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SIGUE EL DILEMA… 7

diciembre 2, 2016

SIGUE EL DILEMA                         … 6

   Basado en caracteres creados por capricornio1967

macho-velludo-y-caliente

   -Vamos, papi quiere a su perra…

……

   El enrome tolete continuaba imbatible, trabajándole con medida, adentro y afuera, profundo, lentamente, rozándole totalmente las paredes del recto, buscándole la pepa del placer y masajeándosela. Salía casi hasta el glande, halando aquellos rasurados labios de culo masculino, y se enterraba otra vez, todo el grueso y nervudo palo, hasta los pelos púbicos momentos cuando francos agitaba sus propias caderas de lado a lado. Y en todo momento, Luis, muy rojo de cara y alterado, le gritaba que se detuviera, que no le hiciera eso…

   Gritos que no engañaban a aquel sujeto sádico que había planeado ya no tomar su virilidad, cogiéndole, follándoselo como a una puta cualquiera, sino que quería despojarle de todo rastro de masculinidad. Atrapándole las caderas, clavándole los dedos para que sienta su control, va arreciando poco a poco las embestidas, las frotadas que le daba, los golpes que le lanzaba sobre la próstata. Las cepilladas a su culo. Y sabe que va triunfando.

   -Oh, sí, así, presióname la verga con tu culo. –le ruge, sonriendo, torturándole. Clavándosela toda y dejándola allí.- Si, ordéñamela, puto cabrón.

   -¡NOOOOO! –grita Luis, dientes apretados, a punto de sufrir una convulsión de llantos. ¡Estaba presionando su culo contra ese güevo!, lo sabe. Estaba halándolo… si, ordeñándoselo.- ¡SACAMELO! –grita, imprudentemente para la filmadora, porque su tono no parecía de dolor sino lujuria.

   -Si, así, puto. Gózalo, jejejejeje… -clavándole más los dedos, mirando al odiado rival deportivo sometido, las nalgas agitándose cuando las golpea con su pelvis, el redondo orificio abriéndose y cerrándose al paso de su verga, siente que está en la gloria; era perfectamente consciente de aquel agujero buscando la barra que lo penetra. Si, estaba destruyéndole completamente. Pronto no sería sino “un viejo marica”.

   Era evidente, para ambos (uno salvajemente contento, el otro angustiado y lanzando gritos desesperados), que aquel enorme tolete ahora entraba y salía con toda facilidad de aquella boca abierta y ansiosa que era ese culo que lo esperaba. La velocidad e intensidad de las cogidas se incrementan, las bolas del entrenador le golpean ahora con fuerza y Luis jadea a cada azote de esas metras, porque la punta del tolete le daba bien adentro. Y esos roces, esos golpes contra la próstata tenían al hombre sometido, tenso, luchando para controlar las ganas de cerrar su agujero y las paredes de su recto, no para impedirle la entrada sino para experimentar más de la fricción, de manera automática, por mucho que su cerebro gritara de horror, traicionado por su cuerpo. Ese tolete estaba derrotando su cuerpo.

   -Ah, si toma, toma, puto, toma mi verga, ordéñala, sácale la leche que quieres. –le gruñe el sujeto, para atacar su mente como hacía con su cuerpo, sacándole y metiéndose nuevamente la verga, apuntando hacia arriba, abajo, hacia los lados, haciéndole gritar nuevamente, de manera ronca, erótica.- Si, entrégate a lo que quieres, puto, sentir la verga de un hombre en tus entrañas.

   -Aggg, no, sácala, ¡sácala! –grita de manera confusa, luchando contra las oleadas cálidas e intensa que lo recorren, ignorando que de manera automática, rostro contra la almohadas, espalda tensa, alza un poco sus nalgas, fijándolas, apuntalando su agujero para enfrentar el fuerte macheteo de aquella verga.

   -Sí, claro. –se burla Franco, retirándole centímetro a centímetro el nervudo tolete de las entrañas, notando la presión del anillo depilado del agujero, que atrapa su glande como si no deseara dejarle salir.- Jejejejeje, cómo la quieres. –y vuelve a clavársela cayendo de golpe, aplastándole contra la cama.

   -Ahhh… -grita Luis, aún más rojo de cara, ojos muy abierto, su culo recibiendo aquella barra con mayor facilidad, acunándola, experimentado, lo quisiera o no, las sensaciones que despierta mientras le atraviesa. El vaivén se reinicia.- No, no… -tan sólo gimotea, indefenso, parpadeando.

   Mientras más le cepilla el culo, sacando y metiendo la gruesa, tiesa y cálida verga en sus entrañas, más sentía Luis las corrientes que recorrían todo su cuerpo, dominándole; todas, absolutamente todas esas oleadas parecían dirigirse a su propia verga, calentándola, agitándola, endureciéndola por la excitación y el placer. Y su mente es un grito de agonía, uno que han padecido muchos hombres que se han visto, en momentos horribles, en semejante predicamento: odiar lo que les hacen y sentir que su cuerpo lo disfruta, lo espera y anhela. Como esperaba ahora el roce indetenible de la mole de carne masculina cuando sale casi hasta el glande y entraba golpeándole con las bolas. Si, la tiene dura contra la cama, frotándola de esta mientras el otro le embiste, agitando la cama toda.

   -Toma, toma, puto, toma lo que quieres. –le ruge Franco, tendiéndose un poco sobre él, metiendo una mano, con esfuerzo, y atrapándole una tetilla, que acaricia y frota deliberadamente lento, buscando provocar reacciones reflejas. Y lo consigue, sonríe cuando Luis gime agónicamente ante la caricia, que parece potenciarse por todo lo que estaba ocurriendo en su culo.- Si, si, gózalo así, deja salir lo perra que eres, pronto estarás corriéndote por tener una verga clavada en tu culo, jejejejeje…

   -¡NO! ¡NO! ¡NO! –gritas nuevamente el otro, como para intentar justificarse, explicarse; que no hacía eso porque quería, sin embargo su cuerpo es una masa de sensaciones, y su culo, lo sabe, sube y baja casi imperceptiblemente para buscar ese tolete que se le clava. No puede, al menos su cuerpo no, no asociar el placer que siente en su verga ahora erecta, pulsante contra la cama, con las embestidas dadas a sus entrañas. ¡Gozaba porque un hombre estaba cogiéndole!, es la idea de la cual no puede escapar. De que estaba a punto de correrse porque era cabalgado por otro carajo.

   Franco sonríe de manera casi maniática, cruel, sabiendo exactamente por lo que estaba pasando su odiado rival. Aunque disfrutaba lastimando, rompiendo cerrados culos de sujetos que se creían machos hasta que se cruzaba en sus vidas, también goza de lo que le hace a Luis. No sólo de la poderosa sensación que le recorre, el profundo placer sexual que experimenta al sacar y meter su verga de aquel culo masculino, las apretadas y exprimidas que este le daba; saber que el otro está descubriendo, notando que está participando en aquello, era aún mejor. Disfruta ejercer su poder, físico y mental, sobre ese hombre.

   -Si, puto, exprímemela, sácame la leche que tanto quieres, jejejejeje…

   -No, no… -lloriquea Luis, jadeante, presa de emociones conflictivas que van destruyendo su resistencia, su mente… mientras aprieta con fuerza esa verga que entra una y otra vez en sus entrañas. Los segundos parecen interminables “padeciendo” aquel horror, pero estos se vuelven minutos eternos de ese tolete entrándole y saliéndole, golpeándole intensamente, refregándole todo. Pierde la noción del tiempo, de lo que hace, en un momento dado se descubre gimiendo unos “¡ahhh, ahhh!”, que no parecían de suplicio.

   -Eso, gimotea como la zorra cachonda que eres. –le señala Franco, voz ronca, cayéndole sobre la espalda, enchufando totalmente con él, aunque aún tiene las manos atadas a la espalda.- Grita cuánto te gusta, perra.

   Oyéndole, Luis intenta oponerse, lanzarle fuera de su espalda, pero no puede. Como no puede impedir los pujidos ahogados, casi eróticos, que salen de sus labios cuando Franco eleva sus peludas nalgas, sacándole casi todo el tolete del culo y luego vuelve a penetrarle, una y otra vez. La cama se agita, el colchón se queja, y el hombre sometido cierra los ojos, todo dándole vueltas; lo único real era el peso del macho que lo había dominado, sometiéndole para su placer, lo otro era  la sensación de esa dura verga nervuda que le refregaba todo por dentro. Y todavía gime más cuando Franco se las ingenia para meter otra vez sus manos, atrapando entre índices y pulgares sus tetillas, apretándolas con fuerza al compas del vaivén en sus entrañas.

   -Hummm… -se le escapa un ruidoso gemido.

   -Estás tan caliente, perra; jejejejeje. –le oye gruñirle al oído.

   Y todavía le toca un suplicio mayor, soltándole una tetillas, aprovechando que tiene el culo semi alzado, no deseando pensar que lo tiene así para recibir más de aquel güevo, la mano libre del entrenador de su hijo Daniel se apodera de su verga erecta, caliente y babeante, cerrando al puño a su alrededor, presión que le hace casi perder el sentido. Mientras le coge, Franco no le masturba, tan solo le aprieta el tolete, pero los movimientos de las embestidas hacen el trabajo.

   Luis, horrorizado y excitado sabe que no aguantará mucho, lo quiera o no. Un poderoso orgasmo se incuba nuevamente dentro de su cuerpo inmovilizado y utilizado por Franco. Pronto los chorros de esperma escaparían de su tolete, mientras era tomado por el otro, su culo abierto y lleno con aquella verga. Se correría, y aunque se odiara parecía gritarlo, desearlo, por lo que ese sujeto le hacía. Pero, como hizo poco antes, cuando le masturbaba, Franco le suelta la tetilla, no así el tolete, al cual no masajea sino que aprieta, y se alza sobre sus rodillas, entre sus piernas. Y se queda quieto, teniéndole medio tolete adentro, medio tolete afuera.

   -¿Quieres correrte? ¿Lo necesitas mucho, mucho? Pues tienes que ganártelo.

   Todo girando a su alrededor, casi mareado por todo lo vivido, y caliente, si, y excitado, Luis le mira sobre un hombro.

   -Franco, ¿de qué hablas…? –y grazna cuando la presión sobre su verga sube un poco, de manera atormentadoramente sabrosa. Quiere, no, ¡necesita correrse! Y más rojo, avergonzado a límites imposibles, entiende lo que el otro pretende.

   Que eche su culo de adelante hacia atrás sobre el grueso palo caliente metido en su culo. Que se empale. Que se penetre a sí mismo.

……

   Sintiendo que ya había tenido bastante, poniéndose cada vez más molesto al no encontrar a nadie que le aclarara lo del viaje con Franco a Los Ángeles, que no pensaba hacer ni en un millón de años, Daniel Saldívar se dirige a la salida de las oficinas del complejo. Sus preguntas airadas, su negativa a tal posible presentación, parecía no haber calado bien en los demás. Les parecía algo caprichoso. Pero, claro, ¡qué sabía esa gente de todo el infierno que ese hombre le hizo pasar!

   ¿Le acarrearía algún problema, en su carrera, negarse a tal cita en los Estados Unidos? La posibilidad era inquietante, porque… enrojece feamente, avergonzado, humillado, había pasado por todo ese suplicio, someterse a ese hombre que le usó como su juguete sexual, su puta, por ir a las olimpiadas, para no defraudar a sus padres… para demostrar que era un campeón. ¿Podía perder algo de todo ello, a pesar de lo vivido, negándose?

   -¡Sabes lo que pasó! Tiene todo el derecho del mundo de comportarse como un imbécil. –la airada voz le sobresalta.

   -Ganó, ¿no es así? Tal vez eso era lo que quería y no le importe nada más. –otra voz replica, caústica.

   Se detiene en seco, mirando hacia la entrada del gimnasio. Reconoce las voces, y casi cree adivinar sobre qué, de quién hablan. Reticente pero curioso, se acerca, asomándose a la entrada, descubriendo a Román Mendoza, de pie, rostro molesto, todavía en el bañador de la práctica, con una toalla alrededor de su cuello, enfrentando a Genaro Tellerías, quien lleva un mono deportivo, y tiene los brazos cruzados sobre el pecho.

   -¿Cómo puedes imaginar que… lo hiciera para ganar?

   -Era el consentido del entrenador, lo sabes. –replica Genaro, y Daniel siente la rabia bullendo en sus entrañas.

   -¡No es verdad! Ese hijo de puta le odiaba desde que llegó aquí, ¿no lo recuerdas? Pero aún así tuvo que dejarle formar parte de la delegación olímpica, porque es el mejor desde el trampolín. -estalla Román, apuntándole con un dedo.- No dejes que tu rivalidad en la piscina, con él, enturbie tu mente. Y de eso se aprovechó ese degenerado. Vimos cuando le tendía la trampa, las cosas que siempre hace.

   Daniel siente la rabia alcanzando límites insoportables, ¿acaso esos dos sabían  del martirio por el cual pasó y no le advirtieron o dijeron algo? La pregunta vuelve a torturarle.

   -Parecía emocionado por sus atenciones. –agrega Genaro, molesto ahora por la mirada censuradora de su amigo.

   -¿Qué diablos te pasa? ¿Acaso estás celoso?

   -Hijo de… -alterado, Genaro descruza los brazos y parece que se le irá encima.

   Daniel ya ha tenido suficiente.

   -¿De qué carajo están hablando? –trona, rojo de mejillas, ojos brillante de ira.- ¿Hablan de mí?

CONTINÚA…

Julio César.

EL PEPAZO… 35

diciembre 2, 2016

EL PEPAZO                         … 34

De K.

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   Dispuesto a todo…

……

   Casi cree sentir que el tipo ríe, contra su culo, pero este no se detiene, sigue enrollando la lengua y empujándosela, muy adentro en su tembloroso agujero, que se abre, los labios del esfínter parecen masajeársela mientras la siente. Y una lengua en el culo era algo que, le avergüenza, de haber sabido que se sentía así hace rato habría querido experimentarlo. El abogado, aferrándole con los dedos, bucea entre sus nalgas, su rostro sube y baja ahora, frotándole el sensible anillo con nariz, labios y barbilla. Sopla suavemente y le maravilla ver ese culo titilar.

   -Ahhh… -es todo lo que  parece poder exclamar, o hacer, Jacinto. Si alguien le estuviera viendo desde el techo, como una cámara oculta puesta allí por una esposa que desconfía de las niñeras junto a su apuesto, masculino y recio marido, abrían visto su cabello cayéndole en la frente y los ojos, su frente fruncida sabroso, sus mejillas rojas, los labios húmedos levemente abiertos en una sonrisa, gimiendo; la viva cara del placer y la urgencia. Su culo necesita más, y mientras sigue azotándole con la lengua, el hombre le mete un dedo con insoportable lentitud.- Ohhh… -goza cada centímetro que le penetra, pero… Baja su culo, tomándolo todo.

   -Estás muy caliente, ¿verdad, pequeño? –la voz burlona, ronca y viril le eriza. Y cruzan una mirada.- Muéstrame cuánto lo quieres. –le pide, metiéndole un segundo dedo dentro del redondo agujero, cuyos labios parecen abrazarlos con fuerza, cerrándose de una manera hambrienta y erótica sobre ellos. El joven culo de un musculoso tipo que no sólo acepta que lo penetren dedos masculinos, sino que los abraza de una manera decididamente urgida, quemándolos, apretándolos.

   Y si esa cámara estuviera allí, se habría visto al joven volver el rostro al frente, más rojo de vergüenza, lanzando un casi frustrado gemido. Su cuerpo sólido y musculoso se agita, va y viene; su culo sube y baja, apretando siempre, sobre esos dedos masculinos que penetran su entrada hasta hace poco secreta. Y grita, porque sus entrañas estallan en candela. Los atrapa y suelta con más rapidez, los labios de su culo bajando cuando sale de los dedos, entrando cuando los cubre otra vez, bajo la fascinada mirada de Andrades, cuya verga estaba creando un pozo de líquidos espesos sobre la alfombra. Y los agita en el interior del joven, tijerea en esas entrañas, los flexiona y le roza, goteándole más el tolete, que se estremece, al oírle gemir roncamente, de puro placer, mientras arquea la espalda, que enrojece también.

   Un tercer dedo se mete, y Jacinto así lanza una risotada, ahora si se sentía mejor. Y su joven cuerpo brilla de transpiración, dorado, liso, mientras sube y baja con mayor rapidez sobre esos tres dedos largos, velludos y gruesos. Jadea, se calienta más y más mientras se empala. Su culo es una ventosa caliente y húmeda. Cree escuchar un pop, cuando el otro los saca, soltando la tirita.

   -¿Realmente quieres esto? –pregunta el hombre.

   Con su culo abandonado, Jacinto baja el pie, volviéndose a mirar al hombre, casi parece una virgen ruborosa; el carajo, de pie y sin quitarle los ojos de encima sale de la bata. Es delgado pero fuerte, correoso, velludo. Los ojos del joven bajan a ese tolete tieso, goteante.

   -Si…

   Ese hombre va junto a él, alzando las manos y atrapándole el rostro, besándole, mientras se dirigen vivienda adentro; cruzan un alfombrado pasillo, con las paredes cubiertas de retratos familiares. Se besan cuando el abogado empuja una puerta y entran en un dormitorio amplio, con toda una pared ocupada por el cabezal labrado de una cama inmensa, que atornilla con gabinetes a los lados. Al frente hay equipos de sonido y video. El ambiente está algo frío. El piso, cubierto por una gruesa alfombra marrón, combina un tanto con el cubrecama.

   Pero ninguno de esos detalles le importa a la pareja mientras se besan, lengüeteados y chupados, metiéndose manos por todos lados. El abogado le arroja de espaldas sobre  la cama, cayéndole encima, sus pieles rozándose, sus torsos, las manos, las lenguas. El tolete del hombre choca y se frota del que está cubierto por la tanga. La calentura es tal que ese sujeto va a cogérselo en su cama matrimonial. La que comparte con su mujer. Y la idea es tan perversa que no puede contener las ganas. Se pone de piel, quitándole las medias, Jacinto sonriendo y jadeando, sintiéndolo casi como una caricia. Luego le obliga a volverse. El joven, mentón en el colchón, parpadea al sentir las recias manos atrapar las tiritas de su hilo dental por las caderas, halando del mismo, el hombre disfrutando como va apartándose y levantándose de entre sus nalgas, enrollándose en sus muslos. Esta caricia, le parece al forzudo joven, era aun más intensa que la de las medias.

   Temblando de lujuria, totalmente perdida toda cordura, Andrades le saca la prenda de los pies, alzándola, mirándola fascinado, tan pequeña, ¿cómo cubría tanto? La lleva a su rostro, olfateándola, y la verga le tiembla, mojándolo todo. Cierra los ojos, aspirando más, llenándose los pulmones con aquel olor a sexualidad masculina joven.

   -Ábrete para mí, bebezote. –le ordena, ronco, preguntándose cómo haría para robarle esa tanga y guardarla como trofeo.

   Y mirándole sobre un hombro, respirando pesadamente, Jacinto separa sus recias piernas, sus nalgas se abren, y ese culito rojizo titila salvajemente. Cuando Andrades se acerca, montando una rodilla en el colchón, entre sus piernas abiertas… ese agujero se abre como una boquita hambrienta de güevo. De macho.

CONTINÚA…

Julio César.

EL PEPAZO… 34

noviembre 24, 2016

EL PEPAZO                         … 33

De K.

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   La prenda perfecta para el macho de hoy…

……

   La voz, el tono, las palabras erizan al muchacho, ¡tanto así le gustaba a ese carajo!, aunque nada le prepara, y gimen cuando ocurre, a lo que le recorre cuando las manos grandes del sujeto caen sobre sus hombros, recorriéndole, acariciándole… y la punta de aquel tolete duro y caliente, le roza y moja la curva de las nalgas.

   -Tan hermoso… -jadea el abogado, voz cargada de lujuria contra su oído, bañándole con su aliento, cerrando la distancia, quemándole con su velludo cuerpo.

   -Doctor… -no sabe qué quiere, pide o espera. Tan sólo que respira pesadamente, su poderoso torso subiendo y bajando con esfuerzo, la verga latiéndole dentro de la rosa tanga… su culo hecho una sopa caliente. Pero aún esa palabra pierde sentido cuando esas manos, metiéndose bajo sus brazos, recorren su torso una, el abdomen la otra. Las palmas erizando su piel, estimulándole, sus tetillas imposiblemente duras, los dedos de aquella mano atrapándolas dulcemente, pellizcando y halando. Halconcitos leves que hacen gemir al forzudo muchacho, mientras la otra baja, lentamente, recorriéndole y excitándole, un dedo jugando con su ombligo, demarcando sus bordes redondos (como un culo, piensa desmayadamente), entrando y empujando, para finalmente bajar más y más, esos dedos sobre su bajo abdomen, allí donde generalmente hay vellos, unos que ahora no tiene, no sabiendo por qué.

   -Tan hermoso… -el hombre repite susurrando, sabiendo lo que provoca en el joven, pero también el arrebatado de lujuria que le recorre a él. Sacando la lengua y pegándola de ese cuello liso, los dos se estremecen por el íntimo y erótico roce, mientras los dedos se meten, las uñas, dentro de los bodes de la tanga.

   -Hummm… -el muchacho se estremece, y más cuando esa verga dura y pulsante, horizontalizada, se refriega de sus nalgas, de adelante atrás, como si le cogiera, percibiendo perfectamente toda la longitud de ese poderoso miembro.- Ahhh… -grita, mejillas rojas y ojos cerrados cuando los dedo del hombre pellizcan sobre su pezón izquierdo algo más fuerte, y recorre la enorme silueta de su verga, sobre la suave tela de la tanga, la cual parece intensificar la sensación. El tolete responde latiendo y manando sus jugos.

   -Posa para mí. –pide, con voz entrecortada, como si le costara, soltándole. Cosa que si le cuesta.

   No sabiendo por qué lo hace, el por qué siente que debe complacerle, el forzudo joven, muy rojo, separa sus piernas, las tersas nalgas abriéndose un poco, dejando ver la delirante tirita rosa del hilo. Doblándose, expone más, y sobre un hombro mira a ese carajo, un tipo casado que estaba haciendo aquello, en la sala del apartamento que comparte con su mujer.

   -Mierda, mira eso, eres tan… -el abogado no parece encontrar palabras mientras recorre con la vista la nuca, los anchos hombros, la estrecha cintura, las recias nalgas, redondas y duras, que se abren, rodeadas por una tirita de color que se pierde entre ellas, semi cubriendo, no del todo, un orificio que parece algo hinchado, de labios abultados (un culo sabroso), y atrapando en el saco rosa, más abajo, las bolas. El joven le ve llevar una mano a su tolete, apretándolo como para impedir una corrida ante la sola vista.- Sube un pie al mueble, por favor.

   Sintiéndose todo caliente, y tonto, Jacinto obedece, equilibrándose sobre un pie en la alfombra, el otro en el mueble, su recio y joven cuerpo algo ladeado. Sus nalgas bien abiertas. Se estremece y aguanta la respiración al oírle aspirar ruidosamente, como sorprendido, mientras se le acerca. Las manos, abiertas, caen en sus hombros, acariciándole con adoración.

   -Tan hermoso… -le oye repetir nuevamente, en trance, mientras le acaricia la espalda, bajando.

   Casi jadea cuando le siente el aliento bañándole la piel, porque mientras le soba, ese carajo comienza a besarle los hombros, la columna. Besa y chupa su piel, a veces lengüeteando sobre ella. Y esas caricias le tienen al borde. Más cuando se vuelve sobre el hombros y le ve el rostro enrojecido, los ojos cerrados, la verga goteándole copiosamente al caer sentado, esos labios y manos cayendo sobre sus nalgas, clavando dedos, intentado clavar dientes (son muy tersas y no se dejan). El aliento bañándole la raja. Tiene que afincar los dedos de los pies cuando la tanguita es apartada de su raja.

   -Ahhh… -se le escapa, labios muy abiertos, ojos llenos de sorpresa, erizado.

   ¡Ese hombre ha metido la cara entre sus nalgas!, raspándole con el rastrojo rasurado de la barba, el aliento bañándole el culo, que tiembla, ansioso, lleno de ganas.

   Aunque no acostumbra hacer esas vainas (coger si, dejarse mamar igual, eso no), el abogado no puede detenerse, con los pulgares le aparta un poco más la tanga y separa los labios del esfínter, aleteando la punta de su lengua sobre ese capullo tan levemente velludo que casi parece lampiño. Y le enloquece notar como esa entrada se agita y titila bajo sus caricias. Era un culo, pero… Cerrando los ojos le mete la lengua, cálida, babosa, reptante, y ese agujero se abre en flor, dejándole penetrar, el anillo medio masajeándole, sintiéndose un olor levemente almizclado, sabiéndole curiosamente dulce. ¡Y comienza a comerle el culo!, chupando, lengüeteando, salivándole, y Jacinto se estremece, gime, se revuelve, casi le atrapa el afilado rostro con las nalgas. Los gritos de agónico placer suben en intensidad cuando la lengua le coge, literalmente, adentro y afuera de su culo, una sensación nunca antes experimentada.

   -Hummm… hummm… -es todo lo que puede gemir en un momento dado, sintiendo que se quema, subiendo y bajando el culo sobre esa boca.- Oh, por Dios, doctor, cógeme… ¡Cógeme ya! –le grita.

CONTINÚA … 35

Julio César.

EL PEPAZO… 33

noviembre 20, 2016

EL PEPAZO                         … 32

De K.

el-chico-de-la-tanga-rosa

   La prenda perfecta para el macho de hoy…

……

   Rojo de cara, farfulla sin emitir sonidos, los labios enrojecidos por el roce contra la dura verga, la barbilla algo húmeda de saliva y de jugos del macho.

   -Doctor, yo… -el otro no quiere escucharle, ni puede contenerse, le había encantado la boca del chico, la manera mórbida y hambrienta de su lengua, así  que le silencia metiéndole la suya, recorriéndole todo, labios, dientes, encías, encontrando el sabor de su propio güevo, lo que hizo que este pulsara feo, botando más de esos jugos.

   -Vamos, bebé, enséñamelo… -le susurra, caliente, contra los labios, poniéndose de piel, la bata abierta, el velludo torso y abdomen expuesto, la verga mojada de saliva tiesa como una lanza de carne, alzando al forzudo joven.

   Confundido por todo lo ocurrido (mintiéndose, el culo, ese ardor, aquellas ganas que sentía, habían tomado el control), el joven comienza a aflojarse la corbata, mientras el otro le desata la correa y le abre los botones de la camisa, halándosela y sacándosela del pantalón, algo que, por alguna razón, le parece muy erótico. Apartada la corbata, Jacinto comienza a sacarse el saco, mientras el abogado maldice esa camiseta que cubre, a duras penas, ese poderoso y joven cuerpo hecho para ser tocado, lamido, adorado. Poseído. Le ayuda a salir del saco, con dificultad porque casi se le atasca en los hombros. La camisa parece a punto de estallar en sus bíceps, cuando la aparta, quedando el enrojecido chico, en camiseta, una muy abierta por los costados, apenas conteniendo aquel recio corpachón. El abogado casi se corre de pura emoción. Le quiere ya desnudo, pero no puede evitar alzar las manos y recorrer esos melones que tiene por pectorales, aquellas tetillas que levantaban la tela blanca, acariciándole, provocándole gemidos.

   -Dios, eres… perfecto. –brama el hombre realmente impresionado, él, que sabe disfrutar del momento pero sólo mira en otros un cuerpo para un rato, y una vez saciado “chao, amigo”, y a continuar con lo que llegara. Pero ese joven…

   Jacinto, rojo como un tomate, casi sonriendo tímido como una virgen debutante, deja que el hombre le saque la camiseta, alzando los poderosos brazos, exponiendo sus axilas grandes, tan escasamente velludas que parece depilado. Como el torso dorado, liso y musculoso que queda a la vista del abogado.

   Aunque lo que más quiere es tomar ya ese joven cuerpo de dios, el hombre extiende sus manos grandes y recorre los recios hombros, bajando por los brazos, palpando los duros bíceps, subiendo y atrapando esos pectorales redondos, duros como piedras, acariciando los pezones con sus pulgares, moviéndolos como limpia parabrisas sobre las erectas y sensibles tetillas, cosa que hace gemir al muchacho de una manera que le eriza. Y si, Jacinto siente que todo su cuerpo es una masa de lujuriosas y apasionadas sensaciones. Aunque no esperó aquello, tal vez porque ni el mismo Andrades era amante de ello. El hombre se inclina y le atrapa uno de los pezones, con aureola y toda, entre sus labios, cubriéndolo, mojándolo desaliva y aliento, azotándole con la lengua reptante, y succionando de una manera intensa.

   -Ahhh… -Jacinto echa la cabeza hacia atrás, no entendiendo como aquello, que no era la primera vez que se lo hacían (claro, chicas), podía resultar tan eróticamente estimulante. Tal vez era por los calambres en su culo, que parecían acompasados. Y el gemido se repite cuando su otro pezón recibe idéntica atención. Casi siente las piernas débiles.

   Apartándose a duras penas, labios húmedos de su propia saliva, casi sorprendido de lo rico que era chupar de esos jóvenes pezones masculinos, los cuales, con un aro, seguramente resultarían aún más sensibles, Andrades le mira, febril y ansioso.

   -Vamos, enséñame más, chico guapo. Quiero ver lo que ocultas. –le abre el botón del pantalón, bajando el cierre y dando dos pasos atrás dispuesto a disfrutar del espectáculo.

   -Doctor…

   -No, no seas tímido; con ese cuerpo no debes… -le urge.

   Rojo de vergüenza, sin poder apartar los ojos de la mirada de ese hombre, como no fuera para lanzar ojeadas inquietas sobre ese güevo que parecía más tieso y goteante ahora, el joven fortachón sale de sus zapatos, dudando un último segundo y dejando caer el pantalón. La vergüenza y excitación que siente ante su propio exhibicionismo, se ve recompensada por la mirada de absoluta lujuria del otro, quien con la boca y ojos muy abiertos, recorre su cuerpo una y otra vez, desde el rostro al cuello, el torso, los brazos, el abdomen, las piernas recias… la pelvis cubierta por la tanguita, de corte masculino a pesar de todo, color rosa. Está es mínima, putona, sensual, deformada por la erección tras ella, una que, aunque escandalosamente visible, es totalmente cubierta por esa tela que parece una capa de pintura sobre su piel. Una muy erótica.

   -Joder, tu cuerpo… Y esa mierdita rica que llevas… -le clava los ojos en la pelvis, y Jacinto traga, de pronto sediento, cuando el tolete del abogado sufre un temblor y una espesa gota de líquido cae sobre la alfombra.- Vuélvete… Enséñamelo todo, por favor…

   Con la respiración entrecortada, Jacinto patea y sale del pantalón, estaba allí, con medias (azules claras), la tanga rosa y nada más, mostrándose a un carajo que le había dicho que quería enterrarle aquel tolete grueso y nervudo por el culo. Más rojo de cachetes se vuelve…

   -Oh, mierda santa, muchacho… -le oye contener el aliento.- Voy a cogerte tanto, tanto, tanto que voy a preñarte…

CONTINÚA … 34

Julio César.

AMA DE CASA… 5

noviembre 18, 2016

AMA DE CASA                         … 4

Por Leroy G.

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   Todos quieren su parte…

……

   ¡Qué rico era tomar leche!, se le ocurre, desconcertándose, parpadeando. Mirando hacia abajo. Nuevamente estaba erecto. ¡Maldita sea! Piensa en otra cosa, en cualquier cosa…

   Mortificado va a su cuarto y se cambia, no tan duro ya, pero si molesta para vestirse, y el cómo se ve al espejo. Normalmente le gustaría, no está erecto pero se le notaba bastante, y sabía que las mujeres miraban, maduras y jovencitas… aunque también los tipos, esos que seguramente se sacaban la leche cascándoselas pensando en un carajo como él, que… Cierra los ojos, no quiere pensar en eso. Va a la cocina y come, bastante, más por acabar con el hambre que por disfrutarlo.

   Frente a la puerta de su apartamento duda, abre la puerta, mira el solitario pasillo y enrojece violentamente recordando esa… ¿fantasía?, le cuesta usar la palabra. Sale casi a la carrera, apresurándose más cuando oye otra puerta abrirse y una pareja reír de algo mientras salen a comenzar el día de trabajo. Casi salta por las escaleras y no respira tranquilo hasta que se encuentra una calle más allá. Detenido en seco frente a un supermercado. Entra, joven y guapo en su jeans algo ajustado, la camiseta roja que destaca su figura, la chaqueta negra que ni de lejos puede confundirse con piel o que fuera de las buenas. Casi en trance, sintiendo la garganta seca, mira la nevera de los lácteos. ¡Toda esa leche! Saca un cartón, lo abre sin pagarlo, y bebé, con ansiedad, sintiéndola fría y buena, aunque no tanta como la del apartamento. Bebe y bebe, una gota rueda por su barbilla. La consume frenético, sediento.

   Y el güevo le late con violencia dentro del jeans, visible, evidente, con ganas…

   -Hey, no puede hacer eso. –le reprende una voz masculina, una que le eriza al pillarle en eso.

   -Voy a comprarla. –responde a la defensiva, su pecho subiendo y bajando, el otro mirándole extrañado, un tipo joven, casi un chico de mejillas algo granosas, alto y delgado. Que le nota el bulto entre las piernas.

   -Se ve que te gusta la leche, ¿eh? Te emociona beberla. –bromea con esa mala intensión de tantos que quieren ser graciosos y hacen chistes de doble sentido.

   -No es asunto tuyo. –replica a la defensiva, cachetes rojos de rabia y vergüenza, comenzando a alejarse para pagar e irse al coño, deteniéndose y tomando otro cartón. Sin mirar al chico.

   -Oye, sé donde puedes conseguirla más fresca y todavía tibia. –le oye, antes de echarse a reír.

   Gregorio no se reconoce a sí mismo, ¿por qué no regresaba y le derribaba de un coñazo? No era hombre que soportara mariqueras de… La palabra le turba. Llega a la caja y paga, evitando la mirada extrañada y algo censuradora de la señora, por abrir los productos antes de cancelarlos, y sale. Fuera se termina el cartón de leche fría y una sensación de paz le domina… hasta que se acaba. Carga con la otra y se aleja rumbo al trabajo, decidido a perderse en la nada. “Oye, sé donde puedes conseguirla más fresca y todavía tibia”, la frase le irrita, mucho, casi hasta hacerle apretar los puños y rechinar los dientes, porque no puede dejar de darle vueltas.

   -Buenos días. –saluda en automático, mal encarado cuando entra al taller y encontrando al jefe, Morales, quien alza una ceja.

   -¿Una mala noche con tu novia? ¿O no estaba? Necesitas alivio, hijo, déjame llamarte a Maikel… Ese chico… -bromea, pero calla cando el otro le lanza una fea mirada y se aleja. Vaya, si que andaba de malas, pero eso podría mejorarlo si se dejaba dar una mamada, ¿no? Una, tempranito en la mañana, era la solución a todos los pesares. Sonríe volviendo la vista al motor recién instalado en aquel Corsa, su bigotillo y barba le dan un aire de granuja. Aunque lo mejor era dar esa misma mamada por las mañanas, termina reconociendo para sí.

   Furioso por las palabras del otro, las del chico del marcado, a quien debió golpear, se dice ahora, Gregorio deja todas sus cosas en el vestuario, lugar que evita como diablo a la cruz. Oye las risas de los maricones, sus juegos, los “¿te gusta que te toquen el culo, eh?”, los “voy a preñarte putica”. ¡Eran insoportables!, se dice casi deseando gritar frustrado. Aunque no era por ellos, o el jefe o el chico del mercado, debe reconocer. Estaba tenso. Eran esos sueños, las súbitas ganas de… Abre el morral y ve el cartón de leche. Se eriza por las ganas que siente de tomarla. Y lucha para no recordar que probó su propio semen. Colorado de cara, sintiéndose algo inquieto bajo las ropas se cambia a toda máquina, dándoles la espalda a los otros, que guardan silencio. Siente sobre su nuca, espalda, muslos y trasero bajo el bóxer, las miradas de los maricones esos, todos en sus tanguitas de putas.

   Con la braga puesta, algo abultándole levemente entre las piernas, disimulándolo con el cartón de leche que lleva en la mano, sale. Hay susurros, deteniéndose, oyen que le llaman güevón y echón, pero qué cuerpo. Las risas, y lo que quisieran hacerle si le encontraban desmayado de ebrio, le eriza la piel de repulsa y disgusto. Fue a la fea y vieja nevera, guardando el cartón de leche, quedándose mirándola por un segundo. Finalmente parpadea y se aleja. Se sumerge en el trabajo, pero sólo puede recordar la calentura de la noche pasada, la masturbada, todo lo que mamó de aquel güevo en su mente, lo mucho que le gustó, la corrida formidable que tuvo… probando de su propia esperma…

   Maldiciendo ente dientes golpea un mesón con una llave, furioso. La enerva recordar todo aquello, que no entiende, pero también saber que… que… ¡lo imaginó y continuó haciéndose la paja! Bufa.

   -¿Todo bien, muchacho? –le pregunta a sus espaldas, Morales, ceñudo, limpiándose las manos en un pañito mugroso manchado de grasa. Toma aire, impaciente.

   -Todo bien.

   Intenta concentrarse en lo que hace, más tarde almuerza algo apartado del resto, casi triturando los alimentos, con rabia. Se sentía frustrado y agotado. Deseaba llegar a su piso y tener una buena noche de sueño. Termina y se recuesta de una pared, sentado, amodorrado, la noche no había sido buena. Lucha contra el deseo… Bufando otra vez, lo manda todo al carajo, va a la nevera, toma el cartón de leche, mejillas algo rojas, y va hacia el vertedero del taller, el largo depósito lleno de chatarras, piezas y basura que Morales se negaba a botar. Necesita… espacio y tiempo para tomar su leche, se dice, sintiéndose culpable por alguna razón. Abre la pequeña puerta, el corazón agitado porque va a beber el frío líquido cuando…

   -Eso es, maricón, trágatelo como si fueras a morirte de hambre si no lo haces. –esas palabras le impactan, porque le recordaban un tanto el sueño. Pero sabe que no van dirigidas a él, la voz era la de Sherry (así se hacía llamar el mariconcito ese pequeño, que se pintaba los parpados y un lunar junto a la boca, era el más amanerado y marica de todos), pero allí estaba, hablándole torcido a alguien. Alguien que, por los desesperados sonidos, le estaba dando unas mamadas intensas y ruidosas.

   La idea le repugna, pero con curiosidad se acerca al final del pasillo, asomándose. Y parpadea. Si, allí estaba el bichito ese, sonriendo malicioso, espalda apoyada de una pared de chatarra compacta, el mono abierto hasta la cintura, su delgado torso apenas cubierto por una camiseta que lleva alzada, dejando ver un aro en su ombligo, nada de pelos, los contornos delgados, casi de tira en su cintura, de la tanga que seguramente usa, amarilla chillona, seguramente de un calzoncillo barato, y el güevo cobrizo erecto, brillante de saliva cuando aparece y desaparece de una boca golosa que lo mama. Y quien le chupa el tolete, de rodillas, respirando pesadamente, es el jefe. ¡El viejo marica!, se dice Gregorio, impresionado por el contraste, el hombre maduro, mundano, grande y fuerte, de rodillas, con cara de gloria, mamándole el güevo a un chico más bajo, delgado y amanerado.

   -Me encanta cuando te pones así, maricón, tan sumiso y entregado queriéndole sacarle el jugo a mi verga erecta. No puedes ver una afuera de los pantalones, ¿verdad?, sin desear caerle encima y cometerla. –se la saca de la boca, sonriendo cuando el hombre, labios rojos, ojos brillantes, barbilla manchada de saliva y jugos de macho, intenta todavía atrapar con los labios el glande que se escapa de su alcance cuando Sherry se lo agarra con una mano y lo agita, dándole en la cara, duro, mojándole, los paff, paff, llenando el cuarto.

   A Gregorio se le seca la boca, quiere irse, en verdad, pero mira, la frente arrugada de desaprobación.

   -Dámela, déjame chuparla. Quiero tragarme tu leche. –jadea suplicante el carajo, y las palabras descontrolan a Gregorio, quien se siente casi culpable de llevar aquel envase en sus manos.- ¡Aggg! –exclama ahogado de gusto, casi blanqueando los ojos en una sucia expresión de placer, cuando el muchacho se le empuja por la boca, garganta abajo.

   -Cómo te gusta la leche, becerro. –ríe el carajito, y a Gregorio todo le da vueltas.- Anda, chúpalo, sáciate de güevo, trágatelo y ordéñamelo con tu garganta… Me pregunto cuántos machos has mamado durante tu vida, cuántos litros de esperma no te habrás saboreado. ¿Cómo hacías en el cuartel? ¿Te cogían entre todos en las barracas? –esas preguntas, ese tono mórbido, el cada vez más intenso sonido de chupadas, también de gemidos de gozos saliendo de la boca de Morales, al que le chorrea algo de saliva por la mandíbula, tienen a Gregorio trastornado.

   Jadeando se aleja, sin hacer ruido. Escapando de allí. Rojo de rabia y sorpresa… increíblemente duro dentro de la braga. El güevo le palpita de ganas y no lo entiende, en serio. Tal vez era por el sexo, se dice agitado, dirigiéndose a los baños, para esconderse en uno de los privados, aunque era otro lugar en ese inmundo taller que evitaba. Necesitaba… esconderse por un rato. Entra y revisa el gris lugar, los orinales manchados de amarillo y marrón, las divisiones de los inodoros corroídos. Hay un ligero olor a amoniaco, que tan bien podía ser del desinfectante que de la orina rancia. Entra en uno y cierra de un portazo. Odia ese lugar.

   Intenta no mirar las pinturas en paredes y puerta, güevos goteando algo que iban a una lengua o un culo peludo, notas de citas, otras de fantasías. Incluso uno que otro chistoso había perforado las divisiones. Sabe, o sospecha, lo que muchos de esos maricones hacen allí. Y ahora no cree poder con más. Aferrando el pote de leche, no quiere mirar las imágenes. Oye la puerta abrirse, y ni se mueve. Intenta serenarse. Cierra los ojos, intentando alejar las imágenes de la mamada, del goce de Sherry mientras le daban aquella.

   -Hey, ¿estás ahí? –la voz, que viene de al lado, le sobresalta. Ábrelos ojos y casi grita y pega un brinco sobre la tapa del inodoro.

   Por el agujero toscamente perforado en el metal se asoma un güevo negro, erecto, rugoso, cabezón, que se agita levemente en la nada. Esperando por una mano amiga… o una boca golosa que quisiera darla una buena mamada.

CONTINÚA…

Julio César.

EL PEPAZO… 32

noviembre 18, 2016

EL PEPAZO                         … 31

De K.

sexy-man

   Nacido para ser adorado…

……

   -No, doctor, yo no… -todavía jadea el joven, torturado entre dos sensaciones. Es un machito, carajo, y está bien, lo habían cogido, ¿pero mamar un güevo? Y sin embargo, aferrándolo todavía con el puño, y mientras más le acerca, lenta e inexorablemente, este llenándole con su calor y aroma, más ganas tenía de… ¡Era culpa de su culo! Le latía de forma extraña, y estaba seguro de que si se metiera un dedo, el esfínter se le cerraría con fuerza alrededor de él, como las paredes de su recto, halándoselo. Esa sensación le provocaba un reflejo gemelo, quería…

   -Te vas a gustar. Una bonita boca como la tuya debe verse aún más increíble abriéndose, tragándose y rodeando con las mejillas un falo masculino, uno como el mío, grueso, nervudo, caliente. Que está así desde que te vi, muchacho cachondo. Eres todo un calienta braguetas, compadezco a los hombres que deban trabajar contigo, anhelando, soñando a lo mejor sin saberlo en tomarte a la fuerza, llevarte a una cama y amarte hasta quedar saciados. –le dice con voz ronca, cargada de una sensualidad que erizaba totalmente al joven fornido, quien está a centímetros del glande liso, rojizo y húmedo que descansa en el velludo abdomen.- Vamos, pruébalo…

   Todavía resistiéndose, más por orgullo, por la necesidad de aferrarse a su masculinidad, Jacinto sigue acercándose, jadeando, bañándolo con su aliento, viéndolo pulsar al recibirlo. El olor era… Los rojizos y lisos labios pegan del glande y el otro lanza un jadeo contenido, expectante, de quien sabe que va a gozar bastante. Al fortachón, ese roce le electriza. Quería sólo tocar e intentar alejarse, pero escucharle, verle estremecerse, saber que era por él, así como los espasmos violentos que sufría su culo en esos momentos, le obliga a seguir, a recorrer cada pedazo de la lisa cabeza con sus labios, entreabriéndolos, bañándolo de aliento, llenándose con esos jugos espesos, medio escupiendo un poco, de manera automática, regando la saliva.

   -Oh, Dios, muchacho, trágatelo ya. –casi implora, y ordena, el abogado.

   Los labios sea abren y cierran, sobre la tersa piel de la cabeza del tolete, y ambos se estremecen visiblemente. Esos labios se abren más, atrapando pedazos del glande, presionándolo, chupándolo. Es el gran error que comete Jacinto, porque el espeso líquido, mezclado con su saliva, llega a su lengua, activándole cada papila gustativa. Abre muchos los ojos, de sorpresa, al sentir la fiesta de sabores que hay en su boca. Ya no piensa, la abre más, y con la punta de la lengua recorren lentamente el rugoso cuello y la cabeza, recogiendo todo lo que hay, lanzando un gemido nada masculino al paladear y tragar, y lo hace mientras el abogado le mira, respiración agitada, sonriendo y acariciándole la cabeza con los dedos que tiene entre sus cabellos.

   -Vamos, bebé grandote, trágate tu tetero de güevo. Se ve que te gusta el sabor.

   No sabe si es por esas palabras que le erizan, o por el sabor sobre su lengua, o por lo… sucio y prohibido que era todo aquello (¡sí me viera mi papá!, no podía dejar de pensar), Jacinto no duda más, separa las mandíbulas y cubre un buen pedazo de verga, que le roza y golpea la lengua, la cual sale disparada a lamerla, recorrerla, acariciarla, haciendo gemir al abogado. Era difícil, nunca lo había hecho, tenía el güevo de ese carao en su boca, eso no debía estarlo haciendo y… Baja otro poco, dejando salir un escandaloso “aggg”, cubriendo más de la mitad, apretándolo con sus labios, mejillas y lengua, mientras succiona, maravillándose de notar como endurece todavía más (como si la boca de un tío fuera su lugar), pulsando, caliente, botando jugos, unos que traga con nada masculina ansiedad. La mano tras su nuca quiere que baje totalmente (como le gusta a todo hombre que se lo mamen), pero le cuesta, tose, boquea, la frente se le arruga, la cara se le pone roja, pero sigue sorbiendo. Cuando la mano aligera la presión, el forzudo muchacho sube, apretando, chupando, dejándolo brillante de saliva. Y hacerlo, la sensación, así como los jugos (y los olores del macho), le obligan a bajar otra vez. Ahora sube y baja, la mano del carajo soltándole.

   El joven cierra los ojos y se pierde en lo que siente y quiere, bajar y subir la boca, recorriendo con los labios y la lengua el nervudo tronco donde las venas laten de emoción mientras el carajo jadea y gime, explayándose más, cabeza hacia atrás, piernas muy abiertas. Jacinto no sabría explicarlo, pero al meterse ese tolete en la boca, cubriendo más y más, sentía que su culo era igualmente estimulado, de una manera que le tenía frenético y casi a punto de bailotear, así que va y viene sin detenerse, mamando un güevo como se debía, dejando escapar unos gemidos nada varoniles, y mucha saliva espesa. El carajo vuelve a atraparle la nuca, suavemente, y comienza a subir y bajar sus caderas, ¡cogiéndole la boca!

   -Oh, sí, chupa, chúpala como el becerrito que eres. –le ruge ronco, mirada turbia, caliente.- Si, cúbrela toda, lame cada vena. –le urgía, embistiéndole la boca con fuerza, llevándosela hasta la garganta, dejándole empalado, los labios sobre el pubis, ahogándole.- ¡No! –ruge de pronto, alejándole. Casi tuvo que empujarle por la frente para que Jacinto dejara de mamarle el güevo. Este se ve confuso.

   -¿Qué… qué pasa? –se ve avergonzado, y frustrado, su culo parecía a punto de estallar en llamas.

   -Vaya que te gustó tener el güevo de un hombre en la boca, ¿eh? ¿Seguro que no lo habías hecho antes? Fue intensa. Todo hombre sueña con mamadas así. –se burla un poco de su aire ofendido ahora.

   -¡Claro que no! –es tajante, la respiración pesada.- ¿Por qué me…? –no puede terminar.

   -¿Por qué no te dejé sacarme la leche con tus buenas mamadas? Porque quiero que el primer lechazo que salga de mí lo sientas en tu apretado culito. –le dice tan pancho, mirándole a los ojos, acercando el rostro, casi besándole, preguntándose por primera vez en su vida a qué sabrían sus propios jugos.- Vamos, quítate ese traje para mí y muéstrame ese culo que se adivina de infarto.

CONTINÚA … 33

Julio César.

DE AMOS Y ESCLAVOS… 42

noviembre 15, 2016

DE AMOS Y ESCLAVOS                          … 41

hilo-dental-blanco

   -¿Le gusta, señor?

……

   Roberto no entendió claramente el error que había cometido entregándose así a esas necesidades profundas de someterse a otra voluntad, a otro hombre, a hombres blancos… (para complacer al chico), ni la traición que este le había hecho, hasta mucho rato después de haber sido empujado y reteniendo dolorosamente por un brazo, por el Ruso en aquel cuarto extraño. Uno de tortura sexual. Tortura sexual, la idea le llenó el cerebro, así como las palabras del otro, que ahora cobraban un significado siniestro… Le tendía “todo el fin de semana”.

   -¿Qué es todo esto?, ¿qué haces? –jadea inquieto, alarmado, pero todavía controlado. No podía suponer que, efectivamente, fueran a someterle a algún tratamiento especial como no fuera hacerle mamar güevo o cogerlo; por mucho que todavía la erizaba la idea, por dejarse hacer, por hacerlo… y disfrutarlo tanto. Pero esto…

   -Tu amo quiere que comiences tu entrenamiento. Hank es duro, especialmente con los negros… -informa cantarín aquel sujeto, con ese tono de ruso malo de película barata.- Pero no tiene paciencia para domar. Le gusta cogerte, verte ansiosos por su verga, pero le molesta enseñarte tu lugar. Aquí lo aprenderás. –informa mientras le empuja, literalmente, hacia el centro del cuarto, hacia el “trono” y la columna frente al mismo.

   -No, esto no me gusta. –ruge Roberto, intentando frenarle, ofrecer resistencia, pero lanza un grito cuando la presión sobre su brazo, doblado a sus espaladas, se incrementa.- ¡Déjame, hijo de perra! –grita, pero no puede evitar ser deslizado, ni que una mano caiga en su nuca y le obliga a caer sobre la columna, de un lado de su tope, golpeándole.- ¡Hijo de puta! –chilla alarmado de verdad. Eso ya no era sexo, era… otra cosa. Una que le asustaba.

   -Aprenderás tu lugar, negrrrrrito… -parece arrastrarlas silabas, al emocionarse, rugiéndole al oído, teniéndole casi doblado sobre la columna, arreciando la torsión sobre su brazo, haciéndole gritar, estando algo paralizado por la sorpresa (y el miedo), así como por el golpe en la frente.

   Con habilidad, ese hombre, después de un último tirón sobre el brazo, que le hace gritar otra vez, baja el mentón, con fuerza, contra la espalda de Roberto, reteniéndole allí. Soltándole y, aprovechando que el alivio toma desprevenido al hombre negro, le lleva las manos a los grilletes de cuero sobre la columna, y casi sin que el otro sepa cómo o a qué horas, le ata por las muñecas, manos separadas, apenas con movimiento al estar muy cerca de la columna. Es cuando el agarre del cuero sobre su piel le hiere, que parece notarlo, ojos muy abiertos, boca igual, dando tirones frenéticos, lastimándose, no queriendo entender que un sujeto le había llevado a ese cuarto teniéndole desnudo, y le había atado, e inutilizado para defenderse de cualquier cosa, de una columna.

   -¡Suéltame! –grita furioso, aterrado, mirándole a un lado.- Suéltame o… -le muestra los dientes con una mueca e intenta patearle. El Ruso, sonriendo, lo esquiva.

   -El caballo de trote necesita ser domado para que sirva de yegua a los calientes potrillos en la feria… -le canturrea, con una sonrisa de genuina felicidad, y Roberto se eriza, frío de miedo, el güevo reducido a su mínima expresión: ¡estaba en manos de un loco! Recuerda la película Hostel y casi se orina encima.

   -Suéltame. ¡Suéltame! –grita otra vez, cara congestionada.

   -El caballo de trote… -canturrea el Ruso, medio acercándosele y echándose atrás cuando Roberto le lanza otra patada.

   -Maldito enfermo… -ruge el hombre negro, abriendo y cerrando las manos con fuerza, intentando hinchar sus muñecas y liberarse del cuero que le lastima; hala y empuja pero nada que se libera.

   Y mientras hace eso, no le quita el ojo de encima al enorme y calvo sujeto, el cual sonríe y sigue canturreando aquello de domar al caballo de trote para que sea yegua de feria, viéndole llegarse al armario, helándose. Repara en látigos, correas y bastones. La visión de esos instrumentos le hiela el corazón.

   -Oye, no, yo no me apunté para esto. –intenta razonar y rugir, el otro no le mira, sigue revisando los instrumentos de azotar.

   -Te entregaste a tu amo, Hank; y Hank quiere esto, por lo tanto te debes someter.

   -¡No!, ¡a esto no! –ruge cada vez más furioso, por el miedo, respirando pesadamente cuando le ve volver, tomando por la enorme hebilla una correa larga, negra, delgada, enrollándola en su mano.- No, no, eso no. Yo no… juego así.

   -Te comprometiste. –le recuerda acercándosele.

   -¡No para esto! Mira, déjame ir, ¿si? Es ilegal hacer esto en contra de mi voluntad. –intenta razonar, desesperándole cuando le ve sonreír.- Irás a la cárcel. –amenaza.

   -No, porque te gustará y no dirás nada. Aún no me crees, ni imaginas qué es lo que en verdad quiere Hank de ti, pero ocurrirá esto: terminarás rogándome que te azote más, que no te suelte nunca.  Sonreirás en éxtasis mientras te azote. –le asegura, todavía enrollando la correa de cuero, y aún así dejando más de medio metro libre.

   -No, no… -no puede apartar los ojos de esa correa.- ¡Auxilio! ¡Ayúdeme alguien! –ruge, furioso por ceder al miedo, pero no puede evitarlo.

   -Grita todo lo que quieras, negrrrrrito, ¿piensas que eres el primero de tu raza que es sometido en este lugar? –se burla.- Afuera esperan verte salir llorando, sumiso, de rodillas, rogando ansiosamente por una buena verga blanca. –tensa la correa, entre lo enrollado en su mano derecha y la otra en la punta libre, tensándola con un siniestro sonido.- Debes pagar tus palabras, las que me has proferido, a mí, a tu superior, a un hombre blanco… Diez correazos creo que serán suficiente para comenzar.

   -No, basta, ¡esto es una locura! –grita alterado, aquello no podía estar ocurriendo en serio, ¿verdad? Fuera del alcance de sus patadas, el Ruso alza la mano con la correa y esta cae sobre sus nalgas redondas, plenas, cruzándolas. No muy fuerte, todo sea dicho.- ¡Ahhh! –grita más sorprendido que adolorido. Pero si aún más asustado. Aquello iba en serio.-  ¡Maldito hijo de puta! –grita, y el siguiente correazo sobre su trasero sí que es más fuerte.- Ahhh, no, no, detente, maldito loco. –su siguiente grito si es de dolor, tanto que se contorsiona e intenta librar sus manos. La fuerza de los correazos se incrementaba con cada cosa que decía. Lo entiende, azote tras azote, cuatro, cinco; ahora jadea, transpira, le mira… pero calla.

   Llega otro correazo, más suave, y otro, y otro, leves. Y apretando los dientes, Roberto los aguanta, encogiéndose cuando le llegan. Serían diez, así que…

   -Olvidé decírtelo, debes contar los correazos en voz alta y darme las gracias por corregirte y ayudarte a ser un negrito bueno y obediente. Los diez son así, contados por ti.

   -¿Qué? ¡Vete a la mierda! –estalla, y el correazo que llega es fuerte.- Ayyy, maldito loco. –el siguiente le arde como fuego.- No, no, basta. –ruge algo histérico, y el correazo le aterriza en la baja espalda, sobre sus nalgas. Duro. Y grita de dolor. Lo que le gana otro. Y otro. Le ruge que se detenga, que eso no puede ser, pero los correazos siguen llegando. Cae otro y se tensa, cara bañada en sudor, ojos llenos de rabia, miedo, y llanto. Los cierra.- Uno… gracias por corregirme, señor, quiero ser un negrito bueno y obediente. –grazna, y cae otro, menos fuerte.- Dos… gracias por corregirme, señor, quiero ser un negrito bueno y obediente. –repite lloroso, humillado. Roto.

   -¿Te gusta esto, negrito? –le pregunta el otro, sonriendo, algo jadeante. Esperando.

   -Mucho, señor. –croa, tensándose y pujando ante el impacto en su firme trasero.- Tres… gracias, señor, quiero ser un negrito bueno y obediente.

   -Oh, sí, lo serás. –se burla el Ruso.- Vamos, dime cuánto te gusta esto…-y el correazo cae.

   Iniciaba así, Roberto, su camino a la esclavitud sexual.

……

   En la oficina de la directiva de la línea de taxis, Yamal Cova espera sintiéndose intranquilo, casi molesto. También furiosamente excitado. Le gustó vergajear a Quintín Requena, pero sabe que no es la razón de ese mal humor, de su desazón. De su rabia, coño. Lo que en verdad quiere es llegarse hasta la casota del puto ese de Bartolomé Santoro y gritarle que era un maldito imbécil. Y obligarle a chuparle el güevo, ponerlo en cuatro en la entrada de su quinta y metérsela toda por el culo hasta hacerle gritar y suplicar por más. Se deja caer sobre el sofá algo raido, cuyos muelles chillan en protesta bajo su peso.

   Mira hacia la puerta, ¿se habría escapado el pendejo ese? Contiene una sonrisa, quiere verse severo, molesto, pero no puede evitarlo. Escucha pasos quedos que se acercan. Eso le llena de satisfacción. Había quebrantado la voluntad del maricón ese. La puerta se abre, y mira, pero nada que pasa. El otro no entra.

   -Amigo… -le oye, plañidero.- Esto no está bien.

   -Termina de entrar, puto del carajo. –es la severa respuesta.

   Y, tragando en seco, rojo de vergüenza y humillación, deseando encontrarse lejos, muy lejos de allí, Quintín Requena abre más la puerta y entra, su cuerpo algo bajo, fornido, va desnudo a excepción de la pantaleta que le había entregado, y que sabía que la secretaria putona guardaba en sus gavetas, de un encuentro furtivo de una tarde lluviosa. Fuera de la pantaleta, Quintín tan sólo lleva sus zapatos de goma.

   -Esto no está bien… -repite, sin mirarle.

   -¿En serio? ¿Y es por eso que ya la tienes duras dentro de la pantaleta? Si hasta parece que la mojaste un poco. –se burla cruel, necesitado de degradarle, de controlarle, de decidirle de una vez a someterse. Y era cierto, Quintín enrojece mucho; ya totalmente empalmado dentro de la pantaleta, el güevo le pulsaba.- Ven de una vez, puto de mierda. –ruge caliente, abriendo las piernas.- Ven, huele… y traga como el mamagüevo que se muere por emerger de tu falsa fachada de macho y que sé que vive en ti.

CONTINÚA…

Julio César.

EL PEPAZO… 31

noviembre 15, 2016

EL PEPAZO                         … 30

De K.

sexy-man

   Nacido para ser adorado…

……

   La pieza de carne cobriza, algo oscura, se levanta contra le peluda pelvis, endurece, crece, el glande se va despejado, más abajo colgaban dos bolas grandes, peludas. Esa era una verga que quería… algo. No puede apartar los ojos, en serio, aunque lo intenta. No desea que le tomen por un marica, pero… La garganta se le seca. Finalmente alza los ojos, muy abiertos, brillantes como estrellas, pómulos rojizos de vergüenza, mirando al macho que le estudia con calma.

   -Amigo, creo que debería… -intenta alejarse, mentalmente, porque parece como clavado a ese lugar, intensamente pegado al costado de ese hombre caliente. Su echo sube y baja con esfuerzo. Y jadea, sin fuerzas, cuando ese carajo alza un dedo bronceado, posándolo en sus labios, silenciándole, siseándole al rostro para que calle, bañándole con su aliento.

   -Calma… y dime doctor… -puntualiza, y el título le hace recordar intensamente a Gabriel, el urólogo. Y sabe que tiene el culo mojado, que esa cosa caliente y oleosa le baja mientras su esfínter sufre espasmos al tiempo que lleva nuevamente la mirada a esa barra que engorda, se llena, las venas hinchándose con esa sangre caliente que parece quemar los culos cuando se mete en ellos. Ese dedo le recorre los labios.

   -Doctor, no creo… que… -tembloroso, aferrándose a su masculinidad, o lo que queda de ella, le suplica con la mirada que se aleje, que no lo toque, que no lo provoque porque no puede escapar. Pero no sería ese hombre un hombre de verdad si no lo entendiera… y no lo aprovechara.

   -Hey, no hay culpa; no hay mal en dejar salir las ganas de vez en cuando.

   -No soy gay. –lloriquea, casi rogándole que le creyera.

   -Técnicamente, yo tampoco. Me gusta mi mujer, y las mujeres; pensar en un coñito apretado bajo unas pantaleticas… -menea la cabeza, frotándole los labios, el güevo totalmente erecto, potente, latiendo, atrayendo la mirada fascinada del muchacho.- Dime, ¿te gusta la ropa interior atrevida? Dios, imaginar a un chico lindo con tu cuerpo con una tanga pequeña… Y tu boca…

   Presiona el dedo y separa esos labios. Jacinto tiembla más, apartando los ojos de ese tolete duro, largo, nervudo, grueso; recordando su culo, con espasmos, lo vivido cuando Gabriel le folló en su consulta médica. Se  miran a los ojos, el joven fornido parpadeando, ese dedo dentro de su boca, que cierra, los labios sobre él, la lengua sale a su encuentro, reconociendo el placer en los ojos del otro, mojándosele más el culo al saber que excita de tal manera al otro macho.

   -No pienses tanto, sólo deja… -encoge un hombro, metiendo y sacándole el dedo de la boca.- …Que todo tome su curso. Al cuerpo lo que te pida.

   Ojos muy abiertos, Jacinto se dice que era fácil para el otro decirlo, aunque… tal vez habría resultado más convincente si no cerrara los labios como hacía, ahuecando las mejillas, chupando del dedo. Con la otra, el sujeto recorre, con los largos dedos bronceados, el dorso de su mano, provocándole escalofríos; dos de esos dedos se cierran sobre el índice suyo, alzándole, llevándole hacia la pulsante pieza que late contra el velludo y plano abdomen. Quiere resistirse… pero no puede. Y las puntas de sus dedos rozan la mole de carne del macho, aquella que clavaba en orificios hasta que hacía gritar a la gente bajo su sacadas y metidas… como podría serlo su culo.

   -Tócala… -no es rudo, pero ordena, casi rozándole los labios con los suyos.

   Y la mano más blanca del forzudo joven se abre; palma y dedos caen sobre la mole apretándola, quemándole, estremeciéndole. ¡Estaba agarrándole el güevo a otro hombre!, y eso le provoca tales escalofríos y calorones que siente que se ahoga. Aprieta fuerte, notando la dureza, el calor, también los latidos contra su puño. Y sube y baja, lentamente, vacilante al meterse por caminos nuevos… y culebreros. Los rojizos labios le tiemblan de emoción cuando aparta los ojos de la mirada casi hipnótica del otro, para ver su mano sobre ese tolete duro. Dios, qué bien se sentía hacerle la paja a ese carajo, reconoce casi corriéndose dentro de los pantalones.

   -Hummm, si, así… -le ronronea el otro, voz ronca, baja, preñada de placer, como tiene que ser al ser manoseado por un carajo joven y bonito que se declaraba no gay, explayándose más, abriendo las piernas, rozándole.

   Jacinto, respirando pesadamente, mejillas rojo ladrillo, ojos brillantes y extraviados, sólo puede mirar ese güevo que masturba, su puño arriba y abajo, mucha mole escapando por arriba y por abajo. Era un tolete perfecto para llenar un ansioso agujero, llegando hasta la próstata, pensaba medio lelo, luchando contras las imágenes que ya dominaban su mente. La mano tras su nuca le sorprende y mira al sujeto cuando este le hala y le cubre la boca con la suya, de manera autoritaria, firme, deseando besarle y haciéndolo. Gime contra esa boca cuando la reptante lengua le penetra, tanteándole, lamiéndole. Era la segunda vez que besaba a un carajo y tiene que reconocer que sentir esa lengua contra la suya, el cómo intenta atrapársela y halársela, le tienen temblando, babeando contra sus ropas. Son besos chupados, salivosos, casi obscenos, y a Jacinto le parece que no puede obtener suficiente, mientras siente como la mano se le moja por los jugos que escapan de aquella verga caliente. Es cuando siente la presión… Las boca se separan, los labios están entre abiertos, los de ambos, rojos y húmedos, mientras el abogado le empuja y empuja.

   -¿Qué… qué hace? –jadea, cohibido.

   -Tómalo… aliméntate de él. –le dice, empujándole, obligándole a doblar el cuerpo, dirigiéndole implacablemente contra la mole atrapada en su mano. ¡Quería que le mamara el güevo!

CONTINÚA … 32

Julio César.

LA NENA DE PAPA… 21

noviembre 11, 2016

LA NENA DE PAPA                         … 20

De Arthur, no el seductor.

las-prendas-calientes-del-nene

   La oferta que no se puede rechazar…

……

   -¡También quiero mamar un güevo! –grita a todo pulmón, casi llorando de pasión. Los presentes aplaudiéndole. Todos excepto Mark, que le mira casi con disgusto.

   -Bien, toma lo que quieres, lo que secretamente deseas. –le dice el actor, follándole sin detenerse, como un pistón, halándole hacia atrás, doblándole por la cintura.

   Y sin pensarlo, separando más sus labios color rosa, rodea con ellos el güevo que pasa por la reja metálica, succionándolo con fuerza, apretándolo con labios, lengua y mejillas.

   -Si. Comete mi verga, sé que la quieres, perra… -le decía Mark, mirándole torvo, meciendo sus caderas, cogiéndole la boca.

   En su cama, de lado, sintiéndose culpable, casi muerto de vergüenza, Brandon, como en trance, sube y baja sus caderas, tomando de la cama el consolador…

   Gimotea, muerto de vergüenza de verse y comportarse tan puta, frente a todos sus conocidos de la escuela, la pista de carreras y la pensión. Casi lloriquea mientras aplauden, llamándola la reina de las putas, y cosas más sonoras que erizan su piel. Cada palabra parece llegarle cuando el actor le mete el güevo hasta las entrañas, dándole justo en la próstata (como ocurría cuando Cole le daba duro aquella vez sobre su cama matrimonial), aplastándole las firmes y turgentes nalgas que se notan al tener la faldita arriba, con el hilo de la tanga a un lado del sabroso miembro, y Mark se la clava hasta los pelos castaños por la boca, llegándole a la garganta, cogiéndole, haciéndole babear de gusto pero también de esfuerzo. Todos le dicen nena, puta, maricona, y lágrimas ruedan de sus ojos, chorreando el delineador, su boca embarrada como de payaso, dejaba manchas rojizas sobre el falo de su amigo.

   Gimotea y se estremece, arrojado contra la tela, contra el tolete de su amigo, que le ruge que nunca le imaginó tremendo marica, que era una vergüenza, que ahora sería la puta de todos en la pensión, gritando otro que también de la escuela, y un tercero que reinaría con el culo en los vestuarios del equipo de pista. Y cada palabra le atormentaba, porque se sentía más y más caliente, sin necesidad de que ese actor, al tiempo que le refregaba las ardientes paredes del recto con su güevo, le pellizcara las erectas tetillas, que picaban con ganas de ser lamidas o mordidas, o que una de esas manotas bajara, metiéndose por debajo de la falda, dentro de la tanga, y jugara con su pequeño pene.

   Sobre su cama, incapaz de contenerse, volviéndose boca arriba, afincando los pies en el colchón, el joven toma el consolador llevando la punta roja a su raja interglútea. Sin desear pensar en nada se frota la raja, sobre el hilo de la tanga, con la punta del juguete erótico, tan fálico. Y casi contiene un jadeo por las sensaciones que le recorrían. Meciendo las caderas levemente, aparta la tira y frota la entrada de su agujero con la roma cabeza de goma, cerrando los ojos, boca abierta, los labios suavemente coloreados. Temblaba e imaginando…

   -¿Te gusta comer mi verga, puta? –le preguntaba Mark contra aquella cerca, pero ya no estaba del otro lado, estaba justo frente a él, que seguía doblado por la cintura, mamando y siendo cogido duramente por el actor Channing Tatum, vestido de policía, el quepis calado hasta las cejas, sonriendo.

   -Claro que quiere güevo. –decía este, sacándosela, lentamente para que se la apretara sabroso mientras se retiraba.- Todo tuyo, amigo. Sacia a la perra. –se lo ofrece.

   Ardiendo de vergüenza por aquella fantasía, Brandon jadea sobre su nueva cama, caliente, quemándose dentro de la corta camiseta, las largas medias y la tanga, empujando sin meter el glande de goma en su redondo culo urgido.

   -Por favor, cógeme, cógeme… -en su imaginación, Brandon vestido de nena, de Brenda, le suplicaba a Mark, quien meneaba la cabeza con disgusto y desprecio.

   -Puta. –casi le escupió al rostro la palabra, aferrándole un hombro, aplastándole de frente contra la tela metálica, bajándole un poco el hilo dental y metiéndole su ensalivado tolete dentro del agujero ya abierto.- Esto es lo que mereces por zorra.

   -¡Ahhh! –gritaba incapaz de contenerse ante el salvaje asalto sexual de su mejor amigo, alzando el rojizo rostro, boca muy abierta, ojos cerrados, escuchando la pitas y aplausos que aprueban que sea una perra tan caliente.- Si, si, cógeme, cógeme… -gritaba.

   Y sobre su cama, Brenda gime, tensándose, revolviéndose, cuando el glande de goma forza su esfínter, separándole los labios y entrando. Se estaba metiendo, por voluntad propia, un objeto claramente fálico por el culo; la idea era aterradora, pero no podía detenerse. Apretó los dientes al sentir la roma cabeza entrando, aplastando los labios de su “coño”, metiéndolos mientras empuja y empuja lentamente.

   En su mente hay un caos, mientras se empuja medio tolete de goma puede verse de espaldas contra la alambrada, los dedos de sus manos aferrándose a los rombos de la tela metálica, las piernas sobre el torso de Mark, mirándole de frente, las manos de este bajo sus nalgas mientras subía y bajaba su pelvis, metiéndole hondo y sacándole casi hasta el glande la verga del culo, al tiempo que él gritaba y jadeaba, de felicidad, de lujuria y pasión, brillando su faz con una fina capa de sudor, toda la tela agitándose y tintineando mientras la gente que estaba del otro lado ahora les rodeaban, le miraban ser cogido profundamente, mientras Mark le llamaba puto, puto marica. Y le cogía con fuerza al tiempo que él prácticamente lloriqueaba, más caliente que nunca antes en su vida. Sobre su cama, metiéndose centímetro a centímetro el consolador que Cole le regalara para que satisficiera su naturaleza ardiente de nena joven y saludable (lo recuerda bien), Brandon… es decir, Brenda se tensa, sintiendo el avance del rugoso juguete contra las paredes de su recto, fricción que le excita de una manera alarmante.

   -¿Te gusta, puta, te gusta esto? –le rugía Mark, con una mueca de burlón desprecio, clavándole los dedos en las lisas y turgentes nalgas, cepillándole frenéticamente la pepa del culo con sus embestidas, metiéndosela hasta hacerle casi caer sobre sus pelos púbicos, la joven verga dura y pulsante llenándole el hambriento agujero.

   Y la idea era tan sucia, tan caliente, que tiene que meterse más y más del consolador, hasta notar, no sin sorpresa al parpadear, que ya lo tiene todo clavado. Es cuando se detiene y duda, tragando en seco, mirándose al espejo a pesar de la poca luz de la pieza. En su imaginación, atrapada en lo que queda de la película de Channing Tatum, se ve rodeándole el cuello a su mejor amigo, acercando su boca de labios pintarrajeados, entreabiertos y ávidos, notando el disgusto en la mirada del otro, que sigue embistiéndole el culo, pero separa también sus labios tersos y rojizos, esperándole, aceptándole cuando le besa, sus lenguas encontrándose, todos gritando, muchos diciéndole que se apurara que también querían gozar de la puta.

   Esa idea le hace gritar en la cama, o tal vez sea porque oprime el pequeño botón en la base del juguete y el consolador comienza a vibrar en sus entrañas, contra su recto, la roma punta agitándose contra su próstata, una que ni sabía que buscaba. Y grita más porque todo parece girar a su alrededor, la oleada de placer que le recorre, la lujuria intensa que siente, casi le marea. El vibrador, ese consolador que su papi le había comprado para saciar su ardiente coño estaba matándole de placer, tanto que gritó imprudentemente, ronco, jadeando, arqueando la espalda, tensando sus muslos y nalgas, cosa que como sabía todo aquel que había disfrutado ya de los placeres de un ano ocupado, intensifica la presión, el roce, las vibraciones del increíble juguete.

   Cierra los ojos, babeando, una lagrima de placer escando de uno de sus ojos, chorreando un poco aquel maquillaje. Cole, le había comprado del que se corría para verle la facha de puta deseosa al ser follada. El vibrador hace su trabajo mientras se mira en aquel paraje, vestido de porrista, maquillada, gritando y casi sollozando de placer, abrazándose a su amigo Mark, este reteniéndole por las nalgas, aplastándole contra la tela metálica, sacándole y metiéndole la verga del culo, mientras se besaban de manera intensa. Y todos aplaudían, gritaban que ya querían cogerse a la puta. Y cuando las bocas se separan un poco, al muchacho todavía le toca ver que en la carretera cercana varios carajos han detenido sus autos y le señalan, todos tocándose y apretando sus toletes inflamados, todos bajando, todos deseándole…

   La idea le hace gritar otra vez, desesperado, sobre la cama, y aferrando la base del consolador lo saca y lo mete, recorriéndose las paredes excitadas del recto, chillando más y más. Ignora que gimotea en voz alta.

   -Ahhh… ahhh… si, papi, cógeme así. Hummm… -y se tensa, despegando la espalda de la cama, metiéndose hondo el vibrador, ahora si lagrimeando sus dos ojos.- Cógeme, Mark, cógeme duro. Lléname el culo con tu verga, por favor. –deja salir de su boca imprudentemente.

   Lo hace mientras en su mente, Mark ruge y le aplasta contra la tela, teniéndole bien clavado, su barra quemando como fuego, sacudiéndose y vomitando su carga de esperma caliente (la siente como sintió la de Cole días atrás, pero no quiere pensaren él en esos momentos). Y mientras Mark se corría, llenándole el culo con sus espermatozoides, echando la cabeza hacia atrás, gimoteando femeninamente como una putica barata de película porno vieja, también lo hace él, corriéndose dentro de la pantaleta… en sus sueños y en la vida real, sobre su cama, con el vibrador en su culo.

   La alzada a las cumbres de semejante placer, toda la tensión vivida, hacer aquello tan extraño le agota de tal manera que aunque todavía no termina de acompasar su respiración, o de su tanga manar la esperma, o sacarse el consolador, ya va quedándose dormido.

   Despierta avanzada la noche, avergonzado, limpiando y recogiéndolo todo. Al otro día saca la ropa de cama, encontrando en las gavetas otras de colores melocotón, naranja y cosas así. Todo lo que mojó de leche tiene que lavarlo. Mira la hora, eran la nueve de la mañana de un día sábado, el cuarto del lavado debía estar despejado, la mayoría dormía hasta tarde después de noches de fiesta. Tomando su ropa más seria, un jeans y una franela, sale cargando con todo lo embarrado de esperma. El pasillo está despejado y baja al cuarto de lavado, llenando la lavadora. No deseando pensar en nada de lo ocurrido la noche anterior. Su tensión nerviosa explica que prácticamente pegue un bote y lance un grito al escuchar las palabras:

   -Dime la verdad, ¿anoche realmente gritabas “cógeme, Mark, cógeme duro. Lléname el culo con tu verga, por favor”, con voz de puta barata? –pregunta el joven a sus espaldas.

CONTINÚA…

Julio César (no es mía la historia).

EL PEPAZO… 30

noviembre 11, 2016

EL PEPAZO                         … 29

De K.

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   Los hombres le miraban con maldad…

   No es que la cara de Jacinto se pusiera más roja, era que su respiración se hizo pesada a sus propios oídos mientras tenía que luchar para apartar los ojos de los muslos fornidos, peludos, de ese pedazo de pelvis no cubierta, más clara por la línea del bronceado, también velluda, sin nada más. Era sentirle tan pegado, notar su peso, su calor, el aroma a colonia, cigarrillos y otra cosa que imagina… (traga en seco), es el olor a macho.

   -Pensé… pensé… que saldría. –intenta volver al trabajo, sintiéndose caliente, extrañamente consciente de su piel, de sus tetillas contrala camiseta y la camisa, la verga contra la tanga, esa tira sobre su agujero, tesándose suavemente provocándole un roce extraño al menor movimiento. Tenía la entrada del culo sensible de sólo estar junto a ese carajo. Dios, ¿qué diablos…?

   -No, ya no. Por eso me disculpo, por no avisarte. Así que… debo ocuparme de ti. –le dice volviendo el rostro, hablándole prácticamente a la cara, bañándole un tanto con el aliento, envolviéndole con esa mirada austera, casi severa. Firme.- Cuéntame sobre ti, chico bonito.

   Enrojeciendo hasta la raíz del cabello, Jacinto intenta una sonrisa chula, aligerar el ambiente. Escapar de esa atmósfera que le envuelve.

   -¿Chico lindo?, ay, papá, eso suena… -intenta la burla, pero calla cuando el otro, sin apartar los ojos de los suyos levanta una mano y con un dedo se frota un pómulo, pensativo, produciendo movimiento, y los traidores ojos del chico bajan a ese faldón de la bata que cubre una silueta extrañamente consistente, y la más expuesta piel de esa pelvis.

   -¿Qué puedo decirte? –comenta el otro, ojos en los suyos, luego bajándolos, elocuentemente evaluándole.- Soy un hombre. Y uno casado. Pero puedo apreciar la… belleza de un bonito cuerpo joven. Y el tuyo lo es. Debes estar acostumbrado a que te vean con maldad, ¿verdad? Unos con envidia, otros con deseo de llevarte a sus camas y arrancarte las ropas.

   -¡Doctor Andrades! –jadea, con ese algo caliente en sus entrañas, sintiendo que su culo se abre y se cierra con avidez.

   -Cuéntame, chico bonito, quiero conocer tu historia… -insiste con voz monocorde, baja, ronca, los ojos fijos en su boca, por lo que no puede hacer otra cosa que tragar en seco.

   Y cuenta, que nació en Caracas, en La Pastora, el tercero de cuatro hijos, tres hembras, siendo el favorito de su mamá. Que le gustaba ejercitarse, que practicó algo de modelaje pero, enrojece “muchos maricos”, pero la verdad era que parrandeaba y era desordenado, incapaz de cumplir rutinas, fuera de estudios o dietas. Fue al cuartel, aprendió algunas cosas, no le gustaba que le mandaran y se fue. Alguien le habló de trabajar como escolta, y sonrió al contarlo, imaginando el otro la cantidad de sexo que debió tener al comenzar con las clientas, sus hijas y las amigas. No equivocándose. Que se casó, saliendo del liceo al preñar a la novia, y que por eso necesitaba el dinero del modelaje, pero no funcionó. Tiene un hijo, su ex se casó con otro, el cual parece un buen tipo. “O eso dice ella”, todavía gruñó al verse desplazado. Que tiene un apartamento chico, muchas deudas, y una vida como la de tantos, termina encogiéndose de hombros, algo ceñudo. Hasta que se metiera la vaina esa por el culo, piensa, pero esa parte no la cuenta.

   -No entiendo a esa mujer, tu ex, que tonta… dejar escapar a un chico guapo como tú. –comenta el otro después de un silencio, sin dejar de mirarle, viéndole enrojecer y medio reír como tonto, apurado, embarazado… y halagado. No se engaña. Y sospecha bien por qué una mujer dejaría a un muchacho así, todo pinta y pura perdida, pero no lo dirá.

   -Don, no comience con… -intenta llevarle al terreno del “viejo marica”, pero este hace una mueca con los labios, displicente.

   -Me gusta lo lindo, ya te lo dije. Y se nota que te cuidas… quítate el saco. –pide. El otro duda.- Oh, vamos, no es nada extraño, tan sólo quiero comprobar si te ves tan bien como te imagino… o te imaginaría cualquiera en la calle. –agrega sin sentir ninguna vergüenza. Este ríe más, más rojo, despegando la espalda del mueble, sin levantarse, ni apartarse, nada de eso escapa a su atención, se despoja el saco. La camisa apenas le contiene, sorprendiéndole realmente… y haciendo que su verga se movilice lentamente bajo el faldón de la bata, creciendo deslizando la tela, cosa que el otro nota, parpadeando.- Si, eres como imaginaba, todo bien constituido… -continúa, agarrándole con dedos de acero el bíceps izquierdo, apretándolo. Jacinto, respirando pensadamente, flexiona el brazo, la bola de músculos parece a punto de reventar la tela.

   El joven tiembla por esos ojos intensos y profundos clavados en los suyos, por la respiración pesada del otro, por los dedos que le palpan y aprietan el bíceps, con evidente admiración, cosa que le producía una cosquilla de felicidad; pero era su cercanía, su aroma masculino, su presencia… Y baja la mirada, el faldón de la bata se alza como una tienda de campaña… Una verga que respondía a su presencia. Y la idea le hace temblar.

   -Lo tienes hinchadito, duro… -le oye decir, voz ronca, sensual, los dedos acariciándole sobre la camisa, desde el bíceps al hombros.- Pero parece que lo tienes todo así… -agrega separando una de las manos que cae sobre su torso, sobre la camisa, los dedos encontrando aquel pezón largo que destacaba contra la tela. Y Jacinto casi contiene un jadeo, esos dos dedos apretando le alteran.- Estás tan hinchadito y duro… como yo. Mira, muchacho bonito… -y sin soltarle la tetilla, sin alejarse, aparta el faldón de la bata dejándole sin aliento.

CONTINÚA … 31

Julio César.

EL PEPAZO… 29

noviembre 6, 2016

EL PEPAZO                         … 28

De K.

sexy-hot

   Los hombres le miraban con maldad…

……

   Y a Jacinto el culo le ovula. Parpadea porque no entiende esa reacción, como no entendía últimamente muchas cosas (como no fuera por la vaina esa, la pepita del carajo que sentía moverse en su recto), pero allí estaba, sentía el picor, el calor, el titilar de su entrada anal nada más al ver a ese sujeto. Es un tipo cuarentón, tal vez en los cincuenta, delgado, fibroso, rostro estrecho, severo, cabello negro, algo cano, ojos oscuros, boca dura, rodeada por una perilla de bigote y barba, líneas marcadas, hombros firmes, un tatuaje viéndose a un lado de su cuello, manos de dedos largos y fuertes… vistiendo una bata de casa, de esas mariqueras según la cual los hombres se colocan en un hotel cuando reciben al botones que trae la champaña mientras la hembra espera en la cama. Nunca imaginó que alguien las usara en realidad. Y esta, vino tinto, era manga corta… y corta debajo, llegaba a los muslos, dejando ver unos brazos recios y velludos y unas buenas piernas peludas. Los pies, grandes, van en unas de esas tonterías que los gringos llamaban pantuflas y aquí cholas algo más ornamentadas (no como las suyas para salir de la ducha). Mostraba demasiado, se veía demasiado viril, tenía un no sabía qué de masculino que…

   -¿Eres o no eres ese Contreras? –el hombre pregunta, voz vibrante, profunda. Masculina, joder.

   -Yo… eh… sí, soy Jacinto Contreras, guardaespaldas de la casa Padrón, el señor Campos… -tartamudea, rojo de mejillas, totalmente en shock, costándole reaccionar, compaginando la vista del sujeto al que esperaba llevar a un lugar, con este vestido así, y el efecto que le producía. Enrojece más, no sabe si lo imagina en medio del pánico, pero cree que tiene el hueco del culo abierto como ansiosa boca con tan sólo escucharle hablar.

   -Bien, bien, pase… Hubo un cambio de planes. –le informa, alarmándole, necesitaba ese trabajo para comprar el traje de mierda.

   Pasa a su lado, porque este no se aparta de la puerta, sino que le espera, alza una mano y se la coloca en la baja espalda, el calor atravesando las capas de ropas, y al entrar esa mano, como al descuido fue bajando… ¿Imaginó el que le medio sobaba y palpaba la nalga izquierda? Más rojo de cachetes, recorre la sala con la mirada, esa sola habitación era tan grande como todo su apartamento, incluido su puesto de estacionamiento. Hay buenos muebles, cómodos, hay clase pero también funcionalidad, imagina que la contribución de la esposa, la hermosa catira que ve sonreír desde una fotografía en un esquinero, frente a un jarrón con hermosas rosas veteadas, de color precisamente rosa y blanco. Hay dos fotos enmarcadas de niños, hembra y varón, de miradas intensas, como el padre, de sonrisa ligera como la madre. Sintiéndole a sus espaldas, Jacinto intuye que ese abogado es de los que no sonríen mucho.

   -Siéntate. –le dice el hombre, señalándole un sofá, y le obedece, mirándole hacia arriba cuando este se detiene a su lado. Una figura sólida y autoritaria.

   -Pensé… pensé que necesitaba ir a una reunión con su familia y… -se atraganta un poco bajo la casi hipnótica mirada del otro.

   -Era el plan, pero… -se encoge de hombros.- No sentí deseos de ir. Mi familia salió a visitar a mis suegros, eso les compensará. Consienten a rabiar a los niños. –informa pero sin sonreír, y Jacinto se pregunta, y quiere preguntarle, por qué no le llamó para cancelar en lugar de hacerle ir allí.- ¿Eres muy amigo de Alex Campos? –la pregunta, algo seca, le desconcierta.

   -¿Del novio de la señori…? –interrumpe el nombre por el cual le conocen en la quinta.- No, no especialmente. Me ha tocado acompañarles de tarde en tarde, generalmente de noche, y muy tarde, pero nunca hemos… -toma aire.- Ando algo falto de efectivo… -se sonroja ante lo poco cierto de la afirmación, necesita plata, mucha.- …Y me dijo que tal vez podía conseguirme una asignación fuera de la quinta. Ya sabe, doctor, una entrada extra. –aclara mirándole a los ojos, no puede apartarlos. El otro no reacciona y se muere por saber qué piensa, por qué le mira así.

   El chico guapo y fortachón no mentía, se dice el hombre, ceño algo fruncido. En realidad había llamado al hijo de perra de Alexis Campos para recordarle una deuda, comentándole que necesitaba un guardaespaldas para una diligencia, ofreciéndose este a conseguirle a alguien. Le aclaró que no creyera que eso cancelaba la deuda por el caso donde le representó, por drogas, pero cuando le llamó el día anterior diciéndole que le tenía a alguien que le haría olvidar la deuda, desconfió. ¿Qué sabía ese tipo? ¿A quién le enviaba? ¿Sería un cómplice buscando enredarle? Por eso envió fuera a la familia, lo que no esperaba encontrarse al abrir la puerta era ese… esplendido manjar que se moría por saborear. Ese muchachote grande y joven que parecía turbado en su presencia, lo notó al tocarle. Pocos sabían que aunque casado, muy felizmente, de tarde en tarde se daba una escapada loca, a un lugar anónimo, a encontrarse con otro tipo igual, para juntos sacarse el gusto y continuar. ¿Lo sabría el hijo de perra de Campos? Tal vez; no era bueno para trabajar, ni para nada bueno en general, pero esos tipos tenían olfato. Y, ahora, allí tenía a ese muchachote que le miraba anhelante, temiendo que se le escapara la paga del día. Un chico sexy.

   -Bien, me alegra que hallas podido venir, y discúlpame por no llamarte y avisarte, pero ya que estas aquí… algo podemos arreglar. –le dice mirándole fijamente, voz cadenciosa y ronca, casi maravillándose al verle tragar, ojos muy abiertos y brillantes.

   Jacinto casi jadea cuando ese hombre, después de decir aquello, cae a su lado en el sofá, tan cerca que casi le tiene un tanto encima, sintiendo ese cuerpo sólido, pesado y caliente, la colonia para después del afeitado, la bata separándose, apenas cubriéndole los genitales con una manga, dejando al descubierto el lado derecho de su pelvis, velluda… No llevaba ropa interior.

CONTINÚA … 30

Julio César.

EL PEPAZO… 28

noviembre 5, 2016

EL PEPAZO                         … 27

De K.

muscle-man

   El pobre chico siente tantas ganas de…

……

   -¿Qué? ¡No! –con la cara roja a punto de estallar en llamas, niega, ganándose una risotada burlona y vulgar del otro, totalmente divertido. Su torso no ancho pero si esbelto, levemente velludo, se agita. Era un tipo de tez cetrina, bigotillo, cabello negro generalmente algo rizado y largo, que intentaba mantenerse bueno porque salía con una tipa rica, pero que no se esmeraba mucho en ser agradable. Aparentemente había notado que a la joven le gustaba todo patán.

   -Tranquilo, pana, siempre te he creído algo marica y no me importa. –es displicente, aunque sonríe menos amargo de lo que parecía antes, caminando hacia una mesita y tomando una toalla.

   -¡No soy maricón! –se defiende, con demasiado calor. Siempre había sentido el temor, y molestia, de que otros, menos atractivos o acuerpados pensaran y dijeran eso para denigrarle, y ahora con todo lo que vivía… Más rojo debe apartar los ojos de la espalda recia, levemente pecosa, color cobrizo claro, cintura estrecha, el bañador conteniendo a duras penas esas nalgas… aunque ni de lejos podían competir con las suyas.

   -Ya, ya, no me interesa meterme en tu vida. O qué te metes por el culo. –es desdeñoso, otra vez, mientras se secas el cuerpo, cosa irritante para Jacinto.- ¿Para qué coño me buscabas?

   Al planteársele el asunto, el joven toma aire. Después de la ducha, la noche anterior, quedando ahíto al tener otro orgasmo metiéndose el falo de goma en la regadera, había dormido como un bendito. En paz, y no le extrañaría que con una sonrisa en los labios. Despertó y… Con la tanga metida en el culo se preparó los alimentos, ejercitó… y salió al balcón a regar un cactus. Consciente de que algunas personas le miraban. Después de la ducha… y otra enculada con su ayuda casera, la base adherida a la tapa del inodoro, procedió a vestirse. La tanga amarilla le había ajustado maravillosamente, pero la camiseta y pantalones fue otra cosa. Su cuerpo parecía llenarlos en exceso. Mirándose al espejo notó que parecía más inflado, sus músculos eran lisas masas de carne que provocaban ser admiradas y hasta tocadas… pero que le dejaron sin ropas. Necesitaba comprar nueva, y con cierto temor entró en la página de Fuckuyama, evadiendo comerciales de aros para pezones, glandes, ombligos, lenguas y culos. Encontró una sección de ropa de vestir estilo ejecutivo, trajes sobrios, bonitos, “que nunca le dejarán mal, su cuerpo quedará gratamente cubierto y representado”. Eran palabras extrañas de esa voz que ya le había felicitado por el supositorio, las tangas y el falo de goma. No le costó mucho imaginar que se trataría de algún tipo de tela como el de las tangas. Pero eran caros y ya no tenía nada. Por eso, al llegar a la quinta, sabiendo que unilateralmente no le aumentarían el sueldo, buscó al Indio, por algunas guardias. Por ahora habían pocas cosas, pero…

   -El macho de la señorita, el bueno para nada ese, tiene amistades que necesitan un guardaespaldas por ratos, para fiestas y restaurants, para que les vean y los crean algo más que simplemente marginales recién vestidos. –había suspirado.- Pregúntale… y sopórtale las idioteces, ya sabes cómo es.

   Ahora allí estaba, soportando su mirada entre burlona y extrañada.

   -Yo… el Indio me dijo que tiene amigos que a veces necesitan un guardaespaldas para… -le ve relajarse, ¿acaso pensaría el muy cretino que le iba a pedir plata?

   -Creí que querías darme una mamada. –aclara, ¿bromea o no?, Jacinto no lo sabe, pero le altera, y debe hacer acopio de toda su fuerza de voluntad para no rodar los ojos.- ¿Seguro que no eres marica? No me molestaría, digo, no juzgo a un carajo por lo que se mete por el…

   -No, no lo soy. –casi desea gritar, agitado, acosado por sus dudas.

   -Okay, okay, sin hormonas. –contiene el otro, con fastidio, llevándose una mano al bañador y rascándose las bolas sobre el material. Jacinto lucha titánicamente para no mirar.- Bien, tengo un amigo, bueno, no un amigo, es un abogado de mierda que me representó en… No importa, voy a darte su número… -y los ojos le brillan de malicia.- Y déjame llamarle para decirle que vas.

   Llamó, siendo atendido por un tal doctor Andrades, abogado, el cual tenía una salida al otro día y necesita… protección. No entró en detalles, pero la cosa le olió raro.  Como cuando el otro agregó que si, que Alex (el novio de la señorita), le había llamado. Citándose para el otro día, a las nueves, colgó estremeciéndose al recordar que su cuñado había llamado a Gabriel para que le esperara y atendiera. ¡Y miren lo que pasó!

   Fue otra noche de irse temprano a cama, de follarse hasta casi desmayarse con el ayudante casero, en su cama y en la ducha, quedando todavía un poco caliente al ir sumergiéndose dulcemente en el sueño bien ganado. Despertó despejado, era su día libre, así que se lo tomó con calma, comió, ejecito, salió al balcón… en tanga, agradeciendo esos primeros rayos de sol sobre su piel. Más tarde, frunciendo el ceño ante la coincidencia, ya duchado, se metió dentro de la tanga rosa, y su mejor traje serio, que le apretaba en hombros y espalda.

   Más tarde detuvo la moto frente a un imponente edificio de residencias, le iba bien al carajo ese, se dijo quitándose el casco y acomodando su cabello, recibiendo miradas y sonrisas de chicas y mujeres que pasaban. También vistazos velados, y no tanto, de otros carajos. Subió, recorrió un alfombrado pasillo y llamó frente una sólida puerta. El carajo le dijo que iría con su mujer y dos hijos, no sabía a qué o dónde. La puerta se abre.

   -¿Contreras, el sujeto enviado por Alex? –pregunta un tipo maduro, fibroso, duro.

   Y a Jacinto el culo le ovula.

CONTINÚA … 29

Julio César.

EL PEPAZO… 27

noviembre 3, 2016

EL PEPAZO                         … 26

De K.

muscle-man

   El pobre chico siente tantas ganas de…

……

  Aterrorizado ante la idea intenta detenerlo, pero ya este lo hace porque, por más que sus entrañas lo chupan y halan, la base tapona su entrada contra la raja. Y eso, tenerlo todo enterrado, rígido y tan rugoso contra las paredes de su recto, le hacen gritar. Tomándolo por la base lo retira unos centímetros, el roce le hace apretar los dientes y arquear la espalda; iba a sacarlo mejor, pero… Lo entierra de nuevo y grita, rojo de mejillas. Lo saca y mete con su mano, cogiéndose, y los gemidos que lanzan son de antología. Bajo la camiseta, camisa y saco, sus tetillas arden, queman, su verga dentro de la tanga babea copiosamente mientras sufre espasmos contra la tela que parece acariciarle. Flexiona los dedos de los pies, dentro de las medias, sobre la cama.

   Grita y grita, ronca y largamente, casi sin darse cuenta, ignorando que algunas personas abajo en los estacionamientos le oyen, unos curiosos, divertidos o alarmados otros. La mano firme sobre la negra base del dildo se agita, adentro y afuera, metiéndolo y sacándolo, su culo cerrándose ansiosamente sobre él para sentir el rugoso roce, igual que las paredes de sus entrañas. Se da y se da sin detenerse, babeando, ojos mareados, cerrándolos y fantasea con Gabriel, metido entre sus piernas, penetrándole con su güevo palpitante, duro y caliente, rozándole así, llenándole, tocándole, tomándole. Grita otra vez, con esas luces blancas estallando frente a sus ojos, corriéndose salvajemente, la tanga totalmente empapada, algunos chorros escapando.

   Jadeando agónicamente, mareado por tan intenso clímax, el hombre, todavía vestido, se rueda y queda boca abajo, alcanzado por el suave y grato sopor post coito. Mancha de semen la cama, este le empapa el abdomen, pero no le importa. No mientras todavía disfruta del orgasmo… con el dildo medio clavado aún en su culo, con la tirita del hilo dental azul pegando de la cilíndrica forma. Respira pesadamente, sonriendo contenido. Dios, si, necesitaba esa corrida… y tener algo clavado en sus entrañas. Su culo, abierto y ocupado… Aún adormilado lo nota, su esfínter abriéndose y cerrándose sobre el falo de goma, sus nalgas agitándose levemente, halándolo de nuevo, unos pocos centímetros, cuyo roce al deslizarse, despertaba nuevos ecos de calenturas. Tensa las tersas nalgas y el juguete retrocede, saliendo esos pocos centímetros de sus entrañas. Con el rostro ladeado, ojos cerrados y boca muy abierta, Jacinto jadea. El consolador se agita, levemente, arriba y abajo, halado por ese culo hambriento. Y el movimiento, las refregadas, le tenían nuevamente caliente. Imagina al médico, cayéndole encima, metiéndosela suavecito por el culo. Y gime. Intenta alejar la idea, está bien, tenía un consolador en el culo, ¿pero soñar con hombres…?

   Jadea imaginando a su compañero de trabajo, Rigoberto Linares, sustituyendo a Gabriel, pesado sobre él, gruñéndole con pasión mientras se la mete y saca. Y aunque agotado, casi dormido, tiene que llevar la mano atrás, tomando la base del juguete y agitarlo, adentro y afuera, urgido de una mayor refregada, gritando otra vez, frente fruncida contra la cama, ojos cerrados.

   -Oh, sí, métemela así, métemela toda, papá… -se oye gemir, soñando con hombres, incapaz de controlarse. Ronronea sintiendo como el rugoso tolete de goma expande, separa y refriega las sensibles paredes de su recto, brindándole goce.- Hummm… -grita tensándose al sentirlo, no sabía que lo buscaba, pero lo encuentra, algo que toca y empuja, que sale disparado, y un centímetro más allá, su próstata. Se coge con aquello, adentro y afuera, sin poder controlarse. Necesitaba otro orgasmo.

   Rato después, envuelto en una toalla, deja aquel falo de goma en un tobo en el cuarto de baño. Se siente sucio, está todo empegostado, pero tiene un hambre canina. Cena abundantemente, con mucho apetito, y regresa al baño, ocupándose de todos sus asuntos, incluida la rasurada de su barbilla. Se baña, el agua fría se sentía como una caricia. De alguna manera se siente más calmado, pero también más consiente de sí, como cuando recorre con las manos jabonosa desde su tobillo hasta su muslo, metiéndolas luego entre sus nalgas, refregándose el culo durante largos segundos, ojos cerrados bajo los finos chorros de agua. Los abre, parpadeando, rojo de mejillas. Aparta la cortina, toma el falo de goma, lo pega de los azulejos, mirándolo erecto, colgando un tanto. ¿Dios, que le pasaba?, se pregunta sin mucha angustia, volviéndose, abriendo sus nalgas, apuntalando la cabeza de goma contra su entrada.

   -Ohhh… -ronronea mientras comienza a clavárselo, lentamente, el agua corriendo sobre su cuerpo, tomándolo todo con su blanco agujero, tensando el cuerpo y echando la nuca hacia atrás, contra los azulejos, sintiéndolo en sus entrañas, llenándole… sonriendo.

……

   Algo envarado, sudado en el traje de saco y corbata bajo el sol de los patios, Jacinto se acerca a la enorme piscina de la quinta. No le agrada lo que tiene que hacer, pedir un favor, como no le agradaba el sujeto con quien debía hablar. Se detiene y ve al hombre nadar desmañadamente dentro del agua, el cual parece reparar en su presencia, deteniéndose, flotando, llevando el cabello negro atrás con las manos.

  -¿Qué quieres, pendejo? –le pregunta, desagradable.

   -Necesito pedirle un favor… señor. –le costaba. Le ve fruncir el ceño, nadar hacia la orilla. Y aunque ya le había visto antes hacerlo, en ese momento el fornido joven se estremece, notándole los anchos hombros cubiertos de agua al trepar la orilla, la fuerza con la que se alza y sale, chorreante… llevando un traje de baño de látex, amarillo, tipo bóxer muy corto y ajustado, donde se le demarca un güevo en reposo de buen tamaño. Uno del que le cuesta apartar la mirada.

   -¿Qué? –el recelo y medio burla en la otra voz le sorprende, y rojo de cara alza la mirada.- ¿Lo que quieres lo tengo dentro del traje de baño? ¿Lo quieres aquí mismo? –es desagradable, como siempre, el novio de la señorita.

CONTINÚA … 28

Julio César.

SIGUE EL DILEMA… 6

noviembre 1, 2016

SIGUE EL DILEMA                         … 5

   Basado en caracteres creados por capricornio1967

macho-hot

   -Vamos, putico, ven con papi…

……

   Franco parece no escucharle aunque grita fuerte, con dolor, porque sigue separando sus dedos, lenta pero constantemente, abriéndole más y más el ahora muy enrojecido ojete del culo, uno que luego se pone algo blanco.

   -¡NOOOOO, basta! –ruge entre dientes, lloroso, Luis, revolviéndose contra la cama.- POR FAVOOOOOR…

   Sonriendo, el sádico entrenador cree que oye dulce música, pero, por otro lado, había ciertos principios que debía darle a entender a su puto si le quería de juguete sexual para siempre. Lo primero era que estaba en su poder y que podía hacerle lo que quisiera, que cuando le decía que rogaría, lloraría o se excitaría, así sería. Tensa y separa sus dedos.

   -POR FAVOR, FRANCO, ¡NOOOOO! –ahora lloriquea abiertamente el hombre, el dolor en su agujero que parece va a rasgarse es demasiado.

   -¿Decías algo? –Franco le pregunta burlón, viéndole estremecerse por el llanto del dolor y la humillación que lo recorren.

   -Basta, basta, por favor…

   -¿Acaso estás suplicándome? ¿Estás rogándome por algo? ¿Es eso?

   -Por favor, basta, por favor… -se entrega. Hay un nuevo grito cuando un templón, particularmente duro, se ejerce contra su agujero.- Nooohgggg…

   Luego llega un alivio intenso, maravilloso, esos pulgares salen, su agujero se cierra un poco, y algo suave, caliente y reptante se agita contra su esfínter adolorido, recorriéndolo, untándolo de… saliva. Siente el bigote y la barba de Franco contra su agujero, pero en esos momentos, quieto, temblando de dolor y temor (pensó que le rasgaría y tendría que llegarse a un hospital), se deja hacer… casi feliz. Los labios del entrenador se frotan de su raja, de la entrada, la lengua se mete cuando separa un poco los labios hinchados, y penetra. Salivando, curando.

   -¿No dirás nada, puto? –pregunta contra ese ojete, bañándolo con el ardiente aliento que escapa de sus fosas nasales al estar tan excitado.

   -Gracias… -la respuesta es casi mecánica, oyéndose bastante honesta.

   -De nada. –es la burlona respuesta, perdido entre esas nalgas masculinas, lisas, con el tatuaje cercano, echando una ojeada a la cámara que registraba todo lo que le acontecía y decía Luis. Si, ya le tenía, tan sólo faltaba…

   Pensando en lo rico que será tener en su poder al odiado rival deportivo de su juventud, se pierde en aquel culo, aunque no lo ve así mientras de sus labios rojizos escapa esa lengua particularmente ancha y larga, una que se enrolla y empuja contra el cerrado culo. Lo deja cerrarse para hacer aquello, dándole y dándole, abriéndolo, metiéndosela. Si, Luis sería su esclavo sexual, le llevaría a niveles de degradación sin precedentes, tatuaría su piel, la perforaría con aros, en su culo colocaría una diana, un gran tatuaje, siendo el centro su agujero, para que la suya, y otras vergas encontraran automáticamente su camino. Porque, oh, sí, le compartirá con amigos… después de que fuera totalmente suyo, como el culo cagado de su muchacho. Padre e hijo serían sus putos, sus esclavos, los ataría con cuerdas, pecho contra pecho, bocas cubiertas con bolas de goma, vistiendo ambos únicamente las pantaletas más putas, degradantes y viles que encontrara. Y los grabaría…

   La sola idea le calienta tanto que se pierde en todas sus sensaciones, cerrando los labios sobre el ojete que ya veía como un simple coño caliente, y lo chupa ruidosamente, parece una ventosa atascada en un desagüe. Y sonríe cruel, sus ojos brillan diabólicos cuando nota el cómo, lentamente, Luis comienza a relajar el control sobre su esfínter, dejándole entrar.

   Cerrando los ojos, Luis aprieta los dientes para controlar reacciones traidoras, como lo era el fin de los tirones en su culo, y ahora el alivio, repugnante como era, de esa lengua caliente reptante, metiéndosela, salivándole. El cuerpo se le enrojece, se tensa y quiere alejar sus nalgas, aunque sólo logra rozarse de la barbilla y mejillas velludas al tiempo que esa lengua penetra y explora sus entrañas. Era una sensación extraña, horrible, pero a un tiempo…

   Suspirando pesadamente, gozando el momento, Franco continúa explorándole, frotando su bigote de esa raja, estremeciéndole, soplándole el agujero que mantiene abierto suavemente con los pulgares; viendo el esfínter agitándose, posa los labios y besa, y chupa. La lengua vuelve a esas entrañas. Sabe que Luis se resiste mentalmente, pero al mismo tiempo es consciente de que este entiende, o siente, que es inútil, que no puede detenerle, que está en sus manos… y que su cuerpo responde a esa manipulación. Casi sonríe; era difícil no confundirse cuando una lengua masculina exploraba tu culo, piensa.

   Pero debía hacerle consciente de ello, de todo, por eso, mientras le come el culo, su procaz lengua agitándose en la entrada y penetrando, mete una mano por debajo del cuerpo del otro y le atrapa el nuevamente erecto tolete, apretando y soltando, haciéndole gemir entre dientes, casi contra su voluntad. El pulgar se aprieta y frota del ojete. Y separa los hinchados labios del culo, casi hablándole al agujero.

   -Estás muy mojado, cabrón; cómo te gusta esto.

   Luis no quiere escucharle, no quiere responder, desea simplemente yacer en aquella cama como muerto, ajeno a todo, especialmente a la cámara que le enfoca, pero sabe que su cuerpo responde a las estimulaciones. Esa palma caliente, esos dedos gruesos y velludos aprietan y soban sin descanso su tolete, mientras la lengua entra y entra porque, lo sabe, tiene el culo muy abierto, y cuando lo cierra sobre esa lengua, la sensación era todavía peor. ¡Esa maldita mano!, se dice respirando pesadamente, casi inconsciente al hecho de que sus nalgas suben y bajan un poco. Quiere correrse para terminar con esa tensión interna, era la idea, aunque intenta luchar contra ella. Pero todo acaba bruscamente cuando Franco le suelta y libera su culo de esa voraz lengua caliente y babosa. Luis tiene que luchar contra el rugido de frustración que nace en sus entrañas.

   -Quieres correrte, ¿no es así? –le llega la burlona voz de Franco, quien de rodillas y con el tolete goteante, le mira. Sus ojos se encuentran, uno burlón y dominante, el otro profundamente resentido y humillado, lanzando un vistazo al monstruo que el entrenador de su hijo tiene entre las piernas, uno que parecía ansiosos de tomar lo que consideraba su lugar.- Descuida, lo harás, te correrás como nunca antes en tu vida, estremeciéndote, maullando… con mi verga bien enterrada en tu culo, latiendo contra tus entrañas, llenándote. Te correrás con ella clavada y lo harás gritando mi nombre para la cámara.

   -Por favor, Franco, no; no hagas esto. –todavía suplica, totalmente roto, estremeciéndose al sentir nuevamente esas manos separándole las piernas, el hombre metiéndose entre ellas.

   -Al fin nos amaremos como mereces, puto; yo caliente, tú consiente totalmente de lo que te espera… y esperas. –le atormenta, acercando su mano y metiéndole un dedo en el torturado, chupado y abierto culo, arqueándolo hacia abajo, buscándole la próstata, sonriendo al verle tensarse y agitar su trasero, intentado rechazarle pero produciéndole mayor placer, visual y táctil.

   -¡NO! –ruge otra vez, atormentado, humilladlo, roto, cuando son dos los dedos que se abren camino en su agujero abierto. Los siente recorrerle el recto, abriéndose y tijereando, frotando las paredes de sus entrañas, bajando y dándole justo allí, afectándole.- ¡NOOOOO!

   -Silencio, puto. –le ordena el hombre, sonriendo, disfrutando de su humillación.- Pronto estarás recibiendo mi masculinidad, y sabrás para siempre que fuiste mi coño. El coño caliente y mojado que ordeñó mi verga hasta sacarle la última gota de esperma. Serás mi perra, y gritarás, oh, sí, pero de gusto. Y esa cámara lo inmortalizará para la posteridad. Jejejejeje, imagino la cara que pondrían tu hijo y Adriana si te vieran en esa superproducción.

   Luis desea gritarle, amenazarle, pero una profunda desesperación, impotencia, le domina. Casi siente deseos de lanzar gritos de rendición, pero se contiene a duras penas. Intuye que eso haría más feliz al otro. Pero iba a cogerle, lo sabe, Franco iba a meterle esa verga enorme por el culo, estando completamente consiente, robándole su dignidad y masculinidad, una virilidad ya en entre dicho desde la vez pasada. Pero lo que más teme, aunque no se lo plantea, es que sea cierto lo que dice, que su cuerpo responda traidoramente a esa violación, como ha ocurrido hasta ahora, y que todos sean testigos.

   Lentamente, disfrutando evidentemente del momento, Franco atrapa la base de su pulsante y babeante verga, acercando el glande despejado, rojizo, liso y húmedo a ese culo, notando con este el calor que el cuerpo de Luis emana, uno que parece de fuego proveniente del agujero del culo. Oh, sí, cómo le gustaba meter su tolete por esos agujeros masculinos apretados, especialmente si estos se resistían, rompiéndoles el virgo, aunque este no era el caso, así como la vida. Planeaba, ruin, lograr que Luis se corriera, sin tocarse, mientras se lo follaba. En su cerebro todo sería un caos, saber que respondió a tales extremos le desbaratará mentalmente, dejándole listo para la siguiente lección de sometimiento. Casi lanza un jadeo gemido cuando el glande hace contacto con la piel de la raja, frotándose, oyéndole rugir entre dientes, totalmente tenso, el agujero cerrándose por instinto. Sonríe, qué idiota, pensaba que le detendría; pero sigue jugando, meciendo sus caderas de adelante atrás, la cabeza de su tolete chocando del ojete, deslizándose hacia arriba, por la raja, bañándole de cálidos y espesos líquidos pre eyaculares.

   -Joder, si vieras lo caliente que me tienes. Serás el puto más calienta bragueta de mi harén. –y lo que más disfruta es saber que eso enloquece al otro.

   -Esto es una locura, Franco. ¡Tienes que detenerte! –todavía grazna Luis, tenso, brillante de sudor.

   -Tranquilo, terminará gustándote. Y mucho. –apuntalando el glande contra la entrada, dejándola fija, comienza a empujar.

   -No, por Dios, ¡no lo hagas! –ruge lloriqueante.

   -Jejejejeje… -apuntala mejor el glande, dejando que Luis sienta su presencia, su calor. Esas son sus intenciones. Lentamente la empuja, abriéndole y empujándole hacia adentro los labios del esfínter.

   -¡NO! ¡NO! –brama desesperado Luis, sintiéndola, el cómo le abre y penetra.

   Intenta cerrar su culo, mantener sus defensas, apretando el grueso palo que va penetrándole, haciéndole lanzar un gemido de gusto a Franco, quien esperaba eso. Sonriendo torvo, atrapándole las caderas, se la va clavando muy lentamente, centímetro a centímetro para que el otro “la disfrute”, gozando viendo como desaparece su barra dentro de aquel agujero.

   -Ohhh, si, apriétala así, puto. –le gruñe jadeando, la boca muy abierta.

   -No, no, maldito enfermo… -grita Luis, apretando los dientes, profundamente lastimado mentalmente, aún más que en lo físico. Franco le había vencido, le estaba despojando de su hombría. Y seguía y seguía, la gruesa mole forzaba su ya abierto esfínter, recorriendo el canal de su recto, latiendo caliente contra sus paredes.- No, sácala, es demasiado grande. –tiene que gritar, aún sabiendo lo terrible que sonaba de cara a la cámara.

   -Ya has podido antes, puto. –le recuerda Franco, sonriendo al oírle gemir en protesta, por el güevo que va clavándosele, por las palabras que le recuerdan todo aquello.- Hummm, si… -deja escapar, muy audible, enterrándosela toda, pegando su pubis de aquellas nalgas, disfrutando de aquellas entrañas que apretaban en protesta su barra, intentando combatirla, dándole tanto placer.

   -Agggggrrrrr… -la cara de Luis está totalmente roja, tensa, alzada, enfocada en la cámara.

   -Si, siéntela, amásala, gózala… -le indica Franco, como si aquello fuera sexo consensuado. Retira unos pocos centímetros de tolete, nervudo, sabiendo que roza y frota las sensibles paredes de ese recto, llenas de terminaciones nerviosas que pueden ser estimuladas para el placer.- Voy a preñarte, Luis; voy a verter tanta leche en tu coño caliente y mojado que te haré un hijo, un hermanito para Daniel. ¿Quieres eso, puto? ¿Llevar mi hijo en tus entrañas? Vamos, dilo hacia la cámara. –le indica, cruel y torvo, metiéndole esos pocos centimetritos sacados, lenta y deliberadamente, sintiendo las apretadas de esas entrañas.

   Estimulándolas. Buscándole la próstata.

CONTINÚA … 7

Julio César.

EL PEPAZO… 26

noviembre 1, 2016

EL PEPAZO                         … 25

De K.

sexy-boy-thong

   -Sé lo que quieres hacerme…

……

   Y Jacinto lanza un gemido, porque, contra la silla, mientras mira ese juguete sexual, su culo parece abrirse, pegarse de la tela y el asiento, y succionar. ¡Era lo que necesitaba!, se dijo, evidentemente desequilibrado por su dilema. Si tenía esa cosa, y le continuaban esas… urgencias o ganas de tomar algo largo y grueso por el culo, se lo calmaría a solas, por poco masculino que le pareciera, teniendo el problema (su culo urgido) bajo control mientras buscaba ayuda. Tal vez un médico muy viejo o una mujer urólogo. Debían existir.

   Va a hacer el pedido y un nudo se instalada en su estómago. Joder, era caro. Con los gastos que ya había hecho…

   -Comple ahola su ayuda casela y no se alepentilá. Es lo que necesita… y quedan pocos. –de manera desconcertante aparece el joven y apuesto asiático, teniendo uno de los dildos en las manos, llevándolo a su entrepiernas, sobre las ropas, y comenzando un vaivén evocativo del sexo.

   ¡Mierda!, estalla mentalmente el joven, sacando cuentas, preguntándose cuánto tendría que desviar de las libretas casi cerradas donde guardaba algunos centavos para pagar aquello. Y hace el pedido.

   -Gracias por su compra, cliente de Fuckuyama. –se oye esa voz, nuevamente, la del supositorio, una que le produce escalofríos.- Felicidades por iniciar los pasos hacia una nueva y placentera vida, una de satisfacciones intensas.

   Y un güevo, pensó molesto, pero ya no podía hacer más. Fue una noche inquieta, caliente, revolviéndose sobre la cama, desnudo porque el bóxer le apretaba sobre las nalgas y las pelotas. Un regimiento de güevos tiesos parecía azotar sus nalgas mientras estaba acostado boca abajo, ronroneando por el tacto de aquellas carnes duras y calientes que goteaban espesos jugos sobre su piel tersa y firme. Las enculadas habían sido…

   Cansado despertó al otro día, con una gran mancha de esperma sobre la cama. Maldiciendo recogió las sábanas y volteo el colchón. Se ducho, comió abundantemente, y tan sólo al ponerse la camiseta, ajustada ahora sobre su cuerpo en forma de ve más pronunciada, se detuvo. La presión de la tela sobre sus pectorales que se marcaban redondos y magníficos, le gustó, pero fue la sensación sobre sus tetillas, apretándolas, estas demarcándose totalmente contra la tela, lo que le trastornó. Recorriéndoselos con los dedos casi gimió. Así de placentero fue. No quiso pensar más y terminando de vestirse, debiendo usar una de las tangas al no quedarle los bóxers, salió sin ver a nadie, sin detenerse. Y así intentó pasar el día en la casona. Por suerte le tocaba estar con la señora, y esta estaba indispuesta (enratonada de una fiesta la noche anterior). Durante el día su ansiedad fue creciendo, rojo de mejillas evitaba hablar o mirar a nadie, especialmente a Rigoberto Linares, a quien encontró en el cuarto que compartían todos, sin camisa ni camiseta, tomando otra de su locker, mostrando un torso recio y musculoso, negro. Fuerte.

   Necesitaba regresar pronto a su casa, por eso no se ofrece a una guardia, que le habría aportado algo de dinero, ahora que andaba casi quebrado. Ni se queda a tomar un trago de una botella llevada por Rigoberto, no confiando en sí mismo estando tan afectado como andaba si tomaba alcohol. Vuelve al edificio, sin mirar a nadie, da unos pasos en la entrada de la recepción y se regresa. En su buzón hay algo. Lo abre y palidece feamente, mirando en todas direcciones, encuentra una caja de buen tamaño con la inconfundible imagen de un güevo de goma en las cuatro caras. ¡Esa maldita gente…!, se dice con rabia. Lo toma y medio oculta bajo su saco. Oye que el ascensor viene bajando, hay voces. Cierra el buzón y escapa hacia las escaleras.

   Llega jadeando a su apartamento, sintiendo que escapó de un grave peligro, que le vieran cargando esa vaina. Con la frente arrugada mira la caja. Esa Fuckuyama de mierda ya sabría de él, se promete. No debían enviar las cosas así, no cuando se trataba de… de, bueno, cosas sexuales. Sin embargo, sabe que su agitación tiene otra razón también. El culo le pica intensamente, casi medio bailotea, luchando contra las ganas de meterse una mano dentro del pantalón y tocárselo. Con manos febriles abre la caja, metiendo la mano y sacándolo. Queda con la boca abierta. Era una rígida y muy rugosa barra de unos veinte centímetros, negra lustrosa, de buen grosor. La cosa es que al tenerla en la mano el cuerpo se le llena de calor, sabe que su culo titila salvajemente bajo el pantalón y la tira del hilo dental. Se cambiará, tomará una ducha, cenará y luego… Nota como algo untuoso y caliente le baja por el culo, mientras la respiración se le dificulta y siente hormigueos en todas partes.

   Casi corre al cuarto, aferrando fuerte el falo de goma. Se quita los zapatos, afloja la corbata para quitársela y…

   -¡Ahhh! –casi grita con rabia, se abre la correa mientras cae sentado de culo en la cama, con toda la ropa y las medias, bajando el pantalón hasta sus rodillas. El güevo le palpita dentro de la tanga azul, deformada con su figura. Tanteando sobre su raja interglútea, atrapa la tela y la aparta de su culo, la punta de un dedo lo toca y siente el agujerito abierto y los pliegues como hinchados. Y mojados de eso que le bajaba.

   Deseando medirse, controlarse, pero ardiendo de ganas, el joven lleva una mano bajo sus muslos algo alzados, tantea con la lisa cabeza de goma su agujero titilante y penetra. Se tensa, boca y ojos muy abiertos, recorrido por tal ola de lujuria cuando el glande de goma entra, que se congela. Por ello le toma de sorpresa cuando su esfínter parece latir salvajemente, halando del dildo, metiéndoselo. ¡Cómo había ocurrido con el supositorio cuando se le fue culo adentro!

CONTINÚA … 27

Julio César.