Archive for the ‘TIC TAC’ Category

COCINANDO UNA CITA

mayo 15, 2015

PROTECCIÓN

COCINEROS CALIENTES

   Ahora que caigo… es curioso que lo preparado fueran huevos.

   Siempre he sido de buen comer, especialmente carnes, pero soy fatal en la cocina. Si hay masa preparada puedo freír arepas (asadas jamás, para eso se necesita un libro de instrucciones con indicaciones muy muy básicas); si me toca preparar la dichosa masa, todo se jode. Soy bueno haciendo café, eso sí. Bien, en el fondo, siempre he sentido una secreta envidia por aquellos que no sólo se defienden en la cocina sino que pueden preparar cosas buenas. No freír huevos, sino detenerse frente a un largo mesón lleno de vainas y preparar un pasticho, un asado en salsa negra o un arroz a la marinera. Lo he intentado (aprenden a cocinar, no a hacer pastichos), no lo crean; cuando estaba con una ahora amiga, Alicia, ella quiso enseñarme, como también lo hizo mi señora madre. Tengo otros tres hermanos varones y todos cocinan algo. José hasta hace polvorosas. Siempre he pensado que hay algo atractivo, casi sensual en la idea de ver cocinar a otra persona que está preparando algo específicamente para ti, confiando en sorprenderte y agradarte. Moviéndose con seguridad mientras expone todo lo que sabe. El conocimiento y la seguridad siempre resultan llamativos.

   El martes en la noche asistí con un amigo que vive en el mismo edificio, Mario, a una reunión de la Oposición, para hablar de las primarias en el circuito (eso deja poco tiempo para toda otra cosa), y llegamos medio discutiendo, medio concertando. Tenía mis platos listos, en la nevera, pero él me invitó a cenar algo ligero. Aunque por costumbre casi me negué, acepté, porque soy un vago, hasta calentar en microondas me parece mucho trabajo (y lavar los peroles, tampoco es que uno va a dejarlos allí para que otra persona se ocupe). Mario fue a su cocina, a donde le seguí y me senté a hablar y verle trabajar, y la verdad es que de pronto vi una faceta nueva de este sujeto al que llevo tiempo conociendo,  quien me ha llevado cosas antes, incluso sopas cuando he estado mal de salud. Preparó algo sencillo, peló tres papas, las picó en rodajas y luego a la mitad, tomó casi una cebolla y la volvió cuadritos, sacó una de esas sartenes altas, que también tengo pero que no uso personalmente, y con mantequilla la puso a calentar, sofriendo las papas y agregando luego las cebollas. Con cuatro huevos preparó la mezcla para la tortilla, agregándole sal, cilantro picadito, una ramita, y dos lonjas trozadas de jamón (lo dicho, un trabajón, y eso que le llevó minutos). Cuando echó todo eso en la sartén salió un humito y un olor que me hizo la boca agua y gruñir el estómago.

   Eso estaba de un sabroso increíble. Rapidito, práctico, con dominio de lo que hizo. Y la verdad es que en ese momento me sorprendió gratamente, y esto me cuesta escribirlo porque él sabe de este espacio y me lee aunque no lo reconoce, y no suelo yo elogiar a nadie. Menos a los conocidos. Me sienta incómodo. Pero en ese momento, mientras cortaba, trozaba, batía, hablando, dándome datos, explicándome procedimientos, me pareció que se veía casi atractivo. Casi. Y me pregunté por qué no habría funcionado, otra vez, su ultima relación (¿lo ven?, al final la riego). Imagínense eso, con otra persona, alguien de su agrado, a quien conocen del trabajo, del pasillo cuando entran o salen de su edificio, y que les produce un hormigueo en la piel y un latido fuerte de corazón cuando se miran o intercambian una palabra, quien una mañana se detiene, mirada directa y clara, invitándote a comer algo que preparará. O tú, sabiendo lo que haces, dándole la espalda, en franela para que te vea la espalda y el trasero, si el jeans te queda bien. Cocinando y sonriendo todo chulo sabiendo que te mira ya con hambre.

   Todo hombre necesita aprender a preparar algo, lo que sea, especialmente un platillo que le resulte un sello, que si los amigos o la familia se reúnen esperen que lo lleve hecho porque le queda fastas tico. Los padres deberían enseñarles a sus niños a cocinar algo (o intentarlo, que la mío lo hizo, aunque falló, no contaba con mi pereza), para que se defiendan una vez que comiencen sus vidas como individuos solos en busca de su destino. Que puedan sustentarse, que puedan preparar algo delicioso, y que en una cocina llena de olores, dándoselas de sabrosote, con un pedazo de carne que huele a gloria en un tenedor, le dé a probar en la boca lo que preparó a esa otra persona, como abreboca a lo que pueda llegar después. Además, para todos, cocinar no hace a un carajo menos hombre. Hasta mi papá sabe prepara sopas (si, las horribles sopas), cosa que mi mamá adora y espera, convencidos como están de esa extraña creencia de que cada fin de semana hay que comer sopas porque hacen bien.

   Quien tenga habilidad, o tiempo, o ganas, aquellos que sean muy jóvenes y tengan padres medio sensatos, que lo intenten, que aprenda a cocinar. Sirve desde lo práctico, auto sustentarse, a romper el hielo, ¿o no era llamativa la comelona loca de Nueves Semanas y Media?

   Ahora un chiste que contó alguien en la oficina, de un carajo quejándose de la mala mano de su mujer para cocinar. Y que llegó una noche a su casa y salía un olor horrible de la cocina, algo realmente terrible, pero como su mujer se picaba cuando decía algo, fingió con un “Hummm, mi amor, ¿qué cocinas? Son tus caraotas con chicharrón, ¿verdad? Ese aroma lo reconozco donde sea”. Y que ella le miro feo respondiéndole que estaba hirviendo los pañitos sucios de la cocina, pero que gracias por el elogio a su comida.

Julio César.

MI NIDO, MI ANTRO… MI CASA

noviembre 25, 2014

PROTECCIÓN

ESPERANDO EN CASA

   -Tenía que lavar el baño… lo dejo para mañana.

   ¿No amaron más a sus padres cuando se mudaron? Personalmente sí. Los adoro, ellos lo saben, pero en cuanto me paré sobre mis propios pies y pude decidir mi vida, para bien o para mal según el criterio de cada quien, me sentí increíble. No les niego, fue duro al principio, me sentía extraño en medio del silencio después de vivir toda mi vida en una casa llena de gente (familia, familia, somos nueve, todos bajo un solo techo, ahora hay más, pero cada quien por su lado), pero aún eso me gustó. Era un reto, mío, y había que aceptarlo. En casa (la de los padres siempre es “la casa”), a pesar de la paciencia de mamá y el profundo sentimentalismo de papá, quien todavía me pregunta si todo va bien y sí no necesito nada (me ofrecía dinero hasta mucho después de que comencé a trabajar), siempre existió la tácita política de que en un momento dado cada quien debía emprender el vuelo y encontrar su rumbo. Especialmente si había un compromiso de pareja. Aquello de “casado, casa quiere”, lo complementaban con quien buscaba marido o mujer, que también lo hiciera con la casa. Me parece una manera sana de vivir, a la americana, donde a los dieciocho salen del ala; jamás entenderé a quienes terminan anidando bajo el techo de todos y luego todavía se atreven a reclamar algo. Terminan creyéndose con derechos en lo ajeno.

   Comenzando a trabajar, cara todavía aniñada, una señora que ya estaba allí me dijo que ahorrara lo que pudiera y que comprara casa. Que podía alquilar, pero debía buscar algo mío, a mi nombre, algo que nadie pudiera quitarme o hacer reclamamos sobre ello. Le hice caso, toda la vida se lo he agradecido y la cito cuando llega gente nueva a la oficina. Aunque ahora es mucho más difícil. Hace años en Venezuela se construía, alquilaba y se revendía; con un trabajo fijo, un sueldo estable y un crédito sobre propiedades horizontales, al cabo de un tiempo tenías tu “hogar”. Ahora es una lotería. Y en un país con una espantosa inflación como la que padecemos, cada dólar paralelo, los únicos que aparecen, a más de cien bolívares ya previamente devaluados (al viejo cambio sería algo así como cien mil bolívares viejos, por cada dólar), a la juventud le ha tocado o quedarse en el nido o construir al lado. Y eso es complicado. La gente es muy variada entre sí, aún bajo un mismo techo, si metes nueva siempre hay conflictos. A ellos se le entiende, y hasta comprende. Ahora, que una gente llegue a vieja reclamando casa, provoca echarles agua fría. Pero eso siempre ha sido así, para quienes nunca han querido trabajar, ni se preocuparon de sus vidas, la vida siempre es dura. Y creen ellos que injusta.

   Amo mi apartamento, no es muy grande pero tampoco parece una caja de fósforo; dos cuartos, dos baños, una cocina comedor y su salita con un chico balcón. Todo enrejado como debe ser en esta Venezuela revolucionaria. Pero mío. Allí he sido feliz. Nunca me asustó la soledad, quedarse a solas de noche en una casa vacía (hay quienes no pueden), me agrada; a veces el silencio y la quietud son un lujo increíble. Aunque sociable, mucho, como a veces me han reclamado, suelo decir que amo regresar a mi casa después de una fiesta, salida o pachanga, tomar una ducha y caer sobre mi cama y dormir y dormir. Me gusta como está todo, dónde guardo cada cosa. Me gustaría pintar más, o comprar una mecedora, o la bendita rocola que no he conseguido porque siempre se presenta algo, o cambiar las puertas de las duchas, pero es mío. Es mi reino. Allí hago, digo, decido o dejo pasar lo que me da la gana. Tengo muchos hermanos y a veces se quedan una noche, o dos, y luego se van. Tengo muchas más amistades, gente que jamás he pretendido quedarse viviendo allí o pedir dinero (amigos reales). Y así me gusta.

   Hay que tener un lugar a donde regresar después de las parrandas o escarceos amorosos, hay que tener donde llegar con alguien cuando se quiere (ya no tanto, antes, cuando no me conocían en el edificio me sentía más libre, ahora los vecinos saben quién soy). Toda persona debe tener su techo, su casa, su reino, no alquilado (sirve por un tiempo), no arrimado, no robado. Un ladrón es un ladrón, punto. Un hombre que no puede ofrecerle un techo a la mujer que le gusta y se lleva, no es un hombre un carajo; aunque ella sirve menos que él. Esa gente que lleva años en refugios, viviendo como animalitos de exhibición para quienes pasan, compartiéndolo todo con otros, quejándose cuando no les dan más (como si fuera trabajo de otros el mantenerles), pero paren y paren muchachos, ¡en un refugio!, son simplemente una carga social. Un pesado pasivo humano. A uno puede caérsele la casa, o quemársele, o estallar, y terminar en un refugio; pero eso sería durante dos o tres meses, mientras uno se despabila y ve qué hace. ¿Cómo una mujer que vive así tiene un marido únicamente para parirle?

   Claro, la vida no es fácil, pero tú no dejas un techo para ir a ver dónde te metes, ni pares si no tienes cómo alimentar a un muchacho y protegerlo de los elementos. El sentido común no se tiene que comprar con dólares ni euros. Hijos no amarran hombre, mi señora madre siempre lo decía, y algo de cierto debe haber cuando tantos muchachos andan sin padres por ahí. Y pasando trabajo.

   Por eso, quienes comienzan en la vida laboral, deben trazar sus prioridades. No hay como despertar sobre tu propia cama, bajo tu techo, sabiendo que todo, absolutamente todo lo que hay ahí te pertenece… a o la persona que comparte las almohadas. Eso también resulta. Que cada quien luche por conseguir su pedazo de cielo, o inferno. ¿No sería terriblemente vergonzoso que alguien caliente y sexy te sonriera, que besuqueándote en la oreja te dijera que quiere, y mucho, pero que en su casa hay visitas y tú tengas que responderle que vives arrimado, en un refugio o con tus padres? Y la cosa no es hacerlo en el monte, no después de cierta edad. Cosa que ahora es sumamente peligroso. Una de las metas debe ser esa, tener su techo, asegurar su casa, la suya, donde edificará el resto de su vida. Preguntar entre amigos y familiares, leer la prensa, buscar inmobiliarias que te hallan recomendado. Ahorrar y planificar para un futuro que terminará llegando. Como llegan los cuarenta, los cincuenta, los sesenta; viejo, sino tiene real, estorba en lo ajeno.

   ¿Qué las cosas pueden ser duras? Indudablemente, cosa que quedó graciosamente dibujada en un segmento de un programa de comedias del canal SONY, Saturday Night Live, que vi el sábado pasado; llevan a un ex adolecente a comentar sobre algo, un carrizo joven de boca extraña, quien hablaba de los sacrificios a hacer para mantenerse por su cuenta. Que cuando se reúne con sus amigos y hablan tonterías y alguien pregunta, “¿le darían una mamada a otro hombre por un millón de dólares (palabras usadas en el programa)?”, el muchacho aseguraba que todos mentían y decían que no, pero que él si daría una mamada por un millón de dólares, que lo haría hasta por trescientos mil dólares. El entrevistador no parecía conforme y le preguntó si era gay o algo, a lo que el muchacho respondió que es un hombre de negocios sobreviviendo, que cuando vivía con su mamá tenía casa, comida, ropas, la red, todo cubierto, pero que ahora que vive solo está pasándola mal. “Antes estaba bien, era feliz, las mamadas las daba mi mamá, ahora me toca a mí”, dijo.

   Me hizo reír, pero mucho de cierto hay. Comenzando en un trabajo, hasta que se consiga de cierto algo mejor, a veces hay que soportar cosas que en otras circunstancias uno no consideraría. Para esos momentos que se presentarán, porque siempre llegan, piensen siempre en la meta mayor: tener casa. Cada persona, en este mundo, debe tener lo suyo, así sea la sombra bajo una mata si no se quieren posesiones. Algo propio donde nunca se sienta un intruso, un estorbo. Un lugar donde puedan hacer lo que les dé la gana, vivir como quieran.

COCINANDO UNA CITA

Julio César.

CORAZONES NO VEMOS… ¿ERECCIONES NO TENEMOS?

junio 9, 2013

PROTECCIÓN

MOJADITO

   -¡No! ¡No me pasa siempre! -se defiende con un dolor en el pecho.

   ¿Han escuchado y visto esas horribles propagandas donde un famoso sale hablando de sus problemas de erección? ¡Cómo deprimen! Sé que intentan ser informativos, pero la cosa suena triste. De una vez creo recordar que vi al Rey Pelé, en otra a ese gran artista Roberto Carlos, más tarde los cambiaron por alguien más joven, tal vez para no dar la idea equivocada de que sólo a la gente mayor se le caen los ánimos, o que en sí es un signo de vejez (tal vez es por lo que tantos se niegan a hacer el comercial, vaina, somos un mundo farandulero que vive de apariencias, y nadie quiere dar esa). O que sólo ellos. Los hombres mayores, deben preocuparse. Me parece recordar haber visto también al animador venezolano Nelson Bustamante con el tema.

   Como sea, los problemas de erección no deben ser tratados con ligereza, o blandura, como diría alguien mal intencionado. Fuera del drama para el afectado, quien tiene que vivir ese duro momento (lo único duro, dirían otra vez los irrespetuosos), también debe tener en cuenta otros problemas de los que a lo mejor ni tienen ni idea. Parece ser que sufrir de falta de vigor sexual puede potenciar, o ser síntoma, de otras patologías que conllevan a una muerte precoz. Dios, precocidad, otro molesto problema sexual.

   El estudio al respecto no deja de ser interesante. Todo el mundo sabe que existe cierta relación entre los infartos severos y la impotencia. Y con todo, muchos hombres ni le paran al asunto (las mujeres también se infartan, pero no sé si queden frígidas). Comemos como cerdos alimentos grasientos, llenos de colesterol, y muchos no se levantan de un mueble como no sea para comer más. La cosa no deja de ser curiosa, nos despreocupamos totalmente de la salud cuando uno de los mayores miedos del hombre es que “se le caiga el machete”, que este no le funcione, que no responda o no sienta. Después de todo creemos que la masculinidad, la esencia misma de ser hombre, la tenemos allí, cosa que obliga a tantos sujetos a propasarse con mujeres aún de conocidos y amigos, o con muchachitas, en una eterna necesidad de demostrarse que son hombres (algo realmente cansón). Y, sin embargo, nadie cuida del corazón, no hasta que da el golpe.

   Pero volviendo al tema, el corazón puede afectar la erección, cosa que es ampliamente conocida; lo que me desconcierta es la afirmación hecha por una universidad médica en Australia, la cual ha llevado estudios que señalan que los problemas de disfunción pueden ser un síntoma, si, de problemas cardiacos (lo que suena lógico, si los infartos matan el pájaro, que el pájaro no pie es síntoma de que puede haber un problema en el corazón), pero el fulano estudio ve una relación entre la impotencia y el aumento de muertes precoces la aparición de otras dolencias. ¿Qué tal?

   La verdad es que no busqué mucho al respecto, tan sólo leí una nota enviada por el boletín interno del trabajo. Este no decía exactamente por qué se aceleraba la muerte en alguien que sufre disfunción eréctil, tampoco sobre las otras dolencias que podían aparecer cuando se presentaba este problema. ¿Será que la depresión (y la impotencia debe deprimir) envía señales a los neurotransmisores inhibiendo respuestas sanas y potenciando otras que no lo son tantos? En pacientes oncológicos, fuera de las quimioterapias y radiaciones, la depresión también esta vista como un depresor del sistema inmunológico y hasta de los valores sanguíneos. ¿Un hombre sin un pene que funcione se echa a morir? No lo sé, será cosa de investigar más. Una hipótesis ligera sería que tal vez una vida sin sexo no vale la pena ser vivida. Como digo, es una ligereza del autor.

   Ah, los muchachones se reirán de esto, o pasarán por encima, como quien no quiere leer sobre asuntos tétricos que incomodan. Como en ese episodio de South Park donde están viendo la televisión y anuncian un comercial para la toma de conciencia sobre las drogas y uno de los chicos grita oh, no, es la cosa más deprimente y horrible, ¿por qué lo transmiten? Pero no encuentra el control, y pasan escenas realmente dantescas de niños deformes nacidos de madres adictas al crack. ¡Fue tan gracioso!, no el problema en sí, sino las caras de los niños intentado no ver, preguntándose cuándo carajo terminaba ese comercial y por qué duraba tanto. Era realmente feo. Pues algo así puede pasar con la gente joven, mirarán esto como algo “divertido” que le ocurre a la gente mayor, o se negarán a saber porque, quien quita y sea como detenerse en un congestionamiento al lado de un carro accidentado, el de uno se accidenta también. Pero no deben ser tan indiferentes, los problemas no desaparecen, o no se evitan, simplemente por dejar de pensar en ellos.

   Como creo haber comentado una vez en Cuadernos de Trabajo, a los muchachos y jóvenes, mientras van creciendo y pasando por la escuela se les debe enseñar a llevar un modo de vida más sano, hablándoles del colesterol, de las arterias del corazón, de la vida sedentaria, del alcohol y el tabaco. No hablo de evitarlo todo (¿de qué valdría vivir así, si luego se desarrolla un tumor por otra causa?, imaginar todas las chuletas que no comí me mataría más rápido), sino señalar sus riesgos, hablando del ejercicio físico, de las bondades de una vida llevada con tranquilidad de espíritu, una existencia feliz. Atajando a la gente que mañana será obesa y presentará problemas cardiacos; se puede evitar esto, este futuro ejército de enfermos, así como el colapso del sistema de salud, pero también los problemas físicos y sicológicos de esa gente más tarde. Con eso de los ejercicios, de exigirse cada vez más, de la aparición de la vigorexia (¿se puede ser más banal?), hay que hablar así mismo de los esteroides. Ni imaginan cuántos actores de la industria del cine “erótico” han caído con esto.

   Así que a cuidar el corazón y la erección. Ha prevenir, ahora que hay tiempo para lograr cambios, los años pasan rápido. Hay que conocer lo potencialmente peligroso para no terminar con cuarenta años, llorándole a los amigos en una tasca, confesándoles bajito, “no se me levanta”. Coincidencialmente recuerdo que hace años me hacían la guerra porque comía muchos caramelos de menta, todo el mundo decía que la menta lo tumbaba. Es mentira.

   Por cierto, esto me recuerda ese viejo chiste de dos viejitos que van por una autopista, encuentran una lámpara mágica, sale el genio y les concede a cada uno un deseo. Traviesa la viejita pide que el viejito tenga una erección, este la tiene y pide que aparezca una muchachota, porque no iba a desperdiciarla en esa vieja.

MI NIDO, MI ANTRO… MI CASA

Julio César.

PELOS EN LA CABEZA

julio 18, 2010

PROTECCIÓN

   Dicen que dónde hay pelos, hay felicidad, pero…

   Personalmente no pierdo muchos cabellos, pero en mi familia no es rara la calvicie. Mi cabeza pasó de un ensortijado y muy feo pelo casi naranja (me decían cerro prendido en la escuela) a un semi marrón rojizo. No es bonito, no se engañen. Pero este no es el fin del mundo. De hecho hay calvicie y semi calvicies que se ven interesante. Y sexy. Pero claro, siempre está la imagen sexual del arremeter y atrapar en el puño una buena mata de cabellos (“¿Te gusta?, ¿te gusta?”: vamos, que de verdad suena excitante), por lo que no es mala idea conservar el que se tenga. Pero si no se puede, ni remedio. Nadie se va a morir por eso. Pero no es de esto que quiero hablar.

   Cuando hablo de pelos en la cabeza, me refiero a ciertos detalles donde los hilachos no son gratos. Al menos para mí. Una nariz con pelos naciéndole encima, como la nariz de Aniceto, el brujo del suplemento mexicano ese, es la cosa más antiestética que existe. Suena a descuido. Los que salen como tentáculos de pulpo por las fosas nasales, son sencillamente horribles. Me ha tocado tratar con gente a la que le salen en cantidades justas para tejer moños. Y me dan escalofríos y asco. Dígame si comienzan a clarear o son medio marrones, parece mucosidad seca. Cuando estoy frente a alguien así, hago muecas y tengo que luchar contra el deseo de pasarme los dedos por la nariz.

   Los que salen de los oídos, no tienen perdón. Claro, después de los treinta y ocho parecen desatarse todos y querer crecer sin control, pero eso no justifica el que no se le elimine. Una oreja peluda es grotesca. ¿Pueden imaginarse a una chica o un joven sonriéndole a alguien en una tasca, inclinándose como para decirle algo, pero es para tocarlo y que lo sientan, y que intente morder el lóbulo o meter la lengua por un canal auditivo cargado de pelos? No, no me lo imagino. La sola idea es repugnante.

   Como no me deja ir con barba al trabajo (desgraciadamente no me crece tupida tipo judío –la recortada, claro), me afeito cada noche, para que se me medio vea algo al día siguiente (seamos sinceros, ¿cuántas veces no le han pasado una mano por la cara para ver si la sombra de barba raspa?), y aprovecho. Con la misma prestobarba me repaso la nariz al frente, medio recorto los que puedan estar intentando salir por las fosas y elimino los de los oídos. Sí, ya pase de los treinta y ocho, como saben.

   Creo que comparto con los hombres del mundo el disgusto de afeitarme. El pasar la maquina es una lata que molesta. Pero sí hay que hacerlo, aprovechemos, ¿qué tal si esa tarde termina uno en una tasca y alguien joven y de apariencia sexy quiere mordernos la oreja y uno se deja entre escalofríos y temblores sabrosos? No sé qué tiene eso, pero susurros, aliento y roces en las orejas es algo que eriza la piel. Entonces dejemos la vía limpia para el paso del todo terreno, ¿no? Digo, para que quien lama no se atasque y abandone la empresa. La mayoría no somos guapos galanes de cine, así que debemos aplicarnos un poco más. Y a veces hasta por uno mismo.

   Ahora que las axilas son otro cuento, y eso me recuerda un chiste: un hombre tiene relaciones con la novia que gime y chilla mientras él le mete lengua y bucea con toda la boca en su vagina; luego ella le sirve la cena y él con cara de asco dice “hay un pelo en la sopa”.

   La gente si es rara, carajo.

CORAZONES NO VEMOS… ¿ERECCIONES NO TENEMOS?

Julio César.

¿NO AMAS MI NARIZ?

febrero 27, 2010

PROTECCIÓN

   -Espera… si… ya… ya casi…

   La nariz no es un órgano particularmente atractivo, ¿verdad? Al menos a mí no me lo parece. Hay quienes enloquecen por una pequeña, o una nariz recta o cosas así. Por alguna razón me parece que cada quien es como es y se ve bien. La joven morena en esa serie extraña, Glee, se ve hermosa con sus grandes ojos y esa llamativa nariz. Siempre recuerdo con afecto a una muchacha con quien estudié, de nariz grande, a quien llamaban Pitecantropus por su fisonomía… y sin embargo a mí me gustaba. Pero claro, la mía es otra cosa. Como todo joven que fui creciendo, me parecía a los trece que era demasiado grande, luego seguí desarrollándome y más o menos se adaptó. Sin embargo, la nariz puede darnos problemas si no la atendemos…

   Hay personas que presentan a simple vista rostros grasosos y propensos a las espinillas, algo natural (las dietas pueden contribuir a aliviar la situación), pero hay otros que llevan el asunto a los extremos de lo desagradable, básicamente en cuatro puntos: enormes espinillas llenas de masa, espinillas chicas en forma de grasa que se nota al pasar un dedo, los pelillos que salen por las fosas y los que aparecen sobre la nariz como los del brujo Aniceto.

   Un grupo de espinillas grandes, como rosario de penas, causa repulsa, en eso no hay nada que decir, ¿quién, excitado de amor se acercaría a alguien así, rozando con los labios esa nariz? Nadie. Estar sentado al lado de una persona en un autobús o en una tasca, y oírlo estornudar, llevándose los dedos a los lados de la nariz apretando (como hace todo el mundo), y sentir ese fétido olor a descomposición, es alarmante. Aunque difícil de ver a simple vista, muchas personas cultivan esa capita de materia sebosa, la cual despide ese fuerte olor cuando se le hace salir con tan sólo una leve apretada. Es que huele peor que el sarro dental cuando lleva días en las muelas. Los pelillos que crecen como arbolitos en como en esa grotesca comiquita de Rem y Stimpy (con acercamientos donde se veía hasta bichos viviendo allí), así como esos que sobresalen como pelos de brocha de las fosas, son totalmente antiestéticos.

   Y esto no trata simplemente de estética o coqueterías de hombres puchungos, es higiene. Presentar todas estas características habla de una persona descuidada y desaseada. Es casi asqueroso. Digamos que esos pelitos no son un problema tan grave (a menos que sean tan largos que al besar rocen a la otra persona o que puedan ser tejidos en moños), pero el material de desecho, la serosidad, sí. Eso apesta a podrido, lo que es totalmente repelente. Esta bien, a lo mejor uno no es hombre de ir a un centro donde te limpien el rostro y cosas así, pero, señor, hay acciones de higiene diarias que uno puede ejecutar por su cuenta.

   Tengo mi rutina. Como ciudadano del trópico, de una tierra ardiente y de tambor, transpiro mucho y mi rostro se llena de algo de grasa, por lo tanto, uso un jabón para rostros grasosos. Cada tarde cuando llego y antes de ducharme, me detengo frente al espejo y trato de eliminar la mayor cantidad de materia sebosa de mi nariz, tan sólo apretando para expulsar espinillas; pero con la uña de mi dedo medio también recorro con cierta fuerza la hondonada que se forma entre la nariz y la mejilla hasta llegar a la fosa, lugar donde se deposita una gran cantidad de materia de desecho maloliente. Que es esa que apesta cuando te pasas la mano por la nariz y boca, apretando. Nada de rasparse la piel, ni romperse, tan sólo asear. Al afeitarme cada mañana, paso con cuidado la hijilla sobre la nariz, eliminando esos pelillos gruesos y desagradables. Ahora que en recortar los que sobresalen de las fosas, ahí no hay ciencia… ni excusa para no hacerlo.

   Imagina la escena, estás sentado en una tasca, aparece delante de ti, más joven, mejillas rojas, ojos brillantes de excitación al buscar acción. Le guiñas un ojo, vas a su lado, invitas una copa, te le acercas y dices que huele bien. De alguna manera terminas en un lugar apartado, metiendo manos, tocando por todos lados, frotando el cuerpo contra ese otro, recostándole la cadera para que sepa qué tanto te gusta. Y comienzas a besar y morder un poco, a chupar de la barbilla, subir y morder esa naricita… y resulta que estalla esa bomba de olor (Dios, pasar la lengua sobre una nariz empedrada de espinillas). O peor, que te frotes, que con tu cara quieras borrar la suya y te digan… “¿Y ese olor?”. Y huele, una nariz llena de grasa depositada, apesta casi a mierda. Así que… a resolverlo.

   Esto me recuerda un chiste sobre un carajo bien dotado. La chica se estremecía y gemía con los ojos cerrados, gritando: “Dios, es tan grande… lo quiero todo, ¡correte dentro!”. “¿De qué hablas? ¡Estoy usando mi boca!”.

PELOS EN LA CABEZA

Julio César.

EN UN MIERCOLES DE DÍA

octubre 21, 2008

PROTECCIÓN

   -Y pensar que me iba a acostar temprano hoy…

 

   Has trabajado, estudiado o hecho lo que sea que haces durante dos duros días de la semana, lunes, cuando se viene agotado del fin de semana, abatido por la tortura de volver al trabajo y el pesar de dejar el descanso, y el martes es casi tan largo como el miércoles. Estás harto de todo, la noche va cayendo, es alegremente cálida, o fresca pero no fría, y nada nublada. Te dices, al coño, y tomas una larga ducha enjabonando bien tu cabello, axilas, genitales y entre las nalgas. Te secas y medio canturrea mientras te peinas frente al espejo. Y así como te aplicas el desodorante y el talquito donde conviene por si alguien se pierde por allí, revisas tu aliento con el simple procedimiento de soplar sobre tu mano medio cerrada. Está bien, o algo fuerte, bueno, a cepillarse bien los dientes y lengua, a usar enjuague, y te dices que debes recordar tomar ese chicle de menta antes de salir. Silbando te vistes, sabes que en tu cartera llevas varios sobrecitos de seguridad, no sabes, aunque esperas que halla suerte.

 

   Un buen bóxer, por lo mismo, si hay suerte ese se te ve del carajo, sin hoyitos, sin hilos sueltos, uno largo y elegante, o uno corto justo bajo las pelotas, que te hace ver de lo mejor. Te vistes, ¿una sugerencia si eres de los que no transpiras mucho y quieres algo de lo más informal? Usa un suéter algo corto, sin nada debajo, de colores grises, ese viste bastante. Te ves bien, no pareces un saco, quien te vea sabrá que algún deportes prácticas, y si es la bicicleta, tus piernas y trasero se verán de lo mejor. Ahora sí, sales, y esta puede ser una noche especial. Llégate a una tasca, de esas que conoces, nada muy sofisticado, donde la gente va a tomar algo a solas, o a dejarse ver, o a mirar. Te ves bien, estás aseado, viste con propiedad sobria. Sentado bebes algo y recorres el lugar con la mirada; alguien cae a tu lado, no miras de inmediato, pero te sonríes, algo es algo y ya comienzas. Tal vez sea alguien lleno de esos detalles que te desagradan, pero ¿y si se trata de alguien que te deja el estómago inquieto, te obliga a dejar salir un suspiro casi inaudible, que atrapa tu mirada y hace que todo tu cuerpo se caliente un poco, de forma sabrosa?

 

   Es un inicio, un buen inicio. A veces hace falta eso, dejar la pereza, el sillón, la cama y la televisión, dejar la computadora, los mensajitos en celular y salir, a sentir el aire cálido, el real. Era una noche de mierda en un día de mierda, y aunque no llegues a más de pronto notas sobre ti una sonrisa atractiva, detectas interés en unos ojos agradables, y más importe… sabes que gustaste. Lo demás queda a la suerte, a las ganas, manejándose con prudencia y teniendo cuidado de en dónde te metes. ¿Imaginas presentarte, y que con una voz grata, en un mal español, una persona atractiva como el infierno te responda?:

 

   -Mucho gusto, me llamo Jake…

 

   Ahora algo que oí una vez: dos tipos entran a un bar, emocionados, y uno le pregunta al otro: “¿Tú crees que en verdad esa tipa se irá con los dos al mismo tiempo?”. “Claro, es la puta más puta de la zona, allí está sentada”. “¡Amanda!”, grita el hombre. “Jesús”, gime ella viendo al marido, molesta “¿Qué haces en un lugar como este, ah?, hombre sinvergüenza”.

 

¿NO AMAS MI NARIZ?         

 

Julio César.

DE TU BOQUITA A LA MÍA

octubre 10, 2008

PROTECCIÓN

   -¿Hummm… comiste cebollas crudas, papi?

 

   Hace poco, torturándome como suele ocurrir cada vez que lo hago, me tocó viajar en el Metro. Esta vez, de pie como siempre, me tocó ir al lado de una joven bonita, era alta, bien contorneadita, de cabellos amarillentos que la hacían llamativa… pero le hedía la boca. Dios, qué horrible era. Parecía que había comido carne cruda y que esta se había descompuesto en su estómago sin ser desalojada. Una bolsa con restos de pollos o bistec no habrían apestado diferente. Era terrible, no me hablaba, pero estaba tan cerca que cuando suspiraba o movía un poco la boca, la oleada me llegaba. Intenté poner mi mejor cara de piedra, pero estoy seguro de que algo se notó. El viaje se me hizo eterno, ni ella bajaba (ni se apartaba), ni yo tampoco.

 

   Es increíblemente alta la cantidad de personas que van por este mundo, hombres y mujeres, jóvenes y no tanto, a quienes les apesta la boca. Tener un sabor amargo ardiendo en tu garganta, o estornudar luego de tomar mucho café, deja notar cierto aroma nada grato, pero los olores a podredumbre son fatales. No se cuántas veces me ha tocado estar en una barra tomándome algo para el calor, a solas, mostrándome sonriente, sereno, agradable, para descubrir a otra persona a mi lado, mirándome invitando a conversar, lanzando un “epa”.  Y es cuando todo se arruina. No hay nada peor que un mal aliento, creo que hasta una nada grata fragancia de axilas palidece frente a ello. Porque pensar en llevar tu cara a ese rostro, sentir como esa bocanada de aire maloliente te cubre, te llena la nariz, sabiendo que esa boca buscará la tuya, que esa lengua irá a tu encuentro (ufff), es demasiado. Semejante problema imposibilita cualquier acercamiento.

 

   Es terrible, en la oficina conozco a gente de diferentes lugares, algunas son increíblemente interesantes y eso abre muchas posibilidades; no es raro lanzar una mirada a un rostro atractivo, al lugar donde termina una falda corta, o apreciar un buen traje, y te imaginas atrapando una colita de caballo obligándola a sentarse sobre el escritorio, o atrapando una corbata y halar para acercarte, imaginándote que te encierras en un privado del baño, con el corazón palpitante y la sangre caliente, por lo peligroso, por lo prohibido, y te das una buena fregada que hace arder las carnes… y es cuando te pega ese olor de repente. Y después, qué difícil es salirse del acercamiento.

 

   Y hay dos cosas que he comprobado de la gente a quien le hiede la boca. La primera es que parecen no saberlo, o lo saben y no les importa. Cosa que no entiendo, ¿quién puede desear llegar dando semejante impresión y que al salir todo el mundo diga ufff, menos mal que se fue, la boca le apestaba a mierda? Lo otro es que tienen la costumbre de hablarte muy de cerca. En mis años de universidad conocí a un tipo así, joven y bien parecido, agradable, que te hablaba casi rodeándote el cuello con un brazo y reteniéndote contra sí… con ese aliento a rayos. Y aunque se veía bien, medio catirito (y parecía interesado, me buscaba mucho), no podía soportarlo. De hecho lo evitaba. Le encantaba contarme vainas sobre sí, tenía la costumbre de sentarse a mi lado, casi pegado. Yo me decía que era una pena, por él, imagino que habría a quienes eso no importaría tanto, pero… lo dudo. Creo, por otros y por uno mismo, que tal condición debe ser combatida. ¿Quién no querría dejar de apestar? Las causas las atribuyen a muchas razones; pero básicamente, la gente común, tiene dos grandes motivos: mala dentadura y problemas estomacales.

 

   Todo el mundo sabe que caries y una dentadura mal aseada, llena de sarro y placa, apesta. Es ese olorcillo a comida descompuesta, algo mortal. Todo el que se halla sacado algo de ese sarro con el hilo dental llevándolo al rostro, sabe de lo que hablo. Es un olor como a descompuesto. Y la suma de todos esos olores, incluida una lengua blanquecina por la placa, te hacen resaltar, pero créeme, no de la forma que más conviene a tus intereses, o como lo deseas. Hoy en día existen toda clase de auxilios para estos menesteres, desde la visita al odontólogo en caso de caries, que es imprescindible (por cierto, no confío en los tratamientos de conductos), hasta los de limpieza diaria. Si se tiene un olor fuerte sin presencia de caries hay que cepillarse bien, usar el hilo dental y enjuagues que no disfracen el olor sino que combaten placa y sarro. El mercado está llenos de ellos.

 

   Muchas personas, por las mañanas, le dedican menos de un minuto al acto de llevar el cepillo lleno de crema a sus dientes y frotar lo que se ve, como quien barre la casa únicamente por donde va a pasar el Presidente. No, hay que abarcarlo todo, dientes y muelas, caras anteriores y posteriores. Fregar la lengua y usar el enjuague (como otro acto de aseo más, como enjabonarse bien axilas, bolas y entre las nalgas; por hábito). Hay una variada gama de productos y marcas para la limpieza bucal, busca la que más te convenga, y jamás, jamás salgas de tu casa sin dedicarle el tiempo que merece. Lo del estómago es parecido, una acumulación de capas no desechadas. ¿Solución? Fácil, una purga ocasional y el mejoramiento de hábitos alimenticios, la ingesta de fibra ayuda.

 

   Normalmente no reparamos en ellos, en la necesidad de evitar estos aromas. Pero un sujeto algo adulto en una barra, por atractivo que se vea, y solvente, si la boca le apesta le costará trabajo ligar a ese personita esbelta, más joven y guapa que tanto le atrae; y puedes jurar que algo (plata) deberá soltar si desea interesar a alguien a pesar de su peste. Y aún estos no merecen soportar el ataque de la halitosis. Por naturaleza la gente joven tiende, a veces, al descuido, pero todo muchacho que comienza a salir del cascaron debe saber que el reloj no se detiene aunque tenga muchos años por delante, un día tendrá más edad y los dientes se pudren, se caen, las bocas se afean. Un rostro liso y suave, bonito de estreno puede terminar como la del perro sin dientes, casi caído el hocico. Un muchacho, por muy atractivo que sea (y la juventud misma es el mayor atractivo), con la boca hedionda, que logre salir de un lugar bien acompañado, puede tener por seguro que ni la cara para un beso le darán, será simplemente un desahogo que se tratará de olvidar. Pero es que… ¿quién carajo no sabe que no se puede considerar siquiera unir las bocas con alguien a quien le apesta? Dicen que no sólo de pan vive el hombre, pero tampoco somos carne de asar al momento.

 

   Repito, una pinta de tipo sereno, de buena charla, de sonrisa fácil… con aliento a brisa fresca (no he mencionado los chiclets sabor a menta, pero no son malos), siempre provoca escalofríos, y hace pensar en tu boca en la mía. Y en futuros encuentros, sin mayores traumas; entonces, tratemos de estar en ese grupo. Eso me recuerda algo que me pasó hace tiempo con una joven que trabajaba en Correspondencia. Siempre me sonreía y hablaba, y en una reunión nos dimos unos besos en un balcón mientras la gente entraba y salía a nuestro alrededor. Para mí fue grato, pasé un buen rato, y nada más. Pero ella comenzó a llamar, a seguirme, a hablar de mí cuando no contesté sus llamadas. La gente me preguntaba, burlándose de mí: pero ¿qué le hiciste? Respondía yo (y cómo evitarlo): es que besó mis labios sin saber que eran de fuego… No, apartando las bromas, fue desagradable. ¿Cómo iba a saberla inestable? Son los peligros de la cacería. Cacería, les recuerdo, que es más fácil cuando no se apesta a porquería de perro fresca y caliente.

 

EN UN MIERCOLES DE DÍA

 

Julio César.

MUEVE ESE C…

junio 19, 2008

PROTECCIÓN

   Te lo juro, es casi excitante…

 

   Siempre que lo digo me gano sonrisitas burlonas que intentan pasar por discretas, enigmáticas o ingeniosas (¡se creen tan listos y originales!): me gusta montar a bicicleta. No sé qué piensan. Pero de verdad me gusta montar en mi bicicleta, es grande y de varias velocidades, vieja y clásica, dura y resistente (me he dado como mil matadas con ella, e incluso choqué de frente con un carro, afortunadamente no pasó nada más que del susto de volar contra el capote). Cuando subo a ella mirando la carretera frente a mí, me invade una sensación de placidez, de paz. Siento como la adrenalina y la sangre bombean. Comienzo a pedalear y recorrer los metros, olvidando todo problema. Me esfuerzo, subo y bajo, imprimo velocidad, venzo la resistencia, la distancia. Jadeo, sudo, mi corazón palpita con furia. Todo el que gusta de un deporte, nota lo mismo: me siento vivo. Por eso me gusta la bicicleta. Claro, no me visto con toda la indumentaria, me da algo de güergüencha. Aunque me encanta ver a otros en ella… por cuestiones deportivas, obvio.

 

   Vivimos tiempos extraños donde ya la obesidad, adulta e infantil, se convierte en un grave problema. Ya es como una tendencia, la gente admira, desea y quiere ser como los flacos, pero engorda de forma escandalosa, entre angustias y sufrimientos. Papadas, brazos flácidos, panzas que cuelgan, muslos que bailan aunque se esté detenido, son cosas que quitan el sueño y la paz. Y se ve feo, estemos claro. Está bien que hay personas anchas de rostro o espaldas, robustas, pero una cosa es eso y otra tener los ojitos achinados y las mejillas como buldog. Pero no es eso lo que tengo en mente cuando subo a mi bicicleta, ni siquiera la gente que está a tu lado y jadea como si respirar le costara, ni la leve capita de sudor que cubre al que hala una silla para sentarte frente a mí, o la celulitis que se asoma por las mangas de las camisas. Todo eso que puede tomarse como rasgos… pocos atractivos, pero yo lo veo como algo más serio: un trastorno de salud. Ese es el punto: vivimos en un mundo donde se come grasa como si de azúcar se tratara (que también jode), con litros y litros de colesterol (una bolsa de chicharrón totalmente transparente y casi goteante asegura sabor extra). Tomamos caña y comemos sin movernos, totalmente sentados, como cerdos echados que engordan. Vasos y arterias van tapándose, llenándose de grasa y nada hacemos. Como nada sentimos pensamos que todo está bien, hasta que el carajazo en el pecho nos despierta a la realidad. A muchos no se nos enseñó a practicar deporte como hobit. Y bolas criollas, cartas, ajedrez y peleas de gallo no son deportes, créame.

 

   Cuando la sangre corre con fuerza, y lo hace así con cierta regularidad, las venas se aligeran; velocidad y calor ayudan a dilatarlas, abriéndolas. Cuando el corazón palpita con fuerza, los ventrículos y vasos que llegan y salen de él, se ejercitan, se tonifican, los calibres parecen lubricarse. Que el cuerpo se cubra de ese sudor copioso y caliente es sano, se está desintoxicando, estamos eliminando productos de desecho, pero lo mejor es que los poros se abren, respiran, la piel elimina esas impurezas que a veces quedan en ella produciendo una capa cenizosa, sebo y puntos negros, o hasta cierto mal olor. Por otro lado se eliminan esas leves capitas de grasa en los músculos, y estos se fortalecen y endurecen. Claro, se dirá que quien trabaja duro hace ejercicios, pero al parecer no es igual. Se puede caminar todo el día en un trabajo y esto no logra quemar calorías. Al parecer tiene algo que ver con el estrés. Eso no está presente cuando te dedicas a una actividad física (incluso el sexo es más eficiente); el caso es que hay que trazarse este tipo de rutinas. Ejercitarse con cierta frecuencia. Vivimos como agotados y no sólo por el trabajo; a veces con tan solo ir a él, en medio del tráfico, o pensar en los problemas cotidianos (carencia de dinero suficiente) nos deja como mamados. Esta sensación hay que vencerla, hay que robarle fuerzas a la desgana. Me he inscrito en no sé cuantos gimnasios (un día les hablaré de eso), pero me cansa. Soy flojo para ir a tal hora. En cambio en mi bicicleta me olvido de todo. Sólo miro frente a mí un grato momento.

 

   Amigos, mientras el reloj avanza con su implacable tic tac, muchas dolencias ocultas van juntándose para echarnos una broma. La salud es una de las peores. Se sabe que el alcohol (Dios, que terrible, ¿por qué nos hace eso si lo amamos?) ataca el hígado, las grasas van también al hígado y las arterias, los fármacos roban la claridad mental y te encadenan a una sugestión muchas veces enfermiza. Se sabe que la actividad mental ahuyenta las dolencias síquicas como el parkinson y el alzheimer, pero también una oxigenación más efectiva del cerebro ayuda a evitarlos y los ejercicios entran en esto. Los especialistas han trazado líneas entre el exceso de testosterona o estrógenos y la aparición de males como el cáncer de ovarios y mamas, o próstata, y una técnica que se estudia, y aconseja, es el ejercicio para eliminar la demasía de tales restos hormonales. De hecho, uno de los tratamientos contra el mal de la próstata es un inhibidor hormonal de la testosterona.

 

   Así que a ejercitar, no como un demente, o como una obligación, sino practicando algo que sea grato, desde caminar a bailar, a trotar a correr en bicicleta. Lo importante es terminar con ese peligroso sedentarismo. Miren a su alrededor, ahora parece haber un gimnasio en todas partes (cosas como la gordura me parece que es mejor tratarla con buena alimentación y ejercicios, nada de pastillas raras o cirugías más extrañas todavía); busquen aquel que esté cerca, seguramente habrá algo que les agrade. Tengo un amigo que va y únicamente practica boxeo, eso creo que lo excita. A mis amigas las enloquece la bailoterapia (creo que por los entrenadores). A mí el sauna y los masajes me gustan mucho… por muchos y buenos motivos. Aunque no se vaya  siempre, es bueno hacerlo de tarde en tarde.

 

   Ahora algo que me contaron una vez. Terminada una carrera, la reportera entrevista al ganador, un tipo que jadea con su bicicleta al hombro. ¿Qué fue lo más excitante de la carrera?, le pregunta ella. Él le responde: el asiento de la bicicleta mientras subía las cuestas…

 

DE TU BOQUITA A LA MÍA       

 

Julio César.

AY, ESA ROPITA INTERIOR…

mayo 11, 2008

PROTECCIÓN

   -¿Qué, no te gusta así?

 

   Como habrá  notado cualquiera que halla leído alguno de mis relatos, e incluso halla visto las fotografías (imagino que pocos, la gente seria sólo va por los artículos como quien lee la PLAYBOY), siento cierta preferencia a la hora de imaginar ropa interior. Más específicamente a hombres en ropa interior. No es complicado, me fascina ver fotografías de sujetos en bikinis, tangas y suspensorios. ¿Qué se le hace?, son imágenes que me llenan de calorcito. Casi puedo rastrear esa fijación hasta mi última niñez, ya a los doce, cuando la primera revistica verde cayó en mis manos, una de PENTHOUSE, donde una hermosa chica, con una diminuta pantaletica roja, se exhibía. Desde ese momento me quedó el amor, como imagino que le ocurre a la mayoría de los hombres, héteros u homos, por semejantes prendas, sobre el cuerpo correspondiente.

 

   ¿Quién no ojeó una revista de culturistas con aire docto y señor fruncido, pero con los ojos en los bikincitos, o de deportes simplemente, deteniéndose en esos cuerpos mazacotudos? Pocos. Esas prendas mínimas son lo más grande. De hecho hay sujetos, héteros, aunque jamás lo dirían así, que se quedan mirando a carajos bien formaditos en una piscina si llevan un bañador chico, tal vez para criticar o algo, pero de que miran, miran. Imagino que todo el mundo lo nota aunque se hacen los locos. Esto me lleva al punto: en la vida real, cotidiana, eso no es tan bueno. A menos que se tenga un cuerpo del carajo. Un sujeto obeso, peludo y con aire de rascarse las metras cuando no lo miran (y aún cuando lo miran) no es nada sugestivo en tales vestimentas. Igual que aquellos que parecen peleados con el agua y el jabón. La tanga no le queda bien a todo el mundo, lamentablemente hay que admitirlo.

 

   Ahora, con los bóxer, realmente hemos venido a descubrir lo que es comodidad al vestir, o bajo las ropas. Son prendas tan placenteras, tan funcionales, que uno se pregunta cómo no las usaba antes. Como hombre que de niño usé los tipos ovejitas, mi mamá me los compraba, al ir creciendo compré mi propia ropa y usé los más chicos, porque eran prácticos para llevar la camisa por dentro y para sujetar con cierto grado de seguridad… el bojote, sobretodo en esos años cuando no podía acariciarnos una brisa sin que despertara con ruido. Pero ahora me parece más cómodo, y hasta elegante, el bóxer. Sí, lo sé, no es una prenda tan fantástica, erótica, evocadora, que caliente… como ver a uno de estos modelitos que coloco por aquí con esas tiritas que provocan arrancar con los dientes. Pero en la vida real, el bóxer es mejor.

 

   Personalmente no los uso de media manga, son incómodos, uno se sienta y cuando el muslo se retrae, molestan. También se notan a veces con cierto tipo de telas. Prefiero el bóxer corto, ese que termina en el bajo paquete. He notado, modestia aparte, que se ve bien cuando uno se quita las ropas, quedando en medias, camiseta corta y uno de ellos, algo recogido por los costados, enmarcando todo el paquete. En otras miradas se nota también que agrada. Los de algodón son increíblemente buenos, suaves y funcionales. Tengo unos que me trajo una amiga de Colombia y parece que jamás van a acabarse, aunque son blancos, color poco práctico para el hombre. Ese color está bien para un modelito guapo que se quita las ropas para una película; en uno, después de todo un día en la calle, lo más probable es que se note cierta mancha al frente, amarillo pollito, y no de virilidad. Los colores grises, azules y negros son representativos, elegantes, y te cubren por si hay ese problemita. Y esto no tiene nada que ver con la edad. Ya lo dijo Stephen King en una de sus mejores novelas, cuando unos chicos meaban unos al lado de otros y cada uno se sacudía al terminar pero veían que se mojaban; fue cuando uno declamó: lo dijo Aristóteles, ya lo sabía Platón, el hombre cuando orina guarda las últimas gotas para el pantalón. En este caso sería para el calzoncillo.

 

   ¿Por qué hablo de ropa interior representativa y de agua y jabón? Fue algo que aprendí cuando comencé a trabajar como inspector sanitario en hospitales. En una de mis primeras observaciones de campo me tocó estar en el servicio de radiología del hospital Pérez de León, en Petare, la zona más oeste de la gran Caracas. Allí llegaban las emergencias, y eran como las ocho y media de la mañana cuando llegó un tipo cuarentón, barbudo, sucio de ropas, gordo, y cuando le quitaron los pantalones para practicarle una radiografía de abdomen y pelvis, llevaba uno de esos bikinis de licra, rojo para ñapa, roto por la liga de la cintura, metido casi todo entre las nalgas, enrollado en todo lo demás. Y olía a rayos. La médico de turno, una muchacha bonita, me parecía muy joven, dijo algo lapidario: son el colmo estos hombres que salen a la calle sin lavarse el culo y las bolas, y vistiendo esa mariquerías. Desde ese momento tomé por costumbre asearme muy bien y llevar ropa interior más o menos, que aunque fuera algo chica en esa época, fuera de buena tela.

 

   Mis amigos, los más jóvenes sí están ahí, jamás salgan de sus casas sin bañarse y lavarse muy bien bolas y culo, como decía esa doctora. Ese olor, sobretodo si se ha tenido actividad y huele a huevos podridos, no es nada grato, y lo peor es que parece percibirlo todo el mundo, y lo digo en serio, no es para enorgullecerse de eso. Hay que formarse esos hábitos. Bastante agua y jabón, y hasta talquito, y sobre todo eso, un bóxer que quede del carajo… Quien sabe, tal vez tengas que entrar en el baño de una discoteca, un cine, un mercado o algo y un muchachón se quede mirándote. ¿Puedes imaginarte la escena, el tipo sonriéndote y dando vueltas y tú ya como todo acerado? Pero ¿te imaginas que realmente se acerque y diga algo como: fo, pana, hueles a chivo?

 

   Créanme, muchas veces un olorcillo, o una ropa con pinta de desaseo o descuido, enfría el guarapo. Imagino que si se es muy joven y se tiene muchas testosteronas dando vueltas, eso no parará a nadie, pero siempre he creído que quien no se cuida de lavar ni su miembro, quién sabe que más es capaz de dejar de hacer, y eso siempre es un riesgo. Así que, aseo. Lo del talquito tiene sus otras ventajas, evita rozones, humedades incomodas entre el muslo y la cadera, y casi todos conserva cierto aroma, y como dije una vez, nunca se sabe cuando un carajo bien plantado del trabajo tiene que agacharse bajo tu escritorio a buscar algo que se le cayó, olfateando y diciendo algo como: verga, qué bien huele. Eso siempre da pies a más: ¿quieres olerlo mejor?

 

   Busca, pregunta, tal vez encuentres el tipo de talco o crema que mejor te acomode y que termine agradándote. Igual que los bóxer. Hay variedad, cantidad y colores, así como modelos, algo habrá que te guste y que te sirva. Esos detalles que hablan de cuidado, de aseo, de… elegancia, siempre son bien captados, y apreciados… por otros, que es lo que buscamos, ¿no?

 

   Para finalizar, un cuento que me echaron una vez: estaban dos indigentes haciendo el amor con pasión, cuando la mujer le dice al hombre: mi amor, tienes ese pájaro como un palo de yuca. El hombre, todo pomposo, le pregunta: ¿por qué lo dices, por lo grueso y nervudo? Y ella replica: no, porque está todo lleno de tierra.

 

MUEVE ESE C… 

 

Julio César.

PROTECCIÓN

abril 11, 2008

   Yo me cuido todo lo importante…

 

   Hasta este momento he sido un tanto irresponsable en mi manera de presentar las historias que relato. Me refiero a los cuentos subidos de tono. Expongo situaciones con ligereza y despreocupación, tal vez no sean muy buenas, pero eso no le resta seriedad al asunto: prácticamente doy una cantata al sexo inseguro. Obviamente todo esto no se trata más que de… (realmente no encuentro qué palabra usar que no sea ‘literatura’) cuentos tontos, pero es lógico pensar que la gente real, de carne y hueso, no puede, no debe, actuar así. No me refiero a tener todo el sexo que le de la gana, siempre y cuando lo consiga, sino a ir tirando por ahí sin tomar medidas básicas de protección. El SIDA, sí da.

 

   Hay imágenes, visuales o mentales, que son igualmente poderosas a todos los hombres, sean héteros u homos, una de ellas es imaginar mucho sexo salvaje, caliente, rudo y sabroso (y las mujeres como que creen que eso se nos da facilito), lo segundo es la forma de actuar: dos imágenes que excitan increíblemente son: una boca rojiza (de labios de mujer o rodeados de cierta sombra de barba rasurada) subiendo y bajando sobre un miembro de forma digamos golosa hasta que este estalla mojando, regando y llenando, y la visión de esa boca tragando, parece enfermar de gusto al que mira (y al que desea actuar). La segunda tiene que ver con penetradas sin protección, tanto en mujeres como en tipos nalgones, trabajados ruda y rápidamente hasta que llega el estallido, con una escena que es casi fetichista, un miembro que tiembla soltando su carga sobre una espalda, antes de volver a penetrar para continuar vaciándose allí.

 

   Los que han leído algo de lo escrito por mí, saben que recurro mucho a ese proceder, por eso, porque es una idea, una fijación, un deseo poderoso. Pero en este mundo traidor donde caras vemos, corazones no sabemos, no podemos corre esos riesgos. Un rostro puede ser hermoso, pero el interior puede estar cochambroso. Es por eso que todo hombre, soltero o comprometido, debe actuar con madurez e inteligencia independientemente de su edad, envolviéndose en plástico antes de meterlo en lugares culebreros. Un chico de quince puede preñar a una chamita de trece, y hasta ahí llegó, se jodió atendiendo a su muchacho (y a esa edad, la suerte está de espalda, salen preñadas con el primer chorro), o abandona a la joven con su muchacho, o deben recurrir a los abortos, que siempre entrañan cierto riesgo, fuera de la forma en que afecta a muchas mujeres (realmente consideran que asesinan a un angelito, pero ¿cómo se hace? Así hemos sido criados).

 

   Y las enfermedades venéreas pueden llegar independientemente de la edad también, con sus llagas y padecimientos. ¿Imaginan lo horrible que debe ser comenzar a perder peso, mirar manchas apareciendo en tu cuerpo, sentir fiebres, padecer vómitos y descubrir después que eres portador? Que sucediera hace veinte años, cuando a mediados de los ochenta esa plaga vino a arruinarnos los buenos años de sexo irresponsable, promiscuo y rico en el liceo, no  justifica que ocurra ahora (un día relataré algunas de las cosas que pasaron, creo que muchas son ilegales actualmente). Todo el mundo sabe que ese mal existe,  el Síndrome de Inmuno Deficiencia Adquirido, ¿entonces? Algo de seriedad, señores.

 

   Por mí mismo entiendo esas ganas de salir y conocer gente, de hablar, de reír, de percibir un olorcito corporal rico, que estimula, que hace estallar las hormonas, que te hace imaginar “y si pongo mi mano en su muslo como al descuido y…”. Siempre se hace el intento, eso es comprensible; pero también debemos ser responsables de nuestras vidas, y de la de otros. No somos perros que tiran cuando la perra entra en celo sin reconocer a la madre que lo parió, incapaz de controlarse. Los adultos no podemos actuar así. ¿Te gusta el sexo? ¿No sabes si al salir de tu casa puede presentársete una oportunidad única e irrepetible y que si la dejas escapar eres un idiota (una vez lo pregunté: ¿imaginas salir y tropezarte a Jake Gyllenhaal, sonriente y amistoso pidiéndote que le muestres tu ciudad?)?: carga con tus condones en la cartera entonces. No los sobrecitos, es mejor en la cajita o algo, para que el roce no vaya a echarte una vaina en el peor momento.

 

   Estar excitado y tener que parar por un momento, con ese corazón bombeando feo y el pulso inseguro, para colocarse el condón, no es grato, pero hay que hacerlo, por ti, por tu gente, por todo lo que puede llegarte después, más gente especial, más y mejor sexo, sensaciones nuevas e increíbles, y nada de eso debe arriesgarse idiotamente por un momento de locura. Se está mal, okay, pero sensatez por unos segundos y a ponerse los guantes que el baile es de gala y bien lo merece. Un tipo sano tiene el reloj de su lado, el enfermo sólo cuenta el tiempo que tarda para el final.

 

   En esta vida se crean hábitos, personalmente me rasuro después del baño porque la barba está más suave, me peino, talquito en las pelotas (por si alguien termina oliendo bajo mi escritorio buscando un papel caído o algo), calzoncillo bóxer, desodorante y todo lo demás (antes un café negro). Sabemos qué máquina de afeitar nos gusta más, qué talco nos presta, qué desodorante nos cumple, así debemos fijar todos esos hábitos sanos de vivencia, sí la pareja no es fija fija, monogámica y cerrada, el sexo tiene que ser seguro, condón a la mano. Un carajo que en medio de un grupo, de hombres y mujeres, dice que le gusta el sexo pero siempre carga su protección, es alguien a tener en cuenta, porque después de una noche de locura sabrosa, sabes que siempre puede llegar el riesgo de un peo fenomenal, pero no con ese sujeto. Un tipo así habla de que es un carajo que prevé, que es responsable, que sabe controlar y afrontar lo que se le presente. Está resuelto y puede brindar buenos momentos.

 

   Existen actualmente gran cantidad de marcas de condones, yo tengo la mía y me resultan buenos. Los hay de colores, y hasta de sabores. Imaginas ir con un amigo a comprar condones y decir “mira, estos son de sabores, este es de tutti fruti”.  Y que te responda, “¿si? ¿A qué sabrás?”, “¿Me lo pongo y lo pruebas?” (cómo si las cosas salieran así con amigos o con gente casual). Pero sí, los hay con sabores y colores, de todos los tamaños, los que prometen resistir hasta el final. Haga cada quien su estudio de mercadeo, pregunte y pruebe, sin pena, esas vainas las hablo yo en la oficina con amigos y amigas. Lo importante es escoger no lo caro o vistoso, sino lo funcional; el precio puede ser un dato engañoso, recuerden ese capítulo de los Simpson donde Homero fue a la fábrica de cerveza y había tres contendores que decían cerveza seca, ligera y ultra ligera, y los tres se llenaban del mismo tubo; en mercadeo esa vaina es muy común por lo que lo mejor es buscar una con tradición o tiempo.

 

   Supongo que esto no lo leen muchachos, mis páginas están dirigidas a adultos, pero seguro que uno que otro puede darle una ojeada (realmente aquí como que no entra mucha gente), pero el consejo es el mismo. Desde los quince a los setenta, cada carajo debe llevar un buen amigo en su cartera (no uno, claro), porque no sabe en qué momento conocerá a alguien llamativo que le sonreirá prometiéndole la luna y las estrellas; no sabe en qué momento estará en el cuarto de un amiguito oyendo música, tomando guarapita, riendo de tonterías y caerán uno sobre el otro en un cama; nadie sabe cuándo visitará a un conocido y encontrara a la mujer solita y como buscando guerra (y eso que no soy partidario de las traiciones) y se debe actuar. Claro que se actúa, pero hay que saber hacer las vainas. Ya saben, investiguen: eh, señorita, ¿entonces esta marca sí resiste?, mire que yo soy un toro. O: ah, no, de esos no, la última vez me lo sacaron en Emergencias (ay, Dios mío, ¿se imaginan una cosa así?). Pero fuera de juegos, cualquier momento incómodo haciendo compras, o de malestar al parar para cubrirse en plena faena, bien lo vale (eres tú, ¿qué puede ser más valioso?).

 

   En este mundo pasan cosas terribles a cada rato, y si uno se deja a la buena de Dios, como si de una bolsa de papel arrojada al viento para ver dónde y cómo cae, no es responsable. El tiempo siempre corre en contra nuestra (era parte del decálogo de los pesimistas, un día les hablaré de eso, pero recuerdo que uno decía así: el universo me odia y quiere destruirme, nazco llorando porque ya comencé a morir), no le demos municiones en nuestra contra. Y en confianza, cuando se hable con los panas, recomiéndenlo.

 

   Ahora un pequeño chascarrillo oído por ahí: entré en la farmacia donde atiende una ex. Una caja de condones grandes, pedí. Imagino que para un amigo, ¿verdad?, me respondió ella, sonriendo.

 

AY, ESA ROPITA INTERIOR… 

 

Julio César.