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LOS HEREDEROS… 10

octubre 20, 2017

LOS HEREDEROS                         … 9

   Hay quienes nacen para pasarla en grande… O se hacen.

……

   ¡Y vaya que el apartamento era conocido y tenía su fama! Inexplicablemente bien ubicado cerca de la sede de la compañía, en lo mejor de la parte residencial de la avenida Mohedano, suscitaba siempre preguntas, comenzando por ¿cómo lo pagaba si no tenía ni siquiera un cargo muy claro dentro de la empresa?

   La sala en la que se encuentran en esos momentos Arturo y su visita, es un lugar amplio, luminoso, decorado con mobiliario de cuero, alfombras atigradas y cuadros de sugerentes formas retorcidas; no falta el impresionante equipo de sonido y video, una mesa de cristal con cuatro sillas altas, metálicas, por no hablar de un barcito bien surtido. Todo ello gritaba que era una cueva para seducir. Sólo quedaba imaginar el dormitorio grande, con un gran closet para todas sus ropas de faena (salir buscando presas), y más alfombras de piel de cebras o algo así. Los cuartos de baño eran funcionales, de acero inoxidable, con una ducha para dos o tres personas en el del pasillo, con una tina de buen tamaño en el del cuarto principal. La cocina es chica, todo lo ordenaba por teléfono, y en las raras ocasiones en las cuales prepara algo, lo que había bastaba.

   Arturo es un sujeto alto y de buen cuerpo, fornido de una manera que llenaba llamativamente camisas, franelas y camisetas, las cuales se amoldaban perfectamente a sus pectorales, al abdomen plano y duro, los hombros anchos, y dejaban notar algunos tatuajes. En ese momento lleva una franela vino tinto y unos pantalones de tela jeans, negros, donde sus muslos, trasero y pelvis parecían destacar descaradamente y seguramente era el efecto que buscaba. Su cabello es castaño claro, abundante, peinado en melena cae en una frente alta y lisa, sobre unos ojos almendrados y una boca de labios llenos, siempre prestos a la sonrisa. Era indudablemente guapo, y eso era parte de sus herramientas de trabajo. Claro que aquello no lo sabían muchos. Su edad era difícil de determinar, pero seguramente comenzaba a transitar la treintena. En esos momentos completaba su atuendo con unas botas negras lustrosas. Y reía de manera abierta y burlona, sentado en el sofá, manejando el control de un juego de videos, compitiendo en una muy accidentada pista con el sujeto a su lado, cuyo vehículo ha salido volando nuevamente en una curva. Cosa curiosa teniendo en cuenta que fue él, el otro, quien diseñó el juego tipo “Rápido y Furioso” de esos que llenan el mundo.

   -Coño, eres malo en esto. –ruge Arturo, con voz cálida, cosa que lograba que su tono despectivo no resultara insultante, los ojos clavados en la vía.

   -Idiota. –gruñe el otro, algo resentido, pero sin poder molestarse con el guapo sujeto, por razones que no entiende del todo. Aunque intuye que seguramente muy poca gente en el mundo realmente se molestaba con Arturo Sandoval. Al contrario, no le extrañaría saber que todos buscaban su amistad. Sin embargo, control en mano, regresando a la vía, le medio empuja con un hombro para descontrolarle, pero el otro tan sólo ríe más y contraataca con un empujón parecido.

   León Brito, el otro hombre en aquella sala de soltero, es un hombre joven en la mitad de la veintena, bajito y delgado, pero con cierta tendencia a la panza, lo normal en quien lleva una vida sedentaria frente a un escritorio y un monitor. También lo es su ceguera, que arregla con unos anteojos de pasta negros brillantes, que le prestaban un aire intelectual desaliñado junto a su barbita algo descuidada y su cabello negro y rebelde que cae como totuma sobre su frente y orejas. A muchos les parecía que buscaba dar la imagen del genio despistado. Pero si, era listo, mucho. Como programador e ingeniero en sistemas había descubierto un vasto mundo donde los juegos podían brindarle, además de diversión, dinero y estabilidad. Y ahora sabía que valía aún más de lo que al principio imaginó. Se perdía soñando con juegos y retos, luego perdía horas y días concretándolos ecuaciones, dándoles vida… ganándose los reclamos de Adelaida, su marinovia de la secundaria, que vivía quejándose de que nunca tenía tiempo para ella, ni siquiera para preñarla.

   En algunos momentos el hombre sentía y pensaba que era más feliz sobre una mesa de trabajo que con ella, compitiendo y derrotando a otros programadores y no oyéndola quejarse; pero en verdad la quería. Aunque también a los frutos de su imaginación que, tal vez, podrían llevarle a otra compañía y otras latitudes. Le atraía la idea de ser reconocido, obtener mejores posiciones de poder, más dinero… y salir de Venezuela. La cosa se estaba poniendo color de hormiga; aunque viviera sobre los ordenadores, también lo notaba, el aire de ruina que iba cubriéndolo todo del mismo modo que afeaba Caracas. A veces el trabajo, Adelaida, las discusiones en la sala común de ingeniería, le abrumaban (en realidad comenzaba a estar harto de su trabajo en aquella empresa, pero todavía no lo reconocía como tal), por eso aceptaba las invitaciones de aquel apuesto y agradable carajo que se paseaba por allí viendo qué hacía cada quién, saludando y palmeando espaldas dando ánimos. Arturo Sandoval lograba, de alguna manera, distraer a todos, divertirles, hacerles olvidar las tensiones. Y él no era la excepción.

   Nunca se lo ha planteado así, pero le agradaba que Arturo se tomara la molestia de visitarle específicamente a él, llevarle café y preguntarle qué hacía “fuera de rascarte las mochilas”. Eso le hacía reír, le gustaba, pero lo que le agradaba aún más era notar que otros parecían celosos de esa relación, molestos de que el tipo bonito que la jefa tenía como mascota, amante o ayudante, le prefiriera a él, a León Brito, sobre otros. Muchas veces ha ido a ese apartamento a matar el tiempo o distraer la mente, excitándose compitiendo con los juegos, deseando vencerle, porque el otro era bueno. Y habían apostado las mil cosas en mil competencias donde ganaba, a veces…

   -Ni así me vas a ganar, lacra. –la voz de Arturo le regresa al presente.

   Siguen llamándose cosas mientras gritan insultos de competidores, y aúpan sus autos. El juego era realmente envolvente, y como la meta era retar y vencer al otro, toda la atención y los sentidos quedaban totalmente atrapados. También siguen empujándose. Arturo lanza una carcajada feliz, volviéndose hacia el otro, con muestras claras de burla para afectarle, al sacarle nuevamente de la vía. Este frunce el ceño y con el dedo medio, dedicándoselo, se acomoda los anteojos de pasta oscura sobre la nariz.

   -No vas a derrotarme usando a mi niño.

   -Que hallas diseñado la ruta no significa nada, cabrón. –contraataca Arturo.- Seguro que los que bosquejan transbordadores no sabrían ni como orinar en gravedad cero. –le espolea, sabiendo que eso le descontrola, en la vía y la vida.

   -Dios, eres tan cretino. –gruñe León, alterado a ser vencido en la ruta que visualizó en su mente y debía conocer como nadie, pero también alegremente achispado por el buen momento.- Te apuesto a que te alcanzo en el puente colgante. –grita cuando el otro ríe al verle regresar desmañadamente a la vía, a casi ciento ochenta kilómetros, muy por detrás.

   Y siguen compitiendo, los dos medios saltando en el centro del sofá. León casi llega, casi le alcanza y Arturo gira su vehículo con un sonido chirriante horrible y por reflejos, el otro se desvía, saliendo del camino, y del puente, cayendo al abismo.

   -¡Hijo de perra! –ladra, fascinado y molesto el joven de anteojos, volviéndose a mirar al atractivo sujeto que ríe.

   -Realmente apestas en esto.

   -Te crees tan listo. Hay algo que no has visto. –amenaza, el juego tenía una sorpresa que todavía no se anunciaba.- ¿Otra carrera? –se congela por un segundo cuando, sonriendo, Arturo se vuelve y le mira de manera untuosa.

   -Okay, pero hagámoslo interesante, ¿apostamos? –la voz de tonos graves es profunda, taimada, y León siente que algo cambia.

   -¿Sobre…? –y repara de pronto en lo cerca que están, en su muslo chocando decididamente del musculoso muslo del otro, el cual se siente firme, pesado y cálido bajo el jeans oscuro. Y… parpadea, mierda, ese abultamiento… ¿acaso Sandoval estaba medio excitado?

   -Quién pierda hará algo que no le permita olvidar jamás quién es el campeón… -sonríe todo chulo, acercándose intimidándole.- ¿Crees poder con algo así? –León sonríe algo nervioso.

   -No vas a ganarme.

   -¿Apostamos entonces?

   -¿Dime qué…? –no quiere comprometerse, ya se sentía algo… alterado.

   -Bueno, jugar, competir, me… excita. –le confiesa Arturo, admitiendo lo que el otro ya notaba.- Y creo que a ti también. –informa bajando la mirada. Y León enrojece, porque si, rivalizar a ese nivel, desear tanto derrotar a un sujeto bueno, le pone siempre un poco duro, pero no porque…

   -¿Y…? –traga un poco, no negándolo, no alejándose. Sintiendo curiosidad en verdad sobre lo que el tipo bonito podría sugerir. Si, también él había escuchado cuentos sobre Arturo, ¿sería maricón, como aseguraban algunos? ¿Le iría a proponer algo…?

   -Quien pierda le hará una paja al otro. –sonríe el otro alzando una ceja, dejándole el shock.

   -¿Cómo?

   -Ya me oíste. Quien pierda le agarra el güevo al otro y lo masturba hasta sacarle la leche. Y que le chorree por la mano, nada de soltarlo como si le diera asco después.

   -¡No! –jadea, pareciéndole de pronto que están si, demasiado cerca, que ese muslo se afincaba sobre el suyo, como reteniéndole en su lugar.- Yo no…

   -Entonces, ¿no puedes ganarme?, ¿es lo que dices? Si gano me haces la paja, aquí y ahora, antes de volver a la oficina, con la mano oliéndote a semen; porque fui mejor que tú. Si ganas… y no quieres la paja, no te la hago. Ya veremos qué te llevas. Pero creo que reculas porque no puedes, y no quieres admitir que soy mejor. –sonríe de manera insolente, el tono rezumando burla, desafío.

CONTINÚA…

Julio César.

LOS HEREDEROS… 9

octubre 6, 2017

LOS HEREDEROS                         … 8

   -¿Qué, es mi culpa? Él quería un poco de esto…

……

   Nunca lo comentaba con nadie y, por alguna razón, ninguno de sus oponentes tampoco, pero a veces, sobre la colchoneta, en una lucha particularmente difícil, apresando y buscando controlar a su oponente, aferrándole fuerte, se había sentido caliente, excitado. Duro bajo el traje. Una vez escuchó que era por la descarga de endorfinas y testosterona puestas en la contienda, el deseo del hombre por controla y vencer a su rival. Pero, como fuera, cuando era malo y quería no sólo derrotarles sino hacerle ver a la víctima del momento que podía desbaratarlo, lastimándole un poco en el proceso, el güevo se le endurecía, lleno de sangre y ganas, apoyado sutilmente contra una espalda o un trasero. Y tal vez si había algo de cierto en lo de no controlarlo, porque había reparado, aunque tampoco lo decía, en que a otros les pasaba igual. Pero, ahora, el cosquilleo que siente en las pelotas es por las ganas que tiene de darle duro al mariconcito de Simanca.

   -¡Devuélveme eso! –brama Víctor mirando hacia Adrián, intentando acercársele y quitarle la carpeta, ignorando totalmente al joven gorila que parece irritarse al ver que no es tomado en serio. ¡Ahora sí que tenía que joderle!, se decía este.

   -Mírame cuando te hablo, cara de culo. –le ruge Milton, molesto por no captar todo su interés, por no infundirle el suficiente miedo, aferrándole por un hombro, sorprendiéndose un poco cuando este se revuelve, molesto y frustrado, o preocupado, por esos papeles, soltándosele.

   -Devuélveme eso, carajo, ¡es privado! –le ruge a Adrián, quien le mira feo.

   -¡Entonces si es porno de maricas! –se burla, aunque sabe que Milton no dijo nada al respecto, y de ser pornografía lo habría aullado como un lobo para avergonzarle y exponerle.

   Cuando Víctor va a agregar algo más, o sobrepasarle para ir por su carpeta, Milton no aguanta, el no ser el centro del terror del chico alto y flaco, y le monta un manota en el delgado pecho disparándole feamente hacia atrás, golpeándole nuevamente contra un locker, reteniéndolo allí por el delgado hombro derecho.

   -¡Párame, coño! –le ruge.

   Y  ahora sí que Víctor se asusta y sus labios tiemblan. Pero nada a lo que experimenta cuando le ve cerrar el puño y alzarlo con claras intenciones de impactarlo contra su rostro. Era extraño como podía notar todo eso, como si lo leyera mientras le ocurría a otro, y que todo sucediera en segundos sin darle tiempo para nada. Iban a recibir el primero sobre su boca y nariz mientras el resto de los chicos miraban expectantes, tal vez un poco sedientos de sangre.

   -¡Suéltalo, Milton! –trona feamente una voz que lo congela todo.

   Todos se vuelven hacia la entrada del vestuario, donde, milagrosamente, piensa Víctor, se destaca la recia figura de Andrés Morales, todo ceñudo, con ese aire de autoridad que nacía de su cuerpo alto y robusto, pero también de esa voz contundente y su recia personalidad. Su sola llegada causa inquietud en los jóvenes gamberros, aunque no mucha, a decir verdad.

   -Señor Morales… -Milton sonríe en mueca, sin moverse. Sin obedecer.

   -Que lo sueltes. –repite lentamente, mirando feo al musculoso joven, quien no se amedranta fácilmente, aunque sonríe y afloja el puño que tenía cerrado.

   -Estábamos hablando, señor. No es nada en lo que tenga que meterse. –es groseramente altivo. No era un muchachito para asustarse porque había llegado un profesor.- ¿No es cierto, Simanca? –mira fijamente a Víctor; este, respirando pesadamente, se suelta con un leve manotazo, algo que lo enfurece pero se contiene. Ya le haría pagar después.

   -Si, señor Morales, sólo hablábamos. –responde este, la voz fallándole.- Le pedía a Mijares que me regresara esa carpeta que se me había caído. –aprovecha el momento, sin importarle quedar como un cobarde o un delator. Ya no importaba.

   Cuando el hombre negro, de fiero bigote, se vuelve a mirarle, Adrián siente más rabia hacia el joven delgado.

   -Si, se le había caído. –sigue la corriente.

   -Regrésasela entonces. –es frío.

   Y Víctor la toma, mano vacilante, encontrando en la mirada del otro todo el odio del mundo.

   -Gracias, señor Morales. –se vuelve hacia el profesor, quien sigue observando a Adrián.

   -Espéreme en mi oficina, Simanca; hay algo que quiero hablar con usted. –le informa, sin verle, provocándole tal sobresalto que este pega un leve bote.

   -Si, profesor. –cierra su locker, toma el morral, aferra la carpeta y sale.

   El silencio se hace pesado en el vestuario, todos miran al hombre con hostilidad, y preocupación más o menos velada. Ester se acerca al desafiante Adrián.

   -¿Contento?, ya su “preferido” está  salvo. –Adrián no puede evitar exclamar, lleno de despecho y frustración.- Es tierno que se preocupe tanto por el marica ese. –las implicaciones que deja flotar dejan a todos sin habla. El hombre negro cruza los brazos sobre su torso, musculoso e imponente. Sonriendo levemente.

   -Salgan todos, necesito cruzar dos palabras con el señor Mijares. –la orden causa extrañeza, confusión. Por un segundo los jóvenes estudiantes de la universidad intercambian miradas, sin moverse.- ¡Fuera todos! –ruge, y aún Milton, después de lanzarle una mudo “estoy contigo, hermano” a Adrián, sale. Estudiante y profesor quedan solos. Pero el muchacho no se amilana.

   -¿Quería decirme algo, señor Morales? Si lo que busca es quedarse a solas conmigo, como cuando está con Simanca… -comienza, vertiendo todo el veneno del cual es capaz.

   Morales no duda, descruza los brazos y con la mano abierta le abofetea, ruidosamente, con fuerza, la mejilla izquierda, haciéndole gemir de dolor y sorpresa, y dar un paso atrás, mirándole confundido, asombrado y con rabia.

   -¿Cómo coño se atreve a…? –ruge, un profesor no podía agredir físicamente a un alumno, joder, y menos a él. El segundo bofetón, mientras el otro sonríe como burlándose de lo poco que puede hacer para defenderse, es más doloroso por humillante. Grita y retrocede tres pasos inseguros, medio doblado, sus cachetes marcados.

   -Vuelve a meterte con Simanca, y te daré la cueriza que tu padre debió darte hace mucho tiempo. En si oficina, para que lloriquees y todos sepan lo que te pasó. Y no es una amenaza, es una promesa. –la voz es fría, cruel, resuelta. Y el muchacho se horroriza, pero no se asusta.

   -¡No puede hacer esto! Usted no sabe… No sabe con quién… -la rabia hierve en su interior; coño, era aun príncipe dentro de esa puta universidad, un asalariado no podía venir a tratarle como basura, a insultarle, cachetearle y todavía amenazarle.- Voy a… a… -las palabras se le atoran en la garganta, aunque logra dar un paso atrás cuando el hombre se le acerca otro poco.

   -¿Qué?, ¿vas a llamar a tu papi para que venga a quejarse, tal vez a demandarme? –el otro vuelve a cruzar los brazos, elevándose en toda su estatura.- Dile; qué venga tu papito. –le insulta deliberadamente, haciéndole daño, avivando su rabia pero también su impotencia.- Sal y cuenta como te abofetee y los ojos se te llenaron de lágrimas y miedo, si eso quieres. Por mi parte estaré esperando en mi oficina al maricón de tu padre… -usa deliberadamente la palabra con la cual el otro insultaba.- Pero recuérdalo bien, pequeña pila de mierda, si vuelves a tocar al chico Simanca, uno solo de sus cabellos, todos verán cómo te azoto el culo en este mismo lugar, ya no en mi oficina. Él queda fuera de tu alcance, ¿okay?

   La amenaza es atroz para el muchacho, que hipa y calla, sobándose un cachete, perforándole la espalda con odio puro cuando el hombre da media vuelta y sale, sin dignarse a esperar una respuesta o a volverse ni una sola vez. Casi con desprecio. Si, a Adrián los ojos se llenan de lágrimas, de pura arrechera. Ese maldito sujeto ignoraba lo importante que era su familia. Pudiera ser que ese profesor hala bolas fuera amigo del padrastro del maricón ese, pero su familia tenía contactos. ¡Eso no se quedaría así! Y si detestaba a Víctor un segundo antes, ahora le odia con todas las fuerzas de su joven vida. Lo que, a la larga, desencadenaría una tragedia.

……

   Si era un rumor muy comentado aquello de que Arturo Sandoval era un soltero aventurero que a quien le ponía el ojo lo llevaba a la cama, su apartamento era una clara confirmación; nunca una guarida había estado tan bien dispuesta para tales fines, como descubriría el sujeto que le acompañó para “descansar un rato la vista de los tableros de trabajo”. Ni era que este lo imaginara siquiera, para ser realmente sinceros. Aunque le agradaba el tipo, como a casi todo el mundo, no era gay. Otros, según los rumores, comentarían, de saberlo, que eso no le importaba, ni detenía a Arturo, si quería metérsele en los pantalones. A este le gustaba el sexo e iba por lo que quería, aunque el ocasional acompañante no lo supiera. Al principio. Y si no eran gay al entrar allí, al menos lo medio eran a la salida.

CONTINÚA … 10

Julio César.

LOS HEREDEROS… 8

septiembre 25, 2017

LOS HEREDEROS                         … 7

   Cuando no se sabe de dónde vienen las ganas…

……

   Y sabe que tendrá problemas. Muchos problemas. Cosa curiosa que habla de su carácter, sabiendo que contaba con un horario ajustado, ni por un segundo piensa en olvidar aquello o volver después. El tiempo se le echaba encima y debía ceñirse al programa si quería tenerlo todo listo para la gran sorpresa a su padrastro (como siempre, imaginar la cara que el hombre pondrá cuando lo vea y sepa, le produce un escalofrío de felicidad, de complacencia, de deber cumplido). Por ello se queda donde está, algo encorvado, boca ligeramente abierta, pálido, intimidado ante las hostiles miradas, pero decidido. Se lo debía a su padrastro.

   Adrián y Milton llevan los transpirados torsos desnudos, el primero mostrando esos lemas tatuados sobre su pectoral derecho, tan sólo llevan las algo cortas pantalonetas; los otros dos tipos a quienes ha visto de tarde en tarde, igual de bien acuerpados, visten monos completos, aunque también están bañados en sudor.

   -Y hablando de mamagüevos… -comenta Milton, sonriendo con sorna. Es un chico alto, recio de hombros y torso, demasiado musculoso por el levantamiento de pesas. Su cuello parece de toro. No había quien le ganara en la lucha estudiantil, colchonetas donde había lastimado a más de uno. Porque si, había una vena cruel y Víctor sospecha que algo sádica, en el atractivo joven de cabellos cortos casi al cepillo, castaños, ojos pequeños y brillantes en un rostro algo redondo.

   -¿Qué haces aquí, Simanca? –ceñudo, Adrián se le acerca y le encara, hosco. Y el otro joven se molesta, aunque no lo parece.

   -No vengo a molestarles, ¿okay? –gruñe evitando mirarle para no parecer que le desafía, bordeándole y dirigiéndose al fondo del cuarto, hacia varios locker ubicados allí.

   -No entiendo en qué estaba pensando el que supuso que estaba bien que un maricón declarado podía compartir baño con heterosexuales y que eso no crearía un problema. Siempre con ese morbo de sucios maricones, buceando entre las piernas de los machos, mirando bajo la regadera… -se burla Milton, quitándose la toalla del cuello, su torso más proyectado, como si deseara exhibirse a pesar de sus palabras.

   Víctor, oprimiendo los labios con disgusto (una de las pocas veces que tiene la boca realmente cerrada), intenta no reaccionar, no mirarle siquiera. No quiere problemas. Adrián era un hablador agresivo, pero Milton… era peligroso. Había algo salvaje en su manera de ser. Vivía como deseando pelea, alzar esos puños que tenía que parecían martillos y golpear. Le ha visto hacerlo dos veces, por nada. Porque quería lastimar a alguien. O tal vez dejar salir su ira interior. Parecía siempre furioso, aunque sonriera. Ignorándoles abre su locker, rebuscando entre libros, una toalla y otras varias cosas. Joder, debió limpiar y recoger hace tiempo.

   -Seguro el que lo decidió pensó que era un gran arreglo: machos calientes con ganas de descargar y sucios maricones con ganas de tragar. –comenta Adrián, siempre inteligente a la hora de zaherir. Las risas se escuchan en todo el vestuario.

   -Imagino que habla la experiencia. –no puede evitar que se le escape, bajito, alarmándose en seguida por el silencio súbito que se hace a sus espaldas.

   -¿Dijiste algo, maricón? –brama Adrián, molesto. Lo nota en el tono.

   -Nada. –gruñe temblando de rabia y temor. No era un peleador, la verdad sea dicha. Y menos si debía enfrentar a varios al mismo tiempo; especialmente a chicos con mentalidad de horda. Con mano algo insegura atrapa una carpeta marrón.

   -¡A mí me parece que si dijiste algo! –ruge a su lado, Milton, quien se acercó sin ruido, sobresaltándole y haciéndole lanzar un jadeo. Uno que se intensifica cuando este le quita la capeta de las manos y la abre.- ¿Qué tienes aquí? ¿Fotos de tipos desnudos? ¡Eres tan maricón! –le grita a la cara con desprecio. Era ese tipo de sujetos.

   -Suelta eso, gorila estúpido. –brama el joven, alarmado por los papeles, descuidándose en el uso del lenguaje, arrebatándole, a pesar de todo, la carpeta.

   -¿Qué…? ¡¿Cómo me llamaste?! –grita este, ojos brillando de furia, golpeándole con una manota abierta por el flaco pecho, empujándole hacia atrás, goleándole, con fuerza, de otros locker.

   -Creo que se enamoró de ti y quiere que le des cariño. –se burla Adrián, acercándose, sonriendo, mirando la carpeta.- ¿Qué tienes así que te hizo sacar las uñas, princesa? Quítale esa mierda, Milton, y pásamela. –ordena como si tal.

   Ordenar. En él era una segunda naturaleza nacida de la posición de su familia; siempre privilegiada, se había visto favorecida aún más por los negocios del bufete de su padre con el gobierno, el cual le encargaba sus asuntos de asesorías financieras (el joven ignoraba toda esa jerigonza cuando su padre lo comentaba, sonriendo complacido; imaginaba que lo que hacía era desaparecer millones y millones de dólares en paraísos fiscales intentando cubrir el rastro del colosal saqueo nacional, aunque con las cantidades implicadas casi parecía imposible). Si, Adrián Mijares lo tenía todo para ser feliz, y siempre lo había sido hasta que… Hace seis meses quiso irse de Venezuela, para Europa, o Norteamérica, como muchos de sus amigos del club de tenis en el Country, espantados estos en una segunda oleada de éxodo al ver que el país sencillamente entraba en su fase de infierno. Su padre no quiso dejarle.

   -Pero quiero irme, todos se han marchado ya. –le gritó en aquella confrontación; el otro, tras su ancho escritorio de caoba labrada, le miró fríamente.

   -Los padres de tus amigos no tienen los negocios que tengo yo con esta gente. Si te vas, enviaremos un mensaje confuso a la cúpula, que puede ser leído por gente que no me quiere y desea mi mal como que ni mi hijo quiere estar aquí y así lo deja saber. No, no puedes irte, aún. Aunque no será por mucho tiempo. Sólo ten algo de paciencia. –intentó tranquilizarle.

   Fue inútil que rogara, luego que gritara que todos los hijos del alto gobierno vivían afuera, o cuando amenazó con irse de todas maneras. Sólo a eso respondió su padre, con un rostro velado y un tono aún más frío, dejando de leer unos papeles que veía mientras él vociferaba y lo bañaba todo de saliva, dada la rabia e impotencia que sentía. Tan sólo le faltó patear el piso.

   -Bien, vete, pero lo harás por tu cuenta, sin un centavo en el bolsillo y sin mi apoyo. –le miró con enojo.

   Y en esa mirada Adrián leyó que su padre sería muy capaz de hacerlo, de retirarle todo apoyo financiero, y aún conseguir que otros no le ayudaran fuera si le desafiaba de aquella manera. ¿Por qué lo hacía?, ¿qué esperaba obtener?, no lo sabía, pero supuso que el hombre tenía planes tan ambiciosos como siempre y necesitaba tiempo para coronarlos. Era la primera vez que le negaban algo, que no se salía con la suya, que le decían no en la cara. Y limpio no pensaba ir a ninguna parte. Le gustaban sus tarjetas de crédito, su carro, la moto, el apartamento. La seguridad del dinero y del nombre de la familia. El enojo le duró días y días, y una tarde que fue al club, el espacio para su Kia, era ocupado por un jeep machito rojo que conocía muy bien, el del maricón de Víctor Simanca. Gritó de forma agresiva a la gente del estacionamiento que quería su espacio, llamando la atención de varias personas, incluidos sus progenitores que salían del comedor.

   -Basta. –le rugió su padre, entre dientes, furioso.

   -Pero ese mariquito… -en ese momento toda la rabia y frustración que sentía por la injusticia que imaginaba se cometía contra él, encontró una válvula de escape. El joven flaco y alto.

   -¡Cierra esa boca estúpida, muchacho del carajo! –le bramó bajito, rostro contraído.- No te metas con ese chico, ¿okay? Al contrario, quiero que seas su amigo. –le ordenó.

   Y ser desautorizado para dejar salir su rabia, para reclamarle algo al otro joven y hacerle pagar por su rabia, fue todavía peor. No entendió nada, ¿temía su papá al viejo Simanca? Este manejaba una amplia red de medios de comunicación con la cual había destrozado la vida de más de uno, pero ellos no eran cualquiera, tenían conexiones, ¿por qué entonces tolerar a esa basurita? Y esa espinita nunca dejó de escocer, de doler. Y allí estaban, él exigiéndole algo al bichito ese y este pensando que podía negárselo. Dios, cómo le odiaba…

   -¡No! –brama el muchacho, ojos muy abiertos, aferrando la carpeta contra su delgado torso.

   -Quítasela, Milton, y dale un buen coñazo. –Adrián es tajante, cruel, sonriendo como si ya estuviera disfrutando lo que verá.

   Víctor tiembla impotente, la carpeta es arrancada nuevamente de sus manos por el sonriente gorila, quien la abre y ojea, frunciendo el ceño, como chasqueado de no encontrarle alguna revista pornográfica con hombres tirando; con desdén se la tiende a Adrián, volviéndose luego a mirarle, cerrando una de las manazas en puño dispuesto a cumplir la orden. Eso que había de brutal en él, que le obligaba muchas veces a eso, a responder feo, a ser desafiante, hostil, agresivo, había despertado. Tenía una sospecha sobre su causa, pero como mucha gente, era incapaz de analizarse a sí mismo, buscando en él la raíz de sus problemas. Era más fácil, y divertido, ser cruel con otros. O desconsiderado.

   Y pensaba disfrutar el romperle la nariz, si no el alma, al mariconcito alto y delgado que tragaba en seco, aunque no le miraba. Sus ojos seguían fijos en la carpeta… ¡Le ignoraba! Eso le hizo desear aún más el lastimarle, mucho, y la perspectiva le resultaba casi erótica, como le había pasado en muchas otras oportunidades.

CONTINÚA … 9

Julio César.

LOS HEREDEROS… 7

septiembre 15, 2017

LOS HEREDEROS                         … 6

   Abandonado y triste, ¿lo animas?…

……

   -¿Qué…? –grazna, entre la ligera exigencia mental de dar una respuesta automática ante tales llamadas, y el placer que siente en su verga brillante de saliva espesa, lamida, chupada, agasajada de lo lindo hasta hace poco y ahora enfriándose abandonada sobre su bajo vientre.- No, no, sigue… -pide algo lloriqueante, reconoce. Pero, bien, era una mamada, ¿no? Si, la mamada primero, luego atiende a Atamaica, la cual seguramente llamaba para incomodarle con el mismo asunto que lleva reclamándole desde que partiera a ese descanso con Sergio.

   -¿Seguro? –el otro, ceñudo, parece herido. Y molesto.

   -Si, coño, sigue. –le urge, rudo, aunque no había sido su intensión. Y cuando la cara inferior de su tolete es recorrido por aquella lengua que se agita suavemente sobre ella, sin agarrarlo ni despegarlo de su vientre, jadea contenido. Aunque todavía ceñudo. Mierda, ¿cómo una lengua podía hacerle sentir eso a un güevo?

   La llamada se reinicia y la ignora, pero por el resuello de Sergio, sabe que no es suficiente. La corta al tercer repique. Esta se reinicia, y los besitos chupados que recibía sobre su glande, sin ser despegado aún de su piel, se interrumpen. Bruscamente. Joder, casi ruge cuando se vuelve en la cama, toma el aparato y lo apaga, lanzándole una mirada hosca de “¿lo ves?, tanto así quiero mi mamada de güevo”. Coño, la gente debería dejar de joder por un rato mientras… piensa, cerrando los ojos otra vez, brazos extendidos a lo largo de su cuerpo, sus dedos abriéndose y cerrándose sobre sus sábanas limpias (que apestarían a camarones de río y debería enviarlas a la tintorería justo cuando…), pero lo deja así, concentrándose en esa mano firme, de hombre, que le atrapa el mojado y pulsante tolete, masajeándoselo (sintiéndose tan bien), y la lengua que va a su ojete, empujada como si deseara metérsele por ahí, recogiendo los jugos que suelta, todo tan caliente y excitante que…

   Comienza a repicar el teléfono fijo sobre su mesa de noche. Pocas veces ocurre. Tan es así que el tono le parece estridente y extraño; por un momento se le nota confuso en la cama, abriendo los ojos no reconociendo el sonido, ni lo que significaba (por Dios, apena podía pensar, ¡un tipo guapo y sexy le tenía medio tolete tragado, masajeándoselo con lengua y mejillas!).

   -¡Coño, así no se puede! –brama Sergio, retirándose del miembro, casi escuchándose un plop, de chupetón (así de buenas eran sus mamadas, aunque dijera que no era aficionado a darlas… al menos hasta la llegada de Ricardo). Sentándose en la cama, mirándole con toda la mala leche del mundo. Y el teléfono repica y repica.

   -No, vuelve, yo… -Ricardo mendiga, el blanco rojizo tolete temblándole de ganas.

   -¿No puede haber ni un momento de paz para…? –se ahoga de frustración. A cierto nivel entiende que Ricardo no es responsable de lo que ocurre, no se había llamado a sí mismo, pero había propiciado aquello con toda una vida de respuestas pavlovana, saltando a la primera campanada. Casi rechina los dientes en una mueca de risa. No puede mirarlo, no ahora, cuando este, como impulsado por un resorte, alarmado, se sienta. ¿Le alteraba su disgusto o que dejara de mamarle el güevo? Joder, ¿por qué intentaba engañarse? ¿Acaso no lo sabía ya?

   -Sergio, coño, ¡no es mi culpa que me llamen! –se defiende este, y no sólo ante la perspectiva de perder la mamada, ya que, con una desagradable pulsada de protestas de sus bolas, cree que eso ya se estropeó. Quería explicarse, no dejarle pensar que….

   Y el teléfono repica. Escandaloso. Se vuelve a mirarlo, concentrada toda su frustración y rabia en él; de un manotazo va a mandarlo para el carajo cuando entra el buzón de voz.

   -Hijo de puta, ¿apagaste el teléfono? –Atamaica comienza, sin gritar. Era notable cómo podía ser desagradable, incluso venenosa, sin parecer grosera o alterada. Era un arte que la hacía peligrosa dentro del mundo del periodismo.- Necesito hablar contigo, pero justo ahora estoy por entrar al banco. A pagar. El semestre de Miriam costó una fortuna. –agrega el dato de manera gratuita, ya que era ella quien pagaba, por un acuerdo tácito, la universidad de la hija que compartían, y no dejaba pasar un momento para recordárselo.- Tu demente amigo me tiene verde llamándome a cada rato preguntándome por ti. Tanta insistencia, por Dios… -gruñe con un corto chasquido, y Ricardo la sabe molesta.- Imagino que quiere hablarte de la vaina que va a echarnos. –eso le intriga, va a descolgar cuando ella termina.- Estoy entrando. ¡Llámame luego! –y corta.

   Parpadea confuso, preguntándose de paso como su vida llegó a esto. Estaba trabajando, y teniendo como jefa en la emisora de radio, a su ex esposa, una mujer que le irritaba y que no perdía momento para hacerle consciente de lo mucho que se arrepentía de la pasada relación. Atamaica Blanco, madre de su nena mayor, Miriam. El rostro se le crispa, ¿hablar con su amigo para enterarse de lo que les hizo? Ay, carajo, ¿qué estaría tramando el loco de Oswaldo? Cada vez que se descuidaba se inventaba cada una que…

   -Hey, ¿a dónde vas? –ruge al volverse, cuando el colchón se agita. Sergio, muy ceñudo, la mandíbula apretada, toma de un manotazo la franela de la cama, colocándosela.- Espera, vamos…

   -¿No te estás volviendo loco por saber qué quiere tu ex mujer o qué está haciendo ese hombre del cual no puedes alejarte ni estando con otro? –ruge de manera dolida y furiosa.

   -Coño, Sergio, ¿qué quieres de mí? Es mi ex, trabajo con ella, tenemos una hija. Cualquier llamada de ella me hará correr temiendo lo peor. Sabes que soy pesimista, siempre espero que algo pase, y no que me gane la lotería. Y lo que pueda sentir o no por… mi amigo, nada tiene que ver con nosotros. No en estos… -calla, pero el otro, dentro de la franela, limpiándose los labios con el dorso de la mano, (y Ricardo desea, de verdad, volverlos a sentir sobre su güevo), le mira feo.

   -¿No en estos momentos al menos, mientras te lo mamo? Eres un  verdadero hijo de puta, como dice tu ex. –va hacia la puerta, pero se detiene, como si le costara dejarlo todo así. Con ojos cargados de resentimiento, de frustración y un dolor intenso que sorprende al otro, se despide.- Adiós, hijo de puta. Voy a librarte del mal rato de tener que mandarme al quinto coño. Te dejo en paz para que sigas corriendo tras gente que no te quiere. –eso le deja frío, y altera.

   -Oye, eso estuvo de más. No sabes nada de mí. –se defiende, alterado.

   -¿Tú si te conoces? Me extrañaría mucho, Ricardo Amaya. –agrega y sale.

   En esos momentos el hombre más bajito está tan molesto con el otro que piensa dejarlo así, que se vaya para el infierno y deje de dar la lata, pero no puede. Porque también compartió sus buenos momentos con él, sus muy buenos momentos en la cama, riendo abrazados, comentando algo, burlándose de algún asunto, mirándose uno al otro, casi doliéndoles las caras por las sonrisas. Lo besos… Y ahora se iba. Oh, sí, señoras y señores, otra persona estaba cortando con él, por lo mismo de siempre, por ser tan él. Salta de la cama, metiéndose el tolete dentro de la bragueta, cosa siempre un tanto difícil cuando todavía estaba medio duro, con ganas (reclamando lo que supone su derecho, justo en ese momento), y le sigue.

   -Sergio, por favor, espera… -le llama. ¿Cuántas veces se había jurado que ya no sería él mismo, el de siempre, el que muchas veces se saboteaba por ser tan idiota? Quiere… justo frente a la puerta del apartamento, tenso, el otro se detiene y espera. Y espera.

   -No sabes qué decirme, ¿verdad? Te… duele el que esté molesto, porque en el fondo eres un tipo genial. –Sergio no se vuelve, aunque sonríe con amargura. Si, Ricardo era un gran sujeto, y eso había sido gran parte del problema; no pudo dejar de querer más de ese tipo una vez que le conoció mejor.- Pero no quieres decir nada que yo pueda malinterpretar, que me haga quedarme. Porque, aunque te aflige herirme, no quieres que me quede. Y si dices algo equivocado… -espera, y espera. A que el otro diga que no es así. Que quiere que se quede. Y duele cuando no ocurre.

   Ricardo balbucea, sin sonidos, rojo de vergüenza. Baja la mirada y la alza cuando el otro abre la puerta finalmente.

   -Sergio…

   -Tranquilo, pana, el error fue mío. –agrega y sale, cerrando, con un cuidado que es casi ofensivo.

   Y una vez a solas, ardiéndole la cara de real vergüenza, lamentando en el alma todo aquello, el dolor que parecía haberle causado al sujeto con quien compartió cama, soledades, buenos momentos, Ricardo Amaya se siente ruin por el profundo, intenso y liberador alivio que siente al verle salir de su apartamento. Si, era una persona horrible que arriesgó y perdía algo bueno por un sentimiento no correspondido que le hacía sufrir. Merecía todo lo que le ocurriera, ¿no? Y aunque se lo dice y repite, el alivio no se iba.

……

   Víctor Simanca habría dado cualquier cosa por no tener que entrar en esos momentos en los vestuarios de las piscinas; no escuchando como oye las voces de los muchachos que adentro parecían encontrarse y comentar asuntos intranscendentales del momento, estallando en risas desenfadadas, pero necesitaba sacar algo de su casillero.

   No es que no le gustara entrar en los vestuarios de los chicos, reconoce enrojeciendo hasta la raíz del cabello; por Dios, tenía dieciocho años, no podía evitar emocionarse, y desear, encontrarse con esos muchachos guapos y en plena estación de vigor, juventud y belleza masculina, exhibiéndose ligeros de ropas, inconscientemente o no, a los ojos de los demás. Tipos algo vanidosos, contentos con sus cuerpos, que no desdeñaban encontrar en otras miradas algo de… admiración. Algo muy común entre los jóvenes gañanes. Aunque supone, con pesar, que si él tuviera un buen cuerpo, también le gustaría mostrarlo. Y que otros lo desearan. Al menos tocarlo.

   Si, le encantaría verles, pero no con Adrián Mijares y sus amigos allí, esos hijos de puta ofensivos y molestos. Se estremece de inquietud, separando aún más los labios, el escuchar un vozarrón escandaloso, una voz realmente grave y profunda. Milton, el enorme y brutal patiño de Adrián.

   -No, no, a mí no me echen esa vaina. –escucha la alegre voz, altanera y beligerante de este, siempre parecía estar gritándole o acosando a alguien, aunque estuviera divirtiéndose con sus amigos. Aunque costara creer que los tuviera.- Esa tipita andaba sacándome fiesta y quiso chupármelo, ¿saben lo puta que todos dicen que es?, pues, lo es. Y más de lo que se imaginan. –a la afirmación le siguen las risas y asentimientos de los presentes.

   -Coño, Milton, pero era la novia de tu hermano. -le reclama, divertido, Adrián.

   Se escuchan nuevas risas y Víctor rueda los ojos; joder, ¿cómo podían ser tan cretinos? ¿Y qué accidente cósmico provocaría que se encontraran todos?

   -Era una puta, ¿acaso no me escuchas? –es la alegre réplica.- Si no me lo mamaba a mí, se lo habría mamado a cualquiera en esa fiesta. Y seguro que ya lo había hecho, tenía esa lengua como manchada de esperma.

   -¿Y dejaste que te la chupara después de hacérselo a otro? .pregunta alguien más.

   -¡Era una mamada en mi güevo! –arguye exasperado, como si tratara con un tonto.- Mala suerte que Jerry entrara y nos encontrara. Se puso a llorar. Él, no ella. –aclara y hay más risas.- Dios, se veía tan marica que tuve que contárselo a papá. Y este le gritó. No me habla. Él, no papa.

   Venciendo la resistencia de los dos últimos pasos, todavía escuchándose eso, Víctor aparece en la puerta del vestuario, golpeándole el calor y la humedad del amplio lugar, bien iluminado, de largos bancos, las ventanas, algo angosta, situadas en lo más alto de las paredes grises, pensadas para dejar salir aromas más que para dejar entrar luz. O aire de recambio. En cuanto aparece, la escena parece congelarse. Traga, nervioso, encorvando un tanto los hombros, abriendo más la boca cuando cuatro pares de ojos caen sobre él, llenos de automática agresividad y hostilidad

   Y sabe que tendrá problemas.

CONTINÚA … 8

Julio César.

LOS HEREDEROS… 6

agosto 19, 2017

LOS HEREDEROS                         … 5

   Bolas azules, cuando se piensa que se va a gozar y…

……

   Elías no necesita observarlo especialmente, cuando él mismo responde al fuego, chispas saltando contra la tela metálica. Es bueno con las armas, pero todo fue rápido, profesional. La moto se aleja, rauda, dejando detrás el cuerpo caído de lado de una anciana medio encorvado. ¡La habían matado! A Anastasia Palicki, la extraña mujer mayor que sostenía saber y tener las pruebas de que al comandante presidente de Venezuela lo habían envenenado.

   El drama ante sus ojos le impresiona por una breve fracción de segundo, cuando ya se despega de la ventana y echa a correr fuera de la habitación, arma en manos, lanzándole una furiosa mirada a la puerta cerrada del otro lado del pasillo. Claro, aún con dos consideraciones en mente: el grito de alguna mujer situada cerca del lugar de los hechos, una testigo, y el recuerdo de la anciana saliendo disparada hacia atrás bajo el impacto de las balas, golpeando unos botes de basura estacionados allí, como en una mala película, derribándolos mientras caía de costado, con un sofocado grito, tal vez de sorpresa, o rabia. O miedo. Una mujer vieja, pequeña y frágil había sido asesinada. ¡El miedo qué debió sentir!

   -¡Cerruti! –ruge, furioso, sin detenerse, dando un golpe en esa puerta con un pie.

   No se detiene pero la oye abrirse cautelosamente, ¿qué habría estado haciendo el pajúo ese? Tal vez eso, un paja mientras la anciana a la que se suponía que debían proteger (en realidad extraer de su hábitat y llevársela al hombre fuerte del Gobierno), salía a fumar y le pegaban tres tiros. La rabia lo ciega, contra su compañero, por displicente (cosa extraña en él, debe admitir, pero aparta la cuestión por irrelevante ahora, ¡está furioso!), contra la anciana insensata que sabía su vida corría peligro y aun así salió, sola, a despoblado. Y contra sí mismo. Especialmente contra sí mismo. Había dejado que todo ocurriera. Bajó la guardia. Descuidó la vigilancia por estar pensando en meterse dentro de los pantalones del botones, preguntándose si usaba bóxers, trusas o bikinis; así, el temor que no tomó en serio, el de una mujer que temía por su vida se hizo realidad. Con paso de caballo al trote recorre el pasillo, empuja con el hombro la puerta que da a las escaleras y alarma a una parejita joven que subía, buscando un cuarto para follar en la tarde en lugar de estar en el colegio, quienes al verle con esa cara de matón, rabioso, arma en mano, volando por los escalones de tres en tres, se asustan. Aunque no tanto como para irse, el chico ya había pagado la habitación y no había devolución.

   -¡Llama a la policía y una ambulancia! -le grita Elías al hombre viejo tras la recepción, que parece turbado, seguramente habiendo notado algo. O por los gritos femeninos que se repetían en aquel costado del establecimiento. Parecía estar matándola a ella también.

   Sale, cegándose por el sol, tenso, rostro pétreo, mirada atenta, arma alzada frente a su rostro. Nada. La moto se había retirado hace rato. La perspectiva de un enfrentamiento (lo deseaba, en verdad, aunque no esperaba que ocurriera, si eran profesionales), le eriza la piel. Su corazón bombea con la adrenalina suficiente para acabar con un ejército.

   -¡Silencio! –ruge, sin volverse hacia la mujer parada a un lado de la puerta, una camarera del hotelucho, cigarro en mano también, una que tiembla bastante. Aparentemente en esa tierra de nadie se refugiaban todos los acosados por la prohibición del tabaco y el humo. La mirada la tiene clavada, algo apenado, en el cuerpo pequeño y frágil caído, la nuca cubierta con la llamativa pañoleta, el bolso abandonado fuera de su hombro. Un bolso que cuidaba tanto.

   Siente un renovado furor, contra sí mismo. La mujer no le había agradado, ni un poquito, pero había confiado en él, tanto como para poner la vida a su cuidado. Y le había fallado. Las manos se le tensan sobre el arma que aún sostiene en alto, los abultados bíceps casi haciendo estallar las mangas de la camisa. Pobre diabla. Con la boca seca, con un saborcillo cobrizo en la lengua va hacia ella, apenado, o todo lo que puede un endurecido hombre que se ha dedicado al mundo de las operaciones oscuras, y a las contra operaciones. ¿Cómo llegaron hasta ellos? ¿Quién sabía que pernotarían allí? La cosa era sencillamente imposible, él mismo no se había decidido por ese hotelucho hasta que tuvieron que parar ante la negativa de la anciana de continuar, temerosa por su vida si llegaba a Caracas. ¿Entonces? La duda penetra su mente. Cerruti.

   Él debió avisarle a alguien. Era la única explicación aunque le costara creerlo. El tipo era cabal y leal a su deber. No eran amigos, no confiaba en el catire ese, pero… Doblando las rodillas, la tela del pantalón tensándose al límite sobre sus muslos y trasero, la camisa demarcándole la espalda recia (le gustaba lucir así a los ojos de los chicos), se inclina sobre el cuerpo, casi encogido sobre sí, como si en medio de la agonía, la anciana hubiera adoptado una posición fetal de auto protección. Había poca sangre. Se tensa, los dedos se cierran sobre el arma y se vuelve desde su posición, apuntando hacia la entrada a ese callejón lateral, provocando otro grito de la mucama, quien todavía temblaba pero continuaba allí, mirando mórbidamente fascinada todo aquel drama. Elías Rodríguez, tragando en seco, ceño muy fruncido, apunta a su colega, Antón Cerruti, quien lleva su arma de reglamento en una mano, pero apuntando al piso.

   -¿Qué diablos pasa contigo? ¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar vigilando desde…? –pregunta este, ceñudo también, mirando al enorme oso inclinado junto a un cuerpo que se parecía curiosamente…

   -¿Qué estoy haciendo? ¿Qué coño te parece qué hago? –ruge molesto Elías, convencido de que le acaba de estallar una venita en el cerebro al escuchar preguntar eso al catire de cara ancha, bigotillo como pelusa, ojos clarones que despertaban admiración en las féminas del cuerpo. Un tipo atlético, joven al ir finalizando los veinte, ancho pero no obeso. Fuerte. Todo eso ya lo había notado antes, gustándole sexualmente los machos, pero sin sentir el menor interés por él, aunque, claro, le ha dado una que otra mirada cuando se cambian en medio de una operación. Joder, tampoco era de piedra, y tenía buen cuerpo. Y un macho en bóxer o trusa… En ese momento quiere gritarle, le oye hablar pero no le para bolas y se vuelve hacia el cuerpo caído, oprimiendo un delgado hombro, aún tibio, volviéndola. El shock le paraliza toda función mental, no así el físico, salta y se endereza como empujado por un resorte.

   Aquella anciana muerta no era su encargo, no era su anciana. Era otra anciana muerta, una que llevaba la pañoleta y el bolso de Anastasia Palicki. Parpadea, boca seca, mientras Cerruti se acerca, confundido, él no vio ningún asesinato por una ventana, ni supuso que era la fulana anciana. Un cebo, la idea penetra la mente de Elías como una tromba de agua. A esta anciana la habían usado de cebo para obligar a unos asesinos a manifestarse. Alguien la puso allí, le dijo ponte esto, cuélgate esto otro, camina de tal manera, sal a fumar. Pero, claro, no le dijeron que alguien la mataría. La enviaron como vaca al matadero.

   Anastasia Palicki. La vieja hija de…

………

   De espalda sobre su cama, Ricardo Amaya olvidó la franela rasgada y estar sobre su cama apestando a camarón de río cuando Sergio Luna, medio bajándole el pantalón, atrapó en un puño su tolete y comenzó a darle lengüetazos en sus bolas peludas, como todo él. O lo olvidó todo lo que pudo con su, muchas veces, mente quejumbrosa (joder, le gustaba esa franela, y con tantos gastos no podía comprar cosas nuevas; ni pagar tanto en lavandería, si al caso íbamos, y sacar el olor a camarón…), pero sí, todo lo olvida con un largo gemido de gusto cuando la boca del otro carajo atrapa su bola derecha, cubriéndola, lengüeteándola, succionándola y halándola, al tiempo que le masturba la barra; el recio puño masculino (muy distinto a cuando se lo atrapa una mujer, esto era más firme, exigente, como le gustaba), subiendo y bajando apretaba muy bien; las dos pieles ardiendo por segundo.

   Lloriquea sin ninguna vergüenza cuando su otra bola, de alguna manera, también queda atrapada en esa aspiradora que el otro tiene por boca, y que le hace notable a la hora de mamar güevo… O lamer culo. En lo que también era muy bueno. Bastante que le había hecho delirar cuando le trabajaba con ella, bañándole de saliva. Práctica a la que antes de Sergio, no era tan aficionado. Pero, coño, esa lengua se metía de una manera que le dejaba maluco, con la pepa alborotada esperando güevo para calmarse. El otro era bueno en el sexo homosexual. Era evidente que, a pesar de sus reparos, de buscar sólo citas a ciegas de un rato en las duchas de los gimnasios, se había aplicado. Eso o a sus mujeres les gustaba que también se las metiera. Por allí.

   Como sea, el algo relleno tipo, bajito y muy velludo, sonríe beatíficamente, tomando una almohada y acomodando su cabeza, disponiéndose a disfrutar en toda la regla de una buena mamada de güevo; de todas esas haladas y chupadas, algo que un hombre siempre agradecía. Y jadea cuando sus bolas son liberadas, mojadas de tibia saliva, y la mano sobre su tranca aprieta subiendo y bajando, lentamente, el pulgar sobre el ojete de su glande, presionando sabroso. Lo siente, primero el aliento pesado de Sergio bañándole la base, la lengua de este titilando sutilmente en ella, entre los pelos, las bolas y el tolete, subiendo siguiendo el curso de la gran vena de la cara posterior, la punta de esa lengua dándole pequeños azotes sutiles, excitantes y enloquecedores, subiendo y bajando. La lengua, pegándosele totalmente, sube lentamente, recreándose en su vena caliente que seguro la quemaba. ¡Dios, lo tiene tan duro y le late tanto! El agarre en puño se libera un poco para que Sergio suba lamiendo como quien disfruta una chupeta, hasta alcanzar el glande, azotándole el ojete bañado en licor.

   -Hummm… -gimotea sin ningún pudor.

   -Esto si te gusta de mí, ¿verdad? –tiene que abrir los ojos ante el tono levemente acusatorio del otro, encontrando su torturada mirada, los labios muy cerca de su glande.

   -Por Dios, ¿acaso vas a continuar…? –aunque era difícil encontrar fuerzas para alterarse y seguir discutiendo en un momento así, lo va a hacer.- Ahhh… -pero toda queja muere cuando la boca del otro cubre la punta de su tolete, los labios presionándole el cuello, succionando, la lengua tocándole, caliente, móvil. La sensación de vacío lujurioso es tan intensa que siente un escalofrío recorrerle todo, y aprieta el culo inconscientemente mientras sube las caderas.

   Quiere, por encima de todas las cosas, que se lo mame, que lo cubra y… Lanza otro gemido cuando esa boca va haciéndolo, descendiendo centímetro a centímetro sobre el más que vistoso tolete. Y mientras lo hace, mientras aprisiona con sus labios, mejillas y lengua, con la frente muy fruncida por el esfuerzo de mirarle, los ojos de Sergio están clavados en los suyos. Joder, si, era tan excitante ver a otro tío tomar tu güevo, piensa, especialmente uno como ese, tan guapo y masculino. Y más joven. Tomándolo todo como si le gustara que jode.

   Fuera lo que fuera que Sergio estuviera sintiendo en esos momentos, y pensando de él, para Ricardo era evidente que disfrutaba subir, dos o tres centímetros, y luego bajar, la misma distancia, sobre su tolete duro, sorbiendo. Le gustaba mamar güevos, o al menos el suyo. Por alguna razón tiene la idea de que el otro era siempre más activo en esos menesteres, acostumbrado a esperar que otros le hicieran y complacieran. La boca baja más, entre ahogados “aggg”, la saliva corriéndole por el tronco, caliente y espesa, el aliento quemándole. Y lo agradecía, independientemente de los problemas de comunicación que tuvieran (cables cruzados, quiero y no quiero esto), gime en la dicha cuando esa boca sube y baja, apretándole, halándole y chipándole el güevo con nuevos bríos, estimulándolo las mejillas, esa lengua que parecía al rojo vivo contra su sensible piel.

   Cierra los ojos otra vez, dejándose llevar, sonriendo aún más, mejillas más rojas, viéndose casi como un chicuelo a pesar de la edad; el rostro velludo, el cabello sobre su frente (parecía crecerle por segundos), dejándose llevar por la sensación de aquella boca que lo estaba mamando ruidosamente, con sorbidas poco elegantes si fuera la hora de comer, mientras una mano apretaba y daba suaves halones a sus bolas, las cuales era recorridas casi mimosamente por un pulgar cuando aquella boca se pegaba toda de su pubis, tragándole todo el tolete, y aún así sigue ordeñándoselo con la garganta. Y no necesita abrir los ojos para verlo, para comprobarlo, era algo que ya sabía, hasta por experiencia, que la vista de un  hombre devorando cada centímetro visible de un güevo tieso era una visión realmente erótica; y que Sergio tendría la frente levemente fruncida, los pómulos rojos, la manzana de Adán subiéndole y bajándole espasmódicamente. Especialmente si continuaba trabajándosela así.

   Recuerda la primera vez que chupó un güevo, uno joven, como joven era él mismo… Prácticamente comenzando la secundaria, en los baños del colegio, en uno de los privados, sentado en la tapa del inodoro, el compañero de estudios de pie, el tolete afuera del cierre del pantalón, ojos cerrados, gimiendo contenidamente mientras se lo cubría con la boca. Apresurado, nervioso, sintiéndose feliz y culpable al experimentar eso con lo que ya llevaba tiempo soñando en mil pajas en su cama. Disgustado porque el semen tocó su lengua. El alejamiento de ese amigo, quien tal vez contó algo por allí, por la manera en la cual le miraban los demás, le hirió. Pero luego le buscó, regresando por otra mamada. Y otra. Y otra. Él dándoselas, casi sin hablar. Parecían no disfrutar totalmente de esos encuentros, y sin embargo no podían simplemente pasar de ello. No encontrarse una tarde y hacerlo, era desagradable. Se sentía como haber perdido lo único importante de ese día. Si, ese chico del cual no recordaba mucho más que la forma de su miembro, había sido su primer tonto enamoramiento gay. Antes de, como se lo reclamó una tarde ese chico, herido y celoso en ese momento, la llegada de la bella y dulce (se lo parecía ene se entonces) mujer que sería su primera…

   Se congela, porque entre sus gemidos roncos y bajos escapados de sus entreabiertos labios brillantes de humedad, y las chupadas y sorbida de Sergio al subir y bajar, dándole espasmódicos besitos en el enrojecido glande, del cual manaban esos jugos que al otro encantaban, se escucha el sonido de su teléfono. ¡Justo en ese momento! Estridente, contundente. Una tonada de la película El Retorno del Jedi, Hacia la Trampa. Se oye obligándole a abrir los ojos, parpadeando. El otro parece sentirlo también, en aquel güevo que chupa, y lo suelta, mirándole ceñudo.

   -¿En serio? ¿Lo harás en este momento? ¿Dejarme colgado mientras atiendes? –exige saber.

CONTINÚA … 7

Julio César.

LOS HEREDEROS… 5

agosto 4, 2017

LOS HEREDEROS                         … 4

   A veces, un tío sorprende a un chico con el regalo que quiere…

……

   Pero, como suele ocurrir siempre en esta vida, antes de cualquier evento transcendental, el tedio era la regla. Eso que permitía que se bajara la guardia, aún gente capaz y peligrosa en su campo, como lo era Elías. Ceñudo, tomando un trago de la botellita de agua fría (preguntándose si se vería raro que pidiera otra ya, cuando evidentemente le disgustaba el salobre sabor), el hombre se dice que sí no ocurría algo pronto, él mismo mataría a alguien. Llevaban cuatro horas encerrados en ese hotelucho de mala muerte, sin cable y tomando de esa agua embotellada que sabía horrible. Mira el pote con disgusto. Dios, si iban a llenarlas del inodoro, por lo menos deberían buscar una que no supiera a barro y a sal. El cuento de “los minerales” jamás se lo creía.

   Vuelve la vista al exterior, lleva rato mirando por la ventana, la fea cortina descorrida, que daba a la calle lateral, extrañamente solitaria en un mundo generalmente atestado de personas (por su trabajo, cuando seguía a alguien, siempre pensaba que el planeta estaba demasiado lleno, que ya iba haciendo falta una súper pandemia que despejara las aceras), esperando por la anciana, la mujer de ojos claros de color desvaído, algo nublados por cataratas o miopía, y, aún así, la astucia brillando en ellos. Vieja que debía estar senil, ¿cuántos años tendría ya? Si no cien, debían faltarle horas. Y muy pocas. No quería salir, continuar la ruta hacia Caracas, temerosa de dejarse ver en descampado. Aseguraba, y parecía completamente convencida de ello, que su vida corría peligro, que querían matarla. Lo curiosa era que lo sostuviera con una torva sonrisa de satisfacción en su arrugado rostro, como si tal idea le pareciera divertida. Pero, como fuera, se negaba a abandonar la seguridad del inmundo cuarto de hotel al otro lado del pasillo, donde espera con Cerruti.

   Personalmente creía que la vieja se hacía la interesante inventando conjuras y conspiraciones en su contra; como otros bandidos históricos ya habían intentado en el pasado, con buena fortuna la mayoría de ellos. Seguramente intentaba aparentar que continuaba siendo alguien de importancia dentro del mundo de las intrigas políticas, que era valiosa por lo que sabía y alguien la quería fuera de este mundo. Aunque, tampoco, le extrañaría que fuera cierto; que la quisieran caída y con los ojos en cruz. Era, efectivamente, una mujer que había vivido mucho (demasiado, había escuchado por ahí), en lugares tan extraños como la Polonia ocupada durante la Segunda Guerra Mundial, sirviendo luego a extraños amos soviéticos, primero en la Alemania de Este, luego en la isla de Cuba. Un personaje así debía contar una amplia galería de enemigos resentidos, gente que la querría desaparecida. Joder, ¡él mismo la quería muerta por obligarles a permanecer allí!

   La impaciencia hace presa nuevamente de su ánimo. Deberían haber partido ya, hace horas, a reunirse con ese hombre que había jurado protegerla después de su escapada de la isla cubana. Un hombrecito poderoso que no iba a estar nada contento con la demora. Y las preguntas llenan su mente, ¿por qué lo hacía ahora, escapar del régimen en la isla?, ¿habría algo de cierto en lo que contaba en su español chapucero y con la mirada difusa por la edad, y por lo cual tantos la consideraban peligrosa? Aunque lo era, aún. Peligrosa. Él mismo lo había sentido… el ponerse en guardia frente a ella. Verla era como entrar de repente a un cuarto en la Gran Sabana, de noche, encender la luz y ver la cola de una serpiente desapareciendo bajo la cama. Sin encontrarla después. Se contaban cosas sobre ella, espionaje, delaciones, traiciones, envenenamiento, el ordenamiento de detenciones, desapariciones. Ejecuciones. ¿Había algo de verdad en todo ello o era una leyenda de los círculos negros de inteligencia? Como fuera, era un hecho aceptado que muchos la temían y la odiaban, así que intentar liquidarla no sonaría tan demente. Aunque no existiera ese peligro en este caso.

   Fuera de Cerruti, el otro agente en la operación, quien le acompañó sin saber nada de antemano, nadie se había involucrado en la puesta en escena. Sólo él había planificado la huida, decidiendo la noche, hora y costa por donde saldrían de la isla, así como la hora en la cual atracarían en ese pedazo solitario de costa venezolana, en la Vela de Coro, allí donde Francisco de Miranda izó por primera vez una bandera proclamando independencia y luego fuera expulsado por el bochinche del pueblo. Además de Cerruti, quien estuvo a su lado sin comunicarse con nadie, ni siquiera con señales de humo, palomas mensajeras o telepatía, únicamente él había coordinado la fuga, de principio a fin, nadie más. Así que nadie les esperaba, ni sabrían por dónde llegarían. Y, sin embargo, la mujer estaba segura de que iban a matarla, que aprovecharían este momento para hacerlo. Por eso esperan, por ello se aburría e irritaba mirando por esa ventana el vaho que el calor despegaba del asfalto, en actitud muy poco profesional, la verdad sea dicha.

   -Me quieren muerta… -recuerda su balbuceó, mientras apretaba como algo muy valioso el viejo bolso que no soltaba desde que salieron de Cuba, entendiéndosele con dificultad dado su mezcla de español cubanizado, chapucero, unido a otros dialectos que la identificaban como eslava de lugares lejanos; y se lo dijo mirándole fijamente a los ojos, la boca distendida en una sonrisa que dejaba escapar algo de mal aliento, tal vez por el viaje, la vieja dentadura, el estómago, ¿o la edad? No lo supo, pero le molestó, especialmente intuir que la mujer sabía el efecto que le producía y no le importaba. Ni se apartaba al hablarle.

   -¿En serio? ¿Por dejar Cuba? ¿Qué, sin usted se caerá la dictadura de los dinosaurios? –intentó restarle importancia a las frases, y posibles temores infundados de una mente mayor y algo senil atrapada en una vida de intrigas y conjuras. Se veía pequeña, frágil, casi cadavérica, la pañoleta amarilla que tapaba su nuca, y que no se había quitado en todo el viaje, parecía cubrir huesos sin nada de piel o cabellos. No le gustó la sonrisa acentuada de esos labios marchitos rodeados de ese blanco anillo de bigotillo y barba; labios que parecieron hacer luego un puchero en aquella cara tan arrugada de pómulos manchados y bañados con pequeñas verruguitas. Algo le dijo, en ese preciso momento, que no le iba a gustar escuchar lo que respondería.

   -No, agente, me quieren muerta porque denuncié que a Chávez, su presidente, lo envenenan, deliberada y cruelmente. Lo quieren muerto y sé lo que hacen para conseguirlo. Y quién lo hace… Y por órdenes de quienes. –tartajeante en su idioma propio, le dejó sin habla.

   -¿Envenenado?

   -¿Le parece muy extraño de creer que se quiera salir de un hombre que estorba a tantos intereses, especialmente monetarios? Ah, el dinero, agente, la codicia, esa no conoce límites. Nunca se tiene lo suficiente. Cualquiera pensaría que el hombre que logra desviar para sí diez millones de dólares, cincuenta, cien, quinientos, ya tendría suficiente y partiría en paz, tendría casas, dinero en el banco y tarjetas, que el futuro y el de los suyos está resuelto y lo que toca es vivir bien; pero nunca es así. Se quieren mil millones de dólares, cinco mil millones, diez mil millones… Ninguna cifra es suficiente. Y eso aplica para un hombre cualquiera, una mujer… o una nación toda, que necesite de todos los recursos del mundo para continuar existiendo como le gusta. –pontificó.- Guerras han comenzado por menos que el petróleo que todavía le queda a su país, en reservas y yacimientos probados, ¿pero para qué hacer una en el continente cuando es más fácil el recurso de la pócima?

   Nada más agregó la mujer, nada preguntó él. No sobre eso. La salud del hombre había sido tema de debate desde meses atrás, cuando periodistas y un diario caraqueño dejaron filtrar la nota, la gravedad del problema que tenía, cáncer. Los desmentidos desde el poder fueron brutales, la persecución contra todo el que habló, fue total; desde la red comunicacional del estado se insultó y amenazó gente a diestra y siniestra. El feroz bloqueo represivo de la información de la era soviética en la Europa del Este se había quedado pendeja al lado de esta. En todas partes las voces pagadas en nómina se alzaron para negar la especie y satanizar a los comentadores. Él, sin embargo, albergó dudas. No sólo porque cada vez que el régimen sostenía algo terminaba ocurriendo exactamente lo contrario, una y otra vez, sino por las voces que alertaban desde la otra acera. Tanto por Nelson Bocarán, siempre bien dateado, como por el diario del viejo periodista Rafael Poletto, pasquín, como lo tildaban tantos dentro de la fuerza, y el Gobierno, que tenía la mala costumbre de adelantarse a los hechos por el sencillo acto de atreverse a informarlos. Nada fácil en un país cercado, donde la gente se acostumbraba a escuchar discursos y propagandas confundiéndolos con noticias.

   Sin embargo, a pesar de todo el circo mediático del régimen, la enfermedad había sido finalmente reconocida, los estragos en el físico del hombre eran inocultables. Los periodistas, médicos y políticos que hablaron de ello estaban en lo cierto, el Gobierno había mentido, y sido descubierto, de cara al país. Habían callado, o engañado directamente todos aquellos que sabían del hecho, otros lo hicieron inocentemente, descubriendo en ese momento que nada les habían informado a ellos tampoco. El viejo sistema cubano de control de la población y del “proceso”. Con la noticia, reconociéndose el problema, comenzó un rumor insidioso desde el mismo régimen, que, personalmente, lo creía desinformación, manipulación: al Comandante le habían envenenado, provocándole aquello para salir de él.

   Siempre lo consideró una estupidez, el cáncer era cáncer, coño; su padre había muerto un año antes. Un año horrible cuando comenzaron un calvario del cual había escuchado pero que desconocía en su completa realidad. La crisis hospitalaria, el viacrucis de la salud, especialmente la de los pacientes oncológicos. No se alegraba, en realidad no, pero que el hombre estuviera padeciendo de un tumor que minaba su cuerpo, robándole la fuerza, la salud, la vida, llenándole de incertidumbres y miedos, le provocaba un pequeño, ruin y mezquino alivio. El verle tener que salir de Venezuela buscando ayuda para su mal porque no confiaba en la gente de las clínicas, a los que había perseguido y ofendido, ni servían los hospitales de la red pública, ni siquiera el Hospital de los Militares, esos a donde iban a morir, o curarse con mucha suerte, los que no podían irse al exterior.

   ¿Envenenado? ¿En serio? ¿Mentía la anciana? ¿Era alguna clase de treta para buscarse un mecenas como Dinoro Ceballos, el segundo del régimen, el hombre fuerte entre los militares? Este quería saber lo que la mujer tenía que contar, por eso ordenó la extracción. Su protección. Y la estaba esperando para escucharla.

   Si resultara cierto… La idea le inquieta. Las repercusiones de un atentado tal, de una muerte a tal nivel… Ceñudo toma otro trago de aquella agua fría pero desagradable al gusto. No quiere ni imaginar las respuestas a nivel nacional que semejante noticia provocaría. La ola de persecuciones y detenciones, sólo serían comparables a la purga que Stalin ordenara en la Unión Soviética a la muerte de Kirov, cuando aprovecho de matar a todos sus enemigos. Y pocos osarían decir algo, el ala racional del proceso sería arropado por los radicales. Toma aire, preocupado, dudando de todo. ¿venía por su cuenta la mujer para develar una intriga contra el Comandante? ¿O la enviaban a enturbiar el agua, ahora que el hombre estaba enfermo? No todo había sido fácil. Había costado lo suyo sacarla de la isla, no querían dejarla salir. Pero, al final, pudo. O eso imagina (¿la dejaron ir?). Cuando la llevara a Caracas, ¿fuera de Ceballos hablaría con otros dentro del proceso? ¿Querrían escuchar  lo que la extraña anciana quería contar? ¿Estaría produciéndose un alejamiento entre La Habana y Caracas por el tema? Todo era tan confuso…

   Bota aire, fastidiado, era inútil continuar con esa línea de pensamientos, entre marchas y contramarchas no se podía saber, no debía fiarse de nada de lo que oyera. No aún. Bien, ya se enteraría. Nada corría más rápido que un rumor dentro de la fuerza, una noticia como esa… Mejor era ocupar su tiempo recordando al botones que le había llevado esa mierda liquida que cobraban como agua mineral.

   Todo comenzó cuando llamó a la puerta…

   -Adelante. –gruñó con su vozarrón profundo, directo, autoritario; el cual sonaba impresionante, lo sabía y lo usaba como arma, a veces, aunque no estuviera molesto ni nada por el estilo. La puerta se abrió a sus espaldas, mientras miraba en ese entonces también por la ventana, volviéndose rápidamente, alerta. Una costumbre por el trabajo.

   -Permiso, señor. –dijo el muchacho, un flaco algo bajito de hombros estrechos, de cara dulce, que sonreía con las mejillas un tanto rojas, vistiendo un pantalón gris oscuro y una camisa blanca, como uniforme.- Su agua.

   -Gracias. –contestó después de un momento deliberado, siempre jugando a cazar, toda su atención fija en la cara algo grasosa, alargada y estrecha, de mejillas rojas. Seguramente apenas había llegado a la veintena, si acaso. Como le gustaban. Todas sus hormonas entraron en acción en rápido coqueteo inconsciente. Pensando siempre con las bolas, como decían sus amigos, sin saber exactamente a cómo aplicar la sentencia. Y notó que el chico respondía, confusamente, a su tamaño, a su cuerpo fornido y musculoso, su torso ancho  bajo a ajustada camisa azul de mangas enrolladas en los codos, dejando ver mucho del peludo pecho (como si estuviera de vuelta en los ochenta), a sus brazos tatuados y velludos, a la sombra de barba en su rostro algo redondo, a su cabello no tan abundante ya, negro y con  algunas hebras grises aquí y allá, confiriéndole un aire de macho sólido y fuerte que haría cabalgar a un chicuelo caliente y ansioso hasta el cielo de los maricas realizados… Si así lo quería ese chicuelo.

   Pero, ay, no tenía tiempo para eso; no en medio de una operación, se dijo sonriéndole torvo, tomando el agua, transmitiéndole sin palabras que podría llegar a su lado, tomarle la barbilla y obligarlo a mirarlo mientras le decía que quería arrancarle las ropas y echarlo sobre la cama. Todo eso lo consiguió simplemente acercándosele, tomando el pote de sus manos, sonriendo un tanto. Logrando que el chico se encogiera un poco, abriera la boca y los ojos parecieran encandilados. Oh, sí, habría sido muy fácil sacarle de ese uniforme y tomar lo que quería, tuviera o no el chico experiencias en cierto tipo de sexo. Sin embargo, el trabajo… la anciana.

   Se termina el agua, disgustado (tan cara, tan mala), cuando se tensa. ¿Qué coño…? Saliendo al sol, un piso más abajo, en el callejón lateral, aparece la encorvada figura de la anciana, con la fea pañoleta cubriéndole la cabeza y el bolso que no soltaba, ni siquiera en medio de un mar un tanto encrespado por un alerta de mal tiempo, un recurso utilizable que señaló el momento perfecto para escapar. La ve encender un cigarrillo y fumar. ¿Qué carajo estaba pensando exponiéndose así? ¿Cómo el frígido que le acompañaba, Cerruti, quien parecía soportarla un poco mejor, la había dejado salir sola? Se habían separado para la misión en cuanto llegaron. El otro se quedaría con ella, en la habitación, y él ocuparía esa para mantener vigilado el costado que no daba a otro edificio, y la entrada, cubriendo a cualquiera que se acercara. No le preocupaba que la mujer intentara escapar de ellos, no por ese costado enrejado, con su saco de años a cuesta le sería imposible cualquier tipo de acrobacias, sin embargo era perfectamente visible desde afuera…

   Arrojando el bote de agua, se decide a salir por ella. Si le pasaba algo estaría jodido. Dinoro Ceballos no era un sujeto tolerante, ni estaba muy en sus cabales, como descubría, no sin sorpresa porque no lo parecía, cualquiera que le escuchara por media hora. No lo entiende, la vieja parecía paranoica sobre su seguridad y ahora estaba allí, al descubierto. Se eriza, alerta, aprensivo.

   -¡No! –grita, el cuerpo tenso, saltando sobre la mesita al lado de la cama, sacando una glock pesada, confiable, bien mantenida y engrasada, corriendo nuevamente hacia la ventana- ¡Entre! ¡Entre, maldita sea! –grita, pero sabe que es tarde. Que no llegará.

   La anciana, dándole la espada, parece tensarse, erguida, paralizada por la sorpresa. Del otro lado de la cerca de tela metálica en cuadros se detiene una moto, con dos sujetos enchaquetados, con botas y cascos, muy parecidos en sus atuendos, y el copiloto saca un arma parecida a la suya. El corazón le late con fuerza mientras alza su propia arma. ¡Es tarde, es tarde!, grita su mente, llena de furia. Los sicarios hacen su trabajo. El grito de la anciana, al ver al arma, es de verdadero miedo, el terror abrupto de todo aquel que sabe, de improviso, que se enfrenta al final de su vida, que todo acabará en medio de la violencia. Se producen tres rápidos disparos. Certeros, mortales.

CONTINÚA … 6

Julio César.

LOS HEREDEROS… 4

julio 22, 2017

LOS HEREDEROS                         … 3

   ¿Era raro que le gustara a los muchachos?

……

   -¡Cierra esa maldita boca que sólo sabe…! -se interrumpe y cubre esa boca, la del tipo más bajito con la suya, con fuerza, con rabia. Quiere silenciarle, callarle. Incluso lastimarle, pero no sabe cómo. Algo más que la ira le ciega y guía, y lo siente, que nada de lo que dijera, o hiciera, alteraría al otro tanto como su desapego le afectaba él.

   Bajo él, abriendo mucho los ojos por la sorpresa, la lengua del hombre entrando en su boca al tenerla abierta para negarse a aquello, Ricardo se dice que si a las mujeres nadie las entendía, a algunos carajos tampoco. Intenta empujarle, alejarle, tenían asuntos pendientes por discutir, duras palabras se habían intercambiado. Pero no puede, no con Sergio decidido a retenerle contra la cama (¡y ambos apestaban a camarones de río!, sobre su cubrecama recién cambiado antes de salir; la idea le obsesiona por alguna razón), atrapándole las muñecas con puños de hierro y subiéndole los brazos sobre la cabeza, reteniéndole, inmovilizándole. La sangre, y el genio del hombre más bajo se agitan por esa manera de tratarle. Era humillante, ofensivo que pretendiera… Lo siente, el corazón del otro hombre latiendo con intensidad en ese atractivamente bien esculpido pecho. Poderoso, con fuerza. Seguramente con rabia, pero también de pasión. Y latía contra el suyo… así como el tolete del hombre más joven, duro como un fierro, y muy caliente a pesar del ajustado, viejo y cómodo jeans con el cual regresó de la excursión. Una tranca que se apoyaba casi contra su muslo derecho, frotándose, afectando al suyo también.

   Y pierde la cabeza, cediendo a la presión, porque le gusta el sexo y pasó mucho tiempo sin tener relaciones regulares hasta la llegada del hombre (si exceptuaba su mano derecha, y esta ya estaba cansándose de una relación tan exigente), porque sentía cosas que no podría satisfacer jamás en el mundo real (enamorado de un sujeto que ni le mira), y porque había algo oscuramente excitante en ese hombre más joven, guapo (más alto, pero primero muerto a admitir que “notaba” que otros lo eran), exitoso, resuelto en la vida, que furioso le besaba y le retenía contra un cama, dominándole con impaciencia porque no le decía lo que quería escuchar. No sabe cuándo comienza a responder, a dejarle entrar, permitiendo que su propia lengua fuera al encuentro de la otra y la caricia se profundizara. Lengua contra lengua, alientos bañándoles, chupadas ruidosas.

   Cuando esa boca deja la suya, las miradas se cruzan. Sergio se ve cabreado, atormentado, excitado. Hermoso y viril, reconoce Ricardo, que tiembla al sentir los labios recorriéndole ahora la mejilla y bajando a su cuello, al tiempo que este le clava los pulgares en las caras internas de sus muñecas, disparándole aún más el pulso. Ronronea, también muy caliente.

   -Hijo de puta; eres un hijo de perra… -le oye gruñir con rabia y deseo, antes de atraparle el lóbulo de la oreja con los dientes, rastrillando, lamiendo, la caricia provocándole escalofríos hasta en la cartera, haciéndole gemir otra vez.- Debería… -le oye, decidido, soltándole las muñecas un segundo antes de alejarse, sentándosele a hojarasca sobre las caderas, una postura que presionaba de manera erótica, mirándole airadamente.- Debería… -repite bajando las manos, y Ricardo abre mucho los ojos, alarmado.

   -¡No, no, espera, no hagas eso…! -pero las manos de Sergio, quien le mira con ojos oscuros, toman los faldones de su franela y la hala de manera tajante en direcciones contrarias, rasgándola como si fuera una bata de papel.- Joder, me gustaba mi franela. –le reclama airadamente, en medio del momento y de la situación.- No puedo darme el lujo de dañar y botar ropa, ropa buena; no cuando no puedo comprar nueva. ¿Sabes cuánto pago en pensiones?, ¿ah? Y ya vienen las vacaciones de mis hijas, fechas de viajes y gastos. Estoy arruina… -sigue quejándose.

   -Coño, ¡deja de hablar! –le grita, exasperado.

   Le silencia otra vez, quitándose antes la franela propia de manera rápida y certera (sin rasgarla, piensa ceñudo el más bajito), mostrando ese torso tonificado y bien trabajado, y cayéndole encima, cubriéndole nuevamente la boca. Sus lenguas se encuentran de manera automática mientras los torsos hacen otro tanto, ardientes. Piel contra piel, machos conectándose. Cada uno siente el retumbar del corazón contrario, y casi que parecía música de alcoba. Sergio besa bien, pero Ricardo no se queda atrás, y aunque vuelve a tener las manos retenidas sobre su cabeza, al otro le gustaba ese tipo de control, que a él le “descontrolaba”, responde entusiasta al más alto.

   Sus lenguas se encuentran y enrollan, se tantean, las salivas se mezclan, los alientos los queman. Y ya el más bajito ha olvidado el incordio de subir a su cama apestando a camarones, y el disgusto por su bonita franela rasgada (bueno, casi olvidado, reponerla iba a costarle tanto cómo…). Se besan y besan, todo perdiendo importancia o gravedad. Cada lamida era eróticamente eléctrica y erizaba cada centímetro de piel, las que conectaban sin ropas ya ardían. Cuando se separan, se deja ver un hilillo de saliva espesa tendiéndose entre el par de labios húmedos. Se miran, respiraciones jadeantes. Ricardo se estremece por el brillo que ve en la otra mirada, este, reteniéndole ahora con una sola mano de hierro por las muñecas, medio ladeándose le acaricia con la mano libre los brazos, que se erizan, al tiempo que baja el rostro y comienza a besarle, lamerle y morderle el cuello, sobre el rastrojo de barba. La caricia es íntima, excitante, y todo Ricardo se estremece, su media pancita sube y se contrae, y gime mientras su torso ancho sube y baja con esfuerzo.

   -Eres un maldito hijo de… -le oye ronronear una queja, un reclamo, pero en esos momentos no podría impórtale menos, no cuando tensa los dedos de los pies dentro de los zapatos.

   Esa boca lame y muerde, la lengua recorre la piel ardiente, peluda, dejando una brillante línea de saliva, y fuego, mientras se dirige a una de las tetillas, bañándola con aliento, cubriendo el pezón con los sensuales labios, mojándolo de saliva caliente, succionándolo suavemente, obligándole a tensarse. Aumentando la intensidad de las mamadas, dándole lengüetazos, es recompensado por el arquear de espalda Ricardo, quien no puede pensar, tan sólo temblar y despegar la espalda del colchón; agita los brazos pero Sergio le retiene con más fuerza; Dios, eso se sentí tan bien.

   -Ahhh… -se le escapa, echando la cabeza hacia atrás, cundo Sergio clava suavemente los dientes en su pezón, moviendo el rostro levemente, como perrito ejercitando los colmillos en un cojín, teniéndole atrapado, halándoselo. La mano que no le retiene baja acariciándole el rostro, el cuello, el torso, y finalmente se cierra, la palma abierta, sobre su pectoral contrario. El hombre le chupa esa tetilla lleno de ganas, con fuerza, enloqueciéndole (joder, sus tetas eran tan sensibles, se queja y disfruta a un tiempo), mientras le pellizca la otra.

   -A veces no entiendo qué me gusta tanto de ti. –le gruñe Sergio, soltando aquel pezón brillante de saliva, enrojecido y erguido. Pasa a la otra tetilla y la cubre también, toda, clavándole los ojos, succionando de manera elocuente mientras lo hace.

   -Oh, sí, si… -gimotea el hombre incapaz de procesar tantas estimulaciones eróticas después de una discusión particularmente amarga, pero estaba disfrutándolo. ¿Por qué las cosas tenían que cambiar? ¿Por qué no podían seguir así, compartiendo momentos, cama y sexo? Casi lo pregunta en voz alta, pero la mente le queda en blanco cuando la mano del otro baja lentamente, casi jugando con la negra pelambre suave de su panza que se contrae bajo el tacto, rumbo a su entrepiernas, donde su güevo abulta la tela del jeans de manera elocuente, con ganas de ser tocado y mimado, y frotándose contra la áspera tela y confinado por el bóxer, torturándose sabrosamente con cada roce de las telas. Anticipando la tocada y apretada que recibirá, este casi parece estallar, soltando muchos líquidos que le mojan la pelvis.

   Y mientras le toca, atrapándole el tolete sobre la tela, en un puño, frotándolo de base a punta, Sergio le mira, jadeando, queriendo preguntarle algo, decirle otras, exigirle respuestas, añorando promesas. Pero la cara roja de Ricardo es toda la respuesta que encuentra, excitación de hombre.

   Toda esa gama de intensas emociones mal contenidas, el más bajito las notó, e interpretó, pero no tenía una respuesta diferente qué darle, así que cierra los ojos, esperando cualquier cosa, incluso que lo dejen solo en ese momento, aunque arde de ganas. Joder, ya no era un muchachito de diecisiete años de edad, en plena efervescencia sexual, cuando la brisa se lo paraba al rozarle, pero aún le gustaba el sexo. Mucho. Dos divorcios, una fea separación concubinal, todos los problemas económicos del mundo, la presión de equilibrar cuentas y el estrés de su trabajo no habían logrado menguar su gusto por aquello, aunque fuera ahora menos arrojado u osado. No había tiempo para ir a citas, a tascas o reuniones. Apenas se podía vivir, o respirar. Por eso le gustaba, y se asía con fuerza, cuando el momento se daba, o llegaba, como ocurriera con Sergio en aquel gimnasio. Ahora, cualquier cosa podría pasar. Sabe que está fallando a una prueba que el otro le hace, pero no le queda de otra. Lo cierto era que… no le gustaba mentir, siempre le había sabido mal. Claro que callar cosas, no decirlas, no lo veía como tal.

   -Ahhh… -se le escapa, y una sonrisa que mucha gente encontraría pícara y sexy, y muchos otros bonita, se extiende por su cara de parpados abajo cuando los dedos del otro le abren el pantalón y bajan el cierre, metiendo un mano, atrapándole y apretándole sobre el bóxer. El tolete le pulsa de ganas ante la caricia. Joder, si, se lo iba a sacar y… habría fiesta. No puede pensar más porque tan sólo se arquea, rígido, dejándose llevar nada más comenzar Sergio un aprieta y afloja de sus dedos, meciendo el puño. Oh, Dios, quiere tanto eso…

   Sergio, por su parte, parecía disgustado, perturbado. Frustrado. Si, esa era la palabra; no decía nada, no preguntaba absolutamente nada, directamente, y la respuesta que recibía era la que más odiaba, porque le dolía. Coño, ¿cómo había pasado eso? ¿Cómo se involucró, de todas las personas del mundo que podrían encontrarle agradable, o atractivo, tanto como para intentar pelear por él, justo con uno sujeto que no quería nada? ¿Cómo terminó interesándose en ese tipo bajito, maduro y totalmente indiferente a sus… sentimientos? Y la sola palabra, ponerle nombre, le asusta, le abruma. E irrita. Quisiera irse, gritarle que es un maldito idiota egoísta, mandarlo para el coño de su madre, pero… Su mano, rodeando el pulsante güevo del otro, que siempre respondía así a cualquier signo de interés, se sentía demasiado bien. Y pensar que hubo un tiempo cuando le asustaba aquello, el impulso que a veces le embargó en momentos muy dados, como en el colegio y un compañero de clases se cambiaba de ropas en Educación Física, cuando en ello veía el sendero de un camino que temía tomar, a los quince años, dieciocho; pensarlo, quererlo, soñando en su cama, a veces, con que era mamado por un amigo del liceo o un guapo vecino de la cuadra donde creció. Todas las veces que soñó, masturbándose, a solas con su conciencia y sus miedos, con ser pillado por un tipo en el patio de la casa; uno que le tragaba el güevo entre ronroneos. Y al que luego se lo pegaba, que le metía el hinchado tronco en un culo apretado mientras escuchaba la voz gimiente de un hombre diciendo lo mucho que lo disfrutaba.

    Años de miedo, de no conocerse, de temer facetas de su carácter. No quería ser gay, se decía, aspiraba a lo que deseaban todos. Ser como todos. Ahora, más adulto, más en paz consigo mismo, aunque todavía algo oculto a los demás, podía permitirse, de tarde en tarde, sentirlo, el placer que experimentaba al apretárselo así a otro hombre, su tranca, una dura, caliente contra su palma, pulsante. Y, para colmo, le gustaba, mucho, apretar la de Ricardo… Del cual sabía cómo le gustaba que se lo hiciera. Frotándolo con  mano firme de base a punta, aplasta el ojete, algo babeante ya, con su pulgar, presionando, viéndole estremecerse, con la cara muy roja, oyéndole gemir bajito. Y es todo lo que puede abarcar o afrontar del ingrato amante, por el momento; mandándolo todo al coño, incluida su rabia con el chichón de piso ese, libra la barra de su bóxer, sonriendo, jadeando, conteniendo la respiración por un segundo. Maravillado como cada vez que lo hace.

   Una cosa que le sorprendió de Ricardo, la primera vez, en aquel gimnasio (fuera de ese culo apretadito y sedoso que daba tales haladas), fue el tamaño de su tolete. Al verlo en los vestuarios, sin la franela, mostrando ese torso tan ancho y velludo en un sujeto algo bajito, todas sus hormonas se dispararon de manera automática entrando en modo alfa. La visión del sujeto bajito, algo redondillo, de manos chicas y dedos cortos le hizo darse golpes mentales en el pecho, tipo Tarzán. Eran brazos que él podría abarcar, desde atrás, los suyos, que eran más largos, rodeándole, atrapándole. Sometiéndole. Y sí, eso fue cierto, en parte, pero Ricardo resultó no ser totalmente “corto” por todos sus lados.

   -Es la ley de la escuadra. –le dijo después, cara muy seria aunque la picardía brillaba en sus pupilas, mientras tomaba un oscuro y cremoso café con leche, saboreando un cruasán de queso y mantequilla.- En relación a las figuras geométricas, los tipos grandes la tienen corta, los chicos las tenemos largas. –eso le hizo reír, mucho, no de burla sino de diversión, de felicidad.

   -Seguro que te has pasado la vida exponiendo esa teoría.

   -Y defendiéndola con garras y colmillos. –le guiñó el ojo, con complicidad y travesura, provocándole cierto calor interno que debió advertirle que todo aquello podría llevarle a mucho más.- Y a los más reacios a aceptarlo, se los demostré. Lo ven en toda su gloria y… -bailoteó las cejas. Haciéndole reír más.

   -Si, apuesto que lo has enseñándolo mucho, tan sólo para demostrar el punto.

   -Oye, creo en la experimentación para demostrar los hechos. Jamás pido que me crean porque lo digo, o lo creo yo. Que se convenzan. –afirmó y ambos rieron, mirándose, encontrándose guapos.

   Dios, todo había comenzando tan bien…

   Casi rabioso acerca el rostro a esa verga blanco rojiza, surcada de venas, grande realmente, quemando al velludo tipo con el aliento mientras baja, sonriendo a pesar de todo al sentirle tensarse y gemir quedo, de anticipación, y frota la nariz y labios del pulsante tronco venoso, besándolo ruidosamente, una y otra vez, ganándose el escucharle casi lloriquear. Si, iba  chupársela, a tragársela toda; luego le ahogaría con la suya, metiéndosela hasta el estómago. Y, finalmente, le cogería duro, con fuerza. Le haría lloriquear y suplicar por más. Le… castigaría de alguna manera, piensa confuso, repartiendo besos lentos y mordelones sobre el mojado glande, tragándolo tan sólo para…

   -Hummm… -lloriquea, efectivamente, Ricardo, dejándose hacer.

……

   Un segundo antes de presenciar, en primera fila, el mayor y más colosal fracaso de toda su vida profesional, desde la ventana por donde también miraba, con disgusto, el día de mierda sobre ese lugar de mala muerte, otro hombre alto y ancho, fornido pero no obeso, todo músculos y poder físico (dado su trabajo), brazos tatuados, todo él velludo, aunque no tanto como Ricardo Amaya, también pensaba en sexo. En lo que quería hacerle al muchacho que había entrado poco antes en la habitación. Eran pensamientos lujuriosos, cálidos, sabrosos y explícitamente eróticos los que embargaban a Elías Rodríguez, lo único bueno desde que estaba allí, que murieron amargamente junto a una anciana en un callejón maloliente. Y lo presenciaría todo desde esa ventana…

CONTINÚA…

LOS HEREDEROS… 5

Julio César.

LOS HEREDEROS… 3

julio 10, 2017

LOS HEREDEROS                         … 2

   Era matarle o…

……

   -El problema eres tú con tu malhumor…

   -¡Carajo, ¿en serio no ves el punto?! –Sergio, alterado, le ataja.- Se suponía que esta era nuestra escapada, una de la que hablamos durante semanas. Tú, yo, la orilla del río, las zambullidas, la pesca… ¡el sexo! –grita enfatizando.- Pero en cuanto te llamaron, y como ocurre siempre que es una de tus ex, o de tus hijas, o tus colegas de trabajo… o él… -el encomillado casi se escucha en el tono, y se siente feo, acusador.- …Pasé a ser ciudadano de segunda en la metrópolis de Ricardo Amaya. –la entonación es dura, seca, agresiva, pero la verdad es que el hombre se siente herido. Y ni siquiera él mismo lo entendía del todo.

   -¿De eso se trata toda esta mierda que me has estado dado desde hace cinco días? –Ricardo parpadea sorprendido, frunciendo el ceño, la boca casi en puchero.- ¿Qué atiendo mis asuntos?

   -¡No! –da un paso al frente, furioso pero luchando por no perder la paciencia.- El problema es que no soy nada para ti. –lo dice y parpadea sorprendido, alcanzado por una amargura que no entiende. No necesita ver la cara de sorpresa de Ricardo para saber que reveló demasiado, a sí mismo y al otro, ese tipo bajito de hombros anchos y algo de panza, que se veía eróticamente excitante a pesar de sus cuarenta y  cinco años, las alegres arrugas alrededor de sus ojos, de su cara blanca cobriza casi cubierta por el cabello negro de su nuca, el que aparece siempre con facilidad en su rostro a manera de rastrojo de barba, bigote y patillas, cejas tupidas, pestañas largas; un vello negro y liso que destacaba en sus brazos fornidos fuera de la franela, en la parte superior del cuello y hasta en la espalda. Había algo en ese “hombrecito” comedido, centrado pero volátil, que le alteraba, le desfasaba. Algo en Ricardo parecía gritar que quería ser tomado, aplastado contra una pared, con fuerza, y ser besado y tocado hasta desatar su guarro interno, el que se presenta cuando pierde el control, apasionado y vehemente, como buscando a alguien más fuerte que le exija actuar. Y todo él respondía a ello, al principio con sorpresa y agrado, era divertido. Ahora…

   Las palabras del hombre parecen alterar a Ricardo, quien cruza los brazos sobre el pecho, a la defensiva. No, no era eso lo que buscaba cuando comenzaron a verse.

   -Joder, Sergio, te dije que no estaba buscando nada serio, o complicado. –le aclara, frío.- Me dijiste, y dejaste muy en claro la primera vez que nos reunimos en la ducha del gimnasio, que tú tampoco. Que yo era simplemente un tío que te había gustado, y más bajo el agua, tanto que diste un paso al frente, pero nada más. Me dijiste que pensabas casarte, tener un hogar, hijos y…

   -Si, lo recuerdo, dije todo eso. Que sería… sexo. –lo interrumpe, tono duro, su pecho subiendo y bajando.

   Buscaba eso, como otras veces, de tarde en tarde, cuando conectaba con otro sujeto que también parecía de cacería, identificando detalles físicos o anímicos que le atrajeran; y reunirse, sobar, probar la boca de un hombre, escuchar sus jadeos mientras tienen relaciones de manera casi anónima, alejándose después, cada uno por su lado. los ganas saciadas. Hasta que  esa piquiña que intentaba mantener bajo control, fuera de su otra vida, la que quería mostrar, despertaba otra vez. A veces necesitaba escapar de la vida que había ordenado, una donde, un día, tendría a la señora de Luna, la madre de uno o dos preciosos chiquillos. Deseaba eso, soñaba con ello, había momentos cuando casi le dolía no tener ya a esos pequeños que le llamaran papá, para abrazar y jugar, para verlos y escucharlos, que corrieran felices al verlo. Y, sin embargo, estaba esa otra urgencia, la necesidad de sexo casi anónimo, cuerpos que se encontraban sin que significara absolutamente nada. Como una paja en una tarde aburrida, o cargada de tensiones, sin que mayor problema. Claro, lo real es que de alguna manera intentaba volar rasante sobre otros sentimientos, unos que no profundizaba, de los cuales tan sólo se permitía un poquito por ratos. O fue su rutina normal, lo que le dijo esa primera vez, bajo las regaderas, y Ricardo había estado de acuerdo, como otros antes que él, sujetos de los que nunca más supo nada. Tipos de los que no había intentado saber absolutamente nada, y a los que, tal vez, les costaría reconocer en la calle. No fue así esta vez.

   Este aún le mira, confuso, impaciente. Tan lleno de energías. Esperando una aclaratoria.

   -Recuerdo bien lo que dije, y que estuviste de acuerdo. Reunirnos para tirar y pasar el rato, pero… -ruge frustrado, impotente de explicarse. Mierda, ¿cómo aclararle sus propias emociones, sus cambios, el curioso e intenso sentimiento que fue creciendo al tenerle entre sus brazos, besarle, poseerle? Se había acercado por sexo, sólo eso, y Ricardo había estado dispuesto (oh, si, claro que si, sólo sexo, nada más quería el hombrecito, pero eso no lo notó antes, ni este se lo dijo). Se eriza.- Dime, ¿alguna vez has pensado en lo que siguió luego? Coño, Ricardo, nunca invito a un tipo con el que he tirado, a salir y tomar un café. Menos a reunirnos de tarde en tarde en hoteles. ¡Llevamos tres meses viéndonos!, llamándonos, hablando por teléfono, riendo, contándonos cosas, pasando las noches juntos… -jadea.

   Todo había comenzado como una aventura, encuentros esporádicos aquí y allá, siempre con una oreja en el teléfono por si Martina, su novia de años, llamaba; pero poco a poco fue cambiando. Le fue costando abandonar al pequeño osito en la cama, al llegar las mañanas, o al caer la noche, después del sexo, cuando debía partir a otra diligencia; especialmente cuando este dormía con una ligera sonrisa en su rostro extrañamente aniñado al tener los ojos cerrados, cara que iba cubriéndose de vello casi a ojo vista. A veces le miraba, acostado a su lado, y le apartaba el cabello de la frente, deseando acariciarle el velludo torso, pellizcar sus tetillas que se erectarían y le haría ronronear, mirándole a los ojos cuando despertara, todo caliente, antes de cubrir uno de esos pezones con su boca y succionar, fuerte y ruidosamente, como una ventosa, mordiendo, lamiendo, haciéndole arder de lujuria, ronroneando ronco, suplicándole por más. Sabe lo que le gusta en el sexo, y cómo procurárselo, pero con el otro… verle disfrutar también, hacer cosas para hacerle estallar, le resultaba casi igual de excitante y gratificante.

   En la mirada de Ricardo había descubierto travesura, intensidad, humor, inteligencia, amistad, a veces destellos de ternura, y furia, las horas a su lado eran desafiantes, divertidas, amenas, aún cuando no estuvieran de acuerdo en algo, e incluso medio disgustados por algo… Lo que nunca ha creído ver es que él, Sergio, fuera alguien en su vida. Y eso, que jamás le importó antes, al contrario, siempre se alejaba de gente que quería llamarle, escribirle, verle, comenzó a agriarlo todo. La pesada vida familiar, personal y laboral del hombre era su verdad,  cualquier otra cosa, persona o emoción quedaba, si no descartada, dejada de lado. Salir juntos, varios días para “amarse”, le había ilusionado de una manera idiota; se había dicho que allí, apartados de todos, podría… No sabía qué. ¿Insinuarle que entre ellos ocurría algo más, algo de lo que no habían hablado pero que era tangible, de alguna manera? Pero en cuanto llamó Selene, la ex, la primera de varias llamadas, todo se había ido al coño. Entendió con frustración, ira y una sensación de abandono, que para Ricardo, todo aquello no significaba lo mismo.

   -Sergio, si Selene, Amanda o Marta me llaman… -comienza el otro una explicación que jamás creyó tendría que darle a un hombre como ese, un tipo moderno en sus aventuras y amoríos, que parecía  manejar divinamente la parte física de toda relación sin inmiscuir otras emociones: si las madres de sus hijas llamaban, no sin un dejo de temor y aprensión, contestaba automáticamente.

   -Lo entiendo, tus niñas, pero… ¿por qué coño no soy suficiente para que también yo cuente para ti? –demanda dejándolo salir todo. Ganándose otra mirada desconcertada de Ricardo.

   -¿De qué hablas? –la declaración sorprende y desconcierta al hombre más bajo, que le mira extrañado. E impaciente.- No te entiendo. Hoy estás indescifrable.

   -Oh, sí, me entiendes muy bien, pequeña cucaracha. –se le escapa, frustrado, logrando que Ricardo alce mucho la barbilla, gesto siempre presente cuando se disponía a discutir y quería sacar tamaño.

   -Era sexo, joder, lo hablamos. La pasamos bien juntos, nos gusta reunirnos, ¿qué tiene eso de malo? ¿Por qué ahora es un problema? ¿Me llamaron cuando estábamos juntos? Sí, pero me quedé contigo, ¿no?

   -Estabas y no estabas. Sexo, ¿en verdad tiene que ser todo? Y toda esta ocultadera, ni siquiera podemos ir a un restaurant sin que inventes una gran cantidad de evasivas. ¿Temes que el mundo sepa que eres bisexual, o gay? ¿No quieres que alguien sepa que sales con un tío? –parpadea y traga con amargura.- ¿O no quieres que te vean conmigo, específicamente? Dime, Amaya, periodista siempre tras la verdad, ¿cuál es la tuya? –le reta. Le congela. Y molesta. Los vellos de los brazos del tipo más bajo casi parecen erizados.

   -Mi vida es mi vida y nunca he sentido la necesidad de compartirla por facebook o con el mundo; no me gusta el circo. ¿Bi, gay de armario? No lo sé, pero es quién soy. Y lo sabías, porque ese detallito lo compartimos desde el principio. Y por mi trabajo y las cosas que hago y digo no quiero exponer a nadie a estar a mi lado. Especialmente a un sujeto que se me acercó bajo las regaderas de un gimnasio y me dijo que deseaba una refregada sin consecuencias porque iba a casarse. –le recuerda nuevamente, frio y herido de repente. Sintiéndose faltón, un tipito que no podía encarar su propia realidad. ¿Sería cierto? A cierto nivel, uno muy básico y molesto… Desvía la mirada hacia el balcón cerrado. Dichas las palabras, hechos los reclamos, se siente insatisfecho, frustrado.- No puedo ver el mundo como tú, Sergio; tengo más edad. Tuyo es el tiempo, las oportunidades…

   -Deja esa mierda, no eres un  viejo, ni yo un niño confundido sexualmente que no sabe lo que quiere.

   -¡Parecieras no saberlo! Estás incumpliendo tu propio acuerdo. –le mira, rugiendo.- Estás aquí reclamándome… ¿qué? ¿Qué no te quiero? ¿En serio? ¿Es lo que buscas, un novio? No fue lo que me pareció hace semanas cuando…

   -Meses, llevamos meses. –le puntualiza molesto por tener que defender un puente inseguro.- Y la gente cambia, quiere cosas que antes no imaginaba, y…

   -Yo no, y tú lo sabes. Joder, ¡lo hablamos! –es cortante, pero no cruel, su mirad es casi suplicante, se adivina un no me obligues a herirte, no hagas que diga cosas feas, déjame escapar, por favor.- Mi vida ya es demasiado complicada como para eso. Juntos somos fantásticos, los momentos a tu lado son increíbles, en serio. Estamos bien así. Te… aprecio, de verdad, mucho, y me gustaría que fuera suficiente para… -la risita amarga de Sergio le silencia.

   -Coño, ni para salvarte podrías decirlo, ¿verdad? Hasta admitir este poquito que soy, te cuesta, porque eres un maldito tipo decente. No quieres herirme, pero tampoco mentirme, aunque te engañas a ti mismo de manera patética y estúpida. –tan duras son las palabras que sobresaltan al más bajito.- Qué idiota fui cuando perdí tiempo aclarándote la naturaleza de mis intenciones en ese gimnasio, dejarte claro que no deseaba que me buscaras, llamaras o reclamaras algo después; tú nunca lo habrías hecho. En ese momento, con mi declaración, fui la respuesta a un plegaría, ¿verdad? Salir con alguien, tocar, lamer, morder, tirar hasta que doliera sin que significara nada. ¡No te engañes más! No puedes verme de otra manera, ni a ningún otro u otra persona, porque estás enamorado de un hombre que ni te mira, que nada sabe de tus sentimientos, o de quién eres o qué haces a veces para sentirte completo, vivo, cuando necesitas los brazos de otro hombre alrededor de tu cuerpo. –puntualiza cada vez más molesto, dolido.- Te guardas emocionalmente para un hombre que sabes que te despreciaría si supieras lo que sientes por él. –intenta una sonrisa, una dura y cruel.- Amas a tu mejor amigo sabiendo que jamás te corresponderá.

   El silencio que se hace es impresionante. Por un segundo Sergio siente la satisdación del triunfo, de desenmascararle, de sacudirlo (y tal vez herirle), una que muere casi en seguida. Porque dolía ver que el otro no podía contradecirle. Maldita sea, era cierto lo que los poetas pajuos declamaban y cantaban: cuánto dolía cuando se buscaba lo que no te pertenecía.

   -Creo… que tienes que irte. Debo llegarme a la oficina y… -Ricardo no puede articular palabras, abrumado por el enojo, uno intenso y terrible contra Sergio, pero especialmente contra él mismo. Debió verlo venir. Toda esa mierda de los sentimientos. Debió advertirle que no se ilusionara, que no había futuro con él, que no habría paz o dicha. Que nunca nadie era feliz a su lado.

   -¿Es todo lo que vas a decirme? ¿Qué me vaya? –Sergio casi ríe, voz alterada. Parpadeando cuando Ricardo vuelve el rostro, mirándole, ojos brillantes de enojo y dolor.

   -¿Qué, te queda algún insulto por soltarme? –le reta, luego le da la espalda.- Cierra cuando salgas. Y lava bien la cabina de la camioneta, creo que se filtró agua de la cava donde trajimos los camarones. Va a apestar feo de aquí a mañana. Te llamo luego.

   ¡Y abandona la salita! Así de fácil le dejaba allí, piensa Sergio tragando en seco, lívido de rabia, cerrando las manos en puños.

   Dirigiéndose a su dormitorio, dándole tiempo a marcharse, Ricardo sabe que comete un error al echarle así; el otro merecía un poco más, pero tenía que apartarse por ahora. Recapitular, pensar. Fue tan humillante que el otro hubiera visto así de fácil a través de ese disfraz que pensaba era tan bueno. La máscara sobre sus sentimientos. Si Sergio podía mirar a través de ella, ¿qué tal los demás? La idea la bruma, también la sensación de vacío, de pesar por la manera en que, oficialmente, termina un viaje que debió ser de dicha, de flojera, de pesca y mucho sexo. Había cosas a reparar, no estaba plenamente consciente sobre qué, pero así era. Ahora… Entra en el pequeño cuarto, algo frío en las penumbras, que acaban al encender la luz, iluminando la cama que ocupa prácticamente toda la habitación, pequeña, como el lugar todo, y no por armonizarlo con su talla, sino por el costo. Y aún así sintiéndose ligeramente mejor. Estaba en su piso. El suyo, su lugar, ahora todo estaría bien. Esa idea siempre le brindaba consuelo.

   -No me des la espalda, no me cortes como si tan sólo fuera un muchachito hormonal que se comporta como un idiota. –ruge Sergio apareciendo en el marco de la puerta, todo cabreado. Ricardo, oprimiendo los labios, deja caer los hombros con frustración, sin volverse.

   -Mejor vete. –es cortante.

   -¡Mejor cállate! –ruge el otro.

   Lo siguiente que sabe Ricardo es que unas manos grandes y fuertes le atrapan la cintura desde atrás, y es casi humillante lo fácil que el otro le vuelve, se miran por un segundo, y que luego sea arrojado de espaldas, terminando sobre su cama. Joder, con esas ropas sucias y sudadas, es lo primero que piensa.

   -¡Sergio, no! –exclama cuando el otro se le viene encima, cubriéndole con su cuerpo más grande, mirándole con toda l mala leche del mundo.

   -¡Cierra esa maldita boca que sólo sabe…! -se interrumpe y cubre esa boca, la del tipo más bajito con la suya, con fuerza, con rabia.

CONTINÚA … 4

Julio César.

LOS HEREDEROS… 2

junio 26, 2017

LOS HEREDEROS                         LUCHAS INTERNAS

   Muchos los llamados, pocos los elegidos a alcanzarle…

……

   Alejado al otro chico de su mente, y apartando la incertidumbre por lo que hará, reconoce que ha sido afortunado en la vida. A pesar de todo. Porque si, todo pudo terminar horriblemente mal para él, como cavilara poco antes al llegar a la universidad, estacionando su jeep machito, costoso, rojo y hermoso (vulgar, en su opinión), en el edificio de Filosofía, en la caraqueña Universidad Católica Andrés Bello, en la urbanización Montalbán. Sólo usaba el estacionamiento, no era que estudiara tal cosa; aunque todavía inseguro sobre lo que deseaba para sí, tampoco estaba tan extraviado. Fue allí cuando se le ocurrió por primera vez. No le había ido del todo mal, buenas ropas (aunque no le quedaran), bonito auto, un apartamento para él solo, una costosa educación pagada y garantizada. Una mesa siempre dispuesta. No estaba mal para un niño que nació en una miseria atroz y cuya madre fue brutal y salvajemente asesinada, casi corriendo él mismo igual suerte. A veces, cerrando los ojos, concentrándose, casi podía percibir el olor a sangre, escuchar los gritos apagados, el rasgar de…

   Tragando aire mientras cubre su mirada algo húmeda con unos lentes oscuros polarizados como espejos, también de los caros, sigue su camino hacia las piscinas de la universidad, hacia el área de Educación Física. Fue una suerte aquella segunda madre que la vida le deparó, la de voz sosegada, la suave y amorosa mujer que espantaba los malos sueños, al asesino que acechaba en las sombras. Botando aire ruidosamente alza la barbilla, tendía a jorobarse un poco, como muchas personas altas de estatura, y mira el mundo a su alrededor. Por ella, por la nueva familia que la vida le había deparado cuando comenzaba y ya no esperaba nada, es que lo haría. El regalo. Si tan sólo tuviera la certeza de que eso…

   Bien, ya había llegado hasta allí, y de todo lo que había hecho en esos dos meses desde que cumpliera los dieciocho años, lo que estaba a punto de realizar era lo menos grave. Lo otro… Bajo el inmenso cielo azul pálido, aún con el sol lanzando sus rayos con brutal intensidad, siente algo de frío. Se detiene un momento, cerrando los ojos tras los cristales y eleva el rostro. Abriéndolos, continúa por la acera que le apartaba de Filosofía y le llevaba a las canchas y piscinas, notando a los jóvenes formales que se apresuraban a ir a sus clases, casi siempre solos, y los grupitos que reían y charlaban mientras comentaban algo del momento, la televisión, las clases, la última fiesta o, como no, lo cierto o no sobre la gravedad del Presidente de la República, haciendo alegres cábalas sobre si morirá pronto o no. Hay grupos sentados en bancos, leyendo, hablando, riendo. Otros recostados en las diferentes gramas. Y Víctor les miró con cierto ceño fruncido y caída de hombros.

   Ninguna de aquellas personas reparó en él, se volvió o le saludó mientras pasaba. Conocía a algunos, de vista, de compartir alguna clase, pero el impacto en sus vidas había sido tan pobre que no parecían sentirse obligados a perder tiempo, o energías, saludándole. Cosa que muchas veces agradecía, aunque otras lo lamentaran. Habría sido bonito tener amistades allí, gente joven, bonita y despreocupada que discutieran con él sobre fiestas y citas. Pero muchos, por no decir ninguno de ellos, llevaba sobre sí las cargan que pesaban sobre él desde niño. Era obvio para cualquiera que se tomara la molestia de hablar con el muchacho, que este tenía una opinión muy pobre de sí mismo, una que era suya y que los mimos, abrazos y besos afectuosos de una madre sustituta nunca pudieron combatir o variar. Era muy delgado, es cierto, y sus dientes sobresalían un poco, pero sus facciones eran armoniosas, su cabello castaño sobre un cutis blanco algo paliducho hacía resaltar sus ojos marrones claros. En él existía la promesa del futuro atractivo, uno que sus condiscípulas de estudios, por ejemplo, no podían ver. Pero nadie se lo había planteado jamás así, por lo tanto, Víctor Simanca se sentía totalmente inadecuado. Poco apto, como para que los chicos guapos le miraran (o el amor de su vida, el más guapo de todos los chicos), o las féminas quisieran su amistad.

   Por otro lado, desconfiaba de la gente que de pronto se le acercaba, como ocurría con el entrenador, el señor Morales, a pesar de las veces que le había ayudado. Le parecía, y temía estar volviéndose paranoico, que había personas extrañas que llegaban, le sonreían y querían averiguar asuntos de su vida privada, lo que no hablaba, lo que nunca contaba. Sobre su madre. Sobre sus dos madres. La idea le hace apresurar el paso, ida ya toda alegría. Cosa que se agrava al acercarse a los vestuarios… y a Adrián Mijares y su corte de coños’e madres. Aunque vistosos y atractivos. Dios, que no esté, que no esté allí.

   Pero, claro, estaba, y sería desagradable el encuentro. Otra vez.

……

   Cuando abre la puerta del pasillo que lo introduce en su apartamento minúsculo, modesto y atiborrado de cosas, Ricardo Amaya deja escapar un suspiro de alivio… y de frustración. Se ve y se siente cansado, agarrotado. Ahorcado por las correas de las bolsas de viaje alrededor de su cuello. Empegostado de algo que es más que sudor (y un lejano tufo a camarones de río). Agotamiento que resultaba irónico pues venía de pasar seis días en un retiro vacacional, donde la idea era precisamente esa, descansar, reconectarse con algo que le gustaba mucho, acampar y pescar, y tirar mucho con la persona que le acompañó. Todo eso lo hizo y funcionó… por un día. Al segundo comenzaron las dificultades. Unas que…

   -¡Aún no termino de hablar! –la ruda y demandante voz le recuerda, de golpe, que tras él, fuera del apartamento, cargando también con dos grandes y pesadas bolsas de viaje, estaba Sergio Luna, el hombre que le acompañó en la escapada tipo Brokeback Mountain, como le dijera Susy, su sobrina, alarmándole como siempre lo bien que la joven mujer parecía conocerle.

   -Por Dios, ¿piensas seguirme hasta la pata de la tumba para continuar discutiendo? ¿Ya no fue suficiente toda la semanita? –ruge dejando caer las bolsas de su cuello; ceñudo, se vuelve hacia el hombre a sus espaldas.- Y entra, no quiero que los vecinos nos escuchen discutir como una vieja pareja de casados. –demanda. Esas palabras endurecen la mandíbula del otro, quien entra, arroja al suelo las bolsas que llevaba, y se lleva los brazos al pecho, cruzándolos.

   -Claro, Dios no quiera que sepa alguien que te acuestas con un hombre. –el reproche, abierto, directo, ácido y caliente golpea a Ricardo en la cara, obligándole a tragar su propia rabia.

   -¿Tú si quieres que se discuta tu sexualidad? ¿Tú? ¿Y por qué siempre terminamos discutiendo ese punto? –alza la voz y las manos como si metiera algo dentro de paréntesis, aunque en verdad quería tratarlo todo con civilidad, ecuanimidad. Pero el viaje de regreso, con Sergio lanzándole puntas, le había irritado de manera intensa.- Eres tan frustrante…

   Coño, ¿qué pasaba en su vida? No lo entendía, nada de ninguna de las cosas que le ocurrían últimamente. No era un chicuelo para andar pasando por esos sofocones, era un hombre que había llegado a la cuarentena, aunque no lo pareciera por su cara y figura, siendo algo bajo de estatura se cumplía aquello de que el burro chiquito siempre pasaba por pollino (su frente apenas llegaba a la nariz de Sergio, quien no era uno de los tipos más alto que conocía). Era plenamente consciente de su edad y de su figura algo rolliza; la franela que carga en esos momentos, larga, cómoda, se aferraba un tanto a su abdomen. Joder, no era el sueño de gloria del Corán ni de la Biblia, como decía la canción aquella, por lo tanto no veía ni entendía la razón de aquel ataque injustificado de… inseguridad de Sergio. Carajo, este contaba con treinta y dos o treinta y tres años, y era un sujeto realmente guapo, de cuerpo tonificado, piel canela, cabello negro y abundante. Su rostro era virilmente armonioso. Un sujeto capaz de abordar a cualquiera, hombre o mujer, en la iglesia, un mercado o un bar y llevarlo rápidamente a la cama, como ocurriera entre ellos, en el gimnasio donde luchaba (infructuosamente, le parecía), contra la panza. 

   Todavía recordaba el momento, unos meses atrás, cuando sudando y jadeando alarmantemente como un fuelle sin aire después de trotar en la caminadora, bamboleando la panza (le parecía), sus ojos habían caído sobre Sergio, quien hablaba con una joven catira, espigada, de buenas curvas. Pareciéndole una pareja muy bonita, aunque amante de las morenas, a él le resultara más interesante el hombre. Era un chico, no, un tipo guapo. Y cuando sus miradas se encontraron, se ruborizó hasta la raíz del cabello como un joven colegial; era tan mortificante verse así pillado por sorpresa en el gimnasio mirando chicos. Nunca esperó que en los vestuarios le encontrara, como si le esperara, alto y guapo, su cuerpo recio y casi artísticamente velludo, envuelto únicamente con una toalla alrededor de una cintura injustamente delgada; su corazón y su temperatura se dispararon, como cuando soltaba el bofe en la fulana trotadora, aunque intentó no mirarle(ni babear), hacerse el desentendido. Lográndolo, o eso creía, hasta que abrió su locker y tomó una botellita de agua mineral, sintiéndole a sus espaldas, muy cerca, bañándole con el aliento.

   -Voy a tomar una ducha… pero te esperaba. –le dijo, voz ronca, desenfadada. Sensual.- ¿Me acompañas? Me gustaría, mucho, y creo que a ti también.

   Era una locura, lo sabía, pero llevaba tiempo solo, y el ejercicio le excitó, y ese tipo era realmente guapo, por ello terminaron bajo una misma regadera en los solitarios baños, con Sergio metiendo una de sus largas piernas entre las  suyas, aplastándole de espaldas contra las baldosas, bajando el rostro y besándole como si quisiera devorarle, metiéndole lengua, atrapando la suya y chupándosela ruidosamente, erizándole con cada pasada. Todo era piel de hombres, caricias rudas, besos mordelones, toletes que endurecieron, pulsaron y quemaron. Y un condón salido sólo Dios sabía de dónde, para verse aplastado de rostro contra esa misma pared, un segundo después, el cabello negro pegado a su frente y ojos mientras la llovizna de la ducha los mojaba de agua templada y deliciosa, mientras ese hombre a sus espaldas, la cintura algo quebrada, le penetraba una y otra vez, abriéndole el hueco del culo con su tieso tolete grueso, duro y caliente, aplastándole contra la pared, follándole en ese lugar donde las malas lenguas decían que a cada rato descubrían a una parejita  de tíos en esos asuntos. Y que había cámaras ocultas.

   Nada de eso le importó a Ricardo Amaya mientras los brazos del otro le rodeaban la cintura, halándole y apretándole contra su cuerpo, llenándole el culo sin detenerse, cepillándoselo con intensidad, haciéndole gemir de manera ronca y bajita, rogarle por más, porque ese tío sí que sabía moverla, rozarle, darle justo donde debía, y más cuando le susurraba al oído que sabía que sería así, que tenía carita de cachondo. Mientras le cogía, Sergio le hacía sentir vivo otra vez, como tenía rato que no pasaba en su vida de trabajo, deudas y obligaciones personales y profesionales que a veces eran difíciles e insatisfactorias. Mientras sonreía, meciendo su trasero de adelante atrás, abriendo su agujero, tragando y apretándole el güevo en su vaivén, para sorprenderle, le gustó sentirse puto, le gustó que una de las manos del otro pellizcara una de sus tetillas y que la otra bajara a su tolete y lo masturbara, diciendo aquellas cositas tan ricas…

   -Voy a destrozarte el culo, pequeñín…

   Lo que debió ser sexo anónimo, de oportunidad, se volvió algo un tanto más complicado, aunque Sergio fijó desde el inicio los límites a donde le permitía llegar, y se vieron para toma una copa, encuentro que terminó en una encerrona de un fin de semana en un motel. Y a Ricardo le pareció perfecto el arreglo. Era grato, estimulante, caliente, Sergio era un ganador, un sujeto nacido para tener sus noches ocupadas con mucho sexo sabroso, intenso e intranscendental, y quería pasar algunas con él. Maravilloso. La vida era buena con él, por un rato. Pero ahora…

   -¡Y tú eres un imbécil que pretende no ver cuál el problema! –le grita Sergio, toda mala leche, regresándole de golpe al presente. Carajo, ¡ahora tendrían que hablarlo!

CONTINÚA … 3

Julio César.

LOS HEREDEROS

junio 19, 2017

LUCHAS INTERNAS                         RELATOS CONEXOS

   Unos reclamarán lo suyo… otros lo darán si se lo pides.

……

   -¡Apártate, mojón! –es lo primero que le llega, la voz cargada de impaciencia y hosquedad, algo jadeante y pesada. Lo siguiente es el golpe en el costado derecho provocado por alguien impactando contra él, sobre la acera.

   Conteniendo un jadeo y un molesto “oye”, resintiendo el golpe, que fue fuerte, Víctor Simanca ve pasar a su lado al joven que trotaba, el cual, mirada enfurruñada, sigue su camino como si tal cosa; sin disculparse como la gente, mucho menos detenerse para verificar si le lastimó. Suspirando cansinamente, el joven se dice que para eso, el otro tendría que ser, para comenzar, gente y no… un mojón.

   Y, sin embargo, mejillas algo rojas, Víctor no puede apartar los ojos del otro chico, Adrián Mijares, quien se aleja a buen paso, exigiéndose físicamente como siempre. Si, era una pila de mierda… pero una muy bien empaquetada, admite con cierto calor en la cara, la boca ligeramente abierta. ¿La tenía así porque le miraba?, no, sus dientes eran un tanto largos, tan sólo un poco, pero lo suficiente para cultivarle aquella costumbre de tener los labios ligeramente separados (¡cierra la boca, muchacho!), a pesar de todas las correcciones que se le habían hecho al respeto a lo largo de su joven vida. Y si la cierra en esos momentos es porque traga en seco. Mirando a Adrián… Su culo.

   El otro era un joven estudiante de Ingeniería, algo más bajo que él, de cuerpo firme y compacto, hombros anchos, torso desarrollado (por las máquinas del gimnasio de la universidad y el levantamiento de pesas), de unos veintiún años (por lo que sabe), de rostro atractivo y alargado, ojos marrones claros, nariz armoniosa, labios delgados y rojizos, dientes perfectos, cabello negro y muy fino que al estar seco caía sobre su frente de manera que siempre le pareció coqueta, húmedo como iba ahora, se pegaba a su nuca, seguramente se lo había peinado hacia atrás con la mano limpiándose el sudor. Porque estaba sudado, y mucho. Tragando otra vez, Víctor ve las gotas caer, pequeños arroyos bajando por su cabello corto en la parte de atrás, mojando aún más la adherida camiseta gris que lleva, y que deja al descubierto los hombros y brazos (claro que usaba algo así, se sabía buenote).

   Pero sus ojos, como no, van a los muslos y piernas, para terminar en ese lugar anatómico de donde no puede apartarlos. Joder, seguramente el hijo de puta ese estaba exagerando con la bicicleta, tenía que ser, porque los muslos son llenos y el trasero se le veía redondito y duro. Mientras trota, los glúteos suben y bajan, pero no flácidos. La tela, igualmente gris, también está mojada. Y es corto. El carajo ese usaba un shorts corto porque sabe que está y se ve sabrosote, que tiene todo el paquete, es joven y hermoso y no le importa lo que nadie diga o piense nadie… Mientras lo miren.

   Y Víctor mira, los ojos atrapados en ese shorts húmedo que parece perderse un poco entre las jóvenes nalgas masculinas, siendo molida por ellas. Y no sería simplemente un muchacho apenas llegado a la mayoría de edad si no se perdiera en sus pensamiento, si su cuerpo no respondiera violentamente a toda esa belleza, salud y provocación. Era gay, lo sabía hace rato, y mirar a ese chico desdeñoso y odioso, vistiendo aquello, moviéndose así, todo transpirando, le afectaba intensamente. Con cierto nerviosismo mira alrededor, hay personas dentro de la universidad que van y vienen, todos perdidos interiormente en sus asuntos (aunque más de un par de ojos siguió a Adrián en su triunfante carrera de sensualidad), nadie se ha fijado en su ensoñamiento de chico homosexual babeando por el altanero joven que no le daba ni la hora. Porque así era. De hecho parecía despreciarle. Un odiarle. Había algo salvajemente irascible en el otro. Aunque muchos hombres jóvenes lo eran, había terminado notando desde el momento cuando entendió que le gustaban y no sólo para amigos.

   Claro, eso no impedía que de noche, en su cama, el delgado y joven Víctor no se inventara otra realidad, la mano sobre su tolete dolorosamente duro, subiendo y bajando el puño, ojos cerrados, boca abierta por muchos motivos; una donde Adrián era amigable y terminaban besándose bajo las regaderas de las duchas del área de piscinas, el agua corriendo por sus cuerpos, estremeciéndose cuando las manos del joven le acariciaban la espalda, bajando, demandantes, hacia su trasero; u obligándole a bajar el rostro y metiéndole la lengua hasta la garganta. O era mandón y le decía que quería que le diera una mamada, allí mismo, que sabe que se muere por eso. Y en sus fantasías de muchacho calentorro, cuyas hormonas estaban en su momento, vivía, protagonizaba y salía triunfante de mil encuentro. De rodillas frente a Adrián, devorándole el güevo, atrapándolo todo le haría gemir de gusto porque sabía hacerlo muy bien.

   Dios, cómo le gustaría que fuera cierto, compartir con el guapo chico así fuera por un momento… O dar buenas mamadas, y no sólo en sus fantasías. Algo le decía que eso haría su vida un poco más fácil, “sentimentalmente” hablando. Pero no era probable. Para ser bueno mamando güevo, tendría que comenzar por tener la oportunidad de mamarlos. En cuanto a Adrian, este parecía despreciarle por intuirle homosexual, ya que jamás en su vida habría soñado con insinuársele de cierto, exponiéndose a un coñazo en un ojo. Tal vez era que, inconscientemente, daba más señales que un semáforo, al respecto. Y, por extraño que fuera, esa manera ruda de tratarle (y así era en todas partes, aunque lo ignorara aún), lo hacía más caliente a sus ojos. Cosas de la mente.

   Pero, por mucho que le erizara imaginar a Adrián despojándose de esa camiseta adherida pecaminosamente a su cuerpo joven, ver desnudo su torso ligeramente velludo brillante de sudor, ver caer el shorts (¿estaría usando uno de esos bóxers blancos tan chiquitos que a veces se ponía?, la humedad seguro lo haría casi transparentar), y tomarlo mientras el otro iba a las regaderas (algo que jamás ha hecho pero también ha fantaseado), no puede dejar de fruncir el ceño. Chasqueado. Mierda, si, Adrián se dirigía a los gimnasios, justo a donde tenía que ir. Por algo que guardaba en su locker. Ahora debía cuidarse de que el otro no le viera por allí y le gritara algo, como cuando lo acusó frente a varios de ser un maricón, de esconderse para tocarse mientras se cambiaban los otros.

   No había sido cierto, aunque fue uno de esos instantes cuando los ojos se le fueron tras el físico del joven más bajito, con aquella toalla enrollada a la cintura. Pero las risas de los presentes le hicieron  huir. El asunto, afortunadamente no ocurrió, pudo ser totalmente horrible para él desde ese punto, lo había sido con otro de los chicos, quien si se daba mañas para mirar a los chicos bajo las duchas, tal vez no habría podido regresar por allí, que le gustaba porque, contrariamente a lo que muchos pensaban, no iba sólo a ver chicos guapos, u hombres más maduros que gustaban de ejercitarse, le gustaba perderse en las piscinas, nadando (no era malo en la pileta, los cincuenta metros eran nada para él, aunque nunca perteneció al equipo de natación), y para llegar a ella debía cruzar por los vestuarios. Todo se lo debió a la intervención del señor Morales…

   Y, como siempre que recordaba al instructor del gimnasio, también exitoso entrenador del equipo de futbol, se incomoda. Ese hombre siempre le miraba, le seguía con los ojos de lejos sin hacerlo patente, parecía pendiente de sus pasos, de sus actos; pero no había nada sexual en ello, era totalmente consciente de ello (aparentemente nadie le miraba de esa manera, no a él, tan delgado, tan alto, tan dientón, tan insípido); era algo como… vigilante. ¿Protector? La idea se le había ocurrido una tarde; al accidentarse la cerradura de su locker, el profesor pareció llegar de la nada con un gancho. ¿Le… cuidaba?, no estaba seguro porque nunca hablaban, sus mundos rara vez se cruzaban, pero lo sentía. Y le alteraba porque no podía explicárselo. Esa vez, frente a los chicos, en los vestuarios, les gritó para terminar con el jueguito, alegando que la intolerancia o bullying no sería aceptado allí, y menos cuando no existían razones valederas sino “la necesidad de un chico tonto de sentirse admirado y deseado por otros”. Palabras que calaron mal en Adrián, y más cuando algunos rieron, notándose que realmente le creían algo vanidoso. El temperamento del hombre de piel negra, su presencia y autoridad terminó con el asunto, al menos pública y abiertamente, porque no cambió lo que esos chicos pensaban de él. Era la vieja cruz del chico distinto que intenta ser quién es, cómo es, topándose con el grupo cerrado que le intuye peligroso o ridículo, digno de agravios o mofas. Por eso intentaba no estar por los vestuarios cuando alguno de ellos, Adrián o sus amigos, estaban presentes. Pero ahora no podía perder tiempo, debía hacer algo y luego salir a terminar de elaborar su regalo…

   Porque se preparaba para sorprender a una de las personas más importante de su vida. Su padre. El único que ha conocido. Sonríe con cierta nostalgia y tristeza, imaginando lo feliz que su gesto haría a ese hombre. Tomando aire, ensancha su torso delgado, luchando contra el temor y la excitación de la acción que emprenderá. Temía un poco lo que haría, pero al mismo tiempo sabía que era lo correcto, y que al hombre le haría feliz. Eso era lo único que importaba en esos momentos. Dios, daría cualquier cosa por ver, ya, su cara cuando lo recibiera. La idea, que le eriza, le hace detenerse por un segundo, estremeciéndose bajo el cálido sol de esa mañana de viernes. Olvidando, por un segundo, a Adrián Mijares y su culito desafiante. La imagen de su padre recibiendo el regalo, viéndose sorprendido y embargado de una felicidad total, era un pensamiento tan intenso que era capaz de apartar toda otra consideración. Como que, desde ese momento, se le haría difícil ver al chico de quien ha estado enamorado desde los quince años, cuando le vio por primera vez, robándole la calma y la paz. A su lado, junto a su amado, Adrián Mijares era un palurdo, aunque uno bonito, uno al que podía usar para hacerse una paja caliente, rica y sabrosa sobre su cama, llegando incluso a fantasear que le penetraba y le dejaba el culo lleno con su esperma y que el otro, así, salía a practicar en el gimnasio, el agujero goteando su esperma. Pero el otro eran flores y películas, citas en un sofá…

   Si, ya no le sería tan fácil encontrar una excusa para verle. Y eso si era una pena, reconoce. En fin, era algo que tenía que hacer, y a veces, en la vida de los adultos, había sacrificios. Eso siempre se lo decía su madre, con una sonrisa suave, cuando le tocaba hacer algo difícil. Especialmente recostada a su lado después de sufrir una de sus pesadillas particularmente intensas, cuando el miedo a la oscuridad le congelaba, convencido de que el “hombre malo” estaba allí, que le había encontrado de alguna manera, e iba por él, para terminarlo que había comenzado unos años antes (aún ahora le parecía escuchar el chirriar del metal, la navaja, contra la pared de bloques de cemento). La vieja pesadilla, el antiguo temor que ensombrecía su vida, y su rostro joven de muchacho sensible. Qué fácil espantaba su mamá el miedo del sueño, el temor al “hombre malo”. Dios, cómo la extrañaba…

   Tomando aire, sabiendo que pasará un mal rato en los vestuarios por culpa de Adrián (ojalá no estuvieran sus amigos), se dirige hacia allí. Se iba quedando corto de tiempo; si quería tener atado todos los nudos del lazo del regalo, tendría que correr el riesgo.

  El riesgo…

   Justo dos días antes de desaparecer, comenzando una carrera desesperada por encontrarle, saber qué había sido de él, y de que se cumplieran dos mese exactos de haber llegado a los dieciocho años, edad propicia para hacer uso de sus recursos financieros, Víctor Simanca creyó saber lo que era arriesgarse, correr un albur al entrar a un vestuario donde se toparía con un chico que le despreciaba por intuirle gay.

CONTINÚA … 2

Julio César.

RELATOS CONEXOS… 20

marzo 21, 2017

RELATOS CONEXOS                         … 19

DENTRO  Y  FUERA… 5

   Tiempos de poderes…

   Atrapándole la nuca al amigote, Richard lo retuvo ahí, mientras comenzó a subir y bajar sus caderas, lentamente, con golpes profundos que llevaban su tranca hasta lo más hondo en la garganta del otro, cogiéndole la boca, sonriendo y gruñendo de gusto mientras lo hace, sintiéndolo tan sabroso. La boca de Salomón era como un chupón que mamaba y tragaba con unas urgencias locas, cerrando los ojos y concentrándose en lamer esa vaina, y apretarla, en busca de ese reguero de algo baboso, tibio y salobre que manaba de allí, un néctar que jamás había probado pero que le parecía maravilloso, ¡con razón a las chicas les gustaba tanto mamar güevos! Bueno, también a los chicos… se dice sonriendo. Lanzando un ruidoso aunque ahogado “hummm”, de locura, siente que esa vaina despertaba sensaciones poderosas en él; comía verga con locura. Pero sobre todo, le despertaba unas ganas vehementes de seguir y seguir mamando más. Tragándolo todo, casi detuvo las caderas de Richard, reteniéndole el manduco con su garganta.

   -Coño’e madre, ¡tú ya habías mamado güevo, antes…! -se burla.

   -Claro que no. Hace tiempo unos primos me mamaron a mí. –responde este, librando la tranca y sonriéndole.- Estabamos en casa de la abuela y compartimos un cuarto. Estuvimos tocándonos, haciéndonos las pajas, y luego me becerrearon entre los dos, ¡horas y horas! Les encantaba mi güevote…

   -¿Te cogieron? ¿Te dieron duro por ese culo? ¿Fuiste su hembra por un rato? Cuéntamelo, puto…

   -No, pero yo sí los cogí toda la noche. Ese cuarto olía a leche y mierda al otro día. Gritaban como unos locos… -y chilla cuando Richard hace un gancho con el dedo que le mete raudo en el culo.

   -Pues, conmigo lo vas a experimentar todo, y te va a gustar, eso te lo aseguro. Sigue mamando, becerrito. -se burla, sintiendo como ese culito caliente y tembloroso titilaba salvajemente sobre su dedo.- Mama tu chupetica, trágatela toda, busca su corazoncito líquido. –ordena y jadeando, el chico sigue chupándole el duro tolete, con unos sonidos feroces de gruñidos, cuando la tranca baja por su garganta, halándolo con ella.- Hummm, sí; así se mama un güevo, cabrón. -chilla mirándolo, enrojecido y sudado.- Apriétalo con tu garganta. Anda, ordéñamelo. ¿No quieres la leche? Hummm… hálalo, anda… mi esperma espera por ti. ¿No quieres que me corra, llenándote la boca de semen, ah? ¿Te imaginas bebiéndote toda mi leche, como un bebito hambriento y goloso?

   -Uggg… -era todo lo que salía de la boca de Salomón, con los ojos brillantes de lujuria, manando saliva caliente a mares sobre esa barra maravillosa.

   -¿Quieres tu boca llena con caliente y fresca leche de macho, Salomón?

   -¡Ahhh…! -estalla el otro, sacándose el tolete de la boca, buscando aire.- Está tan duro y rico…

   -Sabía que te gustaría, güevón. Tienes una cara de mamagüevo que no la salta un venado.

   Richard se siente grosero, cachondo y ocioso, por lo que casi gatea hasta que queda de rodillas, frente a Samuel, que sigue en cuatro patas (obviamente también descubrió el encanto de la postura); y atrapándole la nuca nuevamente, comienza a cogerle la boca con furiosas embestidas, clavándole la dura tranca hasta los amarillentos pelos, gozando del pase sobre la cálida lengua, soltándole allí jugos y calorones, llevándola hasta la hambrienta garganta del otro macho, que hoy descubría un mundo nuevo. Mientras su boca era cogida, y mamaba con furia, las manos de Salomón atrapan esos muslos musculosos, cubiertos de una pelusilla amarillenta, para subir y atrapar las duras nalgas, apretándolas, y halándolo todavía más, para clavarse más ese güevote.

   -Chupa… Chupa, mamagüevo. -le grita Richard, caliente como nunca, embistiéndole.- Te gusta mucho tener un güevo entre los labios, ¿eh? -el chico nada responde, tiene la boca ocupada, pero cierra elocuente los ojos.- ¿Y culos? ¿Lames culos también?

   Y poniéndose de pie, Richard le saca el güevote de la boca; se le ve mojado y tieso, balanceándose de un lado a otro, mientras va contra el árbol y se agarra al tronco, abriendo las piernas, mirando al amigo sobre un hombro. Salomón, de rodillas, con el güevo babeándole, mira la nuca amarillenta del amigo y su rostro atractivo, pícaro y angelical, recorre su espaldota dentro de la camiseta, clava los ojos en sus nalgotas rojizas, con una pequeña franja más blanca, la del bronceado. Sonriendo como una puta excitada, Richard echa sus nalgas hacia atrás, abriéndolas, mostrando una raja roja y lampiña, y un culito redondo y arrugadito, cerrado. Y menea sus glúteos, ofreciendo todos aquellos manjares a una boca hambrienta y afortunada.

   -Ven a comer culo, güevón. -le ordena.

   De rodillas, como un penitente, o como quien agradece al Cielo por los favores recibidos, Salomón va hacia él, deteniéndose a la altura de su culo. Sus manos toman, trémulamente, esas nalgas, apretándolas, abriéndolas aún más, mirando como el culo titila salvajemente, como chupando algo, esperando ser atendido ya. La lengua caliente y llena de saliva cae sobre las bolas que cuelgan, y lentamente va subiendo, abierta a toda su extensión, lamiendo los pliegues, la raja y el ojete del culo, donde se detiene un momento, y aletea con la punta de la misma, que está viendo hacia abajo en esos momentos. ¡Era una lamida en toda la regla!, y a Richard no le queda más remedio que arruga la frente, cerrar los ojos y gemir largamente con su boca medio abierta. Esa cálida vaina llega al final, y vuelve a pasar, pero ahora de arriba abajo, dando leves azotes.

   -Tienes el culito sudado… Hummm… sabe tan rico. -gime Salomón, lamiendo de abajo arriba otra vez, recreándose en ese nuevo y maravilloso descubrimiento sexual.

   Esa lengua se enrolla, tiesa, y parece apuñalar el orificio tembloroso; y Richard casi grita, sin fuerzas, agarrándose como puede de unas ramas para no caer. Esa boca se enchufa totalmente alrededor del ojete, y succiona con una urgencia enloquecedora. Chupa, como queriendo sacarle todo lo que tiene adentro. Esos labios y mejillas se agitaban mientras mamaba en el huequito caliente y fresco, empujando luego la lengua, como queriendo cogerle con ella. Y Richard estaba gozando una bola y parte de otra, sintiendo como esa barba y bigotillo lo frotan y rozan sabroso.

   Caliente, como quien sufre una fiebre poderosa, Richard se vuelve, con el güevo tieso que se bambolea y le da en la cara a Salomón. Se miran intensamente, y Richard baja, atrapándolo por las axilas, levantándole. Se miran otra vez y como en trance se abrazan, cayendo uno en brazos del otro. Sus bocas se encuentran y se besan lengüeteados, chasqueando y lamiéndose uno al otro, con vicio. Sus bocas están llenas de saliva, pareciendo que van a tragarse. Sus cuerpos firmes y viriles se frotan uno contra el otro. Cuando los labios se separan un poco, sus lenguas se ven atadas en una lucha caliente y sexual. La de Salomón es atrapada por la lengua y dientes de Richard, que se la hala, chupándosela ruidosamente, mientras se traga su saliva y su aliento. Las manotas blancas del catire caen sobre las nalgas morenas de Salomón, apretándolas con ganas y deseos. Este es más alto, por lo que Richard olfatea y olisquea como un perrito en el cuello del amigo. Los güevos van frotándose uno contra el otro. Se oyen voces lejanas, risas, gritos, y carros que pasan por la autopista. Pero nada de eso tiene validez en el mundo interno de esos dos, enfrentando la fiebre que padecen en esos momentos, teniendo sexo en un lugar público.

   Abandonando esa boca viril y tibia, Richard va llevando a Salomón hacia el tronco del árbol, y lo apoya en él, mientras se le posiciona atrás, entre las piernas. El güevote rojizo, grueso, tieso y caliente del catire se mete verticalizado en la raja interglútea del otro muchacho, y atrapándole las nalgas, las cierra sobre su tolete. Ese instrumento allí le produce un calor loco a Salomón, que siente que ese tronco venoso palpita y le enloquece mientras el catire mece sus caderas de arriba abajo, frotando la barra de su raja, masturbándose con sus nalgas. Los dos gimen y gritan, mientras se mecen al unísono, uno contra el otro. Era una caricia tan obscena, que Salomón temía caer inconsciente en cualquier momento, incapaz de soportar más. Echando el culo algo atrás, Richard libra su güevo y enfila la roja cabezota contra el arrugado culito, frotándolo. Lo que provoca estallidos de olas lujuriosas en ambos.

   -Dime la verdad, Salo, ¿ya te han abierto este culito a machetazos?

   -No, panita. -jadea ronco, sintiendo la lisa presión contra su entrada privada de macho.

   -Pues, lo que yo quiero es cogerte bien cogido. Quiero cogerte hasta sacarte la leche del cerebro sin que te toques, cosa que te volverá maricón del carajo. -le dice grosero y brutal; notando como Salomón se estremece todo.- Quiero enterrarte todo mi güevo grandote en tu culito chiquito y cerrado. Voy a clavártelo hasta los pelos. -sonríe cruel, mirando como Samuel se agitaba, oyendo como gemía putonamente, mirándolo asustado sobre un hombro.- ¿Quieres que te lo entierre, panita? ¿Quieres que te coja aunque sabes que eso te volverá totalmente maricón? Mira que quiero desvirgarte ya. -le pregunta ronco, recorriéndole la espalda con sus manos abiertas, acariciándolo todo.

   -Si, cógeme… -gime el otro, casi con una expresión llorosa, de dulce rendición.- ¡Oh, Dios!, clávamela ya y conviérteme en lo que sea mientras me lo metas todo. -chilló ronco cuando sintió la manipulación a sus espaldas. A eso, el amigo responde con risas, presionando más, sin entrar todavía. Quiere que se cosa en sus jugos.

   -Pero, si lo hago, sólo vas a vivir pendientes de las braguetas de los hombres, de lo que allí ocultan de la vista, deseándolos siempre, ¿crees poder vivir así? –se burla y empuja otro poquito, casi abriendo ese tembloroso esfínter con su blanco rojizo glande.- ¿Crees poder vivir cada día de tu vida añorando y deseando tener un güevo tieso y nervudo metido en tus entrañas?

CONTINÚA…

Julio César.

RELATOS CONEXOS… 19

febrero 15, 2017

RELATOS CONEXOS                         … 18

DENTRO  Y  FUERA… 4

mutantes-y-erecciones

   Tiempos de poderes…

   -Estás loco, o drogado. –intenta reírse el otro. Ojos atrapados en ese erecto instrumento.

   También él se estremecía, sintiendo oleadas cálidas y frescas que parecen llegarle del catire, excitándolo, llenándolo de unas ganas locas de hincarse ahí mismo y tocarlo, sobarlo, cayéndole encima y maraqueándolo. Era tanto el deseo (Richard sabía que lo sufría porque así lo quería), que el tolete se le endurece, alzando la suave tela en una barra gruesa y dura hacia el lado izquierdo de la pelvis. Sonriéndole en forma atractiva, Richard lo llama con la cabeza; así debía ser el rostro de los ángeles, pensó con un reverente temor, y excitación, Salomón. El otro le tiende una mano, como invitándolo a acercarse. Y, lógicamente, el joven se acerca al bello amigo, al que quería coger.

   -¿Qué quieres? -grazna Salomón, mirándole fijamente, sintiéndose excitado.

   -Quiero que me lo des todo. -le gruñe, ronco, Richard.

   Las manos del catire suben y atrapan las caderas del amigo, clavando los dedos en la carne firme y tibia, sacudiéndolo un poco, probándole. Salomón se sentía indefenso. Sacando la lengua, y mirándole a los ojos mientras sonríe pícaro, Richard recorre de lado a lado el tolete que abulta escandalosamente en el short. Lame lentamente, obsceno, mojando la tela, estremeciéndolos a los dos. Salomón gime bajito, con un jadeo de agonía, mirando al hermoso catire sentado en el suelo, agarrándolo, con el güevote afuera, mientras lo lame sobre la tela. La roja boca se cierra sobre el tronco, ladeando la cabeza, mordiéndolo suavemente. Y a Salomón lo recorre tal corriente de placer y lujuria, que siente las piernas débiles.

   Alejando su boca ansiosa, el catire casi lo obliga a darle la espalda. Su rostro, cerrando los ojos, se mete entre las nalgas, hundiendo nariz y boca dentro de la raja, empujando tela y todo; se frota con fuerza, casi obligando al otro a dar un paso. Sentirlo allí, empujándole la nariz en el culo, a través del short, hace gemir al amigo, que se para firma y echa las nalgas hacia atrás, abriéndolas un poco más, permitiéndole al otro olisquear a su gusto.

   Las manos del catire suben a la cintura del short, no es de botones como el suyo, y sin despegar aún la nariz de su raja interglútea, va bajándolo. Eso alarma un poco a Salomón; coño, iba a desnudarlo en el Parque del Este, a la vista de quién pasara, ¿se estaría volviendo loco Richard? Se comportaba de una forma extraña aún para él. Pero cuando el otro retira la cara, mirándolo sonriente, pícaro y bello, el otro, que lo miraba sobre un hombro, olvidó todo, inundado por una poderosa ola placentera que lo hacía abandonar toda angustia. Richard le baja el short hasta los tobillos, dejándolo con su corta camisetica que le llega al ombligo, más abajo están las dos nalgotas, logradas a merced de mucho ejercicios. Una tirita blanca rodea cada cadera, uniéndose en el centro y bajando entre los glúteos, de forma íntima y erótica. Richard sonríe mirando esas nalgas plenas, duras y calientes, con la tirita del hilo dental que se perdía de vista al unirse los dos glúteos; era una visión extraña y excitante la de otro carajo usando esas vainitas, piensa.

   Agarrando cada nalga con una mano, apretándolas suavemente, provocándole un gemido contenido al otro, Richard las abre deleitándose en la vista del hilo dental, y con una sonrisa traviesa, sopla la raja y mira como el joven se tensa y lanza un hummm, largo y excitado. Bajo la telita, el capullo se estremece. El catire vuelve a clavar su rostro allí, hurgándolo, frotándolo, respirándole en la raja, haciendo que el otro se estremezca más, chillando agudos ahhh, de pasión.

   -Gallo, esto es una locura… -gimotea, débil de ganas.

   -Lo quiero todo.

   Richard lo suelta y lo ayuda a salir del short, y le obliga a dar la vuelta. Salomón se ve imponente, con su camiseta, sus zapatos de goma y su tanga, donde una tremenda erección se alza. Los ojos del catire caen en esa tranca, así como la de Salomón cae ansiosamente sobre el rojizo y grueso tolete del amigo. Ambos bajo el embrujo que siempre lograban despertar los güevos exhibidos así.

   -¿Quieres mamármelo ahora? -le pregunta Richard, ofreciéndole el tolete que atrapa con una mano, agitándolo. Salomón se pasa la lengua por los labios, excitado.

   -No lo sé, Richard. -jadea.

   -Venga, macho, lo vas a gozar. Ya verás. -ordena riente, tomándole un mano y halándole.

   Salomón cae, tal vez sin quererlo, en cuatro patas sobre el piso cubierto por la fresca grama. Su rostro está de frente al costado izquierdo de la pelvis de Richard. El joven mira fascinado ese güevote que se alza entre los amarillentos pelos púbicos. Con una mano lo agarra, casi sobre la base, apoyando la palma sobre el pubis del otro, mirándolo fascinado. Tocarlo, sentirlo pulsar en su palma anula completamente su voluntad y, sacando la lengua, recorre y lame la cabezota roja y lisa, que se estremece. Esa  lengua cálida, y ávida, despierta gemidos profundos en Richard. Nada como la boca de otro carajo sobre el tolete propio para brindar mayor placer.

   Abriendo mucho los ojos, la lengua de Salomón, ávida y durita, recorre toda la cabezota y los rebordes bajos del nabo que conforman el glande. Su lengua titila salvajemente sobre el rojo ojete, sintiendo su humedad salobre y deliciosa que le provocan ganas de gritar, tragar y mamar. Con un gemido ahogado devora la mitad del tronco, bajando con dificultad sus labios alrededor del tolete grueso que palpita, pero estos se curvan como saben hacerlo para tal menester, y va tragándolo, con unos ahogados uggg.

   Con esa boca masculina, rodeado por una barbita y bigotillo, tragándole la mitad de la tranca, amasándola y apretándola con lengua y mejillas, Richard lanza un largo gemido de gozo, sonriendo. Su mano acaricia y soba la húmeda nuca del joven que le becerrea el güevo, lo mínimo que se hace por alguien que le brindaba tanto placer mientras baja y sube chupando. Mano que baja por la joven y recia espalda, sobre la camiseta, encontrándola tersa, musculosa y ruda. Baja hasta alcanzar la redonda y dura nalga izquierda del amigo, encontrándola caliente y firme, ¡piel de joven macho que se ejercita! La soba más y acaricia toda esa redondez, siendo recompensado por unos gemidos de lujuria que escapan de la boca del mamador, que cierra los ojos para experimentar mejor todas esas sensaciones maravillosas que lo recorrían. Su boca sube y baja sin detenerse, ahora, sobre el palpitante, cálido y sabroso tolete al tiempo que su nalga era apretada y sobada en forma estimulante. La blanca mano resalta sobre el redondo y duro glúteo color canela, que se estremece igual que la nalga adjunta, muy abiertas las dos, mostrando una pequeña franja blanca que cubría la raja y el culo, ensanchándose sobre las bolas, como un saquito.

   Richard sube la mano, metiéndola dentro de la parte superior del hilo dental, bajándola nuevamente, sacándola de la raja, exponiéndole el culito moreno y titilante. Las puntas de los dedos frotan y acarician el ojete y Salomón gime, meciendo el culito, deseando esa rica caricia en su trasero. Uno de los dedos se apoya en el ojete, empujando y frotando, provocándole un grito, en momentos cuando bajaba totalmente su boca sobre la dura tranca, dejando salir un chorro de espesa y cálida saliva. Ese dedo se mete, al fin, en su agujero y Salomón abre los ojos, desenfocados, mareado. Esa extremidad entra y sale casi todo, sin abandonar nunca tan rico hueco.

   Con chillidos putones, tensando sus nalgas y culo para aprisionar el dedo, cerrando sus bellos ojos, la boca de Samuel sube y baja con voracidad y gula, al tiempo que aprieta y hala ese dedo que penetraba en él. Mientras gruñe ahogado, arrugando la cara, su boca baja más y más (y eso que la base del pene parece más grueso), Salomón siente como el dedo del catire se clava todo en sus entrañas, y que este comienza a moverlo allí, girando el puño, sin sacarle ni una falange, estimulando aún más las paredes de su ansioso agujero. Con la boca totalmente apoyada en el pubis del amigo, sigue mamando y chupando con su garganta, su manzana de Adán sube y baja espasmódicamente, tragando su saliva y todo lo que sale del rico tolete. Pero finalmente chilla y boquea,  como que va a vomitar, abandonando la tranca, ensalivada y dura, y jadea buscando aire, medio asfixiado.

   -Me estaba ahogando, loco. -gime, cansado. Mira como Richard sube las nalgas, quitándose el short y el calzoncillo, mirándolo intenso, desnudándose y sentándose sobre el short.

   -Chúpame las bolas. Eso me encanta. –le ordena, sabiendo que ya no se resistiría. Le controlaba totalmente.

   Sonriendo excitado, Salomón baja aún más su rostro y hombros, metiéndose entre las piernas del amigo, y lame sus bolas rojizas que se estremecen ante la tibia caricia. Mientras ensaliva, y mama, metiéndose primero una, luego la otra, el joven alza mucho sus nalgas, y la mano de Richard vuelve allí, metiéndose entre sus glúteos, enculándole nuevamente con un dedo, metiéndolo todo, y aún así, sigue empujando, lo que provoca gemidos de locura en el chico, que agita y mece su trasero con urgencia, enrojeciéndose al sentirse tan caliente, tan necesitado del dedo de otro chico abriendo su culo vicioso. Con los ojos cerrados, mama las dos bolas al mismo tiempo, apretándolas y agitándolas, sabiendo que cada movimiento lanzaba un corrientazo de lujuria en el catire. Le gusta eso, aunque no tanto como ese dedo que le entraba hondo, cogiéndolo, sobándole la próstata; pero sí, le gustaba mamar esas bolas lampiñas y cálidas (era lo que Richard deseaba que sintiera, creyera). Pero finalmente deja los testículos, mojaditos, y su lengua golosa sube nuevamente a la roja cabezota del güevo, lamiéndola por todos lados, manando grandes cantidades de saliva allí.

   -Hummm… sabe tan rico… -gime Samuel.

   -¿Te gusta?

   -Me encanta… -y era verdad, nunca imaginó que esa vaina pudiera saber tan bien; ¿quién podría pensar que tragarse el güevo caliente y tieso de otro carajo podía ser así de sabroso? Él, no.

   -Y no has visto, ni sentido nada. -sonríe Richard. Le mira a los ojos con ternura.- Quiero cogerte, duro, hacerte gritar con mi güevo clavado. Quiero que seas mi hembra…

CONTINÚA … 20

Julio César.

RELATOS CONEXOS… 18

febrero 4, 2017

RELATOS CONEXOS                         … 17

DENTRO  Y  FUERA… 3

mutantes-y-erecciones

   Tiempos de poderes…

   En estos momentos, su mirada censuradora repara, de pasada y con asco, en el cuerpo semidesnudo del joven recostado en el sofá, con esa escandalosa erección dentro de su short. Le desagradaba que el otro se dejara llevar siempre por sus impulsos. Le oye hablar con ligereza. Su mirada se fija en el auricular en el oído del chico. Y el joven parece meterse dentro del aparato. Siguiendo un cable imaginario; y donde termina, se topa, de forma imprecisa con un joven alto y musculoso, acostado boca abajo en un colchón o algo así, vistiendo un pequeño calzoncillo tipo tanga, metida en el culo, que agitaba, mientras hablaba con Richard. ¡Ese carajo quería tirar con Richard!, se convence, con total desprecio, el recién llegado. Pero alejándose de allí, regresando por esa imaginaria línea, repara en un tramo de cable extra que parece interceptar la línea entre los otros dos. ¡Alguien escuchaba! Intentó ‘rastrear’ la línea, pero sólo había oscuridad. Sin embargo, era suficiente, y una de sus cejas se arqueó, como único movimiento físico; y el riente y excitado Richard sólo oyó el clic que dio por finalizada su conversación telefónica.

   -¿Aló? -se intrigó, desconcertado por un momento, hasta que su mirada topó con la del otro que aún estaba a dos escalones del piso de la sala. El catire sintió como una rabia enorme y terrible se alzaba en su pecho, poniéndose de pie, furioso.- Maldita sea, Sombrío, ¿por qué cortaste mi llamada?

   -Estabas hablando demasiado, y no sabes quién podía estar oyendo. -respondió sin calor, el otro, viéndole fugazmente el enorme cacho dentro del short, con repulsa.

   -Si hablo o no, de lo que me dé la gana, esa vaina no es problema tuyo. -le grita, alterado.- No te metas conmigo. No soy uno de tus títeres que se cagan de gratitud o miedo cuando tú los ve con tus aires de arrechito, ¿okay? -suelta entre dientes, con rabia. Cerrando los puños.

   Y Sombrío se llevó una desagradable y triple sorpresa: por una parte le parecía increíble lo que Richard hablaba por teléfono, esa ligereza irresponsable; lo otro era esa rabia que mostraba, esa irracionalidad; y finalmente el no poder entrar en su cabeza para calmarlo. No pudo hacerlo, y una sospecha alarmante fue ganando terreno en su mente. ¿Por qué estaba bloqueada la mente de Brillo? ¿Por quién…?

   -Cálmate, ¿sí? Quiero hablarte de algo extraño que he detectado…

   -No me interesa. No me interesa nada de lo que tengas que decir. Ya estoy harto y aburrido de ti, de esta casa y de lo que hacemos, que no sé de qué se trata. Yo ya me cansé… -y con paso resuelto, feliz de enfrentarlo de una vez, va hacia las escaleras, decidido.

   -¿A dónde vas? -Sombrío intenta agarrarlo por un brazo, para detenerlo, pero el otro casi salta hacia atrás, alarmado realmente.

   -¡No me toques! Nunca me toques. -le advierte señalándolo con un dedo, continuando su camino. Ya estaba cansado de esa vaina.

   La tarde que comenzaba a caer sobre el Este capitalino, estaba pintada de amarillo naranja, pero era tan calurosa como lo había sido el mediodía. Estacionando su bonito jeep, el un aún más atractivo Richard baja del vehículo. Lleva el cabello claro alzado en puntas; una larga camiseta roja de material sintético, con las siglas UCV, de la Universidad Central, cubría su tórax, mostrando sus hombros, brazos y axilas. Un short largo, azul, y unos zapatos deportivos negros, sin medias, completaban su atuendo. Ahora se sentía vivo, contento. Abandonar la lóbrega mansión era suficiente para que encontrara equilibrio, calma y paz. No le preocupaba haber discutido con Sombrío, ya estaba cansado de ese güevón y de sus ideas paranoicas. Él quería vivir su vida, ir a donde quisiera, hacer lo que le diera la gana y tirar con cuánta gente se le ocurriera, mientras alcanzaran las horas del día. Ni más ni menos. Con paso resuelto, de quien se siente bien consigo mismo, y no alberga dudas, temores, indecisiones o timidez, entra en el Parque del Este.

   Mientras cruza la calzada, siente sobre sí los agradables rayos del sol. Se sentía bien, no se cansaba de llevar sol. Decían que era peligroso, por los rayos ultravioleta y los melanomas de piel; pero a él le encantaba. Le enloquecía bajar hasta el Litoral y tenderse a llevar sol, en short o traje de baño, sabiendo que lo hiciera como lo hiciera, una legión de mirones lo admiraba. Como ahora mismo que, mientras cruza hacia la parte más interna, la parte boscosa, como quien se dirige al lago, repara en las miradas de interés de algunas personas, o de admiración. O de envidia. Nada de eso le preocupa o altera, estaba acostumbrado, además, en su cabeza sólo tenía espacio para esa alegre e irresponsable alegría. Se sentía bien consigo mismo; como bien sentía las miradas cálidas en su nuca, espalda o nalgas, que se movían desafiantes bajo el short. Richard era un triunfo de la vida, un anuncio andante de juventud y salud, lo que era sensual por cuenta propia; así como ese algo indefinible que gritaba a quien lo veía que era un carajo aseado, que se bañaba todos los días (y hasta se embarraba de jabón) y que usaba ropas limpias.

   Su buena condición física le permite subir una pequeña cuesta, afincando los pies sobre la verdosa grama, caminando entre algunos árboles vetustos, sin alterar su ritmo cardiaco, ni sudar. Con una leve sonrisa, irresponsable y algo estúpida, mira hacia la copa de los arboles, disfrutando del efecto de los rayos del sol entre las ramas. Había algo tan pacifico y hermoso en eso, que por un momento se detuvo a observar, y fue premiado con la aparición, entre unas ramas, de una ardilla pequeña y marrón, que lo miraba con curiosidad hostil, desapareciendo luego. El ruido del tráfico, siempre presente en Caracas, se oía amortiguado. Se sentía como… embriagado, mientras caminaba entre la suave maleza. Realmente no sabe explicarse ese estado de intoxicación alegre que siente (sin licor); tampoco le importa. Su mano, de vez en cuando, toca una rama o un tronco, y algo de él, indefinible, tal vez un aroma, va quedando allí. Samuel no tendría problemas para encontrarle. Solo debía seguir su rastro. Cuando quería que alguien lo encontrara, podía hacer eso; era parte de su don tan especial.

   Se detiene en la parte más alta de una pequeña pendiente, rodeado de arboles tupidos, y siente que ese es un buen lugar. Sin más ceremonia se deja caer de culo al pie de un tronco especialmente recto, después de cuidar que no hubiera hormigas; una vez… pero no quiere pensar en tan enojoso y penoso asunto, ni en la pomada que tuvo que usar. Toma aire, sintiéndose excitado, recostándose totalmente del tronco. Cierra los ojos y sensaciones cálidas y sensuales lo recorren de pies a cabeza. Llevaba seis días sin acción (demasiado tiempo para él), todo por culpa de Sombrío. Una leve arruga frunce su ceño, olvidándolo pronto. Sonríe leve, pensando en Salomón. Al principio sólo buscaba su amistad, sólo eso, la de otro tipo, que podía llegarle a una hermana que impartía una materia en la universidad; pero ahora era algo más. No sabía por qué se sentía tan caliente, pero así era.

   Richard cierra nuevamente los ojos y recuerda cuándo conoció a Salomón, fue una simpatía instantánea, y sin necesidad de que él utilizara sus dones secretos. Fue en la piscina de la Central, mientras nadaban. Eran dos carajotes grandes, jóvenes, bellos y viriles, mojados, hablando, sentados al borde de la piscina, sobre quiénes eran y la gente que conocían. Reparaban de pasada, en las miradas de oscura admiración que otras personas les lanzaban, sobre todo los chicos flacos y menos atractivos. Notaban que sus piernas y muslos desnudos eran recorridos y tocados por mil ojos, con las vistas clavadas en los pequeños y ajustados trajes de baños que los cubrían. Dentro del agua jugaban nadando, lanzándose agua uno al otro, rientes. Sabían que escandalizaban a muchos, quienes veían algo eróticamente obsceno en esos dos carajos atractivos, jugueteando así, gritando como chiquillos. En los vestuarios, caminando de aquí para allá, Richard reparó, como casi todos los tipos de ahí, en las nalgas musculosas, paradas y lampiñas de Salomón, cuya cintura era cruzada por una franja clara de piel, que se juntaba sobre su raja interglútea, y bajaba como otra tirita entre los glúteos, ya que al parecer, el joven se asoleaba, en alguna playa putona llena de chicos de miradas ansiosas y furtivas, en hilo dental. Cuando le preguntó, Salomón le dijo que le gustaba asolearse así, pero también le dijo bajito:

   -No lo cuentes, pana, ni pienses mal de mí, pero me gusta cómo se siente esa presión suave entre mis nalgas, la tirita contra mi culo…

   ¡¿Pensar mal?!

   Recordarlo lo excita más allá de toda medida, no recordaba alguna otra vez que estuviera tan caliente. Tenía el tolete totalmente erecto bajo el short, y sentía la caricia de un rayo de sol sobre él; su mano baja y se lo aprieta y soba sobre la tela, con ganas. Cierra los ojos e imagina a Salomón, alto, bello y musculoso saliendo de la piscina de la Central, chorreando agua sobre su cuerpo moreno, vistiendo únicamente un hilito dental verde, un color chillón y escandaloso, viéndose del carajo. Se imagina al joven en el banco, el antiguo y arruinado Solidaridad, de traje y corbata, donde era cajero a medio tiempo, con un hilito dental bajo todo eso, clavado en su culo; rodeado de jóvenes y fornidos vigilantes mirándole las nalgas con ganas porque ya sabían de su erotismo, y, tal vez, preguntándose de qué color sería la tanguita que usaba en esos momentos; tal vez comentándolo entre ellos, con risitas burlonas, pero medio erectos, deseando todos, mirarlo con ella y recrearse en eso. Esos pensamientos hacen gemir al catire con la boca abierta y los ojos cerrados, mientras abre los botones del short, y se baja el calzoncillo, librando, allí, en un parque público, tal vez a la vista de mucha gente en la autopista, el güevo erecto, rojizo, nervudo, grueso y largo. Duro como él sólo, con la roja cabezota descubierta, lisa y suave. Su mano lo aprieta y un gemido escapa de sus labios.

   -Richard, ¿qué haces? ¿Estás loco? -brama alguien, deliciosamente escandalizado. Sonriendo con lujuria, con las mejillas enrojecidas, este lo mira.

   -Pensaba en ti, y se me puso así. -responde con total morbidez.

   Frente a él, a dos o tres pasos, se encuentra Salomón, alto y musculoso, tetón bajo su camiseta blanca, con una pequeña gargantilla, de oro, cruzándole el cuello. Su rostro, color canela, parece sorprendido, mientras sonríe con sus labios algo gruesos, rodeados de un bigotico y una barba tenue, en forma de candado. Sus bíceps son abultados, sus muslos, que se observan con el short a medio muslo, se ven lampiños y recios. Un bojote se aplasta contra la tela sintética del short azul, y Richard no podría jurarlo aún, pero parecía moverse un poco.

   -Te volviste loco, pana. Cualquiera puede verte. Puedes meterte en un peo. -insiste este, mirándole los hermosos y pícaros ojos, azulados verdosos, profundos como un mar quieto y claro; pero también mira el güevo largo y grueso, rojizo, y la palabra ‘apetitoso’ aparece en su mente, llenándole la panza de un rico calor.

   -No te enrolles, papá. -habla lánguidamente, Richard.- Dime, ¿estás usando un hilito dental? -y se estremece, mórbidamente.- Enséñamelo… -le pide mientras su puño sube y baja, masturbándose.

CONTINÚA … 19

Julio César.

RELATOS CONEXOS… 17

enero 29, 2017

RELATOS CONEXOS                         … 16

DENTRO  Y  FUERA… 2

mutantes-y-erecciones

   Tiempos de poderes…

   Pero no lo sabe. Sólo tiene el ahora. Y en este instante su vida era una mierda, encerrado con Sombrío y Silver. No tenía nada qué hacer, ni nadie con quien hablar. Para colmo, el dueño de la casa, el mismísimo don Sombrío, le miraba como si él, Richard, fuera una cucaracha saliendo del desagüe del baño. Por su parte, Silver sólo estaba pendiente del otro, siguiéndole siempre con la mirada como un perrito faldero. ¡Qué idiota era!, perdiendo su tiempo en adivinar qué quería o deseaba Sombrío; el maldito ese también le despreciaba. De hecho parecía no querer a nadie, ni tener paciencia con nada, como no fuera con Sibila, la bruja vidente, o la puta de Gea, la extraña mujer de mirar indolente a veces, burlón otras.

   El joven se queda quieto por un momento, con el balón en las manos, sudando a mares, viéndose increíblemente atractivo y viril, midiendo la distancia al aro, pensando en Sibila y Silver. La mujer era un enigma, y se mantenía alejada de él, por eso no había podido averiguar qué tanto hacían ella y Sombrío, encerrados hasta la madrugada, llenando gráficos y tablas con datos; pero algo le decía que la clave de los planes del otro carajo estaban en esas tablas con cifras y números. ¿Qué calculaban? En cuanto a Silver… hubo un tiempo cuando se burlaba de él, cruelmente, en la universidad. Y ahora el joven lo evitaba. Estuvo tentado a atraerlo, a diferencia de Sombrío, el otro no parecía inmune, pero temía caer bajo su poder, ya que Silver también tenía un don. De hecho… a veces parecía que Sombrío le temía, cosa muy extraña.

   Y es, precisamente, Silver quien aparece en la entrada de la cocina, viéndolo con interés, y algo de fea envidia. Era lo normal. Otros carajos lo miraban, admirando su atractivo y envidiando, en el fondo, no ser él.

   -¿Qué quieres, Bartolomé? -le pregunta con voz de barítono, lanzando el balón, sin verlo.

   -Alguien te llama por teléfono en la sala. -responde el otro, recorriéndole de nuca a pies, con disimulo.

   El recién llegado era tan distinto a Richard, que el contraste era casi obsceno. Silver era delgado, aunque esbelto también, de cabello castaño, desarreglado, algo largo, dándole un aire de pasado de moda. Lo otro que podía decirse de él era que usaba lentes, unos muy finos de montura. No había nada llamativo en ese joven de mirada ardiente y huidiza, de ojos oscuros y apasionados, de labios carnosos, propios para besar y enloquecer, aunque nadie lo sospechara. Bartolomé era un tipo introvertido, tímido (tenía razones para encerrarse dentro de sí) y era imposible que alguien le lanzara una segunda mirada, lo notara, o se fijara sí estaba o no. Se movía como una sombra, y como una sombra parecía no existir realmente.

   -¿Juegas conmigo? –le pregunta Richard, coqueto como siempre, mirándolo fijamente, sonriendo invitador, lanzándole el balón; que, sorprendentemente, no llega al chico de anteojos, sino que parece chocar de un vidrio frente a él, con un sonido casi metálico, un vidrio que no está, y regresa al catire, en el rebote. Silver lo detuvo con su mente.

   -Estoy ocupado, Brillo. Y ya te dije que te llaman. -rechaza, pareciendo que se aleja. El catire se molesta.

   -Mi nombre es Richard. No Brillo. Tú eres Bartolomé, no Silver. Y, dime, ¿no te cansas de olerle los peos a Sombrío? Sal y lleva sol, pareces enfermo. -lo reprende, agitando la cabeza y lanzando gotas de sudor, quitándose finalmente la camiseta y secándose con ella la cara y la nuca. Su torso es lampiño y sus tetillas, rosáceas marrones, estaban erguidas, como desafiando a alguien a que las tocara o mordiera, pensó con un estremecimiento, Silver. Sabía que el otro lo hacía a propósito.- Ven, vamos a jugar. -invita otra vez, amistoso, como pidiéndoselo.

   -Quien te llama no va a esperar toda la vida. -graznó casi sin voz, sacando fuerza de flaquezas. Le gustaría quedarse un rato y jugar básquet, para estar con el otro, y verlo. Porque era llamativo, vital y saludable. Algo que él no era. Además, Brillo lo incitaba con su don. Era a lo que temía. Por eso casi se escurre. Como una silente sombra.

   Furioso, y frustrado (coño, quería acción y con esos capados no se podía), Richard lanzó el balón hacia el aro, sin ver, y éste entró, perfectamente, como, al parecer, era todo en él. Arrojándose la sudada camiseta al hombro, entra en la casa. Atraviesa el largo pasillo que lo lleva a cruzar frente a la amplia cocina, un pequeño baño, un dormitorio cerrado, lleno de cachivaches de lo más diversos (seguramente cosas sobre las que pesaban antiguas maldiciones o algo así, ya que nunca las tocaban o sacaban a la luz); pasó frente al comedor para ocho personas (¿para qué lo compró tan grande si nadie venía nunca?, ¿lo encontrarían botado en algún monte y se lo llevó?), entrando finalmente en la amplia sala, decorada con muebles viejos, de tela, muchos de ellos cubiertos con sábanas, como si la casa estuviera desocupada y ellos la hubieran invadido, y no desearan dejar muchas huellas.

   Se arroja comodote en el sofá, sintiendo la áspera tela en la espalda, cayendo en cuenta que está sudado y moja el mueble, pero pronto deja de incomodarle, todo allí era de Sombrío, ¡sería bueno dejarlo hediondo! Comodote, monta la pierna izquierda a lo largo del sofá y toma el aparato telefónico, de los viejos, tanto que tenía un discador al que había que meterle el dedo y girarlo; ¡otra vaina encontrada en la basura, seguro!

   -¿Aló?

   -Por fin, mijito. ¿Te estabas lavando el culo? -oye una voz joven, gruesa y reilona.

   ¡Salomón!, piensa Richard con una sonrisa divertida. Salomón era un carajo joven, de piel canela oscura, cabello áspero y muy negro, que a veces pintaba en mechas amarillentas, viéndose llamativo y atractivo, con su rostro delgado y esa barba tipo candadito fino que estaba cultivando. Era más alto y mucho más musculoso que Richard, porque le gustaba ejercitarse y había comenzado a levantar pesas. Ahora posaba, quitándose la camisa, en la universidad, para que todos vieran como iba progresando. Fue allí donde se conocieron. Salomón estudiaba bioanálisis (¡un laboratorista, qué bajo!, decía el catire con sorna, al molestarlo), y Richard decidió usar su don en él; ya que era hermano de la mujer que impartía Farmacología, y algo de ayuda, amistosa, era buena, ya que él se perdía con conceptos como receptores alfa, beta y gamma en el cuerpo humano. Obviamente hubiera sido más fácil influir directamente sobre la mujer… pero Salomón era más atractivo, físicamente, que su hermana gordita y mortalmente aburrida con sus estudios de bioquímica experimental. El otro chico, claro está, se fascinó con él, y se volvieron amigos. Sólo amigos. Pero ahora, sentado en el sofá, sin camisa, agitado por el juego, sudado, frustrado, Richard se siente… travieso.

   -Ni te imaginas, Salo. -dice el joven, sonriendo ocioso, con los ojos brillantes.- Tengo el culo sudaíto, ¿por qué no vienes y me lo secas con la lengua? -le ofrece, mórbido, bailoteando su pie sobre el mueble, como buscando alivio a la tensión.

   -¿Que qué? -se sorprende realmente el otro, y el joven catire lo entiende, pero nota que ríe nerviosamente, no arrecho.- Eres un maldito loco.

   -No es eso; es que estoy aquí encerrado, solito… y tengo el güevo como pata de perro envenenado, tieso y duro. -dice lentamente, lascivo.- Y no me gustan las pajas, prefiero una boca golosa trabajándomelo. Una con un bigotico puto como el tuyo. Anda… te dejo mamarme el culo primero, y después el güevo. -le ofrece.

   -¡No! -jadea el otro; pero el catire sonríe ampliamente, realmente agitado, caliente y excitado, mostrando ahora una escandalosa y granítica erección sobre la tela suave del short gris, levantándola.

   -Eres un mal amigo. Un verdadero pana le daría una mamadita a otro, en momentos de apuro. Sólo te estoy pidiendo que me lo mames, no que me mantengas. -grazna sonriendo, mórbido, sobándose con la mano el tolete sobre el short, se sentía rico cuando hablaba suciedades por teléfono.- Para ti, sería fácil, tienes esa boca grande. Sólo tendrías que abrirla y tragártelo. Y te lo juro, en cuanto lo tengas sobre la lengua, quemándotela, nunca vas a querer sacártelo o soltarlo. -oye un jadeo ahogado y una risita.- Y no me lo vas a chupar por nada; tú me lo mamas y yo te lleno la lengua y la garganta de leche. Me han dicho, los muchos que han mamado antes que tú, que sabe sabrosita. A mí me parece un trato justo. Tú mamas, yo te doy leche…

   -Eres un maricón; ¿cómo me invitas a una vaina así, y en esa casa? -lo acusa, riente, el otro.

   -Anda, vamos a vernos. Pero tienes razón, aquí sería una locura. -arruga la frente lisa.- Este lugar está lleno de malas vibraciones. Vamos a vernos en el Parque del Este, y nos encontramos por donde estuvimos trotando el lunes, ¿te acuerdas? Donde ese carajo y esa tipa estaban tirando montados en un banco de cemento. -suena convincente.- ¿Recuerda lo caliente que estabamos? Ahí, en ese momento, te iba a pedir que me lo mamaras…

   -Estás mal, gallo. -jadea ronco, Salomón, del otro lado del teléfono. Richard entiende que el otro está caliente. Sonríe al saber que va a triunfar, que basta con encontrarse con él, y lo ‘convencería’ de mamarle el güevo. El tolete le abulta como un tubo grueso dentro del bermudas, visible.- ¿Por qué no te tiras a algún carajo allí?

   -Aquí no hay nadie sabrosito. No tienen esa boca como tú. -le dice efusivo, como halagándolo.- Te gusta mamar, ¿verdad? Anda, dímelo.

   -No seas güevón, yo no hago eso. Date un baño, o habla de religión con tus amigos allí.

   -Aquí sólo hay fastidio. No hay nada interesante qué hacer.

   -¿Quiénes están?

   -El jefe macabro y Bartolomé, ya los conociste de cuando viniste a buscarme hace dos días. Y están enfrascado en no sé qué vaina, de la que nada sé, y nada me dicen. Creo que están calculando cuándo se va a terminar el mundo. -dice irreflexivamente.- Ay, aquí están convencidos de que habrá un colapso mundial, seguido de desastres ambientales y de guerras locales que…

   Interesado como está, en quejarse de Sombrío, y convencer a Salomón de que le mame el güevo (le arde y babea ya dentro del short), no repara en nada más. No nota como alguien baja las escaleras. El recién llegado es un joven delgado y alto, aunque no lo pareciera. Es un tipo de piel blanca pálida, de cabello negro lacio, que cae como un casco desde el centro de la nuca, casi sobre sus ojos. Éstos son oscuros, y fríos, cubiertos por unos lentes de cristales finos. Como con Bartolomé, no había nada en él que llamara la atención, nadie reparaba jamás en el color de sus ojos o cabellos, o en su talla. Nada en él llamaba la atención, nada le hacía destacar… porque así lo quería. Al ir por la calle se concentraba en no ser visto y la gente apartaba la mirada, era como si desapareciera. Su fuerza no era física, ni estaba en su físico. Era interna. Mental. Y era aterradora. Era un joven que había visto el otro lado… el que estaba más allá de los límites donde llegaba la luz en esta realidad. Regresando de allí enfermo, pero vivo. Convirtiéndose, efectivamente en un guardián de esa puerta.

   Porque sabe lo que ocurriría si esta se abriera a este lado… Y Brillo, el insensato, minaba las cerraduras en estos momentos.

CONTINÚA … 18

Julio César.

RELATOS CONEXOS… 16

enero 4, 2017

RELATOS CONEXOS                         … 15

OLFATEANDO  PROBLEMAS… 3

la-lengua-en-la-axila-masculina

   Nunca se tiene suficiente…

……

   -¡Doctor Hublak, ¿qué significa esto?! -trona una voz de mujer, recia y escandalizada.- ¡Deje de menear el culo así en la Gran Biblioteca!

   La pareja se separa rápidamente; el chico del cabello naranja muestra una leve erección, pero nada más. Ni siquiera parece avergonzado, al contrario, sonríe levemente. Pero Flatt Hublak si está mal. Todo su cuerpo, alto y musculoso, finamente esculpido, está rojo de la vergüenza, sobre todo las redondas nalgas. La escandalosa erección de su tolete deforma y hala hacia el frente la suave tela del calzoncillito, sin dejarla escapar. Su rostro, rojo, está manchado de saliva, y sus labios están enrojecidos por las mamadas en esas axilas. Frente a él se encuentra nada más y nada menos que el Comodoro del Espacio, atildado, alto y enérgico, sonriendo con cierto disimulo, como intentando parecer molesto; pero secretamente divertido (como divertido era siempre que se atrapaba a otro carajo con los pantalones abajo, y más en un caso como este). A su lado está la canciller naejmisna, con una mirada vidriosa y muerta, capaz de helar un mar de metano. También hay algunas otras personas, pero lo que más dañó hará a Hublak, serán los académicos de su mundo, quienes también estaban allí, mirándolo con un profundo asco.

   Sabe el hombre que no se le atacaría por el sexo, por estar en una situación dada con otro hombre. Eso había dejado de ser asunto de cualquiera, siglos atrás, como que existía jurisprudencia para el sexo entre los diversos mundos, entre humanos y seres semi cibernéticos, o clones, o con mutantes de mundos expuestos a mucha radiación. Joder, aún razas extraterrestres, en su trato con la humanidad, otrora la gran enemiga, habían adoptado formas humanoides para el trato con La Flota, incurriendo en el sexo. No, el problema eran las costumbres de su mundo, el haber sido pillado en un lugar público… avergonzando a su mundo, a los académicos y su persona. Eso no se le perdonaría.

   Todo lo que el hombre había hecho bien, hasta ese momento, quedó olvidado en seguida por el sabroso escándalo sexual (sabroso para los demás, claro está); sí es que lo que hacía con aquel otro tipo, en la biblioteca (lugar que durante centurias se ha prestado para eso), era sexo. La gente de su mundo partió esa misma tarde, dejándole sólo. Y al menos eso fue bueno, se dijo abatido, encerrado en su pequeña habitación, sentado al camastro, con la cabeza en las manos.

   -Ya me encargaré de que pierda su puesto en la universidad de Dojot. -le susurró con ira, la canciller, por el insulto y  vergüenza a la que se vio expuesta por ese hombre de baja moral, ante los otros jefes de La Flota.- Y agradezca que no podemos quitarle la ciudadanía; aunque lo voy a intentar. -y se fue, torciéndole los ojos.

   Cuando el telón comenzó a caer a su alrededor, cubriendo su mundo y su vida toda, una luz brilló en su mente; él no era así, ¡shack! Él no era de los que sucumbía a esas pasiones animales y primitivas. Algo le pasó… Algo le hicieron. ¡Fue manipulado! Enloqueció, de alguna manera, y fue descubierto. Y todo lo que era hasta ese momento, todo lo que había logrado (descubrir la conjura nacida en La Tierra), se borró ante las sonrisitas sardónicas de quienes lo vieron… en esa situación, o los que luego oyeron el cuento; porque, ah, como hubieron cuentos.

   -Dicen que tenía un letrel metido en el culo; tal vez buscaba información secreta y oculta. -fue uno de esos comentarios que oyó, sin que notaran su presencia.

   Ya no podía seguir allí, ni volver a Naejmis, al menos hasta que el escándalo se enfriara, lo que podía llevar el mismo tiempo que la vida media del uranio doscientos treinta y ocho, unos cuatro mil quinientos años más o menos. Lo habían jodido, y bien jodido. Armándose de valor, y lo era había que reconocerlo, le pidió al Comodoro que encontrará al carajo con quien estuvo en esa biblioteca. Vaya, debía ser bueno, pensó el militar, con una sonrisa burlona. Pero Hublak casi le adivinó el pensamiento, y se juró, que si su vida jamás se recuperaba de eso, lo mataría como a un perro. Eso le dio cierta tranquilidad de espíritu. Pero, para sorpresa del militar, pero no tanta para Hublak, jamás apareció el chico de cabellos naranja. Nadie sabía quién era, y aunque un centenar de imágenes digitalizadas de él, recorrieron el Espacio Conocido, nadie pudo identificarlo. La imposibilidad de eso, y la existencia del misterio, sin embargo, no ayudaron en nada al académico, mientras partía de Alexentra, desapareciendo con todo y su investigación que un día juró llevar hasta las últimas consecuencias. Como otros místicos, tal vez por razones parecidas, desaparecía con su denuncia.

   A pesar de que nadie le escuchó o atendió, menos le creyó que lo hecho no había sido por calentorro, o le vio partir del mundo administrativo, había quiénes, dentro de La Flota, al más alto nivel, sabían de… seres que aparecían y desaparecían de la realidad. Y los monitoreaban, aunque no se sabía exactamente quiénes o qué eran. Los Cazadores eran unos de esos grupos que vigilaban; Los Guardianes eran otros…

   Y, unos y otros, esperaban el momento de actuar. De echarle el guante a uno de esos seres que entraban y salían de la realidad.

                                               ……………….

                                         DENTRO  Y  FUERA

mutantes-y-erecciones

   Tiempos de poderes…

   Se estaba librando un conflicto bélico, sordo y discreto, pero feroz e implacable; con bajas, con ataques, con traiciones. Una guerra, pues. ¿Dónde se desarrollaba y a quiénes abarcaba? A todo el mundo y a todos en él. Era así de simple para las fuerzas que se batían con furia. Para cada bando, iba haciéndose evidente lo que el otro hacía y pretendía; pero para el mundo en general, todo era un misterio. El hombre y la mujer común, la gente sensata, la de cierta edad que llevaba años trabajando, luchando por lo que tenía, mandando a los hijos a la escuela para que aprendieran un oficio y les fuera mejor en la vida, veía con desconcierto lo que pasaba a su alrededor. ¿Cómo era posible que tanta gente vieja creyera pendejadas, contrarías a todo lo que fue su vida hasta el día anterior? Y lo peor es que eran conceptos absurdos e insensatos aquellos que seguían, ni siquiera pensados por ellos sino gritada por otros. ¡No pensaban, repetían!, en forma patética. Las cosas que ocurrían eran tan ilógicas e idiotas, que se corrió el rumor de que un grupo secreto de lavadores de cerebros echaba Estupidina en el agua de beber. Pero la realidad es que todo era un misterio.

   Un viejo periodista de ayer, luchador incansable contra la corrupción, denunciador de las traiciones a la patria y enemigo de los narcoterroristas que asesinaban muchachos venezolanos en la frontera, se convertía hoy, por obra y gracia de un poder extraño (algunos hablaban de ambiciones desatadas en una mente senil, débil y enferma, otros de las manipulaciones de una compañera rapaz) en una piltrafa grotesca, una burla de lo que antes combatía. El negro, maestro y educador (las dos cosas no siempre iban juntas), que como profesor debía saber un poco más que los demás, luchador contra la corrupción que destruía a su país, se transformaba en la caricatura de un mono por el hombre que lo utilizaba contra el país, al que debía deseducar, adoctrinar y estupidizar. Y todos corrían mostrando con burla, cinismo y necedad sus abusos, atropellos y corruptelas, exacerbando la paciencia del hombre y de la mujer común. Y esos cambios, tan dramáticos como totales, llamaban la atención. ¿Cómo gente honesta se convertía en… eso? ¿O nunca lo fueron y sólo lo fingieron? ¿Estarían bajo el poder de una ambición personalista enferma, o controlados por algo, o alguien?

   Había cambios tan súbitos, tan totales y contrarios, que mucha gente se preguntaba, ¿qué pasa? Pero algunos habían llegado a intuir algo, sobre gente que era distinta. Extraña. Con insospechados poderes. El viejo Rafael Calderón, ex presidente del país, supo de ellos, pero no los tocó. Un acucioso e intransigente periodista, Rafael Poletto, también los descubrió, pero entendió lo inútil que sería intentar desenmascararlos o enfrentarlos; eran los titiriteros que movían a los que, en teoría, debían vigilarlos. Fue el viejo Luis Maquís, hombre fuerte del nuevo Gobierno, quien intentó enfrentarlos. Había notado la forma en que su pupilo iba extraviándose entre fantasías y delirios que lo llevaban a un callejón de sujeción a crueles poderes transnacionales, donde Cuba y la narcoguerrilla sólo eran puntas de lanza de sectores más sádicos, voraces y criminales: la Izquierda Internacional. Pero se encontró con que ya no era oído, respetado o considerado. Fue apartado, y no dudó que esa gente tuviera las manos metidas en eso. Así que calló lo que sabía; pero su investigación había llegado a varios sectores dentro del régimen, uno de ellos fue a una oscura rama del Dasnap, quienes volvieron la mirada sobre una triste casona que ocupaba un amplio sector en La Colina, en la urbanización San Miguel, en Caracas.

   La vivienda era triste, grande y algo deprimente, con sus colores desvaídos, viejos y en tonos apagados. Constaba de dos plantas, un pequeño ático y un sótano del que nada podía saberse o sospecharse desde afuera. Sus ventanas vivían perennemente cerradas, muy ocasionalmente alguien, hastiado, las abría y gritaba, dándole al lugar una fama de casona embrujada, donde las almas atormentadas gemían de dolor. Una cerca alta, de piedra y rejas, resguardaba la propiedad; con una reja en la entrada que hacía pensar, a quien pasaba por allí cuando se abría, en la película La Puerta del Infierno. Había algo en la casona, en su reja fea, en sus jardines descuidados, con matorrales altos, que hablaba de abandono, de hostilidad… y hasta de peligro. Nadie se acercaba nunca, nadie sentía la necesidad de entrar a vender Toperwel o La Atalaya. No era un efecto casual, no; fue algo estudiado y buscado, para desanimar cualquier intromisión. Había un viento de soledad y melancolía feroz que barría las hojas y los ánimos; y sin embargo allí había gente (sí así podía llamársele a ese grupo).

   A un lado de la casa había un largo cobertizo capaz de albergar tres o cuatro carros a la vez, y un jeep azul, machito, alegraba la vista. El garaje, abierto atrás, llevaba a un patio tan deprimente como toda la vivienda, y a un aro de básquet, sin la red, apoyado en lo alto del estacionamiento. Y allí se encontraba un carajo muy particular. Un tipo de lo más llamativo. Lo primero que impresionaba era su talla, era alto, atlético y musculoso de una forma esbelta, nada exagerado; su cabello era cobrizo, lanzando algunos destellos a la luz del sol. La frente era alta y lisa, sus ojos eran unas veces azulados y otras como verdes. La nariz era recta y algo afilada, los labios eran rojos y delgados, dándole un cierto aire cruel cuando sonreía con sarcasmo, como tanto hacía. Su piel era decididamente blanca, con ascendencia europea o algo así, pero estaba totalmente dorada por el sol de esos lados. Su edad era igualmente atractiva, y peligrosa, se iniciaba en la veintena; aunque su alma era más vieja.

   El joven viste una franela gris, humedecida en la espalda y al torso por el sudor, que se ajustaba a su tórax, demarcándole los pectorales y tetillas. El bermudas también es gris, y le llega a las rodillas. Usa unos zapatos de goma, azules, sin medias. En sus hombros anchos, sin pecas, brilla el sudor, igual que en su rostro, goteándole por las sienes y pegándole el cabello a la nuca, mientras lanza una y otra vez un balón hacia el aro, sin fallar.

   Había algo en el joven que era terriblemente llamativo y atractivo. Nadie dejaría de verlo en esos momentos, exhalando sudor y vitalidad. Juventud y belleza emanaban de él; aunque en esos momentos no le importaba hacerlo. Porque este joven tenía una particularidad: sabía gustar. Era algo que salía de él, alcanzando a otros, que se sentían inmediatamente atraídos, deseando tocarle, sobarle, servirle u obedecerle, todo, con tal de que él les sonriera. Era un poder que siempre tuvo, fue un bebé precioso y un niño amado. A veces, demasiado. Mientras crecía, fue raptado por una niñera, que simplemente enloqueció por él y lo quería como su hijo, besándolo, acariciándolo, amándolo y mimándolo. El problema era que la chica sólo tenía quince años. Con el paso del tiempo, el joven entendió que no era como todos, comprendió que algo salía de él y afectaba a los demás; y con una gran sonrisa, malvada y picara, decidió explotarlo. A los doce años ya había perdido la virginidad con una amiguita. A los trece se acosaba con todas las chicas del liceo. A los quince comprendió, turbado, que los muchachos también llegaban a amarlo, adorarlo y desearlo. ¡Y tenía quince, por Dios, no fue su culpa!; ese año en el liceo, los padres iban retirando a sus hijos uno por uno. Simplemente, también se aprovechó de eso. Su vida era brillante y maravillosa, la promesa de aventuras increíbles, y satisfactorias… hasta que se topó con Sombrío, el horrible, deprimente y malvado Sombrío.

   Aún ahora, su atractivo rostro se contrae al pensar en ese tipo. ¡Él tenía la culpa de todo!, se dice con disgusto. Sombrío lo había metido en esa guerra contra el mundo, una guerra que él no entendía, pero que sabía existía. Había gente que los odiaba, y quería hacerles daño. Pero eso antes no era un problema; él era feliz, estudiando medicina, tomando cerveza, y tirando como loco con toda persona que le gustara, chica o chico. Todo comenzó cuando fue obligado a unirse al grupo después de conocer a esa chica en una fiesta, Joanna. Ella le llevó frente a ese joven horrible. Lo peor, y lo más desconcertante, fue que Sombrío pareció molesto de tenerlo allí. No se impresionó con su belleza, virilidad, juventud y simpatía (todo un estuche de monerías el niño); y aunque a él tampoco le agradaba, no pudo dejar de intentar usar su don sobre él, ¡pero el otro lo había mandado para el coño!, inmune, al parecer, a su encanto.

   Para Richard Bermúdez, nuestro héroe, fue toda una sorpresa. Y nada agradable. Su don le había funcionado toda la vida, ¡aún en gente que le tenía arrechera!, por envidia, humana y comprensible. Ahora estaba allí, encerrado con ese tipo detestable, en lugar de estar corriendo moto, volando en parapente, o luciéndose en tanga en una playa en la isla de Margarita, viendo a quien se levantaba para pasar un buen rato en la cama o un jacuzzi, con una, dos o tres personas más, todos adorándolo, amándolo y deseando obedecer todos y cada uno de los caprichos del bello joven.

   Mientras corre, dribleando el balón, esforzándose en consumir energías y ganas, el atractivo joven se dice que quiere manos tocándolo con ansiedad, quiere que esas manos soben y acaricien su piel, mimando cada músculo de su cuerpo. Quiere labios cálidos, anhelantes sobre sí, y lenguas lamiéndolo y recorriéndolo todo, saboreándolo; quiere esas lenguas decididas a darle placer a él, ¡a él!, que era el que importaba en verdad. Desea ver y oír gente, chicos y chicas, gimiendo por sus besos, quiere verlos desesperados, buscando su boca, sus manos. Quiere oír los “cógeme”, con angustia, con deseo. Mucha gente se lo pedía; sólo tenía que salir y escoger a alguien para tenerlo a sus pies, temblando de deseo, esperando que él le regalara sus atenciones, caricias y cuerpo. Coño’e la madre, estaba caliente. Era un carajo joven, atractivo, con muchas ganas de tirar… y estaba allí encerrado, en La Cripta deprimente, con el maldito Guardián… quien ni siquiera le relataba cuentos.

   Estaba a un paso, aunque lo ignoraba, de cometer un grave error…

CONTINÚA … 17

Julio César.