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LA NENA DE PAPA… 18

agosto 30, 2016

LA NENA DE PAPA                         … 17

De Arthur, no el seductor.

BOY THONG HOT

   Sabe lo que le espera.

……

   -¿De mí? ¿Hablaban de mí? –grazna, el corazón palpitándole feamente en el pecho.

   -Si, me habló de ciertas competencias a las que tendrás que asistir, y que necesitas un nuevo uniforme para…

   -¡No! –es tajante, no iba a aceptarle cosas, pero al notar el fruncir de ceño se retracta un tanto- Gracias, se… papi, pero no quiero regalos. Ni que traiga paquetes cada vez que viene. Los chicos se darán cuenta y hablarán.

   -Lo siento, pero ya me he ocupado, encontrarás mañana todo en tu vestidor. Y la renta la tienes cubierta para el resto del año, o hasta la graduación. Tu patrona no vendrá a “revisar”. También… -se encoge de hombros.- Llegará una pequeña contribución en tu nombre para el equipo de pista y campo.

   -Señor Cole… -brama, abrumado y alarmado, un manotazo a la mesa le hace pegar un bote sobre el asiento… notando la presión del consolador, instintivamente cierra su culo y todas esas sensaciones se intensifican de manera confusamente estimulantes.

   -Joder, cómo te quejas. ¿Sabes qué?, está bien, tú ganas. –comienza brusco, asustándole y esperezándole, ¿acaso le dejaría en paz?- Si no me quieres aquí, si te molesta mi presencia, me iré. Dímelo y lo haré, ¿no me quieres en tu pieza? –pregunta retándole.- ¿Quieres que me largue y no vuelva?

   Por un segundo el muchacho boquea, vestido así, con aquella cosa metida en su culo, ¿acaso hablaba en serio? ¿Si le decía que se fuera lo haría?

   Como sea, el hombre no le da tiempo de pensar, muy molesto arroja una servilleta sobre la mesa y se pone de pie, la silla rueda hacia atrás, casi con violencia. Con los ojos muy abiertos, Brandon le ve acercarse, tomarle de una muñeca y alzarle, obligándole a caer de panza casi sobre la caja de pizza. Y una mano grande y velluda vuelve a su trasero, azotando lenta y suavemente, llenándole de grasa de pizza. Poderosa, dominante, así lo piensa el muchacho, así como nota las vibraciones que esas palmadas provocan en el juguete clavado en su culo.

   -Ahhh… -se le escapa.- Señor Cole… -gimotea, ¿acaso para recordarle que se iría?

   -Eres una malagradecida, Brenda, todo lo que hago por ti y… -con una mano sobre el cabello suave del muchacho le obliga a caer totalmente sobre la mesa, azotándole y acariciándole las nalgas rojizas, que se abren por la posición, notándose el hilo dental en la raja intreglútea con el consolador clavado.- Dime, ¿quieres que me vaya?, ¿quieres que me vaya? –le pregunta gritado, reteniéndole con fuerza, oyéndole gemir, viéndole estremecerse, imaginando cuánto afectaba aquella cosa las entrañas del chico. Y tomando la base lo rota, y Brandon casi bizquea, alzando el rostro, boca muy abierta.

   Un momento, ¿ese carajo no estaba diciendo que se iría, preguntándole si deseaba eso?, la idea llena la mente confusa del chico, pero le era imposible pensar con claridad porque… porque todas las manipulaciones anteriores de Cole le habían excitado de una manera extraña. Tan ajena a su manera de pensar que lo hacía todo más intenso. Y todo placer hasta ahora, toda liberación orgásmica le había parecido un tanto insatisfactoria, inconscientemente estaba medio frustrado. Por otro lado, el consolador estaba afectándole, no podía negárselo a sí mismo. Aunque rebelándose contra la idea imagina que se debe a la astuta manipulación de un hombre con experiencia que sabía cómo hacer reaccionar a cualquiera. ¿Acaso no habían sádicos que lograban que sus víctimas, hombres, se avergonzaran de haber sentido placer sexual al manipular sus próstatas?

   Todo eso lo piensa, febrilmente, mientras es perfectamente consciente del juguete retirándose de su culo, la cabecita, algo más ancha, refregándole las paredes del recto, uno que sabe, rojo de mejillas, que tiene apretado para sentirlo mejor. La mano sobre su nuca la retiene, el macho poderoso le domina, pero todavía se revuelve y estremece cuando la punta del juguete recorre su raja, donde el hilo de la pantaletica ocupa su lugar. Se tensa cuando la punta roma, sobre su ojete, aprieta, lenta pero inexorablemente, abriéndole, metiéndole la tirita que finalmente se aparta. Y le avergüenza el alarido ronco de placer que escapa de sus labios en esos momentos tan horribles, el dildo entrándole.

   -Mira todo lo que hago por ti, Brenda, ocupándome de tus necesidades sexuales, atendiendo tu ardiente crica, y sigues quejándote. –le oye, regañándole, pero sabe que se burla.- ¿No quieres esto? ¿No lo deseas? –se le medio tiende, retándole.

   Lentamente, centímetro a centímetro el cilíndrico juguete va clavándose en su culo, desapareciendo de la vista, forzando su entrada, tomándole, controlándole. Haciéndole consciente de su inferioridad frente al macho alfa… y la cosa no podría importarle menos en ese momento. Tan sólo la realidad del no muy grueso consolador (que nada aliviaba sino que incrementaba las ganas) que lo está penetrando, abriéndose camino lentamente en sus entrañas, despertando nuevas oleadas de lujuria, de placer y ganas que recorren su joven cuerpo de muchacho, inundando su cerebro de endorfinas y testosteronas, casi llevándole al delirio.

   -¿No te gusta que te toque? ¿Es eso, Brenda? –le pregunta, ronco y lujurioso, sabiendo que el chico no puede responder como no sea con cortos gemidos que intenta controlar y ese meneo de culo que inicia para acompañar las cogidas.

   Con el cabello cayéndole en los ojos, cachetes muy rojos y la boca abierta, Brandon sólo es consciente de la manera en la cual su recto se abre y cierra al paso del juguete que lo estimula. Lo aprieta, el anillo de su agujero se cierra ferozmente sobre el cilíndrico objeto, pero no para sacarlo, lo sabe. Y las ideas e imágenes que inundan su mente lo enferman… Su culo abriéndose y separándose, la sensación de ese recorrido… El recuerdo de la verga tiesa, gruesa, larga y nervuda de ese hombre haciéndole lo mismo. Traga en seco, con carita de angustia, recordando aquellas cogidas sobre la cama matrimonial del hombre. El recuerdo del tolete caliente, pulsante y vivo que…

   -¿En qué piensa, Brenda? –el hombre le pregunta, encimándosele, sacándole el consolador y posicionándose detrás. Movimiento que tensa al muchacho, quien aguarda con impaciencia. Y cierra los ojos cuando lo siente.- ¿Acaso con esto, pequeña zorra caliente? –es la pregunta burlona, excitada.

   Mientras aún le retiene contra la mesa con una mano, Cole saca de sus pantalones la verga erecta, dura y goteante de emoción, y con ella, aferrándola con la mano por la base, procede a azotar esas turgente nalga de muchacho, con fuerza, gozando el impacto contra la tierna carne, notando como el chico se tensa y espera, oyendo sus gemidos, notando el casi arquear de su espalda. La rojiza mole de carne golpea en una, luego en la otra, sabiendo que quema al chico, que lo moja de líquidos pre eyaculares. Pronto ese joven aprendería a reconocer ese aroma, enloqueciendo ante él. Sonriendo, el hombre lo posiciona detrás, como hizo con el juguete, y con la punta de su tolete frota y empuja un poco contra ese culo chico, casi metiéndole el hilo de la tanga.

   -Ahhh… -Brandon gime largamente, cerrando los ojos, boca algo babeante, apoyando una mejilla en la mesa. Esperando la cogida. La enculada. Su agujero sufre violentos espasmos tras el hilo de la tanga. Para ello separa sus piernas un poco más, de manera automática. La risa del otro es casi hiriente.

   -Eres una zorrita… -es el susurro ronco.

   -Hummm. –el muchacho se muerde los labios para no gemir cuando las manos del hombre, soltándole la nuca, van a sus nalgas, separándolas aún más, y coloca entre ellas, a lo largo, su pulsante y ardiente verga, soltándolas. Cierra los ojos otra vez. Sintiéndola poderosa y caliente pulsar contra su piel.

   -¿No querías que me fuera? –le recuerda burlón, y Brandon nota que baja un tanto su caderas y las alza, moviendo y frotando la gruesa pieza de carne tiesa contra sus glúteos, algo que le produjo un real placer por el gemido que soltó.- ¡Hummm!, maravilloso. Dime, Brenda, ¿me marcho? ¿No quieres esto? –le reta sonriendo con una mueca libidinosa mientras sube y baja su verga entre las turgentes y redondas masas duras de carne joven.

   Ese roce, ese pase contra su raja, sobre su culo aunque por encima del hilo de la tanga, tiene al muchacho mal. No abre los ojos en ningún momento, pero se agarra de la mesa, totalmente consciente de que tensa sus nalgas, concentrándose en ellas para disfrutar del roce de la nervuda pieza masculina, mientras lo sube y baja a su vez. De sus labios escapa un gemido cuando el hombre se acuesta sobre él, más alto, recio y pesado, sin detener el sube y baja de sus caderas, metiendo las manos bajo su cuerpo delgado y con una de ellas le atrapa un pezón erecto, pellizcándolo, halándolo, haciéndole chillar. Pero era la otra mano…

   Cole la lleva a su pelvis, acariciándole el pene erecto sobre la tanga, roce enloquecedor. Brandon grita incapaz de controlarse, su cuerpo es una masa de sensaciones. Desea que ese hombre lo masturbe. ¡Quiere que lo penetre! Nota el corazón de Cole, palpitando con fuerza contra su espalda, y ve los dedos del hombre acercándose a su rostro, a su boca, que abre y los deja entrar mientras los lame, saboreando en ellos lo que queda de la grasa de la pizza. El hombre sube y baja su verga, le acaricia ahora dentro de la tanga, así que él corresponde chupando ruidosamente de esos dedos, limpiándolos con su lengua. La risa del otro, y su retirada, le sorprenden.

   -Así que querías que me fuera. –le recuerda cuando se vuelve a mirarle, rojo de vergüenza y lujuria,  nuevamente con la tanga mojada.

   -Se… Papi, por favor… -no sabe qué pide.

   -No, Brenda, te has portado mal. Hago todo por ti y me tratas mal. ¿Crees que mereces algo, nena? Yo sí me lo he ganado. –le atrapa un hombro, clavándole suavemente los fuertes dedos, para que reconozca su tacto, su calor y fuerza, pero también para disfrutar de “su nena”. Del dominio sobre “ella”.

   Todavía confuso, y frustrado, el muchacho cae lentamente de rodillas, y pronto su rostro es azotado por la magnífica verga erecta, una que se enfila hacia sus labios color rosa, separándolos y penetrando. Cole lanza un gemido de gozo nada más sentírsela apretada por los sedosos labios del muchacho, así como sus mejillas que la atrapan y halan cuando comienza a cogerle la boca, por no hablar de la lengua que el chico pega de la cara posterior de su tranca, lamiéndola a cada pase. Con las dos manos le atrapa la nuca, los dedos enredándose del sedoso cabello castaño.

   -Oh, sí, Brenda, que bien mamas una verga. –le ruge, sus miradas encontrándose, la del macho grande y el chico sumiso en cuya boca aparece y desaparece un güevo tieso.- No quiero que te cortes el cabello. –le ordena.- Y no, no te toques… -Brandon enrojece, porque había comenzando a masturbarse mientras mamaba de aquel tolete de manera automática, sintiéndolo pulsar sobre su lengua cuando el glande amenazaba con bajar por su garganta. Retira la mano como pillado en falta.- No mereces ese desahogo, te has portado muy mal. Puedes hacerlo luego, para eso te regalé el consolador. –puntualiza, hablando cada vez más apurado, con esfuerzo, sus caderas meciéndose una y otra vez, más rápido, reteniéndole en un momento dado contra su pubis, alzando el rostro.- Ahhh… -ruge estallando en semen, uno que le quema el tolete mientras baja y baña las amígdalas del muchacho; no merecía saborearlo, por tonto, así que se corre disparando directamente hacia el esófago.

   Brandon, rojo de humillación, comprende eso, que se le castiga, aún así su lengua sigue lamiendo, su garganta succionando. Finalmente, con un suspiro, Cole retira su verga y algo babea sobre la lengua del chico, que lo saborea de manera instintiva.

   -Quédate así, estoy molesto, Brenda, mucho. Pensé que esta sería nuestra gran noche de amor. –puntualiza el hombre aseándose, metiendo su miembro en sus ropas, rumbo a la puerta.- Debes pensar en las cosas que haces, preciosa; un hombre tiene sus límites para con los caprichos de una nena por muy sexy que sea. –le advierte, saliendo con una enorme sonrisa en el rostro.

   De rodillas en el piso, profundamente humillado por la manera de ser tratado, pero también por la frustración del orgasmo no alcanzado, Brandon se siente miserable. Los golpes a la puerta le sobresaltan. ¿Acaso volvía por…?, se pregunta hasta que recuerda que Cole tiene llaves.

   -¿Si? –sigue donde está.

   -¿Moses? –enrojeciendo un poco, de vergüenza, oye la voz de Mark.- Amigo… -carraspea este como si hablara contenido y bajito, contra la madera.- Vi a ese tipo salir. ¿Qué pasa, Brandon? ¿Quién es Brenda? ¿Eres tú? ¿Eres la “zorrita” que dice ese tipo?

CONTINÚA…

Julio César (no es mía la historia).

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 60

agosto 23, 2016

… SERVIR                         … 59

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

UN OSO Y SU CHICO

   Cuando los osos atacan…

……

   Llueve feamente, de manera copiosa; tanto que a pesar de las altas horas de la noche, algunos rostros reflejan preocupación. O tal vez era por los lejanos truenos que iluminaban momentáneamente la escena. La mayoría les temía de manera subconsciente. Aunque no todos parecen preocupados por el clima, o el temor a un rayo cayendo del cielo. Un hombre sonríe levemente mientras parece dormitar, aunque tan sólo lo parece. Está atento a todo. Su mente, notable como pocas, no lograba alcanzar nunca un grado total de confianza, de paz. Y menos ahora, sonríe de manera fría al pensarlo, cuando estaba a punto de moverse. Lo necesitaba. Actuar. Las pelotas le hormiguean y la verga le endurece bajo las ropas, de anticipación.

   Esforzando la vista en las penumbras, abre completamente los ojos bajo la visera de la gorra de los Yankees de Nueva York, volviendo el rostro hacia el sujeto dormido.

   Y, así, Robert Read contempla a su próxima víctima…

   El cómodo y moderno autobús sigue su marcha a pesar de la lluvia por aquella interestatal, alejándole de sus perseguidores… acercándole a su venganza contra la primera en su lista (no la única), Marie Gibson, la muy habladora. Sabía dónde encontrar a la pequeña basura maricona y travesti, y pensar en lo que le hará le hace tomar aire pesadamente, de manera casi sensual, volviendo la mirada nuevamente al compañero de asiento, del lado del pasillo, el cual dormita. Es un tipo delgado, alto, treintañero; un sujeto que cruzaba medio país para asentarse en otra ciudad y comenzar de nuevo. Iba a responder a un anuncio, buscaban un profesor de historia en un colegio semi internado para chicos problemáticos. No tenía lazos en ninguna parte, una prometida de años había terminado con él, y se había largado. Eso le contó. Pero a Robert Read todo le sonó como era, y se lo pareció, cuando se conocieron. Ya ese carajo estaba allí cuando subió, sentado del lado de la ventana cuando se detuvo frente a él.

   -Creo que compartiremos asiento… -su voz fue profunda, deliberada, y le vio la sorpresa al volverse, por su tamaño y fuerza. No le extrañaba, era un hombre grande, sólido, fuerte y mucha gente, generalmente mujeres y tíos potencialmente sumisos, lo notaban. Y este lo hizo, sonriendo con cierto embarazo.

   -Qué bien. Me llamo…

   -Quiero la ventana. –le cortó en seco, viéndole tragar, dudar, no conforme, pero asintiendo.

   -Bien. –accedió, y en ese instante supo que podía hacerle lo que fuera.

   Sentados, emprendiendo el viaje, le oyó hablar de su vida hasta ese momento, y comprendió que escapaba de quién era, que la mujer se había hartado del marica reprimido que no terminaba de decidirse, abandonándole. Cosa que seguramente le alivió, y asustó al dejarle el problema de tener que enfrentar a familia, colegas, vecinos y conocidos, el ¿por qué todo acabó? Seguramente supuso, acertadamente, que muchas conjeturas se harían sobre su vida, su sexualidad, y ese cerco le impulsó a escapar. De las habladurías, de las miradas. De sus temores.

   Sin ningún interés en particular en ese momento, Read le escuchó, divertido como siempre al comprobar que había gente que les contaba tanto a otros en lugares apartados. La secreta fascinación del otro que intentaba disimular, le divirtió. Rozarle con la rodilla, dejarla contra su pierna y verle tragar, excitaba su vena de cazador. Para ese momento quería atraparle, asustarle, verle retorcerse bajo su control, hacerle perder el suyo. Eso le distraía de sus frustraciones. Había tenido que huir empujado por el temor real a la pena de muerte. Estuvo cerca, y no había sido divertido. No su muerte. Le habría gustado quedarse un poco más en la ciudad, visitar de manera sorpresiva a su abogado, Jeffrey Spencer, para verle angustiado. También al maldito de Owen Selby, para matarle como a un perro, pero el carajo era peligroso, había sabido llegar al sótano aquel, como siempre temió. Ya le vería, cuando bajara la guardia. Sonríe cruel en las penumbras, pero a quien más habría querido ver, y decirle palabritas de amor, era a Tiffany…

   El vehículo pierde empuje después de cuatro horas ininterrumpida en la vía, de noche, y enfila hacia la derecha, disponiéndose a aparcar cerca de una gran tienda cafetería, junto a una gasolinera con sus baños. La lluvia y la hora parece jugar contra la idea de bajar, pero el hombre a su lado parecía esperarlo.

   -Por fin, necesito estirar las piernas, un café y… -informa, sonriendo nervioso ante la mirada de Read.

   -¿Una meada? Estos baños son molestos… -señala con el dedo hacia la parte posterior del vehículo.- Por mi parte, me quedo. –bosteza y se acomoda, sonriendo leve, sabiendo que obliga al tipo a pasar casi sobre sus piernas.

   Habría sido tan fácil extenderlas manos, atraparle la cintura y sentarle en su regazo cuando lo hizo. La sorpresa que se llevaría, por la acción, pero más por la dura verga erecta bajo su bragueta.

……

   Después de una corta carrera bajo la lluvia, el sujeto llega al baño, todavía sintiéndose algo turbado por la presencia de ese hombre grande y fuerte, dominante, a su lado en el autobús; un sujeto que no se inquietaba por la cercanía, como sus piernas rozando. Mea, largamente, casi lanzando un suspiro y sonriendo beatíficamente.

   -Mierda, que polla tan pequeña, con razón te dejó tu novia. –oye la poderosa voz a su lado; sobresaltándose pega un bote y las últimas gotas de orina le mojan el zapato.

   -¿Qué dices? –exclama abriendo mucho los ojos, turbado por la sorpresa y las palabras, no le oyó acercarse. Allí estaba ese oso, meando también, a su lado en el largo urinario de pared, con una tranca larga, gorda, blanca rojiza y medio dura. Una buena pieza, reconoce con un estremecimiento que no desea admitir.

   -Esta si es una buena verga. –acota Read, continuando su exposición.- Con eso no puedes satisfacer a ninguna mujer; con una como esta la puedes hacer gritar de lujuria, y que los tíos sumisos se vuelvan putas gritonas cuando se las metes por el culo.

   -¿Qué…? –inquieto, presintiendo el peligro comienza cubrir su pene y alejarse. El otro, verga afuera, llenándose, le encara.

   -¿Nunca has querido saber lo que siente una zorra siendo bien follada? ¿Lo que es tener para ti la verga de un hombre de verdad?

   -No, yo… Lo siento, amigo, creo que me confundes y… -intenta alejarse, sabiéndose amenazado.

   -No estoy confundido para nada, sé que eres una perra tragona, y vas a chupármela. –puntualiza con el tolete totalmente erecto de emoción; alzando las manos cual garras se le va encima, atrapándole los flacos hombros y estrellándole de espaldas contra la pared.- Es hora de adorar la polla, puto, ¡de rodillas! –le ruge, haciéndole gritar alarmado, obligándole a caer.

……

   Desde que había sido transferido a esa celda, la vida de Daniel Pierce había cambiado mucho, sin que una sola palabra se hubiera expresado al respecto. Al tiempo que compartía la estrecha cama con Geri Rostov, continuaba dejándose crecer el cabello, el cual colgaba lacio y hermoso sobre su rostro y espalda; cuidaba la suavidad de su piel y se depilaba. El otro tampoco decía nada, pero le encantaba recorrer con las manos fuertes y callosas del trabajo en el taller su cuerpo blanco lechoso, atrapar con los labios sus pezones grandes, siempre erectos, y chupar de ellos, oyéndole y viéndole gemir y estremecerse. Y las tangas. Pequeñas, diminutas, bien metidas entre las turgentes nalgas. Sin embargo…

   Esa noche en cuestión, el rubio ex amante de Robert Read se encuentra solo en el catre, inquieto y asustado. Geri estaría cuarenta y ocho horas encerrado en aislamiento, y le faltaban todavía treinta y seis horas, por una violenta pelea en los patios. Alguien se había burlado del “muchacho que mantenía a la querida de Read”. Eso hizo que el hombre lo viera todo rojo y golpeara a dos antes de ser reducido entre varios, pero salvados por los guardias, quienes les llevaron a aislamiento por comenzar la pelea.

   Lo que inquieta a Daniel es que aquello no había sido casual. Lo supo, en la cocina, al recibir la visita de un guardia joven, latino, el cual le miraba de forma lasciva cada vez que se cruzaban. Intentó ignorarle mientras lavaba una enorme cazuela, pero el tipo le llegó por detrás, pegándosele de la espalda, empujando la pelvis contra su culo. Eso le hizo gemir, de sorpresa y disgusto.

   -¿Qué hace? –gimió, encerrado entre el lavaplatos gigante y ese tipo.

   -Tu marido está en aislamiento, así que pensé que andabas solita, princesa. ¿No te gustaría que te haga compañía? Puedo hacerte lo que él te hacía en ese baño. Oh, sí, los vi. Te vi como la puta que eres.

   -No, yo… -se asustó, una cosa era luchar con otros reclusos, pero un guardia…- ¿Qué hace? –bramó, porque el tipo, fuera de comenzar un leve mecer de caderas, elevó una mano que metió dentro de la braga color naranja, acariciándole el torso sobre la camiseta.

   -Mierda, qué tetas. –le oyó gruñir, al tiempo que apretaba. Y reía.- ¡Se te puso dura, mami! Mira que eres puta. –le gruñó junto a una oreja semi cubierta por el gorro con el cual ocultaba sus rubios cabellos.

   -No, déjeme. –bramo y se apartó, rojo de cara.- No quiero problemas con usted, yo…

   -Pero los tendrás si no eres amistosa, mami. Puedo enviar a tu marido al foso todas las veces que quiera. Aunque no creo que sea necesario, ¿verdad? No quieres que le pase nada, así que podemos arreglarnos. –le sonrió, tocándose el bulto sobre el uniforme.- Sé que te gusta esto, mucho, no hay que pelear. Piénsalo. Te conviene. Y te va a gustar. –y se alejó.

   Tragando en seco sobre la cama solitaria, el rubio supo que estaba en un problema. Otra vez. Y ahora Geri podía sufrir por su culpa.

……

   Mientras la lluvia, truenos y relámpagos hacen desistir a todos los del autobús de la idea de bajar y que lo mejor es esperar el reposte de combustible en la seguridad del vehículo, un hombre joven es atacado sexualmente en el sanitario. Prácticamente vestido, excepto por la corta y ajustada camisa que tiene desabotonada mostrando el fornido torso velludo, su panza dura, y la palpitante verga emergiendo de su bragueta, Robert Read se cansó de obligar al tembloroso y asustado sujeto a mamarle el güevo, atrapándole en un puño el cabello, con crueldad, haciéndole gritar, obligándole a caer sobre su barra de carne tiesa y chuparla, cubrirla totalmente con labios, mejillas y lengua, ahogándole, haciéndole tragar todo lo que de su pito salía. Sonrió entre dientes, con una mueca cruel, de pie, mirándole ir y venir bajo su control, metiéndosela hasta la garganta, dejándola allí para ver como esos ojos se llenaban aún más de lágrimas, ya no sólo de miedo o frustración sino de ahogo, con la cara muy roja, para retirarla, viéndola brillante de saliva.

   -Si, así chupa una verdadera puta. –le decía para atormentarle.

   Luego, y aunque el otro se negó y gritó, no oyéndole nadie, le desnudó a zarpazos, mareado de las ganas. El temor, lo desvalido del sujeto, le tenía caliente como predador. Bajarle el ajustado bóxer (seguro lo llevaba para sentirse sexy), le hizo arder. Su güevo goteó espeso líquido, listo para lubricar, como siempre, el apretado coño virgen de un mariquito reprimido. Uno como ese, al que pronto estaría reventándole el culo mientras lo usaba como a su puto. Con un “silencio, maldita zorra, o vendrán todos los del autobús a cogerte”, le atrapó la nuca, llevándosela hacia adelante, haciéndole caer en cuatro patas, posicionándose, de rodillas, tras sus nalgas.

   El tipo, todavía alucinado ante la realidad de lo que le ocurría, le gritó que no, que era una violación, ignorando cómo excitaba eso a Read, quien atrapándole el cabello nuevamente en un puño, haló dolorosamente haciéndole echar la nuca hacia atrás, gritando, y se la metió de golpe y porrazo. En ese momento si que el otro chilló. La cabeza de la gruesa, larga, tiesa y amoratada verga en un momento dado frotaba el redondo, cerrado y peludo culo para luego desaparecer dentro de él, con dureza. Y al clavársela así, indiferente a sus gritos y llantos, Read sonrió y lanzó un hummm, bajo y ronco, de puro placer al sentir las paredes de ese recto en llamas cerrarse violentamente sobre su tranca, combatiéndole. Se lo dejó clavado un segundo, no por piedad para con el otro, sino para disfrutar los temblores y espasmos de ese hueco virgen que ahora conocía del poder y dominio de un macho. Ese carajo ya nunca sería el mismo. Era un momento importante para toda marica reprimida que nacía a su verdadera naturaleza.

   Aspiró ruidosamente, eran extrañamente estimulantes los olores del baño que le llegaban mientras retiraba medio tolete, haciéndole gritar nuevamente. Le gustaban esos lugares aislados para sus juegos, ¡había tomado así a tantos sujetos! Desde sus quince años, como aquel amigo de la mierda aquella que fue su padre. En el patio que compartían las casas. En ese baño, en particular, por la hora de la noche y la tormenta, podía bombear todo lo que quisiera en ese coño recién estrenado, y ese tipito podía gritar, suplicar o llamar por ayuda todo lo que quisiera sin que eso le salvara de que su culo y su boca fueran usados. Sonríe diciéndose que era una pena haber tenido que matar a sus socios en aquella casa. De haberlos traído los tres harían fiesta con esa perra, se decía mientras le clavaba los dedos de una mano en la cadera y con la otra casi le aplastaba la frente contra el piso, mientras pintoneaba con fuerza su erecto y grueso tolete adentro y afuera del pequeño y ardido culo peludo recién estrenado. Los golpes eran sonoros, las flacas nalgas del otro se agitaban con las palmadas de su pelvis.

   -Ahhh, mierda, qué culo tan rico, cómo aprieta, cómo chupa… se ve que lo tenías hambriento de macho. –le ruge mientras le embiste con mayor rudeza y brutalidad, casi derribándole sobre el piso, mientras el otro solloza y gime.- Llamemos a alguien, a quien sea, tu culo necesita de más de lo que un sólo hombre puede darle. Vamos, grita, llama a alguien, que venga, que el olor a zorra que emana de tu coño lo vuelva loco. –le urgía entre dientes, azotándole con duras palmadas, intensificando los gritos ahora contenidos de ese carajo sometido a su bestialidad.- ¡Grita por ayuda, puta!

CONTINUARÁ…

Julio César.

SIGUE EL DILEMA… 3

agosto 15, 2016

SIGUE EL DILEMA                         … 2

   Bien, continúo con esta historia tan sólo para darle un final que, rabioso, pensé a la mitad de la historia original. Quería un castigo feo para el entrenador, aunque el final del autor me dejó gratamente sorprendido. Este será, volviendo a eso, una conclusión tipo el Tribunal del Diablo. No tendrá, obviamente, la calidad del otro relato porque me es difícil escribir como lo hace Capricornio, en serio, así que paciencia y benevolencia.

   Basado en caracteres creados por capricornio1967

MACHO VELLUDO SEXY

   El entrenador lo tomó y lo trabaja a placer.

……

   -¿No te excita, puto? –se burla contra sus labios, bañándole con su aliento.

   -Nuuuhufff… -Luis arruga la cara, cerrando los labios, queriendo apartarse, luchando contra el agarre de su rostro, contra el dolor de sus manos, brazos y hombros.

   Aferrándole la frente con una mano de acero, sin apartar mucho su rostro, los labios húmedos de saliva y vicio, Franco le abofetea con cierta fuerza, desconcertándole por un segundo.

   -¿Cómo te atreves a contradecirme?, un puto no puede hacer eso. Ni rechazar las caricias de su amo, y menos negar el placer que siente cuando este lo usa. Si quiero meter mi lengua hasta tu estómago, debes chuparla y beber de ella con ganas, sólo así te convertirás en un puto total. –le aclara mirándole con burla a los ojos, acercando otra vez esos labios enmarcados por el negro y fiero bigote.

   -Aléjate de mí, hijo de puta. –todavía grazna el otro. El dolor sobre sus muñecas se hace insoportable, el peso del costado de Franco aumentaba su tortura. Bañado de sudor jadea con desesperación, porque el ruin coach de su hijo acercaba increíblemente lento la boca para atormentarle.

   -Eso es, tiembla de emoción esperando mi beso, jejejejeje. Sabía que así de puto serías.

   -No, no. –gruñe con ojos coléricos, desesperados, intentando escapar del agarre de aquella mano.- ¡Nooooo! –chilla al sentir esa lengua otra vez, lamiéndole con lentitud, saboreándole los labios y nariz, bañándole con su aliento pesado.- No, no, detente. –ruge incapaz de detenerse a pesar de saber que el otro aprovecha el momento para darle toques de lengua.

   Franco no cabe en sí de las sádicas ganas que le tiene; ocultando el rostro en el cuello de Luis cuando este desvía otra vez el rostro, posa los labios sobre la ardiente piel, allí donde la yugular late con furia, punto que besa. Los pega como un chupón y succiona ruidosamente, bañándole con su aliento más caliente, aunque no tanta como la espesa saliva que mana y que al otro le parece sencillamente repugnante, como el contacto mismo. Luis se agita y revuelve intentando apartarse, pero Franco sigue chupándole la piel entre chasquidos.

   -Hummm… sabes delicioso, a puto. –le oye ronronear, bajo y pesado.- A Adriana le encantará verte el chupetón que voy a dejarte. Me gustaría ver cómo se lo explicas, jejejejeje…

   -No, no, déjame hijo de puta. –grita desesperado, entre las ganas de estallar de rabia y la impotencia. Fue depilado, sus bolas estaban peladas, le había tatuado una vaina ignomiosa en su trasero, todo muy grave, pero podía intentar ocultarlo; sin embargo, un chupetón en su cuello, uno que sería grande por la manera en que ese hijo de perra lamía y mamaba de su piel, era otra cosa.- Aléjate, maldito…

   Su grito casi histérico queda silenciado. Franco estaba cazándole, caliente por las ganas de disfrutar nuevamente de la boca de ese hombre hecho y derecho al que tanto odia y a quien tanto desea humillar, someter y poseer. Aprovecha el grito y cae sobre él, sabiendo que eso aumenta la presión sobre las manos, brazos y hombros bajo su cuerpo, y le besa de manera procaz.

   -Huuffffggghhh… -el gruñido de repulsa escapa de alguna manera de la boca de Luis, quien tiene la frente muy arrugada, sintiendo el aliento de Franco bañándole, el bigote rozándole de manera asquerosa, la lengua penetrando y explorándole de manera lenta y deliberada nuevamente. Intenta apartar el rostro pero no puede, el agarre del pervertido sujeto es grande, y el dolor que el peso extra crea sobre sus brazos y hombros le tienen casi paralizado.

   Franco siente su lucha, su repulsa, y todo él arde de lujuria; quiere eso, someterle a pesar de su resistencia, aplastar sus defensas, volverlo su juguete sexual, su puto, a pesar de lo que desee. Quiere que entienda que está indefenso y que puede hacer lo que quiera con él. Mientras lo retiene con una mano en la frente, y lo besa, la otra desciende con dificultad por el torso otrora velludo, acariciándole las tetillas, incrementando los gemidos ahogados, los estremecimientos del otro, de rechazo, de pelea. Casi ríe mientras hunde profundamente su lengua hábil, llenándole la boca de saliva, una que el otro debe tragarse para no ahogarse más, cuando atrapa uno de los pezones y lo aprieta, halándolo y retorciéndolo con fuerza.

   No, no, grita mentalmente Luis, quien a diferencia de otros momentos, es perfectamente consciente de en dónde está y qué hace. O le hacen. Es perfectamente consciente de que ese hombre sádico y cruel le besa, y ahora lo manosea. Sus tetillas, porque reparte las atenciones de una a otra, duelen al ser manipuladas de aquella manera. Nunca un hombre le había tocado, no digamos besado o atrapado sus pezones, y aquello lanzaba calientes y desesperadas oleadas de adrenalina en su cabeza. Jadea pesadamente cuando la boca se aparta.

   -Cabrón, besa bien, se nota que lo haces mucho. –se burla con los húmedos labios muy cerca de los suyos, el bigote rozándole sutilmente.- ¿Te morreas con muchos sujetos?

   -Hijo de… -el automático rugido de hombría humillada esa aprovechada para que esos labios vuelvan a cubrir los suyos y la lengua vuelva con renovadas ganas de saborear lo que reclama como su posesión.

   La mente de Luis es una sola masa roja y aullante de rabia, frustración e impotencia, recibiendo esa lengua viciosa que lo explora, que deja manar grandes cantidades de saliva espesa y tibia, y ahora la manipulación a sus pezones eran suaves, lentas, acariciantes, como buscando estimularle. Todo eso le tiene tan mal que queda paralizado cuando Franco se aparta totalmente de él, levantándose, quedando a su lado con una rodilla en la cama y un pie en el suelo, sonriendo cruel con los labios húmedos de donde chorrea algo de saliva, ojos brillando de manera predadora. La retirada del otro le desconcierta, y el alivio sobre sus miembros superiores estalla de manera cálida, todo ello contribuyendo a dejarle laxo. Indefenso.

   -¡No! ¡No! –grita cuando Franco, a su lado, le atrapa un hombro y la cadera correspondiente, volviéndole de panza sobre la cama. Ahora le daba la espalda. Su culo estaba expuesto, eso fue lo primero que pensó y horrorizó.

   -Jejejejeje… -la burlona risa era el clavo que faltaba.- Mierda, si pudieras ver lo caliente que se ve tu culo así, Luis. Es obvio que naciste para esto, para excitar a los hombres. Y llamarlos a follarte.

   -No, no, aléjate de mí, maldito enfermo. ¡Aléjate de mí! –grita desaforado, con rabia, reptando sobre su cabeza y los adoloridos hombros para incorporarse y huir, o tan sólo rodar. Pero el alivio que sentía en muñecas, brazos y hombros ahora se volvía en su contra. Sus miembros superiores parecían clamar por un segundo de paz para estabilizarse.

   -Jejejejeje, eso es, menea tu culo así, eso me excita más, puto. –le gruñe Franco, entre risitas, con los ojos clavados en aquellas nalgas firmes, depiladas, con el tatuaje, agitándose al mover Luis las piernas intentando ponerse de pie.

   Gruñendo cae inclinándose hacia adelante, atrapando con sus manos cada uno de esos glúteos, clavándole los dedos con rudeza, para hacerle consciente de lo que le espera. Los separa y la visión de la raja lisa y el depilado culo cerrando le hacen contener el aliento con deseo. La lujuria corre por sus venas. Y mete la cara, hunde sus labios entre esas mejillas masculina, arañándole con la sombra de su barba, y con su bigote, y los posa sobre el agujero del tío al que ahora sostiene contra el colchón.

   -No. ¡No! –ruge Luis, en el colmo del pánico y repulsa. No puede apartarse, ni escapar. Lo intenta pero no lo consigue, sus muñecas atadas a la espalda no le permiten apoyarse, y las manos de Franco le aplastan contra el colchón. Está bajo su poder, la idea penetra su mente calenturienta, afectándole aún más. Esa boca estaba chupándole el culo, le metía la lengua de manera sucia y perversa como si catara un dulce o algo por el estilo. Aprieta los dientes con ira al sentirla abriéndole el esfínter, penetrándole, reptante, móvil, húmeda y caliente. Cogiéndole- ¡No! ¡NOOOOO! –sus brazos se hinchan al forzarlos a separarse para luchar.

   Sonriendo procaz, pegando los labios del ojete del culo, Franco reinicia unas ruidosa chupadas, lengüeteando mucho, e incluso ingeniándoselas para clavarle los dientes. ¡Le estaba comiendo el culo!, la idea era aterradora para Luis, quien intentaba alejarle, meciendo sus nalgas lo poco que permitía el agarre del entrenador. Ignorando que eso agradaba al otro, el movimiento, el apretar de las nalgas contra sus mejillas. El ruido de las succiones se incrementa llenando prácticamente la habitación, logrando que el hombre lance un grito de rabia para no seguir escuchándolo. Franco lo disfruta, su lucha, su repulsa mientras le metía la punta de la lengua, que enrolla, por el agujero, salivando, soplando; se lo chupa durante largos minutos.

   -Oh, sí, qué sabe bien; como a coño de puta. –comenta para aumentar su rabia.

   -¡Maldito enfermo! –Luis casi solloza, de rabia, sintiéndose profundamente humillado.

   -No finjas que no te gusta, sé nota que sí, no dejas de agitar tu culo, jejejejeje. –no termina de reír cuando ya le cubre nuevamente el agujero con los labios, succionando otra vez. Si, le gustaba chupar culos masculinos y podía pasar horas en ello, eso quedaba muy claro.

   -Oh, Dios… -aunque no quiere, Luis casi solloza de rabia y humillación, desea matar a ese hombre que la hacía todas aquellas cosas oprobiosas.

   -Ah, ¿te consume la ansiedad y no aguantas? –Franco comenta, burlándose, fingiendo malinterpretar sus reacciones. Su barbilla esta bañada de saliva espesa, del culo, enrojecido y algo abierto, escapa un delgado hilo de la misma.- Tampoco yo. Creo que es hora de amarnos. –señala.

   -¿Qué…? No, no, eso no… -aprieta los dientes, ojos bañados en lágrimas de viril vergüenza, revolviéndose sobre la cama.

   El cruel hombre se pone de pie con toda la calma del mundo y comienza a desnudarse, mostrando su torso fornido y muy velludo, su panza algo abultada pero no blanda. Lanza los zapatos por allí y baja el pantalón, mostrando las gruesas y peludas piernas. Y el bóxer gris en donde destaca una erección escandalosa que moja la tela a la altura del fácilmente distinguible glande. Lo hace deliberadamente buscando angustiarle, disfrutando de verle intentar alzar el culo para apoyar las piernas y ponerse de pie o arrojarse fuera de la cama.

   -Si, así debes ponerlo. Veo que ya aprendes, puto, jejejejeje. –se burla con maldad, la verga pulsando bajo la tela. Tan grande y gruesa como flácida estaba la de Luis, por el miedo a lo que temía le llegaría.

   -No, no, Franco; para esto, es una locura. Soy heterosexual, antes de Adriana tuve otras chicas, y con todas disfruté del sexo. –intenta razonar, o distraerle mientras termina de apoyarse en las rodillas.- Ahhh… -ruge cuando una manota cae en su baja espalda y le aplasta contra la cama.

   -Te has estado engañando durante toda tu vida, Luis, y es hora de que alguien te haga el favor de encausarte hacia tu camino, ese donde necesitas de una buena polla en tu culo para sentirte realizado, jejejeje. –se burla.

   Como simio subiendo un árbol, repta sobre su espalda, aplastándole contra el colchón, sorprendiéndole. Al sentirle, caliente, pesado, peludo, con la silueta de la verga erecta tras el bóxer cayendo contra sus nalgas desnudas, Luis se aterroriza. Y más cuando el hombre comienza a frotarle así, de arriba abajo, la gruesa barra de carne de joder casi entre sus nalgas a pesar del calzoncillo.

   -¡Detente, por Dios!

   -Esto te va a gustar, puto, jejejejeje.

   -No, no lo hagas. –la voz del hombre se oye totalmente aterrada cuando se vuelve sobre un hombro para mirarle.- ¡No! –ruge cuando nota que Franco alza las caderas y que cuando vuelve a bajar, la barra tiesa y pulsante, horizontalizada, entra en su raja en directo.

   Dejándola allí, acunada y presionada entre sus glúteos, Franco espera que se cocine en la angustia, luego, deliberadamente la sube y baja, acariciándosela en su piel, mojándole con el líquido que escapaba de su ojete.

   -Me la tienes goteando.

   -Por favor, Franco, detente, no hagas esto. –suplica, sintiéndose mal al hacerlo, humillado, acabado; pero era necesario. No estaba drogado ni estimulado químicamente, era perfectamente consciente de sí y no podía pasar por aquello.

   -Seré dulce, ya lo sabes. –es la réplica burlona contra una de sus orejas.

   -Estás demente, voy hacer que te encierren en la cárcel para siempre. –amenaza otra vez, roto y lloroso, pero todavía apretando los dientes, intentando alzarse y quitárselo de encima.

   -Si, ya imagino la denuncia y el juicio, y las grabaciones en la sala, jejejejeje; imagino que a Adriana y a tu hijo les preguntarán qué piensan. ¡Daniel Saldívar, el gran campeón olímpico declarando en el juicio por violación de su padre!, jejejejeje, ¿lo imaginas? Eso marcará tendencia en la red.

   -¡Nooooo! –brama desesperado, sabiendo que jamás podría hacer aquello.- Te mataré, lo juro por Dios. –ruge entre dientes, decidido. La risa del otro es hiriente.

   -Mi familia y algunos amigos recibirían correos muy sabrosos en ese caso, unos dónde aparecerás gimiendo mientras te clavo mi verga por el culo o te lo llevo a la garganta y tú mamas como un chivito hambriento. Imaginarán por qué lo hiciste, porque ya no quise continuar con aquello. –suena divertido, cruel. Seguro de sí.

   -¡Dios mío! –grazna impotente, derrotado.

   -Dejemos de hablar y comencemos a amar, jejejejeje. –le indica, alzando su trasero, bajándose más el bóxer.

   Luis se tensa y gruñe, agitándose, intentando evitar aquello cuando siente la lisa cabeza de esa verga tocar su ensalivado y depilado culo, frotándose sin entrar, siendo empujado un poco hacia abajo, pero sin penetrar todavía. El hombre le torturaba retrasando la enculada.

   -No, Franco, por favor…

   -Te la meteré suavecito, amor.

……

   Cuando pensaba que había sido un error llegarse a la pileta a saludar a los compañeros, muchos de los cuales no parecían contentos de su triunfo, Daniel Saldívar encuentra que mucha gente, jóvenes que practican allí, sus padres y algunos familiares y amigos de estos se presentan para verle, saludarle y felicitarle. Lo hacen sinceramente. Eso le llena de cierto calor. Todos desean una fotografía con el campeón olímpico. Eso compensa en parte lo de esos compañeros que sienten envidia, y hablan del “preferido” del entrenador, atacándole. Algo que le incomoda cada vez, imaginando por donde vienen los tiros.

   Todo es más o menos controlable hasta que se presenta una bonita joven de una red local de noticias, acompañada de un comentarista radial del mismo circuito. Aunque lo esperaba, le parece imprevisto. Son mil preguntas y mientras responde intentando no quedar como un idiota, Daniel se pregunta si sería el protocolo o debió esperar algún pronunciamiento sobre declaraciones a la prensa. Pensando en ello es tomado de sorpresa por una doble pregunta.

   -¿Te felicitaron tus rivales, los atletas derrotados en la pileta olímpica? –pregunta ella, regresándole de repente al horrible momento de la violación en grupo. Todavía traga, con un escalofrío, cuando el hombre ataca.

   -¿Partirán juntos para esas dos semanas de presentaciones amistosas en Los Ángeles tú y tu entrenador, John Franco?

   El joven siente como todo se derrumba a su alrededor. ¿Dos semanas con Franco en el exterior, bajo su supervisión?

CONTINÚA…

Julio César.

AMA DE CASA

agosto 12, 2016

OSCURO AMOR

   Aunque llevo varias historias paralizadas, y ya voy a retomar una, doy inicio a una presentada por el ya un conocido de la casa, Leroy G. Quien llevaba un buen relato pero, como le ocurre a todo el que comienza a escribir entusiasta, ya pensar en la siguiente, con la presión de tener que cumplir con la cuota, se impacientaba. Ya me ha enviado varios “capítulos” de esta, pero no voy a volverme loco como cuando comencé a subir OSCURO AMOR, porque después debo esperarlo. Lo que he leído, y el final que ya me contó, me divirtió. Según, se inspiró en algo que escribí, pero no recuerdo haber expresado nada como esto. Le dije que lo titularía AMA DE CASA. Suena extraño, incluso puede crear ciertas expectativas, pero la verdad es que el título (que me lo aceptó) se explica por sí solo al final, cuan el Ciclo de Trantor. Vamos a leer sobre un chico machista, grande y muy masculino que va perdiéndose de una manera casi sobrenatural, para angustia de él mismo. Disfrútenla:

Por Leroy G.

DE CHICOS E HILOS DENTALES

   Chico grande en tanga chica, todo un sueño…

……

   Temblando de emoción, el hombre joven a quien su padre puso por nombre al nacer Curtis, Curtis Cárdenas, sube a la enorme cama matrimonial cubierta con una sábana satinada, roja sangrante, como las cortinas que prácticamente cubren ventanas y paredes. Ignora de donde aparecieron, ni le importa. Su piel cobriza clara, lechosa, contrasta contra ese fondo, así como las medias de seda negra que usa hasta sus muslos, lleva unos tacones oscuros. Se ve menos alto de lo que es, su abdomen es plano, liso, sus pectorales casi inexistentes, no así sus pezones marrones oscuros, grandes, visibles. Sobre el colchón destacaba muy visiblemente un consolador, un juguete erótico color carne, algo pálido, grueso y nervudo. Traga de ansiedad, todo él se estremece al arrodillarse sobre el instrumento que se veía extrañamente estable sobre la cama.

   Su cuerpo se tensa al alargar sus muslos, alzando su trasero redondo y firme, expone su culo liso y lampiño, posicionándolo sobre la cabeza de goma, agarrándose con una mano las bolas depiladas y su tolete pequeño y flácido; alzándolos con el puño, baja el trasero, penetrándose poco a poco con el grueso consolador, gimiendo largamente mientras lo hace, cerrando los ojos, con la boca muy abierta y echando la cabeza hacia atrás, perfectamente consciente de cada centímetro del grueso juguete que va clavándosele, abriéndole y llenándole de una manera que le emociona casi hasta el delirio… Deseando que muchos hombres le miraran en esos momentos. Y grita cuando sus nalgas muy abiertas cubren todo el juguete, teniéndolo bien clavado. Medio lloriquea mientras retrocede, el falo de goma saliendo de su redondo anillo, viéndose que lo aprieta para lograr el mayor contacto con sus entrañas; sube casi dos tercios antes de volver a bajar. Jadea por la boca abierta, sin abrir los ojos, todo dándole vueltas en una vorágine de lujuria cuando inicia un frenético sube y baja, empalándose con ganas, cogiéndose. Grita y babea en la soledad de esa habitación extraña… pareciéndole que sí, que le miran, que voces lejanas ríen y le aplauden. Machos que disfrutan verle tan caliente, tan urgido, tan puto. Con un bramido casi desfallecido se echa hacia adelante, apoyando las manos sobre las rojas sabanas, y el sube y baja de su culo sobre ese tolete falso se incrementa febrilmente, estremeciendo la cama. Lo necesita… y mucho.

   Al otro día, para esas horas, el lugar estaría solo, con aire de abandono, como si nadie hubiera vivido allí en mucho tiempo. Una que otra persona preguntaría por el joven hombre, por Curtis, pero nadie sabría exactamente qué fue de él. O quién era. Y, sin embargo, en un bar de mala muerte en La Guaira, una taguara frecuentada por los marineros, guardias nacionales y los gañanes más borrachos, vulgares y viciosos de la costa, un/una joven, sonriendo con lujuria, les buscaría conversación para terminar atrapando sus güevos y ordeñarlos, con boca o culo, hasta que dejaran su cara o sus nalgas bien cubiertas de esperma. Muchos lo/la conocían… Cuqui, una puta bien guarra.

……

   -¡Odio este apartamento! –Gregorio todavía recuerda el rugido de Ligia, su novia, cuando dejó el piso esa mañana. Molesta por el negocio que hizo sin consultarla.

   ¿Por qué ahora los hombres debían consultar todo, incluso el lugar donde quieren vivir, sin que una mujer se arreche?, se pregunta molesto, recordando con cierta añoranza como en casa de sus padres este hablaba y su madre callaba, bajando la mirada. Conociendo su lugar: la cocina, de preferencia, embarazada. Pero, se recuerda suspirando con exasperación, debía ser paciente, la joven pronto sería su esposa y tendría que cambiar, dejar atrás sus ideas de pintora y poetiza para aprender un oficio real que les ayudara a acondicionar el hogar. Luego llegarían los hijos y se quedaría en la casa. Su lugar, piensa totalmente convencido de que Ligia seria infinitamente más feliz así, protegida, mantenida y sometida a él. Como Dios ordenaba para las mujeres.

   El apartamento… como le gustaba.

   Al dejar el servicio militar, su antiguo sargento, Gómez, se le acercó para ofrecerle un trabajo con un amigo, aconsejándole que estudiara mecánica, y le habló de aquel piso que estaban ofertando. La idea le agradó. Y sorprendió. El robusto hombre, algo bajo y de malas pulgas nunca pareció tenerle simpatía en el servicio. Sospechaba que le tenía algo de envidia por su físico. Algo que ocurría mucho, fuera de su juventud, veintitrés años, era Gregorio Martínez un ejemplar notable. Algo vanidoso, siempre le gustó ejercitarse, desarrollar su cuerpo, su fuerza y su resistencia, su velludo corpachón era vistoso. Sus piernas eran musculosas, sus brazos también, sus bíceps eran verdaderos globos de carne dura. Su espalda era ancha, recia, sus pectorales pronunciados, metido dentro de una franela causaba sensación, porque hasta los pezones le destacaban. Su trasero, firme, llenaba tan bien el pantalón, que las miradas le seguían. Sumado a su piel canela clara, su cabello negro liso, sus ojos castaños y boca de labios llenos, era guapo. Decididamente guapo. Y eso no sentaba bien a muchos, como le parecía que ocurría con este sargento. Y algo de eso debió notársele en la cara, porque el otro sonrió, cosa que no resultó agradable.

   -Siempre cuidamos de nuestros hombres, Martínez. Fue un buen recluta… poco imaginativo, servicial, de ciega obediencia. –le aclaró, pero de alguna manera todo aquello había resultado casi ofensivo.

   Bien, necesitaba encaminar su vida, sus hermanos y primos ya se habían casado, era hora de hacer lo mismo. La oferta de un techo era tan buena como la de un trabajo estable, y aquel taller mecánico parecía algo seguro. También la posibilidad de estudiar y superarse. No era muy bueno en clases, pero si para el trabajo manual. Frente a un motor su mente resolvía al instante lo que las ecuaciones sobre un papel nada le decían. Lo lograría, lo sabía. El taller, sin embargo, había resultado… sorpresivo, y molesto.

   Casi todos los carajos eran jóvenes, no llegando aún a los treinta, fornidos, habladores, bromistas… y gay. Todos. O eso le parecía, con disgusto. Comenzado por el dueño, un calvo alto, fuerte y barrigón de unos cincuenta años, que le miraba, cuando le creí descuidado, con la misma expresión que pondría una gorda hambrienta que encontrara de repente una torta hecha toda de chocolates. Había sido irritante y chocante, al inicio. Casi se va para el coño. Pero necesitaba el trabajo, ese trabajo. Pagaban realmente bien, los retos en los motores eran estimulantes, nadie le exigía resultados montándosele en un hombro y no le pondrían impedimentos si estudiaba. Lo que le exasperaba eran las bromas entre los maricas, o que estos le miraran, le hicieran ojitos o sonrieran para verle molesto, rojo de cara; bien, por la estabilidad, las posibilidades y el sueldo bien podría tolerarles pero sin intimidades. Bien claro lo dejó al principio…

   -Lo siento, no me gustan vainas con maricos. –frenó en seco a uno de los más jóvenes cuando le tocó la cara por algo, sabiendo que fue rudo, pero casi alarmado por la cercanía y tacto del joven. El otro, de hecho todos quienes le escucharon, se mostraron sorprendidos.

   -Okay, lo siento. No quise molestarte. Ya nos veremos… -le respondió este, después de un momento, viéndose algo dolido.

   Casi se fue en ese momento, pero quería el empleo. Ya había hecho el negocio por el apartamento, no muy nuevo pero sí grande, sala-comedor, cocina, dos baños, tres cuartos, closets y algunos muebles. Estaba bastante mal de pintura y acabados, pero sabía que lo trabajaría y lograría acondicionarlo. A pesar de Ligia, a pesar de…

   Bien, parte de la molestia de Ligia con la vivienda era que tenía fama de “lugar raro”. La gente decía, de forma vaga, que se escuchaban vainas, que se sentían cosas. Nada concreto, pero la joven mujer se convenció de que había “algo” mirándola a veces, especialmente mientras se duchaba. No le gustaba andar desnuda, ni tener sexo allí. Obviamente no le paraba mucho a lo que decía, convencido como estaba que su rabia se debía a que lo hubiera negociado sin decirle. Lo sabía. Pero a él, personalmente, el sitio le encantaba. Lo quería de una manera casi febril. Se había quedado a dormir, antes de medio amueblarla, varias veces sobre una manta y dos almohadas, teniendo sueños profundos, diciéndose que nunca había descansado como en ese lugar. Y lo deseó todavía más. No, no lo perdería, no por los maricones que le desagradaban y que ya no le molestaban como no fuera para admirar su culo (eso le enervaba). Ni por Ligia.

   Todavía de humor sombrío por la discusión con su novia, le toca encontrar al jefe, el señor Morales, sin camisa en la entrada del vestuario de empleados. Lugar al que jamás penetraba.

   -Martínez… -este le llamó, y no habría sido molesto sí no hubiera entrado en aquel cuarto. Botando aire le siguió.

   -Sí, señor Morales. –contestó evitando mirar a los maricas que se cambiaban, bromeaban y reían. Bromas sobre los maridos que tenían, el cómo les gustaba que estos se los hicieran y todas esas cosas. Y las trusas. Dios, todos usaban vainas diminutas sobre sus cuerpos grandes. ¡Qué maricas!

   -¿Aún no comienzas tus estudios?, el sargento Gómez me telefoneó anoche para preguntarme. –le interroga Morales, sentando en un banco, quitándose los zapatos.

   -Eh, no, voy a inscribirme este fin de semana. –le responde, enrojeciendo y evitando mirar cuando uno de los chicos, bailoteando a espaldas del hombre mayor, meciendo su paquete tras la trusa de aquí para allá, le pega el entrepiernas de un hombro. Todos ríen y este sólo sonríe al mirarle.

   -Déjate de bromas, Román, o te preño sobre mi escritorio. –se vuelve.- Bien, inscríbete; cuando tengas tus horarios habla conmigo para ver qué tardes no vendrás. –le mira, ya en braga.- ¿No es un problema andar por la calle con ropas manchadas de grasa? Deberías cambiarte aquí.

   -Estoy bien, gracias. Y en cuanto vaya a comenzar clases, le aviso –responde y sale a toda prisa.

   Su vida siempre era así ahora, aunque le gustaba su trabajo, y los beneficios, le incomodaban y frustraban esos sucios maricones. También las quejas de Ligia, quien no compartía su aprecio por el piso, ni sus ideas sobre el futuro. O su papel en él. Le creía demasiado machista. Pero en el apartamento, cuando llegaba, era feliz. Se sentía tranquilo. Relajado. Había algo en el aire que despejaba sus tensiones.

   Comía algo en una cocina sin muchos peroles, se daba una ducha larga y se arrojaba al colchón de aire en medio del cuarto principal, llevando uno de sus bóxers holgados, la televisión encendida… Y ocurría algo que iba haciéndosele ahora frecuente, le entraban unas ganas locas de masturbarse. Era caer en la colchoneta y que la verga se le parara con una urgencia tal que, aunque a veces intentaba resistirse con un mental “no, esta noche no”, debía tocársela. Luego sacarla y adorarla, sobarla hasta sacarle brillo. Y jugos. Se decía que no, pero a los cinco minutos… Pero esta noche sí que no, si lograría resistirse, después de todo podría controlarse una noche, ¿no?

   El joven cierra los ojos pero se siente erizado, la piel le arde, inconscientemente se toca el torso y es eléctricamente placentero. Sus dedos recorren su piel suavemente velluda y firme, provocándole piel de gallina. Sube un dedo hacia su pezón y casi pega un bote sobre el colchón. Nunca lo había sentido así. Este crece, endurece y arde más, como urgido. Lo aprieta con el dedo, como si de un botón se tratara y siente que el otro responde igual, así que lleva la otra mano a su torso. Sus pectorales son musculosamente pronunciados, pero aún así las tetillas dilatadas destacan, están casi oscuras de sangre. Con índices y pulgares los atrapa, él mismo preguntándose qué coño hace, y los oprime. Contiene un jadeo; ahora los hala, arriba y abajo y gime. Los frota, suavemente, de un lado a otro y es un ronco quejido lo que escapa de su boca. Tiene el güevo muy erecto, pulsante contra la tela del bóxer holgado, y aunque arde con ganas de tocarlo, de apretarlo y experimentar ese primer ramalazo de placer que siempre sigue al agarrárselo, no puede soltar sus pezones. Los ojos nublados se cierran, aprieta, hala, soba, y arquea un poco la espalda… con una idea penetrando su mente, caliente y alarmante: con razón a los maricas les gusta que sus machos se los muerdan. La idea, horrible, detestable, le hace tragar en seco, pero sigue apretándoselos, sobándoselos… Imaginando manos que los hacen, otras, no la suyas. Una idea tan extraña, y prohibida que le asusta y a la vez le resulta estimulante. Una boca, otra boca, tal vez la de…

CONTINÚA…

Julio César.

NOTA: Espero que te agrade, Marcos.

DE AMOS Y ESCLAVOS… 38

agosto 10, 2016

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 37

MORENITO EN HILO DENTAL BLANCO

   -Sé lo que quieres, hijo de perra. –ruge furioso.- Ven, ¡tómalo!

……

   -Confía en mí. –le repite, desechando la afeitadora y tomando una nueva. Alzando la otra mano, con la palma abierta, la monta sobre la tanga, sobre su verga, presionando y apartándola un tanto. El roce tensa al hombre negro que deja escapar un jadeo. Oh, Dios, piensa, no iba a aguantar.- Hay que depilarse la zona del bikini, ¿no sabes que es esencial con un cuerpo de lujuria como el tuyo? –se burla, apartando hacia la derecha el bojote y la tanga, exponiendo los pelos negros más largos, depilándolos también, con pases lentos y acariciantes de la hojilla, pero nada a lo que siente Gregory al tener su pene atrapado bajo esa mano firme de macho, calentándose de manera intensa, erectándose totalmente.- Eso es, así, hay que hacerlo bien…

   Es lo que escucha, pero no puede captar nada más, no cuando ese tipo cierra los dedos sobre su mole de carne dura, encima de la suave y elástica tela, apretándola, frotándola suavemente de adelante atrás, masturbándole. Le afeita y le hacía la paja sobre la tanga, y Gregory no puede pensar. Lo que quiere es una mamada, quiere que ese tipo le mame el güevo. Quiere ver su tolete negro llenando la boca de labios delgados de ese carajo blanco. Mil recuerdos o suposiciones le llegan, lo mucho que le gustan a las catiras los negros de trancas grandes. ¿Y si a los catires les gustaban también? La afeitada se repite del otro lado, y al mover su tranca dentro del puño, suelta jugos.

   Se tensa aunque no entiende cómo no está temblando, cuando la mano del sujeto, los dedos cerrados de manera elocuente sobre su tolete, halan hacia abajo, con tanga y todo, y comienza a recortar los crespos pelos púbicos, que en realidad no están tan alto. Y mientras lo hace, se miran, midiéndose.

   -Creo que es suficiente. Si das la vuelta…

   -¡No vas a depilarme el culo! –es tajante; pero aunque se oye altanero, cierto temor se filtra en el tono. El otro sonríe y alza las manos, la maquinilla en una de ellas, en señal de paz.

   -Como quieras, pero el hilo dental se ve mejor en un culo sin pelos. ¿No has visto a las modelos?

   -Es posible, pero… -grazna; no, no podía permitirle hacer eso. Era demasiado íntimo.- Pica… la depilada.- intenta desviar la atención. Grave error.

   -Tengo la solución. –sonríe pareciendo aún más un gato. Claro que la tienes, pensó Gregory viéndole buscar en el maletín. Sacando y mostrándole, con una sonrisa mayor, un tarro de crema.- Es lo que usan los culturistas cuando dejan a sus asistentes y amigos depilarles los culos. –procede a quitarse el saco y arremangarse las angas de la camisa, viéndose flaco.

   -Oye, deja lo del culo, ¿no? –se incomoda, ¿una crema? ¿Acaso pretendía…?

   -Okay. Déjame aplicártela. –pica adelante abriendo ya el tarro con dedos pálidos y largos. Claro, pensó otra vez el enorme y joven sujeto negro.

   Tensándose, alzándose en toda su altura y sacando pecho, para verme más viril y masculino a pesar de lo erecto bajo la diminuta tanga, Gregory aguarda el ataque. Esteban, sonriendo con malicia, unta sus palmas con aquella crema fría, y la aplica con las dos sobre esos pectorales voluminosos, esas tetillas oscuras y erectas. No puede evitar sonreír más al notar la confusión y sorpresa del otro. La crema era fría, inicialmente, luego calentaba un tanto, no mucho, a un grado que resultaba agradable, ya que bajo su untada la piel parecía sensibilizarse, siendo más receptiva a las caricias. Y los pezones crecieron a niveles increíbles, consientes de cada pase de esos dedos; pero no sólo eso, Gregory podría contar, como cualquiera, que a veces, en momentos de sensualidad, un leve roce en los pezones provocaba cierto chispazo, sin embargo, en esos momentos los dedos del otro estaban haciéndole casi gemir de lo increíble que se sentían al rozarlos, tocarlos, empujar sobre ellos.

   Esteban sonríe con sorna, sabía que ocurriría. Su mujer gemía como una perra aullándole a la luna cuando le aplicaba aquella cosa en sus tetas o nalgas. Y funcionaba también con aquel tipo grande y fortachón, de gran cuerpo, quien alegaba ser todo un macho conquistador de mujeres, pero que allí estaba, enseñándole su corpachón vistiendo una diminuta tanga que a duras penas podía contenerle un enorme güevo erecto, el cual se agitaba a simple vista mientras le “masajeaba” el torso. Sin dejar de tocar nunca una de sus tetillas, le aplicó crema por los brazos, la espalda; luego, colocándose detrás de él, frotándole, untándole, cruza los brazos y recorre otra vez ese firme y recio tórax, bajándole por el abdomen duro, lisito y depilado… pegándole sutilmente la bragueta de las nalgas, de ese culo redondo y firme que atrapaba la tirita del hilo dental. Y Gregory lo sentía, las manos tocándole, las caricias, su piel caliente y muy sensible a ese roce, el aliento del otro bañándole un hombro ya que la respiración se le había espesado. Y ese toque como de casualidad, de la bragueta del hombre vestido contra su culo. Uno que no aparta.

   Mañosamente, disfrutando su posición tras el hombrezote caliente en tanga, los ojos clavados en esas nalgas oscuras y redondas que se tragaban el hilo, Esteban alza sus manos blancas y delgadas, acariciando con la punta de sus dedos, erizando al otro, hasta llegar a los pectorales, que atrapa con las palmas, empujándolas contra los duros pezones, provocándole un gemido ronco, y casi obligado, a Gregory, quien lucha para contenerse. El otro sonríe un poco más, atrapando con sus pulgares e índice esos pezones de pecado y frotándolos de manera suave, ganando e intensidad y fuerza. Y ahora sí que el tío negro lanza un gemido ahogado. Mareado. Los dedos halan sus tetillas y luego aflojan, rotando los dedos sobre ellos y halando otra vez. Esos dedos que lo manipulan… Confuso abre los ojos al sentir que le suelta y se aparta, para encontrarlo al frente, atrapándole otra vez los pezones.

   -Amigo, no creo que… -robándole fuerzas a la debilidad sexual que en esos momentos le domina, Gregory quiere parar aquello, su verga erecta sufre espasmo tras espasmo, mojando totalmente la tanga y teme correrse nada más que con aquello. Por el toque de un tío. Joder, ¡que era un macho heterosexual!

   -Ya va, hay algo que quiero probar. –susurra Esteban, ronco y bajito, mirándole con lujuria.

   Gregory no sabe qué esperar, o qué espera para detener todo aquello, pero su mente queda en blanco cuando el otro le baña el torso con su aliento, el cual escapa de sus delgados labios rojizos cuando los separa y se le acerca, montándolos sobre una de sus tetillas recién afeitada, y la besa, lentamente, con un ruidito sucio, prohibido y erótico. Esa caricia le eriza de pies a cabeza.

   -¡Ahhh! –se le escapa contra su voluntad.

   Sabía que así sería, se dice Esteban, perdido ya por su lujuria, sin detenerse a considerar si debía o no hacer aquello. No piensa, en esos momentos, en su mujer que le espera en casa con la cena hecha, un vino y una tanda de sexo para ver si se embarazan. No, todo eso está muy lejos de su mente mientras besa de una tetilla a la otra, repartiéndolos con suavidad y lentitud, casi cubriendo las aureolas con sus labios y apretándolas. Ya dominado por el dios verga, y por el deseo de complacerlo para recibir su gran recompensa (un buen orgasmo), comienza a lengüetearle el pezón, a chupar de él, de manera intensa, succionándolo, aspirando y resoplando, aspirando otra vez y mamando con fuerza. El sabor del gel le había picado un poco en la lengua, pero no siendo toxico no le importó, y a decir verdad le parecía que la tenía más sensible al roce de la piel del otro. Y ahora sí que Gregory grita y echa la cabeza hacia atrás, sorprendido por la corriente de placer que lo recorre.

   El tío blanco casi sonríe mientras su boca se agita de lado a lado, su lengua azota y succiona de una tetilla a la otra, acariciando y estimulando la que no chupa en un momento dado. Ese tipo era un macho, un heterosexual (o creía serlo), más alto, grande y fuerte que él, un macho alfa en otras latitudes, pero allí estaba, gimiendo y retorciéndose como una niña caliente cuando mordisquea, saliva y succiona de sus pezones.

   -No, no, espera… -le oye jadear de pánico, por las respuestas que da, intentando dar un paso atrás, agarrándole la nuca, metiendo los negros dedos en su cabello castaño que brilla a la luz del día.

   Pero es tarde, ambos lo saben, especialmente Esteban, que echa su cabeza hacia adelante y continúa succionando como un chivito lactante y hambriento, siendo recompensado por nuevos gemidos de placer, por el toque de esos dedos que parecen acariciarle la nuca, reteniéndole allí, al tiempo que el otro saca pecho como ofreciéndose mejor. Gregory estaba derrotado. Y como vencedor, él reclamaría la plaza. Sus manos pálidas de dedos delgados van a los costados del hombre de color, acariciándole de arriba abajo mientras mordisquea y lame uno de los pezones de ese pectoral grande que le era ofrecido. El roce de sus manos le causa piel de gallina al otro. Y esas manos bajan y bajan…

   -Dios, Dios… -jadea derrotado, frustrado y excitado Gregory, echando la cabeza hacia atrás cuando las dos manos, calientes, caen sobre sus nalgas redondas y duras, firmes, acariciándole de manera procaz, estimulante, clavándole los dedos. ¡Un hombre le estaba reclamando como suyo!

   Las manos acariciaban de forma circular esos duros glúteos mientras sigue chupando de uno de los pezones, y Esteban está que delira. El güevo le tiembla bajo las ropas, apretado sabrosito contra el bóxer y el pantalón. Estaba totalmente excitado, aquel hombre respondía a sus toques y caricias, allí estaba, usando aquella pequeña y putona mariconería porque se lo pidió. Si se aplicaba podría ordenárselo…

   -No, no, espera… -brama asustado ese tipo, temblando como gelatina, asustado… ¿por lo caliente que está?

   Pero era tan sólo un susurro ronco y débil de protesta porque había llevado los dedos de su mano derecha a la raja interglútea, metiéndolos con propiedad. Sin embargo, ni Gregory se aparta, continúa con las manos en la castaña nuca, ni Esteban saca la mano, una que consigue jorungarlo. Con un dedo recorrer la tira del hilo dental clavado sobre la raja, sobre el culo, y la excitación se multiplica. Ese dedo sube y baja, provocándole gemidos y gruñidos roncos al hombre negro, deteniéndose sobre el ojete, rascando con la uña.

   -No, no… -lloriquea, débil, Gregory, jadeando cuando la pálida boca deja su pezón.

   -Te va a gustar… -le promete.

   -Amigo, no creo que… -le cuesta respirar, agitado, transpirado. Intenta rehacerse, parar todo aquello. Detenerse él mismo. Si, había jugado con su culo una vez antes, pero que otro tipo lo hiciera no es…- ¡Ahhh! –termina rugiendo.

   Esteban vuelve a succionarle una tetilla, usando labios, lengua, saliva y dientes, mamando y mordiendo, al tiempo que baja su mano izquierda atrapando el enorme tolete tras la tanga, presión que le hace gemir, subiendo y bajando el puño sobre la mole de carne dura y pulsante bajo la suave tela. Su otra mano regresa al terso trasero, los dedos a la raja, la punta del índice al agujero, presionando sobre él, metiéndole la tela y media falange.

   -¡Ahhh! –chilla el hombre de color, recorrido por una intensa ola de lujuria y calentura.

   El dedo, quieto por un segundo mientras sale la tirita del hilo, entra otro poco, una falange finalmente desaparece dentro del negro y prieto culo.

CONTINÚA…

Julio César.

LA NENA DE PAPA… 17

agosto 9, 2016

LA NENA DE PAPA                         … 16

De Arthur, no el seductor.

UN DULCE CHICO SUMISO

   De chicos atletas…

……

   A pesar de estar ardiendo de una manera que no entiende, porque jamás esperó responder a semejante estimulación (a pesar de todo lo vivido anteriormente montado sobre ese hombre), Brandon no contesta a la pregunta. Aunque su culo se abre y se cierra elocuentemente sobre el juguete sexual. Cole frunce el ceño, y comienza un agresivo mete y saca, empujando la punta del falo de goma hacia abajo, provocándole un agónico gemido de lujuria.

   -Responde, niña desobediente. –le gruñe con voz cargada de excitación, deseando dominarle.

   -Señor Cole… -es el gimoteo indefenso.

   -¡Responde! –grita autoritario, empujando todo el juguete, agitando el puño sobre la base, rotándolo, refregándole activamente las paredes del recto, y el chico lanza un largo gemido, cara muy roja, labios hinchados.

   -Ahhh… -no puede pensar, no con eso en su culo, y agitándose así. ¿Qué eran todas esas sensaciones, por Dios? No lo entendía, tan sólo que su agujero se abría y cerraba con espasmos, que sus entrañas abrazaban el falso falo, y que agitaba su trasero, empujándolo contra el puño que sostiene el juguete.

   -¿Te gusta, Brenda? ¿Te gusta lo que te regalé para que juegues con tu coñito caliente y dulce de niña saludable y sensual? –inquiere otra vez al tiempo que saca unos centímetros de aquello, empujándolo nuevamente, iniciando un mete y saca hacia arriba, abajo, de un lado y de otro, viéndole tensarse, oyéndole gemir, el pequeño pene erecto mojando totalmente la pantaletica. Había algo sucio en mirarle el culo así, penetrado, con la tirita del hilo dental a un lado.- ¿Te gusta que juegue con tu coño? –exige saber, implacable.

   -¡Hummm! –sólo jadea, boca muy abierta; las embestidas se duplican.

   -¡Responde, pequeña puta!

   -Oh, si… -casi llora el muchacho, frustrado, derrotado. Pensando en algo horrible, recordando cuando fue suya… no, suyo en aquella cama. Si el juguete le hacía eso, despertaba tales ecos en su cuerpo, con la verga tal vez le haría…

   Ignora que casi está chillando hasta que se oyen unos golpes en la pared de al lado… La habitación de Mark, su amigo.

   -Hey, menos gritos, por favor. –se le escucha exasperado y Brandon parpadea asustado; su culo, en respuesta, se cierra fieramente sobre el consolador. Y lo peor era que le resultaba grato.

   -Vaya… -ríe bajito Cole, sus miradas atadas.- ¿No es divertido? ¿Qué estará imaginando ese chico que haces? Seguramente cree que tienes aquí metida a una chica tonta, como mi hija. Tal vez se masturba pensando en ti y ella, en la acción lésbica de chica a chica. –comenta al tiempo que vuelve a agitar el consolador en su culo.

   El rostro del muchacho es de tortura sicológica, debatiéndose entre lo que es, un machito, y lo que le provocaban los ecos que aquel juguete, la manipulación de la que su culo era objeto y el tono de ese tipo. Mirándole a los ojos, como un cervatillo asustado, le vio la maldad. De su agujero sale casi todo ese juguete que se lo abría y refregaba las paredes de su recto, que le llegaba con la punta a un punto que le enloquecía al ser penetrado, rotando con la falsa cabecita en su esfínter, antes de volver a clavarse con fuerza. Rudamente. Tuvo que aferrarse con ambas manos a la sábana de su cama, jadeando, muy cerca de ese güevo masculino que brillaba con la saliva, su saliva. Era demasiado para procesar y cierra los ojos…

   Un error, entiende tarde. Cole parecía esperar eso e incrementa la velocidad con la cual le jodía con el juguete; de alguna manera parecía empujárselo más y más adentro, más profundo en sus entrañas. Traga y respira ansiosamente por la boca, no puede contenerse, sabe que lo hace, pero es que nunca nadie le había hecho eso antes, tomarle de aquella manera, tal vez por eso… Si, se oye a sí mismo gemir y chillar como una puta en celo, como veía y escuchaba hacer a esas actrices en las películas porno de su nada lejana adolescencia. Estaba gritando de la misma manera, meciendo su culo ya sin ningún pudor o reparo. No podía contenerse, no excitado como estaba.

   -Dilo, quiero escuchártelo decir, Brenda. –oye a lo lejos la voz de aquel hombre, el padre de su novia, que estaba allí no sólo sometiéndole sexualmente, sino transformándole.

   -Señor Cole… -lloriquea, el consolador sale hasta la punta y luego entra totalmente dentro del tierno culo.- ¡Hummm! ¡Hummm!

   -¡No es así! –le reprende, y a Brandon no le sorprende, no en verdad, la leve nalgada que impacta sobre su turgente piel enrojecida mientras a un lado el consolador seguía trabajándolo.- Dilo, Brenda. Dilo o… -la amenaza se deja escuchar en el tono.

   -Oh, sí, papi, me gusta, me gusta que juegues con mi coño mojado y caliente. -imprudentemente grita, frustrado, una lágrima rodando por su mejilla, la cual es atrapada por el pulgar del hombre que sigue jugando con su agujero.

   -Dilo. Todo. –insiste, sus miradas atadas otra vez. El falo de goma entrando y saliendo del tembloroso agujero, la tira del hilo dental a un lado, más abajo el saco con sus bolas presionándole de una manera que todo le atormentaba sexualmente.

   -Quiero que me cojas, papi. ¡Cógeme! –casi hipa, avergonzado. Porque es lo que lleva rato pensando; el consolador, irónicamente, despertaba ansiedades mayores en sus entrañas. La risa del otro es burlona, era lo que deseaba escuchar, que estaba ardiendo, que su culo le molestaba de tal manera que necesita un consuelo mayor del que podría proporcionarle el juguete.

   -Haz un buen trabajo y ya veré si puedo calmar tu ardiente y hambriento coño de niña apasionada. –le indica, mirando hacia su tolete. Sonríe y suelta un suspiro cuando Brandon, sin dudarlo, abre la boca y lo cubre, soltando algo parecido a un leve gemido mientras sus labios van bajando sobre la rígida barra de deliciosa carne masculina.

   Ese juguete se agita en sus entrañas, sale y entra, y a su paso las paredes de su recto parecen estallar en llamas. Era… “Hummm… Hummm”, de repente cae en cuanta de los perfectamente audibles sonidos que escapan de su boca ocupada por la pulsante verga del otro, mientras la chupa y mama, masajeándola con labios, mejillas, lengua y prácticamente la garganta. Ordeñándola de una manera natural. Era mortificante, como el meneo de su culo, porque sabe que lo mece para acompasarlo a los vaivenes del consolador, pero no quiere detenerse a pensar en ello. No entiende por qué estaba tan caliente, pero lo estaba.

   Cole sonríe de manera malvada, no esperaba que resultara tan fácil, pero así era. Casi está maravillado. Había escuchado relatos parecidos de sus amigos, de sátiros que salían con carajitas, y uno que otro con carajitos, pero nunca esperó que esas cosas del autoritarismo y el control funcionaran. Ahora…

   Se tiende nuevamente sobre el muchacho, empujando su verga gorda y dura en aquella boquita de chico goloso, al menos momentáneamente, admirando esas nalgas que lo ponían cachondo, las tiritas del hilo dental que lo calentaban tanto, el agujero que penetra con el nada grueso consolador, agitándolo, revolviéndolo en las jóvenes e inocentes entrañas del chico, quien se tensaba, gemía ahogado, salivando copiosamente sobre su pantalón, al tiempo que mecía el trasero. Se las ingenia para llevar también la otra mano, casi presionándole entre su regazo y abdomen, y con los dedos de esta le toca y acaricia, sutilmente, las bolas que forman un saquito dentro del hilo dental. Las rasca con sus uñas, sintiéndole tensarse, el cómo aumenta el tono de sus gemidos, también su urgencia. Los dedos van y vienen sobre las bolas, atormentadoramente acariciantes, lentos, cosquilleantes, enloquecedores, mientras más arriba el joven agujero era trabajado, y estimulado, con el juguete sexual.

   Brandon no puede pensar, es tan sólo una joven, caliente y desesperada masa de deseos; era arcilla en las hábiles manos del macho hecho y derecho. Chupa como un campeón de aquel güevo jugoso, su culo aprieta sabroso el flexible y nervudo juguete, y el cosquilleo en sus bolas estaba volviéndole prácticamente loco; pero cuando esa mano se las ingenia para bajar más, metiéndose entre sus piernas (que separa en el llamado reflejo de las putas), y las uñas recorren la silueta de su verga erecta bajo la tanga, cree que estallará en llamas. Mama, es cogido, la muñeca del sujeto aplasta sabroso sus bolas, los dedos van y vienen sobre su tolete caliente, no, no aguantará mucho.

   De su boca escapa más y más saliva espesa mientras gime, aumentando a nieles de histeria su calentura; esos dedos le producían tanto placer como el roce en su culo, y sabe que ya está a punto, que sus bolas ya tienen listo el dulce de leche para sacarlo a la venta. Tiembla, arde, lo siente, el semen agitándose en sus testículos, acumulada, a punto de estallar, de su ojete escapa una gran cantidad de líquidos pre eyaculares. Oh, sí, ahí viene, la nota correr, será un estallido de campeonato, se dice de manera confusa, casi delirante. Y todo acaba. Con un bramido, soltando sus bolas y dejando de agitar el consolador en su culo, Cole le atrapa la nuca con las dos manos, mientras grita un “tómatela toda, pequeña puta”, y de su verga escapa un chorro abundante y caliente de esperma, el joven la nota en su lengua cuando recorre el conducto seminal. Un disparo va directamente a su garganta, tragándola con ansiedad, aunque no se diera cuenta; los otros trallazos, al apartarle un poco el hombre, caen y bañan su lengua, inundándola con el sabor de los espermatozoides calientes… los cuales traga también. Tiembla de lujuria mientras chupa y bebe, esperando su propio orgasmo ahora.

   Pero no ocurre, Cole le aparta y se pone de pie, sonriendo.

   -Ufff, buena mamada, Brenda.

   -Pero… -el chico le mira confuso, sentado de medio lado en la cama, todavía con el consolador en su culo, la tirita del hilo dental pegando de él. Enrojeciendo feo. ¡Necesitaba eyacular!, la idea era imperiosa, urgente, furiosa y frustrante. También humillante. ¿Qué, le pediría permiso para hacerlo? ¿O que le ayudara metiéndole esa vaina por el culo? No, no puede hacerlo.

   -Cenemos antes de que se enfríe. No te saques el consolador. –le ordena, la verga todavía bamboleante, escurriendo saliva y jugos, metiéndola dentro de sus ropas y aseándose con el gel, también la baba de su pantalón, dirigiéndose luego a la mesa y sacando varios envases, el olor a pizza llena la habitación con su delicioso aroma.

   Frustrado, y humillado, el joven sólo puede mirarle. Cuando este alza una ceja, impaciente, se pone de pie, tembloroso, con sus ropas de puta, con la tanga mojada y abultada por su erección, la tira del hilo dental ganando su espacio y quedando sobre la base chata y anatómica del consolador. Duda, pero sabe que es inútil resistirse. O pedir una explicación, el por qué le había dejado así, frustrado. Va hacia el otro, después de lavar sus manos y se sienta. Pega un leve bote. Había olvidado, por un segundo, el consolador, el cual se hacía muy presente ahora. Invadiendo, incómodo, inquietante en sus entrañas. Rojo de cara aleja la idea de medio bailotear, para sentirlo, igualmente intenta luchar contra la idea que afecta su pene. Una mirada brillante y burlona del otro, le ayuda en ese aspecto. A diferencias de otras noches, comen con sus manos las suaves, tibias y olorosa lonjas de pizza, con mucho queso, hongos y anchoas. Por un segundo, Brandon olvida todo lo demás y se concentra en lo feliz que lo hace comer pizza. Devora los pedazos a dentelladlas, con apetito, manchando sus labios y dedos.

   -Estuve hablando de ti… con Nelly. –comenta, después de un silencio algo prolongado, Cole.

   Y el vacío vuelve al estómago del muchacho, desagradable. ¿Habló con su hija, de él? ¿Su novia y el papá de esta, técnicamente su suegro, con quienes ha sostenido relaciones sexuales, hablaron sobre él? No, aquello no podía ser nada bueno.

CONTINÚA … 18

Julio César (no es mía la historia).

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 59

agosto 4, 2016

… SERVIR                         … 58

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

UN OSO AMOROSO

   El osito cariñosito.

……

   Silbando alegremente, aunque también escuchaba las noticias recapitulantes sobre lo poco que ha ocurrido desde la fuga de Robert Read, Jeffrey Spencer ha decidido no preocuparse por nada mientras cocina unas chuletas de cerdo en salsa agridulce. Casi baila al rociarlas con algo del vino de su copa. Ese relajamiento tal vez se debiera a que el tiempo había pasado y nada se sabía del sujeto… O que la carne que preparaba olía realmente bien. O tal vez a ese segundo vaso de vino frío que ha consumido. Como fuera, en su ancha franela, su bermudas a media pierna y pies descalzos, se siente bien, realmente bien. Ya ni le molestaban las miradas ocasionales de Anna cuando entraba al dormitorio en busca de algo. Todo había mejorado. Su vida lo había hecho.

   Sonríe al escuchar la puerta de la calle abrirse y unas llaves caer cantarinas sobre la mesa.

   -Llegué, amor. –canturrea una voz igualmente feliz.

   -¿Llegué, amor? ¿Qué es esto? ¿Yo amo a Lucy? –no puede evitar la puya, sonriendo, sin volverse, vigilando el sartén.

   -Dios, cómo te quejas. –le gruñe casi al oído, Owen Selby, mientras le rodea la cintura con sus brazos. Estrechándole contra su cuerpo y besándole bajo una oreja, casi lamiéndole, algo de lo que nunca se cansaba.

   Ni de las cosquillas del abogado, de la manera que cerraba su cuello, revolviéndose en sus brazos, mirándole y besándole en la boca, sus lenguas encontrándose con cierta urgencia como parecía ocurrir cada vez que lo hacían… desde que vivían juntos.

   Las enormes manos negreas se meten dentro de la franela y el roce, como siempre, eriza y hace gemir al abogado, cosa que aprovecha Owen para beberse su aliento y saliva. Los ruidos de succiones son intensos. Es cuando se echan un tanto hacia atrás y ambos gritan, separándose. Olvidaron la cocina.

   -Joder, me quemé el culo. –ríe, y se queja, Jeffrey, volviéndose hacia lo que preparaba.

   -Siempre lo tienes caliente. –es la burlona pero también pícara respuesta del otro; ese hombre siempre le excitaba. Jeffrey ríe, mejillas rojas, algo ebrio, muy feliz. Nunca nadie había sido de aquella manera con él.

   -Aún falta un poco. –vuelve a mirar la cacerola. Owen alza una ceja.

   -Yo tengo hambre ahora.

   -No vas a estropear la cena con pasapalos y… ¡Ahhh!

   El policía cae de rodillas, con gracia y soltura, atrapándole con la oscura mano la silueta destacada de su tolete bajo el bermudas, frotando, consiguiendo en segundos que este endurezca bajo su palma; todo caliente, vital, pulsante.

   -Será un bocado rápido… y chico. –se burla, metiendo la mano dentro del bóxer; Santa Madre de Dios, piensa, Jeffrey no llevaba ropa interior. Jadea al agarrarle el tolete en directo, apretándolo, frotándolo antes de sacarlo de la tela.

   -Hijo de puta, debería… -comienza el abogado, por el comentario sobre lo chico del bocado, pero ya no puede pensar en nada cuando los gruesos labios caen sobre su glande que ya asoma, repartiendo besitos chupados y lamidos, succionando del ojete.- Hummm…

   Tenso y tembloroso a un tiempo, Jeffrey cierra los ojos y echa la cabeza hacia atrás, el aliento de Owen le quema, los labios tersos y gruesos rodeando su glande, chupan y aprietan. Y el hombre sonríe mientras va tragando palmo a palmo el blanco tolete, lengüeteándolo, disfrutando sus pulsadas, el calor, los jugos que ya soltaba, y que saboreaba y tragaba con su propia saliva. ¡Le gustaba mamarle la verga a Jeffrey! Y eso que antes no era la felación una de sus experiencias favoritas. Disfrutaba de un caliente y muy ajetreado sesenta y nueve sobre una cama con un gimiente tío, pero era más buscando aflojarle, para tenerle a tiro y poseerle. Deseaba sexo sabroso y eso siempre ayudaba a convencer a la otra persona de prestarse a todo, pero ahora… Quiere hacerlo, le sale hacerlo, admite mientras atrapa con labios, mejillas y lengua el pulsante miembro que quema contra su campanilla, camino a su garganta, ordeñándola, disfrutando de hacerlo, de tenerle, de escucharle gemir de gozo cuando se lo hace.

   Se tensa, estremece y eriza cuando la blanca mano del abogado cae en su nuca, presionándole un tanto, “obligándole” a tragar más de la verga pálida y babeante, sintiéndola deliciosa deslizándose sobre su lengua, que presiona totalmente de ella. Nuevamente la lleva a su garganta, atragantándose un tanto, boqueando mientras comparten una mirada lujuriosa. Sabiendo ambos que ninguno de los dos deseaba detenerse, no Jeffrey cogiéndole suavemente la boca en esos momentos con suaves movimientos de caderas, ni el oficial de policía que va y viene, ladeando su oscuro rostro, sorbiéndole y chupándole. Se sentía… dichoso, reconoce este, tomándola toda, pegando la nariz de los pelos púbicos castaños y olfateando con fuerza. Era feliz en esos momentos, y no sólo por el sexo. ¿Duraría para siempre?, no lo sabe, pero lo desea. Por primera vez en su vida quiere a una sola persona en su cama, su apartamento. En su vida. Y el otro había dado muestras de quererlo también.

   -Oh, Dios… -lloriquea nuevamente Jeffrey, ahora con las manos tensas sobre los lados de la cocina para sostenerse; que le dieran una buena mamada, estando de pie, le deja sin fuerzas; la boca negra, tomando y soltando, con los labios muy adheridos a su pieza brillante con sus jugos, estimulándole como nunca, le roba fuerzas. Y ese lloriqueo le encanta al policía.

   Ese abogado blanco y algo blando, a quien pensaba llevar a su gimnasio, había renunciado al bufete donde trabajaba, y había abandonado a su mujer, iniciándose un juicio de divorcio. Al principio Anna pareció no creerlo, burlándose de su determinación, para luego buscarle, casi exigiéndole que volviera. Creyó poder controlarle como siempre. A la mujer le gustaba saberle allí, encadenado a ella, aunque no le amara. Pero este no sólo no lo hizo, sino que la enfrentó. Se iba, la dejaba, y punto.

   -¿Y qué piensas hacer? ¿Qué otro bufete te contratará después de lo que hiciste? Papá se encargará de que nadie… -le amenazó.

   -¿Olvidas que soy el hombre que pudo soltar a un monstruo que casi estaba en el corredor de la muerte? Todo el que tenga un problema así de grave vendrá por mí, gente humilde, sin recursos, sin esperanzas, y en cuanto sepa que son inocentes me entregaré con todo a ellos. No temas por mí, me irá bien, Anna, la vida tendrá sentido y propósito.

   -Eres tan idiota, vas a querer volver a mi cama y… -comenzó, furiosa.

   -No, querida, hace años que no te amo. –la sorprendió y escandalizó.- Si es que alguna vez lo hice. –la vio boquear, pálida.- Ya hay alguien a quien quiero, que me gusta, que me hace sentir. Un negro grande y fuerte de casi dos metros. –terminó de confesar, con una sonrisa, no de burla, sino de libertad.

   Recordar lo que sintió al escucharle, como confesándole por fin cuáles eran sus sentimientos, aún casi provoca un orgasmo en Owen. Lo hicieron prácticamente en aquel carro en un estacionamiento. Y desde entonces parecían no poder apartarse, mantener las manos alejadas uno del otro. Aunque sexualmente activo, le sorprendía comprobar qué tanto le gustaba hacerlo ahora. Y lo hacían con bastante regularidad.

   Jeffrey, mandando al coño sus prejuicios y temores, su timidez natural, su deseo de encajar y no defraudar a nadie, se había revelado apasionado e inventivo. Montado sobre su verga negra, larga y gruesa, gritaba de manera agónica saltando sobre ella. Era como si su culo no pudiera conseguir lo suficiente de ella, necesitándola adentro en todo momento, exprimiéndosela con las entrañas, deseando sus estallidos de leche. Su boca también era golosa. Nada más recordar esos momentos incrementa sus chupadas sobre el blanco güevo, sorbiéndolo con ganas. Sus labios gruesos y algo hinchados retirándose lentamente de él, dejándole brillante de saliva y jugos, lengüeteándole, besándole y casi mordisqueándole el glande, provocan nuevos gemidos del abogado. Le gustaba tenerle allí, como saber que estaba labrándose lenta y trabajosamente una fama como abogado defensor, con ética, acompañado por aquella bonitica asistente, Jodie, quien también dejó la rica firma de abogados.

   -Ahhh… -brama Jeffrey, y Owen se traga todo el tolete, dejándolo preso, estimulándolo con sus mejillas y lengua en aquella prisión cálida y húmeda, y es más de lo que el otro puede soportar antes de correrse copiosamente, entre temblores.

   Fue tal la intensidad del clímax, que algo alarmado el policía se puso de pie, pasándose la lengua por los labios manchados de semen, para impedirle caer contra la cazuela caliente, tan solo para recibir los brazos del otro en su cuello, atrayéndole. Besándole, sus lenguas se encuentran y comparten el sabor de aquella esperma caliente y fresca.

   Después de la cena, con más vino de por medio (había algo extraño en tomarlo un jueves por la noche teniendo cosas que hacer al otro día), miraron la televisión, el básquet, hablando tonterías, casi todas de Jeffrey, especialmente sobre cómo estuvo el día en el bufete. Owen era listo, intuía que al otro no le habían prestado mucha atención antes, cosa que, sencillamente, no comprendía. Era grato estar ambos semi desnudos, únicamente en pantalonetas a media piernas para ese entonces en el mullido sofá. Se sentía increíble el tenerle casi en su regazo, notando su calor, peso y hasta olor. Casi tan bien como el ir a la cama.

   La cama…

   Jadeando pesadamente, de espaldas, el colchón casi chirriando y la cama golpeando contra el piso, el hombre se deja hacer. Cabeza sobre las almohadas, las manos a sus costados, permite que Jeffrey haga el trabajo. El hombre, sin los anteojos, los miopes ojos algo perdidos siempre (algo que le encantaba), montado a hojarascas sobre sus caderas, sube y baja el apretado culo sobre su verga erecta, gruesa y oscura, la cual aparece y desaparece del blanco agujero. Sonríe, excitado y caliente, sintiendo la rica presión de esas entrañas sobre su tolete, masajeándolo, al notar la ansiedad, las ganas, esa urgencia que parecía guiar a Jeffrey mientras se enculaba a sí mismo. Poco a poco el abogado escapaba de sus reservas, de sus represiones. Lanza una mirada a un costado, disfrutando la visión del otro en el espejo del closet. La nuca castaña echada hacia atrás, sus gemidos llenando la estancia, la blanca lechosa espalda arqueándose y agitándose, las nalgas redondas y aún más pálidas abriéndose, su culo subiendo y bajando entusiastamente, devorando y trabajándole el negro tolete. Una visión tan erótica como dulce.

   Pero los movimientos del tío blanco son todo menos dulces, sube y baja su cuerpo con ganas y casi brutalmente, disfrutando la sensación de sentirse llenado, casi al límite en su anillo, sintiendo totalmente el roce que el avance y retroceso de la nervuda barra provoca en las paredes de su recto, y en ese punto secreto que le tiene caliente, erecto y babeante de jugos sobre el abdomen del otro, su próstata masajeada. Lleva diez minutos en eso, elevando y bajando su ávido culo sobre ese güevo negro, y no parecía cansarse. Nunca había sentido un placer sexual parecido, y jadeando, cabeza echada hacia atrás cierra los ojos, quedando sentado sobre el regazo de Owen, quien le atrapa las caderas y comienza a agitarle de un lado a otro provocándole una nueva andanada de gemidos de placer. Y una idea hace sonreír al abogado, nunca hizo gemir en la cama a Anna, ahora ese hombre le convertía en una ruidosa puta lujuriosa.

   -Oh, Dios… -Jeffrey tiembla todo, un nuevo golpe a su próstata le hace perder el control, del ojete de su verga escapa un verdadero río de líquidos pre seminales sobre la negra piel de donde se frota.

   -Jeff… -brama, ahogado, Owen, por alguna razón le gustaba decir su nombre en esos momentos; sus miradas se encuentran. También él sabe que está a punto.- Ahora. –informa alzándose, rodeándole con los brazos, alzando sus rodillas, atrapando su boca.

   Y así, con su verga bien clavada en el pulsante culo, sintiendo el de Jeffrey contra su abdomen, tembloroso y ardiente mientras se besan, tragándose los gemidos del abogado, se corren a un tiempo. Hay jadeos, besos chupados, frotes de manos, y un intenso orgasmo que los marea, alzándoles a una nube de placer sin precedentes. Gruñen, uno como si le doliera pero es gozo, el otro con fuerza, mientras los toletes vomitan sus cargas de espesa y ardiente esperma. Siguen besándose, parecía que tampoco se cansaban de eso.

   Más tarde, ahítos, jadean, pegostosos, adormilados, comparten besitos mordelones. Owen sabe que pronto el otro rodaría a su lado y casi lo lamenta, Jeffrey era una increíble manta. Pero aún ahora, mientras va cayendo en ese increíblemente grato sopor de sueño post coito, una sola cosa ensombrece esa vida de pronto plena, Read. Pensar en el hombre inconscientemente le hace abrazar con más fuerza a Jeffrey. No dirá nada, no levantará olas, pero le buscará. La felicidad compartida nunca sería completa mientras ese peligroso hombre continuara libre. Le cazará y encarcelará el resto de su miserable vida.

……

   Llueve feamente, de manera copiosa; tanto que a pesar de las altas horas de la noche, algunos rostros reflejan preocupación. O tal vez era por los lejanos truenos que iluminaban momentáneamente la escena. La mayoría les temía de manera subconsciente. Aunque no todos parecen preocupados por el clima, o el temor a un rayo cayendo del cielo. Un hombre sonríe levemente mientras parece dormitar, aunque tan sólo lo parece. Está atento a todo. Su mente, notable como pocas, no lograba alcanzar nunca un grado total de confianza, de paz. Y menos ahora, sonríe de manera fría al pensarlo, cuando estaba a punto de moverse. Lo necesitaba. Actuar. Las pelotas le hormiguean y la verga le endurece bajo las ropas, de anticipación.

   Esforzando la vista en las penumbras, abre completamente los ojos bajo la visera de la gorra de los Yankees de Nueva York, volviendo el rostro hacia el sujeto dormido.

   Y, así, Robert Read contempla a su próxima víctima…

CONTINUARÁ … 60

Julio César.

OSCURO AMOR… 18

julio 28, 2016

OSCURO AMOR                         … 17

Por Leroy G

   Dedicado al amigo Marcos, a quien tanto le gustó el relato…

MUSCULOSO EN HILO DENTAL ROJO

   Le encanta su vida.

……

   E inicia el acercamiento, besa al joven más bajo, labios entreabiertos para que este responda y meta su lengua, como el macho que es. Y se lamen y chupan ruidosamente, Marcos gozando de tenerle así, tan sexy y caliente, tan grande y guapo, en esas pequeñas prendas de vestir, pesado sobre su regazo, donde su tolete pulsa y babea.

   Miran el juego y siguen besándose, pero ahora las manos de Marcos acarician los pronunciados pectorales, pellizca los sensibles pezones (esa noche le colocaría nuevamente los chupones, estaban grandes pero los quería aún más, que todos los notaran bajo sus ropas las pocas veces que le permitiera usarlas para salir), haciéndole ronronear y estremecerse sobre su tolete. Con un ojo el chico mira el partido, enfocando al jugador luso, seguramente soñando con domarle y someterle a sus deseos, mientras empuja sus caderas hacia arriba.

   Sin despojarle de nada, teniéndole de panza sobre el sofá, excepto su alzado trasero redondo expuesto por el suspensorio, Marcos le penetra desde atrás, mirándole con una mueca lujuriosa de dominio y control mientras lo llena de güevo con certeros golpes de caderas. Lleva el bermudas un poco más abajo de su culo mientras le empuja la erecta tranca por el ávido agujero que lo atrapa, hala y chupa con su cálido beso. Sonríe al escucharle gemir, totalmente en el nirvana mientras las paredes de su recto son refregadas y abiertas por la ardiente mole de carne masculina. Pero también sonríe ante la posición adoptada por el otro. Mauricio, bonito y musculoso dentro de su camiseta, suspensorio y zapatos sin medias, gime de gozo mientras tiene el cabeza más baja que el plano de su trasero, mirándole sobre un hombro cuando no cierra los ojos por el placer que experimenta; trasero que no sólo se alza, sino que se tiende hacia atrás para facilitar el trabajo y los deseos del macho. Aunque su tolete no estuviera atrapado dentro de la pequeña jaula de castidad, no podría tocarse, acariciarse o masturbarse, eso había terminado para él. Su único placer vendría de la manipulación, del uso que otros hombres, ¡su hombre!, diera a su culo. Era la posición del sumiso, eso había sido grabado en su mente.

   Y mientras le coge así, tendiéndose un poco sobre él, Marcos le aplasta un lado de la cara contra el mueble, reteniéndole con una mano, ambos mirando hacia el televisor donde el juego se desarrolla. Sintiendo la barra abriéndole el esfínter, separando las paredes de su recto, llenándolas con la joven, dura, cálida y nervuda pieza que la refriega, Mauricio tan sólo puede gemir en éxtasis. Y al ritmo del tolete saliendo casi hasta el glande, para volver a enterrársele con un golpe certero, golpeándole con las bolas, el muchacho, confuso, controlado y dominado, sonríe de manera tonta, cara roja, gemidos de agónico placer llenando la estancia. Le parecía increíble haber vivido tanto tiempo sin sentir un güevo en sus entrañas, llenándole y haciéndole sentirse realizado. Nada se comparaba a lo que sentía en esos momentos cuando Marcos alzaba y bajaba sus caderas, rudo, rápido, empujándole el enorme tolete en las entrañas y provocándole una mueca de gozo.

   -Coño, no me canso de esto, de llenar tu agujerito de amor, tan estrecho, tan apretadito y caliente… -le gruñe Marcos al oído, bajando, colando una mano y acariciándole el pene sobre la jaula de castidad y el suspensorio, provocándole nuevos gemidos.- Nunca he cogido un culo como el tuyo antes, sabía que así sería, especial. – agrega al tiempo que incrementa sus embestidas, como deseando ir aún más adentro del objeto de su obsesión, de su amor.

   Mientras jadea y babea por la boca abierta sobre el mueble, Mauricio se dice que sería genial poder masturbarse, conseguir una buena corrida. Pero la idea la sabe mal a él mismo. No, así estaba mejor, como decía, y hacía Marcos. El placer indescriptible que experimentaba cuando su culo era cepillado de aquella manera no podía compararse a nada vivido antes, eso tenía que admitirlo.  Una gran sonrisa de felicidad cuerva sus labios al tiempo que aprieta y afloja su agujero, ávidamente, deseando atrapar ese tolete pulsante. Retenerlo para sentirlo siempre.

   -¡Tómalo todo, puto, tómalo así! –le ruge Marcos, y eso sonaba extrañamente a ayer, a casa, se dice Mauricio, casi ronroneando contra el mueble, recordando vagamente esas noches escuchando como el otro enculaba y hacía gritar y delirar a sus putos. Ahora él era su puto.  La dicha y el orgullo le inundan. O sería…

   -¡Ahhh…! –grita con voz aguda, abriendo mucho los ojos, sintiendo la corrida que el otro estaba depositando en sus entrañas en medio de espasmos.

   -Oh, mierda, contigo no duro nada. –casi parecía frustrado, mordiéndole en el cuello, todavía llenándole el culo de esperma, las bolas contrayéndosele.

   Un hilillo de líquido espeso escapa de la jaula de castidad y moja el suspensorio. Sin erección, Mauricio encontraba desahogo. Era su vida ahora. Y repitieron.

   Esa noche, agotado, su culo todavía algo enlechado, Mauricio cayó en su cama, desnudo, siendo repasado por la rasuradora, sobre todo sus genitales y culo. Debió sentir alivio sin la jaula pero… la extrañaba. Cuando Marcos, mirándole y sonriéndole, se la coloca, nota la molestia. Era una más pequeña. Eso le hizo ronronear por alguna razón. Aunque no tanto como cuando los pequeños chupones cubrieron sus pezones, presionando de una manera intensa, erectándolos más allá de sus límites naturales, o los que alcanzaban ahora. Su culo fue ocupado por un butt plug.

   -¿Estás bien? –le pregunta Marcos, inclinando el rostro hacia el suyo, a lo que asiente sumisamente, provocándole una sonrisa.- Pronto compartiremos nuestro lecho nupcial, y no vas a salir ya nunca más de mi cama. ¿Eso te gustaría?

   -Si, amor. –es la respuesta sonreída, mejillas rojas.

   El beso que comparten es lento, pero profundo. Marcos bucea en su boca, chupa y lame, es casi mordelón. Si, le costará bastante dejarle allí, pero eso terminaría pronto. Finalmente le coloca son los audífonos, eran los últimos cambios de personalidad, obediencia y desinhibición. Todo muy necesario.

……

   Si en cierto edificio, dos colegios privados y un gimnasio cercano se preguntaban dónde estaría cierto gocho bonito y caliente, una familia se inquietaba abiertamente pensando en él, recibiendo correos electrónicos de vez en cuando y transferencias con algo de dinero para la madre del mismo, siempre diciendo que estaba bien, sin dejar una dirección o un número telefónico. Nadie sabía nada de Mauricio Valdez. Aunque si era conocido en su nuevo condominio. Y nadie dudaba de su condición sexual, o de su “pertenencia” a otro chico que era increíblemente amoroso y atento con él, aunque algunos juraban haber escuchado que de cierta ventana partían gritos de “si, puta caliente, mueve ese culo así, tómalo como la puta que eres”, mientras alguien más, presumiblemente la joven y bonita montaña de músculos, gemía con entrega, pidiendo más y más. Eso tenía a algunas señoras inquietas, a muchos muchachos calientes, y a uno que otro carajo curioso.

   Marcos le quería fuerte, por eso se inscribieron en un nuevo gym, donde causaron sensación. Marcos era un tipo agradable, delgado pero fibroso, e iba con Mauricio, que era musculoso, alto y fuerte, vistiendo diminutos y ajustados shorts y camisetas casi entalladas en su cuerpo, todo de lo más coloridamente gay. Los ojos no podían dejar de seguirle cuando iba de aquí para allá, llevando debajo de los shorts algún suspensorio que permitía adivinar su trasero, el cual mordía la tela. Otras veces eran los hilos dentales, el fuerte chico desvistiéndose en los vestuarios usando aquellas cositas, notándose que llevaba una jaula de castidad, causaba furor. Marcos parecía exhibirle, divertido de verle actuar desenvuelto, olvidados sus primeros resquemores a llevar esas ropas que luego le encantaron, o enseñar sus hilos donde se adivinaba la jaula mientras mostraba un trasero redondo y maravilloso que captaba aún más miradas oscuras y lujuriosas de esos hombres. A veces, sintiéndose algo incómodo, Marcos le permitía ir sin la jaula, su pene, flácido y pequeño, totalmente lampiño, se adivinaba bajo los cortos shorts ajustados de licra, al no llevar nada más.

   No era raro que en los vestuarios, dentro de un privado, con el rostro contra la división, ojos cerrados y boca ligeramente abierta, Mauricio dejara escapar sus gemidos, totalmente desnudo, con Marcos detrás, cogiéndole, ardiendo al verle, caliente al poseerle en cuerpo y mente, excitado de toda una jornada de ver tíos comiéndoselo con los ojos. Mientras le cogía, apretando los dientes, sus manos lo recorrían, la ancha espalda, el musculoso torso, los pronunciados pectorales, el abdomen en cuadritos, la delgada cintura. Era increíble tenerle así, entregado, sumiso, meciendo sus nalgas plenas de adelante atrás, tragando y dejando salir de su culo caliente esa mole de carne dura, en un baño del gimnasio. Saben que hay quienes oyen afuera, duros y sobándose. Pero nadie reportándolo.

   A veces, entre alimentos sazonados y batidos proteicos, Mauricio andaba más caliente que de costumbre, su pene aplastado contra la cada vez más chica jaula de castidad, sus pezones erectos totalmente, increíblemente llamativos bajo sus franelas ajustadas, o cuando sus pectorales estaban libres en sus camisetas, atrayendo los ojos. En esos días, cuando estaba más caliente que nunca, Marcos le hacía ir al gimnasio llevando un butt plug, fijándolo en su lugar con la tira del hilo dental del momento. Y realizar sus rutinas llevándolo clavado, abriéndole, rozándole, le mareaba. Era cuando iba a los vestuarios, sabiendo lo que ocurriría, y encontraba a Marcos con dos tíos jóvenes y musculosos esperándole. El chico sonreía con coquetería y excitación al verles, estos sonriendo torvos se le acercaban y tocaban, lo acariciaban, apretaban sus tetillas cercándoles por delante y por detrás, su cuerpo siendo recorrido sobre y debajo de sus ropas. Mirarle así excitaba a Marcos, y a él le complacía complacerle. Además… en esos momentos necesitaba machos.

   No pasaba mucho tiempo antes de que, en las duchas, bajo los chorros de agua, estuviera en cuatro patas, gloriosamente desnudo, grande y musculoso, lampiño y rojizo, su jaula de castidad conteniéndole, siendo penetrado su culo por Marcos, y la boca que iba de una a otra verga tiesa. A su hombre le excitaba compartirle así, pero su culo, su coño, no. Ese era sólo suyo. No pasaba una semana sin que “trabaran conocimiento” con otros chicos así, chicos que… A Mauricio no le gusta pensarlo, le provocaba algo de celos e inquietud, pero algo le decía que Marcos le usaba como gancho para atraer chicos grandes, masculinos y groseros, para transformarles y cederlos, mediante ciertos pagos, a otros sujetos en el gimnasio, menos acuerpados o guapos. Como fuera, tenían dinero para cenas, cine y paseos. Le encantaba la playa, dorarse todo, con su enorme cuerpo en alguna chica tanga blanca que atraía miradas y excitaba a Marcos. Era la dicha…

   Pero la vida ordinaria tenía sus retos, a veces, mientras iba a sus clases, su trabajo en el laboratorio y otros asuntos (sospechaba que su negocio de cosechar putos), a veces nuestro cambiado chico tenía mucho tiempo a solas, y los solo consoladores no eran suficiente. Aseaba la casa usando tan sólo una tanga, o un suspensorio, ocupándose de todo, entonces, travieso, salía vistiendo un ajustado shorts a botar la basura, uno donde se adivinaba, y a veces se veía, los contornos de sus tangas hilos dentales, notando las miradas de los machos vecinos clavados en su trasero. Y le encantaba, pero Marcos, pillándole, fingía no entenderlo cuando se enteraba.

   -He oído que te has portado mal. –le dice, vistiendo sus ropas de trabajo, sentado en el sofá de la sala.

   -¿Que hice? –pregunta con una vocecita tímida.

   -Lo sabes muy bien. ¡Les mostrabas a los vecinos tus encantos! ¿Quieres tener problemas con las vecinas celosas? Mereces un castigo. -le responde con una mueca libidinosa.

   Le atrapa una mano mientras Mauricio sonríe, y le hala. El enorme y musculoso chico, cada vez más fibroso, cae de panza sobre su regazo y ambos ríen. E incapaz de contenerse como ocurre cada vez que le tiene así, Marcos se recrea recorriéndole las nalgas tersas y duras con las manos, expuestas por el suspensorio, metiendo los dedos en la raja depilada y dándole toquecitos al culo. Sonríe al ver como se esponja el otro, separando las piernas, permitiéndole el acceso a su lugarcito secreto. Al chico le gustaba que jugara con su botoncito cerrado. Mete un dedo y Mauricio deja de reír, aunque sonríe, ojos empañados y boca llena de agua, la expresión de la lujuria misma, mientras siente como ese dedo, que se flexiona un tanto, entra y sale de sus entrañas. Sabe, aunque ignora que es parte del programa, que su coño se estaba mojando otra vez. Gime abiertamente mientras sube y baja sus nalgas, buscando el dedo, que se ve acompañado de otro, y esos dos dedos hacen una enorme diferencia en su interior. Cierra los ojos para recrearse en aquella sensación.

   -Dios, tiene el coño tan húmedo y caliente, me chupa los dedos que da gusto. –oye las palabras de Marcos, que parecen las suyas propias.- ¿Recuerdas cuando creías que te gustaban las mujeres y que eras heterosexual? –la burla se nota en el tono mientras se ríe.- Ahora mírate, tu coño vive en llamas y necesitado de ser llenado. –esas frases hacen ronronear de anticipación al musculoso joven, que sin abrirlos los ojos separa más sus húmedos labios en una enorme sonrisa, sintiéndolo, la cabeza roma de uno de los consoladores.

   Es uno blanco translucido, muy grueso a decir verdad. Con una mueca de lujuria y decisión, mirando la punta del juguete y el ojete ahora sin dedos, Marcos lo empuja y aplasta hacia adentro los labios de ese orificio, lo penetra aunque parece demasiado grueso para ese calibre. Y Mauricio arruga la frente, gruñendo como si le doliera, todo tenso, aceptándolo. El juguete se clava lentamente y debería molestar, dolerle.

   -¿Muy grueso, puto? Pensé que querías acción. ¿No era para esto que incitabas a los machos de la cuadra? ¿Acaso quieres otro marido?

   -No. No… sólo tú. –le gime, mirándole suplicante, un tercio del enorme consolador clavado.

   Pronto está boca abajo sobre ese mueble, siendo penetrado por un Marcos que disfruta pero parece querer castigarle. Era un joven oscuro, perturbado y complejo. Le gustaba lucir a su Mauricio, que lo codiciaran otros hombres; pero era celoso… si el chico se ofrecía. Este, sonriendo nuevamente feliz, lo acepta. Cuando no lo sentía llenándole el culo la pasaba muy mal.

   -¿Quién eres? –oye que la pregunta sale ronca, casi rabiosa, entre jadeos. Y Mauricio vuelve el rostro sobre un hombro, mirándole fijamente, sonriendo dichoso.

   -Tu puto. Sólo tuyo.

AMA DE CASA

Julio César.

DE AMOS Y ESCLAVOS… 37

julio 24, 2016

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 36

BIKINI SEXY

   ¿Lo imaginan en una blanca o amarilla… mojada?

……

   Algo tembloroso, pero incapaz de detenerse a pensar en lo que hace, Gregory sale de la franela, no sin cierta dificultad, por lo estrecha, por lo musculoso de su torso, uno donde destacan algunos pelos ensortijados, pocos, y una cadena gruesa, muy blanca, de plata, que se puso antes de salir. Y sabe que sus tetillas crecen, que la piel le quema más cuando el otro le mira con ojos hambrientos. Vuelve a realizar una torsión, flexionado el brazo, su recia espalda contrayéndose, su bíceps abultando.

   -Se ve tan duro. –casi deja salir con voz débil y ronca, el tío.

   -Lo está. –grazna con respiración pesada, manteniendo la pose.- Ven, acércate y tócalo…

   Sus miradas están atadas, saben que caminan en sobre una delgada línea de la sexualidad y la conducta que no puede definiré como “normal”, no desde sus puntos de vista. O al menos así lo piensa Gregory, bíceps abultado, esperando. El otro, tragando, con los ojos castaños que brillan como los de un gato, sonríe leve, como adaptándose con más facilidad. Avanza y extiende las manos algo delgadas pero de dedos largos, blancos, que emergen de las mangas del saco, y caen sobre la bola de músculos realmente duros. El joven hombre negro se estremece ante el cálido y algo traspirado tacto de esas palmas y dedos que se cierran sobre su piel.

   -Está tan firme… -susurra el hombre, mirándole a los ojos sin dejar de acariciar esas carnes oscuras. También él se ve agitado, su respiración es superficial, los ojos brillan más y los delgados labios le enrojecen. Era como una invitación, piensa casi asustado, pero también curioso, Gregory.- ¿Has ejercitado mucho para tenerlo así? –las manos se abren y los pálidos dedos suben y bajan sobre la bola de músculos oscuros, provocándole escalofríos al otro.

   -Algo. –es la ronca respuesta, mirando esos labios por donde el sujeto, inconscientemente, se pasa la lengua. Tiene que luchar contra el violento espasmo del deseo. Quiere, si, y mucho, que esos labios caigan sobre su bíceps, por muy extraño que le sonara aún a él mismo. Sus ojos se encuentran, febriles ambos.

   -Por cierto, me llamo Esteban. –informa, las manos subiendo al hombro, palpando.

   -Gregory. –casi jadea, los dedos de una de las manos ajena rozan su torso, fugazmente sobre su pectoral, antes de apartarse. Sin besar. Casi le frustra. Tanto tocarle le había… calentado o despertado algo que, como heterosexual, no quiere analizar. O eso se dice.

   -¿Sabes?, sé que sonará extraño, pero quiero que me muestres más. –pide Esteban, mirándole a los ojos, antes de bajar la vista a sus caderas.

   El joven de color abre los labios, pero nada dice, siendo recorrido por ese poderoso escalofrío en su columna. Lleva las manos a la correa, el botón y cierre del pantalón, notando que Esteban retrocede un tanto, para abarcarlo mejor con la mirada. Los ojos del otro caen como dardos en la ve que se abre al separar el pantalón, cosa que le encanta. ¡Ese tío realmente quiere mirarle!, y esa idea era obsesionante, dominante. Se quita las botas y el pantalón baja, con esfuerzo, por los musculosos muslos. El corto bóxer, uno enterizo, deja notar la abultada verga que parece deseosa de escapar y jugar con los chicos, y la cual atrapa la castaña mirada del otro sujeto, quien traga en seco.

   -¿Un bóxer? Qué desperdicio… Tienes que vivir llevando bikinis ajustado, o tangas calientes para que todo el que te mire, hombre o mujer, babee, y le babee por ti. –acota el otro.

   -¿Cómo tú? –reta, necesita hacerlo.

   -¿No estás así de emocionado porque estoy aquí? –es la contrarréplica que parece serle natural.

   -Iba para una cita y… no quería que la nena me viera con esas vainitas. Ya no se usan.

   -Todo hombre de sangre roja en las venas desea en algún momento de su intimidad más secreta el roce de una tanga suave, muy chica y ajustada contra su piel, porque todos desean sentirse calientes. –le aclara Esteban, acercándosele, las respiraciones de ambos son pesadas.- Te ves del carajo así, toda una tentación echa hombre. –le dice, sabiendo que le afecta, tocándole con las puntas de los dedos de ambas manos sobre el torso, recorriéndole como si arañara, pero sin usar las uñas, erizándole.- Todo esto dentro de una tanga pondría a delirar a cualquiera, imagina entonces si apareces en una. –comenta, los dedos abarcando sus costados, el tolete agitándose visiblemente bajo el bóxer que lo contiene. Sus rostros se han acercados, aunque Gregory debe mirar un tanto hacia abajo.

   -Bien, gracias, pero… -admite erizado, la idea le gustaba, es cierto. Y esa boca de labios delgados, entre abierta, que se separa más cuando él mismo separa los suyos, más gruesos, le fascina, ¿cruzaría la distancia ese tipito e intentaría besarle? ¿Lo dejaría? No lo hace, el otro se retira, no le toca más, no le calienta ya, y se siente algo frustrado nuevamente.- Lamentablemente no traigo una.

   -Tranquilo. –le desconcierta la sonrisa del otro, quien se vuelve hacia su maletín, de donde saca una bolsita de papel, color caramelo, una pequeña coquetería.- Vi esto y pensé en ti… -mete la mano y saca una muy pequeña bola de tela.

   La abre usando los dedos índices, dejándola colgar. Es una diminuta tanga amarilla intensa, tonalidad que se ve vulgar y escandalosa, algo mínimo, que en su parte posterior termina en un triángulo de tela que se estrecha en una franja, un hilo dental, de naturaleza elástica.

   -¡No voy a usar eso! –se agita Gregory, voz ronca, ojos clavados en la diminuta prenda que el otro sostiene frente a sus ojos, atrapándola con los dos dedos. Su pecho sube y baja con esfuerzo.- ¿Casado y heterosexual, pero comprando eso pensando en mí? Suena extraño. –le irrita un poco que el otro sonría, parecía un pequeño gato satisfecho. La idea de que el tipo más bajo estaba controlándole, le incomodaba.

   -¿La imaginas tan chica sobre tu enorme y musculosos cuerpo, presionando contra tu verga… metida entre tus nalgas… sobre tu culo de macho? –es la respuesta.- ¿Imaginas lo caliente que te verás? ¿Lo que eso nos afectará a quienes te veamos?

   -Yo… no creo que deba…

   -Es un regalo de un admirador, alguien a quien afecta tu cuerpo, ¿no quieres lucirla ni por cortesía? –se le acerca, tomándole una mano, algo que estremece al otro pero no se suelta, dejando caer la suave telita en su palma.- Hazlo como un favor para con un tío más pequeño y sin cuerpo, amigo. –le da la espalda.

   ¿Lo haría?, se pregunta Esteban; también el qué estaba haciendo. Todo había comenzado como un juego, pero ahora… Le siente moverse a sus espaldas. ¡Lo estaba haciendo! La sonrisa se le ensancha en el rostro, también las frecuencias cardiacas le aumentan.

   -Espero que estés satisfecho. –gruñe con voz algo temblorosa Gregory, como si estuviera molesto, pero también está excitado. Esteban se vuelve y…

   La mandíbula del hombre cae, sus ojos parpadean y el corazón alcanza nuevas cumbres, su respiración se espesa y todo él arde con ganas de algo. Gregory se ve impresionante en su casi desnudez, con ese achocolatado cuerpo de pecado cubierto únicamente por la muy breve y ajustada tela de una tanga  tipo hilo dental de un amarillo escandaloso, donde destaca una buena barra de carne. Por su parte, Gregory  siente que la cara le arde. Encontrar la admiración en esos ojos le encanta, todo él se esponja, sus tetillas parecen inyectadas de algo, muy erectas, mientras siente la piel de todo su cuerpo particularmente sensible. Pero son sus ojos los que le traicionan. Bajan y quedan posados sobre la erección visible bajo el pantalón del traje.

   -Mucho. –croa el tipo blanco.

   -¿Y te dices hétero? –tiene que burlarse, alzando un dedo y señalándole la bragueta, intrigado, notando que la pieza era como larga.

   -Nadie podría evitar ponerse caliente mirándote; a ningún hombre dejaría de parársele el güevo viéndote así. Lo siento por ti, pero calientas las braguetas, amigo. Compruébalo. –indica como si tal, sin afectarle, aparentemente, estar erecto viendo a otro tipo, se dice Gregory, quien lucha de manera titánica para controlar la suya ante esas palabras y esa abierta admiración que excita cada célula de su cuerpo exhibicionista.

   Se vuelve hacia el espejo que tiene en la entrada, uno de cuerpo entero donde siempre comprueba su apariencia antes de salir del apartamento, y que ahora entiende un poco mejor el por qué lo tiene. Se mira y se emociona, está realmente sexy; y si, la presión de la elástica, suave y escasa tela contra su verga y bolas es impresionantemente grata. La de la tira que se pierde entre sus nalgas negras, redondas y plenas es aún más desconcertante y… estimulante.

   -Por favor, gira. –sabía que eso llegaría, lo hace, piernas abiertas, flexionando sus brazos como un culturista, ambos bíceps enormes, su espalda recia tensa, los músculos notándose, pero sabiendo que la mirada del otro está sobre su culo. Casi la siente como caricias.- Impresionante. –el hombre negro se vuelve… y nota esa erección más pronunciada y demarcada, ¿acaso se había dado un apretón mientras le daba la espalda?

   -¿Es todo?

   -Aún necesitas algo, son esos pelos en tu pecho. Son pocos pero…

   -¡No! Eso no, no voy a depilarme. Recortar es una cosa, pero…

   -Confía en mí. Te verás del carajo. –regresa a esa maletín, el cual parecía contener muchas cosas. Se vuelve, sonriendo, con varias maquinillas desechables de afeitar en sus manos.

   -Pana, no lo sé… -duda. ¿Quitarse sus pelos gruesos y rizados aunque cortos?

   -Vamos, te verás aún mejor. –le sonríe tranquilizador, llevando una de las maquinillas a un torso, sin esperar más.

   Gregory se eriza mientras van cayendo sus cortos pelos bajo la triple hoja de la desechable; la siente casi como caricia cuando rodea las aureolas de sus pezones, despejándolos, bajando y bajando, Esteban inclinándose, bañándole con su aliento al respirar agitado. Luego le sopla.

   -Perfecto. –dice con ojos brillantes, las manos sobándole, tocando mucho, recorriéndole todo, de arriba abajo y regresando, apartando los pelos cortados.- Mírate… -y el hombre de color se estremece, su torso parece más definido, más llamativo. Más sexy. Pero todo acaba bruscamente cuando le toma una muñeca y le alza el brazo, descubriendo su axila.

   -Hey…

   -Confía en mí.

   Una nueva hijilla va contra su piel, recorriendo de arriba abajo, afeitándole lentamente. Va una y otra vez. Y Gregory contiene el aliento al lado del otro, el cual mira de la axila de donde va desapareciendo el pelo, a sus ojos. Cuando termina, sopla un aliento cálido con un leve aroma a menta, luego la recorre con la palma, suave, acariciante, quitando los pelillos rasurados. Gregory se contrae, el roce despiertas cosquillas y escalofríos que nada tienen que ver con eso. Ojos brillantes de lujuria, está seguro que se trata de eso, Esteban le alza el otro brazo y repite la operación, de manera más lenta. Es tanto así que él cierra los ojos dejándose hacer y llevar, sintiendo su aliento al soplar, sus dedos al recorrerlo. Pero los abre cuando una mano se cierra sobre su puño, halándole.

   -¿Qué…?

   -Vamos. –le hala hacia el sofá, donde cae de culo, mirándole hacia arriba, aún más.- Debo… -lo deja así, ojos clavados en la tanga alzada por el miembro tras él.

   -¿Quieres depilar mis partes? ¡Estás loco! –ladra, eso sí que no, un recorte de la grama estaba bien, pero… Una cosa así bien valía una mamada de güevo, ¿no? La idea llega, simple, clara, caliente y poderosa.

   Obviamente ignoraba lo que el otro le tiene preparado mientras le monta en la olla.

CONTINÚA … 38

Julio César.

LA NENA DE PAPA… 16

julio 16, 2016

LA NENA DE PAPA                         … 15

De Arthur, no el seductor.

CULO ALEGRE

   Chicos con sorpresas.

……

   -¿Si? –responde algo seco, el silencio se hace y su corazón late con fuerza.- ¿Si, papi? –rectifica y oye una respiración contenida que es liberada.

   -Hola, Brenda. –llega el animado tono jovial.- ¿Cómo está mi chica? –espera y el joven se siente ahogado.

   -Bien. –responde, agitado.

   -Maravilloso. ¿Viste lo que te dejé? –la pregunta es intencionada y Brandon cierra los ojos, cayendo sentado en la cama nueva, la caja y el juguete sexual desplazándose, acercándosele.

   -Sí, me gusta. –concede, sabiendo lo que vendría si no lo decía. Le parecía más fácil ceder…

   -Lo sabía. Eres una chica joven, hermosa y saludable, lo más natural del mundo es que quieras explorar tu sexualidad; y teniendo necesidades, no estando con tu papi, mereces satisfacerlas. –era tan humillante, Dios, se dice el joven, labios temblorosos.- Ponte linda, pronto estaré allí. –y corta la llamada.

   A Brandon le cuesta aflojar el agarre sobre el teléfono, abrumado, sintiéndose furioso y frustrado, impotente. La ira ardiente que amenaza con estallar no logra superar la humillación. Mira el juguete sexual, con la cara muy roja, y piensa nuevamente en armar un escándalo. Una pataleta. Pero calla. No se atreve. Notando la hora cae en que mucha de la gente de la pensión no ha regresado, así que toma un bolso, su toalla, las chancletas de baño y corre. Se ocupa con celeridad de sus asuntos en las duchas, siempre temiendo encontrar a alguien que le pregunte por su visitante. Sale envuelto en una toalla, joven, delgado pero de buen cuerpo.

   -Moses… -se tensa cuando un serio Mark Aston aparece frente a él, mirándole con curiosidad.

   -Hey, amigo, ¿cómo estás? –grazna con una sonrisa que más parece mueca.

   -Estoy bien, como siempre, quien anda de lo más misterioso eres tú. –dice el otro joven casi con reproche.- ¿Se puede saber en qué andas?

   -No, en nada, yo…

   -Tu puerta vive cerrada cal y canto. Eso nos extraña a todos. –insiste, desconcertándose más al verle respirar pesadamente.

   -¡Tal vez “todos” podrían ocuparse de sus vidas y dejarme en paz! –estalla con nervios, mordiéndose el labio al verle hacer un gesto de sorpresa dolida.

   -Lo siento. – se aleja, envarado.

   ¡Maldita sea!, se dice deseando llamarle, disculparse. Pero ¿cómo sin entrar en explicaciones? Maldito Cole Hanson, estaba destruyendo su vida. Y pronto llegaría, le recuerda con urgencia y algo de pánico una voz interna.

   Regresa a la carrera a su cuarto, asegurándose de cerrar bien no fuera a entrar alguien del piso y notara los cambios. Desnudo se detiene frente al closet, temblando, avergonzado. Pero también… curioso. Toma una delicada y casi transparente tanga amarilla, diminuta, que se estira al meter sus piernas. Experimenta otra vez ese roce que le eriza, casi una caricia erótica sobre su piel. Cubre sus genitales, que quedan presionados de una manera estimulante. Y la tira en su raja, presionando contra su culo… quema, pica.

   Se encasqueta unos shorts cortos, ajustados, color lila, y una camiseta abierta, de un naranja atardecer. Se mira al espejo, tragando en seco, aplicándose un gel en el cabello, luego toma el estuche de maquillaje… sus pómulos enrojecen, sus pestañas destacan. Sus labios, furiosamente rojos por el labial, le confunden. Se mira al espejo y casi siente miedo. No se ve como un chico, lo es por lo plano de su torso, pero más bien parece una chica. Una chica bastante bonita.

   ¿Por qué se sometía de esa manera?, la pregunta da vueltas y vueltas en su cabeza, pero no encuentra qué responderse, cosa que le altera un poco más. Pega un bote, tan nervioso estaba, cuando la puerta comienza a ser abierta y un sonriente, elegante y solido Cole Hanson hace su entrada, en un elegante traje gris oscuro, muy de trabajo gerencial, muy masculino con una evidente sombra de barba, con un aroma corporal fuerte, a sudor, gel del afeitado, a colonia y un poco a cigarrillos. Como sea, el joven, de pie en el centro de la pieza, lo nota. Como su mirada, su sonrisa genuina de placer al verle maquillado. Carga unas bolsas, una imagina que es de la cena temprana, la otra sabe que será otra sorpresa. Es grande.

   -Te ves hermosa. –dice el hombre, voz ronca, ojos brillantes de lujuria.

   -Gracias… papi. –la voz le falla, sonando desconcertantemente andrógina.

   Eso logra que el hombre trague en seco, y sin quitarle los ojos de encima deja todas las bolsas sobre la mesa, acercándosele, el chico mirándole todo ojos, brillantes, como un cervatillo deslumbrado por unos potentes faros. Jadea ahogadamente, de sorpresa, cuando el hombre le levanta con mucha facilidad entre sus brazos, estrechándole contra su cuerpo, fuerte y viril, llevándole hacia la cama. Todo eso sobrecoge a Brandon, el sentirse alzado como si no pesara nada, estando sostenido por el macho poderoso, notando sus olores masculinos de manera intensa. Cae de culo en su regazo cuando este se sienta sobre el colchón, y jadea otra vez al sentir la dura erección bajo el traje gris. Pero no tiene tiempo para pensar, los labios de Cole caen, abiertos, sobre los suyos, lengüeteándole, obligándole a abrir la boca, metiéndosela de manera rapaz, intensa, lengüeteándole y llenándole de saliva. El chico jadea, su cuerpo se tensa, y aunque no entiende cómo o por qué, sabe que responde, que su lengua se ata a la otra y luchan. Pero el hombre le derrota, besaba demasiado bien, succionando de manera total, bebiéndose su aliento, saliva y gemidos.

   Arrojándole de lado en la cama, de pie, el hombre se abre el pantalón sacando la blanco rojiza tranca llena de venas, dura. Casi sobre su rostro. Y los rojos labios del muchacho, de donde el labial se ha corrido un tanto, se abren sensualmente y caen sobre el glande expuesto, besando, lengüeteando el ojete, chupando de él. Cole se tensa y sonríe, mirándole de manera brutal, sabiendo que ya casi le tenía donde lo quería. ¡Tragando cada pedazo de su pieza! Ese muchacho podría decir lo que quisiera, pero por lo que veía parecía que no podía obtener lo suficiente de su verga, cubriéndola y chupándola, recorriéndola con sus labios y lengua, dejándola ensalivada, una y otra vez, ¿acaso extrañando ya el sabor de su semen caliente? Tiembla mientras le ve mamarle, lo hacía bien, se sentía del carajo ser chupado así, pero quería más. Quería que el chico le entregara, voluntariamente esta vez, su culo. Que lo deseara tanto que le suplicara llenárselo de güevo. 

   -Oh, sí, así, mami bella… -jadea de manera ronca, boca muy abierta, feliz como pocas veces al verle entregado, subiendo y bajando sobre su recio falo con sus labios pintarrajeados, al tiempo que se tiende sobre él, la mano grande apoyándola en una nalga, sobre el shorts pegadito, dando una leve azote, produciéndole un fruncir de ceño y un gemido muy ahogado al tener en ese momento el tolete clavado casi hasta su garganta, donde continuaba ordeñándolo.

   El hombre mete la mano bajo el shorts y tiembla, casi corriéndose al tocar la turgente y lisa piel del muchacho, así como los contornos del hilo dental. Eso se la puso como más dura, y cuando subía, succionando, Brandon se encontró con un especial chorro de líquidos pre seminales que saboreó sobre su lengua, lo unto del pulsante palo al bajar sobre él  y lo tragó. El adolecente cierra los ojos, dejándose perder en mil sensaciones, sin desear pensar en ello, succionado sin detenerse de aquel güevo, plenamente consciente de la mano masculina que acaricia con los dedos abiertos sus nalgas, de una a la otra, de los dedos que buscaban la raja entre ellas, recorriéndola, todo eso teniéndole muy erizado, casi con cosquillas, con los dedos de los pies flexionados dentro de los zapatos. Sabe lo que viene, y una parte calenturienta de su mente…

   Con una mueca de avidez lujuriosa, la del macho que gozaba de mil puntos de excitación, todos a su real parecer, Cole le coge la boca con movimientos suaves de caderas al tiempo que la mano sale del shorts, casi extrañando tenerla allí, y baja ese pantaloncillo suave y ajustado de putos, sonriendo torvo al ver el movimiento del chico para facilitárselo. Contiene la respiración al bajárselo tan solo un poco, por debajo de sus bolas y finalización de sus turgentes y redondos glúteos. La tirita del hilo dental le obsesiona, le calienta. Allí estaba su putita, la que escogió, ese muchacho sumiso que se había atrevido a tocar a su hija llevando aquella prenda tan erótica. Los ojos se le van a ese trasero firme, nalga sobre nalga al estar de medio lado, mamándole el güevo. Tocándolas, separándolas un tanto, la visión de la tirita sobre su culo, de la bolsa que se formaba y abría un tanto más abajo, donde la tela contenía sus bolas, provocó un nuevo brote de jugos masculinos de su ojete, uno que Brandon succionó con especial cuidado. Sonríe aún más; es un hombre de experiencia que sabe lo que hace…

   La frente de Brandon se frunce totalmente con una mueca que podría parecer dolor pero que no lo era ni de lejos, al tiempo que un ahogado gemido escapa de sus labios adheridos a la pulsante verga blanco rojiza que succiona, dejando escapar saliva y jugos pre seminales cuando la mano del hombre, lenta y deliberadamente se mete dentro de la tanguita, en la parte baja de la espalda, bajando y recorriendo, los dedos, unos sobre otros, metiéndose en su raja, acariciándole y levantando el hilo, cayendo sobre su culo, descubriéndolo y medio rascando con las uñas de manera sensual. Cole sonríe todavía más al verle enrojecer, cerrar los ojos con los labios contra su pubis dentro del pantalón, succionando con lengua y garganta, todo tenso. Cada roce de sus dedos le hacía responder. Si, pronto ese joven culito será un coño total, sensible y excitable, ávido de güevo. Lo único que terminaría gustándole al chico. Lo intuyó la primera vez que le vio.

   Sacando la lengua en una mueca depredadora, hunde un largo y velludo dedo en el joven agujero, que entra fácil porque el esfínter se abre para permitírselo. Los ahogados jadeos, el resuello sobre sus pelos púbicos se incrementan. Muerde su lengua al sacarlo, lento, acariciándole, rascándole, para volver a clavarlo, duro, de golpe. Lo saca y mete, adentro y afuera, lo coge una y otra vez y Brandon parece perder el control, se agita todo, sus nalgas redondas, y rojas ahora, se tensan mientras esa mano que aparta la tirita del hilo, juega con su culo de una manera extrañamente excitante.

   El joven abre los ojos de golpe, y algo muy parecido a un gruñido de queja, de exigencia escapa de su boca ocupada por el caliente güevo del hombre en traje de oficina cuando esa mano se retira de sus nalgas, cuando ese dedo deja su culo, la tirita del hilo dental volviendo sobre el redondo y enrojecido anillo que parece algo inflamado. Divertido ante su reacción, con un “vaya, vaya”, mental, el hombre pasea las puntas de sus dedos por esa raja otra vez, recorriéndola hacia las bolas, provocándole un nuevo gemido al chico, quien, instintivamente separa sus piernas para facilitarle el paso. Cole sonríe al rascar, cosquilloso, sobre el saquito con las bolas. Y Brandon gorgojea experimentando el placer que ese gesto siempre produce, las cosquillas erizantes de una mano acariciando las bolas sobre un bóxer, calzoncillo… o un hilo dental como en este caso. Los dedos van y viene y el chico menea sus caderas totalmente entregado. La mano sube y le acaricia el erecto aunque corto pene sobre la pantaletica, haciéndole gemir más.

   -Estás tan caliente, Brenda… -le atrapa el tolete sobre la tanga con un puño, sabiendo muy bien cómo se sentía eso.- Tienes el clítoris inflamado y el coño muy mojado. –aferrándolo duro, sin hacer otra cosa que estimularlo con el agarre y el calor de su mano, lleva el pulgar al glande y lo frota, de manera circular, con energía, provocando una buena oleada de líquidos pre seminales del muchacho.- Si, estás caliente, nena, muy caliente…

   Brandon nada responde, y podría ahora, porque Cole echa sus caderas hacia atrás, sacándole la verga de la garganta, apartándole del pulsante tronco que soltaba calores y jugos que había estado bebiendo por litros. También alejaba su olor a macho, uno que le debilitaba por alguna razón que no entendía. Sus labios están hinchados, el labial corrido, su barbilla mojada. Su respiración es pesada. Se miran cuando este, después de tomar algo de la cama, alza una mano mostrando el pequeño consolador.

   -¿Crees que tu coño está lo suficientemente hambriento para esto, Brenda?

CONTINÚA … 17

Julio César (no es mía la historia).

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 58

julio 10, 2016

… SERVIR                         … 57

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

ATADO Y FELIZ

   Los juegos del amor… duro.

……

   Dentro de la prisión, el jefe Slater comenzó una investigación discreta que le llevó a comprobar detalles sobre ciertos asistentes cuestionados, especialmente Albis Lomis y Johan Adams, quienes ya habían pagado por su poco criterio. Su rostro no mostró sorpresa cuando uno de los vigilantes de la noche le recibió en su oficina, preocupado.

   -Jefe, hay una novedad. Uno de los perros, Nerón, amaneció muerto. Vomitó feo. Creo que lo envenenaron. –parecía mortificado.

   -Okay, sigue investigando. –fue todo lo que respondió, en el colmo de la indiferencia. Muerto el perro…

   A Nolan Curtis la noticia le hizo latir con fuerza el corazón, de alivio. Casi de felicidad. Y le hizo preguntarse, ¿acaso el jefe Slater…?

   Daniel Pierce, por su parte, fue presentado ante los tribunales para que respondiera por el homicidio cometido, del cual no pudo dar una explicación que resultara satisfactoria. Las manifestaciones públicas de la familia, y algunas declaraciones de testigos del hecho, fueron totalmente desfavorables. La madre de Morgan, llorosa, exigía justicia contra el hombre rico que mató a su muchacho, ya condenado en un juicio injusto. Oyendo todo aquello, el hombre fue sumiéndose en la desesperanza. No, aquello no pintaba bien para él. Con los ojos buscó a su ex, Diana, la cual se mantenía apartada, fría pero al menos solidaria. De su familia consanguínea sólo asistió una de sus hermanas menores, que le sonrió y lloró más tarde. La joven mujer había notado los cambios físicos en su hermano, el cabello largo recogido en coleta, la delgadez de su cuerpo dentro del saco, el aire amanerado que ahora parecía caracterizarle.

   El joven y apuesto hombre no encontraba alivio en esas salidas; el mundo, el exterior, exponerse a la mirada de otros, le acongojaba. Sentía que lo juzgaban por muchas cosas, que sabían algo que les escandalizaba. Sólo tras los muros de la prisión se sentía a salvo, tan sólo en la Lavandería, encontrándose con Geri Rostov, quien siempre le esperaba con una sonrisa, era feliz ahora. Su vida parecía ser esa, y de alguna manera extraña le complacía. Le parecía que desde que fue detenido por la estafa, había llegado a un punto donde ningún mal podía tocarle. Junto a Geri. Cosa que ya se comentaba en los pasillos y celdas: la puta había encontrado un nuevo marido que diera la cara por ella. Había mucho de burla cruel, pero también de rabia, en ello.

   -Alcaide, creo que debemos contemplar un traslado para el prisionero Pierce. –le dijo una tarde el jefe Slater al otro, en su oficina.

  -¿Un traslado? –pareció desconcertado y hasta alarmado.

   -Creo que es… lo único decente que podemos hacer. –se mantiene firme Slater.- Trasladarlo, y de ser posible, hoy mismo.

   -¿Trasladarle en pleno juicio por homicidio? No puedo mandarle a una prisión de mínima…

   -No, a otro bloque. –el jefe se atragantó un poco.- Creo que es lo mejor.

   Geri Rostov, pasándose las manos por los cabellos, recorrió con la vista la celda, aprobando las paredes despojadas de las fotos de mil nenas rubias enseñando sus coños abiertos. El joven y apuesto hombre casi parece nervioso, y se tensa cuando el seguro de la celda se libera y esta rueda un tanto. Sus ojos caen automáticamente sobre los de Daniel, quien contiene una leve sonrisa, con su mono naranja y su gorrita cubriéndole el cabello. Detrás va un vigilante negro, alto, quien parece exasperadamente divertido.

   -Dale la bienvenida a tu nuevo compañero de celda, convicto. Pero espera hasta que me haya ido, ¿okay? –y casi empujó al rubio, cerrando tras ellos.

   Por un segundo los dos hombres parecieron cohibidos.

   -Lamento si te obligaron a aceptarme aquí, no pedí… -comenzó Daniel, con esa voz suave y algo afeminada que ahora adoptaba.

   Siendo silenciado por un Rostov que dio un paso al frente, le atrapó el rostro y le cubrió la boca con la suya, metiéndole la lengua con un hambre que le sorprendió a él mismo. Y se besaron intensamente, frotando sus cuerpos.

……

   La prensa no soltó ni por un momento al bufete donde Jeffrey Spencer aún laboraba, todos los días, intentando hacer un trabajo decente y llevar muchos casos pro bonos para lavar su cara y el de la firma. Pero no era fácil, algunas personas no querían tratar con él, y los compañeros y socios parecían hacer fiesta con su pesar. Algo típicamente humano pero que al hombre le parecía que mostraba cierta saña. Todos los días alguien le preguntaba a quién soltaría ahora, que “Jack el Destripador te anda buscando”; “en iowa asesinaron a una monja con un crucifijo, ¿sería Read?”.

   Era difícil mantener la calma, lanzar una mirada airada, especialmente en medio de las risas del resto de los presentes, o las vacías sonrisas de aquellos a quienes les era totalmente indiferente, como persona y profesional. Se le hacía una tortura llegar cada día, especialmente después de los fríos silencios de Anna, quien a veces llegaba con él, acompañándole, a “comprobar la salud de su padre”, para continuar mangoneándole más allá de la entrada de la firma. Perdido en esos pensamientos, sin escucharla mientras comenta lo duro que se le ha hecho a ella la vida en el club, por su causa, claro, entran a la recepción de la firma cuando alguien salta de detrás de la puerta de cristal.

   -¡Grrrrr! –es el grito agresivo de la persona que lleva el rostro cubierto con un pañuelo.

   Y si Anna grita, el salto que pega Jeffrey es digno de un gimnasta, hasta que nota el traje, la contextura, y estallan las carcajadas de los presentes, quienes filman con sus teléfonos la escena. ¡Era una broma! Y Anna, mano en el pecho, rostro crispado por la sorpresa, ríe también. el abogado lo ve todo rojo, la sangre circula a tal velocidad por sus venas que le ensordece.

   -¿Qué, Spencer? ¿Muchos nervios? ¿Acaso esperas visitas en la fir…? –el bromista calla bruscamente, tiene que hacerlo, cuando Jeffrey, aunque más bajito, le lanza un puñetazo que parte de la parte media de su cuerpo, impactándole del lado izquierdo de la mandíbula, haciéndole gritar de dolor, aflojándole las piernas y tambalearse hacia atrás. Un gemido de sorpresa recorre el lugar.

   -¡Vete a la mierda, Miller!, vuelve a abrir tu boca para otra de tus imbecilidades y haré que necesites una sonda para alimentarte. –le ruge apuntándole con un dedo, respirando con dificultad, volviéndose a los testigos.- ¡Y eso va para todos! Estoy cansado de tanta mierda. Y si piensan en demandarme y ser testigos, con sus grabaciones, les aclaro que estoy sufriendo un momento de locura por el susto y no iré a la cárcel ni pagaré un centavo, ¿estamos claros?

   -¿Te has vuelto loco? –voz alterada, mirándole como si no le conociera, Anna le encara.- ¡Golpeaste a Miller!

   -¿Acaso no estabas a mi lado cuando hizo su gracia?

   -Fue sólo una broma.

   -¿Una broma? ¡¿Una broma?! –grita, pero traga y se controla.- ¿Te parece que tu vida es dura en el club hablando de lo idiota que es tu marido? Trata de maginar lo que estoy pasando yo, pensando en ese sujeto libre, en lo que pueda estar haciendo y todavía teniendo que soportar a estos malditos  idiotas. –los presentes se sobresaltan, como ofendidos y desconcertados, por el injusto ataque.

   -Te buscaste esto. –sentencia ella, dura. Frase que eleva cejas tras ellos. Jeffrey abre y cierra la boca, totalmente desconcertado por un segundo.

   -Querida, la firma, tu padre y tú se pueden ir también a la mierda.  –exclama entre dientes, atrapándole un hombro y apartándola, no violentamente, saliendo de la recepción rumbo a los ascensores.

   Anna le mira alejarse, boca abierta.

   -¡Jeffrey! –corre tras él, perdidos sus aires de grandeza.

   -Déjame en paz. –le ruge, sin volverse.

   -¿De verdad quieres acabar con nuestro matrimonio? –la pregunta suena como un estallido, uno que logra detenerle frente al ascensor, su pecho subiendo y bajando con esfuerzo.

   ¿Quiere eso? ¿Qué toda su vida acabe?

……

   El aparato de televisión deja escuchar la noticia, una que debería ser de interés para los presentes dentro de la habitación, pero que no lo es. Una mujer, reportera, continúa.

   -…Tres semana y aún no se tienen noticias del peligroso delincuente. Por datos extraoficiales sabemos que se especula con la idea de que haya abandonado el estado. –informa.

   Pero no, el joven frente al aparato no la escucha, su cuello esbelto y algo pálido es rodeado por una gruesa correa tipo collar de perro, de cuero oloroso, con tachones de plata, que se cierra tras su nuca dificultándole un poco el tragar. El chico, mejillas muy rojas y sus oscuros y apasionados ojos oscuros muy brillantes en ese instante, lo toca. Emocionado. Se vuelve, sonriendo con adoración hacia el hombre a sus espaldas, fornido y masculino.

   -Es hermoso. –confiesa tragando, sintiendo la presión del collar contra su manzana de Adán. Algo avergonzado, pero excitado, el otro sonríe.

   -De nada, muchacho. –es todo lo que se le ocurre decir al jefe Slater.

   Nolan le rodea el grueso cuello con los brazos, pegándose a él, sus delgados y rojizos labios cayendo sobre los del hombre, los cuales, gruesos y rodeados por el bigote y barba, se abren y atrapan los suyos, cubriéndolos, metiéndole la lengua. Duro ya bajo sus ropas, se maravilla como siempre de la reacción instantánea que sentía al hacer aquello, al besar al joven ayudante, metiéndole la lengua, saboreando su boca, encontrando la suya y atándose en chupadas ruidosas. Bucea en su interior, tragando saliva y gemidos; las enormes manos negras, emergiendo de las mangas largas de la blanca camisa, le rodean la estrecha cintura sobre las ropas. Cuando el beso gana en calor, y en succiones mutuas, esas manos entran bajo la franela, recorriendo la suave, tersa y tierna piel del joven, que se eriza bajo el roce de sus callosas palmas.

   El chico se le había convertido en un placer culposo, algo que le irritaba pero le atraía de manera intensa. No pudo olvidar las horas a su lado, la poderosa sensación experimentada y disfrutada al llenarlo, al cabalgarlo con su verga, haciéndole gemir y gritar, viéndole estremecerse. Poseerlo le había excitado como pocas cosas hacían ahora. Sin embargo intentó alejarlo de su mente, olvidarlo, pero encontrarlo en los pasillos de la prisión, en los patios, en los vestuarios… No hubo miradas ni intercambios de palabras. Nolan no le veía, tan sólo estaba allí, presente. Casi… siguiéndole. No era extraño que tropezaran, que lo tocara para apartarle. Que rozara con el dorso de sus dedos aquel culo respingón al pasar a su lado. Ahora…

   Deja de besarle y le vuelve, su pecho sube y baja con fuerza, y se ve sobre su hombro, en el espejo del closet, donde sus miradas se encuentran. Le sube la franela, la blanca piel del muchacho va quedando expuesta y siente que el tolete se le estremece bajo el pantalón, contra el culo del otro. Lo había hecho, lo adivinaba sobre la tela, pero ahora… Los pezones, de un marrón rosa, estaban perforados, luciendo aros plateados.

   -Nolan… -hierve de ganas, también de vergüenza. Se estremece cuando el chico atrapa sus manos.

   -Quise hacerlo. –es la respuesta consensuada, y llevan las grandes manos sobre sus pectorales, estremeciéndose cuando el hombre negro clava la punta de sus dedos, presionando los aros.

   Es todo lo que el vigilante en jefe puede soportar, le hace dar la vuelta, le arranca la franela y alzándole en peso le lleva a la cama, arrojándole de espalda, inclinándose a su lado, clavando los dedos dentro de collar, casi ahogándole, mientras baja el rostro, separando los gruesos labios y cubriendo una de las tetillas; el frío aro contra su lengua le produce un espasmo, y chupa ruidosamente, al tiempo que Nolan gime ahogadamente, de placer, preguntándose si era extraño sentirse tan excitado por la leve asfixia mientras tantea sobre los dedos en su cuello, y arquea la espalda, deseando exponer más de su torso, buscando que más de su tetilla fuera chupada como estaba siendo.

   Los gemidos ahogados se oyen ruidosamente dentro de la habitación, junto al chirriar de la cama que golpea contra la pared por la fuerza de las embestidas, y las duras palmadas de pelvis contra nalgas. Los dos hombres en aquel dormitorio se habían dejado arrastrar por fantasías, cada uno diciéndose, tal vez, que complacía al otro con algo nuevo, pero en el fondo dominados por una intensidad de lujuria tal que desconocían. Arrodillado sobre la cama, totalmente desnudo, James Slater sube y baja sus caderas, casi apoyando el culo sobre sus tobillos, mientras empuja su grueso, largo y negro tolete dentro del blanco rojizo agujero de Nolan Curtis, una y otra vez, sin darle descanso, sin detenerse. Todo su cuerpo brilla de transpiración, lleva exactamente veinticinco minutos metiéndoselo y sacándoselo, era bueno en eso. Lo sabía. Y el chico lo estaba, ¿sufriendo?, casi lo parecería, pero no…

   De espaldas en la cama, con la baja espalda sobre las almohadas, el blanco y esbeltamente delgado joven recibe las cogidas que ese semental estaba dándole. Lleva el estúpido chalequito abierto, de cuero, los aros brillando en su pecho, también unas botas no muy altas, como de camionero, oscuras, y un suspensorio reluciente, negro, pequeño, cubriendo pero no disimulando la gran erección que tiene mientras es sometido de aquella manera. Sus muñecas están rodeadas por unas esposas que le fijan a la cama, unas que hala y forza, intentando moverse, hacer algo, recorrido como está por todas esas oleadas de lujuria que le roban la razón. Su boca, de donde mana gran cantidad de saliva que chorrea por las comisuras, está ocupada por una bola roja que dificulta sus sonidos. Cuando Slater se la saca casi toda, deteniéndose por un segundo, sus miradas se encuentran, y el chico casi parecía suplicante, ¿pero de qué? El tolete vuelve a clavarse, reiniciando las rondas, y se aquea sobre la cama, lanzando un largo gemido ahogado.

   Ese hombre lleva largos minutos golpeándole fuerte con su porra gruesa de carde dura, caliente y palpitante, llenando sus entrañas, frotándolas, y no podía procesarlo todo. Jadeando, agitándose sobre las transpiradas sábanas, Nolan sabe que nunca antes había experimentado algo así. Le dolía el culo, deseaba que ese macho terminara y se la sacara ya, pero por otro lado nunca se había sentido tan caliente ni experimentado tanto placer. Casi lloriquea cuando la barra sale y regresa, clavándose hondo, notando las bolas del otro golpeándole más abajo. Instintivamente agita sus piernas, atrapadas por las manos del hombre, separándolas, ¿por alivio?, ¿para sentir el tolete masculino enterrándose más profundamente en su culo abierto al vicio?

   Slater le mira con una lujuria casi predadora, de alguna manera sabe que ese chiquillo le pertenecía, que ese culo que lo apretaba, halaba, frotaba y ordeñaba era suyo para cuando lo quisiera. Y que Nolan lo goza, lo ve en su sudor, sus mecidas, lo nota en las apretadas que le daba. El muy zorrito estaba delirando de placer, nadando en hormonas de felicidad. Se estremece nada más de imaginar la apretada que ese esfínter le daría cuando se lo llenara de esperma caliente, una corrida abundante y espesa, o cuando el chico mismo alcanzara el clímax.

   -¿Quieres mi leche en tu culo, mariconcito? –le pregunta casi cruel, cerrando más sus dedos contra las botas, incrementando las cogidas, mirándole retorcerse y jadear bajo la fuerza de su masculinidad.

   Nolan tan sólo puede asentir, ojos casi llorosos, mejillas rojas, mordiendo la bola, sus pezoncitos perforados muy tiesos, como su tolete que moja el suspensorio de cuero. Maldita sea, se dice el hombre, ese chico le tenía atrapado, literalmente, por las pelotas. Sabe que le costará mucho renunciar a aquello… si quisiera renunciar.

   -¡Tómalo, pequeño puto! –le grita, tendiéndose hacia adelante, metiéndosela toda, casi alzándole las caderas de las almohadas. Y si, mientras se corre entre temblores siente esas entrañas cerrarse a cal y canto, chupando de ese semen que las baña y nutre.

   El chico era toda una puta. ¡Su puta!

……

   Silbando alegremente, aunque también escuchaba las noticias recapitulantes sobre lo poco que ha ocurrido desde la fuga de Robert Read, Jeffrey Spencer ha decidido no preocuparse por nada mientras cocina unas chuletas de cerdo en salsa agridulce. Casi baila al rociarlas con algo del vino de su copa. Ese relajamiento tal vez se debiera a que el tiempo había pasado y nada se sabía del sujeto… O que la carne que preparaba olía realmente bien. O tal vez a ese segundo vaso de vino frío que ha consumido. Como fuera, en su ancha franela, su bermudas a media pierna y pies descalzos, se siente bien, realmente bien. Ya ni le molestaban las miradas ocasionales de Anna cuando entraba al dormitorio en busca de algo. Todo había mejorado. Su vida lo había hecho.

   Sonríe al escuchar la puerta de la calle abrirse y unas llaves caer cantarinas sobre la mesa.

   -Llegué, amor. –canturrea una voz igualmente feliz.

   -¿Llegué, amor? ¿Qué es esto? ¿Yo amo a Lucy? –no puede evitar la puya, sonriendo, sin volverse, vigilando el sartén.

   -Dios, cómo te quejas. –le gruñe casi al oído, Owen Selby, mientras le rodea la cintura con sus brazos. Estrechándole contra su cuerpo y besándole bajo una oreja, casi lamiéndole, algo de lo que nunca se cansaba.

   Ni de las cosquillas del abogado, de la manera que cerraba su cuello, revolviéndose en sus brazos, mirándole y besándole en la boca, sus lenguas encontrándose con cierta urgencia como parecía ocurrir cada vez que lo hacían… desde que vivían juntos.

CONTINUARÁ … 59

Julio César.

OSCURO AMOR… 17

julio 2, 2016

OSCURO AMOR                         … 16

Por Leroy G

JOVEN Y CALIENTE EN HILO DENTAL

   Joven y caliente espera por amor.

……

   Todo su ser gritaba de ganas, y posa los labios sobre el glande, besándole, chupando, lamiendo con la punta de su lengua en aquel ojete. Y hacerlo le parecía increíble; cuando unas gotas de líquidos pre seminales le llenan la lengua, tiembla de lujuria. Separa los carnosos labios masculinos y rodea la cabeza del güevo, lengüeteándole, tragándolo lentamente. Y sentirlo palpitando contra sus mejillas le gusta tanto como saber que el otro se tensa, su respiración se espesa y deja escapar profundos jadeos de gusto. ¡Le estaba dando placer a su hombre!, la idea casi le hizo llorar. Los jóvenes labios toman más y más, al tiempo que recuerda de pronto a su profesor de gimnasia en el liceo, al que pilló dormido sobre una colchoneta, seguramente con un sueño erótico, un tipo grande y fuerte, a quien le tocó sobre el pantalón del mono, aferrando la dura barra que lo deformaba, masturbándole contra la tela, haciéndole gemir dormido, la sonrisa más ancha. Lo liberó y… ¿Fue el primer güevo que mamó?, no lo recuerda mientras atrapa todo el tolete de Marcos y lo deja allí, ordeñándolo con su lengua y garganta. Si, era tan rico como aquella vez cuando chupó a ese hombre y supo que había nacido para mamar güevos y satisfacer a los hombres…

   Claro, ese recuerdo era falso. Y la socarrona sonrisa de Marcos mientras le ve ir y venir, admirando al bonito y atlético machito que le cubre el güevo con la boca, demuestra que lo imagina. Era parte del programa de acondicionamiento, las grabaciones. Levemente le coge la cara, le saca y mete el tolete de la cálida y muy húmeda boca, al tiempo que sigue medio recortando el cabello, aunque ahora más bien parece retenerle, casi como en una caricia erótica.

   -Envié un correo a tus empleos en esas secundarias. Renunciaste. –le informa, autoritario.- Ya no tienes trabajo. No te hace falta. –le dice como si tal, mientras Mauricio acoge con su garganta la gruesa y larga verga que le ahoga un poco, que pulsa y quema sobre su lengua, enloqueciéndole; con los labios pegado a ese pubis, la ordeñaba con la garganta, con avidez. Algo dentro de él le obligaba a buscar aquello, el calor, las pulsadas, los jugos. La necesidad de sentirse sometido y entregado a su hombre, y nada como dar una buena mamada de güevo lo dejaba tan claro. Y le mira, a su macho, en todo momento.- Me va bien, tendrás todo lo que necesites quedándote en tu casa, atendiéndola, ejercitándote, viéndote bonito para mí. –le apuntala sereno, controlador; por un segundo una luz intensa brilla en los ojos de Mauricio, mientras sus labios rojos se cierran más sobre la pulsante pieza y retrocede, chupándola emocionado, como no teniendo suficiente de aquel tolete delicioso.- Encontré otro piso, pronto nos mudaremos. Este tiene demasiadas historias, todos esos putos a los que cogí… no quiero eso para nuestro amor. –le atrapa la nuca nuevamente, todavía con la maquinilla de afeitar funcionando.- No le darás la dirección a nadie, ni amigos ni conocidos, que tampoco los necesitas. Ni a tu familia. –dice eso lentamente, mirándole de forma intensa a los ojos. La mirada algo extraviada del joven le corresponde, con las mejillas adheridas a su tranca.- Sabes que no lo entenderían… Te repudiarían por ser tan marica. Lo sabes. –es un miedo subconsciente que el programa de adoctrinamiento ha introducido en su mente. El chico se estremece, casi con ganas de llorar al caer en cuenta cuánto le dolería ver el desprecio en los ojos de sus padres; casi tiembla pareciéndole escuchar a su papá lamentándose de vergüenza por ese hijo marica.- Pero, hey, no te pongas así… no los necesitas mientras me tengas. –le aclara, comenzando nuevamente un leve saca y mete de su güevo dentro de los rojizos labios, viéndose recompensando por una mirada luminosa de gratitud y amor del otro, cosa que le complace.- No quiero que sufras, así que no les llamarás. No les escribirás. De vez en cuando les enviarás una postal. Yo la redactaré. ¿Está claro? –retira su tolete, disfrutando verlo emerger, rojizo, hinchado y brillante de saliva, de esos labios carnosos.

   -Si… -es la tímida respuesta del joven embargado de amor, y lujuria. Sus labios se separan, ansioso, cuando Marcos, moviendo las caderas, acerca la erecta lanza de carne, sin permitirle tomarla otra vez.

   -Buen chico. Mereces un obsequio…

   Sobre el sofá, casi en cuatro patas, totalmente desnudo a excepción de su jaula de castidad, Mauricio expone su culo alzado; detrás de él, también sobre una rodilla aunque de la otra pierna, extendida, el pie descansa sobre el piso, Marcos aplasta el rostro contra ese trasero, metiéndole la lengua por el tembloroso orificio anal, haciéndole gemir y estremecerse. Con los lentes de medio lado, la lengua afuera, el chico acerca y retira su rostro, apuñalándole el rojizo y dilatado agujero lampiño, metiéndole hondo la lengua tibia y húmeda.

   -Ahhh… -el gemido escapa de los labios del otro, que se agita contra esa cara, su culo ávido.

   -Tienes el coño ardiendo, puto mío. –le susurra casi contra la piel sensible, bañándole con su aliento, volviendo a enterrar su lengua y agitándola de adelante atrás, rápido, intencionadamente, disfrutando el oírle lloriquear de gusto, tensarse y enrojecer, notando como el tolete intenta crecer dentro de la jaula de castidad, seguramente molestándole.

   Era un espectáculo increíble ver al alto y musculoso joven, cabello en cepillo, con los ojos nublados y la boda muy abierta, como en una desconcertada mueca de sorpresa ante lo que siente, gimiendo de placer mientras su “coño” era comido por su hombre, con apetito, porque las chupadas y sorbidas que le daba Marcos mientras se alimentaba, eran escandalosas.

   -Eres tan caliente… -le susurra, sonriendo al verle temblar de excitación, momento que aprovecha para besar de una redonda y musculosa nalga a la otra, clavando suavemente los dientes en la segunda, antes de apartarse, elevándose en el mueble y bajando su bermudas y bóxer, dejando ver nuevamente el joven tolete hinchado de sangre y ganas, tomándolo con una mano por la base y frotándolo con fuerza de los glúteos del otro, que gime y se tensa, disfrutándolo tanto como él mismo.

   -Marcos… -gimotea mirándole sobre un hombro, no reconociéndose, su culo titilando salvajemente como si necesitara de algo que lo abriera y lo llenara, que pulsara y vibrara en su interior.

   -Tranquilo, bebé, voy a darle a tu mojado coño lo que tanto necesita.

   De la boca de Mauricio escapan escandalosos gritos y gemidos mientras sus manos grandes y fuertes se aferran al mueble para resistir las brutales embestidas que su hombre estaba dándole justo en esos momentos, llenándole el culo con su joven y pulsante virilidad, dándole donde era, haciéndole perder todo sentido como no fuera la increíble felicidad que siente al tiempo que el otro le toma y usa. Mientras la enorme y larga pieza le golpea profundamente en las entrañas, refregándole las paredes del recto y apuñalándole la próstata, el transpirado joven sabe que eso era justamente lo que necesitaba y extrañaba desde que despertó a solas en su cuarto. Sentir su culo lleno. Su redondo trasero va y viene buscando ese tolete que se clava en su orificio, y siente que vive. Recuerda vagamente el vibrador, lo delicioso que era, pero nada comparado con tener su culo estirado al límite en esos momentos por algo caliente, pulsante, real. Pertenecerle a un hombre.

   -¿Te gusta, Mauricio? –le pregunta gritado Marcos, azotándole una nalga, embistiéndole sin detenerse, erguido, una rodilla sobre el mueble, la otra extendida.- ¿Te gusta sentiré mi güevo llenando tu mojado coño de puta caliente? ¡Responde, puta! –le nalguea otra vez, provocándole un aullido de placer y que de su boca abierta escape algo de baba.

   -Oh, sí, papá, cógeme así; dámelo todo. Duro. Coge el coño de tu perra. –grita también, mirándole sobre un hombro, acercando y retirando su trasero, frotando descarada y obscenamente sus nalgas de ese pubis, no sabiendo de donde le llegan esas frases entregadas que le suena tan eróticas.

   -Eres tan puto… tan puto. –le ruge sonriéndole, tendiéndosele encima, casi derribándole con su peso, clavándoselo todo.

   Mauricio casi maúlla, doliéndole la jaula de castidad, la excitación le obliga a erectarse, pero no puede; eso sí, de su ojete manan grandes cantidades de líquidos claros y espesos que cuelgan y se agitan por las embestidas de su macho. Estaba siendo cogido por su hombre, uno de verdad, y la idea llena su mente de una felicidad y una excitación sin precedentes. Ignora que su culo parece una ardiente ventosa sobre el tolete de Marcos, pero este si lo nota. Y lo goza. Ese culo estaba ordeñándosela que daba gusto. Y pronto le recompensaría llenándoselo de una enorme cantidad de esperma caliente. Su semilla en el “coño” de su puto.

   Más tarde se duchan juntos, Marcos sonríe complacido recorriendo ese enorme y joven cuerpo con las manos enjabonadas, metiendo una en su entrepiernas, frotando la jaula de castidad, cosa que le hacía sentirse poderoso. Mauricio, por su parte, está en la gloria con el agua cayendo sobre su nuca y hombros, de rodillas, lamiendo y chupando nuevamente del güevo erecto de su hombre, el cual se lo entierra hasta la garganta, aplastándole la nariz contra su pubis húmedo y oloroso a jabón, cogiéndole así, con poco espacio, hasta que recibe su orgasmo y rastros de semen… y los corros de orina caliente en la frente, nariz y boca cuando el otro se lo saca, riendo como un chico travieso, dirigiendo su amarillento chorro oloroso. Por alguna razón eso hace increíblemente feliz al joven hombre de rodillas, que ríe meneando la cabeza, y el agua y la orina entran en su boca, escupiéndola, a veces tragando un poco.

   Envuelto en senda toalla, Marcos guía por la cintura a un desnudo Mauricio, limpio y con su jaula de castidad a cuestas. Relajados y felices, así salen del baño. Deteniéndose frente a la puerta del dormitorio del primero, este se vuelve a mirarle.

   -Anda, vístete con algo sexy, un suspensorio tal vez. Así podré ver tu hermoso y redondo culo maricón, pero no tu diminuto pene. –le dice sonriendo afectuoso.

   -Bien. –concede el otro, sonrojándose un poco.

   Sintiéndose extrañamente intoxicado, feliz por todo el sexo vivido, por saber que Marcos le quiere y se hará cargo de él, Mauricio entra en su cuarto, abre la gaveta y saca un diminuto suspensorio que no parece deportivo, de esos de tela áspera, sino de salir, de colores rojizos, que parece una o dos tallas menores a las generalmente utilizadas por él, si le hubiera dado por usar eso. Se lo sube, acomodando sus genitales, la silueta de la jaula de castidad es muy visible contra la tela… pero de alguna manera eso se sentía bien. Toma unos zapatos bajos, y sin calcetines entra en ellos. Igualmente en una franela ancha, de grandes aberturas; por el cuello, las tiras que bajan no ocultan sus pectorales pronunciados, redondos y duros, ni sus tetillas largas, y por los lados bajan casi hasta una franja en la cintura, que no baja mucho más, dejando totalmente al descubierto su ombligo y el suspensorio. Se mira al espejo y sonríe, contento. A Marcos le iba a gustar.

   Sale y le encuentra apoltronado en un cómodo sillón frente a la televisión, sin camisa, el húmedo cabello enmarañado, con sus anteojos, descalzo y con un bermudas holgado que llega más bajo de sus rodillas. Este lo mira y sonríe complacido.

   -Eres tan caliente… -le dice, porque era cierto, y porque eso desataba ese estallido de ansiedad y excitación en el otro, por el acondicionamiento mental, como sabe que ocurre al verle sonrojarse y sonreír. Dios, sus pezones estaban tan erectos que costaba no atraparlos y morderlos.- Mueve tu culo maricón y tráeme una cerveza. Hay un batido proteico en la mesa para ti, tómatelo.

   Sonríe al verle ir, obediente, incapaz de cuestionarle ya. Su pecho se infla de orgullo. Y algo más. Como joven nerd gay, que ha vivido enfrentando la a veces violencia de chicos más grandes y populares, que siendo fuerte y buenos en deportes, miraban como un insulto su buen desenvolvimiento por ser listo, el placer de vencer y romper a uno, sometiéndole a sus caprichos y deseos, era grato. Pero con Mauricio… Sonriendo leve le ve regresar, su enorme cuerpo oculto tras esas ropas putas, la cerveza en la mano. Y debe reconocer que esto era especial. Le gustaba mucho el marica ese. Y ahora era suyo. Únicamente suyo. Y nunca le dejaría ir. Nadie podría arrebatárselo jamás.

   -Aquí tienes. –se la tiende. Aún no utilizaba el lenguaje correcto. No importa, ya aprendería, se dice el otro, sonriéndole torvo.

   -Gracias, amor. Ven, siéntate. Vamos a ver el juego y quien le soba hoy el culo a Ronaldo. Siempre alguien le mete mano. Le gusta, ¿sabes? –ofrece y contiene un jadeo cuando un sonriente Mauricio obedece, montando el culo redondo y firme sobre su regazo, presionándole el tolete.

   -Ohhh… -jadea , la risita de Marcos le sonroja más. Su hombre no llevaba ropa interior y estaba erectándose.

   -¿Eres feliz, amor? –le pregunta con voz algo ronca después de tomar un buche de cerveza, caliente al tenerle así, un chico grande y pesado, tibio y duro, con las firmes nalgas sobre su tranca, separados por la delgada tela del bermudas. Se miran a los ojos.

   -Si. –concede al fin, mejillas muy rojas.- Te amo.

CONTINÚA … 18

Julio César.

NOTA: Sólo le queda una entrada más, luego…

DE AMOS Y ESCLAVOS… 36

junio 29, 2016

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 35

MUSCULOSO TIO EN TANGA ROJA

   ¿No aman los regalos… por chicos que sean?

……

   Mientras buceaba entre los pálidos muslos de Jeremías, Roberto escuchaba ligeramente alarmado, por el significado de las palabras, también por lo mucho que le erizaba, de temor y lujuria. Las manos atrapando su nuca, los blancos dedos sobre su corto y ensortijado cabello le retuvieron contra el tolete pulsante, y lo trabajó desesperadamente con la lengua, que se le quemaba contra la gran vena que recorría la parte posterior de la, si, hermosa tranca del hombre; al tiempo que pegaba y despegaba sus mejillas de la pieza, con la garganta continuaba sorbiéndole, chupándole. La manzana de Adán le subía y bajaba con fuerza, evidenciando que continuaba ordeñando aquel güevo clavado en ella.

   -Ohhh, si, negro maricón, sácame la leche. –gemía ronco el joven, sonriendo torvo y feliz, como lo está todo a quien su güevo le es mamado, especialmente por otro tío que parece más grande y fuerte, en apariencia más macho, pero que se traga todo lo que salía de su tolete.- Tómatelo todo, becerro.

   -Llénale la boca de semen. –gruñía Jackson, mirando a Roberto mamar así.

   -Mierda, ustedes dirán que le falta mucho para ser un puto maricón amante de los güevos, pero estoy a punto de correrme con lo que me hace. –exclama Jeremías, entre jadeos, meciendo sus caderas y cogiendo la boca negra con su muy pálido tolete.- No creo que nadie dure mucho con una boca como esta mamándoselo. Te felicito, Hank, lo has hecho bien. –le sonríe al joven, guiñándole un ojo y elevando el pulgar aprobatorio.

   Las palabras erizan y estremece al hombre de color, cuya boca va y viene sobre la blanco rojiza mole de carne brillante con su saliva, imposibilitado de detenerse. Sentirla contra sus labios y mejillas, pulsando contra su lengua le encanta de una manera curiosa. Era mejor que mamársela al Ruso o al otro, el tal Jackson. Y tal idea le hizo chuparlo con más ganas. ¿Qué tenía de malo hacerlo si le “tenían” allí, así, y si además le gustaba como se sentía?

   -Gracias, pero es puro talento, uno que todavía debe cultivar. Pasó toda su vida creyéndose un hombre, un macho; en la manera de trabajar y ordeñar un güevo, buscando el semen caliente, todavía es algo tosco. Pero pronto este enorme maricón estará tragando de a dos güevos a un tiempo, irá al cine, a comprar el diario, subirá en un ascensor  o viajará en un autobús y lo único que querrá será caer de rodillas y mamarse cuanto güevo blanco encuentre por su camino. Es lo que quiero para él, que sea libre, feliz. Que se sienta realizado sirviendo de juguete a los hombres blancos.

   -Eres tan noble. –ríe burlón Jackson, ojos caliente mirando como el blanco, nervudo y duro tolete de su amigo sale y entra de los gruesos labios del joven y fornido hombre, que traga y sorbe de manera ansiosa, ruidosa, ladeando su rostro, atrapándolo entre una mejilla y sus encías, salivando copiosamente.- Mierda, cómo quisiera metérsela otra vez y correrme de nuevo sobre su cara de puta maricona. –ruge entre dientes, agresivamente masculino.

   -Te entiendo, ¿puede haber algo más caliente y sucio que ver a un carajo grande y fuerte con la cara chorreada de esperma? ¿De varias espermas? –pregunta Hank, sonriendo.- Si, cuando es la tuya la que le cuelga y cubre. Cuando sabes que te la chupó porque la quería, pidiéndola. Y más si es sobre la cara negra de un tío que parecía tan macho.

   -Joder, sí, cogerle la boca, sentirle frotándome con sus labios y mejillas, la lengua lamiéndomelo como si quisiera derretírmelo y tragárselo también, con esa cara enlechada es muy caliente. –concuerda el jadeante Jeremías, cogiendo con más fuerza esa boca golosa de donde escapaban gorgoritos, gruñidos y saliva salpicada.

   -Ahógalo en leche, panita, que se atragante de güevo, saliva espesa y esperma. –ríe entre dientes, Jackson, tomando su móvil y consiguiéndose un corto video de esa cara embarrada mientras traga verga. A sus amigos les gustará verlo.

   Las palabras, lo que hacía, sentir el pulsante tolete quemándole la lengua, dejándosela bañada con esos jugos salobres y deliciosos, así como quedar atrapado contra el pubis blanco del hombre que lo usaba, tienen a Roberto temblando, mucho; y gruñe con la boca llena, dejando escapar un espeso corro de saliva que baja por el tronco y su barbilla, sintiéndose elevado a las alturas del placer y la gloria, corriéndose dentro de sus ropas, sin tocarse, tan sólo al saberse usado. Luces estallan frente a sus ojos mientras lo hace, oyendo a lo lejos a los otros.

   -¡Ahhh! Tómatela toda, negro maricón, trágate mi leche… -le rugía en esos momentos el tipo pálido, clavándosela hondo, disparándole un chorro de esperma a la garganta, retirándola un tanto y bañándole la lengua, luego sacándola, vomitando el resto sobre su cara, y al contacto de la espesa y olorosa sustancia, Roberto gimió.

   Gimió, mitad orgasmo, mitad el placer que experimentó al recibir contra su cara la chorreada de leche y saborearla. La esperma de ese tío era sabrosita. Jadeando, sobre sus rodillas, la cara totalmente cubierta de las tres leches de esos hombres, Roberto se ve momentáneamente avergonzado mientras su pecho sube y baja. Le inquieta, fugazmente, el silencio que se hace, las duras miradas que recibe del Ruso y Hank, quien da un paso al frente y le da una sonora bofetada. No dolorosa, tan sólo desconcertante y humillante, especialmente cuando los otros asienten como si la mereciera.

   -¡Negro puto, ¿te dije que podías correrte?! –exige saber, a gritos, furioso, tanto que el otro parece encogerse bajo la piel.- ¡Contesta, maldita sea! –ruge, mano extendida a un lado de su cuerpo.

   -No, amo. –grazna, la inquietud guiándole en su actuar.

   -Vuelves a hacerlo y… -alza nuevamente la mano pero se contiene cuando el Ruso se acerca un paso, con los otros ya ocultando sus güevos morcillones, brillantes de saliva espesa y de restos de corridas.

   -No es su culpa, es un negrito todavía en estado salvaje. Déjamelo y ya verás…

   -Okay. –acuerda de nuevo, mirando feo a Roberto mientras alza la mano, mostrándosela, presenta rastros de semen de cuando le abofeteó.- Limpia tu desastre, puta. –ordena.

   Y Roberto quiere morirse, literalmente, de vergüenza, mirándole, y a los otros, acercando a esa mano el negro rostro, cubierto abundantemente de esperma, sacando la lengua y recogiendo los rastros de semen, de tres corridas, en aquella palma. Hank contiene una sonrisa burlona al verle tan entregado y sumiso, también porque, y sólo quienes lo han disfrutado lo saben, la lengua de un tipo lamiendo semen de la mano provocaba unas cosquillas eróticas. La lengua recoge todo, de la palma, ladeándose entre los dedos, atrapando el índice con sus gruesos labios y dejándolo limpio.

   -¡Qué puto! –ríe Jackson, con su tolete abultando otra vez contra el jeans.

   -Si, lo sé, y que es divertido ver su boca de negro tragándose las bananas, pero es hora de dejarme lidiar con él. –corta el Ruso toda diversión. Mira a Hank.- Ya sabes, todo el fin de semana.

   -Okay. Confío en que puedas enseñarle a este puto amante de güevos blancos cuál es su lugar y cómo debe comportarse. –mira a Roberto, en cuyas pupilas brilla la alarma y algo de pánico.- Obedecerás en todo lo que se te diga y se te ordene o esta mierda se acaba. Quítate las ropas.

   El hombre duda una fracción de segundos, pero finalmente se pone de pie, saliendo de la corta camisa, de los zapatos y del ajustadísimo pantalón. El bóxer corto que lleva está manchado de esperma, de su propia corrida, una alcanzada sin tocarse mientras mamaba güevos y bebía leches. Al bajarse este, todos notaron que tenía un buen tolete, algo mayor que el de Jackson y Jeremías, no tan grueso como el del Ruso, y si por debajo del de Hank.

   -De rodillas. –ordena el Ruso, y el otro obedece, desnudo, sus nalgas redondas y musculosas abriéndose, los otros mirando aquel culo, se habían quedado con las ganas de cogerlo.

   A Jackson le encantaba enterrar su tolete en esos negros agujeros masculinos, cerraditos, para oírlos gritar y gemir putonamente mientras los tomaba y sometía a su sexualidad. Ya tendían la oportunidad, lo sabe, y mirando a Jeremías, que sonríe con ojos brillantes, sabe que están en la misma onda: un día, los dos, le meterían a un tiempo sus güevos por ese culo que se veía estrecho. La sola idea le hace endurecer más la tranca.

   -Obedece. –le repite, algo amenazante, Hank.

   ¿Qué pasa por la mente del apuesto y fornido hombre joven?, rebeldía. Le parecía horrible ser tratado así, tanto como tener el tolete duro al escucharle, y que le temblara al ver al otro abrir nuevamente su bragueta, sacándose otra vez ese güevo que ya conoce. Traga en seco, su manzana de Adán sube y baja violentamente, viéndolo.

   -Nos vemos. –el Ruso dice a los otros, que salen de la habitación. Luego mira a Roberto.- comienza, negro.

   Y maldiciéndose, jadeando, Roberto echa el rostro hacia adelante, hacia el blanco rojizo tolete del hombre maduro, cubriéndolo con sus gruesos labios, incapaz de reprimir un gemido cuando sus labios lo rozan y su lengua hace contacto.

   Quiere más leche…

……

   Sintiéndose todo cortado, pero también embargado por un calor traicionero que nacía en su panza, Gregory Landaeta recorre el pasillo hacia su apartamento seguido del hombre más bajo. Tiene la piel erizada, ¿en serio pensaba dejar entrar a ese hombre bajo su techo? ¿Para qué? ¡No era gay, maldita sea!, se decía. Pero ardía, y sus bolas hormigueaban. Abre y se hace a un lado, el otro penetra, extrañamente confiado, recorriéndolo todo con la mirada.

   -¿Y…? –pregunta desde la puerta, el otro se vuelve.

   -Nada. –responde, en ese vago lenguaje de encuentros entre extraños. Gregory cierra la puerta y le encara.

   -¿Sigues a muchos hombres a sus apartamentos? –el otro, sonriendo leve, parece un gatito.

   -¿Dejas que te sigan muchos y los dejas entrar a todos? –es la contra réplica, luego alza una mano, dejando su maletín en la mesita.- Oye, calma, ¿sí? No estamos haciendo nada malo, así que no hay que enrollarse. No eres gay, ya me lo dijiste. Yo tampoco, estoy casado y me gustan las mujeres… pero… -se encoge de hombros, sonriendo algo pícaro.- …Fue divertido verte luciéndote en esa tanga. Era algo muy caliente. –enfatiza entre dientes.

   -Yo no…

   -Eres un exhibicionista, es lo que eres, y es una variedad de la sexualidad humana. Te gusta saber que te miran, que te admiran y que algunos te desean, ¿o no? –se rasca la cabeza como fugazmente avergonzado.- Y parece que a mí me gusta mirar. Así que no discriminemos. A ti no te importa si te mira un carajo, a mí me pareció atractivo ver tu enorme corpachón vistiendo esa tanga, ¿para qué complicarlo más?  –se deja caer en el sofá.- Muéstrame, flexiona tus brazos, por favor. –pide casi con ojitos de cachorrito.

   Bien, si, no había nada gay ahí, ¿verdad?, se dice Gregory, ardiendo, con ganas de hacerlo. Esa mirada le afectaba, despertaba sus bajas pasiones. Se quita la chaqueta, gozando la fugaz mirada del otro a la franja de piel tersa que se ve entre la cintura de su pantalón con el borde del bóxer fuera, y la franela ajustada. Deja la chaqueta, alzándose en todo su tamaño, la suave tela adherida a su torso musculoso. Lo ha trabajado, está orgulloso de ello. Alza los brazos, flexionándolos, sus bíceps son bolas duras de músculos llamativos que se ahorcan contra el borde de las mangas. Se ve poderoso, salvajemente masculino. Torciendo un tanto la cintura, como ha visto en competencias, muestra su lado derecho, flexionando más el brazo, las venas notándose, estremeciéndose ante la mirada turbia de aquel catire menudo que se humedece los labios con la lengua. Seguro que quería tocarlo, tal vez… besárselo. O lamerlo chupado con esos labios rojizos. Por un segundo los imagina sobre su bíceps y no puede evitar que la erección vuelva bajo su jeans ajustado.

   -Enséñame más, por favor. –es la petición bajita del ladino sujeto, palabras que eran la perdición para un exhibicionista. Lo sabía.

CONTINÚA … 37

Julio César.

LA NENA DE PAPA… 15

junio 23, 2016

LA NENA DE PAPA                         … 14

De Arthur, no el seductor.

CHICO, TANGAS Y JUGUETES

   Una nena se hace.

……

   -¡No! -jadea escandalizado, aquello era conceder demasiado. Era pisar un terreno desconocido y muy peligroso.- Y no tenía ningún derecho a entrar así a mi pieza. ¿Cómo lo hizo?

   -Con la llave de Nelly. –es la seca respuesta.- Y óyeme bien, Brenda, ya comienza a molestarme tu falta de respeto. Una nena no debe…

   -Deje de hablarme así. –ruge envalentonado por la desesperación, y que no estaban cara a cara.

   -Espérame con tu pantaletica puesta o haré algo muy malo frente a todos esos carajos con quienes compartes la pensión, ¿está claro? –ruge la amenaza, paralizándole.

   -Señor Cole…

   -Pequeña puta desobediente. –el estallido colérico le aterroriza de maneras que no comprende.

   -No, papi, yo…

   -Espérame allí. Lista. –es seco y corta la llamada.

   El joven tiembla de pies a cabeza, ¡no podía tratarle así! No era gay, no podía hacerle eso, grita para sus adentros. Y qué iba hacerle, ¿ah? Nada. No podía hacerle nada sin exponerse él mismo y… tiembla. Se imagina recorriendo el pasillos, todos los chicos mirándole, riendo y señalándole mientras escapaba para sabía Dios dónde después de que se supiera las cosas que había hecho con ese hombre. ¿Y si hablaba con Nelly o la señora Grace? Por un segundo la idea le parece salvadora… pero ¿qué iba a decirles? ¿Qué un hombre, ese hombre, le había obligado a ser su putica, a sometérsele, a llamarle papi y darle el culo? ¿Qué clase de hombre era entonces? Imagina a Cole, mirándolas, y respondiendo “no es mi culpa nada de lo que pasó; ese maricón hizo lo que pudo por montarse sobre mi verga”. Y le creerían, al macho grande, fuerte, con familia.

   Temblando de rabia toma la tanga señalada, colocándosela. Se sintió extraño cuando se enrolló contra sus piernas musculosas, teniendo que halarla, cubriéndose los genitales con el pequeño triángulo de tela increíblemente suave, y escasa. Pero era en su culo… Cuando la tirita entró entre sus nalgas pareció casi una caricia, al subirla y acomodarla, la sedosa tela se frotó contra su raja, contra su culo a cada movimiento, y era extraño. Toma uno shorts licra, de colores chillones, cubriéndose. Es pequeño, apenas cubrían sus nalgas y un poco por debajo de sus bolas, dejando afuera sus muslos. Luego toma una camiseta que queda le corta, exponiendo sus pequeños pezones y buena parte de su lampiño abdomen. Mirándose al espejo se sonrojó violentamente, ¡se veía tan marica!

   Un sonido en la puerta le hizo pegar un bote. ¡Alguien venía y le encontraría vestido así! Pero ve el pomo girando y sabe que es Cole, un sujeto que ya ni llamaba, sino que abría con su propia llave y entraba. La respiración del chico se espesó, de nervios, ante el atractivo y enorme sujeto, vestido elegantemente con otro traje de saco y corbata. Llevaba en sus manos otra bolsa con alimentos. Olía a barbacoa. En la otra carga uno de esos paquetes con asas que se usan para regalos. Las mejillas de Brandon enrojecen cuando nota los ojos brillantes del otro recorriéndole el cuerpo apenas cubierto con aquellas ropas.

   -Te ves hermosa, Brenda.

   -Señ… -se congela.- Papi, esto no me gusta. No quiero usar esto.

   -Por Dios, cómo te quejas. –es la seca respuesta, firme, al arrojar las bolsas sobre la mesa.- Te hago lindos regalos, arreglando ese desastre que tienes por guardarropas, ¿y así me pagas? Ya venía molesto por… -bota aire, manos en las caderas, mirándole severamente.- ¿Qué haré contigo, Brenda? –meneando la cabeza cae en una silla, separando las piernas, palmeándose los muslos.- Ven, sube; lo necesitas.

   -¿Que…? No, señor Cole, no es necesario.

   -¡Es papi, maldita sea! –grita, y a Brandon le parece que se hace un silencio extraño después de eso.- Sube de una vez y no hagas que lo repita. –vuelve a gritar.

   Atormentado, el muchacho no sabe qué hacer; traga, lucha consigo mismo, y pierde, Cole lo sabe, mirándole severo. Y como el día anterior disimula la sonrisa al verle desesperado pero cediendo. Otra vez se estremeció cuando el chico cayó sobre su regazo, mirándole el respingón culo contra la adherida tela elástica, y recorrerlo con la palma fue tan sabroso como nalguearle, duro, sintiéndole estremecerse y tensarse bajo su palma. Le baja la tela apretada, conteniendo la respiración y endureciéndose más bajo el pantalón (ya lo estaba desde que llegó encontrándole así, sabiendo también que le zurraría), al mirarle las redondas nalgas lisas y la casi inexistente tirita que recorre sus caderas, se encuentra en su baja espalda y penetra entre sus nalgas.

   Le azota, apretando los dientes, gozando y jadeando pesadamente mientras el muchacho intenta controlarse, pero luego se agita, suplica que se detenga, intenta cubrirse con una mano y después lloriquea. Mientras se agita sobre su regazo por la acción de las duras palmadas que van de la nalga derecha a la izquierda, los ojos de Cole son como dardos contra la raja cubierta por la tela, y el bojote de las bolas que atrapaba más abajo. Le da y da, menos fuerte, porque sabe que el muchacho está duro bajo la tanga siendo tratado así. Le siente frotarse y gemir como avergonzado, seguramente por responder así a ese trato.

   La roja cara de Brandon demuestra su tortura, parpadea con ojos nublados y boca abierta cuando siente como la mano cae de una a otra nalga, duro, pero no tanto ya, frotándole luego de manera circular, sintiendo la piel ardiente y acalambrada, muy sensible. La mano iba y venía, azotaba y acariciaba, los dedos recorrían su raja, hundían algo de la tela dentro de su culo, sin penetrar; le pegaba y esa mano bajaba, los dedos rodeándole las bolas sobre la sedosa telita, medio rascándoselas y provocándole espasmos violentos.

   -Me estás mojando el pantalón, Brenda. –el joven le oye, burlón mientras alza la mano, una que ve al volver el rostro sobre un hombro.- Estás tan excitada, pequeña… -y la mano baja con fuerza, dedos abiertos, palma dura.

   -Ahhh… el gemido es largo, agónico, avergonzado pero también lujurioso, al tiempo que el joven cuerpo se estremece.

   Cole sonríe, el muchacho se había corrido de manera intensa y abundante, sin tocarse, mientras le azotaba.

   -Te lo dije, estabas muy excitada. –le recuerda, casi haciéndole bajar, cosa que el chico hace con piernas temblorosas, por lo que no le cuesta mucho  caer de rodillas cuando el otro le obliga.

   Era obvio que el hombre quería una mamada. No lo cuestiona, todavía estremecido por el intenso placer alcanzado no puede pensar en nada más. Con el shorts licra en sus rodillas, el hilo dental contra su culo, totalmente bañado de semen por delante, con manos algo febriles toca la silueta de ese tolete y lo saca, provocándole una sonrisa al otro, a quien no se le escapa la mirada huidiza ahora al verlo libre, largo y grueso, nervudo y tieso. Sabiendo que no tiene otra alternativa, el joven atrapa en un puño el pulsante y caliente miembro, apretándolo inconscientemente, dándole una leve frotada arriba y abajo mientras acerca los jóvenes labios a la lisa, roja y húmeda cabecita, pero una mano en su frente, frenándole y haciéndole retroceder, le desconcierta. ¿Acaso no quería la mamada? Le mira a los ojos, confuso, vulnerable.

   -Te traje otro regalo. –le informa atrapándole la barbilla con una mano, de manera afectuosa, recogiendo con el pulgar de la otra cualquier rastro de humedad en sus ojos.- Te encantará. –le suelta, tendiéndose hacia la bolsita de regalo, extrayendo une tuche, y Brandon contiene un jadeo de sorpresa, de desagradable sorpresa, ¿es que la pesadilla no terminaría nunca? Es un estuche de maquillaje.

   -¿Qué…? –tan trastornado queda que se aparta un tanto, olvidando sus propósitos de someterse y no meterse en más problemas. Problemas que ya tiene, lo sabe cuando esa mano se cierra sobre su barbilla, reteniéndole.

   -Quieta, Brenda, ¿por qué todo tiene que ser tan difícil contigo? –parece exasperado. Abriendo y dejando el estuche, de un coqueto color vino tinto claro, sobre la mesa toma un botecito con sombra y recubre los parpados del chico con un color plata suave, brillante. Luego toma un rubor y con una brochita lo aplica a sus pómulos, incluso le destaca las ya de por sí largas pestañas con un rímel.- Abre la boca así… -le indica, y cuando el chico obedece, recubre sus labios delgados y suaves con un labial intenso, untuoso, de un rojo fuego con cierto olor a cerezas. Alejándole un poco, viéndole totalmente enrojecido de vergüenza por llevar aquello, y de humillación por permitírselo, el hombre sonríe.- Lista. –y halándole de la nuca ahora, le atrae sobre su verga pulsante y muy babeante ya.

   Aguantando las ganas de llorar, Brandon separa sus rojos labios y atrapa la cabecita del tolete, moviéndose casi mecánicamente, repartiendo besitos por todos lados, manchándola de pintura, algo que hace jadear de puro placer al hombre. Pero no tanto como cuando los rojos labios de aquel chico que se veía precioso con maquillaje, devora palmo a palmo su dura tranca. Los labios se cierran casi sobre un tercio de la pieza, manchándole de labial, y suben, dejando pintura y saliva a su paso. Arriba y abajo, abarcando más, la lengua dando lametones al pulsante miembro. Fuera lo que fuera que pensaba o sentía en esos momentos, la mamada de güevo que Brandon le da es tan buena que Cole se corre en minutos, escandaloso, jadeante, casi riendo de felicidad.

   -Dios, cada vez mamas mejor. –bota aire.- Ahora a cenar, y no te cambies ni te limpies el maquillaje.

   Nuevamente el joven come con un nudo en la garganta, tragando de la suculenta carne asada y sintiendo los restos de esperma sobre su lengua, maldiciéndose por responder de manera tan ilógica. Su corto pene estaba duro bajo la tanga. Una vez finalizada la cena temprana, el hombre le repitió la dosis de postre. Le chupó el tolete casi entusiasta, o tal vez deseando salir de eso, en cuatro patas, de lado, mientras la enorme mano del sujeto acariciaba sus redondas y paradas nalgas, recorriendo la raja sobre la tirita del hilo dental, provocándole escalofríos, apartándola un poco y metiéndole lentamente un dedo, el mismo donde lleva la argolla matrimonial. Brandon lo mamaba mientras este le metía y le sacaba el dedo del culo, adentro y afuera, saliendo casi hasta la uña y hundiéndolo hasta desaparecer el frío material del anillo. Una vez tragada otra dosis de esperma, que bebió casi mecánicamente, al igual que pasarse la lengua por los rojos labios donde el color se corrió un poco, de rodillas le ve vestirse, asearse, felicitarle por la mamada.

   -¿No me darás las gracias por tus prendas nuevas? –le pregunta mientras se acomoda la corbata.

   -Gracias… papi.

   -De nada, nena. Y no te masturbes pensando en lo que hicimos por mucho que lo quieras; no es decente para una niña como tú.

   Escucharle decir aquello sin replicar le costó un mundo a Brandon. No respiró tranquilo hasta que salió del cuarto. Casi arrastrándose a su cama y cayendo de panza, lloriqueando por las cosas que hacía, por no poder defenderse ni detenerle, el joven se quedó quieto. No sabe en qué momento se durmió, pero despertó agitando las caderas contra la cama, sus nalgas subiendo y bajando, casi erizado ante el roce del hilo dental contra su culo. Muy erecto contra el colchón. Muy caliente, con todas las ganas del mundo de…

   Pero no se tocó. No cedería a eso pensando en aquellas cochinadas. Además, Cole podría darse cuenta y se metería en más problemas.

   Al otro día quiso faltar a las prácticas, y buscar un cerrajero para cambiar la chapa, pero su entrenador le gritó hasta casi hacerle correr histérico para asistir a la pista, y la dueña no dejaría que cambiara la cerradura sin decirle el por qué. Toda esa tensión estaba matándole. Casi con pasos rígidos regresó esa tarde a su pieza, notando algunas miradas de los chicos, cosa que le intranquilizó todavía más. Abriendo la puerta, una que ahora cerraba con tres vueltas de llave, se congeló.

   Su cama individual había desaparecido, ahora la esquina era ocupada por una matrimonial de mediano tamaño, perfecta para dos, cubierta de sábanas que parecían de seda, rojas. Con una gran cantidad de cojines. Y sobre las almohadas, tres, había un estuche alargado que abrió, casi mareándose. Dentro había un juguete erótico, un dildo de goma oscura que reproducía en todos los detalles un güevo de mediano grosor, nervudo y cabezón. Y una nota:

   “Sé que es cruel pedirle a una chica joven y apasionada como tú el no masturbarse. Disfrútalo, amor”. ¡Aquello era para que se autosatisficiera! Todavía estremecido, pega sólo medio bote cuando el teléfono timbra.

   Sabía que era él.

CONTINÚA … 16

Julio César (no es mía la historia).

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 57

junio 18, 2016

… SERVIR                         … 56

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

CHICO ABIERETO A LO NUEVO

   Listo para amar… otra vez.

……

   -Vuelve a tus asuntos, amigo.

   -¡Policía, claro! Con razón todos se escapan… -todavía gruñe mientras se aleja. Ambos quedan tensos.

   -Vamos. –dice Owen, poniéndose de pie y marchando a una mesa apartada. Jeffrey le imita.- Siento eso. La gente a veces es tan idiota.

   -Creo que me conviene acostumbrarme a ser odiado. –suena desalentado aunque intentó fuera una broma.

   -Oh, ya ocurrirá algo que haga olvidar esto. Algún ataque terrorista sensacional, una pandemia aterradora, algún meteorito cataclísmico con rumbo de colisión, ten fe. –ironiza el policía, mirando su botellín, luego al abogado.- Lamento haber sido…

   -Lo entiendo. Parece que yo mismo pierdo horas de vida disculpándome por todo esto. –le mira con afecto.- Tú no tienes nada de que sentirte responsable, Owen; siempre creíste en su culpabilidad. –el otro sonríe, viéndose guapo y agradecido.

   -¿Y sí es tu culpa por hacer tu trabajo? ¿Qué, entonces todos debemos quedarnos sin hacer algo por lo que pueda ocurrir luego? -se hace un silencio tenso mientras beben.- Le encontraron esta mañana, en ese callejón donde sabía que estaría. Sobre una colchoneta inmunda. –comienza, mirando a la nada.- Fui a verle cuando escuché el reporte, le tenía marcado como “persona de interés”; quería llevarle a algún centro de desintoxicación. O con su padre. Tardé demasiado buscando a Read. Parecía dormido, en paz, todavía tenía la aguja clavada en el brazo. –traga en seco y toma otro buche de cerveza.- Era heroína… demasiada. Fue una sobredosis. –se pasa la lengua por el labio superior, mirando al abogado.- Las huellas de Read estaban en la inyectadora.

   -Por supuesto. –responde con furia y frustración.

   -¿Le obligó? ¿Le atacó y…? ¿O ese chico se la aplicó voluntariamente, pensando que era un regalo? ¡Dios! –ladra cerrando los ojos.- También mató a dos de sus socios. Alguien reportó disparos en una casa abandonada, una patrulla encontró los cuerpos, Sergio Altuve y Eugene no sé qué más. ¡Ha estado de lo más ocupado el hijo de puta ese!

   -¿Por qué hace estas cosas? ¿Realmente es un loco?

   -¿Lo dudas? Es un asesino serial.

   -Lo sé, pero… matar a ese chico… a sus socios… ¿qué gana con eso? ¿Por qué se quedó a hacerlo y no escapó de una vez?

   -Cobra cuentas y… creo que ata cabos. El chico era un “regalo” para su padre, un hombre terco y decente que se cruzó en su camino y le impidió concretar la mudanza de cadáveres, lo que terminó con el descubrimiento de sus víctimas en El Matadero. Así se cobró. En cuanto a los socios… -duda, ojos tormentosos cuando le enfoca.- ¿Y si todavía nos aguarda otra sorpresa y acabó con quienes pudieran llevarnos a ello, aunque la posibilidad fuera remota? ¿Y si no ha terminado, Jeffrey?

   Por un segundo, el abogado se queda callado, calibrando las palabras y el tono. No hay miedo en los ojos del policía, tan sólo tortura, una sospecha que le robaba la paz. A diferencia de él, que si temía. Por el otro. Cosa extraña, tenía la absoluta certeza de que Read no le buscaría, al otro le complacería mil veces saber que vivía culpándose por todo. Con Owen era diferente…

   -¿Qué temes en realidad?

   -¿Por qué asesinó a sus cómplices? Aún lo del chico… -toma la cerveza y le da vueltas en las manos.- Entiendo que quisiera castigar a ese hombre, al padre del chico, por inmiscuirse en sus asuntos. Read es un enfermo. Incluso entiendo que procurara proteger a la gente que le ayudó desde sus puestos en la administración de prisiones, sólo el testimonio de chico nos lleva a ciertos nombres, pero matar a sus cómplices…

   -Ya lo dijiste, ata cabos. –mira intensamente al policía, este alza los ojos y queda atrapado en su mirada.

   -Podría ser, o tal vez lo hizo únicamente porque es un sicópata, ¿pero y sí fue para impedir que llegáramos a ellos de alguna manera y revelaran algo que todavía le falta por hacer?

   -Si vamos a pensar así, nunca dejaremos de vivir pendientes de ese sujeto. ¿Crees que se quede por aquí después de lo que hizo? –no duda, alarga una mano y atrapa una muñeca del policía, que se estremece y mira sus pieles contrastantes.

   -No lo sé. ¿Terminó?, no lo sé. ¿Irá tras Marie Gibson, o sea quien sea?, tampoco lo sé, y no me agrada la idea. ¿Alguien le protege nuevamente?, lo mismo, no lo sé.

   -Owen… -casi pide, el otro libra su muñeca, decidido.

   -¿Y cómo te sientes, abogado? Espero que haya valido la pena que vinieras, estando tan ocupado como estabas para verme. –vuelve a ser comedido, haciéndole enrojecer.

   -Oye, estoy pasando por muchas cosas. –se defiende.

   -¿Y crees que yo no? –casi brama.- ¿Pero es apartándome cómo intentas solucionar algo? ¿Sabes cuántas veces en mi vida he sentido por otra persona el tipo de interés que tengo en ti? Mierda, me haces soñar con llegar a mi apartamento, encontrarte y decirte cosas tontas, tocarte y…

   -Por favor, no. –suplica, viéndose dolido.

   -¿Por qué te es tan difícil entender que nada te une a esa mujer? Responde con la verdad, carajo, ¿la amas? ¿A algún nivel sientes que puedes estar con ella y ser feliz alguna vez?

   -Es mi esposa, la elegí, y un día fuimos felices… -va callando al notar su mirada dolida y furiosa, una que parecía gritarle cobarde.

   -Como quieras. –es la seca respuesta, una que lastima.

   -Owen…

   -Sea lo que sea que creas respecto a Read, toma precauciones. Ese hombre es demasiado peligroso. –saca la cartera y una tarjeta mientras le hace señas al cantinero. Ceñudo.

   -¿Qué, te vas? –grazna.

   -¿Para qué quedarme?

   A Jeffrey le duele la réplica, aunque nada hace o dice por corregirlo.

……

   De espaldas sobre aquel frío piso, con únicamente un par de monos color naranja de prisión como manta, Daniel Pierce, llevando todavía su tanga, recibe entre sus brazos a un joven semental desnudo, a excepción de sus botas, metido entre sus piernas y que le coge con fuerza y ritmo, la tira de la prenda íntima apartada a un lado y el grueso tolete pistoneándole. El rubio no puede contener los gemidos de placer cuando la dura mole blanco rojiza de carne entra y sale de sus entrañas, frotándose de las sensibles paredes de su recto con esa masa nervuda, dándole con la cabecita en ese punto que le han explorado antes y que ha descubierto que puede brindarle tanto placer, pero este es especial porque no es tomado a la fuerza. Y Geri Rostov se movía con habilidad, cada embestida de su verga parecía llegarle justo allí, golpeándole y frotándole la próstata, teniéndole nadando en un mar de hormonas sexuales que le hacían chillar y pedir más, con una voz ronca de lujuria.

   Olvidado de quién era, lo que era, se entrega a ese hombre que lo toma; con los brazos  le rodea el cuello, ata las piernas sobre las duras nalga algo velludas del otro, halándole, como queriendo incrementar las de por sí intensas embestidas que le daba. Por su parte, Geri también se ha perdido en su lujuria, sin sentir reparos o ascos, tan sólo gozando de las increíbles apretadas, sobadas y chupadas que aquellas entrañas, que ese esfínter le daba a su verga, estimulándola como no recordaba haberla tenido antes. ¿Sería porque cogía en un baño de una prisión? ¿Era porque estaba taladrándole el culo a un tipo guapo que se sometía a su masculinidad? Presiente que podía haber algo de todo eso, pero también más. Desde que vio por primera vez a ese sujeto un fuego extraño había estallado en su interior, deseándolo para sí. Y ahora le tenía.

   -¿Te gusta, te gusta sentirme así, bebé? –le pregunta ronco, a los labios, bajando y besándole, lengüeteado, salivoso y chupado, erizándose cuando Daniel le responde, sin que sus nalgas dejen de subir y bajar, empujando su grueso tolete dentro del redondo, lampiño y ardiente culo del guapo rubio.

   Daniel respondía con una lujuria totalmente nueva para él, plácida, aunque luchando en todo momento contra el recuerdo de Robert Read, la risa y voz que escuchaba en su cabeza que le decía que no era extraño que se comportara o respondiera así, ya que era un grandísimo marica nacido para complacer a los hombres. Era difícil luchar contra eso, Read sabía lo que hacía cuando torturaba gente. Pero el calor del cuerpo de Geri alejaba ese recuerdo, su transpiración que le permitía recorrer fácilmente con las manos su espalda ancha, casi hasta sus nalgas algo velludas, su olor fuerte, masculino, almizclado que le envolvía como una nube le curaban de esos pensamientos torturantes. Así que cuando sus bocas se separan, oculta el rostro en su cuello, oliéndole, sumergiéndose en su presencia para llenar los vacíos emocionales.

   Sabe que su culo sufre espasmos rodeando aquella dura mole de carne masculina que lo penetra, que lo hace jadear y desear aún más. Sabe que su propio tolete, aún preso dentro de la pantaletica que lo contiene a duras penas, bota una gran cantidad de líquidos por la fricción de los cuerpos, de ese vigoroso roce, pero también por la intensa estimulación anal. En un momento dado Geri se la clava toda, tomándole el rostro y obligándole a echarlo hacia atrás, pegando los suaves labios y lengua de su cuello, lamiendo lenta y deliberadamente, azotándole un poco. Y al rubio le parece que luces blancas plateadas estallan frente a sus ojos mientras se corre dentro de la pantaletica tipo hilo dental, sacudido por intensos temblores orgásmicos, sintiendo el pulsar de aquella verga llenándole el culo, quemándole, estimulándole en todo momento. Un orgasmo mientras era penetrado… ¿podía haber algo mejor?

   Desde la entrada, con ojos brillantes de vicio y lujuria, el joven vigilante latino traga en seco, labios ligeramente abiertos, odiándose por encontrar aquello tan caliente, tan excitante, tocándose casi con disgusto el muy erecto tolete bajo el uniforme, luchando con la imagen de acercarse a esos dos y obligar al catire maricón a tragarse su güevo, o a recorrerle la espalda al otro con la mano, viéndole y sintiéndole subir y bajar las nalgas mientras cogía al maricón, tal vez hurgando entre ellas, tocándole el culo, una idea que en condiciones normales le parecería horrible y asquerosa. Quiere… El otro reinicia el sube y baja, obligando al rubio ex puta de Read a gemir nuevamente, el blanco tolete yendo y viniendo, adentro y afuera, duro, adentro y afuera, con ganas, y no sabe exactamente qué tanto deseaba hacer si se acercara a ellos. Y eso le horroriza a cierto nivel personal y hasta intelectual, pero sabiendo, porque lo tiene agarrado sobre el uniforme, que su tranca responde entusiasta a la idea de ese tolete masculino que tomaba lo que le apetecía.

   Apretando los dientes, Rostov observa como Daniel termina de sufrir los temblores de su clímax, disfrutándolo también, nunca imaginó que cuando un carajo se corría su culo pudiera cerrarse así, halando de tal manera. Y le gustó. El olor del semen del rubio, sentir la pegajosa y viscosa mancha mojándole también, le erizó todavía más. Retirando su gruesa mole de carne joven y llena de ganas, vuelve a embestirle luego, haciéndole chillar de agónico y casi agotado placer. Tuvo que lamerle y besarle otra vez mientras sus nalgas subían y bajaban, su tolete entraba y salía de aquellas entrañas mojadas y ardientes, al tiempo que le golpeaba con las bolas de manera dura; nunca como en ese instante de suprema entrega alguien bajo su cuerpo le había parecido tan vulnerable, sumiso y sensual… Una hermosa hembra para él. No quiere pensar así, pero lo hace mientras su blanco rojizo güevo sale casi hasta la punta, halando de los labios de ese culo que lo retienen como para impedirle salir del todo, y vuelve a clavársele, con fuerza. Daniel era suyo, y le gustaba eso, y no pararía hasta dejarle lleno de su esperma, hasta que le rogara por otra cogida. Hasta que quisiera estar con él.

   Las embestidas, los fuertes y rudos saca y meten duran otros diez minutos, en los cuales un joven vigilante, casi odiándose sacó su cobriza verga, dura y caliente como pocas veces, y se masturbó mirándoles; tiempo suficiente para que Daniel Pierce se arqueara sobre el piso, rodara de alguna manera y terminara sobre Rostov, a hojarascas, subiendo y bajando ese culo que ya no podía ni quería controlar, devorando con él el ardiente tolete,  quedando sentado y apretándolo así, corriéndose otra vez dentro de la pantaletica que chorrearía semen, todo antes de que finalmente su hombre le llenara las entrañas con su propia esperma.

……

   Robert Read se puso de moda nuevamente; su historia, que había escandalizado y horrorizado, aunque también fascinado, fue escuchada otra vez. El rudo y atractivo sujeto, en su masculinidad, que cursó estudios de filosofía, psicología y gerencia, pero terminó como dueño de un negocio de empaquetado de carne, de un matadero, como solían denunciar los defensores de los derechos animales. Un próspero hombre de negocios a quien se le descubrió unos cadáveres humanos en el sombrío patio de su aún más sombrío matadero. Un hombre que, se sabría luego, sometió a mucha gente a su personalidad poderosa y enferma, que los escarnecía y los obligaba prácticamente a una vida de humillante servidumbre sexual. Que degradó gente, que les hizo cometer barbaridades como herirse, o lastimar a otros. A caer en vicios, ya que ahora se sumaban los dantescos detalles del joven Lamar Martens. Un sujeto que asedió, torturo sicológica y quién sabe si físicamente de personas a las que luego asesinó. Un monstruo a la antigua, pues. Su juicio sumió a muchos en un asombro asqueado, otros se sintieron atraídos por el morbo de los detalles, el resto sencillamente no podía asimilarlo, creyéndolo todo un tanto un circo mediático. Ahora no cabía ese engaño.

   Su fuga había sido sensacional, y los detalles escabrosos de los crímenes cometidos contra los vigilantes que le custodiaban sacudieron la conciencia de todos. Si era peligroso, si era culpable. Y si, era un monstruo. Aunque aún se discutía la hipótesis de la sobredosis que acabó con Lamar Martens, pocos dudaban de su participación en la muerte de dos de sus conocidos secuaces. La cuestión era, ¿a quién responsabilizar por la libertad de semejante animal?, ¿qué se haría para atraparle? La prensa tuvo bastante para mucho tiempo.

……

   Dentro de la prisión, el jefe Slater comenzó una investigación discreta que le llevó a comprobar detalles sobre ciertos asistentes cuestionados, especialmente Albis Lomis y Johan Adams, quienes ya habían pagado por su poco criterio. Su rostro no mostró sorpresa cuando uno de los vigilantes de la noche le recibió en su oficina, preocupado.

   -Jefe, hay una novedad. Uno de los perros, Nerón, amaneció muerto. Vomitó feo. Creo que lo envenenaron. –parecía mortificado.

   -Okay, sigue investigando. –fue todo lo que respondió, en el colmo de la indiferencia. Muerto el perro…

   A Nolan Curtis la noticia le hizo latir con fuerza el corazón, de alivio. Casi de felicidad. Y le hizo preguntarse, ¿acaso el jefe Slater…?

   Daniel Pierce, por su parte, fue presentado ante los tribunales para que respondiera por el homicidio cometido, del cual no pudo dar una explicación que resultara satisfactoria. Las manifestaciones públicas de la familia, y algunas declaraciones de testigos del hecho, fueron totalmente desfavorables. La madre de Morgan, llorosa, exigía justicia contra el hombre rico que mató a su muchacho, ya condenado en un juicio injusto. Oyendo todo aquello, el hombre fue sumiéndose en la desesperanza. No, aquello no pintaba bien para él. Con los ojos buscó a su ex, Diana, la cual se mantenía apartada, fría pero al menos solidaria. De su familia consanguínea sólo asistió una de sus hermanas menores, que le sonrió y lloró más tarde. La joven mujer había notado los cambios físicos en su hermano, el cabello largo recogido en coleta, la delgadez de su cuerpo dentro del saco, el aire amanerado que ahora parecía caracterizarle.

   El joven y apuesto hombre no encontraba alivio en esas salidas; el mundo, el exterior, exponerse a la mirada de otros, le acongojaba. Sentía que lo juzgaban por muchas cosas, que sabían algo que les escandalizaba. Sólo tras los muros de la prisión se sentía a salvo, tan sólo en la Lavandería, encontrándose con Geri Rostov, quien siempre le esperaba con una sonrisa, era feliz ahora. Su vida parecía ser esa, y de alguna manera extraña le complacía. Le parecía que desde que fue detenido por la estafa, había llegado a un punto donde ningún mal podía tocarle. Junto a Geri. Cosa que ya se comentaba en los pasillos y celdas: la puta había encontrado un nuevo marido que diera la cara por ella. Había mucho de burla cruel, pero también de rabia, en ello.

   -Alcaide, creo que debemos contemplar un traslado para el prisionero Pierce. –le dijo una tarde el jefe Slater al otro, en su oficina.

  -¿Un traslado? –pareció desconcertado y hasta alarmado.

   -Creo que es… lo único decente que podemos hacer. –se mantiene firme Slater.- Trasladarlo, y de ser posible, hoy mismo.

CONTINUARÁ … 58

Julio César.


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