Archive for the ‘RELATOS GAY DE MALDITOS…’ Category

EL PEPAZO… 77

agosto 17, 2017

EL PEPAZO                         … 76

De K.

   Tanto para ofrecer…

……

   Ceñudo, molesto, Raúl aparta la vista. ¡El maricón ese! La cosa parecía escocerle profundamente. ¿Cómo ese carajo, que convivía con ellos, que se la pasaba rascándose las bolas como si las tuviera de oro y todas las mujeres las desearan, le salía ahora con esa vaina?

   -Hummm… -se estremece de repulsa cundo le oye gemir, mirando aunque no quiere. Desde su punto de vista, observa lateralmente el extraño cuadro, todo el costado izquierdo del camarada de trabajo que yacía en cuatro patas, siendo embestido al unísono por boca y culo por tres toletes, que van y vienen coordinados, haciéndole delirar, tensarse, arquearse y babear mientras arroja su cuerpo de adelante hacia atrás, buscando todavía más de esos güevo. Dios, ¡ese maldito puto!

   Le cuesta un mundo no salir, encararles y gritarles que se detengan y dejen sus cochinadas; enfrentar al maricón ese, ¡pero ya vería el sucio ese lo que le esperaba! Todos iban a enterarse que era un puto marica. Comenzando por la señora. Luego los compañeros. Tendría que renunciar, ya no podría trabajar con él, no se sentiría bien. Y mientras se aleja, rojo de cara, molesto… también se siente incómodo. Joder, ¡una mañana le había sobado el culo! Recordaba bien ese momento, estando con Linares, en la quinta. Contreras se veía culón y… Coño, pensó que lo tenía terso, grato al tacto. Y la idea le hace rechinar los dientes de rabia. Todo había sido culpa del marica ese. Sí, eso. Por eso tenían que sacarle del trabajo. El pensamiento le brinda consuelo mientras se aleja, decidido a joderlo… Y no de la manera como se veía que le gustaba.

   -¡Oh, God! –ruge Taylor, con el rojizo rostro pecoso casi convulso, de emoción, de ganas, sintiéndose totalmente halado y chupado por ese culo que más bien parecía la mejor boca del mundo, una que le hacía la paja de manera simultánea. Pero no, no había nada mejor que enterrársela por el culo a otro tipo; sí era que uno iba a cogerse a alguien. Penetrar el culo de otro sujeto, especialmente a uno al que se acababa de conocer y que se desbarataba todo ante su masculinidad, casi daba poder. Y este culo en particular…

   Smith y White, turnando sus vergas chorreantes de saliva en aquella boca golosa de donde escapaban gemidos, miran al socio y saben que está a punto de caramelo. Clavándole los dedos en la cintura, afincándosele más, Taylor incrementa sus embestidas, su rojizo y grueso tolete sale y entra como un pistón de lo más profundo de ese agujero depilado, golpeando al otro con su pelvis y bolas, sintiendo ese recto atrapándole. La punta de su tolete chocaba de algo, lo nota, que parecía un pulgar jugando con su glande; todo ello enloqueciéndole. Aprieta los dientes, gruñendo algo en su idioma, y enterrándola toda, hasta lo más profundo, dispara su carga de leche caliente en un orgasmo que le parece insólitamente intenso. Y aunque no se mueve, tan sólo se corre, ese culo parece continuar chupándole la verga, succionándosela fuerte mientras se cerraba hambrientamente sobre ella. Se corre entre gritos roncos, masculinos, echando la cabeza hacia atrás, ojos cerrados, flotando en un clímax que aún a él le parece extraño, porque dura y dura.

   Demostrando que hacen esas cosas juntos, y que era peligrosa la boca de Jacinto, Smith y White retiran sus toletes babeantes de la cara del muchacho, para no terminar allí. Este continúa gimiendo al sentir las corridas de Taylor, arqueando la espalda, tensando todo el joven y musculoso cuerpo al sentir los temblores de la nervuda barra que llenaba sus entrañas, las cuales siguen apretando y succionando del venoso instrumento. Cierra los ojos, boca abierta, en dulce agonía, perfectamente consciente de los lechazos caliente que se derraman de aquel ojete, el glande sobre sus pepas, bañándolas rápidamente, una y otra vez. Una sensación tan poderosa que le hace flexionar los dedos de pies y manos. Y se corre también, sin tocarse, en cuatro patas. De su deformada tanga hilo dental, comprada a Fuckuyama, y de la cual no escapa el tolete o las bolas, si lo hace un chorro de esperma mientras alcanza un intenso orgasmo que le tiene todo tembloroso, uno que le hace reír levemente, alzando aún más el rostro, sintiéndose débil y poderoso. Con su agujero dándole un tirón fenomenal al la barra enterrada en él, por lo que Taylor vuelve a chillar, nunca habiendo experimentado una cosa así con los chicos que ocasionalmente ha cogido.

   -Oh, God… so perra… -gruñe el muchacho, tras Jacinto, clavándole los dedos en la cintura, como para sostenerse, ojos brillantes de calenturas, todavía envuelto en la vorágine de su clímax.

   -Aparta. –Smith le gruñe en tono seco, dirigiéndose tras el joven, la verga tiesa chorreándole jugos y saliva del muchacho, mientras camina y se le bambolea fuera del pantalón.

   A duras penas, como si aquel culo con sus hambrientas chupadas y halada le hubiera robado todas sus fuerzas (y él feliz de dárselas, reconoce el sonriente joven), Taylor retira su verga, centímetro a centímetro, disfrutando ese momento increíble cuando un sujeto ve su tranca todavía dura salir del culo de otro tío, uno al que sometió a su masculinidad, haciéndole gemir como perra mientras lo hacía. Y mira, como lo hace Smith, quien ya se agacha a su lado, como ese culo tiembla titilando salvajemente, abriéndose, dejando escapar algo del semen del joven y fornido marine, como deseando más. Los dos hombres intercambian una mirada, sonriendo de manera torcida. El culo de un hombre chorreando la leche de otro, siempre era un espectáculo caliente. Jacinto, por su parte, todavía temblando por un orgasmo que no parece interrumpírsele, deja su culo alzado, pero su torso cae sobre la fresca grama, mientras sonríe ronroneando, casi lloriqueando por el intenso estallido de placer que vive. Uno obtenido por el uso de su culo. Mamó güevos, claro, y todavía chasquea la lengua saboreándolos, pero la sensación de aquella joven, dura, gruesa y cálida barra refregándole las entrañas, dándole allí, justo allí, fue todavía mejor.

   -Mi turn… -oye a lo lejos la voz de Smith, y sonríe más, temblando con anticipación.

   Si, la quiere. Su culo quiere más. Sufre violentos espasmos ante la idea del marine de tolete duro, algo curvado hacia arriba, penetrándole mientras todavía chorrea la leche de su socio, seguramente este deseando metérsela mientras todavía estaba lleno con esa esperma (¡las cosas que excitaban a los hombres!). Sabe que su esfínter debía estar muy abierto en esos momentos, esperando el liso glande. Quiere más güevo y todavía faltaba la del negro grandote…

   Ignora el calvario que vivirá para ese momento, cuando la negra carne lo penetre.

CONTINÚA…

Julio César.

NOTA: Lo siento, K, debí quitar algunos modismos que usaste, los fonéticos, el corrector no me dejaba en paz.

RECLAMO EN LA PLAYA… 3

agosto 15, 2017

RECLAMO EN LA PLAYA                         … 2

De EdwJc

   -¡No! –brama asustado, de que le escucharan y creyeran que era cierto, más que para convencerle, o reafirmarse como heterosexual. No puede evitar, mirar como ciervo encandilado, cuando el sujeto se lo atrapa con una mano sobre la tela, apretándolo, haciéndolo más evidente, ¡parecía tan largo y grueso!

   -¿Seguro que no es esto lo que quieres, muchacho? ¿El güevo tieso y caliente de un macho? –vuelve a interrogar, voz profunda, rica, masculina. ¡Volumen alto! Mirándole fijamente, como analizándole.

   -¡No! –reitera, cruzando los brazos sobre su pecho desnudo, el cual sube y baja con esfuerzo, rojo de cara, no pudiendo apartar del todo la mirada de ese tolete atrapado. ¿Por qué coño no le empujaba y escapaba? Es lo que se pregunta. Le irrita la sonrisita del otro.- No me gustan esas mariconerías, como a usted. –arroja, intentando alterarlo, aunque costándole, porque era cliente del banco.

   Parece funcionar su intento, el otro endurece la expresión, se suelta el tolete, va hacia él, tomándole por sorpresa, atrapándole con una mano, en puño, el suave cabello castaño, y con la otra se alza la camiseta sobre el cuello, despejando el recio y musculoso torso.

   -¡Pequeña cucaracha insolente! -le gruñe halándole el cabello, obligándole a doblar un tanto el cuello, acercándole, mirándole a los ojos.- A un hombre no puedes hablarle así. Sólo mirarle el güevo, preguntándote cómo será, imaginarlo, deseando tocarlo, esperando que ese hombre te deje… -autoritario, le enumera esa lista, al tiempo que le atrapa una mano y la lleva a su entrepiernas, sobre su tranca dura, que parece quemarle. El chico intenta alejarla, pero halándole el cabello, haciéndole gemir, y aplastándole la mano en su entrepiernas, le retine.- ¡Quieto, pequeño marica! –le gruñe, las pupilas encendidas por una luz salvaje, que intimida y encoge a Felipe, el cual traga en seco, temblando, rojo de cara, su piel caliente, tanteando ligeramente con sus dedos sobre la barra, como si no notara que lo hace. Que su cuerpo responde. O rindiéndose incapaz de sostener esa pelea. El otro si lo hace, con una sonrisa. Lo sabía, el chico, joven y guapillo, coqueto con las chicas, siempre de punta en blanco, era un sumiso. ¿Pero para las chicas o los tipos? Siempre se preguntaba esas cosas cuando se topaba con uno, aunque era irrelevante. Él tomaba lo que quería, y así le gustaba la vida.

   -Señor Cortez… –el chico intenta razonar, pensando en lo inconveniente del apellido del otro. Pero calla, la boca muy seca, no entendiendo qué pasaba que ese sujeto le hacía eso, en un lugar público (y la idea le eriza), y que no le respondiera agresivamente como un macho. Tan sólo es consciente del agarre en su cabello, firme pero ya no doloroso, de la manota sobre la suya, mientras acuna sobre el short jeans ese tolete duro. El otro olía a sudor y colonia de las buenas, el calor le llegaba casi como vapor. La mano sobre la suya le obligan a cerrar el puño, atrapando sobre la tela la mole de carne. Gesto que le estremece; efectivamente parecía larga, gruesa y muy tiesa. Casi pulsando en su joven mano. Y aprieta y aprieta suavecito, sintiéndose casi culpable al hacerlo, su corazón ensordeciéndole con lo rápido que late. Dios, cómo quería escapar de aquella situación de locos…

   El agarre en su nuca acaba, el tipo baja la mano, la otra deja la suya… y no se mueve, no puede. Como un chiquillo que no quiere molestar al maestro sigue mirándole, boca abierta… palpándole el güevo en ese baño de los vestuarios en la playa. Dios, ¿y si alguien entraba y le encontraba haciendo eso? La idea le provoca un escalofríos que erecta sus tetillas, de miedo. Contiene un jadeo cuando esa mano grande, ruda y cálida, va a su rostro y le acaricia suavemente.

   -Tienes una cara bonita, dulcemente masculina, lo que todo hombre desea ver de rodillas frente a él mientras le mama el güevo como si no hubiera mañana. –le informa, sin perder detalle de sus reacciones, sonriendo al verle abrir un poco más la boca, indignado, pero resignado a callar.

   Dios, tenía que irse, se dice alarmado, asustado, cerrando la boca cuando el pulgar del tipo recorrer su labio inferior, forzando la entrada, recorriéndoselo, todo tan íntimo, tan sucio y prohibido.

   -Sácamelo. –le ordena ronco, profundo, autoritario, bañándole el rostro con su aliento, paralizándole.

   -Señor Cortez, no puedo… Yo no… -se agita, sin soltarlo, pero sin acariciarle.

   -¡Sácalo, coño, deja de porfiar! Sabes que quieres verlo, comprobar cómo lo tengo. Sabes que deseas tocarlo, apretarlo. –le ruge en tono severo, alto.- No me hagas repetírtelo o lo haré gritándolo, y vas a tener que sacármelo de todas maneras, y tocarlo, pero posiblemente venga alguien atraído por los gritos y te verá hacerlo. Recuerda a tus compañeros de trabajo en la playa.

   El joven no puede reaccionar, como no sea soltando aquella barra que quema su mano, dominado por unas dudas que le eran incomprensibles. Lo lógico era que se le arrojara encima e intentara escapar, aunque la palabra fuera fea. O, por lo menos, le gritara y discutiera aquello, pero una extraña parálisis parecía maniatarle. Y una idea obsesionarle: “Dios, qué nadie me vea, que nadie sepa esto”. Su rostro es un poema de confusión, incertidumbre, y el otro hombre rueda los ojos, alza una de las manos y vuelve a atraparle el cabello, halándoselo feo hacia atrás, obligándole a levantar el rostro, sus miradas encontrándose; una dominante, autoritaria, viril, la otra asustada, vacilante. La mano libre del sujeto sube y le da una seca bofetada. Una. Más sorpresiva que otra cosa. Revolviendo al chico de su letargo físico.

   -Obedece, pequeño marica. –le ruge, acercándole, por el cabello en su puño,  a su rostro.- ¡Ahora! –le ladra alzando la mano que abofetea, abierta. Una que atrapa la mirada del muchacho y le nubla las pupilas.

   Frenético, Felipe baja sus propias manos y abre aquel jeans cortado en shorts, sin quitar los ojos de la gruesa pieza que abulta hacia la derecha. Sin pensar, sin detenerse a reflexionar, tan sólo obedeciendo automáticamente esa voz de mando. Como bien suponía el otro cuando comenzó a tratarle así, adivinándole sumiso, un tío joven, guapo, profesional, que tenía el paquete para ser un ganador, incluso un seductor de nenas, pero que era incapaz de resistir la voluntad de un verdadero hombre, uno que podría hacer lo que deseara con su vida, lo quisiera el chico o no, incluso usarle sexualmente.

   Felipe, respirando pesadamente, baja el cierre, y un poco la prenda, la mirada fija en un bañador licra azul oscuro, tipo bóxer corto, totalmente deformado por una barra de carne que lo alza. Y con la mano lo cubre, lo toca, como si no se diera cuenta de lo que hace, apretándolo sobre el suave material de baño. ¡El güevo erecto de otro hombre!, la idea le llega, pero no parece asustarle, impresionarle o molestarle lo suficiente. No puede. Es, efectivamente, sumiso.

   -Sácalo, bebé. Es tu chupeta para que tomes de ella todo el dulce que quieras o puedas tomar. –le gruñe el otro, rostro pétreo, tono burlón.

  Con la mano sobre el tolete, sin poder dar otro paso, Felipe siente que se asfixia de temor, sabiendo que no quiere hacer eso, era repugnante, pero que no encuentra las fuerzas para resistirse, no con ese hombre mirándole así, ni por el calor y las pulsadas que vienen de la carne erecta bajo el bañador.

   -Yo no… No…

   -¿No sabes qué hacer con la pieza de un verdadero hombre? Tranquilo, te enseñaré lo que debes hacer para poner a tus machos a mil, deseosos de complacerte, pequeño marica. –se burla.- Vamos con la lección número uno…

……

   Tantos hombres ponen a chicos así. Porque los adivinan, saben lo que anhelan en sus corazones, ser domados. Y cuando lo están, causan sensación. Sólo basta que estos sigan ENTRENANDO.

CONTINÚA…

Julio César.

SIGUE EL DILEMA… 15

agosto 13, 2017

SIGUE EL DILEMA                         … 14

   Basado en caracteres creados por capricornio1967

   ¿El gancho?, los pelos al paso de la mano…

……

   -¡Usted le hizo eso! Lo obligó a ello. –ruge indignado y humillado, deseando golpearle. Por su padre. La sonrisa del otro es irritante, también la mirada alerta, calibrándole, ¿se antevería a golpearle desencadenándolo todo?

   -Que no se le haga costumbre inventarse excusas en la vida, Saldívar. Su padre un hombre hecho y derecho que hizo lo que quiso, como usted mismo cuando buscó ganar mi perdón con su culo. ¿Recuerda cuándo me buscó para que no le sacara del equipo privándole de su oportunidad para ir  las olimpiadas? Hizo lo que hizo, fue su decisión. Por difícil que haya sido, o no, el dilema que vivió. –es tajante, duro. Totalmente falso. Bien que había armado toda una cadena de eventos que obligaron al chico a ceder a sus repugnantes apetitos, pero eso Daniel no necesitaba saberlo. Era mejor que estuviera allí, así, dividido entre la rabia y el auto desprecio, tan roto, tan confuso que necesitaba que alguien le explicara el mundo, aún sus actuaciones; tan confundido que creería cualquier cosa. Si, iba rodando hacia la sumisión.

   -Él, papá… -croa, odiándose casi tanto como odiaba a ese sujeto. Y, en esos momentos, a su papá. Dando, así, un paso más “al lado oscuro”.

   -Cuando se embriagó de la manera que hizo, casi obligándome a expulsarlo del equipo, su padre vino a rogarme que lo reconsiderara. Quería reparar su terrible error, corregir sus errores. Pero era difícil que yo pudiera aceptar tal conducta. –le mira fijamente, rostro severo, tono claro. Muy falso.- Fue cuando me lo propuso, él, sabiendo que… Bien, tengo algunas tendencias que él conocía, y quiso “aprovecharse”, asegurando su cupo con el culo. Me sorprendió tanta desvergüenza, debo reconocerlo, pero me interesó. Era un viejo amigo afligido por un hijo irresponsable, y bien… tengo mis necesidades. Lo hicimos, para que no le expulsara. Por ello se sometió. –reitera cada frase, clavándola en la mente del apuesto y joven atleta, que oprime los labios.- Nunca creí que resultara… En fin, ya vio el video. No me lo creerá, Saldívar, pero su padre ha vuelto, por más y más. Creo que desaté al monstruo de las culiadas, jejejejeje. –cuenta, dando un paso lento hacia el muchacho.

   -¡Cállese! –grita con furor y orgullo herido el muchacho. No, su papá no podía actuar así. Su padre…

   -Es un viejo puto, Saldívar. Ya lo he visto antes, hombres que han llegado a cierta edad creyéndose heterosexuales, cuando en verdad son maricas de armario, maricas reprimidos que nunca han sido felices; y que cuando salen, cuando se montan en una buena verga, enloquecen. Lo siento por su familia, pero es así. –da otro paso, casi invadiendo el espacio personal del chico que parece no poder reaccionar.

   -Entonces… Si es así, ¿por qué…? ¿Por qué…? –no puede terminar.

   -¿Por qué le envié el video y no dejo que todo siga su rumbo natural? Me la debe, Salvídar. Yo le llevé a donde llegó, medalla de oro. –reclama, sin meter el que se considera su amo, su dueño. Ve la chispa de rabia prender en esos ojos.

   -¡No me regaló nada! ¡Bien que se lo cobró! –reclama a gritos, voz ahogada.

   -Pero ahora me perjudica. Como le dije, hay quienes saben de mis… travesuras ocasionales. Si se niega a cumplir con el programa de celebraciones después de la medalla, puede que alguien piense mal de mí. Que se aleja, que me saca del cuadro, por… alguna exigencia mía. Y eso no puedo permitirlo. –y en parte era cierto lo que decía, sólo en parte.

   -Hijo de puta, bien que me obligó a…

   -Pudo decir que no en cualquier momento y continuar con su vida. –le corta, sabiendo muy bien que un muchacho jamás habría podido tomar ese camino, renunciando a la oportunidad deportiva de su vida.

   Daniel se siente atrapado, acorralado. Nada salía cómo lo había planeado.

   -Yo… Yo lo siento. No quise… -disculparse le cuesta un mundo, siente su corazón horadado feamente por una navaja, pero debía intentar calmarle para que no expusiera a su padre. Y que no le exigiera nada en el veje a Los Ángeles.

   -No. –le corta, frío.- Se portó muy mal, Saldívar; me ofendió terriblemente. No se ganará mi perdón tan fácilmente.

   -¿Su perdón? –chilla, lleno de rabia y desesperación.- ¿Después de todo lo que…? No me humillaré ante usted, ni consentirle que…

   -¡Silencio, pequeña mierdita! –le ruge el hombre con un estallido autoritario, llevando una mano a la nuca del joven, atrapándole el suave cabello en un puño, halándoselo fuerte, obligándole a contraer el rostro y contener un gemido, metiéndole dentro de la casa y cerrando la puerta. Con el mismo impulso le empuja hacia abajo.- El perdón se pide de rodillas, Saldívar, jejejejeje…

   Los bruscos movimientos, la velada amenaza que todo aquello le resultará más difícil de lo que imaginaba, toman al chico inicialmente de sorpresa, cediendo al empuje de aquella mano sobre su hombro, sus rodillas doblándose.

   -¡No! –grazna, más aterrorizado por las pasadas experiencias, tener que dar mamadas a ese hombre despreciable, que por una verdadera reacción viril. Intenta escapar del agarre, de la posición.

   -¡Quieto, puto! –le ruge con fuerza.- ¿Es que acaso no entiende lo que ocurre aquí, pedazo de mierda? Puedo destruir su mundo, todo él, no sólo el matrimonio de sus padres, sino la empresa de su papá. ¿Quién querría como socio a ese sucio y viejo marica depravado? –es tajante.- Y todos sabrán que Luis hizo, lo que hizo, por su culpa, Saldívar. Por meterse en problemas, para intentar convencer a su entrenador de dejarle ir a las olimpiadas. ¿Acaso, pedazo de idiota, no entiende que no hay sino un solo responsable de todo esto? ¡Usted! ¡Destruyó a su familia y a sí mismo! –es tajante, rostro pétreo, sonriendo sádicamente para sus adentro. Sabe que lo hiere de manera intensa, profunda, debilitando su resistencia mental.- Acepté las demanda de ese hombre, y las suyas, para ayudarle, por ser tan bueno, jejejejeje…

   -¿Bueno? –el joven le mira con odio, el rostro muy rojo, pero también impotente.- Lo que me hizo…

   -¿Se refiere a lo que accedió? –le encara, brutalmente, con el hecho. Se inclina, acercándosele, bañándole con el aliento, sonriendo interiormente al verle tensarse, desviar la mirada, echar la cabeza un tanto hacia atrás, pero no de manera evidente. Resistiendo.- ¿Qué, Saldívar, aún, en alguna parte de usted, piensa que es un hombre, duda que le gustó lo que hicimos?

   El planteamiento revuelve todo lo que el joven es, todo lo que carga desde esos días, y mira al hombre con todo el odio del mundo.

   -¡No! ¡No lo disfruté, hijo de perra! –ruge de manera desesperada.

   -Qué boquita. Y qué lenguaje, ¿así viene a rogarme que no anuncie al mundo lo vieja marica que es su padre? –se burla sin alejar el rostro, mirándole intensamente.- Creo que en verdad está confundido, Saldívar, y es lógico, es tan joven. Creo que debo aclarárselo, lo mucho que le gustó ser mi juguete en la cama, tener mi verga clavada; lo vivo que se sintió siendo mi puto esclavo sexual.

   Así como le obligó a caer de rodillas, con relativa facilidad dada su fuerza física y su experiencia en el control de otros hombres (generalmente resistiéndose a someterse), y al estado mental del chico, a Franco no le cuesta nada, cerrando las manos en puño sobre la franela del muchacho, alzarle en peso, aplastándole la espalda contra la pared y pegándole el cuerpo con firmeza, sujetándole entre este y la madera, reteniéndole. Y hacerlo, controlarle, le excita de manera total.

   -No, no… -gimotea Daniel, menos firme de lo que habría querido, sintiéndose embargado de temor, intentando soltar el agarre, sin conseguir otra cosa que no fuera una lobuna sonrisa del otro.

   -Oh, gatito, ¿quiere jugar a que no quiso? Bien. –le susurra con un vozarrón oscuro de lujuria, una que el chico sabe que le embarga porque siente como la verga del hombre crece contra su entrepiernas.- Juguemos.

   -Aaaggg… -la sorpresa paraliza al joven cuando una de las manos suelta su franela y le rodea el cuello, apretando firmemente, con intensiones de cortarle el acceso de aire.

   La otra mano del sujeto baja, acariciante, por su joven, esbelto y musculoso torso, recreándose en recorrer los pectorales que abultan contra la suave tela, sin separar la pelvis de la suya, poniéndose más duro y pulsante por segundo mientras cierra más los dedos sobre su cuello. Las manos del chico intentan soltar el agarre de ese puño, pero este cierra aún más, mientras lanza un jadeo oscuro de lujuria. El joven intenta concentrarse, porque en verdad necesita respirar, la mirada se le nubla un poco, pero un brusco y doloroso tirón sobre una de sus tetillas, que fue atrapada por dos dedos, halada y torcida, le provoca otro estallido de dolor, restándole fuerzas, dividiendo su atención de por sí ya comprometida. Y en todo momento, el hombre empuja y empuja su entrepiernas, la verga pulsante, contra el joven cuerpo al que ya casi disfruta.

   Franco sonríe y deja escapar otro obsceno jadeo, excitado al límite, apretando y apretando esos dos puntos que descontrolan al muchacho y que le tienen todo congestionado de cara, incapaz de presentar batalla. Pero lo intentaba, las jóvenes manos intentan alejarle de su cuello, y fracasaba. Eso le gusta, que luche, así; le gusta quebrarles, someter a los ariscos a sus caprichos sexuales siempre era aún mejor. Si, iba a hacerlo, a provocarle un orgasmo tan sólo golpeándole una y otra vez la próstata con su verga, para humillarle y hundirle todavía más.

   -Aaaggghhh… -grazna ahogadamente el muchacho.- Suél… teme, señor…

   -Si, suplica, putico. –le gruñe al rostro, sonriendo en mueca, pulsándole la verga salvajemente contra la pelvis del joven nadador.

   -Aaaggghhh… -Daniel no sabe muy bien qué trama el otro, pero se queda sin aire y eso va debilitándole. Lo percibe, sus manos, que intentan frenéticamente alejar el agarre sobre su cuello, o detener esa mano que parece va a arrancarle el pezón, pierden fuerza.- Suélteme, o gritaré. –croa. El otro le mira, sin afincar sus agarres, pero sin librarlos tampoco.

   -¿En serio, Saldívar?, ¿gritará para que alguien venga o llame a la policía y sepan lo nuestro? El sexo duro no es delito. –le aclara burlón, enfureciéndole.

   -No tenemos una relación. ¡Abusó de mí!

   -¿Y quiere que eso se sepa? ¿Que comenten que un tipo le violó? Vaya, eso sí que hará su vida interesante. Cada vez que conozca a alguien, que llegue a algún sitio, comentarán sus aventuras. Imagino que al mundo le gustará saberlo, y ponerse de su parte, por supuesto. Claro, también yo hablaré, diré que me buscó para que llenara su hambriento culo con mi verga porque, siendo hijo de una viejo marica, siempre ha sentido debilidad por los tíos mayores. –es brutal.

   Daniel se paraliza, parpadeando con esfuerzo, imaginando el terrible momento, su vida comenzando con aquel escándalo. Que se viera lo que aquel sujeto pudiera tener guardado sobre él, como tenía sobre su padre. La piel se le eriza nuevamente y comienza a temblar, parpadeando intensamente.

   -¿VA A LLORAR, MARICA? –el rugido de Franco le sobresalta, haciéndole pegar un bote, parpadeando para controlarse.- Parece que no ha aprendido a ser un hombrecito; pero claro, ¿cómo podría con esa vieja marica que tiene por padre? Tendré que ser yo quien le inyecte hombría, muchacho… Con mi verga, jejejejeje… -le suelta a la cara, al tiempo que afloja los agarres, sabiendo que Daniel está lo suficientemente trastornado como para intentar algo.

   Sin reparar en lo que hace, o qué lo hace, Daniel se controla, se queda allí, quieto, los hombros caídos.

   -Pero, señor… -farfulla, odiándole, odiándose porque sabe que está entregando la lucha, pero no podría enfrentar todo eso. Vivir toda esa pesadilla. Le mira suplicante.- ¿Qué quiere de mí? ¿Ya no… no lo tomó todo? –Franco le suelta y cruza los brazos sobre su pecho, mirándole severo, aunque divertido por dentro, excitado. La verga pulsándole contra la tela del pantalón, ansiosa de salir y perderse en la boquita del muchacho, o dentro de su sedoso, apretado y cálido culo joven. Verga que el otro no quiere mirar ni por error.

   -¿Recuerda sus anteriores palabras? –reta, y Daniel traga, los ojos ardiéndole. Callándoselo, sintiéndose enfermo.

   -Lo… Lo siento, señor. Lamento haber sido grosero. No debí… -se ahoga, la humillación le cierra la garganta. Traga y le mira a los ojos, esperando.

   -Me hirió, me ofendió, pero siento debilidad por usted. Sabe, también, qué es lo que me gusta, de eso se aprovechó para que le dejara ir a las olimpiadas a pesar de sus escándalos, ¿no? Bien, quiero eso, ofrézcame su culo, ser mi esclavo sexual, mi juguete… un rato más. –miente, le hará su esclavo para siempre. Le mira fijamente, disfrutando su angustia, enojo y frustración. Su impotencia.

   -¡Pero no soy gay! No me gusta esto, ¿no lo entiende? –grita desesperado.

   -Tal vez lo es, tal vez no, pero ya disfruté de su boca, de su culo, y sé que respondió a ello. Que diga que no le gusta, pues, bien, eso tan sólo me excita más. Es… un gusto, un capricho, un fetiche, y ahora quiero su culo, otra vez.

   -Entrenador, no; no soy… -jadea casi lloroso, pero el otro le ataja, autoritario.

   -Pero, además, quiero que me lo pida, que diga que quiere ser mi esclavo sexual para ganar mi perdón, y que me llame… “maestro”.

CONTINÚA…

Julio César.

NOTA: Va lento porque intentó mantener el estilo detallado de Capricornio, pero me cuesta escribir como él.

EL PEPAZO… 76

agosto 13, 2017

EL PEPAZO                         … 75

De K.

   Tanto para ofrecer…

……

   El hombre bajito y recio que sale de la casona, se aburre mortalmente, poco interesado en la música, la concurrencia y hasta las bebidas, la verdad sea dicha. La comida si le llamaba más la atención, y come de un platillo lleno de pasapalos. Sin embargo, sale, como dijo la señora; buscar al idiota de Contreras, tal vez le distraiga. La noche es cálida. Recorre los jardines con la mirada, buscándole, extrañándole no verle. Es cuando percibe un sonido y se gira hacia el mismo; jadeos. Joder, ¿acaso el autoproclamado machito ese estaba tirando ya con una putilla? ¿Tan pronto?

……

   En medio de aquel jardín, perdida toda cordura mientras se estremece por las embestidas que recibían su boca y su culo, lanzándole a la gloria, a casi lloriquear de placer al ser taladrado por esos güevos calientes y pulsantes, el medio ebrio Jacinto, más intoxicado con las ganas de tirar que por el dulce licor de Kentucky, nota que algo ha cambiado en la actitud de los tres marines que se gozaban en su cuerpo sólido, fornido, joven y receptivo. Parecían más osados, más desatados, más autoritarios. ¡Eran machos en celo que habían encontrado una buena puta capaz de secarlos!, y lo aprovecharían. Mientras el blanco rojizo tolete de Taylor se clavaba otra vez en las profundidades de su hambriento culo, refregándole las paredes de un recto que parecía latir de gusto, dándole en las dos pepas que ahora sabe que tiene y que estallan al unísono de placer cuando aquella punta las golpea, y Smith y White intentan desencajarle las mandíbulas empujándole los toletes a un tiempo entre sus labios para que los atrapara y chupara, sin importarles lo cercan que están uno del otro, el cruce de respiraciones agitadas que sueltan mientras lo embisten y le gruñen que chupe como la perra que es, el frote de sus vergas, una muy blanca y pálida, la otra muy oscura y gruesa, es perfectamente consciente de que ya lo han hecho antes y les gusta. Cazar así.

   Dios, ¿qué hacía? Estaba en una posición tan difícil, en cuatro patas en el jardín de una embajada recibiendo vergas de las buenas, chupándolas, apretándolas con su boca y su culo, uno que parecía aún más ávido. Si, cada golpe del glande contra la pepa, la de Fuckuyama, parecía incrementar ese fuego de lujuria que provocaba las salvajes contracciones de su recto sobre la joven verga del recio marine, el cual estaba muy bien equipado para la tarea. Pero no podía sustraerse, detenerse. Los machetazos contra su agujero, el joven casi cayéndole encima y medio derribándole con la fuerza de las embestidas, le hacía delirar; su cara siendo azotada por las otras dos vergas, babeantes de jugos de machos y de su propia saliva, atrapando una y trabajándola con labios, lengua y mejillas, sorbiendo el rico licor que los hombres producían allí, para ir a la otra, o intentar atraparlas juntas, sus labios muy abiertos, su lengua tanteando de aquí para allí, era todo lo que le importaba. Casi se estremece y sonríe ante una idea que le llega, y que en condiciones normales combatiría, pero allí, siendo rodeado por tres machos cabríos que le ofrecían sus güevos, tiene que encarar la posibilidad: ¡era un puto bien caliente!

   Y, eso, era lo que tal vez había producido el cambio en los otros, su aceptación. Admitir que aquello era la gloria, el cielo, y cierra los ojos, sintiéndola, el tolete de Taylor, dura y caliente, retirándose de su agujero, lentamente; centímetro a centímetro se arrastra por sus entrañas en su salida, produciéndole una sensación indescriptible de placer y estimulación a un tiempo, para volver a clavársele con todo, provocándole un gemido muy parecido a un sonoro lloriqueo.

   Porque, maldita sea, Taylor estaba rastrillándole con fuerza el culo, arándoselo sabroso, dándole duro, parejo, golpeándole donde importaba, mientras gruñía cosas en su mal castellano, que sonaban como toma, tómala toda, puta; las cosas que los chicos dicen en ciertos momentos cuando pueden dar rienda suelta a la bestia sexual que llevan dentro y es tan satisfactorio. El blanco rojizo güevo salía casi todo del redondo anillo sin pelos, casi hasta el glande, que deformaba los labios del culo, para luego enterrarse, gordito, nervudo, todo, golpeándole con las bolas, repitiendo la acción una y otra vez. Y mientras se lo hacía, Jacinto lo sabe, le daba a esa pepa en su culo lo que quería, lo que tanto deseaba y añoraba… cambiándole, lentamente, hasta hacerle pensar y sentir que el tolete de un macho en sus entrañas era la cosa más normal del mundo. Con las cogidas que le daba, y fuera lo que fuera que soltaba aquella cosa que le había comprado  Fuckuyama, por error, le estaba transformando la vida, el cuerpo, la mente. Pero no podía hacer nada por evitarlo. No cuando, mientras la pelvis del joven marine le golpeaba duro en las lisas y tersas nalgas, metiéndole el tolete, echaba ese mismo trasero hacia atrás, desesperado, ansioso, frenético de güevo, soltando gemidos vergonzosos, que sólo silenciaba a medias cuando, jadeando caí sobre la negra tranca de White, que goteaba saliva espesa y jugos, y la tragaba. Y si todo ese cambio, ese despertar furioso de su cuerpo, lo lograba la verga de Taylor… no quiere ni imaginar cómo terminará una vez que los otros dos ocupen su lugar y le penetren, porque sabe que ocurriría. Que no se irá de allí hasta ser la “bitch” de los otros dos recios machos.

   ¡Santa mierda!, ruge, totalmente sorprendido, Raúl Bravo, al apartar unas ramas en la parte más oscura del amplio jardín, preparado como estaba para encontrar a una parejita metiéndose mano, o teniendo sexo, que siempre divertía, pero no aquello. Con la boca muy abierta, igual los ojos, encuentra al hijo de perra de Jacinto Contreras siendo cosido a güevazos, ¡por tres malditos marines!, casi pareció ofendido por ello. Parpadea con esfuerzo, para ver si aquella imagen desaparece, pero no, el fornido y musculoso muchacho, llevando para esos momentos sus medias negras y una diminuta tirita de algo en su cadera, demostrando que lleva una tanga o algo así, iba de adelante hacia tras sobre sus manos y rodillas, empujando su culo contra un joven y rojizo tolete que lo penetra por allí, notándose que le enloquece, y traga de una a otra las de dos sujetos grandes de pie frente a él. ¡Estaban cogiéndolo tres tipos! ¡Y le gustaba al muy puto!

   -Ahhh… Ahhh… Hummm… -le oye chillar en agónico éxtasis, por un segundo cuando su mojada cara se aleja de los toletes que mama, antes de echarse hacia adelante, tragando la del tipo negro.

   ¡Sucio maricón! , se dice con rabia. Nada excitado por aquello. Ese puto merecía una lección; que la señora, y todos los otros, en la quinta, lo supusieran una basura pervertida.

CONTINÚA … 77

Julio César.

NOTA: Lo siento, K, debí quitar algunos modismos que usaste, los fonéticos, el corrector no me dejaba en paz.

DE HOMÓFOBO A PUTO… 13

agosto 12, 2017

DE HOMÓFOBO A PUTO                         … 12

Por Sergio.

Las dos duchas  que Rodrigo tomó, antes y después de la visita de Claudio, han facilitado que se sienta listo para dormir. Tampoco necesitaba demasiados estímulos para hacerlo teniendo cansancio físico y psicológico acumulados como consecuencia de los acontecimientos sin precedentes de los últimos dos días, el fin de semana más anormal de su vida hasta ahora. A pesar de haber dormido siete horas después de  la primera ducha (y antes de la inolvidable visita de Claudio), a Rodrigo le parece que no le resultará difícil entrar en fase REM, estando acostado en su cama y sus párpados a punto de cerrarse.

Solamente esperaba no tener otro sueño como el primero que tuvo con Claudio, un sueño que, si desde un inicio le pareció denigrante y obsceno, ahora lo encontraba escalofriante, blasfemo y la peor cosa de todas: profético. Recordar este sueño le hace abrir sus ojos de golpe, siendo ahora capaz de ver las cosas en retrospectiva. Es cuando su mente, de golpe, pregunta “¿¡acaso fue ese sueño una premonición!? ¿¡Acaso fue ese sueño una advertencia!?”… pero antes de volver a dejarse perturbar por estos pensamientos, se esfuerza por ignorarlos y regresar al frágil estado de relajación que ya había logrado hasta conciliar el sueño. Afortunadamente para él, lo logra en pocos minutos.

Contrariamente para quienes duermen, el tiempo transcurre lento para quienes esperan… y más aún para quienes esperan resistir el sueño, desvelándose mientras estudian el vasto temario de un examen a evaluarse en la mañana siguiente, un examen para el cual los sensatos se prepararon con anticipación. Éste era el caso de Roberto, quien ahora se lamenta de no haber empezado a estudiar antes; pero su método de estudio ha consistido siempre en el círculo vicioso de planificar, procrastinar, arrepentirse y volver a fracasar miserablemente en el proyecto que había planeado cuidadosamente. No obstante, para su fortuna, no estaba solo.

Mientras transcurría la calurosa tarde, se dio cuenta que no iba a lograr terminar de estudiar por su cuenta, así que invitó a su casa a Samuel, su nuevo amigo y compañero de la Universidad. Él es uno de esos sensatos chicos que ya habían terminado de estudiar y, cuando Roberto le suplicó su ayuda, aceptó con agrado, aunque se preguntaba por qué no le pediría ayuda a Rodrigo, el asesor y el experto, viviendo ambos en la misma casa. Antes de la llegada de Samuel, Roberto predijo que seguramente la madrugada llegaría antes de que éste terminara de explicarle todos los contenidos del examen, por lo que buscó a Lucía para pedirle dinero con la idea de comprar unas pizzas y hacer sentir bienvenido a su amigo. Estuvo a punto de no encontrarla, pues la alcanzó cuando ella iba de camino a su cita con Claudio, cita a la cual éste esperaba que asistiera junto a su madre para poder quedarse a solas con Rodrigo, pero no contaba con que ella ni siquiera les había querido avisar a sus hijos.

– ¿Adónde vas, mamá? – pregunta la ruidosa voz de Roberto.

– ¡Me asustaste! – responde Lucía sin dejar de caminar.

– ¿Por qué la prisa? ¿Vas a ver a tu noviecito? – bromea mientras le sigue el paso a su madre.

– ¿Qué quieres? – pregunta secamente.

– Necesito dinero.

– ¿Cuánto?

– 300 pesos

– ¿¡Y para qué quieres tanto!? – se impacienta.

– Para comprar unas pizzas. Es que va a venir un amigo.

– ¿Qué amigo? No estarás pensando en hacer fiesta en la casa, ¿verdad?

– ¡Es un amigo de la universidad! ¡Va a ayudarme a estudiar! – Roberto también empieza a perder la paciencia.

– Bueno, pero yo no tengo dinero. Pídeselo a tu hermano.

– ¡Ni hablar! Estoy enojado con él…

– Pues entonces lo lamento.

– ¡Ay, no manches, mamá! ¿Me vas a decir que no puedes sacar esa miserable cantidad de dinero de tu tarjeta de crédito? ¡Tampoco es tanto! – cuestiona molesto ante la actitud de Lucía.

– Y tú crees que el dinero crece en los árboles, ¿verdad? Luego tengo que reponerlo o me va seguir creciendo la deuda.

– ¿Y para qué está Claudio? ¿A verlo a él vas, no?

– Yo no soy ninguna mantenida.

– ¡Pues  gracias por nada! – explota finalmente, empezando a caminar en la dirección contraria.

– ¡ROBERTO! – le grita, haciendo que Roberto se detenga.

– Voy a sacar el dinero de la tarjeta, pero no quiero berrinches y ya no te vas a pelear con tu hermano. ¿Entendiste? – negocia con calma.

Roberto está molesto y se mantiene en silencio, pero sin desviar sus desafiantes ojos verdosos de los de su madre, también desafiantes y verdosos.

– ¿¡Entendiste!?  – pregunta Lucía alzando nuevamente su voz.

– Sí. – acepta el trato con disgusto.

– Bien, entonces acompáñame al centro comercial que no me fío de los cajeros de esta zona… Han habido muchos asaltos últimamente…

Sin decir nada, Roberto acompañó a Lucía mientras pensaba en que ella jamás trataría a Rodrigo como lo trató a él esa tarde. Ahora, a pesar de que eso sucedió hace ya muchas horas, Roberto continuaba molesto y eso le había impedido concentrarse en las explicaciones de Samuel durante la tarde y noche.

– ¡Roberto! – Samuel llama su atención, trayéndolo nuevamente al presente.

– ¿Qué pasa? – Roberto se sobresalta.

– No te estás concentrando y así no va a servir de nada que te explique.

– Perdón, pero es que sí me sacó de onda lo de mi mamá…

– Yo sé, pero ahorita tienes que olvidarlo y concentrarte. ¡Ya casi es madrugada!

– Tienes razón. Sigamos…

Roberto y Samuel continúan estudiando hasta que el sueño los vence pocas horas después. A las 5:30 a.m., Rodrigo despierta y, fiel a su rutina, se prepara para ir a entrenar al gimnasio, como acostumbra desde hace más de un año. En esta ocasión, no abandona su habitación sin antes tomar una alargada y vieja lámpara que perteneció a su padre, la cual lleva consigo por dos razones: 1. No está dispuesto a permanecer en la oscuridad, como lo estuvo antes de ser raptado el viernes, y su muy potente luz lo evitaría; y 2. Al ser metálica y dura, es lo más parecido a un arma con lo que contaba, de manera que si se volvía a “encontrar” con sus ex captores, les partiría el cráneo con ella antes que éstos sacaran sus revólveres.

Con la fantasía de encestar el pesado objeto en sus cabezas, emprende camino hacia su destino corriendo, empuñando la lámpara como si de una espada medieval se tratara. Si Rodrigo estuviera vistiendo una armadura, en lugar de su moderna ropa deportiva, parecería un guerrero medieval: fuerte y valiente… y, además, muy apuesto. Son éstos los pensamientos que se presentan en la mente de Luciano, un hombre un par de años mayor que Rodrigo que, desde la amplia entrada del gimnasio, observa cómo corre hacia esa dirección.

En cuestión de segundos, Rodrigo toma un par de mancuernas, con las que empieza a ejecutar el primer ejercicio de su entrenamiento. Luciano no puede evitar esbozar una sonrisa al observar con mayor detenimiento la anatomía de Rodrigo, quien esta mañana lucía especialmente sensual con un centro deportivo rojo, que exhibía su prominente pecho, espalda y sus fuertes brazos; mientras que sus shorts negros mostraban sus muy desarrolladas piernas y no dejaba a la imaginación la forma de sus enormes nalgas. Curiosamente para Luciano, esas nalgas parecían haber crecido aún más desde la última vez que vio al joven días antes.

Luciano tenía dos semanas asistiendo a ese gimnasio particular, pero no era ajeno a ellos. Él es un poco más alto que Rodrigo, aunque un poco menos musculoso debido a factores genéticos. Su tez morena clara, sus facciones armoniosas y su lacio y bien peinado cabello negro combinaban con su cuerpo a la perfección. Durante esas dos semanas, Luciano había observado a Rodrigo todos los días que habían coincidido, aunque éste nunca había reparado en él… hasta hoy. Tras poco más de una hora de ejercicio, Rodrigo ya se ha bebido toda el agua que su botella, por lo que estaba sediento. Luciano, que estaba al tanto, se le acerca para ofrecerle agua y tener un primer contacto con él.

– Toma. Desde allá se te ve la cara de sediento. – Dice Luciano mientras le entrega su botella llena de agua fría.

– ¡Muchas gracias, amigo! – Exclama Rodrigo exhausto antes de dar un largo trago.

A Luciano le parece sensual la imagen de Rodrigo, rojo y cubierto de sudor, ingiriendo agua de su botella, pensando que ésta tiene una forma medianamente fálica.

– Muchas gracias, amigo – repite Rodrigo, recuperando el aliento.

– Nada que agradecer. Estamos para ayudarnos. – replica amablemente.

Tras haber bebido gran cantidad del agua que contenía la botella, Rodrigo se la devuelve a Luciano, sintiéndose inmediatamente casi avergonzado por haberla dejado casi vacía. Debido a esto, Rodrigo no termina de soltar la botella y Luciano no termina de tomarla, resultando en que ambos hombres están sosteniendo un extremo de la botella mientras también mantienen un involuntario contacto visual.

– Perdóname. Ahora tú te has quedado sin agua por mi culpa. – dice Rodrigo, entre apenado y gracioso.

– No te preocupes. Jeje De todos modos, no me queda mucho tiempo aquí por hoy. – continúa simpático.

– Bueno, lo menos que puedo hacer es presentarme. Je, je Me llamo Rodrigo. – dice mientras menea la botella con su mano, moviendo automáticamente la de Luciano.

– Ja, ja, ja Soy Luciano. – ríe ante el singular apretón de manos.

A ambos hombres les faltaba todavía realizar unos pocos ejercicios adicionales para terminar sus respectivas rutinas del día, pero le restan importancia al asunto, casi sin darse cuenta, cuando prefieren seguir conversando, permaneciendo de pie en medio de las muchas máquinas del gimnasio. Luciano ve en Rodrigo a un joven que, además de guapo, es encantador; mientras que la percepción de Rodrigo sobre Luciano no nada diferente. Esto no deja de sorprenderlo, pero no lo alarma. Simplemente, por alguna razón, le genera confianza y disfruta la compañía de ese desconocido como disfruta de la de su mejor amigo Víctor; aunque en esta ocasión, era mucho más consciente de la masculina belleza de su interlocutor.

Mientras mantienen una animada conversación que relaciona temas dispares y mayormente triviales, Rodrigo empieza a pensar si debería preocuparse. Después de todo, fue secuestrado hace dos días y medio, conoció (muy a fondo) el sexo homosexual durante su cautiverio y fue liberado ayer. “Y después de ser liberado, lo primero que hago es darle el culo a Claudio” se recrimina en silencio, pero rápidamente razona “todos cometemos errores”. A medida que la conversación sigue fluyendo, deja de prestar atención al contenido de lo que Luciano está diciendo, cambiando momentáneamente el objeto de su atención. Ésta se dirige ahora al cuerpazo de su interlocutor.

Lo más inmediato es su masculina boca, sus ojos, su nariz… todas sus expresiones faciales, las cuales denotan seguridad y un don de mando innegable, pero sin perder su naturaleza amable. Los ojos avellana de Rodrigo empiezan a bajar, recorriendo con ellos su pecho, sus brazos y sus piernas. El atuendo deportivo de Luciano, bastante similar al suyo, le posibilita la observación de todas estas partes; pero ahora su linda mirada se desvía hacia otro lugar: su entrepierna. Al examinar esa área, ésta se ve plana, como si se tratara de un inocente dibujo de la figura masculina, en los que se dibujan con detalle todas las partes del cuerpo de un hombre, pero jamás esbozan siquiera sus genitales debido al conservadurismo que aún existe en la sociedad.

– ¿Me estás escuchando? – escucha Rodrigo a Luciano preguntar con cierto tono de humor.

– Perdona, pero me distraje. Je, je – responde esperando que no note el objeto de esa distracción.

– Espero no haberte aburrido con lo que te decía de mi trabajo. Je

– No, lo que pasa es que ya se me está haciendo tarde a mí. Je, je Debo ducharme e irme ya.

– Eso también aplica para mí. Ja, ja Te acompaño a las duchas.

Rodrigo no esperaba que Luciano lo acompañara a los vestidores. Era verdad que ya se aproximaba la hora a la que normalmente se retira del gimnasio, pero no estaba retrasado para sus compromisos en la Universidad. En realidad, Rodrigo buscaba escapar de “la tentación”. Se había pillado a sí mismo no solamente notando apreciando la belleza de un amable desconocido, sino que también había intentado adivinar la forma de su pene. No era una situación demasiado diferente a la que estaba ocurriendo ayer con Claudio… antes de su “espontáneo” encuentro sexual.

No se siente dueño de sí mismo, sino vulnerable y teme que algo similar pueda ocurrirle con Luciano ahora mismo y en el gimnasio, estando éste, además, cada vez más lleno de gente. Camina hacia la zona de vestidores y duchas junto a Luciano, imaginando que la encontrarían con varios ocupantes, pero para su sorpresa, nota que solamente están ellos dos ahí. Luciano no pierde tiempo para sacar sus cosas del locker e, inmediatamente después, quitarse la camisa. Al hacerlo, levanta sus brazos y es entonces cuando los ojos de Rodrigo se abren completamente, sobresaltados de pronto ante la escena: ¡el short de Luciano parece una tienda de campaña!

Para comentarios o sugerencias, escriban a maxival91@gmail.com

NOTA: El autor agradecería le comunicaran algún comentario, o idea sobre la historia. Esta me agrada, y personalmente la espero y sigo con interés, por eso, en ese detalle en específico, no he querido indicarle nada, no vaya a terminar como “otro cuento que se parece mucho a los otros”. Pero están invitados, ¿eh?

CONTINUARÁ…

Julio César (no es mío).

RECLAMO EN LA PLAYA… 2

julio 30, 2017

RECLAMO EN LA PLAYA                         SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA…

De EdwJc

   Por un segundo Felipe se pregunta si un saludable joven de veintitrés años puede caer muerto de un infarto, porque él teme que va morir allí mismo. De uno. Su corazón produce tales ruidos, late con tal dolor, la sangre le tiene tan sordo por el pitido en sus oídos que teme estar padeciéndolo ya. La situación era… ¡Un carajo estaba tocándole el culo!, le gritaba su mente, una y otra vez, sin que pudiera decidirse a hacer nada.

   -Amigo… -grazna bajito, casi entre dientes, intentando detenerle al fin.

   -Silencio, muchacho, esto tienes que experimentarlo con todos tus sentidos. –le sisea el otro, rudo y autoritario. También burlón, el joven lo nota.

   Y esa mano medio cerrada en puño, velluda, la siente contra la sensible piel de su terso trasero, que se quemaba con el contacto, rota un poco. Le ha metido por el chiquito, con dificultad, media falange, el largo de la uña de un dedo que imagina es el medio; todo eso lo siente, o supone que lo está, mortalmente rojo de cara. Un dedo que rotaba en un sentido y luego el otro, hurgaba en su culo. Era una sensación tan extraña, tan denigrante, tan horrible…

   -Lo tienes medio duro. –oye la voz; sorprendiéndole cuando la mano que aferra su hombro le suelta y cae sobre su entrepiernas, dando un brusco tirón.

   -¿Qué? ¡No! Claro que no. -el joven refunfuña, quemándose de vergüenza.

   -Vamos. –le ordena, el dedo rotándolo en su culo, la otra mano, la palma quemándole, sobre su espalda, empujándole para que camine. Y su mirada, aturdida se dirige a los vestuarios donde permitían que la gente se quitara el agua salda, se cambiara o usara los sanitarios.

   -¡No! –casi gime de temor.

   -Vamos, que ya estás llamando la atención. –le advierte.

   Y a Felipe le parece que todo el mundo está como más atento a él, menos bulliciosos, menos rientes mientras rodean al mal encarado hombre joven que vende helados, aquellas barquillas baratas y no muy buenas. La idea de verse expuso así como está, casi le provoca náuseas. Tenía que resolver esto con discreción, en un lugar donde pudiera gritarle a ese sujeto, tal vez enfrentarse a coñazos, que se lo merecía. La resolución hace que parte de su tensión física se reduzca y el sujeto lo interpreta bien, medio riendo bajito, burlón, sintiéndose dueño de la situación, retirándole el dedo del culo. Y el muchacho se estremece de rabia, sin volverse, cuando le oye olisquear ruidoso.

   -Huele a cuca rica. –le ataca, y por un segundo, manos cerradas en puños, Felipe cree que todo estallara, finalmente, allí. La mano nuevamente sobre su espalda, empujándole, le decide a actuar con discreción.

   Sin volverse, sin hablar ni mirar a nadie, no deseando llamar la atención, se dirige hacia las instalaciones desiertas, cruzando una mirada ocasional con algún chico que corría por la arena, sin mayor significado. Nadie podría imaginar, supone, lo que estaba pasándole.

   Pero ya ese hijo de perra aprendería que… Molesto entra en el solitario vestuario, el olor a rancio es un poco fuerte. Están a solas. Es cuando, con cara de mala leche, cruza los brazos sobre su torso y se vuelve, encarando al fin a su atacante desconocido. Parpadea confuso, ¿le conocía? Frente a él se encuentra un tipo cuarentón, fornido, algo panzón, de rostro masculino y casi agradablemente viril. Había algo autoritario en sus facciones, de fuerza. Era un sujeto que debió ser algo más que guapo en su primera juventud; no suave o delicado, sino agresivo, de quien acababa metiéndose en muchas camas ajenas gracias a su osadía y sensualidad. Era llamativo. En esos momentos lleva una camiseta holgada y larga, de mangas muy abiertas, dejando al descubierto los hombros algo velludos, los brazos fuertes (con esa mano derecha…), un bermudas de jeans a media pierna, medio oculto por los faldones de la camiseta. Joder, ¿de dónde le conocía? Pero eso no importaba, no ahora.

   -¿Qué coño te pasa que andas tocándome el culo? ¿Acaso eres un maldito loco? ¿Eres un maricón? –ruge, decidido a retarle de frente, el otro era, físicamente, mas fuerte, pero eso no intimidaba, de tú a tú, a un tipo como él, que también tenía lo suyo.

   -Deja los gritos, mariconcito, o vendrán a ver qué pasa y creerán que estás molesto con tu marido. –responde este, como si tal, acercándosele; desconcertándole y obligándole a alzar la barbilla, desafiante.

   -No me llames… -comienza, siendo acallado por una inesperada bofetada, más sorpresiva que otra cosa.

   -Silencio, mariconcito, la boca no la tienes para hablar, y menos en ese tono. –replica el sujeto en tono duro y frío, ojos fulgurantes.

   Y Felipe balbucea sin voz, resistiendo las ganas de llevarse una mano a la mejilla o gemir un “¡me cacheteaste!”. Así de confuso está. ¿Acaso estaba realmente loco ese tipo? ¿Por qué no se detenía en el trato que le daba? ¿Por qué no entendía que estaba molesto y que podría responderle con violencia? ¿Acaso no lo notaba?

   -Yo… yo… -va a gritarle, a empujarle al tenerlo tan cerca. Va a… El otro, entrecerrando los ojos da otro paso al frente… Y él retrocede ahora si llevándose una mano a la mejilla abofeteada. Temiendo otro golpe.

   -¡Cierra la boca te dije! –es tajante, dominante, y el corazón del joven se agita, ¿de dónde coño le conoce?, sabe que lo ha visto antes. Y un calor extraño, de rabia, miedo y frustración le quema cuando el otro, así como así, cómo si no tratara con otro hombre, más joven, eso sí, pero otro macho al fin, le atrapa la barbilla, atando sus miradas.- ¿No me reconoces sin la corbata, pequeño marica?

   ¿La corbata? La chispa de reconocimiento se enciende en sus ojos. Mientras estaba tras el cristal de la caja tres, soportando con una sonrisa, paciencia y en efecto buen humor a los clientes del banco, le había visto llegar más de una vez. Resuelto, jovial, sonriente, aparentemente amigo de porteros, secretarias y gerentes, en sus trajes grises, con las camisas blancas que abrazaban su torso y abdomen algo visible, confiriéndole un aire de fortaleza, de fuerza, indicando que una vez estuvo en la línea y se veía del carajo. Antes y aún ahora. Se había fijado en el Señor Pomposo, por ese aire arrogante, confiado, seguro de sí con el cual se movía, pedía o exigía algo. Como si tuviera derecho. Había notado que muchas mujeres, de diferentes edades, y aún uno que otro joven cliente, le miraban con fascinación. Debía ser porque… Mejor lo dejaba así. La cara le arde, ahora frente a ese sujeto, que le sonríe con dureza, aferrándole la cara.

   -Si, soy yo. Alguien me dijo que me llamabas Señor Pomposo. –ríe al verle enrojecer apenado.- Tranquilo, lo entiendo; tu mente de maricona reprimida intentaba racionalizar lo que sentías cuando me veías. Se te mojaba el culo, ¿verdad? Seguro que marginándome sin ropas. Más de una vez la sentí, tu mirada disimulada, recorriéndome, desnudándome…

   -¡No! –jadea, abrumado, ¿hacía eso?, pero no, claro que no.- No era por eso…

   -¿Acaso los ojos no se te perdían una y otra vez en mi entrepiernas? –le reta, sin sonrisas, exigiendo con una dureza que claramente indicaba que no quería disimulos, o mentiras.- ¿No era esto lo que querías ver, en tu puesto tras la caja, con tu corbatica delgada y tu camisa almidonada que te queda bien, luciéndote ante los hombres, pequeño marica reprimido? -le ladró a la cara, alzándose la camiseta, mostrando una voluminosa erección bajo la tela del jeans bermudas. Un pieza gruesa que se dibujaba totalmente contra esta, pulsando como si la contrajera a voluntad.- ¿No era esto lo que, en el fondo, querías ver, marica?

CONTINÚA … 3

Julio César.

RECLAMO EN LA PLAYA

julio 22, 2017

OSCURO AMOR                         SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA…

   Una historia maldita no muy larga, porque hacen falta los cuentos malditos que sean realmente malditos, y cansa cuando duran mucho; a quienes los leen… y a quienes escriben. Este relato es una adaptación que hace un conocido mío de algo que relaté hace añales, y que, curiosamente, recuerda porque se le volvió un fetiche de mil pajas. Me contó él, entre carcajadas, aunque bien pudo habérselo ahorrado. Casi había olvidado esto. Es una adaptación porque era, el original, un relato heterosexual. Por supuesto, me halaga. Ahora bien… piensa llevarlo en corto, como hace K, le gusta su estilo. No es cosa mí, ¿okay? Por cierto, la Jc, es por mí, aunque no lo pedí.

De EdwJc

   La playa estaba poco concurrida de gente, que las había, unas cuantas, que gritaba y jugaba en las olas, pero no tantos como los que acudían los fines de semana. Era la dicha escaparse, entre semanas, y bajar a La Guaira, pensó Felipe, sonriendo y elevando el algo pálido rostro a los intensos rayos del sol, siendo acariciado por la brisa cálida que venía del mar.

   Bajó con unos amigos del trabajo en el banco, más que todo a llevar sol y bañase, a pasar el rato; el alto costo de la vida hacía algo prohibitivo, como en los viejos tempos, darse cada dos o tres días un saltico desde Caracas para comerse un pescado frito, acompañado de muchas papas o tostones. Como sus colegas, seis en total, dos chicas entre ellos, nuestro héroe debía cuidar sus finanzas; aunque no era como qué guardaba para comprar casa o pagar la inicial de un carro con lo que ganaba, pero…

   Juegan al vólibol en la orilla, corriendo y arrojándole agua y arena a todos. Compiten entre ellos. Son chicos, gente joven llena de energía que necesitan drenarlas. Han sudado lo suyo bajo ese sol, por ello, al aparecer un lugareño con un carrito con barquillas, de las baratas, saltando como un niño, se reúne con los amigos y varios de los presentes, todos pidiendo a un tiempo un helado, con ese desorden que parece tan típico de los lugares de recreo. Es cuando ocurre…

   Sintió que alguien llegó a sus espaldas, pero no le dio importancia, ni se volvió. Su atención estaba puesta en agitarse para llamar la atención del vendedor (que parecía secretamente irritado), y reír como el resto. Todos parecían decididos a dificultarle el trabajo al hombre. Es cuando una mano, de palma abierta, grande y fuerte, cae sobre su nalga derecha, sobre el largo bañador a media pierna, clavándole los dedos. Allí, en la playa, bajo el sol, en medio de otras personas, incluidos sus amigos y colegas de trabajo. La sorpresa le paraliza por un segundo; no reacciona, ni siquiera cuando esa mano comienza a acariciarle procazmente, indicando que era una sobada en regla, no una tocada accidental.

   Con el corazón palpitándole violentamente, de afrenta, asombro y pasmo total, no reacciona mientras el canto de aquella mano se mete entre sus nalgas, con todo y la tela del bañador. Muy rojo de cara, boca abierta y parpadeando, Felipe siente más alarma y temor de que le vean mientras le hacen eso, que indignación contra el sujeto. Que también la siente. Pero así de importante eran las apariencias para un joven que se iniciaba como cajero de banco. Sin armar escándalo intenta apartarse, pero la mano entre sus nalgas, que hurgaba y sobaba, que caía hacia abajo con los dedos y así le frotaba casi sobre el agujero, se clava otra vez en sus carnes cubiertas, reteniéndole como un cepo.

   -Quieto, muchacho… -se eriza cuando siente el aliento sobre su cuello, y escucha la voz ronca, autoritaria de un macho, cosa que ya sabía. Aunque susurra, es audible sobre los gritos y risas de los presentes que compran helados.- No querrás que tus amigos vean como te sobo el culo. Ni toda esta gente, ¿verdad? No hay necesidad de hacer un escándalo. -le aconseja como si tal cosa, reanudando las hurgadas, el frote con la punta de los dedos.

   Tan turbado y sorprendido por la insólita situación esta Felipe, que se queda quieto, su pecho subiendo y bando con esfuerzo. La mano continuando con sus caricias rudas e íntimas; ese hombre jurungándole el culo a la vista de cualquiera que les mirara. Tenía… tenía que… Joder, tenía que escapar de eso, se grita mentalmente, sintiendo frío y calor, de miedo, de ser visto siendo manoseado por un hombre, y él permitiéndoselo. Debía…

   ¡Oh, mierda!, su mente queda en banco ahora, de pánico y sorpresa total ante tanta osadía. Ese tipo, ese sujeto, fuera quien fuera…

   La enorme y callosa mano del hombre había subido, la palma pegada a su piel suave, cayendo finalmente en su baja espalda. Era una mano caliente y fuerte, que bajó y se metió dentro del largo bermudas que usaba de bañador, acariciándole con igual intensidad, y propiedad, el trasero sobre el suave bóxer gris que llevaba, de los cortos y apestados que lo hacían sentirse… sexy. De esos que le gustaban usar cuando salía con alguna chica o… la verdad fuera dicha, cuando se cambiaba en el gimnasio. Joder, para eso se ejercitaba tanto, ¿no?, para verse bien. Y la mejor manera de comprobar si hacía un buen trabajo al respecto era encontrar la confirmación, rápida, tácita, en la mirada de otros. Aún de un carajo que le viera y pensara, “coño, ¿por qué no me veo así?”.

   Como fuera, esa mano lo estaba acariciando; palma abierta y dedos separados recorrían de una de sus nalgas a la otra, palpando con fuerza la dureza de la carne joven. Con la boca y los ojos muy abiertos, respirando algo pesadamente mientras a su alrededor la gente seguía atosigando y molestando al heladero, Felipe siente esa mano bajar más, y dos dedos extenderse y flexionarse sobre la suave tela que cubre la entrad de su culo, rozándole, acariciándole. ¡Aquello era demasiado! Intenta apartarse, alejarse, pero otra mano, firme y poderosa, cayendo sobre su hombro desnudo, lo retiene.

   -Quieto, muchacho, quieto; que si nos ven en estos momentos… -le amenaza y aconseja esa voz en su oreja, empujando esos dedos contra su entrada.

   El pánico, la sorpresa, lo que fuera que pasaba, paraliza al joven. Dios, si le veían así… Pero algo debía hacer. Los dedos de ese carajo atraparon los bordes del bóxer en uno de sus muslos y comenzó a subirlo, apartando, descubriéndole la raja entre las nalgas, asegurándose un camino descubierto hacia su agujero secreto y sagrado de macho hétero. Y la punta de uno de esos dedos fue y tocó, por fuera, sobre los pelos, pasando sobre él, arriba y abajo. Y el muchacho tuvo que pegar un respingo, no sólo porque otro carajo estaba tocándole el culo, sino porque ese toque, ese frotar, era extrañamente cosquilloso, de una manera que era difícil de tolerar sin moverse. Pero la mano en su hombro fue más firme.

   -Quieto, quieto… -repite la voz, más perentoria, los presentes todavía saltando y gritando pidiendo sus helados, aquellas barquillas baratas no muy buenas.

   Felipe temblaba, mucho, con esa mano metida dentro de su bañador, la palma apoyada contra su trasero, ese dedo acariciando su culo. Y la mano sale. La sensación de alivio es tal que el joven casi teme que se le doblaran las rodillas, hasta que oye… algo… Y se tensa, la mano vuelve a su trasero, esta vez dentro del bóxer, los dedos recorriendo su raja interglútea en directo, uno apoyándose sobre su orificio secreto… húmedo. Ese tipo había hecho algo, se había escupido un dedo y con esa saliva… ¡estaba lubricándole el agujero!

   Temblando y respirando ruidosamente, de miedo y frustración, intenta alejarse, cerrar las piernas, su trasero. Salvar su honra. Pero el agarre de esa mano sobre su hombro parecía casi hipnotizante.

   -No te muevas, dulce mariconcito, es hora de jugar… -y la punta de ese dedo, con dificultad, logra penetrar su virgen y muy cerrado agujero, metiéndosele, casi con trabajo, hasta desaparecer la longitud de toda la uña.

   El muchacho, ojos muy abiertos, llenos de pánico, se encuentra con que, en la orilla de la playa, en medio de otra gente, incluido amigos y conocidos del trabajo, tiene el dedo de un hombre metido en su culo. Y que este se agita, suavemente, arriba y abajo…

CONTINÚA … 2

Julio César.

SISSYBOY… 17

julio 16, 2017

SISSYBOY                         … 16

Titulo: Todd’s Bitch

Autor: Victoria <missvictoria6969@yahoo.com>

Traducción: K

   Lindo y juguetón para que lo vea su papi…

……

   Todd también quería jugar, así que separa la espalda del respaldo de la cama, se tiende hacia adelante y le atrapa las gorditas tetillas a Brian, sobre el negligee, halándolas y apretándolas. Y sonríe, porque de la boca del rubio escapa un gemido ante la ruda y sorpresiva caricia. Aunque aquello le dolía un poco al rubio, le produjo una sensación increíble, gustándole mucho. Sabiéndolo  el adolecente negro sigue halando y retorciendo un poco más.

   Los gemidos escapan ahogadamente de la boca ocupada de Brian, mientras va y viene sobre la gruesa barra oscura, brillante de saliva, al tiempo que el otro sigue tocando, pellizcando ahora, sus tetas, estimulándolas. Están duras y erectas. Oh, Dios, gime internamente el muchacho, muy duro bajo su pantaleta; esas haladas eran un reconocimiento a su sexualidad, a su sometimiento.

   -Tienes un buen par de tetas aquí, Brianna. Son más grandes que las de algunas de las chicas de la escuela, ¿lo sabías? –y le aprieta cuando ve que el rubio va dejando el tolete.- No tienes que responder cuando te hable, perra, no con palabras. Hazlo con mamadas. Imagino que mientras tiro de tus tetas se te moja más el coño, ¿verdad? A todas les pasa, y es tu destino como el de una nena pequeña cualquiera frente a un chico grande. Pero hay algo más que debes aprender…

   Brian lanza un gemido, frente arrugada, cara muy roja, bajando golosamente sobre ese tolete erecto cuando Todd le aprieta con excesiva fuerza las tetillas. El placer se mezcló en su mente con el dolor, y la sensación era intimidante y embriagante.

   -Lamela como si fuera tu caramelo preferido. –le ordena el chico negro, aflojando el agarre sobre las sensibles tetillas, tan sólo frotándole.- Y sí que será tu dulce preferido. –ríe de su chiste.

   Brian obedece y se aleja el busca de aire, respirando entre jadeos, labios muy rojos y húmedos, pasándose la lengua por ellos para recoger la saliva, pero parecía la coqueta muestra de cuánto adoraba esa chica mamarle el güevo a su chico de la escuela. El joven regresa al duro manduco, lamiéndolo de arriba abajo, y sonríe al escuchar gemir a Todd, mientras usa la lengua para presionarle y recorrerle la vena que arranca desde la base de su tranca. Y por la forma en que se tensaba, el chico descubría qué tanto le gustaba que le hiciera eso, y qué tan bien se lo estaba haciendo. La idea le llena de orgullo y satisfacción. ¡Él lo tenía así de caliente!

   Pero era una verga grande, y mover así la lengua era cansón, así que intentando tomar un tiempo para sí, cubrió el glande con los labios y succionó, tragándose la saliva y los jugos de su mejor amigo, unos que cada vez le sabían mejor. Todd disfruto de la más pasiva caricia, pero terminó impacientándose.

   -Vamos, perra floja. –le gruñe, soltándole las tetillas y atrapándole la nuca, empujándole sobre su barra, provocándole un ahogo, llevándosela casi hasta media garganta, taponándole.- ¡Ahhh! –grazna alzando el rostro, dichoso, retirándole un poco y luego obligándole a tomarla otra vez, a pesar de las toses y arcadas.- Si, así, perra. –le mira con ojos brillantes, dominante.- Tienes que aprender, zorra; llenarte el vientre con la semilla caliente de tu hombre es una de las mejores recompensas que recibirás, pero debes aprender a tomarla y disfrutarlo al hacerlo. Perderte en ello, saber que vives y sientes cuando me la chupas. –indica, soltándole.

   Brian se retira y tose, los ojos llorosos, mirándole algo resentido.

   -Es demasiado grande. –se queja y el otro ríe, halagado.

   -Y es toda para ti, preciosa. –le medio golpea un hombro con dos dedos.- Vamos, sigue; mientras más lo chupa más sé que estás comprometida en esta relación.

   Medio rodando los ojos ante esas palabras, Brian, sin embargo, vuelve a caer sobre la muy mojada cabeza, cubriendo nuevamente el grueso tronco, aferrando con dos pálidos dedos la base, agitándolo de manera natural. Esforzándose por tomarlo en todo momento, provocando cierta sonrisa en los labios de Todd, a quien alegraba ver aquello, el momento justo cuando la boca del mariquita se transformaba en otro apretado, sedoso y húmedo coño para su pieza. Ah, sí tan sólo los mariquitas ofrecieran mamadas abiertamente tal vez no les iría tan mal en el colegio. Ríe de la idea, ganándose una mirada del chico rubio que parecía una nena, sus mejillas ahuecadas, los labios muy tersos al estar tan exigidos, cubriéndole casi toda la tranca mientras la lame con la lengua y la succiona con la garganta. Esa boca va y viene, mamando con ganas de esa verga.

   Joder, le dolían las mandíbulas, tiene que reconocer el muchacho, cerrando los ojos, subiendo y bajando mientras chupa y saborea cada gota que sale del ojete de aquel tolete. Sabía delicioso, admite enrojeciendo todo, pero era incómodo. La cosa duraba ya sus buenos minutos, y aunque la abarcaba casi toda, sintiéndose estúpidamente orgulloso de ello, se pregunta si iba a terminar bebiéndose la esperma de Todd. La idea le estremece, imaginándola cubriéndole la lengua, saboreándola otra vez y tragándola. Era vergonzoso, pero… le había gustado el sabor. Sin embargo, atrapándole el sedoso cabello con una mano, el otro le aparta, la negra mole de carne húmeda y brillante cayéndole contra el vientre plano.

   -Es suficiente, zorra cachonda, sé cuanto quieres beberte mi semilla, noté que amaste hacerlo, pero es hora de aprovechar tu agujerito también hambriento. Levántate y quítate esa pantaletica, lentamente, y déjame ver ese culo tuyo… tu coño. –informa con lascivia y maldad, notándole el temor.- Oh, sí, sabes lo que viene. Tu coño es nuevo, y muy apretado, eres muy estrecha, Brianna, pero no te preocupes… -le sonríe agarrándose la verga y agitándola.- Justo aquí tengo lo que necesitas para resolver ese problema. Después de hoy no tendrás ningún problema para alojar, exprimir y ordeñar una verga con tu dulce agujerito de amor.

CONTINÚA…

Julio César (no es mía).

NOTA: Créanlo o no, un amigo mío, de hace años y que inspiró un personaje en LUCHAS INTERNAS, no diré cuál por ahora, va a versionar un cuento corto de mi autoría. Algo corto, porque le parece que los largos llevan demasiado tiempo. Ya veremos.

EL PEPAZO… 75

julio 12, 2017

EL PEPAZO                         … 74

De K.

   Pero, bueno, ¿qué querían tantos de él?

……

   Escuchar aquello, el joven marine preguntándole a su superior quién tomaría primero su culo, electrizó a Jacinto, el cual tiene la nariz pegada al pubis de Smith, deteniendo momentáneamente las mamadas que estaba dando de una verga a la otra, ambas brillantes de una saliva que les escurre cuando las abandona. Iban a cogerlo, allí, en el patio jardín de una embajada. ¡Tres tipos! La idea hace que su culo escurra un poco más de la espesa saliva de Taylor, titilante, ansioso.

   -¿Sure? –pregunta Smith, como dudando, mirando la verga de White. No quiere problemas. No un chico chillando por una tolete muy grande metiéndosele. La risita de Taylor es la respuesta.

   -Lista. –afirma; en su experiencia de chupa vaginas y culos, sabe cuando una concha está presta, estimulada, lubricada y hambrienta de vergas. Y la de ese tío estaba más que ansiosa.

   -Haz honores. –responde Smith, autoritario, sonriendo leve, sabiendo que ese tono siempre afectaba a los chicos cuyos culos estaban esperando por un hombre.

   -¿Querer… verga in your ass…? ¿En culo? –le farfulla White, atrapándole la mojada barbilla, mirándole a los ojos. Y si Jacinto duda por un segundo, su agujero no, con la tira del hilo apartada, manteniéndose así Dios sabía por qué, este tiembla como una boquita fruncida. A Taylor le pulsa en la nada, goteando, esa “vagina” quería realmente ser feliz. Y él sabía el modo.- Responder…

   -Si. –Jacinto se oye decir, volviendo la cabeza, mirando sobre un hombro al marine más joven, arrodillado entre sus piernas abiertas, aceptándolo; enrojeciendo totalmente, entendiendo aún en el vapor del alcohol que estaba no sólo autorizando a otro carajo (tres carajos) para que le hicieran lo que quisieran, sino que lo esperaba. Hay risitas masculinas.

   Era todo lo que el joven marine necesitaba escuchar, todavía mirándole, Jacinto le ve abrir mejor su pantalón y correa, dejando más libre sus genitales, sacando las bolas rojizas y algo peludas con unos feos vellos color naranja clara, y eso que la iluminación del lugar no era de las mejores. La anticipación, la espera, le tensó. Estaba ofreciéndose en bandeja de plata, como suculento platillo, a tres machos hambrientos que habían sabido cocinarle para ese momento. Si, no le quedaban dudas, esos hijos de perra habían decidido tomarle como… como una perra desde que le vieran. Y tal vez estaba mal, debí ser por el dulce licor de Kentucky, no por todo el tomado de aquellas dos vergas, pero su culo se estremece con la espera. Machos tomando perras, era un orden tan natural. Él mismo, en otra vida, lo había hecho en fiestas del colegio o excursiones con amigos cuando una chica se embriagabas demasiado. Ahora era su turno. Y el culo le pulsaba…

   -Suck… -la voz y orden de Smith le regresa a la realidad, como su recia mano atrapándole la nuca, empujándole sobre su verga, una que traga con un gemido de ansiedad, estremeciéndose al sentirla pulsar y quemar sobre su lengua al ir deslizándose por ella.

   Y nuevamente es empujado de un verga a la otra, White, finalmente, se ha puesto de pie, al lado de su camarada, los dos toletes goteando saliva y jugos a su alcance. Tensándose al sentir el roce de los dedos de Taylor nuevamente en sus nalgas, como separándoselas más, uno rozándole el… No, aquello era más grande, liso y cálido. ¡Era un glande! La tersa pieza se frota de su lampiño agujero, empujando, metiéndole lentamente los labios, penetrándole centímetro a centímetro.

   -Hummm… -escapa de la boca de Jacinto, aún ocupada como estaba tragándose la verga de White, casi bajándole hasta los pelos esta vez, la frente muy fruncida, la garganta deformada por la barra, succionando ahogada y ruidosamente.

   -Oh, God… -jadea Taylor, metiéndosela toda, de golpe, abriéndole, llenándole. Forzándole un poco. Golpeándole internamente, y aunque no lo sabe, en más de una pepa, lo que dispara calor, adrenalina y testosteronas por toda la sangre del forzudo muchacho, cuyo culo se cierra violentamente, sufriendo espasmos, succionándolo.- Fuck… -brama sorprendido. Ha  cogido culo de tíos antes, incluso de aquellos que jamás pensaron dárselo a otro sujeto, y que por lo tanto eran vírgenes hasta que se cruzaron en su camino, pero la manera en la cual ese le atrapaba, apretaba y halaba era algo sencillamente nuevo. Era un culo tan sedoso y apretado. Tan delicioso.

   En cuatro patas, gimiendo, Jacinto es embestido por boca y culo por hombres de manos grandes que atrapan sus caderas, cuello y hombros, mientras chupa de una verga a la otra, entre gemidos, rojo de cara, el culo totalmente en la dicha mientras es abierto y refregado por la joven y dura tranca que le estaba dando justo sobre la pepa, una que parecía descargar algo caliente, muy húmedo, que lo envolvía. Toda su piel ardía, erizada, sensibilizándole más y más. Pero no tiene ni siquiera tiempo de reparar en ello, no mientras ese tolete entraba y salía con fuerza.

   Macheteándole el chiquito, dándole duro, Taylor, riendo como una ratica, todo ronco, le caía de golpe sobre las redondas y duras nalgas, haciéndole gemir más y más. Oh, Dios, si su padre le viera en esos momentos, se le ocurre, ofuscado entre la lujuria del sexo y la nube del alcohol; idea que le hace gritar con la boca muy abierta en un raro momento cundo no traga vergas, los labios muy rojos, la barbilla brillante de saliva y jugos de machos. Pero pronto cae sobre la barra de Smith, cerrando los ojos, sorbiendo y ronroneando. Su garganta moviéndose casi acompasadamente como su culo sobre ese tolete que entraba, le daba duro, le refregaba y salía frotándole más.

   -¡Oh, fuck! -grita el joven marine cuando Jacinto echa su culo hacia atrás, decididamente, buscándole, apretándole duro. Si, ese puto quería. Y él desea hacerle gritar como una perra; no había nada mejor que escuchar a un tío joven y forzudo lloriqueando por el placer que una buena verga en su culo le producía. Sospecha que si le daba lo suficiente, Jacinto terminaría gritando como una verdadera zorra, atrayendo a todos con sus gemidos, idea que le embarga de lujuria.

   Cosa que pasaría. Alguien le escuchaba…

CONTINÚA … 76

Julio César.

NOTA: Estas cosas pasan, y hay tantos EJEMPLOS…

NOTA2: Lo siento, K, debí quitar algunos modismos que usaste, los fonéticos, el corrector no me dejaba en paz.

SISSYBOY… 16

julio 5, 2017

SISSYBOY                         … 15

Titulo: Todd’s Bitch

Autor: Victoria <missvictoria6969@yahoo.com>

Traducción: K

   Lindo y juguetón para que lo vea su papi…

……

   Nada más terminar de decirlo, el musculoso adolecente negro se tiende hacia un lado de la cama, a una de las mesitas de noche de sus padres, y enciende una radio sintonizada en una estación Pop, que deja escuchar a Beyonce.

   -Baila, mariquita; baila para tu hombre. –le ordena, sonriendo y agitándose en la cama.

   Abrumado, terminando de entrar, Brian no sabe qué hacer. Aunque siente calor bajo la mirada apreciativa que Todd le lanza a verle bien. Así que eleva los brazos y comienza a mecer las caderas con suavidad, intentando imitar los gestos y movimiento de las mujeres que ha visto en películas.

   -Eso es, Brianna, bien, bien; hora da la vuelta y muéstrame ese gran trasero tuyo. Agítalo para mí. Haz que quiera tomarlo, llenarlo y joderlo toda la mañana hasta que lloriquees de emoción como la nena que eres.

   Erizado por las palabras, obedece; se vuelve y mece el trasero bajo la pantaleta. Hacerlo, escucharle respirar pesadamente, ver, sobre un hombro, cómo le late la verga, le emociona. Saber que excitaba a Todd le calienta. Su pequeño tolete era una roca dura que se frotaba contra la suave pantaleta mientras bailaba. La sensación de su cuerpo sin pelos bajo esa tela…

   Todd, aparentemente satisfecho, interrumpe su baile.

   -Oh, Dios, Brianna, ya tienes a tu hombre muy duro y necesitado de alivio, preciosa. La forma en la cual tu culo se ve bajo esa pantaleta me tiene muy mal. Voy a tocártelo, Brianna, a recorrerlo con mis dedos, te daré uno que otro azotón para hacerte conocer mi fuerza, te gustará, y luego voy a cogértelo a fondo. Voy a darte la follada de tu vida, pequeña. –le informa, tomando un porro de la mesita, encendiéndolo y dándole una profunda calada con rostro de satisfacción.

   -¡Oye! -el joven rubio, abrumado por lo que escucha, tendió la mano al verle exhalar el humo. Una inhalada estaría bien; pero el otro, riendo, le dio un manotón, alejándole mientras ríe. ¡Bastardo!, piensa dándole una fea mirada.

   -Ninguna perra merece una calada de buena hierba hasta demostrar que se la ha ganado, Brianna; es una ley de la vida. De chicos y chicas. Además, te quiero centrada, consciente de lo puta que te pones cuando estás entre mis brazos. Si fumas, luego vas y lo olvidas. Ya no quiero otra rutina de “Dios, ¿qué hice?, no recuerdo nada, Todd”. –se burla.

   -Pero, Todd… señor…

   -Silencio, perra, y sube tu culo de sissyboy a la cama, en cuatro patas, y lame mi verga de base a punta, lengüetéame las pelotas. Y si lo haces bien, y tienes suerte, te soplaré un poco del humo de este porro en la cara.

   El tono, las palabras y las indicaciones provocan un puchero en el chico-chica, y Todd ríe nuevamente. La cosa iba en serio, se dice el rubio, y tal vez era la calentura de todo eso tan nuevo, pero como fuera, mirando ese tolete tieso en todo momento, sube a la cama y gatea a cuatro patas sobre el colchón, y sin esperar ninguna otra indicación, baja el rostro, deja salir la lengua y lame la negra cabeza de esa enorme verga, tragándola toda con un leve gemido que se le escapa. La risita de Todd le llega mientras cubre el nabo que es ese glande con sus labios rojizos, sin necesidad de tomarlo con la mano y despegarlo del vientre de su amigo; este casi rebotaba de su piel, de lo caliente que estaba. O era que Todd tenía un gran control sobre su herramienta.

   Los labios pintados de cereza van bajando, las mejillas ruborosas se adelgazan, de la boca escapan gorgojeos, el resuello baña al chico negro. A pesar de todo, de la humillación, ¡a Brian le encanta aquello! Nada más tomar la cabecita, sentirla entre sus labios y sobre su lengua, se sintió débil, femenino, y fue por ella, tragando más con los ojos un tanto desenfocados de emoción. Esa verga estaba tan viva dentro de su boca, pulsando y goteando, quemándole, que se sorprendió; tan san sólo podía desear más y más. Estaba tan hinchada y dura, tan nervuda, como una roca. Envolviéndola en la base con su mano blanca y chica, contrastando con la negra piel, la agita suave, sintiendo su fuerza, el poder de un macho real mientras sigue chupando con avidez.

   -Hummm, si perra. –Todd ronronea.- Así, chúpamela así. La quieres, ¿verdad? Adoras mamarla. Pero es más que eso, ¿cierto, Brianna? La encuentras no sólo deliciosa, sino necesaria. Como si algo te hubiera faltado hasta ahora, ¿no es así? He leído sobre mariquitas como tú, chicas que creían ser chicos, todo frustrados, tristes, perdidos. Y cómo estallan cuando un hombre les revela lo que son, princesas, nenas… coños y bocas, muy deseosas de machos. Esto, que piensas que sólo me da placer a mí… -le dice mientras tensa su tolete, soltándole jugos en la boca cuando el rubio va y viene, sin detenerse.- …Te complementa.

   ¡Basura!, piensa el chico, algo rebelde, rojo de cara y hombros mientras baja con gula sobre dos tercios del negro tolete. Eso era demasiado grande, su culo aún le dolía. Lo que pretendía era vaciarlo y agotarlo tan sólo con su boca. Era eso. Nada más. Por eso chupaba así, arriba y abajo, sorbiendo, soltándola sólo para respirar y darle leves lamidas a la brillante cabeza.

   No quiere reconocer que un sopor nubla su mente, aunque se siente muy vivo en otros aspectos; una extraña embriaguez. Era el cambio que se iniciaba. El placer que intuía que experimentaría y recibiría, seguramente estallando con griticos de sissyboy, al saber que se somete a las demandas de su hombre, brindándose para darle todo el placer que quiera. Su goce provendría de servirle como una buena perra.

CONTINÚA … 17

Julio César (no es mía).

NOTA: Hey, amigos, tengo problemas con dos autores que no dan señales de vida. Uno sé que tiene problemas personales, su papá está enfermo (y bien sé lo terrible que eso es), esperemos que todo salga bien. Del otro no sé nada.

SIGUE EL DILEMA… 14

julio 2, 2017

SIGUE EL DILEMA                         … 13

   Basado en caracteres creados por capricornio1967

   Seguro de sí, piensa tener lo que todo chico desea probar…

……

   Lo primero que siente es nauseas y un vago malestar generalizado, como el de una mala resaca; después percibe los sonidos, extraños. Gruñidos y gemidos. Luis Saldívar abre los ojos con esfuerzo, sabiendo que está boca abajo sobre algo, y que lo ha babeado. Levanta la cabeza, chasqueando la lengua, sintiendo un sabor salobre que…

   La comprensión le golpea de frente, tanto que se tensa y sienta, notando el malestar en su culo. Y enfoca la enorme pantalla de televisión cercana, donde se ve a sí mismo mostrar y exhibir, con una sonrisa, una pantaleta, todo abierto de piernas arrodillado sobre el mismo sofá donde ahora sentado está. Casi completamente desnudo, bañado su trasero de… Tembloroso levanta la mano que llevó a él, sabiendo que pudo ahorrarse la comprobación, era semen. Frío, viscoso, pero real. Ahora se ve, en la pantalla, gimiendo de gozo mientras es cogido por un hombre velludo al que se ve del cuello hacia abajo, aunque su propio culo, rasurado, siendo penetrado una y otra vez por un tolete amoratado de sangre, era perfectamente distinguible. Como su cara. Enrojece feamente.

   Dios, ¡había ocurrido de nuevo! La rabia, frustración y desazón le alcanzan ahogándole. Franco, de alguna manera, le había poseído, procurándose nuevo material audiovisual para demostrarlo. Uno donde parecía más que entusiasta. Ahora estaba todavía peor. No sólo no le detuvo sino que este tenía nuevo material de chantaje. Y, lo peor, era eso, saber que lo había cogido otra vez. Otro hombre le había enterrado la verga por el culo, su culo, tomándolo, abriéndolo, llenándolo. Gozándolo. Otro sujeto se había dado placer usándole como a un puto, como si su culo fuera una concha, una vagina. Un coño. Se cubre la cara con las manos, intentando racionalizar todo aquello, recordar algo de lo ocurrido, como ¿cuándo se puso esa pantaleta a medio subir que le cubría los afeitados genitales pero dejaba afuera su culo chorreado esperma?

   -¿Otra vez con eso, cabrón? Deja los lloriqueos de marica. –la voz ruda y burlona le sobresalta. Con ojos nublados, cargados de derrota, vergüenza y rabia, le ve, todo sonreído, sin zapatos, con un viejo jeans y una camiseta que se aferraba a su torso algo abultado.- Es aburrido ver que tiras, gritas y gozas como una puta loca de mi verga, y que luego te lamentas como una virgen violentada.

   -Yo no quería esto. ¡Tú me lo hiciste! -grita incapaz de contenerse, defendiéndose. Él no hacía eso porque quería, joder. Paff, el leve bofetón le desconcierta más que dolerle. Le hormigueó en la mejilla, cargado la situación de nuevas connotaciones aún más humillantes.

   -Deja de mentirte, perra. Sabías a qué venías cuando tocaste a mi puerta. No finjas que todo esto es una sorpresa. –le encara con esa versión, para confundirle, jugar con su mente.- ¡Mira esas imágenes! –le ruge, y Luis, tragando, observa. A sí mismo. Gritando con gestos de gozo.

   -No, no, yo no…

   -A eso viniste en verdad. A buscar la mano dura de un hombre, un macho que te dominara y te hiciera experimentar lo que te niegas a admitir, lo que te ocultas a ti mismo. A esto viniste, Luis, a ser mi perra; a gemir y gritar mientras te cepillaba el culo con mi verga. Pidiéndome más, que te la metiera más duro.

   -¡No, no! –ruge, pero le falta convicción viéndole sonreír burlón, cruzando los fuertes brazos sobre su pecho, mirándole como si fuera poca cosa.

   Quiere negarse a todo lo que escucha, luchar, partirle de un puñetazo la boca, pero no puede reaccionar. No puede juntar fuerzas, o rabia. Franco le había tomado con violencia y rudeza, domándole con mano dura. Ahora, sentado sobre su culo adolorido que manaba esperma, se estremece sintiéndose desvalido, indefenso, impotente. Poca cosa. No era nada. El otro, Franco, ese sí era un hombre. La idea le controla, avergüenza y molesta; quería revelarse contra ello, pero no podía. Así que baja la mirada, que se le nubla otra vez.

   -Marica llorón. –la frase, lapidaria y ofensiva, le escose aún más los ojos.- Levántate, toma un buen baño y vístete… sin usar calzoncillos. Eso te queda prohibido de ahora en adelante. Y que no sepa que me desobedeces. Si alguna vez, el cualquier momento o lugar, llevo a saber que usas ropa interior de hombre, todos los aparatos de videos que encuentres en tu camino hacia la salida más próxima van a reproducir tu mariconeidad, ¿está claro?

   Con el corazón bombeándole feo en el pecho, preguntándose si Franco habría enloquecido, Luis tan sólo balbucea sin sonidos.

   -¿Está claro, perra? –el grito atronador le hace pegar un bote.

   -Si… -jadea bajito.

   -¿Si, qué? –todavía clava más el cuchillo, mirándole como un halcón, disfrutando el verle ir cediendo poco a poco, reduciéndose a la condición de sumiso esclavo sexual. Idea que le alborota el tolete bajo las ropas.

   -Sí, señor. –Luis parpadea sin mirarle, tan sólo deseando que todo termine y pueda salir de allí.

   -Así está mejor; toma esa ducha, apestas a puta barata; y aféitate, que tienes algunos cañones. Vístete, sin calzoncillos, y deja mi casa hasta que te llame otra vez. Y será una sola llamada, si la respuesta no es “en seguida, señor”, y debo enviarte un video recordatorio, alguien más lo recibirá también, ¿nos entendemos, puta? –espera, está a punto de repetirlo, a gritos, pero…

   -Sí, señor.

……

   Daniel Saldívar realmente no tenía un plan concreto cuando salió de su casa como no fuera gritarle al entrenador. Intentar… no, no sabía exactamente qué. Lo primero que le llegaba a la mente era arrojársele encima y machacarle a golpes hasta que… pero no sabe si eso funcionaría. Porque le tiene miedo a Franco. Mucho miedo. Algo que el otro había buscado y provocado. Que le sintiera poderoso y terrible. Invencible. Que él mismo se sintiera vulnerable. Débil. Era parte del juego de control. El joven no lo racionaliza así, como no lo hace nadie que esté siendo sometido a un somero lavado de cerebro. Lo que teme, abiertamente, es que el hombre diga lo que le ha hecho a su padre. Ese era el miedo, algo también buscado por el peligroso sujeto.

   Ahora, deteniendo su coche frente a la casa del hombre, duda. El valor le falla. Pero eso cambia pronto, parpadea mucho, con la boca abierta, no entendiéndolo o asimilándolo en un primer momento: allí estaba el auto de su padre.

   La idea le resulta terrible. ¿Su papá estaba allí, justo en esos momentos, con Franco? ¿Por qué carajos volvía a verle si…? La confusión, rabia e impotencia le dominan de manera salvaje. Debía buscarle, sacarle de ese lugar, explicarle claramente lo que el otro tramaba. Pero la sola idea de encarar Luis en esos momentos, recordándole todavía del video, usando aquellas pantaletas, ronroneando con mirada viciosa llevándose una mano a su…

   Cierra los ojos con vértigo, sintiendo nauseas. No, no puede. No ahora. Lo del entrenador tendría que esperar a…

   El chirriar de un coche a lo lejos hace que Franco se asome a una ventana de su sala, con escasa curiosidad. Espera a que Luis termine su ducha, y esté listo para irse, para infringirle una nueva y ultima ofensa. Por ahora. Sonríe cruel, le sería tan humillante la orden como el tener que obedecerla. Y lo haría. Porque ya casi le tenía controlado. Faltaba tan poco…

   Ve alejarse un auto y frunce el ceño en una mueca rapaz… ¿Sería su chico? ¿Su dulce Daniel con ese cuerpo de infarto y ese culito tan sedoso y apretado? Sonríe cruel, ¿sería él, alejándose al ver el coche de su padre? Oh, sí, todo estaba saliendo bien. Muy bien. Y cierra los ojos, sonriendo mórbido, viendo en su mente a padre e hijo sobre su cama, abrazados, besándose con morbo, dándose lengua y chupadas uno al otro, entre ronroneos. Dos putos sumisos. Dos esclavos nacidos para servirle. Será fácil doblegarle ahora, al más joven; fuera de sus pataleos iniciales, a Daniel tan sólo le quedará suplicar para que no publicara en línea nada sobre la vieja puta que tenía por padre. Oh, pero no iba a resultarle tan fácil obtener ese favor. Tendría que suplicarle, rebajarse y humillarse mucho. Sonriendo, algo duro dentro del pantalón, se pregunta qué cara podría sí disparara un chorro de orina en su boca mientras le chupaba la verga. Porque si, Daniel iba a chupar mucho para pagar su desafío y altanería. 

   Sonriendo terrible, da rienda sueltas a sus fantasías, a lo que le hará al rebelde muchacho. Lo mismo que en Londres, cuando sus rivales olímpicos lo tomaron, sometieron y follaron; pero ahora sería aquí, en los vestuarios del complejo de piscinas, con todos los chicos, aún los de primer año, jodiendo el dulce culo del orgulloso y acuerpado atleta, al que ataría de panza sobre una banca, las piernas abiertas, el trasero alzado, siendo tomado una y otra vez por todos esos chicos calenturientos, muchos de los cuales le tenían algo rabia por sus éxitos. Le harían gemir, gritar, de dolor y de placer, su nuca, espalda, nalgas, todo bañado en esperma, su agujero rojizo rezumando un río. Y luego él iría y aportaría la suya, riendo, cogiéndole, diciéndole a todos que así se domaba a una potranca, también a una perra o a una puta brava.

   Nota movimiento a sus espaldas. No se vuelve. Tan sólo abre los ojos y sonríe.

   -Quiero ver si no lleva ropa interior de hombre, bájate los pantalones…

……

   Si Adriana de Saldívar pensó que la hora de la cena la noche anterior había sido tensa, esta era sencillamente horrible. Ni Daniel ni Luis hicieron el intento de responder a algo de lo que preguntara, ni siquiera cuando lo hizo de manera directa. Cada uno parecía encerrado en su propia cabeza, y todo eso le daba muy mala espina. Notaba que, ceñudo, la mano tensa alrededor del mango de un tenedor, el joven miraba a su padre con una emoción a la cual no podía ponerle nombre. No era ira, u odio, sin embargo…

   Y era cierto, Daniel no podía mirar a su padre, no toleraba verle fingir comer, apagado, rostro muerto, mirada baja, hundida. ¿Por qué hacía aquello? Sabe que es irracional, él mismo hizo cosas deplorable por no perder la oportunidad de ir a las olimpiadas, pero era un muchacho enfrentándose a un hombre mañoso. Su padre no tenía esa excusa. La rabia le hacía arder la garganta y los ojos. No puede evitar sentir… desprecio, decepción. También culpa.

   Luis, sentado al frente, es totalmente indiferente a su batalla interna. Atrapado, como está, en una tierra desolada, bajo un cielo que se le venía encima. En tal estado no le alcanzaba el sentido como para intuir lo que pasaba alrededor de esa mesa. No notaba la ira frustrada e impotente de Daniel. Ni los temores de Adriana. Unos nada difíciles de imaginar; si él estaba así, apartado, manteniéndola lejos, y ahora Daniel le miraba con aquella expresión, cualquier mujer supondría que su marido la engañaba y que su hijo lo descubrió. Pero no puede mirar más allá de su propia ruina. Su propia destrucción. Franco le había cerrado todas las salidas. Pega un leve bote cuando un móvil timbra.

   -Cariño, cenamos. –gruñe Adriana, con un nudo en la garganta, mirando a Daniel, quien alza el aparato y palidece, pero nada dice.

   Dios, ¡era un archivo de video! Daniel aprieta los puños con furia.

   -¿Todo bien?  -pregunta monótono, Luis, sin mirarle. Daniel le mira fijamente.

   -Ya no tengo apetito. –gruñe y se pone de pie sin agregar más, alejándose.

   -Hijo… -Adriana le llama, pero este no vuelve la mirada, saliendo, rígido. Luis, que había alzado la vista, la baja cuando ella intenta hacer contacto.

   ¡El hijo de perra ese!, se dice el joven entrando en su cuarto. Intenta no activar el video. El mensaje le eriza:

   “¿Así que no tocaste a la puerta porque había visitas? Cobarde. Ven. Esta noche. No te citaré de nuevo si no lo haces”.

   El chantaje era claro, abrumador. Imagina muy bien para qué le quiere. Qué amenazaras le hará. Qué demandas exigirá. E intuye que no podrá detenerlo. Que si se encuentran… Respirando con esfuerzo cae sentado sobre su cama, el corazón latiéndole feo, los ojos humedecidos de rabia, impotencia. Y miedo. Mucho miedo. Se abraza a sí mismo sintiéndose infinitamente solo. Una sensación horrible que le abruma todavía más.

……

   La desganada llamada a su puerta esa noche, hizo sonreír al hombre, quien abrió, seguro de sí, mirando con clara superioridad, burla y aire revanchista (quería dejar muy en claro cómo irían las cosas), al joven de hombros caídos, mirada baja, pero aún así con cierta… indefinida rebeldía.

   -Saldívar, qué sorpresa… Pensé que había dicho que ya no volveríamos a vernos. Fue lo que dijo la última vez, ¿no?, cuando fue tan grosero para con su instructor. –comienza Franco, buscando una reacción, la que aparece cuando, rojo de mejillas y ojos fulgurantes de indignación, Daniel le mira.

   -Sabes bien por qué estoy aquí, entrenador. Y que no lo hago por mi voluntad.

   -No, no sé de qué habla. ¿Por qué está aquí?

   -Usted… -ser ahoga.

   -¿Por qué está aquí? –la atronadora voz le silencia, y Daniel traga, humillado, mirando a un lado.

   -Por el video de mi padre. Ese que tiene. No quiero… no quiero que lo envíe a…

   -¿Cuál video? ¿De qué habla? Sea claro para que se le entienda, Saldívar. –es cruel y Daniel baja más la mirada.- ¡Míreme y responda! –trona otra vez, haciéndole pegar un bote.

   -El video donde… donde… papá…

   -Vamos, dígalo. El video donde su padre, ese viejo puto, se comporta como la zorra que siempre ha sido.

CONTINÚA … 15

Julio César.

EL PEPAZO… 74

julio 2, 2017

EL PEPAZO                         … 73

De K.

   Era distinto… antes.

……

   -¡Oh, my God! –lloriquea Smith mientras empuja sus caderas de adelante atrás, su rojizo tolete venoso, saliendo de entre su bragueta, penetra y  sale de la boca golosa de aquel forzudo joven que parecía, realmente, muy necesitado de verga. Mientras cierra los claros ojos y echa la cabeza hacia atrás, sin que caiga el quepis, le atrapa por la nuca y le obliga a tragársela toda, pegándole la nariz de su pubis, dejando que resuelle ahí y aspire los acres olores del macho, sabiendo que eso estimula a ciertos carajos… que gustan de lamer bolas.- Suck… Suck, bitch. –ronronea, reteniéndole allí, mientras White, sentado a su lado, el negro tolete pulsándole, ríe bajito y ronco.

   Todo eso debería ser mortificante, y alarmante, tendría que pensar el medio borracho Jacinto, rojo de cara, cuello, hombros y nalgas, mientras les oye y sigue mamando güevo como si su vida dependiera de ello, alcanzado por un frenesí que no entiende pero que sabe, definitivamente, que tiene que ver con la calentura que siente en su culo. Está casi delirando, mientras mama aquel tolete y otro hombre le mete la lengua por el orificio anal, profundo, reptante, acariciándole, excitándole y desesperándole… Porque lo siente, esa vaina, esa pepa, lo que fuera que era en realidad el supositorio vendido por Fuckuyama, se agita arriba y abajo en su canal rectal, como si esa lengua lo empujara, golpeándole una y otra vez contra la próstata. Y a cada recorrido, cada golpe sobre su glándula sexual, le hace delirar más y más. Joder, su propia verga, atrapada misteriosamente por la tela del hilo dental que parecía abrazarla, rezuma chorros de espesos líquidos pre eyaculares de lo caliente que está.

   -Come on, big boy… -oye a lo lejos el gruñido demandante de White, quien disfrutaba de ver al muchacho tragarse la verga de su sargento y camarada, como todo hombre disfruta secretamente viendo a un tercer tío mamando a otro, especialmente a un amigo; pero él también quiere.

   -¿Eh? –llega el gruñido de demanda de Smith cuando la manota de White aparta la suya de la nuca del joven y obliga a este a retirarse de su verga dura y todavía con ganas de más.

   Jacinto jadea y babea bastante cuando su boca abandona esa tranca pulsante que goteaba todos esos líquidos que bebía con ansiedad. Inspira aire para recuperarse, preguntándose qué pasa que lo apartaban de su caramelo, cuando White le hala hacia su tolete. Abre automáticamente los labios y cubre el negro y venoso tronco de aquel hombre, ronroneando mientras lo hace. Si, quiere chupar más. Y aprieta con labios, mejillas y lengua al cubrirlo; subiendo y halándola, bajando y refregándola. Va y viene con abandono, de manera natural. Como todo un mamagüevo.

   -Hummm… -es todo lo que escapa de sus labios mientras traga güevo, tensando las nalgas, cerrando su orificio sobre esa lengua que le comía el culo de una manera enloquecedora.

   -¡Ah! Ser bueno en chupar, muchacho… -le gruñe White, tensando las piernas bajo el pantalón, volviendo a embestirle la boca con movimientos de caderas.

   -Okay… -gruñe Smith, atrapándole la nuca otra vez, enredándole los dedos en los cabellos, halándole, despegándole del tolete negro, guiándole, boca babeante, labios muy rojos, hacia el suyo, el cual también es tragando entre ronroneos.- Suck my dick… Suck, big boy…

   Taylor, con la boca muy ocupada cubriendo el lampiño culo del chico musculoso, metiéndole la lengua con voracidad, todavía ríe para sí escuchando a sus amigos. Oh, sí, a ese par les encantaba que las perras y los mariquitas que encontraban en los bares, calles o cercas alrededor de las bases les comieran las vergas. Él también lo disfrutaba, pero le gustaba mucho más aquello, sorprender, ablandar y guiar a un sujeto hacia algo nuevo dándole lengua por el culo. Muchos no esperaban sentir aquello, esos corrientazos, las erizadas que el pase de una lengua producía allí, ni el calor, las pulsadas que despertaban y que necesitaban ser atendidas y resueltas. Generalmente metiendo algo, un dedo, un juguete… un tieso güevo. Sonríe retirando su boca de ese hueco que titila, rojizo, abierto, que mana saliva espesa como pronto rezumaría leche fresca. Y la rezumaría por todos lados si eso seguía así, se dice con picardía acercando su lengua y labios unos centímetros del abierto ojete, soplando aire tibio, viéndole temblar violentamente. Sus amigos iban a llenarlo de leche de pies a cabeza. Y el mismo chico lo haría también cuando…

   Se desata una lucha de poder. Smith, atrapándole la nuca a Jacinto luego de haberla perdido en un descuido (ojos cerrados gozando la mamada, White lo haló), le regresa a su verga, obligándole a tragarla toda, a meter la nariz en su bragueta y resollarle en los pelos, succionando de manera escandalosa y hambrienta, para luego subir y bajar sobre ella, trabajándosela hábilmente con la garganta (joder, sea como sea que aprendiera a mamar, lo hacía genial); luego White, riendo, le guía hacia la suya, donde Jacinto arrugaba la frente cuando tan sólo faltaban centímetros para terminar de domar la impresionante tranca de aquel macho de color. Y mientras subía y bajaba, chupándola, dejándola brillante de jugos y saliva, le parecía que sabía mejor.

   Como militar al fin, Smith entiende de cooperación, y atrapándole otra vez el cabello con sus dedos, le lleva de la verga de White a la suya, consiguiendo que la atrape y chupe. Jacinto sube succionando fuerte y apretándola, y baje por más. Luego, el sargento, le lleva al tolete de su amigo, que es tragado igual, repitiendo la dosis. Y entre jadeos escandalosos, boqueadas por aire, dejando salir una gran cantidad de saliva y jugos espesos que le bañan la barbilla, este come de un güevo y del otro, en la gloria, mientras su culo es penetrado por la lengua de ese carajo entusiasta.

   -¿Gustarte? -retirando nuevamente la boca, Taylor le pregunta a Jacinto, clavándole los dedos con fuerza en su cintura,  con el agarre masculino que sabe, por incontadas mamadas a “coños”, que gusta a quien lo recibe. Ahogados ronroneos de parte del forzudo joven son todas las respuestas que recibe o necesita, y mira a Smith.- Listo, mi Sargent, ¿quién ir primero?

CONTINÚA … 75

Julio César.

NOTA: Lo siento, K, debí quitar algunos modismos que usaste, los fonéticos, el corrector no me dejaba en paz.

SISSYBOY… 15

julio 1, 2017

SISSYBOY                         … 14

Titulo: Todd’s Bitch

Autor: Victoria <missvictoria6969@yahoo.com>

Traducción: K

   Un sissyboy disfruta atendiendo a su señor…

……

   La idea le resultaba hipnotizante al muchacho, por lo que se dirige al tocador y comienza a revisar entre los cajones buscando algo sedoso y bonito… Sus debilidades en cuanto a la ropa de chicas. Ahora podía echar manos a unas pantaletas que no fueran de su madre…

   Abrir el cajón de los pijamas le hace contener la respiración, encuentra un salto de cama divino; sedoso, transparente, sin mangas, corto, con su juego de pantaleta igual. De color melocotón, delgadas tiras para los hombros. El material debía ser gasa o algo por el estilo, porque era ligero, suave y agradable al tacto. Tragando en seco, Brian siente como su pequeña verga responde y se caliente al recorrer la tela con la mano. ¡Era lo que quería usar! La pantaleta, corta, tenía pequeñas margaritas blancas cosidas en las caderas, y una más grande al frente, sobre el pubis. Se veían tan puras e inocentes como el mismo salto de cama.

   Sin pensarlo más, temblando de agitación, el muchacho levanta el negligee sobre su cabeza, metiendo los delgados brazos por las inexistentes mangas dejando caer la gasa sobre su cuerpo depilado. Si. El roce… ¡éxtasis! Eso era lo que experimentaba, muy erecto.

   La suave tela se sentía increíble sobre sus tetillas regordetas, acariciándolas, rozándolas, animando sus pezones y endureciéndolos. Con pasos inseguros va hacia el espejo y se mira. Del cuello para abajo, efectivamente, parecía una chica, tuvo que admitir. Inclinándose un poco hacia adelante, sus tetas parecían más llenas y visibles, provocándole escalofríos por la columna. Dios, se sentía tan femenina. La idea, mientras corre los dedos sobre el negligee, le provoca un nuevo estremecimiento. Las manos le tiemblan cuando se vuelve y mira… la pantaleta.

   Esta era del mismo material puro, color melocotón, y cuando entra en ella y la alza, cubriéndose, deja escapar un leve gemido. La sentía un poco apretada, su tiesa aunque corta virilidad atrapada en ese abraso suave y estimulante. Joder, la tenía tan dura que casi resultaba ridículo. Las ganas de bajar las manos y acariciarse sobre la pantaleta eran intensas. Deseaba caer de panza en la cama de Mía y mecer sus caderas, frotando su verga del colchón hasta estallar en un clímax que imagina sería intenso, poderoso, dado la calidad de la pantaleta que usa.

   Pero no podía, y a él mismo no le resulta extraña la aceptación. A Todd no le gustaría que hiciera eso. Estaría violentando una de sus malditas reglas. Y era más fuerte… y tenía esas fotos. Y le estaba esperando.

   Ahora sus ojos caen sobre la peinadora, en la cual destaca una caja de maquillaje junto a lociones, perfumes e incluso unos pendientes, de chapas. Obviamente Mía no se sentía cómoda con la idea de alguien perforando sus orejas. Brian, mirando esas cosas, toma asiento frente al espejo. Ese maquillaje se veía demasiado fuerte para él, así que toma el rubor y coloca un poco en sus lisas mejillas. Era intenso, Mía se maquillaba demasiado, lo frota con sus dedos, suavizándolo. Todavía diciéndose que lo hacía para cumplir las exigencias de Todd, con mano temblorosa de emoción toma una sombra de ojos violácea, aplicándola con cuidado. Echa mano de un labial rojo brillante, con un leve aroma a cerezas, y cubre sus labios discretamente. Todavía más emocionado alcanza los zarcillos y los cierra en los lóbulos de sus orejas. Eran de oro. Tomando finalmente el cepillo, peina su cabello, que al secarse se alza bastante, todo rizado. Cierra los ojos mientras lo hace. Y cuando los abre no puede creerlo, una chica bella le miraba desde el espejo. Esa, ciertamente, no eran Brian. Una emoción nueva le ahoga, acerca su rostro al espejo y parpadea, sonriendo pasa los dedos por su mejilla.

   -Joder, Brianna, ¿qué te está tomando tanto tiempo? –la voz de Todd le llega, demandante.- Termina de una vez y regresa a esta habitación, perra. Estoy caliente como el infierno.

   Oh, Dios, ¡tendría que salir vestido así y enfrentarle! Ya no tenía tiempo para más. Tomando una profunda inspiración se pone de pie, apaga la luz de la habitación y lo abandona, recorriendo el pasillo que lo separa de la habitación de los padres de su mejor amigo; y lo recorre todo sonrojado, por el destino que sabe enfrentará.

   Cuando llega al dormitorio y se asoma, encuentra a Todd sentado contra la cabecera de la cama, sus piernas muy abiertas sobre el colchón. El rubio no puede evitar que su mirada traidora recorra, inmediatamente, ese hermoso y musculoso cuerpo negro. Cayendo sobre esa inmensa verga que continuaba erecta, y que pareció dar un respingo al verle. Eso le hace arder por dentro.

   Al notarlo, el joven rió entre dientes.

   -Mi perra parece hambrienta, ¿es eso, Brianna…? ¿Necesitas comer de mi verga?

   La cara del chico-chica enrojece, al tragar en seco, sabiendo que era un importante momento de definiciones.

   -Um, si, bien, Todd, quiero decir… señor; no estoy seguro de lo que estoy sintiendo en estos momentos. No puedo pensar con claridad y eso me vuelve loco.

   -Vamos, vamos, cariño, nada de desesperar; esto no es tan complicado aunque intentas negártelo a ti misma: eres una perra que ha desarrollado la típica pasión por el sabor de la carne de joder de un hombre superior. Sé, mejor que tú misma, lo que necesitas en este momento; en cuanto la tengas en tu boca, saciándote, lo entenderás. Pero antes de satisfacer tus necesidades básica de sissyboy, tienes que ganarte el servicio. –sonríe casi travieso.- Quiero que bailes para mí, Brianna; quiero que me excites con tus movimientos sensuales, como lo hiciste anoche.

CONTINÚA … 16

Julio César (no es mía).

EL PEPAZO… 73

junio 30, 2017

EL PEPAZO                         … 72

De K.

   Era distinto… antes.

……

   Hambre que se le notaba; si se guiaba por las risitas de White y Smith, profundas, levemente burlonas pero excitadas. ¡Era por su culo!, entiende de pronto. La excitación que su agujero anal sentía bajo el paso de la lengua de Taylor, quien lanzaba bajos “hummm”, al lamérselo, parecía haberle llegado a la boca. Su lengua y garganta parecían quererlo todo. Y ya no pudo más, sacando la lengua, la punta de esta es lo primero que frota del liso, oscuro, ardiente y húmedo glande del marine sentado. El roce es eléctrico, poderoso; cuando sus labios se cierran un poco, dándole un besito, lanza un profundo gemido de gusto al recoger un poco de esas gotas que chorrean tronco abajo, armándose una fiesta sobre su lengua. Lo hacía sin entenderlo ni cuestionárselo mucho, lo poco viril que era que un chico heterosexual sintiera esas gana, ese placer. Estaba ebrio, ¿no? Los marines le habían emborrachado para aprovecharse de él; la idea era atractiva. Y cómoda. Era mejor no pensar, así no se reprochaba nada. Tan sólo dejarse llevar.

   -Oh, boy… -la voz de White es tan oscura como su piel al recibir los besitos cortos y lentos del fornido joven a quien su camarada de armas estaba lamiéndole el culo ruidosamente, por cierto. Sube sus caderas, buscando más contacto, viéndose recompensado por la separación de aquellos labios; esa boca y lengua caliente toman más de su verga, notando el sutil roce de los dientes.- Come on, suck… -le ordena; y la mano de Smith presiona más la nuca del joven, empujándole.

   Erizándose, por las palabras, lo que hace, por el control sobre él, Jacinto hace un esfuerzo titánico para separar sus mandíbulas y lentamente va atrapando toda esa negra mole de carne dura, cubriéndola con sus labios, enrojeciendo de cara, frunciendo la frente, siendo empujando sobre ella más y más por el marine a su lado, cuya propia verga ve de refilón. Parecía temblar por sí misma mientras dejaba escapar un delgado hilillo de líquidos. Un fino licor que quiere tomar.

   Va atrapando aquel tolete de macho con sus labios y mejillas, sondeándolo con la lengua, buscando sus pulsadas, su calor, las gotas que manaban del ojete, algo que sabía a néctar sobre sus papilas gustativas, y en todo ese momento es perfectamente consciente, a pesar del vacío que producía el alcohol, de los labios de Taylor cerrados alrededor de su agujero, de esa lengua joven que entraba entre los hinchados labios de su culo, metiéndosele con habilidad, penetrándole. Una lengua que le cogía con movimientos reptantes, de adelante atrás. Un joven norteamericano que seguramente había mamado suficientes coños de amigas… y los culos de todos los panitas, si se le descuidaban. La sensación, aunque ya vivida, era también nueva, reconoce el forzudo joven, frente muy arrugada, con un tercio del grueso tolete negro en su boca, subiendo para buscar aire, succionando los líquidos pre eycaculares. Lo que Taylor le hacia atrás no era lamer o chupar, le estaba cogiendo con su lengua, y su cuerpo comenzó a temblar, aquello era más de lo que podía procesar a nivel de sensaciones físicas. La lengua, ruidosa, muy móvil, va y viene, sube y baja, se enrolla y penetra. Oh, santo Dios, ¡su culo estaba tan mojado y caliente! Era tanto que no pudo evitar el largo y profundo gemido de placer que suelta mientras baja otra vez sobre la deliciosa barra de aquel hombre, buscando más de esa miel. Sobre él, las risitas se repiten.

   -Hacerlo good… bien. –Smith se vuelve hacia su amigo Taylor, felicitándole por su manera de comer “coños”; no era al primer chico grande que veía partirse cuan galleta bajo las caricias de la lengua del joven marine pelirrojo.- ¿Saber bien?

   Los labios del uniformado abandonan el agujero, la lengua sale lentamente de ese culo que queda tembloroso, abierto, húmedo de saliva, y Jacinto gimotea de abandono, salivando a su vez sobre la barra de White.

   -Sweet… dulce coño. –ríe este, con ese tonito de roedor, labios y mejillas brillantes de su propia saliva. Si, era un buen coño dulce, suave y musculoso. Uno de los mejores que ha saboreado el algún tiempo. Tan bueno que…

   -Hummm… -el ronroneo escapa de la boca ocupada de Jacinto, quien baja lentamente sobre el tolete de White, casi atrapando ya dos tercios, aunque parecía imposible que bajara más. Gime y ronronea cuando esa boca regresa a su agujero, esa lengua caliente y reptante se le mete otra vez, despertando toda esa rica gama de sensaciones nuevas. Aún el abogado, Andrades, tendría algo que aprender de ese chico, se dice, estremeciéndose por la sombra de barba viril de Taylor al rasparle las nalgas mientras bucea entre ellas. Y, aprovechándose del momento, del gemido interior, el marine negro, riendo, le empuja más de su tolete en la boca.

   -¡Suck, bitch! –le ordena, mandón, Smith, retirándole de la verga de White, encarándole con la suya, pulsante, goteante por las ganas de una boca chupándosela. Tan apetitosa…

……

   -¿Se divierte? –la señora Irma, el paso ligeramente vacilante (aunque llegara hace poco ya se ha puesto al día con las amigas en cuanto a los tragos), le sonríe al serio guardaespaldas.

   -Si, señora. –es la respuesta mecánica de este, una que logra que ella ruede los ojos.

   -Por Dios, Bravo, esto está lleno de gente de seguridad, y de marines, nada más y nada menos; relájese un poco, tome algo y coma. Vaya por Jacinto y siga su ejemplo. –ríe divertida.- Seguro que ese muchachote bello ya tiene las manos montada sobre alguna jovencita. Es todo un avión. Vaya, búsquelo y tome algo con él. –le ordena, inflexible.

   -Si, señora. Creo que está en los jardines.

CONTINÚA … 74

Julio César.

NOTA: Lo siento, K, debí quitar algunos modismos que usaste, los fonéticos, el corrector no me dejaba en paz.

SISSYBOY… 14

junio 28, 2017

SISSYBOY                         … 13

Titulo: Todd’s Bitch

Autor: Victoria <missvictoria6969@yahoo.com>

Traducción: K

   Un sissyboy disfruta atendiendo a su señor…

……

   Con premura, Brian se dirige al cuarto de baño en la casa de su mejor amigo, aún confuso por el cambio en la relación con este. El chico de color actuaba decididamente extraño, ordenándole cosas como si tuviera algún derecho, cosa que nunca hizo antes. Supone, enrojeciendo de cachetes, que en verdad siempre ha sido un segundón, un seguidor, nunca un líder, y actuar como una chica para Todd lo había jodido todo. Su imagen, la naturaleza de la relación. Pero, no por eso debía tratarle así, ¿cierto? Como si fuera una chica; peor, una perra estúpida de esas que rodeaban a los atletas en la escuela. Menos un sirviente o algo de ese estilo. Bien, si debía ser totalmente sincero, tal vez algo de razón le asistía si había tragado su verga un par de veces, saboreando su esperma caliente, y le folló con ella. Cosa que imagina porque no lo recuerda.

   Nada más entrar al baño se despoja de las sedosas pantaletas azul marino y toma la maquinilla de afeitar de Todd, tendida sobre el lavamanos. Él y su hermana compartían ese cuarto y estaba bastante desordenado, a decir verdad. Dudando tan sólo un segundo, mirándose al espejo, procede a rasurar cuidadosamente toda su cara, que no era que necesitara mucho afeitado, en realidad; su cara, su piel era suave, “como de bebé”, aseguraba su madre. El resto de su cuerpo era parecido, poco velludo. Y mientras lo hace, y se mira, se cuestiona el por qué obedece de esa manera. ¿Temor a Todd? ¿Qué había cambiado? Bien, lo cierto era que había hecho cosas, con su boca y su culo (sin recordar esa parte), que ningún otro chico haría, al menos uno heterosexual.

   Se detiene por un momento, había desayunado, pero aún le parecía sentir en la boca el sabor del semen de Todd, salino, espeso, caliente, una frase y una imagen le llegan amortiguadas, como un recuerdo. Él tragando verga, una brillante de saliva y goteante de líquidos, la cual abarcaba con sus labios pintados color de rosa, esa voz sobre su cabeza. Todd.

   -Eso es, perra, los chicos como tú nacieron para chupar vergas… Vamos, trágatela toda, sácame la leche, quiero verte tragándote cada gota. Chupa, chupa, perra.

   Estremeciéndose, y parpadeando, baja la temblorosa mano, mirando su rostro liso. Buscando en el gabinete encuentra otras maquinillas de afeitar, así como una crema,  lentamente y a conciencia comienza a rasurar su torso flaco, como le ordenara Todd, enrojeciendo al hacerlo, al pasar las hojillas, apartando la suave pelusa castaña clara y descubriendo sus pectorales. ¡Pectorales!, la idea le hace sonreír con amargura. No tenía pectorales, era estrecho, lo que si tenía eran unos pezones algo grandes, rosáceos, y unas tetillas ligeramente abultadas, su madre decía que era por los cambios de la adolescencia (a veces le dolían). Al finalizar, pasándose una toalla humedecida con agua caliente, se pregunta qué hacer a continuación.

   Todd había dicho que todo… y la verdad era que le asustaba un poco la perspectiva de tener que enfrentar su disgusto si no lo hacía. Era horrible admitirlo pero así era. Así que toma la maquinilla eléctrica y procede a eliminar la mayor cantidad posible de vello de su pubis, aplicándose luego la crema de afeitar antes de pasar la desechable y eliminar lo que quedara arriba y alrededor de sus bolas. ¿Lo extraño?, le había excitado hacerlo. Su diminuto pene estaba erecto. Después de varios minutos, pasando la mano, comprueba que sus bolas están rasuradas. Se sentías raras sin pelos, y le dio algunos pellizcos, pero la verdad era que… se sentían bien. Su pequeña verga casi parecía más grande sin pelos, y él mismo… se veía más joven y menos masculino.

   Sentándose en la tapa del inodoro revisó sus piernas, si, estaban cubiertas con una suave pelambre clara. Con paciencia cubrió una de ellas con la crema y la afeitó, lentamente. Repitiendo la operación en la otra y entrando finalmente a la ducha.

   Bajo la regadera se lava el cabello y se aplica un acondicionador, algo que Mía dejara en el Stall, de aroma a flores, y luego toma el jabón para limpiar a conciencia su agujero. Su culo todavía estaba bastante abierto al tacto, levemente adolorido, e imagina que es natural si Todd le folló con ese monstruo que tiene por verga. Le lleva unos minutos darse cuenta que… acariciaba su culo, perdido en sensaciones.

   Un nuevo ramalazo de recuerdos le llega, él sobre la cama de los padres de Todd, el rostro contra la almohada, apoyado en codos y rodillas mientras su amigo se cernía sobre él, a sus espaldas, montado, enterrándole algo en las entrañas, haciéndole chillar agudamente, todo perdido de placer…

   -Toma, ¡tómala toda, puta! –le gritaba entre dientes Todd.

   Con brusquedad aparta la mano y termina el baño. Sale de la ducha y se seca, deteniéndose, dudando frente al Stall, tomando un pote de talco perfumado, de Mía. Olía bien, como a flores. Se lo aplica con la suave mota al torso, el bajo abdomen y sobre su pubis. Mirándose al espejo encuentra un adolecente de cabellos húmedos y revueltos, castaños por el agua, bajito, delgado, de tetillas algo abultadas, sin nada de pelos en su pecho o entrepiernas. Y se estremece, imaginando, o sospechando, lo femenino que debería parecerle a un hombre real, por joven que fuera, como Todd. ¿Le vería… bonito?

   Tomando el secador de los hermanos, lo aplica a su cabello suave y de desordenados risos rubios oscuros. Decide dejarlos así, sin gel, limpio y seco. Mirándose otra vez, vuelve a tragar. Sale del cuarto de baño y se dirige a la habitación de Mía, buscando algo qué usar, con el corazón martillándole en el pecho.

   ¡Estaba a punto de vestirse como una chica! Si, había usado ropa interior femenina antes, pero nunca… Sabía lo que Todd esperaba que usara… y la verdad es que una parte de él también lo deseaba. Encontrar y usar algo bonito y muy femenino que le hiciera lucir hermoso. Hermoso para Todd… quien le esperaba, todo cachondo, en la cama de sus padres.

CONTINÚA … 15

Julio César (no es mía).