Archive for the ‘RELATOS GAY DE MALDITOS…’ Category

DE AMOS Y ESCLAVOS… 33

mayo 6, 2016

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 32

CULON EN HILO DENTAL AZUL

   Otra vez a la carga…

……

   -Vamos, señores, hay que darle duro al negro. Y ustedes, algo de intimidad, ¿no? –señala Jackson, riendo, en dirección a los mirones. El público le corresponde y se aleja.

   -Abre los ojos, marica. No te avergüences de esto, hay quienes nacen para mamagüevo, no es nada del otro mundo. –comenta, algo suave de entonación, Jeremías, empujándole el glande contra una fosa nasal, como deseando metérsela. Sus ojos se encuentran, le sonríe casi exasperado.- Cómo te haces problema. Okay, digamos que necesitas estimulo… -aleja su güevo, uno que Roberto extraña, el calor, el olor intenso. Abre una mesita de su lado del sofá.

   -No necesita eso. –se queja el Ruso.

   -Déjalo engañarse. -ríe Jeremías, acercando un potecito de Poppers a la ancha nariz del hombre de color, tapándole una fosa.- Dale una buena aspirada. –este lo hace, estremeciéndose, sintiendo automáticamente el aumento de la temperatura de su cuerpo, así como de la sensibilidad de su piel. Mira agradecido al sujeto de piel blanca lechosa, que le cubre la otra fosa.- Una más, por tu hombre, ¿vas a chupársela a tu hombre hasta que la leche te salga por los oídos? –se burla mientras el otro, todavía mirándole, aspira, flotando en deseos.- Bien, ahora puedes pensar que es por el estimulante que sientes lo que deseas.

   -Eres un sentimental. –acusa, riéndose, Jackson, su verga, muy roja y dura, goteando líquidos pre seminales cerca de ese rostro negro.

   -Entonces, chico negro, ¿quieres mamar mi güevo blanco? –reta Jeremías, mirándole.

   Roberto sonríe, tragando en seco, sintiéndose caliente, excitado, osado, pero sabiendo que sí, que quiere mamarlo. Sus gruesos labios se abren y separan, caen sobre el enrojecido glande y lo cubre, hay risitas.

   -Sabía que era un maricón reprimido en cuanto lo vi en aquel ascensor. –llega una voz que le eriza, habiendo tragado medio güevo de ese carajo pálido, abre los ojos y encuentra a Hank allí, mirándole con curiosidad. La mano blanca cae tras su nuca, empujándole, obligándole a tragar más de aquel tolete pulsante.- Así, negro puto, atrapa todo ese güevo blanco. –el tono era autoritario, demandante, controlador.- Vas a tragar todos estos güevos y sus leches; quiero verte la cara llena de esperma espesa y a ti relamiéndote como el puto que eres. Vamos, trata… traga… -sin soltarle le lleva y trae y Roberto jadea ruidosamente, de gusto, mientras sus gruesos labios van y vienen sobre el blanco rojizo tolete que ahora brilla con su saliva, sintiéndose muy bien mientras lo hace. Y si, quiere tragar güevos, beber leche, empaparse de ella… como su amito quiere.

   El Ruso, dejando su culo fuera del pantalón, cae pesadamente sobre otro de los sofás, piernas abiertas, tolete afuera. Hank le libera de su agarre tras la nuca. Todos retiran sus vergas del rostro del hombre negro, quien los mira. Confuso. Finalmente se pone de pie, dando un paso hacia el Ruso.

   -Hazlo como un humilde negrito necesitado. –le detiene Hank.

   Roberto no le mira, tan sólo toma algo de aire y cae de rodillas, luego sobre sus manos y gatea hacia ese entrepiernas. Jackson y Jeremías ríen. Hank tan sólo sonríe, aprobador. Metiéndose entras las piernas del forzudo sujeto, totalmente erizado, Roberto recorre con la lengua la cara inferior de esa verga tiesa que descansa sobre la panza del otro. La cepilla de arriba abajo, ladeando el rostro, azotándole suavemente, como algunas veces alguna chica se lo hizo a él, y le gustó. Oír resollar al calvo le indica que lo hace bien, pero que el otro espera por más. Una de sus manos le atrapa la nuca, con la otra se agarra el tolete, agitándolo, ofreciéndoselo. Y cuando separa los gruesos labios, cubriendo el glande, una gota de espeso líquido bañándole la lengua. El Ruso le hala sobre su pieza, empujándosela por la garganta. Era larga y gruesa, por lo que a Roberto le cuesta atraparla toda, pero como la de Hank lo es más voluminosa, lo hace con relativo éxito.

   -Eso es, negrito. –le gruñe el Ruso, ronco, jadeando, gozando de las apretadas de los labios, mejillas y lengua contra su pulsante tranca.- Comete mi verga blanca, dame la mamada que sabes que quieres darle.

   Aún más erizado, resollándole casi dentro de la bragueta, en cuanto se ve libre del agarre en su nuca, Roberto comienza un suave y rítmico vaivén sobre ese tolete, envolviéndolo totalmente con su boca, subiendo chupando, bajando masajeándola con la lengua, sabiendo que no podía haber un solo hombre sobre la faz de la tierra que no gozara que le hicieran eso. Era eróticamente estimulante verle, el corto cabello ensortijado en su nuca, su negra cara agitándose de adelante atrás, atrapando tanto güevo como podía. Casi hociquea dentro de la bragueta, y cuando comienza a retirarse, labios fuertemente cerrado contra la blanco rojiza pieza surcada de venas, la deja brillante de saliva. El Ruso gime de gusto.

   -Eso es, negrito maricón amante de las vergas blancas, trabájamela co tu garganta. Atrápala, succiónala, ordéñala. –Hank, de pie a su lado, le indica, inclinándose sobre él.

   Ojos cerrados, de verdad disfrutando de tener esa dura y pulsante pieza latiendo contra la lengua, Roberto siente a Hank, nota cuando le rodea el cuello con un collar, uno que cierra tras su nuca. Casi se ahoga, su manzana de Adán choca del cuero. Comienza a retirarse, pero la mano de su amo le retiene en el lugar.- Nada de eso, un negrito como tú necesita de sus cadenas y collares de perro. Debes aprender a satisfacer a un tío blanco estando así. Es tu deber para con los hombres que alimentan tus necesidades de puto.

   Dios, era tan humillante, se dice, cerrando los ojos y tragando la pulsante pieza masculina que quema y moja su lengua, llenándosela de sabores acres y masculinos, no era justo que su propia verga se estremeciera así bajo sus ropas.

   -Abre bien esa boca y relaja la garganta, negro, no te hagas el estrecho. –le ordena el Ruso.- Si has tragado la de Hank, puedes con cualquiera. –hay risas.- Debes aprender a tomar un pene con tu garganta, a ordeñarlo con ella; el pene de cualquier hombre. Esa es la marca de un buen puto. Y abre los ojos. A tus hombres les gustará que los mires con gratitud por dejarte mamarlos. –le ruge, sonriendo cuando Roberto le obedece, mirándole desde entre sus piernas, con todo el tolete en su boca, resollándole en los pelos.

   -Tiene aptitudes, pero seguro que le da algo de vergüenza mostrarse tan hambriento por un güevo blanco. –informa Hank, casi aburrido, tendiéndose sobre él, abriéndole el pantalón, tensándole.- Sin embargo tiene muchas posibilidades… -se lo baja hasta las rodillas apoyadas en el piso, su trasero grande, musculoso y firme extiende la tela del bóxer al máximo, muchos ojos cayendo sobre él. La palma blanca del joven casi rebota cuando le nalguea una vez.- Creo que ni él sabe lo que tiene aquí… -comentan, hundiendo la tela dentro de la raja interglútea, tensándole.- Este coño negro y apretado sí que sabe ordeñar un tolete…

   -¿Por qué usa ese bóxer? –pregunta, como ofendido, Jackson.

   -Quise ser amable, por ser esta su primera vez en una fiesta, pero de ahora en adelante eso se acabó. –responde Hank, y mientras va retirando sus gruesos labios de la pulsante y nervuda pieza rojiza del Ruso, Roberto se pregunta de qué habla, al tiempo que siente cosquillas y espasmos mientras las manos del joven acarician su trasero, una metiéndose dentro del bóxer, donde seguro todos la mirarían estaban dirigidas, sobre su culo, donde clava un dedo, obligándole a gemir ahogado aunque ya había tragado, otra vez, el tolete del hombre sentado frente a él.

   La mente de Roberto se pierde en las sensaciones, ese güevo sobre su lengua se sentía increíble, sorberlo, beber sus líquidos a pesar del collar dificultándole la tarea le tenía desesperado. Sus labios lo tragaban todo, luego se retiraban, deseando tomar todo lo que le ofrecía, al tiempo que mece su culo con entrega y putez mientras Hank, riendo de las cosas que dicen sus divertidos amigos, le saca y mete ese dedo del culo. Estaba mamándose un güevo, y un chico le metía el dedo, delante de otros. Estaba en cuatro patas, sumiso y entregado ante cuatro tíos blancos que lo trataban de manera degradante y humillante… y todo eso le hacía arder de lujuria. Quería serviles, entregarse, chupar todos esos güevos, beber sus leches, tomar con su culo todos esos toletes y ordeñarlos otra vez; quiere sentir un estallido de semen en sus entrañas. La urgencia le ahoga, y no sabe si se debe a la extraña pasión que Hank había despertado en él, o a esos Poppers que le hicieron oler. Como fuera, Roberto Garantón era una enorme, musculosa y viril masa de carne oscura que deseaba entregarse a esos hombres.

   -No está mal. –oye la voz de Hank, fríamente apreciativa.- Pero hay cosas que debes hacer para satisfacer completamente a un hombre con tu boca sobre su güevo. –nuevamente le monta la blanca mano en la nuca, empujándole otro vez sobre el tolete, obligándolo a tragarlo y continuar empujando, los pelos del otro metiéndosele por las fosas nasales.- Así… así… -le indica mientras lo deja sacarla unos centímetros y vuelve a empujarle, para que lo cubra todo y todavía empujando más.- Ahora esto… -le atrapa los lados de la nuca, ladeándole en un sentido y el otro el rostro, con el tolete en su boca, los labios apretándolo, la lengua caliente deslizándose sobre la cálida y pulsante carne del macho. De la boca del hombre negro escapan ahogadas toses, de sus labios mana saliva, la cara sele congestiona.- Chupa, coño… Chúpalo así, negro de mierda. –le indica en voz alta, trabajándole ahora con una mano, obligándolo a farfullar contra el pubis del Ruso, regresando la otra mano al bóxer, metiéndosele, trabajándole el culo con un dedo, adentro afuera, tensándole, haciéndole gemir ahogadamente, casi asfixiado de güevo, con los otros dos sujetos mirando y sonriendo, acariciando sus erectos güevos, deseosos de gozar de las atenciones del negro.

   El puto tenía que aprender a mamar, pero de verdad, el güevo de un varadero macho. Y ellos le enseñarían…

……

   Mientras sus dos mejores amigos pasaban por el momento de sus vidas, uno siendo rodeado de cuatro carajos blancos que querían escucharle suplicar, rogándoles que les dejara mamar sus güevos y que le cogieran, y el otro era pillado en una cama de motel por la mujer del carajo al que se la metía por el culo, en presencia de unos testigos, Gregory Landaeta, después de lo del baño en la central de taxis, abandonó sus planes de salir a buscar a una tía que lo mirara. Necesitaba serenarse, analizar la situación (¿qué pasaba ahora que todos los carajos parecían creer que quería algo extraño?), por lo que regresa a su edificio. La planta baja está algo ocupada por vecinos que vuelven del trabajo, personas agotadas pero todavía sonrientes y amables. Y a él le lanzan unas cuantas miradas algunas mujeres, después de todo era un carajo guapo, alto y bien plantado. Generalmente eso le excitaba, pero no ahora, se sentía mal consigo mismo. Ocho personas entran, y aunque el espacio era para unas diez, hay cierto congestionamiento. Como va a uno de los últimos pisos, distraídamente se echa hacia el fondo, casi de culo contra la pared.

   -Hola. –oye, sobresaltándose un poco, mentalmente había estado lejos de allí; alza la mirada y boquea.

  Allí estaba el tipo que había dirigido, telefónicamente, su exhibición de la noche anterior. Sonriéndole, clavándole la mirada en el torso donde la franela ajustada era visible a través de la chaqueta abierta. Y sintiendo el rostro caliente, Gregory sabe que sus tetillas responden, erectándose contra la tela, provocándole una mueca predadora a ese sujeto.

CONTINÚA…

Julio César.

LA NENA DE PAPA… 12

mayo 3, 2016

LA NENA DE PAPA                         … 11

De Arthur, no el seductor.

PUSSYBOY EN TANGA

   La nena quiere papito…

……

   -¿Cómo? –Cole, realmente, parece no entender. O no creer lo que escucha.

   -No quiero que entre a mi pieza, señor. –suena algo más decidido, pero jadea, totalmente alarmado, cuando ese sujeto da medio paso adelante y con el brazo libre le rodea la cintura, halándole, estrellándole contra su cuerpo.

   -¡Tú harás lo que yo te diga que hagas! –le suelta casi al rostro, voz clara y autoritaria, bajando el rostro.- Y cuando yo lo quiera. –de manera rapaz la mano de ese brazo baja y atrapa una de las redondas nalgas, posesivo.- Y si tengo que enseñarte modales frente a la puerta de tu cuarto, para que todos sepan que te portas mal, que así sea, nena.

   Aterrorizado, Brandon nota que no puede reaccionar o pensar. Le parece que alguna puerta está abriéndose. Atrapándole del saco retrocede, halándole. El hombre entra en la pieza, sonriendo torvo, y la puerta se cierra a sus espaldas.

   -¿Qué está haciendo, señor? ¿Se volvió loco? –está desesperado, quería imponerse pero no lo conseguía.- No puede presentarse así y… -el otro, recorriéndolo todo con la mirada, ceño fruncido como si percibiese algún mal olor, deja la bolsa sobre la mesa en la esquina, apartando algunos cuadernos y libros.

   -Estoy aquí porque dijiste que era tu papi y tú serías mi nena, ¿acaso lo olvidaste?

   -Yo no… -casi grita, controlándose al notar que una radio baja de volumen en alguna parte del piso, tal vez alguien que pensaba haber captado una discusión.- Lo que dije fue para salir de su cama y su casa antes de que… Nelly y su esposa nos encontraran. No significa nada. No quiero esto. Soy heterosexual, ¡me gustan las mujeres! –jadea mientras el otro le mira y sonríe, viéndose realmente guapo.

   -¿Heterosexual? ¿Debo recordarte cómo te estremecías sobre mi verga, el cómo gemías por más, el cómo te mojabas todo y te corrías sin tocarte, únicamente con la sensación física de mi pulsante pieza llenándote las entrañas? ¿Heterosexual?, ¿en serio?, ¿tú?

   -Usted me llevó a eso. –contraataca, sintiéndose desesperado.

   -Lo sé, con mi verga. Es lo que quiero que entiendas. Como debes entender que… -abre y separa en paréntesis las manos grandes y fuertes, enmarcando una idea.- Nunca serás feliz como no sea cabalgando sobre el güevo de un hombre. Creí que te había quedado claro. Y yo ese hombre, tu hombre. Tu papi. Si te llamo, contestas; si te busco, viene a mí. Y no me gusta tu desobediencia. –se deja caer sobre la cama de culo.- Bájate el pantalón y ven aquí. Necesitas una tunda.

   -¿Qué? –abre mucho los ojos.

   -Me escuchaste. –es frío. Severo.- No me gusta la desobediencia. Te portaste mal y necesito darte una lección.

   -¿Acaso se volvió loco? –casi grita.- No voy a dejar que me…

   -¡Bájate el pantalón y ven aquí! –grita fuerte y alto, y cuando termina a Brandon le parece que el silencio más sepulcral se hace, ningún sonido llega de la otras habitaciones.

   -Señor Cole… -jadea lloriqueando, le ve endurecer más el semblante, y traga casi retorciéndose sobre sus pies.- Papi… -eso parece ablandarle un poco.

   -No me gusta cuando me desobedeces, nena. Y no estoy dispuesto a tolerarlo. Ven aquí, recibe tu castigo y luego cenaremos comida china seguida de un rico postre. –le aguarda.

   La espera se hace insoportable; temblando, deseando gritar, escapar o pedir ayuda, el muchacho se muere de mortificación. Pero, ¿llamar a quién? ¿Decirle qué? ¿Qué un hombre quería darle una tunda como si fuera un niño indefenso? No quería que nadie supiera algo de lo que le ocurría. No eso. Ni el problema que tenía ahora. Lejos de sus padres, estos estaban tranquilos porque le dejaron en ese lugar regentado por una conocida de su madre, en medio de otros estudiantes. Tampoco desea perder ese techo, y sabe que si alguien averiguaba lo que le ocurre tendría que irse. No soportaría quedarse.

   Casi lloroso, sintiéndose depreciablemente débil, poco hombre, se baja el pantalón, mostrando el bóxer holgado de cuadritos, prenda que parece molestar a Cole. Rojo de cara, todavía con aire de súplica, esperando que el otro diga que se detenga, va a su lado y cae sobre su regazo, de panza. Totalmente humillado.

   -Esto me dolerá más a mí que a ti, nena, pero es por tu bien. –le dice ronco, estremeciéndose ante el control que tiene sobre el muchacho. Brandon sabe que miente porque le siente la dureza bajo el elegante pantalón del traje.

   Era una escena insólita, el trajeado y aparentemente próspero hombre de negocios con el muchacho echado de panza en su regazo, el cual le muestra el redondo trasero aún cubierto por el bóxer. Un sujeto con un muchacho. Un tipo hecho y derecho con el novio de su hija. Sonriendo torvo, Cole le mira el trasero, molesto por la prenda, pero excitado con su poder. Alza una mano abierta y la deja caer con una sonora y firme bofetada. La nalgada se escucha claramente y Brandon se agita y jadea aunque intentó controlarse. Dolía y picaba. Y era insólito y humillante que alguien le hiciera eso. La mano sube y baja otra vez, sobre el mismo lugar, y al chico se le escapa un gemido de dolor mientras su frente se frunce.

   -Señor Cole… -chilla suplicante, intentando mirarle.- ¡Ahhh! –lloriquea de dolor cuando recibe otra palmada, nuevamente en el glúteo derecho.

   -Papi, tienes que llamarme papi. –le recuerda, con otra nalgada, ahora la izquierda, sintiéndolo delicioso. Y le da otra.

   -Aaayyy, no, por favor, deténgase. ¡Ahhh! –gimotea al recibir otra.- Por favor, no. Pare… -suplica estremeciéndose, revolviéndose sobre ese regazo, pareciendo no notar que cada frase es seguida de una y otra dura palmada, las cuales ahora se distribuyen de una nalga a la otra. Pierde la cuenta porque su cerebro se cierra, imposibilitado de procesar aquello.- Por favor, por favor… -ruega de manera llorosa, alzando la voz, sin preocuparse ya de ser oído por los estudiantes de los cuartos vecinos.

   -No respondes mis llamadas, me contestas de manera altanera, no me llamas papi y no te comportas como la nena que debes ser… -enumera Cole, azotándole a cada frase, las piernas muy abiertas, sintiendo su güevo tieso ricamente pulsante a azotar, algo babeante mientras sigue palmeando esas nalgas que ahora queman bajo la tela del bóxer.

   -¡No soy una chica! –con voz desesperada, desafiante y llorosa, el chico parece necesitar desahogarse, aunque temblaba. Cole sonríe de manera intensa, malévola, cosa que el muchacho no nota. Era lo que esperaba.

   -Chica mala… eres una nena muy mal portada. –le gruñe atrapando con una mano el borde del bóxer, bajándoselo aunque Brandon se revuelve y gime un “no”, llevando una mano atrás, para impedirle que lo haga, no lográndolo. Sus nalgas redondas, duras, enrojecidas y con marcas de dedos quedan expuestas- ¡Niña mala! ¡Niña mala! –exclama mientras azota, la palma cayendo contra la tersa y joven piel expuesta, que se agita y contrae.

   El hombre sabía que sus actos y palabras eran la máxima humillación para el chico; pero era necesario tratarle así, como algo indefenso y desvaído ante su fortaleza de macho alfa. Sin embargo su sonrisa torva le llegaba por otro motivo, sabía que Brandon, lo quisiera o no, estaba algo excitado también. Su corto miembro endurecía así como sus nalgas enrojecían más. A la humillación por someterle y tratarle así, el chico debía enfrentar el hecho de saber que siendo tomado de aquella manera, de alguna forma, estimulaba su cuerpo. Respondía favorablemente al castigo, al control, al poder del macho.

   Aprovechándose totalmente del momento, Cole se dedicó a disfrutarlo. Alzar la mano, lenta y deliberadamente, haciéndole esperar el impacto, fue tan estimulante como el choque contra la tersa piel joven donde su palma rebotaba. Sexual o no, para el chico, también debía haber dolor, porque a pesar de su excitación, Brandon tensaba sus glúteos y se hundía esperando el golpe, llorando cando lo recibía. Incluso intentó cruzar una mano, protegerse, y el hombre tuvo que apartarla, doblándole el brazo sobre la espalda.

   -Por favor… papi, no más. Detente… -lloriqueaba ahora, con lágrimas en sus ojos.

   -¿Te comportarás? –pregunta, ronco, al tiempo que recorre con la palma de su mano aquellas nalgas duras y calientes, lastimadas, erizándole bajo su tacto.

   -Si, papi. –jura mientras sorbe mocos.

   -Y no quiero verte usando nunca más estas cosas. –le gruñe, atrapando el bóxer y bajándolo junto al pantalón.- Si llego y encuentro que tienes puesto ropa interior de esta, nuevamente, te azotaré con la puerta del cuarto abierta, y le pediré a los chicos que miren que me ayuden a aleccionarte, para que te azoten el culo si me desobedeces en mi ausencia. –amenaza, y es algo tan terrible que Brandon parpadea asustado.- ¿Me has entendido?

   -Si… -grazna roto.- Ahhh… -chilla, quedo, cuando otra nalgada llega, pero más suave, como un recordatorio.- Si, papi…

   -Eso es, no era tan difícil, ¿verdad? –la voz del hombre es ahora paternal, casi amistosa, atrapándole de las axilas y obligándole a sentarse, con el adolorido culo, sobre uno de sus muslos, como si fuera un chiquillo.- No quise hacerlo, me dolió… -le dice mirándole a los ojos, limpiándole de lágrimas las mejillas, casi tierno.- Pero fuiste desobedientes. Lo sabes, ¿verdad? –el chico, mirada baja, todavía se resiste al trato, a las palabras que le degradarían aún más. Pero una mano firme bajo su mentón, obligándole a alzar la mirada, no le deja escapatoria.

   -Si, papi…

   -Eso es. No quiero tener que hacerlo de nuevo.-asegura, pero sabe que, con toda seguridad, tendría que darle unas dos o tres tundas más antes de que fuera incapaz de enfrentarle.- Pórtate bien y papá no tendrá que castigarte así de nuevo… Brenda. Mi hermosa Brenda.

CONTINÚA…

Julio César (no es mía).

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 54

mayo 1, 2016

… SERVIR                         … 53

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

KISS HOT GAY

   -Déjame quererte…

……

   -No entiendo qué hacemos todavía aquí, jefe. –comenta Sergio Altuve, presidiendo el grupo de tres que entran en la vieja casona con toda la apariencia de llevar tiempo deshabitada a pesar del mobiliario.- Debemos salir del estado.

   -A estas alturas todo debe estar cerrado. –comenta Read, recorriendo el lugar con la mirada. Era tal como le dijeron que sería. Todo cubierto con sábanas polvorientas. Excepto una mesa para cuatro, de madera, con una cava sobre ella y una caja tipo estuche a su lado. Sonríe al ver a sus cómplices ir hacia ella.

   -¿Qué tenemos aquí? –pregunta Eugene, el tipo calvo.

   -Vituallas. –informa de pasada Read, quitándose el saco que le cubre. Una vez asesinado el vigilante gordo, el trío partió de ahí a la carrera, dejando la muy vieja camioneta modificada, que le aseguraron no podría ser rastreada, en un callejón donde encontraron el nuevo vehículo, también viejo, pero discreto y anónimo. Era parte de sus arreglos, como las ropas de civil en el asiento posterior. También esa casa. Y la mesa.

   -No entiendo cómo pudo arreglar todo esto estando encerrado. –Sergio abre la cava y ríe, hay cervezas frías, saca tres.

   -Tengo amigos fieles. Y socios. –ataja una cuando se la lanza, destapándola y bebiéndola. Ah, se sentía tan bien.

   -¿Y esto? –pregunta el otro, también cerveza en manos, abriendo el estuche. Dentro hay dos habanos… y una enorme hipodérmica llena de algo claro.- ¿Qué es?

   -¿No reconoces un buen habano? –responde burlón Read, bebiendo, acercándose a la mesa, los ojos fijos en los socios que uno al lado del otro miran la jeringa.

   -No, en serio, jefe, ¿qué es? –insiste Eugene, sospechándolo entre divertido y extrañado, elevando la mirada.

   Justo a tiempo de ver a Read medio inclinarse, meter una mano bajo la mesa, tantear, halar algo y sacar una automática, negra y reluciente, con un largo silenciador, que amartilla. Todo con elegancia y rapidez, cuan coreografía cuidadosamente ensayada.

   Y dispara.

   Eugene grita sofocadamente cuando su ojo derecho desaparece convertido en un amasijo de huesos, sangre y líquidos oculares derramados. Sergio, tomado totalmente por sorpresa, sólo puede ver a su socio de mil verraquearías caer al piso, estremeciéndose con una mueca de dolor, intentando hablar, boqueando, elevando una mano que no llega a su rostro antes de quedarse finalmente muerto. Cuando eleva la mirada, comprendiendo al fin lo ocurrido, encuentra el cañón del arma apuntándole a la cara.

   -Tenemos que hablar, Sergio, y de lo que digas dependerá tu vida.

   -Jefe, por Dios, ¿qué hace? –grazna temblando, completamente aterrorizado. Él no podía engañarse, conocía bien al aterrador monstruo que ahora enfrentaba. Read frunce el ceño.

   -¿En verdad te he sorprendido? Es obvio que nunca en tu vida has prestado mucha atención a lo que ocurre a tu alrededor. Malo, malo. –el hombre, con rapidez, alza la mano y le golpea con la culata y el cargador sobre una sien.

   El hasta hace un segundo socio y compinche de mil maldades grita, el dolor es intenso y los ojos se le llenan de lágrimas, las rodillas les flaquean y cae sobre ellas. Posición donde le quería el otro.

   -Jefe, por favor… -arruga la cara en una mueca suplicante, muerto de miedo.

   -¿Le contaste a alguien de nuestro amigo el director de prisiones? ¿A Eugene, por ejemplo? –y con un gesto señala al muerto.

   -¡No, claro que no! –gimotea.- Nunca diría nada que le pusiera en peligro, jefe. No sobre él, o de los vigilantes que le ayudaban en la cárcel, o del hombre que nos dio la camioneta. –lloriquea sin importarle que las lágrimas bañen su cara. Sabe que comete un desliz cuando el rostro del otro se endurece.

   -¿Viste a ese hombre? ¿El de la camioneta?

   -No, jefe, fue… de refilón, cuando se iba dejando las llaves. –algo suena falso.- Le soy leal, jefe, siempre lo he sido; le he servido en todo. He hecho todo lo que me ha pedido. –la sonrisa de Read, por alguna razón, no le sirve de consuelo.

   -Si, has cometido actos horribles sin dudar ni un segundo, Sergio. Siempre con una sonrisa, siempre muy dispuesto a causar dolor. Eso me agrada de ti.

   -Todo lo hice por usted –aclara, alarmado.

   -Y te lo agradezco. –no deja de apuntarle mientras se acerca a la mesa y toma la caja tipo estuche.- Pero creo que es hora de acabar con esta sociedad. Nada personal, pero deseo recomenzar, otra vez; estar en paz con Dios y con los hombres, ser buena persona. Tal vez convertirme en un misionero en África… -sonríe elevando la jeringa.- Y no me gustaría que el día de mañana, cuando fueran a nombrarme Papa, reaparecieras mordiéndome el culo. Eso siempre es incómodo.

   Sergio sabe que el final está cerca, no se engaña con Read. Lloró y suplicó lo suficiente para verse patético, débil, pero ahora, mientras el otro revisaba la jeringa, salta con agilidad, apretando los dientes, aprovechándose del estar de rodillas para proyectarse hacia adelante y derribarle. Era su única posibilidad. El balazo en pleno estómago lo recibe cuando ya casi estaba de pie, saliendo disparado hacia atrás, cayendo de espaldas. Tiene que gritar de dolor, es algo lacerante y caliente; siente como le baña algo, ardiente, abundándote. Sangre. Cubriéndose la parte herida con las manos sobre la camisa, nota como esta mana imparable.

   -No, no… -todavía gruñe, alzando las manos tintas en sangre; el esfuerzo provocándole una bocanada roja que escapa con una tos, cuando Read aparece sobre él, apuntándole dispuesto a rematarle de una vez.

   -¿En serio? Bien, cumpliré tu deseo, no quiero que le digas al Diablo que no tuve un detalle al final. Pero ese balazo es mortal. Te desangrarás en unos minutos. Dolorosamente. –se tiende y le quita el celular, apartándole antes las manos cuando intenta agarrarle. Le observa fijamente cuando una mueca de dolor distorsiona su rostro.- Sin resentimientos, ¿okay? Sabes que siempre me gustó jugar sobre seguro. Eso me ha traído a donde estoy. –informa abriendo los brazos, como si discutiera una virtud.

   Y se retira. Tosiendo, sangrando, sintiéndose cada vez más débil, Sergio intenta llamarle. Por alguna razón parece creer que Read reconsiderará su postura y le ayudará. Oye algo arrastrándose y le da miedo. Debe taponar el sangrado, debe ponerse de pie y… Intenta medio ladear un lado del cuerpo y el dolor le atraviesa salvajemente. De su boca salen burbujas sanguinolentas. Se agita cuando una pesada silla cae a su lado, respaldo hacia él, y Read se sienta a hojarascas, descansando los brazos en el mueble, con uno de los habanos entre los labios, mirándole. ¡Pensaba quedarse a verle agonizar y morir! Costándole respirar, traga tanta sangre como la que escupe; final e indignamente, llora, él, quien tanto daño ha hecho. La sonrisa de Read le hace pensar, en efecto, en el Diablo esperando a uno de sus clientes. Solloza cada vez más quedo.

……

   La prisión se vio invadida de reporteros y autoridades, Monroe y el jefe Slater las pasaron duras; casi tanto como la policía, aunque esta tenía el aval de haber considerado a Robert Read, desde siempre, un monstruo. Jeffrey Spencer, y el bufete de su suegro sí que recibieron artillería pesada. Como grupo, el anciano dio una rueda de prensa intentando proteger a su gente, notándose el disgusto con aquel yerno al que ya no consideraba un genio que les daría prestigio y provocaría que llovieran casos. Cuando alguien preguntó si no habría algún interés oculto en salvar a Read, inicialmente, el anciano perdió los estribos preguntándole a la periodista si es que estaba loca. No salió bien librado en cuanto a imagen.

   Jeffrey Spencer debió soportar gritos e insultos de las personas que se reunieron para escuchar sus explicaciones. Dijo que era abogado, que su deber era defender los intereses de sus clientes, fueran quienes fueran, que todos merecían ser representados ante la ley, que vio una discrepancia y quiso investigarla porque planteaba una duda razonable en su momento, tanto que el mismo sistema judicial se prestó a investigar. Nadie, y especialmente él, podía imaginar lo que ese hombre haría. Todo eso podía escucharse muy lógico, muy sensato, pero la gente le odió por ello. Era el hombre que había propiciado que un monstruo escapara.

   Afligido se refugió en su casa, en la biblioteca, totalmente abatido. Ya no era el chico de la película en la oficina, el listo de vista al público cuando comenzaron a comentarse los vericuetos en el caso de Read, todos impresionados por su laboriosidad. Ahora era un paria. Suspira cansinamente, sin volverse, sin dejar de beber el trago que se sirvió, aún así sabe que Anna entra, furiosa.

   -¡Mira lo que has hecho! –acusa.- Papá tuvo que ser llevado a la clínica por todo lo que has provocado.

   -¿Una clínica? ¿Fingió un ataque para escapar de la prensa? Siempre ha sido listo. –no la mira.

   -¡Eres un maldito animal!

   -Deja de gritar, por favor. –ceñudo, alterado pero controlado, vuelve el rostro.- Estás molesta conmigo cuando ya es tarde. Les dije que no tomáramos ese caso, pero tu padre sólo quería prestigio; ganar la cierta fama que le daría a la firma si resolvía un caso imposible como ese. Ahora la tiene, ¿de qué se queja? ¿De qué te quejas? –esa última parte la grita.- Me empujaron a hacerlo.

   -No lo entiendes, ¿verdad? –se ve furiosa.- Todos me han dicho, siempre, desde que comencé a salir contigo y luego cuando me casé, que eres el gran error de mi vida. Y no les escuché. Me casé contigo porque una vez me gustó algo en ti. Pero parecía que realmente eras un perdedor. Estaba feliz de que llevaras ese caso porque, por un momento, parecía que realmente había algo digno de admirarse en ti. Ahora… -las palabras le hieren.

   -Nunca fingí ser algo que no era. –se ve dolido. Ella sonríe con una mueca.

   -Es cierto. El error fue mío.

   -Déjame solo, Anna. –suplica bebiendo. Hay un silencio incómodo. La mira, otra vez.

   -¿Deseas que me vaya? –pregunta la mujer, brazos cruzados, retándole. Y un miedo enorme le alcanza, cubre y amarra.

   -No, por favor, no me dejes. Pero, ahora… No puedo, no puedo soportar el peso de lo que hice. –la mira indefenso.- Si ese hombre mata a alguien más… Si asesina a otra persona, será mi culpa. Ya me odia toda esta ciudad, no lo hagas tú también. Por favor.

   -Eres patético. –le lanza y sale, rumbo a la clínica.

   -Lo sé. –susurra Jeffrey a la nada, derrotado, ojos llorosos.

……

   Se podría decir que el vacilante y tembloroso hombre que es esposado a la salida de aquella diminuta celda se ve así de confundido por todo lo que ha cambiado su vida en tan poco tiempo, las cosas que ha hecho (condenándose); pero la verdad es que aquello que le confunde es que no entiende por qué le sacan de la jaula de aislamiento. Con los ojos desenfocados, y algo temerosos, como esperando una traición de último minuto, Daniel Pierce mira al jefe Slater y al vigilante que se encarga del área.

   -¿Qué ocurre? –reúne el valor de preguntar.

   -Vamos, Pierce, a tu celda. –gruñe el jefe, sintiéndose incómodo ante ese hombre de cabello largo, rasgos suavizados de alguna manera, con pectorales y tetillas que se dibujan aún a pesar de la gruesa tela de las bragas naranjas de la prisión.- Estarás solo. –le informa, notando como se relaja.

   Primero le llevan a los baños, solitarios, donde toma una larga ducha, aunque incómoda. Jabonar su torso le hace consiente de las tetas que destacan, de los pezones que responden al roce de sus dedos por mucho que le enferme la idea. Se seca y viste el conjunto que le entregan, incluido un bóxer largo algo áspero. Temblando aunque intenta aparentar entereza, cruza los pasillos que le llevan a su bloque, a su celda. Oye los gritos, las risas, los se te fue el marido. Y la rabia de un grupo, los negros. También rostros latinos se asoman para insultarle y amenazarle. Pasa la tarde temblando en la ahora enorme celda, tenso, no pudiendo relajarse. Mirando la cama de arriba. Intenta leer, dormir, desconectarse, pero no puede. Ahora su situación era infinitamente peor, a solas y a merced de gente que le odia. Sin embargo… Read ya no estaba. Eso era un bálsamo.

   Se acercaba la hora de la cena, tendría que compartir el comedor. Tiembla, moviéndose de un lado a otro, una frustrante sensación de sin propósito le invade. De pie pega la frente de la cama litera superior, cierra los ojos e intenta serenarse. Finalmente alza el rostro, tomando aire. Decidido. Corre la cortina, ocultándose, desvistiéndose. Completamente. Rebusca bajo el colchón, las cosas que los vigilantes debieron encontrar y ver, pero que dejaron. Son esas suaves y diminutas pantaleticas de mujer que Read le obligaba a usar. Toma una, amarilla, transparente, entrando en ellas. Erizándose mientras la sube por sus piernas y muslos. Cuando la tirita estampada cruza entre sus nalgas, acariciando y apretando, se siente bien, más sereno. La tela, por delante, presionando también, es tan clara que dibuja su miembro blanco rojizo en reposo. Entra en la braga, se sienta y toma un cepillo, acicalando su largo, sedoso y dorado cabello, que brilla a la opaca luz, antes de recogerlo dentro de la gorrita roja. Espera…

   Se oye un chasquido en la reja, la cual se abre.

   -¡Al comedor! –grita un vozarrón.

   Y mientras se pone de pie, Daniel Pierce tiene una certeza, algo iba a suceder en ese lugar. Y le ocurriría a él. ¿Acaso terminaría como la puta de toda la población penitenciaria?

……

   Dentro del amplio y basto comedor, Daniel se siente perdido, amedrentado. Mil ojos se clavan en él, casi todos de burla, pero también depredadores. Le conocían, las cosas que hacía para Read ya que este se encargó de que todos se enteraran como parte de sus dosis de humillación y control. Tiembla cuando repara en miradas de intenso odio en rostros oscuros e hispanos, también de lujuria, pero de una que claramente indicaba que gozarían de un orgasmo matándole. Los alimentos en la bandeja producen cierto tintineo cuando comienza a temblar aún más. A pesar de que sospecha que alguien le protege, aunque no sabe por qué, está consciente de lo enorme del salón y de los pocos vigilantes. No le extraña que uno de los dos que estaban dando vueltas por ahí se aleje al grito de “quietos, convictos de mierda”, hacia una esquina apartada. Ni se sorprende cuando un sujeto alto, barbudo y de mirada perversa, saca la pierna, le hace tropezar y ríe, junto a sus acompañantes. No dice nada, no levanta la mirada. El tipo se altera poniéndose de pie.

   -¿Qué, puta, no vas a intentar matarme mí también? –le corta el paso. Daniel traga en seco.

   -No quiero problemas. –responde bajo, pero gime cuando una mano de palma abierta le da en el torso haciéndole retroceder un paso.

   -Pero yo si quiero problemas contigo, ¿qué vas a hacer? –reta con violencia y agresividad, con burla ante el carajo más bajo y evidentemente asustado.- ¿No vas a llamar a tu marido? Ah, es verdad. Se fue y te dejó. ¿Es cierto que lo hizo, abandonarte, porque eras excesivamente puta y te sorprendió agotando a ocho carajos en la Lavandería? –las risitas se repiten.

   -Déjame en paz. –grazna, lo que en tal situación es casi un valiente desafío. Alza la mirada y traga, pero no retrocede. Ni siquiera cuando el otro da un paso al frente.

   -¿O qué, nena? ¿Qué harás? ¿Me arañarás o tienes otro chuzo mata negros? ¿Qué ocultas? –la burla es enorme, la mano sube y hala el gorrito, el lacio y hermoso cabello cayendo, la lujuria brillándole ahora en las pupilas.- Mierda, con razón enloqueciste a Read, putita. Tu carita de niña bonita y tu coño seguramente caliente y mojado debieron…

   -Déjalo en paz. –brama una firme voz a la derecha del sujeto, que se vuelve, sobresaltado como debe ocurrir en una prisión llena de tipos violentos. Daniel alza la mirada, sus mejillas enrojeciendo, encontrando al muy serio, altivo y desafiante Geri Rostov, llenando la braga con su cuerpo joven pero musculoso, las grandes manos en las caderas, quien no le mira sino al otro.

   -Métete en tus asuntos, nazi de mierda. –ruge el tipo, desconcertado por el sujeto que se interpone intempestivamente en su camino.

   -Mis asuntos no son de tu interés, pero esto te lo advierto, apártate de él o… -comienza frío. El otro sonríe.

   -Oh, ¿qué pasa, nazi? ¿Quieres meterte en las pantaleticas de la nena de Read, o te enamoraste de ella?

   Hay risas escandalosas, los guardias saben que algo ocurre y ya se acercan a la carrera, pero no antes de que Geri lance un brutal golpe, con la mano en puño, directo a la nariz del sujeto, a pesar de ser un poco más alto. Este sale disparado hacia atrás, cayendo sobre dos convictos sentados, cuyas bandejas caen. Mientras el tipo sangra copiosamente, semi inconsciente, los otros se ponen de pie y comienza una pelea medio generalizada. Daniel recibe un gancho a la boca que le ablanda las piernas y cae, bañándose de sopa de granos y jugo, teniendo la precaución de arrastrarse un poco, evitando que así cayera sobre él la gente que discutía.

……

   Llevó un rato, y muchos gritos del jefe Slater, zanjar la cuestión en el comedor, y a solas nuevamente en aquel baño, sin sentir del todo los antiguos temores a un ataque (intuye que si, que el jefe le protege un tanto, ¿culpa?), se lava el rostro, mirando la pequeña cortada sobre su labio inferior color rosa. Alguien se mueve a sus espaldas y no le sorprende encontrar, en el espejo, la mirada clara y directa de Geri Rostov, quien tiene el cabello despeinado y una sombra roja en un pómulo. Cosa que, curiosamente, le hace verse más sexy.

   -Lo siento. –dice este, y su voz suena realmente afectada. Daniel baja la mirada, luego se vuelve.

   -No fue tu culpa, más bien me ayudaste. –apoya el culo del lavamanos, rojo de mejillas, realmente sintiéndose agradecido.

   -Hablo de… lo otro. Del chuzo. Si no te lo hubiera dado… -toda la culpa del mundo se percibe en esas palabras cargadas de auto reproche.

   Pero Daniel no quiere escuchar nada. No de lo que pudo ser. Y le silencia… echándose hacia adelante, atrapándole el rostro con las manos y besándole.

CONTINUARÁ…

Julio César.

OSCURO AMOR… 13

abril 28, 2016

OSCURO AMOR                              … 12

Por Leroy G

UN CHICO CULON

   ¿Deseando someterse, entregarse… servirle?

……

   Marcos cierra los ojos otra vez, soltando a Mauricio, dejándose mamar y a un tiempo cogiéndole la boca también, quiere que eso dure para siempre; había soñado tanto con el momento de tener a ese carajote joven y musculoso bajo su control que no quiere correrse todavía. Desea que siga mamándole, cubriendo y dejando salir de los labios carnosamente masculinos su pieza dura. pero no aguanta. Si, había soñado mucho con eso, así que le atrapa otra vez la nuca, halándole, aprisionándole contra su pelvis, metiéndosela toda en la boca, aplastándole la nariz contra su pubis mientras los trallazos de semen caliente comienzan a manar.

   -Ahhh… ahhh… si, tómatela toda, Mauricio. Tómate toda mi leche. –grita escandaloso, estremeciéndose con ese nuevo y poderoso orgasmo que le hace volcar una gran cantidad de esperma. Cosa totalmente necesaria, se dice retirándole un poco, para que los nuevos trallazos le cubran la lengua y llenen las mejillas,  porque era la primera en la boca del otro y debía saborearla quisiera o no. Este se ahoga y traga de manera frenética.

   -Uggg… -de manera mecánica, ojos nublados, Mauricio traga, buche tras buche, provocando la risa de Marcos.

   -Eso es, así; pronto amarás el sabor del semen… -parece prometerle.

   Dios, ¿qué había hecho?, se pregunta al otro día el fornido y joven hombre acostado boca abajo sobre su cama, parpadeando, confuso. Sabe que es su cama, su dormitorio, sin necesidad de recorrerlo todo con la vista, aunque lo hace. Todo era algo nebuloso. Sentía nauseas y le dolía un tanto la cabeza, tal vez era el olor del quemador de palitos aromáticos. Hay cosas de las que sí es plenamente consciente, como el sabor que siente en la boca, y la chasquea, tanteando, encontrándolo bien pero recordando, de pronto, que había tragado güevo y semen. Es muy consciente de su cuerpo sobre la cama, sin arroparse. Su piel contra el colchón se sentía bien, los pectorales contra la superficie le hizo notar sus tetillas erectas. Pegarlas contra la sábana se sentía extrañamente gratificante, sabía que si se agitaba un poco, rozando sus pezones, la sensación se incrementaría. También sabe que está desnudo, totalmente, con sus musculosas piernas algo separadas, sintiendo un airecito, algo frío pero no desagradable, entre sus nalgas… que siente pegostosas. El semen de Marcos. Lo otro eran los audífonos en sus oídos. Los de su compañero de piso, esos que les había prestado varias veces para que escuchara las tonadas relajantes. Ahora no lo eran. Podía escuchar en sus oídos la voz de Marcos, clara e inconfundible, a través de ellos:

   -Te gusta eso, tu cuerpo grande y fuerte desnudo, erizado, excitado. Tus pezones deseando ser tocados, tus nalgas esperando por manos de machos, tu culo por dedos o güevos… -es lo que escucha, impactándose. Y el mensaje se repite mientras se medio alza en la cama, deteniéndose con un leve jadeo tipo gemido. El movimiento, el roce, provoca que entre sus glúteos se desate un hormigueo extraño… ¿tal vez pidiendo manos?

   ¿Qué coño le había hecho Marcos?, se pregunta horrorizado.

   -Eres tan caliente… Eres tan caliente… Eres tan caliente… -oye la frase que se repite en bucle una y otra vez, y grita de sorpresa.

   Todo su cuerpo arde de repente, erizándose, y tiene que refregarse de la cama; de manera automática sus manos fueron a sus nalgas duras y redondas, clavando los dedos en ellas, abriéndoselas, perfectamente consciente de los espasmos de su culo, el cual parecía pedir, ansiar o desear algo. Sus pezones, totalmente erectos, le producen escalofríos contra la sábana de lo sensibles que están.

   -Eres tan caliente… Eres tan caliente… Eres tan caliente… -se repetía de manera lenta, deliberada, esa voz masculina y poderosa que le hacía gemir, anhelar.

   Ahora refriega su verga y tetillas de la cama, pero sus manos… bien sus manos halan y acarician sus nalgas, desesperado. Siente que se quema, que su culo arde y tiene que hacerlo, lo sabe, su cuerpo se lo pide: entierra un dedo. Se tensa, no quiere hacerlo, aquello era antinatural, pero se estremece de lujuria, su esfínter se abre y ciega golosamente contra su dedo. Lo agita y casi teme correrse, debe morderse los labios para no gemir largamente, con la frente fruncida y los ojos atormentados de excitación extraña.

   -Eres tan caliente… Eres tan caliente… Eres tan caliente…

   Esa voz, esa frase le hace perder el control sobre su cuerpo, deja caer su rostro de lado, agitando el cuerpo, refregándose de la cama, mientras mete y saca aquel dedo de su culo, cada vez más rápido y urgido, dejando escapar gemiditos a lo largo de su trayecto de ida y venida. Su mente gira, imagina a Marcos, sin camisa, con sus lentes y un bermudas a media pierna apareciendo en el marco de la puerta de su cuarto, abierta, sonriendo mirándole sobre la cama con el dedo dentro del culo, alzándolo en su dirección, suplicándole sin palabras. Se pierde en esa extraña imagen, no está en su cuarto, no, es en el gimnasio, está sobre una de las colchonetas, en medio de la sala de yoga, desnudo y boca abajo, sus nalgas abiertas, su culo alzado, pidiéndole a Marcos que se la meta mientras de su agujero escapan goterones de semen, un chorro de espeso y caliente esperma de los chicos que ya han hecho uso de él allí, sobre la colchoneta, rodeado por los otros. Machos forzudos que se morían de ganas por enterrársela, cogerlo duro, hacerle gritar como lo hace ese dedo que rota en sus entrañas, no deteniéndose hasta que se le corren adentro. Uno, y otro, y otro y otro. Todos gritando de gozo mientras lo nutren de esperma caliente.

   No, no, eso está al, todavía se resiste una parte de su mente, una decidida a retira el dedo de su culo, casi doliéndole la idea, luchando contra el impulso de agitarlo otra vez. ¿Qué coño le hizo Marcos?, se grita, arrancándose los audífonos, jadeando, dándose cuenta ahora de lo pesado de su respiración, del dedo clavado en su culo, el cual saca para notar en seguida que no tiene ni un pelo. Se lo recorre, así como sus nalgas. Nada. Temblando se toca el torso, no era velludo, pero tenía sus pelos, especialmente alrededor de las tetillas. Nada. Traga y alza un brazo, las yemas de los dedos de su otra mano recorren esa axila. Nada. Cierra los ojos. La mano baja, sus bolas están lisas, el vello sobre su pene también ha desaparecido. Estaba total y completamente rasurado.

   Hirviendo de rabia se para de la cama. Buscaría a ese hijo de puta y… Estaba desnudo. No podía salir así. Con disgusto abre la gaveta donde guarda su ropa interior, sólo están esas prendas, y ceñudo nota que faltan incluso las más conservadoras. Sólo hay tangas mínimas, e hilos dentales, de modelos y colores totalmente gay. Encuentra finalmente un pequeño suspensorio amarillo, de tela suave, con un lacito rosa al frente. Hirviendo de rabia entra en él. Le cuesta, le aprisiona la correa en la cintura, así como las tiras que caen bajo sus glúteos, casi alzándolos más. Su verga lampiña queda cubierta. Abre el closet y… toda su ropa ha desaparecido. Todo. Hay camisetas cortas que no cubrirían completamente su torso, muy abiertas por arriba, y las alta son estrechas, así que cubren entre sus pectorales pero dejan fuera sus tetillas, las cuales, por alguna razón, continúan endurecidas. Es la que toma, con rabia, metiéndose en ella con dificultad, por suerte no es ajustada, pero no cubre un carajo. No encuentra sus zapatos, calcetines o sandalias (de hombre), nada. Descalzo, y furioso, va hacia la puerta, ¿qué se creía ese hijo de puta? ¿Cómo se atrevía a tratarle así bajo su propio techo? Era hora de aclararlo todo. A la luz del día, con la cabeza más despejada.

   El apartamento está silencioso, pensó en llamarle a gritos pero… sencillamente no se atrevió. De la cocina proviene un olor delicioso que le hace consciente de su estómago vacío. Sus sentidos, levemente adormilados y no entiende por qué, se activan lo suficiente. Si, tiene hambre. Y era tarde, comprueba al mirar el reloj de pared, casi era mediodía. ¿Cómo pudo dormir tanto? ¿O por qué continuaba levemente soñoliento?

   Entra en la cocina y abre la boca al verle acomodando dos platos a la mesa, parece algún tipo de sopa espesa, llena de verduras y carne de res, que si, huele realmente bien, con los consabidos vasos de batidos proteicos a un lado… y en el vaso que sabe que le toca, porque los platos y cubiertos están sobre el porta platos que siempre usa, ve como Marcos agrega unas gotas de un frasco que saca de uno de sus bolsillos de su pantaloneta. Agrega más de veinte, pierde la cuenta, estremeciéndose. Concentrado en su tarea, revolviéndolo con un cuchillo y guardando el frasco nuevamente, el otro no repara en su presencia. Un frío intenso le domina, luego el calor de la ira.

   -¿Qué haces? –grazna, sobresaltándole por primera vez desde que se conocen.

   El otro le lanza una mirada desconcertada, con el cuchillo en la mano, goteando del batido.

   -Hey, al fin despiertas. Iba a llamarte para que almorzaras. –intenta una sonrisa. Una que flaquea cuando Mauricio mira y mira ese vaso.- Te ves bien. Esas ropas… –le sonríe socarrón.

   -¿Qué agregabas en mi vaso?

   -¿Qué? ¿Agregar? Nada, yo…

   -Te vi. Era algo de ese frasco que llevas en tu bolsillo. Unas gotas. Gotas que no agregaste a tu vaso.

   -No es nada, solamente… -se tensa y parece impacientarse.- Son vitaminas, ¿okay? Las necesitas, para esa debilidad de la que tanto te quejas y que parece cierta. Mira la hora que es y apenas despiertas. Eso no es normal. Soy tu amigo y me preocupo, por eso… –explica, diáfano, sosteniéndole la mirada. Mauricio sólo le mira.

   -¡Maldito mentiroso! –le sorprende con el estallido, el joven se siente furioso- ¿Qué era eso? ¿Qué me has estado haciendo? –exige saber, alzando poco a poco la voz.

   -Nada, son vitaminas, te lo dije. Hey, soy tu amigo y…

   -¡Deja de mentir! ¿Qué carajo era eso?

   -¡Deja de gritar! –contraataca, frío, duro, silenciándole automáticamente.- Estás viendo cosa que no son. Ven, siéntate aquí, toma tu almuerzo y tu jugo, eso te ayudará.

   -No… No vuelto a tomar nada que…

   -¡Siéntate y come! –le ordena con un grito tajante, autoritario y casi hostil que hace temblar las rodillas del otro… con el deseo de obedecerle y someterse.

CONTINÚA…

Julio César.

DE AMOS Y ESCLAVOS… 32

abril 27, 2016

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 31

SEXY Y MUSCULOSO EN BIKINI AMARILLO

   -¿Puedo sentarme en tus piernas, amo?

……

   Sobre una estrecha cama de motel barato, un joven hombre blanco, guapo, de buen cuerpo, gime de manera aguda, casi femenina, todo pintarrajeado como una putica, maquillaje que se ha corrido de sus ojos por sus lloriqueos y sollozos de placer al ser usado por el coloso negro que llena su culo una y otra vez con la amoratada, gruesa y dura verga que lo estremece. El hombre, en cuatro patas sobre la cama, llevando un sostén con relleno, una pantaleta que es apartada de entre sus nalgas mientras es follado rítmicamente, usa unas medias de seda, altas, y unos tacones. Mientras la gruesa y pulsante pieza masculina entra y sale de su culo, dándole donde es, haciéndole gritar, unas manos grandes y oscuras atrapan sus caderas.

   -¿Te gusta, putica? ¿Te gusta el güevo de tu macho? –le pregunta Yamal Cova a Bartolomé Santoro, sonriendo, sintiéndose increíblemente bien de coger así a ese otro hombre, algo que nunca había considerado. Tenerle para sí, tan entregado, totalmente caliente y deseoso de su tolete le hacía sentirse poderoso, y eso era placentero.

   -Hummm… hummm… -en respuesta gime escandalosamente Bartolomé; de sus labios pintarrajeados, y manchados cuando la pintura se corrió al mamar aquel mismo güevo, escapa la escandalosa aceptación con su falsa voz. En esos momentos es realmente la perra de ese hombre, su puta. Y quiere serlo.- Cógeme, papi, fóllale el coño a tu puta. –le grita, poseído por el alucinante placer de los juegos de roles.

   -Si, toma, tómalo todo. –repite Yamal, sintiéndose totalmente caliente y vivo, como lo está todo carajo que clava su güevo en el culo de otro, notando que este lo goza.- ¿Lo sientes? ¿Te gusta sentir la cabeza de mi güevo frotándose de la entrada de tu agujero, abriéndotelo, forzándote a aceptarlo? ¿Sientes cómo mi güevo grande y duro llena las paredes de tu coño caliente mojándotelo todavía más? –le pregunta, metiéndosela y sacándosela con rapidez y fuerza.- Es lo que querías, ¿verdad? Es lo único que siempre quieres, putita, experimentar la sensación que mi pulsante y ardiente tolete despierta en las paredes de tu coño, en tu pepa cuando te la golpeo así, así, así… -e incrementa el cepillar.

   -Ahhh… -lloriquea y se estremece el joven hombre blanco, la boca muy abierta, el rímel muy corrido por el sudor y una que otra lágrima. Se tensa, la pantaleta, que cubre nuevamente su erecto tolete, se humedece y gotea copiosamente.

   -Ah, mira lo mojada que estás. –se burla Yamal, acariciándole con las enormes y oscuras manos la baja espalda sin dejar de sacarle y meterle el tolete del apretado culo, golpeándole sin descanso con sus bolas.- Estás a punto de alcanzar tu orgasmo, uno intenso y poderoso, el que sólo consigues al ser cogido por un hombre de verdad que llena tu coño hambriento y te hace delirar de placer. Lo noto; cada vez que te lo meto siento como lo atrapas y halas más y más, sin poder saciar tus apetitos sexuales.

   -Hummm… -esas palabras le hacen delirar y gemir, arquear la espalda cruzada por la tirita del sostén y sonreír con los ojos cerrados mientras lleva y trae sus nalgas contra esa pelvis; su culo, o su coño, contra el güevo de su macho.

   No puede negar nada de lo que Yamal, su hombre, le dice mientras lo cabalga con nuevos bríos, acariciándole a veces, nalgueándole otras. Desde que fue suyo la primera vez, sólo pudo soñar con eso, con entregársele así, con pantaletas y pintarrajeado, con tocones y tangas de encajes, oyéndole llamarlo su puta. Escucharle decirlo, los “tómalo, tómalo todo, puta de mierda”, lograba que ardiera aún más, que su culo se sintiera sobreestimulado.

   -Si, perra, es tuyo, ordéñalo con tu concha caliente, sácame la leche. –ruge con voz estrangulada Yamal, tragando con dificultad, su cuerpo brillante de sudor, con una mueca de total dominio y fiereza mientras se lo empuja todo por el culo a Bartolomé, quien alza la cabeza de la cama, y grita, sus nalgas agitándose, su culo, los labios de su esfínter, abriéndose y cerrándose espasmódicamente sobre la tranca que vomita su carga de ardiente esperma en su interior, golpeándole, quemándole, nutriéndole.

   Y justo en esos momentos, mientras el negro se corre dentro del culo del catire, la puerta de la habitación se abre violentamente penetrando aquella mujer, Marjorie, seguida de otros tres sujetos, que sonreían socarrones, como lo hace todo el que va con una mujer que pillará al marido con otra en la cama. Pero se congelan frente al espectáculo, el bonito tipo blanco en cuatro patas, pintarrajeado, usando prendas de mujer, con un carajo negro, alto y guapo tras él, teniéndole bien clavado por el culo, con unos estremecimiento y una expresión de rostro que indicaba, claramente, que se estaba corriendo.

  -¡Dios mío! –grita ella, con voz muy aguda y horrorizada, llevándose las manos de uñas impecablemente pintadas, a la boca.

   -¡Marjorie! –ruge, aterrorizado, Bartolomé, en cuatro patas todavía, mareado por la sensación de esos disparos de semen en sus entrañas… temblando a su vez, corriéndose también, la pantaletica llenándose de esperma que moja, traspasa y gotea, aumento el olor a sexo en la habitación.

   -¿Ese es su marido, señora? ¿El marico? –ruge, todavía impactado, el notario que la mujer ha llevado.

……

   Aunque ha trabajado buena parte de la mañana, Gregory Landaeta no ha podido apartar de su mente todas sus vicisitudes. Una era lo ocurrido la noche anterior, que ahora, uniéndose al temor por haber sido pillado por uno de sus socios dentro de la línea, cargando… cositas raras, cobraba una nueva dimensión. Se había estado sobando, exhibiéndose en tanga, ante gente que no conocía pero que vivía en la zona donde también lo hacía él. Podrían verle, encontrarle en la calle… Bien, era difícil que todos le reconocieran, pero con el tipo que le envió el hilo dental, y más tarde el butt plug, no podía engañarse. Ese sí sabía quién era. Y las cosas que le gustaban. Y era ese punto el que más le molestaba a nivel mental y casi físico. Las cosas que había hecho eran algo… mariconas. Así lo pensaba, todavía negándose muchas cosas, como qué tan maricón ha sido tocándose el culo frente a extraños. O dejándose sobar en el Metro por otros hombres.

   Como sea, debe olvidarse de toda esa mierda, se dice tomando algo de su guantera, ocultándolo dentro de la camisa blanca, uniforme de la línea. Y vuelve al análisis que ha hecho desde que todo comenzó; si, le gusta ser visto, admirado, codiciado, desnudado con los ojos. Sólo pensarlo le afectaba. Pero no tenía por qué hacerlo únicamente con tíos, ¿verdad? A las mujeres les gustaba ver. A él le gustaban, ellas, y que le miraran. No tenía que ir con sujetos desconocidos para exhibirse. Debía volver con las féminas, a sus cuerpos perfumados y suaves, sus tetas firmes bajo sus manos. Si, iría a buscar a la Chata. Esa siempre hacía fiesta cuando lo veía por su merendero. Iría con su pantalón ajustado, una franela entallada y la puta ovularía siguiéndole con la mirada. Luego se exhibiría ante ella. Pero no con lo que lleva debajo del pantalón, se recuerda parpadeando.

   Tensamente sonríe y saluda a quienes encuentra en su camino a los baños de la sede de taxis. Entra, agradeciendo que todo se encuentra solitario y se encierra en uno de los dos privados. Sale de sus botas, abre el botón del pantalón, eso le eriza, y lo baja con dificultad en sus muslos, saliendo de él. La respiración se le espesa un poco. Sabe que lleva esa maldita tanga blanca, mínima y sensual, la de la tienda. Está plenamente consciente que se ve del carajo con ella. Lucha contra los pensamientos, las ideas, las imágenes de cambiarse fuera del privado y que alguien entrara y se quedara, mirándole con esa tanga, recorriendo con los ojos sus muslos, sus caderas, su bulto entre las piernas, sus nalgas redondas y paradas tragando casi toda la tela. ¡No!, no, maldita sea. Se dice casi arrancándose la tanga, que echa a un lado con un pie, metiéndose dentro de un bóxer corto y ajustado, pero más tradicional, que era lo que ocultaba en su camisa. Entra en él y se congela… Pasos.

   Hay alguien afuera, lo que no tendría nada de extraño, era el baño de la línea, habían carajos mayores que parecían vivir meando. Lo que si estuvo fuera de lugar fue que… Traga y contiene un jadeo cuando nota unos zapatos detenerse del otro lado de la puerta del privado que ocupa, y ve como una mano cae, la de un tipo agachándose, atrapando la tanga blanca caída en los límites de la puerta cerrada. ¡Oh, mierda!

   -Hey, ¿y quién usa esta putería? –oye una voz masculina, ronca, burlona, que no reconoce. Cierra los ojos, temblando al imaginar a un sujeto cualquiera sosteniendo su tanga en la mano, sabía que estaba caliente pues acababa de quitársela. Y algo transpirada.- ¿Estás ahí, amigo? ¿Quién eres? Esta tanga me dice muchas cosas. –hay burla en el tono. Silencioso como un muerto, Gregory cae sentado de culo sobre la tapa del inodoro al escuchar, del otro lado, una profunda inspiración.- Hummm, huele a cabrito. Lo siento, amigo, si no respondes me la llevo. Le daré buen uso; dime quién eres y te la regreso mañana… cubierta de esperma. –hay una risita y pasos que se alejan después de usar el lavamanos.

   Coño… ¿qué había sido eso?, se pregunta mareado Gregory, temblando, con el tolete alzándose con ganas entre sus piernas dentro del bóxer. Si, por un segundo quiso salir, ver quién era. Exhibirse.

   ¡Estaba tan jodido!

……

   -¿Eres o no eres un negro maricón? –Roberto Garantón escucha la pregunta del Ruso, todo girándole alrededor a pesar de los ojos cerrados, tragando en seco, sus labios abriéndose y cerrándose, acariciando el güevo que va y viene sobre ellos, de pasada, el de Jackson.- ¿Quieres o no quieres güevos blancos llenándote el hocico y alimentándote?

   Temblando de lujuria, vergüenza y humillación, Roberto le oye, como escucha los cuchicheos y risitas del pequeño grupo de hombres y mujeres que le miran desde la entrada de la habitación. Con el rabillo del ojo les mira, les ve sonreír divertidos, señalando. Sabe muy bien qué. Su rostro oscuro y brillante de transpiración es cruzado arriba y abajo, a los lados, azotado y mojado por tres güevos blancos que se deleitan del tacto sobre su piel. Todos observaban su humillación, su entrega. Lo peor era que si, quería mamarlos. No puede negárselo, quiere atrapar con su boca esos güevos y chuparlos, tragarlos hasta los pelos, sentirlos quemando su lengua, chuparlos con ganas, con fuerza, hasta sacarles las leches que también bebería.

   -Si, si, quiero mamárselos a todos. –chilla, voz fallosa, contra la barra palpitante de Jackson. Y escucha risas y aplausos, no abre los ojos pero sabe que mucha gente le mira. Una solitaria lágrima escapa de uno de sus ojos cuando, mandándolo todo al coño, separa sus gruesos labios y saca la lengua, lamiendo la cara inferior de ese güevo que sigue su vaivén, chupándolo como puede, recibiendo más aplausos, risas y pitas.

   Todos felices de ver al negro maricón derritiéndose por güevos blancos.

CONTINÚA … 33

Julio César.

LA NENA DE PAPA… 11

abril 24, 2016

LA NENA DE PAPA                         … 10

De Arthur, no el seductor.

SEXY BOY

   Pronto todo cambiaría…

……

   El joven abre los ojos cuan ciervo deslumbrado por los faros de un auto. Incluso, el muy tonto, traga, viéndose completamente culpable. No aligera el ambiente que Cole medio sonría, siniestro.

   -Lo siento, muchacho, tuve que decírselo. Siéntate. –le señala una de las sillas de jardín, donde casi cae sin fuerzas. Sentados, los cuatros a la orilla de la piscina, se daría una difícil conversación.

   -Cole… -Grace, su esposa, parece mortificada.

   -Basta, cariño, voy a hablar yo. –la interrumpe el hombre, volviéndose hacia el joven, el cual se estremece ante su actitud dominante, poderosa, avasallante. Masculina.- Como ya te dije, entiendo que son jóvenes, que quieren encontrarse, descubrir el mundo, pero hablamos de mi hija. Nelly, todavía te queda un año de bachillerato… -dice mirando ahora a la joven, con afecto severo.- Todavía eres menor de edad y no quiero que vivas metida en el cuarto de Brandon, en una pensión donde hay otros chicos. La gente habla y no quiero que lo haga de ti. Entiendo que… -y bota aire.- …Tengan… sentimientos y todo eso, pero eres muy joven y no quiero que otros te tache de cosas feas con las cuales debas cargar el resto de tu vida.

   -¡Papi! –se queja la joven.

   -No digo que no se vean, no voy a separarles, pero… no en ese lugar. No quiero que te vean entrar y salir de esa pieza y sepan que… -se atora, mira fijamente a Brandon.- Te lo dije, no quiero a mi hija en tu cuarto, encuéntrense en otros lados, donde la maledicencia no alcance a Nelly. –la ve a ella.- Sé que eres una buena chica, pero también debes parecerlo.

   -¡Papá! –ahora trona feo, mirando a su novio, pero Brandon únicamente entiende de la autoritaria mirada de Cole.- Es mi vida.

   -Cariño, te comportas caprichosamente; me alegró notar, cuando hablamos, que Brandon está de acuerdo con mi punto de vista. Él ve lo inconveniente de que vayas a su cuarto en esa residencia , ¿no es así, muchacho? –este duda, la boca ligeramente abierta, mirando del hombre a la irritada chica cuya vida “se discutió” sin ella presente.

   -Así es, señor Cole. Entendí su punto. –jadea rindiéndose, y la mira.- Creo que es lo mejor, Nell.

   -¿Lo mejor porque lo dice papá o porque discuten ustedes a mis espaldas?

   -Todavía eres menor de edad, Brandon apenas ha cumplido los dieciocho años, podría verse envuelto en un problema legal, ¿no puedes entenderlo en verdad? –Cole suena algo exasperado, dándole a entender claramente que la considera una niña malcriada.

   La joven, claramente mortificada, y rebelde, va a protestar por las imposiciones de su padre, y el que su novio acuerde cosas sin consultarla, cuando un joven aparece saludando alegremente con una mano y un alegre “hey”.  Rubio, alto, atractivamente atlético, franco y sonriente. Por un segundo todos le miran. Especialmente Brandon, quien frunce el ceño, eran sus reflejos de chico alertándose ante una presencia guapa que puede disputarle su lugar. De manera automática se vuelve hacia Nelly.

   -¿Bill McCane? –Grace sonríe, imitando al resto cuando se pone de pie.

   -Si, el buen hijo vuelve a casa… -informa el muchacho con un vozarrón, sonriendo de manera luminosa. Nelly, quien se había quedado con la boca abierta, finalmente gritó feliz y corrió a su encuentro.

   -¡Billy! –grita y le abraza con afecto sincero y abierto. Este la envuelve en sus brazos.

   Por un segundo a Brandon le falta el aliento. Había intimidad, afecto en aquel gesto, pero la manera como se abrazaban, luego se miraban y hablaban a un tiempo, ella queriendo saber cómo le iba en la universidad, cuando regresó, y él comentando lo bonita que estaba, denunciaba que, en algún momento, hubo chispas entre ambos. Se entera que es el vecino de al lado, el chico a quien Nelly siempre seguía en sus travesuras, ese con el cual todo lo hablaba.

   -Te ves bien, Bill. –comenta Cole, sacando a Brandon de sus funestos pensamientos.

   -El futbol. –anuncia con orgullo, enrojeciendo cuando Nelly, a quien todavía le rodea la cintura con un brazo, dice la misma palabra a un tiempo, como una burla amistosa.

   Sigue el intercambio de informaciones entre los dos jóvenes, de sonrisas, de apretadas repetidas. Es Grace quien carraspea.

   -Bill, querido, este es Brandon, el, momentáneamente, olvidado novio de Nelly. –la información parece congelar al guapo rubio, quien mira al chico menudo, tendiéndole una mano después de lanzar una mirada interrogante a la muchacha.

   -Hey, mucho gusto, Bill.

   -Brandon. –casi croa, y ahora Nelly se suelta del alto muchacho y le rodea la cintura a él. Comentándole al “viejo amigo”, lo felices que son y todo eso, pero al chico más menudo no se le pasa la sensación de vacío.

   De alguna manera el muchacho termina comiendo, aunque rechaza la cerveza por los entrenamientos, cosa que Cole respeta, aunque a él, Brandon, casi le había obligado a beber. Le invitan a la piscina y cuando ese chico sale de sus zapatos de goma y su franela, quedándose con el bermudas, a Brandon el corazón se le cae al piso. Es esbeltamente musculoso, de pectorales redondos, como sus bíceps, y ni aun siendo ciego habría dejado de notar las miradas que Nelly le lazó, comentando entre risas lo mucho que había crecido. En un momento dado el joven atrapa a Nelly de la cintura y la alza al tiempo que la arroja y se arroja a la piscina; ella, gritando en todo momento, le llama tonto y ríe. Grace, algo inquieta, le sugiere Brandon que se les una también.

   El chico quiere integrarse, pero le cuesta. Un vago sentimiento de inferioridad, un no puedo competir con ese joven gallito, le cohíbe. Nada un poco alrededor de ellos y sale, sentándose en la orilla. Siente una sombra cubriéndole, alza la vista y allí estaban las recias piernas de Cole, con su apretado speedos rojo, mirándole burlón.

   -Gracias por telefonearme e invitarme, señor. No tenía nada mejor que hacer. –informa Bill desde el agua.

   El hombre hace un gesto restándole importancia al asunto, pero sus ojos brillan malignos mientras sostiene la mirada de Brandon.

   El joven no se sintió aliviado hasta que se cambió nuevamente de ropas y se despidió de todo el mundo, incluso de Nelly, a quien no le parecía bien dejar así a su recién encontrado amigo. Agradeciendo las atenciones, rojo de cachetes y evitando ferozmente la mirada de Cole, Brandon correspondió a la promesa de repetir pronto la visita. La reunión y la comilona, claro. Una vez a solas en su pieza pudo respirar en paz, cayendo sentado sobre su cama, doliéndole el culo, abatido, ocultando la cabeza entre las piernas. ¿Qué había hecho? ¿Cómo dejó que todo eso pasara? ¿Cómo pudo responder así a las exigencias sexuales de ese hombre? Rojo de cara, casi lloroso de humillación y vergüenza, se prometió que nunca más ocurriría. Sin embargo, en las duchas (las residencias las tenían al final del pasillo), no pudo evitar ciertos estremecimientos mientras se bañaba, tocándose. O al recordar más tarde, en la cama, todo lo acontecido. Eso si, nunca volvería a esa casa y evitaría a ese hombre como diablo a la cruz. Sería sencillo ahora que Nelly no le visitaría allí. Ya verían qué hacer, y dónde. Mientras la tuviera a ella todo iría bien.

   Esa noche Nelly le llamó y hablaron de todo, como siempre, especialmente del buen momento vivido entre su gente querida y su amigo. Al día siguiente fueron al cine y ella quiso ir a la pieza, pero temiendo lo que Cole haría si se enterara, se opuso. Cosa que temió la molestara, pero, la verdad fue que la joven no insistió mucho tampoco. Sin embargo, todo parecía ir tomando su carril. Nuevamente. Antes de Nelly, los chicos con los cuales compartía la pensión, todos estudiantes, solían visitarle para pedir esto y aquello, conversaba y hacia algo de vida social cuando iba a otro cuarto a tomar una copita de algo (todos pertenecían a una especialidad deportiva y debían cuidarse), especialmente Mark Aston, quien comenzaba la universidad y parecía haber olvidado todo sobre Matemáticas y solía pedirle opinión sobre este o aquel problema (en realidad que le ayudara con las tareas). Fue este quien notó que la joven no frecuentaba el cuarto, preguntándole qué hizo para alejar a semejante bombón. A Brandon le agradó que pareciera realmente preocupado por su bienestar. Era bueno contar con amigos. Más de una vez, movido por un impulso que no entendía de todo, quiso contare lo ocurrido con Cole, tal vez para escuchar que no había sido su culpa. Mark era del tipo comprensivo. Pero no se atrevió. Le agradaba el chico pelirrojo, franco y alegre. No quería que supiera sobre “eso” y le apartara.

   -¡Ya voy! –ruge esa tarde cuando llaman insistentemente a su puerta. Abre y se congela.- ¡Señor Cole! –jadea, todo ojos, boca ligeramente abierta. La mente en blanco.

   -Es papi. –el hombre le recuerda, algo seco, recorriéndole con una mirada desaprobadora, tal vez por el viejo jeans y la holgada franela. Él, por su parte, va elegantemente vestido de saco y corbata, co un leve sombra de barba, alto fuerte, triunfador. Masculino. Carga una gran bolsa atrapada en su antebrazo y torso.

   -¿Qué hace aquí? –jadea otra vez, totalmente alarmado.

   -Te he llamado dos veces y no me has contestado. –reclama ceñudo.- Así que vine. Y traje algo de comer. –exhibe la bolsa. Y espera.- ¿Y bien? Déjame entrar, ¿no? –se miran a los ojos, retadores. El tipo grande y confiado, seguro de sí, el muchacho más bajito, sintiéndose de pronto muy asustado de las cosas que pueden suceder. De lo que otros pueden averiguar.

   -No. –croa bajito. Eso le hace fruncir el ceño aún más a Cole.- Quiero que se vaya de aquí. Ahora.

CONTINÚA … 12

Julio César (no es mía).

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 53

abril 23, 2016

… SERVIR                         … 52

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

PRISION CALIENTE

   Ahora andan malucos…

……

   Aunque llevaba rato cogiéndole, y por lo que imaginaba ya antes algunos lo habían sodomizado antes, no dejó de maravillarle que pudiera abrirse y aceptar su tranca que no era nada pequeña, al contrario, una buena lanza de carne llena de sangre y ganas. Viéndole, escuchándole, sintiendo cómo sus entrañas apretaban más y más, a Slater sólo le quedaba atraparle, también, con las oscuras manos las pálidas caderas, gruñéndole que le mostrara lo puto que era, que se lo ordeñara con ganas. Pero también necesitaba más.

   Le derribó echándole de espaldas, todavía metido en su culo, atrapándole el bonito y enrojecido rostro, ojos velados de lujuria, y continuó cogiéndole con fuerza, con ganas, aplastándolo contra el colchón, toda la cama traqueteando contra la pared. Las nalgas rojizas recibiendo la pelvis del hombre, su culito era macheteado por el gran tolete que casi salía hasta el glande, abultado y amoratado, antes de enterrarse otra vez, al tiempo que las bolas le golpeaban sin descanso. Y mientras se lo hacía, dientes apretados, llamándole putito calienta braguetas, Nolan sólo podía echar la cabeza hacia atrás ojos cerrados, boca muy abierta mientras se corría dentro del chico suspensorio, alcanzando un orgasmo intenso que le elevó a las nubes, al tiempo que Slater, algo que después le avergonzaría un poco, enterró el rostro en su cuello, olfateándole, besándole, lamiéndole, rugiéndole los tómala toda, puto, toma toda mi leche.

   Poco después, ahítos y agotados, yacían en la cama, con Slater preguntándose todavía qué hacía allí, sobre esa cama, todo transpirado, sintiéndose pegajoso, el fuerte olor a sexo llenándolo todo, con Nolan caído sobre él, buscando algo más, como apoyo, compañía. O simple afecto. Estaban muy quietos y silenciosos, al principio, con un televisor a bajo volumen en el fondo. Fue cuando con voz neutra y muy queda, Nolan comenzó a contarle todo. El temor que le inspiraba Robert Read, su aire de maldad, de cruel sadismo al jugar con sus miedos. Dudó, la voz se le quebró un poco, al hablar del ataque del perro, la cogida de este y Read en los patios. El secuestro que todavía no entendía cómo había ocurrido o cómo terminó en un sótano de la prisión, las cosas que este le hizo. Inconsciente de que le abrazó con algo más de fuerza, mirada asombrada y furiosa fija en el techo, Slater escuchaba.

   -No pudo hacer todo eso sin ayuda. –le gruñó afectado, sintiéndole temblar; el joven cuerpo frío de repente. Ni lo que sabía le hacía a ese hombre, Daniel Pierce, quien ahora no podía salir de esa prisión por un crimen que casi se vio obligado a cometer. ¿Acaso le empujaron a hacerlo?- Dime quién o quienes le ayudaron. ¿Fue Lomis?

   Notó la inquietud del chico, su silencio dubitativo.

   -No lo sé, pero fue Lomis quien me encontró, y… -después de dudarlo, lo cuenta también. Cómo le usó sexualmente, las cosas que le hizo y que dejó le hicieran aquellas personas a quienes le presentó, cediendo para que callara, siempre temeroso de verse expuesto. El cómo le llevó a esos lugares.- Tiene un sentido de la sexualidad… aterrador. –confesó con voz neutra, el rostro casi oculto en el cuello del tipo grande.

   Aunque callaba, la mente del jefe era un caos. ¿Quién le atacó dentro de la prisión?, eso se preguntó sintiéndose increíblemente molesto. Con más edad, y seguridad en sí mismo, entendió que al chico se le dominó sexualmente, que se le redujo a la condición de juguete, de esclavo. Algo en lo que Robert Read era bueno. Pero no pudo hacerlo solo. Y algo comenzó a incomodarle aún más, su presencia allí, alarmado por Curtis… guiado a ello por las palabras de Read, por las insinuaciones de Lomis…

   -Dime, ¿crees que Lomis trabajaba con Read? –insistió, notándole tensarse sobre él.

   -No… no creo que… -la idea pareció sorprenderle, horrorizarle.- No lo sé. –repitió.

   Slater iba a iniciar la explicación de sus dudas y sospechas cuando todo se despejó de golpe. En la televisión, que hace rato tenía atrapada su mirada mientras escuchaba al chico, enfocaba en esos momentos los restos del camión de transporte de la prisión, bajo el titular de “Sanguinario escape de Robert Read”.

   -¡Maldita sea! –bramó sentándose con tal fuerza y velocidad que casi arrojó a Nolan al piso. Los ojos no se apartaban de la pantalla, vio las camillas con los cuerpos cubiertos. ¡Ese cerdo había escapado! ¿Y Lomis? ¿Y Adams? ¿Y Sheppard?

   ¡Claro! En ese momento todo tuvo sentido.

……

   Si los restos del camión transporte accidentados eran la gran plaza del circo mediático que se había formado con la brutal huida de Robert Read, sazonado por una prensa cada vez más escandalosa, los grandes protagonistas a quienes se tachaba ya de alguna manera de responsables, de incompetentes y aún de juego sucio eran las autoridades policiales, las penitenciarías y cierto bufete legal con un conocido abogado a la cabeza. A la gente le inquietó, molestó, y asustó, saber que al monstruo del Matadero se le daba otra oportunidad legal, ahora, su escape, con una reeditación de su caso y todos los sórdidos detalles de los crímenes del horrible lugar, así como entrevistas a iracundos y aterrorizados testigos puso al público frenético.

   No la tuvo Owen Selby nada fácil al llegar al lugar y ser reconocido por el enjambre informativo, aunque, curiosamente, la fuga revalidaba su investigación inicial. Él había tenido razón encerrándole. Allí se pone al tanto de lo ocurrido, al tiempo que calmó gente que pareció temer, realmente, que Read se materializara a su lado como el Boogeyman. Y, en todo momento, el hombre intentaba controlar su propia ira. Se habían confiado demasiado, la posibilidad de que ese sujeto pudiera ser, realmente, inocente de esos crímenes actuó sicológicamente en contra de todos. Nadie podía esperar que esperando una nueva oportunidad ese tipo ya tuviera planeada su fuga. Y menos de aquella manera. Su teléfono timbra y reconociendo el número se tensó.

   -¿Si? –no puede evitar que la ansiedad coloree de impaciencia su voz.

   -¿Estás allí? ¿Es tan terrible como dicen?

   -Mucho, Jeffrey. Mira, debo…

   -Me llamó. Le dije que se entregara pero…

   -¿Te llamó? ¿Read? –se angustia, sus instintos se afinan.- ¿Estás bien? ¿Te amenazó? Puedo arreglar una protección que… -ahora suena aprensivo.

   -Estoy bien. Me dejó un regalo, pero de los suyos, sicológico. –hay un leve silencio.- Estás en su lista, Owen. –y toda la ansiedad y preocupación del mundo se siente en esa frase. De alguna manera el rostro del policía se relaja, una leve sonrisa suaviza su expresión.

   -Estaré bien, abogado. Pero tú…

   -No vendrá por mí. Lo dijo. Quiere que viva recordando que le permití… -le oye tragar aire.- Irá por Marie Gibson. Sabe de dónde viene, antes de ser mujer. Y me habló de su crimen. Ella, o él, mató a su familia… cuando era un chico. Instigada por Read, claro.

   -Claro. –oprime los labios.- No llegará lejos. La ciudad ha sido cerrada. Le cazaremos.

   -Owen, se trata de Read. Ese sujeto es diabólico.

   -Le agarraremos. –repite con firmeza. Hay un leve silencio y mirando en todas direcciones, la voz del policía se oye más suave, íntima.- Nada me pasará, te lo juro. Y, por favor, cuídate mucho.

……

   Así como la prisión estaba revuelta y la población reclusa parecía particularmente frenética, gritando, riendo o discutiendo entre grupos por la fuga del peligroso convicto, el alcaide Monroe no la pasaba mejor. Había sido llamado por todos sus jefes inmediatos, terminando con el gobernador y un Marshall federal. Que insistiera que el traslado se realizó según el protocolo, pareció importar poco. Y lo entendía. Comenzaba el juego político. Alguien debía cargar con la responsabilidad del daño mediático que aquello causaría. Y la verdad… no se siente tranquilo. Era, por decirlo así, deber de todo recluso intentar escapar, pero con Read eso tomaba otras connotaciones. Debieron… De pie, frente al ventanal de su oficina, en mangas de camisa, no hace otra cosa que gritarle órdenes a su asistente, la imperturbable señorita Lamas.

   -¿Y dónde está Slater? –ruge, colérico, desconcertándose cuando la puerta se abre y este entra, con rostro grave y serio como un infarto mismo, hablando con alguien por el teléfono móvil.

   -Aquí estoy. –anuncia mientras termina su llamada.

   -Al fin. –ruge colérico, necesitado de descargarse, acercándose a su escritorio.- Imagino que escuchó las noticias, ¿no iba en ese viaje de traslado con Read? ¿Qué pasó? –la desconfianza se siente en las palabras.

   -Fui… fuimos víctimas de ese hijo de puta. –se vuelve hacia la mujer con un leve gesto de disculpe, ella casi sonríe.- Ese hombre planeó su fuga con tiempo y cuidado, como suele hacerlo todo; cuando salió de aquí ya tenía perfectamente esquematizado lo que haría, incluyendo mi ausencia en el camión, y para ello se valió de elementos internos.

   -¿Qué? –jadea, cayendo sobre su silla.- Slater, esa acusación es muy grave; un funcionario corrupto…

   -No sé si Read pagaba con  dinero a alguien, pero creo que si se valió de otros trucos… para manipular y controlar a uno de mis asistente, Albis Lomis. –informa mirándole a los ojos, recordándole sin más palabras las maniobras de Read. El alcaide lo hace, enrojeciendo y tragando, mirando fugazmente a la mujer que parece confusa.

   -Déjenos, señorita Lamas. Y ni una palabra de las acusaciones del jefe. –advierte. Ella asiente y sale. Se vuelve hacia el hombre.- ¿De qué está hablando?

   -Me comuniqué con un conocido que tengo dentro del laboratorio de investigación criminal. El camión fue atacado desde adentro y desde afuera. Lo envistieron de tal manera que lo detuvieron y llegaron a los conductores, pero eso no habría bastado para liberar a Read, la caja es prácticamente impenetrable, violarla habría llevado tiempo y el intento de fuga se habría comprometido. Pero Read ya había atacado a su custodio, Lomis, y valiéndose de las llaves de este, abrió. Creo que ese hombre, de alguna manera, logró que Lomis les dejara las manos libres, soltándole de las cadenas que le fijaban al piso del camión, y en un descuidó le mató. No sé cómo o por qué, pero Lomis no lo vio llegar. -toma aire ensanchando su torso.- También me manipuló. Me hizo creer que otro de mis asistentes, Nolan Curtis, estaba en peligro, sacándome del juego. No fui en ese viaje, que era lo que deseaba. Yo jamás le habría liberado de esas cadenas, y de haberse comprometido todo más allá de cierto límite, creo que sabía que le habría matado. Por eso me necesitaba fuera. La verdad es que nunca imaginé que se fugara, por eso no esperaba el engaño. Creí que tramaba escapar a su condena con algún alegato legal. Me engañó totalmente, por eso le envié con Lomis, por una parte porque tenía la cabeza puesta en otro de mis agentes, y porque no creí que este estuviera tan comprometido.

   -Slater, cuando esto se sepa…

   -Se sabrá. No pienso mentir, señor. Es lamentable no tanto por lo que sufrirá mi reputación y la prisión misma, sino por la admiración que causará ese sujeto entre esos locos que lo idolatran.

   -¿Qué haremos? –Monroe se ve afligido, una investigación interna, ¿hasta dónde llegaría? ¿Qué descubrirían? Mira su escritorio, el mismo donde cogió a ese tipo, el amiguito de Read. Recordaba una conversación con el tal Lomis, después de aquello, diciéndole que Read deseaba que le permitiera acompañarle en el viaje, cediendo por temor.

   -Debo saber si hay otros en la jugada. Ese hombre se movía como Pedro por su casa, sabemos que alguien le protegía desde la dirección de prisiones, pero además… -arruga la frente.- Quién sabe qué otras cosas hizo. Aquí. La esperanza es que la policía le detenga. Los límites de la ciudad, y el estado, se cierran en estos momentos. Esperemos que no logre cruzar el cerco. –toma aire.- Señor, deseo… que el prisionero Pierce sea sacado de su aislamiento y que sea recluido, solo, en su celda.

   -¿Qué? ¡Mato a un hombre! –se ve confundido.

   -Mucho me temo que ese hombre no fue sino otra víctima de ese monstruo. ¿Nunca le ha parecido curioso que ese crimen lo cometiera un estafador que siempre llevó una vida mimada y cómoda, que fue atacado sexualmente en las duchas y sometido sexualmente por ese monstruo? No, alcaide, no intente negárselo, ocurrió. Ese chico fue manipulado, sometido, Read lo rompió, ¿y cuando existe la posibilidad de que salga va y mata a un hombre, condenándose a no salir de aquí?

   -Como sea, cometió un homicidio a la vista de muchos. –se ve mortificado.

   -Lo entiendo, pero… -se ve igual, molesto consigo mismo.- No hice bien mi trabajo, y él lo pagó. Y otros. Deseo ayudarle.

   -Bien, hágalo, pero sin levantar olas. La comunidad de color puede molestarse acusándonos de favoritismo. La verdad creo que está más seguro quedándose donde está, pero haga como considere prudente.

……

   Todavía echado en el piso, casi catatónico, posición que le brindaba paz, Daniel Pierce se nota laxo, vacío. Sin lágrimas. Ya no puede llorar más por sí mismo. El horror de entender lo que hizo, el terrible daño que se provocó, le ahoga, pero termina aceptando que ya nada puede hacer. Quemó sus naves. Se jodió. Ahora era carne de presidio. Todo había acabado. Read…

   Unos golpes a la puerta le sobresaltan, aunque no se mueve.

   -Hola, princesa. –es una voz masculina, burlona, se deja oír contra la superficie metálica.- Tal vez quieras saber que tu marido se fue. Ya no lo tienes cuidando tu coñito dulce. Estás solita, preciosa, y muchos tenemos ganas de cortejarte. Dime, ¿serás mi puta caliente como lo fuiste de Read? –y estalla una carcajada cascada.

   ¿Se podría decir que Daniel Pierce se horrorizó al escuchar aquello, que estaba solo a merced de mucha gente que ahora tendría todo el tiempo del mundo para hacerle daño? No; ladeado sobre el piso movió la cabeza, alzándola, los ojos en dirección a esa puerta. ¡Robert Read se había largado! Una enorme sonrisa, algo maniática, se dibuja en su cara. Deja caer la cabeza y gira sobre su espalda, estirándose, riendo sin sonido. ¡Libre! La risa comienza a escucharse rota, ronca. Debería sentir miedo ante el futuro sabiendo que su “poderoso amigo” ya no estaría presente después de enemistarle con latinos y negros, pero no le importó. Quedamente rió hasta que los ojos se le llenaron de lágrimas. Feliz.

………

   -No entiendo qué hacemos todavía aquí, jefe. –comenta Sergio Altuve, presidiendo el grupo de tres que entran en la vieja casona con toda la apariencia de llevar tiempo deshabitada a pesar del mobiliario.- Debemos salir del estado.

   -A estas alturas todo debe estar cerrado. –comenta Read, recorriendo el lugar con la mirada. Era tal como le dijeron que sería. Todo cubierto con sábanas polvorientas. Excepto una mesa para cuatro, de madera, con una cava sobre ella y una caja tipo estuche a su lado. Sonríe al ver a sus cómplices ir hacia ella.

   -¿Qué tenemos aquí? –pregunta Eugene, el tipo calvo.

   -Vituallas. –informa de pasada Read, quitándose el saco que le cubre. Una vez asesinado el vigilante gordo, el trío partió de ahí a la carrera, dejando la muy vieja camioneta modificada, que le aseguraron no podría ser rastreada, en un callejón donde encontraron el nuevo vehículo, también viejo, pero discreto y anónimo. Era parte de sus arreglos, como las ropas de civil en el asiento posterior. También esa casa. Y la mesa.

   -No entiendo cómo pudo arreglar todo esto estando encerrado. –Sergio abre la cava y ríe, hay cervezas frías, saca tres.

   -Tengo amigos fieles. Y socios. –ataja una cuando se la lanza, destapándola y bebiéndola. Ah, se sentía tan bien.

   -¿Y esto? –pregunta el otro, también cerveza en manos, abriendo el estuche. Dentro hay dos habanos… y una enorme hipodérmica llena de algo claro.- ¿Qué es?

   -¿No reconoces un buen habano? –responde burlón Read, bebiendo, acercándose a la mesa, los ojos fijos en los socios que uno al lado del otro miran la jeringa.

   -No, en serio, jefe, ¿qué es? –insiste Eugene, sospechándolo entre divertido y extrañado, elevando la mirada.

   Justo a tiempo de ver a Read medio inclinarse, meter una mano bajo la mesa, tantear, halar algo y sacar una automática, negra y reluciente, con un largo silenciador, que amartilla. Todo con elegancia y rapidez, cuan coreografía cuidadosamente ensayada.

   Y dispara.

CONTINUARÁ … 54

Julio César.

LA NENA DE PAPA… 10

abril 9, 2016

LA NENA DE PAPA                         … 9

De Arthur, no el seductor.

MAN HOT

   -¿Acaso no merezco un putito que me haga mimos?

……

   -Abre los ojos, mírate. –le ordena Cole, y obedece. Brandon se avergüenza de su imagen en el espejo. Se ve exhausto, rojo de mejillas, brillante de transpiración… ahíto de sexo.- Es tu cara de placer, del verdadero placer, el único que encuentras sobre la verga de un hombre que llene tus necesidades de putita. –le dice con voz muy masculina, ronca, al oído. Obligándole a mirarse, todavía teniéndole clavado con su miembro, que es levemente visible por la forma en que están acostados.

   -Señor Cole… -jadea; y gime cuando esos labios vuelven a su oreja, atrapando, lamiendo, mordisqueando, la lengua queriendo penetrarle el conducto auditivo.

   -Ahora puedes llamarme papi. Quiero ser tu papi.

   -Señor Cole… -se revuelve. No le llamaría así, eso era como demasiado; pero el aire escapa de sus pulmones cuando esos labios le atrapan el lóbulo de la oreja y lo chupan. Al tiempo que esas manos lo recorren y erizan, la verga sale de su culo.

   -Papi, dime papi. No te resistas, no debes. –le obliga a caer de espaldas sobre la cama, piernas muy abiertas, el hilo de la tanga entrando en sus nalgas, la tirita cubriendo su agujero enrojecido e hinchado de donde chorrea el semen del semental.– Mírate. –le ordena otra vez, y volviendo el rostro sobre un hombro, el chico se mira y enrojece más al verse al espejo. La tirita le presionaba; extrañamente consciente de eso, no puede dejar de observar el semen que mana.

   -Señor Cole… -comienza otra vez, pero calla y se tensa cuando sobre sus hombros caen las fuertes manos del hombre, arrodillado en la cama a su lado, aún con la verga enrojecida fuerza del speedos rojo, cubierta de su semen al corrérsele adentro dos veces.

   Brandon se eriza nuevamente, se estremece todo y siente un calorcillo en sus entrañas cuando las grandes y masculinas manos le acarician, masajeándole, recorriéndole los hombros y la espalda, bajando y bajando. Sentir el roce de los dedos contra el borde de la pantaletica de la señora Grace, actúa de manera extraña sobre él, que separa un poco más las piernas. Cuando una de las manos, totalmente apoyada en su baja espalda, con los dedos mirando hacia abajo, se mete dentro de la pantaletica, presionándole adelante y sobre el culo por un instante, no puede contener un corto suspiro.

   -¿Lo ves, bebé? Es así como sé que eres un pequeño mariconcito nacido para ser la ardiente nena de un hombre con necesidades. Tu culo está destinado a ser el ardiente coño ordeñador de mil vergas. No sólo te queda de maravilla esa pantaletica de mi mujer sino que te sientes bien en ella. Te eriza, te estremece. Tu cuerpo se adapta a ella como un guante. –la mano abierta, levantando la tirita dentro de las nalgas, recorre, soba.- Respondes a ella, y a mí. Tu diminuto pene es tan poca cosa que lo cubre la pequeña bolsa de esa pantaletica hecha para seducir. Nunca vas a satisfacer totalmente a una mujer con eso; mi hija cayó porque eres el primer novio. En cuanto vea una autentica verga erecta saldrá corriendo tras ella como perro tras un hueso. Y me cuesta decirlo de mi hija, pero es así. Eres lindo, dulce… débil, sumiso, eso le gusta a las chicas fuertes como ella, pero nunca podrías satisfacerla totalmente. A ninguna mujer, de hecho. No naciste para eso… -sentencia mientras su mano entra en la raja, sube por un glúteo, pasa al otro, acariciante.

   -Señor Cole… -lloriquea una negativa, angustiado de que aquello que oye sea verdad, pero aprieta los labios.- ¡Hummm! –la mano que se movía sobre sus nalgas, y bajo la tirita del hilo, fue a su raja, recorriéndola, y un dedo se hundió con una facilidad abismal dentro de su culo usado y enlechado. Mientras las gruesas y largas falanges se hunden, el semen las rodea y sale. Y la sensación tensa al chico sobre la cama.

   -Dime papi. –Ese dedo entra y sale, cogiéndolo, pronto otro lo acompaña y escucharle gemir le eriza, verle estremecerse le gusta, esos dos dedos entrando y saliendo lo trabajan hasta lograr que bailotee su culo.- ¿Lo ves? Tu pene es inútil para darte placer, o darlo; tu culo, o mejor dicho, tu coño, es otra historia. Acéptalo, bebé, no eres un chico como los otros, eres una hermosa y fascinante mariposa que nacerá de los güevos de los hombres. Y mientras más rápido lo aceptes, será mucho mejor para ti, así podrás vivir plenamente. Nunca ninguna mujer será feliz contigo; si te casas, te engañará o dejará. –le dice bajito acercando el rostro a una de sus orejas, metiéndole y sacándole los dos dedos del cálido culo que se abre y cierra sobre ellos.- Olvida la idea de las novias, de casarte, de tener hijos. Eres una nena. –le mete la mano bajo el regazo, contra el colchón, atrapándole el pene, pequeño pero duro dentro de la pantaletica, y lo aprieta haciéndole gemir.- Esto es tu clítoris, que se inflama y te brinda placer cuando tu coño… -le entierra  hondo los dedos y mece la mano, haciéndole gemir.- …Es usado por un hombre.

   -No, no, soy un hombre. Usted… usted… No diga esas cosas, señor…  -lloriquea y se resiste. Súbitamente calla después de lanzar un jadeo, alza el rostro, abriendo mucho los ojos y la boca cuando esos dedos salen y regresan tres; atados entre sí, frotan y entran, lentamente.

   -Papi, tienes que llamarme papi, nena mía. –lo coge así, sonriendo torvo, cruel.-Debes aceptarlo para ahorrarte angustias, inseguridades y miedos sobre lo que eres. –calla oyéndole gemir, viéndole babear, sus nalgas subiendo y bajando, buscando los dedos, frenético. Sonríe imaginando la mortificación del chico.- Anda, dime papi… Te quiero, papi… -el chico ronronea pero no lo dice.

   Un bib, les distrae. Sin sacarle los dedos, aunque ahora los dos están quietos, Cole toma de la mesita su teléfono, lee y frunce el ceño.

   -Están llegando. Grace y Nelly.

   -Oh, Dios. –brama aterrado Brandon, queriendo ponerse de pie, pero una mano de Cole le empuja y retiene contra la cama mientras los dedos siguen hurgándole, cogiéndole.- ¡¿Qué haces?! Ya vienen. –estalla, roto y casi histérico.

   -¿Quieres que me detenga y te suelte?

   -¡Si! –jadea. Como calla, el chico le mira sobre un hombro, desvalido.- Por favor, señor Cole… ¡No quiero que me vean así! –ahora si se oye histérico.

   -Sabes lo que tienes que hacer. –le ve tragar, la humillación humedece de llanto sus ojos.

   -Por favor… papi, déjame ir. –las palabras le salen con dificultad, y le erizan.

   -¡Hazlo como es! –ladra.- Mira que ya están cerca.

   -Por favor, papi, me gusta que juegues con mi coño, estoy mojada y caliente, pero van a venir. Déjame ir, por favor, papi. –lágrimas ruedan por sus mejillas.

   -Está bien, preciosa. Todo por mi nena. –y aún tiene el descaro de bajar el rostro y besarle en una sien.

   Alucinado por todo lo ocurrido, y por el temor que sentía crecer dentro de sí de ser descubierto bañado en semen, usando unas pantaletas de la mamá de su novia, el joven, al verse libre, saltó de la cama y corrió por la casa, limpiándose las lágrimas, alcanzándole el tiempo de ver a Cole arrancando las sábanas de la cama y volviendo el grueso colchón, con una sonrisa en su rostro, como si le divirtiera todo aquello. Agotado, no deseando pensar en el dolor de sus mandíbulas, o el de su culo muy irritado, corrió y se lanzó a la piscina, lavándose los rastros de semen. Saliendo de la pantaleta y secándose con la toalla, regresa a la vivienda por sus ropas, oyendo como la puerta del estacionamiento se abre y penetra un auto. Casi temiendo sufrir un desmayo por la carga nerviosa, se viste y muy pálido y tembloroso se ve al espejo, labios rojos e hinchados también. ¿Notaría alguien que había sido recién follado y desvirgado? Cierra los ojos y respira profundamente. Escucha voces, bajas, fuera de la casa y sale, con su pantalón, sin zapatos o franela.

   -¡Cariño! –gime sonriendo Nelly, rodeándole el cuello y besándole en los labios, sorprendiéndole, ¿encontraría algún lejano sabor al semen de su padre? La aparta.

   -Oye, no sabía que tu madre y tú saldrían.

   -Fue cosa del último momento, espero que papá te haya atendido bien. -le sonríe sin percatarse de que el joven se estremece y que mira al hombre, que en esos momentos, cubierto de gotas de agua, seguramente lavándose también en la piscina, besa a su mujer, quien le mira con adoración.

   -Hice lo que pudo para entretenerlo. –todavía tiene la desfachatez de comentar Cole.

   -Muero de hambre. –gime Nelly, oliendo la parrilla, sonriéndole a Brandon.- ¿No se te antoja un buen pedazo de carne caliente? –y se vuelve, sin notar que enrojece salvajemente.

   Almuerzan algo, toman cervezas, aunque Brandon se jura que no ingerirá mucho alcohol. Nelly finge molestarse con su padre por no darle un bañador a Brandon, este, hablando por teléfono, rueda los ojos. Entrando a la vivienda y saliendo con un bermudas a media piernas, la joven se lo tiende a su novio. A decir verdad, este quiere irse, pero entra en la casa y se cambia. Maldito sujeto, ¿por qué no le dio ese bañador desde el principio? Se habrían ahorrado toda esa locura que… Sale y les encuentra sentados en las sillas de jardín, serios, todos mirándole. El corazón le late con dolor en el pecho.

   -Brandon, papá me dijo algo que no me gusta para nada.

CONTINÚA … 11

Julio César (no es mía).

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 52

abril 5, 2016

… SERVIR                         … 51

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

NOTA: Robert Read es un monstruo maldito. Se los dije.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

UN CHICO SUMISO

   Un chico abierto a nuevas experiencias.

……

   -¡Doctor! –Jodie, rostro desencajado, entra en la oficina de Jeffrey Spencer, donde el hombre recogía unos papeles para dirigirse a los tribunales. Se le había hecho tarde porque no tenía ningún interés en esa cita.

   -Hey, ¿qué tienes? Parece que viste un fantasma. –se intriga. Le agradaba esa chica leal y discreta que le había demostrado ser una amiga. Por eso le inquieta verla tan agitada.

   -Escapó, doctor. Robert Read escapó de sus custodios cuando iba a los tribunales y anda fugado. –casi grita, realmente alarmada, como lo estaría todo el que supiera de las intimidades del caso del peligros convicto.

   -¡¿Qué?! –granza el hombre, boca muy abierta, sintiendo que todo pierde consistencia por un momento. No, no podía ser. Debía tratarse de un error. Miedo, es lo siguiente que siente, luego frustración y rabia. ¿Cómo había ocurrido eso? Ese monstruo… Y una idea penetra en su mente, congelándole, erizándole todo, casi humedeciendo su mirada. Claro, todo había sido una trampa.- Oh, Dios mío, ¿qué hice? -se deja caer sobre su sillón, las nauseas subiendo algo amargo a su garganta. La mira fijamente.- Esto es mi culpa. –grazna nuevamente roto.

   -Claro que no. –aclara ella pero se muerde los labios, disculpándose.- Aunque por algunos comentarios de prensa, pareciera que si… Los periodista llegaron antes que la policía al lugar de la fuga y…

   El aire abandona los pulmones del joven abogado, por su boca abierta. Cierra los ojos. ¡Era su culpa! ¡Él había contribuido a su fuga!, la idea, terrible, era tan evidente ahora que siente deseos de golpearse la frente contra su escritorio. Su móvil comienza una frenética tonada, una que le hace saltar por la sorpresa. ¡Owen!

   -Aló… -responde frenéticamente, tiene que hablarle. Hay un leve silencio.

   -Abogado, ¿cómo está? ¿Supo la noticia? Me liberaron. –y hay una risa desagradable que le hiela la sangre.- Le llamo para agradecerle y porque necesito un favor. Deseo encontrar a todos mis amiguitos antes de partir. A todos. –el tono es ominoso.

   Con rostro de espanto, boca muy abierta, Jeffrey aparta el aparato de su oído. Quien le llamaba era Robert Read.

   -Read… -grazna, Jodie se lleva una mano a la boca para contener un jadeo. Como puede, Jeffrey le indica que salga.- ¿Dónde está? Como su abogado debo aconsejarle que se entregue y…

   -¿En serio?, ¿jugaremos a eso, abogado? –la risita al otro lado le silencia. Un tenso silencio que se prolonga y el abogado traga saliva.- Deja de sudar frío, no iré por ti. Bastante te debo –y ríe, sabiendo que le hace daño.

   -¡Nunca quise…! –grita pero se controla.- ¿Qué pretende? –reclama, asustado y rabioso.

   -Repito, no iré por ti, pero necesito encontrar a mi quería Marie, ¿sigue en la ciudad? ¿Ya conoces su secretito? Es pequeñito, créeme.

   -¡No le diré nada! –ruge.

   -Bien, sé dónde vivía antes. Iré por ella. Dígale al detective Selby que en su momento regresaré, a visitarle, hay… cuentas pendientes entre ambos. Pero ella pagará primero.

   -Si se acerca a Owen… -comienza rabioso, conteniéndose tarde. La risita se repite.

   -¿Owen? ¿Así nos llevamos? Ya veo, ¿no me agradecerás el haberte llevado a él? Es una pena, abogado.

   -Déjele fuera de esto. –brama alarmado. Intenta controlarse cerrando los ojos y frotándoselos tras los lentes.- ¿A qué se debió todo esto, Read?

   -Perdí mis juicios, abogado. Todas mis apelaciones. Todo fue culpa de su detective, creí que… en algún momento, escarbando más, miraría hacia Marie; pero le caí tan  mal que fue conveniente que todo me señalara. Fue su error. Y el mío. Mi sentencia de muerte había sido confirmada, mientras llegara el tiempo podía continuar intentando impugnaciones, pero con todo lo que se encontró en El Matadero, con los cuentos que se escuchaban sobre mí, sabía que no habría chance de ganar. No era popular, nadie alzaría banderas por mí. Estaban esos cuerpos… Por eso odié tanto a ese viejo repulsivo, Martens. –hay un silencio.- ¿Encontraron lo que había en el sótano de mi nueva propiedad? –Jeffrey se tensa, la risita de Read le eriza mas.- Ah, ¿aún no lo saben? Fue mi intento de despejar El Matadero, pero ese viejo ruin se interpuso. Por eso tuvo que pagar. Me divirtió lo que le hice a su hijo, el negrito marica; eso lo distrajo, mientras buscaba al hijo puteando en las esquinas, por drogas, yo llevaba lo que podía a esa casa. pero no fue suficiente. Casi me había resignado a esperar mi muerte cuando logré conseguir un compañero de cuarto. Tiré de muchos hilos para conseguirlo, así como mi movilidad dentro del penal. Mucha gente me debe  favores y secretos. Al principio sólo esperaba divertirme, pasarla bien atormentando… y transformándole; pero fue conocer a mi compañero de celda, a ti y a ese vigilantico de mierda, y que se me ocurriera la idea de escapar. En tu caso, te reconocí como un reprimido que se negaba cosas. Tan correcto, tan honesto, tan asustado de ti mismo… Sabía que montarte en la negra y gruesa verga del jefe Slater abriría un mundo frente a tus ojos, como abriría tu culo. –Jeffrey no quiere escuchar, arde de rabia, pero no puede colgar.

   -¿Qué hizo?

   -Lo sabes.

   -¡Dígalo! –ruge ronco, furioso.

   -Tan correcto, tan decentico, queriendo serlo y parecerlo ante los demás… pero sobre esa verga negra y dura, gruesa y nervuda que rasgó tus inhibiciones supiste lo que querías, aunque luego corrieras a ocultarte otra vez. Por eso te envié con el maldito policía que investigó mi caso. Un sujeto listo, en cuanto me vio todos sus instintos le dijeron que era culpable, y no se equivocó, lamentablemente el sistema necesita sustentarse en pruebas, evidencias o certezas, ¿verdad? Si conseguía que dudaras que hice todo aquello, lo que podía ser por lo que encontrarías, te lanzarías en mi defensa. Aunque te pareciera una persona horrible no podrías vivir sabiendo que dejaste morir a un hombre por un crimen que no había cometido. Conociendo al detective Selby como le conocí, sabía que existía la posibilidad de que estallaran chispas entre ustedes dos, y eso le obligaría a ayudarte. Juntos irían tras Marie Gibson, eres decente, él también, imaginé que eso les impulsaría a buscar la “verdad” que dejé allí para quien investigara. La duda estaba en tu mente, tú la metiste en la de Selby… -otra pausa.- Como él debe haberse metido ya en tu culo, ¿no es así? –ríe.

   -Hijo de puta.

   -Necesitaba que dudaras de verdad, porque eso te haría luchar por mí. Qué investigaran a Marie, lo sabía, haría que esta desapareciera haciéndola verse culpable. Y si, ella tiene mucho que esconder, pero no estos crímenes… Hace muchos años, siendo un chiquillo pequeño de estatura, flaco y débil, fue violado reiteradamente por su padre y su hermano mayor en la granja de cerdos que tenían, de manera brutal, con golpes, ofensas y feroces correazos, lo cogían placenteramente mientras le gritaban que se lo hacían por marica, que era su culpa; todo eso sin que su madre interviniera. Casi no puede culpársele de que les matara a todos una noche… después de que nos conocimos, por pura casualidad, claro, en una gasolinera donde escapaba por hombres que lo trataran mejor, aunque encontrando siempre a terribles sustitutos de su familia. Un caso sicológico interesante. Lo saqué de allá, le dije que le ocultaría aunque le perseguirían siempre, que debía desaparecer… que como mujer sería irrastreable. Y me lo agradeció, mucho, complaciéndome siempre. Su huida, lo sabía, dispararía todas las alarmas, las incertidumbres, ¿era yo un brutal asesino o lo fingí para proteger a alguien desequilibrado a quien amaba? Complicado, lo sé, pero necesario, ¿sabes cuánto habría tardado en volver a los tribunales sin tu ayuda? Años. Y ya no quería seguir encerrado, maniatado en una celda podía ocurrir cualquier cosa, que se supiera de alguna manera lo de la otra propiedad y que el nuevo juicio se hiciera imposible; también que con el tiempo mis influencias disminuyeran y se agravaran mis condiciones de confinamiento. La sospecha de que pudiera ser inocente de los crímenes, y los favores que algunos me debían en la cárcel, me ayudó a preparar un transporte a mi medida hacía los tribunales. Iba con gente que bajó la guardia y eso me salvó.

   -¿Por qué… por qué me cuentas todo esto?

   -Pensé que te gustaría saberlo.

   -Sí, pero… -busca las palabras.- No lo entiendo, ¿por qué detenerse en su fuga para llamarme y contarme? Sólo imagino una razón, su sadismo. –la risa no le sorprende.

   -Vaya, cómo ha s terminado conociéndome. Aunque tarde. Quiero que vivas sabiendo, en todo momento, que jamás habría logrado mi libertad sin tu ayuda. Que cada cosa que haga de ahora en adelante, sepas que no pudo ocurrir sin tu auxilio. –ríe cascadamente, y Jeffrey se ve angustiado.- Gracias por mi libertad, abogado. Resultaste bueno, muy bueno.

   -No. No, yo…

   -Cómo gritaron esos cerdos antes de morir en mis manos cuando salí del camión; suplicaron y lloraron, eso me divirtió… pero también me decepcionó un poco. Falta dignidad en este mundo. Piensa en eso. –y ríe de manera enferma, cortando la llamada.

   El abogado le llama, necesita gritarle que no, que no era su culpa, que sólo hacía su trabajo, que nunca le imaginó tan enfermo. Necesita una absolución que sabe no llegará, no de ese sujeto, pero aunque sabe terminada la llamada, continua gritándole.

……

   Aún cuando sabía que debía volver a su puesto de trabajo, abandonado precipitadamente por la preocupación por Curtis, James Slater no pudo concentrarse en nada, no echado de espaldas sobre la cama del muchacho, y con este, vistiendo únicamente el suspensorio corto, de cuero, y el collar, montado a hojarascas sobre sus caderas, cabalgando cuan vaquero, subiendo y bajando el culo apretado, sedoso y caliente sobre su verga gruesa, que lo abrió bastante.

   Debía pero no podía porque estaba viviendo, nuevamente, una de la más calientes, sucias, prohibidas y eróticas experiencias sexuales de su vida. Emitiendo gruñidos roncos de placer cuando esas entrañas adheridas a su miembro iban y venían, masajeándole y apretándole, el hombre entendió que si habían diferencias cuando se cogía a un hombre. Ya lo había sospechado cuando enculó, duro, al abogado aquel, haciéndole gritar, estremecerse y correrse sin tocarse, lo que demostró que también los hombres podían alcanzar una excitación y lujuria sin precedentes cuando sus culos estaban llenos de güevos; pero lo que él mismo sintió…

   Había intentado olvidar aquella experiencia con Jeffrey Spencer, y casi lo había conseguido, pero mientras aquel joven y guapo chico blanco subía y bajaba su cuerpo esbelto y delgado, dándole unas buenas apretadas con el culo, pero también cayéndole sobre la pelvis con todo su peso de joven machito, Slater se dijo que sí, que era la gran aventura. Estuvo con putas antes, cosas del momento, lejos de su esposa o familias, sin sentirse ligado a ninguna en especial, pero ese chico… Le movía cosas por dentro, sin que tuviera connotaciones sexuales.

   Él mismo no podía creer que estaba allí, sobre esa cama, viendo a Nolan Curtis, su joven subordinado en la prisión, enculándose con tal entusiasmo, echando la cabeza hacia atrás, sonriendo, las manos blancas sobre su cintura. El blanco rojizo agujero subiendo, dejando los labios adheridos a la pieza, tragándolo nuevamente. El chico parecía necesitar aquello, mucho, totalmente rojo de cara, cuello y hombros, sus pezones chicos totalmente duros, apretándole con las rodillas por los costados. Y su culo… ese agujero apretaba de manera intensa, las entrañas sobaban y frotaban, el calor era abrasante. Era un joven que, lo supiera o no, en esos momentos necesitaba realmente de un hombre como él, casado, heterosexual (aparentemente), de pecho y abdomen musculosos y gruesos, velludo, con una güevo que podía llegarle al estómago desde su culo. Casado, heterosexual y todo, quería cogerlo más, metérselo todo, y no parecía encontrar la manera. Mientras el chico, babeando y gimiendo con un tono que le erizó la piel, se empalaba, comenzó un sube y baja de sus nalgas, muy poco por el peso del chico, necesitado de metérsela más y más. El tolete negro, emergiendo majestuoso de entre sus grandes bolas, aparecía y desaparecía cuando el blanco, redondo y lampiño agujero lo atendía.

   Aunque llevaba rato cogiéndole, y por lo que imaginaba ya antes algunos lo habían sodomizado antes, no dejó de maravillarle que pudiera abrirse y aceptar su tranca que no era nada pequeña, al contrario, una buena lanza de carne llena de sangre y ganas. Viéndole, escuchándole, sintiendo cómo sus entrañas apretaban más y más, a Slater sólo le quedaba atraparle, también, con las oscuras manos las pálidas caderas, gruñéndole que le mostrara lo puto que era, que se lo ordeñara con ganas. Pero también necesitaba más.

   Le derribó echándole de espaldas, todavía metido en su culo, atrapándole el bonito y enrojecido rostro, ojos velados de lujuria, y continuó cogiéndole con fuerza, con ganas, aplastándolo contra el colchón, toda la cama traqueteando contra la pared. Las nalgas rojizas recibiendo la pelvis del hombre, su culito era macheteado por el gran tolete que casi salía hasta el glande, abultado y amoratado, antes de enterrarse otra vez, al tiempo que las bolas le golpeaban sin descanso. Y mientras se lo hacía, dientes apretados, llamándole putito calienta braguetas, Nolan sólo podía echar la cabeza hacia atrás ojos cerrados, boca muy abierta mientras se corría dentro del chico suspensorio, alcanzando un orgasmo intenso que le elevó a las nubes, al tiempo que Slater, algo que después le avergonzaría un poco, enterró el rostro en su cuello, olfateándole, besándole, lamiéndole, rugiéndole los tómala toda, puto, toma toda mi leche.

   Poco después, ahítos y agotados, yacían en la cama, con Slater preguntándose todavía qué hacía allí, sobre esa cama, todo transpirado, sintiéndose pegajoso, el fuerte olor a sexo llenándolo todo, con Nolan caído sobre él, buscando algo más, como apoyo, compañía. O simple afecto. Estaban muy quietos y silenciosos, al principio, con un televisor a bajo volumen en el fondo. Fue cuando con voz neutra y muy queda, Nolan comenzó a contarle todo. El temor que le inspiraba Robert Read, su aire de maldad, de cruel sadismo al jugar con sus miedos. Dudó, la voz se le quebró un poco, al hablar del ataque del perro, la cogida de este y Read en los patios. El secuestro que todavía no entendía cómo había ocurrido o cómo terminó en un sótano de la prisión, las cosas que este le hizo. Inconsciente de que le abrazó con algo más de fuerza, mirada asombrada y furiosa fija en el techo, Slater escuchaba.

   -No pudo hacer todo eso sin ayuda. –le gruñó afectado, sintiéndole temblar; el joven cuerpo frío de repente. Ni lo que sabía le hacía a ese hombre, Daniel Pierce, quien ahora no podía salir de esa prisión por un crimen que casi se vio obligado a cometer. ¿Acaso le empujaron a hacerlo?- Dime quién o quienes le ayudaron. ¿Fue Lomis?

CONTINUARÁ … 53

Julio César.

DE AMOS Y ESCLAVOS… 31

marzo 29, 2016

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 30

SEXY BLACK MAN

   -Ordene, yo obedezco.

……

   Tembloroso, Roberto se preguntas qué ocurre. Realmente le parece percibir el olor de todos esos güevos blancos que van tensándose ante sus ojos. ¿Los huele o lo imagina, sugestionado? Su mano debe abandonar el tolete del tal Jeremías cuando este, agarrándose un faldón del pantalón abierto, se pone de pie, la tranca blanco lechosa toda dura, apuntándole a la cara, como la del Ruso, y finalmente el otro, parándose también, le cierra el otro costado. Tres trancas en variados grados de blancura rojiza le apuntan, le rodean. Una al frente del mueble, dos a los lados de su cara.

   -Si, negrito, tres vergas blancas para que te atragantes con tus ganas. –le informa el Ruso, echando las caderas hacia adelante.

   Y Roberto se siente increíblemente avergonzado cuando separa sus gruesos labios amoratados, espesando su respiración con anticipación, esperándola. Hay risitas burlonas.

   -Pero qué puto. –comenta Jackson, acercando la suya, rozándole con el glande el pabellón de la oreja derecha, estremeciendo al hombre de color, quien no se mueve mientras sus gruesos labios son recorridos muy lentamente por la lisa punta de la tranca del hombre frente a él.

   -Rommer los sabe elegir. Tíos negros y acuerpados, que pasarían por machos de lejos, hambrientos de güevos blancos. O los hace desearlos. –repite el tipo blanco lechoso, con su tolete aún más pálido, acercándolo también, tibio y liso, recorriéndole el pabellón de la otra oreja. Y a Roberto le cuesta no gemir, mientras separa más los labios y la punta de su lengua contacta con el ojete de aquel tronco, salino, y siente que se quema todo.

   -Negro marica… -mirándole a los ojos le gruñe, oscuro, insultante y burlón, todo a un tiempo, ese sujeto con su peculiar acento, al tiempo que empuja otra vez sus caderas.

   -Ahhh, nada como un chico negro abriendo la boca a la virilidad de un hombre blanco. –gruñe, ronco también, Jackson, frotándole con fuerza la punta de su tolete de la oreja.

   Roberto no escucha nada, no puede mientras, efectivamente, abre más la boca y deja que el güevo de otro hombre penetre su boca, otra vez, empujando la lengua contra el glande, lamiéndolo, succionando al ahuecar las mejillas, casi gimiendo ahogado cuando gotas de néctar escapan del ojete sobre sus papilas gustativas. No necesita más, se tiende hacia adelante y atrapa un tercio del pulsante y duro tolete blanco rojizo, sintiéndolo increíble contra sus mejillas y sobre su lengua, la cual se agita lamiéndole la gran vena de la cara inferior. Y si a eso le sumaba los vaivenes de caderas de los tipos a sus lados, de los frotes que sus vergas le daban en los oídos, y a veces como si quisieran penetrarle por allí, sabe que está completamente perdido.

   -Lo haces bien, puto, pocas cosas superan a un carajo que se muere por tragarte la verga, pero… -el Ruso, mirándole con una sonrisa perversa, se la saca de la boca y le da una leve bofetada, sonora, más humillante que dolorosa. Los otros sonríen, excitados.- ¿Te di permiso de tragarla? ¿Crees que si sientes ganas de mamar un güevo puedes acercarte a un hombre y servirte lo que deseas? La saqué para que la vieras, ¿te ordené que la tragaras? –demanda saber, autoritario.

   -No, lo siento. –Roberto se revuelve en ese sofá, entre los tres hombres y sus vergas pulsantes y algo mojadas en sus ojetes. Irritado por el trato, pero también caliente. Esos olores… Todo lo olvida ante otro bofetón, algo más firme. ¡Qué coño!, debería ponerse de pie y romperle la cara a ese tipo pero traga.- Lo siento… señor. –los otros, que le vigilaban como halcones, parecen relajarse cuando entra en su papel.

   -Está bien, negro. ¿Qué quieres? –le reta cruzando los brazos sobre su fornido pecho.

   Mierda, toda la situación era una locura, se dice con angustia y rabia. Allí estaban, con sus toletes duros y palpitantes, evidentemente deseando que los cubriera con sus labios y atrapara con sus mejillas, mamándolos, ¿por que tenían que ponerse tan misteriosos?

   -Yo… -en su cara se nota la frustración, en sus ojos una mezcla de ira y ansiedad. Y ocurre algo increíblemente humillante, esos hombres, sonriéndole de manera perversa, cruel y burlona, agarran con una mano las bases de sus vergas y comienzan a agitarlas, de arriba abajo, como niños tentando a otro con golosinas (o algún aberrado a un chico), y las miradas del hombre de ébano van de una a la otra y la otra.

   -Habla, negro maricón, dime qué quieres. -el Ruso repite la orden, cruel.

   -Quiero chupártela. –admite, bajito, hay risas burlonas de Jackson y Jeremías.

   -¿Cómo dices? –le mira a los ojos.

   -Quiero chupársela… señor. –se siente muy humillado, lo raro era que eso le producía un calor intenso en las entrañas, un fuego que le hacía latir la verga bajo las ropas y endurecer las tetillas, claramente visibles en esos momentos.

   -Ah, quiere mamar güevo… -el Ruso parece fingir caer en cuenta.- ¿Te gusta mucho mamar güevos? ¿Sentir uno tieso y caliente metiéndose entre tus labios gruesos y cayéndote sobre la lengua? ¿Te eriza, te hace gemir de gusto, todo tú siente que quieres chupar como un chivito? –a pesar de su lengua enrevesada, lograba ser claramente gráfico. Roberto está amoratado de vergüenza, de humillación… y excitación. La risita de Jackson no aligera la vaina.

   -¿Cómo un chivito? No, como un becerrito. Mamar como el becerro que es. Eres eso, ¿verdad?, un becerro. Te mueres por tener en tu boca nuestros güevos, chupándolos, bebiendo de ellos. ¿No es así?

   -¡Si! –estalla, su pecho subiendo y bajando.- ¡Quiero mamar güevo! –ruge frustrado por ese juego. Lo grita muerto de vergüenza pero decidido a terminar con eso, para que le dejen atrapar con su boca esos toletes y ya. Una risa femenina le distrae y casi muere de humillación al ver a una bonita mujer detenida, copa de vino en la mano, en la entrada.

   -Siempre son los que parecen más machos los más maricones. –ríe nuevamente y se aleja.

   Dios, la puerta que daba a ese pasillo estaba abierta. Iban a hacerle mamar, porque sabe que terminará mamando güevos hasta que le salgan por las orejas, igual las leches, con la puerta abierta, para quien pasara… Angustiado como está, claramente no le gusta el exhibicionismo como a Gregory Landaeta, se le pasa por alto la mirada que intercambian los otros tres. Esos sujetos saben que todavía hay una chispa de resistencia dentro del musculoso y joven macho negro, algo que esperaban. Son plenamente consientes de que Hank Rommer gusta de hombres que peleaban para intentar perseverar como heterosexuales… aunque no lo fueran. Saben que tienen que “presionar un poco más”.

   Así, mientras aún duda, sonriendo torvamente, el Ruso da un paso al frente, agarrándose aún la base del tolete, y lo agita sobre los gruesos labios húmedos del hombre de color, la rojiza cabeza del pene contrastando con los labios amoratados. Los otros dos también dan un paso, y con un jadeo, que consigue que algo del glande de el Ruso entre, sin hacerlo totalmente porque este usa su tranca únicamente como “varita mágica”, Roberto siente en su frente como le rozan, frotándose, una y otra vez, los toletes de esos otros dos carajos fuertes, masculinos. Atractivos. De güevos blancos sobre su piel oscura. Tres tolete se agitan sobre él, el Ruso se le encima más y Roberto es inconsciente de que echa su rostro hacia atrás, boca abierta, y que facilita el trabajo a los otros.

   -Este maricón se está cociendo en su jugo, ya quiere mamar. –ruge el Ruso, insultante, mirándole burlón, medio metiéndole y sacándole la punta de glande, sin dejar que los gruesos y babeados labios lo atraparan del todo, aunque Roberto se aplicaba para lograrlo.

   -Ama los güevos blancos. –se ríe, de manera algo cascada, el pálido Jeremías.- Intenta que no se note, pero saliva como perro hambriento.

   -Vamos a ver si puede ocultarlo. –reta Jackson.

   Y demostrando que lo han hecho antes, como manada de machos alfas que cae sobre el marica en un salón cualquiera, al tiempo que el Ruso aparta más su tolete de aquella boca, tres güevos blanco rojizos, surcados de venas, caen sobre la negra cara, frotándose mientras mesen sus caderas, la cara interna de la vara de Jeremías le roza la frente sudada, quemándole de manera maravillosa; la de Jackson cae entre su labio superior y las fosas nasales, rozándole, obligándole a oler la carne del macho cabrío, aspirando con ansiedad (el aroma de la dura carne del hombre); la del Ruso, medio ladeada, se le frota del mentón, sobre una mejilla y pómulo. Roberto, bajo los tres güevos, jadea, y enloquecido de lujuria menea el rostro, abre los labios, quiere sentirlas, calientes y pulsantes contra su piel, el olor embriagándole, notando gotitas que manan de los ojetes y le bañan. No sabe que tiene los ojos cerrados, que gime roncamente, ardiendo de ganas, que busca esos contactos, no oye sus risas. No sabe que algunas personas, hombres y mujeres, le miran desde la puerta, sonriendo burlones… muchos móviles alzados grabándole al estar tan loco de calenturas.

   Lo que le harían esos tres sería inmortalizado y compartido por muchos.

……

   -¿Está segura de la dirección, señora? –pregunta el notario, divertido secretamente del predicamento de la mujer, y peor, del mal momento que pasará el marido.

   La hermosa mujer se detiene en la entrada del establecimiento y se vuelve hacia el hombre cuarentón, algo obeso con gesto sardónico, franqueado de dos testigos que este trae.

   -Lo estoy. Mi marido está en uno de estos cuartos con una puta con la cual me engaña. Quiero dejarlo… y quitarle todo en el divorcio. Lo merezco. Quiero que atestigüen su engaño, su traición y vileza. El ultraje que me hace. –agrega, digna, solemne…

   Marjorie Castro estaba a punto de joder, bien jodido (aún más de lo que su amante negro lo hace en esos momentos), a su futuro ex, Bartolomé Santoro. Le pillarán en el acto.

CONTINÚA … 32

Julio César.

OSCURO AMOR… 12

marzo 18, 2016

OSCURO AMOR                         … 11

Por Leroy G

hombre marca pene

   Le quería únicamente así… o con menos ropas y vellos…

……

   El güevo se retira lentamente, casi todo, halándole los pliegues del esfínter, haciéndole gritar de calenturas sobre el mueble, tensando sus piernas, flexionando los dedos dentro de los zapatos; cuando vuelve a entrar, ese tolete lo hace con un solo golpe, duro, decidido, y Mauricio echa la cabeza hacia atrás, lanzando un ronco grito de lujuria y entrega, uno que sabe han emitido los muchos carajos que ese tipo ha follado en su habitación. Pero no puede detenerse a pensarlo o procesarlo, no cuando Marcos comienza un rítmico, vigoroso y agitado mete y saca de su culo, rápido, frotándole, rascándole, estimulándole, quemándole, bañándole con sus jugos, dándole una y otra vez allí, en ese punto que le hace gritar y casi sollozar como una nena, de puro e intenso placer. Su cuerpo grande, joven, musculoso y varonil se ve estremecido por una pasión y goce nunca antes experimentado mientras el otro joven le trabajaba incansablemente el culo con su verga.

   -¡Hummm! ¡Hummm! ¡Ahhh! –escapan traicioneramente de la boca de Mauricio, labios húmedos de lujuria, mejillas teñida de rojo por el deseo.

   -Oh, sí, gózalo, putito, gózalo; quiere verte, escucharte, deseo que me muestres cuánto te gusta que te haga mi hembra. –le ruge Marcos, tendiéndose sobre él, mirándole obsesivamente fijo.- Eres mío, mi hermoso Mauricio. Mío para siempre. Nunca podrás dejarme. Nunca te dejaré ir. –le enfatiza casi con rabia, mientras lo coge con ganas, sacándosela y clavándosela con fuerza, estremeciéndole sobre el sofá donde el otro apenas ha sido desflorado.- Tan bello… tan puto. Mi puto.

   Pero a Mauricio no le importan las palabras o el tono, o la violencia de las embestidas, su culo no se resiste, de alguna manera se abre totalmente para dejar entrar y salir el pulsante miembro que le quema y roza, despertándole ansiedades desconocidas y que necesitaban ser satisfechas o cree que morirá de calenturas. Algo tibio y untuoso, como el sudor, le envuelve de un placer que nunca antes había imaginado. Es totalmente inconsciente del cabello que le cae sobre la frente, de su rostro de puto gozando, de los gemidos que escapan de su boca. De lo hermoso que se ve a los ojos del otro. Ignora que era la viva imagen de esos carajos que había escuchado, pared de por medio, a quienes Marcos poseía en su cama.

   -Oh, Dios, te ves tan hermoso con mi verga en tu culo, es como si hubieras nacido para tomarla; sabía que así sería, putito mío, tú y yo, juntos. –oye la voz alegre, ronca y dominante de Marcos, y siente un estremecimiento en su joven y fuerte corpachón.

   Mauricio podía estar sufriendo de alguna debilidad de fortaleza, de ánimos, pero su cuerpo era una maravilla, los hombros anchos, los pectorales pronunciados que levantaban la franelita y que en esos momentos eran recorridos por las manos de su hombre bajo esta, sus pezones largos, duros, erectos, tan sensibles al roce de los dedos del otro, a las haladas, gimiendo sin poder contenerse. Sus bíceps son bolas duras que Marcos palpa con codicia (todo eso era suyo), sus muslos son un poema, así como sus nalgas. Todo eso lo toca el otro joven mientras le coge. En un momento dado, clavándosela toda, inclinándose hacia él, le acaricia un bíceps, besándolo luego, los labios recorriendo la masa dura de músculos, haciéndole gemir al verse obligado a elevar más sus caderas, el tolete palpitándole clavado en las entrañas.

   -Tan hermoso, tan fuerte… y sólo mío. –repite de manera obsesiva, mientras intenta mordisquear ese globo de carne, lengüeteándolo.

   El roce del saca y mete contra las paredes de su recto, que parecen arder de manera intensa produciéndole un goce indescriptible, las sobadas y besitos que Marcos repartía sobre su musculoso cuerpo, las palabras que soltaba, todo eso tenía a Mauricio totalmente enfebrecido. Su mente es una sola idea, una única experiencia, había un único objetivo: sacarle todo el jugo al momento que vive. Cuando la verga del otro joven se le mete, toda, abriéndole el redondo anillo del culo otra vez, grita quedamente, mentalmente reconociendo que eso le gusta, que le encanta que Marcos le clave su tranca. Ignora que en esos momentos comienza a chillar pidiéndole más, que lo coja fuerte, que le destroce el culo. Las palabras salen de su boca porque quiere, también porque algunas son emitidas por ese compañero de piso que estaba jodiéndole, indicándole qué decir, sentir o hacer. Su hombre.

   Enloquecido por todo lo que experimenta, le rodea el cuello a Marcos con los brazos, alzando el rostro, buscándole, ofreciéndose, y se besan con mucha lengua, hay muchos chasquidos y sorbidas, mucha saliva. Dos jóvenes y guapos hombres que se comen con ganas, con esa lujuria ruda de machos cabríos. Se besan mientras el cuerpo de Mauricio es estremecido sobre el sofá por la fuerza de las embestidas que el otro le da, sacándole unos pocos centímetros de verga del culo y luego enterrándoselos con fuerza. Si, así, eso es lo que quiere, lo que le gusta, la idea estalla luminosamente en su mente, haciéndole sonreír y lloriquear contra la boca del otro. Así debía ser, eso se repite una y otra vez mientras su cuerpo toma el control. Se besan, los dientes de Marcos le rastrilla la lengua, sus cuerpos se frotan, el güevo va y viene, poquito, pero firme, y el chico piensa que si, que lo ama, que ama a su macho. La idea le maravilla y encanta.

   -Tócate para mí… -le ordena Marcos, dejando su boca, elevándose sobre su rodilla en el mueble, cogiéndole todavía.

   Y sonriendo con extravío, totalmente caliente, Mauricio lo hace; sus manos grandes y fuertes suben la camisetica y recorren sus pectorales impresionantes, pellizcando suavemente sus pezones largos y llenos de sangre. Baja las manos por su abdomen, erizándose, sobarse así, mientras otro hombre le llenaba con su verga de una manera intensa, era sencillamente alucinante. Y se tensa, notando como el tolete en sus entrañas se pone muy duro y caliente. Clavándoselo otra vez, gruñendo entre dientes, mirándole fiero, Marcos se corre en sus entrañas.

   Mauricio boquea y abre mucho los ojos, todo le da vueltas en una deliciosa vorágine de lujuria al sentirlo, el güevo pulsante, vital, golpeándole muy adentro con sus trallazos de semen. En su mente todo era alucinante. Aunque se corría, Marcos seguía medio sacándola y metiéndosela, jodiendo aún su culo ávido, y así se corrió también, con un grito intenso, arqueándose sobre el sofá, su verga disparando a su vez la leche, bañándose. La nube de placer que le envuelve en esos momentos es increíblemente maravillosa.

   -Vamos, pasa, putito mío. –ordena Marcos, poco después, totalmente desnudo sentado sobre su cama, la espalda contra esa pared que separa los cuartos.

   En la puerta, Mauricio le mira, sonriendo de manera algo tonta, dirigiéndose a su encuentro, casi totalmente desnudo como no sea por la pequeña prenda íntima que ha vuelto a colocarse, manchada ahora con semen. Se veía caliente, tan joven y fornido, bien constituido, agraciado de cara… con esa vainita mojada que apenas le cubría.

   Y fue una noche de locura, en cuanto se inclinó sobre la cama, Marcos le atrapó la nuca con una mano, obligándole a llevar el rostro hacia su tranca. Fue algo automático, mientras bajaba abrió la boca y los tersos labios rozaron la roja cabeza, húmeda y caliente, frotándola, regando los jugos que ya aparecían. La mano hala y se ve obligado a caer definitivamente sobre ella, tragándola poco a poco. Nada más tenerla contra sus labios y mejillas, sobre la lengua, supo que era lo que quería, todo su cuerpo se erizó y tragó más, bajando, luego subió y bajó, unos pocos centímetros, chupando.

   -Hummm, si… -Marcos gruñó, sonriendo.- Traga así, putito, cuidado con los dientes. –sonrió, al igual que cuando le cogió, llenándole el culo la primera vez, y fue totalmente consciente de que era virgen, supo que es la primera vez que el otro mamaba un güevo. Pero ya se acostumbraría, terminaría amando el suyo, de hecho todos los güevos del mundo, se dijo socarrón.- Ahhh, si, Mauricio, trágatelo todo como tanto has soñado, bebé hambriento.

   El otro respondió subiendo y bajando los tersos y húmedos labios sobre la blanco rojiza carne nervuda, goloso, con mayor ímpetu. Marcos sonreía más, llevando las manos tras su nuca, relajándose, notando la boca moviéndose sobre su tranca, esta abultándole una mejilla en un momento dado. Como buen maestro le guió…

   -Eso es, atrapa con la mano la base, ahora lame la punta, recorre con la punta de la lengua todo el glande, lo liso, el ojete, lo corrugado. Hummm, sí, besa el ojete, a los hombres nos gusta cuando los putos nos lo hacen. Deja los labios y chupa. Si, así, te gustan esos juegos, ¿verdad? Hay algo en ellos que envician a quien los prueba. Ahora lámelo todo, de arriba abajo mientras me masturbas también. Déjamelo brillante con tu saliva, pegajoso. Oh, sí, sube; lame y besa, chupa y mordisquea, ahora trágalo todo…

   Mauricio, con entusiasmo, obedeció cada indicación, sorbiendo con ganas. Al macho dominante le gustaba verle hacerlo, pero quería más. Bajó las manos y atrapó la nuca sedosa y transpirada del otro, y comenzó a cogerle la boca, elevando y bajando sus nalgas de la cama, obligándole a mantenerse ahí, a tragar más y más. Marcos disfrutó oyéndole ahogarse, sufrir arcadas, ponerse todo rojo, la cara, la nuca, los hombros musculosos y anchos; con los buches de cálida saliva cayendo. Le vio estremecerse y tensarse, sabiendo que tenía el glande prácticamente atorado en la garganta del hasta hace un rato virgen compañero de piso.

   -¿Te gusta, putito? ¿Te gusta chupar mi güevo? –le preguntó, ojos brillantes de control y maldad, retirándole de su tranca. Se miraron.

   -Sí, me gusta. –admitió Mauricio, la mente en blanco, lleno de ganas. La sonrisa del otro es intensa.

   -¿Quieres que sea tu macho, Mauricio? ¿Qué te llene con mi amor cada mañana, tarde o noche? ¿Te quedarás conmigo para siempre, en pantaletas y tangas, sirviéndome, amándome, satisfaciéndome?

CONTINÚA … 13

Julio César.

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 51

marzo 16, 2016

… SERVIR                         … 50

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

NOTA: Robert Read es un monstruo maldito. Se los dije.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

SEXY BLACK MAN

   -Dios, ¿cómo me metí en este lío… y ese chico?

……

   La casa vieja y solitaria desde hacía bastante tiempo, tiene un aire lúgubre que sólo se agrava con el olor a humedad, piensa Owen Selby recorriendo la sala desprovista de mobiliario visible, hay cajas y cosas cubiertas con mantas, nada más. La luz eléctrica no funciona. Si el jardincillo le había parecido feo, y el patio totalmente abandonado a animales como serpientes y no cree exagerar (lo recorrió minuciosamente buscando montículos sospechosos de tierra), el interior de la vivienda era aún peor. Se movía con discreción, no tenía una orden, ni un motivo para entrar en la propiedad que Robert Read mantenía en esa comunidad. Pudo haberla conseguido fácilmente, era un peligroso delincuente casi acusado de canibalismo, pero habría llevado días y le enfrentaría, al menos profesionalmente, a Jeffrey, y la cosa era de afán, detenerle por algo antes que consiguiera beneficios procesales.

   La cocina está igual de mal, los baños de ese piso muestran costras viejas de abandono y dejación. Y es entre la cocina y uno de los baños donde se encuentra la puerta que da al sótano. Está cerrada, la única hasta ahora, y su corazón bombea feo. La cerradura es vieja y el candado aguanta más que la chapas cuando presiona. El olor a polvo y humedad es casi insoportable. Intenta con el interruptor pero claro, el bombillo no enciende. Suspira y linterna en mano revisa el oscuro marco de la entrada y las escaleras. Desciende y el olor se incrementa, haciendo pensar en cientos de ratas muertas en un ducto de aire. Es un sótano largo, con cajas, botellas y montones de basura (libros, revistas, juguetes, todo deteriorado) amontonados aquí y allá.

   Baja lentamente, sintiendo esa tensión interna incrementándose inmediata. Su instinto estaba grietándole: “alerta, alerta”. Era el olor… Tierra húmeda, madera y papel putrefactos… la cal. Ilumina la tierra amarillenta, ¿todavía existían los sótanos de tierra? Obviamente sí. El haz de luz, muy lentamente recorre ese piso mientras un feo estremecimiento le eriza la piel. Traga en seco. Ahora entendía. ¡Maldito loco! Saca su teléfono con nerviosismo y lo enciende, no quería atender llamadas, que alguien le preguntara dónde estaba o qué hacía; casi se le cae por el ligero temblor de emoción, marca el número uno de su discado directo, aunque es un número que se sabe de memoria mejor que el de su seguro social. Atienden y se adelanta.

   -¿Adler? Detective Selby. Habla con el equipo forense, necesito que vengan a revisar un terreno. Huele a muertos. –anuncia con voz quebrada. El sonido excitado le llega del otro lado.

   -Detective, por fin le encontramos. ¿Se enteró? ¡Robert Read ha escapado! Violentamente. –casi grita, impactándole.

   Le conocía, era un agente joven muy entusiasta; dar ese tipo de noticias, ser el primero en contárselo a otro, le causaba emoción. Pero a él la boca se le seca, traga con esfuerzo y debe sostenerse con una mano de la pared. No, eso no podía ser, se grita alarmado y furioso. Siente, y nunca se lo contará a nadie, miedo. No uno paralizante o que le haría lloriquear. Pero si, miedo del diabólico y cruel sujeto al que un día encerró tras las rejas confiando que sería para siempre.

   El temor le acaricia la piel de gallina… y eso que ignora que no se encuentra solo en ese lugar.

   -¿Qué? ¿De qué coño hablas? –no puede procesar lo que escucha, aquello no podía ser. Mira el piso de tierra, el cual se le antoja cada vez más siniestro.

   -Escapó, detective. Read se voló, y de manera bastante violenta, por cierto. –hay un silencio de casi divertimento, realmente era un chico idiota, pensó Owen, frustrado.- Como no podían ubicarle se temía que…

   El hombre va a agregar algo para silenciarle, en duro tono, como que dejara de divertirse tanto, cuando una sombra se mueve a sus espaldas. Con la piel erizada se vuelve, teléfono en una mano, la linterna en la otra. Jadea frente al recién llegado, expuesto por la sorpresa de la presencia, ojos atraídos al atizador de chimenea que es firmemente empuñado, listo para golpear.

   -¡Quieto! –la voz colérica, cascada, le sobresalta aún más.

   -¡Detective! ¡Detective Selby? –se oye desde el móvil.

   Owen, por un segundo, no puede responder, totalmente congelado por primera vez en su vida. Había tenido la completa certeza de que encontraría a su  espaldas al terrible y ahora prófugo convicto. Su corazón late con demasiada fuerza, porque, con un sabor salino en la boca, amargo, entiende que podría ser. Ese sujeto podía intentar ocultarse en una propiedad como esa, aunque fuera por unas horas. Pero ahora, la mano no tan firme, con la luz de la linterna enfoca el rostro también alarmado de un hombre negro mayor, quien tiene los labios apretados, decidido, pero también asustado.

   -¡Santo Dios, casi me mata del susto, señor Martens! –a Owen la voz le sale alta, algo quebrada y lo odia.

   -Lo siento… -el anciano farfulla, aferrando más el atizador, intentando mirar en el oscuro sótano.

   -¡Detective Selby! –el grito es tal del otro lado de la línea telefónica que le hace recomponerse.

   -Aquí sigo, muchacho. Prepara un grupo forense. –con voz comedida, de autoridad, da la dirección y las indicaciones.- Voy para allá. –termina la llamada, había que coordinar la cacería del peligroso delincuente, pero antes mira al anciano.- ¿Qué hace aquí? –reclama.

   -Escuché las noticias, ¡dejaron escapar a esa bestia! –ruge furioso, asustado y frustrado.- Se supone que debía ser encerrado de por vida, o hasta que le aplicaran la inyección. Ahora…

   -No sé bien lo que ocurrió, pero no le dejamos salir. Escapó. –y de una manera bastante brutal, se estremece al recordar las palabra de su colega.- ¿Por eso está aquí? -¿acaso está demente?, eso lo pensó pero lo calló.

   -Casi sufrí un infarto de rabia al escuchar la noticia. –traga.- Entonces vi el auto frente a la propiedad. Nadie ha venido desde que ese sujeto está encerrado; pensé…

   -Lo sé. Y pudo ocurrir. –se exaspera.- Señor Martens, ese hombre pudo asesinarle fácilmente si le hubiera encontrado.

   -O yo a él, si le tomo por sorpresa. Ese hombre me hizo mucho daño, detective, no espero que lo entienda, pero…

   -Encontré a su hijo, a Lamar. –le corta, haciéndole boquear.- Está en las calles y no está bien. Le va a necesitar, no puede arriesgarse así. Le llevaré con él. –le ve abrumado, seguramente contemplando toda una vida de trabajo duro para recuperar a su muchacho.- Por ahora, salgamos de aquí. –la luz ilumina el piso de tierra.- Creo… creo que ahora sé que pretendía de esta propiedad Robert Read. Un lugar donde dejar cadáveres.

……

   La reluciente mole de gruesa carne increíblemente oscura sale y entra con rapidez, dureza, avidez y experiencia del redondo y lampiño culo blanco rojizo del chico que lo recibe entre gemidos de agónico placer. Ese tolete va y viene con ganas de eso, de meterse, invadir, abrir y llenar las entrañas de aquel joven que se le entregaba, halándole, apretándole, dándole ricas masajeadas con las cálidas paredes de su recto, algo que todo güevo ama. El jefe Slater, totalmente desnudo, cogía sobre su cama al dueño del apartamento, a Nolan Curtis, el cual únicamente lleva en esos momentos sus botas, el pequeño suspensorio de cuero negro y el collar alrededor de su cuello.

   Después de la mamada en la sala, que le voló los tapones, el jefe Slater decidió que tenía que probar la dulce y rosa cereza del joven vigilante de prisión. No tenía aún la experiencia necesaria para hacerse una idea, pero caliente como estaba por la boca de Curtis subiéndole y bajándole sobre el güevo, recordó lo apretado, sedoso y caliente que había sido el culo de Jeffrey Spencer, y quiso saber si el de su subordinado en la prisión era igual. Por eso le alejó de su tranca, le sacó los dedos del culo, separándolos mientras los sacaba, y poniéndose de pie le miró, desde arriba, la tiesa verga goteando saliva.

   -Quiero cogerte. Duro. –informó, viendo al chico sentarse como mareado, sonriéndole, elevando las manos y metiéndolas bajo los faldones de su camisa acariciándole el recio abdomen, ligeramente curvo pero no mucho.

   -Te quiero dentro de mí, jefe.

   Escucharle, verle así, le puso tan mal como cuando le metía los dedos por el culo, uno que se los amasaba con ganas. Se inclinó y lo tomó fácilmente entre sus brazos, sonriendo leve cuando el chico le rodeó el cuello con los brazos, con naturalidad y entrega. Con su hermosa carga se dirigió a lo que debía ser el dormitorio, el macho negro alto y fornido cargando al joven a quien encularía hasta hacerle gritar de placer.

   Ahora, totalmente desnudo, arrodillado sobre la no muy ancha cama del muchacho, metido entre sus piernas abiertas, aferrándole las blancas caderas con sus manos oscuras, teniéndole acostado de panza sobre el colchón, el culo alzado al tener tres almohadas bajo la pelvis, le saca y mete con rudeza y fuerza el tolete de ébano del muy blanco rojizo agujero, que se abre para recibirlo, cuyos pliegues entran cuando lo penetra, para dejarlo salir luego, los labios de ese culo aferrándolo, cuando se lo retiraba. Y mientras le cogía con todo, gozando de las apretadas y haladas de las ardientes entrañas, aún más excitado al saber que esta jodiendo a aquel chico blanco que lloriquea de manera aguda, que jadea y grita perdido de lujuria (gozaba de su verga, eso le calienta enormemente), sabía que no tardaría en estallar en semen. La idea de correrse dentro del culo de su joven ayudante casi le marea.

   Tal vez debería sentirse mal, piensa, muy de refilón mientras le azota con la mano abierta una blanca nalga, enrojeciéndosela, mientras le grita que apriete más ese culo (así de dual es el alma humana), pero el jefe Slater tiene una buena idea de lo que ocurre en la mente de su joven y bonito subordinado, todo entregado a su hombre, ese chico que le recibía tensando sus glúteos, abriendo más las piernas para facilitarle el paso y sentirla más adentro.  No necesita verle las mejillas rojas, la frente fruncida, los rojos y húmedos labios abiertos dejando escapar sus gritos de gozo para saber que Nolan Curtis amaba sentir un güevo palpitante llenando su agujero secreto del amor.

   -Hummm…. Hummm… -es todo lo que puede gemir el muchacho apretando los dientes, cerrando los ojos, también las manos en puño contra sus sábanas como buscando aguante para todas las sensaciones que lo recorren.

   -¿Te gusta así, Curtis? ¿Te gusta la manera cómo penetro, lleno y saboreo tu cerecita? ¿Puedes sentir toda mi verga metida en tu culo quemándote? –el hombre le clava los dedos en la piel suave, se le tiende un tanto, metiéndosela casi toda, los crespos pelos púbicos sobre la baja espalda del chico, sus bolas sobre la cama.

   Pero no espera una respuesta, no esa; soltándole las caderas, echando los brazos a los lados de sus hombros, manos sobre la cama, y comienza un impresionante vaivén. Su tranca gruesa, nervuda y muy negra sale del redondo y lampiño culo del muchacho, casi hasta el glande, para volver a enterrarse con dureza, dejándose caer, estremeciéndole con la fuerza de las embestidas al ir y venir. Y casi se corrió, teniendo que apretar culo y dientes para contenerse, cuando Nolan Curtis comenzó con un ruidoso lloriqueo tipo ruego, pidiéndole que le jodiera duro el culo, que se lo llenara todo, que no se detuviera, lanzando gemido tras gemidos cuando le cepillaba con tu tranca. Si, él pensaba hacérselo, cogerlo con todo, a fondo, cayéndole encima con todo su peso, clavándole el negro tolete hasta los pelos, y aún así agitando sus caderas de lado a lado para moverla dentro del chico.

   De la roja boca de Nolan escapaban gemidos agudos, excitados, la voz rota de un chico  que gozaba entregándose a un hombre, sintiéndose sobre sí el peso de su cuerpo, el güevo bien metido, quemándole, latiéndole contra las entrañas, unas hechas para eso. Sabía que estaba haciendo lo que debía, lo que le gustaba. Ser follado por un macho. Los brutales bufidos de ese carajo le llenan los oídos, así como sus poderosas embestidas le llenaban internamente. Hacerlo, tenerle así, casi enloquece a Slater, quien se alza, cogiéndole en todo momento, sus nalgas adelante y atrás para sacarle y meterle la tiesa vergas de las entrañas.

   -¡Puto, eres un putito! –le ruge, dominado por una lujuria intensa, y su mano grande, oscura, se alza y cae otra vez, esta vez con mucha más fuerza sobre una de las blanco rojizas nalgas, fuera de las tiras de cuero del suspensorio, y Nolan no sólo gime de cachondeo sino que su culo sufre un espasmo violento sobre la gruesa mole nervuda que en esos momentos lo llenaba.

   Ahora, loco de calenturas, Slater coge al delgado y bonito muchacho blanco, con enérgicas embestidas que hacen chillar la cama, mientras da una que otra nalgada. Pero no es hasta que recorre la espalda, tocando el collar, que se tensa. Lo coge mientras mira ese adorno sexual, y mete sus dedos dentro, contra la joven nuca, aumentando el agarre de la tira contra la garganta del chico, que gime y se tensa, como buscando oxígeno, todo su cuerpo estremeciéndose, refregándose sabroso contra la pelvis del macho, apretándole y succionándole el güevo con movimientos espasmódicos. El hombre saca los dedos y Nolan busca aire con ansiedad, volviéndose sobre un hombro, mejillas rojas, labios húmedos, ojos nublados, con una sonrisa de placer. Y mirándole, Slater vuelve a meter los dedos, clavándole todo el tolete por el culo, y el chico boquea, el collar contra su cuello, luchando por respirar, su culo casi virulento sobre el güevo que lo llena totalmente.

   Momentos después, de espaldas sobre la cama, el delgado pero esbelto muchacho, con los brazos por encima de su cabeza, con abandono, cierra los ojos y echa la nuca hacia atrás, con Slater entre sus piernas que luego cierra, talón con talón tras el macho, reteniéndole, con la baja espalda sobre las almohadas, y el jefe continúa cogiéndole el lampiño culo por debajo del suspensorio, metiéndole y sacándole la gruesa mole de carne dura que palpita y quema en sus entrañas. Eso le tiene enloquecido, la increíble sensación de meter todo su tolete en el culo de un muchacho, de un machito. Y tendiéndose, ahora sus miradas encontrándose, la negra mano va al cuello del muchacho, por detrás, y este alza un tanto la cabeza para permitirle meter los dedos dentro del collar, halando. Sentir que le aprieta nuevamente, como lleva rato haciendo aquel sujeto, pone a Nolan a millón. El hombre lo coge mientras le asfixia, y su cara enrojece mientras su mente es un caos de lujuria, de placer, tanto que del suspensorio de cuero, donde su verga abulta, manan abundantes líquidos pre seminales. Lo tenía tan duro, tan urgido, que baja una mano, pero con la que no usa dentro del collar, Slater se la aleja de un manotón.

   -No, no puedes correrte todavía, pequeño. Lo haremos juntos…

   El chico se estremece, completamente controlado, a merced de los deseos del otro, todo su cuerpo tenso como cuerda de violín listo a ser usado, amando a ese hombre, respirando cuando el agarre se afloja, cosa que no dura mucho, y cierra los ojos, su frente muy tensa, una vena latiendo en su sien. Lo siente, cuando la negra mole sale de su culo, centímetro a centímetro, el roce de esa lisa cabeza caliente. Es perfectamente consciente de su esfínter abriéndose, dejándole entrar, gritando nuevamente de amor por esa negra mole que lo penetraba.

   -¿Qué quieres, pequeño? –Slater pregunta, él mismo ignorando por qué, qué espera escuchar. Se impacta, retirando los dedos del collar, al verle abrir los ojos brillantes de lujuria.

   -Quiero que me cojas como a tu puta. Quiero que me uses. Que me llenes, que me dejes el culo lleno con tu leche caliente. Quiero pertenecerte totalmente. –brama el muchacho, casi sonriendo.

   Y Slater debió volverse loco, pensaría él mismo más tarde, porque esas palabras, tono y gestos de entrega le hicieron delirar, tendiéndose sobre el chico, cubriéndole la boca con la suya, los grueso labios sobre los delgados del muchacho, metiéndole la lengua de manera ruidosa y procaz, saboreándole, poseyéndosela también, al tiempo que le clava muy hondo el güevo que se estremece, muy tieso, vomitando su buena carga de esperma hirviente. Y se traga el gemido agónico de Nolan, su lengua entrando más y más dentro de la joven boca, cuando este aprieta el culo de manera intensa, como para gozar de los disparos de semen en sus entrañas, pero también porque se está corriendo.

……

   -¡Doctor! –Jodie, rostro desencajado, entra en la oficina de Jeffrey Spencer, donde el hombre recogía unos papeles para dirigirse a los tribunales. Se le había hecho tarde porque no tenía ningún interés en esa cita.

   -Hey, ¿qué tienes? Parece que viste un fantasma. –se intriga. Le agradaba esa chica leal y discreta que le había demostrado ser una amiga. Por eso le inquieta verla tan agitada.

   -Escapó, doctor. Robert Read escapó de sus custodios cuando iba a los tribunales y anda fugado. –casi grita, realmente alarmada, como lo estaría todo el que supiera de las intimidades del caso del peligros convicto.

   -¡¿Qué?! –granza el hombre, boca muy abierta, sintiendo que todo pierde consistencia por un momento. No, no podía ser. Debía tratarse de un error. Miedo, es lo siguiente que siente, luego frustración y rabia. ¿Cómo había ocurrido eso? Ese monstruo… Y una idea penetra en su mente, congelándole, erizándole todo, casi humedeciendo su mirada. Claro, todo había sido una trampa.- Oh, Dios mío, ¿qué hice? -se deja caer sobre su sillón, las nauseas subiendo algo amargo a su garganta. La mira fijamente.- Esto es mi culpa. –grazna nuevamente roto.

   -Claro que no. –aclara ella pero se muerde los labios, disculpándose.- Aunque por algunos comentarios de prensa, pareciera que si… Los periodista llegaron antes que la policía al lugar de la fuga y…

   El aire abandona los pulmones del joven abogado, por su boca abierta. Cierra los ojos. ¡Era su culpa! ¡Él había contribuido a su fuga!, la idea, terrible, era tan evidente ahora que siente deseos de golpearse la frente contra su escritorio. Su móvil comienza una frenética tonada, una que le hace saltar por la sorpresa. ¡Owen!

   -Aló… -responde frenéticamente, tiene que hablarle. Hay un leve silencio.

   -Abogado, ¿cómo está? ¿Supo la noticia? Me liberaron. –y hay una risa desagradable que le hiela la sangre.- Le llamo para agradecerle y porque necesito un favor. Deseo encontrar a todos mis amiguitos antes de partir. A todos. –el tono es ominoso.

   Con rostro de espanto, boca muy abierta, Jeffrey aparta el aparato de su oído. Quien le llamaba era Robert Read.

CONTINUARÁ … 52

Julio César.

LA NENA DE PAPA… 9

marzo 8, 2016

LA NENA DE PAPA                         … 8

De Arthur, no el seductor.

CHICO EN TANGA

   Dolido por la ausencia de su papi.

……

   Brandon cierra los ojos, de sus labios más rojos escapan gemidos que nadie podría jamás confundir con dolor mientras sus nalgas, por el agitar que produce el hombre bajo él, van y vienen sin control, no mucho pero suficientemente visiblemente, haciéndole subir y bajar el culo sobre aquel güevo grueso y tieso que lo penetra, quema y que frota sus entrañas, unas que lo aprietan, halan y amasan. Todo gira en su cabeza, que mueve de un lado a otro, ojos cerrados, cuando comprende que está apretando y aflojando más y más su esfínter, para sentir totalmente la pieza del macho en su interior.

   -Si, así, nena, mueve tu dulce coño. –le gruñe bajito, aprobador, el hombre contra un oído, cosa que le hace arder.- Joder, lo tienes tan apretadito y sabroso. –casi aspira aire entre los dientes cuando el chico cae otra vez con uno de esos impulsos, cerrándose con fuerza sobre su pulsante pieza. Eso le hace sonreír cruel.

   Sabe dónde le está dando al chico, lo sabe por los estremecimientos y gemidos involuntarios que este deja escapar, así como las involuntarias apretadas que su culo daba, y se aprovecha. Usando la elasticidad de la cama, sube y baja sus caderas con mayor fuerza y velocidad. Brandon prácticamente está saltando sobre su regazo, el güevo grueso saliendo y metiéndose dentro de su culo con rapidez, cepillándole con fuerza la pepa, haciéndole delirar prácticamente de lujuria. Cole sonríe aún más cruel, sus enormes manos, que el joven ha soltado, suben y bajan acariciándole, encontrándole erizado y ahora más susceptibles a esas sobadas al estar excitado por la manipulación a su próstata, pero necesitaba que respondiera más, que aquel chico perdiera totalmente la cordura sobre su güevo.

   Algo primitivo estalla dentro de Cole Hanson. Ese muchacho nunca le gustó para novio de su hija, por pusilánime, y menos le gustó al saber que sostenían relaciones sexuales. Por eso quiso molestarle, disminuirle como hombre frente a su familia. Jamás esperó esto, lo bien que se sentía el peso del esbelto chico sobre su cuerpo, lo grato que era arañar suavemente con sus dedos la suave piel y sentirle estremecerse, y mucho menos lo que experimentaba sobre su güevo, esas haladas y apretadas que aquel culo, el casi virgen culo de un chico joven, estaba dándole. Pero si era sincero consigo mismo, lo que más le gustaba era saber que se lo estaba haciendo. Que el chico se había sorprendido, y resistido a sus requerimientos, pero no sólo le había obligado a ello sino que le hacía responder, cosa que no sabía a ciencia cierta a quién había sorprendido más. Pero ahora…

   Es un hombre hecho y derecho, un triunfador satisfecho con su vida profesional y personal. Sus amigos, sus iguales, le hablaban de sus aventuras, solteros y casados, de los gustos que se daban porque lo merecían como machos, pero era algo que nunca le interesó. Fuera de un escarceo con una asistente que casi se convirtió en una crisis cuando esta no quiso permanecer en su lugar en aquella relación que había jurado la haría feliz cuando comenzaron, tuvo que terminarlo todo. Amaba a Grace, era feliz con ella, así que no necesitaba nada más. Pero ahora… empuja sus caderas hacia arriba, elevando mucho su güevo tieso, caliente y pulsante, logrando que Brandon gritara, se estremeciera y arqueara la espalda, eso era lo que quería. Un culito así le excitaba. Aunque… no era gay, claro que no. Por lo tanto, el chico debía cambiar, dejar de ser un chico…

   Y había comenzando a hacerlo. Le trabajaba para que cambiara, quisiera o no, que para eso un hombre de verdad había decidido su destino. Se intensifican sus movimientos, las frotadas contra las sensibles paredes de su recto bañadas de terminaciones nerviosas capaces de ser estimuladas, de los golpes a su próstata. Y lo consigue, Brandon gime y grita, ronronea como un gatito, se estremece sobre su cuerpo. El joven siente que delira, que ya no puede controlarse, y es cuando Cole se detiene. Agitado, y sorprendido, el chico abre los ojos. Las gruesas y velludas piernas del hombre sostienen los musculosos pero lampiños muslos del chico, un güevo de macho, cuyas bolas salen del speedos, llenan un culo casi lampiño de muchacho, el cual viste una putona pantaletica de fantasías, donde su pequeño pene abulta. Se quedan así por un segundo o dos, pero de manera natural, sin que nada dentro de Brandon tenga que ver, este afinca los tobillos sobre las pantorrillas del macho y comienza un ir y venir, subir y bajar sobre ese regazo, llevando su culo en un vaivén que al principio es vacilante pero que va ganado en seguridad, e intensidad, como si le fuera natural el saber qué hacer sobre el grueso güevo nervudo, cogiéndose. Y el chico grita al sentirlo otra vez, llenándole, nutriéndole, reviviendo la sensación recientemente descubierta. No piensa, no se detiene, no se cuestiona mientras sube y baja con el entusiasmo de la juventud, empalándose, deseando llenarse con ese hombre que era el padre de su novia y estaba prácticamente abusando de él. Pero no le importa, no en esos momentos cuando sube las caderas, su culo casi dejando salir todo el tolete, cayendo luego, tragándolo, medio rotando de manera circular su trasero de la pelvis del macho.

   Cole sonríe para sus adentros, maravillado, excitado y complacido. Sí, el chico estaba cogiéndose a sí mismo, lo quería. Por ahí todo estaba bien. Lo otro… Le retiene las manos cuando las bajaba hacia la pantaletica de Grace, buscando masturbase, darse alivio. Se lo impide… Le oye gemir de frustración, empujándose arriba y abajo sobre su güevo en todo momento, frustrado al sentirse tan caliente, tal vez dándose cuenta por fin de lo que hace, deseando acabar pronto y recuperar algo de serenidad. Pero al hombre no le importa. No le interesa. No quiere que vuelva a masturbarse, desea que únicamente alcance el placer sobre su güevo.

   -No, nada de manos para ti, bebé. La única manera en la cual una nena putica como tú puede alcanzar un orgasmo es cuando su coño está siendo utilizado. –le asegura al oído.- Vamos, abre los ojos otra vez y mírate. –le ordena.- ¡Ahora! –el joven obedece y se ve en el espejo, alzando la nuca, plenamente consciente de lo que hace, cabalgando sobre ese hombre para tener más y más de su güevo. Eso le hace chillar y echar la cabeza hacia atrás, la nuca sobre un recio hombro del macho.- Así goza una putica. Es todo lo que necesitas.

   Mientras Brandon casi salta sobre su regazo, subiendo y bajando su culo con frenesí sobre aquel güevo, buscando desesperadamente alcanzar otro de sus clímax sin tocarse (aunque posiblemente no lo sabe), el hombre le acaricia todo, le besa el cuello, lo lame y le da chupetones ruidosos, le dice palabritas sobre lo bello que es, sobre lo rico de su coño, lo muy sensual que es como putica. También él alza la nuca, mirando al muchacho en el espejo, viéndole todo entregado y ansioso, oyéndole gemir, notando que nuevamente babea dentro de la tanga. Estaba corriendo un riesgo grande, lo sabe, no sólo está tirando con otra persona en su cama matrimonial, algo que Grace nunca le perdonaría por mucho que le amara, sino que era un chico. Y no sólo eso, era el novio de su hija. Aquello podía ser un desastre total… y tal vez eso era lo que lo hacía tan caliente, casi sonriendo de la idea perversa que llena su mente, que todo carajo debía cogerse a los noviecitos de las hijas. Eso y ese cuerpecito bello, ese culito rico, lo tienen delirando. Bueno, y ahora pensándolo en serio, ¿por qué no podía tener una aventurilla como todos? Ese muchacho era tan simple de encender y calentar que sería una tirada fácil, y si tenía cuidado ni su mujer ni su hija sabrían algo nunca.

   -¿Te gusta esto? –le pregunta, alzando bastante el culo de la cama, empujándoselo hondo.

   -Ahhh… -grita el chico, cabeza hacia atrás, algo de baba escapando de su boca.

   -Así, te gusta así, ¿verdad? –le gruñe cogiéndole ahora con golpes duros, sonoros, escandalosos, casi tanto como los gemidos del muchacho entregado.

   Dios, enterrársela en las entrañas así era tan rico, piensa el hombre, casi bizqueando de placer, disfrutando en directo de la humedad de esas entrañas ardientes, gozando de su grito de placer y lujuria, disfrutando el paso de sus manos sobre el suave y joven cuerpo casi adolecente aún. Ese culo latiendo contra su verga le tenía mal, ya quería llenárselo con su esperma. Empuja y empuja, Brandon grita más.

   -Oh, señor Cole, es tan grande y caliente y… -gimotea sin poder contenerse, gritando cuando sus pezoncitos son atrapados por dedos largos y fuertes, su oreja medio mordisqueada.

   -¿Muy grande, nena?

   -Si… -gimotea ronco, jadeando, el güevo entrando y saliendo de su culo cuando se las arreglan para que uno medio suba cuando el otro medio baja, las cogidas ganando en intensidad y sonoridad.

   -¿Papi lo tiene muy grande, bebé?

   -Si… -babea sin saber ni lo que dice.

   -¿Y te gusta así, nena?

   -Oh, sí, sí… -grita sin control, consiente, de manera algo nublada, de la risa del otro.

   -Lo sé; sé lo que hago. Sé cómo complacer a una hembra hecha y derecha, o una que se inicia como tú. –le aclara, manos sobre sus pectorales, dedos hundiéndose en la piel, el cepillar del culo es intenso.

  -Hummm… ohhh… -el chico no puede ni reaccionar.

   -Es por esto, para revivir este momento otra vez, esto que tanto te gusta y que te está haciendo sentir y vivir por primera vez, que vas a convertirte en mi putica. Sólo mía. –le dice, lengüeteándole el oído.- Seré tu papi, y papá joderá muy bien a su nena  con su verga cada vez que ella lo necesite, cuando su coño esté muy urgido. ¿Quieres ser la nena de papá? –le pregunta con mala intensión, metiéndosela toda, hasta el fondo.

   Algo pasa, Brandon lo sabe, por el tensar y estremecimientos del hombre, por lo dura de la verga, por esa cosa caliente, casi hirviente que la recorre. Algo estalla en su interior, realmente ardiente, y grita. Cole ruge bombeando y los disparos se repiten y repiten.

   ¡El hombre se había corrido en sus entrañas!, piensa Brandon, parpadeando mareado, boca muy abierta, plenamente consciente de la pieza que escupe, de los chorros que le golpean internamente. Por primera vez en su vida su culo había sido llenado con espermatozoides…

   Y grita nuevamente mientras se corre, a su vez, dentro de la pantaletica. Otra vez, sin tocarse. 

CONTINÚA … 10

Julio César (no es mía).

DE AMOS Y ESCLAVOS… 30

marzo 1, 2016

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 29

BLACK MEN THONG

   -¿Qué maldad quieren hacerme?

……

   -¡Vicente! –una escandalizada voz de mujer le responde, fuera.

   -Vete a la mierda. –le gruñe Yamal, sonriendo, escuchando la risa del otro. Un sujeto interesante. Luego mira a Bartolomé, tan puto.

   Desde que le dio la primera mamada, de rodillas entre sus piernas, en la sala de su quinta, con su mujer mirándole con burla y desprecio antes de retirarse, le gustó eso; que se entregara así, que pareciera perderse dentro de su muy personal mundo de goce y lujuria mientras sus pintarrajeados labios suben y bajan sobre la negra y nervuda mole de carne dura, chupando y sorbiendo. Al carajo le gustaba mamar güevo, su güevo, y eso le ponía a millón. ¿Qué pasará por su mente, si es que algo pasa, mientras se miran y baja su boca, abultando una de sus mejillas con la silueta de su tranca? No lo sabe, ni quiere afrontar el hecho de lo mucho que le emociona verle así, regalado, puto, caliente por su sexo.

   -Súbete, princesa. Date gusto, te lo has ganado. Ordéñame el güevo con tu coño caliente.

……

   Todavía sintiéndose inseguro, e infinitamente incómodo junto a ese hombre alto y de tinte tan extranjero, Roberto recorre la casa a donde Hank le ha llevado, que no le parece nada del otro mundo. El mobiliario es corriente, viejo, aseado, cada cosa parece en su lugar. Una que otra puerta permite ver y oír a gente joven reunida, tomando, riendo, hablando; de otras salen jadeos roncos y bajos, gente concupiscente que goza. En algunos se escuchan gemidos más contenidos pero secos, igual que el sonido de algo contactando duro sobre la piel. Y Roberto en verdad, no quiere saber qué ocurre tras esas puertas. Mientras pasan los cuartos, el Ruso le habla de la casa, que aunque ubicada en una zona no muy mala, estaba desierta y le costó bastante poco conseguirla; tal vez porque la urbanización había decaído cuando los malandros se movilizaron desde su hueco (dicho tal cual), tomando la periferia de las zonas al pie de El Ávila.

   -El Centro, cuando llegué a este país, era una belleza. Ahora todo son marginales, delincuentes, indocumentados y mulatos problemáticos. –dice abriendo otra puerta, como si no fuera consiente del marcado tono denigrante de sus palabras.

   Roberto, quien no ha dicho nada desde que el sujeto comenzó su disertación, queda más mudo todavía, aumentando a niveles alarmante su incomodidad, cuando penetra en aquella habitación de colores claros, muebles beige, alfombras color arena dorada. Sobre uno de los sofás, hay tres que se unen en sus extremos formando una cuadrada c, dos hombres toman licor y fuman. No son habanos, o eso le parece por el olor. Son carajos que frisan los treinta, uno de cabello castaño y bigote en candado, el otro con el cabello negro y la piel lechosamente blanca. Callan cuando les ven entrar, la nubecilla de humo que flota, con su característico olor, les cubre un tanto. La piel le arde cuando le miran, evaluándole, desnudándole con los ojos. Lo sabe.

   -¿Amiguito tuyo, Ruso? –pregunta el castaño, sonriendo de manera ruda.

   -De Rommer. –aclara este, estremeciendo a Roberto al posarle una mano en la baja espalda llevándole hacia el sofá, obligándole a caer sentado en medio de los otros dos, con mano firme sobre un hombro, quedando algo trancado entre ellos, dos tipos grandes de piernas muy abiertas, de jeans el castaño, de pantalón de tela sedosa, negra, el otro.

   -Claro… -ríe el tipo de piel lechosa, dándole una calada al porro, que eso era.- A Hank le gustan los negros grandes que se ven poderosos y muy machos pero que aman y se desbaratan por los güevos blancos. –así lo expresa, brutal.

   ¿Qué podía decir en su defensa por muy humilladlo o furioso que estuviera?, Roberto tan sólo calla, siendo perfectamente consciente de las rodillas y muslos de esos carajos presionándole. Hay un silencio molesto mientras el Ruso se sirve una copa.

   -Si un negro quiere vivir mamándome el güevo, yo tampoco me pondría bravo. –agrega el sujeto del bigotillo candado, dando una calada a su porro, largo, lanzándolo al rostro del hombre de piel oscura.- Hay algo muy sucio y excitante en ver tu güevo, blanco, desapareciendo entre los gruesos labios de un mulato.

   -Vamos, señores, sean corteses, es la primera vez aquí de este negrito; no sean mezquinos y ofrézcanle algo. –se burla, bebiendo, el Ruso.

   -Perdón, mis modales. Y los tuyos, Jeremías. –se burla el castaño de barba, volviéndose hacia la mesita que queda justo donde los sofás forman ángulo, sacando otro porro, ofreciéndoselo a Roberto, quien duda y traga en seco.- Oh, vamos, ¿no son mariguaneros todos los negros? –insulta deliberadamente.

   -Se de muchos carajos blancos que se vuelven mierda con las drogas, y a quienes les gusta que un negro les abra el culo con un buen güevo oscuro. –ruge sintiéndose mortificado. Las palabras causan sorpresa en el trío, que luego ríe. El castaño le enciende el porro, ahora tiene dos en los labios y le tiende uno.

   -Es obvio que Rommer aún no ha hecho un buen trabajo contigo, negro. –gruñe menos tolerante, el Ruso.- Agradécele a Jackson el cigarrillo, ¿no? Modales. –eso le desconcierta.

   -Yo… gracias. -no queriendo tener que decir algo más, o pensar, Roberto toma una profunda calada del porros, hinchando sus pulmones, llenándolo con el huno del cannabis, sintiéndose inmediatamente más relajado, pero también…

   -Siempre quieren un porro. –sonríe repitiendo el castaño, Jackson, mirando sobre él a su compañero. Cuando se vuelve, aspirando otra vez, Roberto termina tosiendo.

   -Imagino que también quieres esto. –el sujeto de piel lechosa, Jeremías, se abrió el pantalón y tenía el tolete afuera. Y era grande aunque no estaba duro, totalmente rojizo, surcado de visibles venitas en tan pálida piel.

   Todavía tosiendo, Roberto mira la pieza masculina, descaradamente ofrecida, como si todos esperaran que cayera sobre ella con hambre. Mira la cara del tipo, que sonríe con sorna, igual que los otros. Todos le miran y miran. Se lleva el porro a los labios y aspira.

   -Creo que… -tal vez debería salir de ahí, alejarse de ese tolete que va llenándose de sangre, que crece visiblemente descubriendo el glande, liso y rojizo, con ese ojete de donde sabe que manan esos jugos salinos y… Está hiperventilando, lo sabe, y aspira otra vez. Se repiten las risas.

   -No sufras negándotelo como si fuéramos a creerte que no ansías tomar ese güevo blanco con tu boca, negro de mierda; todos aquí sabemos lo que le gusta a Hank Rommer, carajos como tú, grandes, fuertes, masculinos y recios, pero siempre hambrientos de la carne blanca. Sírvete. –se burla el Ruso.

   No, no, maldita sea, se dice, pero tiene la boca seca, esa verga va enderezándose, elevándose hacia el ombligo del tipo, visible porque subió un tanto su camisa. Está sentado tan cerca que, fuera de la dureza de su muslo, del calor de esa piel masculina, el tolete también parece exhalar vapor, igualmente un olorcito que le está calentando. El olor de un güevo, ya lo conoce, lo ha olido en la bragueta de Hank, en las de sus amigos. No sabe lo que hace, mirarla, no realmente, ni nota que el tipo a sus espaldas en el mueble ahora, le retira el porro de los dedos, apagándolo (aliñado como está, especialmente, no debe desperdiciarse).

   -Vamos, negro, sírvete con confianza.

   -No, yo… -se vuelve a verle, notándole la sonrisa sardónica en el atractivo rostro, mientras se lleva una mano al entrepiernas, sobre el jeans, donde su verga abulta también.

   -Déjate de tonterías, negro, sé cuando un hombre está hambriento de güevo. Y tú quieres. Se te nota el hambre.

   La crudeza de Jackson eriza a Roberto, quien se tensa cuando el otro, Jeremías, le toma la mano y la lleva a su tolete que ya está duro y quema. Los negros dedos se cierran automáticamente sobre la blanca pieza de carne, sorprendiéndose como le ocurre siempre que lo hace, ahora, por lo curiosamente excitante que era sentir como crecía, endurecía y se calentaba más bajo su palma. El agarre sobre la pieza masculina se hace más firme y una risa desagradable le medio despierta, aunque no del todo, se siente aletargado por un lado, acelerado por el otro. Alza la vista hacia el Ruso, de pie frente a él, bragueta abierta, con una impresionante verga llenándose también.

   -¿Lo ves, negrito?, es lo que quieres. Y a nosotros nos gustan mucho los negritos mamagüevos como tú. –es burlón.

   Tomando aquella verga tiesa del joven macho con su mano, ya dura, mirando esa otra, Roberto se siente caliente por dentro, y no todo es de ira al ser llamado y tratado así; no con ese tolete frente a sus ojos, que se llena y endurece, gruesa. Una verga que seguramente sabría cómo llenar muy bien una boca… o un culo, haciendo gemir y gritar a quien se la clave. Duro, adentro y afuera, cogiéndole, nalgueándole, seguramente gruñéndole “tómala toda, negrito; tómala toda con tu culo vicioso”. La idea le estremece, ¿o lo escuchó? Parpadea negando con la cabeza.

   -¿Todo bien, negro? –la voz del otro, Jackson, le hace mirarle. También lo tiene afuera, blanco rojizo, endureciendo ante su mirada, llenándose, alargándose, tensándose.- ¿No es tu noche de suerte, negro? Tres güevos blancos para ti… ¿Los quieres todos, negro puto?

CONTINÚA … 31

Julio César.

OSCURO AMOR… 11

febrero 21, 2016

OSCURO AMOR                         … 10

Por Leroy G

MACHO EN HILO DENTAL

   Vivir esperando que meta sus dedos y acaricie…

……

   -Suéltame… -farfulla con esfuerzo, voz entre cortada. Esos dedos le hacen gemir cuando bajan otra vez, toqueteando sobre la silueta de su tolete.

   -Dilo, que soy el hombre… y que me quieres. –le ordena.

   -Vete a la mierda, no voy a decir eso. –gimotea arrancándole fuerzas a la debilidad, rebelde todavía. Y lo intenta, luchando contra el sopor y resistencia de su propio cuerpo que no quiere alejarse del otro joven macho, se tensa para ponerse de pie, pero esas manos lo retienen, inmovilizándole. Se desespera.- ¡Déjame! –chilla.

   -No vas para ningún lado, perra, como no sea a probar mi güevo. –es la amenaza contra su oreja.

   -No, déjame en paz, hijo de puta, sabes que no me gusta esto. ¡No soy gay! –grita, angustiado por la manera que parece no poder evitar remover el culo contra la pelvis de Marcos… contra su verga realmente dura.

   -¡Silencio! –le ruge elevando las dos manos, las cuales Mauricio aún sostiene como si intentara detenerle, pero sin hacerlo, y atrapa los erectos y muy sensible pezones marrones. Aprieta y Mauricio gime de manera angustiada; esos dedos aprietan más y más, halando hacia arriba y duele, pero también hay algo más, lo sabe por el calor de cachondez que le embarga.

   -No, no, suéltame… -gimotea, los dedos rotan un tanto, incrementando la presión.- ¡Nooooo!

   -Dilo, que soy el macho en esta casa. –le ruge otra vez, voz estrangulada de lujuria.

   -Si, si, eres el macho. –admite, la presión baja un poco y latidos sordos se apoderan de sus pezones, irradiando un calor y unas sensaciones que agitan su poderoso y musculoso cuerpo.

   -Di que soy tu hombre… -exige, como Mauricio tarda en responder, aprieta otra vez.

   -¡Ohhh, si, si eres mi hombre…! -se apresura a responder, diciéndose que es para evitar todo ese dolor, pero eso no explicaba por qué la piel de su trasero se sentía tan sensibilizada que notaba cada rugosidad del güevo de Marcos bajo su pantaloneta, y que sus temblores sean incontrolable cuando los dedos dejan de intentar arrancarle los pezones y ahora, índices y pulgares, frotan de manera amorosa. Eso le hace gemir, sabe que dentro del hilo dental está babeándole el güevo de manera intensa.

  -Dilo como debes, baby… -le habla firme, bajito, rozándole con los labios la oreja.

   Y Mauricio Valdez jamás podrá explicar qué le ocurrió, no sabe si por el tono o por esa palabra, pero algo estalla en su mente y su cuerpo, el cual se llena de una intensa lujuria incapaz de controlar. La idea de joder, de tirar, de ser tomado, cogido, todo eso le cubre cuerpo y mente de manera total, tanto que le cuesta respirar. Cierra los ojos y ladea un tanto el rostro, hacia esos labios que le susurraron aquella orden.

   -Eres el macho de la casa… eres mi macho… -y decirlo en voz alta, admitirlo, despertó una vorágine que no entendía en su mente.

   Sí, eso era, así tenía que ser, reconocer que ese chico era su hombre, su dueño. La idea se repite una y otra vez, haciéndole jadear. Dios, se sentía tan bien admitirlo al fin, dejar de luchar contra lo que quería y sentía, que era una perra, un maricón en busca de un chico que le enseñara el significado del amor. Y Marcos era el amor, lo encontraría sobre su güevo, sirviéndole, complaciéndole. Ronronea cuando la lengua del otro le lame la oreja, cuando las manos acarician y amasan sus tetillas de manera erótica.

   -Eres una maricona caliente y hermosa. –le oye decir y vuelve a ronronear, frotando decididamente su culo sobre aquella pelvis.- Una maricona necesitada de mi amor. –intenta meterle la lengua por el conducto auditivo provocándole un jadeo ahogado de boca muy abierta.- ¿Qué eres? –las manos recorren su toroso y abdomen, erizándole.

   -Ahhh… si; soy una maricona necesitada de tu amor. –tiene que responderle, lo sabe, porque todo él lo desea, aceptarlo.

   -¿Quieres que te ame, perra? –le pregunta con burla, las dos manos dentro de la parte anterior del hilo dental, frotando, apretando, sobando, haciéndole gemir bajo su toque.

   -Hummm… si, ámeme… -le pide.

   Queda momentáneamente desconcertado cuando el otro le aparta, dejándole sentado sobre el sofá, jadeando, rojo de cara. Marcos se pone de pie, y mirándole hacia arriba se estremece de emoción ante su hombre. Así lo piensa. Le va despojarse de las ropas, el cuerpo menudo pero sólido, fuerte, los pelos púbicos recortados pero presentes, la impresionante visión de su verga erecta, dura, surcada de venas despierta ansiedades dentro de él.

   -Acuéstate de espaldas sobre el mueble, perra. –le ordena; el tono, las intensiones, todo es más de lo que Mauricio puede resistir, y no quiere hacerlo. Desea complacerle.

   Más rojo de cara, avergonzado por obedecerle, por las respuestas de su cuerpo, lo hace. El otro se mete entre sus piernas, agarrando los contornos del hilo dental, bajándolo, provocándole escalofríos, arrojándolo sin más. Atrapándole los tobillos, alzándosele las piernas, abriéndole, exponiéndole el culo, Marcos le sonríe.

   -Te ves tan caliente, perra, con tu carita roja de ganas, tus labios húmedos de lujuria, tus ojos brillando de deseos. Has querido esto por tanto tiempo… -echa sus caderas hacia adelante y el liso glande pega de su raja, frotándole el peludo culo de arriba abajo, tensándole sobre el mueble.- Y yo deseando complacerte, llenarte de mí… -le dice a los ojos.- Ahora eres mío; mi puto, mi perra, lo que yo quiero que seas.

   -Marcos… -gimotea por esas palabras alarmantes. Este ríe, ronco.

   -Te avergüenzas aún de tus deseos, de tus necesidades, de la urgencia que sientes por satisfacerlas revolcándote y revolviéndote sobre mi güevo mientras suplicas por más. Pronto dejará de temer, de preocuparte, tan sólo será feliz, sirviéndome. –le puntualiza. El otro le ve llenar la boca con saliva, mira el chorrito que cae, cálido bajo sus bolas, chorreando, así como el liso y ardiente glande untándolo. Otro chorro cae sobre el tolete.

   Aunque todo él quiere aquello a un nivel que no entiende, Mauricio todavía se asusta un poco, una parte de sí, la que se sabe o sabía heterosexual, se revuelve. Su culo tiembla cuando la cabeza de ese güevo frota, empuja y va venciendo la resistencia de su anillo, metiéndose un tanto. Se tensa y gime, duele como el carajo cuando va entrando. Es demasiado, se dice, arqueando la espalda, atormentado.

   -No cabe…

   -Tranquilo. –y empuja, concentrado, controlándose.

   -Duele… -lloriquea.

   -Toda perra están hechas para esto, Mauricio, ya lo verás.

   Lentamente va clavándosela, rasgándole, quemándole, y Mauricio grita entre dientes, esa vaina parecía durar y duran mientras le penetraba. Finalmente siente unos pelos haciéndole cosquillas bajo las bolas y sabe que ha sido desflorado, penetrado por primera vez en su vida por el güevo de otro carajo, otro hombre joven como él. Ese tolete arde, se dilata y late contra las paredes de su recto, las cuales parecen abrazarlo, masajearlo; lo siente, y grita arqueándose otra vez. La sensación era poderosa y maravillosa, tener ese güevo clavado hasta los pelos le hizo gemir, su piel pareció llenarse de electricidad, cada terminación nerviosa estimulada. El tolete se retira varios centímetros y el movimiento, el roce, le hace gritar todavía más, boca muy abierta, frente fruncida, ojos dilatados y boca húmeda de baba. El tolete vuelve, todo, a fondo, dándole en alguna parte que parece salirle al encuentro, y cuyo roce le hace delirar.

   -Oh, sí, vas a gozarlo tanto, putito mío. –le asegura Marcos con una sonrisa torcida en su bonito rostro, teniéndole los tobillos bien aferrados con sus manos, el culo alzado del mueble, el agujero lleno con su hombría que quema y late dentro del aprestado, sedoso y cálido conducto que estaba halándoselo, masajeándoselo… ordeñándoselo. Ese culo sabía lo que quería y lo que tenía que hacer para conseguirlo.- Tómalo, perra, tómalo todo y déjate llevar por tu lujuria de putita reprimida liberándose al fin. –le ruge.

   -Oh, Dios… -gime con una mueca de dulce agonía el otro, sintiendo sus entrañas bañadas de algo cálido y grato que se intensifica cada vez que ese tolete se medio deslizaba adentro y afuera. La mente deja de funcionarle, no quiere pensar, tan sólo dejarse llevar y experimentar esas nuevas y poderosas sensaciones… ignorando que terminarían controlándole la vida si se dejaba.

CONTINÚA … 12

Julio César.


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