Archive for the ‘RELATOS GAY DE MALDITOS…’ Category

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 56

mayo 25, 2016

… SERVIR                         … 55

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

MUSCULOSO EN TANGA BLANCA

   -Entrégame… tu amor.

……

   Llevó un rato, y muchos gritos del jefe Slater, zanjar la cuestión en el comedor, y

   Todavía echado donde le dejó su mujer, Jeffrey Spencer mira y oye su móvil timbrar con una llamada. Reconoce la tonada. Sonríe con acidez. Un momento de locura. Piensa no responder pero…

   -¿Aló? –croa.

   -¡Al fin! –brama Owen Selby.- Necesito hablarte de algo serio. Pero ya. Ven a mi apartamento a…

   -No, no puedo. –traga, ni por todo el oro del mundo se arriesgaría a encontrarse a solas con el otro. No en instantes cuando su vida parecía estarse derrumbando.

   -Es importante. –el otro parece intuir algo.

   -Owen…

   -Mira, si no quieres estar en mi apartamento vamos a reunirnos en otro lugar, en tierra neutral. En la tasca de la otra noche. –Jeffrey casi sonríe escuchándole.

   -Cómo terminó tan bien. –hay un silencio tenso y teme haberle herido.

   -Para mí, si. Lamento si para ti no fue igual. Pero no es de eso que deseo hablar. –hay otro silencio, y muerto de remordimientos Jeffrey quiere disculparse, pero el otro le corta antes.- Robert Read no ha salido de la ciudad. Asesinó otra vez. –la rabia arde en las palabras. y Jeffrey casi lanza un gemido.

   -Por Dios, pero si dijo…

   -Si, seguramente para distraernos en los límites de la ciudad y dejarle ir y venir a su antojo. La verdad fue que… -calla.- Debemos hablarlo.

   -Owen…

   -No es tu culpa, maldita sea. Lo que ese hombre haga no es tu responsabilidad; si lo fuera por hacer tu trabajo, todo el sistema legal estaría equivocado y llevamos casi trescientos años poniendo en sus manos nuestros destinos. –es tajante. Y esas palabras parecen quitarle un peso de encima. Un poco.

   -Y sin embargo está asesinando personas.

   -Atando cabos, y eso me hace preguntarme, ¿por qué?

   -Entonces irá por ti. –suena asustado.

   -Ojalá lo haga.

   -No, Owen, ese tipo es… -casi suelta que el diablo. Le temía tanto, por él, por el detective, reconoce con un ramalazo de vergüenza y rubor. El silencio se prolonga. -¿Estás bien?

   -No, Jeffrey, no estoy bien. –es tajante, y el abogado intuye ahora el infierno personal del otro.- Mató a ese chico, a Lamar Martens, al que envició con las drogas y arrojó a las calles.

……

   Fuera de las duchas, el joven pero fornido vigilante hispano de cara cobriza y cabello negro muy peinado hacia atrás sobre la nuca, se asoma por un segundo, por quinta o sexta vez. Entre fascinado y asqueado por aquella asignación. El jefe Slater le ha ordenado vigilar (cuidarle las espaldas, aunque ya parecía haber encontrado quien lo hiciera), al recluso ex puta de Read. Bien imaginaba el joven por qué. La fuga del peligroso convicto había hecho que todos se replantearan sus actuaciones durante los ultimos meses. Y aparentemente el jefe no quedó contento con el suyo. Por eso estaba en esa puerta, protegiéndole mientras se aseaba, y encaró al tipo ese, Rostov, quien no era santo de su devoción, pero que le pidió le dejará entrar ya que debía disculparse por algo con el otro. No le creyó peligroso, al menos para el ex puta de Read, y ahora sabía que tenía razón, esa sexta vez que se asoma y mira, con repulsa e interés.

   Le atormentaba eso, el haber sido encargado de esa asignación, el tener que ser testigo de la insólita escena, (una sexta vez ya); lo que veía era sucio y antinatural, pero allí estaba, espiando con disimulo, viendo a Rostov de pie sobre los uniformes, y a Pierce, con el largo cabello suelto sobre su espalda y ocultando un tanto su rostro, en manos y rodillas frente al otro hombre, la ancha espalda lisa, la putona, sucia y excitante tanga de mujer metida en su culo, una tirita que cubría un lugar que parecía ensalivado, que sabía había recibido una cogida de dedos. Y le toca ver a Pierce mamándole el tolete a Rostov, uno fuera del bóxer, duro y tieso como una lanza de carne blanco rojiza, grueso, nervudo, brillante por la saliva que esa boca deja en su paseo sobre él. ¿Le mamaba el güevo por protección?, se pregunta; pero no, no lo cree, no oyéndole gemir de esa manera, saboreándolo, sorbiendo con aquella hambre… ¡Le gustaba mamar güevos!

   Ojos cerrados, labios rojos y barbilla brillante de saliva, Daniel casi sonríe mientras saca la lengua y recorre el pulsante y duro miembro, gozando sus estremecimientos y los gruñidos bajos de Geri, recorrer alguna vena desde la base a la punta, lentamente, tanteándola, lengüeteándole el tronco, llegando a la lisa cabeza, pegando la punta en el ojete mojado de saliva pero también de unos líquidos que le quemaban la lengua, estimulándole como pocas cosas últimamente. Y Geri cierra los ojos, boca abierta, cuando esos labios de pecado se cierran sobre su glande, succionando con avidez, con voracidad. Daniel quería sus jugos, y la idea era intoxicante. Todo lo era, estar ahí, con él, por fin, sentir como los tersos labios van atrapando más y más de su güevo, apretándolo, la lengua agitándose debajo… ¡Cómo apretaban y frotaban esas mejillas ahuecadas!

   Por su lado, Daniel estaba ido del mundo, perdido en aquella posición sumisa que adoptó sin darse cuenta, subiendo y bajando su boca golosa sobre la verga que se estremecía, que corría caliente sobre su lengua, y una verga pulsando sobre la lengua era una sensación increíble, dándole en la campañilla, aplastando la nariz del pubis del joven, sintiendo las cosquillas de sus pelos, olfateando con ansiedad ese olor a macho que le mareaba en esos momentos. Lo gozaba, estaba disfrutando de mamarle el güevo sin ser obligado, presionado y… por un segundo se congela y traga, bebiéndose la saliva y los jugos, dándole un apretoncito a ese tolete que le gana otro gemido de gusto del macho hermoso frente a él. “Claro que te gusta, marica, eso es lo que distingue una buena puta: ama mamar güevos. Su goce viene de saber que le produce placera su hombre, y todo hombre quiere que se lo chupen al menos dos veces al día”, es la voz dura, burlona y cruel de Robert Read en su cabeza. Si, le había dicho eso una vez. Lentamente se retira, los labios se alargan un tanto mientras la gruesa mole emerge, brillante desaliva. Por un segundo necesita apartarse y… Una mano de Geri le aparta el cabello de la cara, para verle ir y venir sobre su verga, y se tensa de anticipación cuando las dos manos del guapo hombre atrapan su rostro, reteniéndole. Sus miradas se encuentran.

   -¿Puedo? –le pregunta ronco. El rubio asiente imperceptiblemente, los labios estirados por el tolete entre ellos.

   Sonriendo feliz, con un gruñido bajo, Geri comienza un lento saca y mete de aquella boca húmeda que le succiona y atrapa con lengua, mejillas y labios. Y se sentía increíble el meterla y sacarla, ¡dentro de la boca de otro tío!, algo que antes le disgustaba y ahora le excitaba, haciéndolo con más rapidez, con más fuerza, clavándosela toda. Oh, Dios, tenía tanto tiempo sin acción, puras pajas, casi dejándose tocar una vez por otro recluso, cuando estaba bien caliente, pero alejándole, no le gustaban esas cosas… No hasta la llegada de este rubio esbelto, delicado, hermoso y sufrido. ¡Cómo odió a Read! De haber podido…

   -Hummm… -deja escapar escandalosamente de su boca cuando Daniel succiona, mordiéndose el labio inferior, echando el rostro hacía atrás, ojos cerrados, teniéndole atrapado ahora por la nuca con una mano, cogiéndole pero notando como la boca va y viene, buscando su güevo, deseando tomarlo y chuparlo.- Oh, sí, así, chúpamelo…

   Daniel cumplía, apretándolo con los cohetes y lengua, adelante y atrás, masajeándoselo, lamiéndoselo, succionando, sintiéndose dichoso… y mal. “Oh, sí, todos te buscarán por esto, nena”, era la voz de Read, cuando le obligaba a mamárselo; “actúa como una princesa delicada a la vista de todos, como una puta tragona e insaciable en la intimidad, y todos te buscarán”. Eleva la mirada hacia el rostro de Geri, echado hacia atrás, ¿sería eso? ¿Era tan buen tragón que…? No, no quiere pensar en eso, dejar que Read le siga atormentando. Quiere hacerlo, le gusta…

   El vigilante siente estremecimientos, ese carajo usaba la boca del ex puta de Read como si fuera un coño, cogiéndolo en toda la regla, y parecía que el placer que encontraba en ello era intenso. Seguro que el convicto le había enseñado trucos a su perra. Tragó en seco, viendo ese tolete grueso y babeado apareciendo y desapareciendo dentro de aquella boca que se las arregla para dejar escapar gemidos putones de placer. Los ronroneos de la traviesa gatita a quien alimentan de carne, endulzándola con la idea de la pronta leche fresca y caliente. ¿Qué se sentiría ser mamado así por otro hombre… o tragarse una verga?, se preguntó aunque eso le horrorizaba. No le agradaba aquello, pero no podía dejar de mirar.

   -Oh, sí, chúpamela así, lo haces tan bien…-gime Rostov, abriendo los ojos, mirándole con fuerza, ojos brillantes.- Tu boca me enloquece… -y se la mete toda, reteniéndole, al tiempo que se tiende sobre él, una mano recorriéndole la espalda, Daniel dejando escapar un gemido a pesar del tapón de carne en la boca, erizándose. Igual el vigilante. Esa mano baja a las redondas nalgas, blancas, lisitas, y van a la raja entre ellas, acariciando el hilo dental.

   -¡Hummm! –chilla escandaloso Daniel al sentirla allí, algo ahogado por la posición, la nariz contra el pubis del hombre. El roce de los dedos de Geri contra su culo estaba resultado electrizante; y avergonzado por lo mucho que ha cambiado, reconoce que quiere sentirlos otra vez penetrándole el agujero, reconoce mientras comienza a ordeñarle con su garganta, la manzana de Adán subiendo y bajando, ganándole otro gemido de su hombre.

   ¡Mierda, se le estaba poniendo dura!, mucho, pensó el joven vigilante de piel cetrina, sin poder apartar los ojos de la escena, del bonito tío rubio que ordeñaba aquel güevo clavado en su garganta como si no hubiera mañana, con el otro, sonriendo de placer, recorriéndole la redondas nalgas, la raja sobre el hilillo, bajando un poco más la mano y rascando con la punta de los dedos la bolsa que se forma en la pantaleta, allí donde la tela contiene las bolas del ex puta de Read. El roce de esos dedos allí, hacen chillar agudo y ahogado al hombre rubio, mientras mese sus caderas, al tiempo que separa las piernas. Trata de apartarse, de evadirse de aquello que no podía dejar de mirar, pero era imposible. De pronto le parecía que Rostov se veía… magnifico, grande y joven, indudablemente apuesto, siendo atendido, mientras tocaba y tomaba lo que deseaba, como ahora, cuando entierra un dedo en aquel culo lampiño. Puede verlo bien a pesar de la distancia, cuando aparta a un lado la tira del hilo dental. Una visión sucia y de locura. El dedo, entrando y saliendo lentamente, tenía al ex puta de Read tenso, arqueando la espalda, lanzando maullidos de lujuria, la saliva escapando a mares de su boca totalmente ocupada al tener clavado aquel tolete masculino que pulsaba contra su lengua, labios y mejillas. Y mecía su trasero, arriba y abajo, lento, buscando ese dedo que lo cogía y estimulaba.

   -Oh, sí, ordéñamelo, sácame la leche… -balbuceó Geri, tenso y tembloroso a un tiempo, sintiéndose en la gloria con aquella boca que le tragaba completamente el tolete, que no era nada pequeño, sintiendo el resuello del bello rubio contra su pubis, y ese culo lisito abriéndose y cerrándose sobre su dedo.

   No quiere pensar en lo que Read le hizo, las cosas a las que le obligó, pero había algo en aquel abandono con el cual se dejaba tocar, las ganas que su agujero parecía tener, así como la habilidad con la boca (porque esa estaba resultando una muy buena mamada de güevo), que le indica que el rubio fue adiestrado hábilmente, pero también llevado a descubrir o admitir cosas sobre sí mismo. Se veía natural allí, en manos y rodillas, mamando y dejándose meter un dedo por el culo. Ese parecía… su lugar.

   Le habían chupado antes, pero… Contiene un jadeo cuando la boca del rubio comienza a retirarse, sorbiendo en todo momento, rodeándole totalmente el tronco con la mejillas, para tragar otra vez; así iba y venía, casi masturbándole, pero mejor porque esa lengua le producía sensaciones increíbles a cada frotada, o cuando sencillamente chupaba. Y lo más erótico era su expresión de gozo; mientras le comía el güevo y meneaba el culo buscando su dedo, Daniel estaba disfrutando mucho de aquello.

   -Yo… yo… -Rostov se acalora, sintiéndose casi a punto, retirando su tolete de esa boca ávida y hermosa.- Quiero… -no encontraba cómo decirlo, no aún. Por él, por Daniel. Este le mira, alzándose y quedando sobre las rodillas.

   -Cógeme… -le pide, y Geri, al igual que el joven vigilante, se eriza todo por la carga de lujuria y necesidad que había en el tono.

………

   Con el rostro increíblemente ceñudo y ojos tormentosos, Owen Selby espera sentado a la barra de una conocida tasca. Bebe un botellín de cerveza mientras espera y piensa en lo muy mierda que era la vida. Toda. No sólo la fuga del hijo de puta ese, tan sangrienta y brutal, sino que… Deja el botellín sobre el porta vaso, incómodo dentro de su piel. Notaba a Jeffrey Spencer retraído otra vez. Parecía el mismo de los primeros días, cuando le parecía que le costaba mucho reconocer que sentía algo por él. Entiende que el abogado pasa por malos momentos, pero era una porquería que todo debiera recaer sobre él. Joder, le gustaría encontrarle, abrazarle y besarle, que se consolaran, que se dijeran que no habrían podido hacer algo distinto a lo que hicieron; que nada de aquello era culpa de ellos… Lo que en teoría era cierto, aunque no dejaba de sentirse mal. Pero el abogado no se la ponía fácil, parecía decidido a distanciarse. Le ve entrar con expresión grave, con su traje, los lentes, algo cabizbajo, caminando de prisa.

   -Hey… -dice cuando llega a su lado, notándose nervioso, cayendo en el otro taburete. Al policía le parece notar que le miró más de la cuenta, eso le agrada. Y disgusta, ¿por qué tenía que enrollarse tanto?

   -Te llevo la delantera. –dice como respuesta, alzando un botellín, mirando al cantinero e indicándole dos con los dedos.

   -¿Estás bien?

   -¿Vamos a comenzar con eso? –suena irritado, y Jeffrey parpadea tras los cristales.

   -Para ser alguien que continúa diciendo que no debo sentirme culpable de nada, pareces una mierda. –es seco, volviéndose hacia el camarero que le entregó una botella a Owen pero retiene la suya, mirándole con desconfianza.

   -¿No eres…? –comienza beligerante.

   -Me le parezco, nada más. –le corta, tomando el botellín y bebiendo. El hombre, disgustado, no se aparta. Owen suspira y saca su chapa.

   -Vuelve a tus asuntos, amigo.

   -¡Policía, claro! Con razón todos se escapan… -todavía gruñe mientras se aleja. Ambos quedan tensos.

   -Vamos. –dice Owen, poniéndose de pie y marchando a una mesa apartada. Jeffrey le imita.- Siento eso. La gente a veces es tan idiota.

   -Creo que me conviene acostumbrarme a ser odiado. –suena desalentado aunque intentó fuera una broma.

   -Oh, ya ocurrirá algo que haga olvidar esto. Algún ataque terrorista sensacional, una pandemia aterradora, algún meteorito cataclísmico con rumbo de colisión, ten fe. –ironiza el policía, mirando su botellín, luego al abogado.- Lamento haber sido…

   -Lo entiendo. Parece que yo mismo pierdo horas de vida disculpándome por todo esto. –le mira con afecto.- Tú no tienes nada de que sentirte responsable, Owen; siempre creíste en su culpabilidad. –el otro sonríe, viéndose guapo y agradecido.

   -¿Y sí es tu culpa por hacer tu trabajo? ¿Qué, entonces todos debemos quedarnos sin hacer algo por lo que pueda ocurrir luego? -se hace un silencio tenso mientras beben.- Le encontraron esta mañana, en ese callejón donde sabía que estaría. Sobre una colchoneta inmunda. –comienza, mirando a la nada.- Fui a verle cuando escuché el reporte, le tenía marcado como “persona de interés”; quería llevarle a algún centro de desintoxicación. O con su padre. Tardé demasiado buscando a Read. Parecía dormido, en paz, todavía tenía la aguja clavada en el brazo. –traga en seco y toma otro buche de cerveza.- Era heroína… demasiada. Fue una sobredosis. –se pasa la lengua por el labio superior, mirando al abogado.- Las huellas de Read estaban en la inyectadora.

   -Por supuesto. –responde con furia y frustración.

   -¿Le obligó? ¿Le atacó y…? ¿O ese chico se la aplicó voluntariamente, pensando que era un regalo? ¡Dios! –ladra cerrando los ojos.- También mató a dos de sus socios. Alguien reportó disparos en una casa abandonada, una patrulla encontró los cuerpos, Sergio Altuve y Eugene no sé qué más. ¡Ha estado de lo más ocupado el hijo de puta ese!

   -¿Por qué hace estas cosas? ¿Realmente es un loco?

   -¿Lo dudas? Es un asesino serial.

   -Lo sé, pero… matar a ese chico… a sus socios… ¿qué gana con eso? ¿Por qué se quedó a hacerlo y no escapó de una vez?

   -Cobra cuentas y… creo que ata cabos. El chico era un “regalo” para su padre, un hombre terco y decente que se cruzó en su camino y le impidió concretar la mudanza de cadáveres, lo que terminó con el descubrimiento de sus víctimas en El Matadero. Así se cobró. En cuanto a los socios… -duda, ojos tormentosos cuando le enfoca.- ¿Y si todavía nos aguarda otra sorpresa y acabó con quienes pudieran llevarnos a ello, aunque la posibilidad fuera remota? ¿Y si no ha terminado, Jeffrey?

CONTINUARÁ…

Julio César.

OSCURO AMOR… 15

mayo 19, 2016

OSCURO AMOR                         … 14

Por Leroy G

EL TIO EN HILO DENTAL ROJO

   Pobrecillo, ¡le pica y arde tanto!

……

   Marcos, con una mueca algo cruel en su joven y atractivo rostro se había echado hacia adelante. Atrapándole los hombros con sus manos de dedos abiertos, erizándole, pero nada a lo que ocurrió cuando bajó el rostro y cayó sobre ese pectoral abultado, redondo, magnifico, cerrando los labios sobre el muy erecto pezón color marrón oscuro. Chupando. La humedad y calor, las succiones y toques de su lengua hicieron gritar y gemir a Mauricio, quien se tambaleó prácticamente ante la debilitante oleada de lujuria que le recorrió. Toda idea de resistirse, de hecho toda idea consiente escapó de su cerebro, lo sabía, mientras el otro le succionaba ruidosamente, usando su boca contra él al igual que los hombres lo hacían comúnmente con la mujeres para derretirlas a fuerza de placer. Mauricio, ojos cerrados, boca muy abierta, tiembla y gime, todo dándole vueltas. Consiente ahora de esas manos que recorren sus hombros, sus brazos, sus bíceps, palmeándolos, y de manera automática, sin saber por qué, medio flexiona los brazos, abultándolos en duras pelotas de músculos, los cuales son acariciados por Marcos mientras le mordisquea el pezón. La suma de todo eso le tiene mal, muy mal.

   Dejando aquella tetilla maravillosa, con una mueca burlona y cruel mientras observa al musculoso chico entregado, Marcos va a la otra, azotándola con su lengua, y cada toque de la punta con la erecta masa, era una locura para él, todo aquello era suyo, pero desataba un verdadero incendio dentro de Mauricio, quien prácticamente sacó más pecho, tomando aire, expandiendo su recio torso, empujando el pezón contra su boca, una que se abre ante el manjar ofrecido y come de él. Al más alto todo le parece perder consistencia, sólo oye esas succiones ruidosas, sólo siente ese aliento quemándole el pecho, las chupadas que arrancaban toques eléctricos placenteros, las manos de Marcos que… Sólo puede gemir y gemir, entregado, puto, casi alcanzando un orgasmo por esas mamadas a sus pezones.

   Esas manos bajan y caen, abiertas, sobre las redondas y duras nalgas fuera del suspensorio. Y el toque les eriza a ambos, uno de placer y poder, al otro de excitación y debilidad. Marcos le succiona ahora esa tetillas como un bebé hambriento mientras esas manos recorren, acarician y soban aquel terso trasero con el cual ha soñaba tanto, con hacerle eso, se dice, sobándolas de arriba abajo, atrapándolo los cachetes lampiños (se encargó de eso la noche anterior), y separándolos; metiendo una mano de canto, recorre la ardiente raja entre ellos. Con la punta de un dedo acaricia y rasca sobre el cerrado ojete del culo. Y los gemidos de Mauricio son increíblemente eróticos, de tono elevado, como hacen todos sus putos, totalmente incapaz de controlarse. Sin dejar de chupar o tocarle el culo, penetrándole sutilmente con menos de media falange, la uña no desaparece del todo, abre el redondo anillo rotándolo, Marcos le empuja. Le hace retroceder, salir de la cocina, Mauricio va con pasos tambaleantes. Cruzan el pasillo y se encaminan al cuarto del muchacho, entrando y arrojándole sobre la cama. Tenía que apresurar el proceso.

   Rojo de cara, confuso, excitado, pero también avergonzado y con todavía un ramalazo de rebeldía, Mauricio le mira desde su colchón, apoyado en los codos, temblando al verle despojarse de la franela, lazando los zapatos y quitándose la pantaloneta, quedándose en un bóxer corto, ajustado, gris, totalmente deformado por una erección descomunal que atrapa su mirada con un interés que nunca antes había sentido, la tela muestra una mancha de humedad, allí donde destaca la silueta tipo hongo del glande. El chico en la cama no puede apartar los ojos de esa mole de carne dura, el otro la agita presionando sus músculos, sin tocarse, sonriendo de su expresión.

   -No quería hacerlo así, deseaba tomarme mi tiempo. –le dice, abriendo una de sus propias gavetas, sacando unas muñequeras de cuero que pueden servir de esposas.- Pero ahora no tengo alternativa.

   -¿Qué piensas hacer? –la visión de esas cosas le asusta… pero un ramalazo de excitación al verle tan seguro de sí, tan dominante, también se hace presente.

   Marcos no le responde, sube a la cama, a su lado, atrapándole un brazo. La sorpresa juega a su favor, y subiéndolo lo lleva a la cabecera, de barrotes, esposándole una de las muñecas. Chillando un “¿qué haces?”, Mauricio intenta resistirse, bajar el brazo pero el cuero se cierra sobre su piel, y reteniéndole allí con una mano, Marcos atrapa su otra muñeca, elevándole también el brazo musculoso, dejando a la vista la desnuda axila rasurada. Y aunque más grande y acuerpado, y aunque se resiste y grita, no puede evitar que su otra mano sea también inmovilizada, tras las barras, quedando fijado a ellas.

   -Suéltame, ¿qué haces, te volviste loco? –todavía le reclama.

   -Dios, cómo te quejas. –le nota el fastidio en la voz, saliendo de la habitación aunque le llama para que no le deje así. El enorme y musculoso hombre joven se estremece y tira, su torso y bíceps se llenan, gruñe y tira, un espectáculo erótico increíble, pero no puede librarse; le ve regresar cargando una caja.

   -Marcos, suéltame. –le pide.- ¡Suéltame! -le grita ahora exigiéndoselo.

   -Silencio, perra. –responde este, dejando la caja sobre una mesa y sacando una pequeña bomba de aire, de unos veinte centímetros, delgada. Con mascarilla y todo.

   -¿Qué es eso? –se aterra Mauricio cuando este se le acerca.- No, no… -lucha pero su boca y nariz son cubiertas con la mascarilla, el otro acciona la llave, se oye el estallido de gas e intenta aguantar la respiración pero no puede, Marcos está dispuesto a dejársela hasta que respire. Y ahogado lo hace, ese gas con olor a frutas penetra su nariz y boca, mareándole instantáneamente, pero también haciéndole sonreír, sintiéndose increíblemente bien, relajándole tanto que ríe un poco, contra la máscara.

   -Se siente bien, ¿eh? Otra, por tu hombre. –ordena Marcos, y Mauricio aspira profundamente, su ancho pecho expandiéndose, los pectorales mostrando sus tetillas erectas y enrojecidas. Casi ronronea, sintiéndose excitado, mareado, cuando la máscara se aleja.

   -Hummm…

   -¿Te gusta la sensación? –le pregunta, sentándose a su lado, alzando una mano y acariciándole los pectorales, pellizcando las tetillas, haciéndole gemir y estremecerse de placer sobre la cama, atado como está.- Es un alcaloide genial, ¿verdad? Anula la voluntad, las ganas de resistirse. –le dice mientras se tiende sobre la caja, sacando unas tijeras,unas que Mauricio mira con expresión confusa en su atractivo rostro de hombre fuerte y varonil, pero indefenso. El otro, mirándole, le corta la camiseta, sacándosela totalmente. Vuelve a la caja y extrae una crema en gel con la cual engrasa sus dedos, los cuales van a su tetilla izquierda, untándola. Y Mauricio siente un calorcito que le encanta, así como la maniulación a sus pezones, porque el otro recibe igual trato.- Tus tetas son tan sensibles, amor, pero todavía falta. –vuelve a la caja y estrae un pequeño chupon plástico, que aprieta, deformándolo, colocando la base abierta sobre su tetilla derecha, soltándolo.

   Mauricio gime y se arquea, como si le doliera. Esa cosa parece succionar su pezón, como si le halara fuertemente hacia arriba. Siente la sangre correr hacia él, erectándolo. El otro corre igual suerte, y sobre esa cama, atado, sus pezones están cubiertos con ese material que hala y los mantienen estimulados. No tiene fuerzas para resistirse cuando le baja el suspensorio, los ojos del otro brillan ante su pene flácido, rojizo y suave, sin rastro de pelos. Y ocurre algo horrible para el chico atado; aún así como está, medio drogado, lo sabe. De la caja, Marcos saca una jaula de castidad, de plástico grueso, con la figura de un pequeño pene flácido. Intenta revolverse pero no puede detener esas manos que atrapan su miembro y bolas en un puño, halándolos, cubriéndolos con un anillo que se cierra, ajustado, haciéndole gemir un tato,  el cual es fijado con un diminuto candado. Su miembro es encerrado en el pequeño plástico con varios orificios redondos, y fijado al anillo con otro candado diminuto. Le ve sonreír, mostrándole las dos llaves que fija a la cadena que lleva al cuello.

   -Ya no podrás jugar con tu cosita, no lo necesitas para experimentar y vivir tu sexualidad en toda su plenitud, cariño.

   Aunque su cerebro está nublado, increíblemente nublado, conformándose únicamente con sentir (y siente cosas que le excitan), la mente del joven se revuelve ante aquello, ¡una jaula de castidad!, le había bloqueado como hombre, ya no tenía derecho a su sexualidad, a su miembro, al signo de su virilidad y masculinidad. La idea, aterradora, le provoca una lágrima de frustración e impotencia, y cortos lloriqueos. Sentía la presión sobre su pene, la apretada en la base y en sus bolas, enfermándose. El otro le sube el suspensorio, el cual se aplasta contra la jaula, demarcándola, presionándole.

   -Shhh, tranquilo, tranquilo; no pasa nada, está bien. Esto está bien para ti, es como tiene que ser. –amoroso, Marcos le acaricia la frente y bajando el rostro toma su lágrima con la lengua, el roce le provoca jadeos a Mauricio.- Te ves acalorado. –le dice, metiendo una mano bajo su nuca, alzándosela, mostrando el vaso con el coctel que no quiso tomar antes y que aceleró la crisis, al cual le quita la tapa y acerca a sus labios. El otro bebe, como sin voluntad. Sus ojos están atados, uno confuso y controlado, el otro satisfecho y predador.- Eso es, no fue difícil, ¿verdad? –se aparta y vuelve con otro bote de aire, este de un color rosa. Le cubre el rostro, y sus miradas siguen unidas.- Vamos, por mí. –abre la llave y Mauricio toma una profunda inspiración, sintiendo que su piel arde completamente, y cuando los dedos de Marcos le rozan los pectorales, haciéndole cosquillas alrededor de los chupones, se alza buscando más del contacto. Sus tetillas, bajo los chupones, parecen en llamas, como su tolete que desea moverse, crecer, pero la jaula le oprime y contiene. Y su culo…

   Gime, sin fuerzas, cuando Marcos le toma un pie, estudiándoselo, grande como corresponde a un muchacho grande también, sobándolo, y le ata alrededor del tobillo una de esas esposas de cuero, repitiendo la operación con el otro. Ata una cuerda de las argollas de ambas y la lleva sobre su cabeza atándolas al cabezal.

   -Ahhh… -Mauricio jadea al quedar así, de espaldas en esa cama, desnudo a excepción del suspensorio, su verga dentro de una jaula de castidad, sus tetillas bajo chupones que los presionan y erectan, sus musculosos brazos extendidos y atados hacia arriba, y ahora sus piernas, ha quedado abierto sobre la cama, e inmovilizado.- Ahhh… -repite el sonido como un estallido cuando los dedos de Marcos van a su culo, con algo untuoso, y le acaricia y riega aquello, metiéndole un dedo. Eso quema ligeramente, de una manera que se hace incómoda, inquietante. Desesperante. ¡Siente mucha comezón en el culo!- Ohhh… -lloriquea, su esfínter agitándose y temblando.

   -Tranquilo. –le dice Marcos, sacando de la caja un juguete sexual corto, pero grueso, con forma de verga. Los ojos de Mauricio se agrandan al verlo; cuando el otro aprieta algo en la base y zumba, su boca se le entreabre, los labios rojos y húmedos de lujuria.- Esto te ayudará con ese problemita que tienes, también a nacer a tu nueva vida, bebé. –se lo muestra, grueso, vibrando, plenamente consciente de lo que el otro padece por la crema.- ¿Quieres que te meta esto por el culo, amor? –le pregunta, burlón.

CONTINÚA…

Julio César.

DE AMOS Y ESCLAVOS… 34

mayo 17, 2016

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 33

UN ESCALVO ESPERANDO A SU AMO

   Nadie le obliga… quiere hacerlo, servir.

……

   ¡Mierda! ¡Mierda!, grita su mente en shock, atascado de repente por todos sus temores y dudas. Allí estaba ese sujeto que telefónicamente le fue diciendo cómo tocarse, sobarse, que le pidió que le enseñara lo que hacía, agregando lo caliente que le ponía verle así. Era más bajito, delgado, de cabellos castaños, igual que la sombra de bigote y barba en un rostro que parece extrañamente imberbe, ese tipo de rostro que se ve igual así el sujeto tuviera treinta y picos de años de edad. Viste un traje barato, como de gente de banco que se iniciaba. También lleva un maletín. Y le sonríe con esos ojos marrones amistosos.

   Tragando en seco, Gregory mira al frente, decidido a ignorarle. No quiere meterse en problemas en aquel ascensor donde otras seis personas, indiferentes y pérdidas en sus pensamientos, se dirigían a sus apartamentos. Eran vecinos y conocidos. Vivía allí, joder, no podía arraigarse a… Se congela cuando ese tipo da medio paso, de lado, acercándosele. Puede sentir su presencia, su calor, incluso su olorcito a colonia y sudor. No, no le veré. Se tensa más.

   El tipo, mirando al frente también, sonriendo socarronamente, da otro paso y choca de él. Le siente estremecerse… pero quedarse allí. Toma aire, lo que pensaba hacer era una locura, y eso le hace enrojecer la cara, pero no puede contenerse. No en ese lugar, no con ese tipo a su lado, sabiendo que le gustaba el exhibicionismo. Con disimulo mueve una de sus manos, a las espaldas de Gregory, y lucha contra la pared para meterla aunque el otro se resistía. El hombre más alto, agrandando los ojos al sentir el roce y la lucha por meterse, traga en seco. ¿Acaso estaba loco ese tipo? ¿Quería tocarle el culo delante de todas esas personas?  La idea le eriza la piel y algo cálido estalla en sus entrañas.

   Luchan, uno empuja la mano a un lado, el otro pega sus nalgas de la pared del ascensor, pero esta entra, queda prensada entre la pared del aparato y la tersa, redonda y dura nalga del macho negro. Y el sujeto traga, sonriendo más, como en éxtasis. Gregory se tensa, mirando con temor a los otros, pero nadie parecía notar nada. Y tal vez fue eso, o el calor de la pálida y firme mano del otro hombre sobre su trasero, lo que le hizo despegarlo un tanto. La sonrisa del catire se ensanchó, aunque menguó cuando una mujer al frente, acomodándose el cabello, medio miró hacia ellos, sin notar otra cosa. Eso electriza a Gregory, cuya piel se quema a pesar del bóxer y el jeans, por esa palma contra su nalga y la posibilidad de ser pillados. Y ahora esta se mueve, ese sujeto, mirando al frente, rostro indiferente aunque con los ojos brillantes, le manosea el culo en un ascensor lleno de gente. La palma rueda osadamente sobre la nalga más cercana, la derecha, palmeándole, comprobando la firmeza, erizándole la nuca al negro; luego cruza hacia la izquierda, los blancos dedos abiertos, los nudillos notándose cuando aprieta, luego va hacia esa raja. Y cuando cae ahí, Gregory cierra su chaqueta para ocultar una palpitante erección y se estremece, tragando saliva.

   La mano, de canto, entra en su raja, frotando, recorriendo de arriba abajo, provocándole cosquillas y escalofríos, deteniéndose un momento y con la punta de los dedos medio rascando, rozándole, la entrada del culo sobre la tela. Gregory comienza a verlo todo borroso, con el güevo increíblemente duro dentro de sus ropas… abriendo más las piernas, separando las nalgas. Facilitándole al otro macho el manosearle el culo. Cerrando los ojos por un segundo cuando los dedos empuraron más, contra su entrada, a pesar del jeans, tiene que morderse los gruesos labios para contener un gemido. Alguien medio vuelve la vista, por fastidio del viaje, y el hombre repone la fachada de no pasa nada.

   Pero hay que acabar el juego, la gente comienza a descender, y el sujeto, costándole una bola, cubriéndose con el maletín, aparta su mano, medio arañándole con sus uñas mientras se aparta. Quedan quietos.

   -Hey… -dice de pronto, ronco, volviéndose hacia Gregory.- Me llamo Vicente Mijares, vendo seguros de vida, sé que puede sonar a abuso pero a todos les pregunto, ¿tienes uno?

   -Eh, no… -desconcertado le mira, estrechándole la mano.- Soy Gregory, Gregory Landaeta.

   -Mucho gusto, oye vives peligrosamente. ¿Podría ir a tu apartamento y hablarte de un plan? Hay que estar preparado para todo en este mundo, amigo. –le propone. Se miran. Y Gregory, erizado, alza la barbilla y endereza aún más sus hombros.

   -Creo que me interesa…

   Juntos salen en el último piso, rumbo a su apartamento.

……

   Aunque sabía qué encontraría en aquella habitación, y por ello se había asegurado la presencia de un notario público y dos testigos más, la verdad es que Marjorie Castro de Santoro no estaba preparada, ella misma, para la escena ante sus ojos, que superó por mucho todas sus expectativas. Allí estaba su marido, pintado y vestido de puta, recibiendo un grueso y largo güevo negro por su culo muy blanco y depilado, que le estaba llenando las entrañas de semen, justo en ese momento, o que la aparición de ella y sus acompañantes provocara que este se corriera, sin tocarse, dentro de aquella pantaleta. Tal vez por eso lo miraba todo con una expresión que parecía muy genuina de sorpresa, el horror no era en sí por lo que veía sino por la profundidad de las faltas de su marido. ¡Ese hijo de puta!, pensó con rabia, ¿por qué se casó conmigo si sólo quería vivir montado sobre los machos? Los clic de la cámara fotográfica, a su lado, le regresan a la realidad.

   -¡Marjorie! –ladra, aterrorizado por la sorpresa el marido más que infiel; ver a su mujer, acompañada de otros, obliga a Bartolomé a echarse hacia adelante, su culo dejando salir casi con un plop ese tolete grueso y nervudo, muy negro en contraste con su piel, quedando arrodillado en la cama, el semen chorreándole por delante y por detrás.

   ¡Mierda!, piensa Yamal Cova, con un jadeo de sorpresa, echándose hacia atrás, cayendo de culo sobre las almohadas, con la verga todavía dura, temblorosa por el clímax, bañada en su propio semen.

   -Dios, tú… ¿cómo ha podido hacerme esto? –grita aguda la mujer, reclamándole como toda esposa indignada.

   -¿Es su marido de verdad? –todavía vuelve a preguntar el notario, un sujeto que no puede dejar de parpadear, de sorpresa y disgusto.- Estaba montado sobre ese negrote, para que esa mierda le cupiera debía llevar tiempo repartiendo culo, ¿no le notó nada antes?

   -¡No! –ruge ella, mirándole llorosa.- Me casé enamorada. –y el hombre boquea.

   -¿Qué haces aquí? ¿Quiénes son estas personas? ¿Qué es todo esto, Marjorie? ¿Estás sorprendida? ¿En serio? Sabes que fuiste tú quien… -inicia, bastante torpemente, Bartolomé.

   -¡Coño, cúbranse antes de que llame a la policía! –grita el notario.

   Y ocurre, mientras Yamal, amoratado de vergüenza, todavía se pregunta qué coño ocurre, por qué esa catira se pone así por encontrarle enculando al marido si sabía desde hace tiempo que el tipo era un pobre maricón reprimido que había vivido toda su vida negándose, el rostro de Bartolomé, desconcertándose, comprendiendo, entiende mucho mejor.

   -¿A eso juegas? ¿Te estás preparando para una separación hostil? -pone el dedo en la llaga.

   -¿Divorcio? ¿Crees que te cazaba para sacarte plata? Te amaba, quería salvar nuestro… -la mujer comienza con un lloriqueo que ahora si se nota falso.

   -Basta, señora, esto no se habla así ni aquí. –la corta, con autoridad, el notario.- Debe salir, serenarse y pensar en lo que hará, a lo que tiene derecho a pedir o exigir, sea un marido arrepentido que jure… -le cuesta decirlo.- …No caer en estas mariconerías otra vez, cosa que, y me perdona, pero lo veo bastante difícil, o le deja. Testigos de su indecencia tiene. –le asegura, que era lo que la mujer buscaba.

   -Esto es… tan… sórdido. –lloriquea.

   -Marjorie… -Bartolomé intenta incorporarse.

   -Quédese ahí, amigo, nadie quiere ver su depravación. –asegura el notario.

   Aunque no era del todo cierto, nada más entrar y recibir el shock de la escena, los testigos quedaron perplejos. Uno de ellos miró al catire pintarrajeado ensartado en aquel güevo, saliendo de él, el culo chorreándole leche antes de que la pantaletica lo cubriera, y pensó: qué puto, seguro tiene ese culo empegostado y muy abierto, me pregunto qué se sentiría si… El otro, boca ligeramente abierta, quedó atrapado en el negro y grueso güevo del otro, preguntándose con escalofríos, cómo alguien podía sentarse sobre eso, abarcándolo, metiéndoselo centímetro a centímetro sin…

   -¿Divorcio? –repite Bartolomé, mirando del hombre a Marjorie, cachetes rojos.- ¿Es lo que buscas? No te vayas por ese camino, Marjorie.

   -¿No tengo derecho al saber que mi marido no es más que un rolo de…? –casi grita. Bufando, Yamal desvía el rostro.

   -Por Dios. –qué falsa podían ser las mujeres a veces, pensó.

   -No se meta en esto, amigo. –le gruñe el notario.- No voy a decir más, pero esto es grave… muy grave. –se vuelve hacia la mujer.- Hemos sido testigos. –ella asiente, llorosa, y todos giran, aunque a dos les cuesta un tanto apartar los ojos de la extraña pareja, y mientras lo hacen, la mujer le sonríe levemente a su marido.

   -Marjorie… ¡Marjorie! –la llama a gritos pero el grupo sale. El hombre cae sentado, tragando en seco.

   -Esa puta. –comenta Yamal, en simpatías, y casi pega un respingo cuando el otro se vuelve a mirare con resentimiento, dolor y rabia.

   -Estabas en esto con ella, ¿verdad? En esta maldita trampa.

   -¿Qué?

   -Hijo de puta. –le gruñe con furor, lanzando la piernas fuera de la cama, dispuesto a largarse.- Eres un grandísimo hijo de puta, espero que te hallas divertido mucho.

CONTINÚA…

Julio César.

NOTA: Y para aquellos que encuentran excitante ver a un sujeto negro joven y fuerte siendo tomado duramente por un tipo blanco, que además tiene cara de hijo de perra, puede que les guste el siguiente corto, aunque no muy bueno en calidad: NECESITADO EN EL MERCADO

LA NENA DE PAPA… 13

mayo 12, 2016

LA NENA DE PAPA                         … 12

De Arthur, no el seductor.

DULCE NENE DE PAPA

   Ni imaginaba lo que le esperaba…

……

   Y ese hombre acerca el rostro atrapando su boca, pegándole la babosa lengua de los labios, obligándole a separarlos, metiéndosela adentro, tanteándole todo. Tomado por sorpresa, Brandon no se había movido, todavía bajo el efecto sicológico de haber sido azotado por ese sujeto, por “portarse mal”, pero ahora se tensa. Sin embargo, Cole no le da tiempo de reaccionar, o negarse, con una mano sobre la nuca le fija e intensifica ese beso lengüeteado, mordelón, sorbiendo ruidosamente, mientras con la otra mano le acaricia un muslo de manera lenta, hábil. Todo era tan demencial, se dice el muchacho, al tiempo que su lengua sale al encuentro de la del otro, atándose a ella, luchando, succionando a su vez. Sus rostros se separan y su pecho sube y baja, agitado, encontrando toda aquella lujuria en las facciones y ojos de ese hombre atractivo y masculino que le obliga a hacer todas esas cosas.

   -¿Serás una buena chica, Brenda? –le pregunta. Y tragando todavía con esfuerzo, el joven asiente. Logrando que sonría, y eso, por alguna razón oscura, le alegra, o alivia.- Bien, entonces mereces tu postre. Esperaba cenar antes, pero…

   Le obliga a levantarse, dejándole allí, frente a él, con la fea franela y desnudo de la cintura para abajo, su corto pene erecto por efecto de las nalgadas, los glúteos muy rojos. Y abriéndose el pantalón, sin quitarle los ojos de encima, Cole saca su güevo blanco rojizo, nervudo, cabezón, que todavía está erectándose. El chico abre la boca, conteniéndose a duras penas.

   -Señ… papi, no deberíamos…

   -Por Dios, nena, deja de hacerte la tímida, se cuanto te gusta mamar un güevo, ¿lo recuerdas? Vamos, quiero ver si puedes hacerlo igual de bien. –cuando el joven abre la boca para decir algo más, le interrumpe.- Vamos, Brenda, no quiero tener que gritarte que comiences a mamarme el güevo como hiciste la vez pasada, aquí, en esta pensión que ni conozco. Tan sólo agáchate y toma el maldito tolete con tu boquita de niña hambrienta.

   Temblando de aflicción, no sabiendo cómo reaccionar, tan sólo le mira. Y lo que ve le extraña. Mientras le habla torcido, regañado y dominante, algo le ocurre al tolete de Cole, que crece y se endurece totalmente, excitándose mientras le trataba de aquella manera. Era… fascinante verlo, la erección crecía, descubría el glande blanco rojo y liso. Erectándose en toda su gloria, la gran vena en la cara inferior se ve llena. La mole del sonriente y apuesto hombre maduro choca de su abdomen, apuntando hacia arriba. Era una pieza… soberbia, se dice el joven, confundido. Tal vez porque le habría gustado tener una así.

   -Eso es, relámete, eso es bueno. Quiere decir que la boca se te hizo agua. –le dice Cole, agarrándose el tolete y agitándolo, ofreciéndoselo invitándole. Y rojo de cara el muchacho nota que lo hacía, que distraídamente se lamía los labios. Ábrela boca para decir algo y vuelve a ser interrumpido.- Basta, Brenda. Sabe que vas a tener que mamarme el güevo para salir de mí. No dejaré de hablar, de gritar… -y lo hace, ruge y el muchacho pega un bote.- …Hasta que tengas tu puta boca en mi verga y la ordeñes hasta que te la llene con mi leche. –baja un tanto el tono.

   Sabiéndose derrotado, ojos algo llorosos de rabia ante la injusticia, Brandon cae sobre sus rodillas, sus glúteos enrojecidos por las nalgadas se abren. Con mano trémula toma el tieso tolete, sorprendiéndose, otra vez, de lo grueso y duro que era, lo caliente y pulsante. Nuevamente envidió a ese sujeto mientras agitaba el puño arriba y abajo.

   -Así… -le dice Cole, abriendo más las piernas, tensando los muslos por el placer de tener al bonito muchacho a sus pies, de rodillas, masturbándole el tolete.- Ahora pega esos labios color de rosa de la cabeza de mi güevo. -indica sonriendo.- Ohhh, Dios, se siente tan bien, Brenda, sentir tu aliento bañándolo, la caricia de sus labios. Hummm, si, ábrelos un poco más, cariño, y recórrelo todo. Oh, sí, sí, así mi hermosa nena. –le sonríe temblando de lujuria.- Mira como se espesa tu saliva sobre ella, es por mis jugos. Atrapa un poco con tu lengua, recógelo como si tomaras leche condensada de un platillo, si, así, ahora saboréalo y trágalo. Oh, Dios, si toma toda la que quieras, bebé. –cierra los ojos, el roce de los labios era increíble, pero la lengua recorriendo, lamiendo, cálida y húmeda, era todavía mejor. Sabe que puede dejarlo en sus manos, por la forma que el muchacho toma de su licor masculino, su expresión de complacencia mientras lo degustaba sobre su lengua antes de tragarlo, le indicaba que el trabajo estaba hecho. Ahora, sonriendo beatíficamente, ojos cerrados, se dispone a disfrutar la mamada que le daría su dulce nena, olvidada ya de sus reticencias y pudores de niña buena.

   Aquel sabor extraño llenaba su lengua, pero lo conocía, y tragó. Con los labios sobre el ojete, chupó y lo bebió, y lo repitió buscando más. Con la lengua afuera azotó, rozó y lamió cada resquicio de ese glande y del cuello arrugado. El tolete enrojecía más y más, viéndose magnifico. Sin darse cuenta rodea con los jóvenes y delgados labios ese glande, cubriéndolo, mientras su lengua se desplazaba de forma ininterrumpida, y ese tronco le premió con más jugos que tomó lanzando un ahogado gemido.

   -Si, Brenda, tómalo todo. Toma tu postre. –estremeciéndose oye a Cole, tono bajo y cargado de lujuria.- Vamos, nena, sigue.

   Mientras le masturba y chupa ya directamente de ese glande, Brandon se ve enrojecido y radiante, de rodillas, con las mejillas ahuecadas y la boca muy llena. Baja y baja, más allá de la mitad, sintiéndola sobre la lengua, y eso le calienta de una forma extraña.

   -Oh, sí, bebé, sigue así… -granza Cole, estirando sus piernas como demasiado tenso de placer, buscando comodidad mientras su nena le hace eso.- Lámelo desde las bolas.

   Clavándole los ojos, viéndose casi frágil, pero con un grueso güevo en su boca, Brandon va retirándose, comprendiendo lo que hace, ¡estaba mamándolo! Pero quiere más. Dejándolo salir, con los labios hinchados y la barbilla algo ensalivada, el joven toma aire ruidosamente, luego cae y pega la lengua de la cara posterior del tolete, sobre la gran vena, caliente y duro, en la base, y comienza a subir dándole pequeños lengüetazos, sensación y contacto que hace gruñir al hombre, que le mira sonriendo complacido.

   -Así, nena, demuéstrale a papi cuanto amas su güevo.

   Las palabras, lo que saborea, saber que se entregó, rindiéndose, le produce una extraña mezcla de vergüenza y lujuria. Qué maricón era, era un poco hombre. ¡Un mamagüevo!, se dijo, intentando reaccionar, pero de alguna manera aquello casi le hizo ronronear cuando su lengua llega nuevamente al glande húmedo, recogiendo las nuevas gotas que manan, devorándolas con gula. Atrapa ese tolete otra vez, sus labios se adelgazaron más mientras baja por ese tronco nervudo y pulsante, el güevo de un macho que le permitía, no, que le exigía se lo mamara. Y lo mamaba. Quiere más líquidos, por ello sube y baja, masajeándolo para producir ese néctar. Va y viene cada vez con más rapidez, bajando más y más, perdida toda cordura. Pasan dos, tres, cinco minutos y no se detiene, va y viene trabajando por el licor del macho, sorbiéndolo de su tetero de carne dura y jugosa, ronroneando aunque ignora que lo hace.

   Traga rodeándolo con sus mejillas que se deforman con el cilíndrico tolete, succionando, luego lo va soltando, dejándolo brillante de salvia y jugos, masajeándolo brutalmente con su ritmo frenético… buscando su semen. Si, quería sentirlo, el estallido de esperma espesa, abundándote y caliente que llenará su lengua. La idea le hace temblar todo, desvalido y sintiéndose sucio, cosa que, curiosamente, le estimulaba más. Gime cuando una mano se apoya contra su nuca, obligándole a bajar más y más cuando cae. Ya no podía ver a Cole, el resto del mundo perdía consistencia o solidez, lo único real era el velludo abdomen, la verga de ese hombre que tanto placer le daba cuando se la chupaba.

   -Hummm, si, así, pequeña mamagüevo, chúpalo bien. Vamos, nena, sigue, sigue… No te detengas, haz feliz a papá.

   -Uggg…

   Brandon obedece automáticamente, traga casi todo el tolete, forzándose, rostro contraído y rojo, una vena marcándose en su joven frente, las dos manos ahora, de Cole, obligándole a permanecer ahí, y estando así, lo ordeña con su garganta y su lengua, trabajándole con ganas. Eso provoca un grito del hombre, quien abre los ojos y asentando otra vez los pies en el suelo, le enfoca, atrapándole la cabeza, guiándole, llevándole y trayéndole, haciéndole ladear la cara, y el trabajo del muchacho era increíble. No había nada mejor a una mamada en el güevo, piensa Cole, pero era infinitamente superior una dada así, por un chico que se resistía al principio porque se creía hombre.

   -Ohhh… -gime el hombre, sintiéndose cerca. Brandon sabe que está a punto, y tiene razón.- ¡Maldita sea, siiiii! –ruge, fijándole, metiéndosela hasta la garganta, sintiendo su resuello en el pubis.- Trágatela toda, nena. ¡Bébete toda mi leeeeeche! –gime largamente, corriéndose.

   Brandon, medio ahogado, siente esa dura mole de carne caliente temblando, algo recorriéndola, saliendo disparada y golpeándole la campañilla. Las manos que le sujetan le retiran un poco y ese güevo termina de vomitar la carga sobre su lengua, abultándole las mejillas con toda esa esperma caliente y pegajosa, salobre, picante y estimulante. Y mientras rugía, la cabeza hacia atrás, su ancho pechos subiendo y bajando, jadeando, Cole sigue corriéndose, dos, tres y cuatro trallazos. Brandon tiene la boca tan llena que tiene que beber, saboreándola al fin. Buche tras buche lo hizo, se tragó la esperma blanca que cubría su lengua y dientes, bajo la ahora sonriente mirada de Cole, quien vuelve a halarle con sus manos, clavándole otra vez ese tolete todavía duro por la garganta.

   -¿Te gustó? Debes darme las gracias por alimentarte. –le dice, soltándole, y un jadeante y avergonzado Brandon, de rodillas, con los labios muy hinchados, con el olor a esperma y algo de esta nadando en sus lengua, asiente.- Dilo.

   -Gracias, papi, por alimentarme. –le cuesta, humillado.

   Sonriendo, Cole va a agregar algo cuando llaman a la puerta. El sonido seco y firme congela a los otros dos.

   -Hey, Moses, ¿estás ahí? –pregunta desde afuera Mark Aston, golpeado otra vez.

   -Sí, yo…

   -Oye, abre, quiero preguntarte algo. –es directo, firme.

   -No, yo… -los golpes se repiten.

   -Abre, coño, ¿estás con alguien? ¿Con tu chica? ¿Volvió?

   Labios temblorosos, Brandon no sabe qué hacer, de pie, desnudo de la cintura para abajo. Su mejor amigo llama a la puerta de una manera que indica que desea una respuesta.

   -Abre, Brenda, atiéndele. Ve qué quiere. –le ordena Cole, sorprendiéndole.

   Al mirarle lo entiende, ese hombre quiere que lo haga, que le obedezca.

CONTINÚA…

Julio César (no es mía la historia).

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 55

mayo 11, 2016

… SERVIR                         … 54

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

AMOR POR TANGAS E HILOS DENTALES

   -Lo que me gusta de ti…

……

   Llevó un rato, y muchos gritos del jefe Slater, zanjar la cuestión en el comedor, y a solas nuevamente en aquel baño, sin sentir del todo los antiguos temores a un ataque (intuye que si, que el jefe le protege un tanto, ¿culpa?), se lava el rostro, mirando la pequeña cortada sobre su labio inferior color rosa. Alguien se mueve a sus espaldas y no le sorprende encontrar, en el espejo, la mirada clara y directa de Geri Rostov, quien tiene el cabello despeinado y una sombra roja en un pómulo. Cosa que, curiosamente, le hace verse más sexy.

   -Lo siento. –dice este, y su voz suena realmente afectada. Daniel baja la mirada, luego se vuelve.

   -No fue tu culpa, más bien me ayudaste. –apoya el culo del lavamanos, rojo de mejillas, realmente sintiéndose agradecido.

   -Hablo de… lo otro. Del chuzo. Si no te lo hubiera dado… -toda la culpa del mundo se percibe en esas palabras cargadas de auto reproche.

   Pero Daniel no quiere escuchar nada. No de lo que pudo ser. Y le silencia… echándose hacia adelante, atrapándole el rostro con las manos y besándole.

   Por un segundo, Geri se congela, sorprendido. Había estado disculpándose con aquel tío que las había pasado tan malas, y ahora estaba allí, agarrándole y besándole. Y no sabe qué hacer. Toda su piel hormiguea, se calienta… pero no lo quería así. No por compromiso, por desesperación. De alguna manera esperaba que lograran reunirse y…

   -Amigo… -le toma el rostro a su vez, alejándole unos centímetros.- No quiero que te sientas obligado a… -dice contra sus labios rojizo y húmedos. Los ojos de Daniel, desenfocados al estar tan cerca, le deslumbran.

   -Quiero esto. –reconoce con humildad, con un tono suave y algo mórbido que arranca escalofríos por toda la columna del sujeto joven y fuerte, agresivamente viril pero extrañamente suave en su tacto mientras le sostiene.

   Se miran, casi bizqueando, el torso de Geri subiendo y bajando tras el mono naranja entreabierto, finalmente se le va encima, alzándole y sentándole sobre el lavabo. Las manos le rodean la cintura, le atrae, sus cuerpos están totalmente unidos y sus bocas se encuentran. Pero ahora, con un jadeo, el más alto parece urgido. Mete la lengua dentro de la boca de Daniel, temblando de anticipación, su cuerpo endureciéndose al igual que su verga. Cuando encuentra la lengua del rubio, y se atan y luchan, gemidos ahogados escapan de esas bocas. Se solazaron en ello sin pensar en nada. No Daniel, quien entendía la magnitud de lo que hacía, su entrega; ni Geri, quien antes de entrar en la maldita prisión había tenido, gozado y dejado a todas las chicas que su apostura atrajo.

   Como fuera, Geri no recordaba otro momento de su vida cuando se sintiera tan caliente como en ese instante; mordiendo la lengua de aquel sujeto, lamiéndole, chupándose ruidosamente, bebiéndose su saliva sentía como el tolete le palpitaba bajo el mono. Las lenguas salen, labios húmedos, y se tocan, luchan, y el macho dominante penetra otra vez al tiempo que las manos de ambos recorren y aprietan hombros, brazos y caderas.

   -Déjame verte… -pegando la frente de la de Daniel, Geri le pide. Este asiente. Sonriéndole y separándose un poco le arranca la gorrita, el lacio y brillante cabello color oro cae, casi provocándole un nuevo espasmo en el güevo. Daniel Pierce se veía hermoso de aquella manera. Masculino y femenino, sus ojos, sus mejillas, su boca, su cabello, todo era lindo, pero la sombra de barba le hacía contrastar de una manera enloquecedora.

   -¿Te gusto? –le pregunta, suave, temeroso de sí mismo. Se agita y suspira cuando Geri mete los dedos en su cabello, cepillándolo, acariciándole.

   -Te deseo, me gustas desde el momento en que te vi. Cómo odié todo lo que te sucedía. Todo… -calla cuando el otro habla, atrapándole esa mano.

   -No, por favor, no quiero escuchar lo patético e infeliz que era. –le ruega mirándole a los ojos, halando de esa mano grande y fuerte de dedos largos, los ojos de Geri atrapados en ella. Casi jadea cuando le ve abrir otra vez los labios, besando la punta de su índice, lamiéndolo con claras insinuaciones fálicas, atrapándolo, bajando lentamente los labios sobre él. El otro lanza un gemido mientras sonríe como desbordado.

   -Déjame verte… -le repite, y casi jadea cuando los labios, lengua y dientes en suave rastrillar se retiran de su dedo.

   Mirándole, algo enrojecido de mejillas por el paso que estaba dando, ahogado por una excitación que sube de nivel, Daniel baja del lavabo, lleva su mano derecha a su hombro izquierdo y hala esa manga de la braga, la baja, con la otra mano repite la acción, y deja caer el uniforme penitenciario, saliendo de él. Allí estaba, joven, dorado, lampiño, guapo, con sus tetas visibles, tal vez como las de una chica de trece años que comenzaba a desarrollarse, con la pequeña tanga femenina deformada por su verga medio morcillona. Tragando, no sabiendo qué esperar, mira a Geri, quien tiene la boca abierta mientras lo recorre con los ojos. Dentro del mono se nota una pieza dura alzando de manera insolente la tela naranja.

   -Yo…

   -Eres tan hermoso. –la voz sale ronca, cargada de admiración y lujuria, una que él mismo no entiende. Ver a ese tipo así le calienta de maneras desproporcionadas. Y eso le roba la cordura, a él, que deseaba llevar las cosas con calma.

   Daniel tiembla, más rojo de mejillas cuando le ve abrir el mono, saliendo con esfuerzo de las mangas, la camiseta sin mangas abrazando su torso esbeltamente musculoso se deja ver, así como los artísticos tatuajes de dragones en sus hombros, o el de su bíceps derecho, tipo alambre de púas. El mono llega a la cintura y el otro no puede apartar los ojos, esperando ver más. Queriendo ver más. Nota la sonrisa de Geri y se estremece un tanto avergonzado. Verle tomar los faldones de la camiseta, alzándola, costándole sacársela, le deja sin aliento. Es un hombre… perfecto. Musculoso sin llegar a la exageración, con una sutil “t” de vellos castaños cruzando de sus tetillas y bajando, sus pectorales son fuertes, pronunciados. Masculinos. Sonriendo todo chulo, Geri baja totalmente el mono, y Daniel entiende qué tanto ha cambiad cuando se estremece de ganas. Debajo lleva un bóxer negro, a medio muslo, ajustado, el cual se deformaba por una granítica erección. Sus piernas, musculosas, están cubiertas de una clara pelambre.

   Saliendo del uniforme, decidido y dueño de la situación, Geri va hacia Daniel, metiendo sus brazos a los costados del rubio, atrapando la tersa y cálida piel con sus manos, atrayéndole, besándole otra vez, chupando intensamente de su boca, haciéndole gemir. O tal vez gemía así por el roce que su verga, dura, pulsante, estaba dándole; o porque cuando chocan, los pechos del rubio, sus tetillas duras, contactan de su torso firme. Como sea, Geri le besa, bebe de su saliva y su aliento, y baja las manos hacia esas nalgas que atrapa con sus palmas, recorriéndolas con codicia, como si no se cansara de rozarlas, donde hunde los dedos, halándolas hacia afuera. Ya no piensa, tan sólo reacciona, responde, y hay algo que él sabe hacer muy bien: cómo encender a una hembra. Y para él, en esos momentos, eso era Daniel Pierce.

   Poco después, en el nido que Geri fabrica con sus bragas de prisión, llevando todavía sus botas, como Daniel mismo, y su bóxer mientras el otro conservaba su tanga, el rubio de cabellos largos cae de espaldas, ¿tal vez pesando que eso pasaba demasiado rápido? ¿O dónde estaría el vigilante que supuestamente le protegía en ese lugar? No, no puede porque Geri cae sobre él, pesado, caliente, fuerte, masculino, aplastándole, y algo dentro de él responde al poder del macho, erizándose y calentándose más, excitado. La presión que ese tolete dentro del bóxer le quemaba más que la piel, parecía atravesarle. Pero era muy poco en lo que podía concentrarse mientras era besado;  aunque sí hacía mucho, con las manos recorría los anchos hombros, la recia pero lisa espalda.

   La boca de Geri sobre la suya le robaba gemidos y estremecimientos. Poco a lo que sintió cuando el hermoso hombre joven besó y lamió una de sus mejillas, bajando, rastrillando con los dientes su mandíbula algo peluda, provocándoles espasmos. El otro besó, lamió y chupó su cuello, bajando y bajando, y Daniel sabía a dónde iba, pero no si lo soportaría. Cuando la punta de la lengua aletea como una brocha, arriba y abajo sobre uno de sus pezones, gritó. El estallido de placer que experimentó fue intenso e instantáneo, tanto que arqueó la espalda. Pero poca cosa a lo experimentó cuando aquella boca se cerró sobre él, cálida y húmeda, la lengua recorriéndolo, los dientes apretando.

   La mente de Daniel era un caso, tan sólo podía revolverse bajo ese hombre que ahora succionaba de manera escandalosa de su tetilla. Pero aún gritó más cuando unos dedos cayeron sobre su otro pectoral; los dedos, arriba y abajo en su cepillar, rozaban su aureola. Le chupaba una teta, le manoseaba la otra, y cada terminación nerviosa del hombre rubio parecía a punto de estallar en llamas. Pero Geri quiere más. Quiere volverla loca como a sus otras nenas. Se aparta, casi arrodillado a un lado, sin dejar de chupar de aquel pezón erecto que hacía que el otro gimiera y arqueara el cuerpo cuando lo rozaba con su lengua o lo lamía; había algo de sucio y excitante en que un tío respondiera así.

   Y si, Geri Rostov sabía cómo enloquecer a una nena, como lo era en esos momentos Daniel. De la boca y de todo el rubio de cabellos largos escapan mil gemidos y estremecimientos cuando aquel hombre a su lado, mientras le succiona ahora la otra tetilla, atrapando con el índice y el pulgar de una de sus manos el ensalivado e hinchado pezón mamado, baja la otra mano por su cuerpo, recorriéndole el abdomen, que se eriza y tiembla bajo su roce, bajando más y más, atrapando en un puño su verga dentro de la tanga, apretándola, provocándole lloriqueos de lujuria. La boca se abre atrapando más de aquella piel, y succiona como ventosa, y todo el pectoral parece comportarse como una sensible mama femenina. Y mientras le mama las tetas, alternándolas, mordiendo y besando, juega con la que está libre, mientras su otra mano baja y baja, obligando a Daniel a alzar las caderas, los dedos metiéndose entre los pliegues que llevan a su culo, sobre la tirita del hilo dental. Y el calor, el roce, las intensiones, el paso sobre su ojete, el leve rasgar con una uña sobre la tela en la entrada misma, todo eso tiene a Daniel Pierce a punto de melcocha sobre ese piso. De sus labios muy rojos escapan gemidos incontenibles, caliente como nunca antes en su vida había estado. Y ese dedo, frotándose, aparta por la misma acción el hilo dental y comienza a meterse, muy lentamente, tanto que al rubio le angustia.

   Jadea intensamente y casi tiene que morderse los labios para no pedirle a gritos que le meta ese dedo por el culo. Lo tenía echando candela, no entendiendo cómo podía ser tan excitante aquello. Pero la verdad es que todo su cuerpo era una tensa cuerda de violín a la cual Geri, con su boca y chupadas, con sus dedos que apretaban pezones, y ese dedo que entraba y salía ahora de su culo, le tenían mal. Sentía sus bolas, todavía dentro de la tanga, rosarse de la muñeca del hombre a su lado mientras este, que tiene la mano entre sus piernas, le cogía el culo así. El dedo salía casi hasta la uña y volvía a clavársele, hondo, todo, hasta el puño.

   Todo Daniel es un estallido de sensaciones, de emociones, sus gritos son de agónica lujuria, ardía literalmente de ganas, y cuando Geri llevó el rostro hacia él, separados los delgados y rojizos labios húmedos, con la lengua un tanto afuera, el rubio se la atrapó con labios y dientes, chupando ruidosamente de ella, necesitado de hacerlo. agradecido en lo más profundo de su ser. Estaba más allá de toda cordura. Tal vez por eso su mano vagó hasta alcanzar, entre las piernas del otro, el bóxer algo húmedo que cubría aquella pieza de carne dura, caliente y pulsante, que parece sufrir un espasmo cuando la atrapa y hala. Ahora los dos gimen de manera intensa; todavía intercambiando chupadas y succiones de saliva, con Geri metiéndole ahora dos dedos por el culo, rozándole las bolas y el tolete con su brazo, pero la mano del rubio le atormenta sabroso, entrando en el bóxer y atrapándole el güevo en vivo y en directo. A Geri Rostov le han tocado muchas veces así, nenas, y uno que otro carajo que al verlo ebrio y bonito se equivocó con él (no les hizo nada, después de todo el buen gusto no era un crimen, pensaba burlón), pero sentir la palma caliente de Daniel sobre su tranca casi le hizo correrse.

   Las bocas se separan, centímetros, necesitan respirar, los labios están hinchados, cada uno es bañado por la espesa respiración del otro. Y Geri se pierde en la clara mirada del otro, intensa y de pupilas dilatadas.

   -Quiero chupártela, por favor. –le pide Daniel, estremeciéndose de su osadía y necesidad. Le gusta verle sonreír.

   -Claro, amor. Todo lo que tengo es para ti.

……

   Todavía echado donde le dejó su mujer, Jeffrey Spencer mira y oye su móvil timbrar con una llamada. Reconoce la tonada. Sonríe con acidez. Un momento de locura. Piensa no responder pero…

   -¿Aló? –croa.

   -¡Al fin! –brama Owen Selby.- Necesito hablarte de algo serio. Pero ya. Ven a mi apartamento a…

   -No, no puedo. –traga, ni por todo el oro del mundo se arriesgaría a encontrarse a solas con el otro. No en instantes cuando su vida parecía estarse derrumbando.

   -Es importante. –el otro parece intuir algo.

   -Owen…

   -Mira, si no quieres estar en mi apartamento vamos a reunirnos en otro lugar, en tierra neutral. En la tasca de la otra noche. –Jeffrey casi sonríe escuchándole.

   -Cómo terminó tan bien. –hay un silencio tenso y teme haberle herido.

   -Para mí, si. Lamento si para ti no fue igual. Pero no es de eso que deseo hablar. –hay otro silencio, y muerto de remordimientos Jeffrey quiere disculparse, pero el otro le corta antes.- Robert Read no ha salido de la ciudad. Asesinó otra vez. –la rabia arde en las palabras. y Jeffrey casi lanza un gemido.

   -Por Dios, pero si dijo…

   -Si, seguramente para distraernos en los límites de la ciudad y dejarle ir y venir a su antojo. La verdad fue que… -calla.- Debemos hablarlo.

   -Owen…

   -No es tu culpa, maldita sea. Lo que ese hombre haga no es tu responsabilidad; si lo fuera por hacer tu trabajo, todo el sistema legal estaría equivocado y llevamos casi trescientos años poniendo en sus manos nuestros destinos. –es tajante. Y esas palabras parecen quitarle un peso de encima. Un poco.

   -Y sin embargo está asesinando personas.

   -Atando cabos, y eso me hace preguntarme, ¿por qué?

   -Entonces irá por ti. –suena asustado.

   -Ojalá lo haga.

   -No, Owen, ese tipo es… -casi suelta que el diablo. Le temía tanto, por él, por el detective, reconoce con un ramalazo de vergüenza y rubor. El silencio se prolonga. -¿Estás bien?

   -No, Jeffrey, no estoy bien. –es tajante, y el abogado intuye ahora el infierno personal del otro.- Mató a ese chico, a Lamar Martens, al que envició con las drogas y arrojó a las calles.

CONTINUARÁ … 56

Julio César.

OSCURO AMOR… 14

mayo 7, 2016

OSCURO AMOR                         … 13

Por Leroy G

ACARAMELADO CHICO EN HILO DENTAL

   Un bocado listo a ser tomado.

……

   -¡Siéntate y come! –le ordena con un grito tajante, autoritario y casi hostil que hace temblar las rodillas del otro… con el deseo de obedecerle y someterse.- Mauricio… -cuando no obedece agrega ya ceñudo, gesto que se intensifica al verle dar un paso atrás, todavía rebelde.- Siéntate y come o me harás enojar. –baja mucho la voz, tras sus lentes los ojos son ranuras.

   -¿Qué has estado haciéndome? –demanda saber, casi al borde de un ataque de nervios. El otro nada responde y la tensión crece, a la par de la ira iba el temor, y este comienza a ganar terreno.- Tienes que irte de mi apartamento. –casi croa, estremeciéndose por lo abrumado que se siente ante la idea, pero decidido.- Hoy.

   -¿Estás loco? No puedes echarme así. Pago mi parte de la renta y…

   -Te vas o… o… -grita pero se interrumpe, y más cuando el otro da un paso en su dirección, con sus zapatos tenis, pantaloneta a media pierna y una franela no tan estrecha pero que sin embargo deja notar su cuerpo esbeltamente musculoso. Guapo.

   -¿O qué? –le reta casi a la cara, sonríe al ver la incertidumbre y miedo brillar en sus ojos, el saberse indefenso, que si llegaban a una pelea a pesar de su cuerpo más alto y musculoso, mucho, no le derrotará. Espera que haga algo. Y Mauricio lo hace, retrocede e intenta dar la vuelta, rumbo hacia la sala. Hacia la puerta. Pero con mano de acero lo detiene por una muñeca, apretando.- ¿A dónde crees que vas? ¿Qué harás? ¿Salir al pasillo vestido de putico a decir que te estoy violando? –le reta, gritándole burlón. Le siente temblar, bajar la mirada.

   -¿Qué me hiciste? –pide saber, otra vez, bajito, sus ojos encontrándose, la mano todavía aferrándole.

   -Sabes que soy estudiante de farmacología, ¿verdad? Mi rama es la investigación… y probé algunos de mis estudios contigo… Con drogas destinadas a transformarte en mi perra sumisa. Te quería de esclavo, de juguete sexual, para usarte y humillarte, hacer lo que me diera la gana contigo e irme, pero… -su mirada es intensa, el agarre firme.- …Me enamoré de ti.

   -¿Qué…? ¿De qué coño hablas? –grita alarmado, su pecho subiendo y bajando con esfuerzo, intentando comprender. No lo del amor, lo de las drogas.

   -Oh, Dios, ¿te sientes más tonto ahora también? Es parte del programa de acondicionamiento, quebrantar el proceso cognoscitivo. Teñiremos tu cabello de amarillo y…–se burla.

   -¡Deja de joderme! –le grita desesperado, casi al borde de un ataque de ira. Eso parece calmar al otro. Que le suelta y cruza los brazos, definidos, musculosos de una manera esbelta.

   -Tranquilízate, pequeño, no quiero que te alteres. Te pones feillo.

   -¡Deja de hablarme así! –se desespera más.- ¿Qué me has hecho en verdad?

   -Cuando te conocí en el gimnasio, tu cuerpo me impresionó, soy gay, lo sabes. –rueda los ojos con una sonrisa de diversión.- Eras un sueño húmedo y caliente. Entonces te escuché con tus amigos, hablando paja de los homosexuales. Te odié, pequeño. –informa, pero alza las manos como para calmarle.- Pero sólo en esos momentos, te lo juro. Ya no. Ahora te amo. Bien, buscabas un compañero de piso y me pareció perfecto. Me mudé contigo y comencé a preparar las comidas. Fue bueno que mamá me enseñara a guisar, ¿verdad? En tus comidas agregué hormonas, inhibidores, feromonas. Tu cuerpo debía despertar, ser grande y bello, musculoso, pero al mismo tiempo debías sentirte más débil; tenías que… inquietarte ante la masculinidad de otros, alterarte ante las testosteronas. Olerlas y responder a ellas como una nena. Yo, como el macho de la relación, debo ser el fuerte, tú el dulcemente débil que se somete a su hombre. Usé estimulantes de todo tipo, por ello sabía que seguramente te tocabas mientras me escuchabas encular a todos esos chicos que un día fueron como tú y que se cruzaron en mi camino, la mayoría de ellos groseros y altaneros, y terminaron como conejillos de india. –la revelación aterra al otro.

   -¿Cómo…? ¿Tú…? ¿Por un juego de despechos por un comentario manipulaste a toda esa gente y les cambiaste de esa manera? ¿Y lo mismo intentaste conmigo?

   -No fue capricho, es por amor a la ciencia, pequeño. Toda investigación debe probarse. Ahora, como sumisos ansiosos de güevos, de caricias de machos, deseando servirles, esos chicos son más felices. Llevan vidas plenas entregándose. Como lo serás tú. La música que te presté para que durmieras, acondicionaba sugestivamente tu mente, repitiendo órdenes específicas a tu cerebro ya muy receptivo después de tus jugos sazonados con escopolamina.

   Mauricio no puede creer lo que escucha. ¿Acaso Marcos era un loco? Podía ser. ¡Debía ser! Cerrando las manos en puño, lleno de furor, se le a encima.

   -Quiero que salgas de mi apartamento. Lárgate o no respondo. –grita nuevamente aquella amenaza. Marcos sonríe, brazos cruzados todavía.

   -No. –repite sonriendo más.- Tómate tu preparado y vuelve a la cama, iré a verte y te atenderé como mereces. Creo que tendré que acelerar un poco el proceso, pero te garantizo que para cuando terminé serás completamente feliz viviendo en pantaletas por todo este apartamento, querrás vivir en cuatro patas, deseando únicamente mamarme el güevo o abriendo tu dulce coño para que lo llene con mi semen. Vamos, bébelo y terminemos con esto.

   -¡Vete a la mierda, maldito enfermo! –le grita y se le va encima.

   Marcos le espera. Cuando le arroja un puñetazo, lento, de manera torpe y desmañada, el ex nerd desvía el rostro, atrapándole la muñeca, doblándola hacia abajo y atrás. Mauricio grita de dolor, sorpresa y rabia, y aún más, tensando su cuerpo más alto y musculoso, cuando el otro termina detrás de él, doblándole ese brazo, casi paralizándole para evitar sentir la presión y el dolor. Con su otro brazo, Marcos le rodea el cuello.

   -¿Lo ves? No puedes ni defenderte.

   -¡Suéltame! –le grita casi histérico, horrorizado por muchas cosas. La risa del otro, cálida contra su oreja y cuello al ser más bajo, le eriza la piel.

   -He sido demasiado paciente contigo, Mauricio, porque eres tú y me gustas tanto. No imaginas las de veces que se me endureció la verga en el laboratorio cuando preparabas tus hormonas o los tonos sugestivos, soñando con tu cuerpo, con tenerte así, indefenso entre mis brazos. Fingiéndote molesto, pero tu cuerpo respondiéndome así; tú deseando refregar el culo de mí como haces ahora.

   -¡Nooo! –grita a la defensiva, pero sí, todo su cuerpo responde de manera extraña a la sujeción del otro, a la manera en la cual le controla; es perfectamente consciente de la verga dura y pulsante pegando de la parte baja de su trasero. Y sí, se estuvo refregando casi sin notarlo.- ¡Déjame! –grita angustiado al entender lo que hacía.

   -Basta de dramas, perra. –le gruñe oscuro y vicioso al oído, soltándole el cuello, bajando esa mano al abdomen rizado de musculoso del más alto, y con la palma abierta lo recorre, con placer, deleitándose en palpar lo que tanto ha deseado y ahora era suyo, hundiendo la punta de un dedo en su ombligo.

   El roce tensa a Mauricio, quien casi se muerde los labios para no gemir, luchando todavía por apartarse, refregándose más del tolete duro y pulsante a sus espaldas, al torso que sube y baja; ahuecando el estómago intenta poner distancia, pero esa mano le acariciaba intensamente, subiendo.

   -Por favor, Marcos, esto no es… -comienza una súplica, quiere razonar con ese carajo joven y más bajito que estaba allí, diciéndole tan pancho que quería dominarle sexualmente, que le había estado trabajando para lograrlo.

   -Shhhh… Déjate llevar por lo que sientes, amor. –le gruñe, en tonos bajos.- Eres tan caliente… Tan caliente…

   Esas palabras parecen marear a Mauricio, su cuerpo sufre un ramalazo de calor y excitación casi incontrolable. Tanta que no repara en que Marcos le libera el brazo que le retenía a sus espaldas, ni en que ahora esas dos manos están subiendo bajo la franelita, que pulgares e índices atrapan sus hermosos pezones grandes y erectos, rotándolos suavemente. Y el grito que escapa de sus labios enrojecidos y húmedos es proporcional al inmenso placer que experimenta en esos momentos. No quiere eso, desea resistirse, le grita una pequeña voz en su cabeza, pero tan sólo puede arquearse contra Marcos mientras este le pellizca y hala los sensibles pezones, haciéndole casi babear de gusto.

   -Oh, Dios… -escapa de su boca abierta, los ojos cerrados.

   -Esto es sólo el principio, amor, todo será aún mejor para ti. En mis manos, en mi cama, sobre mi güevo experimentarás la vida como pocos han hecho. –la oscura promesa eriza, asusta y excita por igual a aquel joven guapo y musculoso chico cuyos pectorales, visibles por fuera de la camiseta, muestran dos manos grandes de macho manipulando y jugando con sus pezones.- Ni te imaginas cuánto has cambiado…

   Hace rato que el culo de Mauricio se agita contra la verga de Marcos, quien le lengüetea y besa el cuello, hasta que le hace girar, soltándole los pezones, sus miradas encontrándose, la de Mauricio nublada, la suya oscura. Y justo en ese instante algo de cordura alcanza al más alto, muy poco, pero algo. E intenta dar un tambaleante paso atrás, poner distancia. Asustado de la sonrisa del otro, que le mira con burla.

   -OHHH… HUMMM… -es el escandaloso alarido que escapa de su boca cuando, echándose hacia adelante, Marcos atrapa con la boca uno de sus pectorales, cerrándola sobre el pezón, y chupa ruidosamente, muy ruidosamente de él.

CONTINÚA … 15

Julio César.

DE AMOS Y ESCLAVOS… 33

mayo 6, 2016

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 32

CULON EN HILO DENTAL AZUL

   Otra vez a la carga…

……

   -Vamos, señores, hay que darle duro al negro. Y ustedes, algo de intimidad, ¿no? –señala Jackson, riendo, en dirección a los mirones. El público le corresponde y se aleja.

   -Abre los ojos, marica. No te avergüences de esto, hay quienes nacen para mamagüevo, no es nada del otro mundo. –comenta, algo suave de entonación, Jeremías, empujándole el glande contra una fosa nasal, como deseando metérsela. Sus ojos se encuentran, le sonríe casi exasperado.- Cómo te haces problema. Okay, digamos que necesitas estimulo… -aleja su güevo, uno que Roberto extraña, el calor, el olor intenso. Abre una mesita de su lado del sofá.

   -No necesita eso. –se queja el Ruso.

   -Déjalo engañarse. -ríe Jeremías, acercando un potecito de Poppers a la ancha nariz del hombre de color, tapándole una fosa.- Dale una buena aspirada. –este lo hace, estremeciéndose, sintiendo automáticamente el aumento de la temperatura de su cuerpo, así como de la sensibilidad de su piel. Mira agradecido al sujeto de piel blanca lechosa, que le cubre la otra fosa.- Una más, por tu hombre, ¿vas a chupársela a tu hombre hasta que la leche te salga por los oídos? –se burla mientras el otro, todavía mirándole, aspira, flotando en deseos.- Bien, ahora puedes pensar que es por el estimulante que sientes lo que deseas.

   -Eres un sentimental. –acusa, riéndose, Jackson, su verga, muy roja y dura, goteando líquidos pre seminales cerca de ese rostro negro.

   -Entonces, chico negro, ¿quieres mamar mi güevo blanco? –reta Jeremías, mirándole.

   Roberto sonríe, tragando en seco, sintiéndose caliente, excitado, osado, pero sabiendo que sí, que quiere mamarlo. Sus gruesos labios se abren y separan, caen sobre el enrojecido glande y lo cubre, hay risitas.

   -Sabía que era un maricón reprimido en cuanto lo vi en aquel ascensor. –llega una voz que le eriza, habiendo tragado medio güevo de ese carajo pálido, abre los ojos y encuentra a Hank allí, mirándole con curiosidad. La mano blanca cae tras su nuca, empujándole, obligándole a tragar más de aquel tolete pulsante.- Así, negro puto, atrapa todo ese güevo blanco. –el tono era autoritario, demandante, controlador.- Vas a tragar todos estos güevos y sus leches; quiero verte la cara llena de esperma espesa y a ti relamiéndote como el puto que eres. Vamos, trata… traga… -sin soltarle le lleva y trae y Roberto jadea ruidosamente, de gusto, mientras sus gruesos labios van y vienen sobre el blanco rojizo tolete que ahora brilla con su saliva, sintiéndose muy bien mientras lo hace. Y si, quiere tragar güevos, beber leche, empaparse de ella… como su amito quiere.

   El Ruso, dejando su culo fuera del pantalón, cae pesadamente sobre otro de los sofás, piernas abiertas, tolete afuera. Hank le libera de su agarre tras la nuca. Todos retiran sus vergas del rostro del hombre negro, quien los mira. Confuso. Finalmente se pone de pie, dando un paso hacia el Ruso.

   -Hazlo como un humilde negrito necesitado. –le detiene Hank.

   Roberto no le mira, tan sólo toma algo de aire y cae de rodillas, luego sobre sus manos y gatea hacia ese entrepiernas. Jackson y Jeremías ríen. Hank tan sólo sonríe, aprobador. Metiéndose entras las piernas del forzudo sujeto, totalmente erizado, Roberto recorre con la lengua la cara inferior de esa verga tiesa que descansa sobre la panza del otro. La cepilla de arriba abajo, ladeando el rostro, azotándole suavemente, como algunas veces alguna chica se lo hizo a él, y le gustó. Oír resollar al calvo le indica que lo hace bien, pero que el otro espera por más. Una de sus manos le atrapa la nuca, con la otra se agarra el tolete, agitándolo, ofreciéndoselo. Y cuando separa los gruesos labios, cubriendo el glande, una gota de espeso líquido bañándole la lengua. El Ruso le hala sobre su pieza, empujándosela por la garganta. Era larga y gruesa, por lo que a Roberto le cuesta atraparla toda, pero como la de Hank lo es más voluminosa, lo hace con relativo éxito.

   -Eso es, negrito. –le gruñe el Ruso, ronco, jadeando, gozando de las apretadas de los labios, mejillas y lengua contra su pulsante tranca.- Comete mi verga blanca, dame la mamada que sabes que quieres darle.

   Aún más erizado, resollándole casi dentro de la bragueta, en cuanto se ve libre del agarre en su nuca, Roberto comienza un suave y rítmico vaivén sobre ese tolete, envolviéndolo totalmente con su boca, subiendo chupando, bajando masajeándola con la lengua, sabiendo que no podía haber un solo hombre sobre la faz de la tierra que no gozara que le hicieran eso. Era eróticamente estimulante verle, el corto cabello ensortijado en su nuca, su negra cara agitándose de adelante atrás, atrapando tanto güevo como podía. Casi hociquea dentro de la bragueta, y cuando comienza a retirarse, labios fuertemente cerrado contra la blanco rojiza pieza surcada de venas, la deja brillante de saliva. El Ruso gime de gusto.

   -Eso es, negrito maricón amante de las vergas blancas, trabájamela co tu garganta. Atrápala, succiónala, ordéñala. –Hank, de pie a su lado, le indica, inclinándose sobre él.

   Ojos cerrados, de verdad disfrutando de tener esa dura y pulsante pieza latiendo contra la lengua, Roberto siente a Hank, nota cuando le rodea el cuello con un collar, uno que cierra tras su nuca. Casi se ahoga, su manzana de Adán choca del cuero. Comienza a retirarse, pero la mano de su amo le retiene en el lugar.- Nada de eso, un negrito como tú necesita de sus cadenas y collares de perro. Debes aprender a satisfacer a un tío blanco estando así. Es tu deber para con los hombres que alimentan tus necesidades de puto.

   Dios, era tan humillante, se dice, cerrando los ojos y tragando la pulsante pieza masculina que quema y moja su lengua, llenándosela de sabores acres y masculinos, no era justo que su propia verga se estremeciera así bajo sus ropas.

   -Abre bien esa boca y relaja la garganta, negro, no te hagas el estrecho. –le ordena el Ruso.- Si has tragado la de Hank, puedes con cualquiera. –hay risas.- Debes aprender a tomar un pene con tu garganta, a ordeñarlo con ella; el pene de cualquier hombre. Esa es la marca de un buen puto. Y abre los ojos. A tus hombres les gustará que los mires con gratitud por dejarte mamarlos. –le ruge, sonriendo cuando Roberto le obedece, mirándole desde entre sus piernas, con todo el tolete en su boca, resollándole en los pelos.

   -Tiene aptitudes, pero seguro que le da algo de vergüenza mostrarse tan hambriento por un güevo blanco. –informa Hank, casi aburrido, tendiéndose sobre él, abriéndole el pantalón, tensándole.- Sin embargo tiene muchas posibilidades… -se lo baja hasta las rodillas apoyadas en el piso, su trasero grande, musculoso y firme extiende la tela del bóxer al máximo, muchos ojos cayendo sobre él. La palma blanca del joven casi rebota cuando le nalguea una vez.- Creo que ni él sabe lo que tiene aquí… -comentan, hundiendo la tela dentro de la raja interglútea, tensándole.- Este coño negro y apretado sí que sabe ordeñar un tolete…

   -¿Por qué usa ese bóxer? –pregunta, como ofendido, Jackson.

   -Quise ser amable, por ser esta su primera vez en una fiesta, pero de ahora en adelante eso se acabó. –responde Hank, y mientras va retirando sus gruesos labios de la pulsante y nervuda pieza rojiza del Ruso, Roberto se pregunta de qué habla, al tiempo que siente cosquillas y espasmos mientras las manos del joven acarician su trasero, una metiéndose dentro del bóxer, donde seguro todos la mirarían estaban dirigidas, sobre su culo, donde clava un dedo, obligándole a gemir ahogado aunque ya había tragado, otra vez, el tolete del hombre sentado frente a él.

   La mente de Roberto se pierde en las sensaciones, ese güevo sobre su lengua se sentía increíble, sorberlo, beber sus líquidos a pesar del collar dificultándole la tarea le tenía desesperado. Sus labios lo tragaban todo, luego se retiraban, deseando tomar todo lo que le ofrecía, al tiempo que mece su culo con entrega y putez mientras Hank, riendo de las cosas que dicen sus divertidos amigos, le saca y mete ese dedo del culo. Estaba mamándose un güevo, y un chico le metía el dedo, delante de otros. Estaba en cuatro patas, sumiso y entregado ante cuatro tíos blancos que lo trataban de manera degradante y humillante… y todo eso le hacía arder de lujuria. Quería serviles, entregarse, chupar todos esos güevos, beber sus leches, tomar con su culo todos esos toletes y ordeñarlos otra vez; quiere sentir un estallido de semen en sus entrañas. La urgencia le ahoga, y no sabe si se debe a la extraña pasión que Hank había despertado en él, o a esos Poppers que le hicieron oler. Como fuera, Roberto Garantón era una enorme, musculosa y viril masa de carne oscura que deseaba entregarse a esos hombres.

   -No está mal. –oye la voz de Hank, fríamente apreciativa.- Pero hay cosas que debes hacer para satisfacer completamente a un hombre con tu boca sobre su güevo. –nuevamente le monta la blanca mano en la nuca, empujándole otro vez sobre el tolete, obligándolo a tragarlo y continuar empujando, los pelos del otro metiéndosele por las fosas nasales.- Así… así… -le indica mientras lo deja sacarla unos centímetros y vuelve a empujarle, para que lo cubra todo y todavía empujando más.- Ahora esto… -le atrapa los lados de la nuca, ladeándole en un sentido y el otro el rostro, con el tolete en su boca, los labios apretándolo, la lengua caliente deslizándose sobre la cálida y pulsante carne del macho. De la boca del hombre negro escapan ahogadas toses, de sus labios mana saliva, la cara sele congestiona.- Chupa, coño… Chúpalo así, negro de mierda. –le indica en voz alta, trabajándole ahora con una mano, obligándolo a farfullar contra el pubis del Ruso, regresando la otra mano al bóxer, metiéndosele, trabajándole el culo con un dedo, adentro afuera, tensándole, haciéndole gemir ahogadamente, casi asfixiado de güevo, con los otros dos sujetos mirando y sonriendo, acariciando sus erectos güevos, deseosos de gozar de las atenciones del negro.

   El puto tenía que aprender a mamar, pero de verdad, el güevo de un varadero macho. Y ellos le enseñarían…

……

   Mientras sus dos mejores amigos pasaban por el momento de sus vidas, uno siendo rodeado de cuatro carajos blancos que querían escucharle suplicar, rogándoles que les dejara mamar sus güevos y que le cogieran, y el otro era pillado en una cama de motel por la mujer del carajo al que se la metía por el culo, en presencia de unos testigos, Gregory Landaeta, después de lo del baño en la central de taxis, abandonó sus planes de salir a buscar a una tía que lo mirara. Necesitaba serenarse, analizar la situación (¿qué pasaba ahora que todos los carajos parecían creer que quería algo extraño?), por lo que regresa a su edificio. La planta baja está algo ocupada por vecinos que vuelven del trabajo, personas agotadas pero todavía sonrientes y amables. Y a él le lanzan unas cuantas miradas algunas mujeres, después de todo era un carajo guapo, alto y bien plantado. Generalmente eso le excitaba, pero no ahora, se sentía mal consigo mismo. Ocho personas entran, y aunque el espacio era para unas diez, hay cierto congestionamiento. Como va a uno de los últimos pisos, distraídamente se echa hacia el fondo, casi de culo contra la pared.

   -Hola. –oye, sobresaltándose un poco, mentalmente había estado lejos de allí; alza la mirada y boquea.

  Allí estaba el tipo que había dirigido, telefónicamente, su exhibición de la noche anterior. Sonriéndole, clavándole la mirada en el torso donde la franela ajustada era visible a través de la chaqueta abierta. Y sintiendo el rostro caliente, Gregory sabe que sus tetillas responden, erectándose contra la tela, provocándole una mueca predadora a ese sujeto.

CONTINÚA … 34

Julio César.

LA NENA DE PAPA… 12

mayo 3, 2016

LA NENA DE PAPA                         … 11

De Arthur, no el seductor.

PUSSYBOY EN TANGA

   La nena quiere papito…

……

   -¿Cómo? –Cole, realmente, parece no entender. O no creer lo que escucha.

   -No quiero que entre a mi pieza, señor. –suena algo más decidido, pero jadea, totalmente alarmado, cuando ese sujeto da medio paso adelante y con el brazo libre le rodea la cintura, halándole, estrellándole contra su cuerpo.

   -¡Tú harás lo que yo te diga que hagas! –le suelta casi al rostro, voz clara y autoritaria, bajando el rostro.- Y cuando yo lo quiera. –de manera rapaz la mano de ese brazo baja y atrapa una de las redondas nalgas, posesivo.- Y si tengo que enseñarte modales frente a la puerta de tu cuarto, para que todos sepan que te portas mal, que así sea, nena.

   Aterrorizado, Brandon nota que no puede reaccionar o pensar. Le parece que alguna puerta está abriéndose. Atrapándole del saco retrocede, halándole. El hombre entra en la pieza, sonriendo torvo, y la puerta se cierra a sus espaldas.

   -¿Qué está haciendo, señor? ¿Se volvió loco? –está desesperado, quería imponerse pero no lo conseguía.- No puede presentarse así y… -el otro, recorriéndolo todo con la mirada, ceño fruncido como si percibiese algún mal olor, deja la bolsa sobre la mesa en la esquina, apartando algunos cuadernos y libros.

   -Estoy aquí porque dijiste que era tu papi y tú serías mi nena, ¿acaso lo olvidaste?

   -Yo no… -casi grita, controlándose al notar que una radio baja de volumen en alguna parte del piso, tal vez alguien que pensaba haber captado una discusión.- Lo que dije fue para salir de su cama y su casa antes de que… Nelly y su esposa nos encontraran. No significa nada. No quiero esto. Soy heterosexual, ¡me gustan las mujeres! –jadea mientras el otro le mira y sonríe, viéndose realmente guapo.

   -¿Heterosexual? ¿Debo recordarte cómo te estremecías sobre mi verga, el cómo gemías por más, el cómo te mojabas todo y te corrías sin tocarte, únicamente con la sensación física de mi pulsante pieza llenándote las entrañas? ¿Heterosexual?, ¿en serio?, ¿tú?

   -Usted me llevó a eso. –contraataca, sintiéndose desesperado.

   -Lo sé, con mi verga. Es lo que quiero que entiendas. Como debes entender que… -abre y separa en paréntesis las manos grandes y fuertes, enmarcando una idea.- Nunca serás feliz como no sea cabalgando sobre el güevo de un hombre. Creí que te había quedado claro. Y yo ese hombre, tu hombre. Tu papi. Si te llamo, contestas; si te busco, viene a mí. Y no me gusta tu desobediencia. –se deja caer sobre la cama de culo.- Bájate el pantalón y ven aquí. Necesitas una tunda.

   -¿Qué? –abre mucho los ojos.

   -Me escuchaste. –es frío. Severo.- No me gusta la desobediencia. Te portaste mal y necesito darte una lección.

   -¿Acaso se volvió loco? –casi grita.- No voy a dejar que me…

   -¡Bájate el pantalón y ven aquí! –grita fuerte y alto, y cuando termina a Brandon le parece que el silencio más sepulcral se hace, ningún sonido llega de la otras habitaciones.

   -Señor Cole… -jadea lloriqueando, le ve endurecer más el semblante, y traga casi retorciéndose sobre sus pies.- Papi… -eso parece ablandarle un poco.

   -No me gusta cuando me desobedeces, nena. Y no estoy dispuesto a tolerarlo. Ven aquí, recibe tu castigo y luego cenaremos comida china seguida de un rico postre. –le aguarda.

   La espera se hace insoportable; temblando, deseando gritar, escapar o pedir ayuda, el muchacho se muere de mortificación. Pero, ¿llamar a quién? ¿Decirle qué? ¿Qué un hombre quería darle una tunda como si fuera un niño indefenso? No quería que nadie supiera algo de lo que le ocurría. No eso. Ni el problema que tenía ahora. Lejos de sus padres, estos estaban tranquilos porque le dejaron en ese lugar regentado por una conocida de su madre, en medio de otros estudiantes. Tampoco desea perder ese techo, y sabe que si alguien averiguaba lo que le ocurre tendría que irse. No soportaría quedarse.

   Casi lloroso, sintiéndose depreciablemente débil, poco hombre, se baja el pantalón, mostrando el bóxer holgado de cuadritos, prenda que parece molestar a Cole. Rojo de cara, todavía con aire de súplica, esperando que el otro diga que se detenga, va a su lado y cae sobre su regazo, de panza. Totalmente humillado.

   -Esto me dolerá más a mí que a ti, nena, pero es por tu bien. –le dice ronco, estremeciéndose ante el control que tiene sobre el muchacho. Brandon sabe que miente porque le siente la dureza bajo el elegante pantalón del traje.

   Era una escena insólita, el trajeado y aparentemente próspero hombre de negocios con el muchacho echado de panza en su regazo, el cual le muestra el redondo trasero aún cubierto por el bóxer. Un sujeto con un muchacho. Un tipo hecho y derecho con el novio de su hija. Sonriendo torvo, Cole le mira el trasero, molesto por la prenda, pero excitado con su poder. Alza una mano abierta y la deja caer con una sonora y firme bofetada. La nalgada se escucha claramente y Brandon se agita y jadea aunque intentó controlarse. Dolía y picaba. Y era insólito y humillante que alguien le hiciera eso. La mano sube y baja otra vez, sobre el mismo lugar, y al chico se le escapa un gemido de dolor mientras su frente se frunce.

   -Señor Cole… -chilla suplicante, intentando mirarle.- ¡Ahhh! –lloriquea de dolor cuando recibe otra palmada, nuevamente en el glúteo derecho.

   -Papi, tienes que llamarme papi. –le recuerda, con otra nalgada, ahora la izquierda, sintiéndolo delicioso. Y le da otra.

   -Aaayyy, no, por favor, deténgase. ¡Ahhh! –gimotea al recibir otra.- Por favor, no. Pare… -suplica estremeciéndose, revolviéndose sobre ese regazo, pareciendo no notar que cada frase es seguida de una y otra dura palmada, las cuales ahora se distribuyen de una nalga a la otra. Pierde la cuenta porque su cerebro se cierra, imposibilitado de procesar aquello.- Por favor, por favor… -ruega de manera llorosa, alzando la voz, sin preocuparse ya de ser oído por los estudiantes de los cuartos vecinos.

   -No respondes mis llamadas, me contestas de manera altanera, no me llamas papi y no te comportas como la nena que debes ser… -enumera Cole, azotándole a cada frase, las piernas muy abiertas, sintiendo su güevo tieso ricamente pulsante a azotar, algo babeante mientras sigue palmeando esas nalgas que ahora queman bajo la tela del bóxer.

   -¡No soy una chica! –con voz desesperada, desafiante y llorosa, el chico parece necesitar desahogarse, aunque temblaba. Cole sonríe de manera intensa, malévola, cosa que el muchacho no nota. Era lo que esperaba.

   -Chica mala… eres una nena muy mal portada. –le gruñe atrapando con una mano el borde del bóxer, bajándoselo aunque Brandon se revuelve y gime un “no”, llevando una mano atrás, para impedirle que lo haga, no lográndolo. Sus nalgas redondas, duras, enrojecidas y con marcas de dedos quedan expuestas- ¡Niña mala! ¡Niña mala! –exclama mientras azota, la palma cayendo contra la tersa y joven piel expuesta, que se agita y contrae.

   El hombre sabía que sus actos y palabras eran la máxima humillación para el chico; pero era necesario tratarle así, como algo indefenso y desvaído ante su fortaleza de macho alfa. Sin embargo su sonrisa torva le llegaba por otro motivo, sabía que Brandon, lo quisiera o no, estaba algo excitado también. Su corto miembro endurecía así como sus nalgas enrojecían más. A la humillación por someterle y tratarle así, el chico debía enfrentar el hecho de saber que siendo tomado de aquella manera, de alguna forma, estimulaba su cuerpo. Respondía favorablemente al castigo, al control, al poder del macho.

   Aprovechándose totalmente del momento, Cole se dedicó a disfrutarlo. Alzar la mano, lenta y deliberadamente, haciéndole esperar el impacto, fue tan estimulante como el choque contra la tersa piel joven donde su palma rebotaba. Sexual o no, para el chico, también debía haber dolor, porque a pesar de su excitación, Brandon tensaba sus glúteos y se hundía esperando el golpe, llorando cando lo recibía. Incluso intentó cruzar una mano, protegerse, y el hombre tuvo que apartarla, doblándole el brazo sobre la espalda.

   -Por favor… papi, no más. Detente… -lloriqueaba ahora, con lágrimas en sus ojos.

   -¿Te comportarás? –pregunta, ronco, al tiempo que recorre con la palma de su mano aquellas nalgas duras y calientes, lastimadas, erizándole bajo su tacto.

   -Si, papi. –jura mientras sorbe mocos.

   -Y no quiero verte usando nunca más estas cosas. –le gruñe, atrapando el bóxer y bajándolo junto al pantalón.- Si llego y encuentro que tienes puesto ropa interior de esta, nuevamente, te azotaré con la puerta del cuarto abierta, y le pediré a los chicos que miren que me ayuden a aleccionarte, para que te azoten el culo si me desobedeces en mi ausencia. –amenaza, y es algo tan terrible que Brandon parpadea asustado.- ¿Me has entendido?

   -Si… -grazna roto.- Ahhh… -chilla, quedo, cuando otra nalgada llega, pero más suave, como un recordatorio.- Si, papi…

   -Eso es, no era tan difícil, ¿verdad? –la voz del hombre es ahora paternal, casi amistosa, atrapándole de las axilas y obligándole a sentarse, con el adolorido culo, sobre uno de sus muslos, como si fuera un chiquillo.- No quise hacerlo, me dolió… -le dice mirándole a los ojos, limpiándole de lágrimas las mejillas, casi tierno.- Pero fuiste desobedientes. Lo sabes, ¿verdad? –el chico, mirada baja, todavía se resiste al trato, a las palabras que le degradarían aún más. Pero una mano firme bajo su mentón, obligándole a alzar la mirada, no le deja escapatoria.

   -Si, papi…

   -Eso es. No quiero tener que hacerlo de nuevo.-asegura, pero sabe que, con toda seguridad, tendría que darle unas dos o tres tundas más antes de que fuera incapaz de enfrentarle.- Pórtate bien y papá no tendrá que castigarte así de nuevo… Brenda. Mi hermosa Brenda.

CONTINÚA … 13

Julio César (no es mía).

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 54

mayo 1, 2016

… SERVIR                         … 53

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

KISS HOT GAY

   -Déjame quererte…

……

   -No entiendo qué hacemos todavía aquí, jefe. –comenta Sergio Altuve, presidiendo el grupo de tres que entran en la vieja casona con toda la apariencia de llevar tiempo deshabitada a pesar del mobiliario.- Debemos salir del estado.

   -A estas alturas todo debe estar cerrado. –comenta Read, recorriendo el lugar con la mirada. Era tal como le dijeron que sería. Todo cubierto con sábanas polvorientas. Excepto una mesa para cuatro, de madera, con una cava sobre ella y una caja tipo estuche a su lado. Sonríe al ver a sus cómplices ir hacia ella.

   -¿Qué tenemos aquí? –pregunta Eugene, el tipo calvo.

   -Vituallas. –informa de pasada Read, quitándose el saco que le cubre. Una vez asesinado el vigilante gordo, el trío partió de ahí a la carrera, dejando la muy vieja camioneta modificada, que le aseguraron no podría ser rastreada, en un callejón donde encontraron el nuevo vehículo, también viejo, pero discreto y anónimo. Era parte de sus arreglos, como las ropas de civil en el asiento posterior. También esa casa. Y la mesa.

   -No entiendo cómo pudo arreglar todo esto estando encerrado. –Sergio abre la cava y ríe, hay cervezas frías, saca tres.

   -Tengo amigos fieles. Y socios. –ataja una cuando se la lanza, destapándola y bebiéndola. Ah, se sentía tan bien.

   -¿Y esto? –pregunta el otro, también cerveza en manos, abriendo el estuche. Dentro hay dos habanos… y una enorme hipodérmica llena de algo claro.- ¿Qué es?

   -¿No reconoces un buen habano? –responde burlón Read, bebiendo, acercándose a la mesa, los ojos fijos en los socios que uno al lado del otro miran la jeringa.

   -No, en serio, jefe, ¿qué es? –insiste Eugene, sospechándolo entre divertido y extrañado, elevando la mirada.

   Justo a tiempo de ver a Read medio inclinarse, meter una mano bajo la mesa, tantear, halar algo y sacar una automática, negra y reluciente, con un largo silenciador, que amartilla. Todo con elegancia y rapidez, cuan coreografía cuidadosamente ensayada.

   Y dispara.

   Eugene grita sofocadamente cuando su ojo derecho desaparece convertido en un amasijo de huesos, sangre y líquidos oculares derramados. Sergio, tomado totalmente por sorpresa, sólo puede ver a su socio de mil verraquearías caer al piso, estremeciéndose con una mueca de dolor, intentando hablar, boqueando, elevando una mano que no llega a su rostro antes de quedarse finalmente muerto. Cuando eleva la mirada, comprendiendo al fin lo ocurrido, encuentra el cañón del arma apuntándole a la cara.

   -Tenemos que hablar, Sergio, y de lo que digas dependerá tu vida.

   -Jefe, por Dios, ¿qué hace? –grazna temblando, completamente aterrorizado. Él no podía engañarse, conocía bien al aterrador monstruo que ahora enfrentaba. Read frunce el ceño.

   -¿En verdad te he sorprendido? Es obvio que nunca en tu vida has prestado mucha atención a lo que ocurre a tu alrededor. Malo, malo. –el hombre, con rapidez, alza la mano y le golpea con la culata y el cargador sobre una sien.

   El hasta hace un segundo socio y compinche de mil maldades grita, el dolor es intenso y los ojos se le llenan de lágrimas, las rodillas les flaquean y cae sobre ellas. Posición donde le quería el otro.

   -Jefe, por favor… -arruga la cara en una mueca suplicante, muerto de miedo.

   -¿Le contaste a alguien de nuestro amigo el director de prisiones? ¿A Eugene, por ejemplo? –y con un gesto señala al muerto.

   -¡No, claro que no! –gimotea.- Nunca diría nada que le pusiera en peligro, jefe. No sobre él, o de los vigilantes que le ayudaban en la cárcel, o del hombre que nos dio la camioneta. –lloriquea sin importarle que las lágrimas bañen su cara. Sabe que comete un desliz cuando el rostro del otro se endurece.

   -¿Viste a ese hombre? ¿El de la camioneta?

   -No, jefe, fue… de refilón, cuando se iba dejando las llaves. –algo suena falso.- Le soy leal, jefe, siempre lo he sido; le he servido en todo. He hecho todo lo que me ha pedido. –la sonrisa de Read, por alguna razón, no le sirve de consuelo.

   -Si, has cometido actos horribles sin dudar ni un segundo, Sergio. Siempre con una sonrisa, siempre muy dispuesto a causar dolor. Eso me agrada de ti.

   -Todo lo hice por usted –aclara, alarmado.

   -Y te lo agradezco. –no deja de apuntarle mientras se acerca a la mesa y toma la caja tipo estuche.- Pero creo que es hora de acabar con esta sociedad. Nada personal, pero deseo recomenzar, otra vez; estar en paz con Dios y con los hombres, ser buena persona. Tal vez convertirme en un misionero en África… -sonríe elevando la jeringa.- Y no me gustaría que el día de mañana, cuando fueran a nombrarme Papa, reaparecieras mordiéndome el culo. Eso siempre es incómodo.

   Sergio sabe que el final está cerca, no se engaña con Read. Lloró y suplicó lo suficiente para verse patético, débil, pero ahora, mientras el otro revisaba la jeringa, salta con agilidad, apretando los dientes, aprovechándose del estar de rodillas para proyectarse hacia adelante y derribarle. Era su única posibilidad. El balazo en pleno estómago lo recibe cuando ya casi estaba de pie, saliendo disparado hacia atrás, cayendo de espaldas. Tiene que gritar de dolor, es algo lacerante y caliente; siente como le baña algo, ardiente, abundándote. Sangre. Cubriéndose la parte herida con las manos sobre la camisa, nota como esta mana imparable.

   -No, no… -todavía gruñe, alzando las manos tintas en sangre; el esfuerzo provocándole una bocanada roja que escapa con una tos, cuando Read aparece sobre él, apuntándole dispuesto a rematarle de una vez.

   -¿En serio? Bien, cumpliré tu deseo, no quiero que le digas al Diablo que no tuve un detalle al final. Pero ese balazo es mortal. Te desangrarás en unos minutos. Dolorosamente. –se tiende y le quita el celular, apartándole antes las manos cuando intenta agarrarle. Le observa fijamente cuando una mueca de dolor distorsiona su rostro.- Sin resentimientos, ¿okay? Sabes que siempre me gustó jugar sobre seguro. Eso me ha traído a donde estoy. –informa abriendo los brazos, como si discutiera una virtud.

   Y se retira. Tosiendo, sangrando, sintiéndose cada vez más débil, Sergio intenta llamarle. Por alguna razón parece creer que Read reconsiderará su postura y le ayudará. Oye algo arrastrándose y le da miedo. Debe taponar el sangrado, debe ponerse de pie y… Intenta medio ladear un lado del cuerpo y el dolor le atraviesa salvajemente. De su boca salen burbujas sanguinolentas. Se agita cuando una pesada silla cae a su lado, respaldo hacia él, y Read se sienta a hojarascas, descansando los brazos en el mueble, con uno de los habanos entre los labios, mirándole. ¡Pensaba quedarse a verle agonizar y morir! Costándole respirar, traga tanta sangre como la que escupe; final e indignamente, llora, él, quien tanto daño ha hecho. La sonrisa de Read le hace pensar, en efecto, en el Diablo esperando a uno de sus clientes. Solloza cada vez más quedo.

……

   La prisión se vio invadida de reporteros y autoridades, Monroe y el jefe Slater las pasaron duras; casi tanto como la policía, aunque esta tenía el aval de haber considerado a Robert Read, desde siempre, un monstruo. Jeffrey Spencer, y el bufete de su suegro sí que recibieron artillería pesada. Como grupo, el anciano dio una rueda de prensa intentando proteger a su gente, notándose el disgusto con aquel yerno al que ya no consideraba un genio que les daría prestigio y provocaría que llovieran casos. Cuando alguien preguntó si no habría algún interés oculto en salvar a Read, inicialmente, el anciano perdió los estribos preguntándole a la periodista si es que estaba loca. No salió bien librado en cuanto a imagen.

   Jeffrey Spencer debió soportar gritos e insultos de las personas que se reunieron para escuchar sus explicaciones. Dijo que era abogado, que su deber era defender los intereses de sus clientes, fueran quienes fueran, que todos merecían ser representados ante la ley, que vio una discrepancia y quiso investigarla porque planteaba una duda razonable en su momento, tanto que el mismo sistema judicial se prestó a investigar. Nadie, y especialmente él, podía imaginar lo que ese hombre haría. Todo eso podía escucharse muy lógico, muy sensato, pero la gente le odió por ello. Era el hombre que había propiciado que un monstruo escapara.

   Afligido se refugió en su casa, en la biblioteca, totalmente abatido. Ya no era el chico de la película en la oficina, el listo de vista al público cuando comenzaron a comentarse los vericuetos en el caso de Read, todos impresionados por su laboriosidad. Ahora era un paria. Suspira cansinamente, sin volverse, sin dejar de beber el trago que se sirvió, aún así sabe que Anna entra, furiosa.

   -¡Mira lo que has hecho! –acusa.- Papá tuvo que ser llevado a la clínica por todo lo que has provocado.

   -¿Una clínica? ¿Fingió un ataque para escapar de la prensa? Siempre ha sido listo. –no la mira.

   -¡Eres un maldito animal!

   -Deja de gritar, por favor. –ceñudo, alterado pero controlado, vuelve el rostro.- Estás molesta conmigo cuando ya es tarde. Les dije que no tomáramos ese caso, pero tu padre sólo quería prestigio; ganar la cierta fama que le daría a la firma si resolvía un caso imposible como ese. Ahora la tiene, ¿de qué se queja? ¿De qué te quejas? –esa última parte la grita.- Me empujaron a hacerlo.

   -No lo entiendes, ¿verdad? –se ve furiosa.- Todos me han dicho, siempre, desde que comencé a salir contigo y luego cuando me casé, que eres el gran error de mi vida. Y no les escuché. Me casé contigo porque una vez me gustó algo en ti. Pero parecía que realmente eras un perdedor. Estaba feliz de que llevaras ese caso porque, por un momento, parecía que realmente había algo digno de admirarse en ti. Ahora… -las palabras le hieren.

   -Nunca fingí ser algo que no era. –se ve dolido. Ella sonríe con una mueca.

   -Es cierto. El error fue mío.

   -Déjame solo, Anna. –suplica bebiendo. Hay un silencio incómodo. La mira, otra vez.

   -¿Deseas que me vaya? –pregunta la mujer, brazos cruzados, retándole. Y un miedo enorme le alcanza, cubre y amarra.

   -No, por favor, no me dejes. Pero, ahora… No puedo, no puedo soportar el peso de lo que hice. –la mira indefenso.- Si ese hombre mata a alguien más… Si asesina a otra persona, será mi culpa. Ya me odia toda esta ciudad, no lo hagas tú también. Por favor.

   -Eres patético. –le lanza y sale, rumbo a la clínica.

   -Lo sé. –susurra Jeffrey a la nada, derrotado, ojos llorosos.

……

   Se podría decir que el vacilante y tembloroso hombre que es esposado a la salida de aquella diminuta celda se ve así de confundido por todo lo que ha cambiado su vida en tan poco tiempo, las cosas que ha hecho (condenándose); pero la verdad es que aquello que le confunde es que no entiende por qué le sacan de la jaula de aislamiento. Con los ojos desenfocados, y algo temerosos, como esperando una traición de último minuto, Daniel Pierce mira al jefe Slater y al vigilante que se encarga del área.

   -¿Qué ocurre? –reúne el valor de preguntar.

   -Vamos, Pierce, a tu celda. –gruñe el jefe, sintiéndose incómodo ante ese hombre de cabello largo, rasgos suavizados de alguna manera, con pectorales y tetillas que se dibujan aún a pesar de la gruesa tela de las bragas naranjas de la prisión.- Estarás solo. –le informa, notando como se relaja.

   Primero le llevan a los baños, solitarios, donde toma una larga ducha, aunque incómoda. Jabonar su torso le hace consiente de las tetas que destacan, de los pezones que responden al roce de sus dedos por mucho que le enferme la idea. Se seca y viste el conjunto que le entregan, incluido un bóxer largo algo áspero. Temblando aunque intenta aparentar entereza, cruza los pasillos que le llevan a su bloque, a su celda. Oye los gritos, las risas, los se te fue el marido. Y la rabia de un grupo, los negros. También rostros latinos se asoman para insultarle y amenazarle. Pasa la tarde temblando en la ahora enorme celda, tenso, no pudiendo relajarse. Mirando la cama de arriba. Intenta leer, dormir, desconectarse, pero no puede. Ahora su situación era infinitamente peor, a solas y a merced de gente que le odia. Sin embargo… Read ya no estaba. Eso era un bálsamo.

   Se acercaba la hora de la cena, tendría que compartir el comedor. Tiembla, moviéndose de un lado a otro, una frustrante sensación de sin propósito le invade. De pie pega la frente de la cama litera superior, cierra los ojos e intenta serenarse. Finalmente alza el rostro, tomando aire. Decidido. Corre la cortina, ocultándose, desvistiéndose. Completamente. Rebusca bajo el colchón, las cosas que los vigilantes debieron encontrar y ver, pero que dejaron. Son esas suaves y diminutas pantaleticas de mujer que Read le obligaba a usar. Toma una, amarilla, transparente, entrando en ellas. Erizándose mientras la sube por sus piernas y muslos. Cuando la tirita estampada cruza entre sus nalgas, acariciando y apretando, se siente bien, más sereno. La tela, por delante, presionando también, es tan clara que dibuja su miembro blanco rojizo en reposo. Entra en la braga, se sienta y toma un cepillo, acicalando su largo, sedoso y dorado cabello, que brilla a la opaca luz, antes de recogerlo dentro de la gorrita roja. Espera…

   Se oye un chasquido en la reja, la cual se abre.

   -¡Al comedor! –grita un vozarrón.

   Y mientras se pone de pie, Daniel Pierce tiene una certeza, algo iba a suceder en ese lugar. Y le ocurriría a él. ¿Acaso terminaría como la puta de toda la población penitenciaria?

……

   Dentro del amplio y basto comedor, Daniel se siente perdido, amedrentado. Mil ojos se clavan en él, casi todos de burla, pero también depredadores. Le conocían, las cosas que hacía para Read ya que este se encargó de que todos se enteraran como parte de sus dosis de humillación y control. Tiembla cuando repara en miradas de intenso odio en rostros oscuros e hispanos, también de lujuria, pero de una que claramente indicaba que gozarían de un orgasmo matándole. Los alimentos en la bandeja producen cierto tintineo cuando comienza a temblar aún más. A pesar de que sospecha que alguien le protege, aunque no sabe por qué, está consciente de lo enorme del salón y de los pocos vigilantes. No le extraña que uno de los dos que estaban dando vueltas por ahí se aleje al grito de “quietos, convictos de mierda”, hacia una esquina apartada. Ni se sorprende cuando un sujeto alto, barbudo y de mirada perversa, saca la pierna, le hace tropezar y ríe, junto a sus acompañantes. No dice nada, no levanta la mirada. El tipo se altera poniéndose de pie.

   -¿Qué, puta, no vas a intentar matarme mí también? –le corta el paso. Daniel traga en seco.

   -No quiero problemas. –responde bajo, pero gime cuando una mano de palma abierta le da en el torso haciéndole retroceder un paso.

   -Pero yo si quiero problemas contigo, ¿qué vas a hacer? –reta con violencia y agresividad, con burla ante el carajo más bajo y evidentemente asustado.- ¿No vas a llamar a tu marido? Ah, es verdad. Se fue y te dejó. ¿Es cierto que lo hizo, abandonarte, porque eras excesivamente puta y te sorprendió agotando a ocho carajos en la Lavandería? –las risitas se repiten.

   -Déjame en paz. –grazna, lo que en tal situación es casi un valiente desafío. Alza la mirada y traga, pero no retrocede. Ni siquiera cuando el otro da un paso al frente.

   -¿O qué, nena? ¿Qué harás? ¿Me arañarás o tienes otro chuzo mata negros? ¿Qué ocultas? –la burla es enorme, la mano sube y hala el gorrito, el lacio y hermoso cabello cayendo, la lujuria brillándole ahora en las pupilas.- Mierda, con razón enloqueciste a Read, putita. Tu carita de niña bonita y tu coño seguramente caliente y mojado debieron…

   -Déjalo en paz. –brama una firme voz a la derecha del sujeto, que se vuelve, sobresaltado como debe ocurrir en una prisión llena de tipos violentos. Daniel alza la mirada, sus mejillas enrojeciendo, encontrando al muy serio, altivo y desafiante Geri Rostov, llenando la braga con su cuerpo joven pero musculoso, las grandes manos en las caderas, quien no le mira sino al otro.

   -Métete en tus asuntos, nazi de mierda. –ruge el tipo, desconcertado por el sujeto que se interpone intempestivamente en su camino.

   -Mis asuntos no son de tu interés, pero esto te lo advierto, apártate de él o… -comienza frío. El otro sonríe.

   -Oh, ¿qué pasa, nazi? ¿Quieres meterte en las pantaleticas de la nena de Read, o te enamoraste de ella?

   Hay risas escandalosas, los guardias saben que algo ocurre y ya se acercan a la carrera, pero no antes de que Geri lance un brutal golpe, con la mano en puño, directo a la nariz del sujeto, a pesar de ser un poco más alto. Este sale disparado hacia atrás, cayendo sobre dos convictos sentados, cuyas bandejas caen. Mientras el tipo sangra copiosamente, semi inconsciente, los otros se ponen de pie y comienza una pelea medio generalizada. Daniel recibe un gancho a la boca que le ablanda las piernas y cae, bañándose de sopa de granos y jugo, teniendo la precaución de arrastrarse un poco, evitando que así cayera sobre él la gente que discutía.

……

   Llevó un rato, y muchos gritos del jefe Slater, zanjar la cuestión en el comedor, y a solas nuevamente en aquel baño, sin sentir del todo los antiguos temores a un ataque (intuye que si, que el jefe le protege un tanto, ¿culpa?), se lava el rostro, mirando la pequeña cortada sobre su labio inferior color rosa. Alguien se mueve a sus espaldas y no le sorprende encontrar, en el espejo, la mirada clara y directa de Geri Rostov, quien tiene el cabello despeinado y una sombra roja en un pómulo. Cosa que, curiosamente, le hace verse más sexy.

   -Lo siento. –dice este, y su voz suena realmente afectada. Daniel baja la mirada, luego se vuelve.

   -No fue tu culpa, más bien me ayudaste. –apoya el culo del lavamanos, rojo de mejillas, realmente sintiéndose agradecido.

   -Hablo de… lo otro. Del chuzo. Si no te lo hubiera dado… -toda la culpa del mundo se percibe en esas palabras cargadas de auto reproche.

   Pero Daniel no quiere escuchar nada. No de lo que pudo ser. Y le silencia… echándose hacia adelante, atrapándole el rostro con las manos y besándole.

CONTINUARÁ … 55

Julio César.

OSCURO AMOR… 13

abril 28, 2016

OSCURO AMOR                              … 12

Por Leroy G

UN CHICO CULON

   ¿Deseando someterse, entregarse… servirle?

……

   Marcos cierra los ojos otra vez, soltando a Mauricio, dejándose mamar y a un tiempo cogiéndole la boca también, quiere que eso dure para siempre; había soñado tanto con el momento de tener a ese carajote joven y musculoso bajo su control que no quiere correrse todavía. Desea que siga mamándole, cubriendo y dejando salir de los labios carnosamente masculinos su pieza dura. pero no aguanta. Si, había soñado mucho con eso, así que le atrapa otra vez la nuca, halándole, aprisionándole contra su pelvis, metiéndosela toda en la boca, aplastándole la nariz contra su pubis mientras los trallazos de semen caliente comienzan a manar.

   -Ahhh… ahhh… si, tómatela toda, Mauricio. Tómate toda mi leche. –grita escandaloso, estremeciéndose con ese nuevo y poderoso orgasmo que le hace volcar una gran cantidad de esperma. Cosa totalmente necesaria, se dice retirándole un poco, para que los nuevos trallazos le cubran la lengua y llenen las mejillas,  porque era la primera en la boca del otro y debía saborearla quisiera o no. Este se ahoga y traga de manera frenética.

   -Uggg… -de manera mecánica, ojos nublados, Mauricio traga, buche tras buche, provocando la risa de Marcos.

   -Eso es, así; pronto amarás el sabor del semen… -parece prometerle.

   Dios, ¿qué había hecho?, se pregunta al otro día el fornido y joven hombre acostado boca abajo sobre su cama, parpadeando, confuso. Sabe que es su cama, su dormitorio, sin necesidad de recorrerlo todo con la vista, aunque lo hace. Todo era algo nebuloso. Sentía nauseas y le dolía un tanto la cabeza, tal vez era el olor del quemador de palitos aromáticos. Hay cosas de las que sí es plenamente consciente, como el sabor que siente en la boca, y la chasquea, tanteando, encontrándolo bien pero recordando, de pronto, que había tragado güevo y semen. Es muy consciente de su cuerpo sobre la cama, sin arroparse. Su piel contra el colchón se sentía bien, los pectorales contra la superficie le hizo notar sus tetillas erectas. Pegarlas contra la sábana se sentía extrañamente gratificante, sabía que si se agitaba un poco, rozando sus pezones, la sensación se incrementaría. También sabe que está desnudo, totalmente, con sus musculosas piernas algo separadas, sintiendo un airecito, algo frío pero no desagradable, entre sus nalgas… que siente pegostosas. El semen de Marcos. Lo otro eran los audífonos en sus oídos. Los de su compañero de piso, esos que les había prestado varias veces para que escuchara las tonadas relajantes. Ahora no lo eran. Podía escuchar en sus oídos la voz de Marcos, clara e inconfundible, a través de ellos:

   -Te gusta eso, tu cuerpo grande y fuerte desnudo, erizado, excitado. Tus pezones deseando ser tocados, tus nalgas esperando por manos de machos, tu culo por dedos o güevos… -es lo que escucha, impactándose. Y el mensaje se repite mientras se medio alza en la cama, deteniéndose con un leve jadeo tipo gemido. El movimiento, el roce, provoca que entre sus glúteos se desate un hormigueo extraño… ¿tal vez pidiendo manos?

   ¿Qué coño le había hecho Marcos?, se pregunta horrorizado.

   -Eres tan caliente… Eres tan caliente… Eres tan caliente… -oye la frase que se repite en bucle una y otra vez, y grita de sorpresa.

   Todo su cuerpo arde de repente, erizándose, y tiene que refregarse de la cama; de manera automática sus manos fueron a sus nalgas duras y redondas, clavando los dedos en ellas, abriéndoselas, perfectamente consciente de los espasmos de su culo, el cual parecía pedir, ansiar o desear algo. Sus pezones, totalmente erectos, le producen escalofríos contra la sábana de lo sensibles que están.

   -Eres tan caliente… Eres tan caliente… Eres tan caliente… -se repetía de manera lenta, deliberada, esa voz masculina y poderosa que le hacía gemir, anhelar.

   Ahora refriega su verga y tetillas de la cama, pero sus manos… bien sus manos halan y acarician sus nalgas, desesperado. Siente que se quema, que su culo arde y tiene que hacerlo, lo sabe, su cuerpo se lo pide: entierra un dedo. Se tensa, no quiere hacerlo, aquello era antinatural, pero se estremece de lujuria, su esfínter se abre y ciega golosamente contra su dedo. Lo agita y casi teme correrse, debe morderse los labios para no gemir largamente, con la frente fruncida y los ojos atormentados de excitación extraña.

   -Eres tan caliente… Eres tan caliente… Eres tan caliente…

   Esa voz, esa frase le hace perder el control sobre su cuerpo, deja caer su rostro de lado, agitando el cuerpo, refregándose de la cama, mientras mete y saca aquel dedo de su culo, cada vez más rápido y urgido, dejando escapar gemiditos a lo largo de su trayecto de ida y venida. Su mente gira, imagina a Marcos, sin camisa, con sus lentes y un bermudas a media pierna apareciendo en el marco de la puerta de su cuarto, abierta, sonriendo mirándole sobre la cama con el dedo dentro del culo, alzándolo en su dirección, suplicándole sin palabras. Se pierde en esa extraña imagen, no está en su cuarto, no, es en el gimnasio, está sobre una de las colchonetas, en medio de la sala de yoga, desnudo y boca abajo, sus nalgas abiertas, su culo alzado, pidiéndole a Marcos que se la meta mientras de su agujero escapan goterones de semen, un chorro de espeso y caliente esperma de los chicos que ya han hecho uso de él allí, sobre la colchoneta, rodeado por los otros. Machos forzudos que se morían de ganas por enterrársela, cogerlo duro, hacerle gritar como lo hace ese dedo que rota en sus entrañas, no deteniéndose hasta que se le corren adentro. Uno, y otro, y otro y otro. Todos gritando de gozo mientras lo nutren de esperma caliente.

   No, no, eso está al, todavía se resiste una parte de su mente, una decidida a retira el dedo de su culo, casi doliéndole la idea, luchando contra el impulso de agitarlo otra vez. ¿Qué coño le hizo Marcos?, se grita, arrancándose los audífonos, jadeando, dándose cuenta ahora de lo pesado de su respiración, del dedo clavado en su culo, el cual saca para notar en seguida que no tiene ni un pelo. Se lo recorre, así como sus nalgas. Nada. Temblando se toca el torso, no era velludo, pero tenía sus pelos, especialmente alrededor de las tetillas. Nada. Traga y alza un brazo, las yemas de los dedos de su otra mano recorren esa axila. Nada. Cierra los ojos. La mano baja, sus bolas están lisas, el vello sobre su pene también ha desaparecido. Estaba total y completamente rasurado.

   Hirviendo de rabia se para de la cama. Buscaría a ese hijo de puta y… Estaba desnudo. No podía salir así. Con disgusto abre la gaveta donde guarda su ropa interior, sólo están esas prendas, y ceñudo nota que faltan incluso las más conservadoras. Sólo hay tangas mínimas, e hilos dentales, de modelos y colores totalmente gay. Encuentra finalmente un pequeño suspensorio amarillo, de tela suave, con un lacito rosa al frente. Hirviendo de rabia entra en él. Le cuesta, le aprisiona la correa en la cintura, así como las tiras que caen bajo sus glúteos, casi alzándolos más. Su verga lampiña queda cubierta. Abre el closet y… toda su ropa ha desaparecido. Todo. Hay camisetas cortas que no cubrirían completamente su torso, muy abiertas por arriba, y las alta son estrechas, así que cubren entre sus pectorales pero dejan fuera sus tetillas, las cuales, por alguna razón, continúan endurecidas. Es la que toma, con rabia, metiéndose en ella con dificultad, por suerte no es ajustada, pero no cubre un carajo. No encuentra sus zapatos, calcetines o sandalias (de hombre), nada. Descalzo, y furioso, va hacia la puerta, ¿qué se creía ese hijo de puta? ¿Cómo se atrevía a tratarle así bajo su propio techo? Era hora de aclararlo todo. A la luz del día, con la cabeza más despejada.

   El apartamento está silencioso, pensó en llamarle a gritos pero… sencillamente no se atrevió. De la cocina proviene un olor delicioso que le hace consciente de su estómago vacío. Sus sentidos, levemente adormilados y no entiende por qué, se activan lo suficiente. Si, tiene hambre. Y era tarde, comprueba al mirar el reloj de pared, casi era mediodía. ¿Cómo pudo dormir tanto? ¿O por qué continuaba levemente soñoliento?

   Entra en la cocina y abre la boca al verle acomodando dos platos a la mesa, parece algún tipo de sopa espesa, llena de verduras y carne de res, que si, huele realmente bien, con los consabidos vasos de batidos proteicos a un lado… y en el vaso que sabe que le toca, porque los platos y cubiertos están sobre el porta platos que siempre usa, ve como Marcos agrega unas gotas de un frasco que saca de uno de sus bolsillos de su pantaloneta. Agrega más de veinte, pierde la cuenta, estremeciéndose. Concentrado en su tarea, revolviéndolo con un cuchillo y guardando el frasco nuevamente, el otro no repara en su presencia. Un frío intenso le domina, luego el calor de la ira.

   -¿Qué haces? –grazna, sobresaltándole por primera vez desde que se conocen.

   El otro le lanza una mirada desconcertada, con el cuchillo en la mano, goteando del batido.

   -Hey, al fin despiertas. Iba a llamarte para que almorzaras. –intenta una sonrisa. Una que flaquea cuando Mauricio mira y mira ese vaso.- Te ves bien. Esas ropas… –le sonríe socarrón.

   -¿Qué agregabas en mi vaso?

   -¿Qué? ¿Agregar? Nada, yo…

   -Te vi. Era algo de ese frasco que llevas en tu bolsillo. Unas gotas. Gotas que no agregaste a tu vaso.

   -No es nada, solamente… -se tensa y parece impacientarse.- Son vitaminas, ¿okay? Las necesitas, para esa debilidad de la que tanto te quejas y que parece cierta. Mira la hora que es y apenas despiertas. Eso no es normal. Soy tu amigo y me preocupo, por eso… –explica, diáfano, sosteniéndole la mirada. Mauricio sólo le mira.

   -¡Maldito mentiroso! –le sorprende con el estallido, el joven se siente furioso- ¿Qué era eso? ¿Qué me has estado haciendo? –exige saber, alzando poco a poco la voz.

   -Nada, son vitaminas, te lo dije. Hey, soy tu amigo y…

   -¡Deja de mentir! ¿Qué carajo era eso?

   -¡Deja de gritar! –contraataca, frío, duro, silenciándole automáticamente.- Estás viendo cosa que no son. Ven, siéntate aquí, toma tu almuerzo y tu jugo, eso te ayudará.

   -No… No vuelto a tomar nada que…

   -¡Siéntate y come! –le ordena con un grito tajante, autoritario y casi hostil que hace temblar las rodillas del otro… con el deseo de obedecerle y someterse.

CONTINÚA … 14

Julio César.

DE AMOS Y ESCLAVOS… 32

abril 27, 2016

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 31

SEXY Y MUSCULOSO EN BIKINI AMARILLO

   -¿Puedo sentarme en tus piernas, amo?

……

   Sobre una estrecha cama de motel barato, un joven hombre blanco, guapo, de buen cuerpo, gime de manera aguda, casi femenina, todo pintarrajeado como una putica, maquillaje que se ha corrido de sus ojos por sus lloriqueos y sollozos de placer al ser usado por el coloso negro que llena su culo una y otra vez con la amoratada, gruesa y dura verga que lo estremece. El hombre, en cuatro patas sobre la cama, llevando un sostén con relleno, una pantaleta que es apartada de entre sus nalgas mientras es follado rítmicamente, usa unas medias de seda, altas, y unos tacones. Mientras la gruesa y pulsante pieza masculina entra y sale de su culo, dándole donde es, haciéndole gritar, unas manos grandes y oscuras atrapan sus caderas.

   -¿Te gusta, putica? ¿Te gusta el güevo de tu macho? –le pregunta Yamal Cova a Bartolomé Santoro, sonriendo, sintiéndose increíblemente bien de coger así a ese otro hombre, algo que nunca había considerado. Tenerle para sí, tan entregado, totalmente caliente y deseoso de su tolete le hacía sentirse poderoso, y eso era placentero.

   -Hummm… hummm… -en respuesta gime escandalosamente Bartolomé; de sus labios pintarrajeados, y manchados cuando la pintura se corrió al mamar aquel mismo güevo, escapa la escandalosa aceptación con su falsa voz. En esos momentos es realmente la perra de ese hombre, su puta. Y quiere serlo.- Cógeme, papi, fóllale el coño a tu puta. –le grita, poseído por el alucinante placer de los juegos de roles.

   -Si, toma, tómalo todo. –repite Yamal, sintiéndose totalmente caliente y vivo, como lo está todo carajo que clava su güevo en el culo de otro, notando que este lo goza.- ¿Lo sientes? ¿Te gusta sentir la cabeza de mi güevo frotándose de la entrada de tu agujero, abriéndotelo, forzándote a aceptarlo? ¿Sientes cómo mi güevo grande y duro llena las paredes de tu coño caliente mojándotelo todavía más? –le pregunta, metiéndosela y sacándosela con rapidez y fuerza.- Es lo que querías, ¿verdad? Es lo único que siempre quieres, putita, experimentar la sensación que mi pulsante y ardiente tolete despierta en las paredes de tu coño, en tu pepa cuando te la golpeo así, así, así… -e incrementa el cepillar.

   -Ahhh… -lloriquea y se estremece el joven hombre blanco, la boca muy abierta, el rímel muy corrido por el sudor y una que otra lágrima. Se tensa, la pantaleta, que cubre nuevamente su erecto tolete, se humedece y gotea copiosamente.

   -Ah, mira lo mojada que estás. –se burla Yamal, acariciándole con las enormes y oscuras manos la baja espalda sin dejar de sacarle y meterle el tolete del apretado culo, golpeándole sin descanso con sus bolas.- Estás a punto de alcanzar tu orgasmo, uno intenso y poderoso, el que sólo consigues al ser cogido por un hombre de verdad que llena tu coño hambriento y te hace delirar de placer. Lo noto; cada vez que te lo meto siento como lo atrapas y halas más y más, sin poder saciar tus apetitos sexuales.

   -Hummm… -esas palabras le hacen delirar y gemir, arquear la espalda cruzada por la tirita del sostén y sonreír con los ojos cerrados mientras lleva y trae sus nalgas contra esa pelvis; su culo, o su coño, contra el güevo de su macho.

   No puede negar nada de lo que Yamal, su hombre, le dice mientras lo cabalga con nuevos bríos, acariciándole a veces, nalgueándole otras. Desde que fue suyo la primera vez, sólo pudo soñar con eso, con entregársele así, con pantaletas y pintarrajeado, con tocones y tangas de encajes, oyéndole llamarlo su puta. Escucharle decirlo, los “tómalo, tómalo todo, puta de mierda”, lograba que ardiera aún más, que su culo se sintiera sobreestimulado.

   -Si, perra, es tuyo, ordéñalo con tu concha caliente, sácame la leche. –ruge con voz estrangulada Yamal, tragando con dificultad, su cuerpo brillante de sudor, con una mueca de total dominio y fiereza mientras se lo empuja todo por el culo a Bartolomé, quien alza la cabeza de la cama, y grita, sus nalgas agitándose, su culo, los labios de su esfínter, abriéndose y cerrándose espasmódicamente sobre la tranca que vomita su carga de ardiente esperma en su interior, golpeándole, quemándole, nutriéndole.

   Y justo en esos momentos, mientras el negro se corre dentro del culo del catire, la puerta de la habitación se abre violentamente penetrando aquella mujer, Marjorie, seguida de otros tres sujetos, que sonreían socarrones, como lo hace todo el que va con una mujer que pillará al marido con otra en la cama. Pero se congelan frente al espectáculo, el bonito tipo blanco en cuatro patas, pintarrajeado, usando prendas de mujer, con un carajo negro, alto y guapo tras él, teniéndole bien clavado por el culo, con unos estremecimiento y una expresión de rostro que indicaba, claramente, que se estaba corriendo.

  -¡Dios mío! –grita ella, con voz muy aguda y horrorizada, llevándose las manos de uñas impecablemente pintadas, a la boca.

   -¡Marjorie! –ruge, aterrorizado, Bartolomé, en cuatro patas todavía, mareado por la sensación de esos disparos de semen en sus entrañas… temblando a su vez, corriéndose también, la pantaletica llenándose de esperma que moja, traspasa y gotea, aumento el olor a sexo en la habitación.

   -¿Ese es su marido, señora? ¿El marico? –ruge, todavía impactado, el notario que la mujer ha llevado.

……

   Aunque ha trabajado buena parte de la mañana, Gregory Landaeta no ha podido apartar de su mente todas sus vicisitudes. Una era lo ocurrido la noche anterior, que ahora, uniéndose al temor por haber sido pillado por uno de sus socios dentro de la línea, cargando… cositas raras, cobraba una nueva dimensión. Se había estado sobando, exhibiéndose en tanga, ante gente que no conocía pero que vivía en la zona donde también lo hacía él. Podrían verle, encontrarle en la calle… Bien, era difícil que todos le reconocieran, pero con el tipo que le envió el hilo dental, y más tarde el butt plug, no podía engañarse. Ese sí sabía quién era. Y las cosas que le gustaban. Y era ese punto el que más le molestaba a nivel mental y casi físico. Las cosas que había hecho eran algo… mariconas. Así lo pensaba, todavía negándose muchas cosas, como qué tan maricón ha sido tocándose el culo frente a extraños. O dejándose sobar en el Metro por otros hombres.

   Como sea, debe olvidarse de toda esa mierda, se dice tomando algo de su guantera, ocultándolo dentro de la camisa blanca, uniforme de la línea. Y vuelve al análisis que ha hecho desde que todo comenzó; si, le gusta ser visto, admirado, codiciado, desnudado con los ojos. Sólo pensarlo le afectaba. Pero no tenía por qué hacerlo únicamente con tíos, ¿verdad? A las mujeres les gustaba ver. A él le gustaban, ellas, y que le miraran. No tenía que ir con sujetos desconocidos para exhibirse. Debía volver con las féminas, a sus cuerpos perfumados y suaves, sus tetas firmes bajo sus manos. Si, iría a buscar a la Chata. Esa siempre hacía fiesta cuando lo veía por su merendero. Iría con su pantalón ajustado, una franela entallada y la puta ovularía siguiéndole con la mirada. Luego se exhibiría ante ella. Pero no con lo que lleva debajo del pantalón, se recuerda parpadeando.

   Tensamente sonríe y saluda a quienes encuentra en su camino a los baños de la sede de taxis. Entra, agradeciendo que todo se encuentra solitario y se encierra en uno de los dos privados. Sale de sus botas, abre el botón del pantalón, eso le eriza, y lo baja con dificultad en sus muslos, saliendo de él. La respiración se le espesa un poco. Sabe que lleva esa maldita tanga blanca, mínima y sensual, la de la tienda. Está plenamente consciente que se ve del carajo con ella. Lucha contra los pensamientos, las ideas, las imágenes de cambiarse fuera del privado y que alguien entrara y se quedara, mirándole con esa tanga, recorriendo con los ojos sus muslos, sus caderas, su bulto entre las piernas, sus nalgas redondas y paradas tragando casi toda la tela. ¡No!, no, maldita sea. Se dice casi arrancándose la tanga, que echa a un lado con un pie, metiéndose dentro de un bóxer corto y ajustado, pero más tradicional, que era lo que ocultaba en su camisa. Entra en él y se congela… Pasos.

   Hay alguien afuera, lo que no tendría nada de extraño, era el baño de la línea, habían carajos mayores que parecían vivir meando. Lo que si estuvo fuera de lugar fue que… Traga y contiene un jadeo cuando nota unos zapatos detenerse del otro lado de la puerta del privado que ocupa, y ve como una mano cae, la de un tipo agachándose, atrapando la tanga blanca caída en los límites de la puerta cerrada. ¡Oh, mierda!

   -Hey, ¿y quién usa esta putería? –oye una voz masculina, ronca, burlona, que no reconoce. Cierra los ojos, temblando al imaginar a un sujeto cualquiera sosteniendo su tanga en la mano, sabía que estaba caliente pues acababa de quitársela. Y algo transpirada.- ¿Estás ahí, amigo? ¿Quién eres? Esta tanga me dice muchas cosas. –hay burla en el tono. Silencioso como un muerto, Gregory cae sentado de culo sobre la tapa del inodoro al escuchar, del otro lado, una profunda inspiración.- Hummm, huele a cabrito. Lo siento, amigo, si no respondes me la llevo. Le daré buen uso; dime quién eres y te la regreso mañana… cubierta de esperma. –hay una risita y pasos que se alejan después de usar el lavamanos.

   Coño… ¿qué había sido eso?, se pregunta mareado Gregory, temblando, con el tolete alzándose con ganas entre sus piernas dentro del bóxer. Si, por un segundo quiso salir, ver quién era. Exhibirse.

   ¡Estaba tan jodido!

……

   -¿Eres o no eres un negro maricón? –Roberto Garantón escucha la pregunta del Ruso, todo girándole alrededor a pesar de los ojos cerrados, tragando en seco, sus labios abriéndose y cerrándose, acariciando el güevo que va y viene sobre ellos, de pasada, el de Jackson.- ¿Quieres o no quieres güevos blancos llenándote el hocico y alimentándote?

   Temblando de lujuria, vergüenza y humillación, Roberto le oye, como escucha los cuchicheos y risitas del pequeño grupo de hombres y mujeres que le miran desde la entrada de la habitación. Con el rabillo del ojo les mira, les ve sonreír divertidos, señalando. Sabe muy bien qué. Su rostro oscuro y brillante de transpiración es cruzado arriba y abajo, a los lados, azotado y mojado por tres güevos blancos que se deleitan del tacto sobre su piel. Todos observaban su humillación, su entrega. Lo peor era que si, quería mamarlos. No puede negárselo, quiere atrapar con su boca esos güevos y chuparlos, tragarlos hasta los pelos, sentirlos quemando su lengua, chuparlos con ganas, con fuerza, hasta sacarles las leches que también bebería.

   -Si, si, quiero mamárselos a todos. –chilla, voz fallosa, contra la barra palpitante de Jackson. Y escucha risas y aplausos, no abre los ojos pero sabe que mucha gente le mira. Una solitaria lágrima escapa de uno de sus ojos cuando, mandándolo todo al coño, separa sus gruesos labios y saca la lengua, lamiendo la cara inferior de ese güevo que sigue su vaivén, chupándolo como puede, recibiendo más aplausos, risas y pitas.

   Todos felices de ver al negro maricón derritiéndose por güevos blancos.

CONTINÚA … 33

Julio César.

LA NENA DE PAPA… 11

abril 24, 2016

LA NENA DE PAPA                         … 10

De Arthur, no el seductor.

SEXY BOY

   Pronto todo cambiaría…

……

   El joven abre los ojos cuan ciervo deslumbrado por los faros de un auto. Incluso, el muy tonto, traga, viéndose completamente culpable. No aligera el ambiente que Cole medio sonría, siniestro.

   -Lo siento, muchacho, tuve que decírselo. Siéntate. –le señala una de las sillas de jardín, donde casi cae sin fuerzas. Sentados, los cuatros a la orilla de la piscina, se daría una difícil conversación.

   -Cole… -Grace, su esposa, parece mortificada.

   -Basta, cariño, voy a hablar yo. –la interrumpe el hombre, volviéndose hacia el joven, el cual se estremece ante su actitud dominante, poderosa, avasallante. Masculina.- Como ya te dije, entiendo que son jóvenes, que quieren encontrarse, descubrir el mundo, pero hablamos de mi hija. Nelly, todavía te queda un año de bachillerato… -dice mirando ahora a la joven, con afecto severo.- Todavía eres menor de edad y no quiero que vivas metida en el cuarto de Brandon, en una pensión donde hay otros chicos. La gente habla y no quiero que lo haga de ti. Entiendo que… -y bota aire.- …Tengan… sentimientos y todo eso, pero eres muy joven y no quiero que otros te tache de cosas feas con las cuales debas cargar el resto de tu vida.

   -¡Papi! –se queja la joven.

   -No digo que no se vean, no voy a separarles, pero… no en ese lugar. No quiero que te vean entrar y salir de esa pieza y sepan que… -se atora, mira fijamente a Brandon.- Te lo dije, no quiero a mi hija en tu cuarto, encuéntrense en otros lados, donde la maledicencia no alcance a Nelly. –la ve a ella.- Sé que eres una buena chica, pero también debes parecerlo.

   -¡Papá! –ahora trona feo, mirando a su novio, pero Brandon únicamente entiende de la autoritaria mirada de Cole.- Es mi vida.

   -Cariño, te comportas caprichosamente; me alegró notar, cuando hablamos, que Brandon está de acuerdo con mi punto de vista. Él ve lo inconveniente de que vayas a su cuarto en esa residencia , ¿no es así, muchacho? –este duda, la boca ligeramente abierta, mirando del hombre a la irritada chica cuya vida “se discutió” sin ella presente.

   -Así es, señor Cole. Entendí su punto. –jadea rindiéndose, y la mira.- Creo que es lo mejor, Nell.

   -¿Lo mejor porque lo dice papá o porque discuten ustedes a mis espaldas?

   -Todavía eres menor de edad, Brandon apenas ha cumplido los dieciocho años, podría verse envuelto en un problema legal, ¿no puedes entenderlo en verdad? –Cole suena algo exasperado, dándole a entender claramente que la considera una niña malcriada.

   La joven, claramente mortificada, y rebelde, va a protestar por las imposiciones de su padre, y el que su novio acuerde cosas sin consultarla, cuando un joven aparece saludando alegremente con una mano y un alegre “hey”.  Rubio, alto, atractivamente atlético, franco y sonriente. Por un segundo todos le miran. Especialmente Brandon, quien frunce el ceño, eran sus reflejos de chico alertándose ante una presencia guapa que puede disputarle su lugar. De manera automática se vuelve hacia Nelly.

   -¿Bill McCane? –Grace sonríe, imitando al resto cuando se pone de pie.

   -Si, el buen hijo vuelve a casa… -informa el muchacho con un vozarrón, sonriendo de manera luminosa. Nelly, quien se había quedado con la boca abierta, finalmente gritó feliz y corrió a su encuentro.

   -¡Billy! –grita y le abraza con afecto sincero y abierto. Este la envuelve en sus brazos.

   Por un segundo a Brandon le falta el aliento. Había intimidad, afecto en aquel gesto, pero la manera como se abrazaban, luego se miraban y hablaban a un tiempo, ella queriendo saber cómo le iba en la universidad, cuando regresó, y él comentando lo bonita que estaba, denunciaba que, en algún momento, hubo chispas entre ambos. Se entera que es el vecino de al lado, el chico a quien Nelly siempre seguía en sus travesuras, ese con el cual todo lo hablaba.

   -Te ves bien, Bill. –comenta Cole, sacando a Brandon de sus funestos pensamientos.

   -El futbol. –anuncia con orgullo, enrojeciendo cuando Nelly, a quien todavía le rodea la cintura con un brazo, dice la misma palabra a un tiempo, como una burla amistosa.

   Sigue el intercambio de informaciones entre los dos jóvenes, de sonrisas, de apretadas repetidas. Es Grace quien carraspea.

   -Bill, querido, este es Brandon, el, momentáneamente, olvidado novio de Nelly. –la información parece congelar al guapo rubio, quien mira al chico menudo, tendiéndole una mano después de lanzar una mirada interrogante a la muchacha.

   -Hey, mucho gusto, Bill.

   -Brandon. –casi croa, y ahora Nelly se suelta del alto muchacho y le rodea la cintura a él. Comentándole al “viejo amigo”, lo felices que son y todo eso, pero al chico más menudo no se le pasa la sensación de vacío.

   De alguna manera el muchacho termina comiendo, aunque rechaza la cerveza por los entrenamientos, cosa que Cole respeta, aunque a él, Brandon, casi le había obligado a beber. Le invitan a la piscina y cuando ese chico sale de sus zapatos de goma y su franela, quedándose con el bermudas, a Brandon el corazón se le cae al piso. Es esbeltamente musculoso, de pectorales redondos, como sus bíceps, y ni aun siendo ciego habría dejado de notar las miradas que Nelly le lazó, comentando entre risas lo mucho que había crecido. En un momento dado el joven atrapa a Nelly de la cintura y la alza al tiempo que la arroja y se arroja a la piscina; ella, gritando en todo momento, le llama tonto y ríe. Grace, algo inquieta, le sugiere Brandon que se les una también.

   El chico quiere integrarse, pero le cuesta. Un vago sentimiento de inferioridad, un no puedo competir con ese joven gallito, le cohíbe. Nada un poco alrededor de ellos y sale, sentándose en la orilla. Siente una sombra cubriéndole, alza la vista y allí estaban las recias piernas de Cole, con su apretado speedos rojo, mirándole burlón.

   -Gracias por telefonearme e invitarme, señor. No tenía nada mejor que hacer. –informa Bill desde el agua.

   El hombre hace un gesto restándole importancia al asunto, pero sus ojos brillan malignos mientras sostiene la mirada de Brandon.

   El joven no se sintió aliviado hasta que se cambió nuevamente de ropas y se despidió de todo el mundo, incluso de Nelly, a quien no le parecía bien dejar así a su recién encontrado amigo. Agradeciendo las atenciones, rojo de cachetes y evitando ferozmente la mirada de Cole, Brandon correspondió a la promesa de repetir pronto la visita. La reunión y la comilona, claro. Una vez a solas en su pieza pudo respirar en paz, cayendo sentado sobre su cama, doliéndole el culo, abatido, ocultando la cabeza entre las piernas. ¿Qué había hecho? ¿Cómo dejó que todo eso pasara? ¿Cómo pudo responder así a las exigencias sexuales de ese hombre? Rojo de cara, casi lloroso de humillación y vergüenza, se prometió que nunca más ocurriría. Sin embargo, en las duchas (las residencias las tenían al final del pasillo), no pudo evitar ciertos estremecimientos mientras se bañaba, tocándose. O al recordar más tarde, en la cama, todo lo acontecido. Eso si, nunca volvería a esa casa y evitaría a ese hombre como diablo a la cruz. Sería sencillo ahora que Nelly no le visitaría allí. Ya verían qué hacer, y dónde. Mientras la tuviera a ella todo iría bien.

   Esa noche Nelly le llamó y hablaron de todo, como siempre, especialmente del buen momento vivido entre su gente querida y su amigo. Al día siguiente fueron al cine y ella quiso ir a la pieza, pero temiendo lo que Cole haría si se enterara, se opuso. Cosa que temió la molestara, pero, la verdad fue que la joven no insistió mucho tampoco. Sin embargo, todo parecía ir tomando su carril. Nuevamente. Antes de Nelly, los chicos con los cuales compartía la pensión, todos estudiantes, solían visitarle para pedir esto y aquello, conversaba y hacia algo de vida social cuando iba a otro cuarto a tomar una copita de algo (todos pertenecían a una especialidad deportiva y debían cuidarse), especialmente Mark Aston, quien comenzaba la universidad y parecía haber olvidado todo sobre Matemáticas y solía pedirle opinión sobre este o aquel problema (en realidad que le ayudara con las tareas). Fue este quien notó que la joven no frecuentaba el cuarto, preguntándole qué hizo para alejar a semejante bombón. A Brandon le agradó que pareciera realmente preocupado por su bienestar. Era bueno contar con amigos. Más de una vez, movido por un impulso que no entendía de todo, quiso contare lo ocurrido con Cole, tal vez para escuchar que no había sido su culpa. Mark era del tipo comprensivo. Pero no se atrevió. Le agradaba el chico pelirrojo, franco y alegre. No quería que supiera sobre “eso” y le apartara.

   -¡Ya voy! –ruge esa tarde cuando llaman insistentemente a su puerta. Abre y se congela.- ¡Señor Cole! –jadea, todo ojos, boca ligeramente abierta. La mente en blanco.

   -Es papi. –el hombre le recuerda, algo seco, recorriéndole con una mirada desaprobadora, tal vez por el viejo jeans y la holgada franela. Él, por su parte, va elegantemente vestido de saco y corbata, co un leve sombra de barba, alto fuerte, triunfador. Masculino. Carga una gran bolsa atrapada en su antebrazo y torso.

   -¿Qué hace aquí? –jadea otra vez, totalmente alarmado.

   -Te he llamado dos veces y no me has contestado. –reclama ceñudo.- Así que vine. Y traje algo de comer. –exhibe la bolsa. Y espera.- ¿Y bien? Déjame entrar, ¿no? –se miran a los ojos, retadores. El tipo grande y confiado, seguro de sí, el muchacho más bajito, sintiéndose de pronto muy asustado de las cosas que pueden suceder. De lo que otros pueden averiguar.

   -No. –croa bajito. Eso le hace fruncir el ceño aún más a Cole.- Quiero que se vaya de aquí. Ahora.

CONTINÚA … 12

Julio César (no es mía).

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 53

abril 23, 2016

… SERVIR                         … 52

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

PRISION CALIENTE

   Ahora andan malucos…

……

   Aunque llevaba rato cogiéndole, y por lo que imaginaba ya antes algunos lo habían sodomizado antes, no dejó de maravillarle que pudiera abrirse y aceptar su tranca que no era nada pequeña, al contrario, una buena lanza de carne llena de sangre y ganas. Viéndole, escuchándole, sintiendo cómo sus entrañas apretaban más y más, a Slater sólo le quedaba atraparle, también, con las oscuras manos las pálidas caderas, gruñéndole que le mostrara lo puto que era, que se lo ordeñara con ganas. Pero también necesitaba más.

   Le derribó echándole de espaldas, todavía metido en su culo, atrapándole el bonito y enrojecido rostro, ojos velados de lujuria, y continuó cogiéndole con fuerza, con ganas, aplastándolo contra el colchón, toda la cama traqueteando contra la pared. Las nalgas rojizas recibiendo la pelvis del hombre, su culito era macheteado por el gran tolete que casi salía hasta el glande, abultado y amoratado, antes de enterrarse otra vez, al tiempo que las bolas le golpeaban sin descanso. Y mientras se lo hacía, dientes apretados, llamándole putito calienta braguetas, Nolan sólo podía echar la cabeza hacia atrás ojos cerrados, boca muy abierta mientras se corría dentro del chico suspensorio, alcanzando un orgasmo intenso que le elevó a las nubes, al tiempo que Slater, algo que después le avergonzaría un poco, enterró el rostro en su cuello, olfateándole, besándole, lamiéndole, rugiéndole los tómala toda, puto, toma toda mi leche.

   Poco después, ahítos y agotados, yacían en la cama, con Slater preguntándose todavía qué hacía allí, sobre esa cama, todo transpirado, sintiéndose pegajoso, el fuerte olor a sexo llenándolo todo, con Nolan caído sobre él, buscando algo más, como apoyo, compañía. O simple afecto. Estaban muy quietos y silenciosos, al principio, con un televisor a bajo volumen en el fondo. Fue cuando con voz neutra y muy queda, Nolan comenzó a contarle todo. El temor que le inspiraba Robert Read, su aire de maldad, de cruel sadismo al jugar con sus miedos. Dudó, la voz se le quebró un poco, al hablar del ataque del perro, la cogida de este y Read en los patios. El secuestro que todavía no entendía cómo había ocurrido o cómo terminó en un sótano de la prisión, las cosas que este le hizo. Inconsciente de que le abrazó con algo más de fuerza, mirada asombrada y furiosa fija en el techo, Slater escuchaba.

   -No pudo hacer todo eso sin ayuda. –le gruñó afectado, sintiéndole temblar; el joven cuerpo frío de repente. Ni lo que sabía le hacía a ese hombre, Daniel Pierce, quien ahora no podía salir de esa prisión por un crimen que casi se vio obligado a cometer. ¿Acaso le empujaron a hacerlo?- Dime quién o quienes le ayudaron. ¿Fue Lomis?

   Notó la inquietud del chico, su silencio dubitativo.

   -No lo sé, pero fue Lomis quien me encontró, y… -después de dudarlo, lo cuenta también. Cómo le usó sexualmente, las cosas que le hizo y que dejó le hicieran aquellas personas a quienes le presentó, cediendo para que callara, siempre temeroso de verse expuesto. El cómo le llevó a esos lugares.- Tiene un sentido de la sexualidad… aterrador. –confesó con voz neutra, el rostro casi oculto en el cuello del tipo grande.

   Aunque callaba, la mente del jefe era un caos. ¿Quién le atacó dentro de la prisión?, eso se preguntó sintiéndose increíblemente molesto. Con más edad, y seguridad en sí mismo, entendió que al chico se le dominó sexualmente, que se le redujo a la condición de juguete, de esclavo. Algo en lo que Robert Read era bueno. Pero no pudo hacerlo solo. Y algo comenzó a incomodarle aún más, su presencia allí, alarmado por Curtis… guiado a ello por las palabras de Read, por las insinuaciones de Lomis…

   -Dime, ¿crees que Lomis trabajaba con Read? –insistió, notándole tensarse sobre él.

   -No… no creo que… -la idea pareció sorprenderle, horrorizarle.- No lo sé. –repitió.

   Slater iba a iniciar la explicación de sus dudas y sospechas cuando todo se despejó de golpe. En la televisión, que hace rato tenía atrapada su mirada mientras escuchaba al chico, enfocaba en esos momentos los restos del camión de transporte de la prisión, bajo el titular de “Sanguinario escape de Robert Read”.

   -¡Maldita sea! –bramó sentándose con tal fuerza y velocidad que casi arrojó a Nolan al piso. Los ojos no se apartaban de la pantalla, vio las camillas con los cuerpos cubiertos. ¡Ese cerdo había escapado! ¿Y Lomis? ¿Y Adams? ¿Y Sheppard?

   ¡Claro! En ese momento todo tuvo sentido.

……

   Si los restos del camión transporte accidentados eran la gran plaza del circo mediático que se había formado con la brutal huida de Robert Read, sazonado por una prensa cada vez más escandalosa, los grandes protagonistas a quienes se tachaba ya de alguna manera de responsables, de incompetentes y aún de juego sucio eran las autoridades policiales, las penitenciarías y cierto bufete legal con un conocido abogado a la cabeza. A la gente le inquietó, molestó, y asustó, saber que al monstruo del Matadero se le daba otra oportunidad legal, ahora, su escape, con una reeditación de su caso y todos los sórdidos detalles de los crímenes del horrible lugar, así como entrevistas a iracundos y aterrorizados testigos puso al público frenético.

   No la tuvo Owen Selby nada fácil al llegar al lugar y ser reconocido por el enjambre informativo, aunque, curiosamente, la fuga revalidaba su investigación inicial. Él había tenido razón encerrándole. Allí se pone al tanto de lo ocurrido, al tiempo que calmó gente que pareció temer, realmente, que Read se materializara a su lado como el Boogeyman. Y, en todo momento, el hombre intentaba controlar su propia ira. Se habían confiado demasiado, la posibilidad de que ese sujeto pudiera ser, realmente, inocente de esos crímenes actuó sicológicamente en contra de todos. Nadie podía esperar que esperando una nueva oportunidad ese tipo ya tuviera planeada su fuga. Y menos de aquella manera. Su teléfono timbra y reconociendo el número se tensó.

   -¿Si? –no puede evitar que la ansiedad coloree de impaciencia su voz.

   -¿Estás allí? ¿Es tan terrible como dicen?

   -Mucho, Jeffrey. Mira, debo…

   -Me llamó. Le dije que se entregara pero…

   -¿Te llamó? ¿Read? –se angustia, sus instintos se afinan.- ¿Estás bien? ¿Te amenazó? Puedo arreglar una protección que… -ahora suena aprensivo.

   -Estoy bien. Me dejó un regalo, pero de los suyos, sicológico. –hay un leve silencio.- Estás en su lista, Owen. –y toda la ansiedad y preocupación del mundo se siente en esa frase. De alguna manera el rostro del policía se relaja, una leve sonrisa suaviza su expresión.

   -Estaré bien, abogado. Pero tú…

   -No vendrá por mí. Lo dijo. Quiere que viva recordando que le permití… -le oye tragar aire.- Irá por Marie Gibson. Sabe de dónde viene, antes de ser mujer. Y me habló de su crimen. Ella, o él, mató a su familia… cuando era un chico. Instigada por Read, claro.

   -Claro. –oprime los labios.- No llegará lejos. La ciudad ha sido cerrada. Le cazaremos.

   -Owen, se trata de Read. Ese sujeto es diabólico.

   -Le agarraremos. –repite con firmeza. Hay un leve silencio y mirando en todas direcciones, la voz del policía se oye más suave, íntima.- Nada me pasará, te lo juro. Y, por favor, cuídate mucho.

……

   Así como la prisión estaba revuelta y la población reclusa parecía particularmente frenética, gritando, riendo o discutiendo entre grupos por la fuga del peligroso convicto, el alcaide Monroe no la pasaba mejor. Había sido llamado por todos sus jefes inmediatos, terminando con el gobernador y un Marshall federal. Que insistiera que el traslado se realizó según el protocolo, pareció importar poco. Y lo entendía. Comenzaba el juego político. Alguien debía cargar con la responsabilidad del daño mediático que aquello causaría. Y la verdad… no se siente tranquilo. Era, por decirlo así, deber de todo recluso intentar escapar, pero con Read eso tomaba otras connotaciones. Debieron… De pie, frente al ventanal de su oficina, en mangas de camisa, no hace otra cosa que gritarle órdenes a su asistente, la imperturbable señorita Lamas.

   -¿Y dónde está Slater? –ruge, colérico, desconcertándose cuando la puerta se abre y este entra, con rostro grave y serio como un infarto mismo, hablando con alguien por el teléfono móvil.

   -Aquí estoy. –anuncia mientras termina su llamada.

   -Al fin. –ruge colérico, necesitado de descargarse, acercándose a su escritorio.- Imagino que escuchó las noticias, ¿no iba en ese viaje de traslado con Read? ¿Qué pasó? –la desconfianza se siente en las palabras.

   -Fui… fuimos víctimas de ese hijo de puta. –se vuelve hacia la mujer con un leve gesto de disculpe, ella casi sonríe.- Ese hombre planeó su fuga con tiempo y cuidado, como suele hacerlo todo; cuando salió de aquí ya tenía perfectamente esquematizado lo que haría, incluyendo mi ausencia en el camión, y para ello se valió de elementos internos.

   -¿Qué? –jadea, cayendo sobre su silla.- Slater, esa acusación es muy grave; un funcionario corrupto…

   -No sé si Read pagaba con  dinero a alguien, pero creo que si se valió de otros trucos… para manipular y controlar a uno de mis asistente, Albis Lomis. –informa mirándole a los ojos, recordándole sin más palabras las maniobras de Read. El alcaide lo hace, enrojeciendo y tragando, mirando fugazmente a la mujer que parece confusa.

   -Déjenos, señorita Lamas. Y ni una palabra de las acusaciones del jefe. –advierte. Ella asiente y sale. Se vuelve hacia el hombre.- ¿De qué está hablando?

   -Me comuniqué con un conocido que tengo dentro del laboratorio de investigación criminal. El camión fue atacado desde adentro y desde afuera. Lo envistieron de tal manera que lo detuvieron y llegaron a los conductores, pero eso no habría bastado para liberar a Read, la caja es prácticamente impenetrable, violarla habría llevado tiempo y el intento de fuga se habría comprometido. Pero Read ya había atacado a su custodio, Lomis, y valiéndose de las llaves de este, abrió. Creo que ese hombre, de alguna manera, logró que Lomis les dejara las manos libres, soltándole de las cadenas que le fijaban al piso del camión, y en un descuidó le mató. No sé cómo o por qué, pero Lomis no lo vio llegar. -toma aire ensanchando su torso.- También me manipuló. Me hizo creer que otro de mis asistentes, Nolan Curtis, estaba en peligro, sacándome del juego. No fui en ese viaje, que era lo que deseaba. Yo jamás le habría liberado de esas cadenas, y de haberse comprometido todo más allá de cierto límite, creo que sabía que le habría matado. Por eso me necesitaba fuera. La verdad es que nunca imaginé que se fugara, por eso no esperaba el engaño. Creí que tramaba escapar a su condena con algún alegato legal. Me engañó totalmente, por eso le envié con Lomis, por una parte porque tenía la cabeza puesta en otro de mis agentes, y porque no creí que este estuviera tan comprometido.

   -Slater, cuando esto se sepa…

   -Se sabrá. No pienso mentir, señor. Es lamentable no tanto por lo que sufrirá mi reputación y la prisión misma, sino por la admiración que causará ese sujeto entre esos locos que lo idolatran.

   -¿Qué haremos? –Monroe se ve afligido, una investigación interna, ¿hasta dónde llegaría? ¿Qué descubrirían? Mira su escritorio, el mismo donde cogió a ese tipo, el amiguito de Read. Recordaba una conversación con el tal Lomis, después de aquello, diciéndole que Read deseaba que le permitiera acompañarle en el viaje, cediendo por temor.

   -Debo saber si hay otros en la jugada. Ese hombre se movía como Pedro por su casa, sabemos que alguien le protegía desde la dirección de prisiones, pero además… -arruga la frente.- Quién sabe qué otras cosas hizo. Aquí. La esperanza es que la policía le detenga. Los límites de la ciudad, y el estado, se cierran en estos momentos. Esperemos que no logre cruzar el cerco. –toma aire.- Señor, deseo… que el prisionero Pierce sea sacado de su aislamiento y que sea recluido, solo, en su celda.

   -¿Qué? ¡Mato a un hombre! –se ve confundido.

   -Mucho me temo que ese hombre no fue sino otra víctima de ese monstruo. ¿Nunca le ha parecido curioso que ese crimen lo cometiera un estafador que siempre llevó una vida mimada y cómoda, que fue atacado sexualmente en las duchas y sometido sexualmente por ese monstruo? No, alcaide, no intente negárselo, ocurrió. Ese chico fue manipulado, sometido, Read lo rompió, ¿y cuando existe la posibilidad de que salga va y mata a un hombre, condenándose a no salir de aquí?

   -Como sea, cometió un homicidio a la vista de muchos. –se ve mortificado.

   -Lo entiendo, pero… -se ve igual, molesto consigo mismo.- No hice bien mi trabajo, y él lo pagó. Y otros. Deseo ayudarle.

   -Bien, hágalo, pero sin levantar olas. La comunidad de color puede molestarse acusándonos de favoritismo. La verdad creo que está más seguro quedándose donde está, pero haga como considere prudente.

……

   Todavía echado en el piso, casi catatónico, posición que le brindaba paz, Daniel Pierce se nota laxo, vacío. Sin lágrimas. Ya no puede llorar más por sí mismo. El horror de entender lo que hizo, el terrible daño que se provocó, le ahoga, pero termina aceptando que ya nada puede hacer. Quemó sus naves. Se jodió. Ahora era carne de presidio. Todo había acabado. Read…

   Unos golpes a la puerta le sobresaltan, aunque no se mueve.

   -Hola, princesa. –es una voz masculina, burlona, se deja oír contra la superficie metálica.- Tal vez quieras saber que tu marido se fue. Ya no lo tienes cuidando tu coñito dulce. Estás solita, preciosa, y muchos tenemos ganas de cortejarte. Dime, ¿serás mi puta caliente como lo fuiste de Read? –y estalla una carcajada cascada.

   ¿Se podría decir que Daniel Pierce se horrorizó al escuchar aquello, que estaba solo a merced de mucha gente que ahora tendría todo el tiempo del mundo para hacerle daño? No; ladeado sobre el piso movió la cabeza, alzándola, los ojos en dirección a esa puerta. ¡Robert Read se había largado! Una enorme sonrisa, algo maniática, se dibuja en su cara. Deja caer la cabeza y gira sobre su espalda, estirándose, riendo sin sonido. ¡Libre! La risa comienza a escucharse rota, ronca. Debería sentir miedo ante el futuro sabiendo que su “poderoso amigo” ya no estaría presente después de enemistarle con latinos y negros, pero no le importó. Quedamente rió hasta que los ojos se le llenaron de lágrimas. Feliz.

………

   -No entiendo qué hacemos todavía aquí, jefe. –comenta Sergio Altuve, presidiendo el grupo de tres que entran en la vieja casona con toda la apariencia de llevar tiempo deshabitada a pesar del mobiliario.- Debemos salir del estado.

   -A estas alturas todo debe estar cerrado. –comenta Read, recorriendo el lugar con la mirada. Era tal como le dijeron que sería. Todo cubierto con sábanas polvorientas. Excepto una mesa para cuatro, de madera, con una cava sobre ella y una caja tipo estuche a su lado. Sonríe al ver a sus cómplices ir hacia ella.

   -¿Qué tenemos aquí? –pregunta Eugene, el tipo calvo.

   -Vituallas. –informa de pasada Read, quitándose el saco que le cubre. Una vez asesinado el vigilante gordo, el trío partió de ahí a la carrera, dejando la muy vieja camioneta modificada, que le aseguraron no podría ser rastreada, en un callejón donde encontraron el nuevo vehículo, también viejo, pero discreto y anónimo. Era parte de sus arreglos, como las ropas de civil en el asiento posterior. También esa casa. Y la mesa.

   -No entiendo cómo pudo arreglar todo esto estando encerrado. –Sergio abre la cava y ríe, hay cervezas frías, saca tres.

   -Tengo amigos fieles. Y socios. –ataja una cuando se la lanza, destapándola y bebiéndola. Ah, se sentía tan bien.

   -¿Y esto? –pregunta el otro, también cerveza en manos, abriendo el estuche. Dentro hay dos habanos… y una enorme hipodérmica llena de algo claro.- ¿Qué es?

   -¿No reconoces un buen habano? –responde burlón Read, bebiendo, acercándose a la mesa, los ojos fijos en los socios que uno al lado del otro miran la jeringa.

   -No, en serio, jefe, ¿qué es? –insiste Eugene, sospechándolo entre divertido y extrañado, elevando la mirada.

   Justo a tiempo de ver a Read medio inclinarse, meter una mano bajo la mesa, tantear, halar algo y sacar una automática, negra y reluciente, con un largo silenciador, que amartilla. Todo con elegancia y rapidez, cuan coreografía cuidadosamente ensayada.

   Y dispara.

CONTINUARÁ … 54

Julio César.

LA NENA DE PAPA… 10

abril 9, 2016

LA NENA DE PAPA                         … 9

De Arthur, no el seductor.

MAN HOT

   -¿Acaso no merezco un putito que me haga mimos?

……

   -Abre los ojos, mírate. –le ordena Cole, y obedece. Brandon se avergüenza de su imagen en el espejo. Se ve exhausto, rojo de mejillas, brillante de transpiración… ahíto de sexo.- Es tu cara de placer, del verdadero placer, el único que encuentras sobre la verga de un hombre que llene tus necesidades de putita. –le dice con voz muy masculina, ronca, al oído. Obligándole a mirarse, todavía teniéndole clavado con su miembro, que es levemente visible por la forma en que están acostados.

   -Señor Cole… -jadea; y gime cuando esos labios vuelven a su oreja, atrapando, lamiendo, mordisqueando, la lengua queriendo penetrarle el conducto auditivo.

   -Ahora puedes llamarme papi. Quiero ser tu papi.

   -Señor Cole… -se revuelve. No le llamaría así, eso era como demasiado; pero el aire escapa de sus pulmones cuando esos labios le atrapan el lóbulo de la oreja y lo chupan. Al tiempo que esas manos lo recorren y erizan, la verga sale de su culo.

   -Papi, dime papi. No te resistas, no debes. –le obliga a caer de espaldas sobre la cama, piernas muy abiertas, el hilo de la tanga entrando en sus nalgas, la tirita cubriendo su agujero enrojecido e hinchado de donde chorrea el semen del semental.– Mírate. –le ordena otra vez, y volviendo el rostro sobre un hombro, el chico se mira y enrojece más al verse al espejo. La tirita le presionaba; extrañamente consciente de eso, no puede dejar de observar el semen que mana.

   -Señor Cole… -comienza otra vez, pero calla y se tensa cuando sobre sus hombros caen las fuertes manos del hombre, arrodillado en la cama a su lado, aún con la verga enrojecida fuerza del speedos rojo, cubierta de su semen al corrérsele adentro dos veces.

   Brandon se eriza nuevamente, se estremece todo y siente un calorcillo en sus entrañas cuando las grandes y masculinas manos le acarician, masajeándole, recorriéndole los hombros y la espalda, bajando y bajando. Sentir el roce de los dedos contra el borde de la pantaletica de la señora Grace, actúa de manera extraña sobre él, que separa un poco más las piernas. Cuando una de las manos, totalmente apoyada en su baja espalda, con los dedos mirando hacia abajo, se mete dentro de la pantaletica, presionándole adelante y sobre el culo por un instante, no puede contener un corto suspiro.

   -¿Lo ves, bebé? Es así como sé que eres un pequeño mariconcito nacido para ser la ardiente nena de un hombre con necesidades. Tu culo está destinado a ser el ardiente coño ordeñador de mil vergas. No sólo te queda de maravilla esa pantaletica de mi mujer sino que te sientes bien en ella. Te eriza, te estremece. Tu cuerpo se adapta a ella como un guante. –la mano abierta, levantando la tirita dentro de las nalgas, recorre, soba.- Respondes a ella, y a mí. Tu diminuto pene es tan poca cosa que lo cubre la pequeña bolsa de esa pantaletica hecha para seducir. Nunca vas a satisfacer totalmente a una mujer con eso; mi hija cayó porque eres el primer novio. En cuanto vea una autentica verga erecta saldrá corriendo tras ella como perro tras un hueso. Y me cuesta decirlo de mi hija, pero es así. Eres lindo, dulce… débil, sumiso, eso le gusta a las chicas fuertes como ella, pero nunca podrías satisfacerla totalmente. A ninguna mujer, de hecho. No naciste para eso… -sentencia mientras su mano entra en la raja, sube por un glúteo, pasa al otro, acariciante.

   -Señor Cole… -lloriquea una negativa, angustiado de que aquello que oye sea verdad, pero aprieta los labios.- ¡Hummm! –la mano que se movía sobre sus nalgas, y bajo la tirita del hilo, fue a su raja, recorriéndola, y un dedo se hundió con una facilidad abismal dentro de su culo usado y enlechado. Mientras las gruesas y largas falanges se hunden, el semen las rodea y sale. Y la sensación tensa al chico sobre la cama.

   -Dime papi. –Ese dedo entra y sale, cogiéndolo, pronto otro lo acompaña y escucharle gemir le eriza, verle estremecerse le gusta, esos dos dedos entrando y saliendo lo trabajan hasta lograr que bailotee su culo.- ¿Lo ves? Tu pene es inútil para darte placer, o darlo; tu culo, o mejor dicho, tu coño, es otra historia. Acéptalo, bebé, no eres un chico como los otros, eres una hermosa y fascinante mariposa que nacerá de los güevos de los hombres. Y mientras más rápido lo aceptes, será mucho mejor para ti, así podrás vivir plenamente. Nunca ninguna mujer será feliz contigo; si te casas, te engañará o dejará. –le dice bajito acercando el rostro a una de sus orejas, metiéndole y sacándole los dos dedos del cálido culo que se abre y cierra sobre ellos.- Olvida la idea de las novias, de casarte, de tener hijos. Eres una nena. –le mete la mano bajo el regazo, contra el colchón, atrapándole el pene, pequeño pero duro dentro de la pantaletica, y lo aprieta haciéndole gemir.- Esto es tu clítoris, que se inflama y te brinda placer cuando tu coño… -le entierra  hondo los dedos y mece la mano, haciéndole gemir.- …Es usado por un hombre.

   -No, no, soy un hombre. Usted… usted… No diga esas cosas, señor…  -lloriquea y se resiste. Súbitamente calla después de lanzar un jadeo, alza el rostro, abriendo mucho los ojos y la boca cuando esos dedos salen y regresan tres; atados entre sí, frotan y entran, lentamente.

   -Papi, tienes que llamarme papi, nena mía. –lo coge así, sonriendo torvo, cruel.-Debes aceptarlo para ahorrarte angustias, inseguridades y miedos sobre lo que eres. –calla oyéndole gemir, viéndole babear, sus nalgas subiendo y bajando, buscando los dedos, frenético. Sonríe imaginando la mortificación del chico.- Anda, dime papi… Te quiero, papi… -el chico ronronea pero no lo dice.

   Un bib, les distrae. Sin sacarle los dedos, aunque ahora los dos están quietos, Cole toma de la mesita su teléfono, lee y frunce el ceño.

   -Están llegando. Grace y Nelly.

   -Oh, Dios. –brama aterrado Brandon, queriendo ponerse de pie, pero una mano de Cole le empuja y retiene contra la cama mientras los dedos siguen hurgándole, cogiéndole.- ¡¿Qué haces?! Ya vienen. –estalla, roto y casi histérico.

   -¿Quieres que me detenga y te suelte?

   -¡Si! –jadea. Como calla, el chico le mira sobre un hombro, desvalido.- Por favor, señor Cole… ¡No quiero que me vean así! –ahora si se oye histérico.

   -Sabes lo que tienes que hacer. –le ve tragar, la humillación humedece de llanto sus ojos.

   -Por favor… papi, déjame ir. –las palabras le salen con dificultad, y le erizan.

   -¡Hazlo como es! –ladra.- Mira que ya están cerca.

   -Por favor, papi, me gusta que juegues con mi coño, estoy mojada y caliente, pero van a venir. Déjame ir, por favor, papi. –lágrimas ruedan por sus mejillas.

   -Está bien, preciosa. Todo por mi nena. –y aún tiene el descaro de bajar el rostro y besarle en una sien.

   Alucinado por todo lo ocurrido, y por el temor que sentía crecer dentro de sí de ser descubierto bañado en semen, usando unas pantaletas de la mamá de su novia, el joven, al verse libre, saltó de la cama y corrió por la casa, limpiándose las lágrimas, alcanzándole el tiempo de ver a Cole arrancando las sábanas de la cama y volviendo el grueso colchón, con una sonrisa en su rostro, como si le divirtiera todo aquello. Agotado, no deseando pensar en el dolor de sus mandíbulas, o el de su culo muy irritado, corrió y se lanzó a la piscina, lavándose los rastros de semen. Saliendo de la pantaleta y secándose con la toalla, regresa a la vivienda por sus ropas, oyendo como la puerta del estacionamiento se abre y penetra un auto. Casi temiendo sufrir un desmayo por la carga nerviosa, se viste y muy pálido y tembloroso se ve al espejo, labios rojos e hinchados también. ¿Notaría alguien que había sido recién follado y desvirgado? Cierra los ojos y respira profundamente. Escucha voces, bajas, fuera de la casa y sale, con su pantalón, sin zapatos o franela.

   -¡Cariño! –gime sonriendo Nelly, rodeándole el cuello y besándole en los labios, sorprendiéndole, ¿encontraría algún lejano sabor al semen de su padre? La aparta.

   -Oye, no sabía que tu madre y tú saldrían.

   -Fue cosa del último momento, espero que papá te haya atendido bien. -le sonríe sin percatarse de que el joven se estremece y que mira al hombre, que en esos momentos, cubierto de gotas de agua, seguramente lavándose también en la piscina, besa a su mujer, quien le mira con adoración.

   -Hice lo que pudo para entretenerlo. –todavía tiene la desfachatez de comentar Cole.

   -Muero de hambre. –gime Nelly, oliendo la parrilla, sonriéndole a Brandon.- ¿No se te antoja un buen pedazo de carne caliente? –y se vuelve, sin notar que enrojece salvajemente.

   Almuerzan algo, toman cervezas, aunque Brandon se jura que no ingerirá mucho alcohol. Nelly finge molestarse con su padre por no darle un bañador a Brandon, este, hablando por teléfono, rueda los ojos. Entrando a la vivienda y saliendo con un bermudas a media piernas, la joven se lo tiende a su novio. A decir verdad, este quiere irse, pero entra en la casa y se cambia. Maldito sujeto, ¿por qué no le dio ese bañador desde el principio? Se habrían ahorrado toda esa locura que… Sale y les encuentra sentados en las sillas de jardín, serios, todos mirándole. El corazón le late con dolor en el pecho.

   -Brandon, papá me dijo algo que no me gusta para nada.

CONTINÚA … 11

Julio César (no es mía).

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 52

abril 5, 2016

… SERVIR                         … 51

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

NOTA: Robert Read es un monstruo maldito. Se los dije.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

UN CHICO SUMISO

   Un chico abierto a nuevas experiencias.

……

   -¡Doctor! –Jodie, rostro desencajado, entra en la oficina de Jeffrey Spencer, donde el hombre recogía unos papeles para dirigirse a los tribunales. Se le había hecho tarde porque no tenía ningún interés en esa cita.

   -Hey, ¿qué tienes? Parece que viste un fantasma. –se intriga. Le agradaba esa chica leal y discreta que le había demostrado ser una amiga. Por eso le inquieta verla tan agitada.

   -Escapó, doctor. Robert Read escapó de sus custodios cuando iba a los tribunales y anda fugado. –casi grita, realmente alarmada, como lo estaría todo el que supiera de las intimidades del caso del peligros convicto.

   -¡¿Qué?! –granza el hombre, boca muy abierta, sintiendo que todo pierde consistencia por un momento. No, no podía ser. Debía tratarse de un error. Miedo, es lo siguiente que siente, luego frustración y rabia. ¿Cómo había ocurrido eso? Ese monstruo… Y una idea penetra en su mente, congelándole, erizándole todo, casi humedeciendo su mirada. Claro, todo había sido una trampa.- Oh, Dios mío, ¿qué hice? -se deja caer sobre su sillón, las nauseas subiendo algo amargo a su garganta. La mira fijamente.- Esto es mi culpa. –grazna nuevamente roto.

   -Claro que no. –aclara ella pero se muerde los labios, disculpándose.- Aunque por algunos comentarios de prensa, pareciera que si… Los periodista llegaron antes que la policía al lugar de la fuga y…

   El aire abandona los pulmones del joven abogado, por su boca abierta. Cierra los ojos. ¡Era su culpa! ¡Él había contribuido a su fuga!, la idea, terrible, era tan evidente ahora que siente deseos de golpearse la frente contra su escritorio. Su móvil comienza una frenética tonada, una que le hace saltar por la sorpresa. ¡Owen!

   -Aló… -responde frenéticamente, tiene que hablarle. Hay un leve silencio.

   -Abogado, ¿cómo está? ¿Supo la noticia? Me liberaron. –y hay una risa desagradable que le hiela la sangre.- Le llamo para agradecerle y porque necesito un favor. Deseo encontrar a todos mis amiguitos antes de partir. A todos. –el tono es ominoso.

   Con rostro de espanto, boca muy abierta, Jeffrey aparta el aparato de su oído. Quien le llamaba era Robert Read.

   -Read… -grazna, Jodie se lleva una mano a la boca para contener un jadeo. Como puede, Jeffrey le indica que salga.- ¿Dónde está? Como su abogado debo aconsejarle que se entregue y…

   -¿En serio?, ¿jugaremos a eso, abogado? –la risita al otro lado le silencia. Un tenso silencio que se prolonga y el abogado traga saliva.- Deja de sudar frío, no iré por ti. Bastante te debo –y ríe, sabiendo que le hace daño.

   -¡Nunca quise…! –grita pero se controla.- ¿Qué pretende? –reclama, asustado y rabioso.

   -Repito, no iré por ti, pero necesito encontrar a mi quería Marie, ¿sigue en la ciudad? ¿Ya conoces su secretito? Es pequeñito, créeme.

   -¡No le diré nada! –ruge.

   -Bien, sé dónde vivía antes. Iré por ella. Dígale al detective Selby que en su momento regresaré, a visitarle, hay… cuentas pendientes entre ambos. Pero ella pagará primero.

   -Si se acerca a Owen… -comienza rabioso, conteniéndose tarde. La risita se repite.

   -¿Owen? ¿Así nos llevamos? Ya veo, ¿no me agradecerás el haberte llevado a él? Es una pena, abogado.

   -Déjele fuera de esto. –brama alarmado. Intenta controlarse cerrando los ojos y frotándoselos tras los lentes.- ¿A qué se debió todo esto, Read?

   -Perdí mis juicios, abogado. Todas mis apelaciones. Todo fue culpa de su detective, creí que… en algún momento, escarbando más, miraría hacia Marie; pero le caí tan  mal que fue conveniente que todo me señalara. Fue su error. Y el mío. Mi sentencia de muerte había sido confirmada, mientras llegara el tiempo podía continuar intentando impugnaciones, pero con todo lo que se encontró en El Matadero, con los cuentos que se escuchaban sobre mí, sabía que no habría chance de ganar. No era popular, nadie alzaría banderas por mí. Estaban esos cuerpos… Por eso odié tanto a ese viejo repulsivo, Martens. –hay un silencio.- ¿Encontraron lo que había en el sótano de mi nueva propiedad? –Jeffrey se tensa, la risita de Read le eriza mas.- Ah, ¿aún no lo saben? Fue mi intento de despejar El Matadero, pero ese viejo ruin se interpuso. Por eso tuvo que pagar. Me divirtió lo que le hice a su hijo, el negrito marica; eso lo distrajo, mientras buscaba al hijo puteando en las esquinas, por drogas, yo llevaba lo que podía a esa casa. pero no fue suficiente. Casi me había resignado a esperar mi muerte cuando logré conseguir un compañero de cuarto. Tiré de muchos hilos para conseguirlo, así como mi movilidad dentro del penal. Mucha gente me debe  favores y secretos. Al principio sólo esperaba divertirme, pasarla bien atormentando… y transformándole; pero fue conocer a mi compañero de celda, a ti y a ese vigilantico de mierda, y que se me ocurriera la idea de escapar. En tu caso, te reconocí como un reprimido que se negaba cosas. Tan correcto, tan honesto, tan asustado de ti mismo… Sabía que montarte en la negra y gruesa verga del jefe Slater abriría un mundo frente a tus ojos, como abriría tu culo. –Jeffrey no quiere escuchar, arde de rabia, pero no puede colgar.

   -¿Qué hizo?

   -Lo sabes.

   -¡Dígalo! –ruge ronco, furioso.

   -Tan correcto, tan decentico, queriendo serlo y parecerlo ante los demás… pero sobre esa verga negra y dura, gruesa y nervuda que rasgó tus inhibiciones supiste lo que querías, aunque luego corrieras a ocultarte otra vez. Por eso te envié con el maldito policía que investigó mi caso. Un sujeto listo, en cuanto me vio todos sus instintos le dijeron que era culpable, y no se equivocó, lamentablemente el sistema necesita sustentarse en pruebas, evidencias o certezas, ¿verdad? Si conseguía que dudaras que hice todo aquello, lo que podía ser por lo que encontrarías, te lanzarías en mi defensa. Aunque te pareciera una persona horrible no podrías vivir sabiendo que dejaste morir a un hombre por un crimen que no había cometido. Conociendo al detective Selby como le conocí, sabía que existía la posibilidad de que estallaran chispas entre ustedes dos, y eso le obligaría a ayudarte. Juntos irían tras Marie Gibson, eres decente, él también, imaginé que eso les impulsaría a buscar la “verdad” que dejé allí para quien investigara. La duda estaba en tu mente, tú la metiste en la de Selby… -otra pausa.- Como él debe haberse metido ya en tu culo, ¿no es así? –ríe.

   -Hijo de puta.

   -Necesitaba que dudaras de verdad, porque eso te haría luchar por mí. Qué investigaran a Marie, lo sabía, haría que esta desapareciera haciéndola verse culpable. Y si, ella tiene mucho que esconder, pero no estos crímenes… Hace muchos años, siendo un chiquillo pequeño de estatura, flaco y débil, fue violado reiteradamente por su padre y su hermano mayor en la granja de cerdos que tenían, de manera brutal, con golpes, ofensas y feroces correazos, lo cogían placenteramente mientras le gritaban que se lo hacían por marica, que era su culpa; todo eso sin que su madre interviniera. Casi no puede culpársele de que les matara a todos una noche… después de que nos conocimos, por pura casualidad, claro, en una gasolinera donde escapaba por hombres que lo trataran mejor, aunque encontrando siempre a terribles sustitutos de su familia. Un caso sicológico interesante. Lo saqué de allá, le dije que le ocultaría aunque le perseguirían siempre, que debía desaparecer… que como mujer sería irrastreable. Y me lo agradeció, mucho, complaciéndome siempre. Su huida, lo sabía, dispararía todas las alarmas, las incertidumbres, ¿era yo un brutal asesino o lo fingí para proteger a alguien desequilibrado a quien amaba? Complicado, lo sé, pero necesario, ¿sabes cuánto habría tardado en volver a los tribunales sin tu ayuda? Años. Y ya no quería seguir encerrado, maniatado en una celda podía ocurrir cualquier cosa, que se supiera de alguna manera lo de la otra propiedad y que el nuevo juicio se hiciera imposible; también que con el tiempo mis influencias disminuyeran y se agravaran mis condiciones de confinamiento. La sospecha de que pudiera ser inocente de los crímenes, y los favores que algunos me debían en la cárcel, me ayudó a preparar un transporte a mi medida hacía los tribunales. Iba con gente que bajó la guardia y eso me salvó.

   -¿Por qué… por qué me cuentas todo esto?

   -Pensé que te gustaría saberlo.

   -Sí, pero… -busca las palabras.- No lo entiendo, ¿por qué detenerse en su fuga para llamarme y contarme? Sólo imagino una razón, su sadismo. –la risa no le sorprende.

   -Vaya, cómo ha s terminado conociéndome. Aunque tarde. Quiero que vivas sabiendo, en todo momento, que jamás habría logrado mi libertad sin tu ayuda. Que cada cosa que haga de ahora en adelante, sepas que no pudo ocurrir sin tu auxilio. –ríe cascadamente, y Jeffrey se ve angustiado.- Gracias por mi libertad, abogado. Resultaste bueno, muy bueno.

   -No. No, yo…

   -Cómo gritaron esos cerdos antes de morir en mis manos cuando salí del camión; suplicaron y lloraron, eso me divirtió… pero también me decepcionó un poco. Falta dignidad en este mundo. Piensa en eso. –y ríe de manera enferma, cortando la llamada.

   El abogado le llama, necesita gritarle que no, que no era su culpa, que sólo hacía su trabajo, que nunca le imaginó tan enfermo. Necesita una absolución que sabe no llegará, no de ese sujeto, pero aunque sabe terminada la llamada, continua gritándole.

……

   Aún cuando sabía que debía volver a su puesto de trabajo, abandonado precipitadamente por la preocupación por Curtis, James Slater no pudo concentrarse en nada, no echado de espaldas sobre la cama del muchacho, y con este, vistiendo únicamente el suspensorio corto, de cuero, y el collar, montado a hojarascas sobre sus caderas, cabalgando cuan vaquero, subiendo y bajando el culo apretado, sedoso y caliente sobre su verga gruesa, que lo abrió bastante.

   Debía pero no podía porque estaba viviendo, nuevamente, una de la más calientes, sucias, prohibidas y eróticas experiencias sexuales de su vida. Emitiendo gruñidos roncos de placer cuando esas entrañas adheridas a su miembro iban y venían, masajeándole y apretándole, el hombre entendió que si habían diferencias cuando se cogía a un hombre. Ya lo había sospechado cuando enculó, duro, al abogado aquel, haciéndole gritar, estremecerse y correrse sin tocarse, lo que demostró que también los hombres podían alcanzar una excitación y lujuria sin precedentes cuando sus culos estaban llenos de güevos; pero lo que él mismo sintió…

   Había intentado olvidar aquella experiencia con Jeffrey Spencer, y casi lo había conseguido, pero mientras aquel joven y guapo chico blanco subía y bajaba su cuerpo esbelto y delgado, dándole unas buenas apretadas con el culo, pero también cayéndole sobre la pelvis con todo su peso de joven machito, Slater se dijo que sí, que era la gran aventura. Estuvo con putas antes, cosas del momento, lejos de su esposa o familias, sin sentirse ligado a ninguna en especial, pero ese chico… Le movía cosas por dentro, sin que tuviera connotaciones sexuales.

   Él mismo no podía creer que estaba allí, sobre esa cama, viendo a Nolan Curtis, su joven subordinado en la prisión, enculándose con tal entusiasmo, echando la cabeza hacia atrás, sonriendo, las manos blancas sobre su cintura. El blanco rojizo agujero subiendo, dejando los labios adheridos a la pieza, tragándolo nuevamente. El chico parecía necesitar aquello, mucho, totalmente rojo de cara, cuello y hombros, sus pezones chicos totalmente duros, apretándole con las rodillas por los costados. Y su culo… ese agujero apretaba de manera intensa, las entrañas sobaban y frotaban, el calor era abrasante. Era un joven que, lo supiera o no, en esos momentos necesitaba realmente de un hombre como él, casado, heterosexual (aparentemente), de pecho y abdomen musculosos y gruesos, velludo, con una güevo que podía llegarle al estómago desde su culo. Casado, heterosexual y todo, quería cogerlo más, metérselo todo, y no parecía encontrar la manera. Mientras el chico, babeando y gimiendo con un tono que le erizó la piel, se empalaba, comenzó un sube y baja de sus nalgas, muy poco por el peso del chico, necesitado de metérsela más y más. El tolete negro, emergiendo majestuoso de entre sus grandes bolas, aparecía y desaparecía cuando el blanco, redondo y lampiño agujero lo atendía.

   Aunque llevaba rato cogiéndole, y por lo que imaginaba ya antes algunos lo habían sodomizado antes, no dejó de maravillarle que pudiera abrirse y aceptar su tranca que no era nada pequeña, al contrario, una buena lanza de carne llena de sangre y ganas. Viéndole, escuchándole, sintiendo cómo sus entrañas apretaban más y más, a Slater sólo le quedaba atraparle, también, con las oscuras manos las pálidas caderas, gruñéndole que le mostrara lo puto que era, que se lo ordeñara con ganas. Pero también necesitaba más.

   Le derribó echándole de espaldas, todavía metido en su culo, atrapándole el bonito y enrojecido rostro, ojos velados de lujuria, y continuó cogiéndole con fuerza, con ganas, aplastándolo contra el colchón, toda la cama traqueteando contra la pared. Las nalgas rojizas recibiendo la pelvis del hombre, su culito era macheteado por el gran tolete que casi salía hasta el glande, abultado y amoratado, antes de enterrarse otra vez, al tiempo que las bolas le golpeaban sin descanso. Y mientras se lo hacía, dientes apretados, llamándole putito calienta braguetas, Nolan sólo podía echar la cabeza hacia atrás ojos cerrados, boca muy abierta mientras se corría dentro del chico suspensorio, alcanzando un orgasmo intenso que le elevó a las nubes, al tiempo que Slater, algo que después le avergonzaría un poco, enterró el rostro en su cuello, olfateándole, besándole, lamiéndole, rugiéndole los tómala toda, puto, toma toda mi leche.

   Poco después, ahítos y agotados, yacían en la cama, con Slater preguntándose todavía qué hacía allí, sobre esa cama, todo transpirado, sintiéndose pegajoso, el fuerte olor a sexo llenándolo todo, con Nolan caído sobre él, buscando algo más, como apoyo, compañía. O simple afecto. Estaban muy quietos y silenciosos, al principio, con un televisor a bajo volumen en el fondo. Fue cuando con voz neutra y muy queda, Nolan comenzó a contarle todo. El temor que le inspiraba Robert Read, su aire de maldad, de cruel sadismo al jugar con sus miedos. Dudó, la voz se le quebró un poco, al hablar del ataque del perro, la cogida de este y Read en los patios. El secuestro que todavía no entendía cómo había ocurrido o cómo terminó en un sótano de la prisión, las cosas que este le hizo. Inconsciente de que le abrazó con algo más de fuerza, mirada asombrada y furiosa fija en el techo, Slater escuchaba.

   -No pudo hacer todo eso sin ayuda. –le gruñó afectado, sintiéndole temblar; el joven cuerpo frío de repente. Ni lo que sabía le hacía a ese hombre, Daniel Pierce, quien ahora no podía salir de esa prisión por un crimen que casi se vio obligado a cometer. ¿Acaso le empujaron a hacerlo?- Dime quién o quienes le ayudaron. ¿Fue Lomis?

CONTINUARÁ … 53

Julio César.


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