Archive for the ‘RELATOS GAY DE MALDITOS…’ Category

METAMORFOSIS… 3

junio 21, 2018

METAMORFOSIS                         … 2

   Relato maldito no muy largo, versionado de una idea QUE NO ES MÍA. Es divertido y erótico, nada complicado.

   Ni imaginaba la que se le venía encima…

   -Oye, no, aléjate de mí. –grazna a pesar de todo. Sin ponerse de pie.

   -¿No quieres saber si esto te ayuda, como eyacular parece que me ayuda a mí? –Colt realmente parece confuso de que no se entienda o acepte su punto.

   -Lo que dices es un idiotez tan grande que no voy a… Huggg…

   Es silenciado cuando Colt, a su lado, le atrapa la nuca con una mano y le hala, pegándole la cara de su entrepiernas que exhala calor como un horno, del bóxer mojado, de la verga algo más dura. Se la refriega de un lado a otro, manteniéndole sobre la barra; la nariz pegada a la tela en todo momento, fuera de un lado u otro.

   -¿No te ayuda?

   Stan quiere mandarle para el quinto coño, negando de cuajo todo aquello, pero la verdad es que ese entrepiernas, a pesar de toda la evidencia de las corridas que se secan sobre la piel, los pelos y bolas, así como el bóxer… no olía mal. Lo que más le sorprende es que su estómago gruñe con mayor fuerza, pero no de malestar, de nauseas, sino como de anticipación. Como el hambriento que ve que comienzan a prepararle una doble de queso con mucho tocino. Vagamente, el joven sabe que tiene que apartarse, evitando los juegos de su amigo, pero algo en aquella cercanía, en el agarre firme de su nuca (aunque no coercitivo), pegándole al entrepiernas, obligándole a oler, no le sentaba mal.

   -¿Y bien? –Colt, sonriendo como el niño que demuestra que tiene la razón, le mira mientras le suelta. Muy rojo de cara, Stan le clava la vista.

   -Hueles a rayos, cabrón. –intenta rehacerse.

   -Pero te agradó, ¿verdad? Escuché como te gruñía el estómago, creo que él si lo reconoció. Como la “medicina” que le ayudó hace dos horas. Vamos, compruébalo. –nuevamente le atrapa la nuca, más suave, y Stan no repara en que acerca el rostro y pega la nariz, la boca y el mentón en ese entrepiernas, sobre esa barra que se alza gloriosa bajo la suave tela húmeda y caliente, o de que olfatea prácticamente sobre la silueta de la cabecita, llenándose los pulmones con el almizclado aroma a macho joven.

   -¿En serio estás diciéndome que mezclaste tu esperma con las bananas y la leche de cartón y que…? –pregunta resollando contra ese entrepiernas, olfateando sin poder contenerse ahora. Aunque quiere, algo en su cabeza le grita que se aparte o se arrepentirá.

   -Si, y te la bebiste. Bebiste mucha de mi esperma. De hecho no había nada de leche de cartón en ese batido. Fue tan sólo bananas y semen. He estado tan caliente desde que desperté, que me la he estado sacudiendo todo el día. Botando litros de esperma. Tanta que, por diversión, la recolecté en un vaso, más temprano, para ver cuánta podía juntar. Y cuando viniste ya estaba algo fría, pero igual de cremosa y nutritiva, ¿no?

   -No… No te creo. -todavía se resiste, aunque es consciente de que medio sube y baja el rostro, frotándose más de esa tranca, al tiempo que la olfatea con fuerza, rozándola con los labios.

   -Pero es cierto. Y te lo bebiste todo, con ganas. Todo goloso. ¿Recuerdas que ronroneabas al sentirla sobre tu lengua y tragarla, que incluso te lamiste los labios? Y lo mejor fue que te sentiste bien, ¿no es cierto?

   -Estás tan lleno de mierda. –le gruñe ahogadamente al tener los labios entreabiertos prácticamente rozando la verga que ahora está dura, pulsante y todavía más olorosa. El chico parecía estar intoxicado en esos momentos.

   -Y de leche. –puntualiza y ríe, mirando hacia abajo, hacia la nuca de cabellos amarillos oscuros de su amigo, a su cara pecosa rozándose de la silueta poderosa de su verga. Se veía bien allí.- ¿Todavía no me crees?

   -Es imposible que… -responde algo jadeante, los labios subiendo y bajando sobre la barra horizontalizada que deformaba la tela.

   -Pruébala entonces. –le corta soltándole nuevamente, bajando la parte delantera del bóxer, dejando fuera la joven y dura verga casi rojiza de sangre, las venas totalmente hinchadas, con rastros aún no secos de semen.- ¿Quieres saber si lo que digo es cierto?, atrévete y tómala. De aquí salió toda la leche que tomaste y que te gustó tanto.

   -No, no puede ser que… -muy rojo de cara, Stan se resiste a creerlo, aunque algo le impulsaba a comprobar aquello. Tal vez el que su lengua estuviera nuevamente muy seca y su estómago ardiendo ácidamente. Era por saber, no porque aquel aroma resultara tan seductor o que la vista de la joven pieza de joder de su mejor amigo, con el glande liso descubierto, algo empegostado de esperma, le atrajera.

   -Vamos, pruébalo y verás.

   Apartando los ojos un segundo de la verga, Stan mira a Colt, terriblemente rojo de cara, acercando el rostro, su muy pecosa nariz a la punta de ese tolete, olfateando. Tragando en seco por el maullar en su estómago, saca la punta de la lengua y tantea la lisa superficie húmeda, lamiendo un poco por debajo del ojete, recogiendo algo de aquel líquido claro que se espesa. Tragándolo. Y si, el efecto le parecía conocido, su lengua se llena de sabor, su estómago ruge pero no de malestar. Confuso, parpadea varias veces, ¿acaso era posible? Todavía escéptico, acerca su lengua y recorre la superficie de la cabecita, lamiendo y tragando, casi chasqueando la lengua dentro de su boca. Parpadea otra vez, y acerca la lengua para tomar más. Y más. Finalmente cierra los labios sobre el glande, a la altura del ojete,  y succiona como un ávido lactante, recogiendo mucho más. Luchando contra un ronroneo, sabiendo que sí, que eso fue lo que bebió junto a los bananos, separa los labios y cubre con ellos ese glande.

   Dios, ¿qué estaba haciendo?, estaba chupándole la punta de la verga a su mejor amigo. A otro chico. ¡La punta de una verga! Pero no puede apartarse, aunque quiere; todo su cuerpo arde mientras baja más sus rojizos y delgados labios, cubriendo más del venoso cuerpo.

   -Sí, eso es, Stan, toma tu batido de leche… -comenta Colt, con la respiración pesada y una mueca malvada en su joven y guapo rostro, al tiempo que ríe.

   El otro chico no quiere pensar en nada, tan sólo en ir y venir sobre esos centímetros de verga que no dejaba de soltar unos jugos espesos y deliciosos, unos que chupaba, que sorbía, que le hacían tan bien. Se estremeció y gimió, de una manera muy poco masculina, hasta él tuvo que reconocerlo, cuando las manos de Colt atraparon su cabeza y comenzó a guiarle sobre la barra, al tiempo que se la empujaba más y más por la boca, cogiéndole la cara. En un momento dado, Stan siente como su nariz choca de ese pubis, como los pelos le entran por los orificios, y aspira ese aroma fuerte, tan viril, al tiempo que se siente asfixiado.

   Reteniéndole, Colt sigue metiéndosela y sacándosela, al tiempo que le gruñe que la apriete con sus labios, con sus mejillas, que mueva la lengua como hace Megan, como las buenas perras. Stan lo siente tensarse, y enlazando los dedos tras su nuca, atenazándole contra el pubis otra vez, mientras la verga llena su boca casi impidiéndole respirar, el glande casi buscando bajarle por su garganta.

   -Oh, sí, así… ¡Hummm! Estás a punto de recibir otro batido de semen.

CONTINÚA…

Julio César.

EL PEPAZO… 94

junio 20, 2018

EL PEPAZO                         … 93

   De K. El cual no aparece ni responde correos.

   Desea… aún no sabe qué…

……

   Y así le vio, sorprendido, dándole la espalda, el sujeto que entró. Parpadeando, la boca ligeramente abierta, retrocediendo, saliendo, sin alejarse mucho. Ocultándose y mirándole.

   Jacinto, completamente trastornado, sólo así se entendería aquello, moviliza el juguete y apunta con la roma cabeza de goma hacia su entrada, frotando y medio empujando, como retardando el momento, erizándose y flexionando los dedos dentro de los zapatos al sentir el cosquilleo en su culo. Al tenerlo así, oprime la base, y este enciende. ¡La compañía se lo había enviado con todo y baterías! Y esas vibraciones, ese leve zumbido le estaban obsesionando, el interminable roce contra su entrada, una que pulsa violentamente, abriéndose, los labios proyectándose hacia afuera, contra la cabeza del juguete. Y apretando los dientes, el musculoso joven comienza a empujarlo, metiendo los pliegues de su culo, cruzando el orificio que se cierra automáticamente sobre el falso glande, no para detenerlo sino para sentir y experimentar las vibraciones, metiéndoselo palmo a palmo, en todo momento consciente del grosor, las rugosidades y movimientos contra las paredes de su recto.

   -Ahhh… -no puede evitar el gemido cuando lo siente más y más, metiéndose ya medio consolador, tan grueso y oscuro, alzando el rostro en un gesto de dulce tortura. Y sigue empujando, porque siente que lo tiene por allí, algo que necesita contactar.

   Echando su trasero más hacia atrás, separando las piernas lo que permite las ropas, se abre y empuja, clavándoselo casi todo. Las vibraciones parecen intensificarse, y es tal la oleada de lujuria caliente que lo recorre que tiene que morderse el labio inferior para no comenzar a chillar. Lo saca un poco, y lo mete, recorriéndose las entrañas con esa vaina que lo llena completamente, que estimula de manera intensas cada terminación nerviosa de su recto. Pero es la punta…

   Ojos cerrados, mareado, con movimientos más enérgicos, lo retira y lo mete. Su culo lo acepta y lo deja salir, apretándolo, reteniéndolo con los pliegues que se observan al ir y venir. Cada vez llegándolo hasta el fondo, encontrando finalmente su próstata… y algo más. Y el golpe, el roce…

   -¡Hummm! -le provoca un breve bailoteo como buscando estabilidad sintiéndose débil de piernas de repente. Cada golpe que da con la punta que vibra, contra su glándula y ese algo que no debería ya estar, el supositorio, lanza un estallido salvaje y completo de placer, de uno que era casi adictivo, un chispazo que gusta y gusta en cuanto golpea, pero que le hace desear más y más.

   ¿Es consciente de que baila su trasero, arriba y abajo, adelante y atrás mientras se encula con el vibrador en los vestuarios de los guardaespaldas en la quinta? Difícil sería decirlo, qué tanto de lo que hace es por joven, calentorro y ocioso, y qué tanto es porque ya no puede controlarse a sí mismo. Pero lo hace. Ojos cerrados, cachetes rojos, labios abiertos tomando aire y conteniendo gemidos, siente como el juguete, vibrando, entra, abriéndole cada vez más, latiendo mecánicamente contra las paredes sensibles de su recto, golpeándose la próstata de manera rápida, haciéndole experimentar un intenso placer pocas veces antes en su vida sentido… Aunque, desde que descubriera las vergas de los chicos…

   -Hummm… -se le escapa nuevamente aunque lo ataja para no llamar la atención, mientras lo tiene todo clavado, perfectamente consciente de él, de las vibraciones y de todo lo que iba calentándose por la fricción del material rugoso. Se muerde el labio inferior mientras lo saca un poco, con las rodillas flojas (eso lo nota el carajo que lo espía y piensa ¡pero qué puto!), sabiendo que la verga le babea en deliciosa prisión dentro de la tanga, casi listo para estallar en leche sin tocarse, tan sólo estimulándose su verdadero órgano sexual, sus entrañas. Su culo.

   Dios, era tan largo y grueso, lo sabe, pero mientras lo saca y lo mete, indetenible (temiendo que si oyera a alguien acercarse ni siquiera así podría detenerse), sabe que le gustaría que fuera todavía más grueso y rugoso; que sus entrañas, en un mar de calenturas, lo amaría más.

   -Ahhh… -se le escapa, su esfínter sufre espasmos alrededor del falso falo, sabe que sus entrañas están halándolo con un movimiento convulso de saca y mete que casi no tiene que ver con su mano, como si lo deseara por cuenta propia, buscando rozarse con él, golpearse las dos pepas que sabe que tiene. Dentro de la tanga, su muy erecto tolete tiembla y se estremece al tiempo que moja copiosamente la prenda que lo contiene.

   La enorme mole entraba y salía de su culo cada vez con mayor velocidad, provocándole más y más calenturas, placer, si, pero también la necesidad de más, de darse  y darse. Y cerrando los ojos le asalta una imagen, él todo musculoso, joven, guapo, con una pequeña camiseta que dejaba al descubierto sus brazos y pectorales, una que no le llegaba al ombligo, con una tanga como aquella, en su apartamento, y sobre cada mesa, silla, o superficie plana había juguetes sexuales cada uno más largo y grueso, de distintos colores, y él feliz, tomando uno u otro vibrador, colocándolo en la silla de la computadora encendida, muchos carajos viéndole, excitados con él, pagándole tanto dinero por observar su vida, todos esperando que se sentara sobre el grueso falo de goma que vibraría y le haría gritar, babear, mojarse y correrse sin tocarse. Cuan puto.

   La idea es tan fuerte, algo como lo propuesto por Fuckuyama para pagar otros productos, y una fantasía suya, que casi se cae y tiene que sostenerse del locker con ambas manos, soltando el juguete que tiene clavado en su culo blanco, constatando con el color del vibrador, pensando que… que tal vez no sería tan malo que todos vieran cuánto le gustaban esas cosas metidas por el culo. La idea era perversamente caliente, tal vez si se cuidaba un poco, podría…

   -¿Necesitas ayuda con eso?

CONTINÚA…

Julio César.

METAMORFOSIS… 2

junio 20, 2018

METAMORFOSIS                         OSCURO AMOR

   Relato maldito no muy largo, versionado de una idea QUE NO ES MÍA. Es divertido y erótico, nada complicado.

   Ni imaginaba la que se le venía encima…

   La cara de Stan se avinagra por segundos, mirando de manera fulminante al otro, dejando el vaso sobre la mesita de centro.

   -¿Quieres dejar de decir imbecilidades, cabrón? No me siento totalmente bien.

   -No, en serio, ese batido tenía mi leche. –insiste riendo, casi doblándose por la cintura.

   -Joder, estás más idiota que de costumbre, y mira que parecía imposible. –exclama molesto, poniéndose de pie, dirigiéndose a la puerta. Colt tendía a las bromas pesadas, ya estaba acostumbrado a eso, pero esta vez era como demasiado. El grandísimo hijo de perra sabía que se sentía mal del estómago e inventaba esa idiotez.

   -Oye, no es juego. Es cierto. Y dijiste que te gustó. Y como que hasta se te medio pasó el malestar. –aún insiste Colt, viéndole salir.

   Ese maldito maricón, pensó con ira, Stan, dirigiéndose a su casa, notando la calle curiosamente desierta. Parpadeando, le parece que el sol brilla, y calienta, demasiado. Se apresura a volver a su hogar, entrar, cerrar, bajar aún más el indicador de temperatura del aire acondicionado y beber más agua fría. Intentó mirar televisión, pero el calor era demasiado, y el bochorno tal, que iba cerrando sus ojos en el sofá. No sabe en qué momento se queda dormido, pero despierta al rato, transpirado, con la lengua horriblemente seca y el estómago revuelto, víctima de acidez. Va a la cocina, pero no, no tienen bananos. Ni leche de cartón.

   ¿Tal vez debería llegarse hasta la farmacia? Joder, pero estaba lejos, tal vez el hijo de perra de Colt le ayudara nuevamente. Si ya no seguía con sus juegos idiotas. Sale, y por la posición del astro rey, imagina que pasó sus buenas dos horas dormidos. El sol parecía concentrar los rayos sobre su cabeza. Una vez frente a la puerta de la familia del amigo, dudó, pero el malestar estomacal era demasiado y con cara avinagrada llamó, abriendo y entrando.

   -¿Colt? –llama.

   -Aquí. –responde este, alegre, como si se sintiera mejor, aún sentado en el sofá. En bóxer. Un olorcillo que Stan conocía bien, de cuando veía muchas películas porno bajo sus mantas, llena la estancia. ¡Ese cerdo!- Ah, ¿volviste por más de mi jugo especial? –pregunta mientras se pone de pie y se agarra con una mano la morcillona silueta de su verga, mientras ríe de manera algo… ¿tonta?

   -Eres un idiota de marca mayor. –le gruñe Stan.- Si, vengo por ayuda, pero no esa. Amigo, el estómago me arde con furia y las nauseas no me dejan.

   -Está bien, entiendo. Recordé otro de los remedios caseros de mamá, espérame. –y sale, dejándole allí, cayendo de nuevo en el sofá, que arde por el calor corporal del otro.- Aquí tienes: un vaso de agua, una cucharilla y un poco de bicarbonato. Eso corta la acidez, dice mamá. –informa mostrando los utensilios, dejando caer algo del blanco polvo dentro del agua y revolviéndolo. Tendiéndoselo.

   Dudando de la eficacia de eso, un ceñudo Stan toma el vaso y bebe. El sabor era desagradable, pero tolerable. Le parece que hay una batalla de gatos maullantes en su panza.

   -¿Mejor? –Colt, de pie, semi desnudo, le mira.

   -No, en realidad no. –se queja.

   -Hummm, tal vez necesites el batido de bananos, o tal vez el ingrediente secreto, ya sabes, mi néctar…

   -¡Deja el juego! –se queja. Le parecía que estaba por dolerle la cabeza.

   -No es juego, tío, te lo juro. –insiste el otro, como si tal cosa. Stan le mira fijamente, dudando.

   -¿Estás diciéndome que en verdad, que en verdad, me diste un jugo donde… vaciaste tus bolas? –casi no puede articular las palabras, como no puede siquiera imaginar que el otro, o cualquiera, hiciera algo así.

   -Sip. –responde este con una sonrisa entre franca, amistosa y masculina.- Lo siento, amigo, pero estaba recaliente, las bolas me pesaban y la verga… Joder, la idea de masturbarme en la cocina, derramando mi carga dentro de la licuadora, con el jugo para ti, fue más de lo que pude soportar. Necesitaba hacerlo. –cuenta, y Stan, sencillamente, no puede creerle.

   -¿Por qué andas tan… ruin?

   -Megan… -la capitana de las porristas.- No devuelve mis llamadas, y eso me tiene al borde.

   -¿Estás saliendo con Megan la puta? –Stan se sorprende.

   -Oye, no la llames así, es una buena chica. Tan sólo que le gusta el sexo. Mucho. Y su especialidad son las mamadas. No hay verga con la que no pueda, y no para hasta tragarse la ultima espesa y caliente gota.

   -Lo sé, se lo ha hecho a la mitad del equipo.

   -¿Y? ¿Qué alguien chupe vergas es razón para odiarla? –ataca.- A la chica le gusta el sexo, tanto que maúlla y da gusto verla, sentirla, porque es buena en eso.

   -¿Cómo es que eso no la convierte en una puta?

   -Bien, bien, entiendo el punto, tan sólo no lo digas como si fuera algo malo. Espero que no le hayas salido con alguna idiotez de esas y que por eso ahora no me atienda las llamadas, o vas a arrepentirte. ¡Mira que necesito descargar mis bolas! Eso… alivia este calor que siento.

   -Joder, te sientes… raro, me siento mal, ¿no has pensado que tal vez haya, no sé, una virosis en el aire o algo? Hasta podría ser que ella te pasó algo, idiota.

   -Si me contagió de algo, ahora tú también lo tienes, desde que bebiste mi semen. –le señala Colt con una enorme sonrisa de niño travieso.- Y recuerda lo mucho que te gustó y lo bien que te sentiste después; lo noté. Y de verdad no creo que fueran los bananos o la leche de cartón. Fue mi semen.

   -No sigas con ese juego.

   -No juego, es cierto. Be.bis.te de mi es.per.ma.

   -No, no; ni siquiera tú podrías ser tan… tan… cretino.

   -¿Quieres que te lo pruebe?

   -¡No pienso tomar ninguna otra mierda que venga de ti sin ver qué le echas!

   -Porque sabes que digo la verdad. Te di a probar mi esperma y eso te gustó y te ayudó. Y ahora lo verás… -exclama acercándosele, semi desnudo y medio erecto como está bajo el mojado bóxer… que atrapa la alarmada mirada de Stan.

CONTINÚA … 3

Julio César.

METAMORFOSIS

junio 16, 2018

OSCURO AMOR

   Espero que los herederos de Kafka no me demanden por usar este título. Relato maldito no muy largo, versionado de una idea que no es mía. Es divertido y erótico, nada complicado.

   Ni imaginaba la que se le venía encima…

   Cuando Stan Campbell salió de su habitación esa mañana, se sentía un poco agotado y mareado. Vaya locura la de la noche pasada, cuando se reuniera con el resto de los chicos de la secundaria de Smallville para ver la caída de las estrellas fugaces. Una verdadera orgia de fuegos artificiales que hicieron chillar emocionadas a las chicas, por lo que fue una “suerte” que estuvieran allí para abrazarlas, protegerlas. Y meterles la mano. Él y sus amigos, del equipo de futbol colegial, se habían divertido bastante. Hasta que…

   Una de aquellas verdosas bolas de fuego, estaba seguro que era verde, se había estrellado a la salida del pueblo, cerca de la granja de los Kent, levantando una ola de polvo caliente que asustó realmente a todos, chicos y chicas. Había aspirado mucha de aquella vaina y aunque la tosió, no pudo librarse de la sensación de haberlo respirado. Y sentirse algo mareado después. Vomitó, lo que acabó con cualquier posibilidad de que una alterada y molesta Cloe, quisiera abrirse de piernas, o tan sólo dejarse tocar las tetas.

   No recuerda bien ni cómo regresó a su casa, solitaria ahora que sus padres estaban en Metrópoli. Durmió donde cayó, y ahora se sentía mal. Chasqueó la lengua notándola desagradablemente seca. Tanto que va y toma agua, y más. Sin que la sensación pase. Toma un botellón de jugo, y aprovechando que estaba solo, lo bebe directo del envase. El sonido del teléfono le irrita pero imagina bien de quién se trata. Tenía que atender.

   -Hey, mamá, ¿todo bien por allá? –comienza atacando primero, para evitar preguntas como si está haciendo sus deberes, cuida la casa y se comporta.

   -¿Estás bien? ¡Escuché de la lluvia de meteoritos! –se lanza la mujer a una ola de temores maternales que él debe calmar lo mejor que puede, comenzando por jurarle que ni cerca del lugar andaba.

   Una vez salido de eso, pensó en tomar una ducha y cambiarse, pero estaba agotado. Y era perezoso. Comió un poco, cosa extraña, llenándose pronto; tomó muchos líquidos y decidió no ir a la secundaria. Estaba enfermo, joder. Era culpa de los meteoritos. Eso le hace pensar; tal vez debería llegarse y localizar al empollón de Clark y preguntarle al respecto, después de todo era la propiedad de sus padres. Y por lo que había escuchado, por allí caían muchas de esas cosas.

   Durmió un rato, pero se sintió acalorado. Era normal en Kansas, pero ahora… Despertó con nauseas. Verdaderas nauseas. Y un ardor estomacal intenso. Con la lengua muy seca, rebuscó en los cajones de sus padres pero no encontró ningún antiácido. Tal vez en la nevera o la despensa habría algo que le ayudara, pero no sabiendo ni habiendo puesto nunca atención a los consejos de su madre, sabe que si intenta tomar algo natural seguramente se envenenaría.

   Colt.

   El hijo de perra, su mejor amigo desde el jardín de infancia, vivía a tres casas de allí, y sus padres, que tampoco estaban, eran farmaceutas, investigadores médicos o narco traficantes, no estaba seguro, pero siempre contaban con medicamentos. Tomando su chaqueta del colegio se encaminó hacia allí. El día era claro, el cielo de un azul intenso, todo muy mono, contrario a la noche anterior. Llega y llama a la puerta, entrando de una, como ha hecho un millón de veces, gritando un “Colt, hijo de puta, ¿estás aquí?”

   -Joder, deja de gritar. –este refunfuña desde el sofá de la sala, donde le encuentra.

   -Hey, amigo, ¿qué haces? ¡Wow! –chilló al encontrar al chico de cabellos negros, cara atractiva y piel bronceada, el capitán del equipo de futbol, sentado en el mueble, con las piernas muy abierta, cabeza echada hacia atrás, llevando únicamente unos bóxer tipo shorts cortos.- ¿No andas muy escaso de ropas?

   -Amigo, no aguanto el calor. Siento que me quemo. –gruñó este, con una voz baja y ronca que a Stan le pareció más dura que de costumbre. Colt también había estado en a propiedad Kent.

   -Yo tengo una sed insoportable, también un ardor de estómago como nunca antes había sufrido. Y nauseas. –informó, ceñudo.- ¿Tendrá que ver algo con lo de anoche? Los meteoritos…

   -No lo sé… -refunfuña Colt, como fastidiado, hasta que se vuelve, mirándole, frunciendo el ceño.- Te ves… raro.

   -También tú, perra. –intenta bromear, pero las nauseas atacan.- Joder, tal vez debería vomitar para ver si se me pasa. Aunque lo hice anoche, creo recordar que dos veces, y nada. Fuera de que Cloe me enviara al carajo.

   -Te ves verde. –le informa, poniéndose de pie… la verga empujando la escasa tela de manera llamativa, aún no erecta pero si visible, nota Stan.

   -Amigo, esconde tus miserias. –intenta aligerar el ambiente otra vez.

   -Lo que tengo es para usarlo, amalo o déjalo, perra. –fue la respuesta de siempre, insolente e indolente, de un guapo chico que sabe que gusta a todas las nenas de la escuela, aunque ahora parecía más intenso.- ¿Necesitas algo?

   -Un antiácido.

   -Creo que no tenemos, pero mamá le prepara algo a papá, con bananos y leche, que le ayuda cuando está así; ya sabes cómo se pone cuando llega la hora de los impuestos, o cuándo mamá quiere sexo. Espérame aquí.

   -¿Algo casero? Bueno, si no hay de otra. –va y cae en el sofá… notando de pasada que cae sobre el sitio exacto que ocupaba Colt, con todo ese cuerpo exhibiéndose, con su verga medio alborotada. Y si, joder, el mueble quemaba bajo su cuerpo. Mucho. Cierra los ojos, sintiéndose, curiosamente, un poquito mejor. Y espera. Y espera. Coño, ¿dónde estaba ese cabrón? ¿Habría ido a ordeñar a la vaca? Era tan perezoso. Suspira, cabeza sobre el respaldo. Colt era bueno en la cancha, un jodido atleta natural, pero para todo lo demás…

   -Hey, despierta. –le oye, y parpadeando abre los ojos y le mira, alto, musculoso, sonriendo de manera idiota… con una clara erección bajo el bóxer, una que incluso moja un poco la tela. Sintiéndose culpable, y algo azorado, aparta la vista, tiende la mano y toma el vaso con el frío batido de color crema, espeso, oloroso a bananas. Dios, seguro que esa mugre…

   Con toda la desconfianza del mundo comienza a beberlo y abre mucho los ojos. El alivio sobre su lengua es casi inmediato, en su estómago también. No sólo el ardor retrocede, también las nauseas. Es tanto el bienestar, y sabe tan bien, que ronronea mientras alza el vaso echando la cabeza hacia atrás, empujándoselo todo, mientras Colt se cubre la boca con una mano y ríe como idiota.

   -¿Qué tienes? –le pregunta al fin, con un pequeño bigote de malteada, que lame con su lengua, provocándole más risas al otro muchacho.

   -¿Te gustó?

   -Si.

   -¿Estaba buena?

   -Si. –responde algo amoscado, pero efectivamente sintiéndose bien por primera vez desde la noche pasada. Colt sigue riendo.- ¿Qué diablos te pasa?

   -Ay, amigo, bueno… la verdad es que… -y comienza a reír como un niño grande, cuya verga abulta bajo el bóxer, aumentando la mancha de humedad.- Ese batido contenía un elemento secreto.

   -¿De qué diablos…? –comienza, más amoscado.

   -¡Le puse de mi esperma! –grita y ríe a carcajadas, cara roja, palmeándose los muslos. Feliz de la vida por su travesura.- ¡Te bebiste mi semen!

CONTINÚA … 2

Julio César.

SIGUE EL DILEMA… 27

junio 12, 2018

SIGUE EL DILEMA                         … 26

   Basado en caracteres creados por capricornio1967

   Y todo lo que quiere es dar amor…

……

   Luis le escucha y se estremece de pavor y angustia. Y, nuevamente por un segundo piensa en resistirse, en ser el mismo de antes y luchar por su vida, su dignidad. Su hombría. Pero allí radicaba su dilema… Hacerlo, defender tarde lo que entregó coaccionado, ¿y provocar que Adriana y Daniel se enteraran de todo? Es perfectamente consiente de los leves golpes del glande ajeno sobre su culo, con los cuales Franco le tortura, el reto, la humillación, ¿responder como hombre y enfrentar lo que llegara, su descredito, o callar y someterse?

   Franco, tras él, le ve bajar el rostro nuevamente, y sonríe, perfectamente consciente del resultado de la última batalla del hombre. Pero no tiene tiempo para jugar más, la verga va a estallarle de ganas por poseerle nuevamente. Allí, bajo su techo, sobre la cama que compartiera orgullosamente con su mujer. Quiere enterrársela para sentirla aprisionada, apretada, pero también para destruirle. El odio que siempre sintió por él, desde los días escolares, no ha hecho sino crecer con los años. Tomar a Daniel fue un preparativo, este era su verdadero triunfo. Y el muy imbécil parecía creer que eso bastaría, que sometiéndose de alguna manera lograría capear el temporal. No sabía que esta tormenta venía para arrasar su vida de manera permanente.

   Medio baja un poco más la cintura, la cabeza de su verga, amoratada de ganas, presionándose decididamente contra el cerrado orificio de su rival. Empuja y el calor de la otra piel le encanta, tanto que contiene un jadeo de anticipación, de gozo total por adelantado. Ya experimenta todo el placer que sentirá cuando abra, llene y penetre con su pulsante piensa ese culo que ya lo conoce. El culo de, hasta hace poco, un macho, pero que ya ha perdido su virginidad.

   -Gózala, perra, jejejejeje. –ríe entre dientes, ronco de lujuria.

   Y se la empuja sin mayores miramientos, soltando un bufido, separando los labios de ese ano, metiéndoselos, costándole un poco.

   -¡AGGGHHH! –Luis no puede contener el alarido, aunque se muerde los labios, temeroso de ser escuchado por Adriana. Eso dolía bastante, a pesar de no ser esta la primera vez, reconoce ardiendo de vergüenza y humillación.

   -Oh, sí, este es el sello de un buen esclavo sexual, puto. –le gruñe Franco, apoyando las caderas contra sus nalgas, la verga bien enterrada y apretada cuando las entrañas del otro parecen luchar por expulsarle.- Se siente tan ajustado y apretado, una increíble ilusión de virginidad. Sirve para darme placer, aunque a ti no te salva de esto, esto y esto. –comienza una enérgica retirada, halándole los pliegues del culo, para luego volver a metérselos. La saca y la mete, cogiéndole con rudeza, cayendo con todo su peso sobre ese trasero aún firme.

   Luis, ojos cerrados y algo húmedos de llanto, mostrando los dientes apretados en una mueca, resiste lo mejor que puede esas idas y venidas, tensando inconscientemente las nalgas y las entrañas, para protegerse, pero las rítmicas embestidas, adentro y afuera, adentro y afuera, parecen incrementarse.

   -Oh, sí, que culo tienes. Que concha tan sabrosa, puto. –ruge Franco, estremeciéndose de placer, casi vibrando de gusto, afincando el agarre de sus manos en aquella cintura masculina.- ¿Te gusta, perra?, ¿te gusta cuando te lo hago así, así, así? –le da desde diferentes ángulos.

   El tolete ya entra y sale con facilidad, las embestidas han logrado su propósito, abrirse paso, soltar toda su baba lubricante y “acostumbrar” aquel recto a ser recorrido. Conteniendo un jadeo, Luis lo nota, terriblemente humillado, mientras siente sobre si el peso del hombre que lo sodomiza, que jadea pesadamente sobre su hombro, cerca de su oído, como en ese momento cuando Franco se arrojó y le preguntara aquello, dejándole bien ensartado. Dejándole bien aprisionado contra el colchón, que oprime y le hace muy consciente de la jaula de castidad que retiene sus genitales, así como ese sujeto retenía su vida y su masculinidad. Y, todavía le toca…

   -Sí, señor. Gracias, señor.

   Era posible que la mente de Luis, confundida, atacada, se estuviera entregando mientras era sodomizado con fuerza sobre la cama que compartía con su mujer, pero su cuerpo mostraba resistencia, sus glúteos intentaban cerrarse, su ano también. Pero era inútil, eso tan sólo logra hacerle más consiente de aquella mole de carne venosa que se abre paso en su interior, pulsando y quemando, dándole aquí y allá, refregándole las paredes del recto.

   -¿Te gusta así, puta, te gusta esto? –oye a lo lejos los jadeos de Franco, ¿esperando una respuesta?, no lo cree. O tal vez sí, porque el sujeto mete las velludas manos bajo su cuerpo, atrapándole los pectorales mientras se la saca casi hasta el glande y comienza a darle verdaderos machetazos.

   -Hugggg… -Luis muerde la manta y ahoga el gemido, por un dolor que reaparece, tanto en su interior como sobre sus nalgas azotadas. La vista se le desenfoca un tanto.

   Dándole aquellas brutales embestidas, Franco castigaba que no respondiera a su pregunta, pero también le aclaraba su dominio; ejerce su control mientras le atrapa los pezones, pellizcándoselos, y sigue cogiéndole con tanta fuerza. Era su dueño y quería demostrárselo, que le quedara claro que era un sumiso esclavo sexual, un juguete a su disposición para usarlo cuando le apeteciera.

   El culo de Franco, aún cubierto, va y viene mientras le empuja la gruesa barra en las entrañas, sin piedad, cayéndole encima, aplastándole totalmente contra la cama con su peso, gruñéndole como un animal en celo en un oído, dándole ladeando, en un sentido y otro. El peso del sujeto le aplasta totalmente, reteniéndole las manos contra el colchón, aunque sigue apretándole los pezones, y la jaula de castidad, totalmente pegada a la cama, le molesta.

   -Oh, sí, tu culo aprieta sabroso, se nota que le gusta mucho esto, jejejejeje. –le gruñe al oído.

   E incrementa aún más las inmisericordes embestidas, provocándole un estremecimiento a Luis, quien ladea el rostro con los ojos muy cerrados, una sombra de lágrimas en ellos y los dientes apretados con fuerza mientras las venas en su frente abultan.

   -Toma, toma, perra. –le ruge casi con odio, empujándosela para estimular esas entrañas a que respondan espasmódicamente, como lo hacen tensándose para protegerse, brindándole mayor placer y haciendo consiente a Luis de las enculadas.- Llegará el momento en que esto te encantará. Que soñarás con que te haga así, así… -saca y mete con fuerza.- Llegará el momento cuando sólo desearás esto, que te llene con mi verga; esto te parecerá tan normal y obvio que no entenderás como viviste tanto tiempo creyendo que eras un hombre de verdad, engañando de paso a Adriana.

   Las palabras humillan, hieren… y asustan a Luis, quien se revuelve contra la cama, y apoyando la frente del colchón, eleva su cuello como si fuera recorrido por una intolerable ola de dolor… ¿o no?

   -Oh, sí, perra. Llegará el momento cuando al escucharme decirte así, perra, puta, esclavo, te pondrás medio duro dentro de tu jaula de castidad. De pura emoción. Créeme, se te pondrá a pesar del poco espacio, porque una jaula de castidad, puesta a perpetuidad, te la irá reduciendo de tamaño, jejejejeje…

   Luis quiere gritar un no, alzarse y empujarle… pero ya no tiene fuerzas para luchar.

   -Si, bajo mi dirección generosa terminarás convirtiéndote en la reina de las putas; en la zorra más caliente de toda Ciudad de México, jejejejeje…

……

   Mierda, se dice ahora, encarándole. Esperaba en el fondo, aunque necesitaba verle, el no encontrarle, reconoce Daniel Saldívar, pálido de cara, gesto serio frente a esa puerta. Para colmo, nota la sorpresa del otro, quien evidentemente no le esperaba encontrarle allí. Y el ceño que se forma en su frente, indicaba que tampoco le hacía gracia la visita.

   -Saldívar, qué sorpresa, ¿tú por mi casa? ¿Te faltó algún insulto la última vez que hablamos? –pregunta Román Mendoza, mirándole con recelo, cruzando los brazos sobre el pecho, el cual va cubierto por una camiseta sin mangas; usa también una pantaloneta parecida a la del otro. Llevando incluso zapatos deportivos parecidos.

   -Yo… eh… necesito hablar contigo. –el joven le arranca finalmente las palabras a su lengua.- ¿Estás solo o anda Tellerías, tu novio, por aquí? –no puede evitar la puya. Los nervios, la incertidumbre ante el paso que da, le altera; efecto que se maximiza con la cara agria del otro. Quien le estudia fijamente.

   -Está en su casa, ¿quieres verlo? Puedo llamarle. Sabes cuánto le agradas. –Román responde con igual tono. Poco hospitalario.

   -Joder, no, tengo que… -traga en seco, muy rojo de cara.- Mendoza, ¿puedo pasar? Tengo que… contarte algo, güey, pero la verdad es que ni en un millón de años podría hacerlo aquí, en tu puerta.

   El tono azaroso, la palabrita, la urgencia, acentúan el desconcierto del otro joven, quien se ladea permisándole la entrada.

   -Espero que no vayas a salirme  una chorrada. –le advierte.

CONTINÚA…

Julio César.

SIGUE EL DILEMA… 26

junio 7, 2018

SIGUE EL DILEMA                         … 25

   Basado en caracteres creados por capricornio1967

   Tiene tanto para ti.

……

   -¡NO, NO, POR DIOS! –ruge Luis, completamente aterrorizado, temblando literalmente como una gelatina, casi arrebatándole la pequeña prenda al otro hombre de las manos.

   Aunque sonríe complacido para sus adentros, Franco le mira feamente, todo mal encarado, brazos cruzados ahora sobre su recio torso. La verga abultándole de manera visible. Luis, por su parte, se inclina e intenta alzar una pierna para comenzar a entrar en la pantaleta de Adriana, pero no puede hacerlo, se va de lado y hacia atrás. El entrenador no le ayuda así que cae de culo sobre la cama y laboriosamente mete sus pies, erizándose de disgusto y repulsa mientras la suave tela se adhiere a sus piernas depiladas (¿cómo podría explicarle todo eso a su mujer?), subiéndola. La mirada se le nubla un tanto al ceder así, pero no le queda otra alternativa. Mientras se levanta, apoyándose con una mano sobre la cama, la pantaleta enrollada sobre sus rodillas, mira aterrorizado hacia la puerta, temiendo en todo momento que Adriana aparezca y le vea, ahora, en situación aún más comprometida.

   Como sea, sabiendo que no tiene otra opción como no sea obedecer totalmente, termina de subirse desmañadamente la prenda. Enrojece, la presión de la tela contra la jaula de castidad, así como su peso, le hacen totalmente consciente de ella. Evita mirarse al espejo del tocador, siente como la tela cubre su baja espalda y desciende sobre su trasero, firme por los ejercicios y la bicicleta, terminando poco después metiéndose entre sus glúteo. Era medio chachetera. Siente la presión también por detrás. Había comprado eso en un momento de locura, rojo de cara ante una vendedora, para sorprender a Adriana, y porque quería verla usándola. Ahora…

   Tragando en seco, hombros caídos, alza la mirada hacia Franco, quien sigue mirándole feamente. Nada complacido. Y eso le asusta.

   -Me has desobedecido, esclavo, y sabes que eso está mal. –le dice entre dientes.- ¡CUANDO TE ORDENE ALGO TIENES QUE HACERLO INMEDIATAMENTE! –le grita, acercándosele, bañándole la cara con gotitas de saliva.- Así sea usar pantaletas para atender al cartero, salir desnudo a barrer el patio, bailar el culo para otros hombres cuando te toque o beber mi orina. ¡TIENES QUE OBEDECER, PERRA! –y le abofetea con cierta fuerza, estremeciéndose de lujuria al hacerlo, al estrellar su palma de ese rostro viril, viéndole hipar y bajar la mirada. ¿Con algo de rebeldía brillando aún en sus ojos? Ojalá, así era mejor.- Y no me llamaste “maestro”. No agregaste el “gracias, señor”, por intentar corregirte. Eso es intolerable.

   -Yo… yo… lo siento, maestro. Gracias, señor. -intenta rectificar.

   -Eres una perra tan estúpida. Pero yo te enseñaré a obedecer. –le dice mirándole a los ojos, esperando.

   -Si, maestro. Gracias, señor. –es la rota respuesta.

   Eso hace inmensamente feliz al hombre, pero no basta. No si quería enseñarle su lugar de manera definitiva, aplastando toda esperanza de escape. Luis debía saber a lo que se exponía. Claro que eso tampoco le salvaría.

   -A la cama, perra. –le ruge, aferrándole uno de los anchos y recios hombros, volviéndole y obligándole a caer de panza sobre el colchón, nuevamente cruzado sobre él. Casi contiene un jadeo, la nuca con el varonil corte de cabello, corto, la ancha espalda, la estrecha cintura, el alzado trasero destacándose bajo la suave pantaleta de Adriana, todo eso le altera. Le excita, pero no era momento para eso. Debía ayudara su esclavo a ser más sumiso, más obediente. Mejor.

   Inclinando una rodilla en la cama, el otro pie sobre el piso, Franco apoya la palma de su mano izquierda, abierta y caliente, sobre la espalda de Luis, y alzando la mano derecha, también abierta, estrella la palma contra la nalga derecha. ¡Paff! El sonido llena la estancia.

   -PERO, ¿QUÉ HACES? –tomado por sorpresa, Luis olvida su posición, el tono que debe usar y aún el que no debe alzar la voz.- ¡Ahhh! –chilla cuando la nalgada se repite, con más fuerza, sobre el mismo glúteo, que enrojece rápidamente.- No, espera… -paff, paff, paff. El sonido lo llena y domina todo.

   Alarmado, y adolorido, Luis intenta revolverse, pero el agarre de Franco es firme. Y ya tampoco está como para pelear mucho. Pero se agita y contrae sus nalgas cuando un nuevo azote estalla nuevamente contra su glúteo derecho. Paff, finalmente uno cae sobre el izquierdo, como para descontrolarle. Los azotes se repiten sin cesar mientras le lloriquea que se detenga, que no siga, agitándose sobre la cama. Un tipo grande, masculino, pero en pantaleta siendo azotado por otro tío, gimiendo porque eso, de verdad, dolía. Paff, paff, paff…

   Franco tiene la verga imposiblemente dura, pulsante y babeante, mientras le aplica aquella sanción. Lo azota con fuerza, mucha, tanto que le hormiguea la palma, para luego sobar, con fuerza, la roja e irritada piel que quema. Luis ya no grita, casi no se mueve, tan sólo se queda muy quieto, resistiendo, soltando bajos ayes, contrayendo sus nalgas en preámbulo al azote. Jadea y sonríe como un predador, con los labios abiertos, ojos llameantes de lujuria. Paff, paff.

   Le estaba nalgueando, pero también sobándole, Luis sentía como esa mano, de canto, se metía entre sus nalgas, sobre la tela de la pantaleta. Y sabía muy bien lo que significaba. Estaba preparándole, excitándose para tomarle. Mordiendo la sábana, ojos fuertemente cerrados, rostro contra el colchón, sabe que será poseído otra vez por ese hombre, quien nuevamente se la metería, robándole lo poco que le quedara de hombría. Y que ese sería su destino de ahora en adelante.

   -¿Es suficiente, esclavo idiota? –le pregunta con respiración pesada, mirándole.- ¡TE ESTOY HABLANDO, PUTO! –y estremeciéndose, terriblemente humillado, Luis medio vuelve el rostro.

   -Sí, señor. Gracias, señor. –grazna débil, los ojos muy húmedos. Se miran por un momento, amo y esclavo.

   -Tienes suerte que esté de buenas, puto. –le dice sentándose a su lado. Cuando Luis intenta alejarse, le suelta un nuevo azotón.- ¡Quieto! –temblando, contrayendo las nalgas como para protegerse, de una palmada… o de una invasión a su culo, el padre de Daniel, marido de Adriana, se queda quieto.- Si vieras lo bien que te ves así, todo sometido, con tu pantaleta y tus nalgas enrojecidas con las marcas de mis dedos. Seguro que todo este tratamiento ya te tiene de humor, ¿verdad? La concha bien mojada y caliente.

   Las implicaciones, que aquello pudiera gustarle, excitarle, le ofenden; no, tan solo le humillan y rebajan aún más. Sabe qué espera escuchar.

   -Sí, señor. Gracias, señor.

   -Lo sé, perra. Sé qué y cómo te excitas. -le ofende.- Déjame ver. –se pone de pie, tras él, inclinándose.

   Luis aprieta los dientes al sentir las manos grandes y toscas atraparle la cintura y halarle un poco hacia el borde del colchón, luego caer sobre sus nalgas adoloridas, apretando, lastimándole, obligándole a tensarse. Tanto que al otro le cuesta separarle los glúteos, lo que tal vez quería desde el principio por el placer de hacerlo. Por un segundo quiere luchar, continuar cerrándose, pero ese hombre le doblega, le separa las piernas con las rodillas y luego, con dedos toscos, le aparta a un lado la pantaleta, dejando al descubierto su culo, el culo que tanto desea.

   -Si, estás caliente, perra, jejejejeje…

   No puede responder, toda su atención está concentrada en tolerar la molestia en su piel por los azotes y por los gruesos pulgares que caen sobre su entrada, frotando, halando lateralmente en sentido contrarios, abriéndole, lastimándole más. Ya le había hecho eso antes, y dolía.

   Es una tortura total, las palmas contra su piel sensible, las haladas bruscas, hasta los soplos que este hace. Se tensa y se muerde los labios para no gritar, cuando un dedo, seguramente el índice de alguna de sus manos, caen en la entrada, empujando y abriéndose camino, metiéndosele. Falange a falange. El dedo entra lentamente, en marcha triunfal de su plaza ahora tomada. Lo entiende. Franco le hacía consciente de su poder. Y hacer eso, metérselo hasta el puño, para luego retirarlo, empujando un poco hacia sus bolas, lo hacía para torturarle. Para que fuera consciente de lo que le hacía, y que podía hacérselo. El dedo casi sale, halándole de lado la entrada, y vuelve a clavársele. Se lo mete todo y comienza a agitarlo. Y Luis aprieta los dientes, la sangre aúlla en sus oídos y el sudor le cubre la cara a pesar del aire acondicionado. La respiración jadeante, pesada de Franco, no presagia nada bueno.

   -Oh, sí, este coño tiene hambre, perra estúpida, jejejejeje…

   ¡Dios!, ruge para sí, Luis, mordiéndose el labio inferior, el corazón martillándole con fuerza en el pecho.

   Aún con el dedo clavado en su culo, entrando y saliendo, siente el azotón de algo duro, caliente y pulsante contra sus nalgas enrojecidas. Casi parecen cachetadas. ¡La verga de Franco! Se la había sacado del pantalón y ahora venía por lo que tanto deseaba.

   -Mira cómo encaja. –le oye decir, ronco y bajo, burlón, mientras la separación entre sus nalgas, al retirarse el dedo, es recorrida por esa barra masculina. De adelante atrás, notando las bolas del hombre. Las manos atrapan sus nalgas, apretando una contra la otras, para que opriman mejor el cuerpo venoso de su tranca en el ir y venir. Y debía sentirse bien, porque Franco lanza un prolongado gemido de gusto. Nota perfectamente cuando lo retira, para que la punta, sabe que es el glande, regrese y azote su entrada depilada.

   -Oh, sí, si pudieras verlo. Los labios de tu vagina anal se abren con glotonería.

CONTINÚA … 27

Julio César.

EL PEPAZO… 93

junio 5, 2018

EL PEPAZO                         … 92

De K. El cual no aparece ni responde correos. Me habló del relato y quiero medio terminarlo, lamentablemente eso le hará todavía “más parecido” a un cuento mío, como se quejara hace tiempo alguien.

  ¿Lo quieres?

……

   Verlo allí, así, llenársele la mente con el significado de aquello casi le provoca una caída, tanto así se le debilitaron las piernas. Alguien había encontrado la vaina esa en el auto y lo había destapado. Y quien fuera que lo encontrara, lo dejó en su locker. Porque tenía su nombre, no cabía equivocación. Traga saliva mientras se le nubla un poco la vista.

   Maldita sea, debió dejarlo en el apartamento. O botarlo por el camino como era la idea. Ahora… lo mira y lo mira. Sabe perfectamente de qué puede tratarse, pero la curiosidad, una urgencia le empuja a tomarlo y verificar. La caja medio abierta es dejada por fin sin cubierta. Después de lanzar una culpable y timorata mirada alrededor. Todo estaba silente y solitario. Y si, frente a sus ojos, pintado sobre la blanca superficie y visible además por una ventanilla de plástico transparente, encuentra un dildo. Las manos le tiemblan. Era grueso, largo, un poco curvo, como una verga real. De hecho… La cara le enrojece un poco más. Se parecía a la herramienta de su compañero de trabajo, y amante de la noche anterior, Rigoberto Linares. Pero era más…

   No era sólo un consolador, una pieza de goma. La base contaba con baterías. Era un grueso vibrador de color oscuro. Negro lustroso, rugoso.

   Mierda, debía ocultarlo. Esconderlo. Salir con él de alguna manera y deshacerse de esa comprometedora pieza. Y sin embargo, contra toda lógica y sentido común, mirada fija, abre la caja por uno de los extremos y saca el juguete de goma. Algo pesado, consistente, no inflexible del todo. Y la cara le enrojece, siente un calor traicionero recorrerle todo el cuerpo. Su culo… se agita. No, no, debía salir de ahí, se dice mientras sostiene la base en la palma de su mano izquierda abierta, y cerrando el puño derecho sobre el cuerpo, lo aferra. Era como sostener uno real, pero frío. Agita el puño, arriba y abajo, masturbándolo, dejando escapar un jadeo. Santa mierda, el material parecía ir calentándose un poco por la fricción. Nuevamente tragando en seco lleva los dedos al glande de goma, palpándole los detalles anatómicos, friccionando, calentándolo. Y loco como está, se roza la cara con él, estremeciéndose. La calidez era notable. Vuelve a frotar el falso glande, calentándolo, y después de volver a mirar en todas direcciones, lo lleva a sus labios cerrados, estremeciéndose todavía más. El olor del material era… agradable, fuerte. Masculino. Y entreabriendo los labios, lo recorre y deja algo ensalivado.

   Su respiración es pesada. Sabe que está cometiendo una locura pero no puede detenerse. Aferrando el tercio inferior del juguete con el puño de la mano derecha, con el glande se frota las tetillas que tiene bien hinchadas desde que tocara el infernal juguete, restregándoselas. Y se siente tan bien que ahora si da un paso atrás, débil. Se acaricia y se acaricia con el falo de goma como si no pudiera detenerse. En un momento dado lo lleva a su boca y cubre el glande y se mete algunos centímetros de material, lamiendo… y mordiendo un poco, como nunca se podría hacer con una verga real. Y el olor era… Lo saca y lo mete, chupándolo, recordando a los hombres que ha conocido en tan poco tiempo, todos ellos grandes, hermosos, viriles y bien dotados. Todos ofreciéndoselas, tocándole con ellas.

   -Hummmggg… -se le escapa ahogadamente, con sensual voluptuosidad. Su propio tolete bien duro mientras alza el rostro y con el puño más arriba, saca y mete el juguete de su boca. Como quisiera…

   El olor y hasta el sabor le tienen mareado y excitado. Sabe que el culo le late, que lo tiene caliente y totalmente mojado. Por eso no es sorpresa ni para él que, sacándolo de su boca, con un leve pop por la chupada que le daba, lo lleve a su trasero, azotándose levemente. Fijándolo al final de su espalda, entre sus nalgas, de base a punta, subiendo y bajando el cuerpo del falo, echa su trasero de adelante atrás. Totalmente trastornado.

   Debe parar, tiene que terminar con eso, se dice más excitado y angustiado, pero sin hacerlo. El roce de su trasero contra el dildo… Imagina que si… No, No, es una locura, le grita una voz en la cabeza, tan alto y descontrolada que no la reconoce ni como suya, pero no puede contenerse. El culo la late de una manera insoportable, torturantemente erótica. Necesita, por lo menos, clavarse un dedo. Lo sabe y eso le tensa. Con manos febriles, dejando el dildo en su locker, igual la caja, se abre la correa del pantalón, bajándolo un poco, despejando tan sólo su trasero y pelvis, la verga deformándole la suave y curiosa tanga hilo dental roja, que aunque es increíblemente chica, se extiende y abarca todo. La tira sobre su raja interglútea, la presión contra su agujero parece incrementar las urgencias que tiene.

   Respirando con dificultad, con el corazón latiéndole a millón, toma el juguete sexual, apretándolo con la mano, rozándose la silueta de su verga sobre la tanga, esta estremeciéndose de manera visible y soltando baba. Tiene que morderse los labios para no gemir como una perra en celo mientras sigue con la perturbadora caricia. Hasta que el calor en su culo se hace tal que teme quemarse. Con la mano libre se aferra una de las muy duras nalgas, halándola un tanto, despejando el camino, la tirita roja viéndose sensual entre los glúteos separados, y con la otra mano lleva la negra y lustrosa punta a la raja, recorriéndola sobre la tirita.

   -Ohhh… -se le escapa un chillido de emoción, mordiéndose los labios para contenerlo cuando comienza un sube y baja del juguete, del tronco sobre su piel, que se calienta tanto como el juguete.

   A lo lejos oye el motor de uno de los autos y se congela, ¿alguien volvía, salía? ¿Pasaría por allí? El corazón le retumba de excitación y temor, pero sólo se detiene un segundo o dos. A pesar del peligro sigue frotándose, pasándoselo una y otra vez, con los labios apretados, el culo un tanto echado hacia atrás, el saco medio cubriéndole.

   Y así le vio, sorprendido, dándole la espalda, el sujeto que entró.

CONTINÚA … 94

Julio César.

SIGUE EL DILEMA… 25

mayo 31, 2018

SIGUE EL DILEMA                         … 24

   Basado en caracteres creados por capricornio1967

   Papá quiere jugar…

……

   Conmocionado, embotados sus sentidos, desbordado por el control de Franco, bajo su cuerpo, que le recorre las nalgas con los dedos, pellizcándole fuertemente, agitándoselas, abriéndolas, dejando expuesto su culo rasurado y el maldito tatuaje, Luis tan sólo puede pensar que Adriana podría entrar en cualquier momento.

   -No, no… Basta. –se le escapa de los labios, congelando al otro bajo él. Sus miradas se encuentran.- Yo… señor, mi esposa… -termina rindiéndose, odiando por ceder.

   -¡SILENCIO, PUTO! –el bramido, que seguramente se escucharía por toda la cuadra, piensa estremeciéndose Luis, le sobresalta. La mirada dura y peligrosa de Franco casi le congela de por sí, recordando, de manera rápida y culpable, la de su propio padre cuando era un crio y era desobediente o travieso, y este de un vistazo le decía que estaba actuando mal y que recibiría un castigo.- Eres mío para hacer contigo, y tu cuerpo, lo que yo quiera, esclavo. ¿Es que aún no te queda claro, puto estúpido?

   -Yo… sí, señor; pero esto, aquí…

   -Si quiero tu coño en estos momentos, lo que antes era tu culo pero ahora es tu concha de puto, lo tomo. ¿Te queda claro? –y Luis casi tiene que morderse los labios para no gritar que no podía tratarle así, que esa era su casa, que su mujer estaba pocos cuartos de allí.- ¿ESTA CLARO, PUTO?

   -Sí, sí, señor… -jadea, aunque el “pero” queda flotando. Franco lo sabe, lo percibe. Y lo disfruta. Sus gruesos y largos dedos velludos parecen clavarse aún más en las nalgas de su viejo enemigo deportivo del colegio.

   -Nada, puto. Si quiero algo, lo tengo. –le gruñe apartándole a un lado, saliendo de la cama y casi obligándole a sentarse. Luis le mira la maldad brillar en los ojos.- Si quiero que abras una de las gavetas de tu mujer y que busques su pantaleta más atrevida y la uses, ahora, para mí, tú lo harás, ¿entiende el punto, esclavo estúpido? –cruelmente detalla disfrutando de su victoria. Lo siente, lo nota por la manera en que ese hombre, otrora grande y fuerte, se va quebrando más y más bajo su presión, bajo su control. Espera una respuesta, no llega y lo abofetea con cierta fuerza.- ¿LO ENTIENDES, PUTO?

   -Si… sí, señor. –Luis no puede hacer otra cosa, respirando agitadamente, era como si el oxígeno no llegara a sus pulmones. Ese hombre le tenía en sus manos. Le mira, desvalido, queriendo preguntarle tantas cosas. ¿Por qué le hacía eso?, ¿cómo podía actuar de aquella manera?, ¿de dónde le nacía tanta maldad, tanta enfermedad? Y un vago temor le embarga, ¿siempre había sido así el hombre que dirigía el entrenamiento y la vida deportiva de su hijo Daniel? ¿Ese monstruo siempre fue eso, estando al lado de su hijo?

   -¿Entiendes que no tienes escapes? ¿Qué tu único camino a seguir es este, el que te trae a mi verga? –le pregunta deliberadamente, atrapándose nuevamente en un puño la impresionante erección bajo su pantalón, una que casi parece latir bajo la áspera y gruesa tela, que se moja un poco, evidenciando lo emocionado que está.

   -Si… señor. –grazna, sin fuerzas. Le espanta la sonrisa de diabólico triunfo en la mirada de Franco.

   -Maestro. Ahora me dirás maestro. O simplemente amo. –le puntualiza y espera. Le ve tragar, enrojecer la cara, los labios pálidos temblarle un poco antes de hablar.

   -Si, maestro.

   -Jejejejeje, bien, bien. ¿Sabes lo que tu maestro quieres y espera de ti, puto estúpido? –y Luis quiere caer en la cama, cerrar los ojos y morirse, imaginándose fácilmente mil tormentos.

   -No, maestro.

   -Me lo imaginaba, porque eres increíblemente estúpido, un esclavo de lo más inútil, lo sabes, ¿verdad? –se burla, le humilla.

   -Si, maestro.

   -“Si, maestro. Gracias, señor”. –puntualiza nuevamente.- Debes agradecerme cualquier atención para contigo, tonto esclavo. –tensa aún más la cuerda, disfrutando cada instante de su triunfo, erizado de ganas, la verga goteándole copiosamente de puro gusto.

   -Si, maestro. Gracias, señor. –la voz de Luis sale rota, los hombros le caen con mansedumbre. Era un hombre sometido.

   -¿Qué quiero?, tu culo, aquí y ahora. Quiero que entiendas que soy tu dueño, que te controlo totalmente. Eres mío, puto miserable. Debes entender que me perteneces completa y totalmente, en todos los aspectos. Tu vida es ahora mía. Y quiero que lo digas, que lo sabes, QUE SOY TU DUEÑO.

   Tragando aún más, Luis no responde, ¿decir qué? Las palabras, las imágenes que conjuran, todo le parece una pesadilla que gira y gira en su mente embotada, frustrada e impotente.

   -¡DE PIE, MARICA! –le ordena de manera brutal.

   Tembloroso, sabiendo que no tiene opciones, Luis obedece.  Las piernas le fallan un poco, pero lo hace, queda de pie frente al otro, cuyos ojos relucen de burla cruel. Sabía lo que debía parecer, desnudo de la cintura para abajo, todo rasurado… usando la maldita jaula de castidad frente a su enemigo. Inconscientemente sus manos se cierran en puños. Franco sonríe cruel.

   -¿TIENES ALGO QUÉ DECIR, PUTO? –el rugido es atronador. Adriana debería…

   -No, maestro. Gracias, señor. –responde casi automáticamente.

   -Vas aprendiendo, como los cachorritos, jejejejeje. Quítate el pijama.

   Rojo de cara, con manos torpes, obedece. Le cuesta sacar los botones de los ojales por los dedos embotados y los nervios.

   -Enséñame las pantaletas de tu mujer. –Franco le vigila como un halcón.

   Tragando en seco, Luis parpadea.

   -¡VAMOS! –le grita atrapándole la nunca, virtualmente guiándole como a un niño reacio a la enorme peinadora con los gaveteros.- Enséñame las prendas de tu mujer, escogeremos una hermosa y la modelarás para mi, para que tu coño de puto me sea aún más apetecible. –al lado del mueble le empuja.

   Tomado por sorpresa, y algo mareado aún, Luis apoya las manos del mueble, dejando su espalda y nalgas al alcance de la codiciosa mirada de Franco, a quien se le acalambra la verga bajo las ropas. Todavía dudando, pero sabiendo que no tiene opciones, el hombre abre una de las gavetas, donde dobladas en perfecto orden, muchas prendas íntimas de su mujer descansan. Baja una mano pero no puede tocarlas. Mancillarlas de esa manera.

……

   Terminándose distraídamente la taza de café, Adriana no puede dejar de preguntarse qué estarían hablando en esos momentos Franco y su marido. Y si serviría para arrojar algo de luces sobre el problema que parecía haber caído sobre su casa, afectando a su hijo y a Luis. La vida de ella. No le gustó la idea de aplicar ese calmante para los nervios al te de su esposo, pero francos podía tener razón, si el otro se alteraba en cuanto se quería hablar del problema, lo mejor era sedarle un tanto. Cualquier cosa con tal de que hablara. Sin embargo…

   No puede dejar de sentir que le falló. A su marido. Y la idea la abruma de una manera amarga. Deja la taza sobre la mesa. Había estado bueno el brebaje, pero no pudo saborearlo. Disfrutarlo. ¿Y cómo con tantos problemas? ¿Debería ella, acaso… llegarse y saber de qué hablaban los dos hombres? Aunque Franco le había pedido paciencia, y un tiempo para conversar a solas para que se  sintiera cómodo, no puede dejar de sentir que su lugar estaba allí, con ellos.

   Y la idea se le hace convicción. Obsesión. Debía estar al lado de su marido.

……

   -¿QUÉ ESPERAS, PUTO? –grita nuevamente Franco, impaciente, pero también para humillarle más.- Adriana, tu esposa ante Dios y los hombres, es una buena mujer, pero seguro que guarda algo bueno y bonito por ahí. –le hiere con las palabras, medio apartándole y rebuscando de manera obscena en la gaveta. Luis siente rabia, un deseo salvaje de plantarle cara, de cerrar esa gaveta y fracturarle la mano que osaba tocar las posesiones íntimas de su mujer.- Ah, sí, esto sirve…

   Luis traga en seco, sintiendo que todo gira más rápido alrededor, aunque siente la mente más clara. Sabe que es la mezcla de vergüenza, derrota e impotencia lo que le altera. Mira lo que el hombre a su lado, triunfal, alza para que lo vez. Una pieza delicada de su mujer, algo atrevido que él mismo le regalara. Una prenda sedosa, de color lila, algo más corta de lo que usualmente lleva una buena matrona. Algo que a la mujer le coloreaba las mejillas al usarla en momentos especiales. Porque hasta eso, los buenos momentos con Adriana, lo afectaba, y ensuciaba, ese sujeto.

   -Ponte la maldita pantaleta antes de Adriana venga. –ordena.

   No, no puede hacerlo. Sabe que debería o el vengativo sujeto podría hacer algo malo, pero no puede. Es mayor a sus fuerzas, se dice Luis; a pesar de sentir sobre si la mirada vigilante, alerta y peligrosa de Franco.

   -¿Te resistes, puto? –atrapándole con la mano libre la nuca, le acerca a su rostro, hablándole a la cara, bañándole con el aliento y una que otra gota de saliva.- Vas a lamentarlo, lo sabes, ¿verdad? Tengo que hacerlo porque me obligas. Debes aprender que tu lugar es a mis pies, de rodilla, sumiso y ansioso por obedecerme y complacerme como un buen esclavo sexual. –le dice a manera de advertencia. Y Luis tan sólo tiembla, incapaz de reaccionar. Viéndole volver el rostro hacia la puerta cerrada, ¿y asegurada? ¿Lo hizo o cualquiera…?- ¡ADRIANA! ADRIANA, VEN ACÁ. ¡TIENES QUE VER ESTO!

CONTINÚA … 26

Julio César.

SOBRE EL DILEMA

mayo 29, 2018

HE AHÍ EL DILEMA…                         DEL DURO Y SUCIO

   Y vaya que un chico así da ideas…

   Nunca dejaremos de lamentar que capricornio1965 no continuara, o finalizara, obras tan buenas como Soldado Americano y El Suegro. Especialmente este, moría por saber si habría, finalmente, boda o no, y qué pasaría luego. Cómo ese sujeto se las arreglaría para continuar sometiendo a su yerno. Y este miso, El Dilema. O eso me decía por ese entonces, que estaba inacabado, porque cuando terminé de leerlo, finalmente, si parecía terminado. Era un final abierto para que cada quien imaginara lo que deseara. Bueno o malo. Pero no lo noté hasta ofrecer continuarlo. Y me pasó como cuando me emborracho y me comprometo a bautizar muchachos, me tomaron la palabra.

   Como fiel creyente en la justicia de El Tribunal del Diablo, como ya he señalado, mientras leía las desventuras de Daniel Saldívar, pensé, lleno de rabia, en lo justo que parecía un castigo para Franco, por eso me comprometí, más conmigo mismo que otra cosa, a darle un final versionado. Y en eso andaba, más o menos, porque voy algo retrasado. ¿Cuál era mi plan?, que Daniel escapara del control de Franco y se vengara enviándole a la cárcel. Idea que parece no gustarle a mucha gente, quienes consideran (y sí, es la esencia de un relato de malditos), que el entrenador debía vencer ya que fue el más listo, tenaz y comprometido en su tarea: romper y someter al muchacho y a su padre (¿no es, en cierta medida, una insólita declaración sobre nuestra era?). Lo entiendo, aunque, en verdad, no lo comparto tanto. Por el Tribunal. Joder, quería a Franco con las tripas afuera.

   Por un tiempo no supe qué hacer, y por eso, aunque escribo y escribo, no se veía clara la dirección que tomaba el relato (algo terrible para cualquiera que redacte); la idea de padre e hijo compartiendo cautiverio y esclavitud no terminaba de gustarme, la verdad sea dicha. No porque no sea excitante, he leído otros relatos así, muy buenos, sino porque no me parece justo para con Daniel. Ahora, como ando en la onda de ir cerrando muchas historias (demasiados autores me han dejado en la estacada), y ya suman un número alto entre las que no terminé por falta de interés de los lectores o porque  perdí los archivos en algún ataque viral (me pasa a cada rato, actualmente lucho con una mugre infernal llamada ByteFence) o porque las páginas donde las buscaba cerraron, voy a ir rematándolas comenzando por esta.

   Para ello, salir lo mas rápido, ni seré exquisito en la trama ni la iré enredando, o nos va a agarrar el año que viene (¡¡¡ya estamos por comenzar el mes seis!!!), regresaré a la idea original, aunque en esta versión Franco no perderá del todo. O no recibirá lo que tenía pensado para él, desde ir a la cárcel hasta convertirse en la perra de todos. El final pensado para Daniel me vino de una película mexicana muy grata que vi hace tiempo, sobre un joven que debía ir a Acapulco a arrojar las cenizas de su abuelo. Ahora bien, cuando digo que voy a rematarla, lo hago desde el punto de vista de capricornio1965, quien es diabólicamente detallista en sus narraciones. O lo era, porque persiste el rumor de que nuestro autor preferido tal vez haya muerto. Sería todo una pena. Por él y su familia, por su trabajo y nosotros.

   Bien, como ya he indicado antes: no todos quedarán muy contentos al final. Pero será un final.

Julio César.

SIGUE EL DILEMA… 24

mayo 26, 2018

SIGUE EL DILEMA                         … 23

   Basado en caracteres creados por capricornio1967

   En la pileta es que era bueno…

……

   Mi aún mirando todas aquellas cosas, sobre su cama y en la mano de aquel hombre, comprende del todo. Ni acepta que sea real. Intenta levantarse, sentarse, pero resbala en sus propios codos sintiéndose increíblemente embotado, débil. El cuerpo no le respondía bien. Y la sonrisa del otro, que sigue mostrándole aquella vaina que le aterra de forma terrible, le hace entender.

   -¿Qué…? ¿Qué hiciste, me drogaste? –la voz sale graznada.

   -Fue Adriana. –le impacta, y goza de su confusión, de su sensación de traición.- Debiste ser honesto con ella, decirle que su coño te desagradaba ahora que tenías un nuevo amor: una buena verga. No debiste deprimirte por engañarla, así ella no se habría angustiado, intentando saber qué te ocurría. Se preocupó, ¿y qué crees? Fue donde me ofrecí a ayudarla a ayudarte, jejejejeje… -agrega mientras ominosamente se le acerca, disfrutando de su confusión, ira, impotencia. Y temor. Su puto le temía, y vaya que tenía motivos para hacerlo.

   Luchando aún por comprender y presentar algún tipo de resistencia, Luis le escucha atónito ante su osadía. ¡Utilizó a Adriana contra él! La hizo su cómplice involuntaria e inocente… ahora iba por su “premio”. Emocionado, si la erección bajo el jeans era indicativo de algo.

   -¡Lárgate! –grita robándole algo de fuerzas al mareo, la sensación de vacío y caída que le domina.

   -Baja la voz, ¿o quieres que Adriana te escuche y venga a ver qué ocurre? –le pregunta con una mueca rapaz, sonriendo ante su encogimiento en la cama.- ¿ESO QUIERES, PERRA? ¿QUÉ VENGA TU MUJER?–ruge, sorprendiéndole.

   -No, no… -casi balbucea, sintiéndose mal por ser tan cobarde.

   -Jejejejeje, ya me lo parecía, tanto miedo así tienes a que se conozcan tus secretos, ¿eh? Lo de nuestra relación.

   Bajando la mirada, todavía luchando contra la ola de debilidad, todo en Luis refleja la verdad que se oculta tras esas palabras. Si Adriana supiera…

   -¿Qué…? ¿Qué quieres? –pregunta derrotado, deseando más que nunca arrojarse sobre aquellas cama, cerrar los ojos y dormir. O morir.

   -Que te pongas esto. Un cinturón de castidad para que no puedas jugar con tu cosita, que ya no te pertenece. –dice en tono claro y deliberado, sosteniendo el adminiculo de rosado material traslucido.

   Luis balbucea sin palabras, la mirada vidriosa vagando de esa cosa al rostro cruel e implacable de su torturador.

   -Franco, no; no puedo…

   -Señor. Debes decirme señor. O amo. –le aclara sonriendo de manera terrible.- Y si, te lo pondrás. Tu inútil verga estará presa hasta que yo lo diga.

   -Es una locura; por Dios, no puedes esperar que…

   -No espero nada. Te lo estoy ordenando. –es duro, y entrecierra los ojos, rostro severo, pero disfrutando por dentro de los temblores, palidez y rabiosa impotencia de Luis, ese ex atleta universitario que le derrotara tiemplo atrás y a quien siempre ha odiado.- PONTELO DE UNA PUTA VEZ ANTES DE QUE ADRIANA VENGA A VER QUÉ HACEMOS. –lo grita todo.

   -No… no puedo. Por favor, por favor, Franco, no me obligues… -su rostro se contrae y el hombre prácticamente tiene que luchar contra el llanto frustrado e impotente.

   -Señor. ¡SOY TU DUEÑO Y SEÑOR! –le grita feo, haciéndole casi pegar un bote en la cama.

   -Yo… yo…

  -Dilo. ¡DILO!

   -SEÑOR, ERES MI DUEÑO Y SEÑOR. –grita angustiado, cayendo de espaldas y cubriéndose la boca con las manos. Si Adriana le oye…

   -Póntelo. Ahora.

   -No podría. Me siento…

   -Eres una puta tan inútil. –finge estar molesto, hincando una rodilla en el cómodo y amplio colchón matrimonial, atrapándole un hombro y obligándole a sentarse. A Luis todo le da vueltas y tiene que llevar las manos al colchón para sostenerse.- Te ayudará… esta vez. Porque soy un amo generoso.

   Con brusquedad le hace ponerse de pie, tembloroso y vacilante, el sedante era fuerte.  Y cuando medio lanza un quejido de protesta, e incluso baja una mano para impedirlo, Franco ya le ha bajado el pantalón del pijama y el bóxer, dejándole desnudo de la cintura para abajo, arrojándole de culo sobre la cama, sus genitales quedando expuestos. Comprensiblemente flácida y hasta pequeña su verga, dada la humillación y el miedo.

   -Jejejejeje, con esa cosita tan chica creo que necesitarás una jaula menor. –se burla, inclinando una rodilla en la alfombra y empujándole por el pecho, haciéndole caer de espaldas cruzado a lo ancho de la cama, mientras con ademanes bruscos le saca la parte inferior del pijama y el bóxer.

   -Franco, no; Adriana… -con todo dándole vueltas, Luis intenta oponerse. Tanto así era su miedo, y vergüenza, de ser descubierto por su mujer. Paff. La nalgada suena feo.- ¡Ayyy! -se le escapa, al tiempo que uno de los costados de su cadera enrojece.

   -Señor. Debes referirte a mí como tu dueño y señor. –le recuerda con tono molesto, aunque dedicándose ya a alzarle los pies sobre la cama, separándole y abriéndole de piernas, dejando totalmente expuestos los genitales.

   Luis quiere decir mucho más, oponerse, resistirse, luchar, pero no puede. Ese hombre le controla, domina su vida. Unas lágrimas de derrota salen por las comisuras de sus ojos mientras ruega a todo lo que sabe que a su mujer no se le ocurra acercarse, llamar y entrar. Siente la presión contra sus testículos, el cómo su verga va siendo atrapada y encapsulada, y tiene que oprimir los labios para no sollozar ruidosamente.

   -Perfecto. Ahora si eres el esclavo sexual presentable. –oye la voz de Franco, quien se pone de pie, mirándole desde todo su altura, viéndose muy masculino, macho y viril.- ¿Te gusta cómo te aprisiona, puta? ¿No te excita saberte en mis manos?

   -Yo… yo… No… amo. –responde patéticamente.

   -Que mal, porque a mí, si. Mucho. Mira como me tienes de caliente con tus mariconerías. –indica, atrapándose con una mano, sobre el jeans, la voluminosa silueta de su verga erecta, aterrorizando al otro, que bien sospecha lo que ocurrirá.- Si, voy a cogerte, perra. Voy a cogerte a fondo, duro, con todo, por todos tus orificios, hasta por las orejas; y te haré gritar y chillar pidiendo más y más sobre esa cama. La cama que compartes con tu mujer, que está en la cocina; bajo el mismo techo donde vive tu hijo. Te cogeré de a perrita y gritarás, y agitarás tu culo sobre mi verga, y te correrás dentro de tu jaula.

   -Amo, yo…

   Cualquier cosa que Luis fuera a decir queda cortada cuando Franco se le arroja encima, cubriéndole y aplastándole con su sólido y velludo cuerpo, caliente como el infierno, con la verga latiéndole emocionada tras la tela jeans. Luis arruga la cara de manera refleja, cuando la reptante lengua del hombre se abre paso entre sus labios, lamiéndole, palpándole, comenzando un beso apasionado y mordelón.

   Ni los ahogados gemidos de protestas, ni sus manos sin fuerza sobre los hombros del entrenador de su hijo, empujándole lejos, logran apartar al sádico ese. Pero si son horribles los besos, el roce de esa lengua, del bigote haciéndole molestas cosquillas, la barba rapándole, nada es peor a las enormes manos recorriéndole los hombros, los costados, acariciándole como si fuera un apasionado amante. Las bocas se separan y se miran, uno triunfal y diabólico, el otro angustiado, jadeante.

   -Te haré delirar sobre esta cama, puto; la misma donde seguro no puedes complacer a Adriana; no siendo el maricón que eres. Ella merecía algo mejor, a un macho. A un hombre de verdad, pero se engañó contigo. Has sido un chico muy malo, puto mío, jejejejeje…

   Y antes de que Luis pueda responder algo que ni él mismo sabría qué era, la boca vuelve a cubrir la suya, la lengua metiéndosele, agitándose lentamente de un lado a otro, soltando litros de espesa y cálida saliva sobre la suya, tanto que en un momento dado traga automáticamente para no ahogarse, gritando de rabia y frustración para sí.

   -¿Hufff? –gruñe confuso cuando el hombre gira sobre la cama, dándole la vuelta también, quedando él ahora sobre Franco, aunque debilitado y mareado. Pero si plenamente consciente…

   Las manos velludas bajan por su espalda, palpando lo que le pertenece con propiedad y codicia; cada palma atrapa una de sus nalgas, los dedos se clavan en ellas, apretándolas, agitándolas con rapidez, separándolas. Exponiéndole la rasurada raja y el culo.

   -Jejejejeje, ¿será que ya tienes el coño mojado para mí?

…………….

   Sintiéndose frío y caliente en atormentadores intervalos, Daniel no puede reunir la suficiente determinación para salir del coche, mirando hacia la entrada de la casa. ¿Estaría allí? ¿Le escucharía? ¿Estaría de buenas? La rabia y la impotencia atormentan su alma. No quería hacer aquello, sabe que tiene la cara completamente roja porque le quema. Pero no veía otro camino. Tenía que hacer lo que fuera, así sea suplicar y rebajarse, para librarse de esa mierda que cubría sus genitales. Baja del vehículo y camina hacia la entrada, rogándole a Dios que se encontrara en casa… pero también que no.

   Frente a la puerta duda otra vez. Traga y traga en seco. Finalmente llama. Espera, sintiéndose mal. Llama otra vez, ¿y si no estaba? La angustia le domina y toca una tercera vez, convencido de que no había nadie.

   -Ya va, carajo. –ruge una colérica voz al tiempo que la puerta se abre.

  Joder, si estaba en casa.

CONTINÚA … 25

Julio César.

SIGUE EL DILEMA… 23

mayo 23, 2018

SIGUE EL DILEMA                         … 22

   Basado en caracteres creados por capricornio1967

   ¿Puede aceptar que nació para servir y obedecer?

……

   La mujer se congela de incertidumbre, de temor. Algo así, por el estilo, imaginaba.

   -¿Qué ocurre Franco?

   -Es delicado. Debemos hablarlo en persona.

   -Pero…

   -Tu marido tiene un serio problema, Adriana, causado por Daniel. Hay cosas… El chico está fuera de control. Será la edad, o el éxito, pero está mal.

   -¿Daniel? –la sorpresa la embarga.

   -Si, mira, es asunto de tu familia, y Luis lo sabe. El chico… tiene problemas. Creo que está muy crecido desde la medalla y ahora siente que ya no tiene que escuchar a nadie. A los que le aconsejamos prudencia. ¡Ni siquiera me oye cuando intento hablarle del viaje a Los Ángeles! –enfatiza.

   La mujer no sabe qué creer, qué pensar. Si había un hijo increíble, un buen muchacho, era su Daniel. Pero algo, efectivamente grave debía estar pasando que justificara el cambio que había notado en él. Y el cambio aún más dramático de Luis. Se muerde los labios.

   -¿Qué se puede hacer?

   -Eso, hablemos, tú y yo. Para ayudarles. Necesito encarar a Luis sobre el… problema, pero se cierra, no quiere escuchar a nadie. Se ofusca. Creo que lo mejor es que hable con él, allí, en tu casa; pero necesito que efectivamente me escuche. Es donde tienes que ayudarme…

……

   -¡Daniel! –la mujer, impaciente, le llama cuando ve al enrojecido y sombrío muchacho dirigirse rumbo a la puerta de salida. Este se detiene conteniéndose a duras penas. Nunca le había visto así. Furiosamente impaciente.

   -Debo salir, mamá. –responde, pero ella le corta el paso.

   -¿A dónde vas? ¿Qué está ocurriendo contigo, hijo? –demanda saber, entre angustiada e interesada, para ayudarle, pero también alterada.

   -Nada, mamá, son… cosas de la pileta. –no puede mirarla, se siente sucio. Ni puede contenerse.- Tengo que salir.

   -No, no irás a ninguna parte. Necesito que me expliques exactamente qué está ocurriendo contigo y con tu padre. –demanda saber, y se desconcierta cuando este alza la mirada bruscamente, una donde brilla la rabia y la impotencia.

   -Pregúntale a papá. –es la seca respuesta, antes de bordearla y casi correr fuera de la casa.

   -Daniel… ¡Daniel! –jadea en cuanto se recupera un poco, pero este no la escucha. Ni se detiene.

   Mirándole alejarse, viéndose obliga a suponer, por primera vez en su vida, que realmente su hijo esté haciendo algo malo, la mujer traga en seco. Asustada. Ve hacia las escaleras y sube. Luis tendría que escucharle. Y darle respuestas.

……

   Pero este nada le aclara por mucho que insiste en preguntarle. Nada le explica. Tan sólo responde con evasivos monosílabos, sentado en la cama, mirada baja, vistiendo un largo pijama de camisa manga largas y pantalón. La viva imagen de la derrota.

   -¡Luis! –exasperada, la mujer va perdiendo la paciencia. El tono indica que no cejará ni se apartará hasta saberlo todo.

   -Por Dios, mujer, basta. –estalla, furioso, intentando controlarse porque sabe que ella no es responsable, pero incapaz de contenerse.- Déjame solo. Déjame en paz. No tengo nada que decirte.

   Tragando en seco nuevamente en pocos minutos, la mujer le contempla, molesta, pero mucho más angustiada. El corazón le duele al ver a su marido de aquella manera. Franco tenía razón. Algo muy serio, que ella ignoraba, ocurría.

   -Está bien. Pero sabes que los problemas no desaparecen por no hablar de ellos, ¿verdad? –intenta razonar, rozarle el cabello con una mano, doliéndole en el alma en cuanto este se aleja, como si no soportara el contacto.

   -Adriana…

   -Bien, te dejaré solo. –mira el reloj. Ahora sí que no faltaría al encuentro con el entrenador de su hijo.- Descansa.

……

   Dios, Dios, ¡DIOS!, grita mentalmente Daniel, las crispadas manos sobre el volante del coche, los dientes muy apretados, tan rígido que siente que las articulaciones del cuello le suenan al hacer el menor movimiento. Allí, sentado al volante, es perfectamente consciente del peso y agarre de la jaula de castidad bajo el mono deportivo holgado que usa. La sensación constante, perpetua, con todo lo que significa, estaba consumiéndole. Matándole. Era tanta su frustración e impotencia que el paso que dará le parece totalmente evidente. De hecho, el único. Entre varios males, el mal menor.

   Pero traga con dificultad. Mucho. Y mientras oprime aún más el volante, la mirada se le nubla un poco de amargo llanto. La rabia que siente, el deseo de dejar de pensar y matar directamente a Franco, el vil entrenador, era una tentación muy grande. El escupir sobre su cadáver. Pero no, sabe que no lo haría; no puede engañarse. Sabe que no podría afrontar lo que ocurriría después. Ni siquiera pensar en ello. Que se supiera las cosas que debió hacer, la servidumbre sexual a la que convino, la degradación a manos de Franco y de todos esos chicos en las Olimpiadas. A todo a lo que se sometió por la medalla, la prostitución incluida. Todo ello era terrible, pero aún poco si también se sabía lo de su padre. Eso mataría a su madre y…

   Dios, Dios, ¡DIOS!

……

   Luis, de espaldas en su cama, parecía estarla llevando peor que su hijo, quien con rebeldía intentaba buscar una salida al aprieto donde se había metido (el chico aún se preguntaba si, de alguna manera, se había provocado todo aquel problema). Luis no, no tiene fuerzas para luchar, su única idea, fija, era ir y acabar con ese sujeto que le tenía en sus manos, que le había obligado a todas esas cochinadas. Se estremece sobre la cama, con repugnancia, furia e impotencia recordando todo lo que le hizo, obligándole a mamar, penetrándole. Robando su hombría. Destruyéndole. La respiración se le espesa de frustración. Ese  sujeto había arruinado su vida. No se atrevía, ni podría jamás (primero se pegaba un tiro), contarle nada a Adriana, la mujer decente y buena con la que ha compartido toda una vida. Ni dejarse ver por ella. No estando afeitado en sus partes, con un tatuaje en una nalga que le proclamaba puta. ¿Le creería ella?, no lo sabe. Realmente no, a estas alturas. ¿Pero, acaso si vería la sorpresa, el horror, y tal vez el asco en su cara si se lo contaba?

   No, jamás se sometería a eso. Ni a lo que pensara Daniel… a pesar de que todo lo hizo por ayudarle a cumplir su sueño olímpico. Cruza un brazo sobre sus ojos. No, debía ser honesto, también él quería que fuera, que cumpliera aquel viejo anhelo de ex atleta que no vivió. Pero el costo… No, la única solución era matar a ese sujeto, pegarse un tiro y… ¿dejar a los suyos enfrentando las consecuencias, descubriendo lo que se descubriría en una investigación penal, teniendo que dar ellos la cara? Su nombre, el de su familia, todo se iría al caño. Y así, mientras piensa entre tomar o no tomar la única salida que veía, se consume en culpa, rabia y frustración. Con una idea agobiante al final del camino, que le ataba, le debilitaba y controlaba: ¡estaba en manos de Franco! De lo que quisiera hacerle.

   Unos leves toques a la puerta, le sobresaltan. Adriana entra, con una sonrisa contenida, valiente, de falso ánimo que le lastima, pero sin poder evitárselo. La mujer le lleva una humeante taza en una bandejita.

   -Te preparé un té. –le anuncia, solícita y humilde, como la buena esposa que siempre ha sido.

   -Gracias. –farfulla apenado, sentándose, cubriéndose bien con la camisa del pijama, tomando la taza.

   -Luis…

   -No, ahora no, por favor. –le suplica. Bebiendo del brebaje bajo su mirada.

   Ella parece que desea agregar algo más, pero duda. Calla y asiente, retirándose anunciándole que pronto estará la cena, pero que antes se llegará al abasto.

   ¡La cena!, como si pudiera… Con una súbita rabia, se toma el caliente te, buscando sentir algo más que no sea desolación, o una injustificada ira contra una buena mujer que parecía no notar que se estaba muriendo. Si, no le estaba contando todo, pero…

   Deja la taza y se recuesta. Sólo así se siente… no bien, pero si menos mal. Tan sólo desea dormir, yacer en esa cama y no tener que levantarse jamás. O despertar. Parpadea y cierra los ojos, bostezando. Si, dormir… Nuevos golpes a la puerta del dormitorio le despiertan, pero no le despejan. Parecía no poder escapar del sopor. Pero las llamadas eran insistentes.

   -Si, si, pasa. –casi grita, sorprendiéndose inmediatamente.

   Allí, sonriendo con cierta burla, se encontraba Franco, usando un jeans y una camisa manga largas de cuadros, cargando una pequeña bolsa de viaje en las manos. Una bolsa que sabe lleva llena de mierda.

   -Ah, ¿me esperas en la cama? Eso es bueno, esclavo. –le dice.

   Y Luis, medio levantándose y apoyándose en los codos, balbucea incapaz de decir algo o de pensar, de reaccionar. ¿Acaso estaba teniendo una pesadilla? Debía ser eso, era imposible que ese sujeto osara presentarse así en su casa.

   -¿Qué diablos haces aquí? –grazna, viéndole sonreír más, abriendo la bolsa, metiendo la mano y sacando algo.

   -Supe que andas algo triste y deprimido, ve tú a saber por qué, así que te traje regalitos… -y en su mano aferra un largo y grueso dildo medio curvo, negro, arrojándolo sobre la cama.- Y utensilios nuevos. –agrega buscando algo más, rotando un poco la mano. Mostrándole otra cosa.

   Una jaula de castidad… muy parecida, aunque no lo sabe, a la que usa su hijo.

CONTINÚA … 24

Julio César.

SOBRE EL CAMBIO

mayo 17, 2018

EL CAMBIO                         SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA… 

Lo terminé. Es posible que a algunos les parezca que de manera algo brusca, pero notarán que no es cierto. Más bien lo alargué demasiado. Mucho, a decir verdad. Quiero ir terminando con algunos de los cuentos, veremos cómo quedan, ya que los autores brillan por su ausencia. Por suerte Sergio Javier apareció. Como indiqué, la idea original no es mía, la tomé de un relato corto que imprimé hace algún tiempo y traduje con el Google, perdiéndome buena parte de la acción y el sentido. En honor al autor, lo reproduzco en su integridad.

……

The Perfect Revenge

By FanTCman

I don’t know what they want me to write. Write about myself, they say. Here goes nothing.

My name is Charles Ryan Casey. I was eighteen a couple months ago. I guess I can have a pretty bad temper, because it keeps getting me in trouble. Right now, I’m being forced to be a guinea pig in this experiment, but I guess it’s better than going to jail. They gave me a choice. I could either do this, or they would prosecute me for assault and send me to jail. Guess I picked the wrong guy to beat up. I swear he was a fucking fag and he was looking at me like he wanted me to do something. Then he turns out to be some kind of scientist or something, and says he’ll let me out of being prosecuted if I’ll let him use me for this experiment. So I said, why the fuck not? Who wants to go to jail? I asked what kind of experiment, but they wouldn’t tell me anything. Only that it wasn’t dangerous. But they also said if it worked right, it would change me forever. I asked them why me, and they said because they needed a guy, and they wanted a guy like me. I asked what they meant, a guy like me. So that guy, the one I beat up, I still think he’s a fag, he says a tall, dark and handsome kind of guy. That makes me embarrassed, and I wanted to hit him again, but I really don’t want to go to jail.

So they brought me to this place, which seems like part jail and part hospital or clinic or something, and put me in some kind of observation room. It’s got a table, a couple of chairs, a bed , a little bathroom, and lots of mirrors. Probably all two-way mirrors so they can watch me. I’ve got nothing to read, no TV, nothing. Just this notebook where I’m supposed to talk about myself, describe myself. They said they’ll actually start tomorrow morning, first thing, whatever that means. I feel a little nervous because I don’t know what they’re going to do to me. Guess I’ll find out.

Anyway, I’m eighteen. I left home as soon as I got out of school and I didn’t tell anyone where I was going. Didn’t know myself. I ended up here, in LA. I’m six foot one and I weigh a hundred and eighty pounds. I have dark brown hair. Actually, it’s almost black. And I have blue-green eyes. I don’t know how to say what I look like other than that. I’m what they call Black Irish. People tell me I look a lot like some old-time actor, Tyrone Power, when he was young, only better looking. I checked out some of his movies, and I guess he was a pretty handsome guy. I guess I am, too. I don’t know. It’s embarrassing to talk about.

I don’t know what else to say, so I think I’ll try to get some sleep. I don’t know what the fuck I’m supposed to do in here.

* * * * *

It took me forever to get to sleep last night, wondering what this whole thing was about, but finally I did. So this morning that guy comes in, the guy I hit, and wakes me up. He’s wearing a tank top and jeans and I could see he’s got all these faggy muscles. I know he’s a fag. So he says we’re all ready to start. I asked him how long this is going to take, how long I’ll be in here, and he says it’ll only take a couple of minutes right now to give me the formula they’re experimenting with, but it’ll be about eight days that I have to stay here while they control and observe the results. What kind of results, I asked him, but he said I should just relax and see for myself. They didn’t want to tell me ahead of time because they want me to write down everything I feel and observe about myself during that time. He read what I wrote yesterday and told me, with all the time I would have, they wanted a lot more detail about my thoughts and observations. He said that after he had given me the injection I could start by giving them a head to toe description of myself. I’m thinking this guy is really queer. Then he really gets me. Good thing I know there are people watching on the other side of the mirrors, or I would have popped him for sure. He tells me to take off all my clothes. I tell him no fucking way. He asks do I want to go to jail? and I say no, but why do I have to take off my clothes? and he says so they can observe me. Observe what? I asked. He says I’ll begin to see soon enough. So I took off my clothes. I felt really nervous and embarrassed. He tells me to sit down at the table, and then he takes all my clothes with him and leaves the room. Says he’ll be right back. When he comes back a minute later, he has this tray with the biggest fucking needle and syringe and three vials. He ties off my arm and takes one whole vial full into the syringe, finds my vein, and slowly injects the stuff. He says, okay, we’ll wait a minute for the stuff to talk to your body. He tells me I may feel a slight flushing. I ask him what he means by “talk to my body'” and he says that this stuff will make my cells, my gene structure, my DNA open to being reprogrammed. It will make my body ready and able to accept change. In a few seconds, I did feel this real warm feeling all over, but then it pretty much went away. Then he did the same thing with the second vial. He told me that one was actually the new genetic code, or map, he said, that my body would be responding to. I asked him what that meant. He said just a second, and he filled the syringe with the contents of the third vial and injected that one into my vein, too. As he stuck it in, he said that it was for hormone production, to kick everything into action. I asked him again what he meant, and he told me that this stuff would stimulate production of my male sex hormones, which would stimulate my body to react to certain changes. He said my masculine sexual characteristics were being reprogrammed by the genetic formula right now as we sat there. The whole process should take eight days for my body to fully respond, and that was what they wanted to observe. I said, so what’s going to happen? but he just said, why didn’t I just start working on my notebook and wait and see. But first, he said, they needed some pictures of me as I am now for their records. The “before” shots. He pulls something out of his pocket that looks like girls’ underwear and he picks up a camera he’d brought in that I hadn’t even noticed. I felt real weird standing there nude while he took pictures of me from the front and back. Then he tells me to put on the trunks he’d pulled out before. What I thought was girls’ panties turns out to be some real tiny bikini trunks like musclemen wear for posing. I felt even weirder in those than I did naked. They just barely covered me up. I felt so faggy. So then he finished the pictures, took that fag bikini with him, and left, and now I’m just sitting here naked again, waiting for something to happen. I can hear the sounds of someone behind the mirrors every once in a while, so I guess I should keep writing, like they told me to do.

So I’m supposed to describe myself. I already said I’m six-one, a hundred and eighty. I have dark hair. It’s real thick and pretty straight and I wear it a little long, just over my collar. I have pretty heavy eyebrows and what people call full lips. I’ve got good, broad shoulders, I work out to stay in shape, so I’m pretty cut right now and I’ve got some decent abs. Everyone says I’ve got a good six-pack. I’ve got a thirty inch waist and long legs, Girls say I’ve got a great butt, but I can’t really see that. What else? I’m not very hairy at all. I have a few hairs on my chest and a couple just below my belly button. That’s kind of funny, because I’ve always had such thick hair on my head that my parents thought I’d grow up to have a hairy chest like my dad. But I didn’t. I can’t think of anything else to say.

I think I’m starting to feel something happening. I feel a little buzzed and kind of strange. It sort of feels good. It’s not exactly light-headed or dizzy, but it feels like I’m kind of physically buzzed. I feel like I need to stretch all over, but I just did and it doesn’t really help.

I just tried doing some push-ups. I don’t know why, but I feel like I need to exercise or something. This feeling is getting stronger but I don’t know what it is doing except making me feel real good. It’s that physical buzz. My skin feels super sensitive and my insides feel all tingly alive. The feeling like I need to stretch keeps getting stronger, too, but that’s not really it. It’s more like my muscles feel like they need to flex real hard. Wait a minute—

Whoa! That was very strange. I just had this sort of all-over muscle spasm or something. It was like all of a sudden all my muscles went into a hard flex all by themselves and I couldn’t move until it stopped. It must have lasted a couple of minutes. Now it feels like I’ve had electricity jolted all through me, like I’m plugged in. It kind of hurt when that spasm thing happened, but now this feels really good. It’s like the feeling you get after a good workout, only better, more electric.

I think it’s going to happen again.

God, that one was stronger and it lasted twice as long. It hurt a lot more, like when you pump a muscle with weights until it screams for mercy, only it was every muscle in my body. But the feeling it left behind is also more intense and it also feels even better than the last time. I’m going to quit writing for a while and see if this keeps up. It’s so weird. If it gets much stronger, I don’t know how I’ll take it. Doesn’t seem like I have a choice. But I wonder what it is that they want to watch. Just how I react to pain?

In the last couple of hours or so, I have no idea, really, how long it’s been now, those cramps, or spasms, have gotten stronger and stronger each time. They don’t come as often, but each time it lasts longer and gets stronger. I feel like I’ve been doing all these workouts, only I’m not sore at all. It just feels really good. Even the contractions are starting to feel good at the same time that they hurt like hell. I have to lie down when one hits, but I can lie there now and feel how it makes my muscles completely contract, like an ultimate pump or something. And then afterwards, I feel like after a really great workout. I even feel like my muscles are getting harder from it, and that’s kind of cool–like working out without having to work out.

* * * * *

This morning now I can see something happening. And I have some questions when I see that guy. The contractions kept happening all night, and they would wake me up while they were happening, even though I went right back to sleep afterwards. But even before I went to sleep, it started to feel like they weren’t just making my muscles feel harder. It seemed like they were actually making them get harder, and a little bigger, too. like I’d been really pumping iron. So I wake up this morning, and even before I get up, I feel strange, like I’m heavier or something. Bigger. So I get up and look in the mirrors, and I can see that I am. I feel heavier, and it’s not like I just put on weight, like fat or anything. It’s my muscles. And I can see it all over my whole body. To tell the truth, it looked pretty good. Felt good, too. I guess I had a pretty good body before anyway, but now I look kind of muscular instead of just like an athlete, and here’s a weird thing–it kind of turns me on, too. It was real embarrassing, but when I looked at myself, I got a hard-on right in front of those mirrors, and I know they were looking, Oh, well. Fuck ‘em if they can’t take a joke. I almost felt like beating off right there, but I made myself think about something else instead.

Then that guy comes in.. Tells me his name is Roger. I ask him if this stuff is supposed to be making me gain weight, and he says that’s one of the things it will do. He says it looks like it’s working pretty well, and he gives me the once over, checking out my bod from head to toe. In fact, he tells me, he’s going to take me out of my room for a couple of minutes to weigh and measure me and take another set of photos. He leads me into the next room which looks like a small office. This room has pictures of all these really musclebound guys, definitely a bunch of fags. I mean this Roger has real faggy muscles, you know, kind of too big and exaggerated, but these guys are like those professional bodybuilders. I’m thinking how gross, and then this scary thought flashes across my mind. What if this experiment is going to make me like that? Maybe jail would have been better. I really don’t want to be a freak like that. But I really don’t want to go to jail, either.

Anyway, Roger takes a couple pictures, front and back. Then he hands me that little bikini thing again. When I put it on, I notice it feels a little smaller that it did yesterday. Either it’s because he’s given me an even skimpier one, or maybe it’s because my butt muscles are little bigger. But it also seems to be cut lower somehow, because it just barely covers up my crotch hair. Anyway, then he tells me to take that off and he weighs me. I weigh one hundred ninety-two! That means I fucking gained twelve pounds! In one day! Roger says that’s slightly more than they expected, that’s great. I thought about how this whole thing was supposed to take eight days, and if this kept up, I would be gaining a lot of weight. Then Roger pulls out a needle again and fills it up with something, and I say wait a minute, this is kind of extreme, isn’t it? What are you doing? I hope you’re not trying to make me into a fucking freak like those musclebound fags up there! But he says it’s a little late to be trying to bargain now. Besides, the genetic reprogramming was already done yesterday. This was just the hormone activator. And he ties off my arm and shoots it into my vein. The he says, okay, we’ll talk more tomorrow, and he takes me back in.

So I sat down to write in this notebook, but before I could start, I felt the stuff he shot me up with doing something. It was real weird. It started making me feel kind of hyper and real super sensitive again. It also made me feel kind of light headed again, almost like I was getting stoned, but not exactly. But the really strange part was that it started to make me feel kind of horny for no reason. Here I am, sitting in front of these mirrors, totally naked, and all of a sudden I start to feel real sexual, real turned on, and I don’t know about what. I’m looking at myself in the mirrors, and I know they’re watching me, and I’m thinking about what I look like with my muscles all a little bigger the way they are, and it makes me feel real hot and real sexy.

Then I can tell one of those contractions is starting to happen. It grabs ahold of every muscle in my body, and it’s unbelievably intense, and even though I can hear myself almost screaming from between my clenched teeth, this time the whole this feels like a major turn-on, and even though the pain is extreme, I’m only thinking about what it’s doing to me. And as soon as it passes I get that great pumped feeling afterward. I look at myself in the mirror to see if I can tell if my muscles have got any bigger. As I sit there, feeling how pumped and how hard they feel, I swear I can actually see them swelling up a little bit more. And then, all of a sudden, my dick gets hard. I mean, there’s no chicks around or anything and I’m sitting there with this big hard-on. I’m looking at myself in the mirror, and I know they’re behind it watching, and I don’t even care very much. I do feel a little self-conscious, but I’m looking at myself, and whatever they are doing to me is really starting to make me muscular, and it feels really hot. If fact, this stuff has me so horny and feeling so hot and sexy that I feel like even my hard-on is bigger than it was. I don’t know. It’s weird. Like I should feel real embarrassed, but I don’t. Like I should should feel scared, or hate this, but I don’t. I’m starting to feel like I’m one hot looking stud. I’m so hot I feel like I might just cum any minute. I feel my pecs and my arms, and the bigger, thicker muscle feels so fucking good. And then my cock explodes, and I have this intense spontaneous orgasm. I mean I spurt cum all over my legs and my abs and the floor. And I know they’re watching, and now I’m thinking, fuck man, they’re doing this to me, so what the fuck if they watch. So I decided to wait for a while before I wrote in the notebook, just kind of wait for the contractions and enjoy them and see what happened.

The whole thing has been feeling really sexy all day today. I’m starting almost to look forward to the contractions, and it’s funny how much I’m liking how muscular I’m starting to look. I like the way it feels that my pecs are actually starting to stick out a little and I’m getting some shape to my biceps. After the last contraction, I was standing up looking at myself, and I swear I can see a change in my body shape. My shoulders definitely look wider, and so does my back, so I taper more down to my waist. Then, when I look from the side, I can definitely see that my butt is sticking out more and looks rounder. I don’t know why that makes me feel sexier, but it does. I guess I had a good butt before, but I never paid any attention except I liked it when chicks told me I had a nice ass. Now I keep noticing it, that I’m starting to get a really great ass, and that I’m starting to like it. And my legs are looking thicker, too, and I’m starting to like the way that feels.

But here’s the part that’s really strange. This was getting to feel so sexy to me that I kept getting these hard-ons, and I felt so horny and turned on that I just started jacking off. I was looking at myself in the mirrors after one of the contractions, watching how my muscles were getting more hard and swollen from the pump, and my dick got hard, and I couldn’t stop myself from jacking off, right in front of them. I couldn’t help it. I’m just so fucking horny. And I don’t know if it’s my imagination, but it really does feel like my dick has grown bigger, too. I’m not sure if I’m so turned on because it seems like my cock’s getting bigger, or if my cock just seems bigger because I’m so fucking turned on. And there’s one more thing. I almost don’t want to write it down, because it’s so weird, but I swear my pubic hair is thicker and bushier, and I swear it is spreading out, too, farther up my groin and out onto my thighs. I’m looking at it right now, and I know I’m not making it up. And the hair under my arms is thicker, too. And now, I’ve got to deal with this big hard-on again. I hope they are liking watching me jack off.

* * * * *

Okay. Third day, and it keeps getting stranger. I really don’t know what I’ve got myself into, but I’m still pretty sure it’s better that jail. The contractions kept waking me up all night. This morning when Roger came in he was wearing a pair of those real thin, tight stretch shorts and no shirt. No doubt this guy’s a fag. Of course I wake up and immediately get this big hard-on, and it’s really stiff because I’m aware right away that during the night my muscles have grown bigger and so has my dick. Even my balls feel bigger and heavier when they move against my leg. And Roger is standing there looking at me and seeing all this, and I realize I don’t feel at all embarrassed. In fact, I feel really weird because I just feel intensely sexy. I’m looking at him looking at me, and even though I’m sure this guy’s a fag, I’m feeling seriously horny and turned on.

So now I think my head is really playing tricks with me. I can see in his shorts, which don’t leave anything to the imagination, that he’s got a really big dick and a pair of really big balls, I mean seriously big, and the first thought in my head is how great that must be, how great it must feel. And I’m thinking I can’t believe I’m checking out this guy’s cock. And then I’m looking at the hair on his chest and thinking how hot it looks, and then I’m thinking that those faggy muscles of his actually look pretty hot, too, and I can’t believe these thoughts are in my head. And my cock is so stiff it’s bouncing against my stomach, and it’s definitely feeling bigger, but I’m looking at Roger’s and I find myself wishing mine were as big as his. And, like he could read my mind, he laughs. Then he says come on, let’s get you weighed and take your pictures.

He starts to lead the way to the other room and I’m following him with my erection bouncing right out there, and I still don’t feel at all uptight or embarrassed. I just feel hot and sexy and turned on. I’m thinking, he’s seen me jack off a whole bunch of times by now anyway, so what difference does it make? I’m so horny I feel like I just have to jerk off right now real soon, and I don’t even care if he watches me. Then he turns around and he says well, we better do something with that so we can get it to soften down for a minute for the pictures. Do you want to jack off for me, let me watch you again? Or do you want me to take care of it for you? And my mind is flipping out because I’m standing there naked with this fag with all these muscles and this real hairy chest and I wish it made me feel like puking, but it’s making me feel real turned on. I don’t believe it, but I want him to touch me, to feel him touch my muscles, even my cock. So I just stand there and let him come over to me.

When he starts to rub his hands over my pecs, I notice for the first time that around both of my nipples and right in the center of my chest there are patches of dark hair starting to grow in. And he’s touching it. I feel even more turned on. Then I see there’s also some down around my belly button. Unbelievable! I’m getting hair on my chest and stomach. And I’m looking at his hairy chest and abs and thinking it looks so hot, hoping that’s going to happen to me. And I can’t believe I’m feeling this way, thinking like this, like these feelings are happening completely independent of my own mind. And then I realize I’m touching his chest, feeling his pecs, the hair, and his muscle, the hardness, the size of it, thick hair on top of thick muscles feels so sexy to me that I’m flipping out. . . Is this me? I see he’s got a hard-on, too, and his cock is amazingly big, and I feel almost scared because seeing that I’m exciting him like that makes me feel even sexier and hornier. And then he slides down and slowly takes my cock into his mouth and begins sucking it in and pulling back, sucking its length, tonguing its head, and nothing has ever felt so hot to me in my life, and in only a couple of minutes I cum in his mouth. Christ. What is this shit they’re giving me?

So then he weighs me. I’ve put on another thirteen pounds, twenty-five pounds in two days. It’s really showing, too. As he’s talking, I’m looking at the pictures of all the huge bodybuilders in the room, and somehow, today, they don’t look so faggy to me. Or maybe they do , but I don’t care so much. I look at Roger, who’s not that big, but pretty big, and I find myself thinking that he looks good. Real good. In fact, I’m thinking he looks very hot, with all that muscle and that hairy chest, and I can’t believe I’m thinking that. And the bodybuilders don’t look so bad, either. He takes the photos, and when he has me put on that bikini, I can’t believe how much smaller it fits. Or how much bigger I am in it. My cock and balls make this big bulge that pulls the suit down lower than yesterday, and I can tell for sure that my pubic hair is thicker and has spread out a lot, because now that suit doesn’t cover it all up anymore. But I feel really sexy in it, and as soon as he takes the pictures, I take it off and my dick is hard again. He laughs. Didn’t know you had it in you, did you? he asks, and he pulls out the hypodermic again.

This time it hits faster, like a rush of super-powerful male energy, and my whole body is alive, pulsing with heightened masculinity, and I’m intensely stoned with erotic visions of huge muscles and cocks and balls and hairy chests and hairy groins and abs and legs and arms all swirling around in my head making me feel more hot and horny than I’ve ever felt in my life. And I hear Roger laughing and he’s saying to take it easy, and I realize that I’m grabbing him by both of his big, bulging arms as I’m burying my face in his hairy pecs, nearly devouring him. I’m working my way down his hairy abs, feeling each hard ridge with my tongue, ready to explode with the moment that I plunge my face into his hairy groin and feel his enormous cock in my mouth.

Now I know there’s no turning back, I know what they’re doing to me. They’re making me grow huge and hairy and, somehow, they’re changing my head around, making me turn gay, and I know it should panic me, that I should be mad enough to kill, that I should scream you can’t do this to me, but I can’t, and I realize I don’t care. More than that, in fact. I realize that I’m excited to see what the rest of this is going to feel like. The rest of today I spent enjoying the contractions as they came, watching and feeling my muscles grow, trying to notice how much my cock and balls are growing. That is so hot I can’t believe it, that they can actually make my cock and balls bigger. It’s so sexy. I love the way they feel when I walk, hanging lower, longer, heavier, swinging against my thighs. My cock is starting to feel like a big, thick, heavy piece of meat, and I love it, I have to confess. I love the idea of having a really big cock. I hope they make it get really enormous.

* * * * *

Only the fourth day and I weighed in at 220 pounds. Yesterday I gained fifteen. They say that’s probably the max that I’ll put on in one day. What a feeling, to put fifteen pounds of solid muscle on in one day, forty in three days. Today, I think I’m starting to look like a bodybuilder. The thickness of my legs and my back is starting to make me walk like a bodybuilder. I can see why those guys go for it. It feels really hot, really sexy. In fact, the bigger my muscles get, the more downright erotic they feel. My pecs are starting to bulge out and I love the way that feels. Same with my arms. And the hair on my body has really begun to fill in today. I can tell it’s going to totally cover my chest up to my throat and collar bones. It feels so cool. And it’s starting to grow all over my belly, and making a line down the center of my abs that connects the hair on my chest and my pubic hair, which is really becoming a big, thick bush. There’s something so hot about a real hairy groin on a guy. This has to be all the hormone stimulant stuff. It feels so unbelievable, so intensely masculine.

This morning my cock and my balls seemed really big to me, so I asked Roger if we could measure my cock. This blew me away. With a hard-on, my cock is up to eleven and a half inches. I know it was six and a half when I came here. My cock and my balls are so big now that when I tried to get into that bikini today, I just couldn’t get everything shoved in, couldn’t make it cover up and hold my cock and balls. Roger said he’d have to find me a larger size. I was sticking out all over the place. Roger said looking at me that way made him want to eat me alive, and I hear myself telling him, like it was someone else talking, that it would be my pleasure to be eaten.

I think he stayed in the room with me for most of the day. I can’t stop having sex. I need to cum almost constantly, so I’m either jacking off while he watches me, or he’s sucking me off or I’m fucking him. He loves for me to fuck him, and I love the feeling of shoving my huge cock up his tight asshole while I’m grabbing on to his big, hard, hairy chest. I asked him if there was any way to really work on making my cock grow as much as they could. The bigger it gets, the hotter it feels, the more I love it, and the more I want more. He said that probably by increasing the hormone stimulants they could amplify that effect, but it would probably amplify the other sex characteristics, too. I said no problem with me, so he said he’d check about doing that tomorrow. I hope so. I really want it bad, now. I feel really queer, but I can’t help it, and I don’t care.

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Jesus, I don’t know if I was ready for what I asked for. Roger got the hormone stimulant dose increased today and holy shit. . . First of all, I had put on another fifteen pounds this morning, and it made the difference of suddenly looking a heavyweight bodybuilder. I can’t believe there was ever a time that I wouldn’t want to get big like this. It’s got to be the sexiest thing in the world. My hard-on measured almost thirteen inches! All the hair on my chest and everywhere else is getting real thick and sexy. And then he gives me the shot.

I’m telling you, even if it doesn’t work on my cock the way I want, just the way this stuff feels is good enough for me. It’s like the kind of sex drug you read about in some science fiction. I didn’t know it was possible to feel so erotic, so sexy, so turned on, so horny, so gorgeous, so built. I feel like every cell of my body is vibrating with pure sexual energy. I’m so hot, all I have to do is look at myself in the mirror and I just cum all over the place. And no matter how often I cum, it doesn’t touch how horny I feel. It’s like having a full time, ready-to-go erection. My sex drive is relentless. I mean, I’m a total sex animal. I don’t really want to be queer, but all I can think about is sex and my mind is obsessed with massive muscles, masculine body hair, and dick.

Roger was having a hard time keeping up with me. So I told him to go shoot himself up with some hormone stimulant, too, and he just went to do that. I’m signing off for today, because I know when he comes back in, I won’t be able to stop long enough to write anything else in this notebook.

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Day six. Can I sit still long enough to write about yesterday? First thing I want to say is, it worked, better than Roger thought it would. It worked on him, too. Like testosterone time a thousand. We couldn’t stop and relax from our overamped sex drives for one minute. Even when I went into one of the contractions, it felt so hot it was almost like an orgasm in itself, and while I was totally flexed and couldn’t move, Roger was sucking me off. We had a non-stop orgy of male sexuality, of massive, hard muscles, swelling, alive, tingling, electric, of thick, dark, masculine body hair, damp and musky and incredibly erotic, of big cocks and balls flopping, fucking, sucking, jacking off and showing off and growing constantly bigger and thicker and heavier.

This morning, at my weigh-in, I was at two-hundred fifty-five pounds. That shit pushed everything else so hard that I actually put on a whole twenty pounds. And do I look and feel great! I look at the bodybuilders’ pictures and I can’t believe I had second thoughts about wanting to get as big as those guys. Now I realize that I’m right up there with them, and I absolutely love the way it feels, every bulging, hard, rippling muscle. And every inch of my thick, long, incredible hunk of meat. You can’t even imagine how sexy and hot it feels to have a cock so big that it would bulge in the loosest, baggiest pair of pants. I couldn’t even believe what I looked like when I put on the bikini for the pictures this morning. First of all, Roger did get a larger one, but my balls have grown as big as a couple of small oranges or apples or something, so just squeezing them into the bikini was exciting, to say the least. And then trying to fit this enormous dick in with them, well, it made us laugh like crazy. Roger said he’d have to find another pair with a roomier basket.

So what else can I tell you? I have to jack off.

Okay. God that feels so good, to stroke that giant cock and realize it’s attached to me. It’s mine. We measured, and it’s up to fifteen inches, hard. I just keep walking around the room and looking at myself in all the mirrors. My muscles are the kind of massive now where they make me walk like a seriously musclebound bodybuilder. My thighs are so thick that they force my legs apart and make them roll around each other when I walk. And also, since there’s no space between my thighs anymore, my balls and cock are all propped out in front, which makes them stick out even more and look even bigger, and then the way they bounce and flop back and forth when I walk, exaggerates even more the unbelievable size of this meat I have hanging from my groin. Oh, man! I can’t wait to go out into public and watch how people react when they see this for themselves. I keep thinking about going to the beach looking like this, all this mass stuffed into the skimpiest bikini, set off by all this incredibly masculine hair, showing off this body of pure, raw, male sexuality. Just thinking about that makes me hard again, and I’ve got to stop and jack off again. Maybe I’ll see how many times I can jack off in a row, keep it hard, and keep on getting off on myself the way I am. Feel like I could do it all night.

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I’ve been here going through this for going on my seventh day. I can’t believe how completely I’ve changed in that time. About the only thing about me that looks the same is my face, and even that has changed. I’m not sure exactly how, because I can see my old face, but somehow I look handsomer than I used to be. I don’t know exactly why. Roger says they did subtle things, like make my lips fuller, my eyes a little deeper set and bigger, my cheekbones more prominent, my jaw line more defined. I know my beard is a lot heavier. I have a perfectly outlined five o’clock shadow of stubble now about two hours after I shave. The hair on my chest comes all the way up to my throat. Everything else about me is so different. I have such massive muscles, now, they look fucking supernatural. This morning, I’d gained another fifteen pounds, which put me up to two hundred seventy. That’s really heavy! And I love the feeling of being this big and heavy. When I bend my arms, my biceps bulge like footballs. I love the way that looks and the way it feels, so fucking thick and hard and huge. I love the feeling of the enormous size of my chest and back. Between my pecs and my lats flaring out, my arms hang at this extreme angle, now, propped out by all that mass. It just feels so fucking unbelievably sexy, all these huge muscles and all this hair and all, that I know I project how sexy I feel. I know I radiate an aura of pure erotic male sexuality. How could I not? At this point, that’s what I am, head to toe, and I know it. And I completely feel like there’s nothing as hot as the raw sexuality of huge, massive male muscle and body hair and cock and balls. The bigger, the better. Roger says he’s turned me into the ultimate fag bait, as I would have called it. Me, fag bait! And what’s weird is, I love the idea of being fag bait. I love the idea that when I flex, I can make a guy get hard. I want to show off for men, I want men to worship my body the way I worship it, and the way I want to worship Roger’s now. He is so fucking hot, especially since I talked him into getting bigger himself. And now I’m about to cum again, and I want to see if I can get that adorable Roger in here to help me enjoy myself. He does seem to be more than willing most of the time.

* * * * *

Last day, last dose. This morning I weighed in at two eighty-five, and Roger said, since I was so close, they were giving me another super big dose of the hormone activator to push me to the three hundred pound level and also to see if they could get me to an eighteen inch long hard-on. That means it would reach below my kneecaps or up to the center of my chest, between my pecs. And I say, why not? It’s already almost that big, and to be honest, it is a really incredible feeling, being this much bigger than anyone else. Even as far as my muscles go, I look at myself now and I can see that I’ve got mass and size way over the really big guys, like Paul DeMayo and his buddies, and it feels so good to be so big, to feel this much solid muscle packed on me. And I also love that instead of being all smooth skinned, I have got such great body hair. It makes the muscle and the size of my basket seem so much sexier. It gives me such a feeling of pure, raw male sexual power. And right now I feel that dose they gave me hitting me. Holy shit, this is strong! God, I feel like I’m going to explode. Fuck, man. Oh, fuck. My whole body feels like one huge sex organ that’s going to cum in a major, non-stop orgasm. Sorry. I can’t write any more right now.

Okay. Now I can write again. I hasn’t slowed down, but I’m kind of used to it. Roger kept laughing the whole time I was rushing and having the most intense contractions. He kept saying, how does it feel, you big, musclebound, elephant dick piece of fag bait? You’re gay, now, you know. You’re gay, and you love it and there’s not a fucking thing you can do about it, is there? You can’t even make yourself want to, can you? That’s the sweetest part of all, the most perfect revenge. You’ll never bash another gay man, now, will you? And the whole time I knew he was right. He had made me into everything I hated only ten times more so, and all I could think of was how much I love it. I could feel myself swelling up, putting on more mass, getting bigger and heavier even as he was saying that, and I knew how right he was, because I DO love it.

You should see my fucking chest, now! And my arms! My biceps look like footballs under my skin when I’m NOT flexing them! They’ve got to be over 30 inches, now, and I can tell they’re still growing! This so amazing! My legs are so thick, it’s weird to walk, but it feels SO hot! Anyway, here was my big surprise for the day. My reward for doing this so well, they said. Right after the stuff had hit me full force, so I could barely pause between needing to jack off and needing to cum again, I’m in here with the uncontrollable hard-on, going crazy on myself, giving them a real pose-down, jack-off show in front of these mirrors, and they bring in this kid. Good looking guy, younger than me, about sixteen. His name is Mark, and he’s in here for the same reason I am. They tell me they are putting him through an accelerated program. He’s a real hard case. Almost killed a guy at the beach, a bodybuilder, because he said he was looking at him funny. So they said they had dosed him about an hour ago, and he was starting to react pretty strong. They told me I should be his big brother, show him the ropes, tell him a little about what to expect.

This kid starts almost freaking when I tell him that before they are done with him, he will end up looking like me and liking it. He’s, like, fuck me, man, they can’t do that to me. But already, I can see his muscles swelling up under his clothes. He starts crying at first, when he can feel his shirt getting real tight across his chest and in the sleeves, saying he doesn’t want to be no musclebound fag. I see his jeans getting real tight on his legs and his butt, and I can see the bulge in his crotch getting bigger. Oh, fuck, man! he says, fuck! and the buttons start popping off his shirt. He tries to pull it closed, like he could stop what is happening, but the material of his sleeves gives way to the growing mass of his arms and splits open with a rip. Suddenly he is feeling the size, the mass and shape of his pecs, and he pulls off what is left of his shirt as his thighs start ripping open the legs of his jeans. His hands find the growing bulge in his crotch, and compulsively he pulls off his jeans. His chest and belly are starting to get hairy, his dick is getting long and thick, and he gets a hard-on in spite of himself. His muscles are showing some serious growth, his pecs are getting thick and wide, his arms are really starting to bulge. I tell him, see, it feels pretty good, doesn’t it, and he starts getting into it, flexing in the mirrors and stuff. And then I can’t stand it, because it’s been too long since I’ve shot a load, and it’s building up, so I tell him to flex for me, and he does, and I start feeling his bod, his muscles, and he loves it in spite of himself, and then I turn him around and before he can think about it, I’m shoving this huge rod of mine into him. I’m so fucking turned on, I shove it in real hard, and he screams and moans, but he loves it, and I fuck the shit out of him for a long time, cumming over and over again, while he is jacking off and I’m jacking him off, and all the time I’m putting on more mass and weight, and he is getting so fucking big and hairy. It’s unbelievable. He’s been posing and jacking himself off in front of the mirror now since I’ve been writing this, but he needs more of me, so I gotta go. He’s getting huge and real hot. God, does that Roger know how to get even with a fag basher! —— End of Forwarded Message

……

   Muy bueno, aunque de comienzo lento, y más sensual que sexual. He estado por buscar otros cuentos suyos, pero no he tenido tiempo, y por un rato no voy a comenzar nada nuevo… aunque tengo en reserva un relato impresionante. Nos leemos, amigos…

Julio César.

EL CAMBIO… 67

mayo 16, 2018

EL CAMBIO                         … 66

   Basado en una idea QUE NO ES MIA. Es una adaptación. No digo más, por ahora, no contacto aún al autor. Es un cuento de los que llaman de lenta construcción.

   Listo y preparado.

……

   Sabiendo que le miran, que esos hombres tienen los ojos clavados en su soberbia figura, la mente de Jeffrey se llena de cálidas oleadas de lujuria y complacencia, sus tetillas parecen incluso erectarse aún más, rojizas, llenas de sangre, deseosas de dedos o bocas masculinas. Su miembro también responde, como un reflejo ante los machos. Y baja el shorts apretadito, ajustado, descubriéndose en una pequeña franja de tela verde oliva, diminuta al frente, muy por debajo de su ombligo, conteniendo a duras penas bolas y verga, con dos delgadas tiras que suben y rodean sus caderas. Nada más salir del shorts, recibiendo los rayos del sol, sintiendo esos ojos asombrados recorriéndole (y lo merecía, era un espectáculo impresionante), se estira como desperezándose. Exhibiéndose descaradamente. Se inclina y recoge sus cosas del piso. Sobre nunca, hombros, brazos y piernas siente esas miradas febriles. Se endereza, con los trapitos en las manos y se vuelve para dejar caer todo sobre una silla. Y casi oye los contenidos jadeos.

   De sorpresa. Y vaya que los impactó. Khalid Ben Saud y sus gorilas tiene las bocas ligeramente abiertas, están sin aliento. La nuca y espalda eran impresionantes, los muslos y piernas también. Pero lo increíble era ese redondo y turgente trasero que traga una delgada tirita verde camuflada. Un hilo dental sobre un chico impresionante. Y la visión, las salvajes cosquillas en sus pelotas (y el endurecimiento de sus vergas que intentan controlar, ocultar algo avergonzados por la reacción), nubla sus mentes. Ninguno se pregunta por qué el salvavidas de un hotel cinco estrella viste semejante vainita para atender a un rico huésped.

   ¡Por Alá!, piensa el joven príncipe, alcanzado por una lujuria nueva que no había experimentado antes. Si, decadente en sus gustos y excesos, sabía de los maricas, aunque el Libro los prohibía y castigaba ejemplarmente, pero nunca había tenido contacto directo más allá de un grupo. Tipos que le coqueteaban sin despertar su interés. Esta es la primera vez que la vista de un carajo, de un hombre, le afecta. Pero se entendía. Ese sujeto era un… pagano e infiel dios del sexo; un tipo rubio y enorme, con porte de gladiador, con esas chapas militares en su cuello y torso (¿un marine americano?, ¿uno de los que imponía su presencia en las tierras del Profeta?, se pregunta, idea que le parece sucia y excitante… imaginando ver a sus gorilas clavársela al infiel por el culo), dentro de esa diminuta tanga camuflajeada, una que dibujaba claramente sus genitales.

   Despojándose de los lentes oscuros y sandalias de piscina, el joven marine estira nuevamente su cuerpo, mirando a los hombres del otro lado de la alberca. Cuatro machos, tres de ellos grandes, el otro rico, poderoso, exótico y hermoso. Y siente todas sus hormonas locas. Se arroja a las aguas con seguridad, con largas brazadas cubre la distancia. El agua se siente fresca, agradable, y mientras nada mira hacia los sujetos que siguen observándole. Se detiene en la otra orilla, pies en el piso de la piscina, mojado, cubierto por un millón de gotas brillantes, y sale con movimientos lentos. Su cuerpo es una oda a la belleza, al vigor y la salud. La tanga parece aún más reducida, si cabe, sobre su cuerpo. Mirada serena, algo altiva, camina con don aire hacia el cuarteto.

   -Señor, me envía el hotel para servirle en lo que desee… -anuncia con voz ronca, profunda, viril, mientras sonríe y promete cositas sucias. Más al abarcar a los otros.- A todos ustedes.

…..

   En la base, Larry O’Donnell envía un correo privado, y secreto, que le produce alegría. La vida era buena, se dice recostándose del asiento en su pequeña oficina. Seguro que McCall ya debía estar comprometiendo a los árabes esos (así lo piensa), lo que aseguraría “influencia” sobre el príncipe en cuanto viera los videos que Estrategia se aseguraría de conseguir. Y, ahora, la empresa privada mostraba interés en sus estudios. En ese gel que bañó en forma de enemas las entrañas del marine, dejándoselas siempre hambrientas de vergas; si lograba solidificarse conservando no sólo sus propiedades, sino aumentarlas un cien, o doscientos por ciento, se podría aplicar a un tío en forma de supositorio. Más rápido y directo. Una empresa visionaria, como la japonesa, podría desarrollarlo y comercializarlo. Y pagar bien por ello.

……

   Sabiendo que los miran, y graban, un ronroneante y riente Jeffrey McCall no piensa en nada como no sea lo bien que se siente esa tarde de verano, ignorando que fue parte del experimento del médico de la Naval para hacer dinero. Su enorme y pesado corpachón, montado sobre el joven príncipe que lo soba y le recorre el torso y el abdomen con sus manos bronceadas, se calienta y estremece de lujuria mientras, rodeándole, tres tipos, que pronto serian cuatro cuando el fiel Hassan volviera, también lo soban. Cada uno erecto y duro bajos sus ropas oscuras, como nota que está, bajo su culo, el príncipe mismo. Silueta, dureza y calor que lo enloquecen y obligan a refregársele, provocándole roncos gruñidos de gusto.

   Jeffrey ríe y ronronea cuando sus tetillas son atrapadas no por dedos, sino por dos bocas que chupan, lamen y muerden con intensidad y lujuria, perdiéndose mentalmente en lo que sabe que pronto llegaría bajo el cálido cielo de ese hotel californiano. Todo el sexo duro, caliente y sabroso que recibiría de manos, y vergas de esos machos cabríos.

   Mucho sexo gay del bueno. ¿Podía haber algo mejor? No lo cree, reconoce cerrando los ojos cuando esas manos se meten dentro de la tanga y lo tocan por todos lados, el príncipe muerde y chupa de su cuello, sus tetillas son succionadas aún más, al tiempo que alza las manos buscando sacar ya todos esos toletes para él.

Finish.

SOBRE EL CAMBIO

Julio César.

DE HOMÓFOBO A PUTO… 15

mayo 13, 2018

DE HOMÓFOBO A PUTO                         … 14

Por Sergio Javier.

NOTA DEL AUTOR:

Hola queridos lectores y amigos. Hace unos meses, justo antes de que el blog, tuviera una interrupción debida a problemas técnicos, se publicó el último capítulo de esta historia. Luego, ese problema se solucionó, pero yo he tenido graves problemas económicos que me han impedido siquiera tener Internet estos meses. A pesar de ello, hoy les comparto la continuación de un relato que fue escrito hace meses. Espero que continúen disfrutando de esta historia porque, mientras tenga los medios, estaré encantado de seguirla escribiendo y compartiendo.

Muchas gracias,

Sergio Javier.

La idea de desnudarse por segunda vez en esa oficina causa intranquilidad en Rodrigo porque, en el momento en el que Saúl le sugiere cambiarse de ropa, al instante recuerda que lo último que hizo antes de ser raptado el viernes fue desnudarse y masturbarse analmente en ese mismo lugar. Aunque haber hecho eso en un lugar ajeno a su habitación le pareció una experiencia tan insólita como extraordinaria, haber sido secuestrado inmediatamente después de la misma alteró completamente su significado, otorgándole ahora una connotación misteriosa y escalofriante que lo hace preguntarse “¿y si lo que me pasó fue un castigo divino?”. Todo esto sin tomar en cuenta que aceptar el traje de Saúl implicaría desvestirse frente a él.

Notando que Rodrigo está absorto en sus pensamientos y avergonzado ante la idea de desvestirse ante su profesor, Saúl tácitamente le brinda cierta privacidad al fingir revisar papeles académicos… y fingir no mirarlo con su visión periférica. Considerando la incomodidad que se siente y su opinión sobre Saúl como un hombre muy razonable y comprensivo, Rodrigo razona si debería confiarle a Saúl las verdaderas razones de su conducta nerviosa. Cree que él podría comprender por qué no quiere aceptar que su ofrecimiento y guardar el abominable secreto; pero también cree posible que no le creyera, o que, incluso, malinterpretara el asunto pensando que es una broma o que su imagen de joven triunfador y admirable cambiaría de forma irreversible.

No, aunque Saúl tuviera una reacción favorable, moriría de vergüenza si le revelara su secreto a él… o a cualquier persona en general. Así que súbitamente concluye el dilema pensando “revelar lo que me pasó no es una opción” y, aún no del todo convencido, Rodrigo se despoja de su camisa, sus pantalones y su bóxers pensando que Saúl no lo observa. Después de todo, considera que el hombre tiene razón en lo que le dijo y, además, tuvo el detalle de prestarle un traje muy bonito que seguramente lucirá muy bien en su cuerpo. Pensar esto último le permite, poco a poco, relajarse.

Las imágenes que en este momento están recibiendo las estructuras cerebrales de Saúl no difieren mucho de las que fueron procesadas dentro del lóbulo occipital de Luciano hace menos de dos horas: la despampanante belleza de un joven cuerpo masculino en su máxima naturalidad y crudeza al estar vestido únicamente por la humedad que lo cubre, pero que no lo esconde de la mirada de ninguno de esos pares de ojos. Por lo tanto, no es nada extraño que ambos hombres coincidieran también en la reacción fisiológica de sus respectivos cuerpos ante las mencionadas imágenes: ¡una potente, memorable y duradera erección!

Utilizando ahora la toalla que no ocupó en el gimnasio para retirar adecuadamente esa humedad que aún permanece en su desnudo cuerpo, Rodrigo reconoce que, a pesar de todo, ha sabido conducirse en esta prueba de fuego sin perder el control… demasiado. Entonces, mientras se agacha para ponerse el bóxer que ya traía puesto, recuerda cómo ayer, se agachó para mostrarle a Claudio que el tampón que se había atorado en su ano y el “inocente procedimiento médico” terminó propiciando que “perdieran el control” y tuvieran un muy grave “accidente”.

Estos pantalones ajenos le quedan aún más ajustados que los que suyos propios. Mientras entra en ellos y se pone el resto del traje, piensa que no buscó vivir esta inesperada y desafortunada cadena de situaciones homosexuales, surrealistas y eróticas; pero que ahora le corresponde lidiar con ellas. Claro, esto no significa que las acepte. Muy por el contrario, le parecen deleznables, pero debe luchar esa guerra y ganarla. Y una guerra sólo será posible atacando con astucia, estrategia, valentía, tolerancia a la frustración y control de los impulsos. Definitivamente, la misión de controlar los impulsos sería la más difícil de cumplir para este guerrero…

– ¿Estás listo? Ya es hora de irnos. – articula Saúl, tomando su voz por sorpresa a Rodrigo.

– Sí, ingeniero – dice Rodrigo sonando autómata mientras toma las papeletas de los exámenes que se entregará a los alumnos.

– Te queda muy bien el traje.  – señala justo antes de salir de la oficina.

– Muchas gracias, ingeniero, por prestármelo… – dice con genuina calidez.

– No te preocupes.  – dice con frialdad profesional, sonando bastante distinto a cuando estaban ellos solos en la oficina.

Mientras caminan en silencio hacia el salón de clase, Rodrigo tiene la oportunidad de observar su reflejo en el vidrio de una enorme vitrina. No puede evitar detenerse unos segundos para observarse tan atractivo como siempre, pero más refinado sólo por vestir el elegante traje proporcionado por Saúl y eso es suficiente para considerar que tomó la decisión correcta y recobrar el buen humor que traía. Aprovechando esos segundos, hace un par de poses como normalmente lo hace frente al espejo antes de ir a algún lugar, alterando levemente su peinado.

La entrada de Saúl y Rodrigo al salón hace obvio que el momento del examen ha llegado. La mayoría de los estudiantes, que se encontraban dando un último repaso a sus apuntes o debatiendo los temas con sus compañeros, cierran cuadernos y libros para volver a sus respectivos pupitres… y aceptar sus respectivos destinos ante el temible examen. En medio de continuos y molestos murmullos, Saúl empieza a dar las indicaciones para la realización del examen, pero pronto empieza a impacientarse.

Rodrigo, en su calidad de asesor, demanda silencio y atención a lo que está comunicando Saúl y los estudiantes finalmente se callan. Paralelamente, la luminosidad del soleado día se desvanece, dando paso a un nublado cielo que oscurecía la habitación sin previo aviso; como si el clima hubiera querido burlarse del grupo de estudiantes, especialmente de aquellos que no estaban preparados. Mientras la explicación continúa, Rodrigo camina por cada fila de pupitres verificando que la ausencia de indicios de copia, como escritos en los mismos y presencia de papeles.

A medida que cumple su labor, Rodrigo empieza a escuchar susurros y nota que corresponden a voces femeninas… voces femeninas aprobatorias, coquetas y desinhibidas que afirman que si bien siempre reconocieron su atractivo físico, elogian particularmente su presentación de hoy. Entre más avanza, más claramente escucha los comentarios de las jóvenes que va dejando atrás, las cuales no pierden oportunidad para descaradamente apreciar su atributo físico más visible e inmediato en toda su gloria: su culo. Toda esta atención recibida de golpe excita tanto a Rodrigo que, fingiendo no escuchar, continúa su caminata olvidando el propósito original de ésta e imaginando que es un deseado modelo que cruza una pasarela y es adorado por todos los presentes, incapaces de ignorar sus encantos.

Más temprano que tarde, los comentarios de las jóvenes mujeres propician que buena parte del estudiantado restante también hable, retornando el ruido y el desorden que tanto molesta al profesor Saúl. Como es de imaginar, los hombres no están hablando sobre Rodrigo aunque algunos de ellos sí escuchan los comentarios con cierta atención y, además de las palabras, también notan las miradas. Entre ellos están Roberto y Samuel, quienes sí empiezan a hablar sobre el hermano del primero.

– ¡Qué extraño! – exclama Samuel.

– ¿Qué extraño qué? – pregunta Roberto.

– Hoy que veníamos llegando a la U y te sugerí que le pidieras a Rodrigo que te explicara, yo lo vi a unos metros de nosotros y no estaba vestido así. – señala como si se tratara de un dato curioso.

Esta mañana, Roberto está más irascible que de costumbre. A pesar de la ayuda brindada por Samuel, no logró más que tener una idea básica de los temas estudiados sin llegar a dominarlos. La privación de sueño también contribuía a su frustración, pero se queda pequeña en comparación a la que le causa cierta conversación que acaba de escuchar, influyendo todo esto en la respuesta que da al comentario trivial que le hizo Samuel.

– Bueno, ya conoces a mi hermano… no le importa hacer el ridículo con tal de llamar la atención. ¡Tan sólo mira cómo anda vestido, parece que anda vestido para actuar como maestro de ceremonia en una película porno con ese traje tan pegado! – despotrica con dureza.

– ¡Silencio allá atrás! – exige Saúl, silenciando automáticamente todos los estudiantes.

Sin embargo, Saúl estaba molesto ante la indisciplina y el desorden de los estudiantes, así que decide aprovechar la ocasión para poner en vergüenza a alguno de ellos y es Roberto el último al que escuchó hablar.

– Ya no estamos en Bachillerato. ¿Podría compartirme lo último que dijo, por favor? – demanda Saúl a Roberto.

Roberto no tiene ningún problema en repetir exactamente la misma frase en voz alta y sonando aún más sarcástico; pero, cuando está a punto de hacerlo, Samuel se le adelanta alzando su voz.

– Roberto me dijo que Rodrigo se vistió para el funeral que habrá inmediatamente después de esta masacre, perdón, del examen. – bromea Samuel.

Tanto Rodrigo como el resto de la clase ríen ante la ocurrencia de Samuel porque mucho de cierto tenía que ese examen sería una masacre para la mayoría; pero el ambiente se torna silencioso ante el enojo de Saúl, quien se limita a terminar de explicar el tema y a dar las indicaciones previas al examen.

– ¿Por qué hiciste eso? – pregunta Roberto a su amigo.

– Porque debes dejar de meterte en líos. – le responde Samuel.

El tiempo para realizar el examen transcurre sin incidentes hasta que Rodrigo empieza a recibir las papeletas de los estudiantes que lo concluyen. Mientras esto sucede, nota el interés en la mirada de varias jóvenes e, incluso, la leve coquetería de las más osadas. Disfruta sintiéndose deseado hasta que el recinto se vacía y Saúl se despide de él. Es entonces cuando atraviesa el pasillo encontrándose nuevamente con su reflejo, lamentándose de no tener una ocasión que celebrar, por simple que fuera, en la que se pudiera lucir hoy.

Lo lamenta porque se siente (y se sabe) más guapo que nunca (o que siempre), lo cual es mucho decir. ¿Acaso está percibiendo su propia belleza de una manera distinta a lo habitual? Es entonces cuando observa la figura de Víctor aparecer en el reflejo de la vitrina, devolviéndolo al mundo real. Ha sido su mejor amigo por más de una década, pero nunca había notado que también es un muchacho muy guapo. ¿Acaso está percibiendo la belleza de su amigo? Eso no es habitual, pero después de sus impuros pensamientos con Luciano, reconocer lo guapo que es Víctor puede considerarse un acto inocente.

– ¿Qué pasó, amiguito? ¿Soy yo o este trabajo te está chupando la sangre?  – se acerca burlonamente Víctor.

– ¡Me está robando el alma! – responde risueño y rápido Rodrigo.

– Me doy cuenta. Ni siquiera pudiste ir a mi fiesta o, lo que es peor, preferiste quedarte revisando garabatos en vez de ir a revisar la cosecha de este año.  – refiriéndose a las estudiantes de nuevo ingreso.

– ¿Y cómo está la cosecha? – pregunta desviando el tema.

– Hay talento, sólo falta apoyarlo.  – responde carcajeándose con su amigo.

– Bueno, no has considerado que siendo asesor, también podré evaluarlas en persona, con tiempo, lupa y lujo de detalle.  – se jacta bromeando.

– Veo que esa alma ya está resucitando…

– Claro que sí. De hecho, hoy está más viva que nunca porque ya estoy libre de compromisos. Je, je

– ¿Entonces por qué estás vestido aquí así? ¿Es tu nuevo uniforme?

– Te vas a reír. Lo que pasa es que fui al gimnasio antes de venir aquí y vine empapado. Así que el Ing. Saúl me prestó este traje.

– Sí, veo que te queda un poco pequeño porque se te marcan los “atributos” más de lo normal. – dice mientras le da una fuerte nalgada.

No era la primera vez que Víctor le diese una nalgada Rodrigo. De hecho, ambos se lo han hecho al otro en repetidas ocasiones como una más de sus muchas bromas. Esta vez no era diferente para Víctor; pero sí, para Rodrigo, que siente una erección instantánea en medio de los ceñidos pantalones.

– Pero no negarás que habría arrasado en tu fiesta con este traje. – fanfarronea Rodrigo.

– Si hubiese sido de disfraces, sí; pero como no fuiste, sólo te quedará arrasar en la cafetería. Ja, ja, ja – ríe Víctor.

– Lo sé y, así como ando, mataría por ir a una fiesta hoy.

– Bueno, ya que lo mencionas, acabo de recordar algo…

– ¿Vas a hacer otra fiesta hoy? – pregunta esperanzado.

– No, lo que pasa es que una excompañera nuestra va a tener un almuerzo. No es exactamente una fiesta, pero si te sirve, te puedo ceder mi tarjeta.

– Pero entonces ya no podrías ir tú. ¿No te haría falta?

– Me habría gustado ir, pero ¿a quién se le ocurre hacer un evento como así en lunes? No tengo nada importante que hacer, pero no tengo ganas de embriagarme ni de vestirme formal. Además, veo que a ti te hace más falta salir. Je, je

– Bueno, ya sabes lo caprichosas que las mujeres. Je, je Y te doy toda la razón: me hace falta salir y conocer otras chicas, otras tierras. Ja, ja, ja

– Pensándolo bien, creo que es hasta urgente… se te puede “empolvar” o te acabarás volviendo “del otro bando”.  Ja, ja, ja, ja

– ¿Y quién es la chica? ¿Cómo se llama? – pregunta huyendo del chiste.

– Vanessa Durán

– Pues no me suena su nombre. Dices que es excompañera nuestra…

– Es que nunca fue compañera de clases nuestra, pero sí estudió en el mismo colegio que nosotros. De quien sí fue compañera es de mi hermana y yo la conocí porque llegaba a mi casa con frecuencia.

– ¿Y es guapa?

– Es agradable. No creo que sea lo que estás buscando, pero habrán más mujeres aparte de ella… y de mi hermana, cabrón. – enfatiza golpeándolo en el hombro.

– Con eso de que quizá no lleguen muchos invitados por ser lunes, la tendré como opción… Ja, ja, ja  Bien sabes que jamás me metería con tu hermana, por muy buena que esté. – responde devolviendo el golpe y riendo.

– Cabrón. Ja, ja, ja. Bueno, acá te entrego la invitación porque no sé si te vea más tarde. – dice mientras extrae la tarjeta de su mochila.

– Gracias. Por cierto, ¿cuál es la ocasión del almuerzo? No lo aclara en la invitación.

– No lo sé, pero ella se fue creo que a estudiar fuera del país y sé por mi hermana que acaba de volver.

– De cualquier forma, te agradezco infinitamente por este boleto para ir a conocer otros mares. Je, je – bromea refiriéndose a las mujeres.

– De nada. Sólo espero que después de esto no vuelvas a despreciar mis fiestas por quedarte trabajando. Je, je Te veo luego.  – se despide con un apretón de manos.

Llega la hora del almuerzo y Rodrigo se presenta puntualmente en el sitio indicado por la invitación. Nota que hay mucha gente en el lugar, pero no conoce a ninguno de los presentes. La mayoría son mujeres jóvenes y el resto son adultos de mediana edad. Supone que éstos son padres y tíos, pero no ve a la agasajada que, por las palabras de Víctor, asume que no es tan guapa como las otras asistentes.

– ¡Rodrigo! No sabía que fueras a venir. ¿Has visto a mi hermano? – lo saluda de beso Regina; la morena, espigada y guapa hermana menor de Víctor.

– Hola, ¿cómo estás? En realidad, él no va a venir porque… por unas actividades de la Universidad, así que me cedió su invitación para que no se pierda… y como es lunes… – responde enmascarando la verdadera razón para no sonar machista y/o mujeriego.

– Ok, no sabía que ya conocieras a Vanessa.

– Si no la conozco, pero tú me la presentarás. Ja, ja, ja Si vengo a su almuerzo, es justo que la salude.

– Es gracioso que no la conozcas porque…

Regina interrumpe sus palabras al ver a una joven acercarse a ella para saludarla, captando también la atención de Rodrigo. La mujer viste un vestido negro escotado que permite apreciar un muy bien formado cuerpo de 1 metro y 68 centímetros, una piel suave morena clara que se corresponde con la de su muy bello rostro a pesar de su maquillaje y al cual su cabello sedoso y negro adorna armoniosamente. Aunque todas las otras chicas presentes son también muy guapas, ninguna se compara con… “¿cómo se llama?” se pregunta retóricamente Rodrigo.

– Vanessa – responde la guapa recién llegada.

– Encantado. Soy Rodrigo. – se presenta disimulando que se le escapó la pregunta de sus adentros y saludándola con un beso en la mejilla.

– Pues yo a ti ya te conocía. Je, je – aclara mientras Regina entabla conversación con otra chica, dejando a Rodrigo y a Vanessa solos.

– ¿Ah, sí? Entonces debo haber sufrido una lesión cerebral por los cabezazos del fútbol porque no te recuerdo, pero estaré encantado de recordar. – dice coqueto.

– Ja, ja, ja, ja. Precisamente yo te conozco porque estabas en el equipo de fútbol del colegio donde estudié, pero no es culpa tuya no recordarme. Yo tenía un aspecto muy diferente al que estás viendo en estos momentos.

– Bueno, de cualquier forma, yo estoy encantado de conocerte. – le cede su mano.

– No lo dudo, pero debo ir a saludar a los demás invitados. ¿Vas estar en la misma mesa que Regina y Víctor?

– No lo sé. De hecho, Víctor me cedió su invitación a mí porque él no pudo venir por varios compromisos que tenía hoy lunes. Me pidió que te dijera y lo disculpes.

– No hay problema, pero dile que me debe una salida, ¿eh? Quédate en esta mesa con Regina y yo vuelvo en un momento.

– No me moveré de aquí por nada del mundo. – grita coqueto mientras Vanessa se aleja, pero aún lo escucha, haciéndola reír.

– Oye, ¿cómo es que yo no la conocí antes? – pregunta a Regina, quien ha dejado de hablar con la otra chica y está ahora sentada revisando su teléfono celular.

– Pues eso te iba a preguntar yo a ti. Ja, ja Es raro que no la conozcas, ya que es hija de tu padrastro. – puntualiza dejando a Rodrigo perplejo.

Para comentarios o sugerencias, escriban a maxival91@gmail.com

NOTA: El autor agradecería le comunicaran algún comentario, o idea sobre la historia. Esta me agrada, y personalmente la espero y sigo con interés, por eso, en ese detalle en específico, no he querido indicarle nada, no vaya a terminar como “otro cuento que se parece mucho a los otros”. Pero están invitados, ¿eh?

NOTA 2: ¿Cómo carajo hace un tipo para verse así vestido? ¿Y quién será? Parece alguien conocido. Como sea, la historia regresa y va posicionándose nuevamente. Cosa que se agradece, del resto nadie ha respondido mis mensajes.

CONTINUARÁ…

Julio César (no es mío).

EL CAMBIO… 66

mayo 7, 2018

EL CAMBIO                         … 65

   Basado en una idea QUE NO ES MIA. Es una adaptación. No digo más, por ahora, no contacto aún al autor. Es un cuento de los que llaman de lenta construcción.

   Listo y preparado.

……

   -¿Listo para una nueva misión, marine? –oye la voz alegre y algo burlona de Larry. A su lado.

   Jeffrey grita porque justo en ese momento se corre. Entre gemidos y risitas, con los ojos nublados, sobresaltado. La intensidad del goce, que parece eterno, le obliga a flexionar los dedos dentro de los zapatos. Larry ríe viéndole. Qué bien le quedó todo, se auto complace, arrodillando una piernas y pegándole la boca al shorts húmedo de transpiración y semen fresco, abundante, chupando. ¿Qué le queda al musculoso marine que no sea lanzar la cabeza hacia atrás, sonriendo, dejándose chupar la goteante cabeza, feliz de su mariconeidad?

……

   El hotel era caro, hermoso, elegante, dotado de todas las comodidades que no sólo el dinero puede comprar y pagarse, sino el mucho, mucho dinero, recibe un jeep verde aceituna que desentona un tanto entre tantos vehículos costosos. Pero nadie le detiene o le pregunta qué hace allí a su joven chofer, un tipo hermosamente masculino, casi arrogantemente intimidante con su fachada y aire resuelto. Viene respaldado por un ente también importante. Este sonríe lleno de expectativas. Nada de nervios. Sabe a lo que va. Conoce su misión y está preparado para ella.

   El inmenso cielo azul de California, bajo la acción del calor del sol, brinda un especial encanto al área de piscinas. El hombre joven, delgado, alto, de rostro algo cetrino y barba bien cuidada que lleva, se ve relajado mientras fuma y toma un sorbo de whisky… todo lo que está prohibido a los fieles, por el Corán, restricciones que no le alcanzan, y menos fuera de la conservadora Arabia Saudita. La casa real mantenía un férreo control político, social y religioso, y ninguno mayor que la fe de millones en su destino. A Khalid Ben Saud le agrada ese modo de vida, el milagro del desierto fundamentado sobre gigantescos yacimientos de oro negro, pero a veces necesitaba escapar para apostar, parrandear, comer, fumar y follar con cuanta tía se le cruzara por el camino. Aunque el dinero y la posición le garantizaban todo éxito, le gustaba creer que era por sí mismo que las mujeres caían. Es un hombre atractivo de ojos grises y cabellos muy negros que le daba cierto aire de peligrosidad viril.

   Amante de los “vicios” de occidente, especialmente en la Costa Azul y la costa oeste americana, intentaba ser discreto y que no se supiera en casa, aunque era mantenido bajo vigilancia por sus nexos con grupos ultraconservadores de su país dentro del complejo esquema que jugaban los cientos de príncipes árabes que se vigilaban unos a otros esperando… Bien, cualquier cosa que pudiera ocurrir. El trono era algo con lo cual todos soñaban en mayor o menor medida. Secretamente, claro. Dentro de esa dinámica, Khalid sabía que era bueno contar con los ultrosos, tantos militares como en el clero, igualmente con fuerzas menos regulares a las que brinda cierto apoyo monetario y de protección. Después de todo, atacar al Gran Satán no perdía su encanto en la región. Simpatías, o cálculo, que muchas agencias conocían. Y temían.

   Ahora, vestido de blanco, una camisa de seda prácticamente desabotonada mostrando un torso artísticamente velludo que hace juego con la cara, recostado de una cómoda silla larga, espera por las señoritas que traerá Hassan, uno de sus incondicionales (como los otros tres gorilas que le rodean, embustidos en sus trajes negros reglamentarios; altos, fornidos, totalmente devotos al libro… en casa), que miraban, le cuidaban y callaban. Sonríe saboreando el licor sobre su lengua, llenando sus pulmones con una calada profunda del aromático tabaco, prometiéndose también aspirar algo de coca más tarde. Del vientre de alguna rubia de tetas grandes. Tan sólo para divertirse. Y luego… La tersa frente se le frunce.

   -¿Quién es ese sujeto? –pregunta y señala al tipo alto, rubio, increíblemente musculoso que se mueve altivamente al otro lado de la alberca, dejando caer un morral. Era… joder, ¡vaya fachada!, pensó de pasada, con una pisca de disgusto… Y curiosidad. Había apartado la piscina.

   -Debe ser el salvavidas, señor. El hotel insiste en que esté presente, aunque sea de manera discreta. –le señala uno de los gorilas, medio inclinado, mirando también al hombre evidentemente joven que llega. Tan… voluminoso. Y vistoso.

   La tapadera para estar en el lugar era esa, el salvavidas que el hotel insistía estuviera presente estando allí tan ilustre huésped. Y Jeffrey McCall era el indicado. El joven sonríe casi imperceptiblemente, sintiendo sobre sí las miradas curiosas de los otros. Su llegada debía ser una molestia para el joven príncipe, se dice, mirándole tras los lentes oscuros, bajo la sombra de la visera de la gorra con el emblema de salvavidas. Estremeciéndose ante lo exótico del sujeto, lo guapo. Igual que sus gorilas. Machos grandes que…

   Siente ese calorcillo grato llenando sus entrañas, calentando su piel. Erizándole. Mirándoles, tras los lentes, les saluda con una indicación de cabeza, a la cual responden los otros de manera automática, mirándole. Si, siente sus ojos sobre sus hombros, torso, brazos forrados de músculos, sus piernas gruesas. Lleva una camiseta roja, muy abierta de hombros, brazos y cuello, que cubre el tercio superior del shorts verde que usa, uno de tela suave y corta, que apenas le llega bajo las bolas, adherido totalmente a sus nalgas y pelvis. Se vuelve para dejar la bolsa un poco más alejada y siente esas miradas recorrerle la nuca, la espalda, los muslos. El culo. Seguramente nunca habían visto un tipo como él, un anuncio viviente de salud, fortaleza, masculinidad y…

   Aún dándoles la espalda, sonríe sintiéndose travieso, emocionado mientras se quita la gorra y desordena y peina su corto cabello rubio con los dedos, sacándole reflejos al sol, para luego retirar su camiseta con lentitud, mostrando su baja espalda que se abre en forma de gran v, musculosa y recia. Se vuelve, su torso abultado sirve de marco a sus tetillas marrones claras de pezones largos y erguidos, la cadena con sus placas militares (no con su nombre real, claro está) brilla igualmente bajo la intensa luz del sol.

   Jo.der… piensa el joven príncipe que lo mira, algo confuso por el espectáculo del cual no puede apartar los grises e intensos ojos, recreándose en ese cuerpo grande y hermosamente constituido. Reparando, de paso, en que los gorilas tampoco pueden apartar las miradas tras sus lentes. Pero, ¿qué…?, aún se pregunta cuando ese tío impresionante se lleva los pulgares a la cintura del obsceno shorts que usa, dispuesto a bajárselo.

CONTINÚA … 67

Julio César.