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BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 33

junio 12, 2018

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                         … 32

   Salgamos al campo a pasear una noche como esta…

   La risita del otro la distrae de recordar lo que le contestó de malas maneras a su madre. La amaba, en serio, aunque a veces la asfixiaba. Y aunque la amaba, no podía dejar de notar, con disgusto, que esta a veces era excesivamente venenosa para con otras personas, como con esa prima, por ejemplo. Volviendo un tanto el rostro, recorriendo el perfil algo achatado del joven, reparando en la torcida nariz (producto de una caída nunca bien atendida), y unos dientes grandes tras los labios, admite que guapo, lo que se dice guapo, no era, pero si… tenía encanto. El joven, de su misma edad, mira hacia arriba, hacia el cielo estrellado.

   -No sé si serían esos frijoles que me llenaron la panza, pero entre eso, el canto de los grillos, la brisa tibia, ese cielo inmenso y esta paz me está dando como sueño. –comenta, y ella admite que era cierto. A veces Pablo podía estar muy claro, casi poético en esencia cuando hablaba.- Ojalá no me duela la barriga. Monte hay donde meterse, pero creo que no traje papel. –y ahí estaba, la chabacanería que le hacía algo repelente también. Aunque, en el fondo, era un buen chico, reconoce Astrid.- Aunque el lugar lo vale, ¿no? Mira ese cielo. Creo que le veo los anillos a Júpiter. –la mira, como esperando que lo reconozca y le agradezca el haberla llevado.

   -Si le ves anillos a Júpiter es porque los frijoles te hicieron daño. Y, a mí, este cielo no sé si me gusta tanto. –se le escapa, viendo al frente, estremeciéndose ante la silueta oscura pero distinguible del agua de la laguna, fantasmalmente brillante a veces por la luz de la luna, levemente agitada en pequeñas ondas; siente en su perfil la mirada oscura del otro, extrañada.- Esto es como… muy solo, ¿no?

   -Mami, estamos acampamos en el monte, cerca de una laguna gigante, ¡claro que estamos solos! Para lo que queramos hacer. –y en un nuevo intercambio de miradas, agita pícaramente las cejas, ganándose una sonrisa fría de pate de ella que le indica que eso no ocurrirá en este universo.-  Pero es bonito. He venido muchas veces a pescar en esta orilla con mis hermanos; es la más alejada de Río Grande. Hay unos peces pequeños, parecidos a las sardianas, mochas, muy sabrosas. Fritas, y tomando algo de guarapita…

   -Mamá siempre me decía que no era bueno pasar por aquí, por este pueblo. Aunque tengo una prima que vive allí. –una a la que su madre no tenía en muy buen concepto, aunque la prefiriera allí, con ella, que en Caracas. Según su madre, Elena no era tan decente como le gustaba aparentar. Eso decía a veces, con veneno. No puede evitar recordar los cuchicheos de otras mujeres de la familia cuando comentaban, por lo muy bajo, sobre la “amistad” de esta con un hombre que no era su marido, y que también vivía en ese pueblo.

   -Eso se lo dicen a todos en la región, ¿no? “Cuidado con Río Grande”. “Ahí sale el Diablo”. Son vainas de gente vieja. –responde él, muy quieto, los ojos cerrados en esos momentos, viéndose en paz con el mundo. Mirándole fugazmente, la joven le recordaría así, más tarde, cuando todo el horror comenzara y el muchacho entregara el alma a su Creador de una manera violenta.- Todos le agarraron idea después de la muerte de la familia Santana, ¿lo recuerda?; hace algunos años, cuando los mataron a todos en sus camas, quedando la casa “maldita para siempre”. –lanza una risita dormida.

   -Si crees que eso me tranquiliza… -comienza a reclamarle; lo menos que quería recordar en esos momentos era todo aquello.- Pasan muchas cosas malas por estos lados, por lo que he escuchado. Una amiga de la escuela, Estela, tú la conoces, contaba de un primo que vino buscando trabajo, un muchacho como nosotros, al cual nunca más volvieron a ver.

   -Son los extraterrestres. –farfulla más adormilado el joven, ella sigue mirándole, frunciendo el ceño, algo impaciente.- Los platillos voladores asechan a la gente y la hacen comportarse mal; eso cuando no las atrapan con su rayo tractor y se los llevan para meterles mangueras por el culo. Ve tú a saber qué esperan encontrar allí.

   Cuando Astrid va a responderle algo, un tanto ácidamente, se congela, porque justo en esos momentos (tan oportunamente que al principio no cree en lo que ve) una estrella fugaz parece recorrer el cielo, cayendo a un costado de Pablo. Una bola incandescente… que pasa del rojo al blanco. Detalle que notó extrañada. También el sonido que llega, intempestivamente, del costado contrario al que mira, sobresaltándola. Se vuelve con brusquedad, sentándose en la capota y clavando la vista en los matorrales agitándose, apartados. Simétricamente, más como evidenciando al paso de alguien que el cruce de una ráfaga de viento. Alguien… o de algo, piensa automáticamente; que había estado acechando al final del prado recto, donde comenzaban los árboles, y finalmente se acercara en cuanto dejaron de mirar en esa dirección.

   Aunque es de noche, la pálida luz de la algo gibosa luna es suficiente para que note que los matorrales se agitan furiosamente es por la brisa, claro, provocando ese sonido ominoso, el de alguien acercándose. O algo. Joder, traga saliva en seco. No le gustaba ese lugar. Ni ese cielo, se dice Astrid, antes de volver la mirada al otro costado, justo a tiempo de ver desaparecer la luz de la bola que cayera del cielo. Aunque la brisa apenas parece incrementarse, lo suficientemente buena como para alejar a los zancudos, ahora parecía burlarse de ella, provocando esos sonidos de pasos susurrantes desde distintos puntos. Sentada sobre la capota, por primera vez, se arrepiente de no haber escuchado la sugerencia, malintencionada, de Pablo.

   Nada más dejar el pueblo, notó que salieron tarde y los agarró la noche escasamente a la salida de Aramina. Arrugando un tanto la frente ahora, se pregunta por qué no esperaron hasta el día siguiente; tal vez porque la aventura llamaba con una voz tan potente que quiso lanzarse a ella. O tal vez porque temió que una noche en vela, pensando en el paso que daría, y lo que diría su madre, la hiciera desistir. Pararon a cenar algo en una de las gasolineras de Las Luisas. Era un lugar pequeño, modesto, pero aseado, donde el olor a cochino frito lo llenaba todo (mucho mejor que el del pescado, se dijo con convicción); allí Pablo le había propuesto que alquilaran una habitación para pasar la noche.

   Lo dijo de pasada pero a ella no se le escapó la intensión y dijo que lo mejor era no gastar tanto hasta que llegaran a Maracay o algo así. Este, ceñudo, pareció entenderlo, aunque pidió un segundo plato de frijoles menudos con patas de cochino, devorándolo como un naufrago recién encontrado. Mirándole, pensando en pasar la noche en el viejo Ford, se dijo que tendría que dormir con las ventanillas abiertas para librarse de los gases.

   -Sé de un lugar hermoso donde podemos acampar. –comentó él, comiendo a dos carrillos.

   Y allí estaban. La gran idea. Acampar a orillas de la laguna de Río Grande. Recordando ahora lo confortable del lugar, las muchas personas cenando, bebiendo cervecitas frías, y riendo escandalosas, Astrid, sentada sobre la capota, lo extraña. Mirando aprensiva en todas direcciones donde la brisa agitaba los oscuros matorrales. El lago se veía inmenso, extenso, era imposible ver la otra orilla, antes de que torciera en en forma de ele. Mira el cielo, ¿otra estrella fugaz blancorrojiza?, sigue la trayectoria y casi pega un respingo. ¿Cambió de curso esa bola de fuego, frenando por un segundo? ¡Las estrellas fugaces no hacen eso!

   -Platillos voladores, dicen que por aquí se pueden ver. –la voz adormilada de Pablo la sobresalta tanto como las palabras.

   -Entremos en el carro. –propone siguiendo la trayectoria de lo que espera sea una bola de fuego de algún meteorito incendiándose en la entrada en la atmósfera.

   -Hummm, no, aquí se está bien. –se queja él, sin abrir los ojos.- El cielo se ve hermoso, la brisa está buena, los mosquitos lejos. Vamos, vamos a dormir bajo las estrellas… -quien sabe en qué pensaba, se dice Astrid, viéndole sonreír casi dormido.

   Ella eleva la mirada al frío cielo, pareciéndole que la negrura parece, en efecto, más intensa. Más espaciosa, por decirlo así. Ojos crueles observan desde el vacío. Recuerda la cita de esa película a la que Pablo la llevó a ver como si pudiera haberle gustado, La Guerra de los Mundos, la pelea con los marcianos. Inteligencias no humanas, despiadadas y brutales en sus apetitos imposibles de concebir para una frágil persona en este pequeño planeta asechaban desde el vacío.

   -No, entremos. –es categórica, y sin importarle si el otro la sigue o no, pero deseando que lo haga, baja de la capota.

   -Oh, vamos, Astrid… -se queja sin abrir los ojos.

   Pero ella abre la portezuela del asiento delantero y sube, abrazándose a sí misma, sintiéndose erizada de repente. Sabe, a cierto nivel, que está siendo irracional, que se está angustiando por cosas que no son reales, pero… No puede dejar de mirar alrededor, los matorrales agitándose de manera violenta como si un repentino ventarrón se abatiera sobre el lugar. Tanto que las nubes parecen correr en el cielo, cubriendo la pálida luz de la luna por momentos, de una manera tal que, finalmente, Pablo abre los ojos, el cabello grueso y negro agitándosele visiblemente, mirándola a través del parabrisas.

   Apresúrate, entra. Casi estuvo tentada a gritarle, pero no se animó para no parecer estúpida.

……

   La patrulla conducida por un silencioso jefe Braulio Zabala, desanda el camino desde la casa de los Lezama a la prefectura. A su lado, el detective de la Policía Científica de Cumaná, Joel Narváez, también guarda silencio, ceñudo, mirando por la ventanilla. Todo molesto. Oleadas de irritación emanan de su persona de tal manera que por fin parecer permear la muralla de emociones encontradas tras la cual se encierra el policía de pueblo, quien le lanza dos rápidas miradas, tomando aire finalmente.

   -Hable, detective. –croa con una voz algo ronca. Casi espera no recibir una respuesta, no cuando el otro tensa aún más los hombros y sigue mirando por la ventanilla, pero finalmente se vuelve, fulminándole con los ojos.

   -No debió dejar a ese niño allí.

   -¿Qué…? –se impacta, mirándole también.

   -El niño, no debió…

   -Hey, hey, entiendo las palabras, lo que no comprendo es el sentido. Era… su familia. Debía estar con ella. Su madre no habría dejado que me lo llevara. ¿No la vio?

   -Joder, no lo sabe. No sabe si es su hijo. No a ciencia cierta.

   -¡Lo es! Ese niño es Leonardo Lezama. –es categórico. Y Joel balbucea sin sonido, oprimiendo los labios. ¿Acaso en ese pueblo de mierda nadie sabía lo que era una imposibilidad?

   -¡Eso no lo sabe!

   -¡Lo sé! –es categórico.

   -Coño, jefe, la gente no desaparece y reaparece años después sin haber… cambiado. –suena frustrado. Fastidiándole la mirada del otro. Convencida de sí, como fanático religioso.

   -Y, sin embargo, es él. Leonardo. –reitera.

   -Si usted lo dice. –se oye frustrado.

   -Lo digo. –se altera. Grande y fuerte, además de la autoridad en el pueblo, generalmente era un tipo conciliador, que garantizaba ser escuchado por la fuerza de sus argumentos, o su presencia. Pero ese joven detective lograba alterarle de una manera tan rápida, y fácil, que le extrañaba. Le afectaba, como ahora, que le miraba abiertamente, de manera curiosa, como si intentara… descubrir algo.- ¿Qué? –estalla finalmente.

   -No lo sé, todo esto es… Es lógico que no entienda al chico, lo del chico, porque cosas así no ocurren en la vida real. Pero a usted tampoco lo entiendo, aceptando esta… realidad extraña como si tal cosa. Por eso me pregunto el por qué de tanta certeza. –comienza, y Braulio se tensa todo.- ¿Qué le dijo ese niño, exactamente? Allá, en la escuela. Sé que no quiere responder, pero necesito saberlo. Lo que le dijo le convenció de su identidad, por fuera de toda lógica, cordura y sentido común que suene toda esta mierda.

   -Detective… -traga, mirando al frente, nervioso. Ese sujeto era incisivo. E intuitivo. Peligroso.

   -Ese hombre, en esa casa, quien se alteró visible y muy comprensiblemente por la llegada del niño, Raúl Lezama, parecía odiarle. Y su conducta frente a la pareja, marido y mujer, fue curiosa. –sigue, y Zabala oprime las manos sobre el volante, sabiendo que comete un error en cuanto la mirada del otro siguen el gesto.- ¿Usted y esa mujer, Elena…? –pregunta y espera. La respuesta no llega.- ¿Pasó algo entre ustedes, entre esa señora y usted, jefe? ¿Antes de que ese niño naciera?

CONTINÚA…

Julio César.

BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 32

mayo 7, 2018

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                         … 31

   Salgamos al campo a pasear una noche como esta…

   Por un segundo el joven queda indeciso entre decir lo que piensa y siente, de lo que ella quiere o necesita escuchar. Era ese tipo de chicos. No cobarde, prudente. Considerado.

   -May… yo… te entiendo, lo que sientes, pero…

   -¡Es él, Clem! –jadea recuperándose un tanto. Sin alejarse.- Y no lo estoy suponiendo o creyendo porque quiero. A mamá le pasó igual. Le vio y lo supo. Es Leonardo, y si, lo entiendo, parece imposible, fantástico, una cosa de locos, pero es él. Tal y como lo recuerdo. Y mira que lo recuerdo muy bien. He vivido prácticamente la mitad de mi vida sintiéndome culpable de lo que le ocurrió; de haberle enviado a… fuera lo que fuera lo que le pasó porque tuvo que ir a hacer un mandado que era tarea mía. –lo dice con calor y convicción, y él sabe que nada que diga o haga la hará cambiar de idea al respecto.

   -Ha pasado más de una década. Llevo fuera de casa unas tres semanas y casi no recuerdo ya la cara de mi mamá. Y desde que estoy aquí no he visto ningún retrato o…

   -Papá recogió todas las fotografías cuando mamá se derrumbó y comenzó a actuar extraña, diciendo que le veía en los rincones y en la calle. –se suelta de él, mirando hacia la mesa para cuatro personas en la cocina, recogiendo un libro de poemas de Violeta Parra.- Pero yo guardé esta, para no olvidarle como quería papá. –busca en las páginas, casi contenida.- No quería que su recuerdo, su cara, su sonrisa, se me fuera olvidando con el tiempo. –termina tomando una vieja fotografía, cerrando el libro y dejándolo sobre la mesa. Volviéndose hacia Clemente, después de mirarla como seguramente lo ha hecho miles de veces desde que su hermano desapareciera un medio día, cargada de culpas, y termina tendiéndosela.

   Dudando, sintiéndose incómodo con toda la charla, con la situación (el tener que discutir una locura), el joven la toma y siente un ramalazo de temor. No es sorpresa, ni confusión, siente temor a algo desconocido, demasiado extraño pero real. Es una vieja fotografía de dos niños, hembra y varón, de sus rostros que miran un punto frente a ellos y sonríen de manera espontanea. Ella es Mayra, con dos grandes moños a ambos lados de su rostro, faltándole un diente en aquella sonrisa de boca abierta, mejilla con mejilla está un niño de ojos medio cerrados por la risa feliz que parecía haber estado lanzando justo cuando ese instante de sus vidas fue capturado por la cámara. Una imagen de un pasado feliz que terminó bruscamente un mediodía.

   Era el mismo niño que acababa de ver, admite con un escalofrío recorriéndole la columna. Mira a la joven y esta asiente, embargada nuevamente por la profunda emoción que la controlara desde que saliera de la casa y viera a sus padres y al jefe Zabala con el niño.

   Sería imposible para la joven expresar con palabras la sensación que la embargó al verlo, a él, a su hermano desaparecido, allí, en medio del porche, más de una década después de desaparecer. Ella misma temió estar engañándose, estar desvariando, haberse vuelto loca sin darse cuenta, como casi le ocurriera a su madre por esa época… hasta que ese niño (Leonardo, ¡es él!), la miró, como sorprendido. Abriendo la boca por primera vez desde que llegara a la entrada (y segunda desde que apareciera nuevamente en Río Grande).

   -¿Mayra? ¿Eres tú? Estás grande. –dijo, mirada alzada, con Elena a sus espaldas, abrazándole y estrechándole contra su cuerpo, provocándole una risa floja.

   -Si, cariño, tu hermanita está grande. –acotó, sintiéndolo como una victoria. Leonardo había reconocido a su hermana, y esta a él.- Y ese muchacho de peinado extraño y ropas oscuras es tu hermanito, Tristán. Era un bebé cuando…

   Con un nudo en el estómago, y la garganta seca, la joven mira la fotografía.

   -May…

   -Lo amo tanto, Clem, a mi hermanito. Durante años pensé en cómo habría sido todo si él no hubiera desaparecido. Era inventivo y travieso, pero amable y considerado. Nunca me trató como a un estorbo como hacían otros tantos con sus hermanos menores, o con sus hermanas. Yo era otra de los muchachos cuando él jugaba metras, o trompo, o salíamos a volar papagayos con Víctor. Durante todos estos años me he preguntado cómo habría sido de joven, era un niño hermoso, habría sido un joven muy guapo, como tú. –le mira con ojos algo nublados de llanto, sonrisa floja. Toma el libro y guarda la imagen.- Siempre me decía, ante un problema, ante cada decisión que tomaba, “ojalá Leonardo estuviera aquí para contarle, para preguntarle”. –deja el libro en la mesa y sigue mirándolo.- Y ahora que está aquí… le tengo miedo. ¿No es horrible? Lo reconocí y la sorpresa fue grande, pero también el temor. –se vuelve y le mira.- Creo que es el mismo miedo que sintió papá. Me… da rabia sentirlo, pero no puedo evitarlo. Ni preguntarme cosas. ¿Qué significa todo esto? ¿Dónde ha estado todos estos años? ¿Cómo pudo volver… así, como un chico menor que Tristán? Y… ¿a qué ha vuelto? –una idea le eriza: cuentas por cobrar.

   Un tenso silencio se hace en aquella cocina donde una ollita de agua aromatizada humea sin ser tomada en cuenta. Clemente si entiende que se espera que haga algo. Y sabe qué. Se le acerca nuevamente y ella abre los brazos, aferrándose a él con fuerza, algo temblorosa. Suspirando al sentirle. Tranquilizándose casi en seguida. Un poco.

   -No lo sé. Y no voy a mentirte, todo esto me parece demasiado extraño. Es ilógico. Estás cosas no ocurren en la vida real. Pero podemos intentar averiguarlo qué significa, ¿no? Él puede contar algo, dónde estuvo, o dónde reapareció exactamente, y desde allí, ir hacia atrás. –ofrece el joven, las manos en la espalda de ella, transmitiéndole calma.

   -¿Crees que… sea cosa de extraterrestres?

   -May, por Dios… -tiene que luchar contra una risa algo nerviosa.

   -¿Qué? ¿Suena más loco que el que haya reaparecido así como lo hizo? Mucha gente habla de luces extrañas que surcan el cielo de este pueblo. Especialmente la laguna. Y aún no te he llevado, cuando la vea sentirás… cosas, ya lo verás.

   -¿Será? –intercala él, soltando una risita aún.- ¿ET?

   -No te burles de mí. –jadea falsamente alterada, mirándole. Pero su sonrisa decae.- Clem… No me iré. No puedo hacerlo ahora. Debo quedarme. Váyanse ustedes, como habíamos planeado. –plantea de manera clara, algo intensa. Conteniendo una idea que guarda para ella: antes de que algo más ocurra. O algo malo.

   -Oh, no, nada de eso. Yo no me voy sin ti. –es categórico.

   -Oye, no; este es un asunto de mi familia, no quiero que se vean envuelto en todo un circo si esto llega a saberse.

   -No quiero discutir contigo, ni ahora ni más tarde, así que seré muy claro, ¿okay?, no me voy. Ni creo que los otros planeen hacerlo. Si nos íbamos a ir esta noche era por ti. –cuando ella abre la boca para agregar algo más, le atrapa las mejillas con las manos, mirándola intenso.- No me iré. No ahora que estás tan perturbada.

   Le satisface notar el alivio en la joven, escuchar su suspiro. Aunque se siente algo ruin. No era tan altruista como la joven imaginaba. Ni loco la dejaría sola en aquellos momentos, tan vulnerable como estaba, estando el tal vecino, amigo y ex novio de la infancia por allí. Oh, no, eso sí que no.

   -¿Dónde están los demás?

   -Después de que comentamos entre nosotros lo raro de la comida de tu mamá… -bromea.- …Andrea y Reyna creo que fueron a tu cuarto, donde pasarán la noche. Antes de irse a… cuidar el sueño del niño, tu mamá les consiguió unos colchones y unas mantas. Jairo y yo dormiremos en la camioneta. –termina con una mueca y ella ríe.

   -Ay, pobrecito, tendrá que lidiar con él tú solito.

   -Ríete, pero créeme, no es fácil. Ni agradable.

   -A veces pienso que Jairo no es inmune a tu belleza. –le pica un poco.

   -Es un maniaco sexual. Cuando se pone intenso… todo maluco, busca alivios de maneras insólitas. Y no le importa no estar solo para “jugar” consigo mismo. –eso la hace reír otro poquito y aprovechando el momento de triunfo, baja el rostro y le roza los labios con los suyos.- Oye, sea lo que sea que esté pasando, si algo significa, lo averiguaremos, ¿okay?

   Ella asiente, mirándole con afecto. Dios, ¡le gustaba tanto ese chico!

……

   -¿No es un espectáculo hermoso? –pregunta alegre y optimista, el chico.

   -Si, muy hermoso. –concede ella, pero sin tanto entusiasmo mientras mira girar sobre su cabeza las estrellas, sus cúmulos, la espiral de la galaxia misma. La noche era crudamente clara ahora que las nubes se habían apartado, y le parecía que había demasiadas estrellas. Más de lo normal. Y no le gusta. Ni los pequeños y brillantes puntos de frías luces. Ni el vacío entre ellas. El espacio. Se sentía… inquieta. No podía definirlo, pero el paraje apartado, los arboles, ese cielo demasiado profundo le hacía recordar aquella película que la aterrorizara tanto, La Masa que Devora. Algo venido de fuera, de lejos, inhumanamente cruel, que venía a comer.

   Astrid Centeno era una bonita joven de casi diecinueve años que ha decidido, ese día, dejar su pueblo, Aramina, e irse para Caracas a buscar trabajo en Radio Caracas Televisión y comenzar una exitosa carrera de actriz, iniciándose como una cachifa en alguna telenovela donde se diera a conocer y saltar a la fama. Confiaba en tener lo que hacía falta, era una hermosa joven de piel oscura suave y un largo cabello grueso que le prestaba un aire exótico junto a sus ojos castaños claros. Sumado a una bonita figura, la joven esperaba lograrlo contra todo pronóstico. Quería alejarse del pueblo, de su casa, de comer arepas de maíz y pescado un día si otro no, soportando algunas miradas que no le gustaban nada de su padrastro. Por ello, recostada en la capota del viejo Ford azul, la cabeza apoyada del techo, la espalda del parabrisas, mira el cielo e intenta calmarse. Porque no lo está. Había dado un paso muy grande. Se fue con un hombre, era lo que todos dirían, y aunque no le importaba porque se había jurado jamás regresar a este lado del mundo, era… desagradable. El que hablaran al final. Dentro de todo, su familia era tradicionalista y conservadora de las buenas costumbres. Decente. No iban a perdonarle lo que hizo, ni olvidarlo. Como no disculpaban ningún desliza, como el de su prima que vivía en Rio Grande. Pero su vida no le agradaba, como iba, y deseaba cambiarla. Por eso se fue así.

   Paso no tan traumático porque no le disgustaba el chico con el cual compartía viaje y el viejo Ford. Pablo Montilla, el chico a su lado, era… inofensivo. Quería sexo con ella, claro, y algo habían tenido, pero no era un sujeto que intentara forzarla ni atacarla. No era de esa clase. De hecho era algo displicente. El joven iba a “ver qué conseguía” en la capital, sin ningún plan ulterior, contando con sus primos allá para que lo atajaran con cualquier falla en el esquema. A ella nadie la esperaba, no contaba con nadie por Caracas, y, sin embargo, el temor a la incertidumbre era menor a las ganas que sentía de llegar y hacer lo que fuera y tocara para lograr sus objetivos. Ser dueña de su vida, completa y absolutamente, sin arrimársele a nadie, sin aguantarle palabras hirientes o feas miradas a ninguna persona por estar bajo su techo.

   -Si te pesa tu casa, vete con tu prima a Río Grande. –molesta, le había dicho su madre apenas unos días antes, hablando de Elena Yorca, señora de Lezama.- Saca un Secretariado Comercial o algo así con lo que puedas ganarte la vida, pero eso de actriz…

   Pero lo sería, ya todos lo verían. Triunfaría y… tal vez, si se daban las condiciones  (el fin de las enfermedades, del hambre, de las guerras), volvería para visitar ese pueblo de mierda. En un carro grande, caro y bonito, con un marido más bonito todavía. Famoso también. Esas ideas la hacen sonreír un poco… Claro, aún ignoraba que se quedaría en Río Grande y ello alteraría la vida de la mujer que esa misma noche estaba recibiendo la inesperada visita de un hijo que en el fondo nunca dio por muerto.

CONTINÚA … 33

Julio César.

BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 31

marzo 27, 2018

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                         … 30

   Salgamos al campo a pasear una noche como esta…

   -¿Qué si regresan? ¿Quiénes? ¿Los muertos, muertos? –la desconcierta.

   -Si, los muertos, muertos. –insiste, porque aquello le parece terriblemente importante saberlo. Porque si, efectivamente los muertos podían volver, y ese chico era aquel que desapareció un día, cuando él mismo era un muchacho, regresando aún como niño, como si el tiempo no hubiera pasado, entonces lo otro podía ser cierto también. Por horrible que fuera la sola idea. Toda aquella pesadilla que casi le mató y por poco no acabó con su mente cuando era un niño. Todo aquello que le dijeron que no era nada, que no era real, que tan sólo lo había imaginado porque estaba enfermo de fiebres. Como terminó diciéndose que ocurrió, que imaginó toda aquella locura… aunque jamás se hubiera sentido seguro, ni a salvo en ninguna parte. Temiéndole a las sombras y a la soledad. A todas las penumbras y a no estar con otro persona así sea por minutos. Porque si el chico Lezama regresó, como niño (y todos sabían en ese pueblo que estaba muerto desde hacía más de una década, era algo de lo que no se hablaba, nunca, ni siquiera entre parejas o familiares, pero se sabía que era así), entonces era posible que realmente se hubiera encontrado con el diablo aquella noche, en el patio de la propiedad de su familia, mientras alguien, una mujer, gritaba y lloraba de manera terrible pidiendo ayuda, rogando que alguien la auxiliara, rezándole a Dios y a Cristo y a la Virgen para no ser atrapada mientras corría intentándolo.

   El solo recuerdo le eriza de pies a cabeza, haciéndole temblar visiblemente, cosa que no escapa al ojo de la bonita mujer que alza una mano y le acaricia el suave y cuidadosamente peinado cabello, sobresaltándole por un segundo. Estaba transpirado.

   -¿De qué hablas, William? –vuelve a preguntarle.- ¿De… religión? ¿Del Juicio Final y los difuntos levantándose de sus tumbas conmemorativas? –cita recordando las clases de catecismo.

   -Hablo de… -se desinfla, se sentía cansado. Mucho. Muchas veces contó su historia para encontrar solamente duda, burla y hasta desprecio.- Nos vamos, Mary. Volvemos a Caracas. Mañana resuelvo unos asuntos y nos largamos a la primera oportunidad

   -Pero creí que pasaríamos un tiempo juntos en… -gimotea, pensaba en buenas tandas de sexo en un lugar tranquilo donde podrían estar sin temor a tropezarse con un conocido como ocurría en la capital. Pero calla cuando este la mira, asustado. Realmente asustado.

   -No, bonita, vámonos antes de que algo ocurra y ya no podamos hacerlo.

   Vuelve la mirada a la noche. El diablo podría estar por allí, como siempre sospechó y temió. No un concepto, no una fuerza malvada en la naturaleza humana. Sino un ser que asechaba en las sombras, sonriendo maléficamente del miedo que sabe que causa, esperando por aquellos que tienen la mala suerte de cruzarse en su camino. Aún más erizado, la mirada desenfocándosele cuando se le humedece de puro miedo, el joven se pregunta dónde estaría ahora.

   Asechando a quién…

……

   No estaba muy lejos, a decir verdad.

   Mientras una mujer se revuelve sabiéndose asechada por un terrible peligro, sobre un sofá en su propia sala, en una casona a oscuras, una niña se aleja por la solitaria calle, tranquila, sin temor a ser detenida por nadie. Nadie la nota, no la ven. Y mira hacía la casa donde un niño extraviado hace más de una década, ha vuelto. Ve a una mujer abrazándole de manera obsesiva, como si temiera soltarle y que se esfumara otra vez. Repara en un grupo de personas que no conoce, todos con caras de shock mientras atestiguan la escena, mirando de la madre al padre del chico, y a este. Nota una cara conocida, la putica de la hermana, la cual está pálida, los ojos muy abiertos clavados en el niño, y este mirándola también, como desconcertado. La mujer, aferrando al chico por los hombros, desde atrás, intenta entrar a la casa y el marido la enfrenta, se dicen algo pero a la niña no le interesa. Es cuando repara en otros dos. Está el comisario cabrío, y a su lado un hombre… al que no puede verle la cara. Esta queda oculta por una mancha de luz como el de una farola directa dirigida a los ojos. Intenta enfocar la vista, pero no puede detallarlo y eso la altera y molesta. Aún más cuando este parece volverse hacia ella, como si buscara algo, ¿a ella? Sabe que es imposible que la vea. Aunque… no sólo ese hombre parece mirar en su dirección, también lo hacen el niño que regresó y una de las putas que no conoce, una chica negra y espigada.

   Se aparta rápidamente, aunque no mueve sus piernitas. Parece desplazarse, lejos. Hacia el follaje lejano al pueblo en sí, en medio de la nada, quedando bajo una luna inmensa que brilla por ratos entre las nubes negras que la cruzan y ocultan por ratos. Quiere concentrarse en eso, en el amiguito que debe buscar. Para jugar. Pero le cuesta mucho, porque está furiosa.

   Mucho. La rabia de la niña era inagotable, una fuente profunda de dolor, frustración y soledad la alimentan. De injusticias cometidas. De haber sido atacada. Así como los notables del pueblo querían ocultar cualquier irregularidad, en la idea de contener cualquier cosa que pudiera yacer por debajo de lo evidente, y el Hombre Malo de Verdad hacia lo que hacía para asegurase la vida, continuar siendo quien era, el que es, el que será, a ella la guiaba el odio. El deseo muy humano, y divino, de consumar una venganza largamente merecida. Iba a destruirlos a todos, a Río Grande todo, y en su camino no iban a interponerse los notables, el Hombre Malo de Verdad o ese niño. De él se ocuparía primero, se dice abrazando la fea muñeca, Galatea.

   Y sonríe, faltándole un diente; se ve inocente, bella cuando camina aún más entre los matorrales, si rozarlos, sin dejar huellas. Como una ilusión, la misma que Ingrid Torrealba vivía desde hace rato, mientras esperaba “cumplir con su tarea”, su parte en el drama que se avecinaba.

   Aunque no era una ilusión hermosa. Recostada en aquel sofá maloliente a polvo, el cual lleva días sin trapear, con una mano temblorosa sobre sus ojos, la mujer yace entre la vigilia y el sueño. Los labios le tiemblan, no tiene fuerzas para moverse, para retirar la mano y abrir los ojos. No quiere comprobar que esa cosa, esa figura alta y delgada cuyas facciones no podía detallar, estaba realmente allí, detrás del respaldo del mueble, inclinada sobre ella, observándola fijamente. Ominosa, amenazante. Esperando que la mirara, que la reconociera para torturarle.

   Sin embargo, no hacía falta, porque también está en su cabeza, lo sabe. El estómago se le revuelve cuando se sumerge casi hasta las caderas dentro de la basura casi líquida, maloliente y caliente de aquel lugar oscuro e inmenso donde siempre volvía al cerrarlos ojos. La pesadilla. Agitada intenta moverse hacia adelante, trepar en algo, porque siente que se hunde más y más. Dios mío, ¿dónde estaba?, ¿qué hacía allí?, ¿por qué estaba tan sola?… ¿Lo estaba? Completamente erizada gira el rostro, algo enloquecida, pero tan sólo ve sombras y desperdicios.

   El corazón se le detiene en el pecho, aún en medio de las penumbras puede distinguir esa sombra concisa, esa persona alta, delgada, el largo cabello claro, gris o canoso, vestida de oscuro, que se aleja a paso calmo, una mano extendida atrapando la de una niña pequeña que le sigue, que se va con ella.

   -No, no. ¡No!, Delia, ¡no te vayas con esa cosa! –grita desaforadamente. Lo grita una y otra vez, afanándose por salir de aquella basura que parecía retenerla.- ¡Delia! ¡Delia! –se arrastra casi nadando en la basura, avanzando tras la pareja.- ¡Suéltela! ¿A dónde la llevas? ¿Qué quieres de ella, de mí? ¿Qué vas a hacerle? ¡Déjela en paz!

   Grita y corre, de alguna manera chapaleando sobre la basura, el corazón enloquecido en su pecho, viéndoles alejarse. La llama, a ella, a su niña y la alta figura se tensa, como escuchándola por primera vez. Quedándose quieta al fin. Y la mujer siente unas ganas horribles de correr tras ella, de arrojársele encima, de… De mirar su rostro. El rostro del enemigo. Su Enemigo. Corre, jadeando, el corazón le duele ahora, respirar le quema el pecho, la cabeza le palpita feamente, siente que algo quiere reventar su ojo derecho. Pero allí estaba, al fin; aunque… a pesar de estar detenida esa cosa, pareció que no podía alcanzarla. Se detiene bruscamente, a uno o dos pasos de la alta figura. ¡Delia no estaba allí! El miedo que la embarga es indescriptible.

   Tragando en seco, casi enloquecida de angustia y temor, recorre los alrededores con la mirada, pero no la encuentra aunque un segundo antes si estaba. ¡Su niña había desaparecido! Se vuelve hacia la figura. Tiene que preguntarle. Tenía que obligarle a responderle qué hizo con Delia.

   -¿Dónde está mi niña? ¿Qué le hizo? -exige saber.

   -¿Yo? –la respuesta es pastosa, algo burlona, como un eco deformado al viento.

   -Vi que se la llevó. Sé que quiere hacerle daño. –le grita armada de valor en esos momentos.- ¿Por qué? ¿Qué le hizo ella? ¿Qué le hice yo? –demanda.

   -Tú me condenaste a vivir en este lugar para siempre. No puedo irme, no puedo escapar. Nunca podré. Esto es todo, todo lo que tengo. Por tu culpa. –le respuesta le llega cargada de un odio intenso. Esa cosa la odiaba tanto que disfrutaría lastimándola. Eso le queda muy claro.

   -No… no entiendo. ¿De qué…? –la voz muere en sus labios, esa cosa se está volviendo. Las sombras de la noche dificultan ver sus facciones, el blanco cabello cubre también una parte. Pero nota que sonríe, que sus ojos brillan de una manera alarmante, febril. Demencial. Había una felicidad horrible en aquella mirada. Llenándose de valor da otro paso al frente, ¿eso bastará para disipar las sombras? No lo sabe, pero puede verle. Bien.

   -Debes tener miedo, Ingrid Torrealba. –ríe esa cosa entre dientes, con burla. Y era ella misma, su cara, mucho más vieja, marchita, ajada, ojos amarillentos, dientes roídos, el aliento pesado, pecas y machas cubriendo su frente y pómulos, la piel tirante, y a un tiempo ajada sobre sus huesos.- Debes tener miedo porque estás sola, y van por ti, a ese bonito pueblo donde te ocultas, para traerte a este lugar. No vas a poder correr, ni escapar, nadie te ayudará… -la oye aunque retrocede y solloza feamente, cubriéndose la cara con las manos. Grita y aún así la escucha.- Estás sola. Sola… sola. Y es de noche. –aunque da media vuelta, corre y se aleja, la escucha con claridad, la risa cascada y enferma, a su lado, como si la acompañara burlándose de sus inútiles esfuerzos por escapar.- ¡Ya van por ti! ¡Ya van por ti! –las carcajadas eran sencillamente insoportables.

……

   Muy lejos de allí, mentalmente, Mayra Lezama espera que el agua hierva para preparar un fuerte té de tilo. Para su madre y para ella. O esperaría, en pasado, porque el agua en la pequeña olla lleva rato burbujeando con rabiosa insistencia mientras la joven no repara en ello, de pie frente a la misma, ¿mirando por la ventana, hacia la noche? No, dentro de su propia cabeza. Un lugar basto y caótico que no puede controlar en esos momentos.

   En el marco de la puerta, llegando desde el comedor, aparece el silencioso y serio Clemente Martínez, dentro de su suéter de chico guapo y bueno. La mira, y ve y oye el agua hervir furiosamente en estos momentos. Se le acerca y teniendo una mano, prácticamente tras ella, apaga la hornilla sobresaltándola. Muy sonrojada, ella se vuelve y le mira, tranquilizándose en el acto, algo apenada por reaccionar así. Este le sonríe.

   -Cuando decías que tu pueblo natal era un lugar raro, te quedaste corta. Imaginé que te referías a que llovía en tiempo de sequias, no que… pasaban estas cosas locas.

   Ella va a responder algo, sus labios tiemblan y la mirada se le humedece, soltando una carcajada rasgada, rota, de alivio y tensión, rodeándole el cuello con los brazos y atrayéndole. Él dejándose hacer, rodeándole la cintura, estrechándose en un abrazo confortable. Mayra, todavía medio riendo, de manera algo llorosa, se muerde el labio inferior y cerrando los ojos esconde el rostro en su cuello cálido. Clemente olía bien, siempre era igual. Se sentía bien estar así.

   -¿Mejor? –le pregunta él.

   -¿Mejor qué quién? –bromea ella.

   -Que tu papá, por ejemplo. Pobre hombre, parecía que iba darle un infarto cuando tu mamá quiso que… el niño entrara. –se hace un leve silencio, ella no se aparta, no abre los ojos, pero habla, rozándole la piel del cuello con sus labios, algo que eriza al muchacho de pies a entrepiernas, aunque no quiere ser esa clase de tipo. No en ese momento.

   -Entiendo a papá. Sus dudas y temores. Su desazón por meter a… ese niño como dices. Pero también entiendo a mamá. –ahora si se aparta un poco y le mira a los ojos.- Clem, ese niño es, efectivamente, mi hermano Leonardo. Que ha regresado… quien sabe de dónde. Tal y como el día que desapareció hace más de diez años. Ese “niño” es mi hermano mayor.

CONTINÚA … 32

Julio César.

BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 30

marzo 7, 2018

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                         … 29

   Salgamos al campo a pasear una noche como esta…

   No, no, no quiere pensar en su madre, la que nunca la apoyó, ni una vez, porque le hacía doler aún más la cabeza. Ni quería recordar a su padre, con el tumor; su largo suplicio (y ahora ella…). Ni el sueño. De la pesadilla quiere alejarse especialmente. Intenta regular la respiración. Dormirá un rato y se le pasaría ese horrible dolor (las fortísimas palpitaciones), luego todo estará bien. Se queda muy quieta, su respiración afanosa es el único sonido en la sala cubierta de polvo, telarañas y abandono. Una que no capta como tal.

   ¿Acaso una sombra delgada, en medio de las sombras y la soledad, dos o tres pasos alejada del sofá, del lado donde reposa su adolorida cabeza, la observa disfrutándolo de una manera perversa? ¿Es un juego de sombras? ¿O no? ¿Acaso estaba alguien realmente a solas alguna vez aunque no viera a nadie, especialmente de noche?

   -Hay que dejar que mami descanse, Galatea. –en su cuarto, ese depósito lleno de abandono y polvo, la niña le sonríe a la fea muñeca.- Pronto hará su parte y ya no importará. –ahora mira hacia la ventana abierta, donde una vieja cortina se agita con el viento cálido de la noche. Aún abierta. Como muchas de las cosas que la mujer hacia ahora, eran únicamente imaginadas, como lo era el llevar la casa, atenderla a ella, o esperar a su marido. Se asoma a la ventana,  la noche oscura, mirando hacia aquella casa.- El niño regreso y no sé por qué. O quién le hizo volver. O para qué. –su carita se distorsiona en un rictus.- No fue la Gran Madre, ni el Hombre Malo. Pero no me gusta. –ruge clavando los deditos en la cara de la fea muñeca, deformándola (y en la sala, Ingrid se lleva una mano increíblemente temblorosa al rostro, cubriéndose el cerrado ojo derecho, un horrible dolor taladrándola de adentro hacia afuera).- Creo que vamos a tener que invitar a un amiguito  a jugar con nosotras. –deja de apretar y alza la muñeca, sonriendo toda ilusionada.- Si, un amiguito para jugar. Para que se lleve de nuevo a ese niño. Y que esta vez no regrese nunca.

   Abraza la fea muleca contra su pecho, acunándola como haría cualquier niña del mundo con un juguete tal, pero por su mente sólo cruzan sueños de devastación, de violencia, dolor y muerte. Está furiosa, mucho. Y ha venido a cobrar. La Gran Madre le prometió ayuda, y lo hizo, ahora ella le cumplirá: la Gran Madre quiere que todo hombre, mujer y niño en el mundo vuelvan a sentir temor, el miedo ancestral a las sobras, a la noche. A lo que asecha bajo escaleras y camas, dentro de los roperos y closet, en los sótanos y patios bajo la luz de la luna. Quiere que teman a la soledad, intuyendo que no están solos en ella, por paradójico que sonara. La Gran Madre desea que todos se sientan intranquilos aún dentro de sus casas, cuando entran  una habitación donde no hay nadie más, convencidos en el fondo de que allí morirán.

   El miedo, el verdadero, el que nublaba las mentes, paralizaba y reducía a un estado primitivo, regresaría. Ella le había prometido a la Gran Madre que la ayudaría en eso. Y cómo había reído la Gran Madre cuando lo juró, con su enorme boca de labios marchitos y sarmentosos, llena de colmillos y sangrantes cuerpos destrozados que aún parecían vivos en una agonía que jamás terminaba. ¿Rogaban por piedad, porque todo terminara mientras Ella trituraba y descuartizaba? Así se lo había parecido. Alza la fea muñeca y besa la cabeza desgreñada, la mirada en la noche. Todos iban a pagar.

   Aún… mami, en la sala.

……

   Los  notables del pueblo van dejando la casa parroquial con un convenio más o menos establecido. El de siempre en tiempo de crisis. Negar todo problema, toda gravedad. Toda rareza. Victoria de Martus nota la partida del joven William Villalta, quien apenas dijo algo más en la entrada de la vicaría donde se despidió y alejó rumbo a su auto. Con pasos presurosos, mirando furtivamente alrededor. ¿Temerosos de que algo apareciera de pronto y le atrapara desde la oscuridad? No era un comportamiento extraño en ese joven torturado por viejos demonios. Lo que si causa extrañeza a la mujer es la partida, también apresurada, del ex profesor Ernesto Mendoza, quien en cuanto terminara el conclave se apuró en salir, sin iniciar ninguna de sus interminables e insoportables charlas que a todos irritaban un tanto. Era curioso que la gente así nunca lo notara, piensa de pasada, mirándole poner distancia con paso algo bamboleante, dada su gordura, hacia su viejo Dodge. Si, con mucha, mucha prisa.

   -¿Todo bien, señora Martus? –la voz del ex jefe policial la regresa al presente. Se vuelve y le nota la mirada escrutadora, la leve sonrisa mordaz en la comisura de los labios. El cura, un paso más atrás, parecía mortificado aún, como estaba desde su regreso de la escuela.

   -No, tan sólo recordaba que hace años, cuando nos tocó hacernos cargo de la primera crisis como grupo, todo comenzó con la desaparición del niño Lezama. Costó mucho… normalizar la situación. Me acordé esta mañana, durante el desayuno, cuando escuché lo del niño Linares. Pensé: igual que el chico Lezama. Ahora esto…

   -¡No será igual! –ataja el padre Vicente, de mal talante.- Ahora no hay chicos tontos jugando a los cazafantasmas, ni esos tontos universitarios que se decían adoradores del Diablo. –oprime los labios con disgusto, recordando cuando supo de uno de ellos, encerrado aún en el sanatorio de Aurare, a medio camino a Las Luisas. ¡Bien merecido que se lo tenía! ¡Mira que beber sangre de gato y fingir invocar al Maligno! Debió irle mucho peor, piensa con muy poca caridad cristiana.

   -Claro que no, ahora ha regresado un niño que pensábamos muerto. Y no sólo reaparece, vivo, sino, aparentemente, sin haber envejecido un día. No, no será igual. Esta vez las cosas pueden ser mucho peores. -sentencia Alirio Ricaurte, sardónico. Tan sólo para irritar. Molestar.

   -¡Jefe! –ladra el sacerdote, impaciente. Este suelta una risilla.

   -Podremos con esto, padre. Será otra prueba que superaremos. ¿Qué otra alternativa tenemos? Debemos contener… cualquier maldad que surja. –dictamina, hablando de algo más profundo. Si, ellos eran pilares que mantenían todo en su lugar. La mujer comprende y asiente; el sacerdote parece relajarse un poco, pero frunce el ceño.

   -¿Piensan que algo… maligno puede haber tras todo esto?

   -¡Por favor, padre!, si lo que el jefe Zabala dice es cierto, y los Lezama lo avalan, es algo no natural. –Victoria casi rueda los ojos.- Pero no lo creo. Debe tratarse de un error.

   -O de un engaño deliberado e intencionado. Tal vez alguien envió al chico, uno parecido al difunto Leonardo Lezama, por algún oscuro motivo. –razona el ex jefe policial.

   -Ojala. –gruñe el cura, mesándoselos cabellos.- Bien, buenas noches; intentaré cenar, aunque dudo que algo cruce mi garganta. Últimamente ando tan mal del apetito… –se despide, frunciendo aún el ceño, molesto, cuando Alirio recorre su rolliza figura. Cierra el portón.

   El exjefe policial y la viuda se encaminan hacia sus viejos autos, ella un Novak naranja, él una camioneta Pickup Up. A pesar de todo, la noche se siente agradable.

   -Jefe, ¿puedo pedirle algo? –la mujer interrumpe los pensamientos del otro, que la mira como indicándole que hable.- Una de nuestras parroquianas más devotas y más comprometidas en el trabajo catequista, no aparece. Soledad Contreras. Nadie la ha visto, he ido hasta su casa pero nadie responde. Y hay un cierto aire de… abandono en la propiedad que me… inquieta.

   -¿Viajaría? –el hombre frunce el ceño, recordando a la desagradable solterona de bigotillo sobre el labio superior. Dios, una viuda que llevaba cien años sin costarse con nadie, por elección propia (y él había hecho sus averiguaciones al respecto), y una solterona amargada porque nunca logró hacerlo, ni una vez (cosa de la que también está casi seguro). Qué desperdicio, señor.

   -No sabría decirle. Si lo hizo no le avisó nadie. Y nadie sabe de ella.

   -Bien, seguramente no se tratará de nada, pero pasaré por su casa. –se compromete galante, sonriendo sardónico, imaginando a la solterona desagradable en alguna pensión de Aramina, o Las Luisas, encerrada con un hombre que la hacía olvidar, a fuerza de folladas y nalgadas, sus tonterías de beata métome.en.la.vida.de.todos.porque.no.tengo.una.propia.

   -Gracias. –le sonríe ella, siempre impresionada por lo galante del sujeto. Era bueno que nadie pudiera leer en la mente de los demás, piensa este, de pasada.

   -¿Todo bien? –la bonita mujer le pregunta, por tercera vez, al hombre que casi corrió desde la salida de la casa del cura hacia el auto, encerrándose inmediatamente. Bajando el seguro de la portezuela. Quien parecía no escucharla. Eso la preocupa y tiende una mano, atrapándole un hombro, confortadora. Sorprendiéndose un poco al sentirle temblar.- Vamos, William, ¿qué tienes?, ¿estás bien? –el tacto parece despertarle.

   -¿Qué? –la mira, parpadeando.- Si, yo… Lo siento, Lucía. Sí, estoy bien.

   -Pareces… preocupado. –agrega, aunque la palabra en la cual pensaba era “asustado”; su tono es suave, tranquilizador. Casi maternal. Lucía Quiñones, y no por primera vez, se dice que no entiende muy bien qué vio, qué tiene ese hombre joven, bajito y guapo, dominado por tantos miedos (pesadillas extrañas han signado su vida), que le gusta tanto. La chifló desde que se habían conocido en aquella junta, cuando ella fue por la firma de publicidad y a William Villalta pareció sorprenderle y cautivarle la idea de una mujer en un posición de tanto poder dentro de un círculo tan cerrado; obviamente no era de los que sentía miedo ante una mujer resuelta, al contrario, eso pareció excitarlo. Aunque prefería pensar que lo había hechizado con su belleza, su cabellera leonina a punta de fijador, sus ojos sombreados y las hombreras de su vestido corto y llamativo. Como fuera, ese hombre le había gustado de una manera que ella misma no entendía, y aceptó su invitación a cenar, a bailar, y casi fue idea suya llevarle a la cama esa misma noche. Sorprendiéndole otra vez. No le importó que fuera casado, se notaba que no amaba a su mujer, ni que fuera un cliente de la firma. Ella era la juez sobre su vida, y lo que otros pensaran la tenía sin cuidado, por eso aceptó otra cita. Y otra, todas ellas con sexo incluido. Porque le gustaba. Mucho.- ¿Hablaron de algo serio los notables del pueblo? –pregunta, mitad curiosidad, mitad en broma. La desconcierta la mirada que el hombre le lanza, y la risa cascada, frágil, que deja escapar.

   -Oh, no, todo está bien para este pueblo. Todo muy común y corriente para Río Grande. –la mira intensamente, tragando saliva, pasándose la lengua por el labio inferior.- Lucy, ¿tú crees en los muertos? –la desconcierta.- No en fantasmas, sombras vistas con el rabillo del ojo cuando uno va o viene, o una mancha en una fotografía vieja de una bisabuela; me refiero a… muertos que regresan. Que salen del cielo, o del infierno. O que se levantan de sus tumbas en la tierra. –termina la idea, totalmente erizado por las posibilidades, mirando por el parabrisas hacia la noche, que para él no tiene nada de agradable.- Que vuelven porque tienen asuntos pendientes, mensajes qué dar… cuentas por cobrar.

CONTINÚA … 31

Julio César.

BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 29

diciembre 6, 2017

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                         … 28

   Salgamos al campo a pasear una noche como esta…

   -¿Cómo dices? –el corazón le late con fuerza.

   -Que tengo frío. –las palabras que oyó, o creyó oír, y el tono, todavía le asustan porque está convencidas de haberlas escuchado. La mira pero sólo ve a una niña que sonríe leve mientras come galletas, hermosa, luminosa, inocente. Reparando en la fea muñeca echada a un lado en la cama, el parpado casi siempre cerrado está medio abierto ahora… Le faltaba el ojo. Era una cosa sencillamente horrible.

   -Déjame cerrar la ventana. –va hacia ella y lo hace, notando a la distancia el auto patrulla. Estaba estacionado frente a la casa de los Lezama, ¿qué estaría ocurriendo? Se vuelve y le sonríe.- Termina tus galletas, acábate la leche y cámbiate de ropas, pronto cenaremos. –la niña no le mira, ocupada tomando otra de las galletas.

   -¿Vendrá papá? –la pregunta la desconcierta. ¿Héctor? ¿Volvería Héctor? ¿Y dónde estaba? Le vio… La última vez que hablaron fue hace…

   -Seguramente, cariño. –no lo sabe, y eso le provoca cierta jaqueca, así que aleja el tema de su mente; quiere dejar de pensar. La besa nuevamente en lo alto de la nuca.- Te quiero tanto, Delia.

   -Lo sé, mami. Sé cuánto me quieres. –responde esta, alzando sus ojitos luminosos, sonriendo de manera algo divertida. ¿Burlona? Como fuera, a Ingrid le altera eso; no sabe qué tiene, pero no era ella misma esa noche. Afortunadamente la niña parecía no notarlo. Ojalá Héctor llegara, ¿dónde estaría?

   -Ponte el pijama rosa; te ves tan angelical con él.

   -Si, mami. –la nena accede, toda sonrisa. Realmente bella.

   Y por un segundo infinitesimal, la mujer se pregunta qué habría hecho si toda aquella horrible pesadilla se hubiera hecho realidad. Tragando en seco, el corazón latiéndole dolorosamente por un miedo imposible de combatir, como el de cualquier madre enfrentada por una razón cualquiera a la eventualidad de perder a uno de sus hijos, sale cerrando la puerta. Intentando controlarse y volver a ser ella. Reponerse de esos pensamientos oscuros que últimamente la asaltaban y que provocaban las discusiones con su marido. Héctor, ¿dónde estaría? ¿Cuándo se fue? Bien, ya llegaría, debía terminar de preparar la cena. Cruza el pasillo, rumbo a la cocina, pero se detiene bruscamente, tensa, la piel de gallina cubriendo sus brazos. Frente a ella está la luz de la cocina, a sus espaldas la sala, y le parece notar por el rabillo del ojo una sombra, algo que se desliza, que se alza de uno de los muebles. Una silueta delgada y alta. Alguien que estaba sentada, aguardando, en la oscuridad y que ahora se hacía notar. Fría, con el corazón bombeándole ruidosamente, duda. Quiere volverse, mirar, cerciorarse de que no hay nada, porque nada asecha a la gente normal en las sombras, ¿verdad? Menos en el propio hogar, ¿no es así? Allí estaba a salvo. Eso se dice; que tan sólo estaba nerviosa. Pero sabe que la silueta sigue allí, quieta, expectante. Oscura. Esperando que vuelva el rostro y la mire, acto que le otorgará consistencia y realidad para saltarle encima en medio de la silente y solitaria vivienda.

   Carajo, mira de una vez y cerciórate de que no hay nada, se grita con rabia por su debilidad, por todos esos miedos idiotas; mirada al frente, tanteando con una mano, encuentra el interruptor y encendiendo la luz, alejando las sombras… pero, por el rabillo del ojo, cree notar que no todas desaparecen. Hay una que no debería estar, pero está. ¡Qué no está!, carajo. ¡Mira de una maldita vez y convéncete! Rígida,  costándole todo el esfuerzo del mundo, mueve sus piernas y entra en la cocina. Sin mirar hacia la sala, hacia las sombras.

   En cuanto sale la mujer, el dormitorio de ensueño de niña cambia, sin transición. En un instante es una cosa, luego otra. Ahora es un cuarto umbrío, lleno de cajas arrojadas aquí y allá, con una máquina de coser sobre una de ellas, una mesa de pantry vieja repleta de revistas de costura. Una cuna olvidada, unas pesas de manos, sillas cubiertas con sábanas para cubrir los cojines. Era un depósito. Y entre las cajas, las penumbras, las telarañas y un olorcillo a polvo, a guardado y a dejación, la niña deja de sonreír, de pie, la mirada fija en la puerta que se cerró. El platillo olvidado sobre el piso. Las galletas quemadas por exceso de cocción, la leche grumosa y coagulada; una enorme cucaracha de concha negra, aleteando sus antenas repugnantes, se acerca al mismo.

   Delia alza la fea, fea muñeca y habla suave.

   -Mami parecía cansada, Galatea; tal vez debería recostarse, ¿no lo crees? –y cierra la pequeña manita alrededor del cráneo semi descubierto del juguete, apretando con fuerza, doblando y torciendo el material plástico, desfigurando la nuca y cara de la muñeca.

   En la cocina, Ingrid guarda en una envase plástico el resto de las quemadas galletas, sonriendo entre el desorden de harina y corotos sucios, el fregadero lleno; indiferente a la presencia de chiripas. No nota nada de eso. Va a cerrarlo para guardarlas cuando un feo ramalazo de dolor la alcanza de lleno, súbitamente, haciéndola gritar y llevarse una sorprendida y temblorosa mano a la cabeza, el envase cayendo y las quemadas galletas desperdigándose. Cierra los ojos, con la boca muy abierta, intentando asimilar y calmar aquel terrible daño. Pero este se repite, como si estuvieran retorciéndole el cerebro, piensa.

   Grita nuevamente, sintiéndose mareada, el intenso dolor se refleja en nauseas. Se agarra de la cocina para no caer porque el vértigo y la debilidad provocan que sus rodillas se ablanden y que todo gire de manera desagradable. Casi teme vomitar. El malestar se incrementa e incrementa. Respira superficialmente, intentando relajarse, pero es inútil. Cuando los latidos del corazón parecen ir ralentizándosele, la boca secándosele y los oídos zumbarles, intuye que puede perder el conocimiento. Tambaleándose, las dos manos cubriendo sus sienes, sale de allí, necesita recostarse. Lo primero que encuentra es la sala en penumbras; pero no, no le gusta ese lugar, siempre tiene pesadillas allí. No quiere… otra ola de dolor. Grita entre dientes, las lágrimas bañándole el rostro. Debía reposar aunque no había terminado de preparar la cena de su niña.

   Un frio intenso la alcanza ahora, así que ya no puede dudar; con la piel totalmente erizada se tambalea hacia el mueble. Teme que… no sabe muy bien qué, ¿vomitará, se orinará encima, se desmayará? No está segura, pero sabe que ya no puede consigo misma. Se deja caer, de espaldas, sobre el angosto sofá, del cual parecen alzarse una nube de pelusillas a la luz de la noche que se filtra por una ventana. Cierra automáticamente los ojos, preguntándose, de paso, ¿no había encendido esa luz hace poco? Claro que sí, no le gustaba la oscuridad. No estando sola. Aunque tenía a Delia…

   Las lágrimas se multiplican y solloza abiertamente. ¿Qué tenía? Esos horribles dolores de cabeza, taladrantes, como si le clavaran algo directamente en el cerebro, se estaban repitiendo con frecuencia. Tanto que temía ir con un médico, porque… Debía ser un tumor en su cabeza. Su papá había muerto de eso. Ahora ella. Si, tenía un tumor, algo malo que crecía y devoraba su mente, que la envenenaba y la podría por dentro. Que la estaba matando. Un animal que se alimentaba de ella, clavándole los dientes mientras aún estaba viva. Recuerda a su viejito, delgado, casi cadavérico, tembloroso, una mirada de furiosa demencia en su rostro, sin reconocerla, casi temiéndola. Casi odiándola. Lo horrible que era ayudar a cambiarle la ropa de cama y sentir su cuerpo febril, olerlo, escuchar su cascada voz de reclamos. Notar el temor en su mirada extraviada en un mundo de pesadillas. Solloza porque tiene miedo, de que sea eso, de que algo malvado esté creciendo dentro de ella, alegremente, masticando, robándole la salud, la cordura; esperando el momento de manifestarse en todo su horror, atormentándola y luego asesinándola. No, no podía ser. No podía enfermar así, ni morir, porque tenía a Delia. Una madre con una niña pequeña, que la necesita, no puede morir, ¿verdad?

   Cierra los ojos y no sabe si sueña, pero le parece ver a su madre, más seca, más refunfuñona y agria en cuanto su padre, finalmente, murió (y no, no; no se sintió aliviada, no se sintió feliz de que todo terminara de una vez), abriendo la puerta de su cuarto en aquella casa donde la agonía del hombre había durado tanto.

   -¡¿Dónde está la niña?! ¿Qué pasó con ella? ¡¿Qué hiciste?! –increpándola por aquella nieta que jamás quiso, la viva prueba del fracaso con aquella hija díscola que se preñó del primer gañan que le pasó por el frente prometiéndole el mundo.- Por Dios, Ingrid, ¡¿qué le pasó a la niña?! –demandaba saber, aferrándola con fuerza por una mano, asustándola.- ¿Qué pasó? ¿Qué pasó?

CONTINÚA … 30

Julio César.

BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 28

noviembre 22, 2017

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                         … 27

   Salgamos al campo a pasear una noche como esta…

   La noche era oscura, el viento ruidoso en sus propios oídos, con un tono censurador, casi cree escuchar que le ruge “todo es tu culpa, tu culpa”, los pies hundiéndose en pilas tibias de una basura maloliente que llena sus fosas nasales dificultándole respirar, empapándole los dedos a través de las sandalias. Se sentía pequeña entre esas montañas grises apenas distinguibles de desperdicios, por todos lados, que parecían rodearla, cercarla, impidiéndole ver más allá de sus propias narices. Olía a descomposición, a podrido, a alimentos totalmente corrompidos. Pero también a algo más. Había un hedor más profundo, sucio y ominoso, también a descomposición, lo sabe. A carne pudriéndose. También a carne reseca. Y quemada. Así olerían las tumbas abiertas, pensó encogiéndose de temor. O el infierno. Fue cuando escuchó los gritos de una niña, de Delia, chillando aterrorizada por ayuda, pidiéndole a algo o alguien que no la lastimara; llamándola a gritos. “¡Mami, mami!”, en tono desgarrador. ¡Su niña estaba en peligro!, gritó una voz en su mente, erizándole completamente la piel.

   Intentó correr, moverse a más aprisa, pero la basura donde se hundía impedía un rápido avance, y esas pilas formaban corredores, laberintos; la luna, apareciendo fugazmente de entre unas nubes que cubrían el cielo, le permite dar una mayor mirada a todas aquellas montañas de desperdicios, de cosas rechazadas, olvidadas. El lugar donde su Delia gritaba y gritaba llamándola, llorando como toda niña que enfrenta de pronto un horror tan grande que no puede hacer otra cosa como no sea chillar y suplicar su: “No, no, por favor, no lo haga. Me portaré bien, me portaré bien”.

   -¡Delia! –gritó para qué el monstruo la escuchara y se detuviera. Porque de una cosa estaba completamente segura, una presidencia malvada, terriblemente infame y cruel estaba a punto de lastimar a su niña.- ¡Delia, ¿dónde estás?! –repite el llamado porque de pronto hay demasiado silencio. Respira agitadamente, con esfuerzo, el olor casi mareándola, las nauseas a flor de piel.

   Corrió llamándola, cayendo y enterrando las manos en los potes, botellas y bolsas, mojándoselas de cosas que apestan, de basura licuada. Patalea y chapalea poniéndose de pie, continuando su marcha. Corre y la llama, aterrorizada por ese silencio ominoso donde sólo oye sus miedos, sus propios temores, el “es tarde, voy a llegar demasiado tarde”; quiere escucharla gritar, llamándola. Quiere escuchar algo, cualquier cosa… Y una risilla aguda, cruel y malévola le responde, haciéndola frenar en seco, alarmada. Ese sonido la envuelve, parece llegar de más adelante, pero también a sus espaldas. Una risilla perversamente divertida.

   -¡No! ¡No! –grita aterrorizada, bordeando una pila de basura, deteniéndose en seco, alcanzada por temblores incontrolables. La base de la pila de desperdicios  forma una circunferencia y lo primero que aparece frente a sus ojos es un zapato blanco, de hebilla, de niña. Alzada su punta, apoyado en el talón, mirándose en primer plano toda la base. Así se vería el zapato de alguien caído de espaldas. Una media blanca emerge de él, perdiéndose en la curva del montón de desperdicios. Una media llena con una pierna de niña.- No, no… -lloriqueó, los ojos cuajados de ardientes lágrimas, toda su piel erizada, sintiéndose sencillamente devastada.- No, no, ¡Delia!

   La risita lejana le sobresaltó, alejándose de allí vio una figura furtiva, que queda oculta por la oscuridad al cubrir las nubes nuevamente la luna mortecina. Pero, por un segundo, vio lateralizada una figura vestida de negro, o de ropas oscuras, con un largo cabello blanco, casi deslumbrante bajo la fantasmal luz del satélite, el rostro estrecho, enjuto, increíblemente arrugado, de nariz grande y sarmentosa, boca de labios casi inexistentes, de donde salía esa risita. El viento aulló claramente algo que la hizo gritar otra vez: “Cada niña que muere, es por culpa de su madre”.

   -No, no. ¡Asesino! ¡Asesino! –gritó con dolor e impotencia, todavía mirando en la dirección por donde desapareciera esa figura, cayendo de rodillas entre la basura, su figura pequeña perdiéndose en la inmensidad de aquel lugar oscuro, maloliente, siniestro. El vertedero de la humanidad. ¿Su infierno? Ingrid lloró y lloró como si no le quedara otro camino que aquel, agotarse, deshacerse en llanto, seguir y seguir hasta caer ella también.

   -¿Mami? –la voz a sus espaldas la sobresaltó, haciéndola lanzar un gemido de alivio, de alegría; ¡su niña estaba viva!

   Se volvió, pero no era la niña, el pies dentro del zapato continuaba caído, lo que vio, riéndose de manera terrible de su auto engaño, de sus esperanzas rotas, de pie, frente a ella, era ese ser que se había alejado en dirección contraria. Delgada, el cabello claro destacándose a pesar de la oscuridad, alta y delgada. Riendo de una manera terrible.

    -Tú sabías lo que le pasaría, maldita zorra, desde el momento que la pariste sabías que todo terminaría así, aquí; en este lugar donde pagarás finalmente tus culpas. Sin importar lo lejos que escapes, volverás, siempre aquí. No tienes a dónde huir. No de mí. No de ti. Nadie levantará un dedo para interceder por ti. –sentenció una voz que parecía llegar de su propi cabeza, así como la horrible risita burlona.- Nadie te acompañará en el tribunal.

   Cubriéndose los oídos con las manos, la mujer tan sólo pudo gritar y gritar, echándose hacia atrás, cayendo de culo sobre la cálida y apestosa basura, hundiéndose, chapaleando, intentando alejarse, sabiendo que si dejaba que esa cosa la tocara, estaría perdida y ya no podría escapar.

   En ese punto, despertó del mal sueño sobre el sofá, en la sala de su casa, a donde fue a dormir después de un disgusto con su marido. Abrió los ojos sintiéndose perdida en medio de las penumbras y la soledad, asustada, los ojos cuajados de lágrimas y el corazón latiéndole dolorosamente en el pecho. Aturdida se puso de pie, vacilante, las piernas no la sostenían. ¡Delia! Tenía que verla. Dio dos pasos antes de entender que no estaba sola, no en aquella sala en penumbras. El corazón se le paralizó mientras iba volviéndose, lentamente, deseando estar equivocada, rezando interiormente. La respiración se le congeló, en el mueble al lado de sofá, sentada, estaba esa figura delgada y alta, vestida de negro, o de oscuro, el rostro afilado, arrugado, en penumbras, sonriendo de manera torva, el cabello blanco. Comenzando a reír.

   -No eres tan rápida como para huir de mí, zorra. –le dijo, o le pareció escuchar en su cabeza.

   El grito al saberse atrapada, la estremeció, todo su ser, y despertó por segunda vez, bañada en sudor en ese sofá del que saltó, alejándose del otro mueble, como si estuviera en llamas. Soñó que soñaba. O lo que fueran esas horribles pesadillas. Una que la había seguido desde un punto que desconocía, hasta la sala de su casa. ¡Delia!, recordó de nuevo, y dándole la espalda a los muebles, temiendo en su fuero interno volver a escuchar esa risita, corrió, hacia la habitación de su hija, abriendo la puerta y viendo a la niña dormida en su cama, respirando suavemente. Tuvo que cubrirse la boca con las dos manos para sofocar un alarido de alivio, de agradecimiento al Cielo, o la vida, ya que la habría despertado y asustado. Pero si, su niña estaba bien. A salvo. Ese monstruo no la había atrapado en realidad. Qué tonta había sido, se dijo conteniendo una risilla histérica, acercándose a mirarla, temblando toda con las ganas que tenía de llamarla, despertarla y abrazarla. Pero no lo hizo. No quería comportarse como una tonta, alarmándola. No después de todo lo que había costado que la niña accediera a dormir sola en su cama, abandonando la suya, o la de su abuela, donde suplicaba dormir porque le daba miedo la oscuridad, la soledad.

   La niña, en esos momentos, susurró en sueños.

   -Galatea… -una palabra que no reconoció pero que la asustó nuevamente, erizándole la piel otra vez.- Corre, Galatea, corre; que no te alcance la mujer mala. –la niña pareció desinflarse en sueño al soltar esas palabras.

   -¿Mami? –la voz de Delia la regresa al presente, alejándola con mucho esfuerzo de todo ese horror, del mal sueño, de las palabras que no entendía pero que intuía peligrosas.- ¿Estás bien?

   Y la mujer no aguanta más, sonriendo pero sintiéndose turbada, asiente su falsa conformidad, inclinándose y abrazándola, notándola algo fría (tanto como Elena pronto encontraría a Leonardo).

   -Te amo, mi niña. Sabes que puedo darte todo lo que quieras, ¿verdad? Y todo lo que quieras será. –le susurra aquella promesa rara, pero que se siente obligada a hacer. Le dará lo que sea, hará lo que la pequeña pida, para que la ame. La idea resultaba extraña a ella misma, como lo es la voz de la niña al responderle, algo gorgoreante.

   -Mami… ¿no hueles la basura?

CONTINÚA … 29

Julio César.

BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 27

octubre 12, 2017

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                         … 26

   Salgamos al campo a pasear una noche como esta…

   -Elena… -el hombre quiere agregar muchas cosas, preguntar muchas otras más, pero no puede. Le parece que cada cosa que diga sólo le hace ver mal. Su hijo regresaba y no sólo no parecía contento sino que… Pero, santísimo Dios, eso no podía ser. ¡No era posible!

   -Sencillamente apareció allí, hasta donde sé. La enfermera hacia una ronda y le vio. No le reconoció, no estaba aquí para ese entonces, creyó por un segundo que era el otro chico, Linares, y lo llevó con el director. –informa el policía. Un silencio ominoso se hace en ese porche.

   -Cariño… -la mujer, tono suave, pone a todos en alerta. Ella tan sólo mira al chico.- Quiero saber qué te pasó. ¿Dónde estuviste? –la voz es algo trémula, siente que en cualquier momento puede derrumbarse, así que le roba fuerzas a la dicha que siente en esos momentos para continuar funcionando.

   Las preguntas logran captar el interés de todos los presentes; es cuando Raúl, mirando al desconocido, repara nuevamente en su presencia.

   -Un momento, Zabala, ¿quién es este hombre? –no quiere discutir asuntos familiares delante de extraños. Y mucho menos una cuestión como esa…

   -Oh, disculpen, es el detective Narváez, de la policía científica con sede en Cumaná. –anuncia, y Joel nota un automático aire de cautela compartido por la pareja Lezama. Joder, todos como que odiaban a los extraños en ese pueblo. O, quién sabe, tal vez sólo a la policía. O a él.

   -¿Trajiste a un policía de Cumaná? -chilla, alarmado, Raúl; también Elena se tensa, mirando del niño hacia Braulio, luego regresando la vista a este.- No debió…

   -Llegué al pueblo por la noticia del niño desaparecido esta mañana. –en un tono claro y oficial, Joel le ataja, luego mira al niño.- Lo otro, encontrarme con este desusado hecho, fue… una sorpresa y un enigma como imagino lo es para todos. Este jovencito… -la palabra expresa todas las dudas del mundo. El jefe Zabala podía sentirse muy seguro de su autenticidad como el niño desaparecido más de una década atrás (lo que en sí le hacía pensar en muchas cosas, como la tensión que parecía haber entre esa pareja y el policía de pueblo), pero la cosa era sencillamente inverosímil. La gente no caía en baches de tiempos. Ni los muertos resucitaban. Bien, se dice que ocurrió en una vez, en Jerusalén, pero…

   -Es mi hijo. –aclara, firme, Elena, abrazando un poco al chico, como deseando protegerle.

   Teme que alguien llegue y se lo lleva. La idea es comprendida por los tres hombres. Si, los notables del pueblo podían contar con ello para contener la noticia.

   -¿Y esta casa? No es… -la voz cascada del chico, rasposa, desvía la atención. De muchas cosas. Ella sonríe tensa, sus ojos cargados de tristeza, incertidumbre, amor, esperanza y dolor.

   -Nos mudamos. Hace algunos años. La vieja casa estaba cargada de… recuerdos. –le responde. No tiene que contarle que simplemente no soportó continuar allí, en una vivienda que la asfixiaba. Sin espacio para pensar o sentir. Atiborrada de recurados dolorosos en cada rincón.- Este es nuestro hogar ahora, cariño, por lo tanto también es el tuyo. –su voz se rompe un poco, atrapándole las mejillas.- Bienvenido a casa, Leonardo.

   -¡Elena! –Raúl se inquieta, y ni él mismo lo entiende bien, pero la parece recordar los viejos relatos de seres que necesitan ser invitados antes de entrar, y hechizar, un lugar. ¿Acaso era realmente Leonardo, Dios? Ella le mira.

   -Es mi bebé, Raúl. Regresó. –suena categórica; un modo tajante y casi obsesivo tal que aún Braulio se inquieta y cruza una rápida mirada con Joel Narváez.

   -¡Tenemos que hablar! –agrega el policía mirando al marido de aquella mujer, al tiempo que Raúl, extendiendo una mano hacia él, decía exactamente lo mismo.

   -Vamos. –Elena, enderezándose, se desentiende de ellos. Casi mareada de la impresión y la dicha, le tiende una mano al niño, que no duda un segundo y la toma.- Entremos a casa.

   -¡Elena! –Raúl quiere advertirla de algo, rogarle que esperara, que cavilara cuidadosamente en ese asunto tan extraño, que había que averiguar antes, que dentro estaban sus otros hijos, Mayra y Tristán, que debían pensar en ellos, no arriesgarles a…

   -Mamá… papá… –la misma Mayra se asoma, seguida de Tristán y los amigos que vinieron con la joven de Caracas. Todos se veían preocupados. Habían tardado su rato en la entrada.

   ¡Oh, Dios!, piensan para sus adentro el policía y el papá de la joven. Joel lo mira todo con curiosidad, pero también intimidante molesto; había querido escuchar qué podía contar el chico sobre lo ocurrido, o si se descubriese al no poder hilar una historia. Nada le quita de la cabeza que no quiso responder a las preguntas de la mujer. Toda la escena era subreal, alucinante. Aunque nota la mirada que dos jóvenes mujeres tras la chica que hablara, le lanzan abiertamente. Las cuales parecen evaluarle como posible cita al cine. O la cama. Lo que no estaría nada mal.

……

   Dos casas más allá, en una bonita y bien cuidada vivienda de una sola planta, alguien parece estar prestando atención a lo que ocurre en la propiedad de los Lezama. Aunque por la distancia, y ubicación de la ventana desde donde mira, sin vista real a aquel porche donde el niño es recibido, tal cosa fuera imposible. Normalmente.

   Es una casa hermosa, rodeada de la infaltable grama verde, la verja baja, las acacias muy frondosas mostrando su carga de florecillas amarillas, el porche con sus muebles de madera, forrados en telas coloridas. La lámpara que derramaría una luz suave para la lectura en el mobiliario de dos puestos, de noche, o para estar allí tomando algo y hablando, o saludando a quien pasara por la calle. Como sus dueños hacían muchas veces. Ingrid Torrealba, sonriendo sintiéndose extrañamente dichosa, como siempre que horneaba galletas y el olor era tan bueno como ese (aunque su marido insistía en que no sabía cocinar), coloca tres de las enormes muestras sobre un platillo. Y como si de un cliché se tratara, sirve en un vaso corto, una buena porción de leche fría de cartón.

   Con el plato que va dejando un rastro de aroma delicioso, y la leche, la mujer sale de la cocina y cruza la sala, sin mirar hacia el sofá. No lo hace de manera consiente pero evita mirar porque le inquieta, aunque ya no piensa en ello (en ese sueño extraño…). Atraviesa el pasillo que lleva hacia los cuatros, sintiendo el amor bullendo en su pecho, la dicha inconmensurable que le embarga en esos momentos. Va a abrir el picaporte cuando oye un susurro, una voz apagada, de niña. Sonríe, su pequeña jugaba. Esa sonrisa se congela por un segundo. Porque a la voz infantil, el de una niña posiblemente con una muñeca, le sigue una respuesta, una de tono rasposo, seco. Y eso la eriza por un segundo (el sueño…), aunque pronto lo supera. No, todo esta bien en su vida maravillosa. Abre la puerta, sonriendo otra vez, asomándose al hermoso cuarto de niña.

   No es muy grande, pero tiene de todo, la cama mullidla, cubierta de cojines y por un cubrecama color rosa, la alfombra blanca bajo esta, las muñecas hermosas en los estantes, los libros de cuentos, los útiles escolares. Un pequeño banderín cerca de la minúscula peinadora donde se lee, en letras muy recargadas, “Mi hija está en el Cuadro de Honor de la escuela de Río Grande”. Y la niña misma, menuda, de cabello negro, largo y lacio, llevando un ganchillo en la parte superior, el cual muestra una enorme margarita de plástico como adorno. Su vestido corto, blanco y de falda, deja ver sus medias igualmente blancas, así como los mocasines de la escuela, que le encantaban. La niña, ojos castaños claros, luminosos, le sonríe al verla y más al notar el plato.

   -Mami, galletas, qué rico. –chilla alegre, jovial, mostrando una dentadura que iba mudando, faltándole uno de los molares superiores.

   -Delia, ¿aún no te cambias? Quítate esos zapatos. –sonríe ella, correspondiéndole, acercando su carga, congelándose un poco al ver la muñeca de la niña en sus manos. Era fea, vieja, de ropas remendadas y manchadas, como si hubiera sido lavada con otras prendas que soltaron color manchándola. Lo peor era que le faltaba un bracito, y el cabello parecía haberlo perdido como una paciente que recibiera radioterapia en la nuca y comenzara a soltarlo, a mechones, faltando uno aquí y otro allá. Uno de los ojos estaba cerrado, la boquita parecía exageradamente roja. Era horrible. ¿Por qué no terminaba de tomarla cuando durmiera y la botaba? Porque la nena estaba apegada a ella. ¿Acaso demasiado? No, su nena era perfecta.- Me… me pareció que hablabas con alguien. –se interesa, más inquieta. La niña, que toma una galleta y la mira, sonriendo, responde.

   -Hablaba con Galatea. –informa, alzando frente a ella, acercándosela, la fea muñeca, la cual parece sonreír un poco más. Y un feroz estremecimiento recorre la espalda de la mujer. Algo parece rasgarse por un segundo frente a sus ojos, la gasa de colores con la cual ve el mundo, el cuarto perdiendo luminosidad, un olor rancio y húmedo llenándole las fosas nasales.- Saluda a Galatea, mami.

   -Hola, Galatea… Tu muñeca se ve algo… acabada. –la palabrea le cuesta.- ¿De dónde salió?

   -De dónde vienen los niños, mami. –ríe la chiquilla, como si contara un secreto atrevido del cual acaba de enterarse, la galleta en la mano.- De la basura. –y la mujer sonríe, tragando en seco.

   -Eso no es así, pero eres muy chica para hablar de ese asunto. –se defiende, sintiéndose fría.- No me gusta tu muñeca, tienes otras muy lindas, ¿por qué no juegas con ellas?

   -¿Quiere que me deshaga de Galatea? ¡Es mi niña! –hace un puchero, sorprendida, mirándola con ojos grandes, transmitiéndole una idea terrible.- Una madre no se deshace de sus hijos, ¿verdad, mami?

   El sueño, por un segundo el sueño llena su mente… aterrorizándola.

CONTINÚA … 28

Julio César.

BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 26

septiembre 30, 2017

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                         … 25

   Al amparo de la oscuridad…

   En cuanto detuvo la patrulla, Braulio Zabala se paralizó, alcanzado de pronto por la inmensidad de lo que estaba a punto de ocurrir. Lo mucho que trastornaría la vida de tantos. No le ayudó que la puerta de la casa se abriera y aparecieran, en el porche, el mal encarado Raúl y la tensa Elena, y le esperaran. Debía hacer algo de brisa, se dice, notando como se agita un poco la caída del vestido de la mujer, que se arregla un riso de cabello que es desordenado por el viento. Y no quiere pensar en nada, no puede permitirse recordar algo, no en un momento tan serio, pero sigue viéndola con los ojos del ayer. A su mirada seguía teniendo quince años menos.

   -Esperaré aquí. –al hombre le sobresalta la voz del detective de policía llegado de afuera. Por un segundo le había olvidado. Se vuelve a mirarle y nota que este tiene la vista clavada en un silencioso Leonardo, si es que de él se trataba (si, es él, carajo, se dice el policía de pueblo).- Hasta que prepare todo… con esa gente. Suerte.

   -Bien. –croa, entendiendo al otro. Vaya que era intuitivo. Sabe que necesita tiempo para encarar el asunto con la familia, pero que tampoco quiere perder de vista al chico. ¿Miedo a que volviera a desaparecer? Bien, una vez había ocurrido, ¿no? Mira a este.- Espérame un momento.

   Con gracilidad a pesar del tamaño, el hombre sale del vehículo, siendo seguido por un par de miradas. Joel Narváez habría dado años de su vida para presenciar la reacción de esa pareja cuando el policía comenzara a contar lo que iba a comunicarles; pero entiende, y calibra justamente, el tamaño del hecho. Si ese era el chico extraviado hacía más de una década… regresando como niño todavía, mejor era no perderle de vista, ¿no? No vaya y sea que desaparezca y queden como locos de películas de miedo a los que nadie les cree nada y los suponen dementes. Y algo muy demente había en todo ese asunto. A pesar de las palabras de Zabala, duda que sea el chico. Es que, sencillamente, era imposible.

   La tensión podría cortarse con un cuchillo (o serviría para encender un bombillo si se le procesara), cuando el alto y apuesto hombre de ley se acerca a la pareja de buen ver que le espera en el porche; él, ceñudo y de brazos cruzados sobre su pecho, ella algo inquieta, incierta. Como tiene que ser al estar parada junto a su marido, recibiendo al hombre con el cual se ha metido dos veces en la cama. Le cuesta controlar su expresión al sentir una fugaz y desconfiada mirada de Raúl. ¿Qué sabría, exactamente, su esposo?

   -Raúl, Elena… -gruñe ronco y mortalmente serio, Zabala, quitándose la gorra. El otro hombre se tensa más.

   -Zabala. –replica seco, no le tratará como a un viejo amigo de la casa, eso lo deja claro. Dándole otra mirada a su tensa mujer, le interroga.- ¿Qué le trae por mi casa? –y Zabala calla, indeciso.

   -¿Ocurre algo…? -ante el silencio del policía, la mujer se inquieta más, tanto que casi le llamó Braulio.- ¿…Jefe? ¿Se trata del niño, Antonio Liscano? ¿Apareció? –se agita más y más, por la suerte del muchacho, por el dolor que debía estar sufriendo su madre. Todo tan parecido a lo padecido por ella misma. Pero Raúl tenía razón, ¿por qué tendría que ir el jefe policial a contarles algo de eso, si de eso se tratara? Y una idea le alcanza tensándola como cuerda de violín: tal vez porque tenía algo que ver con la persona que se había llevado su muchacho. Esa relación casi la lastima. Y asusta. Siempre ha querido saber quién raptó a su niño, conocer su nombre, saber quién de los habitantes del pueblo era el monstruo. Porque de eso estaba plenamente convencida, había sido uno de ellos, de sus vecinos. Su peor enemigo era alguien a quien tal vez se veía obligada a saludar en la iglesia o en el mercado. O, peor, una persona “amiga”, un monstruo que durante años y años le ha fingido aprecio.

   -Ha ocurrido algo, algo realmente increíble. –el hombre farfulla, casi sonriendo con amargura, comprendiendo al fin lo difícil de aceptar que era todo lo que había ocurrido.- No sé cómo, o por qué, pero…

   -Mamá… -se oye una voz suave, algo ronca y quebrada por la falta de uso.

   Elena y Raúl, desconcertados, notan como Zabala pega un bote y se vuelve, y saliendo de detrás de su figura, el hermoso chico emerge, mirando a la mujer con un calor que no ha estado allí en ningún momento desde que apareciera en el parquecito de la escuela. Por un segundo todo parece congelarse, detenerse; todos miran al niño, hasta que un nuevo personaje, un hombre joven y guapo al que no conocen, se dice la mujer, se deja ver, todo azorado.

   -Lo siento, jefe. –se disculpa este. Vigilaba al chico, pero también miraba lo que ocurría en el porche. Y ni aún ahora está completamente seguro de cómo este abrió la portezuela sin que lo notara, y salió. Pensó en gritarle, pero no lo creyó conveniente. Ese chico había pasado por mucho (si aceptaba que era “ese” chico). Además, tarde o temprano le sería mostrado a la familia y ahora podía acercarse al centro de la escena.

   -Si, claro, imagino que no pudo hacer nada. –le corta el jefe, mirándole disgustado, como si adivinar lo que piensa, se dice Joel, algo azorado.

   Pero ni Elena ni su marido prestan atención a eso después de un desconcierto inicial ante el desconocido; sus miradas han vuelto, y  siguen, sobre el niño. Y mientras el hombre parpadea, frunciendo el ceño, adivinándose la negación, la sorpresa y hasta el horror en sus facciones (la posibilidad de una pavorosa tormenta a punto de abatirse sobre su casa y su familia), la mujer si que abre los ojos, la quijada le cae y tan sólo puede mirarlo y mirarlo, como si no pudiera asimilarlo, convencerse de aquello, que estuviera, en efecto, ese niño allí. ¿Acaso deliraba otra vez? ¿Aún era presa de las fiebres y la alteración mental que siguió a la desaparición de su hijo e imaginó que habían pasado los años cuando han sido horas o días?

   -¿Le…? ¿Leo…? –susurra temerosa de mil cosas, comenzando por el hecho de estar engañándose, imaginándolo todo; siendo reemplazado el temor por otra cosa, la idea de perderlo otra vez. Que su hermoso niño desaparezca nuevamente, allí, frente a sus ojos.- ¡Leo! –grita, y es un graznido ahogado, frenético al tiempo que se tiende y le abraza con fuerza mientras comienza sollozar.- Leo, Leo… mi niño. –le acuna y llora abiertamente, mientras siente que todo da vueltas a su alrededor y teme que el corazón se le detenga en el pecho. Aún así le oprime con más fuerza, necesitada de sentirlo, de saberle real.

   El niño, después de una leve vacilación, le rodea el cuello con los brazos, cerrando los ojos, apoyándose en la mujer, y por un segundo parece un chico de verdad, una persona real, se dice el detective llegado de Cumaná, quien parecía notarle algo de… robot. Allí se quedan todos esos hombres, algo cortados, escuchando sollozar a una mujer cuyas mejillas se cubren de lágrimas, de sorpresa y felicidad, repitiendo un nombre mil veces, besándole ahora el rostro que atrapa entre sus manos. La escena era irreal y los hombres la miraban con diferentes grados de interés.

   Raúl se veía horrorizado por toda la escena, abrumado de una manera que no parece siquiera comenzar a entender. Braulio mira a la mujer de manera aprensiva, la notaba agotada. El policía de Cumaná los evalúa a todos.

   -¿Es… él? –pregunta Braulio al fin.

   -Es mi niño… mi hijo… -lloriquea ella la respuesta, sin quitarle los ojos de encima al muchacho. Confirmando algo que Braulio ya sabía.

   -¿De qué hablas?, no, ¡no puede ser! –jadea Raúl lo que está atormentándole desde hace rato.

   -¡Es el! –enfatiza, dura, la mujer, mirando a su marido por un segundo, volviendo el rostro al niño, besándole, para finalmente ver a Braulio.- Si, es él, es mi niño. Lo encontraste. Me lo regresaste… como prometiste una vez. –la voz se le rompe y llora aún más, cayendo finalmente de rodillas y abrazándole otra vez, con fuerza, sintiéndose embargada de emociones tan poderosas y abrumadoras que no puede sostenerse. El chico la puntada para sostenerla, pero cuando Zabala da un paso adelante, como si fuera a imitar al chico, Raúl ruge.

   -¡No toques a mi mujer! –la voz es un estallido hostil que paraliza al policía de pueblo. Inclinándose a su lado, cruzándole la espalda con un brazo, mira al chico a su lado de manera desvalida. Dios mío, ¿sería realmente Leonardo o era un juego macabro de alguna clase? ¿O el juego macabro era su regreso?- Elena, por Dios, el niño… -calla cuando ella lo mira, sonriendo, las lágrimas tiñendo de negro sus mejillas, con algo de mucosidad en su nariz.

   -Es él, Raúl. ¿No lo ves? Es Leonardo, mi niño. ¡Dios se apiadó de mí, finalmente, y me lo regresó! –exclama algo aprensiva, inquietando a todos en ese porche.

   -¿Qué es esto, Zabala? –el hombre mira al policía con desconfianza y rencor, como si sospechara alguna broma de mal gusto para hacerles daño. ¡Odiaba tanto a ese sujeto!

   -Es mi niño. –repite ella, terca, riendo ahora, volviendo a besarle, mas dueña de sí, una luz hace mucho tiempo apagada en su mirada, brillando de nuevo. La dicha.- Es mi bebé. Es Leonardo. –le insiste al hombre inclinado a su lado.

   Este mira al niño, estremeciéndose. Allí no había nada, ninguna emoción dirigida él.

   -¿Qué…? ¿Dónde…? –Raúl mira de un policía al otro, preguntándose de paso quién era ese sujeto joven.- ¿Dónde le encontró?

   -Apareció esta tarde en los columpios de la escuela. –informa Braulio, tono cansado, abrumado también. Mirando al chico.- Nadie sabía quién era. Una maestra le reconoció, Adelaida.

   -Ella fue su maestra. Dos veces. –señala Elena, como evidencia de su punto.

   -Eso dijo ella también. Y su marido, el profesor Miranda me llamó. No me dijo quién…-la voz le tiembla de emoción, si, él también le había reconocido.- Llegué, le vi y… me pareció que era él, pero…

   -Ha pasado más de una década. Aunque fuera nuestro hijo no podría continuar siendo un niño. Han pasado años y años. Tendría que ser un joven mayor que Mayra. No… esto. –Raúl lo pone en palabras, y mientras el policía le mira confundido, como si le entendiera, Elena parece hosca.

   -Y sin embargo es él, Raúl; mi niño. –el tono es tajante.- ¿Por qué te niegas a reconocerlo? Está frente a tus ojos. ¿No lo ves? ¿No lo reconoces? ¿Acaso no te alegra que haya vuelto? –demanda saber, y este se agita, y aún más cuando el niño le mira, con sus ojos vacíos, ausentes. ¿Muertos?

CONTINÚA … 27

Julio César.

BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 25

septiembre 10, 2017

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                         … 24

   Al amparo de la oscuridad…

   La cena transcurre amenamente, como atestiguan las risas, sorprendidas y realmente divertidas, de Raúl Lezama, Tristán, Andrea y Reyna, escuchando un cuento de Jairo. Sobre una excursión de este con unos amigos a unas playas, en un tiempo muy lluvioso, donde se emborracharon, vendieron el caucho de repuesto para comprar más aguardiente y de repente todos comenzaron a gritar que había mar de leva y había que huir de la zona.

   -Por supuesto, fue cuando uno de los cauchos nos echó la vaina. Justo cuando las olas se parecían a las que voltearon al Claridón. Tocó salir corriendo dejándolo todo atrás, incluso al chofer del carro, el idiota ese; y eso después de casi pillarnos los culos intentando empujarlo en la arena. –continuó, con aire pícaro. Como siempre, el asunto era algo escandaloso, una experiencia y una conducta casi deplorable; pero el joven resultaba realmente divertido cuando se lo proponía, como ahora, cuando recorre la amplia mesa con la mirada, notando que Clemente sonríe, sin comprometerse mucho, mueca que contrasta con las carcajadas del resto, así como las sonrisas que no llegan a los ojos de Elena y Mayra, quienes, como puestas de acuerdo, van trayendo platos de la cocina.

   La comilona consiste en abundantes carnes guisadas, pastas a la milanesa, yuca con guasacaca casera, todo oliendo a gloria, así como un consomé que hizo rugir las panzas de Jairo y Clemente en cuanto el olor les llegó. Eran chicos que se podría decir que estaba en franco crecimiento pero, que por la vida en la carretera, no siempre comían cuando debían. O cuanto deseaban. Así que el relato del procaz joven es recibido con tantas sonrisas como la cena.

   Todos ocuparon un lugar en la mesa, no hubo el casi tradicional (Clemente y Jairo lo temieron) “Gracias, Señor, por estos alimentos”. Las conversaciones continúan, y una mirada que Elena cruza con su hija, cuando finalmente se sienta con el resto, esta asintiendo un poco, le indica a la mujer que la joven ya habló con Clemente y partirán esa misma noche. Eso parece quitarle un gran peso de encima, haciéndola sonreír más abiertamente, algo que provoca un leve fruncir de ceño de su marido, testigo del cruce de mirada. Nadie había tenido la decencia de hablar con él y contarle algo. Cuestión que ocurría mucho en esa casa, pensaría este más tarde.

   A Clemente le había sorprendido un poco la petición ansiosa de Mayra de abandonar esa misma noche el pueblo, el tono de urgencia, pero no tanto como debería. No por todo lo que había escuchado desde su llegada, el por qué de tantos pesares de la joven, lo de su hermano, la culpa que sentía y lo del chico desaparecido esa mañana. Por ello (y el tal Víctor, no olvidemos al sujeto ese), había estado más que feliz de complacerla. Salir de ese pueblo y dejarlo todo atrás; comenzando por el ex novio de ¿su chica? Era algo que debía aclarar en cuento Río Grande quedara muy atrás. La idea de tal conversación, y la del ex novio, le provoca un cierre de garganta… que no dura mucho mientras devora con apetito de muchacho la suave y deliciosa carne guisada. Ah, sí tan sólo una de las chicas cocinara así… O que al menos cocinara…

   Si, Elena se siente mejor, tanto que sonríe más abiertamente cuando Raúl, su marido, mirando a Jairo y Andrea, habla de sus cualidades como gran cocinera. Lo hace con gusto, con una sonrisa… pero a la joven de anteojos le parece notar algo extraño en su tono y la ansiedad por cantar las cualidades de Elena. Parecía buscar que ella escuchara y estuviera contenta. Con él. Qué raro.

   -Cariño… -la mujer mira a Tristán, sentado este entre Mayra y la joven morena de pechos grandes, cercanía que tenía al adolecente algo distraído.- Necesito hablar contigo al terminar la cena.

   -Ay, mamá, voy a salir con Mos y el Gato… -el chico comienza la queja, mirando todavía con disimulo las tetas de Reyna, notando que tomó una ducha. Otra. Se estremece imaginándola enjabonándose sus partes, la mano entre sus piernas, perdiéndose en su sexo. ¿Habrá dejado secando sus pantaletas en el baño? Algunas chicas lo hacían, tal vez si entraba…

   -No, quiero que hablemos. –le sonríe, pero el tono es firme. Este alza la mirada al fin, retador.

   -¿No podemos hacerlo mañana? Ya quedé con mis amigos.

   -Discúlpate con ellos. –puntualiza, y la tensión va acrecentándose en la mesa.

   -Pero mamá… -grazna.

   Oh, mierda, pensó Jairo, tomando aire sin molestarse en disimular su enojo ante la escena. Porque estaba seguro de dos cosas, que aquello sería una escena desagradable como cuando su madre le reclamaba a su segundo marido por manchas de pintura de labio en sus camisas, sabiendo que al sujeto le encantaba irse de putas (así se habían conocido; contaba a veces, sonriendo de las carcajadas que lograba), y que todos alrededor de esa mesa pensaban más o menos lo mismo que expresó con su suspiro, pero eran demasiado idiotas para expresarlo.

   -Basta, Tristán, ya escuchaste a tu madre. –Raúl tercia, sin mirarles, tomando asado del plato. El joven palidece, furioso, conteniéndose a duras penas.

   -No entiendo por qué no podemos hablar mañana. Yo…

   Porque tu mami quiere que sea hoy, tontín, y tu padre es un cabrón que algo debe y lo paga dándole por su lado, se dice Jairo, sonriendo levemente ante el aire concentrado en sus platos que presentan sus amigos para disimular. Oprime los labios en mueca, y mientras pincha un pedazo de carne, que estaba muy buena, usando la mano izquierda, con la derecha, bajo el mantel de la mesa, toca a Andrea muy arriba en su muslo, provocándole un leve bote, ganándose una dura mirada de esta, que no dice nada, pero le pellizca feamente con las garras de gavilán que tiene por uñas. Eso le hace sonreír levemente, aunque dolió.

   -Debe tratarse de algo importante, ¿no lo has pensado? –Mayra le replica a su hermano, va perdiendo la paciencia. Este la mira con disgusto.

   -¿Y qué?, ¿ahora sabes lo que es mejor para otros y no lo que simplemente deseas para ti? Vaya que eres grande, ¿eh? –la ataca, directo a la yugular.

   -¡Tristán! –brama Elena, algo sorprendida, severa, controlándole un poco.

   Joder, chico, metiste la pata en grande, piensa Jairo, sacando la mano herida de debajo de la mesa, tomando el tenedor y continuando con su cena, mientras baja la izquierda, como si tal cosa, y atrapa el musculoso y firme muslo de Clemente, cerrando la palma contra la cara interna de este, muy arriba, casi rozándole el entrepiernas sobre la áspera tela jeans, y  comienza un leve manoseo de apretadas. Sonriendo al verlo pegar un bote más brusco que el de Andrea, mientras le lanza una furiosa mirada, dándole un manotón bajo la mesa. Luchan un poco y le hace sufrir no soltándole, aunque al final debe hacerlo. Eso le hace sonreír de manera torcida.

   Ese hijito de puta le debía una, algo que se había prometido a sí mismo una vez, en una fiesta que no recuerda muy bien, cuando el otro terminó bailando toda la noche con una chicuela que le gustaba, y de la cual no recuerda ni la cara, pero a la que había estado trabajando en esa reunión donde hubo mucho vino barato y porros a granel. Se prometió, mientras tomaba ron del malo como si fuera colita, que las manos del apuesto muchacho, un día, terminarían sobre su verga, acariciándosela, masturbándole. Y, quizás, si estaban sentados mientras se lo hacía, se la haría tragar. Y promesa era promesa, así hubiera estado volando por tanta marihuana en el momento de hacer tan solemne y sagrado juramento. Tal vez en ese viaje a ese apestoso culo del mundo…

   -Mamá… -Tristán baja la guardia y quiere rogar; vana ilusión, lo sabe. Así que calla y bulle de ira y frustración, sabe que nada conseguirá. Su madre quería decirle algo. O se lo inventaba porque temía que saliera cuando la mierdita del niño ese se había perdido. O porque no le gustaban sus amigos, como se lo había dado a entender un millón de veces, de mil maneras. Como fuera, no le dejará salir.

   -Disculpen el momento, y cenemos. –la mujer termina, mirándolos a todos, serena, pero firme.

   Perfecto, se dice el muchacho, casi trinando los dientes, controlándose a duras penas. A la menor oportunidad escaparía por la ventana de su cuarto. Otra vez. Mos seguramente tendría de esos cigarrillos mentolados que tanto le gustaban, y el Gato alguna revistica nueva de chicas ligeras de ropas. Y hasta era posible que llevaran la vieja moto y le permitieran usarla. No iba a perderse todo eso por las tonterías de su madre. Que continuara creyendo que le había ganado, si eso quería creer. La resolución le hace trinchar con rabia la comida.

   Por un segundo el silencio es pesado, tan ensimismados están todos en lo que piensan, que las luces del auto que se acerca, que ilumina contra los ventanales del comedor, les llega a todos. Y todos alzan la mirada al escuchar el motor acercándose. Tristán, precisamente, sentado de espalda a la pared y el ventanal, se vuelve y mira por un resquicio de las cortinas.

   -Es la patrulla del jefe Zabala. –anuncia, algo curioso, como la mayoría de los presentes a la mesa, excepto Mayra, Raúl y Elena, que se tensan automáticamente, casi con disgusto ante la mención del apellido. A tres de los cuatro Lezama no parecía agradarles la noticia.

   -¿Qué pasará? –se agita Mayra, viendo a su madre.- ¿Será algo sobre el niño?

   -Ni idea. Iré a… -Elena se ve confusa, evitando mirar a su marido en todo momento.

   -No, Iré yo a ver qué quiere ese sujeto en mi casa. –gruñe, hosco y agresivo, Raúl, arrojando una servilleta a la mesa, sus ojos, tormentosos, cruzándose con los de su mujer, que parpadea.

   -Raúl… -grazna ella, poniéndose también de pie. Dispuesta a seguirle.

   El hombre la mira pareciendo dolido por un segundo, como si esperara que ella dejara todo en sus manos. O que no quisiera salir a ver a ese tipo. Elena no es tan despistada como para no intuirlo, a pesar de su desasócielo, pero la conciencia (comprometida), no la deja ceder; aunque entendiera que era mejor no aparecer entre los dos hombres. La mirada entre marido y mujer parece durar toda una vida, aunque sabe muy bien que no es así, tan sólo se lo parece porque… ¿Qué sabía Raúl? ¿Sospechaba que ella y…? ¿O lo sabía de cierto? Algunas veces había notado una expresión herida, furiosa en sus ojos, cuando se volvía y le sorprendía mirándola, en silencio, gesto que cambiaba rápidamente. Pero nunca le ha dicho algo, no le ha preguntada nada.

   -¿Es “ese” Zabala? –se interesa Reyna, mirando a su amiga.

   -El mismo. Ese hombre es detestable. –Mayra responde, sin mirarla, tensándose aún más al notar cierta vibración extraña entre sus padres. Una que no había notado allí antes, ni siquiera cuando su madre, por alguna razón, hizo responsable a su padre por lo de Leonardo. Por injusto que fuera. Una tensión que si estaba presente ahora, ante la mención del jefe Zabala…

   Mientras Elena y Raúl salen, y Tristán regresa su atención a la mesa, todos guardan silencio. Mayra, enderezando los hombros y les sonríe. Tensa.

   -¿Alguien quiere algo más?

   -Yo sí. –replica Jairo, bajando la mano otra vez, atrapando nuevamente el firme muslo de Clemente, el cual pega otro bote y le empuja, mirándole enfurruñado.

   Ríe de lo más divertido, siendo mirado extrañados por el resto, menos por Andrea que sonríe imaginando lo que hizo, Dios, ¡estaba tan loco ese idiota!

   Oh, sí, no pasaría mucho antes de que su bonito “amigo” tuviera su miembro en las manos, haciéndole una buena paja, se decía el otro, atragantándose de yuca.

……

   -Raúl… -Elena intenta tender algún puente, siguiendo a su marido que camina con grandes y firmes zancadas hacia la puerta de la calle, rostro pétreo, deteniéndose con la mano en el picaporte, volviéndose y fijándola con la vista.

   -¿Si, querida? ¿Algo que quieras decirme o preguntarme? –inquiere lentamente, mirándola con intensidad, como retándola a decir algo más. Pero ella no puede, en verdad que no, aunque muchas cosas le suben del estómago, como deseando salir de una vez.

   -No, nada. Es que… pareces alterado y…

   -Zabala está en mi casa. Creo que tengo derecho a alterarme, ¿no? Es el jefe policial, después de todo, su presencia aquí podría ser para dar una mala noticia sobre algo. –casi le sonríe entre dientes.- Me pregunto qué le traerá aquí, exactamente. –abre la puerta, las luces de los faros los iluminan mientras salen al porche. Entrecierran los ojos.- Parece venir acompañado.

   -Creo que hay un niño con él. –susurra Elena, abrazándose el pecho, recorrida de repente por un fuerte escalofrío.- Me pregunto sí será el niño extraviado anoche. Ojalá sea él.

   -Debe serlo, ¿no? Aunque, ¿para qué lo traería aquí? –se intriga Raúl. Bien, ya lo sabrían, se dice viendo como la portezuela del conductor se abre. Dios, ¡cómo odiaba a ese sujeto!

CONTINÚA … 26

Julio César.

BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 24

agosto 28, 2017

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                         … 23

   Al amparo de la oscuridad…

   -No, no dijo nada. Ni una palabra. –bufa el cura, respondiendo al ex jefe policial.- Pero la señora Martus tiene razón, esto va a causar un verdadero y desagradable impacto en el pueblo.

   -Y tiene qué producirlo, joder; el niño… –jadea William, abrumado, parpadeando, viéndose confuso, asustado.- ¿Qué carajo está pasando en este pueblo?

   -Cálmese, señor Villalta. –gruñe la mujer, ceñuda; la gente que no se controlaba eran un verdadero dolor de cabeza para ella.- ¿Qué haremos? –pregunta mirando al único en la estancia que sabe puede caminar, pensar y mascar chicle, todo al mismo tiempo. Este, corresponde con su mirada, cierra las manos sobre la empuñadura de su bastón y recorre a todos con la mirada.

   -Haremos lo de siempre, negar todo. Silenciarlo. –el ex jefe policial, Alirio Ricaurte, interrumpe el silencio de segundos que se hizo mientras esperaban sus palabras.

   -¿Cómo pretende hacer eso?, el niño regresó, ¡como un niño, por Dios! –trona Ernesto Mendoza, viéndose bastante desencajado, aunque traga cuando tres pares de ojos, cura, viuda y ex policía, le miran fríamente.

   -Porque nadie sabrá que es el niño Lezama, a menos que salgamos a contarlo. –arguye el hombre de piel negra, sienes plateadas, rostro liso, sonrisa desdeñosa.- Repito, lo de siempre.

   -Pero verán al niño. –jadea William, confuso, dominado por el temor. Toda aquella fantástica situación le demostraba, como si alguna vez lo hubiera dudado, la existencia de un lado oscuro en el pueblo.- Alguien le recordará y reconocerá, como pasó con el jefe Zabala.

   -Verán a un niño en la casa Lezama, que se parece vagamente a ellos; en los recuerdos siempre es así, joven. Verán a un visitante, a un sobrino de la familia.

   -¿Pero y si Elena Yorca…? –comienza Victoria, temiendo que la mujer haga un escándalo.- ¿Imaginan lo que ocurrirá cuando vea al niño? Si no es que lo ha visto ya. Exigirá saber qué pasó… Recuerden lo trastornada que estaba por aquellos días, acusando a todo el mundo de haberlo raptado, de callar. De no buscarle. –vuelve a oprimir los labios. Siempre pensó que todo aquel ataque histérico de la mujer denunciaba una mala crianza. Sus palabras, ciertas como el anochecer que los cubría de inciertas sombras, alteran a los presentes. A todos menos al viejo ex jefe policial, que le sonríe suavemente, con una mueca, mostrando el gastado diente de oro.

   -Ella es quién menos me preocupa, la verdad sea dicha. Será la más fácil de… controlar, por fea que se escuche la palabra. Bastará con insinuarle que tal evento “milagroso” atraería la atención de gente de todas partes, aún de Caracas y quién sabe si hasta del Norte, que los gringos podrían sentirse intrigados con una noticia así, y podrían llevárselo. Tal vez sin ella. –la amenaza flota ominosa. Ellos se lo quitarían. No hace falta decirlo. La sensación de alivio es general. O casi.

   -Cree que sea tan fácil así… -el cura le mira casi humilde, como quien busca consuelo en alguien mejor preparado. Era lo que solía ocurrir ante el sagaz, directo, brutal en sus planteamientos, y a veces amoral ex jefe policial.

   -Me preocupan más las comadres del pueblo y ese chismorreo incansable. –este sonríe, otra vez, sin humor.- Pero cada cosa en su momento. Padre, hable con el jefe Zabala y con esa gente, los Lezama; como haremos el resto de nosotros. Es bueno que el viejo Fuenmayor les llame también, Raúl Lezama trabaja para la petrolera. Que no se comente sobre esto, que nadie hable del “regreso” de Leonardo Lezama en estas circunstancias; eso mientras averiguamos sí es cierto, o no. No puede ser, en lógica. Pero sí lo es, hay que abocarse, sin que estorben otros, a saber el cómo pasó. –baja la voz y sonríe rapaz, el diente de oro lanzando un fugaz destello, notando la obesa silueta del ex profesor sin mirarle directamente.- Y qué le pasó, es lo que hay que averiguar, en primer lugar. Saber si hubo… juego sucio tras todo esto.

   -Fue lo que siempre supusimos, ¿no? No que escapó tras el circo, aunque recuerdo que uno de ellos pasó por aquí en esos días. Dios, ese olor a tigres… -comienza Victoria, mirándole, ceñuda.- Pero el consenso era que alguien le había raptado, algún enfermo… -enrojece y calla; no puede decirlo. Se lleva una mano algo insegura al moño y arregla un inexistente mechón fuera de su sitio.

   -Un aberrado. Eso fue lo que imaginamos. Un sucio degenerado que abusaría de él, desechando su cuerpo. Pero ahora el chico está de vuelta. Y es todavía un chico. Aquí hay algo más. –sentencia el ex policía, brutal, mirando al cura, los dos compartiendo una desazón.

   -¿Qué? ¿Estuvo muerto y se levantó de su tumba tal como cundo entró? –grazna William, y todos se tensan, por lo absurdo del argumento, y sin embargo…

   El corazón del rubicundo Ernesto sufre un leve espasmo. ¿Qué había pasado? Ahora iban a preguntar, a indagar, el maldito chico… No, nada iba a pasar. Leonardo no sabía, no podía…

   El chico iba silbando alegremente, olvidado ya el encuentro con el director de su escuela, deteniéndose de pronto, sintiendo que algo o alguien se acercaba rápidamente a sus espaldas, pero le faltó velocidad. Ernesto Mendoza, mirando en todas direcciones antes de actuar, moviéndose con gestos que desmentían su peso y tamaño, le cubrió la cabeza, desde atrás, con una enorme bolsa negra, balándola por sus hombros y llegándola más abajo del delgado torso, el cual rodeó con un gordo pero fuerte brazo, inmovilizando los del chico contra su cuerpo, alzándole cuando este comenzaba a chillar sordamente y se debatía intentando escapar. Así le cargó hacia la camioneta que se había detenido justo en ese momento a su lado.

   Había tragado con esfuerzo desde que bajara de su carro, la vista fija en el chico que se había negado a subir, la garganta muy seca mientras su rubicunda cara se empapada de sudor por ese brillante e implacable sol del medio día. Habría sido más fácil terminar lo que iba a hacer si el maldito muchacho hubiera entrado en el carro, pero no; siempre era así con los chicos, se dijo con mortificación, y algo de enferma rabia. Como si fuera deber del chico el facilitarle su ruindad. Le siguió, silenciosamente, algo notable dado su volumen. Controlando su respiración ruidosa. Miró intranquilo de derecha a izquierda, inquietándose de verlo todo tan carente de personas. Era la hora del almuerzo, todos estaban ocupados con eso, sin embargo no era normal que una calle como aquella estuviera tan solitaria. Menos por el chico que iba por un refresco. El chico al que debía… No quería hacerlo, no porque fuera algo malo y terrible, sino por miedo a ser sorprendido, atrapado. Bastaba que alguien mirara por una ventana, o abriera una puerta. O un rezagado regresara a toda prisa a sentarse a la mesa antes de volver al trabajo. Y que le vieran. Y que se supiera de toda su bajeza. Enfermedad. Enfermo, aberrado, así le llamarían todos si el asunto se descubría. La policía allanaría su pieza, encontrarían las revistas, las fotos, las cartas… El miedo se le intensificó mientras le seguía, ante la posibilidad de verse, de pronto y ante los demás, sin su máscara de hombre de bien, de prohombre de la comunidad. Y, sin embargo, tenía que hacerlo, atraparle, o todo se iría al infierno.

   Le vio doblar por la calle Sucre, la del correo, perdiéndose de la vista de algunas ventanas comprometedoras, como las de su propia casa. Apresuró el paso, la barriga bamboleándosele, la respiración contenida, con tanto esfuerzo que casi le hizo estallar los pulmones. Deseó respirar por boca y nariz, tomar profunda inspiradas, pero no pudo. Estaba más cerca, cautelosamente sacó del bolsillo posterior de su pantalón de pana la bolsa que desdobló con cuidado. El chico tonto…

   Casi sonrió cuando le cubrió con la bolsa, al inmovilizarle y alzarle. ¡Había sido tan fácil! Así de sencillo era atrapar al muchacho de cualquiera en una calle mientras iba a hacer algo tan cotidiano como ir a la bodega. Sonrió ante la ironía, que él como maestro, veía en todo aquello.

   Sin embargo, el corazón pudo haberle fallado justo en ese momento por todo lo que bombeó, a pesar del ramalazo de excitación al atraparle así. El muy tonto ya estaba perdido… Fue cuando se congeló, al arrojarle en la camioneta y allí era retenido por otras manos, con la nuca totalmente erizada. Sintiendo, allí, la intensidad de una mirada vigilante, censuradora. Casa que le obligó a volverse con alarma. Dios de los Cielos, ¡le habían visto hacer aquello! La certeza fue total, completa. Una sombra se había movido a su derecha, desde atrás. Un testigo de su infamia. Con mirada frenética, los redondos y porcinos ojillos girando de manera convulsa, recorrió la calle. Nada. Ni un alma, reconoció escuchando, como desde muy lejos, la camioneta alejándose, justo cuando un aterrorizado chico comenzaba a gritar que lo soltaran, llamando a su mamá, con fuerza, como si la palabra lograra, efectivamente, de alguna manera, salvarle de lo que le esperaba.

   No se volvió, siguió escrutando y sus ojos cayeron sobre la casa Marotta, en la esquina, en el inicio de la calle Sucre, con su jardincillo lleno de grama y altas hierbas, puertas y ventanas cerradas. Casa que llevaba cinco o seis meses sola. No se sabía qué había sido, exactamente, de José y Melinda Marotta, el joven matrimonio que vivía discutiendo a todas horas por los enfermizos celos de una mujer casada con un hombre joven que parecía estrella de cine. Hecho en sí que debía hacerla feliz, sentirse orgullosa ante otras mujeres, las casadas con sujetos toscos; pero que no era así, ni por asomo. El atractivo del hombre era la cruz de Melinda, quien iba extraviándose de manera cierta frente a todos, haciéndoles temer que eso podría terminar o en una agresión de él a ella, o en una separación escandalosa y hostil. Sin embargo, sorprendió a todos, había que decir la verdad, cuando José Marotta apareció un día, en público, con una venda que le cubría media cara, corriéndose el rumor de que ella, mientras este dormía, le había herido con unas tijeras. Se dijo que para desfigurarle. Para estar segura de que no le gustará a otras. Eso decían, él nada contó, ella tampoco, así que todo pertenecía al campo de la especulación de los chismosos del pueblo. Hasta una mañana cuando un vecino entró al escuchar la radio encendida y las puertas abiertas. Sin encontrarlos. Allí no había nadie, a pesar de la mesa puesta para un desayuno algo flojo, una arepa en cada plato, y dos tazas de un café frío. Se les esperó y no volvieron. ¿Les habría buscado Ricaurte?, se preguntó el obeso sujeto, ignorando la respuesta. Pero ahí no vivía nadie. La casa estaba sola, los notables (de ese momento, cuando él ni soñaba con ocupar un lugar en ese grupo), murmuraban que algo debía hacerse con la propiedad, no era bueno que quedara sola por mucho tiempo, por la fama que podría darle a la zona. La casa misteriosa y precipitadamente abandonada. Nadie entraba y la ocupaba, así fuer por una noche, por ejemplo, porque era visitada regularmente por la policía para evitar algún robo mientras se contactaba a alguien de la familia. No, nadie moraba ya en ese lugar.

   Pero, bajo ese sol intenso que le hacía transpirar como un cerdo, el hombre tuvo la certeza de que alguien había visto lo que hizo, atacar al chico Lezama, y que, quien fuera que seda, le había visto desde allí, desde la casa de puertas y ventanas cerradas. El miedo que se apoderó de él, desde ese instante y por todas las horas y días siguientes, fue grande. Pálido, con sobresaltos involuntarios, transpirado generalmente, se le vio ir y venir mientras la alarma, pánico e incertidumbre por la suerte del chico se extendí por Río Grande. En su pieza, después de recoger y ocultar muy bien sus tesoros en lo más profundo de una maleta, mantuvo esta siempre lista por si le tocaba escapar a la carrera, en medio de la noche. Y nada pasó. Las horas eran una tortura, cada vez que alguien llegaba a la pensión, o le detenía en la calle para indagar por noticias, le parecía que, al fin, venían a encerrarle. Pero nadie contó nada, nada se supo. ¿Acaso lo imaginó, esa sombra furtiva desde el frente de la propiedad? ¿Había sido su “conciencia”? ¿O, efectivamente, alguien le había visto y callado, esperando un mejor momento para emerger?

   Recordándolo, tragando en seco pero intentando controlar esos gestos, el hombre se dice que el chico nunca le vio llegar. No vio su cara. En ningún momento. Por alguna razón se había cuidado muy bien de ello, no quiso que el recuerdo de su mirada le siguiera mucho después de que desapareciera y le pasara… lo que iba a sucederle. Lo que debió pasarle. Bien, no era posible, en sana lógica del mundo natural, que ese chico hubiera vuelto, que fuera Leonardo Lezama; pero aún así, si lo fuera, no podía contarle a nadie lo que no sabía, su participación en todo aquello tan horrible que le ocurrió. Erizado, con la garganta aún seca, evita mirar a ninguno de los presentes, especialmente al ex jefe policial. Sabe que su máscara está algo descolocada, y eso podría delatarle, dejar que le vieran como… el monstruo que imagina todos le supondrían. No, nadie debía saberlo nunca. Pero, y las dudas vuelven a atormentarle como llevaban haciendo desde la llamada del cura, ¿y sí el chico vio algo? ¿Y sí ese niño sí era Leonardo y sí le vio acercarse y atacarle, pero no lo recuerda de momento, o espera el instante de contarlo y denunciarle frente a Río Grande? Un jadeo involuntario se le escapa.

   -¿Todo bien, profesor? –la voz del ex jefe policial le llega, lejana, y sonríe de manera mecánica, asintiendo, sabiendo que su máscara se desliza un poco más.

   -Bien, creo que… en medio de una situación tan extraordinaria, esta amenaza que se perfila contra el pueblo y sus buenos ciudadanos… -comienza el cura, creyéndolo en serio, ignorando las muy leves sonrisas desdeñosas de Victoria y Alirio, o el bufido de William.- …Es lo mejor que podemos hacer de momento. Minimizar el daño.

   -Bien, no sé si sea correcto decir que eso es lo mejor… -comienza Alirio, sin mirar a nadie en especial.- Pero es lo que haremos, de eso nos ocuparemos en primer lugar. Lo esencial es averiguar quién es en realidad ese niño. No puede ser el que desapareció hace años, pero sí lo es…

   -Qué locura. –jadea William, necesitando como nunca antes en su vida un enorme vaso de whisky. Todo lo que escuchaba le sonaba a locura. Una siniestra, fea.

   -Y saber qué le ocurrió… -tercia Victoria, sin mirar a nadie, tampoco, ceñuda.- Yo quiero saberlo.

……

   Las cosas no resultarían tan fáciles, como imaginaban en esos momentos, los pocos notables que acudieron a las precipitadas llamadas del cura, porque ignoraban, ya que el profesor Miranda nada les contó, que un detective de la capital del estado estaba en el pueblo, y había sido testigo de la llegada del muchacho y la reacción del jefe policial que había intentado deshacerse de él, dejándole atrás en aquella investigación.

   Joel Narváez, sentado en la parte posterior del vehículo policial, todo ceñudo, desvía la mirada, que volvía una y otra vez, con fascinada morbosidad, a la nuca del niño y a la del jefe Zabala, sabiendo que este lo notaba. Ahora ve hacia una bonita quinta de dos plantas, a la que se acercan más despacio, ubicada a mitad de una calle ancha, bien iluminada, con el consabido jardín y la valla, aunque con un añadido que imagina no es regular: una vieja camioneta van estacionada a medio camino del techado estacionamiento.

   La casa de los Lezama Yorca. Suspira, notando la tensión del policía de pueblo, la mirada del chico, ceñuda, algo extrañada, en la propiedad. Imagina muy bien la tensión y aprensión del otro, porque él mismo no es indiferente al hecho. Ya imagina la reacción que la llegada del niño, el supuesto Leonardo Lezama, causará cuando su familia, sus padres y hermanos, lo vean. Regresando después de más de una década de sabérsele extraviado, sospechándose que muerto… Siendo un niño todavía.

CONTINÚA … 25

Julio César.

BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 23

agosto 13, 2017

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                         … 22

   Al amparo de la oscuridad…

   La sorpresa es tal que se paraliza; tan desconcertado está que parpadea mirando la cerca de la casa parroquial. Alguien estaba del otro lado, entre sus rosales. Una niña. ¡Y pareció leer en su mente! Es idea le llega después, con todo y lo inquietante que es.

   -¿Quien está allí? –exige saber, huraño.

   -¿Cuántos niños se perderán antes de que haga algo? ¿O todos pagan culpas de sus padres? –la joven voz, de niña, es incisiva, burlona. Casi alarmante en sus entonaciones de infante jugando a ser una adulta.- ¿Cuántas otras desgracias encubrirá con su sotana antes de responder por ellas, padre?

   Aquello le deja sin palabras. ¿Qué carajos…?, piensa impíamente, molesto, apresurando el paso, abriendo la reja de madera y asomándose al oscuro jardín, recriminando mentalmente al viejo Evaristo, que llevaba semanas diciéndole que repondría las bombillas, sin hacerlo jamás. La sombra de los mangos era el telón de fondo, más arriba estaba el cielo oscuro, sin luna en esos momentos a pesar de lo temprano de la hora; los arbustos, los rosales, parecen personas agazapadas, pero no es tan imaginativo, o nervioso, como para sospechar de cada aparente figura. Da varios pasos, muy ceñudo, sin ningún temor a lo desconocidos. No había nadie allí. ¡Pero la escuchó!, ¡y las cosas que dijo! Podría jurar que…

   -Padre Vicente, ¿es usted? –oye a sus espaldas una voz inquieta, que le obliga a volverse bruscamente.

   En la entrada de la casa parroquial encuentra la figura de un hombre joven, bajito pero fornido, que podría tacharse de muy guapo, cabello castaño suave, peinado hacia atrás, ojos verdosos, metido dentro de un costoso saco, sin corbata, viéndose exitoso, rico. Un hombre al que, sin embargo, el anciano no dudaba de tachar de débil…  De cobarde. Aún ahora lo nota, el joven parece preocupado por algo, intranquilo (porque es de noche y no está en su casa, tan simple como eso), pero no sale del reducto de iluminación del interior de la vivienda. A William Villalta, el hijo mayor del viejo Villalta, dueño de las azucareras, le daba miedo la oscuridad. Era algo que todos sabían en el pueblo, una noticia vieja, muy vieja, que comentaban entre bromas, pero que nadie se lo echaba en cara. Su familia era demasiado poderosa, buena parte del poblado trabajaba directa o indirectamente para ellos.

   O casi nadie se atrevía, porque, si no se equivocaba dentro de la vivienda debían estar los otros. Los notables del pueblo, reunidos de emergencia por un niño que apareció de la nada para trastornar la vida de todos. Al menos algunos de ellos, no pudo comunicarse con todos. Y a estos, el poder financiero, casi tradicional de la familia Villalta, no impresionaba tanto.

   -Estoy bien. –gruñe en respuesta, poco amistoso con el muchacho. Su debilidad le ofendía de alguna manera.

   Llega a su lado y le pasa, después de intercambiar los formales buenas noches, y nota como el joven escudriña en las sombras del jardín. Casi le pregunta si vio algo, a alguna niña, pero no quiere abrir otra brecha de discusión para esa noche. Pero no, el joven no mira el jardín… Lo hace hacia la calle. Le imita y localiza el bonito carro estacionado, del otro lado de la calle (¿cómo no se fijó?, últimamente andaba en las nubes), junto a otros menos llamativos. Claro, no todos contaban con el dinero de los Villalta, ni adornaban sus autos con una bonita y joven catira que parecía estar esperando a William, y que parecía sonreír (caramba, también había olvidado sus anteojos).

   El sacerdote, aún más irritado, se pregunta si era que la gente en ese pueblo no entendía que casarse era un contrato entre Dios y los hombres, y que la infidelidad era una culpa grande. Y, bueno, si el insensato ese iba a andar por ahí con una mujer que no era su esposa, ¿era mucho pedir que no la llevara a una junta de los notables del pueblo, la gente de bien, especialmente si dicha cita era en la casa parroquial?

   -¿Han llegado los otros? –le precede dentro de la modesta vivienda, la cruda luz amarilla daba calidez al interior, ahuyentando toda sombra, algo que imagina hará feliz al miedoso ese; hay muchos muebles de mimbres, dos sillones tipo mecedoras y algunas imágenes religiosas, pías como no lo era el sujeto, adornaban las paredes en el saloncito de entrada.

   -Tan sólo han aparecido la señora Martus, el profesor Mendoza y el jefe Ricaurte. –anuncia el joven, mirando hacia la calle, sonriéndole a la catira con una mueca dulce en su bonito rostro varonil, ¡la quería tanto!; mueca que suaviza aún más sus facciones.

   Si, era un sujeto guapo, rico de cuna, que lo había tenido todo y aún le esperaba mucho más, cuyo apellido, en Río Grande, era prácticamente  de la realeza local. Y, sin embargo, William lo habría dado todo por estar en su casa de Mérida, con su amiga, o en cualquier otro lugar bien lejos de ese pueblo que le provocaba tanto miedo, uno que no podía controlar. “Una vez, de noche, vi al diablo”, le contó a esa joven, yaciendo ambos en una cama grande, erizado, trastornado de temor ante el recuerdo vívido, como siempre le ocurría al evocar aquello; los gritos de súplica del hombre a quien esa figura maligna atrapó entre sus garras inhumanas e inmisericordes. Ser que volvió la mirada, enfocándole. Un día iré por ti, eso creyó leer, y desde los seis años ha esperado que vaya por él, con miedo, uno que ya nunca le ha abandonado, ni siquiera cuando está lejos del pueblo. Y, cada tantas noches, soñaba con esa cosa, y él era la víctima.

   La sonrisa que adornaba su rostro le duró hasta que los rosales del jardín, oscuros, se agitaron, como pequeñas personas moviéndose, haciéndole pegar un respingo y cerrar firmemente la pesada puerta de madera. Decidido a deja los miedos afuera, donde pertenecían.

   -Comencemos, no creo que venga nadie más.

   -Su llamada no dio tiempo para… –eso altera al sacerdote.

   -No sabía que esto pasaría; soy viejo, muchacho, ¿qué esperas de mí? –refunfuña.

   El anciano penetral en el también bien iluminado zaguán y encuentra un grupo humano del cual no es particularmente amigo. Era la gente decente del pueblo, “de bien”, que iban a misa y llevaban una vida intachable, se sentaban de primeros en la iglesia en Navidad, en Semana Santa, en cada celebración litúrgica, pero no eran realmente devotos. Ninguno de ellos se confesaba. Jamás. No sentían, en su corazón, el santo temor a Dios. Lo primero que le llega, antes de verles, es la azarosa voz del Mendoza, parlanchín, totalmente carente de interés.

   -Sabía que algo pasaría ese día, se lo dije a la señorita Irma, ¿la recuerdan? Aquella maestra que tocaba la guitarra en cada reunión escolar. Dios, qué mal lo hacía. Bien, había tenido un sueño raro. Con mi madre. No, no sobre eso, jefe Ricaurte. –recrimina.- La pobre llevaba décadas de muerta. –recrimina.- Me dijo que andaba de visita, pero que pronto se iría. Me impresionó, no se los niego. Cuando el chico Lezama desapareció… la recordé. ¿Había sido un anuncio? Pero, cómo saberlo antes, ¿verdad? Bien, cuando desayunaba, la buena señora Margot dejó caer la cafetera. Bañó toda la mesa del comedor. Fue tan desagradable. Algo del café cayó en mis zapatos, y ya estaba vestido para salir a la escuela. Ni imaginan lo difícil que es quitar el café del cuero. Y justo ese día usaba los marrones claros. Todo parecía indicar que sería, en efecto, un mal día. Cuando llegó la noticia del niño… -el hombre calla, bruscamente, en cuanto el sacerdote aparece.

   Sentada cerca de la entrada, el cura encuentra a Victoria de Martus, delgada, alta, de rostro afilado y cobrizo, cabello cano firmemente peinado en moño; el vestido largo, estampado y anticuado que usa, lo lleva con el buen gusto con el cual manejaba su vida y el pequeño museo del pueblo, base de la crónica local. Sabía mucho de historia a sus más de setenta años; edad que parecía haberse congelado en su rostro liso de leve seriedad. Viuda desde hacía más de cuarenta años, eso había dado pie, a lo largo de décadas, a chistes bastante impropios e impíos. La mujer está muy erguida en una butaca de madera (bastante incómoda, bien sabía el viejo sacerdote), y en esos momentos su ojos reflejaban algo de irritación. Seguramente por el largo relato de Mendoza. Seguramente llevaba rato trabajándoles la paciencia.

   Este está de pie, a su lado, con una leve sonrisa tensa en el semblante. Ernesto Mendoza es un sesentón rubicundo de cara, mejillas hinchadas y flácidas, cabello entrecano y crespo, ojos un tanto pequeños y porcinos, bastante obeso, notándose aún más por la camisa guayabera que usa. El viejo ex director del colegio, en funciones cuando el chico Lezama desapareció, parecía estar hablando, pero nadie le escuchaba. No era un asunto tan curioso, todos sabían que le era imposible quedarse quieto, o callado, nunca; que se movía y hablaba así la gente bostezara o le mirara con  disgusto. Aunque retirado de la educación, aún conservaba intereses en el deportes inter escolar. Mantenerlos ocupados era alejarles de problemas, solía decir.

   El tercer visitante es un hombre mayor también, sesentón igualmente, pero no podía ser más diferente al ex maestro. Alirio Ricaurte, ex jefe policial de Río Grande, era bajito, delgado, enjuto, de negra cara avinagrada y gesto sardónico, de mirar desconfiado. Sus ojos, algo amarillentos sus glóbulos, parecía tazar cada cosa que miraba, cada información que llegaba a su sagaz mente. Estaba sentado apartado, a propósito, de los otros dos. Especialmente del ex director del colegio.

   -Padre, ¡ya era hora! –gruñe Ernesto Mendoza.

   -Ya no soy tan ágil como usted, profesor. –ladra este, con cierto veneno. Todo el mundo sabía la casi inercia del sujeto, que parecía rechazar cualquier actividad física, al menos la propia, ya que estimulaba a los chicos a jugar. Tal vez por su obesidad, la cual hacía su voz algo jadeante.

   -Pude ir a buscarle. –acota, sonriendo, aunque sus ojos se notan alertas, y resentidos.

   -Hay que caminar.

   -No cuando se le espera y…

   -Vamos, señores, es tarde y aún no he cenado. –interviene Victoria de Martus, mirando al sacerdote.- ¿Es cierto lo que dijo? –parece más curiosa que otra cosa cundo va al grano.

   -¡No puede ser cierto! –braman a un tiempo William, de pie tras el cura, Ernesto y Alirio Ricaurte, uno exaltado, el otro con disgusto. Estos dos se miran, y al viejo ex jefe policial parece molestarle más el coincidir con el maestro.

   -Es científicamente imposible que… -comienza acaloradamente Ernesto, realmente agitado por la noticia, evitando ver al viejo policía retirado. Aunque siente su mirada vitriólica.

   -¿Le vio usted? –la mujer interviene de nuevo, dirigiéndose al sacerdote, intrigada.

   -No, su sucesor… -dice este al maestro.- Llamó al jefe Zabala, quien se lo llevó. Ya debe estar llegando a la casa Lezama. Pero, aparentemente, le reconoció como Leonardo. O eso dijo, al menos, antes de retirarse.

   -Si Zabala dice que es el niño Lezama, puede ser. –interviene, con sorna, Alirio, sosteniendo la mirada disgustada del cura.- Como sabe, padre, él… les conoce muy bien.

   -Señores, esto es absurdo, no sé a qué esté jugando el jefe Zabala, ¡pero no puede ser el niño Lezama! –brama Ernesto, particularmente afectado.- No digo que no regresara, si aún viviera… pero no puede hacerlo como un niño. ¡Es inadmisible!

   -Estamos en Río Grande. –grazna, alterado, William, ganándose la mirada de los presentes.

   -Contrólese, Villalta. –tercia el policía, ceñudo, mortificado por aquella posibilidad.- ¿Es acaso esto posible? –cuando el maestro va a saltar, eleva una delgada mano, silenciándole.- Si, lo sé, no es posible, en la naturaleza, pero… ¿y si es el chico y está de regreso, a pesar de todo?

   -¡No! –brama Ernesto, ojos dilatados, pero todos le ignoran. Afortunadamente para él.

   -¿La verdad?, no lo sé, jefe. No lo creo, pero Zabala pareció pensar que sí. Y eso debemos tenerlo en cuenta, porque… -el cura frunce el ceño con disgusto, mirándole.- …Si, él les conoce. –se hace un silencio tenso en aquel zaguán.

   -Por Dios, esto traerá una tormenta, una como nunca antes hemos tenido. Al menos no en tiempos resientes. –gruñe Victoria, levemente mortificada también.- ¿Un muerto que resucita? ¿Un niño que no envejeció? ¿Cómo contendremos esto?

   -¿Qué contó el profesor Miranda? –interroga el ex policía, mirando al tenso y lívido Ernesto.- ¿El chico dijo algo? ¿De lo que pasó, del día que… desapareció? –el ex director de la escuela desvía la mirada hacia él, y parecen batallar mentalmente. El hombre obeso compone una tensa sonrisa, contralando el estremecimiento.

   Aterrado. Sintiendo unas ganas repentinas y locas de orinar, casi cree haber mojado un poco su calzoncillo, las manos sudadas. ¿Y si el muchacho contó que…?

   -Hola, chico. –saludó, sonriendo, viendo al joven en la acera bajo el intenso sol del medio día. El bonito rostro infantil se volvió a mirarle a través de la ventanilla.

   -Buenos días, profesor Mendoza. –saludó, educadamente, Leonardo Lezama, quien, evidentemente, iba a realizar algún mandado para su casa.

   -¿Vas para la bodega? Sube, te llevo. –ofreció, mirando a los alrededores. Nervioso.

   -No se preocupe, profesor, ya estoy cerca. Gracias. Me esperan en la casa con un refresco para almorzar. –informó, sonriendo levemente, y continuó.

   El maldito muchacho…

   Ahora, tragando en seco, desviando la mirada del rostro del viejo ex jefe policial, quien le preguntó, varias veces durante ese periodo, si había visto al chico ese día, espera por las palabras del cura. ¿Qué ha estado contando el muchacho desde que apareciera? Sí es que era él. El miedo le hace temblar y debe luchar por controlarse; la piel la siente fría, erizada. Su corazón late dolorosamente en su pecho, como cuando sufriera sus dos pre infartos. Intenta controlar una mueca de risa involuntaria, recordando lo solícito que fue todo el mundo cuando le ocurrió aquello. Ahora, imaginándose el escándalo, la vorágine que asolaría su vida si se supiera… podrían hasta encarcelarle. Todos sabrían sus secretos, sus miserias. La basura que guardaba. La mierda que había en su alma y que con tanto cuidado había cubierto, sabiendo que actuaba tan mal pero incapaz de controlarse. No queriendo hacerlo. Siendo feliz mientras se revolcaba en sus pecados.

   Si era Leonardo, y este contó algo…

CONTINÚA … 24

Julio César.

BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 22

julio 19, 2017

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                         … 21

   Al amparo de la oscuridad…

   -¿Hacer algo… como qué? –el tono es preocupado y duro. Y la inquietud vaga que siente, se intensifica al verla desviar la mirada, evasiva.

   -Lo que haría todo buen cristiano si una abominación… -deja caer la oración.

   -¿Qué? ¿De qué coño hablas, mujer?

   Ignorándoles completamente, un error que suele cometer a menudo, el padre Vicente, con el corazón latiéndole con un esfuerzo casi doloroso, escucha el repicar del otro lado del teléfono. No, a esa gente no iba gustarles lo que iba a contarles, pero era necesario.

   -¿Aló? –la no identificada voz se deja escuchar.

   -¿Si? soy el padre Vicente… -informa y nota el silencio del otro lado. La tensión. Claro, si llamaba, algo malo ocurría.

   -¿Si, padre? Que ha pasado ahora? –hay algo de irritación en el tono.

……

   Cerrando las grandes y fuertes manos sobre el volante del auto policial, al jefe Zabala casi le duele el cuello de lo tenso que está. La tirantez dentro del vehículo era completa, algo casi físico. Parecía un miasma palpable. No era sólo por el niño, sentado a su lado, mirando al frente con esa curiosa expresión neutra. Un niño surgido de Dios sabía dónde… Si es que Dios tenía algo que ver con eso, piensa estremeciéndose, erizado cada centímetro de su piel. Era también por el detective que viniera de la capital del estado, quien escuchara cuentos extraños sobre su pueblo, uno donde desaparecía demasiada gente joven… Hecho que no pareció notar antes. Situación en la que ahora repara totalmente, extrañado de no haberlo visto. ¿Acaso… no quiso verlo?

   Clava los ojos por el retrovisor, enfocándole en el asiento posterior. Silente, ceñudo, concentrado. Molesto. Seguramente intrigado por todo lo que ocurría, pero parecía especialmente molesto. Algo en todo aquello parecía ofenderle más que sorprenderle, o intrigarle. Podrían ser muchas cosas, se dice el rudo policía, pero sospecha que mucho tiene que ver con el asunto del muchacho, lo que este le dijo para convencerle de quién es, y que le oculta. Pero es que no podía contarle. No era un secreto suyo. O no sólo suyo. Tragando en seco, profundamente conmovido (“hola, papá”), las frase regresaba una y otra vez a su mente, abrumándole, desarmándole.

   La piel le arde y pica, tan sólo de imaginar lo que ocurrirá cuando aparezca frente a la puerta de Elena, con el chico… Le mira otra vez, no puede dejar de hacerlo, aunque este no le corresponde. Mierda, si, era él, Leonardo José. El aliento se le congela en el pecho; Elena iba a enloquecer en cuanto le viera, como aquella vez. Aún ahora le dolía recordar todo el sufrimiento de la mujer, cuando entendió que sí, que el chico se había extraviado, que alguien, tal vez, le había raptado y que no aparecía ni vivo ni muerto. La recuerda desencajada, frente a su casa, gritándole con ojos desequilibrados, que tenía que encontrarlo, que tenía que regresarle a su hijo. Todo el reclamo, la angustia… y la devastación emocional y mental que vio e intuyó en ella, le enfermó. Le dolió de una manera que a él mismo le sorprendió, ver y constatar todo ese dolor, su profunda herida. Fue tanta la emoción, amarga y terrible, de mirarle desbaratarse frente a sus ojos, que imprudentemente, con Irene, su mujer, presente, también Raúl, el marido de ella, la abrazó mientras ella gritaba y lloraba más, prometiéndole que no descansaría hasta encontrarlo, que él se lo llevaría de vuelta. Nunca debió prometer eso, su fracaso ha durado años y años.

   Debe cerrar los dedos con fuerza sobre el volante, abrumado otra vez. Recordando el llanto que ahogó en su propio pecho, esa noche en el baño de su casa, por no poder evitarle todo ese dolor a la mujer que… Traga en seco y mueve los hombros. Ahora estaba por cumplirle la promesa. Regresaba a Leonardo José Lezama Yorca a su familia… doce años más tarde. Y todavía era un niño que aparentaba nueve. Dios, ¿qué era todo esto? ¿Dónde estuvo?, ¿qué le pasó? El estremecimiento que lo recorre casi le enferma… ¿Había algo “malo” tras todo esto?

   -Hola, papá… -regresa el recuerdo del susurro suave, bajo, inequívoco del chico, ese que ahora mira por la ventana, indiferente al agitado policía de pueblo y al silente y furioso detective de Cumaná. Cuya mala cara no le dejaba relajarse ni un poco.

   El hombre es lo suficientemente adulto para interpretar y entender la molestia del joven detective. Cualquiera, con una mente racional, debería encontrar aquello… repugnante. Un fenómeno que cuestionaba toda su realidad. Y este lo era. No era el caso de un niño extraviado misteriosamente, al que no se le encontraba ni vivo ni muerto. Que simplemente había desaparecido. Otra cosa, muy distinta era que reapareciera, no como un adulto medio trastornado echando un cuento más o menos creíble que hiciera sospechar una fuga o un secuestro a manos de un loco. No, el niño volvía como niño. El tiempo no había pasado para él, y eso era inconcebible. Había leyes naturales, el mundo era como era. El sol aparecía por una ventana cada mañana y desaparecía por otra, y en el intermedio el universo envejecía. Con regularidad. Como un reloj. Esto… lo contravenía todo. Y era difícil de aceptar. Por un segundo medio sonríe, imagina la cara del cura, el padre Vicente, cuando le vayan con el cuento. Pronto el gesto se hace adusto. Sí, eso también sería un problema. Los notables del pueblo, esos que no querían escuchar, saber ni que se hablara de que allí, en su amado Río Grande, podría ocurrir algo tan feo como un vecino raptando un niño y abusando sexualmente de él, asesinándole y sepultándole por ahí. No digamos ya de fenómenos científicos… o religiosos. Esa gente iba a darle problemas muy pronto.

   Pero todo lo deja de lado, mirando, como ha hecho casi un centenar de veces ya, al muchacho.  Leonardo, sentado a su lado, indiferente a todo lo que ve por la ventanilla. Su hijo. La idea le provoca un temblor generalizado, obligándole a aferrar otra vez el volante con fuerza. ¿Era posible? ¿Su hijo? ¿Él, Leonardo?

   Claro que, biológicamente, era probable. Dos veces en su vida tuvo encuentros con una mujer triste que parecía solitaria. Una que tomó por viuda la primera vez. Dos veces se acostó con aquella mujer, sintiéndose completo, feliz, saciado por momentos al reposar con ella sobre su torso, en una cama furtiva en un lugar apartado. No una aventura cualquiera, como intuyó luego, al paso de las horas, días y semanas, viviendo desasosegado, infeliz, añorándola de una manera salvaje, como si le faltara un brazo o una pierna; todo después de esa noche. Aquella mujer había sido el amor. Un amor que llegaba tarde, cuando ya estaba casado y con un pequeño a cuesta, Vicente, y otro en camino. Un amor que le hizo cuestionárselo todo; por un segundo, de locura, pensó en abandonar a su esposa y a los niños. Quiso hacerlo, se dijo que cuidaría de ellos, que estaría para velar por los niños, que cumpliría. Que otros lo habían hecho y conseguido que funcionara. Pero no pudo reunir la suficiente bajeza para cerrar los ojos a lo que sabía. Que su familia, que sus niños, sufrirían. Y ella, Elena…

   -Soy una mujer casada. Tampoco soy libre. –le confesó finalmente, echada en la cama sobre él, quieta, jugando con un dedo sobre el anillo matrimonial del hombre, ¿confesándose, preguntándole qué hacer?, ¿disculpándose?

   Media hora después se puso de pie, tomó sus cosas y se vistió sin hablar, sin malas caras, sin prometer nada, sin esperar que le prometiera algo. Tan sólo un amago de sonrisa se dibujó en sus facciones mientras salía. Abrumado, sorprendido por la revelación, también sintiéndose algo culpable por la doble infidelidad, permaneció en la cama, incómodo dentro de su propia piel. Sintiendo más que sabiendo que había cometido un error. Uno que no calibró en toda su extensión hasta después, cuando la extrañó tanto que le dolía. Tanto que, quedándose paralizado por momentos, parecía mirar a la distancia, pero era hacia aquella habitación a dónde regresaba.

   Uno años después volvió a encontrarla, en un pueblito al que no pensaba llegarse, en unas fiestas a las que no quería asistir, resistiendo los torpes avances de una mujer mojigata que parecía sentirse agresiva y reprimida. Una mujer que le incomodaba al bailar, acercándosele y alejándose, rígida cuando intentaba guiarla en la pista. Y ocurrió. Alzó la mirada hacia una larga mesa llena de cachapas, queso de mano, de kilos y kilos de cochino frito, muchas mazorcas sancochadas, y allí estaba ella. La casada que tomó por una viuda triste. Pálida, desconcertada, labios entreabiertos. Hermosa. Y sola. No hicieron falta palabras, invitaciones, explicaciones, fue a ella y bailaron bajo farolas que no alumbraban lo suficiente, en medio de todas aquellas personas que gritaban, reían cantaba y disfrutaban de la cosecha. Iluminación y gente que ocultaron el cuándo se apartaron…

   Mierda, se dice con disgusto, de regreso al presente; durante años pensó que Mayra Lezama era su hija. Mayra, la dulce y hermosa niña de la que su muchacho se había enamorado. Atormentándole. Siempre preguntándose hasta dónde habían llegado ella y Vicente. Dios, la vez que pensaron en escapar juntos… Lógicamente nunca se permitía llegar a ese punto. Joder, debió preguntarle a Elena directamente. La piel le arde bajo las ropas, imaginándose la conversación: ¿Cuál de tus hijos no es de tu marido? ¿Cuál es mío? Pero, como resultó todo, tal vez debió hacerlo, porque era padre, carajo. Tenía un hijo del que nunca se ocupó, no veló por ella, o él, y era sangre de su sangre. Toma aire, intentando aliviar la culpa, la frustración. La verdad, sea dicha, nunca nada fue fácil en los encuentros, y la relación con Elena Yorca, desde lo qué sentía a cómo se sentía con ella. Era…

   Un frío extraño le llega desde la derecha. Y en Río Grande la temperatura no variaba tan rápido. Se vuelve y se paraliza. El niño, Leonardo, le miraba. Fijamente, sin animosidad. Casi sin curiosidad. Pero le observaba. ¿Imaginaba lo que pensaba? ¿Lo sabría? Compone una sonrisa que no llega a sus ojos e intenta serenarse, apartando los ojos. No era como que el chico pudiera leer su mente, ¿verdad? Era absurdo, esas cosas no ocu… Bien, absurdo era que reapareciera aún como un niño después de tantos años. Aparta los ojos de la carretera y le mira nuevamente. Leonardo ha vuelto el rostro, observando por la ventanilla, otra vez. Lo nuevo, y que casi le hizo pegar un bote, es que el ceñudo detective de Cumaná ahora sí le mira.

   Si, antes de que la noche terminara tendría que decirle algo, contarle parte de los hechos. Cualquier cosa. Porque sabe que ahora no podrían alejarle, ni convencerle de que cosas extrañas no ocurrían por esos lados. Niños desaparecían sin dejar rastros. Otros reaparecían… contraviniendo las leyes del tiempo. Río Grande no iba  librarse de Joel Narváez tan fácilmente.

   Le costaría lo suyo.

……

   Erizado desde que abandonara la escuela, el viejo padre Vicente cubre la distancia que le separa de la casa parroquial. El corazón le martilla con fuerza en el pecho. No debería estar exigiéndose así, ya no era tan joven como hace cincuenta años. Las fuerzas fallaban. Y justo en estos momentos, reconoce con algo de resentimiento e impaciencia poco cristiana, mientras mira hacia el oscuro cielo medio cubierto de nubes. Señor, si ibas a enviarme pruebas, ¿no debió ser antes? Aunque no podía quejarse, habían sido años buenos… si se exceptuaba lo del chico Lezama… El mismo que ahora regresaba. ¡Debía tratarse, forzosamente, de un equívoco!, gruñe ceñudo, fijándose muy bien en dónde pisa, ¿por qué insistían los vecinos con la siembra de árboles de mangos, con lo traicioneras que eran sus raíces? ¡Nadie pensaba nunca en los viejos!

   Si, un equívoco. Tenía que ser eso. Seguramente el jefe Zabala se había engañado; y no le extraña, dado su pecado, la conciencia le atormentaba, sentencia con fuerza. Su indecente manera de actuar, sus malas acciones le habían llevado a creer que tenía tiempo de reparar… lo que fuera. Veía en un niño, aparecido quién sabe de dónde, a ese hijo del que nunca se ocupó. ¡Y que no debió nacer! No de una relación adultera como esa. Tan indecente él, ahora jefe policial del pueblo, como ella, la llorosa madre del niño desaparecido. Nunca lo dijo, pero durante mucho tiempo se preguntó si el Señor no se lo habría llevado para salvarle de algo peor, creciendo a la sombra de tanta inmoralidad.

   Dios limpiando el pueblo, había algo grato en una idea que…

   Le llega de repente la risa cascada, descarada, llena de malicia y mala fe, joven, casi infantil sobresaltándole y frenándole en seco.

   -¿Dios haciendo el trabajo sucio por usted, padre? –la pregunta llega desde el otro lado de la alta cerca de madera que limita el patio lateral de la casa parroquial, cargada de burla y maldad. De conocimiento que no debería poseer.

CONTINÚA … 23

Julio César.

BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 21

junio 17, 2017

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                         … 20

   Al amparo de la oscuridad…

   -Estaré bien, querida. Lo sé. No tienes que temer por mí; no por mí. Ya nada puede hacerme daño. –le susurra, reteniéndola cuando la muchacha quiere apartarse para discutirle. Acerca los labios a su oreja derecha.- Cuando te vayas, llévate tu hermano. ¡No te vayas a ir sin Tristán! –aquellas palabras congelan a la muchacha.

   -¿Tanto miedo así tienes? –la pregunta, ronca e impresionada, logra que Elena se separe y la mire. Por un segundo cada una pregunta algo, y parece que quieren hablar. De mil cosas.

   -Un poco.

   -Tristán tiene su propia vida, mamá; tal vez no quiera…

   -La aventura le encantará. Especialmente si te aseguras de que vaya sentado junto a una de tus amigas de tetas grandes; como no usan sostenes, no necesitarás de otro argumento. –el tono es ligero, aunque parece levemente mortificada, ¡a ese muchacho le gustaba tanto la pornografía!

   -¿Que nos vayamos Tristán y yo? ¿Y tú? Mamá, no estás segura, no aquí. Algo malo pasa en esta mierda de pueblo.

   -¡Mayra! –reprende, la otra parece no escuchar.

   -Vente con nosotros. Vamos a irnos todos. Esta noche. ¡Ahora!

   -¿Y tu papá? –eso congela a la joven.

   -Que venga también, claro.

   -No lo hará. Ama su casa, su trabajo. Su pueblo. –hay una leve nota de reproche.

   -Entonces que se quede. –se altera.- Si quiere, que se quede, no podemos hacer más, pero ¿por qué tienes que quedarte tú, si sabes que lo mejor es largarse? –y se congela al verla bajar la mirada.- Por Dios… -Clemente tenía razón, piensa; su madre aún esperaba noticias de Leonardo. Aún después de tantos años.- No volverá, mamá; mi hermano no va a volver. –reclama, exasperada. Elena baja aún más la mirada, avergonzada, sonriendo suave.

   -Lo sé.

   -¿Entonces? –demanda, quiere que reacciones y parta con ellos. Porque, oh, sí, está decidida: Esa misma noche salen de ese pueblo de mierda. Poniéndose de pie, Elena tan sólo la mira.

   -La cena estará pronto. Déjame ir a…

   -¡Mamá! –salta de la cama, casi molesta.- Por favor, ven conmigo…

   -No puedo, amor. No todavía. Tal vez más adelante… -calla, sonriendo tenue, infinitamente triste. Tal vez un día sentiría en su corazón que ya era suficiente de esperar verle llegar, saber algo. Lo que fuera, bueno o malo.- Prepárate. Habla con tus amigos. Yo lo haré con Tristán.

   Si, hubo un instante cuando todo pudo ser diferente. Jairo, Andrea, Reyna… Clemente, todos ellos habían estado a punto de largarse, a pesar de los planes propios de un miembro del grupo. Casi. Claro, más tarde eso ya no importaría.

……

   -¡¿Dejó que se lo llevaran?! –grita el hombre mayor de manera algo descontrolada, incrementando su aire de anciano demente a punto de sufrir un colapso nervioso, piensa el otro sujeto, exasperado hasta límites de ebullición, lanzándole una dura mirada a su muer al lado del cura, muy consciente de que fue ella quien le avisó del tal Leonardo Lezama..

   El anciano párroco había caído en shock nada más recibir la llamada de Adelaida; la cual le exasperó en un principio porque creyó que sería para tratar otra de sus crisis, curiosamente excitadas justo ese día de tantos desastres (otro problema para el pueblo, algo que debían silenciar, atenuar; impedir que se supiera más allá de los límites de Río Grande). ¿El niño perdido hace más de una década había regresado, viéndose igual? Aquello era simplemente imposible de asimilar. Podía lidiarse con niños escapados, con sujetos que los raptaran (y que el Señor tuviera piedad de sus almas… mientras los asaba en el Infierno), ¿pero que uno regresar después de tantos años, siendo aún un niño?; no, eso el pueblo no lo asimilaría fácilmente. Caía dentro de otro rubro… uno fuera del alcance de los simples mortales. Por eso, colocándose unos viejos zapatos, la sotana algo arrugada y con el cabello revuelto, fuera de su lugar los mechones blancos no cubriendo el rosáceo cráneo (dándole un aire de loco), casi corrió la distancia que separaba la casa parroquial de la escuela. Debía ver al niño, asegurarse… ¡Y ese hombre idiota que tenían por director de la escuela había dejado que se lo llevaran! ¡Cuántas desgracias, Señor!

   -¿Y qué se suponía que hiciera cuando el jefe Zabala…? –comienza el director Miranda, con un dolor de cabeza manifestándosele en una mueca torcida en el rostro y una copa de vino en la mano. Necesitaba de algo más fuerte, pero no lo había en la escuela.

   -¡El jefe Zabala! –bufa el anciano, con desaprobación. Ese hombre era otro que no se comportaba como debía. No repara en el sobresalto de Adelaida.- ¿Qué sabe él?

   -Es el jefe policial de Río Grande. –es condescendiente, impaciente.- Él lo reconoció como ese niño, Leonardo Lezama, y se hizo cargo del asunto. No pude, ni quise impedirle actuar como mejor le pareciera. No estoy capacitado para tratar con fenómenos sobrenaturales, padre; sean extraterrestres o zombis. Así que ¡déjeme en paz! –exige, no de buen talante. El hombre mayor respira con esfuerzo.

   -Padre Vicente, tranquilícese… -comienza Adelaida, intentando entre los dos temperamentales hombres, especialmente el mayor.- No vaya a darle…

   Ignorándole, el hombre se precipita hacia Sergio, quien se tensa. Pero, el cura, tan sólo le quita el vaso de vino y lo bebe de golpe, estremeciéndose por lo seco que es.

   -Hey, estaba bebiendo de eso. –se queja este, pero en el fondo entiende la reacción del hombre de iglesia. Era, a decir verdad, la única con la que se identificaba. Ahora este le miraba, intensamente, notándosele afectado, aún más que a su llegada. Mucho.

   -¿Realmente era él? –la voz le falla un poco.

   -No le conocí, padre; pero el jefe Zabala lo reconoció… por algo que el chico le susurró.

   -¡Era él, padre! –tercia Adelaida, llevándose una temblorosa mano al cuello.- Esa cosa…

   -¿Qué le dijo? ¿Al jefe? –el cura parece más interesado en ese punto.

   -No lo escuché. Pero el hombre se puso pálido y cayó de culo en esa silla.

   -Hijo… -le reprende el hombre, distraído, pensando furiosamente rápido.

   -No sé qué le dijo, pero el jefe se veía muy impresionado. Y no es fácil que un sujeto de su tamaño se ponga y se vea así, se notaba consternado e impactado. Sea lo que fuera que el niño le dijo, le llegó. –sentencia Sergio, y el otro asiente, casi preguntándose si sería aquello, ese viejo rumor que vinculó a Elena Yorca de Lezama y el policía. ¡Qué gente tan inmoral!

   -¿Cómo es posible que esto ocurra, qué sea cierto, qué ese aparecido, si es Leonardo… continúe siendo niños después de doce años? –interroga el sacerdote.

   -¿Y cómo voy a saberlo yo? –Sergio se agita nuevamente, el dolor de cabeza era más intenso.

   -Es una locura. Todos se han comportado como tontos en este asunto. No puede tratarse del niño Lezama. –casi ruge, alterándose también. Y Sergio alza la barbilla.

   -¿Y no es un pilar de su iglesia creer en la resurrección de los muertos, en la espera del día en que todos abandonen sus tumbas y comience un juicio? –le reta, medio burlón, medio curioso.

   -¡Sergio! –Adelaida casi le mira horrorizada.

   -No blasfeme, director. –se atraganta el viejo sacerdote, muy molesto por la réplica. Una que detona otras ideas. Debía comunicarle aquello a los notables del pueblo. Si la noticia se sabía, y se sabría en ese nido de chismes que era Río Grande, comenzarían a correr rumores de ese tipo. Y aunque no los relacionaran con el Fin de los Tiempos, en el regreso de un chico desparecido hace tanto tiempo, siendo aún un niño, muchos verían un “milagro”. O un acto del Malo. ¡No podían pasar por eso de nuevo!

   -Lo siento, no ha sido un día fácil. Lo del niño Linares, luego esto, es como demasiado para una jornada. Si, dejé que el jefe se lo llevara porque no había nada que pudiera hacer para impedírselo. Ni quise. Que este problema tan extraño sea responsabilidad de otro, no mío.

   -Necesito el teléfono… -gruñe el sacerdote, sin pedir permiso, cruzando a un lado del hombre.

   -Vea si funciona. –le gruñe antes de mira a su mujer, molesto.- ¿Tenías que correr a avisarle? ¿Qué te pasa?  Sabías que vendría a atosigarme con sus reclamos insensatos. Pudiste darme tiempo de largarme y que no me encontrara. –se queja. Ella alza la mirada, severa.

   -Esto es serio, Sergio, muy serio. Viste lo mismo que yo.

   -Un niño que, según tú y otro testigo…

   -¡No era un niño! Es una abominación… Es algo maligno, Sergio, lo supe en cuanto lo vi. La piel se me erizó como cuando encontré ese alacrán en el cuarto de baño, ¿lo recuerdas? Sentí lo mismo frente a ese ser. Es algo malvado que ha llegado para hacernos daño. –enfatiza con voz vehemente y apasionada, ojos dilatados, convencida. Actitud que desconcierta al hombre.

   -Adelaida, ¿de qué carajo…?

   -¡Ese niño es malo! –enfatiza.- Y antes de que su maldad se desborde, nos alcance y nos destruya, tenemos que detenerle; hacer algo para… -balbucea sin terminar, persuadida de sus creencias y temores, perdida en sus ideas. Ignorando el profundo ceño de su marido.

   -¿Hacer algo… como qué?

CONTINÚA … 22

Julio César.

BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 20

mayo 31, 2017

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                          … 19

   Al amparo de la oscuridad…

   -Le rogaré que no lo haga, y si eso no funciona le diré que piense en su madre y en sus hermanos. Y si no funciona le gritaré y le amenazaré, me lo llevaré a la fuerza. Y si eso no funciona le diré que tengo cáncer, que aún estoy bien pero que no será así por mucho tiempo, que tendrá que velar por su familia. Y cuando descubra la verdad, me odiará, a lo mejor me lo dice, y sólo imaginarlo, la idea de ver el rencor en sus ojos, me enferma, pero lo soportaré, Mayra. Podré vivir con eso. Será el precio que pague por él. Tanto así es el amor que le tengo. –fue enfático, claro, y las lágrimas rodaron por las mejillas de la joven. Tanto que el hombre alzó una mano como para confortarla, bajándola, apenado, cuando ella se tensó y apartó.- Mira, no quiero herirte, yo…

   -¿Qué? ¿Va a pedirme que le diga que no quiero que se vaya conmigo? ¿Qué le resuelva el mal rato, que cargue yo con esa culpa?

   -No, pequeña, porque eso no lo disuadirá. No te escuchará, se irá detrás de ti aunque le jures que lo odias, él verá que no es cierto. Lo que necesito es que… no te encuentre aquí. Que piense que te fuiste o que no llegaste. –pidió, enrojeciendo de vergüenza, pero decidido. Ella sólo pudo mirarle desconcertada, llena de resentimiento. Mucho.

   A la joven, las siguientes tres horas le parecieron un infierno, uno donde lloró sintiendo que el corazón se le rompía a pedazos. Aunque furiosa con ese hombre que había aparecido de la nada exigiéndole un sacrificio doble, no pudo soportar la amenaza, la responsabilidad de lo que ocurriera si Vicente se iba con ella. Era, en el fondo, tan sólo una niña. Por eso le escuchó y se ocultó en el solitario baño, mirando desde una puerta entornada a un joven alto y delgado, sonriente, que miraba frecuentemente en todas direcciones. Vicente, morral al hombro. Le vio mirar la hora en su reloj, ceño algo fruncido después de cuarenta minutos, viendo partir autobús tras autobús, rumbo a Caracas. Le vio caminar de aquí para allá, asomándose frecuentemente a la salida del terminal. Pudo notar toda una gama de emociones cruzando su joven y atractiva cara de muchacho abierto de sentimientos. Nervios, inquietud, enojo, miedo. Esperó tres horas encerrada en ese baño porque él esperó tres horas a que apareciera. Tres horas al filo de la angustia, tres horas al final de las cuales le vio bajar los hombros y frotarse los ojos con los dedos, su pecho congelado hasta que algo sospechosamente parecido a un jadeo escapó de su garganta. Tres horas y le vio tomar el morral del suelo, con determinación, rígido, saliendo del terminar y de repente echando a correr, alejándose a toda prisa. Escapando del lugar donde tantos sueños y fantasías de muchacho se habían hecho pedazos.

   El silencio se hace en el dormitorio, Mayra mirado al frente, rostro neutro, sobre su cabeza, Reyna y Andrea intercambian una mirada. Imaginando todo lo demás, el llanto que debió acompañarla desde su salida de Río Grande a Caracas, y durante días. O semanas.

   -Qué malo, manita. –comenta Andrea.- Pero ese hombre no tenía derecho a inmiscuirse así.

   -Era… Es su padre.

   -¿Nunca lo contactaste, a Vicente, para contarle…? –comienza Reyna. No le extraña verle negar.

   -¿Para qué? ¿Para qué se disgustara con su padre? ¿Separarles, hacer que se odiaran? El señor Braulio hizo lo que, en conciencia, pensaba que era mejor para él. Aunque le costara tanto.

   -Me parece que quien pagó, y caro, fuiste tú. Y ese rorro de  Vicente. Y, en últimas, no era la decisión de ese señor decir qué ocurriría o qué debían hacer, nadie aprende en cabeza ajena. A ustedes pudo irles bien, juntos. Eso no podía predecirlo nadie. –tercia, alterada, Andrea.

   -Los ejemplos frecuentes en casos parecidos parecen darle la razón al hombre. –tercia Reyna, mirando a la de anteojos.- ¿No fue lo que le pasó a tu hermana? ¿No se fue tras su gran amor, a “hacer su vida” porque nadie la entendía en su casa y regresó con un bebé y un marido que tus padres tuvieron que terminar de criar? ¿No le pasó a tu prima, Irene? ¿No le pasó a la mía?

   -Sí, pero… -la chica de anteojos es terca. No, no cree que nadie tenga derecho a meterse a opinar en la vida de otros, aunque ella, en ese momento, lo hacía.

   -No pude decirle nada a Vicente, ¿okay? Puesto así, como lo dijo, el señor Zabala me hizo sentir… culpable. Me convenció de que iba a destruirle la vida porque era egoísta y tonta; no quería estar sola, me asustaba estar sola, y para no estarlo era capaz de joderle la existencia a él. –interviene, mortificada, Mayra, mirando de una a la otra.- Pero, creo, ahora, en frío, que fue lo mejor aunque en ese instante me dolió, horrible; y todavía lo hace. Es por eso que ahora él me odia y saberlo es como si ese dolor fuera nuevo otra vez…  –mira al frente, analizándose.- ¿Lo peor, amigas?, es que no sé si en verdad quería que me acompañara porque era mi chico, el mío… o sólo porque tenía miedo de estar sola. Miedo, también, por él…

   -¿Miedo? –se intriga Reyna por la palabra. Su amiga era profunda en sus pensamientos y sentimientos, era algo que había aprendido. Y respetaba. En cierta medida, claro.

   -No quería irme sola, como ya dije y admití, pero también me torturaba pensando que, tal vez… fuera mejor que Vicente saliera de este pueblo antes de que algo malo le pasara. Pero eso nunca habría podido exponerlo en palabras como para que su papá me entendiera. Me fui asustada por él, que se quedaba en este pedazo de mierda en los llanos orientales.

   -¿Miedo de este pueblo? ¡Eres tan dramática! -bufa Andrea.- E irracional. Este lugar es hermoso. –las palabras parecen que van a desatar una tempestad entre las amigas, pero una llamada a la puerta las silencia, tres pares de ojos ven como esta se abre y aparece Elena, notándose algo tensa a pesar de su sonrisa.

   -¿Cómo están, muchachas? –entra, viéndolas sentarse.- Tengo entendido que estuvieron paseando por el pueblo, ¿les gustó?

   -Mucho. –es enfática Andrea, quien frunce el ceño al verla dar un leve respingo. Vaya, otra a la que no le gustaba su ciudad.

   -El cielo azul, el sol brillante, pero no achicharrador, la grama verde, las casitas bien pintadas… Parece postal. –interviene Reyna, mirando algo burlona a Mayra, quien rueda los ojos.

   -Me alegro, me alegro. –Elena se frota las manos, evidentemente inquieta.- La cena ya va a estar a punto, aunque el chocolate caliente está listo. Es delicioso con pan… -ofrece con esa sonrisa que no llega a sus ojos, gesto muy evidente para Mayra. La señal es evidente.

   -Claro, señora, gracias. –entiende Reyna, lanzándole una mirada a Andrea. Ambas salen.

   Mayra las sigue con la mirada, sonriéndoles, gesto que mueren en cuanto queda a solas con su madre, la cual se le acerca, recorriendo la habitación con la mirada.

   -¿Estás bien, mamá? -pregunta finalmente. Elena se vuelve a mirarla, sonriendo con esa mueca.

   -No, no realmente, cariño. Ha sido un día duro. –toma asiento en la cama, a su lado.- ¿Y tú?

   -Ha sido extraño. –baja la mirada.- Regresar, la noticia del niño extraviado me hizo… recordar… todo aquello. –la mira directamente a los ojos.- También me encontré con Vicente.

   -Oh, debió ser… incómodo. –se le nota tensa de nuevo.

   -Ni te imaginas. –sonríe de manera parecida a la de su madre, apesadumbrada.- ¿Han… sabido algo del niño? –hay un corto y significativo silencio tenso, mientras se miran, una al lado de la otra, sentadas en la cama.

   -Nada. –no agrega que parecía que la tierra se hubiera tragado a ese niño, Antonio Liscano. No, fue lo que se dijo cuando Leonardo…

   -¡Este maldito pueblo! –brama Mayra, incapaz de contenerse.

   -No maldigas. –reprende la otra, pero con tono neutro.- Cariño, he estado dándole muchas vueltas en la cabeza a una idea… -le toma las manos y le sonríe.- Mañana iré al banco, firmaré lo que haya que firmar y haré que te giren un cheque a la agencia que desees. Tendrás el dinero que te dejó tu abuelo, ya no pondré más reparos. La cena está casi lista, será buena, me quedó rica… -aclara algo pomposa, agitando sus manos unidas, haciéndola sonreír desconcertada.- …Coman bien, tú y tus amigos, bastante, preparé más que suficiente. Luego reposen un rato y, si pueden… váyanse esta misma noche de Río Grande. Sin detenerse por nada. Sin esperar o mirar atrás.

   -¡Mamá! –la joven se impresiona y alarma más que suficiente, por todo lo que la mujer expresa tras aquellas palabras. También ella intuía, o conocía del peligro.- ¿Qué…? ¿Qué sabes? ¿Qué temes? –ahora es ella quien le oprime las manos y demanda saber, comprobar que nunca fue que imaginó cosas, que no estaba desequilibrada. Que había algo realmente mal en Río Grande…

   -No lo sé. –la mujer arruga la frente, agitada.- Pero, si, temo, temo que algo grande se acerca. Lo siento aquí… -libra una de sus manos y la lleva al pecho.- Es algo que espero desde hace rato, un segundo zapato cayendo, y me asusta. Seguramente son tonterías mías, como siempre dice tu padre. –aclara algo resentida.- Y seguramente lo es, ¿qué otra cosa podría ocurrirnos? –algo peor que la desaparición de Leonardo, se entiende.- Pero no quiero… no quiero… -se miran a los ojos, incapaz de encontrar las palabras.

   -No quieres correr riesgos, no con tu hija. –termina Mayra, algo resentida. ¿Cómo podía su madre suponer que se marcharía tan alégrenme después de contarle eso, de reconocer aquello? ¿Dejarla sola en ese pueblo, con papá que parecía empeñado en no percibir nada? Tal vez algo de todo eso se nota en su rostro, porque Elena la abraza, suave y confortablemente.

   -Estaré bien, querida. Lo sé. No tienes que temer por mí; no por mí. Ya nada puede hacerme daño. –le susurra, reteniéndola cuando la muchacha quiere apartarse para discutirle. Acerca los labios a su oreja derecha.- Cuando te vayas, llévate tu hermano. ¡No te vayas a ir sin Tristán!

CONTINÚA … 21

Julio César.

BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 19

abril 21, 2017

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                          … 18

   Al amparo de la oscuridad…

   -No lo sé, amiga; mira, entiendo, si hubiera salido yo, la desaparecida… la difunta, sería yo. –comienza, desviando la mirada.- Entonces se me ocurre que no; que si el monstruo que asechaba fuera de la casa sólo iba tras niños varones, yo habría cruzado frente a él y Leonardo no habría… -aspira ruidosamente.- Pero no, armé aquel todo aquel escándalo, él tuvo que ser el hermano mayor y salió, desapareciendo. Tal vez si yo…

   -Tal vez, tal vez, podrían haber un millón de tal vez. –se impacienta Andrea, levantando los anteojos sobre su nariz.- Lo cierto es que cabe la pequeña posibilidad de que tal vez, ese día, no le hubiera pasado nada. Pero el monstruo, como dices, ya asechaba. Tu hermano habría desaparecido al otro día al salir para el colegio, o esa misma tarde si iba a reunirse con sus amigos, o camino a la laguna, a pescar como dices que le gustaba tanto. No fue su culpa lo que pasó, ni tuya… el monstruo es el responsable. Él era quien estaba allí. –el tono impaciente no resta el bálsamo que las palabras resultan para Mayra, quien, sin embargo, calla un: “al otro día no habría sido mi culpa”.

   -Entiendo lo que dicen, una parte de mi cabeza, la racional, lo comprende y asimila, pero… en ese entonces era tan sólo una niña. Una que sólo podía pensar que era su culpa todo lo ocurrido a su hermano. Llegué a creer que… que mamá me culpaba, que todos pensaban que… -bota aire, abatida, apoyando el mentón en las manos cruzadas.- No imaginan el infierno que fue todo aquello, la rabia, el llanto, el recriminarme con rabia, pensar que le había fallado, que por mi pataleta… Por eso, en cuanto tuve la edad, entendí que tenía que irme. Alejarme de todo esto, de los recuerdos, de las lágrimas de mamá, de las mías; de pensar que me miraban extraño. Mamá y papá no lo entendían, que deseara irme, aún sin ellos, con parientes, lejos. Ella estaba atrapada en su pesadilla y creo que no entendía la mía. –el miedo, la real y cierta impresión de que algo terrible asechaba en los lugares solitarios del pueblo, y no sólo gente mala.- Quise, me empeñé y logré marcharme a Caracas, con una tía de mamá. Eso les sentó mal, pero peor estaba yo. Allá… por fin respiré tranquila, pero extrañaba a mi familia, aquí, a Leonardo… y a Vicente. Nunca pude dejar de pensar en él, de soñarlo de noche, reviviendo un millón de veces aquel beso. Volví después de mis quince años, le encontré y me reprochó, suavemente, eso sí, pero reproche al fin, no estar aquí “ese día tan importante”. Así lo llamó, quería bailar conmigo ese vals, ambos desplazándonos por la pistas, manos enlazadas, mirándonos, sonriendo. Felices como debería estarlo toda chica celebrando sus quince, especialmente al lado de su chico. Y lo hicimos, nos miramos, hacía calor, la noche era perfecta y…

   -Por Dios, dime que no lo hicieron en un pajar. –gruñe Andrea.

   -O en la parte trasera de un carro pequeño. Ah, si esos asientos hablaran… –acuña Reyna. Y Mayra ríe, algo vacilante, con tono agudo, pero ligeramente aliviada.

   -Entrépitas. –suspira, tensándose nuevamente.- Fue después… Yacíamos ahí, toda yo estremecida por lo vivido… -confiesa trémula.- …Cuando él me preguntó si me quedaría. Dios, y me molestó tanto, ¿por qué arruinaba así el momento más increíble que había vivido hasta ese instante?

   -Guao, debió moverse bien. Tiene buen trasero, debe saber agitar las caderas. –intercala Reyna, y después de tres segundos, las jóvenes ríen. Hasta que Mayra deja de hacerlo, suspirando.

   -Tuve que decirle que no, y creo que le herí bastante; tal vez pensó que no le quería, ya que no parecía bastar que estuviera aquí para que yo me quedara con él. Y por un segundo, acostada a su lado… Pero no, no podía. Fue cuando me sorprendió con lo que dijo, mirando al techo; que llevaba tiempo pensándolo, terminado el bachillerato, que quería viajar, ver mundo, que por qué no se iba conmigo, por un tiempo, para ver cómo le iba. –sonríe evocativa.

   -Muchas palabras para no decir que te seguiría donde fueras como un perro faldero. -completa Andrea. Reyna asiente.

   -Era una locura, ¿dejarlo todo así e irse conmigo? No teníamos edad para… Pero no quise pensarlo. Le grite que si, le caí encima, lo besé como loca porque me estaba dando el segundo mejor momento y…

   -Otro polvo. –sonríe Reyna, y Mayra estalla en carcajadas, roja como un tomate.

   -¿No vas a saberlo tú? Si, lo hicimos, otra vez. Y no me importó saber, en el fondo, que a lo mejor Vicente no quería realmente eso, irse así, pero que lo hacía para que estuviéramos juntos. En Caracas lo resolveríamos, de alguna manera, me decía; en algún lugar, estaríamos juntos y todo estaría bien. Nos citamos, adelanté mi marcha en un día, le recomendé mil veces que no le contara a nadie, para que nada se interpusiera. Me despedí de mamá y papá como siempre, y le esperé, toda ilusionada y emocionada en la terminal. Llegué casi una hora antes porque no aguantaba la ansiedad, en casa, mamá se habría dado cuenta de que algo ocurría. Y estaba segura que no le parecería una buena idea. –calla, tragando en seco, tristona.

   -¿Y qué pasó? ¿Cómo se jodió todo? –se impacienta Andrea.

   -Su papá llegó primero que él, encontrándome allí. Él sabía que escaparíamos. –sonríe trémula.

   Allí, rígida en una banca, una impaciente Mayra esperaba a su novio con dos morrales, mirando frecuentemente la hora en su reloj. Algo asustada. Sus quince años se habían celebrado en Caracas, con su familia y amigos de allá, sus padres y Tristán habían viajado para la ocasión, siendo algo grato… E incómodo, como siempre. Porque ella estaba allá y se negaba a regresar. Y porque, al bailar el vals… pensó en su hermano mayor, que debió estar allí, danzando con ella, el segundo después de su papá, pero que no estaba. Y Vicente. El chico con quien debió bailar hasta el amanecer. El joven que había sido el centro romántico de su vida desde que tenía conciencia de sí. Volver, encontrarle, recibir aquella caja de música que le había comprado y guardado, esperando el momento del encuentro, fue más de lo que pudo resistir. No mucho, porque lo quería, verle fue… sentir arder su sangre, su piel, la mente le quedó en blanco y sólo podía pensar “quiero, quiero, quiero”, cuando este la besó, con voracidad, desesperadamente, las manos recorriéndole la espalda y erizándola toda. Sintiendo la dureza y calor de la joven erección contra su vientre, despertando su propio fuego. Fue en las cumbres post coito, uno al lado de la otra, ambos mirando el cielo estrellado por un ventanal de aquel pajar, donde lo hablaron. No, no se quedaría en Río Grande, pero le quería, nunca debía dudar de eso. El silencio que se hizo fue doloroso, hasta que le escuchó: “¿Qué te parece si… me voy contigo?”.

   Eran unos chiquillos idiotas que imaginaban que la vida era así de simple, de fácil, tan sin consecuencias. Pero la verdad es que no quiso pensarlo demasiado, si lo hacía tal vez se asustaría y preguntaría algo estúpido como “¿estás seguro?, ¿lo has pensado bien?”. Quería a Vicente en su vida, a su lado, él la hacía inmensamente feliz, como no lo era desde antes de que Leonardo…  Si él quería irse con ella, que así fuera. Por eso le esperaba en esa terminal, toda llena de nervios, impaciente. Esperanzada. Fue cuando una sombra la cubrió, al detenerse alguien a su lado. Sonriendo alzó el rostro con ojos llenos de ilusión.

   -Hola, Mayra… -la voz fue cautelosa, pausada, firme pero amistosa.- ¿Esperando por mi hijo? Lo siento, pequeña, pero no puedo dejar que se vayan juntos. –sentenció Braulio Zabala. El vecino de la casa de al lado, amigo de la familia, el hombre que más tarde sería jefe policial del pueblo.

   Por un segundo de miedo, el corazón de la chiquilla quedó paralizado, pero enrojeciendo de cara, regresó a la vida.

   -¿Lo mandó él para…? –el dolor y la decepción se dejaron sentir en la pregunta.

   -No, Vicente no sabe qué sé que pensaban escaparse, ni que estoy aquí. Ni que he venido para disuadirte de hacerle cometer esa locura.

   -No le obligo a…

   -Él te ama desde hace tanto tiempo que ya eres dueña de su cabeza. Hará lo que tú quieras. Y lo sabes, con eso cuentas. –no acusó, tan sólo señaló.- Lo siento, pero no puedo permitirlo. No ustedes dos.

   -Es mi… Son nuestras vidas. Es nuestra decisión. –intentó presentar batalla.

   -Apenas tienes dieciséis, él dieciocho, va a comenzar la universidad y todavía no sabe si quiere ser agrónomo, periodista o médico. Te quiere a ti, es su única certeza; e imagina que todo lo demás, su futuro, lo que será de él el resto de su vida, de alguna manera se solucionará por su cuenta. Vicente no sabe de cuentas a pagar, cosas por comprar, obligaciones, de asegurar un techo, cancelar hipotecas o recibos. Cree, como tú misma, que con arrumacos se arregla todo. Que eso bastará. –su tono se hizo opaco, su mirada triste.- La vida no es justa, pequeña, y es dura, y a veces decepciona hasta las lágrimas. A veces se burla cruelmente de ti, en tu cara, de tus sueños, de tus anhelos más caros; la ilusión llega cuando ya todo acabó dejando sólo amargura y arrepentimientos. De eso no saben nada, pero irán aprendiéndolo, lamentablemente pasará, es la vida. Pero no quiero que la de Vicente comience ya con cargas y errores. No mi hijo.

   -Señor Braulio… -jadeó, furiosa, pero también sobrepasada.

   -Sé de tu vida; de las causas que te obligaron a salir de aquí como lo hiciste, expatriándote, alejándote de tus afectos; partiendo sola siendo tan sólo una niña. Creo… que yo no te habría dejado ir así. O que te fueras sola, pero no era mi potestad ni mi decisión. Fue tuya, y la tomaste aunque no estabas preparada para ello. Tal vez era la única salida que había para que continuaras viviendo, no lo sé, pero como padre… no lo habría tolerado. Te repito, yo te habría retenido, cuidado, protegido aún de ti misma. O me habría llevado a todos de este pueblo. Pero también entiendo a tus padres… A tu madre, aguardando por noticias, sabiendo que no podía marcharse por si algo llegaba, la noticia de un cuerpo encontrado, alguien que pasara, un viajero casual, que viendo una vieja fotografía dijera que tres pueblos más allá, o dos países más arriba o más abajo en el mapa, había visto a un chico parecido a Leonardo; o que volviera por su cuenta una tarde cualquiera, sin que se supiera nunca del todo qué pasó, pero sin importar ya. Eso lo entiendo, que una madre no pudiera renunciar a la esperanza porque nunca hubo un cierre, un cuerpo qué sepultar, una fosa a donde ir a llorar y dejar flores. Como sea, fue algo triste, amargo y que los marcó a todos. Lo veo en tu cara de niña, en el de tu madre; las mil preguntas sobre lo que hicieron, y que seguramente aún se hacen, sí todo pudo ser de otra manera. No quiero esa incertidumbre para Vicente. No todavía. Aún no le toca.

   -¿No cree que le dolerá saber lo que nos hace? –casi amenazó. El hombre alzó el rostro.

   -Si le cuentas, me lastimarás, y tal vez lo merezca, pero estarías sembrando discordia y rencor entre un hijo y su padre. Sabes qué clase de hijo cariñoso y respetoso es Vicente. ¿Le harías eso? ¿Es esa la manera en la cual le quieres? –con un nudo en la garganta, los ojos ardiéndole, la joven bajó la mirada, conteniendo un puchero cuando el hombre cayó sentado a su lado.- Él tiene mucho que vivir, experimentar, aprender; equivocarse y de eso obtener cicatrices y durezas, sabiduría, nostalgias y amarguras propias de su existencia… ¿Qué será de ustedes si parten y una tía les dejara, de alguna manera, compartir un cuarto… y te preñas? Estarán en un lugar aparte, lejos de todo lo conocido, ¿qué harían?, ¿cómo se sostendrían? ¿Irías con una barriga y un marido de casa en casa de parientes para ver si alguien les deja arrimarse? –eso la alteró y le miró con disgusto.

   -No sabe nada de mí, no pretenda saberlo. Qué haré o cómo actuaré.

   -No es complicado, pequeña. ¿Amas a…? –tragó, costándole decirlo.- ¿Amas a mi hijo? Tal vez. Tal vez tu creas que sí. O puede que sí. Pero lo que sí sé es que necesitas seguir huyendo, de ti, de este pueblo, de los recuerdos, y que no deseas hacerlo sola. Es humano, lo entiendo, como entiendo que, en estos momentos, movida por lo que necesitas no pienses en nadie más que en tu persona. No te juzgó, no te culpó de nada, pero en este momento piensas únicamente en lo que quieres para ti y si para obtenerlo debes arriesgar a Vicente, bien, lo harás. No porque seas una mala persona, sino porque no quieres estar sola. Crees, o quieres pensar que crees, que sabes que todo estará bien, pero sólo te engañas para no sentirte culpable. O responsable de… destruir la vida de mi muchacho en tu aventura. Porque, al final, será eso: se la destruirás. –acotó.

   -Yo no… -no pudo evitar el pujido, el puchero. Ni las ganas de encogerse y llorar cuando ese hombre la miró con infinita piedad, casi como si le doliera decirle aquellas cosas.

   -Lo sé, no quieres hacerle daño porque lo quieres. Pero andas huyendo, pequeña, escapas con el circo para alejarte del sufrimiento en tu casa. De los recuerdos en tu cabeza. Necesitas poner distancia de lo que sientes, y en el proceso te lastimaste de alguna manera, y a tu madre. Huyes del dolor. Mi hijo lo hará por afecto a ti, pero también terminará lastimado, como su madre y yo. Y eso no puedo aceptarlo. Soy su padre, responsable de lo que le ocurra hasta el final de sus días, desde que era un bebé y quería jugar con fósforos, hasta el día que tenga cien años y me diga que quiere hacer acrobacias con una moto sin usar un casco. Llegará un momento en su vida cuando ya no me escuchará, cuando piense que lo que digo no tiene valor, o que me equivoco, es la vida, los hijos dejarán a sus padres atrás para continuar sus propias historias, y no sólo físicamente, pero ni aún entonces dejará de preocuparme, ni dejare de procurar lo mejor para él. Y lo mejor no es escapar en medio de la noche con una mochila al hombro sin saber a dónde llegar; sin saber qué hacer, contigo o con su vida. –los rostros se volvieron, uno hacia la otra, retadores.

   -¿Y si nos encuentra aquí, nos oye y todavía quiere venir conmigo, a pesar de todo? –hubo un tenso silencio. Miradas atadas en un mudo desafío.

CONTINÚA … 20

Julio César.