Archive for the ‘RELATOS GAY DE MALDITOS…’ Category

OSCURO AMOR… 18

julio 28, 2016

OSCURO AMOR                         … 17

Por Leroy G

   Dedicado al amigo Marcos, a quien tanto le gustó el relato…

MUSCULOSO EN HILO DENTAL ROJO

   Le encanta su vida.

……

   E inicia el acercamiento, besa al joven más bajo, labios entreabiertos para que este responda y meta su lengua, como el macho que es. Y se lamen y chupan ruidosamente, Marcos gozando de tenerle así, tan sexy y caliente, tan grande y guapo, en esas pequeñas prendas de vestir, pesado sobre su regazo, donde su tolete pulsa y babea.

   Miran el juego y siguen besándose, pero ahora las manos de Marcos acarician los pronunciados pectorales, pellizca los sensibles pezones (esa noche le colocaría nuevamente los chupones, estaban grandes pero los quería aún más, que todos los notaran bajo sus ropas las pocas veces que le permitiera usarlas para salir), haciéndole ronronear y estremecerse sobre su tolete. Con un ojo el chico mira el partido, enfocando al jugador luso, seguramente soñando con domarle y someterle a sus deseos, mientras empuja sus caderas hacia arriba.

   Sin despojarle de nada, teniéndole de panza sobre el sofá, excepto su alzado trasero redondo expuesto por el suspensorio, Marcos le penetra desde atrás, mirándole con una mueca lujuriosa de dominio y control mientras lo llena de güevo con certeros golpes de caderas. Lleva el bermudas un poco más abajo de su culo mientras le empuja la erecta tranca por el ávido agujero que lo atrapa, hala y chupa con su cálido beso. Sonríe al escucharle gemir, totalmente en el nirvana mientras las paredes de su recto son refregadas y abiertas por la ardiente mole de carne masculina. Pero también sonríe ante la posición adoptada por el otro. Mauricio, bonito y musculoso dentro de su camiseta, suspensorio y zapatos sin medias, gime de gozo mientras tiene el cabeza más baja que el plano de su trasero, mirándole sobre un hombro cuando no cierra los ojos por el placer que experimenta; trasero que no sólo se alza, sino que se tiende hacia atrás para facilitar el trabajo y los deseos del macho. Aunque su tolete no estuviera atrapado dentro de la pequeña jaula de castidad, no podría tocarse, acariciarse o masturbarse, eso había terminado para él. Su único placer vendría de la manipulación, del uso que otros hombres, ¡su hombre!, diera a su culo. Era la posición del sumiso, eso había sido grabado en su mente.

   Y mientras le coge así, tendiéndose un poco sobre él, Marcos le aplasta un lado de la cara contra el mueble, reteniéndole con una mano, ambos mirando hacia el televisor donde el juego se desarrolla. Sintiendo la barra abriéndole el esfínter, separando las paredes de su recto, llenándolas con la joven, dura, cálida y nervuda pieza que la refriega, Mauricio tan sólo puede gemir en éxtasis. Y al ritmo del tolete saliendo casi hasta el glande, para volver a enterrársele con un golpe certero, golpeándole con las bolas, el muchacho, confuso, controlado y dominado, sonríe de manera tonta, cara roja, gemidos de agónico placer llenando la estancia. Le parecía increíble haber vivido tanto tiempo sin sentir un güevo en sus entrañas, llenándole y haciéndole sentirse realizado. Nada se comparaba a lo que sentía en esos momentos cuando Marcos alzaba y bajaba sus caderas, rudo, rápido, empujándole el enorme tolete en las entrañas y provocándole una mueca de gozo.

   -Coño, no me canso de esto, de llenar tu agujerito de amor, tan estrecho, tan apretadito y caliente… -le gruñe Marcos al oído, bajando, colando una mano y acariciándole el pene sobre la jaula de castidad y el suspensorio, provocándole nuevos gemidos.- Nunca he cogido un culo como el tuyo antes, sabía que así sería, especial. – agrega al tiempo que incrementa sus embestidas, como deseando ir aún más adentro del objeto de su obsesión, de su amor.

   Mientras jadea y babea por la boca abierta sobre el mueble, Mauricio se dice que sería genial poder masturbarse, conseguir una buena corrida. Pero la idea la sabe mal a él mismo. No, así estaba mejor, como decía, y hacía Marcos. El placer indescriptible que experimentaba cuando su culo era cepillado de aquella manera no podía compararse a nada vivido antes, eso tenía que admitirlo.  Una gran sonrisa de felicidad cuerva sus labios al tiempo que aprieta y afloja su agujero, ávidamente, deseando atrapar ese tolete pulsante. Retenerlo para sentirlo siempre.

   -¡Tómalo todo, puto, tómalo así! –le ruge Marcos, y eso sonaba extrañamente a ayer, a casa, se dice Mauricio, casi ronroneando contra el mueble, recordando vagamente esas noches escuchando como el otro enculaba y hacía gritar y delirar a sus putos. Ahora él era su puto.  La dicha y el orgullo le inundan. O sería…

   -¡Ahhh…! –grita con voz aguda, abriendo mucho los ojos, sintiendo la corrida que el otro estaba depositando en sus entrañas en medio de espasmos.

   -Oh, mierda, contigo no duro nada. –casi parecía frustrado, mordiéndole en el cuello, todavía llenándole el culo de esperma, las bolas contrayéndosele.

   Un hilillo de líquido espeso escapa de la jaula de castidad y moja el suspensorio. Sin erección, Mauricio encontraba desahogo. Era su vida ahora. Y repitieron.

   Esa noche, agotado, su culo todavía algo enlechado, Mauricio cayó en su cama, desnudo, siendo repasado por la rasuradora, sobre todo sus genitales y culo. Debió sentir alivio sin la jaula pero… la extrañaba. Cuando Marcos, mirándole y sonriéndole, se la coloca, nota la molestia. Era una más pequeña. Eso le hizo ronronear por alguna razón. Aunque no tanto como cuando los pequeños chupones cubrieron sus pezones, presionando de una manera intensa, erectándolos más allá de sus límites naturales, o los que alcanzaban ahora. Su culo fue ocupado por un butt plug.

   -¿Estás bien? –le pregunta Marcos, inclinando el rostro hacia el suyo, a lo que asiente sumisamente, provocándole una sonrisa.- Pronto compartiremos nuestro lecho nupcial, y no vas a salir ya nunca más de mi cama. ¿Eso te gustaría?

   -Si, amor. –es la respuesta sonreída, mejillas rojas.

   El beso que comparten es lento, pero profundo. Marcos bucea en su boca, chupa y lame, es casi mordelón. Si, le costará bastante dejarle allí, pero eso terminaría pronto. Finalmente le coloca son los audífonos, eran los últimos cambios de personalidad, obediencia y desinhibición. Todo muy necesario.

……

   Si en cierto edificio, dos colegios privados y un gimnasio cercano se preguntaban dónde estaría cierto gocho bonito y caliente, una familia se inquietaba abiertamente pensando en él, recibiendo correos electrónicos de vez en cuando y transferencias con algo de dinero para la madre del mismo, siempre diciendo que estaba bien, sin dejar una dirección o un número telefónico. Nadie sabía nada de Mauricio Valdez. Aunque si era conocido en su nuevo condominio. Y nadie dudaba de su condición sexual, o de su “pertenencia” a otro chico que era increíblemente amoroso y atento con él, aunque algunos juraban haber escuchado que de cierta ventana partían gritos de “si, puta caliente, mueve ese culo así, tómalo como la puta que eres”, mientras alguien más, presumiblemente la joven y bonita montaña de músculos, gemía con entrega, pidiendo más y más. Eso tenía a algunas señoras inquietas, a muchos muchachos calientes, y a uno que otro carajo curioso.

   Marcos le quería fuerte, por eso se inscribieron en un nuevo gym, donde causaron sensación. Marcos era un tipo agradable, delgado pero fibroso, e iba con Mauricio, que era musculoso, alto y fuerte, vistiendo diminutos y ajustados shorts y camisetas casi entalladas en su cuerpo, todo de lo más coloridamente gay. Los ojos no podían dejar de seguirle cuando iba de aquí para allá, llevando debajo de los shorts algún suspensorio que permitía adivinar su trasero, el cual mordía la tela. Otras veces eran los hilos dentales, el fuerte chico desvistiéndose en los vestuarios usando aquellas cositas, notándose que llevaba una jaula de castidad, causaba furor. Marcos parecía exhibirle, divertido de verle actuar desenvuelto, olvidados sus primeros resquemores a llevar esas ropas que luego le encantaron, o enseñar sus hilos donde se adivinaba la jaula mientras mostraba un trasero redondo y maravilloso que captaba aún más miradas oscuras y lujuriosas de esos hombres. A veces, sintiéndose algo incómodo, Marcos le permitía ir sin la jaula, su pene, flácido y pequeño, totalmente lampiño, se adivinaba bajo los cortos shorts ajustados de licra, al no llevar nada más.

   No era raro que en los vestuarios, dentro de un privado, con el rostro contra la división, ojos cerrados y boca ligeramente abierta, Mauricio dejara escapar sus gemidos, totalmente desnudo, con Marcos detrás, cogiéndole, ardiendo al verle, caliente al poseerle en cuerpo y mente, excitado de toda una jornada de ver tíos comiéndoselo con los ojos. Mientras le cogía, apretando los dientes, sus manos lo recorrían, la ancha espalda, el musculoso torso, los pronunciados pectorales, el abdomen en cuadritos, la delgada cintura. Era increíble tenerle así, entregado, sumiso, meciendo sus nalgas plenas de adelante atrás, tragando y dejando salir de su culo caliente esa mole de carne dura, en un baño del gimnasio. Saben que hay quienes oyen afuera, duros y sobándose. Pero nadie reportándolo.

   A veces, entre alimentos sazonados y batidos proteicos, Mauricio andaba más caliente que de costumbre, su pene aplastado contra la cada vez más chica jaula de castidad, sus pezones erectos totalmente, increíblemente llamativos bajo sus franelas ajustadas, o cuando sus pectorales estaban libres en sus camisetas, atrayendo los ojos. En esos días, cuando estaba más caliente que nunca, Marcos le hacía ir al gimnasio llevando un butt plug, fijándolo en su lugar con la tira del hilo dental del momento. Y realizar sus rutinas llevándolo clavado, abriéndole, rozándole, le mareaba. Era cuando iba a los vestuarios, sabiendo lo que ocurriría, y encontraba a Marcos con dos tíos jóvenes y musculosos esperándole. El chico sonreía con coquetería y excitación al verles, estos sonriendo torvos se le acercaban y tocaban, lo acariciaban, apretaban sus tetillas cercándoles por delante y por detrás, su cuerpo siendo recorrido sobre y debajo de sus ropas. Mirarle así excitaba a Marcos, y a él le complacía complacerle. Además… en esos momentos necesitaba machos.

   No pasaba mucho tiempo antes de que, en las duchas, bajo los chorros de agua, estuviera en cuatro patas, gloriosamente desnudo, grande y musculoso, lampiño y rojizo, su jaula de castidad conteniéndole, siendo penetrado su culo por Marcos, y la boca que iba de una a otra verga tiesa. A su hombre le excitaba compartirle así, pero su culo, su coño, no. Ese era sólo suyo. No pasaba una semana sin que “trabaran conocimiento” con otros chicos así, chicos que… A Mauricio no le gusta pensarlo, le provocaba algo de celos e inquietud, pero algo le decía que Marcos le usaba como gancho para atraer chicos grandes, masculinos y groseros, para transformarles y cederlos, mediante ciertos pagos, a otros sujetos en el gimnasio, menos acuerpados o guapos. Como fuera, tenían dinero para cenas, cine y paseos. Le encantaba la playa, dorarse todo, con su enorme cuerpo en alguna chica tanga blanca que atraía miradas y excitaba a Marcos. Era la dicha…

   Pero la vida ordinaria tenía sus retos, a veces, mientras iba a sus clases, su trabajo en el laboratorio y otros asuntos (sospechaba que su negocio de cosechar putos), a veces nuestro cambiado chico tenía mucho tiempo a solas, y los solo consoladores no eran suficiente. Aseaba la casa usando tan sólo una tanga, o un suspensorio, ocupándose de todo, entonces, travieso, salía vistiendo un ajustado shorts a botar la basura, uno donde se adivinaba, y a veces se veía, los contornos de sus tangas hilos dentales, notando las miradas de los machos vecinos clavados en su trasero. Y le encantaba, pero Marcos, pillándole, fingía no entenderlo cuando se enteraba.

   -He oído que te has portado mal. –le dice, vistiendo sus ropas de trabajo, sentado en el sofá de la sala.

   -¿Que hice? –pregunta con una vocecita tímida.

   -Lo sabes muy bien. ¡Les mostrabas a los vecinos tus encantos! ¿Quieres tener problemas con las vecinas celosas? Mereces un castigo. -le responde con una mueca libidinosa.

   Le atrapa una mano mientras Mauricio sonríe, y le hala. El enorme y musculoso chico, cada vez más fibroso, cae de panza sobre su regazo y ambos ríen. E incapaz de contenerse como ocurre cada vez que le tiene así, Marcos se recrea recorriéndole las nalgas tersas y duras con las manos, expuestas por el suspensorio, metiendo los dedos en la raja depilada y dándole toquecitos al culo. Sonríe al ver como se esponja el otro, separando las piernas, permitiéndole el acceso a su lugarcito secreto. Al chico le gustaba que jugara con su botoncito cerrado. Mete un dedo y Mauricio deja de reír, aunque sonríe, ojos empañados y boca llena de agua, la expresión de la lujuria misma, mientras siente como ese dedo, que se flexiona un tanto, entra y sale de sus entrañas. Sabe, aunque ignora que es parte del programa, que su coño se estaba mojando otra vez. Gime abiertamente mientras sube y baja sus nalgas, buscando el dedo, que se ve acompañado de otro, y esos dos dedos hacen una enorme diferencia en su interior. Cierra los ojos para recrearse en aquella sensación.

   -Dios, tiene el coño tan húmedo y caliente, me chupa los dedos que da gusto. –oye las palabras de Marcos, que parecen las suyas propias.- ¿Recuerdas cuando creías que te gustaban las mujeres y que eras heterosexual? –la burla se nota en el tono mientras se ríe.- Ahora mírate, tu coño vive en llamas y necesitado de ser llenado. –esas frases hacen ronronear de anticipación al musculoso joven, que sin abrirlos los ojos separa más sus húmedos labios en una enorme sonrisa, sintiéndolo, la cabeza roma de uno de los consoladores.

   Es uno blanco translucido, muy grueso a decir verdad. Con una mueca de lujuria y decisión, mirando la punta del juguete y el ojete ahora sin dedos, Marcos lo empuja y aplasta hacia adentro los labios de ese orificio, lo penetra aunque parece demasiado grueso para ese calibre. Y Mauricio arruga la frente, gruñendo como si le doliera, todo tenso, aceptándolo. El juguete se clava lentamente y debería molestar, dolerle.

   -¿Muy grueso, puto? Pensé que querías acción. ¿No era para esto que incitabas a los machos de la cuadra? ¿Acaso quieres otro marido?

   -No. No… sólo tú. –le gime, mirándole suplicante, un tercio del enorme consolador clavado.

   Pronto está boca abajo sobre ese mueble, siendo penetrado por un Marcos que disfruta pero parece querer castigarle. Era un joven oscuro, perturbado y complejo. Le gustaba lucir a su Mauricio, que lo codiciaran otros hombres; pero era celoso… si el chico se ofrecía. Este, sonriendo nuevamente feliz, lo acepta. Cuando no lo sentía llenándole el culo la pasaba muy mal.

   -¿Quién eres? –oye que la pregunta sale ronca, casi rabiosa, entre jadeos. Y Mauricio vuelve el rostro sobre un hombro, mirándole fijamente, sonriendo dichoso.

   -Tu puto. Sólo tuyo.

Julio César.

DE AMOS Y ESCLAVOS… 37

julio 24, 2016

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 36

BIKINI SEXY

   ¿Lo imaginan en una blanca o amarilla… mojada?

……

   Algo tembloroso, pero incapaz de detenerse a pensar en lo que hace, Gregory sale de la franela, no sin cierta dificultad, por lo estrecha, por lo musculoso de su torso, uno donde destacan algunos pelos ensortijados, pocos, y una cadena gruesa, muy blanca, de plata, que se puso antes de salir. Y sabe que sus tetillas crecen, que la piel le quema más cuando el otro le mira con ojos hambrientos. Vuelve a realizar una torsión, flexionado el brazo, su recia espalda contrayéndose, su bíceps abultando.

   -Se ve tan duro. –casi deja salir con voz débil y ronca, el tío.

   -Lo está. –grazna con respiración pesada, manteniendo la pose.- Ven, acércate y tócalo…

   Sus miradas están atadas, saben que caminan en sobre una delgada línea de la sexualidad y la conducta que no puede definiré como “normal”, no desde sus puntos de vista. O al menos así lo piensa Gregory, bíceps abultado, esperando. El otro, tragando, con los ojos castaños que brillan como los de un gato, sonríe leve, como adaptándose con más facilidad. Avanza y extiende las manos algo delgadas pero de dedos largos, blancos, que emergen de las mangas del saco, y caen sobre la bola de músculos realmente duros. El joven hombre negro se estremece ante el cálido y algo traspirado tacto de esas palmas y dedos que se cierran sobre su piel.

   -Está tan firme… -susurra el hombre, mirándole a los ojos sin dejar de acariciar esas carnes oscuras. También él se ve agitado, su respiración es superficial, los ojos brillan más y los delgados labios le enrojecen. Era como una invitación, piensa casi asustado, pero también curioso, Gregory.- ¿Has ejercitado mucho para tenerlo así? –las manos se abren y los pálidos dedos suben y bajan sobre la bola de músculos oscuros, provocándole escalofríos al otro.

   -Algo. –es la ronca respuesta, mirando esos labios por donde el sujeto, inconscientemente, se pasa la lengua. Tiene que luchar contra el violento espasmo del deseo. Quiere, si, y mucho, que esos labios caigan sobre su bíceps, por muy extraño que le sonara aún a él mismo. Sus ojos se encuentran, febriles ambos.

   -Por cierto, me llamo Esteban. –informa, las manos subiendo al hombro, palpando.

   -Gregory. –casi jadea, los dedos de una de las manos ajena rozan su torso, fugazmente sobre su pectoral, antes de apartarse. Sin besar. Casi le frustra. Tanto tocarle le había… calentado o despertado algo que, como heterosexual, no quiere analizar. O eso se dice.

   -¿Sabes?, sé que sonará extraño, pero quiero que me muestres más. –pide Esteban, mirándole a los ojos, antes de bajar la vista a sus caderas.

   El joven de color abre los labios, pero nada dice, siendo recorrido por ese poderoso escalofrío en su columna. Lleva las manos a la correa, el botón y cierre del pantalón, notando que Esteban retrocede un tanto, para abarcarlo mejor con la mirada. Los ojos del otro caen como dardos en la ve que se abre al separar el pantalón, cosa que le encanta. ¡Ese tío realmente quiere mirarle!, y esa idea era obsesionante, dominante. Se quita las botas y el pantalón baja, con esfuerzo, por los musculosos muslos. El corto bóxer, uno enterizo, deja notar la abultada verga que parece deseosa de escapar y jugar con los chicos, y la cual atrapa la castaña mirada del otro sujeto, quien traga en seco.

   -¿Un bóxer? Qué desperdicio… Tienes que vivir llevando bikinis ajustado, o tangas calientes para que todo el que te mire, hombre o mujer, babee, y le babee por ti. –acota el otro.

   -¿Cómo tú? –reta, necesita hacerlo.

   -¿No estás así de emocionado porque estoy aquí? –es la contrarréplica que parece serle natural.

   -Iba para una cita y… no quería que la nena me viera con esas vainitas. Ya no se usan.

   -Todo hombre de sangre roja en las venas desea en algún momento de su intimidad más secreta el roce de una tanga suave, muy chica y ajustada contra su piel, porque todos desean sentirse calientes. –le aclara Esteban, acercándosele, las respiraciones de ambos son pesadas.- Te ves del carajo así, toda una tentación echa hombre. –le dice, sabiendo que le afecta, tocándole con las puntas de los dedos de ambas manos sobre el torso, recorriéndole como si arañara, pero sin usar las uñas, erizándole.- Todo esto dentro de una tanga pondría a delirar a cualquiera, imagina entonces si apareces en una. –comenta, los dedos abarcando sus costados, el tolete agitándose visiblemente bajo el bóxer que lo contiene. Sus rostros se han acercados, aunque Gregory debe mirar un tanto hacia abajo.

   -Bien, gracias, pero… -admite erizado, la idea le gustaba, es cierto. Y esa boca de labios delgados, entre abierta, que se separa más cuando él mismo separa los suyos, más gruesos, le fascina, ¿cruzaría la distancia ese tipito e intentaría besarle? ¿Lo dejaría? No lo hace, el otro se retira, no le toca más, no le calienta ya, y se siente algo frustrado nuevamente.- Lamentablemente no traigo una.

   -Tranquilo. –le desconcierta la sonrisa del otro, quien se vuelve hacia su maletín, de donde saca una bolsita de papel, color caramelo, una pequeña coquetería.- Vi esto y pensé en ti… -mete la mano y saca una muy pequeña bola de tela.

   La abre usando los dedos índices, dejándola colgar. Es una diminuta tanga amarilla intensa, tonalidad que se ve vulgar y escandalosa, algo mínimo, que en su parte posterior termina en un triángulo de tela que se estrecha en una franja, un hilo dental, de naturaleza elástica.

   -¡No voy a usar eso! –se agita Gregory, voz ronca, ojos clavados en la diminuta prenda que el otro sostiene frente a sus ojos, atrapándola con los dos dedos. Su pecho sube y baja con esfuerzo.- ¿Casado y heterosexual, pero comprando eso pensando en mí? Suena extraño. –le irrita un poco que el otro sonría, parecía un pequeño gato satisfecho. La idea de que el tipo más bajo estaba controlándole, le incomodaba.

   -¿La imaginas tan chica sobre tu enorme y musculosos cuerpo, presionando contra tu verga… metida entre tus nalgas… sobre tu culo de macho? –es la respuesta.- ¿Imaginas lo caliente que te verás? ¿Lo que eso nos afectará a quienes te veamos?

   -Yo… no creo que deba…

   -Es un regalo de un admirador, alguien a quien afecta tu cuerpo, ¿no quieres lucirla ni por cortesía? –se le acerca, tomándole una mano, algo que estremece al otro pero no se suelta, dejando caer la suave telita en su palma.- Hazlo como un favor para con un tío más pequeño y sin cuerpo, amigo. –le da la espalda.

   ¿Lo haría?, se pregunta Esteban; también el qué estaba haciendo. Todo había comenzado como un juego, pero ahora… Le siente moverse a sus espaldas. ¡Lo estaba haciendo! La sonrisa se le ensancha en el rostro, también las frecuencias cardiacas le aumentan.

   -Espero que estés satisfecho. –gruñe con voz algo temblorosa Gregory, como si estuviera molesto, pero también está excitado. Esteban se vuelve y…

   La mandíbula del hombre cae, sus ojos parpadean y el corazón alcanza nuevas cumbres, su respiración se espesa y todo él arde con ganas de algo. Gregory se ve impresionante en su casi desnudez, con ese achocolatado cuerpo de pecado cubierto únicamente por la muy breve y ajustada tela de una tanga  tipo hilo dental de un amarillo escandaloso, donde destaca una buena barra de carne. Por su parte, Gregory  siente que la cara le arde. Encontrar la admiración en esos ojos le encanta, todo él se esponja, sus tetillas parecen inyectadas de algo, muy erectas, mientras siente la piel de todo su cuerpo particularmente sensible. Pero son sus ojos los que le traicionan. Bajan y quedan posados sobre la erección visible bajo el pantalón del traje.

   -Mucho. –croa el tipo blanco.

   -¿Y te dices hétero? –tiene que burlarse, alzando un dedo y señalándole la bragueta, intrigado, notando que la pieza era como larga.

   -Nadie podría evitar ponerse caliente mirándote; a ningún hombre dejaría de parársele el güevo viéndote así. Lo siento por ti, pero calientas las braguetas, amigo. Compruébalo. –indica como si tal, sin afectarle, aparentemente, estar erecto viendo a otro tipo, se dice Gregory, quien lucha de manera titánica para controlar la suya ante esas palabras y esa abierta admiración que excita cada célula de su cuerpo exhibicionista.

   Se vuelve hacia el espejo que tiene en la entrada, uno de cuerpo entero donde siempre comprueba su apariencia antes de salir del apartamento, y que ahora entiende un poco mejor el por qué lo tiene. Se mira y se emociona, está realmente sexy; y si, la presión de la elástica, suave y escasa tela contra su verga y bolas es impresionantemente grata. La de la tira que se pierde entre sus nalgas negras, redondas y plenas es aún más desconcertante y… estimulante.

   -Por favor, gira. –sabía que eso llegaría, lo hace, piernas abiertas, flexionando sus brazos como un culturista, ambos bíceps enormes, su espalda recia tensa, los músculos notándose, pero sabiendo que la mirada del otro está sobre su culo. Casi la siente como caricias.- Impresionante. –el hombre negro se vuelve… y nota esa erección más pronunciada y demarcada, ¿acaso se había dado un apretón mientras le daba la espalda?

   -¿Es todo?

   -Aún necesitas algo, son esos pelos en tu pecho. Son pocos pero…

   -¡No! Eso no, no voy a depilarme. Recortar es una cosa, pero…

   -Confía en mí. Te verás del carajo. –regresa a esa maletín, el cual parecía contener muchas cosas. Se vuelve, sonriendo, con varias maquinillas desechables de afeitar en sus manos.

   -Pana, no lo sé… -duda. ¿Quitarse sus pelos gruesos y rizados aunque cortos?

   -Vamos, te verás aún mejor. –le sonríe tranquilizador, llevando una de las maquinillas a un torso, sin esperar más.

   Gregory se eriza mientras van cayendo sus cortos pelos bajo la triple hoja de la desechable; la siente casi como caricia cuando rodea las aureolas de sus pezones, despejándolos, bajando y bajando, Esteban inclinándose, bañándole con su aliento al respirar agitado. Luego le sopla.

   -Perfecto. –dice con ojos brillantes, las manos sobándole, tocando mucho, recorriéndole todo, de arriba abajo y regresando, apartando los pelos cortados.- Mírate… -y el hombre de color se estremece, su torso parece más definido, más llamativo. Más sexy. Pero todo acaba bruscamente cuando le toma una muñeca y le alza el brazo, descubriendo su axila.

   -Hey…

   -Confía en mí.

   Una nueva hijilla va contra su piel, recorriendo de arriba abajo, afeitándole lentamente. Va una y otra vez. Y Gregory contiene el aliento al lado del otro, el cual mira de la axila de donde va desapareciendo el pelo, a sus ojos. Cuando termina, sopla un aliento cálido con un leve aroma a menta, luego la recorre con la palma, suave, acariciante, quitando los pelillos rasurados. Gregory se contrae, el roce despiertas cosquillas y escalofríos que nada tienen que ver con eso. Ojos brillantes de lujuria, está seguro que se trata de eso, Esteban le alza el otro brazo y repite la operación, de manera más lenta. Es tanto así que él cierra los ojos dejándose hacer y llevar, sintiendo su aliento al soplar, sus dedos al recorrerlo. Pero los abre cuando una mano se cierra sobre su puño, halándole.

   -¿Qué…?

   -Vamos. –le hala hacia el sofá, donde cae de culo, mirándole hacia arriba, aún más.- Debo… -lo deja así, ojos clavados en la tanga alzada por el miembro tras él.

   -¿Quieres depilar mis partes? ¡Estás loco! –ladra, eso sí que no, un recorte de la grama estaba bien, pero… Una cosa así bien valía una mamada de güevo, ¿no? La idea llega, simple, clara, caliente y poderosa.

   Obviamente ignoraba lo que el otro le tiene preparado mientras le monta en la olla.

CONTINÚA…

Julio César.

LA NENA DE PAPA… 16

julio 16, 2016

LA NENA DE PAPA                         … 15

De Arthur, no el seductor.

CULO ALEGRE

   Chicos con sorpresas.

……

   -¿Si? –responde algo seco, el silencio se hace y su corazón late con fuerza.- ¿Si, papi? –rectifica y oye una respiración contenida que es liberada.

   -Hola, Brenda. –llega el animado tono jovial.- ¿Cómo está mi chica? –espera y el joven se siente ahogado.

   -Bien. –responde, agitado.

   -Maravilloso. ¿Viste lo que te dejé? –la pregunta es intencionada y Brandon cierra los ojos, cayendo sentado en la cama nueva, la caja y el juguete sexual desplazándose, acercándosele.

   -Sí, me gusta. –concede, sabiendo lo que vendría si no lo decía. Le parecía más fácil ceder…

   -Lo sabía. Eres una chica joven, hermosa y saludable, lo más natural del mundo es que quieras explorar tu sexualidad; y teniendo necesidades, no estando con tu papi, mereces satisfacerlas. –era tan humillante, Dios, se dice el joven, labios temblorosos.- Ponte linda, pronto estaré allí. –y corta la llamada.

   A Brandon le cuesta aflojar el agarre sobre el teléfono, abrumado, sintiéndose furioso y frustrado, impotente. La ira ardiente que amenaza con estallar no logra superar la humillación. Mira el juguete sexual, con la cara muy roja, y piensa nuevamente en armar un escándalo. Una pataleta. Pero calla. No se atreve. Notando la hora cae en que mucha de la gente de la pensión no ha regresado, así que toma un bolso, su toalla, las chancletas de baño y corre. Se ocupa con celeridad de sus asuntos en las duchas, siempre temiendo encontrar a alguien que le pregunte por su visitante. Sale envuelto en una toalla, joven, delgado pero de buen cuerpo.

   -Moses… -se tensa cuando un serio Mark Aston aparece frente a él, mirándole con curiosidad.

   -Hey, amigo, ¿cómo estás? –grazna con una sonrisa que más parece mueca.

   -Estoy bien, como siempre, quien anda de lo más misterioso eres tú. –dice el otro joven casi con reproche.- ¿Se puede saber en qué andas?

   -No, en nada, yo…

   -Tu puerta vive cerrada cal y canto. Eso nos extraña a todos. –insiste, desconcertándose más al verle respirar pesadamente.

   -¡Tal vez “todos” podrían ocuparse de sus vidas y dejarme en paz! –estalla con nervios, mordiéndose el labio al verle hacer un gesto de sorpresa dolida.

   -Lo siento. – se aleja, envarado.

   ¡Maldita sea!, se dice deseando llamarle, disculparse. Pero ¿cómo sin entrar en explicaciones? Maldito Cole Hanson, estaba destruyendo su vida. Y pronto llegaría, le recuerda con urgencia y algo de pánico una voz interna.

   Regresa a la carrera a su cuarto, asegurándose de cerrar bien no fuera a entrar alguien del piso y notara los cambios. Desnudo se detiene frente al closet, temblando, avergonzado. Pero también… curioso. Toma una delicada y casi transparente tanga amarilla, diminuta, que se estira al meter sus piernas. Experimenta otra vez ese roce que le eriza, casi una caricia erótica sobre su piel. Cubre sus genitales, que quedan presionados de una manera estimulante. Y la tira en su raja, presionando contra su culo… quema, pica.

   Se encasqueta unos shorts cortos, ajustados, color lila, y una camiseta abierta, de un naranja atardecer. Se mira al espejo, tragando en seco, aplicándose un gel en el cabello, luego toma el estuche de maquillaje… sus pómulos enrojecen, sus pestañas destacan. Sus labios, furiosamente rojos por el labial, le confunden. Se mira al espejo y casi siente miedo. No se ve como un chico, lo es por lo plano de su torso, pero más bien parece una chica. Una chica bastante bonita.

   ¿Por qué se sometía de esa manera?, la pregunta da vueltas y vueltas en su cabeza, pero no encuentra qué responderse, cosa que le altera un poco más. Pega un bote, tan nervioso estaba, cuando la puerta comienza a ser abierta y un sonriente, elegante y solido Cole Hanson hace su entrada, en un elegante traje gris oscuro, muy de trabajo gerencial, muy masculino con una evidente sombra de barba, con un aroma corporal fuerte, a sudor, gel del afeitado, a colonia y un poco a cigarrillos. Como sea, el joven, de pie en el centro de la pieza, lo nota. Como su mirada, su sonrisa genuina de placer al verle maquillado. Carga unas bolsas, una imagina que es de la cena temprana, la otra sabe que será otra sorpresa. Es grande.

   -Te ves hermosa. –dice el hombre, voz ronca, ojos brillantes de lujuria.

   -Gracias… papi. –la voz le falla, sonando desconcertantemente andrógina.

   Eso logra que el hombre trague en seco, y sin quitarle los ojos de encima deja todas las bolsas sobre la mesa, acercándosele, el chico mirándole todo ojos, brillantes, como un cervatillo deslumbrado por unos potentes faros. Jadea ahogadamente, de sorpresa, cuando el hombre le levanta con mucha facilidad entre sus brazos, estrechándole contra su cuerpo, fuerte y viril, llevándole hacia la cama. Todo eso sobrecoge a Brandon, el sentirse alzado como si no pesara nada, estando sostenido por el macho poderoso, notando sus olores masculinos de manera intensa. Cae de culo en su regazo cuando este se sienta sobre el colchón, y jadea otra vez al sentir la dura erección bajo el traje gris. Pero no tiene tiempo para pensar, los labios de Cole caen, abiertos, sobre los suyos, lengüeteándole, obligándole a abrir la boca, metiéndosela de manera rapaz, intensa, lengüeteándole y llenándole de saliva. El chico jadea, su cuerpo se tensa, y aunque no entiende cómo o por qué, sabe que responde, que su lengua se ata a la otra y luchan. Pero el hombre le derrota, besaba demasiado bien, succionando de manera total, bebiéndose su aliento, saliva y gemidos.

   Arrojándole de lado en la cama, de pie, el hombre se abre el pantalón sacando la blanco rojiza tranca llena de venas, dura. Casi sobre su rostro. Y los rojos labios del muchacho, de donde el labial se ha corrido un tanto, se abren sensualmente y caen sobre el glande expuesto, besando, lengüeteando el ojete, chupando de él. Cole se tensa y sonríe, mirándole de manera brutal, sabiendo que ya casi le tenía donde lo quería. ¡Tragando cada pedazo de su pieza! Ese muchacho podría decir lo que quisiera, pero por lo que veía parecía que no podía obtener lo suficiente de su verga, cubriéndola y chupándola, recorriéndola con sus labios y lengua, dejándola ensalivada, una y otra vez, ¿acaso extrañando ya el sabor de su semen caliente? Tiembla mientras le ve mamarle, lo hacía bien, se sentía del carajo ser chupado así, pero quería más. Quería que el chico le entregara, voluntariamente esta vez, su culo. Que lo deseara tanto que le suplicara llenárselo de güevo. 

   -Oh, sí, así, mami bella… -jadea de manera ronca, boca muy abierta, feliz como pocas veces al verle entregado, subiendo y bajando sobre su recio falo con sus labios pintarrajeados, al tiempo que se tiende sobre él, la mano grande apoyándola en una nalga, sobre el shorts pegadito, dando una leve azote, produciéndole un fruncir de ceño y un gemido muy ahogado al tener en ese momento el tolete clavado casi hasta su garganta, donde continuaba ordeñándolo.

   El hombre mete la mano bajo el shorts y tiembla, casi corriéndose al tocar la turgente y lisa piel del muchacho, así como los contornos del hilo dental. Eso se la puso como más dura, y cuando subía, succionando, Brandon se encontró con un especial chorro de líquidos pre seminales que saboreó sobre su lengua, lo unto del pulsante palo al bajar sobre él  y lo tragó. El adolecente cierra los ojos, dejándose perder en mil sensaciones, sin desear pensar en ello, succionado sin detenerse de aquel güevo, plenamente consciente de la mano masculina que acaricia con los dedos abiertos sus nalgas, de una a la otra, de los dedos que buscaban la raja entre ellas, recorriéndola, todo eso teniéndole muy erizado, casi con cosquillas, con los dedos de los pies flexionados dentro de los zapatos. Sabe lo que viene, y una parte calenturienta de su mente…

   Con una mueca de avidez lujuriosa, la del macho que gozaba de mil puntos de excitación, todos a su real parecer, Cole le coge la boca con movimientos suaves de caderas al tiempo que la mano sale del shorts, casi extrañando tenerla allí, y baja ese pantaloncillo suave y ajustado de putos, sonriendo torvo al ver el movimiento del chico para facilitárselo. Contiene la respiración al bajárselo tan solo un poco, por debajo de sus bolas y finalización de sus turgentes y redondos glúteos. La tirita del hilo dental le obsesiona, le calienta. Allí estaba su putita, la que escogió, ese muchacho sumiso que se había atrevido a tocar a su hija llevando aquella prenda tan erótica. Los ojos se le van a ese trasero firme, nalga sobre nalga al estar de medio lado, mamándole el güevo. Tocándolas, separándolas un tanto, la visión de la tirita sobre su culo, de la bolsa que se formaba y abría un tanto más abajo, donde la tela contenía sus bolas, provocó un nuevo brote de jugos masculinos de su ojete, uno que Brandon succionó con especial cuidado. Sonríe aún más; es un hombre de experiencia que sabe lo que hace…

   La frente de Brandon se frunce totalmente con una mueca que podría parecer dolor pero que no lo era ni de lejos, al tiempo que un ahogado gemido escapa de sus labios adheridos a la pulsante verga blanco rojiza que succiona, dejando escapar saliva y jugos pre seminales cuando la mano del hombre, lenta y deliberadamente se mete dentro de la tanguita, en la parte baja de la espalda, bajando y recorriendo, los dedos, unos sobre otros, metiéndose en su raja, acariciándole y levantando el hilo, cayendo sobre su culo, descubriéndolo y medio rascando con las uñas de manera sensual. Cole sonríe todavía más al verle enrojecer, cerrar los ojos con los labios contra su pubis dentro del pantalón, succionando con lengua y garganta, todo tenso. Cada roce de sus dedos le hacía responder. Si, pronto ese joven culito será un coño total, sensible y excitable, ávido de güevo. Lo único que terminaría gustándole al chico. Lo intuyó la primera vez que le vio.

   Sacando la lengua en una mueca depredadora, hunde un largo y velludo dedo en el joven agujero, que entra fácil porque el esfínter se abre para permitírselo. Los ahogados jadeos, el resuello sobre sus pelos púbicos se incrementan. Muerde su lengua al sacarlo, lento, acariciándole, rascándole, para volver a clavarlo, duro, de golpe. Lo saca y mete, adentro y afuera, lo coge una y otra vez y Brandon parece perder el control, se agita todo, sus nalgas redondas, y rojas ahora, se tensan mientras esa mano que aparta la tirita del hilo, juega con su culo de una manera extrañamente excitante.

   El joven abre los ojos de golpe, y algo muy parecido a un gruñido de queja, de exigencia escapa de su boca ocupada por el caliente güevo del hombre en traje de oficina cuando esa mano se retira de sus nalgas, cuando ese dedo deja su culo, la tirita del hilo dental volviendo sobre el redondo y enrojecido anillo que parece algo inflamado. Divertido ante su reacción, con un “vaya, vaya”, mental, el hombre pasea las puntas de sus dedos por esa raja otra vez, recorriéndola hacia las bolas, provocándole un nuevo gemido al chico, quien, instintivamente separa sus piernas para facilitarle el paso. Cole sonríe al rascar, cosquilloso, sobre el saquito con las bolas. Y Brandon gorgojea experimentando el placer que ese gesto siempre produce, las cosquillas erizantes de una mano acariciando las bolas sobre un bóxer, calzoncillo… o un hilo dental como en este caso. Los dedos van y viene y el chico menea sus caderas totalmente entregado. La mano sube y le acaricia el erecto aunque corto pene sobre la pantaletica, haciéndole gemir más.

   -Estás tan caliente, Brenda… -le atrapa el tolete sobre la tanga con un puño, sabiendo muy bien cómo se sentía eso.- Tienes el clítoris inflamado y el coño muy mojado. –aferrándolo duro, sin hacer otra cosa que estimularlo con el agarre y el calor de su mano, lleva el pulgar al glande y lo frota, de manera circular, con energía, provocando una buena oleada de líquidos pre seminales del muchacho.- Si, estás caliente, nena, muy caliente…

   Brandon nada responde, y podría ahora, porque Cole echa sus caderas hacia atrás, sacándole la verga de la garganta, apartándole del pulsante tronco que soltaba calores y jugos que había estado bebiendo por litros. También alejaba su olor a macho, uno que le debilitaba por alguna razón que no entendía. Sus labios están hinchados, el labial corrido, su barbilla mojada. Su respiración es pesada. Se miran cuando este, después de tomar algo de la cama, alza una mano mostrando el pequeño consolador.

   -¿Crees que tu coño está lo suficientemente hambriento para esto, Brenda?

CONTINÚA…

Julio César (no es mía la historia).

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 58

julio 10, 2016

… SERVIR                         … 57

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

ATADO Y FELIZ

   Los juegos del amor… duro.

……

   Dentro de la prisión, el jefe Slater comenzó una investigación discreta que le llevó a comprobar detalles sobre ciertos asistentes cuestionados, especialmente Albis Lomis y Johan Adams, quienes ya habían pagado por su poco criterio. Su rostro no mostró sorpresa cuando uno de los vigilantes de la noche le recibió en su oficina, preocupado.

   -Jefe, hay una novedad. Uno de los perros, Nerón, amaneció muerto. Vomitó feo. Creo que lo envenenaron. –parecía mortificado.

   -Okay, sigue investigando. –fue todo lo que respondió, en el colmo de la indiferencia. Muerto el perro…

   A Nolan Curtis la noticia le hizo latir con fuerza el corazón, de alivio. Casi de felicidad. Y le hizo preguntarse, ¿acaso el jefe Slater…?

   Daniel Pierce, por su parte, fue presentado ante los tribunales para que respondiera por el homicidio cometido, del cual no pudo dar una explicación que resultara satisfactoria. Las manifestaciones públicas de la familia, y algunas declaraciones de testigos del hecho, fueron totalmente desfavorables. La madre de Morgan, llorosa, exigía justicia contra el hombre rico que mató a su muchacho, ya condenado en un juicio injusto. Oyendo todo aquello, el hombre fue sumiéndose en la desesperanza. No, aquello no pintaba bien para él. Con los ojos buscó a su ex, Diana, la cual se mantenía apartada, fría pero al menos solidaria. De su familia consanguínea sólo asistió una de sus hermanas menores, que le sonrió y lloró más tarde. La joven mujer había notado los cambios físicos en su hermano, el cabello largo recogido en coleta, la delgadez de su cuerpo dentro del saco, el aire amanerado que ahora parecía caracterizarle.

   El joven y apuesto hombre no encontraba alivio en esas salidas; el mundo, el exterior, exponerse a la mirada de otros, le acongojaba. Sentía que lo juzgaban por muchas cosas, que sabían algo que les escandalizaba. Sólo tras los muros de la prisión se sentía a salvo, tan sólo en la Lavandería, encontrándose con Geri Rostov, quien siempre le esperaba con una sonrisa, era feliz ahora. Su vida parecía ser esa, y de alguna manera extraña le complacía. Le parecía que desde que fue detenido por la estafa, había llegado a un punto donde ningún mal podía tocarle. Junto a Geri. Cosa que ya se comentaba en los pasillos y celdas: la puta había encontrado un nuevo marido que diera la cara por ella. Había mucho de burla cruel, pero también de rabia, en ello.

   -Alcaide, creo que debemos contemplar un traslado para el prisionero Pierce. –le dijo una tarde el jefe Slater al otro, en su oficina.

  -¿Un traslado? –pareció desconcertado y hasta alarmado.

   -Creo que es… lo único decente que podemos hacer. –se mantiene firme Slater.- Trasladarlo, y de ser posible, hoy mismo.

   -¿Trasladarle en pleno juicio por homicidio? No puedo mandarle a una prisión de mínima…

   -No, a otro bloque. –el jefe se atragantó un poco.- Creo que es lo mejor.

   Geri Rostov, pasándose las manos por los cabellos, recorrió con la vista la celda, aprobando las paredes despojadas de las fotos de mil nenas rubias enseñando sus coños abiertos. El joven y apuesto hombre casi parece nervioso, y se tensa cuando el seguro de la celda se libera y esta rueda un tanto. Sus ojos caen automáticamente sobre los de Daniel, quien contiene una leve sonrisa, con su mono naranja y su gorrita cubriéndole el cabello. Detrás va un vigilante negro, alto, quien parece exasperadamente divertido.

   -Dale la bienvenida a tu nuevo compañero de celda, convicto. Pero espera hasta que me haya ido, ¿okay? –y casi empujó al rubio, cerrando tras ellos.

   Por un segundo los dos hombres parecieron cohibidos.

   -Lamento si te obligaron a aceptarme aquí, no pedí… -comenzó Daniel, con esa voz suave y algo afeminada que ahora adoptaba.

   Siendo silenciado por un Rostov que dio un paso al frente, le atrapó el rostro y le cubrió la boca con la suya, metiéndole la lengua con un hambre que le sorprendió a él mismo. Y se besaron intensamente, frotando sus cuerpos.

……

   La prensa no soltó ni por un momento al bufete donde Jeffrey Spencer aún laboraba, todos los días, intentando hacer un trabajo decente y llevar muchos casos pro bonos para lavar su cara y el de la firma. Pero no era fácil, algunas personas no querían tratar con él, y los compañeros y socios parecían hacer fiesta con su pesar. Algo típicamente humano pero que al hombre le parecía que mostraba cierta saña. Todos los días alguien le preguntaba a quién soltaría ahora, que “Jack el Destripador te anda buscando”; “en iowa asesinaron a una monja con un crucifijo, ¿sería Read?”.

   Era difícil mantener la calma, lanzar una mirada airada, especialmente en medio de las risas del resto de los presentes, o las vacías sonrisas de aquellos a quienes les era totalmente indiferente, como persona y profesional. Se le hacía una tortura llegar cada día, especialmente después de los fríos silencios de Anna, quien a veces llegaba con él, acompañándole, a “comprobar la salud de su padre”, para continuar mangoneándole más allá de la entrada de la firma. Perdido en esos pensamientos, sin escucharla mientras comenta lo duro que se le ha hecho a ella la vida en el club, por su causa, claro, entran a la recepción de la firma cuando alguien salta de detrás de la puerta de cristal.

   -¡Grrrrr! –es el grito agresivo de la persona que lleva el rostro cubierto con un pañuelo.

   Y si Anna grita, el salto que pega Jeffrey es digno de un gimnasta, hasta que nota el traje, la contextura, y estallan las carcajadas de los presentes, quienes filman con sus teléfonos la escena. ¡Era una broma! Y Anna, mano en el pecho, rostro crispado por la sorpresa, ríe también. el abogado lo ve todo rojo, la sangre circula a tal velocidad por sus venas que le ensordece.

   -¿Qué, Spencer? ¿Muchos nervios? ¿Acaso esperas visitas en la fir…? –el bromista calla bruscamente, tiene que hacerlo, cuando Jeffrey, aunque más bajito, le lanza un puñetazo que parte de la parte media de su cuerpo, impactándole del lado izquierdo de la mandíbula, haciéndole gritar de dolor, aflojándole las piernas y tambalearse hacia atrás. Un gemido de sorpresa recorre el lugar.

   -¡Vete a la mierda, Miller!, vuelve a abrir tu boca para otra de tus imbecilidades y haré que necesites una sonda para alimentarte. –le ruge apuntándole con un dedo, respirando con dificultad, volviéndose a los testigos.- ¡Y eso va para todos! Estoy cansado de tanta mierda. Y si piensan en demandarme y ser testigos, con sus grabaciones, les aclaro que estoy sufriendo un momento de locura por el susto y no iré a la cárcel ni pagaré un centavo, ¿estamos claros?

   -¿Te has vuelto loco? –voz alterada, mirándole como si no le conociera, Anna le encara.- ¡Golpeaste a Miller!

   -¿Acaso no estabas a mi lado cuando hizo su gracia?

   -Fue sólo una broma.

   -¿Una broma? ¡¿Una broma?! –grita, pero traga y se controla.- ¿Te parece que tu vida es dura en el club hablando de lo idiota que es tu marido? Trata de maginar lo que estoy pasando yo, pensando en ese sujeto libre, en lo que pueda estar haciendo y todavía teniendo que soportar a estos malditos  idiotas. –los presentes se sobresaltan, como ofendidos y desconcertados, por el injusto ataque.

   -Te buscaste esto. –sentencia ella, dura. Frase que eleva cejas tras ellos. Jeffrey abre y cierra la boca, totalmente desconcertado por un segundo.

   -Querida, la firma, tu padre y tú se pueden ir también a la mierda.  –exclama entre dientes, atrapándole un hombro y apartándola, no violentamente, saliendo de la recepción rumbo a los ascensores.

   Anna le mira alejarse, boca abierta.

   -¡Jeffrey! –corre tras él, perdidos sus aires de grandeza.

   -Déjame en paz. –le ruge, sin volverse.

   -¿De verdad quieres acabar con nuestro matrimonio? –la pregunta suena como un estallido, uno que logra detenerle frente al ascensor, su pecho subiendo y bajando con esfuerzo.

   ¿Quiere eso? ¿Qué toda su vida acabe?

……

   El aparato de televisión deja escuchar la noticia, una que debería ser de interés para los presentes dentro de la habitación, pero que no lo es. Una mujer, reportera, continúa.

   -…Tres semana y aún no se tienen noticias del peligroso delincuente. Por datos extraoficiales sabemos que se especula con la idea de que haya abandonado el estado. –informa.

   Pero no, el joven frente al aparato no la escucha, su cuello esbelto y algo pálido es rodeado por una gruesa correa tipo collar de perro, de cuero oloroso, con tachones de plata, que se cierra tras su nuca dificultándole un poco el tragar. El chico, mejillas muy rojas y sus oscuros y apasionados ojos oscuros muy brillantes en ese instante, lo toca. Emocionado. Se vuelve, sonriendo con adoración hacia el hombre a sus espaldas, fornido y masculino.

   -Es hermoso. –confiesa tragando, sintiendo la presión del collar contra su manzana de Adán. Algo avergonzado, pero excitado, el otro sonríe.

   -De nada, muchacho. –es todo lo que se le ocurre decir al jefe Slater.

   Nolan le rodea el grueso cuello con los brazos, pegándose a él, sus delgados y rojizos labios cayendo sobre los del hombre, los cuales, gruesos y rodeados por el bigote y barba, se abren y atrapan los suyos, cubriéndolos, metiéndole la lengua. Duro ya bajo sus ropas, se maravilla como siempre de la reacción instantánea que sentía al hacer aquello, al besar al joven ayudante, metiéndole la lengua, saboreando su boca, encontrando la suya y atándose en chupadas ruidosas. Bucea en su interior, tragando saliva y gemidos; las enormes manos negras, emergiendo de las mangas largas de la blanca camisa, le rodean la estrecha cintura sobre las ropas. Cuando el beso gana en calor, y en succiones mutuas, esas manos entran bajo la franela, recorriendo la suave, tersa y tierna piel del joven, que se eriza bajo el roce de sus callosas palmas.

   El chico se le había convertido en un placer culposo, algo que le irritaba pero le atraía de manera intensa. No pudo olvidar las horas a su lado, la poderosa sensación experimentada y disfrutada al llenarlo, al cabalgarlo con su verga, haciéndole gemir y gritar, viéndole estremecerse. Poseerlo le había excitado como pocas cosas hacían ahora. Sin embargo intentó alejarlo de su mente, olvidarlo, pero encontrarlo en los pasillos de la prisión, en los patios, en los vestuarios… No hubo miradas ni intercambios de palabras. Nolan no le veía, tan sólo estaba allí, presente. Casi… siguiéndole. No era extraño que tropezaran, que lo tocara para apartarle. Que rozara con el dorso de sus dedos aquel culo respingón al pasar a su lado. Ahora…

   Deja de besarle y le vuelve, su pecho sube y baja con fuerza, y se ve sobre su hombro, en el espejo del closet, donde sus miradas se encuentran. Le sube la franela, la blanca piel del muchacho va quedando expuesta y siente que el tolete se le estremece bajo el pantalón, contra el culo del otro. Lo había hecho, lo adivinaba sobre la tela, pero ahora… Los pezones, de un marrón rosa, estaban perforados, luciendo aros plateados.

   -Nolan… -hierve de ganas, también de vergüenza. Se estremece cuando el chico atrapa sus manos.

   -Quise hacerlo. –es la respuesta consensuada, y llevan las grandes manos sobre sus pectorales, estremeciéndose cuando el hombre negro clava la punta de sus dedos, presionando los aros.

   Es todo lo que el vigilante en jefe puede soportar, le hace dar la vuelta, le arranca la franela y alzándole en peso le lleva a la cama, arrojándole de espalda, inclinándose a su lado, clavando los dedos dentro de collar, casi ahogándole, mientras baja el rostro, separando los gruesos labios y cubriendo una de las tetillas; el frío aro contra su lengua le produce un espasmo, y chupa ruidosamente, al tiempo que Nolan gime ahogadamente, de placer, preguntándose si era extraño sentirse tan excitado por la leve asfixia mientras tantea sobre los dedos en su cuello, y arquea la espalda, deseando exponer más de su torso, buscando que más de su tetilla fuera chupada como estaba siendo.

   Los gemidos ahogados se oyen ruidosamente dentro de la habitación, junto al chirriar de la cama que golpea contra la pared por la fuerza de las embestidas, y las duras palmadas de pelvis contra nalgas. Los dos hombres en aquel dormitorio se habían dejado arrastrar por fantasías, cada uno diciéndose, tal vez, que complacía al otro con algo nuevo, pero en el fondo dominados por una intensidad de lujuria tal que desconocían. Arrodillado sobre la cama, totalmente desnudo, James Slater sube y baja sus caderas, casi apoyando el culo sobre sus tobillos, mientras empuja su grueso, largo y negro tolete dentro del blanco rojizo agujero de Nolan Curtis, una y otra vez, sin darle descanso, sin detenerse. Todo su cuerpo brilla de transpiración, lleva exactamente veinticinco minutos metiéndoselo y sacándoselo, era bueno en eso. Lo sabía. Y el chico lo estaba, ¿sufriendo?, casi lo parecería, pero no…

   De espaldas en la cama, con la baja espalda sobre las almohadas, el blanco y esbeltamente delgado joven recibe las cogidas que ese semental estaba dándole. Lleva el estúpido chalequito abierto, de cuero, los aros brillando en su pecho, también unas botas no muy altas, como de camionero, oscuras, y un suspensorio reluciente, negro, pequeño, cubriendo pero no disimulando la gran erección que tiene mientras es sometido de aquella manera. Sus muñecas están rodeadas por unas esposas que le fijan a la cama, unas que hala y forza, intentando moverse, hacer algo, recorrido como está por todas esas oleadas de lujuria que le roban la razón. Su boca, de donde mana gran cantidad de saliva que chorrea por las comisuras, está ocupada por una bola roja que dificulta sus sonidos. Cuando Slater se la saca casi toda, deteniéndose por un segundo, sus miradas se encuentran, y el chico casi parecía suplicante, ¿pero de qué? El tolete vuelve a clavarse, reiniciando las rondas, y se aquea sobre la cama, lanzando un largo gemido ahogado.

   Ese hombre lleva largos minutos golpeándole fuerte con su porra gruesa de carde dura, caliente y palpitante, llenando sus entrañas, frotándolas, y no podía procesarlo todo. Jadeando, agitándose sobre las transpiradas sábanas, Nolan sabe que nunca antes había experimentado algo así. Le dolía el culo, deseaba que ese macho terminara y se la sacara ya, pero por otro lado nunca se había sentido tan caliente ni experimentado tanto placer. Casi lloriquea cuando la barra sale y regresa, clavándose hondo, notando las bolas del otro golpeándole más abajo. Instintivamente agita sus piernas, atrapadas por las manos del hombre, separándolas, ¿por alivio?, ¿para sentir el tolete masculino enterrándose más profundamente en su culo abierto al vicio?

   Slater le mira con una lujuria casi predadora, de alguna manera sabe que ese chiquillo le pertenecía, que ese culo que lo apretaba, halaba, frotaba y ordeñaba era suyo para cuando lo quisiera. Y que Nolan lo goza, lo ve en su sudor, sus mecidas, lo nota en las apretadas que le daba. El muy zorrito estaba delirando de placer, nadando en hormonas de felicidad. Se estremece nada más de imaginar la apretada que ese esfínter le daría cuando se lo llenara de esperma caliente, una corrida abundante y espesa, o cuando el chico mismo alcanzara el clímax.

   -¿Quieres mi leche en tu culo, mariconcito? –le pregunta casi cruel, cerrando más sus dedos contra las botas, incrementando las cogidas, mirándole retorcerse y jadear bajo la fuerza de su masculinidad.

   Nolan tan sólo puede asentir, ojos casi llorosos, mejillas rojas, mordiendo la bola, sus pezoncitos perforados muy tiesos, como su tolete que moja el suspensorio de cuero. Maldita sea, se dice el hombre, ese chico le tenía atrapado, literalmente, por las pelotas. Sabe que le costará mucho renunciar a aquello… si quisiera renunciar.

   -¡Tómalo, pequeño puto! –le grita, tendiéndose hacia adelante, metiéndosela toda, casi alzándole las caderas de las almohadas. Y si, mientras se corre entre temblores siente esas entrañas cerrarse a cal y canto, chupando de ese semen que las baña y nutre.

   El chico era toda una puta. ¡Su puta!

……

   Silbando alegremente, aunque también escuchaba las noticias recapitulantes sobre lo poco que ha ocurrido desde la fuga de Robert Read, Jeffrey Spencer ha decidido no preocuparse por nada mientras cocina unas chuletas de cerdo en salsa agridulce. Casi baila al rociarlas con algo del vino de su copa. Ese relajamiento tal vez se debiera a que el tiempo había pasado y nada se sabía del sujeto… O que la carne que preparaba olía realmente bien. O tal vez a ese segundo vaso de vino frío que ha consumido. Como fuera, en su ancha franela, su bermudas a media pierna y pies descalzos, se siente bien, realmente bien. Ya ni le molestaban las miradas ocasionales de Anna cuando entraba al dormitorio en busca de algo. Todo había mejorado. Su vida lo había hecho.

   Sonríe al escuchar la puerta de la calle abrirse y unas llaves caer cantarinas sobre la mesa.

   -Llegué, amor. –canturrea una voz igualmente feliz.

   -¿Llegué, amor? ¿Qué es esto? ¿Yo amo a Lucy? –no puede evitar la puya, sonriendo, sin volverse, vigilando el sartén.

   -Dios, cómo te quejas. –le gruñe casi al oído, Owen Selby, mientras le rodea la cintura con sus brazos. Estrechándole contra su cuerpo y besándole bajo una oreja, casi lamiéndole, algo de lo que nunca se cansaba.

   Ni de las cosquillas del abogado, de la manera que cerraba su cuello, revolviéndose en sus brazos, mirándole y besándole en la boca, sus lenguas encontrándose con cierta urgencia como parecía ocurrir cada vez que lo hacían… desde que vivían juntos.

CONTINUARÁ…

Julio César.

OSCURO AMOR… 17

julio 2, 2016

OSCURO AMOR                         … 16

Por Leroy G

JOVEN Y CALIENTE EN HILO DENTAL

   Joven y caliente espera por amor.

……

   Todo su ser gritaba de ganas, y posa los labios sobre el glande, besándole, chupando, lamiendo con la punta de su lengua en aquel ojete. Y hacerlo le parecía increíble; cuando unas gotas de líquidos pre seminales le llenan la lengua, tiembla de lujuria. Separa los carnosos labios masculinos y rodea la cabeza del güevo, lengüeteándole, tragándolo lentamente. Y sentirlo palpitando contra sus mejillas le gusta tanto como saber que el otro se tensa, su respiración se espesa y deja escapar profundos jadeos de gusto. ¡Le estaba dando placer a su hombre!, la idea casi le hizo llorar. Los jóvenes labios toman más y más, al tiempo que recuerda de pronto a su profesor de gimnasia en el liceo, al que pilló dormido sobre una colchoneta, seguramente con un sueño erótico, un tipo grande y fuerte, a quien le tocó sobre el pantalón del mono, aferrando la dura barra que lo deformaba, masturbándole contra la tela, haciéndole gemir dormido, la sonrisa más ancha. Lo liberó y… ¿Fue el primer güevo que mamó?, no lo recuerda mientras atrapa todo el tolete de Marcos y lo deja allí, ordeñándolo con su lengua y garganta. Si, era tan rico como aquella vez cuando chupó a ese hombre y supo que había nacido para mamar güevos y satisfacer a los hombres…

   Claro, ese recuerdo era falso. Y la socarrona sonrisa de Marcos mientras le ve ir y venir, admirando al bonito y atlético machito que le cubre el güevo con la boca, demuestra que lo imagina. Era parte del programa de acondicionamiento, las grabaciones. Levemente le coge la cara, le saca y mete el tolete de la cálida y muy húmeda boca, al tiempo que sigue medio recortando el cabello, aunque ahora más bien parece retenerle, casi como en una caricia erótica.

   -Envié un correo a tus empleos en esas secundarias. Renunciaste. –le informa, autoritario.- Ya no tienes trabajo. No te hace falta. –le dice como si tal, mientras Mauricio acoge con su garganta la gruesa y larga verga que le ahoga un poco, que pulsa y quema sobre su lengua, enloqueciéndole; con los labios pegado a ese pubis, la ordeñaba con la garganta, con avidez. Algo dentro de él le obligaba a buscar aquello, el calor, las pulsadas, los jugos. La necesidad de sentirse sometido y entregado a su hombre, y nada como dar una buena mamada de güevo lo dejaba tan claro. Y le mira, a su macho, en todo momento.- Me va bien, tendrás todo lo que necesites quedándote en tu casa, atendiéndola, ejercitándote, viéndote bonito para mí. –le apuntala sereno, controlador; por un segundo una luz intensa brilla en los ojos de Mauricio, mientras sus labios rojos se cierran más sobre la pulsante pieza y retrocede, chupándola emocionado, como no teniendo suficiente de aquel tolete delicioso.- Encontré otro piso, pronto nos mudaremos. Este tiene demasiadas historias, todos esos putos a los que cogí… no quiero eso para nuestro amor. –le atrapa la nuca nuevamente, todavía con la maquinilla de afeitar funcionando.- No le darás la dirección a nadie, ni amigos ni conocidos, que tampoco los necesitas. Ni a tu familia. –dice eso lentamente, mirándole de forma intensa a los ojos. La mirada algo extraviada del joven le corresponde, con las mejillas adheridas a su tranca.- Sabes que no lo entenderían… Te repudiarían por ser tan marica. Lo sabes. –es un miedo subconsciente que el programa de adoctrinamiento ha introducido en su mente. El chico se estremece, casi con ganas de llorar al caer en cuenta cuánto le dolería ver el desprecio en los ojos de sus padres; casi tiembla pareciéndole escuchar a su papá lamentándose de vergüenza por ese hijo marica.- Pero, hey, no te pongas así… no los necesitas mientras me tengas. –le aclara, comenzando nuevamente un leve saca y mete de su güevo dentro de los rojizos labios, viéndose recompensando por una mirada luminosa de gratitud y amor del otro, cosa que le complace.- No quiero que sufras, así que no les llamarás. No les escribirás. De vez en cuando les enviarás una postal. Yo la redactaré. ¿Está claro? –retira su tolete, disfrutando verlo emerger, rojizo, hinchado y brillante de saliva, de esos labios carnosos.

   -Si… -es la tímida respuesta del joven embargado de amor, y lujuria. Sus labios se separan, ansioso, cuando Marcos, moviendo las caderas, acerca la erecta lanza de carne, sin permitirle tomarla otra vez.

   -Buen chico. Mereces un obsequio…

   Sobre el sofá, casi en cuatro patas, totalmente desnudo a excepción de su jaula de castidad, Mauricio expone su culo alzado; detrás de él, también sobre una rodilla aunque de la otra pierna, extendida, el pie descansa sobre el piso, Marcos aplasta el rostro contra ese trasero, metiéndole la lengua por el tembloroso orificio anal, haciéndole gemir y estremecerse. Con los lentes de medio lado, la lengua afuera, el chico acerca y retira su rostro, apuñalándole el rojizo y dilatado agujero lampiño, metiéndole hondo la lengua tibia y húmeda.

   -Ahhh… -el gemido escapa de los labios del otro, que se agita contra esa cara, su culo ávido.

   -Tienes el coño ardiendo, puto mío. –le susurra casi contra la piel sensible, bañándole con su aliento, volviendo a enterrar su lengua y agitándola de adelante atrás, rápido, intencionadamente, disfrutando el oírle lloriquear de gusto, tensarse y enrojecer, notando como el tolete intenta crecer dentro de la jaula de castidad, seguramente molestándole.

   Era un espectáculo increíble ver al alto y musculoso joven, cabello en cepillo, con los ojos nublados y la boda muy abierta, como en una desconcertada mueca de sorpresa ante lo que siente, gimiendo de placer mientras su “coño” era comido por su hombre, con apetito, porque las chupadas y sorbidas que le daba Marcos mientras se alimentaba, eran escandalosas.

   -Eres tan caliente… -le susurra, sonriendo al verle temblar de excitación, momento que aprovecha para besar de una redonda y musculosa nalga a la otra, clavando suavemente los dientes en la segunda, antes de apartarse, elevándose en el mueble y bajando su bermudas y bóxer, dejando ver nuevamente el joven tolete hinchado de sangre y ganas, tomándolo con una mano por la base y frotándolo con fuerza de los glúteos del otro, que gime y se tensa, disfrutándolo tanto como él mismo.

   -Marcos… -gimotea mirándole sobre un hombro, no reconociéndose, su culo titilando salvajemente como si necesitara de algo que lo abriera y lo llenara, que pulsara y vibrara en su interior.

   -Tranquilo, bebé, voy a darle a tu mojado coño lo que tanto necesita.

   De la boca de Mauricio escapan escandalosos gritos y gemidos mientras sus manos grandes y fuertes se aferran al mueble para resistir las brutales embestidas que su hombre estaba dándole justo en esos momentos, llenándole el culo con su joven y pulsante virilidad, dándole donde era, haciéndole perder todo sentido como no fuera la increíble felicidad que siente al tiempo que el otro le toma y usa. Mientras la enorme y larga pieza le golpea profundamente en las entrañas, refregándole las paredes del recto y apuñalándole la próstata, el transpirado joven sabe que eso era justamente lo que necesitaba y extrañaba desde que despertó a solas en su cuarto. Sentir su culo lleno. Su redondo trasero va y viene buscando ese tolete que se clava en su orificio, y siente que vive. Recuerda vagamente el vibrador, lo delicioso que era, pero nada comparado con tener su culo estirado al límite en esos momentos por algo caliente, pulsante, real. Pertenecerle a un hombre.

   -¿Te gusta, Mauricio? –le pregunta gritado Marcos, azotándole una nalga, embistiéndole sin detenerse, erguido, una rodilla sobre el mueble, la otra extendida.- ¿Te gusta sentiré mi güevo llenando tu mojado coño de puta caliente? ¡Responde, puta! –le nalguea otra vez, provocándole un aullido de placer y que de su boca abierta escape algo de baba.

   -Oh, sí, papá, cógeme así; dámelo todo. Duro. Coge el coño de tu perra. –grita también, mirándole sobre un hombro, acercando y retirando su trasero, frotando descarada y obscenamente sus nalgas de ese pubis, no sabiendo de donde le llegan esas frases entregadas que le suena tan eróticas.

   -Eres tan puto… tan puto. –le ruge sonriéndole, tendiéndosele encima, casi derribándole con su peso, clavándoselo todo.

   Mauricio casi maúlla, doliéndole la jaula de castidad, la excitación le obliga a erectarse, pero no puede; eso sí, de su ojete manan grandes cantidades de líquidos claros y espesos que cuelgan y se agitan por las embestidas de su macho. Estaba siendo cogido por su hombre, uno de verdad, y la idea llena su mente de una felicidad y una excitación sin precedentes. Ignora que su culo parece una ardiente ventosa sobre el tolete de Marcos, pero este si lo nota. Y lo goza. Ese culo estaba ordeñándosela que daba gusto. Y pronto le recompensaría llenándoselo de una enorme cantidad de esperma caliente. Su semilla en el “coño” de su puto.

   Más tarde se duchan juntos, Marcos sonríe complacido recorriendo ese enorme y joven cuerpo con las manos enjabonadas, metiendo una en su entrepiernas, frotando la jaula de castidad, cosa que le hacía sentirse poderoso. Mauricio, por su parte, está en la gloria con el agua cayendo sobre su nuca y hombros, de rodillas, lamiendo y chupando nuevamente del güevo erecto de su hombre, el cual se lo entierra hasta la garganta, aplastándole la nariz contra su pubis húmedo y oloroso a jabón, cogiéndole así, con poco espacio, hasta que recibe su orgasmo y rastros de semen… y los corros de orina caliente en la frente, nariz y boca cuando el otro se lo saca, riendo como un chico travieso, dirigiendo su amarillento chorro oloroso. Por alguna razón eso hace increíblemente feliz al joven hombre de rodillas, que ríe meneando la cabeza, y el agua y la orina entran en su boca, escupiéndola, a veces tragando un poco.

   Envuelto en senda toalla, Marcos guía por la cintura a un desnudo Mauricio, limpio y con su jaula de castidad a cuestas. Relajados y felices, así salen del baño. Deteniéndose frente a la puerta del dormitorio del primero, este se vuelve a mirarle.

   -Anda, vístete con algo sexy, un suspensorio tal vez. Así podré ver tu hermoso y redondo culo maricón, pero no tu diminuto pene. –le dice sonriendo afectuoso.

   -Bien. –concede el otro, sonrojándose un poco.

   Sintiéndose extrañamente intoxicado, feliz por todo el sexo vivido, por saber que Marcos le quiere y se hará cargo de él, Mauricio entra en su cuarto, abre la gaveta y saca un diminuto suspensorio que no parece deportivo, de esos de tela áspera, sino de salir, de colores rojizos, que parece una o dos tallas menores a las generalmente utilizadas por él, si le hubiera dado por usar eso. Se lo sube, acomodando sus genitales, la silueta de la jaula de castidad es muy visible contra la tela… pero de alguna manera eso se sentía bien. Toma unos zapatos bajos, y sin calcetines entra en ellos. Igualmente en una franela ancha, de grandes aberturas; por el cuello, las tiras que bajan no ocultan sus pectorales pronunciados, redondos y duros, ni sus tetillas largas, y por los lados bajan casi hasta una franja en la cintura, que no baja mucho más, dejando totalmente al descubierto su ombligo y el suspensorio. Se mira al espejo y sonríe, contento. A Marcos le iba a gustar.

   Sale y le encuentra apoltronado en un cómodo sillón frente a la televisión, sin camisa, el húmedo cabello enmarañado, con sus anteojos, descalzo y con un bermudas holgado que llega más bajo de sus rodillas. Este lo mira y sonríe complacido.

   -Eres tan caliente… -le dice, porque era cierto, y porque eso desataba ese estallido de ansiedad y excitación en el otro, por el acondicionamiento mental, como sabe que ocurre al verle sonrojarse y sonreír. Dios, sus pezones estaban tan erectos que costaba no atraparlos y morderlos.- Mueve tu culo maricón y tráeme una cerveza. Hay un batido proteico en la mesa para ti, tómatelo.

   Sonríe al verle ir, obediente, incapaz de cuestionarle ya. Su pecho se infla de orgullo. Y algo más. Como joven nerd gay, que ha vivido enfrentando la a veces violencia de chicos más grandes y populares, que siendo fuerte y buenos en deportes, miraban como un insulto su buen desenvolvimiento por ser listo, el placer de vencer y romper a uno, sometiéndole a sus caprichos y deseos, era grato. Pero con Mauricio… Sonriendo leve le ve regresar, su enorme cuerpo oculto tras esas ropas putas, la cerveza en la mano. Y debe reconocer que esto era especial. Le gustaba mucho el marica ese. Y ahora era suyo. Únicamente suyo. Y nunca le dejaría ir. Nadie podría arrebatárselo jamás.

   -Aquí tienes. –se la tiende. Aún no utilizaba el lenguaje correcto. No importa, ya aprendería, se dice el otro, sonriéndole torvo.

   -Gracias, amor. Ven, siéntate. Vamos a ver el juego y quien le soba hoy el culo a Ronaldo. Siempre alguien le mete mano. Le gusta, ¿sabes? –ofrece y contiene un jadeo cuando un sonriente Mauricio obedece, montando el culo redondo y firme sobre su regazo, presionándole el tolete.

   -Ohhh… -jadea , la risita de Marcos le sonroja más. Su hombre no llevaba ropa interior y estaba erectándose.

   -¿Eres feliz, amor? –le pregunta con voz algo ronca después de tomar un buche de cerveza, caliente al tenerle así, un chico grande y pesado, tibio y duro, con las firmes nalgas sobre su tranca, separados por la delgada tela del bermudas. Se miran a los ojos.

   -Si. –concede al fin, mejillas muy rojas.- Te amo.

CONTINÚA … 18

Julio César.

NOTA: Sólo le queda una entrada más, luego…

DE AMOS Y ESCLAVOS… 36

junio 29, 2016

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 35

MUSCULOSO TIO EN TANGA ROJA

   ¿No aman los regalos… por chicos que sean?

……

   Mientras buceaba entre los pálidos muslos de Jeremías, Roberto escuchaba ligeramente alarmado, por el significado de las palabras, también por lo mucho que le erizaba, de temor y lujuria. Las manos atrapando su nuca, los blancos dedos sobre su corto y ensortijado cabello le retuvieron contra el tolete pulsante, y lo trabajó desesperadamente con la lengua, que se le quemaba contra la gran vena que recorría la parte posterior de la, si, hermosa tranca del hombre; al tiempo que pegaba y despegaba sus mejillas de la pieza, con la garganta continuaba sorbiéndole, chupándole. La manzana de Adán le subía y bajaba con fuerza, evidenciando que continuaba ordeñando aquel güevo clavado en ella.

   -Ohhh, si, negro maricón, sácame la leche. –gemía ronco el joven, sonriendo torvo y feliz, como lo está todo a quien su güevo le es mamado, especialmente por otro tío que parece más grande y fuerte, en apariencia más macho, pero que se traga todo lo que salía de su tolete.- Tómatelo todo, becerro.

   -Llénale la boca de semen. –gruñía Jackson, mirando a Roberto mamar así.

   -Mierda, ustedes dirán que le falta mucho para ser un puto maricón amante de los güevos, pero estoy a punto de correrme con lo que me hace. –exclama Jeremías, entre jadeos, meciendo sus caderas y cogiendo la boca negra con su muy pálido tolete.- No creo que nadie dure mucho con una boca como esta mamándoselo. Te felicito, Hank, lo has hecho bien. –le sonríe al joven, guiñándole un ojo y elevando el pulgar aprobatorio.

   Las palabras erizan y estremece al hombre de color, cuya boca va y viene sobre la blanco rojiza mole de carne brillante con su saliva, imposibilitado de detenerse. Sentirla contra sus labios y mejillas, pulsando contra su lengua le encanta de una manera curiosa. Era mejor que mamársela al Ruso o al otro, el tal Jackson. Y tal idea le hizo chuparlo con más ganas. ¿Qué tenía de malo hacerlo si le “tenían” allí, así, y si además le gustaba como se sentía?

   -Gracias, pero es puro talento, uno que todavía debe cultivar. Pasó toda su vida creyéndose un hombre, un macho; en la manera de trabajar y ordeñar un güevo, buscando el semen caliente, todavía es algo tosco. Pero pronto este enorme maricón estará tragando de a dos güevos a un tiempo, irá al cine, a comprar el diario, subirá en un ascensor  o viajará en un autobús y lo único que querrá será caer de rodillas y mamarse cuanto güevo blanco encuentre por su camino. Es lo que quiero para él, que sea libre, feliz. Que se sienta realizado sirviendo de juguete a los hombres blancos.

   -Eres tan noble. –ríe burlón Jackson, ojos caliente mirando como el blanco, nervudo y duro tolete de su amigo sale y entra de los gruesos labios del joven y fornido hombre, que traga y sorbe de manera ansiosa, ruidosa, ladeando su rostro, atrapándolo entre una mejilla y sus encías, salivando copiosamente.- Mierda, cómo quisiera metérsela otra vez y correrme de nuevo sobre su cara de puta maricona. –ruge entre dientes, agresivamente masculino.

   -Te entiendo, ¿puede haber algo más caliente y sucio que ver a un carajo grande y fuerte con la cara chorreada de esperma? ¿De varias espermas? –pregunta Hank, sonriendo.- Si, cuando es la tuya la que le cuelga y cubre. Cuando sabes que te la chupó porque la quería, pidiéndola. Y más si es sobre la cara negra de un tío que parecía tan macho.

   -Joder, sí, cogerle la boca, sentirle frotándome con sus labios y mejillas, la lengua lamiéndomelo como si quisiera derretírmelo y tragárselo también, con esa cara enlechada es muy caliente. –concuerda el jadeante Jeremías, cogiendo con más fuerza esa boca golosa de donde escapaban gorgoritos, gruñidos y saliva salpicada.

   -Ahógalo en leche, panita, que se atragante de güevo, saliva espesa y esperma. –ríe entre dientes, Jackson, tomando su móvil y consiguiéndose un corto video de esa cara embarrada mientras traga verga. A sus amigos les gustará verlo.

   Las palabras, lo que hacía, sentir el pulsante tolete quemándole la lengua, dejándosela bañada con esos jugos salobres y deliciosos, así como quedar atrapado contra el pubis blanco del hombre que lo usaba, tienen a Roberto temblando, mucho; y gruñe con la boca llena, dejando escapar un espeso corro de saliva que baja por el tronco y su barbilla, sintiéndose elevado a las alturas del placer y la gloria, corriéndose dentro de sus ropas, sin tocarse, tan sólo al saberse usado. Luces estallan frente a sus ojos mientras lo hace, oyendo a lo lejos a los otros.

   -¡Ahhh! Tómatela toda, negro maricón, trágate mi leche… -le rugía en esos momentos el tipo pálido, clavándosela hondo, disparándole un chorro de esperma a la garganta, retirándola un tanto y bañándole la lengua, luego sacándola, vomitando el resto sobre su cara, y al contacto de la espesa y olorosa sustancia, Roberto gimió.

   Gimió, mitad orgasmo, mitad el placer que experimentó al recibir contra su cara la chorreada de leche y saborearla. La esperma de ese tío era sabrosita. Jadeando, sobre sus rodillas, la cara totalmente cubierta de las tres leches de esos hombres, Roberto se ve momentáneamente avergonzado mientras su pecho sube y baja. Le inquieta, fugazmente, el silencio que se hace, las duras miradas que recibe del Ruso y Hank, quien da un paso al frente y le da una sonora bofetada. No dolorosa, tan sólo desconcertante y humillante, especialmente cuando los otros asienten como si la mereciera.

   -¡Negro puto, ¿te dije que podías correrte?! –exige saber, a gritos, furioso, tanto que el otro parece encogerse bajo la piel.- ¡Contesta, maldita sea! –ruge, mano extendida a un lado de su cuerpo.

   -No, amo. –grazna, la inquietud guiándole en su actuar.

   -Vuelves a hacerlo y… -alza nuevamente la mano pero se contiene cuando el Ruso se acerca un paso, con los otros ya ocultando sus güevos morcillones, brillantes de saliva espesa y de restos de corridas.

   -No es su culpa, es un negrito todavía en estado salvaje. Déjamelo y ya verás…

   -Okay. –acuerda de nuevo, mirando feo a Roberto mientras alza la mano, mostrándosela, presenta rastros de semen de cuando le abofeteó.- Limpia tu desastre, puta. –ordena.

   Y Roberto quiere morirse, literalmente, de vergüenza, mirándole, y a los otros, acercando a esa mano el negro rostro, cubierto abundantemente de esperma, sacando la lengua y recogiendo los rastros de semen, de tres corridas, en aquella palma. Hank contiene una sonrisa burlona al verle tan entregado y sumiso, también porque, y sólo quienes lo han disfrutado lo saben, la lengua de un tipo lamiendo semen de la mano provocaba unas cosquillas eróticas. La lengua recoge todo, de la palma, ladeándose entre los dedos, atrapando el índice con sus gruesos labios y dejándolo limpio.

   -¡Qué puto! –ríe Jackson, con su tolete abultando otra vez contra el jeans.

   -Si, lo sé, y que es divertido ver su boca de negro tragándose las bananas, pero es hora de dejarme lidiar con él. –corta el Ruso toda diversión. Mira a Hank.- Ya sabes, todo el fin de semana.

   -Okay. Confío en que puedas enseñarle a este puto amante de güevos blancos cuál es su lugar y cómo debe comportarse. –mira a Roberto, en cuyas pupilas brilla la alarma y algo de pánico.- Obedecerás en todo lo que se te diga y se te ordene o esta mierda se acaba. Quítate las ropas.

   El hombre duda una fracción de segundos, pero finalmente se pone de pie, saliendo de la corta camisa, de los zapatos y del ajustadísimo pantalón. El bóxer corto que lleva está manchado de esperma, de su propia corrida, una alcanzada sin tocarse mientras mamaba güevos y bebía leches. Al bajarse este, todos notaron que tenía un buen tolete, algo mayor que el de Jackson y Jeremías, no tan grueso como el del Ruso, y si por debajo del de Hank.

   -De rodillas. –ordena el Ruso, y el otro obedece, desnudo, sus nalgas redondas y musculosas abriéndose, los otros mirando aquel culo, se habían quedado con las ganas de cogerlo.

   A Jackson le encantaba enterrar su tolete en esos negros agujeros masculinos, cerraditos, para oírlos gritar y gemir putonamente mientras los tomaba y sometía a su sexualidad. Ya tendían la oportunidad, lo sabe, y mirando a Jeremías, que sonríe con ojos brillantes, sabe que están en la misma onda: un día, los dos, le meterían a un tiempo sus güevos por ese culo que se veía estrecho. La sola idea le hace endurecer más la tranca.

   -Obedece. –le repite, algo amenazante, Hank.

   ¿Qué pasa por la mente del apuesto y fornido hombre joven?, rebeldía. Le parecía horrible ser tratado así, tanto como tener el tolete duro al escucharle, y que le temblara al ver al otro abrir nuevamente su bragueta, sacándose otra vez ese güevo que ya conoce. Traga en seco, su manzana de Adán sube y baja violentamente, viéndolo.

   -Nos vemos. –el Ruso dice a los otros, que salen de la habitación. Luego mira a Roberto.- comienza, negro.

   Y maldiciéndose, jadeando, Roberto echa el rostro hacia adelante, hacia el blanco rojizo tolete del hombre maduro, cubriéndolo con sus gruesos labios, incapaz de reprimir un gemido cuando sus labios lo rozan y su lengua hace contacto.

   Quiere más leche…

……

   Sintiéndose todo cortado, pero también embargado por un calor traicionero que nacía en su panza, Gregory Landaeta recorre el pasillo hacia su apartamento seguido del hombre más bajo. Tiene la piel erizada, ¿en serio pensaba dejar entrar a ese hombre bajo su techo? ¿Para qué? ¡No era gay, maldita sea!, se decía. Pero ardía, y sus bolas hormigueaban. Abre y se hace a un lado, el otro penetra, extrañamente confiado, recorriéndolo todo con la mirada.

   -¿Y…? –pregunta desde la puerta, el otro se vuelve.

   -Nada. –responde, en ese vago lenguaje de encuentros entre extraños. Gregory cierra la puerta y le encara.

   -¿Sigues a muchos hombres a sus apartamentos? –el otro, sonriendo leve, parece un gatito.

   -¿Dejas que te sigan muchos y los dejas entrar a todos? –es la contra réplica, luego alza una mano, dejando su maletín en la mesita.- Oye, calma, ¿sí? No estamos haciendo nada malo, así que no hay que enrollarse. No eres gay, ya me lo dijiste. Yo tampoco, estoy casado y me gustan las mujeres… pero… -se encoge de hombros, sonriendo algo pícaro.- …Fue divertido verte luciéndote en esa tanga. Era algo muy caliente. –enfatiza entre dientes.

   -Yo no…

   -Eres un exhibicionista, es lo que eres, y es una variedad de la sexualidad humana. Te gusta saber que te miran, que te admiran y que algunos te desean, ¿o no? –se rasca la cabeza como fugazmente avergonzado.- Y parece que a mí me gusta mirar. Así que no discriminemos. A ti no te importa si te mira un carajo, a mí me pareció atractivo ver tu enorme corpachón vistiendo esa tanga, ¿para qué complicarlo más?  –se deja caer en el sofá.- Muéstrame, flexiona tus brazos, por favor. –pide casi con ojitos de cachorrito.

   Bien, si, no había nada gay ahí, ¿verdad?, se dice Gregory, ardiendo, con ganas de hacerlo. Esa mirada le afectaba, despertaba sus bajas pasiones. Se quita la chaqueta, gozando la fugaz mirada del otro a la franja de piel tersa que se ve entre la cintura de su pantalón con el borde del bóxer fuera, y la franela ajustada. Deja la chaqueta, alzándose en todo su tamaño, la suave tela adherida a su torso musculoso. Lo ha trabajado, está orgulloso de ello. Alza los brazos, flexionándolos, sus bíceps son bolas duras de músculos llamativos que se ahorcan contra el borde de las mangas. Se ve poderoso, salvajemente masculino. Torciendo un tanto la cintura, como ha visto en competencias, muestra su lado derecho, flexionando más el brazo, las venas notándose, estremeciéndose ante la mirada turbia de aquel catire menudo que se humedece los labios con la lengua. Seguro que quería tocarlo, tal vez… besárselo. O lamerlo chupado con esos labios rojizos. Por un segundo los imagina sobre su bíceps y no puede evitar que la erección vuelva bajo su jeans ajustado.

   -Enséñame más, por favor. –es la petición bajita del ladino sujeto, palabras que eran la perdición para un exhibicionista. Lo sabía.

CONTINÚA … 37

Julio César.

LA NENA DE PAPA… 15

junio 23, 2016

LA NENA DE PAPA                         … 14

De Arthur, no el seductor.

CHICO, TANGAS Y JUGUETES

   Una nena se hace.

……

   -¡No! -jadea escandalizado, aquello era conceder demasiado. Era pisar un terreno desconocido y muy peligroso.- Y no tenía ningún derecho a entrar así a mi pieza. ¿Cómo lo hizo?

   -Con la llave de Nelly. –es la seca respuesta.- Y óyeme bien, Brenda, ya comienza a molestarme tu falta de respeto. Una nena no debe…

   -Deje de hablarme así. –ruge envalentonado por la desesperación, y que no estaban cara a cara.

   -Espérame con tu pantaletica puesta o haré algo muy malo frente a todos esos carajos con quienes compartes la pensión, ¿está claro? –ruge la amenaza, paralizándole.

   -Señor Cole…

   -Pequeña puta desobediente. –el estallido colérico le aterroriza de maneras que no comprende.

   -No, papi, yo…

   -Espérame allí. Lista. –es seco y corta la llamada.

   El joven tiembla de pies a cabeza, ¡no podía tratarle así! No era gay, no podía hacerle eso, grita para sus adentros. Y qué iba hacerle, ¿ah? Nada. No podía hacerle nada sin exponerse él mismo y… tiembla. Se imagina recorriendo el pasillos, todos los chicos mirándole, riendo y señalándole mientras escapaba para sabía Dios dónde después de que se supiera las cosas que había hecho con ese hombre. ¿Y si hablaba con Nelly o la señora Grace? Por un segundo la idea le parece salvadora… pero ¿qué iba a decirles? ¿Qué un hombre, ese hombre, le había obligado a ser su putica, a sometérsele, a llamarle papi y darle el culo? ¿Qué clase de hombre era entonces? Imagina a Cole, mirándolas, y respondiendo “no es mi culpa nada de lo que pasó; ese maricón hizo lo que pudo por montarse sobre mi verga”. Y le creerían, al macho grande, fuerte, con familia.

   Temblando de rabia toma la tanga señalada, colocándosela. Se sintió extraño cuando se enrolló contra sus piernas musculosas, teniendo que halarla, cubriéndose los genitales con el pequeño triángulo de tela increíblemente suave, y escasa. Pero era en su culo… Cuando la tirita entró entre sus nalgas pareció casi una caricia, al subirla y acomodarla, la sedosa tela se frotó contra su raja, contra su culo a cada movimiento, y era extraño. Toma uno shorts licra, de colores chillones, cubriéndose. Es pequeño, apenas cubrían sus nalgas y un poco por debajo de sus bolas, dejando afuera sus muslos. Luego toma una camiseta que queda le corta, exponiendo sus pequeños pezones y buena parte de su lampiño abdomen. Mirándose al espejo se sonrojó violentamente, ¡se veía tan marica!

   Un sonido en la puerta le hizo pegar un bote. ¡Alguien venía y le encontraría vestido así! Pero ve el pomo girando y sabe que es Cole, un sujeto que ya ni llamaba, sino que abría con su propia llave y entraba. La respiración del chico se espesó, de nervios, ante el atractivo y enorme sujeto, vestido elegantemente con otro traje de saco y corbata. Llevaba en sus manos otra bolsa con alimentos. Olía a barbacoa. En la otra carga uno de esos paquetes con asas que se usan para regalos. Las mejillas de Brandon enrojecen cuando nota los ojos brillantes del otro recorriéndole el cuerpo apenas cubierto con aquellas ropas.

   -Te ves hermosa, Brenda.

   -Señ… -se congela.- Papi, esto no me gusta. No quiero usar esto.

   -Por Dios, cómo te quejas. –es la seca respuesta, firme, al arrojar las bolsas sobre la mesa.- Te hago lindos regalos, arreglando ese desastre que tienes por guardarropas, ¿y así me pagas? Ya venía molesto por… -bota aire, manos en las caderas, mirándole severamente.- ¿Qué haré contigo, Brenda? –meneando la cabeza cae en una silla, separando las piernas, palmeándose los muslos.- Ven, sube; lo necesitas.

   -¿Que…? No, señor Cole, no es necesario.

   -¡Es papi, maldita sea! –grita, y a Brandon le parece que se hace un silencio extraño después de eso.- Sube de una vez y no hagas que lo repita. –vuelve a gritar.

   Atormentado, el muchacho no sabe qué hacer; traga, lucha consigo mismo, y pierde, Cole lo sabe, mirándole severo. Y como el día anterior disimula la sonrisa al verle desesperado pero cediendo. Otra vez se estremeció cuando el chico cayó sobre su regazo, mirándole el respingón culo contra la adherida tela elástica, y recorrerlo con la palma fue tan sabroso como nalguearle, duro, sintiéndole estremecerse y tensarse bajo su palma. Le baja la tela apretada, conteniendo la respiración y endureciéndose más bajo el pantalón (ya lo estaba desde que llegó encontrándole así, sabiendo también que le zurraría), al mirarle las redondas nalgas lisas y la casi inexistente tirita que recorre sus caderas, se encuentra en su baja espalda y penetra entre sus nalgas.

   Le azota, apretando los dientes, gozando y jadeando pesadamente mientras el muchacho intenta controlarse, pero luego se agita, suplica que se detenga, intenta cubrirse con una mano y después lloriquea. Mientras se agita sobre su regazo por la acción de las duras palmadas que van de la nalga derecha a la izquierda, los ojos de Cole son como dardos contra la raja cubierta por la tela, y el bojote de las bolas que atrapaba más abajo. Le da y da, menos fuerte, porque sabe que el muchacho está duro bajo la tanga siendo tratado así. Le siente frotarse y gemir como avergonzado, seguramente por responder así a ese trato.

   La roja cara de Brandon demuestra su tortura, parpadea con ojos nublados y boca abierta cuando siente como la mano cae de una a otra nalga, duro, pero no tanto ya, frotándole luego de manera circular, sintiendo la piel ardiente y acalambrada, muy sensible. La mano iba y venía, azotaba y acariciaba, los dedos recorrían su raja, hundían algo de la tela dentro de su culo, sin penetrar; le pegaba y esa mano bajaba, los dedos rodeándole las bolas sobre la sedosa telita, medio rascándoselas y provocándole espasmos violentos.

   -Me estás mojando el pantalón, Brenda. –el joven le oye, burlón mientras alza la mano, una que ve al volver el rostro sobre un hombro.- Estás tan excitada, pequeña… -y la mano baja con fuerza, dedos abiertos, palma dura.

   -Ahhh… el gemido es largo, agónico, avergonzado pero también lujurioso, al tiempo que el joven cuerpo se estremece.

   Cole sonríe, el muchacho se había corrido de manera intensa y abundante, sin tocarse, mientras le azotaba.

   -Te lo dije, estabas muy excitada. –le recuerda, casi haciéndole bajar, cosa que el chico hace con piernas temblorosas, por lo que no le cuesta mucho  caer de rodillas cuando el otro le obliga.

   Era obvio que el hombre quería una mamada. No lo cuestiona, todavía estremecido por el intenso placer alcanzado no puede pensar en nada más. Con el shorts licra en sus rodillas, el hilo dental contra su culo, totalmente bañado de semen por delante, con manos algo febriles toca la silueta de ese tolete y lo saca, provocándole una sonrisa al otro, a quien no se le escapa la mirada huidiza ahora al verlo libre, largo y grueso, nervudo y tieso. Sabiendo que no tiene otra alternativa, el joven atrapa en un puño el pulsante y caliente miembro, apretándolo inconscientemente, dándole una leve frotada arriba y abajo mientras acerca los jóvenes labios a la lisa, roja y húmeda cabecita, pero una mano en su frente, frenándole y haciéndole retroceder, le desconcierta. ¿Acaso no quería la mamada? Le mira a los ojos, confuso, vulnerable.

   -Te traje otro regalo. –le informa atrapándole la barbilla con una mano, de manera afectuosa, recogiendo con el pulgar de la otra cualquier rastro de humedad en sus ojos.- Te encantará. –le suelta, tendiéndose hacia la bolsita de regalo, extrayendo une tuche, y Brandon contiene un jadeo de sorpresa, de desagradable sorpresa, ¿es que la pesadilla no terminaría nunca? Es un estuche de maquillaje.

   -¿Qué…? –tan trastornado queda que se aparta un tanto, olvidando sus propósitos de someterse y no meterse en más problemas. Problemas que ya tiene, lo sabe cuando esa mano se cierra sobre su barbilla, reteniéndole.

   -Quieta, Brenda, ¿por qué todo tiene que ser tan difícil contigo? –parece exasperado. Abriendo y dejando el estuche, de un coqueto color vino tinto claro, sobre la mesa toma un botecito con sombra y recubre los parpados del chico con un color plata suave, brillante. Luego toma un rubor y con una brochita lo aplica a sus pómulos, incluso le destaca las ya de por sí largas pestañas con un rímel.- Abre la boca así… -le indica, y cuando el chico obedece, recubre sus labios delgados y suaves con un labial intenso, untuoso, de un rojo fuego con cierto olor a cerezas. Alejándole un poco, viéndole totalmente enrojecido de vergüenza por llevar aquello, y de humillación por permitírselo, el hombre sonríe.- Lista. –y halándole de la nuca ahora, le atrae sobre su verga pulsante y muy babeante ya.

   Aguantando las ganas de llorar, Brandon separa sus rojos labios y atrapa la cabecita del tolete, moviéndose casi mecánicamente, repartiendo besitos por todos lados, manchándola de pintura, algo que hace jadear de puro placer al hombre. Pero no tanto como cuando los rojos labios de aquel chico que se veía precioso con maquillaje, devora palmo a palmo su dura tranca. Los labios se cierran casi sobre un tercio de la pieza, manchándole de labial, y suben, dejando pintura y saliva a su paso. Arriba y abajo, abarcando más, la lengua dando lametones al pulsante miembro. Fuera lo que fuera que pensaba o sentía en esos momentos, la mamada de güevo que Brandon le da es tan buena que Cole se corre en minutos, escandaloso, jadeante, casi riendo de felicidad.

   -Dios, cada vez mamas mejor. –bota aire.- Ahora a cenar, y no te cambies ni te limpies el maquillaje.

   Nuevamente el joven come con un nudo en la garganta, tragando de la suculenta carne asada y sintiendo los restos de esperma sobre su lengua, maldiciéndose por responder de manera tan ilógica. Su corto pene estaba duro bajo la tanga. Una vez finalizada la cena temprana, el hombre le repitió la dosis de postre. Le chupó el tolete casi entusiasta, o tal vez deseando salir de eso, en cuatro patas, de lado, mientras la enorme mano del sujeto acariciaba sus redondas y paradas nalgas, recorriendo la raja sobre la tirita del hilo dental, provocándole escalofríos, apartándola un poco y metiéndole lentamente un dedo, el mismo donde lleva la argolla matrimonial. Brandon lo mamaba mientras este le metía y le sacaba el dedo del culo, adentro y afuera, saliendo casi hasta la uña y hundiéndolo hasta desaparecer el frío material del anillo. Una vez tragada otra dosis de esperma, que bebió casi mecánicamente, al igual que pasarse la lengua por los rojos labios donde el color se corrió un poco, de rodillas le ve vestirse, asearse, felicitarle por la mamada.

   -¿No me darás las gracias por tus prendas nuevas? –le pregunta mientras se acomoda la corbata.

   -Gracias… papi.

   -De nada, nena. Y no te masturbes pensando en lo que hicimos por mucho que lo quieras; no es decente para una niña como tú.

   Escucharle decir aquello sin replicar le costó un mundo a Brandon. No respiró tranquilo hasta que salió del cuarto. Casi arrastrándose a su cama y cayendo de panza, lloriqueando por las cosas que hacía, por no poder defenderse ni detenerle, el joven se quedó quieto. No sabe en qué momento se durmió, pero despertó agitando las caderas contra la cama, sus nalgas subiendo y bajando, casi erizado ante el roce del hilo dental contra su culo. Muy erecto contra el colchón. Muy caliente, con todas las ganas del mundo de…

   Pero no se tocó. No cedería a eso pensando en aquellas cochinadas. Además, Cole podría darse cuenta y se metería en más problemas.

   Al otro día quiso faltar a las prácticas, y buscar un cerrajero para cambiar la chapa, pero su entrenador le gritó hasta casi hacerle correr histérico para asistir a la pista, y la dueña no dejaría que cambiara la cerradura sin decirle el por qué. Toda esa tensión estaba matándole. Casi con pasos rígidos regresó esa tarde a su pieza, notando algunas miradas de los chicos, cosa que le intranquilizó todavía más. Abriendo la puerta, una que ahora cerraba con tres vueltas de llave, se congeló.

   Su cama individual había desaparecido, ahora la esquina era ocupada por una matrimonial de mediano tamaño, perfecta para dos, cubierta de sábanas que parecían de seda, rojas. Con una gran cantidad de cojines. Y sobre las almohadas, tres, había un estuche alargado que abrió, casi mareándose. Dentro había un juguete erótico, un dildo de goma oscura que reproducía en todos los detalles un güevo de mediano grosor, nervudo y cabezón. Y una nota:

   “Sé que es cruel pedirle a una chica joven y apasionada como tú el no masturbarse. Disfrútalo, amor”. ¡Aquello era para que se autosatisficiera! Todavía estremecido, pega sólo medio bote cuando el teléfono timbra.

   Sabía que era él.

CONTINÚA … 16

Julio César (no es mía la historia).

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 57

junio 18, 2016

… SERVIR                         … 56

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

CHICO ABIERETO A LO NUEVO

   Listo para amar… otra vez.

……

   -Vuelve a tus asuntos, amigo.

   -¡Policía, claro! Con razón todos se escapan… -todavía gruñe mientras se aleja. Ambos quedan tensos.

   -Vamos. –dice Owen, poniéndose de pie y marchando a una mesa apartada. Jeffrey le imita.- Siento eso. La gente a veces es tan idiota.

   -Creo que me conviene acostumbrarme a ser odiado. –suena desalentado aunque intentó fuera una broma.

   -Oh, ya ocurrirá algo que haga olvidar esto. Algún ataque terrorista sensacional, una pandemia aterradora, algún meteorito cataclísmico con rumbo de colisión, ten fe. –ironiza el policía, mirando su botellín, luego al abogado.- Lamento haber sido…

   -Lo entiendo. Parece que yo mismo pierdo horas de vida disculpándome por todo esto. –le mira con afecto.- Tú no tienes nada de que sentirte responsable, Owen; siempre creíste en su culpabilidad. –el otro sonríe, viéndose guapo y agradecido.

   -¿Y sí es tu culpa por hacer tu trabajo? ¿Qué, entonces todos debemos quedarnos sin hacer algo por lo que pueda ocurrir luego? -se hace un silencio tenso mientras beben.- Le encontraron esta mañana, en ese callejón donde sabía que estaría. Sobre una colchoneta inmunda. –comienza, mirando a la nada.- Fui a verle cuando escuché el reporte, le tenía marcado como “persona de interés”; quería llevarle a algún centro de desintoxicación. O con su padre. Tardé demasiado buscando a Read. Parecía dormido, en paz, todavía tenía la aguja clavada en el brazo. –traga en seco y toma otro buche de cerveza.- Era heroína… demasiada. Fue una sobredosis. –se pasa la lengua por el labio superior, mirando al abogado.- Las huellas de Read estaban en la inyectadora.

   -Por supuesto. –responde con furia y frustración.

   -¿Le obligó? ¿Le atacó y…? ¿O ese chico se la aplicó voluntariamente, pensando que era un regalo? ¡Dios! –ladra cerrando los ojos.- También mató a dos de sus socios. Alguien reportó disparos en una casa abandonada, una patrulla encontró los cuerpos, Sergio Altuve y Eugene no sé qué más. ¡Ha estado de lo más ocupado el hijo de puta ese!

   -¿Por qué hace estas cosas? ¿Realmente es un loco?

   -¿Lo dudas? Es un asesino serial.

   -Lo sé, pero… matar a ese chico… a sus socios… ¿qué gana con eso? ¿Por qué se quedó a hacerlo y no escapó de una vez?

   -Cobra cuentas y… creo que ata cabos. El chico era un “regalo” para su padre, un hombre terco y decente que se cruzó en su camino y le impidió concretar la mudanza de cadáveres, lo que terminó con el descubrimiento de sus víctimas en El Matadero. Así se cobró. En cuanto a los socios… -duda, ojos tormentosos cuando le enfoca.- ¿Y si todavía nos aguarda otra sorpresa y acabó con quienes pudieran llevarnos a ello, aunque la posibilidad fuera remota? ¿Y si no ha terminado, Jeffrey?

   Por un segundo, el abogado se queda callado, calibrando las palabras y el tono. No hay miedo en los ojos del policía, tan sólo tortura, una sospecha que le robaba la paz. A diferencia de él, que si temía. Por el otro. Cosa extraña, tenía la absoluta certeza de que Read no le buscaría, al otro le complacería mil veces saber que vivía culpándose por todo. Con Owen era diferente…

   -¿Qué temes en realidad?

   -¿Por qué asesinó a sus cómplices? Aún lo del chico… -toma la cerveza y le da vueltas en las manos.- Entiendo que quisiera castigar a ese hombre, al padre del chico, por inmiscuirse en sus asuntos. Read es un enfermo. Incluso entiendo que procurara proteger a la gente que le ayudó desde sus puestos en la administración de prisiones, sólo el testimonio de chico nos lleva a ciertos nombres, pero matar a sus cómplices…

   -Ya lo dijiste, ata cabos. –mira intensamente al policía, este alza los ojos y queda atrapado en su mirada.

   -Podría ser, o tal vez lo hizo únicamente porque es un sicópata, ¿pero y sí fue para impedir que llegáramos a ellos de alguna manera y revelaran algo que todavía le falta por hacer?

   -Si vamos a pensar así, nunca dejaremos de vivir pendientes de ese sujeto. ¿Crees que se quede por aquí después de lo que hizo? –no duda, alarga una mano y atrapa una muñeca del policía, que se estremece y mira sus pieles contrastantes.

   -No lo sé. ¿Terminó?, no lo sé. ¿Irá tras Marie Gibson, o sea quien sea?, tampoco lo sé, y no me agrada la idea. ¿Alguien le protege nuevamente?, lo mismo, no lo sé.

   -Owen… -casi pide, el otro libra su muñeca, decidido.

   -¿Y cómo te sientes, abogado? Espero que haya valido la pena que vinieras, estando tan ocupado como estabas para verme. –vuelve a ser comedido, haciéndole enrojecer.

   -Oye, estoy pasando por muchas cosas. –se defiende.

   -¿Y crees que yo no? –casi brama.- ¿Pero es apartándome cómo intentas solucionar algo? ¿Sabes cuántas veces en mi vida he sentido por otra persona el tipo de interés que tengo en ti? Mierda, me haces soñar con llegar a mi apartamento, encontrarte y decirte cosas tontas, tocarte y…

   -Por favor, no. –suplica, viéndose dolido.

   -¿Por qué te es tan difícil entender que nada te une a esa mujer? Responde con la verdad, carajo, ¿la amas? ¿A algún nivel sientes que puedes estar con ella y ser feliz alguna vez?

   -Es mi esposa, la elegí, y un día fuimos felices… -va callando al notar su mirada dolida y furiosa, una que parecía gritarle cobarde.

   -Como quieras. –es la seca respuesta, una que lastima.

   -Owen…

   -Sea lo que sea que creas respecto a Read, toma precauciones. Ese hombre es demasiado peligroso. –saca la cartera y una tarjeta mientras le hace señas al cantinero. Ceñudo.

   -¿Qué, te vas? –grazna.

   -¿Para qué quedarme?

   A Jeffrey le duele la réplica, aunque nada hace o dice por corregirlo.

……

   De espaldas sobre aquel frío piso, con únicamente un par de monos color naranja de prisión como manta, Daniel Pierce, llevando todavía su tanga, recibe entre sus brazos a un joven semental desnudo, a excepción de sus botas, metido entre sus piernas y que le coge con fuerza y ritmo, la tira de la prenda íntima apartada a un lado y el grueso tolete pistoneándole. El rubio no puede contener los gemidos de placer cuando la dura mole blanco rojiza de carne entra y sale de sus entrañas, frotándose de las sensibles paredes de su recto con esa masa nervuda, dándole con la cabecita en ese punto que le han explorado antes y que ha descubierto que puede brindarle tanto placer, pero este es especial porque no es tomado a la fuerza. Y Geri Rostov se movía con habilidad, cada embestida de su verga parecía llegarle justo allí, golpeándole y frotándole la próstata, teniéndole nadando en un mar de hormonas sexuales que le hacían chillar y pedir más, con una voz ronca de lujuria.

   Olvidado de quién era, lo que era, se entrega a ese hombre que lo toma; con los brazos  le rodea el cuello, ata las piernas sobre las duras nalga algo velludas del otro, halándole, como queriendo incrementar las de por sí intensas embestidas que le daba. Por su parte, Geri también se ha perdido en su lujuria, sin sentir reparos o ascos, tan sólo gozando de las increíbles apretadas, sobadas y chupadas que aquellas entrañas, que ese esfínter le daba a su verga, estimulándola como no recordaba haberla tenido antes. ¿Sería porque cogía en un baño de una prisión? ¿Era porque estaba taladrándole el culo a un tipo guapo que se sometía a su masculinidad? Presiente que podía haber algo de todo eso, pero también más. Desde que vio por primera vez a ese sujeto un fuego extraño había estallado en su interior, deseándolo para sí. Y ahora le tenía.

   -¿Te gusta, te gusta sentirme así, bebé? –le pregunta ronco, a los labios, bajando y besándole, lengüeteado, salivoso y chupado, erizándose cuando Daniel le responde, sin que sus nalgas dejen de subir y bajar, empujando su grueso tolete dentro del redondo, lampiño y ardiente culo del guapo rubio.

   Daniel respondía con una lujuria totalmente nueva para él, plácida, aunque luchando en todo momento contra el recuerdo de Robert Read, la risa y voz que escuchaba en su cabeza que le decía que no era extraño que se comportara o respondiera así, ya que era un grandísimo marica nacido para complacer a los hombres. Era difícil luchar contra eso, Read sabía lo que hacía cuando torturaba gente. Pero el calor del cuerpo de Geri alejaba ese recuerdo, su transpiración que le permitía recorrer fácilmente con las manos su espalda ancha, casi hasta sus nalgas algo velludas, su olor fuerte, masculino, almizclado que le envolvía como una nube le curaban de esos pensamientos torturantes. Así que cuando sus bocas se separan, oculta el rostro en su cuello, oliéndole, sumergiéndose en su presencia para llenar los vacíos emocionales.

   Sabe que su culo sufre espasmos rodeando aquella dura mole de carne masculina que lo penetra, que lo hace jadear y desear aún más. Sabe que su propio tolete, aún preso dentro de la pantaletica que lo contiene a duras penas, bota una gran cantidad de líquidos por la fricción de los cuerpos, de ese vigoroso roce, pero también por la intensa estimulación anal. En un momento dado Geri se la clava toda, tomándole el rostro y obligándole a echarlo hacia atrás, pegando los suaves labios y lengua de su cuello, lamiendo lenta y deliberadamente, azotándole un poco. Y al rubio le parece que luces blancas plateadas estallan frente a sus ojos mientras se corre dentro de la pantaletica tipo hilo dental, sacudido por intensos temblores orgásmicos, sintiendo el pulsar de aquella verga llenándole el culo, quemándole, estimulándole en todo momento. Un orgasmo mientras era penetrado… ¿podía haber algo mejor?

   Desde la entrada, con ojos brillantes de vicio y lujuria, el joven vigilante latino traga en seco, labios ligeramente abiertos, odiándose por encontrar aquello tan caliente, tan excitante, tocándose casi con disgusto el muy erecto tolete bajo el uniforme, luchando con la imagen de acercarse a esos dos y obligar al catire maricón a tragarse su güevo, o a recorrerle la espalda al otro con la mano, viéndole y sintiéndole subir y bajar las nalgas mientras cogía al maricón, tal vez hurgando entre ellas, tocándole el culo, una idea que en condiciones normales le parecería horrible y asquerosa. Quiere… El otro reinicia el sube y baja, obligando al rubio ex puta de Read a gemir nuevamente, el blanco tolete yendo y viniendo, adentro y afuera, duro, adentro y afuera, con ganas, y no sabe exactamente qué tanto deseaba hacer si se acercara a ellos. Y eso le horroriza a cierto nivel personal y hasta intelectual, pero sabiendo, porque lo tiene agarrado sobre el uniforme, que su tranca responde entusiasta a la idea de ese tolete masculino que tomaba lo que le apetecía.

   Apretando los dientes, Rostov observa como Daniel termina de sufrir los temblores de su clímax, disfrutándolo también, nunca imaginó que cuando un carajo se corría su culo pudiera cerrarse así, halando de tal manera. Y le gustó. El olor del semen del rubio, sentir la pegajosa y viscosa mancha mojándole también, le erizó todavía más. Retirando su gruesa mole de carne joven y llena de ganas, vuelve a embestirle luego, haciéndole chillar de agónico y casi agotado placer. Tuvo que lamerle y besarle otra vez mientras sus nalgas subían y bajaban, su tolete entraba y salía de aquellas entrañas mojadas y ardientes, al tiempo que le golpeaba con las bolas de manera dura; nunca como en ese instante de suprema entrega alguien bajo su cuerpo le había parecido tan vulnerable, sumiso y sensual… Una hermosa hembra para él. No quiere pensar así, pero lo hace mientras su blanco rojizo güevo sale casi hasta la punta, halando de los labios de ese culo que lo retienen como para impedirle salir del todo, y vuelve a clavársele, con fuerza. Daniel era suyo, y le gustaba eso, y no pararía hasta dejarle lleno de su esperma, hasta que le rogara por otra cogida. Hasta que quisiera estar con él.

   Las embestidas, los fuertes y rudos saca y meten duran otros diez minutos, en los cuales un joven vigilante, casi odiándose sacó su cobriza verga, dura y caliente como pocas veces, y se masturbó mirándoles; tiempo suficiente para que Daniel Pierce se arqueara sobre el piso, rodara de alguna manera y terminara sobre Rostov, a hojarascas, subiendo y bajando ese culo que ya no podía ni quería controlar, devorando con él el ardiente tolete,  quedando sentado y apretándolo así, corriéndose otra vez dentro de la pantaletica que chorrearía semen, todo antes de que finalmente su hombre le llenara las entrañas con su propia esperma.

……

   Robert Read se puso de moda nuevamente; su historia, que había escandalizado y horrorizado, aunque también fascinado, fue escuchada otra vez. El rudo y atractivo sujeto, en su masculinidad, que cursó estudios de filosofía, psicología y gerencia, pero terminó como dueño de un negocio de empaquetado de carne, de un matadero, como solían denunciar los defensores de los derechos animales. Un próspero hombre de negocios a quien se le descubrió unos cadáveres humanos en el sombrío patio de su aún más sombrío matadero. Un hombre que, se sabría luego, sometió a mucha gente a su personalidad poderosa y enferma, que los escarnecía y los obligaba prácticamente a una vida de humillante servidumbre sexual. Que degradó gente, que les hizo cometer barbaridades como herirse, o lastimar a otros. A caer en vicios, ya que ahora se sumaban los dantescos detalles del joven Lamar Martens. Un sujeto que asedió, torturo sicológica y quién sabe si físicamente de personas a las que luego asesinó. Un monstruo a la antigua, pues. Su juicio sumió a muchos en un asombro asqueado, otros se sintieron atraídos por el morbo de los detalles, el resto sencillamente no podía asimilarlo, creyéndolo todo un tanto un circo mediático. Ahora no cabía ese engaño.

   Su fuga había sido sensacional, y los detalles escabrosos de los crímenes cometidos contra los vigilantes que le custodiaban sacudieron la conciencia de todos. Si era peligroso, si era culpable. Y si, era un monstruo. Aunque aún se discutía la hipótesis de la sobredosis que acabó con Lamar Martens, pocos dudaban de su participación en la muerte de dos de sus conocidos secuaces. La cuestión era, ¿a quién responsabilizar por la libertad de semejante animal?, ¿qué se haría para atraparle? La prensa tuvo bastante para mucho tiempo.

……

   Dentro de la prisión, el jefe Slater comenzó una investigación discreta que le llevó a comprobar detalles sobre ciertos asistentes cuestionados, especialmente Albis Lomis y Johan Adams, quienes ya habían pagado por su poco criterio. Su rostro no mostró sorpresa cuando uno de los vigilantes de la noche le recibió en su oficina, preocupado.

   -Jefe, hay una novedad. Uno de los perros, Nerón, amaneció muerto. Vomitó feo. Creo que lo envenenaron. –parecía mortificado.

   -Okay, sigue investigando. –fue todo lo que respondió, en el colmo de la indiferencia. Muerto el perro…

   A Nolan Curtis la noticia le hizo latir con fuerza el corazón, de alivio. Casi de felicidad. Y le hizo preguntarse, ¿acaso el jefe Slater…?

   Daniel Pierce, por su parte, fue presentado ante los tribunales para que respondiera por el homicidio cometido, del cual no pudo dar una explicación que resultara satisfactoria. Las manifestaciones públicas de la familia, y algunas declaraciones de testigos del hecho, fueron totalmente desfavorables. La madre de Morgan, llorosa, exigía justicia contra el hombre rico que mató a su muchacho, ya condenado en un juicio injusto. Oyendo todo aquello, el hombre fue sumiéndose en la desesperanza. No, aquello no pintaba bien para él. Con los ojos buscó a su ex, Diana, la cual se mantenía apartada, fría pero al menos solidaria. De su familia consanguínea sólo asistió una de sus hermanas menores, que le sonrió y lloró más tarde. La joven mujer había notado los cambios físicos en su hermano, el cabello largo recogido en coleta, la delgadez de su cuerpo dentro del saco, el aire amanerado que ahora parecía caracterizarle.

   El joven y apuesto hombre no encontraba alivio en esas salidas; el mundo, el exterior, exponerse a la mirada de otros, le acongojaba. Sentía que lo juzgaban por muchas cosas, que sabían algo que les escandalizaba. Sólo tras los muros de la prisión se sentía a salvo, tan sólo en la Lavandería, encontrándose con Geri Rostov, quien siempre le esperaba con una sonrisa, era feliz ahora. Su vida parecía ser esa, y de alguna manera extraña le complacía. Le parecía que desde que fue detenido por la estafa, había llegado a un punto donde ningún mal podía tocarle. Junto a Geri. Cosa que ya se comentaba en los pasillos y celdas: la puta había encontrado un nuevo marido que diera la cara por ella. Había mucho de burla cruel, pero también de rabia, en ello.

   -Alcaide, creo que debemos contemplar un traslado para el prisionero Pierce. –le dijo una tarde el jefe Slater al otro, en su oficina.

  -¿Un traslado? –pareció desconcertado y hasta alarmado.

   -Creo que es… lo único decente que podemos hacer. –se mantiene firme Slater.- Trasladarlo, y de ser posible, hoy mismo.

CONTINUARÁ … 58

Julio César.

OSCURO AMOR… 16

junio 9, 2016

OSCURO AMOR                         … 15

Por Leroy G

TRASERO JOVEN

   Su nueva vida.

……

   Riendo bajito, se lo clava. Mauricio se tensa y arquea la espalda sobre la cama, le costó que entrara, pero ahora la rugosa superficie se sentía bien contra sus ardientes y urgidas entrañas. Eso le calmaba el picor que el otro le había producido con la crema. Sonriendo, Marcos oprime un botoncito en la punta y el juguete vibra, bajito, agitándose en contra las paredes de su recto. Y Mauricio echa la nuca hacia atrás lanzando un largo gemido de placer, deseando agitar su culo contra el juguete que estaba masajeándole y estimulándole las entrañas.

   -Uggg… -gruñe con sorpresa cuando Marcos, aprovechando su condición, le mete en la boca una bola de goma, fijándola tras su nuca. Luego le sella los oídos con los audífonos. Donde se escucha esa música extraña que no oculta la voz del otro diciéndole cosas, especialmente “eres tan caliente, eres tan caliente”. Se estremece todo. Una nueva mascarilla vuelve a su cara, y un olor fuerte, áspero y químico le irrita, este es molesto, quiere resistirse pero ya no puede hacer nada.

   Marcos se pone de pie, pecho jadeante, su verga botando jugos dentro del bóxer, sonríen en todo momento mientras le cubre sus ojos con un antifaz oscuro, cegándole, privando sus sentidos, quedándole sólo dos puntos de intenso contacto, sus oídos… y su culo, que agita sin saberlo mientras el vibrador hace su trabajo. El ardor, el picor, cede por momentos, y a pesar de lo confuso, casi entiende que le llamen consolador a esa cosa. Pero el ardor regresa y se arquea, se agita. Su cuerpo grande y musculoso, atado, se tensa sobre la cama.

   -Descansa, amor, todo terminará pronto. –y sale dejándole a oscuras, con el vibrador en el culo, los pezones atrapados, los audífonos soltando aquellas palabras sugestivas, ese olor que le marea.

   ¡Estaba perdido!

   Los audífonos…

   El musculoso y enorme chico nunca había escuchado claramente las palabras que salían del aparato, excepto la última vez, algunas frases, pero ahora captaba todo de manera clara. Había una música de relajamiento, pero algo irritante, fuerte, intensidad que bajaba cuando se dejaba escuchar la voz de Marcos, clara, firme, monocorde, recitándole lo débil que era, que no era un hombre de verdad, tan sólo una musculosa sumisa con un coño hambriento de machos. Que por eso se quitaba la franela en el gym, para exhibir sus tetas, para que los hombres lo desearan. Que bailaba su culo frente a los hombres. Que era una princesa, una loca, una puta. Mordiendo la bola, el muchacho intentó liberarse, rechazar aquellas palabras, intentó batallar, pero eso le produjo un terrible dolor de cabeza. Mientras más se concentraba en mantenerse, en conservar su identidad, el malestar era mayor, hasta que no pudo aguantar más y dejándose caer sobre la cama, aflojó sus músculos y su mente.

   No supo cuánto tiempo estuvo así, a veces Marcos le sacaba la bola de la boca y con una mano bajo la nuca le hacía tomar agua; no, era  uno de esos “complejos vitamínicos” que el otro le preparaba. El consolador salía de su culo y el otro se ocupaba del aseo, incluso con enemas tibios que le provocaban desazón, untándole de crema. Taponándole otra vez con el vibrador, luego. Las tonadas de este variaban también. De los audífonos escuchaba sobre lo orgulloso que debía sentirse de su vida adorando machos; que ser una loca musculosa debía hacerle sentirse realizado. Luego varió la información; después de alimentarle y asearle, escuchaba lo mucho que se amaban ellos dos, lo feliz que era al lado de su hombre. Que por su hombre lo haría y daría todo.

   Despierta sobre su cama sintiéndose vagamente confundido, y con el cuerpo adolorido. Se lleva una mano a un hombro, que le molesta, y cae en cuenta que está libre. Nada ata sus brazos o sus piernas. No hay nada en sus oídos, ni algo cubre sus ojos. Abre y cierra la boca, sintiendo una leve molestia en las mandíbulas por llevar aquella bola que ya no está. ¿Dónde estaba?, se pregunta, más confundido. ¡Su cuarto!, claro, reconoce sentándose, su culo desnudo sobre la cama se siente algo irritado… pero también solitario. Eso era vagamente molesto. Ceñudo se mira, lleva la jaula de castidad. La mira con más curiosidad que con enojo. La toca, el duro material sintético que amarra su virilidad, que pega de ella como deseando ser libre. Cree recordar que antes era igual pero… es difícil pensar, pero esa jaula de castidad le rozaba más… y parece más chica que lo que creyó inicialmente. Escapa a su mente que Marcos ha decidido reducir el tamaño de su pene y ha comenzado el trabajo. Las jaulas de castidad serían más y más pequeñas.

   Y esa irritación…

   Monta un pie sobre la cama, separando las piernas, tocando suavemente la entrada de su depilado e hinchado culo, recorriendo los labios que le parece curiosamente sensibles, demasiado, la sensación que le recorre mientras hace eso le provoca un jadeo, y mete el dedo, casi gritando de sorpresa por la fuerte reacción que experimenta. ¡Se estaba metiendo un dedo por el culo!, registra con una leve sonrisa, casi mordiéndose los labios ante el ramalazo de excitación y placer que lo envuelve al agitarlo en su interior. Eleva el rostro y cierra los ojos, boca muy abierta mientras ese dedo va y viene dentro de su cuerpo. El deseo de dejarse caer de espaldas y meterse otro, dos dedos dentro de su recto, son intensas, pero hay otra necesidad, otra urgencia a la cual no puede ponerle nombre. Ganando esta, tanto que saca el dedo y se pone de pie, totalmente desnudo, con su jaula de castidad… con el culo caliente.

   Descalzo, con pasos vacilantes por la inmovilidad de días, va a la puerta y abre. Congelándose al encontrar a Marcos Santana mirando la televisión, sin haber reparado aún en su presencia. ¡Allí estaba!

   El otro mira al frente, en el sofá, vistiendo unas sandalias, sus pies viéndose grande sobre la mesita, un pantalón negro no ajustado, pero bajo en su cintura, dejando ver el bóxer gris. Lleva una camiseta si ajustada, amoldándose al nuevo y esbelto cuerpo ligeramente musculoso. Un brazo descansa sobre el respaldo del mueble y se ve fuerte, mostrando venas, una mano grande de dedos largos. La respiración de Mauricio se corta, jadea contenido, sonríe bobamente. Si, era lo que necesitaba, ¡ver a su hombre! La felicidad, el alivio, la excitación que le recorre es grande. Una que no termina de entender, ¿siempre fue marica? No lo creía, pero…

   Algo de ruido hizo y Marcos vuelve el rostro, sonriéndole agradado.

   -Al fin despierta, dormilón. –dice con autoridad y cariño, algo que eriza a Mauricio, también la mirada que el otro le lanza.- Mierda, no puedo comenzar a decirte cuánto me excita verte así, alto y grandote, forrado de músculos lisos, sin un sólo pelo de tu cuello para abajo, con tus tetillas grandes tan erectas, con tu jaula de castidad… -enumera con voz ronca, y Mauricio casi bailotea en su sitio.

   -¿Cómo me pasó esto, Marcos? –parece confundido, olvidadizo.- ¿No era yo un macho grande y fuerte? –el otro le sonríe.

   -En efecto, lo eras, pero ya no. –le aclara poniéndose de pie, va en su dirección.- Sigues siendo grande y musculoso, pero ahora eres una loca amante de vergas, hambrienta de mamadas y de repartir culo. –le sonríe de manera perversa.- Eres mi perra. Y no hay nada que te guste más en este mundo que ese papel, tu lugar; saber que un hombre, que este hombre te usará como debe. –le aclara, deteniéndose a un paso. Notando como enrojecen las mejillas del chico alto, como sus músculos se tensa, como sus tetillas se elevan. Es perfectamente consciente que responde, por el acondicionamiento, al tono y las palabras. Sabe que debía tener dificultades con el pene dentro de la jaula de castidad al excitarse con sus palabras. Bien, no importaba, se dice, pronto dejaría de canalizar su deseo sexual hacia el pito, pronto sólo su culo sería su órgano sexual principal.

   -Pero… pero yo… -no puede hilvanar ideas, no con Marcos despojándose de la camiseta, exhibiendo su torso largo, más desarrollado últimamente, finalmente velludo. Y esos pelillos le excitan, no sabe en qué momento recorre ese torso con sus manos, erizándose, pensando en la belleza de los machos. Verle así, tocarle, le tiene medio duro, y la jaula molesta, por lo que tiene que intentar desviar sus pensamientos de esa ruta, sintiendo que, en respuesta, sus pezones arden más… y que su culo hormiguea.

   -Has cambiado. –le dice, tono mesurado pero autoritario, alargando los brazos y recorriéndole los hombros, bajando por el brazo derecho, que automáticamente el otro flexiona.- Oh, sí, me encanta tu cuerpo enorme y musculoso de puta loca… Pero no me gusta tu cabello, lo llevas demasiado largo. Siéntate. –le ordena y va al baño.

   Y cuan objeto sin voluntad, Mauricio obedece. El otro regresa con una máquina de afeitar y una toalla con la cual rodea sus hombros. A su lado, le retiene la cabeza, lateralizada, contra su abdomen desnudo, caliente, cosa que afecta al chico sentado.

   -Me gusta que te veas fuerte y masculino para los demás, y para eso nada como un corte semi militar. -dice mientras comienza a cortar cabello, bajito, de los lados y de la parte posterior, ladeando de aquí para allá esa cabeza aunque asegurándose de que siempre contacte con su torso. De la parte superior le quita algo menos.- Así me gusta… -le dice ronco, excitado al tenerlo así, tan sumiso, tan entregado a lo que quiera hacerle, tocando la fina pelusa de su cabello castaño casi al rape.

   Los ojos de Mauricio llevan rato desenfocados, clavados en la silueta de la verga del otro, que abulta la tela del pantalón, alzándola desafiante. Mientras recorta, Marcos sonríe, sintiendo su mirada, notándole el aliento algo jadeante cayéndole en la bragueta.

   -Yo… yo… -tartamudea sin saber qué decir. Marcos sonríe más.

   -Eres tan caliente… -la frase sale y el muchacho sentado, desnudo y con su jaula de castidad, jadea ruidosamente, mirando esa bragueta, dominado por una urgencia infinita.

   -¡Quiero mamártelo! –casi suplica.

   -¿Seguro?

   -Si, por favor. –todavía le suplica, alzando la mirada.

   -No puedo negarte nada, si no me gustaras tanto… -rueda la mirada y sonríe, ofreciéndosela

   Mientras todavía le nivela el corte, Marcos siente esas manos frenéticas abriéndole la bragueta y el botón del pantalón dejando salir su verga tiesa dentro del bóxer gris. Las manos del chico le enloquecen cuando le toca. Sonríe complacido al notar su mirada brillante y anhelante a la vista de su tranca blanco rojiza, nervuda y llena de sangre caliente. La visión de ese tolete deja por un segundo a Mauricio sin aliento, tragando en seco. Sus miradas vuelven a encontrarse, uno de pie, dominante, el otro sentado, confuso y caliente.

   -Vamos, sabes que lo quieres. Deja de atormentarte con dudas y resquemores. Sé la puta loquita que siempre has deseado. –le dice, burlón disfrutando de verle enrojecer, sus ojos brillar intensamente.- Comienza con tu nueva vida, a mi lado, amor mío.

CONTINÚA … 17

Julio César.

DE AMOS Y ESCLAVOS… 35

junio 4, 2016

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 34

EN EL COLOR ESTA EL SABOR

   ¿Y perderlo?

……

   -¿De qué…? ¿Piensas qué…? –por un segundo Yamal Cova no sabe cómo reaccionar y lanza una cascada risa, por lo ridículo de la acusación, lo peor que podía hacer, ganándose una mirada de odio de Bartolomé que le silencia.- ¡No hice eso! –enfatiza ahora.

   -¿Y Marjorie llegó con testigos para sorprenderme porque pasaba frente al motel y tuvo una súbita inspiración? –toma una funda de almohada y limpia su cara de maquillaje.

   -Seguramente te siguió. No le conté nada. No sabía que las cosas estaban tan mal entre tú y ella, pero era de esperar, hombre. –intenta reaccionar, poniéndose de pie, sintiéndose algo inadecuado, desnudo.- El día que la conocí lloraba en mi taxi por tu trato desapegado, y… saltaron chispas entre ella y yo. Y tú nos sorprendiste… -calla cuando el otro le encara, algo más bajito, rostro colérico, mirada dolida, arrancándose el sostén.

   -¿Y eso también fue una casualidad?, yo llegando  encontrándote allí con… -enrojece de vergüenza, también de rabia contra sí miso.- Qué fácil se las puse, ¿verdad? Me gustaste demasiado, y ese error puede costarme todo. –se aleja y cruza la puerta hacia la otra habitación.

   -¡No tuve nada que ver! –le sigue, frustrándole y exasperándole notar que no logra convencerle.- Vamos a hablarlo, ¿si?

   -Creo que ya henos dicho demasiado. –es tajante, y a Yamal le sienta mal.

   -Oye, no te pongas así, de verdad no te tendí una trampa. En todo caso caímos en una los dos. Tu mujer no me contó que pensara hacer algo así. –le ve salir de la pantaleta, tacones y medias de seda, sintiéndose culpable al sentirse algo excitado.- ¡Tienes que creerme!

   -No, no tengo que creerte nada. –le grita, y era extraño, piensa Yamal, acostumbrado a su sumisión sexual, a su entrega; verle tan decidido, tan duro, no le gusta.

   -Bartolomé… -inicia una advertencia.- Entiendo que estés furioso, pero no estás pensando con claridad. –irritado le ve vestirse a trancazos.- Nunca te haría nunca algo así. –confiesa, sintiéndose un tanto tonto. El otro se detiene y le mira.

   -Vete al coño ‘e tu madre. –le impacta, dejándole boqueando.- Y esto si te lo digo, no van a joderme… -enrojece por la palabra.- No van a salirse con la suya. –va a la puerta.

   -¡No hice nada! –todavía ruge, ya molesto.- ¡Bartolomé!, regresa tu culo aquí. –le llama a gritos cuando sale.

   Joder.

……

   En aquella casa a donde le llevara Hank Rommer, Roberto Garantón estaba a punto de sumergirse en una nueva realidad, casi tanto como se sumergía en el entrepiernas de ese sujeto recio que le tenía atrapo el rostro con sus manos, al tiempo que le cogía la boca con su güevo, adentro y afuera, obligándole a tragar todo lo que de él salía. Los otros tres, Jackson, Jeremías y Hank (los dos primeros con sus vergas al aire), comentan cosas, y ríen, mientras veían como la gruesa y blanco rojiza barra de carne de joder atravesaba los gruesos labios amoratados del hombre negro, al tiempo que las bolas le golpeaban la barbilla. Así de fuerte le jodía la cara.

   -Vamos, negro maricón, trágatelo. –rugía el Ruso.- Así, así es como debes hacerlo, como debes chupar un pene blanco. –dice entre dientes, meciendo las caderas sobre el sofá, metiéndosele hasta la garganta, que se deforma y cuya manzana de Adán sube y baja convulsamente.- Así es como un puto tiene que mamar una verga de verdad. –hay más risas del resto.

   -Cuando terminemos contigo serás un mamagüevo de clase mundial, puto. –apunta Jeremías.

   -Oh, sí, negro, ese será tu lugar de ahora en adelante, de rodillas entre las piernas de un hombre blanco, adorando su güevo, temblando de ganas por tenerlo clavado en uno de tus orificios. –sentencia Jackson.

   Roberto enrojecía, o se amorataba, oyéndoles, pero no podía engañarles, sus labios atrapaban con evidencia ese tolete, casi reptando sobre él, igual sus mejillas ahuecadas, frotándole, y su lengua lamía la pulsante pieza al tiempo que se bebía sus jugos. La sentía temblar, más tiesa, y su lengua notó algo aún más caliente que la recorría, sorprendiéndose cuando el hombre le aparta, sacándosela de la boca, los gruesos e hinchados labios quedando separados. El tipo se agarra el tolete, apuntándole y disparando una carga abundante y espesa de esperma que le dio en la frente, sobre la cejas. La sorpresa le hizo gemir, momento que el Ruso aprovechó para regresar a su boca y terminar de correrse con dos trallazos más sobre su lengua, estimulando cada papila gustativa con el viscoso semen caliente y fresco. Y una idea le horrorizó, ¡no era tan sabroso como la de Hank! Pero tragó al tiempo que la olorosa esperma en su cara bajaba por su nariz ancha. Se escucha una sonora sorbida mientras el otro la saca de su boca. Si, mecánicamente buscó de atrapar todo lo que quedara. Todos ríen de su gula. Se lleva una mano a la frente, pero antes de tocar el semen baboso, una mano de Hank le detiene.

   -No, un mamagüevo debe llevar con dicha y orgullo el semen que los hombres depositan en su cara como demarcación de su territorio, de su propiedad, aunque sea temporal. Ven. –le hala y guía. Encontrando el tolete de Jackson.

   Y enrojeciendo, o amoratándose de vergüenza, escucha las risas nuevamente, porque de manera automática, sin que nadie le diga nada, separa los labios hinchados, su lengua todavía muestra rastros de la corrida del Ruso, cuando cubre la nueva pieza blanca, estremeciéndose al sentirla deslizarse sobre su lengua todavía untada. Otro güevo duro y caliente, pulsante. Otra pieza de joder de un macho guapo… Las ideas se le confunden, y le excitan.

   Jackson, con ojos brillantes de lujuria y perversidad, le mira, como los gruesos labios le atrapan el güevo, aplastándose contra él. Una mamada siempre era buena, pero que aquel carajo se la hiciera frente a sus amigos, era todavía mejor; tal vez tanto como la gula con la cual va succionando cada pulgada que atrapa. Pero sabe que, de verdad, lo que le gusta es la idea de saber que lo tiene metido en aquella boca donde ya otro carajo ha soltado una buena lechada. Había algo en eso, en saber que un tío todavía saboreaba el semen de otro, que su cara estaba manchada con la leche de ese otro macho, y mamara también tu tranca; eso era intoxicarte. Así como el evidente hambre de ese sujeto cuando lo cubre, todo, trabajándole con la garganta y lengua, quedándose quieto y ordeñándole sin soltarle, resollándole caliente y fuerte contra los pelos púbicos.

   -Vamos, negrito, trágate el banano de tu papi. –le gruñe, erizado y estremeciéndose por el placer que le producen esas mejillas que le aprietan y soban al ir y venir, y esa lengua que le roza y lame al ir retirándose, para cubrirlo nuevamente.- Ahhh… -deja escapar. No era un niño, no era la primera mamada que le daban, desde los trece años ha alimentado la boca de otros chicos, siempre lo tuvo algo grande para su edad y los amiguitos y compañeros de clases, por la razón que fuera, terminaban gravitando hacía su tranca cuando estaban desnudos, y erectos, y de allí a que tocaran, le masturbaran y más tarde le mamaran, hubo un paso. Así como los amigos de sus hermanos mayores, aquel profesor o dos amigos de su papá.- Así, así, negrito mamagüevo, tómalo todo. –le gruñe ronco, comenzando un saca y mete lento, atrapándole la nuca con una mano, porque un mamagüevo necesita sentir ese control del macho para estimularse, para ser más él mismo y, así, brindar más goce con su boca. Hombre que mamaba por la razón que fuera, sí el otro le atrapaba así, siempre lo extrañaría.

   Y funcionaba, sentirse retenido, obligado, estremeció aún más a Roberto, quien gruñó ahogadamente, casi frenético mientras iba y venía con nuevas ganas, sorbiendo ruidosamente, ladeando el rostro para frotarlo mejor con sus mejillas y lengua, sorbiendo y apretando en todo momento, bebiendo litros de su propia saliva y de los deliciosos jugos que el hermoso tolete le regalaba. En un momento dado una de sus negras mejillas queda totalmente deformada cuando el tolete queda contra ella.

   -¿Qué te parece? –le pregunta Hank al Ruso, quien se guarda la verga dentro del pantalón, cosa que el chico blanco agradece.

   -Tiene potencial. –responde en su peculiar español agresivo donde las erres se alargan. Se miran.

   -Sabes lo que busco. –es el enigmático comentario mientras mira a Roberto.

   El apuesto, fornido y viril hombre negro enrojecería pero no puede, escuchándoles, confuso, preguntándose de qué hablaban, pero no podía ocuparse de mucho en esos momentos. La mano contra su nuca le tenía casi tan hipnotizado como el sabor de ese güevo sobre su lengua, con la poderosa y desconocida sensación estimulante que le recorría sintiéndolo pulsar y quemar mientras chupaba. Y que estaba allí, de rodillas entre cuatro carajos blancos, mamando güevo como si no hubiera mañana, como si se fuera morir si no lo hiciera. Jadea y boquea, soltando saliva y baba, cuando ese tipo retira su tolete y se lo refriega de la cara con palmada, mojándole más, mezclando la saliva con el semen que el Ruso había disparado contra él. Jadea en busca de aire, para descansar las mandíbulas… pero sigue recorriéndola con los gruesos labios cada vez que le roza, escuchando las risas. ¡Mamar güevo le estaba enloqueciendo! No le importaba que hubiera otros carajos siendo testigos de su entrega, de su necesidad… de su mariconería. Mandándolo mentalmente todo al coño, reconoce que estaba dándose un gusto, así que nuevamente atrapa el blanco rojizo glande, besándolo, cubriéndolo con sus gruesos labios y chupándolo, bajando, succionándolo otra vez.

   -Y se puede lograr. Puede convertírsele en lo que quieres. –asegura el Ruso, cruzando los fuertes brazos sobre su pecho, sonriendo del otro, que le mira ilusionado. Aunque perversito, y peligroso, Hank era tan sólo un niño.

   -¿Estás seguro? Mira que otras veces…

   -Obsérvalo, aunque hace algo que forza todo lo que siempre pensó de sí, aún su orgullo de macho negro, delira comiendo penes blancos. Eso es suyo. Es puro.

   -¡Oh, mierda! –grita Jackson abriendo mucho la boca, sacándoselo otra vez de entre los hinchados y húmedos labios gruesos.- ¡Tómala, negro maricón! –le grita y un trallazo de semen, abundante y especialmente viscoso escapa del ojete y le golpea sobre la ceja izquierda y el parpado, chorreándole algo el ojo, que Roberto cierra. Eso hace reír al hombre que vuelve a metérselo en la boca, hasta la garganta, teniéndole allí, resollándole en los pelos mientras un segundo disparo va directo al esófago del becerro. Jeremías ríe, mirando.

   -Ay, amigo, debiste cerrar los ojos antes, el semen arde.

   -¿Y cómo lo sabes? –gruñe Hank, y por un momento no parece un insolente representante de la supremacía blanca, sólo un muchacho. Los otros ríen.

   -Me han dicho, coño. –se defiende, sin mucho calor, Jeremías, riendo también.

   Roberto parece ausente, estaba experimentando un calor nuevo, una intensa sensación de gozo que no entiende porque no nace de la estimulación de ninguna de sus zonas sexuales; es un placer intenso cuando Jackson retira un tanto la verga y los trallazos finales caen contra su lengua, llenándola con su calor, su sabor, su viscosa naturaleza. Ese semen se riega por su lengua, se mezcla con su saliva, y le parece casi tan delicioso como el de Hank. Pero lo peor era que… ¡quería más!

   -Déjamelo este fin de semana… y cuando vuelvas será el esclavo que quieres. –sentencia el Ruso, mirando a Hank.

   -Hecho.

CONTINÚA … 36

Julio César.

LA NENA DE PAPA… 14

junio 1, 2016

LA NENA DE PAPA                         … 13

De Arthur, no el seductor.

UN CHICO Y SU HILO DENTAL

   Los regalos de su papi.

……

   -No puedo abrir estando… -intenta resistirse.- ¡Ahhh! –casi se muerde los labios para no chillar cuando recibe una nalgada.

   -Abre.

   -Hey, ¿qué fue eso? –oye a Mark del otro lado de la puerta.- Morse, ¿todo bien?

   -Eh, sí, yo… -angustiado, sintiéndose atrapado como rata por el rabo en ratonera, el chico no puede entender qué ocurre, cómo le pasa eso, cómo pretende su papi que… la idea, llegada de súbito, le horrorizó. Pero no podía esperar más, medio abre la puerta, escondiendo totalmente tras ella, con su franela, ocultando el cuerpo y el culo expuesto tras la madera. Se ve agitado.- Hey, estaba…

   -Qué cara, ¿estás con alguien? –se intriga el otro, e intenta ver sobre su hombro.

   -No, yo… Estoy solo. –aclara de manera agitada, rojo de cara, los labios hinchados. Aferra con fuerza cuando el otro intenta empujar la puerta y entrar.

   -¿Seguro? Creí escuchar otra voz. -se ve ceñudo.- ¿Qué tienes en verdad? ¿Te estabas haciendo la paja?

   -¿Quieres algo, Aston? –intenta frenarle.

   -Estás raro.

   Detrás del joven, Cole Hanson se estaba divirtiendo de lo lindo de las angustias de su nena. Sonriendo con malicia eleva una mano, tocándole, metiendo los dedos en la raja de su culo…

   -Yo… -Brandon iba a responder algo cuando sintió la mano caer sobre su nalga derecha, rodando hacia su raja, metiéndose de canto entre sus glúteos, quedándose allí, subiendo y bajando, rascando con las puntas de sus dedos, cosa que le hizo jadear, pelar los ojos y enrojecer más, tensándose.- Yo… estoy bien. –la voz le falla un tanto al temblar. El otro joven frunce más el ceño.

   -No pareces.

   -Mark… -inicia pero la voz le falla, por lo que traga. ¡Cole estaba metiéndole un dedo por el culo!, allí, teniendo la puerta abierta y encarando a un compañero de piso. Se tensó, su agujero se cerró, pero el grueso y largo dedo del hombre entró, tan perverso que le metía el mismo donde llevaba la argolla matrimonial, teniendo los otros abiertos. El dedo iba y venía, suavemente, rítmico, cogiéndole.- Estoy… ocupado… en estos momentos. Yo…

   -¿Tanto como para no ver el juego? Mi televisor… -casi suplica sonriendo, intentando empujar la puerta, pero el otro se mantiene firme… mientras un dedo en su culo incrementaba las embestidas.

   -¡No! Ahora no porque… -grazna, voz fallosa, ojos llenos de pánico; el dedo quieto en su culo, flexionándose internamente, le rasca las paredes del recto.

   -Hueles raro. –le corta el otro, acercando el rostro, olfateando.- Como a… semen.

   -Dios, estoy ocupado. –le repite, algo histérico por la situación. Debía encarar a un amigo, frente a su puerta, intentando aparentar que todo estaba bien, que nada pasaba, mientras un sujeto estaba cogiéndole nuevamente con un dedo, sacándolo y metiéndole otro, seguramente en índice, más largo, flexionándolo al ir y venir, refregándole las sensibles paredes del recto, tensándole y estimulándole de una manera que no entiende, pero que le costaba controlar. Aparentar normalidad estaba yéndose al carajo.

   -Okay… -como dolido, Mark alza las manos.- Si tan ocupado estás nos vemos luego.

   -Eh, si, nos vemos… -y contiene un chillido a duras penas, frente fruncida, boca abierta; el índice, subiendo dentro de su culo, pareció encontrar su próstata, y comenzó a apuñalarla.- …Luego. –termina con voz tan temblorosa como sus manos al cerrar.

   Mark, ceñudo, mira la puerta.

   Nada más cerrarla, Brandon dejó escapar un involuntario gemido de placer, apoyando las manos y la frente de la puerta, con Cole a su lado, elegante, dominante, sonriente, metiéndole y sacándole el dedo del culo, hurgándole.

   -Lo tienes tan caliente, bebé. Y hambriento, me atrapa el dedo como si quisiera arrancármelo y quedárselo. –se burla, sacándoselo de golpe, interrumpiendo todas aquellas extrañas pero intensas sensaciones.

   -Ahhh… -el gemido del chico era casi de decepción.

   -Vamos a cenar, debo regresar con mi mujer e hija. –le informa, sacando del saco una botellita de líquido anti bacterial, aseándose y dirigiéndose a la pequeña mesa, abriendo las bolas.

   Brandon, confuso, sintiéndose avergonzado de lo hecho, de las respuestas de su cuerpo, le mira hacer, sacar los potes de comida. Va  a tomar sus pantalones.

   -No, no te pondrás esa mierda. Come así. Desnuda.

   -Pero… -se congela cuando el otro vuelve el rostro, severo.- Bien…

   Fue tan humillante y extrañó, pensó, tomando asiento frente al otro, montando el bermudas sobre la silla y comiendo, casi sin poder saborear nada, aunque estaba bueno. Había un poco de todo. Cole consumió poco, seguramente para cenar con su familia. Con Nelly. Recordarla le hace tragar con dificultad.

   -Ese chico… parecía tener mucho interés en entrar. –comenta el hombre, mordiendo un pedazo de cerdo. ¿Tú y él…?

   -¿Qué? –le mira, con algo de arroz en la boca.- ¡No!

   -¿Seguro?, parecía.

   -Es un amigo. Nada más. –aclara, molesto de que piense que hace esas mierdas… fuera de hacerlas con él, claro. Lo que ya era bastante malo.

   -Bien, mantenlo alejado o terminará… dándose cuenta de nuestra relación amorosa. Aunque esa es tu decisión. –aparta los potes.- Terminé, ¿y tú?

   -Tengo poca hambre. –los aparta también, las palabras confundiéndole, pero tensándose al verle sonreír mientras rueda la silla y separa las piernas.

   -Bien, es hora de tu segundo plato de postre. Me pregunto a que te sabrá mi semen con los restos del arroz y los camarones en la boca. –se toca la abultada silueta bajo el pantalón.- Ven, destápalo y comételo.

   Fue humillante, Cole demandó aún más esta vez. Le tuvo en cuatro patas, de lado a su miembro, obligándole a tragarlo todo, hasta pegar los labios del pubis, con una mano sobre la nuca, a ir y venir sobre su tiesa pieza otra vez, ahogándole con él, mientras llevó la otra mano a su culo, jugando con él, tocándolo, halándole los pliegues, penetrándole. Le tenía allí, mamándole el güevo mientras le metía ahora dos dedos, adentro y afuera, clavándoselos hasta el puño, agitándolos en su interior, tijereando con ellos, provocándole respuestas físicas, como agitar el culo. Tenía los ojos cerrados y los cachetes muy rojos cuando le sintió tersarse, apretarle más contra su pubis y comenzar su segundo orgasmo, un chorro leve fue directo a su esófago; retirándole un poco, los otros cayeron sobre su lengua, mezclándose si, con el sabor a arroz con camarones.

   Gruñendo satisfecho, Cole se acomodó sus ropas, despidiéndose, dejándole allí, arrodillado. Sin fuerzas casi gateó hacia su cama, echándose de panza, lloriqueando quedamente, sintiéndose sucio y débil. Enfermo consigo mismo… ya que estaba medio duro.

……

   Brandon trotó bastante al día siguiente, después de clases, unas que le costaron porque no podía concentrarse. Nelly le había buscado a la salida de sus lecciones, Grace, su madre, se sentía algo indispuesta y quería llegar a casa. Se despidió con un beso fugaz, y el joven no pudo dejar de sonrojarse… Si ella supiera que la boca que besaba le había mamado dos veces el güevo, la noche anterior, a su padre. Corrió bastante después de eso, sudándose, agotándose, necesitado de escapar de sus propios pensamientos.

   Agitado regresó a la pensión, tomando una ducha y volviendo a su habitación. No había visto a Mark, y aunque eso le aliviaba en esa cobarde zona donde no se querían dar explicaciones, especialmente de lo imposible de explicar, también le dolía pensar que el otro podría estar resentido. Entra a su pieza y se congela. No ve nada fuera de lugar, pero sabe que alguien estuvo allí. ¿Quién? No podía ser la patrona, la mujer dejaba el aseo de cada pieza a cada ocupante, aunque a veces se presentaba para ver que todo estuviera en orden (nada de chicas viviendo allí, u otro ocupando una pieza que pagaban como individual). Despojándose de la bata de baño, arrojando su bolso en una esquina, abre el closet… congelándose. ¡Esas ropas no eran suya! Hay camisas cortas, estalladas, pantalones nuevos, estrechos. Las franelas y camisetas son de colores… demasiado alegres. Gay. Eso fue lo que pensó. Sus shorts y bermudas han desaparecido, hay breves piensas de spandex.

   Casi temblando abre la gaveta de su ropa interior y lanza una exclamación de sorpresa e ira. Toda su ropa interior ha desaparecido, siendo reemplazada por… Traga y cierra los ojos, volviendo a mirar. Si, eran tangas e hilos dentales, de encajes, de telas sedosas, diminutas. Putonas. Alguien (Cole, por supuesto que fue él), se había deshecho de toda su ropa interior y la había sustituido por pantaletas. El sonido de su teléfono le hace pegar un bote; todavía viendo esas tangas, tomó una, amarilla casi tranparente, con un lacito en la parte superior delantera, y se había abstraído. Responde automáticamente, viendo todavía esa vainita.

   -¿Si?

   -¿Te gustan tus cosas nuevas, nena? ¿Viste las tangas? Voy llegando. Usa la azulada… –ordena Cole.

CONTINÚA … 15

Julio César (no es mía la historia).

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 56

mayo 25, 2016

… SERVIR                         … 55

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

MUSCULOSO EN TANGA BLANCA

   -Entrégame… tu amor.

……

   Llevó un rato, y muchos gritos del jefe Slater, zanjar la cuestión en el comedor, y

   Todavía echado donde le dejó su mujer, Jeffrey Spencer mira y oye su móvil timbrar con una llamada. Reconoce la tonada. Sonríe con acidez. Un momento de locura. Piensa no responder pero…

   -¿Aló? –croa.

   -¡Al fin! –brama Owen Selby.- Necesito hablarte de algo serio. Pero ya. Ven a mi apartamento a…

   -No, no puedo. –traga, ni por todo el oro del mundo se arriesgaría a encontrarse a solas con el otro. No en instantes cuando su vida parecía estarse derrumbando.

   -Es importante. –el otro parece intuir algo.

   -Owen…

   -Mira, si no quieres estar en mi apartamento vamos a reunirnos en otro lugar, en tierra neutral. En la tasca de la otra noche. –Jeffrey casi sonríe escuchándole.

   -Cómo terminó tan bien. –hay un silencio tenso y teme haberle herido.

   -Para mí, si. Lamento si para ti no fue igual. Pero no es de eso que deseo hablar. –hay otro silencio, y muerto de remordimientos Jeffrey quiere disculparse, pero el otro le corta antes.- Robert Read no ha salido de la ciudad. Asesinó otra vez. –la rabia arde en las palabras. y Jeffrey casi lanza un gemido.

   -Por Dios, pero si dijo…

   -Si, seguramente para distraernos en los límites de la ciudad y dejarle ir y venir a su antojo. La verdad fue que… -calla.- Debemos hablarlo.

   -Owen…

   -No es tu culpa, maldita sea. Lo que ese hombre haga no es tu responsabilidad; si lo fuera por hacer tu trabajo, todo el sistema legal estaría equivocado y llevamos casi trescientos años poniendo en sus manos nuestros destinos. –es tajante. Y esas palabras parecen quitarle un peso de encima. Un poco.

   -Y sin embargo está asesinando personas.

   -Atando cabos, y eso me hace preguntarme, ¿por qué?

   -Entonces irá por ti. –suena asustado.

   -Ojalá lo haga.

   -No, Owen, ese tipo es… -casi suelta que el diablo. Le temía tanto, por él, por el detective, reconoce con un ramalazo de vergüenza y rubor. El silencio se prolonga. -¿Estás bien?

   -No, Jeffrey, no estoy bien. –es tajante, y el abogado intuye ahora el infierno personal del otro.- Mató a ese chico, a Lamar Martens, al que envició con las drogas y arrojó a las calles.

……

   Fuera de las duchas, el joven pero fornido vigilante hispano de cara cobriza y cabello negro muy peinado hacia atrás sobre la nuca, se asoma por un segundo, por quinta o sexta vez. Entre fascinado y asqueado por aquella asignación. El jefe Slater le ha ordenado vigilar (cuidarle las espaldas, aunque ya parecía haber encontrado quien lo hiciera), al recluso ex puta de Read. Bien imaginaba el joven por qué. La fuga del peligroso convicto había hecho que todos se replantearan sus actuaciones durante los ultimos meses. Y aparentemente el jefe no quedó contento con el suyo. Por eso estaba en esa puerta, protegiéndole mientras se aseaba, y encaró al tipo ese, Rostov, quien no era santo de su devoción, pero que le pidió le dejará entrar ya que debía disculparse por algo con el otro. No le creyó peligroso, al menos para el ex puta de Read, y ahora sabía que tenía razón, esa sexta vez que se asoma y mira, con repulsa e interés.

   Le atormentaba eso, el haber sido encargado de esa asignación, el tener que ser testigo de la insólita escena, (una sexta vez ya); lo que veía era sucio y antinatural, pero allí estaba, espiando con disimulo, viendo a Rostov de pie sobre los uniformes, y a Pierce, con el largo cabello suelto sobre su espalda y ocultando un tanto su rostro, en manos y rodillas frente al otro hombre, la ancha espalda lisa, la putona, sucia y excitante tanga de mujer metida en su culo, una tirita que cubría un lugar que parecía ensalivado, que sabía había recibido una cogida de dedos. Y le toca ver a Pierce mamándole el tolete a Rostov, uno fuera del bóxer, duro y tieso como una lanza de carne blanco rojiza, grueso, nervudo, brillante por la saliva que esa boca deja en su paseo sobre él. ¿Le mamaba el güevo por protección?, se pregunta; pero no, no lo cree, no oyéndole gemir de esa manera, saboreándolo, sorbiendo con aquella hambre… ¡Le gustaba mamar güevos!

   Ojos cerrados, labios rojos y barbilla brillante de saliva, Daniel casi sonríe mientras saca la lengua y recorre el pulsante y duro miembro, gozando sus estremecimientos y los gruñidos bajos de Geri, recorrer alguna vena desde la base a la punta, lentamente, tanteándola, lengüeteándole el tronco, llegando a la lisa cabeza, pegando la punta en el ojete mojado de saliva pero también de unos líquidos que le quemaban la lengua, estimulándole como pocas cosas últimamente. Y Geri cierra los ojos, boca abierta, cuando esos labios de pecado se cierran sobre su glande, succionando con avidez, con voracidad. Daniel quería sus jugos, y la idea era intoxicante. Todo lo era, estar ahí, con él, por fin, sentir como los tersos labios van atrapando más y más de su güevo, apretándolo, la lengua agitándose debajo… ¡Cómo apretaban y frotaban esas mejillas ahuecadas!

   Por su lado, Daniel estaba ido del mundo, perdido en aquella posición sumisa que adoptó sin darse cuenta, subiendo y bajando su boca golosa sobre la verga que se estremecía, que corría caliente sobre su lengua, y una verga pulsando sobre la lengua era una sensación increíble, dándole en la campañilla, aplastando la nariz del pubis del joven, sintiendo las cosquillas de sus pelos, olfateando con ansiedad ese olor a macho que le mareaba en esos momentos. Lo gozaba, estaba disfrutando de mamarle el güevo sin ser obligado, presionado y… por un segundo se congela y traga, bebiéndose la saliva y los jugos, dándole un apretoncito a ese tolete que le gana otro gemido de gusto del macho hermoso frente a él. “Claro que te gusta, marica, eso es lo que distingue una buena puta: ama mamar güevos. Su goce viene de saber que le produce placera su hombre, y todo hombre quiere que se lo chupen al menos dos veces al día”, es la voz dura, burlona y cruel de Robert Read en su cabeza. Si, le había dicho eso una vez. Lentamente se retira, los labios se alargan un tanto mientras la gruesa mole emerge, brillante desaliva. Por un segundo necesita apartarse y… Una mano de Geri le aparta el cabello de la cara, para verle ir y venir sobre su verga, y se tensa de anticipación cuando las dos manos del guapo hombre atrapan su rostro, reteniéndole. Sus miradas se encuentran.

   -¿Puedo? –le pregunta ronco. El rubio asiente imperceptiblemente, los labios estirados por el tolete entre ellos.

   Sonriendo feliz, con un gruñido bajo, Geri comienza un lento saca y mete de aquella boca húmeda que le succiona y atrapa con lengua, mejillas y labios. Y se sentía increíble el meterla y sacarla, ¡dentro de la boca de otro tío!, algo que antes le disgustaba y ahora le excitaba, haciéndolo con más rapidez, con más fuerza, clavándosela toda. Oh, Dios, tenía tanto tiempo sin acción, puras pajas, casi dejándose tocar una vez por otro recluso, cuando estaba bien caliente, pero alejándole, no le gustaban esas cosas… No hasta la llegada de este rubio esbelto, delicado, hermoso y sufrido. ¡Cómo odió a Read! De haber podido…

   -Hummm… -deja escapar escandalosamente de su boca cuando Daniel succiona, mordiéndose el labio inferior, echando el rostro hacía atrás, ojos cerrados, teniéndole atrapado ahora por la nuca con una mano, cogiéndole pero notando como la boca va y viene, buscando su güevo, deseando tomarlo y chuparlo.- Oh, sí, así, chúpamelo…

   Daniel cumplía, apretándolo con los cohetes y lengua, adelante y atrás, masajeándoselo, lamiéndoselo, succionando, sintiéndose dichoso… y mal. “Oh, sí, todos te buscarán por esto, nena”, era la voz de Read, cuando le obligaba a mamárselo; “actúa como una princesa delicada a la vista de todos, como una puta tragona e insaciable en la intimidad, y todos te buscarán”. Eleva la mirada hacia el rostro de Geri, echado hacia atrás, ¿sería eso? ¿Era tan buen tragón que…? No, no quiere pensar en eso, dejar que Read le siga atormentando. Quiere hacerlo, le gusta…

   El vigilante siente estremecimientos, ese carajo usaba la boca del ex puta de Read como si fuera un coño, cogiéndolo en toda la regla, y parecía que el placer que encontraba en ello era intenso. Seguro que el convicto le había enseñado trucos a su perra. Tragó en seco, viendo ese tolete grueso y babeado apareciendo y desapareciendo dentro de aquella boca que se las arregla para dejar escapar gemidos putones de placer. Los ronroneos de la traviesa gatita a quien alimentan de carne, endulzándola con la idea de la pronta leche fresca y caliente. ¿Qué se sentiría ser mamado así por otro hombre… o tragarse una verga?, se preguntó aunque eso le horrorizaba. No le agradaba aquello, pero no podía dejar de mirar.

   -Oh, sí, chúpamela así, lo haces tan bien…-gime Rostov, abriendo los ojos, mirándole con fuerza, ojos brillantes.- Tu boca me enloquece… -y se la mete toda, reteniéndole, al tiempo que se tiende sobre él, una mano recorriéndole la espalda, Daniel dejando escapar un gemido a pesar del tapón de carne en la boca, erizándose. Igual el vigilante. Esa mano baja a las redondas nalgas, blancas, lisitas, y van a la raja entre ellas, acariciando el hilo dental.

   -¡Hummm! –chilla escandaloso Daniel al sentirla allí, algo ahogado por la posición, la nariz contra el pubis del hombre. El roce de los dedos de Geri contra su culo estaba resultado electrizante; y avergonzado por lo mucho que ha cambiado, reconoce que quiere sentirlos otra vez penetrándole el agujero, reconoce mientras comienza a ordeñarle con su garganta, la manzana de Adán subiendo y bajando, ganándole otro gemido de su hombre.

   ¡Mierda, se le estaba poniendo dura!, mucho, pensó el joven vigilante de piel cetrina, sin poder apartar los ojos de la escena, del bonito tío rubio que ordeñaba aquel güevo clavado en su garganta como si no hubiera mañana, con el otro, sonriendo de placer, recorriéndole la redondas nalgas, la raja sobre el hilillo, bajando un poco más la mano y rascando con la punta de los dedos la bolsa que se forma en la pantaleta, allí donde la tela contiene las bolas del ex puta de Read. El roce de esos dedos allí, hacen chillar agudo y ahogado al hombre rubio, mientras mese sus caderas, al tiempo que separa las piernas. Trata de apartarse, de evadirse de aquello que no podía dejar de mirar, pero era imposible. De pronto le parecía que Rostov se veía… magnifico, grande y joven, indudablemente apuesto, siendo atendido, mientras tocaba y tomaba lo que deseaba, como ahora, cuando entierra un dedo en aquel culo lampiño. Puede verlo bien a pesar de la distancia, cuando aparta a un lado la tira del hilo dental. Una visión sucia y de locura. El dedo, entrando y saliendo lentamente, tenía al ex puta de Read tenso, arqueando la espalda, lanzando maullidos de lujuria, la saliva escapando a mares de su boca totalmente ocupada al tener clavado aquel tolete masculino que pulsaba contra su lengua, labios y mejillas. Y mecía su trasero, arriba y abajo, lento, buscando ese dedo que lo cogía y estimulaba.

   -Oh, sí, ordéñamelo, sácame la leche… -balbuceó Geri, tenso y tembloroso a un tiempo, sintiéndose en la gloria con aquella boca que le tragaba completamente el tolete, que no era nada pequeño, sintiendo el resuello del bello rubio contra su pubis, y ese culo lisito abriéndose y cerrándose sobre su dedo.

   No quiere pensar en lo que Read le hizo, las cosas a las que le obligó, pero había algo en aquel abandono con el cual se dejaba tocar, las ganas que su agujero parecía tener, así como la habilidad con la boca (porque esa estaba resultando una muy buena mamada de güevo), que le indica que el rubio fue adiestrado hábilmente, pero también llevado a descubrir o admitir cosas sobre sí mismo. Se veía natural allí, en manos y rodillas, mamando y dejándose meter un dedo por el culo. Ese parecía… su lugar.

   Le habían chupado antes, pero… Contiene un jadeo cuando la boca del rubio comienza a retirarse, sorbiendo en todo momento, rodeándole totalmente el tronco con la mejillas, para tragar otra vez; así iba y venía, casi masturbándole, pero mejor porque esa lengua le producía sensaciones increíbles a cada frotada, o cuando sencillamente chupaba. Y lo más erótico era su expresión de gozo; mientras le comía el güevo y meneaba el culo buscando su dedo, Daniel estaba disfrutando mucho de aquello.

   -Yo… yo… -Rostov se acalora, sintiéndose casi a punto, retirando su tolete de esa boca ávida y hermosa.- Quiero… -no encontraba cómo decirlo, no aún. Por él, por Daniel. Este le mira, alzándose y quedando sobre las rodillas.

   -Cógeme… -le pide, y Geri, al igual que el joven vigilante, se eriza todo por la carga de lujuria y necesidad que había en el tono.

………

   Con el rostro increíblemente ceñudo y ojos tormentosos, Owen Selby espera sentado a la barra de una conocida tasca. Bebe un botellín de cerveza mientras espera y piensa en lo muy mierda que era la vida. Toda. No sólo la fuga del hijo de puta ese, tan sangrienta y brutal, sino que… Deja el botellín sobre el porta vaso, incómodo dentro de su piel. Notaba a Jeffrey Spencer retraído otra vez. Parecía el mismo de los primeros días, cuando le parecía que le costaba mucho reconocer que sentía algo por él. Entiende que el abogado pasa por malos momentos, pero era una porquería que todo debiera recaer sobre él. Joder, le gustaría encontrarle, abrazarle y besarle, que se consolaran, que se dijeran que no habrían podido hacer algo distinto a lo que hicieron; que nada de aquello era culpa de ellos… Lo que en teoría era cierto, aunque no dejaba de sentirse mal. Pero el abogado no se la ponía fácil, parecía decidido a distanciarse. Le ve entrar con expresión grave, con su traje, los lentes, algo cabizbajo, caminando de prisa.

   -Hey… -dice cuando llega a su lado, notándose nervioso, cayendo en el otro taburete. Al policía le parece notar que le miró más de la cuenta, eso le agrada. Y disgusta, ¿por qué tenía que enrollarse tanto?

   -Te llevo la delantera. –dice como respuesta, alzando un botellín, mirando al cantinero e indicándole dos con los dedos.

   -¿Estás bien?

   -¿Vamos a comenzar con eso? –suena irritado, y Jeffrey parpadea tras los cristales.

   -Para ser alguien que continúa diciendo que no debo sentirme culpable de nada, pareces una mierda. –es seco, volviéndose hacia el camarero que le entregó una botella a Owen pero retiene la suya, mirándole con desconfianza.

   -¿No eres…? –comienza beligerante.

   -Me le parezco, nada más. –le corta, tomando el botellín y bebiendo. El hombre, disgustado, no se aparta. Owen suspira y saca su chapa.

   -Vuelve a tus asuntos, amigo.

   -¡Policía, claro! Con razón todos se escapan… -todavía gruñe mientras se aleja. Ambos quedan tensos.

   -Vamos. –dice Owen, poniéndose de pie y marchando a una mesa apartada. Jeffrey le imita.- Siento eso. La gente a veces es tan idiota.

   -Creo que me conviene acostumbrarme a ser odiado. –suena desalentado aunque intentó fuera una broma.

   -Oh, ya ocurrirá algo que haga olvidar esto. Algún ataque terrorista sensacional, una pandemia aterradora, algún meteorito cataclísmico con rumbo de colisión, ten fe. –ironiza el policía, mirando su botellín, luego al abogado.- Lamento haber sido…

   -Lo entiendo. Parece que yo mismo pierdo horas de vida disculpándome por todo esto. –le mira con afecto.- Tú no tienes nada de que sentirte responsable, Owen; siempre creíste en su culpabilidad. –el otro sonríe, viéndose guapo y agradecido.

   -¿Y sí es tu culpa por hacer tu trabajo? ¿Qué, entonces todos debemos quedarnos sin hacer algo por lo que pueda ocurrir luego? -se hace un silencio tenso mientras beben.- Le encontraron esta mañana, en ese callejón donde sabía que estaría. Sobre una colchoneta inmunda. –comienza, mirando a la nada.- Fui a verle cuando escuché el reporte, le tenía marcado como “persona de interés”; quería llevarle a algún centro de desintoxicación. O con su padre. Tardé demasiado buscando a Read. Parecía dormido, en paz, todavía tenía la aguja clavada en el brazo. –traga en seco y toma otro buche de cerveza.- Era heroína… demasiada. Fue una sobredosis. –se pasa la lengua por el labio superior, mirando al abogado.- Las huellas de Read estaban en la inyectadora.

   -Por supuesto. –responde con furia y frustración.

   -¿Le obligó? ¿Le atacó y…? ¿O ese chico se la aplicó voluntariamente, pensando que era un regalo? ¡Dios! –ladra cerrando los ojos.- También mató a dos de sus socios. Alguien reportó disparos en una casa abandonada, una patrulla encontró los cuerpos, Sergio Altuve y Eugene no sé qué más. ¡Ha estado de lo más ocupado el hijo de puta ese!

   -¿Por qué hace estas cosas? ¿Realmente es un loco?

   -¿Lo dudas? Es un asesino serial.

   -Lo sé, pero… matar a ese chico… a sus socios… ¿qué gana con eso? ¿Por qué se quedó a hacerlo y no escapó de una vez?

   -Cobra cuentas y… creo que ata cabos. El chico era un “regalo” para su padre, un hombre terco y decente que se cruzó en su camino y le impidió concretar la mudanza de cadáveres, lo que terminó con el descubrimiento de sus víctimas en El Matadero. Así se cobró. En cuanto a los socios… -duda, ojos tormentosos cuando le enfoca.- ¿Y si todavía nos aguarda otra sorpresa y acabó con quienes pudieran llevarnos a ello, aunque la posibilidad fuera remota? ¿Y si no ha terminado, Jeffrey?

CONTINUARÁ … 57

Julio César.

OSCURO AMOR… 15

mayo 19, 2016

OSCURO AMOR                         … 14

Por Leroy G

EL TIO EN HILO DENTAL ROJO

   Pobrecillo, ¡le pica y arde tanto!

……

   Marcos, con una mueca algo cruel en su joven y atractivo rostro se había echado hacia adelante. Atrapándole los hombros con sus manos de dedos abiertos, erizándole, pero nada a lo que ocurrió cuando bajó el rostro y cayó sobre ese pectoral abultado, redondo, magnifico, cerrando los labios sobre el muy erecto pezón color marrón oscuro. Chupando. La humedad y calor, las succiones y toques de su lengua hicieron gritar y gemir a Mauricio, quien se tambaleó prácticamente ante la debilitante oleada de lujuria que le recorrió. Toda idea de resistirse, de hecho toda idea consiente escapó de su cerebro, lo sabía, mientras el otro le succionaba ruidosamente, usando su boca contra él al igual que los hombres lo hacían comúnmente con la mujeres para derretirlas a fuerza de placer. Mauricio, ojos cerrados, boca muy abierta, tiembla y gime, todo dándole vueltas. Consiente ahora de esas manos que recorren sus hombros, sus brazos, sus bíceps, palmeándolos, y de manera automática, sin saber por qué, medio flexiona los brazos, abultándolos en duras pelotas de músculos, los cuales son acariciados por Marcos mientras le mordisquea el pezón. La suma de todo eso le tiene mal, muy mal.

   Dejando aquella tetilla maravillosa, con una mueca burlona y cruel mientras observa al musculoso chico entregado, Marcos va a la otra, azotándola con su lengua, y cada toque de la punta con la erecta masa, era una locura para él, todo aquello era suyo, pero desataba un verdadero incendio dentro de Mauricio, quien prácticamente sacó más pecho, tomando aire, expandiendo su recio torso, empujando el pezón contra su boca, una que se abre ante el manjar ofrecido y come de él. Al más alto todo le parece perder consistencia, sólo oye esas succiones ruidosas, sólo siente ese aliento quemándole el pecho, las chupadas que arrancaban toques eléctricos placenteros, las manos de Marcos que… Sólo puede gemir y gemir, entregado, puto, casi alcanzando un orgasmo por esas mamadas a sus pezones.

   Esas manos bajan y caen, abiertas, sobre las redondas y duras nalgas fuera del suspensorio. Y el toque les eriza a ambos, uno de placer y poder, al otro de excitación y debilidad. Marcos le succiona ahora esa tetillas como un bebé hambriento mientras esas manos recorren, acarician y soban aquel terso trasero con el cual ha soñaba tanto, con hacerle eso, se dice, sobándolas de arriba abajo, atrapándolo los cachetes lampiños (se encargó de eso la noche anterior), y separándolos; metiendo una mano de canto, recorre la ardiente raja entre ellos. Con la punta de un dedo acaricia y rasca sobre el cerrado ojete del culo. Y los gemidos de Mauricio son increíblemente eróticos, de tono elevado, como hacen todos sus putos, totalmente incapaz de controlarse. Sin dejar de chupar o tocarle el culo, penetrándole sutilmente con menos de media falange, la uña no desaparece del todo, abre el redondo anillo rotándolo, Marcos le empuja. Le hace retroceder, salir de la cocina, Mauricio va con pasos tambaleantes. Cruzan el pasillo y se encaminan al cuarto del muchacho, entrando y arrojándole sobre la cama. Tenía que apresurar el proceso.

   Rojo de cara, confuso, excitado, pero también avergonzado y con todavía un ramalazo de rebeldía, Mauricio le mira desde su colchón, apoyado en los codos, temblando al verle despojarse de la franela, lazando los zapatos y quitándose la pantaloneta, quedándose en un bóxer corto, ajustado, gris, totalmente deformado por una erección descomunal que atrapa su mirada con un interés que nunca antes había sentido, la tela muestra una mancha de humedad, allí donde destaca la silueta tipo hongo del glande. El chico en la cama no puede apartar los ojos de esa mole de carne dura, el otro la agita presionando sus músculos, sin tocarse, sonriendo de su expresión.

   -No quería hacerlo así, deseaba tomarme mi tiempo. –le dice, abriendo una de sus propias gavetas, sacando unas muñequeras de cuero que pueden servir de esposas.- Pero ahora no tengo alternativa.

   -¿Qué piensas hacer? –la visión de esas cosas le asusta… pero un ramalazo de excitación al verle tan seguro de sí, tan dominante, también se hace presente.

   Marcos no le responde, sube a la cama, a su lado, atrapándole un brazo. La sorpresa juega a su favor, y subiéndolo lo lleva a la cabecera, de barrotes, esposándole una de las muñecas. Chillando un “¿qué haces?”, Mauricio intenta resistirse, bajar el brazo pero el cuero se cierra sobre su piel, y reteniéndole allí con una mano, Marcos atrapa su otra muñeca, elevándole también el brazo musculoso, dejando a la vista la desnuda axila rasurada. Y aunque más grande y acuerpado, y aunque se resiste y grita, no puede evitar que su otra mano sea también inmovilizada, tras las barras, quedando fijado a ellas.

   -Suéltame, ¿qué haces, te volviste loco? –todavía le reclama.

   -Dios, cómo te quejas. –le nota el fastidio en la voz, saliendo de la habitación aunque le llama para que no le deje así. El enorme y musculoso hombre joven se estremece y tira, su torso y bíceps se llenan, gruñe y tira, un espectáculo erótico increíble, pero no puede librarse; le ve regresar cargando una caja.

   -Marcos, suéltame. –le pide.- ¡Suéltame! -le grita ahora exigiéndoselo.

   -Silencio, perra. –responde este, dejando la caja sobre una mesa y sacando una pequeña bomba de aire, de unos veinte centímetros, delgada. Con mascarilla y todo.

   -¿Qué es eso? –se aterra Mauricio cuando este se le acerca.- No, no… -lucha pero su boca y nariz son cubiertas con la mascarilla, el otro acciona la llave, se oye el estallido de gas e intenta aguantar la respiración pero no puede, Marcos está dispuesto a dejársela hasta que respire. Y ahogado lo hace, ese gas con olor a frutas penetra su nariz y boca, mareándole instantáneamente, pero también haciéndole sonreír, sintiéndose increíblemente bien, relajándole tanto que ríe un poco, contra la máscara.

   -Se siente bien, ¿eh? Otra, por tu hombre. –ordena Marcos, y Mauricio aspira profundamente, su ancho pecho expandiéndose, los pectorales mostrando sus tetillas erectas y enrojecidas. Casi ronronea, sintiéndose excitado, mareado, cuando la máscara se aleja.

   -Hummm…

   -¿Te gusta la sensación? –le pregunta, sentándose a su lado, alzando una mano y acariciándole los pectorales, pellizcando las tetillas, haciéndole gemir y estremecerse de placer sobre la cama, atado como está.- Es un alcaloide genial, ¿verdad? Anula la voluntad, las ganas de resistirse. –le dice mientras se tiende sobre la caja, sacando unas tijeras,unas que Mauricio mira con expresión confusa en su atractivo rostro de hombre fuerte y varonil, pero indefenso. El otro, mirándole, le corta la camiseta, sacándosela totalmente. Vuelve a la caja y extrae una crema en gel con la cual engrasa sus dedos, los cuales van a su tetilla izquierda, untándola. Y Mauricio siente un calorcito que le encanta, así como la maniulación a sus pezones, porque el otro recibe igual trato.- Tus tetas son tan sensibles, amor, pero todavía falta. –vuelve a la caja y estrae un pequeño chupon plástico, que aprieta, deformándolo, colocando la base abierta sobre su tetilla derecha, soltándolo.

   Mauricio gime y se arquea, como si le doliera. Esa cosa parece succionar su pezón, como si le halara fuertemente hacia arriba. Siente la sangre correr hacia él, erectándolo. El otro corre igual suerte, y sobre esa cama, atado, sus pezones están cubiertos con ese material que hala y los mantienen estimulados. No tiene fuerzas para resistirse cuando le baja el suspensorio, los ojos del otro brillan ante su pene flácido, rojizo y suave, sin rastro de pelos. Y ocurre algo horrible para el chico atado; aún así como está, medio drogado, lo sabe. De la caja, Marcos saca una jaula de castidad, de plástico grueso, con la figura de un pequeño pene flácido. Intenta revolverse pero no puede detener esas manos que atrapan su miembro y bolas en un puño, halándolos, cubriéndolos con un anillo que se cierra, ajustado, haciéndole gemir un tato,  el cual es fijado con un diminuto candado. Su miembro es encerrado en el pequeño plástico con varios orificios redondos, y fijado al anillo con otro candado diminuto. Le ve sonreír, mostrándole las dos llaves que fija a la cadena que lleva al cuello.

   -Ya no podrás jugar con tu cosita, no lo necesitas para experimentar y vivir tu sexualidad en toda su plenitud, cariño.

   Aunque su cerebro está nublado, increíblemente nublado, conformándose únicamente con sentir (y siente cosas que le excitan), la mente del joven se revuelve ante aquello, ¡una jaula de castidad!, le había bloqueado como hombre, ya no tenía derecho a su sexualidad, a su miembro, al signo de su virilidad y masculinidad. La idea, aterradora, le provoca una lágrima de frustración e impotencia, y cortos lloriqueos. Sentía la presión sobre su pene, la apretada en la base y en sus bolas, enfermándose. El otro le sube el suspensorio, el cual se aplasta contra la jaula, demarcándola, presionándole.

   -Shhh, tranquilo, tranquilo; no pasa nada, está bien. Esto está bien para ti, es como tiene que ser. –amoroso, Marcos le acaricia la frente y bajando el rostro toma su lágrima con la lengua, el roce le provoca jadeos a Mauricio.- Te ves acalorado. –le dice, metiendo una mano bajo su nuca, alzándosela, mostrando el vaso con el coctel que no quiso tomar antes y que aceleró la crisis, al cual le quita la tapa y acerca a sus labios. El otro bebe, como sin voluntad. Sus ojos están atados, uno confuso y controlado, el otro satisfecho y predador.- Eso es, no fue difícil, ¿verdad? –se aparta y vuelve con otro bote de aire, este de un color rosa. Le cubre el rostro, y sus miradas siguen unidas.- Vamos, por mí. –abre la llave y Mauricio toma una profunda inspiración, sintiendo que su piel arde completamente, y cuando los dedos de Marcos le rozan los pectorales, haciéndole cosquillas alrededor de los chupones, se alza buscando más del contacto. Sus tetillas, bajo los chupones, parecen en llamas, como su tolete que desea moverse, crecer, pero la jaula le oprime y contiene. Y su culo…

   Gime, sin fuerzas, cuando Marcos le toma un pie, estudiándoselo, grande como corresponde a un muchacho grande también, sobándolo, y le ata alrededor del tobillo una de esas esposas de cuero, repitiendo la operación con el otro. Ata una cuerda de las argollas de ambas y la lleva sobre su cabeza atándolas al cabezal.

   -Ahhh… -Mauricio jadea al quedar así, de espaldas en esa cama, desnudo a excepción del suspensorio, su verga dentro de una jaula de castidad, sus tetillas bajo chupones que los presionan y erectan, sus musculosos brazos extendidos y atados hacia arriba, y ahora sus piernas, ha quedado abierto sobre la cama, e inmovilizado.- Ahhh… -repite el sonido como un estallido cuando los dedos de Marcos van a su culo, con algo untuoso, y le acaricia y riega aquello, metiéndole un dedo. Eso quema ligeramente, de una manera que se hace incómoda, inquietante. Desesperante. ¡Siente mucha comezón en el culo!- Ohhh… -lloriquea, su esfínter agitándose y temblando.

   -Tranquilo. –le dice Marcos, sacando de la caja un juguete sexual corto, pero grueso, con forma de verga. Los ojos de Mauricio se agrandan al verlo; cuando el otro aprieta algo en la base y zumba, su boca se le entreabre, los labios rojos y húmedos de lujuria.- Esto te ayudará con ese problemita que tienes, también a nacer a tu nueva vida, bebé. –se lo muestra, grueso, vibrando, plenamente consciente de lo que el otro padece por la crema.- ¿Quieres que te meta esto por el culo, amor? –le pregunta, burlón.

CONTINÚA … 16

Julio César.

DE AMOS Y ESCLAVOS… 34

mayo 17, 2016

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 33

UN ESCALVO ESPERANDO A SU AMO

   Nadie le obliga… quiere hacerlo, servir.

……

   ¡Mierda! ¡Mierda!, grita su mente en shock, atascado de repente por todos sus temores y dudas. Allí estaba ese sujeto que telefónicamente le fue diciendo cómo tocarse, sobarse, que le pidió que le enseñara lo que hacía, agregando lo caliente que le ponía verle así. Era más bajito, delgado, de cabellos castaños, igual que la sombra de bigote y barba en un rostro que parece extrañamente imberbe, ese tipo de rostro que se ve igual así el sujeto tuviera treinta y picos de años de edad. Viste un traje barato, como de gente de banco que se iniciaba. También lleva un maletín. Y le sonríe con esos ojos marrones amistosos.

   Tragando en seco, Gregory mira al frente, decidido a ignorarle. No quiere meterse en problemas en aquel ascensor donde otras seis personas, indiferentes y pérdidas en sus pensamientos, se dirigían a sus apartamentos. Eran vecinos y conocidos. Vivía allí, joder, no podía arraigarse a… Se congela cuando ese tipo da medio paso, de lado, acercándosele. Puede sentir su presencia, su calor, incluso su olorcito a colonia y sudor. No, no le veré. Se tensa más.

   El tipo, mirando al frente también, sonriendo socarronamente, da otro paso y choca de él. Le siente estremecerse… pero quedarse allí. Toma aire, lo que pensaba hacer era una locura, y eso le hace enrojecer la cara, pero no puede contenerse. No en ese lugar, no con ese tipo a su lado, sabiendo que le gustaba el exhibicionismo. Con disimulo mueve una de sus manos, a las espaldas de Gregory, y lucha contra la pared para meterla aunque el otro se resistía. El hombre más alto, agrandando los ojos al sentir el roce y la lucha por meterse, traga en seco. ¿Acaso estaba loco ese tipo? ¿Quería tocarle el culo delante de todas esas personas?  La idea le eriza la piel y algo cálido estalla en sus entrañas.

   Luchan, uno empuja la mano a un lado, el otro pega sus nalgas de la pared del ascensor, pero esta entra, queda prensada entre la pared del aparato y la tersa, redonda y dura nalga del macho negro. Y el sujeto traga, sonriendo más, como en éxtasis. Gregory se tensa, mirando con temor a los otros, pero nadie parecía notar nada. Y tal vez fue eso, o el calor de la pálida y firme mano del otro hombre sobre su trasero, lo que le hizo despegarlo un tanto. La sonrisa del catire se ensanchó, aunque menguó cuando una mujer al frente, acomodándose el cabello, medio miró hacia ellos, sin notar otra cosa. Eso electriza a Gregory, cuya piel se quema a pesar del bóxer y el jeans, por esa palma contra su nalga y la posibilidad de ser pillados. Y ahora esta se mueve, ese sujeto, mirando al frente, rostro indiferente aunque con los ojos brillantes, le manosea el culo en un ascensor lleno de gente. La palma rueda osadamente sobre la nalga más cercana, la derecha, palmeándole, comprobando la firmeza, erizándole la nuca al negro; luego cruza hacia la izquierda, los blancos dedos abiertos, los nudillos notándose cuando aprieta, luego va hacia esa raja. Y cuando cae ahí, Gregory cierra su chaqueta para ocultar una palpitante erección y se estremece, tragando saliva.

   La mano, de canto, entra en su raja, frotando, recorriendo de arriba abajo, provocándole cosquillas y escalofríos, deteniéndose un momento y con la punta de los dedos medio rascando, rozándole, la entrada del culo sobre la tela. Gregory comienza a verlo todo borroso, con el güevo increíblemente duro dentro de sus ropas… abriendo más las piernas, separando las nalgas. Facilitándole al otro macho el manosearle el culo. Cerrando los ojos por un segundo cuando los dedos empuraron más, contra su entrada, a pesar del jeans, tiene que morderse los gruesos labios para contener un gemido. Alguien medio vuelve la vista, por fastidio del viaje, y el hombre repone la fachada de no pasa nada.

   Pero hay que acabar el juego, la gente comienza a descender, y el sujeto, costándole una bola, cubriéndose con el maletín, aparta su mano, medio arañándole con sus uñas mientras se aparta. Quedan quietos.

   -Hey… -dice de pronto, ronco, volviéndose hacia Gregory.- Me llamo Vicente Mijares, vendo seguros de vida, sé que puede sonar a abuso pero a todos les pregunto, ¿tienes uno?

   -Eh, no… -desconcertado le mira, estrechándole la mano.- Soy Gregory, Gregory Landaeta.

   -Mucho gusto, oye vives peligrosamente. ¿Podría ir a tu apartamento y hablarte de un plan? Hay que estar preparado para todo en este mundo, amigo. –le propone. Se miran. Y Gregory, erizado, alza la barbilla y endereza aún más sus hombros.

   -Creo que me interesa…

   Juntos salen en el último piso, rumbo a su apartamento.

……

   Aunque sabía qué encontraría en aquella habitación, y por ello se había asegurado la presencia de un notario público y dos testigos más, la verdad es que Marjorie Castro de Santoro no estaba preparada, ella misma, para la escena ante sus ojos, que superó por mucho todas sus expectativas. Allí estaba su marido, pintado y vestido de puta, recibiendo un grueso y largo güevo negro por su culo muy blanco y depilado, que le estaba llenando las entrañas de semen, justo en ese momento, o que la aparición de ella y sus acompañantes provocara que este se corriera, sin tocarse, dentro de aquella pantaleta. Tal vez por eso lo miraba todo con una expresión que parecía muy genuina de sorpresa, el horror no era en sí por lo que veía sino por la profundidad de las faltas de su marido. ¡Ese hijo de puta!, pensó con rabia, ¿por qué se casó conmigo si sólo quería vivir montado sobre los machos? Los clic de la cámara fotográfica, a su lado, le regresan a la realidad.

   -¡Marjorie! –ladra, aterrorizado por la sorpresa el marido más que infiel; ver a su mujer, acompañada de otros, obliga a Bartolomé a echarse hacia adelante, su culo dejando salir casi con un plop ese tolete grueso y nervudo, muy negro en contraste con su piel, quedando arrodillado en la cama, el semen chorreándole por delante y por detrás.

   ¡Mierda!, piensa Yamal Cova, con un jadeo de sorpresa, echándose hacia atrás, cayendo de culo sobre las almohadas, con la verga todavía dura, temblorosa por el clímax, bañada en su propio semen.

   -Dios, tú… ¿cómo ha podido hacerme esto? –grita aguda la mujer, reclamándole como toda esposa indignada.

   -¿Es su marido de verdad? –todavía vuelve a preguntar el notario, un sujeto que no puede dejar de parpadear, de sorpresa y disgusto.- Estaba montado sobre ese negrote, para que esa mierda le cupiera debía llevar tiempo repartiendo culo, ¿no le notó nada antes?

   -¡No! –ruge ella, mirándole llorosa.- Me casé enamorada. –y el hombre boquea.

   -¿Qué haces aquí? ¿Quiénes son estas personas? ¿Qué es todo esto, Marjorie? ¿Estás sorprendida? ¿En serio? Sabes que fuiste tú quien… -inicia, bastante torpemente, Bartolomé.

   -¡Coño, cúbranse antes de que llame a la policía! –grita el notario.

   Y ocurre, mientras Yamal, amoratado de vergüenza, todavía se pregunta qué coño ocurre, por qué esa catira se pone así por encontrarle enculando al marido si sabía desde hace tiempo que el tipo era un pobre maricón reprimido que había vivido toda su vida negándose, el rostro de Bartolomé, desconcertándose, comprendiendo, entiende mucho mejor.

   -¿A eso juegas? ¿Te estás preparando para una separación hostil? -pone el dedo en la llaga.

   -¿Divorcio? ¿Crees que te cazaba para sacarte plata? Te amaba, quería salvar nuestro… -la mujer comienza con un lloriqueo que ahora si se nota falso.

   -Basta, señora, esto no se habla así ni aquí. –la corta, con autoridad, el notario.- Debe salir, serenarse y pensar en lo que hará, a lo que tiene derecho a pedir o exigir, sea un marido arrepentido que jure… -le cuesta decirlo.- …No caer en estas mariconerías otra vez, cosa que, y me perdona, pero lo veo bastante difícil, o le deja. Testigos de su indecencia tiene. –le asegura, que era lo que la mujer buscaba.

   -Esto es… tan… sórdido. –lloriquea.

   -Marjorie… -Bartolomé intenta incorporarse.

   -Quédese ahí, amigo, nadie quiere ver su depravación. –asegura el notario.

   Aunque no era del todo cierto, nada más entrar y recibir el shock de la escena, los testigos quedaron perplejos. Uno de ellos miró al catire pintarrajeado ensartado en aquel güevo, saliendo de él, el culo chorreándole leche antes de que la pantaletica lo cubriera, y pensó: qué puto, seguro tiene ese culo empegostado y muy abierto, me pregunto qué se sentiría si… El otro, boca ligeramente abierta, quedó atrapado en el negro y grueso güevo del otro, preguntándose con escalofríos, cómo alguien podía sentarse sobre eso, abarcándolo, metiéndoselo centímetro a centímetro sin…

   -¿Divorcio? –repite Bartolomé, mirando del hombre a Marjorie, cachetes rojos.- ¿Es lo que buscas? No te vayas por ese camino, Marjorie.

   -¿No tengo derecho al saber que mi marido no es más que un rolo de…? –casi grita. Bufando, Yamal desvía el rostro.

   -Por Dios. –qué falsa podían ser las mujeres a veces, pensó.

   -No se meta en esto, amigo. –le gruñe el notario.- No voy a decir más, pero esto es grave… muy grave. –se vuelve hacia la mujer.- Hemos sido testigos. –ella asiente, llorosa, y todos giran, aunque a dos les cuesta un tanto apartar los ojos de la extraña pareja, y mientras lo hacen, la mujer le sonríe levemente a su marido.

   -Marjorie… ¡Marjorie! –la llama a gritos pero el grupo sale. El hombre cae sentado, tragando en seco.

   -Esa puta. –comenta Yamal, en simpatías, y casi pega un respingo cuando el otro se vuelve a mirare con resentimiento, dolor y rabia.

   -Estabas en esto con ella, ¿verdad? En esta maldita trampa.

   -¿Qué?

   -Hijo de puta. –le gruñe con furor, lanzando la piernas fuera de la cama, dispuesto a largarse.- Eres un grandísimo hijo de puta, espero que te hallas divertido mucho.

CONTINÚA … 35

Julio César.

NOTA: Y para aquellos que encuentran excitante ver a un sujeto negro joven y fuerte siendo tomado duramente por un tipo blanco, que además tiene cara de hijo de perra, puede que les guste el siguiente corto, aunque no muy bueno en calidad: NECESITADO EN EL MERCADO

LA NENA DE PAPA… 13

mayo 12, 2016

LA NENA DE PAPA                         … 12

De Arthur, no el seductor.

DULCE NENE DE PAPA

   Ni imaginaba lo que le esperaba…

……

   Y ese hombre acerca el rostro atrapando su boca, pegándole la babosa lengua de los labios, obligándole a separarlos, metiéndosela adentro, tanteándole todo. Tomado por sorpresa, Brandon no se había movido, todavía bajo el efecto sicológico de haber sido azotado por ese sujeto, por “portarse mal”, pero ahora se tensa. Sin embargo, Cole no le da tiempo de reaccionar, o negarse, con una mano sobre la nuca le fija e intensifica ese beso lengüeteado, mordelón, sorbiendo ruidosamente, mientras con la otra mano le acaricia un muslo de manera lenta, hábil. Todo era tan demencial, se dice el muchacho, al tiempo que su lengua sale al encuentro de la del otro, atándose a ella, luchando, succionando a su vez. Sus rostros se separan y su pecho sube y baja, agitado, encontrando toda aquella lujuria en las facciones y ojos de ese hombre atractivo y masculino que le obliga a hacer todas esas cosas.

   -¿Serás una buena chica, Brenda? –le pregunta. Y tragando todavía con esfuerzo, el joven asiente. Logrando que sonría, y eso, por alguna razón oscura, le alegra, o alivia.- Bien, entonces mereces tu postre. Esperaba cenar antes, pero…

   Le obliga a levantarse, dejándole allí, frente a él, con la fea franela y desnudo de la cintura para abajo, su corto pene erecto por efecto de las nalgadas, los glúteos muy rojos. Y abriéndose el pantalón, sin quitarle los ojos de encima, Cole saca su güevo blanco rojizo, nervudo, cabezón, que todavía está erectándose. El chico abre la boca, conteniéndose a duras penas.

   -Señ… papi, no deberíamos…

   -Por Dios, nena, deja de hacerte la tímida, se cuanto te gusta mamar un güevo, ¿lo recuerdas? Vamos, quiero ver si puedes hacerlo igual de bien. –cuando el joven abre la boca para decir algo más, le interrumpe.- Vamos, Brenda, no quiero tener que gritarte que comiences a mamarme el güevo como hiciste la vez pasada, aquí, en esta pensión que ni conozco. Tan sólo agáchate y toma el maldito tolete con tu boquita de niña hambrienta.

   Temblando de aflicción, no sabiendo cómo reaccionar, tan sólo le mira. Y lo que ve le extraña. Mientras le habla torcido, regañado y dominante, algo le ocurre al tolete de Cole, que crece y se endurece totalmente, excitándose mientras le trataba de aquella manera. Era… fascinante verlo, la erección crecía, descubría el glande blanco rojo y liso. Erectándose en toda su gloria, la gran vena en la cara inferior se ve llena. La mole del sonriente y apuesto hombre maduro choca de su abdomen, apuntando hacia arriba. Era una pieza… soberbia, se dice el joven, confundido. Tal vez porque le habría gustado tener una así.

   -Eso es, relámete, eso es bueno. Quiere decir que la boca se te hizo agua. –le dice Cole, agarrándose el tolete y agitándolo, ofreciéndoselo invitándole. Y rojo de cara el muchacho nota que lo hacía, que distraídamente se lamía los labios. Ábrela boca para decir algo y vuelve a ser interrumpido.- Basta, Brenda. Sabe que vas a tener que mamarme el güevo para salir de mí. No dejaré de hablar, de gritar… -y lo hace, ruge y el muchacho pega un bote.- …Hasta que tengas tu puta boca en mi verga y la ordeñes hasta que te la llene con mi leche. –baja un tanto el tono.

   Sabiéndose derrotado, ojos algo llorosos de rabia ante la injusticia, Brandon cae sobre sus rodillas, sus glúteos enrojecidos por las nalgadas se abren. Con mano trémula toma el tieso tolete, sorprendiéndose, otra vez, de lo grueso y duro que era, lo caliente y pulsante. Nuevamente envidió a ese sujeto mientras agitaba el puño arriba y abajo.

   -Así… -le dice Cole, abriendo más las piernas, tensando los muslos por el placer de tener al bonito muchacho a sus pies, de rodillas, masturbándole el tolete.- Ahora pega esos labios color de rosa de la cabeza de mi güevo. -indica sonriendo.- Ohhh, Dios, se siente tan bien, Brenda, sentir tu aliento bañándolo, la caricia de sus labios. Hummm, si, ábrelos un poco más, cariño, y recórrelo todo. Oh, sí, sí, así mi hermosa nena. –le sonríe temblando de lujuria.- Mira como se espesa tu saliva sobre ella, es por mis jugos. Atrapa un poco con tu lengua, recógelo como si tomaras leche condensada de un platillo, si, así, ahora saboréalo y trágalo. Oh, Dios, si toma toda la que quieras, bebé. –cierra los ojos, el roce de los labios era increíble, pero la lengua recorriendo, lamiendo, cálida y húmeda, era todavía mejor. Sabe que puede dejarlo en sus manos, por la forma que el muchacho toma de su licor masculino, su expresión de complacencia mientras lo degustaba sobre su lengua antes de tragarlo, le indicaba que el trabajo estaba hecho. Ahora, sonriendo beatíficamente, ojos cerrados, se dispone a disfrutar la mamada que le daría su dulce nena, olvidada ya de sus reticencias y pudores de niña buena.

   Aquel sabor extraño llenaba su lengua, pero lo conocía, y tragó. Con los labios sobre el ojete, chupó y lo bebió, y lo repitió buscando más. Con la lengua afuera azotó, rozó y lamió cada resquicio de ese glande y del cuello arrugado. El tolete enrojecía más y más, viéndose magnifico. Sin darse cuenta rodea con los jóvenes y delgados labios ese glande, cubriéndolo, mientras su lengua se desplazaba de forma ininterrumpida, y ese tronco le premió con más jugos que tomó lanzando un ahogado gemido.

   -Si, Brenda, tómalo todo. Toma tu postre. –estremeciéndose oye a Cole, tono bajo y cargado de lujuria.- Vamos, nena, sigue.

   Mientras le masturba y chupa ya directamente de ese glande, Brandon se ve enrojecido y radiante, de rodillas, con las mejillas ahuecadas y la boca muy llena. Baja y baja, más allá de la mitad, sintiéndola sobre la lengua, y eso le calienta de una forma extraña.

   -Oh, sí, bebé, sigue así… -granza Cole, estirando sus piernas como demasiado tenso de placer, buscando comodidad mientras su nena le hace eso.- Lámelo desde las bolas.

   Clavándole los ojos, viéndose casi frágil, pero con un grueso güevo en su boca, Brandon va retirándose, comprendiendo lo que hace, ¡estaba mamándolo! Pero quiere más. Dejándolo salir, con los labios hinchados y la barbilla algo ensalivada, el joven toma aire ruidosamente, luego cae y pega la lengua de la cara posterior del tolete, sobre la gran vena, caliente y duro, en la base, y comienza a subir dándole pequeños lengüetazos, sensación y contacto que hace gruñir al hombre, que le mira sonriendo complacido.

   -Así, nena, demuéstrale a papi cuanto amas su güevo.

   Las palabras, lo que saborea, saber que se entregó, rindiéndose, le produce una extraña mezcla de vergüenza y lujuria. Qué maricón era, era un poco hombre. ¡Un mamagüevo!, se dijo, intentando reaccionar, pero de alguna manera aquello casi le hizo ronronear cuando su lengua llega nuevamente al glande húmedo, recogiendo las nuevas gotas que manan, devorándolas con gula. Atrapa ese tolete otra vez, sus labios se adelgazaron más mientras baja por ese tronco nervudo y pulsante, el güevo de un macho que le permitía, no, que le exigía se lo mamara. Y lo mamaba. Quiere más líquidos, por ello sube y baja, masajeándolo para producir ese néctar. Va y viene cada vez con más rapidez, bajando más y más, perdida toda cordura. Pasan dos, tres, cinco minutos y no se detiene, va y viene trabajando por el licor del macho, sorbiéndolo de su tetero de carne dura y jugosa, ronroneando aunque ignora que lo hace.

   Traga rodeándolo con sus mejillas que se deforman con el cilíndrico tolete, succionando, luego lo va soltando, dejándolo brillante de salvia y jugos, masajeándolo brutalmente con su ritmo frenético… buscando su semen. Si, quería sentirlo, el estallido de esperma espesa, abundándote y caliente que llenará su lengua. La idea le hace temblar todo, desvalido y sintiéndose sucio, cosa que, curiosamente, le estimulaba más. Gime cuando una mano se apoya contra su nuca, obligándole a bajar más y más cuando cae. Ya no podía ver a Cole, el resto del mundo perdía consistencia o solidez, lo único real era el velludo abdomen, la verga de ese hombre que tanto placer le daba cuando se la chupaba.

   -Hummm, si, así, pequeña mamagüevo, chúpalo bien. Vamos, nena, sigue, sigue… No te detengas, haz feliz a papá.

   -Uggg…

   Brandon obedece automáticamente, traga casi todo el tolete, forzándose, rostro contraído y rojo, una vena marcándose en su joven frente, las dos manos ahora, de Cole, obligándole a permanecer ahí, y estando así, lo ordeña con su garganta y su lengua, trabajándole con ganas. Eso provoca un grito del hombre, quien abre los ojos y asentando otra vez los pies en el suelo, le enfoca, atrapándole la cabeza, guiándole, llevándole y trayéndole, haciéndole ladear la cara, y el trabajo del muchacho era increíble. No había nada mejor a una mamada en el güevo, piensa Cole, pero era infinitamente superior una dada así, por un chico que se resistía al principio porque se creía hombre.

   -Ohhh… -gime el hombre, sintiéndose cerca. Brandon sabe que está a punto, y tiene razón.- ¡Maldita sea, siiiii! –ruge, fijándole, metiéndosela hasta la garganta, sintiendo su resuello en el pubis.- Trágatela toda, nena. ¡Bébete toda mi leeeeeche! –gime largamente, corriéndose.

   Brandon, medio ahogado, siente esa dura mole de carne caliente temblando, algo recorriéndola, saliendo disparada y golpeándole la campañilla. Las manos que le sujetan le retiran un poco y ese güevo termina de vomitar la carga sobre su lengua, abultándole las mejillas con toda esa esperma caliente y pegajosa, salobre, picante y estimulante. Y mientras rugía, la cabeza hacia atrás, su ancho pechos subiendo y bajando, jadeando, Cole sigue corriéndose, dos, tres y cuatro trallazos. Brandon tiene la boca tan llena que tiene que beber, saboreándola al fin. Buche tras buche lo hizo, se tragó la esperma blanca que cubría su lengua y dientes, bajo la ahora sonriente mirada de Cole, quien vuelve a halarle con sus manos, clavándole otra vez ese tolete todavía duro por la garganta.

   -¿Te gustó? Debes darme las gracias por alimentarte. –le dice, soltándole, y un jadeante y avergonzado Brandon, de rodillas, con los labios muy hinchados, con el olor a esperma y algo de esta nadando en sus lengua, asiente.- Dilo.

   -Gracias, papi, por alimentarme. –le cuesta, humillado.

   Sonriendo, Cole va a agregar algo cuando llaman a la puerta. El sonido seco y firme congela a los otros dos.

   -Hey, Moses, ¿estás ahí? –pregunta desde afuera Mark Aston, golpeado otra vez.

   -Sí, yo…

   -Oye, abre, quiero preguntarte algo. –es directo, firme.

   -No, yo… -los golpes se repiten.

   -Abre, coño, ¿estás con alguien? ¿Con tu chica? ¿Volvió?

   Labios temblorosos, Brandon no sabe qué hacer, de pie, desnudo de la cintura para abajo. Su mejor amigo llama a la puerta de una manera que indica que desea una respuesta.

   -Abre, Brenda, atiéndele. Ve qué quiere. –le ordena Cole, sorprendiéndole.

   Al mirarle lo entiende, ese hombre quiere que lo haga, que le obedezca.

CONTINÚA … 14

Julio César (no es mía la historia).


Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.

Únete a otros 67 seguidores