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SERVIR Y OBEDECER

marzo 30, 2015

   Qué puedo decir que no sea: ja ja ja… La siguiente historia no es de mi autoría, sólo la traduzco y medio adapto.

SERVE AND OBEY

By: lexicodecy@hotmail.com

HOT BLONDE GUY

   -Pídemelo… y te lo doy.

……

   El sol era abrazante ese medio día sobre el pequeño supermercado, de su techo, así como de los estacionamientos y sus entradas, parecía levantarse un transparente vaho. El calor era tal que el asfalto se volvía chicloso bajo las suelas de las botas. Por ello, el interior del establecimiento era prácticamente un oasis, el aire acondicionado batallaba valientemente, también a un gasto enorme, con el calor. Casi hacía frío. Casi, nunca se llegaba a tanto en Little Rock, Arkansas.

   La bonita joven que se encargaba de los quesos, que enviaba mensajes por su teléfono aunque le estaba terminantemente prohibido, sospechaba que muchos de los pocos presentes, gente sin mayor rasgo distintivo, estaban allí pasando el sofocón. Hay pocas personas a quienes atender o vigilar, es cierto, medio levanta la vista, la vuelve a la pantalla pero en seguida la aparta. Había un sujeto que no era como todos, Jim Preston.

   El hombre era un enigma, un muy atractivo misterio. La joven no puede evitar un leve sonrojo mientras le observa, de pie, un carrito de compras a su lado, distraído en leer la etiqueta de un enlatado. Carne procesada, jamonada. Es un hombre impresionante, alto, pasado el metro noventa, de la gorra que lleva bien calda en la frente, donde destaca la palabra Marine, escapa algo de su corto cabello rubio; su rostro está finamente definido, frente alta, sin arrugas, cejas castañas claras, nariz recta con unas pocas pecas color naranja, ojos bajos, pero ella conoce el tono de los mismos, pómulos pronunciados, armónicos, labios delgados, rojizos, pocos dados a las sonrisas. Su mandíbula es fuerte, la sombra perene de una barba y un bigote claros enmarcan un cara enteramente viril, masculino, fuerte. Cuando este levanta la mirada, buscando otras latas, observa el destello de sus ojos grises verdosos, intensos, generalmente fríos y distantes. Sus hombros son anchos, lleva algunos tatuajes llamativos, sus brazos fuertes y nervudos son visibles fuera de la camiseta sin manga que lleva, no muy blanca, que se amolda a su torso. Es delgado, pero fibroso. Sabe que se acerca a los treinta, pocos años debían separarle ya, aunque su rostro parecía imperturbable desde los veinte.

   El hombre se vuelve y la mira. Ella le sonríe. Él no. Como siempre. Más allá de un saludo de cabeza y un frío buenas tarde, nada más salió de su boca, o de su persona, como no fuera su pedido semanal. Compraba bastante comida, aunque no tanta como para sus perros. El hombre criaba y entrenaba chuchos. Una vez terminadas sus compras, le vio ir hacia las cervezas, algo defraudada, preguntándose quién era él, en realidad. ¿Le gustarían las mujeres? ¿Tendría a alguien por ahí? Bota aire, frustrada y le ve alejarse por el pasillo, pasos firmes pero lentos, controlados, las botas casi no hacen ruido, el jeans amoldado sobre ese trasero redondo y llamativo es lo último que ve. Será hasta la próxima semana, cuando piensa usar una blusa algo más descotada.

……

   Jim Preston abandona el local, casi deteniéndose un segundo cuando el vapor seco le golpea la cara. La diferencia de temperatura era grande. Con un movimiento de cabeza saluda al Comisario, quien responde igual, dirigiéndose al local. Cargando con dos bolsas grandes va hacia su vieja camioneta Chevrolet, roja, abierta atrás, donde dos perros grandes, dos hermosos pastores alemanes, esperan. En silencio. Quietos. Bien adiestrados. Abre la puerta del copiloto, arrugando el atractivo rostro por el calor empozado, y apartando un poco la escopeta, deja las bolsas sobre el asiento, cierra, silba leve y les oye gemir con agrado, buscando atenciones. Cepilla con los dedos sus nucas, dirigiéndose al otro lado de la camioneta. Tras el volante se coloca sus lentes oscuros y parte, las ruedas halan un poco del asfalto cuando entra a la vía, alejándose, rumbo a la salida del pueblo.

   La carretera es larga y baila frente a sus ojos por el calor, la luz del día es descarnadamente amarilla, el sol es inclemente. Enciende la radio y escucha un boletín de la gobernación del estado, defendiendo a brazo partido la política de reducción de los subsidios al desempleo, que ha causado tanto revuelo dentro de las filas liberales. Cosa que le indigna, notándose en la manera como oprime los labios. Era increíble que existiera gente que deseara que le dieran algo simplemente por existir, como si el resto de la humanidad tuviera la culpa de ello. Perdedores. Baja la velocidad, un auto nuevo, deportivo, un Rodius, de capota abierta parece un geiser a un lado de la vía, a casi veinte minutos de Little Rock. Una bonita joven, con un corto shorts, mira nerviosamente el incidente.

   La joven, camino a Benoit, se sintió profundamente mortificada cuando su auto se detuvo, justamente en medio de ese desierto desolado. Tenía rato que no se cruzaba con nadie, y muy poco sabía de mecánica. Cuando vio la camioneta acercarse, se alegró, hasta que notó a los dos perros y al enorme y serio hombre que salió del vehículo. Había algo en él profundamente masculino; una parte de ella respondió a ello, pero también un aire de peligrosidad. Había algo temerario en su paso. Dios, gimió, recordando todas esas historias de Masacre en Texas, donde la gente desaparecía en la carretera.

   -¿Problemas? –la voz es rica en matices, pero lenta, casi desapasionada.

   -Eso creo. –jadea inquieta, sonriendo, fijándose en los pectorales, en los brazos que se flexionan al agarrarse del vehículo para inspeccionar.

   Se había recalentado, el hombre va por agua a la parte trasera de su camioneta, y con voz queda, desinteresada, le indicó que siempre debía llevar reservas cuando tomara esas carreteras. Ella, agradecida por la ayuda, y por saber que no era un maniático sexual, o un caníbal, se dedicó a admirar su espalda, la nuca rojiza, la suave pelambre rubia que brilla al sol y que sube ocultándose bajo a gorra. Indicándole como llegar al poblado, el hombre saludó con la gorra y subió a su vehículo. Ahora que se alejaba, la joven pareció algo chasqueada. Debió intentar darle su número telefónico, pensó. Diablos.

……

   La camioneta se aparta de la carretera tomando un sendero de tierra seca, el polvo se eleva, hasta entrar en otro sendero, toscamente asfaltado, flanqueado por una cerca baja que no le llegaría al hombre ni a la cadera. Al final se encuentra una casa solitaria, grande, de dos plantas, con un mástil al frente y que se levanta majestuoso, por encima de la vivienda, donde ondea una enorme bandera norteamericana. La propiedad está flanqueada por un granero que le servía de espacio para las perreras cuando tenía, como ahora, chuchos para adiestrar y educar; mas allá hay una pocilga sin cerdos, así como un pequeño depósito que recuerda una antigua letrina, pero más grande, que le sirve de almacén de trastos.

   Detiene la camioneta en el granero, silba y los pocos perros que tiene actualmente ladran en bienvenida, callando cuando silba otra vez. Toma las bolsas, silba con una nueva entonación y los dos pastores alemanes que le acompañaron bajan de la camioneta, siguiéndole. Cruza el seco paraje, diciéndose que tiene que apuntalar dos de los tubos de la cerca, mientras sube los escalones que dan al porche y sigue hacia la entrada. Abre la puerta de malla que contiene los insectos, y penetra en la enorme sala, quieta, algo en penumbras por las ventanas con cortinas echadas. Es un grato cambio respecto al calor del exterior. Los perros se quedan afuera, en el porche, echados, vigilantes hacia la entrada.

   Con paso lento cruza la sala, el comedor y el pasillo que llevan a la cocina; aunque espartana, la vivienda cuenta con un buen mobiliario. Todo se ve aseado, acomodado. Mucho. La cocina es como el resto de la casa, frente a un ventanal que da al granero, un largo mesón sirve para preparar lo que sea, especialmente el destajo de carne para barbacoa. Allí deja las bolsas y guarda todo, quesos y cervezas en la nevera, comida para perros bajo el fregadero, un amplio espacio.

   Destapa una cerveza y bebe, el fresco líquido estimula su lengua, por lo que tensa un tato las cejas, hasta saborearlo en verdad. Traga y lo siente bien. Mira su propiedad, pero no lo hace en realidad. Tiene mucho en mente. Los cachorros… Se termina el botellín, va hacia la mesa y levanta una bandeja. Sobre un plato encuentra un emparedado de gruesa carne. Muerde, la lechuga mojó un poco, igual el tomate, pero le gusta. Da un buen bocado y vuelve a la ventana. Espera…

   Sobre el mesón timbra el móvil. Masticando más del emparedado, lo toma y lee el breve mensaje:

   OK

   Es todo. Se termina el emparedado, se lame un dedo donde la poca mayonesa goteó, levanta la bandeja y el plato, fregándolos, sus movimientos son lentos, pero hay menos tensión en sus hombros. Casi sonríe, y esa cara, cuando se ve tan relajada, es sumamente atractiva. Seca los corotos, los guarda y arroja el pañito sobre el mesón, sabiendo que el sol de la tarde pronto lo secaría. Se dirige al pasillo, abriendo la puerta de su sala especial. Más fría. Sonríe más. Todo allí le gusta, son sus cosas. Recuerdo de sus días de Marine. Cosas de su padre. Va hacia otra puerta, que abre únicamente de la llave que lleva al cuello, cadena de donde cuelgan sus placas militares. La puerta da a unas escaleras que giran sobre sí, es imposible ver el final de las mismas hasta que se llega totalmente abajo, como hace el hombre, sonriendo levemente otra vez.

   Allí, en medio de la pieza, entre otras muchas cosas, hay una silla que no parece gran cosa, atornillada al piso, de un material sintético sobre un sólido esqueleto metálico, con un corto espaldar. Atrás hay un pequeño tubo en forma de cuadrado, que sale horizontalmente, dobla las dos veces y regresa al mueble. Sobre la silla se encuentra un hombre joven, esposado, amordazado, mirándole en esos momentos con verdadero pánico, aunque también enfado. Se ve muy joven, tal vez iniciando los veinte, piel canela, cabellos negros muy cortos, ojos oscuros, con un aire latino pillo y atractivo. Jim nada dice, termina de bajar los dos últimos escalones y mirándole, le rodea, camina a su alrededor, como estudiándole, tazándole, seguido por los ahogados gruñidos-gemidos del joven hombre esposado, que gira la cabeza siguiéndole. O vigilándole. Parece exigirle a gritos que le libere, o tal vez se lo esté suplicando.

   Jim sigue su recorrido, ininterrumpidamente, alzando una mano y azotando un bombillo de potente luz que cuelga casi sobre la cabeza del chico, la luz pendula, sombras y luces van bañándolo todo, y el mundo se vuelve más inquietante para el hombre esposado, quien no deja de mirar a ese sujeto enorme que le rodea una y otro vez, que con un dedo le toca la nuca, obligándole a revolverse contra él, a apartarse. Estaba erizado de miedo, quiere ser fuerte, valiente, era un Marine, no joda, pero no puede. No con ese tipo dándole  vueltas, mirándole de manera oscura y cruel, divertida. No cuando estaba esposado a esa silla, sin posibilidad de soltarse, de romper esa anilla cuadrada, sus pies, enfundado en sus botas de faena, fijados por grilletes que le mantienen atado al piso, sujeto, indefenso. Prácticamente desnudo como no sea por un suspensorio chico, mucho para su tamaño, verde camuflajeado, que seguramente ese tipo le puso en algún momento. Fuera de eso no lleva nada más. Se ve increíble su cuerpo joven y trabajado, musculoso, brillante de transpiración, con la cadena con sus chapas cayéndole entre los pectorales, aquel pañuelo enrollado entre sus dientes.

   -Comencemos. –dice el otro, detenido detrás, fuera de su campo de visión por más que ladea el aterrorizado rostro.

   Una mano de dedos largos le cruza el torso, atrapa su pezón izquierdo y lo aprieta, duro, mucho. El joven grita cerrando los ojos, revolviéndose sobre la silla, adolorido y aterrorizado, intentado librar brazos y piernas, ignorándolo todo sobre la fuerte erección que Jim Preston ya tiene bajo sus pantalones viejos y desgastados, o la sádica sonrisa en su bonito rostro, mientras aprieta los dientes y aún más con sus dedos índice y pulgar sobre ese pezón masculino.

CONTINÚA…

Julio César.

NOTA: ¿No comenzó genial? Y se vuelve toda una locura. Aunque, si no les gusta…

DE AMOS Y ESCLAVOS… 16

marzo 28, 2015

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 15

UN NEGRO QUE QUIERE SERVIR

   Servir y ser manoseado, lo único que desea…

……

   Ese sábado siguiente, por la noche, en la tasca de la India, donde todos los socios de la línea Taxis Rentarías se reunían antes de partir cada uno a lo suyo, sentados entre varios en dos mesas unidas, bulliciosas y llenas de botellas, tres hombres fingían una normalidad que les costaba. Hablaban, como todos, de sus hembras y de las últimas aventuras en los taxis (la mayoría inventadas y todos lo sabían), intentando compensar con exageraciones sus situaciones íntimas. Roberto Garantón, siseaba de manera desagradable a la joven mesera que les atiende, no queriendo pensar en el chico blanco a quien llamaba amo. Yamal Cova sonreía y bebía bastante, escuchando más que hablando, fijándose también en las tetas de la mesera intentando echar bien atrás el recuerdo de cierto carajo en pantaletas a quien le pellizco fuerte los pezones mientras le cogía y lo bien que se sintió hacerlo. El tercero, Gregory Landaeta, estallaba en escandalosas carcajadas de lo que contaba otro de ellos, habiendo tomado más que de costumbre, echándose para adelante para decir algo. Y fue cuando ocurrió.

   Siempre pasa aunque la gente ni lo nota. Al echarse hacia adelante, la corta franela subió y creó un espacio abierto de piel con la cintura del ajustado jeans, el cual sin embargo se separaba un tanto a sus espaldas, y Quintín, un llanero joven y escandaloso, algo atrevido con sus bromas, le clavó los ojos en ese pedazo de piel de ébano. Algo que todo el mundo hace, pero que a Gregory, quien notó la mirada, le provocó unos calorones intensos.

   -Coño, necesito mear. –dijo Quintín sin dirigirse a nadie, pero Gregory ardió por dentro, viéndole alejarse.

   -Yo… -se puso de pie, todo su ser gritándole que cometía un error, pero no pudiendo controlarse. Mirando camino a los sanitarios por donde ya desaparecía Quintín.

   ¡Necesitaba ir!; a pesar de saber que todos sus amigos y conocidos estaban ahí, debía ir.

   ¡Necesitaba ir!; a pesar de saber que todos sus amigos y conocidos estaban allí, debía ir. Se pone de pie y…

   -¿También necesitas ir al tocador? –pregunta riendo, y escandaloso, un oriental de esos viejos y jodedores.- No irás a sostenerle el pichón a Quintín mientras mea, ¿no? –y ríen todos alrededor de la mesa.

   Un comentario de los de siempre, como siempre, pero aunque ríe, y se sienta de nuevo, Gregory intuye que estuvo a punto de cometer un grave error dejándose llevar así. Que terminará cometiéndolo en cualquier momento, lo sabe; por lo que, como también se dicen otros dos hombres en esa mesa, curiosamente los tres eran tipos grandes y negros, decide terminar con ciertos juegos.

……

   Batallando en el complejo y pesado tráfico caraqueño, Roberto Garantón ha vuelto a su vida rutinaria. El taxi está en modo funcional, por ahora, e intenta retomar su vida donde la dejó, lejos de cierto carajito blanco. Discute con otros choferes en las calles, enfrenta a los motorizados, peatones y también clientes. La gente, hoy en día, no hablaba, demandaba, pero no era él el hombre para dejarse de nadie. Era poco paciente. Regio, físicamente, así que lograba imponerse muchas veces… y era cuando recordaba al muchacho que llevaba días evadiendo, Hank Rommer, un tío que nunca le permitiría hablarle así. Imaginar lo que le diría, y haría, si le gritaba o enfrentaba, le producía una bola en el estómago, una caliente, viscosa, desagradable a veces, excitante otras.

   Entra y sale con premura del edificio donde vive, y no sabe si lo imagina, pero cree que algunas personas le miran con sorna, o extrañeza. Ha cambiado, lo sabe, ya no es el bullanguero sujeto que grita en los pasillos, o que sisea de manera casi acosadora a las mujeres. Dentro de su apartamento es peor, los segundos le parecen horas, las horas días, las noches son eternas. Ha visto porno, mucho porno de tías atravesadas por mil güevos. Pero después de dos días no pudo continuar, ver esos güevos de tantos tíos blancos le estaba trastornando. observar uno metiéndose duro por un culo, en un crudo y excitante acercamiento, oyendo los gemidos de la puta, le erizaba toda la piel. Si era un enorme trasero de una tía negra, un redondo culo negro el cual era penetrado una y otra vez por una titánica pieza blanca rojiza, era una locura.

   Ahora se masturbaba, totalmente desnudo en su cama, el puño sobre su falo, arriba y abajo… mientras su otra mano, como con vida propia, bajaba y se recorría una nalga cuando se ladeaba. Y dejaba de masturbarse, o lo hacía más lento mientras se acariciaba, disfrutando el roce sobre su piel, o se azotaba a sí mismo, el picor y ardor le hacía botar agüita por el ojete del güevo. Y cerrándose a toda idea, haciéndose duro la paja, metía los dedos de su otra mano entre sus nalgas, recorriéndose la raja, la punta de un dedo sobre su culo. Pensándolo, soñándolo, temiéndolo. Hasta que una noche lo hace. Se masturba y se mete un dedo, lentamente. Sentirlo abrirle, llenarle, le hace gemir sobre la cama, donde cayó de espaldas, totalmente transpirado, cebudo en la penumbras, las piernas muy abiertas, masturbándose mientras sube y baja sus nalgas, su culo, sobre un dedo.

   Se metió dos, forzándose, sintiéndolos, y los muslos le temblaron de emoción; siguió masturbándose y penetrándose, el rostro de un lado a otro, soltando gemidos, todo dándole vueltas alrededor. Nunca se vio a un hombre tan necesitado de un macho que le pusiera preparo. Se sentía cerca, muy cerca, y clavando los dos dedos, firmes, bien adentro, se corrió abundantemente, mojándose el pecho, el abdomen, las sábanas… sintiendo el brutal apretón que sus entrañas le dieron a sus dedos.

   Agotado, jadeante, todo bañado en semen, sacándose los dedos, cayó en un duermevela incómodo, cuestionándose por las cosas que hace. No debía… Y está otra vez en la sala de Hank, echado boca abajo sobre sus piernas, el calzoncillo en las rodillas, la blanca mano subiendo y bajando, con fuerza, azotándole el culo, duro, provocándole temblores y gemidos, griticos que no sabe si son de dolor o placer, mientras le oye gruñir que no debe responderle a ningún hombre, que era un puto, un negro puto que debía ser humilde con todos. La mano cae fuerte y su redondo glúteo se estremece, la mano se queda allí, sobre la tersa piel caliente y enrojecida, dedos abiertos ahora, frotándolo, palpándole. Sube y cae otra vez, diciéndole que es un puto, que los hombres son sus dueños, que tiene que complacerlos a todos, que sea sumiso, muy sumiso, que ruegue por atenciones.

   Y el hombre despierta en su cama mas sudado todavía, casi gimiendo un “por favor”, no sabe referente a qué. Tan sólo es consciente de que tiene el güevo increíblemente duro de nuevo, tembloroso, manando otra vez sus jugos. Casi gruñe de frustración, atrapándoselo con una mano, sintiéndolo increíblemente sabroso, comenzando el sube y baja del puño… alzando también una nalga del colchón al flexionar una rodilla, metiendo por debajo la otra mano, dos largos dedos dirigiéndose a su entrada secreta de macho, metiéndolos con facilidad, apretándolos, deseando consuelo. Y la penetrada, el roce por el recto, le hace cerrar los ojos y abrir los carnosos labios de donde escapa un largo gemido de placer mojado.

……

   Ante los insistentes llamados a la puerta, el joven hombre la abre. Y Hank, que parece que nunca trabaja y está en su vivienda un día de semana a las tres de la tarde, encuentra allí, mirada algo turbada, a Roberto.

   -¿Si? –demanda frío, sin dar facilidades nunca.

   -Quiero mamártelo… Quiero tu güevo en mi culo… Quiero beberme tu leche, amito…

……

   En La Candelaria, a dos cuadras de la imponente iglesia de Corazón de Jesús (uno de los siete templos recorridos en Semana Santa), prácticamente frente a la plaza misma que también lleva por nombre La Candelaria, una asociación de conductores conformaron una línea de taxi y localizaron su sede allí, un edificio pequeño, siendo el taller lo más llamativo del lugar para los choferes. A esas horas del día, mientras se deja escuchar una salsa brava, Yamal Cova, manchada de grasa y polvo su vieja braga enrollada en la cintura, así como la raída y chica camiseta sin mangas que usa, igual que sus manos y rostro (nada allí era sacudido como no fuera por las manos que la usaba), revisa todo ceñudo el motor de su vehículo, que esa misma mañana le había echado una vaina dejándole varado en pleno San Bernardino, frente al teleférico que el gobierno había robado para sí en lugar de levantar uno. El lugar está solitario a esas horas del día, aún la fea joven que fungía de secretaria estaba ausente, debía o estar durmiendo la siesta o mirando sus llantos novelas, aunque siempre lo negaba con fiereza cuando la acusaban de tales cosas.

   No es consciente de que alguien le mira, ojos brillantes detallando su tamaño, el ancho de su espalda, sus hombros recios y redondos donde destaca un tatuaje a pesar de la negra piel. Bartolomé Santoro, tragando en seco, labios húmedos y boca seca ante la postura del macho, se le acerca lentamente, alzando una mano, cayendo esta sobre unos de los hombros y recorriendo la firme y transpirada piel masculina. El contacto con la recia musculatura del macho le hace casi gemir de debilidad y calentura.

   En cuanto le toca, Yamal casi pega un bote al tiempo que contiene un grito, volviéndose, abriendo mucho los ojos al encontrar al tipo allí, vistiendo su traje de saco y corbata, cabellos bien peinados hacia atrás, aunque sin gel, una bolsa en las manos.

   -¿Qué diablos…? –estalla, mirando ahora con preocupación por todo el solitario lugar.

   -No has respondido a las llamadas de Marjorie. Me preocupé, cariño. –jadea suave y ronco, sumiso, con voz algo femenina.

   -¡Silencio! –ladra bajito y contenido, temeroso de que sean escuchados.

   -¿Por qué no has ido a la cita en el motel? –demanda suave, alzando la mano hacia ese poderoso torso, deseando tocarle, pero un manotón, que le desconcierta y casi le hiere, se la aleja.

   -¡Basta! –respira pesadamente, molestándose el verle bajar la mirada como dolido.- Óyeme bien, amiguito… las cosas que hago contigo… -y mira otra vez alrededor, bajando más la voz.- …Las hago por tu mujer. Por ella, que me da dinero y mamadas. ¡No soy gay!

   -Pero conmigo… -le mira con ojos brillantes, un delgado mechón de largos cabellos cayéndole entre los ojos.

   -Una boca es una boca cuando da mamadas. ¡Y un culo es un hueco a llenar! –le aclara, seco, necesitado de poner las cosas en orden con ese tipo… ¿o consigo mismo? El rostro del otro se ensombrece y algo maligno brilla en sus ojos.

   -¿Era un negocio con mi esposa?

   -Sip, mamadas de una mujer y algo de plata.

   -¿Es todo, papi?

   -¡Basta! –se desespera.

   -Entiendo. Lamento haberte incomodado… ¿puedo usar el baño? –la voz le sale estrangulada.

   Seguro que llora. Qué marica, piensa Yamal, señalando con un dedo hacia una puerta al final del salón. Le ve caminar con paso tenso, y desvía la mirada hacia un mugriento termo de café, sirviéndose un poco en una taza que parece llevar tiempo sin ser lavada. Cómo hace falta alguien que se ocupe, se dice pensando en la supuesta secretaria. Intentando no analizar el disgusto que siente, parte por la presencia del marica ese (Bartolomé, su mente le aclara), pero también consigo mismo. La verdad era que se sintió un poco mal por ser tan tajante, pero tenía que aclarar las vainas. Él no era ningún marica, las cosas que hizo sobre aquella cama… Toma un trago de café y lo escupe, más disgustado.

   -Carajo, ¿es que es tan difícil lavar una taza o no apagar un cigarro en ella? –grazna, a nadie en particular.

   -Puedo hacerlo si quiere, señor… -oye a sus espaldas una voz ronca, bajita y solícita que intenta un meloso tono femenino. Presintiendo problemas, muchos, se vuelve y se impacta, la mente quedándole en blanco.

   Allí estaba Bartolomé, rostro pintarrajeado, labios llenos de un rojo llamativo, cabellos revueltos, vistiendo algo que parece un salto de cama, transparente, dejando muy visible su cuerpo bajo el mismo, una prenda corta, mucho, que en sus caderas apenas cubre una pequeña pantaleta rosa, de encajes, tiritas subiendo por sus caderas, con medias negras muy arriba en sus muslos, llevando unos tacones altos, sobre su cabeza una cofia de sirvienta de película pornográfica.

   La mente del hombre queda en blanco, su respiración se espesa, no puede hilvanar una idea pero ya su güevo se alza contra la tela del mono, poderoso, anhelante. La visión de ese tipo bonito, en pantaleta, vistiendo de mujer, una que se le ofrece para cosas sucias y ricas, le trastorna. Va a su lado, como un autómata, y con una mano le atrapa la nuca, el suave cabello cosquillea en sus dedos, atrayéndole y besándole, por primera vez en su vida, metiéndole la lengua con ansiedad y obscenidad, tragándose su leves gemidos de putita, su lengua y saliva, mientras la otra mano negra, grande y ruda baja, metiéndose por debajo del salto de cama, manchándole de grasa, recorriéndole la suave tela que apenas le cubre las redondas nalgas, metiéndose dentro de ella, la mano deformando la tanga rosa, la turgente piel quemándole la planta mientras los dedos van hacia su culo depilado.

CONTINÚA…

Julio César.

SER O NO SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA… 30

marzo 26, 2015

SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA…                         … 29

   La siguiente es una historia que NO ES MÍA. Pertenece totalmente al señor capricornio1967. Tan sólo la reproduzco, tal vez cambiando una que otra coma, aunque la historia ya está por ahí, completa. Es un relato maldito en toda la regla, un hombre maduro decide tomar, controlar y dominar a su joven pupilo, transformándole en algo que no quiere, ni soñaba, aunque se resiste. Lo repito, es un cuento muy maldito. Disfrútenlo:

……

EL DILEMA

Autor: capricornio1967

Capitulo IX “MEDALLA DE ORO”

DURO EN LA PISCINA

   A veces la carne es débil… y dura.

……

   Hiro, sabiéndose experto en el arte del erotismo por su cultura japonesa, no se inmuta ante la resistencia de Daniel, quien aprieta su culo lo más que puede después de haber tenido una verga descomunal separándole las nalgas de forma eficiente. El asiático lubrica bien su verga, para embestir de forma leve, erótica y gradual el aun adolorido culo del joven macho, no le da tiempo de descansar pero no lo penetra de una manera agresiva sino mas bien erótica al máximo; después de meterle su verga en su totalidad la deja allí, permitiéndole sentirla latir en sus entrañas.

   Mientras Hans saca su verga de la boca de Daniel, satisfecho después de haber visto destellos de luces cuando eyaculó entre los labios de su enemigo, del tercermundista que lo derrotó y humilló en forma notoria.

   -¡Ahhhhhhhhhhhhh! -Daniel aprovecha para respirar libremente, pero solo es por unos instantes. Franco, usando sus fuertes manos presiona y le obliga a que abra descomunalmente la boca para que otro de los captores le metan la verga, el brasileño Ronaldo, mezcla de raza negra con un impresionante cuerpo de ébano, verga larguísima de un diámetro regular, uncut.

   Daniel siente como la verga, menos gruesa que la de Hans, entra de golpe en su garganta, pero las embestidas de Ronaldo en su boca hacen que este sienta como esa verga empieza a penetra por su garganta de manera avasalladora. De forma interminable, la verga se interna más y más, es larguísima, en comparación con la de Hans que también era de muy buen largo. La de Ronaldo es de un largo impresionante y él solo deja de empujar hasta sentir que su bolas quedan al borde de la boca del joven, sintiendo los labios del semiasfixiado clavadista en su escroto, sin permitir que su verga retroceda ni un solo milímetro, por el contrario, obligando a Daniel a que adapte su anatomía al largo falo que se interna como si estuviera en casa.

   Las venas del cuello de Daniel se dilatan mientras su cuello se engruesa completamente estacado, relleno de carne firme y jugosa que lubrica de nuevo su garganta. Mantiene sus ojos cerrados, las bolas de Ronaldo siguen descansando sobre ellos prácticamente. Hiro, por su parte, es sabio en sus embestidas, son lentas, paulatinas, mientras impregna la verga de Daniel del elixir que trajo, desde la base hasta la punta, sin dejar de humectar las grandes bolas del joven, dándole un leve masaje con las yemas de los dedos, recorriendo primeramente el perineo con un masaje en la base de la verga del sometido Hércules, y llegando hasta las bolas que empiezan a experimentar el leve calor que recorre ya toda la piel de su cuerpo. Ante la rabia e impotencia del violado macho, su miembro empieza de nuevo a responder, a calentarse, a llenarse de sangre.

   El clavadista japonés aprovecha para volver sus movimientos en el culo de Daniel mas pausados, más al compas del leve masaje que le da en las bolas al indefenso joven, quien al sentir como su verga es “forzada ” a responder trata de nuevo de liberarse. Se revuelve, su musculoso cuerpo se engrandece por el esfuerzo pero la fuerza numérica es superior y se impone sin ningún problema. La mente del asaltado joven se inunda de sensaciones que provienen de su boca, su culo, su verga. ¿Cómo poder defenderse de tantos ataques al mismo tiempo y salir victorioso? Casi solloza de frustración cuando lo nota, que su verga es la primera que se rinde y les da el triunfo a sus violadores, ya que experimentando sensaciones intensas, la sangre se agolpa en su miembro, que empieza a crecer y crecer en todo su esplendor.

   -LE ESTA GUSTANDO, SALDIVAR, JEJEJEJEJEJEJEJE… -dice Franco burlón, en voz alta, para que todos se den cuenta de que tienen a Daniel literalmente por las bolas y lo someten al camino más viable para derrotar a cualquier hombre, “el placer”.- ¿No les dije que era un puto loco por las vergas? Esto es lo que le gusta… servir de recipiente para los hombres. ¿Por qué no llaman a todos sus amigos, chicos? El puto necesita mucho más.

   -¡MMHGMGHGGGGGGGGGHHHHHHHHHH! -Daniel trata de responder con rabia, se revuelve furioso ante la risa de Franco y sus cómplices, quienes ven como la larga y gruesa carne el sometido macho empieza a endurecerse.

   Ayudando a Hans, a Hiro y a Ronaldo, están también sujetando a Daniel los españoles Pedro y Alejandro, quienes cuando fueron invitados por Franco al festín sexual del culo del campeón accedieron gustosos, sabiendo que sus vergas estarían disfrutando de los cálidos orificios del orgulloso ganador. Son ellos quienes sujetan los fuertes brazos del joven, aprovechando para recorrer sus grandes bíceps que se agrandan ante los forcejeos de rebeldía. Sujetando las piernas de Daniel están los franceses, Paolo y Pierre. Todos, absolutamente todos ellos son de cuerpos envidiables, de físicos impresionantemente definidos, aunque el atleta sometido sobresale de entre ese grupo, es más fuerte, más ágil, mas varonil, y eso lo vuelve más odiado, por envidia, genera más coraje entre sus competidores, de eso se valió Franco para convencerlos de que colaboraran con él. Todos desnudos, un grupo de machos en jauría saboreando la presa sexual que mantienen sometido, sujeto ante los intensos forcejeos, sin dejarle que pueda tomar siquiera un respiro.

   La piel del fornido clavadista absorbe por completo la loción que Hiro unto en casi todo su cuerpo, el color dorado se marca más, eso es un indicador para Hiro de que el efecto está dando resultado y de que tiene a Daniel en el punto justo donde lo quería tener.

   El asiático tiene a su lado a Paolo y a Pierre, musculosos y altos, miembros de muy buen tamaño entre sus piernas, erectos en todo su esplendor, esperando también sus turnos de poder meterlo en el culo o boca de Daniel. Hiro sigue embistiéndolo, suavemente, pero aprovecha para decir algo en el oído primero a Paolo y luego a Pierre, quienes sostienen las musculosas piernas de Daniel, manteniéndolas ligeramente levantadas a la altura de los hombros del japonés. Sujetando fuertemente los tobillos del joven, los franceses empiezan a lamer las plantas de los pies de Daniel. Pasan lentamente sus lenguas desde los talones hasta la punta de los pies, aún entre los dedos.

   -¡GGGGGGGGGGHHHHHHH! -Daniel experimenta nuevas sensaciones, nadie jamás había tocado las plantas de sus pies con la lengua, y la loción que Hiro impregnó en ellos lo hace más sensibles, se estremecerse, su verga responde más rápidamente y la ansiedad se apodera de él. Trata de liberarse de la verga que tiene en su boca, su cuerpo se tensa completamente.

   -¡AHHHHHHHH! -Ronaldo gime al sentir que la garganta y boca de Daniel se estrechan ajustándose más a su larga verga que se desliza con más dificultad por entre su cuerpo. Las placenteras sensaciones del carioca se acentúan, sus bolas hierven y la leche estancada en ellas desea ser expulsada. El placer de cogerle la boca a ese otro tío, al chico que le derrotó en la competencia, es inmenso, y se extiende por todo su miembro. Un leve cosquilleo en sus bolas le indica que la eyaculación es prácticamente inminente.

   Daniel, en su desesperación, trata de que su boca quede libre y forcejea por liberar la de su mordaza de carne, acariciándola en el proceso; las lenguas en las plantas de sus pies lo enloquecen, es algo más que cosquillas, y lo llevan al borde de la ansiedad y la locura, exacerban sus sensaciones y trastornan su mente dejándolo más vulnerable; su verga se engruesa más que antes, pulsante, deseosa de ser tocada; el suave y erótico ritmo que Hiro mantiene en su culo, contra las paredes de su recto que no entiende por qué le gusta tanto es una sublime tortura erótica a la que está siendo sometido sin poder oponer resistencia. Todo su musculoso cuerpo se mantiene en una constante tensión, forcejea pero es inmovilizado por sus captores que disfrutan de verlo así atrapado, sometido, doblegado físicamente y torturado mental y sexualmente. Las plantas de sus pies empiezan a arder levemente, enrojecen al paso de las ásperas las lenguas que las recorren una y otra vez. Pareciera que para Paolo y Pierre, los pies de Daniel son unas paletas que lamen y lamen sin darle tiempo de descanso, no permitiéndole ni un segundo de reposo, dándole estimulación continua, ambos meten los dedos gordos del joven en sus bocas y los succionan, usando suavemente los dientes y las lenguas.

   -¡GHGHGH! -los gemido de Daniel se oyen ahogados, acallados por la gruesa verga de Ronaldo que sigue metida en sus garganta, sin darle tiempo de poder gritar de desesperación pero si estrechándose por la ansiedad de querer liberarse.

   Sus gritos se ahogan prácticamente antes de nacer, la jugosa carne del brasileño resbala una y otra vez en su garganta. Las embestidas de este, en contraste con las de Hiro, son bruscas, fuertes y continuas. Ronaldo desea vaciar su leche en el varonil enemigo de competencia, desea demostrarle que lo llevara por siempre dentro de él. Que es mas macho, que es más fuerte, que es más dominante. Y quiere verle, su garganta agitándose cuando le obligue a tragarse hasta la última gota de su semen.

   Las bolas del carioca, calientes al máximo y sintiendo la presión más fuerte por parte de Daniel, que involuntariamente cierra la garganta al sentir como es eróticamente torturado en su culo y sobre todo en las plantas de sus pies, en los dedos de sus pies que ahora son saboreados uno por uno tanto por Pierre como por Paolo. Las embestidas de Ronaldo se hacen más intensas y sus bolas escupen con una fuerza enorme grandes cantidades de leche espesa que Daniel se ve obligado a tragar, si, sus mejillas rojas, su frente fruncida, su manzana de Adán subiendo y bajando desesperadamente para no ahogarse.

   -¡AHHHHHHHHHHHHHH! –se deja oír un gemido intenso por parte de Ronaldo al sentir las primeras descargas. El placer es intenso, su cuerpo se estremece y embiste entre espasmos a su víctima, sin darle oportunidad de rechazar su precioso semen, su caliente leche real de macho en su mejor etapa.- Trágatela, cabrón; así, así, así, tómatela toda. -le gruñe mientras le embiste frenéticamente, manteniendo sus ojos cerrados y su cuerpo en un éxtasis sublime que hasta hace que sus musculosas piernas flaqueen, y casi siente que podrán doblarse, pero hace esfuerzos por mantenerse erguido. El tiempo de concentración de todos ellos, prohibiéndoles eyacular, ha sido determinante en esa noche para poder vaciar todas sus ganas en Daniel, en el culo y boca del joven campeón.

   -¡Ghhhhhhhhhhhhhh! -las grandes descargas de leche hacen que Daniel sienta que pierde la respiración, este líquido es abundante y viscoso al resbalar, lo hace de forma lenta. Puede sentir prácticamente como avanza lentamente hacia su estómago, sin detenerse, y su garganta recibe los espasmos de la gruesa carne de Ronaldo, espasmos fuertes que estrechan más y más su conducto, amoldándolo a sus dimensiones. Pequeñas gotas del espeso líquido blanco salen por las comisuras de sus labios mientras la dura carne entra y sale vertiginosamente sin darle la oportunidad al muchacho de que pueda defenderse, ni evitar el abuso sexual del cual es víctima.

   Franco, desde un lado, observa la situación. Ve como Pierre y Paolo han logrado desequilibrar a Daniel, como los pies del joven atleta han sido uno de sus puntos débiles. Para Daniel, los segundos que dura la eyaculación de Ronaldo dentro de su garganta, aunado a la tortura en sus pies y culo, se hacen eternos, cuando el brasileño termina, exhausto después de haber terminado saca de golpe su verga se esa boca, y Daniel intenta normalizar su respiración.

   -Ahhh, ahhhhhhhh, ahhhhhhhh. –no puede evitar los gemidos, no mientras las sensaciones en su culo y pies continúan.- ¡NNNNNGGGHH! -muerde sus labios para no gritar de desesperación al sentirse atravesado por todas esas nuevas sensaciones sobre las que no tiene ningún control.- Mghghgh…

   -JEJEJEJEEJE, le gusta, Saldívar. -Franco se da cuenta inmediatamente de lo que Daniel siente al ver como su cuerpo esta tenso sobre la mesa, como su rostro tiene el gesto de desesperación de tortura, de derrota sexual, las lenguas en las plantas de su pies lo enloquecen, lo vuelven más vulnerable que antes, su verga esta durísima, más que en cualquier otra ocasión, sus pezones enrojecen y se erectan y su cuerpo suda copiosamente, su piel brilla marcando cada curvatura de su cuerpo, cosa que acentúa su tortura.

   -¡BAST..TAR..DO! -le grita el joven entre dientes, haciendo un esfuerzo por articular la palabra ya que en cada embestida que hay en sus pies siente como su cerebro se debilita, su cuerpo se excita y su mente se rebela mas y mas, quisiera poder demostrarle a Franco que no es verdad lo que le dice, pero ¿cómo?

   -Esto le gustará más, Saldívar. -Franco muestra un delgado pero resistente hilo que empieza a enredar en la base de la verga erecta del muchacho, dándole varias vueltas, aprisionándole el grueso y duro miembro para evitar que pueda eyacular, después lo pasa por el escroto para también aprisionarle las bolas, mientras los demás siguen dándole el mismo tratamiento en pies y culo.

   -Nggggggggghhh. –se le escapa por el intenso dolor por la presión del delgado hilo aprisionándole las bolas y el miembro; su boca libre ahora de carne, la mantiene cerrada para no doblegarse, y aprieta los labios. Su cuerpo sigue tenso, más aun, el placer es aprisionado, negado con esa fuerte presión que marca más la dureza de su miembro y lo grande de sus bolas.

   Hiro, viendo como el miembro de Daniel está más duro y lubricado que antes, y ante la impotencia de desahogarse por la ligadura, acerca su boca y pasa ligeramente su lengua sobre la punta del mojado glande del joven deportista.

   -¡Mhmh! -un gemido de rebeldía, pero también de sensaciones, se dejan oír mientras la lengua del asiático pasa levemente en la punta de su verga, lamiendo el pequeño orificio del miembro que está cubierto de abundante líquido seminal.

   El ladino oriental lo saborea lentamente, la punta de la lengua recorriéndolo todo, haciendo que la desesperación en Daniel se incremente, es atacado por todas las áreas posibles, esas lenguas en sus pies y ahora en su miembro terminaran por volverlo loco por las sensaciones que le obligan a experimentar.

   Hans y Ronaldo, que acaban de usar el culo y boca de Daniel, viendo como las sensaciones en la piel de este se incrementan cuando las plantas de los pies son lamidas una y otra vez, y la verga se le enrojece mas y mas, se miran con complicidad, ríen sádicamente y se acercan a cada lado del musculoso atleta, que está sujeto fuertemente. Ambos se colocan a los costados del clavadista y, aprovechando que sus brazos están sujetos fuertemente formando casi un ángulo de 90° con su codo, acercan sus bocas a las axilas del excitado macho.

   -Mhmhmhghghgh. -Daniel gime al sentir el aliento de ambos machos cerca de sus axilas. Exentas de vello como están por la competencia, son más vulnerables. Y siempre ha sido muy sensible de esa área, ¿cómo evitar que lo dobleguen con eso?

   Pedro y Alejandro, los españoles, fibrosos, marcados y extremadamente delgados, con vergas de buen tamaño, sujetan con más fuerza los fuertes brazos de Daniel, quien intente liberase forcejeando inútilmente. El sudor aumenta y el atleta sometido aprieta las mandíbulas fuertemente, y cierra los ojos esperando el momento del ataque. Ya siente el aliento de esos dos machos en celo que están muy cerca de sus axilas, sus bíceps se agrandan pero las lenguas saborean las plantas de sus pies, la otra la punta de su verga y las otras dos empiezan a recorrer lentamente la parte lateral de su pecho acercándose hacia la axila, buscando lentamente la parte cóncava de la anatomía del triunfador que nada puede hacer por evitarlo.

   -Jejejejejejejeje, le gustará, Saldívar, ya verá. -le dice Franco mientras Hans y Ronaldo pegan sus lenguas completamente a la parte lateral del pecho, recorren hacia los hombros y los bíceps, pero acercándose peligrosamente mas y mas hacia el objetivo.

   -¡NGGGGGGGHH! -Daniel cierra con más fuerza los ojos, aprieta los puños en señal de impotencia física, su cuerpo empieza a temblar mas y mas mientras sus agresores están más excitados al ver como su desesperación aumenta. Están enloqueciéndole, esas lenguas, esas manos, esa verga en su culo con su incesante y rítmico mete y saca, el dominio que tienen sobre él. Es solo un joven macho en su plenitud sexual y sus bolas y verga están llenas de sangre, una que está atrapada en su verga por la atadura, negándole la relajación y la eyaculación. Las lenguas húmedas y ásperas de Hans y Ronaldo , por fin llegan a la parte más profunda de sus axilas, de forma súbita entran en esa área y lamen furiosamente.

   -Ah, sí, le gusta, jejejejeje…

   -Ghhhhhhhhhhhhhhhhhh… -Daniel, atacado bruscamente, aprieta los labios pero su verga responde manando un río de líquidos que el asiático recoge con su lengua y bebe, sus pezones se endurecen de mas y su cuerpo se tensa, su mente no puede razonar solo sentir, experimentar.

   Las lenguas lamen incansablemente sus axilas y las plantas de sus pies, lamiendo detenidamente cada dedo, y regresando a las plantas lamiéndolas a todo lo largo mientras el otro par de lenguas pasan una y otra vez por esas profundas axilas, sensibilizándolas. Las terminaciones nerviosas de Daniel, en sus plantas y axilas, están a flor de piel, son más sensibles que en el resto de su cuerpo. Su verga se rebela amordazada fuertemente por el delgado hilo que Franco enredó varias veces a todo el grueso de su diámetro en la base del ancho y grueso miembro, las bolas están también aprisionadas, y las lenguas atacan una y otra vez, su mente se pierde en una batalla de deseo y de sensaciones, de locura erótica y sexual que lo doblega y esclaviza. La verga de Hiro, moviéndose rítmicamente en su culo, lo conduce hacia un exquisito placer que mezclado con las lenguas que lo atacaban en pies axilas y verga, lo transportan a un estado de clímax sexual que su cuerpo no puede resistir. Es una batalla contra su propia naturaleza, contra su verga, sus bolas, sus sensaciones su deseo, su derrota es placentera, sus pensamientos de rebeldía de lucha se pierden y claman piedad por el intenso castigo sexual del que es objeto.

   -Dígalo, Saldívar, grítelo para que todos escuchemos lo que estamos viendo… diga cuánto goza ser un puto entregado a sus machos. Suplique por más…

CONTINÚA (el relato no es mío)…

Julio César.

NOTA: El relato comienza algo lento, y como no tengo intensiones de apurarme más, quien lo desee puede buscarlo en esta dirección: http://www.todorelatos.com/relato/16991/

EL SUEGRO LO ENVICIA… 40

marzo 20, 2015

…LO ENVICIA                         … 39

   Este relato me lo envía por correo un conocido de la casa, LeRoy, y es bueno, aunque es una mala traducción que me tomará tiempo medio hilar. Este relato que NO ES MÍO, lo llevo más bien como una pequeña adaptación. Que el autor no se moleste, por favor. Bien, la trama: un chico muy joven sueña con ser físico culturista y se casa con la hija de un ex culturista, el cual termina convirtiéndole en el juguete sexual de todos los hombres. Disfrútenlo.

……

Título: Muscle Pussy

De: hgenyc9261@gmail.com

TIO EN SEXY HILO DENTAL AMARILLO

   Sí un chico quiere divertirse debe vestirse para la ocasión…

……

   -Vamos, hombre, déjame probar otra vez ese coño. –se queja Grant.- No puedes cogértelo tú sólo para siempre. Quiero ese coño caliente.

   -Acabo de empezar. –grazna Stan, metiéndoselo todo y rugiendo entre dientes cuando Bobby se lo ordeña con las entrañas.

   -¡Es mi turno!

   -No discutan, chicos. –interviene Ned.- Les diré qué hacer… -y Bobby, que le oye a pesar de la nube de sexo y lujuria que le envuelve, se estremece todo.- Grant, siéntate sobre la alfombra y deja que Bobby se suba a tu verga, que se clave en ella. –hay un estallido de risitas de este, de emoción. Joven obedece, y cuando Stan, a regañadientes se la saca del culo, el rubio culturista va, se monta a hojarasca sobre la pelvis del otro y baja su culo. Grant se aferra la gruesa verga y el agujero depilado va tragándoselo, lentamente, apretándolo a cada palmo, y los dos hombres jadean.- Bien, Stan, ve tras Bobby y…

   Al parecer ya Stan había captado, arrodillándose tras el rubio, presionando la cabeza de su tolete junto a la de su hermano, apuntando hacia el agujero ya ocupado. Bobby se tensa y abre mucho la boca, de donde sale un gemido que no es para nada dolor cuando la segunda verga va metiéndose, lentamente, forzándole un poco. Stan aprieta los dientes y empuja, Grant sonríe pesadamente, mirando a ese rubio puto, y detrás a su hermano, cuya enorme y dura verga siente contra la suya, caliente y palpitante. Y se la meten. Bobby cierra los ojos, una sonrisa torva de deleite en sus labios cuando las siente, las dos poderosas barras en su interior. Su culo totalmente lleno de machos, de vergas.

   -¡A la mierda! –brama Stan, boca abierta de asombro, sin aliento, su duro tolete palpitando dentro de esas entrañas, pegado al de Grant.- No puedo creer que pueda tomar tanto.

   -Es más puta que tus novias. Vamos a darle. –gruñe Grant, moviéndola un poco, rozando esas entrañas y el tolete de su hermano.

   Y Bobby grita en éxtasis, totalmente lleno por esos sementales que bombean sus impresionantes miembros dentro de su culo abierto. Uno iba, el otro venía, todos golpeándole bien adentro, rozando las paredes de su recto. Stan se pega a su espalda, con una mano le cubre la frente y hala hacia atrás, con la otra recorre su torso, pellizcando sus tetillas erectas en medio de los abultados pectorales. Grant le atrapa la cintura, clavando sus dedos en él, y ambos intensifican sus metidas y salidas, sus cilíndrico toletes van y vienen sin detenerse, provocándole estremecimientos y gemidos a Bobby, quien casi parece desfallecidos entre los dos impresionantes hermanos que estaban serruchando su culo con fuerza. El joven y rubio culturista era la viva imagen de la putez, echando el torso hacia atrás, babeando un poco, uno de sus pezones apretado duro, las uñas marcando su cintura, los dos güevos entrando y saliendo ahora al unísono, los dos sementales empujando a un tiempo.

   Desde donde está sentado, masturbándose, el entrenador ve al musculoso y rubio chico entre los dos poderosos hermanos, que bombean los enormes güevos dentro de su apretado culo, haciéndole gemir y estremecerse, casi chillando como una putita real, totalmente enviciado por los hombres. Son tíos grandes, poderosos, y gozan del sexo duro, rudo y caliente. La vista de los dos toletes casi saliendo para volver a enterrarse en el agujero, era una locura. Los dos hermanos tienen muecas victoriosas de guerreros en sus labios mientras empalan una y otra vez al joven entre ellos, sus vergas rozándose sin cesar.

   -¿Eres una puta, Bobby? –oye a lo lejos a Ned, mientras comienza a llevar su culo de adelante atrás.

   -¡Oh, Dios, sí! ¡Soy una puta! –chilla el muchacho, los dos güevos clavándosele en ese instante cuando se reconoce en toda su verdad. Es una puta.

   -¡A la mierda! –Stan gruñe asombrado y sin aliento, indetenible su verga dentro de aquel culo donde roza con la de su hermano.- No puedo creer que de verdad puedas tomar tanto.

   -Ha sabido encontrarle el sabor a los hombres. –sentencia Ned, sonriendo.

   Bobby no escucha, no es totalmente consciente de nada, tan sólo de los dos poderosos sementales que le cabalgan al unísono, clavando muy hondo esos güevos en sus entrañas, sacándolos y regresándolos con fuerza, su redondo anillo se ve forzado al máximo. Siente que su culo es una masa cálida de sensaciones, que está totalmente mojado de lujuria, que exprime, hala y chupa esos toletes con fuerza, haciendo gritar a los musculosos hermanos. Tan excitado está que tiene que sostenerse de los fuertes brazos de Grant, sus dedos apretando los duros globos de sus bíceps, experimentando el eléctrico placer de palpar el poder físico de un macho mientras su agujero vicioso parece continuar su ritmo con vida propia, aceptando las dos gruesas moles de carnes tiesas cuando salen y entran, los dos hombres muy enterrados, su culo apretándoles más. Al forzudo culturista no le queda más remedio que gritar de agónico placer.

   -Vamos, chicos, demuéstrenle a su entrenador que saben tratar a las zorritas calientes. –gruñe Ned.

   Y los dos hombres intensifican sus cogidas, sus güevos salen y entran, dos juegos de bolas golpean contra Bobby cuando se lo clavan entre los dos, ignorando el rubio y musculoso culturista que de sus labios abiertos escapa un profundo pedido de lujuria, que quiere más, que le den duro, que se los metan hondo; no es consciente de que todo su cuerpo responde a las atenciones y necesidades de esos machos cuyas manos grandes le retienen por varias partes, clavándose, reclamando su territorio.

   Es un maravilloso cuadro de duro erotismo homosexual para el entrenador, que se masturba con una sonrisa en sus labios, el ver a sus dos atletas estrellas de la lucha, hermanos para colmo, coger al unísono a ese chico rubio y forzudo, que se estremece, gime y se tensa cuando los toletes van y vienen, cepillando sus hambrientas entrañas. Porque, oh, sí, a Bobby le gustaba sentirlas en su interior, su expresión de abandonada lujuria lo gritaba. Les ve morderse los labios, tensar sus espaldas y empujar más sus moles de machos alfas, los tres bañados de transpiración, con el fuerte olor de los toletes botando sus líquidos.

   Los dos hombres no pueden pensar, no con la increíble atención de ese “coño” totalmente mojado y ardiente que succiona sus vergas… las dos frotándose, duro, una de la otra, lo que incrementa las sensaciones. Coger en grupo era increíble, piensan. La respiración de Grant se espesa, sus urgencias en el mete y saca también, anunciándole al mundo que iba a estallar, y empujó su gruesa mole hacia arriba, metiéndola toda, temblando esta mientras algo hirviente la recorre, sintiéndolo muy claramente Bobby y el hermano de este. Estalla, una y otra vez, entre gritos roncos de gozo, el cuerpo sufriendo espasmos, regando con su esperma las entrañas del musculoso chico rubio y la verga de su propio hermano, y allí, en la entrada del culo, donde ambos toletes se superponen, un poco de leche escapa.

   -¡Hijo de puta, ¿no podías…?! –comienza a reclamarle Stan, pero también grita, empuja su verga y atrapa al rubio culturista por las caderas, gimiendo mientras se corre, una y otra vez.

   De su ojete escapa el semen en abundancia, uno que parece nutrir a Bobby, quien enrojece y resplandece, pero que también se mezcla con la esperma de su hermano, y le cubre a este el tolete igualmente. Del culo muy lleno de güevos escapa más leche, caliente y olorosa. Poco a lo que mana cuando, lentamente, ambos miembros abandonan la cálida prisión del placer, Stan parándose. Del rojo, redondo y afeitado culo del chico ahora casi desmayado en brazos de Grant, chorrean los espermatozoides de los dos hermanos. Y Ned lo mira, ese agujero vicioso que tanto placer brindaba, ocupado poco antes por dos de sus mejores atletas, goteando toda esa leche masculina…

   -Okay, el entrenador quiere su turno. –dice poniéndose de pie, bajando detrás del rubio culo goteante, una manota en la recia espalda, obligándole a caer contra el torso de Grant, apoyando la roja cabeza de su tolete en la hinchada entrada, empujándoselo todo, sintiéndolo suave y caliente, toda esa leche escapando por los lados.

   Bobby gritó de lujuria, ojos cerrados contra el poderoso pecho del otro, mientras Stan se agachaba para observar mejor; la visión de la gruesa verga del entrenador metiéndose dentro del redondo culo que poco antes gozó, le parece lo máximo de lo sucio.

   -Lo cogimos entre mi hermano y yo, y todavía parece apretado. -grazna excitado, recordando las apretadas que daba.

   -Es el sello de una buena putita. –sonríe Ned, sintiéndose más perverso, mirando también como su güevo entra y sale, el tronco mojado de todas esas leches, los ojos de su atleta tan cerca.- Hace falta algo más de lubricación aquí, Stan, ¿por qué no escupes un poco? –y se miran a los ojos.

   -Seguro, entrenador. –y Bobby siente como la cara del otro se pega a una de sus nalgas, proyectando los labios y escupiendo sobre su culo, saliva que se mezcla con el semen ya depositado allí, creando una masilla al ser agitada por la barra del hombre, quien también siente el aliento del chico y casi el roce de sus labios sobre el tolete cuando este escupe más.

   -Vaya, ¿ahora eres el ayudante del entrenador? –se burla Grant de su hermano, mirándole sobre un hombro del rubio fortachón.- ¿Estás lamiéndole la verga mientras se folla a una putita? –se ríe.- Ahora vas a tener que hacérmelo a mí la próxima vez que salgamos con alguna furcia.

   -¡Marica! –es la respuesta de Stan.

   El grueso tolete del entrenador entra y sale rítmicamente del culo del joven culturista, con fuerza, regando y mezclando semen y saliva. Las apretadas y halones que le dan esas entrañas, sumado a la fascinación de sus jugadores al verle cogerlo, le incrementan la calentura, clavándole los dedos al joven mientras lo cabalga.

   -Joder, Bobby, tu coño es… -gruñe ronco.- Me encanta enterrar mi verga en tu coñito caliente y dulce, es tan suavecito. –sus enormes bolas van y vienen mientras mete y saca el rojizo tolete del redondo culo que sufre violentos espasmos.- Eres insaciable, muchacho, aquí tienes a tres musculosos hombres llenando con enormes vergas tu coño bonito en esas pequeñas pantaletas de mujer, y estás a punto de secarnos. –se la mete toda y todavía la agita más, arrancándole gemidos de lujuria al joven.- Eres nuestra putita para después de las competencias… -la saca, toda, mirando el titilante agujero, y vuelve a clavársela con fuerza. Adentro y afuera, adentro y agitándola, sacándosela de medio lado.- ¿Listo para recibir a mis bebés, muchacho? –le pregunta mientras le cepilla con fuerza el agujero.

   -Sí, señor. –se entrega entre jadeos, siendo recibido por tres risotadas profundas.

   -¡Tómala, pequeño puto! –gruñe el hombre, metiéndosela hasta el fondo, la dura pieza pulsando y disparando sus chorros de esperma, una que se une a las otra dos leches ya depositadas.

  Y ese disparo, sumado a los anteriores roces en las paredes de su recto, así como los golpes sobre su próstata, consigue que Bobby también se corra dentro de la pantaletica. Ned lo sabe, sonriendo de lo puto que es, ¡mira qué correrse sin tocarse!, sacándosela casi de golpe, poniéndose de pie al igual que Stan. Y justo en ese momento asoma la cabeza por la puerta del depósito, Ken, mirando también: aquellas nalgas redondas muy abiertas, la tirita de una tanga apartada, el redondo agujero dejando salir todas esas leches acumuladas.

   -Veo que estás ocupado, Bobby. –sonríe levemente el joven jefe.- Pero necesito que regreses al stand. –informa antes de salir y cerrar la puerta.

   Algo cohibidos ahora, los dos hermanos se visten, igual que el entrenador, y salen para dejarle tiempo de acomodarse. Bobby, rojo de cara, respiración pesada y piernas algo débiles después de tanto placer a manos (y güevos) de todos esos machos, se pone de pie y se arregla. Se quita esa tanga y usa nuevamente la prenda que exhibía en la presentación.

   Tomando aire, después de usar la otra tanga para limpiar el exceso de semen, abre la puerta y regresa a paso vivo al stand. Deteniéndose. Allí estaba su suegro, Ben, hablando con Ned y los otros dos chicos, con ellos también estaba Bill, el prospecto de futbolista, negro y fuerte, a quien conoció en la fiesta de despedida de soltero del hijo de Tom. Con cara roja, se preguntó qué hacían ahí todos esos hombres a quienes… conocía bien.

   -Hey, Bobby… -comienza Bill, sonriendo, recorriendo al rubio con la mirada.- Acompañé a tu suegro para invitarte en persona, igual que a él, a una fiesta que daré este sábado en mi casa; habrán muchas cervezas y carne. Estarán presentes algunos compañeros de mi equipo de futbol. Espero que asistan.

   -Allí estaremos, Bill. –acepta Ben, por ambos.

   A Bobby no le extraña, ¿cervezas, barbacoa y futbol?, su suegro debía sentirse en la gloria. Poco después todos se despidieron de suegro y yerno.

   -Y… ¿cómo te fue? ¿Mucha acción? –le pregunta el hombre en cuanto los otros salen, y a Bobby la cara le enrojece, lo que seguramente es una respuesta para el otro.

   -Algo.

   -¿Te puedes ir ya? Tengo hambre. –invita.

   Bobby balbucea, volviéndose hacia Ken, quien le miraba con fijeza. Y entendió, el otro parecía esperar el momento oportuno para llevarle también al almacén y hacer uso de su culo lleno de leches. Era otro macho que esperaba su turno para cogerle con su gruesa verga. Y la idea le marea de lujuria.

CONTINÚA…

Julio César.

NOTA: Un amigo de la casa, Apolo, logró encontrar la página original de donde viene esta historia, que notarán fue versionada. Gracias, amigos. Quien quiera saber de qué va o cómo termina, que vaya a: http://www.nifty.org/nifty/gay/incest/muscle-pussy/

SER O NO SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA… 29

marzo 18, 2015

SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA…                         … 28

   La siguiente es una historia que NO ES MÍA. Pertenece totalmente al señor capricornio1967. Tan sólo la reproduzco, tal vez cambiando una que otra coma, aunque la historia ya está por ahí, completa. Es un relato maldito en toda la regla, un hombre maduro decide tomar, controlar y dominar a su joven pupilo, transformándole en algo que no quiere, ni soñaba, aunque se resiste. Lo repito, es un cuento muy maldito. Disfrútenlo:

……

EL DILEMA

Autor: capricornio1967

Capitulo IX “MEDALLA DE ORO”

UN CHICO ESPERA

   ¿Puede encontrarse a sí mismo quien se extravía?

……

   -Usted sabe los motivos, para que eso pasara, Franco, esos ya no existen, ¡SE ACABO! Acéptelo

   -El que va a aceptarlo es usted, Saldívar, jejejejeje, como sabía que se iba a poner difícil invité a unos amigos que quieren conocerle como le conozco yo, jejejejejejejeje.

   -¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¿¿¿¿¿¿¿¿¿?????????!!!!!!!!!!!! -el asombro de Saldívar por la frase de Franco se dispersa casi inmediatamente cuando de ambos lado del marco de la puerta se dejan ver los acompañantes del hombre, varios de los competidores de otros países, y entre ellos alcanza a distinguir al alemán y al japonés, además de otros mas que no alcanza a precisar. Su cerebro actúa rápidamente, trata de cerrar la puerta de inmediato. Defenderse de Franco lo puede hacer, pero contra todos ellos no podría, la fuerza numérica termina por imponerse.

   -Jejejejejejeje, le dije que usted sigue siendo mío, Saldívar. -le dice mientras bloquea la puerta para que no se cierre del todo, y se inicia una lucha de fuerza entre Daniel y él, uno queriendo cerrarla y el otro todo lo contrario. Pero el entrenador tiene la ventaja, los demás clavadistas, musculosos, resentidos y calientes por haber estado concentrados saben que tendrán un agujero apretado y cálido para meter sus vergas y así, al mismo tiempo, darle una lección al musculoso Hércules que los superó.

   -¡Mghmh! -las fuerzas de Daniel son insuficientes.

   La presión de la jauría sexual es intensa, los fuertes brazos de Daniel se dilatan al máximo, sabe que de eso depende su salvación, defender su hombría, su cuerpo, su culo sobre todo, sabe perfectamente para qué desean entrar. Sabe que Franco debe haberlos aleccionado bien, ninguno de ellos pertenece a la delegación del país, así que Franco los seleccionó bien. Los esfuerzos son inútiles, la fuerza física se impone y la puerta cede ante la impotencia de Daniel, quien no puede detener mas el avance de los machos con las hormonas en el tope máximo de secreción, como si el otro joven fuera una hembra en celo que les dará ese placer sexual que han estado esperando.

   El asustado Daniel cae al suelo, el fuerte empujón de los jóvenes macho sobre la puerta le hacen retroceder y caer al suelo de espaldas. Trata de levantarse pero en menos de un segundo tres machos están ya sujetándolo de las piernas para que otros se les unan. El joven golpea a algunos con puños y pies, pero no le permiten levantarse, uno a uno se van uniéndose los demás para someter el musculoso y joven macho que forcejea como fiera salvaje que desea escapar, liberarse, pero que la fuerza de sus captores acaban por someterlo, sujetándolo entre dos cada brazo y pierna, otro, colocándose a su espalda lo sujeta del cuello y cabello y lo obligan a ponerse de pie.

   Daniel, jadeando, furioso rebelde hasta el fin, nota que sus forcejeos son inútiles, pero no por eso cesan. Franco, por su parte, victorioso, sin haber usado un solo dedo para someterlo se coloca frente al retenido macho.

   -Se lo dije, Saldívar, usted me pertenece, jejeje, y seleccioné a los diez mejores de sus competidores para compartirlo, Saldívar. –le informa colocándose frente a Daniel

   -¡PUFF! -este le escupe la cara.

   Franco se limpia lentamente la saliva que le cae en la cara, todos los clavadistas que sujetan a Daniel esperan ver la reacción del maduro entrenador, quien después de limpiarse el escupitajo, de manera súbita descarga un fuerte golpe con el puño cerrado en el abdomen de Daniel, sacándole el aire por completo y obligándole a doblarse.

   -¡AGHHHHHH! -un grito ahogado escapa de la boca de Daniel, su cuerpo se dobla pero sus captores que lo mantienen sujeto evitan que caiga y lo obligan a permanecer de pie, en su viril rostro se ven muecas de dolor.

   -Ahora aprenderá su lugar, Saldívar, el único que le toca y corresponde. Es un esclavo sexual, un juguete sexual, y no lo olvidará. Estos diez chicos lograrán que no lo olvide jamás. Sólo es un juguete para los machos, y lo será para siempre. Pronto lo aceptará en toda extensión.

   Franco acerca más su cara a la de Daniel, y sujetándolo de los cabellos fuertemente planta sus labios en los del joven sin que éste pueda hacer nada para evitarlo. La lengua del hombre entra en su boca y explora su cavidad, un beso intenso. Daniel intenta forcejar pero sus captores aplican más fuerza para bloquearle cualquier tipo de movimiento, al tiempo que siente la dureza de su captor, el que le mantiene sujeto del cuello y esta colocado detrás de su espalda y eso le horroriza. Nota, perfectamente, contra sus musculosas nalgas la dura verga de su enemigo que aprovecha para frotarla por entre las ropas una y otra vez. El intenso beso dura el tiempo suficiente para que se agoten sus últimas fuerzas.

   Mientras la lengua de Franco explora su boca, varios pares de manos recorren lujuriosamente su cuerpo, siente como si cada parte de su anatomía fuera cubierta, recorrida, deseada. Las más insistentes son las manos que se frotan rudamente en sus nalgas y en su verga, que ante la fricción despierta endureciéndose.

   -¡AHHHHHHHH! -una vez que Franco libera su boca, Daniel respira profundamente. Su cara refleja rabia, un odio intenso cuando enfoca a Franco.

   -¡DESNUDENLO! Jejejeje… –les ordena, mientras se aparta un poco y empieza a desnudarse quitándose la camisa.

   -¡NOOOOO! -Daniel forcejea de nuevo mientras sus captores, riendo y ansiosos, empiezan a desgarrarle la ropa. Su musculoso tórax queda al descubierto, sus delicioso pezones sobresalen más de su cuerpo, sus fuertes bíceps abultan, aun sujetados por dos pares de brazos igual de musculosos que lo mantienen firmemente sujeto mientras los otros le desgarran el pants del uniforme deportivo.

   -Esperen. -ordena Franco antes de que rompan el speedo que Daniel usaba bajo el uniforme y lo único de ropa que le queda. Lentamente se acerca al inmóvil clavadista; mirándole fijamente a los ojos, su gran mano toma el borde del speedo y de un solo tirón lo desgarra, dejándole completamente desnudo,      la gruesa y larga verga del sometido deportista cae de golpe pegando en la parte superior de sus piernas, semirrígida por la fricción que ha sufrido, mostrando además ese par de nalgas grandes, redondas, duras perfectas, las piernas de buen tono y definición, el pecho, el rostro. El muchacho es físicamente más perfecto, eso representa Daniel para ellos.- Jejejejeje, ya está listo, Saldívar. Súbanlo allí. -orden señalando una mesa que había movido previamente hacia el centro de la habitación.

   -¡NOOOOOOOOGHHH! -Daniel forcejea mientras es conducido hacia la mesa; se resiste titánicamente, trata por todos sus medios de oponerse pero son actos inútiles, el que lo mantiene sujeto del cuelo aprovecha para manosearle el trasero, esa mano grande y firme recorriendo la curva de sus glúteos, metiéndose en la raja que las separa, incluso trata de introducir su dedo en la joya secreta del muchacho. Mientras el forcejeo se da, sin que nada pueda impedirlo, es levantado en vilo por sus captores y puesto sobre la mesa, de espaldas, su cabeza es sujetada por los cabellos para que la mantenga fija al mueble, sus brazos sujetos por bíceps y muñecas.

   -¿Listo, Saldívar? -le pregunta burlón Franco, mientras los cuatro nadadores colocados dos de cada lado sujetando sus musculosas piernas, levantan ambas piernas para darle acceso a su culo para que esa gruesa verga pueda entrarle libremente.

   Los captores de Daniel lo han colocado sobre una mesa, sus hombros quedan justo al borde de la misma así que su cabeza cae libremente, aunque por el momento es obligado a mantenerla levantada para que pueda ver directamente a Franco, quien se coloca entre sus piernas, que también están sujetas y levantadas. Sus redondas, musculosas, grandes y suculentas nalgas quedan en el extremo contrario de la mesa, separadas como consecuencia de que sus piernas también lo sean. Franco, desnudo completamente igual que sus demás captores, lo están, ahora puede verlos más claramente, todos han estado en la competencia, ahora desnudos, con las vergas endurecidas y babeantes, están alrededor de la mesa donde está sujeto, esperando el festín sexual que disfrutarán por cortesía de Franco, quien cínicamente esta sonriendo frente a sus ojos. Colocando su babeante verga justo en los pliegues anales del aun aterrorizado chico, que nunca imaginó que Franco llegara tan lejos, se confirmaba que su cuerpo era ahora presa fácil para esa jauría que amenazaba con disfrutar de su culo, de su boca, de su…

   -Le dije que sería mío de nuevo, Saldívar, ¿está listo, ahora? Jejejejejejejeje. -ríe mientras sigue mirándole fijamente

   -NO SE ATREVA, LO MATARE. ¡LE JURO QUE LO MATARE! LO…. AGGGGGGGGhhhhhhhhhhh… -las amenazas de Daniel hacia Franco son interrumpidas cuando de golpe, Franco inserta su dura carne, lubricada en el culo del atlético clavadista. Deja caer su cabeza por el intenso dolor que le causa la penetrada, solo para que eso sea aprovechado por el que estaba sujetando su cabello, quien al ver que la boca del joven se abre desmesuradamente, y su cabeza cae al borde de la mesa, ve la mejor oportunidad para que su verga sea saboreada.- ¡Aghmhghmghg, mhhhhhhhhhhhhhgggggggggg! -una nueva verga de súbito penetra su cuerpo, esta vez por su boca; la babosa carne se interna por la estrecha boca con una fuerza intensa hasta llegar a sus anginas, causándole una leve asfixia que no le permite tomar libremente el oxígeno.

   -Ahhhhh, es delicioso. -dice Hans, el alemán que era quien estaba colocado en la estratégica posición; encontrando la mirada de Franco con la suya, goza el que tienen ensartado al musculoso campeón, y sin decir palabras, rítmicamente y al uníoslo empiezan a dar fuertes embestidas en las dos entradas del Daniel. Quien tiene sobre su nariz y ojos las grandes bolas del alemán que lo embiste rudamente una y otra vez.

   Para Daniel, después del intenso dolor y la sorpresa de esas vergas asaltantes en su culo y boca, empieza a forcejear de nuevo tratando de liberarse. Sus musculosos brazos se hinchan por el esfuerzo, lo mismo que sus piernas, todo su atlético cuerpo se revuelve en movimientos que son limitados por la fuerza de sus captores que lo mantienen prácticamente inmóvil. Tratando de que permanezca sometido encuentran que su forcejeo es intenso, aunque infructuoso. Las dos vergas siguen entrando más y más, torturándole, abriéndole el culo y la boca. Su cuello se engruesa, las venas se le hinchan por la fuerte presión de esa carne que se interna más y más, sus ojos desorbitados entrecerrados por momentos, mientras en su cerebro la risa de sus captores hace eco y tortura más la hombría del joven macho.

   La naturaleza de Hans dominante por nacimiento, así que sigue insertando con dureza su verga gruesa que dilata la boca de Daniel al máximo; los rojos y delineados labios del otro apenas abarcan el grueso falo que entra una y otra vez, el vello púbico choca contra su cara, siendo forzado como está a recibir por boca y culo las duras vergas que doblegan sus orificios, que humillan su hombría y nublan su victoria. ¿Qué tan orgullos puede estar ahora cuando su cuerpo es violado por sus enemigos, cuando por mas forcejeo que trata de oponer es nulificado físicamente, así como las vergas nulifican su resistencia, como esas dos carnes jugosas toman lo que desean, hacen suyo en el orificio que les gusta y poseen al atlético y joven macho, de una forma humillante y erótica?

   Mientras Daniel es doblemente penetrado, las vergas entrando coordinadas en su culo y boca, Hiro, el japonés, toma con su manos la flácida verga del clavadista, para empezar a frotarla rítmicamente al mismo tiempo que la verga de Franco lleva a cabo su vaivén, apuntando a su próstata. El masaje de Hiro es suave demostrando que es un experto en el arte del erotismo, las yemas de sus dedos suavemente empiezan a masajear las grandes bolas de Daniel, recorriéndolas muy suavemente, apenas tocándolas, despertando la carne dormida, carne de macho que empieza a ser invadida por fuertes oleadas de sangre joven que llenan ese espacio de virilidad para irlo transformando en un volumen mayor, que adquiere una consistencia mayor. Hiro recorre desde el perineo, las bolas y la verga del otro, quien se siente atacado por todas partes, su verga está siendo asaltada sexualmente igual que su culo y boca.

   -¡MGMHGMGH! –se dejan oír los gemidos de protesta de Daniel, tratando de que su verga sea dejada en paz, humillado por no poder contener su leve reacción, por mostrar ante todos que su verga disfruta, que su cuerpo responde; es un macho solamente que siempre es fácil manipular la sexualidad de un hombre. Más aun de un hombre con la intensidad de testosterona como la suya.

   -Creo que le está gustando, Hiro. -dice Franco al sentir como el culo de Daniel se contrae en contra de la voluntad del joven macho y se ajusta más a su verga.

   -Tengo una idea, coach, regreso en un minuto. -dice el asiático mientras Daniel es sujetado fuertemente para reemplazar la fuerza que Hiro tenía al sujetarlo.

   Franco, Hans y los otros se miran mientras siguen penetrando a Daniel, la verga de este cae pesadamente sobre su vientre bajo, aun no en su totalidad de erección, y al ser dejada de estimular su volumen empieza a disminuir.

   Daniel, por su parte, agradece que hayan dejado en paz su verga, bastante mortificaciones tiene con la carne que le están metiendo. Los cuerpo musculosos de los jóvenes están sudorosos al igual que el de Franco, la actividad sexual está en su apogeo.

   Hiro regresa casi de inmediato trayendo una pequeña infusión, que muestra a Franco y a Hans, aunque pide con una seña que no hagan ningún comentario, ya que Daniel, por la posición en la que se encuentra, no puede verlo ya que las bolas de Hans están cubriéndole los ojos y aromatizándole la nariz.

   Por su parte, el deshonorable nadador asiático, desnudo y con la verga de tamaño regular durísima, en espera de que sea desocupado cualquier agujero para poder metérsela a Daniel, inmediatamente destapa el pequeño frasco que tiene un olor bastante agradable y empieza a verter el contenido en el pecho del sometido clavadista. El viscoso líquido se impregna a la piel del penetrado joven e Hiro empieza a frotar sus manos en el amplio y musculoso pecho, para impregnar la piel del musculoso y joven macho del pequeño elixir. Daniel siente primero una leve frescura pero a medida que Hiro va expandiéndolo, un agradable calor empieza a apoderarse de su piel. Sus pezones se endurecen de forma gradual, mientras su piel empieza a calentarse por la fricción. Hiro continua embarrándole en todo el cuerpo, brazos, bíceps, piernas, incluso en pies mientras los demás siguen cogiéndoselo; sin darle ninguna tregua, las vergas siguen de manera inclemente entrando una y otra vez, disfrutando al máximo la estrechez de ese culo, lo cálido de esa boca, la humedad que envuelve sus duros falos mientras gozan de placer sexual y disfrutan el dominio de los machos alfas.

   En unos cuantos minuto la piel de Daniel está prácticamente impregnada en su totalidad, se libran solo la cara y la espalda por estar pegada a la mesa en la que lo mantienen sujeto; su piel se calienta, es un calor agradablemente erótico, mientras su culo sufre una vez más de la mayor humillación; Franco eyacula copiosamente en su interior, sin poder evitarlo ni retardarlo más. Su rostro refleja placer, un gran goce y satisfacción mientras su dura verga entra en las últimas embestidas para llenarle de leche caliente las entrañas a Daniel. Pero también explota la que tiene en su boca, al uníoslo, la verga de Hans escupe su carga de leche sexual caliente y espumosa en la garganta del joven.

   -GHGHHGHGHGghgh… -Daniel se atraganta tratando de evitar que esa espesa leche resbale, pero sus esfuerzos son inútiles de nuevo, su garganta se inunda de leche. Ese sabor se le impregna, y solo tiene una sola opción, dejar que esa leche alemana entre por su garganta. De forma copiosa la verga de Hans escupe una y otra vez descargas abundantes, calientes y olorosas; el tiempo de concentración ha hecho que los deportistas estén con las bolas repletas de sustanciosa leche viril. Inmediatamente que Franco saca la verga de su culo, Hiro, que estaba a la expectativa, mete su verga sin darle tiempo de descansar. Lo penetra lentamente, frotando su babeante cabeza por el contorno de las nalgas de Daniel.- ¡Ghghghghg! –a este le aterra saber que su culo será violado de nuevo, quisiera poder tener el poder de cerrar sus nalgas y defenderse de ese nuevo ataque pero lo sabe inútil.

   Hiro, sabiéndose experto en el arte del erotismo por su cultura japonesa, no se inmuta ante la resistencia de Daniel, quien aprieta su culo lo más que puede después de haber tenido una verga descomunal separándole las nalgas de forma eficiente. El asiático lubrica bien su verga, para embestir de forma leve, erótica y gradual el aun adolorido culo del joven macho, no le da tiempo de descansar pero no lo penetra de una manera agresiva sino mas bien erótica al máximo; después de meterle su verga en su totalidad la deja allí, permitiéndole sentirla latir en sus entrañas.

   Mientras Hans saca su verga de la boca de Daniel, satisfecho después de haber visto destellos de luces cuando eyaculó entre los labios de su enemigo, del tercermundista que lo derrotó y humilló en forma notoria.

   -¡Ahhhhhhhhhhhhh! -Daniel aprovecha para respirar libremente, pero solo es por unos instantes. Franco, usando sus fuertes manos presiona y le obliga a que abra descomunalmente la boca para que otro de los captores le metan la verga, el brasileño Ronaldo, mezcla de raza negra con un impresionante cuerpo de ébano, verga larguísima de un diámetro regular, uncut.

   Daniel siente como la verga, menos gruesa que la de Hans, entra de golpe en su garganta, pero las embestidas de Ronaldo en su boca hacen que este sienta como esa verga empieza a penetra por su garganta de manera avasalladora. De forma interminable, la verga se interna más y más, es larguísima, en comparación con la de Hans que también era de muy buen largo. La de Ronaldo es de un largo impresionante y él solo deja de empujar hasta sentir que su bolas quedan al borde de la boca del joven, sintiendo los labios del semiasfixiado clavadista en su escroto, sin permitir que su verga retroceda ni un solo milímetro, por el contrario, obligando a Daniel a que adapte su anatomía al largo falo que se interna como si estuviera en casa.

   Las venas del cuello de Daniel se dilatan mientras su cuello se engruesa completamente estacado, relleno de carne firme y jugosa que lubrica de nuevo su garganta. Mantiene sus ojos cerrados, las bolas de Ronaldo siguen descansando sobre ellos prácticamente. Hiro, por su parte, es sabio en sus embestidas, son lentas, paulatinas, mientras impregna la verga de Daniel del elixir que trajo, desde la base hasta la punta, sin dejar de humectar las grandes bolas del joven, dándole un leve masaje con las yemas de los dedos, recorriendo primeramente el perineo con un masaje en la base de la verga del sometido Hércules, y llegando hasta las bolas que empiezan a experimentar el leve calor que recorre ya toda la piel de su cuerpo. Ante la rabia e impotencia del violado macho, su miembro empieza de nuevo a responder, a calentarse, a llenarse de sangre.

   El clavadista japonés aprovecha para volver sus movimientos en el culo de Daniel mas pausados, más al compas del leve masaje que le da en las bolas al indefenso joven, quien al sentir como su verga es “forzada ” a responder trata de nuevo de liberarse. Se revuelve, su musculoso cuerpo se engrandece por el esfuerzo pero la fuerza numérica es superior y se impone sin ningún problema. La mente del asaltado joven se inunda de sensaciones que provienen de su boca, su culo, su verga. ¿Cómo poder defenderse de tantos ataques al mismo tiempo y salir victorioso? Casi solloza de frustración cuando lo nota, que su verga es la primera que se rinde y les da el triunfo a sus violadores, ya que experimentando sensaciones intensas, la sangre se agolpa en su miembro, que empieza a crecer y crecer en todo su esplendor.

   -LE ESTA GUSTANDO, SALDIVAR, JEJEJEJEJEJEJEJE… -dice Franco burlón, en voz alta, para que todos se den cuenta de que tienen a Daniel literalmente por las bolas y lo someten al camino más viable para derrotar a cualquier hombre, “el placer”.- ¿No les dije que era un puto loco por las vergas? Esto es lo que le gusta… servir de recipiente para los hombres. ¿Por qué no llaman a todos sus amigos, chicos? El puto necesita mucho más.

CONTINÚA (el relato no es mío) … 30

Julio César.

NOTA: El relato comienza algo lento, y como no tengo intensiones de apurarme más, quien lo desee puede buscarlo en esta dirección: http://www.todorelatos.com/relato/16991/

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 31

marzo 14, 2015

… SERVIR                         … 30

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

SEXY TIO EN TANGA

   ¿Destino sellado por deseado?

……

   Daniel Pierce, alias Tiffany, vive un calvario mental y emocional en su celda. Con la braga naranja cerrada hasta arriba, su cabello recogido en coleta y bajo el gorro, camina de un lado a otro, sintiéndose enjaulado, como si las tres paredes y la reja, así como las ropas, le quedaran demasiado pequeñas y le ahogaran. Está así desde su conversación con Diana. Se siente terriblemente deprimido por la perspectiva del divorcio. Su mujer le dejaba. Si quisiera engañarse, como antes lo hacía, podía decirse que era una mala persona, que le abandonaba justo cuando todo se hundía en su vida, o se había hundido; que escapaba como las ratas. Pero la verdad es que la mujer pudo haberlo hecho todo peor. Cierra los bonitos ojos y con las manos enlazadas y dedos cerrados se golpea entre ellos. ¡Si hubiera pensado bien en lo que hacía! De haberlo hecho ahora no estaría atrapado en esa pesadilla, su familia no estaría tan molesta, avergonzada. Evitándole. Y ahora Diana…

   Si, se siente mal, pero las perspectivas de poder salir, que ella y su nuevo abogado lograran liberarle era… Poderosas oleadas le invaden, llenándole, calentándole, brindándole una esperanza loca y un temor muy vivo. Oh, Dios, sí lograra escapar de ese infierno… ¿pero y si no se podía? Deteniéndose cae sentado de culo sobre su cama; no, no puede pensar así, debe ser positivo. Si, podía salir, ser libre. La sola idea le inunda de poderosas sensaciones. Sabe que tiene la piel erizada, las tetillas erectas, la propia verga…

   Se sobre salta cuando la reja se abre y entra Robert Read, recién duchado, su rostro más velludo, su panza algo más prominente, su cabello algo más escaso en la coronilla de su nuca. El joven hombre rubio baja la mirada, temeroso de que algo se vea en sus ojos, mejillas rojas, su cuerpo sintiéndose más vivo. Quiere saltar, gritar, decirle al mundo que seguramente abandonará ese horrible lugar. Pero no puede hacerlo, nadie debía saberlo. Especialmente ese hombre.

   -¿Todo bien, Tiffany? –le oye el tono casual, encaminándose a su litera, cubriéndole la visión con su cuerpo.

   -Sí, señor. –le oye manipular cosas, luego caer pesadamente a su lado, con dos pequeñas botellas de licor. Totalmente cerradas. Sin manipular.

   -¿Seguro? Te ves pensativa, amor. –hay un tinte burlón, y al tiempo que abre con el mismo puño ambas botellitas, se tiende y oculta el rostro en el cuello del rubio, olfateando su olor a limpio, a jabón con humectante, a talcos, y besa la suave piel, erizándosela.- Dios, tu aroma a hembra fogosa me enloquece, ¿un brindis? –le tiene una botella, y con el pecho subiendo y bajando con esfuerzo, Daniel le mira al tomarla.

   -¿Un brindis?

   -Por las noticias que te trajo tu mujer, claro… -la mente del hombre rubio es un caos, sabe que los labios le tiemblan, el otro se los mira, antes de sonreír torvo.- ¿No te trajo ninguna novedad? ¿No hay nadie enfermo en tu casa? ¿Están bien tus padres, Tiff?

   -Yo… si, todo está bien en casa. –traga y sonríe pero su mente es un caos mayor. ¿Sabía algo ese hombre? ¿Estaba jugando al gato y al ratón como solía hacer? ¿Deseaba torturarle un rato y luego gritarle que lo sabía todo? ¿O lo ignora en verdad y sólo lanza dardos? Podía ser. Su inteligencia, algo que había terminado reconociendo, era notable.- Todos están bien…

   -¿Segura? Te ves inquieta, amor… -y mientras con una mano sostiene la botellita de licor, con los dedos de la otra recorre el suave y liso rostro del joven hombre rubio, bajando por su cuello, divertido al ver como la piel se eriza y enrojece bajo su toque. Porque sabe que no todo es disgusto.

   -Estoy bien. –repite con una nerviosa sonrisa, todo ojos, estremeciéndose inconscientemente; esos dedos hacían que su piel ardiera, y totalmente rojo de cara, y avergonzado, abre la boca cuando la enorme y velluda mano entra en su braga, los dedos acariciando su clavícula izquierda, bajando, encontrando con las yemas unos de sus pezones, que crece, endurece y calienta. Una nube roja invade su mente cuando los dedos pellizcan, suave.

   -Eres tan excitante, Tiffany… -le gruñe Read, acercando un tanto el rostro, y para su propio horror y sorpresa, Daniel termina con la distancia, abriendo sus rojos y húmedos labios, su boca siendo cubierta por la otra en un grotesco gesto, esa lengua entrando, lamiendo, chupando, todo él estremeciéndose. La boca se separa, el aliento le baña.- En serio, ¿todo bien, amor? –aún duda.

   Daniel apenas le oye, se inclina y le besa, él, por su cuenta. Un gemido escapa de su boca llena con la lengua del otro, que invade golosa, cuando este responde. A un nivel muy intelectual se dice que debe distraerle, apartarle de la cuestión de la visita de Diana, pero otra, esa que arde cuando la mano del sujeto vuelve a su pecho, a su largo y rojizo pezón que es halado provocándole toda clase de oleadas de lujuria, cree que la cuestión es peor. Aún intenta decirse que se debe a que la excitación acumulada por las noticas de su mujer, el que pueda salir libre, aún lo de la separación, le tienen lleno de adrenalina, que por eso responde así, pero sospecha que no se trata únicamente de eso. Cuando las bocas se separan, la espesa saliva formando hilillos entre sus labios, y echan la cabeza hacia atrás, casi gime contenido cuando el rostro velludo cae sobre él, olfateándole bajo el mentón, besándole, los labios recorriéndole, la lengua saliendo y lamiendo increíblemente lento. Es totalmente consciente de que por cuenta propia baja un tanto más la braga y que Read se retira mirándole. Medio abre los ojos, el otro sonríe admirando su torso expuesto.

   -Oh, Tiffany, tus tetas… -y la boca hambrienta pero hábil, rodeada de barba, cae sobre uno de los rojizos y erectos pezones, cubriéndolo, golpeándole con la lengua, logrando que el hombre rubio se tense más, que gima de manera abierta, agradeciendo que el otro cerrara la cortina cuando entraba, aún así escuchándose risitas que vienen de afuera. Los otros convictos algo sospechaban o imaginaban.

   Los gruesos labios del sujeto, que tiene los ojos cerrados, comienzan a succionar sobre el pezón, su boca es un mar de cálida saliva. Deja esta tetilla y cae sobre la otra, rostro medio ladeado, lengua subiendo y bajando, azotando sobre el sensible pezón que ha trabajado, mientras que con la mano libre atrapa el músculo pectoral del otro pezón, pectoral que se ve más pronunciado, casi como un seno pequeño de chica, y mientras pellizca fuerte, con índice y pulgar ese pezón, muerde el otro. Y ahora sí que Daniel gime, entregado, su sangre llena de deseos y calenturas que no entiende del todo, ni le importan. Las risitas se repiten.

   -Parece que la putita rubia está caliente. –se oye y groseras risas corean.

   -Calma, Tiffany. Aún es de día. –se burla Read de sus respuestas físicas, apartándose, alzando la botellita.- ¿Bebemos? –el otro asiente, caliente, casi avergonzado, estaba tan lanzando sobre el otro sujeto que este le detuvo.

   Chocan las botellitas y la bebe de golpe, necesitándolo. El whisky le quema la garganta, el calor grato le envuelve, su cara todavía arde de vergüenza. Dejan las botellitas y se miran; Read, sonriendo, monta las manos sobre el colchón de la litera y se echa hacia atrás, cómodo, su regazo destacándose, una mole alzando la tela, una que todavía agita, sin tocarse, empañando los ojos de Daniel Pierce, quien no puede dejar de mirarla.

   -¿Quieres algo más, Tiffany? –le pregunta burlón. El rubio traga saliva, mucho, alzando la mano, blanca y cuidada, las uñas cubiertas de brillo, y cae sobre la mole, que se siente dura, agitada, caliente y vital bajo su palma, alterándole.- ¿Quieres algo más, Tiffany? –deliberadamente lento repite la pregunta. Y se miran.

   -Quiero… quiero…

   -Habla, pequeña, no te avergüences de tu erotismo saludable. Una soberbia y excitante hembra como tú… -sonríe y se encoge de hombros, sintiendo el puño del otro apretando sobre su verga.

   -Quiero… chupártela. –jadea, sabiendo en el fondo, terriblemente afectado, que ya no buscaba distraerle.

   -¿Cómo?

   -¡Quiero chupártela! –repite algo agitado, le oyen y las risas y pitos se repiten.

   -No lo sé, Tiff… ¿por qué no me seduces para ver a donde llegamos? –propone cruel, sabiendo que era el momento cumbre, si la puta se movía es porque estaba lista para ser usada en sus planes… unos que ya había puesto en marcha.

   Tomando aire, mirada algo atormentada entre la lujuria y la vergüenza, Daniel se pone de pie. Tragando grueso comienza a medio bailar al ritmo de una tonada lenta, descubriendo sus hombros finalmente, la braga bajando y bajando, los ojos de Read clavados como dardos sobre su piel, descendiendo también. El ombligo depilado lleva muy abajo, sin pelos, hasta el borde de una diminuta tanga satinada, de encajes, de un vino tinto claro, con las delgadísimas tiritas cubriendo sus caderas. Mirándole, rojo de cara, Daniel se vuelve, sus nalgas meciéndose bajo la braga, que baja y baja descubriendo las tiritas de los costados y una diminuta franja triangular que baja y se mete entre sus nalgas redondas. La braga cae totalmente y con gráciles movimientos, Daniel sale de ella, volviéndose, conteniendo un jadeo. El oso medio calvo, sonriendo torvo, tiene la espalda recostada de la pared, las gruesas piernas muy abiertas, su torso ancho y peludo, algo abultado, totalmente descubierto… y de su entrepiernas emerge el grueso, nervudo y largo tolete alzado, la rojiza cabecita afuera.

   -Mira como me tienes, Tiffany; eres mi pequeña putita traviesa. –le sonríe, riendo para sus adentros sabiéndole transformado ya al verle estremecerse, sus pómulos enrojecer más y los ojitos nublados clavados en su tranca. Se agarra el tolete y lo agita.- ¿Lo quieres chupar, pequeña?

   -Si… -grazna, notando el elevar de cejas del oso.- ¡Quiero chupártela, papi! Por favor, déjame chupártela. –exclama, sintiéndose casi enfermo de vergüenza pero sobrepasado de excitación. Más por las risas algo histéricas que se oyen fuera de la celda, tachándole de la “zorra esa”.

   -Aliméntate, perra. –ahora es cortante, sabiendo que toda nena bien criada quiere ser tratada como una puta caliente.

   Es extrañamente erótico ver a ese hombre joven, rubio y casi totalmente depilado corporalmente, caer de rodillas frente a ese tipo, su trasero subiendo, sus nalgas abriéndose, el hilo dental en su culo y atrapando en un puño el falo del otro. Ya no quiere pensar, se dice Daniel cuando acerca su lengua y lame el glande, recogiendo ese líquido, llenándose la lengua con él, saboreándolo. Un gemido escapa de su boca, estimulado e intoxicado lo ha saboreado muchas veces, mientras expande los labios y va tragándose la gruesa barra caliente. Centímetro a centímetro, apretándola, haciendo sonreír al hombre. La cubre hasta la mitad y succiona con mejillas muy rojas.

   -Te gusta, Tiff; te gusta mucho. ¿Ves cómo tenía razón sobre ti? No eras un hombre, eras una latente perra necesitada de machos. –es cruel mientras le aparta el gorro de la cabeza y mete los dedos dentro del largo y sedoso cabello dorado.- Eres una hembra caliente por su macho. –agrega en un tono que hace reír y gritar al resto de los reclusos que oyen, y comienza a cogerle la boca, atrapándole con la mano tras la nuca y meciendo sus caderas.

   Daniel gruñe, se ahoga, enrojece más, mucha baba escapa por las comisuras de sus labios, pero sigue mamando y sorbiendo todo lo que puede. Queda casi atrapado entre la pelvis y la panza del oso cuando este, todavía reteniéndole con una mano, se tiende sobre él, acariciándole la espalda de manera lenta, estimulante.

   -¿Lo sientes, Tiffany? ¿Notas como toda tú respondes a mi toque? Tu piel se eriza y arde, desea ser tocada por un hombre, acariciada por una mano grande y ruda. Y no creo engañarme si… -mete la mano bajo su cuerpo, rozando con los dedos al pasar sobre sus tetillas, horriblemente duras, y atrapa uno de los pezones, halándolo. Y Daniel boquea, casi ahogado contra la bragueta del hombre, quien aparta la mano y le deja salir para que tome aire, dejando fuera la verga brillante de saliva y jugos.- ¿Te gusta, verdad? Mamarle el güevo a un hombre. –le pregunta de nuevo, ahora atrapándole las dos tetillas, duro. Hay un silencio expectante de lujuria en el sector.

   -¡Ahhh…!

   -Si, te gusta, puta. –es rudo ahora.- Trágatela… -le ordena, sonriendo cuando el rubio cae sobre su verga, cubriéndola otra vez.- ¿Recuerdas los ascos que hacías antes? ¿Lo estreñida que eras? Te has liberado. Ahora mamas verga como una campeona, como la pequeña y dulce animadora de una secundaria rural, toda putita y encargada de atender a todos los chicos del equipo en los vestuarios después de los juegos. –le dice, meciendo sus caderas, oyéndole gruñir bajo, sorber como loco, su espalda roja y ardiente.- ¿Te imaginas rodeada de jóvenes y transpirados tíos cachondos con sus vergas duras y goteantes en sus manos, todos esperando su turno para llenar tu boca y tu coño caliente, tú con tu faldita corta y tu tanga apartada un poco mientras uno de ellos te la entierra hondo haciéndote delirar de gusto?

   Daniel sabe que no se espera que responda, que tampoco podría, recorrido como está de tal calentura y la boca llena de masculinidad, sólo gime y oye a los lejos siseos, todo fantaseando con lo que aquel sujeto dice. Las dos manos regresan a su espalda, y cada pase, cada roce es eléctrico. Y bajaban y bajaban. Sus nalgas reciben esos dedos que se clavan, que las separan, una mano se metre de canto y recorre la tira suave del hilo dental sobre su raja y cree que va a morirse de pura calentura. Enrojecido de lujuria y vergüenza, sabe que se le está mojando, que le palpita. Que… extraña esa verga gorda y larga que ya lo ha llenado antes.

   -Read, me dijiste que… -una gruesa voz sobresalta a Daniel, quien, sin embargo, no puede cambiar de posición cuando nota, ladeando la vista, que Adams, el obeso vigilante, llega y aparta un poco la cortinita.- ¡¿Qué carajo…?! –se impresionada. Pero de verdad. ¡Qué puercos!, se dice, y lo cree. Allí estaba ese enorme, velludo y rudo sujeto sentado en una litera mientras ese otro tipo, en cuatro patas, le mama la verga, la cual deforma en ese momento su mejilla derecha, mientras el otro le soba el culo sobre esa pantaletica que…

   -Llegas temprano. –le dice Read, sin detenerse, mirándole mientras acaricia a Daniel, expertamente apartándole la tirita del hilo y metiéndole un pulgar. Notarlo hundirse era algo decididamente sucio, piensa el obeso vigilante tragando en seco, como lo era siempre que por accidente se llegaba y se veía a un sujeto que le metía uno o dos dedos por el culo a otro. En este caso es peor porque el tío rubio se tensa y medio gime ahogado. De gusto.

   -Me dijo que… -le cuesta hilar dos ideas.

   -Es cierto. Necesito enviar correspondencia a mis conocidos. –parece recordar el peligroso convicto.- Lo olvidé completamente, por culpa de mi nena, necesitaba chupar un poco de verga. Es una ninfómana caliente capaz de enloquecer a todos los hombres. –Daniel oye, como lo hacen todos en el corredor, totalmente confuso y avergonzado, pero incapaz de detenerse, de subir y bajar su boca sobre el grueso falo que palpita contra su lengua, y meciendo el culo que es abierto una y otra vez por ese pulgar que sale y entra. ¡Adams no puede dejar de ver!- Debo… -pone cara de rogar paciencia porque debe atender asuntos.- Vamos Tiffany…

   Daniel, piernas temblorosas, se pone de pie, ojos nublados, labios rojos y húmedos, cara bañada, totalmente fuera de la braga pero no de las botas ni de la tanga, donde su verga la deforma de manera alarmante. No, Dios, ese hombre iba a cogerle frente a…

   -Vamos, nena, no seas tímida. –le gruñe divertido Read, atrapándole la cintura, obligándole a dar la vuelta, casi mirando de frente al obeso guardia que le ve con asco, y le hace descender sobre su regazo.

   Era horriblemente vergonzoso, se dice Daniel, pero cuando la lisa, húmeda y ardiente cabezota se frota de su culo, del cual apartan el hilo dental, siente que ya está lista. Ignora que lo pensó así. Que estaba “lista”. La sensación del glande empujándose contra su entrada, abriéndosela, llenándola palmo a palmo, es demasiado para contenerse. Se tensa mientras la siente penetrarle. Y grita, echando la cabeza hacia atrás, entre el dolor y la lujuria, cuando Read, atrapándole las caderas, le clava de golpe sobre su verga. Esta es grande, está dura, pero penetra, cabe, llena, roza y estimula.

   -¡Mierda! –brama Adams, jadeando, mirando el rostro de lujuria del hombre rubio, quien tiene la frente fruncida y la boca entornada, de donde salen leves gemidos.

   -¡Escuchen a la puta! –grita alguien, agitado.

   -¡Puta… puta… puta…! -corean varias voces, y Daniel les oye, ojos cerrados, boca abierta, totalmente empalado sobre el regazo de Read.

   -Si, ¡es tan puta! –concede Read, voz alta, casi sobre su oído, y el tono, la frase, el insulto, todo eriza al hombre rubio.- Hasta el cura más anciano y pío perdería su virtud con ella. Su coño caliente, mojado y dulce enloquecería a cualquiera. –enumera, echando su espalda hacia atrás, halando al rubio con él, cuyo culo rebota unos centímetros y cae otra vez, sus pies perdiendo contacto con el suelo.

   Las piernas del peligroso convicto se asientan bien y, atrapando con las manos los bordes de la litera, comienza un sube y baja de sus caderas impresionantes. Daniel Pierce prácticamente rebota en su regazo, como un muñeco, arriba y abajo, saliendo y cayendo con fuerza sobre su tolete, el guapo rubio casi desnudo, la verga mojándole la pantaleta, mientras el grueso tolete que le abre el culo se ve de vez en cuando, entrándole, llenándole. Adams, respiración agitada, asqueado pero fascinado, no puede dejar de mirar.

   -Eso es, Tiff, grita así, gime así. Pide por más. Pídele más verga a tu macho. Tu coño arde de lujuria. Necesitas hombres que te lo calmen con mucha leche, muchas vergas, muchos hombres, mucho semen. –ruge Read, voz alta. Y Daniel parece perder todo sentido, grita de verdad, ruega, se agita, se estremece.- Hazlo, pequeña putita, sáciate. –le ordena deteniéndose.

   Adams casi lanza un alarido cuando Daniel Pierce, con fuego en el cuerpo, se agarra ahora al borde de la litera y enreda sus piernas bajo las de Read, subiendo y bajando su culo hambriento sobre la gruesa tranca que lo llena y nutre con sus jugos. Lo hace mientras grita, mientras gime, de sus labios rojos escapa algo de saliva y baba, cada vez que cae sobre la mole su cara enrojece un poquito más. Daniel Pierce es, en esos momentos, enculándose con bríos, la viva imagen de la putez, transpirado, balbuceante, medio lloroso, cabeza echada hacia atrás. Todos coreándole y seguramente masturbándose.

   Sonriendo más, Read le atrapa las tetillas, el alarido que sale de la boca de Daniel casi parece femenino y decididamente putón. Gimotea agónicamente mientras sube y baja, mientras refriega su culo de ese regazo, atrapando, halando y chupando de ese güevo caliente que llena sus entrañas.

   -¿Está muy inflamado tu clítoris, amor? –le pregunta Read, tocándole con su enorme mano de manera casi etérea sobre la dura silueta de la verga bajo la tanga y el hombre rubio grita más, salivando, luces blancas estallando frente a sus ojos mientras se corre impresionantemente, mojando la chica prenda, impregnándolo todo con el olor a semen.

   ¡Joder, qué puta!, pensaron Adams y el resto de los reclusos en el corredor.

   Si, la trampa estaba montada. Lo sentía un poco por Tiffany (mentalmente ríe con ironía, era incapaz de sentir empatía por nadie), la pasaría mal. Muy mal. Aunque… quien sabe… tal vez se divirtiera convirtiéndose en la perra de todos en el penal.

……

   Esperan en silencio en la pequeña pero muy bien ordenada salita. Jeffrey y Owen Selby se evitan mientras esperan por Marie Gibson, quien fue por café. No pueden mirarse en esos momentos, no cuando cada uno recuerda lo vivido poco antes. Lo extraño que fue especialmente para el policía. La mujer aparece con una bandeja e intentando una sonrisa cordial, pero se le nota forzada. Cada uno toma una taza y agradece.

   -No debió molestarse. –le sonríe Jeffrey, incomodándose ante la mirada de ella.

   -Algo me dice que las molestias serán mayores. -se vuelve hacia Owen.- ¿Qué ocurre, detective Selby? –hay un silencio tenso.

   -El señor Read, como le dije, intenta evitar la pena de muerte, y alega… no haber cometido los crímenes en El Matadero. –intercala Jeffrey, los dos hombres observándola atentamente.

   -Claro que lo niega. Fue detenido, dirá lo que sea para…

   -Alega que fueron cometidos por otra persona. Alguien a quien quiso encubrir… y que ya había asesinado antes. –Jeffrey se siente mal por decirlo, pero en el fondo gustaba de saber y exponer la verdad.- Él sostiene… que fue usted.

CONTINUARÁ…

Julio César.

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 30

marzo 2, 2015

… SERVIR                         … 29

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

ATADO Y TOCADO

El nuevo camino.

……

   El muchacho estaba para eso; estimulado, controlado, reducido a la impotencia física y mental, podía ser usado por cualquiera. Por su amo. Por un hombre con malas intensiones. Con tiempo, de tenerlo, le llevaría por tales excesos de degradación y sumisión que el joven vigilante bien podría chupar una verga en una esquina, a medio día, con sus parpados pintados de negro, su cabello alzado en puntas, su nariz perforada por un grueso aro y un collar de púas en su cuello mientras lo hacía a la vista de todos. Con tiempo él podría convertirle en lo que deseara, en una criatura que viviera en cuatro patas, jadeante de expectativas cuando un hombre de verdad sacara su verga erecta… Pero no lo tenía, era necesario apurar en la mente del chico la aceptación de la sumisión, una parte era que entendiera que nada podía hacer para oponerse, que se le podría hacer lo que fuera… y que lo disfrutaba. Como estaba disfrutado entre gemidos y estremecimientos en esos momentos, arqueando su joven espalda al ser cepillada dura y constantemente su próstata, y estimuladas las paredes de su recto con la nervuda superficie palpitante.

   La escena era increíble, en medio del penumbroso salón, un chico casi acostado sobre una delgada colchoneta, su culo alzado, era cogido ininterrumpidamente por un oso maduro, enorme y grueso que le atrapa por las caderas mientras lo penetra, duro, con fuerza, meciéndole con sus embestidas. Los dedos se clavan aún más en la joven carne al tiempo que se la hunde toda, los pelos púbicos crespos se pegan de esas nalgas cuando baja sobre la blanca espalda, sonriendo, cogiéndole así, sin moverse mucho, al estilo perritos, su verga indetenible. Y el chico gimió.

   ¡Lo sentía! En sus entrañas, quemándole, haciéndole delirar, gozar. Su próstata, lo sabe, siendo azotada, frotada, estimulada. Sabe que gime, que lloriquea, que lleva su culo de adelante atrás, buscando la virilidad de ese hombre pesado y velludo que le arropa y controlar. Su mente es un caos, le parece escuchar a lo lejos, o lo cree, no está seguro, una dulce voz masculina que gime y jadea como putita de película pornográfica, ese tono entregado y desesperado de esas mujeres cuando sus coños eran abiertos por gruesas vergas de machos forzudos. Esa voz de chico se oye así, mientras gime por más, pide que le den duro, que no se detenga, agradeciendo en todo momento a “su hombre” por todo el goce que le provoca. Y si, gozaba, lágrimas que no sabe si de vergüenza, erotismo o gratitud escapan de sus ojos cerrados tras el antifaz, pero su culo si lucha por subir y bajar contra la gruesa mole que a cada pasada, adentro y afuera, le parecía sencillamente maravilloso en ese momento delirante.

   Gruñendo feo, Robert Read desea llenarle el culo con su leche, pero no, esa era para su princesa, Tiffany. Se alza, abandona el agujero, el chico queda así, delgado, pecho en la colchoneta, las lustrosas tiras de cuero del suspensorio rodeándole la baja espalda, atrapando sus bolas más abajo del agujero, el culo alzado, rojo y abierto. Titilante. Read espera y sonríe.

   -Dios… -gime Nolan, temblando todo, su verga dura hace rato, bastante rato, necesitado de correrse, la leche acumulada en sus pelotas. Es la muerte, pero…- Por favor, por favor… -necesita que siga.

   -Calma, cachorrito, sé que estás en celo, y no quedarás así. –silba.

   Nolan se congela de horror, su cuerpo estremeciéndose recorrido de calor y frío. Lo siente, el pequeño perro subiéndosele, jadeando desesperado, evidentemente excitado hace rato, metiéndole su delgado pero largo tolete rojizo, comenzando ese saca y mete en seguida, con ese vigor y entusiasmo típico de los canes con sus hembras.

   -¡Ahhh! –y el gemido que escapa de su boca, aún él, mareado y confundido lo sabe, es de pura lujuria y placer. El perro estaba cogiéndole y su agujero se activó sobre su miembro de manera instantánea. Sus entrañas comenzaron a apretarlo y sobarlo, a chuparlo, logrando que el animal jadeara más, lengua afuera, babeante sobre su espalda.

   Y mientras tanto, Robert Read reía.

   Es extrañamente excitante verle estremecerse así, intentando contenerse cuando el animal a sus espaldas, con frenéticos movimientos, le cepilla el culo con vehemencia. Si, el chico estaba listo para ser entregado a su amo, sonrió Read. Era una pena no tener más tiempo para enseñarle bien como hizo con Nerón. Vaya con el perrito, rió bajo, viéndole detenerse para posicionarse mejor, con el rojo miembro clavado, y comenzando de nuevo a cogerle.

   Por su parte, ojos totalmente cerrados tras el antifaz, Nolan se estremece más y más, su cuerpo va aflojándose a todo el calor que siente que le invade, llenándole, cubriéndole casi como un manto grato. Su culo se abre y cierra violentamente sobre el largo y delgado miembro del animal, del perro que jadeaba sobre su espalda, ensalivándole de manera tan intensa que ya un pequeño arroyo baja hacia su culo, uno que es invadido una y otra vez por la ardiente y delgada pieza que parece atornillársele. Aunque una parte de su mente todavía se resiste, su cuerpo responde… y eso era aterrador.

……

   Las dos bocas continúan atadas en un beso feroz, de succionadas ruidosas, de chupadas intensas, y cuando los labios gruesos de Selby se abren un poco más, se ve como mete de manera decidida la lengua en la boca del abogado, quien gime de manera entregada. Sus manos se mueven, cada uno toca al otro por hombros, brazos, mejillas. Y la mano blanca de Jeffrey, trémula, baja y atrapa la enorme silueta erecta de la verga del policía bajo las ropas, apretando, casi lloriqueando cuando Selby le muerde un poco la lengua en respuesta, chupándole la saliva y el aliento. Sentirla en su mano, grande y palpitante, le hizo perder toda prudencia.

   Un fuerte cornetazo, un auto descapotable que pasa y dentro dos chicos jóvenes que ríen alejándose, les trae al presente. Las bocas se separan, muy cercanas, y se miran confundidos. Cada uno se acomoda rápidamente en su asiento.

   -Lo lamento, abogado. –grazna Selby, quien intenta serenarse. Joder, él no era de los que besaba… como no fuera en la cama para derretir más el caramelito que iba a comerse.

   -No, yo… -para Jeffrey aquello era devastador. No el beso robado por aquel hombre atractivo y fuerte. Fue su respuesta, la manera como se le volaron los tapones, el cómo todo dejó de tener sentido, sin nada en su mente como no fuera responder y entregarse. El haberle atrapado así el tolete. La manera en la cual la suya respondió con fuerza y le lastimaba bajo el pantalón.- ¿Por qué me…?

   -Me hiciste enojar. Lo siento. –repite cuando le ve la expresión.

   -Bien. –traga y vuelve la mirada hacia la casa. Una mujer se asoma a una ventana, regando unas pequeñas plantas.- Creo que… -indica hacia la escena, y cuando Selby se vuelve también, los traidores ojos del abogado vuelven a la enorme erección. Aunque no quiere, y ya la ha visto en vivo y en directo en toda su grandeza, se imagina tenerla al desnudo entre sus manos, acariciándola. ¡No, Dios…!

   -Me parece que no hay momento como el presente para arreglar esto, ¿no? –gruñe Selby, abriendo la portezuela, acomodándose algo en el entrepiernas, y cruzando la calle. Aspirando, Jeffrey le sigue.

   La pareja llega frente a la vivienda, que se veía bien cuidada. El policía llama y esperan. No hablan, no se miran, cada cabeza un mundo convulso. La puerta se abre y una bonita mujer treintona, alta, de cabellos castaños y rostro un tanto ancho les mira. Jeffrey no sería un abogado medianamente bueno, y Owen Selby no sería un buen detective de Homicidios, si no hubieran reparado en el leve estremecimiento de inquietud de la mujer cuando les vio.

   -Señorita Gibson, tal vez no me recuerde…

   -Detective Selby. –sonrió con esfuerzo.- Claro que le recuerdo. ¿Cómo olvidar algo o a alguien de… esos días? No le veía desde la investigación. –no puede sostener más tiempo la sonrisa.- ¿Ocurre algo?

   -Si, el señor es abogado, abogado de… Read… -le cuesta hasta decirlo, y la ven encogerse y agitarse, asustada todavía.- Él…

   -¿Van a dejarle libre? –casi gritó, aterrada.

   -¡No! Nada de eso. –se apresura Jeffrey.- El señor Read no tiene ninguna posibilidad de salir libre, señorita, pero está intentando una última revisión de su sentencia para escapar a la pena de muerte; y ha… planteado algunas dudas que podrían favorecerle. –informa sintiéndose miserable por el dolor que evidentemente causa, también por la desaprobación que siente de parte de ella; pero era su trabajo.- Si pudiera atenderme…

   -No me gusta recordar nada de esos días. No sé si lo entienda, pero…

   -Creo que sería aconsejable, señorita Gibson. –el tono es ominoso.

   -Entiendo, detective… -se ve francamente agitada, su mano de dedos largos algo tensa sobre la puerta.- Pasen, señores. Hablemos del pasado. Si es lo que quieren.

   Apartándose les deja entrar. A la antesala del infierno, pensaría luego Jeffrey.

……

   ¿Está despierto? No lo sabe, abre los ojos y se encuentra sobre la sucia colchoneta, y miren qué estaba sucia, piensa incoherentemente, antes de advertir que le han quitado el antifaz y la bola de la boca, las mandíbulas le duelen. Sigue encadenado a la argolla del piso, la correa en su cuello, con aquellas botas y el suspensorio de cuero. Siente el culo manchado, pegostoso. Cierra los ojos con horror y comienza a gritar al aferrar con las manos la cadena, hala e intenta arrancarla, pero se siente débil, mareado, las manos, sin esos malditos guantes, le resbalan.

   -¿Qué diablos…? –se oye una voz poderosa, sorprendida (o eso da a entender), y desde donde está, casi en cuatro patas, ladeando el rostro, el joven ve bajar por esas escaleras a su compañero de trabajos, Albin Lomis, alto, fuerte dentro de su uniforme, la gorra bien calada en su frente, unos guantes negros, la barba de color naranja un poco más visible.- ¡Curtis!, ¿pero qué coño…?!

   -¡Lomis, ayúdame! Ayúdame, ¡sácame de aquí! –grazna roto, sacudido por un alivio tan intenso que le provoca estremecimientos casi convulsos, y llanto.

   -¡Joder! –le mira, encontrando una llavecita sobre una mesa. La toma y se inclina a su lado.- ¿En qué coño andas, amigo? ¿El sadomasoquismo? ¿Aquí? ¿Con quién lo practicas? Estás loco, y te creí de viaje. –abre la argolla y cuando el otro va a ponerse de pie casi cae, las piernas no le sostienen, así que le toma entre sus brazos, su cuerpo grande y fornido sirviéndole de apoyo, y tal como Read había hecho antes, cae sentado de culo, llevando al muchacho consigo, quien se estremece de miedo al quedar casi sentado sobre su regazo, pataleando, así que le sisea como se haría con un niño atrapado al despertar de una pesadilla.- Calma. Calma. –se oye solícito, pero su sangre hierve, sus carnes se estremecen, tenerle así, atrapado entre sus brazos, revolviéndose sobre su entrepiernas le afectaba.- ¡Cálmate, joder! –le grita, atrapándole la barbilla con una mano.

   -No… no… Tenemos que irnos. Salir de aquí. Tenemos… -gimotea todo lloroso y agitado. Va a decir algo más pero no puede.

   Los labios de Lomis, rodeados de esos pelos naranja, se abren, descienden y caen sobre su boca, cubriéndola totalmente, la lengua de ese tipo penetrando, lamiéndolo todo, azotándole la suya, atrapándola con los dientes cuando va a negarse a ello, rastrillándola de manera lenta, los dientes cerraditos sobre ella, que escapa entrando otra vez, momento que el vigilante pelirrojo aprovecha para dejar caer un buen buche de su saliva espesa y caliente, casi llenándole la boca al más joven, que la traga cuando intentaba gritaba. ¡La espesa saliva de su compañero de trabajo! Curtis intentaba escapar de aquella caricia íntima e intensa, porque el otro vigilante estaba dándole un jamón en toda la regla, todo dándole vueltas. Con la mano libre, soltándole la barbilla y recorriéndole el costado, Lomis llega sobre el suspensorio, y es cuando Nolan nota que todavía estaba duro (antes de irse Read le dio una media pastillita azul que le tenía caliente), sobando duro. Los gruesos dedos enguantados cerrándose sobre la mole de tierna carne bajo el suspensorio de cuero, apretando y sobando, eran intensos.

   Lomis retira sus labios, enrojecidos y brillantes de saliva, y le masturba sobre el suspensorio de cuero. Curtis, totalmente vulnerable por toda la manipulación sufrida, echa la cabeza hacia atrás y grita con un tono ronco, recorrido por un excitante placer carnal y envuelto por un calor decididamente erótico cuando los dientes del otro muerden su mentón, rastrillando; los labios bajan y la lengua emerge, lamiéndole el cuello de manera hambrienta, como quien saborea un caramelo, y en todo momento esa mano manipulándole la verga. Pero ahora Nolan también nota la de Lomis, bajo su culo, dura y caliente a pesar del uniforme.

   Debe… debe luchar, resistirse, grita esa parte de su cerebro que todavía se siente heterosexual. Y tal vez algo se le nota en la cara porque la viciosa boca de Lomis vuelve sobre la suya, clavándole la lengua otra vez, al tiempo que mete la mano enguantada dentro del suspensorio, atrapándosela directamente, apretando y sobando, los guantes provocando una extraña y estimulante sujeción, al tiempo que la otra mano se mueve a sus espaldas, bajando, metiéndose uno de los enguantados dedos en la raja entre sus nalgas, recorriéndola, deteniéndose sobre su orificio, medio rascando con la punta del dedo, y a toda esa estimulación Nolan siente que quiere estallar. Dejándose hacer, sabiendo que está mal, muy mal, que no debería, sin embargo responde al beso, momento cuando ese dedo en la entrada de su retaguardia comienza a meterse en su redondo, blanco y lampiño culo… que se abre para él. Entra, medio flexionado, rozándole las muy estimuladas paredes del recto, paredes que recuerdan el grato vibrar del consolador, y se esponjan llenándole de endorfinas.

   Con un dedo en el culo le controla, le desmonta de sus piernas, le obliga a caer sobre piernas y rodillas, gimiendo cosas como que no, que se detuviera, pero sin fuerzas para hacerlo él mismo, y arrodillado al frente, abriéndose la bragueta, sacando su grueso falo rojizo pecoso entre un mar de pelos casi color zanahoria, Lomis le silenció finalmente obligándole a mamar, metiéndosela toda, reteniéndole con una mano enguantada por la cabeza, pegándole totalmente a su pubis, la nariz entre la bragueta, sus pelos púbicos metiéndosele, resollándole ahí, mientras medio tendiéndose sobre él le saca y mete, muy lentamente, gozando la presión sobre ellos, dos de sus dedos recubiertos de oscuro. Los dos gruesos y largos dedos forrados de hule entran y salen del muy blanco culo del muchacho.

   Cuando esos dedos se abren y cierran dentro de sus entrañas, gimiendo ahogado, babeando dentro de la bragueta de Lomis, Nolan cierra los ojos y esa vocecita que se resiste en su cabeza, cesa. Su agujero se cierra violentamente sobre esos dedos, sus entrañas sufren espasmos cuando estos se agitan y le frotan. La verga caliente se retira y vuelve, al mismo tiempo que los dedos, y el muchacho arde literalmente, cerrando sus rojas mejillas sobre la cilíndrica barra de carne masculina que le quema la lengua y se la moja con esos jugos que toma sin pensar, mientras los dos dedos van y vienen, entrando y saliendo de su agujero; en un momento dado, casi teniéndolos afuera, Lomis los separa y su orificio anal se dilata. Luego entran y tijerean en su interior, y tener los dedos de un carajo moviéndose agitadamente dentro de sí, enloquece totalmente al muchacho. Su boca va y viene sobre ese güevo que succiona de manera entusiasta, dejándolo más rojo y brillante de saliva, un pequeño chorro espeso baja por su barbilla, pero es su trasero, su culo, cayendo y saliendo de esos dedos, lo más llamativo. Los buscaba, los atrapaba, se alejaba y caía sobre ellos para sentirlos en las paredes de sus entrañas.

   -¿Te gusta, cachorrito? –le pregunta el hombre, oyéndole gemir, estremeciéndose, reparando en que está mamando con ganas y que recibe con gusto esos dedos en su culo.- Estás tan caliente, pequeño; es obvio que el amante homosexual que te encadena no te satisfizo totalmente. Seguro eres de los que necesita de varios hombres. –le gruñe entre embestidas, labios fruncidos como un macho conquistador, mirando esa baja espalda rodeada por la tira de cuero negro, las nalgas abriéndose más allá, sus dedos entrando y saliendo.- Lo tienes ardiendo, totalmente mojado, ¿verdad? –y los dedos entran, semi flexionados, rasgándole por dentro, haciéndole gemir ahogadamente, tensarse y apretar el agujero.- Necesitas más, cachorro. Necesitas que tu dueño te lo calme… -le saca el güevo de la boca, este babea en la nada y chorrea saliva, rojizo y pecoso.- Con esto voy a calmarte ese culo goloso, ¿lo quieres? –le mira a los ojos, dedos clavados, agitándolos más rápido, escuchándole gemir y viéndole enrojecer más.

   -Ahhh… ahhh…

   -¿La quieres llenándote, frotándote por dentro? –y agita esos dedos todavía más.

   -Ahhh… si, méteme tu güevo… -casi lloriquea el muchacho, desesperado de calentura. En verdad casi teme morir de excitación. Lomis sonríe.

   -Ya veo, pero ruégamelo, ¿no? Después de todo esto es un favor. –y Nolan casi llora de nuevo, meciendo su culo contra esos dedos.

   -Por Dios, Lomis… ¡Ahhh! –grita cuando los dedos salen de su culo, dejándolo abandonado, picándole como lo tiene, y es nalgueado duramente por esa mano enguantada abierta.

   -¡Háblame con respeto, cachorrito! –le gruñe.

   -Por favor, cójame… señor. –la voz le llora, mirando esa enorme pieza frente a sus ojos, que irradia un calor que le llega agitano su culo, que hormiguea de manera desesperante.

   -Está bien, lo haré por ti… voy a cogerte para ayudarte. Después no quiero escuchar cuentos ni reclamos, remordimientos o lloriqueos de “yo no soy así”. Voy a llenarte con mi tranca, y cuando la tengas adentro, cuando te dé gozo y te llene con mi leche, deberás aflojármelo cuando te lo pida. Tu culo será mío para cuando me apetezca, ¿okay?

……

   Daniel Pierce, alias Tiffany, vive un calvario mental y emocional en su celda. Con la braga naranja cerrada hasta arriba, su cabello recogido en coleta y bajo el gorro, camina de un lado a otro, sintiéndose enjaulado, como si las tres paredes y la reja, así como las ropas, le quedaran demasiado pequeñas y le ahogaran. Está así desde su conversación con Diana. Se siente terriblemente deprimido por la perspectiva del divorcio. Su mujer le dejaba. Si quisiera engañarse, como antes lo hacía, podía decirse que era una mala persona, que le abandonaba justo cuando todo se hundía en su vida, o se había hundido; que escapaba como las ratas. Pero la verdad es que la mujer pudo haberlo hecho todo peor. Cierra los bonitos ojos y con las manos enlazadas y dedos cerrados se golpea entre ellos. ¡Si hubiera pensado bien en lo que hacía! De haberlo hecho ahora no estaría atrapado en esa pesadilla, su familia no estaría tan molesta, avergonzada. Evitándole. Y ahora Diana…

   Si, se siente mal, pero las perspectivas de poder salir, que ella y su nuevo abogado lograran liberarle era… Poderosas oleadas le invaden, llenándole, calentándole, brindándole una esperanza loca y un temor muy vivo. Oh, Dios, sí lograra escapar de ese infierno… ¿pero y si no se podía? Deteniéndose cae sentado de culo sobre su cama; no, no puede pensar así, debe ser positivo. Si, podía salir, ser libre. La sola idea le inunda de poderosas sensaciones. Sabe que tiene la piel erizada, las tetillas erectas, la propia verga…

   Se sobre salta cuando la reja se abre y entra Robert Read, recién duchado, su rostro más velludo, su panza algo más prominente, su cabello algo más escaso en la coronilla de su nuca. El joven hombre rubio baja la mirada, temeroso de que algo se vea en sus ojos, mejillas rojas, su cuerpo sintiéndose más vivo. Quiere saltar, gritar, decirle al mundo que seguramente abandonará ese horrible lugar. Pero no puede hacerlo, nadie debía saberlo. Especialmente ese hombre.

   -¿Todo bien, Tiffany? –le oye el tono casual, encaminándose a su litera, cubriéndole la visión con su cuerpo.

   -Sí, señor. –le oye manipular cosas, luego caer pesadamente a su lado, con dos pequeñas botellas de licor. Totalmente cerradas. Sin manipular.

   -¿Seguro? Te ves pensativa, amor. –hay un tinte burlón, y al tiempo que abre con el mismo puño ambas botellitas, se tiende y oculta el rostro en el cuello del rubio, olfateando su olor a limpio, a jabón con humectante, a talcos, y besa la suave piel, erizándosela.- Dios, tu aroma a hembra fogosa me enloquece, ¿un brindis? –le tiene una botella, y con el pecho subiendo y bajando con esfuerzo, Daniel le mira al tomarla.

   -¿Un brindis?

   -Por las noticias que te trajo tu mujer, claro…

CONTINUARÁ … 31

Julio César.

DE AMOS Y ESCLAVOS… 15

febrero 23, 2015

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 14

MORENO EN HILO DENTAL ROJO

   Se muere por salir así y que todos lo sepan… y vean.

……

   Toma una larga toalla y se cubre, saliendo a la sala, como si nada, asomándose al balcón, mirando a la calle, como si no reparara en ese tipo que le mira fugazmente, sin interés en un primer momento, luego volviendo algo más picado. Lo entiende, el chico estaba algo pasado de peso, y él era todo chocolatico en su abdomen y de pectorales abultados. Como si nada, vuelve a la sala, dándole el frente al balcón y deja caer la toalla, su enorme cuerpo moreno dentro de la pequeña prenda es todo un espectáculo. Ni una vez mira directamente al balcón, pero el calor lo envuelve.

   Por el espejo del gabinete junto a la mesa del comedor, nota que el tipo le observa levemente sorprendido, luego desviando la mira hacia otro lugar, buscando otra cosa, evidentemente no siendo gay… pero regresa. Era imposible que un tipo como él, desinhibido, grande y sexy, en tanga, una blanca, se echara así sobre el sofá y no le vieran. Cierra los ojos, toma aire, su torso se expande, y sabe que el otro le mira. Nuevamente, y como se le va volviendo costumbre, traga con calor, volviéndose sobre el sofá. Mostrando su espalda, su cuerpo largo y armonioso, sus nalgas redondas, musculosas, llamativas… con una diminuta tira blanca que se entierra entre ellas. Finge no notarle, pero le observa por el espejo, le ve enderezarse, todo ojos, boca abierta, mirando en todas direcciones como para verificar que no le pillan buceando a un carajo en hilo dental. Pero se queda. Allí.

   Viéndole. Gregory tiene que cerrar los ojos, ese calor que le envuelve es más intenso, se siente sensual, osado, caliente, no sabe si es cierto o lo imagina, pero cree sentir sobre su piel la mirada del otro, casi como una caricia erótica. Su güevo, totalmente erecto, ardiente, saliendo de la tanga y quemándole cerca del ombligo, moja también. Ese tipo… seguro era heterosexual, como él mismo (¡ja!), pero no podía dejar de mirarle.

   Abre un ojo, sabe que lo tiene empañado, casi jadeando desencantado. ¡El tipo no estaba!, debió… No, allí estaba, ¡volvía! Fingiendo no verlo, casi se corre, el tipo tenía en las manos unos pequeños vinculares, algo que parecía de juguete, pero que para lo que los quería muy bien que servían. Dios, el espasmo que lo recorre de pies a cabeza es intenso. Vuelve el rostro al lado contrario del balcón, como si durmiera, sus nalgas meneándose levemente, bailándolas. E imagina que esos ojos están clavados como dardos sobre su trasero duro y firme, como, tal vez, sólo tal vez, se le estaba poniendo el güevo a ese tío mirándole. Tragando más, lentamente deja caer un pie, las piernas separándose, las nalgas también, el hilo blanco de la tanga viéndose y cubriéndole. Se congela con su propia osadía. Como si despertara, vuelve la cara, fingiendo mirar al tipo por primera vez. Y este le tiene los ojos clavados, una mano en los binoculares, otra debajo del muro del balcón, el brazo moviéndose como si se tocara. Como si se sobara.

   Eso le pone horriblemente mal. Bajando los binoculares, el tipo le mira directamente. Sus ojos se encuentran, y Gregory cree leer en sus labios un “tócate”. No sabe si lo vio, o lo imaginó, pero una de sus manos grandes va a su trasero, cayendo como bofetada sobre su nalga. Ese tipo se echó hacia adelante, como si quisiera cubrir el espacio, y el joven y apuesto hombre negro se perdió en sucias fantasías. Y la urgencia, la necesidad, le lleva a una idea tan intensa como terrible, tanto que le asusta: apartar el hilo de la tanga, como casi hace en esos momentos, los dedos alzando levemente la telita…

   ¡Y meterse un dedo por el culo!

   Cosa que ni imagina a donde le llevaría, pero lo sospecha cuando ese tipo, mordiendo su labio inferior y alzando en puños sus dos manos, menea las caderas como si lo enculara… y eso le pierde más. Quiere hacerlo, meterse un dedo, hondo, viéndole meneando así su pelvis… como cogiéndole.

   -¡Gregory, hijo de perra! –el rugido casi le provoca un infarto.

   ¡Roberto! ¡Mierda!

   -¡Gregoryyyyy! –el grito impaciente se deja escuchar del otro lado de la puerta. Y el joven hombre negro se pone de píe automáticamente.

   -¡Ya va! –le grita y corre al dormitorio, vistiéndose a todas prisa con un holgado bermudas a media pierna y una más holgada franela blanca que oculta todo.

   Repara, mientras se pasa las manos por la cara para despejar cualquier humedad de sudor, que desde el edificio de enfrente el tipo abre los brazos como preguntándole “¿qué pasó, papá?, ¿y el show?”, eso le produjo todavía más estremecimientos. Maldita sea, estaba mal. Abre la puerta y encuentra al otro allí.

   -Ay, pana, ¡si supieras lo que me pasa!

   Lo insólito es que ambos dejan salir la frase al unísono, desconcertando al otro.

-Pasa. –grazna Gregory, reparando ahora en la cara de preocupación de Roberto, quien también le estudia.

   -¡Cómo tardaste!

   -Estaba en el baño. –se justifica rápido, y quedan uno frente al otro, de pronto cortados, silenciosos, incómodos entre sí, ellos que han compartido tanto, aún escabrosos cuentos con mujeres a las que no debieron tocar jamás, como primas, amigas de novias, novias de amigos y cosas así.- ¿Y a ti qué te pasa?

   -Un vainero. –gruñe en automático Roberto, cayendo sentado en el sofá, ahora dudando. Pensó que le haría bien, que le ayudaría, hablar con alguien, un conocido, un amigo, cuando salió de su apartamento. Más huyendo que otra cosa, atormentado por lo vivido con Hank; no sólo el desvirgar de su culo de macho por el güevo de otro carajo, de uno blanco y que además le humillaba, sino por todo lo que había gozado en esos instantes de sentirse poseído. Ahora, y frente al amigo, sin embargo…

   -Cuéntame. –se intriga Gregory, sentándose en un sillón, deliberadamente de espaldas al balcón.

   -Yo… -enfrentado al momento, Roberto no sólo no sabe qué decir, sino que siente que se muere de vergüenza. ¿Cómo confesar que un tío blanco le hacía mamar su güevo, beber su leche y ahora lo cogía? No, era demasiado.- Es todo… La vida. Me van a subir el condominio, las cuotas del apartamento y… -traga y sonríe yéndose por vaguedades.- ¿Y a ti qué es lo que te ocurre? –era mejor distraerse con los problemas ajenos.

   -Yo… -y Gregory también se congeló, no era fácil contarle a un pana que de pronto se le había despertado el morbo por mostrarse, por exhibirse, incluso por dejarse tocar. Con hombres incluidos.- El taxi está jodiendo.

   -¿Cuando no lo hace? –gruñó Roberto, apesadumbrado, sentía un fardo increíblemente pesado en sus hombros.- Oye, ¿no tienes cervezas?

   -Déjame ver. –se pone de pie. Contento con la escusa para alejarse y recomponer sus ideas.

   Y mientras sale, Roberto se hace una promesa. No cederá más a las pretensiones de ese carajito desagradable. Ya… probó todo lo que iba a probar y sabe que no es para él. ¡Es un hombre, carajo! Y sin embargo un calor intenso le recorre, no quiere pensar en ese detalle en especial, pero mientras decide que no se dejará coger más, recordó la enorme, gruesa, rojiza, dura y totalmente hermosa verga de Hank, goteando su ojete esos líquidos salinos que eran deliciosos. Y lo increíble de la sensación que experimentó cuando la pulsante barra de carne caliente le llenó el culo. Cuando le perteneció al otro hombre.

   -¡La cerveza! -demanda casi ahogado.

   -Un momento, joder, que no soy cachifo tuyo. –le gruñe Gregory, quien regresa caminando a paso quedo. También perdido en sus pensamientos. Está bien, joder, le gustaba exhibirse, pero eso no debería ser un problema. Podía hacerlo frente a las mujeres, aunque estás parecían siempre menos propensas a esos espectáculos. Pero podía encontrar algunas que participaran.- Toma. –le tiende una cerveza, viendo al amigo casi dar un bote atrapado en su mundo interior, agitado; chocan picos de botella y es cuando mira hacia el balcón, del otro lado ese tipo vuelve a elevar los brazos, preguntándole, y baja luego una de sus manos y con elocuencia se aprieta el entrepiernas. Apurado cae de nuevo en el sillón.

   -Está buena. –grazna Roberto tomándose un tercio del líquido.

   -Amigo, ¿en verdad estás bien? Te ves… agitado. –incluso Gregory lo nota.

   -Estoy bien. Muy bien. Oye, vi a tu vecinita, esa que usa esos pantalones apretaditos que le dibujan un coño grande. ¡Qué tipa! Llevaba un jeans rojo y se le veía… -y sisea, pero no es del todo sincero ni espontáneo.

   -Está buenota, ¿verdad? Cada vez que la veo me pongo caliente. –responde en igual tono Gregory, decidido a no mirar atrás.

……

   En aquel cuarto de hotel de mala muerte, sobre una cama yace sentada una hermosa mujer de cabellos amarillentos y ojos claros, nublados de lujuria mientras oye, en la habitación de al lado, cuya puerta intermedia está abierta aunque no ve lo que acontece, se escuchan unos ahogados sonidos de succión, de chupadas intensas, desesperadas y hambrientas de alguien que se alimenta de la masculinidad de un hombre. Y en esa otra habitación, sobre la cama, en cuatro patas, vistiendo pantaletas de mujer, medias negras, tacones, rostro pintarrajeado, un atractivo tío catire esta mamando con voracidad de un enorme, grueso y totalmente oscuro güevo tieso; la tranca del hombre que está a su lado, viéndole entre curioso (le sorprendía ver la urgencia en lo que hacía a ese carajo, e imagina los demonios y carencias que siempre debió afrontar), y la excitación: un catire bonitico, vistiendo pantaletas de putita, estaba dándole una mamada impresionante a su tolete.

   -¿Te gusta, cabrona? –le pregunta Yamal, ronco, voz profunda y cargada de lujuria aunque a él mismo le parece extraño. Es parte del juego que quiere la mujer.

   Y siente un estremecimiento cuando, medio güevo dentro de sus labios, ese carajo le mira y asiente con la boca tan llena. Sus ojos pintarrajeados se ven extraño, así como sus labios de un rojo intenso que se riega mientras sobre, manchándole el güevo y también su barbilla (la mujer lo quería así, barato, maquillaje barato de puta de esquina). Sacándosela de la boca, chorreando algo de saliva y espesos jugos, le ve jadear, tomar aire, pero sus labios entreabiertos, temblorosos, la buscaban otra vez, necesitado de más. Sonriendo torvo, Yamal Cova se la agarra y le golpea la cara con ella, son sonoras bofetadas, un güevo negro y caliente contra una pálida mejilla masculina, y con todo, Bartolomé Santoro, ese tipito acalorado, gemía e intenta atraparla mientras la dura pieza le moja la cara, de saliva, de jugos, de pintura. Y en el otro cuarto, Marjorie Castro de Santoro lo oye, los senos duros, y cierra los ojos jadeando.

   -¿La quieres, putita? ¿Quieres mamar mi güevo? ¿Lo quieres mucho? –le pregunta, parte del juego, azotándole con el glande una y otra vez los labios que intentan atraparle.

   -Si, papi, la quiero. –gime ronco y bajito, fingiendo una voz más aguda. Y Marjorie, en el otro cuarto, siente que casi alcanza un orgasmo. Su marido, ese perfecto y bello triunfador que la desdeñaba estaba suplicándole como una puta a un enorme hombre negro para que le diera su güevo.

   Y este se lo clava, gimiendo de lujuria, más caliente al verle tan entregado. Yamal se lo mate rumbo a la garganta, los rojos y embardunados labios tragando pedazo a pedazo de la mole de ébano, nervuda y gruesa, la cual le abulta una blanca mejilla, quemándole y aplastándole la lengua, metiéndose en su garganta, de manera profunda, quedando todo rojo de cara, asfixiándose con la nariz en los crespos pelos púbicos de su negro. El hombre le retiene allí, sonriendo malvado, viéndole ponerse amoratados, los ojos lagrimear, la saliva espesa escapando de una comisura mientras patalea por aire, lamiéndosela más, halándosela con la garganta y las mejillas. La saca y le ve tomar aire con desesperación, cachetes ardiéndole, tosiendo un poco, escupiendo algo de saliva… pero echando el rostro hacia adelante, deseándola otra vez. Y esa urgencia era lo que tenía tan mal a Yamal, el verle tan hambriento de güevo.

   -Lamela, zorra barata. –le ruge sonriendo, casi con la leche saliéndosele cuando de esa boca de labios rojos empegostado sale la lengua y recorre la gran vena de la cara inferior de su tranca titánica. La lengua va y viene, lame todo, la medio muerde, sube y sorbe del ojete, dándole con la punta de su lengua, y Yamal se tiende sobre él.

   Cuando ese tolete palpitante vuelve a desaparecer en la roja boca, una enorme mano negra de dedos abiertos cae sobre la nalga más cercana del tío blanco en cuatro patas, palmeando duro, enrojeciéndosela, haciéndole gemir más, aún ahogado de güevo como está. La mano sube y baja, azotando de una nalga a la otra, cada una sonando con fuerza, cada azote seguido de gemidos del tío, totalmente de lujuria, mojando su pantaleta de jugos por la emoción, estremeciéndose, agitando su redondo trasero, contrayendo su culo bajo la telita en anticipación a la fuerza de la mano del macho, que nalguea y se queda allí, frotando recio, de manera circular, estimulándole de maneras que ni él mismo entiende.

   Bartolomé jamás creyó, en su vida de sumiso reprimido, que ser nalgueado por otra persona podía ser así de estimulante, pero era de las cosas que iba aprendiendo y que ese hombre, su hombre, iba enseñándole. Casi lloroso de gratitud continúa mamando más, su culo sube y baja buscando la mano que le golpea, de sus labios, a pesar de la pieza que los cruza, escapan ahogados gemidos de entrega y sumisión total. Y en el cuarto de al lado, sentada a la cama, el cuerpo tenso como cuerda de violín, su mujer lo escucha. Marjorie abre los ojos cuando el gemido sube en intensidad, más agónicamente lujurioso. Sonríe sabiendo lo que ocurre… Yamal le debe estar metiendo un dedo por el culo.

   Así es. Unos negros dedos, en contraste con la muy blanca piel de las redondas nalgas, apartan a un lado la suave tela de la pantaleta, y un dedo de la otra mano, largo y venoso, entra lentamente, metiéndose pedacito a pedacito, clavándose y empujando más. Y mientras entraba, ese redondo culo totalmente afeitado se agitó, los pliegues se alzaron, las entrañas lo abrazaron. Lo enterró todo, agitándolo con fuerza y Bartolomé arqueó la espalda dejando escapar ese gemido de placer.

   -¡Qué puta eres! –le ruge, maravillado y vicioso, Yamal al rostro, mientras retira medio dedo y vuelve a clavárselo, gozando el verle casi correrse de lujuria, meciendo su culo ansioso, tragándole el güevo por iniciativa propia hasta los pelos. Cuando el segundo dedo, entrelazado con el primero, se frotó de la entrada, se metió facilito.- Lo tienes a punto, putica. Justo como lo quiere un hombre. Tu hombre.

   Con manos algo temblorosas, Marjorie se sirve una copa, su respiración esta agitada. Bebe lentamente, pero casi se atraganta y tose cuando oye a su marido lanzar un largo, agudo y totalmente putón alarido. ¡Yamal se la había metido!

   Completamente desnudo, el coloso de ébano, algo abultado de panza, pero no de grasa débil sino de duros músculos, Yamal se encuentra arrodillado sobre esa cama, entre las piernas abiertas de Bartolomé, a quien le tiene enterrado los oscuros dedos en la lisa carne pálida de las caderas, la pantaletica medio ladeada, el redondo, afeitado y rojo culo siendo abierto por la gruesa mole de carne negra que entra y sale, lentamente, llenándole; y cada pase, adentro y afuera con la rugosa y ardiente pieza, hace gemir a ese tío blanco con cara pintarrajeada, quien con ojos cerrados, boca muy abierta, baja la cabeza y casi muerde la sábana cuando la tranca comienza a ir y venir con más fuerza.

   -¡Tómala toda, puta barata! –le ruge Yamal, nalgueándole feo, la piel roja por los anteriores azotes.

   Bartolomé grita, cuando su culo se cierra intensamente sobre la tranca las sensaciones maravillosas que lo recorren, mientras le frota por dentro, se intensifican. El hombre blanco delira literalmente de gusto, dentro de los tacones sus dedos se cierran, sus muslos se tensan, su espalda se arquea, babea sobre la sábana que muerde mientras grita y gime a cada embestida; su propia verga mojando copiosamente la pantaleta es un cuadro de entrega y lujuria que enloquecería a cualquiera, y Yamal no se consideraba tal, ni gay si a eso íbamos, pero…

   Le nalguea y le coge fuerte, con golpes secos, unos y otros. El estrecho culo es macheteado con violencia, lo abren y llenan con poder. Parecía muy pequeño para esa barra titánica, pero se abría como flor, la tomaba, la apretaba y la adoraba. Y los dos hombres gemían, chillaban, se estremecían de gozo. Ese culo ardiente, mojado, sedoso y apretadito estaba dándole la halada y chupada de su vida, piensa Yamal, meciendo su poderoso cuerpo de adelante atrás, a derecha e izquierda. Bartolomé por su lado, cara sobre la cama, boca muy abierta de donde salen gemidos de gozo, así como baba, la siente muy adentro, rozándole las paredes del recto, estimulando cada terminación nerviosa, dándole una y otra vez sobre la próstata, llenándole de hormonas y lujuria. El güevote sale totalmente, inmenso, fibroso, y se clava con un golpe seco logrando que Bartolomé eleve el rostro, sus nalgas temblorosas, de sus ojos bajan lágrimas de felicidad, de gozo, de gratitud, manchándole con el rímel barato.

   -¡Puta! ¡Puta barata! ¡Eres una puta! –le gritaba Yamal, caliente como nunca, dándole cada enculada que lo estremecía sobre la cama, haciéndole gritar de gozo, voz algo chillona, medio femenina.- ¿Eres una puta? ¿Eres mi puta? –le cepilla con fuerza mientras se le medio monta en la espalda, su propio culo subiendo y bajando como perritos.

   -Si, sí, papi; soy tu puta. ¡Tu putica caliente! ¡Destrózale el coño a tu puta! –chillaba Bartolomé, totalmente ebrio de tantas ganas, nadando en endorfinas, cada parte de su cuerpo excitado al máximo. Y vuelve a gritar, su propio tolete temblando más, cuando las negras manos atrapan sus erectos pezones y aprietan.- Ahhh… ahhh… ahhh, si, papi; cógeme así, papi; aprieta mis tetas. Soy tu puta. ¡Tu puta! –gritaba incapaz de controlarse ya, totalmente liberado, sintiéndose totalmente feliz de poder darle escape a esa necesidad, a esos deseos que siempre acalló.

   Yamal tiene que sonreír al escucharle; como todo macho goza el hecho de que otra persona esté delirando de gusto con su verga, pero también por tener así a ese sujeto, totalmente loco de lujuria, sabiendo que esa bella catira está escuchándoles. Que oye como su marido delira, jadea, gime y pide más güevo, el cómo lloriquea por más.

   Y si, sentada allí, todo ardiéndole, la mujer se muerde los labios alcanzando el clímax sin tocarse; y cerrando los ojos, dejándose caer de espaldas en la cama, todavía oye a su marido gritar por más, llamándose puta, queriendo macho. Los sensuales labios de la mujer se entreabren y deja escapar un leve gemido de gusto, estremeciéndose aún, imaginando el redondo y blanco culo afeitado de su marido siendo abierto una y otra vez por la gruesa mole de carne negra que lo penetra y que pronto le dejaría esas entrañas tan llenas de leche que esta escaparía de su “coño” vicioso poco después.

   ¡Tenía a ese hijo de puta donde quería!

……

   Ese sábado siguiente, por la noche, en la tasca de la India, donde todos los socios de la línea Taxis Rentarías se reunían antes de partir cada uno a lo suyo, sentados entre varios en dos mesas unidas, bulliciosas y llenas de botellas, tres hombres fingían una normalidad que les costaba. Hablaban, como todos, de sus hembras y de las últimas aventuras en los taxis (la mayoría inventadas y todos lo sabían), intentando compensar con exageraciones sus situaciones íntimas. Roberto Garantón, siseaba de manera desagradable a la joven mesera que les atiende, no queriendo pensar en el chico blanco a quien llamaba amo. Yamal Cova sonreía y bebía bastante, escuchando más que hablando, fijándose también en las tetas de la mesera intentando echar bien atrás el recuerdo de cierto carajo en pantaletas a quien le pellizco fuerte los pezones mientras le cogía y lo bien que se sintió hacerlo. El tercero, Gregory Landaeta, estallaba en escandalosas carcajadas de lo que contaba otro de ellos, habiendo tomado más que de costumbre, echándose para adelante para decir algo. Y fue cuando ocurrió.

   Siempre pasa aunque la gente ni lo nota. Al echarse hacia adelante, la corta franela subió y creó un espacio abierto de piel con la cintura del ajustado jeans, el cual sin embargo se separaba un tanto a sus espaldas, y Quintín, un llanero joven y escandaloso, algo atrevido con sus bromas, le clavó los ojos en ese pedazo de piel de ébano. Algo que todo el mundo hace, pero que a Gregory, quien notó la mirada, le provocó unos calorones intensos.

   -Coño, necesito mear. –dijo Quintín sin dirigirse a nadie, pero Gregory ardió por dentro, viéndole alejarse.

   -Yo… -se puso de pie, todo su ser gritándole que cometía un error, pero no pudiendo controlarse. Mirando camino a los sanitarios por donde ya desaparecía Quintín.

   ¡Necesitaba ir!; a pesar de saber que todos sus amigos y conocidos estaban ahí, debía ir.

CONTINÚA … 16

Julio César.

SER O NO SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA… 28

febrero 14, 2015

SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA…                         … 27

   La siguiente es una historia que NO ES MÍA. Pertenece totalmente al señor capricornio1967. Tan sólo la reproduzco, tal vez cambiando una que otra coma, aunque la historia ya está por ahí, completa. Es un relato maldito en toda la regla, un hombre maduro decide tomar, controlar y dominar a su joven pupilo, transformándole en algo que no quiere, ni soñaba, aunque se resiste. Lo repito, es un cuento muy maldito. Disfrútenlo:

……

EL DILEMA

Autor: capricornio1967

Capítulo VIII “VOLANDO A GRECIA”

LA TANGA EN EL CULO MASCULINO

   Demasiada tentación en la alberca.

……

   -Noooooooooooogh. –con un casi un gemido de protesta para no atraer la atención de la gente que pueda estar fuerza del baño del avión, Daniel baja sus manos para tratar de liberar su miembro de la presión de la fuerte y áspera mano de Franco, pero este se mantiene firme.

   -¡Quédese quieto, Saldívar! -le ordena al sentir la leve oposición de Daniel a que le estimule la verga al mismo tiempo que su culo y que sus pezones.

   Con su otra mano, Franco le jala fuertemente el cabello al musculoso nadador, de una forma fuerte y definitiva, logrando que este tenga que extender su cuello, hasta casi causarle dolor, apretándole el rostro con la pared, empujándole la verga con un poco de más fuerza. Daniel entiende que debe ceder, soportar, dejarse hacer, de no protestar porque esta aun en manos de Franco, le guste o no, lo acepte o no. Sus manos dejan de resistirse mientras la mano del otro vuelve a friccionarle fuertemente la verga, que se engruesa y endurece ante la fricción, el masaje prostático es también un detónate sexual en el trozo de carne del joven macho, que lo hace excitarse mas y mas. La respuesta física es incontenible, el placer en su miembro aumenta las sensaciones se extienden hasta sus grandes bolas que cuelgan pesadamente en un escroto de buen tamaño, mientras siente que las bolas del maduro macho chocan con sus nalgas cuando Franco lo embiste, cuando lo penetra. Las sensaciones son encontradas, el placer y la rebeldía, la virilidad y la sexualidad, penetrar o ser penetrado, poseer o ser poseído; ahora Daniel se encontraba del otro extremo, en la parte más susceptible de su sexualidad, de su tortura, su miembro gozaba con la fricción y su próstata casi gritaba de placer cuando la dureza la friccionaba una y otra vez, de manera diestra y diabólica.

   -¡AAHHHHHHHHH! -los gemidos de Franco se hacen cada vez mas fuerte, siente el placer del triunfo, del macho poderoso, el placer de sentir que sus bolas hierven con leche espesa espumosa y abundante que desea ser depositada en las entrañas de Daniel, desean ser ordeñadas por ese par de nalgas duras, grandes y de forma perfectamente redonda, sin vello y que aprietan su carne y le permiten el acceso inmisericorde.

   -¡Mgmhghmg! -Daniel ahoga sus gemidos de rabia y de placer contenido, de humillación, no puede darse el lujo de que Franco lo vea vencido, derrotado sexualmente, disfrutando lo que para él es humillante, repugnante y que solo esta haciéndolo por obligación.- ¡Mgmgmmghmhmh!

   -No disimule, sé que le gusta, Saldívar, jejejejeje… -le dice Franco al oído, burlón.

   -Nogghhh. -repite entre dientes Daniel, mas para sí mismo que para Franco, sabiendo que es como tratar de retener el agua entre sus manos, sus bolas se calienta, igual que el resto de su cuerpo y su verga alcanza una consistencia de fierro metal. -¡No! No, no… -se repite mientras su mente abandona su cuerpo y lo deja solo en sensaciones en manos de Franco, como si se desdoblara para poder entender su situación tan comprometida, con una verga en el culo y la suya babeando abundantemente en la mano de ese hombre, cada embestida provocando en sus bolas duras una leve molestia que pide a gritos ser desahogadas.

   Franco, por su parte, también está a una fracción de segundo del clímax sexual, de que sus bolas disparen de nuevo las descargas más potentes de la leche más espesa que genera por ese placer que le provoca Daniel, por ese placer que le provoca el culo, el cuerpo del perfecto físico del joven atleta.

   -¡AHHHHHHHHHHHHHHHHHHH! -un gemido de alarido, de placer y satisfacción sale de su boca cuando la leche contenida en sus grandes bolas es descargada con una intensa fuerza en las entrañas de Daniel, más fuerte que en las otras ocasiones, más espesa y más abundante.

   El caliente y blanco líquido se estrella en las paredes del recto del joven, quien siente un intenso calor en su próstata como si la verga de Franco se hubiera convertido en una antorcha en su culo. Algo indescriptible mientras siente la necesidad de que el otro siga frotándole el miembro, que lo haga “venirse”, arrojar su leche que está causándole una intensa presión en sus bolas y le pide que le permita salir. La mano de Franco fricciona más intensamente y aumenta la presión en la dura carne de Daniel, mientras sigue sus embestidas descargando en cada una de ellas una cantidad abundante de viscosa leche que se mezcla con el contenido en las entrañas del nadador.

   -¡Mhmhmh! -los gemidos de Daniel mientras Franco sigue masturbándolo con frenesí, se oyen vagamente sin que el joven pueda evitarlo.

   Cuando Franco siente que Daniel está a punto de eyacular, de súbito detiene su fricción, soltando de súbito la pesada, gruesa y larga carne del joven atleta que se siente frustrado por el cese del perfecto estimulo.

   Era la hora de otra lección de humillación y sometimiento.

   Daniel abre los ojos que mantenía cerrado como para no pensar en lo que estaba pasando, pero lo hace por la sorpresa de que a su verga le haya sido denegada la relajación cuando ya su leche estaba prácticamente ascendiendo por sus conductos dirigiéndose a su verga, el cese. La sorpresa y la frustración se reflejan en su cara de chico, y en una acción refleja usa una de sus manos para terminar el trabajo que Franco dejó inconcluso, no puede permitir que sus bolas se queden con ese calor, con ese deseo, con esas ansias de expulsar, de escupir esa leche que presiona sus conductos como una olla de presión que amenaza con explotar en cualquier momento.

   Franco, por su parte, al darse cuanta de que Daniel empieza masturbarse, con firmeza le quita la verga de las manos.

   -¡Quédese quieto, Saldívar! -le ordena tajante mientras lo obliga a no tocarse el miembro que se levanta como un mástil entre su entrepierna y del cual escurre un espeso líquido que se embarra hasta el piso del baño.

   -¡Mhm! -un gemido de frustración y rebeldía escapa de los labios de Daniel, está vez hubiera deseado que sus manos terminaran el trabajo que Franco dejó inconcluso a propósito.

   -¡OBEDEZCA, SALDIVAR!- le ordena Franco bruscamente mientras le retira de nuevo las manos, alejándolas más de la verga del joven que aun sigue con una dureza impresionante.

   Tomándolo por los hombros lo hace girar para quedar frene a frente, Daniel jadeante y bañado en sudor baja la mirada sabiendo que actuó por impulso pero aun así su humillación es enorme.

   Franco presiona Daniel por los hombros para obligarlo a hincarse.

   -¡HINQUECE! -le ordena mientras sus fuertes manos presionan sobre los hombros del clavadista que aunque se resiste está demasiado vulnerable para poder oponerse, sus piernas musculosas y fuertes de torneado perfecto se doblan y cae lentamente de rodillas, para encontrarse con su cara justo en la entrepierna de Franco, su boca con el balance perfecto con la dura carne del pervertido entrenador quien en un gesto violento solo empuja la verga mientras con las manos sujeta su para metérsela entre sus labios sin que este pueda hace algo por la sorpresa de la rapidez de los acontecimientos.- ¡CHUPEMELA BIEN, SALDIVAR! JEJEJEJEJEJEE… -le dice entre orden y burla mientras con sus manos, continua forzando su miembro dentro de la boca de Daniel, para que llegue hasta esa joven garganta de nuevo, prácticamente le quite el aliento y le impide casi por completo la respiración.

   -¡AGHHHHHhhhhngggggggggggghh! -los gemidos de Daniel son ahogados por la jugosa carne que se introduce con fuertes embestidas en su garganta, el sabor de sus entrañas mezclado con el semen que aun está en la cabeza de la verga de Franco se impregnan en sus labios y boca.

   Mientras su cuerpo trata de oponerse, Franco lo obliga de nuevo, lo tiene a sus pies a su merced, a su disposición de nuevo y no puede dejar pasar esta oportunidad que será de las últimas si es que las cosas no salen como las tiene planeadas. De momento Franco entrecierra sus ojos por el placer de sentir su verga adentrándose en la boca de Daniel, al ver los labios rojos y varoniles estrangular el grueso diámetro de su verga y su vello púbico cubrir parte de la atractiva cara del joven nadador quien también tiene los ojos entrecerrado pero por la angustia de la asfixia, agotadas sus últimas fuerzas en una resistencia inútil en contra del domador, de su sueño, de su violador, de su entrenador, de su…

   El vuelo continúa normalmente para todos los pasajeros mientras en el interior del baño del avión continúa la tortura para la estrella del equipo, un viaje que nunca olvidará; un vuelo significativamente sexual y humillante

……

Capitulo IX “MEDALLA DE ORO”

   Mientras el vuelo continúa tranquilamente para todos los pasajeros, en el pequeño baño del avión los últimos minutos de la tortura sexual de Daniel continúan; brillante por la transpiración, su cuerpo agotado y sin fuerzas por la falta de aire, ya que le verga de Franco le obstruye prácticamente al 100 % la respiración, se agita; Franco lo sabe, que se ahoga, y sigue sin importarle, sigue penetrando esa boca de carnosos labios varoniles y rojos que se amoldan al grueso diámetro de su miembro, aun cuando los musculoso brazos de Daniel tratan de empujarle lejos de él, que le permita respirar libremente, pero sus esfuerzos son inútiles. Son algunos minutos los que tarda en acostumbrarse al poco oxígeno que su cuerpo recibe aunque el agotamiento se acentúa.

   El forcejeo disminuye notablemente, no así la repulsión y el asco que Daniel siente cuando saborea esa dura y jugosa carne de superficie lubricada y viscosa que resbala por su garganta, el sabor del semen de Franco en su boca, así como el de sus propias entrañas. El asco no desciende como la angustia de la asfixia, la verga de Franco endurece de nuevo y se dilata a sus dimensiones máximas, ocupando toda su boca y garganta, la excitación en el maduro entrenador es intensa aun, el saberse dueño de la situación lo hace desear mas, excitarse más y quiere vaciar su leche de nuevo en la garganta de Daniel, que trague de nuevo su leche. Ya le llenó el culo de esperma ahora desea llenarle el estómago, que su semen se impregne en el atlético joven.

   Franco empujando la cabeza de Daniel para que su verga ensarte más fácilmente la boca del joven, en contraste con las embestidas que le había dado en el culo hace apenas unos minutos antes, ahora es brusco, una carne voraz, ansiosa, sádica en su tortura, de posesión sexual, de invasión en el esclavo.

   Daniel sigue indefenso, casi no puede respirar como le ha sucedido las veces anteriores que Franco lo ha obligado a mamarle la dura carne, así que prácticamente es como un juguete sexual en el que la carne de Franco entra y retrocede solo para volver a hundirse de golpe. Las sensaciones en la verga de Franco se hacen más intensas, las bolas chocan una y otra vez con la cara de Daniel, mientras ya están listas para disparar de nuevo su segunda descarga de semen de la noche.

El viscoso líquido, en menor cantidad que la vez anterior, resbala lentamente por la garganta de Daniel, por todo su esófago hasta llegar a su estómago. El joven siente la repulsión de tragar la leche de otro macho, de saborear el líquido seminal y un olor a cloro se impregnan en su nariz, intenso; abre sus ojos y con sus manos trata de empujar a Franco de sacar esa dura y larga carne de su boca, pero este, prevenido contra la posible rebeldía del joven nadador, no se lo permite y descarga una y otra vez su espumoso semen, y lo llena de nuevo de su leche masculina y abundante.

   Los últimos segundos al lado de Franco, humillándole, son eternos para Daniel, quien solo acepta, dejándose hacer, sin resistirse, sin oponerse ya, su lucha cesa, sabe es inútil su forcejeo, su rebeldía, su asco. Deja que la situación siga su curso al igual que el semen en su garganta y en su culo, sus bolas aun adoloridas por no haber podido liberar la tensión, su verga semiflácida y su cuerpo desmadejado prácticamente. Franco, con una embestida brutal y triunfante escupe el último disparo de semen en el musculoso y joven macho para después sacar su verga de la joven boca masculina.

   -¡Ahhhhhhhhh, ahhhhhhhh! -Daniel respira libremente al fin, la carne deja libre el conducto y puede al fin reponerse.

   Franco lo mira con aire de superioridad, mientras mete su verga en su pantalón terminando de vestirse, impregnado su ropa de sudor por la intensa escaramuza realizada.

   -Hoy se portó bien, Saldívar, jejejeje. -le dice en tono burlón y humillante mientras sale dejando al penetrado joven aun tratando de reponerse.

   Daniel solo voltea a ver a Franco con odio, es una mirada que dura unos segundos pero de una intensidad enorme. Evita acercar sus manos a su entrepiernas, aunque lo desea. Desahogarse. Pero no puede, no lo hará de esa manera ni por la manipulación sufrida. Trata de arreglar sus ropas, lavar su rostro, enjuagar su boca y peinarse con los dedos. Abre la portezuela e intenta verse totalmente tranquilo, normal. Se detiene un poco, en medio de las penumbras encuentra las miradas, desde asientos diferentes, de Genaro y Román, dos chicos del equipo. Hay extrañeza en sus ojos, y Román se permite medio volverse hacia el entrenador, que dormita ya, sonreído. La cara le arde pero nada evidencia mientras toma su asiento al lado del sádico sujeto que le tiene atrapado en toda aquella pesadilla sexual.

   El vuelo transcurre después de ese incidente como si nada hubiera pasada, el arribo a Grecia es de los más normal para toda la delegación, la llegada a la villa olímpica es aceptable y se dedican a la preparación extenuantes las competencias.

   Franco ha dispuesto una habitación exclusiva en donde él dormirá, y solo una persona puede acompañarlo pretextando que Daniel es el mejor de la delegación y a quien ha estado entrenando minuciosamente, y justificándose con el tratar de supervisarlo minuto a minuto. Es por eso que ellos tienen una habitación sólo para ellos, pareciéndoles normal a todos, aunque, rojo de cara, el muchacho nota cierta sonrisa sardónica en labios de Román. Es habitación para dos es aprovechada por Franco para satisfacer cada noche sus deseos, usando el culo y boca de Daniel sin que por eso el musculoso joven tenga deméritos en su desempeño, logrando las mejores calificaciones en la competencia de clavados.

   Después de su primera participación en la que Daniel demuestra que es el mejor como clavadista con un clavado perfecto de 4 grados de dificultad con un trazo bien definido y una vertical al ingresar al agua que lo hace obtener las calificaciones más altas de los contendientes, el resto de los cueles ven con asombro y envidia al joven atleta que se mueve con una seguridad y un aplomo fuera de serie. Daniel sabe que debe ganar para que todo lo que ha pasado haya valido la pena, que si accedió a complacer a Franco, contra su voluntad y ha soportado cada vez cosas más humillantes fue por esa oportunidad; ahora era el momento de probarse a sí mismo que no fue en balde, que no fue inútil que valió la pena y el sacrificio.

Los clavadistas de Alemania, Japón, Grecia, Francia, USA, Inglaterra y Kenia, quienes disputaban por poca diferencia la codiciada medalla de oro, ven como sus esperanzas se esfuman después de la perfecta actuación de Daniel, con una calificación de 9.79 lo deja fuera de alcance.

   Se da el anuncio oficial de los ganadores de las medallas de oro, plata y bronce, que son para Alemania y Japón, quienes no lucen muy contentos al subir a recibir su medalla, ellos que se consideran de países superiores estaban ya predispuestos para ganar la medalla de oro y al ver que Daniel los despojó prácticamente en una justa legal, los enfurece; no siempre se puede competir en olimpiadas tenían años preparándose para eso y ahora su sueño en Grecia ha terminado.

   Para Daniel, estar en el pódium recibiendo esa medalla de oro, es el premio a su sacrificio. Cuando siente que este símbolo es puesto en su cuello la satisfacción del deber cumplido lo hace sentirse liberado de Franco, de sus sucios juego sexuales y su abuso sexual; sus miradas se encuentran cuando ya se siente ya ajeno al posible chantaje del hombre. Su mirada ahora es de desafío, de rebeldía, de querer decirle que todo entre ellos se ha acabado, que jamás volverá a someterlo, a poseerlo, a doblegarle a sus deseos. Ambos han obtenido lo que buscaban, uno chantajeando y el otro dejándose chantajear, sin embargo el destino ha puesto a cada uno en su lugar.

   Después de la euforia de la premiación, Daniel sentado sobre el borde de su cama en su habitación vistiendo el uniforme deportivo de la selección olímpica, mira la medalla detenidamente, el precio tan alto que ha tenido que pagar para poder obtenerla le abruma. Ahora sabe que las peores torturas sexuales y emocionales que ha sufrido a manos de Franco han valido al menos la pena, su vida de ahora en adelante aunque ya no será la misma, si tratara de regresar a la normalidad.

   Sumido en sus pensamientos, en la alegría que causó a sus padres y a él mismo que se libero de la presión y el chantaje de Franco, los fuertes golpes en le puerta de la habitación lo sacan de ese estado de enajenación. Se extraña de que alguien haya llegado hasta su habitación, Franco que es su compañero de cuarto, tiene llave, así que se levanta lentamente dejando la medalla de oro, en el buró, a un lado de la cama, camina hacia la puerta, abre lentamente y se encuentra con Franco quien permanece de pie justo a un paso del marco de la puerta.

   -¿Cómo está, Saldívar? –le pregunta mientras esboza una leve sonrisa de burla

   -¿Qué quiere aquí, Franco?, usted y yo no tenemos nada que nos una ya. -le dice desafiante, levantando el tórax como signo de hombría y masculinidad.

   -Eso no es verdad, Saldívar. -le responde cínicamente Franco mientras extiende su brazo para tratara de tocar el musculoso torso del joven.

   -¡NO VUELVA A TOCARME JAMAS! -le grita interceptando la mano de Franco con la de él y arrojándola fuertemente hacia un lado.

   -Jejejejejejejeee, usted me pertenece, Saldívar; lo nuestro aun no termina. -le dice mirándolo fijamente mientras se pasa la lengua por los labios en señal de lascivia.

   Daniel, desafiante, sabe que para que Franco logre algo tendría que someterlo físicamente y eso no se dará tan fácilmente. Está seguro de poder defenderse, así que el hombre ya no lo asusta, ya no puede someterlo por chantaje como fue antes. Su mirada desafiantes se encuentra con la mirada cínica de Franco, quien sigue sonriendo.

   -Nunca más volverá a tocarme, coach, se lo aseguro.

   -Y yo le aseguro lo contrario, Saldívar; muy pronto estaré moviendo mi verga en su culo, jejejejeje.

   El color rojo sube a la cara del atractivo joven, quien rebelde y liberado le responde:

   -Usted sabe los motivos, para que eso pasara, Franco, esos ya no existen, ¡SE ACABO! Acéptelo

   -El que va a aceptarlo es usted, Saldívar, jejejejeje, como sabía que se iba a poner difícil invité a unos amigos que quieren conocerle como le conozco yo, jejejejejejejeje.

   -¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¿¿¿¿¿¿¿¿¿?????????!!!!!!!!!!!! -el asombro de Saldívar por la frase de Franco se dispersa casi inmediatamente cuando de ambos lado del marco de la puerta se dejan ver los acompañantes del hombre, varios de los competidores de otros países, y entre ellos alcanza a distinguir al alemán y al japonés, además de otros mas que no alcanza a precisar. Su cerebro actúa rápidamente, trata de cerrar la puerta de inmediato. Defenderse de Franco lo puede hacer, pero contra todos ellos no podría, la fuerza numérica termina por imponerse.

   -Jejejejejejeje, le dije que usted sigue siendo mío, Saldívar. -le dice mientras bloquea la puerta para que no se cierre del todo, y se inicia una lucha de fuerza entre Daniel y él, uno queriendo cerrarla y el otro todo lo contrario. Pero el entrenador tiene la ventaja, los demás clavadistas, musculosos, resentidos y calientes por haber estado concentrados saben que tendrán un agujero apretado y cálido para meter sus vergas y así, al mismo tiempo, darle una lección al musculoso Hércules que los superó.

   -¡Mghmh! -las fuerzas de Daniel son insuficientes.

   La presión de la jauría sexual es intensa, los fuertes brazos de Daniel se dilatan al máximo, sabe que de eso depende su salvación, defender su hombría, su cuerpo, su culo sobre todo, sabe perfectamente para qué desean entrar. Sabe que Franco debe haberlos aleccionado bien, ninguno de ellos pertenece a la delegación del país, así que Franco los seleccionó bien. Los esfuerzos son inútiles, la fuerza física se impone y la puerta cede ante la impotencia de Daniel, quien no puede detener mas el avance de los machos con las hormonas en el tope máximo de secreción, como si el otro joven fuera una hembra en celo que les dará ese placer sexual que han estado esperando.

   El asustado Daniel cae al suelo, el fuerte empujón de los jóvenes macho sobre la puerta le hacen retroceder y caer al suelo de espaldas. Trata de levantarse pero en menos de un segundo tres machos están ya sujetándolo de las piernas para que otros se les unan. El joven golpea a algunos con puños y pies, pero no le permiten levantarse, uno a uno se van uniéndose los demás para someter el musculoso y joven macho que forcejea como fiera salvaje que desea escapar, liberarse, pero que la fuerza de sus captores acaban por someterlo, sujetándolo entre dos cada brazo y pierna, otro, colocándose a su espalda lo sujeta del cuello y cabello y lo obligan a ponerse de pie.

   Daniel, jadeando, furioso rebelde hasta el fin, nota que sus forcejeos son inútiles, pero no por eso cesan. Franco, por su parte, victorioso, sin haber usado un solo dedo para someterlo se coloca frente al retenido macho.

   -Se lo dije, Saldívar, usted me pertenece, jejeje, y seleccioné a los diez mejores de sus competidores para compartirlo, Saldívar. –le informa colocándose frente a Daniel

   -¡PUFF! -este le escupe la cara.

   Franco se limpia lentamente la saliva que le cae en la cara, todos los clavadistas que sujetan a Daniel esperan ver la reacción del maduro entrenador, quien después de limpiarse el escupitajo, de manera súbita descarga un fuerte golpe con el puño cerrado en el abdomen de Daniel, sacándole el aire por completo y obligándole a doblarse.

   -¡AGHHHHHH! -un grito ahogado escapa de la boca de Daniel, su cuerpo se dobla pero sus captores que lo mantienen sujeto evitan que caiga y lo obligan a permanecer de pie, en su viril rostro se ven muecas de dolor.

   -Ahora aprenderá su lugar, Saldívar, el único que le toca y corresponde. Es un esclavo sexual, un juguete sexual, y no lo olvidará. Estos diez chicos lograrán que no lo olvide jamás. Sólo es un juguete para los machos, y lo será para siempre. Pronto lo aceptará en toda extensión.

CONTINÚA (el relato no es mío) … 29

Julio César.

NOTA: Definitivamente el entrenador es una enorme pila de mierda. Creo que esto va a tener un final tipo escupiré sobre tu tumba, si depende de mí. Cosa rara, con la llegada de los otros agresores sexuales, me vino a la cabeza un buen final para ese joven y masculino deportista que dejaría feliz a tirios y troyanos; aunque no a quienes gustan únicamente de la idea de un sujeto amarrado y atado, abusado eternamente. Pero todavía no me atrevo, el relato es bueno, y no es mío, y no es un oscuro cuento en inglés escrito hace añales de cuyo autor es casi imposible saber o que este sepa lo que hice. Con Capricornio no vale esa. Ya veremos… la lista es larga, la ex novia, los dos nadadores que lo drogaron, esos atletas, y especialmente Franco. Ah, que relato de venganza se podría hacer. Lo expresé ya, creo en el Tribunal del Diablo.

NOTA 2: El relato comienza algo lento, y como no tengo intensiones de apurarme más, quien lo desee puede buscarlo en esta dirección: http://www.todorelatos.com/relato/16991/

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 29

febrero 7, 2015

… SERVIR                         … 28

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

UN MACHO ALFA Y SU SUMISO

   Hermoso: un chico sumiso feliz en brazos de su amo.

……

   Nervios, tragando saliva, Daniel Pierce cruzó el pasillo, su cabello recogido en una coleta apretada bajo su gorra para que no se notara lo largo que estaba, rostro bien lavado, la franela holgada para ocultar su torso esbelto de tetillas algo protuberantes. El pantalón bien atado en su cintura, porque debe vestir una tanga hilo dental, o Read le mataría, pero jamás permitiría que se notara en esa ocasión. Cruza tras otros delincuentes que hablan, vidrio de por medio, con sus visitantes, y se congela frente a Diana Anderson, la señora de Daniel Pierce, hermosa, elegante, cada cabello rojizo en su lugar. El hombre se siente abrumado, no recordaba lo bonita que era, cuanto le gustaba, lo bueno que era su vida con ella, de fiestas, viajes, mimándose con todo. Amándose con soltura en cara rincón que encontraban. Cuando el mundo le pertenecía.

   -Diana… -grazna, cayendo sentado y tomando el teléfono. Ella toma el otro.

   -Daniel, ¿cómo estás? –sonríe triste.- Disculpa, lo imagino. No es fácil, ¿verdad? –él ríe con amargura. ¿Imaginarlo? No, ella jamás podría.

   -No, no lo es… -hay un silencio incómodo.

   -Te ves… diferente. No sé que es pero… -comienza ella y eso le aterra.

   -No estoy bien, pero la voy llevando. Soñando con… salir de aquí. Pero, dime, ¿cómo estás tú?

   -Bien, estaba en casa de mis padres… Pero no, no vine a hablar de mí, yo… -se ve agitada y le mira con determinación.- Daniel… quiero el divorcio.

   -¡Diana! –jadea devastado, sintiendo que todo a su alrededor se derrumba. Habían compartido tanto, desde la universidad, y ahora ella le abandonaba. En el peor de los momentos.- No puedes…

   -Lo siento, Daniel, pero debo pensar… -traga saliva en seco.- El eco de lo que ocurrió en la firma, el robo, el fraude a ahorristas e inversionistas que confiaban en ti nos ha afectado a todos. A tus padres y hermanos incluidos. No ha sido fácil para ninguno de nosotros.

   -¡¿Crees que para mí sí?! –grita, conteniéndose cuando al final del pasillo el guardia vuelve la mirada hacia él.- ¡No sabes la pesadilla por la que he pasado! Y durante todo este tiempo sólo he podido aferrarme a una idea, a que mi familia, a que tú me ayudes.

   -Imagino lo terrible que debe haber sido todo esto…

   -No, no creo que puedas. –acusa, dolido y frustrado.

   -Nadie te pidió que hicieras aquellas cosas, Daniel; defraudar la confianza de tus clientes fue una decisión personal. –rostro pálido, voz severa, la mujer lo dice al fin. Le quería, tal vez no le amaba con esa fuerza que veía en películas, pero le quería. La vida a su lado había sido grata, emocionante, llena de cosas buenas. Pero nunca le pidió que cometiera un delito para sostener ese estilo de vida. La verdad es que la primera sorprendida cuando todo estalló había sido ella.

   -Entiendo… -medio ríe Daniel, cubriéndose la cara con las manos, las esposas en las muñecas, aceptando sus palabras fácilmente, su alma condicionada como estaba para resignarse con rapidez a su desventura. Sin embargo las pupilas se le llenan de humedad mientras baja el rostro cubierto.

   -No te abandonaré. –escucharla le obliga a alzar los ojos turbados.

   -Pues, esto se parece mucho.

   -Voy a divorciarme de ti, pero no te voy a dejar aquí. –las palabras le sorprenden y la mira intenso.- Tu caso estuvo viciado de mala fe del jurado y el juez, por la situación financiera que atravesaron las víctimas. Desde que estás aquí la crisis inmobiliaria se ha extendido, ahora se sabe que el gobierno y la banca tienen buena parte de la responsabilidad, no sólo tú, un bonito y tonto corredor de bolsa. Hay bases para una apelación. –se tiende hacia él.- Y que salgas de aquí. –suena a promesa.

   -¿Otro juicio? Perdimos todo, ¿cómo vas a pagar…?

   -Vendí la casa que papá me regaló al graduarme, en Malibu. Todavía vale algo. Y como nunca vamos allá…

   -¿La propiedad en…? ¿La vendiste? No lo sé, no creo… -murmura erizado, ojos ahora velados de llanto, deseando creer, temiendo hacerlo; tiembla al apoyar sobre el grueso cristal que los separa, las manos de hombre joven sometido a la pesadilla de haber conocido tras las rejas a un monstro que arruina su vida. Ella le mira decidida, sintiendo culpa.

   -Saldrás de aquí. Pronto. Te lo juro. No le cuentes a nadie, no te metas en problemas, no atraigas la atención. Pasa desapercibido y… -sonríe por primera vez desde que llegó, ojos llenos de calidez, la Diana de antes.- …Saldrás como un hombre libre, Daniel. Y con el tiempo olvidarás esta horrible pesadilla.

……

   Es difícil saber quién parece más desconcertado, si el sudoroso y jadeante detective Selby, arma en manos, totalmente desnudo y con su enorme miembro negro erecto, o el abogado de cara rojiza, arrodillado recogiendo los pedazos de algo, los ojos opacos tras sus lentes… fijos en la pieza de ébano.

   -¿Qué diablos, abogado? –gruñe Selby, levantando el arma sobre un hombro, actitud agresiva, la del macho dominante.

   -Yo… yo… lo siento. Llegué y…

   -¿Entraste a mi apartamento así como así? Es un delito, ¿no lo sabes? ¡Es allanamiento! Creo que necesitas un abogado. –casi bromea, consiente ahora de que está desnudo y erecto, también de la mirada turbada del otro que no parece poder reaccionar. Le tiende una mano.- De pie, a menos que quiera algo más. –tragando en seco, Jeffrey toma la mano y es halado, firme, quedan casi cara con cara… con la ardiente pieza entre los dos. La siente.

   -Llamé y la puerta se abrió. –informa, rojo de cara, intentando mirarle al rostro, luchando contra la necesidad de bajar los ojos.- Escuche gritos, entré y…

   -¡Ya! –parece mortificado.- Siempre atraigo gente gritona en la cama. Yo…

   -Lamento todo esto. –se despide y va hacia la puerta.

   -¿Te vas? ¿A qué viniste? ¿Ocurrió algo?

   -Quería… No, nada. Si estás ocupado.

   -Vas a encontrarte con esa mujer, ¿verdad? Te acompaño.

   -Creí que estabas ocupado. –no puede evitar el tono acerado.

   -Lo arreglo en diez minutos. ¿Me esperas? No aquí, claro. –aclara cuando le ve abrir mucho los ojos, alarmado.

   -No es necesario que…

   -Si viniste es porque lo considerabas oportuno. ¿No puedes esperar diez minutos?

   -Okay. –accede, y con hombros tensos escapa del apartamento. ¡Joder!

……

   Nolan Curtis ha pasado una noche larga, que no sabe ha transcurrido perdido como está entre el mareo, el temor y la excitación de su cuerpo y mente. Su cerebro se encuentra embotado entre el miedo a estar allí solo, prisionero como es, pero también por el placer que recorre su cuerpo desde su culo, donde ese aparato vibra intermitentemente estimulando las sensibles paredes de su recto y masajeando su próstata. Y las voces. Esas marchas medio marciales que resonaban por los audífonos en sus oídos, dejaban oír algo más bajo, esa voz sugestiva, sugerente, que le felicitaba por permitirse sentir que era un sumiso cachorrito que necesitaba atenciones especiales como ahora sabía. Durmió por ratos, caído de panza, su cuello atado por el collar a la argolla, su culo meciéndose involuntariamente por la estimulación de juguete sexual. Y cuando mueve sus nalgas, la parte que se extiende, cuan cola de perro, se agita también. Soñó, pero parte de él se resistía a la imagen, a la otra le parecía horriblemente sucia y caliente, una donde dormía totalmente desnudo sobre una gruesa alfombra a los pies de una cama de la cual partía la pesada respiración de un hombre que descansaba, su amo, él con ese colar en su cuello, ese consolador en su culo, sus manos y pies envueltos en botas y guantes que no le permitían utilizar sus dedos. Un perrito al lado de su dueño. La idea era detestable, y estimulante, e ignora que le llega por sugestión desde esa música.

   Robert Read la mira y sonríe cruel, a su lado Nerón, el grueso perro, jadea con la lengua afuera de manera vehemente. Pero calla y se siente en sus cuartos posteriores cuando el peligroso convicto, mala cara, le hace una seña con la mano. Luego, sigiloso, se dirige al centro del cuarto, a la vieja tina, y la llena de agua tibia. Mira al muchacho y sonríe más. Lentamente va hacia él, inclinándose a su lado, entendiendo que aunque mese levemente su culo, el joven vigilante bien podía estar dormido. El olor a semen llena el ambiente. La estimulación anal, intensa e ininterrumpida, le había provocado un orgasmo. O varios. Sonríe, el muchacho disfrutó el placer de los orgasmos mientras está cautivo, nunca olvidaría eso. Una enorme mano va al cabello negro, suave y fino, algo traspirado a pesar del frío de la oscura habitación, y los dedos se entierran cariñosamente entre ellos, acariciantes.

   -¿Dormiste bien, cachorrito? –le llama con voz solícita, amable y casi cariñosa.- Shhhh, calma, calma. –le sisea para tranquilizarle cuando este despierta sobre saltado, perdido y aturdido, acariciándole ahora también un hombro levemente pecoso.- Tranquilo, bebé. –sonríe aunque su voz es la mar de atenta al verle y sentirle temblar, sabe que el muchacho se dejaría llevar por el alivio angustioso al saberse con alguien más después de la noche vivida.- Calma, ya estoy aquí. –le saca, lentamente para que lo sienta estimulante hasta el final, el vibrador del culo, sonriendo al ver como el chico, rostro algo ladeado, muerde la bola de goma, sabiendo que no era dolor. Le saca los auriculares, le libera las muñecas de las esposas, abre la argolla que une el collar a la cadenita que le retiene en su lugar, y tembloroso, casi desmayado de debilidad y patetismo, Nolan se medio sienta, estremeciéndose al casi quedar montado sobre el regazo de alguien grande y fuerte, de panza algo abultada, de Robert Read, sabe que se trata de él aunque no le ha visto. Intenta alejarse sin excito, ignorando qué tan excitante es para el otro su leve batalla y el frote que le da con las jóvenes y duras nalgas sobre el entrepiernas, su verga lleva rato dura.- Calma, cachorrito… -le dice de nuevo, sacándole la bola de la boca y Nolan lanza un gemido parecido a un lloriqueo, resignándose a quedarse en el regazo del otro.

   -Por favor… por favor… -jadea ronco.

   -Tranquilo, pequeño, todo está bien ahora. Todo está bien… -le informa con voz consoladora, pero firme, acariciándole, recorriéndole todo el joven cuerpo con sus manos grandes y callosas, de manera intensa, con propiedad, pero también afectuosamente… como se haría con un perro pequeño.

   Nolan se estremece, no lo entiende, pero se siente menos solos, no tan asustado, esa mano entre sus muslos, el rostro grande y velludo metiéndose en su cuello, rozándole, esos labios tocándole, los pequeños besos, le marean aun más. No sabe lo que quiere o siente, si era eso o no, pero todo su cuerpo despierta y responde con calor. Quiere… no, necesita ser tocado, escuchar aquella voz, saber que todo estará bien. Gime cuando ese sujeto (Read, sabe que es Read), se alza poniéndose de pie, cargando con él. Con facilidad, un enorme, velludo y algo panzón sujeto dentro de una braga naranja penitenciaria, llevando en sus brazos a un delgado y sexy joven que de manera maquinal le rodea los hombros con sus brazos para sostenerse. Un hombre y su chico. El macho alfa y su sumiso.

   Lo presentía, así que Nolan sólo gime un poco cuando entra dentro de las aguas tibias, sentado, totalmente desnudado a excepción de la venda sobre sus ojos y el collar de perro alrededor de su cuello, y es frotado y bañado de manera casi tierna. Le alzan sobre sus pies, le secan y nuevamente en brazos es llevado al camastro. Oye un ruido que no identifica, es Read dándole una patada a la colchoneta que se alza de lado, pega de la pared y cae lentamente, sobre la otra cara. Allí le deposita.

   -Eres un cachorrito hermoso, harás muy feliz a tu amo… -le dice cruel, tomando una bolsa olvidada en un rincón .- Pero debes verte como mereces. Toca… -casi le obliga a llevar las manos algo temblorosas sobre unas botas alta, negras, lustrosas.- Puro cuero, huélelo. –casi le obliga, y Nolan aspira inconscientemente, embriagándose con el fuerte olor, ignorando que antes el hijo de perra aquel había agregado algo de Poppers sobre las puntas. Así que la cara del chico se pone roja, su piel arde, sus tetillas se erectan y su propio tolete se moviliza.- ¿Te gusta, cachorrito? ¿Te gusta? –le pregunta, pero ahora casi obligándole a pegar la cara, a frotarla de allí.- Juega, cachorrito, muérdela… -y Nolan lo hace, abre la boca y medio clava los dientes de lo que sobresale de la suela hacia adelante, y lo siente extrañamente excitante.- Lamelas… -y gimiendo ante lo sucio de la idea, el muchacho lo hace. Raspa, es difícil, pero lo hace. Su lengua emerge y deja una leve mancha de saliva cuando recorre la punta de la bota. Lame una, luego la otra, también aliñada con el estimulante sexual.- Las mereces. –el convicto le coloca las botas. Luego extrae otra pieza de cuero, que también sazona con gotas de aquel ácido que percibe él mismo y le tiene el tolete duro y goteante de ganas.- Toma… -le coloca en las manos un corto suspensorio de cuero negro.- Huélelo… -y se repite lo del chico acercando la nariz y olfateando, casi mareado, su joven y rojiza verga también llena de ganas.- Es para ti. Pero antes… -y aunque Nolan se medio queja y resiste cuando la mano del sujeto toma su pene, apretándolo cálidamente, se estremece y aquieta, quiere que lo toque así, pero el convicto atrapa en el mismo puño sus testículos, halando un poco hacia adelante, y por debajo del saco de bolas coloca la tira de cuero de anillo que cierra por encima, sobre la base del pene, cerrándolo un poco más de la cuenta. Sonríe, así esa erección tardaría horas en pasar y una corrida se le retrasaría eternamente. El suspensorio sube, la sensación del cuero rodando sobre su piel eriza al muchacho.- Vamos, tus manos…

   Tembloroso el chico obedece, temiendo las esposas, pero aquellos guantes que ha visto en revistas de cosas eróticas, y que le hacían reír junto a su novia, suben y son fijados en sus muñecas. Tiene los dedos cerrados en puño dentro de esas cosas, imposibilitado der agarrar algo. Y cuando le tenía así, el cruel, despiadado y satánico Robert Read le ataca de manera cruel.

   Gimiendo, estremeciéndose, arqueando la espalda sobre la colchoneta, Nolan no puede controlarse, porque con los dedos, Robert Read recorre la silueta de su verga erecta bajo el suspensorio, y el roce del cuero y esos dedos sobre su barra terriblemente estimulada por los Poppers, le tienen al borde de un ataque de nervios de pura calentura. Casi le grita que se detenga, porque le duele de lo dura que la tiene, por lo mucho que se excita, de lo mucho que quiere correrse pero no lo logra mientras esos dedos suben y bajan, rascando y acariciándole la silueta bajo el cuero. Sonriendo, Read, con una uña, raspa sutilmente de abajo arriba sobre la prenda, partiendo prácticamente de la base de su verga hacia la punta, glande que demarca con caricias desesperantes de ese dedo. La mente del muchacho es una masa caliente de lujuria y calenturas, y solloza, no lo sabe, pero lágrimas bajan por las comisuras de sus ojos tras el antifaz mientras se quema de ganas, elevando sus nalgas, meciendo sus caderas, deseando que esa mano le atrape en un puño la verga y le masturbe. Le dolía de lo mucho que lo quería..

   Si, estaba a punto, se dice Read, pero ¿hasta dónde llegaría el muchacho?

……

   Decir que fue incómoda la llegada del detective Owen Selby al auto del abogado Jeffrey Spencer sería como decir que la fiebre española que mató a media Europa un siglo antes fue una simple constipación. Desde que le espera, pocos minutos a decir verdad, el abogado no ha podido deshacerse de dos cosas, la cara roja de vergüenza, y el malestar. ¡Qué hombre tan imposible! Estuvo tentado a marcharse, la idea de que bajara y no le encontrara, mortificándose, le produjo placer, pero sabía que era una reverenda tontería.

   -Terminaste rápido. –se le escapa aunque se había jurado no abrir la boca sobre el tema. El otro sonrió, entrando y sentándose a su lado, evidentemente duchado.

   -Ya lo tenía trabajado. –es levemente irónico, exasperando al otro.

   -No quise decir…

   -Basta, abogado, lo entiendo. Fue… -se encoge de hombros y frunce la frente mirando hacia la calle.- …Algo penoso, ¿lo dejamos así?

   -Bien. –parten.- ¿Te acuestan con informantes? ¿No va… contra las reglas?

   -Ninguno de ellos está involucrado en algo que me interese. Muchos no son ni delincuentes.

   -¡¿Muchos?! ¿De cuántos…? –se le escapa, alarmado, aunque no quería.

   -Hablo de los soplones, no de gente a la que llevo a mi cama. –aclara, algo picado, mirándole directamente.- ¿Por qué te afecta tanto? –quiere atascarle y sonríe.- ¿Celos?

   -¡No! –brama con demasiada intensidad, rojo de cara. Molestándose más.- Me pregunto con cuántos otros lo hace.

   -Hable claro, abogado. No me gusta el tono. –Jeffrey se vuelve y le mira.

   -¿Y con delincuentes? Digo, si son interesantes… -pierde valor cuando el otro se envara en el asiento.

   -No me acosté con Marie Gibson, si es lo que quieres preguntar.

   -No pensé que…

   -Pareció que querías decirlo. No me acuesto con gente a la que investigo. Tengo ética, ¿sabes? Y no entiendo qué tienes. –aunque creía notar algo. Salen de las céntricas calles hacia la periferia.- Y definitivamente no hubo nada de eso con esa mujer. Y no me acuesto con delincuentes convictos y confesos… -le mira con el rabillo del ojo, sintiéndose extrañamente caliente, la verdad es que en cuanto Jeffrey salió no pudo terminar su encuentro sexual, su excitación quedó anulada y con la verga erecta como pata de perro envenenada debió ducharse y vestirse. Se sentía a tiro.- Aunque he conocido unos muy monos. –y ríe de la mala cara del otro, que oprime los labios y no dice nada.- No me juzgues, abogado, no es tu función. ¿Qué puedo decir?, me gusta el sexo. Y yo gusto. ¿Lo dejamos así?

-¡Okay!

   ¡Maldito desgraciado!, pensó el abogado hirviendo de cólera, una que no entendía del todo. Llegan a la calle que visitaron la noche pasada y se detiene lejos de la casa que ocupa prácticamente el centro de la cuadra. Jeffrey la estudia, serio, sin mirar al joven y atlético policía negro a su lado. ¿Debían llegarse, tocar, ver si estaba y hablarle? Si tuvieran un número telefónico… Se vuelve hacia Selby.

   -Es posible que esté. –este también mira la casa, esperando su comentario.

   -Tanta promiscuidad… -volvía al tema, no podía dejarlo pasar aunque ni él mismo lo entendía.

   -¿Promiscuidad? –el otro parece escandalizado y hasta ofendido.- Estás celoso y te vuelves desagradable, amiguito; creo que…

   -¡No estoy celoso, maldito hijo de per…! -el resto queda ahogado en un gemido cuando ese hombre, ágil a pesar de su estatura, se vuelve y le cubre la boca con la suya, abierta, la lengua entrando y encontrando la suya, empujándola y lamiendo de una manera intensa, antes de ahuecar las mejillas y sorber su aire y saliva.

   A Jeffrey todo le da vueltas, no está totalmente consciente de nada, se siente paralizado… aunque su lengua sale al encuentro de la otra, y se ata, por primera vez en su vida, en un robado beso de sensualidad… con otro hombre, allí, en un auto estacionado en una acera. Nunca robó un beso, ni en la primaria, la secundaria o la universidad, siempre preguntaba o decía que lo haría, y allí estaba ese sujeto besándole, una enorme mano bajando hacia uno de sus costados, quemándole sobre la camisa. Y responde con renovados bríos. Quiere eso, lo quiere y mucho.

……

   El rostro sobre la vieja colchoneta delgada y los audífonos acompañándole con acordes de Taylor Swift, Nolan Curtis no puede evitar jadear, sin dolor, sin avergonzarse, incapaz de contenerse. Poco antes aquel frasco con ácidos Poppers visitó sus fosas nasales, elevándole aún más, llenándole de un calor erótico sin precedentes; estando así, con su antifaz, las manos dentro de los guantes hechos para impedirle usarlas, sus botas negras y su suspensorio de cuero, es penetrado una y otra vez por la enorme y gruesa masculinidad de otro hombre, que gruñe bajo, que tiene atrapas con las manos callosas sus caderas, metiéndole hasta el fondo y sacándoselo con rapidez, el güevo en las entrañas.

   Con la braga naranja medio cubriéndole el velludo culo blanco, destacándose su torso grueso y fornido, peludo, transpirando, subiendo y bajando fiero, Robert Read, arrodillado entre las piernas abiertas del chico, a quien le tiene alzada las nalgas robre las rodillas aunque tu torso cae sobre la colchoneta, le penetra una y otra vez con su verga amoratada de ganas. La tiene dura, caliente, llena de deseos, le estaba cogiendo, le estaba llenando el apretado y sedoso culo a ese muchacho con su virilidad y este se entregaba, sus entrañas se abrían y cerraban atrapándosela, succionándosela, deseándola también. Había vencido su resistencia, sus reparos, su idea de ser un joven heterosexual, ahora le tenía convertido en un erizado, ardiente y deseoso juguete sexual. Saberle retenido, controlado, le inflamaba aún más aquella verga rugosa, de gruesa vena en la cara posterior que le daba al tolete una apariencia casi triangular, que desde prácticamente el glande, rodeado por el redondo, rojo y afeitado esfínter del muchacho, va metiéndose lentamente, centímetro a centímetro en esos momentos, sintiéndola apretada a cada segundo. El contrate de su velluda panza cayendo sobre la casi lampiña espalda, era increíblemente erótico.

   El muchacho estaba para eso; estimulado, controlado, reducido a la impotencia física y mental, podía ser usado por cualquiera. Por su amo. Por un hombre con malas intensiones. Con tiempo, de tenerlo, le llevaría por tales excesos de degradación y sumisión que el joven vigilante bien podría chupar una verga en una esquina, a medio día, con sus parpados pintados de negro, su cabello alzado en puntas, su nariz perforada por un grueso aro y un collar de púas en su cuello mientras lo hacía a la vista de todos. Con tiempo él podría convertirle en lo que deseara, en una criatura que viviera en cuatro patas, jadeante de expectativas cuando un hombre de verdad sacara su verga erecta… Pero no lo tenía, era necesario apurar en la mente del chico la aceptación de la sumisión, una parte era que entendiera que nada podía hacer para oponerse, que se le podría hacer lo que fuera… y que lo disfrutaba. Como estaba disfrutado entre gemidos y estremecimientos en esos momentos, arqueando su joven espalda al ser cepillada dura y constantemente su próstata, y estimuladas las paredes de su recto con la nervuda superficie palpitante.

   La escena era increíble, en medio del penumbroso salón, un chico casi acostado sobre una delgada colchoneta, su culo alzado, era cogido ininterrumpidamente por un oso maduro, enorme y grueso que le atrapa por las caderas mientras lo penetra, duro, con fuerza, meciéndole con sus embestidas. Los dedos se clavan aún más en la joven carne al tiempo que se la hunde toda, los pelos púbicos crespos se pegan de esas nalgas cuando baja sobre la blanca espalda, sonriendo, cogiéndole así, sin moverse mucho, al estilo perritos, su verga indetenible. Y el chico gimió.

   ¡Lo sentía! En sus entrañas, quemándole, haciéndole delirar, gozar. Su próstata, lo sabe, siendo azotada, frotada, estimulada. Sabe que gime, que lloriquea, que lleva su culo de adelante atrás, buscando la virilidad de ese hombre pesado y velludo que le arropa y controlar. Su mente es un caos, le parece escuchar a lo lejos, o lo cree, no está seguro, una dulce voz masculina que gime y jadea como putita de película pornográfica, ese tono entregado y desesperado de esas mujeres cuando sus coños eran abiertos por gruesas vergas de machos forzudos. Esa voz de chico se oye así, mientras gime por más, pide que le den duro, que no se detenga, agradeciendo en todo momento a “su hombre” por todo el goce que le provoca. Y si, gozaba, lágrimas que no sabe si de vergüenza, erotismo o gratitud escapan de sus ojos cerrados tras el antifaz, pero su culo si lucha por subir y bajar contra la gruesa mole que a cada pasada, adentro y afuera, le parecía sencillamente maravilloso en ese momento delirante.

   Gruñendo feo, Robert Read desea llenarle el culo con su leche, pero no, esa era para su princesa, Tiffany. Se alza, abandona el agujero, el chico queda así, delgado, pecho en la colchoneta, las lustrosas tiras de cuero del suspensorio rodeándole la baja espalda, atrapando sus bolas más abajo del agujero, el culo alzado, rojo y abierto. Titilante. Read espera y sonríe.

   -Dios… -gime Nolan, temblando todo, su verga dura hace rato, bastante rato, necesitado de correrse, la leche acumulada en sus pelotas. Es la muerte, pero…- Por favor, por favor… -necesita que siga.

   -Calma, cachorrito, sé que estás en celo, y no quedarás así. –silba.

   Nolan se congela de horror, su cuerpo estremeciéndose recorrido de calor y frío. Lo siente, el pequeño perro subiéndosele, jadeando desesperado, evidentemente excitado hace rato, metiéndole su delgado pero largo tolete rojizo, comenzando ese saca y mete en seguida, con ese vigor y entusiasmo típico de los canes con sus hembras.

   -¡Ahhh! –y el gemido que escapa de su boca, aún él, mareado y confundido lo sabe, es de pura lujuria y placer. El perro estaba cogiéndole y su agujero se activó sobre su miembro de manera instantánea. Sus entrañas comenzaron a apretarlo y sobarlo, a chuparlo, logrando que el animal jadeara más, lengua afuera, babeante sobre su espalda.

   Y mientras tanto, Robert Read reía.

CONTINUARÁ … 30

Julio César.


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