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TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 40

agosto 28, 2015

… SERVIR                         … 39

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

SU CHICO COMO LE GUSTA

   Nuevos jugadores, nuevas relaciones.

……

   -Sabía que serías así de puta. –le oyó reír antes de detenerse.

   Confuso, Lamar le miró, no se movía, y ansioso comenzó a subir y bajar sus caderas, agitándose para ser empalado. También le vio clavar los ojos en un punto por encima de los dos. Mirada nublada enfocó ese punto y se estremeció. Dios, la cámara, lo había olvidado.

   En la solitaria recepción del Matadero, frente a un conjunto de monitores, Sergio Altuve, un latino traído por Read como vigilante, pero que le servía para muchas otras cosas, desde robar un auto a dar golpizas o navajazos (le conoció en un bar y el peligroso sujeto supo calibrarle como la basura que era), miraba, con una sonrisa libidinosa, lo que el jefe le hacía al negrito. No entendía las motivaciones del gran hombre, qué tramaba o esperaba conseguir, pero se excitaba mirando. Ahora mismo el joven y alto sujeto, aunque obeso, de poblada barba y bigote, así como una larga melena que apenas se contenía dentro del quepis que usaba de noche, tenía la bragueta abierta y se masturbaba gozando lo que el jefe le hacía al joven de culo grande. Movía la lengua en chasquidos de lujuria, deseando estar allí también, tomándole, enterrándosela duro por el huequito y haciéndole gritar de dolor. Por eso casi se atragantó cuando en una de esas veces que Read miró hacia la cámara, le hizo una seña con los dedos. Llamándole.

   -Dale de comer. –a lo lejos, el chico pareció escuchar.

   Encontrándose aún de espaldas sobre el mueble, su culo siendo cogido ferozmente por el rudo oso, otra verga, rojiza de sangre, se alzó frente a sus ojos. Más allá de ella, encontró al sonreído y desagradable vigilante, Altuve. No lo pensó, tan sólo abrió la boca cuando la pieza rozó, y mojó, sus labios. Y chupó la primera de las que serían muchas vergas en su vida desde ese punto. El tipejo riendo le lanzaba insultos sobre lo creído que eran los negros con sus enormes güevos, y que allí estaba uno que se moría por ellos. Gozando, metiéndosela y sacándosela, a veces ahogándole con ella reteniéndole el rostro, ladeado como lo tenía, contra su pelvis, le decía todo lo que se le ocurría, al tiempo que del otro lado le metían y sacaban otro tolete, este del culo. Lo cogieron y mamó mientras les escuchaba decir que era un negrito puto, que mira cuanto le gustan las vergas, que chupara así, que la apretara así con su culo, que la ordeñara con la garganta, que aprendiera a dar placer a los hombres que tendría que atender. Y Lamar obedecía, alzado a cumbres de placer que no recordaba haber experimentado nunca.

   Al día siguiente despertó sobre su camastro, desnudo, boca abajo, mareado, sintiéndose enfermo, con un feroz dolor de cabeza, de garganta y culo. Notó un sabor raro en su reseca lengua, sentía sus pelos púbicos apelmazados de leche (seguramente suya), su agujero dilatado y empegostado. No recordaba el cómo esos dos hombres se habían turnado para usarle, cada uno cabalgándole feo, nalgueándole, pellizcándole, provocándole arcadas cuando le taponaban la garganta con sus vergas. Se sentía débil y confuso, aunque sabía que le había ocurrido algo increíblemente malo. Medio lloriqueó, sin desear moverse, recorrido por mil dolores físicos, también mentales. Fue cuando la puerta de la habitación, abriéndose, le llevó al presente y le regresó parte de los recuerdos.

   -Míralo, Eugene, esperando por machos. –vio sonreír a Altuve, el vigilante ruin. Llegó acompañado de otro de ellos, un sujeto cincuentón, obeso y calvo, de barbita blanca, que reía medio sadicón.

   -Otro negro marica, se dan como la verdolaga. –gruñó este.

   Lamar quiso decir algo, ordenarles salir, medio cubrirse. Pero Altuve había sido enviado por Read. Rápidamente le controló sobre la cama, sentándosele a hojarascas sobre la espalda, reteniéndole contra el colchón, atrapándole un brazo e inyectándole, riendo mientras lo hacía. El jefe lo quería enviciado a las drogas y bien cogido, para negociarlo con sus clientes.

   El chico gimió, no quería aquello, pero luego sintió paz, alegría, que flotaba sin que nada le doliera o molestara. Y esos dos hombres le usaron sobre ese camastro, le obligaron a mamar güevos, a lamer culos peludos, a enterrar el rostro entre bolas sudadas. Llevaban una misión específica, dictada directamente por Read, debían cogerle los dos a un tiempo para ir abriéndole bastante el agujero.

   Y como buenos empleados, cumplirían, disfrutándolo mientras lo hacían.

   Atrapado entre los dos cuerpos nada armoniosos, Sergio Altuve sentado sobre el camastro, Lamar sobre sus muslos, dándole la cara, y el otro a sus espaldas, también metiéndosela duro por el culo, el chico recibió las dos gruesas vergas. Dolía, lo sintió a pesar de todo, y se estremeció y lloriqueó, embestido por los dos güevos que iban y venían, entrando y saliendo, claros, rojizos y nervudos de su agujero de color, cada uno a su ritmo. Los dos llenándole, los dos robándole su dignidad y lo que quedaba de su hombría. Lo insultaban, y mientras Sergio le escupía a la cara, el otro le torcía los chicos pezones. Los dos estimulándole la próstata y las entrañas, los dos llenándole de abundante esperma. Las dos vergas haciéndole correrse sin tocarse. Dejándole, luego, nuevamente allí, sobre la cama, adormilándose mientras le llamaban puta, puta barata, y le decían riendo, “si tu padre te viera ahora”.

   Durmió sobresaltando y abrió los ojos cuando algo se clavó en su brazo, el dolor fue leve, el miedo y la frustración grande, pronto reemplazado por el alivio, el goce de las drogas. Fue puesto de pie, alimentado con dos sándwich y un refresco. Obligado a ir al baño, a evacuar y ducharse. Parte de todo eso lo hizo con los ojos cerrados. Echado de culo sobre el inodoro sintió algo bajo sus axilas, el roce de afeitadoras. Y en su culo y sus bolas después. Alzado en pesos regresó a la apestosa cama, boca abajo, un pañuelo cubriéndole la boca y nariz, un olor ácido dulzón impregnándolo todo. Su cuerpo ardiendo, su sangre agitada. Una cara metida entre sus nalgas, una boca caliente, masculina por el roce del bigote, chupándole hambrientamente del culo, le despertó, a cada instante escuchaba que la negrita tenía un coño dulce que puede ganarle muchos beneficios. El rostro se apartó, unas manos le atraparon las caderas halándole hacia atrás sobre la cama, separándole las nalgas, alzándole el culo, este siendo tomado por una verga caliente y pulsante que lo llenó sin contemplaciones. El chico gimió, mareado, aturdido, sus entrañas apretando y sobando el grueso palo invasor independientemente de él mismo. Vio a Read a su lado, se medio volvió sobre un hombro y encontró una pelambre amarilla, otro tipo que no era Read, o alguno de los vigilantes, estaba haciendo uso de su culo. Y quiso gritar, llorar por su suerte; pero no, cuando lloró fue por las apretadas que su recto daba, por los espasmos de placer que experimentaba.

   ¿Qué fue de la vida de Lamar Martens? Era despertar, mareado, Read o uno de los vigilantes llamándole putito. Iba a las duchas, comía algo, le inyectaban drogas y alguien llegaba y le usaba. Una tarde vio como le pagaban a Read, en efectivo. El tipo era perverso. Una tarde escuchó una voz conocida, y ese sujeto, acompañado de otro, le hicieron mamar y le cogieron. Le usaron bastante rato, uno de ellos era un negro grande, que le miraba con desprecio, que le llamaba zorra negra y le abofeteaba mientras le cogía. Y que al terminar se le orinó encima, riendo, bañándole con sus meados calientes y olorosos. El otro era alguien que vino una vez, a quien pilló mirándole el culo a la asistente de Read, la señorita Gibson. Un chivo de la administración de Justicia del estado, escuchó, un tal doctor Setton, Maurice Setton.

   Una vez fue sacado del matadero por Sergio, y llevado a un hotel, a una pieza grande, lleno de agresivos y vigorosos chicos blancos con pinta de universitarios, que querían gozar de un coñito negro apretado. Allí le dejaron, inyectado, atado boca abajo sobre una cama, usando tan solo una tanga blanca de mujer. Y se fueron turnando para penetrarlo. Uno a uno. Un güevo y otro y otro. El joven no tuvo recuerdos de nada, de cuántos toletes duros se le clavaron por el culo, de cuántos hicieron uso de su cuerpo, de toda la leche, salivazos, azotes en sus nalgas y orina que recibió. Ya no podía procesar nada. Vivía para dormir hasta que una puya en el brazo le despertaba, se aseaba completo y luego se medio alimentaba, lo que contribuía a su debilidad física y mental, y luego era vendido a fiestas por Read. Una noche, llegando con el rostro sangrante por dos tipos que se dedicaron a abofetearle más que a cogerle, Read le esperaba en el cuarto. Serio.

   -Martens, lo lamento, pero tu estilo de vida insalubre y enfermo es algo que ya no puedo soportar. –le informó, haciéndole una seña a Sergio Altuve.

   Este, sonriendo, le esposó a la cama. Al chico nada le importó hasta que un dolor intenso, un frio salvaje y un miedo atroz le dominaron y creyó que moriría. Necesitaba otra dosis. Una que no se le administró por mucho que gritó, lloró y suplicó, vomitado y orinándose encima, viéndose patéticamente derrotado.

   -Necesitas ayuda, chico. –se contuvo a duras penas, bañado en sudor y llanto, con Read inclinado a su lado, sosteniendo un teléfono móvil, que le tendió.- ¿Por qué no la pides? –se lo acercó, destapando la bocina.

   -¿Aló? ¿Aló? ¿Quién llama? –el chico escuchó la irritada voz.

   -¡Papá! –gritó, histérico, lloroso, presa del dolor de la abstinencia.- Ayúdame, papá… -lloró sin pudor, sin vergüenza, sin reparos.

   -¡Lamar! –fue el grito de alarma del otro lado.

   Fue todo, porque Read, mirándole a los ojos, sonriendo con profunda crueldad, cortó la llamada.

   El cruel hombre le sacó del matadero, en brazos de Sergio y del otro, en secreto. Hacía tiempo que todos imaginaban que se había ido. Excepto Marie Gibson, quien desde una ventana, al quedarse esa tarde, le vio siendo casi cargado en peso a la parte trasera de una camioneta Van, que le llevó lejos. La mujer se sintió mal, pero también liberada. Enferma como estaba, víctima también como lo era de Robert Read, sintió alivio al verse libre del “rival”.

   Al chico lo dejaron en un callejón feo al otro lado de la ciudad, viéndose y sintiéndose miserable, débil, tembloroso, con unas zapatillas sin calcetines, un pantalón ajustado de color lavanda y una franelilla que apenas le cubría. Su aspecto gritaba puto por todos lados. Le dejaron sobre la sucia colchoneta donde dormía, que arrojaron de la Van. También él cayó, de culo, mareado, sobre la misma, su rostro siendo cacheteado para que se concentrara. Medio enfocó a Sergio.

   -Hey, hey… -las cachetadas eran algo más fuerte.- Aquí tienes, una carga, date gusto. No las consumas toda de un golpe. –le mostró tres inyectadoras con heroína.- Cuando se acabe te la apañas por tu cuenta. –sonrió cruel al mirar las dilatadas pupilas, de codicia, los flacos dedos casi restregándolas.- Vas a tener que ganarte tus dosis, negro, así…

   Con la atención perdida en las inyectadoras, Lamar descuidó al hombre, quien le atrapó y haló por la nuca, su rostro chocando de su verga erecta. Una que recorrió automáticamente con sus gruesos labios, besándola en la punta y tragándola, enviciado y adoctrinado como ya estaba. Mamó sin importarle las risas del otro, los ruidos de gente que se escuchaban a lo lejos, a los autos cruzando, tragando semen y luego orina, una que prácticamente le salió por la nariz. Dejándola libre, esta le bañó la cara y la cabeza. Mareado, con el sabor a semen y orina en su boca, Lamar sólo veía las inyectadoras, procediendo a liberar una de las agujas, indiferente a la camioneta que se alejaba. Se drogó y fue el escape, la paz. La dicha. Poco después fue robado, sus ampollas le fueron quitadas, y gritó enfermo, llorando derrotado.

   Luego fue violado por otros desposeídos, también por chicos que le vieron al pasar. Mamó a varios, un policía quiso meterle la cachiporra por el culo. Más tarde ofrecería mamadas, y culo, por dinero para drogas. Otros policías le detuvieron una noche. Cree recordar a su padre buscándole, afectado, llorando. Eso le hizo sentir mal, y atrapado. Necesitaba sus dosis, pero también dejar de sentir dolor y culpa. Y escapó una noche de la casa familiar, ocultándose bien.

……

   Con el corazón desbocado, Owen Selby oye parte de la historia, la que aquel hombre conoce. sabiendo de Read, al policía no le cuesta mucho rellenar los espacios, lo que se hizo con el muchacho. Como venganza contra ese padre que una vez, sin saber lo que hacía, se interpuso en el camino de un monstruo. El hombre se ve algo más anciano.

   -Creí morir cuando lo vi así, en aquella celda. Era un saco de huesos, un muchacho acabado… -le mira con dolor.- Las drogas lo tenían atrapado. Cuando escapó de aquí… -recorre la sala con la mirada.- …La verdad no me sorprendí mucho. Cuando recibí aquella llamada, él pidiéndome ayuda… -su pecho sube y baja con esfuerzo, adolorido.- …Fui a ese lugar a buscarlo, al Matadero. No estaba. Todos me juraban que hacía tiempo que se había ido. Ese hombre incluso dejó circular la noticia de que le había robado algo. ¡Quería matarle! Ese sujeto incluso logró una orden cautelar contra mí, no podía acercármele; mientras buscaba a mi muchacho le vi dos o tres veces en la casona que había comprado por aquí. Creo que la usaba como depósito. Pero no podía acercármele o tocarle.

   -Lo siento, señor Martens… -no encuentra otra cosa qué decir. El otro asiente.

   -Al menos hicieron su parte. Le detuvieron. Ese hombre es un criminal espantoso; al menos ahora, donde está, ya no puede seguir haciendo daño. –sentencia, desinflado, y al policía se le eriza la piel. Si supiera.

   -Intentaré encontrarle. A su hijo. –el anciano asiente.

   -Se lo agradezco, aunque dudo que le encuentre. Está demasiado perdido, detective. –le mira, con dolor.- No sé si pueda encontrarse a sí mismo alguna vez. No estando en el infierno donde ese hombre le sumergió. Por mi culpa.

   -No, fue culpa de ese sujeto. –le replica firme, aunque sabe que de nada le servirá al otro, también atrapado en la maldad de Read.

   Aunque ahora sabe dónde buscar. No dejaría que esa basura se saliera con la suya. Si de él dependía, Robert Read nunca volvería a salir de la cárcel. Es lo que desea, ¿pero podrá? Sabe que en esos momentos Jeffrey Spencer debías estar en los tribunales, creando una duda razonable, alegando contra la sentencia de muerte.

……

   -¡Lomis! ¡LOMIS! –ruge el alcaide Monroe por el pasillo del Ala Siete, molesto por tener que estar allí, buscando a ese sujeto que, obviamente, le evadía. El tipo que le pilló cuando recién terminaba de follarse a un recluso, sobre su escritorio. Le alcanza cuando el otro se detiene, como exasperado.- No ha ido a mi oficina como le ordené. –le reta. El otro toma aire, aparentemente humilde, pero con los ojos llenos de maldad.

   -¿La verdad, señor alcaide? No quería verle. No es… fácil de entender lo que vi. Y menos afrontarlo allí. –finge deferencia al decirlo, pero goza al verlo estremecerse.

   -¿Por qué llevó a ese sujeto a mi oficina y entró sin esperar? Todo eso suena de lo más extraño. –casi acusa, porque en verdad, conociendo la fama del peligrosísimo Robert Read, temía algo.

   -Créame, señor alcaide, que lo último que esperaba ver era… -se congela y baja la voz, tiene órdenes del recluso de no hablar de ello.- Quiero olvidarlo.

   -Más le vale. –es la no tan velada amenaza y se miran retadores a los ojos.

   -¿Ocurre algo? –le recia voz de James Slater les hace saltar a los dos. Al alcaide le parece que el mundo se derrumba frente al fornido y enorme hombre negro. Lomis teme que el otro adivine algo.

   -Nada, jefe Slater. –responden ambos, como puesto de acuerdo, logrando que el hombre, que les miraba desconfiado, frunza el ceño de manera casi alarmante.

   -Señor alcaide… -comienza.

   -Discúlpeme, me esperan en mi oficina. –replica y casi huye.

   -Yo iba para las duchas. Otra pelea. –informa Lomis, sin pausa, y se aleja.

   Slater les mira, de un pasillo al otro, sus instintitos casi gritando. Algo ocurría. Da media vuelta para alejarse y casi derriba, además de pisar, aunque afortunadamente sobre una bota, a alguien a quien no vio. El jadeo le alarma.

   -Curtis, muchacho, ¿cómo te acercas sin hacer ruido? –casi le reprende, sosteniéndole por los brazos para que no caiga.- ¿Estás bien? No quise…

   -No… sí, estoy bien, jefe. –el chico casi sonríe, pero es una mueca extraña.

   -¿Seguro? Te ves cetrino, muchacho. –el hombre se alarma ante su palidez, lo delgado de sus mejillas, las ojeras machando los parpados, lo apagado de los oscuros y generalmente apasionados ojos.

   -Estoy bien, señor. –replica el otro después de una duda intensa, luchando contra las ganas de confiarse del hombre fuerte que dirigía con equidad y rectitud ese lugar.

   -Debes llevar algo de sol y… -se congela. Alzó una mano para medio palmearle una mejilla, algo inocente, pero el otro se tensó y desvió la cara, dejando ver algo de su cuello a pesar de la camisa cerrada y la corbata.- ¿Qué es eso? –eran marcas oscuras, moretones. De dedos. Alguien le había aprisionado.

   -Nada, señor. –jadea angustiado.- Debo… -y comienza a alejarse también.

   -¡Curtis! Regresa, Nolan. –es seco, pero el chico casi corre, alejándose.

   ¿Qué coño estaba pasando en aquella prisión? El alcaide abordó a Lomis casi con miedo, se veía que le amenazaba con algo, pero a un tiempo exhalaba temor. Lomis parecía escucharle con respeto, peros se veía que disfrutaba todo aquello. Y los dos se habían visto completamente culpables cuando repararon en su presencia. Cada uno silenciando algo. Algo que creían no debía saber. Y ahora Curtis, ese chico…

   Iba hacia su oficina, ceñudo, preocupado, no sabiendo exactamente por qué pensaba en Robert Read, cuando se detuvo en seco: ¿estaría alguien abusando de Nolan Curtis?

……

   Cae la tarde sobre los grises muros de la prisión, y en su celda, duchado, su cabello dentro de la gorra, con su braga naranja, un muy inquieto Daniel Pierce espera. Confuso y temeroso. Por muchas razones. ¿Qué pasó en la oficina del alcaide? ¿Por qué tembló así ante ese hombre? ¿Por qué deseaba que le tocara? Traga en seco, se dice que fue por algo que Read le dio a beber, o esas drogas que le obligaba a consumir y que tenían sus pectorales abultados y sus tetillas eternamente erectas y sensibles. Pero la verdad es que lo había deseado, sentirse… amado por ese hombre maduro, fuerte y gentil. Luego estuvo la llegada de Read. Demasiado oportuna. Se tensa cuando este aparece del otro lado de la reja (confirmándose que cuando se menta al Diablo, se presenta), esposado, el vigilante obeso, Adams, escoltándole. La reja se abre, el convicto entra y le quitan las esposas. Muy erguido en su cama, el rubio le mira.

   -¿Te divertiste bastante con ese hombre, Tiffany? –le pregunta en voz clara, fuerte, dominante. Alta.

   El hombre joven se encoge, inquieto por muchos motivos, uno de ellos es por los convictos de las celdas contrarias al pasillo que dejan de hablar o hacer lo que hacían, y les miran, especialmente aquel hombre maduro, negro y obeso, uno de quienes intentó violarle en las duchas y lo habría hecho si Rostov no aparecía.

   -Yo… yo…

   -Eres una putica caliente, ¿verdad? –ruge, silenciándole, Read, acercándose, atrapándole de los hombros, clavándole los dedos para que entienda que va en serio, que puede lastimarle, y le alza.- ¿Te besaste con él? ¿Dejaste que metiera su lengua en tu boca? –le exige saber, pero parece una actuación para el resto de los reclusos en el área, parte del plan que tiene en mente, momentáneamente interrumpido por el sujeto ese, Rostov.- ¿Besó y chupó tus tetas, Tiffany? –le pregunta procaz, soltándole los hombres, rudo, halándole el frente de la braga, separándola, apartándola de su torso esbelto de buenos pectorales de tetillas marrones claras, los ojos de todos los que miraban cayendo sobre ellas.- Sé lo sensibles que son tus pezones de nena caliente… -y con los dedos los atrapa, frotándolos, halándolos.

   Daniel quiere resistirse al ataque, no entiende lo que pasa pero presiente un peligro real, fuera de que los otros reclusos miran, pero la manipulación de sus tetillas le provoca una poderosa ola de lujuria que le hace gemir y echar el torso hacia adelante, buscando más. Hay risas y señalamientos.

   -Miren cómo se pone. –oye una voz.

   -¡Qué puta! –tercia el hombre negro, mirándole con rabia y hambre, las manos aferradas a los barrotes

   -No… por favor, así no… -gruñe Daniel, pero gime cuando Read se inclina y le clava los dientes en uno de los pezones, apretando suave, lengüeteándole, lamiendo y chupando como un chivito, cerrando los labios y succionando de la muy sensible piel cuyas terminaciones nerviosas han sido híper activadas con fármacos. Daniel no puede hacer otra cosa que estremecerse y gemir, esa boca, ruidosa, succionando, salivándole encima, le controla totalmente. Todos los ojos clavados en él.

   Read ha decidido que es hora de que los lobos vayan por su nena, y la ofrecerá como un delicioso platillo. Tiffany estaba a punto de caer.

   -¿Te comió las tetas así? ¿Chupó de ellas ese hombre con el cual te revolcabas como una ninfómana incapaz de saciarte? ¿Cuántas vergas necesitas mamar al día, Tiffany? ¿Cuánta leche puedes beber? ¿Cuándo güevos tienen que llenar tu coño dulce, suave, afeitado y perfumado para que deje de tener hambre? ¿Cuántos hombres necesita una putita como tú para ser feliz? –le pregunta mientras chupa de una tetilla a la otra, quitándole la braga naranja del uniforme que baja por sus hombros y caderas, dejando al descubierto lo único que le permite llevar, una diminuta tanga tipo hilo dental roja intensa, y esos hombres casi quieren arrancar las rejas para llegarle. Gritando, salivando como animales.

   Read les enloquecía para lo que luego vendría.

CONTINUARÁ…

Julio César.

NOTA: Definitivamente ese Robert Read es una porquería. No lo recordaba tanto. Y lo que viene.

SERVIR Y OBEDECER… 8

agosto 20, 2015

SERVIR Y OBEDECER                         … 7

   La siguiente historia NO ES MIA.

SERVE AND OBEY

By: Lexicode

MARINE CON SEMEN EN LA CABEZA

   Un marine en entrenamiento.

……

   ¡Oh, Dios, si, lo siente!, la enorme pieza le llena, pulsa y vibra contra las paredes de su recto y le parece que no puede haber una sensación mayor o mejor. Gimotea abiertamente, subiendo y bajando su culo sobre la barra, dejando escapar gemidos, cerrando los ojos, su ojete totalmente abierto y presionado contra el grueso instrumento. Sentado sobre su regazo lo aprieta y se agita un poco, de adelante atrás, experimentándolo, volviendo a gemir, babeando de puro gusto.

   Abre los ojos y se estremece entre la niebla de sus sensaciones. Allí, de pie, estaba ese hombre blanco y atractivo, sonriéndole con burla. ¿Qué diablos…?

   -Déjate llevar, gózalo, cholo. –le dice sonriendo, con alegría en las pupilas.

   Todo había sido una alucinación, entiende el muchacho latino, atado, reducido a esa silla, ese vibrador totalmente clavado en su culo, estimulándole. Pero también invadiéndole, violándole. Ese sujeto le estaba haciendo perder la razón, provocaba repuestas de su cuerpo, y ahora de su mente, que odiaba y le asqueaban. Mirándole con un profundo desprecio, expresándole sin palabras cuánto quisiera verle muerto, se queda quieto, los puños cerrados, rígido, esa vaina en su culo vibrando. Le ve molestarse y eso es recompensa suficiente.

   -Cholo idiota, ¡no debes resistirte! Serás uno más de mis putos, un juguete; cuando termine contigo sólo desearás servir a un hombre de verdad. –le señala, llegándose a su lado, atrapándole un puñado de transpirados cabellos negros, halándole hacia arriba para que le mire.- Llegará el momento en el cual me rogarás que te coja, que te haga sentir. Me suplicarás por atenciones, llorarás de gratitud si te toco. Y sólo montado sobre mi güevo, llenando totalmente tu culo caliente y mojado, vivirás plenamente. –amenaza con arrogancia, casi hablando entre dientes, sonriéndole muy cerca de su rostro.

   Eddy Morales sólo puede mirarle con rabia, brillante de sudor y algo de sebo corporal, farfullando contra la bola de goma que llena su boca. Retándole aunque sus muslos tiemblan, desea agitar sus pies, el vibrador clavado en sus entrañas le afectaba, no le hacía feliz, pero ocurría.

   -¿Crees que no pasará? –Jim le reta aún más, acercando aún más su rostro, casi sintiendo las oleadas de calor que emanan del atado joven.- ¿Quieres ver tu futuro, cholo puto? –el puño se afloja sobre el cabello húmedo, aceitoso, los dedos escarbando casi afectuosamente, contacto que eriza de repulsa al chico latino, parecía acariciar a un animal. A un perro.

   Tiembla feo cuando le ve alejarse de la silla, siguiéndole con la mirada, tomar una mascarilla y cubrirse la cruel boca, y acercarse con un atomizador en la mano. Sonriendo, Jim apunta el aplicador a su rostro y Eddy contiene la respiración. El otro lo sabe, espera y sonríe con los ojos, tras la máscara. Dios, no podía aguantar. El cuello se le congestiona, el rostro le enrojece amoratadamente, y finalmente lanza profundas inspiraciones y exhalaciones por la nariz, momento cuando, claro, el atomizador funciona. Quiere gritar, dejar de respirar, necesitando aire para aguantar, pero ese chorro frío sale y sale, bañándole, mareándole. Sus puños se aflojan, sus muslos también, su culo se abre totalmente, sintiendo las pulsaciones del juguete sexual contra sus entrañas. Le ve apartar la mascarilla y sonreírle.

   -Tranquilo, vas a encontrar interesante y a disfrutar lo que viene. –le promete, asustándole horriblemente.

……

   El auto patrulla se detiene frente a la comisaria, desde la oficina, por la ventana, el maduro cuarentón, fornido y recio asistente, segundo al mando, Leo Yatkin, lo mira. Su rostro pétreo, mezcla de mexicano con indio americano, mira los uniformes de los ocupantes que bajan, con indiferencia.

   -Parece que al jefe no le agrada el sargento arrogante. Debe ser por el cabello. –comenta, logrando que se acerque Alfie Getz, el tercero en importancia, aunque tan sólo era un despierto y algo entrometido muchacho de veintitrés años.

   -Oye, los pelirrojos somos un bien nacional. –sonríe el joven, sin humor, arrugando la frente.- Mal asunto. –el otro asiente, los marines desaparecidos. Ven a los dos hombres despedirse, al sargento alejarse con un paso resuelto, y al comisario Fox rascándose la cabeza bajo el sombrero, dirigiéndose a la entrada.

   -Hay un mal coyote en la zona.

   -No creerás que alguien ataca deliberadamente marines por aquí, ¿verdad? Digo, grupos terroristas o narcotráfico pueden…

   -Creo que es alguien malo… con un propósito. –intercala el indio mientras el comisario entra.- ¿Un viaje divertido?

   -Ese hombre es insoportable. Consigue que salga a flote lo desagradable de la gente. Y Jim Preston no ayudó tampoco.

   -Es un vecino tranquilo. –intercala Alfie.

   -Es un cerdo racista, aunque nunca le he oído decir nada. –tercia Fox, arrojando sus cosas sobre un escritorio cualquiera.

   -Es la zona. –intercala filosófico, Leo, alzando los hombros.- Mucha gente, mucha historia, muchas peleas por la tierra. Hay quienes sienten que nunca pueden descansar o bajar la guardia. –los otros dos le miran, mientras él sigue observando a la nada por la ventana.

   -¿Tienes algo en mente o sólo sueltas tu misteriosa mierda indígena? –pregunta Fox al fin, algo molesto. Su ayudante podía ser…

   -No creerás que esto sea algo… racial, ¿verdad? –se agita Alfie, con su mentalidad simplona.

   -Dos de los desaparecidos eran negros, uno latino, otro un marine de origen turco. –se encoge de hombros.

   El comisario y el pelirrojo ayudante intercambian una mirada, preocupados. De pronto realmente alarmados.

   -Yatkin, guárdate tus opiniones por ahora. No deseo alarmas o… tensiones raciales. Hay que investigar antes. –se vuelve hacia Alfie.- Pregunta por ahí, en tu grupo de muchachos tontos… -sonríe al verle hacer una mueca con el pecoso rostro.- …Si algo se sabe sobre grupos más habladores de lo corriente, o sobre Preston.

   -Comisario… -comienza a la defensiva, algo irritado con su colega piel roja.

   -No estoy acusando a nadie de nada, sólo pregunta.

   -Bien. –hace una mueca.

   -Y ten cuidado, Getz. –intercala el piel roja, cosa que irrita al muchacho.

   Aunque, tal vez, el viejo Leo tenía motivos para preocuparse, piensa el joven, tomando su sombrero, calándoselo casi hasta la frente y saliendo. Después de todo su hijo estaba con los marines, y el fin de semana visitaría el poblado. ¿Temería algo?

……

   Le cuesta despertar, no quiere hacerlo. Aunque todo le grita que lo mejor era ponerse alerta, su mente quiere escapar a la inconsciencia. Abre los ojos, la iluminación es poca, hay muchas penumbras y sombras, especialmente por los límites del lugar donde está, que no es la misma habitación de siempre. Nada más que eso ya le asusta. Está atado a lo largo sobre una colchoneta cilíndrica, algo que parece un potro, sujetas sus manos al frente, a dos enormes anillas metálicas. Sus pies reposan en el piso, dentro de botas, fijadas también a anillas. Y repara en otra cosa, que no está tan mareado como otras veces. Se siente aseado, como si hubiera tomado una buena ducha. El suspensorio que lleva puesto, sintiendo algo de viento frío en su trasero expuesto, se siente limpio también. Enrojece con vergüenza, ese sujeto le había bañado.

   Un sonido perentorio, casi suplicante, le sobresalta y le hace levantar el rostro, la mirada. Congelándose bruscamente. No, no está solo. En esa habitación hay otro mueble, una especie de alta camilla médica, dividida en tres partes, dos de ellas horizontalizada, la tercera está caída, y el hombre joven, largo y musculoso que yace sobre ella, descansa de su cintura para arriba sobre el mueble, de allí para abajo no hay nada, pero sus pies, descalzos, están fijados a unas anillas en unos apoya talones que recuerdan una mesa ginecológica. Está prácticamente desnudo, su cuerpo negro oscuro brilla de sudor, los músculos se contraen bajo la piel. Lleva el cabello al rape totalmente, las chapas de identificación cuelgan sobre su torso ancho y recio, sus caderas están cubiertas también por un suspensorio blanco de malla, que parece muy chico para él. Lo que alarma a Eddy Morales es que cree saber quién es.

   No está seguro de su nombre, le cuesta pensar, su mente es un torbellino, pero sabe que es un marine. Un marine que desapareció hace casi dos semanas. ¡Dos semanas!, eso le produce un escalofrío horrible. Recuerda que escuchó que posiblemente había desertado, que se le buscaba pero sin afán. Y en todo ese tiempo pudo haber estado prisionero de ese sujeto. Atrapado en aquella horrible pesadilla. Le nota la mirada ardiente, algo extraviada, preguntándole mil cosas. ¿Estás aquí buscándome?, ¿has venido a salvarme?, no sabe por qué, pero cree entrever la duda, la esperanza y la desesperación en ese mirada algo húmeda, entre los gruñidos de su boca cubierta por un vulgar pañuelo enrollado, como en un rapto cualquiera. Sus muñecas están atadas por encima de la mesa, sus brazos extendidos hacia atrás. Tan indefenso como él.

   Eddy se tensa y estremece, su cuerpo se agota luchando contra las ataduras, exactamente como hace el otro, sobre esa mesa rara cuando frente a ellos aparece Jim Preston, gorra calada en la frente, ojos fríos, la suave pelambre castaña en su cara, su sonrisa torcida, la camiseta ajustada.

  -¿Cómo están mis juguetes? –pregunta observando a Eddy, quien le devuelve la mirada con rabia, aunque también con cautela, ya le ha pasado bastante como para saber que debía ir con pies de plomo.- ¿Lo reconoces? –señala al otro, quien parece congelado, ojos muy abiertos.- Es el cabo Griffin, Jonas Griffin. Un tío alto y musculoso, arrogante en su juventud y descaro. Poseedor de una buena verga como es, un defecto de la naturaleza, se creía un hombre. –cruza hacia el otro lado de aquella camilla, mirando a Eddy.- Ahora sabe que no lo es. Que su destino es el de una sumisa puta tragona de vergas, que adorará sentir su ávido agujero lleno de machos. Su único placer será servir de juguete sexual. –sonríe torcido, enumerando, mirando al chico latino.- Este sucio negro va descubriendo cuál es su lugar en la vida: es de rodillas frente a un hombre.

   Las palabras erizan de miedo a Eddy, y hacen que el otro se revuelva con rabia. Pero hay algo que no escapa a los ojos del chico, que aunque Griffin se ve molesto por el trato, dentro del ajustado suspensorio el güevo comienza a crecerle, excitado por lo que oye. Jim lo nota, la morcillona silueta bajo la chica prenda, y la mirada sorprendida del joven latino sobre ella.

   -Le gusta… -le dice a Eddy, luego mira al otro marine.- ¿No es cierto, negro puto? –luego se desentiende de él, como si no estuviera, recorriéndole con la punta de sus dedos un muslo, Eddy notando que el otro se tensa todo.- Hay hombres y hay putos. Un hombre puede sacársela frente a otro, y masturbarse… -los dedos van y vienen, atormentadoramente lentos y acariciantes sobre el muslo del joven negro.- …Un amigo puede tocársela. O tú a él. Y no pasa nada. Pero hay otros que a la vista de ese mismo güevo tieso… bien, desean no sólo tocarlo; llenarse las palmas con él es desear sentirlo recorriendo sus caras, tocando sus labios. Un puto desea tragarlo, lamerlo, besarlo. Se dice que es asqueroso pero no puede contenerse, algo le llama, tan sólo desea vivirlo. El olor lo marea, eso lo lleva a lengüetear, el saborcito le roba la cordura, se entrega como el puto que es, y no puede dejar de chupar y chupar por más de ese jugo por más que le ofendan, insulten o degraden. Saborear el líquido es lo único a lo que puede responder. Ah, y cuando el primer trallazo de esperma caliente y espesa llena su boca… un puto marica como este sencillamente se siente en la gloria, ¿no es así, puto? –le pregunta otra vez.

   El marine latino no quiere seguir escuchando, ni viendo. Le molesta, y asusta, notar que aunque nada realmente erótico está pasando, ese sujeto, Jim, muestra una escandalosa erección bajo su jeans, una que es mirada por el marine negro, quien suda más y más, agitado, algo frenético en su respirar.

   -Te gusta pensar que no es así… -Jim se acerca al rostro de Griffin, sonriendo torvo.- Te dices que te obligo… -mira a Eddy.- Como todavía haces tú. Pero este negro de mierda… -acerca más su rostro, los ojos brillando de burla y desprecio.- …Le gusta saber que yo estoy a cargo de todo, y es lo único que le importa.

   Jim se aparta, acercándose a la parte baja de la camilla, y Eddy mira el tensar del chico negro, quien flexiona sus pies. Y hacia uno de esos pies enormes y oscuros, de planta blanca, van las manos del carcelero y comienzan a frotar y rozar. Jonas Griffin toma aire ruidosamente, tensando aún más el cuerpo, luchando a pesar de lo que decía el otro, pero finalmente comienza a estremecerse sobre la mesa y ríe. Ríe y ríe de manera convulsa, desesperada, no queriendo, mientras esas manos tocan y acarician más. Ríe escandalosamente, ojos llorosos, mordiendo y babeando la mordaza, notándosele desesperado. Eso sigue y sigue y Eddy, estremecido de repulsa, pero también fascinado, le ve gimotear entre toses y risas, casi suplicándole. Jim, sonriendo, le acaricia el otro pie, obligándole a tensarse y casi berrear entre carcajadas ahogadas. Torturado.

   Lo notable es la verga negra, tiesa y gruesa que escapa por uno de los lados del suspensorio, con un grueso aro blanco brillante emergiendo del ojete, tal vez plata o acero, y los ojos de Eddy quedan atrapados en él, asustado y fascinado. Griffin ríe más, se estremece, y la negra verga se agita, el aro se roza de la negra piel. Atrapándole una rodilla, presionando y provocándole cosquillas, Jim sube un poco, sonriéndole a Eddy, señalándole las enormes tetillas oscuras del otro, imposiblemente erectas, voluminosas, llenas de sangre. Mientras con una mano sigue presionando por encima de la rodilla, haciéndole reír, con la yema de la otra le recorre uno de los pezones. Y Eddy traga en seco, de sorpresa, asco y excitación cuando Griffin arquea un poco la espalda, dominado y recorrido por mil sensaciones, su cara bañada de lágrimas, riendo y lloriqueando en un tono lastimero.

   Soltándole, sin dejar de mirar a Eddy, Jim vuelve a la parte baja de la camilla, mientras Griffin, sofocado, agitado su ancho torso, cae sobre el mueble. Sus gruesos labios han atrapado toda la mordaza, temblorosos, de donde escapan contenidos gemidos de una tonalidad profunda. Jim pisa algo en la base de la mesa, girándola un poco, y a la vista de Eddy, el otro ya no queda lateralizado, le endereza un poco, puede ver entre sus piernas. Y el latino traga en seco, ojos muy abiertos.

   Griffin está totalmente depilado, en el liso, casi lustroso espacio que va del bajo del suspensorio que contiene sus bolas, al pliegue que se abre enmarcado su culo totalmente lampiño, otro aro, más pequeño, cuelga y brilla. Pero es su culo lo que llama la atención del chico latino, fuera lo que sea que el joven hombre negro, marine para colmo, estuviera pensando, su entrada sufría espasmos. Los labios oscuros de su ano se abrían y cerraban, estremecidos. Es cuando Jim se lleva una mano a su entrepiernas, oprimiendo con el puño la gruesa silueta, atrapando fascinadamente la mirada del joven de piel canela suave. Se veía inmensa. Manipulando con lentitud, el carcelero abre su pantalón, baja el cierre, mete las manos y saca un güevo blanco rojizo, nervudo, surcado de mucha venas, totalmente hinchado, grueso y largo, una muy buena pieza de joder. Eddy lo recorre con la mirada, se veía tan grande que seguramente le dolería cuando… lucha contra la sola idea, pero Jim le adivina y sonríe.

   -No temas, se siente bien, en un coño de puta, quiero decir. –le informa, sobándoselo con el puño.- Una vez que un dizque hombre lo ha tenido metido hasta los pelos en sus entrañas, nace otra vez. Ya sin culo, tan sólo con un coño hambriento de más. –lo acerca a esos pliegues negros, rozándole la raja de arriba abajo, Eddy notando los estremecimientos del otro.

   Por un segundo los ojos de los marines cautivos se cruzan, y Griffin cierra los suyos, desviando el rostro, como avergonzado, las mandíbulas fuertemente apretadas. Los ojos de Eddy caen, hacia la rojiza cabeza que se frota sobre la entrada, mojándola un poco; el intenso contraste entre el güevo blanco y las nalgas y culo negro es obscenamente erótico. La punta choca de los hinchados labios, Eddy no puede ni imaginar que un culo masculino pueda tenerlos así, y estos se abren como una flor, no sólo aceptando aquella barra, sino atrapándola, halándola. Deseándola. Oye a Griffin gruñir de rabia e impotencia, le ve tensarse salvajemente, pero con su culo abriéndose. Clavándole los ojos al latino, con burla y control, el glande rojizo de Jim se frota más, y empuja, esos pliegues se abren, y se mete, tan sólo la cabecita. A Eddy se le erizan todos los pelos del cuerpo cuando nota la tensión de Griffin, que arquea la espalda, oye su gemido contenido, ve su culo echado hacia adelante, casi imperceptible, pero real. Jim ríe.

   -Le gustan, no sé qué tienen los güevos blancos, pero no hay negro que se les resista… O latino. –informa, cruel.

   Eddy desea matarle, en verdad, sus ojos concentran todo su odio y resistencia, y casi le grita al otro que aguante, que no se rinda, pero sus palabras salen ahogadas por la bola entre sus dientes, sujeta por una correa a la parte posterior de su cabeza. El güevo va clavándose poco a poco, centímetro a centímetro de pieza nervuda y llena de sangre, seguramente caliente y pulsante contra las paredes del recto del otro, piensa de una manera perversa que le enferma a él mismo. Y mientras el tolete va clavándose, Griffin arquea más y más su espalda, como imposibilitado de acomodar o soportar toda la estimulación que está recibiendo.

   Tiene medio güevo metido, blanco rojizo, dentro de sus negra entrada, llenándole las paredes del recto, quemándole. La pieza sale dos o tres centímetros, gruesa, halando esos pliegues, y a Eddy le parece que Griffin, inconscientemente, tensa sus nalgas para retenerlo. La risa de Jim Preston se lo confirma.

   -Debiste verlo. Gritó y pataleó, me escupía que era un macho al que nadie le haría esto. –le cuenta, suave, casi íntimo, sus ojos claros sobre los marrones dorados del latino.- Y ahora míralo, tenso, ansioso, devorado por la necesidad de sentiré mi güevo llenándole su coño negro y mojado. Le costó entender que ya no era nada, ni hombre ni marine, que tan sólo era mi juguete, una pieza vacía a ser llenada por mí para que sirva a los hombres de verdad. Cuando penetré la primera vez su culo, todavía lo era, fue para él menos intenso que cuando entré a su mente, borrándole toda idea preconcebida sobre su masculinidad. Le hice ver lo que era, y aunque todavía se resiste, cosa que dura hasta que ve mi verga, entonces el coño le late y se le moja, va camino a convertirse en un muy sumiso y complaciente esclavo. –saca un poco más de su güevo, casi hasta el glande, y un gemido casi de frustración escapa de los gruesos labios negros, unos que luego dejan salir otro chillido, pero este diferente, uno que eriza a Eddy, cuando el güevo se clava todo, brusco y rudo, de un golpe, algo que debía ser doloroso por lo largo y grueso. Luego sale y entra otra vez en un violento mete y saca que obliga a Griffin a gemir más, tensando todo su cuerpo, estremeciéndose de placer mientras aquel hombre blanco que tanto le desprecia hace uso de su culo para satisfacer su hombría.- Todavía no lo entiende totalmente claro… -gruñe el joven hombre entre dientes, cogiéndole más y mejor.- …Pero va intuyéndolo; lo que ya te dije, que satisfecho y feliz sólo se sentirá cuando esté montado sobre mi güevo, teniéndolo clavado, sintiéndolo entrar y salir, llenándolo. Está en su naturaleza hacerlo, servirme. Y a ti te pasará lo mismo, cholo bonito, estás destinado a ser mi juguete… Y voy a disfrutarte mucho, mucho, cuando te ate a mi cama.

CONTINÚA…

Julio César.

DE AMOS Y ESCLAVOS… 23

agosto 13, 2015

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 22

BLACK MAN THONG

   Tiene algo que gusta…

……

   Ceñudo, mientras sube, recuerda al atractivo y joven hombre que le saludó, con esa gran sonrisa dirigida a los Valero. Le parecía conocido. No lo ubica, pero le incomoda. ¿Por qué? ¡Joder!, se atraganta, la piel ardiéndole. Era el tipo que le miraba la otra vez desde el edificio contrario. La idea, recordar esa suave sonrisa grata, reconociéndole como el negro que se paseaba en tanga y se tocaba el culo, le hace arder la cara. Le miraba. ¡Y le reconoció! Su respiración se espesa, la piel la tiene de gallina. Y le hormiguea el tolete. Sale, cruza el pasillo y abre la puerta de su apartamento casi a la carrera. En cuanto lo hace, repara en algo metida por bajo de esta. Se agacha y lo recoge. Es un sobre manila tamaño carta, con algo blando adentro. Mira sobre su hombro, al pasillo, nada. Cierra la puerta y abre el sobre, encuentra una hoja de papel con un numero y la palabra “Llámame”, y una tanga tipo hilo dental atigrada. Una cosa pequeña, pecaminosa y putona. La cara le arde más, la mano le tiembla un poco. Ese carajo le estaba regalando eso, una tanga hilo dental. ¡Porque tuvo que ser ese carajo! La alza, pulgares por las tiras que van sobre las caderas, ve la pequeña franja triangular delantera, y la tira que baja por detrás, donde se perderían entre un par de nalgas redondas, firmes y musculosas como las suyas. Traga saliva con la garganta seca.

   La deja sobre la mesita, se quita la ajustada y corta franela, los zapatos y pantalón, que de ajustado le baja un poco la pequeña y ajustada prenda interior. Sale de ella con movimientos bruscos. Desnudo, tiembla más al tomarla, tan suave y etérea, casi como si no fuera nada. Con esfuerzo mete sus piernas musculosas dentro de la prenda, que sube totalmente enrollada contra su piel, una sensación a disfrutar tan prohibida como sucia y caliente. Una vez sobre su pelvis, mete la mano y acomoda sus bolas y verga dentro del pequeño triángulo. Le cuesta porque ya está todo morcillón. La acomoda sobre sus caderas. La centra, atrás, esa tirita que baja por su culo. Respira más pesadamente. Toma el papel y marca el número. Timbra una vez y se agita, timbra dos y siente resquemores. A la tercera casi está decidido a cortar cuando una voz varonil, joven y animosa le llega, provocándole un escalofrío en la columna.

   -¿La tienes puesta? –la pregunta le llega directa, firme. Su garganta se cierra.- Responde, sé que eres tú, papá.

   -La tengo puesta. –admite.

   -¿Y cómo te queda? Imagino que increíblemente, tienes cuerpo para lucirla. Hace poco me costó mucho no darte una palmada en ese trasero tan firme. –oye y le marea.

   -Me queda bien. –grazna.

   -¿Y por detrás? ¿Te aprieta sabrosito sobre el culo? ¿Te gusta cómo se siente contra tu ojete? –ahora el tono es mórbido.

   -Si… -jadea.

   -Dios, cómo quisiera vértela puesta. Debe verse increíblemente. –le oye, una voz varonil que le hace palpitar el corazón más rápido.- Abre las cortina de tu balcón. Quiero verte usando ese hilo dental, papi. Anda, enséñamela. Muéstrame lo sexy que te sientes y te ves. Dame un show, mira que estás buenote. Muéstrame… -pide, sugiere y ordena.

   -No lo sé… -jadea casi como una súplica, ardiendo en ganas de hacerlo, mirando hacia el balcón de cortinas corridas.- Pero podría haber más gente mirando…

   -Mejor, ¿no? Más ojos codiciosos recorriendo tu cuerpo, todos soñando con tocar, meter dedos… ¿no te calienta eso? Yo sobándomela, tú posando otros sobándoselas también. –la voz ronca, sensual, le tiene tan mal como la imagen. Y mientras todavía oye la respiración pesada de ese tipo, va hacia la cortina, la verga abultando de manera escandalosa bajo la escasa tela de la mini tanga.

   Si, quiere que le vean. Todos. Que mil ojos lo recorran, su torso, sus tetillas, sus caderas… su culo. Eso es lo que le gusta, admite al fin. Y lo buscará.

   Con mano temblorosa descorre la cortina, mirando hacia la calle, encendiendo las luces. Expuesto. Jadeando. El teléfono en su oído.

   -Mierda, pero qué rico te ves. –oye la voz cargada de admiración y morbo.- Tan grande, tan fuerte y masculino… con tu tanguita sabrosita. –cada frase le eriza y levanta su tolete un poco más, halando la tela hacia adelante y abajo.

   Le estaba mirando, Gregory puede ver su silueta en el oscuro balcón del edificio de en frente… con binoculares. No los detalla, pero lo sabe.

   -¿Te gusta verme? –pregunta, sintiéndose travieso.

   -Burda. –es la respuesta ronca y baja.- Me la tienes bien dura, marico; me babea y me pulsa en la mano. –y ronronea, seguramente acariciándose.

   -¿Te masturbas? –traga en seco, recorrido por tibias oleadas de lujuria, sabiendo que lo tiene así. Se pasea por el balcón, de un lado a otro, alejado de la baranda para que vea sus caderas y el deformado triangulo de tela amarilla atigrada que le contiene a duras penas el güevo.

   -Tengo la mano metida dentro de mi bermudas. Mi mujer duerme en el otro cuarto. –le informa.- No debería arriesgarme así, pero es que verte…

   Lo tengo loquito de ganas, por mi cuerpo, es lo que piensa esponjándose de lujuria el joven hombre negro. Luego se congela, súbitamente alarmado. Nota un movimiento un poco más allá de su amigo mirón, en otro balcón, uno que tiene la luz encendida, donde un chico no mayor de dieciocho años miró en su dirección y pareció sorprenderse, congelándose. Pareció alarmado, luego desconcertado.

   -Un chico me mira. –jadea contra el teléfono, sintiéndose a punto de caramelo, su verga subiendo más y más, consciente de que la breve tela resiste valiente, y que los ojos de chico, tras sus redondos lentes, lo nota.

   -Acaricia uno de tus pezones. –oye la sugerencia, una que le provoca escalofríos.

   Pero obedece, se lleva la mano libre, la derecha, al torso; las puntas de sus dedos frotan la tetilla izquierda, que no se erecta porque lleva rato así, llena, abultante, desafiante. Se la frota de frente con el índice, sorprendiéndose de lo increíblemente intensa que es la sensación que lo recorre en esos momentos. Finalmente, con índice y pulgar lo rodea, aprieta y rota. Traga con esfuerzo al ver al chico mirarle fijamente, con la boca abierta, aunque le desconcierta, y deprime un poco, cuando le ve entrar en su apartamento. Dejando de mirarle. Pero un gemido escapa de sus labios gruesos cuando la luz del balcón se apaga y el chico regresa. A mirarle. A él. Seguramente caliente y excitado con su cuerpo.

   -Mierda, me tienes mal, marico. –oye esa voz cargada de lujuria en su oído.- Cómo me gustaría clavarte los dientes en ese pezón, pasarle la lengua, chupar como chivito. Te haría gritar, marico. Te pondría a llorar de puro gusto. Muchos hombres, en esos balcones, te mirarían derritiéndote como un puto ante las atenciones de un macho.

   La imagen mental, saber que esos dos le miran, le tienen mal. Va a decir algo, como que no se dejaría chupar así, o algo por el estilo que le aclarara al otro que, bueno, si, se exhibía en tanga pero que era un machito, cuando nota que en un tercer balcón, dos tipos jóvenes, veinteañeros, con cigarros en las manos y un vaso de caña en la otra, se asoman riendo. Seguramente estaban en una reunión y salían a fumar o por aire fresco. Siente miedo, más cuando uno de ellos le mira, se ahoga con el humo del cigarro y casi a gritos les señala. Los dos clavan las miradas en él, riendo, asombrados, sin fumar o beber, comentando algo entre ellos. Y era fácil imaginar lo que decían.

   -Hay otros dos. Me mira mucha gente… -gime, cohibido y excitado.

   -¿Se marcharon en cuanto te vieron?

   -No… -y era cierto, le miraban, lo sabe aunque apartó los ojos de ellos.

   -Llévate un dedo a la boca. Chúpalo un poco y veremos qué hacen. –le sugiere.

   -¿Qué…? –se desconcierta totalmente, aunque imagina la posible reacción de los otros, y sabe que esa es la razón de esa vaina caliente y embriagante que le envuelve.

   -Mámate un dedo… -esa voz suena acariciante, sugestiva, cargada con un erotismo que casi lastimaba.

   Temblando ante aquello que le parecía demasiado… humillante, pero a un tiempo sensual, sin mirar a nadie en los otros balcones, el hombre echa su corpachón hacia atrás, pegándolo del cristal de la puerta, su ancho y musculoso torso de grandes pectorales subiendo y bajando con esfuerzo cuando respira, su tolete alzado y todavía medio cubierto con la tanga atigrada, y se lleva un dedo incierto a la boca. Los gruesos labios se entreabren y lo va metiendo, poco a poco; con disimulo mira hacia el otro edificio, sabiendo que hay cuatro pares de ojos clavados en él, incluidos esos dos tipos que han dejado de hablar, reír, fumar o beber, y que sólo le mira. Gregory cierra los ojos y traga aún más de ese dedo.

   -Debes cerrar tus mejillas sobre él, fruncir los labios, que se vea que mueves la lengua… -oye a ese tipo por el teléfono, y le obedece, y se eriza al hacerlo, también al escucharle gemir.- Si, así, lámelo y chúpalo, sácalo y mételo…

   Totalmente caliente, la piel de gallina recubriéndole, lo hace. Saca y mete ese dedo de su boca, chupándolo evidentemente; abriendo los gruesos labios y sacando la lengua, llevado por la ociosidad típica de los hombres, lo lame del puño a la punta.

   -Joder, cómo me gustaría estar ahí… -la voz regresa.- Tengo la mano casi totalmente mojada con mis jugos espesos y olorosos; me chorrean entre los dedos. Me encantaría llevar a tu boca uno de ellos, empapado, y rozarte los labios, untándotelos. Y enterrarlo. Mi dedo en tu boca… esos tipos mirándote hacerlo. –a Gregory el corazón le late con una fuerza increíble; su güevo casi fuera del hilo dental que le aprisiona terriblemente, mana muchos jugos que mojan la prenda.- Me gustaría llenarte la lengua con mi sabor. Mierda, amigo, no te ofendas, pero quisiera verte de rodillas con esa tanga totalmente metida entre tus nalgas abiertas, y esos labios gruesos rodeándome el güevo, lo tengo gordito y largo, tan caliente ahora que no está ni blanco, sino rojo, y enterrarlo entre ellos. Tú chupándomelo, gimiendo de gusto, todo goloso, y todos esos carajos deseando estar en mi lugar y ser ellos quienes te alimenten.

   -No soy gay… -gimotea Gregory, mareado por la escena que visualiza.

   -Lo sé, pana, no digo que lo seas, pero sigue mamándote ese dedo; déjame imaginar que es mi güevo llenándote la boca, el primero que saboreas en tu vida. El primero que gozas así.

   Jadeando con fuerza, Gregory lo hace, ojos casi nublados, viendo que los dos tipos en el otro balcón le enfocan con sus teléfonos móviles, filmándole, y que uno de ellos parece llamar a alguien, y que un tercer sujeto sale, habla con ellos, grita y se queda mirando también. O que el chico, en lo oscuro, su mano agitándose bajo la baranda, llama a alguien por teléfono, y en el mismo edificio, un poco más arriba, otro muchacho, muy joven, teléfono en mano, se asoma, le mira y se queda paralizado.

   -Me miran… mucha gente me mira… -casi ronronea, sobre el dedo ensalivado, al punto del clímax, sin tocarse ni nada, la verga deformando la tanga atigrada, muy mojada, los pelos púbicos muy visibles.

   -Danos más, por favor. –le pide con fuerza, voz totalmente estrangulada. Y Gregory imagina que se masturba con ganas.

   -¿Qué hago? –jadea casi vencido por su propia calentura, notando que el balcón donde se asomó el segundo chico también queda a oscuras, aunque ve el flash de la cámara del celular mientras este, seguramente, se toca.

   -Bien, te giraré, muchachote rico. –le oye.- Da media vuelta, de cara al cristal, y muéstranos tu culo glorioso. –indica.

   Temblando, pero armándose de valor, lo hace; porque en verdad, y no puede mentirse en eso, quiere hacerlo, desea que todos esos carajos vean sus nalgas, el hilo dental. Su culo. No era gay pero… Vuelve un poco el rostro, mirando sobre su hombro, mostrando la ancha y joven espalda de músculos lisos agitándose bajo la piel, la cintura estrecha rodeada por la tirita amarilla atigrada, sus nalgas redondas, plenas, lustrosas tragándose ese hilo. No sabe si lo imagina, pero le parece que todos esos sujetos se paralizan, se tensan, se echan un poco más hacia adelante para observar mejor. Para mirarle. Eso le hace cerrar los ojos embriagado de placer y poder.

   -Échalo hacia atrás, por favor. Déjanos ver. –la voz le llega cargada de ansiedad.

   Tragando en seco, sonriendo mórbido, totalmente perdido en su propia lujuria, lo hace. Pega un lado de su cara del cristal de la puerta, reflejándose en ella al estar la cortina del otro lado sirviéndole como de espejo, y alza sus nalgas separando las piernas. Sonríe porque, forzando la vista, le parece que los tres sujetos aquellos en el balcón que ahora eran cuatro, cuatro tíos mirándole desde un mismo punto, parecen estatuas. Les imagina con los ojos muy abiertos, respiraciones pesadas, vergas duras bajo sus ropas. Los cuatro compartiendo aquella extraña escena, aquel raro momento. Los cuatro juntos, excitados mirando a otro carajo. Y no le cuesta imaginar lo que miran todos ellos. Sobre sus caderas, casi perdidas, las tiritas del hilo dental son de un amarillo manchado de tigre, pero al unirse en medio de su espalda baja, formando un pequeño triangulo invertido, es de un amarillo intenso, unicolor, como la tirita que baja y se mete entre sus redondas y oscuras nalgas abiertas, cubriéndole el culo, con la bolsa más abajo atrapándole las bolas y el güevo tieso, que cuelga.

   -Mierda… -oye a ese sujeto graznar, con un tono que le eriza la piel. Gregory tan sólo puede imaginar lo caliente que el otro está, lo duro y ansioso de acción que debía tener el güevo, uno que sobaría y  apretaría mirándole.

   Dios, jadea para sí, tragando otra vez, parpadeando extrañado. La tirita sobre su culo parece presionar un poco más, de una manera estimulante, excitante. Irritándole, de alguna manera, su entrada secreta de macho heterosexual como era, a pesar de las sobadas que otros sujetos le han dado, los güevos que ha visto o tocado, o de aquellos tipos que ahora lo miran y le tienen caliente.

   -Por favor, tócate… -oye el pedido ansioso, casi un ruego infantil.- Déjame verte acariciándote, muéstrame cómo te tocas con tus dedos. Enséñanos a todos quienes estamos delirando de calenturas mirándote.

   No, eso era como demasiado, gritaba alarmada la mente de Gregory Landaeta, pero intoxicada, nadando en hormonas, no puede contenerse. Su mano derecha, grande, fuerte, masculina y negra cae sobre su nalga del mismo lado, los dedos abiertos, muy consciente de que todos están ahora absortos, las manos soltando momentáneamente lo que agarraban en sus entrepiernas, todos aferrándose a las barandas esperando por lo que hará. Y era demasiado para poder resistirlo; cerrando los ojos rueda la mano sobre su propia nalga, la punta de sus dedos rozando la tirita sobre su raja.

   -Vamos, muchachote rico, juega contigo. –le rugía esa voz al teléfono, una que ya no podía desoír.

   Eleva un poco el rostro, gimiendo y temblando contenido cuando su propio dedo toca, como si de un botoncito se tratara, su culo sobre la tira del hilo… debatiéndose nuevamente, en ese momento, entre hacerlo o no, pero sin poder apartar el dedo.

   -Vamos, ¡hazlo, coño! –le llega un grito lejano, uno que es coreado por otras voces desde un balcón contrario al suyo. Esos cuatro tipos.

   Dios, no debía hacerlo, no podía, no estaba bien. Era un hombre heterosexual, no era gay… Todo eso lo piensa mareado, empujando hacia adentro su dedo, apartando la tirita, abriendo la entrada, medio penetrando. Gimiendo cuando lo siente… sabiendo que ya no podría detenerse.

   -Oh, sí, métetelo, marico; hazlo por mí, metete el dedo… -oye esa voz en su oído, lujuriosa; una que desea obedecer.

……

   Jadeando en cuatro patas en una esquina de la habitación, sobre rodillas y codos, el pecho casi contra el suelo, Roberto Garantón intenta recuperar el control, su bóxer todavía bajo, ocultando sus bolas pero no su culo; uno del que mana lentamente el semen de tres hombres blancos que han hecho uso de él, llenándole con sus güevos tiesos y pulsantes que estimularon de una manera vergonzosa cada terminación nerviosa de las paredes de su recto, y que golpearon y masajearon con intensión su próstata. Ojos cerrados, rostro sobre la alfombra, en una posición totalmente sumisa y humillante, el apuesto hombre negro puede sentirla, espesa, fría, la abundante esperma de esos hombres chorreando de su culo, mojándole el bóxer y los muslos, mientras sobre su lengua todavía siente el sabor de los tres güevos mamados, avergonzándole lo mucho que chupó, succionó y sorbió. Casi con hambre.

   Saboreando aún ahora los espermatozoides depositados ahí por su amo. Y pensarlo así, su amo, le estremece. Traga otra vez, el collar presionándose contra su manzana de Adán. ¿Lo más significativo?, las dos corridas que tuvo, sin tocarse ni una vez, empapando el bóxer que lleva. Todo él huele a semen, a machos lujuriosos vertiéndose en puro sexo del duro y rudo.

   No quiere pensarlo, analizarse, no quiere buscarle explicación al por qué le había excitado tanto dejarles usarlo, el por qué le había gustado tanto sentirse ensartado en esos güevos blancos. Cómo los apretó, los haló y chupó con sus entrañas. Y su amo… pensar en la verga de Hank le hace temblar, su culo titila salvajemente, manando más semen. Recordarle sonriente mientras se posicionaba a sus espaldas, quemándole la entrada al acercar la cabeza de su hermoso miembro, una que fue hundiendo en su muy dilatado agujero, que se abrió para permitirle entrar, chorreando esperma de dos de sus amigos, le hacía desearle otra vez. Qué cogida le dio. Debe luchar para no sonreír, para no suspirar ante el recuerdo de las poderosas embestidas de aquel joven y guapo catire de güevo casi rojizo de sangre y ganas, dadas en el culo de su negro; el cómo el grueso tolete llenaba, casi forzado, sus entrañas, dándole donde era, mientras le nalgueaba y le decía que su coño había nacido para alojar güevos enormes.

   -Mierda, Hank, míralo. El culo le tiembla. –escucha tras sus parpados cerrados la voz y risa de rata de Toño, quien se vestía.

   -No te burles, el pobre negro ha vivido toda su vida hambriento de güevos blancos, ahora que los conoce se arroja sobre ellos como niño engolosinado. –oye a su amo, una voz serena, arrogante, burlona.- Tuvo suerte, se encontró conmigo y le mostré el camino a su completa satisfacción sexual.

   -Yo creo que sólo es un puto. –tercia Max, ganándose una carcajada de Toño.- Con un culo como ese… perdón, con un coño como ese causaría sensación en la fiesta de Macaria. Llévalo, para que todos vean tu nuevo juguete, a ese negro grandote que se muere por una verga.

   Esas palabras horriblemente degradantes y humillantes le hacían temblar, pero no podía engañarse, no sabía si era rabia o excitación. ¿Ahora resultaba que le gustaba que le trataran como a una cosa que se usaba y se dejaba?, no lo sabe. Sólo está consciente de lo mucho que ha cambiado todo desde hace pocas semanas. Conocer al chico odioso fue caer de rodillas entre su regazo, y esa noche, a un tiempo, dos tipos le habían llenado de güevos, y más tarde de semen, sus dos agujeros, su culo y su boca. Y le gusto, amó esas cogidas a pesar de lo repulsivo de los sujetos. Pero no se sintió tan bien, tan maravillosamente increíble como cuando Hank, su amo, había llenado su coño nuevo con esa hermosa pieza de semental. Le gustó, si, pero de eso a dejarle exhibirle por ahí…

   -Buena idea. Creo que le llevaré. –se muerde los labios para no gemir cuando le escucha decir.

……

   Incapaz de dormir, de regresar a su casa donde le esperaba su mujer, Yamal Cova, después de las cosas que había hecho con aquel chiquillo en el bar, se llega a la sede de la línea de taxis. Tal vez si trabajaba un poco en el motor del carro se distrajera lo suficiente como para dejar de pensar y de sentirse sucio y culpable. La verdad es que necesita tiempo para estar a solas y dedicarse a todas esas cavilaciones y golpes de pecho a las que se lanzaba cada vez que se corría y se alejaba de los tíos a quienes “atendía”. ¿Estaría obsesionado con el sexo? Es posible, quería portarse bien, resistirse a ese deseo antinatural de estar con hombres, pero cuando llegaba el momento y uno se ponía a tiro de pichón…

   Y no lo entiende. A él siempre le han gustado las mujeres, llevaba dos años con Marta, incluso estaba pensando en legalizar el concubinato. Por eso, cuando aquella increíblemente hermosa mujer, Marjorie Castro, toda llorosa y vulnerable entró a su taxi, le cayó encima. Jamás esperó verse atrapado en toda esa pesadilla de testosteronas.

   Se llega hasta el depósito, que también les sirve de taller y se congela, hay alguien más trabajando, con rostro serio, gesto grave, con una mancha de aceite cruzando su frente, una marca de dedos engrasados sobre la camiseta blanca algo ajustada, Quintín Requena. Al mirarse, los dos hombres se congelan terriblemente incómodos.

   Mierda, piensa Yamal, tenía que encontrarse justamente con un tipo al que conoce, que es compañero de trabajo, amigo de parrandas, y a quien en un momento de calenturas se cogió. El otro se veía atormentado, y no era para menos, se dice con culpa. Era un hombre al que otro le había obligado a mamar y luego le había robado la virginidad de su culo. Ahora, Yamal, se siente aún peor. Avergonzado. Nunca debió hacerle esto, todo ese daño terrible.

   -Quintín, pana… -comienza, ronco, su disculpa, doliéndole un tanto verle bajar la mirada, tenso, hombros rígidos.- Oye, amigo, lo siento mucho, no sé qué se apoderó de mí; nunca debí… -se congela cuando el chico del oriente del país alza los ojos, torturados, dolidos.

    -Yamal…

   -Amigo, no hay que ponerse así, nadie lo sabe. A nadie se lo contaré. Nadie tiene por qué saberlo nunca. Siento lo que hice, pero podemos hacer como si… -calla cuando el otro, oprimiendo los labios y cerrando los puños, se le acercó, resuelto, decidido.

   -No entiendes, Yamal, no te imaginas lo que me hiciste… Quiero que me la metas otra vez por el culo, por favor…

CONTINÚA…

Julio César.

NOTA: La palabra “marico”, que tanto dice el sujeto que habla con Gregory, es usada como el modismo horrible que existió hasta hace poco entre los muchachos, que de diez palabras que decían, tres eran “marico”. Y cuando lo usaban las muchachas era peor.

SIGUE EL DILEMA… 2

agosto 6, 2015

SIGUE EL DILEMA

   Basado en caracteres creados por capricornio1967

SEXY BEAR

   El oso quiere su miel…

……

   Por un segundo, mirando del cruel hombre a la pantalla de televisión donde el bucle de su humillación sigue reproduciéndose, parece que Luis va a ceder. A aceptar el infame pacto de ese sujeto. Pero no puede, a pesar de todo lo que le ha ocurrido, de lo roto que se siente, es un hombre. Además, no se podía confiar en Franco, eso ya lo sabía.

   -No lo haré.

   -Creo que no entiendes…

   -¡No lo hare! –es tajante.- Haz tu jugada, ya veré qué hago yo. –responde con firmeza, mirando la horrible escena una y otra vez. ¿Sobreviviría a esa vergüenza? No piensa en su vida ordinaria, al trato y relación con otros. Pensaba literalmente en eso, en su vida. ¿No le mataría ver el horror y el asco en la cara de Adriana? ¿No le destruiría ver el desprecio en los ojos de su hijo Daniel? Y aún así, no cederá. No se convertirá en el juguete de ese depravado sujeto.

   Por ser un hombre decente, acostumbrado a moverse en el lado iluminado de la vida, le falta malicia. Por ello descuidó a ese peligroso tipo mientras se negaba. Dejándole llegar a sus espaldas, tras el mueble. Cuando el brazo de este descendió, atrapándole el cuello, alzándole y apretando, el puño de su otra mano apoyado contra su cuello, bloqueándole la carótida, fue tomado por sorpresa. Lanzando un ahogado alarido, Luis intentó ponerse de pie, casi lográndolo, volteando la mesita, pero sin liberarse. No podía porque Franco, además de natación, sabe algo de lucha. Porque le gusta controlar y dominar, eso significa que debe saber reducir a un hombre, o un chico, simplemente con sus manos.

   -Suél…ta…me… -gruñe Luis, quien al fallar al intentar alcanzarle con las manos, clava los dedos en el fornido y velludo brazo que le retiene como hace poco, pero esta vez con más intensión.

   -Eso es, cabrón, lucha. –le oye gruñir bajo, burlón.- Demuéstrame lo que tienes… para que cuando falles veas que no eres nada. No eres un hombre, Luis, naciste para juguete de machos como yo.

   -Nooooo… -el rostro se congestiona, las venas se hinchan. Furioso y frustrado, lucha ferozmente contra el deseo de ceder. La oscuridad se extiende más allá de la mesita volcada. Y todavía se revuelve más.

   -Si, lucha con todo. Así será más rico vencerte y dominarte. –le dice Franco, notando como va perdiendo fuerzas. Eso le hace alzar un tanto el rostro, sonriendo torvo. Eso le gustaba.- Ya, puto, déjate llevar. Estás en brazos de tu dueño.

   Desmadejado, Luis cede. El hombre le suelta y cae sobre el mueble. Mirándole, Franco respira por la boca, su ancho pecho subiendo y bajando. Excitado. Es lo que deseaba, que Luis se negara. Que luchara y se resistiera. Así era mejor para él. Para obligarle y humillarle; así, cuando le sometiera y le poseyera sería aún más insoportable para el otro. Saber que luchó, que le enfrentó y que de todas maneras perdió le afectaría, imprimiendo en fuego en su mente que era inferior a él. Sonriendo rodea el mueble y le cuesta un mundo medio alzarle lo suficiente para montarle en su hombro.

   -Cómo pesas, hijo de puta. –le reprende, dirigiéndose al dormitorio, arrojándole sobre la cama.

   Era mejor que estuviera así, para lo que le haría. Sonríe de manera totalmente sádica al abrir la gaveta de una de sus mesitas de noche; sacando un frasco y un pañuelo, lo impregna con ese líquido claro, asegurándose de mantener lejos su propio rostro y lo lleva a la cara del caído Luis. Este se medio revuelve en la cama, un gimoteo escapa de sus labios, pero sonriendo cruel, Franco no aparta la mano hasta que le ve totalmente caído. Eso le daría tiempo.

   Procede a desvestirle, sintiéndose totalmente caliente mientras lo hace, tocándole los pezones. Echándole de panza procede a retirar el bóxer largo y holgado. Lo baja, lentamente, disfrutando de ver aparecer esas nalgas velludas. Arroja el calzoncillo lejos y alargando las rudas manos recorre esos muslos llenos, desde las rodillas, subiendo, recreándose en la musculatura del otro hombre, un ex atleta que todavía se mantenía en forma, hasta que cae sobre sus nalgas.

   -Ah, las tienes duritas, cabrón. Te mantienes bien. Seguro que a cierto nivel sabías que un día llegarías y me pertenecerías, jejejejeje… -los dedos se gozan en recorrerlas, en enterrar los dedos; los pulgares exponen un poco la raja entre ellas y mira el culo cerrado del hombre, uno que ya ha probado, uno que ha poseído, que ha abrazado, chupado y halado su verga. Una que le palpita salvajemente bajo las roas. Las ganas de sacársela, montársele y metérsela, cabalgarlo como a una yegua mientras yace inconsciente son intensas, pero debía hacerlo bien.

   Durante los siguientes minutos, largos minutos, de una manera experta y profesional, Franco depila cada centímetro cuadrado de la piel de Luis, del cuello hacia abajo, abarcando también sus hombros aunque no sus brazos. Dedos de los pies, piernas, axilas, baja espalda, bolas y verga son depilados a conciencia. Le mira recreándose en su obra. El macho desnudo y depilado, indefenso, era una visión increíble, tanto que debió sacarse la verga, dura, amoratada, mojada, y recorrer con su punta esas nalgas calientes y lisitas. Mojándole, azotándole fuertemente con ella sobre uno de los glúteos. Mirada vidriosa de insanos deseos cuando se le encima más, recorre la separación entre las nalgas, deseando meterla. Aunque fuera la puntica. Pero no puede. Todavía no. Temblando y casi frustrado se guarda el miembro. Untando un poco más el pañuelo con aquel cloroformo, le aplica otra dosis. Luego le ata las muñecas a las espaldas, con cuerda que alcanzan para rodearle los antebrazos e inmovilizarle más.

   Abre nuevamente la gaveta y saca lo que necesita. Sabe que le llevará algo más de tiempo y lo mejor era ponerse en ello.

……

   Es increíble cómo todo puede perder sentido, se dice Daniel Saldívar al llegar a las instalaciones donde practica natación desde hace años, y recibe los aplausos de buena parte de sus compañeros de equipo y de otros que también usan las piletas, así como de algunos instructores y conocidos. Sonríe con cierta tensión, viéndose obligado a mostrar la medalla de oro olímpica. Recibiendo felicitaciones, escuchando lo mucho que lo merecía. ¡Qué lo había logrado!, eso, dicho por gente que sonreía con los ojos muy abiertos, voces vibrantes, debía hacerle reír. Si, ganó el oro, el mundo se abría ante sus ojos. Pero a qué precio. Franco le había robado una parte importante de su vida, de su ser. Ni siquiera las enormes sonrisas, provocativas y prometedoras de momentos excitantes, de las chicas que encontró, lograron mitigar su aflicción. En otro instante de su vida habría estado duro ya, imaginando a todas con quienes se acostaría. Ahora…

   -Veo que ganaste. No me extraña, el entrenador se dedicó mucho a ti. –fue lo primero que le inquietó, las palabras cargadas de envidia de Claudio, uno de los chicos que ayudó a Nora, aquella noche, a tenderle la trampa creyendo que le expulsarían del equipo.

   -Me la gané yo. –respondió seco, firme. No le debía nada a ese cerdo, como no fuera no sacarle del equipo, y bastante que le costó.

   -Eres su favorito, era lógico que se entregara para que ganaras. –tercia Rubén, el otro de los conspiradores.- Siempre andabas tras él. –acusa resentido.

   A Daniel comienza a dolerle la cabeza, no tenía ánimos para eso. Además, todo se le confundía, inquietándole, ¿de qué hablaban? ¿Sabrían algo de lo que tuvo que hacer?, se pregunta enrojeciendo feo, molestándose. Pero no lo cree, ya lo estarían contando.

   -No soy tú, Rubén. –le replica, feo.

   -Si tú lo dices… -Claudio interviene, con cierta sonrisa.- Aunque he oído, por ahí, que eres del tipo que le gusta al coach… para entrenarle… -insinúa a dos bandas. Y Daniel siente deseos de golpearle.

   -¿Por qué no dejan de joder? Vayan a la piscina y entrenen para ver si ganan algo sin tener que envidiárselo a otros. –interviene una voz firme, y el primer desconcertado es Daniel. Cuando su mirada se encuentra con la de Román Mendoza, que es quien habló, se turba.

   -¿Por qué no te metes tú en tus asuntos? –replica Rubén, molesto, despechado. Furioso.

   -Porque te he visto lavar la camioneta del entrenador, y eso no es parte del programa, ¿verdad? A menos que tengas algún arreglo aparte. –le sonríe, peligroso, viéndole enrojecer.

   -Hijo de puta. –replica este y se aleja, tenso.

   Daniel se pregunta si algún otro, dentro del equipo, habría sufrido las atenciones de Franco. Se vuelve hacia Román, quien le mira algo ceñudo.

   -Gracias, a veces se ponen…

   -Te felicito. –le corta este, tendiéndole la mano, dándole un firme apretón.- Te lo ganaste a pulso, Saldívar. Y te admiro por eso. –y esas palabras erizan a Daniel. ¿Sabría algo? Aparta su mano como si hubiera recibido un corrientazo.

   -Gracias. –repite con un graznido, bajando la mirada. Sintiéndose mal. En ese, un día que debería ser inmensamente feliz, cuando regresa al instituto donde ha practicado toda su vida y lo hace como un triunfador olímpico.

   -Todo pasa, Saldívar. Hasta la adolescencia. –parece que Román va a decir algo más, pero acomoda la toalla sobre su cuello y se aleja, rumbo a las albercas.

   Daniel le sigue con la mirada. ¿Qué sabría de cierto? ¿Acaso…? Nunca ha estado muy cerca de aquel chico de cabello corto, liso, castaño, de buen cuerpo que…

   Niega con la cabeza. Tal vez fue una mala idea llegarse hasta allí.

……

   Satisfecho con su trabajo, Franco sonríe, apartando el pote de antiséptico. Monta una rodilla sobre la cama y se tiende sobre el desnudo, atado y totalmente rasurado Luis, a quien cachetea no muy suavemente.

   -Vamos, despierta, ya has dormido bastante. –le ve revolverse, luchando contra los efectos del cloroformo. Sigue dándole en la mejilla hasta que este entre abre los ojos, nublados, aturdidos, recorriéndolo todo con la mirada, no recordando dónde estaba o… Sonríe al verle tensarse, buscándole, encontrándole y respirando con dificultad, notando que tiene las manos atadas atrás.

   -¿Qué haces, hijo de puta? ¡Suéltame! –intenta rodar sobre la cama, sentarse y ponerse de pie, un empujón de Franco le derriba de espalda, lastimándole los brazos.- ¡Ahhh!

   -No quisiste colaborar, así que debí hacerlo a mi manera. Te dije que te quería como mi juguete… por un tiempo; debiste aceptar, someterte y salir de eso, pero no, tenías que dificultarlo. –miente, esperaba que se resistiera y así lo prefería.

   -¿Es que has perdido totalmente la razón? ¡Desátame antes de que llame a la policía!

   -Nop. Ni te desataré ni los llamarás. –casi sonríe, llevando los brazos al pecho.- La policía no se mete en juegos sexuales entre adultos, por depravados, o viejos que los participantes sean.

   -¡No estoy jugando! Yo no.

   -¿Qué? ¿Un adulto que se deja atar y desnudar?

   -¿Por qué haces esto? –la verdad no lo entiende, ¿cómo podía estar tan desequilibrado? ¿No entendía que le despreciaba? No era un objeto, un juguete, era un hombre hecho y derecho. No podía tratarle así.

   -¿Por qué te tengo aquí o por qué te até? Te tengo aquí porque deseo poseerte otra vez. Tu culo, la vez pasada, me brindó un placer increíble. Se ve que está hecho para satisfacer a los hombres.

   -¡No! Eres un sucio enfermo. –le grita, entre dientes, intentando arrojarse hacia adelante. Siendo empujado otra vez hacia atrás. Y lastimado.

   -Y debí amarrarte para… prepararte. No me gustaba todo ese pelo que te cubría, así que…

   Súbitamente alarmado, Luis repara por primera vez en su pecho liso, su pelvis rasurada, sus piernas sin un pelo.

   -¡¿Qué hiciste, maldito enfermo?! –la desesperación y la ira se mezclan en su mente. Dios mío, ¿cómo le ocultaría eso a Adriana? Ella notaría que… Frunce el ceño, al ir pasando el mareo de su cuerpo, nota un dolor en su trasero. Santo cielos, ¿qué le habría hecho ese hombre?- ¿Por qué me duele…? –le mira asustado, no atreviéndose ni a preguntar. Verle abrir un poco más los ojos, y sonreír, le alarma aún más.

   -Oh, qué bueno que preguntas, cabrón; verás, por ser tú, preparé un sorpresa especial. Es hora de que des la vuelta en la cama. –alza sus cejas repetidamente.

   -¿Qué diablos…? –la mente de Luis queda en blanco por un momento, no iba a dejarle. No, no le ofrecería su culo, no otra vez. Le lanzaría una patada si se acercaba y…

   -Jejejejeje… -adivinándole, y con rapidez, se le sube a hojarascas a Luis sobre el abdomen. Este se revuelve e intenta alzar las piernas para golpearle, pero no puede.- Quieto, cabrón, jejejejeje…

   Disfrutando enormemente lo que hace, reteniéndole así contra la cama, viéndole enrojecer por el esfuerzo de quitárselo de encima, desesperado por no poder, Franco vuelve a tomar el bote de cloroformo y el pañuelo, y lo impregna sólo un poco. Alarmado, Luis quiere apartar la cara, lucha moviéndola de un lado a otro, pero el pañuelo, con su olor dulzón, le alcanza. Contiene la respiración, pero un feroz pellizco en una de sus tetillas, acción que le toma por sorpresa, le hace gritar, aspirando. Se marea, lo siente, lucha contra eso, pero no puede. Y el entrenador, sonriendo cruel, aparta el pañuelo, notándole disminuido en sus facultades pero no inconsciente. Le quiere despierto, aunque aletargado, para lo que viene. Le recorre el torso, los costados, centrándose en los pezones.

   -Jejejejeje… qué bien se siente. Pareces un bebé, uno viejo. Debes verte. –Luis le oye reír, le parece que desde lejos, tendiéndose sobre él, hacia la mesita del otro lado de la cama, sobre su cuerpo, obligándole a apartar la cara con repugnancia.- Mira. –del mueble toma un espejo, que refleja hacia el espejo del closet, una imagen. Ladeándole el rostro con una mano, le obliga a mirar.

   Luis siente una rabia intensa, su pubis, su bajo ombligo, sus muslos, todo está rasurado, totalmente pelado. Franco le levanta las bolas para que las vea.

   -¿Quieres ver lo mejor? Es una obra de arte, aunque me esté mal el decirlo, jejejejeje… -se ríe, medio alzando su culo y obligándole a volverse sobre la cama, una posición que aterroriza a Luis porque deja su culo expuesto e indefenso, pero el cloroformo le dejó debilitado. Su rostro es ladeado otra vez, hacia el espejo, y grita con rabia, con tal caudal de adrenalina en esos momentos corriendo por sus venas que casi vence el mareo.

   Sus nalgas están totalmente depiladas, viéndose como más voluminosas. Pero no es eso lo que le afecta, sobre su nalga derecha, muy bien enfocada por el doble reflejo de espejos que le permiten leer correctamente, sobre la parte superior de su glúteo, esa que a veces es visible cuando descuidadamente alguien se agacha o se sienta y el pantalón baja un poco, con letras algo góticas encuentra tatuado: puta caliente quiere vergas.

   -¡Nooooo! ¡Nooooo! ¿Qué hiciste, hijo de puta? –alcanzado por el horror de verse señalado así, algo que no podría jamás explicar o mostrar, mucho menos a su mujer, intenta alzarse, pero una mano de Franco, sobre su espalda, le retiene.- Te voy a matar. ¡Te mataré por esto, hijo de puta! –traga con rabia.

   -Jejejejeje… ¿No te gusta en tinta negra? ¿Lo querías en un tono rosa, puto? Lo hice especialmente para ti. –dejando el espejo toma nuevamente el pañuelo, empapándolo un poco.

   -¡No! Nooohugggg… -le cubre la boca, mareándole otro tanto, robándole aquel impulso conseguido por la furia y desesperación de verse marcado como un animal de su propiedad. Que lo era. El puto aún no lo entendía pero lo haría, lo aceptaría. Que eres su juguete sexual y siempre lo sería. Como su hijo.

   -¿Mejor, puto? –retira el pañuelo, sonriendo al verle los ojos nublados, cargados de enojo, pero más de humillación y derrota. Se le tiende sobre el cuerpo, casi respirándole en el oído, metiéndole una de sus manos grandes por el culo, acariciándole con los dedos allí, unos que queman la piel de Luis.- Me tienes tan caliente llevando esa dedicatoria ahí. –le soba con vicio y deleite entre las nalga, provocando que el otro grite aún más, revolviéndose. Casi se acuesta sobre él, aplastándole, medio ladeado, una mano entre sus nalgas, con la otra reteniéndole la cabeza lateralizada.- Quiero un besito, Luis. Agradéceme la depilada y el tatuaje.

   -¡No! ¡No! –todavía jadea, mareado, furioso, aterrando, mirándole borroso por una esquina de su ojo, enfocándole mejor cuando vuelve la mirada al espejo, horrorizándose. Le ve abriendo los labios bajo su bigote espeso y sacar un poco la lengua, acercándose a su costado, disponiéndose a besarle.- Aléjate de mí, hijo de puta, ¡aléjate de mí! –intenta soltar el agarre sobre su nuca y volver el rostro, pero no puede. Ignorando, aunque la verga del otro palpita con fuerza en esos momentos contra sus nalgas, que eso excita más al otro.

   Disfrutando su horror e impotencia, Franco lame muy lentamente su sien y pómulo, de manera intencionada, ruidosa, desagradable, disfrutando de ver cómo arruga la cara y cierra los ojos, luchando por escapar del agarre y del mareo. Lentamente recorre la piel expuesta, a veces deteniéndose un segundo y medio azotando para luego seguir, finalmente mete la lengua y saborea la piel de su esclavo sexual. Delicioso, piensa vicioso. Con mano firme le obliga a volver un poco más la cara.

   Qué imbécil era, se dice, creyendo que puede evitar que él, su dueño, saboree su boca. Con un bufido fuerte, un chasquido feo de lengua y saliva, para torturarle, pega los labios abiertos de la boca cerrada del otro, frotándole los labios con su lengua. Luis se tensa a pesar de la debilidad, y ruge cuando Franco, como si de un chico se tratara, le cubre las fosas nasales con una pinza, una que no sabe en qué momento tomó de la mesa, dejándole sin oxígeno, justo cuando se medio aparta, sacando esa mano infame de su culo, volviéndole sobre la cama, de espaldas, sobre sus manos atadas, cayéndole otra vez encima, haciéndole gritar de dolor, instante que el cruel sádico aprovecha para cubrirle la boca otra vez con la suya, metiéndole con unos sonidos totalmente obscenos, la lengua.

   Luis lucha, esa boca horrible cubre la suya sin dejar resquicio, dejándole sin aire mientras la reptante lengua toca, lame y saborea de manera procaz para atormentarle, al tiempo que el dolor sobre sus manos y hombros se hace insoportable, por lo hablar de que no puede respirar. Y ahora no está ebrio o drogado.

   Desesperado, de dolor, pero especialmente por la asfixia, lanza su lengua hacia adelante, luchando por sacar la de Franco, para tomar aire. Y las lenguas se encuentran y se atan en una lucha de lamidas y chupadas, para su angustia, mientras le parece escuchar que, aún así como están, el otro ríe. Dominante.

   El beso de Franco es chupado, salivoso, su lengua es como una serpiente enroscándose, recorriéndolo todo. Y sigue asfixiándose.

CONTINÚA…

Julio César.

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 39

agosto 3, 2015

… SERVIR                         … 38

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

SEXY BLACK BOY

   Nuevos juguetes para viejos juegos.

……

   Lamar pasó casi siete meses dándole vueltas al asunto, queriendo encontrar algo más cercano, había escuchado del nuevo matadero pero quedaba prácticamente en el lado opuesto de la ciudad. Sin embargo, como deseaba salir de su casa, mostrar que ya era un adulto, decidió ir por su oportunidad. Tomó varios medios de transporte; cortándosele el aliento ante la fachada del lugar, algo inquietamente, aguardó una entrevista, siendo mirado intensamente por la asistente del hombre, una mujer alta y fuerte, Marie Gibson. Al decirle unas palabras para lograr que el señor Read le recordara, la mujer, la tarjeta en manos, todavía le vio otra vez, sus ojos parecían algo tensos, ¿piedad?, mirando hacia el pasado era probable. Pero avisó de su llegada. Fue recibido por el gran hombre, imponente en las maneras monárquicas con las cuales dirigía todo, elegante dentro de su pantalón fino y una camisa mangas largas arremangadas que dejaban notar su algo abultada panza, aunque no parecía débil, también su pecho velludo, sus bíceps enormes y los antebrazos casi negros de pelos. Irradiaba fuerza, poder y una virilidad tal que el chico casi se sentía cohibido. Una debilidad que fue captada totalmente por el cruel hombre que le contrató como asistente de finanzas adscrito a su oficina y no a Contabilidad, para “saber que hacían allá”.

   ¿Lo que siguió?, un plan siniestro para aislarle y amarrarle. El chico viajaba mucho todos los días y trabajaba directamente en su oficina, mirando al gran hombre ordenar, gritar, recompensar. Notándole siempre el porte masculino y algo agresivo cuando invadía su espacio personal, palmeándole fuerte la espalda cuando revisaban algo, casi… sobándole. Por consejos del hombre y para justificar el que casi únicamente llegaba a su casa para dormir, Lamar le reveló a su padre dónde trabajaba, la discusión fue fea. Se lo contó al hombre, quien le acunó el rostro de manera extrañamente reconfortante, diciéndole que los padres siempre protegían a sus hijos, pero que algunos a veces los consideraban… poco aptos y necesitados de protección perennemente. Que debía demostrarle que era ya un hombre. Le ofreció una pieza en el piso superior, donde ya algunos otros se quedaban de tarde en tarde. El alivio y gratitud fue tal que inconsciente le abrazó, para verse totalmente atrapado en un cálido y firme abrazo de oso, el rostro casi aprisionado entre su hombro y su cuello, notándole un aroma fuerte que le pareció era de virilidad total. Ese abrazo fue íntimo, confuso, le asustó pero a un tiempo le gustó tenerle de apoyo. La novia le corrió después de muchas promesas incumplidas de encontrarse para esto o para aquello; cuando planeaba algo con ella, Read parecía necesitarle urgentemente, y no quería fallarle. Lloró por eso, el oso le abrazó otra vez, las grandes manos sobándole la espalda.

   Una vez fuera de su casa, después de otra fea discusión con su padre, quien prácticamente le corrió, Lamar terminó en la pequeña pieza, debiéndole todo a Robert Read, jurándose nunca fallarle. O molestarle. Y comenzaron los cambios sutiles, mientras trabajaba en su escritorio, le miraba despojarse de una camisa para cambiarla por otra, exhibiendo su torso poderoso e intimidante. Cuando revisaban cifras, de pie, la mano de este bajaba mucho, de manera incómoda, casi sobre su trasero, el cual palmeaba cuando terminaban de hablar. Hacía cosas como rascarse las bolas sobre el pantalón y luego le tocaba la cara. El chico comenzó a vivir en tensión, temiendo su cercanía, preguntándose si debía decirle algo; pero temiendo molestarle, callaba. No quería regresar fracasado a su casa. Y entonces…

   -Buen trabajo, Lamar. –sonrió el hombre, revisando unas cifras de pie frente a su escritorio, el chico a su lado, sacándole casi una cabeza de altura, la mano en su baja espalda.

   -Gracias, señor… -sonrió. Le agradaba, como siempre, cuando le felicitaba, aunque le incomodara su extrema cercanía.

   -Sabía que por algo te había contratado… chico. –le dijo mirándole hacia abajo, sonriéndole de manera torcida.- Quédate aquí después de la hora, cuando todos se vayan, esta noche revisaremos algo. Será un trabajo especial…

   Y el corazón de Lamar se disparó feamente cuando esa mano bajó y los dedos, decididamente, se metieron un poco entre sus nalgas, separándolas, hurgando.

   El hombre le soltó, súbitamente, dejándole totalmente desconcertado. El chico le clavó los ojos, pero el otro no le miraba mientras recogía sus cosas del escritorio y llamaba a gritos a Marie Gibson.

   ¿Acaso lo malinterpretó? ¿Imaginaría que…? Totalmente confuso, Lamar escapó de la oficina, el corazón latiéndole con fuerza todavía. No iría a esa reunión de trabajo fuera de horas. No tenía por qué hacerlo. Pero si tenía, le debía mucho a ese hombre. Lo que debía haría era fijar ciertos límites, explicarle que no acostumbraba a esos juegos. Sumamente inquieto, y temeroso, acudió esa noche a la cita de trabajo. Ya había recorrido, a esas horas cuando casi todo el mundo se había marchado, los pasillos del ala administrativa del matadero, pero fue la primera vez que todo le pareció tan solitario. Y alarmante.

   Llamó leve a la puerta y escuchó le permisaban la entrada. Abrió y allí le encontró, como siempre, sentado en uno de los sofás, dos muebles formando una ele, con la mesita frente a ellos llena de carpetas de trabajo. Sintiéndose algo tonto por sus dudas, fue a su encuentro, tomó asiento a su lado y comenzó a revisar cifras con él. Veinte minutos después cometió el error de aceptarle un trago, algo que el oso esperaba. Conocía a la gente, sabía que, homosexual o no, dentro del chico existía un profundo filón de debilidad. Tan sólo necesitaba un empujoncito para ser avasallado por una personalidad más marcada y dominante. El licor le ayudaría. Un licor que había sabido preparar.

   Nada más tornarlo al chico se le aletargaron los sentidos, al mismo tiempo sentía su sangre correr con más prisa por sus venas; dos tragos más tarde, notó sorprendido que tenía una erección. No fue algo que buscó, la posición, el entrepiernas del pantalón conteniéndole, oprimiéndole, se la produjo, y moverse se sentía bien. Mirando su pelvis cayó en cuenta que andaba algo delgado, le faltaba desarrollar brazos y piernas como… miró fugazmente hacia el entrepiernas del jefe y notó los muslos llenos contra la tela suave del pantalón, uno negro, brillante, bonito. Y la silueta de una escandalosa erección también. La cara le ardió y picó al reparar en ella, secándosele la lengua. Intentó apartar la mirada pero no podía, de alguna manera que no entendía, mirarla, la del jefe, le hacía latir la suya propia. Por Dios, quería tanto tocarse y…

   Totalmente consciente de lo que le ocurría al muchacho, Robert Read comenzó lo que en su mente desquiciada llamaba la operación seducción.

   -¿Qué me miras? –le preguntó brusco, de repente, alarmándole y sobre saltándole, haciendo que despegara los ojos de su bragueta.

   -Nada, señor. –jadeó. El otro le miró duro, feo, dominante, haciéndole temblar un poco.

   -¿Nada? ¡Casi sentía el peso de tu mirada sobre mi verga! –fue tajante, botó aire y arrojó una de las carpetas sobre la mesita suspirando con exagerada exasperación.- Tenemos que hablar, Lamar. Tu olorcito de perra en celo, de quien busca un buen hueso al cual clavarle los dientes… -dijo y se atrapó el tolete con una mano.- …Ya afecta a todos los hombres dentro del matadero.

   -¡No estoy haciendo nada! –gimió a la defensiva.

   -¡Mira como la tienes, negro putito! –le obligó a mirarse.- No puedes seguir así. Si estás tan necesitado de vergas… -le atrapó una mano, llevándola a su entrepiernas, obligándole a cerrar el puño sobre el tolete duro y palpitante.

   -¡No! –Lamar, horrorizado abrió mucho los ojos, en verdad nunca había pensado en eso, pero su mente embotada, la sorpresa, la personalidad del jefe, todo conspiró para que no le soltara lo suficientemente a prisa como para darle peso a sus argumentos.

   -Claro, claro. –se burló.

   Y comenzó. El oso se le fue encima, derribándole de espaldas sobre el sofá, arropándole con su cuerpo, diciéndole que sabía cuánto necesitaban las putitas que se negaban a sí mismas, de esa primera verga de hombre que las liberara de sus ataduras de miedo. El muchacho, alarmado por el ataque, el tono y las palabras, intentó quitárselo de encima a empujones, a gritos, con amenazas y súplicas. No podía creer que eso le estuviera pasando; no, por Dios, era un hombre. Sonriendo cruel, con una mueca, Read le atrapó las muñeca con una de sus manos grandes, mientras le halaba con la otra de la camisa, los botones saltando, el joven, delgado y liso torso del chico negro quedando expuesto, su mano blanca y grande, callosa, de nudillos velludos, recorriéndole, ultrajante, metiéndosele por un costado, subiendo y sobando una casi inexistente tetilla.

   -¡No, no, suelte, ¿qué hace, señor Read?! –bramaba para ese momento un muy aterrorizado Lamar, que no podía quitárselo de encima y que lo único que lograba era refregarse de ese otro cuerpo grande y pesado que le ahogaba, sus vergas encontrándose, duras, calientes, frotándose de una forma que era excitante y repugnante al mismo tiempo.

   -Silencio, putito, sé que lo quieres mucho. –le gruñía casi al rostro.

   Lo que siguió fue el principio de fin de Lamar Martens.

   Read le trataba justamente como si fuera una chica que le había estado coqueteando, que le dejó tocarla, lo excitó y luego se negó. Y a quien un hombre debía darle una lección. Mientras le retenía aún de las muñecas con su fuerza de oso, o tal vez de degenerado, comenzó a lamerle el torso, a chupar de sus tetillas, haciéndole revolverse de asco, pero también de estímulos, ignorando que era una respuesta al enantiómero activo del medicamento que el otro usó para embotarle los sentidos. Sin embargo se resistió y negó, gritándole e insultándole. Algo que el otro esperaba con ganas; casi arrodillándose sobre su pelvis, soltándole, le miró feroz, gritándole que cerrara de una vez su puta boca. Y le abofeteó, feo, haciéndole gemir y ver luces estallando frente a sus ojos.

   Todavía desconcertado, y adolorido, Lamar le preguntó si estaba a loco. Un fuerte bofetón, misma mano en sentido contrario, más fuerte, fue la respuesta que le hizo gritar quedo. Sorprendido y asustado. Fue un sonido leve, pero bastó para que se ganara otra cachetada. Y temblando, ojos cuajados de lágrimas y miedo, se quedó quieto, estremeciéndose al verle sonreír salvajemente.

   Sabía que se sometería, se dijo Read, con una mueca, abriéndole el pantalón, gritándole que mire como la tiene, dura porque un macho se ocupaba de él; insultándole, confundiéndole sobre sus reacciones, induciéndole a pensar que podía estarlo disfrutando de manera natural; le manipuló haciéndole creer que tal vez si le provocó. Los medios de control usual de ese tipo de viles sujetos.

   Medio alzándose, Read casi le voltea de panza; el otro, confuso, no pudo reaccionar. No hasta que una mano le alzó la camisa y cayó en su baja espalda, atrapando la cintura del pantalón, los nudillos frotándose contra su suave y joven piel de ébano. La mano que cayó sobre su nuca, fuete y brutal, le retuvo mientras sus pantalones bajaban, halando del bóxer. Cerró los ojos, llorando y gritando ahogadamente contra el cuero del mueble cuando esa mano grande recorrió su turgente y redondo trasero, reconociéndolo, disfrutándolo; recreándose en lo virgen de la zona, un dedo se perdió entre ellas, su entrada siendo tocada.

   ¡Eso no podía estarle pasando!, pensó llorando, sintiendo ese dedo quemándole entre las nalgas, sin penetrarle aún. ¡Papá!, se le ocurrió pensar, llorando, arrepentido de tantas cosas. Con un estremecimiento de alivio recibió el alejamiento de ese dedo, y de esa mano, de su trasero.

   -Vamos a gozar, negrito… -le oyó decir mientras se tendía sobre él, aplastándole, soltándole la nuca.

   Vio un pequeño frasco que el hombre abrió frente a sus ojos, del que goteó un poco sobre su otra mano, un olor fuerte llenó al aire. Y esa mano se pegó a su cara, cubriéndole la boca y un tanto la nariz. Agitado, algo histérico, olfateó, perdiéndose en sensaciones de flotar en las nubes, muy consciente del peso, respiración y calor corporal del otro, quien también aspiraba de su propia mano. El chico se agitaba bajo el oso, de repente muy despierto a lo bien que se sentía rozar su verga del mueble… o el trasero de la pieza de su jefe.

   Mareado, pero caliente, ojos nublados, fue obligado a dar la vuelta sobre el mueble; Read, sonriéndole brutal, tomó de la mesita una corbata sobre la cual no había reparado hasta ese momento, atándole las muñecas; la suave tela mordiéndole un tanto la piel le hizo gemir, sabía que su verga estaba imposiblemente dura y manaba gran cantidad de jugos, aunque no lo entendía. Fue cuando vio la impresionante verga blanco rojiza de ese sujeto emergiendo de su bragueta abierta, que le sonreía terminando de quitarle los pantalones, bóxer, zapatos y calcetines.

   -Un putito debe estar totalmente desnudo de la cintura para abajo frente a sus hombres. –le dijo, obligándole a echar los brazos sobre su cabeza. Y temblando le vio tomarle las piernas y llevar sus tobillos a los recios y velludos hombros, enfilar su güevo que había untado de algo, un pote que notó sobre la mesita, y frotó la punta de la verga de su entrada.

   El chico jadeaba, gemía que no, pero no se sabía si era para que se detuviera o para que no tardara tanto; mientras su mente estaba medio clara, a pesar de los vapores de los poppers y otros estimulantes, su cuerpo ardía de ganas. La lisa y roja cabeza se frotó contra su anillo algo peluda, la blanca pieza contra la morena entrada. Read empujó y empujó hasta que logró entrar. Medio tolete, nervudo y grueso, fue desapareciendo centímetro a centímetro y Lamar se arqueó sobre el mueble, sin bajar los brazos. El tolete retrocedió un poco, luego se enterró de golpe, y el dolor fue tal que atravesó la niebla de esa lujuria artificial, o no totalmente natural.

   Gritó agudamente, boca muy abiertas, los jóvenes y gruesos labios muy separados, ojos torturados cuando la gruesa y larga mole entró, robando su virginidad anal, estrenándole. Dejándola allí, el oso le permitió dos minutos de acostumbramiento. Luego la sacó y metió, de largo a largo, al principio lentamente, luego con golpes secos y duros, estremeciéndole sobre el mueble. De la boca del chico escapaban gemidos, no se sabía de qué, de sus ojos manaban las lágrimas mientras su culo sufría un calvario, pero sabiendo que también se le estaba mojando de algo que no entendía.

   -Eso es, chico, experiméntala, gózala. Si pudieras verte, gimiendo, lloriqueando de gusto, tus manos hacia atrás, mirándome… la viva pose de un sumiso putito marica. –le dijo Read, riendo ronco, mirando hacia una esquina. Hacia una cámara.

   Negándose a creer aquello, todavía intentando recuperar el control, Lamar gimió cuando el tolete comenzó a cepillarle el culo con más intensidad, llenándole todo, rozándole las paredes del recto, haciéndole sentir cosas que nunca imaginó, no por ahí. Casi babeó cuando el tipo se tendió y le atrapó con la boca una casi invisible tetilla, pero algo crecida, y succionó de manera alarmante. Nunca había sentido eso, pensó el chico, luego los dientes se cerraron, feroces, y mordió y mordió, y temió que se lo arrancara, pero la sensación era poderosa y por ello gritó poco masculinamente. Su otro pezón siguió igual suerte, y avergonzado, mientras el güevo iba y venía en sus entrañas, alzó un poco el torso, ofreciéndose, buscando y recibiendo al tipo. Otra chupada, otra mordida, pero ahora su otro pezón era ferozmente apretado entre dos dedos, halado hacia arriba, y si, dolía, pero a un tiempo le tenía delirando y nadando en endorfinas y testosterona, lleno de ganas.

   Riendo, Read se medio levanta; y Lamar cerró los ojos no queriendo verle la mueca de triunfo y burla. Un bofetón de obligó a abrirlos.

   -Siempre mira a tu hombre cuando te encula. Que vea en tus ojos cuanto lo gozas y cuanto le agradeces lo que te hace.

   Y así, atapándole las rodillas con las manos, separándole bastante las piernas, siguió cogiéndole, el culo peludo del oso iba de adelante atrás, empujando su verga ricamente atrapada y halda dentro del estrenado culo del muchacho.

   Para ese momento, este ya no sabía de sí, su mente era una masa de dolor, goce, de vicios, de horror y placer, se mordía los labios, negándose a cerrar los ojos, mientras la tranca, cuyas venas latían de manera intensa contra las paredes de su recto, entraba y salía. No pudiendo procesar todo aquello, lo que sentía, nuevamente cerró los ojos, dejándose llevar, sintiéndose increíblemente lleno y excitado, su verga latiéndole dolorosamente de ganas. Bajó las manos para tocarse y un manotón le medio despertó.

   -Ah ah, nada de jugar con tu cosita de chica.

   Y voluntariamente, cosa que le atormentaría siempre, elevó otra vez los brazos, adoptando la pose que el otro quería. Aún así, Read tuvo tiempo de detenerse, con el güevo bien metido en su joven culo de machito desflorado por su jefe en una noche de trabajo. El hijo de perra sabía lo que hacía. Alarmado y avergonzado, otra vez, pero sin fuerzas para resistirse, Lamar sabía que estaba masajeándole el tolete con sus entrañas para continuar sintiendo. También le vio preparar una inyección, una jeringa con algo claro, menos de dos cece. Quiso saber qué era, alarmado, pero no se atrevía a cuestionarle. O no podía.

   -Te presento a tu mejor amiga de ahora en adelante, ambrosia. Baja los brazos. –le sonrió, atrapándole uno de ellos cuando obedeció, inyectándole.

   Debió oponerse, luchar, intentar escapar. O buscar ser golpeado hasta quedar inconsciente, en coma o muerto. Pero nada hizo, y esa verdad siempre acompañaría al chico, aquello corrió como fuego por sus venas, la boca se le secó, su cuerpo ardió y se sintió vivo, grande, poderoso. Eufórico y excitado como nunca antes en su vida, toda sensación de dolor muy lejos de su cerebro embotado en esos momentos. Su cuerpo quería sentir. Mientras parecía adormilarse en hermosos sueños, su cuerpo estaba muy despierto y consiente de cada estímulo. Cuando las cogidas comenzaron otra vez, gritó de gusto, la dicha, viviendo la felicidad. Escuchaba risas, desde lejos, y él mismo reía también, mientras se estremecía sobre el mueble, arqueando la espalda con deleite; casi maullando su culo iba y venía contra esa verga.

   -Sabía que serías así de puta. –le oyó reír antes de detenerse.

   Confuso, Lamar le miró, no se movía, y ansioso comenzó a subir y bajar sus caderas, agitándose para ser empalado. También le vio clavar los ojos en un punto por encima de los dos. Mirada nublada enfocó ese punto y se estremeció. Dios, la cámara, lo había olvidado.

   En la solitaria recepción del Matadero, frente a un conjunto de monitores, Sergio Altuve, un latino traído por Read como vigilante, pero que le servía para muchas otras cosas, desde robar un auto a dar golpizas o navajazos (le conoció en un bar y el peligroso sujeto supo calibrarle como la basura que era), miraba, con una sonrisa libidinosa, lo que el jefe le hacía al negrito. No entendía las motivaciones del gran hombre, qué tramaba o esperaba conseguir, pero se excitaba mirando. Ahora mismo el joven y alto sujeto, aunque obeso, de poblada barba y bigote, así como una larga melena que apenas se contenía dentro del quepis que usaba de noche, tenía la bragueta abierta y se masturbaba gozando lo que el jefe le hacía al joven de culo grande. Movía la lengua en chasquidos de lujuria, deseando estar allí también, tomándole, enterrándosela duro por el huequito y haciéndole gritar de dolor. Por eso casi se atragantó cuando en una de esas veces que Read miró hacia la cámara, le hizo una seña con los dedos. Llamándole.

   -Dale de comer. –a lo lejos, el chico pareció escuchar.

   Encontrándose aún de espaldas sobre el mueble, su culo siendo cogido ferozmente por el rudo oso, otra verga, rojiza de sangre, se alzó frente a sus ojos. Más allá de ella, encontró al sonreído y desagradable vigilante, Altuve. No lo pensó, tan sólo abrió la boca cuando la pieza rozó, y mojó, sus labios. Y chupó la primera de las que serían muchas vergas en su vida desde ese punto. El tipejo riendo le lanzaba insultos sobre lo creído que eran los negros con sus enormes güevos, y que allí estaba uno que se moría por ellos. Gozando, metiéndosela y sacándosela, a veces ahogándole con ella reteniéndole el rostro, ladeado como lo tenía, contra su pelvis, le decía todo lo que se le ocurría, al tiempo que del otro lado le metían y sacaban otro tolete, este del culo. Lo cogieron y mamó mientras les escuchaba decir que era un negrito puto, que mira cuanto le gustan las vergas, que chupara así, que la apretara así con su culo, que la ordeñara con la garganta, que aprendiera a dar placer a los hombres que tendría que atender. Y Lamar obedecía, alzado a cumbres de placer que no recordaba haber experimentado nunca.

   Al día siguiente despertó sobre su camastro, desnudo, boca abajo, mareado, sintiéndose enfermo, con un feroz dolor de cabeza, de garganta y culo. Notó un sabor raro en su reseca lengua, sentía sus pelos púbicos apelmazados de leche (seguramente suya), su agujero dilatado y empegostado. No recordaba el cómo esos dos hombres se habían turnado para usarle, cada uno cabalgándole feo, nalgueándole, pellizcándole, provocándole arcadas cuando le taponaban la garganta con sus vergas. Se sentía débil y confuso, aunque sabía que le había ocurrido algo increíblemente malo. Medio lloriqueó, sin desear moverse, recorrido por mil dolores físicos, también mentales. Fue cuando la puerta de la habitación, abriéndose, le llevó al presente y le regresó parte de los recuerdos.

   -Míralo, Eugene, esperando por machos. –vio sonreír a Altuve, el vigilante ruin. Llegó acompañado de otro de ellos, un sujeto cincuentón, obeso y calvo, de barbita blanca, que reía medio sadicón.

   -Otro negro marica, se dan como la verdolaga. –gruñó este.

   Lamar quiso decir algo, ordenarles salir, medio cubrirse. Pero Altuve había sido enviado por Read. Rápidamente le controló sobre la cama, sentándosele a hojarascas sobre la espalda, reteniéndole contra el colchón, atrapándole un brazo e inyectándole, riendo mientras lo hacía. El jefe lo quería enviciado a las drogas y bien cogido, para negociarlo con sus clientes.

   El chico gimió, no quería aquello, pero luego sintió paz, alegría, que flotaba sin que nada le doliera o molestara. Y esos dos hombres le usaron sobre ese camastro, le obligaron a mamar güevos, a lamer culos peludos, a enterrar el rostro entre bolas sudadas. Llevaban una misión específica, dictada directamente por Read, debían cogerle los dos a un tiempo para ir abriéndole bastante el agujero.

   Y como buenos empleados, cumplirían, disfrutándolo mientras lo hacían.

CONTINUARÁ … 40

Julio César.

SERVIR Y OBEDECER… 7

julio 21, 2015

SERVIR Y OBEDECER                         … 6

   La siguiente historia NO ES MIA.

SERVE AND OBEY

By: Lexicode

MILITARES EN PROBLEMAS CALIENTES

   Y todavía faltan otros.

……

   ¿Sufrir? ¿En serio? ¿Acaso no levaba en eso horas, días o semanas? Ya no piensa con claridad, pero le parece que es bastante. Ignora que el programa de control mental comienza a funcionar, confundiéndole, haciéndole olvidar cosas, detalles. Por ahora, aunque embotado, sólo puede ocuparse de esa vaina, el consolador, que vibra contra las paredes de su recto. Odia que le afecte de esa manera, intensa, profunda, estimulante. Odia sentirse manipulado así, verse obligado a responder aunque no quiere. Muerde la bola en su boca con furia, luchando contra el mareo.

   -¿Listo para sufrir? –le pregunta de nuevo, como para obligarle a concentrarse en esa idea, mirándole a los ojos, el rostro muy cerca, inclinado frente a él.

   Y no, no estaba preparado. No para eso. Una mano del sujeto, grande, le atrapa la verga totalmente erecta bajo el chico suspensorio, y el toque es eléctrico, casi se corre de pura calentura. Se había drogado un poco antes con hierba, se hacía pajas desde los trece años, otras manos se las habían hecho (chicas, una vez un amigo, cuando tenía quince, como todos), pero nunca había sentido eso, ni con la hierba o con otra persona tocándole. Esa mano, cerrada en puño sobre su tolete, apretando, haciéndole consiente de la tela, ese sentía increíble. Ruge tras la bola, no puede evitarlo, ese puño se mueve un poco sobre su tolete, medio masturbándole, una, dos, tres veces, y se tensa. Cierra los puños, sus muslos se contraen, casi se alza, el consolador en su culo parece incrementar sus olas estimulantes. Dios, estaba tan caliente… Pero no. No se entregaría.

   Queriendo resistir, respira profundamente, intentando alejarse mentalmente, pero esas luces, la voz que volvía a escucharse en sus oídos, todo conspiraba contra él. Ese sujeto le baja la parte delantera del suspensorio, su miembro canela rojizo, pulsa al sentirse libre y recibir algo del frío aire del ambiente. Y quiere que se lo agarre. Que lo toque. Muerde con rabia esa bola entre sus dientes, odiándose por eso, pero esperando la mano que finalmente llega. Y gime cerrando los ojos, siente las puntas de esos dedos que le rodean la base del güevo con el anillo de cuero y cierra. Gime. Cerró mucho, le mordía la dura carne. En sus oídos la voz que viene de los audífonos comienza una nueva cantaleta.

   -Dilo y serás libre de tus ataduras mentales, de tus impulsos reprimidos. Quiere vivir a plenitud, sentir y gozar. Y todo comienza con admitirlo en voz alta, con decirlo. Di que quieres ser tocado. Dilo, porque en verdad lo deseas, chico. -la voz es la del sujeto, baja, grave, atractiva, sugerente, ominosa.- Vamos, dilo.

   Casi salta sobre esa silla donde pareció ir adormilándose cuando le siente detrás, inclinado sobre un hombro, con una mano cubriéndole la boca con todo y bola. La misma voz llegando desde otro punto, sobre la suya propia. Es confuso. Desorientador.

   -Vamos, latino bonito, una por mí, tu dueño. –le susurra al oído, acercando algo a su fosa nasal izquierda, cubriendo con el pulgar la otra. Inconsciente, respirando pesadamente como estaba, inhala, y siente el golpe en su cerebro. La operación se repite en su otra fosa.- Vamos, otra. Grande.

   Luchó, pero terminó aspirando. El hombre se aleja, dejándole la boca, así que toma aire frenéticamente, tosiendo, sintiéndose más mareado y consiente de sí. Hay un calor intenso que se le desata, que nace en su pecho y abdomen, y lo baña totalmente. Debía ser algún fármaco estimulante, imagina, pero al poco tiempo casi grita en agónica tortura. En su culo el consolador parece ganar nuevas cumbres. El vibrar parece intensificarse, las paredes de su recto lo aprietan feo, con codicia… deseándolo.

   -Reconoce que lo quiere, que deseas que te toque, que te sobe, que te tome. Lo deseas tanto que te duele… -oye en sus oídos, aumentando su desesperación, con lágrimas ardientes de vergüenza escapando de sus ojos y corriendo por sus mejillas, de confusión y calenturas, sabiendo que está aflojando y apretando su culo sobre el juguete sexual.- Te mueres por decirlo, lo deseas tanto… tanto… tanto… tanto…

   Y grita, por un segundo no sabiendo si ocurre o lo imagina. Algo untuoso cae sobre su verga enrojecida de la sangre que la llena. Quema un poquito, pero se siente bien. Cuando una mano grande cae sobre ella, masturbándole así, untando ese líquido, cree que se morirá de gusto. Tensando otra vez al máximo sus muslos, intenta infructuosamente soportar tantas estimulaciones. Abre los ojos y ve la nuca amarillenta de ese tipo, sin la gorra, inclinado frente a él, su puño de nudillos blancos rodeándole el tolete, masturbándole, arriba y abajo. Mierda, era tan bueno en eso, y se sentía tan intenso y poderoso que teme morirse.

   Jim sabe que se está tardando un poco más de la cuenta, pero no se apresura. El güevo del muchacho, grueso y largo, joven y lleno de ganas, pulsa y quema contra su palma. Se sentía bien tenerle así, casi al borde de una crisis. Deja el puño quieto, apretando duro, tensándole, frotándole el ojete con el pulgar, untando todos los jugos que salen de allí.

   Echando la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos, Eddy Morales solloza abiertamente, pero no sufría, o si, le torturaban, pero de una manera confusa y excitante. Está a punto de correrse, lo sabe, y no puede evitarlo. No es su culpa, no es… Su respiración se hace frenética, superficial, su pecho ancho se expande, su abdomen se tensa como sus muslos, su tranca pulsa salvajemente, está a punto y…

   Confuso, ruge disgustado, ese sujeto le suelta el güevo, dejándole a las puertas del clímax. Casi reclama ahogadamente, viéndole ponerse de pie, sonriendo burlón, subiéndole el suspensorio chico, que casi le lastima de manera erótica al intentar cubrir toda esa masculinidad inflamada.

   -Te mereces esto, perrito malo. –le informa, aumenta las revoluciones del vibrador y se aleja.

   El chico se tensa salvamente, echando otra vez la cabeza hacia atrás. Esa vaina estaba enloqueciéndole, intenta mecer sus caderas, tocarse, buscar el alivio del orgasmo de alguna manera, pero no puede. Está a solas, siendo estimulado, su tolete casi estrangulado por un anillo que lo mantiene erecto, ardiente y con ganas de liberarse contra una tela que le aprisiona bastante, y que se moja con sus jugos.

   No sabe si es porque el otro se ha ido, pero la voz en los audífonos parece ganar intensidad, así como las luces que estallan frente a sus ojos.

   -Admítelo, muchacho, deseas pertenecerme. Reconocerme como único dueño de tu cuerpo, tu mente y tu vida. –la sugerente voz es casi burlona, obligándole a cerrar los ojos y apretar los dientes como intentando aislarse de ese sonido.- Cuando termine contigo, harás lo que te ordene, lo que sea, y obedecer será la dicha para ti. Imagina, estás de vuelta en tu regimiento, con todos tus camaradas, tus botas, uniforme y chapas. Si te lo ordenara, frente a todos, en el comedor, subirías tu franela verde oliva, mostrando tu abdomen ante todos, luego tus tetillas, duras y excitadas, y te acariciarías aunque todos te preguntaran qué haces. –menea la cabeza, deseando alejar la imagen, adivinando que imaginarlo lo hará más fuerte.- ¿Sabes qué tanto harías, allí, frente a tus camaradas a la hora de la comida si te lo ordeno una vez que termines de admitir que me perteneces? –le reta esa voz; su cuerpo arde y brilla bañando de traspiración.- Si te lo ordenara les darías la espalda, montando una rodilla en una silla, abriendo tu pantalón y metiendo una mano por detrás, recorriendo con una mano ese trasero que fue hecho por el buen Dios para ser palmeado y pellizcado por los hombres; metiendo tus dedos en la raja entre tus nalgas, hecha para que descansen las vergas erectas antes de cogerte, y te sobarás. Y si te lo ordeno, comenzarías a meterte un dedo. Adentro y afuera… adentro y afuera mientras todos gritan que eres una perra… adentro y afuera mientras ronroneas… adentro y afuera mientras echas aún más atrás ese culo penetrado por tu dedo… adentro y afuera casi rogando por un macho caliente…

   Con furia ahogada, frustrada, Eddy echa otra vez la cabeza hacia atrás, forzando su cuerpo contra las ataduras, deseando liberarse… imaginándose en ese comedor, sonriendo mórbido, rojo de cachetes, su dedo adentro y afuera, tragando en seco cuando los primeros de sus compañeros se acercan, abriendo sus braguetas…

   -Oh, sí, tu olor a perra en celo los enloquecerá… -¿oye esa voz, lo imagina o es su propia idea? No lo sabe y eso le aterra.

……

   Sintiéndose ligeramente molesto, Jim Preston cierra bien la puerta y va a la cocina. No sabe por qué esta tan inconforme pero… Se lleva la mano al rostro. Allí estaba el olor de los líquidos del latino de mierda. Olfatea profundamente una y dos veces, antes de arrugar la cara con disgusto crecientes y lavarse las manos en el lavaplatos de la impoluta habitación. Desde allí ve una polvareda que se acerca. Entre frunce el ceño. Tiene visitas.

   El auto patrulla del comisario Fox se acerca a la casona. Abrir la reja de entrada al camino secundario no fue problema, no estaba asegurada. Era para demarcar el límite de la propiedad de un hombre que prefería su soledad. Se detiene y baja, mirando en todas direcciones, detectando en seguida a los tres enormes pastores alemanes que se ponen de pie, sin gruñir o ladrar, dirigiéndose hacia el vehículo. Levanta una mano como indicándoles que viene en paz, pero con la otra libera el seguro del arma y aparta los dedos tan sólo un poco. El sargento Dickson no desciende del vehículo.

   -Comisario. –Jim sale de la casa, alto, joven, guapo. Lleva una camiseta azul clara, visibles los tatuajes de ex marine en sus hombros. Con la gorra. Observa al hombre de ley, la mano cerca del arma. Sonríe muy levemente y silba. Los pastores retroceden.

   -Preston… -corresponde al saludo, apartando la mano del arma. No asegurándola en el cinto. Era un hombre listo. Y peligroso.

   -Está lejos del pueblo para una visita de cortesía, y con este calor, debe ser algo importante lo que le trae a este fin de mundo.

   -Estoy haciendo algunas comprobaciones, vine con… -señala al militar mal encarado que baja, y que observa a Jim con desconfianza.- …El sargento artillero Dickson, policía Naval, quien está realizando una investigación. Sobre marines desaparecidos. –le estudia a los ojos, pero Jim tan solo frunce el ceño.

   -¿Marines perdidos? Suena extraño. Esto no es Afganistán o Irak. Seguramente andarán… con sus novias.

   -No, desaparecieron. Uno de ellos, el cabo Edward Morales, lo hizo hace tres días. Del pueblo. La última vez que le vieron fue frente a la fonda de Huge. En la…

   -La estación de gasolina, lo sé, comisario. –suena levemente exasperado, cruzándose de brazos.

   -Bien, alguien le vio ir a los sanitarios y luego… -se encoge de hombros.- Estamos comprobando con todos los que estaban alrededor, alguien vio tu camioneta.

   -Sí, he tenido que ir al pueblo dos veces en la última semana. Prácticamente estoy viviendo allá, me parece. –sonríe a duras penas.- No vi a nadie, comisario, lo siento. ¿Era un…? -estudia al sargento.- ¿…Un hombre blanco ese Morales?

   -Era un marine, señor. Es un marine. –aclara el militar, con disgusto.

   -Lo que diga. Lo señaló porque si es un negro tal vez huyó, y si es un latino tal vez ande de putas, o drogándose. Ya sabe cómo son. –es increíblemente grosero y el comisario Fox siente una rabia fría. Conocía a sus vecinos, era bueno llevarse bien, por suerte no había que apreciarles.

   -¡Todos son marines! –sentencia el militar, conteniendo las iras a duras penas. Le molesta el indolente encogimiento de hombros del otro.- ¿Vive solo? La propiedad es bastante grande. –pregunta seco. Jim, ojos fríos y duros, no le responde, se vuelve hacia el comisario.

   -Responda, Preston.

   -Vivo solo.

   -Curioso. –comenta el sargento, deseando preguntar muchas cosas más.- Sobre todo por lo apartado que está de todos.

   -Y ni así logra uno un poco de paz. –la réplica le molesta.

   -¿Entonces no vio a nadie, nada?

   -Es lo que dije. –sus miradas se encuentran, desafiantes.

   -¿Le molestaría que… revisáramos los alrededores? –pregunta el militar, notando el ceño del comisario y el tensar del otro.

   -¿Tiene una orden?

   -¿La necesitamos? –reta otra vez.

   -Para “revisar” si. No me gusta que se metan en mis cosas. Es mi propiedad, mi casa. Mi derecho. Soy un hombre blanco, protestante, un ex marine que sirvió a su país; no me gusta que nadie se crea con la potestad de incordiarme. –es la réplica casi miliciana. Se vuelve hacia el comisario.- Pero si quiere hacerlo, Fox, hágalo. No debo permitir que el tono fascista del sargento impida que se busque a ese marine. Allí está la casa, por allá el establo. Ahí el…

   -No es necesario, Preston. –corta Fox.- Lamento haberle molestado.

   Jim, quieto, brazos cruzados, les ve hablar en voz baja, nota como el comisario casi lleva a rastras al otro al auto y parten después de un saludo.

   -¡Espero que le encuentre! –todavía tiene la desfachatez de gritar.

……

   -¡Ese sujeto es sospechoso! –brama molesto Dickson.- Debimos revisar y…

   -No teníamos un motivo ni una razón para hacerlo. Que sea una persona desagradable no le hace un delincuente. Y debo decir que su tono de “si quiero puedo”, no ayuda, no por esta zona. La gente siente que sus casas son sagradas y nadie tiene derecho a meterse en ellas sólo porque lo desea. –ruge el comisario, mirando hacia atrás por el retrovisor.- Aunque su tonito de supremacía blanca debe tenerse en cuenta. Creo que investigaré un poco más a fondo al vecino.

……

   No sabe cuánto tiempo lleva padeciendo esa pesadilla que  confunde su mente. Le parecen horas, se siente tenso, excitado, hambriento, agotado y a un tiempo lleno de energías. Ya no distingue lo que hace o dice, sabe que farfulla a través de la mordaza, pero no sabe qué. Luego nota que puede mover las mandíbulas al quedar liberado. ¿Es cierto? No está seguro, sólo que está tenso, muy tenso.

   -Vamos, hazlo. –oye a sus espaldas, directamente detrás de él, notando sólo ahora que está de pie, frente a la silla, desde donde ese sujeto le mira, sentado, sonriendo, totalmente desnudo a excepción de sus botas militares y las chapas en la cadena alrededor de su cuello.

   Le ve sonreír sardónico, las manos descansando cómodamente sobre los apoya brazos, la verga totalmente erecta, tal y como la temía (e imaginaba), larga, gruesa, rojiza, totalmente nervuda, la cabeza brillante, una gota mojando el ojete. Y él de pie, quieto. Agitado se pregunta por qué no corre, por qué no huye. Sólo le mira.

   -Vamos, chicano, sé que sufres y que no puedes resistirlo más. No es tu culpa, lo sabes, es lo que quieres, esto… -y sonriendo, sin tocarse, agita la verga en la nada, como una dura vara de mago, mareándole.- Deja de negártelo, desde que la viste sabes que no quieres ni puedes escapar de ella, ¿verdad? –y la agita más, y él sin poder apartar la mirada. Todo deja de tener sentido.- Ahora, chico…

   Y temblando como una gelatina, tragando en seco, él mismo no puede creer lo que hace; volviendo la mirada al frente, cierra los ojos mientras se atrapa las nalgas con las manos, separándolas mientras va echando el culo hacia atrás, agachándose, va a sentarse sobre la tiesa barra que pulsa y envía vahos de calor que le llegan. ¡No!, ¡no!, grita su mente, pero no se detiene. Tan sólo un instante cuando la mojada y roja cabeza pega de su entrada, quemándole.

   Echando la cabeza hacia atrás, apretando los dientes con rabia, Eddy Morales baja su culo, y palmo a palmo va atrapando la gruesa pieza que le abre el esfínter, le frota las paredes del recto y le llena con su presencia estimulante. Grita mientras lo hace, jadea, pero no se detiene. Ese sujeto no hace nada. Sólo ríe y espera. Y el marine extraviado cae sentado sobre su regazo, totalmente empalado sobre esa verga que le llena por completo, estremeciéndole.

   -¿Te gusta sentir tu culo lleno de güevo, chicano? –le pregunta al oído, y a Eddy todo le da vueltas.- Responde o te la saco.

   -Oh, Dios, si… -grita casi con rabia, desesperado, odiándose al hacerlo, su culo aprisionando y masajeando la dura mole de carne masculina que penetra su entrada secreta y sagrada de hombre heterosexual.

   -Vamos, hazlo, sube y baja como deseas, enculate tú mismo como te pide tu cuerpo. Demuéstrame cuánto te gusta, y en cuanto lo hagas serás mi perra para siempre. Hazlo y serás mío.

CONTINÚA … 8

Julio César.

DE AMOS Y ESCLAVOS… 22

julio 18, 2015

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 21

MUSCULOSO TIO NEGRO EN TANGA ATIGRADA

   Ya viene su amo…

……

   -Eso que te hacen, negro puto, es trabajarte el punto G, de gay. O M, de marica perdida. –oye a Hank, que le sonríe, de pie, alto y bello, la enorme verga afuera, llamándole.- Max es malditamente hábil en eso. Esos calambres que sientes, esas ganas de atraparle el güevo y no soltarlo nunca, de sentirte siempre lleno con él, es un signo de que tu culo se vuelve una vagina hambrienta de hombrías. Oh, sí, estás convirtiéndote en mi puta.

   -Toma todo mi güevo, puto. –le grita Max, soltándole y nalgueándole, lo que le hace gemir.- Vaya, si que eres un enorme negro calentorro, ¿eh? Vamos a cogerte toda la noche, puto. Toda la noche. Eso te lo pone duro, ¿verdad? –le oye preguntar, y una mano se mete bajo sus caderas y le aprieta el tolete sobre el bóxer.- Si, tiene el clítoris totalmente inflamado. –se burla, metiéndose, casi acostándose sobre él, susurrándole en el oído.- ¿Sabes cuándo alcanzarás tu orgasmo de puta? Nunca. De ahora en adelante no puedes correrte si no te lo permite un hombre blanco.

   Las arremetidas del rojizo y grueso falo se incrementaron contra las morenas nalgas, el redondo agujero entre ellas quedaba lleno, totalmente penetrado, tan sólo un pedacito se veía cuando el sujeto lo dejaba allí, todavía empujando más, para disfrutar de las violentas apretadas que esas urgidas entrañas le daban. ¡Y miren que halaban y chupaban!

   -Ahhh… negro maricón, ¡tómala toda! –le grita sacándoselo violentamente, el rojizo tolete pulsando con fuerza, estallando en un potente chorro de espesa y blanca esperma que empapa la espalda de Roberto.

   Este se estremece al sentirla, al saberse bañado por el semen de otro hombre, quien parecía marcar así su territorio. Todo eso lo piensa con los ojos totalmente cerrados, con el güevo de Toño en su garganta, los pelos púbicos de este metiéndose dentro de las fosas nasales, succionándolo, aspirando el olor a macho, mientras el del semen, ese aroma fuerte a hombre, comienza a llenarlo todo otra vez cuando el segundo y tercer trallazo aterrizan sobre su espalda y nalgas. A Max le gustaba así, bañar a sus putos con su leche.

   -No, no te la tragues, negro goloso. –oye que le ruge Toño, apartándole de su verga, empujándole por la frente, dejándole la boca sin güevo.

   Rápidamente se pone de pie y va tras esas piernas separadas, ese culo abierto, esa espalda chorreada de esperma, metiéndole dos largos y delgados dedos, sonriendo cuando siente como el esfínter se cierra con entusiasmo sobre ellos.

   -Estás hambriento. –le dice Hank a Roberto, sonriendo, cayendo sentado frente a su rostro, cacheteándole cuando este, ojos brillantes, acercó el rostro a su verga. Se miran.

   -Déjame chupártela, amito. –suplica de manera humilde, necesitado, sin importarle las risas que tal declaración levantan.

   -Soy demasiado bueno contigo, negro de mierda. –se burla, asintiendo.

   Y ronroneando por los dedos que juegan con sus entrañas, y la expectativa de saborear nuevamente el rico falo de aquel muchacho horrible y odioso que le había llevado a eso, Roberto casi blanquea la vista mientras sus gruesos labios se cierran sobre el glande, específicamente sobre el ojete de su amo, y succiona las gotas que encuentra, un exquisito licor que le eriza y excita todavía más.

   -Está ardiendo, este coño quiere más… -gruñe, burlón, Toño.

   Y no perdió tiempo; logrando atravesar la punta de su tolete, lo empujó totalmente, de una sola embestida dentro del cálido agujerito de la perra de su amigo. Este medio chilló. Pero ya Hank, esperando el momento, le clava su enorme tolete hasta la garganta, obligándole a jadear, atrapándole el collar sobre la nuca, cerrándolo sobre su garganta, asfixiándole, dejándole con ojos llenos de alarma y algo de lágrimas.

   -Estos güevos son para ti, negro de mierda. Llamé a mis amigos para que nos los ordeñes, para que nos los trabajes con apretadas, haladas y chupadas, queremos vaciar nuestras bolas en tu cuerpo, cosa que nos hace felices porque somos hombres, machos de verdad que nacieron para joder a chicas y a putos como tú. Tu recompensa es esa, saber que nos sirves, y tu regalo es cada pulsada en tus sentidos ávidos de güevo, es cada gota de semen que nos sacas y que nutre tu cuerpo de adorador de machos. –le dice, mirándole a los ojos llenos de humedad, teniéndole atrapado casi contra su pubis, mano firme tras el collar.- Tal vez pienses que soy un desagradable hijo de puta contigo, pero en verdad te hago un favor. Mostrarte tu lugar, y en él, atendiendo güevos blancos, serás feliz como nunca lo has sido en tu puta vida sin sentido. ¿No merezco que me des las gracias frente a mis amigos por todo lo que te doy, ah, hijo de las tres leches?

   Sin esperar respuesta, esta vez, hala el collar, sonriendo al notar los oscuros ojos de Roberto brillar intensamente, sabiendo que le estimulan sus palabras, el sentirse atendido, lleno de güevos por sus orificios, mientras le hala del collar, que le dificulta tragar aunque mama. Lo sabe, a muchos les encanta sentirlo, la presión sobre sus tráqueas del cuero, seguramente inconscientes de que admiten y disfrutan el control de la mano dura del amo.

   -Mierda, qué culo tan rico… -brama Toño, con la boca abierta, sonrisa boba, engolosinado al meter y sacar su tolete con fuerza de ese agujero caliente que se lo atrapa y chupa con entusiasmo. Es tanto que incrementa la rapidez de sus cogidas, cepillándole una y otra vez la pepa y logrando hacerle gemir.

   -No es un culo. Los hombres tienen culos. Aún los gay… esta putita lo que tiene es un coño. –aclara Hank, mirando a Roberto a los ojos, disfrutando ver como su largo y grueso tolete blanco rojizo va desapareciendo los pocos centímetros que le permite entre los gruesos labios amoratados del hombre, algo de saliva manchándole la barbilla.- Un homosexual es un hombre que disfruta del sexo con otro carajo, o una nena con otra tía… -eleva las caderas y le coge la boca una, dos y tres veces, esos pocos centímetros.- Un puto marica como este es un sumiso y arrastrado coño que necesita ser llenado; sirviendo de desahogo para los hombres, único momento cuando se siente vivo.

   -¡Carajo, si! –ruge nuevamente Toño, mirando ese redondo orificio negro donde aparece y desaparece su güevo blanco rojizo.- Me lo apretó más duro. Se emocionó con tus palabras.

   -Es normal, su cuerpo responde a sus verdades. –Hank se encoge de hombros, medio tendiéndose y atrapándole el rostro.- Trabaja como debes nuestros güevos, negro perezoso. –le ordena mirándole a los ojos.- Sé un buen negrito y demuéstrale a mis amigos lo caliente que estás. Lo mucho que adoras sentir nuestros güevos blancos en tu coño negro. Porque te gusta, ¿verdad? –le reta, retirándole de su tolete. Esperando. Pronto le tendría totalmente y le explotaría para su propio placer, le usaría como al negro que era.

   -Si, amito, adoro sus güevos blancos. –jadea Roberto, tragando saliva y los jugos babeados allí, caliente de cara por la vergüenza, pero una que era menor a toda la calentura que le producía la entrega. La sumisión. Ni siquiera las risas burlonas le afectan tanto ya.

   Hank sonríe aún más sardónicamente. Cada segundo que pasaba, cada nueva sensación que experimentaba, cada gota de sus jugos que tomaba llevaba a ese negro a una sola verdad, que era su amo, su dueño, su dios. Cada gemido que exhalaba con su boca ocupada, cada alarido de placer que su culo invadido despertaba, le convencía de la verdad del control que necesitaba para sentir. Le suelta la cara, Roberto sigue subiendo y bajando sobre su falo, justo la misma cantidad de centímetros que le ofrecía, obediente, mientras se miraban, aceptando tácitamente las condiciones del trato que ahora había entre ellos. Que iba camino de la sumisión total, a llevar un día ese collar en las calles, con orgullo, a caer de rodillas en una esquina y un güevo tragar.

   -A pesar de que mamas mi güevo con ganas, y de que aprietas el que tiene en el culo con deseos de más semen, aún así no piensas en ti como un marica total. Es una simple palabra pero te aterroriza, porque sabes que ella te hace menos que un hombre de verdad, heterosexual o gay. Un día… frente a un grupo como este, o más numeroso, vas a gritar que lo eres, que quieres serlo y que todos los días te esmerarás más por ser el marica que todo hombre quiere a veces, para que le sirva y le adore, sin repudios, vergüenzas, sin reparos o escrúpulos. Un día, negro de mierda, entenderás y gritaras que tu único placer en la vida es agradar a los hombres. Y te abrirás para que te usen. Todos. –le promete, reteniéndole con una mano sobre su verga, viéndole congestionarse, los ojos llorándole un poco. Agradecido de poder chuparla en su totalidad.

……

   Definitivamente los hombres pensamos con el güevo, se dice Yamal Cova, jadeando contenido para no hacer ruido, la espalda apoyada contra la pared de uno de los privados en los sanitarios de hombres en aquel bar de mala muerte. A sus pies, cachetes rojos y mirada brillante de emoción en medio de su cara blanca, aquel chiquillo, el mesero, le lamía la dura y gruesa verga negra, por todos lados, como si fuera una rica chupeta. Los rojizos labios caen sobre su glande, besando y succionando, demostrando que tiene experiencia a pesar de lo joven que se ve, y Yamal siente que todo él se eriza. Inconscientemente adoptó la postura del macho dominante, tan sólo la bragueta abierta, el güevo afuera. No sabe ni cómo llegó ahí, estaba tomándose sus tragos, dispuesto a resistir el ardor de la libido, pero no pudo. Sus flaquezas recientes, excitarse ante tíos que comían su verga, o que le dejaban metérselas por el culo, le atormentaban porque chocaban contra lo que era. Pero no pudo evitarlo, otra vez.

   Mientras tomaba y el chico, cuyo nombre ni recuerda, meneaba su culo de aquí para allá, mirándole de manera provocativa, se le volaron los tapones. Sólo podía imaginarle así, de rodillas entre sus piernas, palmeándole la carita traviesa con su enorme tolete, refregándolo de allí como hacia ahora (y nada más rico que el calor de un rostro contra la verga), mojándole de su propia saliva, oyéndole gemir contenido de pura ansiedad. El chico quería mamársela ya. Lo sabe. Y ese deseo estaba ahogándole, por eso le seguía mientras la agitaba contra su cara, los labios jóvenes buscando atraparla.

   -Chúpala, cobroncete. –ruge bajito, no porque tuviera que ofenderle, sino porque debía hacerlo impersonal, un hombre que gozará de una mamada independientemente de quien se la diera. Debía ser el macho que usa al marica, no quien le buscara caliente por tenerle. No quiere imaginarle…

   Casi rabioso empuja su verga, directamente, contra los jóvenes labios que se abren dejando escapar un gemido de “al fin”, penetrándolos, sintiendo la rica presión de siempre, los labios aprisionando, la lengua agitándose bajo la verga, las mejillas abrazándola. Mete medio güevo, y se miran, y la sola visión del muchacho allí, entregado y disfrutando de maneras que ni imagina de tener ese güevo sobre su lengua, dentro de su boca, era increíblemente erótico. Es cuando el chico le sorprende, esos labios, mejillas y lengua se pegan totalmente a su tolete, pero mientras deja salir leves “hummm”, va tragando más, ahuecando su garganta, y era impresionante verle abarcar tanto; con esa carita delgada, esa nariz perfilada, esos labios delgados y rojizo, el que pudiera tomar tanto de la masculinidad de ese hombre caliente era todo un mérito.

   -Te gusta mamar güevos, ¿eh? –pregunta y se eriza cuando la picardía brilla en esos ojos y viene un asentimiento.- Eres increíble, muchacho, vamos, demuéstrale a buen Yamal lo mucho que te gusta becerrear a los hombres…

   Esa boca se retira, succionando, se ve le negra tranca brillando de saliva y jugos, la presión era maravillosa, para volver, el rostro algo ladeado, la punta de la pieza abultando de manera obscena y erótica contra una de las mejillas del chico, que sigue lamiendo con su lengua sobre la gran vena de la cara posterior. Acomodándose, el joven va atrapando más y más, centímetro a centímetro, del cilíndrico tolete llevándolo a su garganta, faltándole muy poco para hundir la perfilada nariz en los crespos pelos púbicos del enorme tío que le dejaba chupársela. La deja allí y succiona, la deja salir y la atrapa otra vez, montando la delgada mano entre la base y el límite donde llegan sus labios ahora. Le mamaba y le masturbaba, y a Yamal todo le daba vueltas. Su pecho se expandió buscando aire, abrió la boca y gimió bajito, cerró los ojos y dejo caer la cabeza contra la pared. La sensación de su güevo siendo atendido por el muchacho era sencillamente irresistible, aún más en aquel maloliente baño de bar de mala muerte donde podían ser pillados y tal vez haber problemas de testosteronas y golpes.

   Pero no podía escapar, no podía pedirle que se detuviera o que mejor dejaran eso así; de hecho estuvo perdido desde que se le endureció sentado a la mesa, parándose rumbo a los baños y deteniéndose sólo un instante para intercambiar una mirada con el otro, quien sonrió; sabía que le seguiría. Así resolvían los hombres esos asuntos cuando las ganas aparecían y querían ser directos, sin charlas, sonrisas, intentos de ser ingeniosos, sin invitar una copa cuando uno solo quería ser mamado y el otro deseaba como nada en este mundo el mamarse ese güevo. La facilidad entre hombres.

   Ahora Yamal estaba flotando en una nube de testosteronas, de lujuria, las endorfinas y la adrenalina corrían por sus venas de manera desaforada. Si, ese chico delgado y guapillo tenía práctica. Debía haber mamado ya una buena cantidad de güevos en su corta vida; la manera en que le trabajaba era impresionante. Y dejándose llevar por el placer, las ganas, la cabeza hacia atrás, respirando pesadamente por la boca, le imagina aún más chico, aprendiendo, inclinando ante desconocidos en un autobús mientras va para el colegio, mamando de manera hambrienta, bajando y mamando a un compañerito en el baño, mamando a un profesor que le gritaría cómo hacerlo, llegando otros invitados a la fiesta. No sabe en qué momento deja de tocarle con la mano, pero pega un salto de sorpresa, y abre mucho los ojos cuando los labios del chiquillo ese pegan de su pubis, resollándole en los pelos.

   Era increíble verle allí, mejillas mas rojas por el esfuerzo, ojos luminosos clavados en él, como proclamando “¿lo ves?, pude, ¿te gusta?”. Y comienza a succionar sin moverse, sólo la manzana de Adán, arriba y abajo frenéticamente, provocándole una poderosa oleada de placer; el muchacho estaba ordeñándosela sin ningún otro movimiento. Las succiones de la joven garganta eran poderosas, era una garganta hecha para chupar güevos, piensa sintiéndose sucio y caliente. Retirándose unos diez centímetros, el joven respira afanosamente, para luego tragar otra vez, medio ladeando el rostro, moviendo su lengua sobre la palpitante pieza que llena su boca de jugos y deseos. La boquita fue y vino, con lentitud al principio, acostumbrándose al tamaño y grosor, luego con más rapidez. De esa boca que se trabaja el falo escapaban gemidos y algo de saliva muy espesa, todo lo demás lo sorbía de manera hambrienta, y Yamal supo que no duraría mucho.

   -Sigue, mamagüevito, chúpame cada pedazo. –le gruñe atrapándole con una mano la nuca transpirada por el esfuerzo, guiándole, quiere que lo haga con más fuerza y rapidez, y eso que el chico lo hacía bien, pero así de impacientes y lujuriosos eran los hombres. Sin importarle nada le atrapa de las orejas, reteniéndole, comenzando a cogerle la boca con más fuerza, haciéndole gemir y lloriquear en la gloria.

   Yamal sabe que dentro de unos segundos se correrá, que la verga se le pondrá imposiblemente dura y comenzará a disparar trallazos de leche caliente, que sabe serán abundantes, y que ese chico se la tragaría toda; tenía cara de amar el sabor del semen deslizándose gelatinoso y espesos sobre su lengua, estimulándole cada papila gustativa, para luego sentirla bajar por su esófago, sabiendo que terminarían nadando en su estómago. Pero él quiere más. Quiere verle el bonito rostro blanco y rojizo bañado con sus espermatozoides. Le daría a tragar, el chico se lo había ganado, mas ahora que mientras le metía y sacaba la enorme pieza de carne negra, casi triangular hacia abajo por lo muy abultada de sangre que tiene la vena, el camarero todavía le acaricia y hala los testículos, enreda los dedos en sus pelos púbicos. Si, le dará a beber la esencia de los hombres, pero también le bañará la cara. Aunque fuera un trallazo.

   Joder, ojalá pudiera llevárselo y cogerlo, abrirle con su impresionante tolete ese culito blanco que seguramente se vería chico; quiere hacerle gritar y verle estremecerse a ir clavando cada palmo de su pulsante carne, pero no puede. Pronto alguien se preguntaría dónde estaba el camarero y alguien entraría buscándole. Pronto tendría que desalojar el lugar. Pero una idea le atormenta, ver al chico sonriente, en cuatro patas sobre su cama, usando una de las pantaleticas de mujer de Bartolomé Santoro, una de encajes, chica y sexy… meneando el culo en su dirección cuando le ve aparecer, ofreciéndoselo con ganas, un culito de chico que necesitaba desesperadamente de una buena verga caliente y dura; y la sola idea…

   -¡Ahhh…! Toma, tómala toda; ¡tómatela toda, mariconcito! –le grita, imprudentemente, sintiendo como el semen recorre sus conductos, quemándole de lo caliente que va.

……

   Frustrado, Gregory Landaeta regresa al edificio donde vive, caminando a pasos lentos. Salió a lucirse, a dejarse ver y lo logró, fue tocado y manoseado pero… No era suficiente. Ni siquiera sabe si es lo que quiere. ¿De verdad se puede creer que puede exhibirse sexualmente y que la mujeres le mirarán sin pedir ayuda al grito de detengan al sádico? Era más fácil con hombres, y aunque le avergüenza horriblemente sus reacciones, tiene que admitir que si le afecta. Y tampoco sabe si es lo que quiere. Entrando al lobby, oye risas de gente que viene saliendo del ascensor. Cuando las puertas se abren encuentra a Valero, no sabe su nombre, y a su mujer, una pareja joven que vive un piso por encima del suyo, treintona, profesionales ambos. Gente que hacia fiestas, montaba cenas y reuniones. Agradables pero aburridos.

   -Tenemos que reunirnos pronto otra vez. –dice en esos momentos el muy capullo, pensó Gregory, dirigiéndose a otra pareja, hombre y mujer, algo más jóvenes.

   -Avísennos. –responde ese tipo sonriente, que le mira al pasar.- Buenas noches. –saluda.

   -Buenas noches. –responde de manera automática a todos, entrando al ascensor, consciente de las miradas sobre su cuerpo, cosa que le agrada pero…

   Ceñudo, mientras sube, recuerda al atractivo y joven hombre que le saludó, con esa gran sonrisa dirigida a los Valero. Le parecía conocido. No lo ubica, pero le incomoda. ¿Por qué? ¡Joder!, se atraganta, la piel ardiéndole. Era el tipo que le miraba la otra vez desde el edificio contrario. La idea, recordar esa suave sonrisa grata, reconociéndole como el negro que se paseaba en tanga y se tocaba el culo, le hace arder la cara. Le miraba. ¡Y le reconoció! Su respiración se espesa, la piel la tiene de gallina. Y le hormiguea el tolete. Sale, cruza el pasillo y abre la puerta de su apartamento casi a la carrera. En cuanto lo hace, repara en algo metida por bajo de esta. Se agacha y lo recoge. Es un sobre manila tamaño carta, con algo blando adentro. Mira sobre su hombro, al pasillo, nada. Cierra la puerta y abre el sobre, encuentra una hoja de papel con un numero y la palabra “Llámame”, y una tanga tipo hilo dental atigrada. Una cosa pequeña, pecaminosa y putona. La cara le arde más, la mano le tiembla un poco. Ese carajo le estaba regalando eso, una tanga hilo dental. ¡Porque tuvo que ser ese carajo! La alza, pulgares por las tiras que van sobre las caderas, ve la pequeña franja triangular delantera, y la tira que baja por detrás, donde se perderían entre un par de nalgas redondas, firmes y musculosas como las suyas. Traga saliva con la garganta seca.

   La deja sobre la mesita, se quita la ajustada y corta franela, los zapatos y pantalón, que de ajustado le baja un poco la pequeña y ajustada prenda interior. Sale de ella con movimientos bruscos. Desnudo, tiembla más al tomarla, tan suave y etérea, casi como si no fuera nada. Con esfuerzo mete sus piernas musculosas dentro de la prenda, que sube totalmente enrollada contra su piel, una sensación a disfrutar tan prohibida como sucia y caliente. Una vez sobre su pelvis, mete la mano y acomoda sus bolas y verga dentro del pequeño triángulo. Le cuesta porque ya está todo morcillón. La acomoda sobre sus caderas. La centra, atrás, esa tirita que baja por su culo. Respira más pesadamente. Toma el papel y marca el número. Timbra una vez y se agita, timbra dos y siente resquemores. A la tercera casi está decidido a cortar cuando una voz varonil, joven y animosa le llega, provocándole un escalofrío en la columna.

   -¿La tienes puesta? –la pregunta le llega directa, firme. Su garganta se cierra.- Responde, sé que eres tú, papá.

   -La tengo puesta. –admite.

   -¿Y cómo te queda? Imagino que increíblemente, tienes cuerpo para lucirla. Hace poco me costó mucho no darte una palmada en ese trasero tan firme. –oye y le marea.

   -Me queda bien. –grazna.

   -¿Y por detrás? ¿Te aprieta sabrosito sobre el culo? ¿Te gusta cómo se siente contra tu ojete? –ahora el tono es mórbido.

   -Si… -jadea.

   -Dios, cómo quisiera vértela puesta. Debe verse increíblemente. –le oye, una voz varonil que le hace palpitar el corazón más rápido.- Abre las cortina de tu balcón. Quiero verte usando ese hilo dental, papi. Anda, enséñamela. Muéstrame lo sexy que te sientes y te ves. Dame un show, mira que estás buenote. Muéstrame… -pide, sugiere y ordena.

   -No lo sé… -jadea casi como una súplica, ardiendo en ganas de hacerlo, mirando hacia el balcón de cortinas corridas.- Pero podría haber más gente mirando…

   -Mejor, ¿no? Más ojos codiciosos recorriendo tu cuerpo, todos soñando con tocar, meter dedos… ¿no te calienta eso? Yo sobándomela, tú posando otros sobándoselas también. –la voz ronca, sensual, le tiene tan mal como la imagen. Y mientras todavía oye la respiración pesada de ese tipo, va hacia la cortina, la verga abultando de manera escandalosa bajo la escasa tela de la mini tanga.

   Si, quiere que le vean. Todos. Que mil ojos lo recorran, su torso, sus tetillas, sus caderas… su culo. Eso es lo que le gusta, admite al fin. Y lo buscará.

CONTINÚA … 23

Julio César.

NOTA: No hay racismo, es sólo sucia ficción. Por cierto, aunque la historia es mía, cuando uso la palabra marica de manera tan ofensiva, pienso en la palabra fag, de los cuentos de dominación en inglés, que describe algo que marica no puede hacer, pero no conozco otra traducción. Eso también me pasó con la palabra sissyboy, la usé hace poco en Los Controladores, describiendo a un chico que se entrega a su placer de una manera demasiado intensa para ser entendida o compartida por alguien que ama su individualidad.

SIGUE EL DILEMA

julio 16, 2015

SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA…                         … 35

   Hola, amigos, he aquí el intento de seguir una obra que no será sencilla, Capricornio tiene un sello muy característico, muy detallado. Suelo ser redundante, muy lleno de párrafos, pero más directo en cuanto a lo sexual. Para Capricornio es un rito la sola trampa montada. No sabiendo exactamente si tenía algo planeado para este relato, que creo si estaba terminado (un final abierto), me iré por lo que me gusta. Cuando comencé a leer el relato me molestó todo lo que le pasaba a Daniel, y pensé que el entrenador merecía un final tipo El Tribunal del Diablo, donde pagara por lo que hizo, hasta que vi lo del papá de Daniel y todo quedó morbosamente bien. Como sea, este será un juicio a Franco, a su tiempo. Escribo poco, tanteando el camino.

……

SIGUE EL DILEMA

Basado en caracteres creados por capricornio1967

EL VIEJO ENTRENADOR

   Aún tiene mucho que enseñar…

……

   Dominado por una profunda depresión que no mitiga ni con su rabia, Luis Saldívar detiene su coche frente al edificio donde vive el entrenador del equipo de natación de su hijo. No puede evitarlo por más tiempo. Lleva todo el día resistiéndose a atenderle las llamadas y los mensajes, cada uno más ominoso que el anterior. No quería verle. No podía verle. Hacerlo era revivir lo que le había ocurrido, el cómo había sido desflorado analmente por ese hombre. Lo había hecho para salvar la oportunidad de su hijo de ir a las Olimpiadas. Pensó que eso sería todo. Se le entregaría, una vez, y luego podría intentar recuperar su vida. Sin embargo…

   Se sentía manchado. Sucio. Inservible. No podía ver a Adriana a la cara, no podía responder a los acercamientos, caricias o besos de su esposa. El recuerdo de lo hecho, la conciencia de su violación (porque eso había sido), y que lo había permitido, era demasiado para afrontarlo. Menos mirar a la cara del hombre que le hizo eso. Pero su último mensaje, no le dejó alternativa:

   “Esta noche paso por tu casa, cuando estén tu mujer y tu hijo. Entonces hablaremos, cabrón”.

   Iba a delatarle. A contarlo todo. Con eso amenazaba. Lo peor era la certeza de que lo cumpliría. Lo sabía. Por eso está allí, dudando. El coche frente al apartamento. Traga en seco, debía enfrentarle. Detenerle como fuera. Acabaría con eso, de una manera u otra, se dice para darse ánimos, bajando del vehículo a buen paso y dirigiéndose a la entrada del inmueble.

   -Veo que al fin te dignas a responder. –es el saludo que recibe de un serio Franco, que le mira con los brazos cruzados sobre su fornido pecho, la camisa mangas cortas dejando ver sus brazos fuertes y oscuros de vellos. Su sola imagen revuelve el estómago y despierta los ascos del apuesto hombre maduro frente a él.

   -Tenemos que hablar. –grazna.

   -He esperado todo el día por eso. –se aparta a un lado permitiéndole la entrada y cerrando la puerta, mirada feroz, sonriendo por dentro, sabiendo que el otro hombre viene en plan de confrontación. Pronto le aplastaría la voluntad.

   -¿Qué pretendes, Franco? ¿Por qué sigues llamándome? No quiero… verte. No lo soporto.

   -¿En serio? Pero cuando te corrías con mi verga en tu culo…

   -¡YO NO QUISE NADA DE ESO! –se altera, rojo de cara, el corazón doliéndole en el pecho, de humillación y furia, por escucharle, por recrear mentalmente ese horrible momento.

   -¿No lo querías? ¿Y los gritos? ¿Los gemidos? –le reta.

   -Fue… fue el tequila. –se agita, mirada torturada.

   -¿El tequila te pone tan mal? ¿Acostumbras a repartir culo a tus amigos cuando tomas? No me lo esperaba de ti, pero si tú lo dices.

   -¡No reparto culo! Lo odié. –se atraganta, ultrajado.- Lo que hice fue por mi hijo, para que no le sacaras del equipo de natación. ¡Tú lo sabes! –jadea.

   -¿De qué hablas? –le empuja emocionalmente un poco más.- ¿No te gustó? Te retorcías y gemías apretando el culo alrededor de mi verga. –puntualiza.- Te gustaba. Lo sé. Y creo que tú también.

   -¡Hijo de puta! –le ruge, incapaz de soportar tanta afrenta, tanta humillación.

   Se arroja contra Franco, un hombre de su altura y musculatura más o menos, aunque más fornido, menos tallado. Tiene chance de vencerle. Pero el otro esperaba esa reacción. Cuando arroja un puñetazo en gancho, intentando impactarle en la mandíbula, Franco echa la cabeza hacia atrás, alargando las manos y atrapándole la muñeca, doblándosela brutalmente hacia abajo y atrás con un movimiento elegante y certero. El dolor llega inmediatamente al hombro de Luis, quien gime medio doblando el cuerpo, para bajarlo y reducir la presión sobre el hombro. Es el momento que Franco esperaba. Desde su posición ventajosa empuja más del brazo hacia atrás, atrapado como lo tiene por la muñeca, tensándole al máximo, y con un bramido contenido de rabia y dolor, Luis baja más. Reteniéndole con una mano por la muñeca, el entrenador mueve la otra, atrapándole la nuca y empujándole violentamente hacia abajo.

   Con un bramido desconcertado y teñido de dolor físico, Luis cae de panza; el dolor repentino le hizo perder el control y fue sorprendido. Es cuando Franco se le arroja encima, cubriéndole el cuerpo con el suyo, pesado, abusivo, todavía reteniéndole por la muñeca que queda atrapada entre sus cuerpo, aunque ahora la presión es menor, por lo tanto tolerable. El resultado es que está de panza sobre la alfombra con el entrenador montado su cuerpo.

   -¡SUELTAME! ¡BAJATE! –le ruge con furia, casi a punto de perder el control de sus nervios, aterrorizado por creerse de vuelta a ese día que fue desflorado.

   -Jejejejejeje, eso no era lo que gritabas aquella vez. –ríe ruidoso a su oído, dominante.- ¿Esto no te trae recuerdos? –le oprime más la muñeca, mientras se las ingenias para refregar sus caderas de ese culo aprisionado bajo él.- ¿Lo sientes? ¿No te emociona? ¿No te calienta? –y comienza un sube y baja simulando el acto sexual, golpeándole fuerte sobre el trasero.

   -¡NO!

   Luis pierde el control sobre sus nervios, profundamente asqueado y furioso de sentirle sobre sí, reteniéndole, aprisionándole, sometiéndole, al tiempo que le refriega lo que ya siente es un miembro masculino ganando consistencia. Comienza a luchar por rodar, por arrojarlo, por sacárselo de encima. Franco es un hombre alto y pesado, y tenía la ventaja en esos momentos, sin embargo pelea, intenta alzarse, logrando más contacto con el otro, que le retiene del la muñeca y ahora le rodea el cuello con su velludo brazo de venas hinchadas, mientras ríe, bajito, sumándole desesperación a la batalla física.

   El entrenador es un hombre de recurso, le somete por varios puntos, el dolor en la muñeca, la angustia de saberse retenido contra su voluntad, la dureza de su verga contra las nalgas que ya debía estarle atormentando de manera atroz, y su brazo alrededor del cuello le impedía respirar libremente, haciéndole quemar más energía rápidamente.

   Lo sabe, Luis lo sabe e intenta centrarse, pero el brazo bajo su cuello es tan implacable como la mano que retiene su muñeca. La cara se le congestiona, las venas en las sienes se destacan feamente. Intenta rodar, desea poner en ello todas las fuerzas que le quedan. Casi se mueve, pero Franco, mañoso como él sólo, logra enlazar las piernas con las suyas, prácticamente montándole, agarrado con todo. Y las luces de brillantes colores que estallan frente a sus ojos le indican que la falta de oxígeno está llegando a un punto delicado.

   -Jejejejeje, en cuanto más pronto entiendas que debes someterte más pronto dejarás de padecer.

   -Suél…ta…me… -brama, furioso, impotente, con voz queda.

   -Luchas, cabrón, pero sabes que es inútil. ¿Te digo un secreto, jejejejeje? –le gruñe casi al oído.- Cuando un hombre deja su semilla dentro de ti, creces y floreces como puto. Y le perteneces para siempre, jejejejeje.

   Luis lanza un nuevo alarido, de rabia e impotencia, por verse atrapado así, por tener que escucharle humillándole. Pero todavía le quedaba un as en la manga.

   -Hijo de puta, tú me hiciste esto. No podrás obligarme a servirte, ¡contaré lo enfermo que estás! Diré que me propusiste cosas y…

   -¿Hablaras de las corridas que tuviste mientras te cogía?

   -¡Hablaré! –le asegura, con rabia. Y escuchar la risita del otro, y como mueve la mano del brazo que le rodea el cuello, tomando algo de la mesita, le inquieta.

   Sonriendo, feliz de estar atrapando de esa manera a ese magnífico macho que jadea y exhala calor bajo su cuerpo, haciéndole saber que nada puede hacer para detenerle, Franco pone en funcionamiento su enorme aparato de televisión, conectado evidentemente a un reproductor, y Luis se horroriza, la sala se llena con sus gemidos, su propia imagen siendo culeado y masturbado, gimiendo y corriéndose, le golpean los ojos y la mente.

   -Oh, sí, todos verán lo que soy. También tú, jejejejeje. Retratas bien, puto, seguro terminará habiendo copias de esto en todos las sex-shops de la capital. Tal vez hasta tu hijo, con una copia regalada por amigos, te vea y se haga la paja.

   -¡NO! –el horror y la terrible humillación le alcanzan. Se escucha a sí mismo gemir, se ve estremeciéndose, y nadie podría creerle que había sido obligado a ello. Su cuerpo se reduce a la quietud, la mente en blanco.

   -Así es, cabrón, estás atrapado, jejejeje… -y le suelta, lentamente, mirándole con cautela mientras se pone de pie.

   Al otro le cuesta sentarse sobre la alfombra, con una mueca endereza el brazo doblado y se acaricia la muñeca; sus ojos fijos, muertos y angustiados están sobre la pantalla donde se repite en bucle su corrida mientras le cogen. Esa cinta…

   -Tengo muchas copias de ellas. Y no sólo aquí. –Franco parece leerle la mente, y sentado de culo desde el piso, a Luis le parece más alto, grande y amenazador. En ese momento agita su móvil.- Tengo una aplicación divertida, es un correo diferido, que retengo con una clave, si no la renuevo, se envía. Hay tres destinatarios, tu hijo, tu mujer y tu jefe en la oficina. –amenaza, helándole.

   -¿Qué quieres, Franco? ¿Por qué haces todo esto? –suena roto.

   -Lo sabes. –es la seca respuesta, es por odio, por rencor, por despecho. Por quitarle una oportunidad hace muchos años que creyó mereció tener. Pero no, no se lo dirá.- Me gusta tenerte. Eso me divierte.

   -No soy gay…

   -¿Te recuerdo que gemías cuando…? –con un dedo señala al televisor.

   -¡No puedo hacerlo! No otra vez. Ya hice lo que querías, y ahora… -manotea, desesperado, hacia el televisor.- No puedo hacerlo más.

   -¿Dejarás que todos lo sepan? ¿Tus hermanos, amigos, compañeros de trabajo? ¿Quieres que la prensa hable no de tu hijo y su medalla olímpica sino de él como el hijo del viejo marica? Y Adriana, ¿con qué cara irá a si iglesia con sus amigas? –es deliberadamente cruel. Luis traga y cierra los ojos, cubriéndoselos con la mano.

   -¿Qué quieres?

   -Un poco más de diversión. Sólo eso, lo juro. –la voz se oye cargada de sarcasmo.

   -¿Cómo creerte si…? –le mira, agotado, señalando al televisor.

   -Eso era para mí, únicamente. ¿Crees en verdad que me arriesgaría a dejar saber de mi vida por ahí? Lo haré, sin embargo, si tú me obligas, cabrón. Todo será por tu culpa. –explica, pero miente, descaradamente. Desea destruirle como hombre, cambiarle para siempre, convertirle en su esclavo sexual exclusivo; controlarle en cuerpo y mente. Saber que su antiguo rival, ese hermoso hombre maduro, era totalmente heterosexual y le obligaba a entregarse, era lo más excitante de todo. Sabe que, haciéndolo bien, llegaría el día que cuando se sacara la verga, Luis salivaría en anticipación. Eso quería hacerle.

   -Yo… no sé qué… -traga, cierra los ojos y quiere dejar de escuchar cuando el bucle de su corrida se reinicia.- No sé cómo quieres que actué, qué esperas de mí.

   -Lo primero es que dejes de gimotear como una mujercita. –es duro, seco, acicateándole, las miradas se encuentran, disgustadas.- Lo segundo es que pares el culo de ese suelo y lo lleves al sofá. –se vuelve, sin mirarle, como indicándole que no espera un ataque porque le sabe en sus manos.

   Cosa de la que es muy consiente Luis. Como un autómata se medio alza y cae, derrotado, sobre el sofá. Le ve manipular el control, la horrible escena donde gime y se corre mientras le coge, es sustituida por la imagen de una joven que es follada a un tiempo por dos hombres jóvenes, ella gritando de esa manera que sólo las actrices porno saben y que tanto excita. Aunque a Luis no se la pondría dura, en esos momentos, nada. Ve a Franco tomar una botella de tequila, cosa que le hace estremecer, destaparla y servir un trago grande en un vaso, teniéndoselo.

   -No, gracias. –croa. El otro le mira y sonríe, bebiéndolo.

   -Te lo pierdes. –se hace un silencio, Franco espera a que los nervios y la incomodidad hagan su trabajo. Le ve refregar las manos del pantalón.

   -Y bien, ¿qué pasa ahora? –pregunta al fin.

   -Bueno… -el entrenador sádico se sirve otro trago que saborea, dejando la botella sobre la mesita, frente al sofá.- Lo primero es que me digas que harás lo que quiero contigo, luego nos sentamos un rato, uno al lado del otro, y nos manoseamos. Yo te toco, tú me acaricias… y ya veremos. –propone sonriendo de manera cruel.

CONTINÚA … 2

Julio César.

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 38

julio 13, 2015

… SERVIR                         … 37

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

MADURO Y SEXY

   El maduro encanto…

……

   Owen Selby, mal encarado, detiene su auto frente a la vieja y ruinosa casa en los suburbios, unos muy distintos a aquellos donde vive, o vivía, Marie Gibson. Era una zona pobre de hogares que comenzaron con muchas esperanzas en el futuro y que poco a poco fueron viendo como ese mañana moría. Dos fábricas cercanas habían cerrado llevándose el mercado laboral a otra parte. Eso afectó a todos, aún a las rameras; quienes se preparaban emigraban hacia el Centro. Para quienes se quedaron, el dinero dejó de alcanzar para reparaciones, para pintar fachadas, y aparentemente para recoger basura. Una vez Robert Read había pensado en montar allí otro de sus mataderos, pero, aunque compró el terreno, el cual contaba con una vieja casa, no pudo. Los vecinos se opusieron a cal y canto; cosa sorprendente dado lo ruinoso del lugar y lo necesitado que debían estar de oxígeno comercial.

   Abriendo la vieja verja que hablaba de mejores tiempos, y pretensiones, cruza el feo jardincillo, llamando a la puerta poco después, esperando por Josías Martens, un hombre que se opuso ferozmente a la llegada de Read a la zona. La puerta se abre, un hombre negro, sesentón, inmenso aunque de precaria apariencia, le encara. Ceño fruncido, mirando sobre su hombro hacia el vehículo aparcado. Llevaba un bermuda a cuadros a media piernas y una camiseta alto ajustada, que debería ser blanca pero estaba sucia. Y el policía apostaría que algunas manchas eran de café, otras de comida y el resto de cervezas. El sujeto olía algo rancio. Se veía despeinado.

   También parecía atormentado. Y más tarde entendería. De su boca, Owen Selby escucharía una historia atroz, sórdida. Entendería en parte la clase de monstruo que Robert Read era. Temiendo, como nunca, que semejante basura pudiera no solo ser despenalizado de la sentencia de muerte, sino que hubiera la menor posibilidad de que volviera, algún día, a las calles.

   Y allí estaba ese hombre, mirándole con total desconfianza.

   -¿Si?

   -Buenos días, me llamo Owen Selby. Detective Ow…

   -¿Que quiere? –le corta, no con hostilidad, tan sólo aburrido con su vida.

   -Deseaba hacerle algunas preguntas sobre un vecino que casi tuvo aquí, Robert Read. -no se le escapa el estremecimiento del hombre frente a él; no uno de debilidad, sino la del sujeto que se sobresalta ante la vista súbita de una serpiente.- Tengo entendido que fue uno de los que más se opuso a la apertura de su matadero.

   -Y según resultó todo, más bien hice poco, ¿no? –le gruñe. Sí, todos conocían la historia de El Matadero.

   -Okay, pero en ese tiempo… -frunce el ceño.- Seré directo, señor Martens, esta zona se ve bastante mal, me extraña que sin conocer al sujeto, como luego se le conocería, se opusieran a la apertura de nuevas fuentes de trabajo.

   -La idea nos hizo felices, al escucharla de boca de algunos concejales. En aquel entonces todo esto no estaba tan mal. Había esperanzas de mejorar. –traga, resentido.- Pero luego le conocimos en persona, había algo en ese sujeto que no nos gustó. No sólo a mí, pero me tocó encararlo como presidente de la junta vecinal en ese momento. Cosa que terminó también, la junta. Le detuvimos, no pudo abrir su antro, pero… -traga nuevamente y sonríe de manera tensa.- Supo vengarse. –las palabras le dolían. Owen algo sabía.

   -Tengo entendido que interpuso una denuncia, hace tiempo, respecto a su hijo. Sobre su desaparición… -ahora le sonaba siniestro.- Señor Martens, ¿cree que…?

   -¿Qué ese hombre le haya asesinado como a los otros? –sonríe con tristeza.- No, detective. Fue aún más cruel… -toma aire.- Ese hombre destruyó a mi hijo, a mi muchacho bueno, guapo, inteligente. Ese sujeto le transformó en una cosa horrible…

   -¿Qué supone que le hizo?

   -¡No lo supongo! –le grita, alterado, tensándose.- Lo siento. –se miran.- ¿Quiere saber cómo ese sujeto destruyó a mi muchacho?, pase detective… Pase y escuche lo ruin que fue ese hombre.

………

   -Necesito hablar con el viejo caimán. –gruñe Robert Read, esposado de pies y manos, aun así alto y amenazante, aunque Lomis no le temía como los otros. Le suponía su socio.

   -¿De ese misterioso visitante que no consta en ningún registro con un nombre verificado? –se inquieta.

   -No, Lomis, eso es mejor dejarlo así. –sonríe pensando en su reacio “amigo” ido hace poco.- Necesito que el viejo haga algo por mí.

   -¿Y crees que lo hará? –estalla entre sorprendido y sarcástico el vigilante pelirrojo, riendo. Aunque esto cesa un poco cuando el otro sonríe, torvo.

   -Déjame preguntarle a ver qué ocurre. –se encoge filosóficamente de hombros, pero sus ojos son terribles.

……

   Un profundo gemido escapa de aquel hombre joven y rubio echado de espaldas sobre el escritorio, sus piernas al aire, usando aún las botas de la prisión, así como una diminuta pantaleta color rosa que contiene a duras penas su pulsante y babeante verga erecta. Entre sus piernas, sosteniéndolas por las rodillas, un fornido hombre maduro, apuesto, con la camisa abierta mostrando un  torso velludo y algo canoso, aún llevando sus pantalones pero con la bragueta abierta, le mete una y otra vez su propio tolete enrojecido por el culo. Y también él bufa. Si Daniel Pierce siente que eso que lo abre y penetra, que le recorre las paredes del recto y le golpea en la próstata lo tiene casi delirando con una excitación y un placer tan nuevo como intenso, al alcaide Monroe le pasa algo parecido. El funcionario nunca entendería cómo llegó a tales niveles de lujuria, pero deliraba de gusto reteniendo al hombre por sus rodillas, cabalgándole con su verga erecta, una que es apretada, halada y chupada por esas entrañas.

   Ni uno ni otro esperaban que sucediera o que fuera así. Daniel creyó que todas y cada una de las veces que se entregó a Read, de manera que él mismo consideraba entusiasta, era por alguna manipulación únicamente química, o del temor, pero ahora allí estaba, deseado en todo momento ese tolete que le llena de calor y de jugos, que estimula todo su cuerpo comenzando por su culo. Y lo hacía, lo recibía y lo apretaba porque lo quería. No podía medir qué tanto había cambiado desde que Robert Read entró en su vida, pero definitivamente ya no era el mismo.

   Al alcaide le era aún más difícil el explicarse qué le llevó a tocarle, besarle, acariciarle y cogerle, pero lo estaba gozando. No quiere cuestionarse lo que hace. Después de una vida sobria, recta, “decente” con su familia y su esposa, soportando el poco aprecio que esta parecía tener para con las relaciones sexuales, estallaba ahora de esta manera. Andaba falto de sexo, de usar el güevo de manera intensa, de ganas, de calenturas, de ponerse a inventar y experimentar. Y mientras saca y mete su tranca de ese redondo culo lampiño que le robaba hasta las ganas de pensar, se siente vivo y que, extrañamente, no está siendo tan malo en su conducta ya que no engaña a su mujer con otra.

   -¿Te gusta, Tiffany? –le pregunta, llevado por el vicio, pero también por algo más; le producía una sensación extraña de casi ternura verle enrojecido y arqueando la espalda sobre el mobiliario mientras le recorría las entrañas con su verga, le parecía horriblemente atractivo verle balbucear con la boca abierta, labios muy rojos y húmedos, mejillas color tomate, ladeando el rostro de un lado a otro, el cabello cubriéndole.

   -Oh, Dios, si… -oírle aceptar, con ese tono de urgencia y delirios, le hizo temblar irrefrenablemente. Quería cogerle más.

   Ojos cerrados, sus labios emitiendo bajos gemidos, el sedoso cabello cubriéndole mientras se agita de adelante atrás sobre el mesón por las fuerzas de las embestidas que recibía, el joven enfrenta una idea terrible: que se ha convertido totalmente en un marica. Siente su verga erecta, aprisionada por la tanga mojada de sus propios jugos, y le gusta, pero, y la idea era horrible, el verdadero placer lo sentía por la manipulación que estaban recibiendo sus entrañas. Su culo era un puño ávido que se abría y cerraba sobre la tranca del hombre que le hacía suyo, que le tomaba, que le cogía. No puede entenderlo cabalmente, no sabe cómo le ocurrió, era un hombre, le gustaban las mujeres, una vez amó intensamente a Diana, pero ahora… El tolete sale casi todo, hasta el glande, y se entierra de nuevo dentro de su redonda entrada, dándole donde es y jadea abiertamente, nuca arqueada sobre el mesón, traspasado de puro placer.

   Así, cuello muy extendido, ojos cerrados, comienza a agitar sus caderas de adelante atrás, buscando con su coño ardiente la tiesa verga de ese macho, y pensarlo así, imaginarse así, abriéndose a ese hombre para que le llene con su masculinidad, se le hace horriblemente fácil. Y lo peor es que mientras más le embiste, más la quiere, más la necesita. Una lágrima escapa de uno de sus ojos al tiempo que gime, mientras la idea aterradora de que le gusta saberse usado por él, ese sujeto casi considerado que parecía desear brindarle placer mientras lo obtiene para sí, le excita más allá de toda medida.

   Teniéndose sobre él, el hombre maduro entierra totalmente su tolete en ese orificio caliente que se lo aprieta de manera gloriosa, que parecía succionar como la propia ventosa, viéndole echar la nuca aún más atrás, dejando escapar un gemido largo y ronco. La deja allí, clavada, sintiéndola totalmente trabajada por el muchacho, estimulada y halada de manera intensa. El rubio parecía querer arrancársela con la pura fuerza de su culo al apretársela. Dejándole las rodillas, le recorre el plano y muy pálido vientre con sus manos grandes y secas, algo arrugadas, pareciéndole el colmo de lo erótico el notar cómo se eriza bajo sus palmas, como Daniel se agita más, alzando su inexistente panza. Da uno, dos, tres golpes de caderas, sin retirarla ni un centímetro, y logra hacerle gemir un poco más, mientras le alcanza esos pectorales redondo, abultados, donde clava sus dedos, para llevar el índice y el pulgar de cada mano a sus pezones largos y totalmente erectos. Los atrapa y los frota de manera circular, sin detenerse, de manera experta del hombre que sabe manipular tetas. El estallido de placer que recorre al hombre joven no tiene comparación. Si su culo es una masa de calenturas y sensaciones, de su torso parten dos oleadas que le tienen mal.

   Echando un poco hacia atrás su culo, Monroe le saca unos pocos centímetros de la roja verga, para volver a clavársela, una y otra vez, mientras le pellizca ahora los pezones y bajando el rostro, haciéndole cosquillas con su bigote algo canoso, le besa, lame y muerde al nivel del diafragma; y todos esos estímulos tienen mal a Daniel, quien se arquea violentamente, buscando esos labios y dientes, esas manos sobre sus pezones, que ahora son apretados más fuerte brindándole más calenturas, su culo va decididamente contra ese tolete que va cogiéndole una y otra vez. Y todavía faltaba, mientras se tiende lo más que puede, cogiéndole aún, pellizcándola una tetilla, mordiéndole la otra, teniéndole delirando sobre ese escritorio, totalmente a su merced, la otra mano se mete entre ellos, con esfuerzo, aferrándole con puño firme y fuerte la verga pulsante, sobre la tanga. Y el sólo hecho de agárrasela y apretar, dejándole así, logran que el chico casi se voltee sobre ese escritorio.

   Con un gemido ronco, algo que parece casi agónico aunque es de total satisfacción, Monroe le babea sobre la tetilla, succionándola, apretándole más la otra, metiendo la mano dentro de la tanga y apretándole el tolete al rubio en vivo y en directo, notándolo extraño, la verga de otro carajo en su mano, que se sentía bien, estimulante mientras el puño subía y bajaba. Dándole todavía algunos embistes al culo, se tensa todo y se corre en las entrañas del muchacho. Grita contra esa tetilla cuando siente salir su carga de leche; su dura verga, dura como no la recordaba desde hace tiempo, estalla llenándole totalmente de esperma. Echando la cabeza hacia atrás, sintiéndole temblar, morderle, pellizcarle, masturbarle y llenarle las paredes del recto de semen, Daniel Pierce se corre también. Y es una corrida buena, notándola intensa mientras la asocia a los disparos de espermatozoides que ese sujeto está depositándole en el interior.

   Monroe cae sobre él, desfallecido, y dejando caer a su vez las piernas, Daniel le abraza, sintiéndose extraño haciendo eso, los dos sufriendo todavía los estertores de esos intensos clímax alcanzados. Sus respiraciones van acompasándose, calmándose. Finalmente el alcaide saca su güevo del culo cogido, el semen manando. De hecho todo huele a esperma por las dos corridas.

   -Pierce, yo… -se atraganta ahora, sintiéndose de pronto afectado. Casi culpable de aprovecharse de un recluso que…

   -Gracias, alcaide, señor. –gime este, no sabiendo a qué se refiere realmente. Estuvo inquieto desde que amaneció, de hecho desde que Diana le dijo que tal vez podría sacarle pronto. Y ese sexo había sido…

   Llaman a la puerta y la pareja se paraliza e impacta.

   -¡Un momento! –ladra Monroe, pero ya la puerta se abre.

   -Lo siento, señor, pero voy retrasado para la ronda en el patio y… -decía Lomis, abriendo, paralizándose totalmente por el espectáculo frente a sus ojos.- ¡Señor alcaide! –brama, realmente impactado.

   -Vaya, así que aquí estabas, Tiffany… -todos en esa habitación, incluso Lomis, se vuelven hacia el hombre encadenado a las espaldas del pelirrojo, como si le hubiera olvidado por un segundo.- Oh, esto es tan incómodo, ¿verdad? Por suerte todos somos amigos… -sonríe torvo Robert Read.

   Al alcaide Monroe parece que va a darle un infarto.

……

   El interior de la casa del señor Martens, que una vez también observó mejores tiempos, parece algo oscuro y desaseado. No por basura u olores extraños, aunque una caja de piza descansaba sobre la mesita frente al televisor, era por la dejación. O por la pérdida de las ganas de luchar cada día. Owen piensa que está frente a un hombre que se rindió, o que vegeta esperando algo para activarse otra vez.

   -Tome asiento y disculpe la vista, no espero visitas. Nunca. –aclara el sujeto, sentándose también, sin ofrecer café o algo. El policía le imita, espalda recta, casi al borde del duro cojín.

   -Me interesa escuchar su historia. Se está indagando sobre… ciertos aspectos de la vida del señor Read. Quiero conocer cualquier detalle que brinde luz sobre su persona.

   -Querrá decir que todavía se investiga a la basura esa. –es despectivo.- No lo entiendo, ya le tienen, ¿no? De él sólo hay que esperar la noticia de que la inyección letal le hizo mearse encima. –sonríe con odio.

   -Sin embargo es bueno saber…

   -Sí, siempre quieren saber. Policías, abogados, médicos, periodistas… todos vuelven para preguntar, pero sólo después de que algo horrible ocurre. Nunca antes, cuando se avisa que puede suceder ese algo desagradable.

   -Si lo dice por su hijo, no he leído el informe. Sé que le declaró desaparecido, poco más. –el otro toma aire, sus fosas nasales ensanchándose.

   -Mi hijo agarró la calle. Una vez le encontraron y lo trajeron, pero… -se echa hacia adelante.- ¿Quiere saber qué tan malvado es Robert Read? Mientras le combatía para que no montara su negocio en esta cuadra, estuvo sonsacando a mi muchacho para que se fuera a trabajar en su negocio, mi chico estaba estudiando administración para ese entonces, lleno de vida, de deseos, con ganas de comerse el mundo, con su chica, pensando en formar familia. Read supo ver su rebeldía, también su ceguera a todo lo que se le señalaba. Él no podía verle en los ojos lo que muchos aquí sí supimos notar. Creía que nuestras advertencias eran tonterías de gente anticuada que se había dejado llevar por temores injustificados nacidos de la discriminación o las desconfianzas. Éramos lo viejo, Read era el futuro. La oportunidad…

   Owen Selby escuchará un relato duro, contada por ese hombre que dirá lo que sabe, pero la historia de Lamar Martens era aún más profunda y oscura. El chico era de regular tamaño y delgado, de piel oscura algo clara y facciones finas, herencia de una madre con ascendencia francesa de Nueva Orleans. Era despierto de mente, cabello algo ensortijado aunque nunca de clinejas, labios gruesos y una sonrisa fácil. Atractivo, mucho, también educado, quería ser hombre de negocios ya a sus veinte años. Tuvo un profundo disgusto con su padre cuando él y el resto de la junta vecinal vetaron la idea del matadero, algo que habría traído trabajos y aún alimentos a muchos en la barriada, y no entendió las razones de los otros para rechazarle. Así lo dijo en una junta casi sintiendo pena por ese hombre sentado en una esquina, Robert Read, que tenía que soportar los prejuicios de unos ancianos necios.

   Silenciado por su padre, cosa que le molestó más, sintió aún más simpatías por ese tipo alto y fuerte que se le acercó a decirle que le agradecía su ayuda, que montaría su negocio en otra parte, y que si le interesaba un buen trabajo, una oportunidad para comenzar y terminar con su vida de niño viviendo aún en casa de sus padres, que le llamara. Le dio una tarjeta. Esas palabras despertaron algo dentro de su pecho, el deseo de abrir las alas y de volar lejos, de mostrar su valía. De comenzar su vida. Fue algo que Robert Read entendió y aprovechó. Su naturaleza rencorosa y ruin le dictaba que le quitara el hijo al hombre que se le opuso.

   Lamar pasó casi siete meses dándole vueltas al asunto, queriendo encontrar algo más cercano, había escuchado del nuevo matadero pero quedaba prácticamente en el lado opuesto de la ciudad. Sin embargo, como deseaba salir de su casa, mostrar que ya era un adulto, decidió ir por su oportunidad. Tomó varios medios de transporte; cortándosele el aliento ante la fachada del lugar, algo inquietamente, aguardó una entrevista, siendo mirado intensamente por la asistente del hombre, una mujer alta y fuerte, Marie Gibson. Al decirle unas palabras para lograr que el señor Read le recordara, la mujer, la tarjeta en manos, todavía le vio otra vez, sus ojos parecían algo tensos, ¿piedad?, mirando hacia el pasado era probable. Pero avisó de su llegada. Fue recibido por el gran hombre, imponente en las maneras monárquicas con las cuales dirigía todo, elegante dentro de su pantalón fino y una camisa mangas largas arremangadas que dejaban notar su algo abultada panza, aunque no parecía débil, también su pecho velludo, sus bíceps enormes y los antebrazos casi negros de pelos. Irradiaba fuerza, poder y una virilidad tal que el chico casi se sentía cohibido. Una debilidad que fue captada totalmente por el cruel hombre que le contrató como asistente de finanzas adscrito a su oficina y no a Contabilidad, para “saber que hacían allá”.

   ¿Lo que siguió?, un plan siniestro para aislarle y amarrarle. El chico viajaba mucho todos los días y trabajaba directamente en su oficina, mirando al gran hombre ordenar, gritar, recompensar. Notándole siempre el porte masculino y algo agresivo cuando invadía su espacio personal, palmeándole fuerte la espalda cuando revisaban algo, casi… sobándole. Por consejos del hombre y para justificar el que casi únicamente llegaba a su casa para dormir, Lamar le reveló a su padre dónde trabajaba, la discusión fue fea. Se lo contó al hombre, quien le acunó el rostro de manera extrañamente reconfortante, diciéndole que los padres siempre protegían a sus hijos, pero que algunos a veces los consideraban… poco aptos y necesitados de protección perennemente. Que debía demostrarle que era ya un hombre. Le ofreció una pieza en el piso superior, donde ya algunos otros se quedaban de tarde en tarde. El alivio y gratitud fue tal que inconsciente le abrazó, para verse totalmente atrapado en un cálido y firme abrazo de oso, el rostro casi aprisionado entre su hombro y su cuello, notándole un aroma fuerte que le pareció era de virilidad total. Ese abrazo fue íntimo, confuso, le asustó pero a un tiempo le gustó tenerle de apoyo. La novia le corrió después de muchas promesas incumplidas de encontrarse para esto o para aquello; cuando planeaba algo con ella, Read parecía necesitarle urgentemente, y no quería fallarle. Lloró por eso, el oso le abrazó otra vez, las grandes manos sobándole la espalda. La distancia y las ocupaciones le alejaron de los amigos.

   Una vez fuera de su casa, después de otra fea discusión con su padre, quien prácticamente le corrió, Lamar terminó en la pequeña pieza, debiéndole todo a Robert Read, jurándose nunca fallarle. O molestarle. Y comenzaron los cambios sutiles, mientras trabajaba en su escritorio, le miraba despojarse de una camisa para cambiarla por otra, exhibiendo su torso poderoso e intimidante. Cuando revisaban cifras, de pie, la mano de este bajaba mucho, de manera incómoda, casi sobre su trasero, el cual palmeaba cuando terminaban de hablar. Hacía cosas como rascarse las bolas sobre el pantalón y luego le tocaba la cara. El chico comenzó a vivir en tensión, temiendo su cercanía, preguntándose si debía decirle algo; pero temiendo molestarle, callaba. No quería regresar fracasado a su casa. Y entonces…

   -Buen trabajo, Lamar. –sonrió el hombre, revisando unas cifras de pie frente a su escritorio, el chico a su lado, sacándole casi una cabeza de altura, la mano en su baja espalda.

   -Gracias, señor… -sonrió. Le agradaba, como siempre, cuando le felicitaba, aunque le incomodara su extrema cercanía.

   -Sabía que por algo te había contratado… chico. –le dijo mirándole hacia abajo, sonriéndole de manera torcida.- Quédate aquí después de la hora, cuando todos se vayan, esta noche revisaremos algo. Será un trabajo especial…

   Y el corazón de Lamar se disparó feamente cuando esa mano bajó y los dedos, decididamente, se metieron un poco entre sus nalgas, separándolas, hurgando.

CONTINUARÁ … 39

Julio César.

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 37

julio 5, 2015

… SERVIR                         … 36

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

CHICO EN HILO DENTAL ROSA

   -¿Te gusta esta, papi?

……

   -Señor Pierce, qué bien. –dice el alcaide Monroe, como si le alegrara que aceptara su invitación.- Tome asiento. Gracias, Lomis. –el guardia, algo intrigado, notando electricidad en el aire, asiente y sale.

   -Escuché que quería verme. –contesta, en la silla, sintiéndose muy consciente de sí. Su voz mórbida parece despertar calambres en la columna del otro.

   -Quería verle porque supe de la agresión que fue víctima en las duchas. –le mira, notando como el otro se contrae.- ¿Puede decirme algo al respecto?

   -No les reconocí. –miente, bajando la mirada, sintiéndose embargado de una doble emoción, la rabia y el temor al recordar aquello, y el querer ganar la simpatía y posible protección de ese hombre que le mira el cuello como si deseara tocárselo.- Pero fue horrible, señor. Horrible. –medio dejándose llevar por el recuerdo, baja la mirada cohibido.

   -Dios, lo imagino… -dice el otro, levantándose de su silla, rodeando el escritorio, era recio, el traje le sentaba bien, tenía un aire masculino y protector. Paternal. Y Daniel no entiende las sensaciones que le recorren al pensarlo. Aunque también le nota algo. Algo le abultaba entre las piernas. El hombre se sienta en el escritorio, a su lado.- ¿Cuántos fueron? –pregunta solícito. Daniel le mira directamente a los ojos.

   -Cinco o seis sujetos enormes y excitados, me tocaban por todas partes, decían que deseaban hacerme de todo. Querían que… los mamara a todos –baja la mirada, estremeciéndose.- Fue tan humillante.

   -Lo imagino. –admite el otro, voz ronca, algo caliente.- ¿Lo hicieron? ¿Le obligaron a esa indignidad? –se miran otra vez.

   -Si. No pude resistirme, eran muchos y estaban decididos a tomarme. Fue tan…

   -Claro, claro… ¿Más de uno? –pregunta caliente. Daniel le mira fijamente, sintiéndose excitado, algo ardiente corriendo por sus venas. Monta una mano muy arriba en un muslo del hombre, que se estremece bajo el contacto.

   -Tuve que mamar una verga inmensa, caliente, que casi me ahoga. No podía respirar, mi nariz estaba llena de pelos púbicos, mientras otros me… me… me tocaban el culo, metiendo…. sus dedos y…. –las mejillas de Daniel están rojas, sus ojos brillan, su mano está en llamas sobre el muslo.

   Los engranajes de Robert Read giraban y giraban, y uno a uno iban cayendo, finalmente, en su sitio.

   El alcaide Monroe, hombre casado y con familia, un respetable funcionario público, hombre respetable, mira y imagina al tío bello y mórbido, desnudo entre muchas manos y güevos grandes que quieren poseerle por la fuerza, haciéndole gritar. Se ahoga, no puede respirar; se medio mueve más, atrapa al chico por los hombros, alzándole, atrayéndole, obligándole a caer contra su cuerpo, entre las piernas abiertas, y hace algo que desde su punto de vista es terrible e intenso, aplasta la boca contra la de Daniel, quien se estremece y gime, mientras las lenguas se encuentran en un beso mordelón, sucio y prohibido. Chupan y sorben de manera escandalosa.

   El hombre mayor lleva demasiado tiempo caliente en una relación física poco satisfactoria. Mientras le besa, disfrutando el desconcertante placer y excitación de tenerle atrapado y recostado de su cuerpo, las manos cae en su baja espalda, donde la franela corta ha dejado un espacio libre mostrando la piel. Los dedos de una mano se meten por el borde del pantalón tipo mono deportivo, color naranja, bajándolo un poco. No lo ve, pero se estremece salvajemente, y su verga sufre un espasmo, cuando sus dedos rozan los inconfundibles contornos triangulares de un hilo dental que baja metiéndose entre unas nalgas de chico guapo y puto. Y los dedos sobre la mínima franja de tela le roban el poco sentido común que aún le quedaban.

   La leve sombra de barba, y el bigote, que aunque recortado está presente, raspan las mejillas y labios del joven rubio, quien no entiende totalmente ese calor que le envuelve al estar en brazos de ese hombre maduro, algo panzón, cuyas manos grandes, secas, dedos un tanto arrugados, recorren sus tersas nalgas con deleite, como entregándose a un goce maravilloso que le llega de súbito, y que le encanta. La lengua de ese hombre, que sorbe y chupa escandalosamente dentro de su boca, le provoca escalofríos. Ardía, literalmente en esos momentos, y aunque imagina que seguramente tiene algo que ver con alguna sustancia que Read le pusiera en aquella bebida antes de salir (cosa que debió pensar en ese momento), tiene la suficiente integridad, a su manera, para saber que responde porque sí, porque lo desea su cuerpo. Como lo que  le ocurría cuando estaba frente a ese tipo guapo y fuerte, Rostov, o cuando era manipulado físicamente por el oso que tenía como compañero de celda.

   Y no entiende su propia respuesta a ese sujeto; como hombre joven, saludable e increíblemente guapo para las mujeres, siempre vio ciertos signos de madurez (de vejez, así lo pensaba), como desagradables, las canas, arrugas o manchas en las manos. Algunas cuarentonas estaban buenas, más allá, no se metía. Por eso no lo entiende. Ignora, sumergido como siempre estaba ese tipo de individuos, preocupados únicamente de su goce o desempeño, que otros sujetos podían desarrollar técnicas para aflojar cucharas… o culos, como pretendía en este caso el enloquecido y afiebrado Monroe, el alcaide de la prisión donde cumple su condena. Ese hombre sabía de sus temblores y calores, sabía que estaba excitado porque su joven verga había respondido, y así como le tiene, mientras bebe su saliva, su aliento y los gemidos que ya Daniel exhala, totalmente enfebrecido bebiendo de su lengua, el hombre entierra los dedos en su cintura, reteniéndole más, bajándole más el pantalón, el hilo dental excitante mirándose a medio culo. Y teniéndole así, el hombre mayor se agita leve, de abajo arriba, frotándole el miembro al más joven con sus cuerpos, disfrutando oyéndole gemir. Eso le provoca toda clase de sensaciones al rubio, tener su verga así, tan dura, tan urgida, frotada por los dos cuerpos, encontrándose con la del alcaide, que también palpita.

   Sabiendo lo caliente que está el chico, ese hombre de experiencia mete los contornos de su mano derecha entre las turgentes y sensuales nalgas, que le queman, que están duras pero suaves al tacto, metiéndose más, rozando el hilo, la raja interglútea, cepillándole la entrada del agujero. Y hombre al que le soban así la entrada, sólo le queda gemir ahogadamente, echándolo hacia atrás, buscando más de esos dedos. Todo tenso, incapaz de soportar, Daniel separa sus bocas, de sus labios rojos penden hilillos de saliva espesa, echa la cabeza atrás y gime entregadamente, meciéndose contra ese tipo, contra su verga, mientras uno de los dedos hala y alisa los contornos de su culo. Y mientras está así, totalmente excitado, los labios algo secos del tipo caen en su cuello, el bigote erizándole, raspándole más, los dientes y boca atrapando, besando y chupando. Todo eso le tenía mal.

   -Vamos, preciosa, quiero ver tu cuerpo. –le urge, voz oscura, cargada de lujuria, mirándole a los ojos claros nublados también de deseos.- He oído que tu belleza enloquece a todos los hombres en las barracas. Quiero verlo, por favor. –le habla de manera algo anticuada, como un hombre intentando halagar a una chica.

   Algo tembloroso y febril, ya no cuestionándose nada de lo que hace, Daniel da un paso atrás, mirándole a los ojos, despojándose del gorro que cubre su dorado cabello brillante, uno que libera de la liga y cae hasta su cuello y lo bate un poco, con coquetería. Lentamente se despoja de la franela naranja, enrojeciendo cuando la mirada sorprendida, agradada y admirada de aquel sujeto cae sobre sus pectorales pronunciado, sobre sus pezones marrones claros, largos y erectos. Dándose media vuelta, mirándole sobre un hombro, baja el pantalón del mono, mostrando su trasero redondo y paradito, las tiritas del hilo dental rosa rodeando su cintura, encontrándose arriba y perdiéndose entre sus glúteos.

   Monroe traga en seco; mierda, un chico no debería tener un culo tan hermoso, se decía, el tolete latiéndole feo bajo sus ropas. Cuando el rubio se inclina, para salir del pantalón, esas nalgas se separan, se ve la tirita que recorre la raja, el redondo y lampiño culo apenas cubierto, sus bolas, más abajo, atrapadas en el saco de la tela. El alcaide siente que moja su ropa interior y pantalón ante el espectáculo. Una vez libre del pantalón, el rubio se vuelve, erecto bajo la tanga. Y aún eso, que debería ser chocante, le agrada a ese hombre mayor que abre sus brazos en muda invitación. Daniel va a él, semi desnudo, con su tanga, su cabello suelto, sus botines de prisión, hermoso y caliente, y se abrazan otra vez. Sus bocas se unen, los dientes de Monroe le atrapan el labio inferior, rastrillando, provocándole escalofríos en la baja columna, antes de meterle la lengua otra vez, chupando, necesitado de ese sabor suave y fresco, al tiempo que sus manos no se cansan de recorrer toda esa joven y firme anatomía.

   -Dios, tus tetas… -le oye gruñir, y Daniel se estremece cuando las manos algo ajadas, pero firmes, caen sobre sus pectorales, recorriéndoselos, los pulgares cruzando los pezones de lado a lado, cosa que le despierta tales calenturas que no entiende. De su torso salen desesperantes oleadas de deseos; casi, aunque se contiene, le pide que se los chupe, que los muerda. Lo necesitaba, y eso le avergonzaba un poco todavía. Era uno de esos cambios que todavía no entendía. La mirada oscura del alcaide sobre ellos, no presagiaba nada bueno.

   -Yo… yo… -Daniel no puede hilvanar una idea, aunque no pensaba contar de las cremas y ungüentos que Read le aplicaba.

   -Tranquilo, me gusta una nena de buenas tetas. Es agradable. –le sonríe, afectuoso, paternal, bajando el rostro, bañándole el torso con su aliento, los pelillos del bigote llegando antes, la boca algo reseca cubriéndole uno de los pezones.

   Aunque ya había sido manipulado físicamente antes, y en estados aún más calenturientos por drogas, Daniel no puede evitar tensarse y gritar cuando los labios secos se cierran sobre su aureola, succionando. La chupada, las azotadas con la lengua, los ruidos babosos, la estimulación directa a su pezón que se estremece, arde y endurece todavía más, le tienen gimiendo de manera casi femenina. Sorprendiendo al otro, que abre los ojos, ignorando que los había cerrado para mamar de ese pectoral. Vaya, cuanto le gustaba…

   Pasa al otro, con Daniel proyectando su cuerpo hacia adelante, deseando exponer más superficie. Le succiona entusiasta mientras le recorre las caderas con sus manos, los dedos de nudillos algo arrugados, con algunas canas, se clavan en la tersa y lisa piel joven, una de ella, incapaz de aguantar más, se mete dentro de la tirita del hilo dental, bajando hacia la raja, jugando con la punta de un dedo con ese culo. Y Daniel gime y chilla, mareado, sintiéndose totalmente estimulado por el carajo que mama y le manosea expertamente. La boca va de una tetilla a la otra, mordiendo y succionando, dejándolas aún más hinchadas y sensibles. Daniel casi da un traspié cuando esas manos dejan sus nalgas y caen en sus hombros, así como la boca que se aparta. Abre los ojos y encuentra la mirada de ese sujeto. Totalmente rojo, casi avergonzado.

   -¿Cómo te llamas?

   -Daniel… Daniel Pier…

   -No, como te dice él. Tu hombre. –el rubio se estremece al oírle.

   -Tiffany… -el nombre escapa como un susurro de sus labios.

   -Tiffany… -repite Monroe, estremeciéndose con una lujuria sucia y poderosa que le quema y avergüenza un poco, pero que no puede controlar.- Bien… Tiffany, hay algo que… -toma aire.- Nunca hago esto, pero lo quiero… -le atrapa el rostro con las dos manos, casi respetuoso.- Quiero chupar tu coño. Quiero meter mi lengua en tu concha de hembra ardiente…

   Nunca estaría totalmente seguro de cómo llegó ahí, piensa Daniel, echado de espalda sobre el escritorio del hombre, la cabeza colgándole fuera de la mesa, mientras ese tipo le alza una rodilla, él elevando la otra, ofreciendo su raja interglútea medio cubierta, sus bolas y la verga que moja dentro de la mínima tanga que aun así la contiene. Tembloroso, dejando caer la cabeza, lo siente, como Monroe acerca el rostro a su culo, el calor corporal es lo primero, luego el resuello, finalmente una nariz, unos pelos de bigotes y unos labios secos que se frotan de abajo arriba sobre su raja con tanga y todo.

   El hombre se pregunta si podría hacerle lo mismo que a Martha, su mujer, de cuando tenían sexo, más o menos veinte años atrás, antes de que la relación en la cama se convirtiera en una rutina para que él se desahogara de vez en cuando y ella pudiera continuar sin sus insistencias molestas. En ese entonces a ella le gustaba que le metiera la lengua. Tal vez eso era lo que le tenía tan caliente, la abstineneica a los juegos que ella le imponía, se dice, metiendo un pulgar y apartando la tirita, exponiendo en directo ese culo redondo, cerrado, liso, mucho (ignora que Read le obliga a usar cremas y pastillas con hormonas). Lleva un dedo y lo apoya en la entrada, frotándola sin entrar, estremeciéndose oyéndole gemir.

   Daniel abre los ojos cuando se aleja ese dedo, uno que le enloquecía provocándole esas cosquillas tan íntimas, que le erizaban todo y le contraían las bolas dentro de la tanga (como le ocurre a todo tío cuyo culo es acariciado así). Se tensa y gime cuando algo titilante, cálido y húmedo cae sobre su entrada, cruzándola como una brocha, de abajo arriba. Una y otra vez. La lengua. El viejo iba a…

   -¡Ahhh! –grita contenido, enrojeciendo más.

   La boca del alcaide se cierra sobre su ojete, soplándole, abriéndole el esfínter, apuñalándole con la lengua que enrolla en tubo. Esa boca, totalmente cerrada, chupa, lame y lengüetea de manera salvaje. Cada movimiento, resuello o roce provocan más de sus gemidos. Es tanto ese placer que enciende las ganas, que apoya el pie de la pierna que tiene libre sobre la mesa y se agita. Sus caderas van y vienen mientras esa boca le chupa la vida, quemándole las bolas dentro de la tanga; la lengua del hombre con experiencia no sólo está lamiéndole, le está abriendo y mojándole, reparándole para la llegada de su hombría más tarde. Sabe hacerlo, se dice estremeciéndose, estaba en manos de un hombre que sabía cómo hace disfrutar a otra persona. Monroe le suelta la rodilla y deja caer también la planta de ese pie sobre el mesón, y así, usando los dos como puntos de apoyo, el muchacho alza la baja espalda y se mece, sus culo va y vienen contra esa lengua que se le mete, toda, quemándole, cogiéndole. Esclavizándole a la necesidad de experimentarla.

   La siente, esa lengua, pegar y quemar contra los labios de su entrada, la nota cuando penetra, reptándole; y no puede dejar de gemir, de arquearse, de transpirar, su cabello cae sobre su rostro una y otra vez mientras de su boca abierta escapan roncos jadeos de placer. Era increíble ver al hermoso chico rubio de cabello largo, echado sobre ese escritorio, entre sus piernas, la gris cabeza de un hombre maduro que le comía el culo de manera ávida, voraz, saboreándole. Era todo un espectáculo erótico el verlos agitarse, escuchar sus gemidos ahogados de placer, notar la mórbida entrega del rubio, que deja caer su nuca y lanza gemidos de abandonada lujuria. El culo iba contra esa boca, Daniel deseaba esa lengua que le penetrara una y otra vez.

   -Hummm… hummm… -gime totalmente excitado.- Oh, Dios, si, cómase mi coño, señor. Cómame el coño… -gimotea, y decirlo, eso, le produce una cálida ola de vergüenza y placer.

   El hombre obedece, buceando aún más con su boca en ese culo, cogiéndole con la lengua una y otra vez, dejándoselo totalmente ensalivado; lengua que entra más fácilmente ahora que el chico se abre totalmente. Monroe aparta el rostro, frotando la cara de esas bolas ocultas, del güevo bajo la tanga.

   -Me gustaría… -comienza, ronco, rostro contra sus bolas; Daniel alza la cabeza, el cabello colgándole, sus miradas atrapadas.- Quiero hacerte el amor… ¿Me dejas? –le pide.

   El hombre rubio tiembla con calores extraños, por la mirada, las palabras, por el roce de esa barbilla con manchas grises de pelos que se frota a lo largo de su verga dentro de la tanga. No pudiendo hablar, boca abierta, ojos, brillantes, cachetes rojo, asiente. El consentimiento le estremece porque sabe que está entregando aún más de lo que puede expresar con palabras o gestos. Pero no puede evitarlo, así, tenso, arqueado sobre ese escritorio, le agrada la sonrisa del otro, casi feliz, agradecido de que aceptara, mientras se pone de pie aflojando su corbata porque siente que se quema, que no puede respirar. Verle quitársela, febril, así como el saco y abrir un poco su camisa mostrando parte de un torso velludo con canas, le hace arder aún más. Así como la visión de lka mole que levanta la tela suave del pantalón gris del sujeto.

   Si, lo quiere, reconoce, aterrorizado y excitado. Se sienta en la mesa, mirándole fascinado, no entendiendo por qué, adorador como era  de la juventud (la suya). Lleva las manos y las mete dentro de la camisa, recorriéndole el torso velludo, algo blando, sintiéndose vivo. Le gusta como el alcaide Monroe espesa la respiración, mirándole con un deseo total. ¡Aquel hombre le deseaba! ¿Qué más daba?, se dice, pronto se iría de allí y olvidaría todo eso. Eso lo piensa mientras echa el rostro hacia adelante, ofreciéndose, y las bocas vuelven a unirse en un beso íntimo y baboso, desesperado.

   Robert Read estaría contento de saberlo, por muchos motivos.

……

   Mal encarado, Jeffrey Spencer entra en su apartamento, la noche había sido una mierda; las noticias sobre Marie Gibson, doble cagada; y el comisario Selby, con su harén… Casi grita, sobresaltándose de sorpresa cuando Anna, su mujer, mirada dura, brazos cruzados en el pecho, le corta el paso.

   -¿Dónde estuviste toda la noche? ¿Por qué no volviste? ¿Qué estabas haciendo? –reclama, desconcertándole.

   Enrojece, porque por ningún m,otivo de este mundo le contará nada de lo ocurrido, pero también se molesta, por el tono de la mujer, uno demasiado beligerante, tratándole como a un tonto frente a la señora que sacude en esos momentos la sala, la cual se tensa.

   -Estaba… atendiendo algo.

   -¡Me lo imagino!

   -¡Era trabajo! –se altera. Y desconcierta más. Anna nunca había mostrado interés en sus pasos o su vida.

   -¿Trabajo? ¿Toda la noche? ¿Me crees idiota? –se ve molesta. Y por un segundo se siente ahogado de rabia.

   -Tú sales muchas veces de noche, incluso fines de semana… en jornadas de trabajo, ¿no? ¿Qué tiene esto de raro? –la mujer traga en seco.

   -¿Estabas con otra? –suelta lo que quería saber desde el principio.

   -¿Qué?

   -¿Me estás engañando?

   -¿Qué es esto? ¿Un ataque de celos? ¿Tú? ¿De mí? –exasperado y casi divertido, la encara. Lastimándole su sonrisa dura.

   -Claro que no; pero no me vas a hacer quedar en ridículo frente a nuestros amigos, conocidos y empleados. No voy a ser esa mujercita a quien el inútil de su marido engaña con cualquiera mientras ella lo espera con la cena en la mesa. –lo dice desdeñosa.- ¿Dónde estabas? –pregunta otra vez, fría. Y Jeffrey aprieta los puños.

   -Ya te lo dije. Y no tengo tiempo para buscarle sentido a tus necedades, Anna. Si existe la posibilidad de que te sientas ofendida y humillada por mis acciones, no debería comportarte como una mujer sin marido, haciendo lo que te da la gana por ahí, para que todos hablen en primer lugar. –alza la voz y puntualiza con un dedo. Sorprendiéndola totalmente. No estaba acostumbrada a que gritara… Bien, es que nunca lo había hecho.

   -¡No me hables así frente al servicio! –grazna, aguda. Eso le altera más, su fatuidad, su desdén, su total falta de empatía o sentido del ridículo y la circunstancia. Su desprecio hacia él, a quien si gritaba frente a los emleados.

   -¿Sabes qué?, estoy de afan. –la deja con la boca abierta.- Me ducharé, comeré algo y saldré para los tribunales. Ya algo bástate malo tengo que encarar para que también tenga que soportar tus tonterías, y justo cuando me duele la cabeza. –y sigue con su camino, rumbo a la habitación, dejándola con la palabra en la boca.

   -¡Jeffrey! –Anna le grita, alterándose cuando este no se detiene ni la atiende. Le sigue. Llamándole a gritos, incapaz de creer que la trate de esa manera.

   A solas, en la sala, una mujer sonríe. ¡Ya era hora de que pusiera en su lugar a esa perra!

……

   Owen Selby, mal encarado, detiene su auto frente a la vieja y ruinosa casa en los suburbios, unos muy distintos a aquellos donde vive, o vivía, Marie Gibson. Era una zona pobre de hogares que comenzaron con muchas esperanzas en el futuro y que poco a poco fueron viendo como ese mañana moría. Dos fábricas cercanas habían cerrado llevándose el mercado laboral a otra parte. Eso afectó a todos, aún a las rameras; quienes se preparaban emigraban hacia el Centro. Para quienes se quedaron, el dinero dejó de alcanzar para reparaciones, para pintar fachadas, y aparentemente para recoger basura. Una vez Robert Read había pensado en montar allí otro de sus mataderos, pero, aunque compró el terreno, el cual contaba con una vieja casa, no pudo. Los vecinos se opusieron a cal y canto; cosa sorprendente dado lo ruinoso del lugar y lo necesitado que debían estar de oxígeno comercial.

   Abriendo la vieja verja que hablaba de mejores tiempos, y pretensiones, cruza el feo jardincillo, llamando a la puerta poco después, esperando por Josías Martens, un hombre que se opuso ferozmente a la llegada de Read a la zona. La puerta se abre, un hombre negro, sesentón, inmenso aunque de precaria apariencia, le encara. Ceño fruncido, mirando sobre su hombro hacia el vehículo aparcado. Llevaba un bermuda a cuadros a media piernas y una camiseta alto ajustada, que debería ser blanca pero estaba sucia. Y el policía apostaría que algunas manchas eran de café, otras de comida y el resto de cervezas. El sujeto olía algo rancio. Se veía despeinado.

   También parecía atormentado. Y más tarde entendería. De su boca, Owen Selby escucharía una historia atroz, sórdida. Entendería en parte la clase de monstruo que Robert Read era. Temiendo, como nunca, que semejante basura pudiera no solo ser despenalizado de la sentencia de muerte, sino que hubiera la menor posibilidad de que volviera, algún día, a las calles.

CONTINUARÁ … 38

Julio César.


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