Archive for the ‘RELATOS GAY DE MALDITOS…’ Category

SISSYBOY… 5

marzo 26, 2017

SISSYBOY                         … 4

Titulo: Todd’s Bitch

Autor: Victoria <missvictoria6969@yahoo.com>

Traducción: K

   ¿No es adorable? Y quiere papi…

……

   Con la boca ocupada como la tiene, Brian, farfulla algo, ahogado, babeándose la barbilla, provocándole placer a Todd, que sonríe.

   -Sí, estoy seguro que lo conseguirías, Brianna, llegar a la escuela, entrar en las duchas y volverlos a todos locos, como hiciste conmigo, con tu maquillaje, tu pantaletica metida en el culo, con tu pequeño clítoris erecto como lo tienes de lo mucho que esto te gusta esto. –le dice, sonriéndole con confianza, Brian preguntándose si no se habría vuelto loco.- ¿Recuerdas todo lo que lloriqueaste para que te dejara comérmela? –le pregunta con un tono más directo.

   Dejando salir de su boca el nervudo tronco negro, el joven alza su mirada, las mejillas manchadas de lágrimas, los hinchados labios pintados de color rosa.

   -No, Todd… no recuerdo nada. ¿Qué coño fue lo que pasó?, ¿qué hierva fue esa que fumamos?

   -Ah, unas de Jamaica, algo nuevo que mi primo me vendió. –y ríe.- Y si que volaste alto, pequeña. Eras la reina de la velada, estabas tan excitada; dime, ¿tampoco recuerdas que bailaste para mí, incitándome con tu cuerpo y tu voz suplicante?

   -¿Qué…? No, no recuerdo tampoco eso.

   -Oh, sí, nena, estabas agitando tu gran culo blanco delante de mis ojos, moliéndolo de mi entrepiernas. ¿Recuerdas cómo reías cuando lograste que se me parara, bien dura, con ese baile y los frotes? Te bajaste el pantalón, y cuando me la saqué… -sonríe con orgullo.- …Casi babeabas de ganas, tus ojos brillaban de lujuria, pequeña. Y volviste a pegar tu culo de mí, mi verga quedando aprisionada entre tus nalgas, sobre el bóxer ese feo que usabas. Fue cuando fui al cuarto de Mía y vi aquella pantaletica blanca tirada en el piso; sabes lo desordenada que es. El cuarto de esa chica es un lío. –sonríe más.- En fin, cuando te la traje te emocionaste toda. Fue obvio para mí que te gustaba usar pantaletas, o querías usarlas en tu interior. Te las pusiste y comenzaste a chillar como una estúpida perra, con una voz sucia, iniciando el baile de nuevo. Y si tienes el clítoris pequeño, tu culo no; y dentro de la pantaleta, cuando volviste a bailar… Bien, no necesito decir más, ¿eh?

   -¿Hice…? ¿Hice todo eso?

   -Claro, justo en esta habitación. Nos reíamos mientras continuabas refregando tu culo, con esa pantaletica metida entre tus nalgas, de mi verga erecta, fuera del pantalón. Y tu piel me lo aprisionaba y quemaba, y mientras lo agitabas, chillabas teniéndolo contra tu piel. Lo hacías tan bien, y se veía que lo gozabas tanto, que imaginé que ya lo habías hecho antes, con algún otro chico de la escuela. Y no negaré que me puse algo celoso. Pero no podía enojarme, no contigo haciéndome eso con tu trasero, casi masturbándome, chillando y riendo como otra de esas perras tontas del club de animadoras. Lo que si era muy evidente era eso, que te gustaba usar pantaletas, sentirlas contra tu piel, aprisionándote con su suavidad. Te gusta sentirte como una niña bonita y caliente, mostrando lo mejor de ti, tu gran culo, ocultando tu diminuto pene erecto.

   -Bueno, si… Yo… -Brian, rojo como un ladrillo siente la necesidad de explicarse.- Es cierto, me he puesto pantaletas antes, pero nunca delante de otra persona. No me gusta mucho que me vean desnudo, otros, no con mi pequeño pene. Dios, ¡estoy tan avergonzado por todo esto!

   -No tienes por qué, Brianna. Si tu verga es diminuta y no puede satisfacer a ninguna mujer, que tu culo sea increíble para que sirvas a los hombres; que estos te den el placer que necesitas.

   -Todd… -casi se escandaliza, todo curioso. Y temeroso.- …¿Qué más hicimos?

   -Bien, regresa tu boca de nena a mi verga y ordéñamela, me debes una mamada, incluyendo beber mi esperma. Hazlo y te contaré todo lo que ocurrió sobre esta cama. Anoche te encantó su sabor, eso te lo adelanto. Aunque no es de extrañar que te guste mi verga, es una verdadera verga de hombre, no esa cosita lamentable que tienes entre tus piernas. No te sirve ni para jugar contigo misma, bebé.

   -Pero, Todd, nunca había hecho esto. Y no sé si lo deseo para mí. Ser… ser un chupa…

   El joven negro se echa a reír, muy divertido, y atrapándole nuevamente la nuca, le empuja el rostro hacia abajo. Brian separa sus labios color rosa de manera automática y toma casi un tercio de la gruesa, cálida y palpitante tranca de nuevo en su boca, sintiéndola contra su lengua, dejándosela mojada de jugos de macho. Y estremeciéndose, el joven tiene que admitir que sí, que le estaba gustando mucho eso, ese trato, la manera en la cual Todd le manejaba, reteniéndole tan cerca de sí. Su verga babeante… Su verga realmente tenía un gran sabor, embriagador, excitante, delicioso, así que comienza a succionar por más de ese jugo, de una manera que le resulta increíblemente natural, y debía estar haciéndolo bien si se guiaba por el profundo gemido de Todd. Confuso por todo lo que experimenta y descubre de sí mientras sus labios van y vienen sobre el grueso y negro tolete del chico de color, su princesa interior tan viva, el joven intenta recordar alguna otra cosa que le supiera igual de bien, pero no puede. Se estremece más al admitirlo, nunca nada le había sabido tan delicioso como ese güevo en su boca… Tal vez… Sólo tal vez el momento cando mordió los calzoncillos sucios de Todd, en el baño. Pero aún eso palidece en esos momentos cuando ahueca sus blancas mejillas, retirándose palmo a palmo de la barra brillante de saliva, chupando por más néctar de hombre, bajando luego, deseándola.

   -Ahora huéleme las bolas, perra… -oye la orden emitida con voz gruesa, profunda, autoritaria…

CONTINÚA…

Julio César (no es mía).

EL PEPAZO… 60

marzo 24, 2017

EL PEPAZO                         … 59

De K.

   Quien lo ve, lo quiere para sí…

……

   Cayendo sentado sobre su cama, lanzando un contenido gemido cuando su culo impacta sobre el colchón, sintiéndolo caliente y tembloroso, Jacinto mira con ojos hambrientos la verga erecta que emerge de la bragueta de Gabriel, de pie, alto y sólido frente a él, con una leve sonrisa en su guapo y masculino rostro. El cual disfruta de la mirada hambrienta del forzudo joven, de sus manos grandes y fuerte tocándoselo, apretándolo, amasándolo.

   -¿Te gusta? –le pregunta, sintiéndose imposiblemente duro bajo el toque de esas manos, estremeciéndose más cuando el joven alza la lujuriosa mirada.

   -Dios, es tan larga y dura… -jade, casi riendo entre avergonzado y excitado.- Más de lo que recordaba. –termina con un pequeño mohín puto. Algo superior a sus fuerzas, a su manera de ser, le controla en esos momentos. ¡Quiere eso!

   -Y te recuerda. –agrega el otro, sintiéndose travieso, coqueto. Ardiente.- Salúdala como merece, ¿no? –la risa algo ronca, de Jacinto, es la respuesta, mientras baja un poco, sin apartar los ojos de los suyos, y entreabriendo los labios, le besa la punta, lentamente, con los sedosos, suaves y tibios labios. Y al primero sigue una serie de besitos chupados, esos labios cerrándose y atrapando piel lisa y caliente. Y Gabriel se estremece violentamente, entre sorprendido y lujurioso. Qué distinto se veía ese tipo ahora; en su consultorio parecía casi… virgen para ciertos asuntos, que le sorprendieron a él mismo, como responder a la follada que le dio. En cambio, ahora…

   Los rojos labios se separan más, cubriendo el glande, presionándolo, la lengua encontrándolo en el camino, recorriéndolo. Gabriel jadea, estremeciéndose, había algo increíblemente erótico en ver al forzudo joven, con su camisetica, los zapatos de goma sin medias y aquella nueva tanguita roja, de encajes, bajo la cual se alza un tolete en toda su dimensión, cubriéndole, centímetro a centímetro, el grueso y nervudo tronco con la boca. Mirar a un hombre haciéndole eso, siempre ponía a otro carajo como ruin.

   Ya le había encontrado el sabor, reconoce enrojeciendo de vergüenza y gusto, Jacinto, recorriendo una y otra vez medio tolete con su boca, presionándolo con labios, mejillas y lengua, sintiendo como esta se le moja de jugos… Su culo sufriendo espasmos contra la cama. ¡Quería más de ese güevo!, reconoce, luchando para tragarlo sin ser guiado. Pero había otras cosas, nuevas curiosidades, expectativas… Mientras va y viene, chupándole la verga, alza una mano y atrapa las bolas del médico, acariciándolas, disfrutando de oírle suspirar de gusto. Y abarca toda aquella pieza, enrojeciendo mucho de cara, la frente algo arrugada, metiendo la nariz dentro de la bragueta, sintiendo la cosquillas de los pelos púbicos, aspirando con fuerza… encontrando un olor fuerte que le marea y llena de ansiedad. Se estaba quemando, casi le asustó la intensidad de esa sensación. Lentamente se retira del tolete, dejándolo salir centímetro a centímetro, bañado en saliva y jugos, mientras jadea pesadamente, ojos dilatadísimos. Y sin apartar la mirada de la de Gabriel, que espera expectante, el forzudo joven se despojó de los zapatos y de la camisetica. Fue todo un espectáculo verle tensar el abdomen al alzar los fuertes brazos, mostrando sus axilas sin pelos, dejando al descubierto ese torso musculoso, finalmente.

   A Gabriel la verga le sufrió un espasmo, goteando copiosamente al verle sonreír, con morbo y urgencia, subiendo sobre la cama, en cuatro patas, mostrándole esas nalgotas redondas y firmes, abiertas, apenas tapada la raja por la suave tira del hilo dental, el orificio de su culo casi descubierto, las bolas atrapadas en saco más abajo. Y mirándole sobre un hombro.

   -Cógeme… Lléname con tu verga. –le pide, sonriendo, meciéndolo suavemente.

   Y fue más de lo que pudo soportar el galeno, cayendo arrodillado sobre la cama pega su rostro a ese trasero, las manos abiertas sobre los glúteos, repartiendo besos y leves mordiscos aquí y allá, dando largas y lentas lamidas, apartando la tirita del hilo, la verga temblándole de lujuria, y soplando para verlo estremecerse. Para escuchar a Jacinto gemir. Y pega la boca, lame y chupa de ese culo, con ganas, metiéndole la lengua, el orificio abriéndose, dejándose penetrar, haciéndole gemir más y más. Escucharle, verle, le tenía tan mal que se aparta y le mete dos dedos, uno sobre el otro, los cuales le entran con una facilidad increíble. Y mientras los hunde siente como el esfínter se los atrapa, como las sedosas y ardientes entrañas se los aprietan y halan, escucha como el joven gimotea, casi lloriqueando de gusto. Los dedos van y vienen, cogiéndole, abriéndole, dilatándole. Y Jacinto deja caer el rostro sobre la cama, como incapaz de soportar tanto goce.

   Quitándose la chaqueta y la franela casi a zarpazos, abriéndose el pantalón y sin  quitarse los zapatos deportivos, los pies sobre el piso, rodillas en la cama, el médico se posiciona, lleva la hinchada cabeza de su verga, rojiza, lisa, y la pega de ese agujero del cual aparta nuevamente la tirita del hilo, y penetra a Jacinto con un golpe de caderas, sintiéndose malo, demasiado urgido. Y mientras lo abre y va recorriéndole el recto, sintiendo la apretada, cree que se correrá en seguida. Pero es poco a lo que experimenta cuando Jacinto, quien cierra los ojos disfrutando cada palmo del nervudo instrumento que le penetra, lloriquea ruidosamente cuan puta, con gemidos que erizan al galeno y le excitan más. La pelvis de Gabriel se cierra sobre sus nalgas, lo tiene totalmente clavado y el chico sólo puede sonreír y gemir, sin abrir los ojos, su culo sufriendo violentos espasmos, apretando y succionando aquella verga con unas ganas enloquecedoras.

   -Oh, Dios, si, tómala; tómala toda, carajo. –ruge Gabriel, atrapándole las caderas con las manos, totalmente enchufado, alzando el rostro y cerrando los ojos con una beatifica sonrisa de gozo.

   -Hummm, si, si, cógeme duro, cógeme con todo… -gimotea nuevamente el forzudo joven, abriendo los ojos, viéndose hermoso en su lujuria cuando le mira desde el colchón, sobre un hombro. No entendiendo él mismo este nuevo grado de excitación que le obliga a…- Cógeme, cógeme con ganas, papi, cógeme como la puta que soy. –medio grita enloquecido.

CONTINÚA…

Julio César.

SISSYBOY… 4

marzo 21, 2017

SISSYBOY                         … 3

Titulo: Todd’s Bitch

Autor: Victoria <missvictoria6969@yahoo.com>

Traducción: K

   ¿No es adorable? Y quiere papi…

……

   -¿Qué diablos…? –sostiene el labial con mano insegura.

   -No olvides pintar tus labios; recuerda lo mucho que te gustó hacerlo anoche, mientras te lo aplicabas frente al espejo, emocionada. Hace que tu boca se vea más bonita. Me gustó la forma en que se veían tus labios de esa manera, cubiertos de color rosa, envolviendo mi verga tan negra.

   -Todd… -Brian no sabe qué hacer, ni siquiera cómo reaccionar. Tan solo se queda allí, y como si actuara en piloto automático, con un conocimiento instintivo que le dicta qué hacer, destapa la parte superior del labial, girándolo abajo, mirando con fascinación como sube el sedoso y brillante material color rosa suave. Como… como el glande de Todd emergiendo de su prepucio.

   -Vamos; sabes que quieres hacerlo, Brianna.

   Con mano temblorosa, no pudiendo evitar sostener la mirada casi hipnótica del joven negro, abre la boca, aplicándolo en primer lugar al labio superior, lenta y cuidadosamente, preguntándose por qué, exactamente, eso se sentía tan excitante. Luego lo aplica al inferior, estremeciéndose por la sonrisa feliz de Todd. Una parte de su mente le decía que estaba bien hacerlo, que a Todd le gustaba así, con los labios pintados de rosa, como una chica, por lo tanto debía hacerlo. Todo era tan… natural. Al finalizar, baja la mano con el labial, este se lo quita, lo cierra, lo arroja sobre la mesita, y alzándose un segundo, le atrapa con una mano tras la nuca, halando de él mientras cae sentado de culo sobre la cama, otra vez, con el otro joven cayendo de rodillas entre sus piernas, halándole aún, llevándole el rostro hacia su verga pulsante. Y allí, ojos muy grandes y donde brilla la incertidumbre, también algo más, con los labios color rosa algo temblorosos, Brian duda. Y se miran. Todd habla con firmeza.

   -Lo quieres, Brianna; lo sabes, nena…

   Y hala un poco más, hasta que gimiendo de sorpresa, los labios color rosa de Brian pegan del glande descubierto, provocándoles un violento temblor, a ambos. Y cuando cierra los ojos, y los labios sobre esa cabezota lisa, suave y caliente, al joven le queda muy claro que, en efecto, la había probado la noche anterior. La recuerda. Todo su ser reconocía el sabor, la textura, la sensación que le domina al tener ese glande sobre su lengua, mojándosela con sus jugos. Supo que ese extraño sabor que sintiera esa mañana sobre ella, frente al espejo, era el de esa verga… Y sólo Dios sabía qué más.

   -Vamos, enséñale a tu hombre cómo lo haces, Brianna; chupa, lamela… -gruñe Todd con una voz profunda, alzando nuevamente una mano y atrapándole la nuca, halándole sobre su verga, obligándole a separar aún más las mandíbulas. Frunciendo el ceño, arrugando la frente, su rostro enrojeciendo, Brian chupa y el otro jadea al sentírsela atrapada por esos labios pintados de rosa, con la caliente lengua luchando y agitándose bajo su tolete, las mejillas aprisionándolo.- Oh, sí, así, chúpala, Brianna; chúpale la verga a tu hombre…

   El joven siente que se ahoga y debe luchar contra el reflejo de nauseas, notándola deslizarse de adelante atrás sobre su lengua, buscando su garganta. La cual queda taponada con la cabeza de ese pene. Cuando Todd afloja su agarre un poco, instintivamente se retira, dejando salir el brillante instrumento, antes de atraparla nuevamente, por iniciativa propia, las blancas mejillas ahuecadas tragándose la negra mole. No mucho, ni siquiera un tercio, no podía abarcarla toda.

   -Eso es, afloja la garganta, pequeña. Recuerda lo de anoche, te estás conteniendo. –le indica, y con esa mole otra vez sobre la lengua, buscándole las amígdalas, Brian intenta relajarse y tragar.- Sí, eso es, ¿lo ves, amor? ¿Sabes lo que pienso, desde anoche?, que tienes habilidades naturales para chupar pollas. Un talento natural que debe ser estimulado… y alimentado. –se ríe de su propio chiste, halándole sobre su verga, metiéndosela más. La prisión húmeda y suave de un joven que succiona en busca de aire, le hace sonreír y echar la cabeza hacia atrás, manteniendo el agarre de los negros dedos sobre el rubio cabello.- Dios, se siente tan bien que cuesta creer que nunca lo habías hecho antes de anoche. ¿Te has estado guardando para mí, bebé? ¿Mi pequeña virgen putita? Ojalá hubiera sabido de esto mucho antes, del hambre que sientes por mi verga. Saber que tenía un compañerito de clases que moría por tragarse mi tolete, chupándomelo con ganas buscando mi leche caliente. Podrías habérmela estado drenando desde hace rato, en todas partes teniéndome contento. Imagínate, tener una perra tragona sólo para mí. –y ríe, cascadamente.

   Esas palabras estremecen profundamente a Brian, quien siente ganas de llorar y deja escapar dos lágrimas ardientes, de humillación, vergüenza… y algo más. Porque mientras lo hace, sollozar, trata, por su cuenta, de bajar más sobre esa larga y gruesa barra caliente, buscando atrapar más de Todd con su garganta. La quería toda metida en su boca, y la idea le produce un nuevo acceso de llanto. ¡No tenía ni la mitad de esa tranca en su boca y todavía quedaba tanto por tragar!

   Notando sus lágrimas, Todd parece ablandarse.

   -Hey, hey, ¿qué pasa? No llores, bebé; no sientas que has fracasado; anoche tampoco podías conseguir suficiente de mi verga, ¿no lo recuerdas? Es larga y eres una principiante. Ya aprenderás a mamar güevo como se debe; será cosa de práctica, amor. Poco a poco, pero, te juro, que terminarás como la reina de las vergas en la boca. ¿No te gustaría eso, Brianna? ¿Ser la mejor mamadora de vergas del mundo? Reconocida y buscada por todos los chicos de la escuela…

CONTINÚA … 5

Julio César (no es mía).

EL PEPAZO… 59

marzo 19, 2017

EL PEPAZO                         … 58

De K.

   Quien lo ve, lo quiere para sí…

……

   -¿¿¿A Fuckuyama??? –por un segundo de sorpresa las alarmas suenan en la cabeza de Jacinto, quien le suelta y retrocede dos pasos, olvidando aún la increíble sensación producida por la pequeña tira sedosa sobre su culo, o presionando su verga. ¡Esa tienda otra vez! No, nada bueno… Mira a Gabriel esperando respuestas.

   -Si, después de que te fuiste de mi consultorio… -comienza, teniendo la decencia de enrojece al recordar lo que hizo, aún así recorriendo el increíble cuerpo del joven dentro de la diminuta y putona tanga.- …Recordé lo que dijiste. Antes de… Bien, investigué sobre esos supositorios. Encontré el portal de la tienda y busqué la información; y si, son calmantes, desinflamatorios, sedantes. No deberían actuar de manera extraña o irregular. –frunce un poco el ceño, porque si, todo parecía en regla, pero las páginas, la música, las imágenes en sí, eran confusas.- Se supone que la acción del medicamento acaba, y si por error, una… se va culo arriba, es expulsada.

   -Sí, pero no sé si… -Jacinto da medio paso hacia él, todavía inquieto, porque está convencido de que la vaina esa no sólo no ha salido de su cuerpo sino que actuaba de otras maneras, pero mover un poco las piernas provoca un roce increíblemente estimulante y erótico contra su culo, uno que titila salvajemente.- Ahhh… -las mejillas le enrojecen, de sorpresa, confusión y cachondeo.

   -Es lo que ellos aseguran. –afirma Gabriel, encogiéndose de hombros como diciendo no puedo hacer más.- Todavía revisaba los datos clínicos del producto cuando un anuncio se insertó, ofrecían eso y… pensé en ti. Que te gustaría.

   -¿Viste una prenda putona y pensaste…? –comienza como a reclamar, moviéndose otra vez, tan sólo un poco, y la tirita roza y presiona su culo de una manera intensa, el cual se moja inmediata y totalmente, caliente, mientras el esfínter tiembla como queriéndose abrirse en forma de boca. Una boca golosa, que en esos momentos está muy hambrienta.

   Gabriel parece que va a decir algo más, pero, gimiendo al cerrar la distancia, su culo en llamas, Jacinto le rodea el cuello con un brazo, halándole, obligándole a bajar el rostro y besándole, mientras su otra mano, fuerte, va al entrepiernas del médico y atrapa sobre la tela, en un puño, la dura, gruesa y pulsante verga que se muestra; gimiendo escandalosamente a pesar del beso al tocarla, al apretarla, ¡la deseaba tanto! Su culo mismo casi parece acalambrado. Y Gabriel se pierde, cierra los ojos y gime mientras corresponde al beso y disfruta del innegable placer que producía en cualquier sujeto, hétero, gay o bi, el agarre firme de la mano de otro carajo sobre su verga dura, deseándola, que responde con temblores y botando jugos de anticipación.

   Mientras le besa y se deja besar, gimiendo como la propia puta, medio agitando sus piernas, con las nalgas moliendo la tirita del hilo sobre su culo, el forzudo joven le abre la bragueta, y con todo el esfuerzo del mundo, por lo dura que está, saca esa verga enrojecida de sangre y ganas. Gabriel está en las nubes de la gloria, y cuando el puño firme del otro se cierra en directo sobre su barra, cree que se correrá ya.

   Es indudablemente que a Jacinto le pasa algo nuevo, porque al ver ese tolete afuera, tocarlo, casi siente un orgasmo. Lo toca, lo acaricia, sus dedos y palma lo recorren con deseo. Era una verga, la verga de un hombre, una que estaba allí para satisfacerle. Su culo casi parece chupar ya, en anticipación; siente sus entrañas bien mojadas, convertidas prácticamente en fuego líquido… Y no cree engañarse al sentir que algo le sube y le baja, la pepa esa, el supositorio del cual hablaban, que choca y refriega las sensibles paredes de su recto al caer, y que al subir parecía golpearle la próstata. Está nadando en testosteronas y siente que no resiste más. Besándole, teniéndole atrapado por el tolete, le hala, guía y lleva a su cuarto. Necesita que lo penetre, que lo cabalgue. Que lo llene de güevo duro, pulsante y caliente. Gabriel, gimiendo, se deja hacer.

……

   Mirando por la ventana de su oficina, el elegante hombre sentado tras su escritorio no se concentra en nada. Y eso que tiene mucho en qué pensar. Como en la difícil cena que tendría esa noche con su mujer, la misma que le sorprendiera en la cama, la cama matrimonial, con un joven y forzudo carajo. La reunión en sí, que ella la aceptara, no le había sorprendido tanto; Alejandro Andrades conoce a su mujer. A Corina le gusta estar casada, que la supieran la señora de Andrades, esposa, ama de casa, respetable madre. Para la mujer, su posición social era tan importante, o iba a la par, que su paz espiritual, su estabilidad emocional y económica. Separarse y perder algo, comenzando por él, el hombre a quien ha amado la mayor parte de su vida, arriesgándose a perder comodidades, o ser la comidilla de todos, era algo que le aterrorizaba.

   La mujer quería darle una oportunidad, después de todos sus gritos e insultos, para que se explicara; para que la convenciera de que lo que vio no fue lo que vio. Algo muy humano, por otra parte. Él quiere arreglarlo, le gusta su vida familiar, pero… Vuelve la mirada hacia la cartera de hombre que sostiene en su mano, la misma que acaricia desde hace un rato, abriéndola, encontrando una cédula de identidad donde un apuesto y joven Jacinto Contreras mira hacia la cámara con picardía y vanidad, sabiendo que saldría del carajo. Ver la foto eriza al hombre, algo que, en verdad, mataría por no sentir. No ahora, cuando necesita moverse con cuidado para salvaguardar su vida familiar y profesional. Pero no puede evitarlo. Acciona el intercomunicador.

   -¿Si, doctor? –oye la voz de su asistente, Jessica.

   -¿Averiguaste la dirección del señor Contreras? Necesito verle. Inmediatamente.

CONTINÚA … 60

Julio César.

SIGUE EL DILEMA… 11

marzo 18, 2017

SIGUE EL DILEMA                         … 10

   Basado en caracteres creados por capricornio1967

   El velludo encanto de su papi…

……

   -¡Maldito enfermo, no pienso reunirme contigo ni ahora ni nunca! –le grita perdiendo la paciencia, respirando agitadamente.- No hay nada entre nosotros como no sea el asco que siento por ti. Y no volverás a tocarme, hijo de puta. Todo aquello… terminó. –con las olimpiadas, pero no se anima a decirlo, era como reconocer que se había prostituido, conscientemente.

   -¡Jejejejeje! –la risa es alta, completa, real.- Qué ingenuo eres, muchacho. –la risa acaba y el tono se vuelve demandante.- Esto no se acaba hasta que yo quiera. Y no acabará nunca, porque te reclamé como mi juguete, como mi esclavo sexual… y lo serás para siempre. –suena categórico.

   Daniel tiembla de asco, pero, principalmente, de temor.

   -Nunca volverás a ponerme una mano encima. –reitera.

   -Si tan seguro estás de ti, entonces, ¿por qué no nos reunimos? ¿Acaso sientes temor de ceder a tus impulsos, cachorrito? –suena casi cariñoso, enfermándole más. Daniel arde de rabia.

   -Eres despreciable.

   -No te pongas infantil… u hormonal. Tenemos que vernos. Hablar. Debemos discutir el viaje a Los Ángeles, juntos. Serán quince días de luna de miel. Deberías llevar cositas bonitas.

   -Maldito sucio. –no encontraba palabras para enfrentarle, ahogándose de rabia y temor como estaba.

   -Como sea, debemos vernos. –es seco.- No puedes evitar este compromiso, estás obligado por la federación… A menos que puedas exponer alguna razón de peso para no hacerlo. ¿Tienes algo que contarle al mundo, Saldívar?

   El joven cierra los ojos, la cabeza latiéndole con fuerza. Casi está sordo. Sabe que no puede hacer eso. Se moriría antes de contarles a todos que…

   -Vete a la mierda. –balbucea sin fuerzas. Cortando la llamada, dejando caer el móvil a un lado y cerrando los ojos otra vez. hundiéndose en la depresión. No le extraña, en lo más mínimo, cuando comienza a repicar de nuevo. No lo atiende.

……

   Furioso, en su casa, Franco mira el móvil con la boca apretada en una línea de disgusto. ¡Le había cortado la llamada! Y ahora no le atendía. Ese pequeño hijo de puta, ¿qué se creía? Era su esclavo. Su juguete. ¿Acaso no le rompió para eso? Dejando caer el aparato en una mesita, cruza los fornidos brazos sobre su pecho, sintiendo la ira al punto, siempre allí, cuando alguien se atrevía a desafiarle. Más tratándose del orgulloso atleta al que había creído controlar. Había cometido un error con él; el temperamento del joven, su cabeza volada, le hizo temer dejar rastros de la relación, fotos y videos, como con otros, no fuera y denunciara algo, llevado por su enojo; y ahora necesitaba de eso para controlarle. Se detiene frente a la ventana de su dormitorio, dándole la espalda a la cama donde destrozó la virilidad de Luis, padre del muchacho. el recuerdo le hace aspirar con fuerza, sintiéndose bien por un momento, embriagado con su poder. Mira hacia el patio. El viejo puto del padre…

   No podía permitirse que el muchacho le retara en lo del viaje, el mundo deportivo no lo entendería fácilmente. No quiere preguntas. ¿le despreciaba el campeón por mal entrenador? ¿O había algo más? Debe cortar toda duda de raíz. Una sonrisa va dilatando su rostro, pero no suavizándolo. Es una mueca fea. Ya vería ese muchacho… Se yergue en toda su altura, confiado, animado como el cazador que era. Debía salir a hacer algunas compras, luego llamaría a Luis… y este le traería a su hijo atado de pies y manos, para que le sirva de esclavo. Y no le dejará ir. A ninguno de los dos. Juntos le servirían sexualmente.

……

   Desasosegada, Adriana de Saldívar cenó aquella noche con su familia, con un distante, entristecido y abatido Luis, el cual parecía no querer, o poder, mirarla, y el silencio cargado de recriminaciones de Daniel, quien no le había reclamado darle su nuevo número telefónico al entrenador de la piscina, pero tampoco la miraba. Intentó conversar, sostener una velada normal, pero estos no querían nada. Tal vez pudo forzar la cuestión, obligarlos a hablar con ella; con Daniel habría sido más fácil. Creía que el chico se comportaba algo caprichosamente, negándosele al hombre al que le debía tanto, pero estaba agotada. No creí poder soportar, esa noche, la carga de su resentimiento. Mañana ya sería otro día…

   Y lo sería, pero no como lo esperaba. Como no lo fue esa noche.

   A la mujer le costó retirarse a la cama cuando Luis no lo hizo, sintiéndole llegar tarde, muy tarde, evitando besarla. Durmió inquieta, sintiéndose sola, a pesar de saberle al lado, por primera vez en su vida de casada, una en la que no habían faltado las disputas, desacuerdos, incluso su resentimiento con ese hombre que era centro y eje de la familia. Esa noche sí. Parecía separarles una gran distancia, una infranqueable. La mañana llegó algo oscura, nublada; con presagios de tormentas, pensó algo distraída, entrando al dormitorio con una taza de café, en el cuarto de baño Luis se daba una ducha, después de encerrarse y desvestirse allí, algo que nunca hacía. Sin ser exhibicionista, el hombre estaba conforme y secretamente orgulloso de su cuerpo. Ahora…

   Un mensaje llega al móvil de su marido y siente una curiosidad intensa al ver la etiqueta número desconocido. ¿Tendría algo que ver con todo lo que ocurría? Por primera vez la idea de que Luis, su marido considerado, amoroso y apasionado (antes), pudiera estar viendo a alguien más, entra en su cabeza. Llenándola de zozobras. No, no podía ser eso, qué tonta estaba siendo, se evadió en segundos. Pero bien sabía Adriana, como todo quien ha pasado por un trance y un momento semejante, que la idea ya había sido sembrada y que germinaría. Pero, viviendo en negación, odiándose por sospechar, por siquiera imaginar por un segundo tal eventualidad de un hombre tan bueno como Luis, aparta la vista del móvil, dejando la taza de café en la mesita y saliendo.

   Abatido, semi vestido ya, con pantalón y una franela, así saldría de ahora en adelante del baño mientras su pelo corporal no volviera a crecer (y para que jamás se viera aquel tatuaje, no hasta que se lo quitara, de alguna manera…), Luis encuentra el café, sintiéndose embargado de amor y culpa. Se acerca a tomar la taza y repara en el móvil. Tiene un mensaje de archivo. no reconoce el número, pero lo oprime. Un video comienza a rodar inmediatamente, escandaloso, sobresaltándole de tal manera que de la taza cae café sobre la alfombra. Ve un trasero masculino, sin pelos, con un tatuaje que dice “puta caliente quiere vergas”, siendo enculado una y otra vez, mientras el sujeto gime de manera escandalosa, con un tono decididamente ambiguo, que tanto podía ser de dolor que de un intenso placer mientras ese tolete grueso y nervudo penetra una y otra vez el rasurado agujero de su culo.

   Con el corazón bombeándole con fuerza, intenta detenerlo, temeroso de que el volumen de los gemidos fuera escuchado más allá de su dormitorio. sus dedos temblorosos no le dejan, la grabación dura veinte segundos, un culo expuesto impúdicamente y una verga penetrándolo; no se ve nada más, pero sabe que se trata de él y de Franco, que este le envió el archivo. a su móvil. Uno que estaba junto a una taza de café. Adriana pudo…

   Todavía tragando con esfuerzo, la boca amarga, mira aparecer un mensaje: “¿Te gustó? ¿Reconoces al grandísimo puto? No es difícil, por el tatuaje. A tu familia no le costaría. ¿Está Daniel en casa? Tal vez él pueda darle una mirada. ¿Calentara eso al puto?”. Mientras cae sentado en la cama, la mirada se le nubla, de rabia y dolor, de frustración e impotencia. El mensaje se difumina y aparece otro: “A las cinco, en mi casa. No faltes o varios números encontrarán una divertida cadena de videos. Comenzando con tu mujer e hijo”.

   Nada más. Ni falta que hacía.

   El teléfono cae de su mano, la taza tiembla tanto que más café se derrama. Cierra los ojos e hiperventila por la boca. ¡Dios mío!

……

   Mientras Daniel, mal humorado con todos, incluida su madre, aunque no se anima a reclamarle nada al verla tan preocupada por su padre, sigue evitando las llamadas de la Federación, teme que lo del viaje a Los Ángeles sea algo ciertamente obligatorio. Ya mucha gente comenzaba a mirarle mal, como a un caprichoso con aires de diva, porque se negaba a cumplir con los compromisos después de ganar la medalla de oro. Por su lado, a Luis tampoco le iba bien ese día, con la constante certeza de la amenaza lanzada sobre su cabeza, y su vida, por Franco. Había recibido otros dos videos, cortos, y en uno aparecía su rostro a la hora de ese orgasmo extraño que experimentara bajo el control del entrenador. la vergüenza, frustración, miedo e impotencia no le dejaban funcionar, ni en su casa con Adriana y Daniel, ni en la oficina.

   Dios, ¿qué hacer para escapar de toda esa pesadilla? ¿Cómo había quedado atrapada en ella, él, un hombre maduro e inteligente, hecho y derecho? Las soluciones serían confrontar violentamente al entrenador, o ir con las autoridades; pero ninguna de las dos le salvaría de que todo se diera a conocer. Eventualidad en la cual, visto esos cortos videos, sabía que saldría bien mal parado. Como un ocioso viejo marica peleando con el marido que le atizaba por el culo de tarde en tarde. Mientras el día avanzaba y terminaba, su ansiedad creció más y más. Llegando las cuatro y media, de la tarde, llamó a su asistente.

   -Señorita Jiménez, llame a mi esposa, dígale que…

……

   Con manos inseguras, se estaciona frente a la casa del entrenador, sintiéndose increíblemente mal. No era posible que un hombre como él se sometiera a toda esa humillación, se decía una y otra vez; incapaz de responderse algo útil, pero también de dejar de pensar en ello. era una trampa sicológica de la cual no podía escapar. Baja, tragando aire, viéndose exitoso y elegante dentro de su traje, saco  corbata, mientras tiembla por dentro. Va hacia la casa y duda, mucho, pero finalmente llama a la puerta. Esperando. Nada. Y ese silencio, esa falta de actividad, le llena de ansiedad, llama otra vez. y otra vez. la puerta se abre finalmente y allí estaba Franco, sonriendo torvo.

   -¿Mucha prisa por comenzar la fiesta, puto? –es la burla por saludo, disfrutando de verle enojarse.

   -Yo… -no valía la pena discutir, se dice.- Franco, esto es una locura. No sé qué más quieres de mí, ya has tomado bastante, pero…

   -Quiero que seas mi esclavo, mi juguete sexual, siempre listo a satisfacerme. Creí que había sido claro sobre eso. Hace mucho tiempo que sueño con tenerte a mi servicio, desde que competíamos y me derrotabas, y ahora que te tengo… -se encoge de hombros. Era brutal, directo, sentando las bases en la mente del otro sobre cuál era el destino que le aguardaba. Le gusta verle desconcertado, mucho. Incapaz de reaccionar por un segundo, hasta que se agita.

   -No puedes estar hablando en serio. ¡Soy un hombre!, no puedo…

   -¿Un hombre? ¿Todavía te crees un hombre, aunque mi verga ha recorrido tu culo varias veces, adentro y afuera, tu sintiendo cada vena de ella; mis dedos, mi lengua han estado ahí, has chupado y bebido mi leche? ¿Un hombre, Luis?

   -Yo no quise… Nunca busque… -jadea a la defensiva, cara muy roja. Sí, todo eso le había pasado, no puede negárselo, ni disimularlo. Pero…

   -¡Fuiste mi puto! Mejor, mi perra… Mi puta caliente, gimiendo, babeando por tu verga mientras llenaba y usaba tu culo. Tu culo fue el receptáculo de mi tolete, de mi semen y de mi amor. Haciéndote gozar mientras lo recibías. Y desde ese momento es mío. Tu culo se transformó en un coño caliente que gusta de las vergas; y ese coño me pertenece. Dejar mi semen dentro de ti, te marcó. Eres mío mientras yo lo quiera. Así que te cogeré una y otra, y otra, y otra vez, cada vez que lo quiera. Y cada vez… -le mira sonriendo con burla y control.- …Te gustará más y más. Tú mismo no lo entenderás, ni querrás aceptarlo, pero amarás servirme, ser tomado por mí, degradado, humillado. Tener tus entrañas llena con mi esperma te hará delirar. Porque me perteneces, soy tu dueño y lo sabes. Ya no eres un hombre, no eres nada. Estás aquí y sabes que algo pasará, y no puedes hacer nada por evitarlo, y eso… eso te confunde por dentro, ¿verdad?

   Luis no puede responder, rojo de cara, la rabia y la frustración brillando en sus ojos, encontrando en los del otro sujeto, ese despreciable ser, las ganas que le tiene, de pegárselo otra vez, de enterrarle su verga larga y gruesa. No puede evitar estremecerse, de repulsa. Dios, ¿qué hacer? ¿Cómo impedirle que le tomara, que lo obligara a someterse a sus caprichos sexuales, que le usara una y otra vez para satisfacer su intenso apetito carnal? No veía salida, y eso le afecta.

   -Yo no…

   -¡Deja de negártelo, marica! –es tajante el otro, haciéndose a un lado.- Entra de una vez. –y se miran a los ojos, uno dominante, esperando, el otro resistiendo, tenso, bajando los hombros y finalmente la mirada, entrando. Reacción que el entrenador esperaba.- Mira lo que tengo para ti sobre el respaldo del sofá, jejejejeje…

   Como en trance, Luis camina dentro de la sala, hacia el mueble, frunciendo el ceño. Sobre el respaldo del mismo, efectivamente, hay algo. Un objeto que le parece conocido; lo toma, hirviendo de rabia. Eran unas pantaletas, que se sentían algo calientes y húmedas, unas que pertenecían a…

   -Son de tu mujer. Las tomé una vez que fui a hablar con ustedes, sobre el mal comportamiento de Daniel. –le informa.- Unas pantaletas de Adriana…. que ahora quiero vértelas puestas. Úsalas para mí, Luis. Usa las pantaletas de tu mujer, ahora que eres mi hembra.

CONTINÚA…

Julio César.

SISSYBOY… 3

marzo 17, 2017

SISSYBOY                         … 2

Titulo: Todd’s Bitch

Autor: Victoria <missvictoria6969@yahoo.com>

Traducción: K

   ¿No es adorable? Y quiere papi…

……

   Por un segundo, Brian boquea, desconcertado, no comprendiendo lo que su amigo dice, mientras este frunce el ceño, sobre la cama de sus padres, desnudo.

   -¿Cómo dices?

   -Pregunté… -comienza con un tonito que se usaría con un niño algo lento de entendimiento.- …¿Por qué la perra no está usando su pantaleta?

   Oh, Dios mío, le había visto usando la pantaleta de su hermana, ¡su vida había terminado!

   -¿De qué pantaleta hablas, hombre? –intenta sonreír, enrojeciendo.- Aún debes estar drogado.

   -La pantaletica blanca de Mía, mi hermana… -le clava la mirada, sonriendo seguro de sí.- La misma que cubrió tu gordo culo pegajoso anoche, después de que te penetré con fuerza y vacié mis bolas en él, todo ese semen chorreando. ¿No te acuerdas de que gemías de gusto mientras te la clavaba todo por el agujero y cómo me suplicabas por más, usando esa pantaleta? –las palabras impactan en el otro, que boquea, sin voz, otra vez.

   -No, no, Todd; eso no pasó. Simplemente… ¡no pasó! –hay pánico en su voz mientras enfrenta la mirada exasperada del otro, que se libra más de la manta, mostrando su larga verga.

   -Puedes negarlo todo lo que desees, bebé, pero quiero que vengas aquí, abras tu boquita hambrienta y trabajes para conseguir mi primera carga de esperma de la mañana, como prometiste qué harías, anoche, todo emocionado como estabas cuando todavía te la metía por el culo, abriéndotelo y llenándote. Joder, nena, estabas desatada.

   -¿Tomar tu…? No, no, amigo, debes estar equivocado. Fue mucho el tequila y…

   -No, no hay ningún ningún error, Brian… o Brianna, como querías que te llamara anoche. Busca tu pantaleta, metete entre mis piernas, toma con tu manita blanca mi negro tolete, dale besitos y atiéndelo con tu boca, como aprendiste a hacer anoche.

   Mientras lo decía, con un tono inflexible que no aceptaba negativas, Todd baja las largas piernas de la cama, quedando sentado de culo sobre el colchón matrimonial de sus padres, mostrándole a su amigo una verga ya muy dura, surcada de gruesas venas llenas de sangre. Y, nuevamente, Brian queda sin habla, mirando fascinado esa cosa que se levantaba con orgullo. Ya había visto desnudo antes a su amigo, por supuesto, no podía evitar lanzarle miradas fugitivas cada vez que podía hacerlo sin ser pillado, cuando se cambiaban de ropas. De hecho, a Todd nunca pareció molestarle pasearse completamente desnudo frente a él, luciendo su verga; claro, nunca tan tiesa. En el fondo, sentado en un banco de los vestuarios del colegio, Brian no había podido dejar de preguntarse si el otro no entendería lo enervante que era cuando estaba desnudo, de pie, a su lado, él intentando no mirar o comprobar que dicha verga parecía erectarse un poco, frente a su rostro, o que al medio girar, Todd le rozara con ella, caliente y consistente; algo que, ambos dejaban pasar con risas. Como si de un juego se tratara. O un inocente accidente. En reposo, era una larga boa de carne oscura, con una forma de arco obscena. Y no era su culpa, no realmente, que quedara como hipnotizado si la veía alzarse y endurecer un poco, bajo las duchas, notando el prepucio estirarse hacia atrás, revelando su cabeza de color purpura.

   -Vamos, deja de soñar, Brianna; sé una buena chica, baja aquí y cuida de tu hombre. Tú sabes que quieres. Anoche no querías sacarla de tu boca. O que la sacara de tu culo. Vamos, atiéndeme y luego busca tu pantaleta. No es propio de una chica decente andar tan desnuda. Ni con prendas de chicos. –le indica, atrapándole el bóxer holgado que sostenía en las manos, arrojándolo al piso.

   Brian se estremece, sin poder apartar la mirada de ese glande liso y oscuro, de esa verga hinchada con ganas de ser atendida. Y debe luchar, lo sabe, contra una parte de sí que quiere caer de rodillas frente a esa pieza, acercar el rostro y sentir su calor, su fuerza, su olor. El tolete, como presintiéndolo, se agitaba suavemente de adelante atrás. Esperando. Pero, claro, no debía. ¡Era un hombre, joder!

   -No soy una chica, Todd.

   -Oh, vamos, no te pongas necias, Brianna; tú eres lo que yo te diga que eres.

   -Amigo…

   -No, amigo no. Ahora soy tu hombre. Tu macho. Y si un hombre habla, una perra, especialmente una blanca, obedece. Ven, amor, trae esa bonita boca aquí y cubre mi verga, que está dura y ya babea por tus atenciones. Hazlo como lo hiciste anoche, con ganas, con hambre. Se notaba que llevabas tiempo deseándolo.

   -Todd… -las palabras eran inquietantes.

   -Nada de Todd, perra, ¡ven ya! –ordena con un tono más autoritario, ceño fruncido.- Oh, sí, entiendo; espera un segundo, sé lo que quieres. –sonríe casi afectuoso, inclinándose sobre una de las mesitas de noche, extrayendo algo de la gaveta y dejándolo en sus manos, un pequeño cilindro redondo.

   Un lápiz labial. Rosa. Y la visión del objeto fascina al chico, que se estremece asaltado por oleadas cálidas que no entiende.

CONTINÚA … 4

Julio César (no es mía).

EL PEPAZO… 58

marzo 16, 2017

EL PEPAZO                         … 57

De K.

   Esos hermosos regalos de amigos…

……

   Oh, sí, señores, iba a encularlo duro, con todo; le daría hasta que olvidara su propio nombre. Porque necesitaba introducirse en su vida, y no sólo metafóricamente, piensa con picardía mientras sigue chupando de la lengua del forzudo y gimiente joven. Al tiempo que todo pensamiento consciente escapa de su mente, ya que el cerebro se le queda sin sangre porque toda viaja hacia su verga que se alza gloriosa y en toda su extensión (provocándole otro ronroneo al chico de la tanga, gemido que se traga mientras cierra los labios sobre su lengua), aún le queda algo de cordura para saber que no era prudente dar ese espectáculo frente al apartamento de Jacinto, por muy rico que pudiera parecerle a cualquiera ver al chico con su camisetica, la tanga y los zapatos de goma dándose tremendo jamón de lenguas chupadas con otro hombre, uno que le clava los dedos en las redondas nalgas, acariciándoselas como si no pudiera tomar lo suficiente.

   Así que entra, casi arrollándole, cerrando la puerta a sus espaldas. Y, como son humanos, necesitan aire, sus bocas se separan, centímetros, las dos respiraciones jadeantes, Gabriel un poco más alto que el fornido chico de mejillas rojas y ojos extraviados y brillantes de lujuria. Dos vergas totalmente erectas, una en una tanga chica y putona, la otra bajo un ajustado jeans, y a pesar de eso, de la tela áspera y fuerte, se alzaba de manera notable de las ganas que tenía. Las típicas de un hombre joven y saludable, sexualmente activo, que esperaba pasar un increíblemente grato momento haciendo algo que le gustaba mucho, con alguien dispuesto para eso.

   -Vine… Vine a disculparme por… -balbucea el galeno, con esfuerzo.

   -¿Repitiendo el intento? –le reta el otro, sonriendo, sintiéndose caliente e irresponsable. Feliz.

   -Oye, traje un regalo y todo. Y, bueno, necesitaba verte. –confiesa, más de lo que esperaba, estremeciéndose voluptuosamente ante la sonrisa creída del joven. No, no era bueno que fuera tan vanidoso, se dice, con virtuosismo. Ese chico debía aprender, y como aún le tiene las nalgas atrapadas, pegándole contra sí, lleva una de las manos a la raja entre los glúteos, sintiéndole temblar, tensarse y contener el aliento. Las puntas de esos dedos suben y bajan en la raja, sobre la suave tela del hilo dental. Lo hace sabiendo que eso le haría ronronear de emoción, como ocurre, Jacinto enrojeciendo más, sus ojos son eran pozos profundos de lujuria.- Y tú… ¿a deseado verme? –le parece importante saber, decepcionándose al verle dudar y morderse, culpable, el labio inferior, una mueca tan linda que quiere besarle a pesar de todo.

   -No lo sé, creo que… -calla, ojitos culpables.

   -No importa, yo si pensé mucho en esto. No podía dejar de hacerlo. –decide confesar, pegando la frente de la suya, sintiendo el agarre de los fornidos brazos tras su cuello. Emocionado.

   Le gusta mucho ese tío, por alguna razón que no logra entender del todo. Bastante que ha tirado a lo largo de su vida para impresionarse con un cuerpo musculoso; ha conocido, bíblicamente, a muchos sujetos atractivos y estimulantes (nada como coger a un marinerito con su gorra calada hasta las cejas, en el privado de un baño cualquiera, mientras este intenta no gemir como puta ya que varios colegas mean fuera); pero con este tipo… Había algo especial en Jacinto Contreras. Y lo quiere todo. Uno de sus dedos empuja sobre la tela, encima del orificio, y los ronroneos de chico musculoso se incrementan, pero poca cosa a lo que ocurre cuando el dedo simplemente pasa a un lado del hilo, la punta toca el cerrado y titilante capullo, y empuja entrando. Falange a falange se lo va clavando, sintiendo la apretada del esfínter, los violentos tirones de esas entrañas. Y el hombre, un experto urólogo que ha practicado, profesional y sentimentalmente muchos “tactos” rectales, comprende que ese fornido joven ha enfocado, de alguna manera, el modo de experimentar y sentir placer intensamente con su culo vicioso.

   La idea es tan caliente y sucia que se lo clava todo, agitándolo, sacándolo casi hasta la uña y luego metiéndoselo otra vez. Y Jacinto chilla, ronca y largamente. Gesto, y labios rojizos y húmedos, que le obligan a besarle otra vez, metiéndole la lengua, al tiempo que el dedo, y se refriega de su sólido cuerpo. Pero aún así siente que se aprovecha de sus calenturas. Otra vez. Le saca el dedo, con todo el dolor del mundo, y atrapándole los hombros lo aparta un poco.

   -Un momento, yo… -jadea, cerrando los ojos, tomando aire, mirándole ahora, notándole hambriento, lujurioso.

   -Necesito… Necesito que… -no puede decirlo, pero mendiga, se le nota. Quiere que le llenen el culo con una larga y gruesa pieza surcada de venas hinchadas. Y es más de lo que Gabriel puede soportar, llevándose una mano a la chaqueta, saca una diminuta bolsa marrón, lustrosa. Le ve sonreír.- ¿Para mí? –la toma y saca, con la boca abierta y los ojos brillantes, una diminuta prenda interior, hilo dental también, por supuesto. Roja, pero muy baja adelante, de encajes. Pareciera de mujer, pero los dos saben que es para cierto tipo sensual de machos bonitos y culones. Al joven le pica todo dando un paso atrás, saliendo de la que lleva y colocándose esa, que apenas puede contenerle la verga erecta. Cuando la casi etérea tirita posterior, de una suavidad insoportable, se mete entre sus nalgas, presionando sobre su culo, este sufre verdaderos espasmos. Moverse un poco, sintiendo el roce, casi le hace gritar. ¡Esa vaina le estimulaba los labios del culo de una manera desesperante! Y Gabriel, que le mira, quiere saltarle encima.

   -¿Te gusta? –le pregunta ronco, doliéndole la verga de lo dura que la tiene contra el jeans.

   -Mucho. Se siente tan… bien. –era cierto, cosa que confunde un poco a Jacinto, mientras pasa los dedos por la suave y erótica tela, algo que todo chico caliente debería usar al menos una vez, regalada, justamente, por un macho que quiera hacerle cositas.- ¿De dónde…?

   -La compré en línea… En una tienda rara, llamada Fuckuyama…

CONTINÚA … 59

Julio César.

DE AMOS Y ESCLAVOS… 46

marzo 12, 2017

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 45

   Pídeselo y te lo dará…

……

   Las palabras y el tono sarcásticamente dominante, el del macho que sabe lo que provoca en su puta con su güevo, logran que Gregory, bajo su cuerpo, no pueda contener un jadeo, rostro alzado, ojos cerrados, los gruesos labios abiertos en una tenue sonrisa de cachondez. La imagen que todos miran desde el otro lado de la calle, en los oscuros balcones.

   -Si, te gusta ser la perra de un chico blanco…

   -Ahhh… -esas palabras, bruscas, descriptivas, casi insultantes, le llenan de un calor más intenso, erizando su cuerpo; su culo parece una golosa boca indetenible. La risita agitada, jadeante de Esteban, acompaña su reacción.

   -Eres un enorme y acuerpado negro que desea ser tomado, penetrado y tratado como una perra sucia por un hombre. Lo sientes, lo sabes, ¿verdad? –interroga, subiendo y bajando su culo, cubierto con el pantalón, con mayor velocidad, sacándole y metiéndole el blanco rojizo tolete con más ímpetus del redondo y oscuro agujero peludo, pelos que se adhieren al tolete en su ir y venir.

   -¡Hummm! –grita, un grito real de vergüenza, gozo y excitación, y le parece escuchar risitas y aplausos que vienen de los otros balcones, cosa que contrae sus bolas bajo su cuerpo, listo para correrse sin tocarse, únicamente siendo estimulado analmente por el carajo bajito y flaco que ahora le controlaba. No lo entendía, pero quería seguir escuchándole, casi tanto como ser penetrado una y otra vez por ese güevo… Desea oírle llamarle puto, maricón, y otras linduras.

   -Te gusta, te gusta mucho, ¿verdad? –le gruñe como un animal en celo, entre los dientes, casi en el oído, pegado a su espalda, las pieles ardiendo.

   -Si, si, si… -grita desesperado, subiendo y bajando su redondo y oscuro trasero, llevando su agujero peludo sobre esa verga caliente y blanco rojiza, tragándola y dejándola salir con apretones, gimiendo a cada pasada de la venosa superficie contra su recto.

   -¿Qué me darás si te hago correrte como una puta barata de botiquín? –se burla, quemándole la mejilla con su aliento a pesar de la camiseta que le cubre la cabeza.

   -¡Lo que quieras! –ruge incapaz de contenerse, abriendo unos ojos brillantes que parecen algo extraviados; la cabeza de ese tolete dándole una y otra vez en esa punto, le hace delirar.

   -¿Me lo chuparás cuando lo saque de tu culo, aunque esté lleno de mierda? –reta, aunque nunca lo haría, claro. Era un juego de roles.

   -Oh, siiiii… -jadea el musculoso hombre negro. Y de él si no se sabe si habla en serio.

   -Bien, maricón, tienes que ganártelo con tu culo vicioso; vamos, trabájamelo, ordéñamelo. Saca la leche que quieres. –le dice, riendo bajito cuando ese agujero parece activarse aún más, halándoselo.- Dime, ¿alguna vez imaginaste que lo que siempre habías querido en la vida era que otro carajo llegara y te penetrara, mientras muchos otros te miran y te desean?

   -Ahhh… -Dios, esas palabras…

   -¿Imaginaste alguna vez que llegarías a amar y desear tener un güevo blanco refregando tus negras entrañas de maricón caliente? Ah, si te viera tu papá…

   -Hummm… -la visión parece fallarle un poco, por la excitación. Jadea cuando las blancas y delgadas nanos atrapan su rostro, volviéndoselo hacia el balcón.

   -Vamos, que todos vean tu cara de putica gozona. –le oye, y a Gregory le parecía imposible sentirse más caliente, pero se pone.- Imagínatelo, negro, saliendo a la calle con un pantalón blanco ajustado, de los que transparentan, todos notando que llevas este hilo dental atigrado metido entre tus redondas nalgas… Todos conteniendo la respiración a tu paso, los güevos ardiéndoles en seguida. Todos sacándolos para ofrecértelos por tu apariencia. Tu tocándolos, cayendo entre ellos, sonriendo, tu cara siendo frotada por muchos toletes tiesos y babeantes…

   -¡Oh, Dios! -chilla con una mueca por sonrisa, estremeciéndose sobre el sofá, arqueando la espalda, disfrutando del peso del hombre sobre su cuerpo. Había algo tan… perfecto y correcto en ello, estar bajo un hombre, que siente que en sus bolas el semen hierve a punto de ebullición.

   -Si, maricón, a pesar de tu buena figura de macho, tu tamañote, estos músculos increíbles… -los flacos dedos blancos recorren los hombros de ébano, los brazos y bíceps redondos.- …Esto era lo que necesitabas, lo que siempre te ha hecho falta; ser reducido a la condición de puta viciosa amante de los güevos llenos de leche. Leche de hombres para ti.

   Por un segundo Gregory cree que se morirá, asfixiado, casi no puede tomar el suficiente aire, la excitación le tenía como agarrotado, su culo sufriendo de violentos espasmos alrededor del blanco rojizo falo que lo abre y penetra con la pulsante carne del macho. ¡Puta viciosa!, la etiqueta le arde en la piel, lo sabe porque sus tetillas le pican, su propia verga moja escandalosamente, pero es su agujero el que más se agita. Si, quería escuchar más de eso, ser llamado de mil formas mientras le masajeaba, apretaba, halaba y chupaba el güevo con sus entrañas, siendo saciado al mismo tiempo. La idea le atormentaba, le horrorizaba un poco y le excitaba un montón: recibir en su interior el semen caliente que saldría de las bolas y tolete de ese carajo. Iba a convertirse, sabía que sí, en el recipiente, negro, de toda esa leche caliente. Y eso, por alguna razón, dispara su cuerpo, por lo que su trasero, como si trabajara por cuenta propia, sube y baja con ganas, atrapándoselo todo, recibiendo el golpe de las bolas, retirándose, los negros e hinchados labios de su agujero abrazándolo, dejando los pelos pegados a la blanca rojiza carne.

   -Si, así, tómala toda, puta. Tómala, perra… perra… perra… -grita Esteban, tensándose sobre su espalda; y Gregory lo siente, el cómo algo hirviente recorre ese tolete que se le clava hasta los pelos. Algo que sale disparado, y sí, caliente como el infierno, golpeándole en…

   -Ahhh… Ahhh… -grita estremeciéndose violentamente bajo su hombre, cerrando su culo con vicio sobre el tolete que todavía le baña de leche espesa, cuando él mismo se corre violentamente, sintiendo un orgasmo imposible de describir, que le lanza hacia nuevas alturas de placer.

   Los dos hombres, uno sobre el otro, tensos, disparan sus cargas de espermas, uno contra un mueble, bañándose la panza plana y la tanga, el otro llenándole el culo con ese chorro que parecía que manaba y manaba en disparos interminables que hacían delirar a los dos de igual manera.

   ¡Gregory Landaeta había sido cogido por un hombre!, un chico flaco y más bajito, que se había corrido en sus entrañas. La idea le alcanza cuando cae desfallecido sobre el mueble, sonriendo leve, los gruesos labios temblorosos… sintiéndolo, como ese semen escapaba de su agujero todavía ocupado. Y pensar en su culo, taponado por un güevo, chorreando leche, le parecía genial. Había gozado tanto siendo la putita de ese hombrecito que…

……

   Pero no era Gregory Landaeta el único hombre de color, macho machote hasta ayer, que estaba descubriendo cosas sobre sí, y que le harían cuestionar, al menos a lo interior, su sexualidad. Su gusto por el exhibicionismo, por saber que le miran y lo encuentran caliente y sexy, deseándole (cualquiera, bien recibido era), se unía al placer que experimentaba por saber de sus voyeur, toda la gente que le encontraba deseable; pero, ahora, también sabía que le gustaba y excitaba escuchar palabras sucias gritadas al momento de la pasión. Que le dijeran cosas soeces, humillantes, especialmente referente a su virilidad, le reducía a un lujurioso estado calamitoso de debilidad sexual (momento cumbre de su goce), mientras era “tomado” por otro carajo. Porque sí, aunque jampas lo discutiera con alguien, aún con él mismo, el goce que sintió siendo cabalgado, experimentando aquel güevo caliente y pulsante recorriéndole las entrañas, no había tenido nombre. Cosa que le confundiría hasta que supiera, al continuar con su vida, que no era el primer hombre que, al confrontar ese momento, ser cogido así, descubría cuánto lo disfrutaba; aunque muchos prefirieran apartarse de aquel camino para no terminar como “homosexuales”, con la connotación que el machismo caribeño endilgaba a la palabra. Y, en ese mismo campo, también Yamal Cova descubría cosas sobre sí, en la sede de la línea de taxi donde labora; precisamente con Gregory, y un tercero, quien también andaba en apuros, Roberto Garantón.

   Este, Yamal, igualmente descubría cosas de sí de manera impactante. Después de acostarse con una hermosa mujer que tenía billete y clase, cosa que le excitó de gran manera, le secundó, de puro ocioso, en su idea de humillar al marido. Cosa que, a la larga, le condujo a un placer nuevo tan extraño como poderoso, intenso; tal vez por lo sucio y prohibido que era para un “macho” como él. Dejarse mamar por un hombre, la idea original, no estaba tan mal, pero darle por el culo, mientras este vestía ropa interior de mujer, maquillado, gimiendo como putica, una que alcazaba la gloria al alcance de su verga gruesa y negra, había sido una cosa muy distinta. La vaina le había gustado de una manera tal que no alcanzaba a analizar (ni las ganas que le tenía a ese sujeto). Los encuentros secretos con Bartolomé Santoro, este aguardándole maquillado y en pantaletas, con el culo caliente y mojado de ansiedad eran una locura contra la que luchó un poco. No era… normal que le gustara tanto esa vaina, con un marica. Pero le gustaba, por eso le pegó tanto el alejamiento del hombre.

   La cosa le había gustado tanto que ahora lo reproducía, o lo intentaba porque se había quedado solo. Aquel tipo se había apartado por un malentendido, con su maquillaje, sus movimientos afeminados, su voz fingida, su culo goloso y hambriento; está bien, podía entenderlo pero lo necesitaba. Una parte de él, a la que no quiere dedicarle muchos estudios, deseaba aquello, tener una princesa de esas, aunque lo disimulara tras la dureza del tipo que toma a la brava lo que piensa que merece, como en esos momentos cuando empuja a otro en el proceso. Por ello, sobre aquel viejo mueble, muy abierto de piernas, desnudo totalmente, tiene sobre sí a Quintín Requena, ese socio que una tarde se dejó llevar también, tal vez, por la curiosidad (o algo más), dándole una tocada a su verga, luego una mamada, recibiéndola finalmente por el culo, donde le alcanzó la pepa y le hizo correrse sobre una capota, al lado de su anterior juguete (Bartolomé, y pensar en él…). Es por eso que, mientras le llena el sedoso y caliente agujero con su güevo negro, decide que le transformará en una princesa. En su princesa…

   Estuviera Quintín de acuerdo o no con su nuevo papel sexual.

CONTINÚA…

Julio César.

SISSYBOY… 2

marzo 11, 2017

SISSYBOY                         MASCOTA DEL EQUIPO 

Titulo: Todd’s Bitch

Autor: Victoria <missvictoria6969@yahoo.com>

Traducción: K

   ¿No es adorable? Y quiere papi…

……

   Una pantaletica sensual… que no era de su mamá. Joder, ¿a quién pertenecería? No lo sabe. Ni cómo terminó con ella; por lo que recuerda de la noche anterior, llevaba su viejo bóxer holgado bajo sus ropas. No puede dejar de mirarla, entendiendo que, por deducción y descarte (por el tamañito de la prenda), debía ser de Mía, la hermana de Todd. Dios mío, piensa frío; ¿acaso, borracho, se había escabullido la noche anterior en el cuarto de la muchacha, rebuscado en sus gavetas de ropa interior, tomando aquella? ¿Se habría dado cuenta alguien? ¿Todd? ¿Mía?

   No puede negar que le parecía muy bonita, y que se había sentido increíble sobre su verga… y entre sus nalgas, pero no solía ir poniéndose pantaletas ajenas por ahí. Ese era su sucio secreto, la pasión que sentía por la satinada ropa interior de mujer; un hecho para la intimidad de su cuarto, o el baño, cuando estaba solo en casa, erizado y empalmado usando alguna prenda nueva de su mamá. No algo que estuviera contando por allí, y ciertamente no a su mejor amigo. Suda frío, había ido al baño, cruzando media casa, vistiendo aquello. Oh, Dios, jadeó, deseando que Todd haya estado bien borracho, cuando lo hizo, y que no se diera cuenta de nada.

   Botando aire, completamente desnudo ahora, arroja la pequeña y suave pantaleta, pegajosa de esperma, en la cesta de ropa sucia, enterrándola en lo más profundo, notando, con un temblor de interés, que habían otras, iguales de pequeñas y coquetas; lo que usaría una joven y sexy chica para sentirse bonita, y deseada. Como intentando alejar malos pensamientos, las sumerge también, entre calcetines, franelas y bóxers de Todd. De manera maquinal, después de todo estaba desnudo en casa ajena, ya iba por mal camino, toma uno de los bóxers de su amigo. No sabía qué le llevó a ello, pero eso fue tocarlo y alzarlo, automáticamente, hacia su rostro, a escasos centímetros de su nariz, la parte delantera, allí donde reposarían las bolas y la verga de otro chico. Y el nuevo temblor que le acomete es aún más profundo, inmenso y poderoso.

   Y lo hace, no sabe por qué, pero lo hace. Lo acerca y entierra el rostro en la tela, cerrando los ojos y aspirando profunda y ruidosamente, llenándose la nariz con el fuerte y masculino aroma de Todd. Temblando de manera incontrolable. De pie y desnudo en ese cuarto de baño, se queda allí olfateando ese bóxer y su mezcla de olores. A sudor, orina, a bolas y semen. Olores fuertes que llenan sus pulmones y le marean por un segundo. Y aspira otra vez. Y otra vez. No sabe por qué lo hace, pero separa sus labios y pega la lengua de la tela, lamiéndola un poco. Sólo un poco… hasta que la conciencia de lo que hace penetra su mente y lo aparta con temor, arrojándolo nuevamente al cesto de ropas sucia. Sintió miedo de que alguien supiera lo que hizo… y del por qué lo hizo.

   Brian, amigo, ¿qué haces? ¿Todavía estás ebrio?, se pregunta.

  Dando media vuelta regresa al lavamanos, su corta verga muy erecta, reparando nuevamente en su rostro cansado; su pelo era un desastre, pegado en algunas partes de su nuca, especialmente por encima de su frente, y cuando lleva la mano encuentra algo pegajoso, una sustancia viscosa en su cabello. Negando con la cabeza, se lo lava un poco, tratando de enjuagarlo. Cuando lo hizo, quedando casi todo su cráneo húmedo, sale del baño, desnudo, con la esperanza de poder encontrar pronto su bóxer y meterse en él antes de que Todd le viera así y le preguntara qué carajo hacía caminando desnudo por su casa.

   Busca en la sala y no lo encuentra, ni sus ropas. Va al cuarto de su amigo, el cual está vacío. Todd tenía allí dos camas individuales, ninguna de las cuales mostraba señales de haber sido usadas anoche. ¡Y no había rastro de su estúpida ropa interior! Tomando aire, sintiéndose más expuesto aún, todo desnudo, cruza la casa, hacia el dormitorio de los padres de su amigo, y le escucha y ve roncar suavemente cuando se asoma.

   Mierda, era obvio que cuando comenzaron a fumar hierba, y a beber, terminaron cayendo en la cama del matrimonio. Silencioso como ratón, entra al dormitorio, mirando alrededor en busca de su holgado, viejo y aburrido bóxer. Allí estaba, casi bajo la mesita de noche. Fue a tomarlo y, claro, en su afán tropieza con algo. ¿Qué coño era…? Oh, ¿quién dejaría ese zapato negro tacón alto allí? Para no perder el equilibrio, alarga una mano agarrando su bóxer, con la otra se sostiene del colchón, para estabilizarse, parando su caída.

   El movimiento despierta a Todd, quien yacía sobre las mantas, apenas cubierta su cintura, notándose que estaba desnudo también, por alguna razón. Nada más abrir los ojos, parpadeando, este se estira sobre su espalda cuan largo es, la sábana que medio le cubría resbalando… dejando al descubierto su verga morcillona, oscura y larga, como una obscena serpiente que esperaba despertar.

   Los ojos de Todd, todavía algo legañoso, le miran con toda la confusión del mundo pintada en su expresión. La mirada de Brian lucha por apartarse del negro tolete de su amigo, expuesto alegremente; joder, ¡qué grande! Estaba allí, mirándole, estando desnudo. No era raro que su amigo pareciera tan desconcertado. Dios, ¿cómo le explicaría que…?

   -Brian, ¿qué hiciste? –le pregunta, ceñudo, alzándose sobre los codos.

   -Todd, yo no… Yo…

   -¿Por qué estás desnudo? ¿Dónde está tu pantaleta? ¡¿Por qué te la quistaste?!

CONTINÚA … 3

Julio César (no es mía).

EL PEPAZO… 57

marzo 10, 2017

EL PEPAZO                         … 56

De K.

   Esos hermosos regalos de amigos…

……

   -Eh, ¿Jacinto? Soy Gabriel, el urólogo… Oye, necesito verte. Estoy aquí, en la entrada de tu edificio. Me gustaría reunirme contigo, si se puede. Y como no respondes mis llamadas…

   No lo piensa, aunque su corazón bombea con fuerza, salta de la silla y descuelga.

   -¿Aló? –grazna. Hay un silencio.

   -¿Jacinto? –casi parece haber timidez del otro lado, aunque es una voz profunda, rica en tonos masculinos (ironía, reciedumbre, virilidad), que le eriza.

   -Si. –admite con la garganta seca. Joder, ¿y por qué tantos nervios? Tan sólo era el médico ese que le llamaba (¿y para qué?, ¿ah?, esa era la cuestión).

   -Yo… oye, necesito hablarte. Decirte algo. ¿Será que podríamos…?

   -¿Cómo me encontraste?

   -Tu cuñado… mi amigo… el que te envió conmigo la primera vez. -es la réplica irónica, y al joven no le cuesta imaginarle rodando los ojos.- ¿Será que…?

   -Sube, apartamento 4E. –informa, con los nervios de puntas, tanto que medio bailotea sobre sus pies. En el monitor, el chico gimotea sabroso mientras dos gruesos güevos lo cogen a un tiempo.

   -Claro, si… Oye, ¿y ese ruido? Si estás ocupado… -le emociona notar pesar en la otra voz.

   -No, no… sube. –y cuelga.

   Y una vez lo hace, se medio dobla, golpeándose la frente, ¿qué coño hacía? Casi da un salto de frustración y nervios. Corre y apaga la computadora. Debía cambiarse, ponerse algo más y… En seguida llaman a la puerta. Sorprendiéndole. Con la boca abierta, parpadea. ¡Ese desgraciado seguro que ya venía subiendo cuando le llamó! Vaya que su cuñado le había informado bien. Ya estaba ahí y él vistiendo como… como… Un calor intenso le recorre de pies a cabeza, el corazón totalmente enloquecido. La verga más consistente. Y su culo, santo Dios, el culo le ardía, picaba, le pulsaba. De no estar ese sujeto allí, habría tenido que meterse un dedo, el pote de desodorante aquel, una vela o el ayudante casero ese, el que vendía Fuckuyama. La llamada se repite.

   -Eh, ¿Jacinto? –oír esa voz nerviosa, de quien teme un rechazo de último momento, le decide.

   Sacando pecho, viéndose impresionante con la camisetica, la tanga y los zapatos de goma sin medias, de dirige a la puerta, tomando aire un segundo y abriendo.

   -¿Si? –le enfrenta, como si tal cosa, vistiendo así, en la entrada, una mano en la puerta.

   Los ojos de Gabriel se desorbitan y su boca se abre. Impactado. Recorriéndole con la mirada, la respiración se le espesa, los ojos le brillan y luego se le nublan de algo primitivo, salvaje y poderoso: deseo, lujuria. Era el lobo hambriento ante el suculento y tiernito Caperucito Rojo, al que tiene desnudo sobre una cama. De cierto venía con la sana intención de buscarle y disculparse, aclararle que lo ocurrido en el consultorio no era algo que pasara siempre, que era un profesional que respetaba a sus pacientes y su lugar de trabajo, pero que padeció una locura temporal. Explicarle que era un sujeto joven y saludable, aunque caliente de sangre, que le había encontrado agradable (no sexy, eso no se lo diría aun; ni que sueña con llevarle una y otra vez a una cama y darle duro por ese culo goloso), que podían ser amigos. Hasta un regalo, de disculpa, le llevaba. Le trataría, en fin, como a una chica a la que deseaba para algo más que otro polvo.

   Si, venía con mañas, pero al verle así la sangre le corre ardiente como lava por las venas, las bolas le hormiguean insistentemente, la cara le enrojece y la verga le endurece y abulta contra el jeans algo ajustado que lleva (iba en plan de seducción, ¿eh?), que se le veía tan bien como la franela azul sobre su torso ancho, o la chaqueta de cuero negra. Y así como él le observa, la cara, la boca, las tetillas (joder, esa tanguita rica), nota la brillante mirada de Jacinto, su respiración también febril. Y, siendo un carajo hecho y derecho, homosexual activo, experto en el arte del coqueteo y la seducción, entiende mucho mejor que el otro lo que le ocurre.

   -Mierda, te ves… -le dice con voz ronca y profunda, preñada de testosteronas.

   Frente a él, Jacinto, muy rojo de mejillas (el médico lo reconoce como una mezcla de vergüenza y lujuria extrema), parece hiperventilar. Bien, no había que hacer sufrir al pobre chico, ¿verdad? Especialmente si los dos querían, un güevo tieso y un culito hambriento… Sonriéndole cordial, viéndose todavía más guapo para el fornido joven, a quien le cuesta apartar la mirada de aquella boca rodeada por la sombra de barba, Gabriel abre los brazos, como esperando. O invitándole.

   Soltando un gemidito, Jacinto va hacia él, ansioso, rodeándole el cuello con los fornidos brazos, pegando el cuerpo firme y musculoso del suyo, alzando el rostro. Y Gabriel no piensa, actúa maquinalmente, cubriendo aquella boca con la suya, una de donde ya salía la lengua; y lame y saborea esos labios, esa otra lengua, al tiempo que sus manos grandes y fuertes caen en la estrecha cintura masculina, las pieles ardiendo al tacto, erizándoles más. Los dos estremeciéndose poderosamente. Bajándolas al fin, atrapa con cada palma abierta esos glúteos redondos y firmes, clavándole los dedos, duro, provocándole otro gemido de entrega al chico fornido y puto.

   Oh, sí, señores, iba a encularlo duro, con todo; le daría hasta que olvidara su propio nombre.

CONTINÚA … 58

Julio César.

LA NENA DE PAPA… 25

marzo 9, 2017

LA NENA DE PAPA                         … 24

De Arthur, no el seductor.

   Desesperadamente aguarda lo que ama.

……

   La idea le hace temblar, y temer. Por la amistad entre los dos. De joderla. Pero también porque… mierda, ¡cuánto había cambiado desde que Cole Hanson entró en su vida! Pero… pero allí estaba Mark, contándole aquello, erectándose bajo la ropa, medio tocándoselo sutilmente, a su lado. ¿Lo imaginaba todo?

   -Me la agarró duro con esa manita, y se me veía grande allí. –medio ríe ronco, mirando al techo y suspirando, cerrando los ojos.- Y esa boca, amigo, subía y bajaba, lo tragaba casi todo, y eso que parecía imposible. Y me la dejaba brillante de saliva y jugos cuando subía, besándome la punta, atrapándome las bolas en un puño. –cuenta con voz entrecortadas, acariciándose ahora.

   Y Brandon le mira. Sería tan fácil, y había pasado tantas veces entre amigos en momentos así, cuando la cercanía, la amistad, el cuento, las reacciones provocan que un chico alargue la mano y toque a otro, apretándosela, haciéndole gemir, este mirándole suplicante para que lo haga (¿quién no quiere que jueguen con su miembro?). Hasta que se la saque del pantalón y le masturbe, aferrándosela con la mano, sintiéndola palpitar, dura y caliente contra la palma, mientras sube y baja el puño. Y… en momentos de máxima locura, cuando uno quería saber, probar, entender… una boca bajando, tanteando insegura, llenándose la lengua con el nuevo sabor de la sensualidad. Una que podía disgustarle luego, porque iba en contra de lo que se era o sentía, pero que siempre intrigaba y que, de alguna manera, se extrañaba una vez paladeada.

   Todo eso lo piensa Brandon en un segundo o dos, caliente, ojos brillantes, mejillas rojas, mientras Mark le mira ahora también ¿acaso cómo esperando a que se atreva y haga algo? Pero…

   -Se me hace tarde, debo irme. –el otro parece despertar de un sueño, sentándose, parándose, la verga erecta. Rojo de vergüenza.- Debo… Debo encontrarme con Alice.

   -Okay.

   -Hablamos. -se despide caminando algo tenso, volviéndose en la puerta.- Todo está bien, ¿si? Seguimos amigos, como siempre. –le sonríe recorriéndolo todo con la mirada.- No diré que me gusta mucho tu decoración,  pero…

   -Idiota. –le sonríe sintiéndose aliviado por un segundo, todavía echado en la cama.

   -Brandon, si llegas a tener algún problema, del tipo que sea, con quien sea… avísame, ¿si? –ofrece, y al otro joven se le forma un nudo en la garganta mientras siente. Con un adiós de mano, el joven sale.

   Una vez a solas, Brandon lleva una mano a la cama, en donde estuvo recostado Mark, acariciándola, tomando la almohada y la lleva a su rostro, abrazándola, sintiéndose estúpido y patético, pero emocionado. Mark no sería rudo si… No, no quiere pensar en eso. No en su amigo de esa manera. Ni de esa manera. El que se hubiera visto obligado a mamar verga, y que su culo fuera llenado por una de ellas, no significaba que fuera gay, casi le habían obligado, ¿no?

   Mortificado, sabiéndose algo erecto bajo sus ropas, toma otro antiácido, a ese paso iba a terminar sobre medicado, se dijo con una irónica sonrisa. Era hora de sentarse y repasar toda la velada. El día. Los profundos cambios que se habían introducido en su vida, desde ese cuarto de chicas, a sus nuevas ropas. El papel que Cole deseaba que interpretara (¿y dónde estaba ese hijo de puta?, ¿qué hacía o esperaba?), y ahora lo de Avery, el capitán del equipo de lucha, y Mark, el dulce y gentil Mark. Siente un intenso calor por todo su cuerpo, ¿acaso por pensar en todos esos chicos? La idea le ruboriza, pero se quita la franela y el shorts. Frente al espejo mira la pequeña erección bajo la ropa interior de color extraño. Su verga era tan pequeña; rojo de cara recuerda a su hermano, años atrás, cuando se cambiaban y le dijo, riéndose, que con esa cosita nunca haría feliz a una mujer, pero que con aquellas nalgotas uno que otro tío…

   Si, su pene era pequeño, joder. No como el de Avery, recuerda con enojo (y algo más), o el de Cole; ese era increíblemente grande. La verga de un hombre. La verga de un hombre hecha para joder putas. La idea le estremece y con disgusto se quita la prenda, su corto pito alzado. Debía haber un modo de… abre una de las gavetas y extrae una pantaletica bordada, de encajes, tipo hilo dental atrás. El color rosa suave, era sedante. Se la coloca, presionándose por delante, sonriendo al notar que su tolete se notaba un poco más; pero cuando termina de acomodársela, la tira corriendo entre sus nalgas, se siente aún más acalorado.

   Cae en la cama para ver televisión, leer, pasar el rato o dormir, cualquier cosa para dejar de pensar, pero el gesto le hace más consciente del roce sedoso y acariciante del hilo en su culo. Sintiéndose muy culpable, y muy rojo de cara, se acaricia la verga sobre la tela, y contiene un jadeo. ¡Era una sensación tan intensa! Se soba con la punta de los dedos sobre la corta silueta, cerrando los ojos. Mala idea. Imagina a una chica en un salón de clases con una falda, y con un compañero de clases, en el asiento de al lado, quien con disimulo del resto del salón, le mete mano entre la piernas abiertas, recorriéndole el coño sobre una suave pantaleta, teniendo a la chica temblorosa y emocionada, conteniéndose para no gemir, separando aún más su rodillas.

   -¿Te gusta esto, verdad, puta? –oye en su mente, a Avery, que sonríe cruel, voz baja pero potente, acariciándole las bolas a él, en ese salón de clases, el roce duro.- Abre el coño para mí. 

   Brandon se veía a sí mismo, conteniéndose para no gemir, echando las caderas hacia adelante en el pupitre, un dedo del otro metiéndose dentro de la pantaletica, acariciándole los pliegues que llevan a las nalgas, tanteándole con el mismo la entrada, clavándoselo, obligándole a tensarse y gemir aunque no quiere, mirada confusa y nublada. El dedo entrando y saliendo, cogiéndole, mientras Avery ríe de lo puta que es. Cierra los ojos cuando son dos los dedos que le trabajan el coño (así lo piensa), oyendo a Avery gruñirle puta una y otra vez. Abre los ojos y encuentra que todos los chicos de la clase están allí, rodeándoles, mirándoles, sacando sus vergas erectas y…

   -Ahhh… -con un brusco gemido, Brandon abre los ojos en su cama.

   Ni él mismo sabe cuándo apoyó un pie en el cochón, levantando las nalgas, y llevó un dedo a su raja, recorriéndola sobre el hilo dental. No quiere hacerlo, pero está ardiendo, y sin bajar las caderas, mete una mano dentro de la pantaletica suave, acariciándose el pequeño tolete, masturbándose, el puño arriba y abajo, intentando pensar en Nelly, en sus ratos juntos. Pero no es suficiente, no es satisfactorio. Tragando con dificultad, sintiéndose alarmado y casi lloroso, mira hacia una de las mesitas de noche. Sabiendo bien lo que allí reposaba (y Mark pudo abrirla, joder). Pataleando se medio apoya en los codos, volviéndose, abriendo la gaveta y sacando el consolador que Cole le regalara para “calmar los calorones”. Tenerlo en las manos, rendirse a buscarlo, le excita y enferma. Su estrecho pecho sube y baja con esfuerzo. Si se lo metiera por el culo… No, no puede seguir esa línea de pensamientos: que así, y solo así, alcanzaría el orgasmo. Con rabia lo arroja y cae sobre la cama, cubriéndose los ojos con un brazo, sollozando un poco.

   En algún momento debió quedarse dormido, agotado física y mentalmente, sobre todo esto último. Pero no reposa, por alguna razón sigue caliente, su verga dura, las ganas vivas. Las imágenes de Avery, Cole y Mark dándole vueltas. Pero no cede. No se “masturbará” soñando con hombres. Y mucho menos metiéndose cosas por el culo.

   Al otro día despierta tarde, agotado, frustrado. Era domingo, no tenía prácticas ni clases. Pero no se va a quedar allí. Aprovecha que aún es temprano en una casa de jóvenes gañanes que viven intensamente sus noches del sábado, así que toma una larga ducha, a solas. Frente al espejo, con el cabello húmedo, nota lo largo que lo tiene. Debería cortárselo, ir a…

   Vuelve a su pieza y se mete dentro de la ropa más conservadora que le ha dejado Cole, unos tenis blanco y fucsia, un pantalón talle bajo, de ruedos angostos, que entallaban sobre su culo redondo. Toma la franela más holgada, y un viejo saco que, afortunadamente, el día que Cole le mudó, estaba en su locker del gimnasio. Cubriéndose la nuca, manos en los bolsillos del saco, sale. A pasear, a caminar sin detenerse. A perderse. No quiere encontrar a nadie conocido, ni siquiera a Mark, por alguna razón (seguro se había divertido bastante con su Alice, la chupa vergas).

   Se la pasa bien, aunque un tanto deprimido. Come fuera, y cayendo la tarde compra algo para llevar, no estando seguro de Cole. Regresa a su pieza cuidándose de todo el mundo, especialmente de Avery, a quien oye reír de algo que alguien le dijo, en una pieza cercana. Se encierra y con pasos felinos se cambia, come y toma una revista. No quiere hacer ruidos. Cae sobre su cama con la revista de ejercicios y… Mierda, es sobre culturismo. O eso creyó. Las poses de los jóvenes hombres forrados de músculos, o el tamaño de las trusas de donde casi escapan las vergas, más bien la hacía algo pornográfica. La arroja. Era otra de las vainas que le Cole había dejado allí. Cena, y con los audífonos mira televisión, sin aventurarse en la red. Se siente más sosegado, pero al otro día comienzan las prácticas, y era casi seguro que se toparía con Avery. La angustia le hace tomar su antiácido, mucha agua y se echo a dormir. La calentura le volvió en cuanto entró en la cama. Intentó alejar toda idea, pero su piel estaba sensible, su  verga dura. Y cerrar los ojos era recordar a los tíos mazacotudos de la revista, o a Avery, a Cole o Mark. Con frustración intentó dormirse como fuera. Y volvió a pasar una noche difícil, sin descanso. Sintiéndose ahogado de deseos sexuales frustrados.

   Al otro día va a clases y a las prácticas, evadiendo a Avery, al cual vislumbra de lejos dos veces, como buscándole. Agitado, cargando con dos hamburguesas, regresa a su pieza al terminar su jornada, para encontrarse con otro de los chicos en el pasillo.

   -Hey, Moses, un tipo vino y preguntó por ti. –le informa, luego sonríe.- Era mayor, ¿tu novio?

   -No lo sé, ¿era tu papá? –replica, de forma natural, entrando a su pieza a toda prisa, seguido por la risa del otro. Una vez adentro, se congela.

   Sobre la mesita están las pruebas de la visita de Cole Hanson. Un conjunto de animadora, de falda muy corta (¡como la de su sueño!), con un sostén rosa, chico y bordado, con algo de relleno sobre el mismo, también una pantaletica de talle bajo, suave y elástica, terminada en un hilo dental. Unas medias blancas altas y unos zapatos de tacón, negros, completan el atuendo. Y una hoja, una nota que toma con mano temblorosa:

   “Te veo esta noche, nena. Ardo en deseos de tenerte entre mis brazos y amarte como mereces”.

   Jadea respirando con esfuerzo. Cole le visitaría, y quería verle todo eso puesto. Y no entiende la poderosa ola de calor que lo recorre…

CONTINÚA…

Julio César (no es mía la historia).

SISSYBOY

marzo 9, 2017

EL PEPAZO                         OSCURO AMOR

   El amigo K, engolosinado como todo el que comienza a escribir, anda impaciente y quiere presentar otro trabajo. Una traducción. Quiere que le ayude con una que otra coma. Por mí, no hay problema, puedo llevar los relatos de todos quienes quieran escribir, eso me ahorra hacerlo a mí. Esta historia es maldita, y eso que K (y yo), ha cambiado algunos puntos. Por lo que me cuenta, el original es mucho más maldito. Sissyboy es una palabra que me gusta, tiene un encanto poderoso, como pussyboy, por eso le dije que era aconsejable usarlo. K, como ya saben, tiene su estilo. Paciencia. Disfrútenlo… o esperen que pase un tiempo y tengan más material de lectura. Ustedes deciden.

……

Titulo: Todd’s Bitch

Autor: Victoria <missvictoria6969@yahoo.com>

Traducción: K.

   ¿No es adorable? Y quiere papi…

……

   Dios, ¡qué noche!

   Eso es lo que piensa Brian mientras cruza el pasillo rumbo al cuarto de baño, necesitando mear urgentemente. Estaba en la casa de su amigo Todd, y conocía su disposición tan bien como la suya propia. Siendo los mejores amigos del mundo, en este último año de secundaria, había amanecido allí muchas veces. En esta ocasión en particular, la familia de su amigo estabas de viaje y por eso celebraron como cosacos.

   Como siempre que piensa en su amigo, Brian no puede evitar sonreír. El otro era para él, algo así como un campeón. Su campeón particular, quien siempre daba la cara por él, en la escuela, las canchas deportivas y aún en el barrio. Se llevaban increíblemente bien, a pesar de lo muy diferentes que eran entre sí. Todd era un vigoroso joven de piel negra, cabello corto y ensortijado. Guapo. Alto, donde Brian era algo bajo, musculosos donde este no lo era. No pocas veces el joven se encontró admirándole y envidiándole los intensos ojos marrones que poseía, y esa voz profunda que era casi hipnótica.

   Él, por otra parte, era blanco y aún así, algo pálido, ojos de un azul desvaído, cabello rubio un tanto rizado y abundante. Como ya se señaló, no muy alto, ni fuerte, más bien algo suave y flaco. Siendo inteligente, siempre ayudaba a Todd con las tareas y exámenes, por lo que este pareció sentirse obligado a defenderle cuando otros chicos se metían con él. No dejaba que nadie intentara joderle, le insultara llamándole lagartijo… o maricón. Meneando la cabeza, el joven rubio aún no entiende por qué los otros podrían pensar eso de él; a pesar de que nunca ha tenido novia (les tenía un poco de miedo, a decir verdad), jamás había dado muestras de interés en algún chico.

   Por un segundo, ceñudo, se detiene. Ahora que lo pensaba, y a pesar de su buena apariencia, Todd tampoco andaba con ninguna chica. Eso sí era curioso.

   Dentro del baño, lazándose una mirada al espejo, el muchacho cae en cuenta que tiene una profunda resaca, la cabeza le dolía feamente (¿qué carajo habrían fumado la noche anterior, antes de que Todd saliera con aquella botella de tequila?). Si su madre le viera… Sonríe con ironía, pero aún eso le molesta. Levantando la tapa del inodoro lleva una mano a su bóxer… y se congela. En lugar de encontrar la áspera tela de su ropa interior sus dedos se topan con un sedoso material de encajes que cubre su verga… la cual está dura bajo la tela. No es que fuera muy grande tampoco, a decir verdad. Y era otra razón para adorar a Todd, quien nunca se burló del pequeño tamaño de su pene ni de la poca pelambre en su zona púbica. Junto a él, siempre se sentía seguro. Protegido.

   Pero ahora, recorriendo con los dedos la suave tela, al chico le entra el pánico cuando baja la vista y se encuentra con que si, no lleva su bóxer holgado, sino una pequeña pantaleta blanca, suave y elástica, con pequeños capullos de rosas justo en la parte frontal. En la parte posterior, y no entiende cómo no lo había notado (la resaca debió atontarle), es una tirita metida entre sus nalgas. ¡Era una pantaleta… de chica! Confuso, parpadeando, siente el temblor de su verga, y la duda le embarga, ¿sería por las ganas de mear… o por la pantaleta?

   -¿Que carajos? –pregunta en voz baja.

   Lo mejor era resolver una cosa a la vez, y bajando la parte delantera de la prenda femenina, maniobra su verga y lanza una copiosa meada, una de intenso color amarillenta por el licor ingerido. El alivio es tal que gime al sentirse más ligero, apretando su culo unas cuentas veces, para expulsar hasta la última gota… notando lo extraño que se sentía contra su piel la suave tira de tela de la pantaleta, igual que sobre sus bolas. Termina y se cubre con la blanca tela, antes de caer en cuenta de que no debería estar usando esa vaina.

   Estremeciéndose, se la quita. Sentir el roce deslizante sobre su culo fue… extraño. Se pregunta, aunque aleja la idea, ¿cómo se habría visto sobre, o entre sus nalgas? A veces, en el colegio, había notado a más de un chico, Todd incluido, mirándole el culo. Todos apartaban rápidamente la vista, no así Todd, quien sonreía, mirándoselo… de una manera que le tensaba y casi le hacía preguntarle “¿te gusta mi culo?”, como broma, pero sin atreverse a nada más que…

   -Hey, ¿qué?

   -Nada. Tienes un buen culo, las chicas deben amarlo. –respondía encogiéndose de hombros.

   Palabras que nunca significaban nada, pero le dejaban vulnerable, de alguna manera. Y, ahora, allí estaba erecto. Enfrentando el hecho de que cuando comenzó a bajar la prenda, le pareció una caricia lenta y sensual. ¿Serían de satén o de nylon?, se preguntó, curioso, hasta que cayó lentamente por sus piernas, en un montoncito en el piso, teniendo los pies todavía atrapados en su abrazo. Los saca y la mira, notándola algo… manchada. Agachándose la toma, si, era tan suave en su mano. Y era lógico que estuviera algo manchada de orina, todo chico depositaba las últimas gotas allí, ¿no? Lo que le sorprende, y deja frio, es notar que hay algo más. Se la lleva a la nariz y olfatea. ¡Estaba manchada de semen seco! ¡De esperma!

   Negando con la cabeza, alarmado, se pregunta qué había hecho la noche anterior. ¿De dónde había sacado esa pantaleta, cómo y cuándo se la puso? ¿Qué hizo luego con ella? Si, llevaba meses jugando con las pantaletas de su madre, no podía resistirse a tocarlas; incluso había robado una que otra, para probárselas en su cuarto, sintiéndose culpablemente excitado; pero era un secreto, un deseo culpable al que se resistía y no quería que nadie supiera. Y ahora allí estaba, en casa de Todd… Y se haba puesto una pantaletica.

   Una pantaletica sensual… que no era de su mamá.

CONTINÚA … 2

Julio César (no es mía).

EL PEPAZO… 56

marzo 8, 2017

EL PEPAZO                         … 55

De K.

   Si, tan puto…

……

   Dios, está ardiendo, se dice, agitado, boca muy abierta dejando escapar gemidos roncos de lujuria, asombrado él mismo al mirarse al espejo, arqueando la recia espalda, subiendo y bajando sus nalgas, sacándose y metiéndose, difícil como era, los tres dedos por el culo, estremeciéndose a cada roce, a cada pasada. Las puntas de sus dedos casi tocan algo, un punto… ¿Sería el maldito supositorio?, ¿todavía? No lo sabe, pero se obsesiona; tiene que tocarlo, o sacarlo, o moverlo, o… y mientras lo piensa lo experimenta, el placer de hacerse aquello, de retirar los dedos, ligeramente arqueados, casi sacándolos de su agujero dilatado como una boquita vertical, antes de enterrarlos otra vez, hondo, pegando la frente de la cama, gimiendo largamente, como sólo sabe hacer un hombre cuando un placer indescriptible, generalmente sexual, le alcanza… Y, sin embargo, no es suficiente. Tantea esa cosa, esa pepa, pero no llega; frota y refriega las paredes de su recto al agitar los dedos, y si, es bueno, pero no alcanza para saciarle… Los saca.

   Insatisfecho alza el rostro, lanzando un gruñido de frustración. Mira hacia la mesita y nada. Había dejado el ayudante casero en el baño. ¡Joder!, ruge interiormente, dejando caer el rostro, irritado. Se vuelve en la cama y se mira, su pecho ancho, grande, fuerte, sus tetillas paradas, casi con el largo de meñiques. Y su verga… dura y babeante dentro de la tanga. Cierra los ojos y aspira profundamente unas dos o tres veces para serenarse; podía dejar la masturbada para después. Su culo, palpitando violentamente, no parece conforme con el plan. Pero era un día libre, debía hacer cosas… como recuperar sus papeles, ir por la moto. Llegarse al gimnasio. Si, se dice sentándose, eso le distraería. Aunque sería difícil, reconoce, al quedar su culo sobre el colchón antes de pararse, este estremeciéndose como estaba.

   Alto, musculoso, guapo, en tanga (una deformada por la erección y muy metida en esos globos firmes de carne que tiene por nalgas), va al baño. Se lava la cara y mea, notando, curioso, los pocos pelos en su zona púbica, que hacían más vistoso su rojizo tolete morcilludo. La mirada cae sobre el ayudante casero… La boca se le seca y el corazón le bombea con fuerza. Pero no, carajo. Comenzar el día con una paja era bueno (y no quiere admitir que pensaba se que se masturbaba mientras manoseaba su culo), pero podía vivir sin ella, una mañana al menos. Pasa por la cocina y enciende la cafetera, regresa al cuarto y se coloca unos zapatos de goma sin medias, y una camisetica que apenas llega más abajo de sus pectorales, dejando ver el abdomen rizado de cuadros, las amplias aberturas de las mangas muestran sus hombros anchos, los musculosos omoplatos, los bíceps que son una maravilla. Sonríe mirándose al espejo, tan joven y acuerpado, se dice flexionando los brazos (tan calientabraguetas y putón, piensa también).

   Vuelve a la cocina y se sirve una taza de café, programando el microondas para desayunar, su apetito ha vuelto con bríos. Taza en manos va al balcón, abre la puerta corrediza y sale a esa mañana que comienza, la suave brisa alcanzándole, sus tetillas picándole, visibles fuera de la camiseta… Sale vistiendo así. Y sonríe, erizándose de orgullo y vanidad porque sabe que lo están mirando. Generalmente siempre le lanzaban una que otra mirada, pero ahora es perfectamente consciente de los muchos pares de ojos que lo siguen. Casi siente ganas de alzar una mano y saludarles. Saborea el negro brebaje y la brisa regresa. Sonriendo beatíficamente, cerrando los ojos, alza un poco el rostro, disfrutándolo. El sol ya comienza a salir y sus primeros rayos se sienten del carajo. Era apacible, grato… y sin embargo se siente excitado, su tanga llena de material. Imagina (aunque en verdad lucha un poco contra la idea, muy poquito pero sí), que seguramente en uno de esos balcones había un hombre, o dos, que soñaban con llenarle el culo con sus vergas…

   Sonriendo, y con paso felino, sale del balcón, ofreciendo la vista de la ancha espalda y las redondas nalgas que se tragan el hilo. Vuelve a la cocina y come, copiosamente. Debía hablar con la doñita que le preparaba sus viandas. Aunque algo vago, se ocupa del fregado, de tomar más café, de encender su equipo de sonido y medio bailar un poco, sonriendo feliz por lo bien que se siente al hacerlo, ver su cuerpo moviéndose así. Revisa sus mensajes telefónicos, hay muchos. Los comprobará luego. Después de un leve reposo, sube a su máquina de ejercicios, aunque ya era una simple costumbre, su cuerpo no podía estar mejor. Flexiona brazos y abdomen, con sus zapatos, camisetica y tanga bien metida en su culo; cuando sube y baja, la caricia de la tela contra su raja, sobre los hinchados labios de su culo, le excitan de manera intensa. Sus nalgas bien abiertas ofrecen una visión erótica de la colorida tela suave, que no cubre bien la circunferencia del orificio, el cual parece titilar bajo ella. Algo transpirado, y jadeante, cae sobre su silla frente a la computadora. Joder, se hará una paja a la antigua. Revisará su amplia y bien provista colección de pornografía, o entrará en uno de los portales nuevos, esos donde una tía joven vestida de colegiala llega donde el profesor para “subir la nota” y este está reunido con dos colegas más y entre los tres terminan dándole a la putica lo que tanto necesita.

   Enciende su computadora, y lo primero que escucha es un angustiadamente erótico grito de lujuria y placer mendicante, hay súplica en el tono; parpadea, por el sonido, debían haberlo escuchado en todas partes, y baja la intensidad; ahora ve aparecer frente a  sus ojos una escena de un portal al que jamás se ha afiliado, un tío joven, musculoso como él mismo, está sentado de frente sobre un carajo joven y negro, de verga impresionante, gruesa y nervuda, la cual le abre y llena el blanco agujero, segundos antes de que un segundo negro, también de impresionante verga, empuje la amoratada cabeza contra el blanco agujero y el otro tolete oscuro, metiéndosela lentamente. Reapareciendo el rostro del chico, este echa la cabeza hacia atrás, con los ojos cerrados y la boca muy abierta, lanzando un nuevo grito de lujuria, dolor y placer cuando las dos vergas se le meten hondo (seguramente dándole sabroso en la pepa, piensa mareado por un segundo). El musculoso joven gime casi entre tartajeos por la fuerza de las embestidas de los dos colosos de ébano, pero su aire es de una cachondez total, del hombre que goza su completa y total realización sexual.

   Y con la boca muy seca, y el cuerpo erizado, Jacinto siente que su culo se calienta a niveles nuevos, se le moja y late: eso es lo que quiere. Güevo. Muchos de ellos… Momento cuando una llamada entra y cae la contestadora. Y oye.

   -Eh, ¿Jacinto? Soy Gabriel, el urólogo… Oye, necesito verte. Estoy aquí, en la entrada de tu edificio.

CONTINÚA … 57

SISSYBOY

Julio César.

EL PEPAZO… 55

marzo 5, 2017

EL PEPAZO                         … 54

De K.

el-tio-en-hilo-dental-blanco-bordado

   Si, tan puto…

……

   Tenía que salir y conseguirse un hombre bien plantado. Lo necesitaba. ¡Ahora! La idea le paraliza y atormenta por un segundo tan breve que ni siquiera tiene tiempo de registrarlo realmente. No con el culo latiéndole como lo hacía al recuerdo de los machos que lo habían poseído ese día, golpeándole, rudo y fuerte, una y otra vez sobre su ansiosa pepa…

   Nuevamente apoya la frente en las baldosas, el agua cayendo sobre su cuerpo, echando las nalgas hacia atrás y separando las piernas, llevando la roma cabeza del juguete a su ávido agujero, frotándolo, estremeciéndose brutalmente, un largo gemido escapando de sus labios cuando siente la intensa pulsada de sus entrañas, la manera en la cual se separan los pliegues de su ano para aceptarlo. No sabía exactamente qué le ocurría, pero de lo que si está plenamente convencido era de que su culo lo pedía. Así que lo empuja, lentamente, centímetro a centímetro, gimiendo largamente a cada palmo, su ancho torso subiendo y bajando con esfuerzo. Una sonrisa de profundo gozo y putez adornando su bonito rostro masculino.

   Gimotea, elevando el rostro, apretando más los ojos cuando termina de introducirse los últimos centímetros, teniéndoselo bien clavado. Atrapando la circunferencia de la base con dos dedos, lo agita, arriba y abajo, este rozando de sus entrañas, agudizando aún más los gemidos que escapan de sus labios entreabiertos. Lo retira, muy lentamente, la espalda muy tensa al echar el trasero más hacia atrás, casi doblado de cintura. Lo deja allí, tenso de piernas, las rodillas le fallan. Lleva las manos hacia adelante, apoyando las dos sobre la pared, respirando entrecortadamente, el consolador casi todo clavado, pendiendo allí, emergiendo de su redondo culo sin pelos. Abriendo momentáneamente los ojos, que parecen extraviados de lujuria, Jacinto sonríe, con travesura y cachondez, echando la cabeza hacia atrás, tensando sus nalgas, mucho, sus entrañas… El consolador se agita, emergiendo unos dos o tres centímetros, provocándole una refregada que le obliga a chillar otra vez. Pero, sonriendo más puto, mirando sobre su hombro, presiona con su culo y, sin tocarlo, el consolador va metiéndosele, halado por la fuerza de su esfínter y recto. Y hacerlo, tal suciedad de mariconería, le hace reír. Pero estaba caliente, así que…

   Atrapando la base, comienza un vigoroso saca y mete en su agujero, cogiéndolo, llenándolo con el juguete sexual. Y nada más hacerlo siente que la oleada de placer y cachondez le desborda, se coge a sí mismo mientras su cuerpo se tensa y gime. Cierra los ojos y recuerda nuevamente la enculada que Gabriel le diera sobre la mesa médica, la primera cogida con una verga de verdad, gruesa, caliente y dura. Recordarlo le enloquece, como la pinta del abogado, Andrades, maduro, viril, sus besos, su lengua hábil enloqueciendo la entrada de su culo, para luego penetrarle. Y Efraín, sobre ese mueble, viéndole a la cara… Grita sin reparos, totalmente emputecido en su tono, mientras saca y mete el consolador de su agujero vicioso con mayor velocidad, adentro y afuera, mientras su cuerpo va y viene. Siente como la punta golpea en algo que…

   -Ahhh… -grita, todo dándole vueltas, luces blancas estallando frente a sus ojos, el débil chorro de esperma dejando su verga, mojando las baldosas, la regadera haciendo chorrear toda esa leche y mezclándola con el agua, desapareciendo por el desagüe. Pero Jacinto nada de eso nota, jadeando, lanzando griticos de gozoso alivio por el nuevo orgasmo, sosteniéndose de la pared, débil, saciado. Sonreído. De su culo emergiendo aún el consolador.

   Saliendo del baño con una sonrisa y una cara de satisfacción total, de haber alcanzado la paz interior, se seca, consciente de lo bien que se siente frotar su cuerpo. Va al cuarto y sin pensarlo, toma otra de las tangas hilo dental, estremeciéndose con voluptuosidad mientras la suave tela sube por sus piernas, atrapa sus bolas y verga morcillona. Cuando la tirita posterior cubre y presiona contra la raja entre sus nalgas… no puede evitar soltar un suspiro. Dios, si, se sentía tan bien. Y así, prácticamente desnudo, con aquella tanga azul, va a la cocina y calienta bastante comida, devorándolo todo con gran apetito. Otras veces le habría inquietado, le gustaba comer, mucho, pero le horrorizaba el tener una panza. Ahora, de alguna manera, sabe que necesita todas esas calorías para desarrollar músculos y no consumirse de puro deseo sexual.

   Satisfecho, regresa a su cuarto, apartando las sábanas, metiéndose y cubriéndose, sintiéndose extrañamente consciente de su piel. Sonríe mientras va adormilándose a pesar de lo temprano de la hora. Necesitaba descansar. ¿Sueña?, no lo sabe, pero sí lo hizo, no alteró su reposo.

   Despierta al otro día sintiéndose muy bien, sonriendo complacido de su propio cuerpo al mirarse; no estaba arropado, tan sólo yacía sobre la cama con la diminuta prenda que se aferraba a sus bolas y tolete. Suspirando se vuelve, boca abajo, atrapando la almohada con las manos, notando lo rico que se sentía tener el tolete presionado de esa manera. Y sube y baja sus redondas y musculosas nalgas. Vuelve la mirada sobre un hombro y sonríe al mirárselo en el espejo. Dios, ¡su trasero era tan impresionante!, ningún hombre podría dejar de notarlo, pensó, sonriendo más, con un orgullo que él mismo no entendía. Pero… frunce el ceño. Sus muslos musculosos están unidos, tiene las piernas cerradas, y sin embargo los globos perfectos que son sus glúteos parecen un tanto separados. Si, se ven increíbles, pero la tirita que cubre la raja es visible. Tragando en seco, separa un poco las piernas, alzándolo, fijando la mirada en su ojete sin pelos, de labios hinchados que rodeaban un hueco apenas cubierto por la tirita. Tiembla, mirándoselo, alzándolo más. Llevándose la mano, grande y fuerte, a su nalga derecha, la palmea. Tan dura, tan firme. Se da otro azotón y gime, porque la reverberancia, junto a la tirita, le produce un cosquilleo intenso en el culo. Mucho. Un temblor que parecía picor y…

   -Hummm… -se le escapa cuando no lo piensa más y hunde su dedo, sus entrañas estallando en llamas. Oh, sí, necesitaba una paja para comenzar el día, piensa… Metiéndose un segundo dedo, apartando la tirita de la tanga y penetrando su culo a fondo, adentro y afuera.- Ahhh, ahhh; oh, Dios… Hummm… -gimotea mientras se masturba desesperado, con tres dedos… por el culo.

CONTINÚA … 56

Julio César.

SIGUE EL DILEMA… 10

marzo 2, 2017

SIGUE EL DILEMA                        … 9

   Basado en caracteres creados por capricornio1967

sexy-maduro-en-tanga

   -Vamos, muchacho, atrévete y aliméntate de un papi…

……

   Aunque estaba furioso y frustrado por todo lo que le había pasado en las piscinas, y ahora preocupado por las palabras de su madre, sobre el curioso comportamiento de su padre, todo sale de la mente de Daniel cuando esta menciona el nombre del entrenador, ese sádico que le convirtió en su juguete sexual por un tiempo. El frío se instala desagradablemente sobre toda su persona, tensándole en la silla. La ira y el miedo luchando en su interior. ¿Cómo se atrevía ese hijo de perra a buscarle después de todo lo ocurrido?, ¿acaso no había entendido que todo había acabado? Ya no podía chantajearle, ya no tenía control sobre él. Su cara enrojece, bajo la mirada extrañada de Adriana. Si, aún tenía poder, era plenamente consciente de lo que le hizo, lo degradado y humillado que fue. Violado.

   -¿Ocurre algo, cariño? –la voz resuma preocupación, angustia, y el joven no puede con eso.

   -Estoy bien, mamá, no es nada. Yo… -se atraganta.

   -¿Vas a llamarle? ¿A tu entrenador? Te lo repito, parecía importante.

   -No, mamá. No quiero hablar con él. -es tajante, pero se contiene al ver su sorpresa.

   -Cariño…

   -No, mamá, déjalo así. No quiero hablar con él. Por favor…

   -Daniel, no seas caprichoso. Sé que fue duro contigo en los últimos días, después del asunto de tu borrachera… -oprime los labios, aún alterada por eso.- Pero lo hizo por tu bien. Te ayudó a cumplir con tu mayor sueño, ir a unas olimpiadas y ganar una medalla de oro

   El joven no puede contener un bufido, casi una carcajada amarga. ¡Si su madre supiera! Y por un segundo la ira gana terreno dentro de su mente, en su corazón joven y apasionado. Quiere contárselo. Gritarle lo que le costó, todo lo que tuvo que darle al depravado ese, por ese sueño. Lo obligado que estuvo para cumplir con el sueño de ellos, sus padres. Quiere vociferar toda su amargura y dolor. Pero no, no podía atormentarla, no ahora que su padre y ella… ¿Qué estaría pasando allí? El matrimonio de sus padres parecía edificado en roca.

   -Llámale. –insiste ella. Extrañada y mortificada de sus caprichos,

   El joven guarda silencio, tan sólo alza un hombro, sin comprometerse. Pero no, no le llamaría ni se verían nunca más. Eso lo jura sentado a esa mesa. El entrenador ya no tenía ningún poder sobre él.

……

   Una hora después de la llegada de su hijo, Adriana, aún en la cocina, más preocupada aún, escucha el motor del coche de su marido. La llave contra la cerradura y su entrada a la sala. Secándose las manos en un pañito, sale a recibirle, componiendo una sonrisa.

   -¿Luis? –saluda y pregunta, acercándosele como ha hecho toda la vida, no reparando aún en la tensión de su rostro, la mirada baja y los hombros caídos.

   -Adriana… -grazna este, contestándole. Evitando su rostro. Su beso. Sintiéndose indigno. Estaba manchado, venía de ser ensuciado por Franco, no podía dejar que le tocara. Y menos con sus labios de esposa fiel, devota y digna. Todo eso lo piensa, abatido, destruido (el entrenador habría sonreído de verle), pero, para la mujer, lo único real fue el rechazo. Uno que dolía.

   -¿Estás bien? –se atreve a preguntar, con un dolor en el pecho, por la mortificación. Nunca le había visto actuar así.

   -Sí, yo… estoy cansado. –le sonríe, pálidamente, con todo el pesar del mundo brillando en su mirada. Asustándola.

   -Está bien, ¿vas a comer algo? Daniel ya está en casa.

   -No, no aún, necesito una ducha. Una buena ducha. –casi mastica las palabras, y sin esperar más, se aleja.

   Y si a Adriana no le parece, y desea preguntar algo más, se queda con las ganas, porque, aunque susurra su nombre, y le sigue con una mirada angustiada e insegura, el hombre no se detiene, con su paso vacilante, mirada baja, subiendo las escaleras.

   No, no puede enfrentarla, mirarla, se dice Luis, con un terrible nudo en la garganta. No después de haber sido ultrajado y usado por Franco. Encerrándose en el cuarto de baño del dormitorio principal, mirarse al espejo fue terrible. Odió su propio reflejo, el del poco hombre que no supo defender su honor. Su hombría, su virilidad. La risa de Franco llena su cabeza, alterándole, sus palabras regresan para herirle, lo puto que era, lo mucho que quería verga, la manera en la cual su cuerpo respondía a la penetración y manipulación de un hombre. Quiere gritar, lanzar puñetazos y romperlo todo. Desahogarse con violencia física. Pero no puede. Adriana y Daniel correría a su encuentro. Y querrían saber. Y no podía enfrentarles, se dice luchando por tragar, por contener un horrible sollozo que le sube del alma. Cierra los ojos y se muerde el puño, tan fuerte que se lastima, pero eso era bueno. Los abre y ver su propio llanto le irrita, era tan débil, tan poca cosa. Ignoraba que era la manera de actuar según lo planeado por Franco. Cada vez se cuestiona más.

   No era un hombre completo, no sólo porque su culo fue penetrado por la verga de otro carajo, que tomó su virginidad, el sello de su masculinidad, sino porque lo mamó, recibió la esperma de ese hijo de puta. Ahora era un maricón, uno que ya no podría responderle en la cama a su mujer, una dama decente y buena. Ni siquiera dejar que mirara su cuerpo, se dice, el pecho subiendo y bajando con terrible esfuerzo, mientras se desprende de todas esas ropas, viendo su torso, abdomen, axilas y zona púbica, así como la piernas, depilados. Temblando, prometiéndole cosas a la virgen, si ya no estaba allí, se medio vuelve y encuentra el infamante tatuaje.

   Con pasos tambaleantes entra en la ducha, calentándola al máximo, tanto que lastima su piel, una que frota vigorosamente, casi haciéndose daño, tomando calientes buches que queman sus mejillas, labios y lengua al hacer gárgaras; mojando copiosamente su culo profanado. Necesita limpiarse, sanarse… pero sospecha que ya no podrá. No con Franco allí. La primera vez, pensó que eso sería todo, cuando cedió a sus intenciones para que no sacara a Daniel del equipo, a lo que accedió diciéndose que lo hacía por su hijo, y era cierto, pero también por él mismo, no podía engañarse. Quería que su hijo fuera un campeón olímpico, un medallista de oro. Y se vendió, eso lo admite bajo el chorro de agua helada, ahora. No esperó que el otro le buscara otra vez y le chantajeara, ni que le hiciera esas modificaciones, ni… Pensó en mandarlo todo al coño y no someterse, pero sabe que no podría sobrevivir el escándalo sexual frente a sus socios, amigos, conocidos y familiares. No frente a Adriana y Daniel. Por ello había pensado en matarle. Pero saber que le descubrirían (sólo en la televisión alguien asesinaba otro y nada ocurría), le detendrían y dirían que era una sucia y depravada riña de viejos maricas, y arrastraría a su familia a ese escándalo del que sabe no podría salir, le paralizó. Matar a Franco y acabar consigo mismo, tampoco le ayudaría. El otro le tenía bien atrapado, reconoce con un sollozo apagado, derrotado.

   -¿Luis? –la preocupada voz de Adriana, así como la puerta del baño abriéndose, le alarma.

   -¡Ocupado! –ruge, temeroso de pronto de verse expuesto ante ella.

   -Estuve llamándote y… -toda la preocupación del mundo se siente en su tono.

   -Lo siento, no escuché. –grazna, controlando el tono.- Ya salgo. Así podremos sentarnos a la mesa. Todos. –le cuesta decirlo y que suene normal.

   -Está bien. –accede ella, no muy convencida mientras cierra la puerta y sale del dormitorio.

   ¿Qué estaría pasándole? ¿Serían problemas muy serios con los negocios? Pero hasta hace unas semanas todo estaba bien, recuerda con añoranza y preocupación. Realmente algo muy extraño le estaba pasando a los hombres de su casa. Aunque le había dicho de la llamada, era consciente de que Daniel se había negado a atender al entrenador. Franco no podía comunicarse con él. Y no lo entiende, el por qué de ese actuar caprichoso de su muchacho, ¿acaso ese hombre no lo había dado todo, incluso violar ciertas reglas para asegurarle su participación en las olimpiadas? Ahora no le recibía las llamadas. No quería hablarle. Volviendo a la cocina, viéndose decidida, se dice que hizo lo correcto.

……

   Echado de espaldas sobre su cama, un serio, triste y patibulario Daniel mira su nuevo juguete telefónico. Desde que regresara de la justa olímpica, a la casa habían llegado varios objetos, marcas buscando promoción, y joven al fin no se había podido resistir a la idea de mirarlos. El nuevo móvil era una maravilla. Y, nuevamente, muchacho al fin, pudo distraerse por unos momentos verificando funciones, llenándolo con sus datos y afiliados. Está esperando una llamada de la federación, el asunto del viaje a Los Ángeles parecía ser cierto y querían coordinarlo. Ya vería cómo escapar de eso. Cuando el móvil repica, casi lo deja caer sobre su pecho, reconoce el número. Vaya que eran organizados y tenaces.

   -Señor García… -comienza, tono fastidiado. Hay un leve silencio.

   -Hasta que podemos hablar, Saldívar… -escucha esa odiosa voz que le es tan familiar, con tonos duros. Es tanta la sorpresa que ahora si se le cae el aparato de la mano temblorosa; con el corazón palpitándole casi dolorosamente en el hecho, lo recoge.

   -¡Que carajos… ¿cómo obtuvo este número?! –grazna.

   -Tu madre, Dios la bendiga; ella sabe que soy lo mejor que ha pasado por tu vida, muchacho, y quiere que continúe así, yo guiándote. –el sarcasmo destila por los cuatro costados en la voz de Franco.

   -¡Váyase a la mierda! –ruge, bajando el tono, temeroso de atraer la atención de sus padres.- No me llame, no me busque más o…

   -¿O qué? ¿Le contarás a todo el mundo lo de nuestra relación amorosa? Ya tienes más de dieciocho años, lo que dos adultos hagan con sus cuerpos, en este caso tú con tu boca y tu culo para darte placer…

   -¡No fue ninguna relación, abusó de mí! -es desesperante querer gritar y no poder hacerlo.- Pero no volverá a hacerlo. Ya no puede hacerme daño. No le dejaré. –hay un tenso silencio nuevamente.

   -¿Y quién habla de hacerte daño, esclavo mío?, sólo quiero amarte nuevamente, jejejejeje. –es cruel, implacable.- La verga me arde de las ganas de enterrártela por el culo otra vez, y otra vez, y otra vez, hasta que te corras sin tocarte, repetidamente, mientras me ruegas que te dé con fuerza y luego me agradezcas por mis atenciones, con humildad y sumisión, como tienes que hacerlo cuando un hombre satisface tus necesidades de joven y atlético maricón. –las palabras, el tono, irritan al muchacho, pero también le asustan, mucho, sabe lo tortuoso y manipulador que es; es algo que el otro se ha encargado de sembrar en su mente.

   -Déjeme tranquilo, no volveré a caer en sus cochinadas.

   -Ah, que malo, porque yo quiero hacerte muchas cochinadas. Cochinadas que ni te imaginas, pero de entrada, llenarte con mi verga esa boca arrogante y grosera que no conoce todavía su lugar como sumiso marica a los pies de un hombre, luego abrir y llenar tu culo nuevamente, haciéndote botar litros de leche mientras te cabalgo, pequeña zorra.

   El miedo le atormenta, pero la rabia le da fortaleza, por ello se sienta en la cama y replica furioso.

   -Entiéndalo, ya no puede hacerme daño, ya no tiene poder sobre mí. –casi le grita, entre dientes, erizándose al escabuchar la risa lenta.

   -Nuestra relación es más duradera, y poderosa que una simple participación deportiva, zorrita, ¿no recuerdas tus gemidos, lo duro que se te ponía el tolete cuando te penetraba?, ¿cómo te arqueabas cuando te cabalgaba? ¿Recuerdas esa noche con los otros muchachos, el cómo te revolvías como una puta caliente entre esos apuestos y masculinos jóvenes, para atenderlos a todos? En ese momento eras dichoso, te sentías realizado, aunque, claro, actuabas tan puta, tan marica, que tu mente no quiere reconocerlo ahora. Pero, para guiarte en el buen camino, estoy yo. –hay otro silencio, luego la voz llega, dura y terminante.- Ven a mi casa, tenemos que hablar de nuestra luna de miel en Los Ángeles. Ven ahora. O tú si que lo lamentarás.

CONTINÚA … 11

Julio César.