Archive for the ‘LECTURAS’ Category

MAQUIAVELISMO

julio 16, 2016

¿MISTER QUIN?

NICOLAS MAQUIAVELO - BIOGRAFIA

   El tomo en mi biblioteca.

   “A los hombres hay que ganárselos o destruirlos”. Uno de los preceptos que aparecen en el libro El Príncipe, de Nicolo Machiavelli (Nicolás Maquiavelo), que vio la luz en 1513, supuestamente para adular a un noble del momento, Lorenzo de Médici, pero cuya vigencia es evidente más de cinco siglos después.

   Cosas de las palabras. Maquiavelismo siempre ha sonado a tortuoso, a un actuar artero donde, mediante el recurso que sea (adulado, engañando, traicionando), se asegura un fin. Es un término que todos usamos, incluso me han tachado de maquiavélico cuando cuadro mis vacaciones y luego resulta que cuando me toca volver hay una remodelación en las oficinas y mi periodo fuera se extiende (pura casualidad). Todos sabernos que la denominación viene de aquel oscuro funcionario público de la Italia renacentista, Nicolás Maquiavelo, autor de El Príncipe, de quien se decía que era “un agente de Satanás”, una persona inmoral y totalmente amoral, partidario de absolutismo y el autoritarismo, aunque otros sostienen que era un nacionalista, que todo lo hacía pensando en el bien de su Florencia natal, que andaba bastante mal por falta de un liderazgo claro.

   Y la verdad es que leyendo sobre su vida, sorprende; uno esperaría encontrar a un Nerón pobre pero ilustrado, arrastrándose en vicios y decadencia, pero no, el señor Maquiavelo era, en verdad (al menos en esta biografía que leí),un celoso defensor de las virtudes cívicas de las llamadas republicanas. Sabía, y padecía, los problemas que para el pueblo, y su estado italiano, Florencia, acarreaban la debilidad de los líderes, hundiéndoles en el caos y la indignidad. ¿Por qué se le tiene por una serpiente peligrosa y cínica? Tal vez porque puso por escrito pensamientos sensatos de usos y costumbres ordinarios pero que se les nota cierto sabor amargo a otros ojos, pensados en la estabilidad de príncipes que pudieran garantizar la estabilidad (y en eso no fue el primero de los filósofos, Platón y Thomas Hobbes comenzaron el asunto). Todos pecan, se acepta, pero nadie debe hablar del Diablo. Allí estuvo la virtud, y el problema, para el señor Maquiavelo.

   Eso de que a los hombres hay que ganárselos o destruirlos, es la regla de nuestros tiempos, en política, los negocios, la televisión, los deportes, en los centros de trabajo. Todo el que llega o aparece es evaluado como un posible rival, un enemigo que se mueve sin que se conozca sus intenciones, entonces es mejor que sea amigo, un aliado, si no se puede ir pensando cómo salir de él. Suena duro, pero el mundo se mueve así, y fue enunciado por un hombre de pleno siglo XV.

   Pero no quería escribir sobre nada denso, tampoco es esta una biografía ni nada parecido, Dios me libre. Quería comentar compartir esas frases insidiosas, cínicas pero muchas veces ciertas, como:

-Las injusticias han de hacerse todas a la vez; los favores, poco a poco para que puedan saborearse mejor (¿es necesario explicar el alcance político vigente de semejante idea?).

-Antes perdona el hombre la muerte de su padre que el saqueo de su patrimonio (¿un tratado sobre la condición humana de un momento de la historia o es algo universal e intemporal?).

   Y así hay muchas otras citas. No inventa el hilo negro, pero concreta en palabras un manual del pensamiento oportunista para conseguir y consolidar una meta, que como sostiene Fernando García de Cortázar, era “la llegada de un gobernante que se preocupara de la realidad tal cual es y, lejos de los prejuicios morales, impusiera su autoridad valiéndose de todos los medios”. Dicho así suena horrible, pero hay que recordar que el señor soñaba con la llegada de aquel que se preocupara por los estados italianos, y en especial de su Florencia natal. Será como dicen, la maldad no está en la dinamita sino en cómo se usa.

   Aquello de que el fin justifica los medios, todavía hay quienes discuten que no fue dicho por Maquiavelo… ¡pero suena tan a él!

   De la azarosa vida de este hombre, de sus desengaños y amargura final, está el libro señalado más arriba, una biografía ligera muy buena, que describe su tiempo de una manera magistral, “La Sonrisa de Maquiavelo”, de Maurizio Viroli. Lo hizo muy humano. Y los solos relatos sobre los Borgia y los Médici, ya vale la pena leerlo todo. Qué gente.

Julio César.

ANIBAL NAZOA Y EL CÓMO ESCRIBIR

abril 13, 2015

¿MISTER QUIN?

ANIBAL NAZOA

   El señor Aníbal Nazoa.

   ¿Creerán que siempre confundí un poco los trabajos de Aníbal Nazoa con los de Aquiles Nazoa? Es una vergüenza, pero lo confieso, a veces leo un buen libro sin muchas veces interesarme por el nombre del autor. En este caso creo que es porque ya desde chico conocía el trabajo del señor Aquiles, su La Pasión Según San Cocho, siempre me gustó y lo asocio a cosas buenas. Incluso a una ida al Aula Magna de la Universidad Central de Venezuela cuando todavía era liceísta, para ver la representación de ese trabajo. Pero no, Aníbal Nazoa es un genial escritor por cuenta propia, ahora que me fijo en el detalle de los nombres. Y es, o era porque ambos nos han abandonado, hermano de Aquiles, lo que significa que algo de cierto debe haber en la herencia del talento cuando en una misma familia se repite la genialidad. Debe ir en los genes. Periodista, humorista y poeta, como los intelectuales de su generación, la obra de Aníbal Nazoa me parece un tanto más dura que la de Aquiles. El señor retrata, con ironía (al menos en este libro), una realidad conocida para todos. Con humor, con gracia, pero demasiado fiel.

   Se va mi jefa, mucho había durado, y entrando cuando limpiaba su oficina encontré un manoseado tomo: Aníbal Nazoa, OBRAS INCOMPLETAS. Viéndome admirándolo, me lo regaló. Y un libro es siempre un obsequio maravilloso que se agradece mucho, casi una joya. Bueno, hasta me hizo cambiar un poco mi opinión sobre ella. Comencé a leerlo allí mismo, en la oficina, y no podía más que reírme de esa realidad simple, llana, amena, y sin embargo tan cierta. Tan de nosotros. Es tan bueno que los dos prólogos son de Otrova Gomas, imagínenselo. Ya desde ahí me reía.

   En Obras Incompletas, el señor Aníbal Nazoa ofrece datos para quien se inicie en la vida del escritor, enumerando los puntos que no pueden faltar en ningún género, y dando un ejemplo fácil de seguir. Me dio tanta risa cuando hablaba de uno de los elementos de la Novela Rosa, donde la joven debe ser inmensamente rica y el muchacho increíblemente pobre; jamás lo contrario, porque un hombre rico que se enamora de mujer pobre es tema para una tesis sicológica. Disfruté el libro, y me lo bebí prácticamente en día y medio. Y pienso repetir.

   Quiero invitar aquí uno de sus capítulos, no se trata de plagio ni nada por el estilo, es para compartir con todos un inesperado tesoro encontrado. Así como yo no sabía que estaba allí, y que es un tesoro, tal vez otros lo ignoren también. Disfruten el trabajo de este talentoso escritor e intelectual venezolano:

……

OBRAS HUMORISTICAS DE ANIBAL NAZOA

LA CARTA ABIERTA

   Venezuela es, por así decirlo, la “tierra clásica” de la Carta Abierta, también conocida como Remitido. Los políticos, los artistas, los hombres de negocios, todos acostumbran arreglar o profundizar sus diferencias a través de cartas abiertas publicadas en los periódicos de mayor circulación. Es tal nuestra afición a insultarnos y defendernos en esta forma, que la prosperidad económica de un diario se puede medir por el volumen de cartas abiertas o “remitidos” que se le confían para su publicación.

   Aún en las peores épocas, el renglón publicidad mantiene un ritmo respiratorio sano y potente, gracias al oxígeno que le suministran los “remitentes”.

   Si usted, apreciado lector, aspira hacerse escritor, antes que la novela o el cuento, le conviene estudiar a fondo la Carta Abierta. Porque no pasará mucho tiempo sin que usted se vea obligado a escribir una, por cualquier motivo. Es el uso del país: un artista o un literato a quien no se le otorga el Premio en un concurso, en vez de asimilar la lección y ponerse a trabajar duro a ver si se lo puede ganar en la próxima oportunidad, responden al veredicto con una carta abierta acusando al jurado de las peores aberraciones; no importa si el artista conocía tales aberraciones desde mucho antes de enviar su obra al concurso, el todo es “sacar” la Carta. Un político, cuando se dispone a hacer alguna barrabasada, ya tiene escrita la carta abierta que le servirá para aplastar a quien ose denunciarlo. Un comerciante acosado por sus acreedores o interesado en sofocar a la competencia, antes de recurrir al incendio intencional u otra medida extrema, intentará “agotar las posibilidades” mediante una buena carta abierta. Y así sucesivamente, para no mencionar a los inocentes que aún creen en la “vergüenza pública” y responden a un atropello con un remitido.

   Independientemente de sus temas y motivaciones, existen diversos tipos de cartas abiertas: la insultante, la lacrimosa, la delatora, la irónica, la explicativa, la amenazante, etc. Y como rarísimo espécimen, la elogiosa. El tipo ideal es aquel que participa de todas las modalidades, como la que ofrecemos a continuación:

CARTA ABIERETA DE ARTEMIDORO PACHECO AL DR. SULPICIO MARTINES GRIFO

Caracas, 31 de agosto de 1968.

   Mi querido Sulpicio:

   No creo necesario extenderme demasiado sobre la vieja y solida amistad que nos une, tanto a nosotros como a nuestras familias.

   Como hombres públicos que somos, toda Venezuela sabe de los largos años que pasamos combatiendo juntos por la dignidad y la felicidad de la Patria, de las alegrías y las amarguras que hemos compartido ya en el suelo nativo, ya en las frías regiones del exilio. No me parece ni elegante ni justo mencionar ahora los favores que nos debemos mutuamente. ¿Vale acaso la pena, por ejemplo, traer a colación los doce mil bolívares que una vez te presté para salvarte de la cárcel en circunstancias que sólo tú y yo conocemos? ¿Será preciso recordar la oportunidad en que tú, generosamente, te prestaste para servirme de testigo falso en el juicio de divorcio que puso fin a mi calvario, cobrándome tan sólo dos mil bolívares, que yo te pagué gustoso y feliz? ¿Habrá lugar para mencionar los esfuerzos que yo hice para casar a mi hija Margot con tu hijo Sulpicito, salvando así de la bancarrota a tu honorable familia? Me niego a tales remembranzas. Para mí, baste decir que nosotros siempre hemos sido uno, y por eso he leído con profunda tristeza e indignación tus declaraciones a la prensa en relación con la venta de unos terrenos en el Plan de los Nísperos. Con los ojos arrasados en lágrimas, he visto cómo tú, mi amigo y compañero de toda una vida, me acusas de haber comprado por cuarenta y cinco mil bolívares unos terrenos que en realidad valían más de SEIS MILLONES, valiéndome de la complicidad de algunos funcionarios y de un italiano que sólo existe en tu mente desquiciada. Para tu información, tengo a tu disposición los documentos relativos a la venta de esos terrenos, cuyos linderos no son los que tú, maliciosa y suciamente, señalas sino los siguientes, al tenor del deslinde realizado por el Juzgado Cuadragésimo Séptimo de Primera Instancia en lo Servil y Terrenal de la Quincuagésima Octava Circunscripción.

   “Por el Norte, desde la mata de mango situada en el ángulo Sureste de la finca “La Mona”, siguiendo el curso de la quebrada de Los Tocones, hasta la casa abandonada de la Hacienda “Polvo Seco”; por el Sur, la barranca que separa el Valle de la Serranía de Los Pericos; por el Este, desde el Pozo del Indio, siguiendo la cerca de los Marcano hasta el molino del fundo “Panchón”, y por el Oeste, desde el Cerro del Caramelo hasta Zanjón de Las Perdices”.

   ¿Dónde está, pues, la supuesta demarcación falsa de los terrenos que tú me atribuyes? Créeme, mi admirado Sulpicio, que a no ser por nuestra vieja amistad y por tus ejecutorias de gran poeta, jurisconsulto y hombre de empresa, yo diría que tú eres el estafador más asqueroso y el peor de todos los calumniadores y chantajistas que he tenido la desgracia de conocer. Pero la amistad obliga, así que me limito a señalarte el hecho de que en mi poder reposan muchos testimonios sobre tus fechorías en la región, la última de las cuales pensabas perpetrar contra mí.

   Afortunadamente, yo también tengo otros amigos tan entrañables como tú; ellos me advirtieron a tiempo y aquí estoy, limpio de toda culpa respondiendo a tus infundios. Yo no tengo la culpa si tú fracasaste cuando le mandaste dar las puñaladas al Prefecto de San Pepito, como tampoco la tengo si perdiste los doscientos sacos de maíz y los OCHENTA MIL BOLIVARES en ladrillos que repartiste para ganar las elecciones. Yo fui el primero en lamentar tu fracaso en aquella oportunidad, aunque ahora estemos ubicados en tiendas políticas adversas, porque los hombres como tú son los llamados a llevar a la patria por derroteros de justicia y prosperidad, aunque a veces caigan en debilidades como la de robarse todas las existencias de grasas y lubricantes de una dependencia oficial para venderlas en la hermana República de Colombia. Errare humanum est, digo yo, y sigo creyendo en tus virtudes de empresario y hombre público.

   Así soy yo, y ése es mi concepto de la amistad y de la armonía. Pese a tu actitud traidora, pese a que te has comportado como un reptil asqueroso, y a que tus sucias maniobras te exhiben como un delincuente común merecedor de las más graves sanciones, no pienso proceder contra ti con todo el peso de la razón que me asiste. Por el contrario, te ofrezco mi mano de amigo y te invito a olvidar este bochornoso asunto en beneficio de nuestra hasta ahora excelentes relaciones. No era mi intensión herirte, pero la necesidad de velar por la limpieza de mi nombre me obliga a hacer esta aclaratoria ante la comunidad, y aprovecho la oportunidad para invitar a todos los interesados a revisar los documentos correspondientes si quieren comprobar la honestidad de mi vida pública y privada, y la rectitud de mis procederes en materia de negocios. Me despido, apreciado Sulpicio, suplicándote que recapacites en tu actitud que estoy seguro ha sido dictada por la precipitación y la ofuscación política, y vengas a conversar con este viejo amigo, siempre dispuesto a arreglar las cosas por las vías del entendimiento.

Un abrazo,

Artemidoro Pacheco L.

C.I. 10203040506070

……

   ¿No fue genial? Dios, si yo encontrara un remitido así en un diario, dirigido a mí, no saldría más de mi casa. Haría correr el rumor de que me morí. Claro, para eso tendría que haber vergüenza pública, cosa que, según el poeta, es muy raro. Si uno lee sin siquiera fijarse mucho, encuentra al venezolano; en la carta abierta de Artemidoro a su compadre, nos parece ver en esos dos pícaros que hicieron de la vida política su fuente de trabajo más o menos ilegal, la antigua concepción del adeco y del copeyano encumbrados y que desde sus posiciones se enfrentaban mientras pillan un poquito aquí, otro poco allá. Cada uno más tracalero que el otro pero fingiendo decencia. Así, en buena medida, era Venezuela, entre la picardía y la tontería, antes de estos tiempos oscuros de incamente fascismo a la italiana.

   Quien no lo haya leído, debe buscar esas Obras Incompletas.

MAQUIAVELISMO

Julio César.

SOMBRA DE MUERTE, ¿O ES MISTER QUIN?… 2

marzo 19, 2014

EL CODIGO DA VINCI                         ¿MISTER QUIN?

Continuación…

……

AGATHA CHRISTIE

EL ENIGMATICO MISTER QUIN

EL ENIGMATICO MISTER QUIN

   -Cierto –contestó Conway-. Capel estaba excitado. Extraordinariamente excitado. Podría describirse como un hombre que hubiese apostado fuertemente y ganado por un pelo contra un sinnúmero de abrumadoras contrariedades.

   -¿Acumulando energías para llevar a cabo su resolución? –sugirió Portal.

   Y como impulsado por una asociación de ideas se levantó y lleno nuevamente el vaso.

   -Ni pensarlo –contestó Evesham con acritud-. Podría jurar que nada de eso pudo habérsele pasado por la imaginación. Tenía razón Conway. Un jugador temerario que no acaba de cerciorarse de su buena estrella. Esa era su actitud.

   Conway hizo un gesto de desaliento.

   -Y sin embargo –dijo-, diez minutos después…

   Todos permanecieron unos instantes silenciosos. Evesham dejó caer pesadamente su puño sobre la mesa.

   -Algo debió de haber sucedido durante aquellos diez minutos –exclamó.

   -¡Indudablemente! ¿Pero qué? Analicémoslo detenidamente. Todos hablábamos a un tiempo. En medio de la algazara Capel se levantó apresuradamente y abandonó la habitación…

   -¿Por qué? –preguntó míster Quin.

   La interrupción pareció desconcertar a Evesham.

   -¿Decía usted?

   -Dije simplemente: ¿por qué? –replicó míster Quin.

   Evesham frunció el entrecejo en actitud de recordar.

   -No pareció tener importancia… en aquel momento… ¡Ah, sí! Ahora recuerdo: fue el correo. ¿No recordáis el sonido de las campañillas en medio del bullicio, y lo excitados que estábamos todos? Llevábamos tres días bloqueados por la nieve. Una de las tormentas más grande que se habían conocido en muchísimos años. Los campos estaban intransitables. Sin periódicos. Sin cartas. Capel salió para ver si algo había conseguido recibirse al fin y volvió cargado con un montón de unos y otras. Abrió uno de los periódicos en busca de noticias recientes y a continuación subió las escaleras acompañado de su fajo de cartas. Tres minutos después oímos un disparo… inexplicable, absolutamente inexplicable.

   -No veo en ello nada de inexplicable –se aventuró a decir Portal-. El muchacho debió recibir noticias inesperadas en alguna de sus cartas. Cosa perfectamente lógica a mi entender.

   -¡Oh! No crea usted que hubiésemos pasado por alto un detalle así. Fue una de las primeras preguntas que hizo el forense. Pero Capel no había llegado a abrir una sola de sus cartas. El montón yacía intacto sobre una mesa.

   Portal quedó mirando profundamente abatido.

   -¿Está usted seguro que no llegó a abrir ni siquiera una de ellas? Pudo muy bien haberla destruido después de leerla.

   -Estoy seguro que no. Claro que ésa hubiera sido una solución natural. Pero no, ninguna de las cartas había sido abierta. Ningún rastro se encontró de papel que hubiese sido hecho pedazos o quemados. Por añadidura, no había fuego en la chimenea de su habitación.

   -Fue todo un asunto altamente desagradable –comentó Evesham con voz queda-. Conway y yo subimos al oír el tiro y lo encontramos… ¿Para qué seguir? Sólo su recuerdo me hace estremecer.

   -¿Supongo que lo único que quedaba por hacer era telefonear a la jefatura de policía? –interpuso míster Quin.

   -Royston no tenía teléfono en aquel entonces. Lo mandé yo a poner al hacerme cargo de la residencia. Tampoco hubo necesidad de hacerlo. Dio la casualidad que el alguacil del lugar se hallaba en aquel momento en la cocina. Uno de los perros, ¿te acuerdas del pobre Rover, Conway?, se había extraviado medio enterrado en un montón de nieve y lo llevó a la estación de policía. Lo reconocieron al instante, pues era uno de los perros por el que capel sentía verdadero afecto, y el propio alguacil se encargó de traerlo. Acababa de llegar cuando sonó el disparo, circunstancia que nos salvó de una infinidad de molestias.

   -¡Qué tormenta más horrible fue aquella! –repitió Conway dejándose llevar por la evocación del recuerdo-. Ocurrió aproximadamente por estas fechas. ¿No es verdad? A principios de enero.

   -Creo que fue en febrero. Recuerdo que hicimos un viaje al Continente poco tiempo después.

   -Yo estoy casi seguro que fue en enero. Mi montero Ned, ¿te acuerdas de Ned?, se lisió a fines de enero, y esto fue poco después de ocurrir el suceso.

   -Quizás tengas razón y hubiese sido durante los últimos días de enero. Es curioso lo difícil que es recordar fechas después de algunos años.

   -Una de las cosas más difíciles del mundo –dijo míster Quin terciando en la conversación-. A menos que se encuentre un punto de referencia en algún acontecimiento importante como el asesinato de un monarca o algún proceso sensacional.

   -¡Claro! ¡En efecto! –exclamó Conway-. Fue poco antes de la vista del caso Appleton.

   -Poco después.

   -No, no, acuérdate. Capel conocía a los Appleton y había residido en casa de éstos durante la primavera anterior. Una semana antes del fallecimiento del viejo. Recuerdo que una noche nos habló de lo tacaño que era y de lo desesperante que debía ser para una mujer joven y bonita tener que verse unida para siempre a un hombre así. No había sospechas de que ella hubiese podido tener participación alguna en dicha muerte.

   -¡Si, hombre, tienes razón! Recuerdo que leí un párrafo del periódico que decía que una orden de exhumación había sido dictada por el juzgado. Y esto debió ser aquel mismo día y la confusión de mi mente sólo se debe al hecho de que mi pensamiento estaba concentrado en aquellos momentos en el pobre Dik.

   -Un fenómeno corriente, pero no por ello menos digno de tenerse en cuenta –observó míster Quin-. En momento de gran tribulación la mente se concentra en cosas al parecer insignificantes, las cuales después se recuerdan con estricta fidelidad por haber sido impresas por la misma tensión nerviosa que entonces nos dominaba. Quizá se tratase de un detalle sin importancia, como el diseño del papel que recubre las paredes, pero lo cierto es que allí queda y que nunca más vuelve a borrarse de nuestra memoria.

   -Hay algo extraordinario en sus palabras, míster Quin –dijo Conway-. Mientras usted hablaba me sentí repentinamente transportado a la habitación de Derek Capel, y lucidez inconcebible, vi el árbol que se erguía ante la ventana y la sombra que proyectaba sobre la nieve que cubría el jardín. Si… la luz de la luna… la nieve… la sombra del árbol… ¡Es curioso…! Cosas que n siquiera me paré a observar en aquel momento.

   -Su habitación daba sobre el portal, ¿no es verdad? –preguntó míster Quin.

   -Si, y el árbol era una corpulenta haya en el ángulo mismo del paso de entrada.

   Míster Quin sonrió complacido, míster Satterthwaite observa intrigado. Estaba convencido de que cada palabra, cada inflexión en la voz de míster Quin, obedecían a un determinado propósito. Conducían a algo que míster Satterthwaite no podía en aquellos momentos entrever, pero no dejaban duda alguna en cuanto a la personalidad del verdadero dueño de la situación.

   Hubo una pausa momentánea, pasada la cual Evesham volvió a insistir en el tema precedente.

   -Ese caso Appleton lo recuerdo ahora muy bien. Produjo una gran sensación. Ella salió absuelta, ¿no era verdad? Bonita mujer. Muy rubia. Deslumbradoramente rubia.

   Casi contra su voluntad los ojos de míster Satterthwaite buscaron la figura arrodillada tras la balaustrada. Sería pura ilusión, pero le pareció verla mermar como un objeto que se encoge bajo la acción de un fuerte golpe. ¿Sería también ilusión la mano que se deslizó sobre el mantel y después se detuvo?

   Siguió el estrepito que produce el cristal al estrellarse contra el suelo. Alex Portal, al servirse el whisky, dejó que el frasco se le cayese de las manos, que sin duda tembláronle.

   -Perdón, caballeros. Ni yo mismo pudo comprender mi torpeza.

   Evasham cortó en seco su afán de excusarse.

   -Eso no tiene ninguna importancia, mi querido amigo. ¡Es raro! Esto me trajo otro nuevo recuerdo. ¿No fue eso mismo lo que hizo la señora Appleton? ¿Romper la botella de oporto?

   -Si, el viejo Appleton acostumbraba a tomar siempre una copa de oporto. Sólo una cada día. El día siguiente de su muerte, uno de los criados la vio como cogía el frasco y lo hacía trizas deliberadamente. Como es natural, esta acción se prestó a muchos comentarios entre la servidumbre. Todos sabían lo desgraciada que ella había sido en su matrimonio. El rumor se fue extendiendo hasta que al fin, tres meses después, algunos parientes decidieron solicitar una orden de exhumación. El resultado de la autopsia causó consternación. Appleton había muerto envenenado. Fue con arsénico, ¿no es verdad?

   -No, creo que con estricnina. Pero eso es lo de menos. El hecho es que fue envenenado, y sobre una sola persona recayeron todas las sospechas. Se celebró la vista, y la señora Appleton fue absuelta, más por falta de pruebas materiales que por convicción en su inocencia. Dicho en otras palabras: que le acompañó la suerte, pues de otro modo el fallo hubiese sido inevitablemente condenatorio. ¿Qué fue de ella, después?

   -Creo que se marchó al Canadá. O no sé si a Australia. Tenía allí un tío, o algo por el estilo, que le ofreció su casa. Es lo mejor que pudo haber hecho dadas las circunstancias bien alarmantes.

   Míster Satterthwaite estaba como fascinado viendo la fuerza con que Portal estrujaba el vaso entre sus dedos.

   -No tardará en romperlo, como continúe apretando de esa manera –pensó míster Satterthwaite-. ¡Dios mío, y qué interesante es todo esto!

   Evesham se levantó y se sirvió otro vaso de whisky.

   -Bien. Por lo visto, no hemos adelantado gran cosa en la solución del misterio que rodea la muerte del pobre Derek. ¿No le parece, míster Quin?

   Míster Quin se echó a reír.

   Era una risa extraña, burlona, no exenta de tristeza, que hizo saltar a todos en sus asientos.

   -Siento no compartir su opinión, míster Evesham –dijo-, y veo con pesar que sigue usted viviendo en el pasado. Se halla usted todavía dominado por la impresión de ideas preconcebidas. Pero yo, el extraño advenedizo, el casual visitante, miro sólo los hechos.

   -¿Qué quiere usted decir? –preguntó Evesham.

   -Yo veo una ordenada sucesión de hechos que ustedes mismos acaban de exponer, pero de los cuales no han sabido reconocer su verdadera significación. Retrocedamos diez años y veamos lo que se presenta ante nuestra vista sin trabas de ideas preconcebidas ni sentimentalismos.

   Míster Quin se había levantado al acabar de pronunciar estas palabras. Su estatura parecía tomar las proporciones de lo gigantesco. Las llamas parecían juguetear unas con otras en la chimenea. Habló en tono bajo y emitiendo conceptos precisos y convincentes.

   -Están ustedes cenando. Derek Capel anuncia su compromiso de bodas y todos creen que se trata de Marjorie Dilke. Hoy, sin embargo, ya no están ustedes tan seguros. Sus palabras y acciones son las de un hombre excitado que parece querer desafiar al propio Destino, como quien, empleando las mismas palabras dichas por ustedes hace unos momentos, hubiese apostado fuertemente y ganado por un pelo contra un sinnúmero de abrumadoras contrariedades. Después suena la campañilla de la puerta. Derek sale a recoger la tan esperada correspondencia. No abre las cartas, pero sí uno de los periódicos en busca, según han mencionado ustedes, de noticias recientes. Hace de esto diez años; así es que no podemos saber cuáles fueron las noticias culminantes del día, quizá se tratara de algún lejano terremoto o de la proximidad de una crisis ministerial. Lo único que sí sabemos de cierto es que en la página en la cual Derek pareció detenerse había un pequeño párrafo que decía que el Juzgado había autorizado la exhumación del cadáver de Appleton, noticia publicada con tres días de anterioridad a nuestra fecha en cuestión.

   -¿Qué?

   Míster Quin prosiguió:

   -Derek Capel sube a sus habitaciones, y algo ve indudablemente desde la ventana. Sir Richard Conway nos ha dicho que las cortinas estaban descorridas y que la ventana daba precisamente sobre el paseo de entrada. ¿Qué es lo que ve Derek? ¿Qué pudo haber visto que le impulsara a tomar tan desesperada determinación?

   -¿Qué es lo que quiere usted dar a entender? ¿Qué es lo que usted cree que vio? ¿Qué hipótesis puede sentar

   -Yo creo –contestó míster Quin- que lo que Derek vio fue el alguacil. Un alguacil que iba sólo con la idea de notificarle el hallazgo del perro. Pero Derek, que ignoraba esto, sólo vio en el alguacil al representante de la Ley.

   Hubo un largo silencio en el que todos parecieron meditar el alcance de tan contundentes conclusiones.

   -¡Dios mío! –exclamó al fin Evesham-. No querrá usted dar a entender que… ¿Appleton…? Pero si él no estaba allí en aquellos momentos. Sólo su esposa le acompañaba en el día de su muerte.

   -Pero pudo haber estado la semana anterior. La estricnina no es muy soluble a menos que se administre en forma de hidroclorato. La mayor parte de ella, puesta en el vino, habría sido ingerida con el último vaso, quizá con una semana de posterioridad a su partida.

   Portal salió rápidamente de su asiento como movido por un resorte.

   -¿Y por qué rompió ella el frasco? –gritó con ansiedad-. Si, ¿por qué? Contésteme…

   Por primera vez en aquella noche míster Quin se dirigió personalmente a míster Satterthwaite.

   -Usted tiene una gran experiencia de la vida, míster Satterthwaite, y podrá sin duda decírnoslo.

   Un ligero estremecimiento le corrió por todo el cuerpo haciéndole temblar la voz. Había llegado su turno de hablar y a su cuidado estaban encomendadas las frases sacramentales del drama que se estaba representando. Ya no era un mero espectador. Ahora se había convertido en actor.

   -A mi juicio –murmuró modestamente-, ella sentía inclinación por Derek Capel. También creo que era una mujer honrada y que repetidamente se negaría a escuchar los requerimientos amorosos de éste. Al morir su marido debió sospechar la verdad, y así, y con objeto de salvar al hombre a quien amaba, no vaciló en romper la única prueba que pudiera inculparle. Algún tiempo después, Derek conseguiría convencerla de lo infundado de sus sospechas y de que consintiera en casarse con él. Sin embargo, ese instinto peculiar de la mujer le hizo ser cauta y no quiso en modo alguno hacer públicas sus relaciones.

   Míster Satterthwaite había terminado de representar su papel.

   De pronto un largo y tembloroso suspiro llenó el aire con sus ecos.

   -¿Qué ha sido eso? –exclamó sorprendido Evesham.

   Míster Satterthwaite pudo haber dicho que era la persona causante de tal conmoción; pero era demasiado artista para estropear un efecto teatral de aquella naturaleza.

   Míster Quin sonreía satisfecho.

   -Mi coche debe estar ya listo –dijo-. Gracias por su generosa hospitalidad, míster Evesham. Espero haber hecho cuanto he podido por un amigo.

   Todos le miraron con mudo asombro.

   -¿No les ha chocado ese aspecto de la cuestión? Como ustedes saben, él amaba a esa mujer. La amaba hasta el extremo de llegar al asesinato si era preciso. Cuando la justicia distributiva reclamó vida por vida, como equivocadamente creyó, no vaciló en entregar la suya. Pero, inconscientemente, dejó que una pobre mujer inocente tuviera que afrontar las consecuencias de su malhadado error.

   -Pero fue absuelta –interpuso Evesham.

   -Porque no hubo pruebas materiales en que sustentar la acusación. Me imagino, y conste que esto no es más que una mera suposición, que la miasma de la sospecha sigue empañando el cristal de su felicidad.

   Portal se desplomó sobre una de las sillas y se cubrió la cara con las manos.

   Quien se volvió a Satterthwaite.

   -Adiós, míster Satterthwaite. Parece estar usted grandemente interesado en los dramas, ¿verdad?

   Míster Satterthwaite, sorprendido, movió la cabeza en señal de asentimiento.

   -Le encomiendo el estudio de la pantomima de Arlequín. Es tema que no subyuga ya en nuestros días, pero es instructivo, se lo aseguro. Su simbolismo es un tanto difícil de interpretar, pero como usted bien sabe, los inmortales han de ser siempre inmortales. Les deseo a todos muy buenas noches.

   Todos le vieron alejarse y desaparecer absorbido por las tinieblas de la noche. Como antes, el filtro multicolor de la vidriera le dio un aspecto abigarrado y pintoresco.

   El aire era frío y míster Satterthwaite se dirigió escaleras arriba para entornar los cristales de su ventana. La figura de míster Quin seguía adelantándose a lo largo del paseo del jardín, cuando de pronto otra figura, ésta de mujer, surgió de una de las puertas de escape y se le acercó corriendo. Hablaron unos instantes, pasados los cuales ella se volvió de nuevo en dirección a la casa. Su cara irradiaba felicidad.

   -¡Eleanor!

   Alex Portal había salido a su encuentro.

   -Eleanor, perdóname, perdóname. Me dijiste la verdad, pero yo, ¡ciego de mí!, no supe dar crédito a tus palabras.

   Míster Satterthwaite tenía sumo interés en enterarse siempre de las vidas de los demás, pero como era asimismo un caballero, juzgó prudente no dilatar el momento de cerrar las hojas de su ventana, y así lo hizo.

   Empezó a entornarlas lentamente y a sus oídos llegó aún el murmullo de una voz exquisita que decía:

   -Lo sé, lo sé. Hubo un tiempo en que ese infierno que a ti te consumía me consumió a su vez a mí, y era el de querer con el tormento constante de una duda que nos atenazaba el alma. Lo sé, Alex, lo sé. Pero hay todavía un infierno mayor, y es el que yo he pasado en los años que he vivido junto a ti. El de ver cómo tus dudas y tus temores emponzoñaban nuestro cariño. Ese hombre que acaba de salir, ese visitante casual que la misericordia divina parece haber puesto en mi camino, es el que me ha salvado. El sufrimiento tiene sus límites y me faltaban ya las fuerzas para seguir soportando mi dolor. De no haber sido por él, esta misma noche me hubiese quitado la vida. ¡Oh, Alex, Alex…!

……

   Hasta aquí el primer relato, de los doce, que componen el interesante y casi mágico libro EL ENIGMATICO MISTER QUIN. Leyendo al respecto, noto el juego que hace la autora con su nombre, el que da la noche que se presenta frente a míster Satterthwaite y los otros, Hartley Quin; así nos presentan a este ARLEQUIN, misterioso personaje invisible para todos, únicamente presente para la Colombina, que detenía siempre las maquinaciones de Pierrot, el cual, en este caso, parece ser la muerte. La ya ocurridas o las que posiblemente pueden acontecer. Es una novela que provoca leer a pesar de todo el tiempo transcurrido, será como cita el propio míster Quin, los inmortales deben ser siempre inmortales, y Agatha Christie, en la mayor parte de su extensa obra literaria, creó inmortales.

   Pero este relato me recordó otra vieja lectura que hice hace años, antes de descubrir en una promoción de la revista MOMENTOS, que trajo la novela PELIGRO INMINENTE, con Hércules Poirot, la magia tras el apellido Christie; otra lectura que era más nueva, por lo tanto influenciada por este míster Quin. Comenzaba con un tipo cuarentón en una fiesta de cumpleaños, el suyo, ocultándose un momento en un balcón vacío, sintiéndose igual, para fumar, y por la calle ve pasar a una hermosa niña que le mira, sonríe y sigue su camino. Él la miraba reconociendo lo linda, joven e inocente que se veía, añorando que en su vida no había niños… y luego cruza ella, una mujer vestida de negro que parecía flotar. Leí que se congelaba de miedo, la muerte iba tras la niña, y corriendo como un loco sale tras ellas, para salvar a la niña o detener a la Dama, tropezándose con otro hombre, alguien a quien tenía años sin ver y del cual se separó disgustado, agitado, también él ha visto a la Dama.

   Desde ese punto la historia retrocede hasta el instante que cada uno la conoce, uno va a viajar con la esposa y la hija, dándose prisa en el carro, y ella aparece; desviándose brutalmente para no atropellarla, se sale de la vía, llega tarde, el vuelo sale y su familia muere en un accidente. Al otro le pasa algo parecido, no lo recuerdo, pero desde ese momento se obsesionan con la idea de la muerte caminando por las calles, uno quiere saber qué hace, por qué no le dejó morir esa vez, el otro quiere acabarla. Los relatos eran buenos, y en cierta medida me recordaron, luego, los de míster Quin.

   Por cierto, gente adulta, incentiven en los niños el amor por la lectura, no sólo descubrirán mundos nuevos, sino que aprenderán, no sólo lo que hace falta para pasar de un año a otro en las escuela, sino datos, valores e ideologías nuevas; aprenderán a pensar por sí mismo, siendo poco propensos a creer imbecilidades después. Que sepan que el mundo es más amplio que ese corredor que los lleva de la casa a la escuela.

ANIBAL NAZOA Y EL CÓMO ESCRIBIR

Julio César.

LA SOMBRA DE LA MUERTE, ¿O ES MISTER QUIN?

febrero 23, 2014

EL CODIGO DA VINCI

agatha-christie

   Doña Agatha Christie.

   Leer siempre fue para mí un enorme placer, me gusta de todo. Comenzó por el amor a las aventuras con aquellas novelitas graficas tipo Kalimán que un tío me prestó, y que me hizo saber que había valles donde reinaban los vampiros, que en selvas todavía inexploradas actualmente se ocultan viejas ciudades de oro, y sobre científicos locos que diseñaban cascos de control mental. Pero me gusta la historias (no tanto las bibliografías), las aventuras (tipo espionaje y guerras), el horror (sicológico, el del loco con el machete, el de los muertos reviviendo en un pequeño pueblo y matando a todos), y por supuesto el tipo de misterio detectivesco. Me gustan las novelas policiales.

   Lamentablemente no me he sentido muy tentado a comprar novelas nuevas, me parece que muchas, que hablan de un sórdido asesinato en una montaña sueca, fría y solitaria, abundan demasiado en detalles sobre paisajes y personajes, sus vidas íntimas, y aburren. Creo que ver las CSI, en sus variada versiones, han acabado con mi paciencia de lector. Otros libros, muy recomendados, me parecieron algo insípidos, como me pasó con El Código Da Vinci, que me lo habían vendido como una gran novela y personalmente la encontré muy linean, superficial en sus argumentaciones y lo peor que puede pasarle a un libro, predecible.

   Es por ello que me refugió, cuando tengo tiempo, en mis viejas lecturas, esos libros que me gustaron, sorprendieron o emocionaron. Cosa que no debería extrañar, si uno guarda un libro es porque le gustó, lo quiere allí, para en cualquier momento disfrutarlo nuevamente. Cosa distinta con discos o películas, a veces se amontonan sin que uno vuelva a utilizarles. Los libros no, es por eso que cuando en la oficina hay poca actividad, o la prensa escasea como en estos tiempos, cargo con una vieja novela para pasar esas veladas de inacción. Fue como llegué nuevamente a esta novela de la genial Agatha Christie, EL ENIGMATICO MISTER QUIN.

   No es esta una de las usuales narrativas de la señora Christie, donde una mente brillante, poco sospechada por su apariencia, un estrafalario detective con cabeza de huevo o una ancianita de blancos cabellos que casi nunca sale de su pueblo, y que sin embargo resultan casi fantásticos. Soy un fan de Hércules Poirot casi tanto como de la señora Christie. En esta un anciano observador y que lleva una vida plácida, muy conforme con ello (¿y quién no?), se topa de repente con un hombre salido de la nada, cuya llegada o presencia en un lugar señala que algo importante, casi siempre una tragedia, tendrá lugar. Y me recordó una serie de cuentos que leí hace muchos años, La Dama de Negro, la muerte en sí. Consta el relato de doce cuentos cortos, cada uno independiente y muy bueno, donde un crimen debe ser develado, otros evitados y muchos explicados.

   El lenguaje es algo florido, recatado, como que la novela fue publicada por primera vez a inicio de los años treinta del siglo pasado, imaginen cuánto ha transcurrido. Pero para una persona con alma analítica, digamos que sensible, aunque moleste catalogarlo así (no quiero llamarme sensible o poético, a eso me refiero), amante de las buenas tramas, lo disfrutará. La novela se inicia con la llegada de míster Quin a la vida de ese anciano de vida apacible, el aristocrático míster Satterthwaite (Dios, qué apellidos), cuando este se encuentra en una vieja casona, celebrando unas fiestas con unos conocidos, algo afectados por la atmósfera ya que en ese lugar, años antes, un conocido de todos, Derek Capel, de manera inesperada e inexplicable se había quitado la vida, acción que sin sospecharlo nadie, lanzó feas sombras sobre muchas vidas. Míster Quin llega y todo se pone en marcha, y me recordó una vez que vi una vieja serie de esas que se hizo sobre Tarzán, cuando un elefante va a ser ajusticiado por embestir a alguien y un hombre blanco, viejo, llega para defenderle en ese juicio, ganándolo por la fuerza de sus argumentos antes de que Tarzán llegue con las pruebas, conociéndosele desde ese momento como “el hombre que habla con la voz de los elefantes”. De cierta manera, míster Quin está allí por lo mismo, acudiendo a un llamado, una petición de ayuda de alguien que necesita desesperadamente dejar saber su verdad… Derek Capel, quien muerto y todo está muy presente.

   Seguramente violo alguna ley de derechos de autor o algo, pero este es un pequeño e ignorado blog del que no pretendo, ni saco, ningún beneficio económico (como dicen algunos de mis amigos, es pura pérdida de tiempo), tan sólo quiero que conozcan este gran trabajo. Disfrútenlo:

……

AGATHA CHRISTIE

EL ENIGMATICO MISTER QUIN

EL ENIGMATICO MISTER QUIN

Capítulo Primero

LA LLEGADA DE MISTER QUIN

   Era la víspera de año nuevo.

   Un grupo de amigos y familiares, todos mayores de edad, se habían congregado en el gran salón de la casa de los Royston para celebrar la fiesta tradicional de la despedida del año. Míster Satterthwaite se alegró de que la chiquillería se hubiese acostado. Le desagradaba la presencia de niños en manadas. Los consideraba insulsos y toscos por añadidura. Les faltaba sutileza, cualidad por la que, en el transcurso de los años, había sentido profunda y creciente admiración.

   Míster Satterthwaite tenía sesenta y dos años, un tanto encorvado y enteco, con cara de duende fisgón y un intenso y desordenado interés por inmiscuirse en vida ajenas. La suya, por decirlo así, transcurría sentado cómodamente en un sillón de una primera fila de butacas, contemplando los diversos dramas humanos que ante su vista se iban desarrollando. Su papel había sido siempre el de mero espectador. Sólo ahora, y al sentirse víctima de las implacables garras de la senectud, es cuando empezó a acrecentarse su instinto crítico por cualquier suceso que cayese bajo su directa observación.

   Indudablemente poseía una verdadera lucidez para esta clase de asuntos. Conocía instintivamente cuándo los elementos del drama podían desentrañarse con facilidad. Como un adiestrado sabueso, sabía olfatear el rastro. Desde su llegada a Royston, aquella misma tarde, su extraña facultad interna se había despertado anunciándole la conveniencia de permanecer en guardia. Algo extraño sucedía o estaba a punto de suceder.

   La reunión familiar no era en extremo numerosa. Allí estaba Tom Evesham, el genial y humorista huésped, con su esposa, taciturna y amante de la política, que de soltera era conocida con el nombre de lady Laura Keene. Estaba sir Richard Conway, soldado, viajero y deportista; otros seis o siete jóvenes cuyos nombres no había conseguido captar míster Satterthwaite, y así mismo estaban los Portal.

   Era los Portal quienes en realidad interesaban a míster Satterthwaite.

   No había visto a Alex Portal con anterioridad, pero conocía al dedillo su historial. Había conocido a su padre y a su abuelo. Alex Portal no podía negar su ascendencia. Era un hombre que frisaba en los cuarenta, de rubios cabellos y ojos azules como todos los Portal, amante de los ejercicios al aire libre, hábil en los juegos y exento de toda imaginación. Nada anormal para un Alex Portal. El prototipo de inglés corriente.

   Pero su esposa era ya diferente. Era ésta, como muy bien sabía míster Satterthwaite, australiana. Portal se había marchado a Australia dos años antes, la había conocido allí, se había casado con ella y con ella había regresado a su país natal. Ella no había estado nunca en Inglaterra con anterioridad a su casamiento. De todos modos, no respondía al tipo de australianas corrientes.

   La observó detenidamente y en secreto. Interesante mujer, ¡muy interesante! Tan apacible, y, sin embargo, tan llena de vida. ¡Eso! ¡Llena de vida! No era exactamente hermosa; no, no podía habérsele llamado así, pero poseía una especie de encanto trágico que no se escapaba a la observación. El lado masculino de míster Satterthwaite se manifestaba con fuerza en aquella aparición, pero el lado femenino (pues míster Satterthwaite poseía una fuerte dosis de femineidad) se interesaba igualmente por otra pregunta que consistía en: ¿por qué la señora Portal se tiñe el pelo?

   Quizá para otro hombre hubiera pasado inadvertida tal circunstancia. Pero no para míster Satterthwaite. Él entendía de estas cosas que tenían el don de despertarle la curiosidad. Era frecuente el hecho de que las mujeres morenas se tiñeran el pelo de rubio, pero no era corriente que una rubia se lo tiñera de negro.

   Todo en ella parecía intrigarle. Con misteriosa intuición dedujo que aquella mujer había forzosamente de ser, o muy feliz o muy desgraciada. Esta inseguridad del sentimiento que le embargaba, le hacía sentirse profundamente preocupado. Había además el hecho de la extraña influencia que al parecer ejercía sobre su marido.

   -Él la adora –recapacitó míster Satterthwaite-; pero algunas veces… no sé, parece como si… ¡la temiera! Esto es interesante. Extraordinariamente interesante.

   Portal bebía en exceso. Eso saltaba a la vista. Y tenía un modo curioso de observar a su mujer cuando ésta no le miraba.

   -Nervios –pensó míster Satterthwaite-. Este hombre es un manojo de nervios. Y ella lo sabe y parece no querer darse por enterada.

   Siguió experimentando una viva curiosidad por el matrimonio. Algo ocurría entre ambos que él no alcanzaba todavía a vislumbrar.

   Las campanas de un reloj cercano le sacaron de su ensimismamiento.

   -Las doce –dijo Evesham-. Año nuevo. ¡Felicidades a todos! A decir verdad, este reloj adelanta cinco minutos. ¿Por qué no llamamos a la gente menuda para que reciban con nosotros al año nuevo?

   -Ni por un momento se me ha ocurrido creer que se hayan ido a la cama –contestó plácidamente su esposa-. Probablemente estarán entretenidos en meter cepillos y otros objetos por el estilo en nuestras camas. No sé qué placer encontrarán en ello. En nuestros tiempos no se nos hubiera tolerado diabluras semejantes.

   -Autres temps, autres moeurs –dijo Conway, con una sonrisa.

   Este era un hombre alto y de aspecto marcial.

   Tanto él como Evesham parecían cortados con el mismo patrón: ambos eran honrados, ecuánimes, benévolos y sin grandes pretensiones en cuanto a su mentalidad.

   -En mis años mozos juntábamos las manos formando un circulo y cantábamos “Memorias del pasado” –continuó lady Laura-. Y “¿Debiéramos olvidar viejas amistades?”, ¡tan tierno y tan conmovedor! Por lo menos así me sonaban a mí esas palabras.

   Evesham dio visibles muestras de inquietud.

   -¡Por favor, Laura! –murmuró-. Aquí no.

   Atravesó el amplio salón en que se hallaban sentados y encendió una lámpara de pie.

   -¡Estúpida de mí! –dijo Laura sotto voce-. Le recuerdo, como es natural, al pobre míster Capel. ¿Está la chimenea demasiado caliente para ti, querida?

   Eleanor Portal hizo un brusco movimiento.

   -No importa, gracias –contestó-. Alejaré mi silla del fuego.

   Tenía una voz preciosa. Uno de esos suaves murmullos cuyos ecos perdieran en nuestros oídos, pensó míster Satterthwaite. Su cara quedaba ahora oculta  en la penumbra. ¡Qué lástima!

   Desde el fondo de la oscuridad volvió a resonar su voz.

   -¿Míster… Capel?

   -Si. El propietario primitivo de esta casa. Como usted sabe, se suicidó levantándose la tapa de los sesos… ¡Oh, si, si, está bien! No volveré a hablar de aquello, querido Tom, como es natural, pues se hallaba él aquí presente cuando ocurrió. Y usted también estaba, ¿no es verdad, sir Richard?

   -Si, lady Laura.

   Un gran reloj de caja que se erguía en un rincón de la sala, gimió convulsivamente, y después de un zumbido asmático preliminar, dejó oír doce melodiosas campanadas.

   -Feliz Año Nuevo, Tom –gruñó Conway.

   Lady Laura recogió pausadamente sus labores.

   -Bien, ya podemos decir que hemos visto el año nuevo –observó, y añadió a continuación, dirigiéndose a la señora Portal-: ¿Qué te parece que podríamos hacer ahora?

   -Por mi parte, acostarnos –contestó ésta, con despreocupación.

   -Está pálida –pensó míster Satterthwaite, al tiempo que abandonaba como los demás su asiento y simulaba entretenerse en la contemplación de los artísticos candelabros-. Más pálida que de costumbre.

   Encendió una vela, que ofreció a la señora Portal, acompañando la acción con una anticuada y ceremoniosa inclinación. Ella la aceptó, murmuró unas palabras de reconocimiento y subió lentamente las escaleras que conducían a los pisos superiores.

   Repentinamente míster Satterthwaite sintió un imperioso impulso de seguir tras ella. De decirle que sin saber por qué, tenía un extraño presentimiento de que algún grave peligro la amenazaba. El impulso se disipó tan súbitamente como apareciera y no pudo por menos que sentirse avergonzado. La nerviosidad parecía también haber hecho presa en él.

   Ella continuó subiendo sin dignarse volver la vista en dirección a su marido, pero de pronto se detuvo y por encima del hombro le lanzó una inquisitiva mirada llena de indefinible intensidad. Eso afectó a míster Satterthwaite de un modo particular.

   Llegó el momento de despedirse de la señora de la casa.

   -Espero que el nuevo año nos traiga toda suerte de prosperidades –decía lady Laura-. Pero la situación política parece henchida de graves incertidumbres.

   -Así es –contestó Satterthwaite con gravedad- Así es.

   -Sólo deseo –continuó lady Laura sin el más leve cambio en su entonación- que sea moreno el primer hombre que atraviese mis umbrales. Creo que usted conoce esa superstición, ¿verdad, míster Satterthwaite? ¿No? Me sorprende. Para que la suerte nos acompañe, es preciso que el primer hombre que pise el umbral de nuestras puertas el día de Año Nuevo sea moreno. ¡Válgame Dios! ¡Espero que los niños no hayan hecho alguna barrabasada con mi cama! No me fio ni pizca de ellos. ¡Son tan traviesos…!

   Moviendo la cabeza en señal de un triste presentimiento, lady Laura se encaminó majestuosamente en dirección a la escalera.

   -Ustedes dirán basta –dijo hospitalariamente Evesham, disponiéndose a servir whisky a los comensales reunidos.

   Cuando hubo terminado de hacerlo, la conversación recayó de nuevo sobre el tema declarado taboo momentos antes.

   -Tú conocías a Derek Capel, ¿verdad, Satterthwaite? –preguntó Conway.

   -Superficialmente.

   -¿Y tú, Portal?

   -No, no le vi en mi vida.

   El tono vindicativo e impetuoso con que pronunció estas palabras, llamó la atención de Satterthwaite, que le miró sorprendido.

   -Me molesta cada vez que Laura trae a colación ese hecho –dijo lentamente Evesham-. Después de la tragedia, y como ustedes saben, se vendió esta casa a un rico fabricante. La abandonó un año más tarde alegando que no acababa de satisfacerle, o algo por el estilo. Circularon después una sarta de disparates en el sentido de que la casa estaba encantada, cosa que le hizo adquirir una lamentable reputación. Después, Laura me pidió que me presentase a candidato por West Kiddleby. Eso significaba tener que radicar en este distrito, donde no era fácil encontrar una casa que reuniera las debidas condiciones. Royston estaba a la venta a bajo precio, y para no prolongar la historia, decidí quedarme con ella. Comprendo que la fantasía de los duendes no pasa de ser una mera superchería, pero resulta desagradable el traer a colación hechos íntimamente relacionados con el suicidio de uno de nuestros mejores amigos. ¡Pobre Derek! Nunca llegamos a conocer los motivos que le impulsaron a tomar tan desesperada determinación.

   -No habrá sido el primero, ni será tampoco el último que cometa un acto así por motivos dignos de ser tenidos en cuenta –dijo Alex Portal con melancolía.

   Al decirlo se levantó y se sirvió pródigamente del contenido de la botella.

   -Hay algo malo encubierto en todo esto –se dijo a sí mismo Satterthwaite-. ¡Pero muy malo! Daría cualquier cosa por conocer a fondo el asunto.

   -¡Escuchen el viento! –intervino Conway-. ¡Qué noche!

   -Noche indicada para solaz de duendes y trasgos –dijo Portal riendo sarcásticamente-. Todos los diablos del infierno andarán por esas calles en disfrute de licencia.

   -Según lady Laura, aun el más negro de ellos serviría., de decidirse a entrar, para traer la felicidad en esta casa –añadió Conway, acompañando las palabras con una sonora carcajada-. ¡Escuchen eso!

   El viento sopló unos momentos con estridente y lúgubres gemidos, y al calmarse se oyeron distintamente tres fuertes golpes dados sobre la hermosa, claveteada y maciza puerta de entrada.

   Hubo un ligero estremecimiento general.

   -¿Quién demonios podrá ser a estas horas de la noche? –exclamó Evesham.

   Uno al otro se dirigieron una mirada interrogativa.

   -Yo abriré –dijo Evesham-. Los criados hace rato que se retiraron a descansar.

   Cruzó la estancia en dirección a la puerta, manipulo unos momentos sobre los pesados cerrojos y la abrió de par en par. Una helada ráfaga de viento inundó la habitación.

   En el marco de la puerta se dibujaban distintamente los perfiles de un hombre, al parecer alto y delgado. A los ojos observadores de Satterthwaite y por curioso efecto de la luz que se filtraban a través de un ventanal de cristales de color, el hombre parecía envuelto en ropajes de todos los colores del arco iris. Después, al adentrarse aquél, pudo convencerse que se trataba de un hombre moreno y esbelto que vestía un sencillo traje de excursionista.

   -En realidad debo presentar mis excusas por esta intromisión intempestiva –dijo el extraño con voz comedida y agradable-. Mi coche ha sufrido una pequeña avería que espero que mi chofer no tardará en reparar. Pero por poco que sea, no bajará de una media hora, y como el frío es tan intenso aquí a la intemperie…

   Se detuvo, circunstancia que aprovechó Evesham para completar su interrumpida peroración.

   -¡Qué duda cabe! Entre usted y acepte una copa en nuestra compañía. ¿Hay algo con respecto al automóvil en que podamos servirle?

   -No, muchas gracias. Mi mecánico dispone de todo lo necesario y conoce perfectamente su cometido. Y a propósito, permítame que me presente. Mi nombre es Quin, Hartley Quin.

   -Siéntense, míster Quin –dijo Evesham-. Sir Richard Conway, míster Satterthwaite. Y yo me llamo Evesham.

   Míster Quin correspondió a las presentaciones y se sentó en la silla que con hospitalaria atención había Evesham puesto a su alcance.

   Al sentarse, y por un curioso efecto del fuego que ardía en el hogar, una fuerte sombra se proyectó en su cara dándole todo el aspecto de una máscara.

   Evesham avivó la lumbre con la adición de unos cuantos leños en la chimenea.

   -¿Un trago?

   -¿Por qué no? Gracias.

   Mientras Evesham se lo servía, le preguntó:

   -De modo que usted conoce bien esta parte del mundo, ¿verdad, míster Quin?

   -Pasé por aquí hace algunos años.

   -¡Qué coincidencia!

   -Si. Esta casa pertenecía entonces a un hombre llamado Capel…

   -Es efecto –dijo Evesham-. ¡Pobre Derek Capel! ¿Le conoció usted?

   -Si, le conocí.

   La actitud de Evesham experimentó un ligero cambio, casi imperceptible para quien no hubiera estudiado a fondo el carácter inglés. La sutil reserva que en un principio manifestara, había desaparecido por completo. Míster Quin había conocido a Derek Capel. Era, pues, el amigo de un amigo, y como tal acreedor a su propia estima.

   -Inconcebible el caso de Capel –le dijo en tono confidencial-. Precisamente estábamos hablando acerca de él. Puedo afirmar que no fue sin cierta repugnancia que nos decididnos a comprar este lugar. De haber encontrado algo apropiado… Pero no lo había. Yo estaba en la casa la noche en que se pegó un tiro. También estaba Conway, y puedo asegurarle que siempre he esperado que su sombra acabaría por aparecer vagando por estos contornos.

   -Un asunto verdaderamente inexplicable –interpuso Conway-. Todo ella es un tenebroso misterio, y siempre lo será.

   -No lo sé –se limitó a decir displicentemente míster Quin-. ¿Decía usted, sin Richard…?

   -Que fue una cosa inconcebible. Un hombre en la flor de la vida, alegre, sencillo y sin preocupaciones de ninguna clase. Con cinco o seis amigos a su alrededor.  Lleno de optimismo y buen humor durante la comida y con el corazón repleto de esperanzas para el futuro, y repentinamente abandona la mesa, sube a sus habitaciones y se aloja una bala en el cerebro. ¿Por qué? Nadie ha sabido explicárselo. Nadie lo sabrá jamás.

   -¿No cree usted que extrema un tanto la nota de escepticismo, sir Richard? –preguntó míster Quin, sonriente.

   Conway le miró fijamente.

   -¿Qué quiere usted dar a entender? No comprendo.

   -Que el hecho de no haberse esclarecido un asunto, no implica carencia de solución.

   -¡Vamos, vamos! Si nada se pudo lograr entonces, ¿cómo podrá lograrse después de diez años de ocurrido el suceso?

   Míster Quin movió la cabeza ceremoniosamente.

   -Permítame que manifieste mi disconformidad. El testimonio de la Historia está en su contra. El historiador contemporáneo jamás podrá escribir una historia con el mismo carácter de veracidad que el historiador de futuras generaciones. Todo es cuestión de adquirir la autentica perspectiva, la verdadera proporción de las cosas.

   Alex Portal se inclinó hacia adelante con el rostro contraído de dolor.

   -Si; tiene usted razón, míster Quin –exclamo-; tiene usted razón. El tiempo no enajena nunca la posesión de los hechos. Lo único que haces es presentarlos de nuevo bajo un aspecto diferente al anterior.

   Evasham sonreía con expresión de tolerancia.

   -Entonces lo que usted quiere decir, míster Quin, es que, si tuviéramos que hacer hoy una información judicial basada en las circunstancias que rodearon la muerte de Derek Capel, podríamos estar tan cerca de la verdad como lo estuvimos en el tiempo en que tuvo lugar el suceso.

   -Más, míster Evesham. La acusación personal hace tiempo que se ha desprendido y podrían por lo tanto recordarse de los hechos tal cual fueron sin mixtificarlos con nuestras propias interpretaciones.

   Evesham frunció el ceño en actitud de duda.

   -Debe tenerse, como es natural, un punto de partida –añadió míster Quin con voz sugerente y comedida-. Un punto de partida es, generalmente, una teoría. Estoy seguro que alguno de ustedes la tiene. ¿Usted, por ejemplo, sin Richard?

   Conway se quedó pensativo.

   -Claro que –dijo en tono de disculpa- nosotros creímos, todos creímos, que una mujer andaba mezclada en ello. Acostumbraban a ser siempre los mismos factores, el dinero o una mujer. Como nada había que temer respecto al primero, ¿a qué otra cosa podía haberse achacado?

   Míster Satterthwaite experimentó un ligero estremecimiento. Había intentado incorporarse, al objeto de hacer una pequeña observación, cuando sus ojos sorprendieron la figura de una mujer agazapada y oculta entre los barrotes de la balaustrada que remataba la galería superior, e invisible, por su posición, a la mirada de cualquiera de los presentes con excepción de la suya. Evidentemente escuchaba con avidez cuanto abajo se decía. Tal era su inmovilidad que tentado estuvo de no dar crédito a lo que al parecer veían sus ojos.

   Pero había reconocido sin dificultad el corte de su vestido; un rico brocado de tiempos medievales. Era Eleanor Portal.

   Y, de súbito, todos los acontecimientos de aquella noche parecieron agolparse y encajarse como piezas de rompecabezas en su memoria. La misma llegada de míster Quin no podía considerarse como un mero accidente fortuito, sino como la obligada aparición de un nuevo personaje en el drama que en la mansión de Royston se estaba en aquellos momentos representando, y en el que Derek Capel, muerto y todo, tenía asignado su correspondiente papel. De eso estaba seguro míster Satterthwaite.

   Otro aspecto de la cuestión vino con la rapidez del rayo a iluminar de nuevo su cuestión. Míster Quin no desempeñaba en realidad el papel de simple actor sino el de director que, colocado en el centro del misterio, hacía trabajar a sus muñecos bajo la diestra tensión de invisibles hilos al alcance de sus dedos. Lo sabía todo. Hasta la presencia de aquella mujer escondida tras el maderamen de la galería. Lo sabía, era indudable.

   Cómodamente apoyado en el respaldo de su silla y consciente de su importante papel de espectador, míster Satterthwaite seguía con interés las incidencias del drama que paulatinamente se iba desarrollando ante sus ojos. Míster Quin seguía manipulando con perfecta naturalidad y calma los cordelillos que habían de poner a sus marionetas en acción.

   -Una mujer, si… -murmuró pensativamente- ¿No se mencionó ningún nombre de mujer durante el transcurso de aquella cena?

   -¡Claro que si! –dijo Evesham-. Nos anunció con gran alborozo sus futuros esposales. ¡Eso fue lo que precisamente nos sacó de quicio! Añadió que no era todavía tiempo de hacerlo oficialmente, pero nos dio a entender que su boda era un hecho.

   -Todos supusimos quién era la dama, como es natural –dijo Conway-. Marjorie Dilke. Bonita muchacha.

   Pareció que era míster Quin a quien correspondía el turno de hablar, pero no lo hizo así y su silencio se interpretó como una provocación, como un reto a la veracidad de esta última declaración. El efecto fue que Conway se viera obligado a adoptar una posición defensiva.

   -¿Qué otra cosa hubiese podía ser? ¿Verdad, Evesham?

   -No lo sé –contestó Tom Evesham pausadamente-. ¿Qué es lo que dijo él con exactitud? Algo acerca de la proximidad de su boda; que no podía decirnos el nombre de su novia hasta que ésta no se lo autorizara para hacerlo así; de que no era tiempo aún de hacer pública la noticia. De lo que sí me acuerdo es de qué aseguró ser el hombre más afortunado de la tierra. De que quería que sus dos viejos amigos supiesen que en el plazo de un año y a partir de aquella misma fecha, su matrimonio se habría consumado. Como es natural, todos presumimos que se trataría de Marjorie. Eran grandes amigos y se les veía juntos con frecuencia.

   -Lo único… -empezó a decir Conway, pero se detuvo.

   -¿Que iba a decir, Dik?

   -Quiero decir que, en realidad, tratándose de Marjorie, no había fundamento para guardar tanta reserva en el anuncio de la boda. ¿Por qué tanto misterio? Más bien daba a entender que se trataba de una mujer casada. Ya me entendéis. De alguna viuda reciente o de una mujer que acabase de divorciarse.

   -Es verdad –replicó Evesham-. Si ése hubiese sido el caso, el enlace, como es natural, no habría podido anunciarse sin las debidas precauciones. Y pensándolo bien… no se veía con Marjorie, en aquella época, con la frecuencia que nosotros decimos. Eso fue el año anterior. Y hasta creo recordar que las relaciones entre ellos se habían enfriado considerablemente. Creo que todos lo notamos.

   -Es curioso –interpuso míster Quin.

   -Si, casi parecía como si otra mujer se hubiese interpuesto entre ambos.

   -Otra mujer –dijo Conway pensativamente.

   -¡Voto a tal! –exclamó Evesham-. Acuérdate que había un algo de obsceno en la hilaridad de Derek aquella noche. Parecía ebrio de felicidad, y, sin embargo, había también algo de arrogancia y provocación en sus ademanes.

   -Como de hombre que reta a su Destino –interpuso vivamente Alex Portal.

   ¿Era a Derek Capel o era a sí mismo a quien iban dirigidas aquellas palabras? Míster Satterthwaite le miró y optó por creer lo último. Si, eso era lo que Alex Portal parecía representar: un hombre que desafiaba a su Destino.

   Su imaginación, embotada por el licor, respondió súbitamente a aquella frase de la historia que le hizo recordar su preocupación previa.

   Míster Satterthwaite levantó la vista. Allí continuaba ella. Observando y escuchando. Inmóvil y halada.

   Como un cadáver.

……

   ¿No le atrapó la historia? Le falta una parte, poco, pero quedó muy largo. Lo subo pronto. Ese libro vale la pena.

¿ES MISTER QUIN?… 2

Julio César.

OTOÑO DE TERROR

junio 27, 2011

EL CODIGO DA VINCI

   Un monstruo sediento de sangre transita sus calles…

   Cuando compré este libro, en uno de esos tarantines públicos, en plena calle, bajo el elevado de Socorro en Caracas, jamás imaginé de qué trataba. Me encanta el genero del suspenso y horror, claro más en el cine, pero me gusta en líneas generales. Como la portada parecía algo vieja, imaginé que podían ser relatos tipo Edgar Allan Poe, que son buenos en verdad. Qué sorpresa me lleve cuando lo abría y leí…

   “El horror recorrela Tierra, afirma un relato contemporáneo. Los hombres hablan casi sin aliento y las mujeres, con los labios exangües, se estremecen cuando leen los pavorosos detalles. La gente huele la sangre desde lejos, y los supersticiosos dicen que el cielo mostró un rojo más intenso ese otoño… Pero no era el advenimiento al poder del Káiser Guillermo lo que hacía que los hombres hablasen casi sin aliento y las mujeres no tuvieran color en sus labios… El horror que recorrióla Tierray causó discursos y controversias en los que se nombró a Caín, fue inspirado por una serie de asesinatos casi sin parangón en los anales del crimen. El otoño de 1888 fue el período en que un misterioso asesino se enseñoreó de las calles del East End en Londres, cayendo sobre sus víctimas femeninas sin previo aviso, segándoles las gargantas, mutilando sus cuerpos de manera horripilante, y escapando por entre los cordones policiales para volver a matar. Jack, El Destripador fue el nombre que se otorgó a sí mismo, pasando con él a la posteridad… Un nombre que todavía hoy hiela el corazón del más valiente.”

   Se trataba de uno de los miles de estudios, ensayos y trabajos realizados sobre uno de los criminales más siniestros, famosos y rodeado por la neblina londinense del misterio: Jack, El Destripador (parece que toda gran persona, buena o mala, se llama Jack). Era un libro que supuse aburriría después de un rato, pero nada que ver. Era un apasionante trabajo de investigación, cada capítulo llevaba a otra cosa, a un giro inesperado, a un nuevo misterio. La manera trepidante en que son narrados las acciones de este monstruo (sí, lo creo un monstruo depravado, seguramente era un demente total), impiden que se suelte el libro. El autor, Tom Cullen, nos relatas con llaneza cosas que se cofunden a veces. Aclara que las víctimas de El Destripador eran simple y llanamente prostitutas, nada de cantantes de cabaret o hermosas artista del canto y baile en tabernas. No, eran rameras, mujeres de cierta edad, ya perdida la salud, la juventud y la belleza; esa fueron las presas de este carnicero.

   Nos narra las condiciones espantosas de vida en Whitechapel, donde se desarrolla la carrera del monstruo, y que viejas crónicas hablan de hombres y mujeres que duermen en aceras y bancos, tan cubiertos de sarna que la policía no se atrevía a tocarlos. Habla de mujeres que se vendían por dos peniques, tan sólo lo suficiente para seguir tomando aguardiente (la mayoría eran alcohólicas, pendencieras y de malas pulgas), comer algo de pan o pagar una cama, que incluso la segunda víctima de Jack cayó al no tener para la cama esa noche y tuvo que salir a buscar un cliente; en el ínterin encontró a la bestia y la muerte en un callejón. Nos habla de un tiempo terrible de violencia contra las mujeres, que en el Támesis, era frecuente encontrar cadáveres de mujeres golpeadas hasta la muerte, mutiladas, quemadas y otras dulzuras; era un tiempo tal que una orden ministerial obligaba a los soldados a no salir a parrandear con sus bayonetas ya que después de saciarse parecían gustar de divertirse marcándolas.

   Comienza a relatar cómo van apareciendo las víctimas, una a una, llegando a la noche de la doble matanza, y luego a la orgía de sangre de Mary Kelly, la única que fue asesinada bajo techo. Nos cuenta de la indignación que finalmente atacó a todo el pueblo inglés, que exigía terminara la matanza, que se detuviera al monstruo, cosa que costaría varias carreras policiales. Inclusola Reinaenvió al jefe de la policía una carta ordenándole que tomara medidas, haciéndole recomendaciones francamente realistas y sensatas. La fama de este ser fue tanta que el narrador comenta que estando un lord inglés en Italia, una joven mucama del hotel donde pernotaba se le acercó para preguntarle sí era cierto que en Londres estaban matando a todas las mujeres.

   Las medidas tomadas por la policía y los habitantes de Whitechapel, para enfrentar a la bestia, están hábilmente relatados. Se sospechaba de los extranjeros, de los rusos y judíos, de los carniceros y de los que trabajaban cortando cuero. Dice que por las noches agentes de policía vestidos de mujeres recorrían las calles, que a las prostitutas se les entregó silbatos policiales, que grupos de voluntarios patrullaban en las noches, todos los ojos atentos. Que la prensa denunciaba: alerta, el monstruo puede estar cerca de ti. Hay unos párrafos donde una mujer (el autor da su nombre), nerviosa porque un hombre la mira en la calle, comienza a gritar que es el asesino, siendo rodeado este rápidamente por muchas personas y golpeados, para saberse más tarde que al parecer era un sujeto que la encontró atractiva. Pero esa era la psicosis que reinaba.

   Tom Cullen pasa a hacer varias consideraciones más sociales, habla de los cambios que la sociedad londinense emprendió después de los crímenes, que los ataques habían resultado como un reflector de luz dura sobre una llaga abierta, por lo que habían quienes consideraban a Jack, El Destripador, un reformista a su manera (no te digo). Pasa a hablar luego de algunas teorías sobre la manera de actuar del asesino, hubo quienes hablaban de un asesino vestido de policía, de clérigo, y aún de mujer. Existió la seria sospecha sobre Jacky,La Destripadora, una comadrona enloquecida. La última parte la dedica a intentar dar con el nombre real del asesino, y habla de tres hipótesis serias que manejó Scotland Yard, y de quién fue que sospecharon casi con la fuerza de la certeza. Pero jamás hubo pruebas concretas de nada.

   Como suele ocurrir, se habló de una y mil teorías, una hablaba de un miembro de la familia real, el cual había embarazado a una prostituta o había adquirido una grave enfermedad de una de ellas. Se hablaba de un afamado médico de la corte, incluso de un reverendo con fama de fanático. A todo el mundo se investigó, pero al parecer no se llegó a nada (los amantes de las conspiraciones dicen otra cosa), incluso detuvieron a un actor norteamericano que interpretaba en escena la obra El Doctor Jekyll y Mister Hyde, únicamente porque su interpretación del monstruo era escalofriante y muy real.

   Al final del libro, podemos compartir o no esta teoría, como podría hacerse con muchas otras, ¿qué se puede hacer? Es casi imposible ya saber algo más, a menos que una vieja familia salga un día en televisión y diga haber encontrado un viejo diario, al lado de una filosa navaja, donde tal o cual pariente confiesa sus crímenes, el por qué y presente pruebas. Del resto todo permanecerá en el mayor de los misterios y el nombre de Jack, El Destripador, continuará sonando exótico, macabro e inquietante; el autor dice que aún las madres en la zona asustan a sus hijos diciéndoles: pórtate bien o te atrapará Jack.

   OTOÑO DE TERROR fue toda una sorpresa, una muy buena; es una lectura muy recomendable.

¿ES MISTER QUIN?

Julio César.

LA VENEZUELA HEROICA

septiembre 25, 2010

EL CODIGO DA VINCI

   Con tanto manoseo barato que se hace últimamente de las figuras y fechas patrias, recordé esta vieja lectura de mis años de liceísta. Aunque me gusta leer, debo confesar que me inicié con suplementos de aventuras, luego novelitas del Oeste que mi señor padre compraba, finalmente di el salto al suspenso, al horror y a las intrigas políticas, podía ir de “En el nombre de el Padre” (el último Papa, el anti papa), a “Un asesino para tres Papas”, donde hablaban del hombre que intentó matar a Juan Pablo Segundo. Todas lecturas muy gratas.

   Cuando inicio el bachillerato me encuentro leyendo novelas que… realmente no me gustaron tanto. Exceptuando Casas Muertas, Doña Bárbara y por supuesto, Cien Años de Soledad, creo que la mejor novela de Gabriel García Márquez. Sin embargo, un día, en el cuarto año de bachillerato, o primero del diversificado como le decían entonces, la profesora de Castellano y Literatura nos puso a leer unos textos de los que jamás había oído. La mayoría leyó fatal (¡y estábamos en cuarto año de bachillerato!), hasta que llegó el turno de un compañero de voz alegre, de apellido Garcés, quien leyó… y yo quedé fascinado.

   No fue a causa de que leía bien, que lo hacía, con ritmo, casi cantadito (como debe leerse un libro así en voz alta), sino porque las imágenes que evocaba la lectura eran increíbles. Leía sobre la batalla de La Victoria (población del estado Aragua, capital del actual municipio José Félix Ribas), también conocida como la Batalla de la Juventud, hecho que determinó que cada doce de febrero se celebre, en el país, ese día. Aquellos textos eran de un libro que en cuanto pude, conseguí: Venezuela Heroica.

   No se trataba de un libro de historia ortodoxo, como en más de una ocasión escuché decir con menosprecio a muchos que se precian de profesores. Es un canto afectuoso a un país, algo que bien pudo componer un Homero cuando pensaba en La Ilíada. Escrito por Eduardo Blanco, en una primera edición en 1881, José Martí afirmó: “Cuando se deja este libro de a mano, parece que se ha ganado una batalla. Se está a lo menos dispuesto a ganarla y perdonar después”. Se trata de una épica romántica, con nombres, hechos y lugares reales de uno de los momentos más duros de nuestra historia toda, las guerras de independencia. Lamentablemente perdí mi ejemplar hace bastante tiempo, así que lo que les narre será únicamente de memoria, intentaré recrear las imágenes que tales relatos crearon para mí.

   Comenzó con esa lectura sobre la Batalla de La Juventud. José Tomás Boves, por el ejercito realista, avanza sobre Caracas, terrible, implacable, y José Félix Ribas debe enfrentarlo en La Victoria, estado Aragua, para cerrarle el paso. No contaba el prócer con un ejercito real, este estaba diezmado y disperso, por lo que recurre a lo que hay. La narración cuenta que en ese momento doloroso y difícil de la república, esta debió echar mano de su bien más preciado, de sus jóvenes, los estudiantes de Caracas y Maracay, así como de los jóvenes seminaristas; que doloroso era ver tantos rostros imberbes, sonreídos cargando un fusil sin imaginar el horror de la guerra. Las fuerzas de Boves se lanzan una y otra vez contra los muchachos, la narrativa habla de jóvenes heridos que se lanzan a las patas de los caballos intentado derribarlos; se retrata la rabia y desesperación de José Félix Ribas al verlo todo perdido. En un extracto describe que de cuando pide un voluntario para cruzar por un flanco entre las líneas enemigas para pedir ayuda, cintos de manos se alzan con valor, pero que ya (dan un nombre que no recuerdo) saltaba al lomo de su bestia y cabalgaba hacia la historia.

   Todo parece perdido, la ayuda no llega, hasta que una frase se repite con sorpresa y esperanza: Viene Campo Elías. Era este Campo Elías un español que peleaba por la causa independentista. Duro batallador que había sido barrido por Boves en La Puerta, lugar histórico que siempre fue adverso a la causa patriota (dato insólito, Boves, el más feroz de los enemigos de nuestra independencia, muere atravesado por una lanza en Urica, y la posteridad no recoge el nombre de quién le bate finalmente). Fue Campo Elías una figura extraña y fascinante de nuestra historia, por alguna razón odiaba con toda su alma a los españoles, tanto que llegó a exclamar (así está en el libro) aquella terrible frase que recogen los historiadores: Combatiré hasta matarlos a todos, y cuando el último caiga yo mismo me quitaré la vida para que no quede nadie de esa gente sobre esta tierra (cito de memoria).

   Entre los ejércitos de Ribas y lo que queda del de Campo Elías, se salva La Victoria. Sin embargo esta república ya está herida. El libro nos habla del avance de Boves sobre San Mateo, a las puertas de Caracas, donde todo acaba. Es allí donde narran otra gran historia, la del colombiano Ricaurte. Viéndolo todo perdido, el valiente soldado ordena desalojar el castillo, y en una decisión solitaria, mortal y heroica dispara sobre el polvorín para evitar que caiga en manos de los realistas (la de cuadros que se han pintado sobre este prócer, pistola en mano). Pero Boves avanza… y a mí me faltan palabras para describir la impresión que esto causa en los capitalinos.

   Cuando en Caracas saben que Boves está a la vista, Simón Bolívar, furioso, debe desalojarla para reunirse con los batallones de Oriente, y para conseguirlo en el menor tiempo posible se deciden por cruzar las montañas de Barlovento. Pero la cosa es que cuando los civiles saben que Boves se acerca (Boves, el enemigo de la república, Boves el implacable y cruel realista que ordena ahorcamientos, fusilamientos y apaleamientos para distraerse), cunde el pánico. Hombres, mujeres y niños, todo el que puede caminar, se decide por seguir al ejército. Quedarse es entregarse al pillaje, a las violaciones y el asesinato. El miedo era demasiado grande, tanto que esa gente, aunque sabe lo que le espera en la jungla, se decide por el trance de lo que la historia recoge con un nombre sonoro y hasta hermoso: El Éxodo a Oriente, un infierno donde murieron cientos.

   La narrativa es larga, detallada. Hay sed, hambre, cansancio, enfermedades traídas por los mosquitos, fieras que atacan a los rezagados. Bolívar ordena que las tropas se desplacen a la velocidad de los civiles, cosa que desespera a los militares que temen que los ejércitos de Boves, ya en Caracas, les den alcance. Recuerdo bien los casos aislados que se contaban, el de señoritas que cargaban el cuerpo cansado del anciano padre; de madres que debían abandonar contra un árbol al hijo que ya no podía seguir mientras ellas aún cargaban con dos, para dejar a esos dos a cargo de un pariente y regresar por el camino andado, abrazar al que se quedó y esperar con él la muerte.

   Está el relato de la Casa Fuerte de Valencia, sitiada y bombardeada, resistiendo, con las mujeres (decía el libro) quitándose el jarro de agua de sus labios sedientos para enfriar las bocas de los cañones. Mujeres que, al caer finalmente el Fuerte, corren a los pisos superiores y se arrojan al vacío para no dejarse capturar por la horda que generalmente sacia sus instintos en esos momentos. También me encantó aquella batalla (repito que escribo de lo recordado y no recuerdo el nombre del lugar) en otra ciudad sitiada; cuando ve que ya todo se ha perdido, uno de los Monagas (no recuerdo si José Tadeo o José Gregorio, ambos llegarían a ser presidentes de Venezuela… y no unos muy buenos), rompe filas y se abre paso con su espada hacia la ciudad en llamas, llegando a su casa, bajando del caballo y ofreciéndoselo a su padre: Sálvese, padre (dramático, lo sé, pero es una épica romántica).

   Y el libro habla de José Antonio Páez, el Centauro de los Llanos, reclamándole a Pedro Camejo, el Negro Primero, el abandonar la batalla, y las palabras de este: Vengo a despedirme, mi general, porque estoy muerto. De eso hasta canciones se han escrito. Y está Luisa Cáceres de Arismendi, y está la muerte de Piar, y está Pichincha y Boyacá, está Ayacucho y los nombres, cientos y cientos de nombres, que un país no debe permitirse olvidar jamás.

   Voy a ver si compro otro ejemplar.

OTOÑO DE TERROR

Julio César.

EL TERCER LADO DE LOS OJOS

abril 17, 2010

EL CODIGO DA VINCI

   Comentando con alguna amistades sobre lo decepcionante que habían resultados muchas lecturas hechas recientemente, nos lamentábamos de la caída en cierto aburrimiento de autores que antes nos apasionaban… y por supuesto hablábamos de Stephen King, quien en verdad debe detenerse un momento y reinventarse, porque de Un Saco de Huesos para acá, incluido El Cazador de Sueños, no ha estado muy bien. Fue cuando una amiga, Rebeca, me recomendó una lectura realizada hace poco dentro de un pequeño círculo de amigos que se prestan libros entre sí. Son gente exclusiva, si uno pertenece a él debe asegurarse de recomendar uno bueno, o que guste al menos a la mayoría o te ponen en una lista pequeña y dura, y no te regresan ni el saludo después. El libro era nuevo, reciente, lo que de entrada no despertaba muchas expectativas: EL TERCER LADO DE LOS OJOS, de Giorgio Faletti.

   En verdad el título decía muy poco, incluso cuando se lleva leído la mitad de la trama, pero que luego muestra la maña. Se inicia como lo hacen generalmente las lecturas que luego apasionan, algo aburrido. Hay una larga descripción de una creación artística que en verdad no es muy interesante aunque deja saber, poco, cosas del personaje; o eso me pareció a mí que no soy nadie en verdad como para criticar o esperar que se me atienda. Continúa con el cuento de un hombre que decide dejar la ciudad de Nueva York, largo también, hasta que llega la noticia de un crimen. Realmente hasta allí no era nada especial, pero cuando comienza la investigación, la forma en que estaba dispuesto el cuerpo de la víctima, la simbología que lo rodea, sus significados ocultos y lo que da a entender (nuevos crímenes), atrapa. Por cierto, lo de simbología en la escena no debe ser confundido, no teman, con los jeroglíficos de El Código da Vinci (todavía no perdono a quien me lo recomendó).

   Mientras en Nueva York se inicia una investigación, a cargo de gente con traumas, pecados, demonios que atormentan, con pensamientos propios y mucho pasado (personajes sólidos, buenos o malos), en Roma se desarrolla la historia trágica de una mujer policía que lo pierde todo, incluido en sentido de la vista, como resultado de una salvaje venganza. La mujer es llevada a Nueva York y recibe un implante de corneas que la liga a los primeros asesinatos. De ese injerto quedan secuelas, la mujer tiene chispazos de visiones del donante, por lo que se ve mezclada en la investigación. Fue un detalle curioso, por lo esotérico, que el autor incluye, y que pudo ser soslayado de otro modo de intentarse un thriller normal (aunque este es bastante bueno). Ese detalle mágico era superfluo, pero el artista es él. La investigación policial va desenterrando detalles grotescos de la vida de jóvenes de buena cuna, mimados, ricos, pero viciosos y dañados, condenados por algún gen defectuoso a ser sólo unos pobres infelices aunque odien y desprecien al mundo del que piensan ser superiores. Todo obedece a una revancha, a que paguen un viejo pecado.

   No diré nada más sobre los nombres de las víctimas, sus culpas y el nombre del artista del crimen, quien ejecuta a los señalados en su lista siguiendo el esquema de una vieja tira cómica, Snoopy, solamente agregaré que es ingenioso. Pero hay muchos otros detalles y matices, como el desencantado policía que renuncia y se ve obligado a volver para investigar, quien a su vez se ve envuelto sentimentalmente con una criatura hermosa y fascinante, que le hará sufrir cuando se enamore de ella, pasión que no debe ser ya que ella, no es precisamente ella… (y lo dejo así). Hay escenas que se desarrollan de forma casi inevitablemente, como la policía italiana que conoce a un duro, peligroso y lleno de recursos magnate oriental, quien pide ayuda para su hijo y le promete corresponderle algún día en cualquier cosa. Ya uno sabe que ella lo usará para vengar, a su vez, su pérdida. El capítulo donde buscan a una paciente siquiátrica que tal vez sepa algo, parece algo desperdiciado; el grado de locura que presenta no parece corresponderse al tiempo y la manera de cómo llegó a ella.

   Fuera de todo eso, el ritmo es ligero, a veces muy detallado, pero pasable. Hay frases realmente divertidas, como aquella de como Dios, por puro capricho, ya no le permitía a los hombres separar las aguas, ahora se construían puentes… Fue ingeniosa (la cito fuera de contexto y de memoria, realmente es divertida). Hay muchas así. Pero lo más interesante son los demonios internos que enfrentan, los que deben encarar y ocultan, a veces los personajes. Siendo sincero, el final, como el inicio, es un poquito, sólo un poquito, flojo. De todas maneras, en un momento cuando pocos textos llaman la atención, este lo logra. Ya quiero leer la otra novela de Faletti, YO MATO; con ese título debe tener algo en la bolsa.

   Si estuviera en ese club de lectura de mi amiga, y no hubieran leído este libro, yo lo recomendaría. Fue bueno, realmente ameno. En estos tiempos no se puede decir lo mismo de muchas lecturas.

LA VENEZUELA HEROICA

Julio César.

LEJOS DE TI ESTA PRIMAVERA

octubre 17, 2008

EL CODIGO DA VINCI

   Mientras escribía un relato sobre personajes que sufrían de soledad, una semejante a la que padecía el personaje de Ennis del Mar en Brokeback Mountain, una que le pesaba y dolía tanto que lo hacía casi encorvarse bajo su peso, recordé que habían otras soledades que podían incluso ser peores. Hace tiempo, leyendo una novelita corta de Ágatha Christie, que nada tenía que ver con misterios o asesinatos, encontré un ejemplo desconcertante al respecto. De una soledad que se sufre sin que su víctima lo sepa, aunque marcha contenta y satisfecha de sí por la vida, impaciente con lo demás, quienes sin embargo le tienen piedad porque la ven sola, encerrada dentro de su pequeño y mezquino mundo interior donde nadie puede acompañarla. Fue una lectura grata, amena, pero sobretodo, ingeniosa. Llamaba a la reflexión. Realmente esa mujer era una gran escritora. Esa novela era LEJOS DE TI ESTA PRIMAVERA. Y con este título, la escritora jugó a varias insinuaciones.

 

   Recuerdo haber leído después una reseña que decía que esta historia había sido recibida muy fríamente por la crítica y seguidores de la magistral mujer; es evidente que la fama, cierta fama, termina aplastando a todos. Como no estaba Poirot o la señorita Marple, fue desdeñada. Y sin embargo fue una lectura apasionante, y ese aire ligero que le imprimió casi dejó escapar la trama más profunda que ocultaba. Lamentablemente mi ejemplar fue robado, es la única palabra que cabe cuando se presta y no te devuelven las cosas (realmente no se puede prestar un libro), y no he podido conseguir otro, así que hablaré casi de memoria.

 

   Cuando se inicia la historia encontramos a una mujer de mediana edad, María, inglesa de clase media alta, bien acomodada, que hace un viaje de regreso de Oriente a Londres, luego de visitar a una hija que había sufrido algunos trastornos de salud. Sonriéndose, la mujer se felicita por lo bien educados que estaban sus hijos, y lo considerados que eran; estando enferma, su hija no había querido molestarla obligándola a realizar ese viaje, diciéndole que no era necesario. Pero ella fue, desoyendo también a su marido que le aconsejó no ir, porque era una buena madre.

 

   En el viaje en tren encuentra a una vieja ex condiscípula, cosa que no le agrada, recuerda que era alocada, de vida poco seria y que se había visto envuelta en escándalos de divorcios, aventuras y maridos ajenos. La trató condescendientemente, como una gran dama a otra caída en desgracia, con ese airecillo de superioridad. Cuándo esta le dice que no se preocupe por su hija, que a veces un susto enseñaba y arreglaba las cosas, la mujer no entiende a qué se refiere, pero se alegra cuando la otra abandona el tren, por alguna razón que evita analizar, prefiere continuar a solas; eso le recuerda los días del internado, cuando la monja le dijo a la otra que moderara su temperamento, que pensara antes de actuar. Y a ella le había recomendado que no se conformara con mirar las cosas por encima, que indagara qué había más debajo de toda acción. Pero como esos recuerdos no le agradan, los abandona también.

 

   Durante su recorrido se ve obligada a quedarse en una mísera posada árabe donde nadie parece poder comunicarse con ella, y eso la obliga a estar a solas consigo mismo y pensar sobre su vida, cosa que le parece será fácil y muy grato. Casada con un próspero hombre de negocios, importación y exportación, con tres hijos adultos, casados, cada uno con su propia vida fuera de Londres, todo había salido muy bien. Y allí comienzan las preguntas, ¿por qué ninguno se quedó cerca de ellos? Eran irregulares en sus cartas, las visitas eran… sólo lo suficiente. Y ninguno hablaba mucho con ella. Pero recuerda que los chicos sí amaban a su padre, y eso le inquieta mientras pasea bajo el sol del desierto. A su mente vuelve la imagen del hijo varón a los ocho años entrando al cuarto diciendo: papá creo que me voy a morir, y quiero hacerlo a tu lado; solemne, prendido en fiebres. Ahora le parece extraño que no dijera, mamá, creo que me voy a morir, buscando sus mimos y atenciones. No era lógico que un niño pequeño buscara ese tipo de consuelo de su padre y no de su madre.

 

   Pero claro, era porque su marido era un muy buen hombre. Bueno, trabajador y muy responsable. Confiable, aunque cuatro años antes tuvo que ser hospitalizado por una crisis nerviosa, una terrible melancolía atribuida al agotamiento; ella, como toda buena esposa, alegre, diciéndole a todos que iba a visitar a su marido, lo había encontrado una tarde en los jardines de la casa de reposo, sin hablar, sin hacer nada, sólo con pérdida y tristeza en las pupilas, mirando hacia la nada. Eso la alarmó y quiso preguntarle qué le pasaba, pero sintió miedo. No, nada le pasaba, se convenció, todo se debía a un exceso de trabajo. Y recordaba que antes de ir a verlo su hija mayor le había gritado que no fuera, que lo dejara en paz. Reviviendo eso en esas inmensidades solitarias, la mujer intentó explicarse todo, diciéndose que su marido era propenso a esas tristezas irracionales, que durante los primeros años del matrimonio ya había sufrido una. Recuerda su rostro alegre, ilusionado cuando fue a verla porque quería comprar una granja fuera de Londres y dedicarse a sembrar y a criar ganado.

 

   Eso la había asustado, verlo tan emotivo, tan poco práctico, una granja fuera de la ciudad restaría posibilidades de ascenso y brillo en los negocios del hombre, no lo dijo porque no lo entendería. Lo que hizo, y utilizó como arma disuasiva, fue la noticia del primer hijo que estaban esperando, y que debían pensar en su futuro y el de los que luego llegarían. Siempre se había felicitado por su forma de actuar, no gritó, amenazó ni lloró, pero él entendió sus objeciones y comprendió que seguir en Londres era lo mejor para la futura familia que estaba ya en camino. Nunca más se habló de aquellos planes idílicos, de escape a una vida más sencilla de trabajar con sus manos, pero a ella le pareció que desde ese momento lo notó más distante, más cansado, y varias veces al ir a visitarlo a su oficina lo encontraba absorto mirando hacia la calle, con una mirada cargada de añoranzas. Y mientras regresa a la pozada, agitada y cansada de un paseo que no le brindó paz, es cuando cae en cuenta que desde esa ventana, cruzando la calle, se veía un gran mercado donde comercializaban con legumbres y animales de granjas.

 

  Pero ella lo había hecho por la familia, le gritaba una parte que quería justificar un punto sobre el que ni deseaba pensar, acallando aquella otra que aseguraba, tajante, que salir de Londres le habría molestado a ella que deseaba brillar en sociedad. No, no deseaba pensar en eso, como no quería recordar a unos vecinos arruinados y desordenados que vivían en la casa de al lado. Por aquellos días una bonita joven parecía perseguir a su marido descaradamente y todos miraban asombrado como ella ni se preocupaba de eso; aunque una conocida bien intencionada le había advertido que el hombre se veía distinto, y que eso sólo podía significar que alguien más estaba en su corazón. Ella rió, su marido no era de los aventureros que seguían hermosas mariposas, él prefería hablar de libros, caballos y plantas con la vecina, una mujer delgada cargada de niños, de enfermedades, deudas y problemas. A ella siempre le molestó un poco que perdiera su tiempo ayudando a una mujer que no sabía manejar su propia vida, pero él decía que debían ser caritativos. Recordaba como una tarde, al salir al patio los encontró a los dos sentados en un largo banco, cada uno en un extremo, y que no hablaban, ni se miraban, estaban serios, con las miradas perdidas en un punto lejano. Ella pensó que era algo casi… grosero de parte de su marido, descortés, como si no la soportara. Poco después esa mujer murió enferma, y a ella no le importó. Pero deteniéndose en seco dentro de la pequeña habitación en la posada, la mujer se da cuenta de que fue por esos días cuando su marido sufrido la crisis de depresión, de melancolías y tristezas.

 

   No quiero entrar más en honduras, mis amigos, el librito hay que leerlo para disfrutarlo; pero esa mujer, pedazo a pedazo, recuerdo tras recuerdo recompone toda su vida, cómo era ella, sin adornos. Se había casado con él, porque se veía bien, era agradable y proveería, no por amor, no uno que lastimara, que doliera… como lo que él había sentido por la vecina, que era tan fuerte que no lo dejaba mirarla por temor a que su pasión se notara, que ella u otros se dieran cuenta, o no poder controlarla y dejarla salir desbastando a dos familias. La mujer comprende que siempre le hizo difícil la vida a todos, que jamás escuchó qué sentían o qué deseaban; ella les trazó la vida, con sonrisas, con manipulaciones, implacable. Entendió que su hija en Oriente se había casado para escapar de ella, encontrándose atrapa en un mal matrimonio, y sí, ella había oído aunque intentó fingir que no, los rumores de que tenía un amante que la traicionó e intentó matarse. No había estado enferma, intentó acabar consigo misma.

 

   A ella se lo ocultaron, su marido, el marido de la hija, la hija; no por consideración, sino para que no lo empeorara todo. Sabía que su hija había enviado una carta a su padre pidiéndole que por ningún motivo permitiera que ella fuera; eso lo interpretó como que no quería darle mortificaciones, pero lo que en verdad deseaba la joven era que no la atormentara. Aún sus motivos para ir no fueron altruistas o nobles, no fue para acompañarla, sino para pasear y que todos notaran lo buena madre que era. Pero la tragedia los había unido, pues el marido no la dejaba sola con la hija, que fue lo que su ex condiscípula, generosa y bondadosa, había intentado explicarle, que ahora todo mejoraría para la muchacha, que ahora se fijaría en las cualidades de su marido.

 

   La novela es rica en matices, en giros, en el análisis de una personalidad superficial, indolente y algo idiota, la de tantos que se dejan llevar por el viento o el agua como el diente de león. La mujer se da cuenta de que ha vivido toda su vida de forma simple, superficial, sin querer saber de problemas, sin entender que todos eran distintos, empeñada en verlos de cierta manera y obligándolos a ajustarse a esa forma. Pero se jura que cambiará, que será otra. Llega a Londres y tiene un frío encuentro con su hija mayor, que enfrían un poco sus ímpetus de redención; ahora todo le parece tan cotidiano, tan normal que cree lo analizado en el viaje son fantasías, delirios sufridos por estar lejos. Cuando encuentra al marido, es nuevamente la de antes, la que no nota su tensión aunque sabía que había estado discutiendo con la hija mayor, la rebelde. Pero ella no quiere saber por qué o de qué, ni ver nada como no sea su vida ordenada, cómoda; desea imaginar que todo andaba bien. Y cuando el marido la abraza, este piensa: pobre Maria, está tan sola y no se da cuenta; gracias a Dios que no se da cuenta…

 

   Sí, fue una buena novela.

 

EL TERCER LADO DE LOS OJOS 

 

Julio César.

EL FIN DE LA ETERNIDAD

mayo 25, 2008

 

EL CODIGO DA VINCI

 

   Dentro de las historias de ciencia ficción los relatos de Isaac Asimov siempre tendrán un lugar bien ganado. Generalmente, aún en mis queridos Simpson, no falta quien diga que su trabajo está sobrevalorado, o que no era muy bueno. Imagino que quien comenzó a escribir ficción desde los años treinta y cuarenta, estaba un poco limitado por lo acontecimientos de su tiempo, aún de los propios temores de la era (las guerras, la depresión y otras), así como de los avances tecnológicos. Cosas como la manipulación del genoma humano para crear un mundo diferente, tipo GATTACA, con todo lo inquietante y atemorizante que fue esa película, era difícil de captar en todo su significado en años tan tempranos. Hay que estar claro, hasta el gran padre de la ficción, Julio Vernes, a ojos nuevos, resulta algo aburrido, aunque fascine aún. Una historia que nos hable de los hombres de la Luna, o de Venus con sus pantanos, a la luz de lo que ahora sabemos, resulta tonto, pero el mérito estuvo en imaginar todo eso antes de que fueran hechos comprobados, o derribados por las realidades científicas.

   Extrañamente mucha gene ignora que Asimov fue un científico real, un investigador en toda la regla, con disertaciones tan ingeniosas como amenas, pero sobretodo llenas de datos y realidades incontrovertibles. Bueno, no usemos una palabra tan grave y determinante, pero por ahí marcha la cosa. He estado pensando en incluir aquí una de sus disertaciones, presente en uno de sus libros de no ficción muy bueno, El Planeta Que No Estaba, pero aún estoy evaluando si no pueden acusarme decididamente de plagio o algo así. En fin, el hombre escribió relatos que son muy ingeniosos y hasta llenos de moralejas. Otros no fueron tan celebrados, pero eso le pasa a todo el mundo. Una de sus novelas, que en mi modesta opinión es realmente buena, que me gustó mucho y la recomendé, sorprendiéndome el que no agradara a las mujeres que sé gustan de leer mucho, fue El Fin de la Eternidad.

   Esta novela trata, en primer lugar, sobre el status quo, sobre un mundo que es, que fue y que se espera continúe siendo de cierta forma, sin desviaciones, sin sorpresa, controlado. Conocemos a uno de los hombres encargado de mantenerlo dentro de esos límites, Harlan, un tipo que pertenece a una organización supra mundial, La Eternidad, una elite que se extiende en el tiempo durante casi cien mil años, controlando todas las actividades humanas. En teoría están para cuidar a la gente, pero terminan controlando sus vidas, su forma de pensar e incluso sus destinos, convirtiéndose en sus carceleros. Son un grupo poderoso, con recursos, que decide que ellos saben lo que es mejor para todos. Harlan es uno de ellos, hasta que por cuestiones totalmente particulares (como siempre ocurre), la aparición de una mujer que le gusta y de la que se enamora, se cuestiona el derecho de existir de La Eternidad.

   Él es un ejecutor, el sujeto que se mueve entre las eras produciendo los cambios necesarios con sus propias manos. Hay un peligro de guerra en el siglo cincuenta que dará como resultado, cinco siglos después, una sociedad más tecnificada que sueña con ir al espacio y crear el imperio galáctico humano (cosa que La Eternidad odia por encima de todo lo demás, por el desorden que implica, por el caos que conlleva, por los gastos inútiles que significan. Pero lo que en verdad  la mueve contra esa idea es que de escapar los hombres a otros mundos no podrían controlarlos y continuar existiendo), el ejecutor sale de La Eternidad, entra en la Realidad del cincuenta y hace algo que evita o retarda la guerra hasta que los factores den con una realidad alterna, una donde los viajes espaciales, por ejemplo, nunca se dan. Cuando cree que La Eternidad se ha vuelto contra él, quitándole lo que más quiere, y descubriendo él mismo la importancia de su papel en el drama de la realidad actual, Harlan decide mandarlo todo al infierno, saboteando un gran proyecto que debe finalizar en la desaparición de todo, aún con él, dando como resultado un mundo distinto donde dicha organización, y su control, jamás existieron.

   Aquí Asimov juega con dos planteamiento que resultan fascinantes: una, que el tiempo no permite que se produzcan paradojas: un hombre no puede mirarse a sí mismo como sería o estaría cinco días en el futuro, por ejemplo, porque eso le permitiría actuar de la forma que le diera la gana, matando, provocando incendios o cruzando un lago de fuego, por la seguridad que tiene de que dentro de cinco días seguirá vivo. A eso lo llama una paradoja del tiempo, algo a lo que los eternos temen mucho, y que el Universo y el tiempo luchan contra estas cosas. Sin embargo, lo que Harlan descubre (¿por accidente o manipulado?) es que la misma Eternidad conoce su historia, dónde y cómo se originó, y que de tanto en tanto, dentro de un Universo de tiempo cíclico y repetitivo, deben ponerse en marcha ciertas acciones que aseguren la aparición de la organización. Así nos encontramos con que La Eternidad nace de una paradoja, algo que el tiempo debe intentar impedir.

   Sintiéndose traicionado, como ya dije, Harlan interviene y pone en riesgo el inicio de la secuencia de hechos. Pero cómo su daño puede ser reparado, La Eternidad no desaparece de un solo perolazo, el tiempo les da un margen de maniobra para hacer reparaciones enviando a alguien al punto donde se cometió el error y enmendando las cosas, por lo que se pone en marcha una compleja maniobra de salvamento. Pero el protagonista va uniendo verbo con predicado, y entiende, por sí mismo, que ha sido manipulado por otros, por seres que odian La Eternidad y buscan su destrucción. Parte con su amada a los tiempos arcanos, los siglos antes de la manipulación del tiempo, los años de madame Curie, a salvar la situación, y allí termina Harlan apuntando con un arma a la mujer que ama, desenmascarándola como miembro importante de la conspiración contra la organización. Ella confiesa, y la explicación que da a sus actos es buena, ella ha visto el futuro de la humanidad, en los siglos de un planeta sin hombres que se han extinguido mucho antes al estar atrapados en su mundo; se dan razones que suenan lógicas para este fin del mundo humano, créanme. La existencia de La Eternidad, diseñada para proteger y hacer feliz al hombre, parece ser la culpable de su muerte.

   A mí me encantó el libro, el final, el planteamiento, incluso el personaje de Harlan, un tipo que no se creía digno del amor de una mujer hermosa, que intentaba luchar contra las carantoñas de esta bella hechicera, resultan en una historia de amor interesante. Como el gran escritor que es, digan lo que digan los críticos, Asimov no se molesta en explicarnos cómo se logra el viaje a través del tiempo, aunque él, lo esboza más como una ruptura en la realidad, como un hueco, o una ventana que se abre, en cada siglo por donde entra esta gente, los eternos, y hacen sus gracias. Y a pesar de ese vacío explicativo, el libro no pierde atractivo.

   Siempre me ha costado mucho imaginar una forma mecánica, algo creado por el hombre u otra inteligencia, para viajar en el tiempo. El tiempo no es una fuerza por sí sola, es más bien parte del binomio que pone en movimiento el Universo mismo: tiempo y espacio. Tiempo es el lapso entre un ahora y otro ahora, pero éste está ligado a todo el desplazamiento en el Universo. La Tierra, por ejemplo, no se encuentra en el mismo punto con referencia a otras estrellas donde estuvo hace un año. Ni lo está el Sol con respecto a la espiral, ni ningún otro cuerpo celeste. Cuando miramos hacia Alfa Centauri, el grupo de tres estrellas más cercano a la Tierra, no estamos viendo esos cuerpos en nuestro ahora, sino como fueron hace cuatro años y picos atrás, distancia en años-luz que nos separa de ella (4,36 años-luz); ese es el tiempo que tarda su luz en llegarnos.

   De viajar cien años en el futuro, no sólo debemos movernos en el tiempo, sino también en el espacio. La Tierra no se encontrará, en cien años, en este punto del Cosmos, se habrá desplazado por el éter. Tiempo y espacio deben ir juntos, o quien se desplace a cien años en el futuro o en el pasado, aparecerá flotando en la nada, porque o el planeta ya estuvo ahí, o aún no ha llegado. Con eso en mente, por lo menos yo, no puedo dejar de preguntarme, ¿cómo haremos para viajar cincuenta años en el pasado o tan sólo un día? Se puede especular en un libro, revista o película con un combustible o una fuente energética tan poderosa que rompa la línea del tiempo, ¿pero lo es tanto como para arrastrar el planeta al lugar donde estuvo en ese momento? ¿Existe realmente la suficiente cantidad de energía en todo el Universo para hacer eso, para hacer retroceder a la Tierra en su orbita de rotación y de traslación? Y si la Tierra es obligada a moverse, ¿no tienen que hacerlo igual la Luna, Marte, Venus y el Sol mismo?

   Claro, se puede especular (teorizando todo es posible) que tal vez existan puertas naturales, que así como percibimos estrellas que debieron estallar para este momento, pero que vemos como fueron hace miles de años, es posible viajar en esa dimensión, obligando al tiempo a doblarse, torcerse o romperse, y que eso añadirá de por sí, el espacio. Pero, ¿será cierta tal especulación? También es posible, después de todo sólo soy un lector de todo lo que encuentra, no soy físico o matemático, que venciendo de alguna manera la barrera del tiempo, el espacio se comprima de forma automática sin que hagamos nada, sólo para compensar la otra fuerza. Así para llegar del punto A al punto B de tiempo, no viajaríamos en línea recta sino doblando el espacio que los separa como quien dobla una servilleta, hasta que los dos puntos se superpongan, permitiéndonos pasar de A a B dando tan sólo un paso, y al terminar la torsión, la distancia quede compensada por sí misma, al desdoblar la servilleta. Puede ser que la constante espacio-tiempo quede compensando de forma mecánica ya que la cuarta dimensión los obligue, por alguna ley natural, a mantenerse constantes uno respecto al otro.  Pero… todo es especulativo, y nada de eso parece estar al alcance humano, al menos todavía. O cree uno.

   ¿Lo ven? Es por eso que me encanta la ciencia ficción. Ya hablaremos más adelante un poco más del señor Asimov.

LEJOS DE TI ESTA PRIMAVERA

Julio César.

EL ENIGMA DE PARSIFAL

marzo 27, 2008

EL CODIGO DA VINCI

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   Hace tiempo, cuando hice una leve crítica a El Código da Vinci, ganándome reclamos y hasta malas caras de los conocidos, algunos me preguntaron sobre el otro libro que mencioné, EL ENIGMA DE PARSIFAL, y de sí estaba loco por comparar una novela moderna (El Código, no se confundan) con otra tan… ¿vieja? (hasta la comparación es insultante, para El Enigma). A mi entender, la cuestión no debe ser jamás planteada en semejantes términos, porque si a ver vamos, la Biblia no tendría ningún mérito, ni siquiera literario, por vieja, comparada a cualquier tontería que se escribiera hoy en día. Y sin ir tan lejos, ¿entonces los libros de Ágatha Christie de los cincuenta no sirven? No, ese no debe ser el punto. La cuestión es saber si un libro es interesante, logra despertar suspenso, curiosidad y sí es capaz de hacernos preguntar con su línea argumental: ¿será esto posible, podría suceder en tal o cual condición?  

   Los libros de Robert Ludlum, escritor norteamericano, tienen esta envidiable virtud. Sabemos que se trata de ficción, pero son emocionantes y absorbente, y uno tiene que leerlos hasta el final, siempre haciéndonos sentir la duda: ¿sería esto posible en un mundo demente? O la mayoría de sus historias al menos cumplen con este cometido, hay que aclarar. Siempre pasa que hay un libro mejor que otro, aún siendo del mismo autor.  

   El Enigma de Parsifal, desde sus primeros párrafos donde hablan de la ejecución de una mujer que grita y patalea para no morir, en la Costa Brava (que bonito suena ese nombre) en España, es emocionante. Ya ahí queda establecida la personalidad del héroe, un tipo torturado que se ha visto obligado a vivir en un mundo demente, sin las reglas y protecciones de aquellos que asisten a un trabajo todo los días, comen con amigos y tienen una o dos novias por ahí. No, su mundo es de oscuridad, uno que lo ha llevado a ese lugar, a esa playa, para atestiguar la muerte de su único gran amor, una mujer con la que soñó escapar un día de su vida de locura. El hombre es un espía del Servicio Secreto de su país. Un agente, dicho eufemísticamente. La mujer ha resultado una mentirosa, su enemiga, enemiga de ese país.  

   A medida que avanza la narración descubrimos el submundo de fingimientos, de engaños, de dobles vidas y hasta moral que lleva un grupo de personas que por desición o necesidad se ven obligados a vivir una vida clandestina, bajo las calles, el del espionaje del Oeste contra el Este. Comenzamos a leer sobre violencia e intrigas en Londres, Paris, Roma, Grecia y un oscuro pero hermoso paso entre Los Alpes Suizos, con unas detalladas descripciones que casi hacen evocar imágenes de esos lugares. Y mientras más ojeamos, más nos adentramos en una conjura dentro de la conjura, todo servido para disimular conspiraciones mayores y más terribles. Los personajes tienen pasado, una historia, no aparecen así como así de la nada, y son antecedentes terribles y llenos de dolor, de violencia, que va desde las matanzas nazis y sus campos de muerte, a los gulags donde desaparecieron tantos y tantos bajo un régimen engañosamente justo y romántico como lo parecía el soviético.  

   La trama se adentra dentro de posibilidades insólitas, como el que halla un topo comunista en el Salón Oval de la Casa Blanca; u operaciones puestas en marcha treinta años atrás cuando niños soviéticos fueron enviados a América para infiltrarla esperando el momento de atacar; o que dirigentes de carácter mundial estén irremediablemente locos y embarquen al mundo en una carrera demencial hacia una guerra nuclear. Nos enteramos de refugiados que llegan escapando de regímenes horribles, para caer en manos de tratantes de blanca y de esclavos en el propio suelo norteamericano. Leemos del nazi que toma el lugar de una de sus víctimas enviadas a los hornos, intentando escapar a la justicia, una que lo alcanza finalmente. La trama es dinámica, no decae, cada momento se hace más y más trepidante; una situación lleva a otra totalmente nueva, más grave, más peligrosa. Uno casi llega cansado al final, y aunque sus libros son gruesos, El Enigma de Parsifal tiene más de seiscientas páginas, se hacen como pocas.  

   Los protagonistas son intensos, vitales (y aparentemente indestructibles), llenos de recursos, y uno se pone de su parte de inmediato. Uno comparte la amargura y futilidad del hombre que ve que todos corren para quedar en el mismo lugar, que aquella a quien amaba era una asesina a la que debía detener, sólo para que otra ocupara ese puesto. O de la mujer a la que se le tendió una trampa para asesinarla, que escapa usando sus instintos, la dureza y violencia que tuvo que aprender en un mundo horrible donde tanques soviéticos pasaban sobre los cadáveres de jóvenes que se les oponían en la invasión de su país.  

   El Enigma en sí es tan ingenioso, tan desconcertante y grande, que uno siente ganas de exclamar mental y verbalmente: guao. Era algo tan peligroso y delirante que de suceder en la vida real, y saberse, el mundo entero tendría que detener o destruir a un país como Estados Unidos, sólo para asegurar algo de cordura. De hecho hay una parte donde explican el nombre, que Parsifal era el nombre de una opera sobre la lanza que atravesó a Cristo, aquella que podría abrir todas las venas y heridas del mundo. Robert Ludlum es amante de este tipo de género, el suspenso que podría caer dentro de lo policial o el thriller duro, pero él lo retrata y describe de una forma distinta. Parece narrar un hecho real que ocurrió pero que luego nos lo cuenta como si de una fantasía se tratara.   

   Obviamente no he leído todo lo que ha escrito, pero El Círculo Matarese (uno de los mejores) es hasta conmovedor, El Manuscrito de Challenger o El Pacto de Hockrof, son lecturas que hacen pasar un rato no sólo ameno, sino bien aprovechado. Es como vivir todas esas aventuras pero sin los riesgos. La acción, la descripción humana de los personajes, con su pasado y sus traumas, la sorpresa que nos vamos llevando página a página cuando todo parece cambiar de un momento a otro, y lo bien hilado de las tramas lo hacen altamente recomendable.   

   En última instancia, todo depende de los gustos personales, pero para mí de sus libros menos logrados están las historias de Bourne, precisamente esas de las que se hicieron recientemente dos películas, que tampoco fueron muy buenas si vamos a ser sinceros, a pesar de actuar Matt Damon en ellas, un actor a tener en cuenta y que estuvo increíblemente bien en El Talentoso Señor Ripley. Lo mismo pasó con un film más viejo, El Desafío de Matlock, el libro era más o menos, pero la película en sí fue mala. Pero bien mala. 

EL FIN DE LA ETERNIDAD 

Julio César.

EL CODIGO DA VINCI

febrero 11, 2008

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   Cada vez que me reúno con un grupo de amigos la pregunta siempre sale a relucir a pesar de haber transcurrido ya cierto tiempo desde el éxito del libro: ¿qué opinas tú de El Código da Vinci? La verdad es que no me gusta mucho opinar sobre libros cuando estos le han gustado a tanta gente, ya que cuando uno discrepa, te caen encima. Nunca he entendido ese afán de las personas que preguntan algo, a veces con insistencia, pero que en verdad no quieren oír tu opinión real sino que esperan que coincidas con ellos. A estos siempre les digo que si no les gusta lo que otros piensan que no pregunten nada. Sin embargo, son mis amigos, y a las amistades como a la familia, uno puede decirle lo que realmente piensa sin mucho riesgo a una lesión física o mental. En dos platos, El Código da Vinci no me gustó.  

   Comencé a leerlo con muchas expectativas. Había oído sobre la dichosa polémica que encendía, pero en líneas generales me había resistido a saber mucho, así que cuando comencé a leer el libro tenía buenas perspectivas de distraerme mucho. Pero el libro, en mi modesta opinión, no tenía salvación. Creo que lo único que lo ayudó a no pasar sin pena ni gloria fue cierto ataque de la Iglesia, ¡que error cometieron! Aunque a decir verdad hay gente que cree cualquier cosa, por absurda o fantasiosa que pueda sonar, peor, sin que se les muestren pruebas reales; tal vez eso preocupó en El Vaticano, del resto no veo explicación.  

   Lo primero que me disgustó fue su planteamiento lineal, directo, sin recovecos de emoción, sin margen para la sorpresa, para lo inesperado. El libro era terriblemente predecible, antes de que terminara cada capitulo podía trazarse a grandes rasgos lo que ocurriría después. El personaje de el Maestro no pudo ser esbozado de peor manera, ni sus intensiones. Cuando en la trama aparece el erudito enemigo de la iglesia, ya uno sabe que se trata de él, ya que el autor ni siquiera introdujo una cantidad mínima de personajes que hicieran sospechar de este o aquel. Le habría bastado con hacer notar en uno que otro párrafo que el antiguo Papa, el polaco, no estaba aquí o allá en tal momento, desorientado por el parkinson, para que el lector imaginará: ¿será él el Maestro que ha enloquecido por la enfermedad? No, no se toma el trabajo de hacer nada de eso y la trama se vuelve predecible, lo peor que puede ocurrirle a un escritor. Los personajes no vienen de ninguna parte, sólo están allí de un momento a otro.  

   Lo segundo es que no se molesta en presentar ninguna prueba, aunque sea halada por los cabellos que apoyen sus teorías, aún oscuros textos que hablen sobre una posible relación entre Magdalena y Jesús de fuentes no seudo religiosas. De la figura histórica de Jesús, fuera de la Biblia, hay dos menciones que vienen claramente, una de un tal Josefo algo, historiador judío romano no partidario del Mesías aquel, que habla de “la muerte de Santiago, hermano de Jesús”. Otra es de un historiador romano que al hablar del incendio de Roma, acusa a los cristianos, “los seguidores de un tal ‘Cresto’, esclavo judío, muerto en tiempos de Tiberio”. ¿Muestra el autor algún texto que apoye su tesis, aún en la abundante bibliografía judía de los dos primeros siglos? No, no lo hace, porque, imagino yo, al principio sólo quería escribir una novela, no pensó que se vería envuelto en dudas universales movidas por personas poco reflexivas y dadas a creer cualquier cosa. Me parece que sin darse cuenta siquiera, el señor Dan Brown fue creyendo en su propio cuento, por lo que se le ve en programas de televisión defendiendo argumentaciones hechas por otros, incluso aquella de que la iglesia antigua falseó datos y destruyó el nombre de la Magdalena para no manchar el de Jesús, y, de paso, para echarles una vaina a las pobres mujeres.  

   En este punto hay que decir que la Biblia no se muestra especialmente despiadada con las mujeres, o no más que toda la antigua literatura del Medio Oriente, donde mujeres como Rut y Esther, toman estaturas casi sobrehumanas llevadas por su piedad y devoción. Por no hablar del gran amor que se le tiene a la virgen María, la gran madre de Dios. Pero volvamos a los datos falseados. El señor Brown quiere que creamos que el cristianismo fue una religión dominante desde el mismo momento de la muerte de Jesús, que sus jerarcas podían borrar y reescribir la historia toda sin que chocara con otras fuentes, la judía por ejemplo. Dos puntos conspiran contra eso. Los Rollos del Mar Muerto, que con pocas variables habla de una historia bíblica con pocos cambios en esencia, lo que dice mucho de la forma literal de transmitir sus recuerdos de esta nación; y el dominio de la jerarquía eclesiástica judía, el poderoso Sanedrín que se habría dado banquete gritando a los cuatro vientos: miren, el tal Jesús no era ningún Dios,  hijo de Dios, a menos que fuera del dios Zeus, ya que el tipo tenía una mujer y una hija que viven en tal sitio.   

   Hay que recordar que la esencia del Dios judío, inmaterial, todo poderoso, era diametralmente distinto al Zeus o su otro yo, Júpiter, quienes se encaprichaban con muchachitas y bajaban a copular y tener sus semidioses. Para acabar con la divinidad de Jesús, al Sanedrín le habría bastado simplemente presentar en sociedad a la mujer e hija. ¿Conspiró el Sanedrín para elevar a Jesús a la categoría de Dios? ¿Eran tan astuto los seguidores de Cristo que lograron ocultarla para que nada estorbara al nombre del Hijo, pero tan envidiosos que la destruyeron moralmente para que no compitiera con ellos? ¿Qué papel jugó María en todo eso, era la abuela perversa de Cuna de Lobos, la vieja del parche en el ojo capaz de todo para proteger a su hijito? Y esto me lleva al punto tres…  

   El autor lo dibuja de lado, lo trata como sin querer, sin atreverse en ningún momento a entrar en honduras, cuando ataca la divinidad de Jesús y del mismo Dios. La cuestión tiene que abordarse en un libro como este si vas a especular que Jesús y la Magdalena tenían su apartamentico en Hebrón, calle Herodes, piso dos. Un libro como este debe responder al final sólo una de dos maneras: si era el cuerpo de la Magdalena lo que protegían todos esos tontos en lugar de hacerlo saber al mundo, ¿significa eso que es real todo lo que se especuló? Sí es así, entonces Jesús de Nazareth no era el Mesías, aquel que fue profetizado a Abrahán por una Voz desde los cielos que no necesitaba un cuerpo para respirar, sentir hambre o acostarse con alguien. Y si Jesús no era el Mesías sino un hábil charlatán, ¿aún estamos esperando se cumpla la Promesa? ¿O la Promesa de la Descendencia no se cumplirá porque no hay Dios realmente?  

   Por el contrario, si no era la Magdalena, la controversia termina, como en la película El Cuerpo, argumentalmente muy superior a este panfleto aguado, cuando te mantienen en una duda dolorosa, inquietante, ¿era ese cuerpo con señas de cruxifición encontrado en una tumba anónima el de Jesús de Nazareth? ¡Vaya trama!, aunque a lo último se salen por la tangente con un final clásico. Pero el señor Dan Brown no hace ni una cosa ni otra, no dice es la Magdalena, el Jesús divino es puro cuento, o no es ella y el dichoso Código no existe. Y así como no se molesta en debatir, en presentar argumentos que puedan tomarse como algo tangible a lo que asirse para investigar (como diciéndose: ya, con esto tendrán los muy tontos), deja todo en el aire. Lo sorprendente es que hay personas para las que tales especulaciones, tibias y desabridas, les bastan para ‘dudar’.   

   Por último están los errores tontos de argumentación. Primero lo del monje del Opus Deis, organización semifascista y hasta nazi en su concepción, es verdad, pero que no sostiene monasterios ni conventos, por lo que no cuenta con monjes. Lo del anciano curador en el museo, a pesar de estar herido de muerte, ¡sabe que morirá!, le da tiempo de montar toda una elaborada escenografía, con claves secretas y todo, pero no se le ocurre decir me mató Teodoro. Lo otro son detalles como la fuga del museo, o cuando en Inglaterra bajan del avión aunque las autoridades tenían expresas ordenes de detener a todos en ese aparato, máxime si llevaban un prisionero.  

   De verdad no ataco este libro por prejuicioso, por religioso (válgame), ni por envidioso como dicen algunos. Lo que pasa es que el libro me pareció… aburrido. Era lineal, predecible, falto de credibilidad y mal dibujado. Hace ya como veinte años leí una novela de Robert Ludlum, una novela, él no tenía pretensiones de historiador, o de ‘conocedor de la verdad’: El Enigma de Parsifal. Ese libro era increíble, absorbente, sorprendente, casi desconcertante. Mientras uno leía de los ataques, violencia o crímenes de grupos como la CIA o la KGB en Atenas, Roma, Paris, la cosa parecía verosímil. Los personajes estaban dolorosamente demarcados. Todo el libro era bueno, sin pretensiones de ‘verdad’, y sin embargo resultaba creíble. Un libro debe ser así para ser ‘bueno’.  

   En fin, imagino que a cada punto que rebatí, habrá quince que opinen y hasta puedan argumentar lo contrario, no soy docto en religión ni en documentos secretos; como a muchos me gusta especular sobre sí existe Nessie, o los hombres de las nieves, o los vampiros, pero lo dudo. Sin embargo habrá quienes lo crean a pie juntillas. Pero esto es lo que pienso y, en fin, quienes tienen más de treinta ya deben tener la capacidad mental suficiente para ‘saber’ qué les gusta, o en qué creerán. Sólo a los quince o dieciocho se permite que un joven crea hoy al ver luces sobre un río en marcianos aterrizando, y mañana en viajes astrales a otras dimensiones que se abren allí, para creer luego que son trucos de superpotencias que quieren dominar al mundo y tienen una base en el río. O creer en todo. Es sólo un joven y puede creer muchas cosas.  

   Con el paso del tiempo me gusta pensar que llega algo de cordura, aunque viendo un canal retro del cable, disfruté en estos días de la película Las Siete Caras del Doctor Lao (una visión realmente ofensiva de los chinos, pero eso es cosa aparte). En la escena de la feria, cuando la mujer entra con el adivino, este sólo le dice cosas deprimentes, y no olvido cuando ella le pregunta si volverá a casarse. Con voz ausente le respondió: no, el amor ya no llegará a su vida, morirá y nadie la recordará, envejecerá sola, cada vez más vieja pero no más sabia… más viejo pero no más listo. ¿Verdad que suena horrible? 

EL ENIGMA DE PARSIFAL 

Julio César.