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DE AMOS Y ESCLAVOS… 15

febrero 23, 2015

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 14

MORENO EN HILO DENTAL ROJO

   Se muere por salir así y que todos lo sepan… y vean.

……

   Toma una larga toalla y se cubre, saliendo a la sala, como si nada, asomándose al balcón, mirando a la calle, como si no reparara en ese tipo que le mira fugazmente, sin interés en un primer momento, luego volviendo algo más picado. Lo entiende, el chico estaba algo pasado de peso, y él era todo chocolatico en su abdomen y de pectorales abultados. Como si nada, vuelve a la sala, dándole el frente al balcón y deja caer la toalla, su enorme cuerpo moreno dentro de la pequeña prenda es todo un espectáculo. Ni una vez mira directamente al balcón, pero el calor lo envuelve.

   Por el espejo del gabinete junto a la mesa del comedor, nota que el tipo le observa levemente sorprendido, luego desviando la mira hacia otro lugar, buscando otra cosa, evidentemente no siendo gay… pero regresa. Era imposible que un tipo como él, desinhibido, grande y sexy, en tanga, una blanca, se echara así sobre el sofá y no le vieran. Cierra los ojos, toma aire, su torso se expande, y sabe que el otro le mira. Nuevamente, y como se le va volviendo costumbre, traga con calor, volviéndose sobre el sofá. Mostrando su espalda, su cuerpo largo y armonioso, sus nalgas redondas, musculosas, llamativas… con una diminuta tira blanca que se entierra entre ellas. Finge no notarle, pero le observa por el espejo, le ve enderezarse, todo ojos, boca abierta, mirando en todas direcciones como para verificar que no le pillan buceando a un carajo en hilo dental. Pero se queda. Allí.

   Viéndole. Gregory tiene que cerrar los ojos, ese calor que le envuelve es más intenso, se siente sensual, osado, caliente, no sabe si es cierto o lo imagina, pero cree sentir sobre su piel la mirada del otro, casi como una caricia erótica. Su güevo, totalmente erecto, ardiente, saliendo de la tanga y quemándole cerca del ombligo, moja también. Ese tipo… seguro era heterosexual, como él mismo (¡ja!), pero no podía dejar de mirarle.

   Abre un ojo, sabe que lo tiene empañado, casi jadeando desencantado. ¡El tipo no estaba!, debió… No, allí estaba, ¡volvía! Fingiendo no verlo, casi se corre, el tipo tenía en las manos unos pequeños vinculares, algo que parecía de juguete, pero que para lo que los quería muy bien que servían. Dios, el espasmo que lo recorre de pies a cabeza es intenso. Vuelve el rostro al lado contrario del balcón, como si durmiera, sus nalgas meneándose levemente, bailándolas. E imagina que esos ojos están clavados como dardos sobre su trasero duro y firme, como, tal vez, sólo tal vez, se le estaba poniendo el güevo a ese tío mirándole. Tragando más, lentamente deja caer un pie, las piernas separándose, las nalgas también, el hilo blanco de la tanga viéndose y cubriéndole. Se congela con su propia osadía. Como si despertara, vuelve la cara, fingiendo mirar al tipo por primera vez. Y este le tiene los ojos clavados, una mano en los binoculares, otra debajo del muro del balcón, el brazo moviéndose como si se tocara. Como si se sobara.

   Eso le pone horriblemente mal. Bajando los binoculares, el tipo le mira directamente. Sus ojos se encuentran, y Gregory cree leer en sus labios un “tócate”. No sabe si lo vio, o lo imaginó, pero una de sus manos grandes va a su trasero, cayendo como bofetada sobre su nalga. Ese tipo se echó hacia adelante, como si quisiera cubrir el espacio, y el joven y apuesto hombre negro se perdió en sucias fantasías. Y la urgencia, la necesidad, le lleva a una idea tan intensa como terrible, tanto que le asusta: apartar el hilo de la tanga, como casi hace en esos momentos, los dedos alzando levemente la telita…

   ¡Y meterse un dedo por el culo!

   Cosa que ni imagina a donde le llevaría, pero lo sospecha cuando ese tipo, mordiendo su labio inferior y alzando en puños sus dos manos, menea las caderas como si lo enculara… y eso le pierde más. Quiere hacerlo, meterse un dedo, hondo, viéndole meneando así su pelvis… como cogiéndole.

   -¡Gregory, hijo de perra! –el rugido casi le provoca un infarto.

   ¡Roberto! ¡Mierda!

   -¡Gregoryyyyy! –el grito impaciente se deja escuchar del otro lado de la puerta. Y el joven hombre negro se pone de píe automáticamente.

   -¡Ya va! –le grita y corre al dormitorio, vistiéndose a todas prisa con un holgado bermudas a media pierna y una más holgada franela blanca que oculta todo.

   Repara, mientras se pasa las manos por la cara para despejar cualquier humedad de sudor, que desde el edificio de enfrente el tipo abre los brazos como preguntándole “¿qué pasó, papá?, ¿y el show?”, eso le produjo todavía más estremecimientos. Maldita sea, estaba mal. Abre la puerta y encuentra al otro allí.

   -Ay, pana, ¡si supieras lo que me pasa!

   Lo insólito es que ambos dejan salir la frase al unísono, desconcertando al otro.

-Pasa. –grazna Gregory, reparando ahora en la cara de preocupación de Roberto, quien también le estudia.

   -¡Cómo tardaste!

   -Estaba en el baño. –se justifica rápido, y quedan uno frente al otro, de pronto cortados, silenciosos, incómodos entre sí, ellos que han compartido tanto, aún escabrosos cuentos con mujeres a las que no debieron tocar jamás, como primas, amigas de novias, novias de amigos y cosas así.- ¿Y a ti qué te pasa?

   -Un vainero. –gruñe en automático Roberto, cayendo sentado en el sofá, ahora dudando. Pensó que le haría bien, que le ayudaría, hablar con alguien, un conocido, un amigo, cuando salió de su apartamento. Más huyendo que otra cosa, atormentado por lo vivido con Hank; no sólo el desvirgar de su culo de macho por el güevo de otro carajo, de uno blanco y que además le humillaba, sino por todo lo que había gozado en esos instantes de sentirse poseído. Ahora, y frente al amigo, sin embargo…

   -Cuéntame. –se intriga Gregory, sentándose en un sillón, deliberadamente de espaldas al balcón.

   -Yo… -enfrentado al momento, Roberto no sólo no sabe qué decir, sino que siente que se muere de vergüenza. ¿Cómo confesar que un tío blanco le hacía mamar su güevo, beber su leche y ahora lo cogía? No, era demasiado.- Es todo… La vida. Me van a subir el condominio, las cuotas del apartamento y… -traga y sonríe yéndose por vaguedades.- ¿Y a ti qué es lo que te ocurre? –era mejor distraerse con los problemas ajenos.

   -Yo… -y Gregory también se congeló, no era fácil contarle a un pana que de pronto se le había despertado el morbo por mostrarse, por exhibirse, incluso por dejarse tocar. Con hombres incluidos.- El taxi está jodiendo.

   -¿Cuando no lo hace? –gruñó Roberto, apesadumbrado, sentía un fardo increíblemente pesado en sus hombros.- Oye, ¿no tienes cervezas?

   -Déjame ver. –se pone de pie. Contento con la escusa para alejarse y recomponer sus ideas.

   Y mientras sale, Roberto se hace una promesa. No cederá más a las pretensiones de ese carajito desagradable. Ya… probó todo lo que iba a probar y sabe que no es para él. ¡Es un hombre, carajo! Y sin embargo un calor intenso le recorre, no quiere pensar en ese detalle en especial, pero mientras decide que no se dejará coger más, recordó la enorme, gruesa, rojiza, dura y totalmente hermosa verga de Hank, goteando su ojete esos líquidos salinos que eran deliciosos. Y lo increíble de la sensación que experimentó cuando la pulsante barra de carne caliente le llenó el culo. Cuando le perteneció al otro hombre.

   -¡La cerveza! -demanda casi ahogado.

   -Un momento, joder, que no soy cachifo tuyo. –le gruñe Gregory, quien regresa caminando a paso quedo. También perdido en sus pensamientos. Está bien, joder, le gustaba exhibirse, pero eso no debería ser un problema. Podía hacerlo frente a las mujeres, aunque estás parecían siempre menos propensas a esos espectáculos. Pero podía encontrar algunas que participaran.- Toma. –le tiende una cerveza, viendo al amigo casi dar un bote atrapado en su mundo interior, agitado; chocan picos de botella y es cuando mira hacia el balcón, del otro lado ese tipo vuelve a elevar los brazos, preguntándole, y baja luego una de sus manos y con elocuencia se aprieta el entrepiernas. Apurado cae de nuevo en el sillón.

   -Está buena. –grazna Roberto tomándose un tercio del líquido.

   -Amigo, ¿en verdad estás bien? Te ves… agitado. –incluso Gregory lo nota.

   -Estoy bien. Muy bien. Oye, vi a tu vecinita, esa que usa esos pantalones apretaditos que le dibujan un coño grande. ¡Qué tipa! Llevaba un jeans rojo y se le veía… -y sisea, pero no es del todo sincero ni espontáneo.

   -Está buenota, ¿verdad? Cada vez que la veo me pongo caliente. –responde en igual tono Gregory, decidido a no mirar atrás.

……

   En aquel cuarto de hotel de mala muerte, sobre una cama yace sentada una hermosa mujer de cabellos amarillentos y ojos claros, nublados de lujuria mientras oye, en la habitación de al lado, cuya puerta intermedia está abierta aunque no ve lo que acontece, se escuchan unos ahogados sonidos de succión, de chupadas intensas, desesperadas y hambrientas de alguien que se alimenta de la masculinidad de un hombre. Y en esa otra habitación, sobre la cama, en cuatro patas, vistiendo pantaletas de mujer, medias negras, tacones, rostro pintarrajeado, un atractivo tío catire esta mamando con voracidad de un enorme, grueso y totalmente oscuro güevo tieso; la tranca del hombre que está a su lado, viéndole entre curioso (le sorprendía ver la urgencia en lo que hacía a ese carajo, e imagina los demonios y carencias que siempre debió afrontar), y la excitación: un catire bonitico, vistiendo pantaletas de putita, estaba dándole una mamada impresionante a su tolete.

   -¿Te gusta, cabrona? –le pregunta Yamal, ronco, voz profunda y cargada de lujuria aunque a él mismo le parece extraño. Es parte del juego que quiere la mujer.

   Y siente un estremecimiento cuando, medio güevo dentro de sus labios, ese carajo le mira y asiente con la boca tan llena. Sus ojos pintarrajeados se ven extraño, así como sus labios de un rojo intenso que se riega mientras sobre, manchándole el güevo y también su barbilla (la mujer lo quería así, barato, maquillaje barato de puta de esquina). Sacándosela de la boca, chorreando algo de saliva y espesos jugos, le ve jadear, tomar aire, pero sus labios entreabiertos, temblorosos, la buscaban otra vez, necesitado de más. Sonriendo torvo, Yamal Cova se la agarra y le golpea la cara con ella, son sonoras bofetadas, un güevo negro y caliente contra una pálida mejilla masculina, y con todo, Bartolomé Santoro, ese tipito acalorado, gemía e intenta atraparla mientras la dura pieza le moja la cara, de saliva, de jugos, de pintura. Y en el otro cuarto, Marjorie Castro de Santoro lo oye, los senos duros, y cierra los ojos jadeando.

   -¿La quieres, putita? ¿Quieres mamar mi güevo? ¿Lo quieres mucho? –le pregunta, parte del juego, azotándole con el glande una y otra vez los labios que intentan atraparle.

   -Si, papi, la quiero. –gime ronco y bajito, fingiendo una voz más aguda. Y Marjorie, en el otro cuarto, siente que casi alcanza un orgasmo. Su marido, ese perfecto y bello triunfador que la desdeñaba estaba suplicándole como una puta a un enorme hombre negro para que le diera su güevo.

   Y este se lo clava, gimiendo de lujuria, más caliente al verle tan entregado. Yamal se lo mate rumbo a la garganta, los rojos y embardunados labios tragando pedazo a pedazo de la mole de ébano, nervuda y gruesa, la cual le abulta una blanca mejilla, quemándole y aplastándole la lengua, metiéndose en su garganta, de manera profunda, quedando todo rojo de cara, asfixiándose con la nariz en los crespos pelos púbicos de su negro. El hombre le retiene allí, sonriendo malvado, viéndole ponerse amoratados, los ojos lagrimear, la saliva espesa escapando de una comisura mientras patalea por aire, lamiéndosela más, halándosela con la garganta y las mejillas. La saca y le ve tomar aire con desesperación, cachetes ardiéndole, tosiendo un poco, escupiendo algo de saliva… pero echando el rostro hacia adelante, deseándola otra vez. Y esa urgencia era lo que tenía tan mal a Yamal, el verle tan hambriento de güevo.

   -Lamela, zorra barata. –le ruge sonriendo, casi con la leche saliéndosele cuando de esa boca de labios rojos empegostado sale la lengua y recorre la gran vena de la cara inferior de su tranca titánica. La lengua va y viene, lame todo, la medio muerde, sube y sorbe del ojete, dándole con la punta de su lengua, y Yamal se tiende sobre él.

   Cuando ese tolete palpitante vuelve a desaparecer en la roja boca, una enorme mano negra de dedos abiertos cae sobre la nalga más cercana del tío blanco en cuatro patas, palmeando duro, enrojeciéndosela, haciéndole gemir más, aún ahogado de güevo como está. La mano sube y baja, azotando de una nalga a la otra, cada una sonando con fuerza, cada azote seguido de gemidos del tío, totalmente de lujuria, mojando su pantaleta de jugos por la emoción, estremeciéndose, agitando su redondo trasero, contrayendo su culo bajo la telita en anticipación a la fuerza de la mano del macho, que nalguea y se queda allí, frotando recio, de manera circular, estimulándole de maneras que ni él mismo entiende.

   Bartolomé jamás creyó, en su vida de sumiso reprimido, que ser nalgueado por otra persona podía ser así de estimulante, pero era de las cosas que iba aprendiendo y que ese hombre, su hombre, iba enseñándole. Casi lloroso de gratitud continúa mamando más, su culo sube y baja buscando la mano que le golpea, de sus labios, a pesar de la pieza que los cruza, escapan ahogados gemidos de entrega y sumisión total. Y en el cuarto de al lado, sentada a la cama, el cuerpo tenso como cuerda de violín, su mujer lo escucha. Marjorie abre los ojos cuando el gemido sube en intensidad, más agónicamente lujurioso. Sonríe sabiendo lo que ocurre… Yamal le debe estar metiendo un dedo por el culo.

   Así es. Unos negros dedos, en contraste con la muy blanca piel de las redondas nalgas, apartan a un lado la suave tela de la pantaleta, y un dedo de la otra mano, largo y venoso, entra lentamente, metiéndose pedacito a pedacito, clavándose y empujando más. Y mientras entraba, ese redondo culo totalmente afeitado se agitó, los pliegues se alzaron, las entrañas lo abrazaron. Lo enterró todo, agitándolo con fuerza y Bartolomé arqueó la espalda dejando escapar ese gemido de placer.

   -¡Qué puta eres! –le ruge, maravillado y vicioso, Yamal al rostro, mientras retira medio dedo y vuelve a clavárselo, gozando el verle casi correrse de lujuria, meciendo su culo ansioso, tragándole el güevo por iniciativa propia hasta los pelos. Cuando el segundo dedo, entrelazado con el primero, se frotó de la entrada, se metió facilito.- Lo tienes a punto, putica. Justo como lo quiere un hombre. Tu hombre.

   Con manos algo temblorosas, Marjorie se sirve una copa, su respiración esta agitada. Bebe lentamente, pero casi se atraganta y tose cuando oye a su marido lanzar un largo, agudo y totalmente putón alarido. ¡Yamal se la había metido!

   Completamente desnudo, el coloso de ébano, algo abultado de panza, pero no de grasa débil sino de duros músculos, Yamal se encuentra arrodillado sobre esa cama, entre las piernas abiertas de Bartolomé, a quien le tiene enterrado los oscuros dedos en la lisa carne pálida de las caderas, la pantaletica medio ladeada, el redondo, afeitado y rojo culo siendo abierto por la gruesa mole de carne negra que entra y sale, lentamente, llenándole; y cada pase, adentro y afuera con la rugosa y ardiente pieza, hace gemir a ese tío blanco con cara pintarrajeada, quien con ojos cerrados, boca muy abierta, baja la cabeza y casi muerde la sábana cuando la tranca comienza a ir y venir con más fuerza.

   -¡Tómala toda, puta barata! –le ruge Yamal, nalgueándole feo, la piel roja por los anteriores azotes.

   Bartolomé grita, cuando su culo se cierra intensamente sobre la tranca las sensaciones maravillosas que lo recorren, mientras le frota por dentro, se intensifican. El hombre blanco delira literalmente de gusto, dentro de los tacones sus dedos se cierran, sus muslos se tensan, su espalda se arquea, babea sobre la sábana que muerde mientras grita y gime a cada embestida; su propia verga mojando copiosamente la pantaleta es un cuadro de entrega y lujuria que enloquecería a cualquiera, y Yamal no se consideraba tal, ni gay si a eso íbamos, pero…

   Le nalguea y le coge fuerte, con golpes secos, unos y otros. El estrecho culo es macheteado con violencia, lo abren y llenan con poder. Parecía muy pequeño para esa barra titánica, pero se abría como flor, la tomaba, la apretaba y la adoraba. Y los dos hombres gemían, chillaban, se estremecían de gozo. Ese culo ardiente, mojado, sedoso y apretadito estaba dándole la halada y chupada de su vida, piensa Yamal, meciendo su poderoso cuerpo de adelante atrás, a derecha e izquierda. Bartolomé por su lado, cara sobre la cama, boca muy abierta de donde salen gemidos de gozo, así como baba, la siente muy adentro, rozándole las paredes del recto, estimulando cada terminación nerviosa, dándole una y otra vez sobre la próstata, llenándole de hormonas y lujuria. El güevote sale totalmente, inmenso, fibroso, y se clava con un golpe seco logrando que Bartolomé eleve el rostro, sus nalgas temblorosas, de sus ojos bajan lágrimas de felicidad, de gozo, de gratitud, manchándole con el rímel barato.

   -¡Puta! ¡Puta barata! ¡Eres una puta! –le gritaba Yamal, caliente como nunca, dándole cada enculada que lo estremecía sobre la cama, haciéndole gritar de gozo, voz algo chillona, medio femenina.- ¿Eres una puta? ¿Eres mi puta? –le cepilla con fuerza mientras se le medio monta en la espalda, su propio culo subiendo y bajando como perritos.

   -Si, sí, papi; soy tu puta. ¡Tu putica caliente! ¡Destrózale el coño a tu puta! –chillaba Bartolomé, totalmente ebrio de tantas ganas, nadando en endorfinas, cada parte de su cuerpo excitado al máximo. Y vuelve a gritar, su propio tolete temblando más, cuando las negras manos atrapan sus erectos pezones y aprietan.- Ahhh… ahhh… ahhh, si, papi; cógeme así, papi; aprieta mis tetas. Soy tu puta. ¡Tu puta! –gritaba incapaz de controlarse ya, totalmente liberado, sintiéndose totalmente feliz de poder darle escape a esa necesidad, a esos deseos que siempre acalló.

   Yamal tiene que sonreír al escucharle; como todo macho goza el hecho de que otra persona esté delirando de gusto con su verga, pero también por tener así a ese sujeto, totalmente loco de lujuria, sabiendo que esa bella catira está escuchándoles. Que oye como su marido delira, jadea, gime y pide más güevo, el cómo lloriquea por más.

   Y si, sentada allí, todo ardiéndole, la mujer se muerde los labios alcanzando el clímax sin tocarse; y cerrando los ojos, dejándose caer de espaldas en la cama, todavía oye a su marido gritar por más, llamándose puta, queriendo macho. Los sensuales labios de la mujer se entreabren y deja escapar un leve gemido de gusto, estremeciéndose aún, imaginando el redondo y blanco culo afeitado de su marido siendo abierto una y otra vez por la gruesa mole de carne negra que lo penetra y que pronto le dejaría esas entrañas tan llenas de leche que esta escaparía de su “coño” vicioso poco después.

   ¡Tenía a ese hijo de puta donde quería!

……

   Ese sábado siguiente, por la noche, en la tasca de la India, donde todos los socios de la línea Taxis Rentarías se reunían antes de partir cada uno a lo suyo, sentados entre varios en dos mesas unidas, bulliciosas y llenas de botellas, tres hombres fingían una normalidad que les costaba. Hablaban, como todos, de sus hembras y de las últimas aventuras en los taxis (la mayoría inventadas y todos lo sabían), intentando compensar con exageraciones sus situaciones íntimas. Roberto Garantón, siseaba de manera desagradable a la joven mesera que les atiende, no queriendo pensar en el chico blanco a quien llamaba amo. Yamal Cova sonreía y bebía bastante, escuchando más que hablando, fijándose también en las tetas de la mesera intentando echar bien atrás el recuerdo de cierto carajo en pantaletas a quien le pellizco fuerte los pezones mientras le cogía y lo bien que se sintió hacerlo. El tercero, Gregory Landaeta, estallaba en escandalosas carcajadas de lo que contaba otro de ellos, habiendo tomado más que de costumbre, echándose para adelante para decir algo. Y fue cuando ocurrió.

   Siempre pasa aunque la gente ni lo nota. Al echarse hacia adelante, la corta franela subió y creó un espacio abierto de piel con la cintura del ajustado jeans, el cual sin embargo se separaba un tanto a sus espaldas, y Quintín, un llanero joven y escandaloso, algo atrevido con sus bromas, le clavó los ojos en ese pedazo de piel de ébano. Algo que todo el mundo hace, pero que a Gregory, quien notó la mirada, le provocó unos calorones intensos.

   -Coño, necesito mear. –dijo Quintín sin dirigirse a nadie, pero Gregory ardió por dentro, viéndole alejarse.

   -Yo… -se puso de pie, todo su ser gritándole que cometía un error, pero no pudiendo controlarse. Mirando camino a los sanitarios por donde ya desaparecía Quintín.

   ¡Necesitaba ir!; a pesar de saber que todos sus amigos y conocidos estaban ahí, debía ir.

CONTINÚA…

Julio César.

SER O NO SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA… 28

febrero 14, 2015

SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA…                         … 27

   La siguiente es una historia que NO ES MÍA. Pertenece totalmente al señor capricornio1967. Tan sólo la reproduzco, tal vez cambiando una que otra coma, aunque la historia ya está por ahí, completa. Es un relato maldito en toda la regla, un hombre maduro decide tomar, controlar y dominar a su joven pupilo, transformándole en algo que no quiere, ni soñaba, aunque se resiste. Lo repito, es un cuento muy maldito. Disfrútenlo:

……

EL DILEMA

Autor: capricornio1967

Capítulo VIII “VOLANDO A GRECIA”

LA TANGA EN EL CULO MASCULINO

   Demasiada tentación en la alberca.

……

   -Noooooooooooogh. –con un casi un gemido de protesta para no atraer la atención de la gente que pueda estar fuerza del baño del avión, Daniel baja sus manos para tratar de liberar su miembro de la presión de la fuerte y áspera mano de Franco, pero este se mantiene firme.

   -¡Quédese quieto, Saldívar! -le ordena al sentir la leve oposición de Daniel a que le estimule la verga al mismo tiempo que su culo y que sus pezones.

   Con su otra mano, Franco le jala fuertemente el cabello al musculoso nadador, de una forma fuerte y definitiva, logrando que este tenga que extender su cuello, hasta casi causarle dolor, apretándole el rostro con la pared, empujándole la verga con un poco de más fuerza. Daniel entiende que debe ceder, soportar, dejarse hacer, de no protestar porque esta aun en manos de Franco, le guste o no, lo acepte o no. Sus manos dejan de resistirse mientras la mano del otro vuelve a friccionarle fuertemente la verga, que se engruesa y endurece ante la fricción, el masaje prostático es también un detónate sexual en el trozo de carne del joven macho, que lo hace excitarse mas y mas. La respuesta física es incontenible, el placer en su miembro aumenta las sensaciones se extienden hasta sus grandes bolas que cuelgan pesadamente en un escroto de buen tamaño, mientras siente que las bolas del maduro macho chocan con sus nalgas cuando Franco lo embiste, cuando lo penetra. Las sensaciones son encontradas, el placer y la rebeldía, la virilidad y la sexualidad, penetrar o ser penetrado, poseer o ser poseído; ahora Daniel se encontraba del otro extremo, en la parte más susceptible de su sexualidad, de su tortura, su miembro gozaba con la fricción y su próstata casi gritaba de placer cuando la dureza la friccionaba una y otra vez, de manera diestra y diabólica.

   -¡AAHHHHHHHHH! -los gemidos de Franco se hacen cada vez mas fuerte, siente el placer del triunfo, del macho poderoso, el placer de sentir que sus bolas hierven con leche espesa espumosa y abundante que desea ser depositada en las entrañas de Daniel, desean ser ordeñadas por ese par de nalgas duras, grandes y de forma perfectamente redonda, sin vello y que aprietan su carne y le permiten el acceso inmisericorde.

   -¡Mgmhghmg! -Daniel ahoga sus gemidos de rabia y de placer contenido, de humillación, no puede darse el lujo de que Franco lo vea vencido, derrotado sexualmente, disfrutando lo que para él es humillante, repugnante y que solo esta haciéndolo por obligación.- ¡Mgmgmmghmhmh!

   -No disimule, sé que le gusta, Saldívar, jejejejeje… -le dice Franco al oído, burlón.

   -Nogghhh. -repite entre dientes Daniel, mas para sí mismo que para Franco, sabiendo que es como tratar de retener el agua entre sus manos, sus bolas se calienta, igual que el resto de su cuerpo y su verga alcanza una consistencia de fierro metal. -¡No! No, no… -se repite mientras su mente abandona su cuerpo y lo deja solo en sensaciones en manos de Franco, como si se desdoblara para poder entender su situación tan comprometida, con una verga en el culo y la suya babeando abundantemente en la mano de ese hombre, cada embestida provocando en sus bolas duras una leve molestia que pide a gritos ser desahogadas.

   Franco, por su parte, también está a una fracción de segundo del clímax sexual, de que sus bolas disparen de nuevo las descargas más potentes de la leche más espesa que genera por ese placer que le provoca Daniel, por ese placer que le provoca el culo, el cuerpo del perfecto físico del joven atleta.

   -¡AHHHHHHHHHHHHHHHHHHH! -un gemido de alarido, de placer y satisfacción sale de su boca cuando la leche contenida en sus grandes bolas es descargada con una intensa fuerza en las entrañas de Daniel, más fuerte que en las otras ocasiones, más espesa y más abundante.

   El caliente y blanco líquido se estrella en las paredes del recto del joven, quien siente un intenso calor en su próstata como si la verga de Franco se hubiera convertido en una antorcha en su culo. Algo indescriptible mientras siente la necesidad de que el otro siga frotándole el miembro, que lo haga “venirse”, arrojar su leche que está causándole una intensa presión en sus bolas y le pide que le permita salir. La mano de Franco fricciona más intensamente y aumenta la presión en la dura carne de Daniel, mientras sigue sus embestidas descargando en cada una de ellas una cantidad abundante de viscosa leche que se mezcla con el contenido en las entrañas del nadador.

   -¡Mhmhmh! -los gemidos de Daniel mientras Franco sigue masturbándolo con frenesí, se oyen vagamente sin que el joven pueda evitarlo.

   Cuando Franco siente que Daniel está a punto de eyacular, de súbito detiene su fricción, soltando de súbito la pesada, gruesa y larga carne del joven atleta que se siente frustrado por el cese del perfecto estimulo.

   Era la hora de otra lección de humillación y sometimiento.

   Daniel abre los ojos que mantenía cerrado como para no pensar en lo que estaba pasando, pero lo hace por la sorpresa de que a su verga le haya sido denegada la relajación cuando ya su leche estaba prácticamente ascendiendo por sus conductos dirigiéndose a su verga, el cese. La sorpresa y la frustración se reflejan en su cara de chico, y en una acción refleja usa una de sus manos para terminar el trabajo que Franco dejó inconcluso, no puede permitir que sus bolas se queden con ese calor, con ese deseo, con esas ansias de expulsar, de escupir esa leche que presiona sus conductos como una olla de presión que amenaza con explotar en cualquier momento.

   Franco, por su parte, al darse cuanta de que Daniel empieza masturbarse, con firmeza le quita la verga de las manos.

   -¡Quédese quieto, Saldívar! -le ordena tajante mientras lo obliga a no tocarse el miembro que se levanta como un mástil entre su entrepierna y del cual escurre un espeso líquido que se embarra hasta el piso del baño.

   -¡Mhm! -un gemido de frustración y rebeldía escapa de los labios de Daniel, está vez hubiera deseado que sus manos terminaran el trabajo que Franco dejó inconcluso a propósito.

   -¡OBEDEZCA, SALDIVAR!- le ordena Franco bruscamente mientras le retira de nuevo las manos, alejándolas más de la verga del joven que aun sigue con una dureza impresionante.

   Tomándolo por los hombros lo hace girar para quedar frene a frente, Daniel jadeante y bañado en sudor baja la mirada sabiendo que actuó por impulso pero aun así su humillación es enorme.

   Franco presiona Daniel por los hombros para obligarlo a hincarse.

   -¡HINQUECE! -le ordena mientras sus fuertes manos presionan sobre los hombros del clavadista que aunque se resiste está demasiado vulnerable para poder oponerse, sus piernas musculosas y fuertes de torneado perfecto se doblan y cae lentamente de rodillas, para encontrarse con su cara justo en la entrepierna de Franco, su boca con el balance perfecto con la dura carne del pervertido entrenador quien en un gesto violento solo empuja la verga mientras con las manos sujeta su para metérsela entre sus labios sin que este pueda hace algo por la sorpresa de la rapidez de los acontecimientos.- ¡CHUPEMELA BIEN, SALDIVAR! JEJEJEJEJEJEE… -le dice entre orden y burla mientras con sus manos, continua forzando su miembro dentro de la boca de Daniel, para que llegue hasta esa joven garganta de nuevo, prácticamente le quite el aliento y le impide casi por completo la respiración.

   -¡AGHHHHHhhhhngggggggggggghh! -los gemidos de Daniel son ahogados por la jugosa carne que se introduce con fuertes embestidas en su garganta, el sabor de sus entrañas mezclado con el semen que aun está en la cabeza de la verga de Franco se impregnan en sus labios y boca.

   Mientras su cuerpo trata de oponerse, Franco lo obliga de nuevo, lo tiene a sus pies a su merced, a su disposición de nuevo y no puede dejar pasar esta oportunidad que será de las últimas si es que las cosas no salen como las tiene planeadas. De momento Franco entrecierra sus ojos por el placer de sentir su verga adentrándose en la boca de Daniel, al ver los labios rojos y varoniles estrangular el grueso diámetro de su verga y su vello púbico cubrir parte de la atractiva cara del joven nadador quien también tiene los ojos entrecerrado pero por la angustia de la asfixia, agotadas sus últimas fuerzas en una resistencia inútil en contra del domador, de su sueño, de su violador, de su entrenador, de su…

   El vuelo continúa normalmente para todos los pasajeros mientras en el interior del baño del avión continúa la tortura para la estrella del equipo, un viaje que nunca olvidará; un vuelo significativamente sexual y humillante

……

Capitulo IX “MEDALLA DE ORO”

   Mientras el vuelo continúa tranquilamente para todos los pasajeros, en el pequeño baño del avión los últimos minutos de la tortura sexual de Daniel continúan; brillante por la transpiración, su cuerpo agotado y sin fuerzas por la falta de aire, ya que le verga de Franco le obstruye prácticamente al 100 % la respiración, se agita; Franco lo sabe, que se ahoga, y sigue sin importarle, sigue penetrando esa boca de carnosos labios varoniles y rojos que se amoldan al grueso diámetro de su miembro, aun cuando los musculoso brazos de Daniel tratan de empujarle lejos de él, que le permita respirar libremente, pero sus esfuerzos son inútiles. Son algunos minutos los que tarda en acostumbrarse al poco oxígeno que su cuerpo recibe aunque el agotamiento se acentúa.

   El forcejeo disminuye notablemente, no así la repulsión y el asco que Daniel siente cuando saborea esa dura y jugosa carne de superficie lubricada y viscosa que resbala por su garganta, el sabor del semen de Franco en su boca, así como el de sus propias entrañas. El asco no desciende como la angustia de la asfixia, la verga de Franco endurece de nuevo y se dilata a sus dimensiones máximas, ocupando toda su boca y garganta, la excitación en el maduro entrenador es intensa aun, el saberse dueño de la situación lo hace desear mas, excitarse más y quiere vaciar su leche de nuevo en la garganta de Daniel, que trague de nuevo su leche. Ya le llenó el culo de esperma ahora desea llenarle el estómago, que su semen se impregne en el atlético joven.

   Franco empujando la cabeza de Daniel para que su verga ensarte más fácilmente la boca del joven, en contraste con las embestidas que le había dado en el culo hace apenas unos minutos antes, ahora es brusco, una carne voraz, ansiosa, sádica en su tortura, de posesión sexual, de invasión en el esclavo.

   Daniel sigue indefenso, casi no puede respirar como le ha sucedido las veces anteriores que Franco lo ha obligado a mamarle la dura carne, así que prácticamente es como un juguete sexual en el que la carne de Franco entra y retrocede solo para volver a hundirse de golpe. Las sensaciones en la verga de Franco se hacen más intensas, las bolas chocan una y otra vez con la cara de Daniel, mientras ya están listas para disparar de nuevo su segunda descarga de semen de la noche.

El viscoso líquido, en menor cantidad que la vez anterior, resbala lentamente por la garganta de Daniel, por todo su esófago hasta llegar a su estómago. El joven siente la repulsión de tragar la leche de otro macho, de saborear el líquido seminal y un olor a cloro se impregnan en su nariz, intenso; abre sus ojos y con sus manos trata de empujar a Franco de sacar esa dura y larga carne de su boca, pero este, prevenido contra la posible rebeldía del joven nadador, no se lo permite y descarga una y otra vez su espumoso semen, y lo llena de nuevo de su leche masculina y abundante.

   Los últimos segundos al lado de Franco, humillándole, son eternos para Daniel, quien solo acepta, dejándose hacer, sin resistirse, sin oponerse ya, su lucha cesa, sabe es inútil su forcejeo, su rebeldía, su asco. Deja que la situación siga su curso al igual que el semen en su garganta y en su culo, sus bolas aun adoloridas por no haber podido liberar la tensión, su verga semiflácida y su cuerpo desmadejado prácticamente. Franco, con una embestida brutal y triunfante escupe el último disparo de semen en el musculoso y joven macho para después sacar su verga de la joven boca masculina.

   -¡Ahhhhhhhhh, ahhhhhhhh! -Daniel respira libremente al fin, la carne deja libre el conducto y puede al fin reponerse.

   Franco lo mira con aire de superioridad, mientras mete su verga en su pantalón terminando de vestirse, impregnado su ropa de sudor por la intensa escaramuza realizada.

   -Hoy se portó bien, Saldívar, jejejeje. -le dice en tono burlón y humillante mientras sale dejando al penetrado joven aun tratando de reponerse.

   Daniel solo voltea a ver a Franco con odio, es una mirada que dura unos segundos pero de una intensidad enorme. Evita acercar sus manos a su entrepiernas, aunque lo desea. Desahogarse. Pero no puede, no lo hará de esa manera ni por la manipulación sufrida. Trata de arreglar sus ropas, lavar su rostro, enjuagar su boca y peinarse con los dedos. Abre la portezuela e intenta verse totalmente tranquilo, normal. Se detiene un poco, en medio de las penumbras encuentra las miradas, desde asientos diferentes, de Genaro y Román, dos chicos del equipo. Hay extrañeza en sus ojos, y Román se permite medio volverse hacia el entrenador, que dormita ya, sonreído. La cara le arde pero nada evidencia mientras toma su asiento al lado del sádico sujeto que le tiene atrapado en toda aquella pesadilla sexual.

   El vuelo transcurre después de ese incidente como si nada hubiera pasada, el arribo a Grecia es de los más normal para toda la delegación, la llegada a la villa olímpica es aceptable y se dedican a la preparación extenuantes las competencias.

   Franco ha dispuesto una habitación exclusiva en donde él dormirá, y solo una persona puede acompañarlo pretextando que Daniel es el mejor de la delegación y a quien ha estado entrenando minuciosamente, y justificándose con el tratar de supervisarlo minuto a minuto. Es por eso que ellos tienen una habitación sólo para ellos, pareciéndoles normal a todos, aunque, rojo de cara, el muchacho nota cierta sonrisa sardónica en labios de Román. Es habitación para dos es aprovechada por Franco para satisfacer cada noche sus deseos, usando el culo y boca de Daniel sin que por eso el musculoso joven tenga deméritos en su desempeño, logrando las mejores calificaciones en la competencia de clavados.

   Después de su primera participación en la que Daniel demuestra que es el mejor como clavadista con un clavado perfecto de 4 grados de dificultad con un trazo bien definido y una vertical al ingresar al agua que lo hace obtener las calificaciones más altas de los contendientes, el resto de los cueles ven con asombro y envidia al joven atleta que se mueve con una seguridad y un aplomo fuera de serie. Daniel sabe que debe ganar para que todo lo que ha pasado haya valido la pena, que si accedió a complacer a Franco, contra su voluntad y ha soportado cada vez cosas más humillantes fue por esa oportunidad; ahora era el momento de probarse a sí mismo que no fue en balde, que no fue inútil que valió la pena y el sacrificio.

Los clavadistas de Alemania, Japón, Grecia, Francia, USA, Inglaterra y Kenia, quienes disputaban por poca diferencia la codiciada medalla de oro, ven como sus esperanzas se esfuman después de la perfecta actuación de Daniel, con una calificación de 9.79 lo deja fuera de alcance.

   Se da el anuncio oficial de los ganadores de las medallas de oro, plata y bronce, que son para Alemania y Japón, quienes no lucen muy contentos al subir a recibir su medalla, ellos que se consideran de países superiores estaban ya predispuestos para ganar la medalla de oro y al ver que Daniel los despojó prácticamente en una justa legal, los enfurece; no siempre se puede competir en olimpiadas tenían años preparándose para eso y ahora su sueño en Grecia ha terminado.

   Para Daniel, estar en el pódium recibiendo esa medalla de oro, es el premio a su sacrificio. Cuando siente que este símbolo es puesto en su cuello la satisfacción del deber cumplido lo hace sentirse liberado de Franco, de sus sucios juego sexuales y su abuso sexual; sus miradas se encuentran cuando ya se siente ya ajeno al posible chantaje del hombre. Su mirada ahora es de desafío, de rebeldía, de querer decirle que todo entre ellos se ha acabado, que jamás volverá a someterlo, a poseerlo, a doblegarle a sus deseos. Ambos han obtenido lo que buscaban, uno chantajeando y el otro dejándose chantajear, sin embargo el destino ha puesto a cada uno en su lugar.

   Después de la euforia de la premiación, Daniel sentado sobre el borde de su cama en su habitación vistiendo el uniforme deportivo de la selección olímpica, mira la medalla detenidamente, el precio tan alto que ha tenido que pagar para poder obtenerla le abruma. Ahora sabe que las peores torturas sexuales y emocionales que ha sufrido a manos de Franco han valido al menos la pena, su vida de ahora en adelante aunque ya no será la misma, si tratara de regresar a la normalidad.

   Sumido en sus pensamientos, en la alegría que causó a sus padres y a él mismo que se libero de la presión y el chantaje de Franco, los fuertes golpes en le puerta de la habitación lo sacan de ese estado de enajenación. Se extraña de que alguien haya llegado hasta su habitación, Franco que es su compañero de cuarto, tiene llave, así que se levanta lentamente dejando la medalla de oro, en el buró, a un lado de la cama, camina hacia la puerta, abre lentamente y se encuentra con Franco quien permanece de pie justo a un paso del marco de la puerta.

   -¿Cómo está, Saldívar? –le pregunta mientras esboza una leve sonrisa de burla

   -¿Qué quiere aquí, Franco?, usted y yo no tenemos nada que nos una ya. -le dice desafiante, levantando el tórax como signo de hombría y masculinidad.

   -Eso no es verdad, Saldívar. -le responde cínicamente Franco mientras extiende su brazo para tratara de tocar el musculoso torso del joven.

   -¡NO VUELVA A TOCARME JAMAS! -le grita interceptando la mano de Franco con la de él y arrojándola fuertemente hacia un lado.

   -Jejejejejejejeee, usted me pertenece, Saldívar; lo nuestro aun no termina. -le dice mirándolo fijamente mientras se pasa la lengua por los labios en señal de lascivia.

   Daniel, desafiante, sabe que para que Franco logre algo tendría que someterlo físicamente y eso no se dará tan fácilmente. Está seguro de poder defenderse, así que el hombre ya no lo asusta, ya no puede someterlo por chantaje como fue antes. Su mirada desafiantes se encuentra con la mirada cínica de Franco, quien sigue sonriendo.

   -Nunca más volverá a tocarme, coach, se lo aseguro.

   -Y yo le aseguro lo contrario, Saldívar; muy pronto estaré moviendo mi verga en su culo, jejejejeje.

   El color rojo sube a la cara del atractivo joven, quien rebelde y liberado le responde:

   -Usted sabe los motivos, para que eso pasara, Franco, esos ya no existen, ¡SE ACABO! Acéptelo

   -El que va a aceptarlo es usted, Saldívar, jejejejeje, como sabía que se iba a poner difícil invité a unos amigos que quieren conocerle como le conozco yo, jejejejejejejeje.

   -¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¿¿¿¿¿¿¿¿¿?????????!!!!!!!!!!!! -el asombro de Saldívar por la frase de Franco se dispersa casi inmediatamente cuando de ambos lado del marco de la puerta se dejan ver los acompañantes del hombre, varios de los competidores de otros países, y entre ellos alcanza a distinguir al alemán y al japonés, además de otros mas que no alcanza a precisar. Su cerebro actúa rápidamente, trata de cerrar la puerta de inmediato. Defenderse de Franco lo puede hacer, pero contra todos ellos no podría, la fuerza numérica termina por imponerse.

   -Jejejejejejeje, le dije que usted sigue siendo mío, Saldívar. -le dice mientras bloquea la puerta para que no se cierre del todo, y se inicia una lucha de fuerza entre Daniel y él, uno queriendo cerrarla y el otro todo lo contrario. Pero el entrenador tiene la ventaja, los demás clavadistas, musculosos, resentidos y calientes por haber estado concentrados saben que tendrán un agujero apretado y cálido para meter sus vergas y así, al mismo tiempo, darle una lección al musculoso Hércules que los superó.

   -¡Mghmh! -las fuerzas de Daniel son insuficientes.

   La presión de la jauría sexual es intensa, los fuertes brazos de Daniel se dilatan al máximo, sabe que de eso depende su salvación, defender su hombría, su cuerpo, su culo sobre todo, sabe perfectamente para qué desean entrar. Sabe que Franco debe haberlos aleccionado bien, ninguno de ellos pertenece a la delegación del país, así que Franco los seleccionó bien. Los esfuerzos son inútiles, la fuerza física se impone y la puerta cede ante la impotencia de Daniel, quien no puede detener mas el avance de los machos con las hormonas en el tope máximo de secreción, como si el otro joven fuera una hembra en celo que les dará ese placer sexual que han estado esperando.

   El asustado Daniel cae al suelo, el fuerte empujón de los jóvenes macho sobre la puerta le hacen retroceder y caer al suelo de espaldas. Trata de levantarse pero en menos de un segundo tres machos están ya sujetándolo de las piernas para que otros se les unan. El joven golpea a algunos con puños y pies, pero no le permiten levantarse, uno a uno se van uniéndose los demás para someter el musculoso y joven macho que forcejea como fiera salvaje que desea escapar, liberarse, pero que la fuerza de sus captores acaban por someterlo, sujetándolo entre dos cada brazo y pierna, otro, colocándose a su espalda lo sujeta del cuello y cabello y lo obligan a ponerse de pie.

   Daniel, jadeando, furioso rebelde hasta el fin, nota que sus forcejeos son inútiles, pero no por eso cesan. Franco, por su parte, victorioso, sin haber usado un solo dedo para someterlo se coloca frente al retenido macho.

   -Se lo dije, Saldívar, usted me pertenece, jejeje, y seleccioné a los diez mejores de sus competidores para compartirlo, Saldívar. –le informa colocándose frente a Daniel

   -¡PUFF! -este le escupe la cara.

   Franco se limpia lentamente la saliva que le cae en la cara, todos los clavadistas que sujetan a Daniel esperan ver la reacción del maduro entrenador, quien después de limpiarse el escupitajo, de manera súbita descarga un fuerte golpe con el puño cerrado en el abdomen de Daniel, sacándole el aire por completo y obligándole a doblarse.

   -¡AGHHHHHH! -un grito ahogado escapa de la boca de Daniel, su cuerpo se dobla pero sus captores que lo mantienen sujeto evitan que caiga y lo obligan a permanecer de pie, en su viril rostro se ven muecas de dolor.

   -Ahora aprenderá su lugar, Saldívar, el único que le toca y corresponde. Es un esclavo sexual, un juguete sexual, y no lo olvidará. Estos diez chicos lograrán que no lo olvide jamás. Sólo es un juguete para los machos, y lo será para siempre. Pronto lo aceptará en toda extensión.

CONTINÚA (el relato no es mío)…

Julio César.

NOTA: Definitivamente el entrenador es una enorme pila de mierda. Creo que esto va a tener un final tipo escupiré sobre tu tumba, si depende de mí. Cosa rara, con la llegada de los otros agresores sexuales, me vino a la cabeza un buen final para ese joven y masculino deportista que dejaría feliz a tirios y troyanos; aunque no a quienes gustan únicamente de la idea de un sujeto amarrado y atado, abusado eternamente. Pero todavía no me atrevo, el relato es bueno, y no es mío, y no es un oscuro cuento en inglés escrito hace añales de cuyo autor es casi imposible saber o que este sepa lo que hice. Con Capricornio no vale esa. Ya veremos… la lista es larga, la ex novia, los dos nadadores que lo drogaron, esos atletas, y especialmente Franco. Ah, que relato de venganza se podría hacer. Lo expresé ya, creo en el Tribunal del Diablo.

NOTA 2: El relato comienza algo lento, y como no tengo intensiones de apurarme más, quien lo desee puede buscarlo en esta dirección: http://www.todorelatos.com/relato/16991/

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 29

febrero 7, 2015

… SERVIR                         … 28

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

UN MACHO ALFA Y SU SUMISO

   Hermoso: un chico sumiso feliz en brazos de su amo.

……

   Nervios, tragando saliva, Daniel Pierce cruzó el pasillo, su cabello recogido en una coleta apretada bajo su gorra para que no se notara lo largo que estaba, rostro bien lavado, la franela holgada para ocultar su torso esbelto de tetillas algo protuberantes. El pantalón bien atado en su cintura, porque debe vestir una tanga hilo dental, o Read le mataría, pero jamás permitiría que se notara en esa ocasión. Cruza tras otros delincuentes que hablan, vidrio de por medio, con sus visitantes, y se congela frente a Diana Anderson, la señora de Daniel Pierce, hermosa, elegante, cada cabello rojizo en su lugar. El hombre se siente abrumado, no recordaba lo bonita que era, cuanto le gustaba, lo bueno que era su vida con ella, de fiestas, viajes, mimándose con todo. Amándose con soltura en cara rincón que encontraban. Cuando el mundo le pertenecía.

   -Diana… -grazna, cayendo sentado y tomando el teléfono. Ella toma el otro.

   -Daniel, ¿cómo estás? –sonríe triste.- Disculpa, lo imagino. No es fácil, ¿verdad? –él ríe con amargura. ¿Imaginarlo? No, ella jamás podría.

   -No, no lo es… -hay un silencio incómodo.

   -Te ves… diferente. No sé que es pero… -comienza ella y eso le aterra.

   -No estoy bien, pero la voy llevando. Soñando con… salir de aquí. Pero, dime, ¿cómo estás tú?

   -Bien, estaba en casa de mis padres… Pero no, no vine a hablar de mí, yo… -se ve agitada y le mira con determinación.- Daniel… quiero el divorcio.

   -¡Diana! –jadea devastado, sintiendo que todo a su alrededor se derrumba. Habían compartido tanto, desde la universidad, y ahora ella le abandonaba. En el peor de los momentos.- No puedes…

   -Lo siento, Daniel, pero debo pensar… -traga saliva en seco.- El eco de lo que ocurrió en la firma, el robo, el fraude a ahorristas e inversionistas que confiaban en ti nos ha afectado a todos. A tus padres y hermanos incluidos. No ha sido fácil para ninguno de nosotros.

   -¡¿Crees que para mí sí?! –grita, conteniéndose cuando al final del pasillo el guardia vuelve la mirada hacia él.- ¡No sabes la pesadilla por la que he pasado! Y durante todo este tiempo sólo he podido aferrarme a una idea, a que mi familia, a que tú me ayudes.

   -Imagino lo terrible que debe haber sido todo esto…

   -No, no creo que puedas. –acusa, dolido y frustrado.

   -Nadie te pidió que hicieras aquellas cosas, Daniel; defraudar la confianza de tus clientes fue una decisión personal. –rostro pálido, voz severa, la mujer lo dice al fin. Le quería, tal vez no le amaba con esa fuerza que veía en películas, pero le quería. La vida a su lado había sido grata, emocionante, llena de cosas buenas. Pero nunca le pidió que cometiera un delito para sostener ese estilo de vida. La verdad es que la primera sorprendida cuando todo estalló había sido ella.

   -Entiendo… -medio ríe Daniel, cubriéndose la cara con las manos, las esposas en las muñecas, aceptando sus palabras fácilmente, su alma condicionada como estaba para resignarse con rapidez a su desventura. Sin embargo las pupilas se le llenan de humedad mientras baja el rostro cubierto.

   -No te abandonaré. –escucharla le obliga a alzar los ojos turbados.

   -Pues, esto se parece mucho.

   -Voy a divorciarme de ti, pero no te voy a dejar aquí. –las palabras le sorprenden y la mira intenso.- Tu caso estuvo viciado de mala fe del jurado y el juez, por la situación financiera que atravesaron las víctimas. Desde que estás aquí la crisis inmobiliaria se ha extendido, ahora se sabe que el gobierno y la banca tienen buena parte de la responsabilidad, no sólo tú, un bonito y tonto corredor de bolsa. Hay bases para una apelación. –se tiende hacia él.- Y que salgas de aquí. –suena a promesa.

   -¿Otro juicio? Perdimos todo, ¿cómo vas a pagar…?

   -Vendí la casa que papá me regaló al graduarme, en Malibu. Todavía vale algo. Y como nunca vamos allá…

   -¿La propiedad en…? ¿La vendiste? No lo sé, no creo… -murmura erizado, ojos ahora velados de llanto, deseando creer, temiendo hacerlo; tiembla al apoyar sobre el grueso cristal que los separa, las manos de hombre joven sometido a la pesadilla de haber conocido tras las rejas a un monstro que arruina su vida. Ella le mira decidida, sintiendo culpa.

   -Saldrás de aquí. Pronto. Te lo juro. No le cuentes a nadie, no te metas en problemas, no atraigas la atención. Pasa desapercibido y… -sonríe por primera vez desde que llegó, ojos llenos de calidez, la Diana de antes.- …Saldrás como un hombre libre, Daniel. Y con el tiempo olvidarás esta horrible pesadilla.

……

   Es difícil saber quién parece más desconcertado, si el sudoroso y jadeante detective Selby, arma en manos, totalmente desnudo y con su enorme miembro negro erecto, o el abogado de cara rojiza, arrodillado recogiendo los pedazos de algo, los ojos opacos tras sus lentes… fijos en la pieza de ébano.

   -¿Qué diablos, abogado? –gruñe Selby, levantando el arma sobre un hombro, actitud agresiva, la del macho dominante.

   -Yo… yo… lo siento. Llegué y…

   -¿Entraste a mi apartamento así como así? Es un delito, ¿no lo sabes? ¡Es allanamiento! Creo que necesitas un abogado. –casi bromea, consiente ahora de que está desnudo y erecto, también de la mirada turbada del otro que no parece poder reaccionar. Le tiende una mano.- De pie, a menos que quiera algo más. –tragando en seco, Jeffrey toma la mano y es halado, firme, quedan casi cara con cara… con la ardiente pieza entre los dos. La siente.

   -Llamé y la puerta se abrió. –informa, rojo de cara, intentando mirarle al rostro, luchando contra la necesidad de bajar los ojos.- Escuche gritos, entré y…

   -¡Ya! –parece mortificado.- Siempre atraigo gente gritona en la cama. Yo…

   -Lamento todo esto. –se despide y va hacia la puerta.

   -¿Te vas? ¿A qué viniste? ¿Ocurrió algo?

   -Quería… No, nada. Si estás ocupado.

   -Vas a encontrarte con esa mujer, ¿verdad? Te acompaño.

   -Creí que estabas ocupado. –no puede evitar el tono acerado.

   -Lo arreglo en diez minutos. ¿Me esperas? No aquí, claro. –aclara cuando le ve abrir mucho los ojos, alarmado.

   -No es necesario que…

   -Si viniste es porque lo considerabas oportuno. ¿No puedes esperar diez minutos?

   -Okay. –accede, y con hombros tensos escapa del apartamento. ¡Joder!

……

   Nolan Curtis ha pasado una noche larga, que no sabe ha transcurrido perdido como está entre el mareo, el temor y la excitación de su cuerpo y mente. Su cerebro se encuentra embotado entre el miedo a estar allí solo, prisionero como es, pero también por el placer que recorre su cuerpo desde su culo, donde ese aparato vibra intermitentemente estimulando las sensibles paredes de su recto y masajeando su próstata. Y las voces. Esas marchas medio marciales que resonaban por los audífonos en sus oídos, dejaban oír algo más bajo, esa voz sugestiva, sugerente, que le felicitaba por permitirse sentir que era un sumiso cachorrito que necesitaba atenciones especiales como ahora sabía. Durmió por ratos, caído de panza, su cuello atado por el collar a la argolla, su culo meciéndose involuntariamente por la estimulación de juguete sexual. Y cuando mueve sus nalgas, la parte que se extiende, cuan cola de perro, se agita también. Soñó, pero parte de él se resistía a la imagen, a la otra le parecía horriblemente sucia y caliente, una donde dormía totalmente desnudo sobre una gruesa alfombra a los pies de una cama de la cual partía la pesada respiración de un hombre que descansaba, su amo, él con ese colar en su cuello, ese consolador en su culo, sus manos y pies envueltos en botas y guantes que no le permitían utilizar sus dedos. Un perrito al lado de su dueño. La idea era detestable, y estimulante, e ignora que le llega por sugestión desde esa música.

   Robert Read la mira y sonríe cruel, a su lado Nerón, el grueso perro, jadea con la lengua afuera de manera vehemente. Pero calla y se siente en sus cuartos posteriores cuando el peligroso convicto, mala cara, le hace una seña con la mano. Luego, sigiloso, se dirige al centro del cuarto, a la vieja tina, y la llena de agua tibia. Mira al muchacho y sonríe más. Lentamente va hacia él, inclinándose a su lado, entendiendo que aunque mese levemente su culo, el joven vigilante bien podía estar dormido. El olor a semen llena el ambiente. La estimulación anal, intensa e ininterrumpida, le había provocado un orgasmo. O varios. Sonríe, el muchacho disfrutó el placer de los orgasmos mientras está cautivo, nunca olvidaría eso. Una enorme mano va al cabello negro, suave y fino, algo traspirado a pesar del frío de la oscura habitación, y los dedos se entierran cariñosamente entre ellos, acariciantes.

   -¿Dormiste bien, cachorrito? –le llama con voz solícita, amable y casi cariñosa.- Shhhh, calma, calma. –le sisea para tranquilizarle cuando este despierta sobre saltado, perdido y aturdido, acariciándole ahora también un hombro levemente pecoso.- Tranquilo, bebé. –sonríe aunque su voz es la mar de atenta al verle y sentirle temblar, sabe que el muchacho se dejaría llevar por el alivio angustioso al saberse con alguien más después de la noche vivida.- Calma, ya estoy aquí. –le saca, lentamente para que lo sienta estimulante hasta el final, el vibrador del culo, sonriendo al ver como el chico, rostro algo ladeado, muerde la bola de goma, sabiendo que no era dolor. Le saca los auriculares, le libera las muñecas de las esposas, abre la argolla que une el collar a la cadenita que le retiene en su lugar, y tembloroso, casi desmayado de debilidad y patetismo, Nolan se medio sienta, estremeciéndose al casi quedar montado sobre el regazo de alguien grande y fuerte, de panza algo abultada, de Robert Read, sabe que se trata de él aunque no le ha visto. Intenta alejarse sin excito, ignorando qué tan excitante es para el otro su leve batalla y el frote que le da con las jóvenes y duras nalgas sobre el entrepiernas, su verga lleva rato dura.- Calma, cachorrito… -le dice de nuevo, sacándole la bola de la boca y Nolan lanza un gemido parecido a un lloriqueo, resignándose a quedarse en el regazo del otro.

   -Por favor… por favor… -jadea ronco.

   -Tranquilo, pequeño, todo está bien ahora. Todo está bien… -le informa con voz consoladora, pero firme, acariciándole, recorriéndole todo el joven cuerpo con sus manos grandes y callosas, de manera intensa, con propiedad, pero también afectuosamente… como se haría con un perro pequeño.

   Nolan se estremece, no lo entiende, pero se siente menos solos, no tan asustado, esa mano entre sus muslos, el rostro grande y velludo metiéndose en su cuello, rozándole, esos labios tocándole, los pequeños besos, le marean aun más. No sabe lo que quiere o siente, si era eso o no, pero todo su cuerpo despierta y responde con calor. Quiere… no, necesita ser tocado, escuchar aquella voz, saber que todo estará bien. Gime cuando ese sujeto (Read, sabe que es Read), se alza poniéndose de pie, cargando con él. Con facilidad, un enorme, velludo y algo panzón sujeto dentro de una braga naranja penitenciaria, llevando en sus brazos a un delgado y sexy joven que de manera maquinal le rodea los hombros con sus brazos para sostenerse. Un hombre y su chico. El macho alfa y su sumiso.

   Lo presentía, así que Nolan sólo gime un poco cuando entra dentro de las aguas tibias, sentado, totalmente desnudado a excepción de la venda sobre sus ojos y el collar de perro alrededor de su cuello, y es frotado y bañado de manera casi tierna. Le alzan sobre sus pies, le secan y nuevamente en brazos es llevado al camastro. Oye un ruido que no identifica, es Read dándole una patada a la colchoneta que se alza de lado, pega de la pared y cae lentamente, sobre la otra cara. Allí le deposita.

   -Eres un cachorrito hermoso, harás muy feliz a tu amo… -le dice cruel, tomando una bolsa olvidada en un rincón .- Pero debes verte como mereces. Toca… -casi le obliga a llevar las manos algo temblorosas sobre unas botas alta, negras, lustrosas.- Puro cuero, huélelo. –casi le obliga, y Nolan aspira inconscientemente, embriagándose con el fuerte olor, ignorando que antes el hijo de perra aquel había agregado algo de Poppers sobre las puntas. Así que la cara del chico se pone roja, su piel arde, sus tetillas se erectan y su propio tolete se moviliza.- ¿Te gusta, cachorrito? ¿Te gusta? –le pregunta, pero ahora casi obligándole a pegar la cara, a frotarla de allí.- Juega, cachorrito, muérdela… -y Nolan lo hace, abre la boca y medio clava los dientes de lo que sobresale de la suela hacia adelante, y lo siente extrañamente excitante.- Lamelas… -y gimiendo ante lo sucio de la idea, el muchacho lo hace. Raspa, es difícil, pero lo hace. Su lengua emerge y deja una leve mancha de saliva cuando recorre la punta de la bota. Lame una, luego la otra, también aliñada con el estimulante sexual.- Las mereces. –el convicto le coloca las botas. Luego extrae otra pieza de cuero, que también sazona con gotas de aquel ácido que percibe él mismo y le tiene el tolete duro y goteante de ganas.- Toma… -le coloca en las manos un corto suspensorio de cuero negro.- Huélelo… -y se repite lo del chico acercando la nariz y olfateando, casi mareado, su joven y rojiza verga también llena de ganas.- Es para ti. Pero antes… -y aunque Nolan se medio queja y resiste cuando la mano del sujeto toma su pene, apretándolo cálidamente, se estremece y aquieta, quiere que lo toque así, pero el convicto atrapa en el mismo puño sus testículos, halando un poco hacia adelante, y por debajo del saco de bolas coloca la tira de cuero de anillo que cierra por encima, sobre la base del pene, cerrándolo un poco más de la cuenta. Sonríe, así esa erección tardaría horas en pasar y una corrida se le retrasaría eternamente. El suspensorio sube, la sensación del cuero rodando sobre su piel eriza al muchacho.- Vamos, tus manos…

   Tembloroso el chico obedece, temiendo las esposas, pero aquellos guantes que ha visto en revistas de cosas eróticas, y que le hacían reír junto a su novia, suben y son fijados en sus muñecas. Tiene los dedos cerrados en puño dentro de esas cosas, imposibilitado der agarrar algo. Y cuando le tenía así, el cruel, despiadado y satánico Robert Read le ataca de manera cruel.

   Gimiendo, estremeciéndose, arqueando la espalda sobre la colchoneta, Nolan no puede controlarse, porque con los dedos, Robert Read recorre la silueta de su verga erecta bajo el suspensorio, y el roce del cuero y esos dedos sobre su barra terriblemente estimulada por los Poppers, le tienen al borde de un ataque de nervios de pura calentura. Casi le grita que se detenga, porque le duele de lo dura que la tiene, por lo mucho que se excita, de lo mucho que quiere correrse pero no lo logra mientras esos dedos suben y bajan, rascando y acariciándole la silueta bajo el cuero. Sonriendo, Read, con una uña, raspa sutilmente de abajo arriba sobre la prenda, partiendo prácticamente de la base de su verga hacia la punta, glande que demarca con caricias desesperantes de ese dedo. La mente del muchacho es una masa caliente de lujuria y calenturas, y solloza, no lo sabe, pero lágrimas bajan por las comisuras de sus ojos tras el antifaz mientras se quema de ganas, elevando sus nalgas, meciendo sus caderas, deseando que esa mano le atrape en un puño la verga y le masturbe. Le dolía de lo mucho que lo quería..

   Si, estaba a punto, se dice Read, pero ¿hasta dónde llegaría el muchacho?

……

   Decir que fue incómoda la llegada del detective Owen Selby al auto del abogado Jeffrey Spencer sería como decir que la fiebre española que mató a media Europa un siglo antes fue una simple constipación. Desde que le espera, pocos minutos a decir verdad, el abogado no ha podido deshacerse de dos cosas, la cara roja de vergüenza, y el malestar. ¡Qué hombre tan imposible! Estuvo tentado a marcharse, la idea de que bajara y no le encontrara, mortificándose, le produjo placer, pero sabía que era una reverenda tontería.

   -Terminaste rápido. –se le escapa aunque se había jurado no abrir la boca sobre el tema. El otro sonrió, entrando y sentándose a su lado, evidentemente duchado.

   -Ya lo tenía trabajado. –es levemente irónico, exasperando al otro.

   -No quise decir…

   -Basta, abogado, lo entiendo. Fue… -se encoge de hombros y frunce la frente mirando hacia la calle.- …Algo penoso, ¿lo dejamos así?

   -Bien. –parten.- ¿Te acuestan con informantes? ¿No va… contra las reglas?

   -Ninguno de ellos está involucrado en algo que me interese. Muchos no son ni delincuentes.

   -¡¿Muchos?! ¿De cuántos…? –se le escapa, alarmado, aunque no quería.

   -Hablo de los soplones, no de gente a la que llevo a mi cama. –aclara, algo picado, mirándole directamente.- ¿Por qué te afecta tanto? –quiere atascarle y sonríe.- ¿Celos?

   -¡No! –brama con demasiada intensidad, rojo de cara. Molestándose más.- Me pregunto con cuántos otros lo hace.

   -Hable claro, abogado. No me gusta el tono. –Jeffrey se vuelve y le mira.

   -¿Y con delincuentes? Digo, si son interesantes… -pierde valor cuando el otro se envara en el asiento.

   -No me acosté con Marie Gibson, si es lo que quieres preguntar.

   -No pensé que…

   -Pareció que querías decirlo. No me acuesto con gente a la que investigo. Tengo ética, ¿sabes? Y no entiendo qué tienes. –aunque creía notar algo. Salen de las céntricas calles hacia la periferia.- Y definitivamente no hubo nada de eso con esa mujer. Y no me acuesto con delincuentes convictos y confesos… -le mira con el rabillo del ojo, sintiéndose extrañamente caliente, la verdad es que en cuanto Jeffrey salió no pudo terminar su encuentro sexual, su excitación quedó anulada y con la verga erecta como pata de perro envenenada debió ducharse y vestirse. Se sentía a tiro.- Aunque he conocido unos muy monos. –y ríe de la mala cara del otro, que oprime los labios y no dice nada.- No me juzgues, abogado, no es tu función. ¿Qué puedo decir?, me gusta el sexo. Y yo gusto. ¿Lo dejamos así?

-¡Okay!

   ¡Maldito desgraciado!, pensó el abogado hirviendo de cólera, una que no entendía del todo. Llegan a la calle que visitaron la noche pasada y se detiene lejos de la casa que ocupa prácticamente el centro de la cuadra. Jeffrey la estudia, serio, sin mirar al joven y atlético policía negro a su lado. ¿Debían llegarse, tocar, ver si estaba y hablarle? Si tuvieran un número telefónico… Se vuelve hacia Selby.

   -Es posible que esté. –este también mira la casa, esperando su comentario.

   -Tanta promiscuidad… -volvía al tema, no podía dejarlo pasar aunque ni él mismo lo entendía.

   -¿Promiscuidad? –el otro parece escandalizado y hasta ofendido.- Estás celoso y te vuelves desagradable, amiguito; creo que…

   -¡No estoy celoso, maldito hijo de per…! -el resto queda ahogado en un gemido cuando ese hombre, ágil a pesar de su estatura, se vuelve y le cubre la boca con la suya, abierta, la lengua entrando y encontrando la suya, empujándola y lamiendo de una manera intensa, antes de ahuecar las mejillas y sorber su aire y saliva.

   A Jeffrey todo le da vueltas, no está totalmente consciente de nada, se siente paralizado… aunque su lengua sale al encuentro de la otra, y se ata, por primera vez en su vida, en un robado beso de sensualidad… con otro hombre, allí, en un auto estacionado en una acera. Nunca robó un beso, ni en la primaria, la secundaria o la universidad, siempre preguntaba o decía que lo haría, y allí estaba ese sujeto besándole, una enorme mano bajando hacia uno de sus costados, quemándole sobre la camisa. Y responde con renovados bríos. Quiere eso, lo quiere y mucho.

……

   El rostro sobre la vieja colchoneta delgada y los audífonos acompañándole con acordes de Taylor Swift, Nolan Curtis no puede evitar jadear, sin dolor, sin avergonzarse, incapaz de contenerse. Poco antes aquel frasco con ácidos Poppers visitó sus fosas nasales, elevándole aún más, llenándole de un calor erótico sin precedentes; estando así, con su antifaz, las manos dentro de los guantes hechos para impedirle usarlas, sus botas negras y su suspensorio de cuero, es penetrado una y otra vez por la enorme y gruesa masculinidad de otro hombre, que gruñe bajo, que tiene atrapas con las manos callosas sus caderas, metiéndole hasta el fondo y sacándoselo con rapidez, el güevo en las entrañas.

   Con la braga naranja medio cubriéndole el velludo culo blanco, destacándose su torso grueso y fornido, peludo, transpirando, subiendo y bajando fiero, Robert Read, arrodillado entre las piernas abiertas del chico, a quien le tiene alzada las nalgas robre las rodillas aunque tu torso cae sobre la colchoneta, le penetra una y otra vez con su verga amoratada de ganas. La tiene dura, caliente, llena de deseos, le estaba cogiendo, le estaba llenando el apretado y sedoso culo a ese muchacho con su virilidad y este se entregaba, sus entrañas se abrían y cerraban atrapándosela, succionándosela, deseándola también. Había vencido su resistencia, sus reparos, su idea de ser un joven heterosexual, ahora le tenía convertido en un erizado, ardiente y deseoso juguete sexual. Saberle retenido, controlado, le inflamaba aún más aquella verga rugosa, de gruesa vena en la cara posterior que le daba al tolete una apariencia casi triangular, que desde prácticamente el glande, rodeado por el redondo, rojo y afeitado esfínter del muchacho, va metiéndose lentamente, centímetro a centímetro en esos momentos, sintiéndola apretada a cada segundo. El contrate de su velluda panza cayendo sobre la casi lampiña espalda, era increíblemente erótico.

   El muchacho estaba para eso; estimulado, controlado, reducido a la impotencia física y mental, podía ser usado por cualquiera. Por su amo. Por un hombre con malas intensiones. Con tiempo, de tenerlo, le llevaría por tales excesos de degradación y sumisión que el joven vigilante bien podría chupar una verga en una esquina, a medio día, con sus parpados pintados de negro, su cabello alzado en puntas, su nariz perforada por un grueso aro y un collar de púas en su cuello mientras lo hacía a la vista de todos. Con tiempo él podría convertirle en lo que deseara, en una criatura que viviera en cuatro patas, jadeante de expectativas cuando un hombre de verdad sacara su verga erecta… Pero no lo tenía, era necesario apurar en la mente del chico la aceptación de la sumisión, una parte era que entendiera que nada podía hacer para oponerse, que se le podría hacer lo que fuera… y que lo disfrutaba. Como estaba disfrutado entre gemidos y estremecimientos en esos momentos, arqueando su joven espalda al ser cepillada dura y constantemente su próstata, y estimuladas las paredes de su recto con la nervuda superficie palpitante.

   La escena era increíble, en medio del penumbroso salón, un chico casi acostado sobre una delgada colchoneta, su culo alzado, era cogido ininterrumpidamente por un oso maduro, enorme y grueso que le atrapa por las caderas mientras lo penetra, duro, con fuerza, meciéndole con sus embestidas. Los dedos se clavan aún más en la joven carne al tiempo que se la hunde toda, los pelos púbicos crespos se pegan de esas nalgas cuando baja sobre la blanca espalda, sonriendo, cogiéndole así, sin moverse mucho, al estilo perritos, su verga indetenible. Y el chico gimió.

   ¡Lo sentía! En sus entrañas, quemándole, haciéndole delirar, gozar. Su próstata, lo sabe, siendo azotada, frotada, estimulada. Sabe que gime, que lloriquea, que lleva su culo de adelante atrás, buscando la virilidad de ese hombre pesado y velludo que le arropa y controlar. Su mente es un caos, le parece escuchar a lo lejos, o lo cree, no está seguro, una dulce voz masculina que gime y jadea como putita de película pornográfica, ese tono entregado y desesperado de esas mujeres cuando sus coños eran abiertos por gruesas vergas de machos forzudos. Esa voz de chico se oye así, mientras gime por más, pide que le den duro, que no se detenga, agradeciendo en todo momento a “su hombre” por todo el goce que le provoca. Y si, gozaba, lágrimas que no sabe si de vergüenza, erotismo o gratitud escapan de sus ojos cerrados tras el antifaz, pero su culo si lucha por subir y bajar contra la gruesa mole que a cada pasada, adentro y afuera, le parecía sencillamente maravilloso en ese momento delirante.

   Gruñendo feo, Robert Read desea llenarle el culo con su leche, pero no, esa era para su princesa, Tiffany. Se alza, abandona el agujero, el chico queda así, delgado, pecho en la colchoneta, las lustrosas tiras de cuero del suspensorio rodeándole la baja espalda, atrapando sus bolas más abajo del agujero, el culo alzado, rojo y abierto. Titilante. Read espera y sonríe.

   -Dios… -gime Nolan, temblando todo, su verga dura hace rato, bastante rato, necesitado de correrse, la leche acumulada en sus pelotas. Es la muerte, pero…- Por favor, por favor… -necesita que siga.

   -Calma, cachorrito, sé que estás en celo, y no quedarás así. –silba.

   Nolan se congela de horror, su cuerpo estremeciéndose recorrido de calor y frío. Lo siente, el pequeño perro subiéndosele, jadeando desesperado, evidentemente excitado hace rato, metiéndole su delgado pero largo tolete rojizo, comenzando ese saca y mete en seguida, con ese vigor y entusiasmo típico de los canes con sus hembras.

   -¡Ahhh! –y el gemido que escapa de su boca, aún él, mareado y confundido lo sabe, es de pura lujuria y placer. El perro estaba cogiéndole y su agujero se activó sobre su miembro de manera instantánea. Sus entrañas comenzaron a apretarlo y sobarlo, a chuparlo, logrando que el animal jadeara más, lengua afuera, babeante sobre su espalda.

   Y mientras tanto, Robert Read reía.

CONTINUARÁ…

Julio César.

EL SUEGRO LO ENVICIA… 39

enero 25, 2015

…LO ENVICIA                         … 38

   Este relato me lo envía por correo un conocido de la casa, LeRoy, y es bueno, aunque es una mala traducción que me tomará tiempo medio hilar. Este relato que NO ES MÍO, lo llevo más bien como una pequeña adaptación. Que el autor no se moleste, por favor. Bien, la trama: un chico muy joven sueña con ser físico culturista y se casa con la hija de un ex culturista, el cual termina convirtiéndole en el juguete sexual de todos los hombres. Disfrútenlo.

……

Título: Muscle Pussy

De: hgenyc9261@gmail.com

UN TIO EN SU HILO DENTAL

   -¿La quieres ver, papi?

……

   La semana pasó con rapidez y pronto Bobby se encontró recibiendo un telefonema de su nuevo jefe, Ken, quien le dio todos los detalles. Expandiendo sus mercados fuera de los bañadores, pensaba presentar una línea más directa con los ejercicios, así que alquiló un Stand en un evento de Expo/Culturismo, y deseaba que el joven rubio modelara prendas interiores diseñados por su esposa, Terry, quien estaría en el evento.

   El trabajo no sonaba difícil, y aunque para cualquiera debía ser algo intimidante la idea de pasar toda una mañana vistiendo en público únicamente chica ropa interior para demostrar cómo se veían, no lo era para ese mocetón forrado de músculos que estaba tan orgulloso de su cuerpo. Al contrario, estaba emocionado.

   Cuando llegó a la Expo, Ken le recibió con sonrisas y le llevó al almacén que habían alquilado para las cajas de ropas a vender, si las prendas gustaban, diciéndole que podía cambiarse y dejar allí sus ropas, tendiéndole una chica prenda negra. Tomándola, Bobby se encontró con una tanga negra, pequeña pero estándar de lycra. Ya totalmente emocionado, se desnudo, se metió dentro de la pequeña prenda acomodándosela bien sobre su magnífico cuerpo y fue al Stand, consciente de las miradas que le seguían; sus hombros, pectorales, muslos y espalda eran muy vistos, pero siendo su trasero, redondo, duro, apenas contenido por la tanga, el que ganaba toda la atención.

   -Hey, Bobby, no creo que conozca a mi esposa todavía, Terry. Cariño, este es Bobby.

   -Muy apuesto. –sonrió ella, tendiéndole la mano al joven con algo de inconsciente coquetería femenina; de cintura estrecha, piernas largas, grandes tetas y muy rubia, era bonita.

   -Un placer. –respondió Bobby mirándoles en conjunto; juntos conformaba una hermosa pareja.

   Charlaron de algunas cosas hasta que ella salió de detrás de la barra del Stand para ir a revisar la competencia, especialmente en lo referente a la ropa femenina. Una vez a solas, Ken le recorrió de arriba abajo con la mirada para comprobar cómo se veía el traje. Se le acercó por detrás y metió un dedo por el borde en la baja espalda, recorriéndola lentamente.

   -¿No está demasiado apretado? –le preguntó con voz oscura por sobre un hombro.

   -No, está bien. –le contestó Bobby, respiración algo afectada, y más cuando esa mano comenzó a deslizarse dentro de la tanga, los dedos recorriendo sus nalgas bajo ella, la palma caliente, rumbo a su raja, frotándole sobre el culo.

   -Se siente bien… La tela es de calidad. –le oye susurrar ronco, dos dedos rastrillando de arriba abajo sobre su ojete, que sabe ya comienza a titilar. Y lo hacía allí, tras la barra de un Stand prácticamente abierto por todas partes, con su esposa cerca, fuera de muchas otras personas que van y vienen.- Te afeitaste el culo… que bueno. –y la punta de uno de ellos desaparece entre los jóvenes pliegues de ese culo que se abre, lo acepta y lo hala, con Bobby, mejillas muy rojas, jadeando contenido.

   -Vaya, ¿se divierten? –la pregunta les sobresalta.

   Bobby se vuelve hacia un sujeto delgado, algo bajo, joven, que burlón les mira.

   -Hay que revisar la calidad de la mercancía. –algo rojo de cara, Ken explica.

   -Y se nota que hay calidad. –el chico sonríe, avergonzando aún más a Bobby, pero también halagándole.- Ya nos veremos… O eso espero, fortachón. –saluda con una mano y se aleja.

   -Qué tío tan peculiar. –agrega Ken, acomodándose las ropas para ocultar la escandalosa erección.- Debería practicar algo de ejercicios.

   Como sea, el hombre mantuvo la distancia, también porque la gente comenzó a llegar, a ver, a preguntar, y a recorrer al rubio culturista con la vista. Pronto eso estuvo lleno de mujeres atléticas, pero especialmente de hombres, que preguntaban cosas, a veces tocaban la tela, halando un poco más de la cuenta en la cintura del joven, y se vendió bastante. Más de lo que tenían pensado. Estuvo así hasta las tres de la tarde, después todo se calmó un poco más. Ya para las cuatro todo estaba muy tranquilo, sin embargo, Bobby no dejaba de mirar hacia el pasillo. Ben, su suegro, había dicho que tal vez pasara para ver cómo le había ido en su primer día de trabajo, y le esperaba.

   Ben no apareció, pero a las cuatro y media le sorprendió ver llegar a Ned, el entrenador de lucha libre de la universidad que había conocido la semana pasada, venía flanqueado por dos enromes tíos más jóvenes. Parecían casi clones de él, con sus chaquetas universitarias que no disimulan que están cargados de músculos.

   -Hey, Bobby, ¿cómo estás? –preguntó mientras le daba la mano al muchacho.- Te presento a Grant y Stan, dos hermanos que forman parte de mi equipo de lucha. Dedicados al físico culturismo también; querían ver la Expo y de paso como sabía que estabas aquí, por tu suegro, quise presentarlos.

   -Okay… -algo confuso, Bobby apretó también sus manos, presentándose todos, pareciéndole al rubio que eran los típicos deportistas engreídos, mirando por encima de su cuerpo e intentando flexionar sus músculos sin parecer que lo hacían.

   Grant se quitó la chaqueta, permitiéndole al rubio culturista echar un buen vistazo a su pecho ancho y fornido bajo la franela, a sus brazos musculosos; pero no le pareció que fuera tan magnífico, él bien podía competir con eso, aunque las piernas del otro parecían grandes bajo el jeans ajustado, el cual le marcaba la silueta de un buen bulto en la pelvis. Y no hay que ser muy duro con el chico por quedarse mirándolo, hay que recordar que su suegro le ha enviciado totalmente; ver a un hombre es mirarle el entrepiernas, notar un tolete en reposo es desear…

   Enrojece cuando nota que Grant, sonrisa en los labios, le pilló mirándole.

   -Así que modelas ropa… -intervino en ese momento el otro, su hermano, Stan.- ¿Siempre llevas cosas así? Maldita sea, mira que ese speedos es pequeño, más bien parece una tanga. Da la vuelta, por favor, me gustaría ver cómo queda por atrás. –pidió, como si estuviera considerando comprar algo así, e imaginarlo con una, altera la respiración de Bobby, quien se vuelve, con gracia y seguridad, su cuerpo también es sólido, grande y hermoso.- Saca culo para ver mejor. –y el rubio, llevando las manos atrás en sus caderas, como si posara en el escenario, le obedece alzando sus nalgas.- Joder, qué bien. –la voz era ronca.

   Y el culturista modelo se pregunta, con un calorcillo interno, si se refería a la prenda o… Oye hablar en voz baja a los dos hermanos.

   -Hey, amigo, ¿no podríamos mi hermano y yo probarnos algunos para ver? –pregunta Stan.

   -No tenemos un probador, lo siento. –contesta el rubio, con tanto tino que Ken se acercaba en esos momentos con su esposa.

   -Bobby, si son amigos tuyos puedes llevarlos al armario donde guardamos la mercancía que queda. –ofreció, cosa que hizo sonreír a Grant y Stan, como el joven pudo notar al verles.

   -Me parece genial. –responde Grant, tomando algunas tangas de las que no vio el público (las que no usaba Bobby).

   Precediéndoles, Bobby fue y estos le siguieron a la sala, igual que Ned, cosa curiosa, aunque, pensó el joven, seguramente el hombre estaba acostumbrado a verles en los vestuarios. Abrió la puerta y los cuatro entraron, cerrando Ned la puerta a sus espaldas. Afortunadamente había suficiente espacio. Alguien en la Expo había colocado una gruesa alfombra en el piso para cuidar los pies de los modelos. Dirigiéndose a una caja, el entrenador tomó asiento tranquilamente.

   Al joven modelo le sorprende que tanto Grant como Stan se desnuden en seguida, sosteniendo en sus manos las pequeñas y elásticas tangas, estudiándolas como si fueran un problema de Matemáticas avanzada. Meten sus piernas y halan, quedando prácticamente bajo sus bolas y parecen tener dificultades para continuar.

   -¿Cómo carajo funciona esto? –pregunta Grant.- Es tan jodidamente pequeña al frente. Vamos, amigo, ayúdame. –Bobby obedece, se acerca a ver cuál es el problema, debe ser amable con los posibles clientes, pero se detiene algo confuso; la verga del chico era casi demasiado grande para caber en la bolsa delantera de la prenda. No estaba dura, pero era gruesa y larga aún colgando.- Vamos, amigo, ayúdame…

   ¿Estaba ese chico realmente pidiéndole ayuda para esa mierda?, se pregunta el rubio culturista, viendo que el otro lleva las manos a sus caderas, esperando, así que la cosa parecía ir en serio. Extendiendo la mano, la envuelve en la base del pene, empujando hacia abajo, intentando acurrucarlo para cubrirlo con la telita. Stan, mirando, se echó a reír.

   -Amigo, no sé si eso va a ayudar para que quepa, pero también yo necesito una mano. –dijo, y Bobby se volvió a mirarle, aún con el caliente trozo de carne de Grant en la palma. También él estaba medio metido en la tanga, esta atorada en sus muslos y esperando auxilio. Ned les miraba desde donde estaba sentado, algo abultando ya en sus pantalones.

   Mientras, insólitamente, Bobby se afana más por acomodar la verga de Grant dentro de la parte delantera de la tanga, esta se pone más dura y larga, más difícil de maniobrar, ardiéndole en la palma de la mano, y cuando vino a darse cuenta se vio con un tolete venoso aún más grande que el de su suegro en las manos, mientras Grant respiraba más y más pesadamente, aparentemente desentendido de la dificultad para entrar en la prenda.

   -Mierda, esto no funciona… -gruñó bajo y ronco.- Date la vuelta para ver nuevamente cómo debería quedarme.

   -Okay. –el insensato culturista lo hace, viendo ahora hacía los otros dos, el pene de Stan se había levantado entre sus piernas con fuerza, el de Ned prácticamente palpitaba bajo su jeans.

   Fue cuando sintió una mano grande de Grant en su hombro, inclinándole hacia adelante, arqueándole la espalda, cosa que echó sus nalgas escasamente cubiertas hacia atrás, y sintió los dedos de la otra mano recorrer etéreamente, con las puntas de los dedos, los contornos de la tanga sobre sus nalgas redondas y musculosas, es una caricia erizante, hasta que se metieron por uno de los bordes, corriendo bajo la tela hacia su raja, que recorrió dos o tres veces de arriba abajo antes de centrarse en su culo liso y afeitado.

   -¡Es cierto! El entrenador nos dijo que te afeitabas por todos lados. –expresó en voz baja y ronca.

   -Se los dije. –confirma Ned, volviéndose hacia una caja al lado, abriéndola y rebuscando en ella, sonriendo al encontrar una diminuta pantaleta de fantasía, tipo hilo dental, de encajes y con un mínimo lacito de regalo adelante.- Bobby, ¿por qué no modelas esto para nosotros? Esto se ve muy caliente.

   -Creo que es para mujeres. –respondió el joven culturista, algo extraviado con aquellos dedos frotándose contra la entrada de su culo.

   -Vamos, amigo. Es un juego. Sólo para los amigos, ¿eh? –la agitaba en su largo dedo.

   -Yo… bueno. –aunque en verdad no estaba muy seguro de hacer eso en un almacén en el cual cualquiera podría entrar en cualquier momento, deseaba complacerle, así que toma la prensa y baja rápidamente la tanga que usa, metiéndose dentro de la delicada prenda, la cual, en la parte posterior, desaparece gloriosamente entre sus nalgas redondas y paraditas.

   -¡Mierda! –bramó Grant, recorriéndole el joven, dorado y liso cuerpo musculoso vistiendo ese pequeño y sensual triangulo de tela sobre su pelvis. Bobby no pudo dejar de notar, mejillas rojas, que la impresionante verga del hombre joven se alzaba en toda su gloria frente a él, como una lanza de carne rojiza y tiesa.- Déjanos ver cómo te queda por detrás. –tragando en seco, Bobby lo hizo, sus glúteos firmes tragando aquella diminuta tira suave que casi era una etérea caricia. Casi pega un bote y jadea cuando las enormes manos del tío caen sobre sus glúteos, abriéndolos, separándolos para dejar que su hermano vea la tirita de la prenda que cruzaba heroica sobre su agujero.- Mira, Stan, ¿no es una vaina de encaje muy linda? Deberías comprarles algunas a tus dos novias. ¿Tienen ellas coños así? –retó, separando la tirita, mostrando el afeitado culo, cosa que hace parpadear a Bobby, llenándole de calor.

   -Tenía razón, entrenador, es un lisito coño de atleta. –comenta este, sonriendo, mirando los rojos labios de ese agujero.

   -Y espera a que lo toques. –responde Ned, sentándose otra vez y abriendo la cremallera de sus pantalones, halando y sacando su propio tolete enorme, venoso y pulsante.- Como buen entrenador de ustedes, chico, era mi deber presentárselos.

   -Joder, Stan, espera hasta que toques este suave coño. –jadea Grant, recorriendo con un dedo la entrada de ese culo que titila salvajemente al tiempo que Bobby cierra los ojos antes la sensual caricia.- Este agujero parece de primera.

   -Es de primera. Hace cosas que… -silba Ned, con admiración todavía.

   -Ya quiero. –gruñe Stan, dejando caer la tanga que ni subió totalmente nunca, acariciándose una verga tan grande como la de su hermano.- Mi verga pide un coño caliente y mojado.

   -¿Te gusta ser tocado así, Bobby? ¿Te gusta que tu musculoso coño de nena sea admirado por los hombres? –le pregunta Grant al culturista, tocándole y acariciándole con la yema de sus dedos.

   -Se siente bien… -jadea con voz oscura y cargada de deseos.

   -Quiero tu coño. –le ruge bajito, y así sería. Babea una hebra de saliva que cae sobre la entrada del rubio, cálida y viscosa, resbalando, untándolo luego con sus dedos, lubricando los labios de su agujero.

   -Les recuerdo que estamos en una Expo. –Ned informa.

   -Okay, entrenador, será rápido. –concede Grant, pero es un caballero, por eso se tiende un tanto sobre el rubio fortachón y le pregunta.- ¿Quieres sentir mi verga dura en tu suave coño, Bobby? –mirándole este a los ojos sobre un hombro, luego la verga palpitante y sintiendo. Grant sonríe.- ¡Genial!

   La enorme y fuerte mano del atleta universitario cae sobre la recia espalda del culturista, empujándole suavemente, obligándole a caer en cuatro patas sobre la gruesa alfombra del almacén, y en esa posición, dorado y liso, dispuesto a lo que sea en tanga de mujer, la tirita sobre su agujero que titila, el chico era todo un manjar rico que pedía ser probado. Grant, de rodillas, se posiciona entre sus piernas y Bobby siente su presencia, su calor y aroma de hombre fuerte. El entrenador de los tíos, Ned, cae también de rodillas, a un lado de Bobby, tendiendo un brazo sobre sus caderas y con las manos separa aún más las nalgas, Stan se acerca y con un dedo aparta la tirita del hilo dental.

   Bobby tiembla de lujuria, sabiendo que está mal, muy mal por arder así en manos de esos tres hombres que literalmente le soban. Casi gime, frunciendo la frente (lleva una semana sin sexo, ni su suegro ni su cuñado han querido tocarle para que se concentrara para el evento y se estaba quemando en su lujuria), al sentir la lisa y ardiente cabeza de ese güevo en su entrada. Esa pieza sube y baja, únicamente, sobre su culo y este estalla en llamas, casi abriéndose en flor para atraparlo.

   -Joder, Bobby… -ruge Grant, voz cargada de lujuria, de ganas, como todo macho joven lleno de testosteronas ante tan erótico cuadro, la posibilidad de coger frente a un amigo de poder, como el entrenador, y su hermano.

   Ante ese culo de nalgas separadas, apartada la tira del hilo dental, la lisa y rojiza cabeza se frota, quema, empuja y abre, penetrando el terso agujero, centímetro a centímetro hasta clavarle dos tercios de güevo.

   -¡Ahhh…! -gimió Bobby, cerrando los ojos, el rostro de la adorable putez. Atrapándole las caderas, casi sobre los brazos del entrenador y su hermano, Grant termina de clavarle su palpitante barra en las entrañas, rozándolas y estimulándolas en todas su trayectoria. Y hay un violento espasmo, uno que parece una ventosa sobre la tranca, y que nota el hombre que lo coge.

   -Mierda, ¡qué coño! –bramó el fornido joven entre dientes, empujándola más y más.

   -Te gusta, ¿verdad, Bobby? –le pregunta Ned, y el joven le mira con mejillas rojas y ojos nublados de lujuria.- Eres un enorme chico con un coño suave y caliente que quiere vergas, ¿no es así, chico?

   Por toda respuesta, el rubio culturista tan sólo pudo gemir, totalmente entumecido de gusto, cuando Grant comenzó a sacársela y metérsela con fuerza, su venoso e hinchado tolete clavándosele una y otra vez en las mojadas entrañas, su pelvis golpeándole, sus bolas también. Ese redondo agujero se abría y abraza vorazmente la dura mole de carne que lo penetraba, parecía demasiado chico, pero lo lograba, cubrir y abrazar todo el tolete en su vaivén.

   -¡Qué puto! –jadeó Stan, ojos vidriosos, inclinado a un lado, viendo como la gruesa tranca de su hermano entraba y salía del agujero del chico rubio, el cual se estremecía, arqueaba la espalda y llevaba sus nalgas de adelante atrás, deseando más y más de ese güevo que tanto placer le brindaba mientras le cepillaba la pepa.- Joder, hermano, los pliegues de su culo están tan hinchados como los labios de un coño real.

   -¡Es un coño! –jadea Grant, casi bufando desfallecido, sintiendo su tolete totalmente halado, apretado y chupado por las suaves, cálidas y húmedas entrañas. Bobby se lo estaba ordeñando de una manera impresionante.

   -Déjame probarlo, carajo. –demandó Stan y Grant, jadeando, se retiró, haciéndole espacio. En seguida este cayó entre las musculosas piernas del rubio, apuntó su tolete y lo sumergió sin ceremonias dentro del muy dilatado y ardiente culo, el cual le tragó como si de un hambriento coño de puta universitaria se tratara.

   Bobby bajó el rostro, todo él traspasado por esa poderosa ola de placer indescriptible que le recorría, que nacía en sus entrañas llenas de güevo y parecía despertar ecos en cada terminación nerviosa. El grueso y nervudo tolete, entrando y saliendo violentamente de su afeitado culo que se abría para él, aceptándolo, le brindaba todo el gozo que debería querer… Pero su suegro le había enviciado, le hizo adicto a los hombres de güevos grandes, a todos los güevos, y mientras se estremece, y cierra y abre su esfínter sobre el tolete del macho que lo cabalga, que lo coge con dureza, no puede dejar de mirar el miembro totalmente erecto de Ned, que babea, deseando probarlo esa tarde también. Ya lo ha penetrado un tío grande y sexy, el hermano de este estaba ahora llevándole a la gloria, y todavía soñaba con otro. Los quiere todos.

   Atrapándole las caderas, clavando en la firme carne sus dedos, Stan pareció afincarse y comenzó a mecer su pelvis de derecha a izquierda, lanzándole el tolete de un lado otro dentro del recto, haciéndole gritar otra vez. No han pasado ni dos minutos cuando…

   -Vamos, hombre, déjame probar otra vez ese coño. –se queja Grant.- No puedes cogértelo tú sólo para siempre. Quiero ese coño caliente.

   -Acabo de empezar. –grazna Stan, metiéndoselo todo y rugiendo entre dientes cuando Bobby se lo ordeña con las entrañas.

   -¡Es mi turno!

   -No discutan, chicos. –interviene Ned.- Les diré qué hacer… -y Bobby, que le oye a pesar de la nube de sexo y lujuria que le envuelve, se estremece todo.- Grant, siéntate sobre la alfombra y deja que Bobby se suba a tu verga, que se clave en ella. –hay un estallido de risitas de este, de emoción. Joven obedece, y cuando Stan, a regañadientes se la saca del culo, el rubio culturista va, se monta a hojarasca sobre la pelvis del otro y baja su culo. Grant se aferra la gruesa verga y el agujero depilado va tragándoselo, lentamente, apretándolo a cada palmo, y los dos hombres jadean.- Bien, Stan, ve tras Bobby y…

   Al parecer ya Stan había captado, arrodillándose tras el rubio, presionando la cabeza de su tolete junto a la de su hermano, apuntando hacia el agujero ya ocupado. Bobby se tensa y abre mucho la boca, de donde sale un gemido que no es para nada dolor cuando la segunda verga va metiéndose, lentamente, forzándole un poco. Stan aprieta los dientes y empuja, Grant sonríe pesadamente, mirando a ese rubio puto, y detrás a su hermano, cuya enorme y dura verga siente contra la suya, caliente y palpitante. Y se la meten. Bobby cierra los ojos, una sonrisa torva de deleite en sus labios cuando las siente, las dos poderosas barras en su interior. Su culo totalmente lleno de machos, de vergas.

   -¡A la mierda! –brama Stan, boca abierta de asombro, sin aliento, su duro tolete palpitando dentro de esas entrañas, pegado al de Grant.- No puedo creer que pueda tomar tanto.

   -Es más puta que tus novias. Vamos a darle. –gruñe Grant, moviéndola un poco, rozando esas entrañas y el tolete de su hermano.

   Y Bobby grita en éxtasis, totalmente lleno por esos sementales que bombean sus impresionantes miembros dentro de su culo abierto. Uno iba, el otro venía, todos golpeándole bien adentro, rozando las paredes de su recto. Stan se pega a su espalda, con una mano le cubre la frente y hala hacia atrás, con la otra recorre su torso, pellizcando sus tetillas erectas en medio de los abultados pectorales. Grant le atrapa la cintura, clavando sus dedos en él, y ambos intensifican sus metidas y salidas, sus cilíndrico toletes van y vienen sin detenerse, provocándole estremecimientos y gemidos a Bobby, quien casi parece desfallecidos entre los dos impresionantes hermanos que estaban serruchando su culo con fuerza. El joven y rubio culturista era la viva imagen de la putez, echando el torso hacia atrás, babeando un poco, uno de sus pezones apretado duro, las uñas marcando su cintura, los dos güevos entrando y saliendo ahora al unísono, los dos sementales empujando a un tiempo.

   Desde donde está sentado, masturbándose, el entrenador ve al musculoso y rubio chico entre los dos poderosos hermanos, que bombean los enormes güevos dentro de su apretado culo, haciéndole gemir y estremecerse, casi chillando como una putita real, totalmente enviciado por los hombres. Son tíos grandes, poderosos, y gozan del sexo duro, rudo y caliente. La vista de los dos toletes casi saliendo para volver a enterrarse en el agujero, era una locura. Los dos hermanos tienen muecas victoriosas de guerreros en sus labios mientras empalan una y otra vez al joven entre ellos, sus vergas rozándose sin cesar.

   -¿Eres una puta, Bobby? –oye a lo lejos a Ned, mientras comienza a llevar su culo de adelante atrás.

   -¡Oh, Dios, sí! ¡Soy una puta! –chilla el muchacho, los dos güevos clavándosele en ese instante cuando se reconoce en toda su verdad. Es una puta.

CONTINÚA…

Julio César.

NOTA: Un amigo de la casa, Apolo, logró encontrar la página original de donde viene esta historia, que notarán fue versionada. Gracias, amigos. Quien quiera saber de qué va o cómo termina, que vaya a: http://www.nifty.org/nifty/gay/incest/muscle-pussy/

SER O NO SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA… 27

enero 19, 2015

SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA…                         … 26

   La siguiente es una historia que NO ES MÍA. Pertenece totalmente al señor capricornio1967. Tan sólo la reproduzco, tal vez cambiando una que otra coma, aunque la historia ya está por ahí, completa. Es un relato maldito en toda la regla, un hombre maduro decide tomar, controlar y dominar a su joven pupilo, transformándole en algo que no quiere, ni soñaba, aunque se resiste. Lo repito, es un cuento muy maldito. Disfrútenlo:

……

EL DILEMA

Autor: capricornio1967

Capítulo VIII “VOLANDO A GRECIA”

MACHOTE Y SEXY

   Y todavía quedan cosas.

……

   Las manos de Franco presionan la musculosa espalda de Daniel para que el pecho quede más expuesto y sea más fácil el acceso de su lengua, que su boca se una como fuerte ventosa y succione fuertemente, para endurecer el pezón del joven macho, que a su edad, las hormonas responden más rápido que la razón. El botón del pezón endurece rápidamente mientras siente como la punta de la lengua de Franco juguetea con él, como lo mueve y lo raspa una y otra vez, mientras su labios se encargan de marcar una circunferencia alrededor del pezón, para sensibilizar el área que lo circunda, mientras las ásperas manos del hombre, duras por el fuerte trabajo, recorren la curvilínea y musculosa espalda joven, una y otra vez, de arriba abajo, empezando por la parte alta hasta llegar a la estrecha y firme cintura, tocando intencionalmente con las puntas de sus dedos las redondas nalgas de Daniel, quien empieza a sentir los efectos del erotismo.

   Su pecho joven se endurece y su respiración aumenta mas y mas, Franco sabe que es fácil calentar a un hombre, mas a la edad de Daniel que solo se reconocen estímulos para que el cuerpo responda. Las manos recorren una y otra vez la desnuda espalda del jovencito mientras la boca y lengua hacen su trabajo alternándose en cada uno de los pezones, sensibilizándolos, el musculoso pecho está empapado por la abundante saliva que el entrenador le impregna, que hasta resbala de su pecho a su vientre. Algunos hilos de saliva espesa escurren por entre los labios de Franco mientras él sigue devorando una y otra vez los deliciosos pezones, puntas de esas dos montañas de músculos firmes y perfectos. Daniel levanta el cuello trata de poner su mente en blanco, de no pensar, pero más que eso trata de impedir como sea que su cuerpo y su verga lo traicionen.

   Una tarea difícil para un joven como Daniel, que aunque es heterosexual es extremadamente caliente, como cualquier muchacho de su edad. Franco lo sabe, conocer perfectamente la psicología humana, es así como puede guiar a un equipo a obtener los mejores resultados, y ahora emplea sus conocimientos para conducir Daniel a una confusión mental y sexual.

   Cuando siente que Daniel está empezando a perder la batalla de no responder, sin despegar su boca del pecho, desliza una de sus manos a la entrepierna del muchacho, frotándola sobre el pants que viste. Notando como el miembro del atlético nadador está despertando empieza a frotarlo fuertemente sobre la tela, haciendo que responda más rápidamente, que la sangre se concentre en la verga del joven así como en sus pezones por la succión.

   -Noghh. -gime tímidamente Daniel, tratando con una de sus manos detener el ataque hacia su miembro, tratando de evitar que Franco lo excite, que lo derrote, que le nuble la razón y lo conduzca hacia donde lo desea. El intento es firme, aunque leve sin embargo, y totalmente inútil. La posición en que está es difícil para responder, para defenderse, así que Franco hace caso omiso de la leve resistencia del atlético y joven macho, y sigue frotando con más intensidad.

   La verga del joven empieza a ser dominada por la fuerte fricción, por sentir esa lengua lamiendo su piel una y otra vez y el calor de la palma de la otra mano de Franco deslizarse una y otra vez por su fuerte espalda. Es una ataque por varios flancos y Daniel siente que no se puede detener, que su verga no lo obedece más, que es inútil tratar de gobernarla, mas aun esa carne dura y jugos en su entrepierna le empapa la entrepierna del pants, por la abundante secreción; hasta la mano de Franco se impregna de la viscosa secreción mientras que continua el asalto sexual.

   Daniel está imposibilitado de salir de esa situación; más aun, se pierde más y más en ese torbellino de sensaciones instintivas, más que mentales. Su cuerpo, su miembro se rinde ante la fricción, ante el estímulo. El saber que está en el baño de un avión, que afuera están sus compañeros, le hace desear que eso termine lo más rápidamente posible y que nadie sepa, así que baja sus fuertes brazos para dejar de oponerse, quiere dejar de pensar solo sentir, solo aceptar, dejar que Franco tenga su diversión y satisfaga su placer y de deje ir.

   Franco sigue frotando duramente el miembro de Daniel, que crece mas y mas, duro y caliente bajo la suave tela, la respiración del joven se hace cada vez más superficial y frecuente, su cuerpo esta bañado en unos cuantos minutos en sudor copioso que cubre su piel y la oscura mancha en su pants es cada vez más grande. Su verga asoma la punta por el elástico de la cintura del pants, la rosada y jugosa cabeza vence la resistencia del elástico, por la dureza, firmeza y largo que tiene. El líquido seminal sigue siendo secretado copiosamente y escurre por todo el pants, Franco usa su mano para bajárselo hasta las rodillas, revelando totalmente el fuerte, largo, duro y grueso falo con dos grandes bolas colgantes, que penden de esa dura carne y junto con esa verga que está en paralelo al suelo ahora, libre y sin restricciones.

   Las musculosas piernas de Daniel, torneadas por la natación, firmes como el resto de su cuerpo, así como su verga, aún así las siente que se debilitan, que apenas pueden sostenerlo mientras Franco lo somete, lo “entrena” en el placer sexual, en la sumisión. Las manos del entrenador pasan ahora desde su espalda, recorriendo cada centímetro de su piel, lentamente, hasta pasar por sus nalgas, las duras y redondas nalgas del atleta.

   -Sabe que allá afuera están sus compañeros de equipo, ¿verdad, Saldívar? –le pregunta, ronco, la mano grande callosa sobre sus nalgas.- Sabe que no le conviene gritar, ni jadear… haga lo que le haga, ¿verdad?

   Lo sabe. Entendía que era uno de los medios que se valía para controlarle. El miedo a que todo se supiera. Pero nunca dejará de luchar. Casi instintivamente contrae sus nalgas apretándolas para proteger su culo, como si fuera la primera vez que será penetrado. Pero su cuerpo recibe demasiada atención, es estimulado, es poseído y dominado, marcándole el extremo del dominio, del control, de la indefensión ante el ataque sexual del que será objeto.

   Franco, excitadísimo con su verga a punto de salirse también de entre sus ropas, se quita la camisa dejando su velludo pecho al descubierto, el pecho de un macho maduro en plenitud sexual. Solo unos segundos de descanso son lo que el hombre le permite a Daniel mientras se desnuda aventando su ropa a un lado. El joven apenas tiene tiempo para tratar de ordenar sus pensamientos cuando ya Franco lo abraza fuertemente pegando su pecho y su velludo cuerpo contra su piel desnuda y lisa de atlético macho joven, quien hasta siente que el aire le falta por la intensa presión. El espeso vello del amplio pecho de Franco fricciona la piel sensible de Daniel, el roce es tan intenso por la brusquedad que usa contra él, que le araña.

   -Aghhh. -un leve gemido de presión física y de molestia escapa de los labios de Daniel mientras Franco ignora la débil protesta y, para agravar más la falta de aire del joven, busca su boca; de súbito sus labios grueso y su cara con barba crecida presionan contra ala del muchacho.- Mgmhgmhmhhmggm. -tomado por sorpresa trata de oponer resistencia pero la lengua voraz de Franco se abre camino entre sus labios y penetra en su cálida boca explorándola contra su voluntad, un beso pasional, la exigente caricia íntima animal de un macho ansioso, de un macho caliente que justifica su deseo, su dominio, liderazgo y su control sobre su presa.

   -¡MHMH! -saboreando al recién desflorado macho, Franco se excita mas al ver la resistencia que este ofrece.

   Su verga se endurece mas y lubrica abundantemente, se pega al cuerpo de Daniel, palpitándole allí, quien está ya prácticamente desnudo, su ropa también ha caído al suelo después de que el otro se desnudó. Las recias mano de Franco de nuevo se deslizan por la fuerte espalda de Daniel, y una de ellas va a posarse entre sus nalgas, explorándolas con deleite como ocurre siempre que se puede hacer algo así, detenidamente, recorriendo palmo a palmo esos globos de dura carne. Mientras su lengua sigue hurgando en la garganta del atleta, una de sus manos se abre de nuevo paso entre esas duras nalgas buscando el centro de ellas, ese delicioso orificio aun de buena resistencia, húmedo, cálido, vibrante, indefenso que es lo que más le excita, mientras Daniel siente como el dedo de Franco lucha por internarse de nuevo en sus entrañas, en explorar su culo, en recordarle quién lo posee, quiénes el dueño de su culo, de su cuerpo. De su destino.

   -Nnghhhhhhhhhh… -las ahogadas protestas de Daniel cada vez que siente que Franco lo humilla es lo que hace que la verga de este se agrande y engruese mas; el chico siente como esa carne babea y palpita de deseo pegada a su cuerpo, mientras la lengua ajena recorre detenidamente el interior de su boca, inmovilizado prácticamente por el reducido espacio.

   La otra mano de Franco regresa a frotar la verga de Daniel, para impedirle que pierda su rigor, frotándola fuertemente. El joven trata de escapar, de moverse como si eso fuera posible. Franco lo tiene físicamente acorralado mientras lo hace hundirse más en una mezcla de humillación y excitación, de vergüenza y coraje por no poder ser dueño de su cuerpo ni de sus deseos. Ahora su cuerpo responde y se agita, su dura verga parece volverse aliada de su enemigo, para aumentar su humillación, su derrota. La lengua de Franco termina de forma súbita el profundo beso que estaba dando, solo para deslizarse húmeda, salivosa y extremadamente cálida por el cuello del joven; se desliza lentamente por la tersa piel hasta llegar de nuevo a los pezones, que permanecen erguidos, duros, firmes, ansiosos de ser saboreados, de ser explorados sin importarles quién es el dueño de esa lengua, si es hombre o si es mujer, solo sintiendo, dejándose hacer, aceptando y experimentando el placer erótico de una lengua diestra y voraz, de sádica maldad sexual.

   El sudor aumenta, el musculoso cuerpo de Daniel esta bañado en transpiración, su respiración se vuelve agitada mientras su pecho se expande una y otra vez; en una respiración superficial que lo mantiene mas excitado, las ideas se borran de su mente que solo articula gemidos, deseos , rebeldía, culpa y vergüenza por estar así con su carne de firmeza férrea como prueba de que Franco ha logrado controlarlo, aun en contra de lo que piensa, de sus preferencias y de su propia virilidad; su hombría de rebela, lucha por mantenerse intacta pero su verga no “piensa” lo mismo, sus pezones hablan por sí solos al llenarse de sangre y sentir más la estimulación. Su pensamiento se mantiene firme en una sola idea “es solo unos cuantos días más, solo unos cuantos días más”, eso lo hace aguantar, soportar, y le permite quizá hasta sentir. Solo serán unos días más y será libre, libre para tratar de recomenzar su vida; solo espera que el “sacrificio ” haya valido la pena y regrese con una medalla al menos.

   Franco (y hay que reconocer que el tipo parece bueno en lo que hace), siegue palpando su piel con las manos, lamiendo de los deliciosos pezones, dedeando el culo de Daniel. Su dedo grueso y largo entra hasta las cálidas entrañas del joven, moviéndose esta vez muy lentamente, llegando hasta su próstata y empieza a dar leves masajes que despiertan las entrañas del joven y las hacen encender. El trato en su culo es ahora distinto, mas sorpresivo para el joven macho quien estaba acostumbrado a sentir la fuerza y agresividad de Franco y ahora el dedo se mueve muy lento pero sin dejar de estimular la próstata, como buscando dar placer.

   Los masajes en próstata, pezones y verga, además de la fricción del grueso vello de Franco sobre su piel, tiene al muchacho indefenso. El duro miembro del entrenador, que sigue erecto, paralelo a su cuerpo frotándose en diferentes lugares de su bajo vientre, ambos cuerpos bañados en sudor, gimiendo, no haría pensar que uno tortura al otro, como era en efecto; y al joven le parece que han pasado horas de tortura sexual cuando apenas son unos cuantos minutos en los que nadie ha reparado en la ausencia de los dos.

   Mientras el deseo consume a Franco, el saber la situación en la que están le tienen al borde de correrse; saber que esta cogiéndose al más deseado de los jóvenes hombres de su equipo de natación, contra su voluntad mientras están aparentemente rodeados de gente, sabiendo que Daniel se siente cada vez mas humillado mas sometido, más comprometido a dejarse hacer, a no protestar. Sabe que cada vez le cuesta más trabajo hacerlo, lo sabe por la forma como su cuerpo responde; por el tiempo que les queda por vivir en esa situación, Daniel piensa que pronto estar libre, el entrenador lo sabe, siniestro.

   El chico no sabe que siempre existen circunstancias que pueden modificar el destino de cualquier macho cuando el deseo es el motor principal para un demente macho pervertido que se consume en deseo y dominio , y que en lugar de que ese deseo se aminorado por la posesión y el dominio, crece mas y mas, como una río desbordado imposible de detener, una fuente inagotable de satisfacción que se niega a perder su juguete, a dejar en libertad lo que tanto desea, lo que tanto disfruta, lo que su cuerpo goza mas y mas. Ese cuerpo, el de su joven pupilo, ese macho perfecto le pertenece y siempre habrá algún camino para poder seguir disfrutándolo, poseyéndolo, para penetrarlo una y otra vez, para mover su dura carne en las estrechas entrañas del Daniel, sentí como su verga se desliza por los cálidos labios y llegan hasta la garganta del joven, penetrándola ahogándole, ver como los varoniles labios se amoldan perfectamente al grosor de su verga, a su longitud, que humedecen su dura carne con saliva.

Cuando Franco siente que tiene a Daniel en el mejor punto de la humillación, lo hace girar sobre sus talones bruscamente, sacando su dedo de entre las nalgas del musculoso deportista, y empujándole levemente hacia delante para seguir manejándolo en ese espacio reducido entre su cuerpo y la pared. El culo de Daniel, relajado por la manipulación del dedo ofrece menos resistencia que antes a la metida de la verga del hombre. Esta vez la penetración es lenta. Sabiéndose dueño de la situación, mientras el movimiento de la nava le ayuda, Franco saborea mas la estudiada penetración cuando atraviesan por una zona de turbulencia, la nave se mueve levemente haciendo que los cuerpo sean sacudidos por el movimiento mientras su dura carde se interna de nuevo por esa cavidad ya conocida y explorada en muchas ocasiones anteriores.

   -Así me gusta, Saldívar; así, así, así, así… -le repite una y otra vez al oído mientras pega su pecho a la musculosa espalda del joven, y su verga entra mas y mas, abriéndose paso de nuevo, internándose, friccionando las entrañas del joven Hércules.

   Este, cerrando los ojos, aprieta las manos para contenerse de nuevo la repulsión de sentir su culo ocupado por la verga de otro macho, por saber que está siendo poseído y reducido a un mero juguete sexual, a convertir su cuerpo y su culo en una moneda de compra y venta. Sus entrañas ceden, se someten se dilatan para aceptar, para admitir y soportar la invasión. La nave se estabiliza rápidamente no así su culo y su cuerpo, mucho menos el de Franco, que al saber que su dura verga está en su totalidad en su culo empieza con un movimiento rítmico de vaivén mientras su manos las pasa por su costados para apoderarse de los jóvenes y duros pezones en el musculoso pecho, para apretarlos al uníoslo que su verga dura y palpitante embiste pausadamente sus entrañas para calentarlas, sensibilizarlas, doblegarlas.

   Daniel siente como sus entrañas se rinden, como su propia verga se levanta por la fricción en su próstata, como sus pezones endurecen cuando Franco sigue manipulándolos, sus fuertes piernas amenazan con doblarse pero el hombre que lo penetra lo hace mantenerse de pie, de aceptar mientras la agitada respiración le quema su nuca, por la cercanía del maduro macho que pega el velludo pecho contra su musculosa espalda, por lo cual siente como el grueso vello del pecho del entrenador le fricciona su desnuda piel, mientras la verga del depravado se introduce mas y mas por su aun estrecho canal. El joven nadador está indefenso ante ese hombre que se la saca y mete profundamente del culo. El mismo cuerpo, pesado de Franco lo empuja contra la pared reduciéndole la posibilidad de todo movimiento, sin que sus nalgas puedan escaparse de la dura invasión de carne de macho adulto que se mete una y otra vez explorándole el culo, separándole el recto, estrechando las paredes de ese canal sexual que ahora ese depravado ha convertido en un órgano sexual para su propio placer. El sudor resbala copiosamente por los cuerpos de Daniel y Franco, sin que haya nada que reduzca la excitación, que evite la posesión.

   Las manos de Franco pasan una vez más por los costados de Daniel y aprietan el pecho ancho del joven, sobre todo enfatizando esa presión en sus pezones que no pierden la firmeza por el estímulo que recibió y está recibiendo. Sus nalgas duras chocan una y otra vez con el cuerpo de Franco cada vez que este lo embiste con firmeza detenidamente, saboreando su poder sobre el atleta, reduciéndole la hombría y machacándole la virilidad con su verga, con dilatarle más y más cada vez ese antes estrecho orificio anal, que ahora es suyo. Quizá no permanentemente pero si por un tiempo placenteramente largo. Ha sido su verga la única que ha entrado en ese culo, que ha separado esas nalgas, su verga ha sido la única que ha estado dentro de esa boca, sus manos han acariciado ese perfecto cuerpo a su antojo una y otra vez; y a su antojo y placer ha torturado mentalmente a Daniel y lo ha reducido a un esclavo sexual que ahora tiene arremetido contra la pared de ese estrecho baño, metiéndole la verga, sin las prisas de las veces anteriores, más bien con la sapiensa del macho que conoce cómo derrotar, cómo demostrar que es más, que es más inteligente, más astuto pero sobre todo mas macho.

   Daniel levanta sus musculoso brazos, sus bíceps se acentúan mas, marcándose esa perfecta definición de sus músculos largos, y recarga la frente en la pared, aceptando lo que le ocurre, tratando de que esa penetración dure lo menos posible; pero parece que a Franco no le importa el lugar en que se encuentra, no le importa que puedan sorprenderlos. Lo contrario de Daniel, que el solo hecho de que un sonido pueda delatarlos, le aterra; por ello se aplica, no emitir prácticamente ningún sonido, ni hacer ningún escándalo.

   La verga de Franco, más dura que en otras ocasiones por lo que Daniel puede sentir en su culo, mas lubricada y menos impaciente que antes, le afectaba y humillaba más. El hombre ahora es más lento es sus cogidas, más pausado, sin importarle la ansiedad en Daniel, quien teme que en cualquier momento alguien pueda notar la ausencia de ambos. La verga de Franco se desliza lentamente una y otra vez, sensibilizándole las entrañas al atlético nadador, mientras las manos le mantienen la constante manipulación de los pezones y con la boca, el hombre le mordisquea el lóbulo de la oreja cada vez que puede.

   Al tiempo que sigue su tortuoso vaivén, con la verga aparentemente más gruesa aún, las atléticas piernas de Daniel se debilitan por las sensaciones y la posición en la que está; el calor inunda su cuerpo empezando de nuevo por sus entrañas y su pecho se enciende, el calor le invade mas y mas y su mente se debate entre la debilidad y el calor, entre la conciencia y la inconsciencia, siente que el aire le falta, sus pensamientos no pueden ser coherentes en esos momentos que da placer a Franco.

   Mientras el perverso y demente entrenador, seguro de su dominio de la situación, sigue con la lenta tortura sexual al atractivo deportista, estando a miles de pies de altura, su verga poseyéndole de nuevo, cuando lo considera prudente usa la manos derecha y la hace descender, recorriendo la húmeda piel que cubre la definición muscular, pasa por su abdomen y vientre hasta llegar al miembro del joven, que esta llenándose de sangre y endureciéndose, el masaje de su dura y gruesa verga sobre esa próstata hace efecto, de nuevo su mano se enreda en el duro tronco de Daniel y empieza a frotarlo para lograr que la dureza se haga más fuerte, que el miembro se agrande hasta su máxima capacidad, mientras con su miembro siegue el continuo masaje en sus entrañas.

   -Noooooooooooogh. –con un casi un gemido de protesta para no atraer la atención de la gente que pueda estar fuerza del baño del avión, Daniel baja sus manos para tratar de liberar su miembro de la presión de la fuerte y áspera mano de Franco, pero este se mantiene firme.

   -¡Quédese quieto, Saldívar! -le ordena al sentir la leve oposición de Daniel a que le estimule la verga al mismo tiempo que su culo y que sus pezones.

   Con su otra mano, Franco le jala fuertemente el cabello al musculoso nadador, de una forma fuerte y definitiva, logrando que este tenga que extender su cuello, hasta casi causarle dolor, apretándole el rostro con la pared, empujándole la verga con un poco de más fuerza. Daniel entiende que debe ceder, soportar, dejarse hacer, de no protestar porque esta aun en manos de Franco, le guste o no, lo acepte o no. Sus manos dejan de resistirse mientras la mano del otro vuelve a friccionarle fuertemente la verga, que se engruesa y endurece ante la fricción, el masaje prostático es también un detónate sexual en el trozo de carne del joven macho, que lo hace excitarse mas y mas. La respuesta física es incontenible, el placer en su miembro aumenta las sensaciones se extienden hasta sus grandes bolas que cuelgan pesadamente en un escroto de buen tamaño, mientras siente que las bolas del maduro macho chocan con sus nalgas cuando Franco lo embiste, cuando lo penetra. Las sensaciones son encontradas, el placer y la rebeldía, la virilidad y la sexualidad, penetrar o ser penetrado, poseer o ser poseído; ahora Daniel se encontraba del otro extremo, en la parte más susceptible de su sexualidad, de su tortura, su miembro gozaba con la fricción y su próstata casi gritaba de placer cuando la dureza la friccionaba una y otra vez, de manera diestra y diabólica.

   -¡AAHHHHHHHHH! -los gemidos de Franco se hacen cada vez mas fuerte, siente el placer del triunfo, del macho poderoso, el placer de sentir que sus bolas hierven con leche espesa espumosa y abundante que desea ser depositada en las entrañas de Daniel, desean ser ordeñadas por ese par de nalgas duras, grandes y de forma perfectamente redonda, sin vello y que aprietan su carne y le permiten el acceso inmisericorde.

   -¡Mgmhghmg! -Daniel ahoga sus gemidos de rabia y de placer contenido, de humillación, no puede darse el lujo de que Franco lo vea vencido, derrotado sexualmente, disfrutando lo que para él es humillante, repugnante y que solo esta haciéndolo por obligación.- ¡Mgmgmmghmhmh!

   -No disimule, sé que le gusta, Saldívar, jejejejeje… -le dice Franco al oído, burlón.

   -Nogghhh. -repite entre dientes Daniel, mas para sí mismo que para Franco, sabiendo que es como tratar de retener el agua entre sus manos, sus bolas se calienta, igual que el resto de su cuerpo y su verga alcanza una consistencia de fierro metal. -¡No! No, no… -se repite mientras su mente abandona su cuerpo y lo deja solo en sensaciones en manos de Franco, como si se desdoblara para poder entender su situación tan comprometida, con una verga en el culo y la suya babeando abundantemente en la mano de ese hombre, cada embestida provocando en sus bolas duras una leve molestia que pide a gritos ser desahogadas.

   Franco, por su parte, también está a una fracción de segundo del clímax sexual, de que sus bolas disparen de nuevo las descargas más potentes de la leche más espesa que genera por ese placer que le provoca Daniel, por ese placer que le provoca el culo, el cuerpo del perfecto físico del joven atleta.

   -¡AHHHHHHHHHHHHHHHHHHH! -un gemido de alarido, de placer y satisfacción sale de su boca cuando la leche contenida en sus grandes bolas es descargada con una intensa fuerza en las entrañas de Daniel, más fuerte que en las otras ocasiones, más espesa y más abundante.

   El caliente y blanco líquido se estrella en las paredes del recto del joven, quien siente un intenso calor en su próstata como si la verga de Franco se hubiera convertido en una antorcha en su culo. Algo indescriptible mientras siente la necesidad de que el otro siga frotándole el miembro, que lo haga “venirse”, arrojar su leche que está causándole una intensa presión en sus bolas y le pide que le permita salir. La mano de Franco fricciona más intensamente y aumenta la presión en la dura carne de Daniel, mientras sigue sus embestidas descargando en cada una de ellas una cantidad abundante de viscosa leche que se mezcla con el contenido en las entrañas del nadador.

   -¡Mhmhmh! -los gemidos de Daniel mientras Franco sigue masturbándolo con frenesí, se oyen vagamente sin que el joven pueda evitarlo.

   Cuando Franco siente que Daniel está a punto de eyacular, de súbito detiene su fricción, soltando de súbito la pesada, gruesa y larga carne del joven atleta que se siente frustrado por el cese del perfecto estimulo.

   Era la hora de otra lección de humillación y sometimiento.

CONTINÚA (el relato no es mío) … 28

Julio César.

NOTA: Si el entrenador fuera como el de la imagen, ¿sería tan mala la cosa? A eso se le llama Ley de la Relatividad.

NOTA 2: El relato comienza algo lento, y como no tengo intensiones de apurarme más, quien lo desee puede buscarlo en esta dirección: http://www.todorelatos.com/relato/16991/

DE AMOS Y ESCLAVOS… 14

enero 15, 2015

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 13

BLACK HOT

   -Sé lo que quieres, pequeño; ven por ello…

……

   Con los dientes apretados, Hank lucha y lucha, palmo a palmo para enterrárselo. Se lo tiene clavado hasta la mitad, sintiéndolo apretado por las entrañas del hombre de color, sonriendo cruel se tiende y le hace inhalar los Poppers, y mientras Roberto lo hace sintiéndose flotar de calenturas, se lo clava todo. Y el joven hombre negro grita, elevando el rostro, boca muy abierta, ojos cerrados, sintiéndolo duro, ardiente, demasiado grueso… y totalmente maravilloso contra las sensibles paredes de su recto, que parecen mojarse y calentarse al ser bañada de sangre cada venita.

   -Qué coño tan apretado, negro. –le gruñe, nalgueándole, sintiendo su tolete totalmente apresado, halado, succionado.- Eres un puto de culo cerrado, pero conmigo lo pierdes rapidito. –y comenzó a retirarlo, lentamente, disfrutando de ver como su pálido miembro algo rojizo va saliendo del negro y ajustado estuche cuyos labios parecen abrazarle. Y se la mete otra vez. Toda. La saca más rápidamente y se la regresa con un golpe.

   La mente de Roberto es una masa de sensaciones. Esa vaina indudablemente le dolía, pero también despertaba ecos dormidos en su cuerpo, tan sólo puede gemir, con un tono bastante alto, mientras el güevo entra y sale a medias de su culo, uno que se abre para recibirlo casi todo, las bolas goleándole.

   -¡Eso es, puto! –le gritaba feo, en un tono que debían escuchar al otro lado de la ciudad.- Apriétalo así, negro de mierda. Anda, apriétalo, puto. ¡Eres un puto! ¡Un puto! –le gritó una y otra vez mientras lo nalgueaba, y si en la mente de Roberto todo era un caos, su cuerpo era una sola masa caliente de sensaciones claras. Estaba gozándolo, sentirla salir, halándole las paredes del recto, luego entrando, rugoso y caliente, rascándole y frotándole, estimulándole.- ¡Mira como meneas el culo, puto! ¡Eres todo un puto caliente por los güevos blancos!

   Sus gritos deberían ser alarmantes para el joven hombre negro que se estremece, que arquea la recia espalda, que ha olvidado sus temores e inquietudes, el salir lastimado o totalmente robada su virilidad; en todo lo que puede concentrarse ahora es en sentirse vivo, en como su piel arde y se eriza, como quiere las rudas manos del chico acariciándole, sus tetillas duelen de lo duras y necesitadas que las tiene, su propio güevo es una lanza oscura de carne tiesa que se frota contra el mueble cuando las embestidas le arrojan sobre él, sus nalgas brillan de sudor, los anteriores azotes aún se notan, y todavía lo lleva y trae, lo pega de la pelvis del muchacho, de donde sale su maravilloso güevo que tanto placer está dándole, y se refriega.

   -¿Te gusta, negro? ¿Te gusta sentir mi enorme güevo blanco en tu mojado y ardiente coño negro? A tu madre le encantaría tener metida una como la que te gozas tú. –le grita, y cada insulto estremece a Roberto, quien sólo puede gemir, su cabeza va y viene. Ojos cerrados, expresión de gozo mientras gime ronco, casi en trance.- Así, puto, muévelo así. Búscalo. Gózalo. Móntate sobre el güevo de tu macho, el güevo que quieres gozar. –le grita feo al oído, atapándole la frente con una pálida mano, halándole. Lo estaba cogiendo con rudeza, las bofetadas de pelvis contra nalgas llenaban lo que los gritos no podían.

   -Joder, ¿a quien estará cogiendo ese muchacho? –le pregunta un sujeto que pasa frente a la puerta, a su mujer, en el pasillo.

   -¡Germán! –se alarma ella, pero también escuchando los gritos de “tómala toda, puto; aprieta mi güevo blanco con tu coño, negro de mierda”.- Dios, ¿qué pasa ahí?

   -Que ese carajito odioso está cogiéndose a un tipo. A un negro. –sonríe mórbidamente divertido el tal Germán… volviendo la mirada hacia una puerta cerrada. La de Roberto Garantón.

   ¡Vaya, vaya!

……

   -¡Ahhh! ¡Ahhh! –gritaba ahora a todo pulmón Roberto, mientras la gruesa barra rojizo blanco entraba y salía de sus negros esfínteres, metiéndole y sacándole esos oscuros labios depilados.

   -¿Te gusta, puto? –Hank le pregunta gritado, nalgueándole, metiéndosela con dureza.- ¿Te gusta sentir mi güevo blanco cogiéndote y llenándote, puto negro?

   -Sí, me gusta… -otra nalgada, fea, cuando el tolete se mete hasta los claros pelos y sigue empujando, castigándole y premiándole.- Me gusta, amito…

   Decirlo, someterse también en eso, le provocó una poderosa oleada de lujuria al chico negro, quien subió y bajó su culo con más intensidad sobre la dura verga que le abría las entrañas. Sentirla, centímetro a centímetro, entrándole y saliéndole, llenándole las paredes del recto, rozándoselas, quemándole, le tenían al borde de la leche, la sentía casi a punto de salírsele. Su mente parece estallar y lo que sigue es una maravillosa y casi intoxicarte sensación de descubrimiento, de aceptación: le encantaba ser galopado, cabalgado y penetrado por un hombre, ser su perra, su puta, su coño caliente y mojado. Adora aquella enorme verga blanca que le somete, saliendo casi hasta la roja cabeza y luego abriéndole y tomándole, y que devora su virilidad, se la roba, casi puede sentirlo, llenándole en cambio con el gozo de la entrega, de la admisión del poder del otro, de someterse a él. Ser eso, su puto.

El hombre tras él, lo sabe. Sonríe dominante, mordiéndose el labio inferior en una mueca de gozo y poder, meciendo sus caderas de adelante atrás con rudeza, cogiendo con su grueso y largo güevo ese culo que se abría agradecido, que se lo abrazaba con amor y gratitud, mientras veía al tío negro, mas acuerpado, estremecerse, arquear la espalda, gimiendo en todo momento con total entrega, totalmente caliente, enloquecido de gozo y placer.

   -Ah, puto, cómo la quieres, ¿verdad? –le gritó otra vez, con ese tono insolente y ese volumen que haría que cualquier les escuchara.- Tómala toda, negro puto. Tómala y gózala…

   -¡Ahhh! ¡Ahhh!

   -Dilo, dime lo puto que eres. –le ordena, meciendo sus caderas de izquierda a derecha y clavándosela así, provocándole un agónico gemido de gusto.

   -Si, si, soy tu puto. Cógeme, cógeme así, méteme tu güevo blanco, amo. Coge a tu negro. –se entregaba con total abandono, incapaz de reaccionar o pensar, de analizar lo que hace o dice, tan sólo consciente de que quiere darle placer y que de esa manera también se lo produzcan a él. Y el instrumento de ese otro hombre, metido en sus entrañas, se lo estaba proporcionando.

   -¡Hummm… puto!

   Roberto se tensó, sintiendo como aquel tolete, profundamente clavado en sus entrañas, que continuaban chupándoselo, se pone más tieso, arde como con fuego y estremeciéndose dispara algo que hierve, que le golpea y chorrea internamente. El primer disparo de leche caliente sobre su próstata, porque sabe que Hank, ese carajito odioso y a quien ama y desea servir, estaba corriéndose en su culo. El segundo disparo le eleva a la gloria, él mismo tembloroso, su tronco duro y babeante. Pero no puede procesarlo todo, siente frío y abandono cuando el güevo sale de su culo vicioso y cae de medio lado sobre el mueble, arrojado por Hank, quien se le encima, tolete tieso en mano, y le lanza sus restantes trallazos a la cara mientras le grita: “¡tómala, puto!; ¡tómala toda, negro de mierda!”. La siente caer, bañarle, espesa y caliente, olorosa a macho, y se corre también, con poco semen por el clímax resiente, pero también poderoso. Correrse así, el culo adolorido y abierto, manando la leche de su hombre, el resto de su esperma chorreándole en la cara, una que saborea sacando la lengua tomándole de la que cruza su boca, le emputece totalmente.

   -¿Te gustó, negro de mierda?

   -Si, amo… -jadeó, tragando, saliva y ese semen recogido, temblando todavía por la intensidad de su orgasmo. Nunca había tenido uno como ese, que pareció estremecer toda su vida, activando todos sus centros de placer.

   -Agradécemelo con un beso. –le sonrió, y mirándole la punta de la blanco rojiza verga fue hacia ella, pero él apartó algo más la bragueta de su pantaloneta, un esvástica se destacaba en la pálida piel. Roberto la miró casi ahogado, no era un tipo de mundo, nunca se preocupó mucho por cuestiones de historia, derechos civiles ni nada, pero no le parecía bien. Sin embargo su amo esperaba y cerrando los ojos, con abandono, besó con los gruesos labios sobre la cruz gamada. La risita ronca le estremeció la piel.- Pero qué puto de mierda eres, negro. Espérame aquí. –y guardándose su hermosa pieza todavía morcillona, salió.

   Roberto, de medio lado, cerrando los ojos, casi se dejó llevar por la intensidad agotadora del clímax alcanzado. Sube la mano a su cara y recoge la algo fría esperma, y lleva los dedos a sus labios gruesos que abre, los mete y saborea de ellos los espesos regueros. ¡El semen de Hank! Casi se le puso duro otra vez, mezclándolo con su saliva, metiendo la legua entre sus dedos, saboreándolo, tragándolo. ¡Quería más!, la idea le hizo casi asustarse. Pero lo más inquietante era… ese resbalar lento del semen desde su culo, bañando su nalga derecha; un semen que aún sentía en su interior… nadando, transformándole en puto. Y recordando el disparo en sí, la intensidad con la cual le golpeó las entrañas, la próstata, gimió. Lo bien que lo sintió, el estremecimiento vivido cuando esa esperma hirviente le bañaba y llenaba, fue glorioso. Ignora que inconsciente, mientras recuerda y recrea el mágico momento cuando su culo fue llenado por primera vez de espermatozoides, su esfínter se abre y cierra, como buscando, deseando atrapar el que salía. El estallido había sido… No, no encontraba palabras para describir tanto placer.

   -No te duermas aquí, negro sucio. –la voz le despertó. Abrió los ojos y rodó sobre el mueble, el semen dejando su culo.- Esa vaina vas a limpiarla… Ya sabes, con tu lengua. Toma…

   -¿Qué…? –queda congelado. En las manos del joven encontró una pequeña pieza amarilla clara, un bikini chico, más del tipo tanga.

   -Cuando vengas por más güevo, por más leche de macho, que vendrás, o si te llamo, tráela puesta. –se miraron a los ojos.

   -Si, amo. –la tomó, estremeciéndose por lo suave de la diminuta prenda.

   -Ahora recoge todo ese semen y lárgate, puto.

……

   Marjorie Castro, excitada aunque intentaba controlarse, lleva a un hombre de la mano, la suya blanca y pequeña dentro de la enorme y oscura de este, por el pasillo de motel feúcho, aunque con trucos y comodidades que no sospecharía el observador ligero. El hombre a su lado, taxista de oficio, músico de corazón, sonríe divertido porque la adivina. En el temblor febril de su palma. La dama es alta, delgada y hermosa, tanto que casi parecía de esas tierras de vikingos, de quienes había visto películas (y porno de suecas traviesas). Tiene un buen busto, también un altivo trasero, sus muslos…

   Yamal Cova recuerda cuando la recogió en una esquina de El Cafetal, frente a un muy buen restaurant, una tarde lluviosa, viéndose abatida. Ella entró sin mirar, sin preocuparse, como si no supiera de la inseguridad, pensó en un primer momento, luego al verla llorosa, abatida, entendió que tenía otras preocupaciones. Otras penas. Hombre al fin, y taxista, miró sus piernas por el retrovisor y quiso saber qué tenía, ¿qué podía hacer sufrir a una mujer así? Logró que hablara. No se engañó, ni por un momento creyó que fuera el mejor conversador del mundo, o que lograría rescatar a un niño travieso de unas monjas molestas, reglas en manos. No convencía, ni le importaba. Ella habló porque quiso. Lo necesitaba.

   -¡Mi marido es un imbécil! –medio berreó, y la razón de su sufrimiento se le antojó vulgar. Siempre era igual. Un marido imbécil que descuidaba a una mujer así. Y si, la descuidaba. Llorando le contó que era un sujeto hermoso, un triunfador, un hijo de perra egoísta; que no la buscaba, que no le hablaba, que la ignoraba. Se sentía sola, abandonada, furiosa y frustrada.

   Fue allí cuando pensó, ¿por qué no ofrecerse él, para ayudarla y “calmarla”? Y la diabla esa le había tomado la palabra. En ese pasillo, sonriéndole con labios rojos de deseos, ojos brillantes de calentura, le detiene mientras abre la puerta del aparente cuartucho.

   -¿Serás duro y rudo, papi? –le pregunta, su pecho subiendo y bajando, sus pezones casi visibles bajo la blusa.

   -Habrá llanto y gritos, nena. –es la respuesta mientras penetran al cuartucho. Uno como muchos. Hay una cama ancha, de feas sábanas, un televisor destartalado. Poco más. Lo llamativo es otra puerta, una que da a la habitación de al lado. Y hacia ella se dirige la mujer, abriendo, sonriéndole mórbida, mordiéndose los labios.

   -Ven, papi, todo esto es para ti. –invita.

   Yamal sonríe por un segundo, ¡qué diabla! Llegó a su lado, se detuvo, encarándole, sus respiraciones algo pesadas mezclándose, porque si, no podía ocultárselo a sí mismo, la promesa de sexo le afectaba. Vuelve los ojos hacia la cama…

   -No se ponga así, bella dama. Hay muchos hombres que consideran que muchas cosas son igualmente importantes en sus vidas, trabajo y familia, por ejemplo. Tal vez…

   -¡Mi marido usa mis pantaletas! –le informó, conteniendo el alarido de rabia.- Y creo que se mete… cosas por el culo. –estalló dentro del taxi, sorprendiéndole.

   Allí, en la otra habitación del motel, sobre rodillas y codos, esperaba un tipo blanco y joven, esbelto y musculado, pero no tanto como Yamal, dando el culo hacia la puerta… El hombre mira al taxista sobre un hombro, ojos claros, azulados verdosos, empañados, el cabello castaño peinado hacia atrás, adherido a su cráneo. Un collar de perro, con brillantina, pero un collar al fin y al cabo, en su cuello. Su ancha espalda desnuda, su cintura estrecha recorrida por las tiras de una pequeña prenda íntima de mujer, de encajes rojos, tipo hilo dental, que apenas cubría la raja entre sus nalgas, conteniendo sus bolas abajo. Medias de nilón, oscuras, muy arriba en sus muslos, unos tacones de mujer, rojos, en sus pies. Sus labios también van pintados con ese tono.

   -Hola, papi… -graznó ese tipo, temblando de lujuria y anticipación, su culo titilando salvajemente bajo la tirita, sus glúteos lisos y redondo enrojeciendo también.

   Tragando en seco, sintiendo como su güevo responde violentamente a la sucia y viciosa invitación, Yamal sabe que ese culo quiere pelea, quiere machos. Quiere güevo. Sabe que ese tío, Bartolomé Santoro, ya debía tener ese agujero totalmente caliente, hambriento y mojado.

   -Rómpele el culo. –traga excitada, la mujer, saliendo mientras el hombre negro, el güevo totalmente duro dentro del jeans, se acerca al tipo.

   Marjorie cae sentada en la cama del otro cuarto, la puerta entre las dos habitaciones totalmente abierta, y escucha claramente cuando una bragueta se abre.

   -Come, perra. –oír la oscura invitación dirigida a su marido la hizo tomar aire, mareada.

   Sabe lo que Yamal le tiene guardado al hermoso hombre que se casó con ella y que le resultó todo faltón. Y que gritaría… mucho.

……

   En su apartamento, Gregory Landaeta camina frenéticamente de un lado a otro. ¿Acaso estaba volviéndose loco? Pudo… Mierda, pudo hasta terminar preso. O peor, en la prensa, la gente contando que ese negro era un degenerado. Imaginar a su familia escuchado el relato, cómo le pillaron en una tienda en tanga siendo comido por dos carajos, le obligaría a exiliarse a la Estrella de la Muerte. O un lugar más lejano todavía. Tomó un largo baño y vistiendo un mono holgado, intenta saber qué le ocurre.

   Joder, siempre le ha gustado el sexo, el sexo era rico, el sexo con otras personas era todavía mejor. Pero esto… nunca se había obsesionado tanto, y menos con una idea tan perversa: que le miraran. Que le vieran haciendo vainas. Y toda esa gente mirándole en la tienda… Llevándose las manos a la boca y bufa ruidosamente. Era el colmo, el recuerdo le calentaba otra vez. Saber que le pillaron, que hubo un escándalo y casi debió huir semi desnudo, le ponía mal. Necesitaba una paja y… ¿Qué mierda era esa?, intrigado se acercó a la ventana de su cuarto, la cortina corrida. Desde allí veía el otro edificio, y en el apartamento opuesto, un carajo, recostado en la baranda de su balcón, miraba en dirección a su edificio. Parecía muy interesado en ello, como lo era cuando no se tenía nada mejor que hacer, se asomaba uno a una ventana y veía, por pura casualidad, una pelea de parejas, o unos besos, o una mujer sin camisa, en sostén, mientras habla por teléfono. Esas cosas pasaban. Y ahora miraba. No a él, sino hacia la fachada de su edificio.

   Traga nuevamente, enciende el televisor e intenta distraerse, pensar en otra cosa. En algo distinto, pero volviéndose, nota al sujeto mirando un poco más abajo. Todavía allí. ¿Qué tan desocupado podía estar alguien? Va a la cocina y toma agua, cruzando la corta sala, el ventanal del balcón dando hacia ese otro edificio. Al tipo que mira con interés hacia la calle. Es joven, pero rellenito, mal encarado. Regresa al cuarto, más y más inquieto, observando caída en el piso la blanca y machada tanga blanca que usó en aquella tienda. Y que se trajo sin darse cuenta. Mirándola, como en trance, se desnuda, su verga negra levantándose un poco entre sus piernas. Toma la prenda, la acaricia y mete las largas y musculosas piernas, el roce de la tela mientras sube le eriza todo. Traga otra vez, tiene que hacerlo, cuando cubriendo su cintura, siente como se mete la tirita entre sus nalgas, cubriéndole la raja interglútea, aprisionándole, mientras tiene que luchar para arreglar el bulto de su verga dentro de la breve tela, que se deforma.

   Toma una larga toalla y se cubre, saliendo a la sala, como si nada, asomándose al balcón, mirando a la calle, como si no reparara en ese tipo que le mira fugazmente, sin interés en un primer momento, luego volviendo algo más picado. Lo entiende, el chico estaba algo pasado de peso, y él era todo chocolatico en su abdomen y de pectorales abultados. Como si nada, vuelve a la sala, dándole el frente al balcón y deja caer la toalla, su enorme cuerpo moreno dentro de la pequeña prenda es todo un espectáculo. Ni una vez mira directamente al balcón, pero el calor lo envuelve.

   Por el espejo del gabinete junto a la mesa del comedor, nota que el tipo le observa levemente sorprendido, luego desviando la mira hacia otro lugar, buscando otra cosa, evidentemente no siendo gay… pero regresa. Era imposible que un tipo como él, desinhibido, grande y sexy, en tanga, una blanca, se echara así sobre el sofá y no le vieran. Cierra los ojos, toma aire, su torso se expande, y sabe que el otro le mira. Nuevamente, y como se le va volviendo costumbre, traga con calor, volviéndose sobre el sofá. Mostrando su espalda, su cuerpo largo y armonioso, sus nalgas redondas, musculosas, llamativas… con una diminuta tira blanca que se entierra entre ellas. Finge no notarle, pero le observa por el espejo, le ve enderezarse, todo ojos, boca abierta, mirando en todas direcciones como para verificar que no le pillan buceando a un carajo en hilo dental. Pero se queda. Allí.

   Viéndole. Gregory tiene que cerrar los ojos, ese calor que le envuelve es más intenso, se siente sensual, osado, caliente, no sabe si es cierto o lo imagina, pero cree sentir sobre su piel la mirada del otro, casi como una caricia erótica. Su güevo, totalmente erecto, ardiente, saliendo de la tanga y quemándole cerca del ombligo, moja también. Ese tipo… seguro era heterosexual, como él mismo (¡ja!), pero no podía dejar de mirarle.

   Abre un ojo, sabe que lo tiene empañado, casi jadeando desencantado. ¡El tipo no estaba!, debió… No, allí estaba, ¡volvía! Fingiendo no verlo, casi se corre, el tipo tenía en las manos unos pequeños vinculares, algo que parecía de juguete, pero que para lo que los quería muy bien que servían. Dios, el espasmo que lo recorre de pies a cabeza es intenso. Vuelve el rostro al lado contrario del balcón, como si durmiera, sus nalgas meneándose levemente, bailándolas. E imagina que esos ojos están clavados como dardos sobre su trasero duro y firme, como, tal vez, sólo tal vez, se le estaba poniendo el güevo a ese tío mirándole. Tragando más, lentamente deja caer un pie, las piernas separándose, las nalgas también, el hilo blanco de la tanga viéndose y cubriéndole. Se congela con su propia osadía. Como si despertara, vuelve la cara, fingiendo mirar al tipo por primera vez. Y este le tiene los ojos clavados, una mano en los binoculares, otra debajo del muro del balcón, el brazo moviéndose como si se tocara. Como si se sobara.

   Eso le pone horriblemente mal. Bajando los binoculares, el tipo le mira directamente. Sus ojos se encuentran, y Gregory cree leer en sus labios un “tócate”. No sabe si lo vio, o lo imaginó, pero una de sus manos grandes va a su trasero, cayendo como bofetada sobre su nalga. Ese tipo se echó hacia adelante, como si quisiera cubrir el espacio, y el joven y apuesto hombre negro se perdió en sucias fantasías. Y la urgencia, la necesidad, le lleva a una idea tan intensa como terrible, tanto que le asusta: apartar el hilo de la tanga, como casi hace en esos momentos, los dedos alzando levemente la telita…

   ¡Y meterse un dedo por el culo!

   Cosa que ni imagina a donde le llevaría, pero lo sospecha cuando ese tipo, mordiendo su labio inferior y alzando en puños sus dos manos, menea las caderas como si lo enculara… y eso le pierde más. Quiere hacerlo, meterse un dedo, hondo, viéndole meneando así su pelvis… como cogiéndole.

   -¡Gregory, hijo de perra! –el rugido casi le provoca un infarto.

   ¡Roberto! ¡Mierda!

CONTINÚA … 15

Julio César.

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 28

enero 12, 2015

… SERVIR                         … 27

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

TRES HOMBRES

   Un duro entrenamiento.

……

   -Quieto, perrito. Necesitas un baño. –le susurró, ronco y profundo.

   Y aunque cegado, Nolan, con la piel de galliano y no sólo por el frio al estar desnudo, se asustó a muerte, sabía de quién se trataba. Se debatió cuando fue alzado en brazos, como si no pesara nada, y arrojado en una vieja bañera de hierro, el agua estaba templada y olía a jabón; se debatió otra vez, oyendo las risas del sujeto que le restregaba con una áspera esponja por todas sus partes, aún las recónditas. Pataleaba casi histérico y más cuando tras una carcajada le hundió bajo el agua. ¿Duro unos segundos o minutos torturantes?, no estaría nunca seguro, pero fue horrible. Casi tanto como, casi sollozante, derrotado, roto, el resignarse a dejarse hacer para terminar con eso.

   -Eso es; ¡perrito bueno!, ¡perrito bueno! –escuchó antes de sentir una mano grande, ruda y de dedos velludos, meterse entre sus nalgas, enjuagando su culo, tardándose bastante, repasándolo una y otra vez, un dedo estirándole los pliegues, luego metiéndose, cogiéndole lentamente con él. Y Nolan con cara arrugada tras en antifaz de cuero, la bola roja en su boca, sollozaba totalmente aterrorizado. Gime cuando ese hombre le alzó, de pie en la tina, y una áspera tela cayó sobre él, frotándole rudamente, secándole, sacándole de la tina y terminando el proceso, para luego, con otro gemido de sorpresa, ser alzado y caer sobre un ancho y recio hombre. Como a un saco lo llevaron por el cuarto con ecos. Le dejaron caer otra vez sobre la vieja colchoneta, delgada, el duro suelo se sentía cerca. Le arrojó de panza sobre el mismo y sus piernas fueron separadas. Se tensó y contuvo el aliento cuando algo untuoso fue aplicado a la raja entre sus nalgas, especialmente sobre su culo y bolas. Y lo sintió, el frio y corto filo de una máquina de afeitar desechable. Estaban afeitándole sus partes. Intentó revolverse.

   -Cuidado y te corto una bola. Duele. –oyó y se congeló.

   Pero lloriqueó quedamente, preguntándose cómo podía pasarle eso a él. Estaba en manos de locos, sólo unos dementes le habrían raptado así, como si eso pudiera ocultarse o… Gruñó contra la bola cuando le arrojaron de espalda, sobre las manos esposadas, doliéndole. Y le afeitaron el hilillo de pelo que venía de su ombligo, concentrándose en los púbicos, dejándole totalmente lampiño de los lados, eliminando mucho arriba y recortando los que quedan justo sobre el nacimiento de su pene. No lo podía ver pero imaginaba que era el corte que llamaban bigotillo de Hitler.

   -¿Tienes hambre?

   Oyó la pregunta, extrañamente alta mientras era arrojado otra vez de panza. No podía ni pretendía responder; pero de cierta forma lo hizo, gemir y revolverse cuando algo cayó sobre su raja interglútea, espeso, levemente tibio, oliendo como a salsa de carne.

   -Vamos, pequeños, ven por tu bocado. –perdido en ese mundo de negruras, sin poder hablar, aterrorizado, el joven no entendía qué pasaba, hasta que oyó unos cortos pasos presurosos que se acercan y una respiración aceleradamente jadeante. En ese momento sí que se revolvió, intentó levantarse y correr, pero un pie enzapatado sobre la terminación de su espalda le mantuvo fijado a la colchoneta.

   ¡Nerón!

   Sabía que era ese horrible perro que le violó. Y en efecto, el corto y bajo animal se acercó, olisqueó sobre las nalgas del muchacho que revolvía las piernas, sacó su delgada, roja y larga lengua y comenzó a lamer de la salsa sobre la raja y su culo. Nolan gritó horrorizado, asqueado, sintiendo el morro entre sus nalgas, separándolas, la ágil y dura lengua tocándole, lamiéndole, rozándole. Y como metiendo más el frío morro, Nerón le metió la lengua dentro del culo, una y otra vez, con rápidas estocadas que se dilataban y rozaban las paredes de su recto.

   Y Nolan gritó y lloriqueó, de tener voz había berreado que no, que por qué le hacían eso, que le dejara ir, pero no podía, no podía hacer nada como no fuera ser penetrado por la caliente y larga lengua del animal.

   -Oh, cachorrito, tienes tan mal a Nerón… Creo que sabe que estás en celo.

   Nolan Curtis entró en pánico, mordiendo esa bola, ojos arrasados en lágrimas, agitando sus piernas, sus nalgas abriéndose y cerrándose, revolviéndose contra el frío morro del animal que le clavaba la larga y ágil lengua dentro del culo, penetrándoselo, salivándoselo y chupándoselo. Y todo ese horror que vivió, temer otra violación del animal, se sumaba a la de ser mordido justo allí, pero esos dos miedos eran pocos a los que provocaba la escandalosa y terrible risa del hombre que le retenía con un pie contra la colchoneta, las manos esposadas a su espalda, amordazado y cegado por el antifaz. Ese hombre reía si, como un loco, pero también a todo pulmón… Sabiendo que nadie le escucharía ni iría a ver qué sucedía. ¡Estaba atrapado en el Infierno!

   Si, Robert Read rió porque se estaba divirtiendo de lo lindo; de la posibilidad de tener al chico así, atado y sometido, listo para ser usado como le diera la gana, pero lo que le hizo verdadera gracia fue Nerón. El depravado animal cogía al muchacho con su lengua de una manera intensa. Ya no buscaba rastros de salsa, no era por hambre, sus agitados jadeos, la manera en la que metió y sacó su lengua del recién afeitado culo del guardia, y su propio pene delgado pero largo, rojo intenso y erecto, demostraba que el can estaba disfrutando sexualmente del joven vigilante de la prisión. Que encontraba eróticamente excitante y satisfactorio el poseerle. ¡Vaya con el animalito! Rió más cuando le vio alejar el rostro y medio subir sobre el muchacho, dispuesto a cogerse como debía a la “perra”.

   Pero no, no todavía. Apartó el pie del muchacho y debió luchar con la cadena para apartar al perro que gruñó feo, aumentando el miedo del joven que trastrabilló intentando ponerse de pie y escapar, resbalando y cayendo feo sobre una rodilla. Esos gruñidos salvajes de frustración y furia le pusieron los pelos de punta.

   -¡Quieto ahí, Nerón! –escuchó al otro, a pesar del sonido que su sangre provocaba en sus oídos, de su corazón que se desató.- Tranquilo, muchacho, sabe que no puede tocarte todavía. Lo dejaré ahí, cuidándote, y te hará compañía para que no estés solito cuando me vaya.

   Quiso gritar un “¿acaso estás loco, hijo de puta?”; quiso hacerlo, porque realmente ese sujeto no podía creer que el perro se quedaría quieto y ya. O que realmente iba a dejarle allí encerrado. Pero era la idea. Aterrorizarle.

Realmente Read no dejó a Nerón, cuando salía, se lo llevó, a rastras, pero el joven debía creer que continuaba allí, suelto, agazapado en la oscuridad, una que era total para él. El miedo era parte del acondicionamiento, el chico debía sentirlo tanto que deseara y anhelara que alguien llegara y le rascara tras una oreja, le palmeara el lomo, le diera unos azotes sobre el trasero o le poseyera. Era el plan. Enseñarle a comportarse. Domesticarle sexualmente.

   Arrojado otra vez de panza sobre la delgada colchoneta, mordiendo esa bola, Nolan luchó cuando ese alguien se sentó pesadamente a hojarasca sobre sus nalgas y unas manos le rodearon el cuello, colocándole una gruesa correa, un collar de perro que apretó tanto que cuando tragaba para intentar respirar, sentía la presión. De nada le valió gritar ahogadamente, o luchar, ni resistirse cuando una enorme mano cayó sobre su nuca, obligándole a bajarla y lo escuchó, algo metálico cerró del collar, tintinando contra otra cosa metálica. Cuando el peso se retiró, así como las manos, intentó levantarse y su mente quedó paralizada de sorpresa y horror, ¡estaba encadenado al suelo! No la veía pero la imaginó, debía haber alguna argolla de donde fue prendido el cierre con candado que sobresalía al frente de su collar que olía fuertemente a cuero.

   Se puso rojo intentando levantarse, despegarla, abrir el collar como fuera. Nada. Podía mover sus hombros, su trasero y sus piernas, pero no podía despegar su cuello, y por lo tanto tampoco la cabeza y el torso, más de veinte centímetros del suelo. La inmovilidad, no poder separarse esos pocos centímetros, saberse totalmente atrapado, le hicieron bufar con fuerza, estremecerse, todavía luchar aunque se lastimaba con el collar. Y Read le miraba, sonriendo cruel, sabiendo que era parte del trabajo, que entendiera que nada podía hacer. Que estaba en su poder, bajo su control en todos los sentidos.

   Lo que siguió luego fue todo un tratado sobre cómo ser un desgraciado. Notando que había pataleado bastante comenzó a decirle que quieto, que no podría librarse. Sabía que no le escucharía, luego se lo gritó, dándole una violenta nalgada. El picor y ardor atravesaron la mente enloquecida de miedo del joven. Entonces, con voz firme, le repitió que no podría librarse y debía resignarse a quedarse así por un tiempo… si era bueno.

   -Debes estar sediento. Agua. Es lo único que tomarás hoy… hasta que regrese mañana. Aprovecha. –y le bajó el ball gag.

   Aterrorizado Nolan le suplicó que le dejara ir, que no le contaría nada a nadie, y lloró con la frente alzada, tirando de la corta cadena que le fijaba el cuello a la argolla del piso. No recibiendo respuestas comenzó a acusarle de delincuente y amenazarle con llevarle ante las autoridades, prometiendo que no descansaría hasta que terminaran en prisión todos. Para luego llorar nuevamente.

   -Bebe. –la orden fue seca y la mano en su nuca le hundió el morro dentro de un tazón de agua, y tosió tomado por sorpresa, humillado, le daban de beber de una escudilla como si fuera un animal. Pero bebió, bastante. Desesperado. Gritó otra vez, pataleando, cuando sintió que las manos volvían para cubrirle la boca con la bola de goma, pero nada pudo hacer.- Descansa, cachorrito. Nerón te hará compañía esta noche. –le informó, cruel, para mantenerle en perpetua agonía; le oyó gritar ahogadamente, casi temiendo morirse de puro miedo y desesperación.

   Nolan estuvo al borde; aquel sujeto se iría y le dejaba así en un lugar que desconocía… a merced del perro maldito.

   Robert Read si se marchó, pero llevándose al animal, apagando las luces. Sonriendo maligno. Atrapado físicamente y entre sus sentidos, el horror de Nolan fue grande, y más al notarse mareado y confuso. El agua que ingirió no era sólo agua. Se sintió flotar y caer feamente, todo su cuerpo desnudo estaba erizado de miedo, y “escuchaba” los gruñidos ansiosos de Nerón reclamando su presa. Estaba casi sufriendo un subidón de paranoia y miedo. Se escogió, sujeto por el cuello y lloró, escuchando risas malignas a su alrededor, cosas arrastrándose hacia él, como ratas, un frío terrible envolviéndole. Estaba mortalmente aterrorizado.

   -¿Cómo está mi cachorrito? –la dura voz le despertó, así como las manos que soltaron las esposas, alarmándole y aliviándole.

   La noche que había vivido había sido horrible. Temía a ese hombre, pero más miedo le dio la soledad, el frío, el temor de que algo pasara y nadie supiera que estaba allí. Notó que estaba algo afiebrado, pero esa voz le brindaba consuelo, alguien había ido por él. Read, sabía que era él, le desató, le llevó en peso y le ordenó sentarse sobre los cuartos posteriores e hiciera sus necesidades, que se apurara, que sería la única vez del día. Como un animal, mordiendo la bola. Fue bañado, la esponja se metió por todos lados. Intentó resistirse, luchar cuando fue secado y llevado a la colchoneta, atado nuevamente por el cuello a la argolla en el piso. Lloró sin gritos, lágrimas ardientes saliendo desde atrás del antifaz y humedeciendo sus flacas mejillas. La bola fue retirada de su boca.

   -Por favor… por favor… déjame ir. –suplicó sin reparos, lloroso totalmente.

   -Pronto, cuando seas un cachorrito obediente y bien portado. Vamos, bebe… y la nuca fue llevada al agua, que tragó en cantidades. La escudilla fue apartada.- Nerón te prestó algo. –oyó la voz y olió a comida, su cara fue hundida en un plato para perros, y sabía que era el del perro maldito. Pero tenía hambre, se sentía famélico, desesperado, su cuerpo ardía de miedo o enfermedad, necesitaba recuperarse, así que intentó usar las manos pero un duro azote se lo impidió.- ¡Perro malo! ¡Perro malo! –casi lloró otra vez, pero no hubo tempo. Hundió la boca dentro del pastoso plato de carne y puré, saboreándolo, recorriéndolo todo, su cabeza siendo palmeada.- Eso es, cachorrito, comételo todo. Así. –terminó jadeante, boca empegostada.

   -Por favor… no me haga esto. –le siente alejarse y se aterra.- ¡No se vaya! No quiero estar aquí, solo. –la risa cruel que se acerca le avergüenza, un trapo maloliente pero húmedo limpió sus labios, mejillas y barbilla.

   -¿Quieres que me quede? –le retó y el chico tembló.

   -No quiero estar sólo.

   -Mámamela. –le ordenó, y el joven le sintió caer frente a él, sacándosela, hasta él llegó el olor fuerte y el calor.

   -No. –jadeó lloroso, resistiéndose por dignidad.

-Okay, nos vemos mañana. O pasado.

   -¡No! ¡No se vaya! –le gritó lloroso. La mano fue su nuca.

   -Mama. Sin manos.

   Y conteniendo los sollozos la buscó en la oscuridad; nuevamente medio mareado, toda su piel erizada, los labios chocaron de la palpitante y ardiente pieza, y tímidamente la recorrió con su lengua, de abajo arriba. Le oyó gruñir de gusto y eso le alegró, si lo hacía bien no se iría, no tendría que temer quedarse allí abandonado si algo le pasaba a su captor, y tal vez le libraría. Tal vez si obedecía… ¿Lo pensó o ese sujeto se lo dijo, bajito, sugestivo? Le pareció oírle, pero estaba mareándose rápidamente, tan sólo consiente del falo que lamía. Y que se alejó.

   -Debes descansar.

   -¡No! Yo puedo hacerlo, puedo hacerlo; chupar su… -la bola volvió a su boca aunque se resistió y lloró feo, sus manos fueron inmovilizadas también; estuvo imposibilitado de sostenerse, mareado, temiendo a todo otra vez.

   -Esto te hará compañía. –no entendió los pequeños audífonos que metió en sus oídos y que el antifaz sujetó.- Esto te calmará. –algo ácido llenó sus fosas nasales, mareándole más, su cuerpo adormilándose.- Y esto te ayudará a entrenar. No todos la tienen como Nerón. –algo aceitoso cayó en su culo, siendo untado, y batalló contra un objeto liso que se frotó en su entrada y penetró, abriéndole, metiéndosele hondo, pero no lastimándole mayormente por no ser muy grueso.- Descansa. –le repitió y se alejó, aunque le lloriqueó para que se quedara, para luego jadear.

   A un chasquido que oyó comenzó a sentir una vibración intensa en su culo. Le habían dejado allí atado, amordazado, inmovilizado, cegado y con un vibrador en su culo al tiempo que una música casi marcial se dejaba escuchar en sus oídos con un tono monocorde y bajo.

   Robert Read le miró y sonrió, lamentando no tener más tiempo con el muchacho, para cambiarle totalmente. Para transformarle de manera permanente, como hizo con el chico del Matadero, ese que se odiaba tanto que se cortaba. Eso llevaba tiempo y no lo tenía. Descuidó demasiado ese asunto. Aunque lo intentaría. Tan sólo por maldad. Si de él dependía, el muchacho sería el perfecto cachorro para cualquier hijo de puta que le azotara feamente el culo.

   Nolan Curtis, agotado, mareado, asustado, cayo de panza sobre el colchón, el vibrador estimulándole con sus zumbidos y masajes en su culo, incitando las paredes de su recto, sensibles, llenas de terminaciones nerviosas que se activaron y calentaron, su próstata siendo sometida al ataque. No quiso, pero fue perdiéndose en el gozo de la desesperación, del vacío; movía sus nalgas, su culo, para apretarlo, para sentirlo de esta o aquella manera, casi sin darse cuenta de que lo hacía. Su mente va calmándose, en ese momento respiraba pesadamente pero era por otra cosa, como mordía la bola por lo mismo, para acompañar o alojar las sensaciones que el juguete producía en sus entrañas. Le gustaba. Se lo dijo hasta sorprendido él mismo. La música…

   Le parecía escuchar una voz queda, baja, agradable. Una que le felicitaba por haber encontrado a un buen hombre que se hacía cargo de él, de sus necesidades sexuales tan insatisfechas. No sabía si lo escuchaba o lo imaginaba, pero echado casi de lado sobre la vieja y delgada colchoneta, apretando y soltando su culo alrededor del vibrador clavado hasta una tope que ignoraba tiene, afuera, la figura de una cola ensortijada de perro, mecía sus caderas de adelante atrás, friccionando su tolete rojizo y duro que manaba líquidos en grandes cantidades.

   Allí, sobre la colchoneta, el joven ignora que fue estimulado con Poppers y drogas hipnóticas, que la sensación del vibrador sobre su próstata, algo de por sí intenso, se había magnificado por ello, y lo quería por eso, lo necesitaba mucho en esos momentos. Ignoraba, no así su cerebro, que estaba escuchando algo más:

   -Eres un sumiso, muchacho, tú lo sabes. Que toda tu vida has necesitado de un hombre de verdad que le dé sentido a tu vida vacía e insatisfecha, necesitado de amor de machos como estás, de ser acunado contra un poderoso y velludo torso de hombre. El mundo siempre ha sido demasiado grande para ti, la realidad excesivamente horrible e intimidante; tu vida ha estado incompleta, en la escuela, en tu trabajo, porque no tienes a quien adorar. Necesitas quien te proteja y se haga cargo de ti, que te diga qué hacer, qué vestir, a dónde ir o a quién ver. –y mientras ese mensaje se dejaba oír, o lo imaginaba, el vibrador subía y bajaba de intensidad dentro de su culo totalmente mojado, excitado.- Siempre has admirado a los hombres fuertes, seguros de sí, machos reales. Has intentado ser uno de ellos, pero sólo los imitas, lo finges. En verdad sólo quieres adorarles, entregarte, sabiendo que abriéndote a ellos, a sus vergas enormes, estás viviendo. Quieres servirles. ¡Servir! ¡Servir! ¡Servir a tus hombres! A todos los hombres. Quieres hacerlos felices, con tu boca, tu culo, con tu entrega. Eres sumiso, un sumiso necesitado. Muy sumiso. –y el sumiso se repetía ininterrumpidamente.

   Y así pasó esa segunda noche el joven guardián de la prisión, entre gemidos, sollozos no sabiendo bien de qué, su mente incapaz de separar la realidad de las sensaciones, las cosas confúndansele un tanto, por el vibrador, el sometimiento físico y esos mensajes que se repetían una y otra vez. Entendiendo que, de manera horrible, eso le hacía olvidar su soledad en ese lugar hasta que alguien llegue.

   Y alguien va. Robert Read, sonriendo torcidamente, moviéndose por esa prisión como Pedro por su casa, comienza el tercer día de tratamientos, ese mismo día cuando su Tiffany se reunía con el Alcaide. Silba animadamente mientras va al alejado deposito… y Nerón trota alegremente a su lado. El animal parecía intuir que pronto vería a su perrita blanca y grande.

……

   Jeffrey Spencer no se ha dormido en sus laureles, ni se lo había permitido por mucho que la idea fuera seductora, dejar todo como estaba; obtuvo la información que esperaba manteniendo consultas con el bufete de su suegro, con dos de los abogados que trabajaron en la defensa de Robert Read, quienes no parecía muy contentos de revisar el caso. Y menos que existiera la posibilidad de que ese horrible ser no solo resultara inocente sino que fuera dejado en libertad. Le tenían miedo. Pero no creían, de corazón, que eso ocurriera. Si alguien era culpable de algo, ese era ese hombre. Aún con Judas podían haber dudas, con Read no.

   Y Jeffrey quisiera creer eso también, pero sabe que con los elementos que estaba armando bien podría intentarse un recurso de amparo frente al juzgado y lograr una moratoria del cumplimiento de la pena, y que Robert Read viviera un poco más. Al menos hasta que todo se aclarara. Se estremece de inquietud pensando que tal vez se podría lograr hasta un nuevo juicio. A pesar de que, técnicamente, el último había sido eso, el último. Read había agotado todas sus instancias, su sentencia había sido confirmada. Debía morir por inyección letal. Pero ahora…

   Mierda, ¿por qué ese hombre no habló antes de Marie Gibson? ¿Qué se ocultaba tras todo ello? Si existía la posibilidad de salir… Ni por un momento creyó que fuera para “proteger” el honor de una mujer a quien había lastimado, ¿entonces?

   Como si esas angustias no fueran suficiente, le toca enfrentar a Anna (a quien le costaba mirar a la cara después de todo lo ocurrido con el jefe Slater), quien se molesta porque no puede acompañarla esa tarde a la recepción de unos amigos que regresaban de París. Ayer eran unos que venían de Londres, antes de eso, de Pekín. A la mujer le molestaba que nunca estuviera allí para ella, quien muy poco esperaba de ese hombre gris y sin ambiciones. Cosa que se lo hacía saber aunque la servidumbre escuchara. Para el abogado, ofuscado como estaba por todo lo que le ocurría, encararla le dolía más, pero no podía responder como quería. La mujer casi le montó un ultimátum poco antes de salir, ¿vienes o no?, pero no podía. Tenía que hablar con Marie Gibson. Y furiosa ella le mandó al diablo y desde una ventana la vio salir, hermosa, feliz, subiendo al auto de un amigo y compañero de trabajo. Y el beso que se dieron, aunque de mejillas… había sido extraño.

   Pero ni aún eso le distraía lo suficiente. ¿Quería salvar a Robert Read? ¿Por qué no podía dejar de pensar en eso? ¡Maldito y malvado convicto! Furioso, algo frustrado, por lo de sus dudas y lo de su mujer, llama al detective Selby. No quería ver a Gibson a solas, teme lo que ella pueda decir, así que el policía de marras tendría que acompañarle y cargar con parte de ese peso (la posibilidad de dejar libre en el mundo a Robert Read). Le llama y el otro no contesta. Sabía que no iría a la comisaría por tener unos días de licencia por “enfermedad”. Bien, tal vez aún dormía, como cuando le encontró la vez pasada. Y se estremece al recordar la primera vez que le vio, alto, masculino, firme, moreno, la silueta de su verga…

   Toma el auto, sin pensarlo muy bien, y va a buscarle. Entra a paso rápido dentro del edificio para no tener tiempo a arrepentirse. Se detiene frente a la puerta, del interior sale una música bastante alta y estridente, aunque no es del único apartamento, lo que explicaría por qué llama y llama al timbre y nadie responde. Toca con dureza a la madera y la puerta se abre. Su corazón se enfría salvajemente. Ha visto suficiente películas como para saber que eso no era nada bueno. Imagina al detective muerto, caído sobre el piso, un disparo en la frente, una fragancia de mujer exótica flotando todavía en el ambiente. El de Marie Gibson a quien el otro llamó para encararla. Abre más y entra… congelándose.

   Los gritos vienen del cuarto, alguien, una voz masculina pero mórbidamente erótica grita que sí, que lo coja duro, que le rompa el culo.

   -¿Te gusta así, puto? ¿Te gusta mi verga grande abriendo tu culo de perra? –era Selby quien respondía, rudo, mientras una cama se agitaba, saltaba golpeando el piso, la pared, mientras la otra voz le responda casi llorando de gusto, con un tono que erizaba la piel por lo entregado, por lo mucho que estaba gozando de lo que le hacían.

   Dios, pensó, con el corazón palpitante Jeffrey, escuchando los gemidos, las frases, los “toma, tómala toda, puto”, tiene la garganta seca y retrocede para salir. Y derriba una pequeña mesa. Sobresaltado se vuelve, recoge un florero caído, con manos frenéticas, tiene que salir y…

   -¡¿Qué diablos…?! –oye el regido a sus espaldas.

   Se vuelve, y revolver en mano, pecho subiendo y bajando, Owen Selby está allí, desnudo, brillante de transpiración… y con la verga más negra, larga y gruesa que Jeffrey Spencer ha visto en su vida, totalmente nervuda y dura, alzándose hacia su rostro. Y no puede apartar los ojos de ella.

……

   Nervios, tragando saliva, Daniel Pierce cruzó el pasillo, su cabello recogido en una coleta apretada bajo su gorra para que no se notara lo largo que estaba, rostro bien lavado, la franela holgada para ocultar su torso esbelto de tetillas algo protuberantes. El pantalón bien atado en su cintura, porque debe vestir una tanga hilo dental, o Read le mataría, pero jamás permitiría que se notara en esa ocasión. Cruza tras otros delincuentes que hablan, vidrio de por medio, con sus visitantes, y se congela frente a Diana Anderson, la señora de Daniel Pierce, hermosa, elegante, cada cabello rojizo en su lugar. El hombre se siente abrumado, no recordaba lo bonita que era, cuanto le gustaba, lo bueno que era su vida con ella, de fiestas, viajes, mimándose con todo. Amándose con soltura en cara rincón que encontraban. Cuando el mundo le pertenecía.

   -Diana… -grazna, cayendo sentado y tomando el teléfono. Ella toma el otro.

   -Daniel, ¿cómo estás? –sonríe triste.- Disculpa, lo imagino. No es fácil, ¿verdad? –él ríe con amargura. ¿Imaginarlo? No, ella jamás podría.

   -No, no lo es… -hay un silencio incómodo.

   -Te ves… diferente. No sé que es pero… -comienza ella y eso le aterra.

   -No estoy bien, pero la voy llevando. Soñando con… salir de aquí. Pero, dime, ¿cómo estás tú?

   -Bien, estaba en casa de mis padres… Pero no, no vine a hablar de mí, yo… -se ve agitada y le mira con determinación.- Daniel… quiero el divorcio.

CONTINUARÁ … 29

Julio César.

NOTA: Cuando leí este relato hubo partes que pasé por encimita, como estas, ¡qué maldito es Read! Creo que voy a cambiar un tanto el final para darle lo que merece. Total, el autor nunca lo sabrá.

SER O NO SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA… 26

enero 8, 2015

SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA…                         … 25

   La siguiente es una historia que NO ES MÍA. Pertenece totalmente al señor capricornio1967. Tan sólo la reproduzco, tal vez cambiando una que otra coma, aunque la historia ya está por ahí, completa. Es un relato maldito en toda la regla, un hombre maduro decide tomar, controlar y dominar a su joven pupilo, transformándole en algo que no quiere, ni soñaba, aunque se resiste. Lo repito, es un cuento muy maldito. Disfrútenlo:

……

EL DILEMA

Autor: capricornio1967

Capítulo VI “CASTIGO”

SEXY LEG BOY

   Hay cosas que trazan el destino de un chico.

……

   -¡MHM! –exhala con placer, las embestidas del hombre denotan la ansiedad que siente, las ganas que trae de sentirla apretada y sorbida por la joven boca de su pupilo, las ganas que ya siente de eyacular sobre su lengua y obligarle a tragar. Sabe que le lastima contra los azulejos pero el calor en sus bolas no le permite descansar hasta vaciar su leche y que mejor que dentro del cuerpo de su atractivo esclavo.

Las grandes bolas del hombre chocan una y otra vez con el mentón de Daniel, mientras su varonil rostro está cubierto por el vello púbico del oso macho. Parece como si Franco quisiera penetrar con todo su cuerpo dentro del joven. Sin darle tiempo a respirar, la garganta de Daniel es obligada a dilatarse al máximo para permitir el paso de esa salvaje carne que disfruta violando, poseyendo, humillando, demostrando la superioridad y el dominio en ese hasta entonces arrogante y joven macho.

   Para Daniel la tortura sexual no termina, su boca es sometida bruscamente mientras es incapaz de oponerse, de defenderse, ¿qué más le puede pasar ya?, es mejor que todo termine cuanto antes, sabe que tragará esperma, pero ahora la del entrenador. Afortunadamente para el joven, Franco está ansioso, con ganas de eyacular, de quitarse la calentura que le provoca su hermoso y varonil esclavo; de forma breve el maratón sexual anterior lo ha dejado cansado también, así que “para fortuna” del chico, las grandes bolas del oso no tardan en vaciarse, los disparos del grueso miembro caen en su garganta resbalando, lento y ardiente, sin que Franco le permita escupirlos. Por no dejarle la boca libre, los fuertes y abundantes disparos son consecutivos, de una velocidad impresionante y con un contenido que solo algunos machos producen, como Franco. Quien no deja de moverse hasta sentir que sus bolas han descansado, es la primera vez en su vida que eyacula en solo un segundo, y al menos eso es favorable para Daniel, quien se siente aliviado de que todo termine así.

   Cuando Franco siente que sus disparos están terminando saca su miembro de la boca del joven, para que las últimas descargas caigan sobre el varonil rostro y en el musculoso tórax. El blanco y viscoso semen se embarra en cara y pecho de Daniel, resbalando lentamente, el de su pecho llegando hasta uno de sus pezones cubriendo parte de él.

   Daniel, al sentirse libre, voltea su cara de lado para evitar que el semen del depravado siga cayendo directamente en su rostro, pero son solo unos segundo ya que al ver que voltea la cara, Franco, le da una fuerte cachetada que lo hace enderezarla de nuevo, hasta que por fin terminan los disparos, que se van haciendo más leves y esporádicos. Daniel no lucha más, es mejor por ahora dejar que las cosas sigan su curso, además está muy fatigado y muy humillado, en cada ocasión siente que Franco lo humilla más que la anterior.

   -¡AHHHhh! Joder, no hay como llenarle la cara a un puto con leche para saber qué tan puto es. –comenta Franco, quien al terminar de descargar su semen y antes de irse frota su miembro en los labios y cara de Daniel para dejar embarrado los últimos restos de esperma, tratando de que cada acción le demuestre al otro su lugar, su posición, su esclavitud.- ¿No le parece, Zaldivar? ¿Un hombre dejando que su rostro sea cubierto de esperma? ¿Un hombre que la saborea? Dígame, ¿qué tan hombre es ahora?

   El joven calla el calculado insulto, sus ojos muertos, el semen resbalando por sus mejillas. Franco le humilla porque tiene que controlarle rápidamente, al día siguiente será la partida a Grecia y ya tiene para diseñada para el joven una agitada agenda sexual; una que el nadador desconoce hasta ahora, pero que ya se encargará de hacérselo saber, o mas de hacérsela sentir. Le mira y sonríe cruel después de que su verga queda limpia de restos de semen que termina por embarrar en la cara de Daniel, quien cierra los ojos al sentir el frotamiento de ese viscoso miembro en su cara, tratando de no ver, de no sentir sin conseguirlo.

   -Ahora sí, Saldívar, a dormir. Mañana lo quiero listo para el viaje. –va a la puerta pero se detiene.- Quiero que depile aún más corto su área de trajes de baño, por si tiene que lucir prendas más chicas en su presentación, algo que haga época en las Olimpiadas. –y ríe bajito, amenazante.

   -Ghhgh. –Daniel ni le oye; en cuando está libre de nuevo, regresa el asco de sentir ahora también el sabor del semen de Franco, igual vuelven las ganas de vomitar.

   -Jejejejejejeje, lo veré mañana, Saldívar; no olvide lo que le dije. -le dice Franco mientras regresa a su recamara para acostarse, su verga ahora si está perdiendo la dureza y podrá dormir tranquilamente.

   Daniel continúa abrazado del retrete con el asco que le obliga estar vomitando una cosa amarillenta bilis mezclada con blanco del semen de Franco.

   Mientras Franco duerme plácidamente, Daniel se la pasa con vómitos cada vez más esporádicos. Su organismo pretende arrancar con cada vomito que tenga ese desagradable sabor que lo ha impregnado; sin embargo, este parece estar adherido a su boca, a su mente, a sus terminaciones nerviosas. La noche para el joven es interminable al pasarla en el sanitario, es casi el amanecer cuando estos cesan y sentado en el suelo, aun desnudo con restos de semen seco que escurrió de sus labios, sus piernas flexionadas con las rodillas juntas como si tuviera frío, sus brazos cruzados frete sus piernas flexionadas, hunde la cara entre su pecho y sus rodillas y las lagrimas resbalan incesantemente. No sabe cuánto tiempo permanece así hasta quedar dormido en ese lugar y en esa posición.

   Los primeros rayos de sol entran por la ventana cuando Franco regresa.

   -Saldívar, no sea vago, despierte, ya es tarde. -le dice el hombre, quien se ha dado ya un baño y está usando un pants del equipo olímpico, con una camiseta de algodón blanca, mientras el joven ha permanecido como lo dejó, solo que en otra posición.

   La voz del entrenador suena lejana para Daniel, el sueño es bastante profundo por el cansancio que tenía; de repente siente como agua caliente cae en su rostro, levanta rápidamente la cara despertando de súbito, solo para darse cuenta de que no es precisamente agua caliente lo que está cayendo sobre su cara y cuerpo, sino una orina amarillenta, apestosa y caliente que sale de la verga de Franco, dándole en la frente, sobre el cabello, chorreando por sus sienes.

   -Esto lo despertará, Saldívar. -le dice mientras continúa impregnándolo de su orina de olor penetrante.

   -¡Nghgh! -Daniel se cubre el rostro pero la orina sigue cayendo sobre todo su cuerpo, impregnando también su piel del olor de ese macho que lo posee.

   -Jejejejejeje. –ríe Franco mientras disfruta el hecho de marcar a Daniel como suyo, con su orina, de dejarle impregnado con su olor y sus sabores, de marcarlo como suyo, definiendo el musculoso cuerpo del clavadista como parte de “su territorio”.

   La abundante orina resbala por la piel broceada del joven nadador mientras la risa de Franco parece hacerse eco en sus oídos, en una pesadilla de humillación y sometimiento. Medio grita y tose cuando la amarillenta orina entra en su boca, casi enloqueciéndole de horror. ¡Era suyo!

                                            ……

Capítulo VIII “VOLANDO A GRECIA”

   La abundante orina resbala por la piel broceada del joven nadador mientras la risa de Franco parece hacerse eco en sus oídos.

   Mientras su piel se impregna completamente del caliente y amarillo líquido que lo marca como un objeto sexual, poseído, dominado por Franco, Daniel solo concentra su pensamiento en que debe soportar aquello, someterse, al menos por algunos días para poder ser libre, olvidar esa pesadilla y que su vida deje de depender del perverso entrenador.

   -¡Ahhhhhhhh! -un gemido de satisfacción sale del la boca del hombre al terminar de vaciar su vejiga sobre el musculoso atleta.- Ahora vístase, Saldívar. -le ordena mientras se retira a desayunar algo antes de empezar su aventura hacia Grecia.

   La orina marca el territorio y la propiedad de los machos, es así como Franco siente que ha dejado su huella de macho en el atlético joven que permanece aun sin poder reponerse de la humillación recibida, la tortura mental y emocional a la que le ha sometido, aunada a la aversión sexual por el uso y abuso de ese perfecto orificio anal y esos labios varoniles, hacen la combinación efectiva de la tortura más efectiva para un hombre. Daniel permanece ahí en el suelo, la orina seca rápidamente sobre su piel bronceada, impregnándolo del olor del macho que lo desfloró, con su consentimiento aunque bajo chantaje, pero aun así logró poseerlo, tenerlo rendido y sometido, dócil y complaciente.

   Su mente se pierde en un laberinto donde cualquier camino que tome lo lleva al mismo destino, la tortura, la esclavitud y las perversiones sexuales y mentales del demente entrenador que no se cansa de hacerle sentir a cada momento quien es el que manda y controla su vida y su cuerpo. Debería ser un consuelo la sola idea de la proximidad de su competencia en las olimpiadas, que es lo que lo ha obligado a aceptar las aberraciones a las que Franco lo somete, están muy cerca, solo unos días para que todo eso termine, pero tal parece que entre más cercana esta su liberación, también más duras y difíciles de soportar son las torturas a las que su entrenador lo somete.

   Después de haberse dado un baño prolongado para tratar de limpiar su piel del fuerte y concentrado olor de la orina, Daniel tiene que hacer su labores de house boy, preparando y sirviendo el desayuno a Franco, quien le ordenó que debía hacer desnudo todas las labores domesticas que incluyen atenderlo como el rey de la casa, como su dueño. La mirada complaciente de Franco siempre está sobre su cuerpo, Daniel toma sus alimentos silencio, siempre con la vista fija hacia el piso, la vergüenza de estar con su violador, de no poder ni siquiera sostener la mirada, le abruma como si fuera su culpa.

   -Regresaremos hoy mismo, Saldívar; quiero que esté listo y quiero verlo en el aeropuerto puntual, usara el uniforme deportivo de la delegación.

   -Sí, señor. -responde Daniel sin siquiera verlo, como un autómata, un robot que solo recibe órdenes y las ejecuta, un viril y atlético robot que da placer.

   El regreso es en silencio, aunque de vez en cuando Franco aprovecha para acariciar las piernas o pellizcarle los pezones al joven, quien permanece inmóvil como estatua aceptando todo lo que desee hacerle.

   Cuando llega a su casa, tan solo baja y entra como si nada le importara, saluda a sus padres, su madre ya le tenía lista la maleta, así que solo es cuestión de esperar el tiempo que falta para viajar a Grecia y estar de nuevo en manos de Franco esas semanas en las que sabe perfectamente que el depravado entrenador aprovechará cualquier momento para poseerlo, sodomizarlo, humillarlo, hacerlo sentir que es solo un objeto sexual. Pero una vez que las olimpiadas terminen será libre y entonces, solo entonces…

   Luis, su padre, le dice palabras de aliento, junto con su madre, le hacen sentir lo orgulloso que están de él y que saben que regresará con alguna medalla, saben que es el mejor. Eso, en lugar de hacerlo sentir más seguro, le obliga a no fallarles y por lo tanto a complacer a Franco en todo durante las semanas que dure la justa olímpica. Las horas trascurren rápidamente y el joven, usando su uniforme deportivo, observa su propia imagen frente al espejo antes de emprender la olimpiada deportiva y sexual a la que tendrá que enfrentarse, ¿de cuál de ellas será más fácil salir victorioso?

   Por la noche, Luis y Adriana dan un fuerte abrazo a Daniel para despedirlo en el aeropuerto, mientras a unos cuantos metros Franco lo espera con una sonrisa leve y cínica mientras ve lo bien que le queda el uniforme; a propósito le ordenó que usara una talla más pequeña de ropa deportiva para que su musculoso físico se marque mas debajo de esa delgada pero resistente tela que parece ser una segunda piel. Ruin se acerca hasta donde el muchacho se despide de sus padres.

   -No tengan pendiente por Daniel, yo personalmente estaré cuidándolo. -les dice al tiempo que pasa su brazo por los hombros del joven deportista, mientras dirige su mirada hacia Luis, el padre de Daniel, quien disimuladamente desvía la suya. Cínicamente se acerca más a ellos y tiende la mano a Adriana, para despedirse, dejando al final a Luis, a quien aprieta su manos un poco mas fuerte.- Ya nos veremos al regresar, señor Saldívar. -le dice mientras casi lo obliga a que lo vea directamente a los ojos.

   Luis, con un vacío en el pecho, solo asiente con la cabeza, mas con resignación que como respuesta; aunque esto pasa desapercibido para Adriana y Daniel, ya que ambos tienen sus propios pensamientos. El joven en lo que le espera y ella, como toda madre, preocupada por el hijo al que perderá de vista por unos días.

   -Ya es hora, Saldívar, venga. -le pasa de nuevo el brazo por los hombros y guía al musculoso deportista hacia el “matadero”, caminan hacia la escalinata del avión, están a solo unos pasos de empezar una nueva aventura juntos en la que todo podría pasar.

   -¿Mi asiento, señor?

   -Usted se sentará a mi lado, Saldívar; y ocupara mi misma habitación, al menos por las noches; sus compañeros estarán distribuidos en grupos de 2 en cada una de las habitaciones.

   -Si, señor. –responde, ya se esperaba algo así para empezar.

   Sentado junto a Franco, la tranquilidad de volar de noche un vuelo largo, muy largo, logra que el cansancio los venza. Duermen mientras el avión continúa su viaje tranquilamente. Cuando ya llevan varias horas de vuelo, el joven despierta sobresaltado, sin motivo real aparente, voltea a su lado y ve a Franco, profundamente dormido, así que todo ha sido una pesadilla. Se levanta y se dirige hacia el sanitario, la mayoría de los pasajeros están dormido así que prácticamente nadie se percata de nada. Lentamente abre la puerta del sanitario cuando siente que una mano fuerte y firme le cubre la boca con fiereza.

   -¡¿QUE MGHGHGHG?! -su protesta se ahoga con la fuerte presión de esa gran mano mientras otra se mete entre sus nalgas y lo empuja rápidamente hacia el interior del sanitario, es algo tan inesperado y sorpresivo que Daniel no tiene tiempo de reaccionar.

   -Quédate quieto, puto. -le dice una voz grave y varonil al oído, mientras sujetándolo aun con firmeza lo introduce al pequeño cubículo y cierra rápidamente la puerta antes de que alguien pueda darse cuanta.- No te resistas o todos se enteraran.

   -¡Mhmh! -los gemidos de Daniel cesan inmediatamente; sabe perfectamente de quien se trata y lo que busca. Aun así su reflejo de defensa es aventar a Franco una vez que están dentro del sanitario, por el reducido espacio.- ¡Déjeme! -le dice en tono firme aunque sabe que eso será muy difícil que pase, Franco lo desea y lo posee a voluntad, aprovechando su ventaja y su posición.

   ¡PLAF! La mano del entrenador se estrella contra la mejilla de Daniel

   -¡CALLESE, SALDIVAR!, usted va a hacer lo que yo le ordene.

   ¡PLAF! Un segundo y más fuerte golpe vuelve a estrellarse contra la mejilla del joven nadador, al tiempo que aprovechando su desconcierto al ser abofeteado fuertemente, le baja el zipper del chaquetin que lleva como parte del uniforme. Antes de que Daniel pueda recuperarse, Franco de un fuerte tirón le rompe la camiseta de algodón que llevaba bajo el chaquetin, dejando expuesto el musculoso y amplio tórax, que es firme, fuerte, definido, bronceando y exquisitamente delicioso, varonil pero sugerente, uno que invita al morderlo, a manosearlo, a chuparlo y saborearlo detenidamente. Daniel sabe que no puede hacer un escándalo, que de nada serviría, sabe que debe tragarse su orgullo y su virilidad para dejar que Franco se divierta con él.

   -Así me gusta, Saldívar. -le dice al sentir que la furia de Daniel se controla; los fuertes y musculosos brazos ahora quedan expuestos cuando lo desnuda por completo de la cintura para arriba, y empieza a acercar de nuevo su boca hacia el atlético pecho, quien solo cierra los ojos y se deja hacer.

   El aliento de Franco se percibe extremadamente caliente cuando se acerca a uno de los pezones de Daniel; la respiración agitada del maduro entrenador evidencia que apenas se puede controlar. Ya saliva la lengua que conoce el sabor de la piel de Daniel, enviciada con ese sabor, con ese dominio, con someterlo, con humillarlo, con hacerlo suyo una y otra vez en diferentes circunstancias, dejándole claro que es él, el macho alfa quien lo desfloró, el que lo penetra una y otra vez, el que lo ha obligado a mamarle la gruesa verga y el culo una y otra vez. Su lengua se posa suave pero firme en el pezón de Daniel mientras desliza las manos hacia la definida espalda del joven, quien solo aprieta las mandíbulas, por la furia sus puños se crispan y su cuerpo se revuelve entre lo que debe de hacer y lo que tiene que hacer, entre lo correcto y lo esperado, de lo que haga dependen muchas cosas. Su mente divaga, esforzándose por no perder el control, por no explotar y romperle la cara a ese pervertido cerdo sexual.

   Las manos de Franco presionan la musculosa espalda de Daniel para que el pecho quede más expuesto y sea más fácil el acceso de su lengua, que su boca se una como fuerte ventosa y succione fuertemente, para endurecer el pezón del joven macho, que a su edad, las hormonas responden más rápido que la razón. El botón del pezón endurece rápidamente mientras siente como la punta de la lengua de Franco juguetea con él, como lo mueve y lo raspa una y otra vez, mientras su labios se encargan de marcar una circunferencia alrededor del pezón, para sensibilizar el área que lo circunda, mientras las ásperas manos del hombre, duras por el fuerte trabajo, recorren la curvilínea y musculosa espalda joven, una y otra vez, de arriba abajo, empezando por la parte alta hasta llegar a la estrecha y firme cintura, tocando intencionalmente con las puntas de sus dedos las redondas nalgas de Daniel, quien empieza a sentir los efectos del erotismo.

   Su pecho joven se endurece y su respiración aumenta mas y mas, Franco sabe que es fácil calentar a un hombre, mas a la edad de Daniel que solo se reconocen estímulos para que el cuerpo responda. Las manos recorren una y otra vez la desnuda espalda del jovencito mientras la boca y lengua hacen su trabajo alternándose en cada uno de los pezones, sensibilizándolos, el musculoso pecho está empapado por la abundante saliva que el entrenador le impregna, que hasta resbala de su pecho a su vientre. Algunos hilos de saliva espesa escurren por entre los labios de Franco mientras él sigue devorando una y otra vez los deliciosos pezones, puntas de esas dos montañas de músculos firmes y perfectos. Daniel levanta el cuello trata de poner su mente en blanco, de no pensar, pero más que eso trata de impedir como sea que su cuerpo y su verga lo traicionen.

   Una tarea difícil para un joven como Daniel, que aunque es heterosexual es extremadamente caliente, como cualquier muchacho de su edad. Franco lo sabe, conocer perfectamente la psicología humana, es así como puede guiar a un equipo a obtener los mejores resultados, y ahora emplea sus conocimientos para conducir Daniel a una confusión mental y sexual.

   Cuando siente que Daniel está empezando a perder la batalla de no responder, sin despegar su boca del pecho, desliza una de sus manos a la entrepierna del muchacho, frotándola sobre el pants que viste. Notando como el miembro del atlético nadador está despertando empieza a frotarlo fuertemente sobre la tela, haciendo que responda más rápidamente, que la sangre se concentre en la verga del joven así como en sus pezones por la succión.

   -Noghh. -gime tímidamente Daniel, tratando con una de sus manos detener el ataque hacia su miembro, tratando de evitar que Franco lo excite, que lo derrote, que le nuble la razón y lo conduzca hacia donde lo desea. El intento es firme, aunque leve sin embargo, y totalmente inútil. La posición en que está es difícil para responder, para defenderse, así que Franco hace caso omiso de la leve resistencia del atlético y joven macho, y sigue frotando con más intensidad.

   La verga del joven empieza a ser dominada por la fuerte fricción, por sentir esa lengua lamiendo su piel una y otra vez y el calor de la palma de la otra mano de Franco deslizarse una y otra vez por su fuerte espalda. Es una ataque por varios flancos y Daniel siente que no se puede detener, que su verga no lo obedece más, que es inútil tratar de gobernarla, mas aun esa carne dura y jugos en su entrepierna le empapa la entrepierna del pants, por la abundante secreción; hasta la mano de Franco se impregna de la viscosa secreción mientras que continua el asalto sexual.

   Daniel está imposibilitado de salir de esa situación; más aun, se pierde más y más en ese torbellino de sensaciones instintivas, más que mentales. Su cuerpo, su miembro se rinde ante la fricción, ante el estímulo. El saber que está en el baño de un avión, que afuera están sus compañeros, le hace desear que eso termine lo más rápidamente posible y que nadie sepa, así que baja sus fuertes brazos para dejar de oponerse, quiere dejar de pensar solo sentir, solo aceptar, dejar que Franco tenga su diversión y satisfaga su placer y de deje ir.

   Franco sigue frotando duramente el miembro de Daniel, que crece mas y mas, duro y caliente bajo la suave tela, la respiración del joven se hace cada vez más superficial y frecuente, su cuerpo esta bañado en unos cuantos minutos en sudor copioso que cubre su piel y la oscura mancha en su pants es cada vez más grande. Su verga asoma la punta por el elástico de la cintura del pants, la rosada y jugosa cabeza vence la resistencia del elástico, por la dureza, firmeza y largo que tiene. El líquido seminal sigue siendo secretado copiosamente y escurre por todo el pants, Franco usa su mano para bajárselo hasta las rodillas, revelando totalmente el fuerte, largo, duro y grueso falo con dos grandes bolas colgantes, que penden de esa dura carne y junto con esa verga que está en paralelo al suelo ahora, libre y sin restricciones.

   Las musculosas piernas de Daniel, torneadas por la natación, firmes como el resto de su cuerpo, así como su verga, aún así las siente que se debilitan, que apenas pueden sostenerlo mientras Franco lo somete, lo “entrena” en el placer sexual, en la sumisión. Las manos del entrenador pasan ahora desde su espalda, recorriendo cada centímetro de su piel, lentamente, hasta pasar por sus nalgas, las duras y redondas nalgas del atleta.

   -Sabe que allá afuera están sus compañeros de equipo, ¿verdad, Saldívar? –le pregunta, ronco, la mano grande callosa sobre sus nalgas.- Sabe que no le conviene gritar, ni jadear… haga lo que le haga, ¿verdad?

CONTINÚA (el relato no es mío) … 27

Julio César.

NOTA: El relato comienza algo lento, y como no tengo intensiones de apurarme más, quien lo desee puede buscarlo en esta dirección: http://www.todorelatos.com/relato/16991/

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 27

enero 1, 2015

… SERVIR                         … 26

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

EN ENTRENAMIENTO

Pronto estaría cebado…

……

   Nadie sospecha siquiera que todo está por precipitarse. Era necesario, se dice la única persona en toda la Creación que sí está al tanto, el peligroso oso que dormita ya sobre un pequeño camastro, sonreído y satisfecho, casi arropado con su princesa. Cruel y diabólico, se siente frenético sabiendo que puede cristalizar exitosamente la idea que tuvo una vez al regresar de los tribunales y escuchar la reconfirmación de su sentencia de muerte. Medio bizquea y mira dormir a su nena, boca abierta, bañándole el torso con su aliento, olorosa a semen. Cómo debe estar siempre toda hembra. Su mano grande, callosa, velludos los nudillos, entra en la pantaletica, el hilo dental, recorriendo las firmes nalgas del rubio. Se sentía tan bien tenerle así, esa belleza era suya. Ese carajo era suyo. Era lamentable lo que tendría que hacerle, le había llegado a tener afecto y le excitaba increíblemente. Pero debía comenzar la parte final de sus planes, unos donde su abogado, Lomis, el pequeño puto de Nolan y Tiffany tendrían que jugar sus cartas.

   Cuando todo se le ocurrió creyó, él mismo, que era una locura. Pero no tenía nada que perder. Iba a morir ejecutado. Ahora…

   Tendría que encargarse, de una buena vez, de Nolan Curtis. Debía entregárselo atado de pies y manos a Lomis, para que ese degenerado hiciera con el chico lo que quisiera. Y atar sus vidas, sus destinos, a un plan superior. Cierra los ojos y toma aire, satisfecho. No importaba qué ocurriera en la entrevista de Tiffany con su mujer. Eso no cambiaría nada. Los hilos tendidos rendirían sus frutos mucho antes de que algo variara. Luego llegaría la venganza.

   Nolan… el chico terminaría siendo un perro sumiso.

……

   Hace frío, piensa Jeffrey Spencer mientras el auto del detective Selby cruza unas calles de suburbios. Nada de casas clásicas, hermosas o costosas, pero si de buen mirar. Se detienen frente a una vivienda de dos plantas, angosta y no muy alta, exactamente igual a todas en esa calle donde ocupa el quinto lugar desde la entrada norte. Ambos hombres miran desde el asiento delantero, Jeffrey teniendo que mirar prácticamente sobre el otro.

-Es aquí. –informa el policía, pero el lugar se veía tan conservador, tan normal la puerta azul, las ventanas con sus cortinas corridas, las dos macetas frente el diminuto porche, que cuesta imaginar a alguien relacionado con el Matadero habitando allí.

-¿Seguro?

   -Eso dice Seth.

   -¿Es confiable? –por alguna razón le había disgustado el soplón. Verle sonreír distraídamente, no mejora la cosa.

   -Oh, sí, es muy confiable. Para todo.

   -¿Tiene algo con él? –se le escapa, de manera algo seca. El otro se vuelve, sereno.

   -Me la chupa. Y eso me gusta. Y su culo es de seda, se lo puede coger toda una cuadrilla de trabajadores del aseo municipal y todavía aprieta… ¿celoso, abogado? –le mira retador.

   -¡¿Qué?!

   -No tiene por qué sentir celos. Soy generoso… -se pregunta hasta dónde puede llegar con ese abogado antes de que estalle de furia, aún así se agarra el tolete cuya silueta siempre, por alguna razón que Jeffrey no entiende, parece destacarse bajo su pantalón.- Si alguien quiere comérmela, llenarse la boca con ella, le dejo. ¿Qué hombre no quiere que se la mamen hasta los pelos y ver que otro u otra se traga hasta la última gota de su esperma, ronroneando como gatito mientras lo saborea y disfruta? Si alguien está interesado… -se lo aprieta otra vez, más visible, tomando forma.- …Le dejo hacerlo. ¿Qué dice?

   Tiembla, sería tan fácil como flexionarse y frotar la cara de esa silueta que se destacaba contra la tela, que intuye crecería horriblemente, un enorme tolete negro seguramente parecido al del jefe Slater, y su boca… Bien, le costaría, pero la atraparía, sus pálidas mejillas, sus labios rosa subiendo y bajando sobre la morcillona silueta oscura.

   -¿A quién no le gustan las mamadas? –finge no entender la invitación, encogiéndose de hombros como indicándole que entiende que se deje mamar por un tipo. El otro le mira y sonríe, divertido pero chasqueado.

   -Ya veo. –gruñe y vuelve la mirada hacia la casa, intuyendo una leve repasada del otro sobre su tolete.- Parece que está en casa. –informa, y al abogado le cuesta apartar los ojos de la silueta del miembro y levantarlos.

   Si, una luz se ha encendido en la sala y por una ventana de cortinas corridas adivinan más que ven la silueta de una mujer alta. Marie Gibson. Una mujer que le fascina, piensa Jeffrey, volviéndose dispuesto a abrir la portezuela, bajar y encararla.

   -¡No! –una mano del detective le atrapa por una muñeca, la mano con la que se tocaba segundos antes la verga, pensó con un estremecimiento.

   -Quiero hablar con ella.

   -Pero no ahora. Es tarde. –le interrumpe cuando el otro va a replicar.- Ya sabemos dónde vive, y que realmente está aquí. –a Jeffrey le cuesta pero entiende y asiente, acomodándose los anteojos.- Te mueres por verla, ¿verdad?

   -¡Esa mujer…! –comienza y calla, una duda que no quiere sentir, ni siquiera imaginar o considerar, le amarga.- ¿Y si Robert Read no mató a esa gente en el Matadero? ¿Y si ese… horrible hombre es inocente?

   -Tú no viste sus marcas, los golpes, el miedo en los ojos de esa mujer. –Selby replica a la defensiva.

   -No te estoy acusando de no hacer tu trabajo. –aclara.

   -Pero una cosa tiene que ver con la otra. ¿Me dejé llevar por la imagen de una mujer maltratada en contra de un sujeto horrible que enterró a esas personas en su patio, prácticamente? ¿Acaso quise creer que era el monstruo y no busqué la verdad? ¿Un hombre fue condenado a muerte siendo…? –guarda silencio. Podía entender las dudas del abogado, pero él no las había sentido antes. Estuvo muy seguro de la culpabilidad de Robert Read, pero mucho de ello tuvo que ver con el dolor, el miedo de Marie Gibson.

   -¿Dejaste que el horror del Matadero te cegara? –le pregunta.- Es tu duda ahora, ¿verdad? Así que entiende la mía. –calla y busca las palabras.- Qué Dios me perdone, pero me gustaría leer en la prensa que ese hombre fue ajusticiado por sus crímenes… pero… ¿y si es inocente? Por ello debo saber. Estar seguro.

   Robert Read estaría encantado de saberlo.

……

   -Señorita Lamas, ¿dónde está el convicto Pierce? –pregunta, por segunda vez en quince minutos, Johan Monroe, alcaide de la prisión.

   -Lo esperábamos hace diez minutos, señor. –responde la eficiente voz por el intercomunicador.- Llamaré al jefe Slater.

   -Por favor. –conviene, botando aire y echándose atrás en su asiento.

   Se le ve preocupado y tiene muchas razones para ello. Que la esposa de ese hombre estuviera punto de llegar con un nuevo abogado le colocaba en una posición difícil. Se le había dado a entender que la familia se había apartado. Por eso se le colocó con el peligroso convicto condenado a muerte… contraviniendo todas las reglas. Se estremece, tuvo que transigir mucho con ello, se dice algo culpable; sabe bien lo que ocurre de noche entre los prisioneros, a veces de día, en muchos lugares, pero especialmente en sus celdas. Imaginaba que Read necesitaba… desahogar tensiones, por eso quiso compañero. Que lo consiguiera y eligiera a quién, fue la gran sorpresa.

   Se recuesta del sillón, ¿quién estaría protegiendo a ese delincuente tan peligroso? La intervención había venido de la Dirección Estatal de Prisiones, pero Todd, el coordinador, no pareció contento o satisfecho con las condiciones de reclusión para Read. ¿Quién estaría presionando? ¿Y quién podía presionar a un directivo estatal de prisiones? Ahora no importaba, si algo ocurría, si se iniciaba una averiguación sobre el caso Pierce-Read, toda responsabilidad recaería sobre él.

   Por eso quiere ver a Pierce, hablar, saber cómo está. Qué piensa decirle a su esposa. Por eso ordenó su presencia y ya llevaba casi veinte minutos de retraso. ¡Maldita sea!, brama y toma el teléfono interno, ¿qué coño hacía Slater?

……

   Algo tembloroso, Daniel Pierce espera en su celda, dos veces han venido por él pero “no ha estado listo”. Read le ha obligado a hacerles esperar, aunque es lo último que quiere. Molestar al jefe Slater o al Alcaide, sobre todo ahora que espera a su mujer. No entiende a Read, pero tampoco puede desobedecerle. Le ha dado ciertas indicaciones que espera cumpla a cabalidad “o te arrepentirás, Tiffany”, eso lo acompañó de un feo apretón a su barbilla. Después le obligó a volverse, atrapándole desde atrás, quedando su espalda pegada a ese torso ancho, panza algo abultada, caliente y firme que le afectó, y desde allí le acarició el torso, sus tetillas siendo estimuladas, provocándole estremecimientos de lujuria.

   -Has tu parte, Tiffany, y te recompensaré apropiadamente esta noche, pequeña. –le prometió como si realmente deseara eso, bajando el rostro, su barba raspándole el cuello, besándole al tiempo que le apretó uno de los pezones, ocasionándole un estallido de calor.

   Hacer esperar dos veces a los guardias que vinieron por él, y que miraron algo inquietos a Read antes de alejarse, molestos porque “no estaba listo”, era parte de las indicaciones del peligroso sujeto. Para alterar al Alcaide.

   -Espero que estés listo, convicto, o esto traerá consecuencias. Para ti. –le sobresalta la llegada del jefe Slater fuera de las rejas. Duro.

   Asiente y traga cuando la reja se abre, preguntándose de paso por qué el Jefe parecía algo ceñudo ahora que le miraba.

……

   Mismo ceño que frunció el Alcaide al recibirle en su oficina, esposado de muñecas al frente. A solas. Joder, ¿qué le había pasado a ese hombre?, se preguntó. Le había conocido al llegar, de pasada, como a todos, pero ahora notaba los cambios. Quién sabe qué le estaba haciendo Read.

   -¿Deseaba verme, señor? –la pregunta casi le sobresalta, se había quedado pensativo. Pero no era eso, era por la entonación mórbida, baja y afeminada en aquella voz, una que parecía buscar ser consecuente. Sumisa.

   -Sí, yo… eh… -le cuesta reaccionar de repente, intrigado, ¿qué le había pasado a ese chico?- Como sabe, su… ejem, esposa viene a verlo y quería saber cómo… cómo estaba todo. –le ve tensarse un poco, pero luego bajar los hombros, alzando la mirada, clara, brillante (bonitos ojos), con un cierto mohín de coquetería.

   -Todo está bien, señor. –el mismo tono, uno que usaría alguien con su… pareja. Un peligroso recluso condenado a muerte que le exigiera una servidumbre sexual cada noche.

   -Si estuviera ocurriendo algo me lo informaría, ¿verdad? -insiste, desde su sillón. Y Daniel clava los ojos en él, ¿en serio? ¿Ahora?

   -Todo está bien, señor. –repite en el mismo tono. Sonriendo suave, medio bailoteando el rostro.- Estoy muy contento porque veré a mi esposa.

   -Bien, si no hay problemas…

   -Ninguno, señor. –aclara otra vez, medio rascándose la cabeza sobre la tela naranja que la cubre.- Espero con ansiedad… ¡ay! –gimotea todo afeminado cuando la tela cae, dejando al descubierto su cabello rubio, brillante y largo.

   Un cabello que seguramente sería acariciado por su amante en los estertores del clímax, que le cubriría el rostro cuando, acostado, mamara una verga, un cabello del que sería tomado como la crin de una yegua al domársele. Todo eso pasa rápidamente por la mente del Alcaide, casi horrorizándose él mismo. Y Daniel continúa con lo indicado por Read. No lo entiende pero lo hace. Llevar su cabello recogido y dejar caer la pañoleta era una de las órdenes, como su mórbida voz de afeminado buscando machos. Ahora venía la última parte, una para la que se había vestido con aquella franela naranja y el pantalón tipo mono en lugar de la braga ordinaria, el uniforme que estaba siendo lavado. Manteniendo sus piernas extendidas, casi lateralizado a la visión del hombre tras su escritorio, dobla la cintura para recoger, muy lentamente, la pañoleta del suelo.

   La franela sube, el pantalón baja un poco, la blanca y suave piel se deja ver, así como dos tiritas delgadas que cruzan sus caderas uniéndose en el centro de su espalda en un pequeñísimo triangulo invertido que se pierde entre lo que sería el nacimiento de la alcancía en los hombres que se agachan descuidadamente. Aquel hombre rubio, guapo, de voz mórbida estaba usando un pequeño y muy femenino hilo dental rosa, algo realmente putón y excitante. Y los ojos del hombre están clavados allí.

   -¿Algo más, señor? –pregunta enderezándose, ojitos mórbidos, la pañoleta en la mano. La tanga oculta.

   -No… nada. Puede regresar a su celda. Suerte… con su esposa. –grazna y llama a los vigilantes.

   Mientras cruza los pasillos que le llevan a su celda, un Daniel de rostro enrojecido se pregunta qué estaba planeando Read, el por qué le obligó a hacer todo eso. Las mejillas rojas, sin embargo, no era por lo hecho, se debía a la mirada que ese hombre le lanzó a su baja espalda, a su trasero. A la tanga. El recuerdo le hace tragar y tomar aire, molestándose, ¿qué diablos le pasaba? ¡Todo era culpa de Read! Le teme al horrible hombre, pero sí Diana le ayudaba…

   En su oficina, un agitado alcaide Monroe toma un vaso de agua con mano insegura. Bebe y suena bastante. Se recuesta del sillón y cierra los ojos, molestándose, porque la imagen de esa baja espalda, la sensual tanga hilo dental y el tono del recluso preguntándole mórbidamente si quería algo más, le afecta. ¿Qué diablos le pasaba?

   Si, Robert Read estaría encantado.

……

   Fiel a su programa, y consiente como está de que únicamente ese cachito lo lleva atrasado, Robert Read, dos días antes, justo cuando se molestó con su Tiffany, se había puesto de acuerdo con Lomis, el pelirrojo vigilante, para encargarse de una vez del asunto Nolan Curtis, porque su adoctrinamiento debía coincidir con el momento justo cando el come vergas negras de Jeffrey encontrara y confrontara a la puta de Marie Gibson.

   Así que habían raptado al muchacho.

   Ambos hombres se pusieron de acuerdo, aunque le costó un poco convencer al otro de que todo aquello no terminaría con los dos condenados a muerte (habría sido hasta gracioso). La verdad fue que el muchacho se las había puesto fácil. Todavía en una crisis por todo lo que le había ocurrido, incluida la mamada a Lomis frente a la casa de su novia, había hablado con el jefe Slater para viajar a su casa. Viéndole como enfermo, el hombre negro se lo permitió, aunque no le gustó tenerle de licencia. A su novia, el chico le dijo que tenía que partir, pero no lo hizo, lamentándose de todo lo ocurrido, lo vivido y tratando de ver qué hacía para acabar con toda esa pesadilla, se quedó a solas en su casa y Lomis lo supo, como que le vigilaba.

   -¡Es muy peligroso! -le gritó algo alterado a Read.

   -No seas marica, Lomis. Caza tu presa. No hay nada mejor. –sonrió el delincuente.

   Y lo hizo, dos noches atrás, cuando el joven salió a comprar algo, delgado, tristón, ojos atormentados, su franela larga, su jeans holgados. Le emboscó en las sombras del callejón por donde pasaba para cortar camino. Vestido de oscuro, con una gorra casi calada hasta los ojos, manos enguantadas, Lomis esperaba con un pañuelo de tela gruesa en las manos, impregnada del viejo éter. Verle pasar y caer sobre él, fue realmente excitante. Con un brazo le rodeó la parte superior del tórax, inmovilizándole de una vez el movimiento de los brazos, ahogándole el grito de sorpresa y alarma que iba a lanzar con el pañuelo. Nolan, aterrado por el súbito ataque, luego por el pañuelo cuyo olor adivinó, luchó y forcejeó, se rebatió, y Lomis se le pegó totalmente, siseándole para que callara, impidiéndole respirar aire puro… horriblemente excitado bajo su pantalón.

   Estaba raptando a su chico. Su presa. Su cachorro. Y sí, Read tenía razón, era increíble. Retenerle así, apoyando la barbilla sobre su suave cabello mientras siente que va perdiendo vigor, que se marea, le encantaba. Se sintió grande, poderoso. Movió el brazo con el cual le retenía el torso y apoyó la manota sobre el pecho del muchacho, disfrutando de su corazón enloquecido mientras este se mareaba y perdía fuerzas, cerrando los bellos ojos cuajados de humedad.

   Le alzó en peso, en brazos, excitándose más, llevándole a la camioneta que tenía cerca. Le esposó los brazos a las espaldas y metió una bola roja en su boca, arrojándole al asiento posterior del vehículo, dejando caer cerca de su rostro el pañuelo narcotizado. Regresó a la prisión por una puerta posterior y Adams, el obeso vigilante, le franqueó la entrada con disimulo, asistiéndole ya que creyó que salía a verse con una tía (ignora lo que el otro está haciendo). Dentro, y una vez a sola, Lomis se dirige a los depósitos del ala vieja. Con Nolan en el hombro, bajó un buen tramo de escaleras, llegando a un sótano de cemento crudo, frío y oscuro, con una vieja colchoneta en un rincón.

   -Bien hecho. –le sonrió Robert Read, tomándole por sorpresa y alarmándole un poco al salir de las sombras.- Ahora me ocupo yo.

   Cuando el agua cayó sobre su cara, fue el momento cuando Nolan Curtis despertó sobre aquel suelo de cemento, y gritó y grito con ahogados sonidos. Estaba esposado a sus espaldas, una venda de cuero cubría sus ojos, dejándole en total oscuridad, y una bola de goma, que mordía y salivaba, sofocaba sus gritos. No sabía dónde estaba, o por qué, o quién le llevó, pero sabía que no quería estar allí ni le convenía. Una vez que despertó intentó ponerse de pie, correr así no viera para donde, pero una risa profundo le erizó la piel segundo antes de que unas manos grandes le atraparan por los hombros, poniéndole de pie y rasgándole con violencia y demanda la franela. Gritó más, quiso huir pero ese sujeto le tomó y tiró del pantalón, haciendo saltar los botones y halándolos, arrojándole de culo al piso, de manera dolorosa, despojándole de ellos y riendo más.

   Read lo gozaba, viéndole allí, en zapatos, vendado, amordazado, atado, en bóxer, uno que se apresura rasgar, inclinándose sobre él, tomando los bordes, halando y desgarrando. Hacerlo, ver la tela saltar hecha trizas, oírle gemir, verle estremecerse, se la tenía dura desde hacía rato. La abstinencia auto impuesta por la rebeldía de Tiffany le tenía mal. El chico, desnudo, sin zapatos ya, intentó volverse, ponerse de pie y correr. Le atrapó el fino y suave cabello abundante, tirando de él.

   -Quieto, perrito. Necesitas un baño. –le susurró, ronco y profundo.

   Y aunque cegado, Nolan, con la piel de galliano y no sólo por el frio al estar desnudo, se asustó a muerte, sabía de quién se trataba. Se debatió cuando fue alzado en brazos, como si no pesara nada, y arrojado en una vieja bañera de hierro, el agua estaba templada y olía a jabón; se debatió otra vez, oyendo las risas del sujeto que le restregaba con una áspera esponja por todas sus partes, aún las recónditas. Pataleaba casi histérico y más cuando tras una carcajada le hundió bajo el agua. ¿Duro unos segundos o minutos torturantes?, no estaría nunca seguro, pero fue horrible. Casi tanto como, casi sollozante, derrotado, roto, el resignarse a dejarse hacer para terminar con eso.

   -Eso es; ¡perrito bueno!, ¡perrito bueno! –escuchó antes de sentir una mano grande, ruda y de dedos velludos, meterse entre sus nalgas, enjuagando su culo, tardándose bastante, repasándolo una y otra vez, un dedo estirándole los pliegues, luego metiéndose, cogiéndole lentamente con él. Y Nolan con cara arrugada tras en antifaz de cuero, la bola roja en su boca, sollozaba totalmente aterrorizado. Gime cuando ese hombre le alzó, de pie en la tina, y una áspera tela cayó sobre él, frotándole rudamente, secándole, sacándole de la tina y terminando el proceso, para luego, con otro gemido de sorpresa, ser alzado y caer sobre un ancho y recio hombre. Como a un saco lo llevaron por el cuarto con ecos. Le dejaron caer otra vez sobre la vieja colchoneta, delgada, el duro suelo se sentía cerca. Le arrojó de panza sobre el mismo y sus piernas fueron separadas. Se tensó y contuvo el aliento cuando algo untuoso fue aplicado a la raja entre sus nalgas, especialmente sobre su culo y bolas. Y lo sintió, el frio y corto filo de una máquina de afeitar desechable. Estaban afeitándole sus partes. Intentó revolverse.

   -Cuidado y te corto una bola. Duele. –oyó y se congeló.

   Pero lloriqueó quedamente, preguntándose cómo podía pasarle eso a él. Estaba en manos de locos, sólo unos dementes le habrían raptado así, como si eso pudiera ocultarse o… Gruñó contra la bola cuando le arrojaron de espalda, sobre las manos esposadas, doliéndole. Y le afeitaron el hilillo de pelo que venía de su ombligo, concentrándose en los púbicos, dejándole totalmente lampiño de los lados, eliminando mucho arriba y recortando los que quedan justo sobre el nacimiento de su pene. No lo podía ver pero imaginaba que era el corte que llamaban bigotillo de Hitler.

   -¿Tienes hambre?

   Oyó la pregunta, extrañamente alta mientras era arrojado otra vez de panza. No podía ni pretendía responder; pero de cierta forma lo hizo, gemir y revolverse cuando algo cayó sobre su raja interglútea, espeso, levemente tibio, oliendo como a salsa de carne.

   -Vamos, pequeños, ven por tu bocado. –perdido en ese mundo de negruras, sin poder hablar, aterrorizado, el joven no entendía qué pasaba, hasta que oyó unos cortos pasos presurosos que se acercan y una respiración aceleradamente jadeante. En ese momento sí que se revolvió, intentó levantarse y correr, pero un pie enzapatado sobre la terminación de su espalda le mantuvo fijado a la colchoneta.

   ¡Nerón!

   Sabía que era ese horrible perro que le violó. Y en efecto, el corto y bajo animal se acercó, olisqueó sobre las nalgas del muchacho que revolvía las piernas, sacó su delgada, roja y larga lengua y comenzó a lamer de la salsa sobre la raja y su culo. Nolan gritó horrorizado, asqueado, sintiendo el morro entre sus nalgas, separándolas, la ágil y dura lengua tocándole, lamiéndole, rozándole. Y como metiendo más el frío morro, Nerón le metió la lengua dentro del culo, una y otra vez, con rápidas estocadas que se dilataban y rozaban las paredes de su recto.

   Y Nolan gritó y lloriqueó, de tener voz había berreado que no, que por qué le hacían eso, que le dejara ir, pero no podía, no podía hacer nada como no fuera ser penetrado por la caliente y larga lengua del animal.

   -Oh, cachorrito, tienes tan mal a Nerón… Creo que sabe que estás en celo.

CONTINUARÁ … 28

Julio César.

 

DE AMOS Y ESCLAVOS… 13

enero 1, 2015

DE AMOS Y ESCLAVOS                          … 12

BLACK SUB GAY

-Vamos, amito, lo necesito…

……

   -Mas, dame más… -pide, enrojeciendo él mismo de vergüenza, sus nalgas tensadas. Necesita sentirlas.

   -¿Quieres mis azotes, negro? –le pregunta, la mano cae pesada, sin golpear, sobre ese trasero que arde, sobándole. Eso le produce algo como cosquillas al joven hombre negro en sus entrañas, lo que logra que su verga bote líquidos copiosamente.- ¿Has sido malo?

   -Si. –jadea entregado, sintiéndose increíblemente sorprendido de sus actos, de su rendición, pero también embriagado por la poderosa ola de endorfinas que lo envuelven cuando lo admite, que si, quiere que ese malvado chico blanco siga dándole nalgadas.

   -¿Malo? ¿Muy malo?

   -Muy malo, señor, por favor, aleccióname… -su cerebro envuelto en hormonas le dicta lo que tiene que decir mientras le mira con profunda lujuria y entrega. Escuchar su risilla ronca fue tan maravilloso como saber que bajo su bermudas, Hank está totalmente duro, lo sabe porque está sobre su regazo. Y vuelve a estremecerse, ardiendo como está, llevado casi al límite, uno de sus pezones a punto de verter leche materna de lo mucho que está siendo estimulado por esos dedos. Imaginar la hermosa, larga, gruesa, rugosa y blanquirroja verga afuera, pulsando, le hace latir el culo.

   -Siempre es igual, negro; todos saben que necesitan una mano dura…

   A las increíblemente ofensivas palabras, siguen nuevos azotes, secos, rápidos, palma abierta, y Roberto vuelve a gemir, a estremecerse, su culo sabiendo y bajando, pidiéndole que más, que le diera más fuerte, que no se detuviera, por favor; la mente nublándosele más y más. En esos momentos ignora que sus gritos son altos en volumen, que sus pedidos son cada vez más obscenos, que el otro llamándole toda clase de cosas, también a gritos, era aún más ofensivo. Roberto no puede pensar en nada como no sea esa ola de lujuria que sube y sube, cada vez más caliente, que arropa y ahoga su cuerpo todo. La mano sube una vez más, y cae con fuerza, y el joven hombre negro grita, subiendo su culo, su verga durísima, estremeciéndose, corriéndose. Cada nuevo disparo de semen va acompañado de esos azotes a su culo, y todo es una masa enloquecedora en su mente. La corrida es tan intensa como las sensaciones que le envuelven. Es tanto así que queda casi desmayado sobre ese regazo, su verga todavía goteando, una pierna sobre el mueble, la otra en el piso, su rostro contra el asiento.

   -Negro sucio, ¿mira lo que hiciste? Tienes que recoger toda esa leche con la lengua, en cuatro patas. Quiero verte tomar hasta la última gota, comienza por la que vertiste sobre mi bermudas. Y luego… -la mano se mueve, recorre una de las lastimadas nalgas y la punta de un dedo frota la entrada de su recientemente depilado culo.- …Voy a convertirte definitivamente en mi perra. Una vez que tengas mi güevo blanco en tu culo, abriéndolo, cabalgándote, llenándotelo de esperma de hombre de verdad sólo podrás soñar con eso.

   El joven hombre negro lame toda esa leche, la suya, recogiéndola con su lengua donde se mezcla con la saliva y la traga, temblando sintiéndose increíblemente caliente como nunca. Lame del sofá y eleva la mirada, estremeciéndose de orgullo y satisfacción al encontrar la sonrisa de aprobación del otro, de pie, su verga abultando escandalosamente bajo su bermudas.

   Con la blanquecina lengua, muy abierta, recoge un reguero que baja por el mueble, mirándole fijamente.

   -Dime, negro sucio… -le oye y se estremece otra vez cuando Hank saca su güevo blanco rojizo, largo y grueso, surcado de venas hinchadas de sangre.- ¿La quieres sentir en tu culo? ¿Quieres este güevo abriendo tu culo negro? –y Roberto sabe que es un momento importante, le estaba permitiendo elegir, todavía le dejaba. La ve, erecta, su ojete levemente húmedo, y él que lo ha mamado con gula sabe lo rico que es.

   -Si, la quiero… -le ve arquear una ceja.- Sí, señor, la quiero…

   -Bien, te la daré. Toda. La meteré por tu culo y te abriré, te dolerá un poco, luego te encantará. Cuando la tengas allí y tu culo comience a chuparla, y lo llene con mi leche, se te convertirá en un coño hambriento de hombrías. De hombrías blancas y gruesas. –le advierte, sonriendo al verle estremecerse, tanto por la inmensidad de lo que dice como por las ganas que siente de probarlo.- Te cogeré y ya no podrás olvidarlo. Sólo querrás tener un buen güevo clzavado en tu coño negro y apretado. –da un paso, el glande casi choca del grueso labio, el olor embriaga al otro.- Te convertirás en mi esclavo, negro de mierda. Serás mi “negra” de coño hambriento. ¿Quieres eso? –la pregunta importa, los dos lo saben, pero Hank juega sucio, con su hermosa verga erecta, olorosa, pulsante y caliente cerca de ese rostro sabe que no le deja pensar con claridad.

   -Lo sé. Y la quiero, señor… -concede al fin, temblando como gelatina al entregarse de esa manera.

   -Bien, pero de ahora en adelante me dirás “amo”. Soy tu dueño. Tu señor. Tu amo. –apunta, mirándole a los ojos; el otro, dividido entre su mirada y el ojete de donde cuelga un espeso hilo, solamente asiente.- Bien, bésalo… -ordena, sintiendo y sabiendo que casi le hace un favor.

   Y así lo ve Roberto cuando jadea, abre los gruesos labios y los posa, suave y dulcemente, sobre el glande, cubriendo el ojete, besando, chupando levemente, untándose labios y lengua del claro líquido, encontrándolo delicioso, bebiéndolo con ansiedad, casi cubriendo medio güevo con su boca urgida. El manotón en la cabeza le devuelve a la realidad y se retira, reticente.

   -No te dije que podías chupármelo. –le aclara.- Vamos, sube al sofá, de rodillas, manos en el respaldo, piernas separadas. Quiero ver el coño que tienes escondido allí para mí. –ordena claramente, esperando, viéndole estremecerse violentamente.

   -Si… amo…

   Jadeando, Roberto se medio pone de pie y sube, con ansiedad, todavía con algo de temor pero más lleno de expectativas. Hank lo quería, su culo, usarlo, llenarlo, desvirgarlo, y él se lo daría. Cierra los ojos y traga al sentir las fuertes manos caer sobre sus musculosas nalgas, recorriéndolas, enterrando los dedos como palpándolas.

   -Buen culo… -oye.- Los negros saben cómo cultivarlos. Claro, para enloquecernos.

   No responde, ¿qué diría a eso?, pero contiene un jadeo cuando una de las manos, de palma abierta, rueda sobre su nalga derecha, de afuera hacia adentro, el pulgar entrando en la raja entre los glúteos, acariciándole de arriba abajo, la cara del dedo gordo pasando sobre su culo depilado y aceitado. El dedo vuelve, se posa sobre el ojete y Roberto vuelve a tragar, lo estaba tocando allí, estaba dejando a otro tío tocarle allí… y casi se avergüenza al oírle reír. El chico reía porque su culo parecía sufrir espasmo bajo el roce de ese dedo que sólo frotaba sin penetrar.

   -¿Te has metido alguna vez algo por el culo? ¿Un dedo, un lapicero, una vela?

   -¡No! –suena a la defensiva.

   -¿Seguro? Parece estar extrañando algo. –es cruel y burlón, frotando con rapidez, medio empujando pero sin entrar, sabiendo que el otro debía estar sintiendo escalofríos por todos lados.- Tu coño se ve apetitoso… -le oye bajito, voz ronca, el aliento bañándole justo cuando le aparta los pliegues con los pulgares, acercándose y el joven hombre de color se tensa.- Personalmente me gusta saborear los coños calientes de mis putas. –y le sopla suavemente.

   -¿De qué…? –inicia, recordando algo de lo dicho por el sujeto de los tatuajes, pero calla bruscamente, tensándose todo, arqueando la espalda al sentirla.

   ¡Santo Dios!, pensó al sentir la babosa, caliente y ardiente lengua del chico caer sobre su ojete, verticalizada hacia abajo, como una cortina que la cubre, y luego sube, lentamente, desesperantemente lenta de abajo arriba, recorriéndole la raja y la entrada del culo. Roberto jadea, sabe que los hace, con la boca muy abierta, aferrándose al respaldo del mueble como si temiera caer. Sentir esa lengua subir y bajar sobre su culo, una y otra vez, le tienen al borde del desmayo. La punta de la lengua choca y apuñala su entrada y cree que se morirá.

   -Oh, Dios… Oh, Dios… -se le escapa, la boca se retira de su culo brillante de saliva.

-Te haré verlo muy pronto, negro puto. Tu culo vuelto un coño ardiente de puta será tu teributo. Llorarás y me agradecerás de rodillas. –la promesa casi parece amenaza.

   Y la boca vuelve a su culo, se dice y jadea casi sonriendo de gusto y gratitud el joven hombre negro. Los labios delgados se cierra contra su agujero y besan, chupan, la lengua sale, semi enrollada, y le apuñala otra vez, logrando su entrada porque ese culo que sufre sus propios espasmo, por un segundo quedó abierto y la reptante lengua penetra. La siente, todo tenso, su rostro alzado, ojos muy abiertos, cara brillante de sudor, su espalda arqueada. La siente, quemándole, deslizándose en su interior, forzándose a entrar más y más mientras los pulgares separan sus pliegues.

   Gime, tiene que hacerlo, porque nunca antes había sentido algo así en toda su vida, nadie le había chupado el culo, ni imaginaba que pudiera ser grato, hacerlo o que te lo hicieran, pero en esos momentos está temblando como una gelatina al paso de la lengua que se abre camino en sus entrañas. Baja el rostro, agitando su culo levemente, mordiéndose un brazo para no gemir como una puta. La quería más adentro, que le diera allí, en ese punto mágico que lo hacía temblar todo. La boca se separa, la lengua le azota la entrada, y se sentía excitantemente rico, unas cosquillas increíbles, pero metida era todavía mejor. Está adaptándose a la nueva caricia cuando lo siente, el roce de un dedo en su entrada brillante de saliva, metiéndose. Lentamente. Se tensa y gime cuando el largo dedo del muchacho le penetra las entrañas, centímetro a centímetro. Tembló todo mientras el dedo intruso se abría camino en su culo de hombre, todo, hasta chocar del puño, para luego agitarse de arriba abajo. Gime sin recato, tener un dedo clavado en su culo era toda una experiencia.

   -¿Te gusta, puta? Si, se nota. Tu coño de puta viciosa quiere arrancármelo. –le oyó burlarse, agitándolo más, mordiéndole suavemente una nalga, sabiendo que era cierto, su esfínter abrazaba el dedo con desesperación.- Qué coño tan apretadito, quién lo diría, si eres virgen. ¿Cómo una putita como tú se le escapó a tu papá? ¿O también es un negro marica? –el calculado y terrible insulto va acompañado de un mete y saca de ese dedo, que se hunde hacia sus bolas, el nacimiento de su pene, dándole allí, justo allí, aflojándole las piernas.- Oh, sí, negro de mierda, tu coño está sabrosito. Y me lo gozaré. Seré el primero en tu vida, quien te desvirgue y te inicie, tu primer macho. Pero antes debo aflojártelo un poco o mi güevo te lo destrozará. –comenta, sonriendo al oírle gemir, cara contra el brazo, su culo iba y venía.- ¿O quieres eso? ¿Que te lo meta duro y te haga gritar y que todo el edificio escuche y sepa que un hombre te hace suyo? –ríe.- Tranquilo, negro, seré bueno. Eres buena mercancía.

   A todos esos insultos, Roberto responde gimiendo como puta, abriendo mucho la boca y cerrando los ojos, echando su culo hacia atrás cuando esa boca golosa regresa, chupándole y lengüeteándole, con dos dedos que se frotan, forzan y lentamente le penetran. Son apenas dos dedos y ya se siente totalmente lleno, el roce contra las paredes de su recto es intenso.

   -No, es… -jadea, y grita cuando la nalgada, ruda, le azota el glúteo derecho.

   -¡Silencio, negro puto! –le aclara con un autoritario grito. Roberto tiembla, como gelatina, sintiéndole montarse sobre su hombro y llevarle algo bajo la nariz, un pote abierto.- Huélelo. –le ordena.- Una inspiración profunda, negro flojo. Esto te ayudará

   Casi sin darse cuenta de lo que hace, obedece, dando una larga inspirada a los Poppers, sabe de qué se trata, lo ha usado antes con sus nenas para durar más. Olió con fuerza una segunda vez cuando la primera le embriagó agradablemente, calentándole aún más por dentro, y su culo cerrado sobre esos dos dedos se abrió, permitiéndoles la entrada, y gimió cuando penetraron, aceptándolos con pulsaciones de lujuria. Esos dedos entran todo y se tensa y tiembla, cuando el pote va a su otra fosa nasal, aspira con hambre de más, con total abandono, todo dándole vueltas, sólo consiente de los largos dedos que van y vienen, excitándole, provocándole tan intenso placer. Su culo penetrado por los dedos de otro tío, ese joven e insultante chico blanco, era un pozo de gozo. Una segunda aspirada va seguida de un ronco y largo gemido de placer cuando un tercer dedo le penetra. Tres dedos, uno sobre otro, clavados en sus entrañas que arden y se mojan de lujuria.

   El pote se retira, pero no Hank de sobre su espalda, susurrándole toda clase de insultos sobre lo muy putos que son los negros cuando ven una buena verga blanca, que las piernas se les aflojan, que sus culos se vuelven coños capaces de competir con las de sus mujeres que tanto gustan de chupar una tranca blanquita. Y mientras le habla, esos tres dedos van y vienen, cogiéndole, las puntas llegando a su próstata. Su culo subiendo y bajando sobre ellos, buscándolos, meneando esas nalgas de una manera que da gusto.

   -¿Quieres sentir mi güevo en tu coño de puta negra? –le pregunta al oído, los tres dedos bien clavados y todavía empujando más, haciéndole gemir.

   -Si… -admite, totalmente caliente, sabiendo que en parte era por los Poppers, pero también por él mismo.

   -¿Si, qué, negro sucio?

   -Quiero que me cojas, amo. Quiero que llenes mi coño con tu hombría. –sabe lo que el otro quiere escuchar.

   -Puto… como todos los negros.

   Roberto casi gime cuando el chico se aparta, cuando esos dedos se retiran, su culo ardiente y abierto quedando tan huérfano. Necesitaba atenciones. Necesitaba a un hombre que le atendiera, se dice con un estremecimiento de temor ante la idea, pero también de profunda excitación.

   -¿Listo para ser mío, negro sucio? –le oye detrás, y cierra los ojos, sonriendo mórbido.

   -Si, amo. Tu negrito está listo para ti. –decirlo le pone la piel de gallina, su culo titila salvajemente y le encanta.

   -Bien, tú lo pediste. Nunca podrás escapar de esto. –le recuerda. Roberto lo siente posicionarse a sus espaldas, mareado de lujuria siente la lisa y ardiente cabeza de ese güevo contra su agujero.- Toma aire, puto.

   El joven hombre negro lo hace, inspira profundamente y grita, contenido, aún más mareado, el grueso glande se abre paso en su esfínter y lentamente el largo, grueso, duro y ardiente tizón va metiéndose en sus entrañas, robando su inocencia y su virtud. Su macho estaba desvirgándole. Centímetro a centímetro el blanco instrumento va desapareciendo dentro del redondo culo negro, rodeado de aquellas tersas y musculosas nalgas aún más negras.

   Con los dientes apretados, Hank lucha y lucha, palmo a palmo para enterrárselo. Se lo tiene clavado hasta la mitad, sintiéndolo apretado por las entrañas del hombre de color, sonriendo cruel se tiende y le hace inhalar los Poppers, y mientras Roberto lo hace sintiéndose flotar de calenturas, se lo clava todo. Y el joven hombre negro grita, elevando el rostro, boca muy abierta, ojos cerrados, sintiéndolo duro, ardiente, demasiado grueso… y totalmente maravilloso contra las sensibles paredes de su recto, que parecen mojarse y calentarse al ser bañada de sangre cada venita.

   -Qué coño tan apretado, negro. –le gruñe, nalgueándole, sintiendo su tolete totalmente apresado, halado, succionado.- Eres un puto de culo cerrado, pero conmigo lo pierdes rapidito. –y comenzó a retirarlo, lentamente, disfrutando de ver como su pálido miembro algo rojizo va saliendo del negro y ajustado estuche cuyos labios parecen abrazarle. Y se la mete otra vez. Toda. La saca más rápidamente y se la regresa con un golpe.

   La mente de Roberto es una masa de sensaciones. Esa vaina indudablemente le dolía, pero también despertaba ecos dormidos en su cuerpo, tan sólo puede gemir, con un tono bastante alto, mientras el güevo entra y sale a medias de su culo, uno que se abre para recibirlo casi todo, las bolas goleándole.

   -¡Eso es, puto! –le gritaba feo, en un tono que debían escuchar al otro lado de la ciudad.- Apriétalo así, negro de mierda. Anda, apriétalo, puto. ¡Eres un puto! ¡Un puto! –le gritó una y otra vez mientras lo nalgueaba, y si en la mente de Roberto todo era un caos, su cuerpo era una sola masa caliente de sensaciones claras. Estaba gozándolo, sentirla salir, halándole las paredes del recto, luego entrando, rugoso y caliente, rascándole y frotándole, estimulándole.- ¡Mira como meneas el culo, puto! ¡Eres todo un puto caliente por los güevos blancos!

   Sus gritos deberían ser alarmantes para el joven hombre negro que se estremece, que arquea la recia espalda, que ha olvidado sus temores e inquietudes, el salir lastimado o totalmente robada su virilidad; en todo lo que puede concentrarse ahora es en sentirse vivo, en como su piel arde y se eriza, como quiere las rudas manos del chico acariciándole, sus tetillas duelen de lo duras y necesitadas que las tiene, su propio güevo es una lanza oscura de carne tiesa que se frota contra el mueble cuando las embestidas le arrojan sobre él, sus nalgas brillan de sudor, los anteriores azotes aún se notan, y todavía lo lleva y trae, lo pega de la pelvis del muchacho, de donde sale su maravilloso güevo que tanto placer está dándole, y se refriega.

   -¿Te gusta, negro? ¿Te gusta sentir mi enorme güevo blanco en tu mojado y ardiente coño negro? A tu madre le encantaría tener metida una como la que te gozas tú. –le grita, y cada insulto estremece a Roberto, quien sólo puede gemir, su cabeza va y viene. Ojos cerrados, expresión de gozo mientras gime ronco, casi en trance.- Así, puto, muévelo así. Búscalo. Gózalo. Móntate sobre el güevo de tu macho, el güevo que quieres gozar. –le grita feo al oído, atapándole la frente con una pálida mano, halándole. Lo estaba cogiendo con rudeza, las bofetadas de pelvis contra nalgas llenaban lo que los gritos no podían.

   -Joder, ¿a quien estará cogiendo ese muchacho? –le pregunta un sujeto que pasa frente a la puerta, a su mujer, en el pasillo.

   -¡Germán! –se alarma ella, pero también escuchando los gritos de “tómala toda, puto; aprieta mi güevo blanco con tu coño, negro de mierda”.- Dios, ¿qué pasa ahí?

   -Que ese carajito odioso está cogiéndose a un tipo. A un negro. –sonríe mórbidamente divertido el tal Germán… volviendo la mirada hacia una puerta cerrada. La de Roberto Garantón.

   ¡Vaya, vaya!

CONTINÚA … 14

Julio César.


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