Archive for the ‘SUPERNATURAL’ Category

SAM, DEAN Y LA GRASA MALA

agosto 23, 2014

SUPERNATURAL, ¡ESOS HIJOS DE…!

BONITOS SHORTS

BONITA REDESILLA

   ¿Es o no amor?

   ¡Odio esos concursos de tragones! Una vez fui a uno, precisamente de comer perros calientes, y la gente los miraba como a fenómenos de circo, no creo que identificándose con ellos. A uno, un señor algo maduro, se le vino un buche que hasta por la nariz salió. Fue tan desagradable. Aunque imagino que esas “emociones” divierten a algunos (de lo contrario no los harían), como quien va a una corrida de toro para ver si algún matador queda ensartado en los cachos del animal, o una carrera de carros para verlos volar, caer sobre otros y que ambos estallen (que su intensidad tiene, qué dudas caben); porque verles dar vueltas y vueltas no puede ser más aburrido. De tragones así trata el  9×13 – The Purge, un capítulo de Supernatural totalmente de relleno y alejado de la trama central, los ángeles desagraciados y Abaddon la mala. Rescatable es que vemos a criaturas nuevas, llevaban tiempo sin aparecer, y los hermanos tienen una charla de lo más esclarecedora, aunque no satisfactoria para nosotros los fans.

   Comienza con un tipo grande y barrigón que gana un concurso de comer perros calientes, haciendo trampa, compitiendo con un flaco al que todavía insulta llamándole Skeletor, cuando este le acusa de meter uno de los perritos en un bolsillo; eso me hizo sonreír. Lo cumbre es que después de salir de ese concurso, entrando a su carro, sacando el perro de su bolsillo ¡todavía se lo traga! Allí, algo, le mata. Los hermanos, distanciados como están desde el episodio anterior, dedicándose únicamente a los ángeles, Abaddon, la Marca de Caín y esas cosas, deciden ir a investigar lo del hombre muerto, aunque Sam nota extraño a Dean, quien responde que todo está bien a pesar de lo dicho la vez pasada (Sam exige que se hablen siempre con sinceridad). Y creo que nadie creyó que todo estuviera “okay”.

DEAN Y LAS ROSQUILLAS

   Me gustó la Comisario, gordita, asegurando que en ese pueblo la gente se toma muy en serio los concursos de comelones. Ella misma toma una rosquilla y Dean no aguanta dos pedidas cuando le ofrecen una. Fue tan gracioso verla a ella contando cosas, con la boca llena de azúcar, como a Dean, quien intenta medio limpiarse cuando Sam se lo señala pero queda igual. Cuando investigan al flaco del concurso anterior, para ver si no fue un maleficio para vengarse, fue interesante ese detalle de comer lechugas antes de un concurso porque expande el estómago… ¿entonces no es malo para la gente que quiere hacer dietas? ¿Lo aconsejable no sería que se cerrara más bien? ¡Cómo he molestado a conocidos con ese dato! Bien, por ese lado, el flaco y la novia, no se llega a nada, como no sea la extrañeza de Dean porque aquella bonita gitana estuviera pensando en dejar al flaco e irse con el gordito, al que amaba. Y así llegamos al segundo asesinato… y fue una pena. ¡Pobre chica!

   Un gimnasio de noche, a oscuras, una mujer de carita redonda y mejillas abultadas se afana sobre un aparato fijo, la mirada clavada en una mujer vestida de novia, ¿no fue dolorosamente patético? Ya uno sospechaba que era por eso, iba a casarse y desesperadamente luchaba contra su peso, por esa obsesionante idea de entrar en el vestido. Eso se comprueba cuando se pesa y gime, ¡ha ganado más masa! Y la verdad es que me hizo sonreír porque recordé a Garfield, ese gato perezosos, gruñón e irónico que odia los lunes (me identifico tanto), cuando luchaba con su peso y comiéndose una rosquilla de cincuenta gramos, pesándose antes y después, ganaba trescientos gramos de peso y gemía “¡no es justo!”. Cómo me reí esa vez. Bien, algo la ataca y muere, sobre la pesa (¿cómo habrá sido eso?), y los kilos descienden. Alicia, una amiga que vio el episodio hace tiempo, me comentaba que mientas moría, a lo mejor la mujer todavía se permitió una sonrisa de felicidad por perder kilos.

   Qué manía con el peso. Está bien, vivimos en una cultura de belleza y perfección física de ciertos estándares que amargan y deprimen a mucha gente, que han variado un poco, gracias a Dios; ya está pasando el tiempo de las modelos esqueléticas a las que se les notan las costillas, las espinas de la columna, o se les ve horrorosa la cadera huesuda cuando se acuestan de lado. Mujeres más curvilíneas y hombres más masudos parece ser la norma (aunque en cuanto a tipos, ese patrón es viejo), sin llegar a lo rollizo. Pero en este caso, la gordita del gimnasio, un hombre la amaba, tanto que quería casarse con ella, y al hacerlo la estaba viendo, con todo y sus bultos. Se puede decir que una cosa es antes y otra después, pero en el camino esas cargas se corrigen. Está bien preocuparse por el peso, por la salud y hasta lo estético (hay gente alarmante, que toma asiento y parece botarse por los lados), pero sin que sea una obsesión. Sin que ello conlleve a, y sé que la palabra se ve fea, empeorar. Debe ser algo muy femenino, recuerdo que hace tiempo en la oficina había una joven camarera que preparaba un café increíble, y yo la llamaba la flaca (pasa tanta gente por ahí), y un día una compañera de trabajo me señaló que sonaba despectivo. Disculpándome con ella, me encuentro con que me dice que a ella le encantaba cuando yo le decía flaca. Pero es tan así que una amiga, Viviana, aseguraba que ella prefería que la llamaran vieja y no gorda.

   Como sea, los hermanos llegan a investigar y Dean, que dudas caben, interrogará a la dueña del gimnasio, una mujer bonita, ya que “ahora que hablamos con sinceridad”, eso no se le da bien a Sam que es más bien espeluznante. Dean la interroga y ve una marca en la baja espalda. Sam la encuentra en los muertos, descubriéndose que la chica del gimnasio había estado en un centro de salud para adelgazar, lo mismo que una de las víctimas.

SPA

   Y la verdad es que la propaganda del centro dietético era horrible, pero, y no quiero que la gente se moleste conmigo, hay algo extraño en toda esa gente que no come carne o hacen de las dietas, o la comida saludable, un culto. Dan miedo. Hay algo como de fanáticos, y así era la propaganda esa. Van al centro, lo regente una pareja de casados, él joven y delgado, ella bonita y latina; el marido hace el ridículo con su filosofía de vida, Dean también, vendiéndose como entrenador, y ocurre uno de esos detalle tan de Supernatural, mientras Sam dará clases de yoga (parece saber de todo), a Dean le toca ser ayudante de cocina.

LA YOGA DE SAM

   Ah, pero Sam también tenía que hacer el ridículo con sus clases de yoga. ¿Por qué nos hacen esto? ¿Imaginan las muecas de Dean en su lugar?

SAM, DEAN Y LA COMISARIO

   La Comisario está allí, va a adelgazar, más tarde les contará que el marido la dejó por otra, más joven y delgada; en un masaje se va quedando dormida mientras les colocan unas ventosas (desagradables como ellas solas, una vez pasé una semana asustado con un dolor que creí un pre infarto y era lo que llaman un “aire”), en cuanto pierde la conciencia la mujer latina extiende su lengua como una ventosa y drena grasa.

COME GRASA

   Fue de lo más repulsivo. La Comisario todavía atontada reconoce a Sam como un agente y el hombre que lleva el centro sabe que algo ocurre. Les investigan.

DEAN QUE DEJE DE COQUETEAR CON SAM

   Un detalle gracioso fue cuando el encargado de la cocina le reclama a Dean que deje de coquetearle al entrenador (Sam) y se ponga a trabajar. Eso siempre divierte, pero los hermanos se veían algo desaseados en este episodio.

DEAN TRAGA

   Como siempre, Dean come un postre que no le toca y cae atontado por la droga que usan para dormir a los que van a drenar. Y ocurre, el hombre va con la mujer y le dice que los nuevos están investigando los asesinatos, que se deshaga de todo; de allí sale a reclamarle al encargado de la cocina, el joven es hermano de su esposa, y este le mata. Los hermanos encuentran a la mujer devorando la grasa que tiene almacenada en una nevera, ¿no fue divertido escuchar a Dean decir que hasta él sabe que eso no es sano? La atrapan, ella es una criatura sudamericana que se alimenta de grasa corporal (me recordó un caso de Los Expedientes Secretos X), se casó con un buen hombre que sabe de su naturaleza y montaron el spa para alimentarse sin dañar ni llamar la atención, deduciéndose que quien causa problemas es su hermano.

   Llega el enfrentamiento, hay una pelea más o menos buena y dejan ir a la pobre chica que lo ha perdido todo, el marido, el negocio y al hermano. Y aquí se reinicia una conversación ya planteada entre los hermanos. Sam vuelve con Dean, a quien acusó de mentirle para traerle de vuelta, pero que no cree que sea por lo que dice que fue, que la verdad es que el mayor no quiere continuar solo y egoístamente no toma en cuenta sus deseos. Eso se planteó, Dean lo trae al presente y dice que no se disculpará por hacerlo, dejar que el falso Ezequiel le poseyera y curara, que sabe que si la situación hubiera sido al contrario, Sam habría hecho lo mismo. Pero Sam le dice que no, que no le habría revivido. Fue duro, especialmente para Dean, y no volveré sobre todo lo que ha hecho por su hermano; si Sam cree que lo hacía, no tanto porque le quisiera sino para no continuar la cacería o con su vida  a solas, está en todo su derecho a desconfiar de las intensiones de su hermano mayor.

   Y sabemos que Sam nunca ha sido partidario de esos regresos, lo deja muy claro en la tercera temporada cuando casi enloquece al saber que Dean negoció su alma por él. Desde este punto de vista, por duro que fuera, es posible entender a ese Sam que parecía nos habían cambiado en la temporada pasada cuando deja a Dean donde fuera que creyera que estaba y continuaba con su vida, incluso dejando la cacería. En este punto me pareció más lógico el actuar del menor. No me gusta, me parece injusto con Dean, pero se entiende. La verdad es que nada bueno ha salido de violar las leyes de la naturaleza. Como no sea que el programa continúe, porque aunque digo que no diré más, me tocó escuchar a amigos decir que Sam tenía razón, que Dean no debió hacer lo que hizo, entonces, ¿le dejaba morir y Jared Padalecki dejaba la serie? En este punto siempre me salen con un “no, pero hacer otra cosa”; si uno pregunta qué, se alteran, que no lo saben “pero otra cosa debió intentar Dean y no eso”. Y lo dejo hasta allí o pierdo la paciencia.

   Sam sale del cuarto donde hablaban y Dean queda afectado, pero me pareció, en ese momento, que el terreno que pisaban era más firme. Ya, los espectadores, podíamos entender muchas cosas, incluso lo del Purgatorio.

…ANGELES CAPULLOS

Julio César.

NOTA: Terminé de ver toda la temporada, Dios, ¡qué final! Iré comentando todo lo que queda (soy obsesivo), pero lo que espero es el primero episodio de la décima temporada. ¡Sam encontrándose con ese hermano diabólico! Un Dean oscuro.

EL NEGOCITO DE DEAN… 6

agosto 22, 2014

EL NEGOCITO DE DEAN                         … 5

DEAN WINCHESTER HOT

  -¿Se te antoja algo, Samantha?

……

   ¡Tenía que ayudar a su hermano!, piensa Sam, intentando llenar su mente sólo con esa idea y no otras. Tal vez debería denunciar al entrenador Werth, aunque no cree que Dean se lo agradezca, y no se resuelve a pasarle por encima. Imaginar al pecoso teniendo que contar lo que el otro le hizo, le provoca un escalofrió de miedo… ¡le mataría sin dudarlo!

   No le encuentra. Quiere hablar, preguntarle, decirle que lo sabe todo y que tal vez puedan denunciar anónimamente al depravado ese. Pero nada. Con pasos largos y un tanto molestos, sube las escaleritas que le llevan al segundo piso del edificio y se asoma, aunque en realidad no espera encontrarle…

   ¡Mierda! ¡Pero qué puto!

   Allí estaba Dean, de rodillas frente a Clark Kent, ambos dándole el perfil, por lo que puede ver de manera clara los rojos labios del puto de su hermano tragándose la blanco rojiza verga erecta, mientras Clark jadea perdido en sus sensaciones, porque aquel chico estaba mamándosela de una manera intensa que parecía succionarle la vida por allí, como si de un vampiro se tratara.

   El disgusto del menor es grande. ¿Pero es que acaso no tenía límites ese idiota? Nada más el día anterior, en ese mismo lugar, un profesor le había pillado y abusado de él, y hoy volvía. ¿No entendía con su cabeza dura que podía quedar atrapado otra vez en esa pesadilla? Se desconcierta cuando le ve abandonar lentamente la verga de Clark, la tenía tomada hasta la base y los labios rojos fueron retirándose de la nervuda pieza centímetro a centímetro, dejándola brillante de saliva y jugos. Clark también parece desconcertado, y algo alarmado, sabe que cuando Dean hace esas cosas, poniéndose de pie, es porque intentará uno de sus juegos. Desde donde está, no escucha lo que hablan, pero Clark abre mucho los ojos y puede verle la tranca temblar en la nada, por las pulsadas, los jugos cayendo.

   -¿Pero qué coño…? –se le escapa a Sam, ojos muy abiertos.

   Dean se abre el pantalón, algo frenético lo baja, también su bóxer, y sosteniéndose de la reja metálica expone su culo al apuesto chico de cabellos negros, cuya verga parece ir con vida propia hacia la maravillosa entrada abierta. Sam siente la garganta seca mientras ve a Dean tensar el cuerpo, la verga enterrándosele, Clark metiéndola toda y casi gritando, seguramente sintiéndola apretada y halada por las entrañas del catire.

   -Joder, Winchester… -oye una tercera voz, clara aunque lejana. Un sonreído Lex Luthor aparece ante ellos, mientras Clark le cabalga ahora.

   Y Sam cree que se morirá, allí estaba su hermano entre los dos más populares atletas del colegio, uno metiéndosela por el culo, el otro por la boca, las dos a fondo… y Dean gimiendo como si estuviera punto de correrse de puro gusto.

   ¡Ese hijo de puta, se había pasado de la raya!, jadea para sí el muchacho. Ah, pero eso no se quedaría así, ¡se lo haría pagar!

……

   -¿Estás bien, Sam? –le pregunta John a la hora de la cena, inquieto.

   -Si, papá. –responde frunciendo un tanto el ceño, ¿qué estaba haciendo mal? No se había quejado, estaba comiéndose aquel grasoso bistec y no exhalaba, o eso creía, hiel. Ignora que eso es justamente lo que extraña a su padre.

   -Eres tan voluble, hermanito. –sonríe Dean, entendiendo cabalmente a su progenitor, terminando de limpiar el plato de todo resto sobrante de salsa con un pedazo de pan, seguramente conteniendo el deseo de pasarle la lengua, piensa la siempre presente vena venenosa del menor.- No me esperen despiertos. –anuncia poniéndose de pie.

   -¿Qué? ¡Nada de eso! Mañana es día de escuela. –interviene John, iniciando la vieja rutina que Sam conoce bien. Dean empujará hasta los extremos el límite de tiempo y John cederá un tanto. Les funcionaba para llevarse bien.

   Una vez retirado al dormitorio que comparte con su hermano mayor, Sam no puede centrar la mente en nada. Sabe que no podrá dormir, no lo lograría ni tomando cervezas o alguna pastilla. No puede. Como no puede concentrarse en la lectura o mirar algo en la pequeña televisión. Bueno, no podía ni masturbarse. Eso daba una clara medida de su agitación.

   Se pregunta si no sería una locura la lección que pensaba darle a su hermano. Denunciar al entrenador Werth ya no tenía sentido, no cuando el muy puto parecía haberle tomado el gusto a las vergas por el culo. Lo que quedaba era hablar con John… Su padre podría intentar meter algo de cordura en su rubia cabeza dura, aunque algo le decía al menor que ya era tarde, que Dean Winchester sería genio y figura hasta el final de sus días.

   En bóxer holgado, más cómodo le parecieron siempre que esos ajustados que usaba su hermano, se tiende en la cama, boca arriba, en medio de las penumbras, su mente en dicotomía, por un lado todavía considerando las consecuencias de las acciones que tomaría, su padre a tan sólo unos pocos pasos de allí acudiría de prisa… Y lo bien que se veía Dean con sus bóxers ajustados. Tenía uno azul que parecía abrazar sus nalgas de una manera que…

   ¡Mierda!

   Las diez de la noche, faltaba poco, pero bostezando piensa que está cansado, aunque imagina que puede ser toda la tensión vivida esos días, desde que descubrió a Dean… Las diez y cinco. Debió intentar la masturbación, eso siempre le relajaba. Bueno, antes. ¿Las diez y diez?, maldita sea, ¿el tiempo se congeló? Cierra los ojos, parpadeando los abre con sobresalto y son las once. ¡Vaya parpadeo!, se recrimina. Dean no podía tardar mucho ya, se dice bostezando. Hablaría con él, le amenazaría con denunciarle con John y le exigiría…

   Un ronquido propio le despierta, y sobresaltado. Molestándole un poco, de paso; odiaba que Dean se burlara de él acusándole de roncar como oso. Joder, se había quedado totalmente dormido y…

   Otros ronquidos, leves, llaman su atención. Dean había regresado, se había duchado, lo sabía por la toalla arrojada de cualquier manera por la habitación, y se había quedado dormido, boca abajo. ¡Mierda! Frustrado respira agitado sobre su cama, de una patada arroja la sábana lejos y se pone de pie, dirigiéndose hacia la cama del otro, arrojándosele encima y cubriéndole la boca con una mano.

   Dean despierta sobresaltado, dos cervezas sólo le habían achispado, pero también amodorrado, siente el peso caliente sobre su espalda, la mano contra su boca y no sabe si está soñando, de hecho le divierte el ataque. Pero, poco a poco, va comprendiendo que si es algo real, sobre todo cuando oye el “shihhh” contra su oído. ¡Sam!

   -Sé lo que haces, Dean. Sé que eres un puto, que se la mamas a todos en la escuela por dinero. –le informa ronco, decidido, domínate y a un tiempo implorante.

   Dean abre mucho más los ojos, rodándose de lado, derribándole, Sam luchando por no soltarle, pero quedando de espaldas sobre la cama, en holgado bóxer de cuadritos, con Dean sobre él, joven, firme, vibrante, con su bóxer corto, ajustado y suave de color azul. No sabe por qué pero continúa revolviéndose contra el mayor aunque sabe que perdió la ventaja, tal vez porque el roce de piel contra piel, de entrepiernas contra entrepiernas, era extrañamente excitante.

   -¿De qué hablas? –le pregunta Dean, ojos brillantes como un gato, un tinte rojo en sus mejillas.

   -Que sé que se la comes a todos, que te tragas todas las vergas que cruzan cerca de ti, que te bebes todos sus jugos y corridas. Que Clark Kent vive para metértela en la boca y ahora por el culo. Que el entrenador… -enumera y es silenciado.

   -¿Quién te lo dijo?

   -¡Te vi! –acusa, sus ojos atrapados, sus cuerpos ardiendo, sus entrepiernas totalmente unidas.- Gimes y ronroneas como un gato cuando comes vergas, pero cuando el entrenador te la clavó por el culo…

   -¿Qué quieres en verdad, Sam? –le pregunta bajando el rostro, voz ronca y sexy, ojos hipnotizantes.

   -¡Quiero que me la chupes a mí! –reclama, pide, ¿suplica?

   -Eres mi hermano. –le recuerda, pero el pequeño hijo de puta comienza un leve vaivén, su entrepiernas frotándose del otro, su verga despertando.- Eso sería tan… tan malo, Sam. –baja el rostro y lo dice casi contra sus labios.- Y tú eres un chico bueno. No haces esas cosas.

   Tragando saliva, no sabiendo de dónde saca fuerzas, el castaño eleva los brazos y rodea el cuello de Dean, alzándose a un tiempo, sus bocas se encuentran, le cubre y aunque el rubio no responde, no le importa y mete su lengua. Tiembla al entrar en la cálida y húmeda cavidad de su hermano; recorrerla con la lengua, algo tan íntimo y tan prohibido, le erizaba todo. Tanteó sobre su lengua y ya estaba totalmente duro, o eso creyó hasta que Dean se dejó caer, respondiendo al fin, su lengua encontrándose con la suya en un beso mordelón, chupado y lleno de saliva. Todo da vueltas alrededor de esa cama, a sus quince años, Sam Winchester temió morir ahogado de puras hormonas calientes, pero sin dejar de besar ni una sola vez la boca de su hermano mayor.

   Dean, caliente, saboreó la frescura y casi virginidad de la caricia, ladeándose otra vez, arrastrándole; mientras va girando a Sam, con una mano atrapa la cintura de su bóxer, halándolo hacia abajo. Y Sam cree que se muere, gira sobre Dean mientras las manos de este van desnudándole. Ya totalmente sin ropas, largo y flaco, queda sobre el rubio, que le besa una y otra vez y con las manos firmes y algo callosas (por trabajar en el motor de la camioneta), va recorriéndole la espalda, bajando de manera enloquecedora hacia sus nalgas, cada centímetro ardiendo bajo su roce. Allí las palmas recorren, los dedos aprisionan y se clavan.

   -Sube. –le ordena ronco, Dean.

   Y por el resto de su vida, por lejos que esta le llevara, Sam recordaría ese primer momento, excitándose de inmediato, utilizando el recuerdo como un recurso para responder a otros, añorando de manera intensa y desesperante a su hermano. Esta sentado de culo sobre el torso del mayor, a hojarasca, enmarcándole el pecoso y hermoso rostro con sus muslos. Pero es sentir sus bolas sobre la mandíbula del otro, su verga totalmente erecta haciéndole sombra, lo que le enloquece. Jadeando, la mirada atrapada en la de Dean, le ve abrir los labios, la lengua emerger y pegar de la cara inferior de su miembro, recorriéndolo desesperantemente lento, haciéndolo estallar en llamas, erizándolo, estremeciéndolo. El recorrido, sobre cada venita, parece durar eternamente. La lengua llega a su glande, y titila sobre su ojete, recogiendo la gota que sabe tiene ahí, saboreándola. Y era tan erótico que apenas puede contenerse.

   Dean alza el rostro, abre más los sensuales labios y la atrapa, la cabeza, sorbiendo de ella mientras la azota con la punta de la lengua, y Sam cree que se muere. Los labios bajan lentamente, las mejillas atrapan, la lengua va de adelante atrás, pegada a su falo, y el más joven entiende por qué tantos han enloquecido por su hermano, todos esos ruegos, toda la urgencia porque acepte mamarles a pesar de que le pagan por ello… La boca de Dean Winchester parecía hecha para adorar y satisfacer las vergas.

   Va y viene, sorbiendo y apretando, ladeando el rostro, y Sam no sabe en cuál sensación concentrarse, porque mientras le mama, pegándole los labios del pubis, resollándole en los pelos, le atrapa las nalgas obligándole a ir y venir, cogiéndose él mismo la boca. A Sam le parece que nunca antes su hermano se había visto tan bien, y miren que es guapo.

   El castaño es macilla en las manos de Dean, quien le chupa la verga con fuerza, es cierto, pero también le acaricia las nalgas que van y vienen. Los dedos de su mano derecha entran en la raja entre ellas y el menor se tensa, eso era… sencillamente despernarte de lo bueno que se sentía. El joven, fuera de enjabonarse el culo en la ducha, jamás se ha tocado allí, no con ideas sensuales al menos, pero sentir los dedos de su hermano ir de arriba abajo, mientras le abulta una mejilla con su tolete, uno que succiona de manera hambrienta, era el colmo de lo erótico. Grita, contenido, cuando Dean se la come hasta los pelos otra vez, casi la siente bajándole por la garganta, succionando únicamente con esta y su lengua (le de experiencias que debió tener para hacerlo, pensó fugaz, entre maravillado y celoso), y con el dedo índice frota la entrada de su culo, de manera circular, masajeando, estimulando. Siente por todos lados, todo le gusta. Casi salta sobre su hermano, quiere eso, quiere más. Lo quiere todo.

   -Está bien, Sam, lo tendrás. –seguramente lo dijo en voz alta, porque Dean le responde, sacando su tolete de la boca, el cual le moja el rostro, a un tiempo que lleva no uno sino dos dedos a su boca lujuriosa, y los empapa de saliva.

   Sam Winchester está cabalgando sobre su hermano, no hay otra manera de describirlo al tiempo que lleva y llena con la verga esa boca golosa, enterrándosela, mientras va y viene contra dos dedos que su hermano ha logrado meterle por el culo. Llevó rato, pero allí estaban. El largo y joven muchacho echa la cabeza hacia atrás, que le zumba, cierra los ojos y notas luces estallando tras sus parpados mientras los labios de Dean le cubren la verga, succionándosela con fuerza, al tiempo que esos dos dedos le penetran profundo, golpeándole en algún punto que le parece casi tan bueno como la mamada misma. No sabe cuánto podrá contenerse, pero va aprendiendo el juego, mientras sus nalgas bajan sobre los dos dedos de Dean, que tijerean en su interior, le saca la verga de la boca y le azota el hermoso rostro dejándoselo lleno de babas y jugos; notando que eso le gusta y excita al intentar atrapar la cabecita mientras golpea de frente sobre sus labios. Se la mete otra vez, esos dedos están totalmente clavados, y tensándose entre jadeos desmayados, se corre. Siente su propio semen hirviente mientras recorre su tranca, y la dispara en la garganta de su hermano, luego, fascinado, mira su Manzana de Adán ir y venir, tragándolo, saboreándolo, el rostro retrocediendo y recibiendo los otros trallazos sobre la lengua para poder degustar el sabor. Y esos dos dedos, en todo momento, bien metidos en su culo.

   Ahíto, tembloroso, Sam cae sobre la cama, luchando por respirar, mareado de tanto placer, y aún así se las ingenia para llevar la mano hacia el entrepiernas de Dean, atrapándole la dura verga sobre su suave bóxer, metiéndola, jadeando al sentirla dura, suave, caliente y pulsante contra su palma, masturbándole. Cierra los ojos, sonriendo, casi dormido, oyéndole gruñir bajito a su lado, con la respiración fuerte. La mano en puño que va y viene, el pulgar que le recorre el mojado glande, parece brindarle placer a ambos. Cierra los ojos, somnoliento y caliente, su mano subiendo y bajando, medio ladeando el rostro ve ahora a su hermano muy abierto de piernas, su pecho subiendo y bajando, la cabeza sobre la almohada, el cabello cayéndole en la frente, ojos cerrados como si también estuviera deslizándose hacia el sueño. Lo siente, la barra pulsa feo contra su palma, se pone dura y ardiente, y estalla, una y otra y otra vez, bañando el abdomen de su hermano, bajando por el tronco, empapándole la mano que todavía le atiza.

   Y así, todavía tocándole, el olor a semen llenándolo todo, Sam Winchester se duerme en la gloria.

……

   Despiertan en algún momento antes de la mañana y se separan. Sam está loco por lo ocurrido, por las implicaciones. Dean era un chico. Y su hermano. Y su padre estuvo cerca toda la noche, pudo escuchar algo y… Pero también era su obsesión. La vida continuaba igual, al menos Dean podía, era el de siempre frente a su padre y otros. El no podía. Desde esa primera noche todo cambió. No todo como quería. Dean continuaba mamando vergas y dando ocasionalmente el culo cerca de la biblioteca. Le gustaba eso. Y muerto de celos, después de reclamarle y llorar, Sam debió entender que era parte de la vida de su hermano. A Dean le gustaba tanto el sexo como controlar con juegos enloquecedores. Para él eran las noches, los jóvenes cuerpos enlazados sobre una de las camas, los besos desesperados, las caricias y sonrisas dulces, el sexo lento o rápido, las increíbles mamadas que Dean le daba. Y las que luego él le proporcionó, inquieto y receloso al principio, voraz más tarde. Dean era su vida… pero este tenía a sus amigos.

   Una tarde discutieron, feo, porque Clark Kent le prohibió algo, dándole un violento empujón, celoso también, y eso enfureció al menor. Era horrible tener que compartirle. Rabioso regresó esa tarde a casa, no se fue con su hermano. Con molestia fue al cuarto, abrió la puerta y casi muere de un infarto. Sobre su cama, totalmente desnudo, doradamente desnudo, en cuatro patas, Dean le ofrecía su culo, mirándole sobre un hombro. En cualquier otra circunstancia, Sam le habría preguntado, gritando, si estaba loco, que su padre pudo haber entrado… pero no pudo. Sólo fue consciente de lo que Dean le ofrecía, lo que estaba regalándole, y entre mareos y subidas hormonales recuerda que fue y atrapó esas nalgas púberes y rojizas, que enterró su rostro entre ellas y que con su boca buceó en las interioridades del pecoso Winchester. Y que le hizo suyo y creyó que se le caería de lo erecto que lo tenía, de lo apretado que fue, de lo maravilloso.

   La relación fue más intensa, parecían buscarse con desesperación. Para Sam, ver a su hermano, o escucharle hablar o reír, le ponía duro, fuera donde fuera. Fue así en la boda de John, dos años más tarde, con una bonita viuda, Ellen, quien tenía una hija. Se separaron cuando le tocó ir a la universidad, y allí conoció a una chica bella, dulce y sexy, Jessica, que de alguna manera le recordaba a Dean. La amaba, pero también extrañaba al otro, tanto que a veces no podía responderle a la chica, como no fuera recordando aquella primera noche entre los dos, Dean mamándole y enterrándole dos dedos a un tiempo. O lo apretado, sedoso y caliente que era su culo.

   -¡Papa! –saluda alegre, tomando a Jessica de una mano al bajar del auto, llegando para pasar las fiestas de Navidad, alegrándose de lo mucho que a la joven pareció agradarle su padre, y este parecía encandilado por ella. Ellen estaba allí, contenta de recibirlos, esperando por su hija Jo. Hablaron, rieron, comieron algo preparado por Ellen, y finalmente tuvo que preguntar.- ¿Y Dean?

   -¿En vísperas de Navidad? De parranda o trabajando. –sentenció John, con exasperación y afecto.

   Le vería más tarde, podía esperarle; hablaban a veces por teléfono, pero era algo sin intimidad, la última vez que se vieron fue para el cumpleaños de John, y no pudieron estar a solas ni cinco minutos. Si, le esperaría y… pero no pudo. Disculpándose con Jessica, dejándola al cuidado de todos, cruzó las pocas calles que le separaban de su hermano, notando el viejo taller algo desierto, tal vez por la temporada, pero topándose con ese sujeto, un amigo y colega de trabajo de Dean, que no le agradaba ni un poquito a pesar de su carita de ángel, Castiel, de quien estaba seguro que amaba a pecoso.

   Iba tan sólo a saludarle, a reportar que llegó, a interesarse en su vida, pero nada más ver a Dean secarse las manos algo grasosas en una sucia toalla, vistiendo una braga de taller, ennegrecida, algo abierta sobre su torso, cabellos más cortos y revueltos, todo lo olvidó. Fue como un autómata a su encuentro.

   -¿Samantha? –fue la pregunta sorprendida y feliz de su hermano, para ser silenciado por la boca del menor cubriendo la suya en un beso vehemente, necesitado, las lenguas encontrándose, siendo atadas y chupadas, saboreándose uno al otro, las manos moviéndose con vida propia, las del castaño sobre las nalgas del rubio, duro ya, tocando y recorriendo. Sam sintiéndose vivo.

   Separan sus bocas, jadeantes, alcanzados de pronto por todo el ayer, de tantos recuerdos compartidos, y por un segundo las palabras “Te he extrañado, Dean; te amo tanto, hijo de perra, vayámonos juntos y no nos separemos jamás”, nadan en la lengua del castaño, quien con voz ronca, algo seca, dice sin embargo.

   -La boca te sabe a semen, ¿de Castiel? Joder, ¿nunca te cansas?

Julio César.

NOTA: No, no quedé conforme con este relato. Creo que voy a intentarlo con un Padackles.

JENSEN ACKLES, DEAN EN DARK ANGEL

agosto 13, 2014

SUPERNATURAL, ¡ESOS HIJOS DE…!

   Una amiga me dio la dirección, y qué sorpresa.

ALEC AND MAX

   Siempre he tenido la idea de subir una entrada sobre la otra serie donde trabajó Jensen Ackles, el gran Dean Winchester, Dark Angel (no Dawson’s Creek, allí no le vi). El programa, a pesar de lo que dicen muchos, especialmente muchas (por alguna razón odiaban a Max Guevara, la protagonista, Jessica Alba), no era mala. Era un mundo pesimista sobre un futuro oscuro, Norteamérica arrojada al Tercer Mundo por un ataque electromagnético, donde se potenciaron y presentaron los problemas y lo malo que había en muchas personas. Un grupo especial de ese mundo hasta cruel eran los mutantes, hombres y mujeres creados genéticamente en un diabólico laboratorio que les quería de guerreros y asesinos, de donde un grupo de niños escapó, de la serie X5, poniéndolo todo en peligro. Por eso se les perseguía y cazaba como a animales sin derechos.

MAX AND LOGAN

   Las luchas de una de ella, Max, brava, dura, de moral flexible, preocupada por sí misma y sus amigos, se encauza el día que roba algo por dinero y conoce al propietario, un hombre idealista que presentaba la batalla por todos, y que es herido luego de pedirle ayuda y ser rechazado por ella. Max y Logan eran, y son, una gran pareja de televisión. Y allí apareció por primera vez (para mí), Jensen Ackles en escena.

   Era un loquito, uno de los “hermanos” de Max, Ben, que escapó con ella pero que estaba mentalmente perturbado. Por su fuerza sobrehumana era un peligro real, un asesino en serie del tipo ritual. Creció obsesionado por la idea de ser detenido y encerrado con los “monstruos” en los sótanos de Manticore, seres que le torturarían durante toda la vida; por ello, después de un gran enfrentamiento con Max, cayendo herido y sin poder movilizarse, y están a punto de atraparles, le pide a ella que “le salve” (matarle), que no deje que le capturen y encierren con los monstruos, y esta, llorando, le hace hablar de su idea del cielo, frente a la “Señora” (por un asistente latino conoce del amor maternal de la Virgen y lo deforma en su mente), matándole justo cuando este sonríe esperanzado, que era lo que él deseaba (mucha gente odió a Max por esto, por matar a Jensen en ese momento). El tema era absurdo, las motivaciones no tan firmes, pero Jensen Ackles hizo de su interpretación algo genial, que conmovió… convenció al público y a los productores, y regresó.

   Para la segunda temporada de Dark Angel era Alec, un atractivo oportunista que cuidaba de sí mismo, egoísta, protegiéndose como se le enseñó, pero también humano. Era un lejano Dean Winchester, aunque sin metas ni sentido de la responsabilidad. La serie se potenció con él, sus actuaciones, junto a Max y Logan, era muy buenas, pero el programa terminó. Se habló de mala fe de Jessica Alba y Michael Weatherly (el genial DiNozzo en NCIS), en su contra. Por cierto, quedaron muchos puntos oscuros, ¿Alec no merecía una novia?, ¿Max y Logan no debieron consumar su relación?, ¿cuál era el destino de Max?, ¿qué era eso tan terrible que se acercaba? Si mal no recuerdo, termina Logan aún creyendo que algo pasó entre Max y Alec, ni eso se aclaró. Si un programa necesitaba un final, era este, así fuera en una película para televisión. La actuación chusca de Jensen Ackles, sus modismos, gestos, su chulería hicieron de Alec todo un suceso, pero también, indiscutiblemente, su atractivo. Lo era, increíblemente bonito en ese tiempo, pero también había algo de sensible, de trágicamente frágil; en su fortaleza física mostraba una vulnerabilidad, como la misma Jessica Alba, que le hacía merecedor de todo afecto. Generalmente me agradan más los villanos, pero como Alec, y más tarde Dean, no son precisamente buenos buenos, sino buenos medios pillos, funciona.

ALEC AND DEAN

   La verdad es que viéndole en este video, y ahora, se nota lo mucho que ha madurado, pero sigue viéndose genial.

JENSEN AND JARED

   Por alguna razón parece madurar más lento que el mismo Jared Padalecki, su compañero en Supernatural, el cual es más joven. Y la gran oportunidad cinematográfica sin llegar, qué desperdicio. Qué gente tan imbécil la que maneja la industria cinematográfica, ¿verdad?

SAM, DEAN Y LA GRASA MALA

Julio César.

CORAZON DE PLATA… 14

agosto 4, 2014

CORAZON DE PLATA                         … 13

   Este relato, QUE NO ES MIO, es un Padackles sobre una realidad alterna. Un chico rubio y pecoso va al fin del mundo arrastrado por su abuela, y encuentra más de lo que parece a simple vista en la persona de un arrogante chico grande y sonriente, el cual le regala, al final, su propia vida para que el pecoso decida.

……

Title: Gray Moon

Author: River_sun

JARED AND JENSEN

  Espera por su verdad…

……

   El perro que le odia le mira acercarse, muestra los conillos y sale, pero se detiene en seco, confundido y alarmado cuando Jared se vuelve y le observa. No lo entiende, aquel humano olía a… con un leve gimoteo se aleja.

   -¿Y tú? –la pregunta sobresalta al rubio.

   -¿Perdón?

   -Los Ackles… ¿de dónde vienen? –parece realmente interesado, y más cuando le ve tensarse y confundirse.

   De algún circo de rarezas cuya puerta quedó mal cerrada, piensa. Mierda, ¿qué podía contarle? Es más, ¿quería contarle?

   -Jensen, muchacho, ¡al fin llegas! –el grito saludo de su abuela es lo primero que sale de la vieja casa de puertas abiertas, congelándole. La mujer sale poco después, deteniéndose por un segundo y frunciendo el ceño al reparar en el chico castaño y delgado, con el recelo natural de quien sabe que hay que cuidarse.- ¿Todo bien?

   -Eh, si, abuela… -el chico se ve más confuso. Casi incómodo. Jared le mira, luego a la mujer, y sonríe con todos sus dientes y hoyuelos.

   -Buenas tardes, señora. Jensen se retrasó porque veníamos hablando, ¿puede creer que no le gusta el frío ni Nome? Sorprende que con esos anteojos no sea más listo. –es abierto, agradable y sincero.

   Jensen, mirándole sorprendido, le agradece con una tenue sonrisa que parece decirle “muy listillo”; y de verdad quisiera que su abuela se comportara y le tratara bien, pero sabe que la mujer era…

   -Lo sé, no se cansó de repetírmelo durante el viaje. Y no hay problema por el retraso. Me alegra ver que mi nieto se adapta bien, finalmente y a pesar de lo que creía, a la escuela. –sonríe, con sinceridad, la mujer.- Soy Kathy…

   -Jared… -sonríe él, más abiertamente si cabe, es posible notar que aún le faltan las muelas del juicio.

   -¿Están en el mismo año? –sale un poco al helado jardín.

   -Compartimos algunas clases. –Jared, manos en los bolsillos, se le acerca también. Aunque se desconcierta cuando ella le mira intensamente, y Jensen contiene la respiración, una que exhala cuando su abuela sonríe.

   -Eres un jovencito apuesto, Jared, eso le conviene a mi nieto. Amigos nuevos y amistosos.

   -¡Gracias! –sonríe totalmente sorprendido, aunque no tanto como Jensen, cuya mandíbula cae al helado piso.

   -¿No quieres pasar y tomar un chocolate caliente con nosotros?

   Jensen abre mucho más los ojos tras los lentes, ¿su abuela invitando a un extraño a entrar a casa? Por alguna razón eso le eleva la temperatura, pero también le inquieta.

   -Abuela, imagino que Jared tiene que…

   -¿Chocolate caliente? ¡Claro que quiero! –acepta este, todo dientes, pasando al lado de ella que extiende un brazo hacia la casa. Jensen tan sólo parpadea.

   -Me agrada tu amigo. –le susurra ella cuando llega a su lado. Asiente y sigue tras Jared.

   La mujer está realmente contenta, ¡su nieto había hecho un amigo! Bien sabía que no se le daba fácilmente. No puede sentirse mejor. Claro, ignora que el chico es un Padalecki… nieto de un poderoso patriarca.

……

   Jared Padalecki es un joven sumamente intenso, vigoroso y lleno de curiosidad, se notó su temperamento franco y abierto nada más entrar a la sala y recorrerlo todo con la mirada. Como con sorpresa, una divertida, como de quien se dice “vaya lámpara bonita, ¿de dónde la sacarían?”, y no como esos que se guardarían el “hay polvo sobre el gabinete de entrada”. Que lo había. Ni Kathy ni Jensen eran especialmente cuidadosos de esos detalles. Sin embargo, a pesar de la sonrisa en su rostro mientras mira los muebles, cortinas, retratos (que estaban ya en la casa), Jensen se tensa un tanto, tal vez temiendo ser juzgado. Kathy, que penetra poco después, no parece encontrarlo ofensivo o preocupante.

   -Toma asiento, hijo. En ese sillón no, le fallan varios muelles. –le advierte mientras cruza el salón rumbo a la cocina.

   -¡Abuela! –se azora Jensen.

   -¿Qué? Se ve grande, seguro se dará cuenta cuando tome asiento y se hunda hasta las rodillas. Eso sería más vergonzoso, ¿no? –la mujer continúa su camino, sin reparar en los dos rayos verdes mortales que le envía su nieto, pero si acompañada por la franca risa de Jared, hasta que este frunce el ceño.

   -No me llamó gordo, ¿verdad?

   -Sabes que no lo estás: -se le escapa al alterado Jensen, que enrojece, y más cuando Jared, todo chulo, se le acerca.

   -¿Has estado detallado bien mi cuerpo? Es lindo, ¿verdad? Yo también lo amo, paso horas tocándolo y…

   -¡No seas idiota! –ríe un Jensen enrojecido, y cerca, mirándose, se medio dan empujones, de una manera totalmente tonta que no parecen poder evitar.

   Y justo en esos momento la buena mujer reaparecía con una sonrisa plena en su rostro, iba a preguntar si querían algo de comer con el chocolate, sonrisa que se congela en el rostro al mirarles así, detallando las rojas mejillas de su nieto y la intensa mirada del otro, y la manera en que se medio inclinaba al decirle algo a Jensen. Ojos muy abiertos, haciendo juego con su boca, la mujer da media vuelta y desaparece.

   -No debiste quedarte.

   -¿No quieres mostrarme? Oye, eso duele.

   -Mi abuela es… especial.

   -Si, déjame adivinar, te avergüenza delante de los conocidos, te llama su pequeñín especial frente a otros, quiere besarte cuando se despide sin importar quien mire, cuenta cosas de tu infancia, como que vivías con tu pene en la mano a los cinco años y… -se encoge de hombros.- Todo lo demás que hacen. –Jensen ríe.

   -¿Tu abuela te hace eso?

   -Y mi mamá también. Sin olvidar a las viejas tías. Se turnan para no dejar de molestarme. Créeme, lo he soportado todo. Estoy inmunizado. ¿La verdad?, quiero conocerla… -enrojece y a Jensen le parece más joven y hermoso.- Quiero que me cuente cosas de ti, de cuando eras bebé y te acunaba y…

   -¡No seas idiota! –repite gimiendo, enrojeciendo, pero no precisamente de vergüenza.

   -Quiero saberlo todo de ti, Jen…

   -Aquí está el chocolate. –anuncia Kathy, haciendo bastante ruido antes de entrar, ellos separándose tan sólo un paso.- Jensen, ¿encendiste el calentador de tu baño? –pregunta, como siempre hace cuando llega del colegio.

   -Abuela…

   -Ve, después no quieres ducharte.

   -¡Abuela! –estalla, dudando si rebatirla o no frente al castaño, y decidiéndose sube las escaleras casi a la carrera, mortificado por la enorme sonrisa de Jared.

   -Es tan mono cuando enrojece. –se le escapa, mirándole subir, al lado de Kathy, quien parpadea.

   -¿En serio? –y ahora es su turno de enrojecer feo.- Toma asiento, Jared… imagino que quieres el sofá. –ella deja la bandeja en la mesita y toma asiento en un sillón, dejándole confundido mientras, efectivamente, se deja caer en el no muy largo mueble de dos piezas.- Cuéntame, ¿has vivido toda tu vida aquí? ¿Te gusta Nome?… ¿Tienes novia?

……

   Jensen casi tropieza al subir las escaleras; corre a su dormitorio y entra al cuarto de baño con presteza, abriendo la llave del calentador. Era viejo, gastaba bastante combustible y no duraba mucho. Se mira al espejo, se quita los anteojos y se lava el rostro, notándolo algo difuso sobre el cristal, maldita miopía. Se pasa los dedos por el cabello, se quita la gruesa chaqueta y en su prisa por volver a la sala, quién sabe qué estaría haciendo o diciendo su abuela, olvida los anteojos. No los necesitaba para moverse entre las ya conocidas paredes.

   En la sala, con una leve sonrisa divertida ante lo abierto de carácter que es el joven, Kathy escucha a Jared hablar de la primavera y el deshielo, de la grama y los riachuelos, aunque disfruta de patinar sobre el lago y… El joven queda callado, la boca ligeramente abierta, mejillas un tanto rojas. Embobado. Intrigada, la mujer se vuelve y encuentra a su nieto bajando las escaleras, lento, envarado, altivo y llamativo dentro de su jeans viejo, sus botas oscuras y la camisa azul a cuadros, su sonrisa suave, sin sus anteojos. Guapo. Vaya, su nieto era muy bien parecido.

   -Sea lo que sea que mi abuela estuviera contando de mí, es falso. –sonríe llegando, tomando asiento, de manera natural y automática, al lado de Jared, quien se envara y mira al frente, sus fosas nasales un tanto dilatadas.

   -Le decía que ya no duermes con la luz encendida ni temes al Hada de los Dientes. –se burla Kathy, Jensen gruñe, aceptándole la taza de chocolate.

   -Yo le temo todavía. –Jared interviene, tragando en seco por alguna razón y volviéndose a mirar al rubio, y Kathy nota como nuevamente sus ojos parecen encandilarse, como parece quedar sin aliento ante la visión de su nieto.

   -Todo el mundo le teme, menos la abuela. –gruñe Jensen, más controlado, aunque Kathy sospecha que es porque no ha reparado bien en las señales que Jared envía, al estar sin sus anteojos.

   La mujer prueba de su chocolate, muchas emociones e impresiones la dominan, principalmente el desconcierto, pero mientras hablan generalidades, sobre la escuela, los alrededores, el potencial de Nome, no puede dejar de notar que Jared cada vez que puede mira a su nieto, y que este parece notarlo ahora y sonríe levemente, sonrojándose. Correspondiéndole sin palabras. Parecían coquetear inconscientemente.

   Dios, ¡y ella que había soñado con sus bisnietos! Pero, en fin, la vida era como la vida era.

……

   -¿Vas a decirme que tienes ejemplares de X-Men, del comics original de cuando valían cinco centavos? –la voz de Jared no puede expresar mayor incredulidad, dejando también notar un leve tono de “eres un mentiroso de mierda”.

   -¡Los tengo! –se defiende el otro, callando el “grandísimo pendejo”.- Eran de papá. ¿Verdad, abuela?

   -No sé de qué hablan. –replica ella, recopilando las tazas vacías.

   -¡Enséñamelas! –reta Jared. Jensen se pone de pie, picado.

   -Vamos. Están en mi cuarto. –anuncia y van hacia las escaleras, casi corriendo, desconcertando a Kathy, que terminaba de colocarlo todo en la bandeja y les mira subir los escalones.

   -¡Dejen la puerta abierta! –advierte, y será lo último que dirá ese día, sobre el asunto. Pero Jared casi pela un escalón y Jensen se detiene volviéndose a mirarla, pero no diferenciando los detalles al no tener sus anteojos.

   Jared va a preguntarle algo, sobre su abuela, cuando el rubio abre la puerta de su recamara y el castaño se congela. La habitación es chica, está atestada de cosas no antiguas sino viejas, la cama está tendida, sobre un gancho cuelgan dos chaquetas y un suéter está abandonado sobre un escritorio de caoba oscura. Pero no es nada de eso lo que le congela. Es el olor. Todo, absolutamente todo, huele como Jensen; en cada uno de los objetos está su aroma. A su lado, Jensen no interpreta bien esa mirada brillante, o sus mejillas muy rojas. Se incomoda un poco.

   -Lo sé, tengo pocas cosas. Hay un televisor en la sala y la abuela tiene una computadora en su…

   Jared no parece escucharle, camina como en trance hacia la cama y cae sentado sobre ella, mirándola, recorriendo con la palma la sábana, tocando las almohadas.

   -¿Jared? –Jensen llega a su lado, extrañado.

   -Todo… todo… -le cuesta hablar, Jared tiene la garganta seca cuando toma una de las almohadas y la lleva a su rostro, olfateándola profundamente, llenándose con ella, estremeciéndose, sintiendo su miembro duro y palpitante bajo las ropas de manera casi instantánea.

   -¡No hagas eso! –jadea Jensen, afectado, pero se congela también, boca abierta, cuando la mano de Jared se cierra sobre su muñeca desnuda. La piel le arde, el pulso estalla, con facilidad cae sentado en la cama, al lado del castaño, y se miran.

   Jensen cierra los ojos cuando las manos de Jared enmarcan su rostro, los dedos le tocan y recorren sutilmente, el aliento le baña cuando el otro acerca el rostro, sin tocarle con él, olfateándole de un lado y del otro, lento; y el movimiento y el sonido le provocan escalofríos al rubio pecoso, hasta que no aguanta más y abriendo los ojos, de un imposible verde lujuria, cubre las manos de Jared con las suyas y echa el rostro hacia adelante. Sus frentes chocan suave, y es eléctrico, cálido y vibrante, se frotan, sus narices se tocan. Sus bocas se unen y todo gira vertiginosamente. Jensen abre los labios y Jared muerde el inferior, halándolo suave, tanteándolo con su lengua. Cada pase, cada contacto parece elevar más y más su temperatura, así que acaba con la distancia y cubre la boca del castaño. Se besan en toda la regla, sus labios cubren, sus lenguas se buscan, enlazan y luchan. No se sabe quién muerde, quién succiona, pero saben que están excitados, muy calientes.

   Jared le arroja de espaldas sobre la cama, atrapándole las manos y elevándolas sobre su cabeza, inmovilizándole, prácticamente se le sienta a hojarasca sobre las caderas, sobre sus muslos y caderas, sobre su miembro erecto y caliente, contacto que les hace gruñir. Se miran, jadeando, respiraciones pesadas. Jensen quiere pedirle que se detenga, que su abuela estaba cerca, pero todo él está ardiendo. Y Jared comienza a ir y venir, su trasero le frota sobre las ropas, lentamente, con la fuerza, atrevimiento y travesura erótica de la adolescencia.  Pero si el roce de ese trasero redondo dentro del jeans sobre su tranca era bueno, a Jared le parecía igual de increíble sentirlo bajo su cuerpo.

   Jensen jadea, ronco, casi maullando, eso le eriza los vellos de la nuca a Jared que baja y cubre esa boca de labios pecaminosos. Se besan lengüeteado, mordelones, ruidosos, deseando atrapar y sentir. El encuentro de sus lenguas es eléctrico, sumándolo al rubio que sube y baja leve sus caderas y a Jared que va y viene sobre su regazo, creen que morirán de lujuria. Incapaz de aguantar más, Jared, sin dejar de besarle, de beber de su boca, baja las piernas, quedando acostado sobre él, ahora tolete contra tolete, duros y llenos de ganas, que tiemblan de puro deseo ante el roce. Y esos roces y fricciones tienen sus cerebros al borde del cortocircuito. Son jóvenes y están calientes, aquello era tan divino que pensaban que nada mejor podría llegar ya. Las siluetas abultadas de sus miembros se encuentran una y otra vez, arriba y abajo, con fuerza, a todo lo largo, de lado a lado también, y tan sólo querían gritar, acelerar. Y tocarse. Cada uno lo piensa, en meter la mano y tocar en vivo y en directo.

   -¿Qué hacen? Llevan mucho rato en silencio por allá. –lejana se oye la voz de Kathy, y sus bocas se separan; por un segundo están quietos, jadeando, mirándose, sus ojos profundos pozos de deseos, tan cercanos que Jensen puede detallar los del castaño sin necesidad de anteojos, deseando sumergirse en ellos.- ¿Están ahí? ¿Jensen? ¡No me hagan subir, chicos! –advierte y Jared con un bufido rueda y queda al lado de Jensen sobre la cama, boca arriba.

   -Ya vamos, abuela… -algo ronco e inseguro, responde. Cierra los ojos y tiene que luchar contra la frustración. ¡El miembro le va a estallar!, sabe que le estallará. Si hasta mojó un poco el pantalón. ¡Dios!- Lo siento, Jay… -se disculpa y sobresalta un poco cuando este, ladeándose y elevándose sobre un codo, le mira.

   -Deja esta noche tu ventana sin seguro. –pide y ordena, como un niño que quiere un baile.

   -¿Estás loco? El frío, el Abominable Hombre de las Nieves, el Hada de los Dientes…

   -Por favor, Jen, déjala sin seguro. –suplica.

……

   -¡Suéltame! –el agudo alarido de la joven rompe el silencio del colegio vacio, casi tan contundente como el bofetón que le sigue.

   Tom Welling, su hermoso rostro masculino crispado de rabia deja por un segundo notar que arremeterá respondiendo con violencia, y Sandy lo percibe, alzando el mentón pero retrocediendo un paso.

   -Eres una tonta. –el joven también retrocede, acariciándose la mejilla. No esperó que respondiera de esa manera a sus intentos de besarla.

   -Ya no quiero nada contigo, Tom, lo sabes. Fuiste un error que me costó mucho.

   -¿Te dejó tu adorado Jared? –se burla.- ¿No entiendes lo que te digo? Lo has perdido ya, si es que alguna vez fue tuyo. A tu Jared… le gustan otras cositas. –es burlón.- Tal vez por eso terminó contigo, no por mí.

   -Eso no es… -jadea, contiene la negativa, no gritará o llorará frente a Tom. Cruza los brazos.- Ese chico debe haberle afectado hormonalmente, pero no durará.

   -¡Se apareó! O lo hará. –ruge.

   -¡No! –le encara.- Jared sabe que no puede. Su familia nunca lo aceptaría. No con todo lo que hay en juego.

   -Lo hará, Sandy, no quieras engañarte. Hará lo que quiera, como siempre. Jared siempre se sale con la suya y obtiene lo que desea. Contigo, con la escuela, con sus padres, con nuestra gente. Y ahora con ese tipo. ¡Lo conoces! –sonríe al verla tragar en seco, luchando con la ira y la desesperación. Se le acerca, ella alza feo la mirada y se detiene alzando las manos indicándole que quiere paz.- Es un problema serio, hasta yo lo veo. Aunque tal vez algo se pueda hacer… -el tono es untuoso.- No me agrada ese chico pecoso. Estorba.

   -¿De qué hablas? –la joven no quiere entender, pero necesita saber.

   -De la caza.

   -¡Tom! –se alarma.- Eso no se puede hacer. Está prohibido…

   -¡Es nuestra tradición! Y no todos están contentos, o aceptan fácilmente, todos estos cambios. Ese chico… podría servir para muchas cosas. –sonríe aún más siniestramente.- Y desaparecería de la vida de tu Jared. Entiende que estamos hablando aquí de cosas mucho más serias que dejar la secundaria y tú ser la reina del baile y Jared el rey. Estamos hablando del futuro. Del nuestro. O de la falta de él. Ese chico, Ackles, lo amenaza.

   -Pero…

……

   A la escasa luz de la luna oculta, cruzando la blanco grisácea nieve que cubre la tierra, el elástico y brioso lobo se acerca a la vieja casa. Sus ojos se elevan a la segunda planta, el movimiento produce un leve sonido metálico, de su cuello pende una cadena y un pequeño colgante tipo grano de mostaza. El animal observa, espera, escucha lo que dice la noche y cubre el espacio ganando velocidad, arrojándose desconcertantemente contra la corta vaya, usándola de apoyo y llegando a la ancha cornisa con declive. Hay algo furtivo en la manera como patalea para no caer, parece intentar no hacer ningún ruido. Estabilizado precariamente ve hacia una ventana.

   Jensen está en su cama, acurrucado como un gusano de seda dentro de su capullo. Se muere de frio y lamenta que el calentador no tenga más potencia. A pesar de eso, duerme profundamente, a diferencia del fin de semana, cuando todo fue una tortura. Todavía recordando todos los increíbles sucesos del día, incluso el recibimiento de su abuela para con Jared, sonríe en sueños, suspirando pesadamente, no percatándose de una mano de dedos largos que pega por fuera del cristal en guillotina de la ventana y lo alza. La ráfaga de aire frío penetra, y algo resbala y cae, un colgante amarillento como grano de mostaza, que parece romperse y cierto aroma fuerte se deja sentir. Nada más la ventana subir, Jensen abrió los ojos, tomando amplias bocanadas de aire, sintiéndose algo pesado de pronto, volviéndose en esa dirección, notando las hojas de las cortinas agitándose hacia adentro. Pero no es lo único que entra.

   -¿Jared? –balbucea, sintiéndose alegremente embotado.

   -Jen… -allí estaba el joven, había entrado por la ventana abierta, mirándole intensamente, cerrando el cristal y dirigiéndose hacia el lecho.

   Totalmente desnudo.

CONTINÚA…

Julio César.

EL NEGOCITO DE DEAN… 5

julio 8, 2014

EL NEGOCITO DE DEAN                          … 4

DEAN WINCHESTER HOT

   -¿Se te antoja algo, Samantha?

……

   -¡No te ves bien, Sam! –Dean escucha fuera del dormitorio como su padre grita, al tiempo que la puerta se abre, entrando el menor seguido de su progenitor.- Creo que estás enfermo. –asegura, preocupado, tocando al menor de sus hijos en la frente, este totalmente enfurruñado, apartándole la mano.

   -Estoy bien, papá; no es nada, son simplemente unas calenturas… -exclama, iba a decir un resfrío, pero no podía ni pensar estando él en el cuarto; tan sólo mirar al cabrón de Dean allí le sube más el calor corporal, con su cabello oscurecido por la ducha, aplastado a su nuca, desnudo a excepción de la toalla, joven, dorado, delgado, sexy, si, maldita sea, guapo.

   -Si te sientes… -comienza. Calla cuando Sam le mira feo.- Está bien, señor gruñón. Dean, pendiente, cuida de tu hermano. –recomienda John y sale. Y a Sam todavía le toca escucharle al alejarse.- Ese muchacho, ¿por qué no será más como Dean?

   -¿Qué tienes, Samantha? –pregunta este, tomando asiento con una leve mueca, la toalla abriéndose un poco.- ¿Estás así porque te dejé en la escuela? Tuve que regresar con prisa y tomar una ducha… por… porque… me manché. De grasa. En la clase de taller.

   ¡Si, seguro que fue eso! ¡Sé bien lo que hacías, maldito puto!

   Pero se lo calla, mal encarado. Ignorando que está mal encarado.

   -Está bien, Dean, imagino todas tus obligaciones. –suelta de pasada, recordando que también él necesita una ducha.

   -¿Seguro que no estás molesto? –Dean parece desconfiar.

   -No, no lo estoy. –se quita la chaqueta de manera brusca.

   -Porque pareces molesto.

   -¡No lo estoy!

   -Entendería que estuvieras molesto ya que…

   -¿Quieres dejar de molestar? –estalla, tragando, aguantando la mirada realmente perpleja de su hermano. En ella, como siempre, cuando no hay chulería, hay preocupación. Por él.- No me pasa nada y no estoy molesto. No hasta que comienzas a preguntármelo una y otra vez, ¿okay? –cae sentado en su cama.- ¿No deberías estar alistándote para tu novia de turno? –o novio, pero eso no lo diría, aunque le molesta. No, joder, ¡no estaba molesto!

   -Nah, no me siento con ánimos. –gruñe, moviéndose donde está sentado, con una leve mueca de dolor.

   Sam lucha contra las ganas de decir algo y rodar los ojos de manera elocuente. Comienza a quitarse los zapatos, fingiendo que no nota a Dean poniéndose de pie, tomar su bermudas largo y comenzar a subirlo por sus piernas, sin ropa interior, bajo la toalla. Siempre hacía cosas así, exhibirse. Mientras otro cualquiera, compartiendo una habitación, se vestiría en el baño, Dean era capaz de ducharse en un balcón abierto. No puede dejar de reparar en el suave y liso cuerpo armonioso, ni en sus nalgas redondas cuando este se medio vuelve y termina de subir el pantaloneta y la toalla.

   -Necesito… ducharme. –grazna, rojo de cara.

   Él si espera llegar al cuarto de baño para desvestirse, casi con furia. Quitarse los pantalones cuesta dado lo dura que tiene la verga. Se mira al espejo frente al lavamanos, viéndose totalmente alterado. ¡Con razón su padre le creía enfermo! Cierra los ojos pegando la frente del frío cristal. Estaba tan jodido que todo le recordaba… No, joder, ese olor… Mira hacia un rincón y allí ve tirada las ropas de su hermano, como siempre con el muy cerdo, sobresaliendo su bóxer, todo mojado y algo apelmazado. La boca le queda abierta con sorpresa, ¿cómo podía ser tan idiota?, John podría entrar y…

   Claro, este creería que estaba con una chica y la corrida era algo inocente. Jamás imaginaría su padre que un hombre, el entrenador de la secundaría, le habría llenado el culo a su hijo gañán, con su enorme miembro primero y luego de semen. Cierra otra vez los ojos, inundado por las imágenes, Dean doblado de cintura, sus nalgas rojizas y casi lampiñas muy abiertas, su culo siendo atacado una y otra vez por la gruesa tranca que lo llenaba. No quiere, desea escapar de ello pero… le parece oírle gemir, de gusto, alzando el pecoso rostro, su sonrisa chula mientras le cepillan el culo.

   Cae sobre la tapa del inodoro, no quiere pero… No, mierda, si, lo necesita, se dice. Se lleva una mano al duro tolete, nada más tocarlo lo siente sabroso; su puño, cerrando lo justo, sube y baja, y tiene que contener un jadeo, echando la cabeza hacia atrás, algo en lo cual siempre tiene cuidado porque desplaza la tapa del tanque de agua y hace bastante ruido. Pero en esos momentos no piensa, no mientras cruza sus piernas, masturbándose con ganas, la boca abierta pero silente, la respiración pesada mientras ve a Dean meciendo sus nalgas de adelante atrás, empalándose de la gruesa verga de aquel hombre grande que le abría el culo con su tizón de hierro. Porque si, Sam la imagina dura, caliente, palpitante y babeante, dándole a su hermano justo lo que quiere, enloqueciéndole, haciéndole gemir, suplicar y pedir más, como una perra en celo. Y él, Sam, nalgueándole, llamándole puto mientras se la clavaba a fondo, complaciéndole.

   Porque si, ahora era Sam, en sus fantasías, quien estaba penetrando a Dean, llenándole ese hueco vicioso y cálido que le exprimía la verga. Casi jadea y traga, su puño arriba y abajo, en un momento dado apretando el babeante ojete con el pulgar, cuando imagina ese redondo anillo abriéndose y cerrándose sobre su verga, apretándosela de una manera intensa, atrapándosela, reclamándola como si la deseara muy adentro. El muchacho casi se desliza fuera del asiento mientras imagina a Dean pidiéndole más, que lo cogiera duro, que lo hiciera suyo… Su hermano pidiéndole que fuera su hombre.

   Estalla en un clímax intenso, violento, el disparo, por una muy mala sincronía de la posición en ese momento, bañando la alfombra. Oh, mierda, piensa el muchacho, ojos idos, boca abierta, mejillas rojas, todavía quejándose por algo a pesar del intenso placer que acaba de alcanzar. Deja caer la cabeza sobre la tapa, su pecho subiendo y bajando, y aunque la culpa quiere hacerse presente, por masturbarse pensando en su hermano, que le cogía, todavía le alcanza la imaginación para ver el culo de Dean, abierto, rojo, hinchado y dejando salir algo de su esperma… Y a su edad eso era mágico.

   -¡Sam! –un golpe a la puerta dado por su padre, casi le hace caer.- Termínala ya y sal, necesito el baño.

   ¡Dios!

……

   El malestar, por lo hecho, por lo que sentía, a Sam le costó sostenerlo en toda su medida frente a ese Dean silente y retraído, que por primera vez en su vida medio comía y no caía sobre el plato devorándolo todo como un naufrago recién encontrado. Se veía pensativo, casi, casi reflexivo. Tanto que John, olvidándole, le preguntaba a su hijo mayor si le pasaba algo. No verle comer era casi… apocalíptico. Y se sintió mal. Por Dean. Era evidente que lo pasado tras la biblioteca le había trastornado, no era para menos.

   Esa noche, al irse a la cama, Dean, boca arriba en la suya, mirando al techo, ya no pensaba en el catire pecoso de manera sexual. Obviamente su hermano no la pasaba bien. Se lo tenía merecido pero…

   Soñó recuerdos, lo sabía; se veía de cuatro o cinco años en el parque de perros, creía que Arcady, cuando corría tras estos, emocionado, insistiendo siempre en ir, y Dean allí, vigilándole, cumpliendo lo que su madre le decía siempre cuando iban saliendo de casa, “cuida de Sam, Dean”. Revivió días tristes, donde John sufría mucho, Dean también, llorando de noche cuando creía que dormía, su mamá ya no estaba, y cuando despertaba en medio de un mal sueño, era siempre Dean quien se asomaba a su cama, calmándole cuando le pedía que la llamara. Y sus seis años, cuando John no le dejó comer más de su pastel, era suyo y tenía derecho; Dean, esa noche, le llevó una rebanada, siendo reprendido luego por John cuando dijo que fue él quien la tomó. Los títeres, el teatro de marionetas que tanto le gustaban y que su hermano mayor gritaba que no le llevaría otra vez porque siempre era igual, y siempre una porquería, hasta que un puchero le obligaba a ponerse en camino. Y salir a pedir dulces, los dos llevando flores el Día de las Madres…

   Dean, su hermano siempre presente.

……

   -Dean… -inicia mientras su hermano conduce a la escuela, inusualmente silencioso. Sabe que está mal. ¡El hijo de perra del señor Werth le había herido!

   -¿Qué, Sam? –es la lacónica respuesta pregunta.

   -¿Hay algo qué…? –se atraganta cuando la verdosa mirada le enfoca.

   -¿Qué? ¡Habla!

   -¿Hay algo que me quieras contar?

  -¿Sobre flores y abejas? Creí que ya lo sabías. –la burla, leve esta vez.

   -¡No es eso, hablo de…! -estalla y se controla.- ¿Te ocurre algo? Puedes contármelo.

   -Okay, Sam, me da algo de vergüenza pero eres mi hermano y tal vez comprendas mi predicamento… tengo un grano en una bola. Lo descubrí ayer. Y estoy obsesionado, vivo tocándomelo, rascándomelo, pica; anda, huele… -le tiende la mano, una que es alejada de un manotón.- Y se parece un poco a ti.

   ¡Idiota!, piensa mirando por la ventana, molesto, pero volviéndose y encontrándole nuevamente lejano, pensativo, entendiendo que su hermano terminaría siendo uno de esos hombres que guardaban todo para sí mismos, aún aquello que pudiera estar lastimándoles y matándoles.

……

   ¡Tenía que ayudar a su hermano!, piensa Sam, intentando llenar su mente sólo con esa idea y no otras. Tal vez debería denunciar al entrenador Werth, aunque no cree que Dean se lo agradezca, y no se resuelve a pasarle por encima. Imaginar al pecoso teniendo que contar lo que el otro le hizo, le provoca un escalofrió de miedo… ¡le mataría sin dudarlo!

   No le encuentra. Quiere hablar, preguntarle, decirle que lo sabe todo y que tal vez puedan denunciar anónimamente al depravado ese. Pero nada. Con pasos largos y un tanto molestos, sube las escaleritas que le llevan al segundo piso del edificio y se asoma, aunque en realidad no espera encontrarle…

   ¡Mierda! ¡Pero qué puto!

   Allí estaba Dean, de rodillas frente a Clark Kent, ambos dándole el perfil, por lo que puede ver de manera clara los rojos labios del puto de su hermano tragándose la blanco rojiza verga erecta, mientras Clark jadea perdido en sus sensaciones, porque aquel chico estaba mamándosela de una manera intensa que parecía succionarle la vida por allí, como si de un vampiro se tratara.

   El disgusto del menor es grande. ¿Pero es que acaso no tenía límites ese idiota? Nada más el día anterior, en ese mismo lugar, un profesor le había pillado y abusado de él, y hoy volvía. ¿No entendía con su cabeza dura que podía quedar atrapado otra vez en esa pesadilla? Se desconcierta cuando le ve abandonar lentamente la verga de Clark, la tenía tomada hasta la base y los labios rojos fueron retirándose de la nervuda pieza centímetro a centímetro, dejándola brillante de saliva y jugos. Clark también parece desconcertado, y algo alarmado, sabe que cuando Dean hace esas cosas, poniéndose de pie, es porque intentará uno de sus juegos. Desde donde está, no escucha lo que hablan, pero Clark abre mucho los ojos y puede verle la tranca temblar en la nada, por las pulsadas, los jugos cayendo.

   -¿Pero qué coño…? –se le escapa a Sam, ojos muy abiertos.

   Dean se abre el pantalón, algo frenético lo baja, también su bóxer, y sosteniéndose de la reja metálica expone su culo al apuesto chico de cabellos negros, cuya verga parece ir con vida propia hacia la maravillosa entrada abierta. Sam siente la garganta seca mientras ve a Dean tensar el cuerpo, la verga enterrándosele, Clark metiéndola toda y casi gritando, seguramente sintiéndola apretada y halada por las entrañas del catire.

   -Joder, Winchester… -oye una tercera voz, clara aunque lejana. Un sonreído Lex Luthor aparece ante ellos, mientras Clark le cabalga ahora.

   Y Sam cree que se morirá, allí estaba su hermano entre los dos más populares atletas del colegio, uno metiéndosela por el culo, el otro por la boca, las dos a fondo… y Dean gimiendo como si estuviera punto de correrse de puro gusto.

   ¡Ese hijo de puta, se había pasado de la raya!, jadea para sí el muchacho. Ah, pero eso no se quedaría así, ¡se lo haría pagar!

CONTINÚA … 6

Julio César.

SUPERNATURAL, VIENE LA DECIMA TEMPORADA

julio 6, 2014

SUPERNATURAL, ¡ESOS HIJOS DE…!

   …Aunque parecía que la Muerte llegaría antes.

TRIO SUPERNATURAL

   Cómo me gusta esta canción. Cuando vi ese episodio de la quinta temporada, por la red, traducían la letra. Lamentablemente en el DVD oficial, no. Siempre me lo he preguntado, ¿la compusieron para esta escena en particular, o ya existía la tonada? Una escena que quedó perfecta. La letra, el aire funesto de peligro sobre Chicago, el majestuoso y pálido señor de la Muerte, el hombre que le tropieza calendo luego. El programa nos tiene acostumbrado a eso. Y ahora, después de su novena y más errática temporada (a través, y por culpa, del Canal Warner), se anuncia la decima, la que puede ser la última. Casi con toda seguridad. Y aunque mucha gente cree que va siendo hora, soy de los fans que sufriré cuando ya no esté, no sólo por la serie en sí, también por Sam y Dean, los reales. Muchos buenos actores han desaparecido así, Peta Wilson, Lucy Lawless, Sarah Michelle Gellar, Gillian Anderson, los amigos de Friends, y no quisiera eso para Jared Padalecki, Jensen Ackles y Misha Collins.

   No he terminado de ver la novena temporada, el portal donde lo seguía enloqueció y la verdad es que no he tenido tiempo ni paciencia para buscar otro, uno donde no tenga que descargar algo, cosa que nunca hago. He sufrido muchos ataques virales ya. Y después de la falta de respeto de la Warner de darle un vil mateo a la octava temporada, colocan la novena casi a la una de la madrugada, hora de Venezuela. Soy fan, pero ni yo hago eso, trabajo en las mañanas. Y grabarla no lo hago, siempre pasa algo y no puedo verlo. De la novena temporada, el último que vi fue sobre las criaturas aquellas que se alimentaban de grasa corporal, desde entonces evitaba a todos los amigos que si la seguían. Pero no pude evitar escuchar tres cosas: la reacción de Sam al final cuando Dean corre peligro (lo sospechábamos, ¿no?, pero no quiero hablar de ello aún), que saldrá una serie hermana con criaturas sobrenaturales… y que Dean ahora es un demonio. ¡Cómo me habría gustado verlo! No sé todavía cómo pasó porque no dejo que me lo cuenten, pero qué giro para el final.

   Dicen que para esta décima temporada, tanto Castiel como Crowley serán regulares, es de imaginar que aparecerán en los créditos. Bien, me han prestado una copia infame de la temporada, la veré y estaremos pendientes.

JENSEN ACKLES, DEAN EN DARK ANGEL

Julio César.

NOTA: Me gustan muchos estos videos de Youtube, pero ni idea de cuánto espacio ocupan.

AL FINAL DE LA PRIMAVERA… 6

junio 30, 2014

AL FINAL DE LA PRIMAVERA                         … 5

   Este relato NO ES MÍO. No entraré mucho en detalles, tan sólo que dos sujetos se conocen, conectan, y pasarán más de veinte años de sus vidas encontrándose y perdiéndose. Me gusta (no lo leí antes) porque es, argumentalmente hablando, muy completo. No es para menores de edad.

……

Título: Memories of Autumn

Autor: Damnlady62

JENSEN ANDA JARED, PADACKLES

   ¿Y si solo se nos permite un único gran amor?

……

   Jared despierta en su cama casi con brusquedad, sentándose de golpe, su pecho subiendo y bajando rápidamente, aún con los calcetines de lana puestos, así como su holgado bóxer de cuadritos… el cual muestra su erección. No era raro que despertara con una, le ocurría así casi diariamente desde los quince años, pero ahora…

   Se deja caer de espaldas llevándose las manos al cabello. Jensen. lo recuerdos vuelven y realmente ceñudo mira el techo cómo si pudiera encontrar una respuesta a toda esa situación tan confusa. ¡Le había besado la noche anterior! Él había besado a otro chico… y le había gustado. No, le había encantado. No sabe qué le llevó a ello, pero sentir el cuerpo del rubio, rozar sus labios, probar su saliva, su aliento… Gime ruidosamente, cerrando los ojos, casi sintiéndose culpable de tenerla ahora más dura. No podía engañarse, tener a Jensen así había sido embriagador, extraño y excitante. Trabar sus lenguas fue casi tan caliente como cuando cayó sobre él, y sus erecciones se frotaron (y el recuerdo le hace palpitar), pero él no besaba tíos. No le gustaban. No de esa manera. No era gay, ¿verdad? Una vez alejado el rubio, se sintió extraño, algo culpable y preocupado. Había actuado mal. Pero con el pasar de las horas de la noche…

   Y el sueño. Cierra los ojos, respirando con rapidez, superficialmente, estaban besándose otra vez, Jensen sobre la grama, sus rojos labios abiertos y él cubriéndolos totalmente, metiendo con ansiedad su lengua que recorría las interioridades del otro, sorbiendo, chupándolo todo, atrapándole la lengua y halándosela hasta llevarla a su boca, rayándola con sus dientes. Y durante todo ese rato, el rubio luchaba por meter una mano, atrapando sobre el jeans su miembro erecto, caliente y palpitante, casi haciéndole gemir. Ese puño apretaba y apretaba, se sentía increíblemente bien cuando iba y venía sobre él. El sueño había sido…

   El toque a la puerta va seguido de la entrada algo aparatosa a su cuarto de Chad, por lo que apenas tiene tiempo de sacar la mano de su bóxer y cubrirse la evidente erección.

   -¡Oh mierda! –graznan los dos a un tiempo. Como suele hacerse en situaciones parecidas.

   -Joder, ¿ya no te mides? ¿Una paja en la mañana sabiendo que pasaría por ti? Ya estoy cansado de verte haciendo tus cochinadas. –gruñe Chad, mientras Jared toma más de la sábana, cubriéndose mejor.

   -¿Por qué coño entras así en mi cuarto? ¡Tuviste suerte de no encontrarme rascándome el culo! Y no hables de las pajas mañaneras, puedo recordarte las tres veces que…

   -¡Es historia vieja! La puerta de mi cuarto no tiene seguro. Mamá no me deja. Teme que me drogue.  –le silencia, mirándole molesto. Realmente molesto.-  ¿Fue por eso? ¿Es mi culpa?

   -¿Qué? –no le entiende, pero le mira mientras se rueda sobre el colchón y queda sentado, un joven y bronceado dios desnudo.

   -¿Te volviste marica por haberme pillado masturbándome esas veces? Coño, sé que la tengo bonita, pero…

   -¡Chad! –tras él, en el pasillo, Sherri Padalecki le mira impresionada.- ¿De qué estás hablando?

   ¡Joder!, pensaron a un tiempo los dos chicos.

    -Eh, yo… nada, señora P. –enrojece hasta la raíz del cabello.

   -No es nada, mamá. Chad siempre habla así, como si tuviera daño cerebral; tiene la boca conectada a su cu… -Jared calla bruscamente cuando su madre le mira más alarmada.

   -¡Jared Tristan, qué lenguaje! Y también tú, Chad. ¿Es lo que aprendes en tu casa? Voy a tener que hablar con tu madre, siempre la encuentro en la iglesia. –amenaza y le complace ver que el amigo de su hijo se encoge.- Y eso no explica por qué le decías a Jared…

   -Son las drogas, mamá. Su madre le tiene prohibido cerrar la puerta de su cuarto.

   -¡Es mentira! –se acalora y defiende el rubio, ante el desconcierto de la buena mujer. Jared, cubriéndose con la manta, la mira.

   -Pregúntale a su mamá, en la iglesia.

   -¡Fue un mal entendido!

   -Bien, está bien, no creo que tú… -la mujer comienza, incómoda, retirándose.- Los dejo; Jared, el desayuno espera. ¡No vayan a cerrar la puerta! Y el detector de humo está conectado.

   -¡Mierda, ahora tu mamá me cree un mariguanero! –se queja Chad, realmente molesto, cerrando la puerta a sus espalda de una patada.

   -Te lo mereces por bocón. –sentencia Jared, y por un momento los dos quedan silenciosos, sin mirarse; el enorme elefante rosa rodando los ojos, alzando la trompa, lanzando alaridos y ellos sin querer encararle. Finalmente el castaño toma aire.- ¿Y entonces?

   -¿Entonces? ¿Qué, ahora eres marica? –Chad se detiene, parece dominado por una ira, un resentimiento interno que no sabe cómo procesar.- ¿Qué coño pasa, Jared? Me aparto un segundo y te encuentro besándote con el marica ese, revocándote como si los dos fueran… una pareja de maricas. ¿Tú, con ese marica?

   -Ya, deja la palabrita, ¿no?

   -¿Acaso te molesta la chapita?

   -No me gusta que seas tan despectivo para con Jensen. Eso de… “el marica ese”, es ofensivo. El marica ese tiene nombre, Chad, es Jensen… -le mira, sin enfrentamiento, alzando el torso y tomando aire.- …Y me agrada. Mucho.

   Por un segundo Chad no puede procesarlo, ¿qué coño pasaba allí? ¡Drogas! Joder, Jared debía estar consumiéndolas y…

   -¿Que pasa contigo, amigo? Tú no… Joder, te acuestas con chicas. Te gustan. Te vuelven loco. Taylor te hacía hacer cosas idiotas como ir a clubes de lectura, ¡y lo hacías por la promesa de meterte en sus bragas!

   -Chad…

   -Te conozco bien, Jared. Eres mi amigo de siempre, mi compinche del alma. Y así como nos conocemos, nos hemos contado todo. Siempre. Desde el jardín de infancia. Nos hemos contado cosas que luego pretendemos no recordar, miedos, pesadillas, incordios… -como una pequeña etapa de comer mocos de uno de ellos, el otro chuparse el dedo hasta cierta edad, o mojar una cama una noche de pesadillas.- No teníamos secretos, vivíamos de caras al viento… ¿y ahora me sales con esto? ¡No puedes decirme ahora que te gustan las bolas! ¿Quién eres tú, en este momento? –termina, acalorado, y se miran a los ojos, uno demandando y alarmado, el otro sorprendido y algo dolido.

   -Hola, me llamo Jared… Jared Padalecki… -le tiende una mano el castaño, una que Chad no toma ni entiende por qué la extiende.- Soy el mismo tipo de ayer, el de antier, el de hace un año. El de hace doce o trece años atrás. Soy Jared, amigo de Chad desde el jardín de infancia, cuando nos encantaba escuchar a la señorita Geller leernos cuantos como La Isla del Tesoro, morder los lápices de colores para ver nuestros dientes manchados, subir al manzano frente a la dirección, más por subir y asustar a todos que por las manzanas. Soy el Jared que te escuchaba con desconfianza y atención cuando me explicabas lo que tu hermano te dijo de la masturbación, el que peleó contigo por aquella revista de Jeff, la de chicas en pantaletas. –se pone de pie, mano todavía alzada, presintiendo que se jugaba algo muy importante, pero tenía que hacerlo, despejar la menor duda sobre lo que les unía, saber sí era algo tan valioso como siempre lo creyó, y sospechaba todavía.- Soy tu amigo de siempre, más que eso, eres mi hermano; te quiero creo que más que a Jeff. – su voz baja mucho.- Chad, sigo siendo yo. ¿Qué, ya no me consideras como tal?

   -Coño, claro que eres mi amigo, pero… -no sabe cómo explicarse, cómo pedir explicaciones, pero le aprieta la mano, una que queda unida unos segundos. Sin embargo no todo está claro. No sabe por qué, pero se siente estafado de alguna manera; dividido entre continuar molesto y temeroso de que sus sentimientos sean puestos en duda.- No entiendo, no entiendo qué pasa contigo…

   -Bienvenido al club. Me gustan las chicas, eso lo sabes, y yo también lo sé. ¿Me han atraído alguna vez los chicos? Debo confesarte que una vez me dejé tocar… por alguien. –admite con una mueca.

   -Monroe, el hijo de la profesora de Bilogía, tocó a todos al menos una vez, en gimnasia, sobre las colchonetas cuando todos los demás habían salido. Creo que a Mike le agarró seis veces. Eso pasa. –Chad rueda los ojos.- Y no significa nada.

   -Lo sé. Lo creí también, pero… -se pasea por el cuarto, rascándose la cabeza.- Cuando conocí a Jensen, me pareció una persona tan patética que me conmovió. Tú sabes, toda esa horrible historia familiar, sus fachas, sus juntas con “los maricas de la escuela”… -rota los ojos.- …Lo de la obra fallida. Todo eso me parecía como demasiado, ¿cómo a un chico le pasaban tantas cosas malas? No era justo. Quise… ser amable, un amigo. Deseaba… -baja la mirada.- …Evitarle malos ratos. Protegerle. No sé por qué, o por qué era tan importante, pero así es, Chad. Anoche… para varias, la pasaba mal. Interviene y le vi desinflarse. Se veía tan derrotado que al principio sólo quise abrazarle, acunarle para consolarle… -la mirada se le pierde.- Luego… y sé que te alterará, pero allí, tan cerca, quise probar sus labios. ¿Los has visto? Son rojos como cerezas, gorditos. Y eran dulces, Chad. Había estado llorando y sin embargo sus labios eran dulces. Suaves y dulces. Nunca había pensado eso de unos labios, o durante un beso. Y sentí que todo yo… -abre los brazos.- …Me puse duro y como perro maluco en cuestión de segundos. Quise tocarle, sentirle. Cuando él respondió, fue como, ¡wow!, mil luces estallando y sólo quería…

   -Estabas cachondo, gran cosa. Habías bebido, Taylor y tú estaban mal y…

   -No, Chad. He estado caliente antes. Esto era… como si mil manos recorrieran al mismo tiempo cada parte de mi cuerpo, todo, sin dejar de tocar nada; era como… cuando uno se rasca las bolas con las uñas, que eriza y… Pero era mil veces mejor, Chad. En ese momento quise tocarle la panza, meter mis manos dentro de su pantalón y acariciar sus nalgas, deseaba morder sus tetillas, atrapar su… -se detiene ante la mirada aterrada del otro.- Cuando nuestros miembros chocaron, y él estaba tan duro como yo…

   -No, coño, hasta ahí, ¡no quiero saber más! –estalla Chad, rojo de furor, pero no contra Jared.- ¡Y tápate otra vez! –traga, cierra los ojos y los abre de manera severa.- JT, creo que pensar con la verga no te está conduciendo por el mejor camino, y mira que yo sé de esas cosas. Te calienta el ma… Jensen, y te arrojas, pero no estás viendo todo el panoramas. Sí te enrollas con el marica ese… -le ve la mueca.- ¡Coño, está bien! Con Ackles, la gente lo sabrá. ¡Y no serán tan amables y comprensivos como yo!

   -No puedo pensar en eso ahora, Chad. No lo entiendes y no puedo explicártelo… pero estas ganas… Mierda, pasé toda la noche soñando con Jensen, en cosas que hacíamos que ahora hasta me alarman, pero que me tenían duro y caliente. Y necesito saber… -se turba, no encontrando las palabras. Chad va a su encuentro.

   -Se te puso dura con ese rubio pecoso; algo en él te hizo hervir la sangre, seguramente esos labios de los que hablas que hay que reconocer que parecen muy a propicito para chupar vergas; parada te dolió sabrosito de lo caliente que estabas, y mientras se tocaban, tu verga pensaba en lo grato que sería estar en la mano de Jensen, apretada; o en su boca, toda succionada; o, Dios me libre, entrándole con trabajo en el culo. Y todavía lo tienes en la cabeza. Esa duda, esa imagen, esa necesidad física de saber.

   -Dios, eres tan… -mortificado no sabe si es eso o no. O simplemente eso. Las palabras le hicieron imaginar mil cosas que realmente le atraían y repelían.

   -Okay, no hagamos un drama épico de esto, tú y otro chico… Y esto te lo recomiendo como tu amigo: búscalo, que te la chupe y sácatelo del sistema.

   -¡Chad! –callan, el ambiente es tenso.

     -¿Qué, soy muy crudo? ¿Acaso quieres llevarle al cine y comprarle rosas para luego traerlo y presentárselo a tu papá y tu mamá como tu novio? –demanda saber, luego se detiene, sonriendo.- Oye, si lo haces avísame antes y así llego de casualidad…

   -Idiota. –gruñe, claro que no pensaba hacer todas esas cosas, ¿verdad? Jensen no era una chica…

   -Le dijo el asno al burro. –parece molesto.

   Mucho, y a Jared le parece divertido ver el ceño fruncido del rubio, un chico displicente y algo irresponsable, ahora tan tenso. Por él. Por su vida. Sonríe, y Chad se enfurruña, y ahora no puede dejar de reír, ojos llenos de lágrimas, cayendo sentado sobre la cama. El otro confuso, y algo ofendido.

   -¿Se puede saber qué coño es tan gracioso? Aquí todo me parece raro, pero no divertido.

   -Si pudieras ver tu cara. Anoche en el maizal, hace poco cuando entraste. Ahora. Imagina la que pondrá, y lo que dirá Mike cuando lo sepa.

   -¿Piensas contárselo a la gente? Por Dios, ¿para qué? ¿Acaso te volviste loco? ¡Nadie tiene que saberlo! ¡Yo no quería saberlo! –suena horrorizado, y alarmado.- Guárdatelo para ti, como un sucio secreto, como si fuera una pantaleta que encontraras en el patio y te la llevas a tu cuarto y luego descubrieras que tu madre la perdió. ¡Algo que te llevas a la tumba! –Jared le mira con la boca abierta.

   -Joder, ¿eso te pasó?

   -¡No! –enrojece a muerte.- Pero digo, no tienes que contarlo, ¿verdad? No tienes que andar por ahí hablando de tus sentimientos, eso es horrible y a nadie le gusta. ¿Que eres, una nena? ¿Ya te convertiste en una?

   -Okay… -Jared no responde en concreto, lo medita, casi ve el sentido, que lo tiene, en sus palabras. Pero, insistía una vocecita molesta en su cabeza, si lo de Jensen no se pasaba con una mamada… Mike y Tom debían saberlo también.

   -Intenta resolver tu crisis sexual rápidamente, con el menor daño colateral posible. Que no se entere ni tu cura. Haz… la prueba, la mamada. Digo, no puede ser tan traumarte, ¿no? Una mamada es una mamada. –se encoge de hombros, convencido.- Después puedes olvidarte de todo este asunto.

……

   Ignorando cuantas veces se ha dicho su nombre fuera de aquella casa que una vez perteneció a su familia y donde ahora era casi un extraño (sin contar las referencias directas, es decir los “el marica”), Jensen Ackles intenta aferrarse al sueño, luchando contra la voz que grita su nombre en el pasillo.

   -¡Despierta de una vez, maldito vago! Llegarás tarde a la escuela otra vez y luego me citarán. –el golpe a la puerta es terrible.

   El rubio abre los ojos, quedándose quieto, rodando de espaldas, llevándose una mano a la cabeza. Oye a la mujer tras la puerta quejarse de ese sobrino vago que no quiere servir para nada como no sea avergonzarles, un parasito del que tiene que hacerse cargo porque una prima ligera de cascos se acostó con ese borracho de Alan Ackles… Oyéndole alejarse recitando sobre la cruz que debe cargar, Jensen toma aire, intentando sofocar la rabia hirviente que viene de su panza. Un sabor acre llena su boca. Cuando todo ocurrió, abatido, vio llegar a la prima de su madre, la tía Melly, como se hizo llamar en ese momento, que ocupó la pequeña y vieja casa con su familia, una donde pronto fue el arrimado. Les vio consumirlo todo, venderlo todo, acabar con los ahorros de sus padres. Le despojaron de todo bien. Luego comenzó a ser el vago que se quejaba y protestaba, el sobrino al que tiene que mantener por caridad cristiana aunque no sirve para nada. Ella, sus tres hijos, el marido de esta. Todos eran desagradables y parecían encontrar divertido molestarle.

   A veces se sentía como prisionero, como un sirviente. Era el chico de los mandados, de los oficios desagradables, el que come y viste al último. Todas las mañana lo piensa, terminar con todo. Tomar sus cosas y… Pero ahora no tenía ni talento. No era ninguna maravilla en la escuela, no era bueno para los deportes. Y era una mugre como actor. Pero ¡qué importaba?, se dice poniéndose de pie vistiéndose, saliendo del pequeño refugio, la buhardilla donde antes guardaban cosas viejas. Muchos, con mucho menos, habían escapado, tomado lo que llevaban encima y lanzándose a la carretera. Algunos desaparecían para siempre, no volvían a ser vistos, tal vez disfrutando o padeciendo otra vida, pero una que intentaron alcanzar. ¿Por qué coño no lo mandaba todo al carajo y se iba? Por miedo. Lo sabía. A terminar como esa gente bajo el depósito de la municipalidad, viviendo en campamentos de marginales, sucios, hambriento. Miserables. Había visto a chicos, como él, que eran abordados por sujetos que intercambiaban favores sexuales, la joven carne por dinero. Y eso le aterraba, fracasar, terminar allí…

   El desayuno, tardío, fue poco. Debió lavar una gran cantidad de platos y sartenes, trapear el piso, botar la basura, recoger del jardín la mierda del perro que tenía malas purgas, y todavía escuchar las quejas porque el baño no lo había lavado, perdiendo el tiempo como hacía con sus “mariconerías” del teatro. Salir hacia la secundaria fue casi liberador, levaba otra vez su ropa más holgada, y vieja, pero conservaba los lentes de contacto. Le hacían verse diferente. Lo notó en la brillante y malintencionada mirada de Larry, el mayor de sus primos. Seguramente sería un problema más tarde, pero no le importaba, le había ido mal en la obra, pero se veía bonito, lo sabía, y era algo. Tanto que Jared Padalecki el capitán del equipo de futbol…

   El recuerdo le hace arder la cara, sonrojarse y sonreír tontamente. ¿Cómo podía ser tan idiota como para creer que Jared…? La camioneta se detiene a su lado y un sonreído, recién duchado y muy guapo Jared Padalecki se asoma a la ventanilla, sobresaltándole.

   -Buenos días, Jen… -le saluda, evaluándole, como cerciorándose de que la impresión del día anterior había sido cierta, cuando el rubio le había parecido realmente tan apuesto que creyó haberlo imaginado. No, definitivamente no lo imaginó.- ¿Mucho mejor esta hermosa mañana, reina del drama? Sube, te llevo…

   Su presencia le sorprendió, y mucho, no podía dejar de sonrojarse más, sonriendo tontamente, de las palabras, del tono, de la figura extrañamente adulta del otro. Y esa sonrisa provocó un vuelco en el estómago de Jared, esos labios hermosos que sabían a caramelo le ocasionaron un escalofrió por la columna… imaginarlos alrededor de su miembro, como decía Chad que seguramente era lo único que necesitaba, le hizo arder.

   -Bien, ¿por qué no? –responde al fin Jensen, pareciéndole a Jared, por un segundo, que hablaba de otra cosa, siguiéndole con la mirada mientras rodea el vehículo.

   Todo comienza. Y acaba. Más de veinte años de primaveras y otoños.

CONTINÚA … 7

Julio César.

EL NEGOCITO DE DEAN… 4

junio 25, 2014

EL NEGOCITO DE DEAN                         … 3

DEAN WINCHESTER HOT

   -¿Se te antoja algo, Samantha?

……

   -¡Muy bonito, Winchester! –brama una voz dura, Damon Werth.

   -¡Entrenador! –grazna Dean, palideciendo al verse pillado por el sólido sujeto.- Yo no…

   -¿No hacía lo que creí ver? Oh, vamos, Winchester, ahórreme las historias. –es seco, pero Sam, y seguramente Dean, notan que bajo su mono azul deportivo se esconde una enorme, muy enorme erección, la del sujeto treintón, alto y atlético que es. Se la agarra.- Mejor le convendría usar esa boca como mejor sabe hacerlo. –les sorprende.

   -¿Quiere chantajearme sexualmente, señor Werth? –Dean abre mucho los ojos. Mirando esa erección, sonriendo.- Vale para mí…

   Dios, lo iba a hacer, jadea Sam, mirándole acercarse y tocarla.

   Claro, ignora, como ignora Dean, que a ese hombre le gustan más los culos, de tías, generalmente, pero con la calentura que lleva… Y Dean pronto lo descubriría.

   Dios, ¡Dean se había metido en un terrible problema!, y era tan estúpido que no se daba cuenta, se dice Sam, el corazón latiéndole de alarma. Hasta que repara en la situación. Los ojos de Dean brillan intensamente  como los de un gato, fija sobre le enorme silueta que deforma el mono deportivo del solido hombre frente a él. Y el señor Werth parece saberlo, metiendo la mano y sacándose un tolete que definitivamente no era de muchacho, reconoce el joven castaño con un fuerte estremecimiento ante la solida pieza de carne larga, gruesa y algo nervuda. Le altera entender de pronto que a él, también. Le afecta verla, como ocurre evidentemente con su hermano.

   Porque si, a Dean la respiración se le espesa, las mejillas le enrojecen y la boca se le hace agua ante la vista de la pieza masculina, cabeza lisa y llena de sangre. Tal vez quiere resistirse, oponerse, a Dean Winchester nadie le controlaba o sometía como intentaba el entrenador con su chantaje, pero ese tolete que se estremece en la nada, el ojete subiendo y bajando un poco, es más de lo que puede soportar. Cayendo de rodillas, como se nota que le encanta, y alzando la brillante mirada hacia el atractivo y forzudo sujeto, lleva la punta de su lengua a ese ojete, toqueteándolo, como queriendo metérsele, logrando que el hombre gruña y se estremezca. Una lengua en el ojete de la verga siempre conseguía eso.

   El ceño de Dean se frunce mientras su lengua aletea y azota el glande del profesor de Educación Física, este le observa con una mirada perdida. Bien, ¡ya le enseñaría por chantajearle! La rojiza lengua recorre, muy lentamente, la verga por un lado, y esta se calienta más, temblorosa, a su paso. El hombre se sorprende cuando Dean se agacha más, ladeando el rostro, perdiéndose bajo sus bolas, oliéndolas ruidosamente, montándolas sobre su bonito rostro adolecente, una vista de locura; porque, oh, sí, ver a uno de sus alumnos, a ese jovencito guapo y pillo, con sus bolas en el rostro, frotando la nariz de ellas, era increíble. La boca del muchacho las recorre, la lengua lame las sudadas pelotas, las sorbe, metiéndolas en su boca, ¡las dos!, y succiona. A Sam no le extraña que el tipo se sostenga de la reja, si Dean le hiciera eso… si Dean se la mamara…

   El rudo chico abandona las bolas ensalivadas, pega la lengua de la cara posterior de la enorme pieza y sube, siguiendo la ruta de la vena, y el entrenador casi grita, ronco y bajo; esa lengua haciendo eso, era sencillamente enloquecedor. Los rojos labios suben nuevamente a su glande y, claro, recoge más líquidos. Los bebe pegando la boca y chupando, luego la abre y los jóvenes y llenos labios rodean y cubren la cabezota, succionando, bajando, tragándose esa verga casi hasta la mitad, su boca muy llena, sus cachetes muy rojos, y el señor Werth siente que casi se corre de puro gusto. Era la hora de jugar, se dice el muchacho…

   El hombre joven se sorprende con la intensidad de las mamadas, Winchester parecía tener una aspiradora en la garganta, una que se cerraba de una manera… Está gozando tanto que casi le pasa desapercibido que el muchacho le baja más el mono deportivo, y que la mano caliente de este va a su trasero, sobre el bóxer, acariciándole. La mamada ahora es total, los resuellos sobre sus pelos es tan bueno como la firme mano del muchacho acariciante, incluso cuando sube y se mete dentro del bóxer, recorriéndole las nalgas con ella en una caricia íntima y prohibida. Y tiene que admitir que se siente bien. Mierda, todo era increíblemente bueno, allí estaba uno de sus alumnos, adolecente todavía, con los pecosos cachetes rojos tragándose su verga de adulto, de entrenador, y el cual seguramente tenía un culito que… Y la idea de tener al chico así era lo mejor de todo. Era tan satisfactorio que casi cae en la trampa.

   -¡Hey, no! –ladra autoritario cuando los dedos de Dean entraron entre sus nalgas y la punta de un dedo intentó meterse en su culo.- Nada de juegos sucios, Winchester, siempre has tenido esa particularidad. Vamos, a lo tuyo, ¡a mamar güevo como el maricón de mierda que eres! –le gruñe, con un control y una autoridad que eriza a Sam, y que a Dean le enerva… y calienta.

   El hombre, con manos rudas le atrapa la nuca, metiendo los dedos dentro del sedoso cabello rubio sucio, y comenzó a guiarle sobre su verga, antes de cogerle la boca con fuerza, gruñéndole bajos “cuidado con los dientes, putito”, metiéndosela una y otra vez hasta la garganta, dejándole allí, gozando de controlarle.

   A Dean todo le da vueltas, ahogado por la verga que está cerrándole el paso del aire, así como por la lujuria. El entrenador le decía cosas terribles, le trataba con manos de hierro, le controlaba… y le gustaba. Era peligroso, no tenía el control del juego, lo mejor era terminarlo, y tragándose otra vez la verga, más rojo de cara, la aprisiona y succiona con fuerza, con lengua, mejillas y garganta. El señor Werth se estremece totalmente. La sexual trabajada del chiquillo (le gustaba pensarlo así, que Dean era el escuálido muchacho que llegó un año antes, no este gañan de ahora), era simplemente insoportable.

   -Basta… -le gruñe, ahogado, pero Dean sigue succionándosela, ruidosamente.- ¡Basta! –le atrapa el cabello con un puño y le aleja. Y con las respiraciones pesadas se miran, el hombre musculoso y alto, la verga enrojecida y manando saliva y jugos, el muchacho con la cara roja, ojos brillantes de gato, labios y mandíbula mojados de saliva.- De pie, Winchester.

   Le obliga a hacerlo, a darle la espalda, y comienza a luchar con su cinturón y pantalón; tomado por sorpresa, ¡nadie rechazaba nunca sus mamadas!, a Dean le costó entender. Y cuando gimió un “¡hey, no!”, intentando oponer resistencia, era porque ya el pantalón y su bóxer bajaban.

   -No, no… -rugió. Mierda, él no hacía eso. Él cogía. Y sólo chicas.

   -Silencio, Winchester. Eres un putito en tu negocio y te debes a la demanda. –se burla el otro, montándole una mano por la espalda y obligándole a doblarse por la cintura.

   A Sam el corazón quiere salírsele del pecho, igual que los ojos, de lo abiertos que están. ¡Ese hombre pensaba violar a su hermano!, y la idea le hizo hervir la sangre de una manera intensa, de su verga hace rato que manan grandes cantidades de líquidos, pero ahora se estremece peligrosamente cerca de una corrida espontánea.

   Dean se resiste, pero sospecha que lleva la pelea perdida. Casi se sobresalta y gime cuando algo baboso, caliente y reptante choca de su raja interglútea, recorriéndola lentamente, antes de centrarse sobre el hueco de su culo, ensalivándolo, azotándoselo, los labios del profesor cerrándose sobre él y soplando, abriéndoselo y metiéndosela. Mierda, ¿así que eso se sentía?, pensó confuso, los pases de la lengua, la manera como casi lograba metérsele, era desconcertantemente grato; con razón controlaba tan fácilmente a quienes se lo hacía. Y esa boca lo trabajó a conciencia, el profesor doblado también de cintura, azotándole, metiéndosele, chupándoselo le tuvo listo hasta que su lengua fue acompañada por un dedo, que lentamente enterró. Asustando y tensando otra vez a Dean, hasta que la mano libre del profesor tomó su verga y comenzó a frotársela. Era grande, fuerte y callosa, la mano de un hombre, no un chiquillo de esos que se morían por tocársela y lo hacían mal. Este apretaba, sobaba, halaba de buena manera, y su lengua… y su dedo que se abre camino en su culo…

   Sam tiene fiebre, tiene que ser, carajo, de otra manera no sentiría que sube y baja, que flota y se pierde. Allí estaba Dean, retorciéndose y gimiendo… ¡con dos dedos clavados en su culo!, con cara de dolor sabroso, tensándose. Casi contuvo la respiración cuando vio al entrenador, un sujeto a quien siempre había envidiado en secreto, sanamente, por su buena pinta, enderezarse detrás de su hermano doblado, la enorme  y gruesa verga erecta en la nada, la cabeza de donde pende un hilillo de algo claro dirigiéndose como con vida propia hacia el culo de su hermano. Iba a penetrarle.

   Ni siquiera fue consciente de haberlo hecho, no, en serio, está bien, tenía quince años y vivía caliente, pero jamás habría considerado… Su delgada verga le produce casi un calambrazo de dolor placentero cuando comienza a llevar su puño de arriba y abajo. Tuvo que hacerlo, no era su culpa. ¡Todo era por el puto de su hermano! Desde su punto de observación lo presencia todo, es un testigo confiable de lo puto que es su hermano y por eso puede llamarle así. El profesor le mantenía doblado de cinturas, las manos de Dean flexionadas sobre la rejilla metálica, una mano del entrenador atrapadle el sedoso cabello, sus pantalones estaban en sus tobillos, su blanco culo, desde donde está, es penetrado lentamente al principio por la enorme pieza de carne. Le vio tensarse, apretar los dientes, resistirse. Pero también vio, con calambres en su miembro, como el tolete del profesor entraba, centímetro a centímetro, indetenible, abriendo a su hermano, dientes apretados en una mueca de lujuria, metiéndosela toda. Toda. Y miren que era la verga de un hombre.

   Una vez adentro, toda, algo cambio en Dean, sus jadeos se hicieron menos dolidos, sus nalgas más rojas; cuando el tolete comenzó el vaivén, Sam estaba convencido de que esos temblores de su hermano, esa mueca de labios abiertos, esos jadeos roncos como maullidos, eran de lujuria; estaba gozando la follada que el entrenador le daba, su primer penetrada. La verga iba y venía, enorme, metiéndose muy adentro del redondo y pequeño orificio, llenándolo todo, y a Dean le gustaba. Sam podría entregarle su alma con un demonio si no era así.

   Y le gustaba. Dean, una naturaleza salvaje, ruda, viva, estaba experimentando algo nuevo y se había decidido por probar, por entender. Le había dolido, no podía negarlo, cuando la lisa cabecita logró vencer, y romper, su virgo, metiéndosele. Fue incómodo, molesto, pero con el vaivén, con las sucesivas frotadas a las paredes de su culo, algo cambió. Sus dedos se aferran más a la reja, aguantando las poderosas embestidas de ese hombre ahora, que le cogía con fuerza, a fondo, gozando las apretadas sobre su miembro durante la trayectoria, olvidado sus iniciales resquemores a lastimarle. No podía controlarse, por Dios, no sólo estaba metiéndosela a uno de sus alumnos, cosa de por sí caliente, sino que este respondía, su culo era como una fiera mano que le atrapaba y le masturbaba de una manera increíble.

   Sam, su mano subiendo y bajando frenética sobre su verga, híper excitado, conteniéndose para no gemir y llamar la atención de alguien dentro de la biblioteca, entendía muy bien. El profesor había pillado a su hermano mamando vergas, por dinero, y había querido su parte, pero también un añadido. Le bajó el pantalón, le vio el culo y se tentó con él, metiéndosela duro como tantos profesores quieren hacerles a sus alumnos, de eso estaba seguro. Dean, el puto de su hermano, en lugar de gritar por ayuda, o intentar escapar, sintió tanto placer que se dejó llevar por la nueva experiencia, disfrutando cada segundo, o cada centímetro del grueso tolete mientras le entraba, agitaba y mojada.

   Dean, babeando de gusto, lleva su culo de adelante atrás, refregándose de la pelvis de su entrenador, ordeñándosela con fuerza, succionándosela duro, logrando que el hombre gritara, se estremeciera y le llenar el culo con su esperma, una abundante chorreada de leche que coincide con la explosión del mayor de los hermanos Winchester. Y con la de Sam, quien casi se hirió los labios reteniendo el gemido de gusto.

……

   -¡No te ves bien, Sam! –Dean escucha fuera del dormitorio como su padre grita, al tiempo que la puerta se abre, entrando el menor seguido de su progenitor.- Creo que estás enfermo. –asegura, preocupado, tocando al menor de sus hijos en la frente, este totalmente enfurruñado, apartándole la mano.

   -Estoy bien, papá; no es nada, son simplemente unas calenturas… -exclama, iba a decir un resfrío, pero no podía ni pensar estando él en el cuarto; tan sólo mirar al cabrón de Dean allí le sube más el calor corporal, con su cabello oscurecido por la ducha, aplastado a su nuca, desnudo a excepción de la toalla, joven, dorado, delgado, sexy, si, maldita sea, guapo.

   -Si te sientes… -comienza. Calla cuando Sam le mira feo.- Está bien, señor gruñón. Dean, pendiente, cuida de tu hermano. –recomienda John y sale. Y a Sam todavía le toca escucharle al alejarse.- Ese muchacho, ¿por qué no será más como Dean?

   -¿Qué tienes, Samantha? –pregunta este, tomando asiento con una leve mueca, la toalla abriéndose un poco.- ¿Estás así porque te dejé en la escuela? Tuve que regresar con prisa y tomar una ducha… por… porque… me manché. De grasa. En la clase de taller.

   ¡Si, seguro que fue eso! ¡Sé bien lo que hacías, maldito puto!

CONTINÚA … 5

Julio César.

CORAZON DE PLATA… 13

junio 14, 2014

CORAZON DE PLATA                         … 12

   Este relato, QUE NO ES MIO, es un Padackles sobre una realidad alterna. Un chico rubio y pecoso va al fin del mundo arrastrado por su abuela, y encuentra más de lo que parece a simple vista en la persona de un arrogante chico grande y sonriente, el cual le regala, al final, su propia vida para que el pecoso decida.

……

Title: Gray Moon

Author: River_sun

JARED AND JENSEN

   Espera por su verdad…

……

   -Ni se te ocurra contar nada, Hannigan. –rato más tarde, Allison es atrapada fieramente por una muñeca, siendo encarada por Chad Murray.- Hazlo y te vas a arrepentir el resto de tu vida.

   La joven le mira sorprendida, luego aprieta los dientes, soltándose de un brusco empujón que tiene la capacidad de alejar al otro.

   -No me amenaces, Chad Murray, ¡no soy una de tus servidoras! –le aclara.

   -No te metas en nuestro territorio y todo estará bien.

   -¿Y desde cuándo es del interés de tu raza estas mezclas raras? –contra ataca, sonriendo al verle retroceder.

   -Cuida tu lengua, Allison.

   -No voy a dejar que el gilipollas de tu amigo le haga daño al mío.

   -Si insistes en inmiscuirte…

   -¡Basta, pedazo de mierda! –le desconcierta la dureza de la joven generalmente sonriente y dulce.- No me asustas. Si quieren guerra… -amenaza, dejándolo así.- ¿Y a qué viene todo esto? –le mira con extrañeza y Chad quiere morirse cuando la ve abrir mucho los ojos.- Oh, por Dios, ¿acaso Jared…?

   No es asunto tuyo. Mantén tu distancia o vas a terminar provocando problemas muy serios, a todos.

……

   Para Jensen Ackles es una bendición cuando termina ese día escolar, largo, extraño, desconcertante (maravilloso y terrible, una mezcla que casi le marea). Le ha costado moverse de salón en salón, soportando las mitradas de todos los compañeros que cuchichean, que seguramente saben de sus tomaditas de manos con Jared Pada… Pada… (Oh, Dios, ¿ni aún ahora puede decirlo?). Por no hablar del beso aquel. Como sea, tan solo quiere alejarse, lo más aprisa posible. Y discretamente. Es decir, fuera del radar de todos. Todos. Por ello da un largo rodeo por las canchas, descendiendo un corto trecho al final de las aceras y corredores de concreto, pisando un suelo que en verano, o en la estación no totalmente glaciar-congela bolas, tal vez mostrarían algunos brotes de vida vegetal. Por ahora sólo había escarcha y hielo, por lo que no fue raro que medio resbalara. Varias veces, sosteniéndose de la también helada reja metálica. Pero atravesando la estrecha puerta hecha de reja metálica, una que da a una zona algo despoblada (en esas soledades, por Dios), queda fuera de los terrenos de la secundaria. Le llevaría un buen rato rodear el edificio y regresar a la calle principal, pero no le importa. Era grato estar solo.

   Quiere regresar a casa, con la abuela, beber algo caliente, café de ser posible, sentarse junto a la chimenea, tomar una larga ducha muy caliente, envolverse en gruesas mantas y caer sobre su cama. El día fue agotador, y venía de un fin de semana infernal, por ello casi parecía normal que deseara regresar y echarse a dormir. Mucho, enrollándose con sus viejas mantas, y no reaparecer por un tiempo. No quiere pensar en el por qué, en esos momentos, no siente toda esa angustia pasada. Lo sabe, así que ¿para qué chapalear en toda esa vaina?

   -Wow, aquí estás, arriesgándote a caer pisando tierra helada y romperte la cabeza, muriendo en soledad, todo  por salir por las canchas en lugar de exponerte a que te viera en los estacionamientos. Me siento algo… rechazado. –Jared le corta el paso, alto y delgado, ojos rasgados mirándole entre exasperado y divertido, indudablemente guapo, tanto que a Jensen le corta la respiración.

   -¡Jared! –traga.- No estoy evadien… -jadea confuso. Maldita sea, ¡y mira que le dio trabajo en verdad bajar por terraplén! El otro sonríe leve.

   -No te disculpes, rubio pecoso, ni inventes, la cara se te pone roja cuando mientes. Imagino que si padeces la mitad de las confusiones hormonales que tengo yo, hasta recordar tu nombre te costará, mucho más hilvanar un cuento medio creíble. –y Jensen le mira a los ojos, desvalido.

   -¿Que nos está pasando? –gime, casi alarmado.- Esto no es normal. Yo no…

   -¿Odias la idea de… desearme? –le estudia, preocupado, y algo en la cara del rubio le alivia y hace bajar los tensos hombros.

   -No… O si… No lo sé. ¿Qué me ocurre?

   -Tampoco lo sé; ya te lo dije, tal vez sea… -Jared comienza a mentir, pero se contiene cuando el otro desvía la mirada con una sonrisa torva.- Okay, no sé de qué se trata, ¿bien? Pero nos pasa a los dos, así que deja de ser tan egoísta. –le sorprende, y sonríe casi travieso de su cara indignada.

   -¿Egoísta? ¿De qué…?

   -Cuando desapareces, como lo haces, sufro horriblemente. –esas palabras hacen tragar al otro.

   -No pretendía eso. No sé ni qué diablos… -parece tan atormentado que el castaño no aguanta más, corta la distancia, le atrapa el rostro y ya siente que se quema, y le silencia con un suave rozar de labios.

   Todo da vueltas, todo vuelve a estar bien, piensa Jared, hasta que Jensen le rodea la cintura con sus brazos y le atrae, apretando, respondiendo al beso con lengua y lujuria. Y ahora sí que estalla en realidad, el toque de la lengua dispara luces tras sus parpados, y giran y giran mientras luchan a espadas con sus lenguas, lamiendo, mordiendo, atrapando, y cada caricia, cada roce va directamente a sus entrepiernas. Las erecciones se alzan rápido, calientes, duras, palpitantes y urgidas, como siempre ocurre a esa edad cuando se tiene algo demasiado bueno al alcance de las manos.

   -Hey, chicos, por favor… -grita alguien en una camioneta que pasa por la solitaria calle, haciéndoles pegar un bote y dar un salto atrás, separándose.

   Se miran, rojos de caras, cada uno tocando sus labios, ojos brillantes reconociendo bajo las ropas la erección del otro, y ríen, Jared lo hace con calma, feliz, a Jensen parece sonarle a alivio de nervios.

   -No quise evadirte, o… -rueda los ojos.- …Afectarte. Es que no sabía cómo afrontar esto. Todavía no lo sé.

   -No es tan complicado, joder. Me gustas, te gusto, nos encanta estar juntos, ¿para qué buscarle cinco patas al gato? –aclara el otro, ojos brillantes de picardía, atrapando con una mano su erección bajo las ropas, disfrutando la mirada avergonzada pero interesada y excitada que Jensen lanza.- Sigamos para ver a dónde llegamos. –ofrece y se miran, el destino lanzando sus dados, la vida decidiéndose en minutos, una palabra tal vez transformando toda la existencia.

   -Okay. Y suéltatelo, que seguramente vas a intentar tocarme de nuevo dentro de un rato con esa mano. –acepta ronco y bajo, enrojeciendo mas cuando Jared sonríe todo alivio y dicha, como un niño grande.

   -Perfecto, Jen. Oye, vamos por una gaseosa y…

   -No puedo, Jay. –jadea con verdadero abatimiento, cosa que debería pesarle también a Jared, pero ese “Jay” le pegó en el corazón y le hinchó de dicha.- Me espera… mi abuela. –entrójese al tener que explicarlo.

   -Bien, te acompaño.

   -¿Y tu camioneta? –interpone súbitamente alarmado. ¿Y si su abuela estaba con uno de esos humores cuando la tocaba un rayo malo de luna?

   -Está en la entrada principal. Pero no pienso ir por ella… a menos que me acompañes. –puntualiza y Jensen ríe, fingiéndose molesto.

   -Idiota. –echa a caminar, sintiéndose tontamente enorme y feliz de pronto, al tenerle al lado, siguiendo sus pasos.- Vivo lejos. –Jared casi dice que lo sabe, pero no es tan tonto como sus amigos suelen creer.

   -No importa. Me gusta caminar. –y parece cierto, se ve en su ambiente con sus botas altas y chaqueta abierta sobre el suéter, cosa que Jensen no entiende, forrado como está dentro de sus ropas, pero todavía helado.- El frío vigoriza el corazón.

   -Odio este frío. –aclara, algo lúgubre, casi dando un bote cuando Jared le mira fijamente, deteniéndose.

   -Odiar el frío, es odiar a Nome, y eso es intolerable.

   -Este pueblo en el culo del mundo no me parece…

   -¡Oye! –le ataja, encarándole.- Esto es mucho más que hielo sobre un pedazo de roca. –toma aire y sonríe, la verdad no sonó sugerente.- Tomas aire y te sientes vivo, en las mañanas cuando logra salir el sol, la luz es mágica. Cuando los árboles renacen y las aves… -se corta algo apenado, aunque Jensen tan sólo sonríe de manera amable.- Es un hogar, Jen. Mi hogar. Mis únicos recuerdos, buenos y no tan buenos, son de Nome. Después de la gran guerra en Europa, mi familia emigró a América; desde Polonia, no de Alemania, ¿okay? –le ataja y Jensen ríe, sorprendiéndole porque lo hace de una manera abierta, clara, feliz, como si ningún problema pesara en esos momentos sobre sus hombros.

   La risa del rubio viene porque estuvo a punto de decir que con razón le había notado algo de nazis, y Jared le había adivinado. Claro que, no era esa guerra, pero el castaño cree que es mejor dejarlo de ese tamaño.

   -Okay, vinieron del viejo terruño… -le insta a continuar, sintiéndose tontamente feliz, incapaz de dejar de sonreír.

   -Fue un paso importante. Mi familia abandonó su tierra, el viejo hogar donde creció y floreció, donde fueron felices y se sentían a salvo… como me siento yo aquí. –lo cuenta como tal y algo en sus palabras atrae la atención de Jensen, pero este lo deja pasar.- No fue un viaje feliz, el abuelo casi metió a la familia en sacos y los arrojó en la cubierta del barco. Otros patriarcas hicieron lo mismo con los suyos. –mete las manos en los bolsillos de la chaqueta y mira el cielo gris y frío.- El viaje fue largo, duro, incluso peligroso, pero el abuelo sabía que todo saldría bien al final.

   -¡No podía saberlo! Debió escuchar a tu abuela al menos, ¿no? –al rubio le incomoda un poco el relato. Odia a los mandones.

   -Era el patriarca, Jen, eso significa que debía tomar las medidas que considerara necesario, por el bien de todos, así no lo entendieran o lo vieran así en ese momento. –aclara algo confuso, la idea era muy clara para él.- ¿Tu abuela no te atosiga con recomendaciones y recordatorios? Pueden parecerte absurdos, molestos, incluso injustos, pero a ella la mueven buenas intenciones y algo de razón; ha vivido más que tú y comprende un poco mejor las cosas. Es igual aquí, en el fondo. La vida ya no era segura. Llegaban los rusos. Sin embargo, a la abuela no le gustó en nuevo mundo, al llegar a Nueva York, nos cuenta, lloró por días. Como venían con todo lo que traían, el abuelo dudó entre viajar el Oeste, o venirse al Norte. Se decidió por el Norte… -porque estaba apartado, lejano, estarían a salvo.- Y se asentó en la vieja ciudad, que no era más que cuatro casuchas precarias, construidas alrededor del río.

   -¿Que encontraron al llegar?

   -Oro.

   -Oro… -Jensen abre mucho los ojos ante la mágica palabra, algo que Jared conoce bien y ríe, volviendo a caminar.

   -Nos asentamos y trabajamos, trajimos lo que teníamos, nuestras costumbres y creencias… -dice, callando que también la tradición de la sangre y la guerra contra otros; también la desconfianza contra los nativos, tampoco cuenta que más tarde les usaron. No había que contarlo todo, ¿no? No al menos en la primera cita, si se quería quedar bien. Eso quedaría para la quinta, después de llegar a algo en la tercera.- Y prosperamos.

   -¿Así de fácil?

   -Es Nome, Jen, ¿crees que pudo serlo? –le sonríe con superioridad.- Pero vencimos las contingencias.

   -No pongas esa cara de suficiencia, esos desafíos solventados y éxitos eran de tus abuelos y padres, seguro que tú sólo sabes gastar la herencia. A dos manos.

   -¡Idiota! –es su turno de soltar, pero en cuanto lo hace, se congela. No quería… pero la risa de Jensen, esa extraña y ronca carcajada que parece salir de un cuarto acogedor que sin embargo no se abre mucho, le maravilla. Le mira tanto, mientras caminan, que tropieza y logra que el pecoso se avergüence aún más.

   -No me mires así…

   -No puedo evitarlo, Jen. –se le escapa.

   El rubio se pone rojo tomate. Jared traga, incapaz de dejar de sonreír, sabiendo que dio en el blanco, a pesar de estar totalmente consciente de haber dicho una bobada que seguramente Chad le reprocharía… como si no fuera a reclamarle todo lo demás. Pero también calla, perdido en su nuevo mundo, uno donde hay un sol de carita sonriente y cachetes como manzanas, y nubes de colores. Jensen sigue con paso más lento, intentando controlar todos esos calambres y calorones que las palabras, intensiones y presencia del otro le causan; olvidando donde está.

   El perro que le odia le mira acercarse, muestra los conillos y sale, pero se detiene en seco, confundido y alarmado cuando Jared se vuelve y le observa. No lo entiende, aquel humano olía a… con un leve gimoteo se aleja.

   -¿Y tú? –la pregunta sobresalta al rubio.

   -¿Perdón?

   -Los Ackles… ¿de dónde vienen? –parece realmente interesado, y más cuando le ve tensarse y confundirse.

   De algún circo de rarezas cuya puerta quedó mal cerrada, piensa. Mierda, ¿qué podía contarle? Es más, ¿quería contarle?

   -Jensen, muchacho, ¡al fin llegas! –el grito saludo de su abuela es lo primero que sale de la vieja casa de puertas abiertas, congelándole. La mujer sale poco después, deteniéndose por un segundo y frunciendo el ceño al reparar en el chico castaño y delgado, con el recelo natural de quien sabe que hay que cuidarse.- ¿Todo bien?

   -Eh, si, abuela… -el chico se ve más confuso. Casi incómodo. Jared le mira, luego a la mujer, y sonríe con todos sus dientes y hoyuelos.

   -Buenas tardes, señora. Jensen se retrasó porque veníamos hablando, ¿puede creer que no le gusta el frío ni Nome? Sorprende que con esos anteojos no sea más listo. –es abierto, agradable y sincero.

   Jensen, mirándole sorprendido, le agradece con una tenue sonrisa que parece decirle “muy listillo”; y de verdad quisiera que su abuela se comportara y le tratara bien, pero sabe que la mujer era…

   -Lo sé, no se cansó de repetírmelo durante el viaje. Y no hay problema por el retraso. Me alegra ver que mi nieto se adapta bien, finalmente y a pesar de lo que creía, a la escuela. –sonríe, con sinceridad, la mujer.- Soy Kathy…

   -Jared… -sonríe él, más abiertamente si cabe, es posible notar que aún le faltan las muelas del juicio.

   -¿Están en el mismo año? –sale un poco al helado jardín.

   -Compartimos algunas clases. –Jared, manos en los bolsillos, se le acerca también. Aunque se desconcierta cuando ella le mira intensamente, y Jensen contiene la respiración, una que exhala cuando su abuela sonríe.

   -Eres un jovencito apuesto, Jared, eso le conviene a mi nieto. Amigos nuevos y amistosos.

   -¡Gracias! –sonríe totalmente sorprendido, aunque no tanto como Jensen, cuya mandíbula cae al helado piso.

   -¿No quieres pasar y tomar un chocolate caliente con nosotros?

   Jensen abre mucho más los ojos tras los lentes, ¿su abuela invitando a un extraño a entrar a casa? Por alguna razón eso le eleva la temperatura, pero también le inquieta.

   -Abuela, imagino que Jared tiene que…

   -¿Chocolate caliente? ¡Claro que quiero! –acepta este, todo dientes, pasando al lado de ella que extiende un brazo hacia la casa. Jensen tan sólo parpadea.

   -Me agrada tu amigo. –le susurra ella cuando llega a su lado. Asiente y sigue tras Jared.

   La mujer está realmente contenta, ¡su nieto había hecho un amigo! Bien sabía que no se le daba fácilmente. No puede sentirse mejor. Claro, ignora que el chico es un Padalecki… nieto de un poderoso patriarca.

CONTINÚA … 14

Julio César.

AL FINAL DE LA PRIMAVERA… 5

junio 3, 2014

AL FINAL DE LA PRIMAVERA                         … 4

   Este relato NO ES MÍO. No entraré mucho en detalles, tan sólo que dos sujetos se conocen, conectan, y pasarán más de veinte años de sus vidas encontrándose y perdiéndose. Me gusta (no lo leí antes) porque es, argumentalmente hablando, muy completo. No es para menores de edad.

……

Título: Memories of AutumN

Autor: Damnlady62

JENSEN ANDA JARED, PADACKLES

   ¿Y si solo se nos permite un único gran amor?

……

   -¿Vamos a terminar, Jared? –la pregunta le hace dar un bote, elevando la mirada y encarándola.

   -Taylor…

   -Oh, por Dios, ¡así es! –jadea, sonriendo pero mirándolo turbada.- Lo intuía, notaba que me mirabas con… Oh, Jared… -no quiere expresar nada, no desea dar un espectáculo, pero le afecta.- ¿Qué pasó? ¿Qué nos pasó?

   -No lo sé, Ty… -se ve realmente afectado.- Yo… -no encuentra las palabras, pero ella asiente y sonríe, llorosa, con algo de enojo pero también pena.

   -No quieres lastimarme porque me quieres, pero no me quieres así y no sabes cómo decirlo sin herirme. –al joven le maravillan las palabras, el conocimiento que la muchacha tiene de él.- ¡Eres un estúpido, Jared Padalecki! No se tiene culpa cuando ya no se quiere… -va a alejarse, como buena adolecente, llorosa y con una leve carrera, pero él la retine como poco antes hizo con Jensen, y no sabe porqué se acuerda de él en esos momentos.

   -No, Ty, no me odies. –suplica, porque eso era importante. Ella le mira y sonríe leve, apoyando la manita sobre la suya y soltándose.

   -Lo siento, amor, no siempre se tiene lo que se quiere. Voy a odiarte… hasta mañana. –impulsiva, porque era un adiós para ella también, se afinca en la punta de sus zapatos, le alcanza y besa fugaz en los labios. Alejándose luego, hacia sus amigas, quienes le miran sobre sus hombros, molestas, y le acogen.

   Jared las mira. La mira. Por un segundo quiere detenerla, decirle que lo pensó mejor, que todavía la quiere, porque es cierto; pero la parte suya que ya madura, o que es jovenmente egoísta, sabe que así es mejor, por duro que fuera el momento. Que todo había acabado, y mejor de lo que esperaba. Que dolía, pero dejaría de hacerlo en algún momento, y que siempre podía llegar a la puerta de Taylor y pedir su amistad, una que le era importante.

   Sin embargo, ya no estaba de ánimos, ni siquiera le distrajo escuchar y ver el estallido de risas que provoca en el grupo un muy ebrio Tom cuando intenta ponerse de pie, yéndose hacia adelante y casi derribando a dos, luego hacia atrás, de culo sobre la portezuela abierta de la camioneta, resbalando y cayendo en la tierra. Riendo, Mike se tiende y le ayuda a ponerse de pie, casi luchando con su peso, Tom con cara de puchero, sentándole realmente sobre la portezuela. El rostro ebrio de Tom Welling era ciertamente gracioso.

   Pero ni eso le divierte ahora. No mientras sigue influido por la sensación de leve pesar, por Taylor. Así que se aparta, cerveza en mano, y se detiene frente a la hilera del maíz, ensanchando su tórax tomando aire, y mirando hacia la noche, se dice que estará bien. Es cuando oye un leve, violento y ronco gruñido.

   -¡Vamos, maricón! Abre tu boca de chupapollas, sé que te gusta… -acusa uno, exigiendo con vehemencia, seguido de lo que claramente se oye como una bofetada.

   -¡Déjame en paz, hijo de perra! –hay un lloriqueo de ira y Jared se congela.

   ¡Jensen!

   Una mezcla de curiosidad y algo de preocupación, obligan al delgado chico castaño a internarse entre las cortantes hojas del maíz, apresurando el paso cuando las voces se hacen más acuciantes y el forcejeo también. Aparta unas ramas y llega a un claro, reconociendo la espalda del chico de pie, enorme y fornido, Max Adler, quien atrapa la nuca de Jensen, el cual está caído sobre la tierra. Max parece intentar llevarle el rostro a su bragueta.

   -¡Déjame en paz, hijo de puta! –grazna Jensen, manoteando.

   -Vamos, marica. Sé que te gusta, se la comes a todos y ahora vas a chupármela a mí. –le gruñe bajito y decidido, como cuando se quiere que la toquen.

   -¡Adler! –estalla Jared, totalmente impresionado, ganándose una mirada sorprendida y precavida del chico del equipo de lucha.- Suéltale. –le ordena.

   -No te metas en esto, Padalecki. Tienes a tu porrista, mi novia no está y quiero una mamada, así que este marica…

   No puede agregar más, como no sea jadear cuando cae hacia atrás dado el violento empujón que Jared le da sobre el pecho, aterrizando de culo sobre la grama algo reseca, a un lado del sorprendido Jensen, el cual se ve de un alarmante color rojo tomate.

   -Una palabra más, Adler, y te partiré la boca, el culo y el alma. –advierte Jared, señalándole con un dedo, voz baja, pecho agitándose. Espera la reacción violenta del otro, le conoce. Tal vez deba pelear y…

   -¡Vete a la mierda, Padalecki! –gruñe Max.- Si quieres metérsela por la boca, es todo tuyo, aunque podrías compartir, ¿no? –lanza con desprecio, poniéndose de pie, sacudiéndose los fundillos del pantalón. Luego señala, feroz, al rubio.- Él sabía a lo que venía cuando me siguió. –casi escupa la acusación y se aleja a la carrera cuando Jared endurece la mirada y da otro paso hacia él.

   Jensen se estremece, sentándose, recogiendo sus rodillas y rodeándolas con los brazos, evitando la mirada de ese sorprendido y desconcertado Jared. El silencio se prolonga, y el malestar de Jared, que fue sumándose desde su llegada a pesar de los buenos pronósticos que hacía antes, le limita.

   -Tú… -comienza porque es muy importante saber. Se congela cuando Jensen alza la mirada verdosa, nublada, algo ebria, rebelde.

   -Si, vine con él, tenía una botella de tequila y… -se encoge de hombros, arrugando la frente.- En ese momento pareció una buena idea, no me preguntes ahora por qué. –se miran a los ojos y nota la lucha interna de Jared.- ¿Vine por el licor o la mamada? ¿O a dar la mamada por el tequila? –vuelve a encogerse de hombros.- Lo he hecho antes. Las tres cosas. –aclara de manera directa y brutal.

   Jared se ahoga, molesto por alguna razón que no entiende. Jensen era realmente un idiota, uno muy dañado. Debería alejarse de él y… Pero nota bajo toda esa desafiante, y hasta patética declaración y mirada, un dolor profundo. Un: “Soy esto, Jared, una basura, no te engañes conmigo. No sirvo”. Era la declaración tácita, y más de lo que podía soportar. No se aleja, no le reclama, sabiendo que tampoco tiene derecho, va a su encuentro y cae sentado a su lado, calculando mal, cayendo muy cerca, sus brazos, rodillas y caderas rozando.

   -¿Y en este caso? ¿Por qué viniste? –es la suave e importante pregusta. No sabe por qué, pero lo es. Jensen traga y sonríe, sintiéndose terriblemente mal, como si no aguantara estar dentro de su propia piel.

   -¿La verdad?, por el licor. Necesito… -aspira ruidosamente.- Quiero dejar de sentir, de pensar, de recordar. ¿Cómo se hace, campeón? Te he visto, ¿cómo pierdes un juego importante y continúas, sonriendo, feliz? ¿Conoces algún secreto para que las cosas dejen de doler? –interroga, roto, bajando la mirada.

   El castaño calla, desconcertado otra vez. Es tan sólo un muchacho, las cosas si le dolía y le parecían terrible, devastadoras a veces y muchas veces lo había gritado así, pero su madre, y en buena medida su padre, le decían que dejara los berrinches, que el mundo no se acababa y que más tarde se sentiría mejor. Pero eso no le brindaba sabiduría. No, no consigue las palabras que el rubio parece necesitar, así que le rodea los hombros con un brazo, atrayéndole y abrazándole, acunándole levemente, enfrentando su tensar, su temor, sus deseos de alejarse. Sorprendiéndose ambos por el gesto.

   -Oye, apenas sé qué ponerme por las mañanas. –confiesa al fin, intentando aligerar el momento, sin reparar siquiera que baja el mentón, apoyándolo en la nuca algo transpirada, y muy caliente, del rubio de cabellos finos. Y no sabe si alegrarse o no cuando le oye reír, entrecortado, tosiendo un tanto, cubriéndose con una mano la cara. Es una risa con sabor a llanto la lanzada por el pecoso, quien intenta, otra vez y ahora si lográndolo apenas, salir del abrazo.

   -Debo… -sin mirarle, Jensen intenta ponerse de pie, pero todo le da vueltas, no tiene fuerzas, además, Jared le atrapa por una muñeca reteniéndole en su lugar. Por un segundo se enfrentan, pero el rubio termina cediendo, quedándose donde está.- Campeón…

   -Jared. –le corrige, soltándole la muñeca y atrapándole la barbilla, luchando con él nuevamente y obligándole a mirarle a los ojos.- Soy Jared. Y tú eres Jensen, ¿verdad? Mucho gusto. –tiembla, no sabe por qué le era tan importante calmarle, ni por qué le afectaba tanto la cercanía o por qué le parecía tan atractivo ese rostro enrojecido y pecoso, anguloso y de brillantes ojos verdes cubiertos un tanto de llanto.

   -Eres un idiota. Y eso que te creía perfecto. –se le escapa en medio de la amarga burla y enrojece otro tanto.

   -¿Crees que soy perfecto? Qué honor. Oye, ¿piensas mucho en mí?

   -Oh, Dios… -gruñe bajito y mortificado. Hay otro silencio.

   -¿Qué tienes, Jensen? Esto no puede ser por la obra de teatro, ¿verdad?

   -Claro que no… O no totalmente… -se tensa.- Es por todo, Jared. –traga y mira al piso, preguntándose dónde está la botella, ¿Adler se la habría llevado?- La vida es una mierda. –termina al fin, y lo que podría ser una declaración desagradable o amarga, expresada por alguien que ha tenido un mal día, en la voz del rubio parece sentenciar toda una manera de ver el mundo.- Mi vida es una mierda. –aclara aún más.

   Jared le mira intensamente, deseando penetrar en su mente, en sus secretos. Su alma. Están muy cerca, así que detalla su perfil al estar el otro mirando a la noche. Levemente afectado ahora, el castaño no quiere dejarse llevar por la depresión del otro. No le entiende, no puede, sabe que le han pasado cosas terribles, pero… Su mirada va también a la noche, fijándose en ese cielo inmenso de Texas, uno que se extiende aparentemente por todo el mundo, que parece abarcarlo todo. Bajo él, así como es, era fácil creer que en todas partes existía ese aire de libertad y oportunidad para todos. Todos cabían. Todos tenían su espacio y su chance.

   Aunque algo oscuro, el firmamento está tachonado de brillantes estrellas, racimos de curiosos detalles, y Jared recuerda que las veía de noche, de niño, tirado en la grama de su jardín, perdiéndose en su inmensidad. Cuando soñaba con ser un astronauta lanzándose hacia lo desconocido, o hacia la Casa de Dios, como le corregía su madre. Era esa misma bóveda celeste, una conocida, que había cobijado su niñez alegre, su vida de joven que comenzaba a vivir, lleno de promesas de cosas aún mejores por llegar. Antes, echado de espaldas en su infancia, no podía saberlo pero intuía la gran aventura que podía haber más allá para él, como ahora lo sabe, con expectativas e inseguridades, porque tan sólo es un muchacho, esperando lo bueno, temiendo que pudiera no llegar por alguna razón, sentimiento que pronto era olvidado; eso sí, muy ansioso por comenzar. Por eso no puede entender al abatido chico a su lado, su pesimismo, su “ya todo acabó para mí”.

   El viento templado y perfumado se siente, sobre sus caras y manos, meciendo el maizal que canturrea monocorde, y a Jared Padalecki le parece todo tan hermoso, tan armónico, tan puesto allí a propósito para que lo aproveche un grupo de jóvenes alocados que quieren vivir una juerga esa noche, todavía de escuela, una que acaba, que no le cuesta entender a su madre quien asegura ver en todas partes las pruebas del amor de Dios. Y la idea le agrada, porque destraba algo dentro de su pecho que está así desde que encontró a Jensen siendo agredido. No era justo que ese muchacho sufriera y llorara, por nada, no bajo ese cielo inmenso, bajo esas estrellas hermosas, esa noche mágica. No a su edad. No un joven que comenzaba a vivir.

   -A mí me gusta, Jensen. La noche, este lugar. La vida. –extiende sus piernas, echándose un poco hacia atrás, su codo totalmente en el cálido costado del rubio, sintiéndose increíblemente bien.- Me gustar aquí, ahora…

   -¿Por qué? –el pecoso se vuelve a mirarle, exasperado y confuso. Muy curioso.

   -Porque estoy… contigo. Y eso me gusta. –lo dice como lo siente, dejándose llevar, sin meditarlo. El corazón le salta en el pecho cuando le ve parpadear, sus labios entreabiertos, agitándose sin voz, deseando preguntar algo pero no atreviéndose.

   Se miran y se miran, gargantas cerradas, bocas secas, ojos brillantes. ¡A la mierda!, se dice Jared, enderezándose, tendiéndose hacia el rubio, pero todavía preguntándose qué hacía cuando roza los labios rojos del pecoso con los suyos. Una caricia etérea, sus labios separándose apenas unos centímetros, sus respiraciones pesadas bañando al otro. Jensen tragando, en seco, y Jared regresando, acallando su mente, únicamente dejándose llevar. Sintiendo. Viviendo. Y lo siente, abrir un poco su boca y atrapar el gordito labio inferior de Jensen, tembloroso, le erizó la piel de pies a cabeza, cuando tantea con la punta de la lengua sobre él, sintiendo la respiración más pesada del rubio, el corazón le estalla en fuertes latidos, cuando el rubio abre un poco más la boca y puede tantear ahora sobre sus dientes, entrando un poco más, encontrando su lengua, Jared ya no pieza, algo caliente y fuerte estalla por sus venas, mareándole y nublando su juicio, tan solo consciente de esa lengua que toca. Esta tenso y caliente, bajo su pantalón le endurece rápidamente el miembro, y cuando sus lenguas chocan y se frotan decididamente, paladeando el tequila en su boca, Jared pierde totalmente los tapones.

   Medio agachándose sobre la rojiza tierra bajo la seca grama, Jared se tiende hacía él, imposibilitado de alejar su boca, detener su lengua o de succionar ahora. Le atrapa la lengua a Jensen y chupa de ella, halándola, mientras sus manos se mueven con vida propia, una de ellas, su palma abierta cayendo sobre la plana panza del rubio, hormigueándole bajo el toque, tan cálido como está.

   -Campeón, ¿qué…? –jadea Jensen, todo ojos, cuando sus bocas se separan un momento, húmedos de saliva.

   Pero Jared no quiere pensar, detenerse o preguntarse qué hace, qué es eso que siente o por qué le gusta tanto. No puede enfrentar tampoco las dudas del rubio, no cuando no puede con las propias, y atrapándole una mano la lleva a su pecho, y cuando la palma abierta del otro cae sobre su corazón, el castaño cree que se le detiene por un momento, para luego saltar aún más desbocado. Se miran, ojos nublados y húmedos, los dedos de Jensen medio flexionándose sobre la joven piel de Jared Padalecki, por encima de la franela, el capitán del equipo de futbol del colegio. Y ese toque logra que la sangre no corra sino que fluya como lava por las venas de Jared, quien se tiende sobre él, derribándole, atrapándole la quijada con una mano, comiéndole la boca, mientras cuela una pierna entre las del joven. Sintiéndolo las manos de Jensen sobre su espalda baja, metiéndose bajo la chaqueta y la franelilla, tocándole y quemándole sobre la piel… y sus miembros totalmente erectos. Frotarlo de Jensen, mientras el de Jensen se frota de su piel bajo las ropas, le parece el colmo de lo caliente. Se besan, Jensen le araña la espalda, desbocado también, mientras se posicionan y sus erecciones están ahora una contra la otra, y se agitan, se frotan, van y vienen y cada pasada les hace delirar…

   -¡Jared! ¡Jared, hijo de perra! –se oye el grito lejano, que pronto parece estar al lado cuando el maizal se desplaza por acción de una mano y aparece Chad Murray, quien se detiene en seco.

   Nada más escuchar los gritos, Jensen se congeló bajo Jared, más despierto para ciertos asuntos, o más consciente de que “hace algo malo”, como no se cansan de decirle en casa; como sea, es de los que no tiene tiempo que perder espabilándose. Pone sus manos bajo Jared y le empuja fuera, sentándose, casi al mismo tiempo que lo hace el castaño, rápido como él mismo, pero mirándole confuso. Más bien parecía que iba a discutir con el rubio, hasta que repara, cabalmente, en Chad, allí, mirándoles con la más viva sorpresa.

   -¿Pasa algo? –le pregunta, voz fallándole, pasándose las manos por el castaño cabello.

   -¡No lo sé! –grita Chad, quien parece estar pensando en varias cosas, enredándose.- Creí… -otra figura aparece casi inmediatamente junto a él, por lo que compone cara de normalidad.- ¡Te busca el entrenador Beaver!

   -Padalecki. –gruñe el viejo pelirrojo, ojos severos, rascándose la rala barba mirando de su jugador estrella al rubio que evita las miradas de ambos.

   -¿Si, entrenador? –pregunta este, mirando a Chad, preguntándole sin palabras cómo lo lleva así, y Chad, ceñudo, sólo se encoge de hombros. Parece molesto.

   -Muchacho, necesito hablar contigo. Algo importante… y grande. –anuncia el severo hombre.- Podemos ir a…

   -Señor, estoy con mis amigos y… -Jared mira de reojo a Jensen, que se pone de pie, algo inseguro.

   -Esto es importante. –puntualiza un poco impaciente, Jim Beaver.- Imagino que tus amigos pueden entenderlo.

   -Yo sí. –gruñe Chad, finge un saludo militar y se aleja.

   -Yo… también. Adiós, campeón. –Jensen gruñe y se aleja, sin mirarle, y Jared se agita y quiere seguirle.

  – Jared… -llama, pero le detiene Jim.

   -Espérame y te llevo. –ofrece Jared, pero sabe que no lo hará cuando el rubio se vuelve, se despide con la mano y se aleja. ¡Maldita sea!

   -Muchacho, ¿se puede saber qué coño estás haciendo? –Jensen siente un frío de miedo al escuchar la molesta voz que reclama a sus espaldas, seguramente el viejo les había visto y…- ¿Tequila? –mierda, ¡la botella que creyó perdida!

   -Es una fiesta, entrenador. –oye la defensa de Jared, sin inculparle, y eso le llena de un calorcillo tan grato como intimidante.

   -Esto puede costarte mucho, ¿no lo entiendes? Muchacho, el mundo está por abrirse para ti, de manera total y maravillosa. No imaginas qué tanto. A veces, tratando con tantos durante tantos años, uno detecta quienes están destinados a triunfar, y tú eres uno de ellos, Padalecki. No lo arruines todo con tonterías. No eches a perder tu vida por un error idiota. –escucha Jensen, todavía alejándose, así como el sonido de una botella cayendo, y lo resiente.

   El entrenador parecía estar hablando de él.

   Hacerle daño a Jared… No, tal cosa era impensable, se dice, con un profundo pesar.

……

   Jared despierta en su cama casi con brusquedad, sentándose de golpe, su pecho subiendo y bajando rápidamente, aún con los calcetines de lana puestos, así como su holgado bóxer de cuadritos… el cual muestra su erección. No era raro que despertara con una, le ocurría así casi diariamente desde los quince años, pero ahora…

   Se deja caer de espaldas llevándose las manos al cabello. Jensen. lo recuerdos vuelven y realmente ceñudo mira el techo cómo si pudiera encontrar una respuesta a toda esa situación tan confusa. ¡Le había besado la noche anterior! Él había besado a otro chico… y le había gustado. No, le había encantado. No sabe qué le llevó a ello, pero sentir el cuerpo del rubio, rozar sus labios, probar su saliva, su aliento… Gime ruidosamente, cerrando los ojos, casi sintiéndose culpable de tenerla ahora más dura. No podía engañarse, tener a Jensen así había sido embriagador, extraño y excitante. Trabar sus lenguas fue casi tan caliente como cuando cayó sobre él, y sus erecciones se frotaron (y el recuerdo le hace palpitar), pero él no besaba tíos. No le gustaban. No de esa manera. No era gay, ¿verdad? Una vez alejado el rubio, se sintió extraño, algo culpable y preocupado. Había actuado mal. Pero con el pasar de las horas de la noche…

   Y el sueño. Cierra los ojos, respirando con rapidez, superficialmente, estaban besándose otra vez, Jensen sobre la grama, sus rojos labios abiertos y él cubriéndolos totalmente, metiendo con ansiedad su lengua que recorría las interioridades del otro, sorbiendo, chupándolo todo, atrapándole la lengua y halándosela hasta llevarla a su boca, rayándola con sus dientes. Y durante todo ese rato, el rubio luchaba por meter una mano, atrapando sobre el jeans su miembro erecto, caliente y palpitante, casi haciéndole gemir. Ese puño apretaba y apretaba, se sentía increíblemente bien cuando iba y venía sobre él. El sueño había sido…

   El toque a la puerta va seguido de la entrada algo aparatosa a su cuarto de Chad, por lo que apenas tiene tiempo de sacar la mano de su bóxer y cubrirse la evidente erección.

   -¡Oh mierda! –graznan los dos a un tiempo. Como suele hacerse en situaciones parecidas.

   -Joder, ¿ya no te mides? ¿Una paja en la mañana sabiendo que pasaría por ti? Ya estoy cansado de verte haciendo tus cochinadas. –gruñe Chad, mientras Jared toma más de la sábana, cubriéndose mejor.

   -¿Por qué coño entras así en mi cuarto? ¡Tuviste suerte de no encontrarme rascándome el culo! Y no hables de las pajas mañaneras, puedo recordarte las tres veces que…

   -¡Es historia vieja! La puerta de mi cuarto no tiene seguro. Mamá no me deja. Teme que me drogue.  –le silencia, mirándole molesto. Realmente molesto.-  ¿Fue por eso? ¿Es mi culpa?

   -¿Qué? –no le entiende, pero le mira mientras se rueda sobre el colchón y queda sentado, un joven y bronceado dios desnudo.

   -¿Te volviste marica por haberme pillado masturbándome esas veces? Coño, sé que la tengo bonita, pero…

   -¡Chad! –tras él, en el pasillo, Sherri Padalecki le mira impresionada.- ¿De qué estás hablando?

   ¡Joder!, pensaron a un tiempo los dos chicos.

……

MAX ADLER

   Max Adler… lo único que sé de él es que tiene pinta de matoncito, y no se le ve mal. La verdad no recuerdo haberlo visto antes.

CONTINÚA … 6

Julio César.


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