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LOS HEREDEROS… 14

diciembre 7, 2017

LOS HEREDEROS                         … 13

   ¿No es adorable?

……

   -Oswaldo… -grazna casi sin voz. Este se le acerca a paso vivo. Agresivo. Hostil.

   -Tu madre le contó cosas sobre su fallecimiento, rumores que esa periodista del carajo quiere averiguar, que distorsionará como le dará la gana. ¿Se suicidó Mariana?, ¡eso quería saber! –trona agitando un dedo, su voz rezumando rabia, resentimiento.- Tu madre fue ambiguamente clara sobre ello, y me pregunto qué tanto de eso le contaste tú. –acusa.

   -¡Nada! –jadea, pero sabe que no importa. Oswaldo la castigará por lo ocurrido. O tal vez era la excusa perfecta que el hombre había encontrado para salir de ella, ahora que apuntaba a una diana que golpearía bastante al abuelo Girardi.

   -Cada vez que algo malo me ocurre, uno de ustedes está implicado.

   -No hice nada, no le dije nada. Nunca he ido en tu contra. –lloriquea. Herida en verdad. El hombre odiaba a su gente, está bien, pero ella le había demostrado que sabía ser útil, y fiel. ¡No merecía ese trato ultrajante e hiriente!

   -Te quiero fuera de mi negocio. –es tajante, dándole la espalda y volviendo cerca de su escritorio.- No quise decirlo frente a los otros para no humillarte, ni perjudicarte más con rumores echados a rodar; pero estoy terminando toda relación comercial contigo. –la mira, ceñudo.

   -Oswaldo, por favor, no. Toda mi firma depende casi exclusivamente de ti. Aún mi posición dentro de la familia. Sabes que nos quieren casi tan poco como a mi tío. Me toleran porque trato a tu nombre y temen una represalia si se ponen groseros. –suplica veladamente.

   -Esta conversación ha durado demasiado, vete de una vez, Sofía. –es tajante. Y los labios de la joven tiemblan mientras siente una fea opresión en el pecho, algo muy cercano a las lágrimas.

   -¡Hijo de perra, ¿qué le haces a mi gente?! –brama una airada y molesta voz, al tiempo que la puerta de la oficina se abre; voz que congela a la pareja.

   Sofía se vuelve a mirar hacia la puerta y endereza los hombros, aspira con fuerza y compone su eterna sonrisa de yo estoy bien, tú estás bien, por lo tanto todo es maravilloso. A Oswaldo, junto a su escritorio, le toma más tiempo, fijándose en el hombre mal encarado que le mira desde el marco. Joder, ¿cómo sabía ya lo de Sofía?

   -Ricardo… -gruñe en respuesta, en verdad estaba inquieto de la ira que su amigo podría mostrar cuando la joven le contara que la había botado, pero no puede dejar de sonreír, porque había algo en ese otro carajo que siempre le divertía, que le relajaba, que apartaba, por minutos, las tensiones y los problemas de su mente. ¡Le encantaba verle enfurruñado como estaba ahora!

   -Nada de “Ricardo”, ¿qué le hiciste a Atamaica? –exige saber Ricardo Amaya alzando el rostro velludo y algo redondo. Ha intentado comunicarse con la mujer desde que saliera de su apartamento, picado por la curiosidad sobre lo que iba a contarle, eso que “les hizo Oswaldo”, pero esta no le respondía. Y como supone que ya debía estar fuera del banco, al menos que estuviera atracándolo, sabe que se le está negando.- ¡Anda toda cabreada!

   -No le he hecho nada  tu ex mujer; seguramente anda todavía molesta porque una vez se casó contigo. No fue un error… pequeño. –bromea el otro, todo sonrisas, aliviado al saber que no se trata del asunto Sofía, a quien mira fugazmente, al tiempo que monta su culo sobre el escritorio.- Carajo, te pierdes un tiempo, no llamas, no escribes, no visitas y te presentas enfurruñado acusándome de toda clase de cosas; eres un amigo de mierda.

   -Atamaica… -comienza este, reparando al fin en la mujer presente, enrojeciendo y sonriendo con toda la cara.- ¡Sofi! –y abre los brazos con afecto generoso, como siempre, piensa Oswaldo, aunque en este caso se entiende, era su sobrina, la hija de su hermana, la zorra de Alida. Puede que nadie en este mundo quisiera a Alida Amaya, viuda de Nazario, pero sus hijas…

   -Tío… –ella le sonríe igual, va a su encuentro y se abrazan con fuerza, medio balanceándose.

   A Oswaldo le produce algo de gracia la escena, Sofía era un poco más alta, como mucha gente respecto a Ricardo, algo que le hacía verse un tanto… entrañable, piensa. Los ve compartir afecto.

   -Estás hermosa. –le dice él, apartándola un poco.

   -Ay, tío… -sonríe como si no le creyera, las manos atadas. Este, algo ceñudo, la estudia.

   -¿Todo bien? Pareces… agitada. ¿Qué haces aquí, con Oswaldo?, ¿alguna operación comando contra tu abuelo? –tantea. Y el otro hombre se congela. Ahora ella le diría y…

   -Más o menos, pero sabes que no voy a contarte. -responde ligera.- Y todo está bien.

   -¿Seguro? –entrecierra los ojos, preocupado.- Sé que este energúmeno puede ser terrible.

   -Si, tío. Estoy bien. No pasa nada.

   -Me alegro. –gruñe mirando ahora, con falsa seriedad, a Oswaldo.- A mí sí me molestó durante días. Y no sólo con mi ex, la “adorable” bruja del oeste.

   -Por Dios, ¿y ahora qué otra cosa se supone que hice?

   -Llamarme y llamarme, aunque te había dicho que quería tomarme unos días para… arreglar un asunto. Y poner a Atamaica a llamarme y luego molestarla con algo. –soltando a la joven, agita un dedo.- No sé qué tiene, pero no me caben dudas de que eres el culpable.

   -Si, sí, claro, todo yo, todo yo. Yo hundí el Titanic y destruí la Atlántida. –bromea este, parándose del escritorio, cubriendo la distancia y llegando a su lado, dándole un fuerte abrazo que ya sentía iba con retraso.- También es mi culpa que seas un feo enano amargado y desconfiado.

   -Oye… no soy feo. -grazna Ricardo, ahogadamente contra su hombro, pero en el tono y el rostro se detecta la sonrisa, la diversión, abrazándole a su vez.

   Si, los abrazos de Ricardo Amaya tenía algo diferente, se dice Oswaldo, sonriendo al apretujar el sólido y compacto cuerpo de su mejor amigo contra el suyo, el cual corresponde de manera similar a su… ¿necesidad del abrazo? El día parecía, efectivamente, menos mierdoso ahora. Un carraspeo les regresa a la realidad y les hace separase… lentamente. Y nada contento, se dice el tipo más alto. Necesitaba aún un poco más de… ¿consuelo?

   -Bien, chicos, es lindo verlos tan amorosos, pero tengo que irme. –anuncia Sofía, sin mirar a Oswaldo, acercándose al hombre más bajo, quien aparta al amigo poco ceremoniosamente.

   -Adiós, hermosa, debemos almorzar un día de estos. –responde él, abrazándola otra vez y mirándola fijamente.- ¿Segura que te sientes bien?

   Oswaldo nota el parpadear infinitesimal de la joven, la fugaz mirada que le lanza, y se tensa. Dios, no, no necesita en esos momentos un disgusto con Ricardo.

   -Divinamente. –le sonríe, atrapándole las mejillas.- También tú te ves bien, tío; fuera lo que haya sido que te había estado molestando, pareces más relajado. Imagino que le sacaste el jugo a esos días de reposo. –sonríe pícara, notando sin ver, la tensión de Oswaldo, y por ello lo hace, para molestar al odioso hombre.- ¿La pasaste rico en esa pequeña tienda, en los brazos de tu apasionada compañía? No quiero ni imaginarme todo lo que hicieron en esos montes. Ni todos los rastros de ADN que dejaron. –medio ríe, con un tonillo de chica algo tonta.

   Uno que irrita terriblemente a Oswaldo Simanca, quien, sin embargo, observa fijamente el rostro de su mejor amigo, quien va enrojeciendo de vergüenza… admitiendo todo lo que la joven señala. Que estaba con alguien y la pasó “rico” en sus brazos.

CONTINÚA…

Julio César.

LOS HEREDEROS… 13

noviembre 27, 2017

LOS HEREDEROS                         … 12

   Admirado y soñado, amado… y muy odiado.

……

   La puerta se abre y aparece la grácil, hermosa y espigada Sofía Nazario, elegante como siempre, aunque pareciera un tanto anticuada con aquella estampada blusa mangas largas y el pantalón de bota ancha. El cabello, artísticamente peinado en un moño a un lado de su rostro en forma de corazón, le sentaba bien. Como la sonrisa amigable en sus armónicas facciones, de frente despajada, pestañas largas, ojos almendrados que hacían juego con su cabello castaño claro. Los labios, también en forma de corazón (aunque este si era un efecto cosmético), pintados suavemente de color cereza, era muy besables. La joven mujer, desplazándose con donaire, penetra en la oficina. Y la sonrisa que esgrime como parte de su persona, le dura hasta que repara en la otra pareja, Reinaldo Velazco, y especialmente en Cecilia Requena, esa odiosa mujer que la mira en esos momentos con burla. Con un brillo predador en los ojos. Lo siente, lo nota, algo estaba mal, lo sabe desde que saludó a Elisa, la asistente de Oswaldo, quien pareció verla con simpatía piadosa. ¿Acaso el jefe estaba molesto con ella?

   El hombre, tras su escritorito, parecía un tipo apuesto pero ordinario, deportivamente vestido con un suéter azul oscuro, mangas largas, un pantalón negro, unas botas oscuras y el cabello cuidadosamente peinado hacia atrás, algo elevado en la coronilla, con su sombra de barba y bigote reapareciendo después de una afeitada seguramente temprana. Masculino. Guapo. Y que en esos momentos, agitándola un poco, la mira de forma evaluadora. No amable. No clemente.

   -Cecilia, qué bien te ves. Reinaldo, cariño, esa corbata es algo… oscura para ti. –la sonrisa vuelve automáticamente a su rostro, toda afabilidad, saliendo de la pareja antes de volverse hacia el dueño del circo.- Oswaldo, ¿cómo estás? ¿Todo listo para la fiesta del siglo?

   -Todo bien. –responde este, poniéndose de pie, acercándosele, algo cortado, como siempre, cuando la perfumada joven le besa una mejilla. Era algo que no soportaba de ella, por alguna razón que no lograba comprender del todo.- ¿Y tú?

   -Fantástica. –la sonrisa de Sofía es luminosa, parecía que ya no notaba la tensión en la habitación, la sequedad de Oswaldo, la sonrisa lobuna de Cecilia, la mirada algo incómoda de Reinaldo.- Justo ayer estuve en la sede central de Bancorp, gestionando el crédito para…

   -Si, sobre eso, bien, gracias, pero ya no tienes que ocuparte de ello. –la corta, y la joven parpadea, francamente desconcertada, aunque nota el mohín duro en la cara de Cecilia.

   -Pensé qué deseabas gestionar la compra de esos depósitos en La Victoria lo antes posible.

   -Así es, pero no es necesario que te ocupes de eso. No tú. –es frío ahora, cruza los brazos sobre el pecho y en su mirada hay una tormenta. A la joven le parece que intenta controlar la rabia.- No hay un manera fácil de hacer esto, Sofía, pero ya no serás mi enlace con el banco de los Girardi, de ahora en adelante Cecilia me representará en toda gestión, y en las reuniones de accionistas. –es frío. No busca en realidad, lastimarla, pero se siente bien saliendo de ella.

   El Bancorp era una estadidad bancaria nacional con ramificaciones en el Caribe y Centroamérica, perteneciente a la familia Girardi, fundado durante el auge de los empresarios banqueros, cuando todo el que tenía cierta fortuna en Venezuela juraba que era dueño de Falcon Crest, el viñedo en la vieja serie televisiva, y se ramificó en mil negocios que a la larga no pudieron sostener. Razón de la caída bancaria de los años noventa del siglo pasado, hecatombe que arruinó a cientos, lanzó a la desesperación a millones de ahorrista y enriqueció a la cúpula política de toda la gama que antes existía, incluida la izquierda. La entidad bancaria, orgullo de viejo Giuseppe, hijo del patriarca, había soportado bien las embestidas de los noventas, la debacle de los empresarios banqueros y las intervenciones estatales. Pero, aunque la institución se había mantenido relativamente saludable, muchos negocios marginales fracasaron, y la llegada de interventores buscando de dónde medrar (debían sanear el sistema financiero y en cambio arruinaron empresas sólidas para rematarlas y llevarse la plata), cierta crisis de liquidez los puso momentáneamente en rojo. El prestigio de la familia logró que fuera auxiliado por amigos, creándose la junta accionaria, lo que fue su salvación. Eso y que no cometió pecados financieros como el resto. La familia Girardi lo utilizaba sólo para negociar. Era un pilar de sensatez y sentido común de la familia, por ello, Oswaldo intentó penetrarlo. Sabiendo que sus enemigos jamás le dejarían entrar, solicitó mil créditos y financiamientos para negocios en auge, otros que prometían millones en ganancias, siendo rechazado una y otra vez por la familia, lo que terminó provocando cierta crisis dentro de la agencia con los accionistas minoritarios. Estos notaban que lo que Oswaldo tocaba se volvía oro, y no le gustó cómo los Girardi manejaban la entidad, haciéndoles perder dinero; esos desacuerdos llevaron a muchos a vender sus acciones, justo cuando se dijo que el nuevo régimen, la revolución de marras (que donde metía la mano todo lo robaba), pensaba nacionalizar el banco. Rumor falso que corrió como bola de fuego en un país dado al comadreo, especialmente en la red; rumor del cual los Girardi culparon al grupo comunicacional de Oswaldo, cosa que este nunca confirmó. Ni desmintió.

   Así, mientras Oswaldo era abierta y públicamente rechazado en el banco, toda iniciativa anulada, todo financiamiento negado, los rumores estatales se multiplicaban día a día, el hombre encabezó un movimiento subrepticio y muchas acciones pasaron a sus manos a nombre de terceros. Cuando los Girardi notaron la jugada (también a lo Falcon Crest), hicieron lo que lo pudieron por eliminarle, como un pequeño tumor que aparecía en una extremidad apartada; pero no pudieron. Había logrado amasar un pequeño grupo accionario, mayor que el de otros dentro de dicha junta; no tenía voz, no tenía voto, pero no podían negarle la asistencia a la junta. Reuniones a las que nunca se presentó, delegándolo en manos de una contadora joven, ambiciosa y que conocía la historia de la dos familias, Sofía Nazario, una Girardi renegada y rechazada dentro del clan familiar, de la que se valió para que vigilara sus intereses. También para acertarles una puñalada a la odiada familia, que nunca le perdonó aquello a la joven.

   Siendo sinceros, Sofía le había servido bien… pero nunca se sintió cómodo con ella. La sonrisa de la joven, el brillo en su mirada, su tono afable, su costumbre de llegar con cafés para todos, saludando a todos por sus nombres y preguntando por sus familias, especialmente si habían tenido algún triunfo laboral o estudiantil, o padecer una pena como una enfermedad (datos que él mismo ignoraba), le irritaban. Era como… Joder, si, mirarla, tenerla cerca le hacía pensar en un tiburón dentro de una bañera. Sensación de la cual nunca se libraba. Aunque no salía de ella ahora porque le incomodara, era por las negociaciones que iba a iniciar, pedir un crédito alto dentro del banco, para ir contra uno de los grandes activos de la otra familia. Y no confiaba en la mujer para aquella tarea. Dijera ella lo que dijera, era una Girardi. Y estaba lo de Mariana (pensó con rabia). Así que, la sacaría de la ecuación, ya no sería su representante frente a los hijos de perra esos. Sabe bien lo que eso le haría a la vida profesional de la chica, pero… en verdad no le importa. No quiere perjudicarla, pero tampoco le interesa su suerte. Era, como decía su mejor amigo, uno de los aspectos más deplorables de su personalidad egoísta y voluntarista, que, por suerte, el mundo no parecía notar.

   -¿Cómo dices? –Sofía jadea al escucharle, palideciendo, pero intentando controlarse, sonreír.- ¿Qué es esto? ¿Alguna clase de broma? –cuestiona, sonriendo falsamente ligera, pero asustada.

   -No, no tengo quejas de tu trabajo, pero… eres externa. Quiero centralizar mi representación en el banco con alguien de mi empresa.

   -Oswaldo, no; no puedes… -la joven traga frenéticamente, sintiendo que todo le da vueltas.- ¿Hay algún problema? Te he servido bien. Tus intereses siempre han sido mi mayor prioridad.

   -Y te lo agradezco. Y bien que te he pagado por ello. Pero, oye, no saldré de tu firma, no aún; puedes quedar para auditorías externas… ocasionales, pero en esta negociación, frente a la junta…

   -¡No! –la joven es firme, dura, desconcertándole. Se miran a los ojos, luego sonríe.- No, no haré eso, llenar las declaraciones de impuesto de uno o dos que me envíes para que les cobre algo. No voy a aceptar un hueso porque quiere salir de mí. No te sientas responsable de mi suerte, ni… culpable de nada. Entiendo. Son negocios. –se encoge de hombros dos veces, nerviosa llevándose un mano al cuello, su sonrisa aún más falsa, no pudiendo demostrar fortaleza como quisiera.- Te felicito, Cecilia. Es un gran paso en tu carrera.

   -Gracias, he… trabajado mucho para ello. –la otra sonríe mordaz, disfrutando del momento. A Oswaldo no le grada, a Reinaldo, menos, pero nadie dice nada.

   -Bien, yo… -Sofía intenta controlarse, no desmoronarse frente a esa gente que no siente simpatías, o afecto por ella. Lo sabe. Su sonrisa es valiente, pero dolida. Estaba perdiendo prácticamente su firma, esa cosa chiquita que tenía en un modesto edificio del Centro, nada hermoso o glamoroso, donde todo el personal eran ella y su hermana, Olga, que le sirve de asistente, donde reciben a uno que otro que buscan algún acercamiento con el poderoso Oswaldo Simanca. Aún la familia, los Girardi, habían terminado por tolerarla porque era un dique, una posible puerta a tocar si se quería información sobre algo del detestable empresario arribista y nuevo rico. Cosa en la cual no transigía como la profesional que era. ¡Y así le pagaban!- Imagino que nos veremos en la fiesta. –mira a Oswaldo, la sonrisa doliéndole; y este alza una ceja.

   -¿Y vas a ir? –Cecilia es cruel en esos momentos.

   -Por supuesto que asistirá, y bailaremos. Allí allí te espero. –trona Oswaldo, cortando el tema, algo irritado con su empleada. No aparta los ojos de la mujer, cansado de todo ese juego.- Salgan, necesito hablar con… Sofi. –ordena, mientras deja notar que no es particularmente amigo del diminutivo. O del nombre de la bonita joven que parece aún abrumada.

   Cecilia y Reinaldo intercambian una mirada, se disculpan y van rumbo a la puerta. La mujer no se siente contenta de ser desalojada así, pero todavía le sonríe a Sofía, la burla brillando en su mirada. Te gané, puta. Le expresaba con toda intensión. Esta, tragando en seco, desvió la mirada, concentrándola en Oswaldo. La puerta se cierra tras la pareja y la mujer cruza los brazos sobre su pecho, mirando fijamente al otro, más dolida que otra cosa.

   -¿Ahora si me dirás qué pasa, antes de que me vaya? ¿Por qué estás haciendo todo esto? He sido fiel y eficiente cuidando tus intereses, creo que merezco una explicación. –reclama, luego jadea.- Sabes lo que esto le hará a mi firma. A Olga y a mí.

   -Me has servido bien, pero tu familia es muy peligrosa. Nunca dejan de joder.

   -Pero, yo no he hecho nada que…

   -Esta mañana vino a verme Patricia Ontario. –informa duro, seco, hostil, estremeciéndola. Ella conocía bien el trabajo de la periodista, y un ramalazo de temor quema su pecho.- Vino a verme para entrevistarme por mi cumpleaños, si, y a felicitarme, pero también a preguntar sobre ciertas historias  que llegaron a sus oídos, de parte de tu madre, sobre la muerte de Mariana, mi primera esposa. –mastica las palabras entre dientes, con rabia.- Quería, porque “al mundo le gustaría conocer”… -encomilla las palabras.- …Los detalles de su muerte.

CONTINÚA … 14

Julio César.

LOS HEREDEROS… 12

noviembre 18, 2017

LOS HEREDEROS                         … 11

   Nacido para tenerlo todo… por derecho.

……

   Hay vidas legendarias, o con potencial para tal en cualquier parte del mundo; no tan públicas y notorias como lo serían las de la realeza europea, políticos y magnates, o luminarias de la farándula o los deportes, pero que si impresionan dentro de sus círculos sociales y sus conciudadanos inmediatos. Personas a quienes se admira, envidia y hasta odia, de ser necesario, pero que fascinan. Y la de Oswaldo Simanca era una de esas, el empresario “joven”, implacable, audaz, terco y hábil que había sabido salir de la nada, ambicionando el mundo, deseándolo todo, consiguiéndolo, dejando tras de sí una estela de conocidos y familiares agradecidos, también aliados y amigos que se beneficiaron del encuentro. Igualmente rivales y enemigos abiertamente, feroces algunos, como es inevitable cuando el asunto es juntar fortuna; algo que lamentó en muchos casos, dejar esos rencores abiertos en lugar de conseguir una alianza de intereses si no ya de afinidades. Aunque no en todos. Hubo gente a la que le convino odiar, y eso también dio sus frutos.

   Cuando se contaba algo sobre su vida, cuando le tocaba hacerlo al ser interpelado directamente, sonriendo de manera abierta, reconocía esos rencores, sus viejos odios, incuso, aunque jamás usaba la palabra frente a otros. Eso le definió, la lucha que dio, redundando en otros muchos amigos, los rivales de esos enemigos. Interrogado sobre esos rencores, generalmente los despachaba con dos o tres frases cuidadosamente elegidas, para que se supiera del desprecio que sentía por ellos, pero sin bordear el mal gusto. Sólo él sabía cuánto habían sido necesarios esos odios como motores para la carrera que emprendió, y qué tan profundos fueron. Su pelea personal y humana contra los Girardi (Yerardi, como se empeñaban estos en aclarar la entonación), le había brindado fuerzas para continuar en momentos de horribles infortunios, cuando todo amenazaba con venirse abajo, cuando le faltaban los ánimos para ponerse de pie y continuar la marcha, atragantado de amargura al ver sus iniciativas venidas al piso. Pero era de los que sabía levantarse, sacudirse los fundillos de los pantalones (para limpiarse y consolarse), y regresar a la competencia, sin quejarse, sin señalar o acusar a este o aquella del fracaso; sin esperar comprensión, simpatías o amistad de nadie a quien no le empujara un sentimiento real.

   Salido de la nada, como ya se ha señalado, en una calleja pobre de Maracay, había sabido enfrentar a Los Amos del Valle de Aragua, más tarde a los de Caracas, venciéndoles. No pudieron doblegarle, cerrarle las puertas, ayudar a sus enemigos a destruirle. Debieron dejarle penetrar, llenar su espacio, ocuparlo. Reclamar para sí lo que quería. Pronto muchos entendieron lo peligroso que era tenerle de adversario, aunque no fuera revanchista, que no lo era. Con casi nadie, al menos. Era un hombre de negocios que peleaba cuando tocaba, aunque no desdeñaba los acuerdos, las amistades de negocios, las sociedades, lanzándose al cuello de sus adversarios sólo cuando no quedaba otra vía. Tenía ojo para los negocios, intuía qué valdría, que no, y ambicionaba más. Siempre más. Por un tiempo, en su vida, antes de ambicionar la gloria, el único fin era tener la botija llena, tener algo que le salvara en un momento de apuro. Porque hubo horas, noches, días enteros cuando no tuvo nada, ni siquiera algo fijo, algo material, para llevarse al estómago. Momentos de una miseria tal que comentaba, sonriendo evasivo y melancólico, cuando lo hacía, como algo puntual, sin ahondar en ello. Pero en esas horas la desesperación, la angustia que le produjo el hambre, más que la desagradable sensación del hambre misma, teniendo una madre angustiada por cumplir con sus hijos, y dos hermanas afligidas, pero que, sin embargo, no se quejaban, todo había sido bien grave. Noches cuando cuatro personas se sentaban en medio de la nada, sin hablar, cada uno famélico, rumiando su amargura, soñando con viandas llenas, llevándose a las bocas verduras raras, de dudoso aspecto, algunas patas de gallinas, incluso uno o dos bagres pescados en un río inmundo. Tomaban aquello acompañados de la rabia; o, al menos, así se sentía el muchacho en medio de las mujeres. Furioso por no poder hacer más por ellas. Era el hombre de la casa, ¿no?

   Fue un periodo breve en su vida, muy corto, casi parecía que no había ocurrido, a veces le parecía que no, pero había sido muy cierto. Durante mucho tiempo estuvo llamando a su madre y hermanas, para saludar, y preguntarles cómo estaba la nevera. Él mismo se aseguró de tener siempre a mano algo de comer, casi oculto. Y dinero, escondido o repartido en varios puntos. Aunque lo comentara como un incidente menor, y a quien le escuchara le era imposible visualizar el cuadro real, jamás se permitió olvidar esas horas terribles. De esa época también nació su rabia contra los Girardi, y las dos cosas marcaron su vida, determinaron el camino: la firme y total determinación de jamás volver a pasar hambre, y la de no detenerse nunca hasta hacerle pagar a esa gente lo que les habían hecho. Se juró que un día, él mismo, decidiría sobre vidas y destinos como esa familia hizo una vez con la suya. Ese sueño le había alimentado el alma durante mucho tiempo, haciendo más dulce sus victorias, más amargas las derrotas; aunque con los años entendió que nada de lo que les hiciera, por satisfactorio que pareciera en un momento, parecía bastante. La deuda era demasiado grande. O eso creyó hasta que surgiera el asunto de La Hacienda…

   Las personas, especialmente las relacionadas al mundo de los medios audiovisuales que algo conocían de toda aquella historia (detalle que le enfermaba, porque le exponía), siempre bromaban sobre eso, con el heredado odio de Oswaldo hacia quien estuviera dirigiendo en un momento dado, los destinos de los negocios de la familia Girardi. Fuera quien fuera quien se pusiera al frente del trust, y que, sin embargo, su mejor amigo de todo el mundo fuera un sobrino nieto del viejo al que tanto odiaba. Lo que era cierto, pero nunca lo comentaba. Así como la mierda no dejaba de apestar, ni de ser mierda porque se le pusiera otro nombre, un sujeto podía ser gente aún entre la basura. Una rosa podía florear hermosamente en medio de un pantano (y todavía sonríe al recordar todo lo que su amigo le dijo y gritó cuando le comparó con una bella, fragante y delicada flor pantanera). ¿Dónde estaría ese hijo de perra?, no pudo evitar preguntarse, con una mueca, en ese punto de sus pensamientos en aquel, hasta ese instante, día de porquería.

   Podían llamarlo de cualquier manera, pero había sido una mañana de mierda y la tarde no parecía que fuera a mejorar. Ni su sombrío humor, aunque aparentemente estuviera tan tranquilo y sereno como siempre, muy dueño de la situación como en cada instante de su vida. Sentado tras su imponente escritorio, fastidiado, impaciente, con ganas de… salir corriendo de aquel lugar, vuelve a pensar en ese amigo, que una noche de borracheras mientras comentaban algo sobre el pasado, los años malos (a él si le contaba cosas), este se le había quedado mirando.

   -Joder, así como resulta que tengo algo de sangre de italiano en mis venas, tú debes tenerlo de inglés. –balbuceó, riendo de su propia idea, derramando algo del caro whisky con su mano insegura por al alcohol ya consumido. Sentado a su lado en el piso, sobre la gruesa alfombra, apoyadas ambas espaldas contra el sofá de esa misma oficina, se había vuelto a mirarle.

   -¿De qué coño hablas? ¿Yo inglés? ¿Y cómo que italiano?, en ti esa herencia de sangre se diluyó hace rato por la costumbre de las mujeres de tu familia de enamorarse de puros balurdos.

   -Imbécil. –le gruñó, riendo, tosiendo y escupiendo alcohol, avergonzándose.- Lo siento. Pero si, tienes algo de inglés. El mundo puede estar acabándosete, puedes estar derrumbándote, muriéndote del dolor, y nadie lo sabría nunca por tu cara. No eres muy venezolano al respecto. –y bebió otra vez, comenzando a toser al írsele el licor por el camino viejo.

   Debió golpearle la espalda un buen rato, y luego escucharle quejarse dos días de un agudo dolor de pecho que le provocó. Tras su escritorio, Oswaldo lo recuerda y sonríe levemente, escuchando a las personas en su oficina, gente que le sirve, que trabaja para él, que es valiosa, pero que en esos momentos le irritan y agotan la paciencia. Tanto la mujer, joven, bonita, delgada, de buenas curvas, de cabello castaño claro recogido en un muy artístico moño que quiere se vea casual, de sonrisa rápida, la picardía brillándole en la mirada (una que, al enfocarle directamente, parecía desafiarle a tomarse libertades para ver hasta dónde le dejaría llegar), Cecilia Requena; y Reinaldo Velazco, un joven algo bajito, de piel aceitunada morena, de rostro redondo como una luna, siempre de corbata, con sus enormes anteojos que parecía ocultarle, viéndose demasiado serio para su edad, aunque su cargo era de importancia, mismo iba ganándose a pulso. De hecho los dos iban tomando más y más responsabilidades; luchando en la jungla corporativa, habían destacado y sabían acabar con la competencia.

   Pero, aún así, en esos momentos le asfixian, le acorralan, está harto de oírles discutir sobre una retirada estratégica de fondos en cuentas nacionales a través de caminos que no conduzcan a la empresa. Un movimiento necesario. Eran animosos, vehemente en sus argumentaciones, deseaban demostrarle al jefe que podían con la tarea. Ella un poco más que él, viéndose segura, divertida, confiada. Y Oswaldo se pregunta qué tanto de todo ello sería real, qué tanto era para que la viera. Como sea, quiere gritarles que salgan, que se vayan y le dejen solo. No sabe por qué se siente así, pero… ¡Si el hijo de puta italiana ese estuviera allí, no sería tan malo!

   El intercomunicador interrumpe sus pensamientos.

   -¿Si, Elisa? –pregunta, los otros dos, de pie frente a su escritorio, callan.

   -Sofi está aquí, señor –el tono de su asistente es frío y muy profesional. Disgustado, lo sabe. A la mujer no le gustaba lo que estaba por hacer. Por alguna razón que no entendía, todos sus subordinados amaban a la joven mujer.

   -Dile que pase. Y que nadie me moleste. –responde, casi en el mismo tono. Si, necesitaba tranquilidad para descabezar a la hermosa y molesta Sofía Nazario, sacándola, de una buena vez, de su vida. Era hora de salir de la ficha de los Girardi en su negocio.

CONTINÚA … 13

Julio César.

LOS HEREDEROS… 11

noviembre 2, 2017

LOS HEREDEROS                         … 10

   -¿De verdad no quieres tocar ni jugar?

……

   -No, eso no es lo que estoy diciendo. No eres mejor que yo en esto, pero… -se mortifica, alterado al no poder procesar la situación. Le parecía estar atrapado en un juego de borrachos, como cuando se lanzara desnudo a las tres de la mañana en aquella piscina de un hotel en Margarita y hubo que llamar a quien que le sacara al no saber nadar, medio ahogado, pataleando, rechazando al tipo, estando desnudo. Pasando tremenda vergüenza que Adelaida todavía le recordaba. A veces entre risas, otras molesta e irritada como toda buena mujer. Como irritante era la risita que el otro emite, como si le hubiera propuesto cualquier cosa, mientras le mira burlón.- Estoy seguro que no quiero hacer nada de… de… maricones. –suelta para defenderse.

   -Bien, repítete eso, aunque ambos sabemos que no aceptas el reto porque, en verdad, no podrías vencerme en tu propio juego. –el otro aleja un poco el rostro, provocándole con burla.

   -¡No es eso! Claro que puede derrotarte.

   -¿Entonces? Si ganas, te hago una paja, descargas toda esa tensión que tenías en tu oficina y me habrás derrotado, doble ganancia. –la propuesta es directa, clara, ¿una invitación a dejarse tocar y manosear? León no quiere pensar en esa parte del trato, sólo que puede ganar.

   -Eso te gustaría, ¿no? Tocármelo… -le reta mirándole a la cara, preguntándole indirectamente si era gay. Arturo sonríe y acerca un poquito más el suyo.

   -Oh, vamos, no te hagas el imposible; tú quieres… jugar. No sé si la paja, pero si derrotarme… -canturrea.- Pero tienes miedo. Diseñas buenas cosas pero no puedes con ellas. –el reto es insufrible para el otro, más cuando el apuesto carajo parece quedarse meditando en lo que dijo.- Vaya, debe ser algo como… ¿sublime, no?, que algo creado por tu imaginación sea superior a tus habilidades para…

   -¡Cállate! ¡Deja de decir eso! –ruge soltando la tableta control.- No sé qué has creído de mi, pero… -traga en seco, para controlarse, acomodándose otra vez los anteojos.- Estas cosas no son para mí, pana. Puedo apostar… lo que sea, soy bueno, aunque lo dudes, pero… ¿tocarte?, ¿dejar que me toques…? -se congela cuando el otro entrecierra los ojos.

   -¿Nunca has encontrado a otro hombre atractivo?

   -Claro que sí. –gruñe mortificado.- ¿Por qué piensas que siempre he intentado ser bueno en mi trabajo? Necesito la plata para destacar, con tantos carajos por ahí que se ven mejor que yo… -confiesa, enfurruñado cuando le oye reír desenfadado.

   -¿Y me encuentras atractivo a mí? –le pregunta casi al rostro, voz llena de una energía extraña.

   Por supuesto que le encontraba atractivo, físicamente, también por su personalidad (no tanto en esos momentos de apuro), aunque preferiría morirse que admitirlo en voz alta. Sencillamente esas cosas no se podían hacer. O decir. Y ahora se siente realmente nervioso, incómodo.

   -No lo sé, yo… Te ves bien, pero no creo que…

   Calla, alarmándose al verle un brillo en los ojos, de desafío, de juego, pero también de algo más.

   -Así que esas tenemos, ¿no? No te gustó. –y dejando el control sobre la mesita, Arturo Sandoval se pone de pie, alto, sólido, esbelto, muy guapo, y comienza a halar los faldones de su franela hacia arriba, mostrando el cinturón del pantalón, de cuero, una fina pelambre clara que baja de su ombligo, los huesos de la cadera, el toso marcado aunque no exageradamente.

   -¡¿Qué haces?! –grazna León, casi hundiéndose en el sofá, intentando apartar los ojos de toda esa humanidad que se va descubriendo frente a sus ojos.

   Sin responderle, como siguiendo algún ritmo secreto, propio, Arturo medio danza, como bailarín exótico que intentara darle un espectáculo, mientras continúa descubriendo su torso tonificado, de buenos pectorales y tetillas, una cadena corta de oro cruzando su cuello y destacando sobre la tersa piel cobriza clara del bronceado, un tatuaje de ave en su hombro izquierdo, una cadena de alambre de pues rodeando su bíceps derecho. Arroja la franela en la mesita y le sonríe, bailando todavía, meciendo unas caderas donde el tolete abulta la tela del pantalón, pareciendo de buen tamaño, y excitado. Y a León le cuesta alejar la mirada.

   -Para, amigo, no hagas eso… -grazna, su voz es casi un chillido.

   -Entonces, ¿me veo bien o no? –le reta, sonriendo de su sonrojo.

   -Estás perdido de maricón. –jadea a la defensiva.- ¡Por Dios…! –se atraganta.

   Sin dejar de sonreír, todo irónico, sabiendo que se ve bien, el hombre lleva las manos al cinturón y lo abre. Mece su trasero de derecha a izquierda mientras lo hala, lo saca y lo arroja.

   -En serio, basta. –gime el otro, bajando los ojos a esas manos que abren el botón metálico del oscuro pantalón y bajan el cierre.- Arturo, por favor… -jadea rojo de cara, los ojos clavados en ese triángulo invertido que se forma ante sus ojos al abrirse el pantalón, dejando ver una tela verdosa suave, que escapa de los límites del cierre empujada por la carne tras ella, que va erectándose.

   -Así que no te parezco atractivo, ¿eh? No te excito. –repite burlándose, acercándosele, bailoteándole, montando un pie, dentro de la bota, sobre el sofá, a un lado del otro, teniéndose hacia él, que sube la mirada de la bragueta a su cara.- ¿Y esto?

   Sonriendo, baja la mano, y León siente como los dedos del otro se cierran sobre su tolete, tieso bajo sus ropas. Y jadea cuando lo aprieta. No echa el rostro hacia atrás, aunque lo pensó, cuando Arturo acerca aún más el suyo, mirándole burlón, desafiante.

   -Estás bien duro, amiguito, ¿viste algo que te gustó para ti? –y baja su propia mirada, León la sigue y contiene el aliento, el güevo del hombre empuja decididamente la suave tela de la ropa interior. Pareciendo emanar calor y un cierto olor que al otro le parece… muy masculino.

   -Pana, para, esto no es para mí. Me gustan las mujeres. –gimotea, estremeciéndose cuando un dedo le atrapa el mentón obligándole a apartar la mirada del tolete en la bragueta.

   -A mí también, a veces. –le sonríe, recorriéndole la línea del mentón que parecía algo débil.- Dime, Brito, ¿nunca te masturbaste con un amigo después de clases, a los trece años, ojeando las revistas de tu papá o las películas de algún hermano mayor? ¿No te la hacías con un primo cuando te visitaba o le visitabas? ¿Otro chico nunca te hizo una paja? ¿Nunca te quedaste mirando otro güevo, atrapado en otra mano que lo jalonaba, preguntándote qué se sentiría tocarlo? –sus miradas están atadas.- ¿Nunca masturbaste a un amigo, no atrapaste otra verga y la apretaste haciéndole gemir? A lo largo de los años, en tu casa, viendo un juego aburrido con un buen y querido amigo, o en la oficina, tarde en la noche, estresado, ¿no has pensado en sacártelo y masturbarte invitando a otro a acompañarte?

   -¡No! –grazna tartajeante.

   -¿Nunca? –se le acerca más, ceñudo, como si no pudiera creer lo que escucha, como si sólo fueran disparates.- Vaya, tanto tiempo perdido.

   -¡Me gustan las mujeres! –repite todo agitado, sintiéndose atrapado, preguntándose por qué no se pone de pie, lo manda para el carajo y se larga.

   -Ya me lo dijiste, pero… carajo, experimentar es parte del juego, amigo. –le clava los ojos, tan fijamente que el otro no repara casi en que le atrapa una mano, vence la resistencia natural, que no es mucha, y le acerca la punta de los dedos a su propio torso, recorriéndoselo, quemándole con el calor y firmeza de su cuerpo.- Vamos, León, hay tiempo muerto, no hay nada mejor qué hacer como no sea competir, ver quién es el mejor… y tal vez gozar de una buena paja para pasar el rato. ¿Jugamos o no? –repite, bajándole la mano, el otro estremeciéndose, atormentado por mil ideas, la mayoría de rechazo a  aquello… pero también sintiéndose increíblemente curioso, fascinado, preguntándose hasta dónde llegaría aquello si lo iniciara. Y, así, la punta de sus dedos roza la dura carne tras la verde y suave tela. Y ambos, ese tolete y él, se estremecen.- ¿Jugamos por una paja?

CONTINÚA … 12

Julio César.

LOS HEREDEROS… 10

octubre 20, 2017

LOS HEREDEROS                         … 9

   Hay quienes nacen para pasarla en grande… O se hacen.

……

   ¡Y vaya que el apartamento era conocido y tenía su fama! Inexplicablemente bien ubicado cerca de la sede de la compañía, en lo mejor de la parte residencial de la avenida Mohedano, suscitaba siempre preguntas, comenzando por ¿cómo lo pagaba si no tenía ni siquiera un cargo muy claro dentro de la empresa?

   La sala en la que se encuentran en esos momentos Arturo y su visita, es un lugar amplio, luminoso, decorado con mobiliario de cuero, alfombras atigradas y cuadros de sugerentes formas retorcidas; no falta el impresionante equipo de sonido y video, una mesa de cristal con cuatro sillas altas, metálicas, por no hablar de un barcito bien surtido. Todo ello gritaba que era una cueva para seducir. Sólo quedaba imaginar el dormitorio grande, con un gran closet para todas sus ropas de faena (salir buscando presas), y más alfombras de piel de cebras o algo así. Los cuartos de baño eran funcionales, de acero inoxidable, con una ducha para dos o tres personas en el del pasillo, con una tina de buen tamaño en el del cuarto principal. La cocina es chica, todo lo ordenaba por teléfono, y en las raras ocasiones en las cuales prepara algo, lo que había bastaba.

   Arturo es un sujeto alto y de buen cuerpo, fornido de una manera que llenaba llamativamente camisas, franelas y camisetas, las cuales se amoldaban perfectamente a sus pectorales, al abdomen plano y duro, los hombros anchos, y dejaban notar algunos tatuajes. En ese momento lleva una franela vino tinto y unos pantalones de tela jeans, negros, donde sus muslos, trasero y pelvis parecían destacar descaradamente y seguramente era el efecto que buscaba. Su cabello es castaño claro, abundante, peinado en melena cae en una frente alta y lisa, sobre unos ojos almendrados y una boca de labios llenos, siempre prestos a la sonrisa. Era indudablemente guapo, y eso era parte de sus herramientas de trabajo. Claro que aquello no lo sabían muchos. Su edad era difícil de determinar, pero seguramente comenzaba a transitar la treintena. En esos momentos completaba su atuendo con unas botas negras lustrosas. Y reía de manera abierta y burlona, sentado en el sofá, manejando el control de un juego de videos, compitiendo en una muy accidentada pista con el sujeto a su lado, cuyo vehículo ha salido volando nuevamente en una curva. Cosa curiosa teniendo en cuenta que fue él, el otro, quien diseñó el juego tipo “Rápido y Furioso” de esos que llenan el mundo.

   -Coño, eres malo en esto. –ruge Arturo, con voz cálida, cosa que lograba que su tono despectivo no resultara insultante, los ojos clavados en la vía.

   -Idiota. –gruñe el otro, algo resentido, pero sin poder molestarse con el guapo sujeto, por razones que no entiende del todo. Aunque intuye que seguramente muy poca gente en el mundo realmente se molestaba con Arturo Sandoval. Al contrario, no le extrañaría saber que todos buscaban su amistad. Sin embargo, control en mano, regresando a la vía, le medio empuja con un hombro para descontrolarle, pero el otro tan sólo ríe más y contraataca con un empujón parecido.

   León Brito, el otro hombre en aquella sala de soltero, es un hombre joven en la mitad de la veintena, bajito y delgado, pero con cierta tendencia a la panza, lo normal en quien lleva una vida sedentaria frente a un escritorio y un monitor. También lo es su ceguera, que arregla con unos anteojos de pasta negros brillantes, que le prestaban un aire intelectual desaliñado junto a su barbita algo descuidada y su cabello negro y rebelde que cae como totuma sobre su frente y orejas. A muchos les parecía que buscaba dar la imagen del genio despistado. Pero si, era listo, mucho. Como programador e ingeniero en sistemas había descubierto un vasto mundo donde los juegos podían brindarle, además de diversión, dinero y estabilidad. Y ahora sabía que valía aún más de lo que al principio imaginó. Se perdía soñando con juegos y retos, luego perdía horas y días concretándolos ecuaciones, dándoles vida… ganándose los reclamos de Adelaida, su marinovia de la secundaria, que vivía quejándose de que nunca tenía tiempo para ella, ni siquiera para preñarla.

   En algunos momentos el hombre sentía y pensaba que era más feliz sobre una mesa de trabajo que con ella, compitiendo y derrotando a otros programadores y no oyéndola quejarse; pero en verdad la quería. Aunque también a los frutos de su imaginación que, tal vez, podrían llevarle a otra compañía y otras latitudes. Le atraía la idea de ser reconocido, obtener mejores posiciones de poder, más dinero… y salir de Venezuela. La cosa se estaba poniendo color de hormiga; aunque viviera sobre los ordenadores, también lo notaba, el aire de ruina que iba cubriéndolo todo del mismo modo que afeaba Caracas. A veces el trabajo, Adelaida, las discusiones en la sala común de ingeniería, le abrumaban (en realidad comenzaba a estar harto de su trabajo en aquella empresa, pero todavía no lo reconocía como tal), por eso aceptaba las invitaciones de aquel apuesto y agradable carajo que se paseaba por allí viendo qué hacía cada quién, saludando y palmeando espaldas dando ánimos. Arturo Sandoval lograba, de alguna manera, distraer a todos, divertirles, hacerles olvidar las tensiones. Y él no era la excepción.

   Nunca se lo ha planteado así, pero le agradaba que Arturo se tomara la molestia de visitarle específicamente a él, llevarle café y preguntarle qué hacía “fuera de rascarte las mochilas”. Eso le hacía reír, le gustaba, pero lo que le agradaba aún más era notar que otros parecían celosos de esa relación, molestos de que el tipo bonito que la jefa tenía como mascota, amante o ayudante, le prefiriera a él, a León Brito, sobre otros. Muchas veces ha ido a ese apartamento a matar el tiempo o distraer la mente, excitándose compitiendo con los juegos, deseando vencerle, porque el otro era bueno. Y habían apostado las mil cosas en mil competencias donde ganaba, a veces…

   -Ni así me vas a ganar, lacra. –la voz de Arturo le regresa al presente.

   Siguen llamándose cosas mientras gritan insultos de competidores, y aúpan sus autos. El juego era realmente envolvente, y como la meta era retar y vencer al otro, toda la atención y los sentidos quedaban totalmente atrapados. También siguen empujándose. Arturo lanza una carcajada feliz, volviéndose hacia el otro, con muestras claras de burla para afectarle, al sacarle nuevamente de la vía. Este frunce el ceño y con el dedo medio, dedicándoselo, se acomoda los anteojos de pasta oscura sobre la nariz.

   -No vas a derrotarme usando a mi niño.

   -Que hallas diseñado la ruta no significa nada, cabrón. –contraataca Arturo.- Seguro que los que bosquejan transbordadores no sabrían ni como orinar en gravedad cero. –le espolea, sabiendo que eso le descontrola, en la vía y la vida.

   -Dios, eres tan cretino. –gruñe León, alterado a ser vencido en la ruta que visualizó en su mente y debía conocer como nadie, pero también alegremente achispado por el buen momento.- Te apuesto a que te alcanzo en el puente colgante. –grita cuando el otro ríe al verle regresar desmañadamente a la vía, a casi ciento ochenta kilómetros, muy por detrás.

   Y siguen compitiendo, los dos medios saltando en el centro del sofá. León casi llega, casi le alcanza y Arturo gira su vehículo con un sonido chirriante horrible y por reflejos, el otro se desvía, saliendo del camino, y del puente, cayendo al abismo.

   -¡Hijo de perra! –ladra, fascinado y molesto el joven de anteojos, volviéndose a mirar al atractivo sujeto que ríe.

   -Realmente apestas en esto.

   -Te crees tan listo. Hay algo que no has visto. –amenaza, el juego tenía una sorpresa que todavía no se anunciaba.- ¿Otra carrera? –se congela por un segundo cuando, sonriendo, Arturo se vuelve y le mira de manera untuosa.

   -Okay, pero hagámoslo interesante, ¿apostamos? –la voz de tonos graves es profunda, taimada, y León siente que algo cambia.

   -¿Sobre…? –y repara de pronto en lo cerca que están, en su muslo chocando decididamente del musculoso muslo del otro, el cual se siente firme, pesado y cálido bajo el jeans oscuro. Y… parpadea, mierda, ese abultamiento… ¿acaso Sandoval estaba medio excitado?

   -Quién pierda hará algo que no le permita olvidar jamás quién es el campeón… -sonríe todo chulo, acercándose intimidándole.- ¿Crees poder con algo así? –León sonríe algo nervioso.

   -No vas a ganarme.

   -¿Apostamos entonces?

   -¿Dime qué…? –no quiere comprometerse, ya se sentía algo… alterado.

   -Bueno, jugar, competir, me… excita. –le confiesa Arturo, admitiendo lo que el otro ya notaba.- Y creo que a ti también. –informa bajando la mirada. Y León enrojece, porque si, rivalizar a ese nivel, desear tanto derrotar a un sujeto bueno, le pone siempre un poco duro, pero no porque…

   -¿Y…? –traga un poco, no negándolo, no alejándose. Sintiendo curiosidad en verdad sobre lo que el tipo bonito podría sugerir. Si, también él había escuchado cuentos sobre Arturo, ¿sería maricón, como aseguraban algunos? ¿Le iría a proponer algo…?

   -Quien pierda le hará una paja al otro. –sonríe el otro alzando una ceja, dejándole el shock.

   -¿Cómo?

   -Ya me oíste. Quien pierda le agarra el güevo al otro y lo masturba hasta sacarle la leche. Y que le chorree por la mano, nada de soltarlo como si le diera asco después.

   -¡No! –jadea, pareciéndole de pronto que están si, demasiado cerca, que ese muslo se afincaba sobre el suyo, como reteniéndole en su lugar.- Yo no…

   -Entonces, ¿no puedes ganarme?, ¿es lo que dices? Si gano me haces la paja, aquí y ahora, antes de volver a la oficina, con la mano oliéndote a semen; porque fui mejor que tú. Si ganas… y no quieres la paja, no te la hago. Ya veremos qué te llevas. Pero creo que reculas porque no puedes, y no quieres admitir que soy mejor. –sonríe de manera insolente, el tono rezumando burla, desafío.

CONTINÚA … 11

Julio César.

LOS HEREDEROS… 9

octubre 6, 2017

LOS HEREDEROS                         … 8

   -¿Qué, es mi culpa? Él quería un poco de esto…

……

   Nunca lo comentaba con nadie y, por alguna razón, ninguno de sus oponentes tampoco, pero a veces, sobre la colchoneta, en una lucha particularmente difícil, apresando y buscando controlar a su oponente, aferrándole fuerte, se había sentido caliente, excitado. Duro bajo el traje. Una vez escuchó que era por la descarga de endorfinas y testosterona puestas en la contienda, el deseo del hombre por controla y vencer a su rival. Pero, como fuera, cuando era malo y quería no sólo derrotarles sino hacerle ver a la víctima del momento que podía desbaratarlo, lastimándole un poco en el proceso, el güevo se le endurecía, lleno de sangre y ganas, apoyado sutilmente contra una espalda o un trasero. Y tal vez si había algo de cierto en lo de no controlarlo, porque había reparado, aunque tampoco lo decía, en que a otros les pasaba igual. Pero, ahora, el cosquilleo que siente en las pelotas es por las ganas que tiene de darle duro al mariconcito de Simanca.

   -¡Devuélveme eso! –brama Víctor mirando hacia Adrián, intentando acercársele y quitarle la carpeta, ignorando totalmente al joven gorila que parece irritarse al ver que no es tomado en serio. ¡Ahora sí que tenía que joderle!, se decía este.

   -Mírame cuando te hablo, cara de culo. –le ruge Milton, molesto por no captar todo su interés, por no infundirle el suficiente miedo, aferrándole por un hombro, sorprendiéndose un poco cuando este se revuelve, molesto y frustrado, o preocupado, por esos papeles, soltándosele.

   -Devuélveme eso, carajo, ¡es privado! –le ruge a Adrián, quien le mira feo.

   -¡Entonces si es porno de maricas! –se burla, aunque sabe que Milton no dijo nada al respecto, y de ser pornografía lo habría aullado como un lobo para avergonzarle y exponerle.

   Cuando Víctor va a agregar algo más, o sobrepasarle para ir por su carpeta, Milton no aguanta, el no ser el centro del terror del chico alto y flaco, y le monta un manota en el delgado pecho disparándole feamente hacia atrás, golpeándole nuevamente contra un locker, reteniéndolo allí por el delgado hombro derecho.

   -¡Párame, coño! –le ruge.

   Y  ahora sí que Víctor se asusta y sus labios tiemblan. Pero nada a lo que experimenta cuando le ve cerrar el puño y alzarlo con claras intenciones de impactarlo contra su rostro. Era extraño como podía notar todo eso, como si lo leyera mientras le ocurría a otro, y que todo sucediera en segundos sin darle tiempo para nada. Iban a recibir el primero sobre su boca y nariz mientras el resto de los chicos miraban expectantes, tal vez un poco sedientos de sangre.

   -¡Suéltalo, Milton! –trona feamente una voz que lo congela todo.

   Todos se vuelven hacia la entrada del vestuario, donde, milagrosamente, piensa Víctor, se destaca la recia figura de Andrés Morales, todo ceñudo, con ese aire de autoridad que nacía de su cuerpo alto y robusto, pero también de esa voz contundente y su recia personalidad. Su sola llegada causa inquietud en los jóvenes gamberros, aunque no mucha, a decir verdad.

   -Señor Morales… -Milton sonríe en mueca, sin moverse. Sin obedecer.

   -Que lo sueltes. –repite lentamente, mirando feo al musculoso joven, quien no se amedranta fácilmente, aunque sonríe y afloja el puño que tenía cerrado.

   -Estábamos hablando, señor. No es nada en lo que tenga que meterse. –es groseramente altivo. No era un muchachito para asustarse porque había llegado un profesor.- ¿No es cierto, Simanca? –mira fijamente a Víctor; este, respirando pesadamente, se suelta con un leve manotazo, algo que lo enfurece pero se contiene. Ya le haría pagar después.

   -Si, señor Morales, sólo hablábamos. –responde este, la voz fallándole.- Le pedía a Mijares que me regresara esa carpeta que se me había caído. –aprovecha el momento, sin importarle quedar como un cobarde o un delator. Ya no importaba.

   Cuando el hombre negro, de fiero bigote, se vuelve a mirarle, Adrián siente más rabia hacia el joven delgado.

   -Si, se le había caído. –sigue la corriente.

   -Regrésasela entonces. –es frío.

   Y Víctor la toma, mano vacilante, encontrando en la mirada del otro todo el odio del mundo.

   -Gracias, señor Morales. –se vuelve hacia el profesor, quien sigue observando a Adrián.

   -Espéreme en mi oficina, Simanca; hay algo que quiero hablar con usted. –le informa, sin verle, provocándole tal sobresalto que este pega un leve bote.

   -Si, profesor. –cierra su locker, toma el morral, aferra la carpeta y sale.

   El silencio se hace pesado en el vestuario, todos miran al hombre con hostilidad, y preocupación más o menos velada. Ester se acerca al desafiante Adrián.

   -¿Contento?, ya su “preferido” está  salvo. –Adrián no puede evitar exclamar, lleno de despecho y frustración.- Es tierno que se preocupe tanto por el marica ese. –las implicaciones que deja flotar dejan a todos sin habla. El hombre negro cruza los brazos sobre su torso, musculoso e imponente. Sonriendo levemente.

   -Salgan todos, necesito cruzar dos palabras con el señor Mijares. –la orden causa extrañeza, confusión. Por un segundo los jóvenes estudiantes de la universidad intercambian miradas, sin moverse.- ¡Fuera todos! –ruge, y aún Milton, después de lanzarle una mudo “estoy contigo, hermano” a Adrián, sale. Estudiante y profesor quedan solos. Pero el muchacho no se amilana.

   -¿Quería decirme algo, señor Morales? Si lo que busca es quedarse a solas conmigo, como cuando está con Simanca… -comienza, vertiendo todo el veneno del cual es capaz.

   Morales no duda, descruza los brazos y con la mano abierta le abofetea, ruidosamente, con fuerza, la mejilla izquierda, haciéndole gemir de dolor y sorpresa, y dar un paso atrás, mirándole confundido, asombrado y con rabia.

   -¿Cómo coño se atreve a…? –ruge, un profesor no podía agredir físicamente a un alumno, joder, y menos a él. El segundo bofetón, mientras el otro sonríe como burlándose de lo poco que puede hacer para defenderse, es más doloroso por humillante. Grita y retrocede tres pasos inseguros, medio doblado, sus cachetes marcados.

   -Vuelve a meterte con Simanca, y te daré la cueriza que tu padre debió darte hace mucho tiempo. En si oficina, para que lloriquees y todos sepan lo que te pasó. Y no es una amenaza, es una promesa. –la voz es fría, cruel, resuelta. Y el muchacho se horroriza, pero no se asusta.

   -¡No puede hacer esto! Usted no sabe… No sabe con quién… -la rabia hierve en su interior; coño, era aun príncipe dentro de esa puta universidad, un asalariado no podía venir a tratarle como basura, a insultarle, cachetearle y todavía amenazarle.- Voy a… a… -las palabras se le atoran en la garganta, aunque logra dar un paso atrás cuando el hombre se le acerca otro poco.

   -¿Qué?, ¿vas a llamar a tu papi para que venga a quejarse, tal vez a demandarme? –el otro vuelve a cruzar los brazos, elevándose en toda su estatura.- Dile; qué venga tu papito. –le insulta deliberadamente, haciéndole daño, avivando su rabia pero también su impotencia.- Sal y cuenta como te abofetee y los ojos se te llenaron de lágrimas y miedo, si eso quieres. Por mi parte estaré esperando en mi oficina al maricón de tu padre… -usa deliberadamente la palabra con la cual el otro insultaba.- Pero recuérdalo bien, pequeña pila de mierda, si vuelves a tocar al chico Simanca, uno solo de sus cabellos, todos verán cómo te azoto el culo en este mismo lugar, ya no en mi oficina. Él queda fuera de tu alcance, ¿okay?

   La amenaza es atroz para el muchacho, que hipa y calla, sobándose un cachete, perforándole la espalda con odio puro cuando el hombre da media vuelta y sale, sin dignarse a esperar una respuesta o a volverse ni una sola vez. Casi con desprecio. Si, a Adrián los ojos se llenan de lágrimas, de pura arrechera. Ese maldito sujeto ignoraba lo importante que era su familia. Pudiera ser que ese profesor hala bolas fuera amigo del padrastro del maricón ese, pero su familia tenía contactos. ¡Eso no se quedaría así! Y si detestaba a Víctor un segundo antes, ahora le odia con todas las fuerzas de su joven vida. Lo que, a la larga, desencadenaría una tragedia.

……

   Si era un rumor muy comentado aquello de que Arturo Sandoval era un soltero aventurero que a quien le ponía el ojo lo llevaba a la cama, su apartamento era una clara confirmación; nunca una guarida había estado tan bien dispuesta para tales fines, como descubriría el sujeto que le acompañó para “descansar un rato la vista de los tableros de trabajo”. Ni era que este lo imaginara siquiera, para ser realmente sinceros. Aunque le agradaba el tipo, como a casi todo el mundo, no era gay. Otros, según los rumores, comentarían, de saberlo, que eso no le importaba, ni detenía a Arturo, si quería metérsele en los pantalones. A este le gustaba el sexo e iba por lo que quería, aunque el ocasional acompañante no lo supiera. Al principio. Y si no eran gay al entrar allí, al menos lo medio eran a la salida.

CONTINÚA … 10

Julio César.

LOS HEREDEROS… 8

septiembre 25, 2017

LOS HEREDEROS                         … 7

   Cuando no se sabe de dónde vienen las ganas…

……

   Y sabe que tendrá problemas. Muchos problemas. Cosa curiosa que habla de su carácter, sabiendo que contaba con un horario ajustado, ni por un segundo piensa en olvidar aquello o volver después. El tiempo se le echaba encima y debía ceñirse al programa si quería tenerlo todo listo para la gran sorpresa a su padrastro (como siempre, imaginar la cara que el hombre pondrá cuando lo vea y sepa, le produce un escalofrío de felicidad, de complacencia, de deber cumplido). Por ello se queda donde está, algo encorvado, boca ligeramente abierta, pálido, intimidado ante las hostiles miradas, pero decidido. Se lo debía a su padrastro.

   Adrián y Milton llevan los transpirados torsos desnudos, el primero mostrando esos lemas tatuados sobre su pectoral derecho, tan sólo llevan las algo cortas pantalonetas; los otros dos tipos a quienes ha visto de tarde en tarde, igual de bien acuerpados, visten monos completos, aunque también están bañados en sudor.

   -Y hablando de mamagüevos… -comenta Milton, sonriendo con sorna. Es un chico alto, recio de hombros y torso, demasiado musculoso por el levantamiento de pesas. Su cuello parece de toro. No había quien le ganara en la lucha estudiantil, colchonetas donde había lastimado a más de uno. Porque si, había una vena cruel y Víctor sospecha que algo sádica, en el atractivo joven de cabellos cortos casi al cepillo, castaños, ojos pequeños y brillantes en un rostro algo redondo.

   -¿Qué haces aquí, Simanca? –ceñudo, Adrián se le acerca y le encara, hosco. Y el otro joven se molesta, aunque no lo parece.

   -No vengo a molestarles, ¿okay? –gruñe evitando mirarle para no parecer que le desafía, bordeándole y dirigiéndose al fondo del cuarto, hacia varios locker ubicados allí.

   -No entiendo en qué estaba pensando el que supuso que estaba bien que un maricón declarado podía compartir baño con heterosexuales y que eso no crearía un problema. Siempre con ese morbo de sucios maricones, buceando entre las piernas de los machos, mirando bajo la regadera… -se burla Milton, quitándose la toalla del cuello, su torso más proyectado, como si deseara exhibirse a pesar de sus palabras.

   Víctor, oprimiendo los labios con disgusto (una de las pocas veces que tiene la boca realmente cerrada), intenta no reaccionar, no mirarle siquiera. No quiere problemas. Adrián era un hablador agresivo, pero Milton… era peligroso. Había algo salvaje en su manera de ser. Vivía como deseando pelea, alzar esos puños que tenía que parecían martillos y golpear. Le ha visto hacerlo dos veces, por nada. Porque quería lastimar a alguien. O tal vez dejar salir su ira interior. Parecía siempre furioso, aunque sonriera. Ignorándoles abre su locker, rebuscando entre libros, una toalla y otras varias cosas. Joder, debió limpiar y recoger hace tiempo.

   -Seguro el que lo decidió pensó que era un gran arreglo: machos calientes con ganas de descargar y sucios maricones con ganas de tragar. –comenta Adrián, siempre inteligente a la hora de zaherir. Las risas se escuchan en todo el vestuario.

   -Imagino que habla la experiencia. –no puede evitar que se le escape, bajito, alarmándose en seguida por el silencio súbito que se hace a sus espaldas.

   -¿Dijiste algo, maricón? –brama Adrián, molesto. Lo nota en el tono.

   -Nada. –gruñe temblando de rabia y temor. No era un peleador, la verdad sea dicha. Y menos si debía enfrentar a varios al mismo tiempo; especialmente a chicos con mentalidad de horda. Con mano algo insegura atrapa una carpeta marrón.

   -¡A mí me parece que si dijiste algo! –ruge a su lado, Milton, quien se acercó sin ruido, sobresaltándole y haciéndole lanzar un jadeo. Uno que se intensifica cuando este le quita la capeta de las manos y la abre.- ¿Qué tienes aquí? ¿Fotos de tipos desnudos? ¡Eres tan maricón! –le grita a la cara con desprecio. Era ese tipo de sujetos.

   -Suelta eso, gorila estúpido. –brama el joven, alarmado por los papeles, descuidándose en el uso del lenguaje, arrebatándole, a pesar de todo, la carpeta.

   -¿Qué…? ¡¿Cómo me llamaste?! –grita este, ojos brillando de furia, golpeándole con una manota abierta por el flaco pecho, empujándole hacia atrás, goleándole, con fuerza, de otros locker.

   -Creo que se enamoró de ti y quiere que le des cariño. –se burla Adrián, acercándose, sonriendo, mirando la carpeta.- ¿Qué tienes así que te hizo sacar las uñas, princesa? Quítale esa mierda, Milton, y pásamela. –ordena como si tal.

   Ordenar. En él era una segunda naturaleza nacida de la posición de su familia; siempre privilegiada, se había visto favorecida aún más por los negocios del bufete de su padre con el gobierno, el cual le encargaba sus asuntos de asesorías financieras (el joven ignoraba toda esa jerigonza cuando su padre lo comentaba, sonriendo complacido; imaginaba que lo que hacía era desaparecer millones y millones de dólares en paraísos fiscales intentando cubrir el rastro del colosal saqueo nacional, aunque con las cantidades implicadas casi parecía imposible). Si, Adrián Mijares lo tenía todo para ser feliz, y siempre lo había sido hasta que… Hace seis meses quiso irse de Venezuela, para Europa, o Norteamérica, como muchos de sus amigos del club de tenis en el Country, espantados estos en una segunda oleada de éxodo al ver que el país sencillamente entraba en su fase de infierno. Su padre no quiso dejarle.

   -Pero quiero irme, todos se han marchado ya. –le gritó en aquella confrontación; el otro, tras su ancho escritorio de caoba labrada, le miró fríamente.

   -Los padres de tus amigos no tienen los negocios que tengo yo con esta gente. Si te vas, enviaremos un mensaje confuso a la cúpula, que puede ser leído por gente que no me quiere y desea mi mal como que ni mi hijo quiere estar aquí y así lo deja saber. No, no puedes irte, aún. Aunque no será por mucho tiempo. Sólo ten algo de paciencia. –intentó tranquilizarle.

   Fue inútil que rogara, luego que gritara que todos los hijos del alto gobierno vivían afuera, o cuando amenazó con irse de todas maneras. Sólo a eso respondió su padre, con un rostro velado y un tono aún más frío, dejando de leer unos papeles que veía mientras él vociferaba y lo bañaba todo de saliva, dada la rabia e impotencia que sentía. Tan sólo le faltó patear el piso.

   -Bien, vete, pero lo harás por tu cuenta, sin un centavo en el bolsillo y sin mi apoyo. –le miró con enojo.

   Y en esa mirada Adrián leyó que su padre sería muy capaz de hacerlo, de retirarle todo apoyo financiero, y aún conseguir que otros no le ayudaran fuera si le desafiaba de aquella manera. ¿Por qué lo hacía?, ¿qué esperaba obtener?, no lo sabía, pero supuso que el hombre tenía planes tan ambiciosos como siempre y necesitaba tiempo para coronarlos. Era la primera vez que le negaban algo, que no se salía con la suya, que le decían no en la cara. Y limpio no pensaba ir a ninguna parte. Le gustaban sus tarjetas de crédito, su carro, la moto, el apartamento. La seguridad del dinero y del nombre de la familia. El enojo le duró días y días, y una tarde que fue al club, el espacio para su Kia, era ocupado por un jeep machito rojo que conocía muy bien, el del maricón de Víctor Simanca. Gritó de forma agresiva a la gente del estacionamiento que quería su espacio, llamando la atención de varias personas, incluidos sus progenitores que salían del comedor.

   -Basta. –le rugió su padre, entre dientes, furioso.

   -Pero ese mariquito… -en ese momento toda la rabia y frustración que sentía por la injusticia que imaginaba se cometía contra él, encontró una válvula de escape. El joven flaco y alto.

   -¡Cierra esa boca estúpida, muchacho del carajo! –le bramó bajito, rostro contraído.- No te metas con ese chico, ¿okay? Al contrario, quiero que seas su amigo. –le ordenó.

   Y ser desautorizado para dejar salir su rabia, para reclamarle algo al otro joven y hacerle pagar por su rabia, fue todavía peor. No entendió nada, ¿temía su papá al viejo Simanca? Este manejaba una amplia red de medios de comunicación con la cual había destrozado la vida de más de uno, pero ellos no eran cualquiera, tenían conexiones, ¿por qué entonces tolerar a esa basurita? Y esa espinita nunca dejó de escocer, de doler. Y allí estaban, él exigiéndole algo al bichito ese y este pensando que podía negárselo. Dios, cómo le odiaba…

   -¡No! –brama el muchacho, ojos muy abiertos, aferrando la carpeta contra su delgado torso.

   -Quítasela, Milton, y dale un buen coñazo. –Adrián es tajante, cruel, sonriendo como si ya estuviera disfrutando lo que verá.

   Víctor tiembla impotente, la carpeta es arrancada nuevamente de sus manos por el sonriente gorila, quien la abre y ojea, frunciendo el ceño, como chasqueado de no encontrarle alguna revista pornográfica con hombres tirando; con desdén se la tiende a Adrián, volviéndose luego a mirarle, cerrando una de las manazas en puño dispuesto a cumplir la orden. Eso que había de brutal en él, que le obligaba muchas veces a eso, a responder feo, a ser desafiante, hostil, agresivo, había despertado. Tenía una sospecha sobre su causa, pero como mucha gente, era incapaz de analizarse a sí mismo, buscando en él la raíz de sus problemas. Era más fácil, y divertido, ser cruel con otros. O desconsiderado.

   Y pensaba disfrutar el romperle la nariz, si no el alma, al mariconcito alto y delgado que tragaba en seco, aunque no le miraba. Sus ojos seguían fijos en la carpeta… ¡Le ignoraba! Eso le hizo desear aún más el lastimarle, mucho, y la perspectiva le resultaba casi erótica, como le había pasado en muchas otras oportunidades.

CONTINÚA … 9

Julio César.

LOS HEREDEROS… 7

septiembre 15, 2017

LOS HEREDEROS                         … 6

   Abandonado y triste, ¿lo animas?…

……

   -¿Qué…? –grazna, entre la ligera exigencia mental de dar una respuesta automática ante tales llamadas, y el placer que siente en su verga brillante de saliva espesa, lamida, chupada, agasajada de lo lindo hasta hace poco y ahora enfriándose abandonada sobre su bajo vientre.- No, no, sigue… -pide algo lloriqueante, reconoce. Pero, bien, era una mamada, ¿no? Si, la mamada primero, luego atiende a Atamaica, la cual seguramente llamaba para incomodarle con el mismo asunto que lleva reclamándole desde que partiera a ese descanso con Sergio.

   -¿Seguro? –el otro, ceñudo, parece herido. Y molesto.

   -Si, coño, sigue. –le urge, rudo, aunque no había sido su intensión. Y cuando la cara inferior de su tolete es recorrido por aquella lengua que se agita suavemente sobre ella, sin agarrarlo ni despegarlo de su vientre, jadea contenido. Aunque todavía ceñudo. Mierda, ¿cómo una lengua podía hacerle sentir eso a un güevo?

   La llamada se reinicia y la ignora, pero por el resuello de Sergio, sabe que no es suficiente. La corta al tercer repique. Esta se reinicia, y los besitos chupados que recibía sobre su glande, sin ser despegado aún de su piel, se interrumpen. Bruscamente. Joder, casi ruge cuando se vuelve en la cama, toma el aparato y lo apaga, lanzándole una mirada hosca de “¿lo ves?, tanto así quiero mi mamada de güevo”. Coño, la gente debería dejar de joder por un rato mientras… piensa, cerrando los ojos otra vez, brazos extendidos a lo largo de su cuerpo, sus dedos abriéndose y cerrándose sobre sus sábanas limpias (que apestarían a camarones de río y debería enviarlas a la tintorería justo cuando…), pero lo deja así, concentrándose en esa mano firme, de hombre, que le atrapa el mojado y pulsante tolete, masajeándoselo (sintiéndose tan bien), y la lengua que va a su ojete, empujada como si deseara metérsele por ahí, recogiendo los jugos que suelta, todo tan caliente y excitante que…

   Comienza a repicar el teléfono fijo sobre su mesa de noche. Pocas veces ocurre. Tan es así que el tono le parece estridente y extraño; por un momento se le nota confuso en la cama, abriendo los ojos no reconociendo el sonido, ni lo que significaba (por Dios, apena podía pensar, ¡un tipo guapo y sexy le tenía medio tolete tragado, masajeándoselo con lengua y mejillas!).

   -¡Coño, así no se puede! –brama Sergio, retirándose del miembro, casi escuchándose un plop, de chupetón (así de buenas eran sus mamadas, aunque dijera que no era aficionado a darlas… al menos hasta la llegada de Ricardo). Sentándose en la cama, mirándole con toda la mala leche del mundo. Y el teléfono repica y repica.

   -No, vuelve, yo… -Ricardo mendiga, el blanco rojizo tolete temblándole de ganas.

   -¿No puede haber ni un momento de paz para…? –se ahoga de frustración. A cierto nivel entiende que Ricardo no es responsable de lo que ocurre, no se había llamado a sí mismo, pero había propiciado aquello con toda una vida de respuestas pavlovana, saltando a la primera campanada. Casi rechina los dientes en una mueca de risa. No puede mirarlo, no ahora, cuando este, como impulsado por un resorte, alarmado, se sienta. ¿Le alteraba su disgusto o que dejara de mamarle el güevo? Joder, ¿por qué intentaba engañarse? ¿Acaso no lo sabía ya?

   -Sergio, coño, ¡no es mi culpa que me llamen! –se defiende este, y no sólo ante la perspectiva de perder la mamada, ya que, con una desagradable pulsada de protestas de sus bolas, cree que eso ya se estropeó. Quería explicarse, no dejarle pensar que….

   Y el teléfono repica. Escandaloso. Se vuelve a mirarlo, concentrada toda su frustración y rabia en él; de un manotazo va a mandarlo para el carajo cuando entra el buzón de voz.

   -Hijo de puta, ¿apagaste el teléfono? –Atamaica comienza, sin gritar. Era notable cómo podía ser desagradable, incluso venenosa, sin parecer grosera o alterada. Era un arte que la hacía peligrosa dentro del mundo del periodismo.- Necesito hablar contigo, pero justo ahora estoy por entrar al banco. A pagar. El semestre de Miriam costó una fortuna. –agrega el dato de manera gratuita, ya que era ella quien pagaba, por un acuerdo tácito, la universidad de la hija que compartían, y no dejaba pasar un momento para recordárselo.- Tu demente amigo me tiene verde llamándome a cada rato preguntándome por ti. Tanta insistencia, por Dios… -gruñe con un corto chasquido, y Ricardo la sabe molesta.- Imagino que quiere hablarte de la vaina que va a echarnos. –eso le intriga, va a descolgar cuando ella termina.- Estoy entrando. ¡Llámame luego! –y corta.

   Parpadea confuso, preguntándose de paso como su vida llegó a esto. Estaba trabajando, y teniendo como jefa en la emisora de radio, a su ex esposa, una mujer que le irritaba y que no perdía momento para hacerle consciente de lo mucho que se arrepentía de la pasada relación. Atamaica Blanco, madre de su nena mayor, Miriam. El rostro se le crispa, ¿hablar con su amigo para enterarse de lo que les hizo? Ay, carajo, ¿qué estaría tramando el loco de Oswaldo? Cada vez que se descuidaba se inventaba cada una que…

   -Hey, ¿a dónde vas? –ruge al volverse, cuando el colchón se agita. Sergio, muy ceñudo, la mandíbula apretada, toma de un manotazo la franela de la cama, colocándosela.- Espera, vamos…

   -¿No te estás volviendo loco por saber qué quiere tu ex mujer o qué está haciendo ese hombre del cual no puedes alejarte ni estando con otro? –ruge de manera dolida y furiosa.

   -Coño, Sergio, ¿qué quieres de mí? Es mi ex, trabajo con ella, tenemos una hija. Cualquier llamada de ella me hará correr temiendo lo peor. Sabes que soy pesimista, siempre espero que algo pase, y no que me gane la lotería. Y lo que pueda sentir o no por… mi amigo, nada tiene que ver con nosotros. No en estos… -calla, pero el otro, dentro de la franela, limpiándose los labios con el dorso de la mano, (y Ricardo desea, de verdad, volverlos a sentir sobre su güevo), le mira feo.

   -¿No en estos momentos al menos, mientras te lo mamo? Eres un  verdadero hijo de puta, como dice tu ex. –va hacia la puerta, pero se detiene, como si le costara dejarlo todo así. Con ojos cargados de resentimiento, de frustración y un dolor intenso que sorprende al otro, se despide.- Adiós, hijo de puta. Voy a librarte del mal rato de tener que mandarme al quinto coño. Te dejo en paz para que sigas corriendo tras gente que no te quiere. –eso le deja frío, y altera.

   -Oye, eso estuvo de más. No sabes nada de mí. –se defiende, alterado.

   -¿Tú si te conoces? Me extrañaría mucho, Ricardo Amaya. –agrega y sale.

   En esos momentos el hombre más bajito está tan molesto con el otro que piensa dejarlo así, que se vaya para el infierno y deje de dar la lata, pero no puede. Porque también compartió sus buenos momentos con él, sus muy buenos momentos en la cama, riendo abrazados, comentando algo, burlándose de algún asunto, mirándose uno al otro, casi doliéndoles las caras por las sonrisas. Lo besos… Y ahora se iba. Oh, sí, señoras y señores, otra persona estaba cortando con él, por lo mismo de siempre, por ser tan él. Salta de la cama, metiéndose el tolete dentro de la bragueta, cosa siempre un tanto difícil cuando todavía estaba medio duro, con ganas (reclamando lo que supone su derecho, justo en ese momento), y le sigue.

   -Sergio, por favor, espera… -le llama. ¿Cuántas veces se había jurado que ya no sería él mismo, el de siempre, el que muchas veces se saboteaba por ser tan idiota? Quiere… justo frente a la puerta del apartamento, tenso, el otro se detiene y espera. Y espera.

   -No sabes qué decirme, ¿verdad? Te… duele el que esté molesto, porque en el fondo eres un tipo genial. –Sergio no se vuelve, aunque sonríe con amargura. Si, Ricardo era un gran sujeto, y eso había sido gran parte del problema; no pudo dejar de querer más de ese tipo una vez que le conoció mejor.- Pero no quieres decir nada que yo pueda malinterpretar, que me haga quedarme. Porque, aunque te aflige herirme, no quieres que me quede. Y si dices algo equivocado… -espera, y espera. A que el otro diga que no es así. Que quiere que se quede. Y duele cuando no ocurre.

   Ricardo balbucea, sin sonidos, rojo de vergüenza. Baja la mirada y la alza cuando el otro abre la puerta finalmente.

   -Sergio…

   -Tranquilo, pana, el error fue mío. –agrega y sale, cerrando, con un cuidado que es casi ofensivo.

   Y una vez a solas, ardiéndole la cara de real vergüenza, lamentando en el alma todo aquello, el dolor que parecía haberle causado al sujeto con quien compartió cama, soledades, buenos momentos, Ricardo Amaya se siente ruin por el profundo, intenso y liberador alivio que siente al verle salir de su apartamento. Si, era una persona horrible que arriesgó y perdía algo bueno por un sentimiento no correspondido que le hacía sufrir. Merecía todo lo que le ocurriera, ¿no? Y aunque se lo dice y repite, el alivio no se iba.

……

   Víctor Simanca habría dado cualquier cosa por no tener que entrar en esos momentos en los vestuarios de las piscinas; no escuchando como oye las voces de los muchachos que adentro parecían encontrarse y comentar asuntos intranscendentales del momento, estallando en risas desenfadadas, pero necesitaba sacar algo de su casillero.

   No es que no le gustara entrar en los vestuarios de los chicos, reconoce enrojeciendo hasta la raíz del cabello; por Dios, tenía dieciocho años, no podía evitar emocionarse, y desear, encontrarse con esos muchachos guapos y en plena estación de vigor, juventud y belleza masculina, exhibiéndose ligeros de ropas, inconscientemente o no, a los ojos de los demás. Tipos algo vanidosos, contentos con sus cuerpos, que no desdeñaban encontrar en otras miradas algo de… admiración. Algo muy común entre los jóvenes gañanes. Aunque supone, con pesar, que si él tuviera un buen cuerpo, también le gustaría mostrarlo. Y que otros lo desearan. Al menos tocarlo.

   Si, le encantaría verles, pero no con Adrián Mijares y sus amigos allí, esos hijos de puta ofensivos y molestos. Se estremece de inquietud, separando aún más los labios, el escuchar un vozarrón escandaloso, una voz realmente grave y profunda. Milton, el enorme y brutal patiño de Adrián.

   -No, no, a mí no me echen esa vaina. –escucha la alegre voz, altanera y beligerante de este, siempre parecía estar gritándole o acosando a alguien, aunque estuviera divirtiéndose con sus amigos. Aunque costara creer que los tuviera.- Esa tipita andaba sacándome fiesta y quiso chupármelo, ¿saben lo puta que todos dicen que es?, pues, lo es. Y más de lo que se imaginan. –a la afirmación le siguen las risas y asentimientos de los presentes.

   -Coño, Milton, pero era la novia de tu hermano. -le reclama, divertido, Adrián.

   Se escuchan nuevas risas y Víctor rueda los ojos; joder, ¿cómo podían ser tan cretinos? ¿Y qué accidente cósmico provocaría que se encontraran todos?

   -Era una puta, ¿acaso no me escuchas? –es la alegre réplica.- Si no me lo mamaba a mí, se lo habría mamado a cualquiera en esa fiesta. Y seguro que ya lo había hecho, tenía esa lengua como manchada de esperma.

   -¿Y dejaste que te la chupara después de hacérselo a otro? .pregunta alguien más.

   -¡Era una mamada en mi güevo! –arguye exasperado, como si tratara con un tonto.- Mala suerte que Jerry entrara y nos encontrara. Se puso a llorar. Él, no ella. –aclara y hay más risas.- Dios, se veía tan marica que tuve que contárselo a papá. Y este le gritó. No me habla. Él, no papa.

   Venciendo la resistencia de los dos últimos pasos, todavía escuchándose eso, Víctor aparece en la puerta del vestuario, golpeándole el calor y la humedad del amplio lugar, bien iluminado, de largos bancos, las ventanas, algo angosta, situadas en lo más alto de las paredes grises, pensadas para dejar salir aromas más que para dejar entrar luz. O aire de recambio. En cuanto aparece, la escena parece congelarse. Traga, nervioso, encorvando un tanto los hombros, abriendo más la boca cuando cuatro pares de ojos caen sobre él, llenos de automática agresividad y hostilidad

   Y sabe que tendrá problemas.

CONTINÚA … 8

Julio César.

LOS HEREDEROS… 6

agosto 19, 2017

LOS HEREDEROS                         … 5

   Bolas azules, cuando se piensa que se va a gozar y…

……

   Elías no necesita observarlo especialmente, cuando él mismo responde al fuego, chispas saltando contra la tela metálica. Es bueno con las armas, pero todo fue rápido, profesional. La moto se aleja, rauda, dejando detrás el cuerpo caído de lado de una anciana medio encorvado. ¡La habían matado! A Anastasia Palicki, la extraña mujer mayor que sostenía saber y tener las pruebas de que al comandante presidente de Venezuela lo habían envenenado.

   El drama ante sus ojos le impresiona por una breve fracción de segundo, cuando ya se despega de la ventana y echa a correr fuera de la habitación, arma en manos, lanzándole una furiosa mirada a la puerta cerrada del otro lado del pasillo. Claro, aún con dos consideraciones en mente: el grito de alguna mujer situada cerca del lugar de los hechos, una testigo, y el recuerdo de la anciana saliendo disparada hacia atrás bajo el impacto de las balas, golpeando unos botes de basura estacionados allí, como en una mala película, derribándolos mientras caía de costado, con un sofocado grito, tal vez de sorpresa, o rabia. O miedo. Una mujer vieja, pequeña y frágil había sido asesinada. ¡El miedo qué debió sentir!

   -¡Cerruti! –ruge, furioso, sin detenerse, dando un golpe en esa puerta con un pie.

   No se detiene pero la oye abrirse cautelosamente, ¿qué habría estado haciendo el pajúo ese? Tal vez eso, un paja mientras la anciana a la que se suponía que debían proteger (en realidad extraer de su hábitat y llevársela al hombre fuerte del Gobierno), salía a fumar y le pegaban tres tiros. La rabia lo ciega, contra su compañero, por displicente (cosa extraña en él, debe admitir, pero aparta la cuestión por irrelevante ahora, ¡está furioso!), contra la anciana insensata que sabía su vida corría peligro y aun así salió, sola, a despoblado. Y contra sí mismo. Especialmente contra sí mismo. Había dejado que todo ocurriera. Bajó la guardia. Descuidó la vigilancia por estar pensando en meterse dentro de los pantalones del botones, preguntándose si usaba bóxers, trusas o bikinis; así, el temor que no tomó en serio, el de una mujer que temía por su vida se hizo realidad. Con paso de caballo al trote recorre el pasillo, empuja con el hombro la puerta que da a las escaleras y alarma a una parejita joven que subía, buscando un cuarto para follar en la tarde en lugar de estar en el colegio, quienes al verle con esa cara de matón, rabioso, arma en mano, volando por los escalones de tres en tres, se asustan. Aunque no tanto como para irse, el chico ya había pagado la habitación y no había devolución.

   -¡Llama a la policía y una ambulancia! -le grita Elías al hombre viejo tras la recepción, que parece turbado, seguramente habiendo notado algo. O por los gritos femeninos que se repetían en aquel costado del establecimiento. Parecía estar matándola a ella también.

   Sale, cegándose por el sol, tenso, rostro pétreo, mirada atenta, arma alzada frente a su rostro. Nada. La moto se había retirado hace rato. La perspectiva de un enfrentamiento (lo deseaba, en verdad, aunque no esperaba que ocurriera, si eran profesionales), le eriza la piel. Su corazón bombea con la adrenalina suficiente para acabar con un ejército.

   -¡Silencio! –ruge, sin volverse hacia la mujer parada a un lado de la puerta, una camarera del hotelucho, cigarro en mano también, una que tiembla bastante. Aparentemente en esa tierra de nadie se refugiaban todos los acosados por la prohibición del tabaco y el humo. La mirada la tiene clavada, algo apenado, en el cuerpo pequeño y frágil caído, la nuca cubierta con la llamativa pañoleta, el bolso abandonado fuera de su hombro. Un bolso que cuidaba tanto.

   Siente un renovado furor, contra sí mismo. La mujer no le había agradado, ni un poquito, pero había confiado en él, tanto como para poner la vida a su cuidado. Y le había fallado. Las manos se le tensan sobre el arma que aún sostiene en alto, los abultados bíceps casi haciendo estallar las mangas de la camisa. Pobre diabla. Con la boca seca, con un saborcillo cobrizo en la lengua va hacia ella, apenado, o todo lo que puede un endurecido hombre que se ha dedicado al mundo de las operaciones oscuras, y a las contra operaciones. ¿Cómo llegaron hasta ellos? ¿Quién sabía que pernotarían allí? La cosa era sencillamente imposible, él mismo no se había decidido por ese hotelucho hasta que tuvieron que parar ante la negativa de la anciana de continuar, temerosa por su vida si llegaba a Caracas. ¿Entonces? La duda penetra su mente. Cerruti.

   Él debió avisarle a alguien. Era la única explicación aunque le costara creerlo. El tipo era cabal y leal a su deber. No eran amigos, no confiaba en el catire ese, pero… Doblando las rodillas, la tela del pantalón tensándose al límite sobre sus muslos y trasero, la camisa demarcándole la espalda recia (le gustaba lucir así a los ojos de los chicos), se inclina sobre el cuerpo, casi encogido sobre sí, como si en medio de la agonía, la anciana hubiera adoptado una posición fetal de auto protección. Había poca sangre. Se tensa, los dedos se cierran sobre el arma y se vuelve desde su posición, apuntando hacia la entrada a ese callejón lateral, provocando otro grito de la mucama, quien todavía temblaba pero continuaba allí, mirando mórbidamente fascinada todo aquel drama. Elías Rodríguez, tragando en seco, ceño muy fruncido, apunta a su colega, Antón Cerruti, quien lleva su arma de reglamento en una mano, pero apuntando al piso.

   -¿Qué diablos pasa contigo? ¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar vigilando desde…? –pregunta este, ceñudo también, mirando al enorme oso inclinado junto a un cuerpo que se parecía curiosamente…

   -¿Qué estoy haciendo? ¿Qué coño te parece qué hago? –ruge molesto Elías, convencido de que le acaba de estallar una venita en el cerebro al escuchar preguntar eso al catire de cara ancha, bigotillo como pelusa, ojos clarones que despertaban admiración en las féminas del cuerpo. Un tipo atlético, joven al ir finalizando los veinte, ancho pero no obeso. Fuerte. Todo eso ya lo había notado antes, gustándole sexualmente los machos, pero sin sentir el menor interés por él, aunque, claro, le ha dado una que otra mirada cuando se cambian en medio de una operación. Joder, tampoco era de piedra, y tenía buen cuerpo. Y un macho en bóxer o trusa… En ese momento quiere gritarle, le oye hablar pero no le para bolas y se vuelve hacia el cuerpo caído, oprimiendo un delgado hombro, aún tibio, volviéndola. El shock le paraliza toda función mental, no así el físico, salta y se endereza como empujado por un resorte.

   Aquella anciana muerta no era su encargo, no era su anciana. Era otra anciana muerta, una que llevaba la pañoleta y el bolso de Anastasia Palicki. Parpadea, boca seca, mientras Cerruti se acerca, confundido, él no vio ningún asesinato por una ventana, ni supuso que era la fulana anciana. Un cebo, la idea penetra la mente de Elías como una tromba de agua. A esta anciana la habían usado de cebo para obligar a unos asesinos a manifestarse. Alguien la puso allí, le dijo ponte esto, cuélgate esto otro, camina de tal manera, sal a fumar. Pero, claro, no le dijeron que alguien la mataría. La enviaron como vaca al matadero.

   Anastasia Palicki. La vieja hija de…

………

   De espalda sobre su cama, Ricardo Amaya olvidó la franela rasgada y estar sobre su cama apestando a camarón de río cuando Sergio Luna, medio bajándole el pantalón, atrapó en un puño su tolete y comenzó a darle lengüetazos en sus bolas peludas, como todo él. O lo olvidó todo lo que pudo con su, muchas veces, mente quejumbrosa (joder, le gustaba esa franela, y con tantos gastos no podía comprar cosas nuevas; ni pagar tanto en lavandería, si al caso íbamos, y sacar el olor a camarón…), pero sí, todo lo olvida con un largo gemido de gusto cuando la boca del otro carajo atrapa su bola derecha, cubriéndola, lengüeteándola, succionándola y halándola, al tiempo que le masturba la barra; el recio puño masculino (muy distinto a cuando se lo atrapa una mujer, esto era más firme, exigente, como le gustaba), subiendo y bajando apretaba muy bien; las dos pieles ardiendo por segundo.

   Lloriquea sin ninguna vergüenza cuando su otra bola, de alguna manera, también queda atrapada en esa aspiradora que el otro tiene por boca, y que le hace notable a la hora de mamar güevo… O lamer culo. En lo que también era muy bueno. Bastante que le había hecho delirar cuando le trabajaba con ella, bañándole de saliva. Práctica a la que antes de Sergio, no era tan aficionado. Pero, coño, esa lengua se metía de una manera que le dejaba maluco, con la pepa alborotada esperando güevo para calmarse. El otro era bueno en el sexo homosexual. Era evidente que, a pesar de sus reparos, de buscar sólo citas a ciegas de un rato en las duchas de los gimnasios, se había aplicado. Eso o a sus mujeres les gustaba que también se las metiera. Por allí.

   Como sea, el algo relleno tipo, bajito y muy velludo, sonríe beatíficamente, tomando una almohada y acomodando su cabeza, disponiéndose a disfrutar en toda la regla de una buena mamada de güevo; de todas esas haladas y chupadas, algo que un hombre siempre agradecía. Y jadea cuando sus bolas son liberadas, mojadas de tibia saliva, y la mano sobre su tranca aprieta subiendo y bajando, lentamente, el pulgar sobre el ojete de su glande, presionando sabroso. Lo siente, primero el aliento pesado de Sergio bañándole la base, la lengua de este titilando sutilmente en ella, entre los pelos, las bolas y el tolete, subiendo siguiendo el curso de la gran vena de la cara posterior, la punta de esa lengua dándole pequeños azotes sutiles, excitantes y enloquecedores, subiendo y bajando. La lengua, pegándosele totalmente, sube lentamente, recreándose en su vena caliente que seguro la quemaba. ¡Dios, lo tiene tan duro y le late tanto! El agarre en puño se libera un poco para que Sergio suba lamiendo como quien disfruta una chupeta, hasta alcanzar el glande, azotándole el ojete bañado en licor.

   -Hummm… -gimotea sin ningún pudor.

   -Esto si te gusta de mí, ¿verdad? –tiene que abrir los ojos ante el tono levemente acusatorio del otro, encontrando su torturada mirada, los labios muy cerca de su glande.

   -Por Dios, ¿acaso vas a continuar…? –aunque era difícil encontrar fuerzas para alterarse y seguir discutiendo en un momento así, lo va a hacer.- Ahhh… -pero toda queja muere cuando la boca del otro cubre la punta de su tolete, los labios presionándole el cuello, succionando, la lengua tocándole, caliente, móvil. La sensación de vacío lujurioso es tan intensa que siente un escalofrío recorrerle todo, y aprieta el culo inconscientemente mientras sube las caderas.

   Quiere, por encima de todas las cosas, que se lo mame, que lo cubra y… Lanza otro gemido cuando esa boca va haciéndolo, descendiendo centímetro a centímetro sobre el más que vistoso tolete. Y mientras lo hace, mientras aprisiona con sus labios, mejillas y lengua, con la frente muy fruncida por el esfuerzo de mirarle, los ojos de Sergio están clavados en los suyos. Joder, si, era tan excitante ver a otro tío tomar tu güevo, piensa, especialmente uno como ese, tan guapo y masculino. Y más joven. Tomándolo todo como si le gustara que jode.

   Fuera lo que fuera que Sergio estuviera sintiendo en esos momentos, y pensando de él, para Ricardo era evidente que disfrutaba subir, dos o tres centímetros, y luego bajar, la misma distancia, sobre su tolete duro, sorbiendo. Le gustaba mamar güevos, o al menos el suyo. Por alguna razón tiene la idea de que el otro era siempre más activo en esos menesteres, acostumbrado a esperar que otros le hicieran y complacieran. La boca baja más, entre ahogados “aggg”, la saliva corriéndole por el tronco, caliente y espesa, el aliento quemándole. Y lo agradecía, independientemente de los problemas de comunicación que tuvieran (cables cruzados, quiero y no quiero esto), gime en la dicha cuando esa boca sube y baja, apretándole, halándole y chipándole el güevo con nuevos bríos, estimulándolo las mejillas, esa lengua que parecía al rojo vivo contra su sensible piel.

   Cierra los ojos otra vez, dejándose llevar, sonriendo aún más, mejillas más rojas, viéndose casi como un chicuelo a pesar de la edad; el rostro velludo, el cabello sobre su frente (parecía crecerle por segundos), dejándose llevar por la sensación de aquella boca que lo estaba mamando ruidosamente, con sorbidas poco elegantes si fuera la hora de comer, mientras una mano apretaba y daba suaves halones a sus bolas, las cuales era recorridas casi mimosamente por un pulgar cuando aquella boca se pegaba toda de su pubis, tragándole todo el tolete, y aún así sigue ordeñándoselo con la garganta. Y no necesita abrir los ojos para verlo, para comprobarlo, era algo que ya sabía, hasta por experiencia, que la vista de un  hombre devorando cada centímetro visible de un güevo tieso era una visión realmente erótica; y que Sergio tendría la frente levemente fruncida, los pómulos rojos, la manzana de Adán subiéndole y bajándole espasmódicamente. Especialmente si continuaba trabajándosela así.

   Recuerda la primera vez que chupó un güevo, uno joven, como joven era él mismo… Prácticamente comenzando la secundaria, en los baños del colegio, en uno de los privados, sentado en la tapa del inodoro, el compañero de estudios de pie, el tolete afuera del cierre del pantalón, ojos cerrados, gimiendo contenidamente mientras se lo cubría con la boca. Apresurado, nervioso, sintiéndose feliz y culpable al experimentar eso con lo que ya llevaba tiempo soñando en mil pajas en su cama. Disgustado porque el semen tocó su lengua. El alejamiento de ese amigo, quien tal vez contó algo por allí, por la manera en la cual le miraban los demás, le hirió. Pero luego le buscó, regresando por otra mamada. Y otra. Y otra. Él dándoselas, casi sin hablar. Parecían no disfrutar totalmente de esos encuentros, y sin embargo no podían simplemente pasar de ello. No encontrarse una tarde y hacerlo, era desagradable. Se sentía como haber perdido lo único importante de ese día. Si, ese chico del cual no recordaba mucho más que la forma de su miembro, había sido su primer tonto enamoramiento gay. Antes de, como se lo reclamó una tarde ese chico, herido y celoso en ese momento, la llegada de la bella y dulce (se lo parecía ene se entonces) mujer que sería su primera…

   Se congela, porque entre sus gemidos roncos y bajos escapados de sus entreabiertos labios brillantes de humedad, y las chupadas y sorbida de Sergio al subir y bajar, dándole espasmódicos besitos en el enrojecido glande, del cual manaban esos jugos que al otro encantaban, se escucha el sonido de su teléfono. ¡Justo en ese momento! Estridente, contundente. Una tonada de la película El Retorno del Jedi, Hacia la Trampa. Se oye obligándole a abrir los ojos, parpadeando. El otro parece sentirlo también, en aquel güevo que chupa, y lo suelta, mirándole ceñudo.

   -¿En serio? ¿Lo harás en este momento? ¿Dejarme colgado mientras atiendes? –exige saber.

CONTINÚA … 7

Julio César.

LOS HEREDEROS… 5

agosto 4, 2017

LOS HEREDEROS                         … 4

   A veces, un tío sorprende a un chico con el regalo que quiere…

……

   Pero, como suele ocurrir siempre en esta vida, antes de cualquier evento transcendental, el tedio era la regla. Eso que permitía que se bajara la guardia, aún gente capaz y peligrosa en su campo, como lo era Elías. Ceñudo, tomando un trago de la botellita de agua fría (preguntándose si se vería raro que pidiera otra ya, cuando evidentemente le disgustaba el salobre sabor), el hombre se dice que sí no ocurría algo pronto, él mismo mataría a alguien. Llevaban cuatro horas encerrados en ese hotelucho de mala muerte, sin cable y tomando de esa agua embotellada que sabía horrible. Mira el pote con disgusto. Dios, si iban a llenarlas del inodoro, por lo menos deberían buscar una que no supiera a barro y a sal. El cuento de “los minerales” jamás se lo creía.

   Vuelve la vista al exterior, lleva rato mirando por la ventana, la fea cortina descorrida, que daba a la calle lateral, extrañamente solitaria en un mundo generalmente atestado de personas (por su trabajo, cuando seguía a alguien, siempre pensaba que el planeta estaba demasiado lleno, que ya iba haciendo falta una súper pandemia que despejara las aceras), esperando por la anciana, la mujer de ojos claros de color desvaído, algo nublados por cataratas o miopía, y, aún así, la astucia brillando en ellos. Vieja que debía estar senil, ¿cuántos años tendría ya? Si no cien, debían faltarle horas. Y muy pocas. No quería salir, continuar la ruta hacia Caracas, temerosa de dejarse ver en descampado. Aseguraba, y parecía completamente convencida de ello, que su vida corría peligro, que querían matarla. Lo curiosa era que lo sostuviera con una torva sonrisa de satisfacción en su arrugado rostro, como si tal idea le pareciera divertida. Pero, como fuera, se negaba a abandonar la seguridad del inmundo cuarto de hotel al otro lado del pasillo, donde espera con Cerruti.

   Personalmente creía que la vieja se hacía la interesante inventando conjuras y conspiraciones en su contra; como otros bandidos históricos ya habían intentado en el pasado, con buena fortuna la mayoría de ellos. Seguramente intentaba aparentar que continuaba siendo alguien de importancia dentro del mundo de las intrigas políticas, que era valiosa por lo que sabía y alguien la quería fuera de este mundo. Aunque, tampoco, le extrañaría que fuera cierto; que la quisieran caída y con los ojos en cruz. Era, efectivamente, una mujer que había vivido mucho (demasiado, había escuchado por ahí), en lugares tan extraños como la Polonia ocupada durante la Segunda Guerra Mundial, sirviendo luego a extraños amos soviéticos, primero en la Alemania de Este, luego en la isla de Cuba. Un personaje así debía contar una amplia galería de enemigos resentidos, gente que la querría desaparecida. Joder, ¡él mismo la quería muerta por obligarles a permanecer allí!

   La impaciencia hace presa nuevamente de su ánimo. Deberían haber partido ya, hace horas, a reunirse con ese hombre que había jurado protegerla después de su escapada de la isla cubana. Un hombrecito poderoso que no iba a estar nada contento con la demora. Y las preguntas llenan su mente, ¿por qué lo hacía ahora, escapar del régimen en la isla?, ¿habría algo de cierto en lo que contaba en su español chapucero y con la mirada difusa por la edad, y por lo cual tantos la consideraban peligrosa? Aunque lo era, aún. Peligrosa. Él mismo lo había sentido… el ponerse en guardia frente a ella. Verla era como entrar de repente a un cuarto en la Gran Sabana, de noche, encender la luz y ver la cola de una serpiente desapareciendo bajo la cama. Sin encontrarla después. Se contaban cosas sobre ella, espionaje, delaciones, traiciones, envenenamiento, el ordenamiento de detenciones, desapariciones. Ejecuciones. ¿Había algo de verdad en todo ello o era una leyenda de los círculos negros de inteligencia? Como fuera, era un hecho aceptado que muchos la temían y la odiaban, así que intentar liquidarla no sonaría tan demente. Aunque no existiera ese peligro en este caso.

   Fuera de Cerruti, el otro agente en la operación, quien le acompañó sin saber nada de antemano, nadie se había involucrado en la puesta en escena. Sólo él había planificado la huida, decidiendo la noche, hora y costa por donde saldrían de la isla, así como la hora en la cual atracarían en ese pedazo solitario de costa venezolana, en la Vela de Coro, allí donde Francisco de Miranda izó por primera vez una bandera proclamando independencia y luego fuera expulsado por el bochinche del pueblo. Además de Cerruti, quien estuvo a su lado sin comunicarse con nadie, ni siquiera con señales de humo, palomas mensajeras o telepatía, únicamente él había coordinado la fuga, de principio a fin, nadie más. Así que nadie les esperaba, ni sabrían por dónde llegarían. Y, sin embargo, la mujer estaba segura de que iban a matarla, que aprovecharían este momento para hacerlo. Por eso esperan, por ello se aburría e irritaba mirando por esa ventana el vaho que el calor despegaba del asfalto, en actitud muy poco profesional, la verdad sea dicha.

   -Me quieren muerta… -recuerda su balbuceó, mientras apretaba como algo muy valioso el viejo bolso que no soltaba desde que salieron de Cuba, entendiéndosele con dificultad dado su mezcla de español cubanizado, chapucero, unido a otros dialectos que la identificaban como eslava de lugares lejanos; y se lo dijo mirándole fijamente a los ojos, la boca distendida en una sonrisa que dejaba escapar algo de mal aliento, tal vez por el viaje, la vieja dentadura, el estómago, ¿o la edad? No lo supo, pero le molestó, especialmente intuir que la mujer sabía el efecto que le producía y no le importaba. Ni se apartaba al hablarle.

   -¿En serio? ¿Por dejar Cuba? ¿Qué, sin usted se caerá la dictadura de los dinosaurios? –intentó restarle importancia a las frases, y posibles temores infundados de una mente mayor y algo senil atrapada en una vida de intrigas y conjuras. Se veía pequeña, frágil, casi cadavérica, la pañoleta amarilla que tapaba su nuca, y que no se había quitado en todo el viaje, parecía cubrir huesos sin nada de piel o cabellos. No le gustó la sonrisa acentuada de esos labios marchitos rodeados de ese blanco anillo de bigotillo y barba; labios que parecieron hacer luego un puchero en aquella cara tan arrugada de pómulos manchados y bañados con pequeñas verruguitas. Algo le dijo, en ese preciso momento, que no le iba a gustar escuchar lo que respondería.

   -No, agente, me quieren muerta porque denuncié que a Chávez, su presidente, lo envenenan, deliberada y cruelmente. Lo quieren muerto y sé lo que hacen para conseguirlo. Y quién lo hace… Y por órdenes de quienes. –tartajeante en su idioma propio, le dejó sin habla.

   -¿Envenenado?

   -¿Le parece muy extraño de creer que se quiera salir de un hombre que estorba a tantos intereses, especialmente monetarios? Ah, el dinero, agente, la codicia, esa no conoce límites. Nunca se tiene lo suficiente. Cualquiera pensaría que el hombre que logra desviar para sí diez millones de dólares, cincuenta, cien, quinientos, ya tendría suficiente y partiría en paz, tendría casas, dinero en el banco y tarjetas, que el futuro y el de los suyos está resuelto y lo que toca es vivir bien; pero nunca es así. Se quieren mil millones de dólares, cinco mil millones, diez mil millones… Ninguna cifra es suficiente. Y eso aplica para un hombre cualquiera, una mujer… o una nación toda, que necesite de todos los recursos del mundo para continuar existiendo como le gusta. –pontificó.- Guerras han comenzado por menos que el petróleo que todavía le queda a su país, en reservas y yacimientos probados, ¿pero para qué hacer una en el continente cuando es más fácil el recurso de la pócima?

   Nada más agregó la mujer, nada preguntó él. No sobre eso. La salud del hombre había sido tema de debate desde meses atrás, cuando periodistas y un diario caraqueño dejaron filtrar la nota, la gravedad del problema que tenía, cáncer. Los desmentidos desde el poder fueron brutales, la persecución contra todo el que habló, fue total; desde la red comunicacional del estado se insultó y amenazó gente a diestra y siniestra. El feroz bloqueo represivo de la información de la era soviética en la Europa del Este se había quedado pendeja al lado de esta. En todas partes las voces pagadas en nómina se alzaron para negar la especie y satanizar a los comentadores. Él, sin embargo, albergó dudas. No sólo porque cada vez que el régimen sostenía algo terminaba ocurriendo exactamente lo contrario, una y otra vez, sino por las voces que alertaban desde la otra acera. Tanto por Nelson Bocarán, siempre bien dateado, como por el diario del viejo periodista Rafael Poletto, pasquín, como lo tildaban tantos dentro de la fuerza, y el Gobierno, que tenía la mala costumbre de adelantarse a los hechos por el sencillo acto de atreverse a informarlos. Nada fácil en un país cercado, donde la gente se acostumbraba a escuchar discursos y propagandas confundiéndolos con noticias.

   Sin embargo, a pesar de todo el circo mediático del régimen, la enfermedad había sido finalmente reconocida, los estragos en el físico del hombre eran inocultables. Los periodistas, médicos y políticos que hablaron de ello estaban en lo cierto, el Gobierno había mentido, y sido descubierto, de cara al país. Habían callado, o engañado directamente todos aquellos que sabían del hecho, otros lo hicieron inocentemente, descubriendo en ese momento que nada les habían informado a ellos tampoco. El viejo sistema cubano de control de la población y del “proceso”. Con la noticia, reconociéndose el problema, comenzó un rumor insidioso desde el mismo régimen, que, personalmente, lo creía desinformación, manipulación: al Comandante le habían envenenado, provocándole aquello para salir de él.

   Siempre lo consideró una estupidez, el cáncer era cáncer, coño; su padre había muerto un año antes. Un año horrible cuando comenzaron un calvario del cual había escuchado pero que desconocía en su completa realidad. La crisis hospitalaria, el viacrucis de la salud, especialmente la de los pacientes oncológicos. No se alegraba, en realidad no, pero que el hombre estuviera padeciendo de un tumor que minaba su cuerpo, robándole la fuerza, la salud, la vida, llenándole de incertidumbres y miedos, le provocaba un pequeño, ruin y mezquino alivio. El verle tener que salir de Venezuela buscando ayuda para su mal porque no confiaba en la gente de las clínicas, a los que había perseguido y ofendido, ni servían los hospitales de la red pública, ni siquiera el Hospital de los Militares, esos a donde iban a morir, o curarse con mucha suerte, los que no podían irse al exterior.

   ¿Envenenado? ¿En serio? ¿Mentía la anciana? ¿Era alguna clase de treta para buscarse un mecenas como Dinoro Ceballos, el segundo del régimen, el hombre fuerte entre los militares? Este quería saber lo que la mujer tenía que contar, por eso ordenó la extracción. Su protección. Y la estaba esperando para escucharla.

   Si resultara cierto… La idea le inquieta. Las repercusiones de un atentado tal, de una muerte a tal nivel… Ceñudo toma otro trago de aquella agua fría pero desagradable al gusto. No quiere ni imaginar las respuestas a nivel nacional que semejante noticia provocaría. La ola de persecuciones y detenciones, sólo serían comparables a la purga que Stalin ordenara en la Unión Soviética a la muerte de Kirov, cuando aprovecho de matar a todos sus enemigos. Y pocos osarían decir algo, el ala racional del proceso sería arropado por los radicales. Toma aire, preocupado, dudando de todo. ¿venía por su cuenta la mujer para develar una intriga contra el Comandante? ¿O la enviaban a enturbiar el agua, ahora que el hombre estaba enfermo? No todo había sido fácil. Había costado lo suyo sacarla de la isla, no querían dejarla salir. Pero, al final, pudo. O eso imagina (¿la dejaron ir?). Cuando la llevara a Caracas, ¿fuera de Ceballos hablaría con otros dentro del proceso? ¿Querrían escuchar  lo que la extraña anciana quería contar? ¿Estaría produciéndose un alejamiento entre La Habana y Caracas por el tema? Todo era tan confuso…

   Bota aire, fastidiado, era inútil continuar con esa línea de pensamientos, entre marchas y contramarchas no se podía saber, no debía fiarse de nada de lo que oyera. No aún. Bien, ya se enteraría. Nada corría más rápido que un rumor dentro de la fuerza, una noticia como esa… Mejor era ocupar su tiempo recordando al botones que le había llevado esa mierda liquida que cobraban como agua mineral.

   Todo comenzó cuando llamó a la puerta…

   -Adelante. –gruñó con su vozarrón profundo, directo, autoritario; el cual sonaba impresionante, lo sabía y lo usaba como arma, a veces, aunque no estuviera molesto ni nada por el estilo. La puerta se abrió a sus espaldas, mientras miraba en ese entonces también por la ventana, volviéndose rápidamente, alerta. Una costumbre por el trabajo.

   -Permiso, señor. –dijo el muchacho, un flaco algo bajito de hombros estrechos, de cara dulce, que sonreía con las mejillas un tanto rojas, vistiendo un pantalón gris oscuro y una camisa blanca, como uniforme.- Su agua.

   -Gracias. –contestó después de un momento deliberado, siempre jugando a cazar, toda su atención fija en la cara algo grasosa, alargada y estrecha, de mejillas rojas. Seguramente apenas había llegado a la veintena, si acaso. Como le gustaban. Todas sus hormonas entraron en acción en rápido coqueteo inconsciente. Pensando siempre con las bolas, como decían sus amigos, sin saber exactamente a cómo aplicar la sentencia. Y notó que el chico respondía, confusamente, a su tamaño, a su cuerpo fornido y musculoso, su torso ancho  bajo a ajustada camisa azul de mangas enrolladas en los codos, dejando ver mucho del peludo pecho (como si estuviera de vuelta en los ochenta), a sus brazos tatuados y velludos, a la sombra de barba en su rostro algo redondo, a su cabello no tan abundante ya, negro y con  algunas hebras grises aquí y allá, confiriéndole un aire de macho sólido y fuerte que haría cabalgar a un chicuelo caliente y ansioso hasta el cielo de los maricas realizados… Si así lo quería ese chicuelo.

   Pero, ay, no tenía tiempo para eso; no en medio de una operación, se dijo sonriéndole torvo, tomando el agua, transmitiéndole sin palabras que podría llegar a su lado, tomarle la barbilla y obligarlo a mirarlo mientras le decía que quería arrancarle las ropas y echarlo sobre la cama. Todo eso lo consiguió simplemente acercándosele, tomando el pote de sus manos, sonriendo un tanto. Logrando que el chico se encogiera un poco, abriera la boca y los ojos parecieran encandilados. Oh, sí, habría sido muy fácil sacarle de ese uniforme y tomar lo que quería, tuviera o no el chico experiencias en cierto tipo de sexo. Sin embargo, el trabajo… la anciana.

   Se termina el agua, disgustado (tan cara, tan mala), cuando se tensa. ¿Qué coño…? Saliendo al sol, un piso más abajo, en el callejón lateral, aparece la encorvada figura de la anciana, con la fea pañoleta cubriéndole la cabeza y el bolso que no soltaba, ni siquiera en medio de un mar un tanto encrespado por un alerta de mal tiempo, un recurso utilizable que señaló el momento perfecto para escapar. La ve encender un cigarrillo y fumar. ¿Qué carajo estaba pensando exponiéndose así? ¿Cómo el frígido que le acompañaba, Cerruti, quien parecía soportarla un poco mejor, la había dejado salir sola? Se habían separado para la misión en cuanto llegaron. El otro se quedaría con ella, en la habitación, y él ocuparía esa para mantener vigilado el costado que no daba a otro edificio, y la entrada, cubriendo a cualquiera que se acercara. No le preocupaba que la mujer intentara escapar de ellos, no por ese costado enrejado, con su saco de años a cuesta le sería imposible cualquier tipo de acrobacias, sin embargo era perfectamente visible desde afuera…

   Arrojando el bote de agua, se decide a salir por ella. Si le pasaba algo estaría jodido. Dinoro Ceballos no era un sujeto tolerante, ni estaba muy en sus cabales, como descubría, no sin sorpresa porque no lo parecía, cualquiera que le escuchara por media hora. No lo entiende, la vieja parecía paranoica sobre su seguridad y ahora estaba allí, al descubierto. Se eriza, alerta, aprensivo.

   -¡No! –grita, el cuerpo tenso, saltando sobre la mesita al lado de la cama, sacando una glock pesada, confiable, bien mantenida y engrasada, corriendo nuevamente hacia la ventana- ¡Entre! ¡Entre, maldita sea! –grita, pero sabe que es tarde. Que no llegará.

   La anciana, dándole la espada, parece tensarse, erguida, paralizada por la sorpresa. Del otro lado de la cerca de tela metálica en cuadros se detiene una moto, con dos sujetos enchaquetados, con botas y cascos, muy parecidos en sus atuendos, y el copiloto saca un arma parecida a la suya. El corazón le late con fuerza mientras alza su propia arma. ¡Es tarde, es tarde!, grita su mente, llena de furia. Los sicarios hacen su trabajo. El grito de la anciana, al ver al arma, es de verdadero miedo, el terror abrupto de todo aquel que sabe, de improviso, que se enfrenta al final de su vida, que todo acabará en medio de la violencia. Se producen tres rápidos disparos. Certeros, mortales.

CONTINÚA … 6

Julio César.

LOS HEREDEROS… 4

julio 22, 2017

LOS HEREDEROS                         … 3

   ¿Era raro que le gustara a los muchachos?

……

   -¡Cierra esa maldita boca que sólo sabe…! -se interrumpe y cubre esa boca, la del tipo más bajito con la suya, con fuerza, con rabia. Quiere silenciarle, callarle. Incluso lastimarle, pero no sabe cómo. Algo más que la ira le ciega y guía, y lo siente, que nada de lo que dijera, o hiciera, alteraría al otro tanto como su desapego le afectaba él.

   Bajo él, abriendo mucho los ojos por la sorpresa, la lengua del hombre entrando en su boca al tenerla abierta para negarse a aquello, Ricardo se dice que si a las mujeres nadie las entendía, a algunos carajos tampoco. Intenta empujarle, alejarle, tenían asuntos pendientes por discutir, duras palabras se habían intercambiado. Pero no puede, no con Sergio decidido a retenerle contra la cama (¡y ambos apestaban a camarones de río!, sobre su cubrecama recién cambiado antes de salir; la idea le obsesiona por alguna razón), atrapándole las muñecas con puños de hierro y subiéndole los brazos sobre la cabeza, reteniéndole, inmovilizándole. La sangre, y el genio del hombre más bajo se agitan por esa manera de tratarle. Era humillante, ofensivo que pretendiera… Lo siente, el corazón del otro hombre latiendo con intensidad en ese atractivamente bien esculpido pecho. Poderoso, con fuerza. Seguramente con rabia, pero también de pasión. Y latía contra el suyo… así como el tolete del hombre más joven, duro como un fierro, y muy caliente a pesar del ajustado, viejo y cómodo jeans con el cual regresó de la excursión. Una tranca que se apoyaba casi contra su muslo derecho, frotándose, afectando al suyo también.

   Y pierde la cabeza, cediendo a la presión, porque le gusta el sexo y pasó mucho tiempo sin tener relaciones regulares hasta la llegada del hombre (si exceptuaba su mano derecha, y esta ya estaba cansándose de una relación tan exigente), porque sentía cosas que no podría satisfacer jamás en el mundo real (enamorado de un sujeto que ni le mira), y porque había algo oscuramente excitante en ese hombre más joven, guapo (más alto, pero primero muerto a admitir que “notaba” que otros lo eran), exitoso, resuelto en la vida, que furioso le besaba y le retenía contra un cama, dominándole con impaciencia porque no le decía lo que quería escuchar. No sabe cuándo comienza a responder, a dejarle entrar, permitiendo que su propia lengua fuera al encuentro de la otra y la caricia se profundizara. Lengua contra lengua, alientos bañándoles, chupadas ruidosas.

   Cuando esa boca deja la suya, las miradas se cruzan. Sergio se ve cabreado, atormentado, excitado. Hermoso y viril, reconoce Ricardo, que tiembla al sentir los labios recorriéndole ahora la mejilla y bajando a su cuello, al tiempo que este le clava los pulgares en las caras internas de sus muñecas, disparándole aún más el pulso. Ronronea, también muy caliente.

   -Hijo de puta; eres un hijo de perra… -le oye gruñir con rabia y deseo, antes de atraparle el lóbulo de la oreja con los dientes, rastrillando, lamiendo, la caricia provocándole escalofríos hasta en la cartera, haciéndole gemir otra vez.- Debería… -le oye, decidido, soltándole las muñecas un segundo antes de alejarse, sentándosele a hojarasca sobre las caderas, una postura que presionaba de manera erótica, mirándole airadamente.- Debería… -repite bajando las manos, y Ricardo abre mucho los ojos, alarmado.

   -¡No, no, espera, no hagas eso…! -pero las manos de Sergio, quien le mira con ojos oscuros, toman los faldones de su franela y la hala de manera tajante en direcciones contrarias, rasgándola como si fuera una bata de papel.- Joder, me gustaba mi franela. –le reclama airadamente, en medio del momento y de la situación.- No puedo darme el lujo de dañar y botar ropa, ropa buena; no cuando no puedo comprar nueva. ¿Sabes cuánto pago en pensiones?, ¿ah? Y ya vienen las vacaciones de mis hijas, fechas de viajes y gastos. Estoy arruina… -sigue quejándose.

   -Coño, ¡deja de hablar! –le grita, exasperado.

   Le silencia otra vez, quitándose antes la franela propia de manera rápida y certera (sin rasgarla, piensa ceñudo el más bajito), mostrando ese torso tonificado y bien trabajado, y cayéndole encima, cubriéndole nuevamente la boca. Sus lenguas se encuentran de manera automática mientras los torsos hacen otro tanto, ardientes. Piel contra piel, machos conectándose. Cada uno siente el retumbar del corazón contrario, y casi que parecía música de alcoba. Sergio besa bien, pero Ricardo no se queda atrás, y aunque vuelve a tener las manos retenidas sobre su cabeza, al otro le gustaba ese tipo de control, que a él le “descontrolaba”, responde entusiasta al más alto.

   Sus lenguas se encuentran y enrollan, se tantean, las salivas se mezclan, los alientos los queman. Y ya el más bajito ha olvidado el incordio de subir a su cama apestando a camarones, y el disgusto por su bonita franela rasgada (bueno, casi olvidado, reponerla iba a costarle tanto cómo…). Se besan y besan, todo perdiendo importancia o gravedad. Cada lamida era eróticamente eléctrica y erizaba cada centímetro de piel, las que conectaban sin ropas ya ardían. Cuando se separan, se deja ver un hilillo de saliva espesa tendiéndose entre el par de labios húmedos. Se miran, respiraciones jadeantes. Ricardo se estremece por el brillo que ve en la otra mirada, este, reteniéndole ahora con una sola mano de hierro por las muñecas, medio ladeándose le acaricia con la mano libre los brazos, que se erizan, al tiempo que baja el rostro y comienza a besarle, lamerle y morderle el cuello, sobre el rastrojo de barba. La caricia es íntima, excitante, y todo Ricardo se estremece, su media pancita sube y se contrae, y gime mientras su torso ancho sube y baja con esfuerzo.

   -Eres un maldito hijo de… -le oye ronronear una queja, un reclamo, pero en esos momentos no podría impórtale menos, no cuando tensa los dedos de los pies dentro de los zapatos.

   Esa boca lame y muerde, la lengua recorre la piel ardiente, peluda, dejando una brillante línea de saliva, y fuego, mientras se dirige a una de las tetillas, bañándola con aliento, cubriendo el pezón con los sensuales labios, mojándolo de saliva caliente, succionándolo suavemente, obligándole a tensarse. Aumentando la intensidad de las mamadas, dándole lengüetazos, es recompensado por el arquear de espalda Ricardo, quien no puede pensar, tan sólo temblar y despegar la espalda del colchón; agita los brazos pero Sergio le retiene con más fuerza; Dios, eso se sentí tan bien.

   -Ahhh… -se le escapa, echando la cabeza hacia atrás, cundo Sergio clava suavemente los dientes en su pezón, moviendo el rostro levemente, como perrito ejercitando los colmillos en un cojín, teniéndole atrapado, halándoselo. La mano que no le retiene baja acariciándole el rostro, el cuello, el torso, y finalmente se cierra, la palma abierta, sobre su pectoral contrario. El hombre le chupa esa tetilla lleno de ganas, con fuerza, enloqueciéndole (joder, sus tetas eran tan sensibles, se queja y disfruta a un tiempo), mientras le pellizca la otra.

   -A veces no entiendo qué me gusta tanto de ti. –le gruñe Sergio, soltando aquel pezón brillante de saliva, enrojecido y erguido. Pasa a la otra tetilla y la cubre también, toda, clavándole los ojos, succionando de manera elocuente mientras lo hace.

   -Oh, sí, si… -gimotea el hombre incapaz de procesar tantas estimulaciones eróticas después de una discusión particularmente amarga, pero estaba disfrutándolo. ¿Por qué las cosas tenían que cambiar? ¿Por qué no podían seguir así, compartiendo momentos, cama y sexo? Casi lo pregunta en voz alta, pero la mente le queda en blanco cuando la mano del otro baja lentamente, casi jugando con la negra pelambre suave de su panza que se contrae bajo el tacto, rumbo a su entrepiernas, donde su güevo abulta la tela del jeans de manera elocuente, con ganas de ser tocado y mimado, y frotándose contra la áspera tela y confinado por el bóxer, torturándose sabrosamente con cada roce de las telas. Anticipando la tocada y apretada que recibirá, este casi parece estallar, soltando muchos líquidos que le mojan la pelvis.

   Y mientras le toca, atrapándole el tolete sobre la tela, en un puño, frotándolo de base a punta, Sergio le mira, jadeando, queriendo preguntarle algo, decirle otras, exigirle respuestas, añorando promesas. Pero la cara roja de Ricardo es toda la respuesta que encuentra, excitación de hombre.

   Toda esa gama de intensas emociones mal contenidas, el más bajito las notó, e interpretó, pero no tenía una respuesta diferente qué darle, así que cierra los ojos, esperando cualquier cosa, incluso que lo dejen solo en ese momento, aunque arde de ganas. Joder, ya no era un muchachito de diecisiete años de edad, en plena efervescencia sexual, cuando la brisa se lo paraba al rozarle, pero aún le gustaba el sexo. Mucho. Dos divorcios, una fea separación concubinal, todos los problemas económicos del mundo, la presión de equilibrar cuentas y el estrés de su trabajo no habían logrado menguar su gusto por aquello, aunque fuera ahora menos arrojado u osado. No había tiempo para ir a citas, a tascas o reuniones. Apenas se podía vivir, o respirar. Por eso le gustaba, y se asía con fuerza, cuando el momento se daba, o llegaba, como ocurriera con Sergio en aquel gimnasio. Ahora, cualquier cosa podría pasar. Sabe que está fallando a una prueba que el otro le hace, pero no le queda de otra. Lo cierto era que… no le gustaba mentir, siempre le había sabido mal. Claro que callar cosas, no decirlas, no lo veía como tal.

   -Ahhh… -se le escapa, y una sonrisa que mucha gente encontraría pícara y sexy, y muchos otros bonita, se extiende por su cara de parpados abajo cuando los dedos del otro le abren el pantalón y bajan el cierre, metiendo un mano, atrapándole y apretándole sobre el bóxer. El tolete le pulsa de ganas ante la caricia. Joder, si, se lo iba a sacar y… habría fiesta. No puede pensar más porque tan sólo se arquea, rígido, dejándose llevar nada más comenzar Sergio un aprieta y afloja de sus dedos, meciendo el puño. Oh, Dios, quiere tanto eso…

   Sergio, por su parte, parecía disgustado, perturbado. Frustrado. Si, esa era la palabra; no decía nada, no preguntaba absolutamente nada, directamente, y la respuesta que recibía era la que más odiaba, porque le dolía. Coño, ¿cómo había pasado eso? ¿Cómo se involucró, de todas las personas del mundo que podrían encontrarle agradable, o atractivo, tanto como para intentar pelear por él, justo con uno sujeto que no quería nada? ¿Cómo terminó interesándose en ese tipo bajito, maduro y totalmente indiferente a sus… sentimientos? Y la sola palabra, ponerle nombre, le asusta, le abruma. E irrita. Quisiera irse, gritarle que es un maldito idiota egoísta, mandarlo para el coño de su madre, pero… Su mano, rodeando el pulsante güevo del otro, que siempre respondía así a cualquier signo de interés, se sentía demasiado bien. Y pensar que hubo un tiempo cuando le asustaba aquello, el impulso que a veces le embargó en momentos muy dados, como en el colegio y un compañero de clases se cambiaba de ropas en Educación Física, cuando en ello veía el sendero de un camino que temía tomar, a los quince años, dieciocho; pensarlo, quererlo, soñando en su cama, a veces, con que era mamado por un amigo del liceo o un guapo vecino de la cuadra donde creció. Todas las veces que soñó, masturbándose, a solas con su conciencia y sus miedos, con ser pillado por un tipo en el patio de la casa; uno que le tragaba el güevo entre ronroneos. Y al que luego se lo pegaba, que le metía el hinchado tronco en un culo apretado mientras escuchaba la voz gimiente de un hombre diciendo lo mucho que lo disfrutaba.

    Años de miedo, de no conocerse, de temer facetas de su carácter. No quería ser gay, se decía, aspiraba a lo que deseaban todos. Ser como todos. Ahora, más adulto, más en paz consigo mismo, aunque todavía algo oculto a los demás, podía permitirse, de tarde en tarde, sentirlo, el placer que experimentaba al apretárselo así a otro hombre, su tranca, una dura, caliente contra su palma, pulsante. Y, para colmo, le gustaba, mucho, apretar la de Ricardo… Del cual sabía cómo le gustaba que se lo hiciera. Frotándolo con  mano firme de base a punta, aplasta el ojete, algo babeante ya, con su pulgar, presionando, viéndole estremecerse, con la cara muy roja, oyéndole gemir bajito. Y es todo lo que puede abarcar o afrontar del ingrato amante, por el momento; mandándolo todo al coño, incluida su rabia con el chichón de piso ese, libra la barra de su bóxer, sonriendo, jadeando, conteniendo la respiración por un segundo. Maravillado como cada vez que lo hace.

   Una cosa que le sorprendió de Ricardo, la primera vez, en aquel gimnasio (fuera de ese culo apretadito y sedoso que daba tales haladas), fue el tamaño de su tolete. Al verlo en los vestuarios, sin la franela, mostrando ese torso tan ancho y velludo en un sujeto algo bajito, todas sus hormonas se dispararon de manera automática entrando en modo alfa. La visión del sujeto bajito, algo redondillo, de manos chicas y dedos cortos le hizo darse golpes mentales en el pecho, tipo Tarzán. Eran brazos que él podría abarcar, desde atrás, los suyos, que eran más largos, rodeándole, atrapándole. Sometiéndole. Y sí, eso fue cierto, en parte, pero Ricardo resultó no ser totalmente “corto” por todos sus lados.

   -Es la ley de la escuadra. –le dijo después, cara muy seria aunque la picardía brillaba en sus pupilas, mientras tomaba un oscuro y cremoso café con leche, saboreando un cruasán de queso y mantequilla.- En relación a las figuras geométricas, los tipos grandes la tienen corta, los chicos las tenemos largas. –eso le hizo reír, mucho, no de burla sino de diversión, de felicidad.

   -Seguro que te has pasado la vida exponiendo esa teoría.

   -Y defendiéndola con garras y colmillos. –le guiñó el ojo, con complicidad y travesura, provocándole cierto calor interno que debió advertirle que todo aquello podría llevarle a mucho más.- Y a los más reacios a aceptarlo, se los demostré. Lo ven en toda su gloria y… -bailoteó las cejas. Haciéndole reír más.

   -Si, apuesto que lo has enseñándolo mucho, tan sólo para demostrar el punto.

   -Oye, creo en la experimentación para demostrar los hechos. Jamás pido que me crean porque lo digo, o lo creo yo. Que se convenzan. –afirmó y ambos rieron, mirándose, encontrándose guapos.

   Dios, todo había comenzando tan bien…

   Casi rabioso acerca el rostro a esa verga blanco rojiza, surcada de venas, grande realmente, quemando al velludo tipo con el aliento mientras baja, sonriendo a pesar de todo al sentirle tensarse y gemir quedo, de anticipación, y frota la nariz y labios del pulsante tronco venoso, besándolo ruidosamente, una y otra vez, ganándose el escucharle casi lloriquear. Si, iba  chupársela, a tragársela toda; luego le ahogaría con la suya, metiéndosela hasta el estómago. Y, finalmente, le cogería duro, con fuerza. Le haría lloriquear y suplicar por más. Le… castigaría de alguna manera, piensa confuso, repartiendo besos lentos y mordelones sobre el mojado glande, tragándolo tan sólo para…

   -Hummm… -lloriquea, efectivamente, Ricardo, dejándose hacer.

……

   Un segundo antes de presenciar, en primera fila, el mayor y más colosal fracaso de toda su vida profesional, desde la ventana por donde también miraba, con disgusto, el día de mierda sobre ese lugar de mala muerte, otro hombre alto y ancho, fornido pero no obeso, todo músculos y poder físico (dado su trabajo), brazos tatuados, todo él velludo, aunque no tanto como Ricardo Amaya, también pensaba en sexo. En lo que quería hacerle al muchacho que había entrado poco antes en la habitación. Eran pensamientos lujuriosos, cálidos, sabrosos y explícitamente eróticos los que embargaban a Elías Rodríguez, lo único bueno desde que estaba allí, que murieron amargamente junto a una anciana en un callejón maloliente. Y lo presenciaría todo desde esa ventana…

CONTINÚA…

LOS HEREDEROS… 5

Julio César.

LOS HEREDEROS… 3

julio 10, 2017

LOS HEREDEROS                         … 2

   Era matarle o…

……

   -El problema eres tú con tu malhumor…

   -¡Carajo, ¿en serio no ves el punto?! –Sergio, alterado, le ataja.- Se suponía que esta era nuestra escapada, una de la que hablamos durante semanas. Tú, yo, la orilla del río, las zambullidas, la pesca… ¡el sexo! –grita enfatizando.- Pero en cuanto te llamaron, y como ocurre siempre que es una de tus ex, o de tus hijas, o tus colegas de trabajo… o él… -el encomillado casi se escucha en el tono, y se siente feo, acusador.- …Pasé a ser ciudadano de segunda en la metrópolis de Ricardo Amaya. –la entonación es dura, seca, agresiva, pero la verdad es que el hombre se siente herido. Y ni siquiera él mismo lo entendía del todo.

   -¿De eso se trata toda esta mierda que me has estado dado desde hace cinco días? –Ricardo parpadea sorprendido, frunciendo el ceño, la boca casi en puchero.- ¿Qué atiendo mis asuntos?

   -¡No! –da un paso al frente, furioso pero luchando por no perder la paciencia.- El problema es que no soy nada para ti. –lo dice y parpadea sorprendido, alcanzado por una amargura que no entiende. No necesita ver la cara de sorpresa de Ricardo para saber que reveló demasiado, a sí mismo y al otro, ese tipo bajito de hombros anchos y algo de panza, que se veía eróticamente excitante a pesar de sus cuarenta y  cinco años, las alegres arrugas alrededor de sus ojos, de su cara blanca cobriza casi cubierta por el cabello negro de su nuca, el que aparece siempre con facilidad en su rostro a manera de rastrojo de barba, bigote y patillas, cejas tupidas, pestañas largas; un vello negro y liso que destacaba en sus brazos fornidos fuera de la franela, en la parte superior del cuello y hasta en la espalda. Había algo en ese “hombrecito” comedido, centrado pero volátil, que le alteraba, le desfasaba. Algo en Ricardo parecía gritar que quería ser tomado, aplastado contra una pared, con fuerza, y ser besado y tocado hasta desatar su guarro interno, el que se presenta cuando pierde el control, apasionado y vehemente, como buscando a alguien más fuerte que le exija actuar. Y todo él respondía a ello, al principio con sorpresa y agrado, era divertido. Ahora…

   Las palabras del hombre parecen alterar a Ricardo, quien cruza los brazos sobre el pecho, a la defensiva. No, no era eso lo que buscaba cuando comenzaron a verse.

   -Joder, Sergio, te dije que no estaba buscando nada serio, o complicado. –le aclara, frío.- Me dijiste, y dejaste muy en claro la primera vez que nos reunimos en la ducha del gimnasio, que tú tampoco. Que yo era simplemente un tío que te había gustado, y más bajo el agua, tanto que diste un paso al frente, pero nada más. Me dijiste que pensabas casarte, tener un hogar, hijos y…

   -Si, lo recuerdo, dije todo eso. Que sería… sexo. –lo interrumpe, tono duro, su pecho subiendo y bajando.

   Buscaba eso, como otras veces, de tarde en tarde, cuando conectaba con otro sujeto que también parecía de cacería, identificando detalles físicos o anímicos que le atrajeran; y reunirse, sobar, probar la boca de un hombre, escuchar sus jadeos mientras tienen relaciones de manera casi anónima, alejándose después, cada uno por su lado. los ganas saciadas. Hasta que  esa piquiña que intentaba mantener bajo control, fuera de su otra vida, la que quería mostrar, despertaba otra vez. A veces necesitaba escapar de la vida que había ordenado, una donde, un día, tendría a la señora de Luna, la madre de uno o dos preciosos chiquillos. Deseaba eso, soñaba con ello, había momentos cuando casi le dolía no tener ya a esos pequeños que le llamaran papá, para abrazar y jugar, para verlos y escucharlos, que corrieran felices al verlo. Y, sin embargo, estaba esa otra urgencia, la necesidad de sexo casi anónimo, cuerpos que se encontraban sin que significara absolutamente nada. Como una paja en una tarde aburrida, o cargada de tensiones, sin que mayor problema. Claro, lo real es que de alguna manera intentaba volar rasante sobre otros sentimientos, unos que no profundizaba, de los cuales tan sólo se permitía un poquito por ratos. O fue su rutina normal, lo que le dijo esa primera vez, bajo las regaderas, y Ricardo había estado de acuerdo, como otros antes que él, sujetos de los que nunca más supo nada. Tipos de los que no había intentado saber absolutamente nada, y a los que, tal vez, les costaría reconocer en la calle. No fue así esta vez.

   Este aún le mira, confuso, impaciente. Tan lleno de energías. Esperando una aclaratoria.

   -Recuerdo bien lo que dije, y que estuviste de acuerdo. Reunirnos para tirar y pasar el rato, pero… -ruge frustrado, impotente de explicarse. Mierda, ¿cómo aclararle sus propias emociones, sus cambios, el curioso e intenso sentimiento que fue creciendo al tenerle entre sus brazos, besarle, poseerle? Se había acercado por sexo, sólo eso, y Ricardo había estado dispuesto (oh, si, claro que si, sólo sexo, nada más quería el hombrecito, pero eso no lo notó antes, ni este se lo dijo). Se eriza.- Dime, ¿alguna vez has pensado en lo que siguió luego? Coño, Ricardo, nunca invito a un tipo con el que he tirado, a salir y tomar un café. Menos a reunirnos de tarde en tarde en hoteles. ¡Llevamos tres meses viéndonos!, llamándonos, hablando por teléfono, riendo, contándonos cosas, pasando las noches juntos… -jadea.

   Todo había comenzado como una aventura, encuentros esporádicos aquí y allá, siempre con una oreja en el teléfono por si Martina, su novia de años, llamaba; pero poco a poco fue cambiando. Le fue costando abandonar al pequeño osito en la cama, al llegar las mañanas, o al caer la noche, después del sexo, cuando debía partir a otra diligencia; especialmente cuando este dormía con una ligera sonrisa en su rostro extrañamente aniñado al tener los ojos cerrados, cara que iba cubriéndose de vello casi a ojo vista. A veces le miraba, acostado a su lado, y le apartaba el cabello de la frente, deseando acariciarle el velludo torso, pellizcar sus tetillas que se erectarían y le haría ronronear, mirándole a los ojos cuando despertara, todo caliente, antes de cubrir uno de esos pezones con su boca y succionar, fuerte y ruidosamente, como una ventosa, mordiendo, lamiendo, haciéndole arder de lujuria, ronroneando ronco, suplicándole por más. Sabe lo que le gusta en el sexo, y cómo procurárselo, pero con el otro… verle disfrutar también, hacer cosas para hacerle estallar, le resultaba casi igual de excitante y gratificante.

   En la mirada de Ricardo había descubierto travesura, intensidad, humor, inteligencia, amistad, a veces destellos de ternura, y furia, las horas a su lado eran desafiantes, divertidas, amenas, aún cuando no estuvieran de acuerdo en algo, e incluso medio disgustados por algo… Lo que nunca ha creído ver es que él, Sergio, fuera alguien en su vida. Y eso, que jamás le importó antes, al contrario, siempre se alejaba de gente que quería llamarle, escribirle, verle, comenzó a agriarlo todo. La pesada vida familiar, personal y laboral del hombre era su verdad,  cualquier otra cosa, persona o emoción quedaba, si no descartada, dejada de lado. Salir juntos, varios días para “amarse”, le había ilusionado de una manera idiota; se había dicho que allí, apartados de todos, podría… No sabía qué. ¿Insinuarle que entre ellos ocurría algo más, algo de lo que no habían hablado pero que era tangible, de alguna manera? Pero en cuanto llamó Selene, la ex, la primera de varias llamadas, todo se había ido al coño. Entendió con frustración, ira y una sensación de abandono, que para Ricardo, todo aquello no significaba lo mismo.

   -Sergio, si Selene, Amanda o Marta me llaman… -comienza el otro una explicación que jamás creyó tendría que darle a un hombre como ese, un tipo moderno en sus aventuras y amoríos, que parecía  manejar divinamente la parte física de toda relación sin inmiscuir otras emociones: si las madres de sus hijas llamaban, no sin un dejo de temor y aprensión, contestaba automáticamente.

   -Lo entiendo, tus niñas, pero… ¿por qué coño no soy suficiente para que también yo cuente para ti? –demanda dejándolo salir todo. Ganándose otra mirada desconcertada de Ricardo.

   -¿De qué hablas? –la declaración sorprende y desconcierta al hombre más bajo, que le mira extrañado. E impaciente.- No te entiendo. Hoy estás indescifrable.

   -Oh, sí, me entiendes muy bien, pequeña cucaracha. –se le escapa, frustrado, logrando que Ricardo alce mucho la barbilla, gesto siempre presente cuando se disponía a discutir y quería sacar tamaño.

   -Era sexo, joder, lo hablamos. La pasamos bien juntos, nos gusta reunirnos, ¿qué tiene eso de malo? ¿Por qué ahora es un problema? ¿Me llamaron cuando estábamos juntos? Sí, pero me quedé contigo, ¿no?

   -Estabas y no estabas. Sexo, ¿en verdad tiene que ser todo? Y toda esta ocultadera, ni siquiera podemos ir a un restaurant sin que inventes una gran cantidad de evasivas. ¿Temes que el mundo sepa que eres bisexual, o gay? ¿No quieres que alguien sepa que sales con un tío? –parpadea y traga con amargura.- ¿O no quieres que te vean conmigo, específicamente? Dime, Amaya, periodista siempre tras la verdad, ¿cuál es la tuya? –le reta. Le congela. Y molesta. Los vellos de los brazos del tipo más bajo casi parecen erizados.

   -Mi vida es mi vida y nunca he sentido la necesidad de compartirla por facebook o con el mundo; no me gusta el circo. ¿Bi, gay de armario? No lo sé, pero es quién soy. Y lo sabías, porque ese detallito lo compartimos desde el principio. Y por mi trabajo y las cosas que hago y digo no quiero exponer a nadie a estar a mi lado. Especialmente a un sujeto que se me acercó bajo las regaderas de un gimnasio y me dijo que deseaba una refregada sin consecuencias porque iba a casarse. –le recuerda nuevamente, frio y herido de repente. Sintiéndose faltón, un tipito que no podía encarar su propia realidad. ¿Sería cierto? A cierto nivel, uno muy básico y molesto… Desvía la mirada hacia el balcón cerrado. Dichas las palabras, hechos los reclamos, se siente insatisfecho, frustrado.- No puedo ver el mundo como tú, Sergio; tengo más edad. Tuyo es el tiempo, las oportunidades…

   -Deja esa mierda, no eres un  viejo, ni yo un niño confundido sexualmente que no sabe lo que quiere.

   -¡Parecieras no saberlo! Estás incumpliendo tu propio acuerdo. –le mira, rugiendo.- Estás aquí reclamándome… ¿qué? ¿Qué no te quiero? ¿En serio? ¿Es lo que buscas, un novio? No fue lo que me pareció hace semanas cuando…

   -Meses, llevamos meses. –le puntualiza molesto por tener que defender un puente inseguro.- Y la gente cambia, quiere cosas que antes no imaginaba, y…

   -Yo no, y tú lo sabes. Joder, ¡lo hablamos! –es cortante, pero no cruel, su mirad es casi suplicante, se adivina un no me obligues a herirte, no hagas que diga cosas feas, déjame escapar, por favor.- Mi vida ya es demasiado complicada como para eso. Juntos somos fantásticos, los momentos a tu lado son increíbles, en serio. Estamos bien así. Te… aprecio, de verdad, mucho, y me gustaría que fuera suficiente para… -la risita amarga de Sergio le silencia.

   -Coño, ni para salvarte podrías decirlo, ¿verdad? Hasta admitir este poquito que soy, te cuesta, porque eres un maldito tipo decente. No quieres herirme, pero tampoco mentirme, aunque te engañas a ti mismo de manera patética y estúpida. –tan duras son las palabras que sobresaltan al más bajito.- Qué idiota fui cuando perdí tiempo aclarándote la naturaleza de mis intenciones en ese gimnasio, dejarte claro que no deseaba que me buscaras, llamaras o reclamaras algo después; tú nunca lo habrías hecho. En ese momento, con mi declaración, fui la respuesta a un plegaría, ¿verdad? Salir con alguien, tocar, lamer, morder, tirar hasta que doliera sin que significara nada. ¡No te engañes más! No puedes verme de otra manera, ni a ningún otro u otra persona, porque estás enamorado de un hombre que ni te mira, que nada sabe de tus sentimientos, o de quién eres o qué haces a veces para sentirte completo, vivo, cuando necesitas los brazos de otro hombre alrededor de tu cuerpo. –puntualiza cada vez más molesto, dolido.- Te guardas emocionalmente para un hombre que sabes que te despreciaría si supieras lo que sientes por él. –intenta una sonrisa, una dura y cruel.- Amas a tu mejor amigo sabiendo que jamás te corresponderá.

   El silencio que se hace es impresionante. Por un segundo Sergio siente la satisdación del triunfo, de desenmascararle, de sacudirlo (y tal vez herirle), una que muere casi en seguida. Porque dolía ver que el otro no podía contradecirle. Maldita sea, era cierto lo que los poetas pajuos declamaban y cantaban: cuánto dolía cuando se buscaba lo que no te pertenecía.

   -Creo… que tienes que irte. Debo llegarme a la oficina y… -Ricardo no puede articular palabras, abrumado por el enojo, uno intenso y terrible contra Sergio, pero especialmente contra él mismo. Debió verlo venir. Toda esa mierda de los sentimientos. Debió advertirle que no se ilusionara, que no había futuro con él, que no habría paz o dicha. Que nunca nadie era feliz a su lado.

   -¿Es todo lo que vas a decirme? ¿Qué me vaya? –Sergio casi ríe, voz alterada. Parpadeando cuando Ricardo vuelve el rostro, mirándole, ojos brillantes de enojo y dolor.

   -¿Qué, te queda algún insulto por soltarme? –le reta, luego le da la espalda.- Cierra cuando salgas. Y lava bien la cabina de la camioneta, creo que se filtró agua de la cava donde trajimos los camarones. Va a apestar feo de aquí a mañana. Te llamo luego.

   ¡Y abandona la salita! Así de fácil le dejaba allí, piensa Sergio tragando en seco, lívido de rabia, cerrando las manos en puños.

   Dirigiéndose a su dormitorio, dándole tiempo a marcharse, Ricardo sabe que comete un error al echarle así; el otro merecía un poco más, pero tenía que apartarse por ahora. Recapitular, pensar. Fue tan humillante que el otro hubiera visto así de fácil a través de ese disfraz que pensaba era tan bueno. La máscara sobre sus sentimientos. Si Sergio podía mirar a través de ella, ¿qué tal los demás? La idea la bruma, también la sensación de vacío, de pesar por la manera en que, oficialmente, termina un viaje que debió ser de dicha, de flojera, de pesca y mucho sexo. Había cosas a reparar, no estaba plenamente consciente sobre qué, pero así era. Ahora… Entra en el pequeño cuarto, algo frío en las penumbras, que acaban al encender la luz, iluminando la cama que ocupa prácticamente toda la habitación, pequeña, como el lugar todo, y no por armonizarlo con su talla, sino por el costo. Y aún así sintiéndose ligeramente mejor. Estaba en su piso. El suyo, su lugar, ahora todo estaría bien. Esa idea siempre le brindaba consuelo.

   -No me des la espalda, no me cortes como si tan sólo fuera un muchachito hormonal que se comporta como un idiota. –ruge Sergio apareciendo en el marco de la puerta, todo cabreado. Ricardo, oprimiendo los labios, deja caer los hombros con frustración, sin volverse.

   -Mejor vete. –es cortante.

   -¡Mejor cállate! –ruge el otro.

   Lo siguiente que sabe Ricardo es que unas manos grandes y fuertes le atrapan la cintura desde atrás, y es casi humillante lo fácil que el otro le vuelve, se miran por un segundo, y que luego sea arrojado de espaldas, terminando sobre su cama. Joder, con esas ropas sucias y sudadas, es lo primero que piensa.

   -¡Sergio, no! –exclama cuando el otro se le viene encima, cubriéndole con su cuerpo más grande, mirándole con toda l mala leche del mundo.

   -¡Cierra esa maldita boca que sólo sabe…! -se interrumpe y cubre esa boca, la del tipo más bajito con la suya, con fuerza, con rabia.

CONTINÚA … 4

Julio César.

LOS HEREDEROS… 2

junio 26, 2017

LOS HEREDEROS                         LUCHAS INTERNAS

   Muchos los llamados, pocos los elegidos a alcanzarle…

……

   Alejado al otro chico de su mente, y apartando la incertidumbre por lo que hará, reconoce que ha sido afortunado en la vida. A pesar de todo. Porque si, todo pudo terminar horriblemente mal para él, como cavilara poco antes al llegar a la universidad, estacionando su jeep machito, costoso, rojo y hermoso (vulgar, en su opinión), en el edificio de Filosofía, en la caraqueña Universidad Católica Andrés Bello, en la urbanización Montalbán. Sólo usaba el estacionamiento, no era que estudiara tal cosa; aunque todavía inseguro sobre lo que deseaba para sí, tampoco estaba tan extraviado. Fue allí cuando se le ocurrió por primera vez. No le había ido del todo mal, buenas ropas (aunque no le quedaran), bonito auto, un apartamento para él solo, una costosa educación pagada y garantizada. Una mesa siempre dispuesta. No estaba mal para un niño que nació en una miseria atroz y cuya madre fue brutal y salvajemente asesinada, casi corriendo él mismo igual suerte. A veces, cerrando los ojos, concentrándose, casi podía percibir el olor a sangre, escuchar los gritos apagados, el rasgar de…

   Tragando aire mientras cubre su mirada algo húmeda con unos lentes oscuros polarizados como espejos, también de los caros, sigue su camino hacia las piscinas de la universidad, hacia el área de Educación Física. Fue una suerte aquella segunda madre que la vida le deparó, la de voz sosegada, la suave y amorosa mujer que espantaba los malos sueños, al asesino que acechaba en las sombras. Botando aire ruidosamente alza la barbilla, tendía a jorobarse un poco, como muchas personas altas de estatura, y mira el mundo a su alrededor. Por ella, por la nueva familia que la vida le había deparado cuando comenzaba y ya no esperaba nada, es que lo haría. El regalo. Si tan sólo tuviera la certeza de que eso…

   Bien, ya había llegado hasta allí, y de todo lo que había hecho en esos dos meses desde que cumpliera los dieciocho años, lo que estaba a punto de realizar era lo menos grave. Lo otro… Bajo el inmenso cielo azul pálido, aún con el sol lanzando sus rayos con brutal intensidad, siente algo de frío. Se detiene un momento, cerrando los ojos tras los cristales y eleva el rostro. Abriéndolos, continúa por la acera que le apartaba de Filosofía y le llevaba a las canchas y piscinas, notando a los jóvenes formales que se apresuraban a ir a sus clases, casi siempre solos, y los grupitos que reían y charlaban mientras comentaban algo del momento, la televisión, las clases, la última fiesta o, como no, lo cierto o no sobre la gravedad del Presidente de la República, haciendo alegres cábalas sobre si morirá pronto o no. Hay grupos sentados en bancos, leyendo, hablando, riendo. Otros recostados en las diferentes gramas. Y Víctor les miró con cierto ceño fruncido y caída de hombros.

   Ninguna de aquellas personas reparó en él, se volvió o le saludó mientras pasaba. Conocía a algunos, de vista, de compartir alguna clase, pero el impacto en sus vidas había sido tan pobre que no parecían sentirse obligados a perder tiempo, o energías, saludándole. Cosa que muchas veces agradecía, aunque otras lo lamentaran. Habría sido bonito tener amistades allí, gente joven, bonita y despreocupada que discutieran con él sobre fiestas y citas. Pero muchos, por no decir ninguno de ellos, llevaba sobre sí las cargan que pesaban sobre él desde niño. Era obvio para cualquiera que se tomara la molestia de hablar con el muchacho, que este tenía una opinión muy pobre de sí mismo, una que era suya y que los mimos, abrazos y besos afectuosos de una madre sustituta nunca pudieron combatir o variar. Era muy delgado, es cierto, y sus dientes sobresalían un poco, pero sus facciones eran armoniosas, su cabello castaño sobre un cutis blanco algo paliducho hacía resaltar sus ojos marrones claros. En él existía la promesa del futuro atractivo, uno que sus condiscípulas de estudios, por ejemplo, no podían ver. Pero nadie se lo había planteado jamás así, por lo tanto, Víctor Simanca se sentía totalmente inadecuado. Poco apto, como para que los chicos guapos le miraran (o el amor de su vida, el más guapo de todos los chicos), o las féminas quisieran su amistad.

   Por otro lado, desconfiaba de la gente que de pronto se le acercaba, como ocurría con el entrenador, el señor Morales, a pesar de las veces que le había ayudado. Le parecía, y temía estar volviéndose paranoico, que había personas extrañas que llegaban, le sonreían y querían averiguar asuntos de su vida privada, lo que no hablaba, lo que nunca contaba. Sobre su madre. Sobre sus dos madres. La idea le hace apresurar el paso, ida ya toda alegría. Cosa que se agrava al acercarse a los vestuarios… y a Adrián Mijares y su corte de coños’e madres. Aunque vistosos y atractivos. Dios, que no esté, que no esté allí.

   Pero, claro, estaba, y sería desagradable el encuentro. Otra vez.

……

   Cuando abre la puerta del pasillo que lo introduce en su apartamento minúsculo, modesto y atiborrado de cosas, Ricardo Amaya deja escapar un suspiro de alivio… y de frustración. Se ve y se siente cansado, agarrotado. Ahorcado por las correas de las bolsas de viaje alrededor de su cuello. Empegostado de algo que es más que sudor (y un lejano tufo a camarones de río). Agotamiento que resultaba irónico pues venía de pasar seis días en un retiro vacacional, donde la idea era precisamente esa, descansar, reconectarse con algo que le gustaba mucho, acampar y pescar, y tirar mucho con la persona que le acompañó. Todo eso lo hizo y funcionó… por un día. Al segundo comenzaron las dificultades. Unas que…

   -¡Aún no termino de hablar! –la ruda y demandante voz le recuerda, de golpe, que tras él, fuera del apartamento, cargando también con dos grandes y pesadas bolsas de viaje, estaba Sergio Luna, el hombre que le acompañó en la escapada tipo Brokeback Mountain, como le dijera Susy, su sobrina, alarmándole como siempre lo bien que la joven mujer parecía conocerle.

   -Por Dios, ¿piensas seguirme hasta la pata de la tumba para continuar discutiendo? ¿Ya no fue suficiente toda la semanita? –ruge dejando caer las bolsas de su cuello; ceñudo, se vuelve hacia el hombre a sus espaldas.- Y entra, no quiero que los vecinos nos escuchen discutir como una vieja pareja de casados. –demanda. Esas palabras endurecen la mandíbula del otro, quien entra, arroja al suelo las bolsas que llevaba, y se lleva los brazos al pecho, cruzándolos.

   -Claro, Dios no quiera que sepa alguien que te acuestas con un hombre. –el reproche, abierto, directo, ácido y caliente golpea a Ricardo en la cara, obligándole a tragar su propia rabia.

   -¿Tú si quieres que se discuta tu sexualidad? ¿Tú? ¿Y por qué siempre terminamos discutiendo ese punto? –alza la voz y las manos como si metiera algo dentro de paréntesis, aunque en verdad quería tratarlo todo con civilidad, ecuanimidad. Pero el viaje de regreso, con Sergio lanzándole puntas, le había irritado de manera intensa.- Eres tan frustrante…

   Coño, ¿qué pasaba en su vida? No lo entendía, nada de ninguna de las cosas que le ocurrían últimamente. No era un chicuelo para andar pasando por esos sofocones, era un hombre que había llegado a la cuarentena, aunque no lo pareciera por su cara y figura, siendo algo bajo de estatura se cumplía aquello de que el burro chiquito siempre pasaba por pollino (su frente apenas llegaba a la nariz de Sergio, quien no era uno de los tipos más alto que conocía). Era plenamente consciente de su edad y de su figura algo rolliza; la franela que carga en esos momentos, larga, cómoda, se aferraba un tanto a su abdomen. Joder, no era el sueño de gloria del Corán ni de la Biblia, como decía la canción aquella, por lo tanto no veía ni entendía la razón de aquel ataque injustificado de… inseguridad de Sergio. Carajo, este contaba con treinta y dos o treinta y tres años, y era un sujeto realmente guapo, de cuerpo tonificado, piel canela, cabello negro y abundante. Su rostro era virilmente armonioso. Un sujeto capaz de abordar a cualquiera, hombre o mujer, en la iglesia, un mercado o un bar y llevarlo rápidamente a la cama, como ocurriera entre ellos, en el gimnasio donde luchaba (infructuosamente, le parecía), contra la panza. 

   Todavía recordaba el momento, unos meses atrás, cuando sudando y jadeando alarmantemente como un fuelle sin aire después de trotar en la caminadora, bamboleando la panza (le parecía), sus ojos habían caído sobre Sergio, quien hablaba con una joven catira, espigada, de buenas curvas. Pareciéndole una pareja muy bonita, aunque amante de las morenas, a él le resultara más interesante el hombre. Era un chico, no, un tipo guapo. Y cuando sus miradas se encontraron, se ruborizó hasta la raíz del cabello como un joven colegial; era tan mortificante verse así pillado por sorpresa en el gimnasio mirando chicos. Nunca esperó que en los vestuarios le encontrara, como si le esperara, alto y guapo, su cuerpo recio y casi artísticamente velludo, envuelto únicamente con una toalla alrededor de una cintura injustamente delgada; su corazón y su temperatura se dispararon, como cuando soltaba el bofe en la fulana trotadora, aunque intentó no mirarle(ni babear), hacerse el desentendido. Lográndolo, o eso creía, hasta que abrió su locker y tomó una botellita de agua mineral, sintiéndole a sus espaldas, muy cerca, bañándole con el aliento.

   -Voy a tomar una ducha… pero te esperaba. –le dijo, voz ronca, desenfadada. Sensual.- ¿Me acompañas? Me gustaría, mucho, y creo que a ti también.

   Era una locura, lo sabía, pero llevaba tiempo solo, y el ejercicio le excitó, y ese tipo era realmente guapo, por ello terminaron bajo una misma regadera en los solitarios baños, con Sergio metiendo una de sus largas piernas entre las  suyas, aplastándole de espaldas contra las baldosas, bajando el rostro y besándole como si quisiera devorarle, metiéndole lengua, atrapando la suya y chupándosela ruidosamente, erizándole con cada pasada. Todo era piel de hombres, caricias rudas, besos mordelones, toletes que endurecieron, pulsaron y quemaron. Y un condón salido sólo Dios sabía de dónde, para verse aplastado de rostro contra esa misma pared, un segundo después, el cabello negro pegado a su frente y ojos mientras la llovizna de la ducha los mojaba de agua templada y deliciosa, mientras ese hombre a sus espaldas, la cintura algo quebrada, le penetraba una y otra vez, abriéndole el hueco del culo con su tieso tolete grueso, duro y caliente, aplastándole contra la pared, follándole en ese lugar donde las malas lenguas decían que a cada rato descubrían a una parejita  de tíos en esos asuntos. Y que había cámaras ocultas.

   Nada de eso le importó a Ricardo Amaya mientras los brazos del otro le rodeaban la cintura, halándole y apretándole contra su cuerpo, llenándole el culo sin detenerse, cepillándoselo con intensidad, haciéndole gemir de manera ronca y bajita, rogarle por más, porque ese tío sí que sabía moverla, rozarle, darle justo donde debía, y más cuando le susurraba al oído que sabía que sería así, que tenía carita de cachondo. Mientras le cogía, Sergio le hacía sentir vivo otra vez, como tenía rato que no pasaba en su vida de trabajo, deudas y obligaciones personales y profesionales que a veces eran difíciles e insatisfactorias. Mientras sonreía, meciendo su trasero de adelante atrás, abriendo su agujero, tragando y apretándole el güevo en su vaivén, para sorprenderle, le gustó sentirse puto, le gustó que una de las manos del otro pellizcara una de sus tetillas y que la otra bajara a su tolete y lo masturbara, diciendo aquellas cositas tan ricas…

   -Voy a destrozarte el culo, pequeñín…

   Lo que debió ser sexo anónimo, de oportunidad, se volvió algo un tanto más complicado, aunque Sergio fijó desde el inicio los límites a donde le permitía llegar, y se vieron para toma una copa, encuentro que terminó en una encerrona de un fin de semana en un motel. Y a Ricardo le pareció perfecto el arreglo. Era grato, estimulante, caliente, Sergio era un ganador, un sujeto nacido para tener sus noches ocupadas con mucho sexo sabroso, intenso e intranscendental, y quería pasar algunas con él. Maravilloso. La vida era buena con él, por un rato. Pero ahora…

   -¡Y tú eres un imbécil que pretende no ver cuál el problema! –le grita Sergio, toda mala leche, regresándole de golpe al presente. Carajo, ¡ahora tendrían que hablarlo!

CONTINÚA … 3

Julio César.

LOS HEREDEROS

junio 19, 2017

LUCHAS INTERNAS                         RELATOS CONEXOS

   Unos reclamarán lo suyo… otros lo darán si se lo pides.

……

   -¡Apártate, mojón! –es lo primero que le llega, la voz cargada de impaciencia y hosquedad, algo jadeante y pesada. Lo siguiente es el golpe en el costado derecho provocado por alguien impactando contra él, sobre la acera.

   Conteniendo un jadeo y un molesto “oye”, resintiendo el golpe, que fue fuerte, Víctor Simanca ve pasar a su lado al joven que trotaba, el cual, mirada enfurruñada, sigue su camino como si tal cosa; sin disculparse como la gente, mucho menos detenerse para verificar si le lastimó. Suspirando cansinamente, el joven se dice que para eso, el otro tendría que ser, para comenzar, gente y no… un mojón.

   Y, sin embargo, mejillas algo rojas, Víctor no puede apartar los ojos del otro chico, Adrián Mijares, quien se aleja a buen paso, exigiéndose físicamente como siempre. Si, era una pila de mierda… pero una muy bien empaquetada, admite con cierto calor en la cara, la boca ligeramente abierta. ¿La tenía así porque le miraba?, no, sus dientes eran un tanto largos, tan sólo un poco, pero lo suficiente para cultivarle aquella costumbre de tener los labios ligeramente separados (¡cierra la boca, muchacho!), a pesar de todas las correcciones que se le habían hecho al respeto a lo largo de su joven vida. Y si la cierra en esos momentos es porque traga en seco. Mirando a Adrián… Su culo.

   El otro era un joven estudiante de Ingeniería, algo más bajo que él, de cuerpo firme y compacto, hombros anchos, torso desarrollado (por las máquinas del gimnasio de la universidad y el levantamiento de pesas), de unos veintiún años (por lo que sabe), de rostro atractivo y alargado, ojos marrones claros, nariz armoniosa, labios delgados y rojizos, dientes perfectos, cabello negro y muy fino que al estar seco caía sobre su frente de manera que siempre le pareció coqueta, húmedo como iba ahora, se pegaba a su nuca, seguramente se lo había peinado hacia atrás con la mano limpiándose el sudor. Porque estaba sudado, y mucho. Tragando otra vez, Víctor ve las gotas caer, pequeños arroyos bajando por su cabello corto en la parte de atrás, mojando aún más la adherida camiseta gris que lleva, y que deja al descubierto los hombros y brazos (claro que usaba algo así, se sabía buenote).

   Pero sus ojos, como no, van a los muslos y piernas, para terminar en ese lugar anatómico de donde no puede apartarlos. Joder, seguramente el hijo de puta ese estaba exagerando con la bicicleta, tenía que ser, porque los muslos son llenos y el trasero se le veía redondito y duro. Mientras trota, los glúteos suben y bajan, pero no flácidos. La tela, igualmente gris, también está mojada. Y es corto. El carajo ese usaba un shorts corto porque sabe que está y se ve sabrosote, que tiene todo el paquete, es joven y hermoso y no le importa lo que nadie diga o piense nadie… Mientras lo miren.

   Y Víctor mira, los ojos atrapados en ese shorts húmedo que parece perderse un poco entre las jóvenes nalgas masculinas, siendo molida por ellas. Y no sería simplemente un muchacho apenas llegado a la mayoría de edad si no se perdiera en sus pensamiento, si su cuerpo no respondiera violentamente a toda esa belleza, salud y provocación. Era gay, lo sabía hace rato, y mirar a ese chico desdeñoso y odioso, vistiendo aquello, moviéndose así, todo transpirando, le afectaba intensamente. Con cierto nerviosismo mira alrededor, hay personas dentro de la universidad que van y vienen, todos perdidos interiormente en sus asuntos (aunque más de un par de ojos siguió a Adrián en su triunfante carrera de sensualidad), nadie se ha fijado en su ensoñamiento de chico homosexual babeando por el altanero joven que no le daba ni la hora. Porque así era. De hecho parecía despreciarle. Un odiarle. Había algo salvajemente irascible en el otro. Aunque muchos hombres jóvenes lo eran, había terminado notando desde el momento cuando entendió que le gustaban y no sólo para amigos.

   Claro, eso no impedía que de noche, en su cama, el delgado y joven Víctor no se inventara otra realidad, la mano sobre su tolete dolorosamente duro, subiendo y bajando el puño, ojos cerrados, boca abierta por muchos motivos; una donde Adrián era amigable y terminaban besándose bajo las regaderas de las duchas del área de piscinas, el agua corriendo por sus cuerpos, estremeciéndose cuando las manos del joven le acariciaban la espalda, bajando, demandantes, hacia su trasero; u obligándole a bajar el rostro y metiéndole la lengua hasta la garganta. O era mandón y le decía que quería que le diera una mamada, allí mismo, que sabe que se muere por eso. Y en sus fantasías de muchacho calentorro, cuyas hormonas estaban en su momento, vivía, protagonizaba y salía triunfante de mil encuentro. De rodillas frente a Adrián, devorándole el güevo, atrapándolo todo le haría gemir de gusto porque sabía hacerlo muy bien.

   Dios, cómo le gustaría que fuera cierto, compartir con el guapo chico así fuera por un momento… O dar buenas mamadas, y no sólo en sus fantasías. Algo le decía que eso haría su vida un poco más fácil, “sentimentalmente” hablando. Pero no era probable. Para ser bueno mamando güevo, tendría que comenzar por tener la oportunidad de mamarlos. En cuanto a Adrian, este parecía despreciarle por intuirle homosexual, ya que jamás en su vida habría soñado con insinuársele de cierto, exponiéndose a un coñazo en un ojo. Tal vez era que, inconscientemente, daba más señales que un semáforo, al respecto. Y, por extraño que fuera, esa manera ruda de tratarle (y así era en todas partes, aunque lo ignorara aún), lo hacía más caliente a sus ojos. Cosas de la mente.

   Pero, por mucho que le erizara imaginar a Adrián despojándose de esa camiseta adherida pecaminosamente a su cuerpo joven, ver desnudo su torso ligeramente velludo brillante de sudor, ver caer el shorts (¿estaría usando uno de esos bóxers blancos tan chiquitos que a veces se ponía?, la humedad seguro lo haría casi transparentar), y tomarlo mientras el otro iba a las regaderas (algo que jamás ha hecho pero también ha fantaseado), no puede dejar de fruncir el ceño. Chasqueado. Mierda, si, Adrián se dirigía a los gimnasios, justo a donde tenía que ir. Por algo que guardaba en su locker. Ahora debía cuidarse de que el otro no le viera por allí y le gritara algo, como cuando lo acusó frente a varios de ser un maricón, de esconderse para tocarse mientras se cambiaban los otros.

   No había sido cierto, aunque fue uno de esos instantes cuando los ojos se le fueron tras el físico del joven más bajito, con aquella toalla enrollada a la cintura. Pero las risas de los presentes le hicieron  huir. El asunto, afortunadamente no ocurrió, pudo ser totalmente horrible para él desde ese punto, lo había sido con otro de los chicos, quien si se daba mañas para mirar a los chicos bajo las duchas, tal vez no habría podido regresar por allí, que le gustaba porque, contrariamente a lo que muchos pensaban, no iba sólo a ver chicos guapos, u hombres más maduros que gustaban de ejercitarse, le gustaba perderse en las piscinas, nadando (no era malo en la pileta, los cincuenta metros eran nada para él, aunque nunca perteneció al equipo de natación), y para llegar a ella debía cruzar por los vestuarios. Todo se lo debió a la intervención del señor Morales…

   Y, como siempre que recordaba al instructor del gimnasio, también exitoso entrenador del equipo de futbol, se incomoda. Ese hombre siempre le miraba, le seguía con los ojos de lejos sin hacerlo patente, parecía pendiente de sus pasos, de sus actos; pero no había nada sexual en ello, era totalmente consciente de ello (aparentemente nadie le miraba de esa manera, no a él, tan delgado, tan alto, tan dientón, tan insípido); era algo como… vigilante. ¿Protector? La idea se le había ocurrido una tarde; al accidentarse la cerradura de su locker, el profesor pareció llegar de la nada con un gancho. ¿Le… cuidaba?, no estaba seguro porque nunca hablaban, sus mundos rara vez se cruzaban, pero lo sentía. Y le alteraba porque no podía explicárselo. Esa vez, frente a los chicos, en los vestuarios, les gritó para terminar con el jueguito, alegando que la intolerancia o bullying no sería aceptado allí, y menos cuando no existían razones valederas sino “la necesidad de un chico tonto de sentirse admirado y deseado por otros”. Palabras que calaron mal en Adrián, y más cuando algunos rieron, notándose que realmente le creían algo vanidoso. El temperamento del hombre de piel negra, su presencia y autoridad terminó con el asunto, al menos pública y abiertamente, porque no cambió lo que esos chicos pensaban de él. Era la vieja cruz del chico distinto que intenta ser quién es, cómo es, topándose con el grupo cerrado que le intuye peligroso o ridículo, digno de agravios o mofas. Por eso intentaba no estar por los vestuarios cuando alguno de ellos, Adrián o sus amigos, estaban presentes. Pero ahora no podía perder tiempo, debía hacer algo y luego salir a terminar de elaborar su regalo…

   Porque se preparaba para sorprender a una de las personas más importante de su vida. Su padre. El único que ha conocido. Sonríe con cierta nostalgia y tristeza, imaginando lo feliz que su gesto haría a ese hombre. Tomando aire, ensancha su torso delgado, luchando contra el temor y la excitación de la acción que emprenderá. Temía un poco lo que haría, pero al mismo tiempo sabía que era lo correcto, y que al hombre le haría feliz. Eso era lo único que importaba en esos momentos. Dios, daría cualquier cosa por ver, ya, su cara cuando lo recibiera. La idea, que le eriza, le hace detenerse por un segundo, estremeciéndose bajo el cálido sol de esa mañana de viernes. Olvidando, por un segundo, a Adrián Mijares y su culito desafiante. La imagen de su padre recibiendo el regalo, viéndose sorprendido y embargado de una felicidad total, era un pensamiento tan intenso que era capaz de apartar toda otra consideración. Como que, desde ese momento, se le haría difícil ver al chico de quien ha estado enamorado desde los quince años, cuando le vio por primera vez, robándole la calma y la paz. A su lado, junto a su amado, Adrián Mijares era un palurdo, aunque uno bonito, uno al que podía usar para hacerse una paja caliente, rica y sabrosa sobre su cama, llegando incluso a fantasear que le penetraba y le dejaba el culo lleno con su esperma y que el otro, así, salía a practicar en el gimnasio, el agujero goteando su esperma. Pero el otro eran flores y películas, citas en un sofá…

   Si, ya no le sería tan fácil encontrar una excusa para verle. Y eso si era una pena, reconoce. En fin, era algo que tenía que hacer, y a veces, en la vida de los adultos, había sacrificios. Eso siempre se lo decía su madre, con una sonrisa suave, cuando le tocaba hacer algo difícil. Especialmente recostada a su lado después de sufrir una de sus pesadillas particularmente intensas, cuando el miedo a la oscuridad le congelaba, convencido de que el “hombre malo” estaba allí, que le había encontrado de alguna manera, e iba por él, para terminarlo que había comenzado unos años antes (aún ahora le parecía escuchar el chirriar del metal, la navaja, contra la pared de bloques de cemento). La vieja pesadilla, el antiguo temor que ensombrecía su vida, y su rostro joven de muchacho sensible. Qué fácil espantaba su mamá el miedo del sueño, el temor al “hombre malo”. Dios, cómo la extrañaba…

   Tomando aire, sabiendo que pasará un mal rato en los vestuarios por culpa de Adrián (ojalá no estuvieran sus amigos), se dirige hacia allí. Se iba quedando corto de tiempo; si quería tener atado todos los nudos del lazo del regalo, tendría que correr el riesgo.

  El riesgo…

   Justo dos días antes de desaparecer, comenzando una carrera desesperada por encontrarle, saber qué había sido de él, y de que se cumplieran dos mese exactos de haber llegado a los dieciocho años, edad propicia para hacer uso de sus recursos financieros, Víctor Simanca creyó saber lo que era arriesgarse, correr un albur al entrar a un vestuario donde se toparía con un chico que le despreciaba por intuirle gay.

CONTINÚA … 2

Julio César.

RELATOS CONEXOS… 20

marzo 21, 2017

RELATOS CONEXOS                         … 19

DENTRO  Y  FUERA… 5

   Tiempos de poderes…

   Atrapándole la nuca al amigote, Richard lo retuvo ahí, mientras comenzó a subir y bajar sus caderas, lentamente, con golpes profundos que llevaban su tranca hasta lo más hondo en la garganta del otro, cogiéndole la boca, sonriendo y gruñendo de gusto mientras lo hace, sintiéndolo tan sabroso. La boca de Salomón era como un chupón que mamaba y tragaba con unas urgencias locas, cerrando los ojos y concentrándose en lamer esa vaina, y apretarla, en busca de ese reguero de algo baboso, tibio y salobre que manaba de allí, un néctar que jamás había probado pero que le parecía maravilloso, ¡con razón a las chicas les gustaba tanto mamar güevos! Bueno, también a los chicos… se dice sonriendo. Lanzando un ruidoso aunque ahogado “hummm”, de locura, siente que esa vaina despertaba sensaciones poderosas en él; comía verga con locura. Pero sobre todo, le despertaba unas ganas vehementes de seguir y seguir mamando más. Tragándolo todo, casi detuvo las caderas de Richard, reteniéndole el manduco con su garganta.

   -Coño’e madre, ¡tú ya habías mamado güevo, antes…! -se burla.

   -Claro que no. Hace tiempo unos primos me mamaron a mí. –responde este, librando la tranca y sonriéndole.- Estabamos en casa de la abuela y compartimos un cuarto. Estuvimos tocándonos, haciéndonos las pajas, y luego me becerrearon entre los dos, ¡horas y horas! Les encantaba mi güevote…

   -¿Te cogieron? ¿Te dieron duro por ese culo? ¿Fuiste su hembra por un rato? Cuéntamelo, puto…

   -No, pero yo sí los cogí toda la noche. Ese cuarto olía a leche y mierda al otro día. Gritaban como unos locos… -y chilla cuando Richard hace un gancho con el dedo que le mete raudo en el culo.

   -Pues, conmigo lo vas a experimentar todo, y te va a gustar, eso te lo aseguro. Sigue mamando, becerrito. -se burla, sintiendo como ese culito caliente y tembloroso titilaba salvajemente sobre su dedo.- Mama tu chupetica, trágatela toda, busca su corazoncito líquido. –ordena y jadeando, el chico sigue chupándole el duro tolete, con unos sonidos feroces de gruñidos, cuando la tranca baja por su garganta, halándolo con ella.- Hummm, sí; así se mama un güevo, cabrón. -chilla mirándolo, enrojecido y sudado.- Apriétalo con tu garganta. Anda, ordéñamelo. ¿No quieres la leche? Hummm… hálalo, anda… mi esperma espera por ti. ¿No quieres que me corra, llenándote la boca de semen, ah? ¿Te imaginas bebiéndote toda mi leche, como un bebito hambriento y goloso?

   -Uggg… -era todo lo que salía de la boca de Salomón, con los ojos brillantes de lujuria, manando saliva caliente a mares sobre esa barra maravillosa.

   -¿Quieres tu boca llena con caliente y fresca leche de macho, Salomón?

   -¡Ahhh…! -estalla el otro, sacándose el tolete de la boca, buscando aire.- Está tan duro y rico…

   -Sabía que te gustaría, güevón. Tienes una cara de mamagüevo que no la salta un venado.

   Richard se siente grosero, cachondo y ocioso, por lo que casi gatea hasta que queda de rodillas, frente a Samuel, que sigue en cuatro patas (obviamente también descubrió el encanto de la postura); y atrapándole la nuca nuevamente, comienza a cogerle la boca con furiosas embestidas, clavándole la dura tranca hasta los amarillentos pelos, gozando del pase sobre la cálida lengua, soltándole allí jugos y calorones, llevándola hasta la hambrienta garganta del otro macho, que hoy descubría un mundo nuevo. Mientras su boca era cogida, y mamaba con furia, las manos de Salomón atrapan esos muslos musculosos, cubiertos de una pelusilla amarillenta, para subir y atrapar las duras nalgas, apretándolas, y halándolo todavía más, para clavarse más ese güevote.

   -Chupa… Chupa, mamagüevo. -le grita Richard, caliente como nunca, embistiéndole.- Te gusta mucho tener un güevo entre los labios, ¿eh? -el chico nada responde, tiene la boca ocupada, pero cierra elocuente los ojos.- ¿Y culos? ¿Lames culos también?

   Y poniéndose de pie, Richard le saca el güevote de la boca; se le ve mojado y tieso, balanceándose de un lado a otro, mientras va contra el árbol y se agarra al tronco, abriendo las piernas, mirando al amigo sobre un hombro. Salomón, de rodillas, con el güevo babeándole, mira la nuca amarillenta del amigo y su rostro atractivo, pícaro y angelical, recorre su espaldota dentro de la camiseta, clava los ojos en sus nalgotas rojizas, con una pequeña franja más blanca, la del bronceado. Sonriendo como una puta excitada, Richard echa sus nalgas hacia atrás, abriéndolas, mostrando una raja roja y lampiña, y un culito redondo y arrugadito, cerrado. Y menea sus glúteos, ofreciendo todos aquellos manjares a una boca hambrienta y afortunada.

   -Ven a comer culo, güevón. -le ordena.

   De rodillas, como un penitente, o como quien agradece al Cielo por los favores recibidos, Salomón va hacia él, deteniéndose a la altura de su culo. Sus manos toman, trémulamente, esas nalgas, apretándolas, abriéndolas aún más, mirando como el culo titila salvajemente, como chupando algo, esperando ser atendido ya. La lengua caliente y llena de saliva cae sobre las bolas que cuelgan, y lentamente va subiendo, abierta a toda su extensión, lamiendo los pliegues, la raja y el ojete del culo, donde se detiene un momento, y aletea con la punta de la misma, que está viendo hacia abajo en esos momentos. ¡Era una lamida en toda la regla!, y a Richard no le queda más remedio que arruga la frente, cerrar los ojos y gemir largamente con su boca medio abierta. Esa cálida vaina llega al final, y vuelve a pasar, pero ahora de arriba abajo, dando leves azotes.

   -Tienes el culito sudado… Hummm… sabe tan rico. -gime Salomón, lamiendo de abajo arriba otra vez, recreándose en ese nuevo y maravilloso descubrimiento sexual.

   Esa lengua se enrolla, tiesa, y parece apuñalar el orificio tembloroso; y Richard casi grita, sin fuerzas, agarrándose como puede de unas ramas para no caer. Esa boca se enchufa totalmente alrededor del ojete, y succiona con una urgencia enloquecedora. Chupa, como queriendo sacarle todo lo que tiene adentro. Esos labios y mejillas se agitaban mientras mamaba en el huequito caliente y fresco, empujando luego la lengua, como queriendo cogerle con ella. Y Richard estaba gozando una bola y parte de otra, sintiendo como esa barba y bigotillo lo frotan y rozan sabroso.

   Caliente, como quien sufre una fiebre poderosa, Richard se vuelve, con el güevo tieso que se bambolea y le da en la cara a Salomón. Se miran intensamente, y Richard baja, atrapándolo por las axilas, levantándole. Se miran otra vez y como en trance se abrazan, cayendo uno en brazos del otro. Sus bocas se encuentran y se besan lengüeteados, chasqueando y lamiéndose uno al otro, con vicio. Sus bocas están llenas de saliva, pareciendo que van a tragarse. Sus cuerpos firmes y viriles se frotan uno contra el otro. Cuando los labios se separan un poco, sus lenguas se ven atadas en una lucha caliente y sexual. La de Salomón es atrapada por la lengua y dientes de Richard, que se la hala, chupándosela ruidosamente, mientras se traga su saliva y su aliento. Las manotas blancas del catire caen sobre las nalgas morenas de Salomón, apretándolas con ganas y deseos. Este es más alto, por lo que Richard olfatea y olisquea como un perrito en el cuello del amigo. Los güevos van frotándose uno contra el otro. Se oyen voces lejanas, risas, gritos, y carros que pasan por la autopista. Pero nada de eso tiene validez en el mundo interno de esos dos, enfrentando la fiebre que padecen en esos momentos, teniendo sexo en un lugar público.

   Abandonando esa boca viril y tibia, Richard va llevando a Salomón hacia el tronco del árbol, y lo apoya en él, mientras se le posiciona atrás, entre las piernas. El güevote rojizo, grueso, tieso y caliente del catire se mete verticalizado en la raja interglútea del otro muchacho, y atrapándole las nalgas, las cierra sobre su tolete. Ese instrumento allí le produce un calor loco a Salomón, que siente que ese tronco venoso palpita y le enloquece mientras el catire mece sus caderas de arriba abajo, frotando la barra de su raja, masturbándose con sus nalgas. Los dos gimen y gritan, mientras se mecen al unísono, uno contra el otro. Era una caricia tan obscena, que Salomón temía caer inconsciente en cualquier momento, incapaz de soportar más. Echando el culo algo atrás, Richard libra su güevo y enfila la roja cabezota contra el arrugado culito, frotándolo. Lo que provoca estallidos de olas lujuriosas en ambos.

   -Dime la verdad, Salo, ¿ya te han abierto este culito a machetazos?

   -No, panita. -jadea ronco, sintiendo la lisa presión contra su entrada privada de macho.

   -Pues, lo que yo quiero es cogerte bien cogido. Quiero cogerte hasta sacarte la leche del cerebro sin que te toques, cosa que te volverá maricón del carajo. -le dice grosero y brutal; notando como Salomón se estremece todo.- Quiero enterrarte todo mi güevo grandote en tu culito chiquito y cerrado. Voy a clavártelo hasta los pelos. -sonríe cruel, mirando como Samuel se agitaba, oyendo como gemía putonamente, mirándolo asustado sobre un hombro.- ¿Quieres que te lo entierre, panita? ¿Quieres que te coja aunque sabes que eso te volverá totalmente maricón? Mira que quiero desvirgarte ya. -le pregunta ronco, recorriéndole la espalda con sus manos abiertas, acariciándolo todo.

   -Si, cógeme… -gime el otro, casi con una expresión llorosa, de dulce rendición.- ¡Oh, Dios!, clávamela ya y conviérteme en lo que sea mientras me lo metas todo. -chilló ronco cuando sintió la manipulación a sus espaldas. A eso, el amigo responde con risas, presionando más, sin entrar todavía. Quiere que se cosa en sus jugos.

   -Pero, si lo hago, sólo vas a vivir pendientes de las braguetas de los hombres, de lo que allí ocultan de la vista, deseándolos siempre, ¿crees poder vivir así? –se burla y empuja otro poquito, casi abriendo ese tembloroso esfínter con su blanco rojizo glande.- ¿Crees poder vivir cada día de tu vida añorando y deseando tener un güevo tieso y nervudo metido en tus entrañas?

CONTINÚA…

Julio César.