Archive for the ‘RELATOS GAY DE MALDITOS…’ Category

EL CAMBIO… 45

diciembre 11, 2017

EL CAMBIO                         … 44

   Basado en una idea QUE NO ES MIA. Es una adaptación. No digo más, por ahora, no contacto aún al autor. Es un cuento de los que llaman de lenta construcción.

   Lo quiere todo…

……

   Y así como se la pasaba todo sonriente (pareciéndose en eso un poco a Larry O’Donnell), lo otro era que… vivía caliente. Moverse, el roce contra las ropas, le producían ciertas sensaciones físicas parecidas a caricias; y notar su reflejo, de pronto, en alguna superficie reflectante, le excitaba sexualmente. Sentía ganas de tocarse, de sobarse, de masturbarse… con algo en su culo. Algo que no fueran dedos, que no llegaban donde necesitaba. Sin embargo, fuera de esa leve frustración, andaba medio duro todo el tiempo. Era como un animal sexual, se dice; aunque de los que se fijaba en el entrepiernas de los hombres. Vagamente le parece que era raro, ya que no era gay; pero, la verdad, es que le emocionaba sentir la mirada, admirada, de otros carajos que parecían pensar en hacerle cositas cuando le clavaban los ojos como dardos, especialmente en su trasero.

   Después de los ejercicios, y una ducha rápida, con otra prenda pequeña y oscura, y más ropitas ajustadas, recibió a Larry, quien le comentó que iba bien en las pruebas. Eso le produjo tanta alegría que le abrazó y casi saltaron como dos colegialas traviesas. Era emociónate saber que todo iba bien, se dijo, tal vez por eso terminó con el rostro contra su almohada, ojos cerrados, boca muy vierta, gimiendo roncamente, mientras su culo, alzado, era macheteado por el médico, quien le gruñía que se sentía increíble la manera como chupaba. Y era cierto, para él también. El roce de la verga le ponía a mil. Su recorrido. Los golpes profundos que le daba con la punta le hicieron correrse dos veces entre escandalosos chillidos.

   Esa tarde, con la cena, en cuanto Pelham y él terminaron, arrojó al cabo de espaldas en el camastro, y a hojarascas, no del todo fuera del nuevo bikini, se empaló a fondo. Pelham había dudado por un segundo, después de todo no era gay (se repetía), pero el recuerdo de las aprestadas y haladas que ese culo le dieran pudo más. Era hombre y ocioso, ¿okay?, así que apretó los dientes y le ordenó cabalgar, que se lo ordeñara, que le sacara toda la leche.

   Esa noche el marine durmió profundamente, tanto que no notó la entrada de Larry, quien, sonriendo, le colocó los audífonos para su lavado cerebral usual, ayudado por los centelleantes colores de un televisor no sintonizado, donde parecían dibujarse figuras concéntricas y espirales que giraban y giraban, bañando con sombras y parpadeos el joven cuerpo desnudo. Porque, ahora, Jeffrey McCall siempre dormiría así.

   Despierta al otro día sintiéndose lleno de energías, descansado, satisfecho con su vida. Feliz. Se quita los audífonos sin preguntar cómo llegaron, y la mirada se le pierde por segundos en el televisor, hasta que la nieve es sustituida por una pantalla completamente azul. Ahora, sonriendo aún más, sentado sobre el camastro, las musculosas piernas muy abiertas, encuentra en la mesita otro consolador. Uno nuevo. Un tubo regular y algo curvo en la punta, con un botoncito en la base. Ríe y rueda los ojos, como divertido por las tonterías de Larry, y sin más, cae de espaldas en el camastro, y como si tal cosa, flexiona una rodilla y medio ladea las caderas, apoyándose más en una nalga que en la otra, despejando el camino a su culo lampiño. Sonríe de oreja a oreja y contiene un jadeo cuando apoya la roma punta en su agujero y lo penetra. Se tensa, cierra los ojos y sonríe con la boca muy abierta, sintiéndolo deslizarse en su interior, abriéndole, llenándole; lo mete todo hasta el final y la roma punta encuentra en seguida ese punto tan interno, ese que no alcanza con sus dedos, y comienza un leve saca y mete, arqueando la poderosa espalda, sus pectorales proyectándose, sus músculos tensándose, chillando entre dientes de puro gozo.

   Lo que escapa de su boca son gemidos de placer, de lujuria y éxtasis mientras siente las paredes de su recto muy calientes, mojadas, sensibilizadas al roce, su próstata disparando chispazos de excitación, y casi por accidente, porque lo había olvidado, sus dedos rozan el botón en la punta. El leve zumbido le sorprende, pero no tanto como el rítmico movimiento de aquella cosa que vibra contra sus entrañas. Ahora sí que grita y echa la cabeza hacia atrás, apoyando los dos pies en el camastro, con las piernas separadas, alzando el culo del colchón mientras lo saca y lo mete, teniéndolo encendido en todo momento. Verdaderas oleadas de placer recorren su inmenso cuerpo, la verga le babea, las tetillas le piden ser tocadas, pero lo nuevo del juguete lo tiene fascinado. Se lo mete todo, lo saca un poco y vuelve a clavarlo, gimiendo, hasta que estalla en un intenso orgasmo que casi le hace bizquear al tiempo que ronronea y se baña de esperma. Era rico hacerse una paja por la mañana, se lo ocurre. O recuerda que lo pensó, o que lo escuchó por ahí.

   Se ducha, se viste, desayuna, y el coqueteo es intenso con el cabo Pelham, quien no sólo no parece poder apartar los ojos del cuerpo del sonriente joven, sino que al ver el vibrador sobre la cama se puso maluco. El marine desayuna y el postre es arrodillarse al lado del camastro y que el otro le meta otra vez ese juguete, adentro y afuera, haciéndole chillar, hasta que, trastornado, el cabo se lo vuelve a pegar. Luego casi huye gruñéndole que el capitán ya estaba por llegar. Como, en efecto, ocurriera poco después, recibiéndole Jeffrey chillando, respondiendo a cierto besito mordelón. Al joven ya no le interesan las pesadas, las mediciones, aunque sabe que sigue aumentando de tamaño y musculatura. Y saberlo, verse, le excita. Los batidos le ponen caliente y cachondo, tanto que en el gym, el médico y él, terminan en un acalorado sesenta y nueve. Y gritó, bastante (se le ocurrió después, recordando a Pelham, afuera), cuando, echándote de espaldas sobre una colchoneta, totalmente desnudo, el médico lo follara con fuerza y con ganas. Chilla y chilla mientras aquella verga le da donde toca, donde provoca. Sus entrañas estaban en llamas.

   Lo que parece convertirse en cierta rutina diaria.

   -¿No has tenido… problemas?

   -¿Problemas? –se intriga Pelham, sentado, anotando algo en su bitácora.

   -Si, con ese sujeto, McCall… -gruñe, rojo de cara, el cabo Joseph Down, quien después de cuatro días fuera del complejo ha tenido que regresar.

CONTINÚA…

Julio César.

DE HOMÓFOBO A PUTO… 14

diciembre 8, 2017

DE HOMÓFOBO A PUTO                        … 13

Por Sergio.

Rodrigo nota entonces que su propio short también parecía una tienda de campaña. ¡Su propia verga  lo había traicionado!, demostrándole que veía a Luciano como algo más que un agradable nuevo conocido. Mientras lo observa desvestirse, reparando en su pecho peludo, su primer pensamiento es salir corriendo y “escapar de la tentación” ahora que estaba cada vez más cerca; pero, tras pensarlo con mayor detenimiento durante algunos segundos, decide quedarse. Esta decisión suya se fundamenta en que 1. Nada es menos varonil que evadir los problemas en lugar de enfrentarlos y 2. Tampoco sería un gesto cortés con el pobre Luciano, que tan amable y generoso se había mostrado regalándole su agua… y que tan excitante se mostraba ahora: atlético, semidesnudo, sudado y peludo…

– Si así de peludo está de arriba, ¿cómo estará de abajo? – pregunta de forma retórica Rodrigo, escapando sus pensamientos de su mente hacia su boca.

– ¿Perdón? ¿Dijiste algo? – pregunta Luciano.

– ¡No, nada! – responde con vergüenza, deseando que sus palabras hayan sonado ininteligibles para el otro.

– Pensé que estabas apurado, pero no veo que te alistes para bañarte. Je, je.

– Es que, es que estaba pensando en… tanto asunto de la Universidad, pero tienes razón: mejor me apuro. – titubea al intentar explicar su conducta.

Mientras termina la conversación, Rodrigo extrae el jabón y la toalla que carga en su mochila, se desnuda en cuestión de segundos y rápidamente camina hacia una de las duchas más alejadas de los casilleros porque si Luciano sólo buscaba bañarse, se conformaría con quedarse en una de las primeras duchas, que estaban frente a él. Sucede tal como razonó Rodrigo: Luciano se queda en la primera ducha y se enfoca en bañarse, no intercambiando más conversación con él. Sin embargo, a pesar de la distancia que los separaba, ambos hombres podían verse (y comunicarse) entre sí lo deseaban… y lo deseaban. Mientras Rodrigo enjabonaba su cara, Luciano observaba su cuerpo desnudo, lampiño y mojado.

Aunque no podía hacerlo con todo el detalle y la cercanía que le habría gustado, la escena le parecía un espectáculo. Observa cómo esos bíceps, esas caderas, esos muslos bien formados empiezan a perder el jabón del que están cubiertos al recibir el constante flujo de agua que cae sobre Rodrigo en caída libre. Ahora su atención se centra en ver como el forzudo joven escurre su cabeza y aprecia la belleza de sus rasgos faciales cubiertos de agua.

De la misma manera, cuando Luciano realiza esta misma operación de aplicarse jabón y “shampoo”, Rodrigo, consciente de que tendría cerrados los ojos al recibir el chorro de agua, también le devuelve una mirada examinadora. Es entonces cuando pensamientos intrusos invaden su mente, arrepintiéndose de no haberse quedado en una de las primeras duchas. Se imagina a Luciano aprovechando la cercanía entre las duchas para continuar coqueteando y, finalmente, besarlo abruptamente.

Rodrigo termina de ducharse antes que Luciano, abandona la zona de duchas y se apresura para vestirse. Luciano nota discretamente los movimientos de Rodrigo, pero actúa normal. No está desesperado ni tampoco quiere aparentarlo. Rodrigo considera que ya había sido lo suficientemente valiente como para tener derecho a irse sin despedirse… y sin secar adecuadamente su cuerpo antes de ponerse una juvenil camisa de mangas largas y sus acostumbrados pantalones entallados.

Poco después de que Rodrigo se retira del recito, Luciano sale de los vestidores espera encontrarlo entre la gente. Está casi seguro de encontrarlo, pero al no hacerlo, recuerda que le dijo que tenía prisa por llegar a la Universidad mientras piensa “ya habrá tiempo”, ignorando que la verdadera urgencia de Rodrigo obedecía a su temor ante el riesgo de que sus deseos sexuales se descontrolaran y terminaran follando en plenos vestidores.

Mientras aborda una unidad de transporte colectivo, Rodrigo piensa “¡qué estupidez!”, haciendo un esfuerzo por romper con todos esos pensamientos homoeróticos que automáticamente estaban invadiendo su mente. Está claro que Rodrigo hoy no era dueño de sus pensamientos, pero en cambio, sí era capaz de reconocer que no todo estaba mal: la singular situación lo ha puesto de buen humor y cada vez es más fácil de admitirlo para sí mismo. Indiscutiblemente, Luciano le había agradado mucho… tal vez, demasiado. Después de todo, le debía su primera alegría en tres días, cosa extraña… y digna de agradecer después de haber vivido el caótico fin de semana que tuvo.

Cuando Rodrigo llega a la Universidad, reconoce las siluetas de Roberto y de Samuel, quienes van caminando algunos metros adelante y hablando entre ellos. De no haber estado peleado con su hermano, Rodrigo se habría acercado para desearles “buena suerte” en el importante examen que tienen hoy, pero considerando que era demasiado temprano para amargarse el día con discusiones inútiles, evita acercarse a ellos. Sin embargo, Samuel sí distingue a Rodrigo pasando de largo.

– Allá va tu hermano. Deberías plantearle la duda que tienes. – aconseja Samuel.

– ¡No jodas! ¿Para qué? ¿Para que me eche en cara que no estoy listo para el examen? – responde Roberto, incómodo.

– Bueno, es una sugerencia. Como no me entendiste cuando yo te lo expliqué…

– Lo sé, pero ese remedio es peor que la enfermedad. Además, de seguro tampoco le entendería a él…

Mientras ambos jóvenes, ojerosos y soñolientos, se dirigen al salón de clase en el cual se realizará el temible examen en menos de media hora, Rodrigo se dirige a la oficina del Ing. Saúl para devolver los exámenes que calificó el viernes. Mientras se saludan y conversan, Rodrigo no puede evitar pensar en que Saúl es un hombre de edad madura, pero que está bien conservado, se ve mucho más joven de su edad y que posiblemente no tenga nada que envidiar a sus jóvenes alumnos.

Aunque esta idea se enciende provocando un chispazo en su mente, ésta la ahoga rápidamente, rehusándose a ser incendiada por esos pensamientos que había conseguido apagar durante su trayecto hacia la Universidad. La amena conversación con su ex profesor y ahora jefe facilita las cosas al tratar temas interesantes… y desvinculados al sexo. Ambos están frente a frente, mostrándose animados mientras platican. Mientras Saúl mueve sus manos mientras habla, las de Rodrigo sostienen una bolsa de papel que contiene los exámenes calificados.

– Pues te agradezco tu eficiencia para calificar este control tan rápido. – verbaliza Saúl.

– Es que quería adelantar con este para que no se juntara con la evaluación de hoy. Le adelanto que hay buenas calificaciones. – responde Rodrigo con genuina humildad.

– A ver si eso sucede con el examen de hoy… ¡Hoy no van a tener acceso a los apuntes! Ja, ja, ja Te doy las gracias otra vez.

– De nada, me alegra ser útil.

– Sólo espero que este cargo no te afecte con tus otras materias.

– Sé que son muchas cosas las que tengo que atender, pero la clave está en saberse organizar y estoy haciendo. – enfatiza al percibir que su capacidad de trabajo está siendo cuestionada.

– ¿Y estás seguro de que te funciona? Je, je – pregunta con amabilidad.

– Yo creo que sí y aquí está una prueba de eso. Je, je – afirma mientras agita la bolsa de papel que tiene en sus manos.

– Eso veo y no dudo de tu trabajo, pero me parece que has andado apurado con tanta responsabilidad y no te ha quedado tiempo para tus cosas.

– Creo que, en parte, así es la vida del estudiante aplicado, pero ¿por qué le ha parecido que ando en apuros? Je, je.

– Es que veo que tu cabello está muy mojado. Supongo que el trabajo te consumió mucho tiempo, no pudiste dormir bien y se te hizo tarde. Je, je.

– Ahhh… Pues en realidad eso no es por el trabajo. La verdad es que no califiqué el fin de semana porque terminé de calificar el viernes, pero es que… no me quedó suficiente tiempo para bañarme hoy… porque me baño en el gimnasio al que voy… y todas las duchas estaban ocupadas y tuve que esperar. En realidad sí dormí bastante. – balbucea avergonzado al tener que volver a disfrazar lo que hizo (y le hicieron) entre viernes y lunes.

– Bueno, como ya me lo aclaraste, no me preocupo. Je, je  De hecho, te ves muy bien así.

– ¿En serio lo cree? – pregunta con auténtica ingenuidad mientras una pequeña nueva chispa se prende en su mente.

– Claro que sí, es como que un deportista como tú haya estado nadando en la piscina y haya corrido a ponerse su ropa encima. –dice mientras se aproxima más al joven.

– Eso es exactamente lo que pasó, excepto porque el deporte era levantamiento de pesas. Je, je – presume gozando los halagos de su profesor.

– El deporte es lo de menos. – señala mientras amistosamente pone su mano sobre el hombro de Rodrigo.

– ¿Qué quiere decir?

– Que creo que el tiempo que tú has pasado haciendo deporte supera al tiempo que yo llevo impartiendo clases.

– Bueno, siempre me gustó el fútbol, la natación, el ciclismo…  

– ¡Y tu dedicación salta a la vista! – le interrumpe animado mientras aprieta el bíceps del brazo izquierdo de Rodrigo.

A Rodrigo le resulta tan desconcertante esto que lo deja literalmente sin palabras. Automáticamente, se encienden otra vez las ideas intrusas contenidas en su mente inflamable que ya empezó a arder. Su piel está sensible y ese tipo de contacto físico podía resultar “peligroso”. Lo sabe, como también sabe que, sin abandonar la diplomacia, debe quitarse la mano de Saúl de encima.

El problema es que lo que en realidad le inquieta abandonar no es la diplomacia, sino ese firme roce de la mano de Saúl a los músculos de su brazo. Pese a no ser una caricia, le produce una sensación muy erótica que, en lugar de limitarse a su brazo, se extiende progresivamente a su pecho y su espalda.

Rodrigo no habría tenido ningún problema en ser asertivo y “hacerse respetar”, ni siquiera ante una figura de autoridad, como lo es Saúl. Sin embargo, cuando su deseo sexual está despierto, las situaciones se relativizan bastante para Rodrigo. Y la situación que está ocurriendo ahora mismo no es la excepción.

Saúl nota la agitación de Rodrigo, pero en lugar de temer incomodarlo con su cercanía corporal, desplaza su mano hacia la espalda de Rodrigo, quien empieza a imaginar que lo que no ocurrió antes en el gimnasio ocurrirá ahora en la oficina. Al menos sería con su profesor; y no, con un desconocido. Al menos es un espacio cerrado al que nadie accede sin la correspondiente llave. Ante el enigmático silencio de Rodrigo, Saúl reanuda la conversación.

– Por lo que veo, estás más mojado de lo que pensaba.

– ¿¡De qué habla!? – pregunta Rodrigo, no sabiendo cómo reaccionar.

– A tu espalda. Estás empapado… y caliente. Creo que la humedad no es por la ducha, sino que estás sudando. – afirma sin despegar su mano.

– Bueno, ya va a ser la hora del examen, así que yo le dejo las evaluaciones calificadas ya… – dice mientras utiliza la entrega de la bolsa de papel como una excusa para escapar de la situación, pero al hacerlo de forma repentina y torpe, termina arrojando la bolsa al suelo causando que los exámenes salgan disparados de la misma.

– ¡Perdón, ingeniero! – exclama Rodrigo profundamente avergonzado mientras se agacha para recoger las evaluaciones.

– ¡No pasa nada hombre! Se te escapó de las manos… literalmente. Ja, ja, ja, ja – bromea Saúl dejando escapar una ruidosa carcajada.

Rodrigo se siente un poco aliviado de que Saúl se tomara con humor su torpeza, pero el sonido de su risa lo distrae durante un instante. Mientras está terminando de recoger las evaluaciones para volver a ordenarlas tal como estaban en la bolsa, Saúl aparece frente a él con un traje formal.

– Ponte esto. – ordena amablemente Saúl.

– ¿Qué? – responde Rodrigo, temiendo parecer estúpido, pero sin saber qué decir.

– Estás muy nervioso. Supongo que por el asunto de que estás mojado… por el sudor. Será mejor que te pongas este traje. – razona.

– ¿Pero no cree que es inapropiado para la ocasión? Quiero decir que es un traje muy bonito, pero puedo verme ridículo llegando a cuidar el examen así.

– Pues, aunque te dije que te ves bien, sería mejor que llegaras con él que húmedo y nervioso. Recuerda que no debes demostrar debilidad ante los estudiantes.

– Bueno, está bien, pero… ¿dónde me cambio? – pregunta lógicamente.

– Aquí mismo. Después de todo, somos hombres, ¿no? Je, je – verbaliza tranquilamente la lógica respuesta que temía Rodrigo.

Para comentarios o sugerencias, escriba a:

 maxival91@gmail.com

CONTINUARÁ…

Julio César (no es mío).

NOTA: ¡Al fin! Ni imaginan cuánto esperaba por la continuación de esta historia.

EL CAMBIO… 44

diciembre 7, 2017

EL CAMBIO                         … 43

   Basado en una idea QUE NO ES MIA. Es una adaptación. No digo más, por ahora, no contacto aún al autor. Es un cuento de los que llaman de lenta construcción.

   Lo quiere todo…

……

   -No, claro que no…

   -En serio, ¡no lo soy! –jadea, con convicción.

   -¿No lo eres y me la exprimes con ganas? ¡Eres un marica, amigo! ¡Un enorme maricón!

   Las palabras le desconciertan. ¿Sería cierto? Bien, lo estaba gozando, si, pero…

   -¿Lo soy? –le pregunta, como si tal cosa fuera importante que se la explicaran. Pero no llega a abrir la boca el otro, para agregar algo seguramente ofensivo o burlón, mientras se la empuja hasta el fondo, cuando…- ¡Ahhh, ahhh, si, si! –casi bizquea y chilla, mirándole aún sobre un hombro, justo cuando alcanza la gloria. Su próstata, sensibilizada, golpeada una y otra vez por la cabeza de esa verga, estalla. Tensa aún más la espalda, apretando sus entrañas mientras se corre abundantemente y moja el bikini que no ha bajado del todo. Su agujero se cierra duro sobre el otro tolete que sigue cepillándole la pepa, abriéndose camino hasta el fondo.

   -¡Te corriste sin tocarte! ¡Eres tan puto! –le grita el cabo, nalgueándole tan duro que la mano le arde, clavándosela toda. La verga se le pone aún más tiesa cuando esas entrañas se cierran sobre ella, el semen la recorre, le quema, y, teniéndole bien enchufado, aferrándose a su cintura como para no caer, se corre una y otra vez, chillando mientras lo llena bastante con su esperma.

   Y mientras el joven cabo se corría, teniéndosela bien clavada, Jeffrey, todavía en los vaporones de su propio clímax, alza el sonriente rostro, sintiéndose bañado por toda esa esperma caliente que le golpea, quema y chorrea, toda una marea de masculinidad que lo nutre. Ignoran que ambos jadean bajitos y roncos, que sus torsos subían y bajaban.

   -Mierda, eso fue… -gruñe Pelham a sus espaldas, sacándosela.- No, espera… -le dice para inmovilizarle, montándole una mano en la espaldota, con los ojos clavados en aquellas nalgas abiertas, sobre el agujero pulsante de donde mana la esperma.- Joder, mi leche chorreando del culo de otro carajo… -ríe bajito, maravillado, sintiéndose sucio y sexy.

   -¿Te… gustó? ¿Cogerme? –como preocupado de repente, Jeffrey le mira sobre uno de sus recios hombros. Sus ojos se encuentran.

   -Fue… diferente, muy distinto a cuando… Si, carajo, me encantó. –admite, riendo, pero más como para sí mismo. Recordando las veces que, uno que otro tipo, pareció insinuársele. De saber que era así, habría hecho su agosto en el colegio. Y en el desierto.

   -Me alegra. –sonríe el enorme marine, como si eso borrara cualquier nube en su vida, alzándose cuan alto y musculoso es, subiéndose el bikini que se moja de esperma, algo que eriza al otro. Volviéndose, muestra el frente de esa vainita toda empapada, como si hubiera disparado una cubeta de esperma. Pelham parpadea.- ¡Me muero de hambre! –exclama acercándose al camastro, tomando otra de esas camiseticas cortas y un shorts, o bóxer, corto, elástico, de color amarillo clarito. Uno que le cuesta subir, que no oculta ni disimula el que lleva un bikini oscuro. Y al caer en la cama, para ponerse las botas, Pelham parpadea nuevamente, maravillado. ¿No le molestaba la leche en el culo? ¿Toda la que tenía en el bikini? El olor… Bien, era un alegre marica. Un alegre, muy sexy y rico marica, rectifica sintiéndose algo erizado mientras se guarda su propia barra chorreada de esperma, pensando en ir a lavarse.

   -Debo volver a mi puesto. –informa, sintiéndose tonto al recordar ahora su deber, congelándose ante la alegre mirada inocentona y suplicante.

   -Entonces, ¿no te quedas a almorzar conmigo?

……

   -¿Qué demuestra todo esto, fuera de lo calentorros que son? –pregunta Hessler viendo a los dos hombres compartir la mesa.- Esto hasta me parece… peligroso. El cabo olvida que debe estar alerta en su puesto.

   -Nuestro chico lo ató. Y si eso hace con él… -Larry sonríe, anotando algo en una carpeta.

   -Capitán… -todas las dudas aún se notan en el tono.

   -Pronto todo terminará, coronel, y lo verás por usted mismo.

……

   Así como hacía cuando almorzó y habló con Pelham, coqueteando a cierto nivel todo el tiempo, Jeffrey McCall parecía no poder dejar de sonreír, de sentirse satisfecho, realizado y contento con su vida… que no alcanzaba ningún pensamiento muy serio. Eso, de alguna manera, le producía paz, dejar de preocuparse por todo; y el saberse buenote, sensual, era la dicha. Así de simple, como simple eran ahora sus reacciones mentales, que no físicas. Vistiendo aquella camisetica y shorts, o bóxer, con sus botas, fue llevado después del almuerzo a realizar algunos ejercicios de coordinación física que le recordaron, vagamente, sus días de reclutamiento, cuando todo era nuevo y extenuante. Ahora le divertía. Era rápido de reflejos, también en respuestas, ágil… físicamente. Ni una vez se preguntó por qué le hacían repetir dichas rutinas. Ignora que la idea es que infiltre territorios enemigos, en selvas, desiertos o ciudades… venciendo a los machos a su paso con su sexo. Agotándolos. Sometiéndoles.

CONTINÚA … 45

Julio César.

EL PEPAZO… 87

diciembre 6, 2017

EL PEPAZO                          … 86

De K.

   Metido en la trampa…

……

   Los otros cinco hombres se quedan paralizados, incluso Jacinto, quien en ese momento había bajado su culo vicioso tragándose casi completamente los dos toletes, y tenía los labios pegados del pubis de Smith, el marine mayor. Cinco pares de ojos enfocan al recién llegado, un carajo joven y guapetón de fino y negro cabello peinado hacia atrás, que llevaba una artística y cultivada sombra de barba y bigote en la cara, y vestía un buen traje que evidenciaba que era un invitado a la fiesta en la embajada. Este ríe bajo sus miradas, acercándose más, con paso inseguro, ebrio.

   -Hey, no se alarmen, no voy a gritar como hacia este amigo clavado entre tantas pingas… -y ríe de su propio chiste.- Sólo quiero… jugar.

   El joven, hijo de cierto embajador estacionado en el país, famoso por las borracheras que agarraba hasta que tenía que ser desalojado por su gente para qué no los metiera en problemas, había abandonado el salón en busca de algo de aire fresco. No le había descompuesto el whisky que había consumido generosamente, sino un largo y feo poema que uno de los invitados estuviera recitando, sin notar, aparentemente, el que nadie le estaba prestando atención. Saliendo al jardín escuchó gruñidos y jadeos, y acercándose como antes hiciera el otro guardaespaldas, creyendo también que pillaría a una parejita follando, se había llevado aquella supresa. Encontrar a un tipo joven y musculoso ensartado, literalmente, entre pollas. Y él, que esperaba ver únicamente la de un tipo que follaba a una chica, quedó trastornado. Ahora, ante ellos, se relame los labios.

   -¿No hay nada para mí?

   -Amigou… -Taylor, el más joven de los marines, va hacia él, su verga blanco rojiza, pecosa, bamboleándose en el aire.- Welcome… -le sonríe y se señala la pieza entre las piernas. Había notado las miradas y las intensiones del carajo.

   -Thank you. –respondió este, cayendo de rodillas con abandono, y tragándosela con un gruñido.

   Nada más verle, sintiéndose un poquito celoso al principio (¡todos esos carajos eran suyos!), Jacinto se excita otra vez. Al ver al joven bien vestido, con aire de fortuna y prestigio, mamándole la verga al joven marine con verdadera desesperación. Seguro que el becerrito llevaba rato esperando por tragarse una, se dice cálido de lujuria, comenzando otra vez su sube y baja sobre los dos machos que lo cogen, al tiempo que reinicia las mamadas al tercero.

   Los gemidos roncos y autoritarios de unos, de abandono, gozo y cachondez de otros, llenan la noche. Y mientras es llenado de vergas por todos lados, tres de ellas a un tiempo, Jacinto se eriza mirando al otro sujeto, bien vestido, apuesto, chupando como quien se moría de hambre, del tolete del riente marine que le susurra cosas, seguramente guarradas en su idioma. Y había algo caliente en eso, en verle sometido así también al encanto y embrujo de las vergas. Saber que otros podían sentirlo, entender esa necesidad de… Ronronea y cierra los ojos, apretando duro sus entrañas cuando los machos pierden el ritmo, y la de Rigoberto le sale, frotándole, mientras la de White se le clava, empujándole todo, y los pelos púbicos de Smith le llenan las fosas nasales.

   Un ronco gemido le obliga a abrir los ojos y mira al tipo medio borracho que vino de la fiesta, quien, con la boca muy abierta, intenta atrapar la verga que un riente Taylor mantiene lejos de ella mientras le azota y moja la cara con la pieza bañada de saliva. Y al forzudo joven no deja de estremecerle el pensar que poco antes esa misma barra le llenaba el culo y ahora otro chico la mamaba y la gozaba. La cara del apuesto sujeto, cuyo cabello le cae ahora sobre la frente, medio cubriéndole un ojo, brilla a la luz de la noche con toda esa espesa saliva, sus labios chasqueando intentando atrapar otra vez el ansiado falo; el cual, finalmente apiadándose, queda a su alcance y los tersos labios lo cubren mientras gime ahogadamente, tomándolo palmo a palmo, hasta tenerlo todo, como tanto desea. Por su parte, los toletes iban y venían pero Jacinto sabía que no podía sostener mucho tiempo más esa postura, le costaba mantenerse firme, ¡y los dos toletes en su culo eran grandes!, así que retira su golosa boca del tronco pulsante y rico que nutria su lengua, gimiendo que se las sacaran.

   Lo hacen, y con piernas temblorosas a pesar de lo musculosas, da uno o dos pasos para estabilizarse; aliviado de la postura que le acalambró los muslos y la baja espalda, pero su agujero y su lengua extrañaban las vergas. Afortunadamente sus machos no le abandonan. Les oye hablar entre ellos, algo asertivamente, como si discutieran los términos de una rendición, o la entrada a un territorio enemigo y finalmente les ve acercarse, a Smith, White y Rigoberto, dos de ellos con sus vergas fueras de los pantalones abiertos, el otro con estos, y el bóxer, en sus tobillos. A la luz de la luna al joven le parece que no hay vista mejor, tres buenos machos bien armados buscándole para darle. Lo piensa y su culo titila salvajemente, mojándosele otra vez, picándole intensamente.

   -Hey, Contreras… -Rigoberto se detiene a su lado, ¿avergonzado y excitado?, tal vez, pero a Jacinto no le da tiempo de pensar mucho cuando las manotas de este le atrapan y aprietan los recios hombros.- Queremos más culo. Joder, lo tienes que… -suena maravillado, y el otro se esponja. Le encanta escuchar aquello, pero ya el hombre de color mira al recién llegado.- Los gringos también quieren culo, amigo… Tu culo. Pélalo.

   -¿Pelarlo? –parece confuso el tío de rodillas, la cara mojada a centímetros del tolete, la respiración jadeante.

   -Si, bájate un poco el pantalón. –le aclara.- Te lo van a llenar de vergas, si quieres. -el tipo ríe.

   -¡Chingo! –chilla, todo dientes y ánimos, arrodillado, desatando el cinturón. Los marines ríen.

   -¿Listo para más? –algo serio, Rigoberto le pregunta a Jacinto, al rostro, aún reteniéndole por los hombros, ambos compartiendo el calor de sus pieles, y un momento.- Amo… -se atraganta y avergüenza un poco.- …Me gusta un montón como me lo aprietas.

CONTINÚA…

Julio César.

NOTA: Lo siento, K, debí quitar algunos modismos que usaste, los fonéticos, el corrector no me dejaba en paz.

EL CAMBIO… 43

diciembre 6, 2017

EL CAMBIO                         … 42

   Basado en una idea QUE NO ES MIA. Es una adaptación. No digo más, por ahora, no contacto aún al autor. Es un cuento de los que llaman de lenta construcción.

 Lo quiere todo…

……

   Se lo mira, tras el marine, en un espejo, la nuca de pelillos rubios, el corte de cabello tipo militar, los hombros anchos, la espalda recia, la cintura estrecha, esas nalgas abiertas entre las cuales ha desaparecido el bikini… Y por primera vez en su vida, Pelham se pregunta qué se sentiría clavársela a un tío. Y la sola idea le trastorna. Porque quiere, no, ¡porque necesita enterrársela por el culo! Clavársela duro, muy duro, hasta hacerle gritar y chillar, como hace ahora mientras mama. La sola imagen mental le eriza todo.

   -Quiero enterrártela, marica. –ruge con voz ronca, intentando levantar la mole que es el otro hombre halándole por los brazos.

   Con mirada confusa, parpadeante, Jeffrey duda como si no entendiera un punto y al final obedece, superándole en altura, su pechote subiendo y bajando con leve esfuerzo, regulándose… y la propia verga halando de manera obscena, muy obscena, el bikini oscuro.

   -No soy marica. –niega con el mismo tono como aclararía que no, no viene de Marte.

   -Claro. –gruñe el otro, la verga temblándole de ganas.

   Con manos torpes, frenéticas, Pelham guía al otro para que apoye las propias manos en la mesa, dándole la espalda, y tras él va. Al cabo la verga le bota una buena cantidad de líquidos ante esas nalgotas firmes que se tragaban prácticamente toda la telita elástica, la cual ocupaba espacio y se las separaba. Tomándose un segundo para meter la mano entre el bikini y la ardiente piel del chico, con dificultad dado lo ajustado del asunto, disfruta medio bajándolo, descubriendo otra vez ese trasero redondo y duro, esa raja lisa, ese culo arrugadito y lampiño. Y todavía le toca notar la mirada del carajo, sobre un hombro, quien parece ansioso.

   Casi jadeando, Pelham recorre la tersa piel de los glúteos con su verga, recreándose en ello, mojándolos, azotándolos, riéndose al ver cómo le rebota contra la dura piel. Y con el glande, afincándose en la punta de los dedos de los pies para alcanzar la altura, recorre esa raja ardiente, botando más jugos Y cerrando los ojos, rostro al frente, sonriendo de manera expectante, Jeffrey espera y se estremece… Y arde. Su culo está completamente empapado de expectación.

   -¿La quieres? –Pelham le pregunta, muy incómodo en la postura, empujando sin penetrar en aquel agujero todavía cerrado.

   -Si, si, métemela, marine… -jadea Jeffrey, rojo de pómulos, sin volver el rostro de ojos cerrados.- ¡Ahhh…! -tiembla cuando siente esa cabecita suave, lisa y ancha empujándose contra su entrada.

   Tal vez Pelham fuera un carajo juguetón que se habría divertido incitándole más y más al verle tan ansioso, rozándole con la lisa punta, empujando sin meter, disfrutando de exasperar el titilante y tembloroso agujero hasta hacer chillar aún más al ese sujeto alto y fornido, pero la verdad es que ya quería clávasela por el culo. Deseaba vivir la experiencia de culear a un carajo, y a uno que era más grande que él, así que lanzándose dos escupitajos en la mano, demostrando que era todo un marine, se lubrica el falo, apoyándolo otra vez y empujando, temblando al sentir el contacto, al ir metiéndole la membrana, al ir clavando la cabeza de su nabo en un agujero que parecía pequeño, forzándolo, lográndolo, gimiendo igual que ese tipo, que se tensa y enrojece todo mientras va clavándole centímetro a centímetro su tolete, el cual es apretado y halado con fuerza por las sedosas y ardientes entrañas. Joder, ¿así se sentía el culo de un tío?

   Aferrando con fuerza la mesa, casi derribando las bandejas, Jeffrey cierra los ojos y ríe de gozo mientras ese carajo lo encula ahora con fuerza y pasión, metiéndosela duro hasta los pelos, golpeando contra sus nalgas, dándole con las bolas que sacó del pantalón, sacándosela hasta el glande, recorriéndole todo, rozándole, estimulándole. Sabe que sus entrañas buscan aquella verga, que la aprietan, la gozan, y la punta, después de cuatro o cinco golpes, parece encontrarle el punto exacto y todo él se arquea, muy tenso, lanzando una larga carcajada aguada, mientras sonríe de manera beatifica, en el nirvana mientras un carajo le trabaja con su güevo el agujero. Sus musculosos muslos se ven cubiertos por los del cabo, este llevando pantalón, mientras le saca y le mete la barra de las entrañas; adentro y afuera, rítmicamente, sin parar, agitándole las duras nalgas con los golpes de pelvis, la cilíndrica barra abriéndole mientras se la mete completamente.

   -Toma, toma, tómala toda, cabrón. -rugía Pelham, con los dientes apretados en una mueca, notando sus reflejos en uno de los espejos, el enorme contraste entre las alturas y musculaturas; él, más bajo y delgado follándose y haciendo gritar con gozo de puta barata a ese sujeto que ríe y gimotea al comenzar a echar su culo hacia atrás, refregándole las nalgas de la pelvis, ordeñándosela con ganas.

   Abriendo los empañados ojos, también Jeffrey se mira en otro de los espejos; ve al bajo y delgado macho que lo embiste como un toro recio, y él el musculoso sumiso que recibe güevo. Todo era perfecto, susurraba una vocecita en su cabeza. Pero no era tan pasivo, ¿verdad? Uno iba contra el otro, tolete contra agujero, macho contra macho, la cilíndrica pieza abriéndose camino en aquel culo liso, entrando y saliendo, sacándole y metiéndole las membranas, los labios, los golpes llenando el cuarto, los gemidos y gruñidos haciendo coro. Cinco, ocho, diez, doce minutos de eso, de embestidas duras, de casi sentadas del nalgón sobre ese regazo. De los toma, toma…

   -¡Baja el culo, marica! –le grita Pelham, cansado de estar sobre las puntas de las botas, y Jeffrey lo hace, aunque frunce el ceño.

   -¡No soy marica! –chilla, enojándose un poco por la risa del otro.

CONTINÚA … 44

Julio César.

EL CAMBIO… 42

diciembre 4, 2017

EL CAMBIO                         … 41

   Basado en una idea QUE NO ES MIA. Es una adaptación. No digo más, por ahora, no contacto aún al autor. Es un cuento de los que llaman de lenta construcción.

   Lo quiere todo…

……

   -¿Cómo…? –se atraganta. Y más cuando el otro se vuelve, todo tetón, con todos esos cuadros marcándose en su abdomen… la diminuta pieza en forma de triangulo invertido que abraza de algún manera unos genitales que parecen demasiado grandes. Y la sonrisa pícara del joven hombre. Del hermoso hombre, reconoce nuevamente estremeciéndose.

   -Para almorzar… ¿no ves algo que te apetezca? –le aclara, o lo parece, señalándole la mesa atiborrada, aunque el tono implicaba muchas otras cosas más.

   ¡Al mierda!, ese marica quería acción, se dice el joven enderezando los hombros, con una carga de adrenalina recorriendo sus venas.

   -¿Sabes qué? Si, algo se me antoja… -mira la mesa.- Veo que te envían muchas cosas, pero me pregunto… ¿no faltará algo que quieras llevarte a la boca y saborearlo ahora mismo? –se siente osado, y divertido. Todavía probándole. Y se estremece, fuerte, cuando la brillante mirada de aquel carajote metido en aquel bikincito baja codiciosa a su bragueta, donde sabe que destaca su verga más que medio morcillona. Interesada, indiferente a su parecer hétero, en la propuesta.

   -Joder… -gruñe mitrando la escena, el coronel Hessler, sentado en aquel cuarto de monitoreo donde otros dos especialistas hacen su trabajo, mecánicamente, casi indiferentes a lo que ocurre, algo sorprendente si se tomaba en cuenta todo lo… perturbador que era lo que presenciaban y escuchaban. Sus colegas se han marchado, únicamente quedan él y el doctor, y capitán de la Naval, Larry O’Donnell. Cruza una mirada con este, que sonríe beatíficamente.

   -Si, el cabo es heterosexual, un tipo joven con sangre muy roja y muy caliente en las venas. Le gustan las hembras, pero… -se encoge de hombros.- Su misma sensualidad responde a un sujeto como nuestro chico. Y él no viene de ninguna sequia sexual.

   -¿Por qué no probó con él antes, antes que con el otro, el cual pareció tan trastornado… después del experimento? –siente curiosidad.

   -Porque era más fácil que el cabo Down respondiera, por su falta de sexo previo; estaba de anteojitos que se lanzaría sobre el manjar ofrecido. Y así nuestro chico ganaba confianza frente a un extraño. Ahora se siente más osado y no teme lanzarse tras lo que quiere.

   -¿Una verga? -gruñe el coronel, y no le agrada la risilla de O’Donnell.

   -Si, al marine McCall ya no deben parecerle tan desagradables los maricas.

   Jeffrey se siente caliente, mucho, y osado, atrevido, travieso. Así que sonriéndole al otro, como retándole a que retrocediera, se le acercó, disfrutando de la mirada del más bajito sobre su cuerpo recio e increíble. Y alzando una de sus manota atrapó el entrepiernas del otro, mirándole, retándole a detenerle, a huir, pero este, recorriendo con la vista toda la habitación como temiendo que alguien los observara (obviamente no le habían contado nada), tragó en seco, sonrió y se dejó sobar, palpar por la mano fuerte de ese tipo musculosos como culturista.

   El marine más joven, pero más alto y mucho más recio, baja y el bikincito casi desaparece entre sus nalgas redondas y duras, y aunque está de rodillas, aún tiene que bajar bastante sus hombros e inclinar el rostro para olfatear aquella bragueta mientras la abre ansiosamente, los ojos brillando de ganas a la vista de la erección.

   -Amigo, calma… -jadea, ronco y riente, Pelham, mientras el otro desata su cinturón, abre el pantalón y saca su verga del bóxer holgado gris que lleva.

   Casi ronroneando de gustó, Jeffrey acercó el rostro a esa pieza, olfateándola, llenándose las fosas nasales con su aroma, estimulándose; con la punta de la lengua la recorrió por su cara posterior, quemándosela al hacerlo, quemando también al otro, que se agita a su paso. La lengua va y viene, ensalivando, lamiendo, los labios reparten besitos, notándose que quiere agradecerle el que se la entregue. La boca se cierra suavemente sobre su glande, chupando, y Pelham jadea ahogado, pero nada a cuando esa boca va tragándose palmo a palmo su tolete tan tieso y duro desde que la lengua cruzara su cara posterior.

   El marine, ojos cerrados, grandote y de rodillas, la nalgas abiertas, ronronea mientras va y viene, chupando, halando, apretando, ladeando el rostro en un sentido y el otro mientras la tiene aprisionada entre sus mejillas. Succionando con fuerza en todo momento, y Pelham abre mucho los ojos y la boca, de donde escapa un gemido de éxtasis mientras cae sentado sobre la mesa ocupada con los olvidados alimentos. Jeffrey podía tener hambre de carne y carbohidratos, pero era obvio que el antojo de verga era mayor. Y chupaba y chupaba con gula, ruidoso.

   El impresionante hombre va y viene, tragando, succionando, disfrutando de sentir la pieza pulsando sobre su lengua, dejándola mojada de jugos. La mano que cae tras su nunca, le excita. Escucharle gruñir que se la chupe, que le saque la leche, le tiene mal de calenturas. El joven Pelham está totalmente entregado cuando, medio parándose, comienza a embestirle la boca, sacándole y metiéndole la verga hasta la garganta, donde la dejaba unos segundos para gozar de las mamadas que esta le daba, la manzana de Adán de Jeffrey subiendo y bajando ansiosamente.

   Se lo mira, tras el marine, en un espejo, la nuca de pelillos rubios, el corte de cabello tipo militar, los hombros anchos, la espalda recia, la cintura estrecha, esas nalgas abiertas entre las cuales ha desaparecido el bikini… Y por primera vez en su vida, Pelham se pregunta qué se sentiría clavársela a un tío. Y la sola idea le trastorna. Porque quiere, no, ¡porque necesita enterrársela por el culo!

CONTINÚA … 43

Julio César.

RECLAMO EN LA PLAYA… 10

diciembre 2, 2017

RECLAMO EN LA PLAYA                         … 9

De EdwJc

   -¿Qué…?! No. ¡No!, yo… -ríe nerviosamente el otro hombre, rojo de cara.

   Felipe, sintiéndose arder de vergüenza y algo más, no sabe si quiere que salga o no, estremeciéndose ante la duda, mirándole mientras chupa de aquel güevo tieso y babeante, sintiendo el peso del brazo en su espalda, notando la mirada del recién llegado, cayendo traidoramente, sobre sus nalgas abierta, allí donde el señor Cortez saca y mete un dedo de su culo.

   -Le harías un favor, está hambriento. Es una puta de baños reputa.

   -Sí, pero a mí no me gusta eso…

   -¿No te gusta que te lo chupen?, ¿qué una boca golosa te lo trabaje rico, que veas que se vuelven locos succionando porque no hay otro tolete como el tuyo? –el otro alza una ceja burlón, tanteándole la entrada a Felipe con dos dedos, dándole golpecitos, provocándole un gemido y un estremecimiento que no pasa desapercibido al otro.- ¿Ves lo perras que es? ¿Lo guarro y cachondo? ¿No te llega su aroma a puta depravada? Está que se quema con las ganas de güevos.

   -¡Maldito maricón! –ruge el recién llegado, la verga latiéndole bajo el bermudas, acercándoseles, sacándosela, realmente creciéndole.

   -Vamos, marica, atiende a la visita; que vea lo puto que eres. –le gruñe el hombre al muchacho que tiene todo su tolete tragado, mientras le resuella en el muslo arriba. Enredando los dedos en su cabello, le hala con fuerza.

   -Ay… -gimotea Felipe, sintiéndose atrapado, expuesto, ultrajado, encarando ahora el tolete de ese carajo que se detiene a medio paso.- No, yo…

   Es silenciado cuando el señor Cortez le empuja la cara, roja y manchada de saliva y espesos jugos de verga, contrala barra del desconocido. Y, tal vez actuando en automático, el joven abre la boca y la cubre hasta la mitad antes de cerrar los labios y rozarla con su lengua, sintiéndola caliente.

   -¡Dios! –gruñe ese tipito, jadeando contenido y temblando.- Joder…

   Está sorprendido y caliente, la boca del guapo muchacho le dio tremenda chupada, sorbiendo con ganas, antes de retirarse un poco, sobándosela, para luego caer y cubrir más, quemándole con el aliento, notándose que, efectivamente, estaba hambriento de güevos. La idea, dejarse mamar el tolete, algo siempre sabroso, en un baño de hombres, era tan sucio y prohibido que siente como se le termina de poner dura en dos segundos dentro de aquella boca masculina. Se estremece al pensarlo: quiere dejársela bien llena de esperma.

   -Vamos, perra, chupa como me decías que querías hacer, mamársela a todos los hombres del mundo mientras gritas que eres una puta regalada. –dice el señor Cortez, guiándole con el puño en su suave cabello, de adelante atrás sobre la barra nueva, cruzando un leve mirada con el avergonzado muchacho que se siente humillado, ofendido… y excitado. Si, el putico gozaba, aunque no quisiera o pudiera admitirlo, de ser dominado, forzado, expuesto, humillado. Al ser tratado como puta ante otros.- Oh, sí, así, muestra cuánto te gusta, sírvete de los dos güevos que se te ofrecen, puta. –y se pone de pie, soltándole el cabello, con el otro sujeto lanzándole una leve mirada (para comparar, nada sexual en ello).

   Felipe no sabe qué le pasa, porque mientras jadea y resuella, y la saliva y la baba de güevos le escurre barbilla abajo, tragándose toda la tranca del desconocido, la deja y cae automáticamente sobre la del señor Cortez, chupándola y succionándola ávidamente, para regresar a la del recién llegado, pasando de un güevo al otro mientras gruñe y por alguna razón separa más sus rodillas, abriéndose, tomando cierta postura que hace sonreír al señor Cortez.

   -¡Coño, sí que es puta! –chilla el otro, tembloroso por lo caliente del momento, por esa boca tragándoselo todo, esa garganta chupándolo, esa lengua lamiéndolo y sobándolo. Y todavía le nota ver cómo, allí, al lado, va y se traga la del otro. Era una escena tan sucia y caliente…

   Todo le da vueltas a Felipe mientras chupa y succiona de una verga a la otra, gimiendo al escuchar lo sucio que es, lo marica que era, una vergüenza para los hombres. Traga toda la del desconocido, algo menos larga o gruesa, y aspira de su bragueta abierta, luego sale, dejándola brillante de saliva, goteando, pulsando horizontalizada, y cae sobre la del señor Cortez, tragándola también, jadeando mientras lo hace, tan gruesa. En un momento dado la barra del recién llegado queda entre sus dientes y la mejilla, abultándola obscenamente, y el señor Cortez, llamándole puto mariconcito en todo momento, le azotó con la suya por fuera, haciendo gemir y estremecer a todos. Todo es caliente, sucio, sexual. Las dos puntas de vergas compiten por entrar en esa boca salivosa, por sus besos y lamidas, las dos golpean a un tiempo, las dos quieren penetrar y le deforman la boca, y las tiene que chupar, perdidos los otros dos en su lujuria, como ocurre en esos momentos, indiferentes a lo cerca que esté un heterosexual de otro carajo, o de que sienta el calor, dureza y pulsadas de otro güevo contra el suyo. En esos momentos sólo pueden pensar en en una cosa: tomar y usar a la perra…

   En ese sanitario de vestuario de playa, tan sólo se oyen los toma, toma, puto, mientras dos carajos gruñen, con muecas y dientes apretados, cogiendo aquella boca, uno u otro, los dos a un tiempo, o dándole con los mojados toletes en la carita guapa y joven. También se oyen los jadeos de Felipe, las chupadas que da, sus profundas inspiraciones como necesitado de… ¿los olores?

   -Ya me lo calentaste bastante, mariconcito; vamos… -gruñe el señor Cortez.

   Felipe abre mucho los ojos, aún teniendo la boca ocupada con el güevo del desconocido, quien, respondiendo a alguna señal, le retiene allí con una mano sobre su nuca, cuando el otro hombre le atrapa la cintura y le obliga a ponerse de pie, quedando doblado al estar mamando, con el culo a la vista, apenas lo suficiente fuera del bóxer y el bañador. Expuesto… Y se alarma más cuando aquel hombre, a sus espaldas, le recorre duro las nalgas rojizas y levemente velludas, palmeándole como si comprobar su textura.

   -Qué culo tan bonito. –gruñe el señor Cortez, manos abiertas sobre esas nalgas turgentes, los pulgares enmarcando el ojete, halando hacia afuera, alisándoselo, abriéndoselo.- Seguro que todos en tu trabajo lo aman…

   -Si, seguro que un maricón como este lo tiene bien abierto. –gruñe el otro, halándole la cabeza al muchacho con una mano, gozando su papel de activo malo.- Seguro que en las fiestas le chorrean las siete leches…

   -No pareciera… tal vez todavía es virgen por aquí. –se burla el señor Cortez.- Tal vez espera por su príncipe azul…

   -Hufffggg… -jadea con la boca muy llena de güevo, Felipe, cuando dos dedos entran nuevamente en su ojete, hondo, abriéndole, estos separándose adentro y tijereando, preparándole.

   -Bien, sí ha esperado tanto por su primer amor para entregarle su cereza, debo hacerlo memorable, ¿no? –y Felipe se tensa más, los dedos salen y algo liso, esponjoso y caliente se apoya contra su entrada. Y sabe muy bien qué es.

   -Hey, ¿qué hacen aquí, pila de maricas? –ruge una nueva voz masculina.

CONTINÚA…

Julio César.

EL CAMBIO… 41

diciembre 2, 2017

EL CAMBIO                         … 40

   Basado en una idea QUE NO ES MIA. Es una adaptación. No digo más, por ahora, no contacto aún al autor. Es un cuento de los que llaman de lenta construcción.

   Lo quiere todo…

……

   -Oye, lo siento, no esperaba encontrar a nadie aquí; yo… Estoy saliendo de la ducha. ¿Quién eres tú? –chilla Jeffrey, así, chilla tontamente avergonzado y sonriente al haber entrado desnudo en su pieza y encontrar a alguien. Se miran por un largo momento, pasmados los dos, él por encontrar al tipo, el otro por verle tan grande, tan musculoso (y guapo, eso también lo nota), totalmente desnudo. Como recordándolo, tarde dado lo lento de ciertos reflejos mentales ahora, el marine lleva una de sus enormes manos a sus genitales, cubriéndolos. Sin sentirse alarmado.

   -Yo… he, soy el ordenanza, el cabo Stan Pelham. –responde el otro, un tipo bajito, compacto, esbelto, fuerte pero no musculoso, con un aire de ser atrevido y osado en su rostro blanco cobrizo por el sol, cabello muy negro, ojos muy azules, con un deje de irlandés. Lleva el pantalón camuflajeado, una franela gris y sus botas; y empujaba un carrito con una cantidad tal de alimentos que parecían para dos o tres marines. En verdad no estuvo muy contento cuando su compañero de guardia, Down, se retiró con un permiso intempestivo, viéndose raro casi al escapar a la carrera, y hora él debía encargarse de todo hasta que enviaran un suplente. Todo el asunto, cuidar las instalaciones, ocuparse del aseo y de cubrir los alimentos de alguien, recluido allí por alguna razón que nadie le aclaró, no le parecía muy malo o esforzado, al no ser que no podía ir a tomar un trago con los chicos. Todo le había parecido monótono, aburrido… por ello le desconcertó tanto encontrar a ese tipo grandote desnudo. ¡Y con ese cuerpo! Aunque heterosexual, el joven podía reconocer que otros se veían impresionantes, o mejor que él. O atractivos. Y ese tipo, unos años menor que él, lo era.- Tu almuerzo… aunque con tal cantidad parece que esperas visitas. –intenta bromear, extrañándose al verle enrojecer un poco, y sonreír.

   -¿Qué?, ¿una cita? –por alguna razón desconocida, viendo al muchacho guapo, Jeffrey se siente un poco travieso. Coqueto, se le acerca unos dos pasos, el cuerpo grande, algo mojado, la manota cubriéndole los genitales. Caliente de nuevo a pesar de toda la tanda de sexo con Down.

   -¿Cómo…?, ¿una cita? ¿Tú y yo? ¡No! –Pelham ríe algo atolondrado. ¿Ese tipo estaba coqueteándole? No le asusta, ni ofende, pero no era lo suyo.

   -Qué pena… almorzar acompañado siempre es mejor. –medio ronronea Jeffrey, aunque se dice internamente que debía controlarse, no parecer tan… regalado. Pero, joder, el chico, el cabo, era guapillo, y el brillo en sus ojos al mirarle, la sonrisa al entender del coqueteo, le provoca un calorcillo por dentro. Y siente como su verga comienza a latir un poco contra su mano, lista para emerger. Ahora parecía que sólo podía pensar en eso, en el sexo. Y le gusta.

   -Debo volver a mi puesto, yo… -sonriendo aturdido, Pelham intenta alejarse. Siendo lo suficientemente guapo, y estando con el uniforme que ayudaba, sabía notar cuando le gradaba a una chica. O a un chico, aunque no fuera lo suyo. Y ese carajote estaba enviándole esas señales. Joder, qué pectorales, ¡esos pezones eran inmensos!, seguro que los maridos se le pegaban a ellos hasta sacarle leche materna, piensa burlón, pero estremeciéndose involuntariamente ante la imagen de un carajo como su amigo Singer, un sujeto grande, aunque no tanto como este, barbudo, que sólo parecía poder pensar en el sexo, del que fuera, y hacía alusiones a ello a cada rato, metiéndole mano a cualquiera (en culos, generalmente), y decía cosas así sobre chupar de tetas masculinas. Imaginaba que Singer lo hacía, o decía, como un juego, pero…

   -Lástima. –exclama Jeffrey, sonriendo enrojecido, casi rodando los ojos él mismo por el mohín y el tonito coqueto que usa. Le da la espalda, rumbo a su camastro, por ropas. Y lo siente, los puntos calientes como láseres taladrándole…

   Pelham se queda con la boca abierta, y los ojos también, detallando la inmensa y ancha espalda, recia de lisos músculos, los brazos y muslos… el trasero. Esas nalgas, aquel culo era sencillamente… Joder, era injusto que un carajo tuviera un trasero como ese, tan redondo, tan firme, sin una marca de celulitis o mancha de estría, sin que nada caiga ni un centímetro. Duras masas que muelen la raja entre ellas al caminar… como seguramente molían una mano cuando un tipo le metía un dedo. O la verga… piensa todo atolondrado, incapaz de apartar la mirada. Sin moverse.

   Jeffrey, sonriendo trémulo, lo siente, o presiente, y sigue hacia el camastro, excitado ante el efecto que causa su increíble cuerpo. Mira sobre el camastro (¿por qué Larry esperaba que estuviera en la ducha para dejar esas ropitas?, ¿era él quién lo hacía?, nada de eso se le ocurre cuestionase, y menos ahora que anda medio emocionado), y ríe tonto al notar una pieza oscura y chica. Otra de esas tangas elásticas que terminan en un corto triangulo posterior. Mete sus piernas en ella, sintiéndolo como una caricia, casi cerrando los ojos, disfrutando el subirla, si, pero también porque escucha cómo Pelham contiene la respiración, y luego exhala el aire con pesadez.

   Al otro marine le resulta sencillamente imposible apartar la mirada de ese tipo alto, ancho y poderoso mientras se inclina para subir esa mariconería que usa por ropa interior. Y cuando esos globos increíbles se abren, mostrando una raja lisa, un agujero depilado, rojizo, la garganta se le seca… Y la verga le hormiguea. Aunque es heterosexual. Dios, le eriza verle subir la enrollada pieza por esos muslos (lástima que el culo se cierra), luchando con ella por lo musculosos que son, para luego cubrir ese trasero, o intentarlo, porque por más elástica que sea la tela, no logra expandirse lo suficiente para abarcar tanto, la raja entre los glúteos traga lo suyo (como seguro tragaba muchas, muchas, muchas cosas más, se agita todo al pensarlo), y las redondas masas apenas reciben algo de la prenda. Se queda allí, quieto, esos anchos hombros, la cintura estrecha, las piernas atléticas, los brazos caídos, musculosos también, el trasero se veía… joder, si cabía, más excitante todavía medio cubierto con aquella vaina elástica de culturistas, pero más chica.

   -¿Seguro que no puedo tentarte a quedarte ofreciéndote algo que te guste? –la pregunta de Jeffrey, quien medio vuelve el rostro, con una sonrisa, le provoca escalofríos por todos lados.

CONTINÚA … 42

Julio César.

SIGUE EL DILEMA… 20

noviembre 27, 2017

SIGUE EL DILEMA                         … 19

   Basado en caracteres creados por capricornio1967

   -¿Quieres comenzar a gozar?: De rodillas, ¡ahora!

……

   Inocente de lo que el otro trama como gran final para ese encuentro, sintiéndose aturdido por todo lo que experimenta, aún en contra de sí mismo, Daniel extiende su cuello y muerde salvajemente la bola en su boca, para contener los jadeos, para dejar escapar algo de toda la sucia lujuria que siente lo envuelve y controla en esa nueva realidad de sentidos disminuidos. Culpa y vergüenza llenan su mente, tanto como la excitación sexual cuando los labios de Franco atrapan su glande, chasqueándolo, salivando ruidosamente, besándole y succionándole, antes de bajar tragándose otra vez su barra dura y venosa. Se tensa cuando esos labios viciosos se posan en su pubis, teniéndola toda dentro de su boca húmeda y caliente, succionándola con lengua, mejillas y garganta. Y el vil hombre sabía muy bien cómo hacerlo.

   No quería responder, no deseaba que su propia sexualidad lo traicionara respondiendo a las manipulaciones del entrenador pero no podía impedirlo. Ni negárselo. Gime ahogadamente, los muy blancos dientes clavados en aquella bola, perdiéndose en fantasías. En imaginar a aquella chica con la que estuvo cuando el vicioso hombre los pilló. Desea creer que es la güerita la que se atraganta ruidosamente con su verga, alimentándose hambrientamente con ella mientras le baña con una respiración agitada, espesa y caliente.

   -Ugggfff… -brama cuando esa boca sube sobre su barra, apretando cada pedazo, dejándola libre, pulsante de ganas, lamiéndola de base a punta, tomándose su rato entre las bolas, agitando la lengua sobre la gran vena, todo tan excitante, al tiempo que sus pectorales son apretados, y sus tetillas pisadas con aquellos ganchos estallan en llamaradas que ya no sabe si eran de dolor o no.

   Sonriendo en una mueca depredadora, su pecho subiendo y bajando con esfuerzo, su verga misma soltando grandes cantidades de líquidos claros y espesos, Franco disfruta tocarle, lamerle la verga mientras le ve el torturado y hermoso rostro. Sabe de la lucha mental del muchacho. Una que está perdiendo. Y si supiera lo que le haría…

   Tomando la rojiza, dura y pulsante verga con su mano áspera, la aprieta, sonriendo al verle tensarse y morder la bola en su boca; agitando el puño masturba la mojada barra al tiempo que le reparte besitos chupados y salivosos en la punta, en el ojete. Cierra los ojos y se pierde también en sensaciones, saboreando la carne del muchacho, pero también sus jugos. Las mejillas velludas se ahuecan cuando atrapa otra vez medio tolete, succionándolo ruidosamente, el bigote rozando el tronco del muchacho, mientras le suelta la barra. Su boca va y viene mamando, como tanto le gusta, la tierna carne de los chicos. Ah, sí, tantos a los que ha pervertido, tantos carajos a los que había roto como el muchacho y el puto de su padre. Eso le provoca tanta satisfacción como tragar nuevamente toda la tranca, succionándola con su garganta, al tiempo que atrapa los bordes del speedos, halándolo muy lentamente, disfrutando de desnudarle, tanto como de la leve tensión de alarma del chico, y su jadeo de incertidumbre, aunque hace poco para detenerle. Ocupado como estaba en sentir. Como tenía que ser cuando su joven tranca era tan chupada, sobada, lamida y mimada como lo era en ese momento.

   Vicioso como era, al terminar de sacarle el bañador de las largas y musculosas piernas, Franco aparta el rostro de la pelvis del chico y se lleva el speedos a la nariz, aspirando el olor, todavía a nuevo de la prenda. Y a Daniel. Era un aroma intoxicante, aunque no tan bueno como si el chico lo hubiera sudado durante horas. Arroja la pieza a un lado y vuelve a tragarse esa barra dura. Joder, le encanta tenerla quemando y pulsando sobre su lengua ávida.

   Aunque atrapado en una vorágine de estímulos, con esa boca sorbiéndole con fuerza, de manera increíble, Daniel es consciente de que Franco eleva sus piernas, atrapándoselas por las caras posteriores de las rodillas, haciéndole rodar un tanto sobre el mueble, incrementando la presión sobre sus brazos atados… exponiendo su culo. Pero las intensas mamadas que está recibiendo no le dejan pensar con claridad, tan sólo lo intenta, recuperarse, algo asustado, cuando esa boca se retira de su tolete, apretándolo mientras lo hace, produciendo un sonido casi succionante de chupón al soltarlo. Dios, ¡la tenía tan dura y urgida!, necesitaba correrse. Pero ahora estaba abierto y…

   -Hufff… -el lloriqueo escapa de sus labios cuando el aliento de Franco le quema, y algo suave y caliente, la lengua del otro, recorre su raja interglútea de manera lenta, tomándose su tiempo para “torturarle”, deteniéndose sobre su culo, aleteando allí.- ¡Uggg! –ruge casi ahogado cuando siente los pelos de la barba y el bigote rozar esa zona de su anatomía, esa boca cerrándose viciosa sobre su agujero y comenzando a lengüetearlo con fuerza.- Ohhhggg… -se atraganta, tenso, cuando esa lengua prácticamente se le mete, reptante, babosa y viciosa. Y, soltándole una de las rodillas dejando que su pierna caiga en uno de sus hombros, Franco vuelve a atraparle la verga con una mano.

   El joven jadea, se tensa y arquea sobre el sofá mientras esa boca bucea en su culo, la semi enrollada lengua entrándole ruidosamente, al tiempo que su verga es masturbada con fuerza; el puño va arriba y abajo, y el pulgar frotándole el ojete del cual manan tantos líquidos. No puede ni pensar. Franco, apartando un poco el rostro, le quema el orificio con el aliento, antes de rozarle sutilmente con los pelos del bigote. Hacia cosquillas, pinchaba un poco, y todavía siendo masturbado, Daniel se agita como intentado alejar el culo de aquellos pelos, como el que sufre de cosquillas e intenta apartarse de los dedos que le atormentan. Pero dura poco, esa boca regresa a su culo, cerrándose sobre él, succionando de manera ávida.

   El muchacho jadea, le cuesta respirar, su torso sube y baja mientras muerde la bola. La lengua, brillante de saliva espesa, da estocadas sobre la temblorosa entrada. Y esa lengua sube por su raja, erizándole por el roce en tal zona, y se detiene y recrea bajo sus bolas, lamiendo y acariciándole con ella, para luego lengüetearle las pelotas. Daniel, respirando ruidosamente, sabe para dónde va y la espera. Franco, sonriendo malévolo, viéndole tan estimulado, se recrea subiéndole por el tolete, muy lentamente, dando ligeros azotes, antes de tragarlo otra vez, todo.

   -Huggg… -el joven balbucea de éxtasis al sentirlo chupándosela. Esa boca que sube y baja le tenía sin control. Pero…

   La punta de un grueso dedo va a su entrada temblorosa, que se agita, brillante de saliva, y la recorre, los pliegues, acariciándole de manera suave, erizándole todo. No, eso no, se dice, pero la boca del entrenador baja toda, le resuella en el pubis, succionándosela así, y no puede resistirse, ni siquiera cuando la uña del dedo penetra su culo, empujando hacia abajo el ojete, dejándolo ahí, así, y medio rodándolo por dicho labio anal. Las sensaciones eran traicioneramente gratas aunque su mente se revelara contra ello. La punta de dedo acaricia y acaricia, ahora girando por toda la circunferencia de su anillo. Hasta que se lo clava, lentamente, sin violencia, pero todo, hasta el puño.

   -Hufff… -los dientes de Daniel se clavan sobre la bola, no sabe si de rabia, frustración… o lujuria, porque, aunque su mente gritaba una cosa, su cuerpo se deleitaba. Era un chico que desconocía el alcance de las estimulaciones eróticas, todo lo que una persona con experiencia podía hacerle a otra, para despertar toda su lujuria y hacerle responder. Una de las armas, y excusas, de sádico.

   Franco le chupa la verga de arriba abajo, sus labios se adhieren a la brillante barra blanco rojiza, chupándola sabroso, con fuerza, masajeándola con sus mejillas y lengua, al tiempo que le saca y mete el dedo del culo, flexionándolo para rozarle las paredes del recto; retirándolo muy lento, metiéndoselo apuntando con la uña del mismo hacia arriba, buscándole ese punto que le tenía chillando sobre el sofá, empapado de sudor y la verga manando más líquidos que un río. Daniel no puede dejar de pensar que respondía como el puto maricón que Franco decía que era; que un hombre no se comportaba así, que no debía sentir aquello, y se alarma, en verdad cando el dedo sale y regresa acompañado, uno al lado del otro, frotándole la entrada y penetrando igual de lentos que antes. Chilla y se tensa, su agujero se cierra un poco cuando las dos gruesas y velludas falanges se le clavan, hasta el puño, quedándose allí, ocupando su culo, mientras el hombre sigue mamándole la verga con fuerza.

   Esa boca lo hacía bien, bajado, tragándola toda, y los labios continuaban reptando, como buscando más, al tiempo que la lengua se pega a la gran vena y la garganta succiona; ahora los dos dedos se retiran un poco, y regresan, ambos empujándose hacia arriba. Eso casi le hace saltar del sofá. La boca sube y baja, gruñendo golosamente, la saliva mojando el pubis del muchacho, mientras esos dedos en su ir y venir deformaban el anillo de su culo, casi volviéndolo una boquita cerrada sobre ellos. Los dedos le dan y le dan, le frotan las entrañas, la boca le estaba brindando una de las mejores experiencias de su vida hasta ahora (la verdad fuera dicha), su verga era amasada y chupada rico.

   Si, si, la siente tan cerca, su respiración es pesada y ruidosa, en algún momento Franco le soltó la otra rodilla y él continuó con las piernas arriba, abiertas, dejándole mamar y meterle los dedos, así que cuando la mano libre del otro le hala los ganchos, grita y se estremece, de dolor y… cuando la boca sube apretando duro, ruidosa, y los dedos se le empujan hasta el fondo, tijereándole sobre la próstata, y la otra mano le atrapa de una tetilla a la otra, halando suave, despertando latigazos de sensaciones, Daniel Saldívar gruñe, se tensa como una cabilla y de su verga joven mana, como lava de volcán, una impresionante corrida. Tiembla, se agita y medio baila sobre el sofá mientras estalla en trallazos de leche que caen en la boca del sujeto, sobre su lengua, cuando le tenía únicamente el glande atrapado entre los labios. Y así como Daniel se ve elevado a la dicha de un orgasmo extraño pero intenso, la tensa espalda levantada del mueble, mordiendo feo la bola mientras gime, Franco saborea cada gota de la abundante chorreada de esperma joven, caliente y espesa, degustándola y tragándola ruidosamente. No había nada mejor que el sabor del semen, se dice. Y no se aparta hasta que el chico termina.

   Tembloroso, débil, sudoroso, Daniel ce sobre el mueble, respirando afanosamente, intentando controlarse, recuperar el control. Ahora, cuando Franco abandona su verga y esta cae, pegando contra su abdomen, siente volver el ratón moral. Pero le dura poco.

   -¿Huggg? Noggg… Noggg… -gimotea, resistiéndose, cuando algo cae sobre su boca ocupada por la bola y su nariz (sensación empeorada al estar atado de manos y cegado), un trapo que huele espantosamente a químicos, a laboratorio de ciencias. A cloroformo. ¡Franco le ha cubierto el rostro con un pañuelo empapado en eso! Intenta resistirse, pelear, medio sentarse, ladear el rostro.

   -Jejejejeje… ¿no te gusta el olor, puto? –oye la burlona voz del tipo, que se divertía de su angustia, de su inútil resistencia, persiguiendo su rostro, su nariz, con aquel pañuelo del que intenta distanciarse.

   -Noggg… -ruge contra la bola en su boca, desesperado, intentando aguantar la respiración, todo girando a su alrededor. Pero no puede, siente que se debilita, que se adormilan sus sentidos.

   -Vamos, vamos, duérmete, bebé, si no lo haces, ¿cómo Santa va a darte tu regalito? –se burla, apoyando con fuerza el pañuelo en su rostro cada vez más quieto, vencido.- Vamos, duerme… mi casto, castísimo muchacho, jejejejeje…

CONTINÚA…

Julio César.

EL PEPAZO… 86

noviembre 27, 2017

EL PEPAZO                         … 85

De K.

   Metido en la trampa…

……

   Oh, mierda, ¿qué estaba haciendo? Coger al puto ese era una cosa, pero besarle… Y sigue metiéndole la lengua, enrollándola con la de Jacinto, atándolas, pareciéndole que la saliva del forzudo maricón sabía deliciosa. Sabe que jadean, que gruñen mientras continúan aquel beso mordelón y chupado, entre las risas de los otros, y los aplausos del más joven de los marines. Debería apartarse, avergonzado, pero al hombre todo le da vueltas mientras sigue besando a su camarada de trabajo, ¡a otro tipo, coño!, al tiempo que baja las manos y le atrapa las nalgas que van y vienen sobre el regazo del marine negro. Dios, eran tan turgentes, duras y redondas, las palmas le hormiguean y tiene que tensar y clavar los dedos en esa piel joven. O intentarlo, porque son tan firmes que casi es imposible. Aunque…

   Odia sentir el regazo del marine. El otro tío que también estaba cogiéndole, enterrándole también su verga negra y enorme. Odiaba al tipo que hacía aquello, aunque era suciamente excitante sentirle, saber que los dos estaban empujando a un tiempo, acompasadamente, sus trancas en aquel culo bien abierto. Finalmente, jadeando, necesitados de oxígeno, separan sus bocas, quedando a centímetros, bañándose uno al otro con sus respiraciones afanadas.

   Mareado, excitado más allá de toda medida, Jacinto busca en la mirada de Rigoberto algún indicio de… algo. No sabe de qué, pero…

   -Hummm… -chilla y se tensa cuando los dos hombres dan una embestida particularmente dura, briosa, entusiasta. Los dos toletes negros y duros, uno sobre el otro, se le entierran muy hondo, y allí los atrapa, los hala con sus entrañas. Necesitándolos.

   A pesar de la molestia que sentía, ligera y que iba desapareciendo por minutos, el forzudo joven estaba disfrutando realmente el hecho de tener dos güevos clavados en su culo ávido. Si con el del marine negro, White, se había sentido totalmente lleno, cuando Rigoberto empujó el suyo, venciendo su resistencia mental, no mucha, y la física, mucho menor, la cosa había sido una locura de sensaciones y de emociones; allí, con su agujero estirado al máximo, viéndose totalmente rebosado de masculinidades calientes y babeantes, vive. Cierra los ojos, estirando mucho el cuello, cuando las manotas de White sueltan sus piernas y le atrapan los hombros, con fuerza, bajando sobre su torso, atrapando sus muy sensibles y erectas tetillas, torciéndolas. Eso provoca verdaderos espasmos en su culo, que esos hombres, que van y vienen cogiéndole, disfrutan entre sorprendidos y maravillados. Es cuando siente un aliento caliente quemarle, y tiene que abrir los ojos porque Rigoberto ahora estaba mordiéndole la barbilla, metiendo el rostro en su cuello, aspirando de manera ansiosa, lamiéndole la piel, deteniéndose sobre su temblorosa manzana de Adam y rastrillándola con los dientes. Y entre las cogidas, las sobadas, las lamidas y mordida, porque White le clava los dientes en un hombro, un tembloroso, chillón y gimiente Jacinto Contreras sabe que no tardará mucho en estallar en otro clímax.

   -Sorry, amigou… -una voz ronca, excitada, distrae a los tres hombres.

   Y mientras Jacinto mira y sonríe con ojos luminosos, de lujuria, Rigoberto aparta su rostro del cuello de su compañero de trabajo, todavía cuestionándose el hacer esas vainas. Se aparta porque el marine que parecía el líder, se había acercado y blandía fuera de su bragueta abierta una verga tiesa totalmente roja y llena de ganas frente al rostro de su compañero de trabajo.

   -¿Querer tragar? –el marine le pregunta y ofrece, sonriendo, adivinándole.

   El joven separa un poco más los labios, y aunque se muere un poco de vergüenza con su compañero en la quinta, traga de un bocado la hermosa pieza ofrecida, apretándola con sus labios y mejillas, recorriéndola con la lengua mientras esta se la aplasta. Ignora que un gemido escapó de su boca un segundo antes de cubrirla, pero si repara en las fuertes manos del hombre atrapándole la nuca, guiándole sobre su barra, “obligándole” a chupar y tragar. “Sometiéndole” a sus exigencias sexuales… como si hiciera falta. Y cerrando los ojos sumido en la lujuria total, Jacinto Contreras disfruta de las tres vergas duras que lo trabajan rítmicamente, llenando sus ávidos orificios. Su rostro va y viene, saboreando aquel tolete con deleite, mientras su culo palpita, abriéndose y cerrándose sobre los otros dos que entran y salen de manera sincronizada, abriéndole, llenándole, refregándole todo por dentro con esos venosos troncos llenos de sangre.

   Las tres vergas calientes y duras, babeante de jugos, calores y pulsaciones, van y vienen contra el gimiente chico forzudo, el cual se estremece, excitado a límites imposibles, notando que mientras mama con ansiedad, la saliva y los jugos de Smith que se le escapan bañándole la barbilla, su culo siente más calor, el cual, mientras es ocupado por dos toletes, pulsa también, atrapándolos, deseando cubrirlos todos. Jadea y mama, chilla mientras sube y baja, ronronea cuando los tres toletes parecen ir acompasadamente, su nariz clavándose en un pubis peludo, los pelos de otros dos carajos quemando la entrada de su culo (y casi sentía que reventaba). Como fuera, el muchacho, afincando los pies en el banco y las manos en los hombros de Rigoberto, va y viene contra ellos. Si, lo cogían, gozaban de sus orificios, sus vergas estaban delirando con el momento, pero mucho más lo hacía Jacinto. Y saltaba con más bríos, gimoteando lloriqueante, cuando las manos le aferran el rostro contra un pubis, cuando dos toletes bien clavados siguen empujando casi alzándole del banco, oyendo los “puto, tan puto”, y los “bitch, so bitch”.

   -Hey, mucho cachondeo, ¿no?… -ríe una voz borracha, alarmándoles al verse sorprendidos, extraviados en la lujuria como estaban, por un recién llegado.- Veo que le gustan los culos, chicos, a mí también… -y ríe.

CONTINÚA … 87

Julio César.

NOTA: Lo siento, K, debí quitar algunos modismos que usaste, los fonéticos, el corrector no me dejaba en paz.

EL CAMBIO… 40

noviembre 27, 2017

EL CAMBIO                         … 39

   Basado en una idea QUE NO ES MIA. Es una adaptación. No digo más, por ahora, no contacto aún al autor. Es un cuento de los que llaman de lenta construcción.

   Pasa, te está esperando…

……

   Por un segundo se hace un silencio impresionado por las implicaciones presentes en la declaración. Claro, si se exceptuaban los gritos y gemidos de profundo gozo de Jeffrey McCall mientras salta literalmente sobre el regazo del marine Joseph Down, el cual le ruge que la tome, que la tome toda como el puto de barracas que es.

   -Hessler, esto es… -uno de los oficiales se vuelve hacia el coronel.

   -Era el plan desde el principio, general. –responde este, mirando a Larry O’Donnell, con su perenne sonrisa, los brazos cruzados otra vez sobre su pecho… ¿acaso eran ideas suyas o algo de fanatismo brillaba en sus ojos?- El Pentágono dio carta blanca y ofreció todos los recursos. También la Secretaría de Defensa.

   -Sí, pero esto… -jadea el hombre, rojo como un tomate, lanzando miradas traicioneras hacia el gran monitor, allí donde ese tipo joven, pero de impresionante físico, músculos abultados al límite, echa la cabeza hacia atrás y ríe, sentado sobre el otro, evidentemente con una verga bien clavada por el culo, refregándose de manera circular sobre él.

   -Oh, señores, pero es que aún no han visto el alcance del experimento. –aclara Larry, volviendo los ojos al monitor.- Ni se pueden imaginar, en este momento, en dónde y cómo va a terminar todo esto. Pero ya lo sabrán. –les mira sardónico.- En sus escritorios tendrán cintas con cada una de las pruebas… para sus archivos. –y Hessler, que le conoce un poco mejor, casi temió que guiñara un ojo. Cosa que, afortunadamente, no hace.

   -Tómala, tómala toda, puta. Sácame la leche. –ruge, febril, Joseph Down bajo el musculoso marine que le ordeñaba la verga, al tiempo que le hala y pellizca aquellas tetillas largas, firmes, que el otro parecía tener conectadas al culo, porque cada halón, fuera de hacerle gritar putonamente, le hacía abrir y cerrar el agujero con fuerza.

   -Oh, sí, sí, ¡dámela toda! –ruge Jeffrey, perdida toda cordura, riendo, casi sollozando de placer, subiendo y bajando, disfrutando aquella manipulación a sus pezones, su propio tolete pulsando dentro del bóxer, o el shorts ese. Todo su poderoso cuerpo es una fuente de lujuria. La ancha espalda brilla, sus redondas nalgas musculosas se cierran al subir, se abren al bajar el depilado y hambriento agujero sobre la blanco rojiza vara venosa que lo atraviesa. La soba, la amasa. La chupa queriendo sacarle los jugos, muy necesitado de refregarse con ella.

   -¡Oh, diablo! –ruge Down, casi sentándose, metiéndosela toda, tensándose, temblando, su verga impasiblemente dura, estallando en un trallazo intenso que casi le marea, que le obliga a apretar los dientes y echar la cabeza hacia atrás también. Llenándole el culo con su esperma caliente.

   -¡Si, si, si! –grita frenético Jeffrey, riendo, sintiendo el hirviente semen dándole en sus puntos secretos.- Ahhh… -y se corre también, sin tocarse, estremeciéndose tanto como Down, su culo cerrándose feamente, dando un buen tirón que hace chillar otra vez al cabo, quien abre los ojos y le mira fascinado, sintiéndose obligado a intentar impulsar su verga, bien enchufada, para sentir más de esa rica prisión sedosa y ardiente.

……

   Pero, claro, como suele ocurrir, en cuando el hombre hace algo que no creyó posible que hiciera (o se rebajara a hacer, algo muy malo, así siempre lo racionalizaba), huye recriminándose. El cabo Joseph Down, mortalmente pálido una vez alejado del apuesto marine, casi escapó a la carrera de aquella pieza, dispuesto a salir de esas instalaciones y jamás regresar. Así tuviera que desertar. Por su parte, cayendo de espaldas en su camastro, saciado y feliz, sin haber reparado en la tensión del otro, Jeffrey cerró los ojos, con el bóxer y el bikini aún enrollados. Adormilándose con una sonrisa. Duerme como un bebito, su verga morcillona mojando la escasa ropa, la camisetica dejando ver sus pectorales, una de sus manos sobre el abdomen en cuadros firmes, la otra, bajo su nuca, mostraba un bíceps impresionante. Roncó, tranquilo, en la dicha total… Y eso que debería ejercitarse, o pesarse. O hacer alguna otra mierda de esas de todos los días.

   Despierta más tarde sintiéndose bien, riendo tontamente al verse y sentirse todo manchado de esperma, propia y ajena. Estirándose ruidosamente, sentado en el camastro, decide ponerse de pie y va al cuarto de baño, mirando la hora de pasada, lanzando un gemido feliz, pronto llegaría el almuerzo. Se ducha, se acaricia. Como le ocurría ahora, nada más tocarse, se calienta. También cuando se mira al espejo, todo forrado de duros músculos. Bajo la fina lluvia de la regadera, ríe y se acaricia la dura verga… mientras con la otra mano acaricia su raja interglútea y con un dedo se “lava” la entrada del culo… pensando en la verga del cabo Down. Excitado. Quiere joder, quiere mamar, tocar, ser tocado. Notar que gusta. Quiere…

   -Ahhh… -chilla al meterse el dedo por el ano; adentro y afuera, adentro y afuera, lentamente, bizqueando de placer… pero inconforme. No alcanzaba ese punto que…

   Un orgasmo insatisfactorio más tarde, sale de la ducha, se seca y sonriendo se admira en los espejos. Parpadea, un tanto extrañado, al no encontrar ninguna prenda interior en el botiquín médico. Y desnudo, algo húmedo, rojizo por las refregadas en su impresionante cuerpo, regresa a la pieza. Por ropas. Sonríe dichoso de la vida, sin preocupaciones, sin pensamientos serios, feliz en saberse grande, bonito y sexy. Sonríe hasta que se sobresalta.

   -Hey, amigo, ¿y la ropa? –ladra, sorprendido, un hombre joven en el centro de su pieza.- No puedes ir por ahí enseñando tus vainas. –recrimina.

CONTINÚA … 41

Julio César.

EL CAMBIO… 39

noviembre 22, 2017

EL CAMBIO                         … 38

   Basado en una idea QUE NO ES MIA. Es una adaptación. No digo más, por ahora, no contacto aún al autor. Es un cuento de los que llaman de lenta construcción.

   Pasa, te está esperando…

……

   -Dios bendito, eres tan… -grazna Down, riendo ronco, excitado, bajando las manos y atrapándole la cintura firme, acompañándole cuando comienza nuevamente el sube y baja sobre su regazo, buscando y deseando su vergas (la idea le eriza), empalándose hasta lo más hondo.

   Riendo de manera traviesa, lujuriosa, tan diferente de quien era antes, Jeffrey sube sus propias manos, acariciándose, recorriéndose voluptuosamente el abdomen y torso, apretándose las largas tetillas, gimiendo al hacerlo y cerrando violentamente su agujero alrededor de la pulsante barra entre los labios de su culo. Cerrando los ojos, todo cachondo, echa la cabeza hacia atrás, sus dedos recorriendo, acariciando y halando sus pezones, al tiempo que se afinca en las rodillas e incrementa el sube y baja sobre el otro marine. Su depilado agujero traga y suelta aquella dura vara rojiza y venosa que tanto placer le provoca. Su mente gira y gira confusamente, tan sólo es consciente del gran placer físico y sexual que experimenta mientras la barra refriega sus entrañas y la punta de aquel machete le golpea en la próstata y aún más arriba, allí, donde necesita desesperadamente que llegue. ¡Qué bueno que tuviera un tolete largo!

   Oye los gemidos y gruñidos sexuales del cabo, y comprende que el otro debió estar un tiempo sin acción; pobrecillo… ¡Y teniendo una verga tan buena! Bien, podía ayudarle, se dice mórbidamente juguetón, abriendo los empañados ojos, sonriéndole con picardía cuando vuelve a bajar, totalmente, haciendo consiente al otro de su peso corporal, y estando allí sigue succionándosela, apretándola y halándola con las paredes de su recto, para comenzara a refregarse otra vez de esa pelvis, consiguiendo que la punta de la verga roce una y otra vez ese punto caliente. Y los dos gritan, totalmente lujuriosos.

   Si, ese podía ser su trabajo en la Naval, piensa Jeffrey, erizado de su propia osadía, casi saltando sobre aquel sujeto, necesitado de más y más de ese güevo tieso. Podía satisfacer las necesidades de las tropas cuando estuvieran desplegadas. Marine de día, puta golosa e insaciable de noche, para ayudarles, para aliviarles. Y ríe, alzando mucho el rostro, su ancho pecho subiendo y bajando con esfuerzo, sintiendo sus entrañas más calientes y mojadas. ¿Le prepararía Larry para eso?, ¿para ser la puta de las barracas? Y la idea de todos esos hombres obligados a vivir en peligro, lejos de sus familias, de sus parejas, calientes, excitados, llenos de testosteronas…

   -Ahhh… -se le escapa justo cuando baja, clavándose todo, el glande en su interior presionando sabroso y desesperantemente, dándole placer pero también despertándole más calenturas.

   Si, él podría atenderlos a todos, montándose sobre sus vergas, en los camastros, en las barracas, saltando sobre ellos, ellos empujándoselas bien adentro. Pero sabe cómo eran los machos… y esa idea, que le llega, le parece normal, suya. Esos querrían más, le pondrían a mamar mientras lo cogían, entre todos, rodeándole. Un mar de vergas babeantes y ansiosas por…

   -Ahhh… -grita otra vez ante las imágenes que conjura, su piel ligeramente brillante de una suave transpiración al tiempo que jadea pesadamente. Su espalda, allí donde termina la corta y ajustada camisetica, brilla aún más, así como sus nalgotas abiertas, algo rojizas, de nalgadas y de emoción, mientras van y vienen, guiando su goloso agujero sobre la dura barra masculina que lo alimenta y satisface. Y mientras el enorme marine musculoso va y viene, como si realmente jineteara un caballo, un muy caliente Joseph Down, a punto de correrse, se pregunta cómo carajo no probó el culo de algún chico antes. ¡Era algo increíblemente cachondo!

   -Capitán… -comienza el coronel Hessler, teniendo que carraspear para endurecer el tono, aclarando la voz.- Es… impresionante lo que ha logrado aquí. –comenta, mientras se oyen los gruñidos roncos de Down, empujando su verga hacia arriba, y los putones gemidos de Jeffrey, que salta sobre su regazo.- Pero, esto, en esencia, no prueba nada. Un tipo aislado, caliente por la soledad y la imposibilidad de satisfacerse, ¿se ve de repente expuesto a un sujeto que… prácticamente se le regala? No creo que eso demuestre…

   -Vaya, coronel, ¿cree que cualquier hombre cae en la homosexualidad si está lo suficientemente caliente?, ¿o ebrio? –Larry le encara, sonriendo algo divertido, todas las miradas centradas en él; aunque lanza un pequeño bufido y rueda los ojos.- Bien, si, pasa más de lo que la gente, y los heterosexuales quieren admitir, es cierto, pero este no es el fin del experimento, señores. –informa mirando a todos. Luego, con un dedo, señala al monitor mayor, uno que muestra al cabo Down atrapándole las tetillas al otro, tensando el cuerpo, y a Jeffrey chillando, retorciéndose al caer sobre su verga.- El experimento real vendrá cuando Down salga de allí, cuestionándose lo que hizo, justificándoselo a sí mismo, y le dejemos ir a su casa, con su familia, lejos de la base, donde se hundiera en cierto frenesí, para olvidar esto, para demostrarse que sigue siendo el mismo… regresando dentro de cinco días, aliviado… para encontrarse nuevamente con el marine McCall. –sonríe.- No estará ebrio, señores, ni vendrá de una sequia sexual; esa será la prueba real para ese hombre. Como lo será para el cabo Pelham, a quien McCall aún no conoce, un marine también heterosexual, que no ha sufrido privaciones sexuales, que acaba de regresar de estar con su novia. El cual también será… sometido a la exposición de nuestro sujeto. –el silencio se hace en el cuarto; a no ser, claro, por los gemidos de Jeffrey McCall cuando cae con todo su peso sobre el cabo Joseph Down, que le gruñe que la tome toda, que toda esa leche caliente es para él.

   -¿Piensa… exponer a otros…? –uno de los otros oficiales, increpa al médico.

   -Por supuesto, general; hay que comprobar la validez de la prueba. Algo que no estará completo hasta que en un espacio abierto, no controlado por nosotros, otros sujetos se encuentren con nuestro súper soldado, y veamos cómo se comportan. Algo como… una piscina o el sauna de un club para caballeros, con tipos abiertamente heterosexuales… Con individuos específicos que puedan interesarnos, como… -se encoge de hombros, pensándolo sobre la marcha.- …Como algún periodista que critique operaciones militares, o un congresista que estorbe el presupuesto de Defensa… por decir algo. Debemos comprobar si nuestra arma de infiltración, funciona.

CONTINÚA … 40

Julio César.

EL CAMBIO… 38

noviembre 21, 2017

EL CAMBIO                         … 37

   Basado en una idea QUE NO ES MIA. Es una adaptación. No digo más, por ahora, no contacto aún al autor. Es un cuento de los que llaman de lenta construcción.

   Pasa, te está esperando…

……

   -Si, si, préñeme, mi cabo. –deja salir, evidenciando su entrega erótica al macho que lo penetra. Lo ruge abiertamente porque algo le empuja a dejar salir toda la satisfacción que está sintiendo, todo ese placer sensual y sexual que era el rastrilleo en su culo. Eso lo lleva a ser desinhibido, totalmente putón. Grita, igualmente putón, cerrando los ojos y sonriendo, cuando el otro, como reaccionando ante tanta putez, le da otra nalgada al tiempo que incrementa las embestidas. Se desbarata en gemidos de gozo ante la follada, pero también por permitirse el sentirlo, explorarlo.- Si, si, ¡llena todo mi culo, cabo! –grita frenético. Más caliente al hacerlo.

   La pieza se llena de vivos sonidos. De los gruñidos de un hombre que coge y cuya verga es apretada, halada y succionada sabroso por unas entrañas sedosas, ajustadas, hambrientas; y por los gemidos de un hermoso puto de gran tamaño que se estremece y aquea una recia espalda de gladiador, mientras su agujero es refregado una y otra vez con fuerza; pero especialmente por los crujidos de un camastro que casi se agita en aquel piso, y por las palmadas cuando la pelvis aún cubierta del cabo Joseph Down, macho entre machos, golpea las redondas, turgentes y muy duras nalgas de aquel culón, agitándolas de una manera bien erótica.

   Los dedos del hombre se clavan en la cintura del otro, para sujetarle, mientras le cepilla la pepa del culo con su barra, metiéndosela toda, retirándola casi hasta el glande y volviéndole a enterrar; todos esos centímetros de dura carne pulsante desapareciendo dentro del pequeño anillo redondo puesto allí para placer de los hombres. La verga va y viene, con rapidez y fuerza, la mole venosa está como más dura cada vez, halando los pliegues lampiños de aquella entrada, enterrándoselos cuando vuelve a clavarlo, todo, golpeándole con las bolas que ha sacado de la bragueta, porque todo hombre que coge tiene que tenerlas afuera, agitándose, preparando el néctar que gustaba tanto a hembras y, evidentemente, a machos. La barra, rojiza, escapa del apretón del dulce estuche, regresando con fuerza, enchufándosele todo, quedando fuera tan sólo un centímetro de verga que no pasa por las nalgas tan duras. Era una locura para Down ver los pelos castaños rojizos de su pubis pegados de esa baja espalda, su tolete saliendo y entrando mientras un hombre grande y poderoso físicamente chilla y se estremece ante el goce que esa manipulación anal le produce.

   -Toma, toma, puto. –ruge brutal, excitado a límites imposibles viendo su propia barra entrar y salir de ese culo que domina, controla y llena, y que sin embargo le tiene tan fascinado. Meterlo y sacarlo, sintiéndolo tan apretado, era una locura.- ¡Toma toda mi verga, perra! –le ruge, nalgueándole otra vez, gozando el chillido erótico de Jeffrey, y el temblorosos apretón que da su agujero. Y lo repite, porque el apretón y el chillido del otro eran demasiado calientes.

   Y si Down tiene los dientes apretados en una mueca rapaz, de macho dominador, de quien ha entrado en una plaza conquistándola (aunque lo hubiera hecho por la retaguardia), delirando de calenturas y vicio, deseando machetear ese chiquito una y otra vez, Jeffrey no está mejor. El musculoso y joven marine se estremece violentamente sobre su camastro, la verga babeándole toda, su cuerpo hormigueando, una sonrisa boba de goce en su rostro, eso cuando no está simplemente lanzando gemidos y alaridos de placer con mirada nublada. Estaba como mareado de cachondez, dulcemente borracho de lujuria. Ese tolete duro y caliente, pulsante y grueso que lo abría y llenaba, dándole una y otra vez en algún punto que lo tenía al borde del orgasmo, era lo máximo. Un güevo por el culo era la dicha, cree pensar, o recuerda algo que ha escuchado, o… No le importa. Era cierto, se dice, lanzando una risilla traviesa, excitada, sintiéndose vivo. Y comienza de nuevo, sus nalgotas van y vienen, su culo busca y atrapa ese tolete cuando este viene a clavarse. Lo agita, lo mece; refriega el trasero de la pelvis de ese hombre, el cual le ruge que es un putote, asombrado y feliz de lo que le hace, y eso le calienta todavía más.

   -¡Santo Dios! –exclama, bajito y fascinado, molesto pero intrigado, el coronel Hessler, mirando lo que ocurre, volviendo el rostro hacia el capitán Larry O’Donnell, médico e investigador, calibrándolo bajo una luz nueva. Si, el joven científico era un sujeto de cuidado… que podía alterar la conducta natural de otros. Pero, ¿acaso era posible? ¿O había algo previamente de homosexual en el marine Jeffrey McCall? La duda era precisamente la parte dura de asimilar.

   ¿Qué ven ahora desde el cuarto de monitoreo? Echado de espaldas sobre el camastro del joven y musculoso marine, el cabo Down, las manos cruzadas bajo su cabeza, todavía vestido, tan sólo su verga y bolas fuera del pantalón camuflajeado, mira excitado como el enorme muchacho sube y baja sobre su verga, con un corpachón impresionante, sus pectorales enormes mostrándose en los abiertos costados de la ajustada camisetica, con sus aureolas grandes, sus pezones muy erectos, con la cadena saltando sobre el torso mientras va y viene sobre su barra, trabajándosela, chupándolas, halándosela con la fuerza y todas las ganas que el enorme chico tiene de ella.

   Ojos cerrados, casi riendo, lanzando gemidos de vaquero gozón al domar un potro, Jeffrey McCall se empala sobre la verga de otro hombre, con entusiasmo, con enérgicas subidas y bajadas de su cuerpo impresionante, de sus nalgas redondas muy abiertas, aún con el bóxer, o shorts, enrollado y cubriéndole la verga, dura, que pulsa y babea contra la suave tela que aprieta y soba. Su redondo culo lampiño va y viene, tragando y soltando la dura barra blanco rojiza y pulsante, cada vez más rápido, más urgido, como si no pudiera obtenerlo suficiente de ella, como si su agujero, sus entrañas, necesitaran de más y más de aquel güevo que lo abría y lo llenaba, refregándole las paredes del recto, dándole donde tanto le gustaba y emocionada. Y urgía.

   -Ahhh… -lanzando un largo gemido de éxtasis, el joven marine baja sobre el regazo del otro, apretándole el tolete con fuerza, subiendo lentamente.- Hummm… Hummm… -disfrutando cada centímetro cúbico de la venosa pieza. Y todo eso enloquece a Down, el cual gruñe, mirándole, estremeciéndose ante su sonrisa pícara, putona, cuando este abre la boca.- ¿Le gusta esto, mi cabo? –le pregunta mórbido, sintiéndose travieso, bajando su agujero otra vez, de golpe para sentirlo todo, y estando empalado, mece sus caderas de manera circular.- Yo quiero que me llene el culo con su leche, señor. –ruge llevando una mano a la frente, en saludo militar. Todo puto.

CONTINÚA … 39

Julio César.

EL CAMBIO… 37

noviembre 18, 2017

EL CAMBIO                         … 36

   Basado en una idea QUE NO ES MIA. Es una adaptación. No digo más, por ahora, no contacto aún al autor. Es un cuento de los que llaman de lenta construcción.

   Pasa, te está esperando…

……

   -Oh, por Dios, ¿acaso ese marine dijo…? –comienza uno de los oficiales que observan el “experimento”. Larry, sonriendo aún más, alza una mano, sin volverse a mirarle.

   -Espere, señor, la respuesta será aún más interesante.

   Sin importarle cómo pasa, no realmente, Joseph Down saca ese consolador del urgido culo del enorme marine forrado de músculos, que parecía la clara imagen de la agresiva masculinidad, la fortaleza y vigor de un soldado, pero que le rogaba que lo cogiera, que le llenara el tembloroso agujero con su verga y le calmara el ador que sentía. La necesidad de macho. Todo eso llena su mente mientras desata su cinturón y abre el pantalón, una barra cubierta por un bóxer gris es impulsada hacia afuera, antes de quedar expuesta en medio de una maraña de pelos marrones y rojizos, toda tiesa, llena de venas porque lleno de una sucia necesidad por clavársela ya está.

   -¡Mierda! –ruge impresionado otro de los oficiales que observan, totalmente impresionado. Joder, una cosa era… jugar, impulsado por la ociosidad masculina, con el culo de un tío si uno se atrevía a tal cosa, se dice con repulsa y fascinación, ¿pero sacar su verga y…?

   -Y apenas es una pequeña parte del estudio. –Larry les informa, mirando el enorme monitor, sonriendo fascinado también. Oh si, estaba teniendo un doble éxito increíble. Y, más tarde, también él iría a “calmar” la inquietud del joven marine. Ya estaba listo para eso.

   Jeffrey, boca muy abierta, lanza un gemido de lujuria, mendicidad y felicidad a la vista de la verga que ese macho ha sacado de su pantalón camuflajeado, para él, dura por él, llenándole eso de orgullo. Y cachondez. Se acomoda gateando hasta tener las piernas abiertas, sobre el colchón, para darle espacio al otro. Nada más verle, tan urgido de güevo, Down sube al camastro, tras él, montándole las manotas en las caderas, recorriéndole y palmeándole un tanto las nalgas que sobresalen como duros globos lisos. La verga pulsándole casi dolorosamente al hacerlo. Al saber que tiene ese agujero a su alcance, que pronto lo sentirá apretándolo, masajeándolo en su vaivén. Halándoselo. Del ojete le escapa una gota de licor nada más de imaginarlo.

   -Puto, eres tan puto. –le gruñe ronco, atrapándose la base del tolete (Dios, lo tenía tan duro), y le azota esas nalgas, de una a la otra. La barra casi le rebota de lo duras que están. Y el contacto, piel contra piel, ambas ardiendo, les hace gruñir.- ¿La quieres, puto?

   -Si, si… -Jeffrey le mira sobre un hombro, lloriqueante.

   -Sí, ¿qué? –le ladra, al tiempo que le recorre la raja con la punta de su tranca.

   -Sí, señor; ¡la quiero en mi culo, cabo! –ladra militarmente.

   Es más de lo que Down puede soportar, y apoyando en aquella entrada la cabeza en forma de nabo de su verga, lisa y enrojecida, empuja el titilante agujero cuyo labios lampiños se separan y van dejándole entrar, y le atrapan nada más le mete medio glande. ¡Y apretaba tan duro y tan rico, Dios!, grazna para sí el otro marine, que tiene que metérsela toda, de golpe, cerrando su pelvis contra esas masas duras y turgentes, enchufándosele completamente por el culo.

   Jeffrey lanza un alarido al sentirse penetrado de golpe, teniendo que tensarse para resistir el peso del macho que se le tiende encima, su culo chillando… de puro placer, totalmente mojado. Aunque apretado (fue lo primer que experimentó Down al clavárselo, lo suave, cálido y ajustado que era ese estuche masculino, que se le pegó al tolete mientras lo clavaba), el otro marine no siente dolor, sólo estimulación. Las paredes de su recto se activan contra la venosa mole que pulsa contra ellas, y como si fuera algo natural, fácil, siente como el roce de aquel glande, en lo profundo, impacta su próstata, sensibilizada como la tenía por el tratamiento con los enemas. Así que grita de pura lujuria, boca muy abierta, ojos igual, casi bizqueando, frente fruncida, los dedos de sus manos cerrándose salvajemente contra los borde del catre, sus nalgas firmes.

   -¡Dios mío! –estalla uno de los oficiales que observa aquello, intercambiando nerviosas y avergonzadas, pero también sorprendidas miradas con los otros. Ni en un millón de años esperó, realmente, que un sujeto heterosexual respondiera de aquella manera por muy culón que fuera otro tipo. Por mucho que se lo ofreciera.

   -Y no han visto nada. –sonríe Larry, felicitándose por el resultado de la prueba, la primera de varias que terminarían imponiendo su programa… y que valdría millones en las manos adecuadas.

   Down, todavía sobre Jeffrey, jadea pesadamente por la boca, sintiendo como su tolete es halado, succionado literalmente por las entrañas de ese tipo cuyas nalgas parecen de piedra. Le clava los dedos por la cintura firme y estrecha, y retira su tranca, poco a poco, tiene que hacerlo así porque necesita disfrutar de cada apretada que ese agujero le estaba dando mientras le retira, centímetro a centímetro, su tolete. Lo saca casi todo, enderezándose, mirando con un perverso placer caliente como el glande deforma aquellos labios lisos del culo masculino, y vuelve a enterrárselo, con un único golpe de caderas, duro. Y la apretada, las haladas son todavía mejores, todo sazonado aún más por los gritos del joven marine más alto, musculoso y recio que él.

   -¿Quieres que te encule así, así y así, puto?, ¿qué deje tu culo lleno de esperma hirviente?, ¿qué te preñe con mi semilla? –pregunta torvo, sintiéndose sucio y excitado por todo lo que desea aquello. Y se eriza más cuando el joven le mira, forzadamente, sobre un hombro.

   -Si, si, préñeme, mi cabo. –deja salir, evidenciando su entrega erótica al macho que lo penetra.

CONTINÚA … 38

Julio César.

EL PEPAZO… 85

noviembre 15, 2017

EL PEPAZO                         … 84

De K.

   Preparado para lo que sea…

……

   -Toma también el mío, puto… -en el tono de Rigoberto se notaba la excitación y la molestia. Parecía que quería cogerlo, ahora, allí, metérsela duro, pero que también le irritaba todo aquello.

   -¡Ahhh! –chilla Jacinto, abriendo mucho los ojos, parpadeando.

   No sólo siente la enorme verga del marine negro llenándole y dilatándole las entrañas, pulsado cada vena contra las paredes de su recto de una manera enloquecedora, sino que mira la determinación del otro, la de un camarada de trabajo que también iba a clavársela, y la sola idea le tenía el culo totalmente goteante y tembloroso; aunque no estaba exento de cierto temor también. Estaba algo borracho, pero no tanto. La lisa punta del oscuro tolete de Rigoberto choca de su entrada ocupada, empujando, quemando, abriéndole. El hombre aprieta los dientes y empuja, forzando su entrada, el amoratado glande venciendo la resistencia, desapareciendo dentro de esos labios de culo metidos que titilan sobre él. Lo empuja no queriendo pensar en lo extraño que era tenerla así, pegando y deslizándose ahora sobre el tolete de otro carajo. Era una idea inquietante, pero en esos momentos, mientras va enterrándosela palmo a palmo al camarada de trabajo que chilla de manera putona frente a él, sabe que no puede detenerse.

   El orificio lampiño, cobrizo claro, se ve muy abierto ahora, con una gruesa verga negra desaparecida en él, mientras otra barra, oscura aunque no tanto como la primera, va desapareciendo también; los gruesos centímetros de un tronco cilíndrico surcado de venas enterrándosele, forzando aún más su diámetro.

   -¡Fuck! –jadea Taylor, asomado sobre un hombro de Rigoberto, mirando fascinado como el forzudo muchacho va siendo llenado, como los pelos de ese otro sujeto, que salen de la bragueta abierta, quedan bajo la bolsa de la tanga que contiene las pelotas del muchacho.

   -¡Oh, yeah! –sonríe Smith, fascinado también, mirando sobre un hombro de White, detallando la cara, ladeada, de dulce y voluptuosa tortura de Jacinto, quien tiene la frente contraída, los ojos empañados, los rojos labios abiertos mientras ronronea, acostumbrándose a tener el culo lleno con esas dos vergas impresionantes.

   El forzudo joven cierra los ojos, tenso entre esos dos cuerpos masculinos, sus piernas muy abiertas, casi tanto como su culo ocupado por las dos barras que pulsan, queman y babean sus entrañas, al tiempo que grita en éxtasis. Siente el agarre de las manos de White bajo sus muslos, reteniéndole, y las de Rigoberto aferrándole la cintura. Por un segundo la escena parece congelada, igualmente el joven penetrado, clavado entre los dos machos de piel oscura, hasta que, elevándole por los muslos, el marine le retira unos centímetros de su verga al tiempo que Rigoberto, como respondiendo a un señal, parece querer metérsela más. Ahora el americano le baja, clavándosela toda, otra vez, mientras su camaradas en la quita se retira unos cinco o seis centímetros, las dos vergas pulsantes y nervudas deslizándose en sus entrañas, una saliendo, la otra entrando cuando los hombres van encontrando su ritmo a la hora de cogerse aquel culito masculino tan dispuesto para ello. Los güevos van y vienen, cogiendo, saciando, desesperando…

   -Ahhh… ahhh… -la boca muy abierta, Jacinto grita sintiendo los dos toletes en su interior, compitiendo por llenarle, ambas dilatando la entrada de su agujero (el cual se cierra sobre ellas, ávido), y las paredes de su recto, las cuales parecen estallar en llamas al vaivén de las trancas cabezonas y gruesas. Le parecía que iba a estallar mientras los hombres siguen su leve vaivén, una verga deslizándose contra la otra, cada uno de ellos perfectamente consciente de aquello, que, junto a la idea de que penetran a un chico guapo y culón, les ponía perversamente calientes.

   De la boca del joven guardaespaldas tan sólo escapan gemidos de gozo agónico cuando los dos hombres incrementan las cogidas, las ahora más duras penetradas al retirar aún más sus trancas. Si tener el tolete de un hombre llenándole, dándole duro, estimulándole, rozándole las pepas que tenía adentro, le parecía increíble a Jacinto, contar con aquellas dos moles dándole y dándole, era… Dios, lo máximo, reconoce con un poderoso estremecimiento mientras lanza una ronca risita de abandono y cachondez. Todo erizado y caliente, abriendo los ojos que no sabía que había cerrando, afincando los pies sobre el banco y sorprendiendo a Rigoberto al rodearle el cuello con sus musculosos brazos, casi halándole, sus rostros muy cercanos, sus miradas atadas (por un segundo Rigoberto se pregunta si el otro le besará, si unirá sus labios con los de otro hombre, si sus lenguas chocarán, se lamerán y compartirán saliva, preguntándose por qué aquello le parecía tan suciamente erótico), le usa de punto de apoyo. Eso buscaba el ardiente chico musculoso y culón de entrañas hambrientas, y comienza un ir y venir sobre las dos trancas que lo llenan.

   -Ahhh… -sorprendido, Rigoberto le ruge al rostro cuando lo siente cómo ese culo se desliza sobre sus vergas, apretando y amasando.

   -Oh yeah… -grazna White, como si aquello estuviera robándole las fuerzas. La risita de rata de Taylor se deja escuchar. Todos fascinados ante tanta putez en otro carajo.

   Los dos hombres, como puestos de acuerdo, mientras Jacinto se mece entre ellos, empujan sus trancas adentro y afuera, con todo lo que tienen, clavándole hasta los pelos e intentando meter más, haciéndole gritar de puras calenturas. Las barras van y vienen, casi parecen salir del todo antes de volver á entrar, con fuerza, ritmo y bríos, todo lo que requiere todo culo travieso.

   -Si, si, puto, ven por ellas… -le gruñe Rigoberto al rostro, caliente, excitado, lujurioso, cogiéndole sincronizadamente con el otro, provocándole con cada embestida un nuevo gemido al guapo muchacho. Esa boca… No piensa, tan sólo la cubre con la suya, tragándose el gemido de Jacinto, su aliento, su saliva… Y le encanta.

CONTINÚA … 86

Julio César.

NOTA: Lo siento, K, debí quitar algunos modismos que usaste, los fonéticos, el corrector no me dejaba en paz.