Archive for the ‘RELATOS GAY DE MALDITOS…’ Category

DE HOMÓFOBO A PUTO… 11

mayo 23, 2017

DE HOMÓFOBO A PUTO                         … 10

Por Sergio.

– Creo que me expresé mal. Lo que quise decir es que no sé qué te pasa, pero te escucho muy alterado. – improvisa Claudio.

– Perdóname por cómo te hablé… ¡es que si supieras!

– ¿Y por qué no me cuentas?

– Tú me dijiste una vez que podía contar contigo. ¿De verdad puedo confiar en ti?

– Claro, Rodrigo, tú sabes que sí.

– Bueno, te contaré, pero en persona… ¡Pero necesito que me hagas un favor!

– Dime y yo me encargo.

– Necesito que mi mamá y mi hermano no estén aquí.

– ¿Quieres que salgamos todos de paseo?

– No, necesito que ellos se vayan y que tú vengas a verme mientras ellos no están.

– ¿Cómo así? No termino de entender.

– Es que… lo que te voy a pedir es muy, muy delicado y necesito que ellos no estén… Es absolutamente indispensable que vengas cuando ellos no estén en casa.

– Bueno, me encargaré de eso y te confirmo.

– Gracias, Claudio – se despide tímidamente.

El tono inseguro en la voz de Rodrigo casi conmueve a Claudio al percibirlo como un niño indefenso al que debe proteger; y no, como al fuerte y valiente hombre joven que muy bien ha conocido. Una cosa es segura: en ambas facetas le gusta. No está seguro de qué será lo que Rodrigo le pedirá, pero tiene una fuerte erección al pensar en que ésta será una buena oportunidad para “estrechar lazos”.

Rodrigo intenta sin éxito extraer el tampón, pero su ano le arde aún más al simplemente tocarlo. Así que deja de tratar y, en su lugar, busca una camisa roja para limpiar la sangre y ponérsela sobre las nalgas para evitar seguir manchando su cama. Mientras tanto, piensa los pro y contra de explicarle la situación real a Claudio, quien está llamando a su madre en ese momento.

– ¡Hola, mi amor! – contesta Lucía.

– ¡Hola, linda! ¿Tienes algún plan para hoy?

– No, ninguno… ¿me vas a compensar tu ausencia del fin de semana? – pregunta de forma coqueta.

– Sí, la verdad me gustaría que fuéramos al cine todos juntos, como familia.

– ¿Tú dices que lleve a los niños? – pregunta extrañada.

– Así es, mujer. Nunca hemos salido con ellos y creo que sería bueno para mí mantener más relación con ellos.

– Habrá que ver si quieren. A los jóvenes sólo les gusta salir con jóvenes…

– Bueno, tú pregúntales y me avisas. ¿Te parece? – pregunta esperando que Roberto acepte la invitación.

– ¿Y tú pasarías a recogernos a casa como siempre?

– Me encantaría, pero tengo que atender un problema aquí en la clínica y la película que querías ver empieza en una hora. Creo que sería mejor si nos vemos allá y, de regreso, yo los llevo a casa… y tal vez me quedo. Jejeje   

– Ya me convenciste. Jejejeje

– ¿Entonces me llamas cuando estés en el cine?

– Sí, amor, así quedamos.

– Perfecto, nos vemos allá.

– Un beso, lindo

Lucía tenía sus propias necesidades y deseos. Amaba a sus hijos, pero esta tarde no se sentía como una madre de dos adultos jóvenes, sino como una mujer que seguía muy atractiva a pesar de sus ya cuarenta y cinco años, a pesar de la pobreza y de los problemas. Ella apreciaba que Claudio quisiera acercarse a sus hijos porque le parecía un indicador de que él está tácitamente comprometido a largo plazo con ella, aunque ahora que ambos lo habían aceptado, no sentía la urgencia de que ellos adoptaran a Claudio como nuevo padre.

Más que una salida en familia, Lucía quería una cita de enamorados como Dios manda: romance, pasión, sexo y besos. Así que, mientras maquillaba su lindo rostro, pensaba sobre si debería llevar a sus hijos a su cita con su Claudio o decirle falsamente a éste que ellos no quisieron asistir. Una vez vestida para la ocasión, empezó a sentirse un poco mal de tener que mentir, especialmente teniendo Claudio tan “buenas intenciones”.

Lo que Lucía no sabía es que, para el momento en que salió bella y arreglada de su casa en dirección hacia el cine, Claudio ya había estacionado estratégicamente su automóvil en un ángulo muerto para lograr ver quién entraba o salía de la casa, pero sin ser fácilmente visto él. Observa cómo Lucía camina rápido e, inesperadamente, Roberto empieza a seguirla hasta que ambos se alejan mientras conversan. Claudio sonríe al pensar que podrá estar con Rodrigo a solas, como ambos querían, aunque por distintas razones, cada uno.

Rodrigo escucha el timbre y, como él también vio a Lucía y a Roberto irse, supone que es Claudio, así que decide no perder tiempo (y esfuerzo) poniéndose nuevamente el short que andaba si tendría que volver a quitárselo más temprano que tarde. Se queda solamente con la camisa negra puesta y la camisa roja también puesta (en sus muslos), con sus genitales sólo cubiertos por sus manos. Con dificultad, camina hacia la puerta, deteniéndose para preguntar “¿quién es?”, al carecer ésta de mirilla. Se alivia al escuchar la voz de Claudio identificándose y, tímidamente, procede a abrir la puerta.

– Hola, Rodrigo, ya hice lo que… – se queda sin palabras al notar la parcial desnudez de Rodrigo.

– ¡Entra!  – le ordena empujándolo hacia adentro de la casa.

– Bueno, tú dirás. – dice recobrando la normalidad.

– Mira, no es fácil de explicar, así que mejor te lo muestro.

– ¿Mostrarme qué?

– Esto. – dice poniéndose de espaldas.

Aunque en este punto, Claudio ya tiene claro para qué lo ha llamado Rodrigo, se pone perplejo al ver cómo Rodrigo apoya sus brazos y rodillas sobre un sofá mostrando sus nalgas en todo su esplendor y su ano atravesado por el tampón, que vibra por los movimientos de Rodrigo. Claudio tiene otra erección al volver a ver ese escultural cuerpo desnudo y “en cuatro”, sin haber sido obligado esta vez. Decide ser atrevido y, sin previo aviso, pone su mano derecha sobre la espalda baja de Rodrigo, quien se tensa al sentirla, pero no dice nada al respecto y es Claudio quien rompe el silencio.

– ¿Entonces éste era el asunto del que querías… hablar?  – le pregunta con tranquilidad profesional.

– Sí…

– Supongo que quieres que saque el tampón del culo, ¿verdad?

– Por favor… – responde con mucha vergüenza.

Claudio aprovecha la ocasión para tocar lenta y suavemente las nalgas de Rodrigo, mucho más de lo necesario. Finge que examina la situación y empieza a separar las protuberantes masas de carne, manteniéndolas firmemente así con su mano izquierda, mientras que con la derecha emplea un dispositivo médico especial para sostener el tampón y extraerlo del ano de Rodrigo fácilmente y sin dolor.

– Ya está afuera.

– ¿¡De verdad!? – pregunta incrédulo.

– Sí. – dice mientras le enseña el tampón recién extraído manchado de sangre.

– ¡Muchas gracias! – exclama aliviado.

Rodrigo intenta levantarse para abandonar la humillante posición, pero Claudio no se lo permite, sosteniéndolo firmemente. El cerebro de Claudio empieza a ser bombardeado por sinapsis que sádicamente lo invitan a ver qué tan lejos puede llevar esta situación.

– ¡Espera, jovencito!

– ¿¡Qué pasa!? – pregunta sobresaltado.

– Tu ano se ve lesionado.

– Fue por el tampón…

– ¿Podrías decirme por qué te metiste un tampón ahí en primer lugar?

– Eh… pues… yo creí… yo pensé que me ayudaría con mi tratamiento para mejorar las erecciones. – improvisa.

– ¿Entonces el tratamiento que te asigné no te funcionó? – pregunta sin dejar de acariciar con cierto disimulo sus perfectas nalgas.

– No, bueno, sí…

– ¿Sí o no? – cuestiona autoritario.

– Lo que pasa es que… logré a tener buenas erecciones, pero tenía miedo de que no duraran. – improvisa.

– ¿Y probaste alguna?

– ¿Perdón?

– Dices que temías que no duraran y tu madre me dijo que no estuviste viernes ni sábado en casa y hoy que volviste, te encuentro así.

– No entiendo tu punto. – responde al no saber qué decir.

– Supongo que fuiste a coger con alguna amiguita y ahí te diste cuenta que el tratamiento no funcionó como esperabas.

– No fui a hacer eso… – Empieza a decir, pero se corta.

– ¿De verdad? ¿Y qué fuiste a hacer entonces?

Esa pregunta impacta fuertemente a Rodrigo, quien empieza a recordar las cogidas de sus dos captores enmascarados, pero por primera vez desde que fue liberado, empieza a recordarse a sí mismo más disfrutando que sufriendo. Era la verdad que se negaba a interiorizar: a pesar de lo no consentido de la situación, Rodrigo sí había disfrutado al menos parcialmente cada cogida y lo sabía muy bien. Ahora, tal vez gracias a las siete reparadoras horas de descanso, era capaz de ver las cosas desde otra perspectiva: el novio de su madre está tocando y separando sus nalgas desde hace minutos, pero en lugar de continuar sintiéndose tan avergonzado, ¡se sentía cada vez más excitado!

– RODRIGO. – La voz de Claudio lo devuelve a la realidad.

– ¡Perdón! Estaba pensando en otra cosa.

– ¿Y en qué pensabas?

– Nada importante… ¿qué me estabas diciendo?

– Te preguntaba que te aplicara una crema a tu ano.

– No creo que sea buena idea.

– Como tu doctor, es mi deber insistir en que lo veo lastimado… como si el tampón que  te metiste no hubiera sido lo único que estuvo ahí.

– Está bien. Hazlo. – autoriza para prevenir las sospechas de Claudio.

Mientras Rodrigo recordaba las partes placenteras de su cautiverio, Claudio había aprovechado para poner una crema que coagula la sangre instantáneamente en la herida que Rodrigo se había hecho mientras se bañaba. Una herida en realidad pequeña, pero que le había sacado abundante sangre. Por lo demás, él sabía perfectamente que el ano de Rodrigo tendría alguna molestia por su reciente desvirgación, pero que no había nada de qué preocuparse.

Lo que Claudio estaba aplicando ahora era una crema que volvía más sensitivas las paredes anales combinada con lubricante para facilitar la penetración. Rodrigo, aún posicionado “en cuatro”, esconde su cara entre sus fuertes brazos al sentirse cada vez más y más excitado al sentir los dos dedos de Claudio explorando su orificio, en el cual, para su sorpresa, ya no sentía ninguna molestia. Claudio introduce más y más sus dedos en el agujero de Rodrigo hasta que decide introducir cuatro sin avisarle.

– Rodrigo, ¿te puedo hacer una pregunta?

– Dime. – responde casi adivinando lo que Claudio está por preguntarle.

– ¿El tampón no fue lo único en penetrar tu ano, verdad?

– ¿Acaso estás insinuando algo? – empieza a ponerse a la defensiva.

– No, no insinúo nada. Como podrás darte cuenta, mis cuatro dedos entraron como mantequilla en tu culo. Curiosamente, ésa la misma dimensión que tiene un pene de tamaño promedio en este país.

Las palabras de Claudio activan una explosión en la cabeza de Rodrigo. Sabe que Claudio sabe la parte más oscura de su secreto. Quiere gritarle que salga de su casa y amenazarlo con no volver a contactar a su familia, pero solamente es capaz de girarse y verlo a los ojos para darse cuenta que no puede hacerlo. Las palabras simplemente no logran salir de su boca y, tras el incómodo silencio, es Claudio quien retoma la conversación.

– Sólo te aconsejo que hagas lo que hagas, tengas cuidado y no lo hagas con cualquiera. Como te he dicho antes, puedes confiar en mí y puedes contar conmigo… para lo que sea.

Las palabras de Claudio activan una segunda explosión en la cabeza de Rodrigo. Sabe que Claudio sabe la parte más oscura de su secreto y que puede contar con él “para lo que sea”. La parte racional de su cerebro le dispara mil alarmas para que niegue el asunto y justifique que es un malentendido; pero la parte animal de su mente insiste en que está semidesnudo, demasiado excitado, en el sofá más cómodo de su casa, solamente en compañía del único hombre que sabe que ya ha probado la verga y que sutilmente le está ofreciendo la suya ahora mismo.

Rodrigo se acerca velozmente a Claudio y, sin intercambiar palabras, empieza a besarlo. Claudio está perplejo, pero su plan de llevar las cosas lo más lejos posible, en lugar de detenerse, solamente continúa acelerando. Ambos hombres, sin dejar de besarse, se han puesto de pie. Ahora también se acarician, recorriendo ambos con sus manos la espalda del otro; y Claudio, haciendo énfasis en el culo de Rodrigo, quien sólo se deja llevar. Claudio le quita la camisa a Rodrigo, dejándolo totalmente desnudo, procede a quitarse el pantalón y bóxer, invitando tácitamente al joven atleta a probar su verga, aunque en realidad ya la conozca.

Rodrigo está por metérsela a la boca cuando súbitamente se detiene observando la verga de Claudio. Definitivamente cree haberla visto antes, pero considerando lo todavía poco que sabe de penes en ese momento, no le da importancia y empieza a mamársela con ganas, mientras Claudio acaricia suavemente la cabeza de Rodrigo para no presionarlo.

Ambos disfrutan la mamada, pero lo realmente emocionante para ambos es la penetración. Rodrigo se levanta y vuelve a ponerse “en cuatro” en el mismo sofá mientras Claudio termina de quitarse su camisa. Se pone de rodillas frente a las redondas nalgas de Rodrigo y éste empieza a gemir ya sin inhibiciones al sentir el aliento de Claudio en esa zona. Su lengua empieza a devorar sus muslos para concentrarse finalmente en su ano.

– ¿Te gusta? – pregunta Claudio.

– ¡Sí!, ¿y a ti?

– ¡Me encanta! – dice y le da una nalgada antes de volverle a enterrar su lengua.

Claudio se pone de pie, separa las piernas de Rodrigo y las pone sobre sus hombros. Ambos intercambian una mirada, pero Claudio no desea perder más tiempo y con suavidad, pero con tan determinación, empieza a penetrar a Rodrigo, quien empieza a recobrar algo de cordura mientras siente la gruesa herramienta de Claudio entrar en él.

– ¡Espera! ¿¡Qué estamos haciendo!?

CONTINUARÁ…

Julio César (no es mío).

NOTA: Esto estaba programado para subir anoche, pero es que el Internet es un desastre aquí.

EL PEPAZO… 67

mayo 23, 2017

EL PEPAZO                         … 66

De K.

   Listo para enfrentar a cuántos sean…

……

   Demasiado, le parece al desconcertado joven. Nota que los otros dos, sonriendo levemente, intercambian entre ellos una mirada como felicitándose por algo y se acercan. Pasos decididos, portes erguidos. O eso le parece al joven forzudo que siente su corazón palpitante de repente, así como la boca muy seca. Toma otro buche de fría cerveza.

   -Hi. –agrega uno, el más alto de los tres, rostro curtido, negro oscuro, con pequeñas líneas alrededor de sus ojos que aclaran su edad y cierta tendencia a reír mucho. Le tiende una mano que es inmensa, de fuerte apretón mientras se presenta.- White… -y le mira a los ojos con sus pupilas marrones, los oscuros dedos cerrados sobre su mano, ¿haciéndole consciente de su fuerza y vigor de hombre grande?

   -Colmenares… -corresponde al saludo algo agitado, pensando como siempre, en estos casos, en la gran cantidad de norteamericanos de color que parecen llevar dicho apellido.

   -Hi, Taylor. –trona el otro, ancho de pecho, sonrisa jovial que le da un aire de pícaro muchacho, casi obligándole a dar la vuelta al estar en su otro costado, su apretón es igualmente fuerte.

   -Smith… -nuevamente gira, ya que a sus espaldas se presenta el primero, voz ronca y cargada de unas entonaciones que le provocan un ligero cosquilleo en la nuca y escalofríos por la columna. Se vuelve y le oprime la mano, ojos atrapados en las pupilas azuladas aguadas.

   -Un placer. –croa, tensándose al notar que el firme apretón de manos dura demasiado, de hecho sólo la tiene atrapada entre la zarpa del marine, que sigue mirándole. Tira con cierta fuerza para soltarse, captando, de reojo, la mirada evaluativa que White, el negro, a un costado, le lanza recorriéndole la espalda y el culo… sus ojos quedándose allí, entre sorprendido y agradado. Parecía gustarle mucho lo que ve. Y Jacinto, nuestro joven e intrépido héroe, machito heterosexual de sangre caliente (así se presenta), nota como la piel se le eriza toda.

   -I know… Yo… conocerte. -farfulla con dificultad el negro, White, sonriendo levemente.- De la embassy Chile… -alza una mano cuando Jacinto frunce el ceño.- Sorry, era work… trabajo.

   -Si, lo sé. –acepta, sintiéndose más acalorado por momentos, esos hombres rodeaban tres de sus costados, atentos, notando que al hablar con el negro, los otros dos intercambian una mirada y el más joven sonríe, sonríe feliz mientras asiente a una seña del sujeto que se acercó primero, Smith. Por alguna razón recordó la escena de caza de los vecilorraptores de Parque Jurásico.

   Y, cavilando sobre eso, mirando a Taylor, con su rostro aniñado y pícaro aunque grande, se pierde la mirada que Smith y White cruzan ahora, sonriéndose depredadores. Los tres han estado sirviendo en muchas partes del mundo, de las cuales no tenían libertad de hablar, haciendo muchas cosas, y en todas y cada una de esas locaciones se habían coordinado en reuniones, fiestas y burdeles, por el olfato de Smith para detectar puticas, las más calientes y atrevidas… Chicas, chicos, hasta una yegua una vez… Y ahora ese joven chico forzudo había alertado todas sus alarmas con ese cuerpo compacto, fuerte, y ese culo que casi retenía la caída del saco por detrás. Un culo del cual no pudo apartar la mirada desde que entrara con aquella señora. Por eso, con gestos, llamó a los otros dos. La noche se presentaba aburrida, otra noche de mierda, ahora…

   -¿Qué pasóu en embassy, Bob? –pregunta Smith, y el moreno, cuenta con pocas palabras lo ocurrido entre los guardaespaldas y los marines, en rápido inglés. Hay risitas y Jacinto se molesta.

   -Creo que debo… -intenta alejarse, pero el más joven le corta la retirada, sonriendo.

   -No, no… aburridos. –casi escupe las palabras, costándole el idioma.- We have… esperar. Mucho. Hablemos. Beber… whiskey… Kentucky.

   -No sé sí…

   -Yo remember… -continúa el negro, mirándole.- …Eras… acuerpado. But now… -y le recorre abiertamente con la mirada.- Cambiado. Tú big… grande.

   -Sí, yo… eh, he estado ejercitándome. –disimula el enrojecimiento.

   -Valió pena. –tercia Smith, cruzando los brazos sobre el pecho, clavándola la clara mirada bajo el quepis.- Tú very good… Tú bien.

   -¡Very, very bien! –agrega el más joven, recorriéndole también.

   -Gracias. –a Jacinto la garganta se le cierra, necesita otra cerveza y  va a tomarla. La mano de White le retiene.

   -No, no… agua floja. –explica mostrando una botella chata de amarillento brebaje que saca de alguna parte, destapándola y llenando el ambiente de un fuerte olor a aguardiente, bebiendo directamente de la botella, pasándosela al más joven, Taylor, que le imita.- Para machous…

   -No debería… Estoy trabajando y…

   -Oh, vamos… -sonríe Taylor, acercándosele un poco,  viéndose casi tan macizo como él.- Bueno licor, bueno to party… fiesta. –le monta una pesada mano en un hombro, mirándole a los ojos, con sinceridad e intensidad.- ¿No querer fiesta? ¿Con nosotros three?

   A Jacinto le cuesta articular palabras, la mirada atrapada en los ojos del chico de cejas rojizas, cara pícara, mano pesada que parecía retenerle. Presintiendo el peligro. Debía alejarse, pero ya, porque… tenía el culo ardiéndole.

CONTINÚA…

Julio César.

NOTA: Lo siento, K, debí quitar algunos modismos que usaste, los fonéticos, el corrector no me dejaba en paz.

AMA DE CASA… 9

mayo 19, 2017

AMA DE CASA                         … 8

Por Leroy G.

   ¿Sólo un sueño húmedo y nada más?

……

   No responde, no puede, no podía degradarse así. Era un hombre, un macho, y aunque aquel era tan sólo un sueño demente, terrible, no podía ceder ni aún así. No delante de aquellas personas que le miraban burlones mientras viste como una pequeña putica travesti. Un gemido escapa de sus labios cuando el vecino retira sus caderas, soltando sus tetas sensibles, sintiendo un frio horrible sobre sus nalgas, casi pidiéndole que regresara. Pero parpadea, paralizado, cuando oye un cierre bajar, las risitas y murmullos incrementarse, y esa mano volviendo a su cadera derecha, metiendo los dedos en la tirita de la tanga, halándola, sacándosela del culo, dejándoselo expuesto. Y no tiene manera de saberlo, pero no cree equivocarse cuando lo imagina totalmente depilado. Abre mucho los ojos pintados, los cachetes coloreados enrojecen más cuando la lisa y ardiente punta de un güevo que no era el suyo se frota de la entrada de su culo, acariciándole, sobándole. Y su culo palpita y se abre entre temblores. Grita más, tensándose, cuando todos contienen el aliento, la lisa cabeza frotándose, empujando y empujando, separándole los labios del esfínter, caliente como el infierno. Si, iba a metérsela, iba a cogerle. Lo sabe, y el calor que eso despierta en su cuerpo es de locura. Cierra los ojos, inconsciente de la sonrisa que se pinta en sus labios, esperándolo. La estocada, la penetrada a fondo. El hombre tomando su virginidad anal.

   -Bueno, si no la quieres… -le oye, y no procesa las palabras, no puede, tan sólo sabe que ese tolete se retira de su culo tembloroso. Se vuelve a mirarlo sobre un hombro, le ve retroceder uno y dos pasos.- Si no la quieres… -le repite, señalándose aquella pieza larga, gruesa, nervuda, que pulsaba en la nada. El miedo y la ansiedad se apoderan violentamente de él.

   -No, no, espera. –grita con voz mendicante, tono sufrido, mientras en su mente el dolor es más intenso.- Por favor… Por favor, cógeme, cógeme duro. Lléname la concha con tu verga, déjamela llena de espermatozoides y préñame. –suplica casi al borde del llanto, en medio de ese pasillo lleno de personas que le miran silenciosamente, sonrientes de burla cruel, testigos de su degradación y humillación, de lo puta que es.- Cógeme, por favor…

   -Lo que necesites; a una nena caliente lo que quiera. –responde ese joven, todo manerismo ausente en su rostro o gestos, el tono lo suficientemente alto para que todos escuchen y rían bajito.- Vamos, bonita, vamos a amarnos. –le gruñe regresándole de alguna manera a la realidad, obligándole a abrir los ojos que no sabía había cerrado al suplicar, jadeante, rojo de mejillas, mirada turbada y perdida, mientras le toma de una muñeca y le obliga a caminar casi frente a su propia puerta.

   Y todos ríen, roncos de lujuria, aparentemente solo quedan los puros hombres, al verle caminar como loro en mosaico, equilibrándose precariamente, vestido de puta andrógina, con unos altos tacones que no domina, y con los cuales debe medir sus pasos. Era grotesco y excitante verle así, en aquel pasillo, atormentado al verse rodeado de sujetos que le miran y señalan. El vacilante paso de un joven travesti que nunca antes había estado en tacones, expuesto a la mirada de muchos.

   -Ahhh… -se le escapa un gimoteo que odia, femeninamente mórbido, cuando el sujeto le detiene en medio del pasillo y le obliga a caer sobre manos y rodillas, su cuerpo en sumisa posición entre esos hombres que ahora se acaricia las vergas erectas mirándole, sus nalgas alzadas, su culo apenas cubierto. Titilando, lo sabe.- Yo… yo… -gimotea, notando ese tolete canela frente a su cara, cerrando la distancia con la boca echa agua y tragándola. Las risas y pitas se alzan en el pasillo donde está siendo sometido y humillado en presencia de todos. Pero cierra los ojos, mejillas rojas, y sorbe de la cabeza de aquella verga, recogiendo, saboreando y tragando gotas de líquidos pre-eyaculares espesos y salobres, encontrándolo delicioso. La idea, en su mente, era repugnante, pero se descubre fuera de sí, sometido a fuerzas extrañas, becerreando de aquella mole. Sus labios van y vienen ansiosos, las risas aumentan.- Hummm… -ronronea cuando le siente moverse tendiéndose sobre él, y le palmea una turgente nalga, duro, dejándole la piel picosa, enrojecida.

   -Chupa, chupa, vamos, puta, trágatela toda como tanto quieres. Que todos te vean. –le oye decir, rudo, y todo él se estremece, por una parte de rabia y asco, por el otro de calenturas. Sabe que su culo titila aún más salvajemente bajo la tira de la pantaleta. Y que todos lo notan.

   -Hummm… -casi se corre cuando la nalgada se repite y ahora esa palma rueda hacia su raja interglútea, y esos dedos bajan, presionando sobre ella, deteniéndose sobre el cubierto culo. Empujando un poco, esos dedos presionan y liberan una y otra vez. Y, gritando mentalmente de repugnancia, sabe que su agujero pulsa, se estimula y se abre con ganas. Como lo saben todos los tíos que miran y ríen, todos masturbándose estas alturas.

   -Estás tan caliente… Tiene el coño en llamas. –le oye, voz ronca, un tono que reconoce, el de un hombre excitado ante la posibilidad de coger.

   -Hummggg… -es todo lo que sale de su boca ocupada por aquella verga que pulsa y quema sobre su lengua y contra sus labios y mejillas cuando un dedo entra, abriéndole, penetrándole. Era una caricia tan prohibida, tan contraria a lo que es como hombre, que su cerebro es una masa roja de rabia e impotencia, y, sin embargo, su agujero se cierra codicioso sobre ese dedo, para retenerlo allí, para sentir el roce. Eso no escapa a los mirones que ríen, que gritan que la puta quiere güevo.

   No sabe cómo ocurre, pero de alguna manera, gimiendo de manera putona, termina de espaldas sobre el piso del pasillo, ese sujeto separándole las piernas y metiéndose entre ellas, de rodillas sentado sobre sus talones, riendo al tomar sus tobillos con las manos, los tacones, altos y lustrosos destacándose, mientras le alza las caderas. No sabe por qué gime de expectación, o por qué, con una mano delgada de largas uñas pintadas que no era suya (¡él era un hombre, joder!), aparta la tira de la tanga, exponiendo y ofreciendo su coño mojado y caliente (¡no, no, no!, rugía para sus adentros, rogándole a Dios caer desmayado).

   -Tan bella, tan puta. -ese tipito le sonríe, echando las caderas hacia adelante, la cabeza de su tranca rozándole el agujero, este estremeciéndose. El calor compartido les hizo contener un gemido. Y penetra, suavemente, con la pulsante pieza que iba llenando sus sensibles entrañas.

   Y fue horrible, se gritaba, y lo consideraría más tarde al recordarlo, la manea en la cual se arqueó mientras era abierto por la dura hombría que robaba la suya. Le molestó gritar ronca y largamente mientras la sentía llenándole totalmente, estimulándole, para luego retirarse un poco, incrementando el roce y las sensaciones. Odió escuchar las risas mientras echaba la cabeza hacia atrás lanzando otro mórbido gemido femenino al regresar la verga con un golpe más fuerte. Le enfermaba lo duro que estaba su, ahora, muy diminuto pene dentro de la pantaleta, mojándolo todo, mientras ese sujeto comenzaba a cabalgarle, a encularle con ganas, adentro y afuera, una y otra vez,  golpeándole con sus bolas, la cabeza del tolete dándole en alguna parte que…

   -Ahhh…. Hummm… Si, papi; cógeme, cógeme duro. –los gritos casi desmayado escapan de sus labios pintados mientras su agujero se abría y cerraba, buscando entusiasta ese tolete grueso, ordeñándolo, deseándolo tanto, tanto.

……

   Despierta sobresaltado y gritando, siendo él mismo, sobre una colchoneta en un lugar extraño, luces blancas, intensas, estallando le lastiman los ojos, el olor le sofoca, y hay gente que entra, hombres de los que sólo nota siluetas, y le señalan y ríen gritando “miren al marica, miren al marica”, porque está desnudo, joven, musculoso, velludo… arrodillado en ese colchón con un consolador en su culo. Hay siniestras risas que parecen venir de muchos lugares. Eso, el consolador metido, le duele, le lastima; es tan horrible saber que lo tiene clavado a un nivel físico como mental, sujeto a las miradas de otros hombres que lo juzgaban. No reconoce el lugar, ¿era su antigua casa paterna?, ¿un depósito del cuartel cuando sirvió militarmente? ¿La pieza de Ligia? No lo sabe, sólo que grita y grita que no es ningún marica, halando pero sin poder sacarse el dildo del culo. Las siluetas se acercan, las risitas son más desdeñosas, crueles…

   Despierta sobre su colchón inflable, agitado. Se sienta y recorre el cuarto con la mirada. Todo tan normal, cada cosa en su lugar. Ya amaneció. Su pecho sube y baja con fuerza, pero el final de la pesadilla y ese lugar agradablemente cálido que huele como… como a las sábanas de su madre cuando las recogía de las cuerdas después de llevar mucho sol, le tranquiliza. Cae sobre la colchoneta, pasándose las manos por los cabellos, casi temblando de alivio. Aunque siente un extraño sabor en su boca, también un picorcillo en el culo. Sin embargo, amanecer erecto, cosa no desagradable, es lo destacable. Cierra los ojos, eso no le importaba. Lo bueno era que todo había sido una infame e infernal pesadilla. Estaba a salvo. En su apartamento, en su cuarto. La certeza de ello era relajante, calmante. No, por nada del mundo dejaría su apartamento, se dice… con la mano metida dentro del bóxer, tocándose el tolete duro. Joder, debía salir de eso. Deslizándose del calzón, aunque imagina que ya era algo tarde y debía ir a trabajar, comienza a masturbarse, casi… asustado. Tiene mucho cuidado en qué fija su atención mientras su puño sube y baja, apretando, soltando, frotándose el hinchado y mojado glande con el pulgar. Sabroso. Se da y se da… y nada. No alcanza el clímax. Y eso, por minutos, iba volviéndose frustrante. Cierra los ojos y piensa en todo el sexo que ha tenido, toda la pornografía que ha visto, y parece que está allí, a punto de estallar en semen, pero nada. ¡No puede terminar!

   Frustrado se pone de pie, vistiéndose con un bermudas para no presionarse tanto. El cacho bajo la tela era casi una burla. Monta la cafetera y va al baño. Mear se le dificulta, y allí mismo comienza a darse otra vez. Nada. Tan irritante era la cosa, y tan urgente se le estaba haciendo, que sentado sobre el inodoro lo intenta, también mientras se duchaba. Nada. La verga comenzaba a dolerle, su frustración había alcanzado niveles de histeria, y malestar, pero nada de orgasmos. Nuevamente en el bermudas va por el café, ceñudo, molesto. Necesitaba de Ligia, que la puta esa le mamara y le dejara enterrársela por todos sus huecos. Abre la nevera y se congela…

   Tiene pocas cosas, debía hacer algunas compras, pero lo que si sabe que no tenía, y ahora sí, eran todos esos cartones de medio litro de leche. ¡No los compró! Su corazón se agita por la incertidumbre, ¿qué estaba pasando?, pero también porque la quería. Beberse esa leche. Mucho. Deseaba, no, necesitaba sentir ese sabor en su boca. Toma uno de los envases, atormentando entre ese deseo raro y el temor del origen del mismo. Tal vez… Tal vez era cosa de Ligia. Tal vez pasó por allí ayer en la tarde y la dejó. No recuerda haber cenado o pasado por la cocina, así que no está seguro. Pero era posible, ¿no? Como fuera destapa uno y lleva el pico a su boca.

   Cada papila gustativa de su lengua estalla, excitada, en una fiesta de sabor al recibir el frío líquido cremoso, algo espeso… con un cierto sabor agrio, a yogurt ligeramente salino. Y bebe de manera desesperada, su manzana de Adán subiendo y bajando con rapidez, casi chupando del pico al terminarla… Su verga pulsando y babeando contra el bermudas.

   ¡Quiere más leche espesa!

CONTINÚA…

Julio César.

DE HOMÓFOBO A PUTO… 10

mayo 16, 2017

DE HOMÓFOBO A PUTO                         … 9

Por Sergio.

Rodrigo continúa perplejo e incapaz de procesar todo lo que ha vivido en menos de 48 horas. Fue violado anal y oralmente en más de una docena de ocasiones por dos hombres enmascarados, dos misteriosos desconocidos que sí lo conocían demasiado bien a él, a todo su cuerpo y su información personal. En contraste, él, aunque había memorizado con exactitud la imagen, el tamaño y la textura de la verga de cada uno de sus captores, desconocía completamente sus respectivas caras.

Al recordar también sus cuerpos, podía calcular que uno de ellos tendría entre 25 y 40 años (Amadeo); mientras que el otro, entre 40 y 55 (Claudio). Uno de ellos era atlético y de piel morena (Amadeo) y el otro era de cuerpo promedio y de piel blanca (Claudio). “¡Podría ser cualquiera!… pero tiene que ser alguien que conozco.” pensaba Rodrigo, incapaz de lograr triangular esos datos con los muchos hombres que conocía. 

Mientras la parte racional de su mente se esforzaba en buscar sospechosos, sus emociones estaban más descontroladas que en su cautiverio porque entonces ni siquiera sabía cuál sería su destino; pero ahora que estaba libre y totalmente consciente de la situación, sentía fluir una rabia homicida, en combinación con una aplastante tristeza y un insoportable terror. Quería gritar, romper cosas y mandar todo al diablo, pero por ningún motivo estaba dispuesto a perder su imagen; así que ahí estaba Rodrigo, sentado en el comedor junto a su hermano mientras su madre preparaba el desayuno, haciendo un esfuerzo supremo por disimular su malestar para disipar hasta la más mínima sospecha por parte de ellos dos.

– ¿¡Me estás oyendo, Rodrigo!? – pregunta Lucía al notarlo muy distraído.

– ¡Perdona, ma! Estaba pensando en otra cosa… – responde Rodrigo al saberse incapaz de prestar atención a lo que está diciendo su madre. 

– Yo creo que Rodrigo aún no está en sus cinco sentidos, ma. ¿Estuvo buena la fiesta, hermanito? – pregunta Roberto.

– Sí, fue… intensa. – dice al recordar cómo fue en realidad la “fiesta” en la que estuvo en contra de su voluntad.

– ¿Y llegaron los nuevos también?  – continúa Roberto.

– Pues… la verdad no recuerdo haber visto a ninguno de ellos… yo estaba con Víctor y los de siempre. – improvisa con algo de dificultad.

– No creo que haya ido ninguno. A nosotros, los nuevos, nadie nos invita a las fiestas. Si lo hicieran, yo también habría ido. – se queja.

– Pues eso así es desde siempre. Cada nueva generación que llega cada año hace sus propias fiestas.

– ¡Pero a ti sí te invitaban! – recuerda.

– No digo que gente de otros años no te puedan invitar a sus fiestas, pero antes que eso pase, tienes que conocer a esa gente.

– ¡Claro, se me olvida que eres Mr. Popular!

– ¡Háblale a otra gente; y no, sólo a tus amigos si quieres que te tomen en cuenta! – responde con firmeza.

Roberto se queda callado y se queda pensando “¡como si ellos quisieran hablar conmigo!”, fundamentando ese pensamiento en la idea de que las otras personas mostraban apertura con Rodrigo por su atractivo físico y por su personalidad encantadora; pero que si él intentara acercarse de la misma forma que Rodrigo, no lo aceptarían. Rodrigo sí percibe la hostilidad de Roberto en esa conversación y siente brevemente la intención de ofrecerle ayuda como hermano mayor, pero lo descarta al creer que es un leve problema de adaptación al entorno universitario y le resta importancia. “Yo soy el que tiene verdaderos problemas aquí” piensa Rodrigo. 

– ¡Ya está el desayuno! – rompe Lucía el silencio entre sus hijos.

Antes de sentarse a desayunar con Rodrigo y Roberto, Lucía le entrega a cada uno su respectivo plato con frijoles, tomate, queso y salchicha. Como la mayoría de las madres, Lucía quiere que la comunicación fluya y sigue hablando sobre cosas irrelevantes para sus hijos, mientras éstos apenas responden en monosílabos. Rodrigo está por masticar su primer bocado de salchicha cuando, al tenerla en la boca, empieza a recordarse chupando las vergas de sus captores y estas imágenes empiezan a bombardear su mente.

Mientras se esfuerza por interrumpir esos pensamientos y continuar masticando, se recuerda succionando vergas, tragando semen, oral y analmente, y no siempre involuntariamente. Repentinamente, empieza a sentir fuertes náuseas. Ante la inminente necesidad de vomitar, se levanta de la mesa corriendo. Lucía, preocupada, lo sigue. Rodrigo finalmente no vomita, pero aprovecha la oportunidad para decir sentirse muy mal por la “resaca después la fiesta” y pedir que lo dejen descansar.

Lucía acepta y regresa a terminar a su desayuno, dejando solo en su habitación a Rodrigo, quien entonces corre al baño para lavar, primero, sus dientes; luego, su lengua, garganta, esófago… Quiere quitarse el sabor de verga, lavarse de todo el semen que tragó. Hecho esto, se da cuenta que no es suficiente y decide darse un baño completo, pretendiendo limpiarse de las caricias, de las lamidas, de las metidas de verga de sus secuestradores.

Antes de hacerlo, Rodrigo se desnuda con rapidez y examina su cuerpo detalladamente frente al largo espejo del baño. Era él: Rodrigo Barahona, el triunfador, el guapo; pero no se sentía como siempre. Siempre que se observaba al espejo, lo hacía con orgullo al ser vanidoso y saberse poseedor de una belleza natural que sólo ha perfeccionado con el tiempo.

Empieza observando su rostro, que aún conserva leves señales de la golpiza que tuvo Amadeo antes de su rapto y agradece que su madre no las notara porque no habría parado de preguntar. Luego, continúa observando y tocando distintas partes de su sensual cuerpo: su amplio pecho, sus fuertes brazos, su marcado abdomen, sus gruesas piernas, sus enormes nalgas… Todo estaba como siempre, todo, excepto, por supuesto, su ano.

Desde que despertó frente a su casa, su mente le ha gritado que debe revisar su ano, pero ahora que puede hacerlo, el miedo lo vence y lo evita, caminando hacia la ducha. Finalmente, se envalentona y regresa al espejo. Con una mueca de horror que no lo hace verse menos apuesto, Rodrigo empieza a separar sus nalgas para examinar el daño en su ano. Esperaba encontrar que su agujero se hubiera estirado, pero para su sorpresa, también se veía como siempre. Por supuesto, lo sentía hinchado y adolorido, pero no había ningún cambio físico visible.

Entra a bañarse y el contacto del agua fría con su piel acalorada, así como el alivio de saber que su ano no está tan destruido como suponía, le permiten a Rodrigo relajarse un poco. Piensa seriamente en hacerse un lavado de estómago, pero al no contar con los recursos económicos suficientes y al razonar que eso resultaría extraño para quienes lo conocen, opta por conformarse con la limpieza normal, aunque más minuciosa de lo normal: enjabonando, estregando, enjuagando y limpiando cada centímetro de su cuerpo, incluyendo, por supuesto, su ano. 

Durante más de 40 minutos, Rodrigo repite el procedimiento anteriormente descrito hasta que un nuevo problema lo alarma. El agua que desciende desde el cabezal de la ducha se torna completamente roja al llegar el suelo. Entonces, un ardor intensificado le indica el preciso lugar del que proviene toda esa sangre: ¡su ano!

Rodrigo piensa “¡sí soy pendejo!” al darse cuenta que él mismo ha empeorado su problema y que, para colmo, debe limpiar toda esa sangre, lo cual no parece ser un gran problema gracias al agua de la regadera; pero ¿cómo detener el flujo constante de sangre que continúa saliendo de su culo? La solución aparece de pronto frente a sus ojos: los tampones de su madre. Rodrigo, que momentos antes se había jurado tácitamente que nada distinto a una hoja de papel higiénico volvería a tocar su ano por el resto de su vida, se veía obligado nuevamente a introducirse otro objeto alargado por el culo. Molesto al no encontrar otra alternativa, toma el paquete de tampones y busca las instrucciones, que francamente resultan demasiado generales para alguien sin experiencia… o alguien que nunca esperó tener que meterse un tampón. 

Rodrigo deja caer el agua de la regadera para que limpie el charco de su sangre, mientras toma asiento en el inodoro y separa al máximo sus piernas para que tener el mejor acceso posible a su ano mientras empieza a introducirle el tampón. Al observar cómo va entrando, recuerda las palabras de Amadeo haciendo referencia a que su culo es en realidad una vagina. Enfurece al sentir que al estarse poniendo un tampón, independientemente de sus razones, le estaba dando la razón.

Al haberse insertado exitosamente el tampón, Rodrigo se levanta para cerrar el chorro de la regadera y no puede evitar sentir molestias al caminar. Finalmente, su culo no es biológicamente una vagina… biológicamente. Esto lo hace esbozar una pequeña sonrisa, aunque no puede olvidar que gran parte de su dolor en su culo se debe a su reciente estreno y explotación como tragasables.

– ¿¡Será que ya vas a salir!? – toca Roberto la puerta del baño.

– ¡Ya casi!

Rodrigo busca una toalla que enrollar en su cintura para salir del baño, una tarea sencilla para cualquiera; pero no, para Rodrigo, que luchaba con la creciente incomodidad que le provocaba el tampón, pero satisfecho por haberse limpiado lo más que pudo y por haber dejado el baño libre de su menstrua… sangre. Abre la puerta y se encuentra con Roberto. Ambos hermanos se miran durante más de un instante, pero no se hablan. A pesar de que Roberto no dice nada, Rodrigo no puede evitar notar la misma hostilidad de hace rato en sus ojos azules, así como dichos ojos tampoco pueden evitar observar las enormes nalgas de su hermano al verlo caminar hacia su habitación. 

Roberto siempre ha estado consciente de que su hermano, como algunos hombres, tiene un culo grande; pero en esta ocasión el pensamiento “parece el culo de una brasileña” surge en su mente al observar el fornido cuerpo de Rodrigo cubierto de agua y sus nalgas, aún cubiertas por esa roja toalla, no podrían jamás esconder su apetecible forma. Al mirarlo con ese cierto detenimiento, sus ojos también notan que Rodrigo “camina raro”, pero en lugar de sospechar la verdad, piensa “¿seguirá ebrio este cabrón?”. Rodrigo entra a su habitación

Notando que su hermano aún no ha entrado al baño y que pareciera que se había quedado observándolo. “¿Se habrá dado cuenta que me cuesta caminar?” se pregunta.

Una vez seco y vestido con un cómodo conjunto de un short beige y una camisa negra, Rodrigo decide concentrar todas sus fuerzas en vencer su estado de malestar, tratando de olvidar el suceso y continuar su vida como si nunca hubiera ocurrido. Para empezar, tiene temas que estudiar y largas tareas que empezar a hacer. “¿Qué mejor para olvidar que estar ocupado?” razona, así que, buscando motivarse, toma un libro y toma asiento para iniciar la jornada de estudio. Sin embargo, las molestias en su ano, debidas tanto al asalto sexual como a la presencia del tampón, no le permiten concentrarse.

Transcurrida media hora estando sentado e inevitablemente adolorido, se acuesta en su cama para seguir leyendo ahí, pero pronto se queda dormido debido a la combinación de factores: cansancio físico, mental, malestar general y el hecho de estar en su cómoda cama sin estar amarrado ni rodeado de… “esos malditos”. Rodrigo duerme durante siete horas que lo hacen sentir mucho mejor… hasta que despierta. Esta vez no hubo ningún sueño vergonzoso, sino un problema real mucho más vergonzoso todavía: ¡un charco de sangre proveniente de sus entrañas había burlado el tampón y manchado su las sábanas y su cama!

– ¿¡Pero qué mierda!? – exclama con rabia.

“¡Qué invento tan inútil, tanto dolor para nada, con razón las mujeres manchan la ropa tan seguido!” se queja mientras se dispone a extraer el tampón, pero pronto descubre con horror que el tampón no sólo está completamente fijo en su culo, sino que cualquier movimiento sólo parece hundirlo más… ¡y además arde cada vez más también! ¡Está peor que antes! Situaciones desesperadas requieren medidas desesperadas y Rodrigo está por descubrirlo.

Disfrutando de la tranquilidad de la tarde en su casa está Claudio cuando escucha su celular sonar. “¡Es el número de Rodrigo!” y tiembla al pensar en la posibilidad de que él haya descubierto su participación en su violación y secuestro. Tras debatirse un momento si debería contestar o no, finalmente decide hacerlo dispuesto a confesarlo todo si es necesario.

– Hola – contesta tímidamente.

– ¡Claudio! – exclama Rodrigo sin disimular su desesperación.

– ¿Qué pasó, Rodrigo, cómo estás? – finge tranquilidad.

– ¡Ven a mi casa ya!

– ¿Necesitas algo? – dice mientras su voz se quiebra.

– ¡Necesito que vengas!

– Mira, te escucho alterado por lo que te pasó, pero… – mete la pata.

– Espera… ¿¡Y tú cómo sabes lo que me pasó!?

CONTINUARÁ … 11

Julio César (no es mío).

SISSYBOY… 8

mayo 16, 2017

SISSYBOY                         … 7

Titulo: Todd’s Bitch

Autor: Victoria <missvictoria6969@yahoo.com>

Traducción: K

   Dulce sissyboy…

……

   Brian se atraganta, literalmente, e intenta alejarse, pero la mano tras su nuca lo retiene en su lugar, entre las piernas del sonriente Todd, la verga negra clavada en su boca, aunque un nervudo tercio aún queda afuera. El chico le suplica con los ojos, pero este une los dientes en una mueca.

   -Sigue, perra, no desatiendas a tu hombre. –le ordena bajito. Llaman a la puerta.

   -¿Qué diablos haces en el dormitorio de nuestros padres? –la voz de Mía, curiosa y algo exasperada se deja escuchar.

   -Debí beber mucho anoche. –responde sonriendo, luchando por retener a Brian contra su verga, este manoteando sobre sus muslos. El pomo de la puerta gira y el chico rubio parece que morirá de un infarto.- Estoy desnudo, hermanita. Te prevengo.

   -¡Cerdo! Encárgate de cambiar el juego de cama. –le responde y el pomo queda quieto. De los ojos de Brian casi escapan lágrimas de alivio. Ha pasado un susto real, su corazón late con fuerza, pero ante la dura mirada de Todd, debe continuar mamando, ahora de rodillas, con las blancas manos sobre los muslos negros.- ¿Entraste a mi cuarto por algo? –se oye alterada.

   -No, claro que no, ¿qué iba a buscar allí, las baterías de tus juguetes?

   -O mis juguetes. –es la réplica seca.- Alguien entró, revisaron mis gavetas.

   -Brian estuvo aquí anoche, creo que le gustan tus pantaletas, hermanita. Lo tienes loquito. –se burla, y este siente que el suelo se hunde bajo sus pies… y sin embargo todo ese juego cruel, todo ese control sobre su persona, le excita de una manera que no entiende, su lengua y garganta no se detienen. Era un chupa vergas natural. Es cuando oye la risa de Mía.

   -¿Yo?, no lo creo. Seguro le gustan mis pantaletas. Ese amigo tuyo tiene algo de… delicado. Es lindo, pero…

   -Oye, quiero continuar con lo mío. –responde, ronco, cuando esa boquita de labios pintados de rosa reavivan su ir y venir. Hay chasquidos de chupadas y succiones ruidosas.

   -Bien, mantente alejado de mi cuarto. Tú y tus amigos. Y de mis pantaletas. Papá y mamá no regresan hasta mañana, así que voy a salir. Chao. –se despide y se oye alejándose.

   Todd ríe mientras jadea pesadamente, y la certeza alcanza al todavía asustado Brian: ¡su amigo estaba a punto de correrse! Si, iba a estallar en chorros de semen caliente. Y aunque la idea le atraía de una mirada sórdida, poderosa, todavía no puede aceptarlo e intenta alejarse, pero las manos del adolecente negro le atrapan con fuerza, reteniéndole contra su verga.

   -¿A dónde vas, nena, estando tan cerca de tu recompensa? –le gruñe, completamente en control de la situación. Su joven cuerpo se tensa y luego comienza a temblar, retirando medio tolete negro de los labios color rosa, dejando tan sólo el glande dentro de los labios pintados.- ¡Oh, sí, perra, toma toda mi esperma! –ruge.- Abre bien esa boca y atrapa cada gota como una chica buena. Oh, sí, así, Brianna, tomalaaaaá…

   Temblando de emoción, Brian abre mucho la boca y el primer chorro de espesa esperma, abundante y caliente le golpea el paladar, la lengua y las amígdalas. El segundo le golpea la cara, entre los ojos, quemándole, chorreándole lentamente, cubriéndole con un olor fuerte que le marea mientras jadea con la boca muy abierta, cubierta de la blanca sustancia, y atrapa los dos últimos trallazos de semen… Tragándolos, degustando y deglutiendo cada gota de esa caliente leche masculina, embriagado por el sabor delicioso de la esperma, el amor de Todd regalado generosamente a él.

   -Oh, Dios… -jadea este con una sonrisa satisfecha, la del macho que domina su mundo, mientras cae de espalda, riendo cuando el chico, su mamagüevo personal, se mueve.

   Brian lo hace; todavía paladeando el semen en su lengua, con la mano recoge el que cubre su cara, regándolo un poco, ¡y lo traga también! Para luego volver los labios color rosa al brillante y húmedo glande, limpiándolo, así como el tronco y las bolas, recogiendo con su lengua cada gota espesa. Parecía necesitado de continuar saboreando el néctar de su mejor amigo. Ojos cerrados, sonriendo aún más ampliamente, Todd si es plenamente consciente de lo que el joven marica hace. Y lo entiende; tan débil, tan sumiso, soñando siempre con usar pantaletas, descubrir conscientemente el sabor de un hombre debió desequilibrarle un poco.

   ¿No nota lo que hace?, ni Brian podría responderlo cuando deja de lamer ese negro tolete en busca de algo de semen, rojo de mejillas, ojos brillantes, cara enlechada, y apoya una mejilla de uno de los musculosos muslos oscuros, como recuperándose, como si ese fuera su lugar, de rodillas ante el hombre. Cierra los ojos y toma aire con fuerza, aspirando los olores de Todd, y cuando los abre encuentra la mirada de este, quien sonríe mientras se medio alza del colchón.

   -Joder, Brian, ¡eso fue genial! –le dice con algarabía y felicidad, olvidando usar el nombre de chica.- Eres un mamagüevo natural. Uno muy bueno. –y sonríe aún más, con un brillo diabólico en los ojos.- Y tengo grandes planes para ti, pequeño mariquita. Eres mi mariquita, ¿verdad?

CONTINÚA…

Julio César (no es mía).

NOTA: El portal asegura que el chicuelo tiene más de dieciocho, ¿okay?

LA NENA DE PAPA… 27

mayo 14, 2017

LA NENA DE PAPA                         … 26

De Arthur, no el seductor.

   Lo que todo hombre desea para sí…

……

   Y quiere eso, escucharle gritarlo, que era una chica. Oírle aceptar que era su nena. Que lo pensara, que se sintiera así, totalmente “seducida” por él. Era una idea embriagadora.

   -Señor Cole… -insiste Brandon, bajo el peso sólido y tibio del macho, intentando reaccionar, oponerse.- Ahhh… -un gemido traidor escapando de sus labios pintados cuando la ruda mano del otro entra en la blusa, sobre el sostén, y aprieta mientras le hociquea el cuello, el aliento quemándole, la sombra de la barba rapándole, repartiéndole besitos y lametones.- No, no… deténgase… -gimotea con los ojos cerrados, la boca muy abierta, arqueando la espalda, elevando el torso, como buscando esa mano, ese rostro. Es silenciado por un beso profundo, chupado de ese hombre que le mete la lengua casi hasta las amígdalas.- Uggg… -es todo lo que escapa de su boca ocupada, el cuerpo ardiéndole, sin entender cabalmente el por qué; sintiendo contra su vientre (no, no, su panza), la dura y pulsante erección del hombre.

   -Esta será nuestra noche, Brenda. Nuestra noche de bodas. –le repite contra los labios, sus miradas encontrándose, la del tío seguro de sí con la del muchacho que parece un cervatillo encandilado por potentes faros.- Mira cómo tienes a tu papi… -le dice, atrapándole una de las manos y llevándola entre sus cuerpos, ladeándose un tanto, “obligándole” a palpar su erección, a atrapar su dureza en un puño sobre las ropas.- Así tienes a papá, pequeña y sexy nena.

   Y cualquier cosa que Brandon fuera decir, seguramente una protesta, una que aunque pudiera sonar y ser sincera, era un chico heterosexual siendo manipulado por el recio padre de su novia, no se veía tal por sus gemidos o la manera que respondía su cuerpo.

……

   -¿Estás bien? Pareces ausente. –le pregunta una bonita rubia al chico a su lado, de cual va tomada de la mano, a la salida de un cibercafé.- Has estado así desde ayer.

   -Yo, eh… sí, estoy bien. No es nada. Son cosas de la pensión. –enrojeciendo, sonriendo algo mortificado, Mark le resta gravedad al asunto; pero la verdad es que no ha podido alejar de su mente lo que ahora sabe de su amigo Brandon. Ni la imagen de este con aquella pantaletica, en ese cuarto, sobre esa cama donde hablaron de sexo y sintió que la temperatura subió entre ambos. Joder, ¿qué había sido eso?

   -¿Algo serio? Pareces mortificado.

   -No… nada… una fuga de agua en… -eleva los hombros, sin poder hilar un cuento. No podía pensar con claridad. Diablos, ¿qué le pasaba? Estaba con su chica, una linda y sexy chica que gustaba de mamar vergas y… Mira a lo largo de la calle, alegremente iluminada, ¿qué estaría haciendo en esos momentos Brandon? ¿Estaría usando alguna atrevida…?

……

   -No, no, señor Cole, ¿qué hace? –jadea alarmado, Brandon, cuando el hombre, de rodillas sobre la cama, con el saco abierto, su figura más recia y masculina dominándole, le da la vuelta sobre el colchón, dejándole de panza, mientras le toma las muñecas y se las lleva a las espaldas, atándoselas con la corbata sedosa que acaba de quitarse. ¡Le estaba maniatando!

   -Eres una chica demasiado traviesa, Brenda. Una nena bien portada, saludable y sensual como tú, no debe… jugar con su pequeño clítoris cuando un hombre está a su lado para satisfacer sus necesidades sexuales. -le aclara, algo severo y pedagógico, como si de una verdad se tratara.

   En un momento dado, mientras tocaba, lamia y besaba al chico por todos lados, este, dominado por la calentura del fármaco que había ocultado en su antiácido, y posiblemente por las respuestas físicas que un sujeto como él era capaz de provocar en otros, se había tocado sobre la pantaletica, la faldita alzada, frotándose el erecto aunque corto pene. Y eso no podía permitírselo. Una nena sumisa, como terminaría siendo el chico con un poco de trabajo y paciencia, tan sólo debía explorar y servirse de su culo para alcanzar el total éxtasis sexual. Masturbarse como si fuera un chico era algo que se había terminado para Brenda.

   -No, no, señor Cole… -gimotea Brandon, intentando zafarse, debatiéndose en la cama, ligeramente asustado. Ignora que esa resistencia calienta al macho, que este clava los ojos en sus nalgas que se vislumbran por momentos cuando al agitarse, la faldita sube y baja, dejando ver las turgente y lisas nalgas, el hilo de la pantaleta perdiéndose, los muslos llenos abiertos, el saquito de las bolas visibles bajo la tela.

   Saber que le controla, que le está fijando los brazos, calienta mucho a Cole. Y se pregunta si el chico no siente algo parecido. ¿Le excitaría a cierto nivel el verse tomado y arrollado así, siendo atado y sometido así no quisiera, oponiéndose mientras es maniatado? Tal vez. Era sumiso. Una vez le ata, con una mano grande y fuerte le aplasta por la baja espalda contra la cama, haciéndole gemir nuevamente, mientras este aún lucha por escapar de su agarre, salir de la cama, alejarse, esforzándose por deshacer los nudos de la sedosa corbata que le retiene. Inútilmente.

   -No, no, deja de resistirte, pequeña; hay cosas que debes entender, estando sola puedes jugar todo lo que quieras con tu cosita mientras clavas uno de tus consoladores en tu coño caliente… -parece impartirle una lección, mientras la da un medio azotón por esas nalgas jóvenes y turgente que suben y bajan, que se abren y cierran, atrayéndole de una manera que casi le enferma por lo intenso.- Cuando estés con un hombre que haga el trabajo, no necesitas tocar tu pequeño e inútil clítoris, todo el placer vendrá de tu agujerito caliente, nena. –informa mientras mete la mano de canto entre las nalgas, recorriéndole la raja de arriba abajo, haciéndole gritar.

   -No, señor Cole, por favor… esto no está bien. –gimotea, rojo de alarma, pero su culo tensándose y aquietándose mientras es recorrido.

   -Tienes que entenderlo, bebé. –es la réplica del hombre, que le sonríe cuando el chico le mira sobre un hombro. Uno de sus dedos va al culo casi expuesto, metiéndose bajo uno de los costados de la pantaleta y tanteándole en vivo.

   -No señor Cole, por favor, deténgase; no quiero esto. –lloriquea Brandon, callando una parte. Que no quiere ser un puto, un putico, una nena.- Ahhh… -pero no puede evitar lanzar un gemido que no sabe a qué suena cuando el grueso y largo dedo de aquella mano le penetra (siente algo frio y sabe que es el mismo donde el hombre porta su argolla matrimonial), hondo, rotando en su interior, flexionándose. Frotándole, rozándole.- Hummm… -se le escapa aunque se muerde los jóvenes labios pintados.

   -Oh, sí, Brenda, así. Debes experimentar el placer así, a través de tu joven y caliente coño. –brama el hombre, voz profunda y ronca por la excitación. Casi juguetón. Y el chico cierra los ojos, se quiere resistir, gritar, negar, pero la sensación era poderosa, dominante, controladora. Quiere oponerse pero tan sólo es consciente del ir y venir, del roce contra las paredes de su recto.

   -Ahhh… -pero es nada a lo que siente, a lo que experimenta cuando el aliento de ese carajo baña sus nalgas. El dedo se retira casi todo, quedando media falange adentro, halándole el ojete hacia abajo, y algo suave, tibio, húmedo y reptante cae sobre él. La lengua de Cole.- Hummm… -solitarias lágrimas escapan de sus ojos cerrados, de vergüenza y humillación al tensarse y subir su culito en busca de esa lengua reptante, que lame sus pliegues, esos labios que se cierran sobre él, sacándole el dedo, metiéndole ahora esa lengua viciosa. Lloriquea de lujuria y vergüenza.

   Y Cole lo lame, besa, chupa, le saliva abundantemente. Ese era el lubricante natural para una nena tan ardiente como esa. Casi cogiéndole con la lengua, arañándole las nalgas con su sombra de barba, el hombre disfruta aquello, saber que el chico se estremece y responde. Y vuelve a clavarle la lengua mientras saca, con esfuerzo, su muy erecta verga de la bragueta. La tiene rojiza, húmeda de ganas ya. Y medio gatea, sin dejar de chupar aquel culo, sin retenerle ya con las manos, quedando arrodillado a uno de sus costados, la punta de su tolete tieso rozando una de las manos atadas del chico, sutilmente. No se mueve más, tan sólo se queda allí, así, comiéndole el agujero, su verga afuera. Sabe que ese chico no podrá resistirse aunque su mente le gritara que no y presintiera el peligro, pero reconociendo en el fondo que quiere eso. Sonríe y gime cuando la mano de Brandon se mueve sutilmente y dedos y palma le atrapan el tolete. Palpándoselo.

   Sin dejar de gemir ahora, no puede, no era su culpa, Brandon sigue aferrando ese caliente, duro y pulsante tolete, recorriéndolo de arriba abajo sin poder detenerse. Las lágrimas se incrementan en el bonito rostro, el maquillaje corriéndose un poco, algo que a todo hombre excitaría de manera poderosa. Casi lanza un gemido de vergüenza cuando Cole ríe, al salir de la cama, alejando su verga, una que agarró como no deseando soltarla.

   -Calma, nena, es toda tuya. –le oye y se vuelve a mirarle, erizándole notar un brillo lujurioso de placer al verle el rostro chorreado de lágrimas y maquillaje, pero también con algo de ternura.- Oh, Brenda, Brenda, vas a disfrutar tanto de esta noche de amor que todo valdrá la pena. Ya verás. –le promete, de piel, alto, fuerte y sólido, elegante, con el tieso tolete agitándose en la nada fuera de su bragueta. Y con lentitud, sin apartar la mirada de la del chico, se quita el saco, su cuerpo perfilándose contra la camisa. Se desabotona esta, su recio torso velludo dejándose ver. A Brandon se le seca la garganta. Y espera.

……

   Con la oreja pegada a la puerta, el ceñudo joven parece espiar los sonidos en la pieza.

   -Hey, Avery, ¿qué haces allí? –le sobresalta un amigo y compañero del equipo de lucha que aparece a sus espaldas, haciéndole enrojecer.- ¿Qué pasa, amigo? –se intriga el otro joven, Oleg McGwire, un chico alto y recio, cabello negro muy corto, que ahora mira la puerta.- ¿Moses está teniendo sexo con esa bonita novia que tiene y esta grita mucho? –pregunta con picardía.

   -¿Ese marica? Si te contara… –se le escapa, con veneno, sorprendiendo a Oleg.

CONTINÚA…

Julio César (no es mía la historia).

EL PEPAZO… 66

mayo 14, 2017

EL PEPAZO                         … 65

De K.

   Preparado para los que vengan.

……

   Y Jacinto, por alguna razón extraña, siente un terrible estremecimiento. ¡Marines! Enormes, acuerpados y vigorosos marines…

   -¿Estás bien? –pregunta, ceñudo, Raúl. Haciéndole pegar un bote.

   -Si, ¿por qué preguntas?

   -Hiperventilas. Tal vez esa ropa te ahoga, mira que te queda ajustada. –cosa no alejada de la realidad, piensa el otro, el pantalón estaba súper adherido; Raúl arruga la frente.- No estarás nervioso por los marines, ¿verdad? Está bien, no nos fue muy bien la última vez con esos perros…

   -¡No! No, no estoy asustado. –casi se oye ofendido, bajando la voz medio mirando hacia atrás.

   Precaución inútil, la señora lleva el vidrio divisor arriba, seguramente chismorreando ya por teléfono con sus amigas, sobre quién bebió mas la última vez que se vieron. Cada una luchaba por parecer la más borracha, eso siempre le había intrigado de aquella mujer. Recuerda la última vez que se toparon con los marines. Habían asistido con la señora y el doctor a una reunión en la embajada chilena, y llegando a uno de ellos se le vio el arma de reglamento. Como en esos momentos arribaba el embajador americano, los marines gritaron ¡stop! Encañonando al compañero, un flaco que ya no estaba con ellos. Al ver el arma, él, Raúl y Rigoberto reaccionaron como se esperaba que hicieran, manos a sus armas, pero en cuestión de segundos se vieron enfrentados a unos sujetos enormes, rostros pétreos, ojos claros como vidrio barato, que los encañonaban al rostro. Y si, Jacinto se asustó, jamás se había visto en una situación como esa. Costó que el doctor y el embajador chileno explicaran la situación para que todo se tranquilizara, pero al grupo criollo le quedó la desagradable sensación de que esos sujetos se medio burlaban de ellos… menospreciándoles. Y eso picaba, ardía… y arrechaba. Aún ahora.

   -Estaremos bien mientras no se nos acerquen. –gruñe Raúl, viéndose realmente molesto todavía.

……

   Llegan a la embajada de la República de Argentina, en La Campiña, hermosa y tradicional casona donde se efectuará la reunión. Ya se encuentra presente mucha gente bonita y elegante que se saluda con muchas sonrisas, apretones de manos y besos, aunque parecen un tanto forzados. Al parecer honraban a un autor de la tierra austral. Jacinto, rostro serio y atento, ve a la señora salir de la camioneta oscura, sonriendo, comenzando la alegre ceremonia de llegada ante personas amigas. Estando a su lado, nota que esa gente “especial” le mira con interés.

   -A las embajadas, todo el que está en un gobierno, manda al familiar maricón o medio retrasado para que se dé buena vida lejos de casa. –había sentenciado una vez Raúl Bravo, cuando hablaban de aquellas reuniones.- Es por eso que los países a los que supuestamente sirven se cagan de la sorpresa cuando algo pasa en el país “vigilado”; esos carajos no sirven para nada como no sea ir a fiestas y conseguir maridos. O algo de coca. No los gringos, esos son unos perros.

   No puede evitar sonreír al recordarlo, viéndose un tanto azorado cuando la señor le presenta a algunas mujeres, maduronas, que lo miran como si fuera un pedazo de chocolate. Y uno que otro carajo. Eso, los tipos viéndole, le acalora e inquieta. Generalmente le gustaría ser centro de las miradas, pero ahora… Intenta respirar con profundidad, para calmar su corazón… Y su cuerpo todo. Pero cuesta, ese calorcillo corre por sus venas, lo siente en sus tetillas bajo la camisa, en el hormigueo de sus pelotas… el suave picor en su culo. Uno que va incrementándose por segundos, incómodo, frustrante; el deseo de meterse un dedo y rascárselo para aliviarlo. Y lo peor era que se le incrementaba cuando se cruzaba con algún tipo del mundo diplomático joven o maduro, guapo, u otros guardaespaldas, sujetos grandes y  bien formados. Machos que exudaban testosteronas.

   En cuanto la señora se aleja con unas amigas, para comenzar a beber y fumar como locas, se acerca a una de las mesas en los jardines, poco frecuentada esta en particular. Necesita tomar algo, aunque en teoría no debería. Toma una de las cervezas en una hielera y la destapa.

   -¿Cold?

   La voz, cercana, le sobresalta; se vuelve y encuentra a uno de los gringos presentes, un sujeto treintón de un metro noventa y algo, de anchos hombros, llenando muy bien un uniforme de gala de marine, de rostro blanco rojizo, algo pecoso, pétreo y firme. Ojos de algún color desvaído. Pero no era eso lo sorpresivo; al llegar a su lado, alargando una mano hacia otra de las cervezas, ese sujeto le había rozado la parte baja de la espalda, el dorso se había frotado contra una de sus nalgas. ¿Un accidente? Algo atragantado, bebe de su cerveza, rojo de cara ahora, apartando la vista de la del tipo, algo sombreada por el quepis.

   -Si… está buena. -traga con esfuerzo, no le mira, pero sabe que el otro si lo hace, llevando su propia botella a la boca; muy cerca de él, oliendo extrañamente a jabón, a sudor reciente y una colonia amarga. No hacía más, pero había algo vibrante, viril y recio en sus maneras.

   -Huh, very loose… flouja. –le oye intentar el español, voz baja y ronca, tanto que tiene que mirarle.- ¿No… not want…? ¿No quieres algu hard… fuerte? –arruga la frente.- ¿No querer algo fuerte, fuerte? –le deja paralizado.

   -¿Qué? –la voz le sale rasposa. La sonrisa del otro es analítica, alegre, predadora. Satisfecha.

   -Whisky. –le aclara.- Liqueur… licur of Kentucky. Es para machous. –reta sonriendo.

   -¿Por qué no? -Jacinto se acalora, indignado como joven hombre de un país donde se toma aguardiente en serio. No iba a dejar que el gringo… El otro sonríe como un niño al que le conceden un helado, volviendo la mirada hacia un rincón donde el forzudo joven detecta, ahora, a otros dos enormes marines, que parecían esperar algo.

   -Si, wants, querer. Come on. –los llama con un gesto de la mano, casi radiando contento.

   Demasiado, le parece al desconcertado joven.

CONTINÚA … 67

Julio César.

SISSYBOY… 7

mayo 5, 2017

SISSYBOY                         … 6

Titulo: Todd’s Bitch

Autor: Victoria <missvictoria6969@yahoo.com>

Traducción: K

   Dulce sissyboy…

……

   Se pierde en las sensaciones, en sus temores… y anhelos. Y tener la pulsante pieza sobre su lengua, latiendo contra sus labios y mejillas, le encantaba, admite con rubor y lujuria. El hecho de que se lo hacía a un amigo, que estaba tragándole la verga a su mejor amigo, tan sólo lo hacía más intenso para él, y mirándole a los ojos, de la manera entregada que corresponde a un sumiso, aunque esa parte la ignora aún, no puede evitar preguntarse, mariconamente, si Todd podría sentir lo mismo por él. Las ganas de estar juntos.

   -Chupa, perra… -es la soez respuesta del otro, las piernas muy tensa mientras el delgado rubio bucea metido entre ellas.

   Brian no puede dejar de sonreír, amargamente divertido, por las ideas tontas que recorren su mente mientras está cerrando los labios color rosa sobre la punta del glande, sorbiendo del ojete, repartiendo besitos cálidos y llenos de espesa saliva por la lisa cabeza, el rugoso cuello y luego sobre todo el eje venoso de la pieza masculina. Besa y lame con la punta de la lengua de cabeza a base, lentamente, cepillando con ella los negros pelos de ese pubis, raspando sus mejillas entre la hinchada pieza y la pelvis de Todd. Le escuchaba aspirar pesadamente, su risa baja, los “lame así, putica”; y le parecía perfecto. Nada le angustia o preocupa en esos momentos mientras sube nuevamente por la pieza de carne negra, atrapando otra vez el glande, chupando y lamiendo. Sorbe, succiona y va tragando, bajando más y más, de manera fácil. De manera natural para él.

   -Si, así, putica; demuéstrale a papá cuánto amas mamar su verga…

   Las palabras inquietan a Brian, haciéndole plenamente consciente de lo que hace. Abre los ojos, confuso, no sabiendo en qué momento los cerró. Por Dios, era un chico, un hombre… ¡Eso que hace está mal! Tenía que detenerse, luchar contra las ganas de alimentarse de esa verga larga y gruesa, aunque fuera luchando contra su propia naturaleza. ¡No era ningún maricón!… Por mucho que le gustara sentir sobre su piel, de vez en cuando, la suavidad de una pantaleta de mujer.

   -¡No te detengas! –la voz brama.- Y mucho cuidado con los dientes, perra. No quiero tener que golpearte otra vez, como anoche.

   Joder, ¿qué tanto habría ocurrido anoche?, Brian no puede dejar de preguntarse.

   -¡Vamos, muévete! –la orden, algo impaciente, se repite como las manos negras sobre su rubio cabellos, urgiéndole a ir y venir con más rapidez.- Dale un poco de amor a tu hombre y te daré de desayunar, como me rogaste anoche. Te alimentaré con la carga más grande de esperma caliente que puedas imaginar. Tu vientre quedará hinchado de tanta leche. Vamos, traga. Y agita ese enorme culo como hacías anoche, incitándome con él. Estabas tan cachonda que no pude contenerme y debí atenderte como la puta caliente que eres. –señala.- Nunca imaginé que desearas algo con tantas ganas, Brianna, como querías sentir, tener y disfrutar de mi verga negra.

   Aquello tenía todo el potencial de convertirse en una pesadilla, se dice Brian. Ahora debía enfrentar la perspectiva de que su mejor amigo creía tener derecho a dejarle su nata de leche en la boca. Pero no era eso lo inquietante, lo que le torturaba en esos momentos cuando sus labios rosa van y vienen sobre la negra mole de carne dura llena de venas, provocándole gemidos a su hombre. No, la perspectiva de catástrofe venía de saber que, por la manera en la cual el otro le controlaba, con sus manos, y la sensación que despertaba el poderoso miembro en su boca, toda esa agresiva y voluminosa virilidad penetrándole le hacía desear saber cómo sería llenarse la lengua con la esperma y saborearla, tragarla como si fuera un preciado alimento. Experimentarlo ahora, consiente de sí. ¡Quería que Todd se corriera en su boca!

   La idea le hace mover la lengua por todas partes cuando se retira del falo, lamiéndolo de arriba abajo, dándole besitos y chupadas. Sus miradas se encuentran cuando se dedica a atenderle el amoratado glande, azotándolo con la punta de su lengua, atrapándolo entre sus labios, besándolo.

   -Eres tan puta, Brianna. –le eriza escucharle gruñir, ronco de lujuria.

   Pero también había impaciencia de macho, una que le lleva a empujarle nuevamente la nuca, obligándole a tragarse nuevamente buena parte de la fibrosa pieza de carne oscura. La cara de Brian enrojece intensamente, medio asfixiado, cuando dos tercios de esa verga taponan su boca, aplastando su lengua. Quería que se la tragara toda; como hombre, como macho alfa, Todd quería que tomara toda su tranca como el mamagüevo que le decía que era. Un hombre gozaba reduciendo a otro a eso. Especialmente si le gustaba. Una realidad que Brian debe encarar por lo qué significa, una aceptación propia: era un rubio chico débil y sumiso, uno que aceptaba su situación, su posición, su lugar, delgado y desnudo, medio enrojecido y en cuatro patas entre las piernas de otro chico, mamando la verga de su mejor amigo. Y le gustaba.

   -¿Todd? –la voz les congela, mientras se miran.

   -¿Mía? –pregunta este. Y Brian siente que se muere de miedo y vergüenza, estando como está, en cuatro patas con ese falo oscuro en la boca.

   -¿Dónde estás? –la voz llega amortiguada, llena de fastidio. Y el joven rubio se estremece por el brillo perverso que se nota en los ojos de Todd, su hombre.

   -Estoy en el cuarto de papá, hermanita. Acércate. –la llama.

CONTINÚA … 8

Julio César (no es mía).

NOTA: El portal asegura que el chicuelo tiene más de dieciocho, ¿okay?

EL PEPAZO… 65

mayo 3, 2017

EL PEPAZO                         … 64

De K.

   Preparado para los que vengan.

……

   Las palabras hunden el corazón de Jacinto, quien, ante la “gravedad” de lo que padece, está considerando seriamente aquel paquete de ayuda. Si era necesario. A la frustración por su situación, y lo claramente incómodo que le hace sentir el pensar en usar esa prenda que ni tanga parecía (era algo peor), o el vibrador, no puede evitar estremecerse, casi sintiendo sobre sí el agarre de la prenda… y el culo abierto alojando el grueso juguete. Sensación, evitar eso, que le decide; si, necesita ayuda para bajar esa urgencia sexual, esas ganas de tocarse, de… meterse cosas por el culo. Pero era costoso, se recuerda con rabia.

   -Segulamente está considelando sus opciones, pelo debo puntualizal que esto efectivamente ayuda con este… problema, si quiele verlo así. Lo sé, yo mismo lo he padecido y me ha ayudado. –informa el hombre desde el monitor, sosteniendo en su mano el falo falso.- Nunca viajo sin esto. – Dios, piensa Jacinto, rodando los ojos.- Clalo que entendemos que los tiempos son difíciles, pelo en su afán de ayudal, Fuckuyama… contempla ofeltas de pagos especiales… -y un enlace se abre en la imagen.

   Curioso, ¿qué podría ser ese plan de pagos especiales?, le da un clic y queda con la boca abierta, muy rojo de cara. ¡Esos hijos de puta!, se dice con profundo disgusto, cortado la señal. Respirando pesadamente se pone de pie. ¡No podía hacer eso!, se dice convencido, tajante. Por lo tanto debía conseguir el dinero por otra parte, porque necesitaba de esa ayuda si quería…

   El teléfono se deja escuchar, y mientras duda, cae la contestadora.

   -Hey, hijo de perra… -escucha a Raúl Bravo, su compañero de trabajo.- Recuerda lo de esta tarde, intenta llegar antes de las cuatro, saldremos con la señora e iremos a la reunión. No retrases, o no tanto como acostumbras, ¿okay? –se oye impaciente y termina la llamada.

   Mierda, la fulana asignación; y con lo agotado que estaba. Debía concentrarse en eso. Aún no desarruga la frente cuando otra llamada cae, al no atenderla.

   -Eh… ¿Jacinto contreras? –la voz le congela.- Soy Alejandro Andrades, el abogado a quien… -carraspea, y el forzudo joven desea hacerlo también, algo irritado al sentir el picor en su culo.- Yo… En mi apartamento se quedaron algunas cosas tuyas. Están en mi poder. Quiero regresártelas. Esta tarde y noche estaré ocupado, pero ¿tal vez mañana tengas tiempo? –casi parece pedir una cita.- Imagino que mi número quedó registrado. Llámame. –corta.

   Jacinto tiembla con fuerza, no sabiendo muy bien por qué. La imagen del hombre abriendo la puerta de su apartamento, recio, masculino y sexy, con aquella bata que… Menea con fuerza la cabeza, alejando aquellas ideas maricas. ¡Era un hombre, joder! Si la llamada le había… excitado, era porque existía la posibilidad de recuperar las cosas que dejó allí. Sólo eso. No quiere pensar en el resto, las mamadas, las cogidas, aquella lengua en su agujero; uno que se estremece con putez. Pero también la mujer llegando e insultando. Oh, Dios, ¡las cosas que esa señora le gritó!

   Toma otra ducha rápida, bien fría, sin casi tocarse. Con su bermudas más holgado se echa en la cama, le cuesta tomar una siesta; ideas, sueños e imágines llenan su mente, robándole la calma, la paz del reposo, endureciéndole la verga y agitándole el trasero. A las tres de la tarde se levanta, come copiosamente, toma otra ducha para deshacerse de ciertas babas en sus genitales y se viste. Quiere llevar otra cosa que no sea una de esas tangas putonas, pero nada le queda. Pensó en llevar un bóxer por incómodo que fuera, pero mientras tomaba café, se colocaba las medias, la presión le mató. Casi chirriando los dientes con rabia se metió en una de las prendas putonas. Asegurándose muy bien que no fuera la de color rosa. Esa le traía… problemas.

   Se viste con su segundo mejor traje, el cual le ajusta como un guante sobre hombros, espalda, muslos y brazos. Le gusta lo que ve en el espejo, especialmente después de cepillar su cabello, algunos mechones artísticamente cayendo sobre su frente. Joder, ¡se veía mejor que nunca! En otro momento aquello le habría llenado de una felicidad inconsecuente, necia; salir y exhibirse, saber que todas las miradas se volvían para seguirle. Ahora…

   Reparando en la hora, sale. Tendría que gastar en un taxi, no quedaba otra. Definitivamente mañana tendría que ir por su motocicleta.

……

   -Al fin, coño, la señora ya está lista. –una vez que llega a la quinta, Raúl Bravo le saluda así, también bien vestido, de pie al lado de la camioneta blindada. De la ventanilla posterior, el vidrio baja y la señora Irma muestra su atractivo rostro maduro, aprobador.

   -Se ve que valió la pena la espera, ¿eh? –le coquetea, ligera, como siempre.

   Sonriendo algo enrojecido, Jacinto la saluda y sube al lado de Raúl, en el asiento delantero, después de comprobar su arma de reglamento.

   -¿A dónde vamos? –le pregunta al otro, en voz baja.

   -A una fiesta de la embajada americana. Esta noche nos enfrentaremos a los marines, otra vez, ¿no es una mierda? –gruñe el otro guardaespaldas.

   Y Jacinto, por alguna razón extraña, siente un terrible estremecimiento. ¡Marines!

CONTINÚA … 66

Julio César.

SIGUE EL DILEMA… 12

abril 27, 2017

SIGUE EL DILEMA                         … 11

   Basado en caracteres creados por capricornio1967

   ¿Imaginan el horrible destino de servirle?

……

   Las palabras parecen llegarle a Luis, de repente, desde muy lejos, su mente parece ir embotándose, perdiendo conexión con la realidad.

   -Huélelas, aún tienen algo de su olor… -le ordena el cruel hombre. Y aunque quiere resistirse, le obedece, llevando la pequeña prenda a su rostro y olfateándola. Hay un cierto aroma ácido.- Es el olor de tu mujer, de hembra… Uno que te repugnará, ahora que serás tú misma una hembra. Mi hembra. Vamos, huélelas bien… Aspira profundo, llenante con ella.

   Le obedece; no sabe por qué, pero lo hace, cerrando los ojos y oliéndolas más, con todo girando a su alrededor. Parece extraviarse en su mente, donde todas las alarmas parecen sonar amortiguadas por alguna razón. Y en ese estado es incapaz de notar como brilla en los ojos del entrenador de su hijo el insano deseo de someterle, de poseerle otra vez. Olfatea y todo deja de tener sentido, importancia, mientras a sus espaldas Franco se agarra la voluminosa erección bajo su pantalón con una mano, y con la otra coloca una pequeña cámara filmadora sobre un esquinero, enfocando al hombre maduro que permanece quieto, olfateando una y otra vez aquella prenda bañada de escopolamina, la llamada Droga del Diablo, que bloqueaba la voluntad. Sonríe perverso, Luis estaba perdido desde el momento que la tocó, intoxicándose por la piel, y poco a poco fue perdiendo la voluntad. Lo necesitaba así, cooperador, se dice estremeciéndose de lujuria, para poder cogerle de nuevo, pero también para asegurarse el camino hacia Daniel. El pequeño hijo de puta pronto perdería toda voluntad de pelear, de resistírsele. Ah, las cosas que le haría cuando fueran a Los Ángeles. El muchacho no iba a escapársele.

   -Suéltala. Arrójala del otro lado del mueble. –le ordena, sonriendo al notar que el otro obedece inmediatamente. De una gaveta saca un gel bactericida.- Límpiate las manos con esto. Si, ahora la cara… -le ordena mirándole a los ojos, deseando que, en alguna pequeña parte de su conciencia, el otro supiera que estaba dominándole, tomando el control de su vida. Que supiera, aunque no pudiera defenderse o evitarlo, que volvería a poseer su cuerpo de macho.- Te gusta obedecerme, ¿verdad? –le pregunta al rostro, acercándosele.

   -Si… -responde este, después de una leve vacilación; no podía oponerse.

   -Desnúdate. –le ordena, apartándose nuevamente. Dejándole solo dentro de la toma de la filmadora. Disfruta con una sonrisa mientras su antiguo rival deportivo va despojándose de la chaqueta, camisa, camiseta, zapatos y pantalón, frunciendo el ceño con disgusto a la vista del largo bóxer holgado.- Hay que hacer algo con eso… No te queda bien, puta. –de ahora en adelante su esclavo sólo usaría pequeños y ajustado bóxer, todos blancos, hasta que llegara el momento de usarlos color rosa, luego de cuero, abiertos atrás.- Quítate todo. –el otro obedece después de una vacilación mínima. Si, aún se resistía, eso le hace feliz.- Te excita que te vea, ¿no es cierto? Saber que exhibes tu cuerpo a los hombres, eso te pone caliente. –le sugestiona.

   -Sí, me gusta… -responde como autómata, su verga, que parecía especialmente chica en esa pelvis rasurada, se agita un tanto, ganando consistencia.

   -Vamos, pruébate esto. –dice intencionadamente, sacando algo, nuevamente, de la gaveta.

   Luis atrapa aquello al vuelo, a pesar de sus sentidos embotados. Mirándolo. Es una prenda íntima de mujer, una pantaleta, nada muy chica pero si corta, de bordados y raso.

   -Póntela. –el tono era más acervo, disfrutando ya del momento que se acerca.

   ¿Qué piensa o siente Luis?, es imposible decirlo por su mirada ausente, sus movimientos mecánicos, entrando en la prenda que se enrolla en sus piernas depiladas. La acomoda sobre sus caderas y Franco traga, cómo le gustaba eso. Ver a Luis, su rival, obedeciéndole, colocándose la coqueta pantaleta que había comprado especialmente para él. Qué tonto había sido al tomar la de su mujer de aquella manera, llenándose las manos con la escopolamina, olfateándola luego. Su voluntad estaba totalmente anulada. Ver al sólido hombre luciendo la atractiva y claramente femenina prenda, puesta, le excita de una manera salvaje.

   -Mece tus caderas, lúcela. –le ordena, tomando la pequeña filmadora y enfocándole, viéndole bailar un poco la pelvis.- Lleva tus manos a las caderas. –contiene una sonrisa y un suspiro al verle.- Sonríe como puta contenta. –él mismo lo hace cuando el otro obedece.- Camina hacia allá, un pie delante del otro… – le sigue, la cámara enfocada en aquellas nalgas no cubiertas del todo. No era una tanga, era una pieza enteriza que parecía terminar a medio camino sobre el trasero, perdiéndose luego entre las nalgas, las cuales muelen la tela.- Vuelve el rostro. Sonríe sobre tu hombro. –y se asegura de tomar muy bien la escena.- Regresa al sofá, sube de rodillas dándome la espalda. –Luis obedece automáticamente, la recia espalda agitándose al moverse, quedando fijo, mirada al frente, manos en el respaldo del mueble, las nalgas alzadas, separadas, la suave tela enmarcando parte de sus nalgas, luego mostrando la tira entre ellas, el saco de las bolas. El tatuaje. El entrenador se las apaña para que se vea muy bien.- Mírame… -no quiere que existan dudas en las personas que miraran aquello, desea que sepan que se trataba de Luis Saldívar luciendo pantaletas, sonriendo mientras lo hace.- Echa tu trasero más atrás, si, así, apoya el mentón en el respaldo y recorre tus nalgas con las manos. –la imagen es erótica.- Juega con tu culo… -y la verga le sufre un espasmo dentro del pantalón al verle meter los dedos de una de sus manos dentro de la pantaleta, acariciándose la raja depilada.- Dime que te gusta jugar con tu coño de vieja puta. –exige con claridad. Mirándole, rostro ladeado, tocándose, ¿acaso duda Luis?

   -Me gusta jugar con mi coño de vieja puta. –repite, los dedos subiendo y bajando recorriendo la raja entre las nalgas, bajo la tela.

   -Dime cuánto necesita tu coño mojado de un hombre. Dilo y clávate un dedo.

   -Mi coño… necesita de un hombre. –y uno de los dedos empuja, moviéndose bajo la tela, metiéndose un poco. Y Franco se asegura de que se note en todos los detalles. Sonriendo. Era todo lo que necesitaba…

   Baja la filmadora sonriendo soez, acariciándose con procacidad sobre el pantalón viendo aquel manjar expuesto, al alcance de sus dedos, boca… y güevo. Juega con la grabación y la envía a su móvil, editando, reproduciéndola. Era justo lo que necesitaba, se dice con una mueca rapaz. Eso ya estaba listo. Ahora… Alza la mirada. Tan sólo le buscó para aquello, la grabación, movido por la rabia del enfrentamiento con Daniel; pero ahora que le tenía allí…

   -Dime que estás caliente… -se le acerca, mientras Luis continúa con lo que hace, el dedo entrando y saliendo de su culo, aunque tan sólo una falange.

   -Estoy muy caliente. –responde automáticamente cuando una de las firmes manos del otro cae sobre sus nalgas, apretándolas con codicia, inclinándose sobre él, casi hablándole al oído.

   -Tranquila, puta, voy a encargarme de ti. Te haré gozar tanto que te correrás una y otra vez, sin tocarte. Ahora yo me ocupo de ti, de tus necesidades; no tienes que pensar en nada, ni preocuparte, tan sólo obedecerme. Eres la parte pasiva, la sumisa en esta relación que tenemos, Luis. Eres mi juguete, mi perra. Mi esclavo. –le informa apartándole la mano del trasero, siendo sus dedos los que ahora recorren, con demanda, esa raja caliente y lisa sobre la telita de la pantaleta comprada para comprometerle.- Conozco tu sucio secretito, que amas las vergas, ser controlado por un macho. Luchas contra la idea, contra lo que quieres, pero conmigo estás a salvo, voy a satisfacer todas tus urgencias y calenturas de marica. –mete la mano dentro de la suave pantaleta, desde la baja espalda, regresando en vivo y en directo a la piel sobre la raja, sobre el culo depilado. Se le acerca más al oído.- Esto te gusta, mucho, mucho; que nunca se te olvide. -habla firme y claramente, sugerente, conociendo muy bien de lo que era capaz la droga. Aumenta la intensidad de los roces que le da.

   -Se siente tan bien… -Luis responde.

   -Estoy seguro de que así es; que así lo sientes, puta. –sonríe de manera cruel, disfrutando el control total que tiene sobre el otro hombre. Debía darle un adelanto de las emociones por venir, se dijo, echando sus caderas hacia adelante, pegando su pelvis, con la verga endurecida, de esas nalgas abiertas, frotándola de ellas, tendiéndose sobre uno de sus hombros.-Te gusta esto, ¿verdad?

   -Me gusta esto. –es la réplica fácil de Luis. Y gime, respondiendo a la sugerencia fuertemente implantada con ese alucinógeno, cuando las manos del hombre atrapan sus tetillas y aprietan, una y otra, como si ordeñara las ubres de una vaca, al tiempo que sigue frotándole la dura tranca del culo.

   -¿Quieres sentir mi verga, puta? –le ronronea mordiéndole la oreja.

   -Quiero sentir tu verga… -concede Luis.

   -Lo sé. –responde Franco retirando sus caderas, soltándole las tetillas y abriéndose el pantalón, la gruesa mole de carne oscurecida por la sangre, emerge, golpeando una de las nalgas, mitad sobre la pantaleta, mitad sobre la piel expuesta.- ¿La quieres?

   -La quiero…

   -¿Mucho? Esto te gusta, lo sabes, ¿verdad? –el tono es controlador, y sonríe cuando Luis agita sus nalgas un poco hacia arriba, de adelante atrás. Buscándole.

   -La quiero.

   -Eres tan puta. –es la complacida réplica; le separa las nalgas, disfrutando la visión de la pantaleta, metiendo su tranca allí, a lo largo, sintiendo la presión de aquellas mejillas al soltarlas, comenzado un sube y baja firme. La piel ardiente y pulsante recorriendo aquella raja masculina.

   -Hummm… -escapa de los labios del otro.

   Sugestión o no, Franco era perfectamente consciente de la respuesta de ese otro cuerpo bajo el suyo. Alzándose, enderezándose, abandona esa espalda. Con una mano se aferra la base del pene y lleva la punta a la raja, recorriéndola, de arriba abajo, como una brocha, disfrutando hacerlo, como le ocurre a cualquiera que le hiciera eso a otro tío, más si lleva pantaletas. Aumentando todo cuando el “excitado” Luis lanza un gemido. Retira la pantaleta, por debajo de sus bolas, los ojos maravillados por el tatuaje, la raja lisa, el culo expuesto. Y apuñala la entrada con la cabeza de su tranca, empujando, rozando, gozándolo. Imagina que, a un nivel físico, Luis lo sentía y respondía, pidiendo ese güevo dentro de él, dado la sugestión. Y la idea le gusta, aunque lo estaría disfrutando un poco más sí este gruñera y se resistiera, porque podría tomarle, controlarle. Cogiéndole quisiera o no. Sin embargo, y lo sabe muy bien, lo disfrutará mucho más cuando le tenga totalmente controlado, esperando siempre por su verga y exigencias.

   Presiona un poco más, mirando como los labios de aquel “coño” se separan, abriéndosele; labios que entran cuando empuja el nabo de su tolete, metiéndolo, medio glande, sintiendo la presión de ese anillo masculino… Y Luis, tenso, echa su culo un poco más atrás, invitándole. Sería tan fácil clavársela hasta los pelos… Pero no, no quería cogerle aún, se tomaría su tiempo con su puta.

……

   Sintiéndose totalmente desconectado de todo, Daniel despiertas de una siesta, sin estar muy seguro de por qué. Ni por qué la tomó en primer lugar. No era su costumbre, no en un chico joven, voluntarioso y atlético. Pero entre la llamada de Franco, la intromisión de su madre en problemas que no entendía, y la presión de la federación para dar una respuesta rápida, y afirmativa, sobre el viaje a Los Ángeles (por no hablar de dos chicos que sabían lo que le había ocurrido a manos de Franco), todo parecía agobiarle.

   Ceñudo e impaciente recorre la habitación con la mirada. ¿Por qué despertó? Mira la hora en el reloj de pared y casi maldice, debía estar más afectado de lo que había imaginado, era tarde. Repara en el teléfono. Le llegó un mensaje. Eso fue lo que le despertó. Bostezando lo toma, no reconoce el número, pero su corazón se contrae. Casi adivina de quién se trata. ¡Ese hijo de puta! Va a ignorarlo. No, a eliminarlo… Pero… Le teme. Sabía a Franco capaz de las peores ruindades, y eso siempre era inquietante. Con disgusto se pregunta si alguna ver se librará de su amenazas, de su presencia. Casi royendo los dientes, abre el mensaje. Es un archivo de video. Lo reproduce.

   Por un segundo, boca muy abierta, no puede entender lo que ve, no puede procesarlo, creerlo. Eran tan insólito, tan imposible que ocurriera. Tan enfermo que… Traga en seco sentándose en la cama, todo dándole vueltas alrededor. Era su padre, paseándose en pantaleta para alguien que lo filmaba. Le ve caer de rodillas en aquel sofá que reconoce, y jugar con sus nalgas. Metiéndose un dedo…

   Cierra los ojos, incapaz de soportar el continuar mirando; escuchándole, sin embargo, decir que es una puta vieja. Su corazón bombea con demasiada fuerza, tanta que la sangre le deja sordo. Le duele el pecho, respirar, tragar. Termina el video y casi más asustado abre los ojos, la visión se le dificulta al tener los ojos húmedos. Parpadea y por fin lee el mensaje en caracteres que apareció sobre la imagen quieta de su padre ofreciéndole la espalda y el culo a la cámara.

   “Hey, chicos, ¿no quieren venir a la fiesta y gozar del coño de este viejo puto? Está muy caliente y lo necesita, no le dirá que no a ninguno”.

CONTINÚA…

Julio César.

DE HOMÓFOBO A PUTO… 9

abril 21, 2017

DE HOMÓFOBO A PUTO                         … 8

Por Sergio.

La sensación de ser masturbado le está ayudando a Rodrigo a empezar a disfrutar su violación. Nunca le había gustado que cuando mujeres lo masturbaban pretendiendo que serían capaz de hacerlo acabar. Por cortesía, les permitía hacerlo y fingía que le gustaba mientras pensaba “¡Qué tontas! ¡Sólo un hombre sabe cómo dar placer al masturbar!”. Ahora, ese pensamiento se manifestaba nuevamente, aunque en una situación totalmente distinta.

Inesperadamente para Rodrigo, la “estimulación” en su “otra zona” estaba haciéndole experimentar un incipiente placer inexplicable. Esto pone reflexiva a la mente de Rodrigo y éste empieza a preguntarse cómo un miembro de las dimensiones de su captor puede ser alojado en un orificio tan pequeño como el suyo porque sus nalgas serán muy grandes, redondas y paradas; pero el hoyito en sí, pequeño, apretado y hermético… hasta ahora. Es entonces cuando las palabras que su captor pronunció momentos antes empiezan a cobrar sentido: ¡su culo debía sentirse como una vagina! Después de todo, una vagina es elástica, por lo que se adapta a cualquier miembro ¡y su ano no parecía tener nada que envidiarle a ninguna!

Las potentes embestidas de Amadeo sacan a Rodrigo de sus pensamientos, sintiendo cada vez mayor placer y menor dolor al recibirlas e inconscientemente abriendo más su ano, permitiendo que la verga de Amadeo entre y salga con mayor fluidez… Fluidez de facilidad, fluidez de líquido preseminal… La verga de Rodrigo también estaba cubierta de este líquido y cuando Amadeo lo nota, aleja su mano, dejando a Rodrigo excitado. “¡Qué maleducado! ¡Empieza a masturbar a su prisionero y no tiene la cortesía de dejarlo terminar!” piensa Rodrigo, pero prefiere no decirlo.

Es entonces cuando Rodrigo, mientras está siendo enculado por su captor y sigue con sus piernas inmovilizadas, se detiene a observar a su captor. Nota su abdomen marcado, su cuerpo atlético y velludo, bastante distinto al cuerpo de Claudio, que sin ser barrigón, es más viejo y menos cuidado. Al ser un deportista, Rodrigo había tenido muchas ocasiones para observar muchos cuerpos masculinos similares al desnudo: atractivos, viriles, fuertes, atléticos; pero ninguno había resultado llamativo para él, probablemente porque ninguno había estado tan… cerca como lo estaba el de Amadeo ahora mismo. Rodrigo se descubre “apreciando la belleza ajena de otro hombre”  y empieza a recriminarse en silencio cuando su captor, sin dejar de romperle el culo, rompe también el silencio.

– ¿Te gusta, puto? Ya sabía yo que te estabas haciendo el machito.

– No… –responde sonando mucho más tímido que antes.

– Yo sé que quieres gemir. Aquí puedes hacerlo. Jeje Nadie te oirá.

Rodrigo, como el macho que es, sabe que “tiene que” responder a sus provocaciones, pero no sabe qué decir y realmente prefiere no decir nada.

– ¡Vamos! – instiga Amadeo –. Te he dicho que conmigo no tienes que fingir. Yo estoy seguro que varios de tus amiguitos universitarios han gozado de este culo. – dice mientras le da una sonora nalgada a Rodrigo.

– ¡No! – responde con recobrada valentía.

– ¿Y qué tal los profesores? Jeje ¿Has usado sólo tu mente para ganar todas esas calificaciones tan altas o este culito ha tenido algo que ver? Jeje

– ¡Por supuesto que no! – se atreve a responder con el enojo de antes.

Rodrigo está volviendo a protestar cuando Amadeo abruptamente vuelve a embestirlo con fuerza. Esto causa que el sonido de las furiosas palabras que salen de la boca de Rodrigo se transforme en ambiguos gemidos que, aunque lo intenta, no puede silenciar.

– ¿Ves que también tú gozas, putito? Ya que no te diviertes con tus amigos, ¿qué te parece si traigo a los míos para que nos divirtamos todos juntos? – propone con seriedad.

– ¡No, por favor, no!

Amadeo no responde nada más. Está muy ocupado disfrutando de un culito apretado, recientemente desvirgado y está a punto de arrojar su semen dentro de él. Por su parte, Rodrigo se encuentra en un debate mente-cuerpo: mientras su mente está sumergida en la angustia y el terror; su cuerpo, en una atmósfera de placer de la que no puede escapar. El pene de Rodrigo empieza a expulsar semen instantes después de sentir cómo la verga de Amadeo arroja su néctar dentro de él. Es una sensación que parece excitarlo por su propia cuenta. Amadeo recoge el semen de Rodrigo, lo acerca a su cara y lo introduce en su boca.

– Para que no te quedes con las ganas de semen, disfruta del tuyo. Aunque seas puto, siempre es semen, ¿no?

Ya sea por excitación, sumisión o estrategia, Rodrigo no intenta oponerse y siente el sabor de su propio semen. Amadeo se “despide” no sin antes continuar con su ácido humor hacia Rodrigo.

 – Antes de retirarme, señorito, le tengo buenas noticias.

– ¿¡Buenas noticias!? – pregunta desconcertado.

– ¡Está usted oficialmente embarazado!

Rodrigo enfurece ante ese comentario, pero algo en él le impide intentar insultar, protestar o agredir. Simplemente escucha las palabras de Amadeo mientras éste libera sus piernas de los soportes metálicos y Rodrigo recupera su “cómoda” posición de prisionero.

– Supongo que desconoce quién será el padre, pero ¡no se preocupe! Seguramente su hijo saldrá tan guapo como usted. Es más: si se parece tanto a usted, ¡seguramente también heredará una vagina tan bonita, apretada y profunda como la suya!

– ¡Déjame en paz! – grita descontrolado.

Amadeo se retira de la habitación y Rodrigo empieza a llorar de rabia, de rabia y de miedo. Momentos después, Claudio, también enmascarado y desnudo, aparece frente a él. Al notar su presencia, Rodrigo disimula sus lágrimas e intenta reflejar que su dignidad seguía intacta, una absurda, pero significativa pretensión para él. Retomando su papel de machito valiente, fuerte y osado, decide confrontar al segundo captor, a quien francamente había olvidado durante las pasadas dos horas porque el primero de ellos lo había estado cogiendo durante todo ese tiempo.

– ¿¡Tú de nuevo!? Si son tan machos, ¿por qué no se quitan las máscaras por lo menos?– se atreve a desafiar.

Claudio se mantiene callado y empieza a sentirse mal por lo que le están haciendo a Rodrigo porque, muy a su manera, lo quiere y sabe que sufre; sabe que se está haciendo el fuerte, pero que quiere llorar. De hecho, lo detecta en los quiebres de su voz. Por esta razón, Claudio se queda parado en el mismo lugar, sin saber qué hacer.

– ¿¡Porque temen que después los encuentre y les rompa la madre, verdad!? – continúa Rodrigo ante el silencio de su captor.– ¿¡Y que, no vas a decir nada!? – continúa tras el inmutable silencio de Claudio.– ¿Sabes? ¡Eres peor que el otro, tú ni siquiera te mueves! ¡Da la cara, cabrón!

Rodrigo llora el silencio y Claudio se acerca. Aprovecha para acostarse junto a él y lo ¿abraza? Rodrigo intenta soltarse y cada vez está más desconcertado de la situación. Claudio insiste en abrazarlo y Rodrigo, al estar inmovilizado, no puede evitarle que lo haga. Tras media hora, la indefensión que Rodrigo siente al estar secuestrado, hace que, al necesitar sentir cariño y apoyo, empiece a disfrutar el abrazo aunque proviniera de su propio secuestrador.

Ha pasado una hora y Claudio continúa abrazando a Rodrigo, a quien le parece totalmente insólito que un secuestrador pueda querer, amar o apreciar a sus víctimas. Como en todo ese tiempo el secuestrador no ha hecho más que abrazarlo, a Rodrigo se le ocurre que tal vez pueda utilizar eso a su favor y poder escapar finalmente. Aunque Claudio se mantiene callado, Rodrigo vuelve a hablarle, intentando sonar amable. “¿Cómo ser amable con tu violador?” pensaba, pero se esforzaba en lograrlo.

– ¿Recuerdas lo que dije hace rato, de que eras peor que el otro? Pues no era cierto. Tú eres mucho más amable. Él fue muy brusco conmigo y tú… lo hiciste mejor… me lo hiciste mejor.

Rodrigo intenta hacer pensar a Claudio que disfrutó mucho ser cogido por él y proponerle crear una alianza. Claudio escucha con atención y se siente excitado ante la posibilidad de cogerse a Rodrigo con su consentimiento e, incluso, revelarle su identidad.

– La verdad es que yo… siempre he visto de menos a los gays porque no los entendía, pero ahora que ya probé lo que es estar con otro hombre, he descubierto que me gusta… que me gustan los hombres y que me cojan. – afirma Rodrigo con timidez, pero también con naturalidad.

Al pronunciar esas palabras, Rodrigo siente tan mal como se sentiría si le dieran una noticia trágica; pero después de todo lo que había tenido que soportar hasta ahora, eso era nada. Al contrario: ésta sería su oportunidad de escapar. Mientras tanto, Claudio, además de abrazarlo, acariciaba suavemente su espalda.

– Pero la verdad es que no me gusta cualquier hombre, sino sólo aquellos que saben tratarme bien… a mí, otro hombre… Me encanta estar contigo, creo que deberías darle algún pretexto a tu socio para que no tengas que compartirme con él.

Rodrigo sabe que acaba de lanzar un cohete al decir lo anterior y que lo que pase será decisivo. Está decidido en que él no será el putito personal de ningún sujeto, pero será más fácil deshacerse de un tipo; que, de dos… o de más. La verga de Claudio estalla de felicidad ante la propuesta de Rodrigo, quien corresponde al gesto del abrazo, como lo haría con un amigo; y no, con su violador. Rodrigo finge que las ataduras flexibles le impiden darle un abrazo sin torpeza y sin esfuerzo. Claudio empieza a sentirse conmovido por Rodrigo, incluso pensando en liberarlo cuando éste dice:

– Creo que si me liberaras de los brazos, podría darte un mejor abrazo.

Entonces, Claudio detecta sus intenciones de escaparse y, por más ilógico que parezca, se siente traicionado al sentir que Rodrigo intentó mentirle y, más importante aún, que no le gustó ser cogido por él. Decide seguirle el juego fingiendo aceptar, pero es obvio que no le dará oportunidad de escapar. Claudio se pone de pie y le hace una señal para indicarle que lo espere y sale de la habitación.

Dos minutos después, Rodrigo se pregunta “¿por qué tardará tanto?” y se al voltear su mirada, encuentra a su captor frente a él, sujetando su propia verga para indicarle que quiere que se la mame. Rodrigo piensa que el plan va por buen camino, pero había olvidado que probablemente el tipo querría “comer por adelantado”. Rodrigo se dice a sí mismo “esto ya te tocó hacerlo antes y sobreviviste” y empieza a mamársela, con toda la inspiración que logra fingir. Comprueba entonces que chupar penes no es tan desagradable como él pensaba, pero prefiere forzarse a creer que es asqueroso, pensamiento que es reforzado cuando Claudio, por venganza, no le permite apartarse cuando eyacula y a Rodrigo le toca tragarse su semen.

Claudio le indica a Rodrigo que se ponga en cuatro y empieza a abrir sus nalgas, buscando su ano, que aún conserva el semen de Amadeo. Procede a lamerlo, lo cual hace que Rodrigo gima abiertamente, pues aunque le gusta, quiere que su captor no tenga menor duda al respecto. Entonces, introduce el primer dedo y, con fingiendo una voz diferente a la que Rodrigo conoce, le habla por primera vez.

– ¿Qué sientes?

– ¡Siento muy rico! –responde con asombro al escucharlo hablar.

– ¿Entonces te gustan que jueguen con tu culito?

– ¡Me encanta!

– ¿Quieres otro dedo en tu culito o prefieres mi vergota?

 – Quiero los dos.

Para Rodrigo es evidente que las diferencias entre sus captores no son solamente físicas. Mientras el  primer captor era descarado y ofensivo, éste parece amable e interesado en que disfrutara. Cuando ya había introducido cuatro dedos en el ano de Rodrigo, Claudio vuelve a dirigirse a él.

– ¿Estás listo para recibir tu ración de verga?

– ¡Sí!

– Entonces pídemela como el putito que eres.

Rodrigo se siente humillado de tener que hacer aquello, pero al parecer, a este tipo no solamente le excitaba hablar durante el sexo, como muchas de las mujeres con las que había estado, sino solamente hablaba para eso. Rodrigo repite la frase tal cual se la dijo una de las últimas chicas con las que se acostó antes de sus problemas de erección.

– Dame tu verga, papi.

– ¿Para qué la quieres?

– Porque quiero que me la entierres.

Claudio no se hace esperar y empieza a penetrar a Rodrigo, mientras acaricia sus hombros, espalda, cintura y nalgas. Rodrigo finalmente es consciente de la emoción desconocida con la que empezó el día: vergüenza. Por absurdo que suene, Rodrigo experimenta auténtica vergüenza con su violador… con sus violadores: vergüenza por estar desnudo, vergüenza porque los penes de esos hombre (y su semen) han estado en contacto con su ano y su boca, vergüenza porque él no conoce siquiera sus caras y aún así está literalmente abierto a los oscuros deseos de esos dos misteriosos hombres que ahora lo estaban conociendo muy a fondo.

Durante ese muy largo sábado, ambos hombres alternan a Rodrigo. Se lo cogen en distintas posiciones muchísimas veces. Rodrigo tiene tiempo parar nota el patrón de conducta de sus captores: Amadeo lo coge con dureza, violencia y pasión, sin importarle que le duela; mientras que Claudio siempre empieza suave, casi tierno, pero también logra hacerlo gozar. De hecho, parece esforzarse en que hacerlo disfrute y por eso no entiende por qué no funcionó su plan con este captor.

A las 6 A.M. del domingo, bien bañado, bien vestido, pero inconsciente, Rodrigo es abandonado en la puerta de su casa, como si fuera un ebrio al que sus amigos hacen el favor de trasladar hasta su hogar. Transcurrirá una hora y media más antes de que despierte y cuando lo hace, se sorprende al verse libre, con ropa conocida, pero distinta a la que vestía el día de su rapto. También se asombra al notar que en su mochila y en sus bolsillos están todas sus pertenencias: un libro, cuadernos, los exámenes que calificó el viernes, celular, un poco de dinero, su carné de estudiante universitario y las llaves de su casa.

No puede negar que el hecho de poder presentarse así a su casa le permitirá inventar una explicación decente a su familia, que debe estar angustiada al no haber sabido nada de él en un día y medio, pero a la que de ninguna manera revelará dónde estuvo en verdad durante todo ese tiempo. Al entrar a su casa, se encuentra precisamente a su madre, quien aparentemente también acaba de despertar. Luce descansada, demasiado para ser madre de un hijo desaparecido en Latinoamérica.

– ¡Hola, ma!

– ¡Hola, hijo! ¿Cómo te fue? – pregunta tranquilamente.

– ¿No me vas a preguntar dónde estuve?

– Me dijiste que ibas a una fiesta con Víctor. ¿Era mentira?

– No, claro que sí, pero es que entre tanta cosa de la U, no recuerdo exactamente cuándo te lo dije. Jeje  – disimula.

– Es que no me lo dijiste. Me enviaste un mensaje para “informarme” porque los hijos ya no piden permiso para salir… – dice mientras le muestra el mensaje de texto que Claudio escribió y envió desde su celular.

Lucía continúa hablando mientras Rodrigo no puede evitar alarmarse al procesar que sus secuestradores definitivamente tienen que ser personas que conocen muy bien sus pasos, que saben dónde encontrarlo y que seguramente ¡volverán por más!

CONTINUARÁ … 10

Julio César (no es mío).

EL PEPAZO… 64

abril 21, 2017

EL PEPAZO                         … 63

De K.

   Tan caliente…

……

   La idea le hace chirriar los dientes. Era una locura. Peor que eso, un riesgo; nada bueno había salido de sus anteriores interacciones con la misteriosa, e hija de perra, compañía. Pero necesitaba ayuda. Rojo de cachetes, mirada al piso, recuerda todo el intenso orgasmo vivido sobre la verga dura y caliente de aquel sujeto (Gabriel, su mente se empeñaba en humanizarle aunque quería considerarle casi un sádico), y toda la emoción previa. Ese, aparentemente, inacabable clímax anterior. No podía seguir así, no cuando aún ahora, molesto por dejarse llevar por las bajas pasiones que le apartaban de lo que era, un macho de pelo en pecho (aunque ya no tenía ni uno, constata tocándose el torso, apartando rápidamente la mano cuando la piel se le eriza y la tetilla cercana arde un poco), debía ponerle fin a toda esa urgencia animal. Una que… maldita sea, lo que más quería en el mundo, en esos momentos, era meterse dos o tres dedos por el culo, o el ayudante casero (vendido por Fuckuyama), para aliviárselo. Pero sabía que era una trampa, no se le calmaría un carajo, sino que aumentaría la urgencia obligándole a… A Dios sabía qué, con quiénes y con cuántos. Debía resistir, como un hombre. No era un marica, no podía andar por ahí…

   Frustrado camina de un lugar a otro, intentando no reparar en la presión de la suave pantaletica contra sus genitales, que parecía una etérea caricia, o el roce más intenso atrás, como de suaves dedos recorriéndole la raja éntrelas nalgas, estimulando su agujero. ¡Maldita pantaletica para hombres!, gruñe, pero no quiere quitársela… por estrategia. Tocarse, así fuera para aquello, podía traerle consecuencias (y cierra los ojos, respirando profundamente para alejar ideas sobre su agujero, dedos, ayudantes caseros o los toletes de tres hombres que…). Si, precisaba de ayuda para su culo, pero no para que otro carajo llegara y se lo pegara. Necesitaba de… consejos, una guía. De un médico, pero después de lo de Gabriel… No tenía a nadie a quien confiarse. Primero muerto antes que contarle a una mujer, aún a su hermana, mucho menos a su ex esposa. Tampoco a un amigo. Contaba con varios panas, de parrandas, pero ya imaginaba lo que dirían si les contaba algo. La raya, la burla le perseguiría hasta la tumba. Necesitaba…

   Casi gruñendo enciende su laptop, y parpadea, ¿qué carajo…?, el fondo de pantalla ya no era Natalie Dormer en pantaletas, ahora estaba un carajo guapo, catirón y velludo de torso, de un aire arrogante y masculino, desnudo, con una verga erecta que emergía de un mar de pelos dorados. En su sonrisa y mirada parecía leerse un: “¿Te gusta lo que ves, verdad zorra? Ven y tómalo”. ¿Cómo…? ¿Cómo coño…? Le cuesta apartar la mirada, y con mano temblorosa va a sus carpetas y busca otra imagen, jadeando; están allí, pero también muchas de tíos sexy, de unos que tenían a sus pies a un chico sumiso de mirar agradecido mientras los mamaban. ¡Un virus!, debía estar sufriendo de… Cambia de fondo, va al buscador y se abren ventanas emergentes de tíos frente a cámaras prometiendo charlas, juegos, shows. Siente unos deseos grandes de gritar. En el buscador de Google, el gran tirano informático, escribe algunas cosas: culo agitado, orgasmos anales ininterrumpidos, libido exacerbada. Una serie de entradas médicas, sicológicas y porno aparecen, entra en una y cae en la página de Fuckuyama. Ceñudo cierra e intenta con otra. Quería dejarles como última opción. Ocurre igual. E igual. Molesto se rinde y entra, a la sección “médicas”.

   Aparece el busto y rostro de un joven y atractivo hombre de rasgos orientales, vestido muy serio, de saco y corbata, mirando a la cámara.

   -Bienvenido, cliente de Fuckuyama. La compañía, que se desvive por oflecer una valiada gama de altelnativas para el disflute de una vida sexual más honesta y sana, tiene el honol de selvirle nuevamente de guía. Los palámetros de su búsqueda nos han llevado a diagnostical que tiene un problema sexual un tanto inconveniente, ¿veldad? Es de imaginal que disflutar de la intensidad orgásmica dulante minutos en lugal de segundos, es algo que se agladecería, pero no tanto cuando conlleva un apagado total de la palte lacional del celebro, obligando al sujeto a actual de manera… desacostumblada a su manera de sel. No es tan bueno cuando la libido domina totalmente, ¿cielto? Y domina cuando la plóstata ploduce muchas testostelonas y el miemblo está que late solo. –mira a la pantalla, con seriedad, y un enrojecido Jacinto entiende el punto, esperanzado.- Es un hipel aplemio calacterizado por la necesidad de estimulación a la plóstata por el camino más corto, es decir el lecto; llegal mediante la intloducción de objetos o cosas por el ano. No le pasa a todos los hombles, y no sólo a los gay, pero es leal. Si es uno de los pocos que lo padece, no debe desesperal aún. Fuckuyama, siemple pleocupada por la vida sexual de sus clientes, ha inveltido tiempo y dinelo a la investigación de este problema, que pol extraño es obviado por otlos centlos de investigación, y hemos llegado a cieltas conclusiones. –dramáticamente, se nota que está sentado, se echa hacia atrás y la cámara le muestra de la cintura para abajo, sin pantalones, dejando ver unos muslos lisos, musculosos, que enmarcan una pequeña prenda interior de color naranja, la cual demarca de manera total su miembro. Era como si a una media, un calcetín, colocada sobre su verga le hubieran colocado tirantes para rodearle las caderas. Nada más.- Lo plimero es contlolal, en la medida de lo posible, el tamaño e intensidad de las elecciones. Cuando el miemblo habla todo calla, por lo tanto hay que hacerle más coopeladol… Y esta plenda puede ayudarle. Está elgonómicamente elabolada pala sostenel el pene, de manera cómoda, fácil, casi amolosa, pelo al mismo tiempo aplieta en las paltes justas para impedil un endulecimiento total. Contlolando esto, contlolará el deseo sexual de estimulación anal. –anuncia con una sonrisa y Jacinto parpadea.- Además, este medicamento, a base de floles asiáticas, contlola la ansiedad que pueda estal sintiendo por todos estos ploblemas, dándole claridad de pensamientos. –muestra un pequeño frasco oscuro, del tamaño de un colirio.- Al tomarlo, totalmente olgánico y natulal como es, sentilá descendel los niveles de ansiedad. Pol último… y sabemos que esto puede palecer algo contloversial para nuestlos clientes hetelosexuales, tenemos este ploducto, que se ha complobado que ayuda con el problema… -en su mano muestra un nuevo modelo de consolador, de color negro reluciente, y Jacinto traga en seco al verlo, su culo pulsando.- Es un vibladol con base fija, puede colocarlo en su sala, sofá o cama… calmándole la legión anal en esos momentos de máximas calentulas mientlas el medicamento y la plenda elgonómica hacen su magia. Nadie necesita sabel qué le ocule, o qué es lo que hace en su santidad y soledad de su casa. Es un asunto médico que necesita tlatar. -se vuelve más serio.- Pelo, le adveltimos, honorable y estimado cliente, que hay un problema: estas cosas son costosas, nada balatas….

CONTINÚA … 65

Julio César.

EL PEPAZO… 63

abril 13, 2017

EL PEPAZO                         … 62

De K.

   Tan caliente…

……

   Por un segundo, Gabriel queda impactado. Al alivio y alegría de ver que el forzudo joven despertó, quitándosele el horrible peso de encima de creer que, tal vez, le había perjudicado teniendo sexo, que de alguna manera había caído en un coma post coital o algo así, ahora escuchaba las duras palabras del apuesto muchacho, notándole los ojos brillantes de ira, los cachetes rojos de furor y las manos cerradas en puños. Debería ser intimidante, por lo joven, la agresividad que exhala, por el cuerpo forrado de musculoso, pero vistiendo únicamente aquella diminuta tanga roja, de encajes, todo bañado en esperma seca… Meneando la cabeza, alejándose de esas zonas (eróticas), intenta entender qué ocurre.

   -¿Cómo dices…? –retoma el hilo, cortando la llamada telefónica y volviéndose a encararle, alto y apuesto, sin camisa, notando no sin cierto placer que los ojos del chico le lanzan una mirada fugaz, ¿e interesada?, no está seguro. Muchos heterosexuales (y ni por error imagina que este lo fuera), podían mirar así a otros carajos, comparándose en secreto, como machos que pueden reconocer lo bien que están. No creía que fuera este el caso. O esperaba que no lo fuera.

   -¿Qué haces todavía en mi apartamento, maldito hijo de perra? ¿Acaso quieres cogerme otra vez? ¿No te bastó con…? –ruge más colérico y totalmente rojo de cara. Ahora si desconcertándole.

   -¿De qué coño…? –va perdiendo la paciencia.

   -¡Lárgate de mi vaina! No voy a dejar que te aproveches otra vez de mí. –le grita convencido de lo que dice, pero mortalmente mortificado porque sabe que, a cierto nivel, algo que rechazaba su conciencia y naturaleza heterosexual, había participado entusiastamente en aquella tanda de sexo salvaje, caliente y… No, no quiere pensar en eso. Tan sólo aferrarse a su rabia.

   -¿Me aproveché? –grita Gabriel, alarmado.- ¡No, señorito!, yo vine a disculparme; fuiste tú quien saltó sobre mí y… -intenta racionalizar, sin dejarse llevar por el enojo. No quiere joder las cosas con ese guapo sujeto. Al menos no joderlas de la mala manera.

   -¡Me diste esta pantaleta! –replica Jacinto, cada vez más molesto, con Gabriel y consigo mismo.- ¿Fue un accidente? ¿Una casualidad? ¿Pasabas por aquí y la tenías en el bolsillo como quien lleva sencillo para el boleto del Metro? No, venias con la intensión de… de… aprovecharte de mí.

   -No me aproveché un carajo, saltaste sobre mí. ¡Tú! –lo señala con un dedo.

   -Sabías que algo me pasaba, te lo dije la vez pasada. Que algo me estaba afectando. Lo sabías en tu consultorio y lo aprovechaste, y volviste por más. ¿O no es así? –le reta, gritando sin cuidarse de quien pueda escuchar. El galeno traga saliva, mortificado.

   -No quise… -en verdad no era su intensión, no totalmente. Si era sincero consigo mismo, venía con la sana, y mala, intensión de convencerle de salir a tomar un café, charlar, coquetear. Buscaba seducirle e ir a la cama. Eventualmente. Lo ocurrido… ¿Y si se aprovechó en serio?- Lo siento, yo…

   -Quiero que te vayas de mi mierda. –ruge el otro, entre dientes, interrumpiéndole.

   -Jacinto, no, oye, quiero… -Gabriel, abrumado y desalentado se lleva una mano a la cabeza, el fuerte y tatuado brazo atrapa por un segundo la mirada del otro, así como la axila velluda.- No quise… abusar de ti. Soy un médico. Un profesional, créeme. Pero cuando te veo, cuando te tengo cerca… -enrojece y no sabe cómo exponerlo, porque él mismo no lo tiene claro. ¿Qué busca?, ¿una relación? ¿Ser novios? ¿Ir tomados de las manos por las calles, en los restoranes compartir un bocado de un tenedor, besarse en un cine, llegarse cada noche a una cama y tenerle para sí? La idea le abruma por lo mucho que le atrae. Mierda, ¿será esto lo que llaman amor? El sólo planteamiento le golpea, debilita y asusta. Aunque, curiosamente, también le encanta. Y comete el error táctico de medio sonreír, ¿acaso estaba enamorándose de Jacinto Contreras, el culialegre?

   -¿Te estás burlando de mí? –parpadea este, desconcertado y terriblemente ofendido.

   -No, no, yo…

   -¡Lárgate!

   -Jacinto, por favor déjame explicarte; esto que tenemos…

   -No tenemos un carajo, ¡soy heterosexual! –el rugido es casi un desafío.- Lárgate o vamos a caernos a coñazo y tal vez tengan que venir a separarnos y aunque el escándalo nos ensuciará a los dos, nos tacharán de maricones, creo que la peor parte te la llevarás tú… doctor. –amenaza con rencor, disfrutando de verle dejar caer los hombros, derrotado, frustrado. ¿Y dolido?

   -Cometes un error al juzgarme así.

   -Vete.

……

   No hace ejercicios, no se mira al espejo ni se masturba, ni siquiera se toca con malas intensiones en la ducha. Secándose, con vigor y casi rabia, decide que toda esa mierda con los hombres debe terminar. Esas calenturas que sabe no son naturales. Debía existir algo para controlarlas, disminuirlas, para curarse, se dice con rabia. Y asustado; porque en el fondo desea tocarse el culo, acariciárselo con los dedos. Lo quiere mucho. Este, picando un poco, parecía pedirlo. Un dedo, al menos un dedo. Dios, debía existir algo que lo calmara, o parara. Que lo volviera normal otra vez.

   ¿Tal vez…? ¿Tal vez en las páginas de Fuckuyama?

CONTINÚA … 64

Julio César.

EL PEPAZO… 62

abril 10, 2017

EL PEPAZO                         … 61

De K.

   Viene por   todo.

……

   Con el corazón bombeándole de una manera que le disgusta, en cierta medida, el hombre guarda el mensaje con la dirección, asomando el rostro por la ventanilla. Suspira cansino, debía subir al apartamento y encontrar a Corina. Y a sus hijos, los cuales estaban muy afectados por “la ida de papi”. La parte cerebral de su persona, esa que le hace un gran abogado, sabe que es una ventaja. Que Corina se sentiría presionada por eso, por el dolor de los chicos. Eso le ayudaba en su regreso, a dejar el “impase” atrás. Pero la parte que es padre, lo resiente…

   En realidad no quiere pensar en lo ruin que se siente por el hormigueo en su piel al imaginar un posible encuentro con cierto joven fortachón… para regresarle sus cosas, claro. Sale del auto y cierra su saco. Era frustrante esa manera de excitarse de la nada, como ahora le ocurría.

……

   De espaldas sobre su cama, la baja espalda montada en dos almohadas, un gimiente Jacinto Contreras es follado por un carajo totalmente desnudo, guapo, ligeramente velludo, de piernas musculosas y con tatuajes en hombros y bíceps. Sobre él, metido entre sus piernas, Gabriel alza y baja su peludo trasero para meterle y sacarle la verga del culo, sin descanso, con fuerza, saliendo casi hasta el glande y cayendo prácticamente sobre él, aplastándole contra el colchón al penetrarle. Y si Jacinto gime, mareado por ese maldito clímax que parece durarle ya veinte minutos, aunque no puede ni llevar la cuenta, no menos ruidoso es el galeno, transpirado, cabello húmedo sobre la frente, dientes apretados mientras le atrapa el rostro con las manos, mirándole a la cara, deleitándose viéndole tan entregado al goce que le provocaba mientras le cabalga.

   Él mismo no puede controlarse, tener a ese musculoso y joven carajo así, todo abierto y espatillado mientras le cepilla la pepa del culo, es algo  intenso. Le gusta tirar, cogerse todo carajo lindo que le gustara, pero en este caso… Cierra los ojos alzando el rostro, su rojiza y nervuda verga saliendo centímetro a centímetro, siendo apretada, retenida por esas entrañas, por los labios de ese agujero, para luego volver a enterrársela, toda, hasta los pelos, golpeándole con las bolas, sintiendo como se la succionaba. Eso le encanta. Pero, en especial, el verle tan entregado, sonrojado de mejillas, los ojos tan idos, los rojos labios lanzando unos gemidos indiscutiblemente eróticos. El galeno quiere eso, pero también más. No parecía poder saciarse, no conseguía tomar lo suficiente. Abriendo los ojos enfoca al otro, alzándole el rostro también. Sus miradas atándose, metiéndosela toda otra vez, toda, baja el rostro y le besa. Sus bocas se encuentran con hambre, se lamen y chupan ruidosamente, y el médico podría jurar que ese culo ardiente se estremece aún más, de una manera enloquecedora. Había cogido tíos antes, muchos, pero esto…

   Mientras le besa con mayor énfasis, metiéndole la lengua hasta la garganta, continuando el cepillado de esas entrañas usando la elasticidad del colchón, le suelta el rostro y baja las manos por los recios hombros, los redondos y duros bíceps, acariciando y perdiéndose en esos pectorales grandes, atrapando aquellas tetillas tan duras. Se sentía bien tenerle así, en sus manos.

   Jacinto era una indefensa masa muscular de sensaciones, los besos, las haladas que el otro daba a su lengua, el pase del nervudo tolete por sus entrañas, el glande de este golpeándole la próstata, el roce de los cuerpos al ir y venir, el abdomen de Gabriel frotándose contra su verga erecta dentro de la mini tanguita, y las manos acariciándole, adorándole, le tenían delirando. Y si sumamos a todo eso esa ininterrumpida sensación de orgasmo, ya estaba más allá del bien y del mal. Tan solo podía gemir y vivirlo, sentirlo, casi llorando de tanto placer. No se da cuenta de que cuando sus bocas se separan, entre jadeos y lloriqueos le suplica por más, que se lo hundiera más profundo, con más fuerza. Más y más. Y que Gabriel respondía cogiéndolo duro.

   Viéndole, oyéndole, sintiendo la respuesta de ese cuerpo que afectaba de tal manera el suyo, metiéndosela y sacándosela del culo, Gabriel supo que no aguantaría mucho. Jacinto también entendió que había alcanzado un punto de no retorno nuevo cuando una poderosa oleada de placer comienza a recorrer cada centímetro de su cuerpo, era como si ese momento pre-coito, tan agradable, tan deseado siempre por los hombres, se multiplicara por cien.

   -Si, si, si… -grita de manera rota, arqueándose sobre la cama, tensándose, corriéndose dentro de la tanga, bañándola de semen, uno oloroso y caliente, que le quema de una manera increíble. Pero casi no repara en ello, porque los calambres que le recorren, ese chispazo de placer directamente disparado a su cerebro, que es el propio orgasmo sexual, parece dejarle fuera de combate.

   Allí, en ese instante, sobre la cama, ¡prácticamente se desmaya!, alarmando a un Gabriel, quien también se estremecía ante la intensidad de su propio orgasmo y por la impresionante halada y chupada que esas entrañas le dieron mientras se corrían juntos. Pero, ahora…

   -Hey, hey, Jacinto… -asustado, cosa difícil después de semejante coito, el hombre le llama, le palmea la cara, pero el otro cierra los ojos, quedando rendido.

   Cuando despierta, sigue de espaldas, la cabeza sobre las almohadas, sintiendo la humedad en su vientre. Y en su culo. ¡Gabriel!, recuerda de repente, sentándose. Estaba a solas… y se sentía increíblemente relajado, saciado, complacido. Pero el recuerdo de lo ocurrido le llega como una fría ola y le cubre de una emoción nueva, una que se intensifica al escuchar ruidos en su sala. Así como está, todo enlechado y en tanga, sale del cuarto y llega a la sala donde el galeno, en pantalón y zapatos, habla con alguien por teléfono. En tono alarmado.

   -No estoy seguro. Creí que se había desmayado, pero más bien parecía dormido. Pero no sé si… -el hombre de espalda recia informa a los paramédicos. Sobresaltado por lo ocurrido en la cama, después de comprobar los signos vitales del forzudo joven, se había decidido a llamar. Pero deja de hablar cuando se vuelve y le encuentra allí. De pie. Sonríe, aliviado y feliz de verle, y…

   -¿Qué haces todavía aquí? –ruge un colérico Jacinto.- ¡Lárgate de una vez, hijo de puta!

CONTINÚA … 63

Julio César.

LA NENA DE PAPA… 26

abril 6, 2017

LA NENA DE PAPA                         … 25

De Arthur, no el seductor.

   Esperando a su papi con ilusión…

……

   Jadea respirando con esfuerzo. Cole le visitaría, y quería verle todo eso puesto. No entiende la poderosa ola de calor que lo recorre… a la par que el disgusto. La nota termina con un:

   “Espero que entiendas la importancia de este encuentro”. Era todo. Y lo ominoso estaba implícito. La amenazaba.

   No puede engañarse. Cole regresaba por sus fueros, sean cuales fueran las causas que le mantuvieron lejos, ahora volvía por su nena… La idea le estremece y disgusta por muchos motivos. Especialmente porque es una realidad a lo que fue llevado, no lo buscaba, y sin embargo, una parte de él, esa que no podía apartar la mirada de las prendas, ni dejar de tocarlas, le tenía algo inquieto. Y con el pequeño pene hinchado bajo sus ropas. Todas las tensiones y frustraciones sexuales de esos días, ser usado por Avery, la cercanía con Mark… Una parte de su mente extrañando a ese hombre horrible que le había usado como a una chica y que ahora, mira el pequeño sostén relleno, quería convertirle definitivamente en una. ¿Se sentía así de extraño por imaginar sus enormes, firmes y masculinas manos tocándole? No, no quiere pensar en eso. Todo debería ser únicamente terrible, pero sabe que su culo…

   ¿Qué hacer? ¿Escapar? ¿Salir de ahí? ¿Y si Cole llegaba y armaba un escándalo, con gritos que hicieran salir a todos de sus piezas, llenar el pasillo y enterarse de cosas? ¿Y si hasta echaban un vistazo a la pieza? Se estremece de pavor. No todos serían tan comprensivos como Mark. Y todos lo sabrían, en el colegio, en las pistas. Su vida quedaría marcada. Señalada. Sabrían su sucio secretito… Se agita, mientras toma la pequeña pantaleta, detallándola con el corazón latiéndole con fuerza, su garganta cerrada, el pene pulsando. No, no podía arraigarse, se dice con demasiada facilidad, cerrando los ojos y aspirando el olor a nuevo de la pequeña prenda tan suave al llevarla contra sus labios y nariz. Le esperaría y… le convencería, de alguna manera, que todo eso debía terminar de una buena vez.

   Vive casi cuarenta minutos de indecisión, pero finalmente, tomándose dos antiácidos, se pone de pie, completamente desnudo frente al enorme espejo del closet. Tiembla, cachetes rojos, notando su corto pene algo morcillón. Toma la pequeña pantaleta, mirándola, tan suave y pequeña. Entra en ella, estremeciéndose cuando la tela roza su piel, como una etérea caricia. La sube, cubriendo su verga, ¡era tan corta de talle que se veía su pubis casi rasurado! Pero era atrás… la sedosa tela perdiéndose entre sus jóvenes y musculosas nalgas, le erizó como siempre. La suave pero constante presión era…

   Respirando aún  más agitado toma las blancas medias de nylon, entrando en ellas. La piel se le pone de gallina cuando suben por sus muslos. La presión y el taco eran… extraños. Casi eróticas de una manera que no entendía. Avergonzado se mira al espejo. Joven, menudo, delgado, con la pantaletica y las medias muy arriba, casi al límite de sus bolas. Con manos temblorosas toma el sostén relleno, dudando un mundo al cerrarlo atrás. Dejando escapar un sorpresivo gemido. El roce, la presión sobre sus pequeñas tetillas había sido poderoso. El corazón le late con fuerza, mucha, mirándose al espejo. Se veía tan diferente, tan… femenino. Cae sobre el taburete junto a una der las mesitas de noche, parpadeando por la sensación que produce la tirita en su raja interglútea al deslizarse, y comienza a pintar sus labios, tomándose un tiempo y un cuidado extremo. Igual con sus parpados, el rizador de pestañas y el color en sus pómulos. Finalmente aquella colonia. Y mientras hacía cada una de esas cosas, se preguntaba el por qué lo hace.

   Se mira y queda fascinado; se veía… como una chica. Una muy hermosa, a decir verdad, reconoce enrojeciendo violentamente. Ahora toma la faldita plisada y la sube. Joder, era muy corta, apenas llegaban por debajo de sus bolas, pero por atrás… Separando las piernas se mira al espejo, su culo resaltaba increíblemente bajo la faldita, que se alzaba dejando ver el final de su culo y el hilo dental recorriéndolo. El pequeño saco con sus bolas, más abajo, se veía… se veía… exactamente como un coño femenino dentro de una pantaleta. Le cuesta respirar. La corta blusa le transforma. Su pecho sube y baja, los senos destacándose. ¡Era una chica! ¡Una nena!

   La idea le abruma, y no entiende por qué le calienta tanto. Jadeando toma los negros tacones, lo único que no iba con la ropa. Y entra en ellos, aunque casi cae. Recuerda un viejo episodio de los Simpson, cuando Bart enseñaba a Lisa a caminar con ellos para un  concurso de belleza: tacón, punta, tacón, punta. Y se sorprendió haciéndolo, casi sonreído. Al notarse en el espejo, se paralizó. No sabía qué le ocurría. Y se acercaba la hora de Cole y… Toma otro antiácido, casi tembloroso. Caminando de aquí para allá, dominando, de cierta manera, el arte de los tacones. La sangre corre demasiado de prisa por sus venas, cosa que le ensordece. Le parece que los minutos vuelan a toda prisa. O que se detienen.

   Hay un llamado a la puerta y se congela de miedo. ¿Quién…? Dios, ¡no podía atender a nadie vestido así! Ni a Mark. Oye el ruido de la cerradura, el pomo gira y Cole Hanson entra en la pieza, mirándole, sereno, tranquilo, recorriéndole con los ojos, brillando algo salvaje en estos.

   -Brenda, te ves hermosa, pequeña. –dice, cerrando la puerta a sus espaldas, casi cubriéndola toda con su recia presencia. Y Brandon no puede decir o hacer nada, como no sea mirarle.

   El hombre se ve impresionante, alto y elegante dentro de su traje, el cabello algo alzado, un leve rastrojo de barba en su cara, con salpicaduras de gris que le hacía verse más masculino y viril. En una de sus manos lleva un ramo de flores, ¡flores!, en la otra una bolsa con algunas viandas. La respiración del muchacho se espesa, se hace más superficial, un olor a colonia, a sudor y tabaco le llega, golpeándole de una manera que no entiende. La sangre hierve en sus venas. Y, muy avergonzado, sospecha que el hombre lo sabe, pues mientras da dos pasos, dejando bolsa y flores sobre la mesa, le mira y sonríe de manera arrogante, abriendo el saco y los brazos en invitación.

   -¿No hay cariño para papá?

   Y el joven jamás entenderá que le pasó. No podría al no tener todos los detalles; el antiácido que había estado consumiendo era eso, antiácido, pero también había algo más agregado a la masa blanca, preparado especialmente en los laboratorios de un amigo de negocios y juergas de Cole. En ellas había leves rastros de citrato de sildenafilo, que mantendrían a quien lo tomara en perpetua fiebre sexual. Eso no lo sabe el muchacho, aunque no se podría decir si su actuación respondía únicamente a eso, porque encontrar al hombre tan masculino y atractivo no parecía cosa de fármacos. Lo cierto es que camina hacia él, tacón, punta, la faldita agitándose, los ojos de Cole brillando de manera intensa, hambrienta y rapaz; y se arroja en sus brazos con una urgencia que no entiende. El choque de los cuerpos se produce, uno alto y fuerte, el hombre maduro y de experiencia, y el chico, delgado y bajito, vestido de nena. Y así como Brandon eleva su rostro maquillado y separa sus labios de manera sensual, Cole baja el suyo y le atrapa la boca, con la lengua le recorre los labios y entra exigente, ruidosa, llena de cálida saliva, en contacto con la del joven, que ronronea ante el toque sensual. Las lenguas chocan, se atan y luchan, y los dos sujetos se estremecen más. Mientras los brazos de Brandon rodean como sin fuerzas esos hombros anchos, ese cuello recio, los de Cole casi le dan dos vueltas por la cintura baja, enérgico, halándole, las manos bajando a las turgente nalgas, las palmas abiertas, grandes y fuertes sobre la tersa piel joven, los dedos clavándose con demanda, alzándole un poco del piso.

   Brandon gimotea contra esa boca, incapaz de controlarse, totalmente pegado a ese hombre al que pensaba gritarle que no era gay, que no quería eso, derretido por la fuerza del macho, del contacto de las manos, de esa lengua que de manera obscena bucea en su boca, chupándolo, lamiendo, tragándose su aliento. Los labios se separan, delgados hilillos de espesa saliva se dejan ver, las miradas se encuentran, uno dominante y sereno a pesar de la calentura, de quien sabe lo que quiere, a su nena sexy; el otro algo asustado de sus propias reacciones, pero también dominado por ellas.

   -Señor Cole… -jadea, desmayadamente, sintiéndose furioso y confuso consigo mismo, la respiración muy agitada.

   -¿Me has extrañado, Brenda? Apuesto a que sí. –le sonríe de manera ligeramente burlona, alzando una ceja, una de sus manos deslizándose sobre la turgente y joven piel de aquella nalga, los dedos rozando la raja entre ambos glúteos, excitado de verle contener el aliento.- Yo si te extrañé mucho. Pero al fin estoy aquí, para que vivamos nuestra tórrida noche de bodas.

   Temblando de temor y de una lujuria que no entiende, el joven parpadea, casi gimiendo cuando el recio macho le suelta, atrapándole con los brazos por la espalda y bajo las rodillas, alzándole sin ningún esfuerzo. No puede evitar estremecerse ante su control, su claro dominio, su poder de hombre. Intenta decir algo y simplemente es alzado más y su boca cubierta por la de ese sujeto que mete su lengua con hambre, de manera chupada y salivosa, ruidosamente, agitándole más y más con cada pasada, chasquido y succión. Y mientras se lo hace, teniéndole así, alzado como si fuera una chiquilla sensual, Cole se dirige a la cama, donde hunde una de sus rodillas depositándole, cubriéndole con su cuerpo grande, pesado, casi asfixiándole, obligándole a gemir largamente, con los ojos cerrados y una sombra de lagrimas en sus pestaña rizadas y muy negras.

   -Señor Cole, no… No podemos… -gimotea pero no puede relacionar verbo con predicado, no con ese hombre ocultando el rostro en su cuello, quemándole con el aliento, olfateándole, recorriéndole con nariz, labios, mejillas y mentón, medio raspándole con la sombra de barba, mareándole con ese olor a tabaco, sudor y colonia que embota sus sentidos. Cuando esa lengua emerge y le lame un punto, ya no puede pensar.

   -Eres tan hermosa, Brenda; me pregunto si tú misma sabe lo bella que eres, nena mía… -le ronronea, lamiéndole y mordiéndole el mentón, mirándole a los ojos. Su verga imposiblemente dura bajo sus ropas, Brandon sintiéndolo.- Voy a amarte tanto, tanto… -parece prometerle.

   -Señor Cole… -gimotea otra vez, con una voz que él mismo no reconoce.

   -Será nuestra noche, Brenda. –con una mano le retiene por el cabello, suavemente, fijándole, sus miradas atadas, la otra mano baja, metiéndole dentro de la blusita, presionando el sostén con su relleno contra la tetilla erecta del muchacho.- Sabrás que nadie te ama como papá…

   Y quiere eso, escucharle gritarlo, que era una chica. Oírle aceptar que era su nena.

CONTINÚA … 27

Julio César (no es mía la historia).