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BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 28

noviembre 22, 2017

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                         … 27

   Salgamos al campo a pasear una noche como esta…

   La noche era oscura, el viento ruidoso en sus propios oídos, con un tono censurador, casi cree escuchar que le ruge “todo es tu culpa, tu culpa”, los pies hundiéndose en pilas tibias de una basura maloliente que llena sus fosas nasales dificultándole respirar, empapándole los dedos a través de las sandalias. Se sentía pequeña entre esas montañas grises apenas distinguibles de desperdicios, por todos lados, que parecían rodearla, cercarla, impidiéndole ver más allá de sus propias narices. Olía a descomposición, a podrido, a alimentos totalmente corrompidos. Pero también a algo más. Había un hedor más profundo, sucio y ominoso, también a descomposición, lo sabe. A carne pudriéndose. También a carne reseca. Y quemada. Así olerían las tumbas abiertas, pensó encogiéndose de temor. O el infierno. Fue cuando escuchó los gritos de una niña, de Delia, chillando aterrorizada por ayuda, pidiéndole a algo o alguien que no la lastimara; llamándola a gritos. “¡Mami, mami!”, en tono desgarrador. ¡Su niña estaba en peligro!, gritó una voz en su mente, erizándole completamente la piel.

   Intentó correr, moverse a más aprisa, pero la basura donde se hundía impedía un rápido avance, y esas pilas formaban corredores, laberintos; la luna, apareciendo fugazmente de entre unas nubes que cubrían el cielo, le permite dar una mayor mirada a todas aquellas montañas de desperdicios, de cosas rechazadas, olvidadas. El lugar donde su Delia gritaba y gritaba llamándola, llorando como toda niña que enfrenta de pronto un horror tan grande que no puede hacer otra cosa como no sea chillar y suplicar su: “No, no, por favor, no lo haga. Me portaré bien, me portaré bien”.

   -¡Delia! –gritó para qué el monstruo la escuchara y se detuviera. Porque de una cosa estaba completamente segura, una presidencia malvada, terriblemente infame y cruel estaba a punto de lastimar a su niña.- ¡Delia, ¿dónde estás?! –repite el llamado porque de pronto hay demasiado silencio. Respira agitadamente, con esfuerzo, el olor casi mareándola, las nauseas a flor de piel.

   Corrió llamándola, cayendo y enterrando las manos en los potes, botellas y bolsas, mojándoselas de cosas que apestan, de basura licuada. Patalea y chapalea poniéndose de pie, continuando su marcha. Corre y la llama, aterrorizada por ese silencio ominoso donde sólo oye sus miedos, sus propios temores, el “es tarde, voy a llegar demasiado tarde”; quiere escucharla gritar, llamándola. Quiere escuchar algo, cualquier cosa… Y una risilla aguda, cruel y malévola le responde, haciéndola frenar en seco, alarmada. Ese sonido la envuelve, parece llegar de más adelante, pero también a sus espaldas. Una risilla perversamente divertida.

   -¡No! ¡No! –grita aterrorizada, bordeando una pila de basura, deteniéndose en seco, alcanzada por temblores incontrolables. La base de la pila de desperdicios  forma una circunferencia y lo primero que aparece frente a sus ojos es un zapato blanco, de hebilla, de niña. Alzada su punta, apoyado en el talón, mirándose en primer plano toda la base. Así se vería el zapato de alguien caído de espaldas. Una media blanca emerge de él, perdiéndose en la curva del montón de desperdicios. Una media llena con una pierna de niña.- No, no… -lloriqueó, los ojos cuajados de ardientes lágrimas, toda su piel erizada, sintiéndose sencillamente devastada.- No, no, ¡Delia!

   La risita lejana le sobresaltó, alejándose de allí vio una figura furtiva, que queda oculta por la oscuridad al cubrir las nubes nuevamente la luna mortecina. Pero, por un segundo, vio lateralizada una figura vestida de negro, o de ropas oscuras, con un largo cabello blanco, casi deslumbrante bajo la fantasmal luz del satélite, el rostro estrecho, enjuto, increíblemente arrugado, de nariz grande y sarmentosa, boca de labios casi inexistentes, de donde salía esa risita. El viento aulló claramente algo que la hizo gritar otra vez: “Cada niña que muere, es por culpa de su madre”.

   -No, no. ¡Asesino! ¡Asesino! –gritó con dolor e impotencia, todavía mirando en la dirección por donde desapareciera esa figura, cayendo de rodillas entre la basura, su figura pequeña perdiéndose en la inmensidad de aquel lugar oscuro, maloliente, siniestro. El vertedero de la humanidad. ¿Su infierno? Ingrid lloró y lloró como si no le quedara otro camino que aquel, agotarse, deshacerse en llanto, seguir y seguir hasta caer ella también.

   -¿Mami? –la voz a sus espaldas la sobresaltó, haciéndola lanzar un gemido de alivio, de alegría; ¡su niña estaba viva!

   Se volvió, pero no era la niña, el pies dentro del zapato continuaba caído, lo que vio, riéndose de manera terrible de su auto engaño, de sus esperanzas rotas, de pie, frente a ella, era ese ser que se había alejado en dirección contraria. Delgada, el cabello claro destacándose a pesar de la oscuridad, alta y delgada. Riendo de una manera terrible.

    -Tú sabías lo que le pasaría, maldita zorra, desde el momento que la pariste sabías que todo terminaría así, aquí; en este lugar donde pagarás finalmente tus culpas. Sin importar lo lejos que escapes, volverás, siempre aquí. No tienes a dónde huir. No de mí. No de ti. Nadie levantará un dedo para interceder por ti. –sentenció una voz que parecía llegar de su propi cabeza, así como la horrible risita burlona.- Nadie te acompañará en el tribunal.

   Cubriéndose los oídos con las manos, la mujer tan sólo pudo gritar y gritar, echándose hacia atrás, cayendo de culo sobre la cálida y apestosa basura, hundiéndose, chapaleando, intentando alejarse, sabiendo que si dejaba que esa cosa la tocara, estaría perdida y ya no podría escapar.

   En ese punto, despertó del mal sueño sobre el sofá, en la sala de su casa, a donde fue a dormir después de un disgusto con su marido. Abrió los ojos sintiéndose perdida en medio de las penumbras y la soledad, asustada, los ojos cuajados de lágrimas y el corazón latiéndole dolorosamente en el pecho. Aturdida se puso de pie, vacilante, las piernas no la sostenían. ¡Delia! Tenía que verla. Dio dos pasos antes de entender que no estaba sola, no en aquella sala en penumbras. El corazón se le paralizó mientras iba volviéndose, lentamente, deseando estar equivocada, rezando interiormente. La respiración se le congeló, en el mueble al lado de sofá, sentada, estaba esa figura delgada y alta, vestida de negro, o de oscuro, el rostro afilado, arrugado, en penumbras, sonriendo de manera torva, el cabello blanco. Comenzando a reír.

   -No eres tan rápida como para huir de mí, zorra. –le dijo, o le pareció escuchar en su cabeza.

   El grito al saberse atrapada, la estremeció, todo su ser, y despertó por segunda vez, bañada en sudor en ese sofá del que saltó, alejándose del otro mueble, como si estuviera en llamas. Soñó que soñaba. O lo que fueran esas horribles pesadillas. Una que la había seguido desde un punto que desconocía, hasta la sala de su casa. ¡Delia!, recordó de nuevo, y dándole la espalda a los muebles, temiendo en su fuero interno volver a escuchar esa risita, corrió, hacia la habitación de su hija, abriendo la puerta y viendo a la niña dormida en su cama, respirando suavemente. Tuvo que cubrirse la boca con las dos manos para sofocar un alarido de alivio, de agradecimiento al Cielo, o la vida, ya que la habría despertado y asustado. Pero si, su niña estaba bien. A salvo. Ese monstruo no la había atrapado en realidad. Qué tonta había sido, se dijo conteniendo una risilla histérica, acercándose a mirarla, temblando toda con las ganas que tenía de llamarla, despertarla y abrazarla. Pero no lo hizo. No quería comportarse como una tonta, alarmándola. No después de todo lo que había costado que la niña accediera a dormir sola en su cama, abandonando la suya, o la de su abuela, donde suplicaba dormir porque le daba miedo la oscuridad, la soledad.

   La niña, en esos momentos, susurró en sueños.

   -Galatea… -una palabra que no reconoció pero que la asustó nuevamente, erizándole la piel otra vez.- Corre, Galatea, corre; que no te alcance la mujer mala. –la niña pareció desinflarse en sueño al soltar esas palabras.

   -¿Mami? –la voz de Delia la regresa al presente, alejándola con mucho esfuerzo de todo ese horror, del mal sueño, de las palabras que no entendía pero que intuía peligrosas.- ¿Estás bien?

   Y la mujer no aguanta más, sonriendo pero sintiéndose turbada, asiente su falsa conformidad, inclinándose y abrazándola, notándola algo fría (tanto como Elena pronto encontraría a Leonardo).

   -Te amo, mi niña. Sabes que puedo darte todo lo que quieras, ¿verdad? Y todo lo que quieras será. –le susurra aquella promesa rara, pero que se siente obligada a hacer. Le dará lo que sea, hará lo que la pequeña pida, para que la ame. La idea resultaba extraña a ella misma, como lo es la voz de la niña al responderle, algo gorgoreante.

   -Mami… ¿no hueles la basura?

CONTINÚA…

Julio César.

BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 27

octubre 12, 2017

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                         … 26

   Salgamos al campo a pasear una noche como esta…

   -Elena… -el hombre quiere agregar muchas cosas, preguntar muchas otras más, pero no puede. Le parece que cada cosa que diga sólo le hace ver mal. Su hijo regresaba y no sólo no parecía contento sino que… Pero, santísimo Dios, eso no podía ser. ¡No era posible!

   -Sencillamente apareció allí, hasta donde sé. La enfermera hacia una ronda y le vio. No le reconoció, no estaba aquí para ese entonces, creyó por un segundo que era el otro chico, Linares, y lo llevó con el director. –informa el policía. Un silencio ominoso se hace en ese porche.

   -Cariño… -la mujer, tono suave, pone a todos en alerta. Ella tan sólo mira al chico.- Quiero saber qué te pasó. ¿Dónde estuviste? –la voz es algo trémula, siente que en cualquier momento puede derrumbarse, así que le roba fuerzas a la dicha que siente en esos momentos para continuar funcionando.

   Las preguntas logran captar el interés de todos los presentes; es cuando Raúl, mirando al desconocido, repara nuevamente en su presencia.

   -Un momento, Zabala, ¿quién es este hombre? –no quiere discutir asuntos familiares delante de extraños. Y mucho menos una cuestión como esa…

   -Oh, disculpen, es el detective Narváez, de la policía científica con sede en Cumaná. –anuncia, y Joel nota un automático aire de cautela compartido por la pareja Lezama. Joder, todos como que odiaban a los extraños en ese pueblo. O, quién sabe, tal vez sólo a la policía. O a él.

   -¿Trajiste a un policía de Cumaná? -chilla, alarmado, Raúl; también Elena se tensa, mirando del niño hacia Braulio, luego regresando la vista a este.- No debió…

   -Llegué al pueblo por la noticia del niño desaparecido esta mañana. –en un tono claro y oficial, Joel le ataja, luego mira al niño.- Lo otro, encontrarme con este desusado hecho, fue… una sorpresa y un enigma como imagino lo es para todos. Este jovencito… -la palabra expresa todas las dudas del mundo. El jefe Zabala podía sentirse muy seguro de su autenticidad como el niño desaparecido más de una década atrás (lo que en sí le hacía pensar en muchas cosas, como la tensión que parecía haber entre esa pareja y el policía de pueblo), pero la cosa era sencillamente inverosímil. La gente no caía en baches de tiempos. Ni los muertos resucitaban. Bien, se dice que ocurrió en una vez, en Jerusalén, pero…

   -Es mi hijo. –aclara, firme, Elena, abrazando un poco al chico, como deseando protegerle.

   Teme que alguien llegue y se lo lleva. La idea es comprendida por los tres hombres. Si, los notables del pueblo podían contar con ello para contener la noticia.

   -¿Y esta casa? No es… -la voz cascada del chico, rasposa, desvía la atención. De muchas cosas. Ella sonríe tensa, sus ojos cargados de tristeza, incertidumbre, amor, esperanza y dolor.

   -Nos mudamos. Hace algunos años. La vieja casa estaba cargada de… recuerdos. –le responde. No tiene que contarle que simplemente no soportó continuar allí, en una vivienda que la asfixiaba. Sin espacio para pensar o sentir. Atiborrada de recurados dolorosos en cada rincón.- Este es nuestro hogar ahora, cariño, por lo tanto también es el tuyo. –su voz se rompe un poco, atrapándole las mejillas.- Bienvenido a casa, Leonardo.

   -¡Elena! –Raúl se inquieta, y ni él mismo lo entiende bien, pero la parece recordar los viejos relatos de seres que necesitan ser invitados antes de entrar, y hechizar, un lugar. ¿Acaso era realmente Leonardo, Dios? Ella le mira.

   -Es mi bebé, Raúl. Regresó. –suena categórica; un modo tajante y casi obsesivo tal que aún Braulio se inquieta y cruza una rápida mirada con Joel Narváez.

   -¡Tenemos que hablar! –agrega el policía mirando al marido de aquella mujer, al tiempo que Raúl, extendiendo una mano hacia él, decía exactamente lo mismo.

   -Vamos. –Elena, enderezándose, se desentiende de ellos. Casi mareada de la impresión y la dicha, le tiende una mano al niño, que no duda un segundo y la toma.- Entremos a casa.

   -¡Elena! –Raúl quiere advertirla de algo, rogarle que esperara, que cavilara cuidadosamente en ese asunto tan extraño, que había que averiguar antes, que dentro estaban sus otros hijos, Mayra y Tristán, que debían pensar en ellos, no arriesgarles a…

   -Mamá… papá… –la misma Mayra se asoma, seguida de Tristán y los amigos que vinieron con la joven de Caracas. Todos se veían preocupados. Habían tardado su rato en la entrada.

   ¡Oh, Dios!, piensan para sus adentro el policía y el papá de la joven. Joel lo mira todo con curiosidad, pero también intimidante molesto; había querido escuchar qué podía contar el chico sobre lo ocurrido, o si se descubriese al no poder hilar una historia. Nada le quita de la cabeza que no quiso responder a las preguntas de la mujer. Toda la escena era subreal, alucinante. Aunque nota la mirada que dos jóvenes mujeres tras la chica que hablara, le lanzan abiertamente. Las cuales parecen evaluarle como posible cita al cine. O la cama. Lo que no estaría nada mal.

……

   Dos casas más allá, en una bonita y bien cuidada vivienda de una sola planta, alguien parece estar prestando atención a lo que ocurre en la propiedad de los Lezama. Aunque por la distancia, y ubicación de la ventana desde donde mira, sin vista real a aquel porche donde el niño es recibido, tal cosa fuera imposible. Normalmente.

   Es una casa hermosa, rodeada de la infaltable grama verde, la verja baja, las acacias muy frondosas mostrando su carga de florecillas amarillas, el porche con sus muebles de madera, forrados en telas coloridas. La lámpara que derramaría una luz suave para la lectura en el mobiliario de dos puestos, de noche, o para estar allí tomando algo y hablando, o saludando a quien pasara por la calle. Como sus dueños hacían muchas veces. Ingrid Torrealba, sonriendo sintiéndose extrañamente dichosa, como siempre que horneaba galletas y el olor era tan bueno como ese (aunque su marido insistía en que no sabía cocinar), coloca tres de las enormes muestras sobre un platillo. Y como si de un cliché se tratara, sirve en un vaso corto, una buena porción de leche fría de cartón.

   Con el plato que va dejando un rastro de aroma delicioso, y la leche, la mujer sale de la cocina y cruza la sala, sin mirar hacia el sofá. No lo hace de manera consiente pero evita mirar porque le inquieta, aunque ya no piensa en ello (en ese sueño extraño…). Atraviesa el pasillo que lleva hacia los cuatros, sintiendo el amor bullendo en su pecho, la dicha inconmensurable que le embarga en esos momentos. Va a abrir el picaporte cuando oye un susurro, una voz apagada, de niña. Sonríe, su pequeña jugaba. Esa sonrisa se congela por un segundo. Porque a la voz infantil, el de una niña posiblemente con una muñeca, le sigue una respuesta, una de tono rasposo, seco. Y eso la eriza por un segundo (el sueño…), aunque pronto lo supera. No, todo esta bien en su vida maravillosa. Abre la puerta, sonriendo otra vez, asomándose al hermoso cuarto de niña.

   No es muy grande, pero tiene de todo, la cama mullidla, cubierta de cojines y por un cubrecama color rosa, la alfombra blanca bajo esta, las muñecas hermosas en los estantes, los libros de cuentos, los útiles escolares. Un pequeño banderín cerca de la minúscula peinadora donde se lee, en letras muy recargadas, “Mi hija está en el Cuadro de Honor de la escuela de Río Grande”. Y la niña misma, menuda, de cabello negro, largo y lacio, llevando un ganchillo en la parte superior, el cual muestra una enorme margarita de plástico como adorno. Su vestido corto, blanco y de falda, deja ver sus medias igualmente blancas, así como los mocasines de la escuela, que le encantaban. La niña, ojos castaños claros, luminosos, le sonríe al verla y más al notar el plato.

   -Mami, galletas, qué rico. –chilla alegre, jovial, mostrando una dentadura que iba mudando, faltándole uno de los molares superiores.

   -Delia, ¿aún no te cambias? Quítate esos zapatos. –sonríe ella, correspondiéndole, acercando su carga, congelándose un poco al ver la muñeca de la niña en sus manos. Era fea, vieja, de ropas remendadas y manchadas, como si hubiera sido lavada con otras prendas que soltaron color manchándola. Lo peor era que le faltaba un bracito, y el cabello parecía haberlo perdido como una paciente que recibiera radioterapia en la nuca y comenzara a soltarlo, a mechones, faltando uno aquí y otro allá. Uno de los ojos estaba cerrado, la boquita parecía exageradamente roja. Era horrible. ¿Por qué no terminaba de tomarla cuando durmiera y la botaba? Porque la nena estaba apegada a ella. ¿Acaso demasiado? No, su nena era perfecta.- Me… me pareció que hablabas con alguien. –se interesa, más inquieta. La niña, que toma una galleta y la mira, sonriendo, responde.

   -Hablaba con Galatea. –informa, alzando frente a ella, acercándosela, la fea muñeca, la cual parece sonreír un poco más. Y un feroz estremecimiento recorre la espalda de la mujer. Algo parece rasgarse por un segundo frente a sus ojos, la gasa de colores con la cual ve el mundo, el cuarto perdiendo luminosidad, un olor rancio y húmedo llenándole las fosas nasales.- Saluda a Galatea, mami.

   -Hola, Galatea… Tu muñeca se ve algo… acabada. –la palabrea le cuesta.- ¿De dónde salió?

   -De dónde vienen los niños, mami. –ríe la chiquilla, como si contara un secreto atrevido del cual acaba de enterarse, la galleta en la mano.- De la basura. –y la mujer sonríe, tragando en seco.

   -Eso no es así, pero eres muy chica para hablar de ese asunto. –se defiende, sintiéndose fría.- No me gusta tu muñeca, tienes otras muy lindas, ¿por qué no juegas con ellas?

   -¿Quiere que me deshaga de Galatea? ¡Es mi niña! –hace un puchero, sorprendida, mirándola con ojos grandes, transmitiéndole una idea terrible.- Una madre no se deshace de sus hijos, ¿verdad, mami?

   El sueño, por un segundo el sueño llena su mente… aterrorizándola.

CONTINÚA … 28

Julio César.

BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 26

septiembre 30, 2017

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                         … 25

   Al amparo de la oscuridad…

   En cuanto detuvo la patrulla, Braulio Zabala se paralizó, alcanzado de pronto por la inmensidad de lo que estaba a punto de ocurrir. Lo mucho que trastornaría la vida de tantos. No le ayudó que la puerta de la casa se abriera y aparecieran, en el porche, el mal encarado Raúl y la tensa Elena, y le esperaran. Debía hacer algo de brisa, se dice, notando como se agita un poco la caída del vestido de la mujer, que se arregla un riso de cabello que es desordenado por el viento. Y no quiere pensar en nada, no puede permitirse recordar algo, no en un momento tan serio, pero sigue viéndola con los ojos del ayer. A su mirada seguía teniendo quince años menos.

   -Esperaré aquí. –al hombre le sobresalta la voz del detective de policía llegado de afuera. Por un segundo le había olvidado. Se vuelve a mirarle y nota que este tiene la vista clavada en un silencioso Leonardo, si es que de él se trataba (si, es él, carajo, se dice el policía de pueblo).- Hasta que prepare todo… con esa gente. Suerte.

   -Bien. –croa, entendiendo al otro. Vaya que era intuitivo. Sabe que necesita tiempo para encarar el asunto con la familia, pero que tampoco quiere perder de vista al chico. ¿Miedo a que volviera a desaparecer? Bien, una vez había ocurrido, ¿no? Mira a este.- Espérame un momento.

   Con gracilidad a pesar del tamaño, el hombre sale del vehículo, siendo seguido por un par de miradas. Joel Narváez habría dado años de su vida para presenciar la reacción de esa pareja cuando el policía comenzara a contar lo que iba a comunicarles; pero entiende, y calibra justamente, el tamaño del hecho. Si ese era el chico extraviado hacía más de una década… regresando como niño todavía, mejor era no perderle de vista, ¿no? No vaya y sea que desaparezca y queden como locos de películas de miedo a los que nadie les cree nada y los suponen dementes. Y algo muy demente había en todo ese asunto. A pesar de las palabras de Zabala, duda que sea el chico. Es que, sencillamente, era imposible.

   La tensión podría cortarse con un cuchillo (o serviría para encender un bombillo si se le procesara), cuando el alto y apuesto hombre de ley se acerca a la pareja de buen ver que le espera en el porche; él, ceñudo y de brazos cruzados sobre su pecho, ella algo inquieta, incierta. Como tiene que ser al estar parada junto a su marido, recibiendo al hombre con el cual se ha metido dos veces en la cama. Le cuesta controlar su expresión al sentir una fugaz y desconfiada mirada de Raúl. ¿Qué sabría, exactamente, su esposo?

   -Raúl, Elena… -gruñe ronco y mortalmente serio, Zabala, quitándose la gorra. El otro hombre se tensa más.

   -Zabala. –replica seco, no le tratará como a un viejo amigo de la casa, eso lo deja claro. Dándole otra mirada a su tensa mujer, le interroga.- ¿Qué le trae por mi casa? –y Zabala calla, indeciso.

   -¿Ocurre algo…? -ante el silencio del policía, la mujer se inquieta más, tanto que casi le llamó Braulio.- ¿…Jefe? ¿Se trata del niño, Antonio Liscano? ¿Apareció? –se agita más y más, por la suerte del muchacho, por el dolor que debía estar sufriendo su madre. Todo tan parecido a lo padecido por ella misma. Pero Raúl tenía razón, ¿por qué tendría que ir el jefe policial a contarles algo de eso, si de eso se tratara? Y una idea le alcanza tensándola como cuerda de violín: tal vez porque tenía algo que ver con la persona que se había llevado su muchacho. Esa relación casi la lastima. Y asusta. Siempre ha querido saber quién raptó a su niño, conocer su nombre, saber quién de los habitantes del pueblo era el monstruo. Porque de eso estaba plenamente convencida, había sido uno de ellos, de sus vecinos. Su peor enemigo era alguien a quien tal vez se veía obligada a saludar en la iglesia o en el mercado. O, peor, una persona “amiga”, un monstruo que durante años y años le ha fingido aprecio.

   -Ha ocurrido algo, algo realmente increíble. –el hombre farfulla, casi sonriendo con amargura, comprendiendo al fin lo difícil de aceptar que era todo lo que había ocurrido.- No sé cómo, o por qué, pero…

   -Mamá… -se oye una voz suave, algo ronca y quebrada por la falta de uso.

   Elena y Raúl, desconcertados, notan como Zabala pega un bote y se vuelve, y saliendo de detrás de su figura, el hermoso chico emerge, mirando a la mujer con un calor que no ha estado allí en ningún momento desde que apareciera en el parquecito de la escuela. Por un segundo todo parece congelarse, detenerse; todos miran al niño, hasta que un nuevo personaje, un hombre joven y guapo al que no conocen, se dice la mujer, se deja ver, todo azorado.

   -Lo siento, jefe. –se disculpa este. Vigilaba al chico, pero también miraba lo que ocurría en el porche. Y ni aún ahora está completamente seguro de cómo este abrió la portezuela sin que lo notara, y salió. Pensó en gritarle, pero no lo creyó conveniente. Ese chico había pasado por mucho (si aceptaba que era “ese” chico). Además, tarde o temprano le sería mostrado a la familia y ahora podía acercarse al centro de la escena.

   -Si, claro, imagino que no pudo hacer nada. –le corta el jefe, mirándole disgustado, como si adivinar lo que piensa, se dice Joel, algo azorado.

   Pero ni Elena ni su marido prestan atención a eso después de un desconcierto inicial ante el desconocido; sus miradas han vuelto, y  siguen, sobre el niño. Y mientras el hombre parpadea, frunciendo el ceño, adivinándose la negación, la sorpresa y hasta el horror en sus facciones (la posibilidad de una pavorosa tormenta a punto de abatirse sobre su casa y su familia), la mujer si que abre los ojos, la quijada le cae y tan sólo puede mirarlo y mirarlo, como si no pudiera asimilarlo, convencerse de aquello, que estuviera, en efecto, ese niño allí. ¿Acaso deliraba otra vez? ¿Aún era presa de las fiebres y la alteración mental que siguió a la desaparición de su hijo e imaginó que habían pasado los años cuando han sido horas o días?

   -¿Le…? ¿Leo…? –susurra temerosa de mil cosas, comenzando por el hecho de estar engañándose, imaginándolo todo; siendo reemplazado el temor por otra cosa, la idea de perderlo otra vez. Que su hermoso niño desaparezca nuevamente, allí, frente a sus ojos.- ¡Leo! –grita, y es un graznido ahogado, frenético al tiempo que se tiende y le abraza con fuerza mientras comienza sollozar.- Leo, Leo… mi niño. –le acuna y llora abiertamente, mientras siente que todo da vueltas a su alrededor y teme que el corazón se le detenga en el pecho. Aún así le oprime con más fuerza, necesitada de sentirlo, de saberle real.

   El niño, después de una leve vacilación, le rodea el cuello con los brazos, cerrando los ojos, apoyándose en la mujer, y por un segundo parece un chico de verdad, una persona real, se dice el detective llegado de Cumaná, quien parecía notarle algo de… robot. Allí se quedan todos esos hombres, algo cortados, escuchando sollozar a una mujer cuyas mejillas se cubren de lágrimas, de sorpresa y felicidad, repitiendo un nombre mil veces, besándole ahora el rostro que atrapa entre sus manos. La escena era irreal y los hombres la miraban con diferentes grados de interés.

   Raúl se veía horrorizado por toda la escena, abrumado de una manera que no parece siquiera comenzar a entender. Braulio mira a la mujer de manera aprensiva, la notaba agotada. El policía de Cumaná los evalúa a todos.

   -¿Es… él? –pregunta Braulio al fin.

   -Es mi niño… mi hijo… -lloriquea ella la respuesta, sin quitarle los ojos de encima al muchacho. Confirmando algo que Braulio ya sabía.

   -¿De qué hablas?, no, ¡no puede ser! –jadea Raúl lo que está atormentándole desde hace rato.

   -¡Es el! –enfatiza, dura, la mujer, mirando a su marido por un segundo, volviendo el rostro al niño, besándole, para finalmente ver a Braulio.- Si, es él, es mi niño. Lo encontraste. Me lo regresaste… como prometiste una vez. –la voz se le rompe y llora aún más, cayendo finalmente de rodillas y abrazándole otra vez, con fuerza, sintiéndose embargada de emociones tan poderosas y abrumadoras que no puede sostenerse. El chico la puntada para sostenerla, pero cuando Zabala da un paso adelante, como si fuera a imitar al chico, Raúl ruge.

   -¡No toques a mi mujer! –la voz es un estallido hostil que paraliza al policía de pueblo. Inclinándose a su lado, cruzándole la espalda con un brazo, mira al chico a su lado de manera desvalida. Dios mío, ¿sería realmente Leonardo o era un juego macabro de alguna clase? ¿O el juego macabro era su regreso?- Elena, por Dios, el niño… -calla cuando ella lo mira, sonriendo, las lágrimas tiñendo de negro sus mejillas, con algo de mucosidad en su nariz.

   -Es él, Raúl. ¿No lo ves? Es Leonardo, mi niño. ¡Dios se apiadó de mí, finalmente, y me lo regresó! –exclama algo aprensiva, inquietando a todos en ese porche.

   -¿Qué es esto, Zabala? –el hombre mira al policía con desconfianza y rencor, como si sospechara alguna broma de mal gusto para hacerles daño. ¡Odiaba tanto a ese sujeto!

   -Es mi niño. –repite ella, terca, riendo ahora, volviendo a besarle, mas dueña de sí, una luz hace mucho tiempo apagada en su mirada, brillando de nuevo. La dicha.- Es mi bebé. Es Leonardo. –le insiste al hombre inclinado a su lado.

   Este mira al niño, estremeciéndose. Allí no había nada, ninguna emoción dirigida él.

   -¿Qué…? ¿Dónde…? –Raúl mira de un policía al otro, preguntándose de paso quién era ese sujeto joven.- ¿Dónde le encontró?

   -Apareció esta tarde en los columpios de la escuela. –informa Braulio, tono cansado, abrumado también. Mirando al chico.- Nadie sabía quién era. Una maestra le reconoció, Adelaida.

   -Ella fue su maestra. Dos veces. –señala Elena, como evidencia de su punto.

   -Eso dijo ella también. Y su marido, el profesor Miranda me llamó. No me dijo quién…-la voz le tiembla de emoción, si, él también le había reconocido.- Llegué, le vi y… me pareció que era él, pero…

   -Ha pasado más de una década. Aunque fuera nuestro hijo no podría continuar siendo un niño. Han pasado años y años. Tendría que ser un joven mayor que Mayra. No… esto. –Raúl lo pone en palabras, y mientras el policía le mira confundido, como si le entendiera, Elena parece hosca.

   -Y sin embargo es él, Raúl; mi niño. –el tono es tajante.- ¿Por qué te niegas a reconocerlo? Está frente a tus ojos. ¿No lo ves? ¿No lo reconoces? ¿Acaso no te alegra que haya vuelto? –demanda saber, y este se agita, y aún más cuando el niño le mira, con sus ojos vacíos, ausentes. ¿Muertos?

CONTINÚA … 27

Julio César.

BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 25

septiembre 10, 2017

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                         … 24

   Al amparo de la oscuridad…

   La cena transcurre amenamente, como atestiguan las risas, sorprendidas y realmente divertidas, de Raúl Lezama, Tristán, Andrea y Reyna, escuchando un cuento de Jairo. Sobre una excursión de este con unos amigos a unas playas, en un tiempo muy lluvioso, donde se emborracharon, vendieron el caucho de repuesto para comprar más aguardiente y de repente todos comenzaron a gritar que había mar de leva y había que huir de la zona.

   -Por supuesto, fue cuando uno de los cauchos nos echó la vaina. Justo cuando las olas se parecían a las que voltearon al Claridón. Tocó salir corriendo dejándolo todo atrás, incluso al chofer del carro, el idiota ese; y eso después de casi pillarnos los culos intentando empujarlo en la arena. –continuó, con aire pícaro. Como siempre, el asunto era algo escandaloso, una experiencia y una conducta casi deplorable; pero el joven resultaba realmente divertido cuando se lo proponía, como ahora, cuando recorre la amplia mesa con la mirada, notando que Clemente sonríe, sin comprometerse mucho, mueca que contrasta con las carcajadas del resto, así como las sonrisas que no llegan a los ojos de Elena y Mayra, quienes, como puestas de acuerdo, van trayendo platos de la cocina.

   La comilona consiste en abundantes carnes guisadas, pastas a la milanesa, yuca con guasacaca casera, todo oliendo a gloria, así como un consomé que hizo rugir las panzas de Jairo y Clemente en cuanto el olor les llegó. Eran chicos que se podría decir que estaba en franco crecimiento pero, que por la vida en la carretera, no siempre comían cuando debían. O cuanto deseaban. Así que el relato del procaz joven es recibido con tantas sonrisas como la cena.

   Todos ocuparon un lugar en la mesa, no hubo el casi tradicional (Clemente y Jairo lo temieron) “Gracias, Señor, por estos alimentos”. Las conversaciones continúan, y una mirada que Elena cruza con su hija, cuando finalmente se sienta con el resto, esta asintiendo un poco, le indica a la mujer que la joven ya habló con Clemente y partirán esa misma noche. Eso parece quitarle un gran peso de encima, haciéndola sonreír más abiertamente, algo que provoca un leve fruncir de ceño de su marido, testigo del cruce de mirada. Nadie había tenido la decencia de hablar con él y contarle algo. Cuestión que ocurría mucho en esa casa, pensaría este más tarde.

   A Clemente le había sorprendido un poco la petición ansiosa de Mayra de abandonar esa misma noche el pueblo, el tono de urgencia, pero no tanto como debería. No por todo lo que había escuchado desde su llegada, el por qué de tantos pesares de la joven, lo de su hermano, la culpa que sentía y lo del chico desaparecido esa mañana. Por ello (y el tal Víctor, no olvidemos al sujeto ese), había estado más que feliz de complacerla. Salir de ese pueblo y dejarlo todo atrás; comenzando por el ex novio de ¿su chica? Era algo que debía aclarar en cuento Río Grande quedara muy atrás. La idea de tal conversación, y la del ex novio, le provoca un cierre de garganta… que no dura mucho mientras devora con apetito de muchacho la suave y deliciosa carne guisada. Ah, sí tan sólo una de las chicas cocinara así… O que al menos cocinara…

   Si, Elena se siente mejor, tanto que sonríe más abiertamente cuando Raúl, su marido, mirando a Jairo y Andrea, habla de sus cualidades como gran cocinera. Lo hace con gusto, con una sonrisa… pero a la joven de anteojos le parece notar algo extraño en su tono y la ansiedad por cantar las cualidades de Elena. Parecía buscar que ella escuchara y estuviera contenta. Con él. Qué raro.

   -Cariño… -la mujer mira a Tristán, sentado este entre Mayra y la joven morena de pechos grandes, cercanía que tenía al adolecente algo distraído.- Necesito hablar contigo al terminar la cena.

   -Ay, mamá, voy a salir con Mos y el Gato… -el chico comienza la queja, mirando todavía con disimulo las tetas de Reyna, notando que tomó una ducha. Otra. Se estremece imaginándola enjabonándose sus partes, la mano entre sus piernas, perdiéndose en su sexo. ¿Habrá dejado secando sus pantaletas en el baño? Algunas chicas lo hacían, tal vez si entraba…

   -No, quiero que hablemos. –le sonríe, pero el tono es firme. Este alza la mirada al fin, retador.

   -¿No podemos hacerlo mañana? Ya quedé con mis amigos.

   -Discúlpate con ellos. –puntualiza, y la tensión va acrecentándose en la mesa.

   -Pero mamá… -grazna.

   Oh, mierda, pensó Jairo, tomando aire sin molestarse en disimular su enojo ante la escena. Porque estaba seguro de dos cosas, que aquello sería una escena desagradable como cuando su madre le reclamaba a su segundo marido por manchas de pintura de labio en sus camisas, sabiendo que al sujeto le encantaba irse de putas (así se habían conocido; contaba a veces, sonriendo de las carcajadas que lograba), y que todos alrededor de esa mesa pensaban más o menos lo mismo que expresó con su suspiro, pero eran demasiado idiotas para expresarlo.

   -Basta, Tristán, ya escuchaste a tu madre. –Raúl tercia, sin mirarles, tomando asado del plato. El joven palidece, furioso, conteniéndose a duras penas.

   -No entiendo por qué no podemos hablar mañana. Yo…

   Porque tu mami quiere que sea hoy, tontín, y tu padre es un cabrón que algo debe y lo paga dándole por su lado, se dice Jairo, sonriendo levemente ante el aire concentrado en sus platos que presentan sus amigos para disimular. Oprime los labios en mueca, y mientras pincha un pedazo de carne, que estaba muy buena, usando la mano izquierda, con la derecha, bajo el mantel de la mesa, toca a Andrea muy arriba en su muslo, provocándole un leve bote, ganándose una dura mirada de esta, que no dice nada, pero le pellizca feamente con las garras de gavilán que tiene por uñas. Eso le hace sonreír levemente, aunque dolió.

   -Debe tratarse de algo importante, ¿no lo has pensado? –Mayra le replica a su hermano, va perdiendo la paciencia. Este la mira con disgusto.

   -¿Y qué?, ¿ahora sabes lo que es mejor para otros y no lo que simplemente deseas para ti? Vaya que eres grande, ¿eh? –la ataca, directo a la yugular.

   -¡Tristán! –brama Elena, algo sorprendida, severa, controlándole un poco.

   Joder, chico, metiste la pata en grande, piensa Jairo, sacando la mano herida de debajo de la mesa, tomando el tenedor y continuando con su cena, mientras baja la izquierda, como si tal cosa, y atrapa el musculoso y firme muslo de Clemente, cerrando la palma contra la cara interna de este, muy arriba, casi rozándole el entrepiernas sobre la áspera tela jeans, y  comienza un leve manoseo de apretadas. Sonriendo al verlo pegar un bote más brusco que el de Andrea, mientras le lanza una furiosa mirada, dándole un manotón bajo la mesa. Luchan un poco y le hace sufrir no soltándole, aunque al final debe hacerlo. Eso le hace sonreír de manera torcida.

   Ese hijito de puta le debía una, algo que se había prometido a sí mismo una vez, en una fiesta que no recuerda muy bien, cuando el otro terminó bailando toda la noche con una chicuela que le gustaba, y de la cual no recuerda ni la cara, pero a la que había estado trabajando en esa reunión donde hubo mucho vino barato y porros a granel. Se prometió, mientras tomaba ron del malo como si fuera colita, que las manos del apuesto muchacho, un día, terminarían sobre su verga, acariciándosela, masturbándole. Y, quizás, si estaban sentados mientras se lo hacía, se la haría tragar. Y promesa era promesa, así hubiera estado volando por tanta marihuana en el momento de hacer tan solemne y sagrado juramento. Tal vez en ese viaje a ese apestoso culo del mundo…

   -Mamá… -Tristán baja la guardia y quiere rogar; vana ilusión, lo sabe. Así que calla y bulle de ira y frustración, sabe que nada conseguirá. Su madre quería decirle algo. O se lo inventaba porque temía que saliera cuando la mierdita del niño ese se había perdido. O porque no le gustaban sus amigos, como se lo había dado a entender un millón de veces, de mil maneras. Como fuera, no le dejará salir.

   -Disculpen el momento, y cenemos. –la mujer termina, mirándolos a todos, serena, pero firme.

   Perfecto, se dice el muchacho, casi trinando los dientes, controlándose a duras penas. A la menor oportunidad escaparía por la ventana de su cuarto. Otra vez. Mos seguramente tendría de esos cigarrillos mentolados que tanto le gustaban, y el Gato alguna revistica nueva de chicas ligeras de ropas. Y hasta era posible que llevaran la vieja moto y le permitieran usarla. No iba a perderse todo eso por las tonterías de su madre. Que continuara creyendo que le había ganado, si eso quería creer. La resolución le hace trinchar con rabia la comida.

   Por un segundo el silencio es pesado, tan ensimismados están todos en lo que piensan, que las luces del auto que se acerca, que ilumina contra los ventanales del comedor, les llega a todos. Y todos alzan la mirada al escuchar el motor acercándose. Tristán, precisamente, sentado de espalda a la pared y el ventanal, se vuelve y mira por un resquicio de las cortinas.

   -Es la patrulla del jefe Zabala. –anuncia, algo curioso, como la mayoría de los presentes a la mesa, excepto Mayra, Raúl y Elena, que se tensan automáticamente, casi con disgusto ante la mención del apellido. A tres de los cuatro Lezama no parecía agradarles la noticia.

   -¿Qué pasará? –se agita Mayra, viendo a su madre.- ¿Será algo sobre el niño?

   -Ni idea. Iré a… -Elena se ve confusa, evitando mirar a su marido en todo momento.

   -No, Iré yo a ver qué quiere ese sujeto en mi casa. –gruñe, hosco y agresivo, Raúl, arrojando una servilleta a la mesa, sus ojos, tormentosos, cruzándose con los de su mujer, que parpadea.

   -Raúl… -grazna ella, poniéndose también de pie. Dispuesta a seguirle.

   El hombre la mira pareciendo dolido por un segundo, como si esperara que ella dejara todo en sus manos. O que no quisiera salir a ver a ese tipo. Elena no es tan despistada como para no intuirlo, a pesar de su desasócielo, pero la conciencia (comprometida), no la deja ceder; aunque entendiera que era mejor no aparecer entre los dos hombres. La mirada entre marido y mujer parece durar toda una vida, aunque sabe muy bien que no es así, tan sólo se lo parece porque… ¿Qué sabía Raúl? ¿Sospechaba que ella y…? ¿O lo sabía de cierto? Algunas veces había notado una expresión herida, furiosa en sus ojos, cuando se volvía y le sorprendía mirándola, en silencio, gesto que cambiaba rápidamente. Pero nunca le ha dicho algo, no le ha preguntada nada.

   -¿Es “ese” Zabala? –se interesa Reyna, mirando a su amiga.

   -El mismo. Ese hombre es detestable. –Mayra responde, sin mirarla, tensándose aún más al notar cierta vibración extraña entre sus padres. Una que no había notado allí antes, ni siquiera cuando su madre, por alguna razón, hizo responsable a su padre por lo de Leonardo. Por injusto que fuera. Una tensión que si estaba presente ahora, ante la mención del jefe Zabala…

   Mientras Elena y Raúl salen, y Tristán regresa su atención a la mesa, todos guardan silencio. Mayra, enderezando los hombros y les sonríe. Tensa.

   -¿Alguien quiere algo más?

   -Yo sí. –replica Jairo, bajando la mano otra vez, atrapando nuevamente el firme muslo de Clemente, el cual pega otro bote y le empuja, mirándole enfurruñado.

   Ríe de lo más divertido, siendo mirado extrañados por el resto, menos por Andrea que sonríe imaginando lo que hizo, Dios, ¡estaba tan loco ese idiota!

   Oh, sí, no pasaría mucho antes de que su bonito “amigo” tuviera su miembro en las manos, haciéndole una buena paja, se decía el otro, atragantándose de yuca.

……

   -Raúl… -Elena intenta tender algún puente, siguiendo a su marido que camina con grandes y firmes zancadas hacia la puerta de la calle, rostro pétreo, deteniéndose con la mano en el picaporte, volviéndose y fijándola con la vista.

   -¿Si, querida? ¿Algo que quieras decirme o preguntarme? –inquiere lentamente, mirándola con intensidad, como retándola a decir algo más. Pero ella no puede, en verdad que no, aunque muchas cosas le suben del estómago, como deseando salir de una vez.

   -No, nada. Es que… pareces alterado y…

   -Zabala está en mi casa. Creo que tengo derecho a alterarme, ¿no? Es el jefe policial, después de todo, su presencia aquí podría ser para dar una mala noticia sobre algo. –casi le sonríe entre dientes.- Me pregunto qué le traerá aquí, exactamente. –abre la puerta, las luces de los faros los iluminan mientras salen al porche. Entrecierran los ojos.- Parece venir acompañado.

   -Creo que hay un niño con él. –susurra Elena, abrazándose el pecho, recorrida de repente por un fuerte escalofrío.- Me pregunto sí será el niño extraviado anoche. Ojalá sea él.

   -Debe serlo, ¿no? Aunque, ¿para qué lo traería aquí? –se intriga Raúl. Bien, ya lo sabrían, se dice viendo como la portezuela del conductor se abre. Dios, ¡cómo odiaba a ese sujeto!

CONTINÚA … 26

Julio César.

BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 24

agosto 28, 2017

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                         … 23

   Al amparo de la oscuridad…

   -No, no dijo nada. Ni una palabra. –bufa el cura, respondiendo al ex jefe policial.- Pero la señora Martus tiene razón, esto va a causar un verdadero y desagradable impacto en el pueblo.

   -Y tiene qué producirlo, joder; el niño… –jadea William, abrumado, parpadeando, viéndose confuso, asustado.- ¿Qué carajo está pasando en este pueblo?

   -Cálmese, señor Villalta. –gruñe la mujer, ceñuda; la gente que no se controlaba eran un verdadero dolor de cabeza para ella.- ¿Qué haremos? –pregunta mirando al único en la estancia que sabe puede caminar, pensar y mascar chicle, todo al mismo tiempo. Este, corresponde con su mirada, cierra las manos sobre la empuñadura de su bastón y recorre a todos con la mirada.

   -Haremos lo de siempre, negar todo. Silenciarlo. –el ex jefe policial, Alirio Ricaurte, interrumpe el silencio de segundos que se hizo mientras esperaban sus palabras.

   -¿Cómo pretende hacer eso?, el niño regresó, ¡como un niño, por Dios! –trona Ernesto Mendoza, viéndose bastante desencajado, aunque traga cuando tres pares de ojos, cura, viuda y ex policía, le miran fríamente.

   -Porque nadie sabrá que es el niño Lezama, a menos que salgamos a contarlo. –arguye el hombre de piel negra, sienes plateadas, rostro liso, sonrisa desdeñosa.- Repito, lo de siempre.

   -Pero verán al niño. –jadea William, confuso, dominado por el temor. Toda aquella fantástica situación le demostraba, como si alguna vez lo hubiera dudado, la existencia de un lado oscuro en el pueblo.- Alguien le recordará y reconocerá, como pasó con el jefe Zabala.

   -Verán a un niño en la casa Lezama, que se parece vagamente a ellos; en los recuerdos siempre es así, joven. Verán a un visitante, a un sobrino de la familia.

   -¿Pero y si Elena Yorca…? –comienza Victoria, temiendo que la mujer haga un escándalo.- ¿Imaginan lo que ocurrirá cuando vea al niño? Si no es que lo ha visto ya. Exigirá saber qué pasó… Recuerden lo trastornada que estaba por aquellos días, acusando a todo el mundo de haberlo raptado, de callar. De no buscarle. –vuelve a oprimir los labios. Siempre pensó que todo aquel ataque histérico de la mujer denunciaba una mala crianza. Sus palabras, ciertas como el anochecer que los cubría de inciertas sombras, alteran a los presentes. A todos menos al viejo ex jefe policial, que le sonríe suavemente, con una mueca, mostrando el gastado diente de oro.

   -Ella es quién menos me preocupa, la verdad sea dicha. Será la más fácil de… controlar, por fea que se escuche la palabra. Bastará con insinuarle que tal evento “milagroso” atraería la atención de gente de todas partes, aún de Caracas y quién sabe si hasta del Norte, que los gringos podrían sentirse intrigados con una noticia así, y podrían llevárselo. Tal vez sin ella. –la amenaza flota ominosa. Ellos se lo quitarían. No hace falta decirlo. La sensación de alivio es general. O casi.

   -Cree que sea tan fácil así… -el cura le mira casi humilde, como quien busca consuelo en alguien mejor preparado. Era lo que solía ocurrir ante el sagaz, directo, brutal en sus planteamientos, y a veces amoral ex jefe policial.

   -Me preocupan más las comadres del pueblo y ese chismorreo incansable. –este sonríe, otra vez, sin humor.- Pero cada cosa en su momento. Padre, hable con el jefe Zabala y con esa gente, los Lezama; como haremos el resto de nosotros. Es bueno que el viejo Fuenmayor les llame también, Raúl Lezama trabaja para la petrolera. Que no se comente sobre esto, que nadie hable del “regreso” de Leonardo Lezama en estas circunstancias; eso mientras averiguamos sí es cierto, o no. No puede ser, en lógica. Pero sí lo es, hay que abocarse, sin que estorben otros, a saber el cómo pasó. –baja la voz y sonríe rapaz, el diente de oro lanzando un fugaz destello, notando la obesa silueta del ex profesor sin mirarle directamente.- Y qué le pasó, es lo que hay que averiguar, en primer lugar. Saber si hubo… juego sucio tras todo esto.

   -Fue lo que siempre supusimos, ¿no? No que escapó tras el circo, aunque recuerdo que uno de ellos pasó por aquí en esos días. Dios, ese olor a tigres… -comienza Victoria, mirándole, ceñuda.- Pero el consenso era que alguien le había raptado, algún enfermo… -enrojece y calla; no puede decirlo. Se lleva una mano algo insegura al moño y arregla un inexistente mechón fuera de su sitio.

   -Un aberrado. Eso fue lo que imaginamos. Un sucio degenerado que abusaría de él, desechando su cuerpo. Pero ahora el chico está de vuelta. Y es todavía un chico. Aquí hay algo más. –sentencia el ex policía, brutal, mirando al cura, los dos compartiendo una desazón.

   -¿Qué? ¿Estuvo muerto y se levantó de su tumba tal como cundo entró? –grazna William, y todos se tensan, por lo absurdo del argumento, y sin embargo…

   El corazón del rubicundo Ernesto sufre un leve espasmo. ¿Qué había pasado? Ahora iban a preguntar, a indagar, el maldito chico… No, nada iba a pasar. Leonardo no sabía, no podía…

   El chico iba silbando alegremente, olvidado ya el encuentro con el director de su escuela, deteniéndose de pronto, sintiendo que algo o alguien se acercaba rápidamente a sus espaldas, pero le faltó velocidad. Ernesto Mendoza, mirando en todas direcciones antes de actuar, moviéndose con gestos que desmentían su peso y tamaño, le cubrió la cabeza, desde atrás, con una enorme bolsa negra, balándola por sus hombros y llegándola más abajo del delgado torso, el cual rodeó con un gordo pero fuerte brazo, inmovilizando los del chico contra su cuerpo, alzándole cuando este comenzaba a chillar sordamente y se debatía intentando escapar. Así le cargó hacia la camioneta que se había detenido justo en ese momento a su lado.

   Había tragado con esfuerzo desde que bajara de su carro, la vista fija en el chico que se había negado a subir, la garganta muy seca mientras su rubicunda cara se empapada de sudor por ese brillante e implacable sol del medio día. Habría sido más fácil terminar lo que iba a hacer si el maldito muchacho hubiera entrado en el carro, pero no; siempre era así con los chicos, se dijo con mortificación, y algo de enferma rabia. Como si fuera deber del chico el facilitarle su ruindad. Le siguió, silenciosamente, algo notable dado su volumen. Controlando su respiración ruidosa. Miró intranquilo de derecha a izquierda, inquietándose de verlo todo tan carente de personas. Era la hora del almuerzo, todos estaban ocupados con eso, sin embargo no era normal que una calle como aquella estuviera tan solitaria. Menos por el chico que iba por un refresco. El chico al que debía… No quería hacerlo, no porque fuera algo malo y terrible, sino por miedo a ser sorprendido, atrapado. Bastaba que alguien mirara por una ventana, o abriera una puerta. O un rezagado regresara a toda prisa a sentarse a la mesa antes de volver al trabajo. Y que le vieran. Y que se supiera de toda su bajeza. Enfermedad. Enfermo, aberrado, así le llamarían todos si el asunto se descubría. La policía allanaría su pieza, encontrarían las revistas, las fotos, las cartas… El miedo se le intensificó mientras le seguía, ante la posibilidad de verse, de pronto y ante los demás, sin su máscara de hombre de bien, de prohombre de la comunidad. Y, sin embargo, tenía que hacerlo, atraparle, o todo se iría al infierno.

   Le vio doblar por la calle Sucre, la del correo, perdiéndose de la vista de algunas ventanas comprometedoras, como las de su propia casa. Apresuró el paso, la barriga bamboleándosele, la respiración contenida, con tanto esfuerzo que casi le hizo estallar los pulmones. Deseó respirar por boca y nariz, tomar profunda inspiradas, pero no pudo. Estaba más cerca, cautelosamente sacó del bolsillo posterior de su pantalón de pana la bolsa que desdobló con cuidado. El chico tonto…

   Casi sonrió cuando le cubrió con la bolsa, al inmovilizarle y alzarle. ¡Había sido tan fácil! Así de sencillo era atrapar al muchacho de cualquiera en una calle mientras iba a hacer algo tan cotidiano como ir a la bodega. Sonrió ante la ironía, que él como maestro, veía en todo aquello.

   Sin embargo, el corazón pudo haberle fallado justo en ese momento por todo lo que bombeó, a pesar del ramalazo de excitación al atraparle así. El muy tonto ya estaba perdido… Fue cuando se congeló, al arrojarle en la camioneta y allí era retenido por otras manos, con la nuca totalmente erizada. Sintiendo, allí, la intensidad de una mirada vigilante, censuradora. Casa que le obligó a volverse con alarma. Dios de los Cielos, ¡le habían visto hacer aquello! La certeza fue total, completa. Una sombra se había movido a su derecha, desde atrás. Un testigo de su infamia. Con mirada frenética, los redondos y porcinos ojillos girando de manera convulsa, recorrió la calle. Nada. Ni un alma, reconoció escuchando, como desde muy lejos, la camioneta alejándose, justo cuando un aterrorizado chico comenzaba a gritar que lo soltaran, llamando a su mamá, con fuerza, como si la palabra lograra, efectivamente, de alguna manera, salvarle de lo que le esperaba.

   No se volvió, siguió escrutando y sus ojos cayeron sobre la casa Marotta, en la esquina, en el inicio de la calle Sucre, con su jardincillo lleno de grama y altas hierbas, puertas y ventanas cerradas. Casa que llevaba cinco o seis meses sola. No se sabía qué había sido, exactamente, de José y Melinda Marotta, el joven matrimonio que vivía discutiendo a todas horas por los enfermizos celos de una mujer casada con un hombre joven que parecía estrella de cine. Hecho en sí que debía hacerla feliz, sentirse orgullosa ante otras mujeres, las casadas con sujetos toscos; pero que no era así, ni por asomo. El atractivo del hombre era la cruz de Melinda, quien iba extraviándose de manera cierta frente a todos, haciéndoles temer que eso podría terminar o en una agresión de él a ella, o en una separación escandalosa y hostil. Sin embargo, sorprendió a todos, había que decir la verdad, cuando José Marotta apareció un día, en público, con una venda que le cubría media cara, corriéndose el rumor de que ella, mientras este dormía, le había herido con unas tijeras. Se dijo que para desfigurarle. Para estar segura de que no le gustará a otras. Eso decían, él nada contó, ella tampoco, así que todo pertenecía al campo de la especulación de los chismosos del pueblo. Hasta una mañana cuando un vecino entró al escuchar la radio encendida y las puertas abiertas. Sin encontrarlos. Allí no había nadie, a pesar de la mesa puesta para un desayuno algo flojo, una arepa en cada plato, y dos tazas de un café frío. Se les esperó y no volvieron. ¿Les habría buscado Ricaurte?, se preguntó el obeso sujeto, ignorando la respuesta. Pero ahí no vivía nadie. La casa estaba sola, los notables (de ese momento, cuando él ni soñaba con ocupar un lugar en ese grupo), murmuraban que algo debía hacerse con la propiedad, no era bueno que quedara sola por mucho tiempo, por la fama que podría darle a la zona. La casa misteriosa y precipitadamente abandonada. Nadie entraba y la ocupaba, así fuer por una noche, por ejemplo, porque era visitada regularmente por la policía para evitar algún robo mientras se contactaba a alguien de la familia. No, nadie moraba ya en ese lugar.

   Pero, bajo ese sol intenso que le hacía transpirar como un cerdo, el hombre tuvo la certeza de que alguien había visto lo que hizo, atacar al chico Lezama, y que, quien fuera que seda, le había visto desde allí, desde la casa de puertas y ventanas cerradas. El miedo que se apoderó de él, desde ese instante y por todas las horas y días siguientes, fue grande. Pálido, con sobresaltos involuntarios, transpirado generalmente, se le vio ir y venir mientras la alarma, pánico e incertidumbre por la suerte del chico se extendí por Río Grande. En su pieza, después de recoger y ocultar muy bien sus tesoros en lo más profundo de una maleta, mantuvo esta siempre lista por si le tocaba escapar a la carrera, en medio de la noche. Y nada pasó. Las horas eran una tortura, cada vez que alguien llegaba a la pensión, o le detenía en la calle para indagar por noticias, le parecía que, al fin, venían a encerrarle. Pero nadie contó nada, nada se supo. ¿Acaso lo imaginó, esa sombra furtiva desde el frente de la propiedad? ¿Había sido su “conciencia”? ¿O, efectivamente, alguien le había visto y callado, esperando un mejor momento para emerger?

   Recordándolo, tragando en seco pero intentando controlar esos gestos, el hombre se dice que el chico nunca le vio llegar. No vio su cara. En ningún momento. Por alguna razón se había cuidado muy bien de ello, no quiso que el recuerdo de su mirada le siguiera mucho después de que desapareciera y le pasara… lo que iba a sucederle. Lo que debió pasarle. Bien, no era posible, en sana lógica del mundo natural, que ese chico hubiera vuelto, que fuera Leonardo Lezama; pero aún así, si lo fuera, no podía contarle a nadie lo que no sabía, su participación en todo aquello tan horrible que le ocurrió. Erizado, con la garganta aún seca, evita mirar a ninguno de los presentes, especialmente al ex jefe policial. Sabe que su máscara está algo descolocada, y eso podría delatarle, dejar que le vieran como… el monstruo que imagina todos le supondrían. No, nadie debía saberlo nunca. Pero, y las dudas vuelven a atormentarle como llevaban haciendo desde la llamada del cura, ¿y sí el chico vio algo? ¿Y sí ese niño sí era Leonardo y sí le vio acercarse y atacarle, pero no lo recuerda de momento, o espera el instante de contarlo y denunciarle frente a Río Grande? Un jadeo involuntario se le escapa.

   -¿Todo bien, profesor? –la voz del ex jefe policial le llega, lejana, y sonríe de manera mecánica, asintiendo, sabiendo que su máscara se desliza un poco más.

   -Bien, creo que… en medio de una situación tan extraordinaria, esta amenaza que se perfila contra el pueblo y sus buenos ciudadanos… -comienza el cura, creyéndolo en serio, ignorando las muy leves sonrisas desdeñosas de Victoria y Alirio, o el bufido de William.- …Es lo mejor que podemos hacer de momento. Minimizar el daño.

   -Bien, no sé si sea correcto decir que eso es lo mejor… -comienza Alirio, sin mirar a nadie en especial.- Pero es lo que haremos, de eso nos ocuparemos en primer lugar. Lo esencial es averiguar quién es en realidad ese niño. No puede ser el que desapareció hace años, pero sí lo es…

   -Qué locura. –jadea William, necesitando como nunca antes en su vida un enorme vaso de whisky. Todo lo que escuchaba le sonaba a locura. Una siniestra, fea.

   -Y saber qué le ocurrió… -tercia Victoria, sin mirar a nadie, tampoco, ceñuda.- Yo quiero saberlo.

……

   Las cosas no resultarían tan fáciles, como imaginaban en esos momentos, los pocos notables que acudieron a las precipitadas llamadas del cura, porque ignoraban, ya que el profesor Miranda nada les contó, que un detective de la capital del estado estaba en el pueblo, y había sido testigo de la llegada del muchacho y la reacción del jefe policial que había intentado deshacerse de él, dejándole atrás en aquella investigación.

   Joel Narváez, sentado en la parte posterior del vehículo policial, todo ceñudo, desvía la mirada, que volvía una y otra vez, con fascinada morbosidad, a la nuca del niño y a la del jefe Zabala, sabiendo que este lo notaba. Ahora ve hacia una bonita quinta de dos plantas, a la que se acercan más despacio, ubicada a mitad de una calle ancha, bien iluminada, con el consabido jardín y la valla, aunque con un añadido que imagina no es regular: una vieja camioneta van estacionada a medio camino del techado estacionamiento.

   La casa de los Lezama Yorca. Suspira, notando la tensión del policía de pueblo, la mirada del chico, ceñuda, algo extrañada, en la propiedad. Imagina muy bien la tensión y aprensión del otro, porque él mismo no es indiferente al hecho. Ya imagina la reacción que la llegada del niño, el supuesto Leonardo Lezama, causará cuando su familia, sus padres y hermanos, lo vean. Regresando después de más de una década de sabérsele extraviado, sospechándose que muerto… Siendo un niño todavía.

CONTINÚA … 25

Julio César.

BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 23

agosto 13, 2017

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                         … 22

   Al amparo de la oscuridad…

   La sorpresa es tal que se paraliza; tan desconcertado está que parpadea mirando la cerca de la casa parroquial. Alguien estaba del otro lado, entre sus rosales. Una niña. ¡Y pareció leer en su mente! Es idea le llega después, con todo y lo inquietante que es.

   -¿Quien está allí? –exige saber, huraño.

   -¿Cuántos niños se perderán antes de que haga algo? ¿O todos pagan culpas de sus padres? –la joven voz, de niña, es incisiva, burlona. Casi alarmante en sus entonaciones de infante jugando a ser una adulta.- ¿Cuántas otras desgracias encubrirá con su sotana antes de responder por ellas, padre?

   Aquello le deja sin palabras. ¿Qué carajos…?, piensa impíamente, molesto, apresurando el paso, abriendo la reja de madera y asomándose al oscuro jardín, recriminando mentalmente al viejo Evaristo, que llevaba semanas diciéndole que repondría las bombillas, sin hacerlo jamás. La sombra de los mangos era el telón de fondo, más arriba estaba el cielo oscuro, sin luna en esos momentos a pesar de lo temprano de la hora; los arbustos, los rosales, parecen personas agazapadas, pero no es tan imaginativo, o nervioso, como para sospechar de cada aparente figura. Da varios pasos, muy ceñudo, sin ningún temor a lo desconocidos. No había nadie allí. ¡Pero la escuchó!, ¡y las cosas que dijo! Podría jurar que…

   -Padre Vicente, ¿es usted? –oye a sus espaldas una voz inquieta, que le obliga a volverse bruscamente.

   En la entrada de la casa parroquial encuentra la figura de un hombre joven, bajito pero fornido, que podría tacharse de muy guapo, cabello castaño suave, peinado hacia atrás, ojos verdosos, metido dentro de un costoso saco, sin corbata, viéndose exitoso, rico. Un hombre al que, sin embargo, el anciano no dudaba de tachar de débil…  De cobarde. Aún ahora lo nota, el joven parece preocupado por algo, intranquilo (porque es de noche y no está en su casa, tan simple como eso), pero no sale del reducto de iluminación del interior de la vivienda. A William Villalta, el hijo mayor del viejo Villalta, dueño de las azucareras, le daba miedo la oscuridad. Era algo que todos sabían en el pueblo, una noticia vieja, muy vieja, que comentaban entre bromas, pero que nadie se lo echaba en cara. Su familia era demasiado poderosa, buena parte del poblado trabajaba directa o indirectamente para ellos.

   O casi nadie se atrevía, porque, si no se equivocaba dentro de la vivienda debían estar los otros. Los notables del pueblo, reunidos de emergencia por un niño que apareció de la nada para trastornar la vida de todos. Al menos algunos de ellos, no pudo comunicarse con todos. Y a estos, el poder financiero, casi tradicional de la familia Villalta, no impresionaba tanto.

   -Estoy bien. –gruñe en respuesta, poco amistoso con el muchacho. Su debilidad le ofendía de alguna manera.

   Llega a su lado y le pasa, después de intercambiar los formales buenas noches, y nota como el joven escudriña en las sombras del jardín. Casi le pregunta si vio algo, a alguna niña, pero no quiere abrir otra brecha de discusión para esa noche. Pero no, el joven no mira el jardín… Lo hace hacia la calle. Le imita y localiza el bonito carro estacionado, del otro lado de la calle (¿cómo no se fijó?, últimamente andaba en las nubes), junto a otros menos llamativos. Claro, no todos contaban con el dinero de los Villalta, ni adornaban sus autos con una bonita y joven catira que parecía estar esperando a William, y que parecía sonreír (caramba, también había olvidado sus anteojos).

   El sacerdote, aún más irritado, se pregunta si era que la gente en ese pueblo no entendía que casarse era un contrato entre Dios y los hombres, y que la infidelidad era una culpa grande. Y, bueno, si el insensato ese iba a andar por ahí con una mujer que no era su esposa, ¿era mucho pedir que no la llevara a una junta de los notables del pueblo, la gente de bien, especialmente si dicha cita era en la casa parroquial?

   -¿Han llegado los otros? –le precede dentro de la modesta vivienda, la cruda luz amarilla daba calidez al interior, ahuyentando toda sombra, algo que imagina hará feliz al miedoso ese; hay muchos muebles de mimbres, dos sillones tipo mecedoras y algunas imágenes religiosas, pías como no lo era el sujeto, adornaban las paredes en el saloncito de entrada.

   -Tan sólo han aparecido la señora Martus, el profesor Mendoza y el jefe Ricaurte. –anuncia el joven, mirando hacia la calle, sonriéndole a la catira con una mueca dulce en su bonito rostro varonil, ¡la quería tanto!; mueca que suaviza aún más sus facciones.

   Si, era un sujeto guapo, rico de cuna, que lo había tenido todo y aún le esperaba mucho más, cuyo apellido, en Río Grande, era prácticamente  de la realeza local. Y, sin embargo, William lo habría dado todo por estar en su casa de Mérida, con su amiga, o en cualquier otro lugar bien lejos de ese pueblo que le provocaba tanto miedo, uno que no podía controlar. “Una vez, de noche, vi al diablo”, le contó a esa joven, yaciendo ambos en una cama grande, erizado, trastornado de temor ante el recuerdo vívido, como siempre le ocurría al evocar aquello; los gritos de súplica del hombre a quien esa figura maligna atrapó entre sus garras inhumanas e inmisericordes. Ser que volvió la mirada, enfocándole. Un día iré por ti, eso creyó leer, y desde los seis años ha esperado que vaya por él, con miedo, uno que ya nunca le ha abandonado, ni siquiera cuando está lejos del pueblo. Y, cada tantas noches, soñaba con esa cosa, y él era la víctima.

   La sonrisa que adornaba su rostro le duró hasta que los rosales del jardín, oscuros, se agitaron, como pequeñas personas moviéndose, haciéndole pegar un respingo y cerrar firmemente la pesada puerta de madera. Decidido a deja los miedos afuera, donde pertenecían.

   -Comencemos, no creo que venga nadie más.

   -Su llamada no dio tiempo para… –eso altera al sacerdote.

   -No sabía que esto pasaría; soy viejo, muchacho, ¿qué esperas de mí? –refunfuña.

   El anciano penetral en el también bien iluminado zaguán y encuentra un grupo humano del cual no es particularmente amigo. Era la gente decente del pueblo, “de bien”, que iban a misa y llevaban una vida intachable, se sentaban de primeros en la iglesia en Navidad, en Semana Santa, en cada celebración litúrgica, pero no eran realmente devotos. Ninguno de ellos se confesaba. Jamás. No sentían, en su corazón, el santo temor a Dios. Lo primero que le llega, antes de verles, es la azarosa voz del Mendoza, parlanchín, totalmente carente de interés.

   -Sabía que algo pasaría ese día, se lo dije a la señorita Irma, ¿la recuerdan? Aquella maestra que tocaba la guitarra en cada reunión escolar. Dios, qué mal lo hacía. Bien, había tenido un sueño raro. Con mi madre. No, no sobre eso, jefe Ricaurte. –recrimina.- La pobre llevaba décadas de muerta. –recrimina.- Me dijo que andaba de visita, pero que pronto se iría. Me impresionó, no se los niego. Cuando el chico Lezama desapareció… la recordé. ¿Había sido un anuncio? Pero, cómo saberlo antes, ¿verdad? Bien, cuando desayunaba, la buena señora Margot dejó caer la cafetera. Bañó toda la mesa del comedor. Fue tan desagradable. Algo del café cayó en mis zapatos, y ya estaba vestido para salir a la escuela. Ni imaginan lo difícil que es quitar el café del cuero. Y justo ese día usaba los marrones claros. Todo parecía indicar que sería, en efecto, un mal día. Cuando llegó la noticia del niño… -el hombre calla, bruscamente, en cuanto el sacerdote aparece.

   Sentada cerca de la entrada, el cura encuentra a Victoria de Martus, delgada, alta, de rostro afilado y cobrizo, cabello cano firmemente peinado en moño; el vestido largo, estampado y anticuado que usa, lo lleva con el buen gusto con el cual manejaba su vida y el pequeño museo del pueblo, base de la crónica local. Sabía mucho de historia a sus más de setenta años; edad que parecía haberse congelado en su rostro liso de leve seriedad. Viuda desde hacía más de cuarenta años, eso había dado pie, a lo largo de décadas, a chistes bastante impropios e impíos. La mujer está muy erguida en una butaca de madera (bastante incómoda, bien sabía el viejo sacerdote), y en esos momentos su ojos reflejaban algo de irritación. Seguramente por el largo relato de Mendoza. Seguramente llevaba rato trabajándoles la paciencia.

   Este está de pie, a su lado, con una leve sonrisa tensa en el semblante. Ernesto Mendoza es un sesentón rubicundo de cara, mejillas hinchadas y flácidas, cabello entrecano y crespo, ojos un tanto pequeños y porcinos, bastante obeso, notándose aún más por la camisa guayabera que usa. El viejo ex director del colegio, en funciones cuando el chico Lezama desapareció, parecía estar hablando, pero nadie le escuchaba. No era un asunto tan curioso, todos sabían que le era imposible quedarse quieto, o callado, nunca; que se movía y hablaba así la gente bostezara o le mirara con  disgusto. Aunque retirado de la educación, aún conservaba intereses en el deportes inter escolar. Mantenerlos ocupados era alejarles de problemas, solía decir.

   El tercer visitante es un hombre mayor también, sesentón igualmente, pero no podía ser más diferente al ex maestro. Alirio Ricaurte, ex jefe policial de Río Grande, era bajito, delgado, enjuto, de negra cara avinagrada y gesto sardónico, de mirar desconfiado. Sus ojos, algo amarillentos sus glóbulos, parecía tazar cada cosa que miraba, cada información que llegaba a su sagaz mente. Estaba sentado apartado, a propósito, de los otros dos. Especialmente del ex director del colegio.

   -Padre, ¡ya era hora! –gruñe Ernesto Mendoza.

   -Ya no soy tan ágil como usted, profesor. –ladra este, con cierto veneno. Todo el mundo sabía la casi inercia del sujeto, que parecía rechazar cualquier actividad física, al menos la propia, ya que estimulaba a los chicos a jugar. Tal vez por su obesidad, la cual hacía su voz algo jadeante.

   -Pude ir a buscarle. –acota, sonriendo, aunque sus ojos se notan alertas, y resentidos.

   -Hay que caminar.

   -No cuando se le espera y…

   -Vamos, señores, es tarde y aún no he cenado. –interviene Victoria de Martus, mirando al sacerdote.- ¿Es cierto lo que dijo? –parece más curiosa que otra cosa cundo va al grano.

   -¡No puede ser cierto! –braman a un tiempo William, de pie tras el cura, Ernesto y Alirio Ricaurte, uno exaltado, el otro con disgusto. Estos dos se miran, y al viejo ex jefe policial parece molestarle más el coincidir con el maestro.

   -Es científicamente imposible que… -comienza acaloradamente Ernesto, realmente agitado por la noticia, evitando ver al viejo policía retirado. Aunque siente su mirada vitriólica.

   -¿Le vio usted? –la mujer interviene de nuevo, dirigiéndose al sacerdote, intrigada.

   -No, su sucesor… -dice este al maestro.- Llamó al jefe Zabala, quien se lo llevó. Ya debe estar llegando a la casa Lezama. Pero, aparentemente, le reconoció como Leonardo. O eso dijo, al menos, antes de retirarse.

   -Si Zabala dice que es el niño Lezama, puede ser. –interviene, con sorna, Alirio, sosteniendo la mirada disgustada del cura.- Como sabe, padre, él… les conoce muy bien.

   -Señores, esto es absurdo, no sé a qué esté jugando el jefe Zabala, ¡pero no puede ser el niño Lezama! –brama Ernesto, particularmente afectado.- No digo que no regresara, si aún viviera… pero no puede hacerlo como un niño. ¡Es inadmisible!

   -Estamos en Río Grande. –grazna, alterado, William, ganándose la mirada de los presentes.

   -Contrólese, Villalta. –tercia el policía, ceñudo, mortificado por aquella posibilidad.- ¿Es acaso esto posible? –cuando el maestro va a saltar, eleva una delgada mano, silenciándole.- Si, lo sé, no es posible, en la naturaleza, pero… ¿y si es el chico y está de regreso, a pesar de todo?

   -¡No! –brama Ernesto, ojos dilatados, pero todos le ignoran. Afortunadamente para él.

   -¿La verdad?, no lo sé, jefe. No lo creo, pero Zabala pareció pensar que sí. Y eso debemos tenerlo en cuenta, porque… -el cura frunce el ceño con disgusto, mirándole.- …Si, él les conoce. –se hace un silencio tenso en aquel zaguán.

   -Por Dios, esto traerá una tormenta, una como nunca antes hemos tenido. Al menos no en tiempos resientes. –gruñe Victoria, levemente mortificada también.- ¿Un muerto que resucita? ¿Un niño que no envejeció? ¿Cómo contendremos esto?

   -¿Qué contó el profesor Miranda? –interroga el ex policía, mirando al tenso y lívido Ernesto.- ¿El chico dijo algo? ¿De lo que pasó, del día que… desapareció? –el ex director de la escuela desvía la mirada hacia él, y parecen batallar mentalmente. El hombre obeso compone una tensa sonrisa, contralando el estremecimiento.

   Aterrado. Sintiendo unas ganas repentinas y locas de orinar, casi cree haber mojado un poco su calzoncillo, las manos sudadas. ¿Y si el muchacho contó que…?

   -Hola, chico. –saludó, sonriendo, viendo al joven en la acera bajo el intenso sol del medio día. El bonito rostro infantil se volvió a mirarle a través de la ventanilla.

   -Buenos días, profesor Mendoza. –saludó, educadamente, Leonardo Lezama, quien, evidentemente, iba a realizar algún mandado para su casa.

   -¿Vas para la bodega? Sube, te llevo. –ofreció, mirando a los alrededores. Nervioso.

   -No se preocupe, profesor, ya estoy cerca. Gracias. Me esperan en la casa con un refresco para almorzar. –informó, sonriendo levemente, y continuó.

   El maldito muchacho…

   Ahora, tragando en seco, desviando la mirada del rostro del viejo ex jefe policial, quien le preguntó, varias veces durante ese periodo, si había visto al chico ese día, espera por las palabras del cura. ¿Qué ha estado contando el muchacho desde que apareciera? Sí es que era él. El miedo le hace temblar y debe luchar por controlarse; la piel la siente fría, erizada. Su corazón late dolorosamente en su pecho, como cuando sufriera sus dos pre infartos. Intenta controlar una mueca de risa involuntaria, recordando lo solícito que fue todo el mundo cuando le ocurrió aquello. Ahora, imaginándose el escándalo, la vorágine que asolaría su vida si se supiera… podrían hasta encarcelarle. Todos sabrían sus secretos, sus miserias. La basura que guardaba. La mierda que había en su alma y que con tanto cuidado había cubierto, sabiendo que actuaba tan mal pero incapaz de controlarse. No queriendo hacerlo. Siendo feliz mientras se revolcaba en sus pecados.

   Si era Leonardo, y este contó algo…

CONTINÚA … 24

Julio César.

BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 22

julio 19, 2017

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                         … 21

   Al amparo de la oscuridad…

   -¿Hacer algo… como qué? –el tono es preocupado y duro. Y la inquietud vaga que siente, se intensifica al verla desviar la mirada, evasiva.

   -Lo que haría todo buen cristiano si una abominación… -deja caer la oración.

   -¿Qué? ¿De qué coño hablas, mujer?

   Ignorándoles completamente, un error que suele cometer a menudo, el padre Vicente, con el corazón latiéndole con un esfuerzo casi doloroso, escucha el repicar del otro lado del teléfono. No, a esa gente no iba gustarles lo que iba a contarles, pero era necesario.

   -¿Aló? –la no identificada voz se deja escuchar.

   -¿Si? soy el padre Vicente… -informa y nota el silencio del otro lado. La tensión. Claro, si llamaba, algo malo ocurría.

   -¿Si, padre? Que ha pasado ahora? –hay algo de irritación en el tono.

……

   Cerrando las grandes y fuertes manos sobre el volante del auto policial, al jefe Zabala casi le duele el cuello de lo tenso que está. La tirantez dentro del vehículo era completa, algo casi físico. Parecía un miasma palpable. No era sólo por el niño, sentado a su lado, mirando al frente con esa curiosa expresión neutra. Un niño surgido de Dios sabía dónde… Si es que Dios tenía algo que ver con eso, piensa estremeciéndose, erizado cada centímetro de su piel. Era también por el detective que viniera de la capital del estado, quien escuchara cuentos extraños sobre su pueblo, uno donde desaparecía demasiada gente joven… Hecho que no pareció notar antes. Situación en la que ahora repara totalmente, extrañado de no haberlo visto. ¿Acaso… no quiso verlo?

   Clava los ojos por el retrovisor, enfocándole en el asiento posterior. Silente, ceñudo, concentrado. Molesto. Seguramente intrigado por todo lo que ocurría, pero parecía especialmente molesto. Algo en todo aquello parecía ofenderle más que sorprenderle, o intrigarle. Podrían ser muchas cosas, se dice el rudo policía, pero sospecha que mucho tiene que ver con el asunto del muchacho, lo que este le dijo para convencerle de quién es, y que le oculta. Pero es que no podía contarle. No era un secreto suyo. O no sólo suyo. Tragando en seco, profundamente conmovido (“hola, papá”), las frase regresaba una y otra vez a su mente, abrumándole, desarmándole.

   La piel le arde y pica, tan sólo de imaginar lo que ocurrirá cuando aparezca frente a la puerta de Elena, con el chico… Le mira otra vez, no puede dejar de hacerlo, aunque este no le corresponde. Mierda, si, era él, Leonardo José. El aliento se le congela en el pecho; Elena iba a enloquecer en cuanto le viera, como aquella vez. Aún ahora le dolía recordar todo el sufrimiento de la mujer, cuando entendió que sí, que el chico se había extraviado, que alguien, tal vez, le había raptado y que no aparecía ni vivo ni muerto. La recuerda desencajada, frente a su casa, gritándole con ojos desequilibrados, que tenía que encontrarlo, que tenía que regresarle a su hijo. Todo el reclamo, la angustia… y la devastación emocional y mental que vio e intuyó en ella, le enfermó. Le dolió de una manera que a él mismo le sorprendió, ver y constatar todo ese dolor, su profunda herida. Fue tanta la emoción, amarga y terrible, de mirarle desbaratarse frente a sus ojos, que imprudentemente, con Irene, su mujer, presente, también Raúl, el marido de ella, la abrazó mientras ella gritaba y lloraba más, prometiéndole que no descansaría hasta encontrarlo, que él se lo llevaría de vuelta. Nunca debió prometer eso, su fracaso ha durado años y años.

   Debe cerrar los dedos con fuerza sobre el volante, abrumado otra vez. Recordando el llanto que ahogó en su propio pecho, esa noche en el baño de su casa, por no poder evitarle todo ese dolor a la mujer que… Traga en seco y mueve los hombros. Ahora estaba por cumplirle la promesa. Regresaba a Leonardo José Lezama Yorca a su familia… doce años más tarde. Y todavía era un niño que aparentaba nueve. Dios, ¿qué era todo esto? ¿Dónde estuvo?, ¿qué le pasó? El estremecimiento que lo recorre casi le enferma… ¿Había algo “malo” tras todo esto?

   -Hola, papá… -regresa el recuerdo del susurro suave, bajo, inequívoco del chico, ese que ahora mira por la ventana, indiferente al agitado policía de pueblo y al silente y furioso detective de Cumaná. Cuya mala cara no le dejaba relajarse ni un poco.

   El hombre es lo suficientemente adulto para interpretar y entender la molestia del joven detective. Cualquiera, con una mente racional, debería encontrar aquello… repugnante. Un fenómeno que cuestionaba toda su realidad. Y este lo era. No era el caso de un niño extraviado misteriosamente, al que no se le encontraba ni vivo ni muerto. Que simplemente había desaparecido. Otra cosa, muy distinta era que reapareciera, no como un adulto medio trastornado echando un cuento más o menos creíble que hiciera sospechar una fuga o un secuestro a manos de un loco. No, el niño volvía como niño. El tiempo no había pasado para él, y eso era inconcebible. Había leyes naturales, el mundo era como era. El sol aparecía por una ventana cada mañana y desaparecía por otra, y en el intermedio el universo envejecía. Con regularidad. Como un reloj. Esto… lo contravenía todo. Y era difícil de aceptar. Por un segundo medio sonríe, imagina la cara del cura, el padre Vicente, cuando le vayan con el cuento. Pronto el gesto se hace adusto. Sí, eso también sería un problema. Los notables del pueblo, esos que no querían escuchar, saber ni que se hablara de que allí, en su amado Río Grande, podría ocurrir algo tan feo como un vecino raptando un niño y abusando sexualmente de él, asesinándole y sepultándole por ahí. No digamos ya de fenómenos científicos… o religiosos. Esa gente iba a darle problemas muy pronto.

   Pero todo lo deja de lado, mirando, como ha hecho casi un centenar de veces ya, al muchacho.  Leonardo, sentado a su lado, indiferente a todo lo que ve por la ventanilla. Su hijo. La idea le provoca un temblor generalizado, obligándole a aferrar otra vez el volante con fuerza. ¿Era posible? ¿Su hijo? ¿Él, Leonardo?

   Claro que, biológicamente, era probable. Dos veces en su vida tuvo encuentros con una mujer triste que parecía solitaria. Una que tomó por viuda la primera vez. Dos veces se acostó con aquella mujer, sintiéndose completo, feliz, saciado por momentos al reposar con ella sobre su torso, en una cama furtiva en un lugar apartado. No una aventura cualquiera, como intuyó luego, al paso de las horas, días y semanas, viviendo desasosegado, infeliz, añorándola de una manera salvaje, como si le faltara un brazo o una pierna; todo después de esa noche. Aquella mujer había sido el amor. Un amor que llegaba tarde, cuando ya estaba casado y con un pequeño a cuesta, Vicente, y otro en camino. Un amor que le hizo cuestionárselo todo; por un segundo, de locura, pensó en abandonar a su esposa y a los niños. Quiso hacerlo, se dijo que cuidaría de ellos, que estaría para velar por los niños, que cumpliría. Que otros lo habían hecho y conseguido que funcionara. Pero no pudo reunir la suficiente bajeza para cerrar los ojos a lo que sabía. Que su familia, que sus niños, sufrirían. Y ella, Elena…

   -Soy una mujer casada. Tampoco soy libre. –le confesó finalmente, echada en la cama sobre él, quieta, jugando con un dedo sobre el anillo matrimonial del hombre, ¿confesándose, preguntándole qué hacer?, ¿disculpándose?

   Media hora después se puso de pie, tomó sus cosas y se vistió sin hablar, sin malas caras, sin prometer nada, sin esperar que le prometiera algo. Tan sólo un amago de sonrisa se dibujó en sus facciones mientras salía. Abrumado, sorprendido por la revelación, también sintiéndose algo culpable por la doble infidelidad, permaneció en la cama, incómodo dentro de su propia piel. Sintiendo más que sabiendo que había cometido un error. Uno que no calibró en toda su extensión hasta después, cuando la extrañó tanto que le dolía. Tanto que, quedándose paralizado por momentos, parecía mirar a la distancia, pero era hacia aquella habitación a dónde regresaba.

   Uno años después volvió a encontrarla, en un pueblito al que no pensaba llegarse, en unas fiestas a las que no quería asistir, resistiendo los torpes avances de una mujer mojigata que parecía sentirse agresiva y reprimida. Una mujer que le incomodaba al bailar, acercándosele y alejándose, rígida cuando intentaba guiarla en la pista. Y ocurrió. Alzó la mirada hacia una larga mesa llena de cachapas, queso de mano, de kilos y kilos de cochino frito, muchas mazorcas sancochadas, y allí estaba ella. La casada que tomó por una viuda triste. Pálida, desconcertada, labios entreabiertos. Hermosa. Y sola. No hicieron falta palabras, invitaciones, explicaciones, fue a ella y bailaron bajo farolas que no alumbraban lo suficiente, en medio de todas aquellas personas que gritaban, reían cantaba y disfrutaban de la cosecha. Iluminación y gente que ocultaron el cuándo se apartaron…

   Mierda, se dice con disgusto, de regreso al presente; durante años pensó que Mayra Lezama era su hija. Mayra, la dulce y hermosa niña de la que su muchacho se había enamorado. Atormentándole. Siempre preguntándose hasta dónde habían llegado ella y Vicente. Dios, la vez que pensaron en escapar juntos… Lógicamente nunca se permitía llegar a ese punto. Joder, debió preguntarle a Elena directamente. La piel le arde bajo las ropas, imaginándose la conversación: ¿Cuál de tus hijos no es de tu marido? ¿Cuál es mío? Pero, como resultó todo, tal vez debió hacerlo, porque era padre, carajo. Tenía un hijo del que nunca se ocupó, no veló por ella, o él, y era sangre de su sangre. Toma aire, intentando aliviar la culpa, la frustración. La verdad, sea dicha, nunca nada fue fácil en los encuentros, y la relación con Elena Yorca, desde lo qué sentía a cómo se sentía con ella. Era…

   Un frío extraño le llega desde la derecha. Y en Río Grande la temperatura no variaba tan rápido. Se vuelve y se paraliza. El niño, Leonardo, le miraba. Fijamente, sin animosidad. Casi sin curiosidad. Pero le observaba. ¿Imaginaba lo que pensaba? ¿Lo sabría? Compone una sonrisa que no llega a sus ojos e intenta serenarse, apartando los ojos. No era como que el chico pudiera leer su mente, ¿verdad? Era absurdo, esas cosas no ocu… Bien, absurdo era que reapareciera aún como un niño después de tantos años. Aparta los ojos de la carretera y le mira nuevamente. Leonardo ha vuelto el rostro, observando por la ventanilla, otra vez. Lo nuevo, y que casi le hizo pegar un bote, es que el ceñudo detective de Cumaná ahora sí le mira.

   Si, antes de que la noche terminara tendría que decirle algo, contarle parte de los hechos. Cualquier cosa. Porque sabe que ahora no podrían alejarle, ni convencerle de que cosas extrañas no ocurrían por esos lados. Niños desaparecían sin dejar rastros. Otros reaparecían… contraviniendo las leyes del tiempo. Río Grande no iba  librarse de Joel Narváez tan fácilmente.

   Le costaría lo suyo.

……

   Erizado desde que abandonara la escuela, el viejo padre Vicente cubre la distancia que le separa de la casa parroquial. El corazón le martilla con fuerza en el pecho. No debería estar exigiéndose así, ya no era tan joven como hace cincuenta años. Las fuerzas fallaban. Y justo en estos momentos, reconoce con algo de resentimiento e impaciencia poco cristiana, mientras mira hacia el oscuro cielo medio cubierto de nubes. Señor, si ibas a enviarme pruebas, ¿no debió ser antes? Aunque no podía quejarse, habían sido años buenos… si se exceptuaba lo del chico Lezama… El mismo que ahora regresaba. ¡Debía tratarse, forzosamente, de un equívoco!, gruñe ceñudo, fijándose muy bien en dónde pisa, ¿por qué insistían los vecinos con la siembra de árboles de mangos, con lo traicioneras que eran sus raíces? ¡Nadie pensaba nunca en los viejos!

   Si, un equívoco. Tenía que ser eso. Seguramente el jefe Zabala se había engañado; y no le extraña, dado su pecado, la conciencia le atormentaba, sentencia con fuerza. Su indecente manera de actuar, sus malas acciones le habían llevado a creer que tenía tiempo de reparar… lo que fuera. Veía en un niño, aparecido quién sabe de dónde, a ese hijo del que nunca se ocupó. ¡Y que no debió nacer! No de una relación adultera como esa. Tan indecente él, ahora jefe policial del pueblo, como ella, la llorosa madre del niño desaparecido. Nunca lo dijo, pero durante mucho tiempo se preguntó si el Señor no se lo habría llevado para salvarle de algo peor, creciendo a la sombra de tanta inmoralidad.

   Dios limpiando el pueblo, había algo grato en una idea que…

   Le llega de repente la risa cascada, descarada, llena de malicia y mala fe, joven, casi infantil sobresaltándole y frenándole en seco.

   -¿Dios haciendo el trabajo sucio por usted, padre? –la pregunta llega desde el otro lado de la alta cerca de madera que limita el patio lateral de la casa parroquial, cargada de burla y maldad. De conocimiento que no debería poseer.

CONTINÚA … 23

Julio César.

BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 21

junio 17, 2017

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                         … 20

   Al amparo de la oscuridad…

   -Estaré bien, querida. Lo sé. No tienes que temer por mí; no por mí. Ya nada puede hacerme daño. –le susurra, reteniéndola cuando la muchacha quiere apartarse para discutirle. Acerca los labios a su oreja derecha.- Cuando te vayas, llévate tu hermano. ¡No te vayas a ir sin Tristán! –aquellas palabras congelan a la muchacha.

   -¿Tanto miedo así tienes? –la pregunta, ronca e impresionada, logra que Elena se separe y la mire. Por un segundo cada una pregunta algo, y parece que quieren hablar. De mil cosas.

   -Un poco.

   -Tristán tiene su propia vida, mamá; tal vez no quiera…

   -La aventura le encantará. Especialmente si te aseguras de que vaya sentado junto a una de tus amigas de tetas grandes; como no usan sostenes, no necesitarás de otro argumento. –el tono es ligero, aunque parece levemente mortificada, ¡a ese muchacho le gustaba tanto la pornografía!

   -¿Que nos vayamos Tristán y yo? ¿Y tú? Mamá, no estás segura, no aquí. Algo malo pasa en esta mierda de pueblo.

   -¡Mayra! –reprende, la otra parece no escuchar.

   -Vente con nosotros. Vamos a irnos todos. Esta noche. ¡Ahora!

   -¿Y tu papá? –eso congela a la joven.

   -Que venga también, claro.

   -No lo hará. Ama su casa, su trabajo. Su pueblo. –hay una leve nota de reproche.

   -Entonces que se quede. –se altera.- Si quiere, que se quede, no podemos hacer más, pero ¿por qué tienes que quedarte tú, si sabes que lo mejor es largarse? –y se congela al verla bajar la mirada.- Por Dios… -Clemente tenía razón, piensa; su madre aún esperaba noticias de Leonardo. Aún después de tantos años.- No volverá, mamá; mi hermano no va a volver. –reclama, exasperada. Elena baja aún más la mirada, avergonzada, sonriendo suave.

   -Lo sé.

   -¿Entonces? –demanda, quiere que reacciones y parta con ellos. Porque, oh, sí, está decidida: Esa misma noche salen de ese pueblo de mierda. Poniéndose de pie, Elena tan sólo la mira.

   -La cena estará pronto. Déjame ir a…

   -¡Mamá! –salta de la cama, casi molesta.- Por favor, ven conmigo…

   -No puedo, amor. No todavía. Tal vez más adelante… -calla, sonriendo tenue, infinitamente triste. Tal vez un día sentiría en su corazón que ya era suficiente de esperar verle llegar, saber algo. Lo que fuera, bueno o malo.- Prepárate. Habla con tus amigos. Yo lo haré con Tristán.

   Si, hubo un instante cuando todo pudo ser diferente. Jairo, Andrea, Reyna… Clemente, todos ellos habían estado a punto de largarse, a pesar de los planes propios de un miembro del grupo. Casi. Claro, más tarde eso ya no importaría.

……

   -¡¿Dejó que se lo llevaran?! –grita el hombre mayor de manera algo descontrolada, incrementando su aire de anciano demente a punto de sufrir un colapso nervioso, piensa el otro sujeto, exasperado hasta límites de ebullición, lanzándole una dura mirada a su muer al lado del cura, muy consciente de que fue ella quien le avisó del tal Leonardo Lezama..

   El anciano párroco había caído en shock nada más recibir la llamada de Adelaida; la cual le exasperó en un principio porque creyó que sería para tratar otra de sus crisis, curiosamente excitadas justo ese día de tantos desastres (otro problema para el pueblo, algo que debían silenciar, atenuar; impedir que se supiera más allá de los límites de Río Grande). ¿El niño perdido hace más de una década había regresado, viéndose igual? Aquello era simplemente imposible de asimilar. Podía lidiarse con niños escapados, con sujetos que los raptaran (y que el Señor tuviera piedad de sus almas… mientras los asaba en el Infierno), ¿pero que uno regresar después de tantos años, siendo aún un niño?; no, eso el pueblo no lo asimilaría fácilmente. Caía dentro de otro rubro… uno fuera del alcance de los simples mortales. Por eso, colocándose unos viejos zapatos, la sotana algo arrugada y con el cabello revuelto, fuera de su lugar los mechones blancos no cubriendo el rosáceo cráneo (dándole un aire de loco), casi corrió la distancia que separaba la casa parroquial de la escuela. Debía ver al niño, asegurarse… ¡Y ese hombre idiota que tenían por director de la escuela había dejado que se lo llevaran! ¡Cuántas desgracias, Señor!

   -¿Y qué se suponía que hiciera cuando el jefe Zabala…? –comienza el director Miranda, con un dolor de cabeza manifestándosele en una mueca torcida en el rostro y una copa de vino en la mano. Necesitaba de algo más fuerte, pero no lo había en la escuela.

   -¡El jefe Zabala! –bufa el anciano, con desaprobación. Ese hombre era otro que no se comportaba como debía. No repara en el sobresalto de Adelaida.- ¿Qué sabe él?

   -Es el jefe policial de Río Grande. –es condescendiente, impaciente.- Él lo reconoció como ese niño, Leonardo Lezama, y se hizo cargo del asunto. No pude, ni quise impedirle actuar como mejor le pareciera. No estoy capacitado para tratar con fenómenos sobrenaturales, padre; sean extraterrestres o zombis. Así que ¡déjeme en paz! –exige, no de buen talante. El hombre mayor respira con esfuerzo.

   -Padre Vicente, tranquilícese… -comienza Adelaida, intentando entre los dos temperamentales hombres, especialmente el mayor.- No vaya a darle…

   Ignorándole, el hombre se precipita hacia Sergio, quien se tensa. Pero, el cura, tan sólo le quita el vaso de vino y lo bebe de golpe, estremeciéndose por lo seco que es.

   -Hey, estaba bebiendo de eso. –se queja este, pero en el fondo entiende la reacción del hombre de iglesia. Era, a decir verdad, la única con la que se identificaba. Ahora este le miraba, intensamente, notándosele afectado, aún más que a su llegada. Mucho.

   -¿Realmente era él? –la voz le falla un poco.

   -No le conocí, padre; pero el jefe Zabala lo reconoció… por algo que el chico le susurró.

   -¡Era él, padre! –tercia Adelaida, llevándose una temblorosa mano al cuello.- Esa cosa…

   -¿Qué le dijo? ¿Al jefe? –el cura parece más interesado en ese punto.

   -No lo escuché. Pero el hombre se puso pálido y cayó de culo en esa silla.

   -Hijo… -le reprende el hombre, distraído, pensando furiosamente rápido.

   -No sé qué le dijo, pero el jefe se veía muy impresionado. Y no es fácil que un sujeto de su tamaño se ponga y se vea así, se notaba consternado e impactado. Sea lo que fuera que el niño le dijo, le llegó. –sentencia Sergio, y el otro asiente, casi preguntándose si sería aquello, ese viejo rumor que vinculó a Elena Yorca de Lezama y el policía. ¡Qué gente tan inmoral!

   -¿Cómo es posible que esto ocurra, qué sea cierto, qué ese aparecido, si es Leonardo… continúe siendo niños después de doce años? –interroga el sacerdote.

   -¿Y cómo voy a saberlo yo? –Sergio se agita nuevamente, el dolor de cabeza era más intenso.

   -Es una locura. Todos se han comportado como tontos en este asunto. No puede tratarse del niño Lezama. –casi ruge, alterándose también. Y Sergio alza la barbilla.

   -¿Y no es un pilar de su iglesia creer en la resurrección de los muertos, en la espera del día en que todos abandonen sus tumbas y comience un juicio? –le reta, medio burlón, medio curioso.

   -¡Sergio! –Adelaida casi le mira horrorizada.

   -No blasfeme, director. –se atraganta el viejo sacerdote, muy molesto por la réplica. Una que detona otras ideas. Debía comunicarle aquello a los notables del pueblo. Si la noticia se sabía, y se sabría en ese nido de chismes que era Río Grande, comenzarían a correr rumores de ese tipo. Y aunque no los relacionaran con el Fin de los Tiempos, en el regreso de un chico desparecido hace tanto tiempo, siendo aún un niño, muchos verían un “milagro”. O un acto del Malo. ¡No podían pasar por eso de nuevo!

   -Lo siento, no ha sido un día fácil. Lo del niño Linares, luego esto, es como demasiado para una jornada. Si, dejé que el jefe se lo llevara porque no había nada que pudiera hacer para impedírselo. Ni quise. Que este problema tan extraño sea responsabilidad de otro, no mío.

   -Necesito el teléfono… -gruñe el sacerdote, sin pedir permiso, cruzando a un lado del hombre.

   -Vea si funciona. –le gruñe antes de mira a su mujer, molesto.- ¿Tenías que correr a avisarle? ¿Qué te pasa?  Sabías que vendría a atosigarme con sus reclamos insensatos. Pudiste darme tiempo de largarme y que no me encontrara. –se queja. Ella alza la mirada, severa.

   -Esto es serio, Sergio, muy serio. Viste lo mismo que yo.

   -Un niño que, según tú y otro testigo…

   -¡No era un niño! Es una abominación… Es algo maligno, Sergio, lo supe en cuanto lo vi. La piel se me erizó como cuando encontré ese alacrán en el cuarto de baño, ¿lo recuerdas? Sentí lo mismo frente a ese ser. Es algo malvado que ha llegado para hacernos daño. –enfatiza con voz vehemente y apasionada, ojos dilatados, convencida. Actitud que desconcierta al hombre.

   -Adelaida, ¿de qué carajo…?

   -¡Ese niño es malo! –enfatiza.- Y antes de que su maldad se desborde, nos alcance y nos destruya, tenemos que detenerle; hacer algo para… -balbucea sin terminar, persuadida de sus creencias y temores, perdida en sus ideas. Ignorando el profundo ceño de su marido.

   -¿Hacer algo… como qué?

CONTINÚA … 22

Julio César.

BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 20

mayo 31, 2017

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                          … 19

   Al amparo de la oscuridad…

   -Le rogaré que no lo haga, y si eso no funciona le diré que piense en su madre y en sus hermanos. Y si no funciona le gritaré y le amenazaré, me lo llevaré a la fuerza. Y si eso no funciona le diré que tengo cáncer, que aún estoy bien pero que no será así por mucho tiempo, que tendrá que velar por su familia. Y cuando descubra la verdad, me odiará, a lo mejor me lo dice, y sólo imaginarlo, la idea de ver el rencor en sus ojos, me enferma, pero lo soportaré, Mayra. Podré vivir con eso. Será el precio que pague por él. Tanto así es el amor que le tengo. –fue enfático, claro, y las lágrimas rodaron por las mejillas de la joven. Tanto que el hombre alzó una mano como para confortarla, bajándola, apenado, cuando ella se tensó y apartó.- Mira, no quiero herirte, yo…

   -¿Qué? ¿Va a pedirme que le diga que no quiero que se vaya conmigo? ¿Qué le resuelva el mal rato, que cargue yo con esa culpa?

   -No, pequeña, porque eso no lo disuadirá. No te escuchará, se irá detrás de ti aunque le jures que lo odias, él verá que no es cierto. Lo que necesito es que… no te encuentre aquí. Que piense que te fuiste o que no llegaste. –pidió, enrojeciendo de vergüenza, pero decidido. Ella sólo pudo mirarle desconcertada, llena de resentimiento. Mucho.

   A la joven, las siguientes tres horas le parecieron un infierno, uno donde lloró sintiendo que el corazón se le rompía a pedazos. Aunque furiosa con ese hombre que había aparecido de la nada exigiéndole un sacrificio doble, no pudo soportar la amenaza, la responsabilidad de lo que ocurriera si Vicente se iba con ella. Era, en el fondo, tan sólo una niña. Por eso le escuchó y se ocultó en el solitario baño, mirando desde una puerta entornada a un joven alto y delgado, sonriente, que miraba frecuentemente en todas direcciones. Vicente, morral al hombro. Le vio mirar la hora en su reloj, ceño algo fruncido después de cuarenta minutos, viendo partir autobús tras autobús, rumbo a Caracas. Le vio caminar de aquí para allá, asomándose frecuentemente a la salida del terminal. Pudo notar toda una gama de emociones cruzando su joven y atractiva cara de muchacho abierto de sentimientos. Nervios, inquietud, enojo, miedo. Esperó tres horas encerrada en ese baño porque él esperó tres horas a que apareciera. Tres horas al filo de la angustia, tres horas al final de las cuales le vio bajar los hombros y frotarse los ojos con los dedos, su pecho congelado hasta que algo sospechosamente parecido a un jadeo escapó de su garganta. Tres horas y le vio tomar el morral del suelo, con determinación, rígido, saliendo del terminar y de repente echando a correr, alejándose a toda prisa. Escapando del lugar donde tantos sueños y fantasías de muchacho se habían hecho pedazos.

   El silencio se hace en el dormitorio, Mayra mirado al frente, rostro neutro, sobre su cabeza, Reyna y Andrea intercambian una mirada. Imaginando todo lo demás, el llanto que debió acompañarla desde su salida de Río Grande a Caracas, y durante días. O semanas.

   -Qué malo, manita. –comenta Andrea.- Pero ese hombre no tenía derecho a inmiscuirse así.

   -Era… Es su padre.

   -¿Nunca lo contactaste, a Vicente, para contarle…? –comienza Reyna. No le extraña verle negar.

   -¿Para qué? ¿Para qué se disgustara con su padre? ¿Separarles, hacer que se odiaran? El señor Braulio hizo lo que, en conciencia, pensaba que era mejor para él. Aunque le costara tanto.

   -Me parece que quien pagó, y caro, fuiste tú. Y ese rorro de  Vicente. Y, en últimas, no era la decisión de ese señor decir qué ocurriría o qué debían hacer, nadie aprende en cabeza ajena. A ustedes pudo irles bien, juntos. Eso no podía predecirlo nadie. –tercia, alterada, Andrea.

   -Los ejemplos frecuentes en casos parecidos parecen darle la razón al hombre. –tercia Reyna, mirando a la de anteojos.- ¿No fue lo que le pasó a tu hermana? ¿No se fue tras su gran amor, a “hacer su vida” porque nadie la entendía en su casa y regresó con un bebé y un marido que tus padres tuvieron que terminar de criar? ¿No le pasó a tu prima, Irene? ¿No le pasó a la mía?

   -Sí, pero… -la chica de anteojos es terca. No, no cree que nadie tenga derecho a meterse a opinar en la vida de otros, aunque ella, en ese momento, lo hacía.

   -No pude decirle nada a Vicente, ¿okay? Puesto así, como lo dijo, el señor Zabala me hizo sentir… culpable. Me convenció de que iba a destruirle la vida porque era egoísta y tonta; no quería estar sola, me asustaba estar sola, y para no estarlo era capaz de joderle la existencia a él. –interviene, mortificada, Mayra, mirando de una a la otra.- Pero, creo, ahora, en frío, que fue lo mejor aunque en ese instante me dolió, horrible; y todavía lo hace. Es por eso que ahora él me odia y saberlo es como si ese dolor fuera nuevo otra vez…  –mira al frente, analizándose.- ¿Lo peor, amigas?, es que no sé si en verdad quería que me acompañara porque era mi chico, el mío… o sólo porque tenía miedo de estar sola. Miedo, también, por él…

   -¿Miedo? –se intriga Reyna por la palabra. Su amiga era profunda en sus pensamientos y sentimientos, era algo que había aprendido. Y respetaba. En cierta medida, claro.

   -No quería irme sola, como ya dije y admití, pero también me torturaba pensando que, tal vez… fuera mejor que Vicente saliera de este pueblo antes de que algo malo le pasara. Pero eso nunca habría podido exponerlo en palabras como para que su papá me entendiera. Me fui asustada por él, que se quedaba en este pedazo de mierda en los llanos orientales.

   -¿Miedo de este pueblo? ¡Eres tan dramática! -bufa Andrea.- E irracional. Este lugar es hermoso. –las palabras parecen que van a desatar una tempestad entre las amigas, pero una llamada a la puerta las silencia, tres pares de ojos ven como esta se abre y aparece Elena, notándose algo tensa a pesar de su sonrisa.

   -¿Cómo están, muchachas? –entra, viéndolas sentarse.- Tengo entendido que estuvieron paseando por el pueblo, ¿les gustó?

   -Mucho. –es enfática Andrea, quien frunce el ceño al verla dar un leve respingo. Vaya, otra a la que no le gustaba su ciudad.

   -El cielo azul, el sol brillante, pero no achicharrador, la grama verde, las casitas bien pintadas… Parece postal. –interviene Reyna, mirando algo burlona a Mayra, quien rueda los ojos.

   -Me alegro, me alegro. –Elena se frota las manos, evidentemente inquieta.- La cena ya va a estar a punto, aunque el chocolate caliente está listo. Es delicioso con pan… -ofrece con esa sonrisa que no llega a sus ojos, gesto muy evidente para Mayra. La señal es evidente.

   -Claro, señora, gracias. –entiende Reyna, lanzándole una mirada a Andrea. Ambas salen.

   Mayra las sigue con la mirada, sonriéndoles, gesto que mueren en cuanto queda a solas con su madre, la cual se le acerca, recorriendo la habitación con la mirada.

   -¿Estás bien, mamá? -pregunta finalmente. Elena se vuelve a mirarla, sonriendo con esa mueca.

   -No, no realmente, cariño. Ha sido un día duro. –toma asiento en la cama, a su lado.- ¿Y tú?

   -Ha sido extraño. –baja la mirada.- Regresar, la noticia del niño extraviado me hizo… recordar… todo aquello. –la mira directamente a los ojos.- También me encontré con Vicente.

   -Oh, debió ser… incómodo. –se le nota tensa de nuevo.

   -Ni te imaginas. –sonríe de manera parecida a la de su madre, apesadumbrada.- ¿Han… sabido algo del niño? –hay un corto y significativo silencio tenso, mientras se miran, una al lado de la otra, sentadas en la cama.

   -Nada. –no agrega que parecía que la tierra se hubiera tragado a ese niño, Antonio Liscano. No, fue lo que se dijo cuando Leonardo…

   -¡Este maldito pueblo! –brama Mayra, incapaz de contenerse.

   -No maldigas. –reprende la otra, pero con tono neutro.- Cariño, he estado dándole muchas vueltas en la cabeza a una idea… -le toma las manos y le sonríe.- Mañana iré al banco, firmaré lo que haya que firmar y haré que te giren un cheque a la agencia que desees. Tendrás el dinero que te dejó tu abuelo, ya no pondré más reparos. La cena está casi lista, será buena, me quedó rica… -aclara algo pomposa, agitando sus manos unidas, haciéndola sonreír desconcertada.- …Coman bien, tú y tus amigos, bastante, preparé más que suficiente. Luego reposen un rato y, si pueden… váyanse esta misma noche de Río Grande. Sin detenerse por nada. Sin esperar o mirar atrás.

   -¡Mamá! –la joven se impresiona y alarma más que suficiente, por todo lo que la mujer expresa tras aquellas palabras. También ella intuía, o conocía del peligro.- ¿Qué…? ¿Qué sabes? ¿Qué temes? –ahora es ella quien le oprime las manos y demanda saber, comprobar que nunca fue que imaginó cosas, que no estaba desequilibrada. Que había algo realmente mal en Río Grande…

   -No lo sé. –la mujer arruga la frente, agitada.- Pero, si, temo, temo que algo grande se acerca. Lo siento aquí… -libra una de sus manos y la lleva al pecho.- Es algo que espero desde hace rato, un segundo zapato cayendo, y me asusta. Seguramente son tonterías mías, como siempre dice tu padre. –aclara algo resentida.- Y seguramente lo es, ¿qué otra cosa podría ocurrirnos? –algo peor que la desaparición de Leonardo, se entiende.- Pero no quiero… no quiero… -se miran a los ojos, incapaz de encontrar las palabras.

   -No quieres correr riesgos, no con tu hija. –termina Mayra, algo resentida. ¿Cómo podía su madre suponer que se marcharía tan alégrenme después de contarle eso, de reconocer aquello? ¿Dejarla sola en ese pueblo, con papá que parecía empeñado en no percibir nada? Tal vez algo de todo eso se nota en su rostro, porque Elena la abraza, suave y confortablemente.

   -Estaré bien, querida. Lo sé. No tienes que temer por mí; no por mí. Ya nada puede hacerme daño. –le susurra, reteniéndola cuando la muchacha quiere apartarse para discutirle. Acerca los labios a su oreja derecha.- Cuando te vayas, llévate tu hermano. ¡No te vayas a ir sin Tristán!

CONTINÚA … 21

Julio César.

BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 19

abril 21, 2017

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                          … 18

   Al amparo de la oscuridad…

   -No lo sé, amiga; mira, entiendo, si hubiera salido yo, la desaparecida… la difunta, sería yo. –comienza, desviando la mirada.- Entonces se me ocurre que no; que si el monstruo que asechaba fuera de la casa sólo iba tras niños varones, yo habría cruzado frente a él y Leonardo no habría… -aspira ruidosamente.- Pero no, armé aquel todo aquel escándalo, él tuvo que ser el hermano mayor y salió, desapareciendo. Tal vez si yo…

   -Tal vez, tal vez, podrían haber un millón de tal vez. –se impacienta Andrea, levantando los anteojos sobre su nariz.- Lo cierto es que cabe la pequeña posibilidad de que tal vez, ese día, no le hubiera pasado nada. Pero el monstruo, como dices, ya asechaba. Tu hermano habría desaparecido al otro día al salir para el colegio, o esa misma tarde si iba a reunirse con sus amigos, o camino a la laguna, a pescar como dices que le gustaba tanto. No fue su culpa lo que pasó, ni tuya… el monstruo es el responsable. Él era quien estaba allí. –el tono impaciente no resta el bálsamo que las palabras resultan para Mayra, quien, sin embargo, calla un: “al otro día no habría sido mi culpa”.

   -Entiendo lo que dicen, una parte de mi cabeza, la racional, lo comprende y asimila, pero… en ese entonces era tan sólo una niña. Una que sólo podía pensar que era su culpa todo lo ocurrido a su hermano. Llegué a creer que… que mamá me culpaba, que todos pensaban que… -bota aire, abatida, apoyando el mentón en las manos cruzadas.- No imaginan el infierno que fue todo aquello, la rabia, el llanto, el recriminarme con rabia, pensar que le había fallado, que por mi pataleta… Por eso, en cuanto tuve la edad, entendí que tenía que irme. Alejarme de todo esto, de los recuerdos, de las lágrimas de mamá, de las mías; de pensar que me miraban extraño. Mamá y papá no lo entendían, que deseara irme, aún sin ellos, con parientes, lejos. Ella estaba atrapada en su pesadilla y creo que no entendía la mía. –el miedo, la real y cierta impresión de que algo terrible asechaba en los lugares solitarios del pueblo, y no sólo gente mala.- Quise, me empeñé y logré marcharme a Caracas, con una tía de mamá. Eso les sentó mal, pero peor estaba yo. Allá… por fin respiré tranquila, pero extrañaba a mi familia, aquí, a Leonardo… y a Vicente. Nunca pude dejar de pensar en él, de soñarlo de noche, reviviendo un millón de veces aquel beso. Volví después de mis quince años, le encontré y me reprochó, suavemente, eso sí, pero reproche al fin, no estar aquí “ese día tan importante”. Así lo llamó, quería bailar conmigo ese vals, ambos desplazándonos por la pistas, manos enlazadas, mirándonos, sonriendo. Felices como debería estarlo toda chica celebrando sus quince, especialmente al lado de su chico. Y lo hicimos, nos miramos, hacía calor, la noche era perfecta y…

   -Por Dios, dime que no lo hicieron en un pajar. –gruñe Andrea.

   -O en la parte trasera de un carro pequeño. Ah, si esos asientos hablaran… –acuña Reyna. Y Mayra ríe, algo vacilante, con tono agudo, pero ligeramente aliviada.

   -Entrépitas. –suspira, tensándose nuevamente.- Fue después… Yacíamos ahí, toda yo estremecida por lo vivido… -confiesa trémula.- …Cuando él me preguntó si me quedaría. Dios, y me molestó tanto, ¿por qué arruinaba así el momento más increíble que había vivido hasta ese instante?

   -Guao, debió moverse bien. Tiene buen trasero, debe saber agitar las caderas. –intercala Reyna, y después de tres segundos, las jóvenes ríen. Hasta que Mayra deja de hacerlo, suspirando.

   -Tuve que decirle que no, y creo que le herí bastante; tal vez pensó que no le quería, ya que no parecía bastar que estuviera aquí para que yo me quedara con él. Y por un segundo, acostada a su lado… Pero no, no podía. Fue cuando me sorprendió con lo que dijo, mirando al techo; que llevaba tiempo pensándolo, terminado el bachillerato, que quería viajar, ver mundo, que por qué no se iba conmigo, por un tiempo, para ver cómo le iba. –sonríe evocativa.

   -Muchas palabras para no decir que te seguiría donde fueras como un perro faldero. -completa Andrea. Reyna asiente.

   -Era una locura, ¿dejarlo todo así e irse conmigo? No teníamos edad para… Pero no quise pensarlo. Le grite que si, le caí encima, lo besé como loca porque me estaba dando el segundo mejor momento y…

   -Otro polvo. –sonríe Reyna, y Mayra estalla en carcajadas, roja como un tomate.

   -¿No vas a saberlo tú? Si, lo hicimos, otra vez. Y no me importó saber, en el fondo, que a lo mejor Vicente no quería realmente eso, irse así, pero que lo hacía para que estuviéramos juntos. En Caracas lo resolveríamos, de alguna manera, me decía; en algún lugar, estaríamos juntos y todo estaría bien. Nos citamos, adelanté mi marcha en un día, le recomendé mil veces que no le contara a nadie, para que nada se interpusiera. Me despedí de mamá y papá como siempre, y le esperé, toda ilusionada y emocionada en la terminal. Llegué casi una hora antes porque no aguantaba la ansiedad, en casa, mamá se habría dado cuenta de que algo ocurría. Y estaba segura que no le parecería una buena idea. –calla, tragando en seco, tristona.

   -¿Y qué pasó? ¿Cómo se jodió todo? –se impacienta Andrea.

   -Su papá llegó primero que él, encontrándome allí. Él sabía que escaparíamos. –sonríe trémula.

   Allí, rígida en una banca, una impaciente Mayra esperaba a su novio con dos morrales, mirando frecuentemente la hora en su reloj. Algo asustada. Sus quince años se habían celebrado en Caracas, con su familia y amigos de allá, sus padres y Tristán habían viajado para la ocasión, siendo algo grato… E incómodo, como siempre. Porque ella estaba allá y se negaba a regresar. Y porque, al bailar el vals… pensó en su hermano mayor, que debió estar allí, danzando con ella, el segundo después de su papá, pero que no estaba. Y Vicente. El chico con quien debió bailar hasta el amanecer. El joven que había sido el centro romántico de su vida desde que tenía conciencia de sí. Volver, encontrarle, recibir aquella caja de música que le había comprado y guardado, esperando el momento del encuentro, fue más de lo que pudo resistir. No mucho, porque lo quería, verle fue… sentir arder su sangre, su piel, la mente le quedó en blanco y sólo podía pensar “quiero, quiero, quiero”, cuando este la besó, con voracidad, desesperadamente, las manos recorriéndole la espalda y erizándola toda. Sintiendo la dureza y calor de la joven erección contra su vientre, despertando su propio fuego. Fue en las cumbres post coito, uno al lado de la otra, ambos mirando el cielo estrellado por un ventanal de aquel pajar, donde lo hablaron. No, no se quedaría en Río Grande, pero le quería, nunca debía dudar de eso. El silencio que se hizo fue doloroso, hasta que le escuchó: “¿Qué te parece si… me voy contigo?”.

   Eran unos chiquillos idiotas que imaginaban que la vida era así de simple, de fácil, tan sin consecuencias. Pero la verdad es que no quiso pensarlo demasiado, si lo hacía tal vez se asustaría y preguntaría algo estúpido como “¿estás seguro?, ¿lo has pensado bien?”. Quería a Vicente en su vida, a su lado, él la hacía inmensamente feliz, como no lo era desde antes de que Leonardo…  Si él quería irse con ella, que así fuera. Por eso le esperaba en esa terminal, toda llena de nervios, impaciente. Esperanzada. Fue cuando una sombra la cubrió, al detenerse alguien a su lado. Sonriendo alzó el rostro con ojos llenos de ilusión.

   -Hola, Mayra… -la voz fue cautelosa, pausada, firme pero amistosa.- ¿Esperando por mi hijo? Lo siento, pequeña, pero no puedo dejar que se vayan juntos. –sentenció Braulio Zabala. El vecino de la casa de al lado, amigo de la familia, el hombre que más tarde sería jefe policial del pueblo.

   Por un segundo de miedo, el corazón de la chiquilla quedó paralizado, pero enrojeciendo de cara, regresó a la vida.

   -¿Lo mandó él para…? –el dolor y la decepción se dejaron sentir en la pregunta.

   -No, Vicente no sabe qué sé que pensaban escaparse, ni que estoy aquí. Ni que he venido para disuadirte de hacerle cometer esa locura.

   -No le obligo a…

   -Él te ama desde hace tanto tiempo que ya eres dueña de su cabeza. Hará lo que tú quieras. Y lo sabes, con eso cuentas. –no acusó, tan sólo señaló.- Lo siento, pero no puedo permitirlo. No ustedes dos.

   -Es mi… Son nuestras vidas. Es nuestra decisión. –intentó presentar batalla.

   -Apenas tienes dieciséis, él dieciocho, va a comenzar la universidad y todavía no sabe si quiere ser agrónomo, periodista o médico. Te quiere a ti, es su única certeza; e imagina que todo lo demás, su futuro, lo que será de él el resto de su vida, de alguna manera se solucionará por su cuenta. Vicente no sabe de cuentas a pagar, cosas por comprar, obligaciones, de asegurar un techo, cancelar hipotecas o recibos. Cree, como tú misma, que con arrumacos se arregla todo. Que eso bastará. –su tono se hizo opaco, su mirada triste.- La vida no es justa, pequeña, y es dura, y a veces decepciona hasta las lágrimas. A veces se burla cruelmente de ti, en tu cara, de tus sueños, de tus anhelos más caros; la ilusión llega cuando ya todo acabó dejando sólo amargura y arrepentimientos. De eso no saben nada, pero irán aprendiéndolo, lamentablemente pasará, es la vida. Pero no quiero que la de Vicente comience ya con cargas y errores. No mi hijo.

   -Señor Braulio… -jadeó, furiosa, pero también sobrepasada.

   -Sé de tu vida; de las causas que te obligaron a salir de aquí como lo hiciste, expatriándote, alejándote de tus afectos; partiendo sola siendo tan sólo una niña. Creo… que yo no te habría dejado ir así. O que te fueras sola, pero no era mi potestad ni mi decisión. Fue tuya, y la tomaste aunque no estabas preparada para ello. Tal vez era la única salida que había para que continuaras viviendo, no lo sé, pero como padre… no lo habría tolerado. Te repito, yo te habría retenido, cuidado, protegido aún de ti misma. O me habría llevado a todos de este pueblo. Pero también entiendo a tus padres… A tu madre, aguardando por noticias, sabiendo que no podía marcharse por si algo llegaba, la noticia de un cuerpo encontrado, alguien que pasara, un viajero casual, que viendo una vieja fotografía dijera que tres pueblos más allá, o dos países más arriba o más abajo en el mapa, había visto a un chico parecido a Leonardo; o que volviera por su cuenta una tarde cualquiera, sin que se supiera nunca del todo qué pasó, pero sin importar ya. Eso lo entiendo, que una madre no pudiera renunciar a la esperanza porque nunca hubo un cierre, un cuerpo qué sepultar, una fosa a donde ir a llorar y dejar flores. Como sea, fue algo triste, amargo y que los marcó a todos. Lo veo en tu cara de niña, en el de tu madre; las mil preguntas sobre lo que hicieron, y que seguramente aún se hacen, sí todo pudo ser de otra manera. No quiero esa incertidumbre para Vicente. No todavía. Aún no le toca.

   -¿No cree que le dolerá saber lo que nos hace? –casi amenazó. El hombre alzó el rostro.

   -Si le cuentas, me lastimarás, y tal vez lo merezca, pero estarías sembrando discordia y rencor entre un hijo y su padre. Sabes qué clase de hijo cariñoso y respetoso es Vicente. ¿Le harías eso? ¿Es esa la manera en la cual le quieres? –con un nudo en la garganta, los ojos ardiéndole, la joven bajó la mirada, conteniendo un puchero cuando el hombre cayó sentado a su lado.- Él tiene mucho que vivir, experimentar, aprender; equivocarse y de eso obtener cicatrices y durezas, sabiduría, nostalgias y amarguras propias de su existencia… ¿Qué será de ustedes si parten y una tía les dejara, de alguna manera, compartir un cuarto… y te preñas? Estarán en un lugar aparte, lejos de todo lo conocido, ¿qué harían?, ¿cómo se sostendrían? ¿Irías con una barriga y un marido de casa en casa de parientes para ver si alguien les deja arrimarse? –eso la alteró y le miró con disgusto.

   -No sabe nada de mí, no pretenda saberlo. Qué haré o cómo actuaré.

   -No es complicado, pequeña. ¿Amas a…? –tragó, costándole decirlo.- ¿Amas a mi hijo? Tal vez. Tal vez tu creas que sí. O puede que sí. Pero lo que sí sé es que necesitas seguir huyendo, de ti, de este pueblo, de los recuerdos, y que no deseas hacerlo sola. Es humano, lo entiendo, como entiendo que, en estos momentos, movida por lo que necesitas no pienses en nadie más que en tu persona. No te juzgó, no te culpó de nada, pero en este momento piensas únicamente en lo que quieres para ti y si para obtenerlo debes arriesgar a Vicente, bien, lo harás. No porque seas una mala persona, sino porque no quieres estar sola. Crees, o quieres pensar que crees, que sabes que todo estará bien, pero sólo te engañas para no sentirte culpable. O responsable de… destruir la vida de mi muchacho en tu aventura. Porque, al final, será eso: se la destruirás. –acotó.

   -Yo no… -no pudo evitar el pujido, el puchero. Ni las ganas de encogerse y llorar cuando ese hombre la miró con infinita piedad, casi como si le doliera decirle aquellas cosas.

   -Lo sé, no quieres hacerle daño porque lo quieres. Pero andas huyendo, pequeña, escapas con el circo para alejarte del sufrimiento en tu casa. De los recuerdos en tu cabeza. Necesitas poner distancia de lo que sientes, y en el proceso te lastimaste de alguna manera, y a tu madre. Huyes del dolor. Mi hijo lo hará por afecto a ti, pero también terminará lastimado, como su madre y yo. Y eso no puedo aceptarlo. Soy su padre, responsable de lo que le ocurra hasta el final de sus días, desde que era un bebé y quería jugar con fósforos, hasta el día que tenga cien años y me diga que quiere hacer acrobacias con una moto sin usar un casco. Llegará un momento en su vida cuando ya no me escuchará, cuando piense que lo que digo no tiene valor, o que me equivoco, es la vida, los hijos dejarán a sus padres atrás para continuar sus propias historias, y no sólo físicamente, pero ni aún entonces dejará de preocuparme, ni dejare de procurar lo mejor para él. Y lo mejor no es escapar en medio de la noche con una mochila al hombro sin saber a dónde llegar; sin saber qué hacer, contigo o con su vida. –los rostros se volvieron, uno hacia la otra, retadores.

   -¿Y si nos encuentra aquí, nos oye y todavía quiere venir conmigo, a pesar de todo? –hubo un tenso silencio. Miradas atadas en un mudo desafío.

CONTINÚA … 20

Julio César.

BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 18

marzo 25, 2017

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                         … 17

   Al amparo de la oscuridad…

   -Olvida lo que estás pensando. ¡Ni se te ocurra! Escúchame muy bien: no regreses allí. No hables con tu padre sobre ella. Baja la mirada, confúndete entre los demás. Que no te distinga entre los otros o lo lamentarás. Está furiosa, Timoteo, demasiado, y su rabia lastima y duele cuando te toca. –aconseja, mirando hacia la ventana de cortinas descorridas, abierta, una que muestra un mundo oscuro. Y la duda entra en el corazón del otro niño, que por fin logra sentarse, mediante un gran esfuerzo y respirando agitado, como si hubiera tenido que luchar contra un objeto aplastante. Había algo muy mal en la silueta del niño que no se volvía a mirarle.

   -¿Eres tú realmente? –e intenta fijarse en su rostro, bordear el contorno desde atrás, pero el chico no se vuelve, la silueta de su cara está en penumbras, y un nuevo estremecimiento recorre al chico, una certeza terrible: esa figura no tenía cara. La idea le enferma de miedo, que se vuelva y comprobarlo, que no había absolutamente nada, ni ojos, boca, o nariz. Nada. Una idea aterradora para que surja de noche, cuando se está a solas. Y, sin embargo, intenta forzar la mirada.- ¿Qué te hizo la bruja?

   -Me equivoqué. Tú también. Al dejarte ver. Es ella, la otra. Está furiosa, mucho, y en su rabia pidió ayuda… Y le contestaron, poniéndonos a todos en peligro.

   -¿De que hablas? ¿Quién…? –ladea el rostro, intentando bordearle, necesita comprobar que tiene rostro, pero el otro se pone de pie, caminando hacia la ventana.- Espera, no…

   -No vayas, por favor. –ruega el otro, bajito, sonando como un niño.- Ya es tarde para mí, me perdí en lo oscuro. Y es frío, es feo, y da mucho miedo. Cómo quisiera estar con mi mamá y mi papá. No vayas, tú; deja de pensar en ella o podrá llegar a ti. Está muy furiosa por lo que le hicieron, que no descargue su rabia en ti, amigo. -se lamenta y le advierte, rumbo la ventana.

   -No, espera. –le llama otra vez, no soporta escucharle tan afectado, y aún así, preocupándose por él: eso casi dolía.- ¿Quién está furiosa? Espera… -repite y alza una mano como para retenerle.

   Otra mano parece salir de la nada, de un blanco fantasmal, dedos largos y delgados, con uñas que parecen pezuñas, como partes de garras humanas; y se cierra alrededor de su muñeca, apretándole con una fuerza súbita. Los huesos recibiendo un impacto terrible, aplastándose bajo el implacable cierre. El niño siente como estos se astillan y rompen bajo su delgada piel, provocándole un dolor sordo y espantoso, escuchando al atronador crujido en medio del cuarto en penumbras. Aúlla en agonía, también por el insoportable frío que ese cuerpo le transmite, uno que se esparce rápidamente desde el punto de contacto.

   -Hola, pequeño amiguito, ¿eres tú quien quieres jugar conmigo? –oye la voz cascada, la risa increíblemente malévola que sigue, llena de un gozo oscuro, cruel y terrible.

   Timoteo, pálido, tragando en seco y con los ojos muy abiertos no se vuelve, no mira hacia esa cara; tan sólo grita y grita, de dolor y miedo, sin atreverse a moverse. ¡Ese ser había entrado en su cuarto! La había atraído hacia sí mismo y ahora lo pagaría. Como lo hizo Liscano. La risa aumenta, el cierre sobre su muñeca igual, y aprieta los dientes con tal fuerza que al morderse la lengua siente que la boca se le llena de sangre, de su propia sangre. Y la idea le hace gritar otra vez.

   -¿Se puede saber qué carajo te pasa que chillas como un cochino? –una exasperada voz, algo burlona, se filtra en su mente, y como si un hechizo se rompiera, ese sueño donde parecía estar despierto sobre el colchón sin poder moverse, termina. Timoteo jadea mientras queda sentado en medio de su cama con los ojos muy abiertos, aterrorizados, buscando en los rincones, ahora iluminados por la luz encendida por su hermana.

   -Pa… Patricia… -balbucea.

   La joven, bonita, cabellos castaños ensortijados, de rostro afilado y desdeñoso, le mira con los brazos cruzados sobre el pecho, pose que le encanta porque resalta sus jóvenes y firmes senos bajo las blusas y franela algo chicas que usaba, para mortificación de su padre. Fue ella quien, saliendo de su habitación, escuchó el primer grito del niño cuando la garra se cerró sobre su mañeca, en aquel… ¿sueño? Molesta porque la distraía, pero empujada por el deber filial (si algo le pasaba a la cagadita esa sus padres no dejarían de molestarla nunca), y un toque de curiosidad, abrió la puerta sin llamar, viéndole algo arqueado sobre la cama, tenso, rígido, con expresión de dolor. Por eso encendió la bombilla y le llamó.

   -¿Qué tienes, idiota?, parece que viste al Coco. –se burla.

   -Yo… yo… -rojo de cara, ojos húmedos, Timoteo sigue recorriéndolo todo, tragando en seco cuando la brisa de la calle agita las cortina… algo que no debería ser porque su madre la había asegurado bien antes de retirarse. ¿Entraría y saldría por allí el fantasma del chico perdido?

   -Eres un bebé llorón, todavía gritando por sueños. Espero que no hayas mojado la cama. –se burla la joven, disponiéndose a salir.

   -¿Te vas? –alarmado, el chico croa, mirándola todo ojos.

   -Si, ¿por qué? –sonríe cruel.- Ay, ¿tienes miedo de quedarte solo? Qué pena, cagón, voy a salir. Si mamá o papá llegan y preguntan por mí, diles que fui a ayudar a Sonia, con las cajas de basura que la gente recoge en sus casas para enviarlas a la iglesia.

   -Sí, claro, como si fueran a creerlo. –el chico frunce el ceño. Ella sonríe con desdén.

   -Haz que lo crean o les contaré a todos tus amigos de tus llantos en sueños.

   -¡No apagues la…! –grita, y ella ríe.

   -¡Cagón! –apaga la luz mientras se aleja, asegurándose de cerrar la puerta.

   Dejándole solo. Y Timoteo se estremece. De un salto sale de la cama, aunque le costó, por una imagen mental rápida que le llegó, que nada más tocar piso con los pies, unos brazos largos y delgados, de uñas horribles, saldrían de debajo de la cama y le atraparían los tobillos, arrastrándole bajo esta, desapareciéndole del mundo mientras él gritaba y esa cosa reía, como ocurrió con Antonio Liscano. Sin embargo, valiente a pesar de todo, no se detuvo. Cayó y encendió las luces, recorriéndolo todo otra vez, con la piel erizada, la garganta seca y el corazón bombeándole con fuerza en el pecho. Podía sentir el miedo corriendo libremente por sus venas. No, nada había cambiado. No había nadie. Había sido tan sólo un sueño…

   Sin embargo, para atormentarle, dos cosas se notan claramente. Primero, las cortinas se agitan con cierta fuerza, recordándole que la ventana estaba abierta. Aunque él sabía, positivamente, que había sido cerrada antes. Lo otro… Se acaricia la muñeca derecha con la mano izquierda, sintiendo la molestia, el dolor, uno producido por el frío. Mirándose la piel, casi teme ver magulladuras, marcas de dedos. Pero no hay nada. Y no sabe si eso es mejor o no… Porque la cortina sigue agitándose, como burlándose de sus temores y dudas. ¿Pasó todo aquello, o sólo fue un sueño? No puede evitar que su mirada vaya a la cama, bajando, la sábana casi caída en el piso. Cubriendo el espacio debajo. Uno que debería estar ocupado con sus zapatos, pero…

……

   Mientras las cosas se ponían feas en la escuela, a un chico le iba mal en una siesta, otro no despertaba aún a su peor pesadilla después de haber sido abordado en una solitaria carretera, el pueblo comenzaba a ver llegar las sombras de la noche. Un hecho natural que inquietaba especialmente a algunos. Una de ellas era Mayra Lezama. La joven se encuentra en su casa, en el cuarto que ocupó de niña y adolecente, echada de pansa sobre la cama, transversalmente, con sus dos amigas a los lados. Habían tomado duchas, comido algo para engañar al hambre y esperaban por una temprana cena. Y mientras eso se resolvía, la muchacha fue llevada por la otras a ese cuarto lleno de buenos y terribles recuerdos, para sacare toda clase de información.

   -Entonces… -comienza Andrea.- Tú y ese muchacho, Vicente, tuvieron algo, ¿no? –y Mayra se tensa, intercambiando una mirada con Reyna.

   -Si, fue mi primer gran amor. –confiesa, medio riendo, siendo coreada por las otras aunque ponían caras de estar escuchando tonterías para mortificarla.

   -Es lo malo de los pueblos, la poca oferta… -comenta Reyna, risueña.

   -¡Oye!, Vicente… -Mayra comienza una acalorada defensa, hasta que la otra ríe.

   -Por la cara que puso cuando te vio, y la que pusiste tú, creo que fue algo mutuo, y bien serio. Hasta Clemente lo notó. –intercala Andrea, no deseando desviar la conversación de lo que quiere saber.

   -Lo fue. –Mayra la mira directamente, encogiéndose de hombros, dosificando un poco lo que en realidad significó.- Con él perdí la virginidad… y todavía no tenía dieciséis años. –sonríe evocativa, triste, comprimiendo sus labios.- La misma edad que tenía cuando le rompí el corazón. Y creo que aún no me lo perdona. Me odia. –y la idea le lastima.

   -Ya te lo dije, no te odia. –insiste Reyna, rodando los ojos a su lado.- Te veía con ganas de querer poner cara de tonto, repetir tu nombre una y otra vez, abrazarte y besarte. Vaya que si te quiso. –la ve parpadear, insegura.- Aún te quiere.

   -No lo creo… -la joven se resiste a aceptarlo, o a preguntarse por qué le importaba tanto. Ya eso había pasado. Cosas de chiquillos. Era una mujer y Clemente… No, no quiere pensar en Clemente mientras habla de Vicente.

   -¿Tan importante fue en verdad?, para ti, quiero decir. –se intriga Andrea, con algo de celos. Nunca ha amado a nadie con esa fuerza que se ve en películas, se oye en canciones o lee en libros. Y era lógico que la bobita esta, lo piensa, si lo hubiera experimentado. ¡Tenía una suerte!

   -Dios, lo quise desde la primera vez que le vi, cuando se mudaron a la casa de al lado. –de forma vaga alza el rostro y señala hacia la derecha.- Era alto, flaco y guapo, de mirar intenso, pícaro. Sin miedo, sin vacilaciones. Quería algo, un mango en la punta más alta de la mata, o recobrar una pelota de un patio cuidado por un perro bravo, y no se paraba. Iba por ello. –sonríe, efusiva.- Era mi héroe, mi sol, mi luna. Mi todo. –confiesa enrojeciendo, riendo, sintiéndose bien de hacerlo, de confiarse, por ratos, con otras personas, con amigas, especialmente esas que ríen, entendiéndolo muy bien, o intentándolo, mientras la medio empujan con sus hombros animándola a continuar.- Pero para él era una niñita, la hermanita de su mejor amigo… -su voz cae.- …Leonardo. –curioso, el mismo evento, o persona que unió sus vidas, también les separó.- Sin embargo, fui ganándomelo; adorándole, siguiéndole de manera tonta y vergonzosa, ahora lo entiendo… -sonríe, roja de cachetes.- Cuando tenía trece años, apenas trece, él me besó en la boca. Mi primer beso. Y sentí frío, calor, temblores, y algo despertó dentro de mí; unas ganas locas de besarle por horas, días, para siempre. Vivía en las nubes, soñando con eso, agitada, esperando por otro. Pero…

   -Ya, tu hermano desapareció y todo se fue al carajo. –intercala Andrea.

   -Si, mi hermano desapareció, pero mucho antes de ese beso; aunque, en efecto, todo cambió. Creo que, en el fondo, eso nos unió también. Al principio. Leonardo lo trajo a mi vida, cuando desapareció… nos acercó más. –vuelve el rostro y se ve reflejada en sus anteojos.- Siempre le quise, pero… Bien, ido Leonardo… no pude quedarme en Río Grande. Por un lado, estar aquí, ver la casa, recorrer los cuartos, ver la puerta de su dormitorio, todo me recordaba que había desaparecido, que alguien malvado lo había emboscado, se lo había llevado y le hizo daño. Mamá… -duda.- Siempre le esperaba, que regresara herido, enfermo, o devuelto por alguien que le encontró por ahí, pero yo siempre supe que no volvería. Que… -no puede decirlo en voz alta, las cosas que imaginaba llorando en su cama, preguntándose con mórbida fascinación dónde estaría su tumba, dónde habrían abandonado su cuerpo. Así se torturó dentro de aquellas paredes.- Lo peor para mí era pensar, estar convencida de que había sido alguien de este pueblo de mierda. También… me sentía… culpable. Por ese mandado debí ir yo. Mamá me lo había ordenado en la mañana antes de salir. No Leo. Pero él ocupó mi lugar, sin quejas, sin malas caras…

   -Deja de verlo así, por Dios. Estaba escrito, manita. Él, o tú. Fue… suerte, de la mala, de la fea. Pero azar, sólo eso. Está bien, si hubieras ido tú, ¿qué? ¿Que algo horrible te ocurriera a ti habría sido mas justo para quién? –sentencia Reyna, retándola, ambas mirándose.

CONTINÚA … 19

Julio César.

BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 17

marzo 14, 2017

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                         … 16

   Al amparo de la oscuridad…

   Por un segundo, Joel Narváez no sabe qué decir, o pensar, pero la certeza que encuentra en los ojos del otro, lo deciden. Ceñudo, asiente, dando un paso atrás, volviéndose y clavando la vista en el niño. ¿Acaso era posible aquello? Su corazón late con fuerza en el pecho.

   -¿Qué le dijo? –pregunta, sin apartar la mirada del muchacho, el cual le observa con indiferente atención, y aún así nota el tensar de los hombros del policía. No iba contestarle, y eso le molestaría. Mucho.

   Sin embargo, Braulio tiene suerte. No es que, en efecto, fuera a responder, faltaba Dios, pero la incomodidad de no hacerlo se ve resuelta con el regreso del director del colegio y la hermosa enfermera que parecía actriz porno.

   -¿Todo bien? –pregunta este, hosco. Deseaba, con toda su alma, salir de los dos policías y del extraño niño que había regresado de Dios sabía dónde. Un día de mierda que había comenzado con la noticia del alumno extraviado, había, de alguna manera, empeorado mucho más. Quiere cerrar la escuela, llegarse a su casa, quitarse los zapatos, fumar un cigarro y tomar un buen trago.

   Cuando Joel, todavía dominando la situación, va a contestar algo, seguramente con acritud dado su ceño de mala leche por la actitud del otro policía, Braulio se alza a su lado, tomando el control.

   -Si, profesor Miranda. Gracias por llamarme. –sonaba oficial, dueño de sí.- Me llevaré al niño, con su familia. –anuncia mirando de este, al rostro de Joel.

   -¿Tan convencido está? Llegar con esa gente, con una noticia como esta…

   -Es él, Leonardo Lezama. No sé cómo es posible, dónde ha estado, o por qué regresó justo ahora, siendo aún un niño, pero… es él. –asegura caminando hacia un teléfono, descolgando el articular, debía avisarles que iba. El silencio en la línea es la única respuesta. ¡Maldición!

   -Por mí, perfecto. –sentencia Sergio.- Preocuparme por Antonio Liscano ya es suficiente. –suelta con ligereza. Así de afectado estaba su ánimo por tan extraños acontecimientos.

   Pero tanto como él, como Lidia, Joel y el mismo Braulio pueden muy bien imaginar el cuadro que el detective invocaba. La hecatombe que tal noticia, que tal regreso causaría en la casa de los Lezama Yorca; una familia que había sufrido un verdadero infierno, la pérdida, la desaparición de un hijo, toda la locura, el dolor, la rabia, las recriminaciones que tales eventos provocan (a veces rupturas irreparables), lamentándolo durante años y años, padeciendo la incertidumbre de no saber qué ocurrió exactamente, ir acostumbrándose lentamente a la idea, y ahora…

   -Vamos. –Braulio mira al niño, quien no asiente, ni nada, pero alza una mano algo pálida. Un gesto extraño para un chico de nueve años, piensa Joel. Los otros no, ya suficientemente raro era todo lo demás. ¿Duda el policía?, ¿tarda mucho en responder? Finalmente la enorme mano cubre la pequeña, estremeciéndose con el contacto.- Estás muy frío. –le dice con suavidad.

   Los muertos siempre lo están, piensa Lidia, la enfermera. Pero calla, preguntándose muchas coas mientras ese atractivo hombre grande suelta la mano del chico, se quita la chaqueta y le cubre los hombros con ella, atrapándole nuevamente la mano, por iniciativa propia, disponiéndose a partir. Oh, sí, ella daría mucho por ver lo que ocurriría en esa casa.

   Despidiéndose de todos, Braulio sale de allí, con Leonardo, seguidos por un ceñudo Joel que se despide del profesor y la enfermera con inclinaciones de cabeza. En otro momento, el joven habría intentado una sonrisa o un guiño pícaro con Lidia, pero no tenía cabeza en esos momentos para nada que no fuera cavilar sobre esta situación insólita. ¿Acaso era posible?, se pregunta otra vez. Ese niño, forzosamente, no podía ser el mismo que se perdiera doce años antes. ¿O sí? Pero esas cosas no ocurrían, por Dios. Entonces, ¿quién era? El jefe Zabala parecía convencido de que era él, no le quedaban dudas. ¿Por qué? ¿Qué le dijo el niño? No alcanzó a escuchar, a pesar de su oído especialmente fino.

   Mientras recorre el ancho pasillo rumbo a la salida cercana, notando que ya oscurece, reteniendo con cierta fuerza la mano del chico, temeroso ahora de que pueda desvanecerse como pasara doce años antes, Braulio Zabala no alberga ninguna duda. Aquello era una prueba, de la vida, o Dios, para reparar el pasado. Para responder por él. Su porte altivo, su paso seguro, su rostro estoico no revelan la devastación interior. El temblor que siente en esa cosa que llaman el alma, de la cual ha dudado tantas veces. Mira, fugazmente, al muchacho, su nuca, el perfil. Y recuerda, lo que le susurrara poco antes, casi como un saludo cordial. Lo que decidió la balanza:

   -Hola, papá. Regresé al fin. ¿Estás feliz de verme?

……

   Un chico toma una siesta. A regañadientes, aunque no tardara en quedarse dormido nada mas apoyar la cabeza en la almohada. Timoteo Zabala, en las penumbras de su dormitorio, las cortinas corridas, había sido llevado allí por su madre, poco antes de oscurecer, para que “descansara antes de la cena”. Es decir, para que refrenara su febril actividad, en este caso verbal y mental. El joven, y él lo admitía, así como ella lo sabía, era voluntarioso, enérgico e incansable. Era despertar sin pereza, bien temprano, e ir a la escuela, regresar a sus tareas, a jugar pelota o futbol, siempre activo, moviéndose. Nadie, dentro de la casa, ignoraba que pronto aprendería a manejar, que ya le interesaban los motores, su funcionamiento, y que ahora se fijaba más en las chicas. Su madre, Irene, no dudaba que ya se estuviera “tocando”, de noche, en su cuarto, sobre la cama, o en el baño cuando se encerraba y tardaba tanto; eso parecían aprenderlo, ahora, en la escuela. Igual que la dirección del local donde podían conseguir revistas de casquivanas ligeras de ropas (cuando no en la guantera de su padre o bajo el colchón de su hermano mayor). Como fuera, no tenía el chico por costumbre tomar una siesta por las tarde, aunque su madre fuera ferviente creyente de las bondades benéficas de estas, de su necesidad a media tarde. Pero este día…

   Nada más regresar del liceo, y de hablar de lo que fuera que discutía con esos dos amiguitos a quien ella había visto por una ventana, pareció llenarse de una energía nerviosa incontrolable. Había intentado contarle algo sobre el niño desaparecido y una vecina de la localidad. Uno de esos relatos absurdos de un joven que crecía pero aún tenía mucho de niño. Interesada como estaba en llegarse a la peluquería para saber los últimos chismes sobre el niño extraviado (decían que su madre le golpeaba, desquitándose de la mala vida que el marido le daba, y que por eso este había huido, si no es que estaba oculto curándose de lesiones, algo que ella, por supuesto no creería ni en un millón de años, pero…), no quiso perder tiempo escuchándole.

   -Espera que llegue tu papá que le cuentes. Es algo oficial, ¿no?

   -Pero, mamá, esa bruja… -gritó, exasperado. Irritándola.

   -Cuida tu lenguaje cuando hables de una señora mayor. –le reprendió feo.- Ya estás muy grande para creer que toda anciana es una bruja.

   -Mamá, pero lo que vi…

   -¡Espera a tu papá! Y ve a tu cuarto y recuéstate un rato, pareces excitado y agotado, todo al mismo tiempo; es por eso que no razonas bien. Entiendo que te afecte mucho la desaparición de un chico con el cual jugabas cada tarde, pero ya tienes edad suficiente para distinguir la realidad de la fantasía. –prácticamente le tomó de una mano, arrastrándole a pesar de sus protestas.

   La mujer no paró de ordenarle recostarse hasta que se quitó los zapatos y se tendió sobre la cama. Ni salió del cuarto sin cerrar cuidadosamente la ventana, después de todo un niño había desaparecido de su cuarto, ¿no?

   Las protestas del chico acabaron después de un rato, bien sabía que su madre ardía de ganas de ir a intercambiar cuentos (chismes), y frustrado prefirió esperar a su padre, en su cuarto, sobre la cama, lazando una pelota de beisbol al aire, sobre su rostro, atajándola. Y en algún momento, mientras lo hacía y la pelota rueda hacia la puerta cerrada una vez que no fue atajada, se durmió. Si, estaba agotado, no lo entendía ni reconocería en su vida de muchacho, pero así era.

   Y siento totalmente honestos, Irene no sólo había evitado hablar de “esas cosas” con él, asuntos del tenor de viejas brujas, no sólo por ir a escuchar los últimos comentarios del pueblo, sino porque… no quería saber nada de ese tema. Era oriunda de Río Grande, a diferencia de su marido. Ella no estaba tan segura de algunas cosas, ni le interesaba confirmarlas. Le gustaba su vida, su casa, sus hijos, su marido, en ese orden, y no quería mayores complicaciones como las vividas, hace años por los Lezama, o ahora por los Liscano. Que ya se las entendiera Braulio con Timoteo, después de todo, el niño era el orgullo del jefe policial, a pesar de su aire parco, un tanto distante (hace años que estaba así, ausente muchas veces, atrapado en un rincón donde no parecía ser feliz); que atendiera sus pataletas también.

   Por su parte, Timoteo no pensaba dormir, ni siquiera un poco, pero el chico sabe que lo está, dormido. Sueña, lo sabe, y es uno donde grita y corre con sus amigos, tras un viejo balón de futbol, en una tarde soleada… y siente miedo. En el sueño, lo siente. Que todo estaba mal. Que aquello no era una creación casual, ni un recuerdo feliz, era una pesadilla; lo sabe cuando repara en Antonio Liscano corriendo, bloqueando, intentando dar a entender que podía jugar con los chicos grandes. Le ve reír, mirándole fijamente, siempre. Y allí está él, jugando también, riendo y gritando indicaciones… sabiendo que el chico iba a desaparecer. Lo sabía y no decía nada, no hacía nada por impedirlo. Y esa certeza, esa responsabilidad era demasiado horrible para seguir como si nada. Quería despertar; esa falsa tranquilidad, ese incorrecto “todo está bien”, era insoportable. Interiormente, mientras corre tras el balón, jadeante, bañado en traspiración, con las mejillas rojas, grita que quiere despertar. Consiguiéndolo… O eso creyó. Horrorizado entendió que soñaba que estaba despierto recordando un mal sueño.

   Soñaba que estaba despierto, acostado sobre en su cama, recordando al niño al que no previno del peligro. Y tal estado sólo podía ser para peor. Lo sabe con ese vago sentimiento de temor que semejantes pesadillas suelen producir en la gente mayor. Al no haberle ocurrido nunca antes, la sensación le parece terrible. Porque sueña que está despierto, sobre la cama, sin poder levantarse, moverse o hablar, congelado, totalmente convencido de que era una ilusión pero sin poder terminarla u librarse de ese embrujo desagradable. Y aún así, sin poder mover un músculo, es consciente de las penumbras de la habitación, del silencio más allá de la cama. Estaba solo, completamente solo en esa casa, nadie le escucharía si gritaba; esa idea llenó su mente con fuerza, provocándole un doloroso palpitar en el pecho, erizándole cada poro del cuerpo, y no sabe si en sueños o en la realidad. Y así, con esa sensación flotante de subir y bajar, de estar paralizado, vuelve los ojos hacia la puerta, la garganta cerrada de miedo. ¡Estaba cerrada!, y el alivio que siente es tal que traga en seco y los ojos se le humedecen, de puro temor. ¡No podía entrar! Eso. La cosa que le seguía desde el otro sueño… o desde la casa de la bruja.

   Pero quería entrar, lo sabe con esa certeza que hay en las pesadillas. Que estaba allí, del otro lado, justo cuando no podía moverse para escapar, y no había nadie que le ayudara; justo cuando afuera era de noche y Río Grande tenía algo que asustaba a veces. Puede ver como el pomo de la puerta se agita en ese sueño del que desea despertar, en el cual grita que quiere levantarse. Quiere llamar a su mamá, a su papá, porque le parece ver algo de claridad por debajo de la puerta, y una sombra que se desliza, denunciando su presencia aunque era sigilosa; queriendo entrar en el cuarto, en su mente. Cierra los ojos con fuerza, los labios temblándole, pidiéndole a Dios que le deje despertar, y aún así, apretando más los parpados, sabe que un amarillento ojo, horrible y monstruoso, el mismo que le mirara esa tarde desde el patio de la soñera Soledad, se asoma codicioso por la cerradura de la puerta. Un espacio minúsculo y apartado, pero el cual, gracias al sueño, o pesadilla, era perfectamente visible. Ella, esa cosa, estaba allí.

   -No, no lo está… -la frase le sobresalta violentamente, abre los ojos y los mueve, encontrando a una persona sentada a los pies de su cama, dándole la espalda. Una visión tan repentina que contrae su pecho de temor (¡algo había entrado ya!). Es una figura delgada, algo alta para su edad, de voz neutra. Le reconoce. Era la silueta de Antonio Liscano, el niño perdido. Reconocerlo le provoca un estallido, ahora doloroso, en el pecho, y tiene que luchar contra las ganas de llorar, de pesar. De arrepentimiento y culpa.- Ella no está ahí… -repite este, sin volverse, alzando el no visible rostro, como si escuchara algo a lo lejos.- Está en la casa, desde allá te mira. Eres un tonto. –le reclamó casi afligido.- Dejaste que te viera, ahora sabe quién eres y dónde estás. Te equivocase, amigo, como lo hice yo. –hay una profunda tristeza en el tono.

   -Liscano… -balbucea, sin saber qué decir.

   -Olvida lo que estás pensando. Ni se te ocurra hacerlo. Escúchame muy bien: no regreses allí. No hables con tu padre sobre ella. Baja la mirada, confúndete entre los demás. Que no te distinga entre los otros o lo lamentarás. Está furiosa, Timoteo, demasiado, y su rabia lastima y duele cuando te toca.

CONTINÚA … 18

Julio César.

BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 16

marzo 2, 2017

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                         … 15

la-larga-y-oscura-noche

   Al amparo de la oscuridad…

   Por un segundo, enrojeciendo violentamente, el jefe Zabala balbucea sin emitir sonidos, mirándole. ¿Qué clase de pregunta…?

   -¡No! –exclama.- Yo nunca…

   -La vista al camino, jefe. –le aconseja el otro, y oprimiendo los labios y las manos sobre el volante, el otro lo hace, tragando con enojo.

   -Para que conste, no pensé eso. Que fuera… un idiota.

   -Claro. Y le creo porque soy así de idiota. –es la réplica del hombre joven que mira por la ventanilla, algo enfurruñado. Cosa que, extrañamente, incomoda más al jefe policial.

   Desde ese punto fue imposible reanudar una charla. Y aunque de ordinario no le habría molestado para nada continuar en aquel silencio, generalmente con cualquiera, se sentía en falta esta vez. Por ello respiró pesadamente al detenerse frente a la escuela, y por la rápida mirada que recibió del otro, que contuvo una leve mueca sonrisa, casi temió que le hubiera adivinado. Bajan.

   -Bonito lugar. –comenta Joel, calándose la gorra. Recorriendo el edificio escolar con la mirada, la cancha, el liceo del otro lado. La calle algo solitaria. El sol de la tarde lo bañaba todo con un color de oro viejo, ese que algunos llamaban sol de lluvia.

   -Mis hijos estudiaron aquí. –informa Braulio, colocándose el sombrero y entrando, seguido por el otro. Había algo inquietante en el silencio y soledad del viejo y conocido lugar, generalmente lleno de risas, gritos y chicos corriendo las veces que ha ido.

   -Vaya… -oye el jadeo de Joel, quien mira a la enfermera de la escuela, la cual se acerca, con un pasito apurado que parece una carrerita (aumentando su semejanza con una enfermera de pornografía), acompañada del director. Mujer que parece evaluarle, como hacen todas las féminas bonitas cuando notan que causan impresión en alguien a quien no conocen.

   -Joder, al fin llega, Zabala. –estalla Sergio Miranda, sin fijarse mucho en el otro hombre.- Tenemos un problema, uno muy extraño, bizarro e inquietante. –soltar todas esas palabras le ayuda a liberar la tensión que vive acumulando desde la llegada del niño. Aunque le irrita ver como el policía toma aire, algo condescendiente. Bien, ya el maldito idiota vería por sí mismo lo grave del asunto.

   -Veremos. –responde Braulio sin comprometerse, notando, de refilón, las miradas que intercambian el niño detective y la singular enfermera del porno. Parecen esperar por presentaciones. Vaya tipo.- Les presento al detective Narváez, de Cumaná. Ha venido a ayudarnos. –esto lo dice mirando a Sergio, el cual parpadea, cerrándose intuitivamente ante la llegada del forastero en lo tocante a asuntos del pueblo.- La señorita Soto, Lidia Soto, enfermera de la escuela. El profesor Miranda, director. –hay el cruce de saludos y de sonrisas de Lidia, sonrisas que, por variadas razones, irritan a Sergio y al policía.- Bien, ¿qué ocurre? –vuelve a sonar profesional.

   -Hace rato, bastante rato, la señorita Soto encontró a un niño en el parque del preescolar, y lo trajo a mí. –informa Sergio, dándoles la espalda y encaminándose a la Dirección. Un extraño presentimiento alcanzándole de pronto. No, no estaría. El niño ya no iba a estar allí.

   -¿Antonio Lizcano? –Braulio, que le seguía, se detuvo inmediatamente, el corazón bombeándole con fuerza en el pecho, de esperanzas. Algo que, pensaría más tarde, nunca debió albergar, ¿desde cuándo terminaban bien ciertos asuntos?

   -Eso pensé. –intercala la mujer, algo pálida ahora.

   -Pero no, era otro niño, aunque este también estaba perdido. –anuncia sin teatralidades, Sergio, deteniéndose en la recepción y señalando a un niño sentado, muy quieto, en la pared opuesta a la enterada, de mirar ausente aunque no carente de sentido o inteligencia.

   No, el profesor no había buscado crear expectativas, o esperado generar grandes reacciones, estaba lo suficientemente mortificado con el asunto para preocuparse de esas cosas, pero el efecto fue instantáneo y poderoso. Braulio Zabala, nada más ver al niño, se congeló, la boca abierta, los ojos desenfocados de lo grande que los abre, palideciendo totalmente.

   Lo mira, sólo puede mirarle, con el rostro en completo shock. Por Dios, era él, ¡Leonardo Lezama!, lo reconoce erizándose de pies a cabeza. Casi desea pasarse las manos por los antebrazos. Muchas veces vio ese rostro, cada día, el hijo mayor de la gente que vivía al lado, en el barrio. El niño que había desaparecido un mediodía sin que volviera a vérsele nunca más, cuando contaba nueve años de edad. ¡Hace doce años! Y ahora allí estaba, igual que cuando desapareció, siendo un niño todavía. La cara le arde, la garganta se le cierra, la mirada se le desenfoca todavía más, pero le basta para notar que en el rostro del chico se pinta una sonrisa suave.

   -Qué extraño, no ha dicho nada desde que le encontramos. Ni siquiera ha manifestado emoción o reconocimiento, hasta ahora. –comenta Sergio, mirando del chico al pálido policía que parecía estar hiperventilando.

   Lidia también cruza esa mirada, como el mismísimo Joel Narváez, confuso e intrigado, notando perfectamente que al policía le ocurre algo. Y serio. Y es él quien repara en el leve trastabillar del hombre más grande, y rápidamente le coloca una mano en la espalda, estabilizándole. Eso hace que Braulio reaccione al fin, volviéndose a observarle, y al joven detective le parece que pocas veces ha visto una mirada más desolada, asombrada y llena de emociones en su vida.

   -Siéntese, jefe. –le indica, y aunque sabe que seguramente el otro se molestaría más tarde por mostrar debilidad, lo hace, cayendo sobre una silla, justo al frente del chico.- Necesita agua. –dice a la enfermera, la cual asiente y sale, fascinada por todo lo visto- ¿Qué está ocurriendo aquí? ¿Quién es este niño? ¿Cómo que es otro niño que también andaba perdido? ¿A quién se le perdió? –mira al director del colegio, quien arruga la frente, rascándose sobre una ceja con la uña del pulgar.

   -No estoy tan al tanto de los detalles… -comienza Sergio, justo cuando Lidia regresa con el vaso de agua, que Braulio, mano firme a pesar de todo, toma y prueba.

   Se hace un tenso silencio, Joel no ha dejado de ver del niño al policía. Ceñudo. Este le atrapa la mirada antes de volverla hacia el muchacho. Quien sigue observándole. Sonriendo suave.

   -Se llama Leonardo José Lezama Yorca. –inicia este, voz rasposa, le costaba articularla, como le era imposible dejar de ver al muchacho. Su mente, sencillamente, no puede compaginar aquello, era demasiado fantástico.- Su familia vivía al lado de la mía cuando… -traga y se vuelve hacia el detective, clavándole los ojos, firme, dándole a entender que sabe que se mostró poco profesional pero que ahora estaba a cargo de todo.- Hace doce años este niño despareció. Fue por un mandado y nunca regresó. Le buscamos, detective. Por todos lados, no era yo policía en ese entonces. Sólo… -enrojece y los labios le tiemblan de emoción.- Le conocía. Era un chico, como mi hijo. –pudo haber sido mi muchacho, fue lo que pensó en todo momento. O casi.- Le busqué, como hizo casi todo el pueblo. Y nunca apareció. Ahora está aquí. Porque es él. Lo sé. Muchas veces este niño estuvo en mi casa, jugando con mis hijos. –la voz se le estrangula.- Y ahora está aquí. Con la misma carita… la misma edad que tenía cuando… desapareció. –decirlo no lo hace mas real, que era lo que esperaba. No necesita ver al joven detective para saber su reacción.

   -¿Qué? ¡Es imposible! –es tajante el otro, ceñudo mira al hombre grande preguntándose si se burla de él. Pero intuye que no. Vuelve los ojos hacia el bonito niño, el cual sigue mirando al policía y sonriendo suavemente. Con reconocimiento y afecto.- Puedo entender que un chico desapareciera, lamentablemente ocurre muchas veces, y que, de alguna manera, regrese… -podía haber sido secuestrado y escapado, o liberado, o que enfermara y vagara por ahí, olvidando quién era, o cayera en coma y despertara, ¿pero regresar como el mismo niño, como si el tiempo no hubiera transcurrido para él?- Es imposible. –repite.

   -Bienvenido a mi día, detective. –gruñe Sergio, deseando fumar.

   -Y, sin embargo, ahí está. –ruge al fin Braulio, poniéndose de pie, arrugando el vaso de cartón y desechándolo con rabia. frustrado.- Ahí está. Es él. Leo…

   -¡No puede ser! Se equivoca. Está… confundido.

   -¡No estoy loco! Lo conozco. Le conocí desde que nació, ¡en la casa de al lado! –grita con un tono alterado por la rabia, la frustración y una naciente histeria. La situación era de locos, no la entendía y le superaba. Y el policía de Cumaná iba a terminar siendo el objeto de su rabia.

   -¡Entonces no diga locuras! Use el sentido común. –exasperado, Joel le encara, cubriendo la figura del niño, el cual parecía ejercer una poderosa influencia sobre el otro.- Piense en lo que dice. El tiempo no se detiene, jefe. Este niño… -se vuelve a mirarle fugazmente.- …Tiene que ser otro. Uno muy parecido, para engañarle, pero no ese niño en especial.

   -¡Es él! –grita Braulio, porque ahora necesita aferrarse a la cordura. Veía lo que veía. No estaba imaginando cosas, no estaba alucinando. El chico era Leonardo Lezama. Y las implicaciones eran terribles. Joel no responde directamente mientras ve al profesor y a la enfermera.

   -¿Podrían…? –no dice más, pero Sergio, con cara de fastidio, sale. Lidia parece chasqueada, pero algo en el tono del menudo hombre no dejaba lugar a dudas. Una vez a solas, este se vuelve hacia el policía alto.- ¿Cómo puede estar tan seguro, ah? Un parecido, por insólitamente exacto que sea, no es prueba de nada. Lo real es que el tiempo no se detiene, después de doce años, si fuera el chico extraviado, sería un joven de veintitantos. –es categórico, y aunque el otro parece irse molestando con él, le ve titubear. Porque tenía que ser. El policía debía entender, o aceptar, que lo que decía era ilógico y antinatural.

   Y por un segundo, Braulio Zabala duda. Ese detestable joven tenía razón. Nadie desaparecía y reaparecía al cabo de los años viéndose exactamente igual, no a menos que mediara un poder superior, como los relatos que recuerda de la Biblia, o cuentos sobre puentes dimensionales o extraterrestres. Debía… debía tratarse de un espejismo de parecidos. Casi dice algo cuando Joel, frente a él, pega un bote, mirando hacia atrás y apartándose. El niño (no puede continuar pensando en él como Leonardo, ¿y si no lo era?), se había puesto de pie, acercándose. Clavando ahora la mirada en el hombre alto, a quien sonríe y hace una leve mueca, un sutil asentimiento de cabeza. Con el corazón galopándole con fuerza en el pecho, sudando frío (y algo asustado, carajo), Zabala mira a Narváez, antes de inclinarse un poco, acercando el rostro al niño, quien mueve sutilmente los labios, diciéndole algo. Tan bajo, que Joel no puede escuchar a pesar de estar a uno o dos pasos de distancia. Pero lo que si ve es el brutal enrojecimiento de Braulio, luego su lividez mortal, mientras mira al niño con ojos brillantes de humedad, al tiempo que sus labios balbucean sin sonido. Casi le nota los vellos erizados en la nuca. Y por segunda vez en pocos minutos, el joven policía debe tomar las riendas, atrapando, con dificultad, al otro por un brazo y empujándole hacia la silla cuando ya las piernas le fallaban. Una vez con el culo en ella, Braulio continuó moviendo los labios, mortalmente impresionado (joder, ¿qué le dijo?, se pregunta el visitante), cubriéndose el rostro con las manos y sollozando quedamente, sin sonidos, estremeciéndose aunque intenta controlarse. Y es sencillamente un espectáculo atroz para el otro hombre, el cual aún le sostiene por un brazo. Volviéndose hacia el niño, el cual ahora se le antojaba terrible. Este tan sólo mira al jefe del pueblo, de una manera casi… amistosa.

   -Es… es él, detective… -farfulla el otro, entre estremecimiento, voz estrangulada por el llanto, alzando el rostro y mirándole con una expresión de dolor dibujada en sus facciones, antes de volverlas hacia al niño.- Es el hijo perdido de Elena Yorca de Lezama. –sentencia, imaginando el cataclismo que su aparición causará en esa casa donde tanto han sufrido ya.- No lo entiendo, no sé por qué no es un joven veinteañero, o por qué sigue siendo un niño, como doce años atrás. Pero es él, detective. Es él. Un chico para quien el tiempo dejó de pasar, por alguna razón. Y, por alguna razón, ha vuelto. –es categórico.

CONTINÚA … 17

Julio César.

BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 15

febrero 25, 2017

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                         … 14

la-larga-y-oscura-noche

   Al amparo de la oscuridad…

   -No, no… -grita asustado, pero no aterrorizado como llegará a estar muy pronto. El joven intenta zafarse, los dedos que aprietan su tetilla intensifican su torsión.- ¡Nooooo, por favor! –jadea con los ojos desenfocados y húmedos, el agarre aligerándose un poco. Pero no tiene tiempo de sentirse aliviado cuando es halado violentamente y el mundo gira mientras cae de culo en el piso.- ¿Qué…? ¿Qué hace? –grazna nuevamente, cuando ese tipo le lleva las manos a las espaldas, lastimándole, y una cuerda áspera rodea sus muñecas con presteza. Lo que ocurre es tan extraño, tan imposible de imaginar o asimilar en su mente, que no reacciona.- No, no, ¿qué hace, señor? –gimotea intentando soltarse, pero la cuerda rueda y se cierra sobre su piel, hiriéndole, siendo maniatando.- ¿Qué hace, señor? ¿Qué hace? –ahora sí que grita asustado, cosa que levanta una brillo maniático en los ojos del otro, de puro goce. Lo ve en sus pupilas a pesar de sus sentidos narcotizados. Va a gritar cuando algo entra en su boca, una bola de tela, amortiguando buena parte de sus sonidos.- Noggggg… noggggg… -grita ahogadamente, dando patadas, hasta que ese sujeto le rodea el cuello con un brazo, medio ahorcándole, halándole hacia arriba.

   -Debes estar cansado después de vagabundear todo el día por las carreteras, muchacho. Por suerte puedo ofrecerte un camastro. –le dice, alto y fuerte tras él, reteniéndole, sintiéndole temblar.- Vamos. –y volviéndole, con una facilidad pasmosas, se lo echa a un hombro como si se tratara de un saco poco pesado, enfielando hacia esa puerta metálica, oxidada y siniestra.

   -¡Noooooggggg! –gimotea el chico, medio revolviéndose, mirando esa entrada con todo el miedo del mundo, deseando fervientemente estar de regreso en aquella casa llena de pobreza, regaños y castigos que compartía con su familia. Y más cuando una mano de ese sujeto, procaz, ofensiva, cae sobre su trasero, palpándole con vicio y posesividad.- ¡Noooooggggg!

   -Vamos, muchacho, vamos a divertirnos mucho tú y yo. Seguro que serás un buen perrito. –le informa, voz cargada de burla, pero también de excitación sexual.

   Ese hombre que le secuestra y lleva a alguna pieza de pesadilla mientras no puede defenderse, le atormentaba aterrorizándole desde ya, con sus palabras. Acariciándole todavía sobre la áspera tela del pantalón le indica lo que le espera. Al muchacho sólo le queda revolverse sobre su hombro, casi pateando, gritando ahogadamente. Aunque todo era inútil.

……

   ¡Señales!, con el corazón palpitándole irregular y dolorosamente en el pecho, Adelaida de Miranda toma un vaso de agua con mano temblorosa. Sentada aún en la silla que ocupa su marido en la Dirección del colegio. Evitando cuidadosamente elevar la mirada, ver más allá. No desea correr el riesgo de encontrarse con los ojos vacíos de ese niño. La idea le eriza.

   El vacío. La nada, la idea de la futilidad de todo, la vida para comenzar. Había algo en esas palabras, en el concepto, que aterroriza a esa mujer que ama a Dios y ha querido toda su vida experimentar la gloria y el sereno gozo de la sujeción al Señor. Hacer lo bueno para que su paso por la vida fuera estable, apacible, claro, lejos de las sombras. Su madre le decía que era la única manera de transitar por este valle de lágrimas. Y lo hizo, se aferró de corazón, con verdadero amor, e incluso algo de temor, a la justicia divina… Lo cual no le evitó los problemas en su matrimonio, ni el accidente donde su hija, su dulce y pequeña niña… Pruebas, eso decía el padre Vicente que eran. El Señor probando su fe, su constancia. Su amor. Aunque… dolían.

   La mano le tiembla aún más, alrededor del vaso. Eran pruebas de la vida. Eso se decía cuando se detenía a pensarlo, pero no siempre se convencía. No lo comentaba con nadie para no acrecentar su fama de extraña, pero estaba secretamente convencida de que en Río Grande ocurría algo más, algo independiente de la voluntad del Señor, por impío que fuera la idea. Su bello y tranquilo pueblo, que tantas bendiciones les había brindado (un buen clima, cosechas abundantes, hermosos días y gratas noches), se veía amenazado por algo malo. Sucio. Corrupto. Con la piel erizada totalmente, mira el teléfono. Dudando terriblemente sobre si dar el paso o no. Finalmente lo hace, sin levantar los ojos, no quiere saber si el niño la mira. Marca un número y espera.

   -Buenas tardes. –oye la cansada y algo impaciente voz. Con notable presteza, si se tomaba en cuenta que poco antes su marido no había podido comunicarse nuevamente con la sede policial.

   -¿Aló, padre?, soy Adelaida. –anuncia agitada. Le escucha suspirar, ¿exasperado, agotado? No tiene tiempo para pensarlo. O resentirse (mucha gente le llamaba fanática, o loca, cuando pensaban que no les escuchaba).- Padre, tiene que regresar a la escuela. Ha pasado algo… -traga.- El niño que desapareció hace muchos años ha vuelto, Leonardo Lezama. Está aquí. Y es un niño todavía. –su voz va ganando en ansiedad, en histeria.- Esa abominación está aquí.

……

   Mierda, había perdido mucho tiempo con el niño ese disfrazado de detective que enviaron desde Cumaná, se dice el jefe Zabala, mirando la hora en su reloj  y saliendo al exterior. Desde que su asistente le hablara de la interrumpida llamara del director del colegio, no puede librarse de un mal presentimiento. Pero no quiso decir nada frente al niño detective, eran cosas de su pueblo y quería conocer los datos antes de compartirlos. Especialmente si lanzaban sombras sobre su terruño actual. Por suerte Angelina debía estarle entreteniendo con sus interminables cuentos sobre nada en particular. Una habilidad rara y útil de la mujer. Se cala el sombrero y va hacia su patrulla, estacionada junto a la acera, cuando de un costado de la estación aparece el mismísimo niño detective, Joel Narváez, con su chaqueta con el logo de la policía científica, y su gorra.

   -¿Iba a algún lugar sin mí, jefe? Se dio bastante maña para distraerme y salir sin que le viera, por lo tanto, si está ocurriendo algo, algo que le tiene preocupado. –le encara, cruzando los brazos sobre el pecho, retador al alzar la mirada hacia el hombre más alto.

   La sorpresa del policía es grande, como su malestar… y secreta vergüenza. El joven detective le había pillado. Eso le obliga a alzar la fuerte mandíbula, cuadrar los hombros y encararle.

   -No sé de qué hablas, muchacho. –es condescendiente. Sobresaltándose al ver un fuego peligroso brillar en los ojos del otro, luego en su sonrisa.

   -¿Y por ello perdió minutos y minutos mostrándome tonterías como la cafetera, y dejándome con su asistente, que se nota no me traga pero sonreía como un caimán en la Gran Sabana mientras me alejaba de su camino? –da un paso al frente, endureciendo el tono, con autoridad, costándole al ser más bajo, más joven y menos acuerpado.- Y no me diga “muchacho”, soy un detective, jefe, no un crío. –le aclara.

   -Detective… -bufa impaciente, más avergonzado por la reprimenda.- No quise ofender… -intenta todavía ser condescendiente, pero nota en la mirada del otro, que este lo sabe.

   -Entiendo bien lo que pretende al tratarme de muchacho, quiere dejarme muy claro que aquí el hombre grande y de experiencia es usted y es quien sabe lo que se hace porque sólo soy un chico. –expresa con voz neutra.- Pero eso no funciona conmigo. –aclara, sorprendiéndole. Diablos, ¿qué les enseñaban a esos muchachos en la escuela técnica de la policía?, se preguntó el otro.

   -Oiga, no tengo tiempo para esto. Tal vez podamos hablar luego y…

   -¿Se trata de algo sobre el niño perdido?

   -¡No! No estoy seguro… El director de la escuela llamó para informar una irregularidad, pero la llamada se cortó y no pudimos retomarla. -se desinfla, sabe que pierde tiempo en tonterías. Bueno, tonterías no. Hubo algo en lo dicho por Angelina cuando le habló de la llamada del director del colegio que le alarmó. Como ese joven detective de la policía científica, haciéndole notar lo extraño de la cantidad de chicos perdidos en la zona, mirándole con esos ojos que parecían adivinar cosas. Parado allí, oliendo a una buena colonia. No quería crear una montaña de un grano de arena, sobre una duda, por eso no le dijo de la llamada, pero ahora…

   -¿No le parece que perdemos tiempo? –Joel se lo pone fácil al decirlo y mirar hacia el carro policial. Gruñendo por lo bajo, Zabala suspira y echa a andar, sabiendo que el otro le sigue.- ¿Queda muy lejos la escuela?

   -No, en Río Grande todo queda como muy cerca. –informa evitando mirarle, rojo de cara, sabiendo que el otro le clava los ojos, censurador. Y sabe el por qué.

   -¿En verdad no le parece que debió salir a investigar ese asunto en cuanto colgó el teléfono? –le cuestiona, abiertamente, entrando al vehículo por el asiento del copiloto. No pareciendo intimidado por la dura mirada que le barre desde la otra portezuela.

   -Recibía visitas. –se justifica. Sabiendo que falla.

   -Pues, lamento aclararle que la tardanza no fue por amabilidad o ser hospitalario. –le interrumpe cuando va a replicar encendiendo el motor del auto.- ¿Podemos dejarlo así, jefe? Tan sólo quería librarse de mí antes de ir a verificar algún temor. No lo entiendo, pero ya está hecho, ¿no?

   Apretando los labios, Braulio se aleja de la sede policial. El silencio se instala dentro del vehículo de una manera incómoda. Y toda la situación le molesta, que ese joven le hubiera mostrado sus faltas, descubriéndole en ellas. Le mira con el rabillo del ojo, se había quitado la gorra y con el negro cabello alzado en todas direcciones, como cerdas de un cepillo (el peinado de esa mañana ya perdido), se veía todavía más joven. Joder, casi se parecía a uno de esos vagos que su hija (y suspira mentalmente al pensar en ella, junto a esa sarna de Salvador Mastrangioli), le había presentado. Aunque… El hombre parecía fruncir el ceño frecuentemente, era posible ver la línea que cruza sutilmente entre sus cejas. ¿Cómo podía mostrarse tan seguro de sí siendo tan joven?

   Joel, realmente silencioso, y algo ceñudo, miraba por la ventanilla, más fruncido cada vez, cuando se vuelve y le descubre observándole. Totalmente enrojecido, Braulio desvía la mirada, maldiciéndose por haberse dejado pillar así. ¿Y qué coño hacía mirándole?, ya sabía que no sería fácil de manejar.

   -¿No hay preguntas sobre el pueblo? –pregunta al fin, con los nervios tensos.

   -¿No le molestaré si indago sobre algo, jefe? –es la réplica, mirándole abiertamente.

   -Oh, Dios, ¿será así de ahora en adelante? –se altera, era un sujeto directo, abierto. Algo le intrigaba o molestaba y a eso se abocaba, aunque sabía de las políticas de investigación. De la discreción.

   -Si molesto… -encogiéndose de hombros, el otro volvió la mirada a las calles transitadas, los negocios abiertos, las casas bien pintadas, los jardines de verdes follajes. Y el jefe cuenta mentalmente hasta cincuenta… muy rápidamente.

   -No quería ocultarle nada, detective, pero… -le mira y no puede continuar. ¿Qué pretendía realmente? Lo sabe, pero no cree que decirlo… Cuando este le devuelve la mirada, se sabe perdido.

   -Entiendo que no me quiera aquí, jefe, ya se lo dije. Imagino que está convencido de poder manejar la situación usted solo. Y seguramente es así. Y me quiere fuera. De preferencia lejos. Por eso, después de la llamada del director, se dijo que si algo más estaba ocurriendo, y me enteraba, más querría yo quedarme, y no quería arriesgarse a eso. No es tan complicado. –enuncia con claridad cada palabra, pero silencia una buena parte. En Cumaná no veían la necesidad de enviar a nadie para eso, por un niño que no amaneció en su cama y que podría andar de travieso por ahí. Fue él, Joel Narváez, quien prácticamente se auto impuso la tarea de llegarse a Río Grande para saber que estaba pasando. Ahora.- Ya estoy aquí, úseme como mejor le parezca. –ofrece, con una extraña elección de palabras que hace fruncir un poco la frente al otro, quien pensó que, de ser conocidos, habría hecho un chiste de índole sexual al respecto.- Después de todo hay un niño perdido, ¿no? Eso es lo importante.

   -Lo sé. Lo entiendo. Y me disculpo sincera y humildemente. Otra vez. –admite, sintiéndose casi forzado, frunciendo ahora si la frente cuando el otro sigue mirándole.- ¿Qué?

   -Dígame, jefe Zabala, ¿nada más me vio pensó: “Dios, por qué a mí?, ¿qué hice para que me enviaran a este idiota”? –pregunta con seriedad, le mira y espera una respuesta.

CONTINÚA … 16

Julio César.

BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 14

febrero 10, 2017

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                         … 13

la-larga-y-oscura-noche

   Al amparo de la oscuridad…

   ¿Vicente?, repite internamente la joven mujer negra, arqueando una ceja, ¿acaso era el chico del cual su amiga había estado tan enamorada que le entregó su virginidad en una noche de pasión? Oh, oh, pobre Clemente… Aunque, todo era de lo más interesante, se dijo, estudiando al recién llegado. Era guapillo, como Clemente, pero había algo de salvaje en sus ojos, de apasionado. De osado allí donde su amigo era suave y amistoso. Si, pobre Clemente…

   Pero la joven no tiene tiempo para pensar nada más, ni Clemente para preguntar quién era ese, o Jairo componer una sonrisa aún más descarada de burla. Vicente, sin quitarle los ojos de encima a Mayra, deja caer su morral, yendo hacia ella, decidido, cruzando entre los otros, atrapándole el rostro con las dos manos, gentil pero posesivo, como si fuera su derecho, estremeciéndose al tocarla, alzándoselo. Rojo también de cara, los labios temblándole un poco. A su contacto, la joven también se eriza, alzando los hombros. Se miran, fijamente, olvidados del resto.

   Oh, por Dios, jadea para sus adentros Clemente, con cara de chasco, y rabia. Ese tipo iba a besarla… ¡frente a él!

   -¿Realmente eres tú? –la voz del muchacho sale fascinada, estrangulada, sintiendo el calor llenar las palmas de sus manos, deseando acariciarle los pómulos con los pulgares, mirándole los algo pálidos labios, preguntándose si continuarían tan suaves y dulces como los recordaba.

   -Sí, yo… vine… -grazna Mayra, algo ahogada por los recuerdos y las sensaciones. Toda ella responde de una manera natural a ese joven de quien estuvo enamorada desde que tuvo conciencia de la diferencia entre niños y niñas, el amiguito de su hermano, el chico flaco y alto, de cabello como casco que le cubría orejas y ojos, siempre silbando con una caña de pesca al hombro. Su hermana, la zorrita de la escuela, era una lata allí dónde él era maravilloso, afectuoso y atento. Y loco, apasionado, vehemente. ¿Cuántas veces no le siguió con la mirada, cachetes rojos, mientras este partía con Leo, su hermano, hacia la laguna, a pescar mochas? Fue su gran consuelo cuando este desapareció. Con él bailó, en una celebración especial, privada, sus quince años. Con él…

   El tiempo parece congelarse, y a Clemente le zumban los oídos. Está plenamente convencido de que ese chico quiere besarla, que lo intentará, y que ella lo aceptará, pero no lo hace aún. Y más tarde, recordándolo, medio riendo con gazmoñería, Mayra pensaría en lo extraño de su vida, que los chicos que le gustaban no terminaban de besarla nunca. Tal vez habría ocurrido ahora, en la calle, frente a sus amigos (de Clemente), y de la casa de sus padres, si Jairo no hubiera perdido la paciencia.

   -Bueno, bueno, está bien, ¿qué pasa aquí y quién es este tipo? –su naturaleza impulsiva e impaciente se cansa de esperar por el beso que sabe lastimará a Clemente, dándole motivo de burlas, pero que no termina de llegar. Le irritaban esos momentos ñoños de chicas. Por ello, sin miramientos, aparta una mano del sujeto y prácticamente se mete entre ellos.- ¿Estás aquí para molestar a mi amiga? Que tenga cara de tonta no significa que te tomes libertades, ¿eh?, para eso tiene amigos. No es tolerable que llegue un desconocido, a cuento de lugareños, a tocarla como si fuera una mula en exhibición. ¿Hay mulas por aquí? He oído de las burras y los chicos que las llevan de paseo al río, qué ternura, ¿no?, pero…

   -¡Jairo! –estalla Mayra, saliendo del momento “ñoño”, dando un paso atrás. Vicente, mirándola sobre un hombro del joven, parpadea, reaccionando también. Ceñudo.

   -¿Y quién diablos eres tú?

   -Su amigo. O algo así; es una chica algo simplona en sus opiniones, y generalmente no la trataría, pero… -comienza con una de sus diatribas, que hace rodar los ojos de Reyna y Andrea.

   -También soy su amigo. –aclara Vicente, descontrolado, mirándola, oprimiendo los labios ahora, una llama ardiendo en sus ojos.- O eso creía… Antes. –y la acusación queda colgando entre los dos.

   El joven no puede procesar correctamente que Mayra Lezama estuviera allí, que regresara después de tanto tiempo de silencios (más de tres años, toda una vida para un muchacho); tenerla al frente, verla, era reaccionar a su presencia, porque si, oh señor de los cielos, lo notó. Ella, o su cuerpo, también quería decirle algo sin palabras. Y ahora este chico… Aprieta inconscientemente las manos en puños, ¿quién era?, ¿por qué le hablaba así? ¿Acaso él y Mayra…? Y los recuerdos llegan, ella citándole, pidiéndole que se fueran juntos de Río Grande, que le esperaría… Abandonándole, sin una palabra, sin una explicación. Rompiéndole el corazón. Tragando en seco, aún ahora, siente un nudo en el pecho, su garganta se cierra, recordando con vergüenza y frustración las lágrimas que bañaron su cara cuando debió regresar a su casa, disimulando aquel morral con algunas cosas que había tomado de su cuarto. Solo. La llamó, le escribió, quiso saber qué había ocurrido, pero nada, ni una palabra de explicación. La odió, y lloró mucho más, porque la quería, ignorando él mismo cuándo ocurrió; cómo fue que la chica de la casa de al lado había pasado de ser una vecinita hermana de un amigo, de una bonita amiga a convertirse en algo tan importante que pensó en dejar su casa y a su familia, a los diecisiete años, por ella.

   -Somos amigos, para mí siempre lo serás. –aclara la joven, con una voz rasposa que parece costarle, sintiéndose agitada. La mirada que el otro le clava, sobre el hombro de Jairo, le lastima. Lee la acusación, el reclamo, su manifestación de dolor. El señalamiento era lapidario, claro: me traicionaste. Traicionaste lo nuestro.- En serio… -y callan, los presentes mirando del uno a la otra.

   -Ah, mierda, esto se hace incómodo. –gruñe Jairo, apartándose, mirando a Clemente.- ¿No deberías decir algo? ¿Acaso no eres el novio?

   -¡Jairo! -gruñen Reyna, Mayra y Clemente a un tiempo.

   -¿Tu novio? –a Vicente la palabra le sienta como ácido en los oídos, pero sonríe.- Bien, era lógico que encontraras lo que deseabas en esa… ¿cómo le decías?, ¿la nueva vida que habías salido a buscar? –acusa aún más.

   -Vicente, por favor… -Mayra quiere disculparse, explicarle por qué no acudió a la cita, pero no puede. No pudo tres años antes. No creía poder ahora. ¿Para qué causar más problemas? ¿Para qué revivir todo aquel rechazo tan doloroso?- No quise lastimarte.

   -Esto suena a telenovela. –le susurra Andrea a Reyna, casi en una oreja.

   -Y de las cursi. –torciendo la boca, replica la otra.

   -Tranquila, no hubo daño, fue cosa de muchachos, ¿no? –se protege Vicente, deseando gritarle, odiándose por no sentirlo, por no hacerlo, zarandearla emocionalmente. Odiándose por desear acercarse y abrazarla, fuerte, fuerte, y besarla. Como soñó tantas veces. Siente un alivio cruel al verla palidecer y contraerse como bajo el efecto de un golpe.

   -¿Sabes qué?, Jairo tiene razón, basta de esto. -gruñe finalmente Clemente, dando un paso al frente, encarándole, impidiéndole mirarla.- No sé qué ocurre entre ustedes, ni me importa, pero la lastimas. ¡Deja de hacerlo!

   -No le estoy haciendo nada. Es una vieja y querida amiga que vuelve al pueblo después de mucho tiempo y vengo a saludarla, ¿okay? –es la seca réplica del otro joven, alzando la barbilla, encarando al “chico bonito de Caracas”, menos alicaído ahora, presto a pelear como está. Le dolía verla, recordar, pero no tanto como para no sentirse, en el fondo, contento. Mayra estaba de vuelta, y una parte tonta de su mente quiere tomar el control; no la que soñaba con desdeñarla para que sintiera un poco de lo que padeció, sino la que desea que hablen, que ella se explicara y él la comprendiera, y disculpara. Y a esa parte de su mente le estorbaba ese “muchacho bonito”.

   -No parece un reencuentro dichoso. –puntualiza Clemente, cruzando los brazos sobre el pecho. Y se miran como dos gallitos de pelea.

   -Estoy bien, Clem; Vicente es un amigo. –el suave y dulce susurro que es la voz de Mayra, se deja escuchar, pero parecen no escucharla ocupados como están en medirse para especular sobre quién saldría con las tablas en la cabeza en una probable pelea a puñetazos al viejo estilo.

   -¿“Clem”? –hay cierta burla en la voz de Vicente, algo que endurece la mandíbula del otro.

   -Si, ¿algún problema con eso?

   -No, pero, por favor, no me digas Vic. –la sorna es hiriente, y es ahora Clemente quien cierra las manos en puños, algo que Vicente espera para apagarle un ojo.

   -Basta, por favor. –jadea la joven, alterada.- Déjense de tonterías. ¡Los dos! Gracias por acercarte, Vicente, a saludar. Entiendo… que fuera incómodo, pero gracias. –lo encara, colocándose al lado de Clemente, algo que no pasa desapercibido para el otro.- Todo el día ha sido extraño, sabes bien por qué. Pero es bueno verte. En verdad. –eso le desarma y hace botar aire, agachándose y recogiendo el morral, sin quitarle los ojos de encima

   -Escogiste un día que…

   -Lo sé. Es como si el tiempo no terminara de pasar en este pueblo. –admite; él la mira ceñudo.

   -No todo es tan malo. Bien, fue bueno verte. –lanza nuevamente, retrocediendo un paso, mirando a todos.- Un placer… y siento, la intensidad. –clava los ojos en Clemente, y a  él si le mira con disgusto.- Adiós, “Clem”. –y dando media vuelta se aleja.

   -¡Qué idiota! –brama este, rojo de cara, de vergüenza y fastidio. Jairo se ríe.

   -Fue gracioso, “Clem”. Te dije que ese nombre artístico se volvería en tu contra para morderte el culo un día. –y se aleja.- ¡Quiero una cerveza, carajo!

   Clemente, por su parte, aún no deja de sufrir. Ceñudo, nota la mirada de Mayra fija en la espalda del joven que se aleja a paso ágil, el jeans algo ceñido a su trasero y piernas. Ella, finalmente, repara en ello, roja de mejillas, sonriéndole. Pero no estaba el joven para eso ahora, y también se aleja. Eso la afecta, iba a decir algo pero le deja irse, tras Jairo. Reyna y Andrea la acorralan en seguida, mirando a Vicente, quien dobla una esquina.

   -Oh, Dios, todo fue tan intenso. Creí que veríamos una pelea de gallos, Clemente y tu amigo halándose las camisas, desgarrándolas, mostrando sus torsos sudados, cayendo sobre la grama, los músculos tensos, alzando los traseros… -se burla Reyna, riendo suave de la cara de divertida sorpresa que pone Mayra.

   -Es realmente un lindo chico, se le puede jugar un quintico. –sonríe Andrea.

   -Si por ti fuera, jugarías los números de todos los chicos. –se burla Reyna, rodeándole con un brazo los hombros a Mayra.- ¿Cuál es la historia tras todo eso de “me traicionaste”, que se sentía en el aire? –impactada por la lectura de su amiga, Mayra boquea. Dudando en si contarlo todo.

   -Porque  lo traicioné. O le abandoné. Un día, hace tiempo, Vicente y yo nos pusimos de acuerdo para irnos juntos de Río Grande, él me esperó en la estación, pero yo no estuve allí. Lo lastimé. Mucho. –la voz cae, dolida. Silencia lo mucho que lloró por aquello, lo arrepentida que estuvo de actuar así, pero teniendo que hacerlo.- Y me odia. –termina susurrando, con un dolor extraño clavándose en su pecho.

   -Si, te odia, pero también te tiene ganas. se le notaban claritas. –sentencia Reyna.- Y esa combinación es dinamita, mi amiga. Especialmente si el dulce y bello Clemente anda cerca.

……

   Mirando en todas direcciones, el hombre baja de la camioneta, en la razonable seguridad del encubrimiento que produce el follaje de los arboles cerca de la parte posterior de la casa. Pero, aunque está ansioso y frenético, mira furtivamente en todas direcciones. Sólo arboles y matorrales encuentra alrededor. Abre la portezuela del pasajero y mira al chico mareado, al que todo le da vueltas. Seguramente veía el mundo distorsionado y los parpados le pesaban, así como el cuerpo. Debía tener los reflejos embotados. ¡Cómo se le ocurría beber de lo ofrecido por un extraño!

   -Legamos, vamos, abajo. –le urge, atrapándole un brazo y halándole.

   -Hummm, ¿dónde estamos? ¿Qué lugar es este? –pregunta este, ligeramente alarmado, su malestar era extraño. Grita de sorpresa, aunque abotargado, cuando una mano se cierra con violencia sobre su cabello, halándole feamente, obligándole a alzar el rostro, teniendo el del tipo que le recogiera en la carretera, minutos antes, muy cerca.

   -Tienes que decirme “señor”. Siempre. Ven, baja, vamos a divertirnos mucho, muchacho. Bienvenido a mi casa. –le sonríe torvo, sin soltarle el cabello, alzando la otra mano y refregándole con fuerza el joven y esbelto torso, encontrándole la silueta de un pezón bajo la camiseta, que rodea y pellizca, con fuerza inusitada, haciéndole gemir.- Oh, sí, vamos a divertirnos mucho, mucho. –sentencia con urgencia en el tono. Caliente y depravado.

CONTINÚA … 15

Julio César.