Archive for the ‘RELATOS GAY DE MALDITOS…’ Category

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 35

mayo 16, 2015

… SERVIR                         … 34

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

UN CACHORRITO CALIENTE

   Por motivos de viaje vendo cachorro juguetón…

……

   El bar era indudablemente de ambiente, pero uno algo intimidante, piensa el abogado entrando al pequeño local de luces rojizas, la barra larga, las tres mesas de billar ocupando casi todo el espacio. Jeffrey entra con paso inseguro, verificando en su reloj que llega temprano. Debió salir de su casa para no enfrentar más a Annia, que quería saber a dónde iba, y para no pensar en Owen Selby y sus amiguitos. Pero se congela. Presentes hay siete u ocho hombres enormes, en camisetas o franelas. Negros todos. Sus ojos se dilatan, impresionados. Y esos sujetos le siguen fijamente con la mirada, interrumpidos sus juegos, porque con el color, la estatura, los anteojos de montura fina, la ropa casual, el hombre joven destaca como una uva pasa en un batido de crema, por irónico que fuera el contraste.

   Tenso, con todos mirándole, Jeffrey llega a la barra, toma asiento, carraspea y saluda al cantinero, otro negro grande, pidiéndole una cerveza. Este le mira, levemente burlón, captando tras el chico blanco a sus otros comensales mirándose entre ellos, evaluándolo. Un vaso de amarilla cerveza cae en la barra.

   -Gracias. –grazna un cada vez más incómodo Jeffrey, quien toma un sorbo, la deja en su lugar y se contiene cuando dos chicos negros, mirándole, se dicen algo entre ellos, y luego van hacia la barra, rodeándole cada uno por un lado, tomando asientos.

   -¿Buscando a alguien, chico blanco? –pregunta uno de ellos, muy joven, cabello desrizado y largo.

   -No, yo…

   -¿Vienes por cualquiera, entonces? –le pregunta el otro, en su costado contrario.

   -¡No! –se agita.

   Y mientras se vuelve a responderle al joven calvo, de bigotillo y barba en candado, el primero saca una mano de su pantalón y una diminuta pastilla blanca es agregada a la cerveza, pastilla que burbujea levemente, diluyéndose. El complemento perfecto para iniciar una buena fiesta con el chico blanco.

   -Okay, okay… -eleva las manos el chico, dándole a entender que entiende que nada quiere. Llevándose luego el vaso de cerveza a los labios y bebiendo.

   Lo que le recuerda al abogado la suya, que toma de manera algo frenética, inquieto. El mal rato con su mujer, el mal rato al hablar con Selby (escuchándose otra voz a sus espalda), la noticia de Marie Gibson… Ahora estos dos. ¡Qué día! Bebe sediento intentando bajar el nudo en su garganta. Hay un silencio momentáneo, se deja escuchar la música baja, un rap acervo sobre lo que un hombre le hará a su perra por desafiarle frente a la gente. Bebe lo que queda, sintiéndose bien, tranquilizado en sus ansiedades.

   -Entonces… ¿te gusta beber en bares de hermanos? –le pregunta otra vez quien le habló antes.

   -No, espero a alguien…

   -¿No te gustamos los hermanos? –le pregunta el otro, a sus espaldas, agitándole aunque le costaba, de pronto se siente algo pesado.

   -No es eso, yo… -respira algo frenéticamente a un tiempo que confuso.- Lo siento, necesito… -se pone de pie y se dirige al final de la barra, hacia los sanitarios.

   Y en este punto hay que reconocer que hay gente genial en este mundo, y Robert Read era uno de ellos. El hombre había notado en su abogado una vena débil en su sexualidad insatisfecha, y la había explotado hábilmente llevándole por ciertos caminos, unos que le harían colisionar con el detective que investigó su caso, que conoció y simpatizó con Marie Gibson. Y llevándole a él, a quien le sabía gay, fuera de negro y apuesto, imaginó que el abogado podría terminar metiéndosele en la sangre, haciéndole más proclive a sus demandas de ayuda en ciertas investigaciones. Bien sabe Read lo que Marie Gibson tenía que ocultar, su pasado. Él la llevó a eso, y ella le agradeció en ese momentos con lágrimas de felicidad en sus ojos. Ahora debía pesarle. Lo que ocurriría allí, en ese baño, el gran criminal no lo previó, porque no estaba dentro de sus planes, no los detalles, tan sólo los grandes pasos que acercarían cada vez más a los dos hombres. La agresión de la que Daniel Pierce había sido víctima en las duchas de la prisión, si fue planificada. Obedecía a un por qué muy concreto. Lo que pasaría en el baño de ese bar, casi el mismo cuadro de la prisión, no. Aunque al final el universo parecía ponerse en concordancia para que el brutal y terrible sujeto alcanzara sus objetivos.

   Mierda, ¿qué hacía allí?, se pregunto Jeffrey. ¿Por qué no habló con el policía puto por teléfono y ya? No quería verle. Frente a un lavamanos se echa agua en la cara después de quitarse los anteojos que caen al piso. Se mira, difuso. ¿A quién engañaba? Quería verle. Deseaba… mostrarle toda su apatía, su desdén por la manera en la que se comportaba. Quería lastimarle con el látigo de la indiferencia y no podía hacerlo desde su casa. A lo lejos, o eso le parece, oye la puerta abriéndose, notando de pronto a los dos sujetos que le rodean, sonriendo, negros, altos y fuertes a su lado en el espejo. Las cosas le giran con rapidez en la cabeza, pensamientos locos; ¿se estaría divirtiendo con uno de sus putos todavía un rato más Owen Selby antes de acudir a esa cita de trabajo?

   -¿Te sientes bien, chico blanco? –pregunta uno de los hombres que le rodean, voz profunda, depredadora, del cazador que se disponía a lanzarse sobre su presa.- ¿Necesitas ayuda?

   -No, yo… -responde confuso, se tensa cuando las manos del otro le atrapan, una cae sobre su abdomen, la otra en su baja espalda.

   -¿Seguro? –pregunta este, sus manos reteniéndole, Jeffrey totalmente consciente de ello, esas palmas fuertes y firmes quemándole y erizándole.

   -En serio, estoy bien. –todavía gimotea, ojos oscuros, mirando de uno al otro.

   -No me parece, tienes carita de hambre. –gruñe el segundo, tocándole también.- ¿Te gusta la carne oscura, chico blanco? ¿Te gustamos los hermanos con nuestras piezas grandes?

   -Señores, yo… -se revuelve entre los dos, intentando alejarles.

   Pero ya no puede hacerles frente, no puede responder acorde a lo que piensa. No con su cuerpo totalmente receptivo a esas manos que le frotan con insolencia sobre las ropas. Quiere resistirse, pero cuando esos dos sujetos se le refriegan, de lado y lado, sus vergas ya consistentes, tocándole, metiendo uno las manos bajo su camisa, tocándole directamente, le ponen mal. Aun así lucha un poco, eleva sus manos, sus dedos los tocan. Uno de ellos mete el rostro bajo su cuello, mordiéndole, arañándole con la barba; el otro mete la mano entre sus nalgas, sobre el pantalón, frotándole de una manera intensa, procaz, indicándole que quiere todo y que ya lo considera suyo. Y cuando Jeffrey cierra los ojos, todo dándole vueltas, se pierde, porque su mente se llena con imágenes del jefe Slater y con Owen Selby, machos hermosos que le hacen estremecer.

   Una boca gruesa se apodera de sus labios y recibe un beso sucio, salivoso y chupado, mientras otras manos le abren el pantalón, bajándolo, al tiempo que otras le suben la camisa. La mano sobre su abdomen algo llenito, le eriza totalmente, otra mano, que se mete dentro de su bóxer holgado, recorre sus nalgas, clavándole los dedos, tocándole íntimamente en aquel sanitario de bar de mala muerte. Cuando los dedos entran en su raja, cando la punta de uno de ellos le acaricia el culo, el abogado intenta resistirse otra vez, pero la lengua sobre la suya no le deja pensar, ni los dedos que atrapan sus pezones erectos, visibles fuera de la camisa. Le controlaban con sus propias sensaciones. Cada terminación sexual parece despertar, y quiere. Quiere mucho.

   Cuando unos gruesos labios, húmedos, recorren y chupan su cuello, de la boca de Jeffrey escapa un profundo gemido de excitación, vergonzoso, pero inconfundible. Cosa que se repite cuando un grueso y largo dedo logra penetrar sus defensas, desapareciendo centímetro a centímetro dentro de su culo. Cuando entra todo, y recibe un leve mordisco en una clavícula, el abogado casi se cae.

   -Eso es, chico blanco… -oye, lejos, una lengua queriendo metérsele dentro de una oreja, y el estremecimiento que lo recorre es tal que gimotea agónico.- Te gusta, ¿verdad? Te gustan los machos negros, lo supe en cuanto entraste. Tus ojos se iluminaron cuando nos viste. –le informa el que tiene adelante, mientras percibe el cálido resuello del otro a sus espaldas, bajando sobre sus nalgas, de donde ha salido el dedo en su culo y ahora bajan un tanto el bóxer. Siente los pulgares separándole, es totalmente consciente de otra boca que va a su agujero, resollándole, soplándole y provocándole cosquillas, para luego pegar los labios y chupar. Eso le hace gritar otra vez.

   -Lo tiene sensible… -oye decir al que tiene detrás.

   -Un pequeño coño de ganador. –se burla el que tiene adelante, quien le atrapa una mano llevándosela a su bragueta, y con ojos dilatados, desenfocados, Jeffrey abre mucho la boca, es una pieza inmensa.- ¿Te gusta, niño blanco? Es grandota… y será toda para ti. -le informa, besándole otra vez, con otra lamida voraz sobre su lengua, debilitándole, como esa lengua que está entrándole por el culo al tiempo que aferra con fuerza ese güevo bajo las ropas.- Estás de suerte… en mis pelotas tengo acumulada la leche de tres días… Y hasta la última gota será para ti, bebé. ¿La sientes crecer más y más bajo tu mano de puto soba vergas? Es porque ya se ve entrándote en ese coño mojado y caliente, expandiéndote las paredes, llenándote de gusto y más tarde con toda mi esperma. Es tanta que seguro quedas preñado.

   Jeffrey no puede pensar, en verdad, su cuerpo parece una cuerda de violín tensa, y le obligan a doblar la cintura, lo que abre más su culo, donde la lengua y un dedo regresan, penetrándole duro. Despertando ecos y calenturas tales que teme estarse volviendo loco. Pero no puede hacer nada porque, frente a sus ojos, sin enfocar muy bien sin sus anteojos, una enorme pieza de ébano se agita en la nada. Y ese güevo, totalmente negro esperaba ser mamado; el glande amoratado roza de sus labios rosas, separándolos, penetrándolos. A Jeffrey le parece imposible que semejante pieza pueda caber, pero ahueca sus mejillas y garganta para enfrentarla. Palmo a palmo la va tragando, arrugando la frente, enrojeciendo feamente, esa pieza quemándole fuerte la lengua que tiene pisada. Y gime ahogado porque dos dedos gruesos penetran ahora su culo mientras mama de aquel tolete pulsante y babeante de jugos.

   -Mira cómo se abre este culo… -ríe el que tiene detrás, cuando su esfínter se cierra sobre tres dedos ahora, que lastiman, que duelen, pero que también estimulan. Todo él ardía.

   -Es el coño de una puta, listo siempre a aceptar, adaptarse y chupar la circunferencia de cualquier verga. ¿Ya lo tiene mojado?

   -Mucho. –oye horrorizado y excitado Jeffrey, al tiempo que su culo es penetrado una y otra vez por esos dedos negros, mientras resuella sobre los crespos pelos de ese pubis, ignorando él mismo cómo pudo tragar tanto.

   -Oh, sí, puto blanco, pronto estarás de espalda en ese piso sucio, con las piernas abiertas, tu coño saciado y empegostado de leche de negros, esperando por más y más hermanos. Les diremos a todos afuera y entrarán como locos para saborear un platillo rico como tú. Será tanto lo que descargarán en ti que pasarás días botando esperma.

   Las palabras le erizan, le excitan, y cuando un güevo tieso a sus espaldas, le azota las nalgas, su culo sufre un violento espasmo. Estaba listo para ser tomado. Cierra los ojos y la imagen de otro hombre llena su mente. Uno al que desea ver y…

  -¡¿Qué mierda pasa aquí?! –ruge una voz colérica, realmente molesta.

   -No es asunto tuyo, hermano; vamos a trabajar a este putito blanco. Si quieres tu parte espera tu turno. –le responde uno de ellos, pero rojo de vergüenza, y calenturas, Jeffrey reconoce la voz.

   -¡Déjenlo!

   -Oye, si quieres problemas… -cuando le sueltan esos dos tíos, decididos a enfrentar al recién llegado, Jeffrey se endereza, y difusamente le ve desde la entrada del sanitario, alzando una chapa que congela a los otros.

   -No hacíamos nada malo. –se defiende el otro.

   -¿Lo drogaron? ¿Llamo una patrulla y nos vamos todos a una clínica? –amenaza.

   El tenso silencio de odio es toda la respuesta que necesita el policía, que les mira con furia, parecía muy capaz de sacar su arma y dispararle. Tal vez eso fue lo que más convenció a los otros, que murmurando se vistieron y salieron. Subiéndose el pantalón, que no cierra, dejando caer su camisa, Jeffrey espera, rojo de cachetes.

   -¿Estás bien? –Owen le encara y le pregunta, pero como impaciente.

   -Llegaste. –le sonrió tonto, lazándosele encima, rodeándole el cuello, besándole, tomándole por sorpresa. Como sorpresa es, y muy desagradable, cuando el otro le atrapa las manos soltándose.

   -Hey, hey… que vi donde tenías esa boca. –se burla.- ¿Estás drogado?

   -No, estaba a punto de tener sexo y llegaste. –le reclama, resentido de pronto.

   -¿Quería eso? –parece extrañarse.

   -¿Qué?, ¿sólo tú puedes putear con quien te dé la gana y cuando quieras pero es malo para los demás? –se siente herido. Luego calla, frustrado, deprimido y molesto.- Debo irme… -gruñe, olvidándose de todo, moviéndose y golpeándose la cadera con el lavamanos y casi cayendo. Las manos de Owen le retienen.- ¡Suéltame! –le ruge.

   -¿Qué tienes? ¿Por qué estás molesto conmigo?

   -¡Vete a la mierda con todos tus maricas a quienes si te gusta tocar! –confiesa más de lo que debería, intentando dar otro paso, pero todo dándole vueltas de manera desagradable. Estaba padeciendo un bajón súbito.

   -¡Jeff! –oye la alarma a lo lejos, pero nada más.

……

   -¡Apresúrate! –ruge con urgencia, e impaciencia, Albin Lomis, vestido con unos ajustados pantalones de cuero, botas altas, con una levita abierta sobre su torso algo blando, cubierto de una pelambre naranja, especialmente alrededor de las tetillas. Un quepis de motorizado y unos guantes negros completan el atuendo.

   Se siente inquieto por las cosas que Robert Read le obliga a hacer. No entiende a dónde va todo, pero su instinto aúlla cada vez que piensa en lo que tiene que hacer, comenzando al otro día. ¿Qué estaría tramando? Pero no puede dedicarle mucho tiempo, no dominado como está por otra urgencia. El chico. Porque ahora era “el chico”. Su chico. Cuando piensa en ello se estremece con fuerza.

   -Lomis… -jadea Nolan Curtis apareciendo, gimiendo cuando el otro le atrapa una oreja y hala un poco con su mano enguantada, como si se tratara de un chiquillo.

   -¡Amo! Esta noche será “amo”, recuerda que es una fiesta temática. –le indica, severo.

   -No puedo hacer esto… amo… -gimotea sintiéndose infinitamente infeliz, sobándose la oreja al quedar libre.

   El chico también lleva unos pantalones de cuero, pero totalmente abiertos en el área pélvica, donde destaca un corto y chico suspensorio de cuero, por lo que sus nalgas redondas y jóvenes quedan al aire, lleva una chaqueta abierta, unas botas, también guantes, unos que (y le avergüenza) ha olido ya varias veces, el aroma fuerte era grato; igualmente lleva el collar alrededor de su cuello. Grande, evidentemente canino-fetiche-sexual. Lomis, mirándole severo, sirve dos copas de whisky, agitando la botella para que vea que toman de la misma, y le tiende una.

   -Toma. La necesitas. –es más bien una orden, y con manos temblorosas y algo inseguras por los guantes, Nolan obedece y bebe. El licor es fuerte, grato y cálido. El hombre toma el suyo, sonriendo. Si, la misma botella, pero en los vasos cortos habían cosas muy distintas.- Vamos con retraso. –urge, olvidado del temor a Read, impulsado por otras urgencias, unas que el diabólico reo había sabido leer en su alma oscura, explotándolas.

   -Yo… -la cara del chico es un poema de pesar, desvalido, sufrido.- No quiero hacer esto, por favor. –el otro vigilante le encara, mirándole dominante, hablando con fuerza.

   -Recuerda de dónde te saqué, de las cosas que te liberé cuando te degradabas en tus vicios y tus maridos te dejaron atado y olvidado en ese depósito. ¡Me la debes, chico! Quiero ir a esta fiesta y deseo que me acompañes, ¿es acaso mucho pedir, chico malagradecido? ¡Me la debes! –le repite y aunque el otro tiene mucho que responder a eso, no lo hace; se siente agotado, la mente embotada. Salir de todo sería mejor. Ceder. Someterse. Por ello asiente.

   Salen por la puerta interna que conecta con la cochera, solitaria y amenazante en esa vieja casa donde el hombree vive solo. Llegan a una camioneta Van, de la prisión aunque sin logos, o eso espera el joven. Cuando iba a abrir la puerta del pasajero, una mano enguantada, firme y fuerte de Lomis le atrapa el cuello, mirándole, abriendo la portezuela lateral del vehículo.

   -No, tú vas aquí.

   El chico quiere oponerse, correr, alejarse, pero no tiene fuerzas. Una jaula de perros espera en el interior, pequeña. Ni siquiera es consiente cuando entra, quedando en cuatro patas, casi encogido sobre sí; la puerta se cierra, el candado externo también. ¡Le tenía encerrado como un animal!, la idea era deprimente, alarmante, y sin embargo se sentía a salvo, tal vez por la idea, tonta a esas alturas, que después de esa noche quedaría libre del otro, no debiéndole nada. Casi no tiene espacio y agacha el pecho contra sus manos, la cabeza debe encogerla contra las rejas, su trasero quedaba presionado de la reja contraria. Y se revuelve.

   -No, no… -gimotea cuando una mano de Lomis le acaricia las nalgas, le recorre la raja, le apuñala suavemente el culo depilado, sin entrar, hasta que le escupe y el dedo regresa y se le mete.

   El chico enrojece de cara, avergonzado, sin poder resistirse o moverse. El dedo va y viene dentro de su culo; hay un impresionante, erótico y perverso contraste entre el largo dedo enguatado de negro, lustroso, entrando y saliendo del redondo y liso culo muy blanco. Le dilataba, el chico no sabía para qué hasta que un consolador corto, que comienza en punta, engruesa hasta una perita para luego adelgazar otra vez, desaparece en sus entrañas. Se tensa, pero no puede hacer más. Lo llamativo es que fuera del culo se extiende, en goma, una muy flexible cola de perro.

   Nolan cierra los ojos, lloriqueando, humillado, vergonzosamente usado cuando Lomis cierra la portezuela, enciende la camioneta y salen de la cochera. Gimiendo ahora, cada giro, cada movimiento del vehículo agita esa cola externa que produce reverberaciones poderosas en sus entrañas, inquietante, estimulantes. Oprime los dientes, quiere apretar su agujero para contener las sensaciones, pero estas se multiplican y gime bajito, cerrando los ojos.

   Y todavía no llegaba a la fulana fiesta.

CONTINUARÁ…

Julio César.

NOTA: Esto es muy largo, no sé si eliminar la fiesta de perritos de Nolan.

PREPARADO PARA LAS FIESTAS

mayo 15, 2015

EL SUEGRO LO ENVICIA

ESCLAVO DE LA NEGRA CARNE

  Todos terminaban de rodillas…

   Evan debió escuchar las advertencias que su nueva novia, una bonita y pícara chica negra, le hizo nada más conocerse en el nuevo barrio; que esos chicos de las pandillas eran malos, y que a los carajos negros les encantaba cogerse los culitos blancos a la menor oportunidad que se les brindaba.

   Rubio, ojos azules, cara aniñada y recién llegado de Los Ángeles, quiso encajar con ellos esa clara y tibia noche de verano; mostrarse como un duro con los chicos de la cuadra, en Brooklyn, aceptándole la invitación a tomar unos tragos al grupo conformado por robustos chicos blancos tatuados, latinos con pañoletas en las cabezas y negros rapados. Quería ser aceptado como un tío rudo, pero tres cervecitas más tarde, algo zumbado, se encontró luchando con las manos de todos esos sujetos que querían tocarlo, que le llamaban nenita bella y esas cosas. Quiso irse cuando la cosa se puso color de hormiga, indiferentes al dónde estaban sentados, pero cuando uno le oyó decirlo, de un empujón le arrojó sobre manos y rodillas en la grama de la entrada del viejo jardincillo del atestado edificio, en plena calle, bajo farolas rotas que eran casi todas, bajándole los pantalones y el calzoncillo, sólo un poco, lo suficiente para que se le viera el culo levemente peludo.

   Se debatió, pero entre risas ya los otros lo retenían, silbándole y elogiándole el tamaño de las nalgas. Gritaba, rojo de cara, que ya estaba bueno de juegos, que lo soltaran, pero sabía que se engañaba. Gritó más cuando un escupitajo cayó sobre su hueco; y cuando el primer güevo grueso, tieso y caliente de un veinteañero penetró su culo, robándose su virginidad, se dio cuenta del tamaño de su error, como suele suceder, justo cuando es tarde. Esa vainota se le metió toda, sintió la pelvis del otro aplastándole las nalgas, y ardía y dolía, terrible, comenzando un saca y mete con fuerza en medio de las risas y voces de estímulo del resto de la manada. El tolete iba y venía, le cabalgaba con fuerza y con propiedad, como el gañan que sabe joder a pesar de sus pocos años, que se goza disfrutando únicamente él, entre gruñidos.

   El joven californiano sabía que quien se la estaba metiendo lo estaba gozando, sus grandes manos casi le acariciaban susurrando que era un culito rico, que hacía tiempo que no gozaba de un huequito tan bueno como ese. Todos aplaudían y aprobaban. Totalmente mortificado, Evan vagaba sus ojos alarmados de unos a otros, buscando ayuda, piedad, pero sólo encontraba lujuria, miradas fijas, vergas duras, voces roncas que preguntaban qué tan sabroso se sentía meter el güevo en su culo, y su violador contestando cada vez. Todos observaban su enculada en la entrada del inmueble. Incluso en los balcones bajos del edificio, sujetos atraídos por los gritos, miraban y se sobaban.

   Evan sintió ganas de llorar mientras ese güevo caliente robaba su inocencia públicamente, tomándole como a un puto que no puede defenderse, tomándola con fuerza. Pero mientras era ultrajado, gritaba, insultaba y protestaba en todo momento.

   -¡Déjeme ir! –chillaba.

   -Calma, nena, disfrútalo. –le respondía uno, entre carcajadas.

   Los gritos de su violador, sus temblores, el disparo intenso de leche hirviente en sus entrañas, le sorprendió, aumentando su congoja. Un hombre no sólo le había metido el güevo por el culo, delante de un poco de tíos, ¡se había corrido adentro! Ese chico aún le bombeó media docena de veces, antes de apartarse bruscamente. A Evan el hueco le dolía, estaba algo enrojecido y un poco de leche de allí salía. Pronto otro tolete ocupó el lugar; el tenerle así, retenido contra su voluntad entre varios, tomándole sexualmente aunque no lo quería, les calentaba demasiado. O tal vez era la idea de meter el güevo donde otro lo hizo poco antes, o ir clavándola mientras la esperma de ese otro escapaba. Como fuera, un nuevo tolete lo llenó, todo, sintiendo unos pelos contra sus nalgas. La pieza también estaba dura, la carne ardiendo, y comenzó a cogerle de derecha a izquierda, rotando en todos los sentidos, las bolas golpeándole. Cogía con fuerza, con ganas e ímpetus, la pieza entraba y salía rozándose contra las paredes de su recto.

   Sin embargo, ese chico, latino por los “puta, puta”, que le lanzaba en español, duró poco. El siguiente también, un nuevo tolete tan largo que casi temió le llegara al estómago. A esas alturas, a Evan todo le daba vueltas, las risas, esas miradas, esos güevos afuera, estando al lado de la acera, la gente viéndole ser cogido desde las ventanas y la calle. Lloroso le parece ver personas asomadas en otras edificaciones. Gente que veía lo que le hacían y no intervenían. Cuando el quinto güevo deposita su carga de espermatozoides en sus entrañas, que llevan rato chorreando fuera, todavía gimotea.

   -No, no, basta, yo no soy ningún marica…

   -Déjate de vainas, Evan… -oye la fuerte voz de Tyrone, un chico alto y musculoso, negro como la noche, el hermano de su novia, el cual le muestra a la altura de los ojos una impresionante verga toda nervuda.

   Evan no sabe qué decir, ¿el hermano de Trysha? Le ve rodearle, ir tras él, medio agacharse y ocupar su lugar frente al culo de puertas abiertas. El chico californiano arruga la cara, su frente se frunce, su boca deja escapar un quejido cuando la titánica pieza masculina se entierra en sus entrañas, de golpe, totalmente, a pesar de lo larga y gruesa. La siente llenándole, palpitándole. Y más cuando el joven se tiende sobre él, para hablarle.

   -Eres esto, una puta busca güevos. –le informó, embistiéndole sin agitarse mucho, usando su peso y lo largo de su miembro.

   -No, no, ustedes me obligaron. Yo no quería esto. Yo no soy esto. –se defiende lloroso, derrotado.

   -Amigo, conmigo ya somos seis quienes te hemos cogido. Seis vergas en tu culo en pocos minutos, lo que habla mal de mis amigos. –ríe.- Y cada uno disparó su semen dentro de ti, y cada disparo convirtió tu culo en un coño hambriento. Eso les pasa a los maricas reprimidos de sí cuando se encuentran con hombres de verdad. ¿No notas cómo me lo estás apretando y cómo me lo ordeñas? La verdad es que ya no importa cómo pasó, o qué te llevó a esto, ahora eres un culo tragón de güevos y leche. Lo quieras encarar o no… Joder, cómo me lo sobas… -burlón le susurra al oído.- Y ninguno de los presentes se va a ir sin ocupar su lugar y verter en tu nuevo coño recién estrenado toda su carga.

   -Tyrone… -casi le solloza, suplicándole ayuda, mirándole sobre un hombro.

   -Lo siento, amigo, pero ya pasó. Cuando entres y salgas del edificio, de la cuadra toda, te preguntarás quién de esos chicos que ves al pasar enterró su güevo en ti esta noche. Te obsesionarás, querrás saber… y tu culo arderá con ganas de más. Siempre les pasa a ustedes. Y por supuesto que ocurrirá, te miraremos con burla, porque todos sabemos, la gente te mira ahora mismo, todos te hemos probado y nos ha gustado vaciar las bolas en tu agujero vicioso. Nuestras leches se baten y agitan en tus entrañas, te llegaran a la sangre y te embriagarán. Y vas a rogar por más, ya verás.

   -No, eso no… -solloza ahora, de manera abierta, indefensa y patética, haciendo reír a todos esos chicos que se ponen más calientes.

   -Ay, amigo, qué poco haces por ayudarte. –se burla de su muestra de debilidad.- Ahora todos estos hermanos saben que eres un putito sumiso, un coñito que no puede hacerles frentes; te buscaran y cazarán como perros en celo queriendo metértela. –se le tiende otra vez, cogiéndole con movimientos de cadera, susurrándole nuevamente al oído.- Vamos, no llores, alégrate; así como se te va a despertar el hambre por los güevos, también podrás conseguirlos fácilmente con tu carita de putito bonito. Tendrás los güevos que quieras, bebé, de todos los tamaños y formas, todos calientes por meterse en tus mojadas y ardientes entrañas.

   -Hey… -les sobresalta un tipo algo barrigón, de anteojos, casi cuarentón, que sale por la puerta de la residencia.- También yo quiero del culo de ese puto. –hay risas coreando la frase.

   -Veinte dólares, maestro. Mi puto necesita su maquillaje. –oferta Tyrone.

   Evan contiene a duras penas un sollozo, comprendiendo de pronto que era verdad lo que decía su ex cuñado, ahora su macho, su vida había cambiado para siempre. Lo sabía, con rabia, furioso con la vida, porque en cuanto Tyrone comenzó a correrse de manera impresionante en sus entrañas, su propio tolete disparó su carga dentro del calzoncillo, sintiéndolo muy rico.

   Había nacido, del semen de muchos tipos, otro putito.

Julio César.

NOTA: Corto, sin contexto ni seguimiento. No me salen muy bien. No es mi estilo.

SERVIR Y OBEDECER… 4

mayo 13, 2015

SERVIR Y OBEDECER                         … 3

   La siguiente historia NO ES MIA.

SERVE AND OBEY

By: lexicodecy

TIO ATADO Y LISTO PARA LLEVAR

   Todos tendrán su turno.

……

   -Hay un marine perdido, Fox; el cabo Morales, Edward Morales. -oye la voz algo impaciente del Comisionado.- Lo reportaron hace media hora. –hay un largo silencio en la línea. Sintiéndose de pronto muy inquieto, el comisario Fox mira por su ventana.

   -Sería, ¿el qué?, ¿el segundo que desaparece por el estado en tres semanas? –termina intentando contener la alarma.

   -El segundo… oficialmente. Hay sospechas de otro, aunque al principio se le tomó por desertor. Fox… -hay urgencia.- ¿…Acaso desaparecieron en nuestra jurisdicción? ¡Hablamos de tres marines!

   -No estoy seguro… -pero investigaría. Una lucecita de alarma se encendió.

……

   No puede contestar. De verdad no puede aunque está ardiendo de calentura, de irritación y picor, todo su cuerpo agitado y bañado en sudor. Pero no, no quiere que nada entre, otra vez (sonda y tapón anal), por su culo.

   -Bien, es obvio que todavía no aprendes tu lugar. –le dice Preston, una nueva nalgada cae sobre su glúteo derecho, haciéndole gemir, de dolor y alivio.

   Y cuando espera lo peor, qué sabe que vendrá, el joven cabo Edward (Eddy) Morales se tensa, abriendo mucho los ojos. Ese sujeto se ha agachado detrás de él, atrapándole con los pulgares las nalgas, separándolas todavía más a nivel de su agujero y le pega la lengua, una que está muy afuera de los labios, tensa, apuñalándole con ella la entrada del culo. Y, Dios, se sentía tan bien, al tiempo que sucio y degradante. La siente rozarle, apuñalarle una y otra vez. Luego se aleja. Tragando, mordiendo la mordaza con fuerza, casi enfermo de calenturas, sus ojos se dilatan otra vez. De miedo. El sujeto se ha opuesto de pie, rumbo al mesón, y vuelve con otro de esos enemas color rosa suaves, uno que le tenía casi muerto de angustia por la agitación en sus entrañas.

   Bufa desesperado, mordiendo y babeando la mordaza, tensando sus nalgas. Logrando que el otro sonría más excitado todavía. Tendría que darse algún alivio pronto, se dijo. Luchó un poco pero logró meterle la cánula y, apretando la bolsa con una mueca, logró que el líquido le penetrara pronto. Lo hizo respirando pesado, disfrutando eróticamente el observar cómo la sustancia bajaba y se le metía por el culo, llenándole las entrañas. Verle arquearse, agitado, todo rojo, así como su abdomen abultándose contra la mesa, lo que incrementaba el malestar, le divierte. Su puño aprieta aún más la bolsa, deseando que tuviera más de ese enema. Casi le oye sollozar sofocado. Debía estarle molestando bastante. Con movimientos precisos repite la operación de sacarle la cánula y taponarle el agujero con aquel cinturón.

   Le nalguea y Eddy Morales casi llora, porque ahora si siente el malestar intensificado. Estaba demasiado lleno, y esa cosa estaba quemándole las entrañas de manera intensa.

   -Siempre que te diga algo debes responder como te lo indique, bajando la mirada ante tu hombre, también los hombros, con aire gacho. Te hablo y debes ser humilde. O pagar las consecuencias. Si te ordeno que saltes, no piensas, no preguntas cuántas veces ni a qué altura, ni siquiera te lo planteas a ti mismo. Sólo debes obedecer, chicano de mierda. –otra nalgada, el dolor regresa, las lágrimas a sus bonitos ojos también.- Lo que yo, o cualquier otro macho que sea tu dueño en el futuro, te ordene, es ley sagrada para ti. Obedecer será tu placer mayor; una medio caricia de tu amo, toda la recompensa a la que tienes derecho a recibir, una que te hará delirar. Si me retas…

   Lo deja así, pero, se mueve, y Eddy tiembla, frío de cuerpo. Aquel sujeto recorre su espalda con una mano grande y fuerte, de macho acostumbrado a controlar su ambiente y su vida. Y la idea le parece ajena, extraña. Esa mano cubre su espalda, llega al otro lado y… Grita, ahogado, pegando un salto a pesar de las ataduras. Las manos de ese sujeto caen en sus axilas, las dos a un tiempo, y comienza a hacerle cosquillas. Luchando contra el contacto, se provoca dolor en la panza, pero a medidas que esas caricias logran su propósito, que ría como loco, agitándose más, estremeciéndose, ahogándose en carcajadas tras la mordaza, entiende lo diabólicamente cruel del tratamiento. Llora y ríe, se estremece aunque no quiere porque duele, pero no puede contenerse. Y ese hombre continúa, una bonita sonrisa en los labios, torturándole de aquella manera. Los dedos rascan sobre su piel no muy peluda, y las risas lo están volviendo loco, ahogándole, haciéndole babear feamente. Le grita que le deje, luego le amenaza con bufidos; rojo de cara, bañado en lágrimas, le mira luego, suplicándole, rogándole tras la mordaza. El hombre sonríe y le deja, su cuerpo exhausto cae sobre la mesa, agitado.

   -Espero que entiendas que resistir es inútil, y que sólo prolongas la agonía de tu entrenamiento. –le mira cuando lo dice, totalmente convencido.- Por otro lado, resistirte a tu esencia servil de hombre inferior, es una tontería. Va contra la naturaleza y a lo que quiere el buen Dios, que sirvas a tus superiores. Serás más feliz en cuatro patas, viviendo en una perrera; o como parte de una manada, oliéndoles los traseros a otros cachorros como tú. O como nena, con pantaletas y tetas en piernas de un hombre que te cuide. –se le tiende, hablándole a la cara.- Ya lo verás. Siempre llegan como muy machitos, luego piden ser atendidos como las hembras necesitadas que son. Sabes que es cierto. Medítalo. –y se aleja, hacia otra puerta al fondo del cuarto.

   ¡Iba a dejarle allí, con la panza llena!, se dijo angustiado, gruñendo, llamándole. Infructuosamente. Le vio abrir la cerradura con una llave a su cuello, apartar la puerta y dejarla abierta, aunque no podía ver que había allí. Tampoco puede pensar mucho en ello, no en su horrible situación actual, con su cuerpo frío, transpirado, su cara llena de lágrimas, saliva y algo de mocos. Dios, ni siquiera puede intentar relajarse al estar allí a solas. Caer sobre la dura mesa le molestaba en la panza. Cerrando fieramente los ojos, apretando sus puños y afincando los pies tensa sus nalgas. Quiere destaparse. Soltar el chorro contenido en su interior. Intenta visualizarlo, ese tapón clavado en su culo, verlo agitarse, retroceder y salir. Pero nada ocurre, y apoyando el mentón en la mesa, solloza derrotado. Quiere alejarse mentalmente pero es cuando…

   Oye unos leves y apagados jadeos que no puede saber si son de dolor o placer, tan sólo que son ahogados, como si algo cubriera la boca de quien los emite. Lo que si están claros son los sonidos de golpes, el mismo acaba escucharlos mientras los recibía. Pero no son palmadas con las manos, parece algo más. Estaban, imagina, nalgueando a otra persona. La idea le horroriza de una manera intensa. ¡Había alguien más allí! ¿Otro prisionero de ese blanco hijo de puta? ¡Un loco, era un maldito maniático! Y le tenía, a él, atado. Y estaba dándole duro a ese otro sujeto. Los azotes parecían subir en intensidad, también los ahogados gemidos. Oye un lejano, “tómalo todo, perra”, seguido de un jadeo más largo.

   Eddy Morales muerde esa mordaza con fuerza, agita muñecas y pies, tensándose al máximo, intentando librarse. ¡Tenía que escapar! Tenía que salir de ahí pero a toda carrera. En esa otra habitación estaban cogiendo a alguien. Lo sabe. Ese sujeto debía estar penetrando a quien tenía allí, después de azotarle el culo con algo. Pero no era eso lo que le erizaba la piel de miedo, de repulsa, era que al sonido de las palmadas de caderas contra nalgas, porque a esos sonaba, se dejaban oír los gemidos de la víctima, unos que eran roncos, intensos, entregados. De quien estaba disfrutándolo mucho. Esos gemidos ganaban en intensidad mientras los segundos, y las cogidas, se prolongaban.

   -¿Te gusta? Quiero oírlo. –le oye lejos, bajito. Las palmadas intensificándose, los gritos de gozo del otro más claros.- ¿Te gusta mi verga en tu culo? ¿Te gusta sentirla llenando tu coño de puta hambrienta? –le oye.

   -Si, maestro…. ¡Ahhh…! -el tono entregado era horrible para Eddy.

   Agita la cabeza e intenta cerrarse mentalmente, no escuchar, pero no puede. Le oye gruñir como un animal poderoso, gritándole ronco al preguntarle sí la siente, toda clavada en su coño palpitante, que sí nota como sus bolas le golpean. Los gemidos del otro eran aún más frenéticos. Eddy casi siente nauseas al escucharle decir a ese sujeto, casi como si fuera un elogio, que su culo se sentía estirado, pero todavía apretado y rico como cuando le desvirgó.

   -¿Quieres mi jugo en tu coño mojado, perra? –le preguntaba con rugidos, seguramente para que le escuchara, torturándole más. Pero lo peor era…

   -Oh, sí, maestro, dame tu néctar… ¡Ahhh! ¡Ahhh! ¡Hummm!

   -Sabía que eras un puto en cuanto te vi, soldado. –eso aterroriza más a Eddy.- Seguro que vivías en tu regimiento pendiente de verles las vergas a tus compañeros, especialmente a los machos blancos… Ahora vives parte de tu fantasía, puto de mierda. –le oye rugir, feo, cogiéndole más, haciendo lloriquear de placer al otro.- Pero pronto la realizarás totalmente, habrá una fiesta, de veinte a veinticinco amigos vendrán, y desnudo, atado a una mesa, serás el banquete. Tu coño y tu boca serán usados y llenados de hombrías y de mil leches, mucha leche. Y serás feliz, puta. Muy feliz.

   Y como si todo eso no resultara de lo más horrible que había escuchado en su vida, Eddy todavía tuvo que oír al otro gemir por más, por más güevo, por nalgadas, agradeciéndolo siempre, lo que le provocó un ataque de ansiedad tal que perdió el conocimiento.

   Lo que, en su situación, siempre era peligroso.

……

   El sol dejaba a todos ciegos en el jeep, aunque les daba la excusa perfecta para usar sus reflectantes lentes oscuros, que se les veían muy bien, reconoce el joven, algo vanidoso. Habían estado recorriendo los límites fronterizos, aunque, curiosamente, no en busca de irregulares, indocumentados o narcos. Tan sólo debían “dejarse ver por la zona”.

   -Qué calor, coño. –ruge Bridge, sudando copiosamente bajo su casco, deteniendo el vehículo militar junto al bar.

   -No deberíamos… uniformados… -inicia Majors, con su costumbre de no terminar las frases, aunque haciéndose entender.

   -Oh, vamos, una para el camino. –decide el joven cabo, sonriendo todo chulo, notando las miradas de algunas jovencitas que se cruzan con el atractivo trío de hombre uniformados. Tres gloriosos marines norteamericanos.

   Bajo techo el calor descendía un poco, no mucho; tomando las frías cervezas, el ánimo mejoraba. Sentados a una mesa, todo campechanos, Eddy Morales y dos socios, sin sus cascos, con sus aires de juventud y virilidad, llamaban la atención de los pocos presentes. Algunos les miraban divertidos, otros censurándoles un tanto que estuvieran uniformados y tomando. Está el joven latino; también un rubio de ojos azules que casi parecían lanzar destellos, cuello rojo, y algo de niño en su semblante, Bridge; el tercero era un pelirrojo totalmente pecoso, de ojos pequeños y algo cercanos que le daban un aire de lelo, Majors. De todos, Eddy era el más abierto, franco y hablador. También quien más lanzaba miradas, algo lujuriosa, a las jóvenes presentes, acompañadas de otros o no. Así como a la camarera. Ella le miraba también, sonriendo.

   Y en una esquina un sujeto les mira sin llamar la atención, sin mover el rostro, la gorra casi calada sobre los ojos. Ve al rubio y al pelirrojo ponerse de pie, les oye decir que darán otra vuelta. El sucio cholo observaba a la joven tras la barra, quien también le miraba, respondiéndoles a los otros que le dieran un tiempo y que regresaran luego. Hubo un acalorado intercambio de pareceres, pero el chicano se impone y se queda. Todo chulo. ¡Un marine que no hace su trabajo!, oprime los labios con furia. Pero, en fin, era un chicano, ¿qué se podía esperar? El culpable era quien le había dado ese uniforme.

   Le vio ir a la barra y hablar con la mujer, que sonreía, pero señalaba algo detrás de la pared donde se preparaban los pocos platillos que se consumían. El hombre sabe lo que le dice, su marido estaba allá atrás. La cara de chasco del joven le dio toda la información que necesitaba. Le vio despedirse y salir bajo el sol. El mirón terminó su cerveza y le siguió unos pasos atrás. Le vio entrar en el apartado urinario, y mirando en todas direcciones, fue hacia allá, metiendo la mano en su bolsillo posterior y sacado un pequeño frasco, también un pañuelo.

   Entró, escuchó un alegre silbido y vio al marine meando en el urinario de pared, este se medio volvió y le vio al entrar, lanzándole un gesto de cabeza que no contestó. Volviendo la mirada al frente el chico continuó, terminando, agitándola para salir de las últimas gotas. Lo último que haría como hombre libre.

   Fue cuando el mundo se le vino abajo a Eddy Morales, un brazo rodeó su cuello, un pañuelo empapado de algo que olía fuerte, ácido y dulzón, le llenó totalmente los pulmones cuando aspiró dispuesto a preguntar qué coño pasaba. ¡Le estaban atacando!, se dijo, debatiéndose contra ese sujeto que se pegaba a su espalda.

   -Quieto, chicano.

   La voz resonó contenida y autoritaria en sus oídos, cargada de menosprecio, de desdén, cosa que le alarmó más e intentó controlarse para dar un golpe. Un codazo o una patada. O lo habría hecho, pero estaba mareándose, perdía la conciencia y de manera histérica aferró con sus fuertes manos ese brazo, intentado alejarlo, ignorante de la sádica sonrisa del atractivo rubio que mantenía la mano sobre su cara, reteniéndole con el brazo, pegándole de su cuerpo, la verga dura y palpitante mientras le reducía, le dominaba. Le capturaba. Siseándole suave contra una oreja, Jim Preston continuó reteniéndole, venciendo sus últimas resistencias, sosteniéndole con su cuerpo para que no cayera. Sabiendo que ya le tenía donde quería…

   Hubo un último estallido de vigor de Eddy, pero esa mano oprimió más, ese cuerpo lo arropó con fuerza.

   -Tranquilo, chicano, que vamos a divertirnos bastante tú y yo… perra.

CONTINÚA…

Julio César.

EL SUEGRO LO ENVICIA… 43

mayo 9, 2015

…LO ENVICIA                         … 42

   Este relato me lo envía por correo un conocido de la casa, LeRoy, y es bueno, aunque es una mala traducción que me tomará tiempo medio hilar. Este relato que NO ES MÍO, lo llevo más bien como una pequeña adaptación. Que el autor no se moleste, por favor. Bien, la trama: un chico muy joven sueña con ser físico culturista y se casa con la hija de un ex culturista, el cual termina convirtiéndole en el juguete sexual de todos los hombres. Disfrútenlo.

……

Título: Muscle Pussy

De: hgenyc9261@gmail.com

EL TIO CON EL HILO DENTAL ROJO

   Ese chico busca pelea donde sea.

……

   Desde el otro lado de la habitación los sonidos del aparato de televisión indicaban que se reiniciaba el juego.

   -Okay, chicos, se terminó el show, volvamos para terminar de ver el juego. –anuncia Bill, regresando a los sofás con Mike, Kurt y McVay.

   Tomándolo como señal para terminar la exhibición, Bobby se inclina otra vez, para recoger sus pantalones, pero la mano de su suegro, sobre su espalda, le retienen en la posición mientras le sonríe a Dion, quien no había apartado los ojos ni un segundo de las duras nalgas turgentes del chico blanco.

   -Vaya, Dion, parece que eres un hombre capaz de apreciar un buen culo grande como el de mi yerno, ¿no? –comenta Ben, atrapándole las caderas al joven y exponiéndole más.- Mi muchacho siempre ha trabajado duro para conseguir estos músculos. Son duros, firmes. Anda, tócalo y siéntelo… -invita atrapándole una muñeca al jugador negro, llevándole la enorme mano al trasero, donde cae, con los dedos abiertos, y Ben todavía le guía sobre la turgente piel tibia del joven macho blanco en tanga de mujer. Esa mano acaricia y frota la musculatura del otro macho.- Agradable y suave, ¿verdad? A mi yerno le gusta saber que otros atletas aprecian todo su duro trabajo. Vamos, chico, muéstrale todo. –le indica al joven rubio casado con su hija, atrapándole un tobillo y alzándoselo, montándolo sobre uno de los bordes de la mesa de billar, dejándole abierto casi en un ángulo de noventa grados, la tanga totalmente metida en la raja.

   -Suegro… -jadea Bobby, sintiéndose demasiado abierto. No entiende qué intenta Ben, tal vez era mostrar con orgullo el desarrollo físico de su hijo en la ley, pero…

   -Tócalo. –le oye decirle a Dion.

   Y Bobby cierra los ojos al ser totalmente consciente de que Dion está a sus espaldas, y como las dos enormes manos caen sobre sus nalgas, recorriéndolas, amasándolas, los dedos negros clavándose en la pálida rojiza carne, con uno de ellos recorriendo la raja entre los glúteos, deteniéndose sobre su culo afeitado y liso, acariciándolo sobre la tirita del hilo dental.

   -Es realmente bonito, ¿no? –oye que Ben le pregunta en voz baja, para que los otros no escuchen.

   -Se siente muy bien. –concede oscuro Dion, sus manos no se detienen, tiene que tocar, sobar, palpar, empujar la punta de su dedo sobre ese ojete, casi temblando ante la imagen que se le forma en la mente, aplicarle tanta presión que termine penetrando falange a falange a ese chico blanco por su entrada secreta y prohibida de hombre.- No quiero molestar al marido de tu hija, así que…

   -Tranquilo, a mi yerno le encanta cuando hombres grandes como nosotros jugamos con su coño. Lo necesita. Debe estar muy urgido porque lleva una semana sin un tío que le sacie y calme. Y, créeme, su cuerpo lo demanda.

   -¿Tíos grandes como nosotros? Joder, ¿acaso me estás diciendo que le clavas el güevo a tu yerno? ¿Al marido de tu hija? –se impresiona Dion, dando un paso atrás pero con su verga latiendo casi fuera de la pantaloneta.

   -¡Qué puedo decirte, míralo! –responde el otro, con una sonrisa, apartando con las manos aún más esas nalgas muy abiertas, un dedo recorriendo la raja.- Es un chico musculoso y fuerte, guapillo, que ha descubierto que adora ser atendido por los hombres. Le gusta saber que nos excita. Hasta ahora no le he visto retroceder ante ninguna verga, por grande que sea. He visto su culo temblar de emoción cuando baja, atrapando a cabeza de un tolete, devorándolo sin dejar un centímetro afuera. Ni te imaginas lo que se siente cuando cierra los labios hambrientos de su agujero sobre tu güevo.

   Y oyéndole, Bobby enrojece, entre avergonzado y caliente, porque sabe que bajo la tela del hilo dental femenino que lleva, su culo titila salvajemente, anhelante, visible a los otros dos. Si, hambriento de hombres.

   -¿Alguna vez has tenido una buena verga negra y grande en tu coño, Bobby, haciéndote llorar de placer? –Dion le pregunta.

   -Si. –responde el chico, enrojeciendo, mirándole la silueta del miembro.- Bill me cogió antes. –confiesa, aunque callando los nombres y número de todos los otros chicos antes. Algo de vergüenza debía haber, ¿no?

   -Vaya con el gran Bill. –Dion ríe entre dientes, jugando con sus dedos sobre ese culo liso, abriendo los labios hinchados y metiendo casi la uña de uno de ellos. Quizás todavía dudando entre hacerlo o no. Finalmente suspira.- Apuesto a que este agujero rico se sentiría muy dulce alrededor de mi verga. Pero si mi mujer lo sabe…

   -Claro que no se enterará. –Ben le tranquiliza en voz baja.- Nadie lo sabría fuera de los aquí presentes. Y todos sabemos guardar nuestros secretitos. ¿Qué haces cuando encentras un coño como este?

   Bobby no escucha la respuesta, pero se estremece cuando siente que Dion se arrodilla y oprime la enorme cara en su raja interglútea abierta, los gruesos labios recorriéndole, la lengua caliente y húmeda azotándole la entrada abierta, demarcándola con la punta de manera circular, logrando que el joven rubio medio gima, cosa que le lleva a morder un poco la tersa y tierna piel blanca.

   -Amo comer coños… -se oye la pastosa voz de Dion, como toda explicación a lo que hace, antes de comenzar a lamer y lengüetear en serio sobre el agujero de Bobby. Succionando ruidosamente.

   El chico cierra los ojos, boca abierta, mejillas rojas, la sensación de esos labios gruesos, de esa lengua ensalivada, el aliento que le quema mientras su agujero es rodeado por esa boca que succiona y luego lengüetea, le tienen débil. Oye la voz de su suegro, que contribuye abriéndole más las nalgas, pero ni siquiera entiende lo que dice. Pero si nota la verga dura del hombre, como una tabla levantando la tela de su pantalón mientras ve a su yerno siendo comido y cogido por la lengua de un enorme sujeto negro.

   -Eres un putito, Bobby… -Dion le gruñe, montando las manos sobre sus nalgas abiertas, dándole cortas lamidas entre palabras.- Te gusta ejercitar tu cuerpo para tenerlo grande y fuerte, pero para exhibirte frente a los machos, ¿no? –los labios se cierran otra vez, y succiona nuevamente.- Oh, Dios, tu coño se siente tan suave, dulce y liso, y con tu carita bonita se nota que has nacido para ser un musculoso putito amante de las vergas enormes. ¿O no es así? ¿No sueñas ya con mi verga clavada hasta los pelos? ¿No te imaginas siendo tomado por todos los hombres presentes, incluido tu suegro? –la lengua vuelve a clavarse en el redondo y titilante agujero que se abría y cerraba, metiéndosela. Cogiéndole con ella.

   El rubio chico no puede responder, recorrido como está por toda esa lujuria, amando su voz ronca y sexy, mirando hacia abajo, notando que estaba completamente erecto bajo su pantaloneta de básquet. Y cada vez que le metía la lengua, parecía agitarse más bajo la tela.

   Después de uno minutos de saborear el coño del putito caliente, Dion se pone de pie, todavía recorriéndole con un dedo la mojada entrada.

   -¿Los quieres a todos? –le pregunta, enderezándole, ayudándole a subirse los pantalones, cubriendo esa pantaletica que tanto le gustaba.- Volvamos con los muchachos. –le dice, casi empujándole hacia los sofás donde los otros miran la televisión, siguiéndole con Ben más atrás. Así cruzan y se presentan frente a Kurt, McVay y Mike, que estaban sentados en uno de los sofás. Bill que estaba en otro.

   -¿Qué diablos hacían? –grazna McVay en cuanto aparecen frente a sus ojos.

   -Hablar. –responde Dion.

   -¿Sobre qué? De lo único que te gusta hablar es sobre coños mojados. –responde el amigo, todos riéndose. En ese momento el teléfono de Ben timbró, saliendo este para responder pero regresando casi en seguida.

   -Mierda, tengo una emergencia que atender en el trabajo. Debe llevarme poco más de una hora. Regreso en cuanto pueda. –les informa.

   -¿Quieres que vaya contigo? –Bobby pregunta.

   -No, no tiene caso que los dos nos fastidiemos. No tardaré. –repite mientras ya va saliendo, acompañado por Bill. Dejándole allí con los nuevos amigos.

   -Bien, ahora quiero respuestas, maldito perro, ¿de qué hablaban allí? Por lo que todavía se nota en tu pantaloneta, parece que sí, que hablaban de sexo. –se interesa nuevamente McVay.

   -Hablábamos de esto. –responde Dion, altanero, al tiempo que regresa Bill, desatándole y bajándole el pantalón al rubio culturista, obligándole a volverse, subiéndole la camiseta y flexionándole la espalda, mostrando nuevamente el impresionante trasero del chico, redondo y dorado, lisito, con la tirita del hilo dental atravesando entre los glúteos, los cuales separa con sus manos muy negras sobre la pálida piel. Con un pulgar aparta la tirita de su culo. Mostrándole a los otros cuatros ese agujero liso e hinchado, todavía húmedo de saliva.- Esto que ven es el mejor culo firme y musculoso que he visto nunca. Un coño en toda la regla con la que nuestro amigo Bobby ha jugado mucho, entrenándolo con güevos, que parece le gustan muchos. ¿No es así, Bill? Tú ya lo has catado, ¿no?

   Totalmente enrojecido de vergüenza, Bobby vuelve la mirada sobre un hombro, enfocando a los otros hombres, que se veían aturdidos, pero mirando con atención aquella entrada lisa, brillante de saliva que Dion exponía.

   -¡Puta madre! –silba McVay.- ¿Es cierto, Bill? ¿Ya conocías bíblicamente ese bonito coño de chico blanco musculoso?

   -Pues, si, ya he tenido el placer de conocerlo un poco. –reconoce este, con un gruñido, una enorme pieza alzando también la tela de su pantaloneta.- Fue en una despedida de solteros. Bobby bailó eróticamente para nosotros. Y fue más de lo que pudimos tolerar, o nuestras vergas soportar. Tiene un agujero tan ávido que incluso pudo con dos miembros a un tiempo. De hecho… pensaba arreglármelas para entretenerle y separarle de ustedes. La verdad es que quería sentir otra vez su sedoso agujero de amor rodeándome y apretándome el güevo, pero no quería compartirlo con ustedes, perros. Quería disfrutar para mí ese apretado y dulce coño que Bobby tiene para ofrecer a los hombres.

   Y mientras lo dice, se frota a silueta de la verga sobre la tela de la pantaloneta, cosa que parece calentar también a sus amigos.

   -Hombre, creo que yo no le haría desprecio a un buen culo. –gruñe McVay.

   -¿Qué dices, Bobby? ¿Quieres jugar con tus nuevos amigos? –le pregunta Dion. Al hombre no le pasa desapercibido que el joven enrojece y sus ojos brillan de lujuria, pero también de alarma, después de todos son varios, y son enormes.- Vamos, nene, seremos tiernos. –le atrapa por una mano, haciéndole girar, y con la otra sobre su culo firme le empuja hacia sus amigos.- Muéstrale a los hombres lo que tienes.

   Confuso, mejillas rojas, Bobby se acerca a McVay, quien le detuvo alzando una mano, causando una súbita desazón entre los presentes.

   -Da la vuelta, amigo, todo lo que quiero es ver ese bello culo.

   Humillado, pero también excitado, el joven da la vuelta y siente los ojos del otro clavados sobre sus nalgas, que se ven más cuando le alza la camiseta corta, atrapándole con la otra mano una cadera, halándole, obligándole a caer sentado de espaldas, sobre su regazo. Y los dos hombres se estremecen, uno por la firmeza de una verga dura y caliente bajo él, el otro por el peso de un tío sobre su regazo, con un culo redondo que le pisaba rico. McVay gruñe cuando el rubio comienza a refregar el trasero de su pelvis, bailándolo eróticamente. Pero si este gemía, Bobby casi aullaba, el roce contra la dura verga provocaba que sus nalgas ardieran y su culo palpitara con calor.

   -Levántate un momento. –le oye decir, y le obedece.

   Cuando la mano en su cintura le hala de nuevo, con la otra mano le apartan la tirita del hilo dental, y Bobby gime al sentir que una pieza cálida, húmeda y esponjosa se frota de la entrada de su culo. Se vuelve y mira aquel negro instrumento de joder, grueso y surcado de venas, el glande contra su entrada. La mano hala, le amoratada cabeza se frota del redondo y blanco culo, al cual va penetrando, consiguiendo que Bobby abra mucho los labios. Le negra pieza logra meterse un poco, dejándole muy abierto, hasta que finalmente cae sentado sobre ese regazo, devorando totalmente le dura barra que quema, rasca y llena sus entrañas. Con las dos manos ahora sobre sus caderas, McVay le hala todavía más, empujando sus caderas hacia arriba, para tenerle bien clavado. Y lo hace mientras gime también. Ese culo estaba dándole la apretada de la vida a su tolete.

   -Ahhh, maldita sea, Bill. –jadea con los ojos desenfocados, ese culo amasándole la verga.- Este es todo un coño.

   -Te lo dije… y ama tenerlo lleno de machos.

   Mirando a los otros dos tíos en el sofá, Bobby los encuentra con sus vergas duras fueras de sus pantalonetas, tocándoselos. La de Kurt era como la de McVay, pero la de Mike era totalmente negra y gruesa. Y se endurecía segundo a segundo.

   Cerrando los ojos, preguntándose si no estará volviéndose loco al creer percibir el olor de todos esos güevos que babean, embriagándole, Bobby sube y baja su culo redondo y afeitado de la gruesa mole de carne negra. La atrapa, la cubre toda, la hala, la soba aprisionándola. Con rapidez, tiene que ser así, se dice echando la cabeza hacia atrás, jadeando por la boca abierta, porque necesita sentirla frotándole las entrañas, rozándole, estimulándole. Casa vez que las nervudas paredes del tronco se refriegan de sus sensibles paredes, siente más urgencias.

   -¡Qué puto! –oye a lo lejos, pero no le importa. Con sus ojos todavía cerrados sigue subiendo y bajando, empalándose, experimentando el indescriptible placer de sentirse cogido por aquel macho. Los labios de su culo extendiéndose cando sube, metiéndoseles cuando baja sobre la cilíndrica mole de carne dura y pulsante.

   -Mierda, eso me ha convencido, vamos, amigo, ven acá. –gruñe Mike, agitando su negra verga como un bate.

   Perdido ya en su putez, Bobby sale del güevo brillante de McVay, el cual emerge centímetro a centímetro de las pálidas entrañas halando los labios de ese “coño” caliente, cayendo sobre el regazo del otro, y al ir clavándose la gruesa tranca, gimió. Entra toda, tan sólo un centímetro o algo así se veía, frenado por los pliegues de sus nalgas; y sintiéndose vibrar, caliente como nunca, el rubio culturista comenzó a saltar sobre los musculosos muslos del otro hombre negro, la gruesa verga raspándole al entrar y salir, frotándole esa vaina que sentía antes de su próstata, y la próstata misma. Cada ida y venida parecía darle justo en el sitio y gritaba totalmente entregado, perdido en sus sensaciones. Casi sollozando.

   -Joder… -le parece escuchar sorpresa y aprobación en una voz, y abre sus hermosos, aunque empañados, ojos claros, mirando al resto de esos fornidos atletas de color rodeándole, todos de pie, sus güevos totalmente erectos y goteando sus jugos.

   Con una mano sobre su espalda, Mike le obliga a inclinarse hacia adelante, comenzando él mismo el saca y mete, cogiéndole duro, saltando sobre el mueble, provocándole al rubio una nueva andanada de gritos, gemidos y jadeos. Y mientras le jodía, el resto de los hombres salieron de sus pantalonetas, sus gordas vergas listas para intervenir y gozar. Y la idea hizo que el culo del muchacho se contrajera con un espasmo que casi hizo gritar a Mike de puro placer. Los cachetes se le pusieron muy rojos imaginándose la escena, porque todo estaba listo para el gang bang. Estaba a punto de ser cogido por una pandilla de musculosos tíos negros, con los güevos más grandes que ha visto nunca. Todos deseando clavárseles en las entrañas, perforar su liso y blanco capullo. Eso le hizo delirar, y cuando vuelve a caer sobre el regazo de Mike, sufre uno de esos curiosos clímax de culo, una sensación poderosa que le eriza y caliente mientras le atraviesan oleadas de placer orgásmico, sus entrañas mojadas e hirvientes apretando y succionando en todo momento el increíble falo que le llena, latiéndole y empapándole internamente aún más.

   -Dios, no sé que fue eso, pero… -Mike exclama, acalorado, recibiéndole cuando el chico rubio parece casi desmayado de placer, cubriéndole con sus enormes manos negras los lisos pectorales, atrapando entre sus índices y pulgares lo erectos pezones largos, apretándolos como si fueran las sensibles aureolas de una nena, consiguiendo que el chico se estremeciera más, de puro placer.

   -Mierda, vean eso… -exclama Bill, voz pastosa, mirándole la cara al chico rubio mientras su culo es totalmente llenado de verga y sus pezones pellizcados, arqueándose y emitiendo desfallecidos gemidos de gozo.- Joder Bobby, tendrás un cuerpo poderoso, fornido y musculoso, pero todos sabemos lo que eres, amigo, un putito de los gym, tienes un coño de culturista. No eres más que un jodido maricón, ¿verdad?

   Esperan que conteste, pero mareado, Bobby no responde. ¿Era un marica? Podría pensarse que sí, pero…

   -¿Lo eres o no? –le interroga Mike, apretando más sus pezones, no lastimándole, sino frotándolos con las yemas de sus dedos, al tiempo que se agita sobre el mueble, moviéndole la verga en el culo de manera increíble. Y el chico lanza un largo gemido.

   -Yo… yo… si… -medio responde con un prolongado grito de lujuria cuando esos dedos frotan más intensamente sus pezones, teniéndole erizado de pies a cabeza.

   Pero no era lo que Bill y los chicos querían escuchar. Deseaban que se confesara la reina puta del lugar. Que era un marica y los deseaba a todos. Algo que siempre excitaba a otros hombres.

CONTINÚA…

Julio César.

NOTA: Un amigo de la casa, Apolo, logró encontrar la página original de donde viene esta historia, que notarán fue versionada. Gracias, amigos. Quien quiera saber de qué va o cómo termina, que vaya a: http://www.nifty.org/nifty/gay/incest/muscle-pussy/

DE AMOS Y ESCLAVOS… 19

mayo 6, 2015

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 18

MUSCLE SEXY BLACK

   -¿Se te antoja algo de lo que ves?

……

   Temblando un poco a pesar de su porte altivo y seguro (con su cuerpo y pinta puede permitírselo), Gregory Landaeta entra a ese atestado vagón de Metro. Muchos ojos se vuelven y lo recorren porque se ve realmente caliente, y eso le agrada. Cada quien vuelve a lo suyo, pendientes de sus vidas, y se queda a un lado de esa entrada, recorriéndolo todo con los ojos, cuando lo siente…

   Algo sorprendido baja la mirada, del asiento junto a la puerta, con el codo sobre el tubo de respaldo horizontal, un chico bastante joven mira indiferente al frente, vistiendo una camiseta de muchos colores y un bermudas a medias piernas, sus extremidades algo velludas se ven desarrolladas, como si practicara con la bicicleta. Pero es su codo lo que llama la atención del hombre negro… Ese codo, al tener el brazos sobre el tubo, choca ocasionalmente de su entrepiernas, con tanto tino que le pega en la silueta de la verga bajo el jeans. Se estremece.

   Joder, ¿qué pasaba? ¿Sería un accidente? Como fuera, no se aparta. Ni el joven aleja el codo, el cual continúa medio cepillándole sobre el pantalón, sutil, provocándole unas dulces cosquillas en las pelotas. Cuando el tren se agita al ganar velocidad, se mece hacia adelante, y el codo sigue firme. El joven no le mira, sus ojos están fijos en los asientos opuestos, oyendo música. El codo, por otra parte… bien, lo estaba moviendo. Gregory no se engaña, lo sabe. El joven hijo de perra estaba refregándole el entrepiernas, lenta y deliberadamente, disfrutando de ese contacto ocasional que podría pasar por fortuito en medio de tantas personas. De tantos ojos que podrían ver…

   La situación era extraña, caliente por peligrosa. Haciéndose el paisa, a pesar de todo, se medio echa hacia adelante recostándose un poco más. Y el codo sigue allí, presionando con mayor firmeza, un hombre contactando con otro, un codo contra un güevo; cuando los dedos del muchacho tamborilean sobre el tubo, los frotes se intensifican. Tragando saliva, Gregory desvía la mirada. En los asientos del otro lado del vagón, un poco frente al chico, en uno de los asientos del medio, un sujeto les mira, ceñudo, como sospechando algo. El Metro se detiene, gente sube y baja. Él no se mueve, el codo no se aparta. Aquel sujeto no deja de vigilarles. Ahora hay más personas en el vagón, y Gregory nota a un sujeto, también ceñudo, que a sus espaldas medio mira algo por encima de su hombro. Joder, la situación era cada vez más peligrosa. ¡Pero no se mueve!

   Suda algo frío, erizados los pelos de su nuca, consciente de la gente que sigue subiendo, el vagón está atestado, quien les miraba desde los asientos centrales ya no les enfoca. Arrancan y ese codo se mueve más, de ladito, recorriéndole la silueta del güevo, uno que comienza a despertar con fuerza. Y el chico sin mirarle. Temblando de calenturas, Gregory se tensa cuando una mano, blanca cobriza, se agarra del mismo tubo verticalizado de donde se sostiene él, un poco por encima de su mano.

   -Disculpe. –oye casi sobre su oreja la voz queda de quien pide permiso.

   Y un entrepiernas, decididamente masculino, donde destaca la consistente silueta de otra tranca, se pega de su trasero, de manera abierta, cubriéndole las nalgas. Gregory se tensa por un segundo, el vagón sigue su marcha, el codo frotándole fuerte, el tolete lo tiene duro, como duro se está poniendo el que tiene contra su culo, que se siente caliente a pesar de ambos juegos de ropas mientras se le refriega siguiendo el ritmo del vagón.

   Gregory Landaeta cierra los ojos, joder, otra vez, piensa, pero muy consciente de las frotadas que estaban dándole.

   Yamal Cova sonríe cruel, mirando a los ojos a su compinche, Quintín Requena, sentado de culo sobre la capota del auto mientras Bartolomé Santoro come de su güevo, con gula, con gemiditos ahogados al tiempo que el coloso negro le empala el redondo y rojizo culo con su pieza monumental.

   -Lo goza. –le informa Yamal a Quintín, como respondiendo a una pregunta que este no ha formulado, mirándole la cara pintarrajeada al catire.

   -Así parece… -sonríe el otro, incómodo, estremeciéndose bajo la mirada del compinche, bajando los ojos al ancho tórax y terminando en la cilíndrica pieza que sale y entra del culo de aquel sujeto bonito vestido de putita, que gime y se estremece todo mientras es cabalgado por un macho.

   -Lo goza como nunca creyó gozar algo en su vida. Todo el tiempo que estuvo sin saber cómo era, no vivió, tan sólo estuvo por allí.

   -¿Qué coño quieres decirme? –se agita, tragando cuando los rojos labios embarrados de Bartolomé le tragan la tranca hasta los pelos. Ordeñándosela con la garganta.

   Sin responderle de inmediato, calibrándole, Yamal se retira del culo depilado del tipo, centímetro a centímetro emerge la enorme pieza surcada de venas, amoratada, pulsante.

   -Ven acá. –le llama.

   -Compadre, ¿tú cómo que…? –intenta Quintín una defensa, casi molestarse por la insinuación. Se tensa cuando esos labios abandonan su verga dura, succionándola y apretándola a cada trozo del recorrido en su retirada.

   -Anda… -le susurra Bartolomé con una sonrisita morbosa, oscura.

   -Yo no…

   -¡Ven acá! –repite Yamal, algo más fuerte, clavándole la mirada, diciéndole sin palabras que sabe bien lo que le ocurre. Quintín ríe cascadamente, pero baja, desnudo de la cintura para abajo, muy convenientemente, su güevo cobrizo claro se balancea en la nada, manando algo de saliva por la mamada que recibía.- Tócala. –le ordena. Eso le impacta.

   -¿Te volviste loco? No voy…

   -Tócala. Sólo eso. Sólo tócala. –le apuntala, una enorme mano aferrándole por un hombro, sin presionar, sólo cayendo ahí, pesada, grande, masculina. Estremeciéndole, llevándole los ojos a la pieza de ébano.

   -Cova… -gimotea, como temeroso. La mirada del otro tipo, algo más alto, es implacable pero no agresiva.

  -Tócala y veremos qué ocurre. ¿No quieres saber de lo que eres capaz? –le reta, y no sólo a tocársela, el joven oriental cree entrever todo un mundo de posibilidades que le asustan. Y a un tiempo le atraen.

   Su ano tiembla un poco cuando cubre la distancia, mirándola agitado, los ojos de Yamal fijos en su rostro. También los de Bartolomé, que sonríe suave, casi adivinando el resultado. Ese güevo era una maravilla y el otro terminaría adorándolo. La cobriza mano rodea el tronco, sin tocar aún, quemándose, y la respiración se le hace más pesada. Le quema y eso que no lo ha atrapado. Su palma cae, sus dedos lo rodean, cierra en puño y jadea contenido, es una titánica pieza realmente dura, caliente, llena de sangre y de ganas, unas que se siente por la manera en que late. La toca, la mira, y le fascina la sensación. Nunca antes había tenido el güevo de otro tipo en su mano, ni se lo imaginó, la verdad sea dicha, pero…

   -Sóbalo. –oye, como desde muy lejos.

   Tembló, y bastante, cerrando más su puño sobre la dura pieza masculina, sintiéndolo horriblemente sucio, pero también excitante. Mucho. Mientras su palma y dedos van y vienen sobre la tiesa carne, que pulsa y quema, le gusta. Le gusta mucho. Y le masturba, fascinado, caliente, su puño yendo y viniendo sobre el güevo del otro, que le mira intensamente, adivinándole.

   -Acomódate, ahí…

   -Cova… -jadeó contenido, alarmado, pero sintiéndose débil.

  -Vamos. –le ordenó, ya sin miramientos.

   A veces había que besar a una chica para silenciarla, para hacerle entender que se comportaba irracional negándose lo que deseaba. También algunos tipos. Así que tomándole una mano le obligó a volverse, a inclinarse dejando caer las manos sobre la capota, separándole las piernas.

   -Cova… -repite de nuevo, un ruego, totalmente temeroso de lo que va a ocurrir. Tembló como un plato de gelatina cuando el otro se le tendió, la dura y gruesa verga presionada contra una de sus nalgas, poderosa y pulsante.

   -Tranquilo, te la meteré suavecito. Tu virginidad será bien tratada. –promete.

   Quintín no podía dejar de temblar, atrapado entre dos poderosas emociones, el miedo y la curiosidad, la excitación sexual, que no pocas veces había perdido a hombres mejores. Casi jadeó cuando un chorro caliente y espeso cayó entre sus peludas nalgas, que fueron más abiertas al ser separadas sus piernas por una rodilla de Yamal. La saliva, que de eso se trataba, cayó, resbalando lentamente, sobre su raja, y al llegar a su culo, las puntas de tres dedos grande la untaron, frotándolo, lento, una caricia íntima y prohibida. Angustiándole. Uno de los dedos penetra un poco, abriéndole un tanto, ensalivándole. Un nuevo escupitajo cae, sobre los dedos que frotan y el que penetra, y casi grita. El negro dedo se hunde en su culo peludo y cobrizo, robando su sello de estreno. Ese dedo que rota es incómodo, se siente extraño, pero se mete, hondo. Quintín lo siente agitarse en su interior y cuando se retira jadea algo aliviado, pero casi en seguida puja cuando regresa, acompañado de otro. Penetran, duele, gime, se tensa. Una mano de Yamal entra bajo su camisa, acariciándole y recorriéndole el torso. Los dedos invaden su culo, adentro y afuera, una y otra vez, tijereando en su interior.

   Quintín cierra los ojos y gime de una manera extraña, perlado el rostro de sudor y con la frente fruncida cuando tres dedos enroscados sobre sí, le penetran ahora. ¡Tres dedos largos y gruesos! Sus nalgas se tensan, el orificio en medio recibe los dedos del otro, y en todo momento, estremeciéndose con las idas y venidas por las cogidas de esos dedos que ahora recibía, de sus labios apretados escapaban leves jadeos.

   Dios, ¿qué estaba haciendo?, se preguntó alarmado y terriblemente caliente, Yamal Cova. ¿Cómo hacía eso? ¿Cómo le metía los dedos por el culo a otro carajo, a un taxista colega? No lo sabe, no entiende cuándo se dio el cambio en su vida, pero le encanta. Se siente grande, poderoso, todo un macho alfa mientras le pellizca las tetillas con una mano y con la otra le mete los tres dedos, ahora en hilera verticalizada, dentro del culo, abriéndolo, forzándolo, obligándole a gemir quedamente. Retira los dedos del agujero empegostado por la saliva, los pelos pegados, y la visión de ese culo de macho, tan distinto al de Bartolomé, le hace pulsar la verga, que suelta un chorrito de líquidos claros. De deseos. Quiere poseerlo. Ser el primero. Escupe sobre su mano y se ensaliva el güevo lentamente, lo siente algo sensible después de tanto coger el coño del chico en pantaletas, maravillándose de que Quintín se quede ahí, ¿esperando lo que viene?

   -Ábrete más de culo. –le ordena, para ver qué hacía, notando la nuca enrojecida del oriental, cuyas manos van, aferran sus nalgas y las separa.

   Dios, estaba entregado. Perdido de calenturas por esa rendición, Yamal se posiciona detrás del hombre, el güevo temblándole fuerte, de emoción, el glande babeando ante la visión del culo ofrecido. Apuntala la cabezota, frotándola del esfínter, los dos estremeciéndose. Era increíble saber que le tenía a disposición, y empujó, luchando, oyéndole gemir, tensando el rostro; los labios arrugados de ese culo van separándose poco a poco, cediéndole el paso. Empujando más, metiéndosela casi hasta la mitad, se detuvo oyéndole gemir y levantar la cabeza.

   -Duele…

   -Relájate, eso es por un rato, después te va a gustar; te la voy a meter suavecito. El primer güevo que un hombre te meta debe ser algo memorable. –le dice.

   El tolete se forza, lentamente, centímetro a centímetro, y Quintín tiene los ojos muy cerrados, dolía y ardía, casi jadea cuando Yamal se detiene otra vez, su culo imposiblemente abierto. Quiere que la saque, desea que… Esa mierda allí, quieta, pulsa y quema contra las paredes de su recto, y la sensación era mejor que con los dedos, descubre horrorizado.

   Sonriendo al sentir como esas entrañas le atrapan el güevo, Yamal continúa metiéndosela, sin detenerse, palmo a palmo, nuevamente la gruesa barra de carne negra va desapareciendo en el redondo y chico agujero de aquel virgen culo masculino. Con un golpe de caderas termina de clavársela, sonriendo cruel cuando siente esas entrañas estallar en candela, apretándole salvajemente, mientras un grito escapa de los labios de Quintín, cuya boca cubre con su mano, tendido sobre él, clavándosela todavía más.

   -Shhh… -le susurra.- Todo nacimiento duele, y ahora estás naciendo como hembra para los hombres.

   Y a Quintín todo se le eriza de espanto, adolorido, pero también caliente ante esas palabras. Estaba horriblemente lleno, desgarrado, grita entre dientes cuando unos diez centímetros de güevo salen y vuelven a clavarse. Cosa que se repite una y otra vez, sin detenerse, sin darle pausa. El oriental respira de forma febril, sintiéndolo, percibiéndolo, también lo de sus entrañas, que se calientan y mojan, que se adaptan y se pegan del tolete pulsante que lo coge. Yamal lo nota, sorprendido, pero también excitado, como siempre ocurre cuando, por una causa u otra, a un sujeto a quien se la meten, le gusta.

   Tendiéndose más sobre él, rodeándole el cuello con un brazo, sube y baja sus nalgas, empujando su grueso güevo sin piedad, sin miramientos ya, cepillándole frenéticamente la pepa del culo al otro, quien grita de dolor y placer, que se revuelve contra él, su culo apretando de manera salvaje, de sus boca abierta escapando jadeos y algo de baba. Oírle y sentirle estremecerse, calienta más al coloso negro, quien siente las llamas ardiendo con mayor fuerza en su interior, cogiéndole sin detenerse, teniéndole casi desmayado por el placer que le producen las nuevas sensaciones.

   -Sube, putita… -le grazna a Bartolomé, quien les mira con algo de abandono.- Sube para que te laman el clítoris.

   Y mientras es cogido, Quintín, sin saber ni lo que hace, no entiende, hasta que esas piernas torneadas y musculosas, dentro de la medias de nilón oscuro, se separan frente a él, la pantaleta cubriendo un güevo medio erecto.

   -Vamos, come… -le ruge Yamal, empujándole, y él obedeciendo sin pensar, abriendo la boca, de donde escapan gemidos, y cubriendo la silueta del tolete bajo la pantaleta. Y sentirla en la boca fue casi tan grato para él como lo fue para Bartolomé, aunque este hubiera preferido mil veces tener ese grueso tolete de color en sus ardientes entrañas.

   Sonriendo perverso, como lo hace todo carajo que nota que puede controlar sexualmente a otros, enloquecerles hasta tenerles delirante, intensifica la velocidad de sus embestidas, con su güevo cada vez más duro mientras es apretado y masajeado por ese recto estimulado. Un culito apretado y sedoso era el mejor estuche para su masculinidad. Y en ese momento no le importaba para nada que alguien pudiera llegar y sorprenderles.

   También se lo cogería.

……

   Momentos antes de ser prestado por su amo, por primera vez a sus amigos, Roberto Garantón gemía y se estremecía de manera totalmente entregada, de panza sobre las piernas de Hank Rommer, sus ojos cerrados, su boca abierta, el collar de perro alrededor de su cuello, su espalda ancha y recia estremeciéndose, agitándose los músculos bajo la piel oscura, su redondo culo, prominente, de nalgas firmes, casi se ve hasta la mitad, estando el muy ajustado y chico bóxer blanco algo bajo, no mucho, sólo sobre sus bolas que pegan del muslo del catire, pero si lo suficiente para que deje ver algo enterrado en su depilado agujero, un pequeño consolador tipo vibrador, encendido, estimulándole internamente, lanzándole descargas de placer en las paredes del recto, mientras una mano blanca y firme sube y baja, una y otra vez, azotándole de verdad, marcándole la piel, casi lastimándole, cosa que le obliga a revolverse, a contener griticos, atrapando y apretando el juguete en sus entrañas. Y al hacerlo, las vibraciones, y sus efectos, se intensifican.

   -¡Negro malo! ¡Negro malo! –le ruge el chico mientras le nalguea, con sonoras bofetadas, de una mejilla medio enrojecida a la otra.- ¿Quién te crees para resistirte, para oponerte a algo que te ordene? ¿Un hombre? No, eres un puto. ¡Un puto! –lo grita feamente, los ojos clavados en ese trasero firme, en ese consolador enterrado, oyéndole gemir.- ¡De rodillas! –gruñe feo.

   Mareado, tembloroso, jadeando, Roberto obedece, quedando de rodillas entre las piernas del chico en el sofá, con su bóxer algo bajo, el vibrador clavado, los ojos cayendo ávidamente sobre la gruesa silueta de la verga del muchacho bajo la tela del pantalón.

   -¿Tienes hambre, negro puto? –el tono es humillante y degradante, mientras le mira a los ojos, atrapándose en un puño el tolete. Roberto le mira agitado.

   -Si, amito.

CONTINÚA…

Julio César.

SER O NO SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA… 33

mayo 2, 2015

SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA…                         … 32

   La siguiente es una historia que NO ES MÍA. Pertenece totalmente al señor capricornio1967. Tan sólo la reproduzco, tal vez cambiando una que otra coma, aunque la historia ya está por ahí, completa. Es un relato maldito en toda la regla, un hombre maduro decide tomar, controlar y dominar a su joven pupilo, transformándole en algo que no quiere, ni soñaba, aunque se resiste. Lo repito, es un cuento muy maldito. Disfrútenlo:

……

EL DILEMA

Autor: capricornio1967

Capítulo X “SIN SALIDA”

OSO SEXY

   -Acostúmbrate a mirarme desde ahí, puto. Abre la boca…

……

   Franco se coloca frente a Luis, lo toma por los hombros y lo mira fijamente, triunfador, con un aire de superioridad. El otro baja la mirada, no puede verlo directamente, sabe lo que le espera y todo su musculoso cuerpo está tenso y con un leve temblor, piensa que en cualquier momento no podrá continuar.

   El entrenador acerca sus labios a los de Luis y suavemente lo besa. La sorpresa y el rechazo en el otro es evidente pero no retrocede, solo permanece con los labios juntos sin responder al contacto. Jamás pensó que tuviera que besar a otro hombre y menos que ese otro hombre fuera Franco. Los labios de este exploran los suyos, la lengua presiona para entreabrirle los labios que permanecen cerrados. Los fuertes brazos de Franco abrazan al maduro macho para empujarlo más hacia él, su lengua más insistente mientras sus manos recorren la espalda ancha y curveada, avanzando desde los hombros hasta sus nalgas duras, firmes, redondas, masculinas y vírgenes de caricias de macho.

   Por más esfuerzos que Luis hace por evitarlo nada puede contra la ansiedad de esa áspera lengua que abre sus labios y entra a explorar su boca; por un instante la repulsión está por ganarle pero logra controlarse y dejarse besar por ese repulsivo pervertido que lo tiene en sus manos y al que le ha prometido servirlo sexualmente como intercambio.

   Franco, experto en besar, recorre detenidamente la boca de Luis mientras sus manos acarician grotescamente las fuertes y duras nalgas del señor Saldívar, quien permanece prácticamente inmóvil aunque su piel empieza a responder a la fricción de esas manos sobre su ropa, a los movimientos de esa lengua. Después de besarlo por varios minutos, Franco separa sus labios de los de Luis, dejándole un rastro de saliva alrededor de la boca y los labios más rojos de lo que estaban.

   -¡DESNUDATE! -le ordena mientras retrocede hasta sentarse en un cómodo sillón acojinado que tiene para descansar en su sala; si Luis supiera que está grabando todo seguramente huiría, pero el hombre está casi ausente, como si nada le importara, solo tratando de que eso termine lo más rápido posible.

   Como ansioso espectador, el perverso entrenador toma un vaso de tequila, mientras ve como Luis, sin levantar la mirada, empieza quitándose primero la camisa. Su pecho se muestra en todo su esplendor, sus bíceps grandes marcados definidos, perfectos, sus pezones son oscuros y de buen tamaño, invitando a ser saboreados, mordidos, lamidos, poseídos. Después se quita el pantalón deportivo y los tenis, quedando solo en un speedo color azul satinado que refleja un brillo en cada curvatura de sus nalgas y en su gran miembro que permanece dormido en su entrepiernas, un enorme bulto que aun en reposo es atractivo.

   Sus manos toman el borde del speedo y empiezan a deslizarlo en dirección hacia sus piernas y Franco pude ver como esas grandes bolas caen colgando pendiendo de la entrepiernas, así como la verga gruesa y larga que cae como una soga de carne. En unos cuantos minutos, Luis está desnudo, mostrándose como mercancía a su amo, a su dueño, a su futuro poseedor. La vista está clavada en el piso. Humillado trata de cubrirse la gruesa verga y las bolas con las manos.

   -QUITA LAS MANOS DE AHÍ. -le ordena inmediatamente Franco, sonriendo cruel, mirando hacia la cámara en la esquina, estaba a un segundo de atraparle para siempre.

   A Luis no le queda más remedio que obedecer, se expone desnudo a la vista de su amo temporal, para que lo disfrute. Esa situación es de lo más humillante, ser observado como objeto sexual, como pieza de compraventa para mercado de sexo. Expuesto a otro hombre. Es como si sintiera la mirada de Franco por todo su cuerpo, como si hasta con la mirada pudiera tocarlo. Y no anda muy equivocado, Franco sabe perfectamente cómo hacer sentir a un macho una basura, como hacerlo sentirse un puto, y su venganza contra Luis la tiene contemplada desde hace muchos años. El ver al otro así indefenso, resignado, le recuerda cuando tomo por primera vez a Daniel, como lo torturaba sexualmente disfrutando cada paso. Pero ahora es mejor porque tiene al pez mayor, ya no tendrá que conformarse con el hijo, ahí está el padre y el culo del padre será suyo, suyo por mucho tiempo.

   -Acércate. -le dice en un tono más suave.

   Lentamente el atractivo ejemplar camina hacia él, los años no le desmerecen para nada; su físico se mantiene espectacular como cuando eran adolescentes. Franco recuerda cuántas veces se había masturbado al recordar el cuerpo desnudo de su entonces mejor amigo. Siempre lo veía cambiarse en las duchas, hacía tiempo que no tenía la oportunidad de apreciarlo de nuevo pero ahora que estaba ahí no deja pasar la oportunidad de recorrerlo, primera con la mirada, sabiendo que eso es humillante para Luis, pero era solo el principio de la humillación, de la posesión, de la venganza planeada lentamente por varios años.

   Todo el atlético cuerpo del padre de su alumno tiembla, el hombre sabe lo que le espera, a lo que se ha comprometido, su destino esta sellado, su culo está salvando la carrera de su hijo, sin embargo cuando está frente a Franco, el verle tan cerca, olerle, sentir que está como macho hambriento esperando, deseando saltarle encima, excitado al máximo, le tienen al borde. Nunca antes había pensado que Franco pudiera desearlo, jamás había oído ni siquiera rumores sobre su sexualidad.

   Cuando Franco ve que Luis tiembla, que mantiene la mirada fija en el suelo, se acerca a la mesa de centro y sirve un tequila. Previamente había puesto ahí la botella, sabía que Luis tendría que ser estimulado para que perdiera sus prejuicios, para que se resignara más fácilmente. Llena el vaso de tequila y extiende el brazo ofreciéndoselo al tembloroso macho.

   -Bebe, te ayudara. -le dice en tono imperativo. Luis, casi por inercia, toma el vaso y se empuja el contenido de un solo golpe.

   -¡COFF! ¡COFF! ¡COFF! -el tequila le raspa la garganta.

   La mirada de Franco brilla de satisfacción, de triunfo, sabía perfectamente la decisión que Luis iba a tomar. No en balde lo conocía desde hace muchos años. Ver como se ha tomado de golpe el vaso de tequila, lo pone más caliente. Había preparado previamente ese tequila, con algunas dosis de éxtasis y de viagra, las había disuelto en el contenido de la botella. Muy pronto el efecto del tequila, más lo que le había puesto, estaría haciendo efecto.

   -¡Arrodíllate! -le ordena.

   Luis permanece quieto, apenas está reponiéndose del fuerte tequila, sacude la cabeza, no sabe qué hacer. Está en el momento decisivo que había temido desde que Franco lo acorralo en ese chantaje sexual.

   Cuando Franco ve que se queda inmóvil, se acerca, se coloca frente a él y poniendo una de sus manos en el ancho y recio hombro masculino empieza a hacer presión para hacerlo hincarse. La resistencia de Luis es por inercia, pero sabe que no debe, que no tiene escapatoria. Poco a poco empieza a flexionar sus rodillas, sus muslos se marcan perfectamente, una definición muscular madura, grande, piernas de macho potente, sin abrir prácticamente los ojos solo se deja guiar por la mano de Franco que sigue presionándole el hombro hasta dejarlo arrodillado ante él. Mientras sigue mirando fijamente el piso, Luis siente algo de mareo y piensa que es por el tequila. Solo sacuda unas veces su cabeza, aunque piensa que es mejor, al menos así tendrá valor para poder cumplir con lo que el otro le ha pedido.

   Franco, por su parte, se desnuda completamente. Luis aprieta más los parpados, por el ruido que hace el otro se da cuenta de que está desvistiéndose. En pocos segundos el hombre está completamente desnudo y se coloca frente a Luis de nuevo, su miembro que emerge de un espeso y grueso vello, duro, babea ya por el apetitoso culo virgen que tiene como banquete, ansioso, con ganas de entrar lo más pronto posible, con ganas de que el culo de Luis lo estrangule con toda su fuerza mientras entra y sale. Solo de imaginar la cara de Luis cuando se la meta, cuando lo desflore, hace que su verga se endurezca más, hasta estar paralela al suelo, el glande rojísimo y escurriendo líquido seminal espeso desde el meato hasta el suelo, lubricando abundantemente.

   El entrenador acerca su miembro a la cara de Luis, este, sin abrir los ojos siente el calor de esa roja carne que esta a escasos milímetros de su cara, de su boca, de sus labios, inconscientemente pasa saliva para darse valor. Franco acerca lentamente su verga hacia esos rojos y varoniles labios, disfruta el recorrido de su verga hacia el objetivo, como una flecha que va a ensartarse en el blanco de la manera más certera y lenta, disfrutando la agonía de la presa que sabe que su destino es ser atravesado por la flecha. Lo rojo del glande baboso hace contacto con los rojos labios de Luis, quien mantiene la boca cerrada. El hombre recorre el contorno de esos labios con la punta de su miembro embarrándole el líquido seminal en toda la boca. Luis solo se mantiene como estatua, inerme, inmóvil, indefenso. Siente el caliente líquido viscoso que está en sus labios y escurre hacia su mentón, de forma lenta, siente como esa caliente verga se mueve recorriéndole todo el rostro, la frente, los párpados, las mejillas, recorriéndole y humillándole, jamás había pensado permitir que un miembro fuera frotado contra su cuerpo, mucho menos contra su cara, como estaba sucediendo en ese momento.

   Después de recorrer detenidamente el rostro de Luis, Franco regresa la cabeza de su verga al centro de esa boca, presionando lentamente el glande contra los labios que se niegan a separarse. Las fuertes manos del entrenador toman al otro por la nuca y empiezan a empujarle la cabeza contra la rígida y jugosa carne, para que este se vea forzado a abrir los labios. Sin ofrecer resistencia, Luis empieza a abrirlos poco a poco, dejando que ese tejido firme, duro, de corteza esponjosa y lubricada entre en sus labios, abre sus dientes como acción refleja y siente como esa carne viril hace contacto con sus lengua, experimentando el salado sabor que tiene el líquido seminal que se impregna de inmediato sobre toda su lengua.

   -¡AHHHHHHHH! -un deja escapar Franco, que al sentir esa cálida lengua en su verga, echa la cabeza hacia atrás y gime, las venas de su cuello se dilatan y su respiración se hace más superficial, mientras saborea su victoria, su posición de macho frente a la sumisión de Luis. Empuja más y mas su verga para que llegue la final de la boca, toca el paladar blando, en unos cuantos momentos mientras, de forma refleja, la lengua del hombre recorre su carne mientras está siendo introducida a la boca. Cuando llega hasta el paladar, automáticamente Luis retrae su cabeza, liberándose momentáneamente de las manos que guiaban su cabeza en un rítmico vaivén

   -Mghahhhhhh… -Luis respira profundamente, sentía como si ese trozo de carne le cortara el oxígeno. El mareo aumentó, su cuerpo empieza a sentir un extraño calor que todavía supone es por el nerviosismo que está experimentando.- Perdón… -se disculpa tratando de evitar la ira de Franco.-¿…Podría tomar un poco mas de tequila? -pregunta para tratar de darse valor.

   -Claro. –responde este mientras sonríe para sus adentros. Sabe que el efecto del tequila en el musculoso macho maduro será más rápido si bebe más tequila. Le sirve de nuevo un vaso casi lleno, regresa inmediatamente y se lo da, este solo estira las manos, apenas abre los ojos para ver el vaso y lo toma de golpe de nuevo, tratando de ahogar con eso el sabor de verga que tiene en la boca, el sabor de derrota que tiene. La sonrisa de Franco es mayor, sabe que el tequila, más lo que le agregó, acabará dentro de unos minutos con la poca resistencia que tiene Luis.

   Sin perder tiempo, Franco retoma su posición y sin darle mucho tiempo de reposo a Luis, de nuevo empieza a meterle suavemente la verga entre los labios. El sabor del líquido seminal se diluye con el del tequila, y sin pensar en nada mas, el recio macho se deja guiar solamente, el tequila lo relaja , lo embrutece, lo hace olvidar, más a él que no está acostumbrado a beber, como deportista consumado. Pone su mente en blanco, solo se deja hacer, el calor en su cuerpo empieza a aumentar de nuevo mientras en su boca la carne se abre paso sobre su lengua y se interna en su garganta, abriéndola lentamente, entrando y haciendo que sus mandíbulas se abran al máximo. El espeso vello púbico de Franco está en contacto con sus labios, mientras la carne obstruye por completo la garganta del atractivo padre de Daniel.

   El sudor escurre por sus mejillas, el calor es más intenso por la sofocación que siente, el alcohol lo ha relajado de mas quizá, por momentos su mente te pierde en lo que está pasando, siente como la gruesa y dura verga de Franco entra cada vez mas vigorosamente en su garganta, abriéndola, engrosándola para que pueda experimentar la penetración bucal, sus fuertes brazos permanecen inermes, inmóviles, solo su cabeza es movida por las manos de Franco para que se deslice la verga en su boca y garganta. En cada embestida el vello púbico pega de su boca, tapándole hasta la nariz, impregnándolo de su olor, del olor de macho velludo, excitado, que lubrica más y más. Las descargas de líquido seminal son constantes, el viscoso néctar es depositado en su garganta una y otra vez. La presión que ejercen las paredes de la garganta de Luis en la verga de Franco se intensifica, y el vaivén sigue incrementándose, más y mas, el cuello de Luis enrojece, su presión aumenta, las venas de su cuello se dilatan más por el esfuerzo de soportar esa dura intromisión sin darle un respiro prácticamente .

   Franco, por su parte, mantiene su verga dentro de la boca de Luis, embistiendo fuertemente, sujetándolo por ambos lado de la cabeza. Gozando la mamada pero aún más el controlar sexualmente al macho. Tiene la respiración agitada, su cuerpo tenso, sus musculosas piernas se tensan por el placer que su miembro recibe de esa cálida boca que lo hospeda de manera forzada. La verga se engruesa mas y las bolas envueltas en espeso vello chocan una y otra vez con el cuadrado y viril mentón de otro, ese leve golpeteo le dan un placer extra a Franco que siente como sus bolas tocan una y otra vez ese rostro viril y deseado, poseído en ese momento.

   Las bolas de Franco se endurecen más y empiezan, con rítmicos espasmos, a aventar espesa leche espumosa, caliente y viscosa. El primer disparo es intenso, fuerte, entra limpio en el esófago de Luis, para embarrarse en las paredes y resbalando lentamente hacia el estómago.

   Cuando Luis siente el primer trallazo de esa verga, inconscientemente levanta sus manos y levemente trata de empujara a Franco, para poder liberar su boca. La fuerza que aplica en sus manos no es suficiente, además, Franco previendo su respuesta, sujeta con más fuerza su cabeza para evitar que pueda liberarse, y empuja su verga para vaciarle toda la ración de leche adentro, no dejando que ni una sola gota quede fuera del musculoso macho.

   -MGMHGMHGMHGGGGGGGHHHHHH… -los gemidos de protesta de Luis son ignorados por Franco, quien experimenta un orgasmo intenso y victorioso, de abundantes disparos de espesa leche que son vaciados irremediablemente en el cuerpo de Luis, una y otra vez la espesa leche es disparada en su garganta, sin permitirle que se libere. El cuerpo del macho sometido se contrae, sus bíceps se marcan perfectamente cuando trata de responder sin que pueda hacer nada significativo, por su posición y la de Franco este mantiene controlada la escena, lo domina físicamente y somete su garganta al largo, al grosor y a los disparos de leche de su verga.

   Franco no le permite liberar su boca hasta que su verga ha terminado de vaciar la leche de sus grandes bolas en el maduro macho.

   -Ahhhhhhhhhhhhhhhhhhh… -Luis lanza un respiro profundo, fuerte, que le llena de nuevo de aire los pulmones. Siente ganas de volver el estómago pero sin llegar a hacerlo; ha tomado su primera ración de leche masculina, ha mamando una verga, la verga de Franco, ha permitido que esa verga entre y eyacule en su boca y ahora sigue ahí desnudo, ardiendo, aun a expensas de los deseos del otro hombre. Su cuerpo esta bañado en sudor

   -Ya diste el primer paso, Luis. -le dice Franco en tono suave mientras se acerca a él, lo toma del brazo y lo hace levantarse. Este, sin oponer resistencia, se deja conducir, se levanta lentamente y deja que Franco lo conduzca hacia la recamara, ambos desnudos completamente, Luis con la cabeza gacha de vergüenza, la boca aun con el sabor a semen que no ha podido ser ocultado por los tragos de tequila que se tomo. Quizá sea necesario más tequila.

   El entrenador mañoso lo hace pararse al borde de la cama, se pone frente a él y empieza a lamerle los pezones. Luis siente el frio contacto de la saliva de Franco, de esa lengua enorme y voraz que saborea su atlético pecho detenidamente, mientras las manos del otro se dirigen hacia su miembro que está despertando, algo que él no puede controlar. Las manos de Franco, expertamente, empiezan frotarle las bolas, las enormes bolas, y el largo miembro, frotándolo fuertemente hasta que la rigidez aparece, mientras su boca succiona más los ahora duros pezones que sobresalen como botones del espectacular pecho masculino. Luis resiste, sin embargo, con sus manos trata de detener la fuerte fricción en su verga, como si así deseara que no se endureciera, que no se parara, que no demostrara placer, sin saber que el efecto del tequila dopado le provoca esa reacción.

   Franco estaba llevándole a donde quería, a que gimiera de placer mientras era tomado por un hombre. Y filmarlo para que todos lo vieran.

CONTINÚA (el relato no es mío)…

Julio César.

NOTA: El relato comienza algo lento, y como no tengo intensiones de apurarme más, quien lo desee puede buscarlo en esta dirección: http://www.todorelatos.com/relato/16991/

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 34

abril 27, 2015

… SERVIR                         … 33

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

UN HOMBRE QUE CONTROLA A SU CHICO

   Jugadas y contra jugadas, quién gana, quién pierde…

……

   -Esto no lo vamos a olvidar, nazi de mierda. –dice tenso el hombre negro, odiando tener que abandonar la plaza, pero enfrentar a cuatro sujetos armados y vestidos, estando desnudos y contando únicamente con las manos no era negocio. Era la prisión, ya habría otro momento para cobrarse. Van saliendo envolviéndose en las toallas, repitiendo insultos de lado y lado, casi todos de tintes raciales.

   Geri Rostov no les mira, tan sólo observa al caído Daniel, quien rojo de cara, sintiéndose increíblemente mal, limpia con las manos su rostro y boca, de llanto, también de sudor y de saliva. Uno de los chicos calvos, con el tatuaje de puño en su cráneo, se le acerca.

   -Se fueron, pero no lo olvidarán. ¿Estás seguro de lo que haces? Buscarse problemas con los negros por nada…

   -Esto no fue cosa de los negros. Sólo de estos cuatro tipos. Y dos no son negros. Todo estará bien. Yo me encargo. –responde con autoridad, sin dejar de mirar a Daniel, sabiendo que el otro evita por todos los medios corresponderle, muerto de mortificación como está.

   -Tú sabrás lo que haces. –se encoge de hombros, confuso, mirando con algo de curiosidad, también de disgusto, a Daniel, saliendo con los otros.- Estaremos cerca.

   Quedan solos. El silencio se alarga. Rostov espera.

   -Gracias. –croa de manera rota, Daniel. Sin mirarle. Es la señal que espera, el hombre se le acerca.

   -¿Estás bien?

   -Sí, yo… -intenta restarle intensidad a la vaina, pero coño, iban a violarle, todos esos sujetos. Entraron y pensaron que podían hacérselo porque era “una puta”. Toma aire con fuerza, congelando su pecho, quiere resistir, aguantar, no derrumbarse. No ahora.- Estoy bien… Gracias por ayudarme… otra vez… -la cara le enrojece aún más feamente y los labios le tiemblan. Cosa que no se facilita ni un poco cuando el otro se agacha frente a él.

   -Tranquilo, no fue tu culpa. Son unos hijos de perra.

   -¡Y buscaban una perra! –grita con rabia, sintiéndose violento contra el mundo, contra Read, esos sujetos y consigo mismo.- Me ven como… -baja más la mirada, temblando y mordiéndose el labio inferior para no llorar.- Soy un cosa extraña… ese hombre me convirtió en un fenómeno y por eso me atacan.

   -No es tu culpa nada de esto, es de ese tipo Read, es de esos cuatro hijos de puta. Te atacan porque son criminales violentos, tal vez algunos sean aberrados sexuales. –le explica el otro, tomándole la barbilla y obligándole a mirarle.- No es tu culpa ser tan bonito… -y comete el error de acariciar muy levemente su barbilla.

   -¡Suéltame! –le grita Daniel, furioso, manoteando y alejándole, poniéndose de pie aunque le cuesta, cubriéndose.- ¡No soy una mujer! ¡Deja de verme así, deja de tratarme así, maldita sea! –grita casi histérico.- ¡Aléjate de mí!

   -Lo siento, no puedo. No puedo apartarme. –le desconcierta, tono monocorde, frente algo fruncida.

   -¿Qué? –no entiende.

   -No he podido dejar de pensar en ti desde que nos conocimos. –enrojece al admitirlo.- Me parece horrible lo que te pasa a manos de esos sujetos que te acosan. Y del monstruo con el cual compartes celdas. Me… preocupas. –baja la mirada al piso, avergonzado, enrojecido hasta el cuello ahora. Y eso, por alguna razón, molesta más al otro.

   -¡No soy una mujer, Rostov! –repite feroz, casi escupiéndole a la cara, respiración agitada, sus rostros muy cercanos. La mirada del otro, al elevarla, le congela.

   -Estoy muy consciente de eso, y créeme, yo mismo no lo entiendo. Sólo que sería más fácil si fueras una nena. Habrá una razón para que… me gustaras.

   -¿Qué coño quieres? ¿Qué esperas de mí? –siente ganas de gritar.

   -¡Nada! –se va alterando también.- No quiero hacerte daño, ¿no lo entiendes?

   -No sé nada, ya no entiendo nada. Sólo quiero irme de aquí. Ya no quiero seguir encerrado en este infierno; ni quiero ser mirado ni tocado por ninguna otra persona el resto de mi vida. No quiero ser un monstruo. –ladra, entre angustiado y furioso, pero derrumbándose en autocompasión.

   -No eres un monstruo. Ni un fenómeno, ya te lo dije. Eres una víctima. De la vida. De ese tipo. De los otros. De… -traga saliva, alzando una mano grande, dedos largos, atrapándole un costado del rostro.- …De ser tan bonito. –le repite.

  -¡Vete a la mierda!

   Sí, eso podría no terminar nunca. La frustración de Daniel es mucha, todo el horror y violencia vivida le tenía al borde de la histeria, sentirse débil le tenía enfermo, escuchar al guapo tío que dos veces le ha salvado, le irrita de manera intensa, porque entiende que aunque asegura nada querer, algo sí desea. Y el otro lo sabe también. Que podían estar allí para siempre, diciéndose cosas sin que el otro escuche. ¿Cómo resolverlo?, como lo han hecho los chicos de su pueblo desde tiempos inmemoriales.

   El rostro se inclina, la boca acaba con la distancia y cae con cierta brusquedad sobre los labios de Daniel, cubriéndolos, cerrándose sobre el labio inferior, acariciándolo, mordiéndolo, luchado contra la sorpresa y rechazo del otro, que se congela. Las manos de Daniel suben hacia ese torso con la idea de apartarle de golpe, sintiendo el aliento del convicto bañándole la nariz. Las manos hacen contacto con la recia musculatura viril y lo siente, fuerte, poderoso, y eso le descontrola, le debilita otra vez. No entiende qué le ocurre pero quiere gritar y al abrir la boca, la lengua del otro penetra. Hambrienta, como desesperado, como si llevara mucho tiempo de abstinencia, o soñando con ese momento exacto.

   Al hombre joven poco antes atacado en esos baños todo le da vueltas cuando esa boca se retira, cuando la lengua sale, recorriéndole el labios inferior, al tiempo que los brazos del otro le rodean la cintura, halándole, abrazándole fuerte, las enormes manos en su espalda baja, quemando su piel, erizándola, como lo que ocurre con su propio torso que choca del fornido y duro tórax del otro, sus tetillas ardiendo. No sabe qué decir, qué hacer, ni puede concentrarse, no cuando esos dedos se clavan suavemente en su piel, cuando sus cuerpos se estrechan más y su boca vuelve sobre la suya, esa lengua luchando, atando y lamiendo de la suya.

   No sabe cuándo responde, en qué momento rodea su cuello con los brazos, uniendo sus bocas de manera intensa, sus cuerpos frotándose, las tetillas quemándole contra la tela naranja del otro. Tan sólo se deja llevar, sintiéndolo, disfrutándolo de una manera poderosa. Es cuando lo percibe; bajo sus ropas, ese hombre se erecta de manera intensa, grande, dura y caliente contra su panza.

   -¡No! –gimotea separándose, el otro permitiéndoselo mientras asiente, ojos y voz oscurecidas por la lujuria.

   -Lo siento, yo… -cierra los bonitos ojos grises.- Perdóname, me dejé llevar. Es que te me has metido en la piel. –confiesa.

   -No, yo… -se cubre más con la toalla, pareciendo un animalito acorralado. Incapaz de hacerle frente a sus propios pensamientos y emociones.

   -Dúchate. –le dice, volviéndose.- Estarás a salvo. Mis amigos y yo esperaremos afuera a que termines. –le mira sobre un hombro, abatido- Lo siento, no quiero que pienses que deseaba aprovecharme de ti en este momento. No es lo que quiero. –Daniel no entiende, está totalmente confuso, por las palabras que oye y por las reacciones de su propio cuerpo.

   -¿Qué esperas de mí? –repite la pregunta. Sus ojos se encuentran.

   -Que vengas a mi encuentro porque lo desees. –informa y sale, dejándole totalmente impactado.

   Había algo maravilloso y terrible en sus palabras. Lo sabe. Y no entiende qué siente en verdad. Temblando, con ganas de gritar, le envía un mensaje mental a su esposa: Diana, apúrate, sácame de aquí.

……

   -¿Estás bien? –le pregunta Robert Read cuando vuelve a la celda poco después. Ya lo sabe todo. Daniel asiente, sin mirarle.- No entiendo cómo esos hijos de perra se atrevieron. Ya me ocuparé de ellos. –le promete, subiendo a su litera.

   Daniel no responde, ni quiere pensar en nada; cayendo sobre su camastro cierra los ojos, maldiciendo la visión en su mente de unos hermosos ojos grises que le miran con afecto.

   Por su parte, Read oprime los labios con rabia. Había fallado el ataque sexual. En fin, eso no modificaría nada. Al día siguiente todo continuaría igual. Bien, algo si había cambiado, tendría que buscar a ese tipo, Geri Rostov… y matarle.

……

   -¡¿Acaso te has vuelto loco?! –totalmente enfurecida, también sorprendida, Annia Spencer encara a su marido, el hombre recién duchado que viste una odiosa remera de su universidad y unos pantalones algo flojos al haber perdido peso. Gracias a ella que vive atormentándole con lo de su gordura.

   -No digo que vaya a hacerlo. –se defiende Jeffrey.- Tan sólo que estoy pensándolo. No imaginas la presión que siento con este caso.

   -Claro que estás presionado, porque parece que, contra toda evidencia, esta vez sí podrás hacer algo medianamente bien.

   -Cariño… -se duele, ¿por qué le costaba tanto entender sus dudas y temores?- ¿No lo entiendes acaso? Ese tipo es un monstruo y podría quedar libre si…

   -Eso no es asunto tuyo. Eres un abogado, no un sensor social. No es tu trabajo decidir quién es culpable de algo o no. –es la réplica fea.- En verdad puedes conseguir esto, Jeffrey, que la pena de muerte se conmute, incluso que el juicio mismo de Robert Read, sensacional por los horripilantes detalles, se revierta. Y cuando estás tan cerca del único éxito de tu vida ¿piensas dejarlo así porque el hombre te parece malo? ¿Se puede ser más patético? –le acusa.

   -No entiendes. –era increíble el cómo podía lastimarle.

   -Oh, pero si lo entiendo, eres un inútil total, como todos dicen que eres, como todos me advirtieron que eras, y ahora dejas salir el cobre barato otra vez. –le acusa feo, acercándosele.- No vas a cagarla, Jeffrey. Harás tu trabajo, lo harás bien, y yo no tendré que pasar una nueva vergüenza contigo.

   -¡Basta! –le ruge suplicante, montándole las manos suavemente en los hombros.- Por Dios, mujer, trata de escuchar lo que te digo. Siento miedo, miedo de terminar sabiendo en algunos años sobre gente asesinada por ese sujeto. Asesinados porque yo le facilité el salir libre. ¿No ves que sería responsable de alguna manera por todo el daño que haga?

   -Lo que veo, con toda claridad, es que eres un imbécil. –se suelta, apartándose.- Me voy a la cama, estoy cansada y tú me agobias. No vayas a despertarme o tocarme. Y no jodas esto. –le advierte y sale.

   Mirándola alejarse rumbo al dormitorio matrimonial, con la boca abierta, sintiéndose furioso y solitario, Jeffrey se vuelve hacia el balcón, hacia la noche clara. Se siente infinitamente infeliz. ¿Cuándo dejó ella de amarle? ¿Le amó alguna vez? No recuerda de su parte un gesto de cariño, de consideración, de ternura. Se habían casado calientes, pero la cama no fue suficiente. Ella se aburrió pronto y sus caprichos, reprimendas, quejas y acusaciones fueron logrando que no la buscara. No deseando escucharle decir que era un completo imbécil. Frase con la que su suegro solía describirle. Lo sabe. Se acerca al balcón pero se detiene. ¿Amaba todavía a Annia? No sabe de dónde sale eso, pero le calienta las mejillas, le inquieta. Le hace sentirse culpable recordando tantas cosas que le habían ocurrido últimamente.

   El teléfono timbra y casi corre sintiéndose feliz por la distracción. Contento de alejarse de esa línea de pensamiento.

   -¿Aló?

   -¿Jeff? –la voz le produce un escalofrío grande, un calor grato que no quiere analizar le llena todo y casi le hace sonreír.

   -Owen… -jadea, medio tosiendo y endureciendo el tono.- Vaya sorpresa. –intenta un tono casual.- ¿No acabamos de separarnos hace poco?

   -Qué puedo decir, parece que no puedo estar sin hablarte.- el tono es parecido, fácil, amistosos, pero al abogado la cara le arde otra vez. Hay un leve silencio.- ¿Sigues ahí? –la pregunta parece algo tensa, ¿acaso el otro temía haber dicho más de la cuenta?

   -Estoy, pero… -bota aire, casi gimiendo.- Acabo de pasar un mal rato.

   -Lo siento. –y suena real, tanto que el hombre piensa que si le contara al policía la mitad de las cosas que le quitaban el sueño por las noches, este no se burlaría, alteraría, exasperaría o molestaría. Y la idea era extraña.

   Casi responde algo en ese tenor. Casi.

   -¿Y con quién hablas en ese tono meloso? –oye una apagada voz masculina al fondo. Alguien que reclama a un policía que habla por teléfono. Se va el sonido e imagina que hay un cruce de palabras del otro lado.

   Un frío grande le envuelve ahora. Owen no estaba solo. Bueno, nunca lo estaba.

   -¿Jeffrey…? –le oye otra vez, tono cauteloso ahora.

   -¿Si, detective? –su propio tono es distante, oye un suspiro del otro lado, exasperado o afligido, no lo sabe.

   -Ha desaparecido. –pensando en mil cosas, incluido el por qué le enfurece tanto pensar en la ligereza de cascos del detective, el abogado no entiende de entrada.

   -¿Perdón?

   -Marie Gibson. Desapareció. –la noticia le impacta feamente, tanto que cae sentado. Horribles posibilidades ocupan su mente.

   -¿Qué ocurrió? –las inflexiones de su voz lo dicen todo. Oye otra vez algo de diversión en el otro.

   -No fue asesinada, abogado. Salió de su casa, le llevó el gato a un vecino y dijo que tenía negocios que atender. Pero en realidad recogió todo lo de valor, no llamó ni avisó nada en su trabajo, y desapareció. Creo que… huyó.

   Jeffrey cierra los ojos. Esa mujer, temerosa de una investigación había escapado. Porque tenía cosas que ocultar. ¿Los crímenes del Matadero?

   -Tenemos que hablar, detective. –es seco.

   -Claro. –dudó el otro.- Jeffrey… -comienza un tono conciliador, de explicación.

   -¿Dónde? –le corta, frío y furioso.

……

   El bar era indudablemente de ambiente, pero uno algo intimidante, piensa el abogado entrando al pequeño local de luces rojizas, la barra larga, las tres mesas de billar ocupando casi todo el espacio. Jeffrey entra con paso inseguro, verificando en su reloj que llega temprano. Debió salir de su casa para no enfrentar más a Annia, que quería saber a dónde iba, y para no pensar en Owen Selby y sus amiguitos. Pero se congela. Presentes hay siete u ocho hombres enormes, en camisetas o franelas. Negros todos. Sus ojos se dilatan, impresionados. Y esos sujetos le siguen fijamente con la mirada, interrumpidos sus juegos, porque con el color, la estatura, los anteojos de montura fina, la ropa casual, el hombre joven destaca como una uva pasa en un batido de crema, por irónico que fuera el contraste.

   Tenso, con todos mirándole, Jeffrey llega a la barra, toma asiento, carraspea y saluda al cantinero, otro negro grande, pidiéndole una cerveza. Este le mira, levemente burlón, captando tras el chico blanco a sus otros comensales mirándose entre ellos, evaluándolo. Un vaso de amarilla cerveza cae en la barra.

   -Gracias. –grazna un cada vez más incómodo Jeffrey, quien toma un sorbo, la deja en su lugar y se contiene cuando dos chicos negros, mirándole, se dicen algo entre ellos, y luego van hacia la barra, rodeándole cada uno por un lado, tomando asientos.

   -¿Buscando a alguien, chico blanco? –pregunta uno de ellos, muy joven, cabello desrizado y largo.

   -No, yo…

   -¿Vienes por cualquiera, entonces? –le pregunta el otro, en su costado contrario.

   -¡No! –se agita.

   Y mientras se vuelve a responderle al joven calvo, de bigotillo y barba en candado, el primero saca una mano de su pantalón y una diminuta pastilla blanca es agregada a la cerveza, pastilla que burbujea levemente, diluyéndose. El complemento perfecto para iniciar una buena fiesta con el chico blanco.

CONTINUARÁ … 35

Julio César.

NOTA: Lo siento, quedó algo largo para cubrirlo, quise quitar partes, pero ya no puedo sin alterar la historia. Lo bueno viene, precisamente, después de ese bar.

SERVIR Y OBEDECER… 3

abril 25, 2015

SERVIR Y OBEDECER                         … 2

ATADO, CALIENTE Y SEXY

   Todos quieren al suyo así…

……

   Aunque cae la tarde, el sol continúa en su implacable tarea de achicharrar a todos los seres vivientes; nada parece moverse sobre esa tierra árida y reseca, ni siquiera las víboras que suelen vagar por allí en busca de alguna pieza atontada por el intenso calor. De la casona de Jim Preston emana un vaho impresionante, haciéndola inquietante por alguna razón; aunque tal vez era por lo apartado de la propiedad, tal vez por lo solitario. No hay personas, no hay niños corriendo tras perros jadeantes. Las edificaciones se ven desiertas… pero si hay personas. Conocidas, al menos dos.

   Poco a poco el joven marine amordazado despierta, mareado, el cuello rígido donde fue presionado, sintiéndose sofocado por alguna razón. Le cuesta recordar dónde está. Una monótona tonadilla country se oye, en la cual un joven se queja de negros e indocumentados que han mancillado su tierra, mientras cuenta que con su rifle y su perro se escapa a las praderas para ser libre de los ilegales. Una mierda de melodía. Cuando alza la mirada encuentra una enorme bandera norteamericana en la pared de enfrente, también una de la confederación, al lado de una túnica blanca que pende de un gancho. Debía ser algo de coleccionista. Una de esas batolas del Ku Klus Kan. Debía ser eso, de colección, pero un estremecimiento de inquietud recorre nuevamente su espalda. Es cuando repara en su situación. Sus manos están ahora al frente, sus brazos muy extendidos hacia adelante, por lo que sus hombros descansan un poco, pero…

   Está fijado, las fulanas esposas eran de cuero entrelazado, que podían separarse como muñequeras, quedando sus muñecas rodeadas por cada uno de los pedazos, y ahora estaba fijado a ambos lados de la punta de una mesa metálica pulida, casi clínica, sus pies cuelgan fuera de la corta superficie, continúa sujeto a los aros del piso por las botas. Intenta despegar el torso de la fría mesa, pero está limitado por las manos y los grilletes. Su boca sigue ocupada por la mordaza. Totalmente alarmado se revuelve, porque ahora comprende que está más expuesto, de panza, las piernas muy separadas, en suspensorio… su culo abierto. Culo que menea mientras intenta variar de posición.

   -Bonita vista. –oye a sus espaldas, igual la risa baja, profunda, masculina.- Al fin despiertas, dormilón. –esa voz burlona y cruel le congela la sangre en las venas y se vuelve hacia un lado. Allí estaba ese hombre, a su lado, mirándole el culo mientras se colocaba unos largos guantes de látex, que sonaban amenazadores cuando se ajustaban a sus dedos.- ¿Listo para algo nuevo?

   La mano grande se cerró en un puño negro, elástico y brillante. La cara del chico atado se puso roja, se perló de sudor, su mirada era de miedo al reparar en la siniestra sonrisa del tipo. El culo le tembló de pavor antes de cerrarse a cal y canto. ¡Ese hijo de puta!, piensa. Le tenía pero no le daría el placer de verle vencido, derrotado. No le rogaría. No se entregaría. Eso se lo jura el joven marine, notándose la resolución en el ceño fruncido en su bonito rostro casi imberbe aunque poderoso. Sus ojos lanzan rayos de odio, y Jim lo nota, riéndose, montándole una mano enguantada en una nalga, palmeándole, riendo más al verle casi pegar un bote. Si, el chico quería resistir, pero se sabía indefenso. La cosa sería divertida.

   -Dime… -el chico le oye pero le ve desaparecer, angustiado, preguntándose qué hace.- Tus novias, esas latinas putas llenas de enfermedades que paren y paren, ¿te acarician el culo cuando te las tiras? –casi pega otro bote, ojos muy abiertos, cuando esos dedos lisos dentro del látex le acarician su orificio secreto de macho. Se agita, bufa contra la mordaza.- ¿No? ¿Con un culo tan bonito como este? –los dedos siguen frotándolo en la entrada, atormentando horriblemente al muchacho, que agita sus nalgas intentado cerrarse.- ¿Te lo ha acariciado alguno de tus amigos cuando se drogan y luego salen a robar? –es insultante, le gusta humillar, dos de sus dedos caen en la entrada de ese culo, separándose uno del otro, alisándole los pliegues, abriéndole el agujero.- Es un culo hermoso, es lo único bueno que tienen todos ustedes, culos hechos muy a propósito para ser abiertos y llenados.

   Apretando los dientes sobre la mordaza, el muchacho grita, le insulta, le envía toda su rabia, resistencia y desprecio, su cuerpo se tensa, los músculos se agitan bajo la piel, los bíceps abultan cuando intenta soltar sus manos en puños, sus muslos tiemblan cuando forza los pies. La risita del otro es como ácido en sus oídos, sabiendo que responde como el otro quiere. Esos dedos le acarician y le soban la entrada del culo para atormentándole. Cierra los ojos y grita más, desesperado, lleno de rabia, ¿cómo le hacía eso? Jim sonríe leve, le gustaban los luchadores. Le gustaba romperles, humillarles, hacerles ver que no eran nada, sólo criaturas sumisas hechas por el buen Dios para servir a los hombres.

   -¿Por qué tienes el culo peludo? Un putito inferior como tú debes tenerlo depilado, lisito, oloroso para que los hombres te lo coman, estimulándote el clítoris con sus lenguas. –le susurra casi al oído, sonriendo más cuando el otro se vuelve, mirándole de manera angustiada pero también furiosa, babeando sobre la mordaza.

   El chico jadea cayendo sobre el mesón cuando el tipo se aleja, a sus espaldas; su rostro brilla de sudor. El alivio no dura mucho. Esos dedos regresan a su culo, untándole algo aceitoso, gelatinoso… lubricante. Pelas los ojos y gruñe, luchando otra vez con sus ataduras mientras su raja es untada a conciencia, lentamente, una y otra vez por alguien que disfruta hacerlo. La risita que le llega a los oídos le asusta. Cierra los ojos con rabia, casi con ganas de llorar, cuando siente que algo romo se presiona contra su entrada. Se vuelve y gruñe aterrado. Un enema.

   La cánula del pequeño tubo plástico le penetra, con facilidad dada la lubricación, pero no es eso lo que atrapa la mirada del joven latino atado. Es el paral médico y la bolsa de agua amarillenta que cuelga de uno de los asideros. Mira al sujeto sonreír, la gorra casi sobre las cejas, atrapando en un puño la bolsa. Cerrando otra vez los ojos, el joven tensando la cara, el cuello, la espalda y las nalgas, siente como el agua levemente tibia va penetrándole, llenándole de manera alarmante el colon. Siente su panza distendida, copada, casi le parece oír el agua cuando se agita. La cánula sale de su culo y un chorro potente de agua emerge, también unos cuentos gases que hacen reír al tipo y avergüenzan, y molestan, al chico. La cánula regresa una vez más y se repite la operación. Pero le parece que hay más de esa agua amarillenta esta vez; se agita, totalmente bañado en sudor. Su culo repite el chorro al ser desocupado. Jadea agotado.

   -¿Te gustó? –el sujeto se le acerca. Le gruñe feo en respuesta.- ¿Quieres sentir mi dedos en tu culo? –la negativa es feroz, la actitud agresiva se deja ver. Y sabe que responde como el otro quiere cuando nota su sonrisa.- Bien, tú lo quieres así.

   Se revuelve, sus pies fijados al piso no le ayudan pero lucha cuando ese tipo, metiendo las manos bajo su cuerpo, rozándole el suspensorio húmedo de agua y líquidos pre eyaculares, le pega de la panza una delgada pero fuerte tira de cuero que le rodea la cintura y se cierra en la parte baja de su espalda. Intenta mirar pero no tiene el ángulo. Lo que si oye y ve es al tipo acercar otra vez el paral, y este lleva ahora una bolsa realmente enorme con otro enema, ¡toda una señora bolsa de enema!, de un color rosáceo. Sospechando que la cosa no le gustará, se agita.

   -Perro, debes aprender a comportarte. Si te ofrezco uno de mis dedos en tu culo debes saltar de alegría y aterrizar, de culo, sobre él. –le oye, la cánula entrando en su agujero aunque lo cierra.- Te pregunto de nuevo, ¿quieres sentir mi dedo en tu culo? –la respuesta llega en forma de agresivos gruñidos, haciéndole sonreír.- Tú lo quieres así.

   Con ojos crueles, una sonrisa ladeada sobre su atractivo rostro, Jim oprime la bolsa, el líquido baja, le entra al muchacho. Este se agita, intenta cerrar su culo pero nada. Entra y entra. Lo siente, llenándole, rebasándole, doliéndole. ¡Es mucho! Pero Jim continúa apretando, disfrutando oyéndole gemir agudo, agitándose, mirándole la cara roja, frente fruncida, unas lágrimas corriendo por el viril aunque aniñado rostro cetrino. Los ojos del hombre caen, codiciosos y crueles, sobre las nalgas canela clara, redondas, velluditas, que suben y bajan, que se tensan. Sabe que el chico intenta expulsarlo todo, que debe sentirse al límite, como cuando se sufre de unas violentas contracciones de diarreas, todo ese dolor y angustia, pero sin poder evacuar.

   Apretando los dientes feo, el chico gime, elevando el rostro, sintiendo que va a estallar, la posición contra la mesa le provoca calambres feos. Es tanto el malestar que no nota que el sujeto mete una mano bajo sus bolas dentro del suspensorio, tomando algo que cuelga de la tira de cuero que rodea su cintura, levantándolo. Y se nota que el carajo es un experto en lo que hace, con un movimiento brusco retira la cánula y empuja por su culo una mediana pieza con forma de dedo largo que va engrosándose hacia su base, la cual cubre toda la entrada. ¡Taponándolo! Después de las cánulas y el enema, el objeto es casi imperceptible en las molestias que produce, pero no su intensión. Cuando el joven finalmente repara en lo ocurrido, que tiene su panza horriblemente llena con aquel líquido, tanto que le duele, su culo es cerrado con ese objeto, y una tercera tira de cuero que se une a las que se encontraron sobre su baja espalda lo mantienen así. Ese tapón fijo. Sellado.

   El muchacho gime, adolorido, sintiendo que va a estallar, no soportándolo, pujando y pujando pero sin poder expulsar ni el tapón ni el líquido. Es cuando este comienza a calentar un poco, siendo incómodo, molesto, para luego… Bien, era como tener un horrible picor de culo y necesitándose desesperadamente rascárselo por feo que pareciera, no se puede hacer. Su cuerpo brilla, bañado en sudor, rojizo canela. Sus caderas van y vienen, sus nalgas se cierran lo más que pueden, moliéndose contra ese tapón, intentando aligerar ese ardor, ese picor horrible que le desespera y tortura tanto como su colon lleno a reventar. Está irritado internamente, también angustiado; se orina de pura desesperación y ansiedad.

   -Perrito sucio y malo. –le oye decir, antes de que la palma abierta caiga, con fuerza, sobre una de sus nalgas.

   El dolor es intenso, el picor también. Pero ese ardor casi pareció distraerle del otro, del que estaba volviéndole literalmente loco, el que sentía dentro de su culo, desesperándole, necesitado como estaba de aliviarse. Otra nalgada cae, en su otro glúteo. Y una tercera y una cuarta, su redondo trasero enrojece, duele, pero calma lo otro. Y con ojos levemente nublados de confusión, de angustia, de necesidades primitivas (aliviar el otro ardor y picor), el chico se encuentra esperando recibir esas nalgadas. Unas que el otro aplica con pasmosa y desesperante lentitud, tomándose su tiempo, torturándole, elevando la mano y golpeando la turgente y joven carne del macho atado, disfrutando el tenerle, el hacerle eso, el mantenerle sometido y atrapado. Sabiendo que los azotes debían estarle brindando algún alivio a la acción de los activos químicos del enema que estimulan la rama sanguínea y las terminaciones nerviosas de las paredes del recto.

   Las nalgadas cesan, el joven, que jadeaba, salivaba y sollozaba entre la mortificación, el dolor y la necesidad de alivio, se vuelve, confuso. Mirándole sobre un hombro, con el horrible ardor regresando inmediatamente, casi duplicado en intensidad, como la conciencia de que su colon está al límite de su capacidad. Le ruge, no sabe qué, no queriendo admitir nada, pero necesitado. El otro sonríe.

   -¿Qué quieres, pequeño puto? ¿Sientes la necesidad de una mano dura de macho sobre ti? –le reta a responder.- ¿O prefieres mi dedo penetrándote?

……

   -¿Cómo? –el comisario Fox, dentro de su pequeña oficina en el pueblo, se endereza en su mullido y viejo sillón, escuchando con atención, y alarma, lo que sale del auricular telefónico.

   -Hay un marine perdido, Fox, el cabo Morales. -oye la voz algo impaciente del comisionado.- Lo reportaron hace media hora.

CONTINÚA … 4

Julio César.

EL SUEGRO LO ENVICIA… 42

abril 23, 2015

…LO ENVICIA                         … 41

   Este relato me lo envía por correo un conocido de la casa, LeRoy, y es bueno, aunque es una mala traducción que me tomará tiempo medio hilar. Este relato que NO ES MÍO, lo llevo más bien como una pequeña adaptación. Que el autor no se moleste, por favor. Bien, la trama: un chico muy joven sueña con ser físico culturista y se casa con la hija de un ex culturista, el cual termina convirtiéndole en el juguete sexual de todos los hombres. Disfrútenlo.

……

Título: Muscle Pussy

De: hgenyc9261@gmail.com

PANTY MAN

   Sabe que todos quieren vérsela puesta.

……

   -Hey, Bobby, siéntate aquí, amigo. –le llamó el astro deportivo, palmeando el asiento. El joven, sonriendo, le complació. Cayendo a su lado, sus muslos chocando.- Bill comentó que eres culturista…

   -Si. –responde algo distraído, mirándole las manos al hombre, preguntándose si unas manos tan grande significarían que así era por todos lados, y aunque deseó evitarlo, bajó los ojos a su entrepiernas y casi se queda sin aliento. No sabía de qué habían estado hablando antes de que llegaran, pero le era posible ver la silueta de su miembro que serpenteaba pierna abajo del pantalón corto de básquet. ¿Acaso se le veía la punta de la verga?

   -¿Te gusta eso, ejercitarte y exhibirte? –le pregunta el hombre, mirándole.

   -Eh, si… -confirma, rojo de cara, recorriendo a los otros presentes con la vista, todos visten parecido pero no se les notaba eso que alzaba la tela de su compañero de mueble.

   -¿Bobby? –algo sobresaltado, apartando la mirada del entrepiernas de Dion, el rubio culturista repara en que otro de los jugadores, Mike, estaba diciéndole algo que no escuchó.

   -Lo siento, ¿qué?

   -¿Te pregunté si tu cuerpo estaba bien trabajado? Bill dice que sí, pero no te ha visto compitiendo, así que no nos confiamos. Aunque tienes un torso impresionante, también tus piernas y muslos.

   -Gracias, si, me ejercito bastante… -se sonroja el joven.

   -¿Y al público le gusta lo que ve? –pregunta Dion, provocándole escalofríos por la columna.

   -Eso creo. –enrojece más.

   -Oh, vamos, hijito, no seas tan modesto. –intercala Ben, terminándose otra cerveza.- Bobby tiene un gran cuerpo, su espalda siempre impresiona a los jueces, pero son sus glúteos los que enamoran a estos y al público. Nadie puede dejar de mirarlos. Vamos, muchacho, ponte de pie y muéstrales. –casi ordena.

   Y Bobby traga aire, rojo ladrillo, ¿exhibirse frente a esos hombres enormes que exudaban testosteronas? Hasta él entiende el peligro.

   -Si, Bobby, muéstranos lo que tienes para ofrecer. –sonríe Bill, con ojos brillantes.

   -No… no en este momento, suegro. –se inquietó. El hombre le miró confuso, no era común que su muchacho se mostrara tímido, tal vez se sintiera intimidado por el físico de los otros tipos.

   -Okay, pero creo que te ves bien, has trabajado duro para ello y mereces elogios. Tal vez más tarde puedas mostrarles a estos atletas lo que has logrado.

   El tema se olvidó y todos continuaron bebiendo y mirando la enorme televisión, el juego continuaba y algo grande pasaba, se dice Bobby aunque no estaba particularmente interesado, ya que su suegro y los otros gritaban y se agitaban en sus asientos. Media hora después llegó el medio tiempo, y como suele suceder en todos los deportes, los presentes comenzaron a discutir las estrategias y resultados. Llevándose el pico del botellín de cerveza a los labios, el rubio culturista sonríe. Fue cuando Dion se volvió hacía él.

   -Así que… ¿eres bueno en billar, Bobby? ¿No quieres apostar por unos tiros?

   -Claro, me encantaría. –le respondió el joven con una sonrisa y encogiendo sus hombros, alegremente achispado por la cerveza, deseando ganar amigos. La verdad es que no era muy bueno en eso.

   -Entonces vamos, juguemos un poco mientras esperamos que se reinicie el partido. –el enorme hombre negro se pone de pie, tomándole por una muñeca y prácticamente arrastrándole hacia el rincón donde está le mesa, de espaldas a los sofás y los presentes.- ¿Quieres hacerlo interesante, amigo? –pregunta una vez frente a la verde superficie, sacando de su bolsillo posterior unos cuatro o cinco billetes de cien dólares sobre la mesa.

   -Hombre… -se incomoda Bobby, mirando el dinero en efectivo.- Para ser totalmente honesto no traigo dinero conmigo. No esa cantidad.

   -Está bien, amigo, no hay ningún problema… podemos jugar por otra cosa. Si tú ganas te llevas el dinero, si gano tienes que exhibir y flexionar ese cuerpo premiado del que habla tan entusiastamente tu suegro. –sonríe con toda su cachaza, encogiéndose de hombros y restándole seriedad al asunto. Bobby lanza una risita.

   -Amigo, debes estar más ebrio de lo que pareces… Está bien. –acepta el reto, ¿qué tan mal podía hacerlo si el otro ya no coordinaba ideas?

   Como suele ocurrir con las grandes estafas, Bobby comenzó bien, con Dion fallando dos tiros que parecían fáciles. La sonrisa del rubio se ensanchó y el otro fingió molestarse por ello, la verdad es que pasaban un buen rato.

   -Hagamos esto más interesante… -dice de pronto Dion, depositando más dinero sobre la mesa.- Todo esto es tuyo si ganas, si gano yo… me mostrarás tu trasero.

   -¡Okay! –ríe Bobby, casi apenado de aprovecharse de su ebriedad.

   Y, claro, todo se fue cuesta abajo para el rubio culturista desde ese punto. Con la boca ligeramente abierta, le vio realizar jugadas increíbles. Algo ceñudo ahora, el joven se pregunta si no estaría el otro fingiéndose más ebrio de lo que estaba. Cuando le toca, inclinándose, oye como a sus espaldas Dion se quita la camiseta deportiva, cruzando a sus espaldas, rozándole el trasero con su pelvis, al parecer de manera casual. Pero eso bastó para que el rubio se agitara, haciéndole más autoconsciente del lugar y el momento. De la extrema masculinidad del otro. Tragando, y aunque algo indeciso, eleva un poco más su culo, redondo y firme bajo el jeans que se mete entre la raja. Sabe que los ojos de Dion se clavan en él.

   Siguen jugando y ahora Kurt y Mike les miran, poniéndose de pie y acercándose.

   -¿Qué hacen? –pregunta el primero.

   -Un juego por el control del universo. Si gano, Bobby nos mostrará su famoso trasero. –informa Dion y todos ríen y aprueban.- Es una dura batalla. –se burla, el rubio culturista lo sabe cuando llega nuevamente su turno y en pocos lances termina con el juego.

   -Joder, Bobby, parece que perdiste y tendrás que enseñar ese trasero tan comentado. –ríe Mike.

   Las palabras, risas y aplausos atraen a los otros, que se acercan y también se informan sobre lo ocurrido. Ahora, algo nervioso, Bobby se encuentra rodeado de todos esos enormes tíos negros y de su suegro, que parece muy divertido con todo lo que ocurre.

   Okay, se dice el joven, apartándose unos pasos, volviéndose de espaldas, alzando un brazo, tensándolo, igual hombros y espalda, su trasero es aún más redondo y traga más tela mientras ejecuta su rutina.

   -¡Eso es trampa! –gruñe Dion.

   -Oh, vamos, yerno, no se puede apreciar nada, no es como cuando llevas una trusa en el escenario. –ríe Ben.- Quítate los pantalones.

   -Pero… -con las mejillas rojas comienza a protestar, lo que llevaba debajo era únicamente para su suegro, no para ser visto por todos esos tíos. Sin embargo, viendo a Ben cruzar los brazos sobre el pecho, sabe que la cosa va en serio, que desea que dé una exhibición, así que tragando en seco baja sus pantalones, teniendo cuidado de halar los faldones de su camiseta lo más posible. Sin levantar muchos lo brazos, flexiona su cuerpo.

   -Termina de salir del pantalón. –indica Bill, sonriendo, imaginando algo bajo la camiseta de tirantes bajos. Ya conoce al rubio fortachón.

   Acostumbrado a la rutina, el joven se agacha para halar del pantalón, olvidándose de todo lo demás, de la camiseta que sube, de su trasero que se descubre, de sus nalgas redondas y musculosas que se separan, de la tirita del hilo dental femenino que usó aquella vez en la Expo. Hay jadeos de sorpresa.

   -¿Qué vaina es esa? –pregunta, ronco, Mike.

   -Es una de las piezas que modelo. -algo rojo de cara, Bobby se vuelve y responde con rapidez.

   -¿Es para hombres? –se intriga Kurt.

   -¿Está pensando en comprarte una? –se burla McVay.- Quiero vértela puesta.

   -¿No les dije que era todo un espectáculo? –pregunta Ben, acercándose a su yerno, obligándole a dar la vuelta y medio doblarse, subiéndole la camiseta otra vez, mostrando su liso, bronceado y afeitado trasero, la tirita apenas cubriéndole la raja y el culo.

   -Coño, si. –Bobby oye a sus espaldas a Dion.- Ese culo se ve bonito. –semejante frase logra que el rubio culturista mire sobre su hombro, sorprendiéndose de notarle la verga creciendo enorme bajo su pantaloncillo de básquet, pareciendo incluso más grande que la de Leon, el amigo de su suegro dueño del gimnasio donde practican.

   -¡Maldita sea, amigo! –ríe Mike, señalando a Dion.- ¡Mírate! ¡Se te puso dura! Tienes suerte de que tu mujer no esté aquí para verte caliente por el culo de un chico blanco.

   -Si, es bueno que ella no esté. –concede Dion, los ojos clavados en esas nalgas masculinas.- Porque de estar, ya estaría llamando a tu esposa para decirle que estás aquí y que tú tampoco puedes dejar de verle el culo a ese chico blanco.

   Desde el otro lado de la habitación los sonidos del aparato de televisión indicaban que se reiniciaba el juego.

   -Okay, chicos, se terminó el show, volvamos para terminar de ver el juego. –anuncia Bill, regresando a los sofás con Mike, Kurt y McVay.

   Tomándolo como señal para terminar la exhibición, Bobby se inclina otra vez, para recoger sus pantalones, pero la mano de su suegro, sobre su espalda, le retienen en la posición mientras le sonríe a Dion, quien no había apartado los ojos ni un segundo de las duras nalgas turgentes del chico blanco.

   -Vaya, Dion, parece que eres un hombre capaz de apreciar un buen culo grande como el de mi yerno, ¿no? –comenta Ben, atrapándole las caderas al joven y exponiéndole más.- Mi muchacho siempre ha trabajado duro para conseguir estos músculos. Son duros, firmes. Anda, tócalo y siéntelo… -invita atrapándole una muñeca al jugador negro, llevándole la enorme mano al trasero, donde cae, con los dedos abiertos, y Ben todavía le guía sobre la turgente piel tibia del joven macho blanco en tanga de mujer. Esa mano acaricia y frota la musculatura del otro macho.- Agradable y suave, ¿verdad? A mi yerno le gusta saber que otros atletas aprecian todo su duro trabajo. Vamos, chico, muéstrale todo. –le indica al joven rubio casado con su hija, atrapándole un tobillo y alzándoselo, montándolo sobre uno de los bordes de la mesa de billar, dejándole abierto casi en un ángulo de noventa grados, la tanga totalmente metida en la raja.

   -Suegro… -jadea Bobby, sintiéndose demasiado abierto. No entiende qué intenta Ben, tal vez era mostrar con orgullo el desarrollo físico de su hijo en la ley, pero…

   -Tócalo. –le oye decirle a Dion.

   Y Bobby cierra los ojos al ser totalmente consciente de que Dion está a sus espaldas, y como las dos enormes manos caen sobre sus nalgas, recorriéndolas, amasándolas, los dedos negros clavándose en la pálida rojiza carne, con uno de ellos recorriendo la raja entre los glúteos, deteniéndose sobre su culo afeitado y liso, acariciándolo sobre la tirita del hilo dental.

   -Es realmente bonito, ¿no? –oye que Ben le pregunta en voz baja, para que los otros no escuchen.

   -Se siente muy bien. –concede oscuro Dion, sus manos no se detienen, tiene que tocar, sobar, palpar, empujar la punta de su dedo sobre ese ojete, casi temblando ante la imagen que se le forma en la mente, aplicarle tanta presión que termine penetrando falange a falange a ese chico blanco por su entrada secreta y prohibida de hombre.- No quiero molestar al marido de tu hija, así que…

   -Tranquilo, a mi yerno le encanta cuando hombres grandes como nosotros jugamos con su coño. Lo necesita. Debe estar muy urgido porque lleva una semana sin un tío que le sacie y calme. Y, créeme, su cuerpo lo demanda.

   -¿Tíos grandes como nosotros? Joder, ¿acaso me estás diciendo que le clavas el güevo a tu yerno? ¿Al marido de tu hija? –se impresiona Dion, dando un paso atrás pero con su verga latiendo casi fuera de la pantaloneta.

   -¡Qué puedo decirte, míralo! –responde el otro, con una sonrisa, apartando con las manos aún más esas nalgas muy abiertas, un dedo recorriendo la raja.- Es un chico musculoso y fuerte, guapillo, que ha descubierto que adora ser atendido por los hombres. Le gusta saber que nos excita. Hasta ahora no le he visto retroceder ante ninguna verga, por grande que sea. He visto su culo temblar de emoción cuando baja, atrapando a cabeza de un tolete, devorándolo sin dejar un centímetro afuera. Ni te imaginas lo que se siente cuando cierra los labios hambrientos de su agujero sobre tu güevo.

   Y oyéndole, Bobby enrojece, entre avergonzado y caliente, porque sabe que bajo la tela del hilo dental femenino que lleva, su culo titila salvajemente, anhelante, visible a los otros dos. Si, hambriento de hombres.

CONTINÚA … 43

Julio César.

NOTA: Un amigo de la casa, Apolo, logró encontrar la página original de donde viene esta historia, que notarán fue versionada. Gracias, amigos. Quien quiera saber de qué va o cómo termina, que vaya a: http://www.nifty.org/nifty/gay/incest/muscle-pussy/

DE AMOS Y ESCLAVOS… 18

abril 22, 2015

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 17

HOT BLACK MAN

   -Ven y toma lo que es tuyo, papi.

……

   Bartolomé Santoro gime, sus manos le sostienen a duras penas contra la capota de un auto a medio reparar, de pie sobre sus tacones, sus piernas separadas, la pantaleta algo baja, y de su culo redondo y depilado sale y entra un tolete negro y grueso que lo penetra, que lo llena, que lo quema, que lo agita sobre el vehículo. Con el torso desnudo, el pantalón aún alrededor de la cintura, pero notándosele el nacimiento del culo, Yamal le aferra con manos grandes por las caderas, reteniéndole mientras le cepilla la pepa del culo con fuerza, con ganas, disfrutando cada apretada, cada chupada, cada halada que ese masculino agujero ardiente ejercía sobre él.

   El tolete sale casi hasta el glande, enorme, y vuelve a meterse, empujando los pliegues de ese ano, clavándolo todo, con sus bolas golpeándole, y todavía empujando más y más. Eso enrojece las nalgas del catire en pantaleta, quien arquea la espalda y gime aún más, casi como sollozos femeninos de incontrolable gozo, estremeciéndose por las embestidas, totalmente perdido en las poderosas oleadas de lujuria que le recorren, que le dominan, que le tiene las tetillas duras, su propio tolete erecto y su culo totalmente estimulado, la próstata enviándole oleada tras oleada de maravillosas sensaciones. Son tantas las cosas que experimenta que de sus ojos escapan lágrimas de felicidad, corriéndole el maquillaje barato, uno que hace juego con su labial chorreado, bañado en transpiración. Es la cara de un putito que goza increíblemente a manos, y verga, de su macho.

   -¿Te gusta, nena? ¿Te gusta el güevo de tu hombre? –le pregunta Yamal contra una oreja, también dominado por el deseo, su tolete totalmente clavado siendo halado y amasado por esas entrañas.

   -Si, papi, si…

   -Puta, eres una doncella puta… -le ruge, entre dientes, clavándole más los dedos en la cintura, todavía empujando más, alzándole un poco en peso.

   -¡Joder, Cova, ¿qué coño haces, marico?! –se impacta cuando a sus espaldas oye la escandalizada voz de uno de sus colegas, Quintín.

   ¡Mierda!

   Tomado por sorpresa, saca la verga de ese culo blanco, la enorme pieza negra cuelga de la nada y Quintín la mira con sorpresa, por lo grande y gruesa, cosa que no pasa desapercibida para Yamal, quien sube una de sus manos, azotando con la palma sobre una de las nalgas blanco rojizas del tipo al que cogía y estaba vestido de puta.

   -Hago feliz a esta nena con mi güevo, ¿qué te parecía a ti? –pregunta todo cachazúo.

   -¿Cogiendo a tu…? –se atragantan Quintín, viéndole la mole, viéndole azotar ese culo otra vez, oyendo los gemidos roncos y bajos de ese tipo, notando como el redondo glúteo enrojece con la marca de los dedos.- ¡Es un hombre!

   Yamal, sonriendo, se la mete otra vez por el pequeño orificio liso, la cabezota primero, forzándola a penetrar los labios hinchados, el tronco luego, centímetro a centímetro, obligándole a tensarse, oyéndole gemir de dicha, feliz con la pieza adentro. Se la mete toda, le atrapa los hombros y le endereza, sosteniéndole contra su cuerpo, Quintín imaginándolo, el apretón que ese culo le dio sobre el güevo a moverle así.

   -¿Te parece un hombre? –pregunta burlón.

   -Cova, tú… tú estás enfermo, pana, cogiendo tipos. –grazna.

   -Era un carajo, un hombre como tú hasta hace poco, pero mi güevo… -no sabe bien de dónde le salen las palabras, tal vez de la necesidad de silenciarle, de contenerle, de evitar que salga de allí gritando que le vio en eso.- …Le convirtió en un coño caliente. Ya no usa su verga, sólo vive para sentir la mía en su verdadero órgano sexual, su culo. Se la metí y le gustó, y fue tan bueno, que… -con una mano le empuja por la espalda, echándole de panza otra vez sobre la capota y comienza a serrucharle ese ávido agujero con fuerza, con ganas, con golpes duros, haciéndole gritar y estremecerse sobre el carro, la cara es de la entrega y el gozo total, sonidos y visiones que tienen a Quintín con los ojos muy abiertos… y algo abultándole ya bajo el pantalón.

   Eso alivia a Yamal. Si, se había descuidado, mucho. Tener a Bartolomé mamándole el güevo con tantas ganas como siempre, como si solo viviera para los momentos de tenerlo entre sus labios, cogiéndole la garganta, le había enloquecido a tal grado que le puso de pie, sin pesar muy bien en lo que hacía o en dónde, uniendo sus bocas otra vez. Le besó, le metió la legua, le chupó la saliva y sus propios jugos, sintiéndose sucio y mal, porque una cosa era coger o dejarse mamar, pero esos besos que necesitaba darle le ponían caliente por prohibidos. Le obligó a darle la espalda, rodeándole la cintura con sus fuertes brazos, el güevo parado y verticalizado contra su trasero, subiéndolo y bajándolo, refregándoselo, mientras le metía la lengua por un oído, llamándola putita, sirvientilla de mierda que le calienta el güevo a todos los empleados del patrón. ¿Y cómo respondió Bartolomé?, gimiendo, sonriendo de manera excitada, todo dientes en una mueca de deseos, su culo subiendo y bajando también contra la dura pieza a sus espaldas.

   Al poderoso hombre negro le provocaba un conflicto de conciencia recorrerle el torso con las manos, rudas y callosas, notando como la suave piel banca se erizaba bajo su contacto, bajando hasta la pantaletica, y sin querer detenerse mucho en ello, metió la mano y tocarle el güevo no muy grande, no muy duro, ya que era su culo el que se estimulaba más. Pero en un espejo algo lejano se vio a sí mismo, metiéndole la lengua en un oído, los dos cuerpos refregándose, su mano grande metida en la pequeña pantaleta de seda, sus dedos deformándola, viéndole con los ojos cerrados, lanzando gemidos de entrega.

   No pasó mucho tiempo antes de que le arrojara sobre la capota, azotándole el culo con ganas, nalgueándole a dos manos, sabiendo que eso excitaba a Bartolomé, ese carajo rico y con grandes negocios que necesitaba sentirse en ese momento débil y sometido. Le bajó la pantaleta, dejando afuera las nalgas enrojecidas, el redondo agujero que escupió y al cual le metió dos largos y gruesos dedos negros, cogiéndole con ellos, embistiéndole, agitándolos en su interior, empujando más y más el puño, haciéndole gemir con la boca pintarrajeada toda abierta, babeando sobre el metal, su culo subiendo y bajando sobre esos dedos, buscándolos, totalmente perdido en las deliciosas sensaciones que le recorrían mientras era estimulado de forma anal.

   Sus gemidos y movimientos consiguieron todo lo que deseaba, que ese agujero hambriento de macho fuera colmado con una buena pieza masculina que le abrió y llenó de pulsante, dura y ardiente carne. Le cogió con fuerza, con rudas idas y venidas, llamándole en todo momento zorra, puta barata, mujerzuela de siete suelas, tía de nueve leches, sabiendo que era lo que Bartolomé Santoro deseaba escuchar en esos momentos de locura y frenesí sexual.

   Cogiéndole duro, con fuerza, soltándole una que otra nalgada, aferrando sus caderas y apretándole las erectas tetillas, todo era igualmente caliente para el hombre negro y el tío blanco que se estremecía en éxtasis. Y así les pilló Quintín Requena, quien les miraba en esos momentos con ojos brillantes de lujuria, cosa nada extraño de entender. Bartolomé Santoro, en sus tacones y pantaleta baja, con su rímel corrido y sus labios empegostado de rojos, con esa cara de lujuria y con ganas de ser follado, mientras lo era por la enorme y gruesa pieza surcada de grandes venas, era más de lo que cualquiera podría soportar. Con una mueca de diabólico control, Yamal mira al socio mientras atrapa algo del suave cabello del otro, obligándole a alzar el rostro transformado en una máscara de placer.

   -Hay hombres que necesitan de otros hombres para que le cubran ciertas necesidades, el sentirse putas calientes. Hay culos que se transforman en coños hambrientos de machos, Quintín, y cuando pasa, cuando ocurre, hay que atenderlos y ayudarlos. Cuando un hombre siente que necesita ser tratado como una zorra barata, debe dejarse llevar o nunca será feliz. –le informa cogiendo duro al catire que grita y gime, que sube y baja sus nalgas contra la pelvis negra.

   Quintín, mirando al tipo, su entrega, sus estremecimientos, se abre la bragueta, su güevo cobrizo, no muy largo pero si grueso, se deja ver.

   -Quiero culo, o una boca. –anuncia, y Yamal sonríe, sacándosela de golpe a Bartolomé del agujero, la negra pieza en toda su gloria, la mirada de Quintín atrapada sobre ella.

   -¿Seguro que es todo? Entonces ven. –ordena mientras vuelve a clavársela, feo, al catire por el culo.

   Sentándose sobre el capote, frente al sujeto, Quintín gime tensándose al máximo cuando los primeros labios masculinos, aunque pintarrajeados de pintura, le atrapan, cubren y chupan el güevo. Y la idea de otro carajo haciéndoselo, mamándoselo, le ponía a millón. Esas mejillas, con una presión suave y cálida, le arropan, frotan, halan y soban su pieza mientras los labios van y vienen sobre el nervudo tronco. Bartolomé gime con locura, totalmente entregado a su lujuria, su culo siendo macheteado con fuerza, su boca totalmente llena de hombre. Cuando comenzó esa extrañas aventuras, casi empujado por su mujer, jamás esperó, como nunca soñó ni en sus fantasías más alocadas en sus noches de soledad, que tendría a dos hombres, a un tiempo, dándole güevos. Que estaría un día, en tacones, pantaleta y pintarrajeado, atendiendo y sirviendo a dos machos.

   -¿No estás gozando tu regalo, maldita zorra? –le pregunta Yamal, metiéndosela bien fuerte mientras le nalguea, y el hombre casi se corre de puro placer dejando escapar una bocanada de saliva y jugos espesos y calientes sobre la verga de Quintín, antes de sonreír otra vez, con satisfacción, y seguir succionando lo bueno.- Eso es, putita, aliméntate.

……

   Temblando un poco a pesar de su porte altivo y seguro (con su cuerpo y pinta puede permitírselo), Gregory Landaeta entra a ese atestado vagón de Metro. Muchos ojos se vuelven y lo recorren porque se ve realmente caliente, y eso le agrada. Cada quien vuelve a lo suyo, pendientes de sus vidas, y se queda a un lado de esa entrada, recorriéndolo todo con los ojos, cuando lo siente…

   Algo sorprendido baja la mirada, del asiento junto a la puerta, con el codo sobre el tubo de respaldo horizontal, un chico bastante joven mira indiferente al frente, vistiendo una camiseta de muchos colores y un bermudas a medias piernas, sus extremidades algo velludas se ven desarrolladas, como si practicara con la bicicleta. Pero es su codo lo que llama la atención del hombre negro… Ese codo, al tener el brazos sobre el tubo, choca ocasionalmente de su entrepiernas, con tanto tino que le pega en la silueta de la verga bajo el jeans. Se estremece.

   Joder, ¿qué pasaba? ¿Sería un accidente? Como fuera, no se aparta. Ni el joven aleja el codo, el cual continúa medio cepillándole sobre el pantalón, sutil, provocándole unas dulces cosquillas en las pelotas. Cuando el tren se agita al ganar velocidad, se mece hacia adelante, y el codo sigue firme. El joven no le mira, sus ojos están fijos en los asientos opuestos, oyendo música. El codo, por otra parte… bien, lo estaba moviendo. Gregory no se engaña, lo sabe. El joven hijo de perra estaba refregándole el entrepiernas, lenta y deliberadamente, disfrutando de ese contacto ocasional que podría pasar por fortuito en medio de tantas personas. De tantos ojos que podrían ver…

   La situación era extraña, caliente por peligrosa. Haciéndose el paisa, a pesar de todo, se medio echa hacia adelante recostándose un poco más. Y el codo sigue allí, presionando con mayor firmeza, un hombre contactando con otro, un codo contra un güevo; cuando los dedos del muchacho tamborilean sobre el tubo, los frotes se intensifican. Tragando saliva, Gregory desvía la mirada. En los asientos del otro lado del vagón, un poco frente al chico, en uno de los asientos del medio, un sujeto les mira, ceñudo, como sospechando algo. El Metro se detiene, gente sube y baja. Él no se mueve, el codo no se aparta. Aquel sujeto no deja de vigilarles. Ahora hay más personas en el vagón, y Gregory nota a un sujeto, también ceñudo, que a sus espaldas medio mira algo por encima de su hombro. Joder, la situación era cada vez más peligrosa. ¡Pero no se mueve!

   Suda algo frío, erizados los pelos de su nuca, consciente de la gente que sigue subiendo, el vagón está atestado, quien les miraba desde los asientos centrales ya no les enfoca. Arrancan y ese codo se mueve más, de ladito, recorriéndole la silueta del güevo, uno que comienza a despertar con fuerza. Y el chico sin mirarle. Temblando de calenturas, Gregory se tensa cuando una mano, blanca cobriza, se agarra del mismo tubo verticalizado de donde se sostiene él, un poco por encima de su mano.

   -Disculpe. –oye casi sobre su oreja la voz queda de quien pide permiso.

   Y un entrepiernas, decididamente masculino, donde destaca la consistente silueta de otra tranca, se pega de su trasero, de manera abierta, cubriéndole las nalgas. Gregory se tensa por un segundo, el vagón sigue su marcha, el codo frotándole fuerte, el tolete lo tiene duro, como duro se está poniendo el que tiene contra su culo, que se siente caliente a pesar de ambos juegos de ropas mientras se le refriega siguiendo el ritmo del vagón.

   Gregory Landaeta cierra los ojos, joder, otra vez, piensa, pero muy consciente de las frotadas que estaban dándole.

CONTINÚA … 19

Julio César.


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