Archive for the ‘ZANAHORIAS DE HISTORIAS’ Category

CRUELES POR LA RED

febrero 21, 2017

INCOMODO DENTRO DE SUS ROPAS

EHHH!

   Mensajes que se le ocurren a la gente. Me llegaron tres y reí bastante.

   Un hombre, molesto, se reúne con unos amigos en una tasca y exclama:

   -Mi hermana se ha casado con un completo imbécil. Uno total y completo, casi perfecto. Trabajaba en la bóveda de un banco, donde guardaban bolívares, dólares, euros y oro, y lo atraparon robándose unos lapiceros de los baratos.

   El hombre llega a su casa y se alarma al escuchar los gritos de su mujer, que llora horrorizada mirando un paquetico sobre la mesita de la sala.

   -¿Qué ocurre?

   -¡Secuestraron a mamá! Y están pidiendo una fortuna por su liberación, pero si no pagamos le harán daño; ¡mira lo que enviaron como prueba de sus malas intensiones! –berreó, mostrando un dedo dentro de la cajita.

   En seguida el teléfono timbra, responde, son los secuestradores. Escucha.

   -No, lo siento, pero no me convencen; voy a necesitar más pruebas.

   El hombre, lloroso y ebrio, bebe en una mesa apartada, siendo la viva imagen del cuadro del hombre aquel que vendió a crédito. No era para menos, había quedado completamente arruinado.

   -¿Qué le pasó? Recuerdo que antes les brindaba caña a todos. –le pregunta un comensal al cantinero.

   -Si, cuando las cosas le iban bien. Sabrás que tenía una tienda donde vendía alarmas contra robos, de las caras porque decía que eran de las buenas. Pues unos ladrones entraron y se llevaron todo en el negocio, hasta los floreros, y ni una sola sonó. Y todo el mundo se enteró.

Julio César.

¿IMPORTA LA FORMA DEL MENSAJE?

noviembre 10, 2015

INCOMODO DENTRO DE SUS ROPAS

EHHH!

   En todo hay señales…

   Después de una larga vida de oraciones, sacrificios, privaciones y piedad para con los demás, Sor Agnes de Acagua se acercaba a su final. Había sido la suya una existencia agotadora y azarosa, como la de todos quienes se dedican a un apostolado de entrega. Algo encogida, rostro muy arrugado, aún se levantaba para sus oraciones, sintiéndose levemente culpable al yacer tanto tiempo en la cama o la mecedora que las más jóvenes del convento se aseguraban de tenerle cerca. Ya, sintiéndose muy débil, llamó a capellán, para su confesión y último pedido, que la regresaran y sepultaran en el viejo cementerio del pueblo de sus padres, y que sobre la lápida se leyera:

   -Aquí yace Sor Agnes, nació virgen, vivió virgen y virgen regresa al Padre. –cierta vanidad flotaba en el ambiente.

   Se le aseguró que el mensaje sería conocido y finalmente cerró los ojos la buena mujer, pero como suele ocurrir, entre las indicaciones del capellán, y lo que cancelaron por honorarios a tal fin, el mensaje sobre la pequeña loza de piso terminó por informar a la eternidad:

   “Aquí yace Sor Agnes, devuelta sin usar”.

CRUELES POR LA RED

Julio César.

INCOMODO DENTRO DE SUS ROPAS

octubre 11, 2014

PENSANDO EN VERDURAS

ehhh

Bien puedo imaginármelo…

……

   -¡Espera! ¡Espera! –llama Gregorio y corre para alcanzar el ascensor, sintiéndose increíblemente infeliz. Bajo su traje, el muy holgado bóxer deja que su miembro salte, se mueva o se desplace de aquí para allá de manera muy incómoda. Los estaba usando ahora así por necesidad.- Gracias, amigo. –medio sonríe con una mueca anodina al otro único ocupante.

   -De nada. –replica este, conciso y comienzan a subir. En silencio. Como debe ser entre hombres que sólo se conocen en los pasillos de las residencias donde viven. Con educación pero alejados.

   Gregorio mira su imagen al espejo, y como siempre le satisface lo que ve. Casi tiene treinta años, es alto, bien parecido, su cabello negro lustroso le hace soñar que no quedará calvo como muchos dentro de su familia. El traje le sentaba de maravilla, era algo anticuada la manera de vestir pero ser gerente de banco tenía sus obligaciones. Por esos lados todo estaba como debía ser en su vida. Lo otro no. Estaba a punto de llegar a su apartamento a reunirse con Paula, su joven, bonita y apasionada esposa, quien llevaba dos años intentando embarazarse y ahora andaba medio maniática porque los hijos no terminaban de llegar. Han acudido a mil especialistas que dicen nada malo les pasa, pero no se preñan. Habían intentado con afrodisiacos, con técnicas sexuales de gravedad, con jarabes para combatir el “frío de la matriz”, y antes de intentar la inseminación artificial estaban usando el método de producir mucha esperma y óvulos, por lo cual comían cosas especiales, no tenían sexo sino a ciertas horas, en momentos alocados del reloj biológico, y en posiciones un tanto forzadas.

   Nada era espontaneo ahora. El sexo debían planificarlo y eso parecía tan impuesto, tan de apremio, que ya no sentía las mismas ganas de acudir a los brazos de su mujer. La libido andaba baja. Como parte de los preparativos para el “rito”, uno era ese, usar bóxer holgados que no oprimieran los testículos, pero que se bajaban con el pantalón cuando iba desnudándose. Eran desagradables, no como sus cortos y sexy bóxer que tan bien le quedaban. Todo por la prole. Que no llegaba. ¿Cómo era posible que hubiera gente que se preñaba hasta dos veces al año y que ellos no pudieran si todo estaba bien?, piensa, acomodándose distraídamente el miembro como ha tenido que hacer muchas veces desde que cambió de ropa interior, enrojeciendo al notar la mirada censuradora del otro. Un tipo que cree cinco años menor, más bajo de estatura, pero más fornido, como si practicara con pesas. A Paula le había llamado la atención cuando buscaba marido para su amiga Adelaida, descartándole por la gran cantidad de mujeres que le veían siempre. Aparentemente era guardaespaldas o algo así.

   -Lo siento… -enrojece.- No suelo ir por ahí rascándome las bolas; estoy usando unos bóxer holgados y son una lata. Todo se mueve. –calla y el otro igual, la cara ardiéndole, tal vez temeroso de haber dicho de más. Miran al frente.

   -Por eso prefiero los bikinis. –replica el otro, después de un rato. Mirada al frente; Gregorio, desconcertado, se medio vuelve a observarle, pero le resultaba imposible imaginarle sin ese traje usando algo chico.- Podrías intentarlo.

   -No. No me gustan los bikinis. Se me hace de… -busca las palabras, mirada al frente otra vez.- Medio gay… Sin ofender. –el otro sonríe leve, ojos a la puerta.

   -No hay problema. Me acostumbré a ellos. Practico el culturismo en mi tiempo libre. –no es defensa, es conversación. Y Gregorio no quiere imaginar mucho más, como el más bajo pero fornido cuerpo todo aceitado. Sonríe.

   -¿Y qué dicen tus chicas de tus bikinis?

   -Les encanta. –sonríe pomposo, mirada al frente.- Me veo bien con bikinis… aunque cuando salgo con alguna en especial… uso tangas. Las blancas y amarillas causan furor. Estar en una cita, comenzar a abrirme el pantalón y dejarla ver… Oh, sí, créeme, digan lo que digan, a ellas les encanta ver un buen cuerpo en tanga. Y yo lo tengo.

   -Okay… -grazna, boca algo abierta (¿cómo coño terminaron hablando de eso?), luchando contra la imagen del tipo en tangas.- Bueno, aquí me quedo… -se despide torpemente y sale a buen paso.

   Llega frente a su puerta de su apartamento, abre y encuentra a Paula sentada al sofá, sonriéndole bonito.

   -Hola, queri… -la silencia cuando va hacia ella, besándola vehemente, metiéndole la lengua garganta abajo, así como una mano dentro de su blusa y acariciándole un seno que endurece. Está caliente, mucho. Y en medio de risitas casi la arrastra al dormitorio.

……

   La mañana se presentaba bien, piensa al otro día, bien vestido, conservador pero guapo, bien peinado, silbando frente a la puerta del ascensor que se abre… Y  allí está el otro tío. Se saludan con gestos, algo tensos; como hombres que son, no saben expresar ideas con palabras. Comienzan a bajar y no hablan.

   -Así que… tangas. –Gregorio no puede evitar comentar; sin querer pensar por qué, tal vez porque era algo grosero ese silencio.

   -Me gustan. –responde el otro, encogiéndose de hombros, sin mirarle.- Aunque esta tarde tengo una cita con una nena de lujo… -informa y a Gregorio se le eriza la piel. Hablan mirando al frente.- Así que uso algo muy especial… -parece azorarse un poco.- Es un hilo dental atigrado, molesta un poco en el culo pero… Se volverá loca cuando me baje el pantalón. Le encanta tocar mi trasero, imagínate con el hilo…

   ¡Oh, mierda!, grazna para sus adentro Gregorio. Ahora tendría que regresar al apartamento y meterse en la cama con Paula, ¿cómo le explicaría la urgencia?

¿IMPORTA LA FORMA DEL MENSAJE?

Julio César.

NOTA: Llevaba tiempo sin escribir un relato zanahoria, aunque me dice un amigo que no me quedó tan zanahoria; pero no me lo parece.

ANIVERSARIO SECRETO

noviembre 4, 2013

PENSANDO EN VERDURAS

EHHH!

   Aunque no lo parezca, todos ocultamos algo.

……

   ¿Qué escondía la Gioconda tras su sonrisa suave y su expresión misteriosa? Quién sabe. Algunos corazones parecen cofres, cerrados, protegiendo celosamente lo guardado, pero eso sí, sorprendiendo, a veces, cuando se abren y dejan conocer su contenido.

   Un año antes, cuando Germán le propuso a Jessica ir a un pueblito en Mérida, cerca de Los Aleros, esta se había molestado mucho. A decir verdad era mujer de playas, piscinas y excursiones en lanchas. No le atraía la idea de irse a un pueblito enclavado en una fría montaña, por muy romántico que todo el mundo dijera que era la idea de Germán. Sobre todo cuando ella bien sabía que el hombre únicamente iba por la pesca de truchas.

   Esa segunda luna de miel, o vacaciones, no era la escapada de ensueños que ninguna mujer podía esperar. Ella sabía que Germán se reuniría con amigos y conocidos, quienes también embarcaron a sus mujeres con el dichoso viaje, y se perdería todo el día, todos los días. A solas, a ella le tocaba ver el pueblo, comprar adornitos que en verdad no quería, y enviarles mensajes de textos a las amigas, intentando hacerles ver que nada de aquello era romántico. Hacía tiempo que el romance y la aventura habían dejado su casa. En algún punto, ocho años atrás, Germán comenzó a verla como compañera de vida, no como su amante esposa. No como mujer. Y salir en semejantes condiciones no era el sueño de gloria de ninguna religión.

   Por ello sorprendió, y mucho, comenzando por Germán, cuando al año siguiente, ella pidió regresar a ese pueblito en las montañas, a la fría pensión donde se alojara la pareja un año antes. Trajeada con un sencillo vestido sin mangas, oscuro, bien peinada y saboreando un vino muy rojo, la mujer, sin su marido, mira la tarde caer por un ventanal. Y no puede evitar sonreír, entre avergonzada… y dichosa. Celebra su aniversario. Él suyo.

   Un año antes, mientras dormía, sola y de mal talante, la mujer fue despertada por un medio ebrio Germán que regresaba de una dizque pesca. Apestaba a sudor, a ron y un tanto a pescado (que ella sospechaba fue lo que cenó en algún restorán, porque eso de pescar…). El hombre, con un bufido, sin tomar una ducha, se quitó sus ropas y cayó en la cama, a su lado. Y mientras ella soltaba la retahíla de sus penas y desencantos, le oyó roncar. ¡De haber tenido un arma contundente a manos!

   No pudo conciliar el sueño. Suspirando exasperada, tomó una bata y salió del dormitorio rumbo al cuarto de baño al final del pasillo. No quería ni pensar en lo infeliz que era, ni imaginar que los astros estaban en su contra (en medio del oscuro pasillo se tropezó con una mesita baja que le dio justo en una rodilla). Terminó su asunto y regresó en medio de la noche. Oía toses y ronquidos de otros huéspedes, y una risa ebria, masculina, que salía de un cuarto que se abría, le hizo apresurarse a su habitación. Se quitó la bata, se dejó caer en la cama, sonriendo levemente perversa cuando notó a Germán revolviéndose en la cama. Le despertó, ¡qué bien!

   -Pero… -gime sorprendida.

   El hombre se volvió hacia ella, una mano cálida acarició su vientre sobre la tenue dormilona, mientras unos labios recorrieron su cuello; unos dientes se hundieron en su clavícula, sus senos fueron alcanzados y apretados. La mujer no entendía qué ocurría, seguro era el ron, pero no pudo sino gemir cuando su pecho fue descubierto y sus pezones lamidos y mordidos. Germán, casi sobre ella a su costado, mordía y succionaba mientras sus manos bajaron y recorrieron sus muslos. Jessica cerró los ojos y sonrió excitada cuando esas manos la acariciaron toda, cuando su ropa interior bajó, cuando los dedos buscaron y exploraron en su cuerpo. Estaba tan excitada que casi ni oía lo que el hombre susurraba…

   ¡En un idioma que no entendía para nada!

   Dios, ¡se equivocó de cuarto! ¡Se equivocó de hombre!

   Intentó gritar, detenerlo, saltar de la cama, pero esos labios recorrieron y besaron su vientre, ese aliento quemó su pubis, esa lengua hábil y deseosa de satisfacer le hizo gritar contenida, arqueándose en la cama. Ese sujeto, que no se cansaba de repetir en todo momento “Krásná dáma”, usaba su boca y dedos en cada orificio, y a ella no le quedaba otra sino gemir. El beso que vino fue sucio por muchos motivos, pensó ella, indiferente a ello, enredó sus dedos en aquel cabello algo largo y suave. Ya nada importaba, aunque no olvidó en ningún momento que tenía a su marido a unos pasos de distancia. Y a él fue… poco antes del amanecer.

   Jamás le contó nada a nadie, reconoce sonriente, sentada a esa mesa. Era su secreto. Y ahora está ahí, recordándolo. Siente pasos a sus espaldas y alza la copa para que la mesera vuelva a llenarla. No sucede. No termina de volverse cuando oye:

   -Krásná dáma… -y se estremece toda.- Sabía que un día, con suerte, te encontraría otra vez. –balbuceó en mal español.

INCOMODO DENTRO DE SUS ROPAS

Julio César.

CORTOS CRUELES DE HOSPITAL

septiembre 12, 2013

PENSANDO EN VERDURAS

EHHH!

   -Voy por una muela y quiere que me quite la ropa…

……

   -Ay, chica, estoy tan contenta. –sonríe la enflaquecida mujer, pálida y amarillenta, a la enfermera del servicio de neumología.- El doctor dice que me ve mucho mejor. –y tose de forma agónica, profunda, como si fuera a quebrarse por dentro. O a salírsele un pulmón.

   -Hummm… ¿te dijo eso? Siempre es igual, querida. Los médicos se ven acosados por los pacientes en el pasillo y a todos le dicen, con una sonrisa grande y optimista: yo te veo mejor; y eso cuando el pobre paciente ya está entubado, con los ojos blanquecinos y frío como un cadáver.

   -Ay, señora…

……

   -Dígame, enfermera, ¿cómo amanecieron los pacientes? –pregunta el internista, bostezando todavía, asomándose a la sala de hospitalización sin entrar, como temiendo un contagio.

   -Bien, doctor. –informa ella; él se vuelve sorprendido, sin terminar de ponerse la bata.

   -¿Amanecieron todos vivos? –está realmente asombrado.

   -Así es, doctor, y no sólo eso, hay tres que parecen mejorar con el tratamiento que les indicó.

   -¡¿Qué?!

……

   La joven, marcador en mano, entra al sanitario de las enfermeras a colocar lo que piensa de la zorra de la supervisora. Allí lanza un alarido de rabia. Alguien se le había adelantado. Beatriz, otra joven enfermera, entra y se detiene a su lado, leyendo el letrero y viendo el marcador en sus manos. Lee en voz alta:

   -“Cuidado con la puta de Alicia si traes a tu marido”. –se vuelve hacía la otra.- ¿Pero, tú eres loca, Alicia? ¡No pongas tu nombre!

ANIVERSARIO SECRETO

Julio César.

NOTA: No recordaba haber usado el nombre de Alicia; fue sin querer, amor…

COMPARTIENDO EL VIAJE

septiembre 17, 2011

PENSANDO EN VERDURAS

   Ay, con estas colegialas…

   Despertar temprano no era un problema ya, ni un sacrificio. Su madre, intrigada, notaba que más bien parecía feliz. Ya nada le molestaba: ir hasta el terminal, la cola esperando la llegada de un bus, el recorrido lento y frustrante. Nada de eso ocupaba ya su mente desde hace aproximadamente dos semanas. ¡Fue cuando ella apareció! No se había fijado antes, tal vez siempre estuvo allí, pero la molestia del viaje, esperar, discutir con gente que pensaba que no debía formarse como los otros pero si tenían derecho a subir a las unidades de transporte, era agotador. Y amargaba. Mal encaraba a todo el mundo bien temprano. Pero dos semanas atrás esa joven belleza había hecho acto de presencia en su campo visual; entró, con su pequeño bolso, su blusa estampada que parecía algo maternal, pero era moda, que dejaba al descubierto sus hombros bronceados, algo pecosos, insinuando unos senos jóvenes y redondos. Con sus cuadernos bajo el brazo, su cabello castaño largo y leonino sobre su rostro y hombros, como enrollado en mil rizos. Su carita tenía forma de corazón, sus ojos se veían castaños amarillentos tras unos entecitos redondos, blancos y sin monturas, que le hacían verse aplicada. La eterna estudiante de todas las mañanas.

   Ese día había buscado un asiento vacío, y notó el que estaba a su lado. Sus ojos parecieron sonreírle dándole los buenos días y algo truculenta cayó soltando un suspiro, como todo el mundo, de alivio al encontrar un puesto, por lograr subir de una vez y por ponerse en marcha a su destino. La universidad, seguramente. Nada se dijeron. Sólo fue conciente de que ella se movía levemente, de que su codo rozaba su costado, de que por momentos caía en su muslo, fugazmente mientras respondía un mensajito telefónico o buscaba alguna libreta de apuntes. Olía a flores, a talco, a cabellera limpia. Y su cuerpo era tibio, de un tibio que le pareció sensual. No pudo evitar aún esa primera vez, erizarse, sintiendo la sangre correr con fuerza por sus venas. Tuvo que tragar por un momento, desviando el rostro, para calmarse. Su corazón insistía en latir con rudeza.

   Desde esa primera vez, tal vez porque al verla subir se encogía un poco más en su asiento, haciéndole más espacio, ella iba directamente hacia allí, una leve y distante sonrisa era el preámbulo para que tomara asiento. A veces la joven leía, ceñuda, casi todo el trayecto. Tal vez preparándose para un examen. Otras veces dormitaba con rostro sereno. Era cuando podía mirarla, despejada, descansada. Se veía fresca y… pura. Y el deseo de recorrer esas mejillas con sus manos era horrible. Debía volverse hacia a ventanilla, siempre con el temor de verse en el predicamento de notar que alguien miraba en ese momento en su dirección. Temía no poder disimular que deseaba tocarla, hablarle, mirarla. Cierra los ojos e imagina acercar su rostro a ella, percibir su aliento tibio, con la mirada fija en esos labios de fresas. Y rozarlos con los suyos, suavemente, una y otra vez, hasta que estos respondieran abriéndose un poco, momento cuando podría atraparlos sin disimulos, sin engaños. Y sumergirse en ella, besándola de forma loca, apasionada, aleteando su lengua, atrapándola por la cintura, alzándola, abrazándola. Hasta que, en sus sueños, la chica gemía, despertando, correspondiendo a la pasión que había en su mirada, entregándose también.

   Eso le robaba el sueño de noche. En su trabajo, mientras otros le hablaban, y las muchachas le bromeaban diciéndole que olía a amor en el aire, sólo podía recordarla, recreándola, una y otra vez. ¿Quién sería? Parecía una gran chica, alguien alegre, inteligente y responsable. Seguramente era una gran amiga, una buena hija… Sintiéndose torpe, sonreía, sabiendo que la adorna, pero no le importa, porque allí, donde nadie más puede mirar, lo que le gusta es imaginarla como amante, atrapándola entre sus brazos, recorriéndole la cintura con sus manos, subiendo y subiendo por ese torso de niña mujer, sintiéndola temblar y estremecerse. Y sus bocas siempre unidas, sin soltarse, amándose ya.

   Hace tres días, después de un largo fin de semana que fue enloquecedor (porque no la vio), la chica apareció, viéndose distante, soñadora. Y sintió celos. ¿Pensaba o recordaba a algún enamorado, alguien que la amaba con su misma intensidad? ¿Amor? Por Dios, ¡estaba enloqueciendo!, se dijo, pero eso era irrelevante. El caso fue que ese día, tres días antes, ella se adormiló casi en seguida. Y poco a poco su cabecita fue rodando hasta chocar de su hombro, provocándole un corrientazo, una emoción intensa, poderosa y terrible. Al caer, ella había reculado enderezándose, pero volvió a rodar, y deseó que se quedara así, quieta. Y así fue. Al principio parecía tensa, luego fue relajándose en ese punto de apoyo. Durmiendo. Y mirándola de reojo le pareció que sonreía leve. Con disimulo acercó un poco su rostro, como si también durmiera y aspiró el olor de sus cabellos. Era embriagador, tanto que temió que los sonidos de su corazón la despertaran. Qué tortura, qué agonía, qué maravillosa era toda aquella locura. 

   Sin moverse, sin respirar, hizo todo el trayecto entre temblores y calorones. No deseaba que llegaran jamás. Pero llegaron. La joven despertó, y fingió dormir. La sintió acomodarse, y casi le pareció una caricia física la mirada que la chica le lanzó, tal vez para cerciorarse de que dormía y no notó que ella iba recostada. Ese día se dijo que debía hablarle, intentar saber quién era, o enloquecería. Pero tres días más tarde continuaba en las mismas, en total quietud en su lado del asiento, aunque asegurándose, montando su carpeta en el otro puesto mientras la gente subía, que ese espacio siguiera libre. La miraba subir, y la joven ya no buscaba, podía haber muchos asientos libres antes, pero ella siempre iba en su dirección y tomaba asiento. Sin embargo, todo cambió esa mañana cuando llegaron a su destino, después de que dormitaron cómodamente a dúo, sin sueños, sin sobresaltos, despertando con una sensación de bienestar compartido.

   -Fue corto el viaje hoy, ¿verdad? Dormí rico. –la sorprendido ella, hablándole, desperezando su cuerpo.- Hola, me llamo Jenny… -le sonrió. ¡Jenny!, que nombre tan bello, se dijo.

   -Mucho gusto, yo me llamo Matilde. –le respondió la otra, viéndose hermosa con sus mejillas enrojecidas y los ojos brillantes como estrellas en un cielo abierto al anochecer.

CORTOS CRUELES DE HOSPITAL

Julio César.

GRAN DETECTIVE

julio 9, 2009

PENSANDO EN VERDURAS

EHHH!

   Sabueso incansable tras su dulce presa…

……

   El salón estaba lleno de agentes y de asomados que venían por los cachitos, y Germán Gutiérrez no podía disimular su orgullo. Todos estaban allí para agasajarlo a él, el gran detective joven que se había transformado en la gran revelación de la temporada. Sentado en el podio oye sobre su valor y su sangre fría a la hora de afrontar los hechos. Recuerda cuando entró en ese cuarto de motel barato, que era de lo último, las rameras, casi todas viejas y cansadas, parecían hombre mal disfrazados. Pero él, joven y con ganas de lucirse, era el primero en llegar a la escena del crimen. Dándose importancia le ordenó al encargado abrir la puerta del cuarto 69 (tan a propósito para esos fines, pensó creyéndose ingenioso). Una vez adentro todo fue un caos.

   -Su temple y el dominio de sus emociones fue el detonante para llevar acabo una investigación exhaustiva y científica en medio del caos… -continuaba el comisario jefe describiéndolo.

   En cuanto entró en el pequeño cuarto, oscuro y oliendo a moho, se desconcertó, se había quedado pegado al piso. Al bajar la vista notó que había pisado una gran mancha de sangre. Con un alarido, no tanto por pisar evidencia como por ensuciarse de sangre (qué asco), medio dio un salto, resbalando, llevándose con zapatos, pantalón, mano derecha y culo casi toda la sangre. Con un alarido quedo allí, sentado. Fue cuando reparó en el cadáver; un hombre mayor, calvo, cuya cabeza girada a la izquierda, lo miraba fijamente. Gritó poco varonilmente, llevándose la mano ensangrentada a la cara para cubrirse la boca. El olor a cobre lo hizo gemir más, pataleando sobre la sangre, poniéndose de pie, resbalando nuevamente y cayendo sobre el cadáver, derribando dos copas sobre la mesita y haciendo añico los cristales. Su pecho pega del sujeto, su mano desvía el rostro muerto. Cabellos, pestañas, uñas, sangre ajena, caspa y posibles lentes de contacto olvidados por el criminal, quedaron pegados a él, que comenzó a sacudirlos del cuerpo a manotazos y con gemidos ahogados.

   -El asesinato cometido contra el concejal Rojas, ese pivote de la comunidad, mientras visitaba a los enfermos, no quedó sin castigo. Su asesino fue capturado por este hombre implacable, de sangre helada, de nervios de acero… -lo señala el comisario jefe, en medio de los aplausos.

   Todo embarrado de sangre, como convulso, fue hacia el baño, pegando de las paredes, del espejo, del pomo de la puerta, contaminando las posibles huellas del homicida y dejando únicamente las suyas. Una vez en el baño, vomita copiosamente dentro, sobre y fuera del inodoro, jadeando sin fuerzas, halando la cadena, reparando, tardíamente, en que vio unos condones flotando en las aguas, con posible material genético capaz de llevar al criminal. Con un lloriqueo mira y mete la mano dentro de la revuelta agua, pero ya todo se ha ido. Queda ahí, laxo, indefenso, y es cuando oye como se acercan las sirenas policiales. Dios, ¿qué hacer?

   -Hoy honramos a un gran detective…

   Corrió hacia la ventana, pero esta estaba enrejada. Debía salir de ahí, y cubrir su rastro, por lo que tomando una toalla caída, previamente llena de sangre, tal vez del homicida, corre a la habitación e intenta borrar sus huellas, pero estaban en todas partes. Jadeando con miedo, ya imaginaba lo que dirían. Decide que lo mejor es huir, escapar al inframundo y vivir con los hombres topos. Con paso rápido llega a la puerta, abre y queda cegado por la luz del pasillo, pero aún así grita alarmado por una imagen aterradora al final del mismo, tal vez la Sayona. Cuando mira nuevamente repara en que se trata de una mujer semi desnuda, con rostro demacrado y pálido, cubierta de sangre.

   -Algún día este modesto agente del orden nos dirá exactamente cómo llegó a la verdad, cómo supo quién era el culpable. -invita el comisario jefe, orgulloso, mirándolo.

   -¡Fui yo! ¡Yo lo maté… yo lo maté…! -gritó esa mujer al final del pasillo.- Llame a la policía, señor. Yo maté a ese hombre. Fui yo. Yo lo maté con ese cuchillo que está allí…

COMPARTIENDO EL VIAJE

Julio César.

LA TRABAJADORA DE LA NOCHE

marzo 6, 2009

PENSANDO EN VERDURAS

jake

   Si tienes para la tarifa contigo me voy…

 

   El médico miró a la mujer, una desconocida todavía, aprobatoriamente. Era una fémina normal de clase media trabajadora pero con aspiraciones. Delgada y flexible, se veía fuerte físicamente aunque no era alta. De cabellos amarillentos, ni por un momento la cree catira natural, con esas cejas no podía serlo, se veía bien sin embargo. Era treintona, comenzando, de rostro cuidado pero no maquillado en exceso. Una mujer segura de sí, podía muy bien imaginarla haciéndole frente a un hombre, gritándole hasta del mal que se iba a morir con las manos en las caderas y tongoneándose desafiante. Sus ropas eran llamativas pero no muy buenas, un suéter algo ajustado que enmarcaba divinamente su busto generoso y una faldita a medio muslo. Su cartera y zapatos sí eran de calidad. Cuando mira sus ojos, se inquieta… Ella ha estado estudiándolo y no parece convencida de que sirva. Vaya…

 

   -Buenos días, señora Martínez.

 

   -Buenos días, doctor. –responde ella tomando asiento, mirándolo inquisitiva.- Disculpe que se lo diga, pero no me imaginaba que usted…

 

   -¿Fuera tan joven? Hay muchos siquiatras jóvenes, señora.

 

   -No, no es eso sino que… ¿me estaba mirando las tetas? En mi trabajo noto cuando un sujeto…

 

   -No, no es eso, señora. Estaba acotando algunos signos externos sobre su… -se acalora, tomado fuera de base por un momento.

 

   -¡Ah!, no le gustan las mujeres. Por mí está bien. –parece más relajada.- Me agradan los gay. –sonríe señalándolo.- Y me disculpo por creerlo un mirón, no me fije bien en sus… -y no termina pero mueve las manos elocuente. Él la mira terriblemente impactado.

 

   -¡¡¡Señora Martínez!!! –traga saliva, acomodándose la corbata; maldita sea, y justo ese día llevaba una de seda rosa suave.- No creo que debamos hablar de mí. –reprende.

 

  -Bien, doctor. Lo siento si me metí en su vida. –toma aire.- Vengo a verlo por consejos de mi ginecólogo, ese hombre es una maravilla, adivina cuando tengo problemas, me conoce realmente muy bien. Verá, estoy agotada. No puedo descansar. Termino mi trabajo cada noche y al regresar a casa no puedo dormir. Es por culpa de esa pesadilla que tengo cada vez.

 

   -Bien, ¿de qué trata la pesadilla?

 

   -Es algo casi cotidiano. Algo que me aterra que ocurra en verdad siempre que salgo a trabajar, y creo que eso es lo que me angustia tanto. Pues bien, me acomodo bien y salgo a trabajar como siempre, como cada noche, recorriendo mi ruta… -relata mientras él va alzando las cejas.- …cuando en una esquina se me montan cuatro carajos. Me llevan a una zona lejana, aislada y ahí viene el abuso. ¿Lo ve? Se montan, me usan y se van sin pagarme…

 

   -Ah, ya veo, ¿y usted trabaja…?

 

   -Manejando un taxi.

 

GRAN DETECTIVE

 

Julio César.

EL NEGOCITO

julio 9, 2008

PENSANDO EN VERDURAS

   Lo tienen bueno, barato y bonito…

 

   Nada. En la vidriera enmarcada en colores oscuros no había ningún objeto, ninguna cosa que permitiera descifrar mejor aquel cartel: caballero, pase, descubra y lleve nuestro fascinante y excitante producto. Eso rezaba. Llamativo, exótico. Ambiguo. Los hombre, jóvenes y los no tanto, que se detenían y miraban, sentían la curiosidad correr por sus venas: pornografía, sólo podía tratarse de eso. Y tragaban saliva como los perros de Pavlov. Tan convencidos estaban que al acercarse alguna mujer por el pasillo del Centro Comercial escapaban casi a la carrera, como si temieran verse sorprendidos pagando a una trabajadora de la calle, y con moneditas. Generalmente la mujer que  pasaba miraba el cartel, enfurruñaba la cara, también creía era pornografía y miraba al prófugo intentando descubrir quién era para denunciarlo.

 

   Sin embargo, algunos entraban picados por la curiosidad. El lugar era pequeño, tal vez un metro y medio de ancho, por dos de largo ya que una barra alta limitaba el espacio. Detrás había una cortina, cerrada, que atrapaba las miradas calenturientas y desataba las imaginaciones (aunque todas iban camino a la bragueta, sin mucha originalidad), ¿qué habría allí, detrás de esas telas baratas de cuadritos?: pornografía, mucha, nueva y desconcertante pornografía, era la respuesta excitante y embriagadora. Incluso había quienes pensaban, los más desatados, en algún tipo de lugar donde hermosa chicas… La imagen quedaba corroborada por dos detalles. Uno era el vendedor, un joven delgado de sonrisa enigmática, agradable, atractivo a su manera, una que era ambigua también; la clase de sujeto que vende porno y no causa inquietud (o favores sexuales, pensaba mas de uno con ciertas cosquillas). El segundo detalle eran las fotografías en las paredes laterales.

 

   Eran de chicas jóvenes, increíblemente pechugonas y cubiertas por mínimas tiritas por sostén, que invitaban a hacer preguntas: ¿Cómo se sostenían? ¿Por qué no reventaban? Las miradas de las chicas eran empañadas, sugerentes, anhelantes, como la de modelos profesionales, esas pobres muchachas muertas de hambre que parecen venir de veranear en Somalia y que se encontraran de pronto ante una hamburguesa con todo, caliente y olorosa. Las otras eran de tipos jóvenes, mazacotudos, lampiños y de miradas que intentaban ser virilmente masculinas, pero que difícilmente hubieran atraído la atención de las mujeres, inquietando únicamente a algunos tipos.

 

   -¿Dígame, señor? –pregunta el joven, cortando al cliente, ¿qué iba a decir?

 

   -Eh, yo, pasé para ver qué había.

 

   -¿Sí…? –y lo mira fijamente, haciéndolo sudar.

 

   -Si, me preguntaba… ¿qué venden aquí? –se lanza de sopetón, ¡ahora sabría!

 

   -¿Usted qué buscaba? ¿Qué desea encontrar? –responde el chico y lo desconcierta y asusta.

 

   -Yo, no lo sé, ¿qué venden…? –insiste, algo histérico, sintiéndose molesto también.

 

   -Satisfacción. –responde con una sonrisa tonta, amistosa, como si explicara todo, y no explicaba un coño.- ¿Le interesa?

 

   -No lo sé… -angustiado, presintiéndose atrapado en algún macabro juego, insiste.- Cuando dices satisfacción… -se corta y acalora, está molesto y curioso, desea irse, seguro de haberse equivocado, pero atado también. Allí debía haber algo inimaginable, bueno, sorprendente y único (porno del duro).

 

   -Eso. Satisfacción. –repite el joven algo impaciente por primera vez, mirando elocuente su reloj.- ¿Le interesa o…? –y el otro se atraganta, quiere preguntar qué carajo es lo que tienen, pero no se anima.

 

   -Bueno… -capitula.

 

   Lo mira sonreír y entrar a la trastienda. El chico vuelve casi en seguida con una caja grandecita, aparentemente pesada. ¿Alguna muñeca? ¿Una caja de DVDs? ¿Algún libro? ¿Tal vez… (y tiembla de fiebre) algún juguetito exótico? El muchacho tiende la caja en la barra, al tiempo que otra persona, una mujer, sale de detrás de la cortina. El joven saca un libro hermoso, grueso, de apariencia muy costosa.

 

   -Esta es nuestra mejor obra. Una Sagrada Biblia finamente encuadernada, para que aproveche sus momentos de ocio y soledad, ilustrada para que los muchachos la disfruten, y tiene hojas en blanco para que trace su árbol genealógico. Será la Biblia familiar, ¿no es hermosa, madre Teresa?

 

   -Así es, hijo mío… -responde la monja sonriente, pero mirando al cliente con ojos de halcón.- ¿Se lleva esta sola o desea dos o tres más, para sus amistades?

……

 

   Si yo tuviera dinero para botar, montaría un negocito así por una semana, tan sólo para molestar. De hecho pensé en titularlo: TRAMPA PARA TURISTAS; pero habría sido muy obvio, ¿verdad?

 

LA TRABAJADORA DE LA NOCHE

 

Julio César.

PENSANDO EN VERDURAS

mayo 27, 2008

   El tamaño contaba algo…

 

   Martina agradecía los momentos en que dejaba la casa para hacer sus compras, lo que tal vez explicara porque iba tanto a ese mercado. O tal vez no. En su casa siempre había trabajo, el polvo era terrible, igual que las telarañas; sacudía y cuando se volvía aparecían nuevamente. Mil veces se había preguntando dónde estaban esas arañas tan laboriosas. Y los muchachos, aunque grandecitos ya, no parecían poder valerse para nada por sí mismos. “Mamá, ¿donde están mis zapatos?”. “Mamá, ¿y mi camiseta roja?”. “Mamá, ¿y mis libros?”. “Mamá ¿y mi cuaderno?”. “Mamá, ¿bajaste de Internet el trabajo sobre Gómez?”. Fuera de que debía batallar para que comieran sus vegetales, sopas y carnes guisadas. De ser por ellos sólo tragarían papas fritas y pollo asado. Además estaba el lavar cerros y cerros de ropas, plancharlas, guardarlas. Lavar los baños, limpiar las baldosas del lavadero, dejar brillante las ventanas. Todas esas cosas que los miembros de su familia daban por sentado que se hacían solas, que siempre era así sin que mediara ningún poder humano. Por lo tanto no era necesario notarlo o agradecerlo.

 

   Mientras recorre el pasillo de los enlatados y pastas, entiende que así la veían. Era… mamá. Y le gustaba, su casa, su marido, sus hijos… pero ¿no podían ser más atentos? Mira su reflejo en el cristal de la heladería, sonriendo algo nerviosa, sintiéndose tonta, una mujer cuarentona algo ridícula. Se veía bien con su suéter negro, algo ajustado, cosa que resaltaba su busto, reconoce con el rostro encendido. Había notado más de una mirada levemente interesada de hombres que iban por allí y topándosela parecían decirse: nada mal, mami, te conservas bien a pesar de todo; si quieres yo podría hacerte el favorcito en los baños, ¿qué te parece? Pero a ella no le interesaba. Ninguno de esos sujetos. Con paso trémulo va hacia la sección de las verduras.

 

   -Le queda bonito el cabello cuando lo tiene suelto, señora. –le había dicho el muchacho, un mocetón veinteañero, de cuerpo trabajado, eso lo sabía, nadie normal era así, con esos bíceps y esos pectorales, por no hablar de la cintura estrecha.

 

   Se lo dijo un día, hace tres semanas, de pasada, como quien comenta que hace calor después de haber hecho frío hasta el día anterior. Y ella, tomada por sorpresa, enrojeció, sonrió y no supo qué responder. Pareció una colegiala pillada fuera de base en clases cuando miraba una novela romántica en lugar de prestar atención a las ecuaciones. Llevaba el cabello alto ensortijado porque en verdad no se lo había lavado y no quiso atarlo esa mañana. Y el muchacho lo había notado, sonriéndole con desparpajo e indiferencia, como un jovencito cualquiera hablando de cualquier cosa.

 

   Continuó con su carrito, esa primera vez, pero tuvo que volverse a mirarlo, mientras fingía revisar los precios de la charcutería envasada, tipo salchichas y tocinetas. El corazón había latido demasiado rápido, extrañándola, asustándola… agradándole, y quiso saber por qué. Era delgado pero alto, de nuca casi rapada excepto por un cabello en cepillo en lo alto. ¿Habrá estado en el cuartel?, se preguntó, sorprendiéndose imaginándolo de traje verde, marchando, saltando, luchando, poderoso, cuerpo a cuerpo con alguien, dejándole vencido bajo su cuerpo. Sus manos eran grandes, eso lo había notado. Fuerza, debía tener la fuerza y el vigor de la juventud.

 

   Después de esa primera vez el joven no le volvió a hablar, sólo la miraba sonriente, y ella no sabía si se burlaba de su cabello suelto, desrizado, algo… lujurioso sobre sus hombros. Casi no se animó a llevarlo así después del comentario. Pero un impulso la obligó. Lo miró sonreír, amigable,  tal vez creído en su poder que la obligaba a actuar así. No lo sabía. Pidió dos kilos de tomates, concentrándose con todas sus fuerzas en la forma de los vegetales, pero pendiente de sus manos grandes, que debían saber tocar con ternura recorriendo una piel, cálidas, firmes, o apretar con violencia, como… atrapando a una mujer por sus axilas, alzándola violento, obligándola a mirarlo a los ojos, sometiéndola, metiéndose entre sus piernas, y ella cayendo allí, sobre su cintura, conciente de su fuerza, de sus ganas. Sí, eran manos enormes, reconoció estremeciéndose con fuerza. Y cuando flexionaba el brazo, los bíceps también destacaban, y ella se preguntó qué se sentiría recorrerlos con sus manos, apretando, acercando los labios a ellos, tal vez mordiendo un poco esa carne firme. Debía ser puro músculo, músculo de hombre… no, de muchacho, de alguien que estaría, según los sexólogos en la cima de sus deseos sexuales.

 

   -¿Desea algo más? –preguntó él, sereno, como si no se diera cuenta de nada. O tal vez no lo hacía.

 

   Si, déjame recorrer tus hombros con mis manos por un momento, te juro que no deseo nada malo, no quiero arrastrarte de aquí, aunque mirarte sin esa franela seguro que sería todo un espectáculo, y tú allí, esperando que otras manos bajen tu pantalón, ¿usas bóxer o calzoncillos? ¿Manga larga o bikinis? Pero no debo. Amo a mi marido, ¿sabes? Y sin embargo quiero tocarte, saber si tus pectorales son tan firmes como parecen, con esos pezones destacando bajo la tela, ¿alguna mujer te los ha pellizcado? Imagino que si, que manos ansiosas han recorrido tu piel, adorándote, diciéndote que eres hermoso, y habrás sonreído, ¿verdad?, sabiendo que es cierto; esperando que esas bocas que te adulan caigan y laman, mordiéndote, haciéndote gemir. Y eso no me gusta, no quiero imaginar otras manos sobre ti. Yo quisiera hacerlo. Yo deseo bajar mi mano y tocar sobre tu pantalón…

 

   -Si, un kilo de cebollas. Que no sean muy grandes…

 

   Con voz temblorosa pidió algo de ajo después, y cuando él le dio la espalda, inclinándose a buscarlos, casi se sintió desfallecer. Se veía tan… bien. Era una mujer madura, seria, no una carajita loca, no andaba buscando una aventura por calentorra o para pegarle cachos a su marido por venganzas inventadas, pero se vio acercándose a él, montando su mano en esa espalda recia, seguramente caliente con el fuego de la juventud. Al hacerlo, él se volvería y entendería que era una pobre mujer casada con un marido de primera juventud con quien tenía sexo cinco veces a mes, si había suerte, y que a veces ni ella lo deseaba en serio, siendo más grato estar juntos en una cama, hablando de los problemas, de los muchachos y de mil vainas, sin interés físico.

 

   Pero sabiendo que esos asuntos eran gratos, que debían tratarse; el muchacho, Jacinto, ese era su nombre, lo entendería, y con una sonrisa la atraparía por los hombros, empujándola, haciéndola caer sobre ese colchón rojizo de tomates fríos, redondos; y sin quitarle los ojos de encima, sus manos se meterían por debajo del suéter, acariciándole el vientre,  y ella gemiría. Las manos atraparían sus senos, apretándolos, antes de que cayera sobre ella, besándola. Se resistiría, pero sólo un poquito, un beso era algo serio, pero ¿cómo detener a ese mocetón vigoroso, caliente, de manos traviesas, de labios firmes y rientes, de lengua ardiente, de deseo duro en la carne? Y sería grato, ardiente, poderoso; ella no pensaría en nada, o tal vez lloraría un poco, su marido no lo merecía, pero…

 

   Sonriendo, sabiendo que ese calorcito en sus entrañas no eran simplemente nervios (los nervios de siempre cuando lo buscaba), rodea el pasillo… y encuentra a una muchacha delgada, de rostro aburrido, atendiendo en las verduras. Sintió un ramalazo extraño de inquietud, de miedo. Era como cuando sonaba un teléfono a las doce y media de la noche, sonido que decía ‘atiende, y prepárate, es grave’. Se le acercó.

 

   -Buenas, ¿y Jacinto? –pregunta ronca. La muchacha la mira sin interés.

 

   -Se fue para el coño. –y a mí me ponen a atender esta vaina, parece decir.

 

   No hay palabras para describir su desazón, su desencanto, su… pérdida. Aquel ritual que alegraba sus mañanas, que despertaba una tonta fantasía para todo el día, inocente, idiota, de llegar y verlo, de imaginar, de soñar, se había terminado. Tentada estuvo de abandonar el carrito y marcharse, incapaz de atender o entender sobre cuentas, números de tarjetas de crédito y esas cosas. Esa noche su marido la encontró muy callada.

 

   -Pareces triste, Martina.

 

   -No es nada, cariño. –sonríe trémula.

 

   -Algo debe ser. –es algo impaciente, como siempre cuando ella cae en uno de esos estados de ánimos.- No importa, ¿adivina? –le sonríe.- La firma tiene entradas para una función de media noche mañana, será la premier en Venezuela de la película de los vaqueros maricones esos. Sé que no suena muy bien, pero será grato salir de casa. Seguro que viendo la tal Brokeback Mountain te diviertes un montón…

 

   -Si, seguro será divertida y me distraerá. –concede, lejana, y tal vez por eso no repara en la cara de su marido.

 

   La voz del hombre se había quebrado un poco, desazonado. Decir maricón le recordó, con desagrado culpable, el extraño momento cuando entró esa tarde en Contabilidad y tropezó a ese tipo, quien casi lo derriba y le sonrió amistoso luego, que se veía tan bien en su traje de aprendiz, con la camisa ajustada y el pantalón que parecía abombarse en su pelvis… el tal Jacinto.

EL NEGOCITO

 

Julio César.

 

NOTA: Habrán algunos relatos más de este tipo y para no enredarme buscando imágenes usaré esta que me encanta. La miro y me digo… sí, hay historias interesantes todavía. Y gente sortaria, lo digo por el sujeto este.