Archive for the ‘RELATOS GAY DE MALDITOS…’ Category

DE AMOS Y ESCLAVOS… 29

febrero 10, 2016

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 28

UN CHICO EN HILO ESPERANDO DIVERTIRSE

   Listo a tomar lo suyo…

……

   Coger a Bartolomé Santoro esa tarde en la sala de su casa, vistiendo este una pantaletica que Marjorie le había lanzado después de quitársela y antes de salir del cuarto, le pareció tan sucio, erótico y caliente que casi estalló antes de enterrárselo con un golpe rudo. Como casi le reventó el culo. Y ese culo le había brindado un placer increíble mientras le escuchaba gritar y gemir, una mezcla de dolor y placer, mientras apretaba las paredes de su recto, amasándole como nunca antes se lo hizo; pero entendía, hasta cierto punto, que se debía a algo más. No le gustaba pensar mucho en eso porque le hacia cuestionarse la clase de tipo que era, pero cogerlo en la sala de su casa, vistiendo una pantaleta que Marjorie acababa de quitarse, una mierdita pequeña y erótica, blanca de encajes, metérsela duro, como con rabia, verle revolverse con su güevo clavado, oyéndole gritar de dolor, luego de lujuria, transpirado, había sido grato.

   Lo realmente caliente era saber que estaba cogiendo a un carao que hasta ese momento era virgen de culo, que él había tomado su virilidad, por poca que fuera (según Marjorie), y le había hecho adicto a su porra de carne dura. Porque si, alcanzado los dos sus brutales clímax, ese tipo le pidió, ojitos de cachorro, mejillas rojas, que le cogiera otra vez. Y lo hizo, todavía dentro de la pantaleta bañada con las dos leches, teniéndole de espaldas sobre una mesita de cristal, mirándole gemir, arqueando la espalda, tensándose mientras le metía y sacaba del culo su güevo tieso y caliente, alzándole las piernas, llamándole sucio marica, dándole güevo con violencia, golpeándole con sus bolas, provocándole una segunda corrida dentro de la pantaletica.

   Pero había algo más tras toda la fascinación de estar con Bartolomé, algo de sí mismo que todavía no entiende y que le hace salivar de placer al gruñirle al hombre en pantaleta que deje la pereza, que se clave todo ese grueso falo de goma por el coño, que se lo abra, que lo afloje, que dejara de quejarse como si le doliera, que una puta debía poder con lo que le llegara. Palabras que, increíblemente, parecían excitar aún más al catire que subía y baja su culo con mayor fuerza sobre el juguete sexual.

   Yamal no entendía que una vena dominante corría por sus venas, podía intuirlo de manera inconsciente, pero no lo sabía. Aunque era de esa manera. Allí, mirándole, sobándose el güevo con placer, rugiéndole que se metiera bien el grueso tolete de goma, Yamal era el macho cabrío que gozaba viendo a otro carajo menos masculino, menos machos, que se cogía a sí mismo con algo, que llenaba su culo con objetos. Sentía un placer infinito en ver a su puta maricona esforzándose en complacerle, en hacer lo que le ordena, empujándose esa enorme pieza de goma dentro de su coño, porque si, en una parte de su mente, Yamal sabía que Bartolomé Santoro no tenía un culo en esos momentos. No. Era un coño caliente y mojado necesitado de ser usado.

   Y él quería usarlo… pero también más. Deseaba que Bartolomé le rogara para que le dejara mamarle el güevo, que rogara para que le permitiera pegar esa lengua ávida de la cabeza de su glande, de donde mana un río espejo de jugos hacia su puño; deseaba que le lloriqueara para que le cogiera. Yamal quería a su puto bien entregado, tan necesitado que le suplicara le llenara de atenciones. Y lo haría, obligaría a Bartolomé a suplicar por su güevo.

   Viéndole estremecerse, subiendo y bajando el culo sobre el juguete sexual, brillando de sudor, algo que le hacía verse eróticamente sucio, sabe que los espasmos que recorren su güevo vienen de la convicción de que cada empalada que el hombre se daba con aquella vaina le desesperaba aún más la lujuria; le hacía arder más y más su culo, su coño, aumentando su urgencia por un hombre que lo llene con una verga caliente llena de sangre. Un güevo de verdad. Sabe que Bartolomé, a cada ida y venida de su redondo agujero sobre el cilíndrico tolete rugoso de goma, se volvía más y más puta. Y no podía evitarlo. Sonríe, de manera torva, porque algo en su interior, el instinto del macho predador, le decía que si Bartolomé escapara de ese cuarto, por alguna razón, y decidiera no volver a hacer aquello, no aguantaría mucho. Su culo así, siendo recorrido como lo era en ese instante, le haría desear montarse sobre un güevo para calmarse. El de cualquiera, mientras lo llenara y le aliviara esa picazón intensa.

   -Quédate allí. –le ordena, y con un gemido, Bartolomé cae sobre el falo, atrapándolo todo, la pantaletica aplastada contra el juguete.- Déjame ver tu cosita. –le pide.

   Rojo de mejillas, algo avergonzado, pero con ojos brillantes, el catire obedece bajando la pantaleta un poco. No tiene un solo pelo en el área púbica, o los alrededores, incluyendo sus bolas. Es una pieza blanca rojiza, consistente pero no erecta.

   -No lo tienes duro como el mío. –le dice, subiendo y bajando el puño sobre su propio güevo hinchado, los ojos de Bartolomé atrapados en la masculina pieza de joder, el hambre notándosele en las pupilas. Cuando el puño sube bastante del ojete mana más de ese jugo que chorrea impregnándolo todo con el olor.- Joder, lo tengo tan caliente… -gruñe entre dientes, y casi siente el estremecimiento de Bartolomé, quien lo mira con codicia y avidez.

   -Déjame mamártelo. –pide al fin, quemándose de lujuria.

   -¿Quieres chupar mi güevo? ¿Sabes lo marica que suena eso? Tienen puestas unas pantaletas de hembra y un consolador llenándote el culo, ¿necesitas más para que sepa que no eres un hombre? –le habla con burla, torcido, masturbándose lentamente, el ojete mamando más de esos jugos que ahora sabe tantos hombres adoran saborear.

   -Soy un maricón total, lo sabes. Déjame cometerlo. –casi gimotea desesperado, su culo pulsando violentamente contra el grueso falo de goma de lo llena.

   -No me gusta escucharte hablando así. –le reprende, suave, no sabiendo él mismo de dónde le viene esa veta de crueldad, retardar lo que el otro quería; le ve arrugar la cara, desesperado, pasándose la lengua por los rojos labios pintados.

   -Papi, ¿quieres que te lo chupe? –le pregunta con una sonrisa coqueta, con un tono de mujercita.

   -¿Lo quieres mucho, princesa? –le pregunta con el tono que emplearía con alguna nueva tía a quien estuviera engatusando para llevarla a la cama.

   -Si, papi, me encanta el sabor de tu güevo. –confiesa el otro, algo vehemente. Y el hombre se apiada.

   -Vamos, princesa, trágatelo. –le concede.

   Con un leve jadeo de anticipación, rodillas en la cama en todo momento, Bartolomé se inclina hacia Yamal, doblando la cintura, elevando su culo, el negro consolador todavía clavado en él. Trémulo toma la pieza azabache, el contraste entre su mano muy blanca y el muy oscuro güevo es sensual. Casi ronronea al atraparlo con el puño, tan duro caliente y pulsante, masturbándolo un poco. Sus ojos brillan, desde la primera vez que lo tuvo en la boca, la primera vez que entendió que tenía entre sus labios el güevo de otro hombre, esa necesidad de chupar se había apoderado de él, apagando en esos instantes todo lo demás. Muchas veces, en medio de una junta de negocios se descubría ausente, soñando con mamar güevos. Cuando la fuerte mano del negro atrapa su nuca, halándole un poco, sonrisa torva, disfrutando como lo hace todo aquel que nota a otra persona enloquecida con su miembro, el catire no puede ni pensar.

   Abre la boca de labios pintarrajeados y besa el glande, recorriéndolo, provocando esa saliva espesa que se trasforma en hilillos cuando va de aquí para allá. Succiona y no puede evitar el ronroneo ni el tensar de su cuerpo, su esfínter se cierra salvajemente contra el consolador, de su propia verga escapa algo de líquidos. Incapaz de contenerse un segundo más, aferrándolo por la base con un puño, el hombre comienza a tragar el tolete de ébano; sus rojos labios cubriendo, sus blancas mejillas ahuecándose para abarcar la barra de color. Se estremece todavía más al sentirlo contra sus mejillas y lengua, el saber que, nuevamente, estaba tragándose el güevo de aquel hombre a quien encontrara un día en su casa dejándose chupare por la puta de Marjorie, su mujer. Como pudo, ojos cerrados, expresión de felicidad suprema, desciende sobre la barra cálida, notando como la lisa cabeza choca de sus amígdalas… ¡Y todavía faltaba macho por abarcar! Gimiendo ahogado, pómulos muy rojos, sube sobre la barra de color, la cual queda brillante con su saliva y los jugos, y baja otra vez, succionando, deseando cubrirla toda. Un disparo de tibias gotas mojándole la lengua le hacen delirar y gemir aún más, los labios de su culo hinchado amasan el grueso consolar entre ellos.

   Tragando en seco, Yamal le mira, había algo fascinante en ver a ese carajo subir y bajar su boca con evidente avidez sobre su güevo, apretando con labios y mejillas, dándole las lamidas de su vida; succionando siempre, como si no tuviera jamás suficiente, ni de su güevo en la boca ni de los jugos que le bañaban la lengua. Le excita ver que le gusta su güevo. Le suelta la nuca y el otro continúa por su cuenta, mamándoselo con ganas y masturbando más bajo lo que no cubría… por ahora. Esos labios pintarrajeados de rojo bajan más y más, y como lo hace más frenéticamente, seguramente el cerebro ya nublado por la emoción de mamar un güevo, en un momento dado el tolete le queda contra una mejilla, abultando de esa manera que tanto estimula al hombre negro. Ese era su güevo en la boca del otro, la idea siempre era intoxicante. Joder, qué bien lo hacía ese tipo…

   -Eso es, putica, chúpalo así; sácale la leche a tu hombre. –le ruge, voz ronca y poderosa, atrapándole con una mano la nuca nuevamente, fijándole allí por el sedoso cabello castaño claro. Mientras eleva y baja sus caderas sobre la cama, cogiéndole la boca, con la otra mano recorre la blanca y suave piel, aunque firme, de Bartolomé, acariciando sus hombros, bajando y buscando esas nalgas redondas, tanteándolas sobre los contornos de la pantaleta, atrapando la base del consolador. A Yamal todo le da vuelta mientras sonríe reteniéndole contra su güevo, subiendo y bajando este, obligándole a tragarlo todo y a resollarle en un muslo, mientras saca y mete unos pocos centímetros del grueso consolador del redondo y lampiño culo del catire, quien gime en verdadero éxtasis, como si estuviera en el cielo disfrutando de los setenta sementales que le tocaban junto a un lago de leche (de hombres) y miel.

   Bartolomé era una sola masa de sensaciones gratas y poderosas recorriéndole, sabe, mientras baja su boca cuanto puede sobre el pulsante güevo de su hombre, que una de las cosas que más le excita es saber que lo hace, que se somete, que le deja controlarle, fijarle a su verga mientras rota ese consolador que tiene en el culo. Saber que se encuentra totalmente entregado a ese hombre le produce tal calentura y satisfacción que sabe que se correrá; no le extraña que de su pene, no totalmente duro, manen todos esos líquidos.

   Ojos nublados de lujuria, Yamal mira esa nuca de cabellos cobrizos que brillan bajo la luz del cuarto, los anchos hombros pecosos, dorados también, con las tiras del sostén con relleno. Mira esa boca pintarrajeada tragar su verga, succionarla, dejándola salir cubierta de saliva. Luego mira hacia un espejo en la pared y teme correrse ya; ve la imagen de ese tipo alto, esbelto, guapo, pintarrajeado como puta, el maquillaje algo corrido en boca y parpados al lagrimear de gusto sobre el consolador, con el sostén, las altas medias, los tacones, la pantaletica apartada un poco, donde se deja ver el grueso consolador que él saca y mete de su culo. De su coño. Ese culo…

   Cuando saca el consolador, oye y siente el gemido de Bartolomé contra su güevo; por un segundo, en el espejo, ve ese oficio rasurado abierto, los hinchados labios cerrándose luego. La pantaletica ocupa su lugar. Y esa prenda pequeña, sensual, íntima, putona le afecta… La negra y enorme mano cae suavemente, otra vez, sobre una de las nalgas redondas, los dos hombres estremeciéndose por el contacto, y con dedos abiertos, la recorre. Negro sobre blanco. Sube a la baja espalda y se mete dentro de la pantaletica, alzándola, acomodándola, esta cubre demasiado poco, pero deslizar su mano bajo ella, contra la turgente y cálida piel de Bartolomé, y le encanta. Tanto que el catire gimotea cuando traga los jugos que bañan su ávida lengua, productos de la tocada que le daba, al tiempo que tiene la piel de gallina bajo la caricia de su hombre.

   Los ojos de Yamal, rostro algo concentrado, están fijos en el espejo, en la silueta de su mano bajo la delgada tira de la pantaleta, recorriéndole la raja sobre el culo, una y otra vez con uno de sus dedos, sintiéndole estremecerse, arquearse, tensarse bajo la caricia. Detiene el roce, flexiona un tanto su dedo, sólo un poco, y la yema va metiéndose dentro del culito tembloroso. Lo va doblando y penetra, sintiendo como el esfínter se cierra a su alrededor. Y metérselo, lentamente, le hace sonreír; la imagen no totalmente visible porque la tela cubre un poco, de meterle el dedo por el culo. Eso hace que Bartolomé jadee, que de su boca escapa una gran cantidad de saliva sobre su güevo, una que será de utilidad dentro de unos segundos. El dedo sale un poco, negro y largo del redondo anillo blanco cuyos pliegues parecen querer retenerle, y entra otra vez. Se lo saca y se lo mete, una y otra vez, cogiéndole con él, ganando en velocidad. Bartolomé tiembla todo y cierra los ojos, la caricia contra las paredes de su recto estaba enloqueciéndole. El consolador rugoso era bueno, pero ese dedo estaba caliente, se agitaba vital de un lado a otro. Y pronto fueron dos dedos.

   Sonriendo de sus gemidos lastimeros de puta urgida, Yamal mira su mano trabajando ese culo, medio cubierta por la pantaletica, sabe de sus dedos enloqueciéndole. Y Bartolomé, con un alarido deja salir de su boca pintarrajeada la negra y ensalivada mole de carne dura.

   -Oh, Dios, Dios… -gime, rojo de cachetes, ojos mendicantes.- Por favor, papi, cógeme. Llena mi coño con tu güevo, por favor…

   -Ja, ja, ja… ¡ese si que es un maricón! –Grita una voz de hombre desde fuera de la habitación, contra la puerta.- Yo también quiero culo.

CONTINÚA…

Julio César.

LA NENA DE PAPA… 7

febrero 6, 2016

LA NENA DE PAPA                         … 6

De Arthur, no el seductor.

EL HILO DEL CHICO

   -Oh, si, enséñale a tu hombre tu tesorito…

……

   Tembloroso, muy rojo de cara, todavía afectado por el poderoso e intenso clímax alcanzado, Brandon no se atreve a responder, sus húmedos y casi adolecentes labios tiemblan. El hombre ríe a su oído, el pecho expandiéndose, agitándose contra su espalda.

   -No tienes que decirlo. Sé que estás deseando tenerlo en tu boca. Está manando jugos, otra vez. –le aclara.

   -No, basta, señor Cole. Esto estuvo mal. Tenemos que parear. ¡Somos hombres! No podemos hacerlo. Usted es el papá de mi novia. –gime el chico, tan sólo le responde una risa profunda, ronca, sensual y depredadora.

   -Oh, sí, eres el novio de mi pequeña e inocente niña… -las palabras le tensan, le indican que algo más se acerca.- Tú tomaste su virginidad.

   -¡Señor Cole! –muy alarmado, entendiendo lo que viene, se revuelve, pero el hombre, montándole una de sus enormes manos en el flaco abdomen, le alza mientras se pone de pie, arrojándole de panza en la cama, girándole sobre ella para que quede de cara el espejo, él moviéndose al otro lado, atrapándole las caderas, alzándole el culo, las musculosas y casi lampiñas nalgas redondas abriéndose, la tirita del hilo dental apenas cubriendo.- No, señor Cole, eso no. –gime debatiéndose sobre el colchón, mojándolo con la corrida de esperma que mana de la pequeña pantaleta.

   -Ah, que culo tan hermoso. –le oye, extasiado; le mira sobre un  hombro, hacia arriba, encontrando la sonrisa predadora ante sus nalgas abiertas y el culito apenas cubierto. Seguramente imaginándose ya penetrándole con fuerza y brutalidad, haciéndole gritar y llorar.

   -No, no, no haga eso, señor Cole, por favor. –suplica todavía medio gateando en la cama, pero no puede escapar del agarre del poderoso macho que va a tomar su inocencia.

   -Oh, vamos, lo vas a gozar, ¿no le has dicho eso a cada chica que has montado en tu verga? –la réplica es alegre, aunque muy bien imagina que ese muchacho, con tan diminuto pene no debía tener mucha acción, ¿en qué carajo estará pensando su hija?

   -No, deje… -grita, mirada al frente, encontrándose con su propio reflejo en el espejo. Era la viva imagen del miedo, la desesperación y la impotencia. No podía luchar contra ese carajo grande y masculino; incluso nota, claramente, la enorme erección que late bajo su speedos, mojándoselo, un olor fuerte llegándole.

   -Si, nena, es hora de perder la virginidad; ya no serás una niña, serás toda una mujer.

   -No, no lo haga; Nelly y la señora Grace deben estar por llegar.

   -Avisarán cuando estén de regreso. Descuida, tengo tiempo para hacer que tu primera vez sea memorable. A diferencia de los muchachos calenturientos, sé hacerlo. –le promete.

   Pero Brandon no está como para escuchar, y aunque por un segundo se queda quieto, intenta sorprenderle y saltar de la cama; pero sonriendo, esperándolo, el hombre le retienen rodeándole el abdomen con su musculoso brazo, alzándolo, pegándolo de su entrepiernas, reteniéndole contra su pulsante güevo que quema las suave piel de aquellas nalgas expuestas. Una vez fijado así, baja sobre el chico, le atrapa las muñecas aunque este grita que le suelte, revolviéndose. Las lleva atrás y con una mano le fija las dos muñecas en su baja espalda, obligándole a pegar la parte superior del torso, y el rostro, del colchón, sin posibilidad de erguirse al estar medio encimado, reteniéndole prácticamente con el bajo abdomen en su posición.

   -No, no lo haga, señor Cole. –lloriquea desesperado, todavía luchando, sin poder librar sus brazos, siendo muy consciente de ese tolete que sabe demasiado grande, latiendo con fuerza contra sus nalgas, quemándole.

   -Shhhh, nena, será rico… -responde con ojos oscuros y tono bajo, ya transfigurado.

   Con la mano que tiene libre, Cole baja el speedos al nivel de sus bolas, el tolete salta alegre, con ganas, golpeando una de las nalgas del chico. Agarrándoselo azota uno de los glúteos, luego el otro, son bofetadas sonoras, duras. Dios, qué rico era hacer eso, contactar esa joven y enrojecida piel con su güevo caliente. Es tanto que algo de líquidos y tal vez de esperma vieja parece manar.

   -No, por favor, señor Cole, no haga eso. –le lloriquea un muy tenso Brandon.

   -Dios, nena, no puedo contenerme. Eres tan hermosa, tu coño me llama de una manera que… -su voz es tan baja que cuesta escucharla, parece realmente trasfigurado mirando esa raja apenas cubierta por la tirita del hilo dental de su mujer. Lleva, a lo largo, su verga a esa raja y la frota, con fuerza, de arriba abajo, duro, arriba y abajo, y contiene un jadeo, era increíblemente excitante hacerlo, de su pulsante miembro manan más gotas. Soltándose el tolete aparta un poco la tirita, sus ojos se oscurecen más a la vista del pequeño y cerrado culo virginal. Tan duro tiene el tolete que no necesita agarrárselo cuando aleja sus caderas y luego echándolas hacia adelante frota su glande descubierto, muy rojo, de la entrada sensible del chico, quien gimotea estremeciéndose, arqueándose, como esperando el asalto.

   Brandon, muy alarmados y gimoteando, abre mucho los ojos cuando algo espeso y caliente cae en su raja interglútea, por encima del culo. Saliva. Lo sabe. Y otro y otro escupitajo se dejan sentir, luego como esa vaina es frotada en su entrada, regada por algo liso, esponjoso, caliente y suave. Imagina que el glande del hombre.

   -Señor Cole…

   -Shhh, shhh; tranquilo, lo sé. –le responde mientras empuja lentamente.

   El chico contiene un jadeo al sentir la lisa cabeza pegándose de su virginal agujero que no había aceptado nunca antes nada, fuera de los dos dedos que el sujeto le metió en la piscina. Ese glande sigue empujando, forzando su entrada, deslizándose lentamente, caliente.

   -Señor Cole… -lloriquea con la boca temblándole, frente fruncida.

   -Shhh, pequeña, shhh… -parecía en trance.

   El glande presiona aún más, empuja y entra. Brandon grita, boca y ojos muy abiertos, tensando la espalda. Siente como eso lo rasga y sigue metiéndosele forzando aún más su esfínter. Y aprieta los dientes, rugiendo. Tres, cuatro, cinco centímetros de la enorme barra blanco rojiza penetran. Cole, soltando el hilo dental, el cual rueda y pega de su tolete, mientras le retiene las muñecas con una mano, con la otra acaricia y soba rudamente desde las redondas nalgas, recreándose al hacerlo, a la baja espalda, subiendo, masajeando, calmándole al tiempo que ese esfínter se cierra de manera increíble sobre lo poco de güevo que le ha metido, y las entrañas lo rodean empujándole.

   Brandon cierra los ojos con fuerza y grita mordiendo la sábana para soportar mientras ese grueso tolete masculino, nervudo, largo, caliente, se le va enterrando centímetro a centímetro en su todavía virginal culo. Cole se detiene, le deja adaptarse.

   -Respira, acéptalo. –le oye, y vuelve a la carga.

   -Hufff… -chilla el joven, abriendo los torturados ojos, lloroso. Agita sus brazos pero no puede liberarse del agarre del hombre que va enculándole poco a poco. Ruge, rojo de cara y cuello, tenso hasta que siente las caderas del hombre contra sus nalgas, aplastándolas a pesar de lo duritas que son.

   -Oh, Dios… -Cole tiembla, ojos muy abiertos, ese culo estaba palpitando contra su güevo, atrapándolo, amasándolo mientras intentaba deshacerse de él; la lucha de Brandon estaba provocándole un intenso placer sexual, uno mayor que el recibido cuando encula a Grace. El pequeño botón del muchacho estaba derritiéndole con su calor.

   -Hummm… -lloriquea el joven, frente fruncida, ojos húmedos.- ¡Uggg! –bufa cuando esa vaina, lentamente, comienza a retirarse.

   Cole, jadeando pesadamente, tomando aire con esfuerzo, ve emerger su tranca blanco rojiza, gruesa, del pequeño agujero increíblemente abierto, halándole las membranas, una visión que todo macho adora cuando coge. Retira cinco centímetros y vuelve a metérselos, despacio, sintiendo el roce de su tolete contra las pulsantes paredes de ese recto masculino. Lo saca y se ladea a la derecha, metiéndolo, Brandon aprieta los dientes, el rostro se ve torturado. Se lo ve en el espejo. Le saca un poco de verga nuevamente y se la clava, empujando hacia abajo, viéndole estremecerse ante la nueva embestida.

   Todo gira brusca y desagradablemente en la mente del muchacho, mientras tiembla de tensión por el esfuerzo que hace para resistir, plenamente consciente de la enorme verga caliente llenándole las entrañas, deslizándose dentro de su cuerpo, frotándoselas. ¡Era tan grande! Y en todo momento Cole se la sacaba y metía, lentamente, apuntando hacia abajo, una y otra vez, sin carreras, deliberadamente despacio.

   -¡Ahhh! –una exclamación de excitación y goce escapa de su boca, sorprendiéndole, uno que se repite cuando el tolete sale y entra, una y otra vez, apuntándole siempre hacia abajo.- ¡Hummm! –se le escapa aunque intenta contenerlo.

   -Lo sabía, putita… lo sabía. Ahora tómalo. Tómalo todo, mi pequeña nena.

CONTINÚA…

Julio César (no es mía).

OSCURO AMOR… 9

febrero 5, 2016

OSCURO AMOR                         … 8

Por Leroy G

EL CHICO EN LA SEXY TANGA ROSA

   -¿Te gustan así, papi?

……

   Todavía confuso, sintiéndose mal, lava sus bóxer, cortos, ajustados, pero masculinos, tan distingo a lo que usa en esos momentos. Esa pantaletica, porque eso era, le presionaba suavemente, y cada roce era una agonía de excitación y mortificación. Casi tanto como tomar la ropa interior usada de Marcos, olorosa. Un aroma fuerte, almizclado y varonil que llena sus fosas nasales. Así olía él antes, la idea le estremece teniendo dos de esos bóxers en las manos. Oliéndolos sin darse cuenta. Tiembla, se odia, pero oculta el rostro contra la tela y aspira cerrando los ojos, sintiéndose mareado e infinitamente caliente. Sabe que está excitado sexualmente… ¡pero su verga continúa flácida! Termina, olfateando un poco más de vez en cuando. Ahora huele la cena y casi huye a su cuarto. Jadeando, sobre la cama, encuentra una corta franela elástica, licra, de colores maricones, muy abierta por sus costados, corta abajo… y el hilo dental rosa. Dios…

   -Apúrate, va a comenzar el Míster Sunga y la cena se enfría. –oye el grito, algo impaciente. La siesta parecía no haberle aquietado.

   Vistiendo esa mierda, y sus zapatos cortos de deportes, sin medias, sale. Enrojece brutalmente entrando en la cocina, notando la mirada y sonrisa del otro. Sobre su cuerpo más musculoso ahora, Mauricio sabe que esas vainitas destacan casi escandalosamente. La corta camiseta era toda putona, sus botines blancos, sin calcetines, no contrarrestan la opresión del hilo dental rosa, de corte masculino pero…

   -Tu batido proteico. –con voz ronca, ojos brillando con una lujuria que le asusta, y eriza, Marcos le tiende un vaso grande. Es algo verde, seguramente vegetales licuados.

   -No me gusta el sabor ni…

   -¡Deja de quejarte, perra! –le silencia, no molesto, tan sólo impaciente, cerrándole la boca.- Mira el cuerpo que tienes, uno que excitaría a un cura y a sus siete monaguillos calientes, y todavía te quejas. ¡Ven por tu mierda! –ordena bajando el tono, como esperando un desafío.

   Es más de lo que este Mauricio puede soportar ahora, toma el vaso y bebe, siendo vigilando fijamente por el otro, quien bebe el suyo. Sabía extraño, a vitaminas, y le produce algo de taquicardia por lo rápido que traga, pero lo termina. Cuando deja el vaso en el lavaplatos se congela. Siente sobre sus nalgas, nada cubiertas por el hilo dental, los ojos clavados de Marcos.

   -¡Joder, que culo! –pega un bote al descubrirle casi a sus espaldas.

   -No me siento bien con estas ropas. –lloriquea, sobresaltándose cuando una mano del otro, firme, cae sobre su hombro ancho y musculoso, obligándole a volverse.

   -Te ves bien, perra. A mí me gusta. –le sonríe y dice amistoso, bajando la mirada, y la respiración de Mauricio se congela cuando le nota la erección bajo la pantaloneta negra y cómoda que lleva… aparentemente sin ropa interior.- Vamos a cenar. –se sientan, pero Mauricio no puede comer bien, y eso que todo estaba muy bueno. El frío del asiento contra sus nalgas casi desnudas, era incómodo por nuevo, además, el plato parecía quizás un poquito más condimentado que de costumbre.

   -¿Listo? –le sobresalta la voz del otro, sorprendiéndose al verle de pie, con su plato vacio, tomando el suyo y retirándolo.

   -Creo que voy a mi cuarto a…

   -Nada de eso, llevas demasiado tiempo encerrado. Vamos a sentarnos frente al televisor, va a comenzar el Míster Sunga y no querrás perdértelo. –le toma de la mano, así, tan pancho, llevándole a la sala.

   A Mauricio todo le da vueltas y le parece irreal, el que esté usando esas vainas como vestimenta, que Marcos este llevándole de la mano como si… fueran algo más. El que le estuviera obedeciendo. Al entrar en la sala nota el quemador de incienso, una moda nueva del otro en las áreas comunes. El olor es suave, dulzón. Frente al sofá, sin soltarle, Marcos toma asiento en la mitad del mueble, piernas muy abierta, halándole, casi cayendo sobre su muslo. Intenta alejarse, pero el otro le retiene con un brazo cruzándole la espalda, los dedos cerrándose en su cadera.

   -Va a comenzar. –le anuncia casi al cuello, erizándole otra vez.

   Y aquello era insólito, le parece a Mauricio, quien tiene la boca muy abierta. El concurso es sobre chicos, hombres bajitos que se ven muy jóvenes, usando prendas íntimas excesivamente chicas y cortas, siendo tocados y manoseados por hombres que se dicen los jueces, quienes prácticamente les masturban o le meten las manos entre las nalgas. Las escenas, desfiles y manoseadas se repiten y repiten, y tiembla.

   -Mira a ese gordinflón como le mete la mano a ese chico por la parte trasera de la sunga. Dicen que es parte de las pruebas, que aceiten un tanto sus cuerpos. –Marcos acerca su rostro, el aliento bañándole la oreja, mientras ven a uno de los cortos chicos de rostro impávido y un sujeto obeso, de bigote, que le frotaba algo en la baja espalda.- Apuesto a que recorre con codicia esas nalgas de hombre joven, la firmeza de la carne, lo cálido de la piel, lo redondo, para luego meterse en su raja, frotándole con esos dedos aceitados. –los labios parecen acercarse más y a Mauricio todo le da vueltas.- Seguro que le mete un dedo, tanteándole, mira como parpadea el chico, seguro no sabe qué hacer mientras ese sujeto, frente a todos, por televisión, le mete un dedo por el culo, lentamente, rotándolo, disfrutando la sensación de invasión. Metiéndoselo y sacándoselo, cogiéndolo con él delante del mundo.

   -Marcos… -grazna, costándole respirar, intentando sobreponerse.

   -Imagínate en lugar de ese pobre chico, todos mirándote, tu rojo de cara, caliente las mejillas… yo metiéndote un dedo, adentro y afuera…

   -¡¿Qué?! –brama alarmado, el otro ríe en su cara cuando se vuelve a mirarle.

   -Es juego entre chicos, amigo, calma.

   Todavía temblando, el joven vuelve la mirada al televisor. El programa era suciamente vistoso, a su lado la respiración de Marcos se había espesado aún más, y bajo su pantaloneta… la silueta de su verga era más evidente ahora. Grande. No puede dejar de mirarla. Cuando el otro vuelve el rostro, mirándole también, se siente indefenso, mareado, vulnerable. E increíblemente caliente. El otro se aparta un poco y le hormiguea toda la piel que antes hacía contacto con el otro. era una sensación de pérdida… desagradable. El joven enciende otro de esos palitos aromáticos y regresa al sofá, Mauricio lucha por no mirar esa escandalosa erección que se alza bajo el pantalón corto.

   El olorcito le llega. Ese palito aromático parecía más fuerte, de repente se siente más aletargado, pero también muy consciente del olor del humo, del aroma y calor de Marcos cuando cae otra vez a su lado, casi sobre él, de los sonidos que llegaban desde la televisión, donde esos hombres prácticamente le metían losa dedos por el culo a esos muchachos asiáticos en el Míster Sunga. Hay cinco chicos con cinco jueces untándoles aceites, y las espaldas, las bajas espaldas, parecían la zona preferida. La cámara enfoca el rostro de uno de los jóvenes, que medio jadea.

   -Le gusta. –la voz de Marcos le sobresalta, corriéndose un poco más en el sofá, casi aplastándole con el peso de su hombro, brazo y muslo.- Dios, ¡vives de punta! Calma tus nervios, nena.

   -Deja de hablarme así. Puedes hacerlo con tus… putos, pero no soy uno de ellos. –se queja, estremeciéndose cuando el otro se tiende un poco más, quedando casi bajo su axila, cosa difícil al ser Marcos más bajo de estatura (ignora que de alguna manera bajó en el asiento para adaptarse), media espalda ya descasa en un costado del otro.

   -Si probaras entenderías que es lo que tanto les gusta… -y ríe cuando el otro se pone de pie, agitado.

   -¡Déjalo así! –suena angustiado, muy rojo de cara, cuello y torso. La mirada fija del otro no le ayuda a calmarse.

   -¿Por qué tan agitado, amigo? Son juegos entre hombres. Nada más. Siéntate. –se miran.- ¡Siéntate! –es seco, pero sonríe cuando el otro cae.- Mauricio, aquí no está pasando nada. Sé que no eres gay, sólo juego a molestarte. Sé qué necesitas, una cerveza para refrescar el criterio. Y aunque me encanta verte el culo con ese hilo dental, que creo debes usar porque te favorece y terminará ayudándote, iré yo por las cervezas. –se pone de pie y a Mauricio la boca se le seca, bajo la pantaloneta se dibuja perfectamente un güevo erecto, con la curvatura del miembro y la cabeza.- ¿Se te antoja algo más ahora mismo? –la pregunta le sobresalta, eleva los ojos y le ve el rostro.- Digo, de la cocina…

   -No, nada, yo… -quiere cerrar los ojos de vergüenza cuando el otro ríe y se dirige a la nevera.

   Tragando en seco, mortificado por la manera en la cual le trata Marcos, Mauricio sabe que es su culpa, por la debilidad demostrada para hacerle frente. ¿Qué hace usando esas ropas? Siente que se acerca y eleva la mirada. Allí estaba el otro, sonriendo todo burlón, con una cerveza en su mano derecha llevándola  a la boca, bebiendo; la otra botella… El hijo de puta, lentamente, frotaba el pico del botellín de la silueta de su verga erecta, especialmente en una anchita de humedad. Tendiéndosela luego.

   -Provecho. –sus ojos brillan de maldad.

CONTINÚA…

Julio César.

DE AMOS Y ESCLAVOS… 28

febrero 4, 2016

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 27

NEGRO ABIERTO EN HILO DENTAL

   Tentación a mano…

……

   -Inútil. –Hank, despectivo, le gruñe a Roberto, montándole una mano en la transpirada frente y apartándole de su güevo rojizo y mojado.- Todavía no puedes lograr que un hombre se corra nada más que con tu aliento de puto. Pero ya aprenderás. –le informa metiéndoselo en los pantalones de cuero cuando el auto se detiene frente a una casa grande, cerrada, algo vieja.- Llegamos. –el joven chofer había salido a abrirle, de pie, rostro bajo, solícito, sumiso.

   En el suelo del vehículo, caliente como el infierno, Roberto se desespera. Casi siente ganas de llorar por las duras palabras del otro; no pudo satisfacerle y saberlo le atormenta, le angustia realmente. Baja, acomodándose la camisa y el bulto llamativo bajo el pantalón. Con cierta aprensión mira la casona hasta que Hank, con su cuerpo, cubre la vista.

   -Ya lo sabes, maricón, no me hagas pasar pena frente a mis amigos. –le recuerda, seco, dándole la espalda y dirigiéndose a la entrada, que abre simplemente girando el pomo.

   Se agita internamente al hacerlo, conteniendo una sonrisa. Ah, las cosas que le ocurrirían al negro de mierda allí…

   Dudando todavía, pero sabiendo que no tiene otra opción, Roberto le sigue y el otro chico, el chofer, cierra la marcha. El lugar parece un barato escenario de películas de fraternidades norteamericanas, le parece al hombre negro. Incluso la escalera que sube, una música b aja procede de allí, también del interior de la vivienda, hacia la izquierda. Un sonido le llama la atención a sus espaldas. El joven negro se despoja de sus ropas, quedándose con las botas, el collar y un suspensorio blanco, de tela, increíblemente pequeño y apretado. Toma una cadena que cuelga de un perchero y “se amarra”. Evita mirarle. A chico blanco ni le importa.

   -Hank, amigo… -una potente voz hace volver la mirada al hombre negreo, y ve a un tipo impresionantemente alto, grueso, con brazos como de oso, blanco. El cabello, el bigote, los ojos, la piel, todo parece tener un tono medio amarillento cobrizo, extranjero. Y el acento al hablar le recordó vagamente a uno de los villanos del Superagente 86. Era de edad indefinida, más de cuarenta era claro.

   -Épale, Ruso. –saluda Hank, e intercambian chocadas de manos.

   Roberto, que es un tipo alto, se ve algo cohibido ante ese sujeto, el ruso. Seguramente ese tipo levantaba pesas, o luchaba, piensa. Los ojos de este están recorriéndole.

   -Hola, ¿eres el nuevo chico de Hank? Le gustan muy negritos. –sonríe de manera casi amable. Roberto medio asiente por toda respuesta, cohibido.

   -Sabes lo putos que son. –intercala Hank.- Me gustan mis putos muy negros, con sus grandes tetas perforadas, también sus vergas para amarrarlos de una cadena; siempre tan hambrientos de güevos blancos. –Roberto se agita ante la crudeza de las palabras, sin mirarles.

   -¿Le gustan mucho los penes blancos? –oye al ruso, divertido.

   -Casi se corre ante la visión de uno. Debo corregirle algunos detalles todavía. –la insinuación flota, y hasta Roberto, algo asustado, lo entiende.

   -Hummm, suena excitante. Tal vez pueda encargarme… de enseñarle el lugar. –el tono del ruso, le eriza.

   -Lo traje para que se divirtiera. ¿Llegó ella?

   -Creo que está arriba. Búscala mientras le doy el recorrido a tu amigo. –ofrece, asustando a Roberto.

   -Ese negro de mierda no es mi amigo. Haz como quieras. –va hacia las escaleras, pero se vuelve y mira a Roberto, advirtiéndole que se porte bien.

   -El cachorro suele ser cruel. Todavía aprende a comportarse. –el comentario casi amistoso del sujeto le hace pegar un leve bote, tanto como la pesada y firme mano al caer sobre su hombro. Hank era alto, pero él le sobrepasaba. A este tipo no.- Vamos, conozcamos el lugar.

   -¿Qué es todo esto? –se inquieta; le hace tragar, por alguna razón, la mirada del otro.

   -No debes preguntar nunca nada, negro. Sólo obedecer. –y eso lo dice todo, piensa mortificado, Roberto, internándose con ese tipo en la casa, preguntándose a dónde iba su “amito”.

……

   El barato cuarto de hotel está saturado de sonidos. La muy pesada respiración de un hombre recio que se soba un güevo increíblemente erecto, echado de espaldas sobre su cama, las piernas cruzadas, su puño, grande, subiendo y bajando sobre la negra mole de carne de joder. También está este tío catire, joven y guapo, pintarrajeado de puta, en sostén con relleno, medias de seda altas, con tacones y una pantaleta que cubre su sexo no muy duro, arrodillado a un lado del coloso de color, subiendo y bajando su culo goloso sobre un grueso falo de goma que el otro hombre sostiene por la base con su otra mano. Gimiendo mientras se encula.

   Mirando a Yamal, Bartolomé Santoro sube y baja entusiastamente sobre el consolador, uno que llena imposiblemente sus entrañas, forzando su entrada al cubrirlo. Baja casi dos tercios, este haciéndose más grueso hacia abajo no era tan fácil de tomar; conteniendo un jadeo, luego sube, gimiendo de manera escandalosa, su rostro brillante de sudor, sus labios pintarrajeados muy abiertos, una lágrima escapando de uno de sus ojos, corriéndole el rímel barato. La sensación de estarse metiendo eso era muy intensa.

   Con las manos sobre sus muslos, el catire no detiene sus caderas, sus nalgas que tragan la tela de la pantaleta, y el falo, se abren al bajar, devorando buena parte del tolete de goma, para luego cerrarse cuando sube, con los labios de su culo extendiéndose sobre el rugoso juguete negro azabache. Y sentirlo recorriéndole despertaba una lujuria increíble en su interior; sus ojos brillantes enfocan el tolete del macho, grueso y nervudo, recordando las veces que esa dura pieza totalmente clavada en sus entrañas, las venas latiéndole adentro, caliente con toda esa sangre llenándolo, le pusieron mal.

   -¿Ya imaginas mi güevo llenándote el coño, nena? –Yamal le adivina, sonriéndole.- Demuéstrame qué tanto lo quieres. Convénceme de cogerte como a la putita necesitada que eres.

   Bartolomé le escucha y gime roncamente mientras sube y baja su agujero de labios depilados con mayor  vigor sobre el consolador de goma; grita de manera escandalosa, ronca, profunda porque sabe que eso le gusta al otro, verle ansioso de llenar su culo. Pero también era muy claro para Yamal que el consolador no le consolaba sino que despertaba nuevos calorones en sus entrañas. Su culo baja más sobre el grueso tercio inferior, casi cae agotado de tanta excitación, y echando la cabeza hacia atrás, labios rojos muy abiertos, deja salir un nuevo gemido. Yamal sabe que deben estarle escuchando en el pasillo, así de fuerte gemía aquel puto mientras el grueso falo de goma llenaba su coño caliente y mojado.

   -Eso es, putita, juega con tu coño. Sabes que a tu hombre le gusta verte así. –le dice, provocándole una sonrisa al otro, también un gemido. Con un toque coqueto en sus ademanes, como seduciéndole, Bartolomé reanuda el vaivén de su agujero ávido sobre el juguete erótico.

   Con el puño sobre su güevo, sin frotarlo en esos momentos, viendo como el catire en pantaletas se encula con esas ganas, este le pulsa y del ojete manan unos jugos que hacen brillar de codicia los ojos de Bartolomé. El muy puto quiere beberlo, tomarlos con su lengua, cerrando sus labios pintados de rojo y chuparlos. E imaginarlo, ronroneando como una nena, la boca pintarrajeada cubriéndole el ojete y succionando le hace botar más de esos líquidos.

   A Yamal Cova le costaba entender lo que ocurría, el por qué le calentaba tanto ese carajo bonito y elegante vestido ahora de putita, con pantaleticas, siempre deseoso de su gruesa, dura, pulsante y negra virilidad. O si entendía un poco, a todo hombre le gustaba saber que excitaba y gustaba de esa manera, pero… Toda su vida fue con hembras, desde que descubrió la maravilla que ocultaban entre sus piernas y todo el placer que podían brindarle, así como sus bocas o culos más tarde, o sentarse sobre sus pechos, atrapándole las tetas y masturbándose con ellas para bañarles las caras de leche. Eso le gustaba. Nunca pensó en probar algo más… hasta que Marjorie Castro le llevó con su marido. Habían tomados unas copas ese día, estaba caliente y se sintió ocioso mirando a ese carajo rico y poderoso económicamente que le encontró con el güevo afuera y la putita de su mujer mamándoselo, para luego caer él  mismo, como en trance, entre sus piernas, mirándole confuso, fascinado, tocándoselo como sorprendido del tamaño y grosor, lamiéndolo con tanteo al principio, luego con hambre, besándolo, chupándolo…

   Coger a Bartolomé Santoro esa tarde en la sala de su casa, vistiendo este una pantaletica que Marjorie le había lanzado después de quitársela y antes de salir del cuarto, le pareció tan sucio, erótico y caliente que casi estalló antes de enterrárselo con un golpe rudo. Como casi le reventó el culo. Y ese culo le había brindado un placer increíble mientras le escuchaba gritar y gemir, una mezcla de dolor y placer, mientras apretaba las paredes de su recto, amasándole como nunca antes se lo hizo; pero entendía, hasta cierto punto, que se debía a algo más. No le gustaba pensar mucho en eso porque le hacia cuestionarse la clase de tipo que era, pero cogerlo en la sala de su casa, vistiendo una pantaleta que Marjorie acababa de quitarse, una mierdita pequeña y erótica, blanca de encajes, metérsela duro, como con rabia, verle revolverse con su güevo clavado, oyéndole gritar de dolor, luego de lujuria, transpirado, había sido grato.

   Lo realmente caliente era saber que estaba cogiendo a un carao que hasta ese momento era virgen de culo, que él había tomado su virilidad, por poca que fuera (según Marjorie), y le había hecho adicto a su porra de carne dura. Porque si, alcanzado los dos sus brutales clímax, ese tipo le pidió, ojitos de cachorro, mejillas rojas, que le cogiera otra vez. Y lo hizo, todavía dentro de la pantaleta bañada con las dos leches, teniéndole de espaldas sobre una mesita de cristal, mirándole gemir, arqueando la espalda, tensándose mientras le metía y sacaba del culo su güevo tieso y caliente, alzándole las piernas, llamándole sucio marica, dándole güevo con violencia, golpeándole con sus bolas, provocándole una segunda corrida dentro de la pantaletica.

   Pero había algo más tras toda la fascinación de estar con Bartolomé, algo de sí mismo que todavía no entiende y que le hace salivar de placer al gruñirle al hombre en pantaleta que deje la pereza, que se clave todo ese grueso falo de goma por el coño, que se lo abra, que lo afloje, que dejara de quejarse como si le doliera, que una puta debía poder con lo que le llegara. Palabras que, increíblemente, parecían excitar aún más al catire que subía y baja su culo con mayor fuerza sobre el juguete sexual.

   Yamal no entendía que una vena dominante corría por sus venas, podía intuirlo de manera inconsciente, pero no lo sabía. Aunque era de esa manera. Allí, mirándole, sobándose el güevo con placer, rugiéndole que se metiera bien el grueso tolete de goma, Yamal era el macho cabrío que gozaba viendo a otro carajo menos masculino, menos machos, que se cogía a sí mismo con algo, que llenaba su culo con objetos. Sentía un placer infinito en ver a su puta maricona esforzándose en complacerle, en hacer lo que le ordena, empujándose esa enorme pieza de goma dentro de su coño, porque si, en una parte de su mente, Yamal sabía que Bartolomé Santoro no tenía un culo en esos momentos. No. Era un coño caliente y mojado necesitado de ser usado.

   Y él quería usarlo… pero también más. Deseaba que Bartolomé le rogara para que le dejara mamarle el güevo, que rogara para que le permitiera pegar esa lengua ávida de la cabeza de su glande, de donde mana un río espejo de jugos hacia su puño; deseaba que le lloriqueara para que le cogiera. Yamal quería a su puto bien entregado, tan necesitado que le suplicara le llenara de atenciones. Y lo haría, obligaría a Bartolomé a suplicar por su güevo.

CONTINÚA … 29

Julio César.

LA NENA DE PAPA… 6

febrero 1, 2016

LA NENA DE PAPA                         … 5

De Arthur, no el seductor.

SAEXY BOY THONG

   Así le quería, ¿tú no?

……

  -Señor Cole… -intenta oponerse, frente fruncida, mejillas rojas de vergüenza, no quiere ponerse esa pataleta, le teme; tanto como al hombre grande y fuerte que se alza en toda su altura frente a él, sólido y masculino, la tanga entre sus dedos índices.

   -Póntela, nena, no hagas enojar a papá. –es firme.

   -No diga esas cosas. Esto está mal. –le mira a los ojos y contiene el aliento, algo temeroso, cuando una de las enormes manos del hombre, fuerte, cae sobre un mejilla derecha. No violentamente.

   -Cierra la boca, nena; una dulce niña no debe hablar tanto. Quiero que te pongas esta pantaleta para mí. Quiero que la sientas y que la disfrutes. –casi le deletrea, mirada dura, con paciencia, casi intimidante pero no violento.

   Es más de lo que el muchacho puede soportar y toma la tanga. Va a bajarse la que lleva pero, más rojo de cachetes, le da la espalda. Los ojos del hombre caen sobre sus nalgas redondas, jóvenes y firmes. Le ve separarlas cuando se mete las piernas dentro de la prenda. La vista de la raja ralamente peluda, del huequito donde ya ha metido sus dedos, despierta su poderoso tolete bajo el speedos. Le ve subir la prenda, la cual entra, se mete y clava dentro de sus nalgas. Le ve congelarse, enrojecer sus hombros.

   -La sientes, ¿verdad? Suave, erótica, una caricia sobre la sensible piel de tu coño. Por eso a las hembras les gusta tanto esta lencería. –le ruge, tomándole por los hombros, obligándole a mirarse en un espejo de cuerpo entero.

   Brandon se mira, joven, delgado, no muy alto, cabello castaño claro, ojos brillantes, la diminuta y sensual pantaleta adornando su cuerpo. Y sobre sus hombros están las manos grandes del macho. Siente su calor, su olor. Debía estar mareado, se dice, porque le parece que cae un poco hacia atrás y choca de ese cuerpo sólido. Una risita ronca y baja contra su oreja derecha le hace mirarlo en el espejo.

   -¿No te ves increíble? Tan hermoso… tan caliente… Capaz de enloquecer a cualquiera con tu femineidad. Hueles a muchacha bonita. –le dice al oído, sus ojos atrapados en el espejo.- ¿Te gusta llevar esa tanga de mujer?

   -No, señor, Cole, no soy una chica. –se defiende, erizado, su estrecho pecho subiendo y bajando.

   -¿Seguro? Mira tu clítoris…

   Terriblemente avergonzado, más rojo de cachetes, justo cuando iba a replicar que no tiene clítoris, Brandon baja la mirada aunque ya sabe lo que verá. La pequeña tanga, el diminuto triangulo de tela contiene divinamente su güevo, pero se le nota la silueta más endurecida. Sentirlo contra la suave tela era inquietante, aunque no tanto como la tirita que se apretaba contra su culo, o las manos del hombre, pesadas, calientes, dedos abiertos y posesivos sobre su piel erizada.

   -Se te inflamó. La quieres. Te gusta llevar esa pantaletica tan femenina. Te gusta que yo te vea usándola. Te gusta… saber que me tienes caliente. –le pega las caderas del trasero, casi por encima de este por la diferencia de alturas, y el joven abre los labios rojos, con ojos más empañados, al sentir la dura y poderosa verga dentro del speedos del macho contra su piel, latiendo vital.

   -Señor Cole, esto no está bien… -casi lloriquea, resistiéndose mentalmente a la idea, su bonito rostro marcado de angustia.

   -Hey, hey, no, no, tranquilo, pequeña. –le calma, sus dedos acariciándole, erizándole y estremeciéndole más.- No hay nada malo en ti, mi pequeña y dulce nena. –le dice con una voz baja, sugerente, clara, directa.- No es raro que te excites dentro de una tanga de mujer, es tu sexualidad expresándose. –se le pega más, casi restregándole el tolete duro, una mano va a su cuello, atrapando y acariciando, la otra baja, lentamente, desesperantemente lenta, desde su torso a su abdomen, los dedos apretando.

   -¡Hummm…! -temblando, tenso, Brandon contiene un jadeo.

   -No, no, no te reprimas, mi pequeña nena. –el hombre le dice, al oído.- No temas arder entre mis brazos. Una tanga de mujer inflama tus sentidos, así, con tu pantaletica oprimiéndote no es extraño que ardas, caliente por un macho de verdad. –esos dedos acarician el cuello, notando las nerviosas tragadas, el pulso enloquecido, la otra llega hasta los bordes de la pantaleta, acariciando en amplios círculos sobre el flaco abdomen.- Siendo una joven y saludable nena caliente dentro de su pantaleta, lo segundo más natural es que sólo quieras esto… esto… -y de manera significativa frota el tolete de sus nalgas, obligándole a cerrar los ojos.- Todo tu ser responde a la presencia del güevo de un hombre.  –la mano baja, acariciándole suavemente el pequeño pene sobre la pantaleta.- Tu clítoris inflamado necesita atenciones, vamos, mastúrbate para mí.

   Y mientras se lo pide, va echándose hacia atrás, cayendo sentado sobre la cama matrimonial, con el muchacho sobre su regazo. Allí, comienza a empujar de adelante atrás, para que el culo del chico le muela la mole bajo el speedos. Eso, sentirse así, arrebatado, rodeado por ese macho cabrío, no permitía que Brandon pensara con claridad.

   -Deténgase, señor Cole, por favor…

   -Vamos, mastúrbate para mí. –le pide otra vez.

   Y con los ojos cerrados, incapaz de resistirse, el chico mete la mano dentro de la pantaleta y atrapa su pequeño miembros, apretándolo, sintiéndolo muy rico al hacerlo, masturbándose bajo la tela. Escucharle aspirar pesadamente, sentir el pecho recio y caliente expandirse con el aire contra su espalda, quedar quieto sobre esos muslos gruesos, sobre esa verga dura, cada vez más caliente, no le deja razonar. Su mano va y viene, sintiéndose increíblemente excitado.

   Gime cuando pierde apoyo, cayendo, Cole se ha echado hacia atrás en la cama, apoyando una mano para sostenerse, y con la mano libre le atrapa una rodilla, halándole hacia arriba la pierna.

   -Abre los ojos, nena. –le oye.

   Temblando, todavía masturbándose dentro de la pequeña pantaleta de mujer, Brandon obedece, abriendo mucho los ojos. Su imagen en el espejo le deja sin aliento. Delgado, esbelto y menudo está sentado sobre el recio y musculoso macho velludo. Sus muslos, desarrollados como corredor, se ven casi infantiles sobre los de Cole. Y lo peor no era eso, era verse con la mano dentro de la tanga, masturbándose, aún ahora, con el rostro del hombre detrás, los ojos clavados en su cuerpo, a través del espejo, interesado en lo que hace. Todo era caliente, pero no tanto cómo… Al rodar un poco sobre el macho, y alzarle este la rodilla, se ven los gruesos muslos del hombre, el rojo speedos atrapando las bolas que se notan en el entrepiernas, así como el grueso tolete alzado rumbo a su ombligo, dentro de la tela, con él sentado sobre el mismo. Puede ver como la tirita del hilo se pierde entre sus nalgas, y como estas están sobre la gruesa barra de carne de joder. Y mientras se masturba y ese hombre se agita sobre la cama, es perfectamente consciente del tolete cubierto frotándose de su raja.

   -¿Te gusta sentirte así? –los ojos de Cole atrapan los suyos.- Me gusta verte haciendo lo que haces, jugar con tu cosita, pero sé que tú lo gozas más. –en la imagen, temblando de lujuria, le ve acercar el rostro a su costado, la boca hacia su oreja.- ¿Te digo un secreto que descubrí hace tiempo? Una nena a quien se le compran pantaletas sexy se pone loquita. También los chicos como tú. –los labios rozan su oreja.- Un muchacho como tú, con una suave pantaleta de mujer sobre su coño de pussyboy siente impulsos y deseos que sólo un hombre de verdad puede satisfacer. ¿Sabes cuáles? ¿Los estás sintiendo?

   -No, señor Cole, no diga eso… -gimotea más rojo de cara, más angustiado porque el culo realmente parece estar creando un punto ardiente contra ese güevo que pulsa bajo él.

   -¿Notas tu expresión? ¿Oyes el tono de tu voz? –Cole le mira en el espejo, pegando el rostro al suyo.- Cuando un pussyboy arde dentro de sus pantaletas, con el coño gritándole de ganas ante la posibilidad de que un hombre se lo llene, lo estimule, lo trabaje, lo haga latir y mojarse, causa cambios. Fíjate en tu mirada de hambre, oye tu voz ronca de gata necesitada.

   -No, no, no soy un marica. No soy un pussyboy… ¡Ahhh! –grita, arqueándose, masturbándose aún, cuando el hombre sube sus caderas de la cama, haciéndole más consciente del enorme güevo contra su raja, sus nalgas parecen separarse para darle cabida.

   -Si apartara el hilo de tu pantaleta, llenándote el coño con mi güevo, entonces sí que gritarías, llorarías y suplicarías por más y más.

   -No diga eso, por favor, señor Cole… -el chico gimotea, su pecho subiendo y bajando desesperado, esas caderas subiendo y bajando, y cuando la lengua del hombre se perfila y parece querer entrar en su oreja, no aguanta más.- ¡Ahhh! ¡Ahhh! –con gemidos de gozo infinito, echándose hacia atrás casi desmayado sobre el macho, Brandon se corre, mojando la pantaleta. Jadea sin fuerza, sin aire, totalmente mareado y embotado.

   -¿Lo sentiste? ¿La intensidad del orgasmo que viviste? Es por saber que con tu pantaletica te encuentro excitante, chiquilla sucia. Saberlo te hizo alcanzar semejante clímax. Eres una chiquilla sucia y putona en el regazo de su papi.

   -No, no lo diga, por favor…

   -¿No, mi preciosa nena putita? –el hombre le reta, pegándole otra vez el rostro de la cara.- ¿No quieres sacar mi güevo grande de macho, cubrirlo con tus manitas y hacerme una buena paja hasta que reviente en leche y puedas tomarla toda? ¿No te mueres por hacerlo, pequeña putita mía?

CONTINÚA … 7

Julio César (no es mía).

OSCURO AMOR… 8

febrero 1, 2016

OSCURO AMOR                         … 7

Por Leroy G

CHICO EN HILO DENTAL DE ENCAJES ROJO

   De seda y encajes…

……

   -Hey, amigo, ¿estás ahí? –era Marcos, por supuesto, girando la perilla- Llevo rato llamándote. ¿Acaso te haces la paja? –le oye reír.- Si necesitas estimulación tengo un consolador con tu nombre en mi cuarto. –ríe aún más, haciéndole consciente de que piensa que necesita de ciertos juegos  sexuales para correrse.

   -Estoy bien. –se mete dentro del pantalón a toda prisa, pero debe  detenerse, temblando. Dios, el roce, la sensación sedosa del hilo dental sobre sus pelotas y culo era intenso. Abre la puerta y sale, descalzo y sin camisa. Le encuentra sonriendo.

   -¿Te gustó? Ese color te favorece. –le indica que sabe lo que hizo, logrando que enrojezca violentamente.- Tranquilo, amigo, sólo disfrútalo y vive. Un chico cualquiera encuentra una pantaleta de la novia tirada por allí y se pregunta que se siente llevarla puesta. No se habla de eso, pero… –le guiña un ojo.- Espero que me la modeles en algún momento, con tu culo…

   -¡Cállate! -enrojecido de mejillas va a su habitación y a cada paso fue más y más consciente de la diminuta prenda bajo su jeans.

   Dios, ¿por qué sus tetillas se sentían tan sensibles? Cuando Marcos se las miró… Necesita cambiarse, salir de esa mierda. Va a su gaveta de ropa interior y lo encuentra vacío. No, vacío no, con cara roja y ojos muy abiertos de incredulidad repara en muchas otras tangas, diminutas, putonas, las hay de hilo, que parecen masculinas, pero también las hay de encajes, unas con bordados. Una de ella es una especie de pantaleta cachetera que tiene una gran abertura en el medio de la parte posterior, como una que vio utilizando (con un consolador en el cuelo), a uno de los putos del otro. Pero ¿qué carajos…?

   -¡Marcos! –ladra, saliendo de su cuarto.- ¡Marcos! –ruge frente a su puerta. Esta se abre y se le ve ceñudo.

   -Deja los gritos, perra, iba a tomar una siesta.

   -¿Qué coño hiciste? –no se contiene. Hasta reparar en la mirada resuelta, dura, del chico más bajo y menos acuerpado.

   -Deja de gritar o te silencio metiéndote el güevo en la boca. –amenaza con una luz divertida pero peligrosa en sus pupilas. La amenaza, las palabras deberían despertar una respuesta violenta, masculina, brutal, y físicamente, piensa Mauricio, podría joderle, pero…

   -¿Qué hiciste con mi ropa interior?

   -¿No está en tus gavetas? –finge confusión, Mauricio sabe que lo finge.

   -¡No está! Lo sacaste todo y dejaste esas…

   -Ah, ya. Si, saqué toda esa ropa interior que no te quedaba, es para hombres corrientes, y tú no eres como todos los hombres, por eso te regalé algunas cositas putonas que te quedarán bien y te harán más feliz. Como esa tanga que llevas bajo el jeans y cuyo agarre debe tenerte ovulando. –informa y ríe.- ¿Se siente rico contra tu culo? Anda, dímelo.

   -¿Cómo te atreviste a salir de mis cosas? ¿Acaso te estás volviendo loco? ¡No voy a usar esas mierdas! –ruge más desesperado que furioso.

   -¡Las usarás! –le asegura.- Cuando te sientas caliente y maluco, en celo como las perras y necesites ir sin ropas por la casa no vas a andar enseñando tu inservible pene, necesitarás algo más agradable a la vista.

   -¿Qué? ¿De qué coño hablas? –tiembla confuso, odiando el casi imaginándose caminando por todo el apartamento, haciendo sus oficios, en tanga, en uno de esos hilos que se frotarían y forzarían contra su culo.- ¡No voy a usar estas cosas de maricones! –ruge y eso enfurece al otro.

   -¡Maldito imbécil! –e, insólitamente, Marcos le atrapa una oreja, halando de ella rumbo a su cuarto.

   Sorprendido, y adolorido, Mauricio gira la cabeza e intenta librarse, gritándole cosas, pataleando, pero evitando movimientos bruscos, como si temiera que Marcos pudiera arrancarle la oreja. Así llegan a su cuarto.

   -Quítate esa mierda de jeans, no mereces llevarlo por insolente y malagradecido. Si una perra se porta mal necesita ser castigada. –ordena.- Vas a comenzar a andar únicamente con las tangas ahora.

   -¡No!

   -Quítatelo. –repite, bajito.

   Y Mauricio no tiene fuerzas para gritar una negativa, de pronto cohibido, meneando únicamente la cabeza. Pero grita cuando Marcos, después de mirarle con determinación, le empuja por el pecho, arrojándole de espaldas en la cama.

   -Debes aprender a obedecer, perra. –le dice en tono duro, pero ronco, como si esperara con ganas aquello. Asustado, ojos muy abiertos, Mauricio le ve acercarse y abrirle el botón y cierre del pantalón, gime que no, e intenta detenerle.- ¡Silencio, perra! –le grita, paralizándole por un segundo, lo que tarda en bajarle el jeans que se atora un poco en sus musculosos y llenos muslos de joven hombre que se ejercita. Es cuando el otro recobra conciencia de lo que ocurre e intenta patalear, pegarle, ayudándole, sin querer, a bajárselo más rápido.

   Oponiéndose cuando Marcos arroja su pantalón e hinca una rodilla en su cama, no puede evitar ser girado sobre su panza, quedando boca abajo. Cierra los ojos, avergonzado, furioso y humillado al quedar en hilo dental, uno cuya tirita central se pierde entre sus nalgas redondas y firmes. Le oye suspirar, profundamente.

   -Qué culo, perra. –se eriza ante esas palabras.- Oh, mierda, cuántos carajos deben soñar con tocártelo en el gimnasio, en el liceo o cuando vas por la calle… -y Mauricio, quieto, ojos muy abiertos, confuso, siente el hundir de la cama a su lado, donde el otro hinca la segunda rodilla. Cuando las dos manos calientes caen sobre sus nalgas, se tensa.- Tan duras, tan turgentes. No imaginas cómo nos gustan las perras cuando las tienen así de firmes. –una nalgada llega y Mauricio gime, de una manera extraña aún para él, contrayendo ese glúteo, separando un poco las piernas.- Esa fue por malagradecido, por no apreciar que te compré la ropa interior que necesitas. –llega otra, picosa.- Esta por egoísta, por no querer enseñarle a los hombres tanta belleza. Con un trasero así debías ir por la vida ofreciéndolo a todos. –una tercera.- Esta por alzarme la voz, nunca más lo hagas. –la voz le sale más ronca y baja, llega una cuarta nalgada, los dedos marcándose un poco.- Esta porque la necesitas. –luego otra y otra, ya no habla, aunque las palmadas no son fuerte, más bien parecen caricias eróticamente confusas.

   -Marcos, por favor… -Mauricio quiere oponerse, pero las manos del otro, ahora de cara frente a su culo, le amasan y acarician, siente su aliento quemándole.

   -No quiero escuchar más lloriqueos, perra. –le oye y casi grita, el corazón enloquecido, cuando siente un ligero picor, unos dientes cerrándose en su nalga derecha, mordisqueando.- O tendré que ser malo contigo. Obligándote a ir al gimnasio con vainas así. No quieres eso, ¿verdad? Un mono blanco traslucido, la silueta de un hilo dental negro o rojo intenso dibujándose, todos los ojos clavados con codicia y deseo sobre tu culo pleno, ¿o si lo quieres? ¿Deseas que te obligue a lucirte así ante los otros? –exige saber, abriendo la boca, sus dientes blancos y parejos medio clavándose en la otra nalga enrojecida por las palmadas.

   -No, marcos, eso no. –se oye decir, vencido, sabiendo que menea un poco su trasero bajo esas manos y aliento.

   -Bien, ahora saca tu hermoso culo de esa cama, sin cubrirlo más, y ve a lavar mi ropa interior mientras tomo una siesta. –le ordena.- Luego veremos el Míster Sunga Tailandia. Verás cosas insólitas. –y el otro siente el roce de algo suave, que exhala vapor, pasando de una nalga a la otra, sobre la raja, seguramente la punta de la nariz de Marcos. Este se aparta de la cama.- Esta tarde hablaremos de lo que pasa. –Mauricio, tragando en seco, asiente. Ardiendo, pero no duro. Le ve ir a su gaveta- Usa esta… -le arroja a la cama una de las tangas de encajes, roja, casi transparente.- Y esto. –le elige una camiseta sin mangas, también roja, como muy pequeña para él, muy corta abajo también.

   Con la mente en blanco, no entendiendo qué pasa, Mauricio le ve salir. Siente ganas de gritar, de maldecir, de llorar. Se pone de pie y baja el hilo dental, no queriendo pensar en lo mucho que su piel se eriza bajo el roce. Toma la otra pantaleta, la cual se estira mucho. La acomoda al frente y sobre sus caderas, e intenta que cubra un poco más atrás, pero es corta, prácticamente otro hilo. Suspirando toma la camiseta. Cuesta entrar. No le llega ni al ombligo. No quiere mirarse al espejo como no desea preguntarse por qué le permite que le haga eso. Lo hace. Se mira. Su cuerpo joven y musculoso se ve extraña, perversa y suciamente sensual con todo aquello puesto. Temblando entra en sus zapatos de goma y sale.

   A servirle a Marcos…

CONTINÚA … 9

Julio César.

OSCURO AMOR… 7

enero 28, 2016

OSCURO AMOR                         … 6

Por Leroy G

SEXY CHICO EN BAÑADOR AZUL

   -Lo quieres, ¿verdad?

……

   -¿Qué? –le mira asombrado, con el corazón latiéndole con miedo, sobrepasando el escándalo o la irritación, y no sabe por qué.

   -Oh, vamos, lo necesito. Me duele la planta del pie. Sabes que yo si puedo trotar un buen trecho, desde esta tarde tengo una molestia. –le dice con una mueca, sonriendo, poniendo todo su peso en su talón, clavándolo en el muslo del otro.

   Mauricio lo mira, luego ese pie, para alejarlo, pero esos dedos que se agitan parecen hipnotizarlo. Marcos quería un masaje. Tal vez le dolía. La idea era insensata, y la resistía, pero ese enorme pie masculino, de chico joven que se ejercita mucho, ejercía una extraña e innegable atracción.

   -Vamos, soy tu amigo del alma, ¿verdad? Y un amigo quiere que sus amigos se sientan bien, ¿no? Son cosas que los amigos hacen. Dos chicos jóvenes y alegres que viven bajo un techo, sólo ellos, sin que nada de lo que hagan les importe a otros. Sé que quieres que me sienta bien, ayudarme, complacerme. –hay una pausa.- Servirme. –el tono es untuoso, pero firme, mientras ese talón pisa, esos dedos se agitan lentamente.- Y así lo haces… –medio baila el talón, frotándolo del muslo, recorriéndolo.- …A lo mejor te gusta. Y seré bueno contigo también.

   -Estás mal, muy mal. –le gruñe, pero tragando.

   -Una vez… -comienza el otro, atrapando la mirada de Mauricio.- Un tipo me los chupó. Los dedos del pie. Especialmente el pulgar… -y lo agita, logrando que el otro lo mire, extrañamente ido.- Quería montarse sobre él. Metérselo por el culo, ¿puedes creerlo?

   -¡Mentiroso! –jadea.

   -Lo juro por mi madre. –le sonríe, bajando el pie, pellizcándole el muslo con los dedos, costó porque era firme, ambos se estremecieron.- Mi pies gustas, por eso los cuido. Por eso necesito ese masaje. Vamos, hazlo.

   Era imposible saber qué cruzaba por la mente de Mauricio en esos momentos, parecía algo molesto, pero dejando la botella sobre la mesita, lleva las manos a ese pie, clavándole los dedos sobre palma y empeine.

   -Ahhh, Dios, se siente tan bien; sigue así, perra. –le oye ronronear con los ojos cerrados, con una sonrisita. La palabra es un baldazo de agua fría. Y quiere corregirle, o soltarle, pero sigue masajeándole, frotando con los pulgares la palma toda de ese pie grande y firme.- Mierda, amigo, si, lo haces como si hubieras nacido para esto. –dice a modo de elogio mientras agita sus dedos y el talón. Y el otro chico parece concentrarse en tocarlo, amásalo, frotarlo todavía más, sintiéndose extrañamente muy consciente de sí mientras lo hace, mientras acaricia el pie de compañero de piso, quien, por alguna razón, deja de agitar sus dedos. Intrigado por el cambio, Mauricio vuelve el rostro hacia él. Sus miradas se encuentran.

   -¿Qué?

   -¿Nunca has hecho algo raro como…? –sorpresivamente, Marcos eleva su pie, frotando el pulgar de los labios del otro.- ¿…Chupar un dedo gordo del pie? –y ríe de la cara de Mauricio, quien salta del sofá como si hubiera estallado en llamas.

   -Déjate de vainas, ¿okay? Sólo te lo… Creía que te molestaba y quise ayudar. ¡No quiero tocarte! –enfatiza, tembloroso, sintiendo todavía el roce de ese pulgar en sus labios.

   -Tranquilo, era una broma. Lo sé, me extralimité; ahora digo y hago cosas que antes no hacía. ¿Sabes?, hace unos días le di una nalgada a uno de mis profesores, como cosa de chicos, pero nunca antes lo había hecho. No me habría atrevido. Debe ser todos esos ejercicios que han aumentado mi vigor, mi fuerza y mi masculinidad. Ya sabes, cómo eras tú, antes de… bueno, volverte algo débil.

   -¡No soy débil! –ladra. Silenciado automáticamente por la mirada del otro.

   -Quiero otra cerveza. –le ordena.

   -¡Ve a buscar tu mierda! –ruge, el corazón latiéndole en los oídos, todo su cuerpo ardiendo; deseaba… esquivar la mirada de Marcos.

   -Búscame la maldita cerveza o ya no seré tan paciente contigo, nene. –el tono es frío, en sus ojos, esos que parecían menos certeros cuando no llevaba sus anteojos de nerd, se notaban llenos de resolución en esos instantes.

   Mauricio quiso mandarlo al quinto coño, en verdad; sin embargo fue por ella. Sin entender qué estaba pasando. Tal vez para salir de esa mierda sin importancia lo más pronto posible. Cuando se la llevó, tragó con humillación e hizo lo que pudo para no mirar la sonrisa torva de Marcos, ni el brillo predador de sus pupilas.

   -¿Costaba tanto traerla, perra?

   Sin contestar, no podía o comenzarían los gritos, se retiró a su cuarto. Su refugio. Esa noche marcó un cambio. Marcos seguí preparando los alimentos pero de todo lo demás debía ocuparse Mauricio, desde lavar las ropas a asear la casa. A Marcos le gustaba todo limpio, ordenado y en su sitio. Al principio le había indicado que esas cosas debían hacerse, y terminó haciéndolas. Era la doméstica, ahora.

   Entrar al cuarto del nerd provocaba calorones en el joven hombre. Tendía la cama, recogía ropas sucias, frecuentemente bóxers manchados de esperma, o sábanas completas. A veces, sobre el colchón, la mesita o a un lado de la cama encontraba dildos, correas para azotes y collares. Lo arreglaba también, cada cosa en su lugar. Una mañana Marcos le criticó el que sacara unos calzoncillos limpios dejándole sin nada, que tuviera más cuidado… así que ahora, cuando los encontraba en la cama o el piso, los olía para saber si habían sido usados. El fuerte aroma le había resultado perturbador, almizclado y poderoso, pero no particularmente repulsivo. Olía como él mismo. Ahora entraba, metía cosas en una canasta y olfateaba los calzoncillos, como si tal cosa. También fueron espaciándose las visitas de otros tíos, pero a estos, Marcos lo cogía con la puerta abierta, y los gemidos y gritos eran increíblemente perturbadores.

   Una noche, mientras iba por agua, por la puerta entreabierta miró a Marcos en toda su gloriosa desnudez, su cuerpo más musculado, sentado de culo sobre sus almohadas, las piernas abiertas y separadas, gimiendo de puro placer mientras el chico de turno, en cuatro patas sobre la cama, subía y bajaba golosamente su boca sobre la gruesa verga del ex nerd, llevándola a su garganta, una y otra vez. La atrapaba toda y seguía ordeñándola, con hambre, su expresión era la del adicto a quien le entregan en la mano la dosis que necesita, así estaba ese tío comiéndole el güevo. Y sus nalgas, cobrizas oscuras, hacían destacar una prenda putona, parecía un calzoncillo tipo suspensorio, abierto atrás, y de su culo emergía un vibrador que trabajaba a baja intensidad, el cual le estaba trabajado el culo. Ahogándose, Mauricio escapó a la carrera, oyendo los:

   -Trágatelo, Mauricio, aliméntate como necesitas, niño tonto.

   Ocurría a menudo, pasaba por ahí y escuchaba. Y tal vez era que pasaba demasiadas veces, pero encerrado en su cuarto, una inquietud le dominaba y debía asomarse. Mirar el grueso tolete de Marcos estrellarse como una barra contra una nalga, mientras ría, o desapareciendo en una boca ansiosa o dentro del culo de algún chico que gemía de manera viciosa, le obsesionaba. Otras veces algunas de esos sujetos, usando alguna prenda diminuta perdida entre sus nalgas, se cruzaba con él, buscándole algo de comer o de beber “al macho”. Todos grandes, musculosos, atléticos… todos sus putos. Todos felices de serlo, de entregársele.

   Una tarde, regresando del trabajo, con todo en silencio, encontró sobre su cama una pequeña prenda que no podría decidir si era masculina fetichista, o femenina. Era una tanga hilo dental rosa, semi transparente. ¡Marcos la había dejado allí! Una de las prendas que usaban sus perras. Una cosa resistente cuando la halaba pero diminuta… que bien podría contener el cuerpo de un joven y musculosos machito, aprisionando sabroso sobre las bolas y el tolete. La tirita de la parte posterior le hace arder la cara, le eriza la piel y le levanta las tetillas. La imagina bien clavada en un joven culo masculino, presionando, rozándole ante el menor movimiento. ¿Qué hacía allí, en su cuarto?, se pregunta temblando, tomándola, tan suave y chica. Tan sensual por sucia. Tan… de los putos a quienes Marcos hacía gemir y gritar pidiendo más, lloriquear de gozo. No puede dejar de mirarla, de tocarla. La piel le hormiguea. Mira en todas direcciones, como temiendo encontrarle allí. Se asoma a su puerta y le llama. Nada. Estaba a solas. Se quita la franela y los zapatos, frotando los dedos de la alfombra, y sale del dormitorio tanga en mano.

   Con el corazón latiéndole con furia va al cuarto de baño y termina de desviste evitando mirar la diminuta prenda que cuelga de un lado del espejo. Se ducha. Y mientras hace todo eso, evade pensar en cualquier otra cosa. En su vida, quién es, lo que antes hacía o pensaba. Se siente excitado, aunque no está duro. Está así desde que la vio sobre la cama. Se seca, joven, guapo, musculoso, porque era cierto lo que decía Marcos, se dice mirándose al espejo, con el pequeño hilo dental a un lado. Se veía mejor que nunca a pesar de sus ganas de no hacer nada. Enrojecido por la ducha y la refregada con la toalla, algo húmedo de agua, toma la tanga y entra en ella. Se le enrolla en las piernas cuando sube, se extiende bastante cuando la forza sobre sus muslos. Le cuesta acomodar su güevo y bolas en la bolsa delantera, chica, y desenrolla las tiritas sobre sus caderas. La siente atrás, presionando decididamente contra su culo; aunque algo avergonzado a cierto nivel, no puede dejar de mirarse al espejo con ella puesta, maravillado de sentirse tan caliente sin estar duro.

   Su cuerpo es alto, desarrollado, recio, duro, sus pectorales son bolas, sus tetillas parecen mamilas de biberón… y la prendita le hace sentirse caliente. Muy caliente. Se vuelve y mira su espalda ancha, su cintura estrecha, su trasero redondo, firme, musculoso… con la tirita rosa del hilo dental perdiendo entre sus nalgas. La visión le deja extasiado. Se medio agacha y siente la presión y caricia intensificarse sobre su raja y le encanta de una manera que debía estar mal. Un toque a la puerta le sobresalta. El pomo gira.

   -Hey, amigo, ¿estás ahí? –era Marcos- Llevo rato llamándote. ¿Acaso te haces la paja?

CONTINÚA … 8

Julio César.

OSCURO AMOR… 6

enero 26, 2016

OSCURO AMOR                         … 5

Por Leroy G

SEXY MAN ASS

   Sospechaba   que algo quería   de él…

……

   -No quiero seguir tomando esa mierda, Marcos. No funciona. Creo que debo ver a un médico. –le dice Mauricio en cuanto entra a la sala con los dos vasos de jugo.

   -Tonterías, debes darles tiempo. Te quejas de debilidad pero pareces más forrado de músculos. ¿Haces ejercicios cuando no estoy? –bromeó el otro, mirándole resuelto, firme.- Tómalo.

   -Sabes que no hago ejercicios aquí. Tomaré una cita con el médico escolar y…

   -¡No! –es tajante, mirándole serio.- Te va a enfermar con preocupaciones y pastillas. Estudio sobre farmacéutica, sé de lo que hablo. Toma tus jugos naturales y tus batidos vitamínicos y espera, seguramente tu rutina ha variado y el cuerpo necesita acostumbrase. Dirás lo que quieras pero te ves genial. –cuando el otro intenta replicar, le tiende el vaso, mirada fría.- Tómatelo y ya. Sé de lo que hablo y de lo que tienes que hacer.

   Imposibilitado de oponérsele cuando usaba ese tono, Mauricio bebió bajo su atenta mirada. Al terminar fue al baño y se miró al espejo, tocando sus brazos más marcados y fuertes. Si, se veía bien, pero se sentía sin fuerzas, ¿qué coño pasaba? ¿Sería algún cambio metabólico? Bien, si continuaba mareado iría con el médico sin decirle nada a Marcos, se dijo, entrando a la ducha. No se preguntó por qué tendría que hacer algo a escondidas del otro… Cómo no se pregunta el por qué ahora nunca tenía una cita con alguna de sus amigas. O por qué no se hacía la paja como antes.

   Y si, algo mejoró. Seguía tomando los batidos que Marcos preparaba para los dos y el mareo era cosa del pasado, pero continuaba algo aletargado. Como sin ganas de hacer nada. Ni siquiera de masturbarse cuando el otro llevaba a alguno de sus “putos”, y les cogía toda la noche. Si, había notado, espantado y sin querer pensar mucho en ello, que le excitaba escucharles. La voz de mando de Marcos, saber que coge, que controla, que hace delirar a sus putos. Y los gemidos de estos…

   -¿Te gusta el juguetito que compré para ti? ¿No es grueso y rugoso, como te gusta? –le oye una noche, voz preñada de morbosidad, así como el gemido del chico que llevó, un joven con aire asiático.- Te gustan grandes, ¿verdad? Imagino que así compensar esa vainita que tienes entre las piernas. –el tono era de burla, y ahora Mauricio sabía que lo hacía para controlar y excitar a sus chicos, quienes respondían a eso.

   -Es muy grande. –oye la llorosa voz del otro.

   -Sólo te enterré la cabecita… Mauricio. –es la respuesta, la que el joven esperaba, agitándose en su cama, desnudo, acariciándose, sintiendo los pezones muy duros, las bola sensibles, pero no erecto.- Relaja las paredes de tu coño.

   -Hummm… es muy grueso. –el lloriqueo del otro regresa.

   -Deja de quejarte, carajo. ¿Sabes cuánto me costó este consolador de goma blanca parecido a mi güevo? Un dineral. Y lo hice por ti. –el tono es más autoritario que nunca.- Así que relaja tu coño y acéptalo, así, centímetro a centímetro. –en respuesta a su voz se oyen jadeos contenidos.- Vamos, así. Así, cinco centímetros más… Mañana puedes llevártelo y usarlo en tu casa para que ejercites el coño.

   -No tan duro, papi. –es la respuesta sumisa, llorona.

   -Okay, entraron los cinco. Ahora diez centímetro más y lo dejo. Joder, me encanta ver tu coño afeitado extendiéndose tanto alrededor del falo de goma. Es tan sexy enterrártelo así, verle la cara roja, el coño tan dilatado. Sé que te molesta, pero eso será al principio, después de unas cuantas subidas de prácticas va a saltar y bailar sobre él, pegándolo a la mesita de la sala de la casa de tu novia. –ríe con burla.- Déjame retíratelo un poco.

   -Ahhh…

   -Ahora adentro. ¿Lo ves? Tu coño se abre con más facilidad. –y Mauricio traga, imaginando al chico asiático de piel cobriza en cuatro patas sobre esa cama, o de espaldas, con Marcos atrapando la base del consolador con su puño, metiéndoselo y sacándoselo.- Dime… -le oye, estando con ojos cerrados, acariciándose los muslos que abre.- Cuando estás con tu novia, ¿cómo es? ¿Cómo cachaperas? ¿Lesbianas compartiendo vibradores? –insulta y ríe.

   -Hummm… -a Mauricio le parece que los gemidos del otro ahora son mórbidos, entregados, excitados.

   -Eso es, compañerito. Déjame sacarte esto… -y en su cama, oye el pujido del otro.- Ahora me siento así sobre mis tobillos y tú te subes, de frente, enculándote a fondo. Quiero verte la cara cuando grites de gusto al enterrarte mi güevo en las entrañas, dándole la apretada que merece. Sintiéndolo tan a fondo como te gusta. Quiero verte la cara cuando estés cabalgando sobre mi tranca. –le oye, ronco y bajo, casi íntimo.- Quiero verte la cara cuando te haga el amor, Mauricio; deseo ver tus ojos empañados de lujuria mientras subes y bajas tu coño necesitado de atenciones, y yo haciéndotelo. Dándote lo que quieres.

   En su cama, el joven se paraliza bruscamente. No por aquellas palabras que erizan cada centímetro de su cuerpo, con repulsa y algo más. No, no había sido eso. De repente, mientras escuchaba todo lo que ocurría al lado, elevando sus caderas del colchón al tiempo que se acariciaba las caras internas de sus muslos (algo que le producía un placer increíble y que antes no había notado), sus dedos rozaban y acariciaban la raja entre sus nalgas. El botón de su culo…

   Asustado se suelta, se sienta en la cama y se cubre con su bóxer. Luego toma dos de esos palitos aromáticos que ayudan a aletargar (algo le decía que no debía), los enciende y casi aspira con ansiedad cuando el humo dulzón se deja sentir; así mismo toma el iPhone de Marcos, audífonos en sus oídos, y sube el volumen para no continuar escuchando lo que ocurre al otro lado. Pero cuesta concentrarse, o desconectarse cuando oye los…

   -Oh, sí, así, Mauricio, goza de mi verga en tu culo, sacias tus necesidades, pequeño. Voy a llenarte de tanto amor…

   En algún momento, afortunadamente, Mauricio se adormiló, aunque no parecía un reposo real, despertando tarde en la noche por el sonido alto de la televisión en la salita. Algo molesto salió y encontró a Marcos en el sofá, vistiendo un bóxer azul claro, manchado de algo que chorreó (esperma, lo sabía bien). A solas. Este volvió el rostro, recorriendo su cuerpo casi desnudo excepto también por el bóxer, uno holgado. Se saludaron con inclinaciones de cabeza.

   -¿Te desperté? No podía dormir. Discutí con mi puto. –le dice con indiferencia, sin apartar la vista ahora de sus ojos.- Aprovecha que estás de pie y trae dos cervezas. –ordena. No pide. No sugiere. Le dice que vaya por ellas.

   -Por favor, ¿no? –le reclama el otro, mortificado, ganándose una dura mirada, que siente en la espalda mientras va por las cervezas. Más específicamente sobre sus nalgas.

   Saca dos botellines y regresa a la sala. Le tiende una mientras el otro le señala el mueble a su lado. Se deja caer, al otro extremo del sofá, y beben, aunque está muy consciente de la casi total desnudez del otro, del olor fuerte a sexo que emana. De la silueta de su güevo bajo la suave y ajustada tela. No puede apartar los ojos de ese entrepiernas. Ni de las manchas.

   -¿Por qué…? ¿Por qué se fue tu amigo?

   -Lloriqueaba porque quería ser mi única perra. –dice con desdén, encogiéndose de hombros.- Salí varias veces con él, seguro se enamoró. Las perras son tan patéticas.

   -¿Las pe…? –se confunde.- Eres un gay algo raro. Te expresas excesivamente despectivo de otros. –sospecha que dice tonterías cuando el otro vuelve la vista y le mira a los ojos.

   -Hay gay y hay perras. –le asegura.- Somos muy distintos.

   -¿En qué sentido?

   -Es difícil de explicar. Un hombre, o un gay, siente placer jodiendo, incluso mamando o dando el culo, de tarde en tarde. Una perra sólo quiere ser jodida, siempre, verá un güevo y se le mojará el culo, y rogará por ello de manera necesitada. Le urge servir. –se encoge de hombros nuevamente.- Sólo lo entenderías como gay… o como perra. –le mira con un brillo travieso en sus pupilas.- ¿Te gustaría probar ser perra? Algo me dice que te desatarías.

   -Deja tu mierda. –se sofoca y casi pega un bote cuando el otro eleva una pierna y deja caer el talón en su muslo, pesado.- ¿Qué haces?

   -Marco mi territorio. –ríe burlón.- Dame un masaje en la planta ya que estás ahí, ¿no?

CONTINÚA … 7

Julio César.

OSCURO AMOR… 5

enero 23, 2016

OSCURO AMOR                         … 4

Por Leroy G

SEXY BOY SPEEDOS ROJO

   -¡¿Qué quieres hacerme qué?!

……

   Aunque temblando por el contacto, por la mirada oscura y profunda que el otro le enviaba, un profundo rechazo al toque, a lo que pudiera significar, le dominó, alejando la cabeza en un inequívoco gesto de rechazo.

   -Estoy bien. –grazna con el corazón martillándole en el pecho. La mirada de Marcos se endurece, es fría. Por un instante cree que ve una rabia intensa en sus pupilas, pero todo pasa tan pronto que cree haberlo imaginarlo.

   -Me alegra saberlo. –dice el otro, poniéndose de pie, señalando la bandeja y el infaltable vaso de jugo de naranja, uno muy amarillo.- Termina. –va a salir.

   -Gracias. –croa sintiéndose de pronto mal, culpable, egoísta, malagradecido. La idea de que Marcos se molestara con él, era difícil de enfrentar. Por alguna razón. Le ve detenerse, hombros rígidos, volviéndose.

   -Dime, ¿estás así porque me viste en el baño con…? –comienza el otro joven.- No creas que abuso de tu hospitalidad. Es que, ya sabes, soy muy fogoso, te lo dije cuando me mudé aquí,  y mis putos siempre quieren más y más. Se montan una vez en mi güevo y ya no quieren bajar. –oyéndole, tan pancho, la garganta de Mauricio se cierra un poco más y se le dificulta pasar la cucharada de sopa.- No te molesta, ¿verdad? Si el que sea gay es un problema… –pregunta nuevamente, pero ahora con algo de imposición. Una que inhibe al otro.

   -No… no, está bien. –casi se sorprende al oírse responder, como si fuera otra persona.

   -Genial. –la brillante sonrisa del otro le hizo latir fuerte el corazón.- Termínate eso y si quieres más, llama.

   Sale y Mauricio bebe del jugo de naranja, está muy amarillo y sabe a vitaminas. No le importa. Lo termina todo para acabar con la resequedad en su lengua. Luego le hace los honores a la sopa. ¿Por qué no le dijo claramente que le molestaba esa hilera de hombres entrando, a los que cogía mientras pronunciaba su nombre? ¡Claro que le molestó verle en el baño! ¡Y cuando le tocó…! Si, su heterosexualidad se había revelado, porque presentía el interés de Marcos en él. La cabeza le duele, no siente ganas de lavarse la boca o llevar la bandeja a la cocina. Llaman a la puerta y se tensa, lo que era agotador.

   -Pasa. –autoriza, el otro asoma su cabeza.

   -¿Mejor?

   -Sí, pero… estoy agotado. Es como si no tuviera fuerzas.

   -Estás muy agitado. Necesitas crear un ambiente relajante para descansar. Comenzando por nada de televisión. –señala el aparato encendido a bajo volumen, que apaga.

   -Oye, el silencio total… -se queja en su cama.

   -Toma mi iPhone. –le ofrece, con los audífonos.- Esto te relajará. Hace dormir más que la narración de un partido de futbol aburrido. –le sonríe. Venciendo la resistencia, no deseando oponerse para no parecer un pendejo total ante las atenciones del otro, Mauricio accede.- y… -muestra uno de esos palitos aromáticos.

   -Eso no me gusta. Siento que me ahogo. –se queja plañideramente, como un niño.

   -Lo necesitas. –es la tajante respuesta mientras lo enciende, al humo elevándose, un olor dulzón llenándolo todo.- Enciende el iPhone y duerme.

   -Bien, coño. –brama, ceñudo, encendiendo el aparato, viéndole tomar la bandeja y todo lo demás. Y ese sonido de olas era realmente tranquilizante, así como ese olor algo mareante. Le ve salir, silente, pero no sin que antes le lance una mirada burlona.

   El olor, los sonidos, todo le relaja. Duerme. Mucho, pareciera que no puede despertar. Su pecho sube y baja rápidamente. Siente un dolorcillo de cabeza. Se imagina corriendo, desnudo, escapando de algo, alguna cosa contra la que grita y patalea, cada vez con menos fuerzas, cayendo, sintiéndose alcanzando, bañado, cubierto, acunado de manera intensa, total; la idea de regreso al útero le extrañó, ¿de dónde vino?, se preguntaba. Pero era… grato. Hasta que pataleaba, deseando abrirse paso de esa niebla, o manto, deseando escapar y pensar con claridad. Y esa lucha le hacía doler la cabeza más intensamente.

   -Oye, oye… -escucha un imperativo llamado mientras una mano le sacude.

   -¿Eh? ¿Qué? ¡¿Qué?! –alarmado por algo, abre los ojos, el dolorcito de cabeza sigue allí.

   -Amigo, ya cae la tarde. ¿No quieres que te traiga algo de cenar? O mejor, sal de esa cama, toma una ducha y nos acurrucamos en el sofá a ver televisión.

   -¿Dormí todo el día? –se alarma, sentándose, la sábana bajando, su torso y abdomen mostrándose, olvidando sus resquemores iniciales de esa mañana.- ¿Cómo puede ser? –se ve confuso, algo aturdido, ¿durmió todo el día? ¿Qué le pasaba?

   -Te dije que los sonidos relajaban y que el incienso ayudaba a dormir. A lo mejor tienen algo de marihuana. –se burla Marcos.- ¿Te levantas o no? Vamos a cenar.

   -Okay, yo… -le mira, sonriendo sin humor.- ¿Qué?, ¿hoy no hay novios?

   -¿Mis putos golosos por mi güevo? -le corrige, haciéndole estremecerse.- No, necesitas descansar y… bueno, la verdad es que, no sé si lo has notado, pero tiendo a ser un poco ruidoso cuando… -rueda los ojos, y Mauricio boquea ante esas palabras. ¿un poco ruidoso?- Así que será noche de compañeros de piso. –va hacia la puerta y todavía se vuelve y le guiña un ojo.- Habrá una competencia, y nada cómo los deportes para unir a los chicos, ¿verdad? ¡El Míster Bikini California! Será genial. –sonríe chulo y se marcha, dejándole con la boca abierta.

   Sí, claro, cómo que iba a salir de su cama para ver el Míster Bikini de lo que fuera. Piensa en echarse otra vez. Puede que haya dormido todo el día, pero sigue cansado. Pero también tiene la vejiga llena. Sale y se dice que meará y regresará, pero aprovecha y toma una larga ducha que hace milagros en su musculoso y joven cuerpo de machito; al salir se fija bien en el pispo y las paredes (¿buscando rastros de semen?). Una vez limpio regresa a su cuarto, se coloca ropas cómodas y mira la cama, pero se le hace insoportable la idea de regresar a ella. Sale nuevamente y mirando hacia la sala, ve a Marcos instalado frente al televisor, por el balcón nota que ya es de noche.

   Así que termina cenando frente al televisor, para luego tener la cara roja mirando el fulano Míster Bikini California, donde hombres altos, jóvenes, guapos, muchos de ellos catires, vistiendo diminutas, muy diminutas prendas, exhibían la mercancía al público presente. No todo femenino, no con esos sujetos mirándose unos a otros, tocándose, metiéndose manos en ese escenario. Más rojo de mejillas, mira el close up del trasero de un tipo en hilo dental, que lo baila frente a la cámara, ganándose los gritos del público. De reojo notaba los brillantes ojos de Marcos, el cómo algo abultaba bajo el cómodo bermudas que llevaba, tocándoselo como de pasada mientras hacía comentarios sobre el culo de este o aquel. Dos veces volvió el rostro para decirle algo, medio pillándole mirándole el entrepiernas, pero parecía no notarlo, o no daba señales de ello, mientras le explicaba por qué creía que ese o el otro ya andaba repartiendo culo de lo lindo en las playas de California, con tan sólo mirarlos decía saberlo.

   -Es fácil verle el gusto a muchos por las pollas, como dicen los españoles. –ríe ronco, algo cruel, provocándole escalofríos a Mauricio.- También hay muchos que andan extraviados y todavía no lo saben, muriéndose de sed cerca de cientos de vergas llenas de leche.

   -Oye… -graznó incómodo, mirando la pantalla, donde los “machos” en tangas jugaban dentro de las olas y salían escurriendo agua contra el cielo azul y sol brillante de California, con los bañadores casi traslucidos.

   No le sorprende escuchar el espesar de la respiración de Marcos. El sujeto se veía encantado, seguramente soñando con cuántos podría llevar a su cama y… (la imagen le eriza) montarlos en su güevo. Viéndolos encularse, cabalgarlo, gritando y pidiendo más. También ellos enviciados. Lo curioso de toda esa situación era que… sus pelotas cosquilleaban también a la vista de los muy atractivos y saludables cuerpos de tíos reilones en bikinis, tangas e hilos dentales fingiendo jugar volibol de playa. ¿Qué coño le ocurría?

   No durmió bien esa noche, un sonido le llegaba y sabía que era Marcos masturbándose, escuchaba sus pujidos y jadeos, podía imaginarle totalmente desnudo, pierna abiertas, alzando sus caderas, dándose puño sobre el güevo tieso que babeaba un poco.

   -Hummm… -le oye, cerrando los ojos en anticipación se prepara.- Oh, sí, tómatela toda, Mauricio. Esta leche es toda para ti. Trágate hasta la última gota. Lo necesitas tanto. –eso acabó con su paz mental.

   La vida continuaba su marcha, Marcos preparaba los alimentos y los jugos, le prestaba sus audífonos y música relajante. También encendía esos abominables palitos aromáticos que inducían letargo, pero no descanso. No quería ir tanto al gimnasio, pero el otro no le dejó abandonar, aunque si le aconsejaba dejar su trabajo en las dos secundarias si se sentía tan mal. Ahora le parecía que el sueño del físico culturismo era una locura, demasiados entrenamientos, rutinas y ejercicios. Ya había abandonado la idea de ganarle, trotando, a Marcos, incluso a seguirle el paso. Aunque seguía mostrando su buen cuerpo, de hecho se notaba un poco más abultado de bíceps y pectorales, sus muslos llenaban el pantalón y su trasero parecía más firme, resistía menos.

   -Llegué. –gruñe, medio sofocado, entrando a la sala esa tarde.

   -Siéntate, te llevo un jugo. –le grita Marcos desde la cocina.

   Varias naranjas exprimidas descansan sobre la mesa y cayendo dentro del vaso van las dos últimas gotas, de las treinta, del frasquito que el otro joven tapa presuroso, mirando hacia la puerta del pasillo, vigilando la presencia del otro, ocultándolo en un bolsillo.

   Revolviendo con un cuchillo de cocina el jugo… y las gotas. Su sonrisa es torva.

CONTINÚA … 6

Julio César.

NOTA: Cómo le escribí al amigo Leroy, esta vaina se está poniendo demasiado sentimental.

LA NENA DE PAPA… 5

enero 21, 2016

LA NENA DE PAPA                         … 4

De Arthur, no el seductor.

THONG BOY

   A su papi le gusta así…

……

   Sus ojos, muy abiertos y desconcertados, enfocan al hombre que sonríe complacido, de pie frente a él, y el cual mece sus caderas de adelante atrás, intentando empujarle más la gruesa barra dentro de la boca. Su verga. De hombre.

   -Eso es, respira y relaja la garganta. Lo haces bien, así, aprieta con tus labios, mueve la lengua… Hummm, lo hace bien. Tan natural. –acota. Luego endurece el tono.- ¿Eso le decías a mi hija? ¿Qué era una tragona natural? –con las mejillas abultadas por la barra sobre la cual se adhieren, el chico menea negativamente la cabeza.- ¿Seguro? ¿No lo hacía bien? Tú sí, me lo mamas como un experto. ¿Seguro que no has mamado güevo antes?, me cuesta creerlo. –le sonríe, casi parece halagarle, metiéndole y sacándole el tolete de los labios rojos y húmedos.

   Mirándole hacía arriba, con cierto aprensión, Brandon no puede hacer nada más como no sea ir relajando sus mandíbulas, permitiendo que la gruesa pieza sexual penetre más y más, sorbiendo en todo momento sobre ella para no ahogarse con saliva, para respirar… sintiendo el sabor. Y, sin embargo, en sus pupilas parece brillar cierta rebeldía, cómo cuestionándole el que haga eso, un hombre a otro.

   -¿Qué? ¿No te gusta? ¿Seguro? Veo que tragas bastante y siento tu lengua moviéndose. –se burla.- Déjame ayudarte. –le atrapa la nuca con sus dos grandes manos de hombre maduro, llevándole y trayéndole sobre su verga, adentro y afuera, lentamente, luego más rápido, más profundo, sonriendo al verle enrojecer, ahogarse, sorber desesperado por aire, la saliva bajándole de los labios hacia la barbilla. El hermoso espectáculo de un jovencito virginal mamándole la trancas. Más y más adentro, impidiéndole detenerse, o moverse, la gruesa mole de carne blanco rojiza, nervuda, se frota totalmente de sus labios mientras va y viene.

   Brandon se atragantó, sintió el reflejo de nauseas, pero continuaba luchando por respirar. ¿Su lengua realmente frotaba y lamía? ¿Succionaba de manera aprensiva como buscando más?, no lo sabe. Pierde la noción de todo. Se deja hacer. Llevar. Le ve la sonrisa complacida, como si supiera que se entrega, que le deja hacer. Y abusaba. El hombre le ladea el rostro, saca y mete su verga pegándosela de una mejilla que abulta, y sigue hacia su garganta. Traga y traga, se ahoga, tiene la boca totalmente llena de güevo caliente y palpitante y su naricita respingona pega del pubis del suegro, llenándose las fosas nasales con sus rizados y cortos pelos púbicos. Allí, con toda aquella mole en la boca y deformándole la garganta, el rostro contraído, la frente fruncida, roja, aspira ruidosamente por la nariz, perdiéndose en sabores acres de hombre, en los jugos que la verga bota, en los olores almizclados. Allí, en un patio de casa de familia, al lado de una pequeña piscina bajo ese cielo claro de media mañana, un sujeto grande y fornido mantiene retenido contra su pubis, con el güevo tragado totalmente, sus pelos siendo bañados con un frenético aliento, a un jovencito delgado, esbelto, en tanga a medio caer, que sigue ordeñándole con la garganta, ojos cerrados, inspirando agitadamente por la nariz.

   Si, tal vez no lo supiera, se dice Cole, pero Brandon estaba ordeñándosela bien, reconoce con una sonrisa torcida, la del macho que domina sexualmente a otro, y quien lo disfruta también, algo que halaga su virilidad. El noviecito de su hija, que la toca, que le mete mano (algo que le molesta como a todo padre, ¿cómo osaba tocar a su niña inocente?), estaba mamándole el güevo. Le deja ir un poco, para que respire, para que se recupere, luego le regresa. Lo lleva y trae rítmicamente, gozando con todo la presión de los jóvenes labios sobre su tranca, las apretadas de las mejillas delgadas, de la lengua ardiente contra la cara inferior de su miembro. Entiende que el chico, débil de carácter, algo sumiso en su naturaleza, se deja hacer para salir de eso. Estaba dándole tremenda mamada, aun desmañadamente porque es nuevo en el asunto, para escapar. Ignora la verdad de los mamones. Una vez que alguien como él, un inferior sexualmente, ha probado, ordeñado y adorado un güevo real, tieso, duro y caliente, no tenía vuelta atrás. Siempre tendría hambre de vergas. Y ese hombre, el dueño de la tranca mamada, tenía derecho sobre él, a tratarle como quisiera. A exigirle más atenciones. Le suelta la cabeza, espera, y sonríe aún mas complacido cuando el muchacho va y viene por cuenta propia, tragándose su gruesa barra de carne de joder, el máximo símbolo de su masculinidad.

   -Eso es, chico. Chúpalo como te gusta que te lo chupen. Enséñame cómo te gusta que te lo hagan. –se burla.- Pero debes entender que no hay que descuidar otras cosas. Mientras una tía te lo come, juega con sus tetas… -se inclina nuevamente, metiéndole el tolete más en la boca, bajando una mano, recorriendo y acariciando rudamente los inflamados y pequeños pezones, pellizcándolos con fuerza, haciéndole gemir; si, de alguna manera el chico se conectaba, jugar con sus pezones era estimularle mientras mamaba un güevo.- También con su coño, con tus dedos, rozándole el clítoris, ir dilatándoselo… -se tiende más y separándole las piernas, obligándole a montar un pie sobre la silla, mete dos dedos por un costado de la tanga que cubre el camino que va de las bolas al culo, acariciándole, haciéndole gemir, encontrando su agujerito, sintiendo que se contrae bajo el roce de sus yemas, penetrándolo con un dedo.

   -¡Uggg! –brama el muchacho, parpadeando con ojos nublados y el güevo del hombre totalmente clavado en su boca, sintiendo su culo abrirse y cerrarse sobre el dedo.

   Todo da vueltas en la cabeza, perdido entre ese güevo que le llena la boca, el cual chupa, que le late contra la lengua dejándosela llena de jugos fuertes que le parecían horribles dos o tres minutos antes, ahora… ¡Y su culo! Ese dedo que entraba girando, rotando y medio flexionándose contra las paredes de su recto le tiene totalmente indefenso a las manipulaciones de ese hombre con mañas.

   -Hummm… -gruñe pesadamente el hombre.- Así, pequeño mío. Chupas bien, y por aquí pareces también querer.

   Brandon no quiere escuchar ni pensar, no desea enfrentar el hecho de que sus labios van y vienen voluntariamente sobre la rígida barra del padre de su novia, mamándolo, o que sus pezones hormiguean antes de ser tocados o pellizcado… y que casi imperceptiblemente mece su culo contra esos dedos, porque ahora son dos los que penetran su esfínter. No, Dios, él no hacia esas cosas, se recrimina, pero mirandole, con dificultad porque el otro está doblado sobre él, nota su mirada socarrona, burlona.

   -Tu cuerpo responde a lo que quieres. Lo sabes, ¿no? Es así como controlamos a las chicas. –le dice soltándole la tetilla, sacándole los largos y gruesos dedos del culo, muy lentamente, sonriendo ante las haladas y apretones que ese esfínter le daba.

   Nuevamente la atrapa la nuca, cogiéndole la boca. Sonríen abiertamente viéndole ahogarse, sorber, salivar copiosamente barbilla abajo. Saca un poco su verga, disfrutando viéndola emerger de los jóvenes labios, y la clava un poco más cada vez. Al joven casi se le salen los ojos de sus órbitas cuando con un bramido el hombre le clava ese tolete inmenso de un golpe hasta la garganta, ahogándole. Le oye gruñir ronco, le nota temblar poderosamente, y es perfectamente consciente, sobre su lengua, de como algo increíblemente hirviente recorre la pieza de carne. ¡Iba a correrse! ¡En su boca! La idea le horroriza e intenta alejarse, pero Cole no le deja, y siente un trallazo de algo caliente y abundante que golpea tras su campañilla mientras el hombre brama con fuerza. La mole se retira unos centímetros de su boca, quedando el glande sobre su lengua, y dos nuevos disparos de esperma hirviente la bañan y cubren. Aunque horrorizado, el chico nota el sabor, y el carajo vuelve a clavársela toda, temblando, todavía en pleno orgasmo, y medio ahogado, el muchacho tiene que tragar. Se traga la esperma del hombre, mezclada con su saliva. La risita del otro mientras le suelta y retira su tolete, le indigna.

   -¿Te gustó tu primera tragada de esencia masculina?

   -¿Por qué hizo eso, señor Cole? –casi lloró, jadeando, cara roja, ojitos torturados, los labios hinchados, la saliva en su barbilla. Mirando, aunque intenta no, la verga enrojecida, brillante de saliva y su propia esperma.

   -Seguro que te gusta ver a mi hija tragándose la tuya. –sentencia el otro, ocultándose la verga dentro del apretado speedos, donde destaca escandalosamente.

   -No está bien lo que hizo. –acusa, pasándose una mano por los labios.- No tenía que correrse en mi boca.

   -¿No te gustó el sabor? Sé que sí. Estuvo bueno, ¿verdad? –ríe burlón, tomando una larga bocanada de aire y lanzando un gritico de poder.- Me siento bien, pequeño. Un hombre ama usar su güevo. Tú también lo hiciste bien, no todas las mamadas terminan en corridas.

   -Tengo que irme. –casi gime, ojos en el suelo, hombros caídos, imposibilitado como está de no notar el sabor de esa esperma aún en su boca.

   -No así, tienes que desahogarte. Vamos, hazte la paja para mí. Quiero ver tu técnica. –exige Cole, atrapándole un hombro y haciéndole levantarse. La tanga esta algo baja, se ven los pelos castaños… y casi nada más.- Mierda, chico, no tenías mucho, pero ahora parece más encogido. –silba irónico. Si, la situación había desinflado lo poco que Brandon tenía.

   -Debo… Dígale a Nelly… -no puede enfrentar la situación e intenta irse, pero la mano vuelve a su hombro y lo retiene, el tono es más firme.

   -Quiero ver al novio de mi hija masturbándose.

   -No… puedo… -se ve afligido, casi lloroso. El hombre le mira.

   -Vamos. –le toma de la mano y casi le hala dentro de la casa, cruzan la cocina y el comedor, suben las escaleras y van al dormitorio principal; Brandon lo sabe por la mezcla masculina y femenina del decorado y un retrato de él y su mujer sobre una mesita.- A veces hace falta algo para estimularse. –le dice, soltándole y buscando en una gaveta.- Hombres y chicas.

  -Señor Cole, no creo que… -calla cuando el otro, sonriendo, se vuelve.

   En sus manos sostiene una pequeña tanga de mallitas, azulada, una simpe tirita por detrás, femenina. Una pantaletica de su mujer… Una íntima prenda de nena.

   -Creo que es lo que necesitas. Con esto se excitará tu clítoris. Vamos, póntelo para mí… nena. Póntelo para tu papi.

CONTINÚA … 6

Julio César (no es mía).

NOTA: Hay algo en la idea de un hombree hecho y derecho que cae sobre un muchacho que gruñe que no, pero no puede detenerle, que resulta excitante… como fantasía. En el otro blog, el de videos, subí uno viejo, de los llamados retro, donde algo así pasa. El tipo llega, el chico dice que de ninguna manera y el otro le hace mil cosas. Desde nalgadas a juguetes. Es un video bueno, aunque viejo. El de un carajo controlando, y disfrutando, de su pussyboy. Si les interesa, vayan a: EL CASERO Y EL CHICO DEUDOR


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