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LOS CONTROLADORES… 30

julio 5, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 29

CHICO CALIENTE QUIERE MIMOS

   -¿Seguro que no puedo interesarte en algo?

……

   -Jóvito… -comienza, luchando contra la oleada de lujuria que amenaza con ahogarle, imaginando bajar con el joven a una tasca en la Redoma, él tomando una cerveza, tal vez permitiéndole una al muchacho, ambos mirando a uno o dos carajitos de culos respingones. Algo dentro de él le decía que podían. Ir y conseguir apretados y dulces culos que ordeñaran sus vergas de manera gloriosa hasta sacarles las leches en medios de gemidos de gozos.

   -Vamos, papá, podemos…

   -¡No! –es tajante. Tiene que serlo.- Tu madre y tus hermanas regresarán pronto. –el otro, claramente inconforme, abre la boca.- No, hijo, debes controlarte. –le indica con fuerza.

   Por mucho que costara, se dice, extrañado por la intensidad de las ganas de culiar que tiene. Intenta apartarse de todo, de la conversación con el muchacho, de los recuerdos del maricón aquel gimiendo mientras le clavaba el güevo uno y otra vez en ese culo sedoso y ávido, suavecito de tanto semen. ¡Había sido una locura!, gritaba la parte “normal” de su mente, esa donde le gustaban mucho, pero que mucho, las mujeres, y donde no se revolcaba con tíos, ni le gustaba eso. Siente como la ansiedad le comienza a embargar ahora, ¿qué hizo? ¡Y una gente les vio en eso! No reconoció el vehículo pero…

   No, no, no debía atormentarse con eso. No le llevaría a nada. Ha sentido culpas antes, como cuando se acostó con una cuñada putona, pero esto era aún mas grave. Había tenido sexo con otro tío, mientras Jóvito estaba allí. Traga en seco, toando una toalla y frotándose con fuerza. ¿Acaso ocurrió realmente todo eso? ¿Encontró a su muchacho cogiéndose a un puto y también él lo hizo, compartiéndolo entre ambos? ¡No!, brama, cerrando los ojos. No quería pensar en ello otra vez o…

   -Termina ya. –le gruñe a su muchacho, quien, verga erecta, mojado, se medio sobaba.

   Pronto descubriría que era más fácil decirlo, prometerse algo, que cumplirlo.

……

   Algo frustrado, Gabriel Rojas se aleja de la urbanización donde perdió a los chicos de la compañía de filmación. Una vez que su viejo compañero de estudios identificó la casa donde “chicos amanerados entraban y salían decididamente maricas”, intentó echar una ojeada pero nada en la bonita aunque austera fachada le brindó alguna información. Le incomoda pensar también en su viejo amigo.

   -Entonces, ¿entiendes? –le preguntó algo apartados de la reja.

   -Oye, no soy idiota. –sonrió el otro, ojos brillantes como si estuviera soñando con la gran aventura que correría.- Esperaré los papeles que me enviarás identificándome como supervisor municipal de gas domestico, entraré y echaré un ojo. Mientras tanto vigilare quien entra y quién sale.

   -Okay, pero no te expongas. –no le gustaba nada de aquello. La reja cerrada era ominosa.- Intentaré averiguar a quién pertenece la propiedad. Nos vemos, llámame si… -la risa del otro le interrumpió.

   -Coño, deja de tratarme como si fuera retrasado. –no había maldad o ira en las palabras, sólo diversión, que acabó cuando, sin darse cuenta, peló la baja acera y casi cayó hacia atrás.

   Si, no sabía si había sido buena idea implicar al otro en todo aquello. El mal pálpito no le dejaba.

……

   Mientras se aleja rumbo al Centro, Gabriel Rojas por poco no se encuentra con otro carro de importancia a su propia historia, uno bajito, deportivo, bonito, ocupado por dos bellas chicas muy jóvenes. La conductora tararea algo que escucha en el equipo de sonido, cabello negro largo y lacio, unos lentes oscuros enmarcando un bonito rostro de piel canela; la otra, viéndose sexy a pesar de los anteojos de lectura, mira distraídamente por la ventanilla, disfrutando del cálido vapor de la ciudad que le llega como brisa. Frunce el ceño.

   -¿Puedes sentirlo? –se vuelve hacia la chofer.

   -No, Sabrina, a diferencia de ti no puedo sentir nada en el aire. –esta replica algo displicente, intentando no ahondar en ello. No quiere que la otra lea en ella que envidia un poco su habilidad. Y era muy capaz de hacerlo.

   -Muchas cosas están en movimiento. Encuentro… -Sabrina se lleva unos dedos a la sien derecha.- Hay tres o cuatro puntos calientes en toda la ciudad. Los controladores se están posicionando. Y la energía llena el valle. Se siente en todas partes. –frunce más el ceño.- Y es desagradable. Si no paramos esto nos quedaremos sin hombres. –eso arranca una leve sonrisa a Joanna.

   -Qué horror. ¿No puedes ubicar a los alfas?

   -No, y es extraño. Entiendo que uno o dos sepan cómo ocultarse de mí, ¿pero los tres? Hay alguien muy joven, descontrolado, afectando a otros, y no puedo verlo. –se oye algo frustrada.

   -Tal vez deberíamos, ya sabes, buscar en la fulana compañía de grabaciones. –Joanna pone en palabras lo que piensa. Conoció a ese tipo en el aeropuerto, sintió cuando este quiso analizarla, sondearla, resistiéndole. No sabía, en ese momento, que sería un “enemigo”. Menos a uno tan peligroso. Era una suerte que su abuelo, para ayudar a una vieja amiga a encontrar a su nieto, hubiera enviado a un investigador a indagar, el tal Gabriel Rojas, al que ella vio y “cubrió” con su habilidad. No le sería fácil a los controladores llegarle. Sus pensamientos oscuros son interrumpidos.

   -Nuestro sombrío amigo no quiere. Lo cree peligroso para nosotras.

   -Tan típico de un hombre, creer que puede más que nosotras. Pero esa sería la ruta más rápida para encontrar a los controladores y enfrentarles de una vez.

   -Mana, ¿no sientes algo extraño? –Joanna se vuelve y enfoca a la chica de anteojos.

   -Te dije que no puedo. ¿Qué tienes? ¿Tanto te inquieta todo esto?

   -Claro, los cambios que se están produciendo son grotescos, aunque no pueda explicártelos. Pero no es sólo eso… -ceñuda mira al frente, a través del parabrisas, enfocando aceras, árboles, carros y peatones.- ¿No sientes que ya has vivido todo esto? –rueda los ojos ante la ceja alzada de la otra.- No lo sé, me parece que… la realidad se siente extraña.

   -¿Una gran manipulación que nos está afectando? ¿A nosotros? –lo duda claramente, a ella era muy difícil que otro pudiera hacerle eso.- Entonces enfrentamos a alguien realmente muy poderoso. –eso la hace sonreír levemente. ¡Un ser poderoso! Ha visto y conocido gente notable desde que llegó con los otros, ella misma pudo identificar a varios, aunque no sabe cómo lo hace, y siempre se pregunta lo mismo, ¿quién es el más poderoso de todos ellos? ¿Serían esos controladores? ¿Gea?, a la extraña mujer le temía. Aunque no tanto como al sombrío chico en la casa grande y solitaria. Entre ella y Sabrina, en una lucha, ¿quién…?

   -Nuestras habilidades son distintas, amiga. –la voz, preñada de diversión, de la otra, le alteran.

   -¡Hey, sal de mi cabeza! –es tajante.

   -No necesito habilidades para saber en qué piensas –la contradice, sonriendo por primera vez en todo el día.- Mierda, todo esto me incomoda. Esos controladores, irónicamente, fuera de control. Y esta sensación de doble realidad. Es molesto. ¿Qué? –se vuelve hacia la otra, que miraba algo en una acera y luego por el retrovisor.

   -¿No viste al chico de la patineta? ¿Tendrá, qué, doce, trece años?

   -No me fijé.

   -Es uno de nosotros. –informa. La otra se vuelve en el asiento, enfocando la pequeña figura que se aleja en sentido contrario.- Están apareciendo como la verdolaga. En todas partes. Antes notaba uno que otro en meses. Ahora…

   -Puede ser por los controladores. Esa energía que emiten puede estar llegando a muchos.

   -Nuestro sombrío amigo debería ocuparse. Me parece que está demasiado pasivo esperando a ver qué ocurre. ¿Imaginas que un gran número de nosotros sea convocado por los controladores? –la inquietud es tan parecida a la que atormenta a Sabrina, que esta bota aire ruidosamente.

   -Ni siquiera sé qué estamos haciendo. ¿Qué quiere nuestro sombrío amigo de nosotras?

……

   Furioso, literalmente ardiendo de rabia, Tony entra en su casa. Su pecho agitado sube y baja con fuerza. Desde la cocina escucha.

   -Tony, querido, ¿eres tú? –y por un segundo extraño le parece que las cosas se desenfocan, no puede responder aunque sus labios se abren, ¿quién era esa mujer? ¡Mamá!, la respuesta le llega de manera automática, desconcertándole todavía más.

   -Si, mamá.

   -Llegas temprano, ¿quieres picar algo antes de la cena?

   -No quiero nada, gracias. –la corta y sigue hacia su cuarto, entrando y dejando caer su mochila, temblándole las manos. De rabia.

   ¿Qué coño le pasaba? ¿Qué ocurrió al llegar? Por un segundo no reconoció a su madre. ¿Qué le estaba pasando? Se deja caer de espaldas sobre la cama, molestándose más. Debía tomar un baño, una larga ducha. ¡Apestaba a Emilio Nóbregas! Y Rubén Santana… Lo siente, la cólera invadiéndole nuevamente, de manera total, llenándole, frío, casi insoportablemente helado, emanando de él, a borbotones.

   En la cancha deportiva del liceo, en medio de amigos que ríen, hablan a gritos todos al mismo tiempo para no contar nada que valiera la pena, Rubén Santana se tensa. Enrojeciendo sus cachetes, volviendo la mirada; como temiendo, y deseando, encontrar en la vereda a un chico guapo e insoportablemente maricón al cual no podía sacárselo de la cabeza.

   En los depósitos de basura, Darío Serra se tambalea y se deja caer, de pie, contra uno de los contenedores. Casi mareado de debilidad, famélico, hambriento. Horrorizado entiende que… ¡quiere mamar un güevo! Llenar su boca con uno nervudo y caliente, duro y  pulsante.

   En una quintica en La Florida, después de tomar esa larga ducha que Tony no tomó, un lloroso y roto Emilio Nóbregas todavía se pregunta qué coño le pasó, echado sobre su cama vistiendo únicamente un bóxer blanco que destaca bastante sobre su piel oscura. Ha llorado durante un rato; horrorizado repasó todo lo que hizo, y aunque quería culpar al marica de Moncada, recordaba claramente las cosas que sintió, el cómo se entregó. Ignora que fue controlado. Por eso sufre. Es cuando le siente, algo envolviéndole…

   No sabe qué es, pero alza la mirada, respirando pesadamente. Un calor abrazador, otra diferencia con Tony, le rodea y cobija. Es algo untuoso, grato, excitante. Oye como desde muy lejos, el timbre de la puerta de la calle, y el grito a alguien más de “yo me ocupo de esta”. Se asoma a su ventana, que da a la entrada, y se encuentra con el muchacho que siempre les lleva el botellón de agua mineral, un fibroso chico de unos veinte años de edad, piel cobriza clara, cara de granuja bajo un despeinado cabello negro. Se ve fuerte, de cargar esos botellones, por debajo de la ajustada camiseta y el jeans algo holgado. Le mira los bíceps, el torso, la bragueta, y traga en seco, la lengua pegada al paladar, horrorizándose al medio levantársele el tolete dentro del bóxer, e ir hacia la entrada, obedeciendo un llamado interno que no puede controlar…

   Con el culo latiéndole, picándole, pidiéndole atenciones.

CONTINÚA…

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 29

junio 11, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 28

CHICO CALIENTE QUIERE MIMOS

   -¿Seguro que no puedo interesarte en algo?

……

   Emilio no entiende de qué habla, pero se estremece, está cerca, a punto de alcanzar el placer de un estallido orgásmico, algo que él mismo intuye será épico… pero no lo consigue. No puede, y es frustrante. Angustioso. Menea sin reparos, sin ningún tipo de vergüenza, sin importarle nada, las nalgas de aquella pelvis, rozando sus entrañas de ese tolete joven y duro que todavía palpita y que aún deja escapar algo de un semen viscoso. Le parecía que Moncada había disparado un litro de leche caliente en sus entrañas, y su recto, instintivamente, se contraía chupándolo. Y nuevamente estaba cerca, su propio tolete sufre violentos espasmos mientras moja el piso de abundantes líquidos espesos… pero no lo logra. No lo alcanza. Quiere gritar. Y lo hace.

   -¡No! –jadea alarmado, casi lloroso cuando Tony retira nuevamente el güevo de sus entrañas, lentamente. Por un segundo su culo queda muy abierto pero ni una gota de esperma escapa. El otro sabe que no ocurriría, de alguna manera lo sabía, que el culo del joven absorbería todo… para su desgracia.

   -Tengo que irme. –anuncia con desprecio, alzando una ceja cuando Emilio se vuelve casi demandante.

   -¡No puedes dejarme así! –tiene la osadía de exclamar.

   -Tus mariconerías no son asuntos mío, puta. Busca a otro que te atienda. –es cruel, duro, y eso le agrada. Ser malvado con el otro le llena de una satisfacción lejanamente parecida al sexo.- Y cúbrete, te ves patético.

   Las palabras, el trato, dejan sin aliento al joven negro, quien se siente escarnecido, humilladlo, allí, totalmente desnudo y cubriéndose los genitales con las manos. Todavía le toca ver como el otro toma su camisa escolar y se limpia con ella, arrojándosela a la cara luego.

   Hirviendo de ira, pero también de algo más, el joven boquea, lleno de odio mientras le ve salir y dejar la puerta entornada, no cerrada del todo; pero no puede ocuparse de eso en esos momentos. Se sienta, culo pelado sobre el escritorio y comienza a masturbarse. Debía salir de eso primero. Tenía que, o estallaría de frustración. Se da y se da, lo tiene duro, lleno de ganas, desea estallar en leche, se siente muy cerca… pero no consigue el orgasmo. No puede. Su corazón late frenético, sabe que cada segundo que permanece ahí, en semejante posición, era peligroso para él, pero no se decidía a terminar su intento de paja. Oye unas risas afuera y pega un bote. Con manos temblorosas toma sus ropas y se viste a toda prisa. Tendría que aguardar para terminar eso. Y para arreglarle las cuenta al maricón ese.

……

   Detuvo al otro, se dice Tony con rostro pétreo, ceñudo, sin sentir alivio o paz. Emilio Nóbregas no diría nada, ahora. Pero seguía furioso. Vahos de ira emanaban de su cuerpo sin siquiera notarlo. No entiende muy bien el por qué de su enojo. ¿Fueron por las palabras del otro al tacharle de enfermedad? Podría ser. Claro que no fue porque…

   -Tony… -oye tras de sí la anhelante voz de Rubén, quien casi trota para alcanzarle. Se vuelve a mirarle, con dureza, notando la tensión del otro.

   -No tengo tiempo para ti. –le corta de entrada, mirando luego hacia la salida.

   -¿Hablaste con…? –traga en seco, sintiéndose extrañamente desasosegado. Nunca el otro le había rechazado así, de plano. No cuando deseaba de manera imperiosa acercarse y tocarle. Besarle. Lo sabe aunque nunca lo diría en voz alta.

   -Quédate tranquilito con tu novia, ya no tienes que temer que diga algo de tu virilidad. –casi le escupe la respuesta, dando la vuelta.

   -¿Te vas? –algo le obliga a detenerle. No quiere que Tony de vaya. No molesto con él, reconoce con vergüenza.

   El otro chico ni le responde, asegurando el morral sobre un hombro sigue su camino sintiéndose ruinmente feliz, intuyendo que lastima, de alguna manera, a Rubén. No se vuelve, pero sabe que sigue mirándole. Pero ni eso le importa en esos momentos. ¡Estaba celoso, maldita sea!

   Rato más tarde, todavía ceñudo, Rubén vería a su compañero de equipo y miembro del grupo de amigos, Emilio Nóbregas, saliendo también casi a la carrera, evitando su mirada. ¿Qué habría pasado entre Tony y él?

……

   ¡Maldita sea!, se dice Gabriel Rojas, recorriendo por segunda vez la algo solitaria acera, mirando hacia las casas de buen ver, nada ostentosas u opulentas, pero si bien cuidadas, arregladas con esmero. Bonitas. El vehículo que traía a los dos chicos que salieron del estudio de filmación había desaparecido fugazmente de sus ojos cuando un motorizado le frenó en seco una esquina antes. Mientras se gritaba con el sujeto, el cual venía comiéndose la flecha y cruzándose sin mirar, este todavía tuvo las bolas de reclamarle. Bastó eso para perder a los chicos de vista. Recorrió la calle a toda velocidad y no vio el vehículo, retrocediendo, imaginó que penetró en alguna de las casitas o quintas, tras sus verjas. ¿Pero cuál? Estacionándose, encendiendo un cigarro,  bajó de su vehículo, disponiéndose a esperar.

   -¿Gabriel? –la voz a sus espaldas le sobresalta, después de todo estaba acechando gente. Se vuelve y encuentra a un sujeto de contextura algo más baja, de cabello liso y lacio que escasea en la coronilla, de ojos grandes, dolorosamente sonrientes y alegres, de boca delgada y dientes superiores algo grandes, que le daban junto a su barbilla estrecha un aire de debilidad.

   -¿Román Guedez? –se desconcierta, era un viejo condiscípulo del bachillerato, alguien con quien muchos se metían por su flacura, y al cual tuvo que ayudar en más de una ocasión. La sonrisa del otro se ensancha y le abraza, desconcertándole tal demostración de afecto. En público.

   -Si, amigo, soy yo. Qué bueno encontrarte. –retrocede.- Joder, estás como más grande y fuerte. ¿Qué haces por aquí? –le mira de manera abierta.

   -Estoy trabajando –casi se le escapa, y se golpea mentalmente la frente al verle abrir aún más los ojos.

   -¿Sigues a alguien? –pregunta mientras mira indiscretamente en todas direcciones; Román conocía su trabajo.

   -Sí, pero baja la voz. ¿Qué haces tú por aquí? –le ve desinflarse.

   -Busco trabajo, había una oferta, pero era para vender biblias, pero de mormones, eso no se vende jamás. –se ve desalentado, sus ojos se llenan de una muda súplica que inquieta a Gabriel.- Oye, ¿no tendrás algo para mí?

   -No, yo… -se siente culpable, siempre fue así. Desde que le ayudó en el bachillerato, el otro comenzó a seguirle como un perrito faldero, tanto que le exasperaba a veces, como también las bromas que hacían los otros chicos sobre su “novia”, y con tres cervezas encima, en una fiesta escolar, le golpeo una vez, haciéndole caer y golpearse la cabeza. Conmocionándole. Fue uno de sus peores momentos en la vida, dejándole lleno de culpas para con el otro.- No sé…

   -¿A quién buscas por aquí? –indaga, mirando las casas.- Llevo tiempo dándole vuelta a este lugar. Ofrecen empleos muy extraños…

   -Seguía una camioneta que… -se encuentra casi obligado a responderle, debilidad que reconoce siempre ha sentido frente al tipo sonriente y dientón.- Son unos chicos… -le ve parpadear.- ¿Sabes algo?

   -De esa quinta… -señala un lugar anodino, solitario, cercado por una reja alta, bajo la sombra de una enorme mata de mangos, el portón de un estacionamiento impide ver qué vehículo reposa allí.- …Entran y salen muchachos… extraños.

   -¿Cómo que extraños?

   -Hay algo de… Se ven maricones cuando llegan, luego parecen aún más mariconcitos cuando salen. –arruga la frente.- Creí que tal vez era un negocio de esos, ya sabes, escoltas y acompañantes. –la información deja a Gabriel sin palabras. Mira tú por dónde saltaba la liebre. Le mira.

   -Oye, puede que si tenga un empleo para ti. –ofrece impulsivamente, y casi se arrepiente al verle sonreír con toda la cara.

   -Genial. –jadeo en estasis.- ¿Qué tengo que hacer?

   Gabriel procede a explicarle, lentamente, todavía preguntándose sí no estaría cometiendo un error. No sería hasta mucho después que el fornido sujeto se arrepentiría de aquella acción.

……

   Muy al este capitalino, en el intermedio de una carretera accidentada que sube y sube, con curvas algo cerradas y generalmente solitaria, una vacía gasolinera ve caer la tarde. No hay nadie al frente, ni clientes ni trabajadores. En la parte posterior del negocio, en el patio, bajo un teco de zinc, dos hombres toman un buen baño, desnudos en pelota, padre e hijo. Onésimo Malavé y su retoño se enjabonan y enjuagan tomando agua de unos pipotes llenos por una manguera, donde lavan autos de tarde en tarde. La pareja es una exuberante muestra de virilidad. No hablan entre sí, ni siquiera cuando el mayor le tiende al otro un pote de champú; tan sólo se mojan y refriegan sus cuerpos húmedos y jabonosos, toscamente masculinos. Parecen ausentes…

   Posiblemente cada uno recordaba su parte en la tremenda jodienda que le dieron al tipo ese, el marica de nalgas y culo peludo que usaba ese endemoniadamente erótico hilo dental blanco. Por su parte, por ser mayor, Onésimo todavía se pregunta qué le ocurrió para dejarse llevar así. Recuerda cuando su muchacho terminó de correrse por segunda o tercera vez en ese culo vicioso y hambriento, casi las mismas que se corrió él, y vieron a ese tipo jadear desfallecido contra la capota de su camión grúa, las piernas abiertas, el hilo dental entre sus nalgas velludas totalmente mojada, el semen, la gran cantidad de leche masculina depositado en él, escapando lentamente. Una visión enloquecedoramente erótica, ver el culo de otro carajo rezumando el semen propio. En ese momento, cuando debió sentir vergüenza por lo hecho, especialmente frente a su hijo, y junto a su hijo, la visión de ese culo enlechado le provocó otra semi erección. Hormigueo que se incrementó cuando el tipo, finalmente, como robándole fuerza a la debilidad producida por el goce sexual, se enderezó, levantándose con piernas temblorosas, volviéndose hacia ellos, masculino en su apariencia, con la pequeña pantaletica blanca totalmente mojada con su propia esperma, de las corridas que había sufrido sin tocarse mientras dos hombres llenaban, jodían y enlechaban su culo goloso.

   Fue ver el anhelo en esos ojos, como si todavía quisiera más, lo que le erizó. Y algo le decía que a su muchacho también. Pero si todo eso parecía irreal, más lo fueron las palabras del marica, mirándole a ambos, sonriendo con ojos brillantes.

   -Gracias por joder mi coño caliente, señores. Espero que pronto se repita y que me vuelvan a coger duro… Si quieren, pueden traer amigos. Díganles que conocen a un puto que quiere todos los güevos del mundo –les dijo complacido, sonriente. Inquietante y excitante.

   -Mierda, papá… -la voz de Jóvito le saca de esos recuerdos y le mira, totalmente cubierto de agua, ojos parpadeantes, el cabello pegado a su nuca.- Quiero otro culo rico de maricón para coger… -le informa respirando pesadamente, su tolete alzándose.- Vamos a bajar a la redoma, busquemos un mariconcito y vamos a llenarlo de güevo, lo enloqueceremos entre los dos mientras lo hacemos gritar de  gusto. –había urgencia en su tono, casi anhelo, y el tolete estaba más y más duro.

CONTINÚA … 30

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 28

mayo 21, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 27

CHICO CALIENTE QUIERE MIMOS

   -¿Seguro que no puedo interesarte en algo?

……

   Sonríe malignamente mientras le penetra, una y otra vez lanzando su güevo increíblemente tieso, y estimulado, dentro de las apretadas y sedosas entrañas todavía virginales del chico negro al que folla estremeciéndole sobre el mesón del odiado profesor de Matemáticas. No es totalmente consciente de que se ha dejado llevar por esa fuerza que emane de él, pero que también desea dominarle, que le grita que es el rey del mundo y puede tener todo lo que quiera. Tan sólo respondió a la rabia del momento, una que le dominaba desde que vio a Rubén Santana con la novia, intensificándose con el cuento del compañero de clases que le insultó mientras se disponía a “acabar” socialmente, con Rubén. En verdad, esa parte, no le había inquietado tanto, un Rubén desprestigiado, siendo víctima de burlas, escarnecido y perseguido por los demás le convenía. Que todos le tacharan de marica, le insultaran, que el mundo se le hiciera chiquito y que únicamente le quedara él como faro, como refugio. Pero las cosas que Emilio Nóbregas había dicho…

   Todo se conjugó para que estallara, por eso le llevó de la mano a ese solitario salón, casi empujándole hacia el escritorio; obligándole a darle la espalda, le abrió la correa y el pantalón, momento cuando algo de conciencia, o miedo, se coló en el ánimo del delgado y fibroso muchacho de color, pero un leve manotazo dado desde atrás, en su nuca, pareció confundirle, controlarle. El pantalón bajó hasta sus rodillas, y gimió y se estremeció, asustado pero recorrido por una excitación totalmente nueva cuando la blanca mano de Tony, con posesividad, deseando darle a entender quién era el macho ahí, le sobó el trasero sobre el ajustado bóxer rojo, algo largo, con codicia y desdén por sus sentimientos, como si fuera una cosa. La mano entró dentro del bóxer y por primera vez Tony sonrió con agrado, la tersa y joven piel del chico, de sus nalgas, era maravillosa bajo su palma. Para Emilio fue una sensación totalmente nueva, que no podía procesar, pero sabía, amoratado de vergüenza, que mecía su culo, que quería experimentar la sensación de la mano del otro chico acariciándole, tocándole así, allí, los dedos deslizándose por sus glúteos erizados y con piel de gallina, metiéndose en la raja, recorriéndosela, los dedos cepillando la entrada de su culo, uno que echaba hacia atrás, contra esa mano intrusa, de manera desesperada.

   Y si, cuando el dedo entró, se asustó y sintió algo de incomodidad; pero algo en su cabeza voló por los aires, cayendo finalmente en su sitio, cuando ese dedo se le enterró todo. Era como si… como si Moncada hubiera tocado un botón que despertara de manera mecánica todo tipo de lujuriosas respuestas a esos estímulos increíbles. Cuando le bajó el bóxer con la mano libre, dejando al descubierto sus nalgas negras más claras, con la otra mano allí, la que le tenía el dedo clavado en el culo, Emilio gritó sin poder contenerse, estremeciéndose con los brazos extendidos y aguantándose del mesón. Ese dedo iba y venía, duro, rápido, cogiéndole, abriéndole, metiéndole un poco lo pelos. Pero fue poco a cuando sintió sobre la circunferencia de sus glúteos el choque de una barra caliente, dura y pulsante, y supo, cerrando los ojos y dejando escapar otro gemido, que Tony se había sacado el güevo y le golpeaba con él como quien toquetea con una rama, sobre su trasero. Lo insólito era lo mucho que le gustaba cuando la verga golpeaba, tocaba y se frotaba de sus carnes. Quería eso. Y ese dedo, por ello separó sus piernas, abriéndose. Ofreciéndose.

   -Este culo quiere güevo.  -le escuchó, burlón, insultante, y tan sólo pudo tensarse, boca y ojos muy abiertos cuando Tony le atrapó la cintura, colocando ese güevo de buen tamaño entre sus nalgas, frotándolo allí, de arriba abajo. Y supo que su propia verga soltó un chorro de líquidos de lo mucho que le gustó que ese compañero de clase lo usara para frotarse la verga, por lo caliente que aquello era.

   La blanca rojiza cabeza presionó del arrugado y ligeramente peludo culo negro, forzándole, Emilio tensándose y gritando cuando fue penetrándole. Y más gritó, tensándose totalmente y alzándose, chocando del cuerpo de Tony, quien casi le abrazó, cuando la dura barra de carne masculina penetró totalmente su agujero secreto de hombrecito. Y sentirlo adentro, llenándolo, palpitándole, poseyéndole, obligó al chico a gemir y temblar de emoción, gritando de manera entregada, casi femenil del placer que sentía. Sus tetillas bajo el uniforme eran masas duras que necesitaban las manos de Tony, que penetraron y atraparon, pellizcándolo, provocándole más gemidos. Su verga era una  tiesa barra chorreante de jugos.

   -Ah, mira como te chorreas cuando un güevo te penetra. –le oyó, ronco, contra la oreja.- ¿No es lo mejor que has experimentado nunca, ser poseído así por un hombre?

   Y era así como estaban ahora; vestido uno, con una mueca en su rostro, metiéndole y sacándole el güevo del culo al otro, un chico esbelto, oscuro claro, totalmente desnudo. Tony lo quería así, en inferioridad de condiciones para hacerle consciente de su vulnerabilidad, aplastándole las redondas nalgas con la pelvis al encularle, montándole una mano en la nuca y derribándole casi violentamente sobre el escritorio del profesor, aumentando el ritmo de sus embestidas. Y al caer sobre el mesón, abriendo las manos para sostenerse, rostro contra un libro, Emilio Nóbregas gime y grita, de sus labios gruesos escapan alaridos de intensa y profunda lujuria, la que le ocasionaba estar siendo utilizado así, aunque no lo entendiera, sabiendo que… Y roza el rostro del libro, moviendo la cabeza, gritando más ante la idea: el güevo blanco rojizo del marica ese clavándosele en el culo.

   A lo lejos se oye un timbre, también gritos y voces, gente que corre aunque alguien les advierte de no hacerlo; era el mar de chicos que, alegre y voluntariosamente iban a sus salones a recibir clases. Eso los excita, uno sabiendo que lleva las de ganar, se le sabía gay ya, el otro por lo “grave” de su situación, mientras su cuerpo era agitado de adelante atrás sobre el escritorio del profesor por las fuerza de las cogidas que un compañerito de clases le daba, en la escuela, en un aula, mientras las clases comenzaban a su alrededor y las voces, gritos y risas del muchacherío era claramente audible.

   ¿Lo increíble, desde su punto de vista para Emilio?, lo mucho que le gustaba ser tratado así, lo que ese maricón le estaba haciendo, retenido por esa mano en su nuca contra el mesón sobre el cual se agita su cuerpo por las cogidas, sintiendo como el grueso tolete caliente y pulsante del chico se retira casi todo, para luego clavársele, abriéndole, rozándole las paredes del recto, dándole en lo profundo al tiempo que le golpean las bolas fuera de la bragueta. El chico sabe que quiere eso, ser cogido así, de manera total, inmisericorde, oyendo al otro rugirle, entre risas, que menea ese culo sabroso, que amasa su güevo como los buenos, que se nota lo mucho que quería un macho. Todas esas palabras le marean, le hacen perder el control, y sonríe beatíficamente, algo de baba manchando aquel libro.

   El tolete sale, casi totalmente, blanco rojizo, surcado de venas, deteniéndose, y agitado, Emilio casi enrojece sobre la mesa, porque siente como su esfínter lo hala, lo atrapa, lo desea. Y cuando se le clava con un “tómalo, maricón, que se nota que te hace falta”, gime largamente, de manera escandalosa. Si, ¡quiere ser cogido y tratado como una puta barata!, ¡quiere que todos sepan que es una puta barata! Esa idea le rodea, penetra, embarga, y su erecto tolete bota un mar de líquidos espesos que se agitan al caer, por las embestidas. Chilla tanto con cada nueva enculada del joven blanco, que este, soltándole la nuca, viendo como eleva el rostro, le cubre la boca.

   -Silencio, puta, silencio, todavía no estás lista para darte a conocer al mundo. Necesitas algo más. –le gruñe, halándole, amordazándole, casi obligándole a arquear la espalda.- Vamos, muéstrame de que eres capaz, pórtate como un hombrecito grande y ordéñame el güevo con tu culo negro… -las palabras fluían con facilidad, con maldad. Y ríe, ronco y bajo, teniéndoselo bien clavado en el culo, notando como esas entrañas se agitan, lo halan y trabajan.

   -Hummfff… -es todo lo que puede agregar, contra la mano de ese chico del que se burlaba y que ahora se había transformado en una bestial sexual que le dominaba, que le machacaba el culo una y otra vez con su poderosa barra, así lo pensaba, haciéndole estremecer, gemir, mecer su agujero vicioso contra esa pelvis, frotándose, y queriendo más de toda esa joven y dura masculinidad.

   -Si, sabía que lloriquearías cuando te cogiera, puta barata. –le sobresalta escucharle, ¡era lo que había estado pensando!, y eso le hizo botar aún más líquidos por la verga.- Esto es lo que querías, ¿verdad? Un güevo por tu culo, llenándotelo, rascándote esa piquiña de machos que tenías. –le ruge, halándole más, casi contra su cuerpo.- ¿Es lo que querías de Rubén? ¿Qué te cogiera en los vestuarios después de las prácticas, él sudado metiéndotela por tu culo sucio y mojado? Dime, ¿te gusta oler sus calzoncillos, lamer sus suspensorios? –le gruñe, y hay algo de enojo en todo ello, como de… celos.

   -Humggg… -Emilio medio vuelve los ojos, para verlo, como un cervatillo atrapado.

   -Has insultado durante mucho tiempo a mucha gente, Nóbregas, ahora te toca a ti ser el hazmerreir. Por suerte, te gustará ser humillado y usado como te usarán todos. –le promete.

   Emilio se estremece todo, como presintiendo un peligro real, pero cuando el otro, soltándole la boca y atrapándole una rodilla, obligándole a subir la pierna sobre el escritorio, muy elásticamente separándole más las nalgas, comienza un mete y saca aún más violento, tan sólo puede gritar, echando la cabeza hacia atrás, boca muy abierta, ojos cerrados. Olvidado de todo, nada importaba como no fuera la experiencia de esa tranca pulsante y dura que le quema las entrañas, que le hacía delirar a cada pasada, que le provocaba temblores por todo su cuerpo. Ahora sólo desea una cosa, algo que jamás en su vida había contemplado, la posibilidad de recibir la esperma acumulada en esas bolas que le golpeaban las nalgas a cada embestida.

   ¡Quiere que Tony le deje el culo lleno de leche!, y la idea le hace tragar, abriendo los ojos, sorprendido. ¿Lo pensó?, ¿el otro se lo dijo?, no lo sabe, sólo lo espera.

   -Tómala toda, puta barata. Toma toda mi leche. –le ruge Tony al oído, escuchándose bastante en el silencio de un piso de muchachos en clases.

   La siente llegar, de alguna manera Emilio lo sabe, con un jadeo de anticipación, tal vez por la dureza de la barra de carne de Tony llenándole aún más el culo, o por su temblor, las pulsadas intensas, pero sabe que el chico está a punto de vaciar las bolas, de disparar su carga de espermatozoides en sus entrañas. Un chico iba a corrérsele adentro. Otro chico iba a llenarlo con su leche. E instintivamente relaja las paredes de su recto, sintiendo el primer disparo, profundo al tenerlo ese güevo tan clavado, golpeándole allí, donde el otro le da y le hace gemir de gusto, y la sensación casi le hace flotar. Grita al sentir el segundo disparo, toda esa leche llenando su culo, Tony sacándola lentamente, chorreando esperma caliente y viscosa por todo el camino mientras se retira.

   -No… no… -gimotea, volviendo el rostro, ardiendo también, sintiendo su culo como más urgido, más caliente y mojado ahora con la esperma de Tony.

   La quería adentro para correrse también, ya que estaba tan cerca. La mano del otro sobre su nuca le derriba otra vez sobre el mesón, cosa que le hace gemir de gusto, al sentirse sometido así, y porque ese tolete cilíndrico vuelve a enterrársele en sus urgidas entrañas, ahora tensas, deseando atraparle, halarle. Pero es la voz de Tony la que le llena de desconcierto… y temor.

   -No, puta, no alcanzarás tu orgasmo. No tan fácil. –las manos del chico le atrapan la nuca, y siente pequeñas vibraciones desconcertantes que parecen provenir de los dedos que le halan y obligan volver al rostro a mirarle.- Tres… -le dice sonriendo, sentencioso.- Ese será tu castigo, maricón reprimido. Pronto lo entenderás.

CONTINÚA … 29

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 27

mayo 9, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 26

BOY HOT

   La hora de los mininos.

……

   William Contreras estaba molesto; Nancy, su mujer, había insistido en tomar aquella ruta, entrando por Petare, buscando un aserradero donde esperaba encontrar puertas de madera, no procesadas, que resultaran más baratas ahora que había decidido reemplazar todas las del apartamento. Justo ahora que todo costaba un ojo de la cara y cuando todavía no terminaban de montar el baño nuevo. Había insistido en que sólo “mirarían y preguntarían”, pero ya la veía embarcada en la faena, insensible, aparentemente, a sus argumentos de que el presupuesto no alcanza en esos momentos para tantos cambios. Pero debía darle por su lado, meterse por esa horrible y solitaria zona, siempre subiendo, o de lo contrario ella le recordaría hasta el final de los tiempos que nunca quiere hacer las cosas y que vive achantado. Por ello, mientras ella hablaba hasta por los codos del tiempo que han perdido desde el diciembre pasado para terminar esos arreglos, él guarda un malhumorado silencio, sospechando, hace rato, que en algún punto cometieron un error y la serpenteante, delgada y accidentada carretera no les llevaría al fulano aserradero.

   -¡Oh, Dios mío! –un grito escandalizado, y muy molesto de la mujer, le sobresalta, literalmente, perdido como estaba en sus funestos pensamientos.- ¡Mira a esos degenerados! ¡Están tirando en plena calle!

   En los hombres heterosexuales, en lo referente al sexo gay, hay dos fuertes y contradictorios sentimientos que se enfrentan y coexisten al mismo tiempo: les divierte de forma obscena y sucia como un chisme, pero al mismo tiempo les disgusta ver a los sujetos con mariconerías cerca de ellos; en mayor o menor medida, según el hombre en cuestión. Y William Contreras no era ninguna excepción a la regla. En cuanto su alarmada mujer le señala la escena a un lado de la carretera, en aquel parador con pinta de gasolinera con venta de basuritas automovilísticas, se queda con la boca abierta. Allí, bajo el sol, a la vista de cualquiera que pudiera pasar (y era una posibilidad real por muy apartado que estuviera ese lugar), dos hombres estaban de pie, uno joven, con un güevo tieso como pata de perro envenenado, y el otro, un adulto recio y masculino, quien estaba cogiendo rítmicamente a un tercer carajo que está de espaldas sobre la capota de una camioneta tipo grúa. Y ese tipo gemía, se arqueaba y prácticamente sollozaba de placer mientras su culo era arado, una y otra vez con rudeza, por el otro.

   -Malditos ociosos. –ruge, colérica, Nancy, volviéndose hacia su marido.- ¿Puedes creerlo? Da la vuelta y vámonos de esta vaina.

   Sonriendo leve, del malestar de su mujer (se lo tenía merecido por andar arreándole como lo hacía), el hombre gira el volante, mirando, a pesar de todo, a los carajos que joden tan libremente bajo la luz del sol. Le impresiona, aunque jamás lo diría, la cara y porte del chico que sonríe, su verga rezumando algo de líquidos o semen, altanero por la buena pieza que tenía entre las piernas. Así, intrigado y molesto, asqueado pero interesado, William se aleja, comenzando a descender el camino andado, todavía tocándole escuchar las quejas de Nancy, quien habla del fin del mundo, que ya no quedaban hombres y que deberían denunciarlos con la policía.

   Por un segundo, Jóvito y Onésimo se miran, este deteniendo las embestidas, mientras observan alejarse el vehículo, y comienzan a reír de manera descontrolada, como si aquello fuera realmente una broma, un chiste. O una hazaña. No estaban pensando con claridad. El hombre mayor, teniendo el güevo bien clavado en aquel culo que se lo apretaba y chupaba, con su hijo al lado, exhibiendo descaradamente su tolete tieso, se eriza con todo lo ocurrido. Una gente pasó frente a su negocio y le vio cogiéndose al marica ese. Esa imagen le excita todavía más. Reinicia sus embestidas, con fuerza, estremeciéndole sobre la capota que rechina, golpeándole con las bolas. Eso logra que Wilmer Soteldo grite largamente de placer, las paredes de su recto necesitando mucho de aquello, de la pulsante pieza de un macho que las satisficiera.

   -Mierda, papa, cómo le gusta un güevo bien clavado en el culo. –comenta Jóvito, maravillado, riendo vicioso.

   -Y se nota que ha repartido bastante culo, pero con nosotros dándole si es verdad que no tiene vuelta atrás, se morirá maricón y añorando güevos. –ruge Onésimo, sintiéndose poderoso; con una mueca tipo sonrisa mira al sujeto y comienza un rítmico cepillado con sus verga dentro de aquellas entrañas.- Cuéntame, maricón, ¿cómo fue la primera vez? ¿Un primo te atrapó en las duchas cuando eras chico, haciéndote tragar su güevo, metiéndotelo luego por el culo, haciéndote saber que eras un puto así tomado a la fuerza y en contra de tu voluntad? ¿O fue un tío de visita una tarde? No, seguro que siempre has amado repartir culo, que te den así… -empuja duro, casi meciéndole sobre la capota.- Así… así… -el grueso tolete salía casi hasta el glandes antes de volverse a enterrar.- Esto era todo lo que necesitabas para ser la reina de tu escuela y tu cuadra, ¿verdad? –ruge poderoso; Wilmer gime cada vez más, también afectado por aquella palabras, así como Jóvito, que ríe con ganas.

   El hombretón ruge, apretando los dientes, temblando ricamente, de una manera intensa, su tolete parece una barra de acero al rojo vivo cuando comienza vomitar su carga; Dios, la intensidad de ese orgasmo era todavía mejor que el anterior, y duraba y duraba. Teniéndole el güevo clavado hasta los pelos, este, pulsante y caliente, emitió una carga mucho menor de semen en aquellas entrañas ya bañadas. Y sobre la capota, gimiendo, ojos cerrados, Wilmer sonreía recibiéndola. Con una mueca, el hombre le saca el güevo; el carajo, tembloroso, queda allí, piernas medio caídas.

   -¡Eres tan marica! –le lanza, respirando pesadamente.

   Sin embargo sonríe cuando su hijo, Jóvito, con una mueca, pasa a su lado, le toma las piernas al carajo, que le mira sonriéndole leve, apartándose él mismo el muy empeguntado hilo, exponiéndole su culo. Y el muchacho se la clava con un golpe, duro, desplazando todo ese semen. Los dos rugen de placer, el güevo siendo apretado y chupado, las pareces de ese recto sintiendo las pulsantes vibraciones de la rugosa pieza. Jóvito retira unos centímetros su tranca y vuelve a clavársela, apretando los dientes, sintiendo como las piernas del otro le rodean la cintura, halándole, como obligándole a metérsela más todavía.

   -Toma, toma, maricón, tómalo todo. –le gritaba ronco, lujurioso.

   Estremeciéndose por la intensidad que nota en su hijo mientras se coge el culo del maricón donde acaba de derramar sus bolas, Onésimo se mira su propia tranca. Estremeciéndose. ¡Todavía estaba dura! También le parecía que sí, que estaba como más gruesa, algo más voluminosa. Levanta la mirada hacia su hijo, quien tiene los ojos cerrados, la cabeza algo echada hacia atrás, los rayos del sol bañándole, mientras sigue enculando con fuerza al maricón ese, que se arquea sobre la capota, gritando imposiblemente puto y feliz, la verga temblándole bajo la muy empegostada tanga, mojándola otro poco más. Había alcanzado otro orgasmo mientras su culo, no, su coño era penetrado y estimulado por la masculinidad de un hombre de verdad.

   -Vamos, hijo, dale duro. Preña al puto. Déjale un hijo en la barriga. –aúpa a su muchacho, sintiendo ganas de ocupar otra vez su lugar y volver encular al marica.

   Pero, claro, no todo podía ser tirar, ¿verdad? También había que trabajar y pronto el resto de la familia regresaría. La idea le produce desazón. Si, preferiría seguir cogiendo maricas.

……

   -Adelante, chico. –Bartok, sonriendo, le indica a los jóvenes dos sillas frente a su escritorio. Su hermoso semblante eriza la piel de los muchachos cuando toman asiento, sonriendo algo avergonzados, como adolecentes enamorados ante una estrella de cine.

   Ernesto garzón, el joven asistente de vuelo, se ve bien; le habían pintado mechitas platino en el cabello, que contrastaban bien con su tono de piel color caramelo claro. Leonardo Pompa, el nieto de Irene Wollmer, se veía… Bueno, bonito, mucho, de una manera ligeramente amanerada tipo nena. Los dos tenían ya un inocultable tumbadito amanerado. Aunque los han mantenido, en la red, dentro de ciertos límites. En las fantasías de los clientes siempre deberán parecer chicos ingenuos pero heterosexuales, vírgenes, siendo tomados por adultos agresivos y poderosos que los transformaban a fuerza de vergas.

   -¿Ocurre algo, Bartok? –pregunta finalmente Leonardo, con cierta candencia, indicándole a su colega de filmaciones que tiene confianza con el guapo jefe. Había cierta competencia entre ellos, algo que ni siquiera el apuesto controlador puede corregir. Su amo si podría.

   -Si, pero todo bien. Un importante productor internacional quiere conocerlos… -sonríe, echándose hacia atrás en su sillón, emanando algo de él que alerta a los chicos, les excita.- Promete abrirnos el mundo. Europa, Asia… y mucho dinero. Hay promesa de oro del bueno para todos nosotros al final del arcoíris. -se inclina sobre el escritorio.- Así que les pregunto: ¿están interesados en conocerle? –sonríe socarrón, esos muchachos no tenían ninguna oportunidad de negarse, no cuando les manejaba, como hacía en esos momentos, para que sus culos sintieran calores y picor.

……

   Poco después, vistiendo de jeans, botines deportivos y chaquetas tipo universitarios, Leonardo y Ernesto, pareciendo dos chicos cualquiera que iban a pasear por ahí, salen de la productora. Se dirigen a una camioneta que les espera, suben y se alejan. Un poco más allá, Gabriel Rojas lanza una bocanada de humo y arroja el cigarrillo al suelo, pisándolo y subiendo a su viejo carro. Siguiéndoles. Tenían que hablar con Leonardo a solas, lejos del equipo de producción. Fuera de la mirada de ese extraño sujeto, Liam Bartok, que a veces le observaba de manera curiosa, produciéndole una reacción singular: repulsa. Pero, ahora, llegaba el momento de hablare y, tal vez, raptar al chico.

……

   -¡Ahhh…! -grita Emilio Nóbregas sin poder contenerse, echando la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos, su rostro suavemente negro algo reluciente, de su boca muy abierta escapa algo de saliva, estremeciéndose cada vez que el blanco tolete de Tony Moncada sale casi hasta el enrojecido glande y vuelve a clavarse en sus entrañas, profundo, con golpes fuertes dándole en alguna parte que le tenía temblando, erizado, gimiendo putonamente, con las tetillas duras, su propio tolete, tieso y agitándose por la fuerza de las cogidas, rezumando jugos.

   -Toma, tómalo todo, coño’e tu madre. –le ruge Tony, entre dientes, con una mueca depredadora de poder y control casi cruel.- Apriétamelo así, con tu sucio culo negro de maricón. –las palabras le llegaban solas, gruñéndolas con fiereza, notando como el otro respondía a ellas.- Lo tienes tan hambriento y caliente que no creo poder; dime, ¿llamamos a tus amigos en la entrada del liceo para que vengan a ayudarme a satisfacerte? –le pregunta casi a un oído, después de clavárselo todo, aplastándole las redondas nalgas de color.- ¿Llamo a tus amigos para que te cojamos entre todos?

CONTINÚA … 28

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 26

abril 29, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 25

BOY HOT

   La hora de los mininos.

……

   -Lo sé, le sentí.

   -Hay alguien más, ¿verdad? No un controlado. –le tantea el otro.

   -Si, maestro, un chico. Me sorprendió su potencial cuando le conocí, por pura casualidad, en el Metro. Tiene un gran poder, aunque él mismo lo ignora. Fue extraño, por su edad ya debería haberse encontrado con otros, pero aparentemente no ha sido así. –hay un silencio que le incomoda.

   -Si, curioso; seguramente es como dices, pero sé prudente. Aunque hay gente buscándonos ya, como imaginarás. Y son poderosos.

   -Anómalos. Conocí a una, a mi llegada al aeropuerto, hace poco.

   -Te vio. Eso es malo, es más fácil ubicarte conociendo tus facciones. –eso inquieta al atractivo catire.- He visto tu trabajo, debo reconocer que es sensacional. Te has superado, Liam. –la lisonja le hace sonreír.- Yo mismo he dado algunos pasos, como sabes, pero dos de tus chicos son estupendos para la tarea. –adivina fácilmente de quienes se trata.- Envíamelos.

   -Si, maestro.

……

   Moviéndose exactamente como si tuviera un palo metido por el culo, y con la misma cara de molestia, Tony Moncada sube a la segunda planta del instituto buscando un lugar solitario y tranquilo. Necesita calmarse. Sabe que de alguna manera todo ha cambiado. Si dejaba que la ira le dominara, si perdía el control, no sabe qué podría ocurrir. Y estaba furioso. No quiere pensar en nada como no sea que es un chico egoísta, que siempre lo ha sido, jamás le ha gustado compartir sus juguetes. Su madre podría atestiguarlo. Por ello, se dice, le molestaban las atenciones que la hermosa Vanesa le brindaba a Rubén. Eran novios, después de todo, se recuerda; pensamiento que le quema como ácido en la garganta. Ella creía que Rubén Santana era aún el mismo de siempre. Ignoraba que ahora le pertenecía. ¡Rubén era suyo!

   La idea, intensa, posesiva, dolorosamente obsesionante, le enferma. Y si a eso se sumaba la profunda sensación de frío que le dominaba justo en aquellos instantes, tanto que sus dedos le duelen ligeramente, la tormenta podría estallar. No sabe qué significa todo eso, pero una idea ajena, o eso le parecía, le indicaba que todo “estaba en moviendo”. Pero quién, haciendo qué. No lo sabe, pero esa era la razón de ese frío. Y de la sensación de poder que lo recorría en esos instantes. Sabe, o lo sospecha, que si dejaba que ese algo que a veces salía de él, alcanzando a otros, escapaba en esos momentos, justo en esos instantes cuando casi tirita de frío, podría controlar todo el liceo, desde la azotea a los sótanos, incluidas las canchas. Lo sabe. De alguna manera. Era una sensación embriagante, quería hacerlo, abrir los brazos y poseerlos a todos. Deteniéndose en uno de los solitarios pasillos, asomándose a la baranda, respira pesadamente y cierra los ojos. Imaginándolo. Lanzándose contra todos, dominando a cada persona dentro de esos límites. Controlándolos. Imagina una larga hilera de chicos en ropas de cuero, con las manos atadas a sus espaldas, de rodillas, mirándole con adoración.

   Si, podría. Sonríe… Pero abre los ojos asustado. No, no podía. ¡No debía hacerlo! Se asusta, y enfurece por ello, cuando esa idea da vueltas y vueltas en su cabeza; que si, que sí puede hacerlo, que lo haga y lo disfrute. Se aleja y es cuando repara en él…

   También asomado a la baranda, pero viendo hacia la entrada del instituto, Emilio Nóbregas sonríe totalmente malicioso, la mirada clavada sobre Rubén Santana (¡el marica ese!), quien tiene en esos momentos a Vanesa colgada a él. La hermosa Vanesa de tetas grandes que nunca ha querido salir con él porque no es el capitán del equipo. Allí estaba, sonreída, feliz, luciéndose al lado del mariconcito que tenía por novio. Porque así pensaba ahora de él, su hasta hace muy poco mejor amigo, capitán y colega. El mariconcito de Rubén. Sonríe de manera abierta, oh, sí, será maravilloso exponerlo, tachándole de lo mismo que él acusaba a otros hasta hace poco. Les contará a todos y el capi sería el hazmerreír del liceo. ¡Ya imagina la cara de Vanesa! Asiente, decidido, ya había un buen grupo de compañeros de clases, del equipo y de amigos junto a Rubén, era hora de echar el cuento. Le atormentaría un poco y, cuando estuviera retorciéndose como bagre en anzuelo, lanzaría el golpe.

   Se vuelve, maliciosamente feliz, y se sobresalta congelándose. Para luego sonreír de manera malvada otra vez.

   -¿Qué haces aquí, maricón?, ¿buscando a quien mamarle el güevo? –es cortante, soez.

   -¿Y tú? ¿Dejaste alguno? –contraataca, aparentemente sereno, Tony. El otro aprieta los gruesos labios.

   -¡Maricón! –e intenta pasar a su lado, pero Tony se mueve y le cierra el paso.- ¡Quítate!

   -¿Tienes prisa? –y mira hacia la entrada, hacia Rubén.- ¿Qué piensas hacer?

   -Ah, ¿es eso? ¿Estás preocupado por tu novio? Que ternura. Nunca imaginé que te interesara tanto un chico que siempre se ha burlado de lo raro que eres. ¿Entonces es cierto que en las escuelas los maricones se enamoran de los heterosexuales que los maltratan porque todas esas testosteronas son como un afrodisiaco? –se burla y Tony no puede evitar el parpadeo.

   -Guao, se nota que le has dedicado tiempo al tema. ¿Has visto mucho porno gay en tus investigaciones? ¿Se te pone duro? Puedo recomendarte…

   -¡Déjate de mariqueras! –estalla el muchacho, furioso de que se le cuestione en su identidad, pero logra recomponerse con una sonrisa.- Si es así como pretendes que no diga nada de ti y de tu amiguito, te equivocas de estrategia.

   -Creí que era tu amigo. Mío no lo es. Es tan sólo… un bonito cuerpo al cual meterle mano. –es crudo y sonríe al verle dar un respingo por no negar nada.- ¿Acaso he dado muestras de preocuparme de lo que tú, él o el resto de los hijos de putas piensen?

   -Me alegro por ti, que no te importe, porque pienso exponer al maricón ese. –vuelve por sus fueros.- Mierda, eres como una enfermedad infecciosa. Contagias, atacas el sistema y lo destruyes. Deberían matarlos a todos. –sonríe con desprecio, sabiendo que lastima.

   Tony se queda paralizado por un segundo, esa rabia que lleva rato padeciendo estalla de manera intensa, blanca y pura. En esos momentos odia a ese hijo de puta más de lo que en su momento detestó a Rubén. Y quiere lastimarle. Mucho. Tanto que las ganas casi le hacen desear gritar. Con un alarido de rabia le atrapa el rostro con las manos, desconcertándole, asombrándole. Cuando se le va encima con claras intensiones de besarle, horrorizado, erizado de repulsa, Emilio va a gritarle que no, al tiempo que empujarle, pero sus bocas se unen.

   Todo gira de manera vertiginosa alrededor del joven muchacho negro cuando siente esos labios sobre los suyos, cubriéndolos a pesar de tener la boca abierta. La lengua metiéndosele. La lengua de otro chico. ¡La lengua de ese marico! Quiere empujarle, pero parecen faltarle las fuerzas. El girar vertiginoso parece incrementarse, tanto que tiene que sostenerse del chemise del otro para no caer. Y es perfectamente consciente de todo, del olor corporal de Tony, de su aliento bañándole, de la lengua entrando, lamiendo y tanteando, chocando de la suya, chasqueando, salivosa, de su cuerpo presionándole, de tener contra un muslo la entrepierna del otro, con su miembro no duro pero si consistente. Por alguna razón era perfectamente consciente de ello. Esa lengua le eriza, la verga contra su muslo, quemándole a pesar de no estar dura, le obsesiona. La suya responde, horrorizándole, endureciéndose contra una pierna de Tony, mientras su lengua sale al encuentro de la del joven. No sabe cómo o por qué pero le enloquece sentirla, sobre la suya, agitándose, azotándole. La busca cuando sale y penetra ahora en la boca del otro. Y se estremece, gimiendo de manera ansiosa cuando los dientes de Tony se la rastrillan suavemente.

   Las boca se separan lentamente, y ambos jóvenes se miran, respiraciones pesadas. Algo de conciencia de lo que hacía regresa a Emilio, pero no puede apartarse, ni siquiera aflojar los puños sobre la chemise del otro, gesto con el cual parece más bien retenerle a su lado.

   -Respondiste demasiado bien. –Tony le habla casi sobre la boca, con burla y desdén.- O lo has hecho o has soñado mucho con la idea de besar a otro chico. ¿Sueñas con tener un novio, Nóbregas? Dime, ¿es Rubén quien llena tus fantasías homoeróticas de noche en tu cama mientras te masturbas con ansiedad y todo erizado? ¿Sueñas con lamer su cuerpo sólido en los vestuarios mientras sólo usa un suspensorio, recogiendo gotitas de su sudor? ¿Con caer de rodillas y adorarle? Besa bien, eso puedo decírtelo.

   -No, yo no… -se defiende, negando, pero deja escapar un gemido débil cuando los rojizos labios de Tony se acercan a los suyos; le asusta lo mucho que desea que le bese otra vez.

   -Me hiciste molestar, Nóbregas, con tus palabras venenosas. Ya venía arrecho, pero por Rubén no te habría hecho lo que ahora si te haré. Fueron esas palabras, tus “mariconcito”, dichos con tanto desprecio. Te convertiré en algo despreciable a la vista de otros. Vamos, sígueme a ese salón, estará vacío los próximos cuarenta minutos. –sigue diciéndole contra los labios, mirándole a los ojos, sonriendo.- Voy a cogerte. –le informa y le ve tensarse, asustarse mucho, y le da un rápido besito, atrapándole con los dientes el gordito labio inferior.- Voy a llenar tu apretado culo negro con mi güevo tieso y caliente…  Y cuando te lo llene con mi leche te va a pasar algo. Algo muy malo para ti… pero que será muy divertido para todo chico calentorro y deseoso de sexo que se encuentre contigo. –dice con seguridad, cruel.- Es algo que quiero probar. Vamos… -se aparta un poco, extendiendo una mano. Esperándole. Invitándole.

   Emilio, jadeando, le mira entre fascinado y horrorizado. Pero alza la mano y deja que el otro la cubra con la suya, siguiéndole a ese salón.

CONTINÚA … 27

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 25

abril 13, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 24

BOY HOT

   La hora de los mininos.

……

   No ve a Emilio Nóbregas, pero están los de siempre, cinco o seis de sus amigos y colegas en el equipo, todos tipos de lo más bromistas… y crueles. Intuye que Nóbregas espera que llegue para exponerlo. Y la idea casi le hace gritar; desea echarse a correr, ocultarse. O buscar al “amigo” y explicarle, mentirle, rogarle que callara. Aunque le cuesta mucho, por alguna razón, desobedecer, incluso molestarse con Tony, se vuelve a mirarle para reclamarle, pero termina frunciendo el ceño. El otro parece ido del mundo.

   Algo estaba pasando, algo serio, la idea penetra la mente del joven manipulador, igual que esa fría y horrible sensación que le domina desde hace un buen rato. Si, sabe que es algo grande, y que de alguna manera tiene que ver con su vida, aunque ignore el qué o cómo; y una parte de sí se siente bien. Feliz. Otra no…

   -Al fin llegaste, cariño. –la alegre voz de la hermosa Vanesa Tinedo, le saca de sus pensamientos, mientras la ve ignorarle olímpicamente y echarle los brazos al cuello a Rubén, besándole en la boca, colgándosele literalmente, obligándolo a rodearle la delgada cintura con sus brazos. Y que este responde al beso.

   Por un segundo, con la boca muy abierta, Tony se ve casi cómico; lo que no es tan divertido es la intensa rabia que lo recorre, una ira roja, sorda, escandalosa que casi le deja sordo. “¡Suéltale!”, la idea viene como un grito furioso. Ver el beso, oír los chasquidos le envenena de rabia. ¿Cómo se atrevía a tocarlo, a besarlo, a restregársele así de la bragueta? ¡Celoso!, ¿acaso estaba celoso de esa puta? Balbucea sin sonido, dando un paso atrás. No. ¡No! Claro que no, no eran celos, se grita. Pero eso no hacía nada por aligerar el peso de todo el disgusto, y casi hasta de pesar, que siente en esos momentos. Desea tomarla de los hombros y arrastrarla… Intenta controlarse, pero algo debía estar emanando porque nota que Rubén lo capta, tensándose.

   ¿Qué diablos…?, pensó cuando Vanesa le saltó al cuello, amorosa, o lo parecía. La notaba algo ansiosa. Creía entenderla; seguro interpretaba su alejamiento, por culpa de Tony, como un signo de que se cansaba de ella. El beso fue sorpresivo y respondió automáticamente. Luego lo captó, una sensación hiriente, fea y desagradable. Que venía de Tony. Un reclamo. No lo entendía pero…

   -Búsquense un cuarto de hotel, ¿no? –gruñe este, ceñudo. Los dos chicos se miran, pero Rubén no puede decir nada.

   -Ocúpate de tus asuntos, Moncada, ¿no tienes a quién mamársela en estos momentos? –la joven es burlona, cruel de manera totalmente adolecente. Ignorándole, otra vez, vuelve toda su atención a Rubén, a quien todavía abraza.- Nóbregas te anda buscando; quería que le avisaran cuando llegaras, parece que tiene algo importante qué contarnos.

   El suelo se hunde bajo los pies de Rubén, y ve a Tony, casi suplicante. Este, ceñudo, se acomoda el morral al hombro, evitando corresponder a su mirada, ignorándole, entregado a su rencor con un mental ah, ¿ahora si te acuerdas de mí?

   -Permiso, debo ocuparme de mi vida. –informa, neutro. ¿Iría a detener a Nóbregas?, Rubén no lo sabe, no le queda claro, y la ansiedad y el temor le enferman.

   -Ay, no cuentes tus cosas íntimas. –se burla Vanesa, riendo, no notando que Rubén no la acompaña.

   ¡Puta!, piensa Tony, decidido a hacerla pagar. Pero, por ahora, necesita alejarse. De Rubén. No, no había sentido celos, no era lógico, ¿verdad? El muchacho era su enemigo. Si, en eso debía concentrarse. En herirle, someterle y humillarle; en tenerle desnudo sobre su cama, las manos a la espalda, de rodillas, suplicándole que le amara. Una ola fría le arropa, estremeciéndole, la imagen era casi… Un frío se intensifica y lo envuelve, paralizándole por un segundo, alzando el rostro, aguzando los oídos. ¿Qué coño ocurría? ¿Y en dónde? Algo se acercaba, lo sabe. Y sería algo enorme.

   -Te extrañé ayer. –todavía oye a la puta, y no necesita volverse para saber que vuelve abrazar a Rubén. Dios… ¡cómo la odia!

……

   -¡Ahhh…! ¡Tómala toda, puto de mierda! –ruge Jóvito Malavé cuan vikingo cayendo sobre poblada indefensa, metiéndole el güevo hasta el fondo a Wilmer Soteldo en el ardiente culo, cerrando los dedos sobre sus caderas, corriéndose otra vez, temblando con un alarido y un gesto de gozo indescriptible, el del macho conquistador.

   Su rostro, transfigurado, casi parece vacío de toda expresión, pero su mente es de certezas; sabe a ciencia cierta que pocas veces antes ha alcanzando un orgasmo semejante (bueno, que fuera de pajas solitarias no eran tampoco tantas las experiencias); sabe que quiere, que quiere coger culos, todos los culos de los putos del mundo. Que nació para preñar maricones. Y bombea, una o dos veces más, sintiendo un gozo increíble al oírle gemir. De responder a su masculinidad poderosa.

   A su lado, su padre le mira y aguarda, fijando luego los ojos en esas nalgas peludas donde las tirita putonas de un hilo dental que sólo un puto usaría, enmarcan el coño caliente, pulsante y ávido que ese sujeto tenía en medio. Porque era un coño que se adhería, halaba, apretaba, masajeaba y chupaba güevos. Su hijo estaba dándole duro, y seguro que ese puto estaba brindándole un gran placer mientras recibía con amor su joven tolete y la leche, o la poca que todavía pudiera estarle saliendo después de una corrida previa. Ve el rostro de ese tipo, babeando, ojos cerrados, una expresión de máxima gloria. Oh, sí, ese carajo estaba gozando aún más que su muchacho cogiéndole, el tener el culo lleno con una dura verga masculina, la cual estaba brindándole todo el placer que necesita en esta vida.

   Jadeando, sonriendo de manera casi cruel, Jóvito saca su güevo de aquel culo, de golpe, dejando el peludo agujero abierto por un segundo, manando aún más semen. El muchacho mira la leche chorreando, su leche (también la de su papá, claro), y le gusta, así como el fijar la mirada en su tranca enrojecida, manchada de esperma… más gruesa, nervuda y poderosa de lo que la ha sentido nunca. Mierda, ¿acaso estaba más grande? Alza los ojos hacia su padre, sus miradas se cruzan, sonriendo complacido, orgulloso de sí mismo. Pero Onésimo no tarda en apartar los ojos. No por vergüenza o incomodidad. No, estos caen como dardos sobre ese culo velludo donde una tirita de la putona prenda aún no termina de caer, pero es visible, la tirita de un carajo que usa eso bajo sus ropas. Mira con ansiedad ese culo que titila y de donde mana semen.

   Todo él arde con una lujuria salvaje, primitiva. ¡Quiere culo! Quiere follarse a la perra mientras todavía los espermatozoides de su hijo nadan en él. Quiere metérsela a ese hombre que tiene un coño caliente entre sus nalgas. Con movimientos bruscos va a su lado, su tolete erecto bamboleándose, y atrapa las piernas del sujeto, quien grita, sorprendido, y lo alza, volviéndole sobre la capota. Wilmer queda boca arriba, pasmado, con las piernas unidas por un brazo de Onésimo sobre su hombro izquierdo, halándole sin miramientos, hacia el borde, dejándole el culo a la altura de su verga pulsante. Esta sufre un violento espasmo en anticipación, una espesa gota de líquidos pre-seminales, también de semen viejo, escapa del ojete. Y la mete, la hunde suavemente, poco a poco, consiente de cada apretada que aquel esfínter da a su pieza. Y mientras la clava, dura y pulsante, disfruta viendo al maricón ese arquearse sobre la capota, gritando por la boca abierta, muy rojo de cara. Se le mete toda, toda, y todavía empuja más, meciendo sus caderas, casi viendo luces blancas estallando frente a sus ojos por la sensación que brindaban esas entrañas adheridas a su tabla, rozándola, apretándola, halándola.

   -Coge a la perra, papá, coge su coño. –ríe, cascado y algo desequilibrado, Jóvito, a su lado, mirando ávidamente la cara del otro, quien echa la nuca hacia atrás y lanza un largo gemido.

   Es todo lo que Onésimo necesita, comienza un violento saca y mete, echando casi con elegancia sus caderas de adelante atrás, respirando pesadamente, ojos brillantes de lujuria, boca torcida en una sonrisa torva. Lo clava hondo, lo encula con dureza, estremeciéndole el cuerpo sobre la capota, haciéndole gritar, ronco, de placer. Lo coge feo, mirando su verga entrando y saliendo casi hasta el glande y volviendo a enterrarla, ladeando su pelvis, a la derecha, a la izquierda, arriba, abajo, dándole donde es. Le gusta ver ese culo llenarse con su güevo, no había una visión mejor, aunque la tanga, esa prenda putona que el hombre usaba, totalmente mojada de semen, de sus propias corridas, era también extrañamente erótica. Cierra los ojos mientras lo cabalga, oyéndole gemir, suplicar leve, casi sollozar de gusto; también él echa un poco el rostro hacia atrás, sintiendo la tibia brisa contra su cara, el sol, sabiendo que quiere eso, coger a ese tipo, llenarle con su güevo. Si, un macho como él merece todos los culos del mundo, todos los maricones tienen que ser cogidos, uno tras otro, filas y filas de maricones esperando ser tomados por los hombres, ser llenados con sus vergas y sus leches, cayendo luego de rodillas, jadeando, sus culos chorreando semen, sus caras, torsos y barrigas cubiertos de las mil leches de los hombres que les rodearían y se les correrían encima. Perdido en su lujuria le parece que la voz de su hijo le llega de muy lejos.

   -Papá, se acerca un auto.

……

   Liam Bartok, llevando un suéter grueso y felpudo, no puede parecer más extranjero mientras revisa unas cifras en una carpeta. Podría usar una tableta o un monitor, pero con sus desplazamientos era engorroso. Esa vaina podía arrojarla en cualquier lado. Cruza el angosto pasillo entre los sets, escuchando argumentaciones técnicas, otras de falsas conversaciones que llevarán a porno. Y el porno. Sonríe aún más. Todo iba según lo previsto. ¡Si tan sólo dejara de sentir ese maldito frío! Su móvil timbra y contesta automáticamente.

   -¿Si?

   -Hola, Bartok. –la voz neutra, baja y casi tenue, le impacta sobremanera.

   -¡Maestro!

   -Estoy aquí.

CONTINÚA … 26

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 24

marzo 23, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 23

GUAPO Y CEÑUDO

   -¿No me quieres aquí?

……

   Rubén Santana. Su juguete. Y lo tenía a tiro de pichón… casi literalmente.

   Este se ve agitado, nota malicioso mientras se detiene intencionadamente tras una camioneta en la calle que cubre esa parte de la acera. Esperándole. El otro parece luchar contra su voluntad pero finalmente se acerca. A Tony le gusta verle, de una manera salvaje, así como notar su mirada torturada, las tetillas del muchacho destacándose contra el chemise, como si hubieran sido estimuladas, el entrepiernas del muy ajustado jeans algo abultado.

   Sonríe cuando Rubén corta la distancia y le besa, incapaz de controlarse, de negarse. Siente los labios cubriendo los suyos; los separa y mete la lengua en la boca del otro, lentamente, saboreándole, sintiéndolo rico mientras la usa y encuentra la del muchacho, atándose ambos en un beso chupado, húmedo y lleno de succiones. Y mientras le besa, Tony nota que ya no siente tanto frío. La caricia termina, se miran agitados, ojos brillantes. Se veía tan guapo el hijo de perra ese, piensa y en seguida se molesta. No, no debía pensar así de Rubén, era tan sólo un hijo de perra listo a ser usado. Le besa otra vez, con furia, las mochilas escolares caen al suelo, las manos cruzándose al aferrar el chemise ajeno. Los sonidos de la calle se perciben lejanos mientras chupan de sus lenguas alternativamente; autos, cornetas, motocicletas, todo…

   -Mierda, ¡¿qué haces?! –estalla una voz alarmada y molesta. La pareja se separa bruscamente y reparan en Emilio Nóbregas, sobre una motoneta, mirando a Rubén, su amigo, con cara de disgusto.- ¿Qué coño? ¿Ahora eres un marico, Santana? Vamos a ver qué dicen en el liceo. –amenaza con rabia, pero también con esa cruel resolución de todo chico que puede echarle una gran vaina a otro; acelerando su motoneta se aleja, dejándoles sin tiempo de responder.

   -Dios… joder… -grazna Rubén, por un segundo fuera del control de Tony, dando un paso atrás.- ¡Mira lo que hiciste! ¿Es lo que querías? –le grita, sorprendiéndole.

   -Oye, oye, no me hables así. –por un segundo se ve desconcertado, y alarmado, eso no le gustaba. ¡Rubén estaba fuera de su alcance! ¿Sería por toda la adrenalina corriéndole por las venas?- No ha pasado nada.

   -¿No? ¿Estás loco acaso? ¡Nóbregas les contará a todos! –casi parece al borde de un ataque de ira, pánico o llanto, dando un paso de adelante atrás.

   -¡Calma! –se molesta un tanto, sonriendo luego al cruzar los brazos sobre su pecho.- ¿Qué, acaso te avergüenzas de lo que sientes por mí? –eso le eriza y se vuelve a mirarle, feo.

   -No siento nada por ti; tú… -calla, balbuceando sin sonido. No, no sabe qué le ocurrió. Pero, por alguna razón, en días, se siente capaz de enfrentarle. De alzar un puño y estrellarlo en su joven y atractivo rostro, un momento, ¿acaso pensó qué…?

   -Me hieres, amor. Y tranquilo, lo resolveré. –Tony se inquieta, no podía llegarle aunque se concentra con todas sus fuerzas, finalmente, mandándolo todo al coño, alarga un  brazo y le atrapa un hombro, cerca del cuello, el pulgar frotando la joven piel.- Todo estará bien, te lo prometo. -y se patentiza ese choque, algo eléctrico y cálido que parece extenderse desde ese punto de contacto, y un tanto de la rebeldía de Rubén desaparece, sus ojos se nublan, sus labios se entreabren. Viéndose hermoso, piensa molesto, acercando el rostro y besándole fugazmente; para controlarle, claro.- No dejaré que te pase nada; tu papi chulo resolverá todo. Confía en mí.

……

   Algol increíblemente grave, y altamente infeccioso, estaba comenzando en una zona apartada del oeste capitalino, en una de sus partes más elevadas y solitarias, justamente frente a una gasolinera de mala muerte. Aunque muy poca gente lo supiera. O imaginara siquiera.

   -¡Oh, mierda! –brama Onésimo, un hombre hecho y derecho con su güevo fuera de la bragueta de su pantalón, embistiendo salvajemente por el culo a un carajo contra la capota de su camioneta, con tantos bríos que casi le alza de sus pies arrojándole sobre el metal. Su tolete grueso y duro, caliente y lleno de ganas, va y viene sin detenerse, metiéndose y saliendo de las entrañas del tío que gime y chilla poseído de una lujuria y un placer que no comprende pero que le eriza. Ese sujeto estaba así porque le estaba metiendo la tranca por el culo, su tranca gruesa y nervuda. Era su verga la que tanto placer le brindaba.- Tómala toda, puta de mierda. –le grita soltándole otra fea nalgada en el peludo glúteo, haciendo reír a su hijo, que mira el agujero de manera ávida y sucia mientras les separa las nalgas al hombre que coge.

   La idea, toda la experiencia era alucinante para el hombre. Estaba cogiéndose a un tipo, por primera vez en su vida, frente a su hijo, quien le ayudaba abriéndole el culo, riendo, rugiéndole que lo cogiera duro, que se lo partiera, que la puta quería más güevo. Todo eso casi parece irreal al hombre, pero no le detiene; su rostro se encuentra deformado por una mueca de virilidad, de control y dominio, era el macho triunfador que entraba y salía del culo conquistado. Había enfrentado a otro carajo y le dominó, tomando su agujero como trofeo; el sumiso rindiéndose y entregándose a su superior. La idea era extraña, caliente, ese culo era suyo ahora. Su güevo lo convertía en su culo, a ese hombre en su puto. Y otra idea se hace presente, casi embriagadora, con su verga podía transformar a los medio hombres en putas hambrientas de güevos. Puede hacerlo, coger y enviciar a un sujeto con el poder de su masculinidad.

   No es consciente de que monta las manos sobre las de Jóvito, apretando, mientras sigue macheteándole el culo a ese tipo, Wilmer; ver su venosa tranca entrando y saliendo, halándole los labios del culo, era enloquecedor. La mete y saca sintiendo su tranca increíblemente abrazada, oprimida, halada y chupada; cada centímetro cúbico de su tolete estaba siendo estimulado y usado de una manera intensa. Nunca había experimentado un placer tal; y esa idea penetra su mente de manera intensa cuando se la empuja toda, haciéndole gritar, sintiendo sus propios dedos en su pelvis, y los dedos de su hijo, con ese agujero vicioso succionándole: no había mayor placer al de cogerse el culo de un hombre que lloriquea y suplica por ello. Eso se repetía ahora en su mente como un mantra mientras comienza a embestirle con más fuerza, sacándosela casi hasta el glande, deteniéndose un instante para disfrutar de las apretadas en la cabecita de la pieza rojiza y algo llena del semen de su hijo, clavándosela otra vez, dándole con las bolas, adentro y afuera, como alimentándolo, cayendo sobre él, derribándole contra la capota, oyendo la risa de Jóvito que se aleja un paso disfrutando del muy sucio y erótico espectáculo de su padre cogiendo a otro tío.

   Onésimo sentía la ola creciendo en sus pelotas que se contraen, cruzando los conductos, quemándole la tranca mientras la recorre, va a correrse, va a estallar en leche dentro del culo de otro hombre, mezclándola con la de su propio hijo, y la idea era maravillosa. Wilmer Soteldo lo percibe; las paredes estimuladas de su recto abrazan de tal manera la gruesa, tiesa, cálida y nervuda verga que puede sentir el recorrido de esa esperma que pronto bañará sus entrañas. Los dedos de Onésimo se clavan en sus caderas, y este la bombea una o dos veces más, dejándola bien adentro, echando sus caderas hacia adelante mientras aprieta los dientes, cierra los ojos y ruge, recorrido por un placer intenso.

   -¡Oh, sí, tómala toda, puta de mierda! –le grita a todo pulmón, sintiéndose muy bien al hacerlo. Y su tolete estalla dentro del culo masculino, disparando sus potentes trallazos que chocan, mojan, reptan y estimulan. Una y otra vez. El hombre se corre de una manera tal que siente que se desmayará de pura gloria.

   Y mientras su culo recibe lo que todo chico sumiso bueno quiere, güevo y esperma, por segunda vez, la mente de Wilmer también se ve llena de imágenes y voces, mientras se corre a su vez, otra vez dentro de su tanga hilo dental que presiona con una fuerza excitante sobre su glande. Esa idea le marea, le maravilla, le da sentido a toda su vida y propósito en el mundo, todo eso mientras sus entrañas aprietan y succionan todavía del macho que se le corre adentro. Sí, eso es lo que quiere, güevos y esperma, machos que lo usen, que lo traten como el coño caliente que es, el coño hambriento de hombrías, de machos de verdad para que lo llenen, usen y dejen rebosado. Nació para buscar hombres para entregárseles, para revivir una y otra vez la intensa sensación experimentada sobre la verga de un tío. Eso gira en su cabeza mientras deja caer la cara, de lado, sobre el metal que va calentándose bajo el sol, ojos cerrados en éxtasis, una lágrima de satisfacción escapando de su ojo izquierdo, jadeos ahogados de gozo escapando de sus labios entreabiertos. Y en todo momento, sobre el grueso tronco cilíndrico que lo cruza, su esfínter sigue cerrándose y abriéndose. Gimotea cuando el güevo sale, lentamente, chapoteante, todavía duro, bañado de esperma untada.

   Jadeando, Onésimo se lo mira, notándolo… como muy tieso aún, y como más grueso. Eso le gusta. Y sonríe de la mirada de admiración, y algo de envida, que su hijo le lanza. Observa nuevamente a ese tipo, caído sobre la capota de su auto, el peludo culo tembloroso dejando escapar algo de semen, la tira del hilo dental a un lado, casi cubriéndolo pero sin hacerlo, brillante con toda esa esperma. Y ahora la realidad se hace presente, ¿qué coño acaba de hacer? Respirando con dificultad, frenético, mira a los alrededores, el lugar era apartado, solitario, pero mucha gente iba por repuestos o por reparaciones a un lugar donde no hacían muchas preguntas sobre procedencias o seriales lijados. Qué locura, no debió…

   -¡Jóvito, ¿qué haces?! –grazna desconcertado.

   -Quiero culo, papá; quiero coger a este puto otra vez. –gruñe el muchacho con una sonrisa predadora y una mirada turbia, como en trance, metiéndose en el lugar que poco antes ocupara su padre.

   Onésimo traga, erizado, cuando le ve llevar la punta de su güevo joven pero de buen tamaño a esa raja peluda, recorriéndola, recogiendo las leches que manan, untándolas en el agujero, metiéndoselo otra vez, con un rudo y único golpe. Sobre la capota, elevando la espalda, ojos cerrados todavía, sonriendo abiertamente, Wilmer le da la bienvenida con un ronroneo. Si, quiere eso, ser trabajado otra vez por un güevo. Tener uno clavado en su culo era la dicha.

   -Hijo… -intenta una breve advertencia. Este lo mira, sonriendo cruel, dientes apretados.

   -Quiero culo. –repite y lanza una risilla algo maniática mientras comienza un saca y mete que hace gritar de lujuria a Wilmer, de una manera totalmente entregada, estremeciéndose sobre la capota, su espalda arqueándose. El macho que sabía gozar ser enculado.

   El güevo va y viene… y Onésimo sabe que también quiere cogerle otra vez. Lo desea con unas ganas tales que debe luchar para no apartar a su hijo y tomar su lugar.

   -Apúrate. –casi le exige, la tranca latiéndole.

……

   Nunca, en toda su joven vida, y a pesar de cierta nube que enturbia su mente, Rubén Santana había sentido tan pocos deseos de llegar a su colegio como en esos momentos, al lado de Tony Moncada. No notando el grupito en la entrada que parece esperarles.

CONTINÚA … 25

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 23

febrero 24, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 22

GUAPO Y CEÑUDO

   -¿No me quieres aquí?

……

   No, no debía. No podía. Eso estaba mal por tantos motivos qué… Recorrido por una fuerte sensación, la piel hormigueándole, Onésimo se acerca más a la pareja llevándose una mano a la dura erección que ya tiene bajo el pantalón, con dos ideas sucias llenando su mente; desea clavársela por el culo a ese carajo y hacerle gritar por maricón, como dice su hijo. La otra… que el muchacho vea que también él la tiene inmensa. Es su padre, tenía que haber respeto, carajo. Todo otro pensamiento racional parece desaparecer mientras mira las velludas nalgas, el hilo dental apartado, el culo manando el chorrito claro de la esperma de su hijo, y el tolete de este, fuera del bermudas, endureciéndose otra vez, todavía chorreando algo de de su propio semen que depositó y regó con nuevas embestidas dentro del agujero vicioso del maricón. Un agujero vicioso de maricón que pedía a gritos güevo…

   Con manos febriles se abre el pantalón, sacándoselo, duro, tieso, ojos clavados en ese culo, no podía apartarlos o resistirse a meterlo allí ahora que lo había mostrado. Una voz que no logra tomar el control en su cabeza le grita que se detenga, pero no puede. No cuando… agarrándose el güevo, el cual le late de gusto como no recuerda haber sentido hace tiempo en su vida de sexo seguro en casa, azota esa peluda nalga de hombre, duro, estremeciéndose cuando le ve tensar los músculos de aquel trasero, oyéndole respirar más bajo y caliente.

   -Papa… -la voz de Jóvito le trae a la realidad, le mira los ojos cubiertos de un velo de lujuria, con una mano halando la nalga izquierda, separándola igual que el hilo, cruzando el brazos sobre la baja espalda del sujeto ese, Wilmer algo, atrapándole la nalga derecha, halando fuera también, separándolas más.- Vamos, papá, este coño va a estallar en candela si no lo coges.

   -Jóvito… -tiembla intentando algún tipo de control. ¿Qué estaba haciendo? No podía cogerle si su muchacho tenía las manos ahí y…

   No sabe en qué momento echa sus cadera hacia adelante, el glande rozando el culo tembloroso, abierto y enlechado, y penetra. Contiene un grito cuando lo siente, el peludo esfínter, el sedoso y ardiente camino, el semen de Jóvito que sale más al ocupar el espacio. Se lo clava todo, rudamente, un real güevo de hombre, de macho, una mierda gruesa y nervuda. Y Wilmer se agita, alza el torso y el rostro, y grita sintiéndolo muy adentro, llenándole, latiéndole contra las paredes del recto, percibiendo un placer infinito que casi arranca lágrimas de gratitud de sus ojos mientras amasa la adorada pieza masculina enterrada en lo más profundo de sus entrañas.

   -Rómpele el culo al maricón, papa… -ríe, ronco y bajito, en tono totalmente depredador, Jóvito. Y los otros dos se estremecen.

   En aquel instante a Onésimo se le olvida que es un heterosexual que tolera a los gay, pero no tanto como para tenerlos de amigos verdaderos; que es el padre del chico que está ahí, al lado, con su verga también fuera de las ropas; y que es un hombre casado medianamente feliz. Todo pasa a otro plano mientras encula con golpes rudo a ese carajo que grita, se estremece y arquea el cuerpo en señal de gozo mientras lo cabalga. Una idea poderosa, grata a todo carajo, que alguien goza de su güevo. A eso se suma que Jóvito, su muchacho, sonríe de manera depredadora, con cierto desprecio hacia el puto, pero admirándole la pieza cuando la saca y mete del extrañamente apretado, sedoso y ardiente agujero que le daba las apretadas de su vida. Sacarla era sentirla apretada, retenida, meterla era casi correrse, piensa sorprendido. ¿Se sentía eso siempre al coger a un pato? ¡De haberlo sabido…!

   Wilmer, aferrándose con las manos a la capota, lleva y trae su culo contra esa pelvis, contra ese güevo que se abre camino en su alma, ofreciéndose de manera total. Las sensaciones que lo recorrían mientras era cogido, una y otra vez por aquel sujeto rudo que bufaba, le tienen al borde. Una mano de Onésimo, sobre la espalda, le derriba como poco antes hizo su hijo.

   -Tómalo todo, puto de mierda. Es como te gusta, ¿verdad?, duro y a fondo, saciándote ese coño maluco que tienes por culo. –le ruge, sonriendo cuando Jóvito ríe divertido.

   -Rómpele el culo, papá. Que grite, que llore.

   Escucharle hace que Wilmer sonría en la gloria, gimoteando y cerrando los ojos, babeando sobre la capota al incrementar Onésimo el ritmo de sus cogidas, su culo era cepillado de manera rápida y ruda por aquella tranca dilatada, gruesa y surcada de venas, esas bolas le golpeaban duro. El hombre, por su parte, a la par de excitado por ese agujero que estaba dándole las haladas, apretadas y ordeñadas que todo carajo sueña para su tolete, parece picarse con las palabras de su hijo y clavándole los dedos en las caderas, lo jode con violencia, casi con rabia, pero gozando sintiéndose poderoso. La risita algo alocada de Jóvito le hace mirarle, su muchacho mira ese culo con ganas. Dios, ¡su hijo quería darle otra cogida al maricón ese! Le había encontrado el gusto, se dijo casi orgulloso. Y la idea, dejarlo lleno de esperma y que Jóvito la metiera, le enferma de lo caliente que es. Los gemidos de Wilmer, de gozo entregado que parece agonía pero se sabe es placer, se incrementan, se la mete toda y se queda allí, enchufado a ese culo, agitándole contra el vehículo.

   -Si, así, grita y gime, a los hombres nos gusta cuando las putas lo hacen sobre nuestros güevos. –le ruge, sacándoselo.- ¡Quítate ese pantalón! –le ordena.

   Turbado al quedar sin verga en su culo y sin las manos de Jóvito, Wilmer se endereza, se vuelve, y cuando el dueño de la gasolinera le grita que se desnude de una puta vez, obedece rápidamente, quitándose las botas, sabiendo que esos machos no han terminado aún con él. Pronto, con su camisa, medias y tanga, cae de espaldas sobre la capota, sus piernas son atrapadas por los tobillos, alzadas y separadas, y después de apartarle un tanto el hilo dental del culo, tocándole ya sin reparos (Onésimo sentía que le iba a estallar y no de placer si no se la enterraba ya), el hombre vuelve a encularlo, de golpe, duro, gozando el verle estremecerse, arquear la espalda sobre la capota y lanzar un alarido. Todo eso hacía su verga al hundirse en el culo de otro tío, se decía maravillado. Y una idea extraña le dominó en ese momento mientras deslizaba su gordo tolete dentro del peludo culo de ese carajo, el cual se lo apretaba sabroso: se sentía muy bien hacer eso, junto a su hijo, coger al marica, allí, en su negocio, al aire libre, bajo el cielo inmenso y la brisa cálida. Si, era perfecto.

   -Préñalo, papá, móntale una barriga. –reía y aupaba Jóvito a su lado, dominado por su propia lujuria. Se miran.

   -Lo preñaremos juntos, hijo. Tú y yo.

   Y Wilmer, quien había alzado la cabeza, les mira, les escucha y sonríe cuando la echa hacia atrás, nuca sobre el metal, al sentir una fuerte estocada que le hace trinar de placer. Era lo que deseaba. Vivía para eso, ahora, para ser usado por los hombres de verdad. Y esa aceptación le hace gemir de placer, tanto que aprieta el esfínter sobre esa verga de una manera que Onésimo le agradece con un bufido y una leve nalgada. La gloria…

……

   -¿Seguro que te sientes bien? Te ves algo pálido. –Tony Moncada escucha lo que su madre dice mientras cruza la sala, mochila escolar al hombro.

   -Ya estoy bien, mamá. Debe ser… alguna virosis que va a darme. –intenta una sonrisa pero le cuesta; se sentía algo mal desde que sufriera esa… debilidad, o lo que fuera, mientras se duchaba, presintiendo que algo le tocaba. Había perdido la mañana, pero no podía con la tarde. Se acercaban los exámenes.

   -¿Crees que estás enfermo y te parece bien ir y contagiar a tus compañeros?

   -Vaya, no lo había pensando, pero eso lo hace más atractivo; gracias, mamá. –se medio burla y sale.

   Lentamente, aunque no sabe que va a paso de tortuga, comienza a cubrir el camino, diciéndose tangencialmente que era una vergüenza no vivir lo suficientemente lejos del colegio como para haberle hecho imprescindible el molestar a su madre para que consiguieran un carro. Tal vez ahora que iría a la universidad… Suspira, no lo cree, ya bastantes cuentas tenían a pagar. Su frente se frunce regresando al punto que le intriga. ¿Qué le pasaba? ¿Tendría algo que ver con lo que Liam Bartok le hizo? Había sentido los cambios, también padecido como cuando enfrentó a su madre, incapaz de controlar su ira y patanería, pero no esperaba sentir cosas tan… desagradables. Una cálida brisa agita las ramas de un árbol sobre su cabeza, alza la vista y el día le parece luminoso, acogedor. Hermoso. Y sin embargo… había algo inquietante. Un escalofrío desagradable lo recorre, un frío extraño. Se parecía a esa “hambre” que a veces le daba y que solamente saciaba con la boca sobre un güevo duro y caliente a punto de estallar en  leche, el tolete de algún chico o sujeto a quien previamente ya llenó con su propia esperma. Ese frío era parecido en lo molesto, en lo obsesionante ahora que había reparado en él. Una vez fuera de la sombra del árbol, con el sol de Caracas sobre su cabeza, sigue sintiéndolo.

   No le gusta, era… Se detiene en seco y todo su cuerpo responde automáticamente de una manera alerta. Si fuera una serpiente, alguien diría que se armó. Delante de él va un chico de espalda ancha, culo firme bajo un ajustado jeans, y su boca saliva. Quiere eso, erra lo que necesitaba, lo sabe. Sonríe alzando un tanto su rostro, su pecho subiendo y bajando como si exhalara aire, uno que dirige hacia el otro caminante. Este se detiene, rígido, notando algo que le alcanza, lo rodea y detiene. Se vuelve.

    Rubén Santana. Su juguete.

CONTINÚA … 24

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 22

febrero 8, 2016

LOS CONTROLADORES                         … 21

GUAPO Y CEÑUDO

   -¿No me quieres aquí?

……

   Apretando los dientes, sintiéndose fuerte, duro, dominante, el muchacho le propina una dura nalgada, ahora totalmente consciente de que lo hace. Sintiéndolo increíblemente bien, darle, sentirle tensarse, escucharle gemir, notar como ese culo se cerraba, completamente, sobre su güevo. Y lo coge con más fuerza. Nalguea y coge mientras ese hombre hecho y derecho gemía bajo su tranca juvenil.

   -¿Querías güevo, maricón del coño? Tómalo, tómalo todo, puto de mierda. –le rugía cosas que únicamente habías escuchado el películas, que le excitaban una barbaridad, pero que ahora, hacerlo, decirlo, era mil veces mejor. Cogerlo le llenaba de sensaciones poderosas.- Puto, puto de mierda. –le ruge cogiéndole con embestidas aún más poderosas que casi parecen alzarle un poco del piso, encimándole más sobre la capota.

   El muchacho afinca las manos sobre esas caderas, con posesividad, para asegurar el culo de su marico mientras su güevo sale y entra dentro de él con movimientos bruscos, al tiempo que cierra los ojos y echa la cabeza hacia atrás, sintiendo el aire caliente sobre su rostro, los rayos del sol en sus brazos, sintiéndose plenamente consciente de que es un machito joven que quiere coger y gozar, y que lo está haciendo. Lo que el culo del maricón ese, las apretadas que le daba, las succiones, le tenían a punto de caramelo. El interior del gimiente hombre le brindaba un placer indescriptible. Mierda, tantos culos que habría podido coger ya…

   -Hummm… Cógeme, papi, así. Llena mi coño con tu esperma de macho. Aliméntame. –gime ese sujeto, ojos cerrados, boca muy abierta, la cara viva del goce supremo, todo su cuerpo deslizándose un tanto adelante atrás por la fuerza de las cogidas, hasta que una mano del chico cae sobre su nuca, derribándole sobre la capota, controlándole, dominándole. El tolete va y viene, ese culo apretaba sabroso, y Jóvito ya no puede pensar.- Oh, papi… papi… papiiiii… -gimotea, estremeciéndose, corriéndose contra el vehículo, el güevo atrapado dentro del hilo dental. Corriéndose mientras aquel joven tolete caliente y duro sigue dándole y dándole donde tanto le gusta. Se corre y su culo parece más goloso y apretado, sorprendiendo al chico que gime.

   Sentir eso sobre su güevo… La cara del joven se contrae, una vena se hincha en su frente lisa y despejada, aprieta los dientes, su tranca sigue cogiendo, entrando y saliendo de las entrañas de aquel maricón que gemía, se estremecía y corría bajo la acción de su sexualidad. El medio hombre que se entregaba al macho total, a su macho, el que lo controlaba, que se corría únicamente sintiendo su culo, no, su coño ocupado por un hombre. La idea era embriagante, poderosa. Mira como su tranca sale y entra y quiere más, lo retiene contra ella y le obliga a menear las caderas de un lado a otro. Y ese tipo sabe lo que su macho quiere, su culo, todavía temblando por el orgasmo vivido, se refriega de esa pelvis y bragueta.

   El muchacho se siente alcanzar nuevas cumbres, cierra los ojos otra vez y toma aire por la boca abierta. Lo siente, como su güevo se caliente impresionantemente y endurece. Lo nota claramente, el semen hirviendo cruzándolo…

   -Tómala mi leche, tómala toda, puto de mierda. –le ruge, luego grita al cielo cuando se corre, un disparo tras otro, de una manera abundante como no recordaba haberlo hecho antes, de igual manera era la intensidad del placer que estaba alcanzando.

   Mientras gritaba roncamente, prácticamente temblaba de debilidad y poder, al correrse dentro del coño del maricón ese, sigue bombeándole, duro. Oyendo los plo, plo, plo de su propia esperma en el estuche del hombre. Jadea al ir retirando su joven y saciado güevo, casi mareado, las piernas fallándole por el inmenso placer que experimenta, eran como dos orgasmos juntos. Tanto así lo siente. Su verga, la mira con la boca abierta, jadeando, dura, gruesa, manchada de la propia leche depositada en esas entrañas hambrientas. Se le veía más grande… Eso le gusta, como mirar al tembloroso carajo casi desmayado sobre la capota, el culo abierto, el hilo dental regresando a la raja, mojándose por la esperma que va manando. Una visión que le provoca escalofríos; quiere más, quiere cogerle otra vez. Desea sentir su güevo atrapado dentro de ese u otro culo apretado de machito faltón, y cogerle, hacerle gritar y suplicar por más. ¡Quiere coger otra vez!

   -¡Jóvito, ¿qué coño’e la madre pasa aquí?! –ruge, a sus espaldas, la atronadora voz de Onésimo Malavé. Su padre.

……

   Sintiéndose, de pronto, mareado y con algo de nauseas mientras se duchaba, Tony Moncada sale semi mojado, desnudo, a la carrera hacia su cuarto, todo girándole alrededor. Por un momento de pánico pensó en llamar a su madre, pero estando desnudo de bola no se animó. Así como estaba cayó sobre la cama, boca abajo, ahogándose, con esfuerzo logró quedar bocarriba, tembloroso, toda su piel erizada. Una fuerza extraña estaba llegándole, intensa, no sabía qué era, de dónde venía o por qué le alcanzaba, pero así era. Y no le gustaba. Le enfermaba.

   Dentro de la productora de porno gay que ahora maneja, un hombree increíblemente guapo yace sobre su silla, la cabeza echada hacia atrás, sus ojos cerrados y los parpados agitándose por el movimiento de las pupilas tras ellas. No puede controlarse, ni moverse. Siente una corriente intensa que le alcanza y atraviesa, su piel arde, sus tetillas y verga se yerguen. El juego comenzaba, al fin, pensó con una sonrisa torva Liam Bartok.

   En la biblioteca ancha, larga y de altos techos dentro de su lóbrega casa, un joven delgado, pálido y de anteojos de montura fina yace en posición loto sobre un mueble. Ojos cerrados, frente levemente fruncida al ser alcanzado por una fuerza intensa y poderosa. Casi estimulante… Una que no le afecta mayormente. Abre los ojos, preocupado. Las piezas habían sido colocadas y comenzaba el juego real. Uno sumamente peligroso que podría terminar con la revelación al mundo de la existencia de los controladores, para comenzar. Luego todos los demás. Si no les detenían ahora… Bota aire con desaliento, sabe que el problema ya ha comenzando en alguna zona del oeste capitalino, pero nada más.

……

   Con la boca increíblemente abierta por la sorpresa, siendo esta sustituida rápidamente por una rabia enorme, Onésimo contempla la visión de su hijo, su muchacho, Jóvito, con el güevo increíblemente duro fuera de su pantalón (y le sorprende ver lo grueso que se ve), al lado de aquel sucio maricón que tenia los pantalones en las rodillas y una tanga hilo dental que le cubría la raja del culo, culo peludo del que manaba, a pesar de la tirita del hilo, una buena cantidad de semen.

   -¿Qué coño’e la madre está pasando aquí? –ruge nuevamente, como un basilisco el hombre, acercándoseles, cerrando los puños. Cachetearía a su hijo coge maricas, para comenzar, luego sabría si era también marica y le atizaría más. Pero antes molería a palos al maricón de mierda de cuyo culo manaba un río de esperma espesa, la de su muchacho (y vaya corrida).

   -Cogía al maricón este, papá. –responde Jóvito, sintiéndose todavía poderoso por la corrida alcanzada.- Lo hice chillar de gusto. Se corrió sin tocarse. –parece vanagloriarse. Eso desconcierta a su padre.

   -¿Cómo puedes…? –no entiende qué le pasa a su muchacho. Ni sus palabras. ¿Acaso le retaba para que respondiera si podía hacer correrse a un marica únicamente dándole por el culo?

   -Tenía que cogerlo, papá. Su coño estaba pidiéndomelo a gritos. Mira… -y aparta la tira del hilo.

   El hombre se queda paralizado, entre las musculosas nalgas peludas, con el hilo apartado, el culo es totalmente visible, manando leche. El semen de su hijo el cual estuvo llenándolo poco antes con ese güevo que se ve tan grueso, tan manchado de su propia esperma. Un culo que…

   -¡Cogías a un hombre! –acusa.

   -No, el coño de un maricón. Soy un macho, papá, tenía que cogerlo, ¿no lo habrías hecho tú? –arguye el muchacho. El tipo mira sobre un hombro al recién llegado.

   -Cógeme… Lléname el coño con tu güevo también. –pide ese sujeto, Wilmer Soteldo, urgido, meneando un poco el trasero, los labios hinchados del culo abriéndose un poco.

   -¿Qué? No, yo… -Onésimo parece aturdido, recorrido súbitamente por una corriente sucia y poderosa de lujuria mirando la mendicidad en esos ojos, el culo goteante.

   Le gusta usar su güevo, no había placer comparable a ese; masturbarse, recibir una mamada, coger dentro de un apretado y cálido conducto que se lo aprisiona y hala es increíble, pero esto… No era gay, fuera de un carajo que se lo había mamado cuando chicos, cosa de la que jamás habló a nadie, nunca se había interesado en aquella vaina. Pero allí estaba ese carajo, no mal parecido, con su culo y muslos peludos abiertos, con el pantalón en los tobillos, ofreciéndole el agujero con el cual seguramente les ha exprimido la leche a muchos hombres. Le imagina en un callejón tras un botiquín, así abierto sobre un bote de basura, una fila de jóvenes marineros borrachos esperando sus turnos de cogerlo, y él feliz, trabajándoselos a todos. La idea era intensamente erótica por sucia y prohibida, agravado para colmo por saber qué segundo antes todavía albergaba y exprimía el tolete de su propio muchacho. Allí estaba, chorreando la esperma de Jóvito, su Jóvito, y todavía quería más.

   -Vamos, papa, coge al marica. Llenándole el coño con tu güevo. Quiero ver que le hagas llorar. Enséñame a tratar a un puto como este. –sonríe el muchacho con la mirada brillante de ociosidad, de ganas. Y su sonrisa, sus ojos traviesos, el tolete que aunque había soltado toda esa cantidad de semen aún continuaba morcillón, era casi mareante.

   No, no debía. No podía. Eso estaba mal por tantos motivos qué… recorrido por una fuerte sensación, la piel hormigueándole, Onésimo se acerca más a la pareja llevándose una mano a la dura erección que ya tiene bajo el pantalón, con dos ideas sucias, desea clavársela por el culo y hacerle gritar por maricón, como dice su hijo. La otra… que el muchacho vea que también él la tiene inmensa. Es su padre, después de todo.

CONTINÚA … 23

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 21

enero 26, 2016

LOS CONTROLADORES                        … 20

SEXY BOY

   Guapo, casi infecciosamente…

……

   ¡Qué asco, joder!, piensa el chico, estremeciéndose salvajemente ante la visión de ese arrugado agujero que deja entrar el grueso dedo del hombre, seguramente apretándoselo. La idea le hace estremecer.

   -Cógeme. -pide el sujeto sobre un hombro, casi suplicante, mirada perdida, metiéndose y sacándose el dedo del culo, el cual medio bailotea, llamativo.

   -Grandísimo marica. –Jóvito estalla, rojo de cara, ojos sobre esa raja peluda, sobre la tirita blanca que atrapa en saco más abajo las bolas del carajo, ese agujero vicioso cuyos labios parece atrapar el dedo. ¡Lo que harían sobre un güevo!, piensa, estremeciéndose más.

   No sabe en qué momento se mueve, acercándose, recibiendo contra su rostro, cuello y brazos el calor que exhala ese otro cuerpo que parece dominado por una gran fiebre.

   -Por favor, chico, lléname el coño con tu güevo que siento que me muero. –suplica de manera patética, rostro crispado… metiéndose ahora dos dedos, que se deslizan fácilmente dentro de un agujero que lleva años disfrutando del buen sexo.

   -¡Maricón! –le ruge, atrapado entre la rabia y la fascinación. Le oye respirar pesadamente, como exasperado, dejando su tono de mendicidad.

   -¿Qué? ¿No te gusta coger? –le impacta.

   -Sí, pero…

   -¿Te gusta sentir tu güevo atrapado, apretado, halado y chupado por un apretado agujero que lo ama y que da gracias a la vida de que existe el tuyo? ¿No te gusta que te lo ordeñen así? Una mano está bien, una boca es mejor todavía… pero coger…

   -Vete, maricón, mi papá está por llegar y… -tiembla viendo esos dos dedos entrar y salir de ese culo peludo, fascinante, que parecía atraparlos.

   -Eres tan niño. –parece quejarse, sacándose los dedos, pero todavía apartando la tirita blanca, y con la otra mano, haciéndole pegar un bote, le atrapa una mano al chico, llevándola a su trasero.

   En cuanto su mano entra en contacto con la redonda nalga masculina, peluda, caliente, Jóvito queda paralizado, sintiendo como bajo la yema de sus dedos esa piel arde literalmente. Cuando ese tipo le suelta, no se aparta, los dedos recorren la curva de ese trasero como animados por vida propia.

   -Esto… esto no está bien… -todavía grazna, pero sus dedos van hacia esa raja, cosquilleando sus contornos.

   -Míralo, ¿no se te antoja? Dime, hombrecito grande, machito alfa, ¿no deseas llenármelo con tu güevo y cogerme como la perra que soy? Un macho como tú puede hacer llorar de placer a una perra, ¿o no?

   Esas palabras le hacen arder también; si, es un macho, podría llenarle el culo al marica ese con su güevo, cogerlo duro, hacerlo llorar pidiendo por más, y seguiría siendo un hombre.

   -¡Puto! –le ruge, como molesto, voz ronca, dándole una nalgada, dura, ruidosa, sintiendo un cosquilleo rico cuando le ve estremecerse y le oye gemir.

   Pero lo que le trastorna es ver ese culo que se agitaba fieramente, abriéndose y cerrándose de manera hambrienta. Un culo parecía una boquita de labios fruncidos que luego se abrían, y Jóvito no puede dejar de mirarlo, acariciándole otra vez, ahora de manera abierta, sin pensar en la extraña sensación de estar sobar una piel más dura y también peluda, nada femenina.

   -Vamos, chico, mi coño necesita de tu güevo. –pide otra vez. Se miran.

   -¿Quieres mi güevo? –preguntarle era como retarle, como incitarle. Jugar.

   -Lo tengo tan caliente, mojado y palpitante, papi. –sonaba extraño a oídos del muchacho que un carajo hecho y derecho le llamar de esa forma a él, un jovencito.- Mi coño necesita de tu hombría.

   Claro, para eso eran los coños, se dice como en trance Jóvito. Para ser jodidos por los hombres, para albergar sus güevos, apretándolos y exprimiéndolos para quedar rebosantes de leche masculina. Ardía de ganas, sabía que lo tenía bien duro bajo el jeans, tanto que le dolía presionado por el bóxer y la áspera tela del pantalón. Pero era un carajo, hombre…

   -Vamos, chico, ¿acaso no eres un hombrecito? Tu papá no dudaría un segundo. Respondería como un macho y sabría que tiene la obligación de llenar el coño hambriento de una perra. Él sabría que necesito tenerlo lleno con una barra dura, caliente y palpitante, y lo haría.

   Sintiéndose recorrido por una energía rabiosa, el muchacho empuja por la espalda al hombre contra la capota, haciéndole caer de panza, sacándole un pujido y una sonrisa, logrando que alce más el culo; luego, con manos febriles, mirando esa raja y la tirita del hilo dental blanco apartado, saca no sin esfuerzo su endurecido güevo del jeans y el calzoncillo corto que lleva. El tolete, cobrizo claro, enrojecido, resuma algo de líquidos desde su ojete. Agarrándoselo para llevarlo a donde toca, Jóvito siente una llamarada como pocas veces en su joven vida. Se miran.

   -Vamos, hombrecito duro, hombrecito fuerte, coge a tu puto. –casi sonríe ese tipo.

   Esas palabras, que hicieron arder la piel del muchacho, llenaron su mente. Coger al puto, llenarle el coño, todo coño debía ser llenado. Esas ideas se repetían en su mente. Se acerca más, aprieta los dientes con decisión y frota su glande de la raja peluda, del agujero que se estremece, mojándolo. Y quemaba, ambos lo sienten.

   -Toma, maldito maricón. –ruge Jóvito, entre dientes, y aferrándose la base de la verga la echa hacia adelante, siente el roce contra el arrugado anillo, lo alisa empujándolo hacia adentro, hay una leve resistencia pero esta pronto cede, por la fuerza de la embestida. Se la clava de un carajazo, y eso que el tolete era de buen tamaño.

   Una vez se la clava, su pelvis chocando de aquellas nalgas de macho putón, Jóvito parpadea, transfigurado. Las entrañas de ese hombre apretaban de una manera reptante, masajeante, era casi sedoso y terriblemente caliente. Muy caliente. Y le gusta; una idea le llena la mente de testosteronas, haciéndole sentirse increíblemente bien, ¡le había enterrado su güevo caliente a otro hombre por el culo! Él lo había hecho. Era más macho que el otro, el cual, cuando le abrió las entrañas de golpe y porrazo, había tensado el cuerpo, las nalgas y el agujero, apretándole todavía más, al tiempo que arqueaba la espalda y dejaba escapar un grito agudo, intenso, que no era para nada de dolor. Le gustaba, piensa el muchacho, la mente ofuscada. Retira medio tolete y vuelve a clavárselo, sintiéndolo increíblemente bien mientras iba y venía, más apretado y ahora masajeándole abiertamente la verga en el vaivén. Lo saca y lo mete, duro, no puede hacerlo de otro forma.

   -¿Es lo que querías, maricón, que te cogiera como una puta? Pues bien, toma, toma, puta… -le ruge altivo, sonriendo, casi transformado en otro, atrapándole las caderas y macheteándole con fuerza el chiquito.

   El güevo iba y venía de ese agujero que se abría con hambre para permitirle el transito, rodeado de pelos, la tira blanca del hilo dental, soltado, rozando el tolete que lo trabaja. Son embestidas duras las que da el muy joven sátiro, el cilíndrico tolete salía casi hasta el glande, halándole los labios del culo y los pelos, para luego enterrárselos, desapareciendo en su interior la joven y dura pieza de joder surcada de venas, mientras las bolas le golpeaban.

   El otro, por toda respuesta, gemía y se estremecía sintiendo su culo lleno, atendido como el buen Dios manda, como despertando aún a nuevas sensaciones o niveles de gozo. Se siente bañado, todo él, con algo cálido y grato que lo envuelve… y que nace en su agujero.

   -Hummm… hummm… -era todo lo que podía expresar, mordiéndose los labios, pareciendo luchar contra tanta excitación y gozo, comenzando a mover sus nalgas de adelante atrás, buscando con su culo ese tolete, el cual, por un segundo se queda quieto y es su agujero el que va y viene sobre él, hambriento y desesperado por más, clavándose todo y meneándose de lado a lado.

   -¿Es lo que querías, puto? ¿Güevo? Bueno, toma güevo, toma güevo –le gritaba Jóvito, perdida toda cordura, cogiéndole feo, nalgueándole.

   Y ocurre, siente como las paredes de ese recto se adhieren totalmente a su pieza, estimulando cada centímetro cúbico de su dura mole joven, dándole las apretadas de su vida. Es como si lo chupara literalmente, con tal fuerza e intensidad que teme morirse. Tan sorpresivo es que saca su güevo, pulsante, mirando el agujero que ser abre como una pequeña boca, reclamándole por más. Los ojos del muchacho se fijan en su propio tolete, pareciéndole que está… no lo sabe, como más dilatado por los lados, como si las venas estuvieran más llenas. Como más grueso. Cosa que le gusta. Coger al maricón se lo ponía más grande, pensó. Y lo clava, ese culo se abre, lo cubre, halándoselo; entre las apretadas y el intenso calor de las lisas paredes, lo siente más estimulado que nunca antes en toda su corta vida. Y grita de placer, dejándose llevar, perdiéndose, diciéndose que sólo quiere eso, coger coños apretados así. Los apretados y dulces coños calientes de otros hombres.

   Los dados habían sido echados.

CONTINÚA … 22

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 20

diciembre 24, 2015

LOS CONTROLADORES                         … 19

SEXY BOY

   Guapo, casi infecciosamente…

……

   Sonríe al notar como ambos le miran, de soslayo, esperando que mengue el número de personas presentes, y en un momento cuando prácticamente no hay nadie, cada uno se acerca, resintiendo la presencia del otro. Parecía cohibirles lo que hacían y no querían testigos. Es el cuarentón quien habla primero, saludando.

   -¿Si, caballero? –le pregunta solícito, le ve enrojecer un poco, como vigilando con el rabillo del ojo al chico ambiguo. Nunca era fácil hablar ciertos temas con un vendedor, menos si había un tercero.

   -Tengo un amigo que… -comienza, se atraganta, baja el tono de su recia voz.- Me habló de unos videos nuevos que están saliendo, del país, de sexo duro de tíos con jovencitos donde… -se corta todo, el chico ambiguo ahora mira con interés.

   -¿Fingen forzarles o violarles pero un superhéroe les salva? –termina, intrigado, el vendedor. La voz se corría y le pedían mucho ver eso, se dice no poco extrañado.

   -Ese mismo. –interviene con voz afectada, algo melosa, el joven. Sin mirar al hombre.

   -Tenemos algo pero… no he podido copiarlo, así que sólo está para exhibición. Tengo dos cabinas. Tal vez puedan verla y decidir si quieren adquirirlas. Compradas. Todo es muy discreto. –ofrece, notándoles luchar con la idea. Pero sonríe viéndoles asentir.- Vamos.

   Le siguen… y vaya que les gustaría, el encargado vería algo insólito, que le decidiría a meterse de lleno en el negocio de la distribución. Cada ficha en el juego del controlador jefe iba cayendo en su sitio.

……

   Matías, el chico ambiguo, con la boca seca se pregunta qué hace entrando en esa cabina. Debió comprar porno gay como siempre e irse, a toda prisa, con el corazón alegremente enloquecido, ansioso de llegar a su casa, cruzar la sala sin mirar a su madre y encerrarse en su cuarto a verla. Tragando en seco y todo su cuerpo caliente ante la visión de todos esos hombres hermosos de güevos grandes que se los metían por todas partes a otros hombres guapos. Lo de siempre. Pero cuando leyó en la red sobre aquellas películas, la curiosidad pudo más. La cabina es un minúsculo espacio de metro y medio por dos metros, un monitor de buen tamaño ocupa la pared que sirve de división con la otra cabina, donde seguramente el monitor correspondiente estaría en el mismo lugar para aprovechar el cableado. Una silla giratoria, con rueditas, se encuentra frente al aparato de video.

   Toma asiento y toca la pantalla, donde dice inicio, todavía dudando. Hay una grandilocuente música de introducción, con fanfarrias preciadas a las de la Twenty Century Fox, sobre el nombre de la casa productora, Coños de PerrasBoys. Eso le hace sonreír pero también le provoca un escalofrío por la columna. La filmación no es nada del otro mundo en calidad o iluminación, un menudo joven catire, delgado, con un chalequito escolar y un pantaloneta parece recrear la imagen de un chico que regresa de la escuela. Viene canturreando, saltando, con una rama recorre una tela metálica que cruza y se detiene en seco, algo alarmado, cuando queda frente a un bote de basura en llamas donde dos hombres corpulentos, con apariencias de mendigos, beben de una botella. Son dos hombres altos, treintones o cuarentones, con cuerpos forrados de músculos bajo sus ropas sucias, con manchas oscuras en sus caras y manos, donde lucen descuidadas barbas. Uno es negro, con crinejas largas, el otro tiene la piel cetrina y es calvo. Y son grandes, intimidantes, masculinos y predadores, mirando un poco hacia abajo, al chico catire, dulce e inocente como un escolar. Matías tiene la mirada fija en la escena, la boca seca, el corazón cabalgándole en el pecho, lleno de expectativas.

   Algo le dicen los sujetos al chico, con miradas predadoras, de burla y deseo, asegurando que un lindo chico como él seguro tenía un dulce coño escondido esperando ser tocado por los machos. Este se asusta, intenta retroceder y grita cuando dos pares de manos le atrapan. Se agita y se resiste, grita (¡era tan vivido!), pero esos hombres, uno al frente, el calvo, otro a sus espaldas, el negro, le pasan las manos por todos lados. El hombre negro, desde atrás, le cubre la boca haciéndole gemir ahogadamente, al tiempo que mete una manota dentro del chaleco y la camisa, bajándolos bastante, mostrando como manosea sus pequeños y virginales pezones. El otro le mete la mano bajo el borde del chaleco, alzándolo, frotándole la flaca panza blanca. Le desnudan, a zarpazos, el chico se agita y grita, pero sin palabras. Inmediatamente lo dejan totalmente desnudo, en cuatro patas, un enorme güevo negro rozándole la cara, azotándole con él, metiéndosele en la boca. Los ojos llorosos y desenfocados del chico, sus mejillas rojas denotan el esfuerzo que hace cuando sus delgados labios color rosa tienen que cubrir la impresionante masculinidad que emerge de la sucia ropa, con dos manotas reteniéndole por el amarillento cabello. Sus púberes nalgas son azotadas por una mano grande, feas y sonoras nalgadas se suceden, y gime, se tensa con cada una. Matías se siente trastornado oyendo a ese tipo decir que ese chico aún no estrenaba su dulce coño. Eso estaba mal, muy mal, pero todo su ser arde.

   Las nalgas enrojecidas con marcas de dedos muestran dentro de ellas un redondo, lampiño y muy cerrado culo, la rojiza cabeza del güevo cetrino se frota sobre la raja, arriba abajo, con el grosero tipo riendo preguntándole si el coño no se le mojaba ya de anticipación. El chico deja de mamar y se nota que pide que no le haga eso, el negro güevo ensalivado, que chorrea espesa baba y jugos, le azota feo la carita y vuelve a meterse en su boca. Hay una toma cercana del tembloroso culo y del frotar de la cabeza de ese miembro, arriba y abajo, que babea también. Y el tipo, atrapándole las caderas, apretando los dientes con maldad, se la clava toda, a fondo, con un “oh, sí, este coño virgen se siente tan bien”. El chico deja de mamar y grita, elevando la cabeza. Pero pronto tiene que regresar a chupar ese güevo pulsante. Llora pero su boca va y viene mientras aquel grueso instrumento de joder, la carne dura de un hombre hecho y derecho, se clava en sus entrañas, robando su inocencia y virginidad. Los dos machos lo cogen con violencia, sus güevos entran y salen de sus orificios sin piedad.

   Le tienden de espalda, nota Matías, frunciendo el ceño, parpadeando un poco, hay una luz intermitente en la imagen, algo que se refleja en un cristal. Era una luz molesta, continua. Y teniéndole de espaldas, el tipo cetrino, a su lado, le toma el bello e inocente rostro, obligándole a ir y venir sobre su güevo, comiéndolo. Los labios del chico lo cubren, sus mejillas muestran la figura del tolete. El sujeto le dice que sí, que siga así, que se nota que le encontró el sabor, que a todos los chicos como él les encantan las chupetas que los hombres guardan para ellos y tan sólo deben pelarlas. Eso hace reír a los dos violadores. El hombre negro, con su monstruosa verga todavía mojada de saliva y jugos, frota el amoratado glande de la raja, presionando en una toma cercana. Y es sencillamente increíble por lo mórbido, piensa un agitado Matías, todavía notando la luz parpadeante, también un cierto sonido de pitido que le hace arrugar la frente, ver como la titánica pieza se forza, abre y va penetrando, pedazo a pedazo del inmenso tolete, dentro del pequeño culo del chico, quien se agita, arruga la frente y arquea la espalda. Lo cogen así, el hombre negro rugiéndole que tomara, que le sacara la leche con su coño caliente y hambriento. Matías siente la boca seca, su cuerpo ardiente, su verga dura, sus tetillas sensibles… y su culo algo picoso. No lo entiende, pero se imagina en ese predicamento, dos machos cabríos, abusadores, dos sádicos tomándole así en plena calle, sometiéndole a pesar de sus gritos y llanto.

   Esa luz parpadeante, coño, ese pitido…

   La escena, los sonidos, tan claramente vívidos, sin embargo parecen llegarle con cierto retraso. Se sobresalta cuando una mano grande, firme, ruda y muy masculina cae en su hombro. Agitado vuelve la mirada, hacia arriba, y encuentra a ese tipo que entró con él a la tienda, el cuarentón. Su mirada era oscura, lujuriosa, su determinación era la del macho dominador.

   -De pie. –le ruge, halándole hacia arriba, apartando con un pie la silla. Dejándole parado frente al monitor, él detrás.- Mira eso…

   La mirada de Matías, quien no puede procesar exactamente qué ocurre, qué hace allí ese sujeto al que no conoce, tratándole de esa manera y hablándole en semejante tono, vuelve a la pantalla y casi jadea contenido. El chico, catire y bonito, muy joven, totalmente desnudo, está entre esos dos hombres, que están de pie, uno adelante, el otro atrás, sosteniéndole, sus piernas cuelgan en los brazos del sujeto negro, alzado en peso, su culo recibiendo en esos momentos el ataque, penetrada e invasión agresiva de dos moles de carnes duras. Estaban cogiéndole entre los dos, a un tiempo, mientras el chico gemía entre sus cuerpos, carita de dolor, pero tono ronco, totalmente tomado por aquellos machos dominantes.

   Boca abierta, Matías lo mira, esa luz parpadeando en la toma, desde otro punto, mientras ese sujeto a sus espalda mete las manos bajo su franela, las callosas palmas recorriéndole la suave y lisa piel, erizándole. ¿Qué demonios hacía?, le grita una voz en su cabeza, alarmada. Pero la escena, los dos güevos, uno negro, el otro cetrino, ambos frotándose uno contra el otro mientras cogen el pequeño culo blanco de un chico que se estremecía, arqueaba, gemía y flexionaba los dedos de sus pies, esa luz parpadeante, ese pitido que era algo desequilibrante, ese sujeto tocándole…

   No nota que mese su culo hacia atrás, contrala bragueta llena del tipo, frotándole la dura barra que quema a pesar de los dos juegos de pantalones. Gruñendo animal, ronco y predador, el sujeto le muele también. Verga contra culo. Y Matías traga, nunca ha hecho eso, no se ha atrevido, lo piensa todo demasiado, pero en esos momentos… esas manos lo tocan con propiedad, el resuello del sujeto, su deseo por él, le trastorna, tanto como estar tan consciente de la dura sexualidad contra sus nalgas.

   -Voy a llenar tu coño… -le oye rugir contra su oído, asustándole, perdiéndole.

……

   Jóvito Malavé silba con desgana mientras pasa un trapo húmedo, inmundo, sobre los surtidores de gasolina. Su papá no le dejó irse con su primo, Benito, a jugar básquet en la cancha de Los Araguaneyes. Aunque le gritó que no fuera a Benito, su sobrino, porque terminaría metiéndose en problemas por tratar con esos malandros, no podía, técnicamente, detenerle. Pero a él sí. Y le había echado esa vaina. Mientras Benito seguramente estaba jugando básquet, echando vaina, enséñanosle el pecho a las chamas de la zona, fumando y tomando algo de guarapita, perdiendo el tiempo de manera gloriosa, el tenía que hacer aquello. Y lo peor era que no había pasado casi nadie a llenar el tanque. No es un trabajo muy exigente a realiza para ese cuerpo joven, esbelto, transpirado dentro del viejo bermudas y la camiseta blanca que se adhiere a su cuerpo de una manera que le gusta porque hacía que las nenas, y una que otra vieja le mirara (así pensaba de toda mayor de treinta y ocho años). El sonido de un motor le llama la atención y arruga la frente. Lo que faltaba, el marica ese.

   Viendo la grúa llegar y estacionarse, cae en cuenta que llevaba días sin verle. Desde que subió la otra camioneta, la buena. Una idea le hace sonreír, seguramente el que le dio güevo le dejó el culo muy adolorido. ¡Malditos maricos!, se dijo. Sin embargo, muchacho al fin, lo miró, arrojando el sucio trapo, manos en las caderas. Insolente en su juventud. Benito tenía razón, el pato ese no podía pasar por allí sin mirarle, sin comerle con los ojos. Eso le molestaba pero también le divertía. Le ve salir, algo barbudo, con ojos turbios, el paso fue algo inseguro.

   -Buenas. –saludó este, recorriéndolo todo con la mirada.- ¿Y tu papá? –el macho alfa, debía llegar a él primero.

   -No está. –sonríe desdeñoso.- Sólo estoy yo para cuidar de las mangueras. –agrega con burla provocativa, tocándose el entrepiernas. Casi riendo del patético marica cuya mirada cae ahí, algo confusa, mientras separa los labios.

   -Tienes una lengua afilada. –le gruñe el sujeto, sintiéndose más tranquilo, sabiendo que le sorprende. Siempre les mira, intercambia saludos y no pasaba de allí. No quería problemas en la zona, menos con esos muchachos que eran, prácticamente, sus únicos vecinos.- Pero no sabes usarla. Sé respetuoso. –nota que eso le molesta.

   -Imagino que tú si usas la lengua bien, cuando lames lo que te gusta. –suena retador, abierto, casi agresivo en su desprecio. Se miran.

   -Respeta. –repite con un gruñido, sintiéndose nuevamente mareado, con ese calor que lo embargaba y que no tenía nada que ver con el deseo sexual, lo sabe. Era otra cosa. Como fiebre.

   -¿Respetar a un mamagüevo?, muy difícil. –dejándose llevar por la ira, replica, a pesar de saber que su padre se molestará mucho si se entera.

   -Eres un… -ruge con disgusto; maldita sea, toda su vida ha tenido que escuchar insultos homófobos, pero que provinieran de un muchacho era demasiado. Endereza los hombros y nota que el chico se tensa, apretando los puños, algo pálido y preocupado, pero listo a responder. Todo un gallito. Un alfa.- Mira, necesito ayuda… -dice mientras las palabras se le ocurren.

   -¿Qué quiere? –Jóvito cruza los brazos sobre el pecho, hostil pero interesado. Le conviene. Sabe que se pasó.

   -Ayuda. –repite, como si le costara hilvanar sus pensamientos. El calor estaba quemándole. Se abre la correa, saca la camisa del pantalón y lo abre también.

   -¿Qué coño haces? Déjate de mariqueras, mamagüevo o… -el chico se alarma, ahora realmente asustado. No esperaba aquello.

   -Necesito ayuda. –repite el sujeto, bajándose con dificultad el jeans por sus muslos, volviéndose, apoyándose de la capota de la grúa y levantándose la camisa, los ojos de Jóvito muestran toda su sorpresa, escándalo y repudio.- Necesito que me ayudes. –corea, mirándole sobre un hombro, mostrándole su trasero redondo, musculoso, velludo, masculino, apenas cubierto por una tanguita hilo dental color blanca, que se pierde en la raja entre los glúteos.

   -Maricón de mierda, súbete su vaina y lárgate de aquí o llamo a la policía y mi papá… -el chico ruge, de furor y rabia. Ese sujeto le ofendía, ¿acaso le creía marica también? Eso era lo que le parecía entender, que le buscaba porque le notaba algo. Siente furia pero no puede apartar los ojos de las nalgas, morbosamente curioso, cuando el tío se inclina más, ese redondo culo expuesto en toda su majestad, la tirita obscena apenas cubriéndole.

   -Ayúdame. –oye que le dice otra vez, mirándole sobre un hombro, pero no notándolo ya que sólo mira una de las manos del tipo que va a su trasero, metiendo el pulgar debajo de la telita, apartándola de su culo peludo, rugoso, el orificio más secreto y sagrado de un hombre heterosexual, y que con la otra mano, con dos dedos, separa un poco los pliegues de ese agujero en botón.- Mi coño necesita ayuda. Ayúdame. Llena mi coño caliente… -suplica.

CONTINÚA … 21

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 19

diciembre 6, 2015

LOS CONTROLADORES                         … 18

SEXY BOY

   Guapo, casi infecciosamente…

……

   Las dos jóvenes intercambian una mirada, Joanna parece ligeramente divertida, Sabrina no. Menos cuando el joven alza la vista, la luz reflejándose totalmente en los cristales, como espejos, impidiendo mirar sus pupilas.

   -¿Qué lo hace tan peligroso? A este sujeto que esperas. –se interesa esta última.

   -Está completamente loco. Heredó un poder increíble, pero también un viejo odio, y no supo manejarlo. Querrá superar a su predecesor, quien también fue terrible, pero era mediamente sensato. Se podía hablar con él, negociar en medio de la batalla. Con este no ocurre eso. –calla y mira a un lado, ocultando sus pensamientos; había sido una pena que no le matarán antes. Pero ni aún él, o Gea, podían verlo todo.- Estamos a punto de ser atacados, de manera total y frontal. –sonríe leve, una mueca que provoca escalofríos en las mujeres.- Y de una manera que nunca han visto, ni pueden imaginar a menos que pudieran entrar en mi mente. –las ve encogerse. Nadie querría eso jamás.- Me parece que el otro, ese a quien viste, sólo vino a prepararle el camino.

   -Pero… es una locura ir contra nosotros. Solos podemos ser… intimidantes, juntos no podrá… –alega Joanna, confusa; no siendo empática como Sabrina, no podía leer en las emociones del siniestro joven. Ni lo deseaba.

   -Y, sin embargo, él comenzará su guerra. Contra todos. Contra el mundo. –informa y Joanna lanza una carcajada que contiene cuando los otros la miran con seriedad.

   -¿Qué? ¿Hacerle la guerra al mundo? Es una locura. Es imposible. Ni Gea o tú… -titubea.

   -No imaginas lo aterrador que puede llegar a ser su facultad; creo que su demencia, su falta de escrúpulos o empatía, potenció su naturaleza. Es un controlador de quien no hay manera de escapar. Tal vez su única debilidad sea esa, su inestabilidad. Con su predecesor no hubo esa falla, tan sólo se metió con alguien que no debía, puso a demasiados en su contra. –mira a Joanna, quien asiente.

   -El abuelo me ha contado la historia, lo que sabe. Y a su manera. –responde la nieta del viejo Joel Gruber. Frunce el ceño.- Él no habló nunca de…

   -No le dijimos quiénes éramos. Eso es peligroso. Somos muy pocos. –sonríe leve, desvaído.- Ese controlador era poderoso, no tanto como este, pero si más inteligente, quería únicamente nuestro fin, por eso pactamos con gente común para… el trabajo de campo.

   -¿Tuvimos? Mucha gente habla en tercera persona o plural, pero… -Sabrina le mira ceñuda.- ¿Qué edad dices que tienes? –el otro sonríe, flojamente.

   -No desvaríen. Tenemos que prepararnos, ubicar al sujeto que viste bajando de ese vuelo. –le dice a Joanna.- Encontrar a quien esté actuando en el Centro. Tú debes llegar a él. –se dirige a Sabrina.- Pero de quien debemos ocuparnos, y cuidarnos, es del que todavía está por llegar. Porque llegará y actuará; lleva demasiado tiempo soñando con el levantamiento de los controladores. Desea declarase diferente y poderoso ante la humanidad misma, merecedor de adoración incondicional. Y nos hará la guerra, a todos, por ello. –calla, hombros caídos, mirando a un rincón de la habitación.

   -¿No hay manera de encontrarle? Alguno de nosotros debe poder…

   -No, Joanna, no sabremos nada hasta que termine de colocar sus piezas en el tablero. Luego mostrará su juego… Y tal vez, ya en ese momento, sea tarde. –sentencia el pálido joven.

……

   El día es hermoso, claro, diáfano, pero terriblemente caluroso y húmedo. El asfalto sduelta un vaho apestoso. Los rayos solares queman en el cogote, el sudor rueda caliente por las sienes y espaldas. Y los dos gañanes, primos, cercanos ambos a los veinte, pieles cobrizas, cabellos ensortijados uno, lacio tirando a indio el otro, yacen casi arrojados contra una pared de la gasolinera destartalada que pertenece al papá de uno de ellos, el del pelo lacio. Se quejan del calor, del trabajo y los estudios, pero ríen hablando de guarapita, de chicas, de bailes, de parrandas y nenas que se dejan meter manos. Son atractivos por sus facciones, por lo jóvenes, voluntariosos, risueños y escandalosos. Se sabían guapos y les gustaba de maneras que otros no podrían entenderlo como no fuera teniendo o recordando vívidamente cuando se tenía diecisiete o dieciocho años y los ojos de las chicas les seguían, o se miraban al espejo y les gustaba todo, absolutamente todo lo que veían sobre sí mismos. Así ocurría con estos dos; eran algo patanes, groseros, simplones, pero ni mejores ni peores que millones de jóvenes alrededor del mundo, independientemente del credo, color de piel o nacionalidad.

   Sentados, hablando de lo putica que es la novia de uno, en la secundaria, ven llegar la vieja camioneta tipo grúa. El pelo lacio le da con la rodilla al otro, llamando su atención sobre el vehículo y el hombre que inicia la treintena que baja, los mira y luego las máquinas expendedoras. Conoce al lugar y se sirve. Los otros le observan y sonríen con esas muecas burlonas de la cruel intolerancia joven.

   -Debe estar triste, siempre viene cuando estás sin camisa. –comenta, no en tan bajo tono, el pelo ensortijado, con una sonrisa de oreja a oreja.

   -Ay, hoy no tendré propina.-replica este y ríe.

   El hombre, rostro armónico, de gran bigote y ojos amarillentos, les ignora aunque debe estar escuchándoles. Era el viejo juego de los chicos con el tipo que vive sin mujer, del que todos decían que era marico lo hubieran visto en algo o no, y a quien, cualquier cosa que hiciera, desde saludar, mirar o sonreír, era prueba de una coquetería descarada para intentar chupar un güevo.

   -Hey, si no van a trabajar se asean y para la escuela, a ver si aprenden a escribir sus nombres. –gruñe un hombre cuarentón, velludo, con algo de panza, que sale del local donde venden algunos periquitos para autos, motos y bicicletas. Nada muy bueno en una zona nada buena.

   Los muchachos, riéndose aún, se ponen de pe y entran, seguramente que a tomarse algún refresco, piensa con disgusto del hijo y del sobrino. Mira al tío de la grúa. Tampoco le agrada, no le ha hecho nada, no le sabe nada, pero lo de marica parece herir profundamente su forma de ser.

   El hombre termina, intercambia algunas fórmulas de ruda cortesía mientras cancela la gasolina, cosa que, cómo no, molesta al dueño del lugar, y va hacia su vehículo. Volviendo la vista, mirando por una ventana, sin mostrar nada particular, sus ojos enfocando a los dos chicos que le observan también, efectivamente refrescos en mano, quienes al notar la mirada, le señalan y ríen.

   La vieja camioneta parte, subiendo aún más. En aquel cerro, el tipo tenía su viejo depósito, y su casa, casi en un tope. Los jóvenes salen, el hombre les grita por tomarse la ganancia de los refrescos, pero estos no le paran. Están allí, siguiendo el sinuoso camino que se aleja y sube.

   -¿Cómo será eso de que otro carajo te mame el güevo? –pregunta de pronto, una vez que quedan a solas, el pelo ensortijado, sorprendiendo al otro, que sonríe con sorna.

   -¿Qué? ¿Sientes ganas de dar una? ¡Paso!

   -¡Marico! –es la clásica respuesta.- Es que… -el chico duda.- ¿Sabes de Jacinto, en la escuela?

   -¿El marico?

   -Si, ese mama güevos en el baño… y me he preguntado. Coño, primo, me encanta hacerme la paja, pero que me la mamen me gusta más. Y si una boca es una boca…

   -¿Y quién te mamó el güevo a ti? –se interesa, como todo chico, el pelo lacio.

   -Nubia.

   -Esa puta se lo mama a todos, menos a mí. –suelta con disgusto.

   Interrumpen su charla de altura cuando una Jeep Gran Cherokee, cuatro por cuatro, oscura, cristales polarizados, cruza frente al negocio, sin detenerse o aminorar, subiendo y subiendo, siguiendo la ruta que poco antes llevara la grúa. Quedan con las bocas abiertas.

   -Guao, que belleza, ¿qué hará una camioneta así por aquí? En este cerro de mierda te roban los calzoncillos sin quitarte el pantalón –se extraña el pelo ensortijado.

   -Debe ir para el depósito del marica. –se encoge de hombros el pelo lacio. Lazando un rebuzno.- A lo mejor es un marido que tiene. –ríen a dúo.

   Lo recordarían al regresar del colegio, por la tarde, casi anocheciendo, cuando el vehículo bajó, también a toda mecha. Los muchachos intercambiaron una maliciosa mirada.

   -¡Un marido! –comentaron y rieron.

   Aunque vivían en la deprimida y populosa Filas de Mariche, casi por encima de la Capital a donde se llega por caminos que parecen sostenerse precariamente del paisaje, rodeados de farallones, los muchachos se sienten bien, aún no les turba ninguna gran preocupación, no se han enamorado de ninguna, las quieren a todas, y tienen lo que desean del taller y la gasolinera. Mirando el bajar de la lujosa camioneta, reparan en el terreno baldío, de maleza y farallones, que recubre la bajada, más al Oeste encuentran los cuajados cerros de Petare. Más allá… Caracas misma.

   El paisaje de siempre en la vida de siempre. Un lugar apartado, marginal, de vida azarosa, una a la cual la gente se adaptó y acostumbró. De allí descendería el caos desatado por el gran controlador. Y ya había comenzado.

……

   -Me alegra que me telefonearas. –sonriendo, tratando de mantenerse sereno, Gabriel Rojas estrecha la mano de Hernán Bravo, quien le llamó para una prueba si estaba interesado en trabajar en los videos. El lugar estaba copado, porque no era muy espacioso y había luminitos, técnicos, cámaras y cosas así. Poca gente, pero llenaban todo.

   -Hay demanda, amigo, tenía tiempo sin ver una reacción así. –informa el director de filmaciones, entusiasmado, pensando en todo el dinero que ganará.- Si sigue gustando, y siguen pidiendo, esta puede ser una buena mina.

   -Eso estaría bien, ¿no? –sonríe el otro, preguntándose exactamente qué coño querrían que hiciera. Estaba buscando información sobre el nieto de cierta anciana, enterándose del “negocio”, pero no quería participar en todas esas mariqueras.- Dios, estoy algo nervioso. –confiesa porque puede notársele y porque le da credibilidad a su papel.

   -Tranquilo, la gente aquí es muy amable. Si no fuera por el porno diría que son mormones. –sonríe el sujeto mirando a alguien.- Hey, Garzón, conoce a un nuevo colega.

   Gabriel se vuelve y ve al joven, todo sonrisas untuosas, todo candencia mientras camina, había algo inequívocamente gay en él, que no se notaba, no mucho, poco antes (la aerolínea tenía sus directivas), y que ahora casi afectaba. El hombre siente un leve vacío de estómago cuando el joven lo recorre con la mirada, llevándose un dedo a la boca y mordiéndolo juguetón.

   -Bienvenido. Me gusta lo que veo. –y con un dedo le recorre el torso.- Creo que me gustará conocerte… a fondo.

   Y que lo aspen, piensa Gabriel, enrojeciendo, erizándosele la piel, una reacción que jamás había sentido en presencia de otro tipo. ¿Qué diablos pasaba allí?

……

   El local, en pleno boulevard de Sabana Grande, se ve iluminado, aséptico, muy público. Es un cuarto más largo que ancho, con estantes donde se muestran caratulas de videos y revistas del tipo sensual, de todos los géneros. Tras la barra, un joven de rostro picado, como por una vieja acné, recibe a los clientes. Parejas, hombres solos. Aunque no una sex shop, hay algunos juguetes, cartas y cosas así; la titánica lucha del negocito por no perecer en la era del internet y el porno virtual. Una infaltable cortina divide la habitación, separándola en dos semi cuartos, uno para el porno gay propiamente dicho, que contaba con muchos adeptos, gente que no quería ser vista revisando caratulas tan al frente, y dos pequeñas cabinas de exhibición. Minúsculas, separadas por paneles delgados, donde se podía, en teoría, mirar porno. Sólo eso. Aunque en la intimidad del lugar, si eso se quería, se podían masturbar. También las paredes guardaban trucos, que no era explicado a los que no sabían. El negocio no se hacía responsable de lo que la gente hiciera, como pajearse mirando a otro hacérsela también. O compartir…

   El joven encargado nota que dos hombres van rezagándose, como revisando cosas; evidentemente cada uno iba por su lado sin conocer al otro. Era la manera de actuar de la gente de las cabinas, lo sabe. Y le divierte porque no pueden ser más distintos. Uno es un sujeto cuarentón, de bigotillo y camisa manga larga dentro de los pantalones, un saco completando el atuendo. Algo de canas en sus sienes le daban un aspecto distinguió. También muy varonil y masculino, tanto que se ganó una que otra mirada del otro rezagado. Este es un tipo algo bajo pero fornido, muy joven (tendría que chequearle la edad, piensa), de cabellos castaños muy lacios, y con mechitas. Aunque lleva la sombra de una barba y un bigotillo, había algo profundamente ambiguo en él, que nada tenía que ver con su franela ajustada sobre los hombros y pectorales, demarcándole las tetillas, o el pantalón metido un tanto en su culo redondo.

   Un culo que lo metería en problemas dentro de unos minutos.

CONTINÚA … 20

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 18

noviembre 17, 2015

LOS CONTROLADORES                        … 17

SEXY BOY

   Ya se dejan ver…

……

   -Moncada, pueden vernos y… -jadeó bajito, aturdido y asustado, ganándose una mirada cerrada del otro, una que le hizo suspirar mentalmente.- Papi chulo, no creo…

   -¿Seguro que no quieres? –le pregunta burlón, moviendo una mano y atrapándole el muslo, muy arriba, caliente y firme bajo su palma, el muslo de un joven atleta que llenaba obscenamente un jeans.

   Y esa mano, también cálida, parecía vibrar contra su piel, a pesar de la áspera tela del pantalón, Rubén la sentía. Una vibración que parecía ir directamente a su entrepiernas, a sus bolas y tolete de una manera excitante. Su cerebro mismo parecía desconectarse y tan sólo pensar “quiero, quiero, quiero”.

   -Vamos, sé que lo deseas. –indicó indolente, bajito, ronco, abriendo más sus piernas, relajándose en aquellas penumbras interrumpidas por los relámpagos de la pantalla de cine.

   Rubén ya no pensaba, no con el muslo de Tony chocando del suyo, o la mano sobre su muslo, que estimulaba más y más sus sentidos. No con el recuerdo de aquella verga que ya conocía. Se tensa, pero se eriza más, cuando aquella mano atrapa la suya, llevándola al otro entrepiernas. Y la rozó, la verga del joven marica ese, ya dura. No quería, en serio, pero sus dedos la recorrían, delineando los contornos sobre la tela, sintiéndole tensarse, oyéndole respirar pesadamente por lo que le hacía. Clava los ojos, no puede apartarlos, de la silueta del glande contra la tela, sus dedos tocan, acarician y rastrillan allí. Se tensa más, aunque no aparta los dedos, cuando el joven abre el botón y baja el cierre del pantalón, despejando la bragueta. Allí, bajo el bóxer que lo abraza como si de un guante se tratara, destaca el miembro del muchacho. Duro como lo es siempre a esa edad. Nadie le ordena nada pero lo recorre con las cortas uñas, y después de atraparlo con su mano sobre la delicada tela, apretándolo, la libró. La visión del joven, rojizo, duro y caliente güevo le robó el aliento. Su puño subió y bajó sobre él, sintiéndolo latiéndole contra la palma.

   -Como has cambiado, puto. –le oye decir, y se miran. Rubén avergonzado, pero incapaz de soltarle el güevo, Tony con cierta extrañeza.- Recuerdo todas las cosas insultantes y degradantes que me gritabas sabiéndome gay, ahora mírate. –ambos pares de ojos caen sobre la mano que envuelve el tolete.- Chúpalo. Aquí. Ahora.

   Mientras la música del filme se oye, mujeres gritan y las luces centellean, Rubén se inclina, sin muchas resistencias en esos momentos ya. Acerca el rostro al glande, temblando de anticipación, lo sabe. Percibe su calor, su olor fuerte, y como sigue masturbándole, nota como el ojete se abre y cierra, acuoso para ese entonces. Pega la lengua de la lisa y ardiente cabeza, bajo el ojete, los líquidos caen en su lengua y pierde todo sentido. Ya lo hizo antes, pero ahora…

   El olor le parece maravilloso, el sabor del líquido es embriagador, y cuando besa y chupa esa cabecita, le parece que nada sabe mejor sobre una lengua, dentro de la boca de un chico, que el güevo de otro. Succionó, casi gimiendo goloso al tragar la saliva y esos jugos masculinos.

   -Oh, sí, así… -le dice Tony, sonriente,  burlón y poderoso, montándole la mano abierta sobre su nuca, empujándole poco a poco contra la verga.- Tómala toda; si vas a mamarle el güevo a otro carajo debes, al menos una o dos veces, tomarla toda con tu garganta. Eso hará que todos adoren tu boca.

   Estremeciéndose ante las palabras que le enfrentaban al hecho de que, efectivamente, tenía el güevo del marica ese en su boca, también comprobaba lo sabroso que le parecía, además de estimulante. Dios, estaba dándole una mamada a otro chico en un cine, con gente en la sala y otros que podrían entrar. Tony le empujaba más, arruga la frente y lucha por respirar mientras sus labios rojizos y delgados van atrapando, centímetro a centímetro, la pieza del otro, la cual pulsa salvajemente contra su lengua. Y no tenía manera de describir lo bien que se sentía tenerla allí. Nota el glande golpeándole el paladar, continuando, dándole contra las amígdalas. La succiona con fuerza. Y se estremece, de vergüenza y oscuro orgullo, cuando le oye reír. Si, quiere agradarle, y teniéndola toda tragada, labios y nariz dentro de su bragueta, aspirándole los pelos púbicos, se esfuerza, quiere complacerle. Se sentía tan bien tener la boca llena con ese güevo, como el saber que lo hacía, y que Tony era feliz mientras lo hacía. Ahogándose un poco, va retirándose, dejando el tolete visible, más rojo, hinchado y brillante de saliva.

   Conteniendo un jadeo, ojos brillantes de poder y placer, Tony se recuesta en su asiento, piernas muy tensas y abiertas, con Rubén, cuya cabeza ahora sólo sostiene tomada, sin empujarle ya que el otro hace todo el trabajo, sube y baja dándole una mamada increíble, y a esa edad, o a cualquiera, un hombre gozaba de una buena mamada de güevo, especialmente si se la daba otro carajo en un escenario como ese donde si era pillado, Rubén sería tachado de marica por todos. Mira la película, Channing Tatum comienza a bailar, en camiseta, y se tensa, sonriendo extraviado. Un día iría a Los Ángeles y haría de ese actor su juguete sexual maullante de placer cuando lo tomara. Ignora que comienza a subir y bajar sus caderas, acompañando los movimientos de Rubén, cogiéndole la boca. Cada empuje despertaba el hambre del muchacho, anulado su reflejo de nauseas.

   Apretando los dientes, sintiéndose increíblemente excitado, Tony sabe de sus jugos pre eyaculares que mojan y empapan la lengua del muchacho, y nota cómo los traga con gula. Le atrapa un mechón de cabellos, ladeándole el rostro, sus miradas encontrándose. El chico dominante que es mamado por su putito, así lo pensaba, y el putito, rojo de cachetes, le atrapa el tolete con la boca, la silueta del glande deformándole una mejilla. Es cuando algo llama su atención, unas cuentas filas por debajo, un hombre joven miraba la pantalla pero se vuelve y les pilla, evidentemente sorprendiéndose. ¡Les habían visto!

   -Te gusta, ¿verdad? Tu cara es un poema. –le dice, cruel, a Rubén, necesitado por alguna razón (bien, la conoce, pero no quiere pensar en ello) de rebajarle a nada. Se baja más el pantalón y el bóxer, sus bolas colgando.- Imagina cuando se me pongas más duro y caliente, cuando tiemble en tu boca, contra tus labios, y escupa su leche; un disparo y otro y otro de esperma caliente y espesa bañándote las amígdalas y la lengua. La quiere ya, lo sé. Sigue aquí. –le sonríe cruel, halándole el cabello, retirándole de su güevo que, bañado en saliva y jugos, pega de su panza plana, mientras empuja el bonito rostro del otro muchacho más abajo, metiéndoselo bajo los testículos, obligándole a frotarse de allí. Y mira cuando, cerrando los ojos, Rubén cae de rodillas y aspira sus aromas de hombre.

   Eso le hace sonreír, aunque no tanto como el hombre joven que les miraba, olvidada la película, ojos fascinados por el insólito cuadro en un cine no porno. Claro, estar en una sala y descubrir que semejante cosa ocurría, un chico mamándole el güevo a otro, sería algo violento o chocante. Pero se miraría, aunque sólo fuera por curiosidad. Podía ser eso, pero Tony, tarde, entiende que se dejó llevar. Que esa cosa que atraía a otros había salido de sí y alcanzó al sujeto unas cuantas filas más allá. Le sonríe, de manera abierta y el hombre vacila, poniéndose de pie. Marchando hacia ellos.

   Rubén casi ni cuenta se dio de la llegada del extraño, o no le importó, mientras mamaba con apetito. Succionando, deseándolo todo (soñando con esa esperma que el otro le prometió), nada más tenía sentido. Tony sí; seguro de sí, casi chocante, miraba al recién llegado mientras el otro le mamaba.

   -Nada como una mamada, ¿eh?

   -Tu amigo se ve bien puto. –gruñó el sujeto, como intentando despertar de algún embeleso.

   -Es un güevo rico. Siempre me lo dice. Pruébalo. –le ofrece.

   El recién llegado, un hombre joven alejándose de los veinticinco, de cabello negro y bigotillo, duda. Entró casi a escondidas a ver la película de esos chicos bailando, lo deseaba, pero había cosas que no hacía. O temía. No se había atrevido nunca de hecho. Estar en ese cine era un placer secreto y muy culpable. Aunque había cosas con las que soñaba, especialmente con todo el porno que miraba. Y allí estaba ocurriendo aquella escena alucinante. Un guapo chico se estaba dejando mamar un güevo más que bonito por otro chico, uno que gemía y suspiraba mientras se relamía. Ese tolete se deja ver en toda su gloria cuando el chico separa al otro, por el cabello que todavía le tenía atrapado en un puño.

   Era un güevo hermoso, efectivamente, se dijo, con la boca seca, los ojos fijos, el corazón latiéndole de manera enloquecida en el pecho.

   -Vamos, date gusto. –oyó, como si llegara de muy lejos, al muchacho. ¿Qué habría hecho cualquier otro en su lugar?, ni se lo pregunta cuando cae de rodillas.

   Y ahora sí que Tony Moncada se estremece. Una nueva boca, la de un carajo mayor que él, con rostro de reprimido, cae sobre su tranca tras soltar aliento y un gemido. Otros labios, estos rodeados de un bigotillo, lamen, chupan y besan su glande. La lengua tanteaba, pero en seguida el carajo tragó güevo. Eso era lo que quería, seguramente soñándolo mucho, angustiado en su solitaria cama, por el miedo que le había impedido vivir, preguntándose cómo sería, temblando de emoción, diciéndose que no podía ser tan bueno, pero ahora, entre temblores, comprobaba que era todavía mejor. Porque si, se tragó la mitad de la tranca, chupando con desmaño, más con ansiedad que técnica. Con urgencia.

   Ese hombre joven mamaba su güevo como si no hubiera mañana, dándose por fin el gusto de probar uno. Y tenía que tocarle ese, que latía y le quemaba, que hacía su lengua agua, que la bañaba de unos líquidos que sencillamente le encantaban. Y quería más y más, succionando. Tony sonrió, tuvo que hacerlo porque al soltar la cabeza de Rubén, este volvió a su güevo, lengüeteando lo que el otro dejaba afuera, azotándole las bolas, deseando demostrarle que también él podía darle placer. Las dos bocas se baten ahora por besar, lamer y ensalivar su glande, dando chupadas. Las lenguas van y vienen por todo el venoso tronco, compitiendo por estimularle. Ambas recorren la gran vena de la cara inferior, ambas aletean sobre su glande de donde manan jugos y saliva acumulada. Ver, y sentir, las dos lenguas azotando su ojete, era una locura para el joven controlador.

   Y como tiene que ser, como debe hacer todo carajo a quienes otros dos se la están mamando, uno a cada lado de su cuerpo, Tony atrapa sus nucas, los lleva y los guía mientras lengüetean, arriba y abajo sobre su güevo, turnándose para dar besitos al glande hinchado.

   -Se te nota lo hambriento. –le dice el tipo joven, sonriendo burlón.- ¿Toda una vida negándote a olisquearle las bolas a tus amigos deseando tragarte sus güevos? Tonto, tu vida no la vivirá nadie. Anda, aliméntate…

   Le lleva, por la nuca, a la punta de su verga, una que el otro traga casi con un jadeo; rodeados por el bigotillo, los labios rojos e hinchados se separan, su barbilla brilla llena de saliva, suya y de Rubén, también de jugos. Baja y va apretando, cerrando los ojos. La siente más dura, caliente y pulsante contra su lengua. Y traga y traga. Luego sube, succionando, sobándola, masajeándola con mejillas y lengua. Arriba y abajo.

   Con ojos de cachorrito, algo molesto, Rubén mira al goloso intruso, luego a Tony, estremeciéndose por toda la burla que encuentra allí.

   Por su parte, aquel tipo joven se encontraba perdido en una fantasía largamente anhelada. No sólo tener a un chico guapo para sí, no sólo mamar el güevo lleno y jugoso de un joven voluntarioso, como lo hacía, con fuerza, hambre y bríos, sino hacerlo allí, en un lugar público. Como tantos reprimidos, había soñado con ser tomado por alguien en una cola del Metro, un ascensor, en su cubículo del trabajo. Y ahora estaba succionando maná de aquella maravillosa pieza masculina, de rodillas en un cine. Oye gemir al chico, notándose que goza de lo que ahora hace mejor, y tan sólo eso le hace aún más feliz. Cuando le empuja para que trague casi toda la mole, se ahoga, pero cumple, para sentirla, para darle placer. Se le entregaba totalmente. Eso le parece tan bueno, tan maravilloso, que de sus ojos cerrados escapan algunas lágrimas. El chico le suelta, sube, chupando fuerte, sin sacarla, tomando aire, y se miran.

   -Amigo, qué rápido aprendes. Con unas cuantas mamadas más que des en tu cuadra o trabajo, esa garganta será el mejor coño ordeñador de Caracas. –la voz le sale estrangulada, sus piernas se agitan, le retiene allí, justo allí, y un disparo de semen escapa.

   Al joven tipo le sorprende y alarma, no estaba tan ducho como para beber semen, pero nada más esta caer sobre su lengua, impregnándola, estimulando cada papila gustativa, enloquece. Nunca había probado nada tan delicioso, se dice con asombro y maravilla, saboreándola, tragando el segundo disparo, sintiéndola bajar espesa por su garganta, calentándole de una manera extraña el estómago y todo su cuerpo. Nunca imaginó que el néctar de los hombres fuera así, por mucho que fantaseara con ello.

   -¡Basta, niño goloso! –el gruñido de Tony le descoloca y casi lloriquea cuando es apartado de la temblorosa verga totalmente enrojecida.

   El joven atrapa a Rubén, quien ni se resiste, ya viene bajando sobre el falo, abriendo la boca, recibiendo el trallazo sobre la lengua también, alcanzándole para dos disparos, sintiéndose elevado a niveles increíbles.

   -¡No te lo tragues, maricón! –Tony le brama.- Deja que haga su magia. –mira al otro.- De pie. Sácatela. –ordena.

   El joven obedece, como en trance, todavía mareado por el delicioso semen saboreado, uno que parece le embriagó, sacándose con esfuerzo el tolete cobrizo totalmente erecto. Y le tiembla cuando ve los labios del chico acercarse a su punta, notando también que este únicamente mira al joven que todavía está de rodillas, ojitos tristes, también celoso, con las mejillas abultadas con saliva y esperma. Casi gime cuando esos labios lo rozan, se abren y tragan. Una, dos, tres veces esa boca va y viene y no aguanta, se corre de manera intensa, llenándole la boca al chico con su esperma, una que a él mismo le parece abundante, no recordando otra corrida igual. El chico la bebe y algo pasa. La bebe y sonríe, sus ojos brillan, depredadores, excitantes. Se veía más guapo y sexy.

   Por su parte, cabizbajo por no recibir ese tratamiento, peor, celoso por la llegada del otro, a Rubén, sin embargo, le encanta tener la esperma de Tony en su boca, le sabía cada vez mejor, pero también crecía las ganas de tragarla, la boca estaba muy llena de saliva ya y…

   -Eleva la cara y abre la boca. –le ordena un jadeante Tony, relamiéndose todavía el semen del hombre joven, sintiéndose muy bien.

   Rubén le obedece, su lengua se ve cubierta de algo blanco gelatinoso, lo cual, por gravedad, va cayendo, deslizándose lentamente; lo traga. Tony le ve enrojecer, imaginando lo que siente, el calor intenso, lo muy consciente que está de su cuerpo. El terrible deseo de terminar con una buena corrida. Y la desea, quiere tomar la esperma tratada de Rubén, un semen que le alimentaría de manera increíble. Pero aún no. Le quiere cocinándose en sus jugos. Sabe que el chico espera desahogo, satisfacerse, tratar de alguna manera aquella calentura peor que cuando se ocultaba en el baño de su casa con varias revistas porno, dándose y dándose, sin desear acabar, con las bolas llenas pero alargando el instante del clímax, y que llegara gente que interrumpiera el asunto. Sabe que Rubén está peor que todo eso.

   -Lo siento, no hay orgasmo para ti. –sonríe al verlo palidecer, molesto pero atrapado.

……

   Las dos jóvenes mujeres, rostros impasibles, no se encuentran nada tranquilas, aunque intentan controlar sus emociones. Y pensamientos. El despacho dentro de la enorme casona, es como esta, basta, amplia, pero lúgubre a cierto nivel. La idea de “la casa embrujada”, no estaba muy lejos. Y sin embargo, Sabrina, la joven de rublos castaños y aire de poetiza de los ochenta, con lentecitos y todo, acomodándoselos sobre el puente de la nariz, supone que algo del dueño de la casa debía influir sobre todo ello. La cosa incomoda, molesta, porque el dueño así lo quiere.

   -Sabrina… Joanna… -les sobresalta la aparición del pálido, delgado y alto joven, de cabello lacios, con unos lentecitos de montura que parecen determinar su rostro y su persona. Es el tipo de los lentes, era lo único que recordaba la gente de él, y eso cuando recordaban algo.

   Ellas le saludan, sonriendo, aún más incomodas. Él parece notarlo, cayendo en un sillón frente a ellas. Y calla. Sabiendo que eso altera.

   -Hace tiempo que no venía por aquí. –comenta Sabrina.

   -Las puertas de mi casa siempre están abiertas. –corresponde él. Cada una piensa: “sí, claro, ya está que voy a venir”. La sonrisa en el pálido y delgado rostro les indica que sabe lo que piensan. Se habían descuidado.- ¿Entonces…?

   -Algo pasa en Caracas. –comienza Sabrina.- Sentí, hace poco, un brote en el Centro. No el que ya habíamos experimentado. Hay un segundo controlador.

   -Y aún no tienen al primero. –se burla él, incomodándolas. Es una segunda naturaleza. Joanna le estudia.

   -Pareces muy tranquilo. No creo que esto te sorprenda. –enrojece cuando este la mira directamente, evaluándola a su vez.

   -No me preocupan esos dos. El que se mueve tras ellos, si. Ese si es un monstruo. Uno al que no sé si podríamos resistir, ni aún los aquí presentes, dicen que también viene al país. –desvía la mirada.- Y algo monstruoso hará. Algo monstruoso está por ocurrir.

CONTINÚA … 19

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 17

octubre 24, 2015

LOS CONTROLADORES                         … 16

SEXY BOY

   Ya se dejan ver…

……

   No hay otra palabra entre los dos. Tony le clava los ojos, Darío mira la pieza, dejando caer la pala, caminando hacia él; cayendo de rodillas como si tal cosa, eleva una mano pero Tony le da en ella. Se miran, el chico muy joven y limpio, el hombre hecho y derecho de rodillas bajo la sombra de su güevo. El conserje baja la mano, ladea el rostro y comienza a lamer ese güevo de base a punta, lo que sale de la bragueta abierta, recorriendo una de sus venas, sintiéndolo palpitar, quemar contra sus papilas gustativas. Le ve tensarse, sonreír complacido y eso le llena de una felicidad sumisa que no entiende pero que le agrada. Sin quitarle los ojos de encima, no podía, comienza a dar besitos, lametones y azotes con la lengua sobre el glande. Los labios se cierran sobre el ojete y sorbe, dejando escapar un gemido. Esas gotas le saben a néctar, a algo muy delicioso, y se goza en saborearlo, en buscar más.

   -Vamos, becerro, trágate mi güevo, dame una buena mamada y sácame la leche. En cuanto te la tragues sólo desearás más y más, y tener tu lengua, boca y cara siempre llena de esperma. –casi le promete, burlón.

   Y jadeando como si no pudiera aguantar más, Darío cubre el tieso aparato sexual masculino, que le quema, que late sobre su lengua, y comienza a succionar, a chupar, halándole cuando va y viene. Deseando hacerlo, una parte de sí descontrolada. Ignorando que, efectivamente, eso le cambiaría la vida en cuestión de horas.

   Pero, tal vez, aunque lo hubiera sabido, no habría podido contenerse, no en manos de aquel chico del tipo controlador. Por eso, entre gorgoreos, suspiros y chupadas ruidosas, sus labios van y vienen sobre el delicioso bocado, ojos idos, expresión de gozo, preguntándose, trastornado como está en esos momentos, cómo es que nunca antes había intentando tragarse un güevo. Qué desperdicio de tiempo, piensa, o el otro le dice, no está seguro. Tan sólo mama de esa dura y palpitante verga joven como un experto necesitado. Y todo él se eriza cuando la mano del muchacho, con propiedad, atrapa su nuca y le guía.

   -Mírame a los ojos, siempre debes mirar a los hombres a la cara cuando te dejen mamar su güevo. –le dice, sonriendo cruel. Y Darío le obedece, temblando de lujuria ante tanto control.

   Sus labios van y vienen con frenesí, apretando y chupando, gozando como nunca. Sin apartar los ojos, Tony lo disfruta, retira sus caderas sacándosela de la boca, y sonríe al verlo gemir bajito, de pesar. Sus ojos se encuentran y comienza a azotarle y mojarle la cara con su tolete, son bofetadas sonoras que le llenan de un indescriptible placer, golpeándole los labios, apartando su tranca cuando intenta atraparla; era la única manera de tratar con un marica del tipo que Darío iba convirtiéndose, uno muy necesitado de güevo. Su pecho sube y baja al verle cerrar los ojos, piel rojiza, húmeda de la saliva que cubre su verga; ojalá tuviera tiempo para joderlo, para cogerlo duro, haciéndole gritar. La idea le estimula de una manera salvaje. Aunque sabiendo que lo gozaría, el cambio haría que ese coñito apretado, peludo y sucio que el otro tenía por culo se abriera de ganas.

   Iba camino a convertirse en un sumiso pendiente de servir sexualmente a los hombres, deseando chupar cuanto güevo se pusiera a su alcance, anhelando el sabor del semen sobre su lengua, bajando por su esófago, llenando su estómago. Y quiere eso, que Darío Serra desee chupar a todos los hombres del mundo, que prácticamente no pueda apartar sus pensamientos de las braguetas masculinas, que su único sueño sea mamar de manera intensa hasta que los disparos de esperma recompensen su esfuerzo.

   -Eso es, marica. –jadea el chico, clavándole la muletilla.- ¿No te encanta mamar güevo, marica? –le recuerda toda las veces  que le ofendió con aquello.

   Y Darío lo recuerda, pegando los labios de su pubis, las fosas nasales llenas de sus pelos, mirándole con ojos lujuriosos y entregados. Pero lo recuerda con pensamientos extraños, como con pena por todas las cosas que dijo cuando bien podía andar de mamagüevo por todas partes.

   -Tómatela toda, hijo de puta. –le gruñe cuando siente la corrida cerca, clavándosela hasta la garganta, indiferente ya a si la saborea o no. No era la idea.

   Le ve ahogarse, lanzar arcadas, su rostro contraerse pero tragando, ordeñándole todavía con la garganta. Nota su manzana de Adán subir y bajar, bebiendo. Se la saca, lentamente, disfrutando el instante como todo sujeto que ve cómo se retira su güevo todavía tieso de la boca de otro carajo, uno que no sólo se lo ha mamado sino que se ha bebido hasta la última gota de su esperma. Le ve quedar con la boca abierta, labios muy rojos e hinchados, ojos extraviados, con una expresión total de felicidad, de gozo. Imagina su semen llegándole al estómago, siendo digerido. Asimilado. Transformándole.

   Le atrapa por las axilas, casi luchando por ponerle de pie, bajándole lo que lleva de ropas. Cae frente a él, atrapándole la verga imposiblemente dura con la mano, tragándola toda, sintiéndole tensarse, estremecerse, resollándole en el pubis. Sólo necesita tres haladas dadas por su garganta para que el hombre se corra de manera abundante, intensa y generosa. No es importante que prolongue su propia excitación, en el nuevo orden, Darío estaba para dar placer únicamente. Aunque el muchacho si retira un poco el rostro, para que le bañe la lengua el último disparo de espermatozoides, para saborearlo y guardar un poco. La percibe, nutriéndole, sintiéndose más sereno, más calmado, más centrado. Capaz de todo. Se pone de pie, le atrapa el rostro, maravillándose por los rastrojos de barba rasurada bajo sus palmas, tan masculino, tan viril, y le besa, metiendo su lengua llena de saliva y esperma. Le alimenta con ella, prueba la suya igual. Pero no importa, no cuando Darío se estremece y gime como la propia puta caliente.

……

   -Hey, amigo, ya voy saliendo… -minutos después, acomodado lo mejor posible, Tony abandona el depósito, hablando con nadie por el móvil, en voz alta, atrayendo la mirada de un joven cafre que fuma por allí, uno de los estudiantes de último año, de la F, cree, los más alborotadores, peligrosos y mala gente de toda la escuela (los típicos roba meriendas de los chicos de los primeros años).- Si, lo sé, voy retrasado, pero ya conoces al marica de Darío Serra, vive para mamar güevos, y una buena mamada de güevo nunca se rechaza. –finge contar y ríe.- Si, coño, mama como los buenos. Es todo un becerro. La leche lo vuelve loco. –sonríe aún más, notando la sorpresa del otro.

……

   Algo avergonzado por recordare todavía el fulano video, Gabriel Rojas se pregunta quién y cómo fue filmado. No parecía un trabajo amateur para guardar bajo la cama, donde seguramente terminaría eventualmente en malas manos (con todo y el efecto que pueda tener sobre esas manos), ni para torturar a una vieja dama. Era muy profesional. Así que llama a cuantos conoce, dedicados al negocio de los videos para adultos en Caracas, indagando; no son tan pocos como cabría imaginar. Oye un rumor, un tipo nuevo que está repartiendo una fortuna en un grupo selecto y pequeño, una operación reducida de porno gay. ¿Pero lo sería? ¿Algo reducido? El hombre no está muy seguro de ello.

   Con un nombre en el móvil, buscó una dirección, un taller otrora industrial ahora abandonado, arruinado por la burda política económica destinada a concentrar todo el poder en unas pocas manos fascistas. No tenía muy clara cuál sería su estrategia, pero cuando repara en la mirada del sujeto que le recibe, un cuarentón que olía a heterosexualidad por todos sus poros, y aún así le evaluaba, una idea penetró su mente. Vestía de manera descuidada, buenas ropas ásperas y gruesas, que le daban un aspecto agresivo y masculino.

   -Gracias por recibirme… -no sonríe, tan sólo hace una leve mueca mientras tiende una mano que es atrapada por el otro, tras su mesa, quien da un buen apretón.- Gabriel Rojas.

   -No hay problema, Hernán Bravo. –se presenta.- ¿Vienes de parte de Barney? ¿Cómo sigue? –le indica una silla y él mismo cae en la suya.

   -Sigue meneando la cola. –es una broma despectiva entre quienes conocen al cincuentón neurasténico que gusta de filmar muchachos masturbándose. Eso agrada al otro, demostrándolo con una mueca.- Me habló de una nueva compañía de filmaciones… algo exclusiva y… -finge vacilar.- Ando buscando algo qué hacer. Soy bueno con una cámara, casi siempre en tomas de acción, en autos a toda velocidad, caídas desde riscos, canotaje en aguas turbulentas…

   -Suena interesante, pero esto es algo pequeño. Muy… -menea la cabeza.- …Íntimo. –le estudia otra vez, agradándole lo que ve, es lo que ese sujeto, Bartok, quería.- Tienes buena pinta, ¿no te interesaría… actuar? –le parece normal que el otro se envare, aunque a decir verdad, Gabriel esperaba la oferta.

   -¿Porno gay? No lo sé…

   -Es dejarte mamar y coger duro. Y una boca y un culo son una boca y un culo. Mi cliente paga bien. –ofrece el paquete.

   -¿Exactamente qué viste en mí? –presiona. El otro sonríe por primera vez.

   -No pareces marica, tranquilo. Pero tienes ese algo de, y no te ofendas, sadicón que posiblemente interese a mi cliente. –después de parpadear, algo sorprendido en verdad, Gabriel ríe.

   -Gracias, creo.

   -No es tan malo como suena.

   -Sexo gay…

   -Este sujeto, mi cliente, tiene ideas interesantes. Te lo juro. No soy homosexual y sin embargo, mientras estoy filmando y dirigiendo…

   -Lo imagino. ¿Puedo pensarlo?

   -Okay, pero no mucho. Vamos contra reloj. Y… no le hables a nadie de nosotros. Mi cliente no quiere ser localizado fácilmente. No, no le he visto en cosas raras, como drogas o abuso de menores. –aclara como si hubiera notado alguna alarma en la cara del otro.- Seguro le debe al fisco. Sabes cómo son esos perros. Yo hablare con Barney al respecto.

   -Bien, te llamo.

   Momentos después, sonriendo complacido, abandona el galpón. No había visto a nadie más en ese lugar, excepto al tipo silente y de mirada muerta que le abrió la puerta y le llevó hasta la oficina del director. Pero el muchacho, el nieto de la amiga de su cliente, no debía estar muy lejos, había reconocido, de pasada, el set del video.

   Ahora se inquieta, la idea de una grabación… esperaba no llegar a eso.

……

   -Mamá, ¿no has visto mi chaqueta azul? –Tony grita exasperado, hacia la abierta puerta de su habitación, en medio del desordenado lugar.

   -Debe estar donde la arrojaste la última vez. –oye la réplica que tanto le altera siempre. Si supiera donde la dejó no le preguntaría, ¿verdad? La ve aparecer en la entrada y mirarle.- ¿Vas a algún lugar?

   -Si, al cine, con un compañero del liceo. –responde imprudente, congelándose cuando la oye reír un “awww”; rodando los ojos abre una gaveta atestada, arroja cosas a la cama y encuentra la chaqueta.- Nada de “awww”, es sólo ir al cine.

   -Pues te peinaste muy bien, y ese jeans te encaja a la perfección, y la franela resalta el color de tus ojos. –enumera ella, molestándole, divertida. Y feliz porque salga, aunque claro, eso abría toda una nueva serie de temores.- Llevas… ya sabes, protección, ¿verdad?

   -¡Mama! -enrojece, ceñudo, mirando de la chaqueta a ella.- Es sólo cine. Santana… -tarde entiende que cometió otro error.

   -¿Irás con ese chico, Rubén Santana? Creí que le odiabas. –parece entender.- Oh, por eso era tu disgusto, te gustaba tanto que… –vuelve al awww, que le irrita.

   -¡No! No hay nada romántico entre él y yo. Es un hijo de perra.

   -Qué lenguaje. Y no me parece normal que una persona salga, para el cine, con alguien a quien detesta. –llaman a la puerta, Tony se tensa y ella sonríe más.- ¿Es él? ¿Vino por ti? ¡Awww!

   -Deja eso. –se exaspera, colocándose la chaqueta y saliendo, sintiéndola detrás.- Mamá, no… no. –ella le sigue, como si acomodara cosas a su paso.- Mama, que no. –ruge, avergonzado.

   -Andas muy garoso para una simple cita al cine con un guapo compañero de estudios. –lanza una barandilla y se aleja.

   ¿Una cita? ¿Con Santana? Las palabras le revuelven el estómago. No, nunca había pensado en el otro de esa manera. Y si, era guapo, lo sabía, muchas noches fantaseó sexualmente con él, pero con cosas que le haría si pudiera. Y ahora… abre la puerta y se miran. Rubén se ve del carajo con una camisa corta y ese jeans casi obscenamente ajustado, como le ordenó. Perdido en sus contemplaciones del otro chico, y distraído por las palabras de su madre, le toma realmente por sorpresa cuando un sonrojado Rubén da un paso al frente y le besa en la boca, labios entreabiertos, la lengua acariciando los suyos. Es automático, responde a la caricia, se abrazan y besan; no puede evitar bajar las manos y atrapar sus redondos glúteos.

   -¡No frente a la puerta de entrada! –oye a lo lejos a su madre.

   -¡Coño! –se exaspera, regresando al presente, entendiendo lo que hacía, cómo respondía a las caricias del otro chico. Ese beso le gustó demasiado. Eso le molesta.- Vamos. –secamente ordena, reparando en la mirada extrañada de Rubén, aunque también parecía haber, ¿qué?, ¿dolor? Seguro termina doliéndole la cabeza.

……

   Mentalmente, todo Rubén grita cuando van entrando, uno al lado del otro, en aquellas enormes salas de cine. Le parecía que todos sabían algo, que les adivinaban. El viaje desde casa del chico había sido increíblemente incómodo. Él, porque iba casi contra su voluntad, pero además… algo le había ocurrido a Tony. No parecía el burlón energúmeno de otros días. Se veía pensativo, y fuera lo que sea que pensaba, no le gustaba. Lo otro… bien, el maldito beso. Algo más fuerte que él mismo le obligaba a buscar al otro, obedeciéndole la orden de besarle, sin embargo… traga sintiéndose mortificado. Había disfrutado la caricia.

   -Ve por refrescos y cotufas. –le ordena el otro, seco, como necesitado de distanciarse.- Voy por las entradas.

   -¿Que veremos? –siente un nudo desagradable en el estómago cuando Tony no sólo no contesta sino que se aleja, mientras ya sus pies, como dotados de vida propia, le llevaban a la cantina.

   Sintiéndose horriblemente mortificado con dos botes de cotufas grandes, y dos refrescos, se dirige hacia donde el otro le espera, con una sonrisa bonita en el rostro, una que, sin embargo, no llega a sus ojos. Enrojece totalmente cuando dos chicas paradas a un lado del joven, miran de uno al otro y ríen, con complicidad y diversión. Les suponían pareja. Y acercársele, mirarle, despierta ese algo salvaje, ese deseo que no entiende, y mortalmente rojo, al tiempo que tiende uno de los combos, besa fugazmente sus labios, ganándose unas risas de las chicas, que escandalosas, por muy jóvenes, se apartan.

   -No fue tan difícil, ¿verdad? –Tony le pincha, todavía.- Entremos, va a comenzar… -y le atrapa una mano, hacen equilibrios con lo que cargan porque desea sujetarle así. Rubén nota que algunos hombres les miran entre divertidos, burlones, otros meneando la cabeza con el consabido y atrasado “fin de mundo”, comprendiendo que el otro lo hace para exponerle al escarnio.- La mano te suda, amor. –casi ríe mientras cruzan la cortina, todavía tomados de las manos.

   Por suerte la larga sala se ve vacía, tal vez por la hora, y Tony le lleva prácticamente a una de las últimas filas, cayendo uno al lado del otro, sus piernas chocando, provocando un punto caliente de la que ambos son muy consientes. Los avances terminan, comienza la cinta y…

   -Oh, mierda, debes estar bromeando. –ruge Rubén.

   Un grupo de apuestos hombres bailan, como un avance tipo promesa de “cosas mejores” que llegaran en el filme: Magic Mike XXL.

   -Esto me la pone dura, ese Channing Tatum, Dios… Y la quieres así, ¿no? Bien dura. Para ti. –Tony le pincha. Oh, sí, piensa pasársela en grande. Le mortificará, le molestará. Olvidará el tibio calor de sus entrañas cuando le besó.

CONTINÚA … 18

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 16

octubre 5, 2015

LOS CONTROLADORES                         … 15

SEXY BOY

   Ya se dejan ver…

……

   -¡No! No, eso no. –grita aterrando el muchacho, mirándole sobre un hombro, estremeciéndose.- ¡No puede violarme!

   -No es violación si lo quieres; tu cuerpo de puta lo pide. -le aclara, casi montándosele sobre las nalgas, las rodillas a ambos lados del cuerpo, el güevo es un impresionante arpón de carne parada, ensalivada, que pulsa y gotea sobre el nacimiento del trasero del muchacho.- Voy a tomar esa molesta virginidad, librarte de ella y renacerás como desatada perra calentorra, soñando con complacer a todos tus amigos, conocidos, familiares y a todos los carajos que se te crucen en la calle.

   -¡No! ¡No! –se resiste, sus ojos angustiados cayendo sobre lo del tipo.

   -Cuando lo tengas en el coño, haciendo su magia, lo amarás, putica.

   Y sin más, montándole las manotas en los flacos hombros al chico, que se revuelve más, alarmado, pero retenido por el agarre y su peso, el hombre levanta las caderas, la punta de su goteante güevo dirigiéndose a la lampiña entrada, luego frota con la hinchada cabeza la dulce y cerrada cereza, de arriba abajo, incrementando la desesperación del joven. Empuja el grueso y liso glande, penetrando el esfínter, haciéndole gritar de dolor, arrugar la frente y apretar los dientes. Y de un golpe se lo clava hasta los pelos, acompañado por el alarido del muchacho.

   -Ahhh… si… -jadea el hombre cerrando los ojos, con deleite, reteniéndole.- Eso es, chico, revuelve el culo así. Ahhh, se siente tan bien mientras aprietas mi güevo tieso. –suspira nuevamente, de puro gusto mientras el chico lloriquea.- Si, ustedes los maricas sumisos saben hacerlo de manera tan natural. –el muchacho incrementa sus quejas, apretando feamente los dientes cuando el sujeto saca casi todo su tolete  y lo clava otra vez de golpe.- Si, así, pequeño, amásalo así. –le indica mientras clava los dedos en la cintura estrecha, usándolo como base para sacar y meter, lento pero fuerte, su tranca de la joven entrada.

   -No, no… -gimotea.- Por favor, no… -intenta escapar y grita cuando el tipo le monta una mano en la espalda, aplastándole contra el colchón.

   -Esto es para ti, bebé, lo hago por ti. ¿Crees que tu mamá no sabía lo que te pasaría al dejar a un macho saludable aquí con una delicada princesa en pantaletas como tú? Ella quería que te hiciera el favor. Deberías agradecérselo y a mí. –le informa, cepillándole el culo sin tregua; la gruesa mole de carne, amoratada de gusto, entra y sale rítmicamente del redondo y lampiño culo del chico que gimotea cuando le hala y cuando le golpea.- Oh, sí, un culo así necesitaba de un macho hace tiempo, chico. Fue un descuido de tu mamá y es obvio que no tienes papá, o él se habría encargado de estrenar tu coño hace tiempo.

   El muchacho llora e intenta concentrar sus fuerzas y empujarle, tomándole por sorpresa en uno de esos momentos cuando cierra los ojos y gruñe como un gorila, al sacar su gruesa verga y luego enterrársela con fuerza y violencia por el culo desflorado. Intenta empujarle, pero el tipo ríe.

   -Ah, sé lo que deseas, putita. –le dice, cruzando un brazo y atrapándole la pierna contraria, sacándole el güevo del culo hasta la mitad e increíblemente rotándole sobre la cama, dejándole de espalda, con una pierna atrapada y el culo un poco alzado.- Quieres ver y adorar el rostro del hombre que te convierte en mujer. –y ríe de la cara del chico, atrapándole la otra piernas, abriéndole, alzándolas más, cogiéndole rudamente el culo, mirándole del güevo, que no abulta dentro de la tanguita hilo dental, a la cara.- Ahhh, si, bebé, apriétamelo, que tus entrañas hambrientas gocen de mi verga. Alimenta tu mariconería, sacia tus ganas de macho. Si, bebé, así…

   -Por favor, por favor… -le lloriquea, cara contraída.

   -No debes rogarme, aunque es de buena educación que siempre le supliques por un poco de atenciones a tus hombres; pero en este caso está bien, no es un sacrificio, esto me gusta. –le mira cruel, sonriendo, clavándosela toda, golpeándole con sus bolas, oyéndole gritar, viéndole echar la cabeza hacia atrás. Y se le tiende encima, casi rostro con rostro.- Shhh, cálmate, bebé. Lo peor ha pasado, todo nacimiento es doloroso y el tuyo ha terminado, ahora puedes sentirlo dentro de ti, mi güevo abriéndote y llenándote totalmente, tú notando y entendiendo que es ahí donde debe estar. Así. Concéntrate en eso, goza de esas nuevas sensaciones que tu estrenado coño recrea para ti. No pasaran ni diez minutos antes de que estés jadeando, gimiendo, lanzando gritos de placer, pidiéndome más. Relájate y busca la verdad dentro de tu mente, esa que tu cuerpo ya conoce. Eres un juguete a ser usado por los hombres, una cosa destinada a dar placer, a gozar sirviéndole a los machos. Tu coño caliente siempre estará hambriento para nosotros. Desesperado. Te picará. Así que sométete y disfrútalo. Y lo disfrutarás, eso puedes jurártelo.

   -No, no… -se oye roto, derrotado.

   -¡Basta! –ruge una poderosa voz varonil, rica en timbres masculinos.- Deja a ese chico, truhán.

   La pareja, sorprendida, se vuelve hacia el lugar de procedencia, una ventana abierta, donde se asoma un hombre de cabellos claros aplastados hacia atrás, con un antifaz azulado pintado sobre unos ojos de un color gris claro extraños. El tipo se ve altivo, fuerte, musculoso, también molesto mientras cruza y entra, vistiendo un traje de neo propano que más bien parece pintado sobre su piel, de color gris acerado, con guantes y botas oscuras, en su entrepiernas, notándose los cortos contornos de una ropa interior que podría ser un bikini, se observa un buen bojote. ¿En conclusión?, era una extraña visión de comiquitas, pero la de un tipo increíblemente sexy y caliente.

   El enmascarado se lanza contra el sujeto, quien le saca el güevo del culo al chico de golpe, el cual grita y se vuelve boca abajo, lloroso de dolor, vergüenza y humillación, mientras los dos tipos forcejean tontamente, uno de ellos con el tolete afuera. Un gemido del chico distrae al enmascarado, momento que el otro aprovecha, le empuja y sale por la ventana. El tipo duda en seguirle, pero un nuevo gemido del muchacho lo decide. Va hacia él.

   -Calma, chico…

   -Dios, ese sujeto… -lloriquea, ocultando el rostro.- Me duele mucho. –y grita cuando una de las enguantadas manos va a una de sus nalgas.- ¡No!

   -Tranquilo, no te haré daño, quiero ver qué te hizo. –se miran, le medio sonríe.- Confía en mí.

   -¿Quién… quién eres? ¿Y esas… ropas?

   -Soy Superverga, tranquilo, no te haré daño. –le garantiza, y el chico hipa, sorber y se medio relaja, asintiendo. El sujeto, con un dedo enguantado que contrasta con el color del hilo dental mojado de saliva y jugos de güevo, aparta la tira, exponiendo el culo rojo e hinchado.- Está muy inflamado. Creo que debo… -duda y le mira con los bonitos ojos claros.- …Usar mi saliva medicinal.

   -¿Qué?

   -Te ayudará, créeme. –le asegura, recibiendo otro asentimiento aunque este más dudoso. Acerca el rostro.- Tus nalgas de muchacho queman, qué calor exhalas. –coloca la boca cerca de la hinchada entrada y un hilillo de clara saliva cae sobre la misma, estremeciendo al joven. Otro buche cae, y otro, mojándole, y el chico parpadeando algo sorprendido.

   -Ya no… duele tanto.

   -Necesito aplicar el tratamiento. –le dice, sacando la lengua y aleteándola sobre el culo desflorado del joven; este se tensa, pero no de dolor. Cuando la reptante pieza choca y da pinceladas regando la saliva, le somete al tratamiento del perrito jadeante, una lengua que sale y entra de la boca del hombre de manera frenética. El chico cierra los puños sobre la sábana, conteniendo su lengua.

   -Eso se siente tan… -gimotea incapaz de contenerse más.

   La boca se cierra sobre el culo herido, chupando, lamiendo, lengüeteando de manera obscenamente ruidosa, y el chico parpadea, boca y ojos muy abiertos, contrayendo sus glúteos, deseando atrapar y fijar esa cara allí.

   -Ahhh… -gime asombrado, volviendo el rostro hacia la nuca amarillenta.- ¡Me metiste la lengua! ¡La siento tan dentro de mí! Oh, quema, y se mueve… –y comienza a agitarse sobre el colchón, de adelante atrás, como si la lengua le embistiera cogiéndole o como si bailara el culo contra esa boca. Los gemidos que escapan de su boca son de un placer intenso. Separa más los labios, bizquea, cierra los ojos y alza mucho la nuca cuando el sujeto a sus espaldas sigue comiéndole el culo, cogiéndole con su lengua de manera más intensa.- ¡No! –gime cuando el sujeto se retira, dejándole el agujero, por un segundo, muy abierto, como extrañándole.- Por favor, sigue… -rojo de vergüenza pide, mirándole.- Eso me ayuda. Cúrame.

   -El daño que ese granuja causó internamente es grande, necesitarás algo mejor que esto. –le dice con tono ampuloso, poniéndose de pie, y al chico que le mira hacia arriba, a sus espaldas, le ve como a un sujeto grande, musculoso, viril, con una increíblemente vistosa erección bajo su traje, uno que medio baja, se separa por la cintura, mostrando efectivamente una prenda tipo bikini azul chillón, totalmente deformada por el tolete tieso; penda que baja. La pieza pálida, surcada de venas, se alza como impulsada por un resorte, enorme.- ¿Me dejas curarte, muchacho?

   -Me asusta, pero sé que quieres ayudarme. –el chico gime, mirándole con confianza, agarrándose las nalgas y separándolas.- Cúrame como necesito.

   El sujeto asiente, su boca se coloca en puchero y un chorrito de saliva cae, sobre su tolete. Y otro y otro, la gruesa y maciza pieza queda cubierta totalmente cuando la unta con la mano. El joven se tensa y mira al frente, temiendo otro ataque cuando el sujeto se inclina en la cama a sus espaldas, como el violador. Jadea, un dedo enguantado aparta bastante el hilo de la tanga, que queda definitivamente olvidada sobre una de sus nalgas, el culo expuesto a la muy blanca moler de carne dura, que también babea. Esta se frota, empuja, el chico teme, se le nota en la cara, y finalmente penetra. El güevo va entrando centímetro a centímetro, lentamente, y el muchacho parpadea, asintiendo como si no pudiera entenderlo.

   -Oh, Dios, se siente… increíble. Métemela toda. -pide.

   -Todo lo que necesite un chico. –contesta Superverga, metiéndole el resto de la gruesa mole de golpe.

   El muchacho gime, largamente, babeando un poco, totalmente rojo de lujuria. El güevo se retira hasta la mitad y vuelve a caer con la fuerza de los golpes que provoca ese cuerpo alto y musculoso al dejarse caer, y el grito de placer se repite. De gozo intenso. El tolete sale y entra, lentamente pero a fondo. Luego, alzándose un poco, atrapándole por la cintura y elevándole también, Superverga comienza a cogerle con fuerza, con rapidez y dureza, haciéndole gemir y estremecerse como nunca antes le había ocurrido en su joven vida, tanto que arquea la espalda y menea su rostro. El afeitado agujero sube y baja buscándole, y cuando el enmascarado incrementa aún más sus embestidas, cepillándole con todo la pepa del culo, el chico se agita todo, quitándose a manotazos la camiseta.

   -Oh, Dios, si… si, cógeme así. –grita incapaz de controlarse, ronroneando cuando las manos enguantadas le recorren la cintura, la espalda, cuando una leve nalgada cae.- ¡Hummm!

   -¿Te gusta así, muchacho? ¿Te sientes mejor con el tieso güevo de un hombre bien metido en tus entrañas? –pregunta ampuloso.

   -Si, si, Superverga; cógeme así. No te detengas, por favor… -lloriquea el chico, medio alzando sus caderas, llevando decididamente su culo de adelante atrás, buscando más y más de ese tolete.- Oh, Dios, se siente tan bien… -grita entregado. Y se corre, gritando escandalosamente, el hombre a sus espaldas sonriendo, atrapándole un hombro para retenerle y clavársela hasta los muy recortados pelos amarillos en su pubis.

   -¿Lo sientes?, ¿la intensidad del clímax alcanzado así, tú dentro de tu tanga hilo dental? Tu cara lo dice todo, lo rico y sabroso que te pareció alcanzar un orgasmo de esta manera, sin tocarte, tu pene dentro de esa pequeña tanga que usas y que deberían llevar todos los chicos, con un buen güevo clavado en tus entrañas, latiéndote, pulsando. Es a lo que tienes derecho, muchacho, a gozar de miles y miles de vergas deseosas de tu coñito caliente y dulce, todas queriendo dejar sus espermatozoides en él.

   Sin poder responder, casi blanqueando los ojos de gusto, el joven cae sobre su cama, el tolete retirándose y metiéndosele una, dos y tres veces, antes de que Superverga aprietes los dientes, le clave los dedos enguantados en la piel, sacándosela bruscamente, lo que debería ser doloroso pero no, la impresionante verga rojiza estremeciéndose, y mientras el hombre gruñe, un chorro abundante, caliente, espeso y totalmente oloroso de semen se dispara, cayéndole sobre la espalda, agitándole, obligándole a abrir los ojos y revolverse contra el colchón. El güevo se clava otra vez en sus entrañas y allí la siente.

   -Tómala, pequeño chico en tanga. Toma toda la leche de tu hombre. Ahhh, sí, que tu culo se trague hasta la última gota de mi esperma. Eso nos gusta. –gruñe estremeciéndose visiblemente, disparando una y otra vez, haciéndole gemir de gusto sobre la cama, ojos muy abiertos por la sorpresa y lo rico del momento.

   Ahíto se la saca, ambos jadean. El chico, de cuyo culo mana semen, se ladea a mirarle con adoración.

   -Gracias, Superverga.

   -Era mi deber… -le sonríe, tomándole con una mano enguantada la barbilla.- No es justo que por un mal sujeto te niegues toda una vida de disfrutar y agotar güevos con tu culo. No es justo que todos los hombres debamos privarnos de él. Ahora ve y vive, reparte tu culo con generosidad…

   -¡Corten! –grita el sujeto que les filma.

   Y el enmascarado, sonriendo, se pone de pie, cubriéndose el todavía erecto tolete. Jadeando en la cama, el chico, frunce el ceño y lleva una mano a su culo. El semen estaba manando, como ocurre siempre, pero ahora no, parecía haberle penetrado nuevamente. Y se siente bien, muy bien, nadando en sus entrañas. Le hace sentirse… bonito y deseado.

……

   Borrado el antifaz con una toalla y cremas, Liam Bartok, de pie al lado de un hombre bigotudo, cuarentón, revisan la escena que acaban de filmar. Una porno dura.

   -Cuando me hablaste de esta idea, lo creí una tontería. Pero esto se venderá. –gruñe el sujeto, respiración pesada, sintiendo la verga dura bajo sus ropas, agradeciendo estar sentado, siendo totalmente consciente de ese sujeto en neo propano a su lado, oloroso a sexo, a esperma. La siente llenándole las fosas nasales.

   -Te lo dije, estos videos se venderán como pan caliente. –sonríe el sujeto, callando lo que otros no saben, que serán un gancho para atraer una legión. Lo que también sabe es que ese tipo, heterosexual, experto en porno heterosexual, se había excitado con la escena. Habiendo deseado ser él quien cogiera al chico, fantaseando con la ruda violación, y aún ahora, afectado por su propia cercanía y virilidad. Si, era lo que buscaba.

   -¿Lo hice bien? –pregunta, sonriendo y acercándose a medio vestir, el chico.

   -Excelente, Ernesto, tus habilidades se desperdician en esa aerolínea. –le sonríe Bartok, tendiéndose sobre el sujeto sentado, pegándole la verga del hombro, notándole tensarse pero no retirarse, estrechando la mano del chico.- Tu actuación fue increíble, sobre todo el clímax, parecías estarlo alcanzando de verdad. –se burla, el asistente de vuelo ríe, porque ambos sabían que esa parte había sido muy cierta.

   -Bartok… -tartamudea el joven por primera vez.- Esa… filmación es para el exterior, ¿verdad? –le inquieta que su familia sepa, ve, le digan o comenten algo.

   -Claro. –sonríe el catire, todavía pegándole el tolete del hombro a ese sujeto que parece estar sufriendo calorones recorriéndole, sabiendo el muy malvado que le miente al chico, que en unos pocos días, en cada esquina del país, se estaría rematando el video.

   Era parte del plan.

……

   Y mientras Bartok se divierte y trabaja, a su manera, Tony Moncada también se mueve, llevado por las ganas de divertirse pero también por obligación. Recorre los patios en busca de Darío Serra, a quien ya considera su puto en la escuela. O quien terminaría siéndolo. Desea que le dé una buena mamada, para obligarle a darla, para que trague esperma, y para que le desahogue. No quiere ir cargado a su cita con el perro de Rubén Santana. No quiere saltarle encima y convertirle de un golpe. Desea tomarse su tiempo con él. Atormentarle. Hacerle sufrir como el otro hizo padecer a tantos en la escuela.

   -¡Hey! –dice entrando en el depósito, donde el hombre, con una braga mugrosa de polvillo, palea unos escombros en una bolsa negra. Nada más verle, el conserje de congela.

   -Hey. –le responde igual, muy quito, ojos muertos, boca algo abierta. Ninguna idea cruzando su mente. Nada de qué hace ese carajito ahí, o un esto ya no puede ser, o un simple lárgate. Está en blanco.

   -Necesito tu ayuda. –Tony se siente obligado a decir.

   -Tú dirás. –la voz sale con esfuerzo. Tenso, mira las manos del chico cuando manipula su bragueta, bajando el cierre, el güevo saltando afuera, duro, lleno.

   -Mámalo… puto.

CONTINÚA…

LOS CONTROLADORES… 17

Julio César.

NOTA: La denominación Superverga no es mía, es de un relato que leí hace añales, en el liceo, precisamente, sobre un tipo que se acostaba con todo lo que se cruzara en su camino, dada su gran masculinidad que enloquecía a quien le veía.

NOTA 2:


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