa saliva, y al tragar una la otra le azotaba con fuerza la cara.

   -Eso es, negrito mamagüevo, usa tu sucia boca maricona para comerte los güevos que quieres. –insulta y ríe Maikel, mordiéndose la lengua y atrapándole la nuca, obligándola a llevársela a la garganta.

   -Cómo te gusta chupar güevos, cabrón. –gruñe Saúl, sonriendo, apartando al amigo, necesitado de esa boca golosa.

   -Ahhh, no, a este negrito maricón lo que le gusta es que le den por el culo; ordeña que da gusto. –interviene el chofer, el hombre hecho y derecho mientras cepilla con su nervuda barra las entrañas sensibles y estimuladas de un muchacho que gime en la gloria.

   Y, justo así, les pillaría la madre del muchacho.

CONTINÚA … 34

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 32

agosto 19, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 31

SEXY

   -¿No me quieres servir?

……

   -Ahhh… -Emilio parece un poseso; ojos cerrados, su cabeza va de adelante atrás, todo su joven cuerpo brillante de sudor y lujuria, abriendo y cerrando espasmódicamente el culo sobre ese dedo.

   -Dime qué quieres. –le ordena el joven, adoptando rápidamente el papel.

   -¡Cógeme! –le pide.

   -Pídemelo bien, negrito maricón. –se burla clavándole el dedo, dejándolo allí, agitándolo en su interior, escuchándole gemir putonamente otra vez.

   -Por favor… por favor… cógeme. –suplica.

……

   -¿Donde coño está ese muchacho marico? –pregunta, molesto, el chofer del camión de agua mineral al otro vendedor, un joven de cara aindiada, algo bajito.

   -Todavía está en la casa de la doctora Nóbregas.

   -Ve a buscarle, no joda. –le ruge el hombretón barbudo y algo obeso.

   El joven corre hacia la casa, maldiciendo al compañero por hacerle trabajar más de la cuenta. Coño, la puerta estaba abierta, ¿acaso esa gente vivía en la luna y no sabían de la inseguridad? Pasa y va a llamar cuando oye unos gruñidos.

   -Oh, si, negrito maricón, aprieta mi güevo, apriétalo así, sácame la leche con tu culo de puto. –era la voz de su compañero, y las embestidas ¡de una cogida! Pero, ¿qué diablos…?

……

   Dentro de la cocina no sólo se oyen gemidos y gruñidos de pasión entre machos; como está siendo cabalgado de pie, apoyándose contra la nevera, Emilio se aferra a esta y la fuerza de las embestidas la tienen traqueteando toda. El joven de rostro aindiado se asoma a la puerta y los mira con la boca abierta, el espanto reflejándose en sus facciones. ¿Qué carajo hacia ese hijo de puta cogiéndose a un negrito marico?, ¡y de tan machito que se la daba!, la idea le parece horrible. Pero están los dientes apretados de este, su gesto torvo de dominio y control, la camiseta alzada sobre su cuello mostrando el joven y delgado, pero fibroso torso, la bragueta abierta y su güevo saliendo de allí, grueso y tieso, clavándose una y otra vez entre aquellas nalgas redondas y negras, haciendo que aquel tipito joven, más que ellos dos, grite y se revuelva como un poseso, con gemidos y una sonrisa viciosa que le eriza la piel. ¡Aquel chico estaba en la gloria mientras le daban duro güevo por ese culo!, eso estaba claro.

……

   En su casa, caído sobre su cama, de medio lado, como si hubiera estado sentado y perdido el conocimiento, Tony Moncada tiembla, violentamente, alcanzado por una fría ola que le cubre, desagradable y dolorosa, mientras el calor abandonaba su cuerpo. Sus labios tiemblan aunque no emite sonidos. Cierra los ojos y algo de llanto escapa por la comisura de uno de ellos.

   -Nóbregas… -grazna con voz rota. Sabiendo lo que ocurre. Horrorizado de lo que hizo.

……

   -Tómalo todo, negro cabrón, apriétalo; esto es lo que te gusta, ¿verdad?, un güevo en tu culo. –le ruge el chico del agua a Emilio Nóbregas, cogiéndole con renovados bríos, con fuerza, casi estrellándole contra la nevera de donde caen imanes y algunas cosas suenan en su interior.

   -Ahhh… Ahhh… -es todo lo que el joven puede hacer, balbuceando, babeando, sonriendo y sintiéndose caliente y muy vivo mientras ese tolete pulsante y nervudo barre y refriega las paredes de su recto, uno hecho para brindarle todo ese placer. Entregar su culo, ordeñar vergas con él, era todo lo que deseaba en la vida. Servir a los hombres. Esas ideas extrañas daban vueltas en su cabeza, mientras dentro del bóxer se le agitaba y frotaba el negro tolete, duro y goteante, sintiéndose caliente, a punto de caramelo. Se lo aferra y gime con el puño, qué rico era; lo frota con amor, con ternura, pero también con ganas. ¡Quiere correrse!

   -Oh, sí, así. –ruge el muchacho con una expresión malvada, sintiendo su miembro bien apretado y chupado por ese culito vicioso. Había algo en sacarla y meterla dentro del redondo agujero masculino en medio de las dos turgentes nalgas que le tenía al borde. Coger culo era rico, coger a los maricones también. Quiere eso, quiere coger a todos los maricones del mundo. Y podría, se dice sintiéndose fuerte, poderoso.

   Incrementa sus embestidas y Emilio se retuerce, agitado, chillando como la propia puta, siendo alzado a cumbres de excitación imposibles de comprender. Con descaro y ganas comienza a echar su culo hacia adelante y atrás, deseando atrapar con su anillo el joven tolete de carne de macho, mientras se masturba deseando acabar. Grita y jadea, siente que está a punto de correrse, que le falta poco, muy poco…

   -Maikel, ¿qué haces? –llega la ronca voz, y la pareja que tira vuelve los rostros, sin detener las embestidas uno, sin dejar de mecer su culo de adelante atrás el otro.

   -Le lleno el culo de leche al maricón este. –ruge el tal Maikel entre dientes, clavándosela toda a Emilio y gritando, corriéndose abundantemente, rebosándole las entrañas de esperma con uno, dos y tres estallidos, mientras el muchacho gime, oyéndose y viéndose más maricón aún, apretando el culo, succionando con él. Todavía bombeándose hacia atrás… necesitado de su orgasmo. Uno que no alcanza.- ¿No quieres probar? –pregunta sacándole el tolete, el semen mojándoselo y chorreando de ese agujero negro, empegostando el bóxer.

……

   Liam Bartok se estremece echado sobre el sillón de su despacho, piernas separadas y lazas, apenas moviéndose cuando el teléfono fijo repica y lo toma. Sabe quién es.

   -¿Lo sientes? –pregunta su jefe.

   -Está… está… -ojos cerrados y boca muy abierta le cuesta contestar, por la sensación que le alcanzó, una energía ajena, dejándole frío y sin fuerzas… o tal vez por la golosa boca masculina que le traga la rojiblanca barra de carne que sale de su pantalón, ruidosa y entusiastamente como si de un muerto de hambre que encontrara un buen bistec se tratara.

   -¿Quién es ese chico, Liam? Cómo puede tener semejante poder? –demanda saber la voz.- Parece comparable al mío.

   -Es un… -traga en seco cuando aquella boca húmeda y caliente le traga todo el tolete, metiéndose en su bragueta, los labios pegándose de su pubis, bañándole con el aliento, succionándole con la garganta.- …Es tan sólo un chico poderoso, señor. Aunque no imaginé que lo fuera tanto. Es bueno que… hummm… esté de nuestra parte.

   -Nos buscan, amigo mío. Frente a la quinta, después de que se fueron tus muchachos… -oye y traga, la boca del director de escenas, ese tío de cuarenta y siete años que ha filmado toda su vida porno variado, aunque era totalmente heterosexual, hasta ahora, sube sorbiendo juguetona y golosamente por todo su tronco, dejándolo brillante de saliva, rojizo, besándole y lamiéndole la cabecita con una intuición y conocimiento nuevos, el bigote rozándole un tanto.- …Sentí la presencia de otros dos como nosotros. No controladores, pero si poderosas. Dos mujeres. Nuestros enemigos nos buscan y tu chico puede llevarlos hasta ti. –sentencia, y aunque Bartok sabe que es algo grave, cuando el director de escena vuelve a tragarle el güevo, quemándoselo con sus labios, mejillas y lengua, agitando el rostro de un lado a otro, no puede pensar con claridad.- Comencemos. Es hora de darnos a conocer. Que Caracas y el mundo se vayan a la mierda. ¡Y termina de correrte en ese tipo! –ordena fríamente, cortando la llamada.

   Bartok sonríe satisfecho, sin abrir los ojos; si, el mundo sabría al fin de ellos, la infección se extendería indetenible. No había nada que nadie pudiera hacer… Levanta la nuca y enfoca al sujeto que entró justo cuando sintió al chico. Lo que Tony hacía le afectó, despertó su esencia, sus habilidades, y el otro había ido a decirle algo quedando atrapado. Ahora, aunque nunca en su vida hubiera considerado tal cosa, estaba allí becerreándole el güevo en busca de leche.

   -Basta. –ruge imperativo, apartándole bruscamente por la frente, sorprendiéndole dejándole allí de rodillas, barrigón pero fuerte, la barba cubierta de espesa saliva, los labios rojos de tanto chupar, mirada confundida.- Párate, bájate los pantalones, monta la panza en mi escritorio y separa las piernas, voy a usar tu coño…

……

   ¿Puede creerse que cuando una verga fue acercada a sus gruesos labios de joven negro, Emilio Nóbregas lo resintió? No era lo que Tony Moncada había “programado” para él, pero de nada le valió cuando el muchacho del agua mineral, el tal Maikel, y su socio, decidieron gozarse a dúo al mariquito ese que habían encontrado. Claro, así como ignoraba lo de la programación, el trío no sabía que toda esa sobre estimulación sexual no era enteramente de ellos, habían pasado por ahí cuando una bomba sexual había estallado y quedaron afectados.

   Como sea, negándose en principio  a mamar güevo, allí estaba, en cuatro patas sobre el piso de linóleo de la cocina de su madre, con el bóxer todavía a medio culo, ocultándole los genitales pero no el orificio, el cual era macheteado con fuerza en esos momentos por el joven de rasgos aindiados, al tiempo que se tragaba el güevo de Maikel, chupándolo ruidosamente. Los chicos del agua estaban follando su boca y su culo como si de algo ensayado se tratara; con fuertes golpes de caderas, uno iba y el otro venía, llenaban sus agujeros ahora ávidos de sexo. Porque si, ese tolete deslizándose sobre su lengua le encantaba al chico de ojos cerrados que gemía de manera erótica, ahogado al tener el claro tolete llenándola. Y todavía se las ingeniaba para masturbarse metiendo una mano dentro del bóxer sin exponer su tranca. A esos machos no les gustaba verla.

   Maikel atrapaba su nuca, clavándosela por la garganta, donde la ordeñaba, al tiempo que el otro le aferraba las caderas con manos fuertes, sacándole el güevo casi hasta el glande, refregándole las paredes del recto en el trayecto, antes de clavárselo otra vez. En un momento dado, el chico que llenaba su agujero anal gritó, estremeciéndose, corriéndose en sus entrañas. Sintió esa pieza caliente, más dura, vomitado su carga de lava, una que su culo parecía succionar con vida propia. E intercambiaron. Dejándole en cuatro patas, el culo goteando semen, esos mocetones se pusieron de pie y cambiaron de lugares, llenándole otra vez.

   Los chicos parecían dominados por algo superior a ellos, que les obliga a usar sus jóvenes güevos sin descanso, gozando de sentirlos apisonados por esa boca y ese culo goloso que no se cansaba de ir y venir a su encuentro, apretándolo sedosa pero exigentemente, exprimiéndolo. Gruñían y sudaban cuando sacaban sus toletes y con ellos le azotaban la cara y las nalgas, con fuertes y muy sonoras bofetadas para luego clavárselos otra vez. Y mientras lo cogían, duro y a fondo, el par de mocetones le decían de todo, todos los insultos que Emilio había usado en el pasado, con sus amigos para herir a otros, le eran regresados ahora de manera degradante, humillante e insultante… poniéndole más y más caliente. Le excitaba ser insultado, abofeteado por un güevo mojado de saliva. Los “negrito maricón” eran como caricias para sus oídos. No dejaban de cogerle mientras le insultaban, con Maikel dándole duras palmadas a sus nalgas, el otro chico halándole el cabello mientras le obligaba air y venir con más rapidez sobre su tranca con la boca.

   -Trágatelo todo, maricón. –rugía el muchacho, mirando al socio y riendo.- Si, este marico sí que sabe mamar un güevo. Y se siente tan rico.

   -Pero este culo esta mejor todavía; cómo aprieta de sabroso. –respondía Maikel, aumentando sus embestida.- Escúchalo gemir y lloriquear, es toda una princesita marica, y una princesita necesita que los caballeros las coronen, ¿no? –y riendo de su broma, le azotaba aún más con la mano, metiéndosela hasta el fondo y todavía frotándose de sus nalgas.

   -Maikel, Saúl, ¿se puede saber qué tanto…? –una voz que viene de la entrada de la cocina, les sorprende. Y el trío ver al chofer del camión.- Pero ¿qué carajo…? –asombrado, en shock, les mira… mientras su tolete comienza a endurecer bajo el jeans y Emilio sospecha lo que viene.

……

   Cuando Jóvito Malavé ve llegar a su primo Benito, sabe que se meterá en problemas, pero no podía dejar de contarle y compartir lo vivido. Ignoraba que comenzaba un juego muy peligroso.

CONTINÚA … 33

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 31

julio 30, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 30

SEXY

   -¿No me quieres servir?

……

   La hermosa y joven mujer negra (parecía de esas personas imposible de clasificar por edad), entra en la biblioteca silenciosamente; su paso es felino, elegante, haciéndola más vistosa si cupiera. Es alta y delgada pero de buenas curvas, aunque a decir verdad eran esos sus atributos menos llamativo. Gea es una mujer impresionante de por sí, pero infinitamente aún más por el conocimiento que parece ocultar tras sus ojos negros, totalmente oscuros, como si la luz no se reflejara jamás en ellos. El cabello grueso pero lacio, largo, le llega a media espalda, cubriendo también uno de sus hombros. Usa un vestido llamativo, mangas largas claro, que abraza su buena figura y se abre a los lados en sus muslos. Se veía exótica y misteriosa, indudablemente sensual. Cosa que no le importa. Pocas cosas lo hacían ahora.

   Mira al hombre joven y pálido, de anteojos y cabello negro, lacio también, muy fino que cae sobre su frente despejada, que mira por el ventanal hacia afuera, a ese día que ya comenzaba a declinar en tarde. Por un segundo la mujer tiene la idea de que el otro envidia a la gente que ve cruzar frente a la casona, apurados, rientes, conversadores. Libres. El sombrío joven parecía extrañar la vida.

   -No seas dramática. –le dice este, sin volverse.

   -Tu juego es peligroso. –responde ella con buena entonación y modulación, hasta su voz era perfecta.- Te metes en una pequeña jaula en llamas y llena de tigres. Tenemos enemigos y tú… Joanna y especialmente Sabrina terminarán descubriéndolo todo, lo sabes, ¿verdad? –espera, este toma aire y la mira, vacío de toda expresión.

   -Para entonces ya no importará. Todo se habrá consumado. –informa, y ella quisiera poder entrar en su mente, entender qué esperaba conseguir.- No te gustaría. –le sonríe, más pálido, golpeándose con un dedo la frente. La estudia.- ¿Joanna nos traicionará? –quiere saber.

   -Depende de si es traición enfrentarte. –se encoge de hombros, cerrando su mente.- Deja que vayamos por ellos, por los controladores, sabemos dónde encontrarles. Contengamos esto antes de que sea tarde. No lo dejes llegar a su meta, sabes lo horrible que será. La cantidad de gente que será destruida.

   -Gea…

   -No lo entiendo, ¿acaso no entiendes lo que te mostré? ¿Lo que ese sujeto hará de Caracas? Y ese será sólo el principio. ¡Hay que detenerlo ahora! –demanda airada, con el tono de una princesa, lo que es en realidad.

   -No es tiempo aún. Tranquilízate, todo saldrá bien. Te lo juro. –la mira  con curiosidad, ¿qué haría la poderosa mujer? Incluso él le temía.

   -Quisiera poder creerte. –es la fría replica y se aleja.

   Por un segundo, el joven siente el deseo de incorporarse, alcanzarla, explicarle, pedirle que esperara. Pero sabe que ya no la encontraría. Quién sabe dónde estaría ya.

……

   Emilio Nóbregas traga en seco, incapaz de controlarse, cuando el toque a la puerta de su casa se repite y abre casi bruscamente, exponiendo su esbelto cuerpo de adolecente atleta, fibroso, oscuro, cubierto con un bóxer blanco donde destaca un miembro algo alborotado.

   -¿Si? –pregunta como si tal cosa, como si no supiera de antemano que allí estaría el chico que llevaba los botellones de agua; una mirada húmeda se destaca en su rostro oscuro al notar la sorpresa del otro, que lo recorre de pies a cabeza.

   -El agua mineral. –anuncia. ¿Qué coño…?, piensa para sus adentros. ¿Quién abría una puerta así?

   -Entra. Ya sabes dónde está la cocina. –le permite la entrada con voz algo urgida, dándole la espalda y emprendiendo la marcha.

   Los ojos del mocetón caen como dardos sobre ese trasero joven, altanero, redondo y paradito dentro del bóxer blanco, uno no muy largo… que traga la tela como si se la hubiera metido con los dedos. ¿Para recibirle?, se pregunta algo intrigado. Conocía al joven y nunca le había notado nada raro.

   -¿Y la señora? –siempre trataba con la mamá, una mujer avinagrada que invariablemente parecía molesta.

   -Salió. Tengo lo tuyo. –le mira sobre un hombro, ¿con picardía? ¿Con dobles intensiones en sus palabras?, el joven se pregunta, sonriendo tenue. Sabía lo que su cuerpo causaba en algunos mariconcitos cuando les llevaba el agua. Y en uno que otro don, también. Las propinas eran buenas.

   -¿Y me lo vas a dar? –pregunta con intensión, jugando, ¿cierto? La risita del otro, sus ojos brillantes, le provocan un escalofrío nuevo, desconocido.

   -Si lo quieres… -y sigue su camino. Automáticamente los ojos del joven van a ese culo, experimentando cierto repeluzco, pero también curiosidad.- ¿No es cansado ese trabajo? ¿Cargar toda esa agua?

   -Algo, pero es trabajo.

   -Por lo menos te sirve, tienes un gran cuerpo. –comenta osadamente, ya no pensaba con claridad. El otro se queda paralizado por un segundo, luego sonríe.

   -Gracias. A mucha gente le gusta. –y nuevamente los ojos van a ese trasero que se agita, firme, moliendo la tela del bóxer entre ellas mientras Emilio camina. Un culote grande, como el de casi todos los negros, se dice.

   Sonriendo nota el tensar del chico que pega el culo de la cocina con seis quemadores, cuando se dobla dejando el botellón de agua en el piso. Casi podía sentir su mirada como una caricia sobre la espalda y los brazos. Y si, estaba como más duro dentro del ajustado bóxer blanco, el cual destacaba increíble sobre su joven piel oscura, se descubre pensando. Se alza, se miran, nadie dice nada.

   -¿Tienes sed? –voz algo temblorosa, Emilio le pregunta.

   -Mucha. Hace calor. –responde recorriéndose con el dorso la frente, bajando la mano y con la punta de los dedos tocándose un poco el torso. Le divierte notar que el negrito maricón casi jadea.

   -¿Jugo o refresco?

   -Lo que quieras darme.

   La respuesta parece estremecer al Emilio, quien se vuelve, abre la nevera y se extiende para tomar un vaso del alto gabinete sobre el electrodoméstico, casi alzándose en la punta de los pies descalzos, el culo algo contraído, mordiendo la tela del bóxer de una manera totalmente erótica. Y los ojos del muchacho del agua no pueden apartarse de allí.

   Mierda, si eso no era una invitación…

   Algo tenso, temblorosos de ganas pero también de temor, por lo que siente (aunque sabe que esa guerra está perdida, no puede contenerse), y el ser rechazado por el otro, Emilio alcanza uno de los vasos buenos de su mamá, cuando siente una mano delgada pero firme y fuerte que casi se mete entre sus nalgas, empujando más la tela contra la piel, tocándole allí, y que comienza a subir y bajar, refregándole la raja del culo sobre el calzoncillo.

   -¡Ahhh! –se le escapa y con ojos nublados le mira.- Pero, ¿qué haces? –el chico está a su lado, mirada oscura, tocarle pareció volarle los tapones.

   -¿No es lo que quieres, negrito maricón? –responde con la pregunta e intensifica las sobadas, sube y baja la mano entre las nalgas, pero sus dedos también se agitan y en un momento dado, un tanto por debajo del hueco del culo, sobre el bóxer, rasca y le provoca cosquillas y calambres.

   -Ahhh… -es todo lo que puede responder Emilio, alzando más su culo, de manera inconsciente, echándolo también hacia atrás y separando las piernas. Dejándole hacer lo que quiera. Que tocara lo que gustara. Que tomara lo que deseara. La idea le es natural, fácil. Automática.

   -¡Maricón! –casi le acusa entre dientes, moviendo más la mano y los dedos, sabiendo que tocaba el botoncito que enloquecía al culón. Personalmente nunca le había ido toda esa vaina de lo gay más allá de paja con los amigos viendo porno, pero como muchacho vivía caliente y todo mogote bien merecía ser tanteado por su palo. Y, tal veraz, podría sacarle una buena mamada de güevo a ese negrito maricón de culo caliente. Ya imaginaba su tolete separándole los gruesos labios, cogiéndole la boca, ahogándole con carne dura, baba de güevo, semen y la propia saliva del chico.

   -No, yo no… -Emilio intenta defenderse de la palabrita, una que ha usado antes para insultar a muchos, pero calla para gemir.- Hummm… -le gusta, le gusta sentir esa mano atrevida y osada tocándole, esos dedos sobre su culo… Y comienza a menearlo, de arriba abajo contra la mano del joven macho, provocando la risa del otro.

   -¡Ah, negrito maricón! –le repite despectivo, pero también caliente. Con una mueca casi predadora, mordiéndose la lengua, mueve un dedo en el firme trasero de otro chico, y tanteando encuentra la entrada y empuja como deseando entrar con todo y la tela del bóxer, siendo recompensado por profundos jadeos del otro.

   Loco de lujuria, por la edad y el platillo tan fácilmente ofrecido, y en el cual podía saciar la eterna hambre de sexo, el muchacho hace algo que generalmente creería sucio, cochino como nada, y así, osadamente, mete una mano dentro del ajustado bóxer, palma abierta, recorriendo la tersa y cálida piel del joven, que se eriza bajo su roce, y enfila un dedo hacia ese culo algo peludo, penetrándolo sin mayores miramientos. No estaba como para eso.

   -¡Ahhh! –ladra Emilio, tensándose sus nalgas, echando la cabeza un tanto hacia atrás. Era un gemido de placer. El dedo entrándole rudamente le había, por un segundo, calmado un tanto ese calorón, el cual regresó en seguida con mayor fuerza.

   -¡Maricón! –le gruñe casi al oído, ronco de lujuria, el joven carga botellones de agua, su dedo totalmente clavado en aquel culito apretado, sedoso y ardiente.

   En verdad andaba buscando tan sólo una mamada, una boca era una boca, pero en cuando siente la forma en la cual ese culo atrapa, hala y hasta masajea su dedo, totalmente adherido a él, el güevo, hace rato erecto contra la holgada tela del jeans, le pulsa y babea. ¡Su verga quería culo! Saca un poco el dedo y vuelve a clavarlo, una y otra vez, adentro y afuera del algo peludo agujero del nalgón chico negro, y los gemidos de este se incrementan, como el vaivén de sus caderas, buscando el dedo y ser penetrado.

   -Oh, Dios, oh Dios… -estremeciéndose presa de poderosas convulsiones de deseo, Emilio es incapaz de entender aquello, o creer qué le ocurre. Sólo es consciente del indescriptible placer que le brinda ese dedo que penetra y sale de su culo, rozándole, rascándole un tanto cuando, con ese conocimiento instintivo del hombre para con el sexo, el chico lo flexiona un poco.- Ahhh…

   -Eres tan marica. –le ruge entre dientes, gozando de tenerle así, el bóxer por debajo de sus nalgas, cogiéndole con un dedo. Había algo en los redondos glúteos oscuros y ese agujero en donde aparecía y desaparecía su propio dedo que lo tenía al borde- Te gusta esto, ¿verdad? Que otros chicos jurunguen tu culo, que te metan vainas por el hueco. ¿Qué otra cosas te metes? ¿Güevos? ¿Te gustan los güevos? –demanda saber, cogiéndole aún más rápido con el dedo.- Te voy a coger duro, a llenarte con mi güevo y dejarte el culo lleno de leche, lo sabes, ¿verdad, negrito maricón?

CONTINÚA … 32

Julio César.