Archive for the ‘GENTE Y CIUDAD’ Category

LLEGÓ PACHECO

diciembre 8, 2014

DE MÚSICA Y OTROS TÉRMINOS

NIEVE

   Debe ser lindo… por un tiempo.

   ¿No son irritantes todos estos cambios de temperatura? Por las noches, comenzando temprano, se siente ese rico frío que se vuelve intenso por la madrugada, obligando a salir de debajo de las sábanas a la carrera y apagar el aire acondicionado; pero el resto del día uno está cociéndose en sus jugos. Y cómo molesta el calor. Vivo con una sombra de sudor alrededor de mis labios. Cada vez que me toca saludar con un beso, hay quienes se empeñan en ello a pesar de ser mujeres que me conocen de toda la vida, tengo que pasarme primero la mano. El frío es mejor, no para ir a una piscina, o estar bajo la lluvia una noche, o teniendo que dormir en una acera, pero sí, es preferible. Uno con frío se arropa y ya, en la cama se envuelve como tamal y punto. Con el calor no hay salida. Fuera de que el frío obliga a la elegancia, a esos bonitos sacos largos, las gabardinas que se ven en Argentina, por ejemplo. Y, finalmente, el frío nos dice que se acaba el año y que llega la Navidad.

LA CRUZ DEL AVILA

   Una Navidad sin la caída del calor es como un Diciembre sin la Cruz del Ávila, no es lo mismo. Esa noche uno tiene que usar un grueso suéter, igual que en Año Nuevo, porque de lo contrario no se asocia con las festividades. No es Diciembre si no hace frío. ¿Por qué será? Se podría decir que viene del relato del Nacimiento y la noche de nieve de los pastores en el campo y el ángel, pero creo que es porque siempre hubo ese refrescamiento y lo asociamos con nuestra niñez. Con mamá abrigándonos y preguntando a la media hora que dónde estaba la chaqueta. Supongo, sin buscarlo en la red, que como en el hemisferio norte viven su invierno, algunas ráfagas nos llevan hasta esta Venezuela casi ecuatorial.

   Debe ser bonito ver caer la nieve sentado en un porche, despertar una mañana de Navidad y encontrar en las ramas desnudas de un árbol la escarcha del frío. Fuera de la artificial, nunca he visto la nieve. Las veces que he ido a la región andina, hace frío pero nunca como para que caiga. En Caracas, de tarde en tarde, cae granizo (fenómeno que tampoco he indagado), pero nunca ha ocurrido cuando yo voy pasando, así que también me lo pierdo. Claro, quedar atrapado en un lugar bajo la nieve durante días, o morir congelado por una ola asesina no debe ser tan grato, pero incluso un corto periodo de tiempo encerrado debe ser toda una aventura.

ANTONIO PACHECHO BAJA DE GALIPAN

   Como sea, el valle de Santiago de León de Caracas, aún envuelto en todos sus problemas como está, ha recibido la tan esperada visita de Pacheco. Ya llegó. ¿Quién es o era este Pacheco del cual hemos oído toda la vida y que la gente repite de manera automática como otra referencia a nuestras vidas? Es un cuento bonito. El término, para indicar que llegó el frío, viene de la Caracas de los techos rojos, por un cultivador de flores, Antonio Pacheco, quien residía en Galipán, en lo alto de El Ávila, ese escudo montañoso que nos cubre del aire cálido que debería tocar la ciudad desde el Litoral. Cuando llegaba Diciembre, ese señor, Pacheco, bajaba huyendo de tanto frío y traía sus flores con él, las cuales vendía en la Plaza Bolívar, que no era esa cosa en la que ha terminado decayendo.

   Cada año Pacheco bajaba por el Camino de los Españoles, por La Pastora, con su hermosa carga que vendía cerca de una iglesia, y así, poco a poco, la gente comenzó a asociar el arribo del floricultor con la llegada del frío. Por lo general, este cambio de aire comienza por Noviembre y hay años que llega casi hasta Febrero (¿creerán que hay gente que se obstina y quieren que termine?); pero la señal clara de que todo cambiaría, como en el cuento de la marmota que ve su sombra en los Estados Unidos como final del invierno, era la llegada de Pacheco. Sí bajaba era porque el frío estaba aumentando en la montaña y no tardaría en caer sobre Caracas. Verle era decir, “llegó Pacheco”, como sinónimo de que el frío aumentaría y que la Navidad ya no estaba lejos.

   Me gusta la visita de Pacheco. Cada año le recibo como a un buen amigo… deseando que se quedara todo el año.

Julio César.

UN AREPAZO

junio 21, 2011

DE MÚSICA Y OTROS TÉRMINOS

   La mía de carne mechada.

   Hace tiempo bajé hasta Guarenas para, Dios me libre en el futuro, una celebración de Santa Bárbara. Había escuchado tantas cosas al respecto que tenía curiosidad. La verdad fue que no me gustó. Es decir, beber caña está bien, pero enmascararlo con prácticas religiosas es distinto. Fuera de que parecía algo no muy católico. El dueño de la casa se embriagó, fue desagradable con todo el mundo y cayó sobre una mesa donde había una gran cantidad de velas y velones. Faltó poco para una desgracia y que todos apareciéramos en una reseña policial. Tal vez no todas las celebraciones sean así. Esa sí lo era y no me agradó.

   Saliendo de allí nos encontramos con que había llovido. El ambiente era fresco, no frío, tan sólo una húmeda falta de calor. Y la calle se veía mojada. Limpia. Eso me gusta de la lluvia, que se lleva la mugre. Lava lo sucio. Después de una tarde de lluvia, Caracas, por ejemplo, se ve distinta. Mejor. Como una cuarentona de rostro ajetreado pero conservado que se despoja de todo maquillaje innecesario. Allí era igual. Eran como las dos de la mañana y teníamos hambre, así que nos acercamos al Mordisquito Caliente.

   Cuando se llega a Guarenas desde Caracas, por la entrada vieja de la autopista, uno pasa frente a la entrada dela Guarenasvieja. Más adelante está la parada de la bomba de Valle Verde. Y a un lado es posible ver ese grupo de pequeños negocios donde la comida es de una calidad superior. Hay ventas de hamburguesas, pepitos, choripán, perros calientes, parrillas y… arepas.

   Todo el que ha parrandeado por la zona, sea celebrando una graduación, un cumpleaños, un matrimonio (y a veces regresando de un funeral), en horas ya de la madrugada, muerto de hambre, termina allí. El aire seco y tibio muchas veces, uno está alegre por el alcohol consumido donde se hubiese estado antes, con la barriga gruñendo por comida, la boca hecha agua por el olor que los pequeños negocios despiden. Y en esos momentos, no sé por qué, todo van a la venta de arepas. Masa suave y caliente, mantequilla derretida y un sin fin de posibilidades. Queso amarillo todo aguado, quedo guayanés o paisa. Carne mechada. Pollo guisado. Cazón. La reina pepiada, con pernil, tomate y aguacate (ya no tan frecuente, al parecer es costosa), por no hablar de sorpresas ocasionales, arepas con atún, salchichas, salchichón, calamar o mollejas. En el Mordisquito Caliente encontrarán de todo.

   Hincar el diente y llenar la boca con cualquiera de ellas es como morder un pedacito de gloria. A esas horas, bajo esas circunstancias, rodeado de amigos y amigas que ríen, comentan las bondades de esta o aquella arepa, que comparan con las de sus parejas o madres… disfrutando uno de esos momentos que la vida a veces regala donde basta sólo un poco para sentirse dichoso. Y nunca, nunca he estado en un puesto de esos, y menos frente al Mordisquito Caliente, sin que el grupo se mire entre sí y se jure que volveremos, que nos reuniremos todos y bajaremos hasta allá. Para estar juntos otra vez.

LLEGÓ PACHECO

Julio César.

EL CHICHARRON Y LA BOCA ABIERTA

junio 29, 2009

DE MÚSICA Y OTROS TÉRMINOS

CHICHARRON

   De haber sido una embarazada, el muchacho me habría nacido así, con la boca abierta. Hace poco me tocó bajar a la cercana población de Guatire en el estado Miranda, y el viaje fue agotador. Qué trafico. Y eso que era temprano. Aunque no tenía prisa, iba a una ocupación nada grata. Un funeral. Bien, después de calarme la cola de entrada a la población, pesada, lenta, decidí quedarme en el terminal de Guatire, justo a la salida técnica del pueblo. Más allá están Las Barrancas y El Ingenio, que es Guatire, pero lo que es el pueblo pueblo, termina allí. El sol, a pesar de la hora, quemaba. Y qué calor.

   Pero mientras cruzaba frente a los dos grandes centros comerciales que flanquean la entrada, iba ya distraído. Allí estaban las cuatro esquinas de abajo. La esquina de El Mocho Nicolás, un señor trabajador donde los haya, fallecido hace tiempo, que mantenía un puesto de revistas y periódicos conocido por todos (haciéndome el loco ojee las primeras revistas nuevas y caras de chicas allí). Y justo frente al negocio del Mocho Nicolás, estaba el que yo buscaba: un puesto donde vendían chicharrón, ese cuero rico que le sacan al cochino cuando lo pelan, lleno de grasas y carnes, que es freído en su propio aceite y que sabe a gloria. Es, como decía Alicia, una amiga, colesterol en barras, y no en barritas, sino barras de las grandes. Cuando comía chicharrón frente a ella, hincando el diente en el cuero de donde manaba aceitico, arrugaba la cara como con asco. Pero repito, qué rico es… por lo que, obviamente, es poco saludable ingerirlo en grandes cantidades.

   No se trata de una tienda, ni siquiera un tarantín. Allí se encuentra un señor moreno, mal encarado, con un recipiente grande tipo escaparate, de vidrio, y dentro, el chicharrón. Este señor, de por sí, es todo un personaje. La primera vez que compré allí, hace muchos años, le pregunté “¿está sabroso?”. ¿Saben que me contestó?: “yo no sé, yo no como esa vaina”. Dios, cómo me reí. Pero compré. Lo probé y era muy bueno. Recuerdo que otra vez fui y le pedí: “deme un pedazo con bastante carne”. A lo que replicó, con ese tono de quien vende eso porque no halla nada más que hacer: “Cómprate un kilo de chuletas”.

   Bien, ahí iba yo, salivando, imaginándome ese cuero, esa grasa, esa carne deliciosa metida dentro de un pan caliente; caminando como ido por la esquina del Mocho Nicolás, crucé la calle… y el carajo estaba vendiendo guayabas, tomates y otras porquerías. Qué impresión. Es difícil poner en palabras tanta arrechera y decepción. Le pregunté qué pasaba y me respondió que mientras durara la gripe esa, la llamada porcina, no vendería más cochino. Fue inútil que intentara explicarle que una cosa nada tenia que ver con la otra, tan sólo dijo: “esa vaina, como sea, hace daño”. ¿No es horrible la campaña que le tienen montada al cochino? Es casi tan feroz como la que le tienen al cigarrillo.

   Y yo con las ganas que llevaba.

UN AREPAZO

Julio César.

EMPLEADOS PÚBLICOS

octubre 1, 2008

DE MÚSICA Y OTROS TÉRMINOS

   Esperando su reconocimiento…

 

   No creo que haya nadie, ningún otro grupo de empleados en Venezuela, con peor fama. Se nos tiene como ejemplo de incompetencia, inmoralidad y flojera. La gente chasca la lengua cuando digo que trabajo en un ministerio: “¿Eres un empleado público?”. Y logran torcer las bocas como una eme. Es difícil, pero se las ingenian. Pero no todos son (no diré somos) tan ‘cumbres’ como la gente imagina. Yo mismo llevo casi diecisiete años en un departamento de administración sanitaria, frente a mis ojos han cruzado interminables cuadros, estadísticas, diagramas y análisis de problemas. Durante años y años se han llevado estadísticas sobre el SIDA, el cáncer en sus varias presentaciones, vigilancias epidemiológicas y otras. Se ha fiscalizado la actuación de centros hospitalarios y de personal. Ahora, después de todos estos años, me parece algo vacío, sin sentido. En el país todo es política, sólo a esto se le invierte esfuerzo e interés, no hay tiempo, recursos o mística para preocuparse de la salud y la sanidad en general. Pero uno continua llenando cuadros, elaborando cifras, presentando gráficos y proyecciones… aunque nadie las tome en cuenta.

 

   Cuando llevaba ocho años en mi cargo, antes de ser movido de la sub región a la central, llamaron a mi coordinadora de piso. Esta me dijo que subiera (siempre queda arriba, no importa en dónde se esté) a Recursos Humanos (personal) que deseaban hablarme. Me inquieté. No llevaba yo el tiempo suficiente para responder con un “estoy ocupado, si esos tontos quieren verme que bajen”, como podría hacer ahora. Preguntándome qué querrían, subí. Llegué y todo humilde pregunté que deseaban, y una asistente, seria, de rostro poco amable me dijo que querían saber quién era yo, que llevaba ochos años ahí y jamás había subido a Recursos Humanos por nada, ni un reposo, un reclamo de salario o por un reporte de incumplimiento. No sabían quién era yo porque jamás había necesitado de ellos, ningún problema había causado o padecido dentro del Ministerio para subir. Me preguntaron cosas sobre mí, me felicitaron por mi labor y me dejaron ir.

 

   Hace dos años, una enfermera amiga cayó victima de un ACV, y me tocó llegarme al Hospital Vargas donde laboraba, en el turno nocturno desde hace casi veinticinco años, para informarlo. Divorciada, con hijos lejos y la familia en Mérida, me sentí en la obligación de reportar el hecho. Me presenté y fui al hospital, no dije que trabajaba en el Ministerio, es decir que era de la casa, me parece que se abusa cuando se hace eso, que se obliga a la gente a actuar de tal o cual forma. La joven que me atendió, toda una profesional con títulos, de apellido extraño, creo que era Lobatón, bonita pero sencilla, me preguntó amablemente qué deseaba. Al hacer el reporte, luego de preguntarme varias veces el nombre y los años en la institución (obviamente no la conocía), expresó reiteradamente su pesar por la noticia, interesándose en su evolución, deseando que mejorara. Fue a buscar su expediente… y no lo encontró. Esa joven, sin que yo exigiera nada, movilizó a todo el personal para ubicarlo (se remodelaba el departamento, parte del material había sido movilizado, el olor a humedad era horrible, como a ratas muertas). Esa mujer llamó por teléfono, preguntó a todo el mundo, buscó y buscó en cajas. Yo estaba hasta apenado de ponerlos a todos a trabajar de esa manera. Dije que se podía hacer un reporte certificado y luego buscar el expediente y anexarlo. Con rostro serio, la mujer me dijo que no era seguro, que las remodelaciones podrían traer nuevos problemas, y si no se asentaba la información, reposo mediante, la señora hasta podría tener problemas después para su retiro, con el cobro de la quincena, los cestas tickets y todo eso. Verla esforzarse y buscar, porque era su deber, pero sobretodo apenarse e interesarse por esa empleada que no conocía, me encantó. El departamento de Personal del Hospital Vargas, vale la pena. Ella, y su gente, eran un ejemplo a seguir dentro de la Administración Pública.

 

EL CHICHARRON Y LA BOCA ABIERTA

 

Julio César.

HOSPITAL VARGAS, ENTRE LO BUENO Y LO MALO

mayo 19, 2008

DE MÚSICA Y OTROS TÉRMINOS

   Actualmente este conocido y reconocido centro medico público capitalino, el Hospital José María Vargas, atraviesa uno de los peores momentos de su historia, como parece padecerlo todo dentro del país. Aunque hay dinero (el Gobierno anuncia a cada rato un mega proyecto de dimensiones faraónico) este o no se concreta o no lo parece al final, es como la mujer vieja y quemada de llevar tanto sol, que se inyecta colágeno en los labios intentando verse hermosa. Desde que tengo uso de memoria el hospital Vargas está en remodelación, en una eterna remodelación que no termina jamás; como inspector sanitario me tocó visitarlo muchas veces. Siempre hubo problemas, pero eran cosas contractuales. Antes lo líos parecían referirse únicamente a salarios y compensaciones, pero ahora se le suma un progresivo deterioro en infraestructuras.

 

   Hace seis años lo visité por denuncias de los pacientes… por la gran cantidad de gatos que pululaban en la zona. Era impresionante verlos paseándose por los pasillos, altivos y soberbios, casi mal encarados, en los jardines, alrededor de los botaderos de basura (en contendedores, no crean), camino a la cocina, a patología. Había muchos, demasiados por allí, y la gente decía, con ligereza, que seguramente comían muertos porque andaban gorditos. Se tomaron medidas (no entraré en detalles), los gatos desaparecieron y los nuevos que iban llegando eran convenientemente convencidos a no quedarse, escoba en mano. Las ratas y ratones llegaron casi en seguida, pero a estos se les combatió más fácilmente, nadie se molestaba porque se les dejara veneno por ahí.

 

   Desde hace cuatro años se está levantando un espacio para un Resonador Magnético, el Vargas iba a ser e primer hospital público que contaría con uno. Cuatro años más tarde el resonador continúa en cajas, y la casa proveedora no se responsabiliza por su estado. Después de cuatro, cuatro largos años, aún no se ha terminado  un salón para eso. Era más simple dejar que se perdiera. El área de hemodinamia parece una clínica, con todos los perolitos para el caso, y la atención es realmente buena, desde las secretarias y enfermera a especialistas. Son amables, amigables y atentos con los pacientes infartados… quienes tienen que subir, o ser subido como santos de pueblos, en hombros amigos, por tres tramos de escaleras porque no ha habido poder humano capaz para poner a funcionar los ascensores. Aún continúan los huecos en la pared donde irán (o irían). Hace poco me llegó un rumor, que la mayoría de los cardiólogos, cansados de pasarlas canijas con los sueldos públicos, nada que ver con lo que gana un eficiente diputado de la Asamblea o un excelso juez del Tribunal Supremo, emigraron, casi todos al mismo tiempo.

 

   En un país donde la segunda causa de muerte natural es el cáncer, detrás de los problemas cardiacos vasculares, fuera de accidentes viales y atracos que termina mal y que se nos venden como cosas normales, el servicio de radioterapia fue cerrado hace casi cuatro años. Después de que se habló de uno y mil convenios con Argentina para traer equipos de radiaciones, a la administración le pareció más simple cerrar todo el servicio, con bunquers especiales para equipos de alta tasa de dosis, con especialistas médicos y técnicos. Se dijo que no había problema porque cerca quedaba otro hospital oncológico, el sufrido Luís Razetti, y no hubo manera de que alguien entendiera que mientras crece la población aumentan los casos de enfermedades, por lo que era imposible cerrar un centro ya existente donde se atendían diariamente entre cuarenta y cinco y cincuenta personas, ¿a dónde enviarlos que no fueran un problema? Y si los atendían allá, ¿qué pasaba con los otros cuarenta y cinco o cincuenta que ya no podrían entrar a ese centro copados como estaban por los llegados del Vargas? Recuerdo una reunión donde una de los técnicos, una señora que me dicen es pro oficialista, muy molesta le dijo a la Directora de Oncología de la Alcaldía Mayor que era fácil hablar de cáncer desde una oficina cuando no se debía sufrir y padecer por falta de atención.

 

   ¿Por qué hablo del hospital Vargas? Porque hace poco una amiga mía parió allí. Yo le formé un lío, que cómo se le ocurría irse a parir a un hospital, si es que no sabía de las cosas que allí pasaban. Mirándome serena, ya parida y con su muchacho sobre el regazo, me contó que cuando comenzó a hacerse los chequeos fue con una obstetra de ese centro y que una noche, sangrando, la dejaron hospitalizada allí; que fue el peor momento de su vida, temiendo perder su preciosa carga. Y ella jura y perjura que esa noche, cuando despertó, un hombre de bigote y sombrero, vestido de oscuro, estaba en su cuarto, viéndola con ternura. Según ella, y los ojos se le aguaban de la emoción al contarlo, era el doctor José Gregorio Hernández, el santo que espera Venezuela un día llegue a los altares. Me dijo que se sintió sobrecogida, con miedo pero sin miedo, era difícil de explicar, me dijo, pero que supo que todo iba a ir  bien, que por eso habló con la doctora para continuar controlándose allí.

 

   Yo no creo en santos ni en milagros, me gustaría, pero no puedo; sé de gente con cáncer avanzado, al punto de metástasis óseas, que un día comienzan a presentar retroceso en la enfermedad. La gente grita milagro, pero yo sostengo que si el cuerpo de alguna manera forma esos tumores, tal vez contenga un código secreto que lo ayude a combatirlo después, aunque aún no sepamos cuál es. Sin embargo mi amiga, y mucha de la gente con la que hablé allí, estaban convencidas de que el santo de los pobres se presenta allí, de noche, con su traje oscuro y su sombrero, maleta en mano, cuidando de su gente cuando sabe que esta está asustada y en problemas, asegurando con su presencia que todo saldrá bien. En fin, qué se yo…

 

EMPLEADOS PÚBLICOS

 

Julio césar.

DE MÚSICA Y OTROS TÉRMINOS

marzo 4, 2008

enfermeras.jpg

   Preparando mortales pócimas… 

   Hace poco me tocó llegarme hasta el hospital Vargas por una situación irregular con todo un Servicio, el cual había prácticamente desaparecido, de lo que nada se sabía en el ministerio. Fue una cosa tan curiosa que en algún momento lo relataré en otra parte. El caso es que ese asunto no me tocaba reportarlo a mí, pero en la oficina todo el mundo anda como de mal talante, molestos. Todo lo que ocurre en la Administración Pública es reflejo de eso. Fui, escuché lo que tenía que escuchar, y realmente no era culpa de esa gente, sencillamente se quedaron sin equipos y materiales para trabajar y a nadie le importó a pesar de que lo notificaron varias veces.  

   El caso es que ya iba molesto, y ante las declaraciones, me subió como la tensión; fue cuando comencé a hablar con los empleados. Rápidamente la rabia se me pasó, encontré a gente muy divertida. Una de las enfermeras, una mujer delgada, cuarentona, de rostro tan afilado como la lengua, contaba y reía de la última vez que fue a comprar un electrodoméstico. Dijo algo como: 

   -Yo llegué así toda sobrada, como va una cuando va a gastar dinero. La tienda estaba llena, atendida por esos muchachos que parecen estudiantes universitarios. A mí me tocó un pavo bonitico… -dijo ella.- y fue cuando le dije: vengo a comprar un picó. 

   Se echó a reír. Todos tuvimos que reír ante el anacronismo. No sé en otras partes, pero aquí un “picó” era lo que antiguamente podía llamarse un equipo de sonido, pero en verdad nada parecido a lo de ahora, con una radio, un reproductor de casette y un plato para reproducir los discos de acetato. Así los llamaba mi abuela. El término mismo ya está en desuso. Nadie lo recuerda. Otra de las enfermeras acotó: 

   -Seguro que dijiste, vengo por un picó y quiero probarlo con este disco de Camilo Sesto. –y eso causó más hilaridad todavía, aún entre los pocos pacientes que recibían el desagradable tratamiento de las quimioterapias. 

   La flaca riente decía que casi, y que se le salió toda la edad delante del muchacho. Otra, animada, comentó que algo parecido le pasó cuando fue a comprar un disco de Rafaela Carrá (dígame eso), y que la muchacha la miraba como si le estuviera hablando en chino: ¿Rafaela qué? Bueno, hasta a mí me cuesta recordarla, pero lo hago, cantaba muy bonito, toda alegre y animosa, y aunque era italiana, creo que lo era, cantaba en español. En un viejo disco que guarda mi mamá (ella, yo no, se los juro), JUNTOS, Rafaela canta una que es una nota, que dice algo como: 

   “…Por las noches me despierto abrazada a mi almohada y con deseos de amar… Caliente… Caliente, eh ah…”.

   Seguimos hablando y descubrimos, aún entre los pacientes y acompañantes, cierta igualdad de criterios, será porque quienes van a esos tratamientos, e incluso los que se toman su tiempo para acompañarlos, demostrando que son responsable, quieren y son pacientes (de paciencia), somos parecidos. No nos gustaba el reggetón, fuera de uno que otro tema. Vico C, y temas como La Quemona tenían sus defensores. Pero en líneas generales había semejanza de opinión. Creo que todo se reduce a una cosa, la música es bonita o no, simplificación que intenta enunciar la vida misma, pero como todos sabemos, cada cabeza es un mundo, hay gustos para todos y la belleza o el mérito de algo, depende del observador. 

   Esas mujeres me alegraron la mañana y el día todo. Me alegró el haber ido, y mi reporte final fue menos áspero de lo que imaginé al principio. Cómo trabajaban, porque deseaban atender, si no había un suero no decían que había que suspender el tratamiento, salían a buscarlo por todo el hospital, y escuchaban a los pacientes cuando denunciaban el menor malestar. Pero lo mejor era eso, que creaban un ambiente grato, confortable. Las recordaba y me reía a solas, mientras viajaba en el taxi, cosa que logro me ganara miradas del taxista. Qué extraño, no hay nada que haga que se fijen más en ti que reír. La gente te mira como intrigada, debe ser que se preguntan: ¿cómo puede andar tan contento si yo no lo estoy ya que debo trabajar? 

HOSPITAL VARGAS, ENTRE LO BUENO Y LO MALO

Julio César.