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HEREDEROS… 7

julio 17, 2018

HEREDEROS                         … 6

   ¿No querrías más?

……

   El joven duda y traga, abrumado de repente, pudiendo imaginarse divinamente caminando al lado de ese sujeto, este atendiéndole y mimándole como… Le avergüenza admitirlo aún para sí mismo, pero siempre quiso un novio. No un “marido” fijo que le buscara y le diera cuando estuviera de ánimos y que luego le ignorara; y pasado los ardores y locura de los primeros momentos del cachondeo, del sexo con prácticamente cualquiera, buscaba algo más que una persona con la cual joder. Era algo de lo que casi nunca hablaba, a menos que fueran las tres de la mañana de una mala noche, en una barra, con las otras putas en la hora triste y desilusionada. Quiere… escucharle, ceder. Irse con él. Pero se ha llevado sus buenos chascos. Sin embargo… Le mira a los ojos y le gusta lo que ve.

   -Claro. –no puede evitar sonreír tontamente al decirlo, especialmente cuando los ojos del otro se iluminan con una sincera felicidad.

   -Bien. Bien. –y da un nuevo mordisco bestial a la arepa, presagiando que iría por la cuarta.- ¿Y tú?, cuéntame de ti, quiero saberlo todo, belleza…

……

   Poco antes de que todo se fuera literalmente a la mierda en su última relación, una que no era tal, como no se cansaba de recordarse, Ricardo Amaya despertó malencarado. Para no perder la costumbre. No le gustaban mucho las mañanas, ni siquiera por su profesión, un karma contra el cual había luchado toda su vida, preguntándose en momentos de introspección por qué hacia cosas como aquella, ganarse la vida con una profesión donde lo aconsejable era madrugar. ¿Se estaría castigando por algo? Y eso que, en este caso, ya no era tan temprano. No puede olvidar recordar el rostro preocupado de su madre cuando salía por algo y de regreso a la casa le encontraba todavía dormido a las diez de la mañana. La buena mujer pensaba que si a las ocho ya no se estaba de pie se había perdido todo un día de oficio.

   Ahora, casi enfurruñado, Ricardo asoma el rostro por fuera de la entrada de la tienda de campaña donde ha estado morando desde que decidiera ese viaje a la nada. Y la mala cara podía deberse a muchas cosas, podría decirse mientras se rasca el enmarañado cabello apelmazado en una parte (de la almohada inflable, por Dios, ¿cómo no trajo la suya?), y luego se limpia la baba del mentón, donde medio brillaba en su negra barba. De tan sólo dos días sin afeitarse. Pero no lo cavila tanto, no cuando no es una persona que funcione muy bien por las mañanas, como ya se había señalado. Por alguna razón, la cama parecía ponerse siempre mejor, más cómoda y sabrosa, cuando se acercaba la hora de levantarse y atender las tediosas obligaciones de vivir. Y lo mismo, exacto y científico (está convencido de ello), se aplicaba a las hamacas o a los delgados colchones en una tienda de campaña. ¡Despertar en las mañanas era una mugre! Tal vez se debía al frío, que se manifestaba en forma de un molesto rocío que cubre y hace brillar la grama, los arbustos, la tienda y la camioneta cuatro por cuatro, estacionada un poco más allá. El frío se había colado dentro de la tienda, de sus mantas. Y en sus huesos de cuarentón. La edad…

   Dios, ya no estaba para esas escapadas, se dice saliendo al fin, llevando una holgada franela que oculta su figura algo baja de estatura, recia y musculosa, pero con tendencia a lo grueso. No estaba barrigón, pero faltaba muy poco, como no se cansaba de recordarle una de sus ex y ese amigo metomentodo que era Oswaldo Simanca, cuando quería arrastrarlo a los gimnasios, cuestión en la que insistía aunque ya le había gritado en varios idiomas que eso jamás ocurriría en esta realidad. No, otra vez.

   Sus piernas, musculosas, van cubiertas de una pelambre negra, igual que sus brazos y cuello, como se nota en el corte bajo de la prenda que cubre su torso. A su edad, recapitula nuevamente, no está para dormir sobre un delgado colchón inflable sobre un incómodo suelo irregular, con cada piedra clavándosele en los nervios. Se detiene un momento a contemplar un paisaje que es bonito en verdad, pero que no borra ni una sola arruga en su frente fruncida. Es realmente un hombre no muy alto, pero si llamativo, y guapo, le habían dicho en alguna ocasión. Y aunque nunca lo creyó del todo, tomando aguardiente con esa voz mentirosa, se dejaba halagar. No era un chicuelo para andar creyendo en cuentos, aunque lo pretendiera si eso terminaba en alguna cama; ya era un sujeto que había llegado a la cuarentena, aunque no lo pareciera por su cara y figura. Siendo algo bajo de estatura se cumplía aquello de el burro chiquito siempre pasaba por pollino. Pero era plenamente consciente de su edad y de su figura algo rolliza; la franela que carga en esos momentos, larga, cómoda, se aferraba un tanto a su abdomen. Joder, no era el sueño de gloria del Corán ni de la Biblia, como decía la canción aquella; era tan sólo pasable, con su cabello intensamente negro, sus ojos de igual color, la piel algo paliducha, herencia materna, cara alargada pero algo llena, mandíbula, cubierta de vello facial, algo prominente, delatando carácter, o terquedad, como le acusaban muchos.

   Se despereza alzando el rostro, cerrando los ojos, bostezando y estirándose (creyendo escuchar un claro tronar de todos sus huesos), rogándole al cielo que el sol caliente rápido y le quite el frío de todas partes. Y que termine el bendito rocío. Oye el canto de las aves, tenían rato en eso. De hecho fue lo que le despertó, y el lugar vacío a su lado bajo las mantas. Trinaban alegremente. ¡Malditos pájaros, atormentaban de mañana como lo grillos en la noche! Sonríe con los labios torcidos, su ex mujer, y su mejor amigo parecía que tenían razón. Estaba volviéndose un cascarrabias. No encontraba lindo nada, todo le irritaba. Sonríe más, sus hombros anchos cayendo un poco. Sabe que era por la mañana, por el comienzo de su día. Con los minutos se iría animando. Recorre la orilla pedregosa del río y sonríe más ligero. Las tres piedras que usaron como base para la fogata, sostenían la parilla sobre las brasas ya oscurecidas, pero manando aún calor. Y sobre la parrilla, la paila con el café. Que olía rico.

   Inclinándose en la orilla del agua, mete la mano en esta, estremeciéndose ante el frío contacto, diciéndose que si alguien deseaba torturar cruelmente a otro, tan sólo debía obligarle a entrar en esa agua; recoge una poca con la mano ahuecada y la lleva a su rostro, lavándolo. Toma más y se llena la boca, enjuagándosela antes de sacar del bolsillo posterior del bermudas un cepillo dental y el tubo de crema. Se asea, mirando en todas direcciones. ¿Dónde estaría ese hijo de perra?, se pregunta con afecto. Escupiendo en el agua, enjuagándose, se pregunta si iría a “hacer sus necesidades” en un punto apartado. Otro de los inconvenientes de esos paseos.

   Bien, terminado con ese aseo que casi parece de gato, va con prisa hacia la fogata, tomando una taza de peltre, sirviéndose café. Está oscuro, fuerte. Oloroso. Cerrando los ojos, sosteniendo el pocillo con ambas manos, sintiendo y agradeciendo el calor, lo huele, llenándose los pulmones con agrado. Y lo bebe. Cargado, algo amargo. ¡Genial!

   Ya se siente mejor. Se sienta, de media nalga, sobre una de las piedras. Disfrutando el calor que aún conserva. Bebe más café y mira hacia el codo del solitario río; este no era particularmente profundo, pero si corría con algo de fuerza. Aguas muy claras, como todas en esa zona mirandina, en Aragüita. Era una corriente ancha, que torcía más adelante hacía la derecha, perdiéndose en el nacimiento del monte. ¿Se habría alejado mucho Sergio, el hombre con quien comparte la tienda?

   Como le estaba pasando mucho últimamente, cada vez que pensaba en el hombre con quien compartía momentos de intimidad, y sexo (mucho sexo la verdad sea dicha), un sentimiento ambivalente le alcanza. Le gustaba estar con él, mucho. Fuera de guapo y atento, detallista, era inteligente, ingenioso, y un amante fogoso, al tiempo que… bien, si, considerado. Casi rueda los ojos al reconocerlo. Pero también… se hacía incómodo. Se suponía que únicamente les uniría, por un tiempo, el sexo. Se buscarían y lo harían como conejos, sin sentimientos, presiones u obligaciones, ni siquiera de hacer una llamada preguntando por la salud, muchos menos enviando flores. Los dos habían estado de acuerdo en eso, al principio. Pero todo había cambiado. El apuesto hombre al que le llevaba casi trece años, parecía buscar más en una relación que no era tal (¡ya lo habían acordado!). Y ahora tenía que hablarle de sus planes de irse del país. Que no lo había hecho ni creyó que fuera necesario. No con un amante ocasional, pero ahora…

   Ese viaje a la nada, idea suya para descansar del trabajo, la familia y desconectarse de tantas cosas, no había ido del todo como planeara. Sergio había estado demasiado encantado (joder, ¡no tenían una relación!). Tiempo libre para los dos, para hacerlo como… como… si, como conejos. Pero de los cuatro días que habían planificado, desde el primero pareció que todo el mundo le necesitaba para algo importante, como renegociar una pensión alimenticia, a lo francamente idiota. Comenzando por su querida jefa en el trabajo, y por su mejor amigo, quien parecía estar sufriendo una crisis existencialista (que bien imaginaba por dónde iba, se dice con una leve sonrisa torcida); todas esas llamadas, las interrupciones y el constante entrometerse en “el tiempo que era por nosotros”, como le reclamara esa segunda noche Sergio, estaba acabando con su buen humor y disposición. Y paciencia.

   Quería estar en paz con el otro, porque le gustaba (¿había acotado ya que era un gran amante?), pero le hacia las cosas difíciles. Le exigía tiempo, atenciones. Que le eligiera por encima de… otras prioridades. Lo cierto era que Sergio Pereira le había cambiado las reglas a mitad del juego. Se suponía que eran carajos que coincidían de tarde en tarde para tomar un trago, hablar de lo mal que parece irle siempre al Magallanes, y tener sexo. Especialmente eso. Se suponía que los dos estaban claro en ello, de hecho Sergio tenía sus propios planes, ¡matrimoniales!, como le apuntalara la primera vez que estuvieron juntos, como para que no se ilusionara con él. Y miren por dónde fue la mula al trigo…

   Recordaba perfectamente el momento cuando se conocieron, unos meses atrás, cuando sudando y jadeando alarmantemente como un fuelle sin aire después de trotar en la caminadora de aquel gimnasio donde le inscribiera, sin decírselo, Oswaldo (antes de abandonar la idea de los gimnasios para siempre, convencido de que moriría de un infarto antes de bajar cinco gramos), bamboleando la panza (le parecía en ese entonces), sus ojos habían caído sobre Sergio, quien hablaba con una joven catira, espigada, de buenas curvas. Pareciéndole una pareja muy bonita. Aunque siendo más amante de las morenas en lo referente a mujeres, a él le resultó más interesante el hombre. Era un chico, no, un tipo guapo. Y cuando sus miradas se encontraron, se ruborizó hasta la raíz del cabello como un joven colegial; siempre era mortificante verse pillado así, por sorpresa, en un gimnasio mirando chicos. Todo tan cliché, tan gay. Nunca esperó verle la sonrisa melosa, la mirada cargada de intensión, no estando junto a esa chica que literalmente se bebía los vientos por él. Volvió el rostro, rojo, por otros motivos, a los controles de la caminadora, pero lo sintió. Esa mirada parecían dedos, manos que recorrían su nuca, erizándola, y bajaban por su espalda, tocándole, palpándole, bajando y bajando hacia su trasero. La sensación le fue muy real, casi táctil. La risa de ella, seguramente él le había dicho alguna tontería, o la pellizcó (pensó con algo de veneno), le distrajo.

   Intentó concentrarse en su rutina, caminando más lento, necesitaba entrar en un flux para ir a una cena con su hija mayor, quería verse bien, no como una hallaquita mal amarrada. Y le llevó rato notar que la trotadora a su lado estaba ocupada por ese sujeto, que miraba al frente. De todos los equipos del gimnasio… Se estremeció un tanto, porque conocía los juegos de la seducción, de los encuentros, y eso se parecía mucho. Y el tipo era mucho más joven que él, idea que le mortificó; era alto (debía llegarle, con todo y botines deportivos, a la nariz), cabello negro corto pero suave, piel aceitunada clara, labios gruesos, acostumbrados a sonreír con vanidad al saberse guapo, ojos marrones, ancho de hombros, bien constituido de brazos, donde la venas se marcaban con vitalidad; parecía más tetón que panzón bajo la suave franela. Llevaba una pantaloneta a medio muslo que evidenciaba un bulto alegremente dispuesto, como cubierto sin preocuparse mucho de él (estaría entrenador para portarse bien, seguro), destacaba cuando trotaba. ¡Y esas piernas!, eran finamente velludas, musculosas, como de ciclistas. Y los pies grandes prometían…

   El sujeto soltó un bufido, y él volvió la mirada al frente, rojo tomate, apartándolos de esas piernas, pero muy consciente de su presencia, de su trotar, de su bojote bajo la pantaloneta que saltaba alegremente. La cara le ardió y supo que le estaba mirando fijamente en esos momentos. Iba a volverse pero…

   -Cariño, dijiste que no nos quedaríamos mucho. –una voz de mujer, afectada, buscando mimos, le distrajo otra vez. No la miró. Ni a él.

   -Pensé que ibas a darte un masaje. –fue la respuesta de él, paciente, afectuosa, con una voz rica en matices y entonaciones que al hombre más bajo le produjo cosquillas en las bolas y en los huesos, por lo que apagó la maquina y se alejó, tomando una toalla y secándose la cara.

   Se fue a los vestuarios desiertos, el gimnasio apenas llevaba una hora abierto cuando acudió, los maniacos de la salud y buscadores de la buena figura nunca se iban tan pronto. Se dejó caer en uno de los largos bancos y tomó aire, intentando serenarse. No buscaba una aventura, no realmente, su vida ya estaba bastante complicada. Incluso afectivamente.

   -¿Todo bien? –escuchó la pregunta hecha con esa voz profunda, casi a su lado, sobresaltándole.

CONTINÚA…

Julio César.

HEREDEROS… 6

junio 26, 2018

HEREDEROS                         … 5

   Muchos chicos soñaban con tener su papi…

……

   -No las metas en esto.

   -No soy yo quien les falla. –apuñaló.

   -Ah, mis nenas. –Ricardo bajó la mirada, sus anchos hombros más caídos.

   Fue cuando Oswaldo supo lo que tenía qué hacer. Ricardo estaba por cometer un error que le causaría pesar, no soportaría estar lejos de sus hijas, ni estas de él, así que le salvaría de su propia estupidez. No sería, tampoco, la primera vez. Esa decisión, una resolución inaplazable e implacable como él mismo era, le brindó cierta paz en esos momentos. E hizo menguar, de pie frente a la barra, el enojo contra el amigo que había planeado alejarse.

   Claro que este nada podía saber, de lo que haría por salvarle. No todo, al menos. Como no debía saberlo tampoco el joven frente a él, en su despacho, el hermano menor de su mujer, quien le estudiaba con fijeza.

   -Sé lo que hago, aunque no lo creas.

   -Te arriesgas demasiado. Ricardo, sabes el geniecito que se gasta, puede estallar literalmente en llamas si…

   -Lo sé, pero no sabrá nada. No si no se lo cuento. O tú. –la orden de silencio queda implícita y el otro sonríe y levanta las palmas de las manos.- Especialmente no le digas nada a tu hermana, ¿okay? No te pido que la engañes, tan sólo no le comentes.

   -Lo sé. –casi pareció molesto por la indicación, y sigue mirándole.

   -¿Qué?

   -Realmente debe agradarte mucho tu amigo para montar todo este teatro para retenerle en Caracas, en la radio y cerca de ti. Con razón a Roxana no le agrada.

   -A tu hermana, como a muchas mujeres, no le gustan los amigos de su marido. Eso es casi bíblico. Búscalo. Y no lo hago sólo por amistad… -duda, frente fruncida, una tormenta en sus ojos.- En otro escenario, Ricardo me será útil… muy pronto.

   -Bien, como sea, ya todo está en marcha. Me imagino que Atamaica, su jefa en la radio, debe andar como loca llamándole. Seguro que eso le arruinará el viaje de pesca… con su amigo. –esa parte siempre le divierte. Imaginar a alguien con un carácter tan marcado como Ricardo, siendo… ¿tierno? Al menos civilizado.

  Oswaldo parpadea, desviando la mirada. No pensando en eso; no exactamente. Sí, todo estaba en marcha, de modos que Anthony ni imaginaba. Era un riesgo, otro que tomaba en su vida, pero bien valía la pena. El mundo pertenecía a los osados que alargaban la mano tomando lo que necesitaban, o deseaban. Eso lo había aprendido muchos años atrás.

……

   Con la cara lavada de todo maquillaje, el algo ensortijado y largo cabello recogido en un moño descuidado, Eddie no podía sentirse más incómodo y extrañamente halago como en esos momentos, sentado a una buena mesa en el boulevard de Sabana Grande, frente a una arepera, devorando con buen apetito (uno que hablaba de hambre atrasada) arepas con queso amarillo, cortesía del hombre con quien compartiera la noche y buena parte de la mañana. No puede evitar sentirse mirado, calibrado en lo que es, totalmente juzgado con su blusa andrógina acomodada lo mejor que puede, el shorts jean no muy largo, sin las medias que llevara la noche anterior, con unos mocasines bajos que no parecían de hombres. Se veía, o lo imaginaba, como lo que era, un semi transformista de La Libertador, recogido (en muchos sentidos) por un cliente que le invitaba un tardío desayuno. Tal vez en agradecimiento de todo lo que hizo. Y aunque algunos clientes del lugar, y el camarero que les atendía, parecían reprobarle tácitamente, la soltura, el donaire de ese sujeto grande y masculino que le imponía en el lugar, le encantaba. Se sentía… respetado. Representado.

   Masticando un buen pedazo de la arepa con el queso casi derretido, delicioso, no puede evitar el sofoco al recordar lo que el tipo le dijera poco antes, en aquel feo cuarto de motel, una vez acabado el sexo:

   -Oye, te invito el desayuno. -le propuso, viéndole confuso, algo dudoso.- Y puedes pedir algo para tu madre. –endulzó la oferta mientras se acomodaba la camisa manga largas dentro del pantalón. Desconcertándole aún más.

   -¿Así? –extendió los brazos para que entendiera.- Debería… -el paseo de la vergüenza le detenía. De noche reinaba, en las sombras, entre la decadencia y la basura, podría decirse así; no desentonaba. De día, con esas ropas…

   -Para mí te ves hermosa. –fue la contestación de pasada, sin mirarle, como expresando algo tan obvio que no necesita mayor explicación.

   Y eso “la” derritió. Ese hombre que podía hacerse respetar, un toro en la cama, que gustó de “ella”, la invitaba a comer, así como estaba, y el mundo no le importaba. Tan sólo les quedaba tolerarle. Esa idea pareció, y parece aún, sentado a la mesa, levantar un fuego de orgullo y algo de vanidad en sus venas, por lo que alza los hombros y la barbilla cuando el camarero regresa, mirándole nuevamente con cierta sorna, como si la considerara poca cosa, si no nada, y le indicó indolente que sí, que quería más café y que lo sirviera. Seguro que el hombre preferiría no tenerle ahí, afeando, abaratando el lugar, pero una mirada al rostro de Fabián Omaña, pareció contenerle.

   -Oye… -la voz de Fabián le hace mirarle; el hombre iba clavándole los dientes a su tercera arepa de carne mechada con queso amarillo.- Recuerda pedir algo para tu mami. Algo sabroso que sepas le va a gustar.

   -¿En… serio? –el corazón se le detiene en el pecho, abrumado. aunque no tímido, no naciendo cómo era, en el lugar que le tocó, ni por el trabajo que desempeña, no había querido insistir en ese punto y “molestar al generosos cliente”.

   -Claro, vamos. –invita el hombre con una sonrisa lobuna. Sabiendo los efectos catastróficos que causaba en las defensa de ese chico de barrio, medio marginal y pobre que además resultó marica. No gay, sino uno de los que se maquilla, usa pantaletas y se siente chica. O lo es. Que saliera de una casa donde seguramente apenas se le toleraba, que se dedicara a la vida “fácil”, con lo difícil y peligrosa que era esta, posiblemente le había condenado a una dura existencia carente de mimos, atenciones y detalles de parte de otros. Todas esas cositas que los hombres, sin ser muy atentos, prodigaban a veces a sus mujeres, sorprendiéndolas y enamorándolas. Seguro que al chico le faltó un “novio”, alguien a quien adorar más allá del sexo, de lo carnal. Mientras come, le ve y oye pedir dos papas rellenas con queso. Era tímido. Eso le hizo sonreír levemente.- Que sean cuatro, llévale dos de carne, también son ricas.

   Dios, debía gustarle mucho a ese tipo, pensaron en ese momento Eddie y el camarero (el cual debía seguir tragándose lo que pensaba o sentía atendiendo al tranfo ese); los pensamientos de Eddie son más luminosos, y pide todas esas papas rellenas. Su madre iba a delirar de gusto. Cuando Fabián estira la mano para tomar su enorme taza de café, la mirada del joven queda atrapada en sus dedos largos, velludos y fuertes. Esas manos…

   Vuelve a estar en ese cuarto de hotel, con ese hombre totalmente desnudo sentado sobre las almohadas (¿lavaría el hotel todas esas cosas de cama?), la espalda contra el respaldo, las velludas piernas muy abiertas, y él, dentro de su pantaletica, con las medias (dos buenas corridas en ellas, aunque se entendía, eran bien baratas), con la blusa de medio lado, era literalmente alzado en peso por las manos de ese tipo bajo sus rodillas, lo que le mantenía el cuerpo algo echado hacia atrás, su espalda descansando en ese torso que subía y bajaba con rapidez, y sobre la algo redonda panza, tan velluda como todo lo demás, pero también curiosamente firme, dura, evidenciando a un hombre de fortaleza aunque no de rutinas de ejercicios. Su culo, apartada un tanto la pantaleta, subía y bajaba por acción de aquella fuerza sobre el amoratado e hinchado güevo que lo abría, llenaba y calentaba con sus pulsaciones, con todo el jugo que soltaba. La poca leche que ya había derramado en su interior, manando un poco, mojando el propio tolete que la produjera mientras iba y venía.

   Chillando agónica y putamente, un chico que recién se había corrido también, volvía a estar duro y excitado dentro de la pantaleta al tiempo que la gruesa mole venosa se rozaba de sus entrañas, dándole bien, como era, como le gustaba desde los trece años cuando su primo lo desvirgara en su propia cama, enamorándole. Mirarse al espejo del escaparate tan sólo le calentó más, su rostro total de gozo, que estuviera apretando y chupando con sus entrañas, no por negocio sino porque quería. Porque deseaba al poderoso macho que se satisfacía con su cuerpo, pero que también le provocaba todo ese goce. Se escuchaban palmadas y los plos, plos, mientras su cuerpo era alzado y bajado sobre la cilíndrica mole que latía más y más, dándole con su punta en ese punto mágico, mientras el roce de la pantaleta frotaba y excitaba su pequeña verga, o su clítoris como ese tipo lo llamaba.

   -¿Te gusta, mamita?, ¿te gusta cuando papi se ocupa de tu conchita rica? –le preguntaba el Fabián, voz entrecortada, respirando agitadamente contra una de sus orejas, mirándole el rostro en el espejo.

   No pudo responder, y seguro que Fabián tampoco esperaba que lo hiciera, porque en ese instante comenzó a agitarle de arriba abajo con mayor rapidez, al tiempo que le deslizaba un tanto de adelante atrás sobre su regazo, haciéndole descender totalmente sobre ese tolete, viéndose tan sólo un centímetro afuera cuando sus nalgas le impedían caer más, refregándole de su panza, de su torso, besándole y mordisqueándole una oreja con vicio y sapiencia, la del carajo que se toma su tiempo para disfrutar del sexo y hacer lo mismo por su pareja.

   Eddie, mirándose al espejo, tan sólo pudo cerrar los ojos, viéndose sumergido en una vorágine de lujuria, de sexo rico, caliente y excitante, lanzando gemidos algo mórbidos por su boca muy abierta y todavía algo pintarrajada. Tal vez se había agotado un tanto, pensó mareado el muchacho, cuando el oso le rodeo, bajo la rodillas, con sus dos brazos, afincando el agarre, refregándole más y más rápido de su pelvis, el güevo agitándosele, rozándole, golpeándole y mojándole.

   O fue más claro cuando se echó de espaldas en la cama, sonriente, con una mueca de quien sabe lo que provoca, las manos bajo la nuca, y le hizo montarse a hojarascas sobre su pelvis, subiendo y bajando el ansioso culo sobre su güevote amoratado, brillante del semen previamente depositado. Y Eddie lo hizo, estremeciéndose a cada pase, su espalda y nalgas color canela moviéndose de arriba abajo, su culo tragándose la gruesa pieza, los labios de este apareciendo y desapareciendo cuando iba y venía, la cama quejándose bajo todo aquel ejercicio amatorio, sin pensar en ningún problema, sin dudar, ni recriminarse, sin cuestionarse por entregarse de esa manera; todo lejos de su mente como no fuera sentir, experimentar. Gozar de su cuerpo…

   -¿Estás bien? –la pregunta del hombre le saca de sus recuerdos de momentos antes, todo avergonzado, pero también erizado y ¿excitado otra vez? Dios, era tan poco profesional…

   -Sí, sí, yo… -la roja cara parece decirle mucho al hombre, quien sonríe complacido, avergonzándole más.

   -Vamos, nena… -le susurra un tanto bajo, tendiéndose sobre la mesita para dos.- Termina tu desayuno, necesitas reponer energías después de todas las que agotaste chillando mi nombre mientras alcanzabas tus orgasmos uno tras otro. –baja más la voz.- Desde aquí me parece olerte, con tu pantaletica mojada.

   -¡Oye! –se agita, entre avergonzado, temiendo que le escucharan, y divertido. Queriendo jugar.- No es propio de un caballero hablarle así a una dama. –el otro ríe, cubriéndose la boca con la mano.

   -Es cierto, lo siento, amor. –y sigue comiendo.

   -Jugaba. –se explica. Temeroso de molestarle. Se había portado tan bien con él…

   -Lo sé. –le mira mientras mastica.- ¿Sabes qué me provoca? –y ríe al verle tensarse, sonriendo todo expectante.- No eso. Bueno, no sólo eso, volver al hotel y terminar el asunto. –le sorprende adivinándole.- Quiero… llevarte de compras. Comprarte cositas linda, bellas, delicadas. Unas bonitas pantaletas y medias de las buenas, unas que resalten tu belleza como mereces. –dice tan pancho, ¿no notando el cataclismo emocional en el joven?, era difícil saberlo con alguien tan mañoso.

   Después de dar un leve mordisco a su segunda arepa, de la cual lleva la mitad cuando el otro prácticamente termina con la tercera (y eso que él mismo come con apetito), no puede evitar sentirse más confuso. Y curioso.

   -Yo no… -toma aire.- ¿Por qué lo haces? ¿Por qué me compras el desayuno, e invitas el de mi madre? –necesita saberlo. Eso detiene al otro.

   -Creí que había dejado claro que me gustabas. –responde con llaneza y confianza, como sabe que tiene que hacer.- Desde que te vi anoche. -sigue y luego sonríe como un lobo.- Y después de lo del hotel, tan sólo quiero asegurarme de… conocerte mejor, bella. –que el otro trague en seco, nervioso mientras intenta contener la sonrisa complacida, le indica que va por buen camino. Le gustaba mucho el joven calentorro. Le parecía que a Eddie le gustaba el sexo, pero que ni el mismo imaginaba cuánto.

   -¿Un buen polvo? –todavía le prueba, también porque necesita asegurarse. Había tratado con demasiados sapos que parecían príncipes. Se había equivocado muchas veces. Demasiadas, especialmente cuando comprometía sus sentimientos.

   -¿Sólo eso fui? –contraataca Fabián, sonriendo leve al verle bajar la mirada.

   -Me gustó mucho también… Estar contigo, pero esto… -le mira fijamente, frunciendo el ceño.- ¿Hablas en serio? ¿Volver a vernos?

   -Tan en serio como el infarto que puedo sufrir en el futuro por comer como lo hago. A pesar de la crisis. –aligera el ambiente, enderezándose en su silla.- Me gustas, te lo repito muy en serio, pero también… Desde que te vi anoche he sentido que… he tenido suerte. Aún esta mañana, cuando finalizaba un negocio. Estando contigo en el hotel se me ocurrió de repente algo que puede serme… muy redituable. –le ve la confusión.- Que puede darme ganancias. –aclara.

   -¿En tu trabajo? ¿Algo sobre la mujer de esta mañana? Era tan hermosa y elegante. –Eddie no puede reprimir la admiración y cierto pesar. Él nunca se vería como una mujer como esa.

   -Si, muy bonita, ¿verdad? Pero no tanto como tú. –vuelve a adivinarle, aunque Eddie, algo sonrojado al ser tan transparente, nota el tono burlón.- Es una clienta que necesitaba le encontrara a alguien. Y lo hice, pero no es lo que ella espera. –y comienza a hablar, como buen venezolano, de cosas muy delicadas y confidenciales. Como esos tipos que son capaces de planificar un atraco sensacional, que los hará ricos, y lo discutían a gritos, tomando cervezas cerca de unos policías; o una mujer que le envía correos al amante con el que engaña al marido mientras se lo cuenta a las amigas porque “necesita hablarlo” y cuenta con la discreción de otras mujeres.- Es una damita rica de cuna, o que viene de una familia con mucho dinero, porque creo que a ella la botaron de la lista de herederos. A su papá le pasó algo hace tiempo, algo muy malo, y como las chicas aman mucho a sus padres, ella quiere saber exactamente qué le ocurrió. También creo que imagina que lo que investigué, ese asunto sobre su padre, tiene que ver con el resto de la familia y que eso contestará sus preguntas, y que podría darle algo de poder contra sus parientes. –lo cuenta y toma su café, mirando el brebaje, ¿pensaba Sofía Nazario chantajear a su familia? ¿Exponerles? ¿Buscar “justicia”? Si era el caso, buen chasco que se llevaría.- Pero se equivoca. No es nada de lo que piensa o espera. Sin embargo, el asunto si puede ser una verdadera bomba para esa familia, puesta la información en manos de alguien que los odie. –y los ricos, sus secretos, mientras más sucios, más pagan para mantenerlos así, se recuerda.- Tan sólo debo averiguar otro detalle, y es por eso que me has visto teclear tanto en mi teléfono desde que me senté aquí. Intento contactar a un primo, que es policía, de los chivos importantes, pero el perro ese no me responde. Seguramente andan en alguna de sus misiones.

   -¿Y no deberías hablar antes con tu clienta?

   -Lo he intentado, pero ella sólo escucha lo quiere creer. –responde, aunque no es del todo cierto. Digamos que miente un poco, típico del hombre que enamora.- Pero, oye, la mala suerte de ella puede ser la buena fortuna para mí. Y la buena fortuna hay que compartirla para que dure… -le mira fijamente, comprometiéndole.- ¿Quieres salir conmigo esta tarde, ir de compras, y luego tal vez a cenar?

CONTINÚA … 7

Julio César.

HEREDEROS… 5

junio 16, 2018

HEREDEROS                         … 4

   Cuando se espera por todo lo que toca…

……

   -¿Saben qué?, si no quieren ayudarme, perfecto; pero mejor se van, miren que Oswaldo, mientras más se acerca la fecha de la fiesta, más tenso y difícil se pone, y si van a estar molestando… -Roxana, algo impaciente, lo deja así.

   -Okay, okay, bájale al carro. –se rinde Arturo.

   Es cuando hace su entrada.

   -Ah, que maravillosa vista, mi bella esposa y mis cuñados preferidos. –saluda con una sonrisa leve, con un tono imposible de clasificar. Como siempre. Se tiende y da apretones de manos, palmea espaldas y besa la nuca de la hermosa mujer sentada a la esplendida mesa de ocho puestos.

   Roxana es una rareza criolla, es una venezolana, venezolana, de piel clara y cabellos realmente amarillos, que enmarcan un rostro ovalado de ojos castaños claros y labios rojizos. Eso, y su figura, la hacían no llamativa, ni siquiera hermosa era una aproximación. Era sensual. Los hermanos eran menos catires, no tan bonitos, desde un punto de vista físico, aunque si atractivos por la manera de mirar, por el aire de picardía que compartían. Arturo, el mayor de todos, se veía algo ajado, con ojeras, su panza abultaba un poco, hablando de una vida blanda dedicada a los placeres y no a cuidados o restricciones propias. Anthony era un muchacho, y como tal, atractivo de por sí. Ambos visten traje y corbata, lo que en el caso del más joven, era algo extraño. Acompañándoles se sienta y pronto la joven uniformada que les atiende, de pie, discreta, le sirve algo de comer, comenzando por el oloroso café que ya había probado.

   Desayunan y hablan de mil cosas, casi todo sobre los hijos de la pareja, morochitos, hembra y varón, que, por una increíble casualidad, compartían cumpleaños precisamente el mismo día que lo hacía Oswaldo, su padre. Y mientras lo recuerda de pasada, saboreando otro café, el hombre no puede  dejar de sonreír recordando lo que Ricardo comentara una vez al respecto, cuando le señalara lo insólito del hecho. El otro le había mirado con sorna.

   -Sobre eso, mi amigo, sólo puedo decir que Roxana es una mujer notable. Nunca la disgustes, y si lo haces, no le bebas nada de lo que te dé.

   No lo comprendió en ese entonces, más tarde sí. Y casi se sintió ofendido y molesto con Ricardo, pero como a este no parecía importarle nunca su malhumor, lo dejó así. Dio a entender que Roxana se las ingenió para embarrarse en el momento exacto, cuando sus cuentas coincidieran en la fecha, adelantando el parto unos días. Jamás se lo preguntó a la mujer, claro, pero la duda siempre estuvo allí.

   Mientras comen pausadamente, excepto tal vez Arturo que se atiborra de lo que le gusta, consintiéndose mucho, no se habla de política ni de negocios. Ni, por supuesto, de la fiesta. En un momento dado, finalizado el desayuno y saboreando otra ronda de cafés, mirando la hora en su Seiko, Oswaldo le pide a Anthony que le acompañe un momento.

   -¿Negocios? –pregunta Arturo, extrañado, ya que era uno de los contables de las empresas. Sin intentar siquiera molestarse en ponerse de pie.

   -No, vamos a hablar de mujeres. –responde el hermano menor.

   -¿Vas a preguntar cómo son, hermanito? Ya era hora. En cualquier momento una te cae encima, de pura despistada, diciéndote “tómame” y vas a preguntar “¿por dónde?”. –tercia Arturo, nuevamente sirviéndose un pedazo generoso de torta de manzanas, alterándose al sentir la mirada de Roxana.- ¿Qué?

   -Comes mucho, Adelaida me contó que no dejas nada en la nevera de noche. ¡Y mírate esa panza…!

   -Ah, no, déjame en paz. Ya bastante sufro en mi casa.

   Oswaldo y Anthony, después de disculparse, se alejan escuchándoles todavía, entrando en una biblioteca grande, de altos muros, de bonitas encuadernaciones que huelen a eso, a libros, a cuero. En cuanto cierran la puerta, el aire ligero de Oswaldo se termina cuando encara a su cuñado.

   -¿Entonces?

   -Si, el informe es cierto. Aquiles Girardi arribó anoche a Caracas, dejando La Hacienda. Casi nunca lo hace, no le gusta esta ciudad ni estar cerca de la parentela. Por lo que sé… -y aquí duda, no quiere meter a nadie en problemas, aunque su trabajo en las empresas del cuñado consistía en saberlo todo antes de que se presentara eso, un problema.- …Creo que va a reunirse con su prima, Sofía Nazario, aunque no sé si ella lo sabe. –dice rápidamente. Le agradaba esa mujer bonita y elegante.

   Oswaldo oprime los labios, disgustado. Le desagrada Aquiles, lo cree peligroso; y le incomoda Sofía, aunque técnicamente la mujer trabajara para él.

   -¿Crees que esa familia de hijos de perra sabe que estoy tras su propiedad más valiosa y querida?

   -No lo sé. Aunque me parece casi imposible; aún no has hecho nada, en realidad. –el joven se humedece los labios.- Un dato curioso… -sonríe y eso aligera aún más su rostro de niño jugando al ejecutivo.- Tengo…una amiga por allá que me contó…

   -¿Una amiga? –Oswaldo alza una ceja, sonriendo también.

   El joven era una persona notable, tenía la increíble capacidad de caer bien y hacer amigos en cualquier lugar, lo que tal vez explicaba que él mismo hubiera caído bajo su encanto. El chico tenía la apariencia que tendría, por ejemplo, un joven surfista americano que viviera el sueño de montar sobre las olas cada día de su vida sin interesarse en nada más, como el dinero, por ejemplo. Eso le abría puertas, le ganaba adeptos, y una buena cantidad de chicas que compartían su cama. Y todas, de hecho todos, quedaban contentos con él, por lo que cultivaba esas amistades. Unas que el hábil joven sabía explotar. Porque sólo parecía un surfista idealista, en realidad era bastante sensato, práctico y levemente manipulador. Cosa que le hacía tan valioso. A su corta edad, Anthony ya podía tender una amplia base de informantes; tan sólo necesitaba una causa, un paseo, ponerse en contacto con la gente indicada y allí operaban, para él.

   -Si, la hija de… -sonriendo rueda los ojos.- Bien, no importa. Es una chica alegremente divertida a quien le pedí ciertos favores. Deja la sonrisa, no de esos, aunque…

   -Oh, basta, deja de vanagloriarte, ¿qué dijo la chica, hija de alguien? –le corta, conteniendo una sonrisa. Una que vacila cuando acaba la del joven.

   -Que estuvo alguien por allí, por La Hacienda, haciendo preguntas sobre un ex trabajador ya retirado, Rufino Velázquez; cosa que la hizo reír porque es justamente el tipo por quien ya la llamaba para saber de su vida. Por indicaciones tuyas.

   -¿Apareció alguien haciendo preguntas sobre él? ¿Quién? ¿Por qué? –intrigado, meditabundo, cae sentado sobre el ancho escritorio de caoba oscura.

   -Ella no lo sabe; pasó, preguntó, algo encontró y se fue. Por cierto, ese señor ya no vive en Maracay. Está aquí, en Caracas. Quedó en conseguirme la dirección. –lo estudia, calibrando todo lo que ha dicho, y las cosas que él mismo sospecha, con las reacciones visible de su cuñado.

   -Bien, bien, me interesa hablar con ese hombre. –responde de pasada, mirando a la nada, frente fruncida. Que coincidencia, dos personas buscando a un mismo sujeto insignificante al mismo tiempo. Alza la vista. Aún más serio.- ¿En cuanto a lo otro? –y ese era el meollo de esa reunión mañanera.

   -Bien, todo resultó como esperabas. Aunque no es sorpresa, no podía ser de otra manera. -nuevamente parece incómodo, y su mirada lo refleja.

   -¿No lo apruebas? –Oswaldo le reta a hablar.

   -No lo entiendo, cuñado. Ricardo Amaya es tu mejor amigo en todo el mundo, y sin embargo vas a echarle esa vaina.

   -Es necesario, Anthony. –con la perfectamente cortada uña del pulgar derecho se rasca entre los ojos. Descontento también. Tres semanas atrás, mientras tomaban unos tragos en una tasca no muy buena por el Centro de Caracas, en reminiscencia por los gustos de los viejos tiempos de cuando se embriagaban en la primera taguara que encontraban, Ricardo había soltado la bomba, estando ambos de pie frente a una barra, tomando cervezas, aunque podían (él podía) pagarse algo mucho mejor.

   -Te ves extraño. ¿Ocurre algo? –tuvo que preguntar, secretamente alarmado al reparar en que el otro llevaba rato sin abrir la boca. Cosa tan extraña en él, que sobre todo tenía que opinar. Este, que miraba al frente, aferrando el botellín distraídamente, le lanzó una mirada sardónica, muy conocida, pero algo forzada.

   -Pensaba. Eso debe ser lo que te desconcierta, no reconocer el gesto.

   -No en tu cara. –replicó. La risita de Ricardo le pareció también forzada.- ¿Y bien, en qué piensas? –insistió. Cuando se picaba por algo, a veces no podía parar.

   -En lo mucho que sabe a orina esta cerveza que embotella tu gente. –respondió, mirando la etiqueta florida del botellín. Cerveza Nacional.

   -Eso quiere decir que está como debe. A eso debe saber. –a esa réplica, Ricardo respondió mirándole, alzando un poco el rostro al ser más bajo.

   -¿Sabes qué me asusta de tu respuesta?, que lo creo. –y bebió, arrugando el ceño, aunque Oswaldo sabía que la bebida estaba fría y no sabía mal. Pero nada dijo, sólo esperó, mirándole jugar con la uña contra la etiqueta impresa.- Estoy pensando en llegarme hasta Panamá. –fue cuando soltó la bomba. Y Oswaldo sintió que se erizaba de pies a cabeza, que su piel se enfrió por segundos.

   -¿Qué? ¿Irte? ¿A cubrir alguna nota? –quiso saber de manera algo demandante. No podía creer lo que escuchaba.

   -Hay una vacante en un diario allá.

   -¡Ya tienes trabajo! –le recordó, ceñudo. Y algo duro. No le gustó mucho la mirada que le lanzó.

   -Si, en una emisora de radio que te pertenece, en un país donde informar se ha vuelto una comiquita con aquello del “equilibrio informativo”. –fue la seca respuesta. La amargura rezumando por cada poro.

   -A ti no se te limita, Ricardo; tan sólo… -se agito, sintiéndose atacado. El que el otro se volviera y le atrapara el brazo con una mano, apenas le tranquilizó.

   -Oye, oye, calma, no te estoy acusando de nada, aunque bien que me has desalentado varias veces, y no digas que no. Pero esto del equilibrio… -apuró otro trago de cerveza.- …Es la mayor mierda del mundo. La manera fácil y cobarde de acomodarse a los que se te ordene por aberrante que sea. Especialmente cuando hay censura periodística. Equilibrio quiere decir que si la gente en Cotiza sale a protesta porque las aguas negras, de mierda, corren por las calles y entran en las casas, se han quejado y no les paran bolas, salen a protestar y son repelidos violentamente, sobre eso nunca se sabrá exactamente qué pasó. Se entrevista a una persona o dos, se relatan unos hechos y hay que mostrar a un funcionario gubernamental diciendo que todo eso es falso, que no ocurre nada y que esa gente fue llevada con fines políticos para “atacar” al proceso. Al final no se muestran las aguas negras, no se entrevista a nadie, un sujeto con cara de piedra dice que todo está bien y quien no está en la zona nunca sabe exactamente qué es lo que ocurre, ¿la mierda entraba a las casas de las personas o todo era un truco? Y pasa con la inseguridad, la crisis hospitalaria. Esa basura me enferma. Quiero… hacer prensa, calzado en botas mostrar el río de mierda para que se sepa que es cierto. O no, dependiendo del caso. No esta tibia mariconería de gente que se plega a lo que se les exiges para continuar una vida de cómodo colaboracionismo en medio de tantos abusos.

   -¿Y lo vas a conseguir allá? –exige, picado a pesar de todo. Si, también él le ha pedido a veces que se modere, o que dé ese derecho a réplica a los funcionarios públicos, en la emisora; era la mejor manera de mantener lejos al ente censor creado para perseguir los medios.

   -Allá se puede investigar, exponer hechos. Por ahora, al menos. Estoy tan… frustrado de toda esta porquería. Y pasa aquí, pasa en Ecuador, pasa en Argentina. El poder usa los medios a su disposición para criminalizar el trabajo de informar, los tribunales contra la prensa y todo bien. –se encogió de hombros.

   El silencio fue pesado. Ricardo parecía vagamente abatido bajo el peso de sus propias ideas. Oswaldo se sentía completamente desasosegado, temiendo perder, de pronto, algo que amaba demasiado. Sintiéndose exactamente como cuando tenía quince años y logró conectar con un pequeño grupo de tres en el bachillerato, amigos de entonces, gente que si le llegó, dos chicos y una chica, y cuando terminaron la básica y debieron ir a otro liceo, separándose, hicieron una fiesta de despedida, pasándola increíblemente bien (besando por primera vez a Omaira, la chica gordita y de lentes, lista como ella sola para los estudios, lo que le abrió la puerta al grupo, pareciéndole en ese momento la joven más bella del mundo), y cuando el tiempo fue pasando y cada uno debía irse para su casa, para comenzar sus vidas, cada uno por un camino que no les llevará al mismo sitio todos los días, se sintió dolido, herido, abandonado. E intentó que el momento de la despedida durara lo más posible, imposibilitado de dejarles ir. En ese momento, frente a esa barra, fue peor. La idea de que Ricardo se largara, lejos, a donde no pudiera verle durante meses, años, o tal vez para siempre, le era sencillamente posible de asimilar.

   -Estás dejando que una arrechera momentánea te haga dar un salto al vacío. –acusó. Este le miró, ceñudo.

   -La frustración que siento es muy comprensible y humana, Oswaldo, soy un periodista que se juró buscar e informar la verdad, fuera cual esta fuera, independientemente de todo lo demás. Y ahora los censores me respiran en el cogote. Es lógico que no entiendas cuando en tu vida todo se acomoda al momento y a la jugada a hacer.

   -¡Oye! Eso no es justo.

   -Nuevamente te aclaro, no te critico. Es lo que es. Eres un hombre de negocios que se mueve con habilidad y hasta gracia en este río de mierda. Yo no puedo. Me salpico a cada rato y me arrecha.

   -Vaya, gracias. Es lindo saber que me tienes en tan buen concepto.

   -Déjame en paz. Te dije que no lo entenderías, debiste parar cuando lo señalé y no ponerte delicado ahora. Esto no es fácil para mí. No puedo decir o hacer lo que quiero. Fuera de que no me alcanza lo que gano para…

   -Creí que tu sueldo…

   -Joder, ¿quieres dejar de acotar y hacer comentarios editoriales de cada palabra que digo? ¡No te estoy diseccionando, bicho! Lo que digo es que el dinero no me alcanza, a pesar de lo generoso que eres, como otros compañeros de trabajo en la radio me han señalado, pero con esta inflación no hay plata que alcance. Debo buscar… algo mejor.

   -¿Y tus hijas? –le preguntó, sabiendo que era el filón que el otro no podría manejar. No bien, al menos. Ricardo amaba profundamente a sus niñas. Tres, de tres relaciones tormentosas que no llegaron a buen puerto.- ¿Las vas a abandonar como el papá de La Hija de Nadie? –juega a la culpa.

CONTINÚA … 6

Julio César.

HEREDEROS… 4

mayo 26, 2018

HEREDEROS                         … 3

   Guardado para ti…

……

   Indetenible, la pelvis va y viene, los pelos púbicos pegando de las tersas y jóvenes nalgas, la cilíndrica y venosa mole penetrando el redondo agujero, entrando y saliendo, refregando esas entrañas con el ritmo alucinante de quien sabe hacerlo para sentir placer, pero también para brindarlo. Y los ahogados gemidos del chico, boca muy abierta, le indican que lo hace bien.

   -Si, si, dámelo, papi… -a Eddie, o Edith, se le escapan las palabras sin que se dé cuenta de lo que hace, con voz entrecortada por los jadeos y los traqueteos de su cuerpo, halado hacia atrás por las manos del macho que le domina en esos momentos, empujado hacia adelante por la fuerza de las embestidas que este le daba. Totalmente embargado de una lujuria que siempre esperó encontrar en el sexo, en una pareja que compartiera la experiencia, pero que tan sólo una o dos veces ha experimentado realmente. Y no en su “trabajo”.

   -Tómalo, tómalo todo nena sexy –le ruge Fabián, dándole más y más, usando el impuso del colchón para ayudarse, sacándosela en un momento dado por sus mismos bríos, viéndose ese güevo amoratado de tanta sangre y ganas, nervudo al límite, con el cual azota de una a la otra nalga, duro, antes de volver a clavárselo a fondo, con facilidad, penetrando limpiamente el redondo orificio anal del joven que chilla de gusto y casi cae de panza sobre la cama.

   Gritan y jadean ruidosamente. El cepillado de sus entrañas tiene al muchacho delirando, botando babas por todos lados, mientras Fabián continúa preguntándole si así es como le gusta que los hombres le trabajen la cuca, que va a preñarla de tanta leche. Todo tan extravagante, como sucio y caliente.

   -Joder, dejen el escándalo tan temprano. –alguien golpea una pared y una voz molesta les llega. Tal vez alguna prostituta que quiere descansar con la llegada del alba.

   -Cállate, perra. –le ruge Fabián; no tanto por grosero u ofensivo, que mucho de ello hay, pero mientras le atrapa las nalgas al chico, cerrándoselas con las manos para sentir mejor la presión del agujero sobre el tolete que le mete, se siente simplemente caliente.

   -¡Coño’e tu madre! –es la seca respuesta de esa mujer.

   -La tuya. –es la lógica réplica, antes de desentenderse de ella y volver a Edith.- Vamos, mami bella, apriétamelo así, sácame toda la leche con tu concha caliente. –le ruge al chico, medo tendiéndose sobre su espalda.

   Esas palabras tienen el poder de encender aún más a ese joven de barriada baja que desde siempre se supo diferente al resto de los muchachos en su casa y en la calle donde creciera. Desde muy niño le había atraído la idea, aún antes de pensarlo como tal, de jugar como una niña, sintiendo luego como una chica. Hablando inconscientemente como tal, moviéndose y actuando en tal dirección, lo que le valió no pocos regaños paternos, hasta cuerizas bien intencionadas (para corregirlo), pero contra lo que no pudo ni su propio deseo de complacer a sus padres, el temor a ser atacado por otros niños que lo trataban de niña, pero le agredían; ni siquiera el temor a Dios, que su abuelo le inculcaba, igual que su propia madre. Su abuela, más pragmática, había sentenciad una vez, lo recordaba de cuando contaba siete años de edad:

   -Dejen de pegarle a ese muchacho, y de gritarle tanto. No van a poder hacer nada, nació volteado. –muchos lo entendieron como una despectiva descripción de una posible condición homosexual. Lo que la buena mujer había querido decir era que nació niña en el cuerpo de un niño. Algo que él si entendió, a medias, y trabajando en ello puedo desentrañar mucho de su propio misterio.

   Y a la idea de ser una chica, le siguió el impulso, la necesidad casi tan física como emotiva de ser tratado como tal, especialmente por los chicos objetos de su interés o afecto, más adelante. Lo que le valió, otra vez, no pocos disgustos en la escuela, liceo y hasta en su barriada. Algunos, que si supieron adivinarle un poco, medio burlones, medio calientes, le preguntaban qué quería la nenita, si no sería un novio. Palabras, implicaciones que siempre le calentaron e hicieron bajar la guardia con ellos. ¡Y se equivocó tantas veces!

   Eddie Fermín aprendió bien pronto que no era fácil ser “diferente”, como comprobaron millones de chicos y chicas antes que él, y que no era sencillo, de entrada, sentirse así, diferente, querer algo que iba contra lo que era la costumbre y cotidianidad, aún de sus hogares, sintiéndose extraño, equivocado. Incorrecto. Escondiéndolo como algo malo, tal vez pidiéndole a Dios que le ayudara a mejorar. Ignoraba, en ese entonces, que era igual para cualquier chico de seis, siete o doce años que entendiera en qué radicaba su diferencia, y la respuesta que el mundo podía darle, de entrada. En la buena urbanización o en el más miserable rancherío, las agresiones estaban presentes, en mayor o menor medida, como el rechazo mismo. Lo que a veces tomaba forma física, los gritos, los insultos en la escuela o la calle. Las agresiones de quienes sentían que podían golpear a al marica porque “se lo había buscado”. Especialmente uno que daba señales tan claras de diferencia, o que gustaba del maquillaje y la ropa “bonita”. Esos que quedaban tan expuestos por no ser “serios”.

   Fue doloroso para el chico que buscaba sentirse una chica, una chica bonita y querida, encontrar muchas veces ese rechazo, las ofensa; o comprobar, después de brindar alguna atención a un chico calentorro, de güevo tieso de ganas y que buscaba alivio, que este le alejaba con burla, desprecio o violencia. Lo buscaban de tarde en tarde para que mamara, para descargarse en el maricón, en su boca, luego le insultaban.

   -Eres tan bella, tan sexy, nena. –escucha decir a ese hombre que parecía conocer esa… ¿debilidad?, ¿ese anhelo? No lo sabe, ni le importa, porque sencillamente lo adora. Y aprieta aún más el culo sobre el grueso y tieso falo.

   Chilla cuando la nervuda barra va retirándose lentamente de sus entrañas, refregándoselas, saliendo toda, la lisa cabeza caliente estimulándole la titilante entrada, la raja, una que recorre, mojándole, quemándole en el alma (así lo siente), para luego empujar el glande contra su esfínter, sin prisa en esos momentos, metiéndosela centímetro a centímetro, provocándole nuevos gemidos y ansiedades. Quería tenerla toda adentro, exprimirla. En un momento dado se mira al espejo, su cara toda brillante con una suave capa de transpiración, jadeando pesadamente por la boca abierta, todavía algo pintarrajeado, los cachetes rojos, los ojos nublados de lujuria. La cara de una hembra que goza de su hombre, así lo piensa y su esfínter sufre un violento espasmo alrededor de ese güevo; el gruñido de gusto de ese sujeto es como un reconocimiento a su labor.

   El tolete le sigue entrando, estimulándole, siente los pelos púbicos del otro contra sus nalgas, la pelvis que se cierra sobre ellas. Esa barra latiendo, quemando. Y chilla más cuando este la retira un poco, clavándosela luego otra vez, comenzando otro vigoroso saca y mete que le obliga a atrapar las sabanas entre sus puños mientras chilla mórbidamente.

   -Tu cuca es tan rica… -le oye y sufre otro espasmo anal, lo sabe por su risita ronca y satisfecha que lanza Fabián mientras le medio nalguea, duro, dejando la marca de la palma sobre la hormigueante piel. Tendiéndose sobre él, alzando su propio culo peludo, procede a darle como si, efectivamente, fuera una perra. La gruesa barra saliendo unos cinco o seis centímetros y clavándoselos como si fuera una ametralladora, las bolas golpeándole, el peso casi derribándole.

   Y alzando el rostro, ojos cerrados, Edith recuerda la primera vez que viera a su primo Vicente, de visita un día desde estado Portuguesa, con quien compartiera el cuarto esa noche. Un mocetón de diecisiete años, alto y fuerte para su edad, que no dejaba de verle durante la cena, y a quien no podía dejar de mirar tampoco, porque despertaba emociones contra las cuales si luchaba un poco más por aquel entonces, por temor. Pero era tan guapo, tan bello que no podía evitarlo. Nadaba en esos momentos en un mar revuelto de ansiedades, temores y excitación. Fueron al dormitorio al terminar la cena, él en su cama, Vicente en una portátil. Le costó dormir sabiéndole allí; por lo que daba vueltas agitado, acalorado… anhelando cosas que no entendía del todo ni se atrevía a considerar. No bajo el techo paterno.

   Había dejado de mirarle cuando se quitara la camisa, dándole la espalda. Luego escuchó unos sonidos raros sobre la otra cama, y volviéndose, le encontró, visualizándole fácilmente en medio de la tenue penumbra. Sonreído, mirándole, desnudo sobre las mantas, muy abierto de piernas, masturbándose. Y ver aquel güevo tieso, duro, cobrizo claro, le robó toda cordura. Aquello fue superior a sus nervios y miedos, era el primer chico que veía en vivo y en directo haciendo aquello, fuera de vagas insinuaciones anteriores de otros muchachos y sujetos. Y cuando el primo, atrapándose la barra en un puño, agitándola en su dirección, le preguntó si le gustaba, tan sólo pudo asentir. Cuando le invitó a que la tocara, no se pudo resistir a pesar de todos sus nervios y temores. Sentirla contra su palma fue una revelación; tan dura, tan caliente en su puño cuando comenzó a agitarla de arriba abajo, provocándole gemidos a su primo, y risitas, y el que subiera y bajara las caderas, bañándole el puño con los jugos que del tolete escapaban y que impregnaban el cuarto de un olor embriagador que le mareaba. Ya no veía el rostro del otro, tan sólo ese glande rojizo, esa boquita que se abría y escupía aquel líquido claro, alcanzado por una idea: amaba hacer aquello.

   Esa noche hace años, en su cuarto mientras el resto de la familia dormía alrededor, la probó entre sus labios, algo que si le incomodó un poco, la idea, hasta hacerlo. Olvidando el sabor por un segundo, la sensación contra sus labios y lengua, escuchar a Vicente chillar ronco y bajito sus “mámamela, cabrón”, le robaron la razón. Subió y bajó mamando güevo como la promesa de lo bueno que podría llegar a ser. Y sobre su propia cama, en cuatro patas, temblando de temor y emoción, también le entregó la cereza de su virginidad anal. Su primo, cuando él apenas tenía trece años, tomó su “inocencia” con algo de rudeza, con movimientos frenéticos, demandantes, pero que indicaban, de cierta manera, que no era el primer culito que se gozaba. Y teniéndole de panza sobre su propia cama, llamándole su mujercita especial, lo llenó de semen mientras le provocaba un orgasmo sin tocarse. Enamorándole totalmente.

   Ese recuerdo idealizado (su primo era un coño de madre que también le buscó una que otra vez para que le diera mamadas y el culo, sin considerarle otra cosa que el primo mariquito de Caracas), en esos momentos, bajo ese semental, tiene a Edith delirando. Literalmente. Mientras agita con ritmo su culo de adelante atrás, más y más entregado con cada follada. Brindándose nuevamente en esos momentos, y no sólo su culo, también su… ¿corazón?

   Fabián sonríe complacido, eso le gustaba de la “perrita”, sus ganas de sexo. El placer que le provocaba ser penetrada y cabalgada. El grueso tolete sale del apretado agujero, halándole los pliegues que se adhieren a la mole de carne, para luego enterrárselos, tomándose su tiempo por un rato, arrojándosele encima. Con un chillido el muchacho cae sobre la cama nuevamente, y lo cubre, lo cobija con su cuerpo más grande, pesado y velludo mientras sus nalgas se contraen; sin subir ni bajar estaba cogiéndole más y más. Alzándolo ahora, sacándoselo de las entrañas, el hombre comienza otro vaivén, cogiéndole así, atrapándole de los hombros, diciéndole lo bella que es, lo sexy, lo caliente que lo tiene. Y Eddie tan sólo jadea, olvidando que aquello eran negocios, que tiene que regresar y cuidar por un rato a su madre, esa que nunca estuvo muy contenta ni satisfecha con él, pero a quien amaba. Todo lo olvida mientras gime ahogadamente bajo el peso de ese hombrezote que lo trataba así, que le decía esas cosas mientras le daba güevo, metiéndoselo hondo, refregándole todo por dentro, excitándole, agitándole contra el colchón, dándole más y más rápido.

   La punta golpeándole allí, donde tocaba. Tanto lloriquea y se estremece, tanto goza que echando las manos hacia adelante se agarra a los barrotes del cabezal, como buscando un soporte. Su agujero es macheteado una y otra vez, es abierto y llenado. Y con los ojos nublados se mira nuevamente al espejo del escaparate, estremeciéndose con una emoción sensual totalmente nueva, notando su propio reflejo de completa cachondez, pero también a ese hombre sobre él, que sonríe en mueca mordiéndose el labio inferior al tiempo que le encula con ganas y fuerzas. Ese carajo se veía grande, el macho fuerte que tomaba lo que le provocaba. Lo suyo cuando lo quería. Sus miradas se encuentran en el espejo.

   -¿Te gusta, mami bella? –le pregunta bajando el rostro, bañándole con su aliento, dándole sendas embestidas, posando los labios en su mejilla y besándole como perro que olisquea buscando un sabroso hueso.

   Al pobre chico tan sólo le queda gemir y gemir, corriéndose contra el colchón con un nuevo grito mórbido. Ganándose, la pareja, otro grito:

   -¡Dejen el escándalo, coño, dejen dormir!

……

   Dentro de su cuarto de baño, espacio donde cabría perfectamente una cama… así como una mesita con sus cuatro sillas, además de un televisor y un buen sillón, Oswaldo Simanca está terminando de rasurar su rostro, la cintura envuelta en una toalla. La bien iluminada habitación, pintada en colores ocres claros, se ve aséptica. Mientras recorre su cuello con la suave presión de la desechable tres hojillas, que desaparece de su piel pelos y gel como si de una afeitadora laser se tratara, escucha las noticias. Los mismos disparates de todos los días, el rosario de malas noticias provocadas generalmente por falta de sentido común. No las oye en realidad, la mente ocupada con todo lo que tiene que hacer. Y lo que ya está haciendo, en colaboración con el más joven de sus cuñados.

   Termina el afeitado, y tomando una blanca toallita que Martina en persona se asegura nunca falten, la moja con agua caliente y retira el resto del perfumado gel. Se aplica la loción para después del afeitado y toma la colonia, la suya, la de siempre (le gustaba porque le recordaba el hogar… aunque nunca hablara de ello), y se la aplica generosamente. Sonriendo. Recordando a Ricardo nuevamente esa mañana (pensar en el idiota ese siempre le hacía sonreír). Un día que se reunieron temprano, bastante temprano, odiando su amigo el salir de su cama antes de las nueves dela mañana. Le vio enfurruñado, y al acercársele, este arrugó más la cara, alejándose dos pasos.

   -Joder, apestas a colonia. ¿Por qué tanta? ¿Vas a asfixiar cucarachas? Bañarte en ella no suple la falta de aseo, lo sabes, ¿verdad?

   Sonríe de manera ida, mientras el grato aroma llena sus fosas nasales. Es un suave aroma a lavanda y cítricos, casi floral, que se vuelve seco, masculino. Un olor a pimienta, almizcle y tabaco en una mezcla única. Mira la Tabac traída de afuera (la nacional no aparecía, y antes de desaparecer ya no olía igual, algún ingrediente había sido sustituido y no era lo mismo), era la misma marca que un día, muchos años antes, le regalara a su padre en uno de sus cumpleaños, ganándose un apretado abrazo. ¿Qué edad tendría? ¿Cinco, seis años? Lo recordaba porque a los días le encontró muy cabizbajo en la cocina y al preguntarle a su mamá que le pasaba, esta le miró sonriendo leve.

   -Por accidente se le cayó la colonia que le regalaste y la botella se rompió. Eso lo puso muy triste.

   Era un recuerdo del cual no lograba alejarse del todo. No era que le asechara en todo momento, pero era parte de su vida y, algunas mañanas, lo recordaba más que otras veces. Igual lo mucho que quiso poder conseguirle otra en esos momentos. para dársela. Para que estuviera contento otra vez. Antes de que él mismo, su padre, desapareciera como la buena Tabac nacional.

   Bota aire, se palmea el rostro, alza el sonido de la radio y entra al amplio dormitorio, decorado con gusto un tanto demasiado femenino. Roxana no dejaba lugar a dudas sobre su territorio. Se viste rápidamente, pantalón negro de tela suave, una camisa manga larga, gris, no abotonándola del todo; luego rodea su cuello con una floja corbata roja. Las lustrosas botas negras completan el atuendo, así como el costoso y pesado reloj en su muñeca. Un Seiko de los buenos, con una leve tonalidad azul suave bajo las manecillas doradas que le hacía pensar en el cielo de una tranquila tarde soleada. Sonríe mirándose en uno de los espejos de cuerpo entero, se veía del carajo.

   Sale del cuarto dispuesto a comerse el mundo, bajando las escaleras hacia una sala espaciosa, bien iluminada, llena de cosas buenas y costosas. Y mientras se dirige al comedor, escucha las voces.

   -No entiendo por qué insistes tanto con lo de la fiesta. –dice el menor de sus cuñados. Y casi agradece la solidaridad.- Todo eso le molesta.

   -Basta, Anthony, no quiero que le de malas ideas ni que lo regreses a la negación. Ya lo ha aceptado. –Roxana es tajante.

   -Pero…

   -Por Dios, Oswaldo es un hombre rico, un triunfador, alguien que, en medio de este desastre, sigue luchando, produciendo, ganando. Es un ejemplo viviente en medio de toda esta ruina. Todo el mundo debe verlo y reconocerlo.

   -Claro, una inspiración para el mundo. Oh, Roxy, eres tan noble. –la voz de Arturo, el mayor de los hermanos, llega cargada de sarcasmo.- Creo que se me nubló un ojo. De pura emoción, aclaro. –luego sigue, con tono más serio.- Creo que entiendo a Oswaldo, sus… negocios lo han acercado al régimen, especialmente lo que hace con la cervecera. Y esta fiesta, donde seguramente aparecerán muchos de esos bichos de uña en rabo, es lo último que quiere; que le vean compartiendo con una gente tan infeliz y despreciable. Retratándose con ellos. El país está muy arrecho y podrían tomarla con él, tachándole de todas esas cosas feas que suben los perdedores que se dedican a rajarles el pellejo a los demás en las redes, a falta de oficio.

   Ya está, el cuñado más viejo había puesto el dedo en la llaga… sentado a su mesa del comedor, piensa Oswaldo deteniéndose un momento. Era cierto. Aunque él también detestaba a la gente que conducía el país al desastre, porque no eran dignos de otra cosa que no fuera desprecio y asco, los condenados dados cósmicos habían caído mal posicionados, de cara a las galerías. Su deseo de desplazar a los Barbosa del negocio cervecero, y del sector de alimentos procesados, había coincidido con el interés del gobierno por acabar con la cabeza al frente del otro trust, Lorenzo Barbosa, y el país comenzaba a mirarle con desconfianza por ello. Como a un sucio colaborador.

CONTINÚA … 5

Julio César.

HEREDEROS… 3

abril 16, 2018

HEREDEROS                         … 2

   ¿Acaso sale buscando el amor?

……

   Aunque eso no significara que le gustara lo que tenía que hacer. Una profunda arruga cruza su frente. No le atraía la idea no sólo porque supiera estarle engañando, lastimándole inocentemente (bien, lo que no supiera no le lastimaría, así lo racionaba), sino porque si este llegaba a enterarse podría armársela gorda. Era su amigo un sujeto volado, geniudo e impaciente. Le había visto volverse contra otros de manera intensa, encarándoles con palabras que si hubieran sido dirigidas a él, le habrían descompuesto el estómago.

   Mientras aparta la toalla, cierra los ojos y eleva un poco más el rostro para recibir esos primeros rayos de sol, que parecen caricias; no se cuestiona sus motivaciones, ni valora moral o éticamente su juicio. Oswaldo Simanca era un hombre básicamente decente, honesto, pero también profundamente pragmático. Lo que sentía, o pensaba que debía hacerse, se hacía. Contra viento y marea. Y en esos momentos consideraba que era lo mejor. Para sus intereses, e incluso para los de su amigo. Aunque este no lo viera de esa manera… de llegar a enterarse. Cosa de la que él se aseguraría que nunca ocurriera. No era la primera vez que se veía obligado a moverse en la zona gris del maquiavelismo.

   Sin abrir los ojos, echando las manos hacia atrás en la silla de jardín, estira el cuerpo e intenta relajarse lo más que puede. Le esperaba un día duro, y no sólo cuando saliera de la mansión, sino allí mismo. Sabía que Roxana había invitado a sus hermanos a desayunar, así que tendría que tratar con todos los Goncálvez, que estaban allí para apoyarla en la fulana idea de la fiesta. Idea que había odiado desde el primero momento, como no se cansó de señalarlo. Protesta a la que no le pararon ni media bola. Cuando a la mujer se le metía algo en la cabeza no parecía haber nada capaz de sacárselo. Tampoco le iría mejor en la empresa. Estaba lo de la entrevista con esa reportera insidiosa y peligrosa a la que se había visto obligado a concederle unos minutos. Ábrelos ojos, más ceñudo, recordando la llamada.

   -Sé que no concede entrevistas, señor Simanca, así que no me ofende el que haya ignorado contestar la invitación que le hice; por eso me gustaría saber si su primera esposa tenía familia aquí en Caracas. Dirigiré mis preguntas a ellos. Sobre su esposa. –fue lo que planteó por el teléfono, sorprendiéndole y alarmándole un poco.

   -Parece muy interesada en mi vida, señorita Ortega. –fue la seca respuesta.

   -Más interesada estoy en la vida de esa señora…

   -Bien, tal vez podamos hablar unos minutos. –se escuchó a sí mismo responder. ¿Y cómo no hacerlo? La mujer era sagaz, y no sabía qué podía encontrar si hablaba con la hermana de Elena. Esa que tanto le odiaba.

   Entre eso, y el asunto que involucraba a Ricardo Amaya, su mejor amigo de todo el mundo, el mismo al que pensaba traicionar, su humor tan sólo desmejoraba. Tenso, lleno de una energía de irritación, salpicada de algo de impaciencia, se arroja de nuevo al agua, nadando bajo la superficie, con poderosas brazadas, abarcándola de lado a lado con rapidez, volviéndose y continuando. Una y otra vez. Hasta que un sonido le detiene, en medio de la alberca. Respirando agitadamente alza la mirada.

   Una mujer bajita, rolliza, de cabello sospechosamente negro para su edad (cercana a los cincuenta, algo ajada de rostro y cuello), deposita una bandeja sobre una mesita.

   -Buenos días, señor.

   -Buenos días, Martina. –responde este, caminando lentamente hacia la orilla, el agua cubriéndole los pectorales y el abdomen.- ¿Llegaron mis cuñados?

   -Aún no, pero debe faltar poco, porque la señora quiere que le “recuerde” que van a desayunar juntos. Por eso sólo dejo un abreboca. –señala la mujer la bandeja, retirándose una vez que el hombre se lo agradece.

   Oswaldo sale de la piscina otra vez. chorreando agua, el bañador adherido a su cuerpo, viéndose muy bien. Pero molesto. Mira la cafetera, de plata, y se sirve una taza con el aromático brebaje mezclado con un poco leche, cremoso, con un toque de amargo cacao. El olor era increíble, pero el sabor lo superaba mil veces. Cerrando los ojos por un segundo, el hombre disfruta el momento. Mientras toma un sorbo, que despierta una fiesta sobre su lengua, el olfato se recrea en el bouquet. Café puro traído de Mérida, de las tierras de otro amigo. Ese sólo trago mejora su día. Luego el olor del pequeño triángulo de pan tierno, ese medio sánguche de queso amarillo derretido, atrapa su atención. Bueno para picar, no mucho como para dañar el apetito.

   Toma café y muerde del tibio pan levemente tostado, la mantequilla derretida, dejándose caer otra vez en la silla. Sonríe. Al glotón del Ricardo le encetaba el café que Martina preparaba especialmente para él (la mujer le tenía “mucho” afecto). Y su cocina. Bien, al bicho ese le gustaba comer, se dice con un afecto de siempre, pero también siempre nuevo, que le sorprendía a veces porque… Bastaba que pensara en ese loco de mal genio, impulsivo y directo para que los pesares fueran menos agobiantes. Aunque él mismo se había convertido en uno de los disgustos de su vida diaria; ¿quién desparecía entre semana para irse de pesca a un punto olvidado del estado Miranda? Muerde otro pedazo de pan, menos sabroso ahora. Lo nota. ¿Con quién estaría el bicho ese? Pensar en Ricardo, pescando con un “amigo”, le obliga a recordar la película de los vaqueros maricones que viera hace algunos años, por insistencia de Elena, una mujer sensible y romántica, que había llorado bastante durante la proyección.

   Elena. Su recuerdo le devuelve algo de sabor al sánguche, que estaba tan bueno como el café. Y piensa también en Martina, quien a veces le mingoneaba de esa manera, acercándole ese café con leche, oscuro, a tiempo, y un sanguchito o un cachito de jamón. Sabiendo que le gustaba pero se negaba a comer mucho cuidándose de una panza (sus hermanas estaban gordísimas). Repara en que ese día, por ejemplo, lo atendió como antes. Aunque ya no estuviera tan contenta con él, como si lo estaba antes. No desde que se casara con Roxana y la llevara a la casona… No mucho después de la muerte de Elena. La buena Martina le había sido totalmente fiel a la difunta Elena. No debió serle fácil tragar a Roxana, lo piensa de pasada, sin detenerse mucho en ello.

   Termina el sánguche, se sirve más café y se recuesta de la silla, todo comodote, saboreándolo, intentando alejar ese sentimiento de inconformidad que siente desde que abriera los ojos esa mañana. Mira el patio, la grama, los arboles y flores, la piscina, la casona… Todo eso le pertenecía. Todo era suyo. Una casa grande rodeada de todas esas bellezas. Todo tan distinto a lo que tuvo, o de lo que careció, cuando era niño en medio de la pobreza, allá en su Maracay natal. Estrechez, hambre… y la ayuda de gente desconocida, aún en la escuela, de la iglesia. Manos generosas que se alzaban para entregarle algo, alimentos, una camisa… sembrando en su ánimo un sentimiento de impotencia y rebeldía. Ahora, lo admite tragando un poco del maravillosos café que le sabe más amargo, que hubo mucho de orgullo en todo aquello, de resentimiento ante los que le auxiliaban. Porque ellos sabían. O le parecía que lo pensaban. Que había que ayudar al hijo, y a toda la familia, de ese carajo que un buen día desapareció, dejando atrás a una mujer sola con cuatro muchachos, siendo el menor de ellos un chico que ni oficio tenía por la edad.

   Se termina el café de un trago, luchando contra los recuerdos. Contra la vieja rabia. No necesitaba más combustible para sentirse mal. Martina tenía razón, pronto llegarían sus cuñados y debía estar listo para recibirles con una sonrisa confiada y hospitalaria… para que nadie notara lo que pensaba. La máscara de civilidad. Además, le agradaban, en cierta medida, tiene que reconocer. Anthony, el hermano menor de Roxana, era un joven inteligente, osado y atrevido, capaz de decir cualquier cosa que pensara con una sonrisa en los labios. Le recordaba mucho a Ricardo, quien también era directo, franco, pero muchas veces brutal y pesimista. Arturo, el mayor de los tres hermanos, era una especie de viejo amigo de otros tiempos, de cuando juntos hicieron un curso medio chimbo de administración, hacía como cien años, le parecía, en La Victoria. Era un sujeto agradable, aunque algo fanfarrón y pomposo. También proveniente de una familia pobre, no pareció importarle compartir copias, cuadernos y libros con el chico de Maracay. Algo que era ofrecido, tendido, sin ser llamado préstamo o regalo; actitud que selló la unión entre los dos, aunque siempre se sintiera un tanto tirante frente a él (¿recordaría Arturo, ahora, que era técnicamente su jefe, toda esa ayuda que le prestó cuando no eran nadie?). No le gustaba pensar eso, pero…

   -Eres un pobre infeliz de alma. Siempre sientes que tiene que pagar hasta el último favor que alguien te hizo alguna vez; para no deberle nada a nadie y poder sentirte libre de ser amigo de esa persona. -le había rugido, una vez, Ricardo. Molestándole, porque era cierto, como generalmente pasaba cada vez que el otro abría la boca y decía algo sobre él.

   Aleja el pensamiento, sirviéndose otro café, el tercero, lo necesitaba (sería un día de mierda), pensando nuevamente en Arturo, el compañero de estudios que era amigable, y con quien se llevaba bien, pero… En fin, le agradaba más Anthony que Arturo, era así de simple.

   -Claro que te agrada más Anthony, como que fue Arturo quien te presentó a Roxana y esta, en cuanto te vio, no paró hasta que logró cazarte, y casarte. –le respondió Ricardo, una noche de copas, al comentárselo confidencialmente. Siempre molestamente certero como era.

   Y si, había algo de cierto en ello. cierra los ojos, cabeza recostada, saboreando el café, y parece el rey de su mundo, como pensara poco antes el viejo que se encargaba del jardín. Pero pocas cosas estaban más lejos de la verdad. No quería desayunar con la familia de Roxana, pero tendría que hacerlo y comportarse amable. No desea llegarse a su oficina y encarar a esa maldita reportera, pero debe hacerlo o el tiro podría salir por sabía Dios qué culata. No quiere una fiesta de cumpleaños por todo lo alto, con medio país invitado, una semi coronación como fuera la segunda llegada al poder del difunto ex presidente Carlos Andrés Jerez, y lo expresó con voz molesta, pero esta se haría a pesar de todo. Para ser un hombre que controlaba todos los hilos de su vida, se sentía amarrado y llevado por el hocico de un lugar a otro.

   Sonríe con cierta amargura, imaginando lo que diría Ricardo si le contara aquello. Y eso le recuerda su malestar anterior. ¿Dónde estaría ese hijo de perra exactamente? ¿Y haciendo qué?  Abre los ojos, frunciendo levemente el ceño. Se sabe voluntarioso, exigente, demandante… y celoso de sus cosas. Era parte de su personalidad, lo sabía, lo asumía y a veces intentaba controlarlo, pero siempre le inquietaba, un poquito, el ramalazo de disgusto interno que sentía cuando imaginaba a su mejor amigo hablando, riendo y pasándola bien con otras personas. Sólo debe ser feliz conmigo, gritaba una vocecita egoísta de su cabeza, la cual silenciaba cada vez que podía cuando se ponía en ese plan sobre cualquier cosa.

   Pero no, no podía dejar de disgustarle imaginar a Ricardo con otra persona, mirándola con ojos brillantes de interés, de deseos. Especialmente si era otro carajo, como a veces pasaba (o suponía, no era que Ricardo estuviera contándole nada), siendo que era bisexual. Había algo en su temperamental amigo que llamaba la atención, que le hacía atractivo a otras personas (a quienes no le odiaban de entrada, al menos), aunque este pareciera no notarlo, y como estaba decidido a no volver a casarse nunca, ni nunca más enamorarse, sólo tenía aventurillas… y dada su ambigüedad sexual, eso lo lograba más fácilmente con hombres que buscaran igualmente tan sólo pasar un buen rato sin mayores complicaciones. Con las mujeres era más complicado, siempre terminaban sintiendo y esperando algo más.

   Se pone de pie, ceñudo otra vez. debía ir, tomar una ducha, vestirse y… Imagina la boca de su amigo Ricardo, la que nunca se cerraba cuando discutía o tan sólo comentaba sobre algo, lo que fuera, cubierta con otra, de labios delgados pero firmes, rodeados de la rasurada sombra de una barba, compartiendo un beso íntimo, profundo, apasionado, con lenguas y chasquidos.

   Deja la taza y se arroja por tercera vez al agua, nadando con rapidez, decidido a agotarse y así, tal vez, dejar de pensar. O sentir. Si, ya era oficial. Sería un día de mierda. Y apenas comenzaba.

……

   Dentro del cuartucho de motel, a pesar de la temprana hora de la mañana, dos sujetos se dedican a las artes del amor, de manera bastante ruidosa, uno con sus gruñidos y gritos, el otro con sus jadeos y gemidos.

   -¿Te gusta?, ¿te gusta sentir mi güevo en lo más profundo de tu cuca, mi amor? –ruge Fabián Omaña, arrodillado sobre la cama, teniendo al delgado muchacho atrapado por la cintura, obligándole a ir y venir, de adelante atrás, al tiempo que lo embiste con su pelvis, metiéndole y sacándole de lo más profundo la cabeza de su verga, dándole donde la interesa, una y otra vez, con sonoros paff, paff, buscando controlar al muchacho por la libido.

   -Ahhh, ahhh, si, si… cógeme así… -grita Eddie (Edith en ese momento), con mórbida voz de hembra, apoyado en rodillas y codos sobre la misma cama, todo su delgado cuerpo canela agitándose de adelante atrás, pero también arqueándose. Esa barra venosa y pulsante le estimulaba de una manera que llevaba tiempo sin experimentar; la punta le daba bien, y no podía ni pensar, tan sólo gemir, lloriquear y mojar el colchón con los jugos de su corta verga erguida.

   Cerrando los ojos con placer, escuchando las duras palmadas de piel contra piel, de sus caderas golpeando esas jóvenes y tersas nalgas, Fabián se lo saca casi todo, dejando el glande atrapado entre los arrugados pliegues de ese ano, que parecen halarlo, retenerlo, metiéndoselos cuando le clava la barra otra vez, y otra y otra, con golpes fuertes, duros. embestidas que llenaban requisitos en su mente, y aparentemente en la del chico también, que chilla y chilla más. Abriendo los ojos puede verle la cara, de perfil, en el espejo del escaparate (¿qué guardarían allí en un cuarto de hotel?, se pregunta de pasada), este teniendo los ojos cerrados y la boca muy abierta, con cara de gozo. Seguramente los hombres con los que se iba no sabían hacérselo. Tan sólo llegaban, dejaban que los mamaran, se lo clavaban y ya. Joder, había tanta gente que no sabía coger.

   -¿Te gusta, verdad, mi amor?, sentir a un macho grandote llenándote, ¿no es así, princesa? Te sientes linda, bella, amada, deseada mientras tu hombre te lo trabaja. Así, así… -le ruge con un vozarrón, y casi ríe al verle alzar el rostro, dulcemente torturado, estremeciéndose de cachondez.

   -Ahhh… ahhh… -es todo lo que escapa de sus labios.

   Y es todo lo que le interesa escuchar a Fabián en esos momentos. tan sólo ocupándose de una cosa. La gruesa mole, cruzada en toda su cara inferior por una gruesa vena, sale de ese agujerito lampiño halándole los labios del culo, casi hasta el glande, para luego volver a enterrárselo, todo, de golpe, las bolas golpeándole. Lo saca y lo mete, macheteándolo con rapidez de izquierda a derecha, de arriba abajo. Y se lo hace sonriendo en todo momento, clavándole los dedos en la delgada cintura.

   Porque esa perrita (así lo piensa, de manera casi afectuosa), le gustaba mucho. Ese culito sí que sabía apretar, amasar; lo hacía de manera entusiasta, natural, gozando mientras trabajaba güevos. Se notaba en sus gemidos. El chico era una mina de oro en bruto, aunque se dedicara a repartir culo para vivir (idea que va gustándole cada vez menos desde que despertara). Él sabía de eso, de esas habilidades propias con las cuales la naturaleza había dotado a ciertos carajos. Había tratado con muchos sujetos que lo escondían. No sólo lo de ser maricones, que las gargantas se les cerraran frente a un macho que se quitara la camisa, sino lo mucho que vivían cuando se escondían y chupaban un güevo como si hicieran algo malo. Pero, en sus manos, sobre su tolete, se convertían en orgullosas y apasionadas putas que se mojaban por todos lados cuando les daba lo suyo. Gritaban como chillaba el chico en estos momentos, y entendían que eso era lo que en verdad querían. Podían negárselo por disimular ante la vida, pero lo anhelaban en secreto, volver a sentirse vivos sobre la verga de un tío.

   -Toma, toma, pequeña… -le gruñe mientras sigue embistiéndole, y manejándole, guiándole con las manos a ir más rápido de adelante atrás, obligando un choque de cuerpos intensos, con profundas metidas y refregadas.

   Apretando los dientes en una mueca, el hombre alza el rostro y sonríe, ojos cerrados. Satisfecho. Lo siente, como las entrañas del chico laten, arden, respondiendo a su hombría. Si, era un gran día. el chico no lo sabía, pero sería su hembra por un buen tiempo. Tan sólo debía “obligarle” a pedirlo a gritos.

   -¿Te gusta?, ¿te gusta esto, mi amor? –comienza un frenético saca y mete, haciendo medio saltar la cama que cruje, esperando una respuesta.

CONTINÚA … 4

Julio César.

HEREDEROS… 2

abril 1, 2018

LUCHAS INTERNAS                         HEREDEROS

   Un hombre señor de su mundo.

……

   Pero si sabía que el asunto no era del todo “normal”. No solía responder a los… clientes. Lo suyo eran negocios, aunque con ese tipo había ocurrido algo más. La noche anterior, en el bar, le gustó su pinta tosca, masculina, la mirada ardiente, perversa y malvada que le lazó, como diciéndole que podría hacerle aullar como una perra en la cama. Todo eso lo leyó en sus ojos, sentado con otro sujeto en una mesa, sin importarle que este lo notara. Estremeciéndole, como ahora que lo cogía con un dedo, flexionándolo al entrar y salir, rozándole las paredes del recto, clavándolo todo y agitándolo allí.

   -Hummm… -se le escapa. El otro lanza una risita.

   -¿Lo ves, pequeña? Lo quieres.

   Si, su cuerpo respondía, pero ese no era el punto, ¿verdad?, se dice el chico, confuso. Eso le desconcertaba, y emocionaba, como ocurriera la noche pasada cuando ese sujeto se le acercó, evaluándole, diciéndole cosas con la mirada al ofrecerle un cigarro; que podía hacerle cosas muy malas que le harían chillar y correrse como loca. Tanto que se llenó de calor. Y deseos. ¡Por un cliente! Cosa muy rara. Ya llevaba tiempo repartiendo culo y mamadas por plata. Que un hombre le emocionara, aún, casi le sorprendió. Nada a lo ocurrido cuando el tío se acercó más, por detrás de su silla, hablándole al oído, llamándole mami, que se veía linda, montándole una mano grande, velluda, en un hombro, recorriéndole el brazo, como si tal cosa. Por un segundo se preguntó si ese sujeto no se habría dado cuenta que era un tipo con peluca y maquillaje, con un blusa chillona y un corto shorts de tela jean sobre unas medias negras y unos tacones, ni muy alto, ni muy nuevos, ni precisamente muy femeninos.

   -Debo… debo… -lloriquea sobre la cama, tenso, espalda arqueada, su culo subiendo y bajando un poco, buscando ese dedo que lo exploraba.

   -Debes dejar de resistirte a lo que sientes, princesa. –gruñe ese tipo con un vozarrón oscuro de lujuria, quemándole las nalgas con el aliento. Y abriendo unos ojos que no recordaba haber cerrado, le vio acercarse a su agujero ocupado por el dedo grueso y largo, velludo, que aparecía y desaparecía en sus entrañas. Sus miradas se encuentran y ese tipo sonríe maloso, pícaro, provocándole nuevos estremecimientos.- No quiero ser grosero, bebé, en serio, pero tienes tu coñito bien mojado, caliente y hambriento. –le señala, retirando su dedo, lentamente, flexionado hacia abajo en todo momento (buscándole la próstata), sacándoselo de un agujero cuyos labios parecían retenerlo, para regresar…

   -Ahhh… -lloriquea mariconamente, sabe que lo hace pero no puede evitarlo, cuando el dedo vuelve a su ano, pero acompañado de otro.

   -Eres como me gustan las hembras, nena, toda caliente… -le susurra.

   Y el chico se estremece de voluptuosidad y sensualidad. Si, puteaba, era una forma de ganar algo de dinero y, tal vez… ¿vivir una vida más arriesgada? Al dar ciertos pasos en su sexualidad, de muchachito, maquillarse, agudizar la voz, las ropas, se vio limitado en todas partes. Con la familia, la escuela, el barrio, al solicitar otros empleos. Necesitado de plata, y llevado por un profesor de teatro que supo ver sus temores, sus limitaciones en esos momentos, descubrió que un rato en un depósito, mamando verga, podía transformarse en dinero. Igual con un vecino algo barrigón cuya mujer salía a cuidar a su madre enferma, o un viejo amigo de su papá. Encuentros anónimos, rápidos, casi avergonzados que se traducían en “propinas”. Irse, probar sus alas, con esta nueva herramienta, le pareció natural. En su casa, con su familia, con su papá y dos hermanos, la vida se le volvió un infierno en cierto momento dado.

   Lo recuerda vagamente, porque era difícil concentrarse mientras los dos gruesos dedos van y vienen en su agujero, que se abre y los traga, atrapándolos goloso; y lo recuerda no porque busque justificarse, ya tiene más edad y experiencia como para saber que a una parte de sí, le pareció que nos sería tan traumático ganarse la vida mamando güevos y dando culo… cuando tanto le gustaba. Ese era el punto ahora. Algo que sabía de antes. Desde niño se sintió diferente, atraído por cuestiones que irritaban a su madre y violentaban a su padre. Dentro de la típica crueldad infantil, no le fue bien ni con hermanos ni hermanas, aunque aprendieron a conllevarlo. Pero la escuela fue difícil…

   Claro, no sabe que un sujeto como ese, lo intuye. O lo sabe. Y, de hecho, que usa el conocimiento. Fabián supo ver qué necesitaba y quería ser tratada como una chica; festejada, cortejada en un bar, entre clientes, borrachos, mujeres putas, otros transformistas y los maricones. Él-ella, quería ser distinta. Y le gustó, a pesar del feo maquillaje parecía guarrito. Por ello la asedió con su cercanía, con cigarros y tragos. Y en pleno local, lo que no hacían muchos, el negocio entre ambos se cerró con unas palabras cálidas susurradas a su oído. Él sabía de un lugar, ese motelucho, y le besó, cerrando la boca sobre la suya, sorprendiéndole al rozarle los labios con la lengua, metiéndola y recorriéndole todo, chasqueando contra la suya. Sin importarles que miraran…

   Que un macho así la besara como a una hembra, le derritió.

   -Me vuelves loco, preciosa. -le susurra, mirándole con hambre, el tolete erecto, pulsante, escapado del holgado bóxer.

   Y tuvo que atrapárselo, ya no pudo contenerse. Estremeciéndose al tenerlo en su mano, porque le guastaba esa tranca gruesa, cobriza, medio ladeada. Pero también porque le gustaba ese tipo, Fabián. Y esta idea sí que le sorprende, y asusta un poco. Pero no desea pensar en ello, sólo quiere… enloquecerlo, como dice que hace con sus encantos, idea que le maravilla y le hace sentirse bien de una manera que hacía tiempo no sentía. Como una hembra deseada.

   Gimoteando, estremeciéndose, agitando su culo sobre y contra esos dedos. Agarrándole el güevo con fuerza, el chico, Eddie Fermín, Edith, entre sus amigas íntimas, soñaba, justo en ese momento, con algo de… ¿romance?

   -Ya quiero enterrártela. Duro, muy duro. –le gruñe él, regresándole al presente. Y a su realidad. Pero, las palabras, tuvieron un efecto también curioso: el agujero le pulsó furioso, halando con fuerza de esos dedos.

   -Ahhh… -Eddie chilla, de panza sobre la cama, cuando ese tipo, a hojarascas, cruza sobre sus muslos y lentamente, disfrutando el momento, le baja más la putona prenda intima, descubriéndole totalmente, inclinándose un tanto hacia adelante, rozándole una nalga con su tranca tiesa y caliente. Como puede se vuelve sobre un hombro, a mirarle, encontrándole sonriendo.

   -¿Lista, amor? -le pregunta, como su le importara, y eso derrite más al chico.

   -Si, papi. –responde con su voz mas mórbida, sonriendo con sus labios con pintura algo corrida por los besos y mamadas de la noche anterior.

   Atrapándose la base del venoso güevo con una mano, Fabián recorre esas nalgas, ambas pieles quemando, azotando de una a otra, el tolete rebotando como monedas en cuero de tambor de lo firme que está la joven piel color canela. Los azotes, las sensaciones, tienen a Eddie jadeando en anticipación. Fugazmente se mira en el espejo de un viejo y feo escaparate (¿qué haría esa vaina allí?), y no se reconoce. Tan caliente y excitada por un hombre como está. Algo que no le pasaba en un tiempo.

   Se muerde los labios y contiene el aliento cuando la roma cabeza lisa, babeante, recorre su raja quemándola, dejándola sensible, provocando aleteos en su culo cerrado. Los cortos golpes de ese glande sobre el capullo los pone a mil.

   -Tómala, bebé. –le oye, ronco y profundo. Estremeciéndose ante el macho.

   Eddie siente la presión contra su orificio, la caliente y lisa pieza empujándose, abriéndole los labios del culo, metiéndoselos. No es virgen, no desde hace rato, pero la presión de la gruesa cabecita se siente como nueva, y por un segundo lo fantasea, que es virgen otra vez. Para  él. Y casi ríe, pero alza el rostro y chilla, putona cuando la cabeza se abre camino penetrando y el cuello le sigue, así como el cuerpo hinchado, surcado de venas abultadas de sangre que lo rozan y frotan mientras entra y entra, lento pero seguro, centímetro a centímetro, como para que comprendiera conscientemente de lo que pronto estaría disfrutando…

……

   Un reloj podría ponerse en hora siguiendo la rutina del hombre, pensó Ambrosio Mijares, al costado este de la enorme y bonita propiedad, de rodillas entre los rosales de variados colores que eran la locura de su señora, mirando al esposo de esta. Era un hombre algo mayor para aquello, no cuidar un jardín (los ricos tenían jardineros, ¿no?), sino estar arrodillado, con el dolor en su espalda y piernas. Pero no era por mucho tiempo. Y le gustaba hacerlo. La antigua señora, su señora (una dama, no como la de ahora), siempre le agradeció el cariño y cuidado que ponía en sus flores, y siempre tuvo deferencias, acercándose de mañana, a veces con un café, preguntando por su salud, su familia, sus hijos y nietos. Toda una dama. Una señora que se hacía querer. Su marido era una historia diferente. Un hombre afable, cortes, educado, pero distante. Generoso, eso sí. Mucho. Pero parecía costarle conectar abiertamente con las personas, condenado por propia voluntad a vivir en un mundo cerrado donde todo era… pensar. Planear. Soñar con conquistas.

  El señor es un hombre joven aún, cuarenta y tantos (debía saberlo, pero no lo recuerda), alto y fibroso, fuerte, de buenos puños para la pelea. De un cabello negro y abundante, lustroso, que contrastaba con una piel bronceada por el sol de Caracas, pero blanca en esencia, como si fuera hijo de canarios. Ojos marrones claros y una boca delgada pero firme, le prestaban carácter, pero también… ¿qué?, ¿galanura? Era algo más primitivo y masculino que eso. De torso escasamente velludo, como las mismas piernas, mostraba buenos musculoso. Era un tipo… casi llamativo. Si el hombre hubiera sido más putañero, habría tenido todas las amantes que hubiera querido. No sólo por la plata, sino la pinta. Y, como cada vez que se permitía pensar en ello, estando a solas, cuidándose de guardarlo para sí, Ambrosio entraba en contradicción con una parte de su propia naturaleza, esa que una vez le hizo discutir con su mujer cuando esta dijo algo que le afectó: que parecía gustarle mucho ese tipo. Avergonzado, y molesto, había soltado algunas feas frases; notando ella que había faltado, se disculpó. No eran juegos eso de imaginar que un sujeto como él podría tener un… enamoramiento por otro. Aunque algo había… un no sabía bien qué que nunca le había explicado. En justicia si, el carajo le gustaba. Pero no de esa manera. Incluso se podría decir, nuevamente en estricta justicia, que al señor se le apreciaba a pesar de sí mismo.

   Aunque le agradaba, Oswaldo Simanca no era un hombre que despertara simpatías inmediatas como la señora (la otra, la dama). Parecía nunca tener tiempo, ni paciencia, para ello. Aunque atento (y generoso, vaya que sí), su marcha triunfal no le permitía ser amigo, amigo, de nadie. Ni relajarse o disfrutar lo que tenía (los ricos no eran felices del todo; eso decía a veces en su casa y los hijos y nietos torcían el gesto). En muchas mañanas como hoy le había visto salir de la casona por la puerta lateral que daba a la piscina, desde su gimnasio, donde trotaba hasta jadear, cuidando el cuerpo, la salud. La figura. ¿Vanidad?, tal vez había un poco de eso, aunque el resultado valía la pena, pero cree que lo hace porque necesita un cuerpo que le funcionara bien en las batallas que vivía dando. Lloviera o hiciera frío, sabía que a las cinco y media de la mañana entraría a ese gimnasio y no saldría hasta las seis, vistiendo una buena bata de casa, abierta, dejando que el frescor de la mañana le secara un poco el cuerpo algo brillante de sudor. Le vería detenerse un segundo, recorriéndolo todo con la mirada. ¿Evaluando su vida?, ¿lo que ha alcanzado? ¿O torturándose pensando que aún no era suficiente?

   Le vería dejar la bata sobre el respaldo de una silla bajo la sombrilla grande de piscina, medio enjuagarse con una ducha cercana al lavadero (antes de arrojarse al agua, que locura, le parecía). Húmedo, el bañador largo tipo bermudas adherido a su cuerpo lleno de gotitas de aguas (extraño momento cuando sentía que efectivamente hacía algo malo, recordando las palabras de su mujer), finalmente se zambulliría, quedando un rato bajo la superficie. Le vería nadar, ¿disfrutándolo, ejercitándose?, no lo sabe. Pero el carajo se veía bien haciéndolo. No, no era ningún tipo de interés… sexual lo que le atraía del tipo, medita Ambrosio. Ni envidia, cuando a veces le veía quedarse allí, si no desayunaba con la familia, devorando con apetito un buen bistec con papas o un tierno pan de ajo, con tazas y tazas de un café aromático que le hacía la boca agua (y que una o dos veces, este le ha ofrecido), para luego fumar un tabaco delgado y que olía a gloria, recostado de su silla, indolente, o leyendo de pasada uno de los pocos periódicos que ahora revisaba. Antes leía más.

   Relajado, piernas abiertas, dueño de todo, de un mundo que esperaba fuera de su casona por él, mientras él se tomaba el tiempo para disfrutar de su alberca, del sol que aparecía y secaba su cuerpo al tiempo que devoraba buenas viandas, saboreaba un gran café, un puro y sus periódicos. En la paz de la soledad, sólo interrumpida por la vieja hurraca que le traía lo que fuera necesitando. Martina, la jefa del servicio domestico, que, sabiamente, no se metía con él. A ella tampoco le gustaba la nueva señora, la que no era una dama. Tal vez por eso se llevaban bien; en una paz sin palabras ni tratos.

   Viéndole hacer su vida, comenzando su día como quiere, si, siente… no envidia. No tanta. La verdad es que le admira. Ese era el sentimiento. Oswaldo Simanca podría ser totalmente feliz encerrado dentro de sí, saliendo como ahora de la alberca, su pecho subiendo y bajando pesadamente, limpiándose el agua de la cara y el cabello con una mano. Guapo. Que lo era, tomando una toalla, cerrando los ojos y frotándola contra su cara. A veces se quedaba así, quieto, alto, erguido, chorreando agua de piscina, recortado contra un cielo inmenso sobre su cabeza que iba tiñéndose de amarillo mientras el sol finalmente llegaba a esa parte de la propiedad. Era cuando lo pensaba, con un leve estremecimiento: que ese hombre era el dueño de su destino.

   Sin necesitar de nadie. Ni siquiera de la señora, su señora, como había demostrado (aunque parecía algo melancólico desde que ella no estaba; ¿por qué Dios permitió que…?), o la nueva, la que no era una dama. Ni de amigos, socios o empleados. Todos esos que lo buscaban y adulaban, o halagaban, unos con sinceridad porque el sujeto lo valía, otros con ganas de trepar. Oswaldo Simanca podía prescindir de todos, silente, pensativo, sonriendo a veces, pero mostrando una mirada lejana, perdido en un apartado puesto de batalla del cual no ha podido pasar al campo contrario.

   Tan sólo un amigo podía alcanzarle cuando estaba allí. Y dejando de mirar al hombre que cae sobre una de las sillas, toalla en las manos, mirando hacia ese sol que comienza a alcanzarle de lleno, el hombre mayor sigue podando los rosales, pensando en lo curioso de la calidez de esa amistad de los dos hombres. Una casi incomprensible si se tenía en cuenta que provenían de dos familias que se odiaban a muerte. Frunce el ceño, lanzándole otra fugaz mirada, hoy se veía diferente… Meneando la cabeza, decide que debe volver a sus asuntos. Conteniendo una sonrisa ácida se dice que no puede culpar totalmente a su mujer por creer que podría sentir un enamoramiento por el jefe; sí le gustaran ciertas cosas (que no le gustan), no resultaría raro. Pero si, era imposible sustraerse a una persona como Oswaldo Simanca, un sujeto que se hizo a sí mismo de la nada, venciendo la pobreza, los problemas, a gente que quiso destruirle. Algunos porque lo odiaban, otros porque sencillamente no podían tolerar el que cualquiera triunfara. Y había vencido, ganado, amasando dinero en el camino, amigos y gratitudes también. El hombre lo hizo bien… acompañado de la señora. La otra. No esta. Gruñendo al ponerse de pie y alejarse, se pregunta si el aire pensativo y melancólico tendía que ver con la señora de ahora. Y sus ideas tontas que evidente molestaban al señor, aunque ella no pareciera notarlo.

   ¿Podría ser?, ¿un disgusto de pareja? Tal vez no, porque mientras mira hacia el este de su propiedad, viendo todo bañarse con los dorados rayos del sol, Oswaldo, efectivamente, parece contrariado. Pensativo de una manera sombría. Aunque eran muchos los motivos para tal aire, siendo su nueva mujer uno de ellos, no era el más importante. A una mezcla de muchas situaciones, contingencias a enfrentar ese día (y en los venideros), el más irritante era uno: Tendía que traicionar a su más viejo, leal y querido amigo.

   Un sujeto al que amaba como pudo querer al hermano varón que no tuvo mientras crecía en una casa llena de mujeres, o como el amigo de infancia que no quiso buscar en el barrio donde nació, o a esos que no encontró en las personas que fueron llegando a su vida (sólo en Elena, su primera mujer); y, sin embargo, iba traicionarle. Temiendo lastimarle, mucho, en el proceso.

   Y lo haría, traicionarle, porque era necesario.

CONTINÚA … 3

Julio César.

HEREDEROS

marzo 19, 2018

LUCHAS INTERNAS                         RELATOS CONEXOS

   El segundo intento.

   Sí, hay algo en todo esto que alegra la vista… y la vida.

……

   Los toques a la puerta van incrementándose en intensidad. Obviamente la persona que ya tenía cinco minutos llamando, se estaba impacientando. Y lo demostraba con fuerza sobre la madera. Al hombre sobre la cama, estrecha, apenas suficiente para que quepan dos personas, treintón, de cara redonda, ligeramente barbudo, logra sustraerse a duras penas del pesado sueño de alcohol, porros y sexo de la noche anterior. Costándole. Su torso, que es algo rollizo, se hincha al tomar aire. Es un sujeto que podría ser muy bien parecido si no mostrara cierto descuido que le daba una apariencia de desaseo, de cuerpo algo flojo por falta de ejercicios, y si muchos excesos. Con un ligero sobresalto de quien no abre los ojos en su cama habitual, parece confuso, perdido, pero pronto entiende que alguien le despertó dándole una lección a la puerta (y seguía en ello). Algún karateca, seguro.

   -¡Un momento, joder! –ladra Fabián Omaña, con voz algo fallosa. Le dolía la garganta. Gritó mucho la noche anterior, en aquel botiquín, riendo y apostando, y en ese cuarto, durante el sexo. Le gustaba ruidoso, reconoce sonriendo.

   Se sienta en la cama al bajar las piernas y la bragueta del bóxer holgado se abre, dejando escapar medio tolete flácido (mucho uso, se entiende), y se rasca la barriga, volviéndose hacia el lado contrario de la estrecha, incómoda y no muy fragante cama (ya olía a sudor antes de meterse en ella, que conste). Carajo, ¿cómo no le despertaba todo ese ruido a la puerta? Afincando los dedos de los pies en la muy fea y nada limpia alfombra, va hacia la puerta, descalzo y todo. Seguramente era alguien de la administración del horrible motelucho. Por alguna queja sobre los ruidos. Era notable que en un establecimiento de tan mala muerte, lleno de pulgas y cucarachas agresivas y desvergonzadas, hubiera quienes se molestaban porque un hombre gritara, en medio del amor y la pasión, un “sí, así, apriétame el güevo, grandísima puta de las siete leches”. Pero si, había quienes se molestaban. Y se quejaban. La vida era tan extraña…

   Mal encarado, disponiéndose a escuchar el reclamo y responder con toda calma y educación (su mamá lo había criado bien) un “vete a joder al coño’e tu madre, yo pague por el cuarto”, abre la puerta. Todo malas leches. Congelándose inmediatamente. Joder, ¡se le había olvidado!

   -Vaya, al fin abre la puerta, señor Omaña. Pero qué fachas, ¿podría cubrirse su miembro, por favor? Aunque tarde para nuestra cita, es temprano para ver las miserias de un hombre. Llevo rato llamando; por un momento temí que finalmente se le hubiera pasado la mano con las drogas y… -la retahíla de palabras, impacientes, pero extrañamente educadas y casi melodiosas por la voz, se detienen bruscamente.

   -Señorita N… -intentó atajarla él, antes, pero la mujer, extrañamente segura de sí a pesar de su casi desnudez, y la sordidez de aquel pasillo de motel de mala muerte en la avenida Baralt, entró al cuarto en penumbras, sin ventanas, apestoso a cigarrillo, aguardiente, sudor agrio y sexo.

   -¡Señor Omaña! –gruñe ella, volviéndose a mirarle censuradora después de detenerse, sorprendida por un segundo, reparando en el joven de cara pintarrajeada de chica sobre la cama; un chico de piel canela y labios gruesos, que yace boca abajo, casi desnudo, a excepción de una pantaletica azul, de fantasía, a medio camino para cubrir su culo. Este abre un ojo, marrón oscuro, y la mira por un segundo antes de cerrarlo otra vez.

   -Hey, no me mire así; celebraba la culminación de un buen trabajo. –se defiende este, todo creído. Le divierte verla rodar los ojos y salir del cuarto, cerrando la puerta tras ella.

   Grácil en su paso. No puede evitar notarlo. La señorita N, como la llamaba, era espigada, elegante siempre. Aún él, a quien le gustan otras cosas (tipos con pantaletas), no puede sustraerse a ese encanto, aunque también le pareciera un tanto anticuada con aquella estampada blusa mangas largas y el pantalón de bota ancha. El cabello, artísticamente peinado en un moño a un lado de su rostro en forma de corazón, le sentaba bien. Como la sonrisa amigable en sus armónicas facciones, de frente despajada, pestañas largas, ojos almendrados que hacían juego con su cabello castaño claro. Los labios, también en forma de corazón (aunque este si era un efecto cosmético). Bien, debía enfrentarla.

   Brazos cruzados sobre su pecho, indiferente a los muy pocos hombres y mujeres que por allí pasan, disponiéndose a comenzar su día, la mujer aguarda afuera. Su figura, su aire de dama, resalta y contrasta mucho con el lugar. La puerta vuelve a abrirse y Fabián, cubierto con un bata, aparece, sonriendo disculpándose. Ella lleva las manos a su cintura, alterada, sin alzar la suave y bonita voz educada.

   -Es inconcebible que haya olvidado su cita conmigo esta mañana y que me hiciera espera tanto en este pasillo por andar de parranda, señor Omaña. Soy una mujer ocupada; yo no tengo su horario. –reclama en la justa medida.

   -Lo siento, regresé tarde de La Victoria, debía reunirme aún con alguien más, que insistió nos reuniéramos en un bar y bebí algo. Luego… -se encoge de hombros y con un pulgar señala hacia el cuarto, sin estar apenado por su impuntualidad, por estar con quien estaba, o por nada en general. No le importaba mucho la opinión de nadie, la verdad fuera dicha. Era bueno en su trabajo, encontrar lo perdido, y eso debía bastarle al mundo.

   -Bien, bien… -ella aspira y compone una sonrisa.- Entonces, ¿debo entender por la celebración que todo transcurrió satisfactoriamente? –alza una mano al verle cierto brillo en los ojos.- No, no estoy hablando de su noche con su… “amiguita”. –sí le molestaba notar que se burlaba de ella, o la forma en la cual se ríe, la mujer no lo demuestra. Era, efectivamente, una persona muy ocupada como para ir perdiendo tiempo en la vida molestándose o reclamando por cada tontería que cometían los hombres. En su opinión los hombres sólo vivían para las tonterías.

   -Así fue. Costó pero encontré a Rufino Velázquez; ya está muy viejo, como lo imaginará, y algo senil, pero confirmó lo que sospechábamos.

   -¿Está seguro? –por primera vez, la mujer se ve agitada, llevándose una blanca, delgada y bonita mano, de dedos largos y uñas rojas, al elegante cuello.

   -Prácticamente me dijo que vio cuando ese hombre fue asesinado… por su abuelo. Lo siento por eso, señorita. –la estudia, la ve parpadear. Pensando rabiosamente para su interior, pero no perturbada por la noticia de su abuelo homicida. Tal vez, piensa el hombre, le preocupaba más la identidad del muerto.

   -Un homicidio. Bien, toda familia tiene sus esqueletos en los roperos. –es la extraña respuesta, poco preocupada de ese punto. Cosa que al hombre le parece interesante.- ¿Cree que el relato sea cierto?

   -Lo creo. Ese viejo está muy seguro en ese punto, no en las fechas, pero si en lo del homicidio. –hay un breve silencio.

   -Y sobre este… esqueleto en particular, ¿el viejo Rufino le contó a otros?

   -Era lo que intentaba saber anoche. Alguien conoce a alguien más; y preguntará por ahí, pero ya sabe cómo es. Llevará algo de tiempo. –y costará un realero más; no lo dice porque sabe que no hace falta.

   -Claro, claro, aunque no me gustaría que se supiera que yo ando buscando saber sobre… tal información. Y menos si salpica a mi familia.

   -Tranquila, nadie sabe qué busca ni para quién. Sólo yo. –eso la alivia visiblemente.

   -Perfecto, señor Omaña. Así, al final, sólo tendré que ocuparme de usted. –le sonríe, abriendo el bonito bolso y extrayendo un sobre bastante hinchado. El pago. En efectivo. Para algunas cosas no valían los cheques, ni los recibos. Ni siquiera las transferencias. Le mira a los ojos, tendiéndoselo.- Me gustaría…

   -Aquí está la dirección del viejo. –se adelanta él, sacando un papel de un bolsillo de la bata, tomando el sobre.- Esta en Mamera. En un rancho bien feo.

   -¿Está aquí, en Caracas? Creí que dijo que venía de La Victoria. –se ve confusa al leer la dirección.

   -Fui a saber del viejo, a comprobar si decía la verdad cuando dijo estar en tal lugar en tal año. –aclara, extrañándole verla sonreír.

   -Perfecto. Sus modales son terribles, señor Omaña, pero su trabajo notable.

   -Vaya, gracias. Creo.

   -Espero por más noticias, ¿okay? Y gracias. -le sonríe ella, después de guardar el papel, alejándose con paso de reina, viéndose aún más fuera de lugar.

   Fabián aún la mira cuando abre una portezuela al final del pasillo y algo de la luz del día que comienza se cuela, hiriéndole los ojos cansados de resaca. Se pregunta si la mujer será realmente tan ingenua como parece. Si, había descubierto un buen esqueleto en el ropero de esa familia, una noticia de por sí jugosa. ¿No imaginaría la flaca esa que eso podía valer todavía más de lo que ya le ha pagado? ¿Qué otros también podrían pagar por la información? Otra gente de su familia. Y los enemigos de esa familia. Oh, sí, esos pagarían aún más. Bien, ya se enteraría la dulce señorita N; después de todo esas eran las leyes del mercado, se dice sonriendo, abriendo le puerta del cuarto, y el sobre, pasando el dedo sobre los billetes. Dólares, la nueva moneda dado el desastre financiero del país. Estaba todo. Ni por un segundo siente algo de aprensión o vergüenza por no actuar lealmente para con ella.

   Bien, la mujer tampoco había sido clara con él, aunque se entendía. La joven provenía de una vieja familia de real, aunque ella misma no fuera acaudalada, ni muy querida del resto de la familia. La señorita, y los suyos en su casa, no la pasaron tan bien como los otros, y fue ella quien perdiera a su padre en un extraño acto de violencia urbana. Era lógico que buscara, que quisiera saber, por eso le envió a hablar con aquel viejo empleado de la propiedad familiar, sin decirle para qué quería localizarle. Cosa que no le llevó nada averiguar, para disgusto de la joven (se lo notó antes de cubrirlo con su habitual sonrisa), no si se contaba con familiares dentro de los cuerpos policiales; ahora se sentía libre de corresponderle con silencio. Si, hubo un acto de violencia, pero no el que la mujer creía. Y allí radicaba lo valioso de la información. En cuanto tuviera seguridad sobre el dato que perseguía… Imaginar la cantidad de dinero que podría llegarle le eriza y calienta el cuerpo. Mucho.

   Eso, junto al dinero en sus manos, le alegra tanto el día que se excita, y ve al chico que recogiera la noche pasada en el botiquín. Delgado, amanerado, fumando de manera obscena sentado a la barra del lugar, agitando el cigarrillo entre sus labios tan pintados. Ese culo con la azulada prenda medio caída, enterrada entre las nalgas color canela, le había dado las apretadas de su vida. Dios, le calentaba tanto ver a un tipo amanerado usando esas mariconerías, con los labios pintados, las pestañas largas. Un travesti que se ganaba unos reales como puto, literalmente. Le gustaban los travesti, siempre tan dispuestos a mamar güevos; siempre tan putones. Podrían salir por “trabajo”, a putear por dinero como sus hermanas con vaginas, pero había algo en ellos que respondía al olor de un macho. El culo se les mojaba, las hormonas se les alborotaban. Sonríe, lo sabe bien. Desde los catorce años, cuando un primo suyo, dos años mayor, se le resbaló. Un recuerdo que siempre le emocionaba.

   Mirarlo allí, dormido, boca abajo, una pierna medio flexionada, el culote al alcance de su mano… Hinca una rodilla en el colchón, presa de una emoción nueva, de carácter puramente sexual, apetito siempre fuerte en él, a pesar de la hora, de la juerga anterior. Le atrapa una pierna sobre la pantorrilla y la media, apretando y acariciando. Piel firme de tipo joven. Suave, lisita, sin pelos. Sube y sube, recreándose, sonriendo al verle agitarse por las cosquillas de índole eróticas, riéndose bajito, farfullando un déjame dormir, casi incomprensible. Sube al muslo que se hace ancho, recorriéndole la cara interna, oyéndole medio suspirar. Y sigue hacia las nalgas duras. Las recorre, de una a otra, sobre la pantaletica metida entre ellas. Sube más y baja, metiendo la mano dentro de la putona prenda, levantándola, apartándola de la piel, gozando de verla sobre su mano mientras toca debajo, sonriendo más al oírle gemir, excitado a pesar de sí mismo. Si, podía estar tratando con un putico que se levantó en un poquitín de mala muerte, que seguramente culeaba bastante, pero él sabía moverse y ponerlos a tono.

   Clava los ojos en esas nalgas mientras baja la mano de canto, recorriéndole la raja, acariciándole, sobándole, provocándole gemiditos que el chico suelta con un tono de voz mórbido, ya metido en su naturaleza de chico-chica que seguramente vivía desde adolecente, estimulado por un hombre que lo hacía responder. Con la punta del dedo índice recorre los pliegues de ese culo apelmazado, la piel tersa por el semen regado por él, ahí, la noche anterior. ¡Un culo de chico que enlechó!, la idea siempre le gustaba. Ya estaba seco, pero aún oloroso. Lo hunde, facilito, aunque el esfínter, por el movimiento, la invasión, responde cerrándose, al tiempo que el joven se tensa y levanta la cabeza de la almohada, mirándole.

   -Hummm… -se le escapa.

   -Creo que se te mojó la concha, mi vida. –le bromea, sacándole y metiéndole el dedo del culo, con calma, tomándose su tiempo, cogiéndole, sabiendo muy bien lo que eso provocaba en el otro.- Creo que quieres más, ¿eh?

   -No… yo… tengo que irme. –jadea el joven, rojo de mejillas, sus nalgas marcándose cuando involuntariamente las aprieta y relaja.

   -Quédate.

   -Yo… tengo que irme. Debo ir a cuidar a mi viejita. De día la atiendo yo. está enferma. -le cuenta para detenerle, de repente un poco alarmado. No se quedaba toda la noche con un tipo, ni respondía así por unos toques. Debía salir de allí, ya era de mañana y le verían cruzar el pasillo y salir a la calle. Nunca era fácil, no sin el manto de la noche. Luchando por conservar algo de decoro (y que un policía no le detuviera al verle pinta de puto), sus ropas y el dinero que ganara la noche anterior.

   -No, vale, quédate. Recibí buenas noticias y estoy caliente. Vamos, tengamos uno rapidito, y un buen desayuno. Estás algo flaco. Y puedes llevarle algo a tu viejita.

   -No… no puedo, en verdad. –insiste jadeando, medio ladeado, bailando, a pesar de sí, sus nalgas, subiéndolas y bajándolas, divididos entre lo que sabe que tiene que hacer y lo que su cuerpo responde por su cuenta. Lo que tenía claro, a un nivel intelectual, era que debía irse.

   Ignora que el otro no es hombre que acepte negativas. Lo que quería, lo conseguía. Generalmente tomándolo. Y quería culo en esos momentos.

CONTINÚA … 2

Julio César.

LOS HEREDEROS… 14

diciembre 7, 2017

LOS HEREDEROS                         … 13

   ¿No es adorable?

……

   -Oswaldo… -grazna casi sin voz. Este se le acerca a paso vivo. Agresivo. Hostil.

   -Tu madre le contó cosas sobre su fallecimiento, rumores que esa periodista del carajo quiere averiguar, que distorsionará como le dará la gana. ¿Se suicidó Mariana?, ¡eso quería saber! –trona agitando un dedo, su voz rezumando rabia, resentimiento.- Tu madre fue ambiguamente clara sobre ello, y me pregunto qué tanto de eso le contaste tú. –acusa.

   -¡Nada! –jadea, pero sabe que no importa. Oswaldo la castigará por lo ocurrido. O tal vez era la excusa perfecta que el hombre había encontrado para salir de ella, ahora que apuntaba a una diana que golpearía bastante al abuelo Girardi.

   -Cada vez que algo malo me ocurre, uno de ustedes está implicado.

   -No hice nada, no le dije nada. Nunca he ido en tu contra. –lloriquea. Herida en verdad. El hombre odiaba a su gente, está bien, pero ella le había demostrado que sabía ser útil, y fiel. ¡No merecía ese trato ultrajante e hiriente!

   -Te quiero fuera de mi negocio. –es tajante, dándole la espalda y volviendo cerca de su escritorio.- No quise decirlo frente a los otros para no humillarte, ni perjudicarte más con rumores echados a rodar; pero estoy terminando toda relación comercial contigo. –la mira, ceñudo.

   -Oswaldo, por favor, no. Toda mi firma depende casi exclusivamente de ti. Aún mi posición dentro de la familia. Sabes que nos quieren casi tan poco como a mi tío. Me toleran porque trato a tu nombre y temen una represalia si se ponen groseros. –suplica veladamente.

   -Esta conversación ha durado demasiado, vete de una vez, Sofía. –es tajante. Y los labios de la joven tiemblan mientras siente una fea opresión en el pecho, algo muy cercano a las lágrimas.

   -¡Hijo de perra, ¿qué le haces a mi gente?! –brama una airada y molesta voz, al tiempo que la puerta de la oficina se abre; voz que congela a la pareja.

   Sofía se vuelve a mirar hacia la puerta y endereza los hombros, aspira con fuerza y compone su eterna sonrisa de yo estoy bien, tú estás bien, por lo tanto todo es maravilloso. A Oswaldo, junto a su escritorio, le toma más tiempo, fijándose en el hombre mal encarado que le mira desde el marco. Joder, ¿cómo sabía ya lo de Sofía?

   -Ricardo… -gruñe en respuesta, en verdad estaba inquieto de la ira que su amigo podría mostrar cuando la joven le contara que la había botado, pero no puede dejar de sonreír, porque había algo en ese otro carajo que siempre le divertía, que le relajaba, que apartaba, por minutos, las tensiones y los problemas de su mente. ¡Le encantaba verle enfurruñado como estaba ahora!

   -Nada de “Ricardo”, ¿qué le hiciste a Atamaica? –exige saber Ricardo Amaya alzando el rostro velludo y algo redondo. Ha intentado comunicarse con la mujer desde que saliera de su apartamento, picado por la curiosidad sobre lo que iba a contarle, eso que “les hizo Oswaldo”, pero esta no le respondía. Y como supone que ya debía estar fuera del banco, al menos que estuviera atracándolo, sabe que se le está negando.- ¡Anda toda cabreada!

   -No le he hecho nada  tu ex mujer; seguramente anda todavía molesta porque una vez se casó contigo. No fue un error… pequeño. –bromea el otro, todo sonrisas, aliviado al saber que no se trata del asunto Sofía, a quien mira fugazmente, al tiempo que monta su culo sobre el escritorio.- Carajo, te pierdes un tiempo, no llamas, no escribes, no visitas y te presentas enfurruñado acusándome de toda clase de cosas; eres un amigo de mierda.

   -Atamaica… -comienza este, reparando al fin en la mujer presente, enrojeciendo y sonriendo con toda la cara.- ¡Sofi! –y abre los brazos con afecto generoso, como siempre, piensa Oswaldo, aunque en este caso se entiende, era su sobrina, la hija de su hermana, la zorra de Alida. Puede que nadie en este mundo quisiera a Alida Amaya, viuda de Nazario, pero sus hijas…

   -Tío… –ella le sonríe igual, va a su encuentro y se abrazan con fuerza, medio balanceándose.

   A Oswaldo le produce algo de gracia la escena, Sofía era un poco más alta, como mucha gente respecto a Ricardo, algo que le hacía verse un tanto… entrañable, piensa. Los ve compartir afecto.

   -Estás hermosa. –le dice él, apartándola un poco.

   -Ay, tío… -sonríe como si no le creyera, las manos atadas. Este, algo ceñudo, la estudia.

   -¿Todo bien? Pareces… agitada. ¿Qué haces aquí, con Oswaldo?, ¿alguna operación comando contra tu abuelo? –tantea. Y el otro hombre se congela. Ahora ella le diría y…

   -Más o menos, pero sabes que no voy a contarte. -responde ligera.- Y todo está bien.

   -¿Seguro? –entrecierra los ojos, preocupado.- Sé que este energúmeno puede ser terrible.

   -Si, tío. Estoy bien. No pasa nada.

   -Me alegro. –gruñe mirando ahora, con falsa seriedad, a Oswaldo.- A mí sí me molestó durante días. Y no sólo con mi ex, la “adorable” bruja del oeste.

   -Por Dios, ¿y ahora qué otra cosa se supone que hice?

   -Llamarme y llamarme, aunque te había dicho que quería tomarme unos días para… arreglar un asunto. Y poner a Atamaica a llamarme y luego molestarla con algo. –soltando a la joven, agita un dedo.- No sé qué tiene, pero no me caben dudas de que eres el culpable.

   -Si, sí, claro, todo yo, todo yo. Yo hundí el Titanic y destruí la Atlántida. –bromea este, parándose del escritorio, cubriendo la distancia y llegando a su lado, dándole un fuerte abrazo que ya sentía iba con retraso.- También es mi culpa que seas un feo enano amargado y desconfiado.

   -Oye… no soy feo. -grazna Ricardo, ahogadamente contra su hombro, pero en el tono y el rostro se detecta la sonrisa, la diversión, abrazándole a su vez.

   Si, los abrazos de Ricardo Amaya tenía algo diferente, se dice Oswaldo, sonriendo al apretujar el sólido y compacto cuerpo de su mejor amigo contra el suyo, el cual corresponde de manera similar a su… ¿necesidad del abrazo? El día parecía, efectivamente, menos mierdoso ahora. Un carraspeo les regresa a la realidad y les hace separase… lentamente. Y nada contento, se dice el tipo más alto. Necesitaba aún un poco más de… ¿consuelo?

   -Bien, chicos, es lindo verlos tan amorosos, pero tengo que irme. –anuncia Sofía, sin mirar a Oswaldo, acercándose al hombre más bajo, quien aparta al amigo poco ceremoniosamente.

   -Adiós, hermosa, debemos almorzar un día de estos. –responde él, abrazándola otra vez y mirándola fijamente.- ¿Segura que te sientes bien?

   Oswaldo nota el parpadear infinitesimal de la joven, la fugaz mirada que le lanza, y se tensa. Dios, no, no necesita en esos momentos un disgusto con Ricardo.

   -Divinamente. –le sonríe, atrapándole las mejillas.- También tú te ves bien, tío; fuera lo que haya sido que te había estado molestando, pareces más relajado. Imagino que le sacaste el jugo a esos días de reposo. –sonríe pícara, notando sin ver, la tensión de Oswaldo, y por ello lo hace, para molestar al odioso hombre.- ¿La pasaste rico en esa pequeña tienda, en los brazos de tu apasionada compañía? No quiero ni imaginarme todo lo que hicieron en esos montes. Ni todos los rastros de ADN que dejaron. –medio ríe, con un tonillo de chica algo tonta.

   Uno que irrita terriblemente a Oswaldo Simanca, quien, sin embargo, observa fijamente el rostro de su mejor amigo, quien va enrojeciendo de vergüenza… admitiendo todo lo que la joven señala. Que estaba con alguien y la pasó “rico” en sus brazos.

CONTINÚA…

Julio César.

LOS HEREDEROS… 13

noviembre 27, 2017

LOS HEREDEROS                         … 12

   Admirado y soñado, amado… y muy odiado.

……

   La puerta se abre y aparece la grácil, hermosa y espigada Sofía Nazario, elegante como siempre, aunque pareciera un tanto anticuada con aquella estampada blusa mangas largas y el pantalón de bota ancha. El cabello, artísticamente peinado en un moño a un lado de su rostro en forma de corazón, le sentaba bien. Como la sonrisa amigable en sus armónicas facciones, de frente despajada, pestañas largas, ojos almendrados que hacían juego con su cabello castaño claro. Los labios, también en forma de corazón (aunque este si era un efecto cosmético), pintados suavemente de color cereza, era muy besables. La joven mujer, desplazándose con donaire, penetra en la oficina. Y la sonrisa que esgrime como parte de su persona, le dura hasta que repara en la otra pareja, Reinaldo Velazco, y especialmente en Cecilia Requena, esa odiosa mujer que la mira en esos momentos con burla. Con un brillo predador en los ojos. Lo siente, lo nota, algo estaba mal, lo sabe desde que saludó a Elisa, la asistente de Oswaldo, quien pareció verla con simpatía piadosa. ¿Acaso el jefe estaba molesto con ella?

   El hombre, tras su escritorito, parecía un tipo apuesto pero ordinario, deportivamente vestido con un suéter azul oscuro, mangas largas, un pantalón negro, unas botas oscuras y el cabello cuidadosamente peinado hacia atrás, algo elevado en la coronilla, con su sombra de barba y bigote reapareciendo después de una afeitada seguramente temprana. Masculino. Guapo. Y que en esos momentos, agitándola un poco, la mira de forma evaluadora. No amable. No clemente.

   -Cecilia, qué bien te ves. Reinaldo, cariño, esa corbata es algo… oscura para ti. –la sonrisa vuelve automáticamente a su rostro, toda afabilidad, saliendo de la pareja antes de volverse hacia el dueño del circo.- Oswaldo, ¿cómo estás? ¿Todo listo para la fiesta del siglo?

   -Todo bien. –responde este, poniéndose de pie, acercándosele, algo cortado, como siempre, cuando la perfumada joven le besa una mejilla. Era algo que no soportaba de ella, por alguna razón que no lograba comprender del todo.- ¿Y tú?

   -Fantástica. –la sonrisa de Sofía es luminosa, parecía que ya no notaba la tensión en la habitación, la sequedad de Oswaldo, la sonrisa lobuna de Cecilia, la mirada algo incómoda de Reinaldo.- Justo ayer estuve en la sede central de Bancorp, gestionando el crédito para…

   -Si, sobre eso, bien, gracias, pero ya no tienes que ocuparte de ello. –la corta, y la joven parpadea, francamente desconcertada, aunque nota el mohín duro en la cara de Cecilia.

   -Pensé qué deseabas gestionar la compra de esos depósitos en La Victoria lo antes posible.

   -Así es, pero no es necesario que te ocupes de eso. No tú. –es frío ahora, cruza los brazos sobre el pecho y en su mirada hay una tormenta. A la joven le parece que intenta controlar la rabia.- No hay un manera fácil de hacer esto, Sofía, pero ya no serás mi enlace con el banco de los Girardi, de ahora en adelante Cecilia me representará en toda gestión, y en las reuniones de accionistas. –es frío. No busca en realidad, lastimarla, pero se siente bien saliendo de ella.

   El Bancorp era una estadidad bancaria nacional con ramificaciones en el Caribe y Centroamérica, perteneciente a la familia Girardi, fundado durante el auge de los empresarios banqueros, cuando todo el que tenía cierta fortuna en Venezuela juraba que era dueño de Falcon Crest, el viñedo en la vieja serie televisiva, y se ramificó en mil negocios que a la larga no pudieron sostener. Razón de la caída bancaria de los años noventa del siglo pasado, hecatombe que arruinó a cientos, lanzó a la desesperación a millones de ahorrista y enriqueció a la cúpula política de toda la gama que antes existía, incluida la izquierda. La entidad bancaria, orgullo de viejo Giuseppe, hijo del patriarca, había soportado bien las embestidas de los noventas, la debacle de los empresarios banqueros y las intervenciones estatales. Pero, aunque la institución se había mantenido relativamente saludable, muchos negocios marginales fracasaron, y la llegada de interventores buscando de dónde medrar (debían sanear el sistema financiero y en cambio arruinaron empresas sólidas para rematarlas y llevarse la plata), cierta crisis de liquidez los puso momentáneamente en rojo. El prestigio de la familia logró que fuera auxiliado por amigos, creándose la junta accionaria, lo que fue su salvación. Eso y que no cometió pecados financieros como el resto. La familia Girardi lo utilizaba sólo para negociar. Era un pilar de sensatez y sentido común de la familia, por ello, Oswaldo intentó penetrarlo. Sabiendo que sus enemigos jamás le dejarían entrar, solicitó mil créditos y financiamientos para negocios en auge, otros que prometían millones en ganancias, siendo rechazado una y otra vez por la familia, lo que terminó provocando cierta crisis dentro de la agencia con los accionistas minoritarios. Estos notaban que lo que Oswaldo tocaba se volvía oro, y no le gustó cómo los Girardi manejaban la entidad, haciéndoles perder dinero; esos desacuerdos llevaron a muchos a vender sus acciones, justo cuando se dijo que el nuevo régimen, la revolución de marras (que donde metía la mano todo lo robaba), pensaba nacionalizar el banco. Rumor falso que corrió como bola de fuego en un país dado al comadreo, especialmente en la red; rumor del cual los Girardi culparon al grupo comunicacional de Oswaldo, cosa que este nunca confirmó. Ni desmintió.

   Así, mientras Oswaldo era abierta y públicamente rechazado en el banco, toda iniciativa anulada, todo financiamiento negado, los rumores estatales se multiplicaban día a día, el hombre encabezó un movimiento subrepticio y muchas acciones pasaron a sus manos a nombre de terceros. Cuando los Girardi notaron la jugada (también a lo Falcon Crest), hicieron lo que lo pudieron por eliminarle, como un pequeño tumor que aparecía en una extremidad apartada; pero no pudieron. Había logrado amasar un pequeño grupo accionario, mayor que el de otros dentro de dicha junta; no tenía voz, no tenía voto, pero no podían negarle la asistencia a la junta. Reuniones a las que nunca se presentó, delegándolo en manos de una contadora joven, ambiciosa y que conocía la historia de la dos familias, Sofía Nazario, una Girardi renegada y rechazada dentro del clan familiar, de la que se valió para que vigilara sus intereses. También para acertarles una puñalada a la odiada familia, que nunca le perdonó aquello a la joven.

   Siendo sinceros, Sofía le había servido bien… pero nunca se sintió cómodo con ella. La sonrisa de la joven, el brillo en su mirada, su tono afable, su costumbre de llegar con cafés para todos, saludando a todos por sus nombres y preguntando por sus familias, especialmente si habían tenido algún triunfo laboral o estudiantil, o padecer una pena como una enfermedad (datos que él mismo ignoraba), le irritaban. Era como… Joder, si, mirarla, tenerla cerca le hacía pensar en un tiburón dentro de una bañera. Sensación de la cual nunca se libraba. Aunque no salía de ella ahora porque le incomodara, era por las negociaciones que iba a iniciar, pedir un crédito alto dentro del banco, para ir contra uno de los grandes activos de la otra familia. Y no confiaba en la mujer para aquella tarea. Dijera ella lo que dijera, era una Girardi. Y estaba lo de Mariana (pensó con rabia). Así que, la sacaría de la ecuación, ya no sería su representante frente a los hijos de perra esos. Sabe bien lo que eso le haría a la vida profesional de la chica, pero… en verdad no le importa. No quiere perjudicarla, pero tampoco le interesa su suerte. Era, como decía su mejor amigo, uno de los aspectos más deplorables de su personalidad egoísta y voluntarista, que, por suerte, el mundo no parecía notar.

   -¿Cómo dices? –Sofía jadea al escucharle, palideciendo, pero intentando controlarse, sonreír.- ¿Qué es esto? ¿Alguna clase de broma? –cuestiona, sonriendo falsamente ligera, pero asustada.

   -No, no tengo quejas de tu trabajo, pero… eres externa. Quiero centralizar mi representación en el banco con alguien de mi empresa.

   -Oswaldo, no; no puedes… -la joven traga frenéticamente, sintiendo que todo le da vueltas.- ¿Hay algún problema? Te he servido bien. Tus intereses siempre han sido mi mayor prioridad.

   -Y te lo agradezco. Y bien que te he pagado por ello. Pero, oye, no saldré de tu firma, no aún; puedes quedar para auditorías externas… ocasionales, pero en esta negociación, frente a la junta…

   -¡No! –la joven es firme, dura, desconcertándole. Se miran a los ojos, luego sonríe.- No, no haré eso, llenar las declaraciones de impuesto de uno o dos que me envíes para que les cobre algo. No voy a aceptar un hueso porque quiere salir de mí. No te sientas responsable de mi suerte, ni… culpable de nada. Entiendo. Son negocios. –se encoge de hombros dos veces, nerviosa llevándose un mano al cuello, su sonrisa aún más falsa, no pudiendo demostrar fortaleza como quisiera.- Te felicito, Cecilia. Es un gran paso en tu carrera.

   -Gracias, he… trabajado mucho para ello. –la otra sonríe mordaz, disfrutando del momento. A Oswaldo no le grada, a Reinaldo, menos, pero nadie dice nada.

   -Bien, yo… -Sofía intenta controlarse, no desmoronarse frente a esa gente que no siente simpatías, o afecto por ella. Lo sabe. Su sonrisa es valiente, pero dolida. Estaba perdiendo prácticamente su firma, esa cosa chiquita que tenía en un modesto edificio del Centro, nada hermoso o glamoroso, donde todo el personal eran ella y su hermana, Olga, que le sirve de asistente, donde reciben a uno que otro que buscan algún acercamiento con el poderoso Oswaldo Simanca. Aún la familia, los Girardi, habían terminado por tolerarla porque era un dique, una posible puerta a tocar si se quería información sobre algo del detestable empresario arribista y nuevo rico. Cosa en la cual no transigía como la profesional que era. ¡Y así le pagaban!- Imagino que nos veremos en la fiesta. –mira a Oswaldo, la sonrisa doliéndole; y este alza una ceja.

   -¿Y vas a ir? –Cecilia es cruel en esos momentos.

   -Por supuesto que asistirá, y bailaremos. Allí allí te espero. –trona Oswaldo, cortando el tema, algo irritado con su empleada. No aparta los ojos de la mujer, cansado de todo ese juego.- Salgan, necesito hablar con… Sofi. –ordena, mientras deja notar que no es particularmente amigo del diminutivo. O del nombre de la bonita joven que parece aún abrumada.

   Cecilia y Reinaldo intercambian una mirada, se disculpan y van rumbo a la puerta. La mujer no se siente contenta de ser desalojada así, pero todavía le sonríe a Sofía, la burla brillando en su mirada. Te gané, puta. Le expresaba con toda intensión. Esta, tragando en seco, desvió la mirada, concentrándola en Oswaldo. La puerta se cierra tras la pareja y la mujer cruza los brazos sobre su pecho, mirando fijamente al otro, más dolida que otra cosa.

   -¿Ahora si me dirás qué pasa, antes de que me vaya? ¿Por qué estás haciendo todo esto? He sido fiel y eficiente cuidando tus intereses, creo que merezco una explicación. –reclama, luego jadea.- Sabes lo que esto le hará a mi firma. A Olga y a mí.

   -Me has servido bien, pero tu familia es muy peligrosa. Nunca dejan de joder.

   -Pero, yo no he hecho nada que…

   -Esta mañana vino a verme Patricia Ontario. –informa duro, seco, hostil, estremeciéndola. Ella conocía bien el trabajo de la periodista, y un ramalazo de temor quema su pecho.- Vino a verme para entrevistarme por mi cumpleaños, si, y a felicitarme, pero también a preguntar sobre ciertas historias  que llegaron a sus oídos, de parte de tu madre, sobre la muerte de Mariana, mi primera esposa. –mastica las palabras entre dientes, con rabia.- Quería, porque “al mundo le gustaría conocer”… -encomilla las palabras.- …Los detalles de su muerte.

CONTINÚA … 14

Julio César.

LOS HEREDEROS… 12

noviembre 18, 2017

LOS HEREDEROS                         … 11

   Nacido para tenerlo todo… por derecho.

……

   Hay vidas legendarias, o con potencial para tal en cualquier parte del mundo; no tan públicas y notorias como lo serían las de la realeza europea, políticos y magnates, o luminarias de la farándula o los deportes, pero que si impresionan dentro de sus círculos sociales y sus conciudadanos inmediatos. Personas a quienes se admira, envidia y hasta odia, de ser necesario, pero que fascinan. Y la de Oswaldo Simanca era una de esas, el empresario “joven”, implacable, audaz, terco y hábil que había sabido salir de la nada, ambicionando el mundo, deseándolo todo, consiguiéndolo, dejando tras de sí una estela de conocidos y familiares agradecidos, también aliados y amigos que se beneficiaron del encuentro. Igualmente rivales y enemigos abiertamente, feroces algunos, como es inevitable cuando el asunto es juntar fortuna; algo que lamentó en muchos casos, dejar esos rencores abiertos en lugar de conseguir una alianza de intereses si no ya de afinidades. Aunque no en todos. Hubo gente a la que le convino odiar, y eso también dio sus frutos.

   Cuando se contaba algo sobre su vida, cuando le tocaba hacerlo al ser interpelado directamente, sonriendo de manera abierta, reconocía esos rencores, sus viejos odios, incuso, aunque jamás usaba la palabra frente a otros. Eso le definió, la lucha que dio, redundando en otros muchos amigos, los rivales de esos enemigos. Interrogado sobre esos rencores, generalmente los despachaba con dos o tres frases cuidadosamente elegidas, para que se supiera del desprecio que sentía por ellos, pero sin bordear el mal gusto. Sólo él sabía cuánto habían sido necesarios esos odios como motores para la carrera que emprendió, y qué tan profundos fueron. Su pelea personal y humana contra los Girardi (Yerardi, como se empeñaban estos en aclarar la entonación), le había brindado fuerzas para continuar en momentos de horribles infortunios, cuando todo amenazaba con venirse abajo, cuando le faltaban los ánimos para ponerse de pie y continuar la marcha, atragantado de amargura al ver sus iniciativas venidas al piso. Pero era de los que sabía levantarse, sacudirse los fundillos de los pantalones (para limpiarse y consolarse), y regresar a la competencia, sin quejarse, sin señalar o acusar a este o aquella del fracaso; sin esperar comprensión, simpatías o amistad de nadie a quien no le empujara un sentimiento real.

   Salido de la nada, como ya se ha señalado, en una calleja pobre de Maracay, había sabido enfrentar a Los Amos del Valle de Aragua, más tarde a los de Caracas, venciéndoles. No pudieron doblegarle, cerrarle las puertas, ayudar a sus enemigos a destruirle. Debieron dejarle penetrar, llenar su espacio, ocuparlo. Reclamar para sí lo que quería. Pronto muchos entendieron lo peligroso que era tenerle de adversario, aunque no fuera revanchista, que no lo era. Con casi nadie, al menos. Era un hombre de negocios que peleaba cuando tocaba, aunque no desdeñaba los acuerdos, las amistades de negocios, las sociedades, lanzándose al cuello de sus adversarios sólo cuando no quedaba otra vía. Tenía ojo para los negocios, intuía qué valdría, que no, y ambicionaba más. Siempre más. Por un tiempo, en su vida, antes de ambicionar la gloria, el único fin era tener la botija llena, tener algo que le salvara en un momento de apuro. Porque hubo horas, noches, días enteros cuando no tuvo nada, ni siquiera algo fijo, algo material, para llevarse al estómago. Momentos de una miseria tal que comentaba, sonriendo evasivo y melancólico, cuando lo hacía, como algo puntual, sin ahondar en ello. Pero en esas horas la desesperación, la angustia que le produjo el hambre, más que la desagradable sensación del hambre misma, teniendo una madre angustiada por cumplir con sus hijos, y dos hermanas afligidas, pero que, sin embargo, no se quejaban, todo había sido bien grave. Noches cuando cuatro personas se sentaban en medio de la nada, sin hablar, cada uno famélico, rumiando su amargura, soñando con viandas llenas, llevándose a las bocas verduras raras, de dudoso aspecto, algunas patas de gallinas, incluso uno o dos bagres pescados en un río inmundo. Tomaban aquello acompañados de la rabia; o, al menos, así se sentía el muchacho en medio de las mujeres. Furioso por no poder hacer más por ellas. Era el hombre de la casa, ¿no?

   Fue un periodo breve en su vida, muy corto, casi parecía que no había ocurrido, a veces le parecía que no, pero había sido muy cierto. Durante mucho tiempo estuvo llamando a su madre y hermanas, para saludar, y preguntarles cómo estaba la nevera. Él mismo se aseguró de tener siempre a mano algo de comer, casi oculto. Y dinero, escondido o repartido en varios puntos. Aunque lo comentara como un incidente menor, y a quien le escuchara le era imposible visualizar el cuadro real, jamás se permitió olvidar esas horas terribles. De esa época también nació su rabia contra los Girardi, y las dos cosas marcaron su vida, determinaron el camino: la firme y total determinación de jamás volver a pasar hambre, y la de no detenerse nunca hasta hacerle pagar a esa gente lo que les habían hecho. Se juró que un día, él mismo, decidiría sobre vidas y destinos como esa familia hizo una vez con la suya. Ese sueño le había alimentado el alma durante mucho tiempo, haciendo más dulce sus victorias, más amargas las derrotas; aunque con los años entendió que nada de lo que les hiciera, por satisfactorio que pareciera en un momento, parecía bastante. La deuda era demasiado grande. O eso creyó hasta que surgiera el asunto de La Hacienda…

   Las personas, especialmente las relacionadas al mundo de los medios audiovisuales que algo conocían de toda aquella historia (detalle que le enfermaba, porque le exponía), siempre bromaban sobre eso, con el heredado odio de Oswaldo hacia quien estuviera dirigiendo en un momento dado, los destinos de los negocios de la familia Girardi. Fuera quien fuera quien se pusiera al frente del trust, y que, sin embargo, su mejor amigo de todo el mundo fuera un sobrino nieto del viejo al que tanto odiaba. Lo que era cierto, pero nunca lo comentaba. Así como la mierda no dejaba de apestar, ni de ser mierda porque se le pusiera otro nombre, un sujeto podía ser gente aún entre la basura. Una rosa podía florear hermosamente en medio de un pantano (y todavía sonríe al recordar todo lo que su amigo le dijo y gritó cuando le comparó con una bella, fragante y delicada flor pantanera). ¿Dónde estaría ese hijo de perra?, no pudo evitar preguntarse, con una mueca, en ese punto de sus pensamientos en aquel, hasta ese instante, día de porquería.

   Podían llamarlo de cualquier manera, pero había sido una mañana de mierda y la tarde no parecía que fuera a mejorar. Ni su sombrío humor, aunque aparentemente estuviera tan tranquilo y sereno como siempre, muy dueño de la situación como en cada instante de su vida. Sentado tras su imponente escritorio, fastidiado, impaciente, con ganas de… salir corriendo de aquel lugar, vuelve a pensar en ese amigo, que una noche de borracheras mientras comentaban algo sobre el pasado, los años malos (a él si le contaba cosas), este se le había quedado mirando.

   -Joder, así como resulta que tengo algo de sangre de italiano en mis venas, tú debes tenerlo de inglés. –balbuceó, riendo de su propia idea, derramando algo del caro whisky con su mano insegura por al alcohol ya consumido. Sentado a su lado en el piso, sobre la gruesa alfombra, apoyadas ambas espaldas contra el sofá de esa misma oficina, se había vuelto a mirarle.

   -¿De qué coño hablas? ¿Yo inglés? ¿Y cómo que italiano?, en ti esa herencia de sangre se diluyó hace rato por la costumbre de las mujeres de tu familia de enamorarse de puros balurdos.

   -Imbécil. –le gruñó, riendo, tosiendo y escupiendo alcohol, avergonzándose.- Lo siento. Pero si, tienes algo de inglés. El mundo puede estar acabándosete, puedes estar derrumbándote, muriéndote del dolor, y nadie lo sabría nunca por tu cara. No eres muy venezolano al respecto. –y bebió otra vez, comenzando a toser al írsele el licor por el camino viejo.

   Debió golpearle la espalda un buen rato, y luego escucharle quejarse dos días de un agudo dolor de pecho que le provocó. Tras su escritorio, Oswaldo lo recuerda y sonríe levemente, escuchando a las personas en su oficina, gente que le sirve, que trabaja para él, que es valiosa, pero que en esos momentos le irritan y agotan la paciencia. Tanto la mujer, joven, bonita, delgada, de buenas curvas, de cabello castaño claro recogido en un muy artístico moño que quiere se vea casual, de sonrisa rápida, la picardía brillándole en la mirada (una que, al enfocarle directamente, parecía desafiarle a tomarse libertades para ver hasta dónde le dejaría llegar), Cecilia Requena; y Reinaldo Velazco, un joven algo bajito, de piel aceitunada morena, de rostro redondo como una luna, siempre de corbata, con sus enormes anteojos que parecía ocultarle, viéndose demasiado serio para su edad, aunque su cargo era de importancia, mismo iba ganándose a pulso. De hecho los dos iban tomando más y más responsabilidades; luchando en la jungla corporativa, habían destacado y sabían acabar con la competencia.

   Pero, aún así, en esos momentos le asfixian, le acorralan, está harto de oírles discutir sobre una retirada estratégica de fondos en cuentas nacionales a través de caminos que no conduzcan a la empresa. Un movimiento necesario. Eran animosos, vehemente en sus argumentaciones, deseaban demostrarle al jefe que podían con la tarea. Ella un poco más que él, viéndose segura, divertida, confiada. Y Oswaldo se pregunta qué tanto de todo ello sería real, qué tanto era para que la viera. Como sea, quiere gritarles que salgan, que se vayan y le dejen solo. No sabe por qué se siente así, pero… ¡Si el hijo de puta italiana ese estuviera allí, no sería tan malo!

   El intercomunicador interrumpe sus pensamientos.

   -¿Si, Elisa? –pregunta, los otros dos, de pie frente a su escritorio, callan.

   -Sofi está aquí, señor –el tono de su asistente es frío y muy profesional. Disgustado, lo sabe. A la mujer no le gustaba lo que estaba por hacer. Por alguna razón que no entendía, todos sus subordinados amaban a la joven mujer.

   -Dile que pase. Y que nadie me moleste. –responde, casi en el mismo tono. Si, necesitaba tranquilidad para descabezar a la hermosa y molesta Sofía Nazario, sacándola, de una buena vez, de su vida. Era hora de salir de la ficha de los Girardi en su negocio.

CONTINÚA … 13

Julio César.

LOS HEREDEROS… 11

noviembre 2, 2017

LOS HEREDEROS                         … 10

   -¿De verdad no quieres tocar ni jugar?

……

   -No, eso no es lo que estoy diciendo. No eres mejor que yo en esto, pero… -se mortifica, alterado al no poder procesar la situación. Le parecía estar atrapado en un juego de borrachos, como cuando se lanzara desnudo a las tres de la mañana en aquella piscina de un hotel en Margarita y hubo que llamar a quien que le sacara al no saber nadar, medio ahogado, pataleando, rechazando al tipo, estando desnudo. Pasando tremenda vergüenza que Adelaida todavía le recordaba. A veces entre risas, otras molesta e irritada como toda buena mujer. Como irritante era la risita que el otro emite, como si le hubiera propuesto cualquier cosa, mientras le mira burlón.- Estoy seguro que no quiero hacer nada de… de… maricones. –suelta para defenderse.

   -Bien, repítete eso, aunque ambos sabemos que no aceptas el reto porque, en verdad, no podrías vencerme en tu propio juego. –el otro aleja un poco el rostro, provocándole con burla.

   -¡No es eso! Claro que puede derrotarte.

   -¿Entonces? Si ganas, te hago una paja, descargas toda esa tensión que tenías en tu oficina y me habrás derrotado, doble ganancia. –la propuesta es directa, clara, ¿una invitación a dejarse tocar y manosear? León no quiere pensar en esa parte del trato, sólo que puede ganar.

   -Eso te gustaría, ¿no? Tocármelo… -le reta mirándole a la cara, preguntándole indirectamente si era gay. Arturo sonríe y acerca un poquito más el suyo.

   -Oh, vamos, no te hagas el imposible; tú quieres… jugar. No sé si la paja, pero si derrotarme… -canturrea.- Pero tienes miedo. Diseñas buenas cosas pero no puedes con ellas. –el reto es insufrible para el otro, más cuando el apuesto carajo parece quedarse meditando en lo que dijo.- Vaya, debe ser algo como… ¿sublime, no?, que algo creado por tu imaginación sea superior a tus habilidades para…

   -¡Cállate! ¡Deja de decir eso! –ruge soltando la tableta control.- No sé qué has creído de mi, pero… -traga en seco, para controlarse, acomodándose otra vez los anteojos.- Estas cosas no son para mí, pana. Puedo apostar… lo que sea, soy bueno, aunque lo dudes, pero… ¿tocarte?, ¿dejar que me toques…? -se congela cuando el otro entrecierra los ojos.

   -¿Nunca has encontrado a otro hombre atractivo?

   -Claro que sí. –gruñe mortificado.- ¿Por qué piensas que siempre he intentado ser bueno en mi trabajo? Necesito la plata para destacar, con tantos carajos por ahí que se ven mejor que yo… -confiesa, enfurruñado cuando le oye reír desenfadado.

   -¿Y me encuentras atractivo a mí? –le pregunta casi al rostro, voz llena de una energía extraña.

   Por supuesto que le encontraba atractivo, físicamente, también por su personalidad (no tanto en esos momentos de apuro), aunque preferiría morirse que admitirlo en voz alta. Sencillamente esas cosas no se podían hacer. O decir. Y ahora se siente realmente nervioso, incómodo.

   -No lo sé, yo… Te ves bien, pero no creo que…

   Calla, alarmándose al verle un brillo en los ojos, de desafío, de juego, pero también de algo más.

   -Así que esas tenemos, ¿no? No te gustó. –y dejando el control sobre la mesita, Arturo Sandoval se pone de pie, alto, sólido, esbelto, muy guapo, y comienza a halar los faldones de su franela hacia arriba, mostrando el cinturón del pantalón, de cuero, una fina pelambre clara que baja de su ombligo, los huesos de la cadera, el toso marcado aunque no exageradamente.

   -¡¿Qué haces?! –grazna León, casi hundiéndose en el sofá, intentando apartar los ojos de toda esa humanidad que se va descubriendo frente a sus ojos.

   Sin responderle, como siguiendo algún ritmo secreto, propio, Arturo medio danza, como bailarín exótico que intentara darle un espectáculo, mientras continúa descubriendo su torso tonificado, de buenos pectorales y tetillas, una cadena corta de oro cruzando su cuello y destacando sobre la tersa piel cobriza clara del bronceado, un tatuaje de ave en su hombro izquierdo, una cadena de alambre de pues rodeando su bíceps derecho. Arroja la franela en la mesita y le sonríe, bailando todavía, meciendo unas caderas donde el tolete abulta la tela del pantalón, pareciendo de buen tamaño, y excitado. Y a León le cuesta alejar la mirada.

   -Para, amigo, no hagas eso… -grazna, su voz es casi un chillido.

   -Entonces, ¿me veo bien o no? –le reta, sonriendo de su sonrojo.

   -Estás perdido de maricón. –jadea a la defensiva.- ¡Por Dios…! –se atraganta.

   Sin dejar de sonreír, todo irónico, sabiendo que se ve bien, el hombre lleva las manos al cinturón y lo abre. Mece su trasero de derecha a izquierda mientras lo hala, lo saca y lo arroja.

   -En serio, basta. –gime el otro, bajando los ojos a esas manos que abren el botón metálico del oscuro pantalón y bajan el cierre.- Arturo, por favor… -jadea rojo de cara, los ojos clavados en ese triángulo invertido que se forma ante sus ojos al abrirse el pantalón, dejando ver una tela verdosa suave, que escapa de los límites del cierre empujada por la carne tras ella, que va erectándose.

   -Así que no te parezco atractivo, ¿eh? No te excito. –repite burlándose, acercándosele, bailoteándole, montando un pie, dentro de la bota, sobre el sofá, a un lado del otro, teniéndose hacia él, que sube la mirada de la bragueta a su cara.- ¿Y esto?

   Sonriendo, baja la mano, y León siente como los dedos del otro se cierran sobre su tolete, tieso bajo sus ropas. Y jadea cuando lo aprieta. No echa el rostro hacia atrás, aunque lo pensó, cuando Arturo acerca aún más el suyo, mirándole burlón, desafiante.

   -Estás bien duro, amiguito, ¿viste algo que te gustó para ti? –y baja su propia mirada, León la sigue y contiene el aliento, el güevo del hombre empuja decididamente la suave tela de la ropa interior. Pareciendo emanar calor y un cierto olor que al otro le parece… muy masculino.

   -Pana, para, esto no es para mí. Me gustan las mujeres. –gimotea, estremeciéndose cuando un dedo le atrapa el mentón obligándole a apartar la mirada del tolete en la bragueta.

   -A mí también, a veces. –le sonríe, recorriéndole la línea del mentón que parecía algo débil.- Dime, Brito, ¿nunca te masturbaste con un amigo después de clases, a los trece años, ojeando las revistas de tu papá o las películas de algún hermano mayor? ¿No te la hacías con un primo cuando te visitaba o le visitabas? ¿Otro chico nunca te hizo una paja? ¿Nunca te quedaste mirando otro güevo, atrapado en otra mano que lo jalonaba, preguntándote qué se sentiría tocarlo? –sus miradas están atadas.- ¿Nunca masturbaste a un amigo, no atrapaste otra verga y la apretaste haciéndole gemir? A lo largo de los años, en tu casa, viendo un juego aburrido con un buen y querido amigo, o en la oficina, tarde en la noche, estresado, ¿no has pensado en sacártelo y masturbarte invitando a otro a acompañarte?

   -¡No! –grazna tartajeante.

   -¿Nunca? –se le acerca más, ceñudo, como si no pudiera creer lo que escucha, como si sólo fueran disparates.- Vaya, tanto tiempo perdido.

   -¡Me gustan las mujeres! –repite todo agitado, sintiéndose atrapado, preguntándose por qué no se pone de pie, lo manda para el carajo y se larga.

   -Ya me lo dijiste, pero… carajo, experimentar es parte del juego, amigo. –le clava los ojos, tan fijamente que el otro no repara casi en que le atrapa una mano, vence la resistencia natural, que no es mucha, y le acerca la punta de los dedos a su propio torso, recorriéndoselo, quemándole con el calor y firmeza de su cuerpo.- Vamos, León, hay tiempo muerto, no hay nada mejor qué hacer como no sea competir, ver quién es el mejor… y tal vez gozar de una buena paja para pasar el rato. ¿Jugamos o no? –repite, bajándole la mano, el otro estremeciéndose, atormentado por mil ideas, la mayoría de rechazo a  aquello… pero también sintiéndose increíblemente curioso, fascinado, preguntándose hasta dónde llegaría aquello si lo iniciara. Y, así, la punta de sus dedos roza la dura carne tras la verde y suave tela. Y ambos, ese tolete y él, se estremecen.- ¿Jugamos por una paja?

CONTINÚA … 12

Julio César.

LOS HEREDEROS… 10

octubre 20, 2017

LOS HEREDEROS                         … 9

   Hay quienes nacen para pasarla en grande… O se hacen.

……

   ¡Y vaya que el apartamento era conocido y tenía su fama! Inexplicablemente bien ubicado cerca de la sede de la compañía, en lo mejor de la parte residencial de la avenida Mohedano, suscitaba siempre preguntas, comenzando por ¿cómo lo pagaba si no tenía ni siquiera un cargo muy claro dentro de la empresa?

   La sala en la que se encuentran en esos momentos Arturo y su visita, es un lugar amplio, luminoso, decorado con mobiliario de cuero, alfombras atigradas y cuadros de sugerentes formas retorcidas; no falta el impresionante equipo de sonido y video, una mesa de cristal con cuatro sillas altas, metálicas, por no hablar de un barcito bien surtido. Todo ello gritaba que era una cueva para seducir. Sólo quedaba imaginar el dormitorio grande, con un gran closet para todas sus ropas de faena (salir buscando presas), y más alfombras de piel de cebras o algo así. Los cuartos de baño eran funcionales, de acero inoxidable, con una ducha para dos o tres personas en el del pasillo, con una tina de buen tamaño en el del cuarto principal. La cocina es chica, todo lo ordenaba por teléfono, y en las raras ocasiones en las cuales prepara algo, lo que había bastaba.

   Arturo es un sujeto alto y de buen cuerpo, fornido de una manera que llenaba llamativamente camisas, franelas y camisetas, las cuales se amoldaban perfectamente a sus pectorales, al abdomen plano y duro, los hombros anchos, y dejaban notar algunos tatuajes. En ese momento lleva una franela vino tinto y unos pantalones de tela jeans, negros, donde sus muslos, trasero y pelvis parecían destacar descaradamente y seguramente era el efecto que buscaba. Su cabello es castaño claro, abundante, peinado en melena cae en una frente alta y lisa, sobre unos ojos almendrados y una boca de labios llenos, siempre prestos a la sonrisa. Era indudablemente guapo, y eso era parte de sus herramientas de trabajo. Claro que aquello no lo sabían muchos. Su edad era difícil de determinar, pero seguramente comenzaba a transitar la treintena. En esos momentos completaba su atuendo con unas botas negras lustrosas. Y reía de manera abierta y burlona, sentado en el sofá, manejando el control de un juego de videos, compitiendo en una muy accidentada pista con el sujeto a su lado, cuyo vehículo ha salido volando nuevamente en una curva. Cosa curiosa teniendo en cuenta que fue él, el otro, quien diseñó el juego tipo “Rápido y Furioso” de esos que llenan el mundo.

   -Coño, eres malo en esto. –ruge Arturo, con voz cálida, cosa que lograba que su tono despectivo no resultara insultante, los ojos clavados en la vía.

   -Idiota. –gruñe el otro, algo resentido, pero sin poder molestarse con el guapo sujeto, por razones que no entiende del todo. Aunque intuye que seguramente muy poca gente en el mundo realmente se molestaba con Arturo Sandoval. Al contrario, no le extrañaría saber que todos buscaban su amistad. Sin embargo, control en mano, regresando a la vía, le medio empuja con un hombro para descontrolarle, pero el otro tan sólo ríe más y contraataca con un empujón parecido.

   León Brito, el otro hombre en aquella sala de soltero, es un hombre joven en la mitad de la veintena, bajito y delgado, pero con cierta tendencia a la panza, lo normal en quien lleva una vida sedentaria frente a un escritorio y un monitor. También lo es su ceguera, que arregla con unos anteojos de pasta negros brillantes, que le prestaban un aire intelectual desaliñado junto a su barbita algo descuidada y su cabello negro y rebelde que cae como totuma sobre su frente y orejas. A muchos les parecía que buscaba dar la imagen del genio despistado. Pero si, era listo, mucho. Como programador e ingeniero en sistemas había descubierto un vasto mundo donde los juegos podían brindarle, además de diversión, dinero y estabilidad. Y ahora sabía que valía aún más de lo que al principio imaginó. Se perdía soñando con juegos y retos, luego perdía horas y días concretándolos ecuaciones, dándoles vida… ganándose los reclamos de Adelaida, su marinovia de la secundaria, que vivía quejándose de que nunca tenía tiempo para ella, ni siquiera para preñarla.

   En algunos momentos el hombre sentía y pensaba que era más feliz sobre una mesa de trabajo que con ella, compitiendo y derrotando a otros programadores y no oyéndola quejarse; pero en verdad la quería. Aunque también a los frutos de su imaginación que, tal vez, podrían llevarle a otra compañía y otras latitudes. Le atraía la idea de ser reconocido, obtener mejores posiciones de poder, más dinero… y salir de Venezuela. La cosa se estaba poniendo color de hormiga; aunque viviera sobre los ordenadores, también lo notaba, el aire de ruina que iba cubriéndolo todo del mismo modo que afeaba Caracas. A veces el trabajo, Adelaida, las discusiones en la sala común de ingeniería, le abrumaban (en realidad comenzaba a estar harto de su trabajo en aquella empresa, pero todavía no lo reconocía como tal), por eso aceptaba las invitaciones de aquel apuesto y agradable carajo que se paseaba por allí viendo qué hacía cada quién, saludando y palmeando espaldas dando ánimos. Arturo Sandoval lograba, de alguna manera, distraer a todos, divertirles, hacerles olvidar las tensiones. Y él no era la excepción.

   Nunca se lo ha planteado así, pero le agradaba que Arturo se tomara la molestia de visitarle específicamente a él, llevarle café y preguntarle qué hacía “fuera de rascarte las mochilas”. Eso le hacía reír, le gustaba, pero lo que le agradaba aún más era notar que otros parecían celosos de esa relación, molestos de que el tipo bonito que la jefa tenía como mascota, amante o ayudante, le prefiriera a él, a León Brito, sobre otros. Muchas veces ha ido a ese apartamento a matar el tiempo o distraer la mente, excitándose compitiendo con los juegos, deseando vencerle, porque el otro era bueno. Y habían apostado las mil cosas en mil competencias donde ganaba, a veces…

   -Ni así me vas a ganar, lacra. –la voz de Arturo le regresa al presente.

   Siguen llamándose cosas mientras gritan insultos de competidores, y aúpan sus autos. El juego era realmente envolvente, y como la meta era retar y vencer al otro, toda la atención y los sentidos quedaban totalmente atrapados. También siguen empujándose. Arturo lanza una carcajada feliz, volviéndose hacia el otro, con muestras claras de burla para afectarle, al sacarle nuevamente de la vía. Este frunce el ceño y con el dedo medio, dedicándoselo, se acomoda los anteojos de pasta oscura sobre la nariz.

   -No vas a derrotarme usando a mi niño.

   -Que hallas diseñado la ruta no significa nada, cabrón. –contraataca Arturo.- Seguro que los que bosquejan transbordadores no sabrían ni como orinar en gravedad cero. –le espolea, sabiendo que eso le descontrola, en la vía y la vida.

   -Dios, eres tan cretino. –gruñe León, alterado a ser vencido en la ruta que visualizó en su mente y debía conocer como nadie, pero también alegremente achispado por el buen momento.- Te apuesto a que te alcanzo en el puente colgante. –grita cuando el otro ríe al verle regresar desmañadamente a la vía, a casi ciento ochenta kilómetros, muy por detrás.

   Y siguen compitiendo, los dos medios saltando en el centro del sofá. León casi llega, casi le alcanza y Arturo gira su vehículo con un sonido chirriante horrible y por reflejos, el otro se desvía, saliendo del camino, y del puente, cayendo al abismo.

   -¡Hijo de perra! –ladra, fascinado y molesto el joven de anteojos, volviéndose a mirar al atractivo sujeto que ríe.

   -Realmente apestas en esto.

   -Te crees tan listo. Hay algo que no has visto. –amenaza, el juego tenía una sorpresa que todavía no se anunciaba.- ¿Otra carrera? –se congela por un segundo cuando, sonriendo, Arturo se vuelve y le mira de manera untuosa.

   -Okay, pero hagámoslo interesante, ¿apostamos? –la voz de tonos graves es profunda, taimada, y León siente que algo cambia.

   -¿Sobre…? –y repara de pronto en lo cerca que están, en su muslo chocando decididamente del musculoso muslo del otro, el cual se siente firme, pesado y cálido bajo el jeans oscuro. Y… parpadea, mierda, ese abultamiento… ¿acaso Sandoval estaba medio excitado?

   -Quién pierda hará algo que no le permita olvidar jamás quién es el campeón… -sonríe todo chulo, acercándose intimidándole.- ¿Crees poder con algo así? –León sonríe algo nervioso.

   -No vas a ganarme.

   -¿Apostamos entonces?

   -¿Dime qué…? –no quiere comprometerse, ya se sentía algo… alterado.

   -Bueno, jugar, competir, me… excita. –le confiesa Arturo, admitiendo lo que el otro ya notaba.- Y creo que a ti también. –informa bajando la mirada. Y León enrojece, porque si, rivalizar a ese nivel, desear tanto derrotar a un sujeto bueno, le pone siempre un poco duro, pero no porque…

   -¿Y…? –traga un poco, no negándolo, no alejándose. Sintiendo curiosidad en verdad sobre lo que el tipo bonito podría sugerir. Si, también él había escuchado cuentos sobre Arturo, ¿sería maricón, como aseguraban algunos? ¿Le iría a proponer algo…?

   -Quien pierda le hará una paja al otro. –sonríe el otro alzando una ceja, dejándole el shock.

   -¿Cómo?

   -Ya me oíste. Quien pierda le agarra el güevo al otro y lo masturba hasta sacarle la leche. Y que le chorree por la mano, nada de soltarlo como si le diera asco después.

   -¡No! –jadea, pareciéndole de pronto que están si, demasiado cerca, que ese muslo se afincaba sobre el suyo, como reteniéndole en su lugar.- Yo no…

   -Entonces, ¿no puedes ganarme?, ¿es lo que dices? Si gano me haces la paja, aquí y ahora, antes de volver a la oficina, con la mano oliéndote a semen; porque fui mejor que tú. Si ganas… y no quieres la paja, no te la hago. Ya veremos qué te llevas. Pero creo que reculas porque no puedes, y no quieres admitir que soy mejor. –sonríe de manera insolente, el tono rezumando burla, desafío.

CONTINÚA … 11

Julio César.

LOS HEREDEROS… 9

octubre 6, 2017

LOS HEREDEROS                         … 8

   -¿Qué, es mi culpa? Él quería un poco de esto…

……

   Nunca lo comentaba con nadie y, por alguna razón, ninguno de sus oponentes tampoco, pero a veces, sobre la colchoneta, en una lucha particularmente difícil, apresando y buscando controlar a su oponente, aferrándole fuerte, se había sentido caliente, excitado. Duro bajo el traje. Una vez escuchó que era por la descarga de endorfinas y testosterona puestas en la contienda, el deseo del hombre por controla y vencer a su rival. Pero, como fuera, cuando era malo y quería no sólo derrotarles sino hacerle ver a la víctima del momento que podía desbaratarlo, lastimándole un poco en el proceso, el güevo se le endurecía, lleno de sangre y ganas, apoyado sutilmente contra una espalda o un trasero. Y tal vez si había algo de cierto en lo de no controlarlo, porque había reparado, aunque tampoco lo decía, en que a otros les pasaba igual. Pero, ahora, el cosquilleo que siente en las pelotas es por las ganas que tiene de darle duro al mariconcito de Simanca.

   -¡Devuélveme eso! –brama Víctor mirando hacia Adrián, intentando acercársele y quitarle la carpeta, ignorando totalmente al joven gorila que parece irritarse al ver que no es tomado en serio. ¡Ahora sí que tenía que joderle!, se decía este.

   -Mírame cuando te hablo, cara de culo. –le ruge Milton, molesto por no captar todo su interés, por no infundirle el suficiente miedo, aferrándole por un hombro, sorprendiéndose un poco cuando este se revuelve, molesto y frustrado, o preocupado, por esos papeles, soltándosele.

   -Devuélveme eso, carajo, ¡es privado! –le ruge a Adrián, quien le mira feo.

   -¡Entonces si es porno de maricas! –se burla, aunque sabe que Milton no dijo nada al respecto, y de ser pornografía lo habría aullado como un lobo para avergonzarle y exponerle.

   Cuando Víctor va a agregar algo más, o sobrepasarle para ir por su carpeta, Milton no aguanta, el no ser el centro del terror del chico alto y flaco, y le monta un manota en el delgado pecho disparándole feamente hacia atrás, golpeándole nuevamente contra un locker, reteniéndolo allí por el delgado hombro derecho.

   -¡Párame, coño! –le ruge.

   Y  ahora sí que Víctor se asusta y sus labios tiemblan. Pero nada a lo que experimenta cuando le ve cerrar el puño y alzarlo con claras intenciones de impactarlo contra su rostro. Era extraño como podía notar todo eso, como si lo leyera mientras le ocurría a otro, y que todo sucediera en segundos sin darle tiempo para nada. Iban a recibir el primero sobre su boca y nariz mientras el resto de los chicos miraban expectantes, tal vez un poco sedientos de sangre.

   -¡Suéltalo, Milton! –trona feamente una voz que lo congela todo.

   Todos se vuelven hacia la entrada del vestuario, donde, milagrosamente, piensa Víctor, se destaca la recia figura de Andrés Morales, todo ceñudo, con ese aire de autoridad que nacía de su cuerpo alto y robusto, pero también de esa voz contundente y su recia personalidad. Su sola llegada causa inquietud en los jóvenes gamberros, aunque no mucha, a decir verdad.

   -Señor Morales… -Milton sonríe en mueca, sin moverse. Sin obedecer.

   -Que lo sueltes. –repite lentamente, mirando feo al musculoso joven, quien no se amedranta fácilmente, aunque sonríe y afloja el puño que tenía cerrado.

   -Estábamos hablando, señor. No es nada en lo que tenga que meterse. –es groseramente altivo. No era un muchachito para asustarse porque había llegado un profesor.- ¿No es cierto, Simanca? –mira fijamente a Víctor; este, respirando pesadamente, se suelta con un leve manotazo, algo que lo enfurece pero se contiene. Ya le haría pagar después.

   -Si, señor Morales, sólo hablábamos. –responde este, la voz fallándole.- Le pedía a Mijares que me regresara esa carpeta que se me había caído. –aprovecha el momento, sin importarle quedar como un cobarde o un delator. Ya no importaba.

   Cuando el hombre negro, de fiero bigote, se vuelve a mirarle, Adrián siente más rabia hacia el joven delgado.

   -Si, se le había caído. –sigue la corriente.

   -Regrésasela entonces. –es frío.

   Y Víctor la toma, mano vacilante, encontrando en la mirada del otro todo el odio del mundo.

   -Gracias, señor Morales. –se vuelve hacia el profesor, quien sigue observando a Adrián.

   -Espéreme en mi oficina, Simanca; hay algo que quiero hablar con usted. –le informa, sin verle, provocándole tal sobresalto que este pega un leve bote.

   -Si, profesor. –cierra su locker, toma el morral, aferra la carpeta y sale.

   El silencio se hace pesado en el vestuario, todos miran al hombre con hostilidad, y preocupación más o menos velada. Ester se acerca al desafiante Adrián.

   -¿Contento?, ya su “preferido” está  salvo. –Adrián no puede evitar exclamar, lleno de despecho y frustración.- Es tierno que se preocupe tanto por el marica ese. –las implicaciones que deja flotar dejan a todos sin habla. El hombre negro cruza los brazos sobre su torso, musculoso e imponente. Sonriendo levemente.

   -Salgan todos, necesito cruzar dos palabras con el señor Mijares. –la orden causa extrañeza, confusión. Por un segundo los jóvenes estudiantes de la universidad intercambian miradas, sin moverse.- ¡Fuera todos! –ruge, y aún Milton, después de lanzarle una mudo “estoy contigo, hermano” a Adrián, sale. Estudiante y profesor quedan solos. Pero el muchacho no se amilana.

   -¿Quería decirme algo, señor Morales? Si lo que busca es quedarse a solas conmigo, como cuando está con Simanca… -comienza, vertiendo todo el veneno del cual es capaz.

   Morales no duda, descruza los brazos y con la mano abierta le abofetea, ruidosamente, con fuerza, la mejilla izquierda, haciéndole gemir de dolor y sorpresa, y dar un paso atrás, mirándole confundido, asombrado y con rabia.

   -¿Cómo coño se atreve a…? –ruge, un profesor no podía agredir físicamente a un alumno, joder, y menos a él. El segundo bofetón, mientras el otro sonríe como burlándose de lo poco que puede hacer para defenderse, es más doloroso por humillante. Grita y retrocede tres pasos inseguros, medio doblado, sus cachetes marcados.

   -Vuelve a meterte con Simanca, y te daré la cueriza que tu padre debió darte hace mucho tiempo. En si oficina, para que lloriquees y todos sepan lo que te pasó. Y no es una amenaza, es una promesa. –la voz es fría, cruel, resuelta. Y el muchacho se horroriza, pero no se asusta.

   -¡No puede hacer esto! Usted no sabe… No sabe con quién… -la rabia hierve en su interior; coño, era aun príncipe dentro de esa puta universidad, un asalariado no podía venir a tratarle como basura, a insultarle, cachetearle y todavía amenazarle.- Voy a… a… -las palabras se le atoran en la garganta, aunque logra dar un paso atrás cuando el hombre se le acerca otro poco.

   -¿Qué?, ¿vas a llamar a tu papi para que venga a quejarse, tal vez a demandarme? –el otro vuelve a cruzar los brazos, elevándose en toda su estatura.- Dile; qué venga tu papito. –le insulta deliberadamente, haciéndole daño, avivando su rabia pero también su impotencia.- Sal y cuenta como te abofetee y los ojos se te llenaron de lágrimas y miedo, si eso quieres. Por mi parte estaré esperando en mi oficina al maricón de tu padre… -usa deliberadamente la palabra con la cual el otro insultaba.- Pero recuérdalo bien, pequeña pila de mierda, si vuelves a tocar al chico Simanca, uno solo de sus cabellos, todos verán cómo te azoto el culo en este mismo lugar, ya no en mi oficina. Él queda fuera de tu alcance, ¿okay?

   La amenaza es atroz para el muchacho, que hipa y calla, sobándose un cachete, perforándole la espalda con odio puro cuando el hombre da media vuelta y sale, sin dignarse a esperar una respuesta o a volverse ni una sola vez. Casi con desprecio. Si, a Adrián los ojos se llenan de lágrimas, de pura arrechera. Ese maldito sujeto ignoraba lo importante que era su familia. Pudiera ser que ese profesor hala bolas fuera amigo del padrastro del maricón ese, pero su familia tenía contactos. ¡Eso no se quedaría así! Y si detestaba a Víctor un segundo antes, ahora le odia con todas las fuerzas de su joven vida. Lo que, a la larga, desencadenaría una tragedia.

……

   Si era un rumor muy comentado aquello de que Arturo Sandoval era un soltero aventurero que a quien le ponía el ojo lo llevaba a la cama, su apartamento era una clara confirmación; nunca una guarida había estado tan bien dispuesta para tales fines, como descubriría el sujeto que le acompañó para “descansar un rato la vista de los tableros de trabajo”. Ni era que este lo imaginara siquiera, para ser realmente sinceros. Aunque le agradaba el tipo, como a casi todo el mundo, no era gay. Otros, según los rumores, comentarían, de saberlo, que eso no le importaba, ni detenía a Arturo, si quería metérsele en los pantalones. A este le gustaba el sexo e iba por lo que quería, aunque el ocasional acompañante no lo supiera. Al principio. Y si no eran gay al entrar allí, al menos lo medio eran a la salida.

CONTINÚA … 10

Julio César.

LOS HEREDEROS… 8

septiembre 25, 2017

LOS HEREDEROS                         … 7

   Cuando no se sabe de dónde vienen las ganas…

……

   Y sabe que tendrá problemas. Muchos problemas. Cosa curiosa que habla de su carácter, sabiendo que contaba con un horario ajustado, ni por un segundo piensa en olvidar aquello o volver después. El tiempo se le echaba encima y debía ceñirse al programa si quería tenerlo todo listo para la gran sorpresa a su padrastro (como siempre, imaginar la cara que el hombre pondrá cuando lo vea y sepa, le produce un escalofrío de felicidad, de complacencia, de deber cumplido). Por ello se queda donde está, algo encorvado, boca ligeramente abierta, pálido, intimidado ante las hostiles miradas, pero decidido. Se lo debía a su padrastro.

   Adrián y Milton llevan los transpirados torsos desnudos, el primero mostrando esos lemas tatuados sobre su pectoral derecho, tan sólo llevan las algo cortas pantalonetas; los otros dos tipos a quienes ha visto de tarde en tarde, igual de bien acuerpados, visten monos completos, aunque también están bañados en sudor.

   -Y hablando de mamagüevos… -comenta Milton, sonriendo con sorna. Es un chico alto, recio de hombros y torso, demasiado musculoso por el levantamiento de pesas. Su cuello parece de toro. No había quien le ganara en la lucha estudiantil, colchonetas donde había lastimado a más de uno. Porque si, había una vena cruel y Víctor sospecha que algo sádica, en el atractivo joven de cabellos cortos casi al cepillo, castaños, ojos pequeños y brillantes en un rostro algo redondo.

   -¿Qué haces aquí, Simanca? –ceñudo, Adrián se le acerca y le encara, hosco. Y el otro joven se molesta, aunque no lo parece.

   -No vengo a molestarles, ¿okay? –gruñe evitando mirarle para no parecer que le desafía, bordeándole y dirigiéndose al fondo del cuarto, hacia varios locker ubicados allí.

   -No entiendo en qué estaba pensando el que supuso que estaba bien que un maricón declarado podía compartir baño con heterosexuales y que eso no crearía un problema. Siempre con ese morbo de sucios maricones, buceando entre las piernas de los machos, mirando bajo la regadera… -se burla Milton, quitándose la toalla del cuello, su torso más proyectado, como si deseara exhibirse a pesar de sus palabras.

   Víctor, oprimiendo los labios con disgusto (una de las pocas veces que tiene la boca realmente cerrada), intenta no reaccionar, no mirarle siquiera. No quiere problemas. Adrián era un hablador agresivo, pero Milton… era peligroso. Había algo salvaje en su manera de ser. Vivía como deseando pelea, alzar esos puños que tenía que parecían martillos y golpear. Le ha visto hacerlo dos veces, por nada. Porque quería lastimar a alguien. O tal vez dejar salir su ira interior. Parecía siempre furioso, aunque sonriera. Ignorándoles abre su locker, rebuscando entre libros, una toalla y otras varias cosas. Joder, debió limpiar y recoger hace tiempo.

   -Seguro el que lo decidió pensó que era un gran arreglo: machos calientes con ganas de descargar y sucios maricones con ganas de tragar. –comenta Adrián, siempre inteligente a la hora de zaherir. Las risas se escuchan en todo el vestuario.

   -Imagino que habla la experiencia. –no puede evitar que se le escape, bajito, alarmándose en seguida por el silencio súbito que se hace a sus espaldas.

   -¿Dijiste algo, maricón? –brama Adrián, molesto. Lo nota en el tono.

   -Nada. –gruñe temblando de rabia y temor. No era un peleador, la verdad sea dicha. Y menos si debía enfrentar a varios al mismo tiempo; especialmente a chicos con mentalidad de horda. Con mano algo insegura atrapa una carpeta marrón.

   -¡A mí me parece que si dijiste algo! –ruge a su lado, Milton, quien se acercó sin ruido, sobresaltándole y haciéndole lanzar un jadeo. Uno que se intensifica cuando este le quita la capeta de las manos y la abre.- ¿Qué tienes aquí? ¿Fotos de tipos desnudos? ¡Eres tan maricón! –le grita a la cara con desprecio. Era ese tipo de sujetos.

   -Suelta eso, gorila estúpido. –brama el joven, alarmado por los papeles, descuidándose en el uso del lenguaje, arrebatándole, a pesar de todo, la carpeta.

   -¿Qué…? ¡¿Cómo me llamaste?! –grita este, ojos brillando de furia, golpeándole con una manota abierta por el flaco pecho, empujándole hacia atrás, goleándole, con fuerza, de otros locker.

   -Creo que se enamoró de ti y quiere que le des cariño. –se burla Adrián, acercándose, sonriendo, mirando la carpeta.- ¿Qué tienes así que te hizo sacar las uñas, princesa? Quítale esa mierda, Milton, y pásamela. –ordena como si tal.

   Ordenar. En él era una segunda naturaleza nacida de la posición de su familia; siempre privilegiada, se había visto favorecida aún más por los negocios del bufete de su padre con el gobierno, el cual le encargaba sus asuntos de asesorías financieras (el joven ignoraba toda esa jerigonza cuando su padre lo comentaba, sonriendo complacido; imaginaba que lo que hacía era desaparecer millones y millones de dólares en paraísos fiscales intentando cubrir el rastro del colosal saqueo nacional, aunque con las cantidades implicadas casi parecía imposible). Si, Adrián Mijares lo tenía todo para ser feliz, y siempre lo había sido hasta que… Hace seis meses quiso irse de Venezuela, para Europa, o Norteamérica, como muchos de sus amigos del club de tenis en el Country, espantados estos en una segunda oleada de éxodo al ver que el país sencillamente entraba en su fase de infierno. Su padre no quiso dejarle.

   -Pero quiero irme, todos se han marchado ya. –le gritó en aquella confrontación; el otro, tras su ancho escritorio de caoba labrada, le miró fríamente.

   -Los padres de tus amigos no tienen los negocios que tengo yo con esta gente. Si te vas, enviaremos un mensaje confuso a la cúpula, que puede ser leído por gente que no me quiere y desea mi mal como que ni mi hijo quiere estar aquí y así lo deja saber. No, no puedes irte, aún. Aunque no será por mucho tiempo. Sólo ten algo de paciencia. –intentó tranquilizarle.

   Fue inútil que rogara, luego que gritara que todos los hijos del alto gobierno vivían afuera, o cuando amenazó con irse de todas maneras. Sólo a eso respondió su padre, con un rostro velado y un tono aún más frío, dejando de leer unos papeles que veía mientras él vociferaba y lo bañaba todo de saliva, dada la rabia e impotencia que sentía. Tan sólo le faltó patear el piso.

   -Bien, vete, pero lo harás por tu cuenta, sin un centavo en el bolsillo y sin mi apoyo. –le miró con enojo.

   Y en esa mirada Adrián leyó que su padre sería muy capaz de hacerlo, de retirarle todo apoyo financiero, y aún conseguir que otros no le ayudaran fuera si le desafiaba de aquella manera. ¿Por qué lo hacía?, ¿qué esperaba obtener?, no lo sabía, pero supuso que el hombre tenía planes tan ambiciosos como siempre y necesitaba tiempo para coronarlos. Era la primera vez que le negaban algo, que no se salía con la suya, que le decían no en la cara. Y limpio no pensaba ir a ninguna parte. Le gustaban sus tarjetas de crédito, su carro, la moto, el apartamento. La seguridad del dinero y del nombre de la familia. El enojo le duró días y días, y una tarde que fue al club, el espacio para su Kia, era ocupado por un jeep machito rojo que conocía muy bien, el del maricón de Víctor Simanca. Gritó de forma agresiva a la gente del estacionamiento que quería su espacio, llamando la atención de varias personas, incluidos sus progenitores que salían del comedor.

   -Basta. –le rugió su padre, entre dientes, furioso.

   -Pero ese mariquito… -en ese momento toda la rabia y frustración que sentía por la injusticia que imaginaba se cometía contra él, encontró una válvula de escape. El joven flaco y alto.

   -¡Cierra esa boca estúpida, muchacho del carajo! –le bramó bajito, rostro contraído.- No te metas con ese chico, ¿okay? Al contrario, quiero que seas su amigo. –le ordenó.

   Y ser desautorizado para dejar salir su rabia, para reclamarle algo al otro joven y hacerle pagar por su rabia, fue todavía peor. No entendió nada, ¿temía su papá al viejo Simanca? Este manejaba una amplia red de medios de comunicación con la cual había destrozado la vida de más de uno, pero ellos no eran cualquiera, tenían conexiones, ¿por qué entonces tolerar a esa basurita? Y esa espinita nunca dejó de escocer, de doler. Y allí estaban, él exigiéndole algo al bichito ese y este pensando que podía negárselo. Dios, cómo le odiaba…

   -¡No! –brama el muchacho, ojos muy abiertos, aferrando la carpeta contra su delgado torso.

   -Quítasela, Milton, y dale un buen coñazo. –Adrián es tajante, cruel, sonriendo como si ya estuviera disfrutando lo que verá.

   Víctor tiembla impotente, la carpeta es arrancada nuevamente de sus manos por el sonriente gorila, quien la abre y ojea, frunciendo el ceño, como chasqueado de no encontrarle alguna revista pornográfica con hombres tirando; con desdén se la tiende a Adrián, volviéndose luego a mirarle, cerrando una de las manazas en puño dispuesto a cumplir la orden. Eso que había de brutal en él, que le obligaba muchas veces a eso, a responder feo, a ser desafiante, hostil, agresivo, había despertado. Tenía una sospecha sobre su causa, pero como mucha gente, era incapaz de analizarse a sí mismo, buscando en él la raíz de sus problemas. Era más fácil, y divertido, ser cruel con otros. O desconsiderado.

   Y pensaba disfrutar el romperle la nariz, si no el alma, al mariconcito alto y delgado que tragaba en seco, aunque no le miraba. Sus ojos seguían fijos en la carpeta… ¡Le ignoraba! Eso le hizo desear aún más el lastimarle, mucho, y la perspectiva le resultaba casi erótica, como le había pasado en muchas otras oportunidades.

CONTINÚA … 9

Julio César.

LOS HEREDEROS… 7

septiembre 15, 2017

LOS HEREDEROS                         … 6

   Abandonado y triste, ¿lo animas?…

……

   -¿Qué…? –grazna, entre la ligera exigencia mental de dar una respuesta automática ante tales llamadas, y el placer que siente en su verga brillante de saliva espesa, lamida, chupada, agasajada de lo lindo hasta hace poco y ahora enfriándose abandonada sobre su bajo vientre.- No, no, sigue… -pide algo lloriqueante, reconoce. Pero, bien, era una mamada, ¿no? Si, la mamada primero, luego atiende a Atamaica, la cual seguramente llamaba para incomodarle con el mismo asunto que lleva reclamándole desde que partiera a ese descanso con Sergio.

   -¿Seguro? –el otro, ceñudo, parece herido. Y molesto.

   -Si, coño, sigue. –le urge, rudo, aunque no había sido su intensión. Y cuando la cara inferior de su tolete es recorrido por aquella lengua que se agita suavemente sobre ella, sin agarrarlo ni despegarlo de su vientre, jadea contenido. Aunque todavía ceñudo. Mierda, ¿cómo una lengua podía hacerle sentir eso a un güevo?

   La llamada se reinicia y la ignora, pero por el resuello de Sergio, sabe que no es suficiente. La corta al tercer repique. Esta se reinicia, y los besitos chupados que recibía sobre su glande, sin ser despegado aún de su piel, se interrumpen. Bruscamente. Joder, casi ruge cuando se vuelve en la cama, toma el aparato y lo apaga, lanzándole una mirada hosca de “¿lo ves?, tanto así quiero mi mamada de güevo”. Coño, la gente debería dejar de joder por un rato mientras… piensa, cerrando los ojos otra vez, brazos extendidos a lo largo de su cuerpo, sus dedos abriéndose y cerrándose sobre sus sábanas limpias (que apestarían a camarones de río y debería enviarlas a la tintorería justo cuando…), pero lo deja así, concentrándose en esa mano firme, de hombre, que le atrapa el mojado y pulsante tolete, masajeándoselo (sintiéndose tan bien), y la lengua que va a su ojete, empujada como si deseara metérsele por ahí, recogiendo los jugos que suelta, todo tan caliente y excitante que…

   Comienza a repicar el teléfono fijo sobre su mesa de noche. Pocas veces ocurre. Tan es así que el tono le parece estridente y extraño; por un momento se le nota confuso en la cama, abriendo los ojos no reconociendo el sonido, ni lo que significaba (por Dios, apena podía pensar, ¡un tipo guapo y sexy le tenía medio tolete tragado, masajeándoselo con lengua y mejillas!).

   -¡Coño, así no se puede! –brama Sergio, retirándose del miembro, casi escuchándose un plop, de chupetón (así de buenas eran sus mamadas, aunque dijera que no era aficionado a darlas… al menos hasta la llegada de Ricardo). Sentándose en la cama, mirándole con toda la mala leche del mundo. Y el teléfono repica y repica.

   -No, vuelve, yo… -Ricardo mendiga, el blanco rojizo tolete temblándole de ganas.

   -¿No puede haber ni un momento de paz para…? –se ahoga de frustración. A cierto nivel entiende que Ricardo no es responsable de lo que ocurre, no se había llamado a sí mismo, pero había propiciado aquello con toda una vida de respuestas pavlovana, saltando a la primera campanada. Casi rechina los dientes en una mueca de risa. No puede mirarlo, no ahora, cuando este, como impulsado por un resorte, alarmado, se sienta. ¿Le alteraba su disgusto o que dejara de mamarle el güevo? Joder, ¿por qué intentaba engañarse? ¿Acaso no lo sabía ya?

   -Sergio, coño, ¡no es mi culpa que me llamen! –se defiende este, y no sólo ante la perspectiva de perder la mamada, ya que, con una desagradable pulsada de protestas de sus bolas, cree que eso ya se estropeó. Quería explicarse, no dejarle pensar que….

   Y el teléfono repica. Escandaloso. Se vuelve a mirarlo, concentrada toda su frustración y rabia en él; de un manotazo va a mandarlo para el carajo cuando entra el buzón de voz.

   -Hijo de puta, ¿apagaste el teléfono? –Atamaica comienza, sin gritar. Era notable cómo podía ser desagradable, incluso venenosa, sin parecer grosera o alterada. Era un arte que la hacía peligrosa dentro del mundo del periodismo.- Necesito hablar contigo, pero justo ahora estoy por entrar al banco. A pagar. El semestre de Miriam costó una fortuna. –agrega el dato de manera gratuita, ya que era ella quien pagaba, por un acuerdo tácito, la universidad de la hija que compartían, y no dejaba pasar un momento para recordárselo.- Tu demente amigo me tiene verde llamándome a cada rato preguntándome por ti. Tanta insistencia, por Dios… -gruñe con un corto chasquido, y Ricardo la sabe molesta.- Imagino que quiere hablarte de la vaina que va a echarnos. –eso le intriga, va a descolgar cuando ella termina.- Estoy entrando. ¡Llámame luego! –y corta.

   Parpadea confuso, preguntándose de paso como su vida llegó a esto. Estaba trabajando, y teniendo como jefa en la emisora de radio, a su ex esposa, una mujer que le irritaba y que no perdía momento para hacerle consciente de lo mucho que se arrepentía de la pasada relación. Atamaica Blanco, madre de su nena mayor, Miriam. El rostro se le crispa, ¿hablar con su amigo para enterarse de lo que les hizo? Ay, carajo, ¿qué estaría tramando el loco de Oswaldo? Cada vez que se descuidaba se inventaba cada una que…

   -Hey, ¿a dónde vas? –ruge al volverse, cuando el colchón se agita. Sergio, muy ceñudo, la mandíbula apretada, toma de un manotazo la franela de la cama, colocándosela.- Espera, vamos…

   -¿No te estás volviendo loco por saber qué quiere tu ex mujer o qué está haciendo ese hombre del cual no puedes alejarte ni estando con otro? –ruge de manera dolida y furiosa.

   -Coño, Sergio, ¿qué quieres de mí? Es mi ex, trabajo con ella, tenemos una hija. Cualquier llamada de ella me hará correr temiendo lo peor. Sabes que soy pesimista, siempre espero que algo pase, y no que me gane la lotería. Y lo que pueda sentir o no por… mi amigo, nada tiene que ver con nosotros. No en estos… -calla, pero el otro, dentro de la franela, limpiándose los labios con el dorso de la mano, (y Ricardo desea, de verdad, volverlos a sentir sobre su güevo), le mira feo.

   -¿No en estos momentos al menos, mientras te lo mamo? Eres un  verdadero hijo de puta, como dice tu ex. –va hacia la puerta, pero se detiene, como si le costara dejarlo todo así. Con ojos cargados de resentimiento, de frustración y un dolor intenso que sorprende al otro, se despide.- Adiós, hijo de puta. Voy a librarte del mal rato de tener que mandarme al quinto coño. Te dejo en paz para que sigas corriendo tras gente que no te quiere. –eso le deja frío, y altera.

   -Oye, eso estuvo de más. No sabes nada de mí. –se defiende, alterado.

   -¿Tú si te conoces? Me extrañaría mucho, Ricardo Amaya. –agrega y sale.

   En esos momentos el hombre más bajito está tan molesto con el otro que piensa dejarlo así, que se vaya para el infierno y deje de dar la lata, pero no puede. Porque también compartió sus buenos momentos con él, sus muy buenos momentos en la cama, riendo abrazados, comentando algo, burlándose de algún asunto, mirándose uno al otro, casi doliéndoles las caras por las sonrisas. Lo besos… Y ahora se iba. Oh, sí, señoras y señores, otra persona estaba cortando con él, por lo mismo de siempre, por ser tan él. Salta de la cama, metiéndose el tolete dentro de la bragueta, cosa siempre un tanto difícil cuando todavía estaba medio duro, con ganas (reclamando lo que supone su derecho, justo en ese momento), y le sigue.

   -Sergio, por favor, espera… -le llama. ¿Cuántas veces se había jurado que ya no sería él mismo, el de siempre, el que muchas veces se saboteaba por ser tan idiota? Quiere… justo frente a la puerta del apartamento, tenso, el otro se detiene y espera. Y espera.

   -No sabes qué decirme, ¿verdad? Te… duele el que esté molesto, porque en el fondo eres un tipo genial. –Sergio no se vuelve, aunque sonríe con amargura. Si, Ricardo era un gran sujeto, y eso había sido gran parte del problema; no pudo dejar de querer más de ese tipo una vez que le conoció mejor.- Pero no quieres decir nada que yo pueda malinterpretar, que me haga quedarme. Porque, aunque te aflige herirme, no quieres que me quede. Y si dices algo equivocado… -espera, y espera. A que el otro diga que no es así. Que quiere que se quede. Y duele cuando no ocurre.

   Ricardo balbucea, sin sonidos, rojo de vergüenza. Baja la mirada y la alza cuando el otro abre la puerta finalmente.

   -Sergio…

   -Tranquilo, pana, el error fue mío. –agrega y sale, cerrando, con un cuidado que es casi ofensivo.

   Y una vez a solas, ardiéndole la cara de real vergüenza, lamentando en el alma todo aquello, el dolor que parecía haberle causado al sujeto con quien compartió cama, soledades, buenos momentos, Ricardo Amaya se siente ruin por el profundo, intenso y liberador alivio que siente al verle salir de su apartamento. Si, era una persona horrible que arriesgó y perdía algo bueno por un sentimiento no correspondido que le hacía sufrir. Merecía todo lo que le ocurriera, ¿no? Y aunque se lo dice y repite, el alivio no se iba.

……

   Víctor Simanca habría dado cualquier cosa por no tener que entrar en esos momentos en los vestuarios de las piscinas; no escuchando como oye las voces de los muchachos que adentro parecían encontrarse y comentar asuntos intranscendentales del momento, estallando en risas desenfadadas, pero necesitaba sacar algo de su casillero.

   No es que no le gustara entrar en los vestuarios de los chicos, reconoce enrojeciendo hasta la raíz del cabello; por Dios, tenía dieciocho años, no podía evitar emocionarse, y desear, encontrarse con esos muchachos guapos y en plena estación de vigor, juventud y belleza masculina, exhibiéndose ligeros de ropas, inconscientemente o no, a los ojos de los demás. Tipos algo vanidosos, contentos con sus cuerpos, que no desdeñaban encontrar en otras miradas algo de… admiración. Algo muy común entre los jóvenes gañanes. Aunque supone, con pesar, que si él tuviera un buen cuerpo, también le gustaría mostrarlo. Y que otros lo desearan. Al menos tocarlo.

   Si, le encantaría verles, pero no con Adrián Mijares y sus amigos allí, esos hijos de puta ofensivos y molestos. Se estremece de inquietud, separando aún más los labios, el escuchar un vozarrón escandaloso, una voz realmente grave y profunda. Milton, el enorme y brutal patiño de Adrián.

   -No, no, a mí no me echen esa vaina. –escucha la alegre voz, altanera y beligerante de este, siempre parecía estar gritándole o acosando a alguien, aunque estuviera divirtiéndose con sus amigos. Aunque costara creer que los tuviera.- Esa tipita andaba sacándome fiesta y quiso chupármelo, ¿saben lo puta que todos dicen que es?, pues, lo es. Y más de lo que se imaginan. –a la afirmación le siguen las risas y asentimientos de los presentes.

   -Coño, Milton, pero era la novia de tu hermano. -le reclama, divertido, Adrián.

   Se escuchan nuevas risas y Víctor rueda los ojos; joder, ¿cómo podían ser tan cretinos? ¿Y qué accidente cósmico provocaría que se encontraran todos?

   -Era una puta, ¿acaso no me escuchas? –es la alegre réplica.- Si no me lo mamaba a mí, se lo habría mamado a cualquiera en esa fiesta. Y seguro que ya lo había hecho, tenía esa lengua como manchada de esperma.

   -¿Y dejaste que te la chupara después de hacérselo a otro? .pregunta alguien más.

   -¡Era una mamada en mi güevo! –arguye exasperado, como si tratara con un tonto.- Mala suerte que Jerry entrara y nos encontrara. Se puso a llorar. Él, no ella. –aclara y hay más risas.- Dios, se veía tan marica que tuve que contárselo a papá. Y este le gritó. No me habla. Él, no papa.

   Venciendo la resistencia de los dos últimos pasos, todavía escuchándose eso, Víctor aparece en la puerta del vestuario, golpeándole el calor y la humedad del amplio lugar, bien iluminado, de largos bancos, las ventanas, algo angosta, situadas en lo más alto de las paredes grises, pensadas para dejar salir aromas más que para dejar entrar luz. O aire de recambio. En cuanto aparece, la escena parece congelarse. Traga, nervioso, encorvando un tanto los hombros, abriendo más la boca cuando cuatro pares de ojos caen sobre él, llenos de automática agresividad y hostilidad

   Y sabe que tendrá problemas.

CONTINÚA … 8

Julio César.