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SER O NO SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA… 32

abril 18, 2015

SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA…                         … 31

   La siguiente es una historia que NO ES MÍA. Pertenece totalmente al señor capricornio1967. Tan sólo la reproduzco, tal vez cambiando una que otra coma, aunque la historia ya está por ahí, completa. Es un relato maldito en toda la regla, un hombre maduro decide tomar, controlar y dominar a su joven pupilo, transformándole en algo que no quiere, ni soñaba, aunque se resiste. Lo repito, es un cuento muy maldito. Disfrútenlo:

……

EL DILEMA

Autor: capricornio1967

Capítulo X “SIN SALIDA”

SEXY MAN

   ¿Qué tienen algunos tíos que otros desean someterles?

……

   Para Daniel las últimas horas en ese lugar son casi borrosas, su mente está encerrada en una sola prisión, cuando fue objeto de abusos sexuales. Cuando se encuentra con Franco, la mirada retadora y altiva que tenía antes se vuelve esquiva y cabizbaja. Sabe que no tiene las armas para poder enfrentarse emocionalmente, sabe que Franco es vil, duro, astuto y que por el momento controla la situación. Por ello solo baja la mirada y obedece las órdenes del otro de manera autómata, sin preguntar o cuestionar. Abordan el avión que los llevará a México de nuevo, se sienta junto a su dominador, junto a la persona que mas odia en este mundo quizá, pero el saber que todo ha terminado lo tranquiliza. Fue a las olimpiadas y ganó, ya jamás será el mismo pero al menos ha cumplido, ha sacrificado su cuerpo y su culo, pero consiguió lo que quería, así como Franco también, quien hizo con él lo que quiso. Pero ya jamás volverá a repetirse, se saldrá del equipo de la universidad y entrenará en otro lugar, donde comenzará de nuevo. Entrecierra los ojos encerrado en sus pensamientos, planeando su nueva vida de ahora en adelante en cuanto pise México de nuevo.

   Para Franco no ha pasado desapercibido la sumisión de Daniel, el nuevo rol asumido desde esa noche; no le ha hecho ningún comentario, solo la forma de mirar al joven es diferente. Ahora la burla está impresa en la mirada, sabe que eso es lo peor que puede hacer para recordarle al joven macho lo que pasó, la noche más humillante para su hombría, además de la vez que lo desfloró.

   Voltea a verlo de reojo, Daniel está dormido, aun se refleja en su cara la angustia, el dolor, la humillación, la vergüenza, cosas que complacen a Franco.

   -No va a librarse de mí, Saldívar. Aun tengo un as bajo la manga. –susurra recargando la cabeza del asiento, entrecierra los ojos y evoca el momento en que tuvo a Luis, el padre del muchacho, frente a él, pidiéndole que no expulsara a su hijo del equipo. Se pasa la lengua por sus labios saboreando ese momento, esa victoria sobre el maduro macho que le dio la satisfacción de vengarse.- Luis, Luis, mhmh- repite mentalmente mientras recuerda como Luis se fue a meter solito a la madriguera del lobo.

   Si, la vida era maravillosa, aún quedaba mucho por hacer… Así que sonríe mientras se dormita, ignorante de la mirada que cruzan dos de sus pupilos, Genaro Tellerías y Román Mendoza… a quienes ya ofendió una vez.

……

   Mientras tanto, en México, Luis, en su estudio, pensativo y distante, es sacado de sus ideas por la voz de Adriana.

   -Arriban mañana a las 8 am. -le anuncia la mujer, confirmándole que Daniel regresa.- Franco llamó para decirnos la hora de la llegada. Debemos ir a recibirlos. Ter envió saludos.

   -Está bien. -le responde evadiendo el beso que ella trata de darle en los labios, ofreciéndole la mejilla; desde hace semanas que se siente indigno de hacerlo, de corresponderle en una caricia o hacerle el amor. Si tan solo ella supiera el precio tan grande que tuvo que pagar para que Daniel no fuera expulsado del equipo.

   Adriana le deja solo y Luis, mordiéndose los labios de imponencia, lágrimas escurriéndole por su rostro viril y maduro, empieza a recordar como su vida se volvió en ese infierno de culpas, vergüenza, dudas y…

   Las imágenes se recrudecen en su mente, es como si estuviera pasando en ese momento.

   -¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿¿QUEEEEEEE????????????!!!!!!!!!!!!!!!!!! -el rostro de asombro cuando Franco le dice la única forma que había para que Daniel no sea expulsado del equipo.

   -¡Tómalo o déjalo! -le dice Franco- Es mi última palabra.

   -¿Cómo te atreves, maldito pervertido? -grita furioso Luis, tomando a Franco de la ropa y acercándolo a su rostro.- ¿Sabes que puedo ir ante el consejo y demandarte por esto? ¿Hacer que te retiren tu certificación como entrenador? -le dice amenazante, mirándolo fijamente al rostro al estar a escasos centímetros de su cara, entre ellos está el escritorio que los separa pero sus cuerpo están inclinado en sentido contrario para que sus caras se encuentren muy cercanas y sus palabras sean recibidas directamente.

   -¡HAZLO! -le responde Franco, firme y seguro de la situación.- Con eso no lograrás que Daniel asista a las olimpiadas. Me expulsan a mí, es cierto, pero a él, también. Y lo sabes perfectamente. Atrévete a hacerlo y saldrán a la luz muchas cosas, no solo mías sino de tu hijo también, y te aseguro que tú y él tienen más qué perder que yo. -la mirada de Franco es firme, segura, dominante, sabe que no es fácil domar a un macho maduro, pero tiene todas las salidas cubiertas, sabe que Luis desea que Daniel asista a las a olimpiadas, que si eso se sabe estará suspendido varios años, sino es que expulsado, igual que Franco.- Suéltame. -le ordena en tono imperativo al ver la perplejidad en la cara del otro, la furia y la impotencia el saber y no poder decirlo porque perjudicaría a su hijo. ¿Qué hacer?, esa era la debilidad de Luis.- No te lo diré otra vez, Luis, ¡suéltame! -le dice de nuevo, en un tono más alto y autoritario.

   Las manos de Luis sueltan sus ropas de cuando le levantó bruscamente del escritorio halándole. Acomodándose de nuevo en la silla, Franco, cínicamente y sin dejar de ver el rostro desencajado del otro, sabe que solo es cuestión de segundos o minutos para tener ese macho ensartado en su trampa sexual, si es que desea a Daniel en el equipo.

   -Lárgate de mi oficina y dile a Daniel que se olvide de ir a las olimpiadas. -le dice mientras abre un folder que tiene en su escritorio y simula volver al trabajo.

   -Tú no puedes hacer eso, Franco, Daniel es el mejor. -le contesta sin moverse de su lugar.

   -Sí puedo hacerlo .Y lo haré sino haces lo que te pedí. ¿Entendiste?

   -Pero yo… yo… no puedo hacer eso; no soy un pervertido gay como tú. Yo no…

   -No hay nada más que decir entonces. Adiós.

   Luis permanece inmóvil, sin saber qué hacer, su mirada está fija en Franco, quien permanece como si nada raro estuviera sucediendo, supuestamente trabajando, teniendo la vista fija en el folder que mantiene abierto en su escritorio.

   -¿Qué esperas?, ¡lárgate!, pero eso sí, esta oferta se termina cuando salgas de esta oficina.

   -¿Qué es lo que quieres exactamente de mi? -le pregunta sopesando la situación.

   -Que seas mi esclavo sexual, Luis. En este momento y cuando regresemos de Grecia. Una vez más. Sólo una.

   -Seré tu esclavo cuando regresen. -le dice, quizá buscando una manera de salvarse y de lograr que Daniel no pierda esa oportunidad.

   -No soy tan pendejo, cabrón. Sé que no cumplirías, hoy serás mi esclavo y otra vez al regresar. El futuro de Daniel depende de ti, no es mucho.

   -¿Qué quieres decir con esclavo sexual? -le pregunta.

   -Jejejeje, tu sabes… Jejejejejejeje… -le responde burlón- Toma esta llave, es la de mi departamento, te veo ahí en 20 minutos. Tú sabes lo que pasará si no vas. Ahora déjame trabajar.

   Luis toma la llave y sale lentamente; sin ver a nadie, llega hasta su auto y se sienta sin encenderlo. Se queda mirando la llave que le abriría la puerta Daniel para demostrar que es el mejor deportista del mundo, pero a él le abriría el culo.

   Casi sin pensarlo maneja hacia el departamento de Franco, estaciona y se queda ahí, esperando aun sin saber si podrá cumplir con lo que Franco desea de él.

   Pensativo, Luis ve como Franco llega a su departamento y sin dirigirle la palabra sube a él, como si no se hubiera dado cuenta de que estaba ahí, indeciso, titubeante. Hay muchas dudas en su cabeza, pero sabe que debe hacer todo lo posible para que Daniel pueda cumplir su sueño, en sus manos tiene la llave que le dará a Daniel la posibilidad de ser la estrella del equipo, de poder demostrar toda su capacidad y de realizar el sueño que él no pudo por otras circunstancias. Sin embargo, ¿podrá soportarlo? ¿Podrá ser capaza de llegar a un sacrificio de tal magnitud? Nunca antes ha hecho nada parecido, ni siquiera cercano a eso. ¿Qué hacer?

   Por su parte, Franco se prepara. Conoce muy bien a Luis desde que estaban en la preparatoria y sabe perfectamente que terminara por ceder, que tendrá que acceder y someterse a sus deseos y órdenes; que le costara hacerlo, también lo sabe y que después de eso, Luis ya no volverá a ser el mismo. Sabe que tendrá a ese macho maduro dominado, sometido, amenazado. El haberle dicho que solo lo usaría dos veces es algo que no sucederá porque después lo tendrá en sus manos, completamente bajo sus órdenes por temor, por vergüenza, por seguir siendo el hombre perfecto ante los ojos de su esposa e hijo. Lo tendrá en sus manos para siempre, para hacerle lo que deseara. Solo es cuestión de esperar, la paciencia tiene su recompensa y la paciencia de Franco esta por recibir la suya.

   Durante años imaginó que esto pudiera llegar a sucede y el destino mismo lo ha colocando en el lugar y el momento justo. Esboza una sonrisa cuando el timbre de la puerta suena, sabe perfectamente que es Luis, que ya lo tiene, que ya está a solo unos minutos de poder entrar en él, llenándole la boca y más tarde el culo con su verga, la cual tiembla levemente de emoción. Su mente evoca ese par de nalgas, esas piernas perfectamente torneadas, su abdomen dividido en perfectos paquetes musculares, y sobre todo la virilidad que exuda ese maduro macho, ese aroma de semental que parece acompañarlo. De alguien tenía que haber heredado Daniel ese atractivo viril. Luis era el original, más atractivo porque siempre había sido el objetivo de Franco, Daniel fue el placentero vehículo que lo llevó a su presa, una carnada perfecta y deliciosa que disfrutó hasta el cansancio y que seguirá disfrutando porque sabe manejar muy bien sus cartas, no todo terminará con las olimpiadas, todavía les espera mucho más a los machos Saldívar.

   Cuando finalmente abre la puerta se encuentra el rostro varonil de Luis con un semblante de resignación, de derrota, de sometimiento. Sin decir palabras, da a entender lo que ha decidido.

   -Vas a hacer lo que te ordene o no hay trato, ¿entiendes? Si no es así lárgate en este momento.

   -Tú ganas. -le dice en un tono de voz débil, quedo, como si pretendiera que nadie lo oyera, aun y cuando solo están ellos dos solos.

   El hombre avanza a paso firme sin pensar, si lo hace quizá se arrepienta y no es el tiempo de echarse para atrás, debe de hacerlo, tiene que hacerlo por Daniel, sin saber el infierno sexual que Daniel está viviendo por el mismo dilema que su padre. Ambos sacrificándose por un mismo objetivo y solo satisfaciendo las necesidades sexuales de ese pervertido que juega con ellos como marionetas sexuales que complacen sus caprichos, una red muy bien tejida que atrapa como moscas a los dos.

   Con su caminar lento, las musculosas piernas de Luis se marcan perfectamente en su ropa deportiva, así como también su musculoso pecho, sus labios rojos fuertes, definidos, su mentón cuadrado y masculino, su barba recién rasurada, su rostro limpio, un aroma masculino que atrae, que invita, que excita y enciende las pasiones y los deseos, una situación que trastorna al macho dominante, al que está a la expectativa de poder “comerse” a su presa.

   Franco se coloca frente a Luis, lo toma por los hombros y lo mira fijamente, triunfador, con un aire de superioridad. El otro baja la mirada, no puede verlo directamente, sabe lo que le espera y todo su musculoso cuerpo está tenso y con un leve temblor, piensa que en cualquier momento no podrá continuar.

   El entrenador acerca sus labios a los de Luis y suavemente lo besa. La sorpresa y el rechazo en el otro es evidente pero no retrocede, solo permanece con los labios juntos sin responder al contacto. Jamás pensó que tuviera que besar a otro hombre y menos que ese otro hombre fuera Franco. Los labios de este exploran los suyos, la lengua presiona para entreabrirle los labios que permanecen cerrados. Los fuertes brazos de Franco abrazan al maduro macho para empujarlo más hacia él, su lengua más insistente mientras sus manos recorren la espalda ancha y curveada, avanzando desde los hombros hasta sus nalgas duras, firmes, redondas, masculinas y vírgenes de caricias de macho.

   Por más esfuerzos que Luis hace por evitarlo nada puede contra la ansiedad de esa áspera lengua que abre sus labios y entra a explorar su boca; por un instante la repulsión está por ganarle pero logra controlarse y dejarse besar por ese repulsivo pervertido que lo tiene en sus manos y al que le ha prometido servirlo sexualmente como intercambio.

   Franco, experto en besar, recorre detenidamente la boca de Luis mientras sus manos acarician grotescamente las fuertes y duras nalgas del señor Saldívar, quien permanece prácticamente inmóvil aunque su piel empieza a responder a la fricción de esas manos sobre su ropa, a los movimientos de esa lengua. Después de besarlo por varios minutos, Franco separa sus labios de los de Luis, dejándole un rastro de saliva alrededor de la boca y los labios más rojos de lo que estaban.

   -¡DESNUDATE! -le ordena mientras retrocede hasta sentarse en un cómodo sillón acojinado que tiene para descansar en su sala; si Luis supiera que está grabando todo seguramente huiría, pero el hombre está casi ausente, como si nada le importara, solo tratando de que eso termine lo más rápido posible.

   Como ansioso espectador, el perverso entrenador toma un vaso de tequila, mientras ve como Luis, sin levantar la mirada, empieza quitándose primero la camisa. Su pecho se muestra en todo su esplendor, sus bíceps grandes marcados definidos, perfectos, sus pezones son oscuros y de buen tamaño, invitando a ser saboreados, mordidos, lamidos, poseídos. Después se quita el pantalón deportivo y los tenis, quedando solo en un speedo color azul satinado que refleja un brillo en cada curvatura de sus nalgas y en su gran miembro que permanece dormido en su entrepiernas, un enorme bulto que aun en reposo es atractivo.

   Sus manos toman el borde del speedo y empiezan a deslizarlo en dirección hacia sus piernas y Franco pude ver como esas grandes bolas caen colgando pendiendo de la entrepiernas, así como la verga gruesa y larga que cae como una soga de carne. En unos cuantos minutos, Luis está desnudo, mostrándose como mercancía a su amo, a su dueño, a su futuro poseedor. La vista está clavada en el piso. Humillado trata de cubrirse la gruesa verga y las bolas con las manos.

   -QUITA LAS MANOS DE AHÍ. -le ordena inmediatamente Franco, sonriendo cruel, mirando hacia la cámara en la esquina, estaba a un segundo de atraparle para siempre.

CONTINÚA (el relato no es mío)…

Julio César.

NOTA: El relato comienza algo lento, y como no tengo intensiones de apurarme más, quien lo desee puede buscarlo en esta dirección: http://www.todorelatos.com/relato/16991/

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 33

abril 15, 2015

… SERVIR                         … 32

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

CHICO CALIENTE EN HILO DENTAL

   ¿Que cómo se mete un chico así en serios problemas?

……

   -¡Pero qué rico! –una grosera, burlona y algo ociosa voz le hace pegar un bote, volviéndose todo enrojecido.- ¿Llamando machos… Tiffany? Nunca tienes suficiente, ¿verdad? Eres tan caliente como te escuchas de noche.

   -Es toda una puta de coño mojado. –agrega, riendo, otra voz.

   Pálido, desnudo a excepción de la breve tanga, Daniel encara a cuatro carajos, dos de ellos negros enormes, otro es un latino con cara de ociosidad, así como un catire de cara roja, ancha y fea, todos en toallas.

   -Yo… yo… -jadea, mirándoles con miedo, presintiendo el peligro.

   -¡Noten cómo nos mira! ¿Te excitan nuestros cuerpos, puta? –pregunta el tipo blanco, dejando caer la toalla, el güevo en reposo va llenándose de sangre y ganas, rojizo, levantándose. Entre risas los otros le imitan.- Quiero quitarle esa tanga de zorrita con los dientes.

   -¡No! No se acerquen a mí. ¡Déjenme en paz!

   -Oh, vamos, conocemos a las perras en celo como tú; cada noche escucho cómo quieres. Cómo suplicas, cómo pides por el güevo de ese man. Gritando como la zorra que eres mientras te llena el coño. Un coño que pide y pide. Cada noche. –sentencia el hombre negro que habló primero, su grueso instrumento totalmente erecto.- Tu hombre lo dijo, necesitas esto. Amas esto… -se frota la verga.- Y vamos a dártelo, Tiffany. Vas a gozar como la puta que eres, llena de güevos por todos lados.

   -¡No! –ruge Daniel, e intenta correr, como ya una vez intentó, meses atrás, pero aunque se debate, revuelve y grita que le suelten, cuatro pares de manos, entre risas y jadeos de lujuria, le detienen.

   Esos hombres ya no piensan, son una turba. Saben, o creen, o fingen creer que es una puta que ruega por güevos, que dice que no pero que en verdad los quiere. Han escuchado a su macho llamarlo insaciable, y ellos están ahí, calientes, queriendo darle. No veían nada malo en ello. Y empujan al joven al interior de las duchas. El hombre se revuelve, la coleta cae y su cabello largo se suelta, su cuerpo esbelto es recorrido codiciosamente por muchas manos que acarician cada centímetro de su torso, espalda y abdomen, los güevos erectos, grandes, duros, babeantes, rodean esas caderas envueltas tenuemente dentro de la suave pantaleta. Y mientras más se resiste Daniel, más imaginan esos tíos que lo hace para jugar, que quiere pero se hace el estrecho, así se inician en todas partes del mundo las violaciones del grupo, “creyendo” que la víctima quiere, que lo pidió o que se lo andaba buscando.

   Daniel grita pidiendo ayuda, hasta que una mano grande le silencia cubriéndole la boca, sus brazos son inmovilizados, una mano baja y le acaricia desde atrás, sus tetillas, una de las bocas atrapa uno de sus pezones. Todas esas vergas tocándole.

   -Vamos a llenarte el culo de leche, o tu coñito dulce, puta. Todos te vamos a coger, duro y sabroso, durante horas, y te vamos a preñar… -le promete, ronco y bajo, uno en su oído.

……

    Johan Adams, el obeso vigilante de prisiones fuma un cigarrillo en el patio central, indiferente a todo a su alrededor, no así a que duele la espalda, por el peso. También los pies. Eso por las botas. Un hombre de cara aceitunada, un convicto, se le acerca alarmado.

   -Señor, un grupo de prisioneros están agrediendo a un tipo en las duchas… -el voluminoso hombre se vuelve, alarmado, ¿por qué siempre en su guardia?- Creo que es ese tipito, la “novia” del Carnicero.

   -¿Pierce? –se relaja, ceñudo.- Seguramente quería fiesta y andaba buscando tíos. Es un puto de lo más sucio. Le gustan demasiado los hombres. Déjalo pasar un buen rato.

   -Pero, señor, por lo que escuché…

   -Sigue tu camino, convicto. –es seco. No, no iba a meterse en asuntos que no le interesaban, que el puto se divirtiera si es lo que quería.

   Si, el peligroso convicto condenado a muerte sabía anticipar a las personas, aún más, las llevaba a pensar lo que deseaba. Y la idea era que Daniel Pierce no recibiera ayuda en esas duchas a manos, y vergas, de los hombres que cada noche le oían gemir como una puta. Adams no se preocupaba, ¿acaso no había sido testigo de lo zorra que era?

……

   Robert Read, echado en su litera, la superior, sonríe levemente con las manos bajo la cabeza. ¿Estaría viendo en su mente lo que ocurría con Jeffrey Spencer y Daniel Pierce? Posiblemente. Alguien se detiene fuera de la celda, un sonriente Lomis, el guardia pelirrojo, quien también tenía mucho en qué pensar, y todo iba directo a su ingle.

   -¿Deseabas algo? –pregunta el vigilante, ahora algo incómodo como siempre frente a ese sujeto que sabía tanto de él. El otro baja de la cama y se le acerca, alto, fornido, velludo, medio calvo. Peligroso a pesar de estar encerrado.

   -Necesito que me traigas a alguien. Una visita privada… que su nombre y cargo no conste en ninguna parte. Y lo necesito ya. –ordena con una sonrisa en los labios.- Lo llamarás y le dirás que recuerde que no puede negarse. –se oye perverso.- Y mañana tendrás que denunciarle algo al Alcaide, una horrible agresión sufrida por un recluso…

……

   -¡No! –Daniel Pierce grita, ahogado entre unos férreos dedos negros que cubren su boca, de pie, sometido por esos cuatros sujetos en las duchas, todos pegándole los toletes duros, calientes y babeantes del cuerpo; todos deseaban frotarse de su piel, todos parecían querer, fascinado, tocar con sus babeantes glandes la breve pantaletica roja de encajes que lleva, toda manchada con el semen de Read. Las manos van por su cuerpo, le soban de manera soez, uno de ellos esta chupando una de sus tetillas, los labios cerrados, la lengua aleteando, succionando, obligándole a gemir con ojos muy cerrados, luchando entre el asco y la extraña excitación que ahora despertaba en él esa parte de su anatomía. La imposibilidad de escapar de esos hombres, cuyas manos erizan cada parte de su cuerpo en sus recorridos, es la peor de las torturas.

   -Vamos a cogerte duro. –gruñe uno.

   -Vamos a hacerte gritar y llorar como una puta… -jadea una nueva voz, atrapando su otro pezón, pegando a su costado la verga erecta, mojándole la cadera.

   -Está caliente… -gruñe quien le sostiene por detrás, bajando la mano grande, callosa, recorriendo su abdomen plano, el contraste entre las pieles es casi obsceno, atrapando la suave pantaleta y apretando un poco, antes de meterla allí entre risas.

   No, él no quiere nada de eso; todavía se resiste, lloroso, totalmente aterrorizado, preguntándose cómo todo pudo deteriorase de esa manera. ¡Era su culpa!, se dijo con angustia. Por comportarse como lo hacía con Read, por gritar, por buscarle, por… actuar como una puta.

   -Ahhh, esta teta está rica… -comenta uno de los que le succiona los pezones, mordiéndole.

   Daniel grita farfullando más cuando le alzan en peso, no puede defenderse, lanza patadas pero sólo logra que rían, que le toquen más, que gocen controlándole como la manada de depredadores sexuales que son. Le obligan a bajar en cuatro patas, ahora grita cuando su boca queda libre, pero sólo por un segundo, una enorme verga negra, gruesa, le silencia. El tipo le atrapa el largo y sedoso cabello dorado, embistiéndole con fuerza, obligándole a abrir mucho la boca, y los ojos, de donde escapan lágrimas de impotencia cuando tiene que sorber sobre la gruesa pieza masculina intentando respirar. La pulsante barra, aplastándole y quemándole la lengua, la baja por la garganta. Sale y entra, sus mejillas enrojecen, su nariz queda entre los crespos pelos púbicos de ese sujeto que goza cuando tiene que chupársela. Y por atrás…

   El joven siente lo que parecen cientos de manos sobre sus nalgas redondas, doradas y lisas, recorriéndolas, dedos clavándose en sus carnes. Manos de carajos que se deleitan tocándole, que miran ardiendo de fiebre y ganas la tirita roja del hilo dental sobre su culo, que la tocan, que la recorren con todo y raja interglútea abajo. Daniel siente como uno mete la mano y atrapa sus bolas dentro del hilo mientras otro aparta la tirita de su agujero redondo, liso, lampiño…

   -Qué culo tan bueno… -grazna uno, ahogado de lujuria.

   Son cuatro tíos enormes, presos, convictos violentos a punto de gozar de un chico bonito en pantaleta, que ya está mamando a uno y cuyo culo está indefenso. Cada uno ya se imagina apuntándole con la cabeza de su macana, empujándosela duro, para hacerle gritar y estremecerse mientras se lo rompe, para obligarle a agitarse sobre ella, apretándola con sus entrañas.

   -No… es un coño. –gruñe el tipo de rostro ancho, muy blanco, antes de pegarle la lengua en el agujero, lamiendo y penetrándolo, caliente, dúctil, estimulante, consiguiendo que Daniel se tense y alarme más. Hay risas coreándole.

   -Eso es, cómele el coño a la puta.

   -Seguro que ya lo tiene caliente y mojado. Las buenas putas se vuelven un mar de agua ante los machos de verdad. –jadea el latino.

   -Lo quiero ya. –el otro tío negro aparta al blanco, posicionándose, su impresionante verga apuntando al rojizo y ensalivado agujero, frotando la amoratada cabezota, Daniel llorando de angustia, de frustración, de autocompasión.- Te va a gustar, nena. El maestro Read no es el único que puede llenar tu vida y tus necesidades. –agrega y todos ríen de la broma.

   El indefenso hombre rubio cierra los ojos, totalmente embargado por la pena, sintiéndose sucio, bajo, miserable. Una piltrafa que merecía ser tratada así por débil, por someterse de esa manera a ese hombre que le llevó a este estado. Por buscarle. La verga en su garganta, cortándole la respiración, y ese glande liso y caliente que forza su entrada, parecían estar sellando su destino. Ahora era esto, la perra del penal.

   -¿Qué hacen, hijos de perras? ¡Si quieren putas vayan a coger a sus madres! –una voz dura, autoritaria, se deja escuchar desde la entrada de las duchas, congelando a todos en su sitio.

   Es tanto el desconcierto que Daniel se aparta de aquel güevo que tenía que chupar, cayendo de lado sobre el piso, cubriéndose con las manos y las rodillas, volviéndose hacia la entrada, hacia donde miran todos, de pie, hostiles. Allí estaba él, Geri Rostov, se dice entre aliviado y terriblemente avergonzado.

   Los otros le miran, desconcertados, allí estaba ese carajo alto y esbeltamente musculado que se la pasaba con la Hermandad Blanca en los patios. Y les estaba hablando como si fueran basura. Lo que no hubiera sido problema si no fuera porque no estaba solo. Tiene a otros tres tipos detrás, dos de ellos son hermanos, de cabezas rapadas y símbolos de puños en sus cráneos, muy jóvenes y violentos cuando cometen robos a mano armadas, el tercero era aún más inquietante, una mole de carne, también calvo, de barba espesa, ojos crueles. Es una inquietante camarilla de tíos blancos que no se mezclaban con otros, los arios les llamaban algunos.

   -Este no es asunto de ustedes. –gruñe el hombre negro que tomó la iniciativa del ataque, midiendo sus posibilidades.

   -Atacan a un hermano. –les aclara Rostov, mirada fría.

   -¿Acaso este marica es asunto tuyo? –hay cierta burla en la pregunta.

   -¿Lo es tuyo, Morgan? –el reto es directo.

   -Mira, hijo de puta, nosotros llegamos primero y… -se le encima.

   -Si comienza algo, aquí y ahora, recuerda que tendrás que llegar hasta el final, negro. Nosotros lo haremos. –le responde el hombre joven.

   -¿Qué carajos te crees, hijo de…?

   El rostro atractivo de Rostov no se inmuta, tan sólo descruza los brazos y  muestra una mano, un punzón se destaca. Detrás de él, los otros le imitan, uno de ellos quedándose de guardia en la entrada. Y todo cambia.

   -Lárgate ahora, o piérdelo. –le indica, bajando la mirada, sonriendo con desprecio.- Negros de mierda, siempre diciendo que las tienen grande… -se medio ríe, atrapando con una mano sobre su braga.- ¿No quieres ver y enamorarte de una buena?

   Hay una rabia sorda y desesperada en el grupo de perpetradores, ya consideraban a Daniel una víctima, estaban calientes, excitados, ya se imaginaban descargando toda la frustración y violencia de la vida tras las rejas en aquel bonito sujeto, que medio gatea de culo hacia atrás, cubriéndose con una toalla, bajando la mirada.

   -Esto no lo vamos a olvidar, nazi de mierda. –dice tenso el hombre negro, odiando tener que abandonar la plaza, pero enfrentar a cuatro sujetos armados y vestidos, estando desnudos y contando únicamente con las manos no era negocio. Era la prisión, ya habría otro momento para cobrarse. Van saliendo envolviéndose en las toallas, repitiendo insultos de lado y lado, casi todos de tintes raciales.

   Geri Rostov no les mira, tan sólo observa al caído Daniel, quien rojo de cara, sintiéndose increíblemente mal, limpia con las manos su rostro y boca, de llanto, también de sudor y de saliva. Uno de los chicos calvos, con el tatuaje de puño en su cráneo, se le acerca.

   -Se fueron, pero no lo olvidarán. ¿Estás seguro de lo que haces? Buscarse problemas con los negros por nada…

   -Esto no fue cosa de los negros. Sólo de estos cuatro tipos. Y dos no son negros. Todo estará bien. Yo me encargo. –responde con autoridad, sin dejar de mirar a Daniel, sabiendo que el otro evita por todos los medios corresponderle, muerto de mortificación como está.

   -Tú sabrás lo que haces. –se encoge de hombros, confuso, mirando con algo de curiosidad, también de disgusto, a Daniel, saliendo con los otros.- Estaremos cerca.

   Quedan solos. El silencio se alarga. Rostov espera.

   -Gracias. –croa de manera rota, Daniel. Sin mirarle. Es la señal que espera, el hombre se le acerca.

   -¿Estás bien?

   -Sí, yo… -intenta restarle intensidad a la vaina, pero coño, iban a violarle, todos esos sujetos. Entraron y pensaron que podían hacérselo porque era “una puta”. Toma aire con fuerza, congelando su pecho, quiere resistir, aguantar, no derrumbarse. No ahora.- Estoy bien… Gracias por ayudarme… otra vez… -la cara le enrojece aún más feamente y los labios le tiemblan. Cosa que no se facilita ni un poco cuando el otro se agacha frente a él.

   -Tranquilo, no fue tu culpa. Son unos hijos de perra.

   -¡Y buscaban una perra! –grita con rabia, sintiéndose violento contra el mundo, contra Read, esos sujetos y consigo mismo.- Me ven como… -baja más la mirada, temblando y mordiéndose el labio inferior para no llorar.- Soy un cosa extraña… ese hombre me convirtió en un fenómeno y por eso me atacan.

   -No es tu culpa nada de esto, es de ese tipo Read, es de esos cuatro hijos de puta. Te atacan porque son criminales violentos, tal vez algunos sean aberrados sexuales. –le explica el otro, tomándole la barbilla y obligándole a mirarle.- No es tu culpa ser tan bonito… -y comete el error de acariciar muy levemente su barbilla.

   -¡Suéltame! –le grita Daniel, furioso, manoteando y alejándole, poniéndose de pie aunque le cuesta, cubriéndose.- ¡No soy una mujer! ¡Deja de verme así, deja de tratarme así, maldita sea! –grita casi histérico.- ¡Aléjate de mí!

CONTINUARÁ…

Julio César.

NOTA: Lo que sigue es bueno, lo juro.

SERVIR Y OBEDECER… 2

abril 13, 2015

SERVIR Y OBEDECER

   La siguiente historia NO ES MIA.

SERVE AND OBEY

By: lexicodecy

CHICO ATADO Y SOMETIDO

   Apenas comienza, pero ya aprende…

……

   El dolor que inunda su cerebro es blanco, intenso, todo su cuerpo está tenso, arqueado sobre la silla, retenido por las amarras. Y la presión cede, los dedos, índice y pulgar, aún atrapan su pezón, pero no oprimen, su cuerpo se relaja levemente, jadeando ahogado, la mente convertida en una masa de rabias, ganas de luchar, pero también de temor. Mierda, llevaba dos días ahí y nadie había ido a liberarle, ¿qué pasaba? Jadea y toma aire, su cuerpo está cubierto por un sudor espeso que se enfría. Lo siente, a ese tipo casi sobre su nuca, el brazo cruzándole el torso. Los dedos se frotan de su pezón, enrojecido y erecto, sensible por el dolor, y se revuelve otra vez, no quiere ser tocado así, ni sentir esos desagradables escalofríos que recorren su espalda. ¡Quiere que le suelte! ¡Qué se aleje de él! Y gruñe ahogado por la mordaza, ensalivada.

   -Silencio, puto. Y quieto. –es la orden seca de esa voz algo rasposa, como la de alguien que no acostumbra usarla mucho.

   Sin embargo el joven marine se resiste, escucharle le hace real, un sujeto malvado que le retiene, no sólo un monstruo en las sombras. Sus manos se cierran en puños, sus brazos se hinchan, despega el culo de la silla intentando pararse, romper sus ataduras. Y muge bastante ruidosamente tras la mordaza. Los dedos dejan de acariciar, quietos, luego oprimen de manera intensa. De golpe. Los ojos del chico se desorbitan, el ramalazo de dolor es intenso. Muge mientras está siendo tratado así. El agarre no cesa. Cuando le suelta, jadeando, frío de dolor e inquietud, le oye respirar pesadamente a sus espaldas. Dios, a ese sujeto le gustaba lastimarle. La idea era reveladora. Y aterradora. Se tensa cuando los dedos de esa mano rastrillan su piel, rumbo al otro pectoral, atrapando su pezón derecho. Cierra los ojos, esperando el ataque, intentando no moverse, no quiere darle escusas para atacarle.

   No sabe que comienza a responder al tratamiento.

   Esos dedos juegan con su pezón, con la uña del índice lo rasca, lo atrapa entre sus dedos y lo hala, lo frota, pellizca, pero no con fuerza. Y el joven se incomoda más, porque le responde, la tetilla se le erecta bajo esos dedos.

   -Mejor. –le oye aprobar, aunque no contento, seguro deseaba apretarle.

   El joven marine, atado, le ve ir hacia un largo mesón-gabinete al final de la estancia, encogiéndose de miedo por todas las cosas que cree distinguir, pero esta fuera del área de iluminación del bombillo que todavía bascula sobre su cabeza. Le ve tomar algo. El sujeto se vuelve, atractivo, alto, joven y peligroso. Se le acerca, y ahora repara en su erección, lo que en sí es todo un shock aunque era de esperar. Claro, era algo sexual, ¿qué más podía ser? El joven comienza a hiperventilar, estaba en manos de un depravado, ¿acaso sería violado?

   -Esto te gustará. –le dice parándose al frente, destapando el pote de goma oscura, como un envase de pegamento escolar, mirándole a los ojos mientras un claro y oloroso líquido cae en sus dedos.

   Vuelve a sus espaldas y con esos dedos, sobre su torso, acaricia y unta la substancia sobre su pectoral izquierdo, sobre la sensible tetilla, por la apretada, que le hace pegar un leve bote en el asiento mientras es recorrido, una y otra vez. Ese hombre no se cansaba de manosear el fornido pecho del joven macho atado. La mano grande, dedos abiertos, subía y baja con fuerza sobre toda la zona, retirándose luego. Este siente ese olor otra vez, seguro había dejado caer más de ese líquido en sus dedos. La operación se repite pero ahora en su otra tetilla. Los dedos recorren, frotan, casi masajean, y mientras lo hace, el joven siente que el otro pezón le arde un poco, caliente, notando él mismo que se eleva otra vez, sin ser tocado en esos momentos. Cuando la mano se retira y ese pectoral quema también, la mano vuelve al izquierdo, acariciándole, los dedos corriendo con fuerza y firmeza sobre él.

   El chico parpadea confuso, estremeciéndose, sintiéndolo bien. Su tetilla ardía, y cuando la otra es atrapada por la otra mano grande, ambas acariciándole, siente los pezones al límite, increíblemente sensibles. Cierra los ojos y menea el rostro, resistiéndose, intentando aislarse, no quiere sentir pero no puede evitarlo. Intenta imaginar que es su joven esposa en casa quien le toca, aunque ella nunca hace cosas así, ni él lo esperaba, ser manoseado en sus tetas. Nelly, ahora la extraña, a esa novia de escuela que ahora es su señora, una a quien no ve nada malo montarle los cachos de vez en cuando. Índices y pulgares atrapan sus tetillas, frotando de manera circular otra vez, y se agita, sintiendo el hormigueo en las bolas, su verga algo inquieta. No quiere pensar en eso pero o puede dejar de sentir.

   Dejando salir el aire, ruidosamente, se medio calma cuando la mano izquierda detiene las caricias sin soltarle mientras la derecha abandona su pectoral y comienza a bajar por su cuerpo, desde su espalda. Los dedos, abiertos, recorren con propiedad, la del dueño, sobre su abdomen firme y rizado de músculos. La sensación es desagradable, horrible para el joven macho atado, sintiéndose impotente y manoseado por un aberrado sexual. Se tensa cuando los dedos suben sobre el suspensorio chico, su verga medio morcillona por razones totalmente ajenas a sus deseos. Los dedos lo recorren, como jugando al caminito, sobre la tela y su miembro. Pero lo peor, aún más, era que estaba totalmente consciente del tipo sobre su hombro, su cuerpo sólido y caliente encimándosele, la verga dura contra su hombro. Se inclina más, para que los dedos lleguen abajo, y ese tolete se le frota. A su tensión corporal, eso le resulta demasiado y se revuelve, intentando alejar su verga de esa mano y al sujeto de su espalda. Ignora el cómo este sonríe. Cruel. Esperando esa reacción.

   Esa mano baja más, y sin esfuerzo abarca y atrapa sus bolas, que son violentamente apretadas. Si lo de la tetilla le lastimó, al chico casi se le sale la orina ante el feroz y súbito dolor, caliente y cortante, sobre sus testículos. Horrible sensación que no mengua porque esa mano está fija sobre sus pelotas, apretando y manteniendo la intensidad del agarre. Duele, mucho, de su cuerpo mana el sudor como un río, su pecho sube y baja, sus puños están cerrados. Sus pies luchan por librar el agarre del piso. Sus caderas se medio agitan, pero eso duele y de sus ojos cerrados escapan lágrimas de agonía y rabia. No quiere pero solloza leve, cosa que aligera el agarre.

   -Te dije que te quedaras quieto, puto, debes aprender a obedecer. –le susurra al oído, el aliento bañándole, demasiado cerca para el gusto de cualquier hombre, pero el chico soporta, lo tolera para no sufrir otra vez.

   Gime apagado, esos dedos le acarician las bolas, duelen pero no tanto ahora, mientras su pezón es nuevamente acariciado. Dejando sus pelotas quietas, aunque la mano sigue sobre ellas, las atenciones a su tetilla le llenan de calor, no entiende por qué la tiene tan sensible, tan conectada a los centros de placer y estimulación sexual. No quiere, pero sabe que cuando se medio agita, su pectoral contra la mano, no está pensando claramente. Los dedos aprietan un poco en sus bolas, y duele, se tensa pero las manipulaciones a su otra tetilla se inician también. Hay apretadas seguidas de sobadas a sus bolas, mientras la otra mano va y viene sobre sus tetillas. La mente del joven es un doloroso caos de sensaciones donde ya no diferencia qué le duele y qué no. Y sigue y sigue. El ataque no mengua mientras respira ahogado, su cara está roja y convulsa, expresando su angustia, temor, rabia e inquietud. Siente esos labios casi sobre su oreja.

   -La tienes dura, puto cholo. –le oye, el desprecio en cada sílaba, peor, también el placer que siente al someterle.

   Mareado, niega con la cabeza, la risita seca sobre su oreja, que esos labios tocan por un momento, le llena de rabia. Esa mano deja sus pelotas, sube y se mete dentro del suspensorio, atrapándole el morcillón tolete medio duro, medio caliente. El joven se agita de sorpresa, ojos muy abiertos.

   -Quieto, puto. –oye y se congela, no quiere sufrir.

   Pero casi lo intenta de todos modos, esa mano sobre su verga, apretándola suavemente, puño firme, palma callosa, la de un hombre sobre su pieza de macho, le confunde. Pero no puede pensar mucho más cuando la otra mano vuelve a sus pezones, acariciándolos, halándolos de manera intensa. Todo gira alrededor del joven, desesperado, corazón agitado, su verga respondiendo en contra de su voluntad, endureciéndose, llenándose de sangre y ganas. Cierra los ojos para no saber, estremeciéndose cuando su hombro choca de la verga dura del tipo, bajo sus ropas. Esa mano va y vienen, descendiendo un tanto su ritmo masturbatorio, porque eso era lo que le hacía, por lo que desesperado, sabiéndose fuera de sus cabales, el chico se agita en la silla, medio elevando su culo, quiere que toda esa mierda termine. La mano va y viene, acompañada de sus movimientos, y los segundos se alargan, los dedos sueltan y aprietan, el pulgar cae sobre su ojete mojado, regando el líquido espeso. Y el chico siente todo ese calor, su cuerpo enrojece todo, su respiración se espesa, su verga es una dura y ardiente barra lista para temblar y correrse…

   Pero la mano se retira. También el sujeto.

   En un principio siente un choque casi físico, y gime y se estremece como exigiéndole terminar, frustrado, mirándole, ojos humedos, mejillas bañadas de sudor y lágrimas, labios apretados. Furioso. Ese tipo había jugado con él, pero su verga, totalmente dura, con ganas de correrse, se agita ahora contra el suspensorio que apenas puede contenerla. La tela se moja un poco de líquidos pre-eyaculares. Y la presión de esa tela es enloquecedora.

   -Si eso te gustó, amarás lo que sigue, puto…

   Le oye. Va a refutar, aún amordazado, cuando ese tío vuelve a sus espaldas, con un puño le sostiene un lado de la cara, con el otro brazo le rodea el cuello y aprieta y aprieta. Al joven le falta el suministro de oxígeno casi en seguida, no puede llenar sus pulmones de aire, se está sofocando. Se agita, lucha, gruñe, se debate duro con luces blancas estallando frente a sus ojos, una negrura rodeándole mientras va perdiendo fuerzas, congestionándose y enrojeciendo feo.

   -Te gustará lo que viene… -es lo último que le oye decir mientras todo se oscurece de manera total a su alrededor.

   Está totalmente en sus manos.

CONTINÚA…

Julio César.

EL SUEGRO LO ENVICIA… 41

abril 11, 2015

…LO ENVICIA                         … 40

   Este relato me lo envía por correo un conocido de la casa, LeRoy, y es bueno, aunque es una mala traducción que me tomará tiempo medio hilar. Este relato que NO ES MÍO, lo llevo más bien como una pequeña adaptación. Que el autor no se moleste, por favor. Bien, la trama: un chico muy joven sueña con ser físico culturista y se casa con la hija de un ex culturista, el cual termina convirtiéndole en el juguete sexual de todos los hombres. Disfrútenlo.

……

Título: Muscle Pussy

De: hgenyc9261@gmail.com

LA TANGA ROSA

   Un chico vestido para la fiesta de su vida.

……

   -¡Tómala, pequeño puto! –gruñe el hombre, metiéndosela hasta el fondo, la dura pieza pulsando y disparando sus chorros de esperma, una que se une a las otra dos leches ya depositadas.

  Y ese disparo, sumado a los anteriores roces en las paredes de su recto, así como los golpes sobre su próstata, consigue que Bobby también se corra dentro de la pantaletica. Ned lo sabe, sonriendo de lo puto que es, ¡mira qué correrse sin tocarse!, sacándosela casi de golpe, poniéndose de pie al igual que Stan. Y justo en ese momento asoma la cabeza por la puerta del depósito, Ken, mirando también: aquellas nalgas redondas muy abiertas, la tirita de una tanga apartada, el redondo agujero dejando salir todas esas leches acumuladas.

   -Veo que estás ocupado, Bobby. –sonríe levemente el joven jefe.- Pero necesito que regreses al stand. –informa antes de salir y cerrar la puerta.

   Algo cohibidos ahora, los dos hermanos se visten, igual que el entrenador, y salen para dejarle tiempo de acomodarse. Bobby, rojo de cara, respiración pesada y piernas algo débiles después de tanto placer a manos (y güevos) de todos esos machos, se pone de pie y se arregla. Se quita esa tanga y usa nuevamente la prenda que exhibía en la presentación.

   Tomando aire, después de usar la otra tanga para limpiar el exceso de semen, abre la puerta y regresa a paso vivo al stand. Deteniéndose. Allí estaba su suegro, Ben, hablando con Ned y los otros dos chicos, con ellos también estaba Bill, el prospecto de futbolista, negro y fuerte, a quien conoció en la fiesta de despedida de soltero del hijo de Tom. Con cara roja, se preguntó qué hacían ahí todos esos hombres a quienes… conocía bien.

   -Hey, Bobby… -comienza Bill, sonriendo, recorriendo al rubio con la mirada.- Acompañé a tu suegro para invitarte en persona, igual que a él, a una fiesta que daré este sábado en mi casa; habrán muchas cervezas y carne. Estarán presentes algunos compañeros de mi equipo de futbol. Espero que asistan.

   -Allí estaremos, Bill. –acepta Ben, por ambos.

   A Bobby no le extraña, ¿cervezas, barbacoa y futbol?, su suegro debía sentirse en la gloria. Poco después todos se despidieron de suegro y yerno.

   -Y… ¿cómo te fue? ¿Mucha acción? –le pregunta el hombre en cuanto los otros salen, y a Bobby la cara le enrojece, lo que seguramente es una respuesta para el otro.

   -Algo.

   -¿Te puedes ir ya? Tengo hambre. –invita.

   Bobby balbucea, volviéndose hacia Ken, quien le miraba con fijeza. Y entendió, el otro parecía esperar el momento oportuno para llevarle también al almacén y hacer uso de su culo lleno de leches. Era otro macho que esperaba su turno para cogerle con su gruesa verga. Y la idea le marea de lujuria.

   -Puedes irte. Sólo queda recoger las cosas. Mi esposa y yo podemos con eso. –dice finalmente Ken, mirando a su esposa que se acerca con una gran sonrisa en los labios.

   -Estuviste genial, Bobby. –le sonríe ella.- Espero volver a verte pronto.

   -Gracias. –responde el joven culturista, algo rojo de cara, avergonzado, estrechándole la mano antes de volverse hacia Ken.- Adiós, y… gracias.

   -De nada. Te ganaste el trabajo. Te llamaré la semana que viene, habrá otra Expo.

   -Esperaré con ganas. –sonríe el joven, preguntándose sí eso despegaría una carrera como modelo.- Voy a… cambiarme.

   Regresa al depósito, seguido por muchas miradas clavadas en su ancha espalda, su redondo trasero apenas cubierto, sus muslos impresionantes. Pero, por una vez, no lo nota, ocupado como va preguntándose sí la vida como modelo de Expo daría lo suficiente para vivir de ello. La perspectiva le gustaba. Entra al cuarto, se despoja de la tanga y se viste… mirando sobre una caja la tanga hilo dental femenina con la cual fue cogido poco antes. Por esos tres sujetos de vergas enormes que llenaron ansiosamente su culo de masculinidad y esperma. Mucha. La enrolla en el puño y se la guarda en un bolsillo, en cuanto le paguen, lo cancelará.

   Se estira, algo cansado, por ahora tan sólo desea llegar a casa, tomar una ducha, comer pizzas y echarse a dormir… A menos que su suegro tuviera alguna idea traviesa.

……

   Todavía sintiéndose orgulloso de lo bien que salió su primer trabajo como modelo, ese lunes recibió una llamada de Ken informándole que ese sábado vendieron más de lo que habían logrado antes en esas Expos. Él y su esposa estaban convencidos de que todo el mérito era del modelo, cosa que quemó de rosa las mejillas del forzudo joven.

   -Espero volver a trabajar pronto contigo, quiero ver cómo te quedan los nuevos modelos que se me han ocurrido. Mi mujer dice que son algo… atrevidos, pero ya veremos. –medio ríe, ronco, provocándole escalofríos a Bobby.

   -Allí estaré.

   Casi saltó de alegría, fuera de saber que le habían depositado su dinero, sabía que tenía futuro en eso. Cosa que le emocionó. Para celebrarlo, y luego de pasar por el banco, se fue de tiendas. Quería algo de ropas nuevas. Algunos pantalones cortos y tops, como siempre usaba, pero ahora aún más ajustados. Intenta no pensar mucho en todo ello, pero sabe que ese afán de mostrar su envidiable físico se debía a toda la atención masculina que había estado recibiendo últimamente. El ser admirado, y codiciado, por todos esos hombres que deseaban hacer uso de su cuerpo, de su culo, le tenía afiebrado. Quería exhibirse. Los pantalones cortos, como dos de los jeans que llevó, se ajustaban como guantes a su trasero, destacando lo redondo y musculoso que era, mientras los tops, muy abiertos al frente, dejaban ver sus hombros, bíceps y pectorales desarrollados. Comprobando su imagen frente a uno de los grandes espejos de la tienda, captó la mirada de un tipo joven que iba con la que supuso era su esposa, que le tenía los ojos clavados en el culo. Cosa que era muy agradable.

……

   El sábado por la noche llega al fin y tanto Ben como Bobby se dirigen a la fiesta de cervezas y carnes en la casa de Bill. El joven sabe que su suegro está muy emocionado, ya que es de lo único que ha hablado toda esa semana… Una semana, toda una larga semana en la que el joven no ha tenido diversión en absoluto. Sus noches han sido de calenturas y soledades, por suerte, Ben le había permitido quedarse con el grueso consolador que le llevó una vez. Era excitante y frustrante, también algo humillante, el verse en ese estado, recordar esa noches boca abajo en su cama solitaria, la cara de lado sobre la almohada, los ojos cerrados, su culo alzado, uno de donde salen y entran sus buenos gruesos centímetros del consolador, conteniéndose para no llamar a Ben, su suegro, o a Tony, su cuñado, cuando estaba en casa. A veces, bañado en traspiración, imaginaba que iban los dos, a atenderlo con sus güevos, padre e hijo sólo para él, y teniéndolo clavado en el culo, agitaba la base del dildo de goma, soñando con sus hombres. Que no aparecieron en toda la semana.

   Pero allí estaba su suegro, todo ansioso y feliz con la reunión, citando y repitiendo historias sobre este o aquel juego, y sobre lo mucho que quería conocer a tal o cual jugador, cuyo nombre el culturista desconocía. A Bobby no le gustaba el futbol, ni nada sobre él le resultaba interesante. Sólo iba porque le agradaba Bill, en muchos sentidos, y quería pasar una noche del sábado fuera de casa. Era un muchacho, después de todo, eran sus años de vivir para fiestas y locuras.

   Nada más llegar, el joven queda impresionado con el tamaño de la vivienda, era evidente que a los atletas profesionales, o semi, les iba muy bien. Por un momento estuvo tentado de preguntarle a su suegro si el joven vivía con su novia o no, pero aunque así lo fuera, era demasiado espacio. Aún para dos personas. Suegro y yerno llegan a la entrada y llaman, escuchando los animosos comentarios de un juego salir detrás de la puerta. Ben se queda mirando a su yerno.

   -¿Ropa nueva? –le pregunta.

   -Si, la compré con el dinero que gané en la Expo. –y consciente de que era la primera vez en la semana que realmente veía y hablaba con el hombre, al joven le dio calor, volviéndose.- ¿Cómo me queda? –la mirada del otro se clavó en su culo firme bajo el ajustado jeans.

   -Te queda muy bien, hijito… -le gruñe ronco, tendiendo una mano y sobándole sobre la tela con los dedos abiertos, cada una de las redondas masas y bajando entre ellas, provocándole escalofríos y cosquillas al chico.- Realza tu culo, aunque este es magnífico de por sí. –agrega, apartando la mano y llevándola a su propia entrepiernas, acomodándose algo allí que parece que de pronto le incomoda.

   Finalmente Bill abre la puerta, los saluda con algo de escándalo y les invita a entrar. Estaba sin camisa, llevando un pantalón corto de básquet, y a Bobby, que la garganta se le había secado un poco con la sobada que le dio su suegro, ahora se le cierra al recordar cabalmente la increíble musculatura del coloso negro. También de su hercúlea verga de ébano abriendo su redondo y rojizo culo depilado, llenándole con su hombría. Se sofoca un poco, mejillas rojas, diciéndose que tiene que controlarse.

   -Vamos, les presentaré a todos. –anuncia él, llevándoles a través de la casa, llegando finalmente a una habitación grande, donde un enorme televisor tamaño familiar transmite unos anuncios de juegos. Hay tres sofás, así de grande es la habitación, y cuatro de sus amigos ya están ahí. La puerta de cristal que daba a la piscina ocupaba toda una pared, al fondo había una mesa de billar.

   Sin querer parecer muy entrometido, Bobby se dedicó a mirarlo todo, con interés. Debía ser bonito tener una propiedad así.

   -Chicos… -la voz de Bill le saca de sus cavilaciones.- Estos son mis nuevos amigos, Ben y su yerno, Bobby. –ahora les mira a ellos.- Estos son algunos de mis compañeros de equipo; Kurt, McKay, Mike y Dion.

   Ben les saluda y comenta algunas cosas, les conocía por sus carreras. A Bobby le costó un poco más hablar, mano algo temblorosa mientras estrechaba las de esos hombres, quienes junto a Bill, conformaban un quinteto de enormes y musculosos tíos negros, todos bebiendo cervezas, cómodos. Todos eran tan altos y musculosos como Bill, y un par podrían ser aún más acuerpados. Al único que reconoció inmediatamente fue a Dion, el cual siempre aparecía en las páginas de espectáculo o deportes hablando de sus juegos. Era un tío impresionante, tanto que hizo sentir al rubio culturista que, en comparación, sus brazos eran demasiado delgados.

   Eso, sumado a su celebridad, le intimidó un poco, así como por la forma en la que miraba todo, de manera directa y fija. En cuanto se dieron las manos, la del culturista quedó eclipsada en el puño de Dion, haciéndole casi sentirse pequeño y tímido. Por su lado, Kurt y McKay parecían hermanos, unos que compartían tatuajes por todos sus enormes brazos, mientras que Mike era la estrella de televisión, guapo como Bill. Naturalmente Ben estaba encantado de encontrarse con ellos y, tomando asiento comenzó a hacer toda clase de comentarios sobre los juegos de la temporada.

   Indiferente a eso, pero agradeciendo cuando alguien le tiende una cerveza, Bobby levanta la vista para beber y se encuentra con la mirada de Dion, quien parece estar evaluándole el cuerpo. La cerveza duró poco en sus manos, llenándole de un agradable calor. Otra apareció casi en seguida.

   -Hey, Bobby, siéntate aquí, amigo. –le llamó el astro deportivo, palmeando el asiento. El joven, sonriendo, le complació. Cayendo a su lado, sus muslos chocando.- Bill comentó que eres culturista…

   -Si. –responde algo distraído, mirándole las manos al hombre, preguntándose si unas manos tan grande significarían que así era por todos lados, y aunque deseó evitarlo, bajó los ojos a su entrepiernas y casi se queda sin aliento. No sabía de qué habían estado hablando antes de que llegaran, pero le era posible ver la silueta de su miembro que serpenteaba pierna abajo del pantalón corto de básquet. ¿Acaso se le veía la punta de la verga?

   -¿Te gusta eso, ejercitarte y exhibirte? –le pregunta el hombre, mirándole.

   -Eh, si… -confirma, rojo de cara, recorriendo a los otros presentes con la vista, todos visten parecido pero no se les notaba eso que alzaba la tela de su compañero de mueble.

   -¿Bobby? –algo sobresaltado, apartando la mirada del entrepiernas de Dion, el rubio culturista repara en que otro de los jugadores, Mike, estaba diciéndole algo que no escuchó.

   -Lo siento, ¿qué?

   -¿Te pregunté si tu cuerpo estaba bien trabajado? Bill dice que sí, pero no te ha visto compitiendo, así que no nos confiamos. Aunque tienes un torso impresionante, también tus piernas y muslos.

   -Gracias, si, me ejercito bastante… -se sonroja el joven.

   -¿Y al público le gusta lo que ve? –pregunta Dion, provocándole escalofríos por la columna.

   -Eso creo. –enrojece más.

   -Oh, vamos, hijito, no seas tan modesto. –intercala Ben, terminándose otra cerveza.- Bobby tiene un gran cuerpo, su espalda siempre impresiona a los jueces, pero son sus glúteos los que enamoran a estos y al público. Nadie puede dejar de mirarlos. Vamos, muchacho, ponte de pie y muéstrales. –casi ordena.

   Y Bobby traga aire, rojo ladrillo, ¿exhibirse frente a esos hombres enormes que exudaban testosteronas? Hasta él entiende el peligro.

   -Si, Bobby, muéstranos lo que tienes para ofrecer. –sonríe Bill, con ojos brillantes.

CONTINÚA…

Julio César.

NOTA: Un amigo de la casa, Apolo, logró encontrar la página original de donde viene esta historia, que notarán fue versionada. Gracias, amigos. Quien quiera saber de qué va o cómo termina, que vaya a: http://www.nifty.org/nifty/gay/incest/muscle-pussy/

DE AMOS Y ESCLAVOS… 17

abril 10, 2015

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 16

SEXY MAN

   Listo para dar lo que le pidan.

……

   -¡Basta! –se desespera.

   -Entiendo. Lamento haberte incomodado… ¿puedo usar el baño? –la voz le sale estrangulada.

   Seguro que llora. Qué marica, piensa Yamal, señalando con un dedo hacia una puerta al final del salón. Le ve caminar con paso tenso, y desvía la mirada hacia un mugriento termo de café, sirviéndose un poco en una taza que parece llevar tiempo sin ser lavada. Cómo hace falta alguien que se ocupe, se dice pensando en la supuesta secretaria. Intentando no analizar el disgusto que siente, parte por la presencia del marica ese (Bartolomé, su mente le aclara), pero también consigo mismo. La verdad era que se sintió un poco mal por ser tan tajante, pero tenía que aclarar las vainas. Él no era ningún marica, las cosas que hizo sobre aquella cama… Toma un trago de café y lo escupe, más disgustado.

   -Carajo, ¿es que es tan difícil lavar una taza o no apagar un cigarro en ella? –grazna, a nadie en particular.

   -Puedo hacerlo si quiere, señor… -oye a sus espaldas una voz ronca, bajita y solícita que intenta un meloso tono femenino. Presintiendo problemas, muchos, se vuelve y se impacta, la mente quedándole en blanco.

   Allí estaba Bartolomé, rostro pintarrajeado, labios llenos de un rojo llamativo, cabellos revueltos, vistiendo algo que parece un salto de cama, transparente, dejando muy visible su cuerpo bajo el mismo, una prenda corta, mucho, que en sus caderas apenas cubre una pequeña pantaleta rosa, de encajes, tiritas subiendo por sus caderas, con medias negras muy arriba en sus muslos, llevando unos tacones altos, sobre su cabeza una cofia de sirvienta de película pornográfica.

   La mente del hombre queda en blanco, su respiración se espesa, no puede hilvanar una idea pero ya su güevo se alza contra la tela del mono, poderoso, anhelante. La visión de ese tipo bonito, en pantaleta, vistiendo de mujer, una que se le ofrece para cosas sucias y ricas, le trastorna. Va a su lado, como un autómata, y con una mano le atrapa la nuca, el suave cabello cosquillea en sus dedos, atrayéndole y besándole, por primera vez en su vida, metiéndole la lengua con ansiedad y obscenidad, tragándose su leves gemidos de putita, su lengua y saliva, mientras la otra mano negra, grande y ruda baja, metiéndose por debajo del salto de cama, manchándole de grasa, recorriéndole la suave tela que apenas le cubre las redondas nalgas, metiéndose dentro de ella, la mano deformando la tanga rosa, la turgente piel quemándole la planta mientras los dedos van hacia su culo depilado.

   Yamal no quiere analizar las respuestas físicas de su cuerpo cuando ese tipo gime putonamente contra su boca, mientras él le está chupando la lengua de una manera obscena con un beso salivoso y succionado, y sus dedos dentro de la pantaletica tocan y tocan esa tersa piel, las puntas de estos rozando la depilada entrada masculina que ya ha penetrado y que sabe se amolda como un sedoso, cálido y pulsante guante alrededor de su güevo. Eso estaba mal, por muchas razones. Una cosa era dejarse mamar, a todo hombre le gustaba, así fuera otro tipo; también, sí se daba el momento y se estaba muy duro y caliente, meterlo por un culo masculino; pero esto… Cuando les falla el oxígeno, el catire de rostro pintarrajeado, pintura barata que se ha regado, echa la cabeza hacia atrás, y sin reparar muy bien en lo que hace, o dónde lo hace, Yamal oculta el rostro en ese cuello, olfatea ese suave perfume de nena y lame lentamente, disfrutando los estremecimientos del otro, que jadea leve.

   -Oh, señor, no haga esto… -escucharle con voz falsamente femenina, negándose a sus avances, le eriza todo el cuerpo.

   -Eres una puta y te gusta. –sigue en el juego de roles.

   Con la sangre hirviéndole y el güevo pulsándole, no piensa en nada, sólo en lamerle y morderle la babilla a ese sujeto que huele a hembra maluca, a talcos y perfume, negándose a considerar que pocas semanas antes no se habría atrevido a tocar a otro hombre, y mucho menos de esas manera. Aunque Bartolomé, dentro de su pantaleta, no podía considerársele… Le cubre la boca con la suya casi con rabia, hambriento, demandante, tragándose su rojiza lengua, su aliento a menta, su saliva tibia mientras sus enormes manos negras, las dos, están dentro de la pantaletica, deformándola mientras le acaricia, amasándole, los dedos largos rumbo a ese culo rico. Y Bartolomé gime más, siendo alzado, sus tacones dejando el piso, y rodeándole el cuello al poderoso macho se entrega a lo que siente.

   -Hazme tuya, papi… -le pide, totalmente necesitado.

……

   Dentro del apartamento de Hank Rommer, desnudo a excepción de un corto bóxer blanco, Roberto Garantón aguarda de rodillas en una esquina, manos enlazadas a sus espaldas, estremeciéndose de calenturas y frustración, esperando por su señor que parecía molesto con él. Tiembla de lujuria, también de inquietud. Le mira regresar a la sala, sus ojos se encuentran.

   -Has sido un negrito malo… -oye a Hank, seco.- Y estoy muy molesto contiguo. ¿Crees que puedes hacer lo que te da la gana, desafiándome, pero cuando sientes que te mueres por mi güevo, entonces llegas a suplicar esperando que te sacie? Eso no está bien. –alza las manos y los ojos de Roberto se dilatan.- Debes recordar siempre cuál es tu lugar, y esto te ayudará… -el collar de cuero, negro, para perros, está allí.

   Mirándole severo pero tranquilo, Hank espera. Por él. Y estremeciéndose, Roberto cierra los ojos y echa su cuello hacia adelante, entregándosele, tragando en seco al oír la risita de burla.

   -Negro puto. –le oye, despectivo, la manos hacia su cuello, el cuero impactando con su piel, rodeándole, cerrándose tras su nuca cuando, de manera natural, baja la mirada y el rostro. Cerrándose. No tanto como para que le moleste al respirar, pero si para que lo sienta cuando traga saliva. Todo él hirviendo por una nueva sensación, su verga deformando aún más llamativamente el bóxer.

   -Eso que sientes, negro de mierda, es el placer de someterte a un hombre mejor, a tu superior. A tu macho alfa. Ese collar te reduce a tu dimensión, y saberlo te excita y alegra. Te libera de seguir fingiéndote un macho como todos. –le informa, despectivo.- Ejercítalo… traga. –le ordena, llevando las manos a sus caderas, con Roberto mirándole, con apetito, la increíble erección bajo el pantalón.

……

   En medio del pequeño taller mecánico de la línea de taxis, con la delgada camiseta enrollada casi sobre sus poderosos pectorales, la bragueta del sucio pantalón abierto de donde sale un güevo negro inmenso, Yamal mece sus caderas, rítmicamente de adelante atrás, metiéndolo y sacándolo, cogiendo aquella boca masculina pintarrajeada de rojo, mientras Bartolomé Santoro gime, perdido de goloso y gozoso, succionándolo con un hambre que delataba los muchos años de negarse comer de una buena pieza masculina, preocupado como estaba de fingirse un hombre heterosexual. Sus bonitos ojos están nublados, allí, entregado a los pies del hombre grande, rodillas y manos sobre el sucio piso, su culo alzado, la pantaleta metida entre sus nalgas, algo manchado con la grasa de las manos del hombre, como su cara misma cuando el otro le aferra una mejilla.

   Yamal Cova cierra los ojos, echando la cabeza hacia atrás, gozando de aquella mamada, de esa boca, la de otro hombre, lo que ya lo hace sucio y rico, que se pega a cada pedazo de su tranca, los labios cubriéndole, las mejillas apretando a la entrada y la salida, la garganta que succiona de manera maravillosa y la lengua caliente que se pega y frota. Todo eso le tiene mal. Todo hombre goza de una buena mamada, pero esta era mejor, lo sabe aunque no lo admite, porque se la está dando otro hombre. Meter el güevo en la boca de otro tío era algo que jamás imaginó se sintiera tan bien. Se siente poderoso, grande, dominante y conquistador, más macho que el otro. Baja los ojos, sus miradas se enlazan y se siente mejor al ver la rendición, la gratitud, el hambre de más en aquellos ojos entregados, sus labios rojos totalmente mojados.

   -Eres una putita caliente… -le dice ronco, bajito, sonriendo al verle estremecerse más, de lujuria.- Seguro que tienes el coño totalmente mojado, soñando y esperando por mi güevo, por cualquier güevo, para calmártelo, ¿verdad? –y los ronroneos escapan, con algo de saliva, de esos labios carnosos que van y vienen sobre su nervuda y amoratada pieza.- Mámala, mami, gózala toda…

   Con un gruñido le atrapa con las dos manos el suave cabello claro, aferrándole, meciendo con rudezas sus caderas, cogiéndole la boca en toda la regla, gozando sus ahogados gemidos, sus succiones valientes, la saliva que escapa de sus labios, sus ojos donde brilla la entrega. Ese tío en pantaleta, tacones y medias de nylon lo deseaba, ser tratado así, sometido, entregándose a un macho. Es una locura ver los labios muy abiertos, un pequeño lunar sobre el labio superior, la pieza de ébano sumergiéndose en ellos, centímetro a centímetro de gruesa mole de carne rugosa por las venas, que va hacia su garganta que se deforma. Y mientras esos labios se pegan del pubis masculino, y los crespos pelos negros entran dentro de la fina nariz, la garganta sube y baja con vehemencia, ordeñándola.

   -Dios, estás tan hambriento de güevo… -le reconoce, casi curioso.- Debiste probarlos antes.

   Se la clava otra vez, tendiéndose sobre él, un enorme tío negro, las manos volviendo a las redondas y firmes nalgas, lisitas, sin vellos, los oscuros dedos hacen un contraste increíble sobre la pálida piel, que amasa, soba, recorre y separa, la pantaletica entrando totalmente en la raja. Un dedo largo se dirige hacia esa raja, metiéndose bajo la tela, recorriéndola, y Bartolomé cierra los ojos, jadeando ahogado, su nariz aplastada contra el pubis del otro. Ese dedo en su recorrido lento, deliberado, es una deliciosa tortura. Sabe, aunque no puede evitarlo, que su culo titila salvajemente esperándolo, respondiendo al roce. Mordiéndose la lengua entre los dientes, mirándole a los ojos mientras lo hace, Yamal comienza a meterle el dedo, lentamente, falange a falange, abriéndole, penetrándole. Nota como el hombre en pantaleta se tensa, expectante, deseándolo. Sabe que ese tío lo necesita, ser llenado con una buena verga, una que despierte su cuerpo, su alma, sus ganas.

   -Tiene el coño tan mojado y caliente, tan urgido y necesitado…

……

   Otro que no puede controlarse es Gregory Landaeta. Recién duchado, peinado, su bigote y barbita finamente recortados alrededor de sus gruesos labios, sube sobre sus piernas un muy ajustado jeans que no quiere. Debe luchar con él y lo logra. Se mira al espejo, su desnudo torso ancho, musculoso, algo velludo, la cintura del jeans muy bajo. Se eriza, sabe que se ve del carajo, que su cuerpo es armónico y atractivo. Una delgada franela roja cubre, como puede, ese pecho y abdomen marcado. Es una pieza corta, demasiado ajustada, y mirándose casi enrojece. Estaba vestido para exhibirse. Se había preparado para buscar miradas. Traga con sequedad imaginando esos ojos sobre su cuerpo, los pectorales, que se destacan, ahora dejan ver sus tetillas perfilándose contra la tela, así como el abultamiento dentro del pantalón. Está caliente y quiere guerra.

   Aunque no debería, lo piensa un segundo…

   Poco después sale del edificio donde vive. Rumbo a la estación del Metro.

……

   Bartolomé Santoro gime, sus manos le sostienen a duras penas contra la capota de un auto a medio reparar, de pie sobre sus tacones, sus piernas separadas, la pantaleta algo baja, y de su culo redondo y depilado sale y entra un tolete negro y grueso que lo penetra, que lo llena, que lo quema, que lo agita sobre el vehículo. Con el torso desnudo, el pantalón aún alrededor de la cintura, pero notándosele el nacimiento del culo, Yamal le aferra con manos grandes por las caderas, reteniéndole mientras le cepilla la pepa del culo con fuerza, con ganas, disfrutando cada apretada, cada chupada, cada halada que ese masculino agujero ardiente ejercía sobre él.

   El tolete sale casi hasta el glande, enorme, y vuelve a meterse, empujando los pliegues de ese ano, clavándolo todo, con sus bolas golpeándole, y todavía empujando más y más. Eso enrojece las nalgas del catire en pantaleta, quien arquea la espalda y gime aún más, casi como sollozos femeninos de incontrolable gozo, estremeciéndose por las embestidas, totalmente perdido en las poderosas oleadas de lujuria que le recorren, que le dominan, que le tiene las tetillas duras, su propio tolete erecto y su culo totalmente estimulado, la próstata enviándole oleada tras oleada de maravillosas sensaciones. Son tantas las cosas que experimenta que de sus ojos escapan lágrimas de felicidad, corriéndole el maquillaje barato, uno que hace juego con su labial chorreado, bañado en transpiración. Es la cara de un putito que goza increíblemente a manos, y verga, de su macho.

   -¿Te gusta, nena? ¿Te gusta el güevo de tu hombre? –le pregunta Yamal contra una oreja, también dominado por el deseo, su tolete totalmente clavado siendo halado y amasado por esas entrañas.

   -Si, papi, si…

   -Puta, eres una doncella puta… -le ruge, entre dientes, clavándole más los dedos en la cintura, todavía empujando más, alzándole un poco en peso.

   -¡Joder, Cova, ¿qué coño haces, marico?! –se impacta cuando a sus espaldas oye la escandalizada voz de uno de sus colegas, Quintín.

   ¡Mierda!

CONTINÚA…

Julio César.

SER O NO SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA… 31

abril 7, 2015

SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA…                         … 30

   La siguiente es una historia que NO ES MÍA. Pertenece totalmente al señor capricornio1967. Tan sólo la reproduzco, tal vez cambiando una que otra coma, aunque la historia ya está por ahí, completa. Es un relato maldito en toda la regla, un hombre maduro decide tomar, controlar y dominar a su joven pupilo, transformándole en algo que no quiere, ni soñaba, aunque se resiste. Lo repito, es un cuento muy maldito. Disfrútenlo:

……

EL DILEMA

Autor: capricornio1967

Capitulo IX “MEDALLA DE ORO”

CHICO CALIENTE

   ¿Qué tiene que los enloquece?

……

   -Jejejejejejejeje, le gustará, Saldívar, ya verá. -le dice Franco mientras Hans y Ronaldo pegan sus lenguas completamente a la parte lateral del pecho, recorren hacia los hombros y los bíceps, pero acercándose peligrosamente mas y mas hacia el objetivo.

   -¡NGGGGGGGHH! -Daniel cierra con más fuerza los ojos, aprieta los puños en señal de impotencia física, su cuerpo empieza a temblar mas y mas mientras sus agresores están más excitados al ver como su desesperación aumenta. Están enloqueciéndole, esas lenguas, esas manos, esa verga en su culo con su incesante y rítmico mete y saca, el dominio que tienen sobre él. Es solo un joven macho en su plenitud sexual y sus bolas y verga están llenas de sangre, una que está atrapada en su verga por la atadura, negándole la relajación y la eyaculación. Las lenguas húmedas y ásperas de Hans y Ronaldo , por fin llegan a la parte más profunda de sus axilas, de forma súbita entran en esa área y lamen furiosamente.

   -Ah, sí, le gusta, jejejejeje…

   -Ghhhhhhhhhhhhhhhhhh… -Daniel, atacado bruscamente, aprieta los labios pero su verga responde manando un río de líquidos que el asiático recoge con su lengua y bebe, sus pezones se endurecen de mas y su cuerpo se tensa, su mente no puede razonar solo sentir, experimentar.

   Las lenguas lamen incansablemente sus axilas y las plantas de sus pies, lamiendo detenidamente cada dedo, y regresando a las plantas lamiéndolas a todo lo largo mientras el otro par de lenguas pasan una y otra vez por esas profundas axilas, sensibilizándolas. Las terminaciones nerviosas de Daniel, en sus plantas y axilas, están a flor de piel, son más sensibles que en el resto de su cuerpo. Su verga se rebela amordazada fuertemente por el delgado hilo que Franco enredó varias veces a todo el grueso de su diámetro en la base del ancho y grueso miembro, las bolas están también aprisionadas, y las lenguas atacan una y otra vez, su mente se pierde en una batalla de deseo y de sensaciones, de locura erótica y sexual que lo doblega y esclaviza. La verga de Hiro, moviéndose rítmicamente en su culo, lo conduce hacia un exquisito placer que mezclado con las lenguas que lo atacaban en pies axilas y verga, lo transportan a un estado de clímax sexual que su cuerpo no puede resistir. Es una batalla contra su propia naturaleza, contra su verga, sus bolas, sus sensaciones su deseo, su derrota es placentera, sus pensamientos de rebeldía de lucha se pierden y claman piedad por el intenso castigo sexual del que es objeto.

   -Dígalo, Saldívar, grítelo para que todos escuchemos lo que estamos viendo… diga cuánto goza ser un puto entregado a sus machos. Suplique por más…

   El joven aprieta los dientes en une mueca, su mente se niega a rendirse pero sus pensamientos no se gestan en hechos, solo el deseo de la carne se despierta, el placer, un éxtasis al estar siendo usado y manipulado así que se vuelve constante y lo coloca en un estado de vulnerabilidad extremo, de excitación y erotismo que se va intensificando mas y mas. Sus deseos aumentan, su culo responde con succiones sobre la verga del asiático, sus pezones piden lenguas que se ocupen de ellos, mientras los demás someten las partes de su anatomía más olvidadas. Está súper tenso, desea eyacular, vaciar sus bolas, es intensa la urgencia que siente, lo que incrementa la tortura sexual, que es la más efectiva para acabar con las barreras que puede tener cualquier persona en tal predicamento. Más un hombre que está indefenso de ser estimulado de sobre manera por machos en celo que desean satisfacer su necesidades sexuales y de revancha, de dominio, de superioridad sexual. Ya que no pudieron demostrar su superioridad en la competencia ahora dejan en claro que con sus acciones pueden hacer con el musculoso campeón lo que desean, las vergas de los macho están frotándose en todo el cuerpo del joven atleta sometido.

   Franco, por su parte, observa satisfecho mientras ve como el musculoso cuerpo de su víctima se agranda, como Daniel arque su espalda al sentir los fuertes ataques de las lenguas y de las vergas. Es cuando acerca su verga a la boca del chico, la frota en los rojos y varoniles labios del prácticamente enloquecido jovencito cuya mente no razona mas. Que no puede oponerse más ya que un éxtasis dérmico se ha expandido por toda su piel y su culo, por su mente que solo acepta ahora cualquier cosa que le hagan, que solo disfruta, que desea que su verga sea liberada, que sus bolas lancen su leche. Pero Franco, demarcándole los hermosos labios con su glande, se niega darle aunque sea esa liberación. Daniel enloquece de ansiedad sexual y excitación máxima, siente como una verga dura se frota contra sus labios húmedos por las leches depositas anteriormente en ella, y es tanta su ansiedad que instintivamente solo abre sus labios y permite que esa dura carne entre, lamiéndola como una acción refleja, sin darse cuenta de que es la verga del cruel entrenador. Ni siquiera puede ver de quién se trata, tiene la vista nublada, las siluetas están borrosas, instintivamente solo chupa, lame y succiona con apetito el nuevo manjar, sin saber conscientemente qué es lo que está haciendo, sin darse cuenta de que está aceptando voluntariamente su derrota, que se está entregando sexualmente. Que está entregando su boca, su culo y su cuerpo a sus enemigos, pero sobre todo a Franco, su agresor, el hombre que lo ha estado chantajeando y que ahora le demuestra que puede excitarlo, que puede derrotarlo sexualmente y convertirlo en un puto sexual ansioso de vergas. La de quien sea.

   Daniel arquea su espalda de manera eróticamente placentera, ronroneando de deleite mientras las vergas entran en su culo y boca, y las lenguas recorren detenidamente ciertas partes de su cuerpo. Pedro y Alejandro aprovechan para pellizcar los pezones endurecidos del sexualmente atontado, algo que les resulta increíblemente erótico, mientras el chico sigue inmerso en una perdida batalla eróticamente sexual y apabullante.

   -¿Le gusta, Saldívar? –le pregunta Franco, sacando y metiendo su verga de la joven boca.

   -¡MHMMHM! –sólo atina a responder, amordazado por su verga clavada hasta las bolas mientras la de Hiro está haciendo muy bien lo suyo en su culo. Solo puede responder con gemidos al sentir como las manos de los españoles pellizcan fuertemente sus endurecidos pezones, que disfrutan de sentir la fuerza aprisionándolos, su verga está apuntando hacia el techo de la habitación.

   Hiro empieza a hacer un poco más frecuentes sus embestidas mientras lame alternadamente la punta de la verga de Daniel, enloqueciéndolo más y mas, hasta que gruñe y descarga abundante leche en el ansioso culo del clavadista, mientras Franco le llene de nuevo la boca de leche de macho maduro.

   -Por fav…Agh… -Daniel suplica, su verga está alarmantemente enrojecida por no poder eyacular, pero Franco lo ignora.

   Tanto Hiro como Franco cambian de lugares con Pedro y Alejandro, provocando nuevos gemidos del sometido atleta, ahora son las vergas de esos dos jóvenes machos las que tomen un delicioso bocado de su culo estimulado y de su boca que chorrea esperma. Franco goza al verlo sometido, al verlo doblegado, al verlo penetrado, al verlo violado.

   La noche se vuelve eterna para Daniel, una manada de vergas entran en su culo y boca durante toda la noche mientras las lenguas se mantienen en contacto con su cuerpo. Sujeto completamente, su culo y boca son llenados de leche una y otra vez y por mas que le joven desea eyacular su verga permanece cautiva así como sus bolas.

   La razón de Daniel lo abandona, es como si se convirtiera en un ente que solo desea una cosa, eyacular, solo eso, nada más. Su mente está únicamente centrada en esa idea, su cuerpo lo pide a gritos, su espalda se arquea una y otra vez, sus labios se enredan alrededor de una verga también una y otra vez, apenas puede distinguir las siluetas sin saber quiénes lo penetran sin poder identificarlos. En ese momento, su deseo lo atrapa y su cuerpo no le responde como debiera, solo su culo, su boca, su verga; esas lenguas en sus axilas lo trastornan más y mas, lo excitan, lo enloquecen y doblegan su cuerpo. Se agota y su mente se pierde en los laberintos de una locura momentánea en donde el pacer y el deseo se engrandecen. Chupa con su boca, su culo succiona y va y viene contra las vergas que lo llenan. Sus tetillas quieren ser tocadas, mordidas, pellizcadas.

   Las horas transcurren lentamente para el joven en medio de esa ardiente tortura sexual. Las verga que satisface con su boca y culo le niegan la satisfacción de la suya propia. Franco logra lo que se propone al menos en ese momento, Daniel agotado, el culo adolorido y las mandíbulas doliéndole también, semen escurriendo de su culo y su boca, sus pies enrojecidos así como sus axilas. Difícilmente está consciente de lo que le hacen y de lo que hace en ese estado de sopor sexual entre la conciencia y la inconsciencia.

   Después de que todas las vergas, excepto la suya propia, están extenuadas y satisfechas, Franco le ata las manos fuertemente y lo arrojan sobre la cama, dejándolo prácticamente sin sentido, sin liberarle la verga y las bolas.

   -Ahhhhhhh, por favogh… -Daniel siente la impotencia de no poder usar sus manos para poder liberar su verga, en su estado es una súplica de un ente sexual que desea sentir el orgasmo, pero Franco lo ignora. Más bien disfruta de verlo así, de verlo suplicar, de verlo sometido, de verlo derrotado sexualmente en sus manos. La habitación se queda en silencio, solo los gemidos de Daniel se escuchan, sus manos atadas tratan de liberarse. Franco sale de la habitación dejándolo en la misma tortura, los demás regresan a sus habitaciones, agradecidos con el entrenador de que les haya compartido ese culo de primera.

   Franco regresa casi dos horas después para encontrarse a Daniel aun en esa constante suplica, los ojos entreabiertos, lo miran pidiendo que le libere la verga que aun está endurecida, rojísima.

   -Por favor… —suplica mientras su piel aun está sensible, incluso con el solo contacto.

   El entrenador, después de sonreír burlón, corta el delgado pero fuerte hilo que aprisionaba verga y bolas del joven, pero le deja las manos atadas, lo coloca de panza sobre la cama, se mete entre sus piernas y le clava su verga de golpe, haciéndole gritar, para empezar a violarlo de nuevo, mientras le muerde un hombro y sus manos le pellizcan los pezones. La verga de Daniel se endurece aún mas, está en un estado de excitación sexual que da respuesta rápida la fricción de su verga en cama cuando Franco lo embiste una y otra vez.

   -Mi puto, Saldívar, usted es mi puto. –le dice mientras su verga se mueve furiosamente dentro y fuera de su culo, estimulándole las paredes del recto, golpeándole sobre la próstata.

   -¡AHHHHHHHHHHHH!

   -Es y siempre será mi puto. Mi chico siempre listo para recibir mi verga, cualquier verga, como está que siente llenándole. ¿La siente, Saldívar?

   -¡HUMMMMMM! -las bolas de Daniel escupen abundante leche, su mente se pierde en la locura de un intenso orgasmo y la oscuridad se apodera de él. Su mente agotada por las intensas horas de tortura sexual se diluyen en la inconsciencia física y su cuerpo queda desmadejado mientras su verga continúa escupiendo las ultimas descargas de leche sobre la cama, al tiempo que Franco sigue metiendo su gran verga sin importarle que haya perdido el sentido, solo sabe que ha humillado mas al rebelde y joven macho.

   Nunca lo dejara ir, jamás será libre, le pertenece y…

……

Capítulo X “SIN SALIDA”

   El dolor en todo su cuerpo al moverse, sentir que la luz del día pega directamente en su rostro, hace que Daniel empiece a despertar, a recobrar la conciencia y la razón que parece haber perdido por unas cuantas horas. Su mente empieza aclararse, los recuerdos se agolpan en su cerebro, las imágenes de lo que le ha sucedido la noche anterior, la forma en cómo fue dominado, sometido y obligado a disfrutar. Aun recuerda como su cuerpo temblaba, como su culo ardía y su verga se negaba a perder la rigidez. Aun recuerda cómo se comportó, parecía una perra en celo, sin raciocinio ni moral. La risa de Franco llamándolo puto una y otra vez, mientras el arqueaba su espalda en señal de placer, le atormenta.

   ¿Qué le hicieron? ¿Qué fue lo que le hizo reaccionar así?, nunca antes nadie había podido conducirlo hacia esos placeres. Las lengua sobre su piel, lo enloquecieron y lo dejaron inerme, indefenso ante los abusos sexuales. Su cuerpo solo respondió, sin preocuparse de dónde provenía ese estimulo. Ahora que está más consciente le repugna lo que ha hecho, se avergüenza de haber respondido como lo hizo. Se levanta rápidamente y vomita varias veces por sentir que su estómago está aun lleno de semen. El sabor está impregnado en su boca, el asco y la rabia le dominan, pero sobre todo es la vergüenza de saber que Franco se ha salido con la suya, que le demostró que dominó completamente sus sensaciones, convirtiéndolo en una brasa sexual a la que no le importó ser penetrada y tratada como el más puto de los hombres.

   Toda su piel está sensible aun después de darse un prolongado baño para quitarse de su piel y cabello todos los restos de semen que estaban ya apelmazados. El contacto de la delgada tela de la ropa sobre sus pezones y en sus axilas, hace que su miembro empiece a responder, las lenguas que lamieron sus pies, axilas y pezones dejaron esas áreas de su cuerpo demasiado sensible, de respuesta inmediata. La piel está enrojecida en esas áreas, pero sobre todo sensible al tacto y al contacto. Todo eso hace que Daniel se odie mas por sentir, por no poder controlar sus sensaciones; da un golpe con el puño cerrado a la pared en un arranque de impotencia.

   Para Daniel las últimas horas en ese lugar son casi borrosas, su mente está encerrada en una sola prisión, cuando fue objeto de abusos sexuales. Cuando se encuentra con Franco, la mirada retadora y altiva que tenía antes se vuelve esquiva y cabizbaja. Sabe que no tiene las armas para poder enfrentarse emocionalmente, sabe que Franco es vil, duro, astuto y que por el momento controla la situación. Por ello solo baja la mirada y obedece las órdenes del otro de manera autómata, sin preguntar o cuestionar. Abordan el avión que los llevará a México de nuevo, se sienta junto a su dominador, junto a la persona que mas odia en este mundo quizá, pero el saber que todo ha terminado lo tranquiliza. Fue a las olimpiadas y ganó, ya jamás será el mismo pero al menos ha cumplido, ha sacrificado su cuerpo y su culo, pero consiguió lo que quería, así como Franco también, quien hizo con él lo que quiso. Pero ya jamás volverá a repetirse, se saldrá del equipo de la universidad y entrenará en otro lugar, donde comenzará de nuevo. Entrecierra los ojos encerrado en sus pensamientos, planeando su nueva vida de ahora en adelante en cuanto pise México de nuevo.

   Para Franco no ha pasado desapercibido la sumisión de Daniel, el nuevo rol asumido desde esa noche; no le ha hecho ningún comentario, solo la forma de mirar al joven es diferente. Ahora la burla está impresa en la mirada, sabe que eso es lo peor que puede hacer para recordarle al joven macho lo que pasó, la noche más humillante para su hombría, además de la vez que lo desfloró.

   Voltea a verlo de reojo, Daniel está dormido, aun se refleja en su cara la angustia, el dolor, la humillación, la vergüenza, cosas que complacen a Franco.

   -No va a librarse de mí, Saldívar. Aun tengo un as bajo la manga. –susurra recargando la cabeza del asiento, entrecierra los ojos y evoca el momento en que tuvo a Luis, el padre del muchacho, frente a él, pidiéndole que no expulsara a su hijo del equipo. Se pasa la lengua por sus labios saboreando ese momento, esa victoria sobre el maduro macho que le dio la satisfacción de vengarse.- Luis, Luis, mhmh- repite mentalmente mientras recuerda como Luis se fue a meter solito a la madriguera del lobo.

   Si, la vida era maravillosa, aún quedaba mucho por hacer… Así que sonríe mientras se dormita, ignorante de la mirada que cruzan dos de sus pupilos, Genaro Tellerías y Román Mendoza… a quienes ya ofendió una vez.

CONTINÚA (el relato no es mío)…

Julio César.

NOTA: Franco es un desgraciado… pero qué escena la de ese gang bang. No es fácil escribir orgías, créanmelo.

NOTA 2: El relato comienza algo lento, y como no tengo intensiones de apurarme más, quien lo desee puede buscarlo en esta dirección: http://www.todorelatos.com/relato/16991/

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 32

abril 5, 2015

… SERVIR                         … 31

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

EL CHICO EN HILO DENTAL

   ¿Llamando machos?

……

   Esperan en silencio en la pequeña pero muy bien ordenada salita. Jeffrey y Owen Selby se evitan mientras esperan por Marie Gibson, quien fue por café. No pueden mirarse en esos momentos, no cuando cada uno recuerda lo vivido poco antes. Lo extraño que fue especialmente para el policía. La mujer aparece con una bandeja e intentando una sonrisa cordial, pero se le nota forzada. Cada uno toma una taza y agradece.

   -No debió molestarse. –le sonríe Jeffrey, incomodándose ante la mirada de ella.

   -Algo me dice que las molestias serán mayores. -se vuelve hacia Owen.- ¿Qué ocurre, detective Selby? –hay un silencio tenso.

   -El señor Read, como le dije, intenta evitar la pena de muerte, y alega… no haber cometido los crímenes en El Matadero. –intercala Jeffrey, los dos hombres observándola atentamente.

   -Claro que lo niega. Fue detenido, dirá lo que sea para…

   -Alega que fueron cometidos por otra persona. Alguien a quien quiso encubrir… y que ya había asesinado antes. –Jeffrey se siente mal por decirlo, pero en el fondo gustaba de saber y exponer la verdad.- Él sostiene… que fue usted.

   La estudian. Un abogado y un policía. La mujer es pétrea pero sus ojos brillan; podría ser de inquietud o de ira. Sin embargo, no delatan ninguna otra cosa.

   -Si estuviera esperando mi ejecución, a mí también se me ocurrirían muchas cosas. Y a mi abogado. –es un golpe noble, y a Jeffrey le molesta, por alguna razón, que Owen Selby contenga una sonrisa.

   -Señorita Gibson… -comienza, con tacto pero implacable.- Un detalle que encontré llamativo revisando algunas declaraciones en las actas iniciales del caso es el frecuente relato de sus discusiones con el joven que apareció muerto y destazado. De hecho, por declaraciones de sus colegas, encontré que usted parecía… especialmente molesta con dos o tres de los que luego serían encontrados en la fosa, incluida una joven de Administración. Se dijo… que le disgustaban las atenciones que el señor Read les dispensaba, y las que estos demostraban al señor Read. Aseguraron que parecía que le celaba. –y no lo entiende, ¿quién podría sentir algo por ese monstruo?

   -¡No es cierto! –gime.

   -Agredió al joven. A bofetadas. En una reunión. –apuntala Owen, inquieto, ¿acaso algo se le pasó por alto en su afán por detener a ese hombre?

   -¡Yo no…! –comienza y se detiene, respirando agitada.- Ustedes no pueden entenderlo, nadie que no hubiera compartido esa pesadilla. Viví… muchas cosas con ese hombre durante cinco años. –sonríe con dureza ante el evidente disgusto del abogado.- No, no estoy orgullosa de eso, no estaba enamorada. Él me hizo sentir atrapada. Es difícil hacerme entender, aquí, ahora, en mi casa; pero ese hombre me hizo pensar y creer que no valía nada, que era una criatura estúpida, sin valor, monstruosa… -saben que piensa en su pasado, en todo lo que le ocurrió antes de llegar a manos de Read, esa parte de la historia de la que nada saben.- Me convenció de que sólo él podía cargar conmigo… -sonríe amarga.- Se lo escuché decir tanto, me lo demostraba con hechos a tal grado que le creí. Era… ay, Dios, suena tan horrible ahora, pero él era lo único que tenía en una vida vacía, sin relaciones, sin familia, sin hijos, temiendo a cada instante que se supieran cosas que siempre me avergonzaron y persiguieron. –aprieta los labios.- No pueden imaginar las cosas terribles que pueden sucederle a una criatura débil a manos de un padre vicioso y unos hermanos crueles. –estaba dicho, ambos lo sintieron, la maldad, el horror se había filtrado desde los recuerdos de la mujer y podían palparlo.- Pero él…

   -La hizo sentir segura primero, prisionera después. –gruñe bajito Owen, y ella le mira con gratitud, controlándose a duras penas. Eso molesta a Jeffrey, la mujer estaba en un estado emocional frágil, capaz de contarlo todo y ahora podría ocultarse otra vez.

   -Cuando entendí lo que era capaz de hacer ya era tarde para mí. Creí que había vivido horrores, noches de pesadillas, una vida que no podía ser peor, pero con Read conocí otra dimensión del abuso y la degradación. Y quería hacérselo a otros. Se los hacía. Gente que atraía su atención. –se cubre la cara con manos de dedos largos.- Dios, me siento sucia. Una parte de mí quería evitarles el horror que conocí a su lado. El podía ver las debilidades en otros, sus temores, sus miedos, sus deseos ocultos… -nadie nota a un Jeffrey Spencer palideciendo tras sus lentes.- Ver a ese joven deteriorarse, cortar su piel, lacerarse, atormentarse, sufrir, era doloroso. Quería ayudarle… Pero otra parte de mí los odiaba porque… podían apartarme de Read. No puedo explicarles estos, lo odiaba, le odio aún hoy en día, pero sentía que si no estaba a mi lado me perdería.

   La manipuló, la condicionó. A Jeffrey Spencer no le cuesta nada entenderlo.

   -¿Habló con él…? Me refiero al chico. ¿Les dijo algo a los otros? –pregunta Owen.

   -Lo intenté pero… -desvía la mirada con vergüenza.- Estaban tan atrapados como yo en su telaraña. Me gritaban que sólo deseaba separarles de él… que estaba celosa, como ustedes mismos insinuaron hace poco. Y… tal vez era cierto. De una manera enferma.

   -Si, lo estaba. Y una mujer celosa… –comienza Jeffrey, el abogado presente.

  -Sí, pero…

   -¿Asesinó a ese joven? –Owen se echa hacia adelante en su asiento, duro, certero, el policía. Y la ven enrojecer, ojos temerosos.

   -No…

   -Señorita Gibson…

   -¡No lo hice! –grita poniéndose de pie.- Yo no asesiné a esas personas. Ya tienen al homicida, al Carnicero. Y no quiero seguir hablando de esto. No con el abogado del hombre que necesita un culpable para sus crímenes. Por favor, salgan de mi casa. ¡No! –corta algo que Jeffrey está a punto de decir. A regañadientes se ponen de pie.

   -En los expedientes hay datos que faltan o que no están especificados… y que ahora necesito. ¿De dónde es oriunda, señorita Gibson? Wisconsin, ¿verdad? Hay algo en su tono… -comienza, muy formal, Owen Selby, libreta en mano, la mujer traga en seco.

……

   Saliendo de una vivienda cuya puerta se cierra con fuerza a sus espaldas, dos hombres miran al frente, ceñudos y preocupados. Pero uno de ellos también parece atormentado. Jeffrey Spencer se estremece; a pesar de esa tarde cálida, el sol cayendo y todavía iluminándoles, siente frío en los huesos. Se ve infeliz. El detective Selby, a su lado, le mira, intuyendo por dónde van las cargas, pero sospechando que hay algo más. No lo piensa, tan sólo quiere borrarle esa expresión, así que levanta una mano y le atrapa un hombro, un apretón masculino, de confortación, pero ambos se tensan un poco, lo siente. Sin embargo no la retira. El otro, finalmente, se vuelve, mejillas algo rojas. Sin hablar.

   -¿Qué ocurre, abogado? –no pregunta sobre lo que piensa, los pasos que dará. Quiere saber qué siente.

   -No quiero que ese hombre salga libre. –casi escupe.- Robert Read es un monstruo, uno real. No lo imagino, no lo supongo. Lo sé. Pero… -mira hacia la puerta cerrada y traga, Owen se maldice por pensar que ver esa manzana de Adán subiendo y bajando era excitante.- …Esa mujer miente. Calla algo. ¿Y si Read no cometió esos asesinatos? ¿Y sí puede evadir la pena de muerte? Dios, ¿y si por culpa mía ese hombre sale libre? –es su mayor miedo. Uno que Owen Selby puede entender muy bien, piensa soltándole y dando un paso atrás.

   -Ya lo dijiste, ese hombre es un monstruo. También lo creo. Y los monstruos suelen cometer monstruosidades a lo largo de sus vidas… Si no fue en este caso, algo más debe haber. ¿Qué tal si buscamos un poco más en su vida… en la de ambos? Si no le pillamos por estos crímenes en El Matadero, será por otra cosa. Ahora sabemos que existe, ya está en nuestros radares, no es una sombra amenazante y terrible que se mueve impunemente en la oscuridad. Sólo hay que buscar el rastro de su vida.

   -¡Claro! –se maravilla Jeffrey, y alivia, por una solución tan elemental, aunque no se le había ocurrido. Un monstruo como ese, algo más debe tener en su contra. Sólo hay que hallarlo.

   -Y lo haré, pondré a todo el mundo en la jefatura a eso. –le promete Owen, mirándole a los ojos, notando más rojas las mejillas del abogado, quien se ve obligado a verle hacia arriba al ser más bajo.

   -Gracias… -por primera vez desde que salieron del auto, antes de la entrevista con Marie Gibson, Jeffrey sonríe, confiadamente, sintiendo alivio.

   Owen, por su parte, se pregunta por qué coño se le encoge el estómago de esa manera al notarlo; era extraño para él, que se acostaba alegremente con mucha gente desde los catorce años de edad, lo mucho que le gusta verle la ilusión y la gratitud, porque sí, el abogado le miraba como si hubiera hecho ya algo heroico.

   -No nos detendremos hasta tenerle por las pelotas. –le tiende la mano, sintiéndose tonto, pero feliz cuando la blanca mano del otro queda dentro de la suya.

   -¿Pero y sí logro que se detenga la ejecución? –necesita decirlo. Robert Read estaría feliz de saberlo.

   -Seguirá tras las rejas. No se puede destazar gente como lo hizo el, aunque fueran  asesinadas a manos de otra persona. Eso nos dará tiempo de atraparle. –responde con convicción, sabiendo que dice lo justo cuando el otro se aligera más. Cosa que le encanta mucho. Tal vez demasiado.

   Sonríen leves, mirándose, cada uno tratando de ignorar la súbita descarga eléctrica que cruzó de uno al otro cuando se tocaron. Jeffrey se libra  y se vuelve antes de que la cara se le ponga totalmente roja. Notó la fuerza de ese agarre… ese hombre debía ser así en todo. Aún en la cama.

……

   Si, la gran virtud de Robert Read era conocer las debilidades humanas, también la manera de responder de estas al ser confrontadas con tales y cuales estímulos. La lujuria, el miedo y la ira eran las fuerzas más primitivas del hombre después del instinto de supervivencia, y las más fáciles de manipular. También las más peligrosas porque tienden a conformar hordas, y la horda no razonaba, no media riesgos, machacaba los escrúpulos individuales tras el grupo.

   Ignorando que todas esas fuerzas Read las había desatado en su contra, para sus fines muy personales, Daniel Pierce entra en las largas duchas de la prisión. Solitarias como siempre que va. De alguna manera se ha logrado para él un régimen especial. Todavía afectado por la sucedido poco antes en la celda con el peligroso convicto, el hombre no sabe qué pensar. No quiere hacerlo, no desea enfrentar el hecho de que su cuerpo respondió con estremecimientos, erizándose y calentándose con las manipulaciones físicas del hombre. Que quiso mamar, ser tomado, y que se corrió sin tocarse mientras era usado. Siente que la cara le arde de vergüenza, que sus ojos se humedecen.

   ¡Él no era así! ¿Qué le hizo ese tipo? Mientras intenta un análisis somero, sin entrar en cambios más profundos, se desviste, la braga baja sobre su cuerpo blanco, suave, esbelto, sus pectorales prominentes, sus pezones algo largos, rojizos, erectos, su abdomen plano, habiéndosele borrado el marcaje de los músculos que antes tenía. Hay un largo camino sin pelos mientras la braga baja mostrando su tanga de mujer, rosa, manchada de semen por delante y por detrás. Es una visión extrañamente erótica la de ese atractivo hombre joven rubio, el cabello en una coleta, vistiendo aquella tanga. Recogiendo sus calcetines, se dobla, sus nalgas redondas se dejan ver, se abren mostrando la tirita de la tanga tipo hilo dental, la cual apenas cubre la entrada de aquel culo redondo y depilado, así como el bojote de bolas más abajo.

   -¡Pero qué rico! –una grosera, burlona y algo ociosa voz le hace pegar un bote, volviéndose todo enrojecido.- ¿Llamando machos… Tiffany? Nunca tienes suficiente, ¿verdad? Eres tan caliente como te escuchas de noche.

   -Es toda una puta de coño mojado. –agrega, riendo, otra voz.

   Pálido, desnudo a excepción de la breve tanga, Daniel encara a cuatro carajos, dos de ellos negros enormes, otro es un latino con cara de ociosidad, así como un catire de cara roja, ancha y fea, todos en toallas.

   -Yo… yo… -jadea, mirándoles con miedo, presintiendo el peligro.

   -¡Noten cómo nos mira! ¿Te excitan nuestros cuerpos, puta? –pregunta el tipo blanco, dejando caer la toalla, el güevo en reposo va llenándose de sangre y ganas, rojizo, levantándose. Entre risas los otros le imitan.- Quiero quitarle esa tanga de zorrita con los dientes.

   -¡No! No se acerquen a mí. ¡Déjenme en paz!

   -Oh, vamos, conocemos a las perras en celo como tú; cada noche escucho cómo quieres. Cómo suplicas, cómo pides por el güevo de ese man. Gritando como la zorra que eres mientras te llena el coño. Un coño que pide y pide. Cada noche. –sentencia el hombre negro que habló primero, su grueso instrumento totalmente erecto.- Tu hombre lo dijo, necesitas esto. Amas esto… -se frota la verga.- Y vamos a dártelo, Tiffany. Vas a gozar como la puta que eres, llena de güevos por todos lados.

   -¡No! –ruge Daniel, e intenta correr, como ya una vez intentó, meses atrás, pero aunque se debate, revuelve y grita que le suelten, cuatro pares de manos, entre risas y jadeos de lujuria, le detienen.

   Esos hombres ya no piensan, son una turba. Saben, o creen, o fingen creer que es una puta que ruega por güevos, que dice que no pero que en verdad los quiere. Han escuchado a su macho llamarlo insaciable, y ellos están ahí, calientes, queriendo darle. No veían nada malo en ello. Y empujan al joven al interior de las duchas. El hombre se revuelve, la coleta cae y su cabello largo se suelta, su cuerpo esbelto es recorrido codiciosamente por muchas manos que acarician cada centímetro de su torso, espalda y abdomen, los güevos erectos, grandes, duros, babeantes, rodean esas caderas envueltas tenuemente dentro de la suave pantaleta. Y mientras más se resiste Daniel, más imaginan esos tíos que lo hace para jugar, que quiere pero se hace el estrecho, así se inician en todas partes del mundo las violaciones del grupo, “creyendo” que la víctima quiere, que lo pidió o que se lo andaba buscando.

   Daniel grita pidiendo ayuda, hasta que una mano grande le silencia cubriéndole la boca, sus brazos son inmovilizados, una mano baja y le acaricia desde atrás, sus tetillas, una de las bocas atrapa uno de sus pezones. Todas esas vergas tocándole.

   -Vamos a llenarte el culo de leche, o tu coñito dulce, puta. Todos te vamos a coger, duro y sabroso, durante horas, y te vamos a preñar… -le promete, ronco y bajo, uno en su oído.

CONTINUARÁ … 33

Julio César.

NOTA: Lo sé, es poco, pero así me aburro menos traduciendo.

SERVIR Y OBEDECER

marzo 30, 2015

   Qué puedo decir que no sea: ja ja ja… La siguiente historia no es de mi autoría, sólo la traduzco y medio adapto.

SERVE AND OBEY

By: lexicodecy@hotmail.com

HOT BLONDE GUY

   -Pídemelo… y te lo doy.

……

   El sol era abrazante ese medio día sobre el pequeño supermercado, de su techo, así como de los estacionamientos y sus entradas, parecía levantarse un transparente vaho. El calor era tal que el asfalto se volvía chicloso bajo las suelas de las botas. Por ello, el interior del establecimiento era prácticamente un oasis, el aire acondicionado batallaba valientemente, también a un gasto enorme, con el calor. Casi hacía frío. Casi, nunca se llegaba a tanto en Little Rock, Arkansas.

   La bonita joven que se encargaba de los quesos, que enviaba mensajes por su teléfono aunque le estaba terminantemente prohibido, sospechaba que muchos de los pocos presentes, gente sin mayor rasgo distintivo, estaban allí pasando el sofocón. Hay pocas personas a quienes atender o vigilar, es cierto, medio levanta la vista, la vuelve a la pantalla pero en seguida la aparta. Había un sujeto que no era como todos, Jim Preston.

   El hombre era un enigma, un muy atractivo misterio. La joven no puede evitar un leve sonrojo mientras le observa, de pie, un carrito de compras a su lado, distraído en leer la etiqueta de un enlatado. Carne procesada, jamonada. Es un hombre impresionante, alto, pasado el metro noventa, de la gorra que lleva bien calda en la frente, donde destaca la palabra Marine, escapa algo de su corto cabello rubio; su rostro está finamente definido, frente alta, sin arrugas, cejas castañas claras, nariz recta con unas pocas pecas color naranja, ojos bajos, pero ella conoce el tono de los mismos, pómulos pronunciados, armónicos, labios delgados, rojizos, pocos dados a las sonrisas. Su mandíbula es fuerte, la sombra perene de una barba y un bigote claros enmarcan un cara enteramente viril, masculino, fuerte. Cuando este levanta la mirada, buscando otras latas, observa el destello de sus ojos grises verdosos, intensos, generalmente fríos y distantes. Sus hombros son anchos, lleva algunos tatuajes llamativos, sus brazos fuertes y nervudos son visibles fuera de la camiseta sin manga que lleva, no muy blanca, que se amolda a su torso. Es delgado, pero fibroso. Sabe que se acerca a los treinta, pocos años debían separarle ya, aunque su rostro parecía imperturbable desde los veinte.

   El hombre se vuelve y la mira. Ella le sonríe. Él no. Como siempre. Más allá de un saludo de cabeza y un frío buenas tarde, nada más salió de su boca, o de su persona, como no fuera su pedido semanal. Compraba bastante comida, aunque no tanta como para sus perros. El hombre criaba y entrenaba chuchos. Una vez terminadas sus compras, le vio ir hacia las cervezas, algo defraudada, preguntándose quién era él, en realidad. ¿Le gustarían las mujeres? ¿Tendría a alguien por ahí? Bota aire, frustrada y le ve alejarse por el pasillo, pasos firmes pero lentos, controlados, las botas casi no hacen ruido, el jeans amoldado sobre ese trasero redondo y llamativo es lo último que ve. Será hasta la próxima semana, cuando piensa usar una blusa algo más descotada.

……

   Jim Preston abandona el local, casi deteniéndose un segundo cuando el vapor seco le golpea la cara. La diferencia de temperatura era grande. Con un movimiento de cabeza saluda al Comisario, quien responde igual, dirigiéndose al local. Cargando con dos bolsas grandes va hacia su vieja camioneta Chevrolet, roja, abierta atrás, donde dos perros grandes, dos hermosos pastores alemanes, esperan. En silencio. Quietos. Bien adiestrados. Abre la puerta del copiloto, arrugando el atractivo rostro por el calor empozado, y apartando un poco la escopeta, deja las bolsas sobre el asiento, cierra, silba leve y les oye gemir con agrado, buscando atenciones. Cepilla con los dedos sus nucas, dirigiéndose al otro lado de la camioneta. Tras el volante se coloca sus lentes oscuros y parte, las ruedas halan un poco del asfalto cuando entra a la vía, alejándose, rumbo a la salida del pueblo.

   La carretera es larga y baila frente a sus ojos por el calor, la luz del día es descarnadamente amarilla, el sol es inclemente. Enciende la radio y escucha un boletín de la gobernación del estado, defendiendo a brazo partido la política de reducción de los subsidios al desempleo, que ha causado tanto revuelo dentro de las filas liberales. Cosa que le indigna, notándose en la manera como oprime los labios. Era increíble que existiera gente que deseara que le dieran algo simplemente por existir, como si el resto de la humanidad tuviera la culpa de ello. Perdedores. Baja la velocidad, un auto nuevo, deportivo, un Rodius, de capota abierta parece un geiser a un lado de la vía, a casi veinte minutos de Little Rock. Una bonita joven, con un corto shorts, mira nerviosamente el incidente.

   La joven, camino a Benoit, se sintió profundamente mortificada cuando su auto se detuvo, justamente en medio de ese desierto desolado. Tenía rato que no se cruzaba con nadie, y muy poco sabía de mecánica. Cuando vio la camioneta acercarse, se alegró, hasta que notó a los dos perros y al enorme y serio hombre que salió del vehículo. Había algo en él profundamente masculino; una parte de ella respondió a ello, pero también un aire de peligrosidad. Había algo temerario en su paso. Dios, gimió, recordando todas esas historias de Masacre en Texas, donde la gente desaparecía en la carretera.

   -¿Problemas? –la voz es rica en matices, pero lenta, casi desapasionada.

   -Eso creo. –jadea inquieta, sonriendo, fijándose en los pectorales, en los brazos que se flexionan al agarrarse del vehículo para inspeccionar.

   Se había recalentado, el hombre va por agua a la parte trasera de su camioneta, y con voz queda, desinteresada, le indicó que siempre debía llevar reservas cuando tomara esas carreteras. Ella, agradecida por la ayuda, y por saber que no era un maniático sexual, o un caníbal, se dedicó a admirar su espalda, la nuca rojiza, la suave pelambre rubia que brilla al sol y que sube ocultándose bajo a gorra. Indicándole como llegar al poblado, el hombre saludó con la gorra y subió a su vehículo. Ahora que se alejaba, la joven pareció algo chasqueada. Debió intentar darle su número telefónico, pensó. Diablos.

……

   La camioneta se aparta de la carretera tomando un sendero de tierra seca, el polvo se eleva, hasta entrar en otro sendero, toscamente asfaltado, flanqueado por una cerca baja que no le llegaría al hombre ni a la cadera. Al final se encuentra una casa solitaria, grande, de dos plantas, con un mástil al frente y que se levanta majestuoso, por encima de la vivienda, donde ondea una enorme bandera norteamericana. La propiedad está flanqueada por un granero que le servía de espacio para las perreras cuando tenía, como ahora, chuchos para adiestrar y educar; mas allá hay una pocilga sin cerdos, así como un pequeño depósito que recuerda una antigua letrina, pero más grande, que le sirve de almacén de trastos.

   Detiene la camioneta en el granero, silba y los pocos perros que tiene actualmente ladran en bienvenida, callando cuando silba otra vez. Toma las bolsas, silba con una nueva entonación y los dos pastores alemanes que le acompañaron bajan de la camioneta, siguiéndole. Cruza el seco paraje, diciéndose que tiene que apuntalar dos de los tubos de la cerca, mientras sube los escalones que dan al porche y sigue hacia la entrada. Abre la puerta de malla que contiene los insectos, y penetra en la enorme sala, quieta, algo en penumbras por las ventanas con cortinas echadas. Es un grato cambio respecto al calor del exterior. Los perros se quedan afuera, en el porche, echados, vigilantes hacia la entrada.

   Con paso lento cruza la sala, el comedor y el pasillo que llevan a la cocina; aunque espartana, la vivienda cuenta con un buen mobiliario. Todo se ve aseado, acomodado. Mucho. La cocina es como el resto de la casa, frente a un ventanal que da al granero, un largo mesón sirve para preparar lo que sea, especialmente el destajo de carne para barbacoa. Allí deja las bolsas y guarda todo, quesos y cervezas en la nevera, comida para perros bajo el fregadero, un amplio espacio.

   Destapa una cerveza y bebe, el fresco líquido estimula su lengua, por lo que tensa un tato las cejas, hasta saborearlo en verdad. Traga y lo siente bien. Mira su propiedad, pero no lo hace en realidad. Tiene mucho en mente. Los cachorros… Se termina el botellín, va hacia la mesa y levanta una bandeja. Sobre un plato encuentra un emparedado de gruesa carne. Muerde, la lechuga mojó un poco, igual el tomate, pero le gusta. Da un buen bocado y vuelve a la ventana. Espera…

   Sobre el mesón timbra el móvil. Masticando más del emparedado, lo toma y lee el breve mensaje:

   OK

   Es todo. Se termina el emparedado, se lame un dedo donde la poca mayonesa goteó, levanta la bandeja y el plato, fregándolos, sus movimientos son lentos, pero hay menos tensión en sus hombros. Casi sonríe, y esa cara, cuando se ve tan relajada, es sumamente atractiva. Seca los corotos, los guarda y arroja el pañito sobre el mesón, sabiendo que el sol de la tarde pronto lo secaría. Se dirige al pasillo, abriendo la puerta de su sala especial. Más fría. Sonríe más. Todo allí le gusta, son sus cosas. Recuerdo de sus días de Marine. Cosas de su padre. Va hacia otra puerta, que abre únicamente de la llave que lleva al cuello, cadena de donde cuelgan sus placas militares. La puerta da a unas escaleras que giran sobre sí, es imposible ver el final de las mismas hasta que se llega totalmente abajo, como hace el hombre, sonriendo levemente otra vez.

   Allí, en medio de la pieza, entre otras muchas cosas, hay una silla que no parece gran cosa, atornillada al piso, de un material sintético sobre un sólido esqueleto metálico, con un corto espaldar. Atrás hay un pequeño tubo en forma de cuadrado, que sale horizontalmente, dobla las dos veces y regresa al mueble. Sobre la silla se encuentra un hombre joven, esposado, amordazado, mirándole en esos momentos con verdadero pánico, aunque también enfado. Se ve muy joven, tal vez iniciando los veinte, piel canela, cabellos negros muy cortos, ojos oscuros, con un aire latino pillo y atractivo. Jim nada dice, termina de bajar los dos últimos escalones y mirándole, le rodea, camina a su alrededor, como estudiándole, tazándole, seguido por los ahogados gruñidos-gemidos del joven hombre esposado, que gira la cabeza siguiéndole. O vigilándole. Parece exigirle a gritos que le libere, o tal vez se lo esté suplicando.

   Jim sigue su recorrido, ininterrumpidamente, alzando una mano y azotando un bombillo de potente luz que cuelga casi sobre la cabeza del chico, la luz pendula, sombras y luces van bañándolo todo, y el mundo se vuelve más inquietante para el hombre esposado, quien no deja de mirar a ese sujeto enorme que le rodea una y otro vez, que con un dedo le toca la nuca, obligándole a revolverse contra él, a apartarse. Estaba erizado de miedo, quiere ser fuerte, valiente, era un Marine, no joda, pero no puede. No con ese tipo dándole  vueltas, mirándole de manera oscura y cruel, divertida. No cuando estaba esposado a esa silla, sin posibilidad de soltarse, de romper esa anilla cuadrada, sus pies, enfundado en sus botas de faena, fijados por grilletes que le mantienen atado al piso, sujeto, indefenso. Prácticamente desnudo como no sea por un suspensorio chico, mucho para su tamaño, verde camuflajeado, que seguramente ese tipo le puso en algún momento. Fuera de eso no lleva nada más. Se ve increíble su cuerpo joven y trabajado, musculoso, brillante de transpiración, con la cadena con sus chapas cayéndole entre los pectorales, aquel pañuelo enrollado entre sus dientes.

   -Comencemos. –dice el otro, detenido detrás, fuera de su campo de visión por más que ladea el aterrorizado rostro.

   Una mano de dedos largos le cruza el torso, atrapa su pezón izquierdo y lo aprieta, duro, mucho. El joven grita cerrando los ojos, revolviéndose sobre la silla, adolorido y aterrorizado, intentado librar brazos y piernas, ignorándolo todo sobre la fuerte erección que Jim Preston ya tiene bajo sus pantalones viejos y desgastados, o la sádica sonrisa en su bonito rostro, mientras aprieta los dientes y aún más con sus dedos índice y pulgar sobre ese pezón masculino.

CONTINÚA … 2

Julio César.

NOTA: ¿No comenzó genial? Y se vuelve toda una locura. Aunque, si no les gusta…

DE AMOS Y ESCLAVOS… 16

marzo 28, 2015

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 15

UN NEGRO QUE QUIERE SERVIR

   Servir y ser manoseado, lo único que desea…

……

   Ese sábado siguiente, por la noche, en la tasca de la India, donde todos los socios de la línea Taxis Rentarías se reunían antes de partir cada uno a lo suyo, sentados entre varios en dos mesas unidas, bulliciosas y llenas de botellas, tres hombres fingían una normalidad que les costaba. Hablaban, como todos, de sus hembras y de las últimas aventuras en los taxis (la mayoría inventadas y todos lo sabían), intentando compensar con exageraciones sus situaciones íntimas. Roberto Garantón, siseaba de manera desagradable a la joven mesera que les atiende, no queriendo pensar en el chico blanco a quien llamaba amo. Yamal Cova sonreía y bebía bastante, escuchando más que hablando, fijándose también en las tetas de la mesera intentando echar bien atrás el recuerdo de cierto carajo en pantaletas a quien le pellizco fuerte los pezones mientras le cogía y lo bien que se sintió hacerlo. El tercero, Gregory Landaeta, estallaba en escandalosas carcajadas de lo que contaba otro de ellos, habiendo tomado más que de costumbre, echándose para adelante para decir algo. Y fue cuando ocurrió.

   Siempre pasa aunque la gente ni lo nota. Al echarse hacia adelante, la corta franela subió y creó un espacio abierto de piel con la cintura del ajustado jeans, el cual sin embargo se separaba un tanto a sus espaldas, y Quintín, un llanero joven y escandaloso, algo atrevido con sus bromas, le clavó los ojos en ese pedazo de piel de ébano. Algo que todo el mundo hace, pero que a Gregory, quien notó la mirada, le provocó unos calorones intensos.

   -Coño, necesito mear. –dijo Quintín sin dirigirse a nadie, pero Gregory ardió por dentro, viéndole alejarse.

   -Yo… -se puso de pie, todo su ser gritándole que cometía un error, pero no pudiendo controlarse. Mirando camino a los sanitarios por donde ya desaparecía Quintín.

   ¡Necesitaba ir!; a pesar de saber que todos sus amigos y conocidos estaban ahí, debía ir.

   ¡Necesitaba ir!; a pesar de saber que todos sus amigos y conocidos estaban allí, debía ir. Se pone de pie y…

   -¿También necesitas ir al tocador? –pregunta riendo, y escandaloso, un oriental de esos viejos y jodedores.- No irás a sostenerle el pichón a Quintín mientras mea, ¿no? –y ríen todos alrededor de la mesa.

   Un comentario de los de siempre, como siempre, pero aunque ríe, y se sienta de nuevo, Gregory intuye que estuvo a punto de cometer un grave error dejándose llevar así. Que terminará cometiéndolo en cualquier momento, lo sabe; por lo que, como también se dicen otros dos hombres en esa mesa, curiosamente los tres eran tipos grandes y negros, decide terminar con ciertos juegos.

……

   Batallando en el complejo y pesado tráfico caraqueño, Roberto Garantón ha vuelto a su vida rutinaria. El taxi está en modo funcional, por ahora, e intenta retomar su vida donde la dejó, lejos de cierto carajito blanco. Discute con otros choferes en las calles, enfrenta a los motorizados, peatones y también clientes. La gente, hoy en día, no hablaba, demandaba, pero no era él el hombre para dejarse de nadie. Era poco paciente. Regio, físicamente, así que lograba imponerse muchas veces… y era cuando recordaba al muchacho que llevaba días evadiendo, Hank Rommer, un tío que nunca le permitiría hablarle así. Imaginar lo que le diría, y haría, si le gritaba o enfrentaba, le producía una bola en el estómago, una caliente, viscosa, desagradable a veces, excitante otras.

   Entra y sale con premura del edificio donde vive, y no sabe si lo imagina, pero cree que algunas personas le miran con sorna, o extrañeza. Ha cambiado, lo sabe, ya no es el bullanguero sujeto que grita en los pasillos, o que sisea de manera casi acosadora a las mujeres. Dentro de su apartamento es peor, los segundos le parecen horas, las horas días, las noches son eternas. Ha visto porno, mucho porno de tías atravesadas por mil güevos. Pero después de dos días no pudo continuar, ver esos güevos de tantos tíos blancos le estaba trastornando. observar uno metiéndose duro por un culo, en un crudo y excitante acercamiento, oyendo los gemidos de la puta, le erizaba toda la piel. Si era un enorme trasero de una tía negra, un redondo culo negro el cual era penetrado una y otra vez por una titánica pieza blanca rojiza, era una locura.

   Ahora se masturbaba, totalmente desnudo en su cama, el puño sobre su falo, arriba y abajo… mientras su otra mano, como con vida propia, bajaba y se recorría una nalga cuando se ladeaba. Y dejaba de masturbarse, o lo hacía más lento mientras se acariciaba, disfrutando el roce sobre su piel, o se azotaba a sí mismo, el picor y ardor le hacía botar agüita por el ojete del güevo. Y cerrándose a toda idea, haciéndose duro la paja, metía los dedos de su otra mano entre sus nalgas, recorriéndose la raja, la punta de un dedo sobre su culo. Pensándolo, soñándolo, temiéndolo. Hasta que una noche lo hace. Se masturba y se mete un dedo, lentamente. Sentirlo abrirle, llenarle, le hace gemir sobre la cama, donde cayó de espaldas, totalmente transpirado, cebudo en la penumbras, las piernas muy abiertas, masturbándose mientras sube y baja sus nalgas, su culo, sobre un dedo.

   Se metió dos, forzándose, sintiéndolos, y los muslos le temblaron de emoción; siguió masturbándose y penetrándose, el rostro de un lado a otro, soltando gemidos, todo dándole vueltas alrededor. Nunca se vio a un hombre tan necesitado de un macho que le pusiera preparo. Se sentía cerca, muy cerca, y clavando los dos dedos, firmes, bien adentro, se corrió abundantemente, mojándose el pecho, el abdomen, las sábanas… sintiendo el brutal apretón que sus entrañas le dieron a sus dedos.

   Agotado, jadeante, todo bañado en semen, sacándose los dedos, cayó en un duermevela incómodo, cuestionándose por las cosas que hace. No debía… Y está otra vez en la sala de Hank, echado boca abajo sobre sus piernas, el calzoncillo en las rodillas, la blanca mano subiendo y bajando, con fuerza, azotándole el culo, duro, provocándole temblores y gemidos, griticos que no sabe si son de dolor o placer, mientras le oye gruñir que no debe responderle a ningún hombre, que era un puto, un negro puto que debía ser humilde con todos. La mano cae fuerte y su redondo glúteo se estremece, la mano se queda allí, sobre la tersa piel caliente y enrojecida, dedos abiertos ahora, frotándolo, palpándole. Sube y cae otra vez, diciéndole que es un puto, que los hombres son sus dueños, que tiene que complacerlos a todos, que sea sumiso, muy sumiso, que ruegue por atenciones.

   Y el hombre despierta en su cama mas sudado todavía, casi gimiendo un “por favor”, no sabe referente a qué. Tan sólo es consciente de que tiene el güevo increíblemente duro de nuevo, tembloroso, manando otra vez sus jugos. Casi gruñe de frustración, atrapándoselo con una mano, sintiéndolo increíblemente sabroso, comenzando el sube y baja del puño… alzando también una nalga del colchón al flexionar una rodilla, metiendo por debajo la otra mano, dos largos dedos dirigiéndose a su entrada secreta de macho, metiéndolos con facilidad, apretándolos, deseando consuelo. Y la penetrada, el roce por el recto, le hace cerrar los ojos y abrir los carnosos labios de donde escapa un largo gemido de placer mojado.

……

   Ante los insistentes llamados a la puerta, el joven hombre la abre. Y Hank, que parece que nunca trabaja y está en su vivienda un día de semana a las tres de la tarde, encuentra allí, mirada algo turbada, a Roberto.

   -¿Si? –demanda frío, sin dar facilidades nunca.

   -Quiero mamártelo… Quiero tu güevo en mi culo… Quiero beberme tu leche, amito…

……

   En La Candelaria, a dos cuadras de la imponente iglesia de Corazón de Jesús (uno de los siete templos recorridos en Semana Santa), prácticamente frente a la plaza misma que también lleva por nombre La Candelaria, una asociación de conductores conformaron una línea de taxi y localizaron su sede allí, un edificio pequeño, siendo el taller lo más llamativo del lugar para los choferes. A esas horas del día, mientras se deja escuchar una salsa brava, Yamal Cova, manchada de grasa y polvo su vieja braga enrollada en la cintura, así como la raída y chica camiseta sin mangas que usa, igual que sus manos y rostro (nada allí era sacudido como no fuera por las manos que la usaba), revisa todo ceñudo el motor de su vehículo, que esa misma mañana le había echado una vaina dejándole varado en pleno San Bernardino, frente al teleférico que el gobierno había robado para sí en lugar de levantar uno. El lugar está solitario a esas horas del día, aún la fea joven que fungía de secretaria estaba ausente, debía o estar durmiendo la siesta o mirando sus llantos novelas, aunque siempre lo negaba con fiereza cuando la acusaban de tales cosas.

   No es consciente de que alguien le mira, ojos brillantes detallando su tamaño, el ancho de su espalda, sus hombros recios y redondos donde destaca un tatuaje a pesar de la negra piel. Bartolomé Santoro, tragando en seco, labios húmedos y boca seca ante la postura del macho, se le acerca lentamente, alzando una mano, cayendo esta sobre unos de los hombros y recorriendo la firme y transpirada piel masculina. El contacto con la recia musculatura del macho le hace casi gemir de debilidad y calentura.

   En cuanto le toca, Yamal casi pega un bote al tiempo que contiene un grito, volviéndose, abriendo mucho los ojos al encontrar al tipo allí, vistiendo su traje de saco y corbata, cabellos bien peinados hacia atrás, aunque sin gel, una bolsa en las manos.

   -¿Qué diablos…? –estalla, mirando ahora con preocupación por todo el solitario lugar.

   -No has respondido a las llamadas de Marjorie. Me preocupé, cariño. –jadea suave y ronco, sumiso, con voz algo femenina.

   -¡Silencio! –ladra bajito y contenido, temeroso de que sean escuchados.

   -¿Por qué no has ido a la cita en el motel? –demanda suave, alzando la mano hacia ese poderoso torso, deseando tocarle, pero un manotón, que le desconcierta y casi le hiere, se la aleja.

   -¡Basta! –respira pesadamente, molestándose el verle bajar la mirada como dolido.- Óyeme bien, amiguito… las cosas que hago contigo… -y mira otra vez alrededor, bajando más la voz.- …Las hago por tu mujer. Por ella, que me da dinero y mamadas. ¡No soy gay!

   -Pero conmigo… -le mira con ojos brillantes, un delgado mechón de largos cabellos cayéndole entre los ojos.

   -Una boca es una boca cuando da mamadas. ¡Y un culo es un hueco a llenar! –le aclara, seco, necesitado de poner las cosas en orden con ese tipo… ¿o consigo mismo? El rostro del otro se ensombrece y algo maligno brilla en sus ojos.

   -¿Era un negocio con mi esposa?

   -Sip, mamadas de una mujer y algo de plata.

   -¿Es todo, papi?

   -¡Basta! –se desespera.

   -Entiendo. Lamento haberte incomodado… ¿puedo usar el baño? –la voz le sale estrangulada.

   Seguro que llora. Qué marica, piensa Yamal, señalando con un dedo hacia una puerta al final del salón. Le ve caminar con paso tenso, y desvía la mirada hacia un mugriento termo de café, sirviéndose un poco en una taza que parece llevar tiempo sin ser lavada. Cómo hace falta alguien que se ocupe, se dice pensando en la supuesta secretaria. Intentando no analizar el disgusto que siente, parte por la presencia del marica ese (Bartolomé, su mente le aclara), pero también consigo mismo. La verdad era que se sintió un poco mal por ser tan tajante, pero tenía que aclarar las vainas. Él no era ningún marica, las cosas que hizo sobre aquella cama… Toma un trago de café y lo escupe, más disgustado.

   -Carajo, ¿es que es tan difícil lavar una taza o no apagar un cigarro en ella? –grazna, a nadie en particular.

   -Puedo hacerlo si quiere, señor… -oye a sus espaldas una voz ronca, bajita y solícita que intenta un meloso tono femenino. Presintiendo problemas, muchos, se vuelve y se impacta, la mente quedándole en blanco.

   Allí estaba Bartolomé, rostro pintarrajeado, labios llenos de un rojo llamativo, cabellos revueltos, vistiendo algo que parece un salto de cama, transparente, dejando muy visible su cuerpo bajo el mismo, una prenda corta, mucho, que en sus caderas apenas cubre una pequeña pantaleta rosa, de encajes, tiritas subiendo por sus caderas, con medias negras muy arriba en sus muslos, llevando unos tacones altos, sobre su cabeza una cofia de sirvienta de película pornográfica.

   La mente del hombre queda en blanco, su respiración se espesa, no puede hilvanar una idea pero ya su güevo se alza contra la tela del mono, poderoso, anhelante. La visión de ese tipo bonito, en pantaleta, vistiendo de mujer, una que se le ofrece para cosas sucias y ricas, le trastorna. Va a su lado, como un autómata, y con una mano le atrapa la nuca, el suave cabello cosquillea en sus dedos, atrayéndole y besándole, por primera vez en su vida, metiéndole la lengua con ansiedad y obscenidad, tragándose su leves gemidos de putita, su lengua y saliva, mientras la otra mano negra, grande y ruda baja, metiéndose por debajo del salto de cama, manchándole de grasa, recorriéndole la suave tela que apenas le cubre las redondas nalgas, metiéndose dentro de ella, la mano deformando la tanga rosa, la turgente piel quemándole la planta mientras los dedos van hacia su culo depilado.

CONTINÚA … 17

Julio César.

SER O NO SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA… 30

marzo 26, 2015

SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA…                         … 29

   La siguiente es una historia que NO ES MÍA. Pertenece totalmente al señor capricornio1967. Tan sólo la reproduzco, tal vez cambiando una que otra coma, aunque la historia ya está por ahí, completa. Es un relato maldito en toda la regla, un hombre maduro decide tomar, controlar y dominar a su joven pupilo, transformándole en algo que no quiere, ni soñaba, aunque se resiste. Lo repito, es un cuento muy maldito. Disfrútenlo:

……

EL DILEMA

Autor: capricornio1967

Capitulo IX “MEDALLA DE ORO”

DURO EN LA PISCINA

   A veces la carne es débil… y dura.

……

   Hiro, sabiéndose experto en el arte del erotismo por su cultura japonesa, no se inmuta ante la resistencia de Daniel, quien aprieta su culo lo más que puede después de haber tenido una verga descomunal separándole las nalgas de forma eficiente. El asiático lubrica bien su verga, para embestir de forma leve, erótica y gradual el aun adolorido culo del joven macho, no le da tiempo de descansar pero no lo penetra de una manera agresiva sino mas bien erótica al máximo; después de meterle su verga en su totalidad la deja allí, permitiéndole sentirla latir en sus entrañas.

   Mientras Hans saca su verga de la boca de Daniel, satisfecho después de haber visto destellos de luces cuando eyaculó entre los labios de su enemigo, del tercermundista que lo derrotó y humilló en forma notoria.

   -¡Ahhhhhhhhhhhhh! -Daniel aprovecha para respirar libremente, pero solo es por unos instantes. Franco, usando sus fuertes manos presiona y le obliga a que abra descomunalmente la boca para que otro de los captores le metan la verga, el brasileño Ronaldo, mezcla de raza negra con un impresionante cuerpo de ébano, verga larguísima de un diámetro regular, uncut.

   Daniel siente como la verga, menos gruesa que la de Hans, entra de golpe en su garganta, pero las embestidas de Ronaldo en su boca hacen que este sienta como esa verga empieza a penetra por su garganta de manera avasalladora. De forma interminable, la verga se interna más y más, es larguísima, en comparación con la de Hans que también era de muy buen largo. La de Ronaldo es de un largo impresionante y él solo deja de empujar hasta sentir que su bolas quedan al borde de la boca del joven, sintiendo los labios del semiasfixiado clavadista en su escroto, sin permitir que su verga retroceda ni un solo milímetro, por el contrario, obligando a Daniel a que adapte su anatomía al largo falo que se interna como si estuviera en casa.

   Las venas del cuello de Daniel se dilatan mientras su cuello se engruesa completamente estacado, relleno de carne firme y jugosa que lubrica de nuevo su garganta. Mantiene sus ojos cerrados, las bolas de Ronaldo siguen descansando sobre ellos prácticamente. Hiro, por su parte, es sabio en sus embestidas, son lentas, paulatinas, mientras impregna la verga de Daniel del elixir que trajo, desde la base hasta la punta, sin dejar de humectar las grandes bolas del joven, dándole un leve masaje con las yemas de los dedos, recorriendo primeramente el perineo con un masaje en la base de la verga del sometido Hércules, y llegando hasta las bolas que empiezan a experimentar el leve calor que recorre ya toda la piel de su cuerpo. Ante la rabia e impotencia del violado macho, su miembro empieza de nuevo a responder, a calentarse, a llenarse de sangre.

   El clavadista japonés aprovecha para volver sus movimientos en el culo de Daniel mas pausados, más al compas del leve masaje que le da en las bolas al indefenso joven, quien al sentir como su verga es “forzada ” a responder trata de nuevo de liberarse. Se revuelve, su musculoso cuerpo se engrandece por el esfuerzo pero la fuerza numérica es superior y se impone sin ningún problema. La mente del asaltado joven se inunda de sensaciones que provienen de su boca, su culo, su verga. ¿Cómo poder defenderse de tantos ataques al mismo tiempo y salir victorioso? Casi solloza de frustración cuando lo nota, que su verga es la primera que se rinde y les da el triunfo a sus violadores, ya que experimentando sensaciones intensas, la sangre se agolpa en su miembro, que empieza a crecer y crecer en todo su esplendor.

   -LE ESTA GUSTANDO, SALDIVAR, JEJEJEJEJEJEJEJE… -dice Franco burlón, en voz alta, para que todos se den cuenta de que tienen a Daniel literalmente por las bolas y lo someten al camino más viable para derrotar a cualquier hombre, “el placer”.- ¿No les dije que era un puto loco por las vergas? Esto es lo que le gusta… servir de recipiente para los hombres. ¿Por qué no llaman a todos sus amigos, chicos? El puto necesita mucho más.

   -¡MMHGMGHGGGGGGGGGHHHHHHHHHH! -Daniel trata de responder con rabia, se revuelve furioso ante la risa de Franco y sus cómplices, quienes ven como la larga y gruesa carne el sometido macho empieza a endurecerse.

   Ayudando a Hans, a Hiro y a Ronaldo, están también sujetando a Daniel los españoles Pedro y Alejandro, quienes cuando fueron invitados por Franco al festín sexual del culo del campeón accedieron gustosos, sabiendo que sus vergas estarían disfrutando de los cálidos orificios del orgulloso ganador. Son ellos quienes sujetan los fuertes brazos del joven, aprovechando para recorrer sus grandes bíceps que se agrandan ante los forcejeos de rebeldía. Sujetando las piernas de Daniel están los franceses, Paolo y Pierre. Todos, absolutamente todos ellos son de cuerpos envidiables, de físicos impresionantemente definidos, aunque el atleta sometido sobresale de entre ese grupo, es más fuerte, más ágil, mas varonil, y eso lo vuelve más odiado, por envidia, genera más coraje entre sus competidores, de eso se valió Franco para convencerlos de que colaboraran con él. Todos desnudos, un grupo de machos en jauría saboreando la presa sexual que mantienen sometido, sujeto ante los intensos forcejeos, sin dejarle que pueda tomar siquiera un respiro.

   La piel del fornido clavadista absorbe por completo la loción que Hiro unto en casi todo su cuerpo, el color dorado se marca más, eso es un indicador para Hiro de que el efecto está dando resultado y de que tiene a Daniel en el punto justo donde lo quería tener.

   El asiático tiene a su lado a Paolo y a Pierre, musculosos y altos, miembros de muy buen tamaño entre sus piernas, erectos en todo su esplendor, esperando también sus turnos de poder meterlo en el culo o boca de Daniel. Hiro sigue embistiéndolo, suavemente, pero aprovecha para decir algo en el oído primero a Paolo y luego a Pierre, quienes sostienen las musculosas piernas de Daniel, manteniéndolas ligeramente levantadas a la altura de los hombros del japonés. Sujetando fuertemente los tobillos del joven, los franceses empiezan a lamer las plantas de los pies de Daniel. Pasan lentamente sus lenguas desde los talones hasta la punta de los pies, aún entre los dedos.

   -¡GGGGGGGGGGHHHHHHH! -Daniel experimenta nuevas sensaciones, nadie jamás había tocado las plantas de sus pies con la lengua, y la loción que Hiro impregnó en ellos lo hace más sensibles, se estremecerse, su verga responde más rápidamente y la ansiedad se apodera de él. Trata de liberarse de la verga que tiene en su boca, su cuerpo se tensa completamente.

   -¡AHHHHHHHH! -Ronaldo gime al sentir que la garganta y boca de Daniel se estrechan ajustándose más a su larga verga que se desliza con más dificultad por entre su cuerpo. Las placenteras sensaciones del carioca se acentúan, sus bolas hierven y la leche estancada en ellas desea ser expulsada. El placer de cogerle la boca a ese otro tío, al chico que le derrotó en la competencia, es inmenso, y se extiende por todo su miembro. Un leve cosquilleo en sus bolas le indica que la eyaculación es prácticamente inminente.

   Daniel, en su desesperación, trata de que su boca quede libre y forcejea por liberar la de su mordaza de carne, acariciándola en el proceso; las lenguas en las plantas de sus pies lo enloquecen, es algo más que cosquillas, y lo llevan al borde de la ansiedad y la locura, exacerban sus sensaciones y trastornan su mente dejándolo más vulnerable; su verga se engruesa más que antes, pulsante, deseosa de ser tocada; el suave y erótico ritmo que Hiro mantiene en su culo, contra las paredes de su recto que no entiende por qué le gusta tanto es una sublime tortura erótica a la que está siendo sometido sin poder oponer resistencia. Todo su musculoso cuerpo se mantiene en una constante tensión, forcejea pero es inmovilizado por sus captores que disfrutan de verlo así atrapado, sometido, doblegado físicamente y torturado mental y sexualmente. Las plantas de sus pies empiezan a arder levemente, enrojecen al paso de las ásperas las lenguas que las recorren una y otra vez. Pareciera que para Paolo y Pierre, los pies de Daniel son unas paletas que lamen y lamen sin darle tiempo de descanso, no permitiéndole ni un segundo de reposo, dándole estimulación continua, ambos meten los dedos gordos del joven en sus bocas y los succionan, usando suavemente los dientes y las lenguas.

   -¡GHGHGH! -los gemido de Daniel se oyen ahogados, acallados por la gruesa verga de Ronaldo que sigue metida en sus garganta, sin darle tiempo de poder gritar de desesperación pero si estrechándose por la ansiedad de querer liberarse.

   Sus gritos se ahogan prácticamente antes de nacer, la jugosa carne del brasileño resbala una y otra vez en su garganta. Las embestidas de este, en contraste con las de Hiro, son bruscas, fuertes y continuas. Ronaldo desea vaciar su leche en el varonil enemigo de competencia, desea demostrarle que lo llevara por siempre dentro de él. Que es mas macho, que es más fuerte, que es más dominante. Y quiere verle, su garganta agitándose cuando le obligue a tragarse hasta la última gota de su semen.

   Las bolas del carioca, calientes al máximo y sintiendo la presión más fuerte por parte de Daniel, que involuntariamente cierra la garganta al sentir como es eróticamente torturado en su culo y sobre todo en las plantas de sus pies, en los dedos de sus pies que ahora son saboreados uno por uno tanto por Pierre como por Paolo. Las embestidas de Ronaldo se hacen más intensas y sus bolas escupen con una fuerza enorme grandes cantidades de leche espesa que Daniel se ve obligado a tragar, si, sus mejillas rojas, su frente fruncida, su manzana de Adán subiendo y bajando desesperadamente para no ahogarse.

   -¡AHHHHHHHHHHHHHH! –se deja oír un gemido intenso por parte de Ronaldo al sentir las primeras descargas. El placer es intenso, su cuerpo se estremece y embiste entre espasmos a su víctima, sin darle oportunidad de rechazar su precioso semen, su caliente leche real de macho en su mejor etapa.- Trágatela, cabrón; así, así, así, tómatela toda. -le gruñe mientras le embiste frenéticamente, manteniendo sus ojos cerrados y su cuerpo en un éxtasis sublime que hasta hace que sus musculosas piernas flaqueen, y casi siente que podrán doblarse, pero hace esfuerzos por mantenerse erguido. El tiempo de concentración de todos ellos, prohibiéndoles eyacular, ha sido determinante en esa noche para poder vaciar todas sus ganas en Daniel, en el culo y boca del joven campeón.

   -¡Ghhhhhhhhhhhhhh! -las grandes descargas de leche hacen que Daniel sienta que pierde la respiración, este líquido es abundante y viscoso al resbalar, lo hace de forma lenta. Puede sentir prácticamente como avanza lentamente hacia su estómago, sin detenerse, y su garganta recibe los espasmos de la gruesa carne de Ronaldo, espasmos fuertes que estrechan más y más su conducto, amoldándolo a sus dimensiones. Pequeñas gotas del espeso líquido blanco salen por las comisuras de sus labios mientras la dura carne entra y sale vertiginosamente sin darle la oportunidad al muchacho de que pueda defenderse, ni evitar el abuso sexual del cual es víctima.

   Franco, desde un lado, observa la situación. Ve como Pierre y Paolo han logrado desequilibrar a Daniel, como los pies del joven atleta han sido uno de sus puntos débiles. Para Daniel, los segundos que dura la eyaculación de Ronaldo dentro de su garganta, aunado a la tortura en sus pies y culo, se hacen eternos, cuando el brasileño termina, exhausto después de haber terminado saca de golpe su verga se esa boca, y Daniel intenta normalizar su respiración.

   -Ahhh, ahhhhhhhh, ahhhhhhhh. –no puede evitar los gemidos, no mientras las sensaciones en su culo y pies continúan.- ¡NNNNNGGGHH! -muerde sus labios para no gritar de desesperación al sentirse atravesado por todas esas nuevas sensaciones sobre las que no tiene ningún control.- Mghghgh…

   -JEJEJEJEEJE, le gusta, Saldívar. -Franco se da cuenta inmediatamente de lo que Daniel siente al ver como su cuerpo esta tenso sobre la mesa, como su rostro tiene el gesto de desesperación de tortura, de derrota sexual, las lenguas en las plantas de su pies lo enloquecen, lo vuelven más vulnerable que antes, su verga esta durísima, más que en cualquier otra ocasión, sus pezones enrojecen y se erectan y su cuerpo suda copiosamente, su piel brilla marcando cada curvatura de su cuerpo, cosa que acentúa su tortura.

   -¡BAST..TAR..DO! -le grita el joven entre dientes, haciendo un esfuerzo por articular la palabra ya que en cada embestida que hay en sus pies siente como su cerebro se debilita, su cuerpo se excita y su mente se rebela mas y mas, quisiera poder demostrarle a Franco que no es verdad lo que le dice, pero ¿cómo?

   -Esto le gustará más, Saldívar. -Franco muestra un delgado pero resistente hilo que empieza a enredar en la base de la verga erecta del muchacho, dándole varias vueltas, aprisionándole el grueso y duro miembro para evitar que pueda eyacular, después lo pasa por el escroto para también aprisionarle las bolas, mientras los demás siguen dándole el mismo tratamiento en pies y culo.

   -Nggggggggghhh. –se le escapa por el intenso dolor por la presión del delgado hilo aprisionándole las bolas y el miembro; su boca libre ahora de carne, la mantiene cerrada para no doblegarse, y aprieta los labios. Su cuerpo sigue tenso, más aun, el placer es aprisionado, negado con esa fuerte presión que marca más la dureza de su miembro y lo grande de sus bolas.

   Hiro, viendo como el miembro de Daniel está más duro y lubricado que antes, y ante la impotencia de desahogarse por la ligadura, acerca su boca y pasa ligeramente su lengua sobre la punta del mojado glande del joven deportista.

   -¡Mhmh! -un gemido de rebeldía, pero también de sensaciones, se dejan oír mientras la lengua del asiático pasa levemente en la punta de su verga, lamiendo el pequeño orificio del miembro que está cubierto de abundante líquido seminal.

   El ladino oriental lo saborea lentamente, la punta de la lengua recorriéndolo todo, haciendo que la desesperación en Daniel se incremente, es atacado por todas las áreas posibles, esas lenguas en sus pies y ahora en su miembro terminaran por volverlo loco por las sensaciones que le obligan a experimentar.

   Hans y Ronaldo, que acaban de usar el culo y boca de Daniel, viendo como las sensaciones en la piel de este se incrementan cuando las plantas de los pies son lamidas una y otra vez, y la verga se le enrojece mas y mas, se miran con complicidad, ríen sádicamente y se acercan a cada lado del musculoso atleta, que está sujeto fuertemente. Ambos se colocan a los costados del clavadista y, aprovechando que sus brazos están sujetos fuertemente formando casi un ángulo de 90° con su codo, acercan sus bocas a las axilas del excitado macho.

   -Mhmhmhghghgh. -Daniel gime al sentir el aliento de ambos machos cerca de sus axilas. Exentas de vello como están por la competencia, son más vulnerables. Y siempre ha sido muy sensible de esa área, ¿cómo evitar que lo dobleguen con eso?

   Pedro y Alejandro, los españoles, fibrosos, marcados y extremadamente delgados, con vergas de buen tamaño, sujetan con más fuerza los fuertes brazos de Daniel, quien intente liberase forcejeando inútilmente. El sudor aumenta y el atleta sometido aprieta las mandíbulas fuertemente, y cierra los ojos esperando el momento del ataque. Ya siente el aliento de esos dos machos en celo que están muy cerca de sus axilas, sus bíceps se agrandan pero las lenguas saborean las plantas de sus pies, la otra la punta de su verga y las otras dos empiezan a recorrer lentamente la parte lateral de su pecho acercándose hacia la axila, buscando lentamente la parte cóncava de la anatomía del triunfador que nada puede hacer por evitarlo.

   -Jejejejejejejeje, le gustará, Saldívar, ya verá. -le dice Franco mientras Hans y Ronaldo pegan sus lenguas completamente a la parte lateral del pecho, recorren hacia los hombros y los bíceps, pero acercándose peligrosamente mas y mas hacia el objetivo.

   -¡NGGGGGGGHH! -Daniel cierra con más fuerza los ojos, aprieta los puños en señal de impotencia física, su cuerpo empieza a temblar mas y mas mientras sus agresores están más excitados al ver como su desesperación aumenta. Están enloqueciéndole, esas lenguas, esas manos, esa verga en su culo con su incesante y rítmico mete y saca, el dominio que tienen sobre él. Es solo un joven macho en su plenitud sexual y sus bolas y verga están llenas de sangre, una que está atrapada en su verga por la atadura, negándole la relajación y la eyaculación. Las lenguas húmedas y ásperas de Hans y Ronaldo , por fin llegan a la parte más profunda de sus axilas, de forma súbita entran en esa área y lamen furiosamente.

   -Ah, sí, le gusta, jejejejeje…

   -Ghhhhhhhhhhhhhhhhhh… -Daniel, atacado bruscamente, aprieta los labios pero su verga responde manando un río de líquidos que el asiático recoge con su lengua y bebe, sus pezones se endurecen de mas y su cuerpo se tensa, su mente no puede razonar solo sentir, experimentar.

   Las lenguas lamen incansablemente sus axilas y las plantas de sus pies, lamiendo detenidamente cada dedo, y regresando a las plantas lamiéndolas a todo lo largo mientras el otro par de lenguas pasan una y otra vez por esas profundas axilas, sensibilizándolas. Las terminaciones nerviosas de Daniel, en sus plantas y axilas, están a flor de piel, son más sensibles que en el resto de su cuerpo. Su verga se rebela amordazada fuertemente por el delgado hilo que Franco enredó varias veces a todo el grueso de su diámetro en la base del ancho y grueso miembro, las bolas están también aprisionadas, y las lenguas atacan una y otra vez, su mente se pierde en una batalla de deseo y de sensaciones, de locura erótica y sexual que lo doblega y esclaviza. La verga de Hiro, moviéndose rítmicamente en su culo, lo conduce hacia un exquisito placer que mezclado con las lenguas que lo atacaban en pies axilas y verga, lo transportan a un estado de clímax sexual que su cuerpo no puede resistir. Es una batalla contra su propia naturaleza, contra su verga, sus bolas, sus sensaciones su deseo, su derrota es placentera, sus pensamientos de rebeldía de lucha se pierden y claman piedad por el intenso castigo sexual del que es objeto.

   -Dígalo, Saldívar, grítelo para que todos escuchemos lo que estamos viendo… diga cuánto goza ser un puto entregado a sus machos. Suplique por más…

CONTINÚA (el relato no es mío) … 31

Julio César.

NOTA: El relato comienza algo lento, y como no tengo intensiones de apurarme más, quien lo desee puede buscarlo en esta dirección: http://www.todorelatos.com/relato/16991/


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