Archive for the ‘RELATOS GAY DE MALDITOS…’ Category

AMA DE CASA… 3

septiembre 29, 2016

AMA DE CASA                         … 2

Por Leroy G.

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   Todo un macho… en apuros.

……

   -Estoy perfectamente. –fue tajante, abriendo la puerta y cerrándola de golpe. Molesto.

   Sintiéndose irritado consigo mismo, cruza la desierta sala hacia la cocina, donde toma agua. Luego se asoma al balcón, sintiendo la brisa de la tarde, intentando concentrarse en Ligia, pero al cerrar los ojos veía ese culo en shorts blancos con la silueta de la tanga. ¡Ese maricón!, gruñe entre dientes, frustrado. El güevo le palpita contra el pantalón. Duro, con ganas de… algo. Como un apretado y pequeño culo que lo masajeara y exprimiera en su vaivén hasta hacerle estallar en semen. ¡No! ¡No! Un culo de tío, no; se reprende, abriendo los ojos, angustiado. La tenía tan dura bajo el pantalón que le dolía realmente. Y ese joven fuerte, grande, machista y algo homófobo se agita por la idea, que quiere le resulte asquerosa, pero con lo duro que la tiene piensa que agradecería hasta la boca de uno de los maricones esos del taller.

   Hirviendo de rabia toma una larga, muy larga ducha con agua especialmente fría. Su cuerpo bonito y musculoso, cubierto de gotitas, se apoya contra las baldosas cuando, deliberadamente, deja que el potente chorro caiga sobre sus genitas, sobre ese tolete duro que no se baja. Cierra los ojos e intenta concentrarse en cualquier cosa, pero sólo ve manos que se lo tocan, bocas que le recorren la verga. Ve culos ofreciéndosele, a veces lisos como el de Ligia, que pronto se vuelve uno peludo de tío una vez lo ha penetrado, y de donde no puede o no quiere sacarla. Eso le agita. Casi trinando se medio mece tomando el asunto en sus manos, su tolete duro, masturbándose arriba y abajo, el puño recorriéndolo, dispuesto a soltar una buena carga de leche y dejarlo todo en el pasado. Pero la confusión de las ideas no le deja, de alguna manera, concentrarse se le imposibilita, y los minutos se alargan y sigue cascándosela sin que nada se resuelva.

   Lanza un grito animal, rabioso.

   Secándose con un pequeño paño, envuelto su apuesto cuerpo únicamente por una toalla en la  cintura, sale del baño. El tolete le forma una buena carpa contra la algo áspera tela. Así, sin vestirse más, va al dormitorio. Olvidada la cena arroja la toalla y enciende su laptop, buscando pornografía, mucha pornografía. Hay chicas tetonas y hermosas, algunas con rostro de gozo mientras acarician sus vaginas. Se da y se da, sobre el colchón inflable, sin que nada ocurra. No llega el liberador orgasmo. Su frustración e impaciencia crecen, tanta que se sobresalta cuando le parece, en alguna parte, escuchar una risita. Confuso, medio recostado, con el güevo en la mano, recorre el lugar con la vista, no hay nada. Pero la laptop parpadea, y el rostro de una bella, angelical y emocionada catira llena la pantalla. La chica tiene su boca exageradamente abierta sobre una enorme verga erecta que la llena, mientras otras tres, de otros tantos tíos, parecen flotar alrededor de su bello rostro. Son vergas inmensas, blancas, cobriza una, negra otra. Vergas que… Su tolete sufre un espasmo, muchos líquidos escapan y bañan sus dedos. La respuesta le asusta y se suelta, cerrando la laptop de golpe y poniéndose de pie de un salto, lanzándole una patada a un morral olvidado.

   -¡Maldita sea el coño’e la madre! –ruge fuerte, con ganas.

   El estallido le provoca algo de alivio, no sexual, claro, el tolete sigue erecto, bamboleándose en la nada, sufriendo pulsadas, botando sus jugos. Sale del cuarto, rascándose ferozmente la cabeza, bañándolo todo con sus líquidos. La frustración casi le hacía gritar. Y lo hace, cierra los ojos y con el cuello hinchado y tenso lanza un alarido feroz. El timbre de la puerta casi le hace pegar un bote. Desconcertándole.

   -Vecino, ¿está bien? Escuché gritos y… -era el tipo ese. Traga, sintiéndose de pronto abatido, inconforme. Frustrado.

   -Estoy bien, yo… eh… tropecé con la pata de una silla.

   -¿Seguro? ¿No quiere que llame a alguien?

   ¿Por un dedo golpeado?, se pregunta rodando los ojos. Ese maricón como que buscaba… El tolete le pulsa, mucho, latiéndole con unas ganas desesperantes.

   -No, eh… estoy bien.

   -¿En serio? –todavía insiste el sujeto, provocándole ganas de gritar otra vez.- Se veía algo alterado cuando llegó. Si tiene un problema, si recibió una mala noticia… no haga nada mientras esté furioso o deprimido, ¿eh? –le desconcierta, ¿acaso le creía suicida o algo así?

   -¡Estoy bien! –ladra regresando a la habitación y tomando la caída toalla, cubriéndose. Imaginaba en dónde terminaría todo, abriendo la puerta y encarándole.

   -Pero… -inicia el otro cuando abre la puerta, ocultándose un tanto tras la madera, erecto como estaba no iba a mostrársela.

   -¡No pasa nada! –suena irritado, molesto, impaciente y desconsiderado. El otro lo estudia, claro, recorriendo desde sus anchos hombros a su fuerte brazo, pasando al torso levemente velludo, musculoso. Y la toalla… alzada. La sonrisa le enferma.

   -¿Luchando contra sus demonios? Ya veo.

   -Oye, amigo, no necesito… -quiere cerrar la puerta, regresar a la cama e intentarlo otra vez. O echarse adormir esperando que todo, de alguna manera, se resolviera.

   -Creo que necesita una mano con ese asunto. –le interrumpe el otro, más menudo, color oscuro, sonriendo divertido, alargando una mano y atrapándosela, apretándole el tolete sobre la toalla.

   -¡Oye, no! –exclama sorprendido y horrorizado, ¡un tipo estaba agarrándole el güevo en la puerta de su apartamento! Va a retirarse pero… su tolete pulsa con ganas, con fuerza, soltando sus jugos y bañando la toalla.

   -¡Guao! –exclama el muchacho, sorprendido por el entusiasta recibimiento.

   -No, no, déjame, yo… -azorado, rojo de cara alza las manos, como para alejar la situación. Las baja para apartarle la mano de su güevo, pero no le toca.

   -Vamos, estás en un apuro, en un duro aprieto. –bromea, masajeándole suavemente de adelante atrás, allí, en plena puerta.

   -¡No! –croa asustado dándole un fuerte empujón por el flaco torso, casi derribándole. Cerrando la puerta jadea contra la madera, temblando, débil y caliente, asqueado y excitado. Su verga, al descubierto cuando la toalla cae, parece quejarse.

   Hirviendo literalmente de frustración, entre el deseo sexual que no discrimina y sus reparos como hombre heterosexual, se dirige nuevamente al cuarto. Con disgusto cae sobre el colchón, la verga erecta golpeándole sobre el abdomen, en dirección a su ombligo. Conecta la televisión e intenta adormilarse, despejarse por un rato. Le cuesta, no puede apagar su mente, sólo piensa en una cosa, solo una desea: sexo. Traga en seco, ojos cerrados, le parece que la temperatura aumenta, que su cuerpo se baña de transpiración y que hay un olorcillo como a duraznos, algo que debía ser grato pero en el fondo se percibía algo más, algo que le hizo pensar en hospitales. En enfermedad. Sin embargo, va a modorrándose, adormilándose. Abre los ojos y parpadea pesadamente, notándose algo mareado. No sabe qué o cómo ocurrió, pero en la pantalla de su televisión hay porno, del duro, de una bonita mujer que es culeada rudo por tres tipos que la tienen en cuatro sobre una mesita y se turnan para clavársela duro por el pequeño anal.

   La escena, los gemidos de ella, las risas burlonas de los hombres al tener en sus manos a semejante puta, todo le pone el tolete más tieso… y jugoso. De su glande manan espesas gotas que cualquier marica desearía tomarse mientras aliviaba la presión. La idea le llega, pero frunce el ceño. ¿Acaso lo escuchó? Mira, de manera incierta, en todas direcciones, pero está solo. Se lleva una mano al güevo y lo aprieta, recibiendo ese rico calambrazo de lujuria. La escena cambia, un impresionante güevo blanco rojizo, surcado de muchos vasos, se entierra con fuerza en unos labios abiertos al máximo, de donde escapa algo de saliva, ruidosas chupadas y algunos jadeos… en un tono que no desentona con la leve sombra de bigote rasurado. ¡Era un tío comiéndose con muchas ganas un güevo!

   Apretando los dientes, rechinándolos, se deja caer de espaldas, la faltaban fuerzas para tomar el control un poco más allá y apagarlo. Cerrando los ojos, escucha perfectamente las chupadas, los jadeos del maricón, las órdenes autoritarias del macho que le somete a su verga. Y su mente divaga mientras se masturba prácticamente contra su deseo. El tolete le responde con espasmos deliciosos.

   Con los ojos cerrados se imagina en la puerta de su apartamento, la toalla en el suelo, gloriosamente desnudo y al vecino mariconcito chupándosela como hacía el de la película, moviendo sus labios con ganas. Cubriéndole el güevo mientras lo succiona, le daba lengüetazos y lo apretaba con sus mejillas. No quiere, intenta alejar esa imagen y sustituirla con el de alguna tía, pero no puede. El olor a durazno, a esos duraznos que intentaban ocultar un olor a problemas, se intensifica y su tolete derrama un mar de líquidos pre eyaculares que le mojan los dedos, quedando nadando en endorfinas y perdido de ganas.

   Cerró los ojos con más fuerza, intentando alejar de su mente aquella imagen, el deseo de sus carnes, pero este no hizo más que volverse más intenso. Luchó por evocar imágenes de mujeres, de tías, no la de ese tipito al que veía soltando su tolete que se bamboleaba como una lanza mojada de saliva, y que sacando la lengua se lo recorre desde las bolas a la punta. Clavándole los ojos con deseo y sumisión, el mariconcito recorre su tranca muy lentamente, demostrándole cuánto le gusta chupar así un güevo de macho. Cada intento de alejar esa imagen atornilla en su mente la lujuria.

   Con un vozarrón fuerte, de macho, le gruñía a ese carajo, en la puerta de su apartamento, que se tragara su verga como deseaba. Y a cada “trágatela toda, cabrón”, “cométela hasta los huevos, maricón”, dichos con insolente burla y desprecio, ese mariconcito gemía con el de la película, notándose que disfrutaba ser tratado así. Su boca, de la que manaba saliva espesa y gemidos, subía y bajaba sobre su tolete con un hambre que le excitaba. Sobre el colchón, Gregorio se arquea, sintiéndose tan cerca de terminar con esa calentura que se obsesiona más. El vecino la tragaría toda, hasta la base, resollándole en los pelos púbicos, congestionado de cara, ahogado, y lo retendría allí con una mano, riendo, tan sólo para verlo sometiéndosele. Le dejaría retirarse un poco, para que respirara, para verle más de esa hambre en los ojos.

   -Haz como les gusta a los hombres a quienes les mamas el güevo. –le diría en voz alta, sin importarle que estuviera de cara al pasillo.

   Y gruñe en esa sucia fantasía como hace sobre la cama cuando “ve” al vecino lengüetear sobre su glande blanco rojizo, dejándolo empapado de espesa baba mientras daba golpecitos al ojete. Y allí chillaría como los maricas hacen (piensa), al encontrar sus jugos pre eyaculares, que atraparía y de los cuales tomaría como un chivito hambriento. Como un buen becerro. Se miran, el macho de pie, sonriente, dejándose mamar, de rodillas el otro, sumiso y entregado, cubriéndole con la boca toda la barra caliente…

   Y aunque no quiere, Gregorio se estremece sobre el colchón, masturbándose sin detenerse, casi disfrutando de esa mamada. La boca iba y venía, golosa, sintiendo las pulsadas, los calorones, los jugos salinos del macho cayendo sobre su lengua.

   De rodillas en ese pasillo, totalmente desnudo y entregado al dios güevo, Gregorio mira al vecino putico mientras le come aquel inesperadamente enorme tolete. Ahora era él quien mamaba. Y succionaba soñando ya con tomar leche espesa y caliente.

CONTINÚA…

Julio César.

EL PEPAZO… 11

septiembre 29, 2016

EL PEPAZO                         … 10

De K.

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   -Todo cambia… hasta los gustos.

……

   Por un segundo traga en seco, aprensivamente, entrando en los foros de Atención al Cliente, exponiendo el caso del supositorio calmante, comenzando por eso, que no tenía idea que se trataba de un supositorio, y cayendo en posibles efectos secundarios del producto. Cuesta, pero la joven y despejada frente se frunce un poco cuando le aclaran que el aviso venía en la caja, hay un acercamiento y se lee. Rabioso, ¡cómo timaban a la gente!, busca la caja… encontrando la microscópica advertencia. Frustrado regresa para saber de efectos adversos o secundarios. Hay páginas y páginas hablando maravillas del producto, de su naturaleza biodegradable que la hacía óptima al no generar riesgo, lo cual también era una trampa ya que la gente se veía obligada a comprar más de uno. Lee los comentarios de clientes agradecidos, casi llorosos en alabanzas. Bota aire ruidosamente. Siente la presión del bóxer contra sus caderas y trasero, sabe que se le ve la raja de la alcancía, tal vez por eso se detiene en un aviso de ropa interior, flexible, ajustable para cualquier talla. Eran prendas bóxers cortas, de colores claros elegantes. Uno de los modelos muestra su trasero en uno y se ve impresionante, reconoce con la garganta seca. ¡Qué tamaño de culo!

   Y el muy imbécil hace un pedido. Tres calzoncillos por una cantidad increíble de dinero que le deja prácticamente en la ruina. Bien, después de todo necesita ropa interior nueva, ¿verdad? Toma mucho café, se dedica unos segundos a sus ejercicios, come en abundancia, mucho, y va al cuarto de baño. Ocupado de todos sus asuntos, se aplica una rápida ducha, sin muchos toques. Se envuelve en una toalla, que ahora parecía cubrir menos. Desde su altura mira sus muslos llenos, musculosos, atléticos. En el dormitorio se despoja de ella, mientras busca uno de sus calzoncillos más grandes, pero su mirada queda atrapada en su cuerpo en el espejo. Se ve tan fuerte, tan lleno de músculos que siente un calorcito extraño. Flexiona los brazos y sonríe complacido. Se viste, el pantalón le ajusta en el trasero, la camisa en los hombros. Sale, con el saco al hombro, y saca pecho, sonriendo cuando nota las miradas de las vecinas, casi acaloradas a su paso. Se medio vuelve y pilla a uno de los vecinos, junto a su mujer, que le tiene la vista clavada en el culo. ¡Joder!

   En la moto se dirige a la quinta, y el trayecto sobre el asiento le provoca reverberancias en el culo, es tan consciente de eso como de que se ha endurecido un poco bajo la bragueta. Así llega a la vivienda, se cierra el saco pero cree que algunos han notado sus apuros.

   -Coño, Contreras, cada día parece más grande. –comenta Linares, recorriéndolo con la mirada.- Cuidado y se te encoge el güevo. –ríe, igual otros dos de los guardaespaldas presentes, que también le miraban como demasiado. Y al recordar las cosas que había pensado de él, se sonroja.

   -Vete a joder al coño de tu madre. -le responde como se responde a todo en este país.

   Fue un mal comienzo de jornada, porque era consciente de lo ajustado del pantalón, camisa y saco. Más tarde le llama Marina, su ex, quien aunque vive con otro carajo le exige quincenalmente la pensión para Jacintico… una que se retrasa de vez en cuando. Discuten por eso, habla de sus muchos gastos y ella le grita que no quiere saber qué máquina nueva compró para ejercitarse, que deposite o se verán en los tribunales. Frustrado, y rojo de cara, miró la pantalla del teléfono. Y justo ahora que había gastado más de la cuenta en los benditos bóxers.

   El día se le hizo largo porque no pudo, en ningún momento, ejercitarse un poco en el cuarto acondicionado que el señorito de la casa había instalado. No con la ropa a punto de rasgársele sobre el cuerpo. Aunque le gustaban los comentarios sobre su cuerpo que las chicas de la cocina le lanzaron entre risitas tontas, no le agradaron las chanzas a la hora del almuerzo.

   -Joder, Contreras, deja algo para los perros. –exclamó el Indio, un tipo que comía bastante.

   Eso casi le quitó el hambre. Casi. En horas de la tarde, en su moto, acalorado y con el trasero inquieto, vuelve a su apartamento. No siente ganas de nada como no sea regresar y quitarse todo. Sube en el ascensor, agradecido de que funciona, y nada más entrar a su piso se quita el saco, la corbata, la camisa y la camiseta, lanzando un suspiro de alivio. No puede evitar tocarse el duro y firme abdomen y subir, acariciándose aunque sólo intentaba evaluarse. Llaman a la puerta, desconcertándole. Sin pudor, con ese cuerpo no debía, abre.

   -¿Si? –frente a él se encuentra un carajo desagradable, treintón y alto, algo obeso, de ensortijado cabello grasiento bajo una gorra, la cara barbuda, unos anteojos gruesos completan la vaina; lleva una camisa manga larga ajada, fuera del pantalón en buena parte de la voluminosa cintura. Arruga la cara sin disimulo, aquel sujeto olía a sudor, no a violín, sino a transpiración, como si hubiera estado bañado en él, se hubiera secado y sudado otra vez.

   -Su pedido de Fuckuyama. –informa levantando un paquete realmente chico. Sorprendiéndole.

   -¿Tan pronto? Vaya. –sonríe y lo toma, desconcertándose al fin cuando el sujeto sigue allí, recorriéndole con la mirada, especialmente las tetillas. Casi se siente tocado… y ultrajado.- ¿Si? Si esperas propina… -el otro sonríe de forma desagradable.

   -No, esa la tomo yo. La compañía, por quejas resientes, desea que vea y pruebe el producto, y que me diga si lo acepta. –informa, pasando al apartamento como si tal cosa, con su fuerte olor. Dispuesto a cobrar su propina en especias de ese lindo carajo culón.

CONTINÚA…

Julio César.

EL PEPAZO… 10

septiembre 28, 2016

EL PEPAZO                         … 9

De K.

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   -¿Se te antoja?

……

   Sabiendo que no puede retrasar más el momento, empuja la tapa del desodorante contra su esfínter. Esperando el dolor de la invasión a su anillo, iba a “romperse” el culo, pero no llega. Este entra, frotando, pero sin molestar. La irregular superficie va rozando todo su camino mientras entra y el joven y guapo hombre lanza otro gemido, ojos cerrados, bañado en transpiración, su pecho subiendo y bajando. Lo siente, sus entrañas amasándolo, apretándolo.

   Lo retira unos centímetros y grita otra vez, se sentía tan bien a la salida como a la entrada; está ardiendo literalmente y con la mente nublada. Sólo hay algo que quiere. Comienza un saca y mete frenético, cogiéndose, y grita alzando la espalda de la cama. Las poderosas sensaciones que lo recorren son increíbles. Sabe que está mal, que no debería, pero no puede contenerse. Aferrando la base del desodorante (no quiere que nada más se le vaya por el culo en un momento de descuido), lo saca y mete, los pies sobre la cama, sus caderas alzadas, comenzando un movimiento natural de la especie al copular, lleva su pelvis, y en este caso su culo, de adelante atrás, cogiéndose profundamente.

   Y su mente divaga, ojos cerrados, boca abierta, los labios sonrosados y húmedos; lanza gemidos mientras empuja el objeto en su entrañas, rotándolo para sentirlo mejor en todas partes. Esa vaina con su figura extraña se sentía bien; era eso, el placer anal del que muchos hablaban, ¿verdad?, nada de mariconerías, intenta racionalizar. A pesar de que gime y grita de forma entregada, con el tolete muy erecto sobre su panza, goteando, y su culo agitándose, de adelante atrás en busca del pote. ¿Cómo se sentiría un güevo? La idea llega de pronto, paralizándole, haciéndole bajar la espalda y las caderas, asustado, pero su culo arde de manera intensa, pica y parece cerrarse sobre el objeto halándolo. Alarmado lo retira unos cinco centímetros, lo cual es su perdición, tiene que reiniciar el saca y mete, agitando el atractivo rostro contra las almohadas, una sonrisa boba en su rostro, algo de baba fuera de su boca.

   Una verga grande y gruesa, sin caras, agitándose entre unas musculosas piernas de chico, es en lo único en lo que puede pensar. El güevo tieso y nervudo de un hombre que pronto se enterraría en un redondo y casi virgen culo musculoso. A ese orificio blanco se acerca ese glande oscuro, goteante, lanzando oleadas de calor y olores. Rozándole, su culo, porque sabe que es su culo, se abre como una boquita formando una perfecta “o”, siendo acariciado. Penetrado. Una vaina gruesa y pulsante, nervuda y caliente, cada vena quemando contra las paredes de su recto. Y se asusta, porque cae casi desmayado, metiéndose y sacándose el desodorante ese, pero ya no lo era. Era alguien con él, era un güevo abriendo, llenando y cogiendo su culo. Uno güevo enorme que le hacía gritar más y más, más caliente y necesitado. Por un segundo se le cansa la mano y deja caer sus caderas sobre la cama, soltando el desodorante, las piernas flexionadas y abierta. Y grita, porque su culo casi amasa y muele ese pote. Por Dios, debía estar pasándole algo muy malo, se dice alarmado, casi alzando la cabeza para mirarse abajo, buscándose en el espejo. Si, el pote sale y entra unos dos centímetros, activado por sus entrañas. Quiere retirarlo, lo hace, esos dos centímetros, pero la sensación es tal que… lo empuja. Y comete otro error.

   -Ahhh… -grita a todo pulmón.

   La punta roma chocó de algo, y al hacerlo la reverberación que lo siguió, parecido a una campana, llenó cada centímetro de sus entrañas. Saca el pote y lo clava, repitiéndose aquello, desquiciándole más. Lo saca y lo mete buscándolo, imagina que el supositorio que quemaba, pulsaba. Cada roce era una caricia erótica imposiblemente caliente, satisfactoria y excitante. Lo saca y lo mete hasta que estalla en un orgasmo con menos leche, pero igual de poderoso que los anteriores. Jadea cansado, los ojos cerrándosele. La mano cae, el pote también. Sonríe mientras se duerme.

   Al otro día despierta nuevamente tarde, totalmente alerta y despejado, descansado. Ve hacia la ventana, está claro. Durmió de un tirón. Se sienta y mira el pote de desodorante, enrojeciendo feamente. Dios, ¿qué estaba pasando? Preocupado, aunque también muy hambriento, se pone de pie. Tal vez si deba hablar con un médico. Ir a… Se congela. Se mira frente al espejo y parpadea. No, no lo imagina. Sus hombros parecen más anchos, más separados de su cuello, la “v” de su torso es más pronunciada. Sus pectorales son globos de masculina carne dura. Se lleva una mano y siente el bulto del bíceps, enorme. ¡Parecía más musculoso! Sus muslos y piernas así se lo indicaban. Casi temiendo se vuelve, si, su trasero se ve más grande también, alzado; se da una palmada y la siente firme. Pero la nalgada le provoca ciertas… cosquillas en su raja. Temiendo lleva una mano y acaricia la entrada de su culo, frunciendo el ceño. Se vuelve como puede y se lo revisa al espejo. Si, los labios del culo se ven hinchados, menos arrugados, rosadito… y con menos pelos. Casi se lleva la mano para tocárselo, sintiendo un espasmo en este, de anticipación.

   Asustado la aleja. Se coloca el bóxer pero a duras penas le cubre el trasero, ¡algo le hizo ese supositorio de mierda! Va a la cocina y enciende la cafetera, saca algunas ollas de la nevera, siente un hambre feroz, una que ni la preocupación le quita. Mira la computadora. Iba a arrojarse sobre la silla pero finalmente lo hace con cuidado. Enciende, busca y el espacio se enciende frente a sus ojos, mil ofertas de ventas, artículos para hombres, desde pantalones y portafolios a cinturones. Y juguetes sexuales para incrementar la vida sexual, así rezaba un anuncio escandaloso, enfocando finalmente un largo y grueso consolador negro. Tragando en seco intenta no mirar.

   Al fin, piensa y lee: Bienvenido a Fuckuyama.

CONTINÚA … 11

Julio César.

EL PEPAZO… 9

septiembre 25, 2016

EL PEPAZO                         … 8

De K.

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   -¿Se te antoja?

……

   -Hummm… -se le escapa al mover el dedo adentro y afuera de su redondo anillo, la frente pegada a las baldosas. ¿Cómo le contaría a su cuñado, por muy urólogo que sea, que sintió eso tan raro en un gimnasio? Algo que le horrorizaba y asqueaba pero que lo excitó.- Ahhh… -deja salir, diciéndose que no podía contar esa parte. Pero si lo del supositorio, ¿verdad? Después de todo creyó que era algo medicinal. Con cara roja imagina lo que todos dirían si lo supieran.. Oh, Dios. –exclama casi ronroneando, el dedo, bien metido en su culo, lo flexiona rascando con él su interior.

   Pero debía buscar ayuda, una cosa era que algo se le fuera por el culo y otra no conseguir una erección delante de una mujer abierta que le decía métela aquí. Separa las piernas montando un pie sobre el murito de la cortina de baño, abriendo las nalgas redondas, sacándose el dedo y acompañándolo, acariciándose ese esfínter hinchado con la punta de dos, frotándolo, el capullo abriéndosele dejando entrar ambos, cerrándose hambrientamente sobre ellos, las paredes del recto atrapándolos, chupándolos, halándolos.

   -Hummm… -frente arrugada, mejillas rojas y boca muy abierta, comienza un saca y mete de su culo impresionante. Cada pasada, cada roce le robaba fuerzas. Pero se congela, parpadeando, la cara bañada con mil gotitas de agua.

   ¿Qué estaba haciendo? ¡Se estaba metiendo los dedos por el culo! Horrorizado intenta sacarlos, pero retirarlos le produce tal oleada salvaje de lujuria y excitación que no puede contener otro gemido, uno sorprendido pero también maravillado. No, detente, se gritaba, pero vuelve a clavarlos, agitando las puntas, sintiéndolo otra vez, tal carga de adrenalina que le parecía que su corazón estallaría. Alza el rostro y grita de lujuria, toda su piel erizada y excitada al sacar y meter sus dedos. El tolete le abulta, se le llena, se para en toda su grandeza, goteante.

   No quiere pensar, no puede cuestionarse, no ahora que su culo, que meterle los dedos estaba provocándole tal calentura y placer, algo nunca antes experimentado. Sin detenerse saca y mete sus dedos apoyando ahora media cara de la baldosa, ojos cerrados, sus nalgas alzadas y echándose muy atrás. Lo siente, con la punta de los dedos cree notar algo, una cosita, una pepa, e imagina que es el supositorio, y lo sigue, quiere atraparlo, y para hacerlo clava profundamente esos dedos, el puño contra sus nalgas, agitándolos de manera activa, lo que provoca nuevas oleadas de placer.

   Joder, no alcanza, para eso necesitaría los dedos de Linares, su socio de trabajo, el tipo grande de dedos enormes. Sus dedos si llegarían si se los metiera, si estuviera allí, a su lado, con su traje y corbata, con una sonrisa sardónica en los labios, sacándole y metiéndole dos de sus dedos largos y negros, de nudillos gruesos. Esos dedos irían y vendrían, adentro y afuera, mientras le decía que lo tenía rico, que su culo era capaz de secarle el güevos y…

   -Ohhh… -se corre abundantemente otra vez, el chorro pegando de las baldosas, quedando mareado y débil de tanto placer alcanzado. Sacándose los dedos, jadeando, cara contra la pared, deja que el agua lo bañe y le limpie. No quiere pensar en lo ocurrido, porque era terrible… y porque había sido un intenso y maravilloso orgasmo. Cosas que no podía compaginar.

   Sale, se seca, se coloca otro bóxer ajustado y sexy, llegando a la cocina. Tiene hambre, mucha. Fríe carne, calienta puré de papás, también pan y bebe mucho jugo. Todo le sabe delicioso, siente un hambre canina. Cae frente a la computadora, su culo dándole un aviso, busca y nada de Fuckuyama. Va al porno, tiene mucha… pero ni le interesa ni se excita. Y no se arriesga a buscar… otras cosas.

   Va a su cama e intenta escapar de sus ideas, de su vida. Algo no estaba bien, lo sabe. Se rasca las bolas, se soba el güevo y nada, aunque lo presentía. Todo giraba, al parecer, alrededor de su culo. La mirada cae casualmente, o eso quiere creer, sobre su mesita de noche. La respiración se le espesa, el pecho recio y joven sube y baja con esfuerzo. Traga en seco y desvía los ojos. No puede mantenerse, regresa la vista a la mesita. A su largo desodorante de bolita, con su forma cilíndrica y su punta de goma enroscada, roma. Lo mira y mira, fascinado, erizado, sintiendo una intensa, desesperante y demandante piquiña en su culo. Le pica de una manera intensa, bárbara. Cierra los ojos pero en su mente ve el desodorante y el picor se incrementa. Casi maldiciéndose mete una mano dentro del bóxer, pasando sobre su tolete y bolas, acariciándose la peluda raja y pliegues que van a su culo; lo rosa, protuberante, titilante. Siente como los labios del esfínter se estremecen, y aún más al roce, abriéndose en boquita.

   Temblando de miedo, de verdadero pavor, sabe lo que quiere. Que lo estimule, que le meta el dedo. No, no, intenta resistirse, pero el dedo se entierra, dos de las falanges, y un volcán erupciona en su cerebro. Grita ahogado y ronco cuando luces blancas estallan frente a sus ojos. Siente tal calambrazo de lujuria que arquea la espalda y la separa de la cama. Mete y saca el dedo, pero no es suficiente. Ya no, mete dos, dos de sus dedos se introducen en sus entrañas, y aunque es un poco mejor, tampoco era la respuesta. Casi pateando sale del bóxer y toma el bote de desodorante, rabioso por lo que hace, pero incapaz de contenerse. Apoya los pies en la cama, con una mano se hala bolas y güevo y pega la roma aunque biselada tapa blanca de su culo. Sabe que lo que haces es una locura, es entrar en otro terreno, uno del que nunca ha sentido ganas de saber. Ni quería. Roza la tapa contra la raja, de su esfínter, y este parece alargar los labios para atraparla.

   Tiembla al comprender… su culo quería ser consolado.

CONTINÚA … 10

Julio César.

EL PEPAZO… 8

septiembre 24, 2016

EL PEPAZO                         … 7

De K.

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   -Hola, vecino, ¿puedo pasar?

……

   -Por Dios, ¡deja de hacer eso! –grazna con cara de angustia y asco cuando le ve hundir la lengua en la gelatinosa y olorosa mancha.- ¡Eres un cerdo!

   -Es rico. Si vamos a…

   -¡Vete a la mierda! –comienza a gritar pero mirando aterrorizado en todas direcciones, se controla, cubriéndose con la camiseta, que no tapa un carajo, y arrancándole la toalla que el otro lleva a un hombro se medio tapa y escapa… No sin antes, después de bajar del maldito asiento de la bicicleta, de llevarse una mano al trasero y asegurarse de que no tiene ningún hueco en las ropas. Nada. Perfecto. Y escapa a la carrera.

   -Pero… pero… -oye al otro, pero eso no le detendría nunca.

   Mientras cruza el salón, bañado en transpiración, recibiendo las usuales miradas dado su hermoso  y trabajado cuerpo, a Jacinto le parece que todos saben lo que acaba de ocurrir. Y aquello le preocupaba más que el por qué había ocurrido o cómo lo permitió. No era un chico muy profundo la verdad sea dicha. Le es difícil cubrirse, su miembro todavía abulta demasiado contra aquellas prendas. ¡Y el olor, Dios!

   En los solitarios vestuarios va a un lavamanos y refriega su cara, y después de asegurarse de que nadie le mira, se medio lava las bolas. No, no iba tomar una cucha, no allí, con ese mariconcito dando vueltas. Por primera vez en su vida se siente inseguro. Llamaría al Indio y… Cierra los ojos, respirando agitadamente. ¿Qué había hecho? ¿Cómo dejó…? Los abre y se mira al espejo, el cabello húmedo pegado a su cráneo, un mechón en su frente. No, la cuestión era, ¿qué le pasó? El recuerdo sobre aquella bicicleta…

   Rato más tarde, eludiendo cuidadosamente al catire que saboreó su esperma (algo que, de por sí, debía hacerlos como conocidos al menos), sale del gimnasio. Llama al Indio y le dice que está enfermo. A este le irrita, lo saben cuentero y flojo, pero ante la duda de un malestar real le deja ir. Pero no va Jacinto a su apartamento a practicar el autoanálisis, a una introspección esclarecedora. No, llama a una de sus amigas, sonriente su voz melosa, y casi la obliga a invitarle a su casa. Pasará sus exasperados ratos intentando una charla cuando únicamente quería pasar a la cama y quemar las ganas. También… probarse. Cuando esta entiende, finalmente, que lo que busca es un polvo, le deja entrar a su cama, aunque un tanto molesta. A la larga, habría sido mejor si le hubiera mandado al coño… Jacinto, abrumado y avergonzado, escapa poco después.

   -Tranquilo, dicen que eso les pasa a muchos hombres al menos una vez. –todavía le consuela ella, en la puerta de su casa.- Bueno, nunca conmigo, pero imagino que estás muy presionado y…

  Con el rugir de la moto ahoga cualquier otra nota y se aleja. Furioso… y asustado.

   Así de alterado regresa a su edificio, encontrando el ascensor dañado, otra vez (si estuviera al día con el condominio se habría molestado todavía más); sube a paso rápido por las escaleras cargando con su bolsa de gimnasio. Va distraído, una pesada pisada le sobresalta, vuelve la mirada y encuentra que tras él viene subiendo otro vecino, un tipo de mala cara que jamás hablaba con nadie, quien en ese momento le sonríe… Y que le tenía la mirada clavada en el culo, donde algo de la tela del jeans, que lleva desde el gimnasio, se mete entre sus nalgas. Eso le azora, igual el guiño que el otro le lanza.

   -Vecino. –este se detiene en su piso y desaparece.

   ¡Jo-der!, piensa y sigue su rumbo. Entra al apartamento arrojando la bolsa, y por la fuerza de la costumbre se despoja de la franela algo ancha, el jeans, los zapatos y medias, quedándose en bóxer, otro, no el manchado de esperma, aunque ese también apestaba por no haberse bañado. Va a la nevera, su rostro nublado de preocupación. Bebe directamente del cartón de jugo, y se encamina hacia la laptop. Se deja caer en la silla con abandono.

   -Ahhh… -se le escapa con sorpresa. Ha hecho eso un millón de veces, ese año, sin esos resultados. Al caer sobre el asiento su culo pareció enviar una oleada a todas sus entrañas. No era desagradable, pero si inquietante.

   Resistiendo el impulso de refregar el trasero del mueble, intenta encontrar la página de Fuckuyama. Nada. Busca sobre problemas de supositorios y próstata y entra, invariablemente, en páginas de sexo gay. Frustrado se dice que tendrá que hablar con alguien. La cara le arde de vergüenza, ¿buscar un médico? El marido de su hermana, el urólogo… ¡Dios! La llama y se auto invitará a cenar. Metiéndose en el baño, el agua templada recorriendo su atractivo cuerpo, piensa en cómo plantear el asunto del supositorio, lo sentido y lo ocurrido en el gimnasio… ocultando muchos de los datos. Intenta buscar un giro que le favorezca, que no le deje quedar tan mal pero que el problema sea evidente. No iba a contarle un poco de vainas al coñe’e madre ese para no recibir respuesta acertada.

   Cavilando, la mano llena de espuma y gel, la mete entre sus nalgas, frotándose vigorosamente la peluda raja del culo como hace siempre. No es consciente, no cabalmente, del temblor de su capullo, la manera que pulsa y titila.

   Parece abrírsele como una boquita y el dedo, todo él, se hunde con suma facilidad…

CONTINÚA … 9

Julio César.

DE AMOS Y ESCLAVOS… 40

septiembre 21, 2016

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 39

tios-en-tanga-brillante

   Feliz, saboreando lo que le dejan encima, les sirve…

……

   ¿Qué diablos estaba haciendo?, ruge una molesta vocecita en la cabeza de Gregory Landaeta, una a la que en verdad no le presta mucha atención, no cuando está de panza sobre su sofá, los atléticos brazos doblados bajo su cabeza, apoyado sobre el lado derecho de su rostro; y sentando a su lado, está ese carajo bajito, flaco y blanco que le recorre la espalda con las manos como si le masajeara, pero aquello era una descarada y erótica sobadera. Las delgadas manos se cerraban sobre sus recios hombros, apretando, bajando abiertas, produciéndole escalofríos. Su piel estaba muy sensible por aquel aceite… y la verdad es que después de que el otro le chupara las tetillas, poniéndole al borde, y le medio metiera un dedo en el culo, sin que se lo impidiera, era poco lo que podía hacer. U oponer.

   Las manos bajan y bajan, Esteban sonríe con ojos nublados mirando la tirita de la tanga, las redondas y firmes nalgas que la tragan. Sus dedos blancos contrastan sobre la oscura piel.

   -Baja los brazos. –pide, y desperezándose, como si tal cosa, Gregory lo hace. Parecía calmado, pero bajo su cuerpo, contra el mueble, su verga palpitaba con fuerza. Y más cuando sus bíceps vuelven a ser recorridos por aquellas manos que le ofrecían adoración.

   La sonrisa de Esteban se ensancha, volviendo la mirada hacia ese trasero que lo obsesionaba desde que conoció al tipo. Las manos regresan, tienen que hacerlo, acariciando, enterrando los dedos, produciéndole gemidos al otro. Separa los glúteos, la visión del hilo dental cubriendo la raja es enloquecedora. Gregory se tensa y traga saliva, asustado y emocionado, cuando nota que el otro acerca el rostro, caliente, a su trasero, soplándole sobre el ojete cubierto. El cual sufre espasmos. Lo sabe, tenso sobre el mueble como está. Esteban le vigila con el rabillo de los ojos, su rostro cerca de ese culo, y vuelve a soplar, llevando los pulgares prácticamente a cada lado del hilo, sobre el ojete, y halando. Gregory se muerde el labio inferior y aún así se le escapa un ronco gruñido, mientras su culo se alza un poco y la verga le babea de manera copiosa sobre el mueble.

   -Amigo… -inicia una batalla que la sabe perdida hace rato, pero la defensa de su hombría así lo requiere, cuando siente un dedo del otro meterse, en su baja espalda, en la tira que desciende entre sus glúteos.

   El pálido dedo baja, halando la tela a un lado, rozándose de la piel, y el negro culo queda al descubierto. Gregory no sabe qué esperar, en serio, tal vez un soplo, o un dedo (le sorprende no alarmarse más al imaginarlo), pero no aquello…

   Lo primero que sintió fue la barbilla, caliente, acercándose, impactando contra su piel, raspándole con la barba, luego el aliento en directo contra su ojete, y el toque de algo suave, caliente y húmedo que frotaba y se pegaba de su culo expuesto. El roce, la sensación era tal que se erizó; arqueando la espalda y mirando sobre un hombro, se encuentra con los nublados ojos del otro, que le estaba pegando la lengua del culo, sin reparos, lamiéndolo, azotándolo con la punta, con rapidez y salivándolo.

   -Oh, Dios, ¿qué haces? –jadea, ahogándose, alzando más la nuca cuando los delgados labios rodeados de barba y bigote se cierran sobre su agujero en un beso sucio y prohibido.- ¡Ahhh! –grita sin poder o querer contenerse. Eso era muy…

   Se siente mareado, asuntado e impactado, tal vez es por eso que no reacciona cuando el hombre le atrapa una mano con la suya, flaca, alzándosela, guiándola, llevándola a su entrepiernas, donde abulta un güevo erecto bajo el pantalón de tela suave. Los dedos de Esteban se cierran sobre los suyos, y mientras su culo era lamido y chupado, Gregory es consciente de que su palma y dedos se cierran por la presión sobre el duro tolete del otro… y que sus dedos comienzan a moverse sutilmente, apretando, sobándolo.

   Toda la negra piel se eriza como de gallina cuando Gregory entiende lo que hace, y lo ve, que agita sus dedos sobre el tolete erecto de otro hombre, sobre sus ropas, algo que le parece terrible, insólito… y excitante, tal vez por lo malo que le parecía. Y, además, reconocía con vergüenza, tampoco era la primera que sentía, experimentaba o tocaba; debía recordar lo del Metro. Como sea, sus dedos se cierran inequívocamente sobre la mole de carne dura del otro hombre, quien doblando de cintura y pansa, sigue comiendo de su culo, lengüeteando, azotándole con la punta, cerrando los delgados y rojizos labios en su orificio y chupando, aprovechando sus espasmos. Porque, mientras respira pesadamente y jadea, sabe que su orificio sufre espasmos, abriéndose y cerrándose sobre la lengua hábil de aquel sujeto.

   -Hummm… -ahogado se le escapa, plenamente consciente de que sube y baja sus tersas y musculosas nalgas negras contra ese rostro delgado, blanco, con la rala barba que rasguña sutilmente su piel. ¡Quiere esa lengua penetrándole el culo!, aunque era la verdad, todavía no se atrevía a pensarlo de esa manera. O que estaba masturbándole, entusiastamente el güevo, sobre las ropas. Sus dedos cerrados iban y venían sobre la tiesa carne de joder y no podía detenerse. Estaba atrapado por la lujuria, las ganas de sexo, una necesidad que generalmente no dejaba ni pensar a los hombres. Al menos no con claridad.

   Apartando centímetros sus labios húmedos y brillantes del ensalivado culo, que titila salvajemente como reclamándole volver, Esteban sonríe, separando esa entrada con sus pulgares, manteniendo la telita de la tanga aparte. Sus dientes mordisquean, recorren y rayan sobre la tersa piel que lleva a la raja, sopla el ojete peludo que se estremece, con la punta de su lengua recorre los pliegues, y ese orificio parece paralizarse, abierto, necesitado de más. Y lo satisface, hunde su lengua en aquellas entrañas olvidado toda prevención, asco o repulsa. Comerle el culo, escucharle gemir, verle tensarse y arquear la poderosa espalda oscura, sentirle estremeciéndose al agitar el culo frente a sus ojos, o su boca, era todo lo que el tipito necesitaba en esos momentos. Le mete la lengua decididamente, tibia, mojada, reptante, y Gregory se tensa contra el mueble.

   -Ahhh… -es el grito que escapa de sus labios, algo que parece totalmente involuntario.

   Pero Esteban quiere más.

   Su mano delgada y caliente cae sobre la de Gregory, ambos estremeciéndose, y con justa razón de parte del tío negro, ya que el otro era el dueño de la verga que acariciaba sobre las ropas. Apartándole un poco los dedos, no alejándole, tan sólo obligándole a retroceder un tanto sobre la barra, Esteban se las ingenia para manipular la cremallera de su pantalón, bajando el cierre lentamente, sin dejar ni por un segundo de agitar su lengua dentro de aquel culo que echaba candela, pero con ojos de halcón mirando al otro. Ante esa bragueta abierta, la mirada de Gregory oscurece, su respiración se espesa aún más al estar acostado boca abajo sobre el mueble.

   ¡Si!, se dice Esteban al verle, sonriendo como el propio gato aunque besa de manera chupada aquel agujero. La mano oscura suelta la barra y como poseída por otra voluntad, una que no dependía para nada de la de su dueño, se acerca a ese cierre, los dedos tantean metiéndose, su piel muy erizada, todo él gritándole que se detuviera pero no deseándolo. Las puntas de los dedos toquetean la barra del tipo blanco sobre el bóxer, y le parece que late con fuerza, que quema a pesar de la tela. Lo atrapa y exhala un gemido, cerrando los dedos sobre el otro güevo, sobre la pieza de vestir íntima, apretando y sobando, apretando y sobando más, palpándolo, luego aferrándolo y masturbándolo otra vez. Y le encanta notar y escuchar como el tipo ese se agita, como su respiración se hace superficial. ¡A la mierda!, piensa, poseído de fiebres, y mete la mano dentro del bóxer, cerrando la palma y sus dedos sobre el tieso güevo de otro chico.

   Quema contra su palma, agitándose, y le parece la cosa más increíble del mundo. Sabe lo rico que es tener el güevo en la mano, se hace pajas desde los trece años, y lo mágico que es cuando una tía te mete mano, pero aquello… Sentir en vivo y en directo la de Esteban era… Lo aprieta, fuerte, no puede evitarlo, agitándolo lentamente, de arriba abajo. No aguanta más, maniobra para sacarlo, quedándose helado al verlo, el rostro de lado, erizado por aquella boca que incrementa sus chupadas, besitos mordelones y succiones en su culo, aquella lengua que se le metía hasta el alma, reptándole como un animalillo planeado para dar placer. Le parece una pieza magnifica, no tan larga o gruesa como la suya, pero si nervuda, rojiza azulada de vasos. Ver su mano grande, de oscuros dedos recorriendo la blanco rojiza barra con las puntas, viéndola estremecerse, le parece el colmo de lo caliente. Cierra su puño alrededor de ella y los dos lanzan un gemido, es un choque eléctrico poderoso. Y lo masturba, su puño va y viene sobre la pieza masculina erecta, haciéndole la paja mientras la lengua de ese carajo ya casi le llega al estómago.

   Si, se dice el joven hombre blanco, lamiendo, dándole lengüetazos salivosos, también chupetones ruidosos. Eso le gustaba, lo que le hacía con su lengua… pero especialmente lo que el guapo hombre negro le hacía con la mano, el puño cerrado sobre su tolete blanco enrojecido. Pero quiere más…

   Gregory, por un segundo no entiende lo que ocurre cuando Esteban se pone de pie, siendo lo notable que no le suelta el güevo, parecía no querer, o poder. Se vuelve a mirarle, este sonriéndole, guiñándole un ojo, tendiéndose así sobre su trasero, llegándole otra vez al agujero, pero ahora con la peluda barbilla pegada a su baja espalda. Así regresa esa lengua a su culo… pero frente a sus ojos se encuentra ahora la verga pálida de este, a escasos centímetros, irradiando calor, exhalando un salino olor, una gota espesa escapando del ojete… Muy cerca de su boca. Una que se le seca y luego se le hace agua mientras traga con esfuerzo.

……

   Yamal Cova llega molesto a su casa después de tomar una larga ducha en aquel motel, donde ya estaba que trinaba de rabia. ¿Estaba así porque aquella mujer le había usado de esa manera, exponiéndole frente a unos desconocidos? Tal vez, aunque la verdad fuera dicha eso le tenía sin cuidados, era de los firmemente convencidos de que el mundo era tan grande que nunca más les vería. Lo que le irritaba eran las palabras del maricón ese, reconoce, sintiendo un nudo desagradable que no puede controlar en sus entrañas.

   Ese carajo le culpaba de traicionarle, le imputaba el tenderle una trampa. No quiere seguir por ese camino, no desea caer en que le altera el que el otro estuviera molesto con él, tanto que le corrió como a un perro; eso cuando… Camina a paso vivo hacia la cocina, donde la mujercita, rostro avinagrado, le ve entrar sin alegrarse. No la saluda, no dice nada.

   -¿Vas a cenar? -pregunta ella, sin emoción.

   Sin mirarla le gruñe cualquier cosa y abre la nevera, saca una cerveza y la toma casi de un trago, lo que ensombrece más y más la frente de la mujer.

   A Yamal le molestaba que su perrita emocionada, siempre golosa de su verga negra, se le hubiera revelado así. Era eso. Bartolo Santoro no tenía ningún derecho a tratarle como si no fuera nada, ¡era su puta, carajo! Decidido, muy molesto, se dice que lo llamaría y… El último buche de cerveza le sabe amargo. La putica se le había alzado. Necesita… se vuelve a mirar a la mujer, camina lento tras ella, olisqueando tras su nuca.

   -¿Terminaste con eso? ¿Estás desocupada? –le pregunta. Ella encoge el hombro, alejándole.

   -¿Vienes maluco? Déjame en paz, estoy cansada.

   Traga con rabia, deseando gritar, pero se aleja. La mujer no era así, generalmente sumisa se alegraba cuando la buscaba. Pero entendía, se había comprometido a acompañarla al hospital a visitar a su madre y no lo hizo. Cosa que esta no olvidaría fácilmente.

   -¡A la mierda! –gruñe frustrado, toma otra cerveza y sale. No nota la mirada dolida de la mujer, ni su puchero desdeñado.

   Bebiendo regresa a la sala, cae de golpe en un sillón y toma el teléfono fijo. Marca y espera, impaciente, molesto. El peor de todos los consejeros. Al escuchar el “aló”, se lanza.

   -Quiero que nos reunamos, que hablemos. –demanda, hay un silencio.

   -Yamal, estoy con…

   -No me interesa. Te espero en el trabajo, ¿okay? –es firme, casi malvado.- No tengo que recordarte lo caliente que te pones cuando quieres que te encule, ¿verdad?

……

   Aunque no hace nada más, nada pide o exige, Gregory Landaeta es totalmente consciente de lo que Esteban espera de él, de pie, inclinado y ladeado en una postura que no debía ser cómoda para nada, comiéndole el culo… la verga blanco rojiza erecta muy cerca de su rostro. Una verga que todavía acaricia y mira fascinado.

   No podía tratarse de un accidente, ni por un segundo lo cree. Ni lo que siente.

   Ese güevo caliente, pulsante y goteante llena su mente, quiere… desea tanto tocarlo con la punta de su lengua y recorrerlo que la piel le arde casi dolorosamente. Se imagina separando los labios y atrapando el liso y blanco rojizo glande, y sabe que gotea sobre el mueble. Pero si cedía, si lo hacía… sería un mamagüevo en la definición más literal de la palabra. Estaría chupándole el tolete a otro hombre, lo tendría en su boca, sobre su lengua, latiendo y mojándosela y eso ya nunca cambiaría. El miedo a la imagen le ata, pero de igual forma le excita. Un mamagüevo… algo que sólo un marica…

   La gota cuelga en la nada y cae cuando le da otro apretón al duro miembro. A la mierda, ¿qué le importaba lo que cualquiera dijera? Estaban a solas allí, si alguien le preguntaba si mamó güevo lo negaría hasta el fin de sus días, y si el otro contaba algo ya le arreglaría cuentas a golpes. Eso se dice alzando el rostro, llevándolo hacia el tolete, sacando la lengua y tocando el glande. Siente como Esteban se estremece, le oye contener el aliento mientras le mordisquea de manera erótica y sensual una nalga, cerca de su raja, soltándole una buena cantidad de saliva espesa. Pero es poco a lo que siente él mismo.

   Algo se apodera de su cuerpo, es lo único que puede pensar cuando con ansiedad comienza a recorrer el blanco rojizo glande con su lengua, cada lado, borde y resquicio, casi metiéndole la punta en el mojado ojete. Y siente el sabor sobre su lengua, salino y algo amargo, nada agradable. Por eso no entiende sus propias ganas al continuar lamiendo, no cuando Esteban deja su culo, enderezándose, frente a él, mirándole pasar la lengua sobre el miembro. Se miran, el otro sonríe de manera amable, casi dulce, y sin quitarle los ojos de encima, ardiendo de vergüenza, los negros labios se cierran finalmente sobre esa cabecita lisa, apretándola, sintiéndola gotear contra su lengua, estremeciéndose al notar que tragaba sin detenerse.

   -Vamos, siéntate. –Esteban le indica, atrapándole el rostro, obligándole obedecer, demasiado manso piensa él, quedando de culo, uno mojado de saliva sobre el mueble, sin dejare salir ese pedazo de güevo.

   El hombre de la barba nada dice, pide u ordena, incluso le suelta. Tan sólo se miran. Gregory siente que su corazón le cabalga con fuerza en el pecho; este, ancho y recio, sube y baja con esfuerzo. Y cerrando los ojos, posiblemente no soportando mirarle al hacerlo, lentamente va cubriendo más y más del cilíndrico tolete, aprisionándolo con sus gruesos labios, pegándole la lengua, estremeciéndose al sentirlo pulsar.

   -Oh, Dios… -escuchar el jadeo de Esteban, ojos cerrados, le eriza. Había sorpresa, gozo y lujuria. Una que comparte mientras va devorándolo cada vez más.- Vamos, chúpame el güevo. –le oye, ahora si exigente como todo hombre que encuentra a quien se lo haga.- Vamos, comételo un poco. Luego… -el tono le hace abrir los ojos, alarmado, más al verle la determinación, la sonrisa casi de compartida picardía.- …Quiero coger tu culo. Deseo ser el primero en tu vida.

CONTINÚA…

Julio César.

EL PEPAZO… 7

septiembre 21, 2016

EL PEPAZO                         … 6

De K.

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   -Hola, vecino, ¿puedo pasar?

……

   Fuera lo que fuera que le provocaba todos esos estallidos de lujuria cuando su abierto trasero caía en el acanalado asiento de la bicicleta fija, al golpearle la entrada del culo (ese que notó como más protuberante esa misma mañana), se le sumaba la presión de aquella delgada mano sobre sus ropas, apretándole el tolete… en medio de gente no muy apartada, en el gimnasio.

   Sabe que debería apartar a ese marica, no dejar que le tocara, no así, pero…

   -¡Oh, Dios! –casi grita, sin abrir los ojos. Lo siente, ese tipo le alza un poco la camiseta, aparta el borde del pantalón de látex, y el bóxer, y mete la mano delgada, atrapándole en vivo y en directo el erecto, pulsante y caliente güevo. ¡En medio de aquella sala!

   El joven y amanerado catire tampoco entiende lo que ocurre, o cómo puede atreverse a tanto, pero ese hermoso hombre joven, fornido y fuerte le había excitado con tan sólo verlo, haciéndole soñar con enterrar la cara entre sus nalgas, esas nalgas redondas y magnificas. Y ahora estaba allí, excitado, transpirado, jadeando, intentando controlarse para no gemir de manera sexual en medio del local. Por eso, mirando en todas direcciones, rojo de cara, casi frenético, despejó las ropas y le metió la mano, el güevo del muchacho estaba duro, pulsante. Si nada más al tocarlo sobre el pantalón supo que no podía dejar pasar la oportunidad, ahora teniéndolo quemándole contra la palma y los dedos entendía que no podría soltarlo ni aunque la vida le fuera en ello.

   Sudando copiosamente, boca muy abierta y jadeante, la cabeza algo echada hacia atrás, Jacinto continúa pedaleando mientras es manoseado por aquel muchacho raro. La bicicleta, más específicamente su asiento, le marea. La frenética mano del joven le había enderezado el tolete y le masturbaba arriba y abajo, mientras él seguía “ejercitando”. No podía detenerle, no encontraba fuerzas para pararse a sí mismo.

   Una idea, una imagen aterradora llena su mente, casi obligándole a abrir los ojos con alarma, temeroso de que otros la perciban, lo juzguen y lo condenen por ella. Pero allí está el joven, masturbándole, teniéndole el güevo bien agarrado, apretándolo al ir y venir al pedalear, mojándole con sus líquidos los dedos. Nota como este tensa el cuerpo, colocado de tal manera que cubre buena parte de la vista de lo que allí ocurre a quienes pasan hablando no muy lejos. Eso le impone el silencio, pero le cuesta, porque esa maldita imagen…

   Tiembla al evocarla, porque si, mientras más intenta alejarla con más fuerza le ataca, llenando su cerebro poderosamente. Pedalea, y mientras lo hace su culo sube y baja sobre aquel asiento, frotándose, rozándose, estimulándose. Pero lo que imagina es que de alguna  manera su pantalón de látex, y su bóxer, se rompen en la raja entre sus nalgas, por el roce de las telas contra el sintético material del equipo, y que la punta del acanalado asiento, con su forma de banana, pega, empuja y abre su esfínter, enterrándose un buen pedazo en su culo. Sin dolor ni problemas, tan sólo haciéndole arder de ganas. Se muerde con fuerza los labios porque esa idea le hace temblar todo, caliente como nunca en su vida. Se imagina, o se sueña, o no sabe qué es, pero puede verse subiendo y bajando, siempre pedaleando, sobre el maldito asiento, su punta, bien metida en su esfínter, abriéndole, separándole los hinchados labios que viera esa misma mañana. Iba y venía sobre esa punta, que entraba y salía cogiéndole como un inanimado amante bien dotado.

   -Oh, Dios. –casi grita, rojo de cara, congestionado, oyendo a lo lejos el siseo del chico que le masturba, para que no llame la atención.

   Puede verse, pedaleando y pedaleando, sin el chico masturbándole, su culo abriéndose y cerrándose sobre la punta del asiento; llevándolo de adelante atrás, cada vez más atrás, forzando su entrada con ese asiento que se ensanchaba al alejarse de la punta. Piensa, imagina o sueña que se lo mete, que puede con eso, que sube y baja sobre eso, llenándole, frotándole y estimulándole, pegándole de la próstata. Ya no puede contenerse y casi grita, pero una mano delgada cubre su boca. Los ojos, turbios, enfocan al muchacho, al caer, sintiendo el puño sobre su güevo que sigue haciéndole la paja. Tenía un hueco en sus ropas, ¿verdad? El asiento lo tenía clavado, era consciente, podía experimentarlo al apretar y soltar sus entrañas, ¿no es así?

   -Huffff… -ruge contra esa mano, siendo lanzando a la gloria, corriéndose en medio del gimnasio. Es un orgasmo poderoso, intenso, que casi le hace levantarse aunque sabe que no tendría fuerzas para sostenerse. Se corre copiosamente, lo siente, bañando sus ropas de ejercicios, con lo incómodo y molesto que era, pero sin que le importara, no en ese momento de intensa magia.

   Pero ahora, al terminar, jadeando contra esa mano, bañado en sudor, pareciéndole que todo olía a semen a varios metros a su alrededor, le llega el ratón moral. Aparta la mano del chico. Este le sonríe.

   -Amigo, estás loco de verdad.

   -Yo… yo no…

   -¡Vamos a las regaderas! –le pide vehemente.- Sé cosas que… -promete con lujuria, caliente por la escena vivida.

   Y, horrorizado, Jacinto le ve mostrar la mano llena de blanca y espesa esperma, una que lleva a sus labios delgados, y lame, allí, en pleno gimnasio.

CONTINÚA … 8

Julio César.

EL PEPAZO… 6

septiembre 20, 2016

EL PEPAZO                         … 5

De K.

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   -Tómalo.

……

   Por un segundo la mente de Jacinto queda en blanco, ¿pero qué coño le pasaba a todo el mundo ese día? Su pecho sube y baja agitado, de incomodidad y algo de ira. Rápidamente toma su camiseta de látex, maldiciendo en todo momento las oscuras miradas que el chico amanerado le lanza detallando cada centímetro de su cuerpo, el expuesto y el cubierto.

   -¡No, no puedes tocar! –casi ladra, dando un paso atrás, algo desacostumbrado. En un día cualquiera le diría cuatro  cosas bien desagradables después de mandarle a lavarse ese culo, pero no quiere pensar en culos en esos momentos.

   -¡Oh! –el joven parece genuinamente abatido.- Dios, te veo y quiero…

   -Basta, ¿okay?, no quiero escuchar nada. –estalla al fin su genio vivo. Le agrada saber que gusta, le producía cierto placer el que otros carajos se compararan, y perdieran, con su físico, pero esto era demasiado.- Sólo déjame en paz, ¿si? –entra con dificultad dentro de la camiseta, la cual se ajusta como un guante a su llamativa anatomía. Era insólito que ese marica pensara que podía interesarse en… en esas vainas.

   Va a pasar a su lado para poner distancia, bastante, pero todavía le ve llevarse el chupón de la botella de agua a los labios, succionando desagradablemente (o eso le parece). Y le sigue.

   -No te molestes, por favor. ¿Sabes?, me gusta chupar culos. –dice con morbo.- Mi lengua provoca sensaciones que… -comienza a enumerar virtudes pero se detiene y congela cuando el fornido joven se vuelve con la boca abierta, los cachetes rojos, la ira brillando en sus pupilas y las manos en puños.

   -¡Déjame en paz! –por un instante quiso gritar, empujarle, pero lo deja así. No quiere atraer las miradas, no hacía él junto al amanerado chico.

   Alejándose cruza el salón hacia las máquinas, consciente de las miradas que recibe, especialmente sus nalgas y espalda. Lo nota, la del chico, como dardos en sus glúteos, y las de otros. Y siente un ligero estremecimiento de inquietud, caminaba con cierto tumbado que… Dios, ¿estaría meciendo el culo bajo la ajustada tela blanca al caminar? Llega a una de las bicicletas fijas, se monta, acomoda sus audífonos y comienza a pedalear “en subida”. Es fácil, se dosifica, bota aire, aspira y resuella. Se siente bien, el esfuerzo físico le aleja de otros pensamientos. Su corazón comienza a bombear, la sangre a correr caliente por sus venas, transpira. Su trasero se amolda a la silla, pero… Subir y bajar, forzarse por mover los pedales, provoca que frote como más de la cuenta su culo contra el asiento, siendo muy consciente de ello, de una manera incómoda. La piel se le eriza, la siente sensible, el sudor le hormiguea de manera grata al correr sobre ella.

   -Bonito… estilo. –el chico amanerado dice de pronto a su lado, sorprendiéndole al no verle llegar.

   -Amigo… -jadea por el esfuerzo, pero inquieto por otras cosas.

   -Sólo miro. –se defiende con una mueca de súplica, llevando el chupón de la botella a los delgados labios, cubriéndolo y succionando del mismo.

   Molesto, aunque curiosamente halagado, va a gruñirle que se vaya para el carajo, pero ocurre algo inesperado, lo siente. De alguna manera sus nalgas parecen separarse un poco y queda con la raja directamente sobre el asiento, sintiéndolo, firme y duro contra su cuerpo a pesar de las ropas. Por un segundo no sabe qué es esa oleada cálida de sensualidad que le envuelve y marea, que le obliga a tensar los dedos de los pies dentro de los zapatos y a continuar su pedaleo. No puede detenerse. Va y viene… y su culo se frota completamente contra la barra.

   El frote contra la entrada de su culo es obsesionante. Cada caída o roce despierta ecos en sus entrañas. Sube un poco y baja, y cada desplome era eléctrico. Se eriza, su piel arde. Cada frote o golpe contra el asiento, sobre la entrada de su agujero, envía vibraciones extrañas, intensas y que parecen intensificarse. Aumentan, aumentan y le excita, era como cuando aquella vainita parecida a un dedal se le fue por el culo, subiendo, quemando, latiendo, pegándosele de la próstata. Ahora era igual, pedalea, subiendo, y al bajar le parecía que un largo, flexible e invisible dedo le llegaba a la próstata, acariciándole, rozándole, estimulándosela. Traga y jadea consciente de su enorme erección contra la elástica y reveladora tela, una que el chico amanerado mira con ojos brillantes y sorprendidos. Quiere detenerse pero…

   Sube y baja, arriba y abajo, perfectamente consciente ahora de lo que hace. No pedalear como ejercicio sino para experimentar aquello, esos golpes, esas vibraciones, ese sentir ese algo que frota y excita su próstata. Va y viene, y tiene que halar la franela que, aunque muy ajustada, era algo larga, intentando esconder la carpa de su verga erecta, pulsante, caliente, sintiéndola sabrosa contra su muslo derecho, frotándole al ir y venir pedaleando. Quiere detenerse, lo juraría por Dios, pero no puede. Cierra los ojos, y sigue. Suda, exhala bocanadas de calor, y quién sabe qué más.

   Lo próximo que sabe, sin que abra los ojos, es que una mano delgada cae sobre su pelvis, tanteándole la erecta verga, allí en el gimnasio, y aprieta y aprieta de una manera que…

   -Ahhh… -se le escapa un jadeo agónico, todo girando a su alrededor.

CONTINÚA … 7

Julio César.

LA NENA DE PAPA… 19

septiembre 19, 2016

LA NENA DE PAPA                         … 18

De Arthur, no el seductor.

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   -¿Qué es lo que quieres de mí?

……

   El joven siente que un abismo se abre bajo su cuerpo, tragándole. El miedo, sin embargo, parece prestarle fuerzas para ponerse de pie; eso sí, camina  con pasos vacilantes y así se apoya contra la puerta.

   -¿De qué hablas? –intenta una sonrisa como si el otro pudiera mirarla.

   -¡En mi cuarto se oye todo! –le sisea con fuerza y determinación, pero en tono bajo no deseando sean escuchados por alguien más.- ¿Es…? ¿Tienes… algo con un hombre?

   -¡No! –grazna, pero a sus propios oídos suena fallo, agudo, demasiado vehemente. Hay un silencio del otro lado y ruega porque el amigo se vaya sin preguntar o agregar algo más.

   -Abre, tenemos que hablar. –eso era, precisamente, lo último que deseaba.

   -No puedo, tengo que…

   -Abre, coño. –se oye molesto y frustrado.

   -¡Vete al carajo! –es la réplica parecida. Y el silencio se instala, ominoso.

   -Imbécil. –oye casi el estallido y los pasos que se alejan.

   Brandon cierra los ojos, agitado. Necesita una ducha, o un vaso de whisky. Tembloroso reconoce que todavía tiene algo de hambre, sobre la mesa, esa donde había sido apoyado, doblado y explorado su culo por aquel hombre, todavía quedaban unas rodajas de pizza, pero no las podía comer en esos momentos. Sin cambiarse, sin desvestirse (de hecho llevaba muy poco), cae sobre la mullida cama nueva, con sus muchos cojines y escandalosa manta. Cierra los ojos e intenta aislarse, alejarse de todo lo que le ocurre.

   Pero no puede, porque la verdad es que aún saborea sobre su lengua el semen de Cole, y lo traga cuando deglute. Lo cierto es que tiene el pene muy erecto, muy pulsante y goteante dentro de la diminuta pero suave tanga de mujer que lo contiene, contacto que le eriza un tanto la piel. Desea, necesita como pocas cosas antes en su corta vida, desahogarse. Hacerse una paja y estallar en leche. Pero no lo hará, no sucumbirá a eso. No se masturbará pensando en… lo que le ocurrió. A pesar de lo que ese sujeto le hacía, y le decía, era un hombrecito, un macho. No podía perder eso de vista. Mañana… Si, buscaría a Nelly y tendrían tanto sexo que le dolería.

   Mañana…

   Corre e intenta agotarse en la pista, alejándose del entrenador que quiere saber de su patrocinador y amigo, agradeciéndole las contribuciones al equipo, pero mirándole de manera extraña, calibrándole.

   -Llevas el cabello un tanto largo, ¿nuevo look? –le preguntó de pasada, a lo que le respondió cualquier cosa, enrojecido del traje algo llamativo de colores que Cole le había dejado. Había algo en esa mierda que le molestaba, su trasero destacaba.

   En los vestuarios, donde no se quedó mucho, le parecía que otros chicos le miraban y susurraban cosas a sus espaldas. Saliendo llamó a Nelly, con cierta urgencia cuando no atendió de inmediato. La saludó, sonriendo tenso, cuando finalmente lo hizo.

   -¿Cómo estás, bonita? –preguntó.

   -Bien, ocupada con mamá, anda algo indispuesta.

   -Nada grave, espero.

   -No, es una cirugía, pero electiva. Quiere hacérsela, no hay riesgo. ¿Estás bien?

   -Extrañándote mucho. –aprovecha el momento, todavía algo jadeante por la práctica, sudoroso, las mejillas rojas.- ¿Podríamos vernos esta noche? No lo sé, ir a…

   -Lo siento, amor, pero no quiero dejarla sola. Anda nerviosa aunque no diga nada. Intenta ser fuerte ante papá, pero…

   -Pero Nelly, pero llevamos días sin vernos y…

   -No puedo, no se sentiría bien bajo estas circunstancias. Perdóname, ¿si? –se defiende, pero algo impaciente, como alterada por ese chico que no entendía que se preocupaba mucho por su madre.

   -Está bien. –acepta botando aire, cerrando los ojos y rascándose con una uña la transpirada frente.- ¿Hablamos luego?

   -Claro, quiero saber cómo te va. –le manda un beso y corta. Así de fácil. Cuando abre los ojos se desconcierta, a su lado en la acera que le lleva de la cancha a la residencia, hay un auto detenido y un tipo treintón, guapo y masculino, lo recorre con la mirada.

   -¿Necesitas que te lleven a alguna parte, chico guapo?

   ¡Oh, Dios!

   No quiere recordar lo rápido que caminó de regreso, rogando al cielo no encontrar a nadie en los baños de la pensión, tomando una ducha larga y profunda… y repasanso su afeitado. No quería que el otro le molestara y se lo ordenara, teniendo que hacerlo luego, derrotado. No quiere recordar la discusión con Mark, su amigo, ni verlo, por lo que sabe que debe regresar lo más pronto posible a la seguridad de su pieza, esa trampa donde Cole juega al gato y al ratón con él. Se coloca cualquier cosa por encima, no puede arriesgarse a nada de ropa interior allí, y cruza casi a la carrera el espacio hasta su cuarto, temiendo lo que vaya a encontrar al abrir la puerta, especialmente porque al final del pasillo se encuentran dos de los chicos de la casa, dos mocetones del quipo de lucha, que lo observan, acercan sus rostros y uno dice algo al otro, vehemente, burlón, con una mirada cruel en los ojos. ¿Mark habría contado algo?, se pregunta con el corazón adolorido. Abre y…

   No, Mark no había dicho nada. Seguramente eso fue lo que vio y le causó extrañeza a Fulton, el capitán del equipo de lucha de menos de noventa kilogramos, una mole a pesar de la edad. Seguramente vio a la gente entrando y saliendo de su pieza, cargando cosas. Ese cuarto… El aliento escapa de sus pulmones y siente ganas de gritar.

   La nueva cama, en una esquina, muestra una de esas sábanas satinadas color pastel, con una gran colección de cojines estampados, algunos en rojo y en oro otros. Las paredes, aunque no puede olfatear resto de pinturas, muestran nuevos tonos, dos son de un furioso color naranja, las otras dos color arena, el techo es de un tono violeta claro. De la pared que sigue el largo de la cama, pegada a ella, un abanico de abalorios se abre, sostenido seguramente con ganchos. Sobre el colchón, donde descansan los peluches de animalitos de caras amistosas y un estuche de delicado color rosa (una laptop), un cubrecama atigrado hace juego con una alfombra que sale de debajo de la cama. Justo frente a la “pata” de esta, un espejo muy pulido, enmarcado en plata, ocupa buena parte de una de las puertas del closet, enfocándola perfectamente. Para mirarse mientras tiene sexo, piensa con el corazón todavía más agitado.

   Su mesita de noche ha sido ocupada por una lámpara esbelta y femenina, con una pantalla satinada color vino tinto, a su lado, algo desparramadas para que se vea la mayor cantidad, hay algunas revisas y las detalla, son de culturistas de grandes musculos y diminutas treusas, de ejercicios y salud, de cine y farándula, todas mostrando guapos y viriles hombres sonriendo desafiantes, sensuales. Al lado de la misma hay un nuevo mueble, una peinadora de coqueto armado, con tres espejos convergentes para quien sentado frente a ellos se acicale. Hay cepillos, un secador de cabello nuevo y una caja de cosméticos, lo sabes sin necesidad de abrirla, aún más grande que la anterior. Una de las gavetas está abierta y una suave y estampada telita color rojo sobresale. La toma y es, cómo no, una tanguita tipo hilo dental indudablemente del tipo femenino. Abre un poco más la gaveta y hay varias, nuevas, así como medias altas, de colores claros y oscuros. Traga con esfuerzo.

   La mesa donde come y estudia, pegada a otra pared, está cubierta con un colorido mantel esfaralado, de toques delicados. Una bolsa con viandas, estofado, descansa con una nota encima: “Llego tarde, cena”. Sobre el saliente en la pared, de una hoja de madera, donde guarda sus libros y otras cosas, descansa una estatua plateada, de un torso masculino perfecto, musculoso y armónico, sin brazos o cabeza, un claro reconocimiento a la belleza del macho. De las paredes cuelgan posters, no de equipos deportivos o autos. Son actores sin camisas, modelos en poses no sexuales pero sin sensuales. Tipos bonitos en jeans que dejaban ver ciertas protuberancias contra las telas de sus jeans o el nacimiento de sus pelos púbicos.

   El cuarto de un gay, eso es lo que era todo aquello. O, peor, el de una chica. Una colegiala…

   Con pasos débiles camina hacia la cama, mirando todo, todo dándole vueltas. ¿Cómo pudo hacerlo? Cole, a solas, no podría, debió traer gente, sujetos que sabían que un chico vivía allí, un chico a quien ese hombre grande, exitoso y viril… Un calor se agita en su pecho, sus ojos brillan, rebeldes, pero también fascinados, ¿qué clase de sujeto era el papá de su novia? Es cuando repara en la nota sobre la rosa coraza de la pequeña laptop nueva. Claro, la orden:

   “¿Te gusta, Brenda? Lo hice con amor, lo vales. Espérame arreglada y vestida para la ocasión. Esta noche te amaré como mereces, te correrás en mis brazos, y sobre mi tolete, gritando mi nombre”, lee con ojos empañados. Hay una oración final. La amenaza, por supuesto, velada pero presente: “Siento que algunos chicos notaran tus mudanzas, ¿no crees que debería llamarles para que vieran tu cuarto y te felicitaran?”.

   Tan simple, tan sencillo, se dice dejándola caer. Cierra los ojos y traga; Dios, ¿qué debía hacer?

   La pequeña tanga roja, estampada y sedosa, se desliza por sus musculosas piernas de corredor. La sensación es acariciante. Atrapa sus bolas y pene dentro del saco triangular delantero, y por alguna razón lleva su miembro hacia abajo, pisándolo con la suave prenda. Pero es entre sus nalgas donde es más consiente de ella, presionando sutil, casi sobándole. Sentado ante el mullido y cómodo asiento de la peinadora toma una de aquellas medias, le cuesta entrar, no está acostumbrado. Pero parpadea al sentirla abrazando su piel, sus muslos. Alza y extiende una de sus piernas, sintiendo el roce eléctrico. Se soba y casi jadea. Porque era extraño, nuevo, no porque le gustara en realidad. Y así, con medias y tanga, se seca y peina el cabello, suave y lustroso. Pinta sus ojos, sus mejillas y labios con un tono rosa pálido, sorprendiéndole parecer una hermosa chica. Sintiéndose sucio y perverso, en medias, tanga y maquillado, va al clóset y toma una franela corta de talle, que apenas cubre más abajo de sus pectorales. Se mira al espejo del closet y arde. ¿Qué le haría Cole? ¿Le penetraría con rudeza y a fondo? ¿Llenaría su culo con fuerza despertando todas esas extrañas sensaciones ya vivisdas? ¿Le provocaría aquellos intensos orgasmos que, aunque le avergüence admitirlo, sufrió sobre su güevo duro teniendolo bien metido?

   No quiere pensar en su ansiedad, el su temblor. No sabe qué hacer mientras espera, aunque tiene exámenes cercanos no puede concentrarse en nada. Espera, vestido como una nena, a un hombre que le ha “prometido” cogerle esa noche. La idea hace que su corazón lata con fuerza, que su respiración se espese. Toma la laptop para tener algo que hacer y la abre, la pantalla se ilumina con una imagen poderosa. Un chico joven y delgado, rubio y hermoso, de cabello bien peinado, rostro maquillado y labios pintados, abiertos en una salvaje mueca de gozo y de lujuria, de realización teniendo clavado un en su lampiño agujero, que asoma al lado de una tanga tipo hilo dental blanca, un grueso y tieso güevo negro, el cual, evidentemente, le provocaba todas aquellas emociones.

   Con un jadeo la cierra, rojo de cara, ardiendo con un fuego inexplicable. Es cuando escucha los pasos acercándose a la puerta de su pieza. Cole venía para darle lo suyo, para cogerle y hacerle gritar su nombre cuando se corriera. Traga en la espera con los ojos sobre el picaporte de la puerta.

CONTINÚA…

Julio César (no es mía la historia).

EL PEPAZO… 5

septiembre 17, 2016

EL PEPAZO                         … 4

De K.

sexy-muscle-boy

   -Tómalo.

……

   -Pero, ¿qué coño les pasa? ¡Dejen la manoseadera! –reacciona al fin, de mal talante… no logrando nada. Esas manos siguen tocándole, acariciando con las palmas abiertas las tersas mejillas de su trasero, los dedos flexionándose un tanto sobre ellas.

   -Se sienten tan… -Bravo, mitad broma, mitad confuso, sonríe y toca, mirando al socio del otro lado de Jacinto, el cual tiene una expresión parecida.

   -Si, se siente tan bien, Contreras…

   -¡Basta! –repite el joven, rojo de cara, molesto, dándole manotazos a ambos, alejándoles. Estos ríen.

   -No te molestes, pana, ¿no haces todo ese ejercicio para que te miren el corpachón?: misión cumplida. –arguye el hombre negro, sonriendo, la lengua asomándose un poco entre los gruesos labios, metiendo esa mano de canto, ahora hacia la zona de la raja interglútea, bajando, palpando allí donde la suave tela se hunde un poco, y rastrilla con la punta de sus dedos. Ríe ronco, burlón, ¿o no es sólo eso?- Esto se la pondría dura a cualquiera. Es como acariciarle el coño, sobre la pantaletica, a una linda chica metiéndole la mano dentro del vestido en medio de una fiesta, y hacerla mojarse. –confiesa, quizás demasiado. Y Bravo ríe.

   -Ay, maricón, ¿cómo que quieres darle a Contreras?

   -¡Suficiente, carajo! –grita colérico el joven, la voz algo alterada por toda aquella tocadera. Esos dedos cepillándole ahí se habían sentido distinto a la ocasional broma de sobar el culo del que pasaba distraído, algo que él mismo había hecho. Esto parecía diferente. Y le estremeció porque se vio claramente, otra vez en aquel espejo, metiéndose dos dedos por el culo, el cual los apretaba y aceptaba, abriéndose para ellos. Claro que los de Linares parecían más largos y gruesos…

   -¿Ocurre algo? –la voz femenina les sobresalta, y mientras Jacinto se vuelve, dándole el culo al gabinete, cubriéndolo, los otros dos guardaespaldas parecen despertar y entender lo que hacían, sus caras azoradas lo indican.- ¿No estaban tocándole el culo a Contreras, o si? –hay burla.

   -No, señorita. –le responde Bravo a la “niña” de la casa, la cual parece trasnochada, desarreglada y algo pálida, tal vez por el cabello teñido de verde o la cara tan cubierta de polvos. O porque realmente estuviera trasnochada. La acompaña el novio de turno, un joven gorila que había sido guardaespaldas de una amiga, que la chuleaba y la vivía de lo lindo.

   -Me pareció. –todavía se burla.- Bueno, necesito que nos lleven a Naiguatá. –anuncia, frunciendo el ceño al mirar a Jacinto.- Aunque entendería, todos esos ejercicios están resultándote. Te ves lindo. –le sonríe, hasta que el novio le clava los dedos en el delgado brazo y casi la arrastra a una de las camionetas.- ¡Hey!

   -Hora de irnos. –le gruñe, mientras mira feo al joven fortachón.

   Este, todavía en estado de shock, procesa todo mientras los dos compañeros, acomodando sus trajes, suben con la pareja. La señorita Fabiola nunca le miraba o hablaba, sus gustos eran extraños, drogas, hombres violentos, aros por todo el cuerpo. Mantener sujetos. A Jacinto eso no le molestaría, pero la damita parecía no encontrar nada atractivo en él. Hasta ahora. Eso le gusta, pero deja de sonreír al recordar el manoseo a su culo. Recordar las palabras de los dos socios, le divertía… y halagaba de cierta manera oscura en su vanidad, pero lo otro… No quiere pensar más en ello. Sin embargo, quitándose el saco, para terminar de aspirar el auto dejado por Linares, siente como la bonita camisa color lila se tensa sobre sus hombros y antebrazos, llena. Eso le encanta, la sensación de su cuerpo fornido. Y estando allí, revisando su moto, le pareció que todas las chicas de la quinta pasaban a saludarle, a mirarle el trasero y el torso, y reír. Eso le gustó mucho. Tal vez invitara a alguna a…

   Tan sólo tuvo que dejar la quinta una vez, la señora se reunía con sus amigas para “conversar”, es decir, jugar cartas y beber caña hasta quedar medio inconsciente como a las diez de la noche, por lo que dispone de tiempo libre una vez la dejan, a las tres. Arreglándoselas con el Indio, el compañero que le toca, un retaco pero ancho y fuerte sujeto casi cuarentón, le deja de guardia en el carro mientras se llega a su gimnasio. Siente unas energías intensas y necesita quemarlas ahora que el hombro no le molestaba. Entra y es seguido por muchas miradas de chicas, también de uno que otro tío; después de todo era guapo, y quienes no sentían interés en él por eso, lo hacían por su cuerpo, especialmente ahora. Se cambia en los solitarios vestuarios, le cuesta subir el pantalón de látex, blanco, bueno para transpirar alguna grasita por allí depositada. Salta y lucha un poco, halándolo, la tela abrazándole con fuerza, destacando sus muslos musculosos, su pelvis y su trasero de una manera nueva, casi sensual. De pasada se mira al espejo, su trasero se veía redondo, alzado, altanero. No puede evitar una sonrisa.

   -Bonito culo. Provoca morderlo. –la masculina voz amanerada le sobresalta, haciéndole volverse con rapidez, enrojeciendo al mismo tiempo, encontrando a un catire delgado, bajito, de ademanes increíblemente afectados, que toma agua de un chupón de manera extraña mientras le mira.- ¿Se vale tocar?

CONTINÚA … 6

Julio César.

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 61

septiembre 16, 2016

… SERVIR                         … 60

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

dulce-chico-en-hilo-dental

   Esos chicos ni imaginaban lo que les pasaría.

……

   Mientras la lluvia, truenos y relámpagos hacen desistir a todos los del autobús de la idea de bajar y que lo mejor es esperar el reposte de combustible en la seguridad del vehículo, un hombre joven es atacado sexualmente en el sanitario. Prácticamente vestido, excepto por la corta y ajustada camisa que tiene desabotonada mostrando el fornido torso velludo, su panza dura, y la palpitante verga emergiendo de su bragueta, Robert Read se cansó de obligar al tembloroso y asustado sujeto a mamarle el güevo, atrapándole en un puño el cabello, con crueldad, haciéndole gritar, obligándole a caer sobre su barra de carne tiesa y chuparla, cubrirla totalmente con labios, mejillas y lengua, ahogándole, haciéndole tragar todo lo que de su pito salía. Sonrió entre dientes, con una mueca cruel, de pie, mirándole ir y venir bajo su control, metiéndosela hasta la garganta, dejándola allí para ver como esos ojos se llenaban aún más de lágrimas, ya no sólo de miedo o frustración sino de ahogo, con la cara muy roja, para retirarla, viéndola brillante de saliva.

   -Si, así chupa una verdadera puta. –le decía para atormentarle.

   Luego, y aunque el otro se negó y gritó, no oyéndole nadie, le desnudó a zarpazos, mareado de las ganas. El temor, lo desvalido del sujeto, le tenía caliente como predador. Bajarle el ajustado bóxer (seguro lo llevaba para sentirse sexy), le hizo arder. Su güevo goteó espeso líquido, listo para lubricar, como siempre, el apretado coño virgen de un mariquito reprimido. Uno como ese, al que pronto estaría reventándole el culo mientras lo usaba como a su puto. Con un “silencio, maldita zorra, o vendrán todos los del autobús a cogerte”, le atrapó la nuca, llevándosela hacia adelante, haciéndole caer en cuatro patas, posicionándose, de rodillas, tras sus nalgas.

   El tipo, todavía alucinado ante la realidad de lo que le ocurría, le gritó que no, que era una violación, ignorando cómo excitaba eso a Read, quien atrapándole el cabello nuevamente en un puño, haló dolorosamente haciéndole echar la nuca hacia atrás, gritando, y se la metió de golpe y porrazo. En ese momento si que el otro chilló. La cabeza de la gruesa, larga, tiesa y amoratada verga en un momento dado frotaba el redondo, cerrado y peludo culo para luego desaparecer dentro de él, con dureza. Y al clavársela así, indiferente a sus gritos y llantos, Read sonrió y lanzó un hummm, bajo y ronco, de puro placer al sentir las paredes de ese recto en llamas cerrarse violentamente sobre su tranca, combatiéndole. Se lo dejó clavado un segundo, no por piedad para con el otro, sino para disfrutar los temblores y espasmos de ese hueco virgen que ahora conocía del poder y dominio de un macho. Ese carajo ya nunca sería el mismo. Era un momento importante para toda marica reprimida que nacía a su verdadera naturaleza.

   Aspiró ruidosamente, eran extrañamente estimulantes los olores del baño que le llegaban mientras retiraba medio tolete, haciéndole gritar nuevamente. Le gustaban esos lugares aislados para sus juegos, ¡había tomado así a tantos sujetos! Desde sus quince años, como aquel amigo de la mierda aquella que fue su padre. En el patio que compartían las casas. En ese baño, en particular, por la hora de la noche y la tormenta, podía bombear todo lo que quisiera en ese coño recién estrenado, y ese tipito podía gritar, suplicar o llamar por ayuda todo lo que quisiera sin que eso le salvara de que su culo y su boca fueran usados. Sonríe diciéndose que era una pena haber tenido que matar a sus socios en aquella casa. De haberlos traído los tres harían fiesta con esa perra, se decía mientras le clavaba los dedos de una mano en la cadera y con la otra casi le aplastaba la frente contra el piso, mientras pintoneaba con fuerza su erecto y grueso tolete adentro y afuera del pequeño y ardido culo peludo recién estrenado. Los golpes eran sonoros, las flacas nalgas del otro se agitaban con las palmadas de su pelvis.

   -Ahhh, mierda, qué culo tan rico, cómo aprieta, cómo chupa… se ve que lo tenías hambriento de macho. –le ruge mientras le embiste con mayor rudeza y brutalidad, casi derribándole sobre el piso, mientras el otro solloza y gime.- Llamemos a alguien, a quien sea, tu culo necesita de más de lo que un sólo hombre puede darle. Vamos, grita, llama a alguien, que venga, que el olor a zorra que emana de tu coño lo vuelva loco. –le urgía entre dientes, azotándole con duras palmadas, intensificando los gritos ahora contenidos de ese carajo sometido a su bestialidad.- ¡Grita por ayuda, puta!

   -No, no, déjeme… ¡Ahhh! –ruge cuando el oso casi le cae encima, clavándoselo todo.

   -Este culo bien merece un premio, ser bien atendido y llenado, al primero que entre por esa puerta te voy a ofrecer; por cinco dólares dejaré que goce de tu cuño caliente y vicioso. –le dice cruel, aterrándole.- Sé que te parecerá poco, pero así más machos vendrán y los tendrás. Y si, eres una puta barata, lo supe en cuanto te vi meciendo tu culito respingón frente a mí, retándome a tomarlo, a usarlo. Se te mojaba de las ganas. –le ruge feo casi sobre una oreja, confundiéndole, alterándole, manipulándole. Su culo sube y baja, empujándosela hondo.- ¿Te gusta, puta? ¿Te gusta sentir mi verga llenando tu vulva? –le grita sorpresivamente, cogiéndole más suavemente, metiendo una de sus enormes manos y acariciándole el flaco torso poco velludo, la panza y la verga, la cual está morcillona pero late. Sonríe, otro que amaba la degradación, que disfrutaba bajo el control de un hombre. Otra perra necesitada de un amo. Se alza sobre sus rodillas, cogiéndole con fuertes golpes.

   Bien, le haría gritar por más verga… Sabía, a cierto nivel, que ese tipo terminaría sometiéndose, por miedo, dolor o fascinación. La degradación tenía su encanto en mentes débiles, piensa mientras le hala el cabello. Haciéndole gritar, al tiempo que le dice cuánto le gusta la manera en la cual su culo/coño le aprieta la verga, notando, con una sonrisa cruel, como aquel agujero efectivamente parece sufrir espasmos, amasándosela. Y que el tipo solloza de manera abierta, desolada, mientras su culo era penetrado una y otra vez por aquel sujeto que le forzaba en un baño de carretera.

   Halándole aún más el cabello, provocándole un agudo alarido, le obliga a despegar las manos del piso, alzándole, abrazándole contra su torso velludo y fornido, sin dejar de cogerle, teniéndole ahora casi sentado sobre su regazo. Las embestidas son menores pero el grueso tolete parece llenarle más las inflamadas paredes del recto. Teniéndole así, todavía cogiéndole, le monta una mano en la nuca y lo obliga a ladear el rostro surcado de lágrimas, y comienza a lengüetearle bajo la oreja, el cuello, de manera lenta, reptante, provocándole nuevos gemidos de repulsa a ese tipo, que se resiste pero no puede alejarse. Esa lengua recoge algo de su llanto, los dos lo notan, y el oso deja escapar un gruñido de satisfacción, subiendo y bajando sin detenerse su tolete dentro de aquel culo apretado y ardiente por la agresión, agregándole ahora el llevar su otra mano grande, fuerte, de dedos velludos, al torso, apretándole feamente una tetilla.

   El infortunado sujeto grita de dolor y la lengua de su violador penetra su boca, llena de saliva, recorriéndolo todo, atrapándole, chupando de manera ruidosa y asquerosa. ¿Gritaba? ¿Respondía? Read no lo sabe cuando la otra lengua sale a su encuentro, ni le importa. Ha decidido que ese sujeto gusta de eso, que es un marica reprimido y está teniendo lo que merece, ¿o es lo imagina su mente perturbada?, a quién le importaba, se dice sonriendo, sacando su lengua y agitándola soez, vuelve a metérsela en la boca mientras fantasea que entran otros sujetos que se reirían y burlarían de ese carajo, que sacarían también sus güevos y con ellos le llenarían todos los agujeros. Que entre todos le darían la enculada de su vida, con sus vergas aún más duras y goteantes, todos llamándole asqueroso puto sucio, marica de porquería, con los “ven y llena tu culo maricón de güevo”. Esas y otras linduras. La idea le pone tan duro que sube y baja más sus caderas, enculándole a fondo, teniéndole retenido contra su cuerpo de oso, besándole, amasándole de una tetilla a la otra.

   Lo coge, lo lengüetea, le hala los pezones mientras con voz ronca, fuerte, decidida y autoritaria le va diciendo que se quedará allí, de pie, con un marcador en la mano anotando en la puerta de ese privado el número de hombres que enterrarían esos toletes duros y nervudos, calientes y babeantes en su culo, llenándoselo, haciéndole gritar como la puta que era. Hombres rudos, sucios, jóvenes y viejos, gañanes, tal vez algún policía o un militar, y que todos, absolutamente todos tendrían su oportunidad de arar en su agujero vicioso, de llenarlo de güevo y leche. Le oye gemir ahogadamente, al tiempo que esas entrañas se abren y cierran espasmódicamente, ordeñándosela. En un momento dado, fuera por lo que fuera, ese hombre de aire extraviado lleva una mano a su delgado miembro rojizo, muy erecto.

   -No, nada de jugar con tu clítoris, pequeña puta. –Read se lo impide de un manotazo, arrojándole hacia adelante, obligándole a caer sobre las manos, aferrándole las caderas e incrementando sus embestidas.

   El sujeto chilla, grita, arquea la espalda, suda, se estremece, y en todo momento Read habla, de cómo lo filmará mientras es cogido por todos, le grabará su culo goteando un mar de leche masculina antes de que otro güevo tieso lo penetre, y que revisando su teléfono le enviará copias a todos sus familiares, amigos y conocidos, y todos entenderán que siempre fue un marica reprimido.

   -Ahhh… -grita ese tipo, fuerte, ¿rabia?, ¿miedo?, ¿deseo?

   -Y mientras te filmo le diré a todos esos carajos que deberán correrse, finalmente, sobre todo tu cuerpo. Te dejarán bañado de esperma de pies a cabeza, y así, sin secarte o limpiarte regresarás al autobús. Todos olerán tu degradación, tu putez; todos sabrán lo que eres. Tu aroma asqueará a las mujeres que saldrán con sus hijos, pero enloquecerá a los hombres presentes, gay o no, y te cogerán otra vez, entre todos. –sonríe ante el violento tirón de ese culo, sabe lo que pasa, aferrándole un hombro y halándole del cabello le alza otra vez, justo a tiempo para ver el delgado miembro del tipo lanzar sus chorros de leche, sin tocarse.- Eres tan marica. –le gruñe al oído, lo que provoca otro gemido y otro disparo. Perfecto, así se convertiría en un sumiso sexual más rápido.- Óyeme bien, puta barata, nos quedaremos aquí, buscaremos una pieza y nos divertiremos… por un tiempo. –impone.

……

   El seco sonido de la cerradura metálica descorriéndose hace que Geri Rostov eleve su rostro hermosamente varonil, encanto acentuado, curiosamente, por la sombra de barba y bigote de los dos días en detención. Sus ojos, nublados, miran entrar a ese vigilante latino que lleva rato molestándole. Como le molesta su sonrisa sardónica.

   -Se cumplió el castigo, presidiario, puedes salir. Imagino que estás loco por llegar con tu putico, que bueno que ya sea de noche, ¿no? Pero creo que antes debemos hablar muy seriamente tú y yo. Tenemos un problema.

……

   Dentro de la celda que comparten, un agitado Daniel Pierce espera por su compañero. Sus mejillas están algo rojas, lleva el feo uniforme de la prisión y el cabello recogido en un gorro de igual color. Su respiración se detiene cuando la cerradura de la reja se activa y una mano separa las rejas, allí estaba Geri, con el cabello húmedo de la ducha, sonriente, con su sombra de barba y bigote, y a Daniel le duele algo en el pecho: era tan guapo. Eso se dice, entendiendo lo mucho que ha cambiado su vida. Sin que le importe en esos momentos.

   -Adentro, convicto. –gruñe el guardia, casi empujando al paralizado Rostov, cerrando y alejándose.

   -¿Estás bien? –la pareja dispara a un tiempo.

   Y Daniel va a su encuentro, rodeándole el cuello con sus brazos, besándole. Geri responde de manera casi hambrienta al beso, atrapándole la lengua, rastrillándosela con los dientes, chupando ruidosamente de ella. Hay pito y chillidos, y rojos de cara se separan. Volviéndose hacia el corredor, sacándoles el dedo medio, Rostov corre una cortina. La pareja, jadeante, se mira y vuelven a besarse. Daniel gime atrapado por esa boca y esas manos que acarician su baja espalda. Se pega más del otro, estremeciéndose excitado al sentir la dureza de su verga. La extrañaba, la quería. La necesitaba. Se separan, labios rojos, húmedos, hinchados. Daniel parece suplicante, y aún más cuando Geri le quita la gorra, metiendo los dedos en la sedosa, brillante y hermosa melena de cabellos dorados.

   -Me gusta… un poco. –Daniel le acaricia una mejilla. El otro ríe.

   -Tenía tantas ganas de verte que me bañé pero no tuve paciencia para afeitarme. Dios, eres tan hermoso. –gruñe ronco, doliéndole el tolete dentro de la braga.

   Y Daniel ya no piensa, todo él se estremece y calienta con una felicidad desconocida. Sonríe al tiempo que le besa otra vez y abre su braga. Con un jadeo de lujuria, las manos de Geri caen sobre sus hombros suaves, bajo la braga, obligándola a caer, descubriendo el torso esbelto, las tetillas erectas, unas que habían sido manipuladas por Read con hormonas. Dejando aquella boca, el joven besa el cuello, y al paso de sus labios, de los besos mordelones y chupados que deposita, Daniel se estremece, y el gemido que escapa de sus labios cuando uno de sus pezones es cubierto y chupado, eriza a Geri y a quienes escuchen afuera, aunque no lo reconocieran. Y esas manos recorren esa espalda, despojándole del mono, y cuando caen sobre las turgentes, lisas y duras nalgas, casi descubiertas a excepción de aquella prenda pequeña, sensual y putona que se pierde entre ellas, ya el apuesto convicto babea.

   Cegado de lujuria casi obliga al rubio a caer sobre el camastro, al cual se le desparrama su larga cabellera, gimiendo ante la fuerza de su hombre, abrazándole el cuello, reteniéndole, esa boca succionando de un pezón a otro, despertándole oleadas de lujuria y placer, provocándole gemidos, y una buena erección bajo el hilo dental rojo que lleva. Casi sobre él, Geri reparte sus besos entre la boca y esas tetillas, mientras las manos recorren ese cuerpo que lo hace arder. Sentir bajo sus palmas el roce de los contornos de la diminuta prenda en las caderas o perdiéndose en las nalgas le enloquece.

   Quiere ser gentil, amable, llevaban dos días separados, estaban juntos al fin y no todo era sexo, o no únicamente, pero no puede pensar. Acaricia al rubio, lo besa, le lame las tetillas, y de alguna manera, mientras aparta su propia braga mostrando su cuerpo esbelto, levemente velludo (gustándole el brillo de placer en los ojos del otro), se las ingenia para acariciarle la entrada del culo del rubio, clavándole un dedo. Al sentirlo, Daniel se tensa y gime, ardiendo de ganas. Quiere ser tomado por Geri, penetrado, necesita ser poseído por su hombre. Y la idea le hace casi delirar. Geri baja su braga, no lleva ropa interior, su erección rojiza y goteante queda al aire libre, los hambrientos ojo de su chico posados en ella. Ya habría tiempo para que se acariciaran, para que Daniel comiera y chupara de él, para que él mismo enterrara su lengua en aquel depilado “coño” antes de llenarlo de güevo, pero ahora no.

   Con las bragas anaranjadas en el piso, las botas aún puestas, así como Daniel aún lleva la pantaletica hilo dental, de frente, teniéndole de espaldas en el colchón, Geri le entierra lentamente el glande en el ojete, abriéndoselo, y va penetrándole, llenándole con su ardiente y pulsante pieza, centímetro a centímetro, obligando a rubio a gemir de deseos, sintiéndola rozándole y llenándole las paredes del recto. Y comienza un frenético mete y saca, un vaivén de deseos mucho rato negados. Mientras le besa y come la lengua, atrapando en un puño el brillante cabello rubio, Geri lo penetra una y otra vez, haciendo rechinar un tanto los viejos muelles del colchón. Y respondiéndole, bebiendo de su lengua, de la cual chupa con sed, Daniel le rodea la baja espalda con sus piernas, las botas molestando un tanto, pero halándole con ellas, casi obligándole a ir más y más profundo, sintiéndose nadar en endorfinas mientras su macho lo cabalga con bríos y ganas.

   Más tarde, esa noche, hubo tiempo para hablar. Daniel, preocupado, le comenta sobre ese vigilante mientras reposaran en medio de las penumbras, abrazados, Geri todavía acariciándole el cabello mientras le veía adormilarse, asegurándole que todo estará bien porque estaban juntos.

   Y lo estaría. El joven recluso jamás permitiría que ese vigilante de mierda, o ningún otro hombre tocara a su dulce amor, no después de todo lo que esperó por él. Por ese carajo conspiró con Robert Read en los patios, cuando la oportunidad del nuevo juicio se abría ante los ojos de Daniel, el escapar de ese infierno; por ello el convicto y él dejaron saber que al rubio nadie le protegería, azuzando a aquel hombre a atacarle. Por eso le dio el chuzo, para que lo matara, para que le condenaran en un nuevo juicio por asesinato y nunca pudiera irse. A cambio usó su red, fuera de prisión, para que los cómplices de Read contaran con una camioneta modificada para la fuga y un refugio provisional para ocultarse, uno donde, debajo de una mesa, el recluso encontraría un arma para atar cabos matando a los socios. Nada le unía a Read, este, y él, se habían encargado de eso; ni siquiera ese monstruo deseaba enfrentar a los “hermanos” de la supremacía blanca, se dice sonriendo con tranquilidad, recorriendo con un dedo el apuesto perfil de Daniel, quien sonríe suavemente a pesar de estar casi dormido, feliz de estar entre sus brazos. Delinea esos labios, caliente otra vez, deseando tenerlos cerrados alrededor de su verga como en otras ocasiones.

   No, no había nada que temer. A ese vigilante, con el cual se reunió a solas en los patios, donde el otro le propusiera una convivencia con el recluso, algo ilícito y prohibido, le asesinó rompiéndole el cuello. Hubo algo que vio en sus ojos que le ayudó; si, ese tipejo deseaba a su Daniel, pero también más. Aparentemente les había visto follando en los baños, así que no le costó mucho incitarle a tocarlo, algo que el otro hizo con nerviosismo, bajando la guardia cuando cayó de rodillas tembloroso por lo que sentía, ante la posibilidad de dar la primera mamada de su vida a aquella mole joven y dura de carne que le era ofrecida. Fue cuando le mató. Que investigaran, sonríe, a nada llegarían. Ya convencería al rubio a su lado de que nada tenía que ver con eso.

   La gente siempre terminaba creyéndole, reconoce con una enorme sonrisa, besando con ternura esos labios rojizos; muchos consideraban imposible que hiciera ciertas cosas, como matar a esos chicos en Iowa. Aunque le atraparon y condenaron a cadena perpetúa. Pero eso era pasado, ahora estaba bien. Muy bien, se dice acurrucándose al lado de Daniel, el hombre al que nunca dejaría ir, aunque, por suerte, el otro nunca lo sabría ni lo intentaría.

……

   -Debo decirle que… no es exactamente como le imaginaba por la entrevista telefónica, señor Miller. –sonríe tras su escritorio el señor Sanders, un cuarentón delgado y atildado, de pálidos ojos azules saltones tras sus lentes de montura fina. So oyente, sentado del otro lado de su escritorio, le impresionaba un poco. Era tan grande, fuerte, tan… masculino, reconoce con cierto embarazo, sonriendo nerviosamente.- Así que… ¿quiere trabajar con nosotros? –la oferta flota, y casi un subconsciente ruego para que acepte.

   Robert Read, cabello casi al rape, lentes del tipo intelectual, rasurada la barba no así el bigote, embutido en una camisa manga largas, bonita y cara, increíblemente ceñida a sus hombros y brazos, sonríe calibrándole, estudiándole. Detectándole. Le habían gustado las instalaciones del caro y pretencioso colegio semi internado para chicos ricos y problemáticos, algunos de los cuales le vieron con altanería al entrar.

   -Nada me gustaría más que quedarme aquí, señor Sanders. –responde con una sonrisa afilada, un vozarrón propio para impresionar al otro; súbitamente se pone de pie, lamiéndose el pulgar y tendiéndose sobre el escritorio, y con ese dedo le recorre la barbilla, sorprendiéndole, haciéndole jadear y tensarse.- Tenía algo allí. –explica como si nada, cayendo en su silla, dejándole temblar de sentimientos encontrados. Seguro que su mujer, la apagada rubia que vio poco antes, no le provocaba aquello.

   Oh si, se quedaría allí. Después de encargare de Miller en aquel apartado cuarto de motel, seguro de que nunca aparecería su cuerpo, se le ocurrió la idea, perversa, ¿buscaría a Marie Gibson y volvería por Owen Selby, o iría a ese colegio para ver qué ocurría? Mira por un ventanal, dejando que el otro, todavía turbado, respirara, observándole. Seguramente caliente bajo el pantalón. Y mira los patios verdes, los muchachos agresivos, bonitos, mala conducta… Oh, sí, ya imaginaba lo que haría con todos ellos, comenzando por el marica ese, todos entregados a sus juegos, sometidos, sirviéndole. La verga se le llena de sangre y ganas, ¡la cara que pondría Sanders cuando se pusiera de pie para despedirse!

   Su venganza bien podía esperar un poco más.

……

NOTA: Este final, tan desgraciado, me encantó. Read, aunque el principal, no era el único monstruo. Y ahora una confesión molesta, cuando descubrí el mundo de los porno relatos en la red, y leí este, lo copie, en hojas, y encontré el inicio de la continuación, de Read en ese colegio pervirtiendo muchachos. No lo copié, siempre dije que volvería, había tanto porno por ver, que lo dejé pasar. Y la página cerró. Una pena, era bueno.

Julio César.

EL PEPAZO… 4

septiembre 16, 2016

EL PEPAZO                         … 3

De K.

sexy-muscle-boy

   -¿Lo quieres? Te lo tengo guardado.

……

   Ante esa duda, su corazón late con fuerza, de temor. Pero ¿temor a qué? Va a tocarse y… La mano vacila y la aparta. Jadeando con cierta preocupación se mira al espejo, parpadeando otra vez. Nota la hora en el reloj de la mesita y corre a la ducha. El agua templada le gusta, le aligera los pensamientos; toma el champú y enjuaga su cabello ya sin pensar, con el gel de baño, que hidrata la piel, recorre su cuerpo. Cuesta apartarse de la sensación untuosa pero le gusta el resultado. Es cuando, de manera automática, mete la mano cubierta de gel entre sus nalgas, frotándose a conciencia. Le gusta eso, culo y bolas muy limpios. Las mujeres podían decir que era un patán que se preocupaba más por su orgasmo, por rápido que sea, que por el de ellas, pero no que apestaba.

   Aunque esta vez hay una diferencia. Se estremece cuando los dedos rozan su culo. Si, coño, lo siente un tanto más protuberante, y tembloroso cuando lo frota desde afuera. Se congela y traga, el agua cayendo en su cabeza y mojándole la cara. ¿Qué pasaría? ¿Estaría así por… haberse metido un dedo? Rota los ojos, bien, se metió dos, pero… Nunca lo hace, se enjabonaba bien, a veces pellizcaba un poco, el culo soltaba mierda y había que asearse bien, ¿no?, pero lo de anoche…

   Mandándolo todo al carajo, decidido a olvidarlo, se enjabona, la mano entre sus nalgas duras, porque si, parecían más duras, y frota sobre la raja. Una y otra vez, casi mecánicamente. La punta de dos dedos van y vienen sobre el ojete peludo, reparando en lo sensible que está, en lo… mierda, si, lo extrañamente inquietante que era tocárselo. Con un miedo sorpresivo, y nuevo, nota que el güevo se le para un poco y lo deja así. Sale secándose, frotándose con fuerza y rabia con la toalla, ¿qué le pasaba? Es cuando se ve al espejo, extrañándose otra vez. Joder, parecía… más recio, más musculoso. En su abdomen se marcan sutilmente los cuadros, sus pectorales, que toca, parecen más redondos, las tetillas se ven como más pronunciadas. Flexiona un brazo y no lo entiende. Si, parecía que el globo de carne dura era un poco mayor. Tragando se mira mientras se seca, medio ladea el cuerpo y… No, no se engaña, su trasero parece más alzado, más firme. Y eso le gusta. Sonríe, a pesar de todas las dudas y cosas curiosas. Deja caer la toalla y flexiona ambos brazos… Oh, sí, le gusta mucho lo que ve.

   Sabiendo que era tarde, y que el cabrón de Requena le reclamaría, así como se quejarían los cabrones que tenía por compañeros, sale a la carrera y toma un bóxer nuevo, de los cortos, gris. Su talla de siempre. Pero le cuesta subirlo por sus muslos, y aún más que cubra sus nalgas. Le ajusta mucho, de una manera cálida y confortable sobre sus bolas. Se vuelve y el trasero le parece increíble. Dios, ¿acaso todo ese cambio tendría algo que ver con…?

……

   -Joder, Contreras, al fin llegas. –le gruñe en los estacionamientos de la quinta, uno de sus compañeros, Raúl Bravo, un treintón cobrizo, escandaloso, agresivo, de bigotillo tipo lagartijo, ex guardia nacional.

   -Si, se me hizo tarde. –se defiende bajando de la motocicleta, acomodándose el traje y la corbata, traje que le ajustaba como un guante, por cierto; el pantalón muy abrazado a su culo, hecho del que fue muy consiente durante todo el viaje.

   -¿Acomodándote para verte bonito? –se burla el otro, quien sin el saco, y con una pequeña aspiradora, parece asear una de las camionetas, Rigoberto Linares, un negro de piel clara, alto como él sólo, había practicado básquet antes de irse por la vigilancia privada. Le mira y su sonrisa parece un poco confusa.- Y lo logras, te ves muy bonito hoy.

   -Deja de joder. –gruñe el joven, sabe cuánto odian los otros que sea guapo y que las damitas no tengan ojos sino para él, al principio. Se sobresalta cuando Bravo replica casi a su lado.

   -No, en serio, hoy te ves como más… bonito. Debe ser por esa linda camisa color lila. –acota con chanza, mirando al hombre negro, que ríe. Aunque lo reglamentario eran las camisas blancas, no era una norma fija, aunque sólo a él parecían no ponerle pegas por llevar otros colores. Claro, era el consentido.

   -Deja de joder tú también. –le replica el joven, sin sentirse intimidado por su cercanía o las palabras. Sabe torear a los tíos que se molestaban un tanto por su presencia. Se alza sobre un gabinete para tomar una de las tazas para el café.

   -¿Pantalón nuevo? –le pregunta Linares.- Te ajusta bastante en el culo, ¿no? –sorprendido, recordando lo de esa mañana, Jacinto se vuelve a mirarles, y encuentra que los dos, confusos, le observan el trasero sobre el pantalón. Ajustado, enmarcando esos glúteos firmes, la tela algo hundida entre las piernas.

   -No, es el culo, parece que le creció. –se burla Bravo, alargando una mano y acariciándoselo, y riendo al hacerlo, una broma pesada entre ellos.

   -Si, es eso, y está como más duro también. –se suma Linares, que llega al otro lado del joven fortachón, metiéndole mano también.

   Jacinto, con la boca muy abierta, mira de uno al otro, mientras estos siguen recorriendo con las enormes manos abiertas sus nalgas, apretando un poco, como si palparan melones.

CONTINÚA … 5

Julio César.

EL PEPAZO… 3

septiembre 14, 2016

EL PEPAZO                         … 2

De K.

sexy-muscle-boy

   -¿Lo quieres? Te lo tengo guardado.

……

   Se congela de la impresión, boca abierta, los dos dedos bien metidos en su trasero, consciente de ello por primera vez. ¿Pero qué coño hacía? Debía sacarse esa vaina con un lavado o yendo al baño y… Traga, desconcertado. Dios, ¿qué era esa mierda? Siente, porque lo siente, podría jurarlo sobre una pila de biblias, como ese dedal, supositorio o lo que fuera, parece alcanzar un punto dentro de sus entrañas que le eriza la piel, calentando, latiendo… ¿acaso agitándose, rozándole?

   -Ahhh… -lanza un gemido de sorpresa.

   Esa vaina era tibia, masajeante, casi parecía lanzar oleadas de… ¡Tenía que sacárselo! Y olvidando su imagen en el espejo, comienza a empujar nuevamente el puño contra sus nalgas, los dedos dentro de su recto, buscando, cazando. No quiere ver pero… sus ojos vuelven al cristal, enrojeciendo de vergüenza. Quien le mirara no creería que intentaba sacarse algo que se le había ido por accidente por el culo, mancillando su hombría, aunque no tanto como los dos dedos que tiene clavados y que cuesta moverlos dado las apretadas de su esfínter. Quien le viera creería que sumerge esos dedos en su agujero buscando darse placer, que por eso no se detiene, que es la razón de que suba y baje sus nalgas.

   -Oh, Dios… -exclama en voz alta, frustrado, doblando los dedos hacia abajo, contra su pelvis al estar boca abajo. Y a sus propios oídos, él que lo padecía, casi le parece creer que era un jadeo de placer. Que no lo era.

   Ni era buscando gozar que bajaba más el bóxer, saliendo de él a patadas y separando más las piernas para facilitar el acceso a su culo. Ni empujaba sus dedos hacía abajo, tocando la cánula, ni respiraba pesadamente porque al hacerlo esta parecía latir y frotarse del punto P de los hombres, la maldita próstata de la que tanto había escuchado cuando otros amigos hablaban de algunas fantasías que practicaban con sus chicas, y a las que respondía con un invariable y lapidario “maricas”.

   Tiene que atrapar eso, sacarlo, se dice mientras su culo sube y baja, los dedos van y vienen, hurgando con ellos, tijereando, atrapando una y otra vez su próstata, frotándola al agitar las puntas de los mismos; gritando, se dice que de frustración y furor. No se detiene, más y más rápido intenta cazarla, atraparla.

   -¡Ahhh…! -grita casi mareado, sintiéndose alzado a las nubes, experimentando una oleada cálida y poderosa de placer que parece durar y durar, mientras los dedos salen con abandono de su culo y cae completamente sobre el colchón. Durmiéndose. Así tal cual.

……

   Despierta perdido, ojos lagañosos, con la barbilla algo babeada, así como la cama, al estar boca abajo. Rueda y se sienta, ¿se había quedad dormido así? Sorprendido nota que amanece. Durmió toda la noche de un tirón, en esa incómoda posición… y no le dolía nada. Al contrario, se sentía descansado, despejado ahora. Hambriento y lleno de energías. Cosa rara, pues amanecía con pereza. Se tensa al mirar la cama, pasando una mano.

   -Joder. –jadea, no había sido un sueño. Se había corrido, poderosamente, la noche anterior mientras…

   Alarmado, recogiendo las sábanas, se pone de pie, se sube el bóxer y recuerda aquello. El supositorio calmante que se le había ido por el culo. Se toca la panza y no siente nada, ninguna molestia. Va a la cocina y enciende la cafetera eléctrica, que haga su trabajo mientras se encierra en el baño y evacúa, bastante, sin dolor ni dificultad. A pesar del desagrado busca y no ve nada, pero debió salir, ¿cierto? Algo inquieto, aunque no mucho dado lo bien que se siente, físicamente, sale del bóxer y se coloca un shorts corto, ajustado, que casi parecía otro bóxer. Era el de los ejercicios mañaneros. Toma café y pone a tostar mucho pan, se detiene viendo su equipo de trabajo, y contra toda costumbre sale con él al balcón. Se sentía tan bien que creía un pecado ejercitarse en la sala. Es temprano aún, y se sube a su Five Min Shaper Maquina, empujando su joven, armonioso y musculoso cuerpo arriba y abajo, tesando los músculos de su espalda, contrayendo el abdomen, endureciendo sus bíceps, muslos y trasero. Arriba y abajo, jadeando leve. Sube y baja, bañándose de transpiración, viéndose caliente y sexy.

   De alguna manera sabe que lo miran, desde otros apartamentos… Jóvenes casadas y muchachas, chicos en edad escolar. Algunos tíos. Siempre le miran, pero más ahora al hacer aquello con el ajustado y corto shorts en el balcón. Cinco minutos más tarde baja, jadeando, sonriendo, mirando a la nada con las manos en las caderas, abarcándolo todo. Debía ducharse, desayunar e irse. Sonriendo socarrón después del espectáculo dado, toma la máquina y la mete, entrando. Toma más café, mordisquea algo de pan tostado y va al cuarto. Mirar la cama le incomoda. Le recordaba el maldito suspensorio que se le había ido… y los dedos en su culo.

   Quiere alejarlo todo de su mente, y meneando la cabeza se despoja del shorts, debía… Había dado un paso y regresa, congelándose, mirándose al espejo de lado. ¿Qué diablos? ¿Acaso le había crecido un poco el trasero? Lateralizado se estudia, notando que no son únicamente sus glúteos, pero son estos los que más llaman su atención. Medio ladeándose se los estudia al espejo, tocando uno con una mano. Coño, si, lo tenía como más duro, más firme. Hala, separándolos un poco… y frunce el ceño aún más. Los pliegues de su culo… ¿siempre se habían destacado tanto hacia afuera?

CONTINÚA … 4

Julio César.

EL PEPAZO… 2

septiembre 13, 2016

EL PEPAZO

De K.

tio-sexy

   -¿Se te antoja un pedazo de esto, imbécil?

……

   La cara le enrojece de furor, ¿un supositorio? ¿Un maldito supositorio? Se siente engañado, estafado. Así como la cabeza se le llena de sangre, que no de ideas, el dolor en el hombro se le intensifica, como en burla al remedio encontrado. Arroja la caja con el fulano dedal calmante en la mesa y cae sobre la silla de la computadora, sintiéndola de pronto fría bajo su cuerpo, lleva tan sólo un bóxer corto, como le gusta en la intimidad de su apartamento. Se siente lindo así. Ceñudo mueve el cursor sobre la pantalla y cae en aquel ícono que ha guardado por lo interesante de la página hasta ahora. Le engañosa y traicionera Fuckuyama. Parpadea, desconcertado, algo alarmado y más molesto. La página no aparece. Lo intenta e intenta, nada. Gruñendo entre dientes lo busca con Google. Nada de nada.

   -¡Malditos estafadores! –grita poniéndose de pie, le habían robado su dinero.

   No le quedan dudas de que el dinero ya fue debitado de su cuenta, y tan magra como ya andaba. ¡Los denunciará!, piensa, aunque el mismo sabe de lo poco probable que sería que algo así prosperara. Venezuela era un caos. Le da una patada a la silla cegado de rabia y buscando desahogo, la cual gira y cae estrepitosamente. Lastimándose el pie en el proceso. Ahora tenía un doble dolor, el hombro, palpitante, y uno en el pie, en el empeine, frío y desagradable.

   Va hacia su cuarto, por alguna crema o una pastilla, cosa que odia, pero se detiene. Casi trinando de rabia toma la caja y sigue su camino. El dormitorio se encuentra determinado por la gran cama donde cree realizar sus proezas sexuales, un closet lleno de vainas informales que destacan su cuerpo (fuera del espejo de cuerpo entero de una de sus puertas), y algunas otras cosas; hay mucha ropa y zapatos amontonados de cualquier manera. Fotos de nenas bellas, enmarcadas, adornan las paredes. Le gustan así cuando está solo y se masturba, y porque puede retirarlas cuando lleva a alguna damita. Así de exquisito era Jacinto Contreras. Entra y arroja la caja en la cama. Joder, ¡cómo le dolía el hombro y el pie!

   No encuentra nada qué aplicarse, y cayendo de culo sobre su cómodo colchón, mira la caja, considerando por un segundo lo intolerable: colocarse el maldito supositorio. Seguro que era un fraude pero lo vendían como relajante. La cara le enrojece, aunque sabe que, técnicamente, es una tontería. Algunos medicamentos eran recetados en tal presentación, por no hablar de aquel médico maricón que una vez quiso tomarle la temperatura con un termómetro rectal. Ah, ¡las cosas que le dijo!, aunque lo comprendía, viendo a un caramelote como él…

   Vuelve a tragar al tomar la caja y sacar el dedal, encontrado que venía firmemente unido a un delgado hilo tipo nylon, de unos quince centímetros de longitud. Imagina que para halarlo en caso de emergencias. La cara le enrojece otra vez, y la rabia le aumenta igual. Botando aire se tiende de panza; sintiéndose increíblemente idiota, bajando un tanto el ajustado bóxer, deja al descubierto unas nalgas redondas y musculosas, duras y velludas. Tomando aire nuevamente lleva el pequeño objeto a la entrada de su culo peludo, tanteando, sintiéndose padecer el colmo de la iniquidad. Duda, lo tiene allí, a tiro de pichón, pero no se anima aún. A la mierda, se dice, era un hombre, tenía un dolor, no había nada más y nadie lo sabría jamás. Lo empuja, sintiendo la incomodidad, subconscientemente apretaba el esfínter y se obliga a relajarlo (como seguro le dicen los maricas a los más maricas en un montarral, piensa mortificado). Lo mete, empujándolo reacio, y parpadea. ¿Qué diablos?, ¿qué mierda era esa?, se pregunta con ojos muy abiertos, como la boca. Siente un alivio instantáneo; su hombro deja de protestar, su pie también.

   -Ahhh… -se le escapa un profundo gemido de alivio. Nada sexual, tan sólo por la cesación del dolor.

   Deja caer el rostro sobre la cama, casi sonriendo. Bueno, si, era una mierda, un supositorio, pero mira que funcionaba. Queda así, de panza, pies fuera del colchón, el bóxer algo bajo, su peludo culo dejando ver el hilo blanco de aquella vaina que tiene metida. Como sea, por su cama, el alivio o la reciente rabia padecida, el joven va adormilándose, sintiendo un calor benéfico, relajante. Claro, no le gusta pensar en ello, pero…

   -¿Qué coño…? –brama alarmado, alzando el rostro y los hombros de la cama, sorprendido.

   ¡Esa mierdita estaba deslizándosele por el recto! Se le estaba metiendo más y más adentro, halando del cordel en el proceso. Alarmado lo toma, decidido a detenerlo y sacarlo, viendo ante él la horrible imagen de llegar a un hospital teniendo que explicar que tenía algo metido allí. Lo hala para sacarlo… y el cordel queda en su mano.

   -Pero, ¿qué coño’e la madre…? –grita con furor, viéndolo todo rojo.

   Lo siente metiéndosele, calentando por donde pasa. No lo duda, realmente no piensa en ello, ni con asco o como algo extraño a su hombría, tan sólo lleva uno de sus dedos a la peluda y cerrada entrada, metiéndolo, reptando con él, buscando aquella maldita cánula, frotándose en el proceso. Ceño fruncido, respiración pesada de rabia y preocupación (¿cómo todo se había jodido así?), hurga en su culo. Y lo siente, la cánula, calentita, al alcance; intenta afincar el dedo sobre ella y extraerla, pero se desliza, se mueve. Rugiendo de rabia saca el dedo, el índice, y lo regresa con el dedo medio. No sabe cómo le entran, cómo su agujero se abre así, seguramente era por la necesidad, pero lo hace, siente la presión del esfínter sobre ellos, pero los desliza. Busca y la siente, casi la tiene. Pero se desplaza, se mueve otra vez. Y mientras la caza, subiendo y bajando las nalgas para ayudarse, cae en cuenta de algo.

   Mira su reflejo en el espejo, mejillas rojas, su culo agitándose arriba y abajo, los dos dedos metidos en su culo, hurgando…

CONTINÚA … 3

Julio César.

EL PEPAZO

septiembre 10, 2016

SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA… 

   Como saben, soy increíblemente flojo para llevar, después de un tiempo, un relato largo, por eso doy cabida a cuentos de otros, como este amigo quien me recuerda, al enviarme el trabajo, que subo los de Leroy y Arthur. He leído varias páginas y me he reído bastante. Dios, qué imaginación. Un tío cae víctima de esas corporaciones que venden lo que sea, así tengan que crear la demanda, por lo tanto hay interferencia; es decir, es un relato de malditos. Me hizo este amigo, dos señalamientos, no usar su nombre, y lo entiendo, cometí el error de usar el mío (aunque lo identificaré como K), y respetar en lo posible lo que llama la extensión de cada entrega, lo que por mí está bien porque es corto. Presento a consideración, El Pepazo. El título es de mi inventiva y luego se explica:

De K.

tio-sexy

   -¿Se te antoja un pedazo de esto, imbécil?

……

   Gruñendo de manera oscura y casi sexual, Jacinto Contreras flexiona y extiende sus brazos, presionando sobre las barras que intentan mantenerse abiertas y que cierra para forzar el trabajo sobre sus redondos y duros bíceps, bañado en transpiración, una que moja la camiseta azul, y la adhiere a su cuerpo joven y musculoso, bien labrado en gimnasios y en su apartamento. Abre los brazos con un jadeo de placer y con un  gruñido cierra las pesas frente a sus ojos, sentado sobre el aparato de ejercicio de la fastuosa quinta donde trabaja como guardaespaldas y chofer ocasional. Lleva el pantalón oscuro de tela suave del traje y unos zapatos negros lustrosos.

   -¿Contreras? –ladra una voz, su supervisor; el gilipollas de Requena, entra acompañado de la esposa del jefe.- La señora Irma lleva rato esperándote para salir. –acusa.

   -Lo siento. -el joven lo mira con altanería, sin sentirlo en absoluto, sabiéndose protegido de la señora (nada sexual… aún), soltando las pesas y poniéndose de píe. Mentalmente sonríe. Nota la envidia de Requena en su mirada, y la admiración (todavía platónica) de la señora, una cuarentona bonita. Toma la camisa y parece que va a ponérsela.

   -No puedes ir así. –regaña Requena, preguntándose hasta cuando consentirían a ese hijo de puta; un vago total que molestaba a los compañeros.

   -Llevo prisa. –intercala la señora, complaciente como siempre, y cuando Jacinto se le acerca, colocándose la camisa, ríe y gime.- Ay, muchacho, apestas, necesitas un  desodorante más fuerte. Mejor quédate y come algo. –le dice sonriendo divertida.

   -Gracias, señora. –total, no quería ir de todas maneras, así seguiría con su rutina. Sueña con un cuerpo espectacular, forrado de músculos, sin caer en lo de los culturistas.

   -Eres un inútil. –le gruñe Requena, realmente molesto, cuando la señora se aleja. Pega un salto cuando el joven, sonriendo, abre un brazo casi exponiéndole la axila de pelos recortados y empapados en sudor.- ¡Maldito cerdo! –ruge, alejándose oyéndole burlarse con unos “oing, oing”, sabiendo que se había salido otra vez con la suya.

   Esa era la vida de Jacinto Contreras, un hombre joven y guapo que se acercaba a los veinticinco años, padre, divorciado de una mujer a la que decepcionó, con una hermana que no le hablaba porque nunca se ocupaba de los padres, y cuya vida social apestaba en lo general. Tenía cita, montones de ellas, con mujeres que se encandilaban con su apariencia antes de notar que era un vago funcional, sin ambiciones más allá de verse bien, que gastaba más en ropas, artículos deportivos y juegos propios que en una chica.

   Esa tarde, al regresar a su apartamento, diminuto, masculino y lleno de implementos de ejercicios, Jacinto iba rotando el hombro izquierdo, sintiendo un ramalazo de dolor. Llevaba dos días padeciéndolos al hacer flexiones. Quitándose las ropas en la sala, queda en un ajustado bóxer gris, corto, que le gusta porque lo hace sentirse sexy. Es un hombre atractivo de piel clara, ligeramente cobriza, cabellos castaños y ojos almendrados que brillaban verdosos al sol, haciendo perder a muchas chicas el buen camino. Sus facciones son armoniosas, una frente despejada bajo el espeso y fino cabello, una nariz corta, unos labios carnosos que sabían engañar en muchos sentidos, y un mentón cuadrado. Sus hombros anchos y cintura estrecha eran un logro de la rutina física sobre la inercia que mostraba en todo lo demás. Brazos y piernas son musculosos. Y está orgulloso del paquete entre sus piernas. Le gusta usarlo, aunque a veces las mujeres se quejaran de lo “breve” de sus batallas, terminando feliz y desahogado mientras ellas parecían molestas.

   Todavía rotando el brazo va a la nevera y saca un cartón de jugo de naranja, que bebe directamente del embase, cayendo en la silla de su computadora. Cree recordar algo. Busca y lee: “¿Dolores después de la rutina diaria?, Livet le produce el relajamiento que necesita, un producto natural que favorece el alivio, el sueño y la recuperación de fuerzas”. Sonaba increíble, pero la página le gustaba, a pesar de lo extraño del nombre, Fuckuyama. Alguna mierda japonesa. Si, no sonaba nada mal, era caro, pero necesitaba algo para el dolor, y que no fuera un opiáceo. Suspirando con un dolor diferente saca la tarjeta de crédito, se conecta a Ventas, donde lo saludan, se interesan en lo que necesita, toman sus datos y le dan las gracias por la compra.

   Si, una mierda japonesa.

   Al otro día, al regresar de la quinta, nuevamente con dolor, encuentra en paquete pequeño y cuadrado en su buzón. Sonriendo sube, toma una ducha, cena y lo desempaca. Hay una nota en letras góticas. Fuckuyama le felicitaba por tomar el control de su existencia en la búsqueda de un cambio para mejor. Frunce un tanto el ceño y sigue leyendo. “Livet iniciará el cambio hacia esa nueva y placentera vida que merece, una de satisfacciones intensas”. Ah, cuántas bobadas, se dice apartando la nota y tomando el contenido.

   -¿Qué coño? –gruñe, desconcertado y molesto. Dentro hay una pequeña cánula envuelta en papel sedoso, más pequeño que un dedal para un meñique. Y se lee en dicho papel: Supositorio.

   ¿Tenía que meterse eso en el culo?

CONTINÚA … 2

Julio César.