Archive for the ‘RELATOS GAY DE MALDITOS…’ Category

SERVIR Y OBEDECER… 7

julio 21, 2015

SERVIR Y OBEDECER                         … 6

   La siguiente historia NO ES MIA.

SERVE AND OBEY

By: Lexicode

MILITARES EN PROBLEMAS CALIENTES

   Y todavía faltan otros.

……

   ¿Sufrir? ¿En serio? ¿Acaso no levaba en eso horas, días o semanas? Ya no piensa con claridad, pero le parece que es bastante. Ignora que el programa de control mental comienza a funcionar, confundiéndole, haciéndole olvidar cosas, detalles. Por ahora, aunque embotado, sólo puede ocuparse de esa vaina, el consolador, que vibra contra las paredes de su recto. Odia que le afecte de esa manera, intensa, profunda, estimulante. Odia sentirse manipulado así, verse obligado a responder aunque no quiere. Muerde la bola en su boca con furia, luchando contra el mareo.

   -¿Listo para sufrir? –le pregunta de nuevo, como para obligarle a concentrarse en esa idea, mirándole a los ojos, el rostro muy cerca, inclinado frente a él.

   Y no, no estaba preparado. No para eso. Una mano del sujeto, grande, le atrapa la verga totalmente erecta bajo el chico suspensorio, y el toque es eléctrico, casi se corre de pura calentura. Se había drogado un poco antes con hierba, se hacía pajas desde los trece años, otras manos se las habían hecho (chicas, una vez un amigo, cuando tenía quince, como todos), pero nunca había sentido eso, ni con la hierba o con otra persona tocándole. Esa mano, cerrada en puño sobre su tolete, apretando, haciéndole consiente de la tela, ese sentía increíble. Ruge tras la bola, no puede evitarlo, ese puño se mueve un poco sobre su tolete, medio masturbándole, una, dos, tres veces, y se tensa. Cierra los puños, sus muslos se contraen, casi se alza, el consolador en su culo parece incrementar sus olas estimulantes. Dios, estaba tan caliente… Pero no. No se entregaría.

   Queriendo resistir, respira profundamente, intentando alejarse mentalmente, pero esas luces, la voz que volvía a escucharse en sus oídos, todo conspiraba contra él. Ese sujeto le baja la parte delantera del suspensorio, su miembro canela rojizo, pulsa al sentirse libre y recibir algo del frío aire del ambiente. Y quiere que se lo agarre. Que lo toque. Muerde con rabia esa bola entre sus dientes, odiándose por eso, pero esperando la mano que finalmente llega. Y gime cerrando los ojos, siente las puntas de esos dedos que le rodean la base del güevo con el anillo de cuero y cierra. Gime. Cerró mucho, le mordía la dura carne. En sus oídos la voz que viene de los audífonos comienza una nueva cantaleta.

   -Dilo y serás libre de tus ataduras mentales, de tus impulsos reprimidos. Quiere vivir a plenitud, sentir y gozar. Y todo comienza con admitirlo en voz alta, con decirlo. Di que quieres ser tocado. Dilo, porque en verdad lo deseas, chico. -la voz es la del sujeto, baja, grave, atractiva, sugerente, ominosa.- Vamos, dilo.

   Casi salta sobre esa silla donde pareció ir adormilándose cuando le siente detrás, inclinado sobre un hombro, con una mano cubriéndole la boca con todo y bola. La misma voz llegando desde otro punto, sobre la suya propia. Es confuso. Desorientador.

   -Vamos, latino bonito, una por mí, tu dueño. –le susurra al oído, acercando algo a su fosa nasal izquierda, cubriendo con el pulgar la otra. Inconsciente, respirando pesadamente como estaba, inhala, y siente el golpe en su cerebro. La operación se repite en su otra fosa.- Vamos, otra. Grande.

   Luchó, pero terminó aspirando. El hombre se aleja, dejándole la boca, así que toma aire frenéticamente, tosiendo, sintiéndose más mareado y consiente de sí. Hay un calor intenso que se le desata, que nace en su pecho y abdomen, y lo baña totalmente. Debía ser algún fármaco estimulante, imagina, pero al poco tiempo casi grita en agónica tortura. En su culo el consolador parece ganar nuevas cumbres. El vibrar parece intensificarse, las paredes de su recto lo aprietan feo, con codicia… deseándolo.

   -Reconoce que lo quiere, que deseas que te toque, que te sobe, que te tome. Lo deseas tanto que te duele… -oye en sus oídos, aumentando su desesperación, con lágrimas ardientes de vergüenza escapando de sus ojos y corriendo por sus mejillas, de confusión y calenturas, sabiendo que está aflojando y apretando su culo sobre el juguete sexual.- Te mueres por decirlo, lo deseas tanto… tanto… tanto… tanto…

   Y grita, por un segundo no sabiendo si ocurre o lo imagina. Algo untuoso cae sobre su verga enrojecida de la sangre que la llena. Quema un poquito, pero se siente bien. Cuando una mano grande cae sobre ella, masturbándole así, untando ese líquido, cree que se morirá de gusto. Tensando otra vez al máximo sus muslos, intenta infructuosamente soportar tantas estimulaciones. Abre los ojos y ve la nuca amarillenta de ese tipo, sin la gorra, inclinado frente a él, su puño de nudillos blancos rodeándole el tolete, masturbándole, arriba y abajo. Mierda, era tan bueno en eso, y se sentía tan intenso y poderoso que teme morirse.

   Jim sabe que se está tardando un poco más de la cuenta, pero no se apresura. El güevo del muchacho, grueso y largo, joven y lleno de ganas, pulsa y quema contra su palma. Se sentía bien tenerle así, casi al borde de una crisis. Deja el puño quieto, apretando duro, tensándole, frotándole el ojete con el pulgar, untando todos los jugos que salen de allí.

   Echando la cabeza hacia atrás y cerrando los ojos, Eddy Morales solloza abiertamente, pero no sufría, o si, le torturaban, pero de una manera confusa y excitante. Está a punto de correrse, lo sabe, y no puede evitarlo. No es su culpa, no es… Su respiración se hace frenética, superficial, su pecho ancho se expande, su abdomen se tensa como sus muslos, su tranca pulsa salvajemente, está a punto y…

   Confuso, ruge disgustado, ese sujeto le suelta el güevo, dejándole a las puertas del clímax. Casi reclama ahogadamente, viéndole ponerse de pie, sonriendo burlón, subiéndole el suspensorio chico, que casi le lastima de manera erótica al intentar cubrir toda esa masculinidad inflamada.

   -Te mereces esto, perrito malo. –le informa, aumenta las revoluciones del vibrador y se aleja.

   El chico se tensa salvamente, echando otra vez la cabeza hacia atrás. Esa vaina estaba enloqueciéndole, intenta mecer sus caderas, tocarse, buscar el alivio del orgasmo de alguna manera, pero no puede. Está a solas, siendo estimulado, su tolete casi estrangulado por un anillo que lo mantiene erecto, ardiente y con ganas de liberarse contra una tela que le aprisiona bastante, y que se moja con sus jugos.

   No sabe si es porque el otro se ha ido, pero la voz en los audífonos parece ganar intensidad, así como las luces que estallan frente a sus ojos.

   -Admítelo, muchacho, deseas pertenecerme. Reconocerme como único dueño de tu cuerpo, tu mente y tu vida. –la sugerente voz es casi burlona, obligándole a cerrar los ojos y apretar los dientes como intentando aislarse de ese sonido.- Cuando termine contigo, harás lo que te ordene, lo que sea, y obedecer será la dicha para ti. Imagina, estás de vuelta en tu regimiento, con todos tus camaradas, tus botas, uniforme y chapas. Si te lo ordenara, frente a todos, en el comedor, subirías tu franela verde oliva, mostrando tu abdomen ante todos, luego tus tetillas, duras y excitadas, y te acariciarías aunque todos te preguntaran qué haces. –menea la cabeza, deseando alejar la imagen, adivinando que imaginarlo lo hará más fuerte.- ¿Sabes qué tanto harías, allí, frente a tus camaradas a la hora de la comida si te lo ordeno una vez que termines de admitir que me perteneces? –le reta esa voz; su cuerpo arde y brilla bañando de traspiración.- Si te lo ordenara les darías la espalda, montando una rodilla en una silla, abriendo tu pantalón y metiendo una mano por detrás, recorriendo con una mano ese trasero que fue hecho por el buen Dios para ser palmeado y pellizcado por los hombres; metiendo tus dedos en la raja entre tus nalgas, hecha para que descansen las vergas erectas antes de cogerte, y te sobarás. Y si te lo ordeno, comenzarías a meterte un dedo. Adentro y afuera… adentro y afuera mientras todos gritan que eres una perra… adentro y afuera mientras ronroneas… adentro y afuera mientras echas aún más atrás ese culo penetrado por tu dedo… adentro y afuera casi rogando por un macho caliente…

   Con furia ahogada, frustrada, Eddy echa otra vez la cabeza hacia atrás, forzando su cuerpo contra las ataduras, deseando liberarse… imaginándose en ese comedor, sonriendo mórbido, rojo de cachetes, su dedo adentro y afuera, tragando en seco cuando los primeros de sus compañeros se acercan, abriendo sus braguetas…

   -Oh, sí, tu olor a perra en celo los enloquecerá… -¿oye esa voz, lo imagina o es su propia idea? No lo sabe y eso le aterra.

……

   Sintiéndose ligeramente molesto, Jim Preston cierra bien la puerta y va a la cocina. No sabe por qué esta tan inconforme pero… Se lleva la mano al rostro. Allí estaba el olor de los líquidos del latino de mierda. Olfatea profundamente una y dos veces, antes de arrugar la cara con disgusto crecientes y lavarse las manos en el lavaplatos de la impoluta habitación. Desde allí ve una polvareda que se acerca. Entre frunce el ceño. Tiene visitas.

   El auto patrulla del comisario Fox se acerca a la casona. Abrir la reja de entrada al camino secundario no fue problema, no estaba asegurada. Era para demarcar el límite de la propiedad de un hombre que prefería su soledad. Se detiene y baja, mirando en todas direcciones, detectando en seguida a los tres enormes pastores alemanes que se ponen de pie, sin gruñir o ladrar, dirigiéndose hacia el vehículo. Levanta una mano como indicándoles que viene en paz, pero con la otra libera el seguro del arma y aparta los dedos tan sólo un poco. El sargento Dickson no desciende del vehículo.

   -Comisario. –Jim sale de la casa, alto, joven, guapo. Lleva una camiseta azul clara, visibles los tatuajes de ex marine en sus hombros. Con la gorra. Observa al hombre de ley, la mano cerca del arma. Sonríe muy levemente y silba. Los pastores retroceden.

   -Preston… -corresponde al saludo, apartando la mano del arma. No asegurándola en el cinto. Era un hombre listo. Y peligroso.

   -Está lejos del pueblo para una visita de cortesía, y con este calor, debe ser algo importante lo que le trae a este fin de mundo.

   -Estoy haciendo algunas comprobaciones, vine con… -señala al militar mal encarado que baja, y que observa a Jim con desconfianza.- …El sargento artillero Dickson, policía Naval, quien está realizando una investigación. Sobre marines desaparecidos. –le estudia a los ojos, pero Jim tan solo frunce el ceño.

   -¿Marines perdidos? Suena extraño. Esto no es Afganistán o Irak. Seguramente andarán… con sus novias.

   -No, desaparecieron. Uno de ellos, el cabo Edward Morales, lo hizo hace tres días. Del pueblo. La última vez que le vieron fue frente a la fonda de Huge. En la…

   -La estación de gasolina, lo sé, comisario. –suena levemente exasperado, cruzándose de brazos.

   -Bien, alguien le vio ir a los sanitarios y luego… -se encoge de hombros.- Estamos comprobando con todos los que estaban alrededor, alguien vio tu camioneta.

   -Sí, he tenido que ir al pueblo dos veces en la última semana. Prácticamente estoy viviendo allá, me parece. –sonríe a duras penas.- No vi a nadie, comisario, lo siento. ¿Era un…? -estudia al sargento.- ¿…Un hombre blanco ese Morales?

   -Era un marine, señor. Es un marine. –aclara el militar, con disgusto.

   -Lo que diga. Lo señaló porque si es un negro tal vez huyó, y si es un latino tal vez ande de putas, o drogándose. Ya sabe cómo son. –es increíblemente grosero y el comisario Fox siente una rabia fría. Conocía a sus vecinos, era bueno llevarse bien, por suerte no había que apreciarles.

   -¡Todos son marines! –sentencia el militar, conteniendo las iras a duras penas. Le molesta el indolente encogimiento de hombros del otro.- ¿Vive solo? La propiedad es bastante grande. –pregunta seco. Jim, ojos fríos y duros, no le responde, se vuelve hacia el comisario.

   -Responda, Preston.

   -Vivo solo.

   -Curioso. –comenta el sargento, deseando preguntar muchas cosas más.- Sobre todo por lo apartado que está de todos.

   -Y ni así logra uno un poco de paz. –la réplica le molesta.

   -¿Entonces no vio a nadie, nada?

   -Es lo que dije. –sus miradas se encuentran, desafiantes.

   -¿Le molestaría que… revisáramos los alrededores? –pregunta el militar, notando el ceño del comisario y el tensar del otro.

   -¿Tiene una orden?

   -¿La necesitamos? –reta otra vez.

   -Para “revisar” si. No me gusta que se metan en mis cosas. Es mi propiedad, mi casa. Mi derecho. Soy un hombre blanco, protestante, un ex marine que sirvió a su país; no me gusta que nadie se crea con la potestad de incordiarme. –es la réplica casi miliciana. Se vuelve hacia el comisario.- Pero si quiere hacerlo, Fox, hágalo. No debo permitir que el tono fascista del sargento impida que se busque a ese marine. Allí está la casa, por allá el establo. Ahí el…

   -No es necesario, Preston. –corta Fox.- Lamento haberle molestado.

   Jim, quieto, brazos cruzados, les ve hablar en voz baja, nota como el comisario casi lleva a rastras al otro al auto y parten después de un saludo.

   -¡Espero que le encuentre! –todavía tiene la desfachatez de gritar.

……

   -¡Ese sujeto es sospechoso! –brama molesto Dickson.- Debimos revisar y…

   -No teníamos un motivo ni una razón para hacerlo. Que sea una persona desagradable no le hace un delincuente. Y debo decir que su tono de “si quiero puedo”, no ayuda, no por esta zona. La gente siente que sus casas son sagradas y nadie tiene derecho a meterse en ellas sólo porque lo desea. –ruge el comisario, mirando hacia atrás por el retrovisor.- Aunque su tonito de supremacía blanca debe tenerse en cuenta. Creo que investigaré un poco más a fondo al vecino.

……

   No sabe cuánto tiempo lleva padeciendo esa pesadilla que  confunde su mente. Le parecen horas, se siente tenso, excitado, hambriento, agotado y a un tiempo lleno de energías. Ya no distingue lo que hace o dice, sabe que farfulla a través de la mordaza, pero no sabe qué. Luego nota que puede mover las mandíbulas al quedar liberado. ¿Es cierto? No está seguro, sólo que está tenso, muy tenso.

   -Vamos, hazlo. –oye a sus espaldas, directamente detrás de él, notando sólo ahora que está de pie, frente a la silla, desde donde ese sujeto le mira, sentado, sonriendo, totalmente desnudo a excepción de sus botas militares y las chapas en la cadena alrededor de su cuello.

   Le ve sonreír sardónico, las manos descansando cómodamente sobre los apoya brazos, la verga totalmente erecta, tal y como la temía (e imaginaba), larga, gruesa, rojiza, totalmente nervuda, la cabeza brillante, una gota mojando el ojete. Y él de pie, quieto. Agitado se pregunta por qué no corre, por qué no huye. Sólo le mira.

   -Vamos, chicano, sé que sufres y que no puedes resistirlo más. No es tu culpa, lo sabes, es lo que quieres, esto… -y sonriendo, sin tocarse, agita la verga en la nada, como una dura vara de mago, mareándole.- Deja de negártelo, desde que la viste sabes que no quieres ni puedes escapar de ella, ¿verdad? –y la agita más, y él sin poder apartar la mirada. Todo deja de tener sentido.- Ahora, chico…

   Y temblando como una gelatina, tragando en seco, él mismo no puede creer lo que hace; volviendo la mirada al frente, cierra los ojos mientras se atrapa las nalgas con las manos, separándolas mientras va echando el culo hacia atrás, agachándose, va a sentarse sobre la tiesa barra que pulsa y envía vahos de calor que le llegan. ¡No!, ¡no!, grita su mente, pero no se detiene. Tan sólo un instante cuando la mojada y roja cabeza pega de su entrada, quemándole.

   Echando la cabeza hacia atrás, apretando los dientes con rabia, Eddy Morales baja su culo, y palmo a palmo va atrapando la gruesa pieza que le abre el esfínter, le frota las paredes del recto y le llena con su presencia estimulante. Grita mientras lo hace, jadea, pero no se detiene. Ese sujeto no hace nada. Sólo ríe y espera. Y el marine extraviado cae sentado sobre su regazo, totalmente empalado sobre esa verga que le llena por completo, estremeciéndole.

   -¿Te gusta sentir tu culo lleno de güevo, chicano? –le pregunta al oído, y a Eddy todo le da vueltas.- Responde o te la saco.

   -Oh, Dios, si… -grita casi con rabia, desesperado, odiándose al hacerlo, su culo aprisionando y masajeando la dura mole de carne masculina que penetra su entrada secreta y sagrada de hombre heterosexual.

   -Vamos, hazlo, sube y baja como deseas, enculate tú mismo como te pide tu cuerpo. Demuéstrame cuánto te gusta, y en cuanto lo hagas serás mi perra para siempre. Hazlo y serás mío.

CONTINÚA…

Julio César.

DE AMOS Y ESCLAVOS… 22

julio 18, 2015

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 21

MUSCULOSO TIO NEGRO EN TANGA ATIGRADA

   Ya viene su amo…

……

   -Eso que te hacen, negro puto, es trabajarte el punto G, de gay. O M, de marica perdida. –oye a Hank, que le sonríe, de pie, alto y bello, la enorme verga afuera, llamándole.- Max es malditamente hábil en eso. Esos calambres que sientes, esas ganas de atraparle el güevo y no soltarlo nunca, de sentirte siempre lleno con él, es un signo de que tu culo se vuelve una vagina hambrienta de hombrías. Oh, sí, estás convirtiéndote en mi puta.

   -Toma todo mi güevo, puto. –le grita Max, soltándole y nalgueándole, lo que le hace gemir.- Vaya, si que eres un enorme negro calentorro, ¿eh? Vamos a cogerte toda la noche, puto. Toda la noche. Eso te lo pone duro, ¿verdad? –le oye preguntar, y una mano se mete bajo sus caderas y le aprieta el tolete sobre el bóxer.- Si, tiene el clítoris totalmente inflamado. –se burla, metiéndose, casi acostándose sobre él, susurrándole en el oído.- ¿Sabes cuándo alcanzarás tu orgasmo de puta? Nunca. De ahora en adelante no puedes correrte si no te lo permite un hombre blanco.

   Las arremetidas del rojizo y grueso falo se incrementaron contra las morenas nalgas, el redondo agujero entre ellas quedaba lleno, totalmente penetrado, tan sólo un pedacito se veía cuando el sujeto lo dejaba allí, todavía empujando más, para disfrutar de las violentas apretadas que esas urgidas entrañas le daban. ¡Y miren que halaban y chupaban!

   -Ahhh… negro maricón, ¡tómala toda! –le grita sacándoselo violentamente, el rojizo tolete pulsando con fuerza, estallando en un potente chorro de espesa y blanca esperma que empapa la espalda de Roberto.

   Este se estremece al sentirla, al saberse bañado por el semen de otro hombre, quien parecía marcar así su territorio. Todo eso lo piensa con los ojos totalmente cerrados, con el güevo de Toño en su garganta, los pelos púbicos de este metiéndose dentro de las fosas nasales, succionándolo, aspirando el olor a macho, mientras el del semen, ese aroma fuerte a hombre, comienza a llenarlo todo otra vez cuando el segundo y tercer trallazo aterrizan sobre su espalda y nalgas. A Max le gustaba así, bañar a sus putos con su leche.

   -No, no te la tragues, negro goloso. –oye que le ruge Toño, apartándole de su verga, empujándole por la frente, dejándole la boca sin güevo.

   Rápidamente se pone de pie y va tras esas piernas separadas, ese culo abierto, esa espalda chorreada de esperma, metiéndole dos largos y delgados dedos, sonriendo cuando siente como el esfínter se cierra con entusiasmo sobre ellos.

   -Estás hambriento. –le dice Hank a Roberto, sonriendo, cayendo sentado frente a su rostro, cacheteándole cuando este, ojos brillantes, acercó el rostro a su verga. Se miran.

   -Déjame chupártela, amito. –suplica de manera humilde, necesitado, sin importarle las risas que tal declaración levantan.

   -Soy demasiado bueno contigo, negro de mierda. –se burla, asintiendo.

   Y ronroneando por los dedos que juegan con sus entrañas, y la expectativa de saborear nuevamente el rico falo de aquel muchacho horrible y odioso que le había llevado a eso, Roberto casi blanquea la vista mientras sus gruesos labios se cierran sobre el glande, específicamente sobre el ojete de su amo, y succiona las gotas que encuentra, un exquisito licor que le eriza y excita todavía más.

   -Está ardiendo, este coño quiere más… -gruñe, burlón, Toño.

   Y no perdió tiempo; logrando atravesar la punta de su tolete, lo empujó totalmente, de una sola embestida dentro del cálido agujerito de la perra de su amigo. Este medio chilló. Pero ya Hank, esperando el momento, le clava su enorme tolete hasta la garganta, obligándole a jadear, atrapándole el collar sobre la nuca, cerrándolo sobre su garganta, asfixiándole, dejándole con ojos llenos de alarma y algo de lágrimas.

   -Estos güevos son para ti, negro de mierda. Llamé a mis amigos para que nos los ordeñes, para que nos los trabajes con apretadas, haladas y chupadas, queremos vaciar nuestras bolas en tu cuerpo, cosa que nos hace felices porque somos hombres, machos de verdad que nacieron para joder a chicas y a putos como tú. Tu recompensa es esa, saber que nos sirves, y tu regalo es cada pulsada en tus sentidos ávidos de güevo, es cada gota de semen que nos sacas y que nutre tu cuerpo de adorador de machos. –le dice, mirándole a los ojos llenos de humedad, teniéndole atrapado casi contra su pubis, mano firme tras el collar.- Tal vez pienses que soy un desagradable hijo de puta contigo, pero en verdad te hago un favor. Mostrarte tu lugar, y en él, atendiendo güevos blancos, serás feliz como nunca lo has sido en tu puta vida sin sentido. ¿No merezco que me des las gracias frente a mis amigos por todo lo que te doy, ah, hijo de las tres leches?

   Sin esperar respuesta, esta vez, hala el collar, sonriendo al notar los oscuros ojos de Roberto brillar intensamente, sabiendo que le estimulan sus palabras, el sentirse atendido, lleno de güevos por sus orificios, mientras le hala del collar, que le dificulta tragar aunque mama. Lo sabe, a muchos les encanta sentirlo, la presión sobre sus tráqueas del cuero, seguramente inconscientes de que admiten y disfrutan el control de la mano dura del amo.

   -Mierda, qué culo tan rico… -brama Toño, con la boca abierta, sonrisa boba, engolosinado al meter y sacar su tolete con fuerza de ese agujero caliente que se lo atrapa y chupa con entusiasmo. Es tanto que incrementa la rapidez de sus cogidas, cepillándole una y otra vez la pepa y logrando hacerle gemir.

   -No es un culo. Los hombres tienen culos. Aún los gay… esta putita lo que tiene es un coño. –aclara Hank, mirando a Roberto a los ojos, disfrutando ver como su largo y grueso tolete blanco rojizo va desapareciendo los pocos centímetros que le permite entre los gruesos labios amoratados del hombre, algo de saliva manchándole la barbilla.- Un homosexual es un hombre que disfruta del sexo con otro carajo, o una nena con otra tía… -eleva las caderas y le coge la boca una, dos y tres veces, esos pocos centímetros.- Un puto marica como este es un sumiso y arrastrado coño que necesita ser llenado; sirviendo de desahogo para los hombres, único momento cuando se siente vivo.

   -¡Carajo, si! –ruge nuevamente Toño, mirando ese redondo orificio negro donde aparece y desaparece su güevo blanco rojizo.- Me lo apretó más duro. Se emocionó con tus palabras.

   -Es normal, su cuerpo responde a sus verdades. –Hank se encoge de hombros, medio tendiéndose y atrapándole el rostro.- Trabaja como debes nuestros güevos, negro perezoso. –le ordena mirándole a los ojos.- Sé un buen negrito y demuéstrale a mis amigos lo caliente que estás. Lo mucho que adoras sentir nuestros güevos blancos en tu coño negro. Porque te gusta, ¿verdad? –le reta, retirándole de su tolete. Esperando. Pronto le tendría totalmente y le explotaría para su propio placer, le usaría como al negro que era.

   -Si, amito, adoro sus güevos blancos. –jadea Roberto, tragando saliva y los jugos babeados allí, caliente de cara por la vergüenza, pero una que era menor a toda la calentura que le producía la entrega. La sumisión. Ni siquiera las risas burlonas le afectan tanto ya.

   Hank sonríe aún más sardónicamente. Cada segundo que pasaba, cada nueva sensación que experimentaba, cada gota de sus jugos que tomaba llevaba a ese negro a una sola verdad, que era su amo, su dueño, su dios. Cada gemido que exhalaba con su boca ocupada, cada alarido de placer que su culo invadido despertaba, le convencía de la verdad del control que necesitaba para sentir. Le suelta la cara, Roberto sigue subiendo y bajando sobre su falo, justo la misma cantidad de centímetros que le ofrecía, obediente, mientras se miraban, aceptando tácitamente las condiciones del trato que ahora había entre ellos. Que iba camino de la sumisión total, a llevar un día ese collar en las calles, con orgullo, a caer de rodillas en una esquina y un güevo tragar.

   -A pesar de que mamas mi güevo con ganas, y de que aprietas el que tiene en el culo con deseos de más semen, aún así no piensas en ti como un marica total. Es una simple palabra pero te aterroriza, porque sabes que ella te hace menos que un hombre de verdad, heterosexual o gay. Un día… frente a un grupo como este, o más numeroso, vas a gritar que lo eres, que quieres serlo y que todos los días te esmerarás más por ser el marica que todo hombre quiere a veces, para que le sirva y le adore, sin repudios, vergüenzas, sin reparos o escrúpulos. Un día, negro de mierda, entenderás y gritaras que tu único placer en la vida es agradar a los hombres. Y te abrirás para que te usen. Todos. –le promete, reteniéndole con una mano sobre su verga, viéndole congestionarse, los ojos llorándole un poco. Agradecido de poder chuparla en su totalidad.

……

   Definitivamente los hombres pensamos con el güevo, se dice Yamal Cova, jadeando contenido para no hacer ruido, la espalda apoyada contra la pared de uno de los privados en los sanitarios de hombres en aquel bar de mala muerte. A sus pies, cachetes rojos y mirada brillante de emoción en medio de su cara blanca, aquel chiquillo, el mesero, le lamía la dura y gruesa verga negra, por todos lados, como si fuera una rica chupeta. Los rojizos labios caen sobre su glande, besando y succionando, demostrando que tiene experiencia a pesar de lo joven que se ve, y Yamal siente que todo él se eriza. Inconscientemente adoptó la postura del macho dominante, tan sólo la bragueta abierta, el güevo afuera. No sabe ni cómo llegó ahí, estaba tomándose sus tragos, dispuesto a resistir el ardor de la libido, pero no pudo. Sus flaquezas recientes, excitarse ante tíos que comían su verga, o que le dejaban metérselas por el culo, le atormentaban porque chocaban contra lo que era. Pero no pudo evitarlo, otra vez.

   Mientras tomaba y el chico, cuyo nombre ni recuerda, meneaba su culo de aquí para allá, mirándole de manera provocativa, se le volaron los tapones. Sólo podía imaginarle así, de rodillas entre sus piernas, palmeándole la carita traviesa con su enorme tolete, refregándolo de allí como hacia ahora (y nada más rico que el calor de un rostro contra la verga), mojándole de su propia saliva, oyéndole gemir contenido de pura ansiedad. El chico quería mamársela ya. Lo sabe. Y ese deseo estaba ahogándole, por eso le seguía mientras la agitaba contra su cara, los labios jóvenes buscando atraparla.

   -Chúpala, cobroncete. –ruge bajito, no porque tuviera que ofenderle, sino porque debía hacerlo impersonal, un hombre que gozará de una mamada independientemente de quien se la diera. Debía ser el macho que usa al marica, no quien le buscara caliente por tenerle. No quiere imaginarle…

   Casi rabioso empuja su verga, directamente, contra los jóvenes labios que se abren dejando escapar un gemido de “al fin”, penetrándolos, sintiendo la rica presión de siempre, los labios aprisionando, la lengua agitándose bajo la verga, las mejillas abrazándola. Mete medio güevo, y se miran, y la sola visión del muchacho allí, entregado y disfrutando de maneras que ni imagina de tener ese güevo sobre su lengua, dentro de su boca, era increíblemente erótico. Es cuando el chico le sorprende, esos labios, mejillas y lengua se pegan totalmente a su tolete, pero mientras deja salir leves “hummm”, va tragando más, ahuecando su garganta, y era impresionante verle abarcar tanto; con esa carita delgada, esa nariz perfilada, esos labios delgados y rojizo, el que pudiera tomar tanto de la masculinidad de ese hombre caliente era todo un mérito.

   -Te gusta mamar güevos, ¿eh? –pregunta y se eriza cuando la picardía brilla en esos ojos y viene un asentimiento.- Eres increíble, muchacho, vamos, demuéstrale a buen Yamal lo mucho que te gusta becerrear a los hombres…

   Esa boca se retira, succionando, se ve le negra tranca brillando de saliva y jugos, la presión era maravillosa, para volver, el rostro algo ladeado, la punta de la pieza abultando de manera obscena y erótica contra una de las mejillas del chico, que sigue lamiendo con su lengua sobre la gran vena de la cara posterior. Acomodándose, el joven va atrapando más y más, centímetro a centímetro, del cilíndrico tolete llevándolo a su garganta, faltándole muy poco para hundir la perfilada nariz en los crespos pelos púbicos del enorme tío que le dejaba chupársela. La deja allí y succiona, la deja salir y la atrapa otra vez, montando la delgada mano entre la base y el límite donde llegan sus labios ahora. Le mamaba y le masturbaba, y a Yamal todo le daba vueltas. Su pecho se expandió buscando aire, abrió la boca y gimió bajito, cerró los ojos y dejo caer la cabeza contra la pared. La sensación de su güevo siendo atendido por el muchacho era sencillamente irresistible, aún más en aquel maloliente baño de bar de mala muerte donde podían ser pillados y tal vez haber problemas de testosteronas y golpes.

   Pero no podía escapar, no podía pedirle que se detuviera o que mejor dejaran eso así; de hecho estuvo perdido desde que se le endureció sentado a la mesa, parándose rumbo a los baños y deteniéndose sólo un instante para intercambiar una mirada con el otro, quien sonrió; sabía que le seguiría. Así resolvían los hombres esos asuntos cuando las ganas aparecían y querían ser directos, sin charlas, sonrisas, intentos de ser ingeniosos, sin invitar una copa cuando uno solo quería ser mamado y el otro deseaba como nada en este mundo el mamarse ese güevo. La facilidad entre hombres.

   Ahora Yamal estaba flotando en una nube de testosteronas, de lujuria, las endorfinas y la adrenalina corrían por sus venas de manera desaforada. Si, ese chico delgado y guapillo tenía práctica. Debía haber mamado ya una buena cantidad de güevos en su corta vida; la manera en que le trabajaba era impresionante. Y dejándose llevar por el placer, las ganas, la cabeza hacia atrás, respirando pesadamente por la boca, le imagina aún más chico, aprendiendo, inclinando ante desconocidos en un autobús mientras va para el colegio, mamando de manera hambrienta, bajando y mamando a un compañerito en el baño, mamando a un profesor que le gritaría cómo hacerlo, llegando otros invitados a la fiesta. No sabe en qué momento deja de tocarle con la mano, pero pega un salto de sorpresa, y abre mucho los ojos cuando los labios del chiquillo ese pegan de su pubis, resollándole en los pelos.

   Era increíble verle allí, mejillas mas rojas por el esfuerzo, ojos luminosos clavados en él, como proclamando “¿lo ves?, pude, ¿te gusta?”. Y comienza a succionar sin moverse, sólo la manzana de Adán, arriba y abajo frenéticamente, provocándole una poderosa oleada de placer; el muchacho estaba ordeñándosela sin ningún otro movimiento. Las succiones de la joven garganta eran poderosas, era una garganta hecha para chupar güevos, piensa sintiéndose sucio y caliente. Retirándose unos diez centímetros, el joven respira afanosamente, para luego tragar otra vez, medio ladeando el rostro, moviendo su lengua sobre la palpitante pieza que llena su boca de jugos y deseos. La boquita fue y vino, con lentitud al principio, acostumbrándose al tamaño y grosor, luego con más rapidez. De esa boca que se trabaja el falo escapaban gemidos y algo de saliva muy espesa, todo lo demás lo sorbía de manera hambrienta, y Yamal supo que no duraría mucho.

   -Sigue, mamagüevito, chúpame cada pedazo. –le gruñe atrapándole con una mano la nuca transpirada por el esfuerzo, guiándole, quiere que lo haga con más fuerza y rapidez, y eso que el chico lo hacía bien, pero así de impacientes y lujuriosos eran los hombres. Sin importarle nada le atrapa de las orejas, reteniéndole, comenzando a cogerle la boca con más fuerza, haciéndole gemir y lloriquear en la gloria.

   Yamal sabe que dentro de unos segundos se correrá, que la verga se le pondrá imposiblemente dura y comenzará a disparar trallazos de leche caliente, que sabe serán abundantes, y que ese chico se la tragaría toda; tenía cara de amar el sabor del semen deslizándose gelatinoso y espesos sobre su lengua, estimulándole cada papila gustativa, para luego sentirla bajar por su esófago, sabiendo que terminarían nadando en su estómago. Pero él quiere más. Quiere verle el bonito rostro blanco y rojizo bañado con sus espermatozoides. Le daría a tragar, el chico se lo había ganado, mas ahora que mientras le metía y sacaba la enorme pieza de carne negra, casi triangular hacia abajo por lo muy abultada de sangre que tiene la vena, el camarero todavía le acaricia y hala los testículos, enreda los dedos en sus pelos púbicos. Si, le dará a beber la esencia de los hombres, pero también le bañará la cara. Aunque fuera un trallazo.

   Joder, ojalá pudiera llevárselo y cogerlo, abrirle con su impresionante tolete ese culito blanco que seguramente se vería chico; quiere hacerle gritar y verle estremecerse a ir clavando cada palmo de su pulsante carne, pero no puede. Pronto alguien se preguntaría dónde estaba el camarero y alguien entraría buscándole. Pronto tendría que desalojar el lugar. Pero una idea le atormenta, ver al chico sonriente, en cuatro patas sobre su cama, usando una de las pantaleticas de mujer de Bartolomé Santoro, una de encajes, chica y sexy… meneando el culo en su dirección cuando le ve aparecer, ofreciéndoselo con ganas, un culito de chico que necesitaba desesperadamente de una buena verga caliente y dura; y la sola idea…

   -¡Ahhh…! Toma, tómala toda; ¡tómatela toda, mariconcito! –le grita, imprudentemente, sintiendo como el semen recorre sus conductos, quemándole de lo caliente que va.

……

   Frustrado, Gregory Landaeta regresa al edificio donde vive, caminando a pasos lentos. Salió a lucirse, a dejarse ver y lo logró, fue tocado y manoseado pero… No era suficiente. Ni siquiera sabe si es lo que quiere. ¿De verdad se puede creer que puede exhibirse sexualmente y que la mujeres le mirarán sin pedir ayuda al grito de detengan al sádico? Era más fácil con hombres, y aunque le avergüenza horriblemente sus reacciones, tiene que admitir que si le afecta. Y tampoco sabe si es lo que quiere. Entrando al lobby, oye risas de gente que viene saliendo del ascensor. Cuando las puertas se abren encuentra a Valero, no sabe su nombre, y a su mujer, una pareja joven que vive un piso por encima del suyo, treintona, profesionales ambos. Gente que hacia fiestas, montaba cenas y reuniones. Agradables pero aburridos.

   -Tenemos que reunirnos pronto otra vez. –dice en esos momentos el muy capullo, pensó Gregory, dirigiéndose a otra pareja, hombre y mujer, algo más jóvenes.

   -Avísennos. –responde ese tipo sonriente, que le mira al pasar.- Buenas noches. –saluda.

   -Buenas noches. –responde de manera automática a todos, entrando al ascensor, consciente de las miradas sobre su cuerpo, cosa que le agrada pero…

   Ceñudo, mientras sube, recuerda al atractivo y joven hombre que le saludó, con esa gran sonrisa dirigida a los Valero. Le parecía conocido. No lo ubica, pero le incomoda. ¿Por qué? ¡Joder!, se atraganta, la piel ardiéndole. Era el tipo que le miraba la otra vez desde el edificio contrario. La idea, recordar esa suave sonrisa grata, reconociéndole como el negro que se paseaba en tanga y se tocaba el culo, le hace arder la cara. Le miraba. ¡Y le reconoció! Su respiración se espesa, la piel la tiene de gallina. Y le hormiguea el tolete. Sale, cruza el pasillo y abre la puerta de su apartamento casi a la carrera. En cuanto lo hace, repara en algo metida por bajo de esta. Se agacha y lo recoge. Es un sobre manila tamaño carta, con algo blando adentro. Mira sobre su hombro, al pasillo, nada. Cierra la puerta y abre el sobre, encuentra una hoja de papel con un numero y la palabra “Llámame”, y una tanga tipo hilo dental atigrada. Una cosa pequeña, pecaminosa y putona. La cara le arde más, la mano le tiembla un poco. Ese carajo le estaba regalando eso, una tanga hilo dental. ¡Porque tuvo que ser ese carajo! La alza, pulgares por las tiras que van sobre las caderas, ve la pequeña franja triangular delantera, y la tira que baja por detrás, donde se perderían entre un par de nalgas redondas, firmes y musculosas como las suyas. Traga saliva con la garganta seca.

   La deja sobre la mesita, se quita la ajustada y corta franela, los zapatos y pantalón, que de ajustado le baja un poco la pequeña y ajustada prenda interior. Sale de ella con movimientos bruscos. Desnudo, tiembla más al tomarla, tan suave y etérea, casi como si no fuera nada. Con esfuerzo mete sus piernas musculosas dentro de la prenda, que sube totalmente enrollada contra su piel, una sensación a disfrutar tan prohibida como sucia y caliente. Una vez sobre su pelvis, mete la mano y acomoda sus bolas y verga dentro del pequeño triángulo. Le cuesta porque ya está todo morcillón. La acomoda sobre sus caderas. La centra, atrás, esa tirita que baja por su culo. Respira más pesadamente. Toma el papel y marca el número. Timbra una vez y se agita, timbra dos y siente resquemores. A la tercera casi está decidido a cortar cuando una voz varonil, joven y animosa le llega, provocándole un escalofrío en la columna.

   -¿La tienes puesta? –la pregunta le llega directa, firme. Su garganta se cierra.- Responde, sé que eres tú, papá.

   -La tengo puesta. –admite.

   -¿Y cómo te queda? Imagino que increíblemente, tienes cuerpo para lucirla. Hace poco me costó mucho no darte una palmada en ese trasero tan firme. –oye y le marea.

   -Me queda bien. –grazna.

   -¿Y por detrás? ¿Te aprieta sabrosito sobre el culo? ¿Te gusta cómo se siente contra tu ojete? –ahora el tono es mórbido.

   -Si… -jadea.

   -Dios, cómo quisiera vértela puesta. Debe verse increíblemente. –le oye, una voz varonil que le hace palpitar el corazón más rápido.- Abre las cortina de tu balcón. Quiero verte usando ese hilo dental, papi. Anda, enséñamela. Muéstrame lo sexy que te sientes y te ves. Dame un show, mira que estás buenote. Muéstrame… -pide, sugiere y ordena.

   -No lo sé… -jadea casi como una súplica, ardiendo en ganas de hacerlo, mirando hacia el balcón de cortinas corridas.- Pero podría haber más gente mirando…

   -Mejor, ¿no? Más ojos codiciosos recorriendo tu cuerpo, todos soñando con tocar, meter dedos… ¿no te calienta eso? Yo sobándomela, tú posando otros sobándoselas también. –la voz ronca, sensual, le tiene tan mal como la imagen. Y mientras todavía oye la respiración pesada de ese tipo, va hacia la cortina, la verga abultando de manera escandalosa bajo la escasa tela de la mini tanga.

   Si, quiere que le vean. Todos. Que mil ojos lo recorran, su torso, sus tetillas, sus caderas… su culo. Eso es lo que le gusta, admite al fin. Y lo buscará.

CONTINÚA…

Julio César.

NOTA: No hay racismo, es sólo sucia ficción. Por cierto, aunque la historia es mía, cuando uso la palabra marica de manera tan ofensiva, pienso en la palabra fag, de los cuentos de dominación en inglés, que describe algo que marica no puede hacer, pero no conozco otra traducción. Eso también me pasó con la palabra sissyboy, la usé hace poco en Los Controladores, describiendo a un chico que se entrega a su placer de una manera demasiado intensa para ser entendida o compartida por alguien que ama su individualidad.

SIGUE EL DILEMA

julio 16, 2015

SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA…                         … 35

   Hola, amigos, he aquí el intento de seguir una obra que no será sencilla, Capricornio tiene un sello muy característico, muy detallado. Suelo ser redundante, muy lleno de párrafos, pero más directo en cuanto a lo sexual. Para Capricornio es un rito la sola trampa montada. No sabiendo exactamente si tenía algo planeado para este relato, que creo si estaba terminado (un final abierto), me iré por lo que me gusta. Cuando comencé a leer el relato me molestó todo lo que le pasaba a Daniel, y pensé que el entrenador merecía un final tipo El Tribunal del Diablo, donde pagara por lo que hizo, hasta que vi lo del papá de Daniel y todo quedó morbosamente bien. Como sea, este será un juicio a Franco, a su tiempo. Escribo poco, tanteando el camino.

……

SIGUE EL DILEMA

Basado en caracteres creados por capricornio1967

EL VIEJO ENTRENADOR

   Aún tiene mucho que enseñar…

……

   Dominado por una profunda depresión que no mitiga ni con su rabia, Luis Saldívar detiene su coche frente al edificio donde vive el entrenador del equipo de natación de su hijo. No puede evitarlo por más tiempo. Lleva todo el día resistiéndose a atenderle las llamadas y los mensajes, cada uno más ominoso que el anterior. No quería verle. No podía verle. Hacerlo era revivir lo que le había ocurrido, el cómo había sido desflorado analmente por ese hombre. Lo había hecho para salvar la oportunidad de su hijo de ir a las Olimpiadas. Pensó que eso sería todo. Se le entregaría, una vez, y luego podría intentar recuperar su vida. Sin embargo…

   Se sentía manchado. Sucio. Inservible. No podía ver a Adriana a la cara, no podía responder a los acercamientos, caricias o besos de su esposa. El recuerdo de lo hecho, la conciencia de su violación (porque eso había sido), y que lo había permitido, era demasiado para afrontarlo. Menos mirar a la cara del hombre que le hizo eso. Pero su último mensaje, no le dejó alternativa:

   “Esta noche paso por tu casa, cuando estén tu mujer y tu hijo. Entonces hablaremos, cabrón”.

   Iba a delatarle. A contarlo todo. Con eso amenazaba. Lo peor era la certeza de que lo cumpliría. Lo sabía. Por eso está allí, dudando. El coche frente al apartamento. Traga en seco, debía enfrentarle. Detenerle como fuera. Acabaría con eso, de una manera u otra, se dice para darse ánimos, bajando del vehículo a buen paso y dirigiéndose a la entrada del inmueble.

   -Veo que al fin te dignas a responder. –es el saludo que recibe de un serio Franco, que le mira con los brazos cruzados sobre su fornido pecho, la camisa mangas cortas dejando ver sus brazos fuertes y oscuros de vellos. Su sola imagen revuelve el estómago y despierta los ascos del apuesto hombre maduro frente a él.

   -Tenemos que hablar. –grazna.

   -He esperado todo el día por eso. –se aparta a un lado permitiéndole la entrada y cerrando la puerta, mirada feroz, sonriendo por dentro, sabiendo que el otro hombre viene en plan de confrontación. Pronto le aplastaría la voluntad.

   -¿Qué pretendes, Franco? ¿Por qué sigues llamándome? No quiero… verte. No lo soporto.

   -¿En serio? Pero cuando te corrías con mi verga en tu culo…

   -¡YO NO QUISE NADA DE ESO! –se altera, rojo de cara, el corazón doliéndole en el pecho, de humillación y furia, por escucharle, por recrear mentalmente ese horrible momento.

   -¿No lo querías? ¿Y los gritos? ¿Los gemidos? –le reta.

   -Fue… fue el tequila. –se agita, mirada torturada.

   -¿El tequila te pone tan mal? ¿Acostumbras a repartir culo a tus amigos cuando tomas? No me lo esperaba de ti, pero si tú lo dices.

   -¡No reparto culo! Lo odié. –se atraganta, ultrajado.- Lo que hice fue por mi hijo, para que no le sacaras del equipo de natación. ¡Tú lo sabes! –jadea.

   -¿De qué hablas? –le empuja emocionalmente un poco más.- ¿No te gustó? Te retorcías y gemías apretando el culo alrededor de mi verga. –puntualiza.- Te gustaba. Lo sé. Y creo que tú también.

   -¡Hijo de puta! –le ruge, incapaz de soportar tanta afrenta, tanta humillación.

   Se arroja contra Franco, un hombre de su altura y musculatura más o menos, aunque más fornido, menos tallado. Tiene chance de vencerle. Pero el otro esperaba esa reacción. Cuando arroja un puñetazo en gancho, intentando impactarle en la mandíbula, Franco echa la cabeza hacia atrás, alargando las manos y atrapándole la muñeca, doblándosela brutalmente hacia abajo y atrás con un movimiento elegante y certero. El dolor llega inmediatamente al hombro de Luis, quien gime medio doblando el cuerpo, para bajarlo y reducir la presión sobre el hombro. Es el momento que Franco esperaba. Desde su posición ventajosa empuja más del brazo hacia atrás, atrapado como lo tiene por la muñeca, tensándole al máximo, y con un bramido contenido de rabia y dolor, Luis baja más. Reteniéndole con una mano por la muñeca, el entrenador mueve la otra, atrapándole la nuca y empujándole violentamente hacia abajo.

   Con un bramido desconcertado y teñido de dolor físico, Luis cae de panza; el dolor repentino le hizo perder el control y fue sorprendido. Es cuando Franco se le arroja encima, cubriéndole el cuerpo con el suyo, pesado, abusivo, todavía reteniéndole por la muñeca que queda atrapada entre sus cuerpo, aunque ahora la presión es menor, por lo tanto tolerable. El resultado es que está de panza sobre la alfombra con el entrenador montado su cuerpo.

   -¡SUELTAME! ¡BAJATE! –le ruge con furia, casi a punto de perder el control de sus nervios, aterrorizado por creerse de vuelta a ese día que fue desflorado.

   -Jejejejejeje, eso no era lo que gritabas aquella vez. –ríe ruidoso a su oído, dominante.- ¿Esto no te trae recuerdos? –le oprime más la muñeca, mientras se las ingenias para refregar sus caderas de ese culo aprisionado bajo él.- ¿Lo sientes? ¿No te emociona? ¿No te calienta? –y comienza un sube y baja simulando el acto sexual, golpeándole fuerte sobre el trasero.

   -¡NO!

   Luis pierde el control sobre sus nervios, profundamente asqueado y furioso de sentirle sobre sí, reteniéndole, aprisionándole, sometiéndole, al tiempo que le refriega lo que ya siente es un miembro masculino ganando consistencia. Comienza a luchar por rodar, por arrojarlo, por sacárselo de encima. Franco es un hombre alto y pesado, y tenía la ventaja en esos momentos, sin embargo pelea, intenta alzarse, logrando más contacto con el otro, que le retiene del la muñeca y ahora le rodea el cuello con su velludo brazo de venas hinchadas, mientras ríe, bajito, sumándole desesperación a la batalla física.

   El entrenador es un hombre de recurso, le somete por varios puntos, el dolor en la muñeca, la angustia de saberse retenido contra su voluntad, la dureza de su verga contra las nalgas que ya debía estarle atormentando de manera atroz, y su brazo alrededor del cuello le impedía respirar libremente, haciéndole quemar más energía rápidamente.

   Lo sabe, Luis lo sabe e intenta centrarse, pero el brazo bajo su cuello es tan implacable como la mano que retiene su muñeca. La cara se le congestiona, las venas en las sienes se destacan feamente. Intenta rodar, desea poner en ello todas las fuerzas que le quedan. Casi se mueve, pero Franco, mañoso como él sólo, logra enlazar las piernas con las suyas, prácticamente montándole, agarrado con todo. Y las luces de brillantes colores que estallan frente a sus ojos le indican que la falta de oxígeno está llegando a un punto delicado.

   -Jejejejeje, en cuanto más pronto entiendas que debes someterte más pronto dejarás de padecer.

   -Suél…ta…me… -brama, furioso, impotente, con voz queda.

   -Luchas, cabrón, pero sabes que es inútil. ¿Te digo un secreto, jejejejeje? –le gruñe casi al oído.- Cuando un hombre deja su semilla dentro de ti, creces y floreces como puto. Y le perteneces para siempre, jejejejeje.

   Luis lanza un nuevo alarido, de rabia e impotencia, por verse atrapado así, por tener que escucharle humillándole. Pero todavía le quedaba un as en la manga.

   -Hijo de puta, tú me hiciste esto. No podrás obligarme a servirte, ¡contaré lo enfermo que estás! Diré que me propusiste cosas y…

   -¿Hablaras de las corridas que tuviste mientras te cogía?

   -¡Hablaré! –le asegura, con rabia. Y escuchar la risita del otro, y como mueve la mano del brazo que le rodea el cuello, tomando algo de la mesita, le inquieta.

   Sonriendo, feliz de estar atrapando de esa manera a ese magnífico macho que jadea y exhala calor bajo su cuerpo, haciéndole saber que nada puede hacer para detenerle, Franco pone en funcionamiento su enorme aparato de televisión, conectado evidentemente a un reproductor, y Luis se horroriza, la sala se llena con sus gemidos, su propia imagen siendo culeado y masturbado, gimiendo y corriéndose, le golpean los ojos y la mente.

   -Oh, sí, todos verán lo que soy. También tú, jejejejeje. Retratas bien, puto, seguro terminará habiendo copias de esto en todos las sex-shops de la capital. Tal vez hasta tu hijo, con una copia regalada por amigos, te vea y se haga la paja.

   -¡NO! –el horror y la terrible humillación le alcanzan. Se escucha a sí mismo gemir, se ve estremeciéndose, y nadie podría creerle que había sido obligado a ello. Su cuerpo se reduce a la quietud, la mente en blanco.

   -Así es, cabrón, estás atrapado, jejejeje… -y le suelta, lentamente, mirándole con cautela mientras se pone de pie.

   Al otro le cuesta sentarse sobre la alfombra, con una mueca endereza el brazo doblado y se acaricia la muñeca; sus ojos fijos, muertos y angustiados están sobre la pantalla donde se repite en bucle su corrida mientras le cogen. Esa cinta…

   -Tengo muchas copias de ellas. Y no sólo aquí. –Franco parece leerle la mente, y sentado de culo desde el piso, a Luis le parece más alto, grande y amenazador. En ese momento agita su móvil.- Tengo una aplicación divertida, es un correo diferido, que retengo con una clave, si no la renuevo, se envía. Hay tres destinatarios, tu hijo, tu mujer y tu jefe en la oficina. –amenaza, helándole.

   -¿Qué quieres, Franco? ¿Por qué haces todo esto? –suena roto.

   -Lo sabes. –es la seca respuesta, es por odio, por rencor, por despecho. Por quitarle una oportunidad hace muchos años que creyó mereció tener. Pero no, no se lo dirá.- Me gusta tenerte. Eso me divierte.

   -No soy gay…

   -¿Te recuerdo que gemías cuando…? –con un dedo señala al televisor.

   -¡No puedo hacerlo! No otra vez. Ya hice lo que querías, y ahora… -manotea, desesperado, hacia el televisor.- No puedo hacerlo más.

   -¿Dejarás que todos lo sepan? ¿Tus hermanos, amigos, compañeros de trabajo? ¿Quieres que la prensa hable no de tu hijo y su medalla olímpica sino de él como el hijo del viejo marica? Y Adriana, ¿con qué cara irá a si iglesia con sus amigas? –es deliberadamente cruel. Luis traga y cierra los ojos, cubriéndoselos con la mano.

   -¿Qué quieres?

   -Un poco más de diversión. Sólo eso, lo juro. –la voz se oye cargada de sarcasmo.

   -¿Cómo creerte si…? –le mira, agotado, señalando al televisor.

   -Eso era para mí, únicamente. ¿Crees en verdad que me arriesgaría a dejar saber de mi vida por ahí? Lo haré, sin embargo, si tú me obligas, cabrón. Todo será por tu culpa. –explica, pero miente, descaradamente. Desea destruirle como hombre, cambiarle para siempre, convertirle en su esclavo sexual exclusivo; controlarle en cuerpo y mente. Saber que su antiguo rival, ese hermoso hombre maduro, era totalmente heterosexual y le obligaba a entregarse, era lo más excitante de todo. Sabe que, haciéndolo bien, llegaría el día que cuando se sacara la verga, Luis salivaría en anticipación. Eso quería hacerle.

   -Yo… no sé qué… -traga, cierra los ojos y quiere dejar de escuchar cuando el bucle de su corrida se reinicia.- No sé cómo quieres que actué, qué esperas de mí.

   -Lo primero es que dejes de gimotear como una mujercita. –es duro, seco, acicateándole, las miradas se encuentran, disgustadas.- Lo segundo es que pares el culo de ese suelo y lo lleves al sofá. –se vuelve, sin mirarle, como indicándole que no espera un ataque porque le sabe en sus manos.

   Cosa de la que es muy consiente Luis. Como un autómata se medio alza y cae, derrotado, sobre el sofá. Le ve manipular el control, la horrible escena donde gime y se corre mientras le coge, es sustituida por la imagen de una joven que es follada a un tiempo por dos hombres jóvenes, ella gritando de esa manera que sólo las actrices porno saben y que tanto excita. Aunque a Luis no se la pondría dura, en esos momentos, nada. Ve a Franco tomar una botella de tequila, cosa que le hace estremecer, destaparla y servir un trago grande en un vaso, teniéndoselo.

   -No, gracias. –croa. El otro le mira y sonríe, bebiéndolo.

   -Te lo pierdes. –se hace un silencio, Franco espera a que los nervios y la incomodidad hagan su trabajo. Le ve refregar las manos del pantalón.

   -Y bien, ¿qué pasa ahora? –pregunta al fin.

   -Bueno… -el entrenador sádico se sirve otro trago que saborea, dejando la botella sobre la mesita, frente al sofá.- Lo primero es que me digas que harás lo que quiero contigo, luego nos sentamos un rato, uno al lado del otro, y nos manoseamos. Yo te toco, tú me acaricias… y ya veremos. –propone sonriendo de manera cruel.

CONTINÚA…

Julio César.

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 38

julio 13, 2015

… SERVIR                         … 37

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

MADURO Y SEXY

   El maduro encanto…

……

   Owen Selby, mal encarado, detiene su auto frente a la vieja y ruinosa casa en los suburbios, unos muy distintos a aquellos donde vive, o vivía, Marie Gibson. Era una zona pobre de hogares que comenzaron con muchas esperanzas en el futuro y que poco a poco fueron viendo como ese mañana moría. Dos fábricas cercanas habían cerrado llevándose el mercado laboral a otra parte. Eso afectó a todos, aún a las rameras; quienes se preparaban emigraban hacia el Centro. Para quienes se quedaron, el dinero dejó de alcanzar para reparaciones, para pintar fachadas, y aparentemente para recoger basura. Una vez Robert Read había pensado en montar allí otro de sus mataderos, pero, aunque compró el terreno, el cual contaba con una vieja casa, no pudo. Los vecinos se opusieron a cal y canto; cosa sorprendente dado lo ruinoso del lugar y lo necesitado que debían estar de oxígeno comercial.

   Abriendo la vieja verja que hablaba de mejores tiempos, y pretensiones, cruza el feo jardincillo, llamando a la puerta poco después, esperando por Josías Martens, un hombre que se opuso ferozmente a la llegada de Read a la zona. La puerta se abre, un hombre negro, sesentón, inmenso aunque de precaria apariencia, le encara. Ceño fruncido, mirando sobre su hombro hacia el vehículo aparcado. Llevaba un bermuda a cuadros a media piernas y una camiseta alto ajustada, que debería ser blanca pero estaba sucia. Y el policía apostaría que algunas manchas eran de café, otras de comida y el resto de cervezas. El sujeto olía algo rancio. Se veía despeinado.

   También parecía atormentado. Y más tarde entendería. De su boca, Owen Selby escucharía una historia atroz, sórdida. Entendería en parte la clase de monstruo que Robert Read era. Temiendo, como nunca, que semejante basura pudiera no solo ser despenalizado de la sentencia de muerte, sino que hubiera la menor posibilidad de que volviera, algún día, a las calles.

   Y allí estaba ese hombre, mirándole con total desconfianza.

   -¿Si?

   -Buenos días, me llamo Owen Selby. Detective Ow…

   -¿Que quiere? –le corta, no con hostilidad, tan sólo aburrido con su vida.

   -Deseaba hacerle algunas preguntas sobre un vecino que casi tuvo aquí, Robert Read. -no se le escapa el estremecimiento del hombre frente a él; no uno de debilidad, sino la del sujeto que se sobresalta ante la vista súbita de una serpiente.- Tengo entendido que fue uno de los que más se opuso a la apertura de su matadero.

   -Y según resultó todo, más bien hice poco, ¿no? –le gruñe. Sí, todos conocían la historia de El Matadero.

   -Okay, pero en ese tiempo… -frunce el ceño.- Seré directo, señor Martens, esta zona se ve bastante mal, me extraña que sin conocer al sujeto, como luego se le conocería, se opusieran a la apertura de nuevas fuentes de trabajo.

   -La idea nos hizo felices, al escucharla de boca de algunos concejales. En aquel entonces todo esto no estaba tan mal. Había esperanzas de mejorar. –traga, resentido.- Pero luego le conocimos en persona, había algo en ese sujeto que no nos gustó. No sólo a mí, pero me tocó encararlo como presidente de la junta vecinal en ese momento. Cosa que terminó también, la junta. Le detuvimos, no pudo abrir su antro, pero… -traga nuevamente y sonríe de manera tensa.- Supo vengarse. –las palabras le dolían. Owen algo sabía.

   -Tengo entendido que interpuso una denuncia, hace tiempo, respecto a su hijo. Sobre su desaparición… -ahora le sonaba siniestro.- Señor Martens, ¿cree que…?

   -¿Qué ese hombre le haya asesinado como a los otros? –sonríe con tristeza.- No, detective. Fue aún más cruel… -toma aire.- Ese hombre destruyó a mi hijo, a mi muchacho bueno, guapo, inteligente. Ese sujeto le transformó en una cosa horrible…

   -¿Qué supone que le hizo?

   -¡No lo supongo! –le grita, alterado, tensándose.- Lo siento. –se miran.- ¿Quiere saber cómo ese sujeto destruyó a mi muchacho?, pase detective… Pase y escuche lo ruin que fue ese hombre.

………

   -Necesito hablar con el viejo caimán. –gruñe Robert Read, esposado de pies y manos, aun así alto y amenazante, aunque Lomis no le temía como los otros. Le suponía su socio.

   -¿De ese misterioso visitante que no consta en ningún registro con un nombre verificado? –se inquieta.

   -No, Lomis, eso es mejor dejarlo así. –sonríe pensando en su reacio “amigo” ido hace poco.- Necesito que el viejo haga algo por mí.

   -¿Y crees que lo hará? –estalla entre sorprendido y sarcástico el vigilante pelirrojo, riendo. Aunque esto cesa un poco cuando el otro sonríe, torvo.

   -Déjame preguntarle a ver qué ocurre. –se encoge filosóficamente de hombros, pero sus ojos son terribles.

……

   Un profundo gemido escapa de aquel hombre joven y rubio echado de espaldas sobre el escritorio, sus piernas al aire, usando aún las botas de la prisión, así como una diminuta pantaleta color rosa que contiene a duras penas su pulsante y babeante verga erecta. Entre sus piernas, sosteniéndolas por las rodillas, un fornido hombre maduro, apuesto, con la camisa abierta mostrando un  torso velludo y algo canoso, aún llevando sus pantalones pero con la bragueta abierta, le mete una y otra vez su propio tolete enrojecido por el culo. Y también él bufa. Si Daniel Pierce siente que eso que lo abre y penetra, que le recorre las paredes del recto y le golpea en la próstata lo tiene casi delirando con una excitación y un placer tan nuevo como intenso, al alcaide Monroe le pasa algo parecido. El funcionario nunca entendería cómo llegó a tales niveles de lujuria, pero deliraba de gusto reteniendo al hombre por sus rodillas, cabalgándole con su verga erecta, una que es apretada, halada y chupada por esas entrañas.

   Ni uno ni otro esperaban que sucediera o que fuera así. Daniel creyó que todas y cada una de las veces que se entregó a Read, de manera que él mismo consideraba entusiasta, era por alguna manipulación únicamente química, o del temor, pero ahora allí estaba, deseado en todo momento ese tolete que le llena de calor y de jugos, que estimula todo su cuerpo comenzando por su culo. Y lo hacía, lo recibía y lo apretaba porque lo quería. No podía medir qué tanto había cambiado desde que Robert Read entró en su vida, pero definitivamente ya no era el mismo.

   Al alcaide le era aún más difícil el explicarse qué le llevó a tocarle, besarle, acariciarle y cogerle, pero lo estaba gozando. No quiere cuestionarse lo que hace. Después de una vida sobria, recta, “decente” con su familia y su esposa, soportando el poco aprecio que esta parecía tener para con las relaciones sexuales, estallaba ahora de esta manera. Andaba falto de sexo, de usar el güevo de manera intensa, de ganas, de calenturas, de ponerse a inventar y experimentar. Y mientras saca y mete su tranca de ese redondo culo lampiño que le robaba hasta las ganas de pensar, se siente vivo y que, extrañamente, no está siendo tan malo en su conducta ya que no engaña a su mujer con otra.

   -¿Te gusta, Tiffany? –le pregunta, llevado por el vicio, pero también por algo más; le producía una sensación extraña de casi ternura verle enrojecido y arqueando la espalda sobre el mobiliario mientras le recorría las entrañas con su verga, le parecía horriblemente atractivo verle balbucear con la boca abierta, labios muy rojos y húmedos, mejillas color tomate, ladeando el rostro de un lado a otro, el cabello cubriéndole.

   -Oh, Dios, si… -oírle aceptar, con ese tono de urgencia y delirios, le hizo temblar irrefrenablemente. Quería cogerle más.

   Ojos cerrados, sus labios emitiendo bajos gemidos, el sedoso cabello cubriéndole mientras se agita de adelante atrás sobre el mesón por las fuerzas de las embestidas que recibía, el joven enfrenta una idea terrible: que se ha convertido totalmente en un marica. Siente su verga erecta, aprisionada por la tanga mojada de sus propios jugos, y le gusta, pero, y la idea era horrible, el verdadero placer lo sentía por la manipulación que estaban recibiendo sus entrañas. Su culo era un puño ávido que se abría y cerraba sobre la tranca del hombre que le hacía suyo, que le tomaba, que le cogía. No puede entenderlo cabalmente, no sabe cómo le ocurrió, era un hombre, le gustaban las mujeres, una vez amó intensamente a Diana, pero ahora… El tolete sale casi todo, hasta el glande, y se entierra de nuevo dentro de su redonda entrada, dándole donde es y jadea abiertamente, nuca arqueada sobre el mesón, traspasado de puro placer.

   Así, cuello muy extendido, ojos cerrados, comienza a agitar sus caderas de adelante atrás, buscando con su coño ardiente la tiesa verga de ese macho, y pensarlo así, imaginarse así, abriéndose a ese hombre para que le llene con su masculinidad, se le hace horriblemente fácil. Y lo peor es que mientras más le embiste, más la quiere, más la necesita. Una lágrima escapa de uno de sus ojos al tiempo que gime, mientras la idea aterradora de que le gusta saberse usado por él, ese sujeto casi considerado que parecía desear brindarle placer mientras lo obtiene para sí, le excita más allá de toda medida.

   Teniéndose sobre él, el hombre maduro entierra totalmente su tolete en ese orificio caliente que se lo aprieta de manera gloriosa, que parecía succionar como la propia ventosa, viéndole echar la nuca aún más atrás, dejando escapar un gemido largo y ronco. La deja allí, clavada, sintiéndola totalmente trabajada por el muchacho, estimulada y halada de manera intensa. El rubio parecía querer arrancársela con la pura fuerza de su culo al apretársela. Dejándole las rodillas, le recorre el plano y muy pálido vientre con sus manos grandes y secas, algo arrugadas, pareciéndole el colmo de lo erótico el notar cómo se eriza bajo sus palmas, como Daniel se agita más, alzando su inexistente panza. Da uno, dos, tres golpes de caderas, sin retirarla ni un centímetro, y logra hacerle gemir un poco más, mientras le alcanza esos pectorales redondo, abultados, donde clava sus dedos, para llevar el índice y el pulgar de cada mano a sus pezones largos y totalmente erectos. Los atrapa y los frota de manera circular, sin detenerse, de manera experta del hombre que sabe manipular tetas. El estallido de placer que recorre al hombre joven no tiene comparación. Si su culo es una masa de calenturas y sensaciones, de su torso parten dos oleadas que le tienen mal.

   Echando un poco hacia atrás su culo, Monroe le saca unos pocos centímetros de la roja verga, para volver a clavársela, una y otra vez, mientras le pellizca ahora los pezones y bajando el rostro, haciéndole cosquillas con su bigote algo canoso, le besa, lame y muerde al nivel del diafragma; y todos esos estímulos tienen mal a Daniel, quien se arquea violentamente, buscando esos labios y dientes, esas manos sobre sus pezones, que ahora son apretados más fuerte brindándole más calenturas, su culo va decididamente contra ese tolete que va cogiéndole una y otra vez. Y todavía faltaba, mientras se tiende lo más que puede, cogiéndole aún, pellizcándola una tetilla, mordiéndole la otra, teniéndole delirando sobre ese escritorio, totalmente a su merced, la otra mano se mete entre ellos, con esfuerzo, aferrándole con puño firme y fuerte la verga pulsante, sobre la tanga. Y el sólo hecho de agárrasela y apretar, dejándole así, logran que el chico casi se voltee sobre ese escritorio.

   Con un gemido ronco, algo que parece casi agónico aunque es de total satisfacción, Monroe le babea sobre la tetilla, succionándola, apretándole más la otra, metiendo la mano dentro de la tanga y apretándole el tolete al rubio en vivo y en directo, notándolo extraño, la verga de otro carajo en su mano, que se sentía bien, estimulante mientras el puño subía y bajaba. Dándole todavía algunos embistes al culo, se tensa todo y se corre en las entrañas del muchacho. Grita contra esa tetilla cuando siente salir su carga de leche; su dura verga, dura como no la recordaba desde hace tiempo, estalla llenándole totalmente de esperma. Echando la cabeza hacia atrás, sintiéndole temblar, morderle, pellizcarle, masturbarle y llenarle las paredes del recto de semen, Daniel Pierce se corre también. Y es una corrida buena, notándola intensa mientras la asocia a los disparos de espermatozoides que ese sujeto está depositándole en el interior.

   Monroe cae sobre él, desfallecido, y dejando caer a su vez las piernas, Daniel le abraza, sintiéndose extraño haciendo eso, los dos sufriendo todavía los estertores de esos intensos clímax alcanzados. Sus respiraciones van acompasándose, calmándose. Finalmente el alcaide saca su güevo del culo cogido, el semen manando. De hecho todo huele a esperma por las dos corridas.

   -Pierce, yo… -se atraganta ahora, sintiéndose de pronto afectado. Casi culpable de aprovecharse de un recluso que…

   -Gracias, alcaide, señor. –gime este, no sabiendo a qué se refiere realmente. Estuvo inquieto desde que amaneció, de hecho desde que Diana le dijo que tal vez podría sacarle pronto. Y ese sexo había sido…

   Llaman a la puerta y la pareja se paraliza e impacta.

   -¡Un momento! –ladra Monroe, pero ya la puerta se abre.

   -Lo siento, señor, pero voy retrasado para la ronda en el patio y… -decía Lomis, abriendo, paralizándose totalmente por el espectáculo frente a sus ojos.- ¡Señor alcaide! –brama, realmente impactado.

   -Vaya, así que aquí estabas, Tiffany… -todos en esa habitación, incluso Lomis, se vuelven hacia el hombre encadenado a las espaldas del pelirrojo, como si le hubiera olvidado por un segundo.- Oh, esto es tan incómodo, ¿verdad? Por suerte todos somos amigos… -sonríe torvo Robert Read.

   Al alcaide Monroe parece que va a darle un infarto.

……

   El interior de la casa del señor Martens, que una vez también observó mejores tiempos, parece algo oscuro y desaseado. No por basura u olores extraños, aunque una caja de piza descansaba sobre la mesita frente al televisor, era por la dejación. O por la pérdida de las ganas de luchar cada día. Owen piensa que está frente a un hombre que se rindió, o que vegeta esperando algo para activarse otra vez.

   -Tome asiento y disculpe la vista, no espero visitas. Nunca. –aclara el sujeto, sentándose también, sin ofrecer café o algo. El policía le imita, espalda recta, casi al borde del duro cojín.

   -Me interesa escuchar su historia. Se está indagando sobre… ciertos aspectos de la vida del señor Read. Quiero conocer cualquier detalle que brinde luz sobre su persona.

   -Querrá decir que todavía se investiga a la basura esa. –es despectivo.- No lo entiendo, ya le tienen, ¿no? De él sólo hay que esperar la noticia de que la inyección letal le hizo mearse encima. –sonríe con odio.

   -Sin embargo es bueno saber…

   -Sí, siempre quieren saber. Policías, abogados, médicos, periodistas… todos vuelven para preguntar, pero sólo después de que algo horrible ocurre. Nunca antes, cuando se avisa que puede suceder ese algo desagradable.

   -Si lo dice por su hijo, no he leído el informe. Sé que le declaró desaparecido, poco más. –el otro toma aire, sus fosas nasales ensanchándose.

   -Mi hijo agarró la calle. Una vez le encontraron y lo trajeron, pero… -se echa hacia adelante.- ¿Quiere saber qué tan malvado es Robert Read? Mientras le combatía para que no montara su negocio en esta cuadra, estuvo sonsacando a mi muchacho para que se fuera a trabajar en su negocio, mi chico estaba estudiando administración para ese entonces, lleno de vida, de deseos, con ganas de comerse el mundo, con su chica, pensando en formar familia. Read supo ver su rebeldía, también su ceguera a todo lo que se le señalaba. Él no podía verle en los ojos lo que muchos aquí sí supimos notar. Creía que nuestras advertencias eran tonterías de gente anticuada que se había dejado llevar por temores injustificados nacidos de la discriminación o las desconfianzas. Éramos lo viejo, Read era el futuro. La oportunidad…

   Owen Selby escuchará un relato duro, contada por ese hombre que dirá lo que sabe, pero la historia de Lamar Martens era aún más profunda y oscura. El chico era de regular tamaño y delgado, de piel oscura algo clara y facciones finas, herencia de una madre con ascendencia francesa de Nueva Orleans. Era despierto de mente, cabello algo ensortijado aunque nunca de clinejas, labios gruesos y una sonrisa fácil. Atractivo, mucho, también educado, quería ser hombre de negocios ya a sus veinte años. Tuvo un profundo disgusto con su padre cuando él y el resto de la junta vecinal vetaron la idea del matadero, algo que habría traído trabajos y aún alimentos a muchos en la barriada, y no entendió las razones de los otros para rechazarle. Así lo dijo en una junta casi sintiendo pena por ese hombre sentado en una esquina, Robert Read, que tenía que soportar los prejuicios de unos ancianos necios.

   Silenciado por su padre, cosa que le molestó más, sintió aún más simpatías por ese tipo alto y fuerte que se le acercó a decirle que le agradecía su ayuda, que montaría su negocio en otra parte, y que si le interesaba un buen trabajo, una oportunidad para comenzar y terminar con su vida de niño viviendo aún en casa de sus padres, que le llamara. Le dio una tarjeta. Esas palabras despertaron algo dentro de su pecho, el deseo de abrir las alas y de volar lejos, de mostrar su valía. De comenzar su vida. Fue algo que Robert Read entendió y aprovechó. Su naturaleza rencorosa y ruin le dictaba que le quitara el hijo al hombre que se le opuso.

   Lamar pasó casi siete meses dándole vueltas al asunto, queriendo encontrar algo más cercano, había escuchado del nuevo matadero pero quedaba prácticamente en el lado opuesto de la ciudad. Sin embargo, como deseaba salir de su casa, mostrar que ya era un adulto, decidió ir por su oportunidad. Tomó varios medios de transporte; cortándosele el aliento ante la fachada del lugar, algo inquietamente, aguardó una entrevista, siendo mirado intensamente por la asistente del hombre, una mujer alta y fuerte, Marie Gibson. Al decirle unas palabras para lograr que el señor Read le recordara, la mujer, la tarjeta en manos, todavía le vio otra vez, sus ojos parecían algo tensos, ¿piedad?, mirando hacia el pasado era probable. Pero avisó de su llegada. Fue recibido por el gran hombre, imponente en las maneras monárquicas con las cuales dirigía todo, elegante dentro de su pantalón fino y una camisa mangas largas arremangadas que dejaban notar su algo abultada panza, aunque no parecía débil, también su pecho velludo, sus bíceps enormes y los antebrazos casi negros de pelos. Irradiaba fuerza, poder y una virilidad tal que el chico casi se sentía cohibido. Una debilidad que fue captada totalmente por el cruel hombre que le contrató como asistente de finanzas adscrito a su oficina y no a Contabilidad, para “saber que hacían allá”.

   ¿Lo que siguió?, un plan siniestro para aislarle y amarrarle. El chico viajaba mucho todos los días y trabajaba directamente en su oficina, mirando al gran hombre ordenar, gritar, recompensar. Notándole siempre el porte masculino y algo agresivo cuando invadía su espacio personal, palmeándole fuerte la espalda cuando revisaban algo, casi… sobándole. Por consejos del hombre y para justificar el que casi únicamente llegaba a su casa para dormir, Lamar le reveló a su padre dónde trabajaba, la discusión fue fea. Se lo contó al hombre, quien le acunó el rostro de manera extrañamente reconfortante, diciéndole que los padres siempre protegían a sus hijos, pero que algunos a veces los consideraban… poco aptos y necesitados de protección perennemente. Que debía demostrarle que era ya un hombre. Le ofreció una pieza en el piso superior, donde ya algunos otros se quedaban de tarde en tarde. El alivio y gratitud fue tal que inconsciente le abrazó, para verse totalmente atrapado en un cálido y firme abrazo de oso, el rostro casi aprisionado entre su hombro y su cuello, notándole un aroma fuerte que le pareció era de virilidad total. Ese abrazo fue íntimo, confuso, le asustó pero a un tiempo le gustó tenerle de apoyo. La novia le corrió después de muchas promesas incumplidas de encontrarse para esto o para aquello; cuando planeaba algo con ella, Read parecía necesitarle urgentemente, y no quería fallarle. Lloró por eso, el oso le abrazó otra vez, las grandes manos sobándole la espalda. La distancia y las ocupaciones le alejaron de los amigos.

   Una vez fuera de su casa, después de otra fea discusión con su padre, quien prácticamente le corrió, Lamar terminó en la pequeña pieza, debiéndole todo a Robert Read, jurándose nunca fallarle. O molestarle. Y comenzaron los cambios sutiles, mientras trabajaba en su escritorio, le miraba despojarse de una camisa para cambiarla por otra, exhibiendo su torso poderoso e intimidante. Cuando revisaban cifras, de pie, la mano de este bajaba mucho, de manera incómoda, casi sobre su trasero, el cual palmeaba cuando terminaban de hablar. Hacía cosas como rascarse las bolas sobre el pantalón y luego le tocaba la cara. El chico comenzó a vivir en tensión, temiendo su cercanía, preguntándose si debía decirle algo; pero temiendo molestarle, callaba. No quería regresar fracasado a su casa. Y entonces…

   -Buen trabajo, Lamar. –sonrió el hombre, revisando unas cifras de pie frente a su escritorio, el chico a su lado, sacándole casi una cabeza de altura, la mano en su baja espalda.

   -Gracias, señor… -sonrió. Le agradaba, como siempre, cuando le felicitaba, aunque le incomodara su extrema cercanía.

   -Sabía que por algo te había contratado… chico. –le dijo mirándole hacia abajo, sonriéndole de manera torcida.- Quédate aquí después de la hora, cuando todos se vayan, esta noche revisaremos algo. Será un trabajo especial…

   Y el corazón de Lamar se disparó feamente cuando esa mano bajó y los dedos, decididamente, se metieron un poco entre sus nalgas, separándolas, hurgando.

CONTINUARÁ…

Julio César.

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 37

julio 5, 2015

… SERVIR                         … 36

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

CHICO EN HILO DENTAL ROSA

   -¿Te gusta esta, papi?

……

   -Señor Pierce, qué bien. –dice el alcaide Monroe, como si le alegrara que aceptara su invitación.- Tome asiento. Gracias, Lomis. –el guardia, algo intrigado, notando electricidad en el aire, asiente y sale.

   -Escuché que quería verme. –contesta, en la silla, sintiéndose muy consciente de sí. Su voz mórbida parece despertar calambres en la columna del otro.

   -Quería verle porque supe de la agresión que fue víctima en las duchas. –le mira, notando como el otro se contrae.- ¿Puede decirme algo al respecto?

   -No les reconocí. –miente, bajando la mirada, sintiéndose embargado de una doble emoción, la rabia y el temor al recordar aquello, y el querer ganar la simpatía y posible protección de ese hombre que le mira el cuello como si deseara tocárselo.- Pero fue horrible, señor. Horrible. –medio dejándose llevar por el recuerdo, baja la mirada cohibido.

   -Dios, lo imagino… -dice el otro, levantándose de su silla, rodeando el escritorio, era recio, el traje le sentaba bien, tenía un aire masculino y protector. Paternal. Y Daniel no entiende las sensaciones que le recorren al pensarlo. Aunque también le nota algo. Algo le abultaba entre las piernas. El hombre se sienta en el escritorio, a su lado.- ¿Cuántos fueron? –pregunta solícito. Daniel le mira directamente a los ojos.

   -Cinco o seis sujetos enormes y excitados, me tocaban por todas partes, decían que deseaban hacerme de todo. Querían que… los mamara a todos –baja la mirada, estremeciéndose.- Fue tan humillante.

   -Lo imagino. –admite el otro, voz ronca, algo caliente.- ¿Lo hicieron? ¿Le obligaron a esa indignidad? –se miran otra vez.

   -Si. No pude resistirme, eran muchos y estaban decididos a tomarme. Fue tan…

   -Claro, claro… ¿Más de uno? –pregunta caliente. Daniel le mira fijamente, sintiéndose excitado, algo ardiente corriendo por sus venas. Monta una mano muy arriba en un muslo del hombre, que se estremece bajo el contacto.

   -Tuve que mamar una verga inmensa, caliente, que casi me ahoga. No podía respirar, mi nariz estaba llena de pelos púbicos, mientras otros me… me… me tocaban el culo, metiendo…. sus dedos y…. –las mejillas de Daniel están rojas, sus ojos brillan, su mano está en llamas sobre el muslo.

   Los engranajes de Robert Read giraban y giraban, y uno a uno iban cayendo, finalmente, en su sitio.

   El alcaide Monroe, hombre casado y con familia, un respetable funcionario público, hombre respetable, mira y imagina al tío bello y mórbido, desnudo entre muchas manos y güevos grandes que quieren poseerle por la fuerza, haciéndole gritar. Se ahoga, no puede respirar; se medio mueve más, atrapa al chico por los hombros, alzándole, atrayéndole, obligándole a caer contra su cuerpo, entre las piernas abiertas, y hace algo que desde su punto de vista es terrible e intenso, aplasta la boca contra la de Daniel, quien se estremece y gime, mientras las lenguas se encuentran en un beso mordelón, sucio y prohibido. Chupan y sorben de manera escandalosa.

   El hombre mayor lleva demasiado tiempo caliente en una relación física poco satisfactoria. Mientras le besa, disfrutando el desconcertante placer y excitación de tenerle atrapado y recostado de su cuerpo, las manos cae en su baja espalda, donde la franela corta ha dejado un espacio libre mostrando la piel. Los dedos de una mano se meten por el borde del pantalón tipo mono deportivo, color naranja, bajándolo un poco. No lo ve, pero se estremece salvajemente, y su verga sufre un espasmo, cuando sus dedos rozan los inconfundibles contornos triangulares de un hilo dental que baja metiéndose entre unas nalgas de chico guapo y puto. Y los dedos sobre la mínima franja de tela le roban el poco sentido común que aún le quedaban.

   La leve sombra de barba, y el bigote, que aunque recortado está presente, raspan las mejillas y labios del joven rubio, quien no entiende totalmente ese calor que le envuelve al estar en brazos de ese hombre maduro, algo panzón, cuyas manos grandes, secas, dedos un tanto arrugados, recorren sus tersas nalgas con deleite, como entregándose a un goce maravilloso que le llega de súbito, y que le encanta. La lengua de ese hombre, que sorbe y chupa escandalosamente dentro de su boca, le provoca escalofríos. Ardía, literalmente en esos momentos, y aunque imagina que seguramente tiene algo que ver con alguna sustancia que Read le pusiera en aquella bebida antes de salir (cosa que debió pensar en ese momento), tiene la suficiente integridad, a su manera, para saber que responde porque sí, porque lo desea su cuerpo. Como lo que  le ocurría cuando estaba frente a ese tipo guapo y fuerte, Rostov, o cuando era manipulado físicamente por el oso que tenía como compañero de celda.

   Y no entiende su propia respuesta a ese sujeto; como hombre joven, saludable e increíblemente guapo para las mujeres, siempre vio ciertos signos de madurez (de vejez, así lo pensaba), como desagradables, las canas, arrugas o manchas en las manos. Algunas cuarentonas estaban buenas, más allá, no se metía. Por eso no lo entiende. Ignora, sumergido como siempre estaba ese tipo de individuos, preocupados únicamente de su goce o desempeño, que otros sujetos podían desarrollar técnicas para aflojar cucharas… o culos, como pretendía en este caso el enloquecido y afiebrado Monroe, el alcaide de la prisión donde cumple su condena. Ese hombre sabía de sus temblores y calores, sabía que estaba excitado porque su joven verga había respondido, y así como le tiene, mientras bebe su saliva, su aliento y los gemidos que ya Daniel exhala, totalmente enfebrecido bebiendo de su lengua, el hombre entierra los dedos en su cintura, reteniéndole más, bajándole más el pantalón, el hilo dental excitante mirándose a medio culo. Y teniéndole así, el hombre mayor se agita leve, de abajo arriba, frotándole el miembro al más joven con sus cuerpos, disfrutando oyéndole gemir. Eso le provoca toda clase de sensaciones al rubio, tener su verga así, tan dura, tan urgida, frotada por los dos cuerpos, encontrándose con la del alcaide, que también palpita.

   Sabiendo lo caliente que está el chico, ese hombre de experiencia mete los contornos de su mano derecha entre las turgentes y sensuales nalgas, que le queman, que están duras pero suaves al tacto, metiéndose más, rozando el hilo, la raja interglútea, cepillándole la entrada del agujero. Y hombre al que le soban así la entrada, sólo le queda gemir ahogadamente, echándolo hacia atrás, buscando más de esos dedos. Todo tenso, incapaz de soportar, Daniel separa sus bocas, de sus labios rojos penden hilillos de saliva espesa, echa la cabeza atrás y gime entregadamente, meciéndose contra ese tipo, contra su verga, mientras uno de los dedos hala y alisa los contornos de su culo. Y mientras está así, totalmente excitado, los labios algo secos del tipo caen en su cuello, el bigote erizándole, raspándole más, los dientes y boca atrapando, besando y chupando. Todo eso le tenía mal.

   -Vamos, preciosa, quiero ver tu cuerpo. –le urge, voz oscura, cargada de lujuria, mirándole a los ojos claros nublados también de deseos.- He oído que tu belleza enloquece a todos los hombres en las barracas. Quiero verlo, por favor. –le habla de manera algo anticuada, como un hombre intentando halagar a una chica.

   Algo tembloroso y febril, ya no cuestionándose nada de lo que hace, Daniel da un paso atrás, mirándole a los ojos, despojándose del gorro que cubre su dorado cabello brillante, uno que libera de la liga y cae hasta su cuello y lo bate un poco, con coquetería. Lentamente se despoja de la franela naranja, enrojeciendo cuando la mirada sorprendida, agradada y admirada de aquel sujeto cae sobre sus pectorales pronunciado, sobre sus pezones marrones claros, largos y erectos. Dándose media vuelta, mirándole sobre un hombro, baja el pantalón del mono, mostrando su trasero redondo y paradito, las tiritas del hilo dental rosa rodeando su cintura, encontrándose arriba y perdiéndose entre sus glúteos.

   Monroe traga en seco; mierda, un chico no debería tener un culo tan hermoso, se decía, el tolete latiéndole feo bajo sus ropas. Cuando el rubio se inclina, para salir del pantalón, esas nalgas se separan, se ve la tirita que recorre la raja, el redondo y lampiño culo apenas cubierto, sus bolas, más abajo, atrapadas en el saco de la tela. El alcaide siente que moja su ropa interior y pantalón ante el espectáculo. Una vez libre del pantalón, el rubio se vuelve, erecto bajo la tanga. Y aún eso, que debería ser chocante, le agrada a ese hombre mayor que abre sus brazos en muda invitación. Daniel va a él, semi desnudo, con su tanga, su cabello suelto, sus botines de prisión, hermoso y caliente, y se abrazan otra vez. Sus bocas se unen, los dientes de Monroe le atrapan el labio inferior, rastrillando, provocándole escalofríos en la baja columna, antes de meterle la lengua otra vez, chupando, necesitado de ese sabor suave y fresco, al tiempo que sus manos no se cansan de recorrer toda esa joven y firme anatomía.

   -Dios, tus tetas… -le oye gruñir, y Daniel se estremece cuando las manos algo ajadas, pero firmes, caen sobre sus pectorales, recorriéndoselos, los pulgares cruzando los pezones de lado a lado, cosa que le despierta tales calenturas que no entiende. De su torso salen desesperantes oleadas de deseos; casi, aunque se contiene, le pide que se los chupe, que los muerda. Lo necesitaba, y eso le avergonzaba un poco todavía. Era uno de esos cambios que todavía no entendía. La mirada oscura del alcaide sobre ellos, no presagiaba nada bueno.

   -Yo… yo… -Daniel no puede hilvanar una idea, aunque no pensaba contar de las cremas y ungüentos que Read le aplicaba.

   -Tranquilo, me gusta una nena de buenas tetas. Es agradable. –le sonríe, afectuoso, paternal, bajando el rostro, bañándole el torso con su aliento, los pelillos del bigote llegando antes, la boca algo reseca cubriéndole uno de los pezones.

   Aunque ya había sido manipulado físicamente antes, y en estados aún más calenturientos por drogas, Daniel no puede evitar tensarse y gritar cuando los labios secos se cierran sobre su aureola, succionando. La chupada, las azotadas con la lengua, los ruidos babosos, la estimulación directa a su pezón que se estremece, arde y endurece todavía más, le tienen gimiendo de manera casi femenina. Sorprendiendo al otro, que abre los ojos, ignorando que los había cerrado para mamar de ese pectoral. Vaya, cuanto le gustaba…

   Pasa al otro, con Daniel proyectando su cuerpo hacia adelante, deseando exponer más superficie. Le succiona entusiasta mientras le recorre las caderas con sus manos, los dedos de nudillos algo arrugados, con algunas canas, se clavan en la tersa y lisa piel joven, una de ella, incapaz de aguantar más, se mete dentro de la tirita del hilo dental, bajando hacia la raja, jugando con la punta de un dedo con ese culo. Y Daniel gime y chilla, mareado, sintiéndose totalmente estimulado por el carajo que mama y le manosea expertamente. La boca va de una tetilla a la otra, mordiendo y succionando, dejándolas aún más hinchadas y sensibles. Daniel casi da un traspié cuando esas manos dejan sus nalgas y caen en sus hombros, así como la boca que se aparta. Abre los ojos y encuentra la mirada de ese sujeto. Totalmente rojo, casi avergonzado.

   -¿Cómo te llamas?

   -Daniel… Daniel Pier…

   -No, como te dice él. Tu hombre. –el rubio se estremece al oírle.

   -Tiffany… -el nombre escapa como un susurro de sus labios.

   -Tiffany… -repite Monroe, estremeciéndose con una lujuria sucia y poderosa que le quema y avergüenza un poco, pero que no puede controlar.- Bien… Tiffany, hay algo que… -toma aire.- Nunca hago esto, pero lo quiero… -le atrapa el rostro con las dos manos, casi respetuoso.- Quiero chupar tu coño. Quiero meter mi lengua en tu concha de hembra ardiente…

   Nunca estaría totalmente seguro de cómo llegó ahí, piensa Daniel, echado de espalda sobre el escritorio del hombre, la cabeza colgándole fuera de la mesa, mientras ese tipo le alza una rodilla, él elevando la otra, ofreciendo su raja interglútea medio cubierta, sus bolas y la verga que moja dentro de la mínima tanga que aun así la contiene. Tembloroso, dejando caer la cabeza, lo siente, como Monroe acerca el rostro a su culo, el calor corporal es lo primero, luego el resuello, finalmente una nariz, unos pelos de bigotes y unos labios secos que se frotan de abajo arriba sobre su raja con tanga y todo.

   El hombre se pregunta si podría hacerle lo mismo que a Martha, su mujer, de cuando tenían sexo, más o menos veinte años atrás, antes de que la relación en la cama se convirtiera en una rutina para que él se desahogara de vez en cuando y ella pudiera continuar sin sus insistencias molestas. En ese entonces a ella le gustaba que le metiera la lengua. Tal vez eso era lo que le tenía tan caliente, la abstineneica a los juegos que ella le imponía, se dice, metiendo un pulgar y apartando la tirita, exponiendo en directo ese culo redondo, cerrado, liso, mucho (ignora que Read le obliga a usar cremas y pastillas con hormonas). Lleva un dedo y lo apoya en la entrada, frotándola sin entrar, estremeciéndose oyéndole gemir.

   Daniel abre los ojos cuando se aleja ese dedo, uno que le enloquecía provocándole esas cosquillas tan íntimas, que le erizaban todo y le contraían las bolas dentro de la tanga (como le ocurre a todo tío cuyo culo es acariciado así). Se tensa y gime cuando algo titilante, cálido y húmedo cae sobre su entrada, cruzándola como una brocha, de abajo arriba. Una y otra vez. La lengua. El viejo iba a…

   -¡Ahhh! –grita contenido, enrojeciendo más.

   La boca del alcaide se cierra sobre su ojete, soplándole, abriéndole el esfínter, apuñalándole con la lengua que enrolla en tubo. Esa boca, totalmente cerrada, chupa, lame y lengüetea de manera salvaje. Cada movimiento, resuello o roce provocan más de sus gemidos. Es tanto ese placer que enciende las ganas, que apoya el pie de la pierna que tiene libre sobre la mesa y se agita. Sus caderas van y vienen mientras esa boca le chupa la vida, quemándole las bolas dentro de la tanga; la lengua del hombre con experiencia no sólo está lamiéndole, le está abriendo y mojándole, reparándole para la llegada de su hombría más tarde. Sabe hacerlo, se dice estremeciéndose, estaba en manos de un hombre que sabía cómo hace disfrutar a otra persona. Monroe le suelta la rodilla y deja caer también la planta de ese pie sobre el mesón, y así, usando los dos como puntos de apoyo, el muchacho alza la baja espalda y se mece, sus culo va y vienen contra esa lengua que se le mete, toda, quemándole, cogiéndole. Esclavizándole a la necesidad de experimentarla.

   La siente, esa lengua, pegar y quemar contra los labios de su entrada, la nota cuando penetra, reptándole; y no puede dejar de gemir, de arquearse, de transpirar, su cabello cae sobre su rostro una y otra vez mientras de su boca abierta escapan roncos jadeos de placer. Era increíble ver al hermoso chico rubio de cabello largo, echado sobre ese escritorio, entre sus piernas, la gris cabeza de un hombre maduro que le comía el culo de manera ávida, voraz, saboreándole. Era todo un espectáculo erótico el verlos agitarse, escuchar sus gemidos ahogados de placer, notar la mórbida entrega del rubio, que deja caer su nuca y lanza gemidos de abandonada lujuria. El culo iba contra esa boca, Daniel deseaba esa lengua que le penetrara una y otra vez.

   -Hummm… hummm… -gime totalmente excitado.- Oh, Dios, si, cómase mi coño, señor. Cómame el coño… -gimotea, y decirlo, eso, le produce una cálida ola de vergüenza y placer.

   El hombre obedece, buceando aún más con su boca en ese culo, cogiéndole con la lengua una y otra vez, dejándoselo totalmente ensalivado; lengua que entra más fácilmente ahora que el chico se abre totalmente. Monroe aparta el rostro, frotando la cara de esas bolas ocultas, del güevo bajo la tanga.

   -Me gustaría… -comienza, ronco, rostro contra sus bolas; Daniel alza la cabeza, el cabello colgándole, sus miradas atrapadas.- Quiero hacerte el amor… ¿Me dejas? –le pide.

   El hombre rubio tiembla con calores extraños, por la mirada, las palabras, por el roce de esa barbilla con manchas grises de pelos que se frota a lo largo de su verga dentro de la tanga. No pudiendo hablar, boca abierta, ojos, brillantes, cachetes rojo, asiente. El consentimiento le estremece porque sabe que está entregando aún más de lo que puede expresar con palabras o gestos. Pero no puede evitarlo, así, tenso, arqueado sobre ese escritorio, le agrada la sonrisa del otro, casi feliz, agradecido de que aceptara, mientras se pone de pie aflojando su corbata porque siente que se quema, que no puede respirar. Verle quitársela, febril, así como el saco y abrir un poco su camisa mostrando parte de un torso velludo con canas, le hace arder aún más. Así como la visión de lka mole que levanta la tela suave del pantalón gris del sujeto.

   Si, lo quiere, reconoce, aterrorizado y excitado. Se sienta en la mesa, mirándole fascinado, no entendiendo por qué, adorador como era  de la juventud (la suya). Lleva las manos y las mete dentro de la camisa, recorriéndole el torso velludo, algo blando, sintiéndose vivo. Le gusta como el alcaide Monroe espesa la respiración, mirándole con un deseo total. ¡Aquel hombre le deseaba! ¿Qué más daba?, se dice, pronto se iría de allí y olvidaría todo eso. Eso lo piensa mientras echa el rostro hacia adelante, ofreciéndose, y las bocas vuelven a unirse en un beso íntimo y baboso, desesperado.

   Robert Read estaría contento de saberlo, por muchos motivos.

……

   Mal encarado, Jeffrey Spencer entra en su apartamento, la noche había sido una mierda; las noticias sobre Marie Gibson, doble cagada; y el comisario Selby, con su harén… Casi grita, sobresaltándose de sorpresa cuando Anna, su mujer, mirada dura, brazos cruzados en el pecho, le corta el paso.

   -¿Dónde estuviste toda la noche? ¿Por qué no volviste? ¿Qué estabas haciendo? –reclama, desconcertándole.

   Enrojece, porque por ningún m,otivo de este mundo le contará nada de lo ocurrido, pero también se molesta, por el tono de la mujer, uno demasiado beligerante, tratándole como a un tonto frente a la señora que sacude en esos momentos la sala, la cual se tensa.

   -Estaba… atendiendo algo.

   -¡Me lo imagino!

   -¡Era trabajo! –se altera. Y desconcierta más. Anna nunca había mostrado interés en sus pasos o su vida.

   -¿Trabajo? ¿Toda la noche? ¿Me crees idiota? –se ve molesta. Y por un segundo se siente ahogado de rabia.

   -Tú sales muchas veces de noche, incluso fines de semana… en jornadas de trabajo, ¿no? ¿Qué tiene esto de raro? –la mujer traga en seco.

   -¿Estabas con otra? –suelta lo que quería saber desde el principio.

   -¿Qué?

   -¿Me estás engañando?

   -¿Qué es esto? ¿Un ataque de celos? ¿Tú? ¿De mí? –exasperado y casi divertido, la encara. Lastimándole su sonrisa dura.

   -Claro que no; pero no me vas a hacer quedar en ridículo frente a nuestros amigos, conocidos y empleados. No voy a ser esa mujercita a quien el inútil de su marido engaña con cualquiera mientras ella lo espera con la cena en la mesa. –lo dice desdeñosa.- ¿Dónde estabas? –pregunta otra vez, fría. Y Jeffrey aprieta los puños.

   -Ya te lo dije. Y no tengo tiempo para buscarle sentido a tus necedades, Anna. Si existe la posibilidad de que te sientas ofendida y humillada por mis acciones, no debería comportarte como una mujer sin marido, haciendo lo que te da la gana por ahí, para que todos hablen en primer lugar. –alza la voz y puntualiza con un dedo. Sorprendiéndola totalmente. No estaba acostumbrada a que gritara… Bien, es que nunca lo había hecho.

   -¡No me hables así frente al servicio! –grazna, aguda. Eso le altera más, su fatuidad, su desdén, su total falta de empatía o sentido del ridículo y la circunstancia. Su desprecio hacia él, a quien si gritaba frente a los emleados.

   -¿Sabes qué?, estoy de afan. –la deja con la boca abierta.- Me ducharé, comeré algo y saldré para los tribunales. Ya algo bástate malo tengo que encarar para que también tenga que soportar tus tonterías, y justo cuando me duele la cabeza. –y sigue con su camino, rumbo a la habitación, dejándola con la palabra en la boca.

   -¡Jeffrey! –Anna le grita, alterándose cuando este no se detiene ni la atiende. Le sigue. Llamándole a gritos, incapaz de creer que la trate de esa manera.

   A solas, en la sala, una mujer sonríe. ¡Ya era hora de que pusiera en su lugar a esa perra!

……

   Owen Selby, mal encarado, detiene su auto frente a la vieja y ruinosa casa en los suburbios, unos muy distintos a aquellos donde vive, o vivía, Marie Gibson. Era una zona pobre de hogares que comenzaron con muchas esperanzas en el futuro y que poco a poco fueron viendo como ese mañana moría. Dos fábricas cercanas habían cerrado llevándose el mercado laboral a otra parte. Eso afectó a todos, aún a las rameras; quienes se preparaban emigraban hacia el Centro. Para quienes se quedaron, el dinero dejó de alcanzar para reparaciones, para pintar fachadas, y aparentemente para recoger basura. Una vez Robert Read había pensado en montar allí otro de sus mataderos, pero, aunque compró el terreno, el cual contaba con una vieja casa, no pudo. Los vecinos se opusieron a cal y canto; cosa sorprendente dado lo ruinoso del lugar y lo necesitado que debían estar de oxígeno comercial.

   Abriendo la vieja verja que hablaba de mejores tiempos, y pretensiones, cruza el feo jardincillo, llamando a la puerta poco después, esperando por Josías Martens, un hombre que se opuso ferozmente a la llegada de Read a la zona. La puerta se abre, un hombre negro, sesentón, inmenso aunque de precaria apariencia, le encara. Ceño fruncido, mirando sobre su hombro hacia el vehículo aparcado. Llevaba un bermuda a cuadros a media piernas y una camiseta alto ajustada, que debería ser blanca pero estaba sucia. Y el policía apostaría que algunas manchas eran de café, otras de comida y el resto de cervezas. El sujeto olía algo rancio. Se veía despeinado.

   También parecía atormentado. Y más tarde entendería. De su boca, Owen Selby escucharía una historia atroz, sórdida. Entendería en parte la clase de monstruo que Robert Read era. Temiendo, como nunca, que semejante basura pudiera no solo ser despenalizado de la sentencia de muerte, sino que hubiera la menor posibilidad de que volviera, algún día, a las calles.

CONTINUARÁ … 38

Julio César.

SERVIR Y OBEDECER… 6

julio 1, 2015

SERVIR Y OBEDECER                         … 5

   La siguiente historia NO ES MIA.

SERVE AND OBEY

By: lexicodecy

EL CHICO ATADO ESPERANDO A SU AMO

   El juego del control.

……

   Un perentorio silbido se deja escuchar y los animales dejan de acosarle y gruñir de manera automática, pero le olfatean por todas partes, nuevamente bebiendo su sudor y hasta su orina. Eddy tan sólo puede temblar como gelatina, echado en el suelo, totalmente aterrorizado, viendo aparecer a ese hombre horrible, desnudo a excepción de un bermudas a media piernas, verde militar, con el cual seguramente dormía. Y no sabe a quienes les teme más en ese momento, aunque sabe que algo tenía que suceder, el ataque de los perros, imaginar que le destrozarían como ese hombre dijo, le tenía el corazón totalmente descontrolado, ¿se podía sufrir un infarto a los veintidós años?

   -¡Hijo de perra! –le oye rugir furioso, antes de recibir el bofetón, dado con fuerza aunque con la mano abierta.

   Débil, todavía atado por sus muñecas, totalmente aterrorizado como estaba, cae con un gemido. Casi se atraganta, el collar se cierra feamente contra su cuello, asfixiándole y lastimándole, cuando el sujeto le atrapa por la parte de atrás, alzándole en peso, costándole porque casi no puede mantenerse de pie. Gimotea, aterrorizado pero como paralizado mientras ese sujeto le lleva de nuevo a la mesa, arrojándole de panza y sujetándole las manos a esta, con rapidez y eficacia. Le atrapa las piernas, quitándole las botas, y obligándole a flexionar las rodillas, los pies en camino a sus nalgas, y le ata con tobilleras a las patas del mobiliario.

   -¡Pero malo! ¡Perro malo! –le oye rugir mientras le fija, realmente molesto.

   A pesar de todo lo que ha soportado hasta ese momento, nada había preparado a Eddy Morales para lo que vino; así, atado y sujeto a la mesa, algo impacta, le abraza feamente y estalla contra su espalda. El grito se deja escuchar en seguida.

   -¡¿Qué haces, hijo de puta?! –le ruge, olvidado por un momento su debilidad, viendo a ese sujeto sonreír molesto, con una gruesa correa de cuero medio enrollada en su puño.

   -¡Perro malo! ¡Perro malo! –le repite y le cruza la espalda otra vez, la cual se revuelve y se agita, tensándole, gritando mientras la nueva marca roja aparece.

   -¡No!, basta, déjame, maldito enfermo –le grita, esa vaina quemaba y dolía. Le da otro azote con aquella cantaleta de perro malo. Y otra y otra.- ¡No! ¡No! –está nuevamente aterrorizado, intentando moverse, pero un correazo llega, y otro, más abajo. Grita y solloza ahora, amenaza, insulta y suplica cuando un azote cruza sus nalgas, que se contraen y enrojecen feamente. Cuando se repite allí, otro golpe, gimotea de manera lastimera, encogiéndose como para protegerse.

   Jim, jadeando, furioso hasta hace un minuto, sonríe con ojos brillantes, alzando la correa y dejándola caer otra vez sobre esos globos color canela, que se marcan y tensan. Oírle gimotear ahora, llorando como un bebé cuando un nuevo azote le impacta, le endurece la verga.

   -No, no, por favor, no me pegues más. –Eddy solloza abiertamente, odiándose por hacerlo, pero encogido sobre ese mesón, totalmente indefenso ante ese carajo, uno que sabía estaba disfrutando lo que le hacía. Otro correazo. Y otro. Cierra los ojos, el rostro bañado de lágrimas y sudor. Lloriquea quedo.

   -¡Perro malo! –le oye, deteniendo los azotes.

   -Lo siento. No lo haré otra vez. –gimotea tragando en nudo en su garganta.

   -Me gustaría creerte, cachorrito. –le oye, la burla chorreando por las palabras.- Pero sólo hay una manera de hacerle recordar a los cachorros lo que no deben hacer, como cargarse o mearse por ahí. –no entiende, hasta que grita con una nueva y sorda herida, peor que el anterior, algo se estrelló contra la planta de su pie derecho y el dolor era intenso.

   Nuevamente le grita que no, que no le pegue, que lo perdone, mientras se agita sobre la mesa, luchando contra las ataduras, su joven y fornido cuerpo abultándose, al tiempo que las plantas de sus pies, turnándose de una a la otra, reciben secos golpes con una fina varilla que parece de bambú, la cual hiere la carne de una manera intensa. Es tanto que esas plantas se tensan y marcan de manera abierta. Eddy grita, llora, se estremece, pero únicamente de dolor. Le reducen a eso por el maltrato físico, no por la sumisión. Cada planta recibe media docena de los lentamente aplicados varillazos.

   El hombre deja caer el brazo, su pecho subiendo y bajando, viéndole estremecerse de dolor, encogido, llorando con el rostro contraído. Siempre era extraño escuchar a un hombre joven sollozando, sobre todo a un machito cabrío como era ese, pero a Jim Preston le agrada. Mucho. Deja la vara sobre una mesita con ruedas que acercó poco antes. Con la punta de los dedos recorre una de las plantas de pies herida. Le oye gemir, contenido, tensándose.

   -Debes portarte bien. –le dice con voz serena, casi rodeándole.- No me gusta lastimar a mis cachorros, pero si te portas mal sabes que ocurrirá. Sólo así aprenderás. –le dice como si tal cosa, medio inclinándose, estudiándole el brillante rostro, de sudor, grasa y lágrimas. Levanta una mano y le rasca tras la oreja izquierda, acariciándole como si realmente fuera un perro.- Debes asearte un poco. Apestas.

   Le desata las muñecas, viéndole caer los brazos sin fuerzas. Le libera los pies, atrapándole del collar, halándole, enterrándole el cuero en la garganta, obligándole a ponerse de pie. Y el chico gime cuando las plantas desnudas y heridas se apoyan en el frío piso. Le suelta y las rodillas se le doblan, cayendo, sintiéndose mal, pequeño, frágil. Y rabioso. La ira le domina, por lo que le hacen, por la parálisis que le provocaba ese miedo. Quería luchar, pero no podía. Derrotado, tembloroso, deja caer las manos en el piso y baja la cabeza. Jim le mira, calibrándole.

   -Debes darte un baño, cachorro. –le dice, inclinándose.

   Es cuando ocurre, temblando, luchando por no paralizarse de miedo, Eddy se vuelve bruscamente, robándole algo de fuerzas a su temor y sufrimientos. Alarga las manos y rodea el cuello del sujeto, rugiendo cuando le nota la burla en los ojos, la sonrisa en los labios. Le esperaba. Desesperado le hala y proyecta hacia adelante la frente, para golpearle, pero cuando su propio rostro es atrapado por las manos grandes y fuertes del sujeto, quien le hala hacia un lado, haciéndole perder el equilibrio, afloja su agarre sobre ese cuello. Cuando una rodilla le choca del piso, lastimándole, el sujeto simplemente se libra de su agarre, le rodea, cayendo a sus espaldas, y le atrapa en una llave de brazo contra cuello, halándole, ahogándole, asfixiándole.

   Eddy lucha, rostro congestionado, tratando de apartar ese brazo, que aprieta y aprieta, atrapándole contra un poderoso y fibroso cuerpo semi desnudo. Y siente aún más rabia, lo nota claramente, la verga totalmente erecta de ese tipo aplastándose contra su baja espalda. Excitado por lo que le hacía.

   -¡Perro malo! ¡Perro malo! -le oye susurrar a su oído, mientras aprieta más, haciéndole gritar ahogado, escupiendo, rojo como remolacha. Se revuelve con ímpetu cuando la asfixia le roba las fuerzas y va sumergiéndose en la negrura.- ¡Perro malo! –le susurra y es lo último que escucha cuando sus manos caen y la boca se agita sin sonidos.

   Se desmaya. Es un peso sólido, cálido entre sus brazos, la nuca contra su torso. Jim, una leve sonrisa en sus labios, le mira desde su posición, aflojando el agarre en el cuello. Le complace su nuevo y rebelde cachorro, tan batallador, se dice, recorriéndole con un dedo una mejilla, recogiendo sus lágrimas de desesperación e impotencia. Los ojos se vuelven fríos, estaba perdiendo horas de sueño. Le suelta y el joven cae al piso, poniéndose de pie, se medio inclina y le atrapa por el collar, casi sobre su manzana de Adán, y le hala, llevándole hacia otra de aquellas puertas que parecían ocultar muchas cosas. Y parecía que casi todas, muy inquietantes.

……

   Mal encarado, el comisario Nate Fox baja de su auto patrulla frente a cierto bar cerrado. Aunque el dueño le espera. Del otro lado del vehículo sale un hombre sólido, firme, pelirrojo, de bigote y cara de mala gente. Uniformado de marine. Al comisario le disgustaba, no por marine, sino hijo de perra. Desde que le informaron de los militares “perdidos”, fuera de las indagaciones que hizo, estuvo seguro de que alguien de Inteligencia Militar llegaría, lo que no esperó fue a ese sargento artillero, Dickson, que le miraba y hablaba como si fuera un retrasado mental que nada bueno había hecho hasta ahora. Si es que algo había hecho, cosa que pareció poner en duda muchas veces desde que tuvieron la desgracia de conocerse.

   -Su cabo pasó por aquí. –le gruñe cuando el otro le pregunta, veladamente, si es que iba a comprar café.

   -Ya lo sabíamos. Los cabos Bridge y Majors, lo informaron. –respondió desdeñoso.

   -Y lo comprobé, que los cabos no le asesinaron y abandonaron por ahí. –fue crudo, sabiendo que no era decente decir eso de los marines, pero ese tipo le irritaba.- Otras personas le vieron allí, después de que sus colegas partieron; intentó ligar a una camarera, salió… y desapareció. Nadie le vio alejarse, ni a pie ni en una colita. No hubo autobuses esa tarde. Fue al sanitario a un costado de la bomba de combustible, eso sí, y luego nada.

   -¿Cómo saben que fue al sanitario? –se interesa, mirando el cruce de la calle.

   -Le vio uno de los habituales, que salió casi al mismo tiempo, aunque se alejó, a ocuparse de sus asuntos, que no incluían verificar si el marine dejaba la instalación.

   -¿Lo comprobó? ¿La ida del cabo Morales a ese lugar?

   -Lo hice. Dos personas le vieron, una llegar, otra salir e ir al sanitario. Frente al depósito sólo había tres autos. Dos ya los he descartado, viven aquí, uno de ellos es quien le vio ir allá. La segunda persona es un viejo cascarrabias, que come y bebe aquí.

   -¿Y el tercero?

   -Es un criador de perros de caza. Preston. James Noah Preston. Vive fuera del pueblo. No he hablado con él, es el único que me falta.

   -¿Preston? –el sargento, ceñudo, se frota el bigote.- ¿Qué sabe de él?

   -Un hombre joven, sortero, un marine retirado. Vive apartado, a solas, poco amigo de los extraños.

   -Suena como a un asesino serial. –el sargento intenta una broma. El otro, rascándose bajo el sombrero, hace una mueca.

   -Y es el perfil de la mayoría de los vecinos en los alrededores. Sabe cómo es por aquí… indocumentados, negros, homosexuales… todos son vistos con… poco afecto.

   -¿Cuándo le verá?

   -Pensaba almorzar e ir. –señala el local. El otro se ve indeciso.- ¿Me acompaña, sargento artillero? Pruebe una buena chuleta y luego iremos donde el vecino.

   -Okay. Me intriga la gente que se distancia tanto de sus semejantes. –señala Dickson mientras entran al local.- Siempre me han parecido… extraños.

   -No lo crea, no es una conducta tan singular como cree, por aquí. Hay muchas propiedades apartadas. Las cosas que ocurren allí, allí se quedan. A la gente le gusta si privacidad.

……

   Mareado, sintiéndose hambriento y sediento, cosa que nota a pesar de ese malestar que le amodorra los sentidos, Eddy Morales despierta. Sentando. Atado a una extraña silla. Con mirada perdida recorre todo el lugar, notando y molestándole que el mundo pareciera perder consistencia en los límites de su visión cuando se mueve demasiado rápido. Parecía borracho. O drogado. Lo primero que nota es la presión sobre sus orejas, tiene unos audífonos colocados, lo otro es que muerde una bola de goma, continuando amordazado. Baja la mirada, sus chapas de identificación se balancean y tintinean, se ve limpio, aseado. Está desnudo a excepción de las botas negras que lleva, sujetas a dos argollas en la base circular de esa silla que parece casi de barbería. No puede despegar los pies. Sus muslos están cruzados por tiras de cuero negro y brillante que le sujetan al asiento. Sus muñecas están inmovilizadas por esposas acolchadas, fijas en los apoya brazos. Viste un suspensorio escandalosamente blanco, y ajustado. Parecía una talla más pequeña de las que debería. Y…

   Arruga la frente, la molestia en su trasero. Está sentado sobre algo. Algo que le penetra. Y el llanto de rabia y frustración regresa. Estaba sentado sobre algún juguete sexual con forma de falo que abría, penetraba y llenaba su culo. Intenta ponerse de pie, las cintas se clavan en sus muslos, despega apenas unos centímetros sus nalgas de la silla, pujando, luchando, pero cayendo otra vez, y el juguete, que había salido esos pocos centímetros, se mete de nuevo. Y peor…

   Casi grita, a pesar del mareo y la debilidad, esa vaina en su culo comienza a vibrar, parecía haberse activado con sus movimientos. Estaba allí, ronroneando con una baja intensidad mientras frotaba las paredes de su recto. Las lágrimas son copiosas, de rabia, su rostro se congestiona, como sus bíceps y muslos cuando intenta liberarse, alzarse. Es cuando gime, ahogado, frente a él comienza a parpadear una intensa luz blanca azulada, irritante; no quiere verla, cierra los parpados, pero continúa notándola, oyendo el zumbar de su propia sangre en los oídos, su corazón enloquecido, el consolador en su culo agitándose. Si, era ahora muy consciente de eso, de la estimulación que estaba dándole a su recto. Es cuando cae en cuenta que también escucha algo más, una voz baja, profunda y sugerente que le dice algo. No quiere oír, teme lo que sea, pero necesita saber qué enfrenta.

   -Relájate, muchacho, déjate llevar. Que tu mente descanse en el vacío, en el goce de no saber, de no entender, el no tener que enfrentar decisiones o elegir. Déjate llevar al disfrute que encontrarás obedeciendo a tu hombre. Lo quieres, lo necesitas; buscar dejar de preocuparte por tu vida, la realidad, la gente y los problemas. No quieres pensar o preocuparte por nada.  Deseas vivir sin temor, sin anhelar nada como no sea a tu hombre. Quieres sentarte en el regazo de tu amo, que rasque tu cabeza y te satisfaga tanto física como mentalmente. Deja de luchar, muchacho, entrégate a la sinrazón. Ofrécete gustoso… -la voz baja, y Eddy jadea, su pecho subiendo y bajando, consiente de todo, mareado a un tiempo, erizado ante esas palabra, esa voz, ese tono autoritario y paterno. La voz de ese sujeto que le tiene atrapado.- Déjame llenar tu culo caliente y hambriento, ¿lo sientes? –y muerde la bola, sintiéndose extrañamente excitado sexualmente, al menos físicamente, porque su mente se niega.- Puedo calmártelo, así como tu espíritu, tu mente. Una vez que te entregues, que me aceptes como tu amo, ya nada volverá a inquietarte, molestarte o entristecerte. Será feliz en la obediencia, dichoso en la servidumbre. Deja que me ocupe de tus problemas, que atienda tus necesidades. Entrégate en mente, deja tu cuerpo ir hacia el goce y serás feliz para siempre.

   El joven, meneando la cabeza, más mareado aún, cierra una y otra vez los ojos ante esa luz, intentando aislar las sensaciones en su culo, de no escuchar esa voz que se repite en bucle, atormentándole porque debilita su voluntad, le confunde. Jadea y abre los ojos, ardiendo, cuando una ruda mano le recorre el torso, las yemas de los dedos frotándole al pasar, de lado a lado, una de sus tetillas erectas. Sus ojos, nublados, se encuentran con los de ese sujeto. Índice y pulgar de esa mano se cierran sobre su pezón, pellizcando suave, mientras la otra mano sube, y con el dorso de los dedos, recorre de manera amistosa y casi afectuosa la mejilla del chico atado.

   Jim le estudia, viéndole enrojecer, parpadear, tendiéndose un poco hacia esa mano que acaricia su rostro. Eso le hace sonreír quedamente, el chico respondía bien. Pero todo acaba, el joven de piel canela se congela y se aparta bruscamente de la mano, intentando alejar su torso, mirándole con odio.

   -Eres un cachorrito necio. –Jim parece molesto por el rechazo.- Tal vez es hora de que me supliques.

   El carcelero se aparta, tomando algo de la mesa, mostrándoselo. Es uno de esos pequeños anillos de cuero que Eddy sabe se fijan a la base del pene para prolongar las erecciones. ¿Tal vez una como la que tenía ahora? Confundido, él mismo, se mira sobre el suspensorio, muy duro, su verga alzando la tela. Y grita de sorpresa.

   Mientras no le miraba, Jim tomó también de la mesa un pequeño control tipo alarma de carro, oprimiendo un botón de manera circular, y las vibraciones en su culo se intensificaron de manera despertantemente eróticas. Todo el cuerpo del latino se tensa, brillante de transpiración, recorrido como estaba por incontrolables oleadas de lujuria que le llenaban como agua tibia y grata. Cada vibración de eso en su culo le hacía temblar y pulsar el güevo bajo la tela que lo aferra, una que se moja inmediatamente y gotea de manera copiosa.

   -¿Listo para sufrir, cachorro malo?

CONTINÚA … 7

Julio César.

EL SUEGRO LO ENVICIA… 45

junio 25, 2015

…LO ENVICIA                         … 44

   Este relato me lo envía por correo un conocido de la casa, LeRoy, y es bueno, aunque es una mala traducción que me tomará tiempo medio hilar. Este relato que NO ES MÍO, lo llevo más bien como una pequeña adaptación. Que el autor no se moleste, por favor. Bien, la trama: un chico muy joven sueña con ser físico culturista y se casa con la hija de un ex culturista, el cual termina convirtiéndole en el juguete sexual de todos los hombres. Disfrútenlo.

……

Título: Muscle Pussy

De: hgenyc9261@gmail.com

CHICO GUAPO EN HILO DENTAL AMARILLO

   ¿Y ahora? Vivir para gozar lo que tanto le gusta.

……

   Los dos sujetos siente el infinito placer de correrse, de alcanzar sus clímax, pero todavía les toca disfrutar las frenéticas chupada que aquella boca da sobre el tolete de uno, y la manera como ese culo, apretado, totalmente adherido a las pulsantes paredes del otro tolete, sube y baja un poco sobre el otro. El chico quería ordeñar hasta el último de los espermatozoides de los dos machos.

   Bill se aparta, jadeando todavía, Mike le indica que salga, y un tembloroso Bobby le obedece, su culo chorreando esperma lentamente por sus piernas. Y en cuanto alza la vista nota que todavía hay dos tipos, dos toletes, que aún no ha probado. McVay y Kurt habían tomado asiento, cada uno aferrándose su verga dura. Trancas que no eran tan gruesas como las de sus compañeros, detalle que hasta ellos notaban.

   -Joder, tíos, con sus vergas de caballos ya han extendido demasiado ese coño. –se queja Kurt.- Podían haber esperado por lo menos que nos diéramos un gusto antes.

   -Tal vez algo se pueda hacer. –le responde McVay, quien parece le ha dedicado tiempo al asunto.- Amigo, ¿no dijo Bill que este chico ya ha tomado dos vergas a un tiempo en su coño? ¡Vamos a hacerlo! –sonríe maravillado de su solución, poniéndose de pie, atrapando por un hombro al culturista.- Siéntate sobre sus piernas, hijo de puta. –le ordena.

   -¡Claro! –grazna Kurt, levantando su lanza de carne negra con una mano, dándole pie a que suba.

   Y Bobby ya sabía cómo. Con suma facilidad, dándole la espalda, baja sobre su regazo, gimiendo con la boca abierta cuando el nuevo glande ardiente choca de su dilatada entrada toda mojada, cubriéndolo, tragando ese nuevo tolete venoso. Sentirlo pulsar era un locura de lujuria. Es cuando el hombre le atrapa las rodillas, alzándole las piernas, haciéndole rodar sobre su güevo y este queda totalmente clavado, obligando a que la blanca espalda caiga totalmente sobre el negro torso. McVay, sonriendo, mirando al gimiente rubio, se mete entre las piernas, presionando la punta de su verga de esa rojiza entrada ocupada por un miembro que ya estaba siendo ordeñado. Y el toque con la amoratada verga de Kurt agrega el pequeño toque de perverso placer y excitación que hacía falta. Presionó y  el chico gimió.

   -Te gusta tanto, ¿verdad? –ríe McVay, empujando más.

   Finalmente el joven culo del musculoso culturista cede y la nueva verga se desliza en su interior, hacia arriba, lentamente, frotándose de las paredes de su recto, pero también de la pieza de Kurt, su compañero de equipo, quien se estremece a las espaldas del chico rubio. Juntas, las de por sí no tan cortas vergas, estiran ampliamente la entrada de ese culo y las entrañas del muchacho.

   Bobby gimió, babeando un poco sobre su mentón, sintiendo el roce de las dos vergas en su interior; al ir y venir contra su recto, quemaban, pulsaban de manera intensa. La sensación le producía un placer indescriptible, sentirse usado, llenado por esos dos hombres, estar en sándwich entre ellos, le hacía delirar de puro placer. Kurt, teniéndole atrapado por las rodillas, comienza a agitarle, llevándole de adelante atrás, intensificando el roce, el contacto, el placer. Todo le daba vueltas, y cuando McVay comenzó a cogerle con más fuerza, metiendo y sacando su tolete, gozando de su culo, pero seguramente también de lo suciamente prohibido que era rozar la verga de la de su amigo, para el joven culturista todo perdió sentido, tomaba aire a bocanadas por la boca, de la cual escapaban roncos gemidos, mientras su agujero y sus entrañas se tensaban, pulsaban y atrapaban. Por horrible que le pareciera reconocerlo, amaba tener esos dos güevos llenando su culo.

   Kurt le agita más, al tiempo que comienza un leve saca y mete levantando el culo del sofá, McVay intensifica sus embestidas, el rubio sus apretadas, y todo ello le tiene nadando en hormonas, unas que le bañan de manera estimulante, una sensación eufórica que no alcanzaba ni con la marihuana. Su cabeza rueda de aquí para allá, sin control, sin fuerzas, y cuando sus ojos caen sobre la entrada del cuarto, encuentra la mirada de su suegro, Ben, que ha regresado. Ha vuelto y le encuentra entre dos enormes machos negros que le clavan sus güevos de manera intensa en su afeitado culo de chico goloso. Los dos falos, uno al lado del otro, van y vienen, y allí se clava la mirada de su suegro, el papá de Alice, su esposa.

   -¡Ben! –jadea con un grito ahogado, de lujuria, mientras Kurt y McVay le ensartan a un tiempo, duro y profundo, y se vuelven también hacia la entrada del salón, notando la presencia del hombre.

   -Hey, Ben, bienvenido. –ríe McVay.- Estamos conociendo un poco mejor a tu yerno. Espero que no te importe. –el hombre simplemente le devuelve la sonrisa.

   -No, en absoluto, sé cuanto disfruta mi muchacho de cada pulgada de verga gruesa y dura clavada en su coño mojado. ¿Cuántas cargas van ya hasta ahora?

   -Joder, tío, ¿sabes lo de tu yerno? ¿Qué es tremendo puto? –silba, con admiración, Mike.

   -Oh, sí, es un puto, como dices. –responde el hombre mientras se les acerca.- Ya lo he visto con el culo bien lleno de vergas, con la cara bañada de semen, siempre deseando más. –sus ojos caen sobre la triple unión de caderas, sobre la tanga muy mojada de esperma y líquidos que lleva Bobby.

   -¿Quieres ver? –le pregunta McVay, echándose un poco hacia atrás, permitiéndole al otro la visión de los dos cilíndricos toletes negros dentro de los hinchados labios del culo del muchacho, un agujero muy abierto.

   -Puede con todo. –sonríe Ben, mirando al atleta de color.- ¿Acaso no tiene mi muchacho un buen coño musculoso y firme allí?

   -Es de locura. –ríe el otro, sintiéndose más caliente todavía. No sólo cogía a un bonito chico blanco (¡un tío!), musculoso y grande, sino que le llenaba el culo acompañado de la verga de su mejor amigo, y ahora, para colmo, el suegro de ese sujeto miraba lo que le hacían. No podía tenerla más dura ni soñándolo.

   -¿Te gusta, hijito? –le pregunta Ben al joven.

   La enrojecida cara del muchacho, también brillante de transpiración, dejaba notar todo lo que disfrutaba al sentirse atrapado entre los dos musculosos atletas negros, cuyas vergas iban y venían dentro de su vicioso y urgido culo, uno que los ordeñaba con fuerza. Suegro y yerno se miran, y cuando el muchacho baja la mirada al entrepiernas del marido de su esposa, le nota la escandalosa erección bajo las ropas. Algo que le hace lamerse los labios con morbo y lujuria.

   -Si… me gusta mucho… -y toma aire, jadeando cuando las bruscas embestidas se intensifican en sus ritmos.- ¿Vas a llenarme el coño con tu güevo después?

   -¡Mierda! –ladra Dion, riendo y estremeciéndose, deseando verlo, al musculoso y velludo italiano arrojando al lampiño y dorado yerno de espaldas sobre el sofá, separándole las piernas, abriéndole las nalgas, dejando al descubierto ese culo lleno de leche, y metiéndosela duro. Seguro que Bobby amaba sentir dentro de sí ese tolete, por lo prohibido.

   -Ay, Bobby… saliste tan caliente. –ríe Ben como toda respuesta a su yerno.- Quizás te lo llene más tarde, pero antes tengo algunos compromisos. Vamos, muchacho, hazme sentir orgulloso, termina de ordeñar esas vergas con tu coño dulce y hambriento. Sácales hasta la última gota de esa leche que tanto te gusta.

   Las palabras, la mirada orgullosa, la promesa de darle duro por ese culo más tarde, todo eso conspira contra Bobby, quien incrementa las haladas y apretadas que su agujero vicioso da sobre esos güevos que van y vienen, llenándole, rozándole, frotándose uno del otro. Parecían quemarle con fuego.

   Los dos hombres intercambian una mirada cómplice, y le cepillan aún con más fuerza la pepa del culo; los dos toletes negros, gruesos y nervudos, van y vienen contra la dulce fresa que devoran. McVay la retira casi toda, hasta su glande, que se frota del tolete de su amigo, y vuelve a clavársela hondo, y el rubio culturista las siente chocar una con la otra, buscando acomodo en sus entrañas desesperadas.

   -¡Mierda, qué coño! –brama McVay, enterrándosela toda, quedándose allí, como Kurt, empujando más y más, mientras Bobby gime en éxtasis.

   El rubio culturista deja caer la cabeza hacia atrás, sobre un hombro del recio tío negro, totalmente atravesado por todas esas oleadas de placer y lujuria que experimenta; sorprendiéndose como siempre de lo mucho que le gusta algo que nunca antes había considerado. No hasta que su suegro le encaminó hacia esos placeres. Los dos toletes casi se retiran del todo y vuelven, con fuerza. Las cogidas se turnan, la fuerza de las embestidas también, así como las velocidades. Las paredes de su recto están que arden, siente que se corre internamente, que a la par que su próstata es estimulada, ese clítoris que debe tener por ahí le tiene nadando en orgasmos.

   Y fantasea…

   Se imagina llegando a un encuentro de futbol de esos chicos, que gritan, pelean y batallan, él esperándoles en las duchas, despojándose de sus ropas, quedando en una mínima tanga de mujer que se perdería entre sus nalgas redondas. Oyendo que el juego termina, que ganaron, que van hacia allá, caería de rodillas, ofreciendo la visión de su culo a todos esos machos cabríos que se acercan llenos de adrenalina. Se imagina allí, oyéndoles reír, los gritos de sorpresa cuando le encuentran, las manos nalgueándole, los transpirados y enormes atletas desnudándose, disputándose el quién será el primero en llenarle el coño caliente y mojado. Pero mientras lo hablan, las vergas alzándose ante sus ojos, ya Dion llenaba su vicioso y hambriento agujero con su enorme masculinidad, haciéndole gritar de placer, arqueando la espalda y elevando el trasero. Frente a todos, su culo casi chorreando agua. Y se suceden, uno a uno, todos cogiéndole, todos llenando sus entrañas de semen, algunos silenciándole con una tranca enterrada hasta su garganta… Y, finalmente, alzándole del piso, casi desfallecido de gozo y tanto sexo, su suegro, Ben, en suspensorio, transpirado y velludo, con un silbato de entrenador al cuello, le llevaría en brazos a las duchas, para que se medio aseara y luego tomarle también.

   -Oh, mierda, algo le pasa, este coño está como más intenso… -brama Kurt, arreciando también sus embestidas, adentro y afuera, frotándose del instrumento de su amigo. Gritando ahogado, metiéndosela toda, quedándose allí, el tolete ardiéndole literalmente, recorrido por lava que sale de sus bolas, dispara carga tras carga de espermatozoides en esas entrañas, bañando de paso el güevo de McVay.

   Bobby todavía la percibe, la disfruta, la siente reptar en él, cuando ya McVay le esta clavando los dedos en los hombros, empujándosela también, sonando goteante por todo el semen presente, gritando y corriéndose también, de manera intensa y abundante, disparo tras disparo, casi sobre su próstata, de semen hirviente y espeso que se mezcla con el de Kurt.

   Y Bobby se corre igualmente, dentro de su pantaleta, temblando desfallecido, elevando el olor a esperma por todo el cuarto. Todos se quedan quietos, jadeantes, intentando recuperarse. Aún hay dos gruesos güevos negros enterrados en un culo blanco, de cual mana el semen. Los toletes se retiran, pero al joven le cuesta sostenerse sobre sus pies.

   -Joder… eso fue… -grazna Kurt sobre el sillón, ojos brillantes, recuperando el aliento, pensando, fugazmente, en todos esos fans que llegan a los vestuarios cuando termina el juego, y que parecen desesperados por tocarle o agradarle. Seguramente mucho de ellos, esos chicos blancos de la universidad, no diciéndole que no si les pidiera el…

   -Debemos irnos, Bobby. Tengo unos compromisos. Límpiate un poco.

   -Me visto y…

   -No, deja, aquí tengo tus pantalones. Sólo pásate una toalla o algo. –responde Ben, mientras comienza a despedirse del resto de los presentes, diciendo lo mucho que lo disfrutó y que deberían repetir.

   -Oh, no, el placer fue todo nuestro. –ríe Dion, de pie, mirando al culturista dentro de su camiseta sin mangas, sus tenis y su tanga de mujer, oliendo a leche.- Y claro que repetiremos. Se acerca mi cumpleaños…

   -Vamos, hijito. –apura Ben.

   -Pero… pero… ¿no debería vestirme primero? –farfulla el chico mientras una mano de su suegro prácticamente le empuja hacia la salida, al tiempo que le clava los ojos en las nalgas que se tragan todo el hilo dental mojado.

   -Llevo prisa, dejé que terminaras tus asuntos, pero… Además, ¿quién va a ver? –salen a los estacionamientos, todavía despidiéndose de los otros.- Tengo un par de paradas antes y luego iremos a cenar.

   -Okay… -el rubio culturista accede, creyéndolo una tontería, viendo como su suegro lanza los pantalones a un lado y sube a la camioneta. Él le imita, el culo sobre el asiento, sabiendo que dejará algo de semen en él.

   -¿Te cogieron todos? –le pregunta, encendiendo la camioneta, disfrutando viéndole enrojecer.

   -Si.

   -¿Y te gustó? ¿Todo? Vi que te corriste sin tocarte. –quiere saber, sus ojos se encuentran.

   -Sí, me gustó mucho.

   -Entonces te encantan las vergas, ¿no? Eso de las mujeres, casarte, mi hija, todo no fue más que una fase, ¿no es así? A ti lo que te van son los machos que puedan llenarte el coño con sus hombrías duras, caliente y palpitante. –le sonríe.

   -Si, suegro… -admite, avergonzado pero también excitado. Cuando el otro extiende una mano y le medio rasca tras una oreja, afectuoso, su corazón salta en su pecho, emocionado. ¿Acaso amaba a ese hombre?

   -Dime papi, siempre papi, hijito. Anda… -le sonríe, retándole.- …Muéstrame lo que esos pillos hicieron con el coño de mi nene.

   Más rojo todavía, Bobby duda un segundo infinitesimal, luego se vuelve sobre sí, la vista a la ventanilla, el trasero hacia el hombre, apoyando una rodilla en el asiento y el pie de la otra pierna lo apoya en el tablero de instrumentos, quedando increíblemente abierto.

   Con una bonita sonrisa de satisfacción en su rostro de muchacho, casi ronroneando, siente el roce de los dedos y la palma de Ben, recorriéndole las nalgas abiertas, un dedo subiendo y bajando por la raja, sobre la tirita del hilo dental todo mojado, su culo brillando con toda esa esperma que se enfría. Cuando aparta la tirita y la yema del dedo se le frota de la entrada, Bobby arquea la espalda de manera automática, alzando más su culo, la respuesta natural de un puto que quiere machos.

   -Esos hombres te dieron duro, ¿eh? Pero seguro que los derrotaste.

   La voz pastosa de Ben le hace volver la mirada sobre un hombro, descubriéndole la verga totalmente recta bajo el pantalón. Hacia tanto que no la tenía, que no gozaba de ella, tanto tiempo de no montarse y llenarse de su grosor, la verga que le transformó en lo que ahora es. Y la gratitud le ahoga, también la necesidad, así que extiende una mano y la atrapa sobre la áspera tela, frotándole. La risa de Ben le produce escalofríos.

   -¿Acaso tu coño todavía tiene hambre? He creado un monstruo.

   -Si, papi, la quiero. Sácatela y métemela. –le pide, agitando su culo que todavía es tocado y acariciado.

   -Bien, como te dije, tengo un par de cosas que atender antes. Luego ya veremos… -le sonríe, con afecto.- ¿Qué tal si invitamos a mi hijo, Tony, a que nos acompañe esta noche? Para la cena. Imagínalo, habrá bastante carne. –es irónico, sonriendo más al verle brillar los ojos, sonrojándose más.

   -Claro, papi, la verdad es que muero de hambre…

¿FIN? (el auto la dejó hasta aquí).

Julio César.

NOTA: Un amigo de la casa, Apolo, logró encontrar la página original de donde viene esta historia, que notarán fue versionada. Gracias, amigos. Quien quiera saber de qué va o cómo termina, que vaya a: http://www.nifty.org/nifty/gay/incest/muscle-pussy/

DE AMOS Y ESCLAVOS… 21

junio 23, 2015

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 20

NEGRO EN MALLAS

   “Dios, ¿cómo llegué a esto y por qué me gusta tanto?”.

……

   -Lo estás sintiendo, ¿verdad? Como todo encaja en tu vida. –le sobresalta un poco la voz de Hank, medio agachado a su lado.- Aliméntate de vida, puto.

   Casi ronronea cuando atrapa otra vez ese güevo con sus labios, bajando, apretándolo, succionándolo, ignorando que se medio alza y lleva las manos a sus espaldas, en una posición aún más entregada, que le sale de manera totalmente natural.

   -Eso es, negro puto. –oye la voz de Hank, burlona, soberbia.- Saboréala así, sabes que te encanta. No sientas vergüenza de mostrarte como lo que eres, una basura mamona, una puta tragona. Déjalo salir y goza de tu vida. No es tu culpa, es tu naturaleza. Deseas entregarte, sentirte controlado, esto… -le atrapa la nuca y le empuja contra la verga, fuerte, casi ahogándole.- …Que te traten así, es lo que te hace sentir vivo. Quién sabe desde cuándo sufres esto, sin darte cuenta, mirando en la calle a un tipo joven y guapo, blanco, clavándole los ojos en la bragueta. Seguramente has deseado mamar güevo durante mucho tiempo pero te has resistido a tu verdad, llevando una existencia infeliz.

   Y mientras sigue sumergido en saborear la experiencia de mamar a otro hombre (que no es Hank, claro), Roberto siente las manos fuertes de su amo recorriendo su cuerpo, obligándole a caer otra vez en cuatro patas, bajándole desde los hombros hasta las caderas, por su espalda ancha y musculosa, brillante de transpiración, lentamente, erizándole. Cuando llegaron a sus nalgas, clavándose allí los dedos, casi parte el vibrador con la apretada que dio su culo.

   -Mira esto, Max. Un verdadero coño caliente. –saca el consolador y le ofrece al amigo, que se pone de pie, la verga dándole un bote, dirigiéndose a su trasero.

   -Si, y parece que es un coño urgido. –se ríe el hombre.

   Ni en un millón de años, Roberto habría esperado aquello. No de ese tipo. Mientras se traga el güevo de Toño hasta los pelos, siente las manos del otro abriéndole aún más las firmes nalgas, y enterrar el rostro entre ellas, lamiéndole la entrada misma del culo. Eso casi le hace gritar, babeando saliva copiosamente sobre el regazo del otro. Y el tipo sabía lo que hacía, piensa extraviado en sensaciones, porque pronto siente una lengua metiéndosele, tibia, reptante, babosa. Su culo parecía abrirse de manera total para que la pieza entrara, dentro y fuera, cogiéndole con ella mientras los labios cerrados alrededor del agujero chupaban de manera intensa.

   -Cómo te gustan los coño de las putas, Max. –oye a Hank reír.- ¿Te excita pensar en la cantidad de güevos que deben haber entrado? –bromea con él, como lo hacen los amigos. Los machos, los iguales. Él no lo era, lo intuye.- Haz que la perra negra grite de necesidad. –le oye, ofensivo.

   Y en verdad gime, tiene que hacerlo en cuanto esa lengua entra, reptante, rozándole, queriendo llegarle al estómago por el camino largo. La sensación era estimulante y desesperante. Estaba mamándose un güevo mientras otro tío le metía la lengua por el culo, uno que se abría y la recibía desesperado. Cuando la reptante lengua se retira, Roberto se tensa, un dedo se frota de su ensalivada entrada, metiéndose poco a poco. El blanco dedo, falange a falange va desapareciendo dentro de redondo botón de color. Una vez adentro se flexiona y agita, y Roberto tensa las nalgas, la espalda y deja salir nuevos gemidos.

   -Está caliente. –apunta Hank, sonriendo.

   -Y lo tiene apretado. Es un coño demasiado cerrado, ¿lo has probado? –pregunta Max.

   -Claro, y le encantó. Casi se mea de gusto. Y lleva rato con ese vibrador clavado. Es obvio que… necesita de nuestros tres güevos. ¿Qué dices, puto, las quieres todas llenando tu estrecho coño negro?

   Roberto no contesta, sabe que no esperan que lo haga, tan sólo su culo, que se abre como una flor de capacho ante la lengua que le trabaja por allí, y su garganta es una verdadera ventosa de succión, una que tiene a Toño gimiendo sentado al borde del sofá.

   -Seguro que es de ese tipo de puto que no importa lo que le metan, o cuantas veces, siempre se le cierra un poco. –opina Max. Roberto, oyéndole, se agita.

   -Trabájaselo, pónselo suavecito. –ordena Hank.

   El atractivo, fornido y joven hombre negro escucha todo eso con algo de disgusto, después de todo hasta no hace mucho era un hombre que… Toda idea escapa de su mente, como no sea una blanca sensación de dicha, gozo y lujuria envolviéndole cuando la lengua regresa a su culo, con tres dedos clavándose hasta el puño, ¡tres! Esa boca resuella, esos dientes mordisquean, esa lengua azota y lame, los dedos entran y salen, abriéndole, penetrándole, excitándole. Y Roberto tan sólo puede lloriquear de gusto, totalmente entregado.

   -¡Qué puto! –oye a lo lejos las voces de esos hombres.

   Unas manos le apartan y atraen sobre la verga que mama, que chupa jadeando, ojos nublados de lujuria, tres dedos enterrados totalmente en su culo, todavía intentado penetrar más y más.

   -¿Te gusta, negro? –le pregunta Hank, arrodillándose a su lado, donde sigue ordeñando la verga de Toño con su garganta.- ¿Notas cómo te gusta atender los güevos de los blancos? –se vuelve hacia el otro amigo.- ¡Rómpele ese culo! –hay risas.

   -Va a gritar como una nena. –acota Max, separando el rostro, casi feliz por la perspectiva. Roberto se tensa, Hank lo medita.

   -Me gustaría verlo y escucharlo, a un negro gritando por un güevo blanco destrozándole el coño, pero es noche de fiesta… -se inclina sobre una mesita, abre una gaveta y saca un pequeño frasco.

   -¿Poppers? –ríe como una comadreja Toño.- Se nota que te vales de todo. –le acusa.

   -Hay sujetos como este que no pueden ver un güevo tieso porque las bocas se les hacen agua y necesitan tragarlo. A otros hay que mostrarles que no son más que unos mamagüevos, ya que ellos mismos no lo saben. –informa como si tal cosa, inclinándose, dejando el frasco bajo las gruesas fosas nasales.- Toma, negro de mierda, aspira y tendrá la fiesta de tu vida.

……

   A pesar de la posición donde se encuentra Roberto Garantón, no todo el mundo la está pasando tan bien esa noche que comienza. Después de su doble encuentro en el taller de la línea de taxis, Yamal Cova fue a tomar una copa a solas. Rechazó invitaciones de conocidos; no le apetecía, esa noche, hablar, como siempre, de las mismas cosas, aunque era una práctica regular entre hombres. Necesitaba… pensar. En lo mucho que había variado su vida por un fortuito encuentro con una mujer de buenas piernas, soberbias tetas y cabello de oro, a quien folló y a quien escuchó y secundó, aún bajo los efectos del placer sexual y algunas copas, en vengarse de su marido. Le excitó a la par que le horrorizó la idea, que era casi repulsiva. Pero en cuanto ese sujeto bonito, pintarrajeado, en pantaletas, medias negras y tacones comenzó a mamarle el güevo todo lo olvidó, como no fuera experimentar ese intenso placer que sólo se igualó (y la verdad es que fue mejor), a cuando vio su propia imagen en un espejo, las musculosas piernas muy abiertas, echado de espalda sobre una cama, sus bolas agitándose, y ese tío subiendo y bajando el culo goloso sobre su verga erecta, a hojarascas sobre su cadera. Verle estremecerse, oírle gemir de lujuria, totalmente entregado a lo que deseaba, le puso a millón. Por ello volvió varias veces más. Decía que era por esa mujer, Marjorie Castro, pero la verdad es que enterrar su güevo en aquel culo era lo mejor de la tarde. Y ahora se lo había hecho a un socio, a otro carajo. A un taxista de culo peludo.

   Se termina el trago con prisa, necesitando el regaño. Debía apartarse de todas esas mariqueras, recuperar su vieja vida y…

   -¿Desea algo más? –el camarero se acerca a su apartada mesa.

   Yamal le mira. Es un chico delgado, seguramente con poco más de veinte años, alto, cabello castaño algo largo, de modales algo obsequios (y con unos brillantes ojos que le recorren de manera admirada y algo anhelante). Las pelotas del joven hombre negro se agitan.

   -Otro. –levanta el vaso. El chico le sonríe con ojos más traviesos, alejándose… ¿acaso meneando el culito redondo y paradito algo más de lo necesario?

   Joder, se estaba volviendo loco, se dice. Casi no le mira cuando regresa con la bebida, que toma con una mano grande.

   -Si desea cualquier otra cosa… me avisa. –le informa el chico con cierto morbo, ¿prometiendo algo?, alejándose.

   Vuelve a clavarle los ojos en el culito que traga algo del ajustado jeans. ¿Cómo es que ahora se fijaba en esas cosas? Bebe, más lentamente (¡estaba caro el aguardiente!, y decían que se estaba acabando), y evita pensar. En algo. En lo que sea. No quiere pensar en nada.

   Pero se imagina en el taller, desnudo a excepción de un bóxer algo apretado, sus botas de trabajo, su cuerpo grande, sentado en un banco, y ese chico, sonriente, el suave cabello calleándole en la cara, metiéndose entre sus muslos, gateando en cuatro patas, meneando el culito apenas cubierto con una de esas pantaletas de Bartolomé Santoro, unas de color rosa que le quedan del carajo. Y el chico actúa, acercando el bonito rostro a su entrepiernas, sonriendo más y olfateando, tragando en seco, sus ojos brillantes, los labios húmedos. El olor a macho enloqueciéndole. Él, quieto, mirándole, entendiendo que el chico ha encontrado su lugar, entre las piernas de un hombre, con la nariz rozándole las bolas dentro del bóxer, resollándole sobre el güevo cubierto. Necesitado, ansioso de obtener lo que desea.

   ¡Mierda!, ruge en su mesa. Temblando de lujuria, la verga imposiblemente dura. ¿Qué coño estaba pasándole? Termina de beber, notando que el chico le mira, como presintiéndole. Si le hiciera una seña, ¿le seguiría a los sanitarios y en un privado podría hacerle mamar su güevo? Está casi seguro que sí. Pero, ¿desea hacerlo? Era la duda que le atormenta. No que le dieran la mamada, claro que deseaba la mamada, ¿pero con el chico? Todo su cuerpo grita que sí, que vaya por el mariquito y se la clave hasta los pelos por la garganta, ahogándole, haciéndole llorar.

   Pero… era un hombre, carajo.

……

   Diciéndose que era por el mareo intoxicante de los Poppers, un gimiente Roberto se revolvía con vigor entre las piernas de Toño, tragando y chupando con verdadera hambre de su güevo rojizo, mientras este jadeaba y reía al verle tan entregado, subiendo y bajando sus caderas, cogiéndole la garganta. Hank, de pie, mirándole, le sabe un negro vicioso necesitado de machos. Sonríe cruel al notar como Max, con la mano casi engrasada de lubricante, le tiene metido tres dedos por el liso culo oscuro, cogiéndolo con ellos, metiéndoselos todos, uniendo un cuarto, dedos sobre dedos, intentando metérselos. Notaba la tensión en la espalda del hombre de color, pero no su retirada. Vaya, un día le metería todo el puño, se promete.

   -Ese culo no puede estar más listo, güevón. –le dice al amigo.

   -Me encanta meterle los dedos, ya sabes. –sonríe este.

   -A quién no. -admite Hank; era divertido tomar a un carajo cualquiera y meterle el dedo por el culo, explorándole, haciéndole gemir como nunca imaginó que haría. Nota como Max lubrica bien su güevo.- Ahora es que viene lo bueno, negro. –casi ríe sobre la cara del otro, aspirando él mismo de los Poppers.

   La blanca rojiza cabeza, húmeda, se coloca en la dilatada y lubricada entrada negra, y sin mayores miramientos, Max enterró de golpe toda la mole de dura carne en su interior.

   Roberto abrió mucho los ojos, atravesado por el súbito dolor, así como por el intenso placer; sea lo que fuera que los Poppers hacían, sus entrañas recibieron encantadas el roce de la pulsante carne masculina del macho dominante. Casi con avidez, lo notó, parecieron cerrarse sobre el güevo invasor, apretando.

   -¡Coño! –ríe Max, burlón.- Este negro de mierda tiene un culo bien macanudo.

   La dura pieza clavada casi hasta los castaños pelos, tensa increíblemente a Roberto, quien boquea y babea sobre el güevo de Toño, el cual tiene clavado hasta la garganta. Ahogándole, pero este no le deja moverse, le retiene atrapándole la nuca.

   -No, es una virtud, ya te lo dije. Lo coges, duro, y vuelve a su condición. Es el culo de un marica perfecto. El coño de un puto que siempre le dará placer a sus machos. –informa Hank.- Cógelo bien, que todavía no llora de placer al saberse usado por un tío blanco.

   Sonriendo siniestro, atrapándole las negras caderas, Max retira casi todo su güevo, gozando la apretada que le dan esas entrañas, y vuelve a clavárselo duro, fuerte. Lo saca y lo mete, sin miramientos, cogiéndole rudo y rápido, gozando las apretadas y sobadas, la resistencia que todavía presenta ese culo masculino, cosa que incrementa su goce. Porque es él, únicamente él, quien debe gozar de coger a la perra. El rojizo tolete, nervudo, aparecía y desaparecía dentro del negro anillo con una intensidad alarmante, las colgantes bolas azotándole, los muslos uniéndose.

   -¿Te gusta, negro marico? –le ruge, metiéndoselo todo, de golpe.- ¿Te gusta sentir el güevo de un hombre de verdad bien enterrado en tus entrañas? –le insulta.- Tómalo todo, puto sucio. Tómalo todo y no olvides darme las gracias después.

   Retenido por esas manos, escuchando de pronto los peores insultos sobre negros, maricas y comedores de güevos blancos, en voces tan altas que seguramente escapaban del apartamento, Roberto es cogido al unísono por boca y culo, su mundo se vuelve de pronto una masa rojiza de sensaciones donde saborea, aprieta, sacude y succiona toletes. Por todos lados. Y le encanta.

   No lo entendía, pero mientras recibía güevos de los buenos, que lo llenaban de jugos, calorones y pulsadas, eleva los ojos encontrándose con los de Hank, quien sonríe con aprobación, como diciéndole que sabe lo que siente, lo feliz que está siendo atendido por machos de verdad, y que lo hace bien. Si, no puede entender lo terriblemente importante que era eso, saber que Hank estaba complacido viéndole siendo cogido violentamente, insultado; una poderosa emoción que no había sentido nunca antes le llenó, cálidamente, siendo su culo el más mojado por la emoción, lo que le ganó un gemido de gusto de Max. Le gustaba…

   -Hey, negro, un regalito… -Toño le llama, rojo de cara, de placer, mueca burlona, chasqueando la lengua y lanzándole un escupitajo que le alcanza en la frente, caliente, baboso, deslizándose. Y los tres estallan en carcajadas.

   A la humillante y degradante escena, Roberto responde con un violento espasmo de su güevo oculto aún bajo el bóxer. Está más caliente y excitado que nunca en su vida. Las manos de Max hacen presión en su baja espalda, a los lados, apoyándose un poco sobre él, quedándose prácticamente quieto, tan sólo agitando de adelante atrás sus caderas, la blanco rojiza verga metiéndose de cierta manera, de una que le hace delirar de gusto, ojos en trance, la boca golosa succionado a la ida y venida del otro güevo, mientras la saliva que le cae de la ceja le obliga a cerrar uno de los ojos cuando baja. No sabía lo que ocurría, tan sólo que estaba ardiendo literalmente en llamas.

   -Eso que te hacen, negro puto, es trabajarte el punto G, de gay. O M, de marica perdida. –oye a Hank, que le sonríe, de pie, alto y bello, la enorme verga afuera, llamándole.- Max es malditamente hábil en eso. Esos calambres que sientes, esas ganas de atraparle el güevo y no soltarlo nunca, de sentirte siempre lleno con él, es un signo de que tu culo se vuelve una vagina hambrienta de hombrías. Oh, sí, estás convirtiéndote en mi puta.

   -Toma todo mi güevo, puto. –le grita Max, soltándole y nalgueándole, lo que le hace gemir.- Vaya, si que eres un enorme negro calentorro, ¿eh? Vamos a cogerte toda la noche, puto. Toda la noche. Eso te lo pone duro, ¿verdad? –le oye preguntar, y una mano se mete bajo sus caderas y le aprieta el tolete sobre el bóxer.- Si, tiene el clítoris totalmente inflamado. –se burla, metiéndose, casi acostándose sobre él, susurrándole en el oído.- ¿Sabes cuándo alcanzarás tu orgasmo de puta? Nunca. De ahora en adelante no puedes correrte si no te lo permite un hombre blanco.

   Las arremetidas del rojizo y grueso falo se incrementaron contra las morenas nalgas, el redondo agujero entre ellas quedaba lleno, totalmente penetrado, tan sólo un pedacito se veía cuando el sujeto lo dejaba allí, todavía empujando más, para disfrutar de las violentas apretadas que esas urgidas entrañas le daban. ¡Y miren que halaban y chupaban!

   -Ahhh… negro maricón, ¡tómala toda! –le grita sacándoselo violentamente, el rojizo tolete pulsando con fuerza, estallando en un potente chorro de espesa y blanca esperma que empapa la espalda de Roberto.

   Este se estremece al sentirla, al saberse bañado por el semen de otro hombre, quien parecía marcar así su territorio. Todo eso lo piensa con los ojos totalmente cerrados, con el güevo de Toño en su garganta, los pelos púbicos de este metiéndose dentro de las fosas nasales, succionándolo, aspirando el olor a macho, mientras el del semen, ese aroma fuerte a hombre, comienza a llenarlo todo otra vez cuando el segundo y tercer trallazo aterrizan sobre su espalda y nalgas. A Max le gustaba así, bañar a sus putos con su leche.

   -No, no te la tragues, negro goloso. –oye que le ruge Toño, apartándole de su verga, empujándole por la frente, dejándole la boca sin güevo.

   Rápidamente se pone de pie y va tras esas piernas separadas, ese culo abierto, esa espalda chorreada de esperma, metiéndole dos largos y delgados dedos, sonriendo cuando siente como el esfínter se cierra con entusiasmo sobre ellos.

   -Estás hambriento. –le dice Hank a Roberto, sonriendo, cayendo sentado frente a su rostro, cacheteándole cuando este, ojos brillantes, acercó el rostro a su verga. Se miran.

   -Déjame chupártela, amito. –suplica de manera humilde, necesitado, sin importarle las risas que tal declaración levantan.

   -Soy demasiado bueno contigo, negro de mierda. –se burla, asintiendo.

   Y ronroneando por los dedos que juegan con sus entrañas, y la expectativa de saborear nuevamente el rico falo de aquel muchacho horrible y odioso que le había llevado a eso, Roberto casi blanquea la vista mientras sus gruesos labios se cierran sobre el glande, específicamente sobre el ojete de su amo, y succiona las gotas que encuentra, un exquisito licor que le eriza y excita todavía más.

   -Está ardiendo, este coño quiere más… -gruñe, burlón, Toño.

   Y no perdió tiempo; logrando atravesar la punta de su tolete, lo empujó totalmente, de una sola embestida dentro del cálido agujerito de la perra de su amigo. Este medio chilló. Pero ya Hank, esperando el momento, le clava su enorme tolete hasta la garganta, obligándole a jadear, atrapándole el collar sobre la nuca, cerrándolo sobre su garganta, asfixiándole, dejándole con ojos llenos de alarma y algo de lágrimas.

   -Estos güevos son para ti, negro de mierda. Llamé a mis amigos para que nos los ordeñes, para que nos los trabajes con apretadas, haladas y chupadas, queremos vaciar nuestras bolas en tu cuerpo, cosa que nos hace felices porque somos hombres, machos de verdad que nacieron para joder a chicas y a putos como tú. Tu recompensa es esa, saber que nos sirves, y tu regalo es cada pulsada en tus sentidos ávidos de güevo, es cada gota de semen que nos sacas y que nutre tu cuerpo de adorador de machos. –le dice, mirándole a los ojos llenos de humedad, teniéndole atrapado casi contra su pubis, mano firme tras el collar.- Tal vez pienses que soy un desagradable hijo de puta contigo, pero en verdad te hago un favor. Mostrarte tu lugar, y en él, atendiendo güevos blancos, serás feliz como nunca lo has sido en tu puta vida sin sentido. ¿No merezco que me des las gracias frente a mis amigos por todo lo que te doy, ah, hijo de las tres leches?

CONTINÚA … 22

Julio César.

NOTA: No hay racismo, ¿okay?, es sólo sucia ficción.

SER O NO SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA… 35

junio 11, 2015

SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA…                         … 34

   La siguiente es una historia que NO ES MÍA. Pertenece totalmente al señor capricornio1967. Tan sólo la reproduzco, tal vez cambiando una que otra coma, aunque la historia ya está por ahí, completa. Es un relato maldito en toda la regla, un hombre maduro decide tomar, controlar y dominar a su joven pupilo, transformándole en algo que no quiere, ni soñaba, aunque se resiste. Lo repito, es un cuento muy maldito. Disfrútenlo:

……

EL DILEMA

Autor: capricornio1967

Capítulo X “SIN SALIDA”

SOMETIDO Y ENLECHADO

   Atrapado sin salida en la pesadilla de su dueño.

……

   Franco embiste frenéticamente ese indefenso culo, ese indefenso macho, ese hombre viril y atractivo, deseado por tanto tiempo. Su mirada se trastorna, su cuerpo arde en deseo violento que no puede controlar. Su verga se mueve violentamente en un mete y saca que desflora definitivamente a Luis, quien solo permanece recibiendo embestidas. Unas lágrimas de humillación resbalan por sus mejillas, aunque se mezclan con las gruesas gotas de sudor, toda su vida pasa por su mente, los días felices, los días en que eran la familia mas envidiada quizá por la felicidad que irradiaban; ahora todo eso destrozado como su culo, violado, roto.

   Las bolas de Franco, grandes y peludas, chocan una y otra vez en las redondas y perfectas nalgas de Luis; el pecho del sátiro descansa sobre la espalda de su víctima. Y mientras sigue cogiéndole mas y mas, el entrenador siente en algunos momentos que el cuerpo del otro se desvanece. Está casi inerme, sin movimientos, la respiración agitada. La verga de Luis está entre su cuerpo y el borde de la cama, friccionándose por las fuertes embestidas que recibía en su culo, lubricando, durísima aun, sin que por la situación se haya vuelto flácida. Sigue dura a pesar de que sabe y siente que la verga de Franco le atraviesa el culo una y otra vez, sin piedad.

   Siente su vida perforada definitivamente, así como sus entrañas, su culo hecho añicos una y otra vez, masacrado, así como su hombría; como si toda su vida se estuviera derrumbando estrepitosamente. Su culo recibe y acepta, mientras que su verga se engruesa más y más, la fricción de su miembro contra la cama le tiene en constante estado de sorpresa, excitación y vergüenza. Franco pasa una de sus manos para verificar la dureza de la verga del sometido macho, detenidamente la recorre mientras sus embestidas se vuelven más intensas. Siente como la verga de Luis, por efecto del viagra, palpita ante cada embate de la carne en la próstata virginal. El viril y maduro macho es totalmente dominado sexualmente, emocionalmente derrotado, en las manos de Franco.

   -¿Te gusta, verdad, Luis? -le pregunta burlón mientras con su mano envuelve la dura verga, como prueba fehaciente de sus palabras.

   -¡NO! -responde automáticamente el otro, furioso quizá por la pregunta, molesto tratando de rebelarse, de defenderse, de conservar algo de hombría.

   -Jejejejejeje, tu verga dice otra cosa, jejejejejejeje… -ríe mientras le aprieta la dura verga para demostrarle que no puede negar que está disfrutando. El miembro contesta por él de manera real y tangible, con pruebas duras y placenteras, y Franco empieza a frotar su manos a todo lo largo del grueso tolete mientras Luis se hunde mas y mas en la humillación, no tiene argumentos para rebatir el deseo, el placer, la dureza.

   -No, no, no. ¡Aghhhh! -se niega a aceptar lo que su verga grita, él es un hombre, un padre de familia heterosexual, ¿cómo es posible que se le pare la verga mientras es violado?

   Su cuerpo suda copiosamente, más que antes, instintivamente con su mano toma el brazo de Franco tratando de detener la fricción sobre su verga, de evitar que lo conduzca al borde del orgasmo, al borde de la locura, al borde de la rendición. Porque lo siente, que su cuerpo sucumbe, así como su culo y verga, su mente cae en un espiral de confusión y deseos incontrolables que su mente lucha por apagar, por acallar, por eliminar y dejar de experimentar, sin lograrlo. Sus esfuerzos por detener a Franco, por evitar que este siga masturbándolo mientras lo penetra, son inútiles. La mano de Franco, siniestra, sigue mas y mas, mientras la verga de Luis responde de forma autónoma, sin permitir que nadie se interponga entre su respuesta y los pensamientos de Luis, sabiendo que es libre de sentir, de disfrutar.

   -Si vieras tu cara de gozo… lo mucho que lo disfrutas. –se burla soltando una risita hiriente, algo que aterroriza al hombre maduro que no puede dejar de sentir placer mientras su miembro es tocado.

   -NO… -intenta negarlo.

   -Jejejejejejeejeje…

   La risa de Franco sigue resonando en la mente de Luis, una burla más, una humillación indescriptible para cualquier macho, para cualquier hombre heterosexual, viril y atractivo de mentalidad única. Sus carcajadas se escuchan una y otra vez en la mente de Luis, es imposible dejar de oírlas, la risa penetra por sus oídos, la verga por su culo y su propia verga está aprisionada por el puño de Franco, fuerte y firme, que no le libera por ningún motivo. La verga del entrenador, extremadamente gruesa se dilata más al sentir como tiene en sus manos ese perfecto espécimen sexual y varonil, ese macho deseado hasta la locura.

   -¡AAAAAAAAAAAGGGGGGGHHHHH! -un intenso dolor recorre el culo de Luis al sentir esa nueva dilatación en sus entrañas por el miembro de Franco.

   El hombre piensa que perderá el sentido, la vista se nubla en ocasiones y su razón parece estar a punto de perderse. La inconsciencia amenaza con hacerse presente, mas por la tortura emocional y sexual que por la física. Su cuerpo es ahora como una madeja, como un muñeco de trapo que no opone resistencia, solo acepta y recibe. Solo se deja hacer, su culo es ahora el receptáculo de Franco, así como antes lo fue su boca. El tequila tomado embota sus sentidos, así como el dopaje que contenía, quizá habría sido preferible haber perdido el sentido y no saber, no sentir, no vivir esa situación consciente. Esa situación que lo trastorna y lo conduce hasta casi la pérdida de la razón. Su verga se engruesa mas, su bolas arden y su leche esta lista también para ser disparada. Su cuerpo respondiéndole a su violador.

   La verga de Franco se sincroniza mas con la mano que masturba al otro, sabe cómo estimular la próstata de su víctima, así que lo va conduciendo al orgasmo. ¿Qué importancia tiene que la excitación de Luis se deba al viagra y al éxtasis puesto en el tequila?, de todos modos ha logrado su objetivo, quebrantar la voluntad física y la resistencia sexual del indómito macho maduro. Franco disfruta en exceso tener a Luis así, mucho más que el haber desflorado a Daniel. Siempre ha sido ese hombre su principal objetivo, saldar las viejas cuentas pendientes que tenía con él. Ahora, gracias a Daniel, ha podido violar al hijo y al padre, tiene en sus manos a los dos machos, aunque ambos lo ignoran. Pero él lo sabe y sus cartas están bien manejadas, mucho mejor de lo que hubiera esperado, su venganza y deseo de posesión por fin son un hecho real tangible y violable.

   Luis, por su parte, aprieta sus mandíbulas, sus parpados y hasta su culo por el inminente desenlace sexual que le espera. Así, su culo aprisiona la gruesa verga de Franco, dándole mayor placer, y la mano de este somete su verga con mayores ganas, la domina, le atrapa en un éxtasis sexual que está a punto de culminar. Un leve dolor en sus bolas por el dilema de escupir su leche o no, porque trata de de no hacerlo, de no vaciar su leche mientras le cogen, de no dejar esa leche caliente y espumosa como prueba de su derrota, de su aceptación, de su placer de cómo en unos cuantos minutos toda su hombría se iba por la borda y su heterosexualidad era aniquilada por un trozo de carne en su culo.

   -Es hora, Luis, es hora de que seas mi PUTO. -le dice Franco al oído, mientras aumenta de forma demencial las embestidas y las fricciones del miembro de otro, acorralándolo en el orgasmo sin poder evitar que escape, que se resista.

   -Nogh, nogh, noghhhhhhhhhhhhhhhhhhhh… -los gritos entrecortados, las protestas y los gemidos de rebeldía son acallados por un grito casi animal de Luis al sentir como sus bolas disparan a la orden de la mano de Franco.

   Sus bolas escupen abundantemente como resultado de una fuerte estimulación, mas aun al sentir en ese momento como la leche de Franco es depositada de forma vigorosa en sus entrañas. Puede sentir los espasmos de ese miembro en su culo, en sus entrañas, como se engrandece para escupir una y otra vez ese líquido espumoso que se mezcla con el contenido en sus entrañas. Puede percibir como choca contra sus paredes una y otra vez, mientras su verga sigue eyaculando entre espasmos incontrolables e intensos, así como la que mantiene en su culo. Dos pistones de carne sincronizados y efectivos en la producción de semen blanco y caliente, espumoso, con olor de macho. La habitación se inunda con gemidos de placer por parte de Franco y los sollozos de Luis, los jadeos de dos machos maduros en perfectas condiciones físicas. El cuerpo de Luis se estremece sudoroso mientras el de Franco se mantiene en vertiginoso ritmo sexual para extender la duración del orgasmo. El otro, por su parte, se desvanece prácticamente. Ya no hay vuelta de hoja, no hay pasos hacia atrás, su destino está sellado, ha logrado que Daniel pueda realizar su sueño, a un precio muy alto.

   Los minutos mientras las bolas de ambos machos se vacían parecen eternos para Luis, y breves para Franco. Cuando este siente que sus bolas han terminado se deja caer de bruces sobre la espalda de Luis, ambos machos jadeantes reponiéndose de el salvaje encuentro sexual.

   -PUTO. -le dice Franco al oído, Luis no se atreve a contestar, solo mantiene cerrados los ojos mientras las lágrimas resbalan por sus mejillas humedeciendo la cama, así como su semen.

   Unos cuantos minutos para reponerse, Franco se levanta. Luis lo hace casi enseguida el otro se le quita de encima. Sin mirarlo siquiera camina lentamente en dirección a la sala, derrotado.

   -¿A dónde vas, cabrón? -la voz autoritaria de Franco lo detiene.

   -Cumplí con lo que prometí. -le dice.

   -¿Quién te dijo que ya habíamos terminado, puto? -le dice mientras lo sujeta y sin darle tiempo a responder lo arroja sobre la cama aprovechando la sorpresa de Luis, quien no sabe qué hacer. Este cae de espaldas sobre la cama y en una fracción de segundo ya tiene a Franco entre sus piernas levantándoselas y colocándolas sobre sus hombros mientras su aun dura verga busca entre las nalgas del otro.

   -Noooooooghhhhh. -un grito de Luis, de negación más que de respuesta física, se deja oír al entender que el tormento aun no termina.

   ¡PLAF! ¡PLAF!

   Dos cachetadas de Franco cortan el grito de Luis y lo someten mientras su verga se interna de nuevo en ese culo que recién ha desflorado. Entra suave por la leche, que sale y moja. También porque su miembro lo extraña y desea.

   La leve respuesta de resistencia de Luis es inútil, sus intentos de defensa se pierden, mientras su cuerpo es sometido otra vez a la posesión sexual brutal y salvaje, mientras su culo recibe una y otra vez las embestidas de esa verga gruesa que es insaciable y cruel.

   La mirada de Franco ahora cae directa sobre los ojos suplicantes de Luis, sin tener piedad, más bien disfrutando de la tortura y la humillación, viendo con placer como ese atractivo y viril rostro se contorsiona por la salvaje posesión. Dos macho jodiendo, cara a cara, uno dominando, el otro sometido, uno tomando lo que es suyo, el otro entregándolo, pagando, sometiéndose,

   Las horas transcurren lentamente para Luis, quien es poseído una y otra vez en las más humillantes posiciones. Su mente está perdida, así como su culo que se ha mantenido durante horas bajo tortura sexual. La verga de Franco ha eyaculado una y otra vez y ha mantenido su propia verga erecta, manipulándola, sin dejarla que eyacule de nuevo.

   -Ya no, por favor, aaaggggh… -el antes orgullos y viril macho suplica piedad, para él y para su culo, para su hombría, para su cuerpo. Está agotado, sus piernas tiemblan y su cuerpo es un constante dolor. Su culo, con algunos hilos de sangre escurriendo por los pliegues anales, late horriblemente mientras su fuerza se termina. Su fuerza física esta mas allá de las reservas, su mente se niega continuar y la negrura lo envuelve cada vez mas y mas mientras su cuerpo es ensartado de una u otra forma, su voluntad doblegada.

   -Jejejejejejejeje… Mi puto, mi puto, mi puto, eres mi puto, jejejejejejeje… -la risa y las burlas de Franco mientras sigue abusando de él, son interminables, así como las veces que la verga entra en su culo.

   Cuando, horas más tarde, por fin Franco se siente satisfecho, sacando su verga del torturado culo de Luis, este apenas tiene fuerzas para rodar sobre la cama. Las fuerzas lo abandonan y su mente cae en un estado de shock e inconsciencia. Quedando sobre la cama sin sentido con la verga aun parada. Franco lo ve con gesto y mirada de triunfador, de macho, de amo.

   -No sabes que esto es solo el comienzo, Luis, ya no podrás escapar de mí. –le toma más fotos al hombre en ese estado, además de todo el material que grabó durante la posesión. Se mete a bañar y horas más tarde sale dejando a Luis aun sin sentido sobre la cama.

   El timbre de un celular saca a Luis de su sopor, de su inconsciencia, de ese sueño que lo protegió para recuperar fuerzas. Despierta sin saber dónde está, súbitamente su mente recuerda los hechos recientes. El celular sigue sonando, reconoce el sonido, de un brinco salta de la cama y va hacia la sala donde dejo su ropa. Está solo, Franco se ha ido, contesta el celular y tranquiliza a Adriana que estaba preocupada por no saber de él. Aun desnudo y con un dolor intenso en el culo y en el alma, la atiende.

   -Si, te llamo para decirte que no te preocupes, mi amor; Daniel si irá a las olimpiadas. Ya lo hablé con Franco.

   Que dolor tan intenso y humillante causan en su mente y en su cuerpo esas palabras. Si Adriana supiera lo que ha tenido que pagar, en unas cuantas horas, para lograr que Daniel no pierda esa oportunidad. Se viste lentamente, una nota de Franco dejada al lado de sus ropas, donde le dice que irá por Daniel para seguir el entrenamiento, cae. Sin saber cómo llega a su casa, les dice lo que Franco hará y se retira a su habitación, para no verlos a la cara. Como si Adriana o Daniel pudieran imaginar lo que ha pasado, como si trajera escrito en la cara el dolor físico y moral, la humillación que acaba de soportar.

   -Luis, Luis, Luis… -la voz su mujer lo regresa al presente, un presente atado al pasado más ahora que Franco regresa.

   -¿Eh? Perdona, es que me quedé casi dormido. -su realidad ya no es las misma desde ese día que Franco le marcó.

   Durante la llegada de Daniel todo es alegría, los medios, las entrevistas, las estrellas. Daniel y Franco, como su entrenador, son fotografiados una y otra vez, los festejos duran todo el día. Luis y Franco apenas se saludan y sus miradas se encuentran en algunas ocasiones haciendo que Luis, avergonzado, baje la vista, no puede soportar esa mirada de burla y deseo en el entrenador. Al menos Daniel logró lo que se había propuesto, valió la pena, solo faltaba pagar la última parte del acuerdo con Franco. No sabe si podrá soportarlo.

   Amanece agotado física y mentalmente. Por la noche, después del agotador día casi no pudo dormir. Daniel regresa a la universidad muy temprano y se viste. Luis se baña, cavilando sus ideas y antes de salir a trabajar, Adriana se acerca a él, llevando el teléfono en las manos.

   -Cariño, tienes una llamada. -le dice mientras extiende el aparato para que lo tome y contestes.

   -¿Quién es? -pregunta distraídamente mientras continua vistiéndose.

   -Es Franco… Desea hablar contigo. –responde ella.

   El musculoso cuerpo de Luis se paraliza al escuchar el nombre de Franco, por un instante se siente vulnerable, indefenso, como un cordero que va rumbo al matadero. Su cuerpo aun resiente las secuelas de haber soportado ese grueso miembro, su boca parece aun tener el sabor de esa leche que Franco le obligó a tragar, en su mente se repite una y otra vez la imagen de burla del entrenador cuando lo cogió de frente, las interminables embestidas y abusos del que fue objeto su culo.

   ¿Qué querrá ahora? Seguramente desea cobrar la segunda parte del trato, pero Luis no sabe si podrá cumplir esta vez. el hombre se siente como una presa acorralada, como…

SIGUE EL DILEMA

Julio César.

NOTA: Debo confesar que nunca había terminado de leer el relato, odiaba al entrenador después de la orgia contra el chico tonto. Pero este final abierto, de triunfo total del mal, de cartas que obligarán a padre y un hijo a servirle, convierten a Franco en todo un adorable maldito. Trabajó, luchó y venció. No merece que destruya la historia con una tonta venganza del muchacho. De hecho todas las historias de Capricornio terminan más o menos así. Ahí está el yerno tomado por el suegro en víspera de la boda, o el sargento Anderson (y cómo quería que ese continuara). No, amigos, como está es una joya. Una malvada y perversa obra de arte donde un ser ruin y malvado triunfa. Sin embargo, intentaré contactar al autor, hay una dirección de correo, veré si la siguió, porque la idea de padre e hijo, cada uno en un cuarto distinto, y Franco merendándoselos, es increíblemente excitante. Conociéndole, seguramente pensó en obligarles a interactuar sexualmente. No, el reto es demasiado grande. Me gustaría saber qué había planeado para más adelante.

NOTA 2: El relato comienza algo lento, y como no tengo intensiones de apurarme más, quien lo desee puede buscarlo en esta dirección: http://www.todorelatos.com/relato/16991/

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 36

junio 9, 2015

… SERVIR                         … 35

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

ESPERA POR LO QUE AHORA QUIERE

   Listo para lo que salga, especialmente vivir.

……

   El chico también lleva unos pantalones de cuero, pero totalmente abiertos en el área pélvica, donde destaca un corto y chico suspensorio de cuero, por lo que sus nalgas redondas y jóvenes quedan al aire, lleva una chaqueta abierta, unas botas, también guantes, unos que (y le avergüenza) ha olido ya varias veces, el aroma fuerte era grato; igualmente lleva el collar alrededor de su cuello. Grande, evidentemente canino-fetiche-sexual. Lomis, mirándole severo, sirve dos copas de whisky, agitando la botella para que vea que toman de la misma, y le tiende una.

   -Toma. La necesitas. –es más bien una orden, y con manos temblorosas y algo inseguras por los guantes, Nolan obedece y bebe. El licor es fuerte, grato y cálido. El hombre toma el suyo, sonriendo. Si, la misma botella, pero en los vasos cortos habían cosas muy distintas.- Vamos con retraso. –urge, olvidado del temor a Read, impulsado por otras urgencias, unas que el diabólico reo había sabido leer en su alma oscura, explotándolas.

   -Yo… -la cara del chico es un poema de pesar, desvalido, sufrido.- No quiero hacer esto, por favor. –el otro vigilante le encara, mirándole dominante, hablando con fuerza.

   -Recuerda de dónde te saqué, de las cosas que te liberé cuando te degradabas en tus vicios y tus maridos te dejaron atado y olvidado en ese depósito. ¡Me la debes, chico! Quiero ir a esta fiesta y deseo que me acompañes, ¿es acaso mucho pedir, chico malagradecido? ¡Me la debes! –le repite y aunque el otro tiene mucho que responder a eso, no lo hace; se siente agotado, la mente embotada. Salir de todo sería mejor. Ceder. Someterse. Por ello asiente.

   Salen por la puerta interna que conecta con la cochera, solitaria y amenazante en esa vieja casa donde el hombree vive solo. Llegan a una camioneta Van, de la prisión aunque sin logos, o eso espera el joven. Cuando iba a abrir la puerta del pasajero, una mano enguantada, firme y fuerte de Lomis le atrapa el cuello, mirándole, abriendo la portezuela lateral del vehículo.

   -No, tú vas aquí.

   El chico quiere oponerse, correr, alejarse, pero no tiene fuerzas. Una jaula de perros espera en el interior, pequeña. Ni siquiera es consiente cuando entra, quedando en cuatro patas, casi encogido sobre sí; la puerta se cierra, el candado externo también. ¡Le tenía encerrado como un animal!, la idea era deprimente, alarmante, y sin embargo se sentía a salvo, tal vez por la idea, tonta a esas alturas, que después de esa noche quedaría libre del otro, no debiéndole nada. Casi no tiene espacio y agacha el pecho contra sus manos, la cabeza debe encogerla contra las rejas, su trasero quedaba presionado de la reja contraria. Y se revuelve.

   -No, no… -gimotea cuando una mano de Lomis le acaricia las nalgas, le recorre la raja, le apuñala suavemente el culo depilado, sin entrar, hasta que le escupe y el dedo regresa y se le mete.

   El chico enrojece de cara, avergonzado, sin poder resistirse o moverse. El dedo va y viene dentro de su culo; hay un impresionante, erótico y perverso contraste entre el largo dedo enguatado de negro, lustroso, entrando y saliendo del redondo y liso culo muy blanco. Le dilataba, el chico no sabía para qué hasta que un consolador corto, que comienza en punta, engruesa hasta una perita para luego adelgazar otra vez, desaparece en sus entrañas. Se tensa, pero no puede hacer más. Lo llamativo es que fuera del culo se extiende, en goma, una muy flexible cola de perro.

   Nolan cierra los ojos, lloriqueando, humillado, vergonzosamente usado cuando Lomis cierra la portezuela, enciende la camioneta y salen de la cochera. Gimiendo ahora, cada giro, cada movimiento del vehículo agita esa cola externa que produce reverberaciones poderosas en sus entrañas, inquietante, estimulantes. Oprime los dientes, quiere apretar su agujero para contener las sensaciones, pero estas se multiplican y gime bajito, cerrando los ojos.

   Y todavía no llegaba a la fulana fiesta.

……

   La claridad del día que avanza, y que penetra a raudales por el balcón, logra que Jeffrey Spencer despierte, sin brusquedad, chasqueando con una lengua increíblemente seca, sentándose en medio de la desconocida sala, sin ubicarse. Lo recorre todo con la mirada, ¿dónde está? ¿Cómo llegó allí? El bar… El recuerdo intenta colarse en su mente. Le cuesta, era como si querer evocar las cosas las alejara más bien. Pero estaban esos chicos, aquel baño… Enrojece feamente. Su calentura sexual. Owen Selby llegando y… No logra escatimarle nada más a su memoria. Se pone de pie, con piernas algo inseguras, una manta que cubría bastante, cálida y cómoda, rueda. Se mira. Está desnudo a excepción de su bóxer holgado de rayitas tipo pijama. En una sala, estaba durmiendo sobre un sofá grande.

   -¿Cómo diablos…?

   -Ah, despertaste. –oye una voz que le sobresalta y obliga elevar la mirada hacia el pasillo. Allí estaba el detective, con un cómodo pijama pantalón, descalzo. Alto, fuerte. Hermoso.- Creo que tenemos que hablar, abogado… de los asuntos que hay pendientes entre nosotros.

   Jeffrey, confuso, las defensas bajas, no sabiendo ni que era de su vida, mira de manera desvalida al sujeto, algo desenfocado por la falta de anteojos, unos que toma con mano algo temblorosa de la mesita del centro, al lado de un bote de agua mineral, enfocándole.

   -¿Qué hago aquí? –grazna, inquietándole la mirada intensa del otro y su sonrisa chula.

   -Ah, ¿no recordamos nada? ¿O será el despertar de la vergüenza? –parece burlarse, acercándose, alto y guapo, peligrosamente juguetón. Notando, de paso, lo bien que se ve el abogado en ese bóxer holgado como única vestimenta, cosa extraña porque nunca le han ido mucho los chicos blancos, pero este, con esos anteojos, con la cara de sueño y el cabello levantado en todas direcciones, le provocaba encontradas emociones. Una de ella es meter los dedos y peinarle un poco.- ¿Será una amnesia real o una de conveniencia?

   -No sé de qué… -comienza, enrojeciendo feamente. No recordaba bien, pero tiene algunas imágenes, aquel baño, los dos sujetos acosándole, la llegada del policía.- ¡Oh, Dios! –cierra los ojos, la risa leve del otro le eriza la piel.- ¿Cómo llegué a tu apartamento? –se abre de brazos.- ¿Por qué estoy así? ¿Ocurrió algo entre tú y…? –no puede terminar. El otro pone cara de dolor.

   -¿De verdad no lo recuerdas? ¿Todo lo que dijiste? ¿Lo que pedías?

   -¡Detective! –grazna, ojos alarmados, muy rojo de cara. La risa de Owen se repite.

   -Calma, no pasó nada. Te encontré en ese bar siendo… atacado por esos sujetos que te drogaron. –parece molesto.- Se hará una investigación sobre el lugar, te lo garantizo. Estabas mal, algo… agresivo y molesto cuando… -se humedece los labios, cuando le rechazó. Cosa que hizo por no aprovecharse de las circunstancias, aunque el otro lo tomó bastante mal. Nota la tragada en seco del otro y se pregunta qué tanto recordaba.- Perdiste en sentido. Te traje para que no llegaras así a tu casa. Aquí comenzaste a gritar que te quemabas y te desvestiste. –sonríe al verlo avergonzarse.- Fue divertido. Bailaste un poco mientras lo hacías. Hubo un toque de sensualidad.

   -Por favor. –jadea. El otro ríe, pero amistoso.

   -No fue nada, abogado. Fui a traerte agua y cuando volví estabas muerto para el mundo sobre ese sofá. Te busqué una manta y… ahora enfrentamos el ratón moral.

   -Yo… -Jeffrey, avergonzado, débil, cae sentado.- Siento haber dado todo ese espectáculo. No me sentía muy bien anoche. Todo se juntó para que fuera una mierda. –toma la botella de agua y bebe, con vehemencia. El otro lo mira, desde toda su altura.

   -¿Lo de tu esposa? –el otro asiente, sin mirarle.- Jeffrey… -el nombre se oye suave, a pedido. El abogado le mira por un fugaz segundo. El policía quería explicarle lo de la otra voz al teléfono. Pero el joven blanco no quiere escucharle. No puede afrontar otro flanco de batalla ahora.

   -¿Qué ibas a decirme de Marie Gibson? –la voz es rasposa, bebiendo, sin mirarle. El atractivo y oscuro rostro se ensombrece, algo molesto, cayendo a su lado, casi pegado a su cuerpo, sobresaltándole.

   -Algo pasó anoche. Querías; en ese bar, tú deseabas… -comienza y toma aire.- Abogado… -pero Jeffrey no le mira, se aparta mentalmente.

   Así que Owen Selby no dice nada más, eleva una enorme mano atrapándole una mejilla, firme, fuerte, obligándole a volverse, mirándole a los ojos. Le nota la alarma, la angustia, el deseo. ¿Qué ocurría con el abogado? ¿Deseaba algo más con él? Parecía, y sin embargo se contenía. ¿Por su esposa? ¿Por negarse a la idea de sentir lujuria por él? ¿Acaso… celoso por escuchar otra voz en su apartamento cuando hablaban por teléfono? No lo sabe, tan sólo que esos labios que tiemblan un poco, buscando palabras que no salen, le llaman. Los cubre con los suyos, gruesos, atrapando entre ellos el inferior del chico blanco. El contacto es eléctrico.

   Jeffrey no puede pensar, la mente le ha quedado totalmente en blanco, es la segunda vez en su vida que le besa un hombre. ¡Al menos era el mismo hombre!, se dice, mientras responde, abriendo la boca, aspirando con urgencia; los labios del policía cubriéndole, la lengua tanteando suavemente, cálida, despertando ecos eléctricos en cada terminación nerviosa de su cuerpo. Sus lenguas se encuentran en una batalla dura, sofocante, sus vergas responden a toda velocidad, es como si tan sólo eso bastara para que toda la lujuria estallara, cálida y vital por sus venas, deseando tocar, penetrar, poseer. El abogado no quiere pensar mientras se deja y comparte, mientras lleva las manos a ese torso desnudo, fuerte, firme, decididamente masculino, que se eriza bajo su roce, que le enloquece de maneras que no entiende. Dios, estaba jodidamente duro bajo su bóxer, y la tranca parecía querer escapar por la abertura en la prenda destinada para sacarla y mear.

   Mientras le besa, casi de manera dominante, llevándole contra el respaldo del mueble, las manos de Owen Selby le atrapan el rostro, sus pulgares le acarician, bebe de su saliva y de su aliento. Y siente ganas de más. Besa, chupa, sorbe y tan sólo aspira tener un poco más de ese hombre. Había algo en ese carajo que le hacía desear los besos, las caricias, tocarle de manera intensa. Sus bocas enrojecidas se separan, la saliva brilla, sus ojos se atan. Y el hombre negro, mirando su propia mano, recorre la tersa piel blanca, desde el cuello, con sus dedos abiertos, recorriendo el hombro, bajando por su torso, viéndole enrojecer, oyéndole gemir, un dedo jugando con entrar en el ombligo medio cerrado por la posición, la mano cayendo finalmente sobre el bóxer, atrapándole la erecta verga. Y en cuanto dedos y la palma se cierran alrededor de ella, firme como sólo un hombre puede hacerlo, una bomba de placer estalla en el cerebro de Jeffrey, una que le deja casi inconsciente de ganas. Ha tenido días difíciles, en lo personal y laboral, y estar así, siendo besado, mordida su barbilla, sus anteojos empañados, su güevo en un puño que sube y baja, era lo que necesitaba. Definitivamente.

   Se oye el teléfono repicar, mientras se besan otra vez. La contestadora se enciende y en cuanto la voz se deja oír, el detective se tensa y maldice internamente. Debió…

   -¿Owen? Cariño, estoy deseando verte. Eso si uno de tus muchos putos no te distrae hoy. –se oye una voz masculina, mórbida.- Mi novio está de viaje, podemos hacerlo en nuestra cama. –ofrece y hay una risa descarada.

   El detective cierra los ojos con fuerza, llevando las manos al rostro del otro, a quien nota tenso, rígido. Quiere retenerle pero ya Jeffrey le aparta, saliendo del mueble, mirándole de manera desencajada. La verga fuera del bóxer, una que, luego de una vacilación al no darse cuenta, oculta como puede.

   -Wow, ¿con un tipo cuyo novio sale? ¿Y en su cama? Encantador. –gruñe despectivo, censurador, sintiéndose agitado entre la calentura recién vivida y una extraña sensación de frustración y decepción. Una que sabe no debería sentir. Ese sujeto no estaba engañándole. Nunca habían hablado nada. Ni le había prometido algo, tan sólo estaba allí, le probó, y si sabía bien le agregaría a su recetario.

   -No es como Lionel… -comienza Selby, frustrado.- Somos amigos. De años y…

   -Entiendo. ¿Pero su novio de viaje? Vaya, deberías…

   -¿Cuál es tu problema? –se altera al fin, poniéndose de pie también, obligando a Jeffrey a luchar contra las ganas de mirarle el entrepiernas.

   -Ninguno.

   -¿Seguro?, porque pareces celoso. Siempre te pones así.

   -¡Claro que no! –es tajante, mirando al suelo, acomodándose los anteojos. Sintiendo rabia.- Y no tengo ningún problema con tu manera de… Tan sólo… -aspira con fuerza.- Debo irme. Mi esposa… -se congela, por Dios, ¿estuvo a punto de engañarla? ¿Qué coño? Él no era así. Él no iba besando carajos, no traicionaba sus votos, no traicionaba la confianza.

   -Abogado… -suena frustrado. Quería. Había deseado tenerle, tocarle, besarle. Poseerle. La idea de llenarle, de verle estremecerse sobre su verga, oírle gemir, jadear, decir su nombre cuando se corriera, eran ideas que habían llenado su cabeza. ¿Y ahora?, un balde de agua fría.- Es sexo. Son… amigos. Sólo eso.

   -Lo sé, lo entiendo. Es lo que significa para ti.

   -¿De qué hablas? –revira, alterado.

   -De nada. De nada.

   -¿Me estás juzgando otra vez? ¡No soy un puto inmoral!

   -Dejemos eso así, ¿okay? –mortificado, sintiéndose increíblemente estúpido por haberse dejado llevar de esa manera, toma sus pantalones y zapatos.- ¿Qué pasó con….? –vacila, el cerebro no le ayuda.

   -Marie Gibson desapareció. Tomó sus cosas y abandonó casa y trabajo. –informa, realmente molesto ahora. ¿Le estaba condenando por su manera de vivir? ¿O eran celos? Le parecía. Uno y lo otro. Y no le gustaba.- Y no solo eso, no he podido encontrar nada de ella, en su estado natal. No sólo antecedentes, no hay ningún registro de una Marie Gibson en la dirección que dio. –eso le congela y le mira por primera vez desde la llamada. Cierra los ojos desencajado.

   -Dios… -el policía entiende.

   -No me gustaría estar en tus zapatos. –intenta un tono amigable.

   -Tampoco los tuyos serán cómodos. –le recuerda, colocándose la camisa, notando la mirada de Owen sobre su cuerpo.- Iré a casa, tomaré una ducha… y me llegaré luego a los tribunales. Esto ameritará abrir una investigación judicial. Y a Robert Read, ya de entrada, puede que le suspendan la pena de muerte.

   -¡Qué mierda! –se ve frustrado.- Voy a revisar unas propiedades que Read tiene a las afuera de la ciudad. Tal vez la señorita Gibson las conozca y las esté usando.

   -Suerte.

   -Jeffrey…

   -Me tengo que ir. –la voz es apremiante, por alguna razón.

……

   Lomis lleva al peligroso convicto de quien todos hablan, todo encadenado, hacia la sala de entrevistas. Oficialmente cuenta como uno encuentro con uno de sus abogados. Con datos no del todo fidedignos. Para todos era una suerte que el jefe Slater no estuviera ese día. El vigilante pelirrojo, que se muere por contarle algunas cositas al convicto, como la “pelea” de perros que Nolan Curtis protagonizara la noche anterior dentro de una pequeña piscina llena de aceites, y que perdiera siendo poseído por el otro “perro”, un chico asiático, frente a los presentes, bien valía la pena. Pero no hay tiempo para lucirse. Eso sí, en ese momento, adora al sujeto que le entregó a su cachorrito.

   Dentro del recinto de entrevistas espera un hombre todavía joven pero prematuramente envejecido, de cabello peinado escrupulosamente y algo largo atrás, canoso. Anteojos finos sobre un rostro delgado. La chaqueta que lleva le sienta mal. Parece un hombre hecho para trajes. Robert Read le sonríe al entrar, el otro traga en seco, intimidado y furioso. Lomis, después de lanzarles una mirada a ambos, sale.

   -Es grato ver que los amigos responden. –comienza Read, sentado a un lado de la mesa, esposado a esta. El otro se agita.

   -No somos amigos ni vine porque quisiera. ¿A qué juega? Creí que nuestros asuntos habían terminado. –ruge desesperado, intentando mostrarse duro, pero más bien parece pedir que se recuerde que había un arreglo entre caballeros.- Hice que le colocaran con la población general. Que no fuera aislado. Logré que… se le tuviera consideraciones especiales aquí. ¿Acaso no lo hice?

   -Si, e imagino que sabiendo que me condenarían a muerte, pensó que se libraría rápidamente de mí. Todas estas posposiciones deben ser realmente horribles, ¿no? –se burla. El otro va a replicar.- Basta, doctor, sabe que no voy a detenerme en consideraciones a usted. Ni las mereces ni soy de los que se preocupa por el bienestar o los sentimientos ajenos. –le aclara brutal, frotándose las manos.- La policía está tras Marie Gibson, y ahora si con un interés especial. La buscan para detenerla y… -sonríe al verle palidecer, de pánico real. El hombre tiembla y parece con ganas de vomitar.- Por ahora ha… desaparecido, y creo que todos estamos de acuerdo en que es mejor así. Sin embargo, esa damita no es tan lista como cree. Ella, como usted, no puede librarse fácilmente de sus pecados. –el otro le mira con horror.

   -¿La tiene?

   -Digamos que estoy en condiciones de lograr que se le encuentre, viva o muerta, o de que no la encuentren nunca. La opción… -le mira salvajemente.- …Dependerá de usted.

   -¡No puede asesinarle! –jadea. Read sonríe.

   -¿Todavía la ama? Que tierno. –ríe. El otro le mira, enfermo.

   -Es un monstruo.

   -Creí que eso se había establecido hace tiempo. –le corta, frío y duro.- No me conviene que caiga, doctor. Ni caer yo. Esa mujer, donde está, está siendo de utilidad. A mí. Y a usted. Para que todo siga bien, necesito un último favor suyo. Y esta si será la última vez que le busque.

   -Eso creí la vez pasada.

   -¿Acaso dije que lo sería? Eso lo imaginó usted, nunca lo dije yo, como hago ahora; quiero que busque a una persona por mí y le dé un recado: Marie. Sólo eso. Y no, no tema por ella. La señorita Gibson es una sobreviviente. Oh, sí, tiene mucho chance de salir bien librada. No dije que la tuviera en mi poder, sólo que sé donde está. Aún podría vencerme, desaparecer como ya ha hecho antes y reaparecer con una nueva vida. Lejos de nosotros. –termina con una sonrisa.

   -¿Por qué no contacta a esa persona por su cuenta? Como hizo conmigo, a través de ese sujeto pelirrojo.

   -Ah, porque no quiero que el vigilante Lomis sepa. No todavía. ¿Tenemos un trato?

……

   Esa mañana, cuando despertó, a Daniel Pierce le anunciaron que el alcaide Monroe quería hablar con él. Cosa que le asustó e ilusionó. Por Diana. Le inquietó ver la sonrisa de Robert Read, aún en la celda para ese momento.

   -Al hombre le gustas, Tiffany. Te ve y la sangre le corre a la verga. No puedo culparle, eres tan hermosa. –le dijo atrapándole la cintura con sus brazos, halándole y besándole, todos mirándoles desde afuera.- ¿Qué querrá?

   -Ni idea. –contestó sonrojándose, bajando la mirada.

   -Por Dios, deja de temblar. –le gruñó Read, sacando una botellita cerrada de debajo de su almohada.- Bebe.

   -Es temprano y…

   -¡Bebe!

   Lo hizo, casi agradeciéndolo después. Moverse en las sombras era peligroso. Con una esperanza dándole vueltas, una que debía ocultar, era peor. Necesitaba controlar sus nervios.

   -Gánate al viejo, sedúcelo, tal vez nos sirva para conseguir cositas, nena. –le dijo Read, atrapándole el rostro con las manos.- Cepilla bien tu cabello, usa ese brillo labial que hace lucir tus labios tan besables. Usa la tanguita vino tinto, esa se la levantaría al capellán de la capilla, lleva ropas parecidas a las que usaste la vez pasada y…

   Odiándole, y odiándose todavía por escucharle y obedecerle, Daniel se dirige, de mano de Lomis (quien luego sacaría de su celda a Read, algo que el rubio no sabría), a la oficina del alcaide. El vigilante llamó a la puerta de la oficina, la señorita Lamas no estaba tras su escritorio, oyeron la autorización y abrió.

   El joven hombre rubio, de manera automática, adquiere un tono más amanerado en los gestos de su rostro, sus ojos, sus miradas y sonrisitas. Nota como aquel sujeto maduro, firme, le mira, recorriéndole con desconcierto e ¿interés?; no lo sabe. Pero la idea de que aquel hombre guapo le encontrara atractivo le provocaba corrientes cálidas que no entiende… No, porque no sabe hasta qué punto ha variado su tendencia sexual desde que está con Read, ni los cambios que experimenta su cuerpo, ni que la botellita que el otro le dio a beber antes de salir, no estaba tan pura como parecía.

   -Señor Pierce, qué bien. –dice el alcaide Monroe, como si le alegrara que aceptara su invitación.- Tome asiento. Gracias, Lomis. –el guardia, algo intrigado, notando electricidad en el aire, asiente y sale.

   -Escuché que quería verme. –contesta, en la silla, sintiéndose muy consciente de sí. Su voz mórbida parece despertar calambres en la columna del otro.

   -Quería verle porque supe de la agresión que fue víctima en las duchas. –le mira, notando como el otro se contrae.- ¿Puede decirme algo al respecto?

   -No les reconocí. –miente, bajando la mirada, sintiéndose embargado de una doble emoción, la rabia y el temor al recordar aquello, y el querer ganar la simpatía y posible protección de ese hombre que le mira el cuello como si deseara tocárselo.- Pero fue horrible, señor. Horrible. –medio dejándose llevar por el recuerdo, baja la mirada cohibido.

   -Dios, lo imagino… -dice el otro, levantándose de su silla, rodeando el escritorio, era recio, el traje le sentaba bien, tenía un aire masculino y protector. Paternal. Y Daniel no entiende las sensaciones que le recorren al pensarlo. Aunque también le nota algo. Algo le abultaba entre las piernas. El hombre se sienta en el escritorio, a su lado.- ¿Cuántos fueron? –pregunta solícito. Daniel le mira directamente a los ojos.

   -Cinco o seis sujetos enormes y excitados, me tocaban por todas partes, decían que deseaban hacerme de todo. Querían que… los mamara a todos –baja la mirada, estremeciéndose.- Fue tan humillante.

   -Lo imagino. –admite el otro, voz ronca, algo caliente.- ¿Lo hicieron? ¿Le obligaron a esa indignidad? –se miran otra vez.

   -Si. No pude resistirme, eran muchos y estaban decididos a tomarme. Fue tan…

   -Claro, claro… ¿Más de uno? –pregunta caliente. Daniel le mira fijamente, sintiéndose excitado, algo ardiente corriendo por sus venas. Monta una mano muy arriba en un muslo del hombre, que se estremece bajo el contacto.

   -Tuve que mamar una verga inmensa, caliente, que casi me ahoga. No podía respirar, mi nariz estaba llena de pelos púbicos, mientras otros me… me… me tocaban el culo, metiendo…. sus dedos y…. –las mejillas de Daniel están rojas, sus ojos brillan, su mano está en llamas sobre el muslo.

   Los engranajes de Robert Read giraban y giraban, y uno a uno iban cayendo, finalmente, en su sitio.

   El alcaide Monroe, hombre casado y con familia, un respetable funcionario público, hombre respetable, mira y imagina al tío bello y mórbido, desnudo entre muchas manos y güevos grandes que quieren poseerle por la fuerza, haciéndole gritar. Se ahoga, no puede respirar; se medio mueve más, atrapa al chico por los hombros, alzándole, atrayéndole, obligándole a caer contra su cuerpo, entre las piernas abiertas, y hace algo que desde su punto de vista es terrible e intenso, aplasta la boca contra la de Daniel, quien se estremece y gime, mientras las lenguas se encuentran en un beso mordelón, sucio y prohibido. Chupan y sorben de manera escandalosa.

   El hombre mayor lleva demasiado tiempo caliente en una relación física poco satisfactoria. Mientras le besa, disfrutando el desconcertante placer y excitación de tenerle atrapado y recostado de su cuerpo, las manos cae en su baja espalda, donde la franela corta ha dejado un espacio libre mostrando la piel. Los dedos de una mano se meten por el borde del pantalón tipo mono deportivo, color naranja, bajándolo un poco. No lo ve, pero se estremece salvajemente, y su verga sufre un espasmo, cuando sus dedos rozan los inconfundibles contornos triangulares de un hilo dental que baja metiéndose entre unas nalgas de chico guapo y puto. Y los dedos sobre la mínima franja de tela le roban el poco sentido común que aún le quedaban.

CONTINUARÁ … 37

Julio César.

NOTA: Bien, eliminé la parte de la fiesta donde “lucha” Nolan. Y todavía me quedó largo, lo hice porque había mucho bla bla bla y sé que no les interesa mucho, así que quise salir de toda esa parte. Ya queda poco para terminar.


Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 59 seguidores