Archive for the ‘DESEOS GAY’ Category

CINE CALIENTE

abril 28, 2011

HOMBRES EN TANGAS

   Ese niño despertaba de todo.

   Jacinto se escapa al medio día del liceo y enfila rumbo al Centro. A ese cine para adultos donde trabaja un conocido que les permite entrar a los chicos para ver sí salva el teatro. El muchacho, delgado y todo ojos, entra y toma asiento en la última fila en el casi solitario local, con el corazón palpitante. La función a mostrar será una película sobre lesbianas, chicas de un equipo femenino de futbol que hacen de todo en los vestuarios. Se apagan las luces pero todavía le alcanza la claridad para fijarse en dos compañeros de secundaria que entran; no son amigos de él, Manuel, un gigantón de cabellos negros aceitosos, casi con bigote, y Andrés, un catirito echón sólo porque todas las niñas gustan de él. Son dos de los populares, siempre riendo, bromeando, atropellando a otros y llevándose a todas las chicas. Jacinto les odia con ese resentimiento y celos casi infantiles que nacen de creerse menos atractivo.

   Ven la cinta caliente. Les oye medio reír y nota que cada uno se soba mirando la pantalla. Desde donde está, con la claridad que brinda la pantalla, cree adivinar unas buenas erecciones bajo los jeans. Pero, intrigado, nota que Manuel mira mucho a Andrés, hasta que le oye susurrar “coño, se ve grande, ¿qué tienes ahí, una media metida?”. Andrés ríe y responde que sólo güevo del duro y caliente. Y a Jacinto le extraña que Manuel mire y mire ese entrepierna, la sombra de esa verga, mientras Andrés se soba, mirándole y sonriéndose.

   “¿Qué haces?”, jadea Manuel, y Jacinto también se lo pregunta, cuando Andrés se abre la bragueta, lucha y saca una buena verga parada, dura, casi brillante en lo oscuro. Andrés le susurra urgido que la tiene muy dura y caliente, qué la toque para que vea. Manuel grazna que no, que eso es de maricas; pero no puede dejar de mirarla. Andrés se muerde los labios, masturbándose, como ofreciéndosela, pidiéndole una y otra vez que la toque. Están un rato en esa vaina hasta que Manuel, lentamente la toca y Andrés chilla; claro, es rico sobarse el güevo, pero más cuando es otra persona quien lo hace. Está dura, realmente caliente y Andrés abre las piernas cuando Manuel le hace una paja como en trance.

   Andrés gime, cierra los ojos y Manuel tiene la boca abierta. “Mírala mejor”, le ofrece Andrés, atrapándole la nuca y empujándole. Manuel se resiste, que no, pero esa mano empuja, Andrés sonríe y dice que sólo la vea desde más cerca, y la verga palpita en la mano de Manuel y babea. Baja para mirarla, con el corazón bombeándole duro en el pecho, siendo vistos por Jacinto, totalmente olvidados todos de la película.

   El catirito chilla cuando el aliento de Manuel le baña el güevo que se estremece. Manuel lo mira, más y más cerca. Andrés medio ríe y le empuja la cabeza y jadea cuando los finos labios húmedos rozan la cabezota (y todo el mundo sabe lo rico que es eso). Y Manuel tiembla, quiere alejarse, él no es ningún marica, él no mama güevos, pero algo de ese líquido cae en su boca, lo saborea y le gusta. Está tan caliente y con tantas ganas de… pero no debe hacerlo o se volverá marica. Andrés, resoplando exasperado, lo resuelve por él, sube las caderas, el glande pega, moja y entra y Manuel chilla ahogado cuando lo siente sobre la lengua, duro y caliente, bañándosela con sus jugos. Cierra los ojos, por vergüenza cuando chupa un poco y saborea esa verga palpitante. Ahora, entre gemidos roncos, y apenados, su boca sube y baja, succionando que da gusto.

   Andrés gime que si, así, que se la mame así, que sabía que le gustaría mamarle el güevo, y Manuel, ofendido, mejillas y barbilla llena de espesa saliva y jugos de güevo, le gruñe que él no es ningún marica. “Lo sé, panita, pero sigue mamándote tu chupeta”, le ordena Andrés, y la roja lengua del moreno lame la cabezota, el tembloroso palo y se lo traga otra vez. Andrés sonríe, le atrapa la nuca y comienza a subir y bajar sus caderas, cogiéndole la boca. Se tensa y tiembla, Manuel quiere apartarse pero las manos le retienen, y el estallido de semen caliente, espeso y oloroso ocurre dentro de su boca, casi golpeándole la campanilla. Siente asco, pero Andrés se la clava más, se ahoga, necesita aire y traga. Lanza un gemido de gusto al paladearla, sube un poco sobre el falo y recibe los otros trallazos de leche sobre su lengua, ahora saboreándola con avidez. Jadean al terminar.

   -No estuvo mal, ¿verdad? Al final le tomaste el gusto al semen. –comenta Andrés, Manuel, enrojecido y avergonzado no sabe qué decir.- Cálmate, panita; ni que se lo fuera a contar a alguien… El que te guste tragar leche es lo mejor que me ha pasado y no quiero arruinarlo. –y ríe pensando en todo lo que se divertirá en esas noches dizque de estudios o de ver partidos de futbol en su cuarto, sentado en su cama mientras Manuel le becerrea el güevo.

   Y, en su asiento y bien duro bajo el jeans, Jacinto se pregunta qué hacer para lograr una atención similar de parte de Manuel, porque eso de que un compañerito de clases guste de mamar, es algo que no se debe desaprovechar, ¿verdad?

Julio César.

HOMBRES EN TANGAS

junio 16, 2010

   Provoca… de todo.

   Este es uno de mis fetiches aplicados a una fantasía. Imagina que estás en los vestuarios del gimnasio después de una tanda de ejercicios, sudas y jadeas sentado en la banca, aparentemente recuperándote. Pero esperas, con ese dulce cosquilleo en tus bolas. Y entran tres carajos de esos que ejercitan contigo. No sabes bien quiénes son, no te conocen ni se conocen bien entre sí como no sea esa camarería que nace en las rutinas de ejercicios que parece amigarlos. Hablan entre jadeos también por el esfuerzo, se quitan las franelas o camiseta y ves que están bañados de transpiración, hay pectorales grandes, vellos con gotitas; se quitan los zapatos y los monos… y compruebas que usan tanguitas.

   Así, prendas mínimas, triangulitos que cuelgan un poco con el bojote de las vergas, dejando escapar pelos, húmedas de sudor o de orina o de líquidos de machos, con tiritas que suben por sus caderas. Y el corazón se te para, aunque menos que el güevo. Tus ojos corren sobre esas prenditas putonas y sensuales en cuerpos tan grandes y masculinos. Ellos hablan y ríen, en tangas, con esas telitas metidas en sus culos de campeonatos, y las ganas de sacarlas de allí, usando los dientes, te hacen dolor el pecho… y la verga.

   Uno de ellos, de tanga atigrada, se agacha a recoger algo y se ven en directo las nalgotas, la telita metida, el bojote de las bolas; y las ganas de meterle mano casi no se aguantan, como le pasa a uno de esos que le da una sonora nalgada. Hay un intercambio de insultos rientes, los tres hablan dándote la espalda, te ignoran, y el más velludo, metido entre los otros dos, cuenta algo y les soba las cinturas, y tú miras con la boca seca y el tolete palpitando como esas manos grandes bajan, acariciando, cayendo sobre las tangas, hundiendo los dedos en esos glúteos, mientras ríen como si nada pasara. Y las manos entran, puedes verlas debajo de la suave y escasa tela, dedos extendidos, recorriendo esas nalgas paraditas, y notas como esos dedos va a la raja entre los glúteos. El tipo habla ronco, los otros responden igual, como si no les estuvieran sobando para esos momentos, con la punta de los dedos, los ojitos del culo.

   Y no lo imaginas, esos dos carajos, con el más velludo en medio, enrojecen, respiran pesadamente y abren un tanto las piernas, dándole permiso, así que no te extraña notar como un dedo en cada tanga, se empuja, se hunde dentro de esos culitos de hombres. Y hablan como si nada mientras esos dedos los cogen, mientras las tetillas de los tres están erectas, mientras los güevos intentan salir de esas tangas que se mojan más. Notas como abren más las piernas, y tienes que sobarte la tranca cuando uno cierra los ojos y jadea, agarrándose de un locker mientras comienza a balancear su culo de arriba abajo.

   Oyes al velludo, quien se quita la tanga enseñando un güevo tieso y amoratado, que deben ducharse, y reparas, mientras los otros dos se bajan las tangas, como no sólo tienen los güevos rojos, sino también los culitos por la manipulación, y que están un poco abiertos, y corren a la ducha riendo emocionados… mientras el velludo se retraza sacando un potecito de aceite para bebés… que para nada se usa en una ducha de gimnasio.

   Mareado botas aire, te paras con ese güevo caliente, y casi tienes un infarto cuando recoges del piso las húmedas y cálidas tangas. Caes sentado otra vez, no sabiendo si imaginas un gemido ronco que proviene de las duchas, pero cierras los ojos cuando halas tu mono y calzón, y el güevo sale tieso, y con esas tangas en la mano, comienzas a hacerte una rica paja… deseando que alguien,  algún tipo, venga y te la chupe, mientras una tanga se le meta en el culo.

CINE CALIENTE

Julio César.