Archive for the ‘HISTORIAS CORTAS…’ Category

CONSERVANDO A LOS CLIENTES

mayo 18, 2015

FANTASIA DE UNA ARDIENTE TARDE DE VERANO

SEXO GAY EN LA OFICINA

   Por productivo contaba con su propio espacio…

   Como uno de los pocos vendedores de seguros con su propia oficina, un exitoso Gregorio Mendoza, treintón guapo y de buena figura, cabello corto negro, barba y bigote que aparecerían aunque se rasurara antes de salir de su casa, con sus antebrazos fuertes y velludos, le dicta algunas cosas a Amanda, su asistente. Parece algo impaciente, el día ha sido largo, está cansado, fastidiado, y esa noche sus padres van a cenar a casa, lo que pondrá a Lorena de malhumor. Seguramente Susanita querrá mostrar qué tanto ha avanzado en sus lecciones de violín (ama a su niña, pero no cree que avance como ella imagina), y Pedrito sería desagradables con todos porque le obligan a continuar en beisbol ahora que quiere practicar natación, como antes lo hizo con el futbol y el básquet, para abandonar al poco tiempo.

   -Iba a llamar a… -le recuerda Amanda, mirándole con disimulo, ¡era un hombre tan masculino y guapo!

   -Posponlo para mañana. No tengo ganas de encargarme de nada. –gruñe, seco, justo cuando el teléfono timbra. Se miran, ella va a contestar, seguramente para dar una excusa, pero él niega. Era el teléfono de los clientes buenos.- ¿Si? –intenta ser paciente, pero le sale un lamento mientras se frota los ojos.

   -Videoconferencia. –oye la voz grave, baja y muy masculina también.

   Todo él se estremece, enderezando los hombros, sintiendo como abandona el cansancio su cuerpo. Intentando controlar un leve estremecimiento le sonríe a su asistente, quien arruga la frente un tanto perpleja por su visible cambio.

   -Amanda, déjame solo. Pospón todo. Diles a quien pregunte que me fui y te puedes marchar también. –ordena, ella va a replicar algo, pero asiente y sale.

   El hombre enciende el monitor que poco antes había apagado, la cámara está activada, también el micrófono, aunque del otro lado sólo hay negrura. Le ven. Él no observa nada. Con paso envarado cierra bien la puerta, no sólo con el seguro, le pasó llave. Bajo su pantalón es evidente una escandalosa erección que alza la tela de manera intensa. Y caminar, rozándosela con la suave tela, le produce calenturas.

   -¿Todo bien, Mendoza? –oye la pregunta suave, lenta, y la verga le tiembla de emoción. Le estaba mirando, seguramente sonriendo complacido de su reacción.

   -Sí, señor Alcántara. –casi jadea, dejándose caer en su sillón, el tolete latiéndole de ganas.

   -Te oyes agotado, ¿una semana dura? ¿Muy, muy dura y caliente?

   -Muy dura, señor… -contesta con voz ahogada, ronca, sintiendo cómo le late bajo el pantalón, y era una deliciosa tortura.- Y caliente. –concuerda otra vez, abriéndose la camisa, su pecho poderoso y velludo queda al descubierto al arrojar la corbata sobre un hombro. Cuando lleva los dedos a sus pezones, rozándolos con las puntas de los índices, casi gime por la fuerte corriente de excitación que le recorre. Cierra los ojos, recordando cómo descubrió que tan sensibles eran sus tetillas, entre los dientes de aquel sujeto, bajo su lengua, succionado por su boca, una que le hizo lloriquear de deseo.

   -Dices que ha estado dura la semana… pero todavía no veo las evidencias. –oye y apenas contiene una sonrisa.

   Se pone de pie, y tal vez eran ideas suyas, pero el aire acondicionado sobre sus tetillas le pareció delicioso. Se abre el pantalón, que cae mostrando sus muslos musculosos, velludos, su bóxer corto, color naranja, totalmente deformado por una titánica erección que mojaba algo de la tela. Y hacerlo, exhibirse así, le provocaba más temblores y mojadas contra la tela. ¿Se estaría acariciando viéndole? La idea le hace contener un jadeo.

   -Vamos, quiero ver… -oye esa voz ronca; Gregorio es feliz sabiendo que agradaba al otro. Sabe lo que quiere ver. Se vuelve, hincando una rodilla en la silla y echando su trasero hacia atrás.- Maravilloso, veo que has estado usando la bicicleta fija… ¿te ha resultado menos ingrata la rutina y más estimulante subir y bajar sobre ese asiento imaginando que lo haces sobre mi regazo, bebé?

   -Si… -casi croa de lujuria, intensamente dominado por la sensualidad de aquel sujeto al que conoció en una convención de trabajo, que le invitó dos copas en su habitación y le controló en cuerpo y alma.

   -Dámelo todo, bebé… -le ordena el mejor cliente de la firma.

   Volviéndose y bajando su ropa interior, la gruesa y larga verga casi dando un bote, imposiblemente dura, Gregorio sale de su pantalón y se deja caer de culo en la silla, montando los pies sobre el escritorio, a ambos lados del monitor, el bóxer naranja en uno de sus tobillos, junto al calcetín y el lustroso zapato negro. Tragando en seco, cerrando los ojos, el hombre escupe en su mano y se lo agarra. En cuanto cierra el puño sobre su mole dura y necesitada de atenciones, gime, echando la cabeza hacia atrás. Su puño iba y venía sobre la urgida carne, los dedos cerrados, los nudillos velludos casi blancos, el anillo matrimonial muy visible.

   -Imagíname a tu lado, sabes lo que te haría. Y que te gustaría… -le oye en la bruma de sus deseos, y sin abrir los ojos se lleva dos dedos de la otra mano a la boca, atrapándolos, su cálida lengua y saliva trabajándolos.

   Ahora si abre los ojos, mejillas rojas, respiración pesada, echándose más hacia adelante en la silla, flexionando una pierna. Masturbándose y metiéndose los dos dedos por el culo. En cuanto se toca, presiona y se penetra, Gregorio Mendoza perdió la cabeza. Su puño iba y venía frenético sobre su güevo, esos dedos se los clavaba más y más adentro, oyendo al otro diciéndole lo mucho que le gustaría estar ahí para llenarle con su güevo, para hacerle gritar de placer y lujuria como si fuera una puta sobre ese mesón.

   Las palabras, la voz, masturbarse, los dedos en su culo frotando una y otra vez su estimulada próstata, como él le enseñó que debe hacer un hombre con ganas de placer anal, le tienen delirando. Sus caderas suben y bajan de la silla, el güevo contra una de sus manos, los dedos de la otra contra su culo. Y recuerda esa noche con el señor Alcántara, cuando este le dijo que pasaría un fin de semana en esa convención y quería divertirse con un putito y le había elegido. Rió, se molestó, pero ese hombre con su fuerza, sus toques, sus besos, sus palabras autoritarias, todo le había llevado de algún modo a terminar en cuatro patas sobre esa cama, su culo convulso sobre la palpitante verga que lo llenaba, sirviéndole de perra, gritado y gimiendo por más. Prácticamente suplicándole que le cogiera. Después de ese fin de semana durante el cual, efectivamente fue su putito sumiso y calentorro, pensó que todo terminaría ahí, pero luego el hombre se presentó en la firma como cliente, su cliente… y les había llevado a otros. Seis clientes de importancia. Abre los ojos nublados hacia el monitor, al escucharle.

   -¿No es hora de uno de tus juguetes, bebé? –oye y se estremece.

   Casi le duele sacar los dedos de su agujero, pero abre una gaveta y saca un corto y curvo dildo oscuro, grueso, de cabeza redonda. Y sin soltarse el güevo, después de chuparlo, lo lleva a la entrada de su culo, empujándolo. Cuando le abre, le recorre las paredes del recto, y le llena, se tensa todo. Los dedos de sus pies se encogen dentro de los zapatos. Lo saca y lo mete, estremeciéndose a cada delicioso pase, babeando, su tolete muy rojo, caliente y mojado.

   En una oficina elegante, de mundo, un hombre cuarentón, atractivo y masculino, le mira. No en un monitor, es todo un aparato de video, de media pared. Sonriendo excitado. Verle así, sometido, entregado a su propia lujuria, le estimulaba. Por el audífono le llega una voz.

   -Pero qué puto es. –hay una risa lujuriosa.

   -Así es. –le contesta a uno de sus seis socios, los cuales también miran, cada uno en su oficina.- Creo que es el momento.

   Gregorio está por correrse, lo sabe, gime, se estremece, el consolador sale todo, curvo y grueso, y vuelve a meterse, provocándole nuevos y maravillosos calambres y placeres.

   -Mendoza… -oye la voz amada.- Este fin de semana invéntese una excusa en su casa, saldrá el jueves por la noche y regresará el lunes por la mañana. Tengo una casita apartada donde me quedo cuando voy de pesca. Unos amigos suyos, seis a decir verdad, y yo… queremos verle.

   Y estalla, debe contener los gritos, pero se estremece y se corre violentamente, su culo ferozmente cerrado sobre el juguete, sabiendo lo que le espera. ¡Cuatro noches con sus siete clientes! Ya no podía esperar más.

   -Sí, señor…

Julio César.

EL BONO COMPENSATORIO

abril 5, 2015

FANTASIA DE UNA ARDIENTE TARDE DE VERANO

AMOR GAY EN LA OFICINA

   -¿Lo hago bien, señor?

   Danny Terán, desnudo a excepción de sus medias de vestir y la corbata enrollada alrededor del cuello, mira con una sonrisa, y una erección enorme, como tres de sus jóvenes colegas dentro de la compañía de venta de seguros de vida, Andrés, Alex y Damián, también en medias y corbatas, aunque Damián lleva una camiseta azul clara, muy abierta que deja ver sus hombros, estaban cogiéndose a aquel atractivo hombre de unos cincuenta años de edad, de rostro severo, sombreado de barba y canas, el cabello corto, escaso en la nuca, también algo gris, que lleve su saco, su camisa, su corbata, las medias y sus zapatos negros de buena marca. Uno le daba por el culo, duro, entre jadeos y gruñidos, empujándole el grueso güevo hasta los pelos, mientras los otros dos, a cada lado de su rostro masculino y viril, algo deformada la imagen por el babeante güevo que entra y sale de sus labios algo resecos, y por el otros restregándose de su cara, hasta que es atendido también al grito de “mámamelo”. Danny sonríe divertido, esos tres se lo habían ganado, habían superado sus marcas de ventas semanales, y el hombre era su recompensa, servido por él, el Subgerente de Ventas. Su güevo babea algo de líquidos, había pensado masturbarse viendo la escena, pero sin tocarse ya lo tenía a punto.

   El hombre, con su traje, se había montado ya sobre las piernas de Damián, sentado este en el sofá, subiendo y bajando su culo goloso sobre el grueso tolete, gimiendo todo puto, perdido en las poderosas sensaciones que únicamente la verga de un hombre enterrada en las entrañas podía despertar, silenciado sólo cuando Andrés o Alex se la clavaban por la boca, compitiendo sobre quién se la metía, ambos azotándole labios, nariz y mejillas, bañándole la cara con sus jugos. Luego le habían arrojado de espaldas sobre un mesón, y mientras Andrés se montaba sus tobillos en los hombros, abriéndole el culo y llegándoselo con su güevo caliente y tieso, Damián se sentó sobre el rostro del tipo maduro, quien viendo ese joven culo peludo frente a sus ojos, no perdió tiempo y comenzó a chuparlo, a lamerlo por todas partes, a clavarle la lengua con desesperación. El culo de los hombres era un manjar al que nunca podía decirle que no… como no fuera si le ofrecían comerse un buen güevo. Luego se comió el de Alex, quien le daba la espalda, el pulsante tolete subiendo y cayendo sobre su pecho.

   Ahora lo tenían así, una rodilla sobre la mesita, el pie de la otra piernas en el piso alfombrado mientras Alex le rastrillaba una y otra vez el culo con su macana poderosa, adentro y afuera, estremeciéndolo con sus embestidas, cabalgándole sin detenerse, clavándosela y sacándosela, casi arrojándole de la mesita, haciéndole gemir, al tiempo que Andrés se la metía hasta la garganta, el rostro del hombre maduro enrojecido de placer, resollándole en los negros pelos al hombre joven, para luego chupar el de Damián, y en el colmo de las inspiraciones, el afortunado becerro se chupaba las dos hermosas piezas masculinas aun tiempo. Danny sonríe viéndole entregado a la lujuria…

   Recuerda cuando les traía por el pasillo a la oficina, asegurándoles que el viejo les daría el culo, estos riéndose, negándose a creerlo, llamándole mentiroso, incluso algo dudosos ante la idea de tocar a otro hombre, hasta que abrió la puerta de la oficina y el tipo estaba allí, maduro, guapo y viril dentro de su traje ejecutivo, los pantalones cayendo en ese momento, él echando el torso hacia adelante, su culo proyectándose hacia atrás, la tirita de un hilo dental amarillo perdiéndose entre sus nalgas velludas, ojos brillantes de deseo ante la visión de los jóvenes sementales. Danny sonrió al ver las caras de sus colegas… cuyas vergas abultaron en seguida bajo las ropas. Un culo como ese… el del dueño de la compañía, el gritón y mandón jefe que usaba tangas así, y que repartía culo a los fogosos machos, era una imagen lo suficientemente poderosa como para calentar a cualquiera. Y le cayeron encima. Los tres. El hombre maduro cerró los ojos y gimió ronco y contenido, con su vozarrón de macho, mientras tres pares de manos tocaron y acariciaron sus nalgas, metiéndose dentro de la raja, una bajando mucho y tocándole las bolas. Pronto estuvo desnudo de la cintura para abajo, y esos tíos, con los güevos afuera, se turnaron para darle la primera cogida de pie contra su escritorio. Luego llegó la fiesta.

   Mirando como esa boca va y viene sobre los jóvenes y babeantes güevos, como sus mejillas atrapan y su garganta succiona, así como su culo que se abre y cierra violentamente sobre el otro manduco, Danny reconocer que el hombre es un experto en esas lides. Que sabe cómo darle placer a los machos. Se pregunta, a lo largo de sus años, cuántos habrían gozado con sus ansiosos agujeros. Sabe que estuvo en el ejercito, sonriendo no le cuesta imaginarle en una barraca, sobre un mesón como ese. De espaldas, cogido, mamando, muchos güevos recorriéndole el torso y la cara, bañándole con sus juegos, dos muchachos fingiendo penetrarle los oídos, y el viejo en la gloria.

   -¿No es un buen culo? –pregunta a los otros.

   -Es… Dios, este culo parece que quiere arrancarme el güevo. –grazna Alex.

   -Seguramente lo quiere guardar para más tarde. –concede.

   -Su boca también es una maravilla. –jadea Andrés.

   -Y tú, ¿cómo averiguaste que era tan buen polvo? –pregunta Damián. Danny sonríe, torvo, notando un ojo del maduro sujeto sobre su persona.

   -Ese culo ya ha sido mío. Muchas veces. Me lo clavé, y lo hice llorar, la primera vez en su casa, sobre la cama que comparte con su mujer. Gritaba y suplicaba por más y más. No quería que se lo sacara nunca. –responde, el güevo temblándole de lujuria ante los recuerdos.

   Alex, atrapándole las caderas, le alza más el culo, cogiéndole frenético desde todos los ángulos posibles, haciéndole gemir ahogado sobre la verga de Andrés, mientras la de Damián le baña la nuca con sus jugos.

   -Mierda, con el aire de puta caliente que tiene seguro que lo ha cogido media Caracas, pero se siente tan apretado… -jadea Alex, clavándosela toda y dándole más embestidas.

   -Lo ejercita. –informa Danny.

   -¿Cómo hiciste para convencerle de repartir culo en la oficina? –se interesa Andrés.

   -Tengo mis métodos. –replica todo misterioso, mirando a Alex.- ¿En serio te gusta cogerlo?

   -¡Mucho! –y le da con más fuerza.- ¿Seguro que no le molestará que nos corramos en su interior?

   -Oh, no, a él le encanta sentir la sensación del semen estallando en su interior. Una carga caliente y abundante contra su próstata le hace vivir. Casi tanto como saborearla sobre su lengua hambrienta. Porque está necesitado de eso, chicos, está hambriento de machos que quieran llenar sus agujeros con güevos y mucha leche.

   -¿En serio? –le pregunta al sujeto Andrés, sacándosela de la boca, la rojiza piensa totalmente mojada de saliva, un poco goteando del glande.

   -Si, sí, quiero que me cojan duro, que me llenen todo de esperma. –jadea el hombre maduro, ya incapaz de controlarse aunque fuera para guardar las apariencias. Los otros tres ríen y reinician sus embestidas.

   -¡Ahhh…! Tómala toda, viejo puto… -Andrés se le corre en la boca, llenándole los cachetes de tanta leche caliente y espesa, una que el hombre bebe con avidez.- Hey, amigo, termina que ya quiero ese culo otra vez.

   -¿Un culo empegostado con mi semen? –se burla el otro, pero caliente con la idea. Y se tensa, tiembla y se la clava hasta el fondo.- ¡Tómala toda, viejo marica! ¡Ahhh!

   Danny sonríe viéndoles, Damián llena pronto con su tranca la viciosa boca del hombre, quien jadea de anticipación, esperando más semen. El güevo casi temblándole también, pero va a aguantar. Pronto estarán él, Andrés, Alex y Damián sentados en ese sofá, los cuatro, y el hombre irá pasando ese culo de güevo en güevo. Exprimirá a los cuatro. Se lo había prometido al viejo. La verdad es que no le había convencido de nada, ni chantajeado para que hiciera eso, tan sólo le preguntó: “Si le consigo chicos dispuestos a cogérselo, ¿los deja?”. Era todo lo que el viejo marica necesitaba escuchar.

   Claro, entiende un tanto la confusión de los otros tres mientras terminan de correrse, uno en la boca ya bañada, el otro en el culo que succiona hasta la última gota de esperma…

   -¿Listo para mi güevo, suegrito? –pregunta Danny, al fin parándose, su tolete temblando, babeando, los ojos clavados en aquel culo abierto de donde gotea el semen.- Esta noche cenamos en su casa y todavía debo para por su hija, así que hay que meterle prisa.

   -Oh, si, yerno, métamela… -gimió el viejo, su culo titilando y manando leche.

CONSERVANDO A LOS CLIENTES

Julio César.

UN NUEVO BOCADO… QUE INQUIETA

febrero 19, 2015

FANTASIA DE UNA ARDIENTE TARDE DE VERANO

SEXY ASS MAN

   -Dime, ¿no quieres un poco?

   Renato Contreras, un atractivo hombre que comenzaba la cuarentena, mantenía una complicada vida sexual que estaba por enredarse todavía más con nuevos manjares. Divorciado y con dos hijos, se reencontraba de vez en cuando con su ex y mantenían relaciones, fuera de una novia semi formal y otra que era una oculta querida. Y estaba, claro, Elena, su asistente, una caraja de treinta y dos años, casada, que había resultado totalmente guarra, y a quien le gustaba que se lo hiciera en la oficina, con el resto de los empleados afuera. Eso lo excitaba, el que ella no tuviera reparos en nada. Mamaba güevo, podía metérsela por el culo y la muy puta lo gozaba.

   De hecho, cuando la enculó la primera vez, también fue la primera vez que la oyó y vio gritar y agitarse presa de inmensa lujuria; metérsela y sacársela del redondo agujero, algo dilatado (seguramente el marido también se lo llenaba), le calentaba a millón. Lamentablemente pocas de las otras chicas que conocía querían probarlo. Porque la verdad es que ese hombre alto, fornido tirando a musculoso por sus idas al gimnasio, de cabellos cortos y negros con algo de gris en las sienes, ojos duros, siempre con sombra de barba, tenía una verga bien gruesa y larga. Una que inquietaba a las mujeres a las primeras de cambio, aunque luego gritaran como zorras cuando llenaba sus coños. Pero pocas, muy pocas, querían probarla en sus culos, y si una cedía una vez, y no quería en la siguiente cita. Así que era Elena, su asistente guarra, quien le daba ese placer.

   -Estoy preñada. –le dijo esta una mañana, con un deje de lo siento, pero contenta. Echándose a reír luego de su cara.- Tranquilo, no es tuyo. Es de mi marido, quien no quiere que trabaje por un tiempo.

   -¡Elena! –Renato no sabía si sentirse traicionado por el abandono, o alarmado por este. Ella se ocupaba de toda su agenda.

   -Tranquilo, dentro de una hora, a mediodía, viene un sobrino mío que busca trabajo. –su sonrisa era perversa.- Creo que te agradará. Chao, jefecito.

   -Dudo que me agrade. Chao. -gruñó, mirándola como perrito perdido.- Oye, ¿qué tal una enculada por los buenos tiempos? –la risa le dio la respuesta antes que su negativa de cabeza mientras salía.

   ¡Maldita sea!, perdía una buena asistente el mismo día que perdía el mejor culo que ha probado. O el único que ha gozado cuando lo ha usado.

……

   Todavía rumiando la perdida de la mujer, y lo rico que se estremecía esta cuando se la clavaba duro por el culo, al hombre le trae de vuelta a la realidad unos toques a la puerta de su oficina. Nadie le anunció pero debía ser el fulano sobrino de Elena, su reemplazo. Ordena que entre y frunce el ceño.

   -Buenas tardes, soy Armando Requena. –dijo aquel joven alto, posiblemente apenas superado los veinte años, en un tono que intentó no sonara amanerado, efecto que se desvirtuaba por su cabello algo teñido, boca de labios anchos y muy rojos, cuerpo delgado y cierta caída de manos aunque parecía controlarse.- Mi tía debe haberle hablado de mí, quiere ayudarme porque voy a empezar la universidad y necesito cubrir gastos. También los de mi novia, ¡sabe cómo piden las chicas…! -intentó una risa.

   -¿Las chicas? ¿Tu novia? –le preguntó sin poder contenerse, viéndole ponerse a la defensiva.

   -Si. Mi novia. –intentó sonar duro, a machito. Y riendo por dentro, Renato se preguntó a que jugaba Elena, o a quien pretendía engañar el chico.

   -Bien, un placer, soy Renato Contreras… -se puso de pie, saco abierto, visible la silueta de su güevo medio abultando bajo la tela gris del traje, por culpa de los recuerdos del culo de su asistente. Le vio agitarse, abrir mucho los ojos y la boca, bajando el rostro intentando no mirar. El hombre se sabía guapo y cuándo atraía, también estaba un poco caliente y verle pasar la lengua nerviosamente por los rojos labios entreabiertos le hizo imaginar su güevo metiéndose entre ellos. Finge no darse por enterado de su agitación o de que el tolete le abulta un poquito más.- Toma asiento. –le señala, viéndole dudar.- ¡Ahora! –es firme, como cuando habla con obreros o empleados pocos eficientes.

   Y el chico casi cae sobre la silla, obedeciendo de un salto. Oh, Dios, pensó, con algo de calor en las pelotas el hombre mayor. Fue a su lado, dándole la bienvenida, diciéndole cuáles eran sus obligaciones, disfrutando del nerviosismo del muchacho que no quería verle la silueta de la verga pero de rato en rato sus ojos siempre volvían a ella.

   -¿Crees poder con el trabajo? –le pregunta Renato volviendo a su asiento.

-Eso creo. –respondió acalorado y como aliviado de no verle el paquete, intentado recomponerse.

   -Y esa novia tuya, ¿es algo serio? –pregunta con algo de burla.

   -Es linda, y la amo. –responde rápido.- A mis papás les gusta que tenga novia y…

   -¿Sales con ella por ti o por ellos? –le desconcierta.

   -¿Que…? No entiendo. Me gustan las mujeres y…

   Ya basta de juegos, se dijo Renato, alzándose de su silla, la bragueta abierta, su largo, grueso, rojizo y nervudo güevo afuera. Y sonrió maligno al verle boquear otra vez, abriendo mucho los ojos, asombrado por esa acción y por el tamaño de la buena pieza.

   -Doctor, ¿qué hace? ¡Cúbrase! –gimió Armando, tragado en seco, estremeciéndose cuando el otro fue a su encuentro, colocándose a su lado; luchó con todas sus fuerza por no mirar la cabecita roja y el ojete del güevo expuesto.

   -Es parte de la entrevista de trabajo. Mi asistente se ocupaba de mi agenda, pero también bebía mi semen y le llenaba el coño con lo que quedaba. –informa.

   -¿Acaso mi tía…?

   -Grita como perra cuando se la meto por el culo. Como imagino que harás tú.

   -¡No! Nada de eso, señor; se confunde conmigo. Soy todo un hombre y…

   El chico calla después de un gemido agónico cuando el hombre da otro paso, se agarra la base de la verga y le frota la cara con ella, lo abofetea, duro, quemándole. Esa pieza palpita, arde y le moja. El olor le llena y le marea. ¡Un macho estaba rozándole la cara con su güevo!

   -Abre la boca, perra. –la orden es tajante, el tono de quien manda. Y el chico gime, obedeciendo, la pieza entra, cruza su lengua y abulta una de sus majillas, los labios se cierran sobre ella y Renato la mete lo más que puede, sintiéndola atrapada por el tembloroso joven.- ¿No sabes mamar un güevo? Tranquilo, de mí aprendes. –le dice atrapándole la cara, guiándole de arriba abajo sobre el tolete, que el muchacho sorbe, chupa y hala dejándolo brillante de saliva cuando sale. Sonriendo, soltándole, nota que Armando encuentra su ritmo, mirándole con los ojos muy abiertos, como sorprendido él mismo de estar gozando de comerse un tolete.

   Sonriendo, elevando el rostro y cerrando los ojos, Renato reconoce que es una muy buena mamada la que le daba el chico, quien ya sorbía como un experto, moviendo la ardiente lengua sobre su vena. Lo otro fue seguir indicaciones, besa la cabecita, chupa el ojete, lame desde las bolas, y Armando obedeciendo con energía. Obligándole a levantarse del asiento, doblado de cintura porque todavía mamaba, Renato le abre la correa y el pantalón, bajándoselo, halando hacia arriba de la camisa y el suéter, dejando al descubierto una cintura estrecha y dos buenas nalgas color canela clara que estaban semi atravesadas por un bikini masculino azul oscuro. La visión se la pone tan dura, bota tantos jugos salinos, que el chico gime.

   -¿Muy machito usando esto? ¡Putito! –le gruñó ronco, meciendo sus caderas de adelante atrás, recorriéndole con una mano las nalgas, pellizcándolas, un dedo recorriendo la telita entre la raja.- Seguro que tienes el culo mojado y caliente… Vamos, chico rudo, mámame el güevo como te lo hace tu novia. –se burla, metiéndosela hasta los pelos, separando uno de los borde del bikini, apartándolo y clavándole un dedo en el culo, disfrutando la mamada, los estremecimientos del chico y sus gemidos. Gozando de ese esfínter que se agitaba sobre su dedo, las entrañas en fuego.

   Y Armando Requena, que toda su vida ha cuidado sus movimientos y gestos, que quería ser un machito por su familia, se quema mientras atrapa ese güevo con su garganta, ordeñándolo con fuerza, al tiempo que dos dedos abren su culo, luego tres que salen y se meten enloqueciéndole. Todo su cuerpo arde con un calor desconocido pero intenso y maravilloso; su redondo ano lo sabe, se abre y cierra demandante sobre esos dedos de los que quiere más. Los cuales van y vienen, entran y salen, lo penetran y llenan y no sabe en qué momento dejó de chupar güevo, gimiendo bajito, todavía doblado.

   -Cógeme… Cógeme, por favor.

   Algo sorprendido, Renato se detiene. La idea de metérsela por el culo a otro hombre era extraña, pero algo en el tono lo decidió, la del chico que ha vivido negándose y ahora quiere vivir. Le saca los dedos, brusco le empuja por la espalda, casi arrojándolo de panza y pecho sobre el escritorio. El pantalón cae, le separa las piernas, el bikini baja a la altura de sus bolas, las nalgas abiertas ofrecen una visión soberbia, el redondo y algo peludo botón del culo, uno cerradito y virgen que pedía macho. Vestido de ejecutivo, su güevo afuera, las bolas colgando, se mete entre sus piernas y apoya su gruesa mole a los largo se la raja, subiéndola y bajándola, frotándola de las nalgas. Y le oye gemir enloquecido, meciendo su trasero, casi apretándosela así.

   Retirando su verga, y escupiendo, Renato le unta el culo, también su tranca, apunta hacia el pequeño botón marrón y se la empuja venciendo la resistencia del esfínter, metiendo la cabeza. Armando se estremece y tensa, lanzando un gemido de sorpresa, abriendo mucho los ojos. Apretando los dientes, sintiéndolo prieto, sedoso y caliente, Renato va clavándosela palmo a palmo, hasta chocar de sus nalgas, teniéndole totalmente ensartado con su enorme tolete. Lo retira y suavemente se lo mete otra vez, rítmicamente le coge, adentro y afuera, entra y sale, hacia la derecha y la izquierda, las manos reteniéndole por la cintura. Se sentía tan bien cuando la metía, toda chupada y halada, toda abrazada por esas ardientes entrañas que no pudo contenerse y fue aumentando su velocidad y rudeza.

   El güevo sale y entra del pequeño y redondo agujero que de alguna manera se traga toda aquella dura mole de carne de macho, y mientras ocurre, Armando se estremece de placer, sus muslos tensos, yendo de adelante atrás, mecido por la fuerza de las cogidas y del gran placer que le producía. Babeaba y gemía incontrolablemente contra la mesa, al tiempo que su culo era abierto e invadido una y otra vez. Las manos del chico se cerraron sobre los bordes del escritorio, sus ojos empañados no enfocaban, su culo iba y venía contra la gruesa tranca que lo cogía. Porque era enorme, muy gruesa, y estaba dándole la frotada y fricción que necesitaba. Todo él parecía tan enloquecido de placer que semejaba un poseso, pidiendo más, que lo cogiera duro, que le metiera su güevo y lo reventara, que lo llenara de leche.

   Renato estaba en la gloria mientras lo cogía, gozando una bola y parte de la otra; disfrutaba coger un culo de muchacho, pero sabía que más placer aún le proporcionaba al chico con su güevo al metérselo duro. Se tuvo que tender sobre él y taparle la boca con una mano para que no gritara como lo hacía, ya que afuera podía haber gente regresando del almuerzo. Por un segundo se volvió hacia la puerta porque le pareció que alguien se había asomado. Nada. Pero la idea le hizo delirar. Estaba tan cachondo…

   -¿Te gusta, putico?

   -¡Ahhh, si, dame más…! -gemía, volviendo el rostro, mirándole; sorprendiendo a Renato por todo el goce que en sus ojos leía, pero también por las lágrimas que por sus mejillas corrían.

   -Si tanto te gusta, ¿por qué lloras?

   -Por haber pasado tantos años sin probarlo. Sin un güevo en mi culo haciéndome sentir vivo y pleno. Un güevo palpitante y duro llenándote es… -no podía explicarlo, y Renato supo que se corrió porque le vio temblar, el olor a semen llegó y el culo se cerró violentamente sobre su güevo, que se dilató al máximo, ardió y también disparó dentro de ese muchacho que todavía gimió más.

……

   Rato después, medio arreglado sobre su silla, Renato mira al muchacho, todo jadeante todavía, oliendo a semen, todo despeinado. La viva imagen del recién follado.

   -Estás contratado. –le informa.- Mañana trae un hilo dental puesto, pero que sea de mujer. Róbaselo a tu tía Elena. Y rasúrate el culo. Ahora búscame un café… -le ordena, viéndole enrojecer y dudar, por toda la excitación que siente por las perspectivas de más cogidas, pero también por salir con tan evidentes muestras del sexo tenido. Al fin asiente y sale.

   El hombre, a solas, ceñudo y extrañamente inconforma se recuesta de su sillón. Maldita sea, se dice al pensar en todo lo ocurrido. Es cuando su teléfono móvil timbra y lee el mensaje de un número desconocido: “¿Le gustó coger a ese marica, doctor? Algo me dice que también desea probar… Si quiere un buen güevo clavado en su culo quédese esta tarde en su oficina, paso y allí se la meto”.

EL BONO COMPENSATORIO

Julio César.

FANTASIA DE UNA ARDIENTE TARDE DE VERANO

enero 5, 2015

FIZGONEANDO SE SABE…

   La siguiente es otra historia de Alero, quien tiene una imaginación muy vívida. Recuerda esas fantasías alocadas que uno se inventaba a los quince, a solas en la cama. Disfrútenla:

……

TABLONCILLO DE SEMEN

UN CHICO EN HILO DENTAL

   El ensayo para la inauguración del torneo de básquet interuniversitario había comenzado. Los integrantes de los seis equipos, perfectamente alineados, estaban en fila, de dos en dos, atentos a las instrucciones de los encargados de protocolo.

   Como parte del comité organizador estaba supervisando la actividad. La calefacción se había descompuesto y todos los atletas, 12 por cada equipo, estaban con el pecho al descubierto y en pantalones cortos. Todos eran magníficos y me sacaban una cabeza de altura, jóvenes y musculados. Casi era posible oler la testosterona en el aire.

   La presencia de tantos hombres juntos comenzó a excitarme y tuve la idea más brillante de mi vida. Les ofrecería a todos una bebida refrescante, pero en la misma colocaría una sustancia que incrementaba el deseo sexual y que provocaba una gran calentura a quien lo tomaba.

   Así lo ordené a mis subalternos, a los cuales, después de haber suministrado las bebidas a los baloncestistas, retiré de inmediato para proceder, lentamente y en el centro de todos, a desvestirme poco a poco hasta quedar con unas insinuantes tangas que dejaban al aire todas mis nalgas y tapaban escasamente mi delantera.

   -Bien, chicos, ahora quiero que por equipo y de dos en dos, empiecen a poseer este cuerpo que se les ofrece para aliviar su calentura sexual. Quiero que todos me posean las veces que quieran hasta satisfacer su lujuria completamente. -les ofrecí.

   Los del equipo rojo fueron los primeros en ponerse a mi disposición, todos con ojos ardientes y sus vergas erectas bajo los pantaloncillos.

   -Quiero que primero me cojan los más pequeños, luego los medianos y al final los más altos para sentir como me van abriendo el culo paulatinamente. -les indiqué.

   Me puse en cuatro patas como una buena puta caliente y Oscar y Renzo se acercaron ya desnudos. Puse a Oscar delante y comencé a chuparle el tolete hasta que estuvo bien duro y lleno de saliva, entonces se fue a mi retaguardia y me lo metió hasta las bolas de un golpe, haciéndome sentirlo todo el trayecto. Renzo se acercó y me metí su güevo en la boca para mamarlo, entre jadeos y estremecimientos por las duras cogidas de Oscar. Luego intercambiaron posiciones, una y otra vez. Los mamaba y me penetraban, bañados de sudor, y se vinieron placenteramente dentro de mí. Saborear esa leche fue tan delicioso como sentirla chorrear en mis entrañas.

   Eric y Otto siguieron. Senté a Eric en el piso, dándole la espalda me subí a su regazo y me clavé su estaca en el culo ya enlechado, apretándoselo, mientras Otto se mantenía de pie recibiendo en su cipote las lamidas y chupadas que le daba. Verme totalmente empalado en la verga de su amigo se la ponía más jugosa, atrapándome por la nuca me retenía contra sus pelos. También los disfruté por ambos lados hasta que llegaron, uno de ellos apretando desde atrás mis pezones, la leche escapando de mi agujero, el otro bañando mi cara mientras me llamaba perra.

Llegó el turno de Ocanis y Okary. A estos les chupe los penes al mismo tiempo, yo arrodillado ante ellos, uno al lado del otro, dos güevos para mi lengua que no se cansaba de recorrerlos. Mamaba a uno y masturbaba al otro, las tenían duras como el acero, se los comí hasta que casi muertos de placer me empalaron con fuerza por turnos, montados sobre mi espalda, sus culos subiendo y bajando con rapidez, viniéndose sobre mis nalgas. Okary, con su verga todavía dura y caliente, mezcló y regó sus leches con la que también manaba de mi culo caliente.

   Los primos Junior y Frank, dos morenos delgados y atléticos, me tomaron por los brazos, me pusieron boca arriba y mientras uno me follaba violentamente metido entre mis piernas, el otro ponía su cacharro en mis labios, a hojarasca en mi cuello, gritándole a su primo que me destrozara el culo por puta, y este parecía dispuesto, metiéndomela y sacándomela con fuerza, una y otra vez, sus bolas golpeándome. El primero se vació en mi culo, que no se saciaba, y el segundo en mi pecho.

   Alex, un blanco fortachón, se sentó en una silla y me abrazo de frente mientras me metía todo el pene, el cual se chorreó con la leche de los otros, cosa que pareció enloquecerle como a todos. Detrás de él, Soterio sacó el suyo y me puso a mamarlo como un bebé a su biberón, cogiéndome la boca con fuerza; no pude dejar de notar que se sostenía de los hombros de Alex. Soterio quiso cogerme teniéndome de panza en el piso, sus pelos empegostados con las leches en mis nalgas. Al venirse ambos lo hicieron en mi espalda, cada uno a un lado de mi cuerpo.

   Eddy, un moreno cabeza rapada con un látigo de 30 centímetros, y Amaury, un caucásico con el pelo recogido en una cola detrás de su cabeza, me llevaron a un banco donde me postraron y uno se sentó para disfrutar mis mamadas a la vez que el otro me abría las nalgas, de mi rojo culo brotaba la leche, y este froto su cabeza de ella antes de clavármela con fuerza. A estas alturas, una verga bajándome por la garganta, la otra llenándome otra vez las entrañas, gemía como putita contenta, aumentado las calenturas de todos. Nuevas corridas en mi culo y boca me alimentaron.

   Le tocó al equipo blanco. Alberto me tiró de espaldas al piso, puso mis piernas sobre sus hombros y me enchufó la gruesa y palpitante polla, tanto que hasta gemí un poco. Juan hacía pechadas metiendo y sacando al mismo tiempo su estilete de mis fauces. Con un “te lo dejé abierto”, Alberto le dio espacio a su amigo, subiendo él a mi pecho y casi dislocándome la mandíbula con el grosor de su verga, que chupé con gula mientras el nuevo güevo me penetraba. Ambos se corrieron en mi boca, también uno al lado de otro.

   Geovanny y Alam se tendieron en el piso con sus güevos bien parados y yo me lancé sobre ellos de inmediato, metiéndomelos en la boca y haciéndoles la paja, alternativamente, hasta que se vinieron. Lamía de arriba abajo una mientras masturbaba al otro, y todavía me tocó ponerme de rodillas y abrir el culo para que todos vieran la leche manando, algo que parecía enloquecerles.

   Omar y Sixto solo querían mi culo, por lo que, uno acostado me lo metió primero y el otro de rodillas, no sé cómo pudo, también introdujo su cipote por mi ojo trasero, el cual sentí desgarrarse de placer. Sus gruesos güevos iban y venían, acompasados, preguntándome, entre gemidos y saltos entre ellos, cuántos agujeros habrían atacado a dúo. No me importaba, sentirlas las dos entrando y saliendo era suficiente para tenerme jadeando de gozo y tuve la primera doble venida de la tarde.

   Josué, Javier y Manuel me atacaron en trío y mientras uno me abría más el culo con el güevo, otro era masturbado y el tercero recibía las caricias de mi lengua en su erecto palo. Mientras Josué me lo metía hasta los pelos por el culo, los otros dos me obligaron a atrapar sus vergas a un tiempo con mi boca, la cual cogieron con fuerza. Se corrieron, uno sobre mis nalgas y dos dentro de mi boca.

   Los tres restantes, eran los más altos, fuertes y bellacos, Jack, Luis y Kerry, quienes me usaron de forma despiadada, rapándome por turnos, uno a la vez, primero por la boca y luego por el trasero hasta que los tres se combinaron para dejarme su leche en el culo, las nalgas y la espalda, respectivamente.

   Fue el turno del equipo rojo. Carlos, Wilkin, Cristian y Miguel presentaron sus potentes penes y fueron lamidos, lambidos, chupados, acariciados y besados por mis labios, lengua y boca. Algunos me pegaban nalgadas en mis resbalosos, por el semen, glúteos, hasta que se pusieron al unísono y una inundación de leche penetró en mi boca, la que se desbordó por mis comisuras sobre todo mi cuerpo.

   Edgar se acostó boca arriba y me puso sobre él para singarme fuertemente, mientras Juan, Gregory y José se sobaban sus gruesos falos, que una que otra vez recibieron mis caricias bucales. Se derramaron los tres sobre mi pecho, a la vez que el primero me ponía una inyección de simiente por el culo.

   Luego mamé los culos de Roberto, Juan Carlos, Shea y Tim, mientras pajeaban sus erectos penes, que luego fueron atendidos en dúos por mi boca y culo. Sus respectivos sémenes encontraron un depósito seguro en mi estómago, ya que los trague por mi boca e intestinos, porque si, el ojo de mi culo los succionó.

   Iban tres equipos y 36 hombres que habían disfrutado de mí, pero todavía faltaban igual cantidad de combinados y tipos, todos sedientos de sexo, con una sola cosa en la mente. Saciar sus bajos instintos en el cuerpo que se le ofrecía, el mío.

   En un momento dado, todo embarrado de semen, sonriente, les dije:

   -No olviden tomar sus bebidas energéticas. –y lo hicieron, sus vergas parecían querer estallar de lo duras que estaban mientras me rodeaban.

……

   Esto da para mucho, todo un gang bang. Y fue muy bueno. Gracias por compartir, amigo. Y espero que estés llevando un espacio y que te acuerdes de avisarnos.

UN NUEVO BOCADO… QUE INQUIETA

Julio César.

APRENDIENDO EN LA ESCUELA

diciembre 14, 2014

FIZGONEANDO SE SABE…

   La siguiente es una historia que me llega de manos de un amigo de la casa. Amablemente me ha permitido usarla, aunque he hecho uno que otro cambio. Como le expresé a él, me gustan ciertos elementos fetichistas, pero hay otros que también gustan y el relato daba pie a ello. Espero que lo apruebe:

……

CHICO EN TANGA AMARILLA

   Sin saberlo ya me ardía…

   Estaba en el último año del bachillerato, finalizándolo prácticamente, cuando en la escuela organizaron una excursión al parque botánico, la que incluía bañarse en la piscina del sitio. Algunos amigos cercanos, Finol y Requena, hablaban de celebrar mi cumpleaños número dieciocho allí, mágica edad que todos aseguran no los aparento.

   Estaba emocionado porque él también iría. Durante ese año había ingresado un profesor nuevo de Educación Física, que se llamaba Eduardo y me había dado cuenta que me observaba de manera extraña durante las clases. Eso me divertía, y sorprendía un poco.

   Eduardo era moreno alto, con un buen cuerpo, uno que expandía sus monos deportivos y sus camisetas cortas, de ojos negros, pelo corto, muy asediado por las chicas, sus colegas y algunas condiscípulas mías. Por eso me extraña que siendo como era, y tan solicitado, prácticamente viviera mirándome.

   Luego de terminar las tareas escolares propias del viaje, todos nos dirigimos a la piscina. Yo me puse una tanga amarilla que marcaba muy bien mi paquete y apenas cubría mi culo con un hilito. Me sentía sexy en él, y estaba decidido a mostrarme ante las chicas, las cuales se veían muy monas.

   Sin embargo, quien me dejó con la boca abierta fue Eduardo; un hombre de su tamaño y constitución se colocó una tanga casi igual, diminuta y casi toda entre sus nalgas, solo que de color transparente, dejando ver un inmenso miembro que paso a ser el centro de atención de todos, las muchachas y hasta algunos muchachos que también admiraban sus atributos. Se veía impresionante.

   Todos le seguían con los ojos, pero yo notaba como me miraba, de una forma insistente. En un momento dado pasé delante de él, chorreando agua de la piscina, y sentí su mirada caliente caer sobre mis nalgas expuestas. Vaya, tan macho y tan marica, pensé.

   Me agaché, con toda mala intensión, a tomar una toalla del suelo, abriendo mis glúteos, y el hombre no pudo soportar más y me soltó una sonora nalgada con su mano abierta que dejó marcados sus dedos en mi trasero, que ardía como si lo estuvieran quemando.

   Me incorporé y me abalancé sobre él para hacerle pagar por su osadía, como si jugáramos. Empezamos una persecución, yo detrás de él, que nos condujo a un sitio un poco alejado, una gruta donde se introdujo y yo le seguí.

   Al entrar encontré todo muy oscuro. No podía ver absolutamente nada. Cuando de pronto siento unos poderosos brazos que me abrazan desde atrás con una presión tal que siento que mi pecho y espalda van a estallar y el aire me empieza a faltar. Era el abrazo de un hombre hecho y derecho que deseaba hacer sentir su poder.

   -Si no quieres que te siga apretando hasta asfixiarte vas a obedecerme en todo lo que te diga. -gruñó Eduardo casi sobre mi cabeza, así de alto era, con voz amenazante pero también cargada de lujuria y deseo.

   Acepté con la cabeza porque no podía ni hablar por la forma en que me tenía sujeto. De inmediato me puso frente a él, me tomó por la nuca y acercó mi boca a su pecho negro, uno que subía y bajaba con fuerza.

   -Chúpame las tetillas, seguro nunca lo has hecho pero te mueres por probar. -ordenó.

   Con un estremecimiento abrí mi boca y comencé a lamer sus tetillas erguidas y largas para un hombre, fruto de años de ejercicio y rematadas por unos pezones firmes que fueron chupados y excitados por mi lengua. Cerrando los labios sobre una, parecía yo un pequeño lactante de ojos cerrados.

   Luego elevó los brazos y me dijo que lamiera debajo de sus axilas. Eso provocó un escalofrío por toda mi columna. La carrera que habíamos sostenido anteriormente lo había hecho sudar copiosamente y tuve que limpiar sus sobacos que comenzaban a expedir un desagradable olor que tuve que soportar mientras se retorcía de placer al paso de mi lengua novel, que se pegaba totalmente a su piel velluda y subía recogiéndolo todo, tragándolo luego para poder respirar. Lo hice una y otra vez, de una axila a la otra, su mano grande tras mi nuca.

   -Ponte de rodillas. -fue su siguiente orden y mi boca se secó con impaciente lujuria, deseando servirle, algo que ni yo entendía.

   Me postré a sus pies, mis ojos iban adaptándose a las penumbras y podía verle, así que noté como su paquete había adquirido dimensiones extraordinarias dentro de la diminuta prenda, la poca tela de la tanga apenas podía contenerlo. Era obvio que tener a su alcance a uno de sus jóvenes y tiernos estudiantes le tenía todo mal de calenturas. Nos miramos en medio de la soledad de la gruta.

   -Sácame la tanga para que encuentres tu premio. -indicó.

   Mis manos algo temblorosas se colocaron en los extremos de su cintura estrecha y bajé muy lentamente la única prenda que cubría su cuerpo de ébano, dejando al descubierto un pene grande, hermoso y vigoroso, horizontalizado y pulsante, de seguro deseado por muchas mujeres y enviado por numerosos hombres, pero que estaba allí, y así, por mí. Me estremecí de lujuria, pero también de orgullo. Yo lo tenía todo excitado.

   -Abre la boca. -me lanzó. Le obedecí al instante.

   Mis fauces se abrieron lentamente y en esa posición, de rodillas, la tanga dentro de mi culo y a punto de hacer algo que nunca había hecho antes, me sentí como un protagonista de películas pornográficas.

   -Chúpamela. -ordenó a secas.

   Me fui acercando lentamente hasta que la punta de su güevo hizo contacto con mis labios, quemaba. Saqué la lengua y comencé a pasarla por toda la cabeza de su miembro, por cada rugosidad, sobre el ojete, como me habían hecho a mí una o dos compañeras putitas que a veces me atendían.

   Él comenzó a mover su pene, de lado a lado, sin impedir que yo le siguiera besando y lamiendo el increíblemente caliente tolete, mi lengua recorriéndolo con gula; el palo adquirió un tamaño aun mayor que el que tenía cuando comencé con mis lamidas, la respuesta de un macho ante un jovenzuelo que quiere experimentar.

   De repente me tomó por la cabeza y de un tirón de ella hacia adelante y un golpe seco de su cadera, me introdujo todo su pene en la boca, lanzándomelo hasta la garganta, aplastando y quemando mi lengua, latiendo contra mis mejillas, y empezó a cogerme por la boca. Ahogados gemidos salían de mi boca mientras sorbía, ojos desorbitados, la negra mole casi separándome las quijadas, intentando chupar todo lo que de ella salía, de recorrerla con mi lengua cuando iba y venía.

   -Oh, sí, así… Que placer siento, tu boca está bien caliente. Siempre me has gustado, muchachito, y no veía la ocasión para hacerte mío. Ahora vas a saber lo que es bueno; pero algo me dice que lo vas a gozar más que yo. –dijo mientras se la succionaba, la saliva corriéndome por el mentón, mis manos sobre sus caderas.

   Me acusó de haberlo estado provocando durante toda la tarde con mi tanga tan pequeñas, mis nalgas tan ricas y la forma en que caminaba cuando pasaba cerca de él.

   -Eres una pequeña perra, Alex, eres una vagabunda calientapollas; tenías a todos mal en esa piscina. Voy a saciar toda la lujuria que me provocas. Voy a sacarte todo el gusto que tu puto cuerpo me ofrece. Voy a ser el dueño de tu blanco, estrecho y virgen culo. –espetó, sus palabras estremeciéndome más.

   De repente me soltó y me lanzó al suelo, una arena blanca y fina cubría la gruta pareciendo una alfombra. Se coloco sobre mí, ubicando sus gruesas nalgas ante mi cara.

   -Bésame el culo. -fue el mandato de turno.

   Introduje al momento mi cara entre sus grandes nalgas y comencé a darle lametones por toda su extensión, hasta concentrarme en el centro mismo, en el ojo de su culo, el cual besé, lamí y chupé con deleite.

   No soportó más la excitación. Se levantó y me dio vuelta, poniéndome boca abajo. Tomo mi tanga entre sus manos y con su poderosa fuerza la rasgó con facilidad, como un salvaje cavernícola necesitado de tomar lo suyo, provocando el estremecimiento de mi cuerpo al saber lo que me esperaba.

   -Ponte en cuatro. -ordenó.

   Le obedecí, con las manos y las rodillas en el piso, mi culo respingón estaba a su disposición. Lubricado por mis mamadas, su güevo se dirigió velozmente a mi trasero, entrando de forma inmediata e invadiendo todo mi ser, abriéndome todo. Gemí, ojos algo desenfocados, pero nunca podría decir si de dolor o lujuria, sentirla pulsar en mis entrañas me estaba enloqueciendo.

   -Qué culo tan bueno tienes, mi esclava. Te lo voy a partir en dos de tanto que te voy a cogerte. Muévelo, maldita perra, mueve ese culo para mí, súbelo y bajado así. Dame gusto.

   Me estaba dando una cogida fenomenal, su güevo iba y venía sin descanso, casi saliendo todo de mi blanco culo enrojecido para luego enterrarse otra vez, por difícil que pareciera dado lo largo y grueso. Nunca había sentido atracción por ningún hombre y ahora estaba siendo poseído por uno, que me dominaba y me controlaba. Por instinto empecé a mover las caderas al ritmo que me imponía y me sorprendí yo mismo al escuchar mis palabras.

   -Sí, soy tu perra, soy tu puta, soy tu cuero. Dame ñema por el culo. Este culo es todo tuyo, papi, rómpeme, rásgame, gózame, fóllame, hazme sentir como lo que soy, una vulgar prostituta, una sucia ramera, un gran putón.

   Mis palabras le sorprendieron y aceleraron su venida, su güevo se piso como un fierro duro y ardiente. Dándome múltiples nalgadas, que recibí gimiendo de gusto, y tomándome del pelo para doblar mi cuerpo y besarme, comenzó a convulsionar echando leche en mis entrañas, los golpes de los disparos me hicieron delirar, sacándolo luego para mojar mis nalgas y mi espalda, la chorreada quemándome, y rápidamente poniendo su pene en mi boca donde terminó de correrse entre gemidos y jadeos llenos de placer.

Lo chupé, enloquecido, realmente emputecido, mi propio miembro duro, todo caliente todavía, deseando más.

   -Hey, ¿todavía dura la fiesta de cumpleaños, Alex? –me sorprendí al escuchar, y mirando hacia la entrada de la gruta vi a Finol y a Requena, ambos también excitados y con ganas de darme.

Alero rodriguezalexandro@yahoo.com

……

   ¿No fue caliente? Espero futuros regalos así. De parte de todos.

FANTASIA DE UNA ARDIENTE TARDE DE VERANO

Julio César.

SORPRESIVA LUNA DE MIEL

diciembre 1, 2014

FIZGONEANDO SE SABE…

UN MACHO CALIENTE Y UN CHICO DESEOSO

   -No mientas, chico, te encantan los machos grandes…

……

   Tal vez no estaban más emocionados porque, a decir verdad, desde que se conocieron en la escuela, Reinaldo e Inés ya lo habían hecho unas cuantas veces. No tantas como se pensaría de un chico con novio fija, pero si las suficientes como para que se explicara por qué no fuera totalmente mágica aquella primera noche como recién casados en aquella fonda en la Gran Sabana. Fue bueno. Satisfactorio. Pero no increíble. Era como… más de lo mismo, pensó el joven aunque ni él mismo quiso verlo de esa forma. Pero algo debía haber cuando su ahora flamante esposa, Inés, había salido temprano a pasear dejándole dormir. Le gustaba dormir, demasiado, como sostenían su padre y el de ella. Pero estaba en su luna de miel, joder. Si el gusanillo del sexo no atacaba más que de costumbre, al menor podía vegetar alegremente vagando.

   ¿Estaría el problema en lo que todos decían? ¿Qué se casó demasiado pronto y con la primera novia que tuvo desde hace años? No lo sabe, pero no le importó. Se conocían, se gustaban y era bueno cuando lo hacían. Claro, Inés siempre tenía sus vainas, como quejarse de una llave que gotea en el baño y por lo cual armó un escándalo en la administración, hablándole algo pesado cuando salía, viéndole adormilado, de panza sobre la cama.

   -Si no vienen a repararlo, ¡baja y fórmales un peo! –abandonando el lugar.

   Pronto se quedó dormido, boca abierta, la imagen misma de la indolente, dulce y joven inocencia. Las llamadas a la puerta, algo duras, le despiertan al rato. Pasado un buen rato.

   -¿Si? –gruñe ojos nublados.

   -¡El plomero! –es la seca respuesta.

   En bermudas, descalzo y sin camisa, abre, sorprendiéndose al encontrar a un sujeto enorme, que le sacaba una cabeza de altura, brazos y pecho forrados de músculos, de rostro masculino y rudo. Comparado con ese tipo, él ni hombre parecía, se dijo algo desconcertado.

   -Ya era hora. –le reprendió, entrando sin esperar.- ¿Está tu mujer, la que tanto se queja?

   -Ella… eh, salió. –se cohíbe cuando el otro le mira, sonriendo de manera divertida, viéndose canalla y guapo.

   -¿De luna de miel y te deja? Pobre de ti, chico. –lo recorre con la vista y la cara de Reinaldo arde, mirándole sin querer el enorme torso bajo la camiseta sin mangas, increíblemente ajustada a su cuerpo.- Todavía deberías estar gozando de las buenas cogidas. –apuntala, alargando una mano como si tal cosa y acariciándole la barbilla, desconcertando al más bajo que sólo enrojece más.- Tráeme una cerveza. –le ordena, tal cual, yendo al baño, provocándole escalofríos entre la rebeldía y algo más que no entiende.

   Qué tipo, se dice buscando la cerveza en el mini bar, que seguro le costará un realero y entra al diminuto cuarto de baño donde la temperatura parece haber subido al cielo… o será porque el tipo se quitó la camiseta y se ve tan macho, tan grande, tan recio, el torso velludo, un tatuaje que baja por su cintura y entra dentro del pantalón, que le elevan la temperatura. Queda desconcertado, es la primera vez en su joven vida algo centrada en la escuela, sus amigos e Inés, que enfrenta a un sujeto así.

   -¿Te gusta lo que ves? –le pregunta el sujeto, sonriendo, posando al flexionar los brazos, sus bíceps formando dos pelotas.- Hay que ejercitarse, chico. –tiende una mano y toma la cerveza, con la otra le pellizca el flaco brazo.- Se nota que te falta carne dura… -agrega y suena sucio.- Toca. –le ofrece, bebiendo y flexionando el otro brazo, mirando con ojos de águila como el chico, en trance, cubre su bíceps con las manos delgadas, palpando, acariciando, recorriéndolo, maravillándose.

   -Es tan grande y duro. –se le escapa inocentemente.

   -¿Te gusta grande y duro? –le pregunta y Reinaldo sabe que todo está cambiando, que debe retroceder, recomponerse, pero no puede y asiente. Ese hombre…

   El tipo termina la cerveza, medio flexiona las caderas, le atrapa por la cintura y le alza en peso, chocándole de su ancho torso. El chico patalea sorprendido, se resiste, jadea que no, pero es más como un coqueteo, una gacela enfrentándose a los deseos de un poderoso tigre. Reinaldo le dice, y se dice, que no es gay, pero eso no impide que su cuello sea olido, mordido, besado, chupado, erizándose contra esos brazos grandes y ese torso poderoso. Es dejado en el suelo y empujando sobre sus rodillas.

   -Necesitas proteínas. –le dice el tipo, abriéndose con dificultad el pantalón, dejado salir aquel güevo enorme.- Chúpala.

   -No, yo no hago eso. –le mira desde el suelo, casi suplicándole que se detenga.

-Lo necesitas, chico. –le responde atrapándole la nuca y obligándole a caer sobre su barra, abriendo la boca y atrapándola.

   Reinaldo siente que se ahoga, esa pieza es grande, palpita, quema… y se sentía tan bien contra su paladar y mejillas que no puede contenerse. Succiona un poco, su lengua la toca y lame. Le oye reír bajito y sabe que el otro entiende que quiere. Cierra los ojos, algo lloroso, si, parece que es un marica, y lo mama hambriento; su boquita va y viene dejándola brillante de saliva, más dura, entre gemiditos que no sabe que emite. Casi siente arcadas cuando le ordena metérsela hasta los pelos, su nariz llena de ellos, la pieza palpitando en su garganta.

   -Vamos. –le ruge, poniéndole de pie, metiéndole una mano dentro del bermudas y bajándoselo.

   -¡No! No soy gay. –gimotea, resistiéndose, su propio miembro increíblemente duro.

   -Mira esa vainita, pobre de tu mujer. –se burla el otro, montándole en peso sobre el lavamanos, metiéndose entre sus piernas.

   -¡No! ¡No! ¡Es muy grande! –gimotea el muchacho, un dedo sobre sus labios le silencia.

   -Seré bueno. –le promete y lo intentará, sabe lo importante que es para esos jóvenes maricas que no se conocían a sí mismo una buena primera experiencia.

Lentamente se la mete, centímetro a centímetro, forzándolo, y a Reinaldo le duele. Se lleva su tiempo pero se la clava toda. El chico la siente pulsando en sus entrañas, se retira y duele, vuelve y le llena, lo frota, le golpea dentro. El saca y mete se inicia, y algo se afloja dentro del muchacho, no sabe qué es, pero su cuerpo arde, se agita, su culo aprieta duro para sentir cada nervadura de la enorme masculinidad de ese hombre. No sabe cuándo comienza a lloriquear de placer, rodeándole el grueso cuello, pidiéndole que lo coja duro, más duro. Y el tipo sonríe, ¡lo sabía!, e incrementas sus embestidas. Ese culito apretado y sedoso arde con el fuego de la lujuria recién descubierta. Pobre chico, quién sabe cuánto lo deseó y buscó sin saberlo.

   Es un milagro que no se caiga ese lavamanos cuando aquel enorme sujeto cabalga al muchacho a un ritmo frenético, quien le rodea la cintura con las flacas piernas y atado a su cuello, usando esos puntos como apoyo, subiendo y bajando su culo totalmente estimulado y urgido sobre la gruesa verga del macho. Reinaldo chilla y casi cae con un violento espasmo orgásmico, uno que es intenso porque la verga sigue dándole en la próstata, como el tipo sabe que debería pasarle a todo chico para que entienda más fácilmente que eso era lo único que querían de ahora en adelante. Y aunque le baña la panza, el hombre no se detiene ni porque le tiene que sostener ya que el orgasmo le dejó sin fuerzas. Así sigue clavándosela duro, a fondo, haciéndole saltar sobre su miembro.

   Y ocurre, minutos después, todavía empalándole, sacándosela casi toda de las entrañas y regresándosela hasta los pelos, golpeándole con sus bolas; ese tipo se tensa, le llama putito caliente, tómala, putito, y se corre de manera intensa; le llena el culo con su esperma caliente, viscosa, abundante, y la sensación de la chorreada allí, ardiente, así como los golpes en la próstata, obligan a Reinaldo a alcanzar el clímax por segunda vez, de manera todavía más intensa. Y correrse otra vez, soltando leche sobre ese torso, con la otra verga deformándole el anillo del culo, donde siente nadar los espermatozoides, ahora sí que le desmaya.

   -¿Estás bien? –pregunta sonriendo el tipo atrapándole las nalgas, cargando con él rumbo al dormitorio, todavía la verga taponándole el culo. Le deja caer y el chico rueda boca abajo, de medio lado, desnudo, culito alzado.- ¿Te gustó? –y ríe al verle asentir con los ojos cerrados, algo enrojecido de vergüenza juvenil.- Bien, deshazte esta noche de tu esposa y vendré a verte… -se inclina en la cama al decírselo, cerca del oído.- Traeré a mi primo… la tiene de burro y le encantan los recién casados.

   Después de su oferta, que hace sonreír más a Reinaldo, soñando ya con la reunión, el tipo sale dejándole allí. Y como es joven, y como acaba de pasar por dos poderosos orgasmos, se duerme así. Lo que explicaría las malas caras que Inés le pondría luego, cuando llegara y viera el seco reguero de inconfundible semen que escapó de su rojo, hinchado y desvirgado agujero.

APRENDIENDO EN LA ESCUELA

Julio César.

DARÍO

noviembre 18, 2013

FIZGONEANDO SE SABE…

   Enviado por un amigo de la casa, Alex, disfrútenlo:

SEXY Y CALIENTE

   Apenas podía esperar…

……

   Ya no podía más. Desde que hable con él por teléfono no había dejado de pensar en él. Lo necesitaba, quería ser su hembra, quería ser su puta.
Marque nervioso su celular.

   -Hola. -me respondió con su linda y sensual voz.

   -Darío, papi, te deseo. Estoy desnudo en mi cama, deseándote, necesito que me cojas como me prometiste.

   Le di mi dirección y espere. La espera se hizo larga, pero llegó al final. Darío se presento con su figura escultural, su piel canela, sus labios tan besables y su cuerpo deseable.

   No pude contenerme una vez atravesó la puerta. Inmediatamente me abalancé sobre él chocando su espalda con la puerta. Comencé a besar su cuello lentamente y a desabotonar su camisa azul. Cuando su pecho estuvo al aire, inicie una sesión de lamidas y chupadas en sus tetillas que lo llevaron al cielo, mientras deslizaba mi mano izquierda, la menos diestra, hacia el centro de sus piernas.

   -Eres tan puto como me lo imagine. -me dijo con voz entrecortada, a la vez que me arrodillaba y comenzaba a quitarle la correa y desabrochar sus pantalones jeans. Una vez terminada esta operación, me encontré con un pequeño slip blanco, que apenas podía contener el tamaño y la bravura de un monstruoso güevo, tan grande como él me había dicho que era.- Te dije que tenía un buen güevo, putica. -me recordó Darío.

   Bajé de pronto sus slips y la punta de su inmensidad me rozo la barbilla en su viaje de abajo hacia arriba para empinarse como una torre.

   -Coño, que maldito güevo. -fue la única expresión que salió de mis labios al tener tan cerca un pene de tales dimensiones, tan duro, tan largo y tan parado.

   No perdí mi tiempo y comencé a darle besos desde la cabeza hasta los huevos, antes de pasar toda mi lengua por la gran extensión de carne que se gastaba.
Mientras usaba mi boca para los besos y mi lengua para las lamidas, mi mano no dejaba de subir y bajar por todo su paquete manteniendo la rigidez del palo.

   -Vamos cuerito, demuéstrame que lo que la playa lo deseas de verdad. –me lanzo, mientras sus ojos me observaban atentos desde su altura hasta los míos a sus pies.

   Tome su güevo por la base y tras abrir la boca desmesuradamente pude cubrir casi la mitad de la pieza carnal que estaba estrenando mis fauces. Todo mi ser, en cuerpo y alma, estaba postrado ante Darío con la sola finalidad de hacerlo disfrutar de la mamada que le daba. Una poderosa corriente como eléctrica pasó por su cuerpo al sentir el contacto del interior de mi boca en su sensible miembro y exclamó:

   -Ahhh, qué boquita de mamadora tienes Alex.

   Mi tarea apenas iniciaba. Mientras tomaba el tronco de su güevo con las dos manos, mi boca subía y bajaba por toda su extensión, tratando de abarcar todo lo que podía. Sacaba su pene de mi boca y lo masturbaba bien fuerte durante algunos segundos, le lamia la punta y luego volvía a meter lo que cabía de él dentro de mí.

   -Diablo, coño, qué perra eres. Nunca me habían mamado tan rico, me vengo, me vengo. -gritó extasiado mi amado.

   Para hacerlo más salvaje, coloque la punta de su tolete sobre mi lengua salida, mientras lo masturbaba y lamía. La corrida fue violenta, intensa y larga sobre mi cara.
   Inmediatamente lo tomé de la mano y lo llevé a mi habitación, donde lo tumbe en mi cama y comencé a repetir la exquisita mamada que le había hecho antes sin importar que su semen corría por mi rostro.

   Mientras le mamaba el güevo a Darío, tomé parte de su leche derramada en mi cara, mi saliva sobre su tolete y sus líquidos preseminales y comencé a lubricar mi culo y prepararlo para lo que venía.

   La polla de Darío, a pesar de su extraordinaria venida, rápidamente volvió a tomar un gran tamaño, a la vez que mis manos, boca, labios y lengua se combinaban para masturbar, besar, chupar y lamer toda la extensión de su carne palpitante.

   -Cuanto placer, cuanto gozo. Qué bien te tragas mi gran güevo, Alex. Eres fantástico, me encanta como me mamas la tranca, maldita perra, eres una puta vagabunda.

   Oír lo que me delia, como me llamaba perra, puta y vagabunda, me excitó mucho mas y pasé a hacer más rápida y profunda mi chupada a su mástil, mientras comenzaba a penetrar mi culo con mis dedos. De repente me detuve. Me levanté y paré a Darío a un lado de la cama. Me puse en cuatro patas, apuntando mis nalgas hacia él y mi cara hacia el espejo de mi cuarto y para que me devolvería toda la escena de mi cogida.

   -¿Con que eso es lo que quieres, mi cuerito mamador?, pues tus sueños se van a hacer realidad, perrita caliente, te voy a coger. -dijo mi amante.

   Enseguida se acercó a mí, me tomó con sus ardientes manos por mi estrecha cintura, colocó la ñema de su güevo en la entrada de mi culo y de un solo zarpazo tomó posesión del cuerpo ardiente que se le ofrecía. Sentí un gran dolor, como si me estuvieran partiendo en dos, pero Darío se quedó quieto, parecía que tenía experiencia en este tipo de cosas, mientras acariciaba mis nalgas y mi hoyo se acostumbraba a la presencia de su dueño.

   -Por fin eres mío, Alex. Todo mi güevo está dentro de ti. De ahora en adelante, él será tu dueño. Lo amarás como a ti mismo. Solo tendrás ojos y boca para él. Tu culo será su refugio cada vez que se pare.

   Lentamente inició un movimiento suave de vaivén, provocando la salida y entrada de su poderoso órgano sexual que se iba abriendo espacio entre mi virgen y estrecho hoyo trasero. Poco a poco la sensación de dolor e incomodidad que sentí al principio fue dando paso a un placer nunca antes conocido por mí, que siempre había deseado, pero al que temía. Al final, el deseo pudo más que el temor.

   -Oh, qué rico. Esto sí es bueno, Darío. Dame duro por el culo. Párteme ese agujero de puta que tengo. Destrózame el ano y toma a este cuero virgen que ofrece su cuerpo para tu placer. -le dije.

   Mis palabras, las más sucias que pude encontrar en ese placentero momento, fueron como un afrodisiaco para Darío, quien inmediatamente experimentó un reforzamiento en su erección la cual sentí en mis propias entrañas. Junto al respingo de su güevo, Darío intensificó la fuerza y velocidad con que me cogía. Su tronco salía todo, menos la punta y en un segundo ya estaba de nuevo dentro de mí.

   Levanté la cabeza y miré al espejo para asegurarme que lo que estaba pasando no era uno de mis sueños eróticos, sino la verdad de estar siendo singado y dando gozo a un hombre. La cara de Darío era un poema. Abría y cerraba los ojos de una forma sensual, su respiración se hacía entrecortada y de su boca salían pequeños gemidos. Azoto mis nalgas varias veces con sus manos, antes de venirse como un caballo dentro de mi ano estrenado.

Alex.

……

   La verdad es que nunca he entendido muy bien cómo alguien quiere contar algo y va al punto, yo me pierdo en detalles. El relato fue eso, directo e intenso. Personalmente me encantaron los diálogos, la ruda exigencia de un hombre a otro, a uno que se le entregaba con gozo y que tiembla cuando se oye llamar puta, y al ser felicitado por serlo. Felicidades, amigo, fue muy bueno. No es tan fácil, o no me lo parece a mí, escribir en primera persona, pero te quedó muy bien. Y no creo que sea el único que lo piensa, ¿verdad?

SORPRESIVA LUNA DE MIEL

Julio César.

NOCHE DE COPAS, NOCHE LOCA…

septiembre 24, 2013

FIZGONEANDO SE SABE…

BONITA ROPA INTERIOR

   Algo en él le enloqueció…

   Mientras arrastra a Germán fuera del ascensor, Vicente hace todo lo posible por no perder la poca paciencia y gritarle que cierre su maldita boca. El alto y fornido joven, trastabillando totalmente ebrio, canta bastante desafinado; algo de Lady Gaga, para rematar. Por suerte la habitación de hotel donde fueron asignados, una doble por tacañería de la fábrica que deseaba ahorrar en gasto mientras les envía a esos simposios, estaba cerca. Una vez frente a la puerta intenta abrir pero Germán amenaza con caer.

   -Quieto, idiota. –le ruge, montándole una mano por el pecho y reteniéndole contra la pared mientras abre.

   Era el colmo que le pasara eso, tener que cuidar al favorito de la hija del dueño de la fábrica, el joven ejecutivo alto y catirón, de ojos rayados y sonrisa contagiosa, con ese aire seguro de tío bien formado, guapo y sexy a quien las puertas se le abren solas. Aunque casado, nada impedía al más joven coquetear con secretarias, colegas, clientas e incluso la hija del dueño. ¡Era un idiota total!, pensaba Vicente, quien con sus casi quince años más de edad, cuarenta y cuatro, un tanto más bajo de estatura y calvo en la coronilla, sentía que debía trabajar más para mantenerse como ejecutivo de ventas. La verdad era que resentía a Germán por frustración y algo de temor a que un chico joven y guapo, por joven y guapo, le sacara del piso doce. Tenía el idiota ese una gran personalidad, y un mejor cuerpo, y desde su llegada a la convención se había adueñado de la escena, riendo, bailando demasiado cerca y tomando mucho… Ah, y excitándose, cuando le tocó cargar con él al final de la jornada, lo notó de pasada. Seguramente esos bailen les habían afectado mucho.

   -Quiero mi cama… -le oye susurrar, borracho, colgándosele más del cuello y casi derribándole con su peso de muchacho fornido.- Llévame a la cama, por favor… -y ríe juguetón, ganándose una mirada desdeñosa del otro.

   -Maldito idiota. –le responde algo que siempre piensa de él, haciéndole hervir la sangre la risotada borracha que recibe.

   Con una ira que le desconcierta a él mismo, le empuja sobre la cama, donde este cae con un leve jadeo y un puchero, por Dios, le miraba con un puchero, cerrando rápidamente los ojos y abriendo un tanto la boca mientras iba durmiéndose. Por un segundo Vicente considera dejar las cosas así, que la pase mal, el saco, la camisa y la corbata parecían estarle ahorcando un tanto, pero… Bien, realmente no era culpa del tío ese ser un idiota de buena figura y que eso le facilitara la vida.

   Le quita los zapatos, sin pensar en lo extraño que era, notando el pie grande dentro de la suave tela de medias oscuras. Le desanuda la corbata y a pulso le medio alza, costándole, mientras se la saca igual que el saco. Su torso parecía todavía más ancho y musculoso bajo la suave camisa. Se la saca con esfuerzo del pantalón y abre los primeros botones, encontrando su cuello y parte del esternón, sin vellos. Duda, pero finalmente abre el cinturón, el botón y la cremallera de los ajustados pantalones negros de tela buena. Y mira, no puede evitarlo, una vez se abre la V de la bragueta, algo la empujada de hecho, fascinado observa el suave bóxer blanco grisáceo, debajo del cual se distingue la silueta hacia la derecha de un tolete morcillón. Algo afectado, Vicente le hace girar en la cama, metiendo almohadas bajo su cabeza, dando luego un paso atrás, apartándose. Entra al baño, se lava la cara y se moja la cabeza. Regresa, se desviste y entra en su cama, dudando si llamar a su mujer o no, era tarde. Se queda mirando el techo.

   Germán gruñe en su cama y le mira, a pesar de las penumbras le ve agitarse luchando con la camisa, apretándose el cuello, farfullando que duele. Traga, debía ser incomodo dormir con ropas; se pone de pie, para ayudarle, por Dios que si, sólo eso. Mientras se le acerca no puede dejar de verle el bulto, toma los faldones de los pantalones y hala, bajándoselos con esfuerzo. Traga ante sus piernas musculosas y lo corto del bóxer, recogido contra sus bolas que se demarcan, el bulto más visible todavía.

   -Vamos, borracho… -grazna con la respiración algo agitada, abriéndole los botones de la camisa; halándole por un lado, ladeándole, se la quita y el otro cae de panza.

   Los ojos de Vicente caen sobre esas nalgas redondas y paradas, la tela algo metida entre ellas. Se sienta a su lado, casi en transe, y con las manos atrapa los anchos y pecosos hombros, masajeándole levemente, viendo en todo momento esas nalgas, oyéndole respirar pesado y lanzando gruñidos de gusto, casi saltando cuando el otro le mira.

   -Eres un buen amigo… -le sonríe borrachín.

   -Vuélvete o te ahogarás. –deja de tocarle, necesita hacerlo o terminará haciendo algo muy malo.

   Le cuesta, pero el borracho y sonriente Germán lo hace, su torso depilado y musculoso, sus buenos pectorales terminados en tetillas marrones, le parece exagerado, aunque no tanto como la escandalosa erección que tiene bajo el bóxer, la cual toca riente.

   -Mira, es por tu culpa, por tocarme… -y Vicente mira como el puño, con torpeza, atrapa la carne dura, como intentando sacarla, fallando y terminando con otro puchero.

   Incapaz de aguantarse toma asiento otra vez en la cama, apartándole la mano y cerrando el puño sobre el güevo del hombre más joven, el cual está bien duro, muy caliente y alarmantemente palpitante cuando le aprieta. Aprieta y afloja, soba sobre la tela y no puede detenerse. Y mientras lo hace le oye respirar agitado, más pesado. Mete la mano dentro del bóxer, y tocar esa verga, la de otro hombre, impacta a Vicente; qué bien se sentía en su mano mientras sube y baja masturbándola. Le oye gemir más, revolverse, tensarse, lamerse los labios, mordiéndoselos, bello, mientras sus tetillas crecen. Las mira fascinado, y mientras su puño sube y baja sobre el grueso güevo blanco rojizo, oyéndole gozar casi tanto como a él le gusta tenerla atrapada así, baja el rostro y muerde uno de los pezones. Le oye gemir terrible, arqueando la espalda. Chupa y lame esa teta masculina, y le gusta sentirla contra su lengua, entre sus dientes, la suelta, eleva la mirada y se topa con el chico que elevó la cabeza de la almohada, labios muy rojos, ojos oscuros de lujuria. Y le besa mientras le masturba, Vicente le mete la lengua, le lame, atrapa la suya y chupa de ella, temblando de lujuria por tan prohibida caricia. Debía ser horrible pero… se traga su saliva que sabe levemente a whisky, deliciosa.

   Claro, pasar de eso a desnudarle y montarse en la cama, entre sus fuertes piernas abierta, y tragarse lentamente, experimentando, esa hermosa verga dura, que arde y bota jugos, es una sola cosa. Vicente tiene la mente en blanco mientras su boca sube y baja, atrapándola, sintiéndola quemarle la lengua y mejillas, palpitando, tan suave y lisita, tan jugosa, tan deliciosa. Sentir las manos del más joven sobre su nuca, casi sobre su coronilla calva, le anima a comérsela con más fuerza. Nunca lo ha hecho, pero mientras lengüetea sobre el ojete y los pliegues del glande, oyéndole reír y gemir feliz, se calienta más, la lame toda, besa y chupa el ojete, se la traga palmo a palmo, pega los labios de su pubis y siguen becerreándola con los ojos cerrados. Buscando aire, la deja salir… y Germán, sonriente, ojos brillantes y mejillas muy rojas, se da la vuelta, ofreciéndole a su boca golosa esas nalgas redondas abiertas, su culo medio velludo y titilante, sus bolas más abajo, así como su verga brillante de saliva. Las alza más.

   No aguanta, ni la mirada turbia del joven, ni sus nalgas ofrecidas; las atrapa con sus manos, carne dura y turgente, y clava los dedos al bajar el rostro, rozándole con la sombra de la barba, haciéndole gemir y tensarse. Le resuella sobre el ojete, no sabe qué hace pero lo frota con la punta de su nariz, algo que debería ser horrible y asqueroso pero… Lo lame, de abajo, desde las bolas, arriba. Le oye, le siente temblar, la pasa de nuevo y lengüetea, azotándole el titilante agujero que se abre y cierra. Lo repite, disfrutando de tocarle así, allí, viéndole la tensa espalda. Baja la boca, cubre el culo y lo chupa y lengüetea, lo recorre, muerde y escupe, un chorro de saliva caliente y espesa baja hacia las bolas y le cubre las mejillas. Cada vez que hace un movimiento sabe que su lengua, sombra de barba y chupadas enloquecen al otro, que sube y baja el culo de manera desesperada, dominado por una fiebre que no puede controlar. Y lo hace, mete su lengua profundo, como una serpiente reptante, cogiéndole con ella, y siente como se arquea todo, mirándole con lujuria y desesperación. Y lo entiende, ese hombre joven estaba pidiéndole más, que le diera todo. Que lo llenara y abriera. Que lo cogiera.

   Esa comprensión, tenerle allí así, abierto de nalgas y el culo titilando, le roban la poca cordura que tiene, y nunca sabrá si fue por las copitas, el ofrecimiento o la perversa idea de metérsela duro por el culo al joven y apuesto carajo que todo lo tenía más o menos fácil en la oficina. Casi gruñendo como un degenerado, se arrodilla entre sus piernas, clavándole dedos en nalgas, apretando, abriendo, viendo su culo brillar de saliva por la chupada, tan sucio, deja caer un buche de saliva sobre su propio güevo, untándolo, presionando la liza cabecita de la entrada, sintiéndole tensarse, oyéndole contener la respiración, empuja, venciendo la resistencia y hundiéndole el glande, oyéndole gemir, pies tensos sobre el colchón, apretando… Y se la mete toda, de golpe, haciéndole gritar ahogado.

   Nada más clavársela abre ojos y boca, su güevo es chupado, halado, apretado de una manera que le enloquece, el sedoso, suave y cálido estuche parece estimular cada palmo de su verga. Sale halándole la membrana del culo, empujándola otra vez al metérsela; le coge lentamente, una y otra vez, sodomizándole, llenándole de güevo. Cuando la saca intuye que el roce de las paredes de su recto le estimula, cuando le golpea profundo le oye gemir de gusto, le ve la rojiza verga botando grandes cantidades de líquidos claros. Cae sobre su espalda caliente y recia, subiendo y bajando su trasero mientras lo cabalga, metiéndola en directo en ese culo, en el culo de otro carajo, el culo de Germán, y la idea le tiene tan loco y caliente que no puede contenerse, le atrapa los hombros, le lame el cuello y olfatea su cabello mientras le coge más duro.

   Le obliga a dar media vuelta, quiere verle mientras lo coge, le alza las piernas., tiene la verga tan dura que no debe guiarla, le frota la roja cabeza y se la mete toda. Le ve arquearse, gemir, sudar y sollozar de gusto mientras va y viene, logrando que sus bolas se contraigan, que su verga palpite sobre su abdomen. Metérsela toda, chocar de su pubis, dejar las bolas sobre sus nalgas y continuar empujando le recompensan viéndole poseído, oyéndole pidiendo que se la meta más, que lo coja duro, que le reviente el culo, que se lo llene todo, que su culo necesita de su hombría. Y verle, escucharle tan entregado, a él el seductor que a todas mete mano en la oficina, morderle cuando se tiende sobre él, cogiéndole en todo momento, le tiene mal. Empuja y empuja, vicioso, sabiendo que está mal, le besa y le muerde suave la lengua, justo cuando Germán se tensa y corre ruidosamente, mojándole a los dos con su leche, y mientras se corre así, duro, el culo aprieta salvajemente sobre su güevo, corriéndose él también, llenándoselo con su esperma. Y la idea de llenárselo, de saber que sus espermatozoides nadan dentro de él, de verle gemir de gusto al sentirlo, le provocan una poderosa sensación de placer. Había sembrado su semilla en ese carajo más joven y guapo. Eso casi se la pone dura otra vez cuando se la saca, y ve el agujero abierto y manando leche. Su leche. Caen uno al lado del otro, Vicente de espaldas y tirando de él sobre su cuerpo, Germán, sonriendo y abrazándole, durmiéndose casi en el acto.

   Y en medio del cuarto en penumbras, Vicente no sabe qué pasará ahora, cómo enfrentaran eso que ocurrió entre ellos. No eran maricas, ¿verdad? Sólo una cosa la tiene clara, qué de que intentará uno mañanero, al despertar al siguiente día, lo intentará.

DARÍO

Julio César.

LO SACA POR EL AROMA

junio 11, 2012

FIZGONEANDO SE SABE…

   -¿A quién no atrapan así?

   Manolito, un apuesto y bien constituido joven comenzando los veinte, trabaja en ese gimnasio medio tiempo para usar los equipos y medio pagarse sus estudios; es uno de los pocos que acepta lavar los vestuarios a última hora de la noche. A otros les irrita, sobre todo por el olor y la hora. A él le tiene indiferente, en esa soledad nadie lo ninguneaba ni molestaba. Vistiendo su camiseta sin mangas, azul eléctrica, su bermudas negro largo, zapatillas de goma bajas, sin medias, se coloca los audífonos y escoba en mano comienza a recoger lo más visible mientras acomoda bancos, cierra papeleras, toma nota de lo que esté abierto o encuentre por ahí. Aspira, ese olor fuerte a hombres se siente por todo el cuarto pero no le molesta. Canturrea y medio baila cuando se congela frente a uno de los casilleros abiertos. Sabe bien a quién pertenece. Es del señor Andrade, un casi cincuentón bajito, medio calvo, obeso, rostro redondo, quien se veía algo ridículo en su traje y corbata de gerente de banco.

   A Manolito lo que le sorprende es ver colgando de la puerta metálica un pequeño suspensorio deportivo, blanco, realmente bajo y chico, esa vaina debía clavársele entre las carnes, se dice sonreído, imaginándose al hombrecito con aire de importancia en el banco, dentro de su saco, usando esas vainitas bajo las ropas, porque debía usarlas ya que estaba practicando boxeo con otras ropas, es decir no era el único que trajo. Llevado por la curiosidad lo toma, arrugando la cara, está algo húmedo y caliente todavía. Mierda, era tan chica… arruga más la frente al encontrar un enrollado y largo pelo púbico. Seguramente le pellizcaba entre las piernas y… Joder, ¡qué olor tan fuerte!

   Arruga la cara pero acerca más la prenda, el olor le llega fuerte. Olía a hombre, a bolas y… se lo lleva a la nariz, aspirando, disgustado, con repulsa, pero sintiendo una oleada cálida de electricidad recorriéndole. Nunca había olido algo como eso, ni los suyos, era sucio pero… lo huele, con más fuerza, llenándose los pulmones y jadea, una idea insiste en colarse en su mente: es el olor a hombre, a uno que usa eso contra sus bolas y güevo, mojándolo de orina, tal vez de jugos si se medio excitaba con algo en la calle. Pensarlo lo hace jadear, sus rojos y suaves labios frotándose de la tela, y perdida toda cordura lo toma, pegándolo de su nariz y boca, aspirándolo. Su güevo se alza con fuerza dentro del bermudas, excitado de una manera necesitada. No quiere hacerlo pero huele y con la otra mano se aprieta el tolete, sintiéndose totalmente caliente y mareado.

   -¿Te gusta eso, muchachito bonito? –una ruda y burlona voz se deja escuchar, y grita y casi da un bote, con el suspensorio contra su cara, su tolete viéndose escandaloso bajo el bermudas.- Vaya, se ve que lo tienes grande, niño bonito… -se le acerca Andrade, mojado por la ducha, tetas caídas, pelos en sus hombros, piernas delgadas, la toalla bajo la panza.

   -No, señor Andrade, yo no… -rojo de cara intenta explicarse, bajando la mirada para encontrar los ojos pequeños y porcinos del sujeto.- No estaba haciendo nada, yo…

   -Yo creo que si lo hacías. –ríe atrapándole con la regordeta mano la tranca sobre el bermudas, haciéndole gemir de gusto, por la sorpresa, el miedo y la excitación.

   El obeso sujeto sonríe, mirada torva, mientras le arrebata el suspensorio, restregándoselo de la cara, gruñéndole ronco que oliera, que se diera gusto, que así olían los hombres de verdad; y mientras lo hace mete la mano dentro del bermudas, atrapándole la larga tranca, dura como la tienen en esos momentos los muchachos, sobándosela con rudeza, y Manolito gime, estremeciéndose de lujuria, mordiendo la tela, aspirando y aspirando. El tipo le baja el bermudas a las rodillas, soltándole el güevo que rebota, alzándose como una lanza, su mano pequeña se mete bajo la franela, acariciándole el plano estómago, el definido torso, pellizcándole las tetillas, bajando la mano con el suspensorio y atrapándole la verga con ella. El puño y la tela hacen gemir a Manolito más allá de todo control, de su glande mana mucho líquido blanco que Andrade atrapa con la prenda, oliéndola, vicioso, mirándole, para luego llevarlo a su rostro. Y Manolito huele su propio jugo mezclado con el otro. Obligándole a darle la espalda, mostrándole sus deliciosas y redondas nalgas de muchacho, Andrade ríe. Aterrado pero excitado, Manolito aspira y muerde la tela, cerrando los ojos, dejando que el sujeto le acaricie, le meta mano entre las nalgas y sobe su roja entrada.

   Esas cosas no le gustaban, no le interesaban, pero no puede controlarse, ser tocado así, sin consentimiento, sin dejarle escapar ni razonar, le tiene en calenturas perennes. Riendo, Andrade le hace caer sobre manos y rodillas, el bermudas todavía en las rodillas, sus nalgas abiertas, su culo escasamente velludo al alcance de sus dedos. Y el chico se ve realmente caliente así. Frente a él, dejando caer la tolla, mostrando un pene corto, tan sólo medio duro todavía, Andrade le ordena que chupe. El muchacho quiere resistirse, eso era como demasiado, pero cuando el sujeto se tiende sobre él, azotándole el trasero suavemente con el suspensorio, haciendo que este se deslice entre sus nalgas, no puede pensar y atrapa el pequeño bocado, hundiendo la nariz en los rizados pelos que todavía olían levemente a bolas sudadas. El olor y los pelos en sus fosas nasales le calientan al extremo de la locura. Chupa y gime mientras el otro le llama basurita bonita y marica, disfrutando de estar siendo mamado así, pero también de tener en sus manos al bonito, guapo y musculoso muchacho bien dotado. Las manos le atrapan la nuca, dejándole clavado contra su pubis.

   -Te tengo una sorpresa… -le mira riente, Manolito desde abajo se ve entregado.- Esto me lo quité para ducharme… -es otro suspensorio, el de los ejercicios, más caliente y mojado, montándoselo sobre el rostro, casi como una mascara, haciéndole gemir de manera terriblemente lujuriosa cuando se siente lleno por ese aroma picante.

   Y es una suerte para Manilito que el olorcito le mareara y excitara tanto, así como que el pito del sujeto fuera chico, porque terminó siendo cogido con movimientos rudos, de golpe y sin muchas ceremonias. El guapo y joven sujeto en cuatro patas, se estremecía mientras el poco agraciado sujeto lo cabalgaba, con cortos golpes, clavándosela toda, disfrutando los halones y apretones del estrecho culo virgen, hasta bañárselo de leche, corriéndose; eso sí, bastante, notándose cuando se la saca.

   Manolito, ahora sobrecogido, en muchos aspectos, por lo que acaba de hacer, cae semi sentado, todavía los bermudas abajo, culo de medio lado en el suelo frío, mirada baja, notando su propia leche en el suelo, logrado sin tocarse. Una tarjeta a la altura de sus ojos llama su atención y eleva la mirada, rojo de mejillas.

   -Búscame mañana en el banco, para un nuevo trabajo… -sonríe cuando el muchacho va a hablar.- No, nada de aprendiz o mensajero, vivirás bajo mi escritorio, oliéndomelo y mamándomelo. Y si lo haces bien, pequeño, dejaré que huelas a otros… -aguarda y no puede dejar de sonríe cuando el muchacho toma la tarjeta.

Julio César.

NOTA: Vaya, tenía tiempo sin escribir una historia corta.

MOMENTO DE LOCURA SANITARIA

marzo 14, 2011

FIZGONEANDO SE SABE…    

   El gusto por la aventura…

   Renato Fabricci era un joven cabo de la guardia nacional puesto en aquel colegio como parte del operativo electoral. Se supone que cuidan del proceso comicial. Lleva rato pelándole el diente a unas muchachas, pero estas no le paran bola, a pesar de que es un tipo joven, alto, bien constituido, a quien la verde franela le quedaba del carajo. Era un tanto frustrante para un joven de sangre caliente y con un buen güevo listo siempre para la acción, el verse así rechazado. A media tarde, de tanta agua, refrescos y café, le dio ganas de ir a mear y subió al segundo piso, donde los baños estaban más limpios.

   Entró encontrándolo igual a todos los baño de secundaria, encerrado, falto de iluminación y ventilación. Entra en uno de los privados, el único abierto, y se impacta. En la pared de latón de la izquierda alguien logró picar el metal y creó un redondel, cuyos bordes se hallan recubiertos por una gruesa cinta adhesiva marrón, de esas que usan para armar cajas. El hombre abre mucho los ojos, aquello era lo que llamaban un glory hole, según las películas donde una chica se duchaba y alguien pasaba un güevote tieso por uno de esos. Pero, se desconcierta, se supone que ese es el baño de los varones… ¡¡¡de un colegio de secundaria!!! Es cuando lo oye, a su derecha, donde no hay agujero.

   Es una voz ronca que gruñe un eso es, trágatelo, marica, comételo todo, hummm, como mamas güevo, cabrón. Y a esa voz, grosera, le respondía un chapoteo de mamadas, así como ahogados glug y aggg, de gusto. No sería Renato un carajo hétero si la vaina no le chocara, pero al mismo tiempo no tendría sangre en las venas si no guardara silencio, olvidado de mear, y se dedicara a escuchar con una leve sonrisa de diversión.

   -Ahhh… coño, marico, cómo tragas…. Hummm… si, sigue así y te lleno esa boca de leche caliente, como tanto te gusta. –es una voz queda, sugerente, que a Renato le provoca escalofríos.- ¿Quieres tragarte toda mi leche, Martínez?

   -Si, dámela… -responde una voz joven, masculina, de muchacho, ávido. Una voz que le pone el güevo a millón al militar.

   Toma asiento sobre la tapa del inodoro, con la boca seca mientras oye la mamada, la chupada de campeonato, acompañada por los jadeos y gemidos de gusto.

   -¿Tanto te gusta?

   -Si, es tan rico mamarse un güevo así, pasarle la lengua y verlo temblar… -la aniñada voz suena en la gloria (donde debe estar, del otro lado de un agujero, piensa Renato).

   Oye golpes contra la pared, y el cómo se incrementan los gemidos. Era evidente que dos personas compartían el privado y que el culo del que era mamado pegada de la pared cuando le cogía la boca al otro. Seguramente eran muy jóvenes porque casi en seguida gritaron, los gemidos fueron mayores y un olor almizclado se dejó sentir, el del semen caliente, mientras los acompañaban las últimas succiones y chupadas.

   Y Renato queda allí sentado, apretándose el güevo dentro del pantalón camuflageado. Oye risitas de charlas, un “el miércoles te doy por el culo”, y la risita feliz del otro, todo mientras se alejan. El hombre jadea, pero ¿qué coño le pasaba? ¡Mira que estar tan caliente y duro por oír sexo de maricas! Sin embargo, sí, estaba caliente. Muy caliente. Tanto que tiene que apretar y sobarse la tranca sobre el uniforme deseando hacerse una paja. Pero se detiene cuando oye la puerta del sanitario abrirse. Alguien entra. Lo sabe aunque no oye nada más. Con cierto calambrazo de sorpresa, nota movimientos a su izquierda. Había alguien allí, tal vez meando. Y las ganas de asomarse y ver, lo que fuera (¿otro güevo?, ¿acaso estaba loco?) le paralizó el corazón.

   -¿Hay alguien ahí? –pregunta una joven voz. Y Renato traga saliva, decidido a guardar silencio.

   -Si. –a él mismo le sorprende oírse decir. Y abre mucho los ojos.

   Por el agujero hace su entrada una verga no muy larga o gruesa, pero si erecta, rojiza, nervuda. Llena de las ganas de la juventud. El corazón de Renato late con violencia, sintiéndose casi enfermo… pero no puede controlarse. La toca. La mano le quema en cuanto hace contacto con el duro y palpitante miembro del otro chico. Oye un gemidito de placer cuando aprieta. Su puño sube y baja, casi hipnotizado por la cabecita brillante y lisa de donde mana algo de jugo ya.

   -Anda, cométela… -urge, desesperado de ganas, esa voz.

   Y maldita sea sí iba a hacerlo, gritaba una voz en la cabeza de Renato. Pero acerca el rostro, siente el acre olor, el calor le pega en las mejillas. ¡Y se ve tan apetitosa! No quiere, pero frota la lisa cabeza de sus mejillas, de su nariz, estremeciéndose por lo prohibido del contacto.

   -¡Cométela! –casi suplica.

   A la mierda, nadie estaba viéndole, nadie sabría sí… se dice cuando la lengua, con timidez, titila sobre la cabecita que se estremece. Igual que él. La lengua la recorre, es salina, cálida y suave. Cuando cierra los labios sobre ella, ese jugo cae en su lengua y le parece extraño, pero no desagradable. Se inclina más hacia delante y comienza a tragarlo, bajando sus labios gruesos sobre el joven güevo, atrapándolo con sus mejillas, lamiéndolo con la lengua, la cual se le quema con esa barra de hierro al rojo vivo. Y chupa, y sabe tan bien que se estremece. No debería, pero cuando sube y baja sobre el duro tronco, casi ahoga un gemido de gusto.

   Mama, aprieta y traga toda su saliva y los líquidos que de allí salen, y le encanta, casi tanto como los gemidos del dueño. Los labios, apretados, suben lentamente, chupando, saboreando, dejando cada centímetro del rígido güevo brillante de saliva espesa. Lo saca de su boca y el tolete se mantiene vertical de lo duro que está. Lengüetea la cabecita, recorre la gran vena, pega los labios del ojete y chupa, casi quiere meterle la lengua por ahí y el muchacho lloriquea. Ahora ese güevo va y viene, su boca está siendo cogida por el güevo de otro hombre, y todo su cuerpo se tensa de lujuria. Desea tocarse, tragarla toda, masturbarse. Quiere todo.

   Y el muchacho comienza a susurrar, ronco, bajito, vicioso: “trágatela todo, marica, gózate tu güevo; es todo para ti, perra, seguro quieres que vengan mis amigos y que todos te demos a comer, ¿verdad?”.

 

   Es tan sucio que Renato cae de rodillas, gimiendo, mamándola con desesperación, abriéndose el pantalón y librando su propio güevo caliente, masajeándolo.

   -Te lo estás sobando, ¿verdad? Te encanta comer güevo; seguro no lo sabías, pero ahora si, y no vas a poder vivir sin saborear uno de vez en cuando. –era extraño oír eso en una voz tan joven, pero a Renato le encanta.- Seguro que quieres acariciarte el culo, que sueña con meterte un dedo, uno solo, despacio, frotando circularmente, gozando de esas cosquillas, hasta que te lo claves todo, y cuando lo tengas todo enterrado en el culo, empujar más. Y agitarlo como si fuera un gancho. Y luego dos o tres. –habla y le coge la boca.- Seguro que sueñas con meterte algo más, ¿verdad? El dedo de otro, o… esto… -y hala su güevo joven, haciéndolo flotar fuera del alcance de su boca, goleándole luego los pómulos y la nariz.- Si lo quiere, todo en tu boca llenándotela de leche y después en tu culo apretado, preñándote, tan sólo pídalo, cabo Frabricci, y yo lo lleno de esperma…

   Y Renato sabe que está bien jodido (o lo estará muy pronto), no sólo cuando oye su apellido, sino cuando jadea y busca con su lengua ese tolete a pesar de medio ver por el agujero, los colores de otro pantalón camuflageado.

LO SACA POR EL AROMA

Julio César.


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