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SENTIR, SONREIR, VIVIR…

mayo 23, 2017

 ЛЮБИ МЕНЯ

   La siguiente es una historia presentado por un amigo de la casa (y aún me queda otro, lo siento, estoy pendiente), J, y no sé dónde colocarlo. Técnicamente no es un relato de malditos, tampoco uno totalmente rosa, aunque ahí lo ubicaré por ahora. Tendré que buscarle su espacio (si cumple y la continúa). Trata sobre un grupo de chicos que son amigos, que aman, discuten y que se odian por momentos, pero que, en esencia, andan algo calentorros como siempre se está a esa edad, una donde todo parece demasiado grande, intenso, las ilusiones y los conflictos. J, arriesgándose, lo escribe en primera persona. No es fácil. Pero, como si eso no fuera suficiente reto, lleva dos personajes, hasta ahora, como protagonistas en primera persona. Dos personas cuentan su historia. Veremos qué tal. Lo que llevo leído me gustó porque están todas esas pinceladas de sensualidad y cotidianidad. Nos presenta a un chico, Dani, y alrededor de este, llegan los demás, incluidos los dos personajes en primera persona. Y no sé si lo hizo adrede o no, pero no da suficientes datos y uno está preguntándose “¿y a quién se refiere aquí?”, hasta que el mismo texto da la respuesta. Me costó leer un rato para entender (y todavía no sé si señalarlo o no, pero el daño está hecho), que los chicos a pesar de lo salidos que son, modernos y pretenciosos de sus cuerpos, unos no saben que otros gustan de los chicos, y estos aún no lo han dado a saber, y hasta como que temen sincerarse. ¿No lo hace de lo más interesante? Tampoco me envió un título, así que este es provisional. Recibámoslo con una sonrisa.

……

De J.

   Un mundo enorme y hermoso, allí, para ti…

   Hola, me llamo Daniel Álvarez, sin embargo todos me llaman Dani. Vivo en Madrid, tengo 16 años y voy a empezar primero de Bachillerato… Soy un chico normal… creo yo, me gustan la música house, la tecno, la buena ropa, ir de fiesta, beber de vez en cuando (aunque no fumar), salir por ahí con mis amigos. Si, un joven normal, me parece. Soy de estatura media, tal vez un par de centímetros más alto, tengo el pelo entre rubio y castaño claro, más o menos corto, con una pequeña crestita, ojos verde profundos y la piel blanquita, todo herencia de mis abuelos suecos, además la gente dice que tengo una bonita sonrisa. Consciente de mi apariencia, y por la edad, creo, me preocupo lo suficiente de mantenerlo a tono.

   Por ello, mis amigos y yo comenzamos a ir al gimnasio el año pasado y, si a eso le unimos los entrenamientos del equipo de futbol, al que vamos desde los trece, pues me gasto un buen cuerpo. Estos amigos son montañas de músculos, sin embargo el mío es más bien fibrado, los músculos se me marcan bastante pero no tienen el volumen de los de ellos, aún así estoy bastante bueno y por eso no me achanto a la hora de presumirlo… ¿Qué más, qué más puedo decir de un chico que se inicia bien en esta agitada vida que pienso vale la pena vivirla? Toco el piano desde los cinco años, dado que tengo bastante talento y aunque ya no practico con él aún puedo tocarlo con maestría. ¿Quieren saber más? ¡Ah, sí!, se me olvidaba, soy gay…. Y creo que ya está todo dicho.

   Ahora vamos a empezar con mi historia y la de mis amigos.

   El sonido punzante del despertador me despertó de golpe, sacándome de un sueño que se me olvidó nada más abrir los ojos. Bostecé y me levanté, la típica erección matutina fue la única que me dio los buenos días, estaba solo en mi cama y en casa. Apagué el despertador mientras me metía la mano en los bóxers y acariciaba mi polla, sintiendo el suave y rico estremecimiento del contacto. Miré el baño y luego la hora del reloj mientras pensaba. Hoy era el primer día de clase y no convenía llegar tarde, pero obviamente una paja era tentadora. Al final, para matar dos pájaros de un tiro me decidí a hacérmela en la ducha.

   Sin dudarlo más salí de mi habitación y me metí en el cuarto de baño. Era grande al igual que el resto de la casa. Vivíamos en una urbanización en Madrid y los pisos era grandes. Me miré al espejo y admiré mi cuerpo. Estaba bueno, reconocí con una sonrisa (lo había notado en muchas miradas), los músculos se me marcaban bajo mi piel blanca y las venas se adivinaban en mis brazos, me saqué la mano de los bóxers para admirar mi mayor orgullo, mis abdominales, eran súper duros y súper definidos. Mientras mis amigos presumían de brazos o de pectorales, yo me derretía con mi tableta de chocolate. Mis amigos también tenían pero las suyas no estaban tan definidas como la mía, además sus abdominales estaban enmarcados por músculos mientras que los míos parecían estar cincelados en piedra. Me bajé los bóxers mientras sacaba músculo en el brazo, el bíceps se tensó y abultó, no una bestialidad como a los cabrones de Sergi o Alex, dos de mis amigos, pero si alcanzaba un tamaño más que respetable.

   Mi polla cabeceó un momento amenazando con descender y me la miré, era grande, no un súper pollón pero si superior a la media, se le marcaban una par de venas que acaricié con el dedo, jugueteé con la punta y con un último vistazo al espejo me metí en la ducha. Abrí el agua caliente y aguante el chorro ardiente con decisión, no quería que se me bajara la polla. Cuando mi cuerpo se acostumbró a la temperatura me metí por completo bajo el chorro, el agua acarició mi musculoso torso y rodeó mi polla, mis abdominales relucían por el agua. Sonreí atrapándomelo con una mano y comencé a agitarlo, primero de forma lenta dándome tiempo para seleccionar al objeto de mi paja… Cerré los ojos mientras me decidía, tal vez Sergi que estaba súper bueno o Gabi que tenía unos músculos enormes, o Alex que me gustaba desde los trece… Al final me decidí por James, el hijo de diecisiete años de la familia inglesa que me acogió en mi viaje de verano a Inglaterra, por un curso de inglés. Su rostro, su sonrisa, su voz, sus manos…

   Había sido mi novio durante todo el verano; un amor que llegó… De lo que, en buena medida, tratará mi historia.

……

   Carlos cerró las manos en puños, sus brazos temblaron, todos se quedaron callados, las broncas entre Adri y Carlos ya eran conocidas. Antes habían sido muy buenos amigos, sin embargo, hace unos tres años se dejaron de hablar, pasaban uno del otro de forma clara, y ni se miraban a la cara; pero desde hace dos años dejaron de ignorarse para empezar a discutir. Peleaban por cualquier cosa, cada uno oponiéndose al otro hasta en las cosas más tontas como por ejemplo si un examen debía ser un martes o un miércoles. Nadie sabía por qué de esa animosidad entre chicos que fueron amigos, y cada vez que le preguntábamos a Carlos se ponía a la defensiva y no soltaba prenda, ni siquiera cuando se emborrachaba.

   -He dicho que te quites. -repitió Carlos, sus brazos abultaron duros y su espalda se tensó, nadie decía nada.

   -Vamos a la misma clase. -respondió Adri, pasando por completo de Carlos.

   -¿Y? -preguntó mi amigo

   -Que no deberías presentarte, el primer día, sin camiseta. -respondió Adri, señalándole.- Ya no estamos en la piscina…-dejó la palabra en el aire y su mirada se oscureció increíblemente.

   -No, ya no estamos en la piscina. -replicó Carlos, y su voz me sonó por un momento increíblemente triste, sus puños se destensaron y cogió la camiseta que asomaba por sus pantalones medio colgando, y se la puso.

   Adri le observó y de nuevo, como era frecuente, su mirada relució con el desprecio. Se dio la vuelta y se metió dentro con paso tranquilo, sus amigos le siguieron mientras pasaban a una prudencial distancia de Carlos.

   Nosotros nos quedamos parados allí, algo confusos e incómodos, al igual que nuestro amigo. Alex se acercó a Carlos y le pasó el brazo por el hombro

   -Vamos, tío. –dijo revolviéndole el pelo.- No dejes que ese gilipollas te amargue el día.

   Carlos se rió aunque su risa sonó forzada, y se metió dentro. Noté que Sergi me empujaba suavemente, aún con su barbilla apoyada en mi cabeza. Me metí con él… Subimos a los pasillos superiores y cada uno se metió en su clase para ver a los nuevos profesores y los horarios. Yo me dejé llevar por las ilusiones del primer día. Siempre era un reto, las clases nuevas, profesores y compañeros, compartir clases con unos, con otros no. Buscando con la mirada.

   -Hey… -me saludó Valle, saliendo de su última clase.

   -Hey, oye, ¿has visto a Dani? –pregunté finalmente, no le había visto en todo el día, ni en salones, pasillos o la cafetería.

   -Joder, se me olvidó que estaba de regreso. –comentó Valle, que seguía mi rumbo.- Tenía unas ganas de verle increíbles…- me miró- ¿Y qué tal está?- comenzó a andar

   Yo sonreí estúpidamente. Dani era mi tema preferido de conversación y con Valle no tenía que romperme la cabeza para sacarlo

   -Un poco moreno. –respondí.- Y más alto. -Valle se rió.

   -Pienso dejarle sin aliento de un abrazo. -dijo sonriente.- Llevo todo el verano sin verlo…

   -Tampoco ha cambiado mucho. -agregué encogiéndome de hombros.- A parte de la altura sigue igual; pensé que vagueando por Inglaterra habría perdido algo de forma pero sigue igual de bien. -sonreí sintiéndome estúpidamente orgulloso.

   -¿Sigue teniendo la misma tableta? -preguntó Valle, asentí, se detuvo.- Qué cabrón, por más que me mate en el gimnasio nunca la tendré como él. -se levantó la camiseta dándome una vista de su torso musculoso.

   Tenía una buena tableta, con los abdominales definidos, su respiración los marcaba más, su tono de piel le quedaba genial. Me relamí interiormente, Valle también era el que más se dejaba sobar, me acerqué y sin ninguna vergüenza le repasé la tableta con la mano, acariciando y presionando su torso durante un rato. Era grato y excitante. Valle se quedó quieto, levantándose la camiseta y dejándome hacer. Mirándome con una leve sonrisa, totalmente inconsciente al efecto que me producía. Estuve así durante un minuto más o menos, se me había puesto durísima. Así de ganas le tenía al cabrón… y a muchos. Con un último repaso le presioné los abdominales, tras quitar la mano le besé el pelo. Valle me sonrió

   -Y bien, ¿cómo me la ves? -preguntó en tono inocente.- ¿Más marcada?

   -Sí. –respondí, y de hecho era verdad.- Pero no será como la de Dani.

   -Me conformaría con la tuya. -replicó y me levantó la camiseta para ver mis abdominales, pasó la mano sobre ellos y los presionó, la palma dura y caliente, me sonrió cuando con un dedo bordeó mi ombligo. Mi polla, que comenzaba a bajar, amenazó con volver a subir ante su sobada, quería que bajara más la mano, sin embargo se apartó antes.- Hay que ir a clases, ¿no?

   Genial, pensé ahora tengo un calentón de la ostia. Para bajármelo un poco decidí alejarme un poco de Valle, quien, inconscientemente, no paraba de exhibir músculo. Llegamos a la salida y allí vimos a todos, Gabi estaba apoyado contra la pared, con Alex al lado, el primero tenía el móvil en la mano y el otro los brazos cruzados sobre el pecho; cerca de ellos estaba Carlos, otra vez sin camiseta. Valle gritó y todos se giraron y nos vieron, busqué con la mirada a Dani pero no lo vi. Carlos vino casi corriendo hasta donde estábamos y se fundió en un abrazo de oso con Valle, joder que se habían visto ayer. Gabi y Alex se nos acercaron y nos sonrieron, Alex volvía a llevar sus gafas de sol

   -¿Y Dani? -pregunté intentado que pareciera una pregunta casual.

   Alex indicó, con un cabeceo, la puerta del baño a unos cuantos metros.

   -Se meaba. -dijo escuetamente.

   En ese momento Carlos se separó de Valle, este al verlo sin camiseta, se cogió la suya y se la quitó dándome una increíble panorámica de su torso contrayéndose y estirándose, marcando todos esos músculos que me excitaban. Sacó la cabeza y se metió la mitad de su camiseta por el pantalón dejando la otra mitad al aire.

   -¡¡¡Valle!!! -bramó la voz de Dani.- Sabía que eras tú, cabrón.

   Nos giramos, Dani estaba en la puerta del baño. Valle se rió y fue corriendo hacía él, que se preparó para recibirle

……

   Vi a Valle venir a mi encuentro con su enorme sonrisa en los labios y su cuerpazo flexionado a tope, y me preparé para su abrazo de oso. Al llegar a mi altura extendió sus brazos y me arropó en ellos, mientras reíamos felices por el encuentro. Noté sus músculos rodeándome, así como sus pectorales flexionados que me servían de apoyo para la cabeza, me levantó del suelo como si no pesara nada. Sentí sus labios en mi pelo, besándome suavemente. Le correspondí como pude al abrazo, pero mis brazos solo pudieron rodearle un poco el torso, en parte por estar aprisionada en sus brazos, en parte por la anchura de este.

   Ya conocía a Valle y sabía de la duración de sus abrazos, así que apoyé mi cabeza en su pecho, sintiendo la dureza de la piel, su calor, su olor, esperando a que acabara. Tras unos largos segundos, Valle me volvió a besar el pelo y me dejó en el suelo. Me pasó el brazo por los hombros y me acercó a él. Yo le pasé el brazo por la cintura, los demás se nos acercaron. Tras una pequeña conversación decidimos salir por la noche, lo que significaba dormir bien la siesta para estar frescos. Valle me soltó y comenzó a pelarse de broma con Carlos; al final, y como, siempre tuve que apartar la mirada porque ver a esos dos tiarrones musculosos pelearse me ponía a cien. Salimos a la calle y cada uno tiró para su casa.

   Yo compartía urbanización con Sergi; Alex con Gabi y Valle. Carlos vivía en la urbanización de enfrente de la de ellos y por eso se iban y venían juntos todos los días. Sergi y yo vivíamos en dirección contraria, al despedirnos comenzamos a andar y pronto me giré a Sergi.

   -Tío, llévame. –dije. Este se rió.

   -Joder, ¿ya estas cansado? -preguntó medio en broma, medio en serio.

   -Va, anda, llévame. -supliqué, aunque sabía perfectamente que Sergi lo haría. Era un viejo juego entre nosotros. Uno que, mientras más crecíamos, más parecía turbar a cierta gente.

   -Vale. –dijo y me sonrió.- Pero recuerda que luego me tienes que compensar cuando lleguemos.

   -Pues, claro, ¿para qué son los amigos? –respondí colocándome detrás suyo.

   -Espera. -dijo y se quitó la camiseta, miré su espalda musculosa y como se flexionaba.- Me moría de calor…

   Sonreí, la garganta algo seca, y con un rápido movimiento me quité la mía y me subí sobre Sergi, a caballito, mi abdomen presionando de su espalda, nuestras pieles desnudas, mis manos en sus anchos hombros. Este me miró por encima de uno de ellos.

   -¿Te has quitado la camiseta? -preguntó, sus ojos fijos en los míos, su cuerpo tenso de repente, su voz tenía un tono extraño…

CONTINÚA…

Julio César.

NOTA: Esto estaba programado para subir anoche, pero es que el Internet es un desastre aquí.

ЛЮБИ МЕНЯ… 5

julio 6, 2015

 ЛЮБИ МЕНЯ                        … 4

LA CASA TRISTE

   La casa grande, la casa triste.

……

   La mujer y el niño se miran, calibrándose, estudiándose. La sonrisa muy leve de la anciana le vuela lo tapones; y eso que no era de burla o triunfo, realmente no, pero siendo todavía muy corto de años, Anatoly no lo entiende así. Y el rencor hacia su abuela aumenta de manera exponencial. Temblando de furia y dolor, todo su joven cuerpo recorrido de un profunda sensación de vacío y soledad, le mostró lo dientes en una mueca hostil. Luego se vuelve hacia el perro caído, acariciándole, y eso que poco antes deseaba agredirle por abandonarle.

   -Hijo… -oye a su padre, a sus espaldas, algo exasperado. Recriminándole todo ese llanto infantil. Lo sabe. Toma aire y endereza los hombros.

   -Está bien, padre. –con esfuerzo se pone de pie, sin volverse, ignorando porque no lo notó, la mano que parecía se extendería para ayudarle, que queda colgando en la nada antes de retirarse rápidamente.

……

   El animal fue incinerado fuera de los patios de la propiedad. Anatoly no quiso sepultarle, le horrorizaba la idea de que le comieran los gusanos. Tampoco permitió que le acompañaran. Juntó leña y cargó aceite, él mismo se encargó de reducirlo a huesos y cenizas, unas que luego sí sepultó, alejándose un poco de la propiedad. Quería que su viejo amigo descansara al cielo abierto, sin la sombra de la triste casona de la familia.

   Regresó y se encerró en sus habitaciones, dividido entre la tristeza y la rabia, ignorando aún los llamados de su madre, quien, como tal, deseaba acunarle un poco. Pero no era el niño tan débil afectuosamente hablando como su familia creía (o lo que consideraban ellos una debilidad). Tan sólo deseaba estar a solas, calmándose. Recuperando la serenidad, preguntándose si el dolor menguaría algún día. O si otra perdida le dolería igual. Aunque sabía que así sería. Cuando baja a cenar, pálido y silencioso, su mirada es una puerta cerrada. Ignora a todos quienes intentaron meterle en una conversación, para que hablara como si tal cosa. Elena se mantiene apartada esta vez, mirándole con afecto. Kolya, su tío, le sonríe de rato en rato, silente, sin acercarse. Y se los agradeció.

   Finalizada la cena, copiosa como siempre, deliciosa, aunque probó muy poco, un ceñudo Anatoly Nicolai Komarev ve a su abuela ir hacia la biblioteca. Aprieta las mandíbulas, furioso, y mirando en todas direcciones, la sigue. La encuentra sentada en un cómodo sillón cercano de la chimenea, todas las lámparas funcionando. La observa con ira, notándola bajita, delgada, casi diminuta. Pero no frágil, allí, algo encorvada, los cristales nadando sobre el puente de su nariz, leyendo, parece una quieta y peligrosa araña. Animal que despertaba todas sus repulsas.

   -¿Qué deseas, Anatoly? –le oye preguntar, sin haber levantado la vista, hasta que cierra el libro, aparta las gafas y le mira directamente. El niño lo ve todo rojo de rabia.

   -¡Usted lo hizo! –acusa, voz sibilante, cargada de desprecio e ira. Ella le estudia, el libro sobre sus rodillas.

   -No sé de qué hablas, trokhy mío.

   -¡Lo mató! ¡A Otnix! Lo envenenó, ¿verdad? –tiembla de rencor y dolor.- ¿Por qué, abuela? Si deseaba castigarme por mi…

   -No hice nada, trokhy. No entiendo de qué me acusas. –niega con la cabeza, una leve expresión de desconcierto, aunque sus ojos brillantes la desmienten.- Y no tengo motivos, en estos momentos, para reprenderte. De cierto… me tienes sorprendida, nieto mío. Has resultado más capaz de lo que imaginaba. Jugaste bien tus cartas ayer, te lo reconozco. –si, lo hace, pero en verdad no le quiere. No a ese niño bonito que le recuerda tanto a esa mujer que podía costarle tanto a su familia.

   -¡Bruja! –estalla acercándosele, casi lloroso, perdiendo el control. La mujer se pone de pie y le cruza el rostro con la mano, cosa que, curiosamente, le controla.

   -No te entregues a la histeria. No es propio de un Komarev. –es fría, despectiva.

   -Esto va a lamentarlo, abuela. Hablaré con papá, de que envenenó a Otnix, le contaré como se molestó conmigo por… -se congela cuando la ve sonreír, burlona, serena. Dueña de la situación.

   -Cariño, no debes alterar la paz y el equilibrio de la familia. De tu familia. Recuerda lo enferma que está tu madre, su delicado estado de salud desde el día que naciste; no queremos alterarla, ¿verdad? No deseamos, y el Altísimo no lo permita jamás, que una mañana la encontremos en su lecho, fría y sin vida. Tu padre lejos en alguna campaña, ella sola. Deberás ser más consiente de tu realidad, pequeño.

   Y con rostro desencajado, boca abierta, ojos de gran tamaño, Anatoly Nicolai recibe una nueva lección, una que capta en seguida. Podría luchar contra su abuela, le había ganado una pelea, pero no podría hacerlo otra vez, no de manera abierta y directa, sabiendo ella que lo hacía, o le haría pagar. Otra vez. Y en un objetivo aún más preciado. ¿Se atrevería su abuela a algo tan grave? No lo sabe, pero la sola duda ya era demasiado para enfrentarlo. Frío de cuerpo, pálido de cara, traga en seco, temblando sin control, un niño enfrentado de pronto a una puerta que se abre, frente a él, que está solo, con un monstruo amenazando con salir.

   Ella le mira, le estudia, se pregunta si será tan estúpido como para continuar esa carrera loca y desbocada hacia ese abismo. O tan niño.

   -Abuela, no… -no sabe qué quiere decir; amenazar, suplicar, intentar razonar. No puede continuar porque ella, desdeñosa, toma asiento otra vez.

   -Me alegra que nos entendamos, ahora déjame leer, trokhy mío. Ve a tu cuarto. Llora por tu viejo perro muerto. Lame tus heridas… cúrate y aprende de ellas. –le mira, sin rencor u odios, serena.- Es mi regalo en un día tan malo. –y el niño lo sabe, lo entiende.

   -Gracias, abuela. Nunca lo olvidaré. –promete con voz tensa; espalda rígida, da media vuelta y abaldonando la biblioteca, cerrando las puertas.

   La mujer le siguió con la mirada mientras lo hacía, preguntándose si no tendría que encargarse del niño más tarde.

……

   Los días que se suceden son grises, húmedos y asfixiantes, Anatoly se siente ahogado, atrapado y no encuentra manera de salir de ese estado. Duerme lleno de rabia, contra su abuela y todos. El día es de incomodidad, de inquietud. Es un niño que teme que si sonríe, grita o frunce el ceño, morirá una mariposa en China. O su madre en su alcoba. Sentado en la anteventana, con botas y un blusón marrón, el amarillo cabello alzado en muchas puntas y la mirada ausente se notaba la poca atención que está poniendo en nada. No puede concentrarse, ni siquiera en pensar. No puede sacudirse el temor. Nunca debió enfrentar a su abuela, la mujer había puesto en palabras temores reales. Y no sólo los expresó, demostró que podía llegar a actuar. Aunque ir contra su madre…

   Recoge las piernas, abrazándoselas y apoyando la barbilla sobre las rodillas, mirando la tarde que cae, curiosamente clara, la amarillenta luz pintándose de naranja sobre los arboles del bosque. Desea salir y correr, sentir su sangre a toda velocidad por sus venas, el sudor cubriéndole. Correr y no detenerse. Con Otnix. El recuerdo es doloroso. La puerta se abre después de unos leves toques, y sonríe trémulamente. Sólo su madre lo hace así. Nadie más, ni siquiera Larisa. Se vuelve a mirarla y se medio tensa. La bonita mujer sonríe, pero esta no llega a sus ojos. Sin embargo va hasta él y le acaricia la cabeza, enredando los dedos en sus cabellos.

   -No has tomado una ducha. –le dice.

   -Lo haré antes de la cena. –responde sin ánimos, mirándola.- ¿Ocurre algo, ema? -la mujer duda, torturada, sentándose frente a él.

   -Tú padre quiere enviarte a la baronía de Galarian. Le preocupan tus…. Melancolías. –jadea, notándose que le duele la orden de su marido. El niño la mira, ojos duros por un momento, luego sonríe, pero no parece la de un niño. Es una sonrisa vieja.

   -¿Está molesto porque me muestro débil y llorón? Está bien, no me importa ir. De hecho debí hacerlo hace un año. –se encoge de hombros y la sorprende. Y le duele un poco, por eso no soporta mirarla y vuelve los ojos al bosque.- No te sientas triste, ema. También yo quisiera… dejar de sentirme así. –no sólo triste, sino inquieto. Si ponía distancia de su abuela, desapareciendo de su vista, esta se tranquilizaría. En su mente de niño que crece rápido, pero que sigue siendo un infante, imagina que si desaparece y no molesta a la vieja dama, esta dejará en paz a su mamá.

   -Anatoly, te veo tan triste y ahora tu padre desea que partas, que no lo soporto. –jadea la mujer, este la mira con serenidad.

   -Estoy bien con la idea, de verdad. Quiero hacerlo. Creo que es mejor para mí. Debo retomar mis estudios en algún momento, ¿no?

……

   Dos días más tarde parte un largo coche de la baronía, llevando al niño y sus maletas. Una aya le acompaña. Partió en silencio, grave. Sólo su madre y Larisa recibieron una sonrisa. Con sus hermanos fue algo competitivo. A su padre y a su abuela les ignoró, y mientras el coche giraba en la entrada, le notó la expresión molesta. Y entendió que al gran hombre también podía herírsele. Eso le produjo cierto placer. Era un niño que aprendía las artes de la guerra emocional. Eso le serviría en aquella baronía de nobles arruinados, donde a los jóvenes aristócrata se les preparaba para la vida en la corte y en la guerra.

……

   Los siguiente tres años de su vida, el joven Anatoly Nicolai los pasará entre la triste baronía de su familia, y muchos meses en la parte más septentrional de la Madre Tierra, preparándose para el futuro, donde a veces era alcanzando por su madre y sus hermanos e iban a Riga, la rica propiedad cercana al mar, a orillas del Báltico. Entre la caza, los estudios, la historia y las artes militares, Anatoly perfeccionaba su educación. La misma que habían recibido sus hermanos, su tío Kolya y su padre, aunque ninguno tan alejado de la vieja tierra familiar. Si, había “escuelas” más cercanas, pero su padre le envió allí.

   Al niño le costó llegar e integrarse en esa casona ya ocupada por dieciséis mozalbete, de entre ocho a dieseis años de edad, muchos de ellos conocidos de meses y años. No fue bien recibido por su aspecto que recordaba los viejos cuentos de vikingos, a los odiados suecos y daneses. Se sabía quién era, así como el nombre de su padre. Pero la sombra de su madre pesaba más, y no importaba que dijera que esta venía de la tierra magiar. El odio contra los hombres del Norte era algo aún muy vivo, aunque la última guerra había ocurrido casi setenta años atrás. Sin embargo, esa hostilidad fue algo que no le acoquinó. Desde el principio fue desafiante, despierto, altivo y peligroso. No se amedrentó por tamaños, aunque hizo un enemigo para toda la vida, Igor Rascow, un nombre que siempre estaría ligado al suyo. Era este un mozalbete de quince años, rostro aguileño y ojos verdosos amarillos que hacía sospechar una ascendencia aria de las montañas del sur. Y se la dedicó, acosándole y persiguiéndole, con sus amigos, desde el principio. Gritándole insultos por su aspecto bonito. Algunas señas aprendidas de Kolya le habían valido risas de otros, cosa que incrementó la rabia de Igor contra el insolente muchacho.

   Hasta la tarde que le atacó.

   Fue en la cocina, donde, a pesar de ser caballeros y nobles, debían aprender, por alguna razón, a preparar un vil brebaje que supuestamente era alimento de campo, rancho de tropas. La noche que le tocaba lavar las cacerolas, con otros dos de su edad, Igor Rascow, y dos de sus amigos, llegaron comentando, con voz insultante, que era bueno ver a las niñas en la cocina.

   -¿Qué pasa, Rascow, no tuviste que hacer esto también? ¿Tan metido en el culo del prefecto estás que te perdonan…? –le replicó indiferente, molesto con aquel trabajo, escuchando las risas de todos, aún de los amigos del agresivo joven; lo que no esperaba fue el golpe que recibió en la sien, uno que le hizo gemir y medio caer.

   Fue en ese momento cuando Anatoly entendió que aquello también era una lección, una prueba. Se supone que entre los estudiantes no debía haber peleas, pero se sabía que ocurrían, y no pasaban cosas peores porque cada uno de ellos contaba con una aya que se ocupaba de cuidarle.

   -Perro nórdico, vas a… -le gritó Igor, furioso pero contento.

   El joven, sonriendo torvo, sus labios delgados casi brillando de gozo, viéndole medio agachado por el golpe previo, le lanzó un puñetazo directo al rostro. Pero Anatoly le esperaba, alzó en el último momento la pesada y enorme tapa de un caldero que recibió el impacto, seguido del grito del joven agresor, quien se agarró la muñeca con fuerza, sorprendido, adolorido, ojos llenándoseles de llanto, para recibir un golpe directo con la tapa en la cara, uno que le lanzó hacia atrás, cayendo de culo.

   Todos observaron sorprendidos el hecho, al chico más bajo, delgado y menudo, aguardando el momento de responder, haciéndolo de manera fría, eficiente. Y brutal. Los amigos de Igor se miraron entre sí, como decidiendo si debían intervenir o no. Anatoly, jadeando pesado, les miró con frialdad.

   -Pueden intentarlo, son dos y seguramente lograrán derribarme, pero al primero que llegue voy a estrellarle el borde de esta tapa por el cuello, y a lo mejor se muere. Luego diré que me asusté cuando me atacaron. Porque en verdad me atacarían entre varios, algo que de por sí es cobarde y ruin. Pero a lo mejor no pasa nada, tal vez lance el golpe y lo esquiven, pero a lo mejor ocurre de todo. –su voz, aguda, fallosa porque parecía querer cambiar, se dejó escuchar.

   -¡Vamos, golpéenlo! –rugió Igor, de pie, ojos llorosos y sosteniéndose la nariz que sangraba. Congelándose cuando Anatoly se vuelve y le mira.

   El chico grita cuando el niño, tapa en mano, se le va encima.

   -Basta, Komarev, llamarán a tu padre. –intercala, alarmado, uno de los amigos del otro. Las palabras congelaron al niño, que les miró con desdén.

   Y todo quedó allí y Anatoly sobrevivió un poco más. Más tarde fue emboscado, recibió una buena tunda, pero conservar la serenidad suficiente en medio de la agresión, le permitió, desde el piso, patear a uno de los amigos de Igor en las bolas, de manera tan feroz que este cayó convulso, vomitando, y debió buscarse asistencia médica. A otro le atrapó un dedo y mordió tan feo que probó su sangre, y mientras más le golpeaban más apretó. Casi lo amputó. Todos fueron duramente reprimidos, los azotes fueron para todos, porque no se castigaba la falta, se corregía a unos caballeritos que no aprendían dónde estaban ubicaos en la vida y cuál era su lugar. Pero para algo sirvió, se dijo Anatoly, echado de panza en su cama, soportando los regaños de la vieja aya que le aplicaba compresas en los cardenales de los correazos en la espalda, los amigos de Igor decidieron que era peligroso aquel juego (que ese niño era peligroso), que llevarlo más allá era arriesgarse a la ira del señor Komarev, uno de los favoritos del Premier.

   Igor no lo tomó tan bien. Meses más tarde, al regreso de unas vacaciones, le esperó en los pasillos que iban a las recamaras, con un látigo en su mano. La llegada de Anatoly le hizo correr la adrenalina por las venas.

   -Creo que tenemos asuntos pendientes, perro nórdico. –le mostró los dientes, furioso y resentido. Aquel niño de apenas diez años le había dejado en ridículo demasiadas veces. Levantó el látigo.- Toda bestia puede dominarse, hoy te toca y no pararé hasta que llores como una niña, suplicando mi perdón.

CONTINÚA…

Julio César.

ЛЮБИ МЕНЯ… 4

junio 3, 2015

 ЛЮБИ МЕНЯ                         … 3

LA CASA TRISTE

   La casa grande, la casa triste.

……

   Anatoly, realmente asfixiado, y ya asustado para ese momento, con la garra de su abuela cerrándole la garganta, todavía vive la sorpresa de constatar que la mujer no le suelta, ni siquiera porque eleva la mirada, rostro desencajado de rabia, hacia dos de sus hijos que le han pillado ahorcando a su nieto menor; especialmente en presencia del mayor, el heredero al título.

   -¡Suéltale, madre! –ruge Kolya, alarmado, aferrándola, uno de los pocos que puede hacerlo; como menor, siempre fue algo consentido por la mujer. Le cuesta liberar al muchacho.

   -Vladimir… Kolya… -la mujer se ve perdida. Soltándole al fin.

   -¿Estás perdiendo la razón, madre? ¡Pudiste matar al niño! –la encara Vladimir, severo, ceñudo, pero voz controlada. Y mientras se acaricia el cuello, tosiendo levemente, conteniendo el llanto en sus ojos (por la asfixia, no por debilidad), Anatoly se pregunta si estaría igual de tranquilo si la vida en peligro hubiera sido la de Yago, o Larisa.

   -Vladimir… tu hijo… -se ve perdida.

   -Siento haber llegado tarde a la lección, abuelita. –gimotea el muchacho.- No creí que te molestara tanto. –todavía tiene la osadía de agregar Anatoly.

   -¿Todo este estallido por eso? –brama Vladimir, mirándola como si no la reconociera. Kolya, por su parte, ceñudo y alarmado como estaba, mira a su sobrino con súbita sospecha.

   Ah, las cosas que Sveta Petrova podría responder en ese momento. Pero no puede. Su pecho agitado sube y baja, la furia nada en la superficie. Y algo de vergüenza. No por haber sido sorprendida con la mano alrededor del cuello del niño, sino por haber sido superada por este. Los ojos crueles caen sobre el infante, quien tiene el criterio de verse alarmado. No podía decirles lo que el joven le expresó. No podía reconocer esa horrible debilidad. Su ira por no ser considerada más que una simple mujer, sin derecho al poder en un sistema patriarcal. No podía reconocer que el niño, la pequeña bestia de nueve años, la había adivinado, la había pesado y tasado, reconociéndola como una resentida. No podía contarles que… Traga grueso y una leve sonrisa distiende sus labios. Casi admirada. ¡Anatoly le había tendido una trama! La pequeña bestia le había llevado a perder los estribos frente a Vladimir, deseando que este la sorprendiera.

   -Lo siento, trokhy mío. No debí perder los estribos así, sé lo desobediente y desordenado que eres, muestras una conducta totalmente indigna de tu nombre. No es la primera vez que faltas a tus compromisos. Pero no es excusa para mi comportamiento. –a la mujer le cuesta reconocerlo, casi siente un dolor físico, que se intensifica por el malvado brillo en los azules ojos del muchacho.

   -Es cierto, madre. –reconoce Vladimir, ceñudo.- Si Anatoly se porta mal, castígale como debe ser, azótalo, enciérralo, pero no así. Pudiste matarle, ¿qué habrían dicho  de nosotros en la corte?

   -Lo sé. Debí controlarme. –la mujer expresa con mayor facilidad.- Ojalá no fueras un niño tan horrible… Tal vez enviarle lejos te ayudaría… -el niño alza la mirada con alarma. Sus ojos se encuentran, y le amenaza otra vez, silencioso, sintiéndose poderoso. Sabe lo que ella no desea que cuente.

   -Yo me encargaré de eso. –le ruge Vladimir a su hijo, mirándole feroz.- ¡Ve a tus habitaciones y espérame! Antes, discúlpate con tu babusya.

   -Lo siento, abuelita. –suena todo humilde, pequeño y frágil, sus ojos se encuentran. Desea que vea que aunque teme el castigo de su padre, se marcha vencedor. Se aleja. Kolya mira a su madre y le sigue, dejando al barón hablando con su madre.

   -¿Se puede saber qué hiciste? –le sisea apremiante pero bajito, alcanzándole cuando comienzan a bajar de esa ala.

   -Nada, tío.

   -¿Abuelita? –le reta, entrecerrando los ojos.- Eres realmente de cuidado. –medio ríe cuando ya desaparecen de la vista de todos. Anatoly también lo hace, deteniéndose cuando Kolya le atrapa un hombro, revisándole el cuello.

   -¿Te duele?

   -Ahora sí. –reconoce cuando la adrenalina baja. Le mira algo serio.- ¿Por qué me odia tanto, tío? A ti te quiere, a papá le respeta. A mí…

   -Madre es una mujer compleja, Anatoly, pero no te odia. –intenta calmarle, no creyéndoselo ni él. Le ve tragar, y por un segundo ocurre algo que sabe que su sobrino odia, parece y se siente como un niño pequeño que desea otra realidad.

   No le agrada verle tan triste y afectado, así que le hace gritar cuando le rodea la cintura con los brazos, alzándole en peso con total facilidad, corriendo escaleras abajo, a saltos, de manera temeraria. Jugando. Anatoly se queja, pide bajar, pero ríe. Como un niño.

……

   No fue fácil la conversación de la imponente Sveta con su hijo, pero todo quedó, finalmente, como una momentánea pérdida de control. Cosa que molestaba a la mujer que se pasea por los patios de la propiedad. ¡Ella jamás perdida el control! Aunque era preferible que se creyera eso. Toma asiento en una banca, pensativa. La pequeña bestia había sabido ver en su interior, en sus rencores. Fue hábil. No, fue intuitivo. Y sonríe leve. Ahora resultaba que el pequeño bastardo era hábil. Tal vez le había subestimado. Pero ahora era una molestia. Mayor que un día antes. El muchacho seguramente le creía en sus manos, que si intentaba aleccionarle, contaría lo que creía saber sobre sus resentimientos de mujer. Esperaba silenciarle, controlarla con eso. Era muy chico, sonríe con burla. Seguramente contaba con poder usar más de una vez esa misma carta. Era su deber, como su abuela, demostrarle que no era así.

……

   Cenando a solas en sus habitaciones, obligado a leer mucho, un inquieto Anatoly Nicolai esperaba su castigo. Su madre le visitó; alterada al ver las marcas en su cuello, le abrazó sobre la ancha y cómoda cama, y le consoló. Suave como una tarde de primavera tranquila, acunándole, la mujer le aconseja que se porte mejor con su abuela, que no la irrite porque eso alteraba a su padre.

   -Y no quieres molestarle a él, ¿verdad? Tiene tantas obligaciones. –le besa en el brillante y espeso cabello amarillento.

   -Bien, madre. –accede, porque es cierto. No quiere que su padre le vea siempre como el hijo que sólo causaba disgustos y problemas. Distinto a sus hermanos Yago, Vadem y Dimitri, y la niña de sus ojos, Larisa.

   -Haz tus oraciones y duerme. –ella le abraza otra vez, etérea, poniéndose de pie.

   -¿Padre no vendrá? –lo teme. Ella le sonríe.

   -No, me envió a mí. Buenas noches. –y sale.

   Muy desconcertado, el niño cae sobre sus rodillas al lado de la cama y ora con rapidez. Apaga las lámparas de aceite y se tiende sobre las almohadas. Confuso. Creyó que… Frunce el ceño, debía sentirse aliviado de saber que su padre no iría, que no le gritaría o castigaría, aunque no entiende. Recuerda la última cueriza que le dio de propia mano. Que había sido por una nadería, por dejar a Otnix cabalgar dentro de la sala (el recuerdo del viejo y cariñoso animal, esa tarde, soltando cantidades alarmantes de pelos sobre los sofás de su abuela, todavía le hace sonreír). Esto, que fue más grave… No lo entiende. No puede saber que a cierto nivel, a su padre también podría haberle impresionado ver el cómo había alterado a la formidable abuela.

   Se vuelve de lado sobre la cama, mirando hacia uno de los grandes ventanales, cerrado, hace frío, el calor del hogar apenas calienta. A pesar de los muros y de los gruesos cristales, oye el ulular del viento helado. Sin mayores preocupaciones, se dispone a pasar la noche después de sus oraciones fervorosas pidiendo ser un buen niño, algo que hace siempre y que nunca recuerda después. No le teme a la oscuridad, ni a la soledad en esa ala de la casona. Es un Komarev. Sin embargo… ahora sabía un poco más. El duelo con su abuela, y sonríe nuevamente, había sido formidable. La mujer toda la vida ha sido desdeñosa y abusadora, le ha tratado con desprecio y desdén. Peor, era cruel con su madre. Ahora las cosas cambiarían (si, por su edad cree que puede utilizar las mismas barajas en todos los juegos). Pero eso, casi carecía de interés en ese momento. Las ardillas…

   De lado, sobre su cama, se ve nuevamente persiguiéndolas, lleno de rabia, con ganas de herirlas. Que sufrieran lo que él padeció poco antes a manos de su abuela. Traga sintiéndose incómodo. No, no era del todo cierto. “Eres un niño malo”, el recuerdo de la vocecita censurándole, le molesta otra vez. Si, lo había hecho para desquitarse. ¡Maldito Sasha Iranov! No quiere recordarle. No aún. Las ardillas habían corrido muertas de miedo, y en su pánico no pudieron planear una estrategia, ni siquiera por instinto, este silenciado por el temor que únicamente les imponía correr hacia adelante, ciegamente. Eran ardillas bebés, no estaban preparadas y el pánico les hizo presas fáciles. Si se asustaba lo bastante, la mente se cerraba. Se corría ciegamente o se paralizaba, y eso aplicaba igualmente para las personas. Y los pueblos. La idea le abrumó. También las personas podían ser controladas. Su abuela era un ejemplo. No entendiéndolo de un todo, sabía que allí había lecciones a aprender. Ahora… Sasha y la ardilla muerta.

   Se vuelve de espaldas, su carita bonita parece confusa en medio de las penumbras. Era difícil entenderlo, hambre en los poblados, gente cazando furtivamente sabiendo que era ilegal. Hambre. ¿Lo sabría su padre? ¿Y su abuela? El tío Kolya seguramente si… Una vez le escuchó discutir eso con uno de los capitanes de la corte, un joven que le miró con preocupación. Recordó a su abuela riñéndole, cosa rara ya que era su preferido, el joven, guapo y cariñoso tío Kolya. Anarquista, así le llamó ella, molesta. Los anarquistas eran de lo peor, herejes enemigos de la corona y el buen Dios. Las cejas del niño se fruncen. Su tío lo tenía todo, y parecía inconforme a veces, ¿qué pensarían los que no tenían nada? Ni siquiera armas para defenderse o hacer frente a sus amos. Pero… eran muchos, muchísimos más. Un ejército de desposeídos.

   Las palabras, los conceptos, las fuerzas que se agitaban en esos momentos bajo su cama ancha y cómoda, le intranquilizan. No asustándole, tan sólo alejando el sueño. Obligándole a pensar, a transitar por terrenos… Abre la pequeña boca de labios rojos y delgados, que un día llegaría a ser atractiva y sensual, le dirían, pero también cruel, y toma aire ruidosamente. Alguien podría montarse sobre el descontento del todo y convertirse en un profeta. Aunque era imposible, el buen Dios les había dado el orden, e ir contra él era ir contra todo lo santo. ¿O era el miedo? Cuando azotaron al niño nadie apareció para decir algo, para cuestionar nada. Sasha…

   El pequeño niño siendo azotado. Fue él quien le dio la pista de un filoncito que desconocía hasta ese momento, que a veces la gente tenía que callar y soportar cosas impensables. Un niño, el dolor físico para proteger a una hermana del castigo, ¿por amor filiar?, no lo sabe. O callar para no verse expuesta en su pequeñez y mezquindad, cuando se le reclamaba a la vida no ser más. Como su abuela. No puede evitar una sonrisa burlona, lo que habría dado su formidable abuela por nacer hombre. Pero la idea pasa pronto. Sasha. Ese niño tonto que se atrevió a censurarle, que no le agradeció su ayuda (bien, él le había arrojado al pozo, pero ya iba olvidándolo, dos días más y le parecería que nunca ocurrió). Arruga la frente, nunca le dijo quién era, tal vez por eso no se impresionó ni le mostró respeto.

   Le habían quitado la ardilla…

   ¿Estaría echado de panza en su cama, adolorido y con hambre? La idea le desagrada, mucho. Y no lo entiende. Nuevamente se vuelve de lado, casi encogiéndose a una posición fetal bajo sus buenas mantas. La gruesa correa subiendo y bajando, los gritos agudos y llorosos… Cierra los ojos y desea hacer igual con su mente. ¡Basta ya!

   Mientras va cayendo en el sueño, niño al fin, imagina que sí hizo algo, que fue él quien encaró al guarda de la baronía, impidiendo que golpeara al otro; que arrebatándole la flaca presa muerta al enorme sujeto, se lo entregó al chico. La idea le hace sonreír, pero también le llena de insatisfacción. Porque no lo hizo.

……

   La familia, con pompa, silencios y rostros inexpresivos, desayuna. Están todos, desde la cabecera de mesa, ocupada por Vladimir, con su hijo Yago, en el otro extremo. Mientras se lleva una servilleta a la boca, Anatoly mira esas disposiciones, luego a su abuela, regia, a su lado, en el centro de la larga mesa. Al lado de su padre están sus dos amores, Elena, pálida, picando más que comiendo, al frente de ella está Larisa. Le sigue la abuela y él mismo. Al lado de su madre están Dimitri, Kolya y Vadem, quien parece particularmente malhumorado. Aunque nadie le pregunta. Nadie habla mientras el barón toma sus alimentos. Así como nadie hace ruido hasta que este abandona sus habitaciones privadas.

   Es ese protocolo rígido lo que hace tan llamativa la entrada de uno de los jardineros jefe, que inclinándose hasta casi pegar la frente del piso, se disculpa y va hacia su padre. Se le acerca y le susurra algo. Todos le miran, disimuladamente, excepto Elena y Sveta. Las cejas del gran hombre se fruncen un poco. Parecía molesto al tomar una servilleta, limpiar sus labios de la grasa del tocino, arrojándola a la mesa. Se pone de pie, sin mirar a nadie, sin disculparse tampoco.

   -Anatoly. –le llama y sale.

   El corazón del chico salta en su pecho, sintiéndose lleno de calor y adrenalina, ¿qué? ¿Para qué le quería su padre? Le lanza una mirada a Elena, la cual parece perturbada. Vadem y Dimitri le observan con cierta burla. Saben lo ocurrido la noche anterior e imaginan que al hermanito menor le darán una tunda que no le permitirá sentarse durante días. Pero nadie habla. El lugar del barón podía estar vacío, pero nadie debía osar interferir con él, ni siquiera de palabra.

   Con pasos rápidos, cada vez más nervioso, caliente de piel y su corazón ensordeciéndole con sus alocados latidos en el pecho, el chico le sigue. Y aún así le cuesta alcanzarle, su padre tiene zancadas grandes. Este se medio vuelve, a mirarle mientras salen a los patios.

   -Anatoly, hijo… -oh, Dios, el niño se aterra. Había cierto pesar en los castaños ojos del hombre. Una mirada que nunca dirigía a él. Señala algo con una mano.

   El día prometía ser claro, hermoso, el gorgojeo de las aves, algo que alegraba intensamente a su madre, se dejaba escuchar. Pero sobre uno de los arriates, echado de lado, dándole el lomo a su vista, yace un cuerpo canino algo flaco. ¡Otnix! Por un segundo le mira, pero no entiende.

   -Murió durante la noche. Estaba muy viejo ya.

   -¿Qué? –al niño se le hace un nudo en el pecho, no puede respirar. El viejo Otnix, el rey de los perros, ¿muerto?

   Más tarde, pensándolo en frío, le avergonzaría su reacción. La cara le ardió tanto que tuvo que parpadear, dejando escapar, alarmado él mismo, dos lágrimas. Su padre intentó tocarle, al menos levantó una mano. Pero con un grito de “¡no!”, no sabría si al gesto o a la noticia, se apartó bruscamente. Vladimir, mirándole severo, cerró su mano, bajándola. El niño gritó otra vez que no, corriendo y cayendo al lado del animal, montándole las manos encima y agitándole. Le llamó a gritos, casi furioso. desesperado. ¡No, no podía estar muerto!, no el rey de los perros, se repetía una y otra vez. Pero no despertaba, no se agitaba, no volvía el rostro malhumorado para gruñirle o lanzarle una tosca dentellada para que le dejara en paz. Dejándose llevar por un dolor rabioso, sin importarle nada, lloraba y le llamaba recalándole su deserción. No podía controlarse, de verdad, lloró y le llamó, le golpeó, sintiéndose espantosamente vacío, solo.

   -Anatoly Nicolai, ¡contrólate! –oye a su padre, pero no le importa.

   ¡Otnix se había ido! Sin despedirse. Y era insoportable pensar en el anciano amigo abandonándole a su suerte, el viejo amigo que se acercaba a un niño muy pequeño que era dejado en su dormitorio, cuando apagaban las luces y desde las sombras aparecían garras y ojos malignos que le asechaban y sólo el cálido y pequeño perro lograba alejar. El animal que parecía adivinarle cuando se sentía mal, como cuando su madre recayó dos años antes y temió que les dejará, que llegó a donde estaba sentado, aunque le gritó que se largara, y el animal dejó caer la cabeza en su regazo, mirándole con infinita piedad, la que muchas veces nunca encontraba entre sus semejantes. Cuantas horas, de tantos días en meses y años no fue correteado en esos jardines por ese perro en la grama, y luego le correteó él, atormentando al viejo gruñó, que aún así agitaba su cola. Dios, paralizado, las manos temblándole, un miedo intenso se apoderó de él, ¡qué horrible era la muerte!

   Algo se agitó a sus espaldas. El hermoso rostro de niño enrojecido, mojado de llanto y mocos, infinitamente lastimado, se vuelve. En la entrada a la vivienda, la que daba a esos jardines, encuentra a Sveta Petrova, su abuela.

   La mujer nada dice, ni un solo músculo se agita en su rostro. Sus ojos no lanzan destellos, tan sólo está allí. Y le observa. El joven cuerpo se tensa, las manos se cierran en puños. Sus miradas se encuentran finalmente.

   ¡Ella había asesinado a Otnix!

CONTINÚA … 5

Julio César.

ЛЮБИ МЕНЯ… 3

mayo 6, 2015

 ЛЮБИ МЕНЯ                         … 2

LA CASA TRISTE

   La casa grande, la casa triste.

……

   Quería saber si era débil. ¡La muy tonta! Pero lo medita (¡Sasha!), y termina encogiéndose de hombros. Que ella lo interpretara como quisiera. La joven lo estudia, sonríe tenue y alza la mirada hacia el guardia, también la voz.

   -Déjele ir.

   -Mi señora…

   -¡Déjale ir! –repite con firmeza, abriendo la portezuela del coche, apartándose, Anatoly subiendo, sin volver la mirada.

   De todas maneras Sasha, temblando de dolor y miedo, no les mira tampoco, mientras se pregunta qué pasa, a quién pertenece esa dulce pero firme voz que le salvó. Cosa que Anatoly terminaría lamentando después, un poco.

   -Estás en problema. Babusya está furiosa contigo. –le advierte Larisa, dentro del carruaje. Él se encoge de hombros, mirando los arboles pasar frente a la ventanilla, su bonita cara de niño parece distante.

   -Siempre estoy en problemas con la abuela. –se recuesta, pensando en todas las lecciones del día. Tratando de enviar hacia lo más bajo el malestar que le produce pensar en Sasha Iranov.

   Lucha contra las ganas de mira hacia atrás. Y gana. No ve cómo cae este sobre el suelo cuando el guardia le empuja con la bota por la espalda adolorida, advirtiéndole que ya le saben ladrón, que cuide su mano derecha. Habría visto al hombre retirarse llevándose la ardilla muerta. A la gente saliendo, al fin, a recoger al niño. No lo ve, pero casi lo imagina. Al niño azotado por una culpa que no era suya.

   -Larisa… -grazna, voz rota, tragando en seco, sin mirarla, consciente de los ojos de ella sobre su persona.

   -No fue nada. –le salva de decirlo.

   Aliviado, por todo, el niño deja caer la cabeza, recorriendo la distancia que les separa de la gran casa triste de la familia. Pero no piensa en ello en esos momentos, engranajes todavía dispersos comienzan a girar en su mente joven, algunos ajustando, otros quedando latentes para otro momento. Poco a poco se iba formando la tortuosa mente de un joven que llegaría a ser temible, ingenioso, lleno de recursos. También de enemigos.

……

   -¡Dytyna estúpido! –el insulto de la mujer altiva, armoniosa pero delgada, rostro rapaz, ojos demasiado astutos para resulta hermosos o tranquilizadores, viene acompañado de una mano delgada pero de fuerza inusitada cuando le atrapa el delgado hombro, las uñas clavándose en su piel.

   Nada más regresar a la propiedad, Anatoly dejó sus pensamientos abstractos para encarar el ahora, aunque todavía se dio tiempo para perseguir al viejo Otnix, un labrador medio ciego que intentaba morder a todos y que estaba en esa casa desde el Día de la Creación, pensaba el niño. Hostil, malgeniado. Adorable para él. El perro agitó algo la cola, se negó en redondo a corretearle e intentó morderle una mano cuando este haló de su cola, tan sólo para molestarle. Sintiéndose algo mejor subió hasta el ala sur de la casona, a su cuarto, donde tomó una ducha en la corta tina de aguas ya medio frías, como el alimento de media tarde que devoró. Su abuela…

   Sabía que la mujer le buscaría para reclamarle por haberle gritado (y empujado), al viejo profesor de Historia, Mardonio, un extranjero sucio que quería explicarle cómo era su propio mundo. Un heleno altanero y desagradable que les consideraba bárbaros, pero que contaba con el favor de la abuela. Como niño que era, escuchó comentarios imprudentes de algunos sirvientes sobre la naturaleza de ese afecto, pero nadie se atrevía a más. No por miedo a su padre, que era temible. No, temían a la propia babusya. La vieja dama, de por sí, ya era suficiente para asustar a cualquiera. Por él, por ese sucio heleno, le había cruzado el rostro con la fusta de su caballo. No tanto para disciplinarle sino para que los asistentes, comenzando por el profesor, supieran que nadie estaba libre de su cólera. Ni siquiera su sangre. Era un niño pero lo entendió claramente. Y que no le consideraba tan importante como a los otros nietos. El insulto, que dolió más que el fuetazo, le obligó a correr, a escapar cegado de rabia. Tan ciego que cayó en un pozo.

   Ella le llamó a gritos, al no regresar, desafiándola, sabía que se había hecho acreedor a más insultos y agresiones de la formidable y temible anciana… Aunque a decir verdad, la abuela no era vieja. Podía vivir fácilmente veinte o treinta años más, si se cuidaba, reconocía de tarde en tarde el joven, con alarma. Pasando frente a los invernaderos, notó medio recostada a su madre, leyendo algo, pálida y bella, una tenue sonrisa en sus labios, ignorando de las aventuras del menor de sus hijos. Por un segundo pensó en llegar hasta ella y cobijarse bajo su protección. Pero habría sido una cobardía, una que no demostraría ante la anciana, se dice apartándose, subiendo a sus habitaciones en el ala central. Aunque la verdad… no quería causarle preocupaciones a su madre.

   -Babusya. –graznó al encontrarla en el descanso entre pisos, revolviéndose bajo su zarpa, inquieto al notar la mirada del profesor, un cincuentón de barba gris, altivo, ojos claros, mirada levemente burlona, disfrutando lo que le ocurría. O tan sólo aprobando el que sean controlados y reprendidos sus estallidos emocionales. Era tan difícil saber con esa gente…

   -¿Huiste de tus lecciones e insultaste a tu maestro?

   -Dijo…

   -¡Discúlpate inmediatamente con él! –la mujer le silenció rugiéndole al rostro, alterándole.

   -¡Nos llamó salvajes! –replica aún, entre dientes, ni él mismo entendiendo cómo encaraba a su abuela, cosa que ni su padre hacía. Generalmente.

   -¿Y comportándote como tal pretendías contradecirle? –le reta, sonriendo con burla.- Te falta tanto para razonar como un adulto, niño estúpido. –clava los dedos nuevamente.- ¡Discúlpate! –y sus ojos son como pozos muertos, pozos llenos de aguas verdosas estancadas. Abrumado, el niño mira al profesor, sintiéndose morir de vergüenza y rabia.

   -Lo… lo siento, señor. –la voz sale rota, derrotada, cargada de dolor y humillación, algo que se acentúa cuando el otro sonríe abiertamente. Su joven corazón cabalga con furia. La mujer le suelta.

   -Volverás a tus lecciones. Y si desobedeces o te comportas mal… tu maestro ha sido instruido para… aleccionarte. –le informa con altivez. ¡Azotes! De eso habla. La sorpresa le desconcierta grandemente.

   -¿Qué…? –no, no puede con eso, no podía colocarse en manos de un sujeto como ese. Sus ojos se endurecen.- ¡No!

   -Lo harás o lo lamentarás. –su abuela enfatiza, cruel. De alguna manera disfrutando en verdad en humillar así a su nieto; el bonito hijo de esa mujer nórdica a la que tanto despreciaba; mujer a la que siempre veía en las facciones infantiles. Se miran, abuela y nieto, los ojos del niño enfriándose, velándose con muros de hielo.

   -Fuera. –le dice al maestro, sorprendiendo a los otros dos.

   -¿Cómo…? -este se ahoga con el tono y el trato de rey a vasallo, sorprendido realmente.

   -Anatoly Nicolai… -comienza la anciana. Este la mira con dureza.

   -Que salga o escuchará algo que no querrá que escuche. –la amenaza, con voz aguda, asustada, apresurada, también desesperada.

   La anciana duda, sonriendo casi. ¿Cómos se atrevía ese niño…? Pero sus miradas están elanzadas, nota su palidez, sus mejillas rojas, sus ojos desesperados. Impredecible en sus acciones. Parecía un pequeño zorro acorralado a punto de lanzarse contra los cazadores. Y se inquietó.

   -Déjenos, profesor…

   -¡Mi señora…! -se agita el hombre, sorprendido.

   -Fuera. –repite, menos amable, Anatoly, sin mirarle, vigilando a su formidable abuela. El hombre oprime labios y puños, brindándole una reverencia a la mujer. Un duro gesto a él.

   -Esto vas a lamentarlo de tantas maneras que preferirás mil veces haberte mantenido callado. –promete ella.

   -No voy a someterme a la autoridad de ese hombre imbécil. –la reta, respiración agitada.

   -Harás lo que te diga y le tratarás con respeto. –le ruge, acercándose un paso.

   -No. Yo no siento por él la misma debilidad que… otros, por su intelecto. –le lanza con desfachatez, temblando de miedo, pero sabiendo que o se paraba y resistía o sería azotado en el suelo. La mujer abre la boca, jadeando leve, palideciendo.

   -¡Pequeña bestia, ¿de qué hablas?! –vuelve a clavarle las uñas, ahora en el brazo a través de la suave camisa de seda.

   -¡Suélteme! –se agita también el muchacho, librándose con violencia.- ¡No quiero que me toque de nuevo!

   No hay desconcierto en la mujer, el bofetón es inmediato, duro, cruel. Tanto que un leve pitido queda en el oído del niño, quien da un paso atrás.

   -La zorra de tu madre te ha malcriado. No tienes la fortaleza ni la disciplina de tus hermanos. Eres como ella, débil, inútil. –la anciana deja escapar algo de su ira, pero sólo una poca. Es parte de su juego para controlar a la familia. Le ve palidecer, mirarla con odio, uno real, enorme, y por un momento se pregunta si no se habría equivocado con el menor de sus nietos.- Veremos qué tiene que decir tu padre cuando le cuente todo…

   Mal. Así se sentía el muchacho ahora, derrotado. A su padre no podía encararle. Enfrentarle. No a ese hombre de quien esperaba una mirada de aprobación, un gesto de afecto que nunca llegaba. Y que le molestaba esperar siempre. Y cuando abre la boca, sintiéndose derrotado, le ve subir las escaleras, más abajo, como traído por un mal hado, acompañado de su hermano, el tío Kolya, y su mundo pareció derrumbarse. Caer literalmente sobre su cabeza. Mira a la mujer con respiración febril, temeroso, considerando suplicarle. Sabe que ella lo espera, por su sonrisa, ignorando que sus dos hijos se acercan.

   Si, ella no lo sabe, cree que tan sólo están ellos dos, por eso pueden mostrarse como lo que son y no lo que aparentan. Y recuerda a Sasha Iranov, guardando silencio por obligación o amor hacia su hermana. Porque a veces se callaba cuando el precio del desafío era demasiado. Uno que no se quiere pagar. O no se puede. Como un niño que prefiere ser azotado a ver a su hermana padeciendo aquello. ¿Qué podría hacer retroceder a su abuela? ¿Qué la callaría? ¿Su amistad con el profesor? No apostaría nada a ello. Sabe que, de necesitarlo, la mujer le echaría a palos. ¿A qué le temería en verdad? ¡A su poder menguado! La idea se le ocurrió de pronto. A lo único que temería una mujer como ella, formidable y terrible, sería convertirse en una figura patética. ¿Callaría para protegerse a sí misma? La idea que le llena la cabeza le parece luminosa.

   -Abuelita… -comienza con voz rota, intentando darse valor. Ella sonríe cruel. Lo sabe perdido. Que el niño temía a su padre porque le amaba. También ella sabía de ese juego. Pero le desconcierta la sonrisa leve en la bonita cara infantil, el brillo malévolo de sus ojos azules.- …Sé que no quiere ser mala, que lo es porque tan sólo es una pobre e inútil mujer mayor. –la impacta feamente, y todavía más cuando intenta un tono de simpatías.- Tan lista, tan ingeniosa, tan maravillosa, pero tan sólo una mujer. Una mujer que no podía ser baronesa y debió entregar sus títulos a su hombre. Una mujer que nunca será reina. Tan sólo la criadora de hombres, de sus señores. –su rostro infantil es una desconcertante mueca de fingimiento burlón.- Pobre ancianita… Ya me encargaré yo de cuidarle cuando sea muy mayor y nadie tenga ni siquiera que fingir escucharle. O quererla. Buscaré un buen convento olvidado en la nada para que termine sus últimos años. Encerrada. Apartada.

   La mujer abre la boca totalmente sorprendida, por primera vez asombrada, furiosa y frustrada en su vida. Todo a un tiempo, casi desconociendo, y temiendo, a la pequeña criatura que había penetrado de aquella manera en su corazón, en sus secretos, burlándose de ellos, exponiéndola. Todo lo ve rojo.

   -Eres un monstruo.

   -Y un varón. Y los títulos que debieron ser suyos pueden llegar a ser míos. Como nunca los pudo llevar. Ni los llevará. –la reta, ignorando la tormenta que estaba a punto de desatarse sobre él.

   -Pequeña basura… -le ruge, arrojándosele, cacheteándole, golpeándole con fuerza, perdido todo control. Una ira terrible la domina, una rabia que ni siquiera el pequeño monstruo podía entender, no el alcance de su frustración por haber nacido mujer entre hombres mediocres a quienes tuvo que empujar para que llegaran, sin ser reconocido jamás su esfuerzo y dedicación. Sabiéndose mejor que muchos, teniendo que callar cuando algún insolente necio le recordaba su lugar. Así la flaca mano rodea el cuello infantil y aprieta.- Eres un monstruo…

   Tomado por sorpresa, el chico alza las manos para cubrirse, pero los golpes eran fuertes, la mujer tiene vigor, y estaba furiosa. También le grita toda clase de insultos, pero es la mano en su cuello lo que le aterroriza mientras cae sobre una rodilla, alarmado de verdad. Pero recuerda que su padre y su tío suben las escaleras y ya deben estar por llegar. Así que comienza a gimotear con su mejor voz de niño indefenso.

   -No, abuelita, no, por favor… ¡Perdóname! ¡Perdóname!

   -¡Madre! –ruge, de sorpresa, Vladimir Komarev, congelándoles.

CONTINÚA … 4

Julio César.

 

ЛЮБИ МЕНЯ… 2

abril 23, 2015

 ЛЮБИ МЕНЯ

LA CASA TRISTE

   La casa grande, la casa triste.

……

   Atrapándole por un brazo le retiene y hala hacía sí, apartándole del boquete en el suelo. El gesto es extraño teniendo en cuenta lo que acaba de hacer, él mismo lo sabe.

   -Gracias. –ladra de manera molesta el chico, como un sarcasmo, soltándose brusco y llevándose una mano a la mejilla abofeteada, pensando sí responder o no, y sí eso no terminaría con él de cabeza en el pozo. Otra vez.

   La mirada que le lanza, consigue que Anatoly se altere otra vez. No está acostumbrado a ser cuestionado, no por nadie menor que su padre o su abuela. No hay nada que pueda decir, después de todo le abofeteó y antes le había arrojado al pozo, por ayudarle a salir de él. Le ve sacudirse las ropas, está muy sucio, como debe estar él mismo, por la tierra amarilla de las paredes del foso. Observa cómo, con habilidad, enrolla la vieja cuerda alrededor de su cintura, luego se inclina y recoger un montón de chamizas para leña, con algo peludo que destaca dentro de ellas a pesar de que intenta pase desapercibido.

   -¿Qué llevas ahí? –le cuestiona, viéndole enrojecer, por lo que aparta algunas chamizas.- ¿Una ardilla? ¿Fuiste tú quien mató a la ardilla y me estabas sermoneando sobre crueldad? -le parece el colmo. Calla cuando el chico, cara muy roja y casi con un puchero, le mira con ojos muy grandes.

   -No la maté yo, fue mi hermana, Dinah. Sólo la recojo. Ella puede matarlas pero después no quiere tocarlas. Cosas de niñas, supongo. –encoge sus delgados hombros.

   -¿Y eso no te parece cruel? –se burla levemente.- Imagínatela, acorralada, asustada, temblando, gritando en lenguaje de ardilla que no la mataran y… -le ve ensombrecerse, con un puchero más grande aún, bajando la mirada hacia la oculta pieza de caza.

   -No fue por capricho, como hacías tú. Es para comer, no jugamos a atormentarla. –mira la leña.- Pero esta es una bebé. Una ardilla bebé. Dinah no debió… No está bien. –responde de prisa, recogiendo otra vez las chamizas caídas y comenzando a andar con su carga, en dirección contraria a la propiedad.

   -¡Es delito cazar en el bosque y en el valle! Todo pertenece a la baronía. –le recuerda la ley, echando a caminar a su lado, hacia una pared de arboles contraria a la casona de donde venía, se nota humo salir del otro lado. Un rancherío, seguramente. Le acompaña sin ofrecerse a ayudar con la carga a pesar de que el otro niño parece algo abrumado por el peso.

   -En la baronía tienen de todo. Echan a sus perros trozos de carnes. –es la réplica, algo nerviosa del chico, mientras se muerde el labio inferior y le mira todo ojos otra vez.- No se lo digas a nadie.

   -¡Es un delito! –le replica, porque sabe que es cierto, lo sabe porque así es.- El castigo para el ladrón son azotes, ¿no? Si es la primera vez. Te cortan una mano si es la segunda, y te ahorcan a la tercera. -el joven más alto le mira ceñudo.- ¿Es tu primer delito?

   -No soy…

   -¡Cazaste y tomaste lo que no es tuyo! O lo tomaste después de ser cazado por tu hermana. Eres un ladrón. –es tajante, le ve abrumado.- ¿Y quién come ardilla? Es tan extraño. –cuestiona.

   -Tenemos hambre. Hay muy poco de todo. –confiesa bajito, sin mirarle, su muy joven rostro parece mayor, apesadumbrado por lo que dice el otro, atrapado por la necesidad.

   -¿Cómo te llamas? –le pregunta al fin, cuando llegan y cruzan entre los árboles.

   -¿Por qué quieres saberlo? ¿Para denunciarme?

   -Tal vez. –es la réplica molesta. Se miran desafiantes, el más bajo se muerde el labio pero finalmente alza la barbilla, con determinación, iniciando en ese punto y sin saberlo, su larga y turbulenta historia.

   -Sasha… Sasha Iranov.

   Sasha… piensa Anatoly, sin darle el suyo. Era un buen nombre. Sasha Iranov, la combinación sonaba bien al oído. Odiaba el suyo, el Anatoly, nombre del padre de su abuela; quién sabía que vieja maldición le habría legado con su apelativo. Nota cómo, de reojo, el otro le mira.

   -¿Qué? –le ve enrojecer.

   -Eres muy alto. ¿Tienes once, doce años?

   -No, tengo nueve. –dice ceñudo y satisfecho por destacar.

   -¿Nueve? –parece asombrado, bajando la mirada, ceñudo, comparándose.

   -Si, ¿cuánto tienes tú? ¿Cinco? ¿Seis recién cumplidos?

   -¡Siete y ya andados! –se vuelve a mirarle, molesto. Alterado por su tamaño, como siempre.

   -Pareces un bebé. –le mortifica.- Cuando tenía siete… -lo dice como si le costara recordar.- …Era mucho más alto. ¿Hay enanos en tu familia?

   -¡No hay nada malo en mí! –ruge con rostro rojo, colérico, cosa que divierte al más alto.- El fenómeno eres…

   -Cuida tu lengua, cazador furtivo. –le silencia, divirtiéndole más al ver que lo consigue.

   Llegan a las afuera del poblado, con sus casuchas de madera, algunos techos caídos, cercas medio derribadas, gallinas flacas encerradas, perros lanudos corriendo de aquí para allá. No se observa a nadie en esos traspatios excepto a una bonita joven, de cabellos castaños y tal vez un año mayor que el chico más alto, que les corta el paso. Por un segundo Anatoly y ella se observan, con curiosidad, y el chico nota que ella le encuentra agradable; lo sabe, es su cruz, ser bonito, como le señalaba siempre su terrible abuela.

   -Al fin llegas. –la joven se vuelve al más chico.- ¿Y por qué estás tan sucio, Sasha? Mamá te atizará de lo lindo. –termina impaciente, tendiendo una mano.

   -¿Tu hermana? –sonríe Anatoly, divertido.

   -Si, Dinah. –deja caer las chamizas y le tiende la ardilla agarrada por la cola.

   -¡Qué asco! –gruñe ella sin tocarla todavía.- ¿Y tú quien eres? –se vuelve hacia el otro, el niño alto de cabellos amarillos intensos y ojos color cielo.

   No le da tiempo a Anatoly de responder, sí es que pensaba hacerlo, alguien le aparta, bruscamente, y cuando está a punto de protestar, una potente voz le silencia.

   -¿De dónde sacaste eso, pequeño granuja? ¿La cazaste? –la indumentaria de la guardia de la baronía ocupa todo el espacio, mientras una mano enguantada, grande, atrapa la muñeca de Sasha, agitando la pieza muerta en su mano; este palidece y es todo ojos, asustado.- ¡Ladrón! ¡Has robado a la baronía! Conoces la pena, pequeño ladrón. ¡Diez azotes! –le grita.

   -Yo no la cacé. –jadea automáticamente el niño, con un hilo de voz, su pecho subiendo y bajando rápidamente, totalmente aterrorizado.

   -¿No? ¿Y quién fue? Dímelo y te salvas del castigo. –le urge el sujeto, volviéndose con suspicacia hacia Dinah.- ¿Fue ella? –pregunta y la niña casi pega un bote.

   Anatoly abre la boca al fin, a espaldas del hombre, severo. Molesto. Pero vuelve a cerrarla, mirando con curiosidad al tembloroso niño, ¿delatará a su hermana? Era lo lógico. Nota como Dinah y Sasha se miran entre ellos, ella resueltamente guardando silencio, el niño temblando de manera visible, totalmente aterrorizado. Sin embargo intensa soltarse, escapar, pero la férrea mano lo sostiene.

   -¡¿Fue ella?!

   -No… fui yo. Lo siento, señor. Lo siento mucho. –el chico lucha con el lloriqueo, aceptando la culpa, gimiendo a toda velocidad como expresándole que no volverá a hacerlo si le perdona. Dinah asiente imperceptiblemente y se aleja, desapareciendo entre viejas sábanas grises tendiendo en las ramas de viejos arboles al escaso sol de la nublada tarde. Poniéndose a salvo, piensa Anatoly.

   -¡Ladrón! –acusa otra vez el guarda de la baronía.

   Sasha grita, contenido y todavía únicamente de sorpresa, cuando el sujeto le obliga a dar la vuelta, arrojándole sobre manos y rodillas, desabotonando un grueso cinturón de cuero que lleva a la cintura, remachado con botones de latón, dispuesto a aplicar la sanción allí mismo. Las sentencias eran así, expeditas. Todo ocurre muy rápido, el cinturón, doblado sobre sí, sube y baja con un feo sonido, aún más feo cuando choca de la joven espalda temblorosa, escalofriante cuando un gemido de dolor que quiso ser contenido se deja escuchar a pesar de todo.

   Idiota, piensa Anatoly, dándoles la espalda y alejándose. Escuchar el cinturón ir y venir otra vez, escuchar el aterrorizado y dolido gemido mientras nadie sale a ver qué ocurre, no le impresiona más allá de un malestar inconforme. Cuatro soberbios caballos negros se detienen frente a él, halando de un carruaje que reconoce algo mortificado. El bonito rostro de una joven de cabellos lacios, amarillentos oscuros, ojos almendrados tirando a verdes, le observan desde la ventanilla. Y por un segundo, Anatoly se alegra de ver a su hermana, Larisa Svetlana, una que viene por él como si fuera un chico tonto que necesita supervisión. No lo procesa en ese momento, pero lo sabe. Siente alivio de esa hermana mayor que debió ser enviada a buscarle.

   -¿Qué estabas haciendo? –le pregunta.- Estás todo sucio.

   -Sufrí una contrariedad. –informa, escueto, medio ladeando el rostro hacia la escena más atrás, donde hay un tercer azote. Tres de diez.- Fui ayudado por ese joven ladronzuelo.

   Los ojos de la joven hacen contacto con la escena a las espaldas de su hermano, el niño caído, el guardia que ha visto en los jardines, quien se congeló en medio del castigo, mirándola con verdadero asombro y algo de temor e inquietud, reparando en el otro niño, uno al que no reconoció todo sucio como andaba.

   -¿Qué hizo? –pregunta la joven con voz clara y firme. El guardia baja la mirada, inclinándose reverente.

   -Cazó ilegalmente, mi señora.

   Anatoly sonríe casi imperceptiblemente, era curioso como su hermana, tan sólo cuatro años mayor, lograba ese efecto. Todos ellos eran reverenciados, pero ella ya era tomada en cuenta como una adulta. La ve evaluar el pequeño cuerpo, sus temblores, escucha sus gemidos contenidos por labios apretados. Los ojos de los hermanos Komarev se encuentran.

  -¿Es tu amigo?

   -No es nadie.

   -¿Seguro?

   -Acabo de conocerle. –le sostiene la mirada en aquel duelo.

   -¿Deseas ayudarle? –dentro de su indiferencia al hacer la pregunta, hay cierta curiosidad en la voz de la niña. Le probaba, ¿buscando debilidades?, y Anatoly lo sabía.

   Quería saber si era débil.

CONTINÚA … 3

Julio César.

ЛЮБИ МЕНЯ

abril 13, 2015

   Hubo un tiempo cuando soñé con escribir. Ser un reconocido autor de cuentos, libros o novelas. Que me publicaran algo, así fuera uno de esos casos donde ni los amigos compran los libros. Las cosas no salieron exactamente como las imaginé, pero me gusta esta idea. A pesar de los nombres y de oscuras referencias a lugares y hechos, no sucede en ninguna parte, ni a nadie en particular. Es tan sólo una historia zanahoria.

……

LA CASA TRISTE

   La casa grande, la casa triste.

……

   Bajo la luz del día que se supuso Anatoly Komarev llegaría a este mundo, estuvo señalado por las deidades chamanistas como el momento cuando aparecería un nuevo guerrero conquistador. Grande y lleno de gloria, también implacable y sanguinario. Pero su madre, la noble Elena, con gran esfuerzo de voluntad y a costa de un gran martirio de su cuerpo, retuvo el parto por horas, en la espera de su marido, por lo que fue de noche cuando el niño abrió los ojos, claros, alertas, boca fruncida, sin llorar. ¿Qué tanto cambiaría su destino por ello, si es que en algo?, nadie se lo cuestionó. En verdad nadie se preocupó mucho por el quinto hijo del amo. Nació y fue dejado por la matrona en su pequeña cuna de pino oscuro mientras su madre jadeaba, peguntando por su estado, en medio de sangrados.

   La hermosa mujer quiso resistir y quedarse un poco más en esta vida, por su bebé, su pequeño e indefenso bebé, pero le faltaban las fuerzas. Por un momento pareció que había muerto, en medio de la alarma de comadronas y pajes (la ira del señor era bien conocida); fue cuando el niño lloró al fin, por primera vez, un grito fuerte, demandante, dolido. Durante años se comentaría, en muchas cortes, el cómo ese sonido despertó a la noble Elena, haciéndola regresar del sendero solitario que había tomado. Su padre, Vladimir Komarev, por el contrario, siempre asociaría su nacimiento con el decaimiento físico de su amada esposa, la mujer por la que desafío a todos. Fue injusto, el decaimiento de Elena Gustaff era algo que de todas maneras sucedería.

   Sin embargo, hubo fiesta aquella noche, la mujer despertó y le sonrió a su marido. Y había nacido otro heredero de los barones, un macho. La fea, apartada y fría casona se vio conmovida por unas pocas horas de felicidad. Anatoly, ceño fruncido, ojos cerrados, luego de haber sido alimentado por una de las sirvientas, reposó al lado de su madre, en la cama, siendo acunado con amor, bañado por su silente llanto. Tal vez el destino no fue el que debió, no tanto, por haberse variado la hora de su nacimiento, sino por la presencia de la mujer. Años más tarde su abuela se lo gritaría, más de una vez, que Elena le había hecho débil. Pero, la verdad, es que su genio y personalidad no variarían mucho. El chico era un heredero de los intrépidos, insolentes, orgullosos y belicosos Komarev; una rama joven, vigorosa, firme y dura del viejo árbol familiar. Y haría notar, a su tiempo, su herencia.

……

   El cielo nublado de aquella fría tarde era tan extenso como la llanura sobre la cual corría el pequeño, una isla en medio de un inmenso océano vegetal sin nada alrededor. Muchos, llegados de Occidente, se habían sentido intimidados y físicamente enfermos al caminar por las desoladas y aparentemente infinitas estepas. No ellos. No un Komarev. Apretando los dientes y lanzando una exclamación amenazadora, el niño corretea a las pequeñas bestias, embutido en sus pantalones de montar, las altas botas de cuero de ciervo, la chaqueta sobre la camisa gris, que ocultaba aún más ropas. El cabello amarillento cobrizo volando al aire, sus mejillas rojas, por el viento, el frio, el esfuerzo… y el golpe.

   Un cardenal enrojecido adorna una de sus mejillas, arde y duele como tiene que ser al recibirse un fuetazo, es lo que le mueve cruelmente en esos momentos. El chico, con la delgada y larga vara de bambú en sus manos, persigue, azuza y azota a un pequeño grupo de pequeñas ardillas que encontró poco antes de abandonar los frondosos jardines que rodeaban la baronía. Las pequeñas bestias rodeaban a otra, caída, cuya cabeza había sido casi aplastada, seguramente con una piedra o una rama. Al verlas, y la rama de bambú, supo cómo drenar la rabia que le consumía.

   Sonríe cuando logra alcanzarlas con la delgada punta de la fusta improvisada, sintiéndose un poquito mejor al casi golpear a una. Grita y las corretea, con buena vista entre los matorrales que alcanzan su cintura, sabiendo que está apartándose demasiado del viejo palacete. Pero no le importa, quiere alejarse. El dolor en la mejilla, fruto de su aristocrática abuela, Sveta Petrova, le ciega a todo. El mundo es un manchón interminable a su alrededor mientras corre, jadea, transpira y grita, implacable tras los pequeños cuerpos que, por su poca edad, no tienen el tino se separarse en distintas direcciones, escapando del torturador, al menos la mayoría de ellos. Algo que la mente joven de aquel chico de nueve años absorbe. El mido y la huida ciega de los pocos preparados. Una de las ardillas va quedándose atrás, le ve algo de sangre en la pelambre, y grita con una mueca feroz, dándole otra vez, dientes apretados ferozmente. Un día su abuela vería de lo que era capaz. Todos lo sabrían, piensa con furia ese niño de cara hermosa pero terrible. En esos momentos su rostro, muy arecido al de su madre, Elena, parece una máscara de peligrosidad. Apretando aún más los dientes, feo, alza la rama para batir a la pequeña ardilla que va dando traspiés al final de la pequeña manada de cuatro, sabiendo que la abatirá definitivamente… cuando el mundo pierde sentido.

   Grita, de sorpresa y desagrado, también con algo de temor cuando el suelo cede bajo sus pies. Cae y se golpea, cayó de pie y se fue bruscamente hacia adelante; pero estando en una estrecha cavidad, semi esférica, con un diámetro de unos dos metros, se golpea la cara contra la algo blanda tierra frente a él. Justo donde su abuela le atizó poco antes. El dolor estalla frente a sus ojos y tiene que caer contra la pared curva contraria, apoyándose de ella. Se lleva una mano al rostro, lo siente arder feo, algo de sangre la mancha los dedos y siente furia. Sólo eso. Mira hacia arriba, el nublado cielo sobre su cabeza parece oscurecer más. ¿Llovería? Eso haría que el frío aumentara, piensa inquietándose. Estaba en un pozo de poco más de dos metros de profundidad, parecía ser una excavación echa para buscar agua, aunque abandonada, lo que explicaba su simulación entre la corta vegetación. La idea de que está atrapado, de que se alejó sin avisar y que nadie sabía qué hacía o dónde, penetra finalmente en su mente.

   -¿Hay alguien ahí? –grita.- ¿Pueden escucharme? ¡Caí en un pozo! –grita, no con pánico, más bien demandante, molesto consigo mismo. Nada. Por unos minutos continúa con sus llamados, luego, con frustración, comienza a recorrerlo todo con la mirada, buscando una manera de salir. O algo que le ayude.

   Clava los dedos en la tierra blanda de las paredes, así como las puntas de sus botas, intentando escalar. No lo logra, una y otra vez su calzado resbala en la arcilla. Dientes apretados lo intenta e intenta, pero nada. Frustrado lanza una fea maldición que aprendió de su tío Kolya. Algo cae a su lado, desconcertándole. Por un momento no lo capta. Una vieja cuerda toda remendada de varios trozos. Eleva la mirada y encuentra a un chico mirándole.

   -¿Puedes subir? –le pregunta, voz suave, de entonaciones cantina que hablaba de las regiones magiares del centro este. También lo había aprendido de su tío, reconocer de dónde viene cada quien.

   No responde, no vale la pena. Cierra los puños alrededor de la cuerda y comienza a subir, esperando que aguante. Le lleva un rato pero lo logra; cuando una mano chica, blanca pálida, se extiende para ayudarle, por instinto casi la rechaza, pero termina aceptando, cerrando la suya alrededor de esta, que es firme y cálida, y extrañamente fuerte, lo nota cuando le hala. Sale, jadeando, sus buenas ropas sucias. Ceñudo mira al chico, más bajo, más joven, tal vez unos siete años, cabello claro cenizo, ojos amarillentos verdosos, cara algo ancha, su rostro increíblemente pecoso, tanto que debía ser poco grato ser él, pensó. Fuera de llevar unas ropas que le parecían prácticamente harapos, pero que tan sólo se lo parecían, eran viejas y algo remendadas, como si hubieran pertenecido antes a otro chico. U otros chicos.

   Hay un silencio molesto. No sabe qué decir, qué hacer, cómo comportarse. Era lógico que le agradeciera la ayuda, pero no puede.

   -¡Maldito pozo, ¿qué hace allí?! –es todo lo que dice, molesto por sentirse en deuda.- Casi me mato. –exagera sus reclamos.

   -Debiste fijarte por donde ibas y no ser tan cruel con esas pobres ardillas que perseguías. –le reclama el otro niño, ojos un tanto entornado, seguramente había esperado una palabra de gratitud. Era lo decente.- A Dios no le gusta que sean crueles con los animalitos.

   Anatoly queda desconcertado, totalmente congelado. ¿Acaso le estaba sermoneando ese chico harapiento? ¿A él? No lo piensa, no lo planea. Es natural, maquinal. Aprieta los dientes, se mueve rápido, le atrapa los estrechos hombros, volviéndole de cara al pozo y le empuja. Le oye gritar mientras cae, de sorpresa, como hizo él mismo poco antes, pero también de miedo. Se asoma y le ve retroceder como mareado, tocándose la frente, donde seguro que pegó de la pared como le ocurrió también a él, cayendo finalmente sentado de culo. Se veía muy pequeño allí abajo. Muy solo. Sus miradas se encuentran, uno sorprendido y turbado, el otro con burla, antes de inclinarse, tomar la soga y subirla, arrojándola con desdén a un lado del boquete que ahora que se fijaba sí era visible (claro, había caído en él), volviéndose, dispuesto a regresar a la propiedad de los barones.

   Da dos pasos riendo con toda la cara; tres y cuatro, todavía sonriendo imaginando al pequeño niño aterrorizado al verle alejarse con la soga, seguramente algo lloroso. Da un quinto y sexto paso. Espera. Nada. Se vuelve hacia el pozo. ¿Por qué no gritaba exigiéndole volver? ¿Por qué no pedía ayuda? Estaba vivo, le vio, ¿acaso había ocurrido otra cosa? Regresa y se asoma.

   El chico, sin sus viejas botas, las cuales están atadas por sus cordeles al viejo cinturón a su cintura, intenta escalar con manos y pies desnudos; ha logrado escalar dos pasos en el muro, antes de que la arcilla ceda, cayendo otra vez hasta el fondo. Es cuando eleva la mirada y sus ojos se encuentran otra vez, y por alguna razón que desconoce, Anatoly siente ira contra el pequeño niño, pero ¿por qué? ¿Acaso porque pensó en algo que a él no se le ocurrió? Casi con desdén recoge la soga, arrojándosela, volviéndose de espaldas, intentando controlarse, entenderse. Entró al valle furioso, con su abuela, ahora seguía molesto, pero era otra cosa. Oye sus jadeos, vuelve el rostro y ve la pequeña mano luchando en el borde para encontrar algo de donde sostenerse. No le ayuda. Le ve reptar, con esfuerzo, amarillo de ese barro que formaba las paredes del pozo. Le ve resollar, cara muy roja, las pecas algo oscurecidas. Le ve sacudirse los sucios pies, sentado, desatar las botas y extraer unos calcetines más remendados aún, cubriéndolos, luego calzándose. No han dicho nada. Pero a Anatoly algo le quema las entrañas.

   -¿Por qué no me pediste que te ayudara? –le pregunta acercándosele, eso es lo que está molestándole, viéndole sentado, algo ceñudo mientras se ciñe las botas. Sin mirarle hasta ese momento. Sus ojos claros verdosos lo enfocan mientras se pone de pie.

   -Creí que no me ayudarías, que tan sólo te burlarías de mí. Te vi con las ardillas, eres un niño malo.

   El joven más alto se queda desconcertado, oprime los labios y le abofetea con el dorso de la mano. El otro se sorprende, dando un corto paso atrás.

   -¡Cuidado! –le grita Anatoly, alarmado, viéndole dar otro paso inconsciente hacia el pozo a sus espaldas.

CONTINÚA … 2

Julio César.