Archive for the ‘RELATOS GAY DE MALDITOS…’ Category

EL CAMBIO… 49

febrero 17, 2018

EL CAMBIO… 48

   Basado en una idea QUE NO ES MIA. Es una adaptación. No digo más, por ahora, no contacto aún al autor. Es un cuento de los que llaman de lenta construcción.

   Armado y peligroso…

……

   Donde parece que únicamente se encuentra el cabo Joseph Down. Hacia él se dirige, contendiendo una sonrisa leve. Su voluminoso cuerpo semi desnudo todo erguido. Arrogante, seguro de sí. Convencido de conseguir lo que quiere, de triunfar en la tarea. Sabía cómo llevar a cabo la misión. Se estremece, quiere güevo, y esa es la misión. El culo se le agita bajo las ropas.

   -Hey, mi cabo. –saluda como si tal cosa, no alegre o amanerado, una sombra de sonrisa en su rostro guapo. El otro había estado esquivándole desde su regreso, reconoció al fin, pasada la confusión inicial ante su sequedad después del momento que compartieron, pero también había notado que no dejaba de mirarle. Que le costaba quitarle los ojos del trasero. De su hermoso y musculoso trasero, reconoce con un estremecimiento de satisfacción.

   -Marine… -croa el otro, rostro rojo, acalorado por la gama de sensaciones que le alcanzan siempre cerca del otro, comenzado por la vergüenza por lo hecho, lo que pasó, pero también… por tantas otras cosas.

   -¿No se encuentra el cabo Pelham? –pregunta con cierto mohín, cruzando las manos a sus espaldas, tensando ese cuerpo alto, fornido y sexy.

   -No, él… -a Down le cuesta hilar ideas. Le tenía a un lado del escritorio, demasiado cerca.

   -Dijo que me dejaría un libro sobre… sobre… -ya no le resultaba fácil inventar algo. No era tan ágil de mente como antes, reconoce él mismo, indiferente al hecho.- Sobre motores de autos.

   -Yo… no sé, no dijo nada. Guarda muchas cosas en esa gaveta. –responde apartando la mirada de la bronceada franja de piel, marcada en fieros cuadros, de ese abdomen, o los muslos donde se marcan los fajos musculares muy bien diferenciados.

   -¿Puedo? –mirándole fijamente, ojos brillantes de travesura y coquetería, a Jeffrey tan sólo le falta medio girar el cuerpo de una lado al otro, bailándolo.

   -Claro. –grazna, la piel ardiéndole, entendiendo que el otro buscaba algo. Algo que tal vez se ocultaba bajo su bragueta. Y la idea le eriza de pies a cabeza mientras se estremece aún más. Va a aguantar, no importa cuántas veces se hubiera acercado a la puerta de la pieza del otro oyéndole chillar de gozo mientras el médico marica y el otro cabo putañero lo cabalgaban, las furiosas pajas que se hacía en el baño, casi odiándose por hacerlo, por estar tan caliente mientras subía el puño sobre su barra, imaginando lo que le hacían al musculoso y joven puto.

   Sonriendo, ahora si abiertamente bailoteando el cuerpo, el otro se tiende hacia el archivero, sobre la penúltima gaveta señalada por el otro, doblando la cintura, su trasero proyectándose hacia atrás, casi hacia el rostro del sorprendido Down, cuya garganta ya se había cerrado al verle acercarse y detenerse frente al archivero con ese shorcito apenas cubriendo las redondas masas, el bikini destacándose, notándose el color. Pero ahora, flexionado…

   No puede apartar los ojos, le oye comentar algo sobre motores mientras busca en la gaveta, o finge que lo hace, agitando un poquito el trasero. El bikini, sus contornos coloreados, la raja entre las nalgas medio abierta, la tela hundiéndose, demarcándola, enmarcando el paquete de las bolas, todo tan caliente… Y Jeffrey habla y habla, pero no escucha, no le encuentra sentido a las palabras. La sangre le pita en los oídos.

   Sentado a solas en el cuarto de monitoreo, Larry O’Donnell sonríe; ¡vaya resistencia la de ese hombre! Observa, piernas cruzadas, alegremente excitado ante el ataque desplegado por su muchacho. Sabe lo que Jeffrey quiere, lo que siempre querrá ahora, mimos, caricia. Sexo. Y procurárselo. Observa como el atormentado heterosexual se resiste y lucha contra lo que su cuerpo pide. Sonríe, duro bajo sus ropas, reconociendo que si estuviera allí, en lugar del cabo, sentado y con el trasero del marine a tan poca distancia del rostro, ya le habría pegado un mordisco. Mira, anota y se medio soba sobre las ropas. Está evaluando el comportamiento de Jeffrey McCall, alegre esclavo de sus propios deseos ahora. Y su efecto sobre otros sujetos, especialmente aquellos que quieren resistir. Pero, sonríe todavía más, o muy equivocado está y no conoce bien la naturaleza humana, o pronto el cabo le tendría bien clavado por ese culo…

   Y si, el hombre no puede apartar la mirada de ese trasero firme que traga la tela de sus escasas ropas, que mana todo ese calor. Estremeciéndose ante la idea; una piel ardiente al tacto, un agujero tan caliente que derretiría en semen cualquier verga. Por dura que estuviera.

   -¡Maldito hijo de puta! –le ruge, colérico, voz ronca, las manos atrapando aquella cintura, halándole, terminando de acercarle, sin haberse dejado engañar ni un segundo por las intensiones del otro, y pega la nariz, boca y mentón de aquel trasero firme, redondo, duro y de piel efectivamente caliente. Se siente rabioso por ceder, mal porque estaba reincidiendo con un hombre (deseándolo tanto que le dolía bajo las ropas), pero nada de eso le detiene mientras frota la cara. Y Jeffrey se tensa, sonriendo, parpadeando con abandono, dejándose hacer, casi apoyándose en su rostro, mientras deja escapar un gemidito parecido a una risita coqueta. Y chilla cuando esa boca parece metérsele entre las nalgas, más abajo.- Es lo que quieres, ¿verdad, maricón? –y Larry, en la oficina, casi sonríe al verle morder con un mueca sobre la firme piel del marine que gime riente, de éxtasis y cachondez.- Quieres que un mucho llene tu culo de puto, ¿verdad?

   -Oh, mi cabo, no diga eso. –canturrea ronco, sonriendo, agitando el ardiente trasero de ese rostro.- Pero si cree que merezco un castigo como ese…

CONTINÚA…

Julio César.

EL PEPAZO… 88

febrero 14, 2018

EL PEPAZO                         … 87

De K.

   ¿No le queda linda?

……

   Se miran y se miran, y cerrando los ojos, totalmente enloquecido por el dulce licor de Kentucky, por la magia del hermoso momento, por la cercanía de ese tipo que siempre le había agradado (aunque sólo ahora lo entendía así), como fuera, Jacinto entreabre los labios y acerca el rostro. Rigoberto se congela, porque aquello no sólo era mucha mariconeidad, (cogerse un buen culo era una cosa, besar a un tipo otra), y porque en esa boca habían estado, sospechaba, tres vergas soltando sus jugos y quien sabe si no leche también; sin embargo… no se aleja. Los labios se rozan, sutiles, como caricias que no se atreven a ser.

   -¡Fuck! –gruñe Smith, caliente.-  Coger… -balbucea.

   Mientras la cara de Rigoberto se le pone de un color rojizo oscuro morcilla, por haber sido distraído en ese momento, o regresado al presente (¡besaba la boca con sabor a vergas de Jacinto!), este sólo deja salir una risita algo ebria, de excitación, el culo latiéndole de ganas, totalmente caliente frente a esos machos dominantes cuyos toletes ha conocido, sentido y saboreado, completado ahora por ese hermano espiritual, amante de las vergas, que estaba allí, con su bonito y caro traje, el fino cabello revuelto, la sonrisa de ganas también.

   En cuatro patas sobre la fresca grama en esa noche tibia y algo perfumada por flores y árboles, aún dentro de la pequeña tanga hilo dental, apartada en su raja para que su agujero sea llenado, entre gemidos ahogados, Jacinto se traga la verga de White, enorme, sus rojizos labios abarcándola, dejándola brillante de saliva, pareciendo demasiado grande para él, pero tragándola, ladeando el bonito rostro, mientras aferrado por la cintura por unas manos grandes y oscuras, su culo es penetrado con fuerza por su colega de trabajo, Rigoberto Linares, que bufa como un fuete mientras le da y le da, duro, con todo, sacándole la tranca casi hasta el glande, halándole toda vaina, para enterrárselas cuando se la clava con ímpetu, haciéndole estremecer, provocando contra sus nalgas esos enloquecedores sonidos de palmadas. Y si el forzudo joven disfrutaba del sabor de aquella verga que latía, calentaba y mojaba su lengua, y los roces en su culo, la refregada que le daba la gruesa mole cruzada de venas hinchadas de sangre (tanto que su trasero parecía otra ansiosa boca trabajándola), disfrutando de escuchar los gruñidos de esos hombres a los que exprime, sus gemidos de lujuria, de quienes gozan lo que hacen y lo que él les hace, todavía mira a su lado, casi frente a él, pero paralelamente, al hombre joven que saliera de la fiesta.

   Este, también de rodillas, parcialmente vestido, el pantalón en las rodillas, el bóxer rojo y corto bajo sus bolas, también es penetrado por dos trancas, la de Taylor en su culo algo velludo (después de escupírselo, sobárselo con unos dedos y metérselos), y por la de Smith quien le coge la boca, metiéndosela y sacándosela, aunque viéndose algo impaciente. Como muchos hombres en ese trance, quiere, más que nada en el mundo, culo, un culito apretado y caliente. Y si era el de un carajo que se resbalaba frente a otros, mejor todavía.

   Jacinto y ese sujeto son penetrados mientras maman, y todavía cruzan una mirada. Si, el forzudo joven sabe que otros lo disfrutan tanto como él; pero él tenía una ventaja… Su trasero, golpeando contra la pelvis de Rigoberto, apretando, masajeando, halando, provocaba chillidos en este. En dos idiomas se oyen los “toma, toma, perra”, mientras dos culos son rastrillados con fuerza, dos bocas tragan hasta que sus gargantas se deforman. Cuatro pares de manos aferran mientras toman lo que sus virilidades quieren, machos tomando lo que desean. Vergas contra culos y bocas golosas. Casi simultáneamente dos ellos chillan, atrapando esas nucas de cabellos transpirados, y se corren, cubriendo lenguas, obligando a dos carajos a tragar semen caliente entre ronroneos. Hace rato que Jacinto le había encontrado el gusto a la esperma, aunque no quisiera reconocerlo. El otro, desde los catorce años, de parte del novio de una hermana, sabe lo rico que es. Perdidos en sus lujurias, cuando quienes los alimentaban se apartan, Jacinto y el apuesto joven (al que supone mexicano), se miran, ojos brillantes, rostros enrojecidos, frentes algo fruncidas, agitándose cuando dos machos golpean sus culos. El joven guardaespaldas se estremece cuando el otro, entre jadeos y bamboleos alza las manos y le atrapa el rostro. Y comparten un beso mordelón, chupado, mezclándose sus salivas y las espermas que tomaron, mezcla por la que luchan para tragar. El resto de los presentes ríe y aplaude ante tanta cachondez. Rigoberto no tanto, aunque le afecta (todo le ponía como más caliente), así que atrapándole el corto cabello le medio hala, sin romper ese beso de maricas excitados, mientras incrementa sus embestidas, cogiéndole con más fuerza.

   Perdida toda noción de dónde están y qué hacen, Jacinto termina nuevamente de espaldas sobre la fresca grama, y sobre parte de sus ropas que tendieron, sus piernas abiertas y alzadas, aún medio cubierto con la chica prenda interior, mientras Smith le llena el culo con su verga blanco rojiza, surcada de venas, que le abre, penetra y llena con fuerza. A su lado, sin el costoso saco, los pantalones y el bóxer en las rodillas, continuando técnicamente en cuatro patas, el recién llegado era trabajado entre fuertes embestidas, la risitas profunda y los “take, take, bitch”, de White, quien en un momento dado hasta cerró los ojos echando la cabeza hacia atrás, disfrutando de toda aquella cachondez y lujuria desatada, sintiendo el tolete ricamente aprisionado en las entrañas de ese sujeto… que estaba sobre Jacinto, tragándole la verga fuera de la tanga, mientras este le comía la suya. Mientras era follado, entre gemidos de gozo y estremecimientos de cuerpo por las embestidas del marine de más edad, el forzudo joven le mamaba el güevo al otro, en una escena tan caliente como insólita en los jardines de aquella embajada. Las pelvis van y vienen, empujando sus trancas tiesas por entre orificios calientes y sedosos que se abren, las abrazan y aprietan, chupándolas, halándolas, succionándolas. Y dos hombres estaban delirando por todas las sensaciones que experimentaban, y saboreaban literalmente, en esos momentos. El culo de Smith, aún cubierto por el pantalón, sube y baja mientras dirige su mole de carne contra el lampiño agujero que lo traga, golpeándole con las bolas, sacándosela, surcada de venas, sintiéndola aprisionada, para volver  clavarla, mientras White, las negras manos sobre l cintura del otro sujeto, le macheteaba una y otra vez el aparentemente chico hueco con su titánica pieza, que entraba y salía triunfadoramente. Mientras esos dos gemían y chupaban la tranca ajena en su sesenta y nueve de delirantes maricones.

   Y, lo insólito, es que Jacinto ¡aún quería más!

CONTINÚA…

Julio César.

NOTA: Lo siento, K, debí quitar algunos modismos que usaste, los fonéticos, el corrector no me dejaba en paz.

NOTA 2: Bien, cumplí, Max.

EL CAMBIO… 48

febrero 14, 2018

EL CAMBIO                         … 47

   Basado en una idea QUE NO ES MIA. Es una adaptación. No digo más, por ahora, no contacto aún al autor. Es un cuento de los que llaman de lenta construcción.

   Armado y peligroso…

……

   Ignorante, felizmente ignorante habría que agregar, de la vigilancia a la que es sometido, y que antes sospechaba pero que ya no puede considerar, o  las dudas de un hombre que quiere entrar y… entrarle, Jeffrey McCall grita ronca y largamente arrodillado sobre su camastro, la recia espalda arqueada, sus enormes nalgas a la altura justa para que un sujeto más bajito, y menos fornido que él, le machetee con fuerza el culo con su verga, adentro y afuera, con fuerza y saña. Y cada metida y sacada, con sus roces, cada golpe de aquella punta caliente sobre su próstata y un punto más allá, le tenía así, delirando. El recio pecho subiendo y bajando sin mucho esfuerzo, sonriendo plenamente, la cara de la total cachondez asumida físicamente, mientras un hombre se sirve de él, de las haladas, apretadas y chupadas que sus entrañas le daban sobre el miembro.

   -Toma, toma, puto. –le gruñía el cabo Pelham, como poseído, necesitado de darle con todo, de ser malo con el maricón, aunque lo que hacía, bien lo sabía, era brindarle más y más de lo que tanto parecía gustarle. Güevo. Y quería hacerlo, darle güevo por ese culo vicioso y abierto.

   -¡Ahhh! –Jeffrey casi ve estrellas, y sonríe aún más soltando una floja aunque ronca y profunda risa (una voz ahora más grave y masculina), cuando Pelham incrementa las embestidas, agitando el camastro, golpeándole las nalgas con su pelvis, dándole con sus bolas, atrapándole los pectorales con las húmedas y calientes palmas de sus manos, apretando, atrapándole las erectas y sensibles tetillas, halándolas.- ¡Hummm! –cerrando los ojos, sonriendo en todo momento, sisea de puro placer, su verga botando un mar de líquidos sobre el camastro, mientras su culo, algo quieto, atrapa y suelta, hala y chupa aquella pulsante barra que daba gusto.

   No pasará mucho antes de que estalle en un intenso orgasmo, sin tocarse, su verga muy erecta (como sólo le ocurría cuando se excitaba ante un hombre, alcanzando su plenitud únicamente cuando algo rastrillaba su trasero); un poderoso clímax que le hará gemir casi desmayadamente, al tiempo que su agujero se cerrará y halará con una fuerza tal que provocará los gemidos de Pelham, así como el propio orgasmo, incapaz de soportar el cabo tantas estimulaciones en su verga. Mientras Jeffrey bañaría su colchoneta y el piso de espesa, abundante y olorosa esperma, una corrida algo menor, pero igual de intensa y cliente le bañará y llenará sus entrañas, que parecerán absorberla, al tiempo que mientras ríe comienza otro leve viven, su agujero hambriento subiendo y bajando sobre la rojiza mole de carne joven que aún lo llena, dejándolo cubierto de su propia esperma, una que chorreará de su agujero rumbo a sus bolas depiladas.

    Luego, mientras un sonreído Pelham, de piernas algo temblorosas aún, sale de un sanitario donde se medio aseó, enfrentando la mala cara de su compañero de vigilancia, Jeffrey, sonriendo también, toma una rápida ducha, riéndose de lo mucho que ha cambiado. Bajo la lluvia de la regadera que le cubre de gotitas de aguas que resbalan sobre su impresionante cuerpo, con las piernas muy abiertas, cuando procede a lavarse el culo para deshacerse de todo resto de la esperma dejada allí por otro hombre, disfruta de sus dedos entrando, ¿o lo hacía tan sólo para provocarse algo de ese placer que experimenta al hacer aquello, pero que resulta insuficiente? No está seguro. Como sea, sale de allí, y en su pieza, desnudo totalmente, toma de una gaveta, llena ahora de chicas prendas, un bikini azul intenso que le hace sonreír al mirarse en el espejo, donde posa y flexiona sus músculos como un culturista, para finalmente meterse dentro de uno de esos ajustados y claros shorts, o bóxer, admirándose otra vez. ¡Le encantaba su cuerpo, verse, tocarse! Volviéndose, se recrea en la amplia y firme curva de su trasero, donde destaca con intensión lo pequeño de la pieza bikini bajo el shorts o bóxer, no sólo los contornos sino el color oscuro. Dios, se veía tan bien; la idea le llena de tal orgullo, de tanta alegre y satisfactoria vanidad que se medio pone duro, su morcillona pieza destacándose increíblemente bajo la ropita ajustada.

   Rato después, Larry reaparece, y riendo le aclara que no viene por sexo sino para nuevas tareas. Algo desilusionado, en botines deportivos, ese shorts y una camisetica que atrapa las miradas de los dos ordenanzas, uno sonriente, el otro muy serio, el médico le lleva a un cuarto nuevo, colocándole sobre una silla que parecía de dentista, reclinándosele hacia atrás, colocándosele unos audífonos. Allí toma, confiadamente, unas píldoras color azul, y mira un documental: La Misión. Le parece que trata de infiltración en territorios enemigos, pero no logra concentrarse, no puede. Un zumbido bajo que va subiendo en tono, y cierto parpadeo en la pantalla, le distrae. Su mente se vacía, vaga, las escenas se suceden con una rapidez y un brillo trepidante. Hipnótico. Y sonríe, mus muslos casi pegando a pesar de las piernas muy abiertas.

   Otros marines, algunos que reconoce de las fotos del cuarto de pesado, con ropitas como la suya, se ejercitan riendo tontamente. Parecían jugar a practicar con armas, rastrear o espiar a alguien. Las tomas van a sus bíceps, espaldas, traseros y piernas. Jeffrey sonríe diciéndose que él se ve igual de grande, fuerte y guapo. Eso le calienta, como se le pone algo dura la vista de todos esos hombres. Le encanta verse como ellos, con cada músculo abultado, duro y liso. Se siente tan bien, tan caliente y sexy que sonríe aunque la lección continúa, con parpadeantes estallidos de luces, con otras que giran sobre la pantalla. La verga se le endurece a la vista de hombres y hombres desfilando marcialmente. Hermanos marines. Tan viriles y guapos. Machos. Siente que el bikini le aprisiona, ¿por qué se pone duro?, lo ignora, pero ¿a quién le importaba?

   Parpadea como despertando de un sueño cuando la pantalla queda en negro; un jadeo escapa de sus labios… estaba caliente. Mucho, quiere… sexo. Lo admite claramente. Respira con dificultad, ansiosamente. Urgido. Necesita… Está solo. Larry se ha ido y no lo notó. Se quita los audífonos, se pone de pie y la imagen de su cuerpo en los espejos le trastorna, se soba casi voluptuosamente los bíceps, los hombros, su torso. Sonriendo leve revisa de nuevo su trasero, tan musculoso y firme! Tan… Tragando en seco mira hacia la puerta; decidido, va hacia ella, despojándose de la ajustada camisetica en el trayecto (La Misión), saliendo. Su torso ancho y abultado destaca impresionantemente cuando respira. Se encamina hacia la zona de ordenanzas…

   Donde parece que únicamente se encuentra el cabo Joseph Down.

CONTINÚA … 49

Julio César.

SIGUE EL DILEMA… 21

diciembre 14, 2017

SIGUE EL DILEMA                         … 20

   Basado en caracteres creados por capricornio1967

   -¿Qué use un qué?

……

   Desesperado, casi maldiciéndose al no poder zafar sus brazos atados, o no poder gritar una negativa tajante por aquella mordaza, incluso ver qué era lo que el otro tramaba al estar cegado con aquel antifaz, Daniel siente que va adormilándose, cayendo y cayendo, que cada vez le cuesta más resistir. Intenta apartar el bonito rostro masculino del pañuelo y de aquellos dedos que lo sujetan con fuerza sobre su nariz, oyendo en todo momento la desagradable risa de Franco, de burla, de quien sabe que lo tiene donde quiere, que lo ha vencido otra vez. Intentó no respirar, pero…

   -Jejejejeje… -burlándose el hombre le mira, respirando pensadamente de lo excitado que está al tenerle tan indefenso, al verle semi anestesiado. Aparta el pañuelo y con un velludo dedo le roza la nariz, para verle agitarse un tanto, escucharle quejarse, babeándose la mandíbula y el cuello por la bola en su boca.- Jejejejeje… -¡eso le divertía tanto! Cada vez que hace aquello, y Daniel responde aunque sea muy quedamente (y cada vez es más quedo), vuelve aplicarle el pañuelo en la perfilada nariz, hasta que se queda totalmente quieto.- Bien, bien… -jadea ronco, todo emocionado.

   Deja caer el pañuelo en la mesita y su mirada obscena se recrea en el muchacho maniatado, amordazado y cegado, desnudo, hermoso, tan a su merced. Tan a punto para que haga con él lo que mejor le parezca. Casi estremeciéndose de anticipación posa las manos grandes, velludas y callosas sobre los tersos hombros anchos, recorriéndolos, acariciándolos, recreándose en la belleza de su juguete sexual. La idea le hace la boca agua, una que traga sonriendo mientras acaricia los costados, subiendo los dedos, rozando y acariciando hacia los pectorales expuestos, hacia esas tetillas rojizas e inflamadas por el uso de los ganchos; las atrapa y hala un poco, con el corazón latiéndole de sucia emoción. Aun anestesiado, Daniel frunce un poco la frente y gruñe. Aprieta más, halando sostenidamente, disfrutándolo completamente.

   -Pronto te gustará que te haga esto… -baja el rostro y atrapa unas de las aureolas con su boca, chupándola escandalosamente, cerrando los ojos y disfrutando de su esclavo. La deja, un hilo de espesa saliva se deja ver, y repite la operación en la otra. Luego baja, ladeando un poco el rostro, respirando pesadamente de la emoción, lamiendo y marcando un brillante camino desde los pectorales al ombligo; lento, dejando una capa de saliva, deteniéndose aquí y allá, agitándola sobre un punto, repartiendo besitos y lametones en otros.

   Suspirando emocionado, aparta el rostro y toma la bolsa. Saca algunos objetos con los cuales procede a trabajar. Con una enorme sonrisa aplica un gel a los genitales del muchacho, cuya verga se redujo de manera impresionante después del clímax, por el ataque recibido. Lo que era perfecto. Luego, con maquinillas de afeitar desechables, procede a pelarlo. Afeita cada vello de la zona púbica, la base de la verga y las bolas. Separándole las piernas, afeita el camino que va a la raja del culo y el culo mismo, divirtiéndose en el proceso al montar una pesada pierna del chico en su hombro mientras lo trabaja. Una vez hecho, toma otra loción y untándose las manos, la aplica a la zona rasurada. Se toma su tiempo, manipulándole, especialmente sobre la raja entre las nalgas y la entrada del culo, donde, juguetonamente, clava un meñique.

   -Jejejejeje… -se le escapa, sintiendo la verga bien dura, cuando le ve estremecerse y gemir quedamente mientras le saca y mete el dedo chiquito.

   Las manos le tiemblan un poco, de emoción, al tomar de la mesita el pequeño juguete de plástico traslucido, aunque de color algo rosa. Oh, sí, chico grande, capitán del equipo de clavados, para ti han acabado las erecciones y las corridas a voluntad, se dice con maldad. Desarticula el “juguete”, manipulando el pene y las bolas del muchacho, colocando el ajustado anillo en su base, tras el escroto. Mirándole al rostro, sonríe cruel, muy cruel, agarrándole nuevamente el flácido y suave pene, encerrándolo en aquel pequeño tubo plástico de acrílico, que tan sólo muestra una abertura al final del arco anterior, empujando hacia abajo, abarcando con la base en arco del “juguete”, los testículos, pisándolos, encerrándolos. Casi babea mientras lo hace. Tanto que tiene que detenerse un segundo de lo mucho que está disfrutando aquello.

   Era imposible, una vez fijado, que el chico lograra una erección, incluso ponerse medio morcillón. E iba a fijarlo. Asegurándose de tener el pene y los testículos cubiertos, procede a fijar el “juguete”; el pequeño candado en la parte más baja y posterior, tan diminuto que le sería prácticamente imposible alcanzarlo por cuenta propia, pero tan firme que tendría que usar la fuerza para romperlo, lastimándose en el proceso. Los genitales quedan atrapados. Los mira y siente la leche tan cerca que no puede evitar tocarse la verga con ganas de correrse de una vez. Y mientras se toca, roza con los dedos el material sintético y suave al tacto que cubre al muchacho. En cuanto el marica de Luis tuviera el suyo, ambos se encontrarían, sus juguetes. Dos maricas para él. Traga, bordeando el “juguete” con los dedos, pensando en lo bien que se verá Daniel cuando lleve uno permanente, en brillante, pesado e indestructible acero.

   -Jejejejeje… -ríe, ronco, mientras le desata las manos, teniéndole medio abrazado, disfrutando de su peso y calidez. De su olor a joven saludable. Y le deja de espaldas sobre el mueble. Que duerma, ya tendría bastantes emociones.

……

   Lentamente, sintiéndose algo mareado, descompuesto y con el estómago revuelto, Daniel Saldívar vuelve en sí. Totalmente perdido, trata de tragar y chasquear la lengua pero la encuentra ocupada por la bola; sigue cegado por el antifaz. Hay… hay algo más, pero lo primero es que… Las manos bajo su cuerpo le hicieron temer continuar maniatado. Pero no, tan sólo están bajo su cuerpo. Las saca; no escuchando nada, no sabiendo dónde está Franco (o haciendo qué), se sienta, notando una incomodidad, una presión que…

   No le importa. No por ahora. Se quita la máscara y la primera imagen que nota de sí, (oficiosamente el entrenador había acercado un espejo de cuerpo entero transportable), es una donde continúa desnudo con aquella bola en la boca, sentado allí, en la indefensión total. Con manos febriles retira el gag ball, la muy mordida y mojada mordaza. Mira alrededor encontrándose a solas y deja escapar un jadeo de alivio. Con paso algo inseguro se pone de pie… y se congela.

   Por un segundo no puede entender aquello, comprenderlo, asimilarlo. Lo primero es que está completamente lampiño allí, en sus genitales. Es lo primero que se le ocurre porque lo otro… la jaula de castidad, translucida, sus genitales amarrados, sencillamente no puede procesarlo.

   -¿QUE MIERDA ES ESTA? –grita pasados unos segundos de tener la boca y los ojos muy abiertos, llevándose las manos a esa cosa chica, fría y lisa, halándola, y como no puede despegarla lo repite con mayor fuerza.- ¡NO! ¡NO! ¡NO! –ruge cuando hala y hala, lastimándose, sin poder aflojarla ni retirarla.

   El corazón parece que va a detenérsele en el pecho, la rabia es inmensa, pero no tanta como la humillación que siente, y esta quedaba en pañales frente a la frustración que le arropa. Y el miedo. Uno real. Que ese hombre le haya enjaulado para siempre. Es lo que se le ocurre, que como está en manos de un depravado enfermo mental, este decida dejarle eso eternamente, como marca de su control. De propiedad. Eso lo piensa de manera febril, su mente girando de manera vertiginosa mientras se le dificulta respirar. Halando de aquella vainita en todo momento, hiriéndose en el proceso, pero incapaz de contenerse.

   -¡NO, NO, NO, COÑO! -ruge a su propia imagen en el espejo, odiándose intensamente. ¿Cómo se dejó atrapar así, otra vez, por un sujeto al que ya conocía? Si, en esos momentos el joven se odia, se desprecia, casi cree que… que merece eso que le pasa. Que se lo buscó.- ¡ARRRGGG! -aprieta los dientes, rojo de cara, desesperado, halando y halando, decidido a no parar hasta que…

   -Cuidado y te lo arrancas; me refiero al pene, jejejejeje… -la risita burlona de Franco a sus espaldas le hace pegar un bote y dejar escapar una exclamación de sorpresa. Se vuelve y le mira, jadeante, rojo, ojos llenos de desesperación y odio, cubriéndose la jaula de castidad entre sus piernas. El otro le recorre con la mirada, burlón.- Joder, ni te imaginas lo caliente y puto que te ves así, depilado y con tu jaula de castidad… Todo chico debería vivir así para su hombre.

   -¡HIJO DE PUTA, ¿QUÉ ME HIZO?! –le grita casi histérico, sin importarle que el otro le mire feamente.

   -¿Son maneras de hablarle a tu maestro, esclavo? –Franco es duro, y Daniel no puede negar que se estremece de inquietud, casi de temor, ganándole esta a la rabia por un segundo. Si, iba camino a la sumisión.

   -¡TIENE QUE QUITARME ESTO! –ruge, exigente, pero también suplicante.

   -No, no se va a poder, esclavo.

   -Mire… -da un paso en su dirección, odiando la sensación de la jaula sobre sus genitales, el suave peso.- No puede…

   -Si, si puedo, muchacho. No quieres entender que eres mi juguete, mi esclavo, pero eso es lo que eres. Y un esclavo no es dueño ni de sus genitales.

   -Dijo que esta sería la última vez que… Que si yo… -chilla furioso y frustrado. La risita del otro es como ácido en sus oídos.

   -Sabías que mentía, esclavo. Lo sabías. Dije lo que querías escuchar, aunque evitaste escuchar que eres mío. –le ruge esa parte.- Tu cuerpo, tu vida, todo me pertenece. Igual tus genitales. No volverás a tener una erección, no volverás a correrte con una buena paja, o en la boca, la concha o el culo de una chica. Eso terminó para ti. Tu verdad es la sumisión, Saldívar; tu trabajo es servirme. ¿Tu sexo?, tu culo. Y es mío para que lo use como yo quiera. Para que te lo folle, lo  lama, lo penetre con algo. O para que no te haga nada. O para que te preste.

   -Maldito enfermo… -jadea el joven, lívido, cubriéndose aún con las manos, mirándole con odio.- No dejaré que me haga esto.

   -Ya te lo hice, jejejejeje…

   -¡VOY A QUITARMELO! –desafía, bañándolo todo de saliva.

   -Lo intentarás, querrás decir; pero no podrás, está asegurado y tengo la llave. Tendrías que ir a pedir ayuda; ¿a quién?, ¿dónde? ¿Un hospital, la policía? ¿Al marica de tu padre? Esa será la manera más directa para que mundo sepa lo nuestro, de nuestros juegos sexuales, puto. Alguien tomará una fotografía y…

   Daniel ya no escucha, apartando las manos de sus genitales, lanzando un alarido, se arroja contra Franco; alzando un puño, dispuesto a aplastarle la nariz. Para comenzar.

   Pero, el otro ya le espera…

CONTINÚA…

Julio César.

NOTA: Me tomé algunas libertades con la descripción de la jaula de castidad. Debe verse difícil salir de ella. También me tomé tiempo en su implementación, generalmente escribo “se quedó dormido y despertó encerrado”, pero no es el estilo de Capricornio, y siendo los caracteres creaciones suyas hay que respetarlo en lo posible.

EL CAMBIO… 47

diciembre 14, 2017

EL CAMBIO                         … 46

   Basado en una idea QUE NO ES MIA. Es una adaptación. No digo más, por ahora, no contacto aún al autor. Es un cuento de los que llaman de lenta construcción.

   Armado y peligroso…

……

   -Oye, ¿por quién me tomas? –ronronea una sonreída respuesta, en verdad esponjado contra el otro sujeto, más bajo, cuyas manos están ahora sobre sus pectorales, apretando, acariciándole, los dedos cruzando y rozando sobre sus tetillas enormes y erectas; cosa que le hacen estremecer.- Hummm… -se le escapa cuando los dedos aprietan sus pezones.

   -¿Acaso no eres un calentorro? –le pregunta Pelham, como si jugaran, extrañándose él mismo de qué tanto ha cambiado su interés sexual cuando apoya la boca de aquel hombro (la diferencia de alturas era notable), y mordisquea.

   -Idiota. –ríe Jeffrey, ya olvidadas esas cartas que el mismo cabo entregara mientras estaba ejercitándose. Una de ellas de su novia que quería saber de él; correo que le dejó indiferente.

   Nada ocupa su mente mientras se vuelve y sonriendo cae de rodillas, sumisa y entusiastamente, viéndose increíble al ser tan alto y musculosos, el rostro casi quedándole a la altura de los pectorales del cabo, sobando aquella verga que erecta bajo el uniforme. Una que roza, amasa, alrededor de la cual clava los dedos provocándole gemidos al otro. Una que libra, rojiza venosa, erecta, cuyo glande lame con ávidos y sinceros “hummm”, aunque él mismo lo ignora. Una que traga, de punta a base, apretándola, recorriéndola con la lengua, la cual agita bajo la pulsante y cálida superficie, sorbiendo mientras va y viene, ladeando el rostro, sobándola con las mejillas.

   Va y viene con ganas, casi bizqueando mientras saborea esos jugos que calientan su estómago, estimulado para ciertos sabores, unos que parece condicionado a buscar, anhelar, extrañar. Aún no era plenamente consiente de cuánto le gustaba el semen, pero terminaría descubriéndolo, todo lo que disfrutaba, le excitaba y le satisfacía sentirlo cubriendo su lengua, resbalando lenta y espesamente por su garganta, llenando su ansioso estómago. Los ruidos de sorbidas y chupadas son obscenas, algo que provoca que al joven hombre que era mamado, casi se le debiliten las rodillas de emoción; era rico ser chupado así, pero era también excitando ver a ese carajote forrado de musculoso, haciéndolo. Notar en su rostro guapo todo el deleite que encontraba en tener la verga de otro hombre llenándole la boca. Toda la estancia se llena con esos chasquidos, esas tragadas ruidosas, y los gemidos de Pelham, quien cerrando los ojos, mece sus caderas de adelante atrás, cogiéndole la boca. Down, que seguía con la frente fruncida y la oreja pegada a la puerta, no pierde ni un susurro, un gruñido, viéndose alarmado, asqueado, molesto y fascinado.

   -Joder, si, el capitán te lo trabajó, ¿eh? –le gruñe Pelham, minutos después, ronco y excitado, teniendo al riente Jeffrey de rodillas sobre su camastro, muy abierto de piernas y nalgas, totalmente desnudo (ya no le importa verle el equipo), mientras le saca y mete dos dedos de ese agujero lampiño, rojizo, pulsante… Y muy untado de esperma, la del capitán, que le cubría un tanto las falanges, poniéndole más cachondo en lugar de provocarle repulsas.

   -Vamos, cabo, deme lo que ya me dio el capitán. –le pide mirándole sobre un hombro; travieso, realizado, excitado. Meciendo su firme trasero de adelante atrás, cogiéndose con aquellos dedos.

   -¡Puto! –ruge el joven hombre más bajito, caliente ante la idea de follarle, de sentir su verga apretada, halada, chupada, y más si se lo hacía ese carajo enrome y musculoso. Febrilmente se pone de pie, y el otro tiene que flexionar aun más sus piernas para bajar el tembloroso agujero a la altura, y lo penetra de un certero golpe, cayéndole encima, contra esas nalgas duras.- ¡Ahhh!

   -¡Hummm! -chilla entre dientes, sonreído, con cara de morbo, Jeffrey McCall, mirándole.- Ohhh… -pone la boca como un piquito y sisea cuando el otro comienza un frenético saca y mete. La rojiza verga sale y entra, macheteándole con fuerza, agitándole sobre el camastro a pesar del tamaño, abriéndole el redondo anillo en su ir y venir mientras le azota con sus bolas.- Si, si, mi cabo, deme duro… -lloriquea alcanzado por la lujuria de esa punta de verga dándole donde es, sobre la próstata y más arriba. Donde la necesita. Y cada roce, cada golpe es un estallido de éxtasis. Su redondo trasero va y viene, frenético, buscándole. Un culo hambriento urgido de sexo.

   Fuera de aquella pieza, en el pasillo del complejo médico, o experimental, Joseph Down traga en seco, la oreja pegada a la puerta, oyendo el crujir de los muelles de una cama, una que parece alzarse y caer por la fuerza de buenas embestidas. Oye los “hummm, hummm”, de Jeffrey, roncos de puro placer, y una que otra carcajada del musculoso marine. Obviamente que se lo follaran le hacía increíblemente feliz. Y escucha los roncos y bajos “tómala toda”, “eres una perra caliente”, “apriétamela, chúpamela con tu culo”, “sácame la leche”, que gruñe el cabo Stanley Pelham. Tiene que cerrar los ojos, sintiéndose como mareado; la cama chilla más, Jeffrey igual, pidiendo que se la meta toda, hasta lo profundo, más duro, más duro, “¡más duro, carajo!”. Oye los “puta, puta”, que lanza el otro, las bofetadas de pelvis contra nalgas. E imagina un tolete metiéndose en un agujero.

   Y se siente enfermo de lo dura que la tiene, latiéndole bajo del uniforme. Haber escapado unos días parecía no haber servido de nada. Quiere irse, alejarse de aquel lugar, pero no puede. Jeffrey gimotea agónico, como si algo le doliera, pero era el lamento más cachondo que Down había escuchado en toda su vida. Y oírle con ese tono de voz pedirle al otro que le entierre duro la verga, que le cepille las entrañas, que le dé en la pepa, lo pone mal, muy mal.

   Agitado, casi presa de fiebres, lleva una mano al picaporte. Necesita entrar y gritarles algo para que se detengan. Eso se dice, aunque sabe que lo que quiere es culo. Ese culo ya ocupado de verga, y que según Pelham ya estaba todo chorreado con el semen del capitán O’Donnell. Quiere tanto, tanto, cogerle, que siente que se muere…

   Larry O’Donnell, desde el lugar de monitoreo, observa en una segunda pantalla su titánica lucha interna, la heterosexualidad del sujeto gritándole que se detenga. Sonríe sabiendo que era una guerra perdida. La verga mandaba, la testosterona reinaba siempre.

CONTINÚA … 48

Julio César.

EL CAMBIO… 46

diciembre 12, 2017

EL CAMBIO                         … 45

   Basado en una idea QUE NO ES MIA. Es una adaptación. No digo más, por ahora, no contacto aún al autor. Es un cuento de los que llaman de lenta construcción.

   Armado y peligroso…

……

   -¿Problemas con Jeffrey? –tomado por sorpresa, el hombre joven alza la vista para mirar al socio y colega. El cual, que andaba algo ceñudo, lo frunce aún más.

   -¿Jeffrey? ¿Así le dices? –se amosca por alguna razón.

   -Es su nombre, ¿no? Como el tuyo es Joseph… creo. –Pelham, frunciendo también el ceño, pero divertido, le mira con intensión.- ¿Te pasa algo con él?

   -¿Qué? ¡No! –jadea demasiado rápido, tratando de mostrarse sereno, pero algo de la picardía que brilla en la mirada del otro le amosca aún más.- Es que… Es tan rara esta asignación. –gruñe, dejando de mirar al otro, preguntándose, no por primera vez, si no le estarían castigando por algo.

   -¿Lo dices por eso? –pregunta a su vez, con burla en el tono, Pelham, señalando algo.

   Down alza la vista, tras el escritorio de los ordenanzas, donde el otro aún sentado, sigue anotando cosas en un cuaderno. Por el pasillo, hablando animadamente (y con mucho de amaneramientos, piensa Down), cruzan Larry O’Donnell, vistiendo el pantalón de un mono deportivo y una ajustada camiseta gris. Y a su lado… Bien, con botines de goma, un short corto y ajustadísimo que dibuja perfectamente sus redondas nalgas y hasta sus bolas, y una camiseta de anchas aberturas, ajustada como una segunda piel, va el enorme, fornido y sonreído Jeffrey McCall, con ese aire de sensual mariconería que agita el pulso del marine de pie, quien nota, de pasada, como los ojos de Pelham se clavan en esas nalgotas donde se destaca (¡por Dios!), un bikini azul oscuro. Hasta eso se nota a pesar del shorts. Y que hay cierta humedad sospechosa entre dichos glúteos. Este, mirándoles, agita unos dedos en saludo, y aunque la cara le arde, Down responde con un gesto de cabeza, Pelham medio contiene una sonrisa.

   Joder, seguro que el capitán y…

   -Qué culo, ¿verdad? Para ser hombre. –la voz de Pelham, algo distante y soñadora, le estremece.

   -¿El culo de McCall? –grazna.- ¿Te fijas en eso? –le reta, sintiéndose mal por ser tan hipócrita.

   -¿Tú no te fijas en los culos grandes? –es la respuesta algo curiosa del otro. y Down calla muchas cosas, porque no se siente con ánimos de jurungar ese avispero de retos machistas.

   -¿Tú… y él…? –necesita saber. De repente se le ocurre que sí, que seguro el otro ya había probado ese culo y… Pero lo deja así, no se atreve a formular preguntas que provoquen un “¿y tú?”; Y algo le decía que Pelham se divertiría viéndole retorcerse en ese anzuelo.- No, nada.

   -Estás muy raro, amigo. –termina Stan Pelham, arrojando el cuaderno cuando Larry sale de la pieza de Jeffrey.- Comienza tu informe, lo pidieron hace rato; ya vuelvo. –le dice apresurado, poniéndose de pie y alejándose, dejándole con la boca abierta.

   -Hey, ¿a dónde vas? –pregunta molesto. Joder, ¡estaba dirigiéndose a la pieza del culón!

   -Voy a preguntarle algo a Jeffrey… al marine McCall. –responde sonriendo de manera predadora.

   -¿Qué vasa preguntarle?

   -Ya vuelvo, carajo. ¡Deja de joder!

   Con el ceño fruncido en disgusto, separando los brazos exasperados, Down le ve alejarse, tocar y entrar en esa pieza. Estremeciéndose. ¿Acaso iba a…? Mira el escritorio, si, tenía que comenzar su informe, pero… Barre con la mirada los alrededores, nadie a la vista, y con pasos silentes, alerta, se acerca a la pieza, pegando la oreja de la puerta. Nada. Joder, esos dos podrían estar…

……

   Y si, estaban. Cuando entró en la pieza después del “adelante” de Jeffrey, Pelham iba con la sola intensión de preguntarle, burlándose, qué tanto le había “ejercitado” el médico. Ya tenían cierta confianza, pero al abrir la puerta y encontrarle de pie en el centro de la habitación, sin la camiseta, con la espaldota recia y forrada de músculos, el shortcito translúcido donde se dibujaba ese bikini azul intenso y muy chico, en ese trasero tan redondo, tan firme, tan prominente… olvidó todo. Y perdió la cordura.

   -Joder, te ves… -le gruñó, ronco, preocupándose un segundo por lo rápido que respondía, por lo urgido, por las ganas que ese cuerpo de pecado le despertaba. Le rodeó la cintura con los brazos, desde atrás, apretándole, oyéndole reír levemente, dejándose hacer mientras suelta unos sobre de correo que miraba, atrapándole con las manotas las suyas, echándose hacia atrás, pesado, fuerte, caliente. Eso era casi mareante para el cabo heterosexual y calentorro. Ese trasero, prácticamente sobre su ombligo, al ser más bajo, se la puso dura en fracciones de segundo.

   -¿No deberías estar haciendo tus reportes? –se medio burla Jeffrey, mirándole sobre un hombro, excitado, sonriendo contento de las atenciones del macho, del deseo que despertaba en el otro, así como la admiración; lo sabe cuando una de las manos de Stan, le recorren un bíceps, apretando y palpando, y la otra sube a sus pectorales y clava los dedos sobre uno, o lo intenta por lo duro, al tiempo que medio mece las caderas contra su cuerpo grande y sólido.

   -¿Y tú no deberás tener mi verga ya en tu boca? –contrarrestó, ronco de lujuria sabiendo que se estaba quemando en más de un sentido… Sin sentir ganas de detenerse.

CONTINÚA…

Julio César.

EL CAMBIO… 45

diciembre 11, 2017

EL CAMBIO                         … 44

   Basado en una idea QUE NO ES MIA. Es una adaptación. No digo más, por ahora, no contacto aún al autor. Es un cuento de los que llaman de lenta construcción.

   Lo quiere todo…

……

   Y así como se la pasaba todo sonriente (pareciéndose en eso un poco a Larry O’Donnell), lo otro era que… vivía caliente. Moverse, el roce contra las ropas, le producían ciertas sensaciones físicas parecidas a caricias; y notar su reflejo, de pronto, en alguna superficie reflectante, le excitaba sexualmente. Sentía ganas de tocarse, de sobarse, de masturbarse… con algo en su culo. Algo que no fueran dedos, que no llegaban donde necesitaba. Sin embargo, fuera de esa leve frustración, andaba medio duro todo el tiempo. Era como un animal sexual, se dice; aunque de los que se fijaba en el entrepiernas de los hombres. Vagamente le parece que era raro, ya que no era gay; pero, la verdad, es que le emocionaba sentir la mirada, admirada, de otros carajos que parecían pensar en hacerle cositas cuando le clavaban los ojos como dardos, especialmente en su trasero.

   Después de los ejercicios, y una ducha rápida, con otra prenda pequeña y oscura, y más ropitas ajustadas, recibió a Larry, quien le comentó que iba bien en las pruebas. Eso le produjo tanta alegría que le abrazó y casi saltaron como dos colegialas traviesas. Era emociónate saber que todo iba bien, se dijo, tal vez por eso terminó con el rostro contra su almohada, ojos cerrados, boca muy vierta, gimiendo roncamente, mientras su culo, alzado, era macheteado por el médico, quien le gruñía que se sentía increíble la manera como chupaba. Y era cierto, para él también. El roce de la verga le ponía a mil. Su recorrido. Los golpes profundos que le daba con la punta le hicieron correrse dos veces entre escandalosos chillidos.

   Esa tarde, con la cena, en cuanto Pelham y él terminaron, arrojó al cabo de espaldas en el camastro, y a hojarascas, no del todo fuera del nuevo bikini, se empaló a fondo. Pelham había dudado por un segundo, después de todo no era gay (se repetía), pero el recuerdo de las aprestadas y haladas que ese culo le dieran pudo más. Era hombre y ocioso, ¿okay?, así que apretó los dientes y le ordenó cabalgar, que se lo ordeñara, que le sacara toda la leche.

   Esa noche el marine durmió profundamente, tanto que no notó la entrada de Larry, quien, sonriendo, le colocó los audífonos para su lavado cerebral usual, ayudado por los centelleantes colores de un televisor no sintonizado, donde parecían dibujarse figuras concéntricas y espirales que giraban y giraban, bañando con sombras y parpadeos el joven cuerpo desnudo. Porque, ahora, Jeffrey McCall siempre dormiría así.

   Despierta al otro día sintiéndose lleno de energías, descansado, satisfecho con su vida. Feliz. Se quita los audífonos sin preguntar cómo llegaron, y la mirada se le pierde por segundos en el televisor, hasta que la nieve es sustituida por una pantalla completamente azul. Ahora, sonriendo aún más, sentado sobre el camastro, las musculosas piernas muy abiertas, encuentra en la mesita otro consolador. Uno nuevo. Un tubo regular y algo curvo en la punta, con un botoncito en la base. Ríe y rueda los ojos, como divertido por las tonterías de Larry, y sin más, cae de espaldas en el camastro, y como si tal cosa, flexiona una rodilla y medio ladea las caderas, apoyándose más en una nalga que en la otra, despejando el camino a su culo lampiño. Sonríe de oreja a oreja y contiene un jadeo cuando apoya la roma punta en su agujero y lo penetra. Se tensa, cierra los ojos y sonríe con la boca muy abierta, sintiéndolo deslizarse en su interior, abriéndole, llenándole; lo mete todo hasta el final y la roma punta encuentra en seguida ese punto tan interno, ese que no alcanza con sus dedos, y comienza un leve saca y mete, arqueando la poderosa espalda, sus pectorales proyectándose, sus músculos tensándose, chillando entre dientes de puro gozo.

   Lo que escapa de su boca son gemidos de placer, de lujuria y éxtasis mientras siente las paredes de su recto muy calientes, mojadas, sensibilizadas al roce, su próstata disparando chispazos de excitación, y casi por accidente, porque lo había olvidado, sus dedos rozan el botón en la punta. El leve zumbido le sorprende, pero no tanto como el rítmico movimiento de aquella cosa que vibra contra sus entrañas. Ahora sí que grita y echa la cabeza hacia atrás, apoyando los dos pies en el camastro, con las piernas separadas, alzando el culo del colchón mientras lo saca y lo mete, teniéndolo encendido en todo momento. Verdaderas oleadas de placer recorren su inmenso cuerpo, la verga le babea, las tetillas le piden ser tocadas, pero lo nuevo del juguete lo tiene fascinado. Se lo mete todo, lo saca un poco y vuelve a clavarlo, gimiendo, hasta que estalla en un intenso orgasmo que casi le hace bizquear al tiempo que ronronea y se baña de esperma. Era rico hacerse una paja por la mañana, se lo ocurre. O recuerda que lo pensó, o que lo escuchó por ahí.

   Se ducha, se viste, desayuna, y el coqueteo es intenso con el cabo Pelham, quien no sólo no parece poder apartar los ojos del cuerpo del sonriente joven, sino que al ver el vibrador sobre la cama se puso maluco. El marine desayuna y el postre es arrodillarse al lado del camastro y que el otro le meta otra vez ese juguete, adentro y afuera, haciéndole chillar, hasta que, trastornado, el cabo se lo vuelve a pegar. Luego casi huye gruñéndole que el capitán ya estaba por llegar. Como, en efecto, ocurriera poco después, recibiéndole Jeffrey chillando, respondiendo a cierto besito mordelón. Al joven ya no le interesan las pesadas, las mediciones, aunque sabe que sigue aumentando de tamaño y musculatura. Y saberlo, verse, le excita. Los batidos le ponen caliente y cachondo, tanto que en el gym, el médico y él, terminan en un acalorado sesenta y nueve. Y gritó, bastante (se le ocurrió después, recordando a Pelham, afuera), cuando, echándote de espaldas sobre una colchoneta, totalmente desnudo, el médico lo follara con fuerza y con ganas. Chilla y chilla mientras aquella verga le da donde toca, donde provoca. Sus entrañas estaban en llamas.

   Lo que parece convertirse en cierta rutina diaria.

   -¿No has tenido… problemas?

   -¿Problemas? –se intriga Pelham, sentado, anotando algo en su bitácora.

   -Si, con ese sujeto, McCall… -gruñe, rojo de cara, el cabo Joseph Down, quien después de cuatro días fuera del complejo ha tenido que regresar.

CONTINÚA … 46

Julio César.

DE HOMÓFOBO A PUTO… 14

diciembre 8, 2017

DE HOMÓFOBO A PUTO                        … 13

Por Sergio.

Rodrigo nota entonces que su propio short también parecía una tienda de campaña. ¡Su propia verga  lo había traicionado!, demostrándole que veía a Luciano como algo más que un agradable nuevo conocido. Mientras lo observa desvestirse, reparando en su pecho peludo, su primer pensamiento es salir corriendo y “escapar de la tentación” ahora que estaba cada vez más cerca; pero, tras pensarlo con mayor detenimiento durante algunos segundos, decide quedarse. Esta decisión suya se fundamenta en que 1. Nada es menos varonil que evadir los problemas en lugar de enfrentarlos y 2. Tampoco sería un gesto cortés con el pobre Luciano, que tan amable y generoso se había mostrado regalándole su agua… y que tan excitante se mostraba ahora: atlético, semidesnudo, sudado y peludo…

– Si así de peludo está de arriba, ¿cómo estará de abajo? – pregunta de forma retórica Rodrigo, escapando sus pensamientos de su mente hacia su boca.

– ¿Perdón? ¿Dijiste algo? – pregunta Luciano.

– ¡No, nada! – responde con vergüenza, deseando que sus palabras hayan sonado ininteligibles para el otro.

– Pensé que estabas apurado, pero no veo que te alistes para bañarte. Je, je.

– Es que, es que estaba pensando en… tanto asunto de la Universidad, pero tienes razón: mejor me apuro. – titubea al intentar explicar su conducta.

Mientras termina la conversación, Rodrigo extrae el jabón y la toalla que carga en su mochila, se desnuda en cuestión de segundos y rápidamente camina hacia una de las duchas más alejadas de los casilleros porque si Luciano sólo buscaba bañarse, se conformaría con quedarse en una de las primeras duchas, que estaban frente a él. Sucede tal como razonó Rodrigo: Luciano se queda en la primera ducha y se enfoca en bañarse, no intercambiando más conversación con él. Sin embargo, a pesar de la distancia que los separaba, ambos hombres podían verse (y comunicarse) entre sí lo deseaban… y lo deseaban. Mientras Rodrigo enjabonaba su cara, Luciano observaba su cuerpo desnudo, lampiño y mojado.

Aunque no podía hacerlo con todo el detalle y la cercanía que le habría gustado, la escena le parecía un espectáculo. Observa cómo esos bíceps, esas caderas, esos muslos bien formados empiezan a perder el jabón del que están cubiertos al recibir el constante flujo de agua que cae sobre Rodrigo en caída libre. Ahora su atención se centra en ver como el forzudo joven escurre su cabeza y aprecia la belleza de sus rasgos faciales cubiertos de agua.

De la misma manera, cuando Luciano realiza esta misma operación de aplicarse jabón y “shampoo”, Rodrigo, consciente de que tendría cerrados los ojos al recibir el chorro de agua, también le devuelve una mirada examinadora. Es entonces cuando pensamientos intrusos invaden su mente, arrepintiéndose de no haberse quedado en una de las primeras duchas. Se imagina a Luciano aprovechando la cercanía entre las duchas para continuar coqueteando y, finalmente, besarlo abruptamente.

Rodrigo termina de ducharse antes que Luciano, abandona la zona de duchas y se apresura para vestirse. Luciano nota discretamente los movimientos de Rodrigo, pero actúa normal. No está desesperado ni tampoco quiere aparentarlo. Rodrigo considera que ya había sido lo suficientemente valiente como para tener derecho a irse sin despedirse… y sin secar adecuadamente su cuerpo antes de ponerse una juvenil camisa de mangas largas y sus acostumbrados pantalones entallados.

Poco después de que Rodrigo se retira del recito, Luciano sale de los vestidores espera encontrarlo entre la gente. Está casi seguro de encontrarlo, pero al no hacerlo, recuerda que le dijo que tenía prisa por llegar a la Universidad mientras piensa “ya habrá tiempo”, ignorando que la verdadera urgencia de Rodrigo obedecía a su temor ante el riesgo de que sus deseos sexuales se descontrolaran y terminaran follando en plenos vestidores.

Mientras aborda una unidad de transporte colectivo, Rodrigo piensa “¡qué estupidez!”, haciendo un esfuerzo por romper con todos esos pensamientos homoeróticos que automáticamente estaban invadiendo su mente. Está claro que Rodrigo hoy no era dueño de sus pensamientos, pero en cambio, sí era capaz de reconocer que no todo estaba mal: la singular situación lo ha puesto de buen humor y cada vez es más fácil de admitirlo para sí mismo. Indiscutiblemente, Luciano le había agradado mucho… tal vez, demasiado. Después de todo, le debía su primera alegría en tres días, cosa extraña… y digna de agradecer después de haber vivido el caótico fin de semana que tuvo.

Cuando Rodrigo llega a la Universidad, reconoce las siluetas de Roberto y de Samuel, quienes van caminando algunos metros adelante y hablando entre ellos. De no haber estado peleado con su hermano, Rodrigo se habría acercado para desearles “buena suerte” en el importante examen que tienen hoy, pero considerando que era demasiado temprano para amargarse el día con discusiones inútiles, evita acercarse a ellos. Sin embargo, Samuel sí distingue a Rodrigo pasando de largo.

– Allá va tu hermano. Deberías plantearle la duda que tienes. – aconseja Samuel.

– ¡No jodas! ¿Para qué? ¿Para que me eche en cara que no estoy listo para el examen? – responde Roberto, incómodo.

– Bueno, es una sugerencia. Como no me entendiste cuando yo te lo expliqué…

– Lo sé, pero ese remedio es peor que la enfermedad. Además, de seguro tampoco le entendería a él…

Mientras ambos jóvenes, ojerosos y soñolientos, se dirigen al salón de clase en el cual se realizará el temible examen en menos de media hora, Rodrigo se dirige a la oficina del Ing. Saúl para devolver los exámenes que calificó el viernes. Mientras se saludan y conversan, Rodrigo no puede evitar pensar en que Saúl es un hombre de edad madura, pero que está bien conservado, se ve mucho más joven de su edad y que posiblemente no tenga nada que envidiar a sus jóvenes alumnos.

Aunque esta idea se enciende provocando un chispazo en su mente, ésta la ahoga rápidamente, rehusándose a ser incendiada por esos pensamientos que había conseguido apagar durante su trayecto hacia la Universidad. La amena conversación con su ex profesor y ahora jefe facilita las cosas al tratar temas interesantes… y desvinculados al sexo. Ambos están frente a frente, mostrándose animados mientras platican. Mientras Saúl mueve sus manos mientras habla, las de Rodrigo sostienen una bolsa de papel que contiene los exámenes calificados.

– Pues te agradezco tu eficiencia para calificar este control tan rápido. – verbaliza Saúl.

– Es que quería adelantar con este para que no se juntara con la evaluación de hoy. Le adelanto que hay buenas calificaciones. – responde Rodrigo con genuina humildad.

– A ver si eso sucede con el examen de hoy… ¡Hoy no van a tener acceso a los apuntes! Ja, ja, ja Te doy las gracias otra vez.

– De nada, me alegra ser útil.

– Sólo espero que este cargo no te afecte con tus otras materias.

– Sé que son muchas cosas las que tengo que atender, pero la clave está en saberse organizar y estoy haciendo. – enfatiza al percibir que su capacidad de trabajo está siendo cuestionada.

– ¿Y estás seguro de que te funciona? Je, je – pregunta con amabilidad.

– Yo creo que sí y aquí está una prueba de eso. Je, je – afirma mientras agita la bolsa de papel que tiene en sus manos.

– Eso veo y no dudo de tu trabajo, pero me parece que has andado apurado con tanta responsabilidad y no te ha quedado tiempo para tus cosas.

– Creo que, en parte, así es la vida del estudiante aplicado, pero ¿por qué le ha parecido que ando en apuros? Je, je.

– Es que veo que tu cabello está muy mojado. Supongo que el trabajo te consumió mucho tiempo, no pudiste dormir bien y se te hizo tarde. Je, je.

– Ahhh… Pues en realidad eso no es por el trabajo. La verdad es que no califiqué el fin de semana porque terminé de calificar el viernes, pero es que… no me quedó suficiente tiempo para bañarme hoy… porque me baño en el gimnasio al que voy… y todas las duchas estaban ocupadas y tuve que esperar. En realidad sí dormí bastante. – balbucea avergonzado al tener que volver a disfrazar lo que hizo (y le hicieron) entre viernes y lunes.

– Bueno, como ya me lo aclaraste, no me preocupo. Je, je  De hecho, te ves muy bien así.

– ¿En serio lo cree? – pregunta con auténtica ingenuidad mientras una pequeña nueva chispa se prende en su mente.

– Claro que sí, es como que un deportista como tú haya estado nadando en la piscina y haya corrido a ponerse su ropa encima. –dice mientras se aproxima más al joven.

– Eso es exactamente lo que pasó, excepto porque el deporte era levantamiento de pesas. Je, je – presume gozando los halagos de su profesor.

– El deporte es lo de menos. – señala mientras amistosamente pone su mano sobre el hombro de Rodrigo.

– ¿Qué quiere decir?

– Que creo que el tiempo que tú has pasado haciendo deporte supera al tiempo que yo llevo impartiendo clases.

– Bueno, siempre me gustó el fútbol, la natación, el ciclismo…  

– ¡Y tu dedicación salta a la vista! – le interrumpe animado mientras aprieta el bíceps del brazo izquierdo de Rodrigo.

A Rodrigo le resulta tan desconcertante esto que lo deja literalmente sin palabras. Automáticamente, se encienden otra vez las ideas intrusas contenidas en su mente inflamable que ya empezó a arder. Su piel está sensible y ese tipo de contacto físico podía resultar “peligroso”. Lo sabe, como también sabe que, sin abandonar la diplomacia, debe quitarse la mano de Saúl de encima.

El problema es que lo que en realidad le inquieta abandonar no es la diplomacia, sino ese firme roce de la mano de Saúl a los músculos de su brazo. Pese a no ser una caricia, le produce una sensación muy erótica que, en lugar de limitarse a su brazo, se extiende progresivamente a su pecho y su espalda.

Rodrigo no habría tenido ningún problema en ser asertivo y “hacerse respetar”, ni siquiera ante una figura de autoridad, como lo es Saúl. Sin embargo, cuando su deseo sexual está despierto, las situaciones se relativizan bastante para Rodrigo. Y la situación que está ocurriendo ahora mismo no es la excepción.

Saúl nota la agitación de Rodrigo, pero en lugar de temer incomodarlo con su cercanía corporal, desplaza su mano hacia la espalda de Rodrigo, quien empieza a imaginar que lo que no ocurrió antes en el gimnasio ocurrirá ahora en la oficina. Al menos sería con su profesor; y no, con un desconocido. Al menos es un espacio cerrado al que nadie accede sin la correspondiente llave. Ante el enigmático silencio de Rodrigo, Saúl reanuda la conversación.

– Por lo que veo, estás más mojado de lo que pensaba.

– ¿¡De qué habla!? – pregunta Rodrigo, no sabiendo cómo reaccionar.

– A tu espalda. Estás empapado… y caliente. Creo que la humedad no es por la ducha, sino que estás sudando. – afirma sin despegar su mano.

– Bueno, ya va a ser la hora del examen, así que yo le dejo las evaluaciones calificadas ya… – dice mientras utiliza la entrega de la bolsa de papel como una excusa para escapar de la situación, pero al hacerlo de forma repentina y torpe, termina arrojando la bolsa al suelo causando que los exámenes salgan disparados de la misma.

– ¡Perdón, ingeniero! – exclama Rodrigo profundamente avergonzado mientras se agacha para recoger las evaluaciones.

– ¡No pasa nada hombre! Se te escapó de las manos… literalmente. Ja, ja, ja, ja – bromea Saúl dejando escapar una ruidosa carcajada.

Rodrigo se siente un poco aliviado de que Saúl se tomara con humor su torpeza, pero el sonido de su risa lo distrae durante un instante. Mientras está terminando de recoger las evaluaciones para volver a ordenarlas tal como estaban en la bolsa, Saúl aparece frente a él con un traje formal.

– Ponte esto. – ordena amablemente Saúl.

– ¿Qué? – responde Rodrigo, temiendo parecer estúpido, pero sin saber qué decir.

– Estás muy nervioso. Supongo que por el asunto de que estás mojado… por el sudor. Será mejor que te pongas este traje. – razona.

– ¿Pero no cree que es inapropiado para la ocasión? Quiero decir que es un traje muy bonito, pero puedo verme ridículo llegando a cuidar el examen así.

– Pues, aunque te dije que te ves bien, sería mejor que llegaras con él que húmedo y nervioso. Recuerda que no debes demostrar debilidad ante los estudiantes.

– Bueno, está bien, pero… ¿dónde me cambio? – pregunta lógicamente.

– Aquí mismo. Después de todo, somos hombres, ¿no? Je, je – verbaliza tranquilamente la lógica respuesta que temía Rodrigo.

Para comentarios o sugerencias, escriba a:

 maxival91@gmail.com

CONTINUARÁ…

Julio César (no es mío).

NOTA: ¡Al fin! Ni imaginan cuánto esperaba por la continuación de esta historia.

EL CAMBIO… 44

diciembre 7, 2017

EL CAMBIO                         … 43

   Basado en una idea QUE NO ES MIA. Es una adaptación. No digo más, por ahora, no contacto aún al autor. Es un cuento de los que llaman de lenta construcción.

   Lo quiere todo…

……

   -No, claro que no…

   -En serio, ¡no lo soy! –jadea, con convicción.

   -¿No lo eres y me la exprimes con ganas? ¡Eres un marica, amigo! ¡Un enorme maricón!

   Las palabras le desconciertan. ¿Sería cierto? Bien, lo estaba gozando, si, pero…

   -¿Lo soy? –le pregunta, como si tal cosa fuera importante que se la explicaran. Pero no llega a abrir la boca el otro, para agregar algo seguramente ofensivo o burlón, mientras se la empuja hasta el fondo, cuando…- ¡Ahhh, ahhh, si, si! –casi bizquea y chilla, mirándole aún sobre un hombro, justo cuando alcanza la gloria. Su próstata, sensibilizada, golpeada una y otra vez por la cabeza de esa verga, estalla. Tensa aún más la espalda, apretando sus entrañas mientras se corre abundantemente y moja el bikini que no ha bajado del todo. Su agujero se cierra duro sobre el otro tolete que sigue cepillándole la pepa, abriéndose camino hasta el fondo.

   -¡Te corriste sin tocarte! ¡Eres tan puto! –le grita el cabo, nalgueándole tan duro que la mano le arde, clavándosela toda. La verga se le pone aún más tiesa cuando esas entrañas se cierran sobre ella, el semen la recorre, le quema, y, teniéndole bien enchufado, aferrándose a su cintura como para no caer, se corre una y otra vez, chillando mientras lo llena bastante con su esperma.

   Y mientras el joven cabo se corría, teniéndosela bien clavada, Jeffrey, todavía en los vaporones de su propio clímax, alza el sonriente rostro, sintiéndose bañado por toda esa esperma caliente que le golpea, quema y chorrea, toda una marea de masculinidad que lo nutre. Ignoran que ambos jadean bajitos y roncos, que sus torsos subían y bajaban.

   -Mierda, eso fue… -gruñe Pelham a sus espaldas, sacándosela.- No, espera… -le dice para inmovilizarle, montándole una mano en la espaldota, con los ojos clavados en aquellas nalgas abiertas, sobre el agujero pulsante de donde mana la esperma.- Joder, mi leche chorreando del culo de otro carajo… -ríe bajito, maravillado, sintiéndose sucio y sexy.

   -¿Te… gustó? ¿Cogerme? –como preocupado de repente, Jeffrey le mira sobre uno de sus recios hombros. Sus ojos se encuentran.

   -Fue… diferente, muy distinto a cuando… Si, carajo, me encantó. –admite, riendo, pero más como para sí mismo. Recordando las veces que, uno que otro tipo, pareció insinuársele. De saber que era así, habría hecho su agosto en el colegio. Y en el desierto.

   -Me alegra. –sonríe el enorme marine, como si eso borrara cualquier nube en su vida, alzándose cuan alto y musculoso es, subiéndose el bikini que se moja de esperma, algo que eriza al otro. Volviéndose, muestra el frente de esa vainita toda empapada, como si hubiera disparado una cubeta de esperma. Pelham parpadea.- ¡Me muero de hambre! –exclama acercándose al camastro, tomando otra de esas camiseticas cortas y un shorts, o bóxer, corto, elástico, de color amarillo clarito. Uno que le cuesta subir, que no oculta ni disimula el que lleva un bikini oscuro. Y al caer en la cama, para ponerse las botas, Pelham parpadea nuevamente, maravillado. ¿No le molestaba la leche en el culo? ¿Toda la que tenía en el bikini? El olor… Bien, era un alegre marica. Un alegre, muy sexy y rico marica, rectifica sintiéndose algo erizado mientras se guarda su propia barra chorreada de esperma, pensando en ir a lavarse.

   -Debo volver a mi puesto. –informa, sintiéndose tonto al recordar ahora su deber, congelándose ante la alegre mirada inocentona y suplicante.

   -Entonces, ¿no te quedas a almorzar conmigo?

……

   -¿Qué demuestra todo esto, fuera de lo calentorros que son? –pregunta Hessler viendo a los dos hombres compartir la mesa.- Esto hasta me parece… peligroso. El cabo olvida que debe estar alerta en su puesto.

   -Nuestro chico lo ató. Y si eso hace con él… -Larry sonríe, anotando algo en una carpeta.

   -Capitán… -todas las dudas aún se notan en el tono.

   -Pronto todo terminará, coronel, y lo verás por usted mismo.

……

   Así como hacía cuando almorzó y habló con Pelham, coqueteando a cierto nivel todo el tiempo, Jeffrey McCall parecía no poder dejar de sonreír, de sentirse satisfecho, realizado y contento con su vida… que no alcanzaba ningún pensamiento muy serio. Eso, de alguna manera, le producía paz, dejar de preocuparse por todo; y el saberse buenote, sensual, era la dicha. Así de simple, como simple eran ahora sus reacciones mentales, que no físicas. Vistiendo aquella camisetica y shorts, o bóxer, con sus botas, fue llevado después del almuerzo a realizar algunos ejercicios de coordinación física que le recordaron, vagamente, sus días de reclutamiento, cuando todo era nuevo y extenuante. Ahora le divertía. Era rápido de reflejos, también en respuestas, ágil… físicamente. Ni una vez se preguntó por qué le hacían repetir dichas rutinas. Ignora que la idea es que infiltre territorios enemigos, en selvas, desiertos o ciudades… venciendo a los machos a su paso con su sexo. Agotándolos. Sometiéndoles.

CONTINÚA … 45

Julio César.

EL PEPAZO… 87

diciembre 6, 2017

EL PEPAZO                          … 86

De K.

   Metido en la trampa…

……

   Los otros cinco hombres se quedan paralizados, incluso Jacinto, quien en ese momento había bajado su culo vicioso tragándose casi completamente los dos toletes, y tenía los labios pegados del pubis de Smith, el marine mayor. Cinco pares de ojos enfocan al recién llegado, un carajo joven y guapetón de fino y negro cabello peinado hacia atrás, que llevaba una artística y cultivada sombra de barba y bigote en la cara, y vestía un buen traje que evidenciaba que era un invitado a la fiesta en la embajada. Este ríe bajo sus miradas, acercándose más, con paso inseguro, ebrio.

   -Hey, no se alarmen, no voy a gritar como hacia este amigo clavado entre tantas pingas… -y ríe de su propio chiste.- Sólo quiero… jugar.

   El joven, hijo de cierto embajador estacionado en el país, famoso por las borracheras que agarraba hasta que tenía que ser desalojado por su gente para qué no los metiera en problemas, había abandonado el salón en busca de algo de aire fresco. No le había descompuesto el whisky que había consumido generosamente, sino un largo y feo poema que uno de los invitados estuviera recitando, sin notar, aparentemente, el que nadie le estaba prestando atención. Saliendo al jardín escuchó gruñidos y jadeos, y acercándose como antes hiciera el otro guardaespaldas, creyendo también que pillaría a una parejita follando, se había llevado aquella supresa. Encontrar a un tipo joven y musculoso ensartado, literalmente, entre pollas. Y él, que esperaba ver únicamente la de un tipo que follaba a una chica, quedó trastornado. Ahora, ante ellos, se relame los labios.

   -¿No hay nada para mí?

   -Amigou… -Taylor, el más joven de los marines, va hacia él, su verga blanco rojiza, pecosa, bamboleándose en el aire.- Welcome… -le sonríe y se señala la pieza entre las piernas. Había notado las miradas y las intensiones del carajo.

   -Thank you. –respondió este, cayendo de rodillas con abandono, y tragándosela con un gruñido.

   Nada más verle, sintiéndose un poquito celoso al principio (¡todos esos carajos eran suyos!), Jacinto se excita otra vez. Al ver al joven bien vestido, con aire de fortuna y prestigio, mamándole la verga al joven marine con verdadera desesperación. Seguro que el becerrito llevaba rato esperando por tragarse una, se dice cálido de lujuria, comenzando otra vez su sube y baja sobre los dos machos que lo cogen, al tiempo que reinicia las mamadas al tercero.

   Los gemidos roncos y autoritarios de unos, de abandono, gozo y cachondez de otros, llenan la noche. Y mientras es llenado de vergas por todos lados, tres de ellas a un tiempo, Jacinto se eriza mirando al otro sujeto, bien vestido, apuesto, chupando como quien se moría de hambre, del tolete del riente marine que le susurra cosas, seguramente guarradas en su idioma. Y había algo caliente en eso, en verle sometido así también al encanto y embrujo de las vergas. Saber que otros podían sentirlo, entender esa necesidad de… Ronronea y cierra los ojos, apretando duro sus entrañas cuando los machos pierden el ritmo, y la de Rigoberto le sale, frotándole, mientras la de White se le clava, empujándole todo, y los pelos púbicos de Smith le llenan las fosas nasales.

   Un ronco gemido le obliga a abrir los ojos y mira al tipo medio borracho que vino de la fiesta, quien, con la boca muy abierta, intenta atrapar la verga que un riente Taylor mantiene lejos de ella mientras le azota y moja la cara con la pieza bañada de saliva. Y al forzudo joven no deja de estremecerle el pensar que poco antes esa misma barra le llenaba el culo y ahora otro chico la mamaba y la gozaba. La cara del apuesto sujeto, cuyo cabello le cae ahora sobre la frente, medio cubriéndole un ojo, brilla a la luz de la noche con toda esa espesa saliva, sus labios chasqueando intentando atrapar otra vez el ansiado falo; el cual, finalmente apiadándose, queda a su alcance y los tersos labios lo cubren mientras gime ahogadamente, tomándolo palmo a palmo, hasta tenerlo todo, como tanto desea. Por su parte, los toletes iban y venían pero Jacinto sabía que no podía sostener mucho tiempo más esa postura, le costaba mantenerse firme, ¡y los dos toletes en su culo eran grandes!, así que retira su golosa boca del tronco pulsante y rico que nutria su lengua, gimiendo que se las sacaran.

   Lo hacen, y con piernas temblorosas a pesar de lo musculosas, da uno o dos pasos para estabilizarse; aliviado de la postura que le acalambró los muslos y la baja espalda, pero su agujero y su lengua extrañaban las vergas. Afortunadamente sus machos no le abandonan. Les oye hablar entre ellos, algo asertivamente, como si discutieran los términos de una rendición, o la entrada a un territorio enemigo y finalmente les ve acercarse, a Smith, White y Rigoberto, dos de ellos con sus vergas fueras de los pantalones abiertos, el otro con estos, y el bóxer, en sus tobillos. A la luz de la luna al joven le parece que no hay vista mejor, tres buenos machos bien armados buscándole para darle. Lo piensa y su culo titila salvajemente, mojándosele otra vez, picándole intensamente.

   -Hey, Contreras… -Rigoberto se detiene a su lado, ¿avergonzado y excitado?, tal vez, pero a Jacinto no le da tiempo de pensar mucho cuando las manotas de este le atrapan y aprietan los recios hombros.- Queremos más culo. Joder, lo tienes que… -suena maravillado, y el otro se esponja. Le encanta escuchar aquello, pero ya el hombre de color mira al recién llegado.- Los gringos también quieren culo, amigo… Tu culo. Pélalo.

   -¿Pelarlo? –parece confuso el tío de rodillas, la cara mojada a centímetros del tolete, la respiración jadeante.

   -Si, bájate un poco el pantalón. –le aclara.- Te lo van a llenar de vergas, si quieres. -el tipo ríe.

   -¡Chingo! –chilla, todo dientes y ánimos, arrodillado, desatando el cinturón. Los marines ríen.

   -¿Listo para más? –algo serio, Rigoberto le pregunta a Jacinto, al rostro, aún reteniéndole por los hombros, ambos compartiendo el calor de sus pieles, y un momento.- Amo… -se atraganta y avergüenza un poco.- …Me gusta un montón como me lo aprietas.

CONTINÚA … 88

Julio César.

NOTA: Lo siento, K, debí quitar algunos modismos que usaste, los fonéticos, el corrector no me dejaba en paz.

EL CAMBIO… 43

diciembre 6, 2017

EL CAMBIO                         … 42

   Basado en una idea QUE NO ES MIA. Es una adaptación. No digo más, por ahora, no contacto aún al autor. Es un cuento de los que llaman de lenta construcción.

 Lo quiere todo…

……

   Se lo mira, tras el marine, en un espejo, la nuca de pelillos rubios, el corte de cabello tipo militar, los hombros anchos, la espalda recia, la cintura estrecha, esas nalgas abiertas entre las cuales ha desaparecido el bikini… Y por primera vez en su vida, Pelham se pregunta qué se sentiría clavársela a un tío. Y la sola idea le trastorna. Porque quiere, no, ¡porque necesita enterrársela por el culo! Clavársela duro, muy duro, hasta hacerle gritar y chillar, como hace ahora mientras mama. La sola imagen mental le eriza todo.

   -Quiero enterrártela, marica. –ruge con voz ronca, intentando levantar la mole que es el otro hombre halándole por los brazos.

   Con mirada confusa, parpadeante, Jeffrey duda como si no entendiera un punto y al final obedece, superándole en altura, su pechote subiendo y bajando con leve esfuerzo, regulándose… y la propia verga halando de manera obscena, muy obscena, el bikini oscuro.

   -No soy marica. –niega con el mismo tono como aclararía que no, no viene de Marte.

   -Claro. –gruñe el otro, la verga temblándole de ganas.

   Con manos torpes, frenéticas, Pelham guía al otro para que apoye las propias manos en la mesa, dándole la espalda, y tras él va. Al cabo la verga le bota una buena cantidad de líquidos ante esas nalgotas firmes que se tragaban prácticamente toda la telita elástica, la cual ocupaba espacio y se las separaba. Tomándose un segundo para meter la mano entre el bikini y la ardiente piel del chico, con dificultad dado lo ajustado del asunto, disfruta medio bajándolo, descubriendo otra vez ese trasero redondo y duro, esa raja lisa, ese culo arrugadito y lampiño. Y todavía le toca notar la mirada del carajo, sobre un hombro, quien parece ansioso.

   Casi jadeando, Pelham recorre la tersa piel de los glúteos con su verga, recreándose en ello, mojándolos, azotándolos, riéndose al ver cómo le rebota contra la dura piel. Y con el glande, afincándose en la punta de los dedos de los pies para alcanzar la altura, recorre esa raja ardiente, botando más jugos Y cerrando los ojos, rostro al frente, sonriendo de manera expectante, Jeffrey espera y se estremece… Y arde. Su culo está completamente empapado de expectación.

   -¿La quieres? –Pelham le pregunta, muy incómodo en la postura, empujando sin penetrar en aquel agujero todavía cerrado.

   -Si, si, métemela, marine… -jadea Jeffrey, rojo de pómulos, sin volver el rostro de ojos cerrados.- ¡Ahhh…! -tiembla cuando siente esa cabecita suave, lisa y ancha empujándose contra su entrada.

   Tal vez Pelham fuera un carajo juguetón que se habría divertido incitándole más y más al verle tan ansioso, rozándole con la lisa punta, empujando sin meter, disfrutando de exasperar el titilante y tembloroso agujero hasta hacer chillar aún más al ese sujeto alto y fornido, pero la verdad es que ya quería clávasela por el culo. Deseaba vivir la experiencia de culear a un carajo, y a uno que era más grande que él, así que lanzándose dos escupitajos en la mano, demostrando que era todo un marine, se lubrica el falo, apoyándolo otra vez y empujando, temblando al sentir el contacto, al ir metiéndole la membrana, al ir clavando la cabeza de su nabo en un agujero que parecía pequeño, forzándolo, lográndolo, gimiendo igual que ese tipo, que se tensa y enrojece todo mientras va clavándole centímetro a centímetro su tolete, el cual es apretado y halado con fuerza por las sedosas y ardientes entrañas. Joder, ¿así se sentía el culo de un tío?

   Aferrando con fuerza la mesa, casi derribando las bandejas, Jeffrey cierra los ojos y ríe de gozo mientras ese carajo lo encula ahora con fuerza y pasión, metiéndosela duro hasta los pelos, golpeando contra sus nalgas, dándole con las bolas que sacó del pantalón, sacándosela hasta el glande, recorriéndole todo, rozándole, estimulándole. Sabe que sus entrañas buscan aquella verga, que la aprietan, la gozan, y la punta, después de cuatro o cinco golpes, parece encontrarle el punto exacto y todo él se arquea, muy tenso, lanzando una larga carcajada aguada, mientras sonríe de manera beatifica, en el nirvana mientras un carajo le trabaja con su güevo el agujero. Sus musculosos muslos se ven cubiertos por los del cabo, este llevando pantalón, mientras le saca y le mete la barra de las entrañas; adentro y afuera, rítmicamente, sin parar, agitándole las duras nalgas con los golpes de pelvis, la cilíndrica barra abriéndole mientras se la mete completamente.

   -Toma, toma, tómala toda, cabrón. -rugía Pelham, con los dientes apretados en una mueca, notando sus reflejos en uno de los espejos, el enorme contraste entre las alturas y musculaturas; él, más bajo y delgado follándose y haciendo gritar con gozo de puta barata a ese sujeto que ríe y gimotea al comenzar a echar su culo hacia atrás, refregándole las nalgas de la pelvis, ordeñándosela con ganas.

   Abriendo los empañados ojos, también Jeffrey se mira en otro de los espejos; ve al bajo y delgado macho que lo embiste como un toro recio, y él el musculoso sumiso que recibe güevo. Todo era perfecto, susurraba una vocecita en su cabeza. Pero no era tan pasivo, ¿verdad? Uno iba contra el otro, tolete contra agujero, macho contra macho, la cilíndrica pieza abriéndose camino en aquel culo liso, entrando y saliendo, sacándole y metiéndole las membranas, los labios, los golpes llenando el cuarto, los gemidos y gruñidos haciendo coro. Cinco, ocho, diez, doce minutos de eso, de embestidas duras, de casi sentadas del nalgón sobre ese regazo. De los toma, toma…

   -¡Baja el culo, marica! –le grita Pelham, cansado de estar sobre las puntas de las botas, y Jeffrey lo hace, aunque frunce el ceño.

   -¡No soy marica! –chilla, enojándose un poco por la risa del otro.

CONTINÚA … 44

Julio César.

EL CAMBIO… 42

diciembre 4, 2017

EL CAMBIO                         … 41

   Basado en una idea QUE NO ES MIA. Es una adaptación. No digo más, por ahora, no contacto aún al autor. Es un cuento de los que llaman de lenta construcción.

   Lo quiere todo…

……

   -¿Cómo…? –se atraganta. Y más cuando el otro se vuelve, todo tetón, con todos esos cuadros marcándose en su abdomen… la diminuta pieza en forma de triangulo invertido que abraza de algún manera unos genitales que parecen demasiado grandes. Y la sonrisa pícara del joven hombre. Del hermoso hombre, reconoce nuevamente estremeciéndose.

   -Para almorzar… ¿no ves algo que te apetezca? –le aclara, o lo parece, señalándole la mesa atiborrada, aunque el tono implicaba muchas otras cosas más.

   ¡Al mierda!, ese marica quería acción, se dice el joven enderezando los hombros, con una carga de adrenalina recorriendo sus venas.

   -¿Sabes qué? Si, algo se me antoja… -mira la mesa.- Veo que te envían muchas cosas, pero me pregunto… ¿no faltará algo que quieras llevarte a la boca y saborearlo ahora mismo? –se siente osado, y divertido. Todavía probándole. Y se estremece, fuerte, cuando la brillante mirada de aquel carajote metido en aquel bikincito baja codiciosa a su bragueta, donde sabe que destaca su verga más que medio morcillona. Interesada, indiferente a su parecer hétero, en la propuesta.

   -Joder… -gruñe mitrando la escena, el coronel Hessler, sentado en aquel cuarto de monitoreo donde otros dos especialistas hacen su trabajo, mecánicamente, casi indiferentes a lo que ocurre, algo sorprendente si se tomaba en cuenta todo lo… perturbador que era lo que presenciaban y escuchaban. Sus colegas se han marchado, únicamente quedan él y el doctor, y capitán de la Naval, Larry O’Donnell. Cruza una mirada con este, que sonríe beatíficamente.

   -Si, el cabo es heterosexual, un tipo joven con sangre muy roja y muy caliente en las venas. Le gustan las hembras, pero… -se encoge de hombros.- Su misma sensualidad responde a un sujeto como nuestro chico. Y él no viene de ninguna sequia sexual.

   -¿Por qué no probó con él antes, antes que con el otro, el cual pareció tan trastornado… después del experimento? –siente curiosidad.

   -Porque era más fácil que el cabo Down respondiera, por su falta de sexo previo; estaba de anteojitos que se lanzaría sobre el manjar ofrecido. Y así nuestro chico ganaba confianza frente a un extraño. Ahora se siente más osado y no teme lanzarse tras lo que quiere.

   -¿Una verga? -gruñe el coronel, y no le agrada la risilla de O’Donnell.

   -Si, al marine McCall ya no deben parecerle tan desagradables los maricas.

   Jeffrey se siente caliente, mucho, y osado, atrevido, travieso. Así que sonriéndole al otro, como retándole a que retrocediera, se le acercó, disfrutando de la mirada del más bajito sobre su cuerpo recio e increíble. Y alzando una de sus manota atrapó el entrepiernas del otro, mirándole, retándole a detenerle, a huir, pero este, recorriendo con la vista toda la habitación como temiendo que alguien los observara (obviamente no le habían contado nada), tragó en seco, sonrió y se dejó sobar, palpar por la mano fuerte de ese tipo musculosos como culturista.

   El marine más joven, pero más alto y mucho más recio, baja y el bikincito casi desaparece entre sus nalgas redondas y duras, y aunque está de rodillas, aún tiene que bajar bastante sus hombros e inclinar el rostro para olfatear aquella bragueta mientras la abre ansiosamente, los ojos brillando de ganas a la vista de la erección.

   -Amigo, calma… -jadea, ronco y riente, Pelham, mientras el otro desata su cinturón, abre el pantalón y saca su verga del bóxer holgado gris que lleva.

   Casi ronroneando de gustó, Jeffrey acercó el rostro a esa pieza, olfateándola, llenándose las fosas nasales con su aroma, estimulándose; con la punta de la lengua la recorrió por su cara posterior, quemándosela al hacerlo, quemando también al otro, que se agita a su paso. La lengua va y viene, ensalivando, lamiendo, los labios reparten besitos, notándose que quiere agradecerle el que se la entregue. La boca se cierra suavemente sobre su glande, chupando, y Pelham jadea ahogado, pero nada a cuando esa boca va tragándose palmo a palmo su tolete tan tieso y duro desde que la lengua cruzara su cara posterior.

   El marine, ojos cerrados, grandote y de rodillas, la nalgas abiertas, ronronea mientras va y viene, chupando, halando, apretando, ladeando el rostro en un sentido y el otro mientras la tiene aprisionada entre sus mejillas. Succionando con fuerza en todo momento, y Pelham abre mucho los ojos y la boca, de donde escapa un gemido de éxtasis mientras cae sentado sobre la mesa ocupada con los olvidados alimentos. Jeffrey podía tener hambre de carne y carbohidratos, pero era obvio que el antojo de verga era mayor. Y chupaba y chupaba con gula, ruidoso.

   El impresionante hombre va y viene, tragando, succionando, disfrutando de sentir la pieza pulsando sobre su lengua, dejándola mojada de jugos. La mano que cae tras su nunca, le excita. Escucharle gruñir que se la chupe, que le saque la leche, le tiene mal de calenturas. El joven Pelham está totalmente entregado cuando, medio parándose, comienza a embestirle la boca, sacándole y metiéndole la verga hasta la garganta, donde la dejaba unos segundos para gozar de las mamadas que esta le daba, la manzana de Adán de Jeffrey subiendo y bajando ansiosamente.

   Se lo mira, tras el marine, en un espejo, la nuca de pelillos rubios, el corte de cabello tipo militar, los hombros anchos, la espalda recia, la cintura estrecha, esas nalgas abiertas entre las cuales ha desaparecido el bikini… Y por primera vez en su vida, Pelham se pregunta qué se sentiría clavársela a un tío. Y la sola idea le trastorna. Porque quiere, no, ¡porque necesita enterrársela por el culo!

CONTINÚA … 43

Julio César.

RECLAMO EN LA PLAYA… 10

diciembre 2, 2017

RECLAMO EN LA PLAYA                         … 9

De EdwJc

   -¿Qué…?! No. ¡No!, yo… -ríe nerviosamente el otro hombre, rojo de cara.

   Felipe, sintiéndose arder de vergüenza y algo más, no sabe si quiere que salga o no, estremeciéndose ante la duda, mirándole mientras chupa de aquel güevo tieso y babeante, sintiendo el peso del brazo en su espalda, notando la mirada del recién llegado, cayendo traidoramente, sobre sus nalgas abierta, allí donde el señor Cortez saca y mete un dedo de su culo.

   -Le harías un favor, está hambriento. Es una puta de baños reputa.

   -Sí, pero a mí no me gusta eso…

   -¿No te gusta que te lo chupen?, ¿qué una boca golosa te lo trabaje rico, que veas que se vuelven locos succionando porque no hay otro tolete como el tuyo? –el otro alza una ceja burlón, tanteándole la entrada a Felipe con dos dedos, dándole golpecitos, provocándole un gemido y un estremecimiento que no pasa desapercibido al otro.- ¿Ves lo perras que es? ¿Lo guarro y cachondo? ¿No te llega su aroma a puta depravada? Está que se quema con las ganas de güevos.

   -¡Maldito maricón! –ruge el recién llegado, la verga latiéndole bajo el bermudas, acercándoseles, sacándosela, realmente creciéndole.

   -Vamos, marica, atiende a la visita; que vea lo puto que eres. –le gruñe el hombre al muchacho que tiene todo su tolete tragado, mientras le resuella en el muslo arriba. Enredando los dedos en su cabello, le hala con fuerza.

   -Ay… -gimotea Felipe, sintiéndose atrapado, expuesto, ultrajado, encarando ahora el tolete de ese carajo que se detiene a medio paso.- No, yo…

   Es silenciado cuando el señor Cortez le empuja la cara, roja y manchada de saliva y espesos jugos de verga, contrala barra del desconocido. Y, tal vez actuando en automático, el joven abre la boca y la cubre hasta la mitad antes de cerrar los labios y rozarla con su lengua, sintiéndola caliente.

   -¡Dios! –gruñe ese tipito, jadeando contenido y temblando.- Joder…

   Está sorprendido y caliente, la boca del guapo muchacho le dio tremenda chupada, sorbiendo con ganas, antes de retirarse un poco, sobándosela, para luego caer y cubrir más, quemándole con el aliento, notándose que, efectivamente, estaba hambriento de güevos. La idea, dejarse mamar el tolete, algo siempre sabroso, en un baño de hombres, era tan sucio y prohibido que siente como se le termina de poner dura en dos segundos dentro de aquella boca masculina. Se estremece al pensarlo: quiere dejársela bien llena de esperma.

   -Vamos, perra, chupa como me decías que querías hacer, mamársela a todos los hombres del mundo mientras gritas que eres una puta regalada. –dice el señor Cortez, guiándole con el puño en su suave cabello, de adelante atrás sobre la barra nueva, cruzando un leve mirada con el avergonzado muchacho que se siente humillado, ofendido… y excitado. Si, el putico gozaba, aunque no quisiera o pudiera admitirlo, de ser dominado, forzado, expuesto, humillado. Al ser tratado como puta ante otros.- Oh, sí, así, muestra cuánto te gusta, sírvete de los dos güevos que se te ofrecen, puta. –y se pone de pie, soltándole el cabello, con el otro sujeto lanzándole una leve mirada (para comparar, nada sexual en ello).

   Felipe no sabe qué le pasa, porque mientras jadea y resuella, y la saliva y la baba de güevos le escurre barbilla abajo, tragándose toda la tranca del desconocido, la deja y cae automáticamente sobre la del señor Cortez, chupándola y succionándola ávidamente, para regresar a la del recién llegado, pasando de un güevo al otro mientras gruñe y por alguna razón separa más sus rodillas, abriéndose, tomando cierta postura que hace sonreír al señor Cortez.

   -¡Coño, sí que es puta! –chilla el otro, tembloroso por lo caliente del momento, por esa boca tragándoselo todo, esa garganta chupándolo, esa lengua lamiéndolo y sobándolo. Y todavía le nota ver cómo, allí, al lado, va y se traga la del otro. Era una escena tan sucia y caliente…

   Todo le da vueltas a Felipe mientras chupa y succiona de una verga a la otra, gimiendo al escuchar lo sucio que es, lo marica que era, una vergüenza para los hombres. Traga toda la del desconocido, algo menos larga o gruesa, y aspira de su bragueta abierta, luego sale, dejándola brillante de saliva, goteando, pulsando horizontalizada, y cae sobre la del señor Cortez, tragándola también, jadeando mientras lo hace, tan gruesa. En un momento dado la barra del recién llegado queda entre sus dientes y la mejilla, abultándola obscenamente, y el señor Cortez, llamándole puto mariconcito en todo momento, le azotó con la suya por fuera, haciendo gemir y estremecer a todos. Todo es caliente, sucio, sexual. Las dos puntas de vergas compiten por entrar en esa boca salivosa, por sus besos y lamidas, las dos golpean a un tiempo, las dos quieren penetrar y le deforman la boca, y las tiene que chupar, perdidos los otros dos en su lujuria, como ocurre en esos momentos, indiferentes a lo cerca que esté un heterosexual de otro carajo, o de que sienta el calor, dureza y pulsadas de otro güevo contra el suyo. En esos momentos sólo pueden pensar en en una cosa: tomar y usar a la perra…

   En ese sanitario de vestuario de playa, tan sólo se oyen los toma, toma, puto, mientras dos carajos gruñen, con muecas y dientes apretados, cogiendo aquella boca, uno u otro, los dos a un tiempo, o dándole con los mojados toletes en la carita guapa y joven. También se oyen los jadeos de Felipe, las chupadas que da, sus profundas inspiraciones como necesitado de… ¿los olores?

   -Ya me lo calentaste bastante, mariconcito; vamos… -gruñe el señor Cortez.

   Felipe abre mucho los ojos, aún teniendo la boca ocupada con el güevo del desconocido, quien, respondiendo a alguna señal, le retiene allí con una mano sobre su nuca, cuando el otro hombre le atrapa la cintura y le obliga a ponerse de pie, quedando doblado al estar mamando, con el culo a la vista, apenas lo suficiente fuera del bóxer y el bañador. Expuesto… Y se alarma más cuando aquel hombre, a sus espaldas, le recorre duro las nalgas rojizas y levemente velludas, palmeándole como si comprobar su textura.

   -Qué culo tan bonito. –gruñe el señor Cortez, manos abiertas sobre esas nalgas turgentes, los pulgares enmarcando el ojete, halando hacia afuera, alisándoselo, abriéndoselo.- Seguro que todos en tu trabajo lo aman…

   -Si, seguro que un maricón como este lo tiene bien abierto. –gruñe el otro, halándole la cabeza al muchacho con una mano, gozando su papel de activo malo.- Seguro que en las fiestas le chorrean las siete leches…

   -No pareciera… tal vez todavía es virgen por aquí. –se burla el señor Cortez.- Tal vez espera por su príncipe azul…

   -Hufffggg… -jadea con la boca muy llena de güevo, Felipe, cuando dos dedos entran nuevamente en su ojete, hondo, abriéndole, estos separándose adentro y tijereando, preparándole.

   -Bien, sí ha esperado tanto por su primer amor para entregarle su cereza, debo hacerlo memorable, ¿no? –y Felipe se tensa más, los dedos salen y algo liso, esponjoso y caliente se apoya contra su entrada. Y sabe muy bien qué es.

   -Hey, ¿qué hacen aquí, pila de maricas? –ruge una nueva voz masculina.

CONTINÚA…

Julio César.

EL CAMBIO… 41

diciembre 2, 2017

EL CAMBIO                         … 40

   Basado en una idea QUE NO ES MIA. Es una adaptación. No digo más, por ahora, no contacto aún al autor. Es un cuento de los que llaman de lenta construcción.

   Lo quiere todo…

……

   -Oye, lo siento, no esperaba encontrar a nadie aquí; yo… Estoy saliendo de la ducha. ¿Quién eres tú? –chilla Jeffrey, así, chilla tontamente avergonzado y sonriente al haber entrado desnudo en su pieza y encontrar a alguien. Se miran por un largo momento, pasmados los dos, él por encontrar al tipo, el otro por verle tan grande, tan musculoso (y guapo, eso también lo nota), totalmente desnudo. Como recordándolo, tarde dado lo lento de ciertos reflejos mentales ahora, el marine lleva una de sus enormes manos a sus genitales, cubriéndolos. Sin sentirse alarmado.

   -Yo… he, soy el ordenanza, el cabo Stan Pelham. –responde el otro, un tipo bajito, compacto, esbelto, fuerte pero no musculoso, con un aire de ser atrevido y osado en su rostro blanco cobrizo por el sol, cabello muy negro, ojos muy azules, con un deje de irlandés. Lleva el pantalón camuflajeado, una franela gris y sus botas; y empujaba un carrito con una cantidad tal de alimentos que parecían para dos o tres marines. En verdad no estuvo muy contento cuando su compañero de guardia, Down, se retiró con un permiso intempestivo, viéndose raro casi al escapar a la carrera, y hora él debía encargarse de todo hasta que enviaran un suplente. Todo el asunto, cuidar las instalaciones, ocuparse del aseo y de cubrir los alimentos de alguien, recluido allí por alguna razón que nadie le aclaró, no le parecía muy malo o esforzado, al no ser que no podía ir a tomar un trago con los chicos. Todo le había parecido monótono, aburrido… por ello le desconcertó tanto encontrar a ese tipo grandote desnudo. ¡Y con ese cuerpo! Aunque heterosexual, el joven podía reconocer que otros se veían impresionantes, o mejor que él. O atractivos. Y ese tipo, unos años menor que él, lo era.- Tu almuerzo… aunque con tal cantidad parece que esperas visitas. –intenta bromear, extrañándose al verle enrojecer un poco, y sonreír.

   -¿Qué?, ¿una cita? –por alguna razón desconocida, viendo al muchacho guapo, Jeffrey se siente un poco travieso. Coqueto, se le acerca unos dos pasos, el cuerpo grande, algo mojado, la manota cubriéndole los genitales. Caliente de nuevo a pesar de toda la tanda de sexo con Down.

   -¿Cómo…?, ¿una cita? ¿Tú y yo? ¡No! –Pelham ríe algo atolondrado. ¿Ese tipo estaba coqueteándole? No le asusta, ni ofende, pero no era lo suyo.

   -Qué pena… almorzar acompañado siempre es mejor. –medio ronronea Jeffrey, aunque se dice internamente que debía controlarse, no parecer tan… regalado. Pero, joder, el chico, el cabo, era guapillo, y el brillo en sus ojos al mirarle, la sonrisa al entender del coqueteo, le provoca un calorcillo por dentro. Y siente como su verga comienza a latir un poco contra su mano, lista para emerger. Ahora parecía que sólo podía pensar en eso, en el sexo. Y le gusta.

   -Debo volver a mi puesto, yo… -sonriendo aturdido, Pelham intenta alejarse. Siendo lo suficientemente guapo, y estando con el uniforme que ayudaba, sabía notar cuando le gradaba a una chica. O a un chico, aunque no fuera lo suyo. Y ese carajote estaba enviándole esas señales. Joder, qué pectorales, ¡esos pezones eran inmensos!, seguro que los maridos se le pegaban a ellos hasta sacarle leche materna, piensa burlón, pero estremeciéndose involuntariamente ante la imagen de un carajo como su amigo Singer, un sujeto grande, aunque no tanto como este, barbudo, que sólo parecía poder pensar en el sexo, del que fuera, y hacía alusiones a ello a cada rato, metiéndole mano a cualquiera (en culos, generalmente), y decía cosas así sobre chupar de tetas masculinas. Imaginaba que Singer lo hacía, o decía, como un juego, pero…

   -Lástima. –exclama Jeffrey, sonriendo enrojecido, casi rodando los ojos él mismo por el mohín y el tonito coqueto que usa. Le da la espalda, rumbo a su camastro, por ropas. Y lo siente, los puntos calientes como láseres taladrándole…

   Pelham se queda con la boca abierta, y los ojos también, detallando la inmensa y ancha espalda, recia de lisos músculos, los brazos y muslos… el trasero. Esas nalgas, aquel culo era sencillamente… Joder, era injusto que un carajo tuviera un trasero como ese, tan redondo, tan firme, sin una marca de celulitis o mancha de estría, sin que nada caiga ni un centímetro. Duras masas que muelen la raja entre ellas al caminar… como seguramente molían una mano cuando un tipo le metía un dedo. O la verga… piensa todo atolondrado, incapaz de apartar la mirada. Sin moverse.

   Jeffrey, sonriendo trémulo, lo siente, o presiente, y sigue hacia el camastro, excitado ante el efecto que causa su increíble cuerpo. Mira sobre el camastro (¿por qué Larry esperaba que estuviera en la ducha para dejar esas ropitas?, ¿era él quién lo hacía?, nada de eso se le ocurre cuestionase, y menos ahora que anda medio emocionado), y ríe tonto al notar una pieza oscura y chica. Otra de esas tangas elásticas que terminan en un corto triangulo posterior. Mete sus piernas en ella, sintiéndolo como una caricia, casi cerrando los ojos, disfrutando el subirla, si, pero también porque escucha cómo Pelham contiene la respiración, y luego exhala el aire con pesadez.

   Al otro marine le resulta sencillamente imposible apartar la mirada de ese tipo alto, ancho y poderoso mientras se inclina para subir esa mariconería que usa por ropa interior. Y cuando esos globos increíbles se abren, mostrando una raja lisa, un agujero depilado, rojizo, la garganta se le seca… Y la verga le hormiguea. Aunque es heterosexual. Dios, le eriza verle subir la enrollada pieza por esos muslos (lástima que el culo se cierra), luchando con ella por lo musculosos que son, para luego cubrir ese trasero, o intentarlo, porque por más elástica que sea la tela, no logra expandirse lo suficiente para abarcar tanto, la raja entre los glúteos traga lo suyo (como seguro tragaba muchas, muchas, muchas cosas más, se agita todo al pensarlo), y las redondas masas apenas reciben algo de la prenda. Se queda allí, quieto, esos anchos hombros, la cintura estrecha, las piernas atléticas, los brazos caídos, musculosos también, el trasero se veía… joder, si cabía, más excitante todavía medio cubierto con aquella vaina elástica de culturistas, pero más chica.

   -¿Seguro que no puedo tentarte a quedarte ofreciéndote algo que te guste? –la pregunta de Jeffrey, quien medio vuelve el rostro, con una sonrisa, le provoca escalofríos por todos lados.

CONTINÚA … 42

Julio César.

SIGUE EL DILEMA… 20

noviembre 27, 2017

SIGUE EL DILEMA                         … 19

   Basado en caracteres creados por capricornio1967

   -¿Quieres comenzar a gozar?: De rodillas, ¡ahora!

……

   Inocente de lo que el otro trama como gran final para ese encuentro, sintiéndose aturdido por todo lo que experimenta, aún en contra de sí mismo, Daniel extiende su cuello y muerde salvajemente la bola en su boca, para contener los jadeos, para dejar escapar algo de toda la sucia lujuria que siente lo envuelve y controla en esa nueva realidad de sentidos disminuidos. Culpa y vergüenza llenan su mente, tanto como la excitación sexual cuando los labios de Franco atrapan su glande, chasqueándolo, salivando ruidosamente, besándole y succionándole, antes de bajar tragándose otra vez su barra dura y venosa. Se tensa cuando esos labios viciosos se posan en su pubis, teniéndola toda dentro de su boca húmeda y caliente, succionándola con lengua, mejillas y garganta. Y el vil hombre sabía muy bien cómo hacerlo.

   No quería responder, no deseaba que su propia sexualidad lo traicionara respondiendo a las manipulaciones del entrenador pero no podía impedirlo. Ni negárselo. Gime ahogadamente, los muy blancos dientes clavados en aquella bola, perdiéndose en fantasías. En imaginar a aquella chica con la que estuvo cuando el vicioso hombre los pilló. Desea creer que es la güerita la que se atraganta ruidosamente con su verga, alimentándose hambrientamente con ella mientras le baña con una respiración agitada, espesa y caliente.

   -Ugggfff… -brama cuando esa boca sube sobre su barra, apretando cada pedazo, dejándola libre, pulsante de ganas, lamiéndola de base a punta, tomándose su rato entre las bolas, agitando la lengua sobre la gran vena, todo tan excitante, al tiempo que sus pectorales son apretados, y sus tetillas pisadas con aquellos ganchos estallan en llamaradas que ya no sabe si eran de dolor o no.

   Sonriendo en una mueca depredadora, su pecho subiendo y bajando con esfuerzo, su verga misma soltando grandes cantidades de líquidos claros y espesos, Franco disfruta tocarle, lamerle la verga mientras le ve el torturado y hermoso rostro. Sabe de la lucha mental del muchacho. Una que está perdiendo. Y si supiera lo que le haría…

   Tomando la rojiza, dura y pulsante verga con su mano áspera, la aprieta, sonriendo al verle tensarse y morder la bola en su boca; agitando el puño masturba la mojada barra al tiempo que le reparte besitos chupados y salivosos en la punta, en el ojete. Cierra los ojos y se pierde también en sensaciones, saboreando la carne del muchacho, pero también sus jugos. Las mejillas velludas se ahuecan cuando atrapa otra vez medio tolete, succionándolo ruidosamente, el bigote rozando el tronco del muchacho, mientras le suelta la barra. Su boca va y viene mamando, como tanto le gusta, la tierna carne de los chicos. Ah, sí, tantos a los que ha pervertido, tantos carajos a los que había roto como el muchacho y el puto de su padre. Eso le provoca tanta satisfacción como tragar nuevamente toda la tranca, succionándola con su garganta, al tiempo que atrapa los bordes del speedos, halándolo muy lentamente, disfrutando de desnudarle, tanto como de la leve tensión de alarma del chico, y su jadeo de incertidumbre, aunque hace poco para detenerle. Ocupado como estaba en sentir. Como tenía que ser cuando su joven tranca era tan chupada, sobada, lamida y mimada como lo era en ese momento.

   Vicioso como era, al terminar de sacarle el bañador de las largas y musculosas piernas, Franco aparta el rostro de la pelvis del chico y se lleva el speedos a la nariz, aspirando el olor, todavía a nuevo de la prenda. Y a Daniel. Era un aroma intoxicante, aunque no tan bueno como si el chico lo hubiera sudado durante horas. Arroja la pieza a un lado y vuelve a tragarse esa barra dura. Joder, le encanta tenerla quemando y pulsando sobre su lengua ávida.

   Aunque atrapado en una vorágine de estímulos, con esa boca sorbiéndole con fuerza, de manera increíble, Daniel es consciente de que Franco eleva sus piernas, atrapándoselas por las caras posteriores de las rodillas, haciéndole rodar un tanto sobre el mueble, incrementando la presión sobre sus brazos atados… exponiendo su culo. Pero las intensas mamadas que está recibiendo no le dejan pensar con claridad, tan sólo lo intenta, recuperarse, algo asustado, cuando esa boca se retira de su tolete, apretándolo mientras lo hace, produciendo un sonido casi succionante de chupón al soltarlo. Dios, ¡la tenía tan dura y urgida!, necesitaba correrse. Pero ahora estaba abierto y…

   -Hufff… -el lloriqueo escapa de sus labios cuando el aliento de Franco le quema, y algo suave y caliente, la lengua del otro, recorre su raja interglútea de manera lenta, tomándose su tiempo para “torturarle”, deteniéndose sobre su culo, aleteando allí.- ¡Uggg! –ruge casi ahogado cuando siente los pelos de la barba y el bigote rozar esa zona de su anatomía, esa boca cerrándose viciosa sobre su agujero y comenzando a lengüetearlo con fuerza.- Ohhhggg… -se atraganta, tenso, cuando esa lengua prácticamente se le mete, reptante, babosa y viciosa. Y, soltándole una de las rodillas dejando que su pierna caiga en uno de sus hombros, Franco vuelve a atraparle la verga con una mano.

   El joven jadea, se tensa y arquea sobre el sofá mientras esa boca bucea en su culo, la semi enrollada lengua entrándole ruidosamente, al tiempo que su verga es masturbada con fuerza; el puño va arriba y abajo, y el pulgar frotándole el ojete del cual manan tantos líquidos. No puede ni pensar. Franco, apartando un poco el rostro, le quema el orificio con el aliento, antes de rozarle sutilmente con los pelos del bigote. Hacia cosquillas, pinchaba un poco, y todavía siendo masturbado, Daniel se agita como intentado alejar el culo de aquellos pelos, como el que sufre de cosquillas e intenta apartarse de los dedos que le atormentan. Pero dura poco, esa boca regresa a su culo, cerrándose sobre él, succionando de manera ávida.

   El muchacho jadea, le cuesta respirar, su torso sube y baja mientras muerde la bola. La lengua, brillante de saliva espesa, da estocadas sobre la temblorosa entrada. Y esa lengua sube por su raja, erizándole por el roce en tal zona, y se detiene y recrea bajo sus bolas, lamiendo y acariciándole con ella, para luego lengüetearle las pelotas. Daniel, respirando ruidosamente, sabe para dónde va y la espera. Franco, sonriendo malévolo, viéndole tan estimulado, se recrea subiéndole por el tolete, muy lentamente, dando ligeros azotes, antes de tragarlo otra vez, todo.

   -Huggg… -el joven balbucea de éxtasis al sentirlo chupándosela. Esa boca que sube y baja le tenía sin control. Pero…

   La punta de un grueso dedo va a su entrada temblorosa, que se agita, brillante de saliva, y la recorre, los pliegues, acariciándole de manera suave, erizándole todo. No, eso no, se dice, pero la boca del entrenador baja toda, le resuella en el pubis, succionándosela así, y no puede resistirse, ni siquiera cuando la uña del dedo penetra su culo, empujando hacia abajo el ojete, dejándolo ahí, así, y medio rodándolo por dicho labio anal. Las sensaciones eran traicioneramente gratas aunque su mente se revelara contra ello. La punta de dedo acaricia y acaricia, ahora girando por toda la circunferencia de su anillo. Hasta que se lo clava, lentamente, sin violencia, pero todo, hasta el puño.

   -Hufff… -los dientes de Daniel se clavan sobre la bola, no sabe si de rabia, frustración… o lujuria, porque, aunque su mente gritaba una cosa, su cuerpo se deleitaba. Era un chico que desconocía el alcance de las estimulaciones eróticas, todo lo que una persona con experiencia podía hacerle a otra, para despertar toda su lujuria y hacerle responder. Una de las armas, y excusas, de sádico.

   Franco le chupa la verga de arriba abajo, sus labios se adhieren a la brillante barra blanco rojiza, chupándola sabroso, con fuerza, masajeándola con sus mejillas y lengua, al tiempo que le saca y mete el dedo del culo, flexionándolo para rozarle las paredes del recto; retirándolo muy lento, metiéndoselo apuntando con la uña del mismo hacia arriba, buscándole ese punto que le tenía chillando sobre el sofá, empapado de sudor y la verga manando más líquidos que un río. Daniel no puede dejar de pensar que respondía como el puto maricón que Franco decía que era; que un hombre no se comportaba así, que no debía sentir aquello, y se alarma, en verdad cando el dedo sale y regresa acompañado, uno al lado del otro, frotándole la entrada y penetrando igual de lentos que antes. Chilla y se tensa, su agujero se cierra un poco cuando las dos gruesas y velludas falanges se le clavan, hasta el puño, quedándose allí, ocupando su culo, mientras el hombre sigue mamándole la verga con fuerza.

   Esa boca lo hacía bien, bajado, tragándola toda, y los labios continuaban reptando, como buscando más, al tiempo que la lengua se pega a la gran vena y la garganta succiona; ahora los dos dedos se retiran un poco, y regresan, ambos empujándose hacia arriba. Eso casi le hace saltar del sofá. La boca sube y baja, gruñendo golosamente, la saliva mojando el pubis del muchacho, mientras esos dedos en su ir y venir deformaban el anillo de su culo, casi volviéndolo una boquita cerrada sobre ellos. Los dedos le dan y le dan, le frotan las entrañas, la boca le estaba brindando una de las mejores experiencias de su vida hasta ahora (la verdad fuera dicha), su verga era amasada y chupada rico.

   Si, si, la siente tan cerca, su respiración es pesada y ruidosa, en algún momento Franco le soltó la otra rodilla y él continuó con las piernas arriba, abiertas, dejándole mamar y meterle los dedos, así que cuando la mano libre del otro le hala los ganchos, grita y se estremece, de dolor y… cuando la boca sube apretando duro, ruidosa, y los dedos se le empujan hasta el fondo, tijereándole sobre la próstata, y la otra mano le atrapa de una tetilla a la otra, halando suave, despertando latigazos de sensaciones, Daniel Saldívar gruñe, se tensa como una cabilla y de su verga joven mana, como lava de volcán, una impresionante corrida. Tiembla, se agita y medio baila sobre el sofá mientras estalla en trallazos de leche que caen en la boca del sujeto, sobre su lengua, cuando le tenía únicamente el glande atrapado entre los labios. Y así como Daniel se ve elevado a la dicha de un orgasmo extraño pero intenso, la tensa espalda levantada del mueble, mordiendo feo la bola mientras gime, Franco saborea cada gota de la abundante chorreada de esperma joven, caliente y espesa, degustándola y tragándola ruidosamente. No había nada mejor que el sabor del semen, se dice. Y no se aparta hasta que el chico termina.

   Tembloroso, débil, sudoroso, Daniel ce sobre el mueble, respirando afanosamente, intentando controlarse, recuperar el control. Ahora, cuando Franco abandona su verga y esta cae, pegando contra su abdomen, siente volver el ratón moral. Pero le dura poco.

   -¿Huggg? Noggg… Noggg… -gimotea, resistiéndose, cuando algo cae sobre su boca ocupada por la bola y su nariz (sensación empeorada al estar atado de manos y cegado), un trapo que huele espantosamente a químicos, a laboratorio de ciencias. A cloroformo. ¡Franco le ha cubierto el rostro con un pañuelo empapado en eso! Intenta resistirse, pelear, medio sentarse, ladear el rostro.

   -Jejejejeje… ¿no te gusta el olor, puto? –oye la burlona voz del tipo, que se divertía de su angustia, de su inútil resistencia, persiguiendo su rostro, su nariz, con aquel pañuelo del que intenta distanciarse.

   -Noggg… -ruge contra la bola en su boca, desesperado, intentando aguantar la respiración, todo girando a su alrededor. Pero no puede, siente que se debilita, que se adormilan sus sentidos.

   -Vamos, vamos, duérmete, bebé, si no lo haces, ¿cómo Santa va a darte tu regalito? –se burla, apoyando con fuerza el pañuelo en su rostro cada vez más quieto, vencido.- Vamos, duerme… mi casto, castísimo muchacho, jejejejeje…

CONTINÚA…

Julio César.