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EL SUEGRO LO ENVICIA… 45

junio 25, 2015

…LO ENVICIA                         … 44

   Este relato me lo envía por correo un conocido de la casa, LeRoy, y es bueno, aunque es una mala traducción que me tomará tiempo medio hilar. Este relato que NO ES MÍO, lo llevo más bien como una pequeña adaptación. Que el autor no se moleste, por favor. Bien, la trama: un chico muy joven sueña con ser físico culturista y se casa con la hija de un ex culturista, el cual termina convirtiéndole en el juguete sexual de todos los hombres. Disfrútenlo.

……

Título: Muscle Pussy

De: hgenyc9261@gmail.com

CHICO GUAPO EN HILO DENTAL AMARILLO

   ¿Y ahora? Vivir para gozar lo que tanto le gusta.

……

   Los dos sujetos siente el infinito placer de correrse, de alcanzar sus clímax, pero todavía les toca disfrutar las frenéticas chupada que aquella boca da sobre el tolete de uno, y la manera como ese culo, apretado, totalmente adherido a las pulsantes paredes del otro tolete, sube y baja un poco sobre el otro. El chico quería ordeñar hasta el último de los espermatozoides de los dos machos.

   Bill se aparta, jadeando todavía, Mike le indica que salga, y un tembloroso Bobby le obedece, su culo chorreando esperma lentamente por sus piernas. Y en cuanto alza la vista nota que todavía hay dos tipos, dos toletes, que aún no ha probado. McVay y Kurt habían tomado asiento, cada uno aferrándose su verga dura. Trancas que no eran tan gruesas como las de sus compañeros, detalle que hasta ellos notaban.

   -Joder, tíos, con sus vergas de caballos ya han extendido demasiado ese coño. –se queja Kurt.- Podían haber esperado por lo menos que nos diéramos un gusto antes.

   -Tal vez algo se pueda hacer. –le responde McVay, quien parece le ha dedicado tiempo al asunto.- Amigo, ¿no dijo Bill que este chico ya ha tomado dos vergas a un tiempo en su coño? ¡Vamos a hacerlo! –sonríe maravillado de su solución, poniéndose de pie, atrapando por un hombro al culturista.- Siéntate sobre sus piernas, hijo de puta. –le ordena.

   -¡Claro! –grazna Kurt, levantando su lanza de carne negra con una mano, dándole pie a que suba.

   Y Bobby ya sabía cómo. Con suma facilidad, dándole la espalda, baja sobre su regazo, gimiendo con la boca abierta cuando el nuevo glande ardiente choca de su dilatada entrada toda mojada, cubriéndolo, tragando ese nuevo tolete venoso. Sentirlo pulsar era un locura de lujuria. Es cuando el hombre le atrapa las rodillas, alzándole las piernas, haciéndole rodar sobre su güevo y este queda totalmente clavado, obligando a que la blanca espalda caiga totalmente sobre el negro torso. McVay, sonriendo, mirando al gimiente rubio, se mete entre las piernas, presionando la punta de su verga de esa rojiza entrada ocupada por un miembro que ya estaba siendo ordeñado. Y el toque con la amoratada verga de Kurt agrega el pequeño toque de perverso placer y excitación que hacía falta. Presionó y  el chico gimió.

   -Te gusta tanto, ¿verdad? –ríe McVay, empujando más.

   Finalmente el joven culo del musculoso culturista cede y la nueva verga se desliza en su interior, hacia arriba, lentamente, frotándose de las paredes de su recto, pero también de la pieza de Kurt, su compañero de equipo, quien se estremece a las espaldas del chico rubio. Juntas, las de por sí no tan cortas vergas, estiran ampliamente la entrada de ese culo y las entrañas del muchacho.

   Bobby gimió, babeando un poco sobre su mentón, sintiendo el roce de las dos vergas en su interior; al ir y venir contra su recto, quemaban, pulsaban de manera intensa. La sensación le producía un placer indescriptible, sentirse usado, llenado por esos dos hombres, estar en sándwich entre ellos, le hacía delirar de puro placer. Kurt, teniéndole atrapado por las rodillas, comienza a agitarle, llevándole de adelante atrás, intensificando el roce, el contacto, el placer. Todo le daba vueltas, y cuando McVay comenzó a cogerle con más fuerza, metiendo y sacando su tolete, gozando de su culo, pero seguramente también de lo suciamente prohibido que era rozar la verga de la de su amigo, para el joven culturista todo perdió sentido, tomaba aire a bocanadas por la boca, de la cual escapaban roncos gemidos, mientras su agujero y sus entrañas se tensaban, pulsaban y atrapaban. Por horrible que le pareciera reconocerlo, amaba tener esos dos güevos llenando su culo.

   Kurt le agita más, al tiempo que comienza un leve saca y mete levantando el culo del sofá, McVay intensifica sus embestidas, el rubio sus apretadas, y todo ello le tiene nadando en hormonas, unas que le bañan de manera estimulante, una sensación eufórica que no alcanzaba ni con la marihuana. Su cabeza rueda de aquí para allá, sin control, sin fuerzas, y cuando sus ojos caen sobre la entrada del cuarto, encuentra la mirada de su suegro, Ben, que ha regresado. Ha vuelto y le encuentra entre dos enormes machos negros que le clavan sus güevos de manera intensa en su afeitado culo de chico goloso. Los dos falos, uno al lado del otro, van y vienen, y allí se clava la mirada de su suegro, el papá de Alice, su esposa.

   -¡Ben! –jadea con un grito ahogado, de lujuria, mientras Kurt y McVay le ensartan a un tiempo, duro y profundo, y se vuelven también hacia la entrada del salón, notando la presencia del hombre.

   -Hey, Ben, bienvenido. –ríe McVay.- Estamos conociendo un poco mejor a tu yerno. Espero que no te importe. –el hombre simplemente le devuelve la sonrisa.

   -No, en absoluto, sé cuanto disfruta mi muchacho de cada pulgada de verga gruesa y dura clavada en su coño mojado. ¿Cuántas cargas van ya hasta ahora?

   -Joder, tío, ¿sabes lo de tu yerno? ¿Qué es tremendo puto? –silba, con admiración, Mike.

   -Oh, sí, es un puto, como dices. –responde el hombre mientras se les acerca.- Ya lo he visto con el culo bien lleno de vergas, con la cara bañada de semen, siempre deseando más. –sus ojos caen sobre la triple unión de caderas, sobre la tanga muy mojada de esperma y líquidos que lleva Bobby.

   -¿Quieres ver? –le pregunta McVay, echándose un poco hacia atrás, permitiéndole al otro la visión de los dos cilíndricos toletes negros dentro de los hinchados labios del culo del muchacho, un agujero muy abierto.

   -Puede con todo. –sonríe Ben, mirando al atleta de color.- ¿Acaso no tiene mi muchacho un buen coño musculoso y firme allí?

   -Es de locura. –ríe el otro, sintiéndose más caliente todavía. No sólo cogía a un bonito chico blanco (¡un tío!), musculoso y grande, sino que le llenaba el culo acompañado de la verga de su mejor amigo, y ahora, para colmo, el suegro de ese sujeto miraba lo que le hacían. No podía tenerla más dura ni soñándolo.

   -¿Te gusta, hijito? –le pregunta Ben al joven.

   La enrojecida cara del muchacho, también brillante de transpiración, dejaba notar todo lo que disfrutaba al sentirse atrapado entre los dos musculosos atletas negros, cuyas vergas iban y venían dentro de su vicioso y urgido culo, uno que los ordeñaba con fuerza. Suegro y yerno se miran, y cuando el muchacho baja la mirada al entrepiernas del marido de su esposa, le nota la escandalosa erección bajo las ropas. Algo que le hace lamerse los labios con morbo y lujuria.

   -Si… me gusta mucho… -y toma aire, jadeando cuando las bruscas embestidas se intensifican en sus ritmos.- ¿Vas a llenarme el coño con tu güevo después?

   -¡Mierda! –ladra Dion, riendo y estremeciéndose, deseando verlo, al musculoso y velludo italiano arrojando al lampiño y dorado yerno de espaldas sobre el sofá, separándole las piernas, abriéndole las nalgas, dejando al descubierto ese culo lleno de leche, y metiéndosela duro. Seguro que Bobby amaba sentir dentro de sí ese tolete, por lo prohibido.

   -Ay, Bobby… saliste tan caliente. –ríe Ben como toda respuesta a su yerno.- Quizás te lo llene más tarde, pero antes tengo algunos compromisos. Vamos, muchacho, hazme sentir orgulloso, termina de ordeñar esas vergas con tu coño dulce y hambriento. Sácales hasta la última gota de esa leche que tanto te gusta.

   Las palabras, la mirada orgullosa, la promesa de darle duro por ese culo más tarde, todo eso conspira contra Bobby, quien incrementa las haladas y apretadas que su agujero vicioso da sobre esos güevos que van y vienen, llenándole, rozándole, frotándose uno del otro. Parecían quemarle con fuego.

   Los dos hombres intercambian una mirada cómplice, y le cepillan aún con más fuerza la pepa del culo; los dos toletes negros, gruesos y nervudos, van y vienen contra la dulce fresa que devoran. McVay la retira casi toda, hasta su glande, que se frota del tolete de su amigo, y vuelve a clavársela hondo, y el rubio culturista las siente chocar una con la otra, buscando acomodo en sus entrañas desesperadas.

   -¡Mierda, qué coño! –brama McVay, enterrándosela toda, quedándose allí, como Kurt, empujando más y más, mientras Bobby gime en éxtasis.

   El rubio culturista deja caer la cabeza hacia atrás, sobre un hombro del recio tío negro, totalmente atravesado por todas esas oleadas de placer y lujuria que experimenta; sorprendiéndose como siempre de lo mucho que le gusta algo que nunca antes había considerado. No hasta que su suegro le encaminó hacia esos placeres. Los dos toletes casi se retiran del todo y vuelven, con fuerza. Las cogidas se turnan, la fuerza de las embestidas también, así como las velocidades. Las paredes de su recto están que arden, siente que se corre internamente, que a la par que su próstata es estimulada, ese clítoris que debe tener por ahí le tiene nadando en orgasmos.

   Y fantasea…

   Se imagina llegando a un encuentro de futbol de esos chicos, que gritan, pelean y batallan, él esperándoles en las duchas, despojándose de sus ropas, quedando en una mínima tanga de mujer que se perdería entre sus nalgas redondas. Oyendo que el juego termina, que ganaron, que van hacia allá, caería de rodillas, ofreciendo la visión de su culo a todos esos machos cabríos que se acercan llenos de adrenalina. Se imagina allí, oyéndoles reír, los gritos de sorpresa cuando le encuentran, las manos nalgueándole, los transpirados y enormes atletas desnudándose, disputándose el quién será el primero en llenarle el coño caliente y mojado. Pero mientras lo hablan, las vergas alzándose ante sus ojos, ya Dion llenaba su vicioso y hambriento agujero con su enorme masculinidad, haciéndole gritar de placer, arqueando la espalda y elevando el trasero. Frente a todos, su culo casi chorreando agua. Y se suceden, uno a uno, todos cogiéndole, todos llenando sus entrañas de semen, algunos silenciándole con una tranca enterrada hasta su garganta… Y, finalmente, alzándole del piso, casi desfallecido de gozo y tanto sexo, su suegro, Ben, en suspensorio, transpirado y velludo, con un silbato de entrenador al cuello, le llevaría en brazos a las duchas, para que se medio aseara y luego tomarle también.

   -Oh, mierda, algo le pasa, este coño está como más intenso… -brama Kurt, arreciando también sus embestidas, adentro y afuera, frotándose del instrumento de su amigo. Gritando ahogado, metiéndosela toda, quedándose allí, el tolete ardiéndole literalmente, recorrido por lava que sale de sus bolas, dispara carga tras carga de espermatozoides en esas entrañas, bañando de paso el güevo de McVay.

   Bobby todavía la percibe, la disfruta, la siente reptar en él, cuando ya McVay le esta clavando los dedos en los hombros, empujándosela también, sonando goteante por todo el semen presente, gritando y corriéndose también, de manera intensa y abundante, disparo tras disparo, casi sobre su próstata, de semen hirviente y espeso que se mezcla con el de Kurt.

   Y Bobby se corre igualmente, dentro de su pantaleta, temblando desfallecido, elevando el olor a esperma por todo el cuarto. Todos se quedan quietos, jadeantes, intentando recuperarse. Aún hay dos gruesos güevos negros enterrados en un culo blanco, de cual mana el semen. Los toletes se retiran, pero al joven le cuesta sostenerse sobre sus pies.

   -Joder… eso fue… -grazna Kurt sobre el sillón, ojos brillantes, recuperando el aliento, pensando, fugazmente, en todos esos fans que llegan a los vestuarios cuando termina el juego, y que parecen desesperados por tocarle o agradarle. Seguramente mucho de ellos, esos chicos blancos de la universidad, no diciéndole que no si les pidiera el…

   -Debemos irnos, Bobby. Tengo unos compromisos. Límpiate un poco.

   -Me visto y…

   -No, deja, aquí tengo tus pantalones. Sólo pásate una toalla o algo. –responde Ben, mientras comienza a despedirse del resto de los presentes, diciendo lo mucho que lo disfrutó y que deberían repetir.

   -Oh, no, el placer fue todo nuestro. –ríe Dion, de pie, mirando al culturista dentro de su camiseta sin mangas, sus tenis y su tanga de mujer, oliendo a leche.- Y claro que repetiremos. Se acerca mi cumpleaños…

   -Vamos, hijito. –apura Ben.

   -Pero… pero… ¿no debería vestirme primero? –farfulla el chico mientras una mano de su suegro prácticamente le empuja hacia la salida, al tiempo que le clava los ojos en las nalgas que se tragan todo el hilo dental mojado.

   -Llevo prisa, dejé que terminaras tus asuntos, pero… Además, ¿quién va a ver? –salen a los estacionamientos, todavía despidiéndose de los otros.- Tengo un par de paradas antes y luego iremos a cenar.

   -Okay… -el rubio culturista accede, creyéndolo una tontería, viendo como su suegro lanza los pantalones a un lado y sube a la camioneta. Él le imita, el culo sobre el asiento, sabiendo que dejará algo de semen en él.

   -¿Te cogieron todos? –le pregunta, encendiendo la camioneta, disfrutando viéndole enrojecer.

   -Si.

   -¿Y te gustó? ¿Todo? Vi que te corriste sin tocarte. –quiere saber, sus ojos se encuentran.

   -Sí, me gustó mucho.

   -Entonces te encantan las vergas, ¿no? Eso de las mujeres, casarte, mi hija, todo no fue más que una fase, ¿no es así? A ti lo que te van son los machos que puedan llenarte el coño con sus hombrías duras, caliente y palpitante. –le sonríe.

   -Si, suegro… -admite, avergonzado pero también excitado. Cuando el otro extiende una mano y le medio rasca tras una oreja, afectuoso, su corazón salta en su pecho, emocionado. ¿Acaso amaba a ese hombre?

   -Dime papi, siempre papi, hijito. Anda… -le sonríe, retándole.- …Muéstrame lo que esos pillos hicieron con el coño de mi nene.

   Más rojo todavía, Bobby duda un segundo infinitesimal, luego se vuelve sobre sí, la vista a la ventanilla, el trasero hacia el hombre, apoyando una rodilla en el asiento y el pie de la otra pierna lo apoya en el tablero de instrumentos, quedando increíblemente abierto.

   Con una bonita sonrisa de satisfacción en su rostro de muchacho, casi ronroneando, siente el roce de los dedos y la palma de Ben, recorriéndole las nalgas abiertas, un dedo subiendo y bajando por la raja, sobre la tirita del hilo dental todo mojado, su culo brillando con toda esa esperma que se enfría. Cuando aparta la tirita y la yema del dedo se le frota de la entrada, Bobby arquea la espalda de manera automática, alzando más su culo, la respuesta natural de un puto que quiere machos.

   -Esos hombres te dieron duro, ¿eh? Pero seguro que los derrotaste.

   La voz pastosa de Ben le hace volver la mirada sobre un hombro, descubriéndole la verga totalmente recta bajo el pantalón. Hacia tanto que no la tenía, que no gozaba de ella, tanto tiempo de no montarse y llenarse de su grosor, la verga que le transformó en lo que ahora es. Y la gratitud le ahoga, también la necesidad, así que extiende una mano y la atrapa sobre la áspera tela, frotándole. La risa de Ben le produce escalofríos.

   -¿Acaso tu coño todavía tiene hambre? He creado un monstruo.

   -Si, papi, la quiero. Sácatela y métemela. –le pide, agitando su culo que todavía es tocado y acariciado.

   -Bien, como te dije, tengo un par de cosas que atender antes. Luego ya veremos… -le sonríe, con afecto.- ¿Qué tal si invitamos a mi hijo, Tony, a que nos acompañe esta noche? Para la cena. Imagínalo, habrá bastante carne. –es irónico, sonriendo más al verle brillar los ojos, sonrojándose más.

   -Claro, papi, la verdad es que muero de hambre…

¿FIN? (el auto la dejó hasta aquí).

Julio César.

NOTA: Un amigo de la casa, Apolo, logró encontrar la página original de donde viene esta historia, que notarán fue versionada. Gracias, amigos. Quien quiera saber de qué va o cómo termina, que vaya a: http://www.nifty.org/nifty/gay/incest/muscle-pussy/

DE AMOS Y ESCLAVOS… 21

junio 23, 2015

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 20

NEGRO EN MALLAS

   “Dios, ¿cómo llegué a esto y por qué me gusta tanto?”.

……

   -Lo estás sintiendo, ¿verdad? Como todo encaja en tu vida. –le sobresalta un poco la voz de Hank, medio agachado a su lado.- Aliméntate de vida, puto.

   Casi ronronea cuando atrapa otra vez ese güevo con sus labios, bajando, apretándolo, succionándolo, ignorando que se medio alza y lleva las manos a sus espaldas, en una posición aún más entregada, que le sale de manera totalmente natural.

   -Eso es, negro puto. –oye la voz de Hank, burlona, soberbia.- Saboréala así, sabes que te encanta. No sientas vergüenza de mostrarte como lo que eres, una basura mamona, una puta tragona. Déjalo salir y goza de tu vida. No es tu culpa, es tu naturaleza. Deseas entregarte, sentirte controlado, esto… -le atrapa la nuca y le empuja contra la verga, fuerte, casi ahogándole.- …Que te traten así, es lo que te hace sentir vivo. Quién sabe desde cuándo sufres esto, sin darte cuenta, mirando en la calle a un tipo joven y guapo, blanco, clavándole los ojos en la bragueta. Seguramente has deseado mamar güevo durante mucho tiempo pero te has resistido a tu verdad, llevando una existencia infeliz.

   Y mientras sigue sumergido en saborear la experiencia de mamar a otro hombre (que no es Hank, claro), Roberto siente las manos fuertes de su amo recorriendo su cuerpo, obligándole a caer otra vez en cuatro patas, bajándole desde los hombros hasta las caderas, por su espalda ancha y musculosa, brillante de transpiración, lentamente, erizándole. Cuando llegaron a sus nalgas, clavándose allí los dedos, casi parte el vibrador con la apretada que dio su culo.

   -Mira esto, Max. Un verdadero coño caliente. –saca el consolador y le ofrece al amigo, que se pone de pie, la verga dándole un bote, dirigiéndose a su trasero.

   -Si, y parece que es un coño urgido. –se ríe el hombre.

   Ni en un millón de años, Roberto habría esperado aquello. No de ese tipo. Mientras se traga el güevo de Toño hasta los pelos, siente las manos del otro abriéndole aún más las firmes nalgas, y enterrar el rostro entre ellas, lamiéndole la entrada misma del culo. Eso casi le hace gritar, babeando saliva copiosamente sobre el regazo del otro. Y el tipo sabía lo que hacía, piensa extraviado en sensaciones, porque pronto siente una lengua metiéndosele, tibia, reptante, babosa. Su culo parecía abrirse de manera total para que la pieza entrara, dentro y fuera, cogiéndole con ella mientras los labios cerrados alrededor del agujero chupaban de manera intensa.

   -Cómo te gustan los coño de las putas, Max. –oye a Hank reír.- ¿Te excita pensar en la cantidad de güevos que deben haber entrado? –bromea con él, como lo hacen los amigos. Los machos, los iguales. Él no lo era, lo intuye.- Haz que la perra negra grite de necesidad. –le oye, ofensivo.

   Y en verdad gime, tiene que hacerlo en cuanto esa lengua entra, reptante, rozándole, queriendo llegarle al estómago por el camino largo. La sensación era estimulante y desesperante. Estaba mamándose un güevo mientras otro tío le metía la lengua por el culo, uno que se abría y la recibía desesperado. Cuando la reptante lengua se retira, Roberto se tensa, un dedo se frota de su ensalivada entrada, metiéndose poco a poco. El blanco dedo, falange a falange va desapareciendo dentro de redondo botón de color. Una vez adentro se flexiona y agita, y Roberto tensa las nalgas, la espalda y deja salir nuevos gemidos.

   -Está caliente. –apunta Hank, sonriendo.

   -Y lo tiene apretado. Es un coño demasiado cerrado, ¿lo has probado? –pregunta Max.

   -Claro, y le encantó. Casi se mea de gusto. Y lleva rato con ese vibrador clavado. Es obvio que… necesita de nuestros tres güevos. ¿Qué dices, puto, las quieres todas llenando tu estrecho coño negro?

   Roberto no contesta, sabe que no esperan que lo haga, tan sólo su culo, que se abre como una flor de capacho ante la lengua que le trabaja por allí, y su garganta es una verdadera ventosa de succión, una que tiene a Toño gimiendo sentado al borde del sofá.

   -Seguro que es de ese tipo de puto que no importa lo que le metan, o cuantas veces, siempre se le cierra un poco. –opina Max. Roberto, oyéndole, se agita.

   -Trabájaselo, pónselo suavecito. –ordena Hank.

   El atractivo, fornido y joven hombre negro escucha todo eso con algo de disgusto, después de todo hasta no hace mucho era un hombre que… Toda idea escapa de su mente, como no sea una blanca sensación de dicha, gozo y lujuria envolviéndole cuando la lengua regresa a su culo, con tres dedos clavándose hasta el puño, ¡tres! Esa boca resuella, esos dientes mordisquean, esa lengua azota y lame, los dedos entran y salen, abriéndole, penetrándole, excitándole. Y Roberto tan sólo puede lloriquear de gusto, totalmente entregado.

   -¡Qué puto! –oye a lo lejos las voces de esos hombres.

   Unas manos le apartan y atraen sobre la verga que mama, que chupa jadeando, ojos nublados de lujuria, tres dedos enterrados totalmente en su culo, todavía intentado penetrar más y más.

   -¿Te gusta, negro? –le pregunta Hank, arrodillándose a su lado, donde sigue ordeñando la verga de Toño con su garganta.- ¿Notas cómo te gusta atender los güevos de los blancos? –se vuelve hacia el otro amigo.- ¡Rómpele ese culo! –hay risas.

   -Va a gritar como una nena. –acota Max, separando el rostro, casi feliz por la perspectiva. Roberto se tensa, Hank lo medita.

   -Me gustaría verlo y escucharlo, a un negro gritando por un güevo blanco destrozándole el coño, pero es noche de fiesta… -se inclina sobre una mesita, abre una gaveta y saca un pequeño frasco.

   -¿Poppers? –ríe como una comadreja Toño.- Se nota que te vales de todo. –le acusa.

   -Hay sujetos como este que no pueden ver un güevo tieso porque las bocas se les hacen agua y necesitan tragarlo. A otros hay que mostrarles que no son más que unos mamagüevos, ya que ellos mismos no lo saben. –informa como si tal cosa, inclinándose, dejando el frasco bajo las gruesas fosas nasales.- Toma, negro de mierda, aspira y tendrá la fiesta de tu vida.

……

   A pesar de la posición donde se encuentra Roberto Garantón, no todo el mundo la está pasando tan bien esa noche que comienza. Después de su doble encuentro en el taller de la línea de taxis, Yamal Cova fue a tomar una copa a solas. Rechazó invitaciones de conocidos; no le apetecía, esa noche, hablar, como siempre, de las mismas cosas, aunque era una práctica regular entre hombres. Necesitaba… pensar. En lo mucho que había variado su vida por un fortuito encuentro con una mujer de buenas piernas, soberbias tetas y cabello de oro, a quien folló y a quien escuchó y secundó, aún bajo los efectos del placer sexual y algunas copas, en vengarse de su marido. Le excitó a la par que le horrorizó la idea, que era casi repulsiva. Pero en cuanto ese sujeto bonito, pintarrajeado, en pantaletas, medias negras y tacones comenzó a mamarle el güevo todo lo olvidó, como no fuera experimentar ese intenso placer que sólo se igualó (y la verdad es que fue mejor), a cuando vio su propia imagen en un espejo, las musculosas piernas muy abiertas, echado de espalda sobre una cama, sus bolas agitándose, y ese tío subiendo y bajando el culo goloso sobre su verga erecta, a hojarascas sobre su cadera. Verle estremecerse, oírle gemir de lujuria, totalmente entregado a lo que deseaba, le puso a millón. Por ello volvió varias veces más. Decía que era por esa mujer, Marjorie Castro, pero la verdad es que enterrar su güevo en aquel culo era lo mejor de la tarde. Y ahora se lo había hecho a un socio, a otro carajo. A un taxista de culo peludo.

   Se termina el trago con prisa, necesitando el regaño. Debía apartarse de todas esas mariqueras, recuperar su vieja vida y…

   -¿Desea algo más? –el camarero se acerca a su apartada mesa.

   Yamal le mira. Es un chico delgado, seguramente con poco más de veinte años, alto, cabello castaño algo largo, de modales algo obsequios (y con unos brillantes ojos que le recorren de manera admirada y algo anhelante). Las pelotas del joven hombre negro se agitan.

   -Otro. –levanta el vaso. El chico le sonríe con ojos más traviesos, alejándose… ¿acaso meneando el culito redondo y paradito algo más de lo necesario?

   Joder, se estaba volviendo loco, se dice. Casi no le mira cuando regresa con la bebida, que toma con una mano grande.

   -Si desea cualquier otra cosa… me avisa. –le informa el chico con cierto morbo, ¿prometiendo algo?, alejándose.

   Vuelve a clavarle los ojos en el culito que traga algo del ajustado jeans. ¿Cómo es que ahora se fijaba en esas cosas? Bebe, más lentamente (¡estaba caro el aguardiente!, y decían que se estaba acabando), y evita pensar. En algo. En lo que sea. No quiere pensar en nada.

   Pero se imagina en el taller, desnudo a excepción de un bóxer algo apretado, sus botas de trabajo, su cuerpo grande, sentado en un banco, y ese chico, sonriente, el suave cabello calleándole en la cara, metiéndose entre sus muslos, gateando en cuatro patas, meneando el culito apenas cubierto con una de esas pantaletas de Bartolomé Santoro, unas de color rosa que le quedan del carajo. Y el chico actúa, acercando el bonito rostro a su entrepiernas, sonriendo más y olfateando, tragando en seco, sus ojos brillantes, los labios húmedos. El olor a macho enloqueciéndole. Él, quieto, mirándole, entendiendo que el chico ha encontrado su lugar, entre las piernas de un hombre, con la nariz rozándole las bolas dentro del bóxer, resollándole sobre el güevo cubierto. Necesitado, ansioso de obtener lo que desea.

   ¡Mierda!, ruge en su mesa. Temblando de lujuria, la verga imposiblemente dura. ¿Qué coño estaba pasándole? Termina de beber, notando que el chico le mira, como presintiéndole. Si le hiciera una seña, ¿le seguiría a los sanitarios y en un privado podría hacerle mamar su güevo? Está casi seguro que sí. Pero, ¿desea hacerlo? Era la duda que le atormenta. No que le dieran la mamada, claro que deseaba la mamada, ¿pero con el chico? Todo su cuerpo grita que sí, que vaya por el mariquito y se la clave hasta los pelos por la garganta, ahogándole, haciéndole llorar.

   Pero… era un hombre, carajo.

……

   Diciéndose que era por el mareo intoxicante de los Poppers, un gimiente Roberto se revolvía con vigor entre las piernas de Toño, tragando y chupando con verdadera hambre de su güevo rojizo, mientras este jadeaba y reía al verle tan entregado, subiendo y bajando sus caderas, cogiéndole la garganta. Hank, de pie, mirándole, le sabe un negro vicioso necesitado de machos. Sonríe cruel al notar como Max, con la mano casi engrasada de lubricante, le tiene metido tres dedos por el liso culo oscuro, cogiéndolo con ellos, metiéndoselos todos, uniendo un cuarto, dedos sobre dedos, intentando metérselos. Notaba la tensión en la espalda del hombre de color, pero no su retirada. Vaya, un día le metería todo el puño, se promete.

   -Ese culo no puede estar más listo, güevón. –le dice al amigo.

   -Me encanta meterle los dedos, ya sabes. –sonríe este.

   -A quién no. -admite Hank; era divertido tomar a un carajo cualquiera y meterle el dedo por el culo, explorándole, haciéndole gemir como nunca imaginó que haría. Nota como Max lubrica bien su güevo.- Ahora es que viene lo bueno, negro. –casi ríe sobre la cara del otro, aspirando él mismo de los Poppers.

   La blanca rojiza cabeza, húmeda, se coloca en la dilatada y lubricada entrada negra, y sin mayores miramientos, Max enterró de golpe toda la mole de dura carne en su interior.

   Roberto abrió mucho los ojos, atravesado por el súbito dolor, así como por el intenso placer; sea lo que fuera que los Poppers hacían, sus entrañas recibieron encantadas el roce de la pulsante carne masculina del macho dominante. Casi con avidez, lo notó, parecieron cerrarse sobre el güevo invasor, apretando.

   -¡Coño! –ríe Max, burlón.- Este negro de mierda tiene un culo bien macanudo.

   La dura pieza clavada casi hasta los castaños pelos, tensa increíblemente a Roberto, quien boquea y babea sobre el güevo de Toño, el cual tiene clavado hasta la garganta. Ahogándole, pero este no le deja moverse, le retiene atrapándole la nuca.

   -No, es una virtud, ya te lo dije. Lo coges, duro, y vuelve a su condición. Es el culo de un marica perfecto. El coño de un puto que siempre le dará placer a sus machos. –informa Hank.- Cógelo bien, que todavía no llora de placer al saberse usado por un tío blanco.

   Sonriendo siniestro, atrapándole las negras caderas, Max retira casi todo su güevo, gozando la apretada que le dan esas entrañas, y vuelve a clavárselo duro, fuerte. Lo saca y lo mete, sin miramientos, cogiéndole rudo y rápido, gozando las apretadas y sobadas, la resistencia que todavía presenta ese culo masculino, cosa que incrementa su goce. Porque es él, únicamente él, quien debe gozar de coger a la perra. El rojizo tolete, nervudo, aparecía y desaparecía dentro del negro anillo con una intensidad alarmante, las colgantes bolas azotándole, los muslos uniéndose.

   -¿Te gusta, negro marico? –le ruge, metiéndoselo todo, de golpe.- ¿Te gusta sentir el güevo de un hombre de verdad bien enterrado en tus entrañas? –le insulta.- Tómalo todo, puto sucio. Tómalo todo y no olvides darme las gracias después.

   Retenido por esas manos, escuchando de pronto los peores insultos sobre negros, maricas y comedores de güevos blancos, en voces tan altas que seguramente escapaban del apartamento, Roberto es cogido al unísono por boca y culo, su mundo se vuelve de pronto una masa rojiza de sensaciones donde saborea, aprieta, sacude y succiona toletes. Por todos lados. Y le encanta.

   No lo entendía, pero mientras recibía güevos de los buenos, que lo llenaban de jugos, calorones y pulsadas, eleva los ojos encontrándose con los de Hank, quien sonríe con aprobación, como diciéndole que sabe lo que siente, lo feliz que está siendo atendido por machos de verdad, y que lo hace bien. Si, no puede entender lo terriblemente importante que era eso, saber que Hank estaba complacido viéndole siendo cogido violentamente, insultado; una poderosa emoción que no había sentido nunca antes le llenó, cálidamente, siendo su culo el más mojado por la emoción, lo que le ganó un gemido de gusto de Max. Le gustaba…

   -Hey, negro, un regalito… -Toño le llama, rojo de cara, de placer, mueca burlona, chasqueando la lengua y lanzándole un escupitajo que le alcanza en la frente, caliente, baboso, deslizándose. Y los tres estallan en carcajadas.

   A la humillante y degradante escena, Roberto responde con un violento espasmo de su güevo oculto aún bajo el bóxer. Está más caliente y excitado que nunca en su vida. Las manos de Max hacen presión en su baja espalda, a los lados, apoyándose un poco sobre él, quedándose prácticamente quieto, tan sólo agitando de adelante atrás sus caderas, la blanco rojiza verga metiéndose de cierta manera, de una que le hace delirar de gusto, ojos en trance, la boca golosa succionado a la ida y venida del otro güevo, mientras la saliva que le cae de la ceja le obliga a cerrar uno de los ojos cuando baja. No sabía lo que ocurría, tan sólo que estaba ardiendo literalmente en llamas.

   -Eso que te hacen, negro puto, es trabajarte el punto G, de gay. O M, de marica perdida. –oye a Hank, que le sonríe, de pie, alto y bello, la enorme verga afuera, llamándole.- Max es malditamente hábil en eso. Esos calambres que sientes, esas ganas de atraparle el güevo y no soltarlo nunca, de sentirte siempre lleno con él, es un signo de que tu culo se vuelve una vagina hambrienta de hombrías. Oh, sí, estás convirtiéndote en mi puta.

   -Toma todo mi güevo, puto. –le grita Max, soltándole y nalgueándole, lo que le hace gemir.- Vaya, si que eres un enorme negro calentorro, ¿eh? Vamos a cogerte toda la noche, puto. Toda la noche. Eso te lo pone duro, ¿verdad? –le oye preguntar, y una mano se mete bajo sus caderas y le aprieta el tolete sobre el bóxer.- Si, tiene el clítoris totalmente inflamado. –se burla, metiéndose, casi acostándose sobre él, susurrándole en el oído.- ¿Sabes cuándo alcanzarás tu orgasmo de puta? Nunca. De ahora en adelante no puedes correrte si no te lo permite un hombre blanco.

   Las arremetidas del rojizo y grueso falo se incrementaron contra las morenas nalgas, el redondo agujero entre ellas quedaba lleno, totalmente penetrado, tan sólo un pedacito se veía cuando el sujeto lo dejaba allí, todavía empujando más, para disfrutar de las violentas apretadas que esas urgidas entrañas le daban. ¡Y miren que halaban y chupaban!

   -Ahhh… negro maricón, ¡tómala toda! –le grita sacándoselo violentamente, el rojizo tolete pulsando con fuerza, estallando en un potente chorro de espesa y blanca esperma que empapa la espalda de Roberto.

   Este se estremece al sentirla, al saberse bañado por el semen de otro hombre, quien parecía marcar así su territorio. Todo eso lo piensa con los ojos totalmente cerrados, con el güevo de Toño en su garganta, los pelos púbicos de este metiéndose dentro de las fosas nasales, succionándolo, aspirando el olor a macho, mientras el del semen, ese aroma fuerte a hombre, comienza a llenarlo todo otra vez cuando el segundo y tercer trallazo aterrizan sobre su espalda y nalgas. A Max le gustaba así, bañar a sus putos con su leche.

   -No, no te la tragues, negro goloso. –oye que le ruge Toño, apartándole de su verga, empujándole por la frente, dejándole la boca sin güevo.

   Rápidamente se pone de pie y va tras esas piernas separadas, ese culo abierto, esa espalda chorreada de esperma, metiéndole dos largos y delgados dedos, sonriendo cuando siente como el esfínter se cierra con entusiasmo sobre ellos.

   -Estás hambriento. –le dice Hank a Roberto, sonriendo, cayendo sentado frente a su rostro, cacheteándole cuando este, ojos brillantes, acercó el rostro a su verga. Se miran.

   -Déjame chupártela, amito. –suplica de manera humilde, necesitado, sin importarle las risas que tal declaración levantan.

   -Soy demasiado bueno contigo, negro de mierda. –se burla, asintiendo.

   Y ronroneando por los dedos que juegan con sus entrañas, y la expectativa de saborear nuevamente el rico falo de aquel muchacho horrible y odioso que le había llevado a eso, Roberto casi blanquea la vista mientras sus gruesos labios se cierran sobre el glande, específicamente sobre el ojete de su amo, y succiona las gotas que encuentra, un exquisito licor que le eriza y excita todavía más.

   -Está ardiendo, este coño quiere más… -gruñe, burlón, Toño.

   Y no perdió tiempo; logrando atravesar la punta de su tolete, lo empujó totalmente, de una sola embestida dentro del cálido agujerito de la perra de su amigo. Este medio chilló. Pero ya Hank, esperando el momento, le clava su enorme tolete hasta la garganta, obligándole a jadear, atrapándole el collar sobre la nuca, cerrándolo sobre su garganta, asfixiándole, dejándole con ojos llenos de alarma y algo de lágrimas.

   -Estos güevos son para ti, negro de mierda. Llamé a mis amigos para que nos los ordeñes, para que nos los trabajes con apretadas, haladas y chupadas, queremos vaciar nuestras bolas en tu cuerpo, cosa que nos hace felices porque somos hombres, machos de verdad que nacieron para joder a chicas y a putos como tú. Tu recompensa es esa, saber que nos sirves, y tu regalo es cada pulsada en tus sentidos ávidos de güevo, es cada gota de semen que nos sacas y que nutre tu cuerpo de adorador de machos. –le dice, mirándole a los ojos llenos de humedad, teniéndole atrapado casi contra su pubis, mano firme tras el collar.- Tal vez pienses que soy un desagradable hijo de puta contigo, pero en verdad te hago un favor. Mostrarte tu lugar, y en él, atendiendo güevos blancos, serás feliz como nunca lo has sido en tu puta vida sin sentido. ¿No merezco que me des las gracias frente a mis amigos por todo lo que te doy, ah, hijo de las tres leches?

CONTINÚA…

Julio César.

NOTA: No hay racismo, ¿okay?, es sólo sucia ficción.

SER O NO SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA… 35

junio 11, 2015

SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA…                         … 34

   La siguiente es una historia que NO ES MÍA. Pertenece totalmente al señor capricornio1967. Tan sólo la reproduzco, tal vez cambiando una que otra coma, aunque la historia ya está por ahí, completa. Es un relato maldito en toda la regla, un hombre maduro decide tomar, controlar y dominar a su joven pupilo, transformándole en algo que no quiere, ni soñaba, aunque se resiste. Lo repito, es un cuento muy maldito. Disfrútenlo:

……

EL DILEMA

Autor: capricornio1967

Capítulo X “SIN SALIDA”

SOMETIDO Y ENLECHADO

   Atrapado sin salida en la pesadilla de su dueño.

……

   Franco embiste frenéticamente ese indefenso culo, ese indefenso macho, ese hombre viril y atractivo, deseado por tanto tiempo. Su mirada se trastorna, su cuerpo arde en deseo violento que no puede controlar. Su verga se mueve violentamente en un mete y saca que desflora definitivamente a Luis, quien solo permanece recibiendo embestidas. Unas lágrimas de humillación resbalan por sus mejillas, aunque se mezclan con las gruesas gotas de sudor, toda su vida pasa por su mente, los días felices, los días en que eran la familia mas envidiada quizá por la felicidad que irradiaban; ahora todo eso destrozado como su culo, violado, roto.

   Las bolas de Franco, grandes y peludas, chocan una y otra vez en las redondas y perfectas nalgas de Luis; el pecho del sátiro descansa sobre la espalda de su víctima. Y mientras sigue cogiéndole mas y mas, el entrenador siente en algunos momentos que el cuerpo del otro se desvanece. Está casi inerme, sin movimientos, la respiración agitada. La verga de Luis está entre su cuerpo y el borde de la cama, friccionándose por las fuertes embestidas que recibía en su culo, lubricando, durísima aun, sin que por la situación se haya vuelto flácida. Sigue dura a pesar de que sabe y siente que la verga de Franco le atraviesa el culo una y otra vez, sin piedad.

   Siente su vida perforada definitivamente, así como sus entrañas, su culo hecho añicos una y otra vez, masacrado, así como su hombría; como si toda su vida se estuviera derrumbando estrepitosamente. Su culo recibe y acepta, mientras que su verga se engruesa más y más, la fricción de su miembro contra la cama le tiene en constante estado de sorpresa, excitación y vergüenza. Franco pasa una de sus manos para verificar la dureza de la verga del sometido macho, detenidamente la recorre mientras sus embestidas se vuelven más intensas. Siente como la verga de Luis, por efecto del viagra, palpita ante cada embate de la carne en la próstata virginal. El viril y maduro macho es totalmente dominado sexualmente, emocionalmente derrotado, en las manos de Franco.

   -¿Te gusta, verdad, Luis? -le pregunta burlón mientras con su mano envuelve la dura verga, como prueba fehaciente de sus palabras.

   -¡NO! -responde automáticamente el otro, furioso quizá por la pregunta, molesto tratando de rebelarse, de defenderse, de conservar algo de hombría.

   -Jejejejejeje, tu verga dice otra cosa, jejejejejejeje… -ríe mientras le aprieta la dura verga para demostrarle que no puede negar que está disfrutando. El miembro contesta por él de manera real y tangible, con pruebas duras y placenteras, y Franco empieza a frotar su manos a todo lo largo del grueso tolete mientras Luis se hunde mas y mas en la humillación, no tiene argumentos para rebatir el deseo, el placer, la dureza.

   -No, no, no. ¡Aghhhh! -se niega a aceptar lo que su verga grita, él es un hombre, un padre de familia heterosexual, ¿cómo es posible que se le pare la verga mientras es violado?

   Su cuerpo suda copiosamente, más que antes, instintivamente con su mano toma el brazo de Franco tratando de detener la fricción sobre su verga, de evitar que lo conduzca al borde del orgasmo, al borde de la locura, al borde de la rendición. Porque lo siente, que su cuerpo sucumbe, así como su culo y verga, su mente cae en un espiral de confusión y deseos incontrolables que su mente lucha por apagar, por acallar, por eliminar y dejar de experimentar, sin lograrlo. Sus esfuerzos por detener a Franco, por evitar que este siga masturbándolo mientras lo penetra, son inútiles. La mano de Franco, siniestra, sigue mas y mas, mientras la verga de Luis responde de forma autónoma, sin permitir que nadie se interponga entre su respuesta y los pensamientos de Luis, sabiendo que es libre de sentir, de disfrutar.

   -Si vieras tu cara de gozo… lo mucho que lo disfrutas. –se burla soltando una risita hiriente, algo que aterroriza al hombre maduro que no puede dejar de sentir placer mientras su miembro es tocado.

   -NO… -intenta negarlo.

   -Jejejejejejeejeje…

   La risa de Franco sigue resonando en la mente de Luis, una burla más, una humillación indescriptible para cualquier macho, para cualquier hombre heterosexual, viril y atractivo de mentalidad única. Sus carcajadas se escuchan una y otra vez en la mente de Luis, es imposible dejar de oírlas, la risa penetra por sus oídos, la verga por su culo y su propia verga está aprisionada por el puño de Franco, fuerte y firme, que no le libera por ningún motivo. La verga del entrenador, extremadamente gruesa se dilata más al sentir como tiene en sus manos ese perfecto espécimen sexual y varonil, ese macho deseado hasta la locura.

   -¡AAAAAAAAAAAGGGGGGGHHHHH! -un intenso dolor recorre el culo de Luis al sentir esa nueva dilatación en sus entrañas por el miembro de Franco.

   El hombre piensa que perderá el sentido, la vista se nubla en ocasiones y su razón parece estar a punto de perderse. La inconsciencia amenaza con hacerse presente, mas por la tortura emocional y sexual que por la física. Su cuerpo es ahora como una madeja, como un muñeco de trapo que no opone resistencia, solo acepta y recibe. Solo se deja hacer, su culo es ahora el receptáculo de Franco, así como antes lo fue su boca. El tequila tomado embota sus sentidos, así como el dopaje que contenía, quizá habría sido preferible haber perdido el sentido y no saber, no sentir, no vivir esa situación consciente. Esa situación que lo trastorna y lo conduce hasta casi la pérdida de la razón. Su verga se engruesa mas, su bolas arden y su leche esta lista también para ser disparada. Su cuerpo respondiéndole a su violador.

   La verga de Franco se sincroniza mas con la mano que masturba al otro, sabe cómo estimular la próstata de su víctima, así que lo va conduciendo al orgasmo. ¿Qué importancia tiene que la excitación de Luis se deba al viagra y al éxtasis puesto en el tequila?, de todos modos ha logrado su objetivo, quebrantar la voluntad física y la resistencia sexual del indómito macho maduro. Franco disfruta en exceso tener a Luis así, mucho más que el haber desflorado a Daniel. Siempre ha sido ese hombre su principal objetivo, saldar las viejas cuentas pendientes que tenía con él. Ahora, gracias a Daniel, ha podido violar al hijo y al padre, tiene en sus manos a los dos machos, aunque ambos lo ignoran. Pero él lo sabe y sus cartas están bien manejadas, mucho mejor de lo que hubiera esperado, su venganza y deseo de posesión por fin son un hecho real tangible y violable.

   Luis, por su parte, aprieta sus mandíbulas, sus parpados y hasta su culo por el inminente desenlace sexual que le espera. Así, su culo aprisiona la gruesa verga de Franco, dándole mayor placer, y la mano de este somete su verga con mayores ganas, la domina, le atrapa en un éxtasis sexual que está a punto de culminar. Un leve dolor en sus bolas por el dilema de escupir su leche o no, porque trata de de no hacerlo, de no vaciar su leche mientras le cogen, de no dejar esa leche caliente y espumosa como prueba de su derrota, de su aceptación, de su placer de cómo en unos cuantos minutos toda su hombría se iba por la borda y su heterosexualidad era aniquilada por un trozo de carne en su culo.

   -Es hora, Luis, es hora de que seas mi PUTO. -le dice Franco al oído, mientras aumenta de forma demencial las embestidas y las fricciones del miembro de otro, acorralándolo en el orgasmo sin poder evitar que escape, que se resista.

   -Nogh, nogh, noghhhhhhhhhhhhhhhhhhhh… -los gritos entrecortados, las protestas y los gemidos de rebeldía son acallados por un grito casi animal de Luis al sentir como sus bolas disparan a la orden de la mano de Franco.

   Sus bolas escupen abundantemente como resultado de una fuerte estimulación, mas aun al sentir en ese momento como la leche de Franco es depositada de forma vigorosa en sus entrañas. Puede sentir los espasmos de ese miembro en su culo, en sus entrañas, como se engrandece para escupir una y otra vez ese líquido espumoso que se mezcla con el contenido en sus entrañas. Puede percibir como choca contra sus paredes una y otra vez, mientras su verga sigue eyaculando entre espasmos incontrolables e intensos, así como la que mantiene en su culo. Dos pistones de carne sincronizados y efectivos en la producción de semen blanco y caliente, espumoso, con olor de macho. La habitación se inunda con gemidos de placer por parte de Franco y los sollozos de Luis, los jadeos de dos machos maduros en perfectas condiciones físicas. El cuerpo de Luis se estremece sudoroso mientras el de Franco se mantiene en vertiginoso ritmo sexual para extender la duración del orgasmo. El otro, por su parte, se desvanece prácticamente. Ya no hay vuelta de hoja, no hay pasos hacia atrás, su destino está sellado, ha logrado que Daniel pueda realizar su sueño, a un precio muy alto.

   Los minutos mientras las bolas de ambos machos se vacían parecen eternos para Luis, y breves para Franco. Cuando este siente que sus bolas han terminado se deja caer de bruces sobre la espalda de Luis, ambos machos jadeantes reponiéndose de el salvaje encuentro sexual.

   -PUTO. -le dice Franco al oído, Luis no se atreve a contestar, solo mantiene cerrados los ojos mientras las lágrimas resbalan por sus mejillas humedeciendo la cama, así como su semen.

   Unos cuantos minutos para reponerse, Franco se levanta. Luis lo hace casi enseguida el otro se le quita de encima. Sin mirarlo siquiera camina lentamente en dirección a la sala, derrotado.

   -¿A dónde vas, cabrón? -la voz autoritaria de Franco lo detiene.

   -Cumplí con lo que prometí. -le dice.

   -¿Quién te dijo que ya habíamos terminado, puto? -le dice mientras lo sujeta y sin darle tiempo a responder lo arroja sobre la cama aprovechando la sorpresa de Luis, quien no sabe qué hacer. Este cae de espaldas sobre la cama y en una fracción de segundo ya tiene a Franco entre sus piernas levantándoselas y colocándolas sobre sus hombros mientras su aun dura verga busca entre las nalgas del otro.

   -Noooooooghhhhh. -un grito de Luis, de negación más que de respuesta física, se deja oír al entender que el tormento aun no termina.

   ¡PLAF! ¡PLAF!

   Dos cachetadas de Franco cortan el grito de Luis y lo someten mientras su verga se interna de nuevo en ese culo que recién ha desflorado. Entra suave por la leche, que sale y moja. También porque su miembro lo extraña y desea.

   La leve respuesta de resistencia de Luis es inútil, sus intentos de defensa se pierden, mientras su cuerpo es sometido otra vez a la posesión sexual brutal y salvaje, mientras su culo recibe una y otra vez las embestidas de esa verga gruesa que es insaciable y cruel.

   La mirada de Franco ahora cae directa sobre los ojos suplicantes de Luis, sin tener piedad, más bien disfrutando de la tortura y la humillación, viendo con placer como ese atractivo y viril rostro se contorsiona por la salvaje posesión. Dos macho jodiendo, cara a cara, uno dominando, el otro sometido, uno tomando lo que es suyo, el otro entregándolo, pagando, sometiéndose,

   Las horas transcurren lentamente para Luis, quien es poseído una y otra vez en las más humillantes posiciones. Su mente está perdida, así como su culo que se ha mantenido durante horas bajo tortura sexual. La verga de Franco ha eyaculado una y otra vez y ha mantenido su propia verga erecta, manipulándola, sin dejarla que eyacule de nuevo.

   -Ya no, por favor, aaaggggh… -el antes orgullos y viril macho suplica piedad, para él y para su culo, para su hombría, para su cuerpo. Está agotado, sus piernas tiemblan y su cuerpo es un constante dolor. Su culo, con algunos hilos de sangre escurriendo por los pliegues anales, late horriblemente mientras su fuerza se termina. Su fuerza física esta mas allá de las reservas, su mente se niega continuar y la negrura lo envuelve cada vez mas y mas mientras su cuerpo es ensartado de una u otra forma, su voluntad doblegada.

   -Jejejejejejejeje… Mi puto, mi puto, mi puto, eres mi puto, jejejejejejeje… -la risa y las burlas de Franco mientras sigue abusando de él, son interminables, así como las veces que la verga entra en su culo.

   Cuando, horas más tarde, por fin Franco se siente satisfecho, sacando su verga del torturado culo de Luis, este apenas tiene fuerzas para rodar sobre la cama. Las fuerzas lo abandonan y su mente cae en un estado de shock e inconsciencia. Quedando sobre la cama sin sentido con la verga aun parada. Franco lo ve con gesto y mirada de triunfador, de macho, de amo.

   -No sabes que esto es solo el comienzo, Luis, ya no podrás escapar de mí. –le toma más fotos al hombre en ese estado, además de todo el material que grabó durante la posesión. Se mete a bañar y horas más tarde sale dejando a Luis aun sin sentido sobre la cama.

   El timbre de un celular saca a Luis de su sopor, de su inconsciencia, de ese sueño que lo protegió para recuperar fuerzas. Despierta sin saber dónde está, súbitamente su mente recuerda los hechos recientes. El celular sigue sonando, reconoce el sonido, de un brinco salta de la cama y va hacia la sala donde dejo su ropa. Está solo, Franco se ha ido, contesta el celular y tranquiliza a Adriana que estaba preocupada por no saber de él. Aun desnudo y con un dolor intenso en el culo y en el alma, la atiende.

   -Si, te llamo para decirte que no te preocupes, mi amor; Daniel si irá a las olimpiadas. Ya lo hablé con Franco.

   Que dolor tan intenso y humillante causan en su mente y en su cuerpo esas palabras. Si Adriana supiera lo que ha tenido que pagar, en unas cuantas horas, para lograr que Daniel no pierda esa oportunidad. Se viste lentamente, una nota de Franco dejada al lado de sus ropas, donde le dice que irá por Daniel para seguir el entrenamiento, cae. Sin saber cómo llega a su casa, les dice lo que Franco hará y se retira a su habitación, para no verlos a la cara. Como si Adriana o Daniel pudieran imaginar lo que ha pasado, como si trajera escrito en la cara el dolor físico y moral, la humillación que acaba de soportar.

   -Luis, Luis, Luis… -la voz su mujer lo regresa al presente, un presente atado al pasado más ahora que Franco regresa.

   -¿Eh? Perdona, es que me quedé casi dormido. -su realidad ya no es las misma desde ese día que Franco le marcó.

   Durante la llegada de Daniel todo es alegría, los medios, las entrevistas, las estrellas. Daniel y Franco, como su entrenador, son fotografiados una y otra vez, los festejos duran todo el día. Luis y Franco apenas se saludan y sus miradas se encuentran en algunas ocasiones haciendo que Luis, avergonzado, baje la vista, no puede soportar esa mirada de burla y deseo en el entrenador. Al menos Daniel logró lo que se había propuesto, valió la pena, solo faltaba pagar la última parte del acuerdo con Franco. No sabe si podrá soportarlo.

   Amanece agotado física y mentalmente. Por la noche, después del agotador día casi no pudo dormir. Daniel regresa a la universidad muy temprano y se viste. Luis se baña, cavilando sus ideas y antes de salir a trabajar, Adriana se acerca a él, llevando el teléfono en las manos.

   -Cariño, tienes una llamada. -le dice mientras extiende el aparato para que lo tome y contestes.

   -¿Quién es? -pregunta distraídamente mientras continua vistiéndose.

   -Es Franco… Desea hablar contigo. –responde ella.

   El musculoso cuerpo de Luis se paraliza al escuchar el nombre de Franco, por un instante se siente vulnerable, indefenso, como un cordero que va rumbo al matadero. Su cuerpo aun resiente las secuelas de haber soportado ese grueso miembro, su boca parece aun tener el sabor de esa leche que Franco le obligó a tragar, en su mente se repite una y otra vez la imagen de burla del entrenador cuando lo cogió de frente, las interminables embestidas y abusos del que fue objeto su culo.

   ¿Qué querrá ahora? Seguramente desea cobrar la segunda parte del trato, pero Luis no sabe si podrá cumplir esta vez. el hombre se siente como una presa acorralada, como…

Julio César.

NOTA: Debo confesar que nunca había terminado de leer el relato, odiaba al entrenador después de la orgia contra el chico tonto. Pero este final abierto, de triunfo total del mal, de cartas que obligarán a padre y un hijo a servirle, convierten a Franco en todo un adorable maldito. Trabajó, luchó y venció. No merece que destruya la historia con una tonta venganza del muchacho. De hecho todas las historias de Capricornio terminan más o menos así. Ahí está el yerno tomado por el suegro en víspera de la boda, o el sargento Anderson (y cómo quería que ese continuara). No, amigos, como está es una joya. Una malvada y perversa obra de arte donde un ser ruin y malvado triunfa. Sin embargo, intentaré contactar al autor, hay una dirección de correo, veré si la siguió, porque la idea de padre e hijo, cada uno en un cuarto distinto, y Franco merendándoselos, es increíblemente excitante. Conociéndole, seguramente pensó en obligarles a interactuar sexualmente. No, el reto es demasiado grande. Me gustaría saber qué había planeado para más adelante.

NOTA 2: El relato comienza algo lento, y como no tengo intensiones de apurarme más, quien lo desee puede buscarlo en esta dirección: http://www.todorelatos.com/relato/16991/

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 36

junio 9, 2015

… SERVIR                         … 35

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

ESPERA POR LO QUE AHORA QUIERE

   Listo para lo que salga, especialmente vivir.

……

   El chico también lleva unos pantalones de cuero, pero totalmente abiertos en el área pélvica, donde destaca un corto y chico suspensorio de cuero, por lo que sus nalgas redondas y jóvenes quedan al aire, lleva una chaqueta abierta, unas botas, también guantes, unos que (y le avergüenza) ha olido ya varias veces, el aroma fuerte era grato; igualmente lleva el collar alrededor de su cuello. Grande, evidentemente canino-fetiche-sexual. Lomis, mirándole severo, sirve dos copas de whisky, agitando la botella para que vea que toman de la misma, y le tiende una.

   -Toma. La necesitas. –es más bien una orden, y con manos temblorosas y algo inseguras por los guantes, Nolan obedece y bebe. El licor es fuerte, grato y cálido. El hombre toma el suyo, sonriendo. Si, la misma botella, pero en los vasos cortos habían cosas muy distintas.- Vamos con retraso. –urge, olvidado del temor a Read, impulsado por otras urgencias, unas que el diabólico reo había sabido leer en su alma oscura, explotándolas.

   -Yo… -la cara del chico es un poema de pesar, desvalido, sufrido.- No quiero hacer esto, por favor. –el otro vigilante le encara, mirándole dominante, hablando con fuerza.

   -Recuerda de dónde te saqué, de las cosas que te liberé cuando te degradabas en tus vicios y tus maridos te dejaron atado y olvidado en ese depósito. ¡Me la debes, chico! Quiero ir a esta fiesta y deseo que me acompañes, ¿es acaso mucho pedir, chico malagradecido? ¡Me la debes! –le repite y aunque el otro tiene mucho que responder a eso, no lo hace; se siente agotado, la mente embotada. Salir de todo sería mejor. Ceder. Someterse. Por ello asiente.

   Salen por la puerta interna que conecta con la cochera, solitaria y amenazante en esa vieja casa donde el hombree vive solo. Llegan a una camioneta Van, de la prisión aunque sin logos, o eso espera el joven. Cuando iba a abrir la puerta del pasajero, una mano enguantada, firme y fuerte de Lomis le atrapa el cuello, mirándole, abriendo la portezuela lateral del vehículo.

   -No, tú vas aquí.

   El chico quiere oponerse, correr, alejarse, pero no tiene fuerzas. Una jaula de perros espera en el interior, pequeña. Ni siquiera es consiente cuando entra, quedando en cuatro patas, casi encogido sobre sí; la puerta se cierra, el candado externo también. ¡Le tenía encerrado como un animal!, la idea era deprimente, alarmante, y sin embargo se sentía a salvo, tal vez por la idea, tonta a esas alturas, que después de esa noche quedaría libre del otro, no debiéndole nada. Casi no tiene espacio y agacha el pecho contra sus manos, la cabeza debe encogerla contra las rejas, su trasero quedaba presionado de la reja contraria. Y se revuelve.

   -No, no… -gimotea cuando una mano de Lomis le acaricia las nalgas, le recorre la raja, le apuñala suavemente el culo depilado, sin entrar, hasta que le escupe y el dedo regresa y se le mete.

   El chico enrojece de cara, avergonzado, sin poder resistirse o moverse. El dedo va y viene dentro de su culo; hay un impresionante, erótico y perverso contraste entre el largo dedo enguatado de negro, lustroso, entrando y saliendo del redondo y liso culo muy blanco. Le dilataba, el chico no sabía para qué hasta que un consolador corto, que comienza en punta, engruesa hasta una perita para luego adelgazar otra vez, desaparece en sus entrañas. Se tensa, pero no puede hacer más. Lo llamativo es que fuera del culo se extiende, en goma, una muy flexible cola de perro.

   Nolan cierra los ojos, lloriqueando, humillado, vergonzosamente usado cuando Lomis cierra la portezuela, enciende la camioneta y salen de la cochera. Gimiendo ahora, cada giro, cada movimiento del vehículo agita esa cola externa que produce reverberaciones poderosas en sus entrañas, inquietante, estimulantes. Oprime los dientes, quiere apretar su agujero para contener las sensaciones, pero estas se multiplican y gime bajito, cerrando los ojos.

   Y todavía no llegaba a la fulana fiesta.

……

   La claridad del día que avanza, y que penetra a raudales por el balcón, logra que Jeffrey Spencer despierte, sin brusquedad, chasqueando con una lengua increíblemente seca, sentándose en medio de la desconocida sala, sin ubicarse. Lo recorre todo con la mirada, ¿dónde está? ¿Cómo llegó allí? El bar… El recuerdo intenta colarse en su mente. Le cuesta, era como si querer evocar las cosas las alejara más bien. Pero estaban esos chicos, aquel baño… Enrojece feamente. Su calentura sexual. Owen Selby llegando y… No logra escatimarle nada más a su memoria. Se pone de pie, con piernas algo inseguras, una manta que cubría bastante, cálida y cómoda, rueda. Se mira. Está desnudo a excepción de su bóxer holgado de rayitas tipo pijama. En una sala, estaba durmiendo sobre un sofá grande.

   -¿Cómo diablos…?

   -Ah, despertaste. –oye una voz que le sobresalta y obliga elevar la mirada hacia el pasillo. Allí estaba el detective, con un cómodo pijama pantalón, descalzo. Alto, fuerte. Hermoso.- Creo que tenemos que hablar, abogado… de los asuntos que hay pendientes entre nosotros.

   Jeffrey, confuso, las defensas bajas, no sabiendo ni que era de su vida, mira de manera desvalida al sujeto, algo desenfocado por la falta de anteojos, unos que toma con mano algo temblorosa de la mesita del centro, al lado de un bote de agua mineral, enfocándole.

   -¿Qué hago aquí? –grazna, inquietándole la mirada intensa del otro y su sonrisa chula.

   -Ah, ¿no recordamos nada? ¿O será el despertar de la vergüenza? –parece burlarse, acercándose, alto y guapo, peligrosamente juguetón. Notando, de paso, lo bien que se ve el abogado en ese bóxer holgado como única vestimenta, cosa extraña porque nunca le han ido mucho los chicos blancos, pero este, con esos anteojos, con la cara de sueño y el cabello levantado en todas direcciones, le provocaba encontradas emociones. Una de ella es meter los dedos y peinarle un poco.- ¿Será una amnesia real o una de conveniencia?

   -No sé de qué… -comienza, enrojeciendo feamente. No recordaba bien, pero tiene algunas imágenes, aquel baño, los dos sujetos acosándole, la llegada del policía.- ¡Oh, Dios! –cierra los ojos, la risa leve del otro le eriza la piel.- ¿Cómo llegué a tu apartamento? –se abre de brazos.- ¿Por qué estoy así? ¿Ocurrió algo entre tú y…? –no puede terminar. El otro pone cara de dolor.

   -¿De verdad no lo recuerdas? ¿Todo lo que dijiste? ¿Lo que pedías?

   -¡Detective! –grazna, ojos alarmados, muy rojo de cara. La risa de Owen se repite.

   -Calma, no pasó nada. Te encontré en ese bar siendo… atacado por esos sujetos que te drogaron. –parece molesto.- Se hará una investigación sobre el lugar, te lo garantizo. Estabas mal, algo… agresivo y molesto cuando… -se humedece los labios, cuando le rechazó. Cosa que hizo por no aprovecharse de las circunstancias, aunque el otro lo tomó bastante mal. Nota la tragada en seco del otro y se pregunta qué tanto recordaba.- Perdiste en sentido. Te traje para que no llegaras así a tu casa. Aquí comenzaste a gritar que te quemabas y te desvestiste. –sonríe al verlo avergonzarse.- Fue divertido. Bailaste un poco mientras lo hacías. Hubo un toque de sensualidad.

   -Por favor. –jadea. El otro ríe, pero amistoso.

   -No fue nada, abogado. Fui a traerte agua y cuando volví estabas muerto para el mundo sobre ese sofá. Te busqué una manta y… ahora enfrentamos el ratón moral.

   -Yo… -Jeffrey, avergonzado, débil, cae sentado.- Siento haber dado todo ese espectáculo. No me sentía muy bien anoche. Todo se juntó para que fuera una mierda. –toma la botella de agua y bebe, con vehemencia. El otro lo mira, desde toda su altura.

   -¿Lo de tu esposa? –el otro asiente, sin mirarle.- Jeffrey… -el nombre se oye suave, a pedido. El abogado le mira por un fugaz segundo. El policía quería explicarle lo de la otra voz al teléfono. Pero el joven blanco no quiere escucharle. No puede afrontar otro flanco de batalla ahora.

   -¿Qué ibas a decirme de Marie Gibson? –la voz es rasposa, bebiendo, sin mirarle. El atractivo y oscuro rostro se ensombrece, algo molesto, cayendo a su lado, casi pegado a su cuerpo, sobresaltándole.

   -Algo pasó anoche. Querías; en ese bar, tú deseabas… -comienza y toma aire.- Abogado… -pero Jeffrey no le mira, se aparta mentalmente.

   Así que Owen Selby no dice nada más, eleva una enorme mano atrapándole una mejilla, firme, fuerte, obligándole a volverse, mirándole a los ojos. Le nota la alarma, la angustia, el deseo. ¿Qué ocurría con el abogado? ¿Deseaba algo más con él? Parecía, y sin embargo se contenía. ¿Por su esposa? ¿Por negarse a la idea de sentir lujuria por él? ¿Acaso… celoso por escuchar otra voz en su apartamento cuando hablaban por teléfono? No lo sabe, tan sólo que esos labios que tiemblan un poco, buscando palabras que no salen, le llaman. Los cubre con los suyos, gruesos, atrapando entre ellos el inferior del chico blanco. El contacto es eléctrico.

   Jeffrey no puede pensar, la mente le ha quedado totalmente en blanco, es la segunda vez en su vida que le besa un hombre. ¡Al menos era el mismo hombre!, se dice, mientras responde, abriendo la boca, aspirando con urgencia; los labios del policía cubriéndole, la lengua tanteando suavemente, cálida, despertando ecos eléctricos en cada terminación nerviosa de su cuerpo. Sus lenguas se encuentran en una batalla dura, sofocante, sus vergas responden a toda velocidad, es como si tan sólo eso bastara para que toda la lujuria estallara, cálida y vital por sus venas, deseando tocar, penetrar, poseer. El abogado no quiere pensar mientras se deja y comparte, mientras lleva las manos a ese torso desnudo, fuerte, firme, decididamente masculino, que se eriza bajo su roce, que le enloquece de maneras que no entiende. Dios, estaba jodidamente duro bajo su bóxer, y la tranca parecía querer escapar por la abertura en la prenda destinada para sacarla y mear.

   Mientras le besa, casi de manera dominante, llevándole contra el respaldo del mueble, las manos de Owen Selby le atrapan el rostro, sus pulgares le acarician, bebe de su saliva y de su aliento. Y siente ganas de más. Besa, chupa, sorbe y tan sólo aspira tener un poco más de ese hombre. Había algo en ese carajo que le hacía desear los besos, las caricias, tocarle de manera intensa. Sus bocas enrojecidas se separan, la saliva brilla, sus ojos se atan. Y el hombre negro, mirando su propia mano, recorre la tersa piel blanca, desde el cuello, con sus dedos abiertos, recorriendo el hombro, bajando por su torso, viéndole enrojecer, oyéndole gemir, un dedo jugando con entrar en el ombligo medio cerrado por la posición, la mano cayendo finalmente sobre el bóxer, atrapándole la erecta verga. Y en cuanto dedos y la palma se cierran alrededor de ella, firme como sólo un hombre puede hacerlo, una bomba de placer estalla en el cerebro de Jeffrey, una que le deja casi inconsciente de ganas. Ha tenido días difíciles, en lo personal y laboral, y estar así, siendo besado, mordida su barbilla, sus anteojos empañados, su güevo en un puño que sube y baja, era lo que necesitaba. Definitivamente.

   Se oye el teléfono repicar, mientras se besan otra vez. La contestadora se enciende y en cuanto la voz se deja oír, el detective se tensa y maldice internamente. Debió…

   -¿Owen? Cariño, estoy deseando verte. Eso si uno de tus muchos putos no te distrae hoy. –se oye una voz masculina, mórbida.- Mi novio está de viaje, podemos hacerlo en nuestra cama. –ofrece y hay una risa descarada.

   El detective cierra los ojos con fuerza, llevando las manos al rostro del otro, a quien nota tenso, rígido. Quiere retenerle pero ya Jeffrey le aparta, saliendo del mueble, mirándole de manera desencajada. La verga fuera del bóxer, una que, luego de una vacilación al no darse cuenta, oculta como puede.

   -Wow, ¿con un tipo cuyo novio sale? ¿Y en su cama? Encantador. –gruñe despectivo, censurador, sintiéndose agitado entre la calentura recién vivida y una extraña sensación de frustración y decepción. Una que sabe no debería sentir. Ese sujeto no estaba engañándole. Nunca habían hablado nada. Ni le había prometido algo, tan sólo estaba allí, le probó, y si sabía bien le agregaría a su recetario.

   -No es como Lionel… -comienza Selby, frustrado.- Somos amigos. De años y…

   -Entiendo. ¿Pero su novio de viaje? Vaya, deberías…

   -¿Cuál es tu problema? –se altera al fin, poniéndose de pie también, obligando a Jeffrey a luchar contra las ganas de mirarle el entrepiernas.

   -Ninguno.

   -¿Seguro?, porque pareces celoso. Siempre te pones así.

   -¡Claro que no! –es tajante, mirando al suelo, acomodándose los anteojos. Sintiendo rabia.- Y no tengo ningún problema con tu manera de… Tan sólo… -aspira con fuerza.- Debo irme. Mi esposa… -se congela, por Dios, ¿estuvo a punto de engañarla? ¿Qué coño? Él no era así. Él no iba besando carajos, no traicionaba sus votos, no traicionaba la confianza.

   -Abogado… -suena frustrado. Quería. Había deseado tenerle, tocarle, besarle. Poseerle. La idea de llenarle, de verle estremecerse sobre su verga, oírle gemir, jadear, decir su nombre cuando se corriera, eran ideas que habían llenado su cabeza. ¿Y ahora?, un balde de agua fría.- Es sexo. Son… amigos. Sólo eso.

   -Lo sé, lo entiendo. Es lo que significa para ti.

   -¿De qué hablas? –revira, alterado.

   -De nada. De nada.

   -¿Me estás juzgando otra vez? ¡No soy un puto inmoral!

   -Dejemos eso así, ¿okay? –mortificado, sintiéndose increíblemente estúpido por haberse dejado llevar de esa manera, toma sus pantalones y zapatos.- ¿Qué pasó con….? –vacila, el cerebro no le ayuda.

   -Marie Gibson desapareció. Tomó sus cosas y abandonó casa y trabajo. –informa, realmente molesto ahora. ¿Le estaba condenando por su manera de vivir? ¿O eran celos? Le parecía. Uno y lo otro. Y no le gustaba.- Y no solo eso, no he podido encontrar nada de ella, en su estado natal. No sólo antecedentes, no hay ningún registro de una Marie Gibson en la dirección que dio. –eso le congela y le mira por primera vez desde la llamada. Cierra los ojos desencajado.

   -Dios… -el policía entiende.

   -No me gustaría estar en tus zapatos. –intenta un tono amigable.

   -Tampoco los tuyos serán cómodos. –le recuerda, colocándose la camisa, notando la mirada de Owen sobre su cuerpo.- Iré a casa, tomaré una ducha… y me llegaré luego a los tribunales. Esto ameritará abrir una investigación judicial. Y a Robert Read, ya de entrada, puede que le suspendan la pena de muerte.

   -¡Qué mierda! –se ve frustrado.- Voy a revisar unas propiedades que Read tiene a las afuera de la ciudad. Tal vez la señorita Gibson las conozca y las esté usando.

   -Suerte.

   -Jeffrey…

   -Me tengo que ir. –la voz es apremiante, por alguna razón.

……

   Lomis lleva al peligroso convicto de quien todos hablan, todo encadenado, hacia la sala de entrevistas. Oficialmente cuenta como uno encuentro con uno de sus abogados. Con datos no del todo fidedignos. Para todos era una suerte que el jefe Slater no estuviera ese día. El vigilante pelirrojo, que se muere por contarle algunas cositas al convicto, como la “pelea” de perros que Nolan Curtis protagonizara la noche anterior dentro de una pequeña piscina llena de aceites, y que perdiera siendo poseído por el otro “perro”, un chico asiático, frente a los presentes, bien valía la pena. Pero no hay tiempo para lucirse. Eso sí, en ese momento, adora al sujeto que le entregó a su cachorrito.

   Dentro del recinto de entrevistas espera un hombre todavía joven pero prematuramente envejecido, de cabello peinado escrupulosamente y algo largo atrás, canoso. Anteojos finos sobre un rostro delgado. La chaqueta que lleva le sienta mal. Parece un hombre hecho para trajes. Robert Read le sonríe al entrar, el otro traga en seco, intimidado y furioso. Lomis, después de lanzarles una mirada a ambos, sale.

   -Es grato ver que los amigos responden. –comienza Read, sentado a un lado de la mesa, esposado a esta. El otro se agita.

   -No somos amigos ni vine porque quisiera. ¿A qué juega? Creí que nuestros asuntos habían terminado. –ruge desesperado, intentando mostrarse duro, pero más bien parece pedir que se recuerde que había un arreglo entre caballeros.- Hice que le colocaran con la población general. Que no fuera aislado. Logré que… se le tuviera consideraciones especiales aquí. ¿Acaso no lo hice?

   -Si, e imagino que sabiendo que me condenarían a muerte, pensó que se libraría rápidamente de mí. Todas estas posposiciones deben ser realmente horribles, ¿no? –se burla. El otro va a replicar.- Basta, doctor, sabe que no voy a detenerme en consideraciones a usted. Ni las mereces ni soy de los que se preocupa por el bienestar o los sentimientos ajenos. –le aclara brutal, frotándose las manos.- La policía está tras Marie Gibson, y ahora si con un interés especial. La buscan para detenerla y… -sonríe al verle palidecer, de pánico real. El hombre tiembla y parece con ganas de vomitar.- Por ahora ha… desaparecido, y creo que todos estamos de acuerdo en que es mejor así. Sin embargo, esa damita no es tan lista como cree. Ella, como usted, no puede librarse fácilmente de sus pecados. –el otro le mira con horror.

   -¿La tiene?

   -Digamos que estoy en condiciones de lograr que se le encuentre, viva o muerta, o de que no la encuentren nunca. La opción… -le mira salvajemente.- …Dependerá de usted.

   -¡No puede asesinarle! –jadea. Read sonríe.

   -¿Todavía la ama? Que tierno. –ríe. El otro le mira, enfermo.

   -Es un monstruo.

   -Creí que eso se había establecido hace tiempo. –le corta, frío y duro.- No me conviene que caiga, doctor. Ni caer yo. Esa mujer, donde está, está siendo de utilidad. A mí. Y a usted. Para que todo siga bien, necesito un último favor suyo. Y esta si será la última vez que le busque.

   -Eso creí la vez pasada.

   -¿Acaso dije que lo sería? Eso lo imaginó usted, nunca lo dije yo, como hago ahora; quiero que busque a una persona por mí y le dé un recado: Marie. Sólo eso. Y no, no tema por ella. La señorita Gibson es una sobreviviente. Oh, sí, tiene mucho chance de salir bien librada. No dije que la tuviera en mi poder, sólo que sé donde está. Aún podría vencerme, desaparecer como ya ha hecho antes y reaparecer con una nueva vida. Lejos de nosotros. –termina con una sonrisa.

   -¿Por qué no contacta a esa persona por su cuenta? Como hizo conmigo, a través de ese sujeto pelirrojo.

   -Ah, porque no quiero que el vigilante Lomis sepa. No todavía. ¿Tenemos un trato?

……

   Esa mañana, cuando despertó, a Daniel Pierce le anunciaron que el alcaide Monroe quería hablar con él. Cosa que le asustó e ilusionó. Por Diana. Le inquietó ver la sonrisa de Robert Read, aún en la celda para ese momento.

   -Al hombre le gustas, Tiffany. Te ve y la sangre le corre a la verga. No puedo culparle, eres tan hermosa. –le dijo atrapándole la cintura con sus brazos, halándole y besándole, todos mirándoles desde afuera.- ¿Qué querrá?

   -Ni idea. –contestó sonrojándose, bajando la mirada.

   -Por Dios, deja de temblar. –le gruñó Read, sacando una botellita cerrada de debajo de su almohada.- Bebe.

   -Es temprano y…

   -¡Bebe!

   Lo hizo, casi agradeciéndolo después. Moverse en las sombras era peligroso. Con una esperanza dándole vueltas, una que debía ocultar, era peor. Necesitaba controlar sus nervios.

   -Gánate al viejo, sedúcelo, tal vez nos sirva para conseguir cositas, nena. –le dijo Read, atrapándole el rostro con las manos.- Cepilla bien tu cabello, usa ese brillo labial que hace lucir tus labios tan besables. Usa la tanguita vino tinto, esa se la levantaría al capellán de la capilla, lleva ropas parecidas a las que usaste la vez pasada y…

   Odiándole, y odiándose todavía por escucharle y obedecerle, Daniel se dirige, de mano de Lomis (quien luego sacaría de su celda a Read, algo que el rubio no sabría), a la oficina del alcaide. El vigilante llamó a la puerta de la oficina, la señorita Lamas no estaba tras su escritorio, oyeron la autorización y abrió.

   El joven hombre rubio, de manera automática, adquiere un tono más amanerado en los gestos de su rostro, sus ojos, sus miradas y sonrisitas. Nota como aquel sujeto maduro, firme, le mira, recorriéndole con desconcierto e ¿interés?; no lo sabe. Pero la idea de que aquel hombre guapo le encontrara atractivo le provocaba corrientes cálidas que no entiende… No, porque no sabe hasta qué punto ha variado su tendencia sexual desde que está con Read, ni los cambios que experimenta su cuerpo, ni que la botellita que el otro le dio a beber antes de salir, no estaba tan pura como parecía.

   -Señor Pierce, qué bien. –dice el alcaide Monroe, como si le alegrara que aceptara su invitación.- Tome asiento. Gracias, Lomis. –el guardia, algo intrigado, notando electricidad en el aire, asiente y sale.

   -Escuché que quería verme. –contesta, en la silla, sintiéndose muy consciente de sí. Su voz mórbida parece despertar calambres en la columna del otro.

   -Quería verle porque supe de la agresión que fue víctima en las duchas. –le mira, notando como el otro se contrae.- ¿Puede decirme algo al respecto?

   -No les reconocí. –miente, bajando la mirada, sintiéndose embargado de una doble emoción, la rabia y el temor al recordar aquello, y el querer ganar la simpatía y posible protección de ese hombre que le mira el cuello como si deseara tocárselo.- Pero fue horrible, señor. Horrible. –medio dejándose llevar por el recuerdo, baja la mirada cohibido.

   -Dios, lo imagino… -dice el otro, levantándose de su silla, rodeando el escritorio, era recio, el traje le sentaba bien, tenía un aire masculino y protector. Paternal. Y Daniel no entiende las sensaciones que le recorren al pensarlo. Aunque también le nota algo. Algo le abultaba entre las piernas. El hombre se sienta en el escritorio, a su lado.- ¿Cuántos fueron? –pregunta solícito. Daniel le mira directamente a los ojos.

   -Cinco o seis sujetos enormes y excitados, me tocaban por todas partes, decían que deseaban hacerme de todo. Querían que… los mamara a todos –baja la mirada, estremeciéndose.- Fue tan humillante.

   -Lo imagino. –admite el otro, voz ronca, algo caliente.- ¿Lo hicieron? ¿Le obligaron a esa indignidad? –se miran otra vez.

   -Si. No pude resistirme, eran muchos y estaban decididos a tomarme. Fue tan…

   -Claro, claro… ¿Más de uno? –pregunta caliente. Daniel le mira fijamente, sintiéndose excitado, algo ardiente corriendo por sus venas. Monta una mano muy arriba en un muslo del hombre, que se estremece bajo el contacto.

   -Tuve que mamar una verga inmensa, caliente, que casi me ahoga. No podía respirar, mi nariz estaba llena de pelos púbicos, mientras otros me… me… me tocaban el culo, metiendo…. sus dedos y…. –las mejillas de Daniel están rojas, sus ojos brillan, su mano está en llamas sobre el muslo.

   Los engranajes de Robert Read giraban y giraban, y uno a uno iban cayendo, finalmente, en su sitio.

   El alcaide Monroe, hombre casado y con familia, un respetable funcionario público, hombre respetable, mira y imagina al tío bello y mórbido, desnudo entre muchas manos y güevos grandes que quieren poseerle por la fuerza, haciéndole gritar. Se ahoga, no puede respirar; se medio mueve más, atrapa al chico por los hombros, alzándole, atrayéndole, obligándole a caer contra su cuerpo, entre las piernas abiertas, y hace algo que desde su punto de vista es terrible e intenso, aplasta la boca contra la de Daniel, quien se estremece y gime, mientras las lenguas se encuentran en un beso mordelón, sucio y prohibido. Chupan y sorben de manera escandalosa.

   El hombre mayor lleva demasiado tiempo caliente en una relación física poco satisfactoria. Mientras le besa, disfrutando el desconcertante placer y excitación de tenerle atrapado y recostado de su cuerpo, las manos cae en su baja espalda, donde la franela corta ha dejado un espacio libre mostrando la piel. Los dedos de una mano se meten por el borde del pantalón tipo mono deportivo, color naranja, bajándolo un poco. No lo ve, pero se estremece salvajemente, y su verga sufre un espasmo, cuando sus dedos rozan los inconfundibles contornos triangulares de un hilo dental que baja metiéndose entre unas nalgas de chico guapo y puto. Y los dedos sobre la mínima franja de tela le roban el poco sentido común que aún le quedaban.

CONTINUARÁ…

Julio César.

NOTA: Bien, eliminé la parte de la fiesta donde “lucha” Nolan. Y todavía me quedó largo, lo hice porque había mucho bla bla bla y sé que no les interesa mucho, así que quise salir de toda esa parte. Ya queda poco para terminar.

SERVIR Y OBEDECER… 5

junio 7, 2015

SERVIR Y OBEDECER                         … 4

   La siguiente historia NO ES MIA.

SERVE AND OBEY

By: lexicodecy

MARINE HOT

   Mientras más se resiste, mejor.

……

   Agotado, Eddy Morales abre los ojos, había estado soñando o recordando ese momento tan traumático y terrible. Con la conciencia le llega nuevamente el dolor por la incómoda posición y por su abdomen lleno de líquidos. Intentando evaluar su situación mira en todas direcciones, la otra puerta está cerrada. No oye nada. Va volviéndose al otro lado cuando dos manos caen en sus axilas y comienzan nuevamente las cosquillas, grita de frustración y dolor, mientras ríe y lloriquea.

   -¡Silencio, perra! –le oye rugir bajito, y le obedece inmediatamente, respirando pesadamente.- Así está mejor… -se oye satisfecho, la mano que le palmea una nalga es aprobadora, cosa que le eriza la piel de rechazo.- Ahora vamos a probar cómo sigue tu coño… -agrega, la mano rodando, entrando en su raja, medio golpeando sobre el tapón en su culo.

   Y Eddy se agita, su frente se arruga. Quiere gritar, negarse, oponerse… pero tiene miedo.  Y el otro lo sabe, por eso sonríe perverso, golpeando nuevamente contra la base del tapón, fuerte. Lo que provoca un eco muy molesto dentro del chico. obviamente ese sujeto sabía cómo lastimar, reconoce. Y la idea era aterradora, estando como estaba. Aprieta los dientes sobre la mordaza y su frente se frunce. Le está quitando el juguetito con el cual le tapona y es incómodo. Pero no tanto como cuando lo retira y de su culo sale aquel chorro del enema. Expulsarlo, sentirle libre de él, vacío, casi le duele ahora. Bañado otra vez en sudor cae sobre el mesón. Pero pronto se tensa cuando algo de agua templada, como la aplicada con una jarra, le moja la raja y unos dedos le enjabonan.

   -Quieto, no vaya a cortarte las bolas. –le oye decir mientras le acaricia un glúteo con el frío canto de una navaja.

   Helado, Eddy contiene la respiración, ojos muy abiertos, mientras le afeitan la raja del culo y se lo lavan. La cosa era… sencillamente atroz por lo humillante. Tiene que luchar contra las ganas de hacer fuerza y liberarse para escapar de allí; aunque sabe que es inútil. Y que podrían cortarle las bolas por “accidente”.

   -Bien, esto tendrá que servir por ahora. –escucha nuevamente al sujeto, antes de agacharse tras sus nalgas, soplándole la mojada entrada.

   El culo recién afeitado tiembla y se cierra a cal y canto. La risa del otro, baja y roncas, le irrita y asusta. Siente su aliento caliente bañándole otra vez, y… un calor distinto. Casi salta cuando ese tipo pega la nariz de su culo, frotándolo lentamente, luego subiéndola, pegándole los labios. ¡Ese tipo estaba acariciándole el culo con la cara! Y la idea le parecía repugnante, debía… Tiembla. Quiere gritar. Resistirse. Pero teme el castigo. Todavía le asusta lo que escuchaba que le sucedía al sujeto en la otra habitación. Le horrorizaba… no quiere ni pensar en eso, pero le asustaba llegar, de alguna manera que ni podía imaginar, a desear ser tratado igual. Su cuerpo lucha por resistir, su mente le grita que tenga cautela, aún cuando unos pulgares, cerca de su entrada, halan y le abren un poco.

   Los ojos de Eddy se llenan de lágrimas, de rabia, de impotencia, de frustración al saber que ese tipo estaba haciéndole eso, tocándole así, jugando con su culo. Este, abierto, recibe a unos labios entreabiertos que lo cubren. Y la caricia le parece tan sucia y degradante que quiere patearle, hasta que la lengua se abre paso, poco a poco, la siente adentro y se tensa, los pies afincados dentro de las botas, sus manos en puños, los dientes apretados otra vez. La sensación de la húmeda, tibia y reptante lengua contra sus entrañas le calentó de una manera intensa. No sabe lo que ocurre, pero siente que su culo, su interior, se llena de calor y de ansiedad… ¡Quería que la lengua entrara y le calmara! No, lo necesitaba. No es que lo quería, rectifica con una rabia profunda, gruñendo otra vez, incapaz de contenerse. ¡Era un hombre, carajo! ¡Eso estaba muy mal!

   Tras él, lentamente, Jim Preston aparta el rostro, la lengua afuera todavía, mirando el ensalivado agujero. Vaya, un batallador…

   -¿Seguro? ¿No quieres nada? –le reta. Eddy gruñe su disgusto, medio volviendo el rostro.- ¿Ni esto?

   Con rapidez, dos dedos se apoyan en la cerrada entrada, aunque algo menos estrecha por el juguete sexual que le sirvió de tapón. Los dos dedos blanco rojizos van forzándole, tensándole y penetrando. Desaparecen, luchando y venciendo la resistencia del joven de piel canela clara, clavándoselos. El dolor se siente terrible, piensa Eddy, quien una vez, sin agua, comiendo galletas en un apartado punto fronterizo, sufrió un malestar estomacal que le dejó estítico, lastimándole horriblemente, cuando iba a evacuar, esas pelotas duras que parecían no poder salir sin romperle. Esos dedos que forzan los pliegues de su anillo, desapareciendo entre ellos, le producían un malestar similar.

   Los dedos parecen no tener fin en su metida, pero el puño choca de su entrada, y es cuando el hombre comienza a tijerear con ellos, forzando aún más su entrada, de manera ruda. Doliéndole. Pero además, los dedos… Eddy se estremece, frío, lleno de rabia. Odiaba saber y sentir que los dedos de otro hombre estaban metidos en su culo, le frustra no poder defender su hombría, y le molestaba, por encima de todas las cosas, las sensaciones gratas que el roce de esos dedos provocaba en su recto que parecía irritado.

   Sonriendo, con la boca ligeramente abierta, Jim saca sus dedos, halándole los pliegues, rozándole, y vuelve a meterlos. Van y vienen, frotándole, y Eddy casi jadea, su cuerpo ardiendo ahora. Ese picor en su culo era desesperante, ese roce parecía calmar, pero sólo un segundo, en seguida regresaba.

   -¿Lo sientes? ¿El placer y la excitación de mis dedos en tu culo? No a todos los hombres les ocurre. Eres tú respondiendo al tratamiento. La verdad es que quieres. Te gusta la idea de ser tratado así. Te molesta, te angustia, pero sabes que tu cuerpo lo desea. –Jim le informa mientras se pone de pie, tendiéndose sobre su rostro, los dedos no abandonando su culo.- Cuando termine el tratamiento, estarás gritando mi nombre con placer cuando te corras montado sobre mi verga, bien clavada en tu coño caliente de puto. -le saca los dedos.  Eddy se sorprende de verse libre, también de su entrada agitándose. Eso le produce un rubor feroz al oír la risita.- Si, los necesitas clavados en tu culo, hay hombres que no merecen ni llamarse tales, que desean vivir con los dedos de un macho metidos en sus culos las veinticuatro horas del día. Eres de eso. Imagina lo mucho que disfrutarás cuando te sientes sobre mi regazo, probando la primera verga de las muchas que se meterán en tu culo de ahora en adelante. Sé que piensas que no ocurrirá, que resistirás. Que me vencerás. Lo mismo pensaba el puto en el otro cuarto y ahora vive llorándome para que vaya a cogerle. –se aparta y le encara, comenzando a desatar sus muñecas.- Voy a soltarte, necesita bañarte. Pórtate bien o lo lamentarás.

   Con la mente confusa como la tiene, el joven cree ver llegada una oportunidad. Le duelen los hombros cuando finalmente puede mover los brazos, pero está débil y no puede evitar que ese tipo le una las esposas a las espaldas. Va atrás y le quita el pequeño cinturón con el tapón, luego le libera las botas de las argollas del piso. Al joven le cuesta enderezarse, pero lo hace intentando alejarse de las manos del sujeto, quien parecía querer servirle de apoyo, y que le mira serenamente.

   -Quédate aquí. –le ordena, dirigiéndose a la puerta donde, aparentemente, tenía encerrado a otro sujeto.

   La adrenalina sube como la espuma de la cerveza por las venas de Eddy Morales cuando le ve desaparecer por ahí, mirando luego hacia las escaleras. Con pasos inseguros, las piernas le temblaban por la posición que estuvo obligado a sostener, medio corre. Su corazón late locamente, sabe que se arriesga pero tiene que hacerlo, escapar de toda esa maldita locura. Buscar ayuda. Soltarse y… le matará. Ya lo tiene decidido. Vengaría tanta injuria con su vida. Oye un corto silbido pero no se detiene, no hasta que bajando los escalones, con pasos inseguros por la superficie, pero con determinación, bajan tres enormes pastores alemanes, ladrando, todo dientes, todo ojos mala leche. El miedo le enfría la sangre y el cuerpo. Aterrorizado ve esas muecas de rabia, escucha esos ladridos de peligro. Y se le arrojan encima.

   Tras la mordaza grita aterrorizado, obligándose a volverse, luchando contra el miedo y la debilidad de sus piernas. Corre dentro de la habitación hacia la parte más lejana de la puerta, gritando amordazado, mientras los tres animales prácticamente le están mordiendo el culo ya. Le despedazarían, sus colmillo se clavarían desgarrándole, y no podía defenderé, no como estaba, al menos. Se deja caer contra una esquina e intenta patearlos, pero dos de los animales atrapan las puntas de sus botas, con fuerza, inmovilizándole cuando ya otro se le lanza al cuello. Grita y grita, llorando ya para ese momento. La orina escapa de su vejiga, tras la mordaza el vomito casi le ahoga. Hay otro silbido. Los perros dejan las botas, los tres le bañan con sus salivas mientras le gruñen y ladran feamente. Eddy se encoge sobre sí, muerto de miedo, débil. Indefenso. Los animales olisquean entre sus piernas, la orina, uno pega el morro de su sudado hombro y parece lamer. Todos le olfatean y gruñen feo. Y no le extraña ver aparecer a ese tipo tras los animales, los cuales, en verdad, no le han tocado.

   -La próxima vez que lo intentes y te atrapen, tus bolas y tu verga desaparecerán en sus hocicos. Sangrarás a morir, mientras te mordisquean en lugares sumamente dolorosos pero no mortales. Te llevará sus buenos treinta minutos. Si, por alguna casualidad, lograras salir de este cuarto o de la casa, te rastrearán, tienen tu olor clavados en sus cerebros. Te encontrarán y te morderán, luego te arrastraran aquí para que te vea morir. –le informa, brazos cruzados, alto, guapo, terrible.- Esta es tu vida ahora, cholo. Eres mi esclavo. Y mientras más pronto lo entiendas será mejor para ti. –le da la espalda, los perros gruñen quedo, mirando a Eddy al rostro. Sin moverse.

   ¡Le iba a dejar allí, así, con los perros rodeándole! Aterrorizado bufa, quedo, no queriendo alterarles. Sus miradas se encuentran. Lo odia, pero ya no puede controlarse. Le suplica con los ojos. El otro sonríe, le gusta cuando ruegan, cuando reconocen su debilidad, que no son nada, tan sólo juguetes a ser usados por él; cuando admiten su poder sobre ellos. El chicano iba bien encaminado.

   -Disfruta la compañía… perra.

   Sale, dejándole aterrorizado, desesperado. Todavía gimotea, alzando el tono, pero los gruñidos silentes de los animales le erizan la piel, congelándole.

……

   La noche cae, calurosa, todo se ve a oscuras más allá de los perímetros de la cerca de la propiedad Preston. El cielo es inmenso, estrellado, sin luna en esos momentos. A lo lejos gruñe un animal, tal vez un coyote. La carretera secundaria parece una boca de lobos. Impera un aire de distancia, aislamiento. Soledad. Muy a propósito para los horrores que aquel apuesto sureño racista había montado.

   El hombre, recién duchado, su cabello corto peinado hacia atrás, se prepara un buen pedazo de carne a la plancha. El humo, el olor, es delicioso. Sangra un poco sobre el budare. Bebe una cerveza mientras escucha algo de country. Un corto bip le llama la atención. Se vuelve hacia el mesón, donde descansa, abierta, su laptop. Un mensaje. Deja caer la carne sobre un plato grande, se sirve una buena porción de puré de papas, y con tenedor y un filoso cuchillo, se detiene frente a la laptop. Sonríe. Un mensaje archivo de la señora Rice. Imagina qué. Era delicado ese tipo de correos, pero la mujer sabía las precauciones que debía tomar. Sabía, igualmente, que con gente como él no se jugaba. Era peligroso. Y nadie como ella estaba consciente del hecho.

   Corta un buen trozo de carne, aunque marrón-dorada por encima, la roja naturaleza se deja ver dentro. Se lo lleva a los labios mientras abre el archivo. Muerde y algo de sangre escurre de su boca, una que atrapa con la lengua y el dorso de la mano. Se carga un video. Sonríe cruel. Era Jazmina, la princesa. Así le bautizó. La escena, de mala calidad, se centra sobre un mesón corto, donde está, en precario equilibrio, una creación suya. Tres meses antes, dirigida por uno de sus contactos, la señora Rice le habló de un tal Saleen, un joven de ascendencia hindú que pretendía a su hija, conociéndose ambos en la universidad. A ella no le agradaba ese chico bajito, delgado, piel canela intensa, ojos grandes y oscuros, amables. Pero la niña estaba encaprichada, él también, hasta fue desafiante para con su “suegra”; hasta de boda se habló, así como de cambio de religión por parte de ella. La señora Rice quería que el joven desapareciera, pero no que muriera. Deseaba que ese atrevido que le desafió, lamentara cada día de su vida haberse metido con su familia. La gente indicada atrapó al joven, apenas dieciocho años, y se lo llevaron. Él le sometió al tratamiento especial, lo que ella deseaba, aunque no era mucho de su gusto. Ahora, allí, estaba Jazmina…

   Era casi imposible reconocerle después de las cirugías que alargaron un tanto su rostro, aligerando la mandíbula, viéndose femenina, así como por su cintura más estrecha. Viste un traje de porrista abierto, sus tetas, color canela, grandes para una “chica” de dieciocho, son apretadas por dos enormes manos blancas, mientras su boquita es atacada una y otra vez por un güevo inmenso del mismo color. Le oye gemir con la boca llena, labios pintados, la larga melena casi llegándole a las nalgas sobre la espalda. La faldita está recogida sobre su baja espalda, sus nalgas redondas, sin marcas de bronceado, se ven totalmente porque una diminuta pantaleta tipo tanga, amarilla intensa, descansa casi sobre sus rodillas. Su culo, que sabe depilado, es abierto una y otra vez por otro monstruoso güevo blanco rojizo, que le embiste con furia, casi viéndose demasiado grande para ese agujerito, o para ese chico-chica en especial. El pene del muchacho, que emerge de unos muy recordados pelos púbicos, cuelga flácido, pequeño. Casi nada. Ya nunca más tendría una erección en su vida. Era un eunuco. Ahora su órgano sexual principal, el que le daría gusto, era su culo. O su coño, tratándose de “ella”. Esa fue la venganza de esa mujer. Le ve casi en cuatro patas sobre ese mesón, sosteniéndose con las manos del borde para no caer derribado por las embestidas, siendo atacado por las dos vergas titánicas que llenan su boca y su culo; de sus ojos salen lágrimas, su mirada se ve perdida, de su boca muy ocupada escapan jadeos y gemidos ahogados, imposible saber si de gusto o no.

   Pero que terminará siendo su vida. Si seguían el régimen que les indicó, fuera de las inyecciones de hormonas, y de enemas con ketamina, esos hombres debían correrse todos en su culo, sólo en su culo, o coño, y taponarlo para que el semen no saliera.

   Mirando la escena, erecto bajo su pantalón, Jim Preston termina su carne, toma su cerveza, complacido, contento. Ese chico no debió nunca acercarse a una mimada niña blanca. Ahora sería una putita el resto de su vida. Conseguida su venganza, la señora Rice se lo devolvería. Ya lo tenía negociado en un burdel de la frontera, donde el chico satisfacería a cientos, tal vez miles de hombres ruines, violentos y viciosos. De esos que pagaban con dosis de cocaína, para controlar. Pronto sería un despojo, una puta andrajosa que para pagarse las drogas deberá recorrer las calles vendiéndose muy barata.

   La idea le hace sonreír mientras le ve estremecido por esas dos vergas que le cogen al unísono, los enormes sujetos gozan forzándole, sometiéndole, controlándole como lo hacen, provocándole más llanto y roncos gemidos. Si, parecían de placer.

……

   Tiene fiebre, se dice Eddy Morales, en medio de la noche, del lugar oscuro y de repente muy frío. Rodeado de esos perros que se tendieron casi sobre él. Los pelajes, el calor, le hizo buscarles. Casi se abrazaba con los animales, o lo que podía hacer al estar sujeto a sus espaldas. Los pastores alemanes parecen dormidos, a pesar de sus respiraciones agitadas y sus movimientos nerviosos. Se separa de ellos, mirándoles. Volviendo los ojos hacia las escaleras. Un ruido, tal vez de un televisor, le llega. Ese lugar estaba sin llave. Ese sujeto pensó que no era necesario, que sus perros bastarían para retenerle. Que le tenía sujeto por el miedo. Con cuidado se pone de pie, moviéndose increíblemente lento se aleja de los dormidos animales.

   Apenas se aleja media docena de pasos cuando estos alzan las cabezas, ojos brillantes en la oscuridad. Echa a correr, cuidando sus pasos en la oscuridad; los ladridos le llegan primero, los perros, saltándole encima, derribándole de panza, quedando totalmente indefenso, poco después. Grita y aúlla, intenta luchar, con un pie golpea a uno, el bramido de rabia que este lanza enfurece a los otros, unos dientes se cierran sobre sus músculos del brazo, por encima de la muñeca derecha. Era el primero en morder, en clavarle los colmillos. Y grita aterrorizado.

CONTINÚA…

Julio César.

NOTA: ¿Es o no es todo un maldito?

NOTA 2: Ese carajo de la imagen me recuerda a alguien.

EL SUEGRO LO ENVICIA… 44

junio 3, 2015

…LO ENVICIA                         … 43

   Este relato me lo envía por correo un conocido de la casa, LeRoy, y es bueno, aunque es una mala traducción que me tomará tiempo medio hilar. Este relato que NO ES MÍO, lo llevo más bien como una pequeña adaptación. Que el autor no se moleste, por favor. Bien, la trama: un chico muy joven sueña con ser físico culturista y se casa con la hija de un ex culturista, el cual termina convirtiéndole en el juguete sexual de todos los hombres. Disfrútenlo.

……

Título: Muscle Pussy

De: hgenyc9261@gmail.com

SEXY THONG GAY

   Sólo vive para una cosa…

……

   -Joder… -le parece escuchar sorpresa y aprobación en una voz, y abre sus hermosos, aunque empañados, ojos claros, mirando al resto de esos fornidos atletas de color rodeándole, todos de pie, sus güevos totalmente erectos y goteando sus jugos.

   Con una mano sobre su espalda, Mike le obliga a inclinarse hacia adelante, comenzando él mismo el saca y mete, cogiéndole duro, saltando sobre el mueble, provocándole al rubio una nueva andanada de gritos, gemidos y jadeos. Y mientras le jodía, el resto de los hombres salieron de sus pantalonetas, sus gordas vergas listas para intervenir y gozar. Y la idea hizo que el culo del muchacho se contrajera con un espasmo que casi hizo gritar a Mike de puro placer. Los cachetes se le pusieron muy rojos imaginándose la escena, porque todo estaba listo para el gang bang. Estaba a punto de ser cogido por una pandilla de musculosos tíos negros, con los güevos más grandes que ha visto nunca. Todos deseando clavárseles en las entrañas, perforar su liso y blanco capullo. Eso le hizo delirar, y cuando vuelve a caer sobre el regazo de Mike, sufre uno de esos curiosos clímax de culo, una sensación poderosa que le eriza y caliente mientras le atraviesan oleadas de placer orgásmico, sus entrañas mojadas e hirvientes apretando y succionando en todo momento el increíble falo que le llena, latiéndole y empapándole internamente aún más.

   -Dios, no sé que fue eso, pero… -Mike exclama, acalorado, recibiéndole cuando el chico rubio parece casi desmayado de placer, cubriéndole con sus enormes manos negras los lisos pectorales, atrapando entre sus índices y pulgares lo erectos pezones largos, apretándolos como si fueran las sensibles aureolas de una nena, consiguiendo que el chico se estremeciera más, de puro placer.

   -Mierda, vean eso… -exclama Bill, voz pastosa, mirándole la cara al chico rubio mientras su culo es totalmente llenado de verga y sus pezones pellizcados, arqueándose y emitiendo desfallecidos gemidos de gozo.- Joder Bobby, tendrás un cuerpo poderoso, fornido y musculoso, pero todos sabemos lo que eres, amigo, un putito de los gym, tienes un coño de culturista. No eres más que un jodido maricón, ¿verdad?

   Esperan que conteste, pero mareado, Bobby no responde. ¿Era un marica? Podría pensarse que sí, pero…

   -¿Lo eres o no? –le interroga Mike, apretando más sus pezones, no lastimándole, sino frotándolos con las yemas de sus dedos, al tiempo que se agita sobre el mueble, moviéndole la verga en el culo de manera increíble. Y el chico lanza un largo gemido.

   -Yo… yo… si… -medio responde con un prolongado grito de lujuria cuando esos dedos frotan más intensamente sus pezones, teniéndole erizado de pies a cabeza.

   Pero no era lo que Bill y los chicos querían escuchar. Deseaban que se confesara la reina puta del lugar. Que era un marica y los deseaba a todos. Algo que siempre excitaba a otros hombres.

   -Si… si… soy un marica, un gran marica… -gime el atleta rubio.- Soy un enorme culturista, musculoso, pero de coño afeitado y hambriento muy deseoso de machos. Me arde de ganas porque metan sus vergas en él, disparando sus espermas para calmármelo. ¿Es lo que querían escuchar? –les encara, brillante de sudor, rojo de mejillas, hombros y torso, mientras sube y baja su culo sobre el negro güevo. Al oírles reír, roncos y bajo, sabe que era precisamente eso lo que esperaban.

   -Mierda, amiguito… -Kurt jadea a su lado.- Verte y escucharte es jodidamente caliente. Eres toda una puta caliente, la nena de los gimnasios y los atletas.

   -Okay, amigo, quiero ese coño caliente sobre mi verga. –gruñe Dion. Bobby, todavía saltando sobre la verga que le penetra, mira al astro, sentado en otro sofá, muy abierto de piernas, con ese enorme tronco de árbol que tiene por verga, llamándole con los dedos.

   Las risas le acompañan, pero no puede evitarlo. Mirando aquella increíble pieza masculina, Bobby, como en trance, se pone de pie. Los labios de su culo bajan, abrazando la negra verga que deja atrás. Mirándole acariciarse el instrumento, el puño apenas conteniéndolo, el rubio se le monta a hojarascas, dejando que los ojos del hombre caigan sobre sus pectorales pronunciados. Las negras manos atrapan sus redondas nalgas que van abriéndose al tiempo que de propia mano, muy blanca, aparta la tira del hilo dental empegostado de semen. Los claros ojos del chico bajan, mirando sobre su hombro, ve como la negra cabeza se acerca a su trasero pálido, y tembló al sentirla, gruesa, contra su entrada. Los dos tragan saliva, y medio apretando los dientes, el culturista va descendiendo, forzándose, metiéndosela muy lentamente.

   -Mierda, va a intentar meterse toda esa vaina por el culo –jadea uno.

   El chico no está para pensar, es consciente de cómo los labios de su culo se agitan sobre el ojete de aquel glande, se abren contra la esponjosa cabeza, que atrapa, cubre. Que toma. Apretando los dientes con furia, gimiendo, el chico va descendiendo, tragándose con su culo vicioso el enorme instrumento, centímetro a centímetro. Le parecía que ese pene no se terminaba jamás, entra y entra, dilatándole las paredes del recto, llenándolas, pulsando contra ellas, estimulándole. Pero finalmente, mientras jadea con esfuerzo, sus redondas nalgas pegan del pubis masculino. ¡Estaba tan lleno de macho!, jadeó ahogado, algo mareado por todas las sensaciones que despertaba en sí la verga del hombre, teniéndola bien clavada. Casi sin fuerzas se sostiene de los anchos y musculosos hombros. Las manos en sus nalgas le suben, un tanto, el negro tolete abandona un poco de su blanco estuche, para luego dejarle caer, ese agujero hambriento tomándolo otra vez. Las manos le llevan y traen lentamente, una y otra vez. Cogiéndole.

   -¿Te gusta, Bobby? ¿Te gusta sentir mi enorme güevo negro en tu dulce coño blanco? –le pregunta Dion, casi rostro contra rostro. El chico sólo gime, agonizando de gusto, la barra pulsante casi volviéndole loco.- Si, bebé, te gusta. Pero creo que es más que eso, ahora pareces… -el hombre no tiene palabras, no sabe cómo expresar que el chico brilla, que sus ojos resplandecen, que su cuerpo es más vistoso mientras sube y baja un poco sobre un grueso güevo negro. Tenerlo así, clavado, obviamente despertaba sensaciones muy suyas de placer. Eso le hace sonreír.- Ahora es tu turno, bebé, trabájamelo. Quiero que con tu dulce coño ordeñes mi verga grande. –mirándole, enrojecido y transpirado, el culturista sonríe, afincándose sobre esos muslos musculosos, llevando sus caderas de adelante atrás a buen ritmo, su culo tomándolo y soltándole, apretándole, sobándole, chupándosela con fuerza.

   -Joder… -jadea alguien, pero ni Bobby ni Dion escuchan.

   -Oh, sí, nena, cabalga sobre tu potro, apriétalo, ordéñalo. Golazo. –ruge Dion, ahogado, boca muy abierta. Lo siente, la increíble sensación de ese agujero apretándole cuando sube y baja.- Mierda, que rico lo haces; creo que te convertiré en mi chica de los fines de semana. Cuando mi novia esté de viaje vendré y llenaré tu dulce coño rosa con mi verga. Quiero ir al gimnasio, esforzarme mucho en mis rutinas, y llegarme a las duchas encontrarte vistiendo una pantaletas sexy como esta, y tomarte, llenarte, hacerte gritar frente a todos. ¿Te gustaría, Bobby? ¿Te gustaría eso?

   Tal vez era por su voz, o por el güevo que pulsaba violentamente en sus entrañas, llenándolas, enloqueciéndole de calenturas, así que el chico únicamente se limita a asentir, moviendo sus nalgas redondas y firmes de lado a lado, ordeñando más de esa tranca negra y fibrosa clavada entre ellas. Ir y venir, rozándose sus entrañas de la fibrosa mole, tienen al joven muy consciente de sí, de eso que tanto placer le produce y que le tiene prácticamente babeando.

   -Joder, sigue haciendo eso, Bobby. –gruñe Dion.- Muévelo, chico, mueve tu coño caliente sobre mi verga dura. Oh, mierda, voy a correrme, voy a lanzar litros de semen en tu coño, bebé. ¿Estás preparado? ¡Tómala! ¡TOMA TODA MI LECHE!

   Los dedos negros se clavan en las turgente y jóvenes nalgas rojizas, fijándole contra su barra. El joven la siente, como se pone más dura y caliente, como pulsa de manera intensa, como estalla en abundantes disparos de semen hirviente que va llenando su recto. Sentir ese tolete estremecido y caliente, latiéndole allí, estimulándole la próstata con sus trallazos, logran que el chico tiemble más. Los disparos se sucedían, los dos hombres prácticamente abrazados.

   Las negras manos van alzando al rubio culturista, poco a poco, y centímetro a centímetro la oscura mole sale de su rojizo culo mojado. El hercúleo atleta se pone de pie, cargando con el musculoso rubio, la negra verga todavía goteando, aunque no tanto como ese culo que ya había sido llenado antes.

   -Maldita sea, Dion, dejaste preñada a la perra. Y bien abierta.- ruge Mike.- Regrésamelo que todavía no le he depositado mi esperma.

   En brazos de Dion, que le lleva, Bobby suelta sus hombros y va bajando, su culo temblando, el semen manando, la lisa cabeza del otro frotándose de su entrada. Y mientras Dion le deja sobre el regazo de su amigo, la verga de este va desapareciendo dentro del culo enlechado, y travieso, de Bobby.

   El culturista echa la cabeza hacia atrás, su torso agitado, notando como la pieza masculina va penetrándole, ocupando su lugar dentro del culo de un chico que las ama, como siempre ocurre cuando un hombre de verdead decide tomar a un sumiso, siendo facilitado el proceso por todas las leches que ya tiene allí. El anillo cae casi sobre el regazo del hombre, está totalmente clavado en aquella verga dura, y aprieta sus pliegues. Comienza a subir y bajar.

   -Santa mierda, ¿qué tan puto puede ser? No se sacia con nada.

   -Para él, los güevos son un vicio. –ríe Bill, ignorando la gran verdad que se ocultaba tras las frases, no sabiendo que su suegro, al conocerle, supo de esa debilidad y la explotó, haciéndole adicto a los toletes masculinos. Parándose frente al rubio que gime, sonríe travieso.- Los güevos le gustan de todas las maneras.

   Y para probarlo, se toma la gruesa y larga verga apuntando hacia el rostro del muchacho, quien le mira, luego esa punta babeante de masculinidad erecta se frota de los entreabiertos labios rojizos y húmedos de lujuria, untándolos con sus líquidos. Una enorme mano tras su nuca, hala débilmente al rubio, cosa que era casi innecesaria, porque el rostro de Bobby se acerca al tiempo que abre aún más los rojos labios, besando la punta, provocándoles escalofríos a todos ante semejante visión. Había algo en ver a un hombre mamándole el güevo a otro que a todos les parecía suciamente erótico. Y Bobby lo hace, abre la boca y como puede traga ese enorme pedazo de carne dura y oscura, recogiendo con su lengua los líquidos pre eyaculares que la cubrieron, ¡sabiéndole delicioso! Inconsciente de lo que hace, succiona, queriendo más de esos jugos.

   Todos ríen y jadean ante la escena del rubio y musculoso culturista blanco atendiendo a dos hombres negros, uno de ellos atrapándole las caderas mientras le agita sobre su regazo, al tiempo que ese chico sube y baja su culo vicioso sobre la verga, y sus labios rojos van cubriendo más y más de aquella verga enorme que le abulta las mejillas. El chico gorgojea en la gloria, así se siente al tener ese pulsante trozo de deliciosa carne bajándole por la garganta, resollándole en los pelos púbicos, mientras la sensación de la que llena sus entrañas, quemando, latiendo y mojando, le tienen prácticamente histérico de deseos. Esos dos güevos negros van y vienen, le trabajan, lo llenan, lo cogen, ¡dos güevos enormes!, y todavía quiere más.

   -Carajo, es tan caliente ver a este tío así. –gruñe Mike detrás del rubio que sube y baja de sus caderas.- Mira esa boquita bonita lamiendo y sorbiendo de ese güevo venoso. Debimos ponerle algo de lápiz labial. –ríe, elevando sus caderas, cogiéndole.- Chúpalo, perra. Comételo así, como te gusta. Vamos a dejarte mucha esperma en ambos extremos. ¿Estás conmigo, Bill? –la respiración de este se hacía más espesa mientras enterraba y sacaba su enorme tolete de la boca del chico blanco, anunciando que estaba a punto.

   -Si, amigo, vamos a hacerlo. Llenemos a la perra de semen. –el hombre le atrapa la nuca al rubio con sus dos manos, tirando de él hacia adelante, obligándole a separar mucho las mandíbulas y abrir la garganta para hacerle espacio a la enorme mole, casi ahogándole, teniéndole y fijándole prácticamente a su pubis, medio aplastándole la nariz, el miembro deformándole el esófago. Al mismo tiempo, Mike le atrapa la cintura con más fuerza, reteniéndole allí, quieto, clavado, su instrumento bien adentro en las entrañas del fogoso culturista.

   Y ambos hombres comienzan a correrse. Los disparos de leche golpeándole, hacen delirar a Bobby, y una lágrima solitaria escapa de uno de sus ojos mientras saborea el salino manjar que se le brinda a sus papilas gustativas, que llena su lengua, boca y corre por su garganta, cuando Bill retira un poco sus caderas, dejándole la punta de la verga en pleno centro. Y su culo… estremeciéndose todo, tensando sus muslos y nalgas, siente como sus entrañas son bañadas otra vez de poderosa y olorosa esperma masculina.

   Los dos sujetos siente el infinito placer de correrse, de alcanzar sus clímax, pero todavía les toca disfrutar las frenéticas chupada que aquella boca da sobre el tolete de uno, y la manera como ese culo, apretado, totalmente adherido a las pulsantes paredes del otro tolete, sube y baja un poco sobre el otro. El chico quería ordeñar hasta el último de los espermatozoides de los dos machos.

   Bill se aparta, jadeando todavía, Mike le indica que salga, y un tembloroso Bobby le obedece, su culo chorreando esperma lentamente por sus piernas. Y en cuanto alza la vista nota que todavía hay dos tipos, dos toletes, que aún no ha probado. McVay y Kurt habían tomado asiento, cada uno aferrándose su verga dura. Trancas que no eran tan gruesas como las de sus compañeros, detalle que hasta ellos notaban.

   -Joder, tíos, con sus vergas de caballos ya han extendido demasiado ese coño. –se queja Kurt.- Podían haber esperado por lo menos que nos diéramos un gusto antes.

   -Tal vez algo se pueda hacer. –le responde McVay, quien parece le ha dedicado tiempo al asunto.- Amigo, ¿no dijo Bill que este chico ya ha tomado dos vergas a un tiempo en su coño? ¡Vamos a hacerlo! –sonríe maravillado de su solución, poniéndose de pie, atrapando por un hombro al culturista.- Siéntate sobre sus piernas, hijo de puta. –le ordena.

   -¡Claro! –grazna Kurt, levantando su lanza de carne negra con una mano, dándole pie a que suba.

   Y Bobby ya sabía cómo. Con suma facilidad, dándole la espalda, baja sobre su regazo, gimiendo con la boca abierta cuando el nuevo glande ardiente choca de su dilatada entrada toda mojada, cubriéndolo, tragando ese nuevo tolete venoso. Sentirlo pulsar era un locura de lujuria. Es cuando el hombre le atrapa las rodillas, alzándole las piernas, haciéndole rodar sobre su güevo y este queda totalmente clavado, obligando a que la blanca espalda caiga totalmente sobre el negro torso. McVay, sonriendo, mirando al gimiente rubio, se mete entre las piernas, presionando la punta de su verga de esa rojiza entrada ocupada por un miembro que ya estaba siendo ordeñado. Y el toque con la amoratada verga de Kurt agrega el pequeño toque de perverso placer y excitación que hacía falta. Presionó y  el chico gimió.

   -Te gusta tanto, ¿verdad? –ríe McVay, empujando más.

   Finalmente el joven culo del musculoso culturista cede y la nueva verga se desliza en su interior, hacia arriba, lentamente, frotándose de las paredes de su recto, pero también de la pieza de Kurt, su compañero de equipo, quien se estremece a las espaldas del chico rubio. Juntas, las de por sí no tan cortas vergas, estiran ampliamente la entrada de ese culo y las entrañas del muchacho.

   Bobby gimió, babeando un poco sobre su mentón, sintiendo el roce de las dos vergas en su interior; al ir y venir contra su recto, quemaban, pulsaban de manera intensa. La sensación le producía un placer indescriptible, sentirse usado, llenado por esos dos hombres, estar en sándwich entre ellos, le hacía delirar de puro placer. Kurt, teniéndole atrapado por las rodillas, comienza a agitarle, llevándole de adelante atrás, intensificando el roce, el contacto, el placer. Todo le daba vueltas, y cuando McVay comenzó a cogerle con más fuerza, metiendo y sacando su tolete, gozando de su culo, pero seguramente también de lo suciamente prohibido que era rozar la verga de la de su amigo, para el joven culturista todo perdió sentido, tomaba aire a bocanadas por la boca, de la cual escapaban roncos gemidos, mientras su agujero y sus entrañas se tensaban, pulsaban y atrapaban. Por horrible que le pareciera reconocerlo, amaba tener esos dos güevos llenando su culo.

   Kurt le agita más, al tiempo que comienza un leve saca y mete levantando el culo del sofá, McVay intensifica sus embestidas, el rubio sus apretadas, y todo ello le tiene nadando en hormonas, unas que le bañan de manera estimulante, una sensación eufórica que no alcanzaba ni con la marihuana. Su cabeza rueda de aquí para allá, sin control, sin fuerzas, y cuando sus ojos caen sobre la entrada del cuarto, encuentra la mirada de su suegro, Ben, que ha regresado. Ha vuelto y le encuentra entre dos enormes machos negros que le clavan sus güevos de manera intensa en su afeitado culo de chico goloso. Los dos falos, uno al lado del otro, van y vienen, y allí se clava la mirada de su suegro, el papá de Alice, su esposa.

CONTINÚA … 45

Julio César.

NOTA: Un amigo de la casa, Apolo, logró encontrar la página original de donde viene esta historia, que notarán fue versionada. Gracias, amigos. Quien quiera saber de qué va o cómo termina, que vaya a: http://www.nifty.org/nifty/gay/incest/muscle-pussy/

DE AMOS Y ESCLAVOS… 20

mayo 29, 2015

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 19

SEXY EN SUSPESORIO

   Rendido a su destino.

……

   Momentos antes de ser prestado por su amo, por primera vez a sus amigos, Roberto Garantón gemía y se estremecía de manera totalmente entregada, de panza sobre las piernas de Hank Rommer, sus ojos cerrados, su boca abierta, el collar de perro alrededor de su cuello, su espalda ancha y recia estremeciéndose, agitándose los músculos bajo la piel oscura, su redondo culo, prominente, de nalgas firmes, casi se ve hasta la mitad, estando el muy ajustado y chico bóxer blanco algo bajo, no mucho, sólo sobre sus bolas que pegan del muslo del catire, pero si lo suficiente para que deje ver algo enterrado en su depilado agujero, un pequeño consolador tipo vibrador, encendido, estimulándole internamente, lanzándole descargas de placer en las paredes del recto, mientras una mano blanca y firme sube y baja, una y otra vez, azotándole de verdad, marcándole la piel, casi lastimándole, cosa que le obliga a revolverse, a contener griticos, atrapando y apretando el juguete en sus entrañas. Y al hacerlo, las vibraciones, y sus efectos, se intensifican.

   -¡Negro malo! ¡Negro malo! –le ruge el chico mientras le nalguea, con sonoras bofetadas, de una mejilla medio enrojecida a la otra.- ¿Quién te crees para resistirte, para oponerte a algo que te ordene? ¿Un hombre? No, eres un puto. ¡Un puto! –lo grita feamente, los ojos clavados en ese trasero firme, en ese consolador enterrado, oyéndole gemir.- ¡De rodillas! –gruñe feo.

   Mareado, tembloroso, jadeando, Roberto obedece, quedando de rodillas entre las piernas del chico en el sofá, con su bóxer algo bajo, el vibrador clavado, los ojos cayendo ávidamente sobre la gruesa silueta de la verga del muchacho bajo la tela del pantalón.

   -¿Tienes hambre, negro puto? –el tono es humillante y degradante, mientras le mira a los ojos, atrapándose en un puño el tolete. Roberto le mira agitado.

   -Si, amito.

   Con una sonrisa burlona, el joven la saca, le cuesta, disfrutando de las pupilas ávidas de Roberto, que se agitan como canicas siguiendo cada movimiento. La pieza blanca rojiza, gruesa y larga, se deja ver. La cabeza lisa, levemente húmeda, evidentemente habiendo disfrutado darle de nalgadas, escuchar sus gemidos, recibir sus súplicas. Y la suelta, la pieza, muy erecta, cae contra su plano abdomen.

   A Roberto la mente le queda en blanco, sus ojos están clavados sobre la hermosa pieza masculina, la verga erecta de su amito blanco. Así lo piensa sintiéndose sucio y caliente. La boca se le seca; la urgente necesidad de atraparla y chuparla le tiene mal. Lleva una mano.

   -Sin manos, en cuatro patas. Como una perra. –la orden es seca, burlona.

   -Si, amito… -jadea sintiéndose casi correrse. Las palabras, el trato, todo era tan excitante como la visión de la pieza masculina que pedía ser tragada. Tragada por una perra. Como él.

   Perdida toda noción de sí, tan sólo entregándose a su lujuria, esa que ese joven insolente e insoportable lograba despertar en él, Roberto se posiciona sobre manos y rodillas, acercando el rostro hacia el ansiado falo; el calor y el olor a macho le llegan, mareándole. Sus labios gruesos, semi cerrados, caen sobre la lisa cabeza, recorriéndola, besándola, y los dos hombres se estremecen. Amo y esclavo. Los suaves y gordos labios acarician, provocan cosquillas, inducen lujuria y dan placer, como ocurre siempre que los labios de otro hombre lo hacen. Enloquecido ya, Roberto cierra los ojos, no por vergüenza sino por una intensa lujuria y anticipación, y su boca se abre atrapando la cabeza rojiza, chupando de ella con ansiedad, con hambre. Los líquidos mojándole la lengua, una que luego pasa sobre ese nabo ardiente.

   -Comételo todo, negro puto. Aliméntate de güevo como lo que eres.

   Las palabras, el tono, ese ardiente trozo de carne sobre su lengua le tiene demasiado caliente. Lo traga, medio güevo, apretándolo con sus mejillas, rodeándolo con la lengua, y succiona mientras baja más y más. Traga dos tercios del gordo güevo blanco, sus gruesos labios muy abiertos, la lengua lamiendo, la garganta y las mejillas succionando. Y Hank sonríe, mirando a ese sujeto grande y negro, entregado, sumiso a sus pies. O sobre su verga.

   Sonriendo malvado, el catire echa la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos, disfrutando del innegable placer de recibir una buena mamada de güevo, una que es dada por otro hombre, uno a quien desprecia internamente, aunque sabe que puede utilizar. Como merece. Sus caderas comienzan a ir y venir, oyéndole gemir de gusto cuando se la mete hasta los pelos, la gruesa nariz cayendo sobre su pubis, resollándole, aspirando su olor a macho, mientras se la succiona con la garganta. La blanca pieza sale y entra, una y otra vez entre gorgojeos húmedos, brillante de saliva, más rojiza.

   Por su lado, Roberto se sentía en la gloria entre las piernas de su amo, con la dura y pulsante verga clavada hasta los pelos, dejándola allí, ni él mismo sabiendo cómo, y ordeñándosela con la garganta, la manzana de Adán subiendo y bajando frenéticamente, los labios gruesos reptando sin moverse un centímetro, y aspirando. Lucha por respirar, pero el aroma que encuentra entre esos recortados pero muy visibles pelos púbicos castaños claros, le tienen mal. Su culo, asomándose por encima del borde del bóxer, donde el clavado consolador le trabaja, se agita de placer y lujuria. Su esfínter se abre y cierra, apretando el juguete erótico, magnificando las poderosas oleadas de placer que le provocan.

   Es cuando hay un toque a la puerta, y aún perdido en la gloria del mamagüevo, Roberto se aparta, dejando salir la más enrojecida pieza del otro macho de su boca, llena de saliva y jugos espesos, mirando hacia la puerta donde esta comienza a abrirse. El bofetón le hace gemir y volver el rostro, para encontrar la mirada molesta de Hank.

   -¿Quién te dijo que podías dejar de mamar, negro de mierda? ¡Regresa a tu trabajo ahora! –la orden es brutal, denigrante porque sabe que alguien va a entrar y pillarle; pero todo eso hace que su culo se agite más sobre ese juguete que vibra, tragando de nuevo la rica pieza masculina, entregándose a lo que sea.

   -¡Mierda! –escucha una voz sorprendida y alegre, que ríe.- ¿Qué haces?

   -Alimentando a mi perro. –contesta indolente.

   -¡Joder, Hank, ¿no puedes vivir sin un negro a tus pies?! –oye otra voz, también masculina, igualmente insolente.

   -Ya saben lo que siempre digo… -Roberto le oye responder, mientras va tragando centímetro a centímetro del pulsante tolete, ojos cerrados.

   -Un negro que no está mamando un güevo es un negro desperdiciado. –corean las otras dos voces, que alteran y agitan a Roberto. Molestándole, y excitándole.

   -Siéntense y sáquenselas. Este puto es realmente caliente, y adora el sabor de los güevos blancos, pero todavía está en formación. –dice Hank, palmeándole duro la cabeza.- Déjame presentarte a mis amigos, negro. –le mira a los ojos, duro, cuando los gruesos labios dejan su verga, dando una última buena halada.- Así que en posición.

   -Si… amito. –jadea, las risas se oyen y queda de rodillas, labios rojos y mojados, el colar en su cuello, el vibrador en su culo, mirando a los otros dos sujetos, también sentados en el sofá. Vergas afuera. Avergonzado, profundamente humillado, y sin embargo…

   -Bien, puto… -le llama Hank, poniéndose de pie, la verga rojiza y mojada casi apuntándole a la cara, obligándole a tragar en seco, mirándola con ansiedad (pasó días negándosela como un tonto), ganándose nuevas carcajadas de los recién llegados.- Ya conoces a Toño… -señala a uno de los sujetos, un flaco desagradable a quien vio una vez saliendo del ascensor, haciendo chistes sobre negras. Su verga no era nada del otro mundo, blanca rojiza, pecosa, surcada de ramilletes azulados y rojos. Sin embargo, el glande, liso, le llamaba.- Y este es Max. –señala con el brazo a un veinteañero grueso, ancho de hombros y torso, cara algo redonda, pero ruda, de cabello negro, piel blanca pecosa, labios crueles, con una rala barba algo más clara cubriéndole la cara. Su verga es algo más larga que la del compañero, pero ninguna se comparaba a la del odioso amo.- ¡Saluda! –un manotón en su nuca le hace abandonar la tierra donde se miden güevos, parpadeando, algo avergonzado otra vez.

   -Mucho gusto. –croa.

   -Se ve educadito, ¿llevas tiempo domesticándole? –pregunta, con sus pequeños ojos algo cerrados por los parpados, Max. Había algo decididamente cruel en su persona.

   -Lo básico aún. Está apenas descubriendo cuánto disfruta entregar su voluntad, el placer de ser llevado, controlado. Eso sí, ama las vergas blancas. Si le dejara dormir aquí tendría que encadenarle o me la arranca a chupadas. –informa, reafirmando lo ya dicho, y ríen. Y Roberto se avergüenza más. Su propio güevo duro y mojando el bóxer que le contiene, mientras su culo era estimulado por el juguete sexual.

   -¿Te gustan, negro? –le pregunta directamente Toño, riendo. Había algo de ratón en su tono.

   -¡Responde! –le ordena Hank, con otro coscorrón.

   -Si… -otro manotazo, más fuerte.- Sí, señor. –y los recién llegados ríen más.

   -¿Quieres chupármelo? –le pregunta ahora, abriendo más las delgadas piernas, agarrándose la base del tolete y agitándolo, los ojos de Roberto clavados en él. De manera dolorosa eleva los ojos hacia Hank, quien algo lee en ellos.

   -Si quieres… -le permisa, y el joven hombre negro, tragando en seco, se vuelve hacia Toño.

   -Quiero chupárselo, señor. –se entrega, temblando de puro deseo, la sangre la sentía espesa y caliente. Las risas le responden, sólo eso. Y entiende su papel.- ¿Puedo chuparle el güevo, señor?

   -Por supuesto, negro muerto de hambre. –es la generosa respuesta.

   De haber podido, Roberto habría enrojecido hasta la raíz del cabello, aunque algo se le notó a pesar del color, cuando medio gateó y enterró el rostro entre las piernas abiertas del flaco y desagradable sujeto. Cuando los gruesos labios se abren otra vez, con cierta agitación y ansiedad ante la visión únicamente del blanco tolete, la voz del otro le distrajo.

   -Te encanta la leche, ¿verdad, negro de mierda? –le oye preguntar, insultante, provocándole una reacción súbita de rechazo.

   -Sí, señor. –oye las risas.

   -Bien, trágatelo y si lo haces bien podrás tomarte unos buenos buches. Sin manos, tus zarpas de gorila me desagradan.

   Los gruesos labios se abren y atrapan la rojiza cabeza, cubriéndola de besitos y lametones, algo que va descubriendo les gusta a todos. Y este no es la excepción. La lengua emerge de la boca, recorriendo, lengüeteando, antes de tragarla, pegando el rostro del abdomen del otro, atrapándolo. Y Roberto quiere morirse de vergüenza (aunque, curiosamente, no es una que le impida mamar), mientras otra vez cierra los ojos. Ese güevo es tan distinto al de su amo, es corto, menos grueso, tenía un sabor distinto, y sin embargo al sentirlo sobre su lengua, esta llenándose de su calor, pulsadas y jugos, perdió la cabeza. Bajó tragándolo todo, sorbiéndolo completo al pegar los labios del pubis, trabajándolo con su garganta, antes de comenzar a subir, imaginando la pálida carne de joder del otro macho, algo tan prohibido, emergiendo de sus propios labios, mientras lo lame con fuerza con la lengua y lo aprieta con sus mejillas. Sube casi hasta la cabecita y vuelve a tragarla, ronroneando ahogadamente, perdido en sus sensaciones. Pensó que…

   Creyó que lo ocurrido con Hank era un hecho extraño, insólito y único. Había encontrado a un carajo que lo trataba como la mierda, pero que le excitaba. Y esa parte era cierta, pero ahora mientras su boca va y viene sobre el güevo del otro, que jadea, respira pesado y le coge la boca subiendo y bajando sus caderas, sabe que le gusta chupar también ese tolete. Que le gusta mucho sentirlo en su boca, llenándola de masculinidad y sabor. De hombre. Se deja llevar y sorbe, aprieta, mama, su culo parece aún más estimulado por aquel vibrador, tal vez por la excitación que le recorría; como fuera, sus nalgas suben y bajan, sus pliegues anales se abren y cierran sobre el consolador, que parece ganar en intensidad en sus entrañas.

   -Ahhh… negro de mierda… sí, tú sí que sabes mamarle el güevo a un hombre. –oye a ese sujeto, voz ronca, gozándolo, pero todavía ofensivo.- Comete mis bolas.

   Perdido de lujuria, aunque lamentando de verdad dejar de mamar el güevo, la boca de Roberto, totalmente mojada, deja el tolete, con espesos hilillos de saliva colgando, antes de bajar y comenzar a lengüetear sobre las arrugadas bolas marrones rojizas. No tenía experiencia en ello, pero pronto se encontró soltándoles besitos, atrapándolas entre sus labios y chupándolas, en medio de las risas.

   -Qué puto. –dice Max.

   -No seas cruel, no puede evitarlo. –se sorprende un poco al oír a su amo defenderle.- Hay hombres que han nacido únicamente para mamarle los güevos a otros carajos, que desean ir por el mundo de rodillas, las bocas cayendo sobre el primer tolete que ven. Y este negro es uno de ellos… como casi todos los negros. Vamos, hijo de puta, haz lo que realmente quieres…

   Temblando de ganas, también de vergüenza al haber sido adivinado así, los gruesos labios dejan esas bolas y suben por la cara posterior del enrojecido y duro pene brillante de saliva. Porque lo que quiere es mamar güevo. Va quemándose con él, sintiendo la sangre arder dentro de las venas, es consciente de cada pulsada… y siente orgullo. Ese carajo estaba así, prácticamente a punto de estallar en llamas, por el trabajo que le hacía con la boca. Y eso le hizo aún más consiente de sí, estaba disfrutando de una manera sucia y erótica de encontrarse al servicio de otro hombre. Primero de su amo, ahora…

   -Lo estás sintiendo, ¿verdad? Como todo encaja en tu vida. –le sobresalta un poco la voz de Hank, medio agachado a su lado.- Aliméntate de vida, puto.

   Casi ronronea cuando atrapa otra vez ese güevo con sus labios, bajando, apretándolo, succionándolo, ignorando que se medio alza y lleva las manos a sus espaldas, en una posición aún más entregada, que le sale de manera totalmente natural.

   -Eso es, negro puto. –oye la voz de Hank, burlona, soberbia.- Saboréala así, sabes que te encanta. No sientas vergüenza de mostrarte como lo que eres, una basura mamona, una puta tragona. Déjalo salir y goza de tu vida. No es tu culpa, es tu naturaleza. Deseas entregarte, sentirte controlado, esto… -le atrapa la nuca y le empuja contra la verga, fuerte, casi ahogándole.- …Que te traten así, es lo que te hace sentir vivo. Quién sabe desde cuándo sufres esto, sin darte cuenta, mirando en la calle a un tipo joven y guapo, blanco, clavándole los ojos en la bragueta. Seguramente has deseado mamar güevo durante mucho tiempo pero te has resistido a tu verdad, llevando una existencia infeliz.

   Y mientras sigue sumergido en saborear la experiencia de mamar a otro hombre (que no es Hank, claro), Roberto siente las manos fuertes de su amo recorriendo su cuerpo, obligándole a caer otra vez en cuatro patas, bajándole desde los hombros hasta las caderas, por su espalda ancha y musculosa, brillante de transpiración, lentamente, erizándole. Cuando llegaron a sus nalgas, clavándose allí los dedos, casi parte el vibrador con la apretada que dio su culo.

   -Mira esto, Max. Un verdadero coño caliente. –saca el consolador y le ofrece al amigo, que se pone de pie, la verga dándole un bote, dirigiéndose a su trasero.

   -Si, y parece que es un coño urgido. –se ríe el hombre.

   Ni en un millón de años, Roberto habría esperado aquello. No de ese tipo. Mientras se traga el güevo de Toño hasta los pelos, siente las manos del otro abriéndole aún más las firmes nalgas, y enterrar el rostro entre ellas, lamiéndole la entrada misma del culo. Eso casi le hace gritar, babeando saliva copiosamente sobre el regazo del otro. Y el tipo sabía lo que hacía, piensa extraviado en sensaciones, porque pronto siente una lengua metiéndosele, tibia, reptante, babosa. Su culo parecía abrirse de manera total para que la pieza entrara, dentro y fuera, cogiéndole con ella mientras los labios cerrados alrededor del agujero chupaban de manera intensa.

   -Cómo te gustan los coño de las putas, Max. –oye a Hank reír.- ¿Te excita pensar en la cantidad de güevos que deben haber entrado? –bromea con él, como lo hacen los amigos. Los machos, los iguales. Él no lo era, lo intuye.- Haz que la perra negra grite de necesidad. –le oye, ofensivo.

   Y en verdad gime, tiene que hacerlo en cuanto esa lengua entra, reptante, rozándole, queriendo llegarle al estómago por el camino largo. La sensación era estimulante y desesperante. Estaba mamándose un güevo mientras otro tío le metía la lengua por el culo, uno que se abría y la recibía desesperado. Cuando la reptante lengua se retira, Roberto se tensa, un dedo se frota de su ensalivada entrada, metiéndose poco a poco. El blanco dedo, falange a falange va desapareciendo dentro de redondo botón de color. Una vez adentro se flexiona y agita, y Roberto tensa las nalgas, la espalda y deja salir nuevos gemidos.

   -Está caliente. –apunta Hank, sonriendo.

   -Y lo tiene apretado. Es un coño demasiado cerrado, ¿lo has probado? –pregunta Max.

   -Claro, y le encantó. Casi se mea de gusto. Y lleva rato con ese vibrador clavado. Es obvio que… necesita de nuestros tres güevos. ¿Qué dices, puto, las quieres todas llenando tu estrecho coño negro?

CONTINÚA … 21

Julio César.

SER O NO SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA… 34

mayo 26, 2015

SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA…                         … 33

   La siguiente es una historia que NO ES MÍA. Pertenece totalmente al señor capricornio1967. Tan sólo la reproduzco, tal vez cambiando una que otra coma, aunque la historia ya está por ahí, completa. Es un relato maldito en toda la regla, un hombre maduro decide tomar, controlar y dominar a su joven pupilo, transformándole en algo que no quiere, ni soñaba, aunque se resiste. Lo repito, es un cuento muy maldito. Disfrútenlo:

……

EL DILEMA

Autor: capricornio1967

Capítulo X “SIN SALIDA”

VELLUDO Y SEXY

   ¿No aman que todo le salga bien?

……

   Franco no le permite liberar su boca hasta que su verga ha terminado de vaciar la leche de sus grandes bolas en el maduro macho.

   -Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhh… -Luis lanza un respiro profundo, fuerte, que le llena de nuevo de aire los pulmones. Siente ganas de volver el estómago pero sin llegar a hacerlo; ha tomado su primera ración de leche masculina, ha mamando una verga, la verga de Franco, ha permitido que esa verga entre y eyacule en su boca y ahora sigue ahí desnudo, ardiendo, aun a expensas de los deseos del otro hombre. Su cuerpo esta bañado en sudor

   -Ya diste el primer paso, Luis. -le dice Franco en tono suave mientras se acerca a él, lo toma del brazo y lo hace levantarse. Este, sin oponer resistencia, se deja conducir, se levanta lentamente y deja que Franco lo conduzca hacia la recamara, ambos desnudos completamente, Luis con la cabeza gacha de vergüenza, la boca aun con el sabor a semen que no ha podido ser ocultado por los tragos de tequila que se tomo. Quizá sea necesario más tequila.

   El entrenador mañoso lo hace pararse al borde de la cama, se pone frente a él y empieza a lamerle los pezones. Luis siente el frio contacto de la saliva de Franco, de esa lengua enorme y voraz que saborea su atlético pecho detenidamente, mientras las manos del otro se dirigen hacia su miembro que está despertando, algo que él no puede controlar. Las manos de Franco, expertamente, empiezan frotarle las bolas, las enormes bolas, y el largo miembro, frotándolo fuertemente hasta que la rigidez aparece, mientras su boca succiona más los ahora duros pezones que sobresalen como botones del espectacular pecho masculino. Luis resiste, sin embargo, con sus manos trata de detener la fuerte fricción en su verga, como si así deseara que no se endureciera, que no se parara, que no demostrara placer, sin saber que el efecto del tequila dopado le provoca esa reacción.

   Franco estaba llevándole a donde quería, a que gimiera de placer mientras era tomado por un hombre. Y filmarlo para que todos lo vieran.

   El muy mañoso finge ignorar la leve presión de las manos de Luis en sus brazos para tratar de que la fricción termine; tan sólo continúa mientras su boca succiona cual recién nacido al alimentarse. Las fuertes succiones hacen arder y endurecer los sensibles pezones del otro, ¡como se parece Daniel a su padre!, pensó, hasta en las partes más sensibles de su cuerpo. Por eso Franco hace caso omiso de las leves muestras de resistencia de quien siente como pierde poco a poco el control de su cuerpo maduro y atlético, como sus pezones endurecen, su respiración se hace más superficial, su mente continúa embotada, como flotando, y su verga aceptando las caricias de Franco responde vigorosamente llenándose de sangre, aumentando varias veces su tamaño, lubricando abundantemente. La boca de Luis se frunce, aprieta los labios y las mandíbulas, trata de salir de ese remolino sin lograrlo, cada vez cae más y más, su cuerpo suda copiosamente y su respiración se vuelve más y más superficial. Cuando Franco siente que el cuerpo da Luis está en su punto de más excitación, donde sus reflejos sexuales son solo respuestas a estímulos, independientemente de dónde los recibe o de parte de quién, sabe que le tiene justo donde desea. Deja de frotarle el miembro duro y separa sus labios de los pezones, viendo como Luis su saliva escurre por el pecho del otro.

   -Toma más tequila, Luis, tienes que agarrar más valor para la parte final. Luego serás libre. -le sirve de nuevo un vaso y se lo ofrece.

   El hombre, viendo el vaso y sin poder evitarlo, como un autómata, solo lo toma y lo vacía en su boca de golpe nuevamente.

   -Ghhhh… -el tequila raspa la garganta al pasar por ella, pero Luis intenta que ese ardor arrastre los restos de semen que puedan haber quedado detenidos en su esófago, sin pensar, solo tratando de ahogar sus mente, de no pensar, de no sentir, solo lograr que Daniel no sea expulsado.

   -Abre las piernas para mí. -le ordena mientras lo hace voltearse para que sus extremidades inferiores se separen, marcándose más los muslos perfectamente trabajados por una vida de ejercicio, unas piernas perfectas unidas a unas nalgas espectaculares, duras y redondas, esa espalda estrecha en la cintura y amplísima a la altura de los hombros, unos hombros redondeados, perfectos, un cuello fuerte, duro y largo, un macho en la plenitud de la madurez emanando sensualidad y virilidad.

   Luis se deja guiar por Franco, permitiéndole que le acomode la distancia requerida en las piernas, luego le empuja la espalda para hacerlo inclinarse sobre la cama sin llegar a tocarla, haciendo que sus manos se apoyen en el borde, para que el apretadísimo culo del macho quede en lo alto, justo a la altura del babeante miembro del entrenador. Lo tiene ahí, empinado en la cama. Luis siente que la sangre se le agolpa en la cabeza mientras tiembla de imaginar lo que le espera, al sentir como las manos de Franco se posan en las curvaturas de sus nalgas y empieza a recorrerlas detenidamente friccionándolas fuertemente, acariciándolas de una forma ruda y burda, mientras pasa la punta de los dedos por sus bolas, apenas rozándolas en su parte cercana al culo, deslizando sus dedos por el perineo para mantener estimulada la verga, que con el efecto del tequila sigue manteniéndose durísima, sin que el hombre pueda entender qué es lo que pasa con su miembro que se endurece cada vez más ante las sensaciones que despiertan esos dedos sobre su escroto, sobre sus nalgas, que están firmes. Inconscientemente aprieta las nalgas tratando de ocultar su virginal culo, protegiéndolo con ese par de grandes y firmes nalgas. Más al sentir que los dedos de Franco merodean más y más cerca de su ano, su resguardado orificio que se ha mantenido libre de tocamientos, virginal al cien por ciento, ahora debe de obtener con eso, que Daniel pueda estar presente en las olimpiadas.

   El rostro de Luis se contrae al sentir como la punta del grueso dedo de Franco empieza a embarrar lubricante en su ano, siente lo fresco del gelatinoso líquido que prepara los pliegues anales para su penetración, para su dilatación, para su estreno. La punta de ese dedo índice hace círculos leves alrededor del culo, lubricando perfectamente el duro esfínter anal. El nerviosismo en Luis hace que él mismo apriete más las nalgas y el culo, sin saber que eso excita mas a Franco quien está ansioso de empezar a trabajar con ese culo que tiene a su merced.

   -¡Mhm! –se deja oír un gemido al sentir la leve presión que Franco ejerce con su dedo para tratar de abrir el culo de Luis. Primero con la punta del dedo para empezar a prepararle para la estocada final.

   El miembro del hombre es grueso, largo y gordo, así que el culo de Luis debe de dilatarse un poco para poder recibir al nuevo inquilino sexual que se hospedara en su culo por unos cuantos minutos mientras le descarga su leche en las entrañas. La presión aumenta así como el rictus de dolor y humillación en el varonil rostro. Mientras que el dedo presiona mas y mas, por abrirse paso entre esos pliegues, las fuertes piernas de Luis empiezan a temblar, al sentir que el dedo va ganando la batalla, poco a poco la presión es mayor y el padre del nadador no tiene más remedio que aceptar, que permitir, que facilitarle el paso al insistente intruso.

   -¡Hhm! –se oye ahora un gemido de placer de Franco al lograr que su dedo entre limpiamente, que atraviese el culo de Luis de golpe, entrando como un pequeño falo en las húmedas entrañas del adulto macho.

   -¡AHHHHHHHHGHHHHHHHH! -un grito de dolor de Luis al sentir como su culo se abre de golpe, llena la habitación; ese dedo entra totalmente en sus entrañas y se agita.- ¡Sácalo! Aghhhh, ¡sácalo!, mghmhhh… -gruñe sin poder moverse siente que sus piernas van a doblegarse, mientras Franco ignora sus súplicas.

   -Aguántate, cabrón. -le responde mientras empieza un mete y saca de su dedo para aflojar el culo más rápidamente.- Jejejejejeje… -la risa resuene en los oídos de Luis, quien no tiene más remedio que soportar el rudo trato a su virginal ano, que está resintiendo los embates de un cruel dedo que lo somete a sus dimensiones y lo prepara de forma ruda para su violación.

   -Mghmghhhh. –el hombre deja de pedir clemencia y aprieta sus labios para tratar de soportar más. A medida que el dedo de Franco entra y sale, su culo va poco a poco relajándose. Mientras el dedo lubrica perfectamente el interior de Luis, dejándolo ardiendo por la fuerte fricción, la otra mano de Franco pasa por le entrepierna del hombre, le agarra la verga y empieza a masturbarlo. Esa verga esta durísima; a pesar del dolor que siente aun su miembro se niega a perder la dureza, como si disfrutara que su culo fuera dedeado de esa forma.

   Para Franco, ver el dolor de Luis, la humillación y la vergüenza es más excitante de lo que había imaginado. Siempre pensó que lo disfrutaría mucho pero no hasta ese grado que hora experimenta. Sigue manipulándole la verga y llevando al dominado macho hasta los límites de la cordura, el raciocinio y la lógica, sin que se explique qué sucede, pensando que es efecto del tequila, pero ¿por qué su verga no se baja?

   El dedo de Franco sigue adentrándose mas y mas, cuando ve que el culo de Luis esta acostumbrándose a la presencia invasora, introduce un segundo dedo para dilatarle aún más el culo, manteniendo un rítmico vaivén con los dedos a la vez que mantiene la fricción en la verga, sin darle tiempo de reponerse, de resistirse, de pensar, de siquiera experimentar mas allá, solamente reduciéndolo a un culo, para ser usado y abusado, a una verga que no lo obedece y que demuestra sensaciones autómatas del resto de su cuerpo. La lubricación de la verga de Luis es abundante también, incluso la mano de Franco que lo está masturbando se impregna del espeso líquido seminal que escurre copiosamente mientras el dedo le abre el culo. Franco sabe que ese culo está listo para su inauguración sexual, que ya está preparado para su miembro, aunque sabe que las dimensiones de su verga son mayores a las de sus dedos. Quiere que al meterle la verga en el culo, el dolor de sentir un macho montándolo sea experimentado cabalmente por Luis. La dilatación anal de Luis permitirá el acceso pero las dimensiones del miembro de Franco le darán un nuevo tamaño a ese culo, un tamaño que ya le ha dado al culo de Daniel, aunque Luis ignora que su hijo ha tenido que pasar por lo mismo, presionado por el mismo chantaje de Franco.

   El entrenador saca sus dedos del dilatado culo. Para preparar la estocada final, suelta la verga de Luis, la que mantenía friccionada para mantenerlo en constante excitación, ve como automáticamente Luis cierra sus nalgas para proteger de nuevo su culo, para trata de que recobre su hermeticidad y pueda mostrar algo de resistencia ante la verga que le amenaza, algo de hombría y honor que aún le quedan, no darle el gusto de una acceso fácil y limpio.

   Franco se queda viendo ese perfecto culo, esas duras piernas, ese hombre empinado, con el culo ofreciéndoselo, una risa burlona se deja oír antes de descargar varias nalgadas con sus enormes manos

   ¡WACK! ¡WACK! ¡WACK!

   -¡AFLOJA EL CULO! -le ordena mientas asesta esos fuertes golpes en las duras nalgas de Luis, dejándole las marcas de las manos en ambas nalgas, y logrando que Luis libere un poco la tensión en ellas.

   Lentamente Franco se coloca en la posición correcta para dar la estocada final, coloca su verga justo a la entrada del culo y nota como Luis lo contrae en espera del ataque. Disfruta presionando la cabeza de su rígida verga en el virginal ano, presionando lentamente, disfrutando de la resistencia en el sometido macho, apretando mas y mas para abrir esos pliegues anales que empezaban a dilatarse por la presión ejercida, el sudor aumentaba en el cuerpo de Luis, así como los temblores que sacudían su musculoso cuerpo. Franco podía ver como Luis apretaba los puños sobre la cama para contener la rabia, la ira y la impotencia de tener que soportar esa invasión anal por parte de esa gruesa y larga verga.

   La verga de Franco se abre paso por entre los pliegues del ano de Luis, un empujón fuerte y el glande penetra del golpe el culo en un movimiento fuerte y firme; pronto esa carne dura de corteza esponjosa se pone en contacto con las entrañas del macho maduro empinado sobre la cama.

   -¡Aghhhhmhhhhhhhhhhhh! –escapa un leve grito que es ahogado inmediatamente, las piernas de Luis se aflojan al sentir la inicial invasión, su culo penetrado, así como su vida, perforada su hombría, violada esta, dominada, sometida, esclavizada a los deseos mas degradantes que pudo haber imaginado alguna vez.

   Franco, sin darle tiempo a Luis de reponerse de la inicial invasión, ejecuta una segunda y fuerte embestida, con la cual su verga entra casi por completo en el culo de Luis, abriéndole, partiéndolo en dos.

   -¡AHHHHHHHHHHHHHHHH! -la sorpresa, el dolor de sentir como sus entrañas deben ceder al paso de esa gruesa carne, como ese duro y largo falo se mueve dentro de él, internándose y haciendo notar su presencia, esa verga que le perfora el culo partiéndolo en dos, física y emocionalmente, su vida, su culo, su hombría. Sus piernas dan de sí y se doblan haciéndolo quedar de rodillas al borde de la cama, el resto de su cuerpo cae sobre esta, pero Franco, esperando esa respuesta, se deja caer sobre su espalda para darle una estocada final aumentada por el peso de su cuerpo, sin siquiera sacar su verga del culo.-¡Ahhhhhhhhhhhhhhh! -un nuevo gemido de dolor, humillación, vergüenza, de una hombría rota, violada, de un macho con las entrañas llenas de carne dura y voraz que se mueve inmisericordemente dentro de él.

   Luis siente que la vista se nubla, su espada está en contacto con el velludo pecho de Franco, que está como el macho dominante sobre la hembra, sobre el más débil, sobre el sometido, sobre el viril macho que tiene a su disposición.

   -AHHH, DESPAHHH… DESPACIO, AHHHH… -pide clemencia para su culo destrozado, clemencia a su hombría, a su cuerpo. Su vida está deshecha, así como su culo, así como su hombría, así como todo lo que él había forjado. Jamás imaginó que le costaría tanto poder complacer a Franco, poder aceptar su chantaje. Su mente divaga entre la conciencia y la oscuridad mientras la verga de Franco se mueve vertiginosamente en sus entrañas. Como pistón de carne que con una buena lubricación, sabe lo que tiene que hacerle al culo de otro macho. Las suplicas solo hacen que el deseo aumente en el cruel entrenador. Son muchas las ganas que siente de estar dentro de Luis, dentro de su culo, de que las entrañas del musculoso macho conozcan su miembro, saboreen su carne, se acostumbren a sus dimensiones y a su forma ruda de coger, de violar, de poseer.

   Franco embiste frenéticamente ese indefenso culo, ese indefenso macho, ese hombre viril y atractivo, deseado por tanto tiempo. Su mirada se trastorna, su cuerpo arde en deseo violento que no puede controlar. Su verga se mueve violentamente en un mete y saca que desflora definitivamente a Luis, quien solo permanece recibiendo embestidas. Unas lágrimas de humillación resbalan por sus mejillas, aunque se mezclan con las gruesas gotas de sudor, toda su vida pasa por su mente, los días felices, los días en que eran la familia mas envidiada quizá por la felicidad que irradiaban; ahora todo eso destrozado como su culo, violado, roto.

   Las bolas de Franco, grandes y peludas, chocan una y otra vez en las redondas y perfectas nalgas de Luis; el pecho del sátiro descansa sobre la espalda de su víctima. Y mientras sigue cogiéndole mas y mas, el entrenador siente en algunos momentos que el cuerpo del otro se desvanece. Está casi inerme, sin movimientos, la respiración agitada. La verga de Luis está entre su cuerpo y el borde de la cama, friccionándose por las fuertes embestidas que recibía en su culo, lubricando, durísima aun, sin que por la situación se haya vuelto flácida. Sigue dura a pesar de que sabe y siente que la verga de Franco le atraviesa el culo una y otra vez, sin piedad.

   Siente su vida perforada definitivamente, así como sus entrañas, su culo hecho añicos una y otra vez, masacrado, así como su hombría; como si toda su vida se estuviera derrumbando estrepitosamente. Su culo recibe y acepta, mientras que su verga se engruesa más y más, la fricción de su miembro contra la cama le tiene en constante estado de sorpresa, excitación y vergüenza. Franco pasa una de sus manos para verificar la dureza de la verga del sometido macho, detenidamente la recorre mientras sus embestidas se vuelven más intensas. Siente como la verga de Luis, por efecto del viagra, palpita ante cada embate de la carne en la próstata virginal. El viril y maduro macho es totalmente dominado sexualmente, emocionalmente derrotado, en las manos de Franco.

   -¿Te gusta, verdad, Luis? -le pregunta burlón mientras con su mano envuelve la dura verga, como prueba fehaciente de sus palabras.

   -¡NO! -responde automáticamente el otro, furioso quizá por la pregunta, molesto tratando de rebelarse, de defenderse, de conservar algo de hombría.

   -Jejejejejeje, tu verga dice otra cosa, jejejejejejeje… -ríe mientras le aprieta la dura verga para demostrarle que no puede negar que está disfrutando. El miembro contesta por él de manera real y tangible, con pruebas duras y placenteras, y Franco empieza a frotar su manos a todo lo largo del grueso tolete mientras Luis se hunde mas y mas en la humillación, no tiene argumentos para rebatir el deseo, el placer, la dureza.

   -No, no, no. ¡Aghhhh! -se niega a aceptar lo que su verga grita, él es un hombre, un padre de familia heterosexual, ¿cómo es posible que se le pare la verga mientras es violado?

   Su cuerpo suda copiosamente, más que antes, instintivamente con su mano toma el brazo de Franco tratando de detener la fricción sobre su verga, de evitar que lo conduzca al borde del orgasmo, al borde de la locura, al borde de la rendición. Porque lo siente, que su cuerpo sucumbe, así como su culo y verga, su mente cae en un espiral de confusión y deseos incontrolables que su mente lucha por apagar, por acallar, por eliminar y dejar de experimentar, sin lograrlo. Sus esfuerzos por detener a Franco, por evitar que este siga masturbándolo mientras lo penetra, son inútiles. La mano de Franco, siniestra, sigue mas y mas, mientras la verga de Luis responde de forma autónoma, sin permitir que nadie se interponga entre su respuesta y los pensamientos de Luis, sabiendo que es libre de sentir, de disfrutar.

   -Si vieras tu cara de gozo… lo mucho que lo disfrutas. –se burla soltando una risita hiriente, algo que aterroriza al hombre maduro que no puede dejar de sentir placer mientras su miembro es tocado.

CONTINÚA (el relato no es mío) … 35

Julio César.

NOTA: El relato comienza algo lento, y como no tengo intensiones de apurarme más, quien lo desee puede buscarlo en esta dirección: http://www.todorelatos.com/relato/16991/

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 35

mayo 16, 2015

… SERVIR                         … 34

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

UN CACHORRITO CALIENTE

   Por motivos de viaje vendo cachorro juguetón…

……

   El bar era indudablemente de ambiente, pero uno algo intimidante, piensa el abogado entrando al pequeño local de luces rojizas, la barra larga, las tres mesas de billar ocupando casi todo el espacio. Jeffrey entra con paso inseguro, verificando en su reloj que llega temprano. Debió salir de su casa para no enfrentar más a Annia, que quería saber a dónde iba, y para no pensar en Owen Selby y sus amiguitos. Pero se congela. Presentes hay siete u ocho hombres enormes, en camisetas o franelas. Negros todos. Sus ojos se dilatan, impresionados. Y esos sujetos le siguen fijamente con la mirada, interrumpidos sus juegos, porque con el color, la estatura, los anteojos de montura fina, la ropa casual, el hombre joven destaca como una uva pasa en un batido de crema, por irónico que fuera el contraste.

   Tenso, con todos mirándole, Jeffrey llega a la barra, toma asiento, carraspea y saluda al cantinero, otro negro grande, pidiéndole una cerveza. Este le mira, levemente burlón, captando tras el chico blanco a sus otros comensales mirándose entre ellos, evaluándolo. Un vaso de amarilla cerveza cae en la barra.

   -Gracias. –grazna un cada vez más incómodo Jeffrey, quien toma un sorbo, la deja en su lugar y se contiene cuando dos chicos negros, mirándole, se dicen algo entre ellos, y luego van hacia la barra, rodeándole cada uno por un lado, tomando asientos.

   -¿Buscando a alguien, chico blanco? –pregunta uno de ellos, muy joven, cabello desrizado y largo.

   -No, yo…

   -¿Vienes por cualquiera, entonces? –le pregunta el otro, en su costado contrario.

   -¡No! –se agita.

   Y mientras se vuelve a responderle al joven calvo, de bigotillo y barba en candado, el primero saca una mano de su pantalón y una diminuta pastilla blanca es agregada a la cerveza, pastilla que burbujea levemente, diluyéndose. El complemento perfecto para iniciar una buena fiesta con el chico blanco.

   -Okay, okay… -eleva las manos el chico, dándole a entender que entiende que nada quiere. Llevándose luego el vaso de cerveza a los labios y bebiendo.

   Lo que le recuerda al abogado la suya, que toma de manera algo frenética, inquieto. El mal rato con su mujer, el mal rato al hablar con Selby (escuchándose otra voz a sus espalda), la noticia de Marie Gibson… Ahora estos dos. ¡Qué día! Bebe sediento intentando bajar el nudo en su garganta. Hay un silencio momentáneo, se deja escuchar la música baja, un rap acervo sobre lo que un hombre le hará a su perra por desafiarle frente a la gente. Bebe lo que queda, sintiéndose bien, tranquilizado en sus ansiedades.

   -Entonces… ¿te gusta beber en bares de hermanos? –le pregunta otra vez quien le habló antes.

   -No, espero a alguien…

   -¿No te gustamos los hermanos? –le pregunta el otro, a sus espaldas, agitándole aunque le costaba, de pronto se siente algo pesado.

   -No es eso, yo… -respira algo frenéticamente a un tiempo que confuso.- Lo siento, necesito… -se pone de pie y se dirige al final de la barra, hacia los sanitarios.

   Y en este punto hay que reconocer que hay gente genial en este mundo, y Robert Read era uno de ellos. El hombre había notado en su abogado una vena débil en su sexualidad insatisfecha, y la había explotado hábilmente llevándole por ciertos caminos, unos que le harían colisionar con el detective que investigó su caso, que conoció y simpatizó con Marie Gibson. Y llevándole a él, a quien le sabía gay, fuera de negro y apuesto, imaginó que el abogado podría terminar metiéndosele en la sangre, haciéndole más proclive a sus demandas de ayuda en ciertas investigaciones. Bien sabe Read lo que Marie Gibson tenía que ocultar, su pasado. Él la llevó a eso, y ella le agradeció en ese momentos con lágrimas de felicidad en sus ojos. Ahora debía pesarle. Lo que ocurriría allí, en ese baño, el gran criminal no lo previó, porque no estaba dentro de sus planes, no los detalles, tan sólo los grandes pasos que acercarían cada vez más a los dos hombres. La agresión de la que Daniel Pierce había sido víctima en las duchas de la prisión, si fue planificada. Obedecía a un por qué muy concreto. Lo que pasaría en el baño de ese bar, casi el mismo cuadro de la prisión, no. Aunque al final el universo parecía ponerse en concordancia para que el brutal y terrible sujeto alcanzara sus objetivos.

   Mierda, ¿qué hacía allí?, se pregunto Jeffrey. ¿Por qué no habló con el policía puto por teléfono y ya? No quería verle. Frente a un lavamanos se echa agua en la cara después de quitarse los anteojos que caen al piso. Se mira, difuso. ¿A quién engañaba? Quería verle. Deseaba… mostrarle toda su apatía, su desdén por la manera en la que se comportaba. Quería lastimarle con el látigo de la indiferencia y no podía hacerlo desde su casa. A lo lejos, o eso le parece, oye la puerta abriéndose, notando de pronto a los dos sujetos que le rodean, sonriendo, negros, altos y fuertes a su lado en el espejo. Las cosas le giran con rapidez en la cabeza, pensamientos locos; ¿se estaría divirtiendo con uno de sus putos todavía un rato más Owen Selby antes de acudir a esa cita de trabajo?

   -¿Te sientes bien, chico blanco? –pregunta uno de los hombres que le rodean, voz profunda, depredadora, del cazador que se disponía a lanzarse sobre su presa.- ¿Necesitas ayuda?

   -No, yo… -responde confuso, se tensa cuando las manos del otro le atrapan, una cae sobre su abdomen, la otra en su baja espalda.

   -¿Seguro? –pregunta este, sus manos reteniéndole, Jeffrey totalmente consciente de ello, esas palmas fuertes y firmes quemándole y erizándole.

   -En serio, estoy bien. –todavía gimotea, ojos oscuros, mirando de uno al otro.

   -No me parece, tienes carita de hambre. –gruñe el segundo, tocándole también.- ¿Te gusta la carne oscura, chico blanco? ¿Te gustamos los hermanos con nuestras piezas grandes?

   -Señores, yo… -se revuelve entre los dos, intentando alejarles.

   Pero ya no puede hacerles frente, no puede responder acorde a lo que piensa. No con su cuerpo totalmente receptivo a esas manos que le frotan con insolencia sobre las ropas. Quiere resistirse, pero cuando esos dos sujetos se le refriegan, de lado y lado, sus vergas ya consistentes, tocándole, metiendo uno las manos bajo su camisa, tocándole directamente, le ponen mal. Aun así lucha un poco, eleva sus manos, sus dedos los tocan. Uno de ellos mete el rostro bajo su cuello, mordiéndole, arañándole con la barba; el otro mete la mano entre sus nalgas, sobre el pantalón, frotándole de una manera intensa, procaz, indicándole que quiere todo y que ya lo considera suyo. Y cuando Jeffrey cierra los ojos, todo dándole vueltas, se pierde, porque su mente se llena con imágenes del jefe Slater y con Owen Selby, machos hermosos que le hacen estremecer.

   Una boca gruesa se apodera de sus labios y recibe un beso sucio, salivoso y chupado, mientras otras manos le abren el pantalón, bajándolo, al tiempo que otras le suben la camisa. La mano sobre su abdomen algo llenito, le eriza totalmente, otra mano, que se mete dentro de su bóxer holgado, recorre sus nalgas, clavándole los dedos, tocándole íntimamente en aquel sanitario de bar de mala muerte. Cuando los dedos entran en su raja, cando la punta de uno de ellos le acaricia el culo, el abogado intenta resistirse otra vez, pero la lengua sobre la suya no le deja pensar, ni los dedos que atrapan sus pezones erectos, visibles fuera de la camisa. Le controlaban con sus propias sensaciones. Cada terminación sexual parece despertar, y quiere. Quiere mucho.

   Cuando unos gruesos labios, húmedos, recorren y chupan su cuello, de la boca de Jeffrey escapa un profundo gemido de excitación, vergonzoso, pero inconfundible. Cosa que se repite cuando un grueso y largo dedo logra penetrar sus defensas, desapareciendo centímetro a centímetro dentro de su culo. Cuando entra todo, y recibe un leve mordisco en una clavícula, el abogado casi se cae.

   -Eso es, chico blanco… -oye, lejos, una lengua queriendo metérsele dentro de una oreja, y el estremecimiento que lo recorre es tal que gimotea agónico.- Te gusta, ¿verdad? Te gustan los machos negros, lo supe en cuanto entraste. Tus ojos se iluminaron cuando nos viste. –le informa el que tiene adelante, mientras percibe el cálido resuello del otro a sus espaldas, bajando sobre sus nalgas, de donde ha salido el dedo en su culo y ahora bajan un tanto el bóxer. Siente los pulgares separándole, es totalmente consciente de otra boca que va a su agujero, resollándole, soplándole y provocándole cosquillas, para luego pegar los labios y chupar. Eso le hace gritar otra vez.

   -Lo tiene sensible… -oye decir al que tiene detrás.

   -Un pequeño coño de ganador. –se burla el que tiene adelante, quien le atrapa una mano llevándosela a su bragueta, y con ojos dilatados, desenfocados, Jeffrey abre mucho la boca, es una pieza inmensa.- ¿Te gusta, niño blanco? Es grandota… y será toda para ti. -le informa, besándole otra vez, con otra lamida voraz sobre su lengua, debilitándole, como esa lengua que está entrándole por el culo al tiempo que aferra con fuerza ese güevo bajo las ropas.- Estás de suerte… en mis pelotas tengo acumulada la leche de tres días… Y hasta la última gota será para ti, bebé. ¿La sientes crecer más y más bajo tu mano de puto soba vergas? Es porque ya se ve entrándote en ese coño mojado y caliente, expandiéndote las paredes, llenándote de gusto y más tarde con toda mi esperma. Es tanta que seguro quedas preñado.

   Jeffrey no puede pensar, en verdad, su cuerpo parece una cuerda de violín tensa, y le obligan a doblar la cintura, lo que abre más su culo, donde la lengua y un dedo regresan, penetrándole duro. Despertando ecos y calenturas tales que teme estarse volviendo loco. Pero no puede hacer nada porque, frente a sus ojos, sin enfocar muy bien sin sus anteojos, una enorme pieza de ébano se agita en la nada. Y ese güevo, totalmente negro esperaba ser mamado; el glande amoratado roza de sus labios rosas, separándolos, penetrándolos. A Jeffrey le parece imposible que semejante pieza pueda caber, pero ahueca sus mejillas y garganta para enfrentarla. Palmo a palmo la va tragando, arrugando la frente, enrojeciendo feamente, esa pieza quemándole fuerte la lengua que tiene pisada. Y gime ahogado porque dos dedos gruesos penetran ahora su culo mientras mama de aquel tolete pulsante y babeante de jugos.

   -Mira cómo se abre este culo… -ríe el que tiene detrás, cuando su esfínter se cierra sobre tres dedos ahora, que lastiman, que duelen, pero que también estimulan. Todo él ardía.

   -Es el coño de una puta, listo siempre a aceptar, adaptarse y chupar la circunferencia de cualquier verga. ¿Ya lo tiene mojado?

   -Mucho. –oye horrorizado y excitado Jeffrey, al tiempo que su culo es penetrado una y otra vez por esos dedos negros, mientras resuella sobre los crespos pelos de ese pubis, ignorando él mismo cómo pudo tragar tanto.

   -Oh, sí, puto blanco, pronto estarás de espalda en ese piso sucio, con las piernas abiertas, tu coño saciado y empegostado de leche de negros, esperando por más y más hermanos. Les diremos a todos afuera y entrarán como locos para saborear un platillo rico como tú. Será tanto lo que descargarán en ti que pasarás días botando esperma.

   Las palabras le erizan, le excitan, y cuando un güevo tieso a sus espaldas, le azota las nalgas, su culo sufre un violento espasmo. Estaba listo para ser tomado. Cierra los ojos y la imagen de otro hombre llena su mente. Uno al que desea ver y…

  -¡¿Qué mierda pasa aquí?! –ruge una voz colérica, realmente molesta.

   -No es asunto tuyo, hermano; vamos a trabajar a este putito blanco. Si quieres tu parte espera tu turno. –le responde uno de ellos, pero rojo de vergüenza, y calenturas, Jeffrey reconoce la voz.

   -¡Déjenlo!

   -Oye, si quieres problemas… -cuando le sueltan esos dos tíos, decididos a enfrentar al recién llegado, Jeffrey se endereza, y difusamente le ve desde la entrada del sanitario, alzando una chapa que congela a los otros.

   -No hacíamos nada malo. –se defiende el otro.

   -¿Lo drogaron? ¿Llamo una patrulla y nos vamos todos a una clínica? –amenaza.

   El tenso silencio de odio es toda la respuesta que necesita el policía, que les mira con furia, parecía muy capaz de sacar su arma y dispararle. Tal vez eso fue lo que más convenció a los otros, que murmurando se vistieron y salieron. Subiéndose el pantalón, que no cierra, dejando caer su camisa, Jeffrey espera, rojo de cachetes.

   -¿Estás bien? –Owen le encara y le pregunta, pero como impaciente.

   -Llegaste. –le sonrió tonto, lazándosele encima, rodeándole el cuello, besándole, tomándole por sorpresa. Como sorpresa es, y muy desagradable, cuando el otro le atrapa las manos soltándose.

   -Hey, hey… que vi donde tenías esa boca. –se burla.- ¿Estás drogado?

   -No, estaba a punto de tener sexo y llegaste. –le reclama, resentido de pronto.

   -¿Quería eso? –parece extrañarse.

   -¿Qué?, ¿sólo tú puedes putear con quien te dé la gana y cuando quieras pero es malo para los demás? –se siente herido. Luego calla, frustrado, deprimido y molesto.- Debo irme… -gruñe, olvidándose de todo, moviéndose y golpeándose la cadera con el lavamanos y casi cayendo. Las manos de Owen le retienen.- ¡Suéltame! –le ruge.

   -¿Qué tienes? ¿Por qué estás molesto conmigo?

   -¡Vete a la mierda con todos tus maricas a quienes si te gusta tocar! –confiesa más de lo que debería, intentando dar otro paso, pero todo dándole vueltas de manera desagradable. Estaba padeciendo un bajón súbito.

   -¡Jeff! –oye la alarma a lo lejos, pero nada más.

……

   -¡Apresúrate! –ruge con urgencia, e impaciencia, Albin Lomis, vestido con unos ajustados pantalones de cuero, botas altas, con una levita abierta sobre su torso algo blando, cubierto de una pelambre naranja, especialmente alrededor de las tetillas. Un quepis de motorizado y unos guantes negros completan el atuendo.

   Se siente inquieto por las cosas que Robert Read le obliga a hacer. No entiende a dónde va todo, pero su instinto aúlla cada vez que piensa en lo que tiene que hacer, comenzando al otro día. ¿Qué estaría tramando? Pero no puede dedicarle mucho tiempo, no dominado como está por otra urgencia. El chico. Porque ahora era “el chico”. Su chico. Cuando piensa en ello se estremece con fuerza.

   -Lomis… -jadea Nolan Curtis apareciendo, gimiendo cuando el otro le atrapa una oreja y hala un poco con su mano enguantada, como si se tratara de un chiquillo.

   -¡Amo! Esta noche será “amo”, recuerda que es una fiesta temática. –le indica, severo.

   -No puedo hacer esto… amo… -gimotea sintiéndose infinitamente infeliz, sobándose la oreja al quedar libre.

   El chico también lleva unos pantalones de cuero, pero totalmente abiertos en el área pélvica, donde destaca un corto y chico suspensorio de cuero, por lo que sus nalgas redondas y jóvenes quedan al aire, lleva una chaqueta abierta, unas botas, también guantes, unos que (y le avergüenza) ha olido ya varias veces, el aroma fuerte era grato; igualmente lleva el collar alrededor de su cuello. Grande, evidentemente canino-fetiche-sexual. Lomis, mirándole severo, sirve dos copas de whisky, agitando la botella para que vea que toman de la misma, y le tiende una.

   -Toma. La necesitas. –es más bien una orden, y con manos temblorosas y algo inseguras por los guantes, Nolan obedece y bebe. El licor es fuerte, grato y cálido. El hombre toma el suyo, sonriendo. Si, la misma botella, pero en los vasos cortos habían cosas muy distintas.- Vamos con retraso. –urge, olvidado del temor a Read, impulsado por otras urgencias, unas que el diabólico reo había sabido leer en su alma oscura, explotándolas.

   -Yo… -la cara del chico es un poema de pesar, desvalido, sufrido.- No quiero hacer esto, por favor. –el otro vigilante le encara, mirándole dominante, hablando con fuerza.

   -Recuerda de dónde te saqué, de las cosas que te liberé cuando te degradabas en tus vicios y tus maridos te dejaron atado y olvidado en ese depósito. ¡Me la debes, chico! Quiero ir a esta fiesta y deseo que me acompañes, ¿es acaso mucho pedir, chico malagradecido? ¡Me la debes! –le repite y aunque el otro tiene mucho que responder a eso, no lo hace; se siente agotado, la mente embotada. Salir de todo sería mejor. Ceder. Someterse. Por ello asiente.

   Salen por la puerta interna que conecta con la cochera, solitaria y amenazante en esa vieja casa donde el hombree vive solo. Llegan a una camioneta Van, de la prisión aunque sin logos, o eso espera el joven. Cuando iba a abrir la puerta del pasajero, una mano enguantada, firme y fuerte de Lomis le atrapa el cuello, mirándole, abriendo la portezuela lateral del vehículo.

   -No, tú vas aquí.

   El chico quiere oponerse, correr, alejarse, pero no tiene fuerzas. Una jaula de perros espera en el interior, pequeña. Ni siquiera es consiente cuando entra, quedando en cuatro patas, casi encogido sobre sí; la puerta se cierra, el candado externo también. ¡Le tenía encerrado como un animal!, la idea era deprimente, alarmante, y sin embargo se sentía a salvo, tal vez por la idea, tonta a esas alturas, que después de esa noche quedaría libre del otro, no debiéndole nada. Casi no tiene espacio y agacha el pecho contra sus manos, la cabeza debe encogerla contra las rejas, su trasero quedaba presionado de la reja contraria. Y se revuelve.

   -No, no… -gimotea cuando una mano de Lomis le acaricia las nalgas, le recorre la raja, le apuñala suavemente el culo depilado, sin entrar, hasta que le escupe y el dedo regresa y se le mete.

   El chico enrojece de cara, avergonzado, sin poder resistirse o moverse. El dedo va y viene dentro de su culo; hay un impresionante, erótico y perverso contraste entre el largo dedo enguatado de negro, lustroso, entrando y saliendo del redondo y liso culo muy blanco. Le dilataba, el chico no sabía para qué hasta que un consolador corto, que comienza en punta, engruesa hasta una perita para luego adelgazar otra vez, desaparece en sus entrañas. Se tensa, pero no puede hacer más. Lo llamativo es que fuera del culo se extiende, en goma, una muy flexible cola de perro.

   Nolan cierra los ojos, lloriqueando, humillado, vergonzosamente usado cuando Lomis cierra la portezuela, enciende la camioneta y salen de la cochera. Gimiendo ahora, cada giro, cada movimiento del vehículo agita esa cola externa que produce reverberaciones poderosas en sus entrañas, inquietante, estimulantes. Oprime los dientes, quiere apretar su agujero para contener las sensaciones, pero estas se multiplican y gime bajito, cerrando los ojos.

   Y todavía no llegaba a la fulana fiesta.

CONTINUARÁ … 36

Julio César.

NOTA: Esto es muy largo, no sé si eliminar la fiesta de perritos de Nolan.

PREPARADO PARA LAS FIESTAS

mayo 15, 2015

EL SUEGRO LO ENVICIA

ESCLAVO DE LA NEGRA CARNE

  Todos terminaban de rodillas…

   Evan debió escuchar las advertencias que su nueva novia, una bonita y pícara chica negra, le hizo nada más conocerse en el nuevo barrio; que esos chicos de las pandillas eran malos, y que a los carajos negros les encantaba cogerse los culitos blancos a la menor oportunidad que se les brindaba.

   Rubio, ojos azules, cara aniñada y recién llegado de Los Ángeles, quiso encajar con ellos esa clara y tibia noche de verano; mostrarse como un duro con los chicos de la cuadra, en Brooklyn, aceptándole la invitación a tomar unos tragos al grupo conformado por robustos chicos blancos tatuados, latinos con pañoletas en las cabezas y negros rapados. Quería ser aceptado como un tío rudo, pero tres cervecitas más tarde, algo zumbado, se encontró luchando con las manos de todos esos sujetos que querían tocarlo, que le llamaban nenita bella y esas cosas. Quiso irse cuando la cosa se puso color de hormiga, indiferentes al dónde estaban sentados, pero cuando uno le oyó decirlo, de un empujón le arrojó sobre manos y rodillas en la grama de la entrada del viejo jardincillo del atestado edificio, en plena calle, bajo farolas rotas que eran casi todas, bajándole los pantalones y el calzoncillo, sólo un poco, lo suficiente para que se le viera el culo levemente peludo.

   Se debatió, pero entre risas ya los otros lo retenían, silbándole y elogiándole el tamaño de las nalgas. Gritaba, rojo de cara, que ya estaba bueno de juegos, que lo soltaran, pero sabía que se engañaba. Gritó más cuando un escupitajo cayó sobre su hueco; y cuando el primer güevo grueso, tieso y caliente de un veinteañero penetró su culo, robándose su virginidad, se dio cuenta del tamaño de su error, como suele suceder, justo cuando es tarde. Esa vainota se le metió toda, sintió la pelvis del otro aplastándole las nalgas, y ardía y dolía, terrible, comenzando un saca y mete con fuerza en medio de las risas y voces de estímulo del resto de la manada. El tolete iba y venía, le cabalgaba con fuerza y con propiedad, como el gañan que sabe joder a pesar de sus pocos años, que se goza disfrutando únicamente él, entre gruñidos.

   El joven californiano sabía que quien se la estaba metiendo lo estaba gozando, sus grandes manos casi le acariciaban susurrando que era un culito rico, que hacía tiempo que no gozaba de un huequito tan bueno como ese. Todos aplaudían y aprobaban. Totalmente mortificado, Evan vagaba sus ojos alarmados de unos a otros, buscando ayuda, piedad, pero sólo encontraba lujuria, miradas fijas, vergas duras, voces roncas que preguntaban qué tan sabroso se sentía meter el güevo en su culo, y su violador contestando cada vez. Todos observaban su enculada en la entrada del inmueble. Incluso en los balcones bajos del edificio, sujetos atraídos por los gritos, miraban y se sobaban.

   Evan sintió ganas de llorar mientras ese güevo caliente robaba su inocencia públicamente, tomándole como a un puto que no puede defenderse, tomándola con fuerza. Pero mientras era ultrajado, gritaba, insultaba y protestaba en todo momento.

   -¡Déjeme ir! –chillaba.

   -Calma, nena, disfrútalo. –le respondía uno, entre carcajadas.

   Los gritos de su violador, sus temblores, el disparo intenso de leche hirviente en sus entrañas, le sorprendió, aumentando su congoja. Un hombre no sólo le había metido el güevo por el culo, delante de un poco de tíos, ¡se había corrido adentro! Ese chico aún le bombeó media docena de veces, antes de apartarse bruscamente. A Evan el hueco le dolía, estaba algo enrojecido y un poco de leche de allí salía. Pronto otro tolete ocupó el lugar; el tenerle así, retenido contra su voluntad entre varios, tomándole sexualmente aunque no lo quería, les calentaba demasiado. O tal vez era la idea de meter el güevo donde otro lo hizo poco antes, o ir clavándola mientras la esperma de ese otro escapaba. Como fuera, un nuevo tolete lo llenó, todo, sintiendo unos pelos contra sus nalgas. La pieza también estaba dura, la carne ardiendo, y comenzó a cogerle de derecha a izquierda, rotando en todos los sentidos, las bolas golpeándole. Cogía con fuerza, con ganas e ímpetus, la pieza entraba y salía rozándose contra las paredes de su recto.

   Sin embargo, ese chico, latino por los “puta, puta”, que le lanzaba en español, duró poco. El siguiente también, un nuevo tolete tan largo que casi temió le llegara al estómago. A esas alturas, a Evan todo le daba vueltas, las risas, esas miradas, esos güevos afuera, estando al lado de la acera, la gente viéndole ser cogido desde las ventanas y la calle. Lloroso le parece ver personas asomadas en otras edificaciones. Gente que veía lo que le hacían y no intervenían. Cuando el quinto güevo deposita su carga de espermatozoides en sus entrañas, que llevan rato chorreando fuera, todavía gimotea.

   -No, no, basta, yo no soy ningún marica…

   -Déjate de vainas, Evan… -oye la fuerte voz de Tyrone, un chico alto y musculoso, negro como la noche, el hermano de su novia, el cual le muestra a la altura de los ojos una impresionante verga toda nervuda.

   Evan no sabe qué decir, ¿el hermano de Trysha? Le ve rodearle, ir tras él, medio agacharse y ocupar su lugar frente al culo de puertas abiertas. El chico californiano arruga la cara, su frente se frunce, su boca deja escapar un quejido cuando la titánica pieza masculina se entierra en sus entrañas, de golpe, totalmente, a pesar de lo larga y gruesa. La siente llenándole, palpitándole. Y más cuando el joven se tiende sobre él, para hablarle.

   -Eres esto, una puta busca güevos. –le informó, embistiéndole sin agitarse mucho, usando su peso y lo largo de su miembro.

   -No, no, ustedes me obligaron. Yo no quería esto. Yo no soy esto. –se defiende lloroso, derrotado.

   -Amigo, conmigo ya somos seis quienes te hemos cogido. Seis vergas en tu culo en pocos minutos, lo que habla mal de mis amigos. –ríe.- Y cada uno disparó su semen dentro de ti, y cada disparo convirtió tu culo en un coño hambriento. Eso les pasa a los maricas reprimidos de sí cuando se encuentran con hombres de verdad. ¿No notas cómo me lo estás apretando y cómo me lo ordeñas? La verdad es que ya no importa cómo pasó, o qué te llevó a esto, ahora eres un culo tragón de güevos y leche. Lo quieras encarar o no… Joder, cómo me lo sobas… -burlón le susurra al oído.- Y ninguno de los presentes se va a ir sin ocupar su lugar y verter en tu nuevo coño recién estrenado toda su carga.

   -Tyrone… -casi le solloza, suplicándole ayuda, mirándole sobre un hombro.

   -Lo siento, amigo, pero ya pasó. Cuando entres y salgas del edificio, de la cuadra toda, te preguntarás quién de esos chicos que ves al pasar enterró su güevo en ti esta noche. Te obsesionarás, querrás saber… y tu culo arderá con ganas de más. Siempre les pasa a ustedes. Y por supuesto que ocurrirá, te miraremos con burla, porque todos sabemos, la gente te mira ahora mismo, todos te hemos probado y nos ha gustado vaciar las bolas en tu agujero vicioso. Nuestras leches se baten y agitan en tus entrañas, te llegaran a la sangre y te embriagarán. Y vas a rogar por más, ya verás.

   -No, eso no… -solloza ahora, de manera abierta, indefensa y patética, haciendo reír a todos esos chicos que se ponen más calientes.

   -Ay, amigo, qué poco haces por ayudarte. –se burla de su muestra de debilidad.- Ahora todos estos hermanos saben que eres un putito sumiso, un coñito que no puede hacerles frentes; te buscaran y cazarán como perros en celo queriendo metértela. –se le tiende otra vez, cogiéndole con movimientos de cadera, susurrándole nuevamente al oído.- Vamos, no llores, alégrate; así como se te va a despertar el hambre por los güevos, también podrás conseguirlos fácilmente con tu carita de putito bonito. Tendrás los güevos que quieras, bebé, de todos los tamaños y formas, todos calientes por meterse en tus mojadas y ardientes entrañas.

   -Hey… -les sobresalta un tipo algo barrigón, de anteojos, casi cuarentón, que sale por la puerta de la residencia.- También yo quiero del culo de ese puto. –hay risas coreando la frase.

   -Veinte dólares, maestro. Mi puto necesita su maquillaje. –oferta Tyrone.

   Evan contiene a duras penas un sollozo, comprendiendo de pronto que era verdad lo que decía su ex cuñado, ahora su macho, su vida había cambiado para siempre. Lo sabía, con rabia, furioso con la vida, porque en cuanto Tyrone comenzó a correrse de manera impresionante en sus entrañas, su propio tolete disparó su carga dentro del calzoncillo, sintiéndolo muy rico.

   Había nacido, del semen de muchos tipos, otro putito.

Julio César.

NOTA: Corto, sin contexto ni seguimiento. No me salen muy bien. No es mi estilo.


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