REGALO

diciembre 12, 2017

JUGUETONES BAJO EL SOL

   ¿Se lo imaginan?

   Nada molesta más a un chico que cumple trece años que se verse obligado a salir con su familia, un domingo a la playa, siendo tratado todavía como un niño a veces malcriado, cuando podría haberse quedado a solas en la casa, sin nadie para mirarle o hablarle, y colarse en el cuarto de su hermano, Andrés, quien levanta pesas, y ojear, y usar todo caliente como siempre, sus revistas de culturistas. Ah, no, pero le llevaron y… Con lo ojos muy abiertos les vio acercarse a la carrera, luchando por ver quién llega primero, los poderosos y masculinos cuerpos, hermosos, agitados y transpirados, los bañadores cortos y apretados. Con la boca abierta, temiendo que algo babeante, no puede dejar de seguirles con la mirada aunque la prudencia le gritaba que lo hiciera estando tan cerca de sus padres como está. Pero no puede, los mira, a uno y otro y otro, mientras compiten por el título de Míster Playa, con la garganta seca y las piernas cruzadas. Su joven corazón casi se detuvo al verlos nadar y luego salir del agua, riendo y empujándose entre ellos, usando el último “traje” de la presentación, los bikinis mojados. Eso era… Eso era…

   -Ya sabía de este evento; feliz cumpleaños, hermanito. Por cierto, de nada. –le susurró, bajito y divertido casi al oído, Andrés.

Julio César.

EL PATO DONALD…CURIOSA TRADICION NAVIDEÑA

diciembre 12, 2017

CHICAS, QUÉ NO DECIRLES A SUS HOMBRES

   Ah, tantos momentos tradicionales…

   Cuando la gente me pregunta qué considero mi mayor tradición navideña, se molestan cuando respondo que sería algo así como… eh, bien, tomar licor. Siempre me gritan algo, comenzando con que eso lo hago buena parte del año. Pero es verdad, la navidad, el fin de año, diciembre, lo asocio al aguardiente. Ese que antes era barato y estaba tan a mano, alegrando los momentos, aligerando los trabajos desagradables, haciendo a la gente más amable y hasta interesante. En diciembre pinto, o pintaba, el apartamento, y me tomaba mis buenas cervezas. Si pintábamos la casa de mamá, bebía con mis hermanos, cuñados y cuñadas. Si se preparaban las hallacas, bebíamos. Montar el arbolito era una gran ocasión para escuchar a la Billo’s, las gaitas y a Nancy Ramos… bebiendo. Matrimonios, bautizos, cenas, todo en ese mes se sazona (o se sazonaba, cuando el país no era este desastre), con buen aguardiente. Como que uno de los grandes temas de nuestra tradición musical dice: “Con mi botellita ‘e ron, salgo a parrandear”.

   Bien, el cuento viene al caso porque una amiga me comentó que en Suecia, ese país que suena casi exótico por lo lejos, lo frío y lo misterioso, desde el año 1959, las familias se reúnen en torno al televisor cada 24 de diciembre, para ver el especial navideño “El Pato Donald y sus amigos le desean una feliz Navidad”, a las tres de la tarde. Es una costumbre familiar, tanto que después del especial, los niños reciben sus regalos.

   Qué raro, ¿verdad? Pero es bonito que pase, que sea eso, tradicional. Haremos tal cosa (ver el especial), luego saldremos, y que ambos hechos se esperen con ilusión y emoción, como una constatación de que se llegó al día, al momento esperado. Jamás la he visto, la película, aunque el pato Donald, mal geniudo y rencoroso, suele ser divertido (se parece mucho al pato Lucas). Y si uno lo pone en esos términos, si hay una película que me encanta, que la veía en la televisión pública, cada año, sin importar las veces ya vista, o las versiones anteriores ya ofrecidas en esos días. El Cuento de Navidad de Charles Dickens, la versión de 1984 protagonizada por sir George C. Scott. Tan bien adaptada, actuada y argumentada; el archiconocido cuento, en esa versión, es tan intenso como escalofriante. Dejar pasar una vida sin sentir, sin experimentar, sin hacer reír a otros, sin despertar simpatías, afectos, cariños. Una vida que nadie recordará, a la que nadie le importará que pase. Un  nombre que nadie recordará, que se olvidará. Por esto, tal vez, años más tarde me pegó tanto la historia de un tal Ennis del Mar.

   Otras versiones me gustan también, pero esa era mi preferida. Hace añales que no la veo, pero como nunca falta una persona amiga, me enviaron esta dirección. Y vaya que la disfrutaré.

Julio César.

ALGO NORMAL

diciembre 11, 2017

JUSTO… PERO CONCIENZUDO

   ¿Hay algo de malo en que un chico lo haga?

   Joven y vigoroso, atlético y saludable, tatuado porque sabe que eso gusta mucho cuando se quita la camisa o la franela, casi tanto como sus músculos que brillan con el sudor que lo cubre cuando se exige físicamente, así se exhibe nuestro amigo. Todo un estuche de monerías… que no teme entregarse entusiastamente a la autosatisfacción, gimiendo mientras se brinda placer, subiendo y bajando. ¿Puede haber algo más común y corriente, más natural, que un chico, con sus juguetes, masturbándose por las mañanas, todo caliente?

……

   Y cada chico lo hace a su manera… de la manera que le provoca. Con JUEGOS Y ARREGLOS PREVIOS

Julio César.

EL CAMBIO… 45

diciembre 11, 2017

EL CAMBIO                         … 44

   Basado en una idea QUE NO ES MIA. Es una adaptación. No digo más, por ahora, no contacto aún al autor. Es un cuento de los que llaman de lenta construcción.

   Lo quiere todo…

……

   Y así como se la pasaba todo sonriente (pareciéndose en eso un poco a Larry O’Donnell), lo otro era que… vivía caliente. Moverse, el roce contra las ropas, le producían ciertas sensaciones físicas parecidas a caricias; y notar su reflejo, de pronto, en alguna superficie reflectante, le excitaba sexualmente. Sentía ganas de tocarse, de sobarse, de masturbarse… con algo en su culo. Algo que no fueran dedos, que no llegaban donde necesitaba. Sin embargo, fuera de esa leve frustración, andaba medio duro todo el tiempo. Era como un animal sexual, se dice; aunque de los que se fijaba en el entrepiernas de los hombres. Vagamente le parece que era raro, ya que no era gay; pero, la verdad, es que le emocionaba sentir la mirada, admirada, de otros carajos que parecían pensar en hacerle cositas cuando le clavaban los ojos como dardos, especialmente en su trasero.

   Después de los ejercicios, y una ducha rápida, con otra prenda pequeña y oscura, y más ropitas ajustadas, recibió a Larry, quien le comentó que iba bien en las pruebas. Eso le produjo tanta alegría que le abrazó y casi saltaron como dos colegialas traviesas. Era emociónate saber que todo iba bien, se dijo, tal vez por eso terminó con el rostro contra su almohada, ojos cerrados, boca muy vierta, gimiendo roncamente, mientras su culo, alzado, era macheteado por el médico, quien le gruñía que se sentía increíble la manera como chupaba. Y era cierto, para él también. El roce de la verga le ponía a mil. Su recorrido. Los golpes profundos que le daba con la punta le hicieron correrse dos veces entre escandalosos chillidos.

   Esa tarde, con la cena, en cuanto Pelham y él terminaron, arrojó al cabo de espaldas en el camastro, y a hojarascas, no del todo fuera del nuevo bikini, se empaló a fondo. Pelham había dudado por un segundo, después de todo no era gay (se repetía), pero el recuerdo de las aprestadas y haladas que ese culo le dieran pudo más. Era hombre y ocioso, ¿okay?, así que apretó los dientes y le ordenó cabalgar, que se lo ordeñara, que le sacara toda la leche.

   Esa noche el marine durmió profundamente, tanto que no notó la entrada de Larry, quien, sonriendo, le colocó los audífonos para su lavado cerebral usual, ayudado por los centelleantes colores de un televisor no sintonizado, donde parecían dibujarse figuras concéntricas y espirales que giraban y giraban, bañando con sombras y parpadeos el joven cuerpo desnudo. Porque, ahora, Jeffrey McCall siempre dormiría así.

   Despierta al otro día sintiéndose lleno de energías, descansado, satisfecho con su vida. Feliz. Se quita los audífonos sin preguntar cómo llegaron, y la mirada se le pierde por segundos en el televisor, hasta que la nieve es sustituida por una pantalla completamente azul. Ahora, sonriendo aún más, sentado sobre el camastro, las musculosas piernas muy abiertas, encuentra en la mesita otro consolador. Uno nuevo. Un tubo regular y algo curvo en la punta, con un botoncito en la base. Ríe y rueda los ojos, como divertido por las tonterías de Larry, y sin más, cae de espaldas en el camastro, y como si tal cosa, flexiona una rodilla y medio ladea las caderas, apoyándose más en una nalga que en la otra, despejando el camino a su culo lampiño. Sonríe de oreja a oreja y contiene un jadeo cuando apoya la roma punta en su agujero y lo penetra. Se tensa, cierra los ojos y sonríe con la boca muy abierta, sintiéndolo deslizarse en su interior, abriéndole, llenándole; lo mete todo hasta el final y la roma punta encuentra en seguida ese punto tan interno, ese que no alcanza con sus dedos, y comienza un leve saca y mete, arqueando la poderosa espalda, sus pectorales proyectándose, sus músculos tensándose, chillando entre dientes de puro gozo.

   Lo que escapa de su boca son gemidos de placer, de lujuria y éxtasis mientras siente las paredes de su recto muy calientes, mojadas, sensibilizadas al roce, su próstata disparando chispazos de excitación, y casi por accidente, porque lo había olvidado, sus dedos rozan el botón en la punta. El leve zumbido le sorprende, pero no tanto como el rítmico movimiento de aquella cosa que vibra contra sus entrañas. Ahora sí que grita y echa la cabeza hacia atrás, apoyando los dos pies en el camastro, con las piernas separadas, alzando el culo del colchón mientras lo saca y lo mete, teniéndolo encendido en todo momento. Verdaderas oleadas de placer recorren su inmenso cuerpo, la verga le babea, las tetillas le piden ser tocadas, pero lo nuevo del juguete lo tiene fascinado. Se lo mete todo, lo saca un poco y vuelve a clavarlo, gimiendo, hasta que estalla en un intenso orgasmo que casi le hace bizquear al tiempo que ronronea y se baña de esperma. Era rico hacerse una paja por la mañana, se lo ocurre. O recuerda que lo pensó, o que lo escuchó por ahí.

   Se ducha, se viste, desayuna, y el coqueteo es intenso con el cabo Pelham, quien no sólo no parece poder apartar los ojos del cuerpo del sonriente joven, sino que al ver el vibrador sobre la cama se puso maluco. El marine desayuna y el postre es arrodillarse al lado del camastro y que el otro le meta otra vez ese juguete, adentro y afuera, haciéndole chillar, hasta que, trastornado, el cabo se lo vuelve a pegar. Luego casi huye gruñéndole que el capitán ya estaba por llegar. Como, en efecto, ocurriera poco después, recibiéndole Jeffrey chillando, respondiendo a cierto besito mordelón. Al joven ya no le interesan las pesadas, las mediciones, aunque sabe que sigue aumentando de tamaño y musculatura. Y saberlo, verse, le excita. Los batidos le ponen caliente y cachondo, tanto que en el gym, el médico y él, terminan en un acalorado sesenta y nueve. Y gritó, bastante (se le ocurrió después, recordando a Pelham, afuera), cuando, echándote de espaldas sobre una colchoneta, totalmente desnudo, el médico lo follara con fuerza y con ganas. Chilla y chilla mientras aquella verga le da donde toca, donde provoca. Sus entrañas estaban en llamas.

   Lo que parece convertirse en cierta rutina diaria.

   -¿No has tenido… problemas?

   -¿Problemas? –se intriga Pelham, sentado, anotando algo en su bitácora.

   -Si, con ese sujeto, McCall… -gruñe, rojo de cara, el cabo Joseph Down, quien después de cuatro días fuera del complejo ha tenido que regresar.

CONTINÚA … 46

Julio César.

EL ESPIRITU

diciembre 11, 2017

EL AZUCAR DE LA FIESTA

   Cuando entra, es que cambia…

   -Hey, vecino… -saluda en la puerta del apartamento.- Me dicen que no celebra la navidad, ni asiste a las reuniones con los demás, ni participa en el intercambio de regalos, así que vengo a enseñarle lo que se pierde después de las doce, cuando ya los niños y muchas de las vecinas se han retirado y están dormidos. ¿Paso y le muestro?

Julio César.

DE VUELTA A CASA

diciembre 11, 2017

EL PROFESOR ACTOR PORNO

   Ah, qué fea se ve la ciudad cuando uno se aleja unos días.

   Por sustracción de tareas, del trabajo nos mandaron para nuestras casas, mediante un permiso navideño bien raro. No me quejo. He estado fuera de Caracas, con la familia, y si regresé fue para votar hoy. Aunque sea inútil, por mí no quedará mañana la lamentación. No he escrito mucho, tan sólo un poco, lo siento. Escribir groserías es fácil, correcciones gramaticales y de redacción no tanto. Ya nos leemos…

Julio César.

DE HOMÓFOBO A PUTO… 14

diciembre 8, 2017

DE HOMÓFOBO A PUTO                        … 13

Por Sergio.

Rodrigo nota entonces que su propio short también parecía una tienda de campaña. ¡Su propia verga  lo había traicionado!, demostrándole que veía a Luciano como algo más que un agradable nuevo conocido. Mientras lo observa desvestirse, reparando en su pecho peludo, su primer pensamiento es salir corriendo y “escapar de la tentación” ahora que estaba cada vez más cerca; pero, tras pensarlo con mayor detenimiento durante algunos segundos, decide quedarse. Esta decisión suya se fundamenta en que 1. Nada es menos varonil que evadir los problemas en lugar de enfrentarlos y 2. Tampoco sería un gesto cortés con el pobre Luciano, que tan amable y generoso se había mostrado regalándole su agua… y que tan excitante se mostraba ahora: atlético, semidesnudo, sudado y peludo…

– Si así de peludo está de arriba, ¿cómo estará de abajo? – pregunta de forma retórica Rodrigo, escapando sus pensamientos de su mente hacia su boca.

– ¿Perdón? ¿Dijiste algo? – pregunta Luciano.

– ¡No, nada! – responde con vergüenza, deseando que sus palabras hayan sonado ininteligibles para el otro.

– Pensé que estabas apurado, pero no veo que te alistes para bañarte. Je, je.

– Es que, es que estaba pensando en… tanto asunto de la Universidad, pero tienes razón: mejor me apuro. – titubea al intentar explicar su conducta.

Mientras termina la conversación, Rodrigo extrae el jabón y la toalla que carga en su mochila, se desnuda en cuestión de segundos y rápidamente camina hacia una de las duchas más alejadas de los casilleros porque si Luciano sólo buscaba bañarse, se conformaría con quedarse en una de las primeras duchas, que estaban frente a él. Sucede tal como razonó Rodrigo: Luciano se queda en la primera ducha y se enfoca en bañarse, no intercambiando más conversación con él. Sin embargo, a pesar de la distancia que los separaba, ambos hombres podían verse (y comunicarse) entre sí lo deseaban… y lo deseaban. Mientras Rodrigo enjabonaba su cara, Luciano observaba su cuerpo desnudo, lampiño y mojado.

Aunque no podía hacerlo con todo el detalle y la cercanía que le habría gustado, la escena le parecía un espectáculo. Observa cómo esos bíceps, esas caderas, esos muslos bien formados empiezan a perder el jabón del que están cubiertos al recibir el constante flujo de agua que cae sobre Rodrigo en caída libre. Ahora su atención se centra en ver como el forzudo joven escurre su cabeza y aprecia la belleza de sus rasgos faciales cubiertos de agua.

De la misma manera, cuando Luciano realiza esta misma operación de aplicarse jabón y “shampoo”, Rodrigo, consciente de que tendría cerrados los ojos al recibir el chorro de agua, también le devuelve una mirada examinadora. Es entonces cuando pensamientos intrusos invaden su mente, arrepintiéndose de no haberse quedado en una de las primeras duchas. Se imagina a Luciano aprovechando la cercanía entre las duchas para continuar coqueteando y, finalmente, besarlo abruptamente.

Rodrigo termina de ducharse antes que Luciano, abandona la zona de duchas y se apresura para vestirse. Luciano nota discretamente los movimientos de Rodrigo, pero actúa normal. No está desesperado ni tampoco quiere aparentarlo. Rodrigo considera que ya había sido lo suficientemente valiente como para tener derecho a irse sin despedirse… y sin secar adecuadamente su cuerpo antes de ponerse una juvenil camisa de mangas largas y sus acostumbrados pantalones entallados.

Poco después de que Rodrigo se retira del recito, Luciano sale de los vestidores espera encontrarlo entre la gente. Está casi seguro de encontrarlo, pero al no hacerlo, recuerda que le dijo que tenía prisa por llegar a la Universidad mientras piensa “ya habrá tiempo”, ignorando que la verdadera urgencia de Rodrigo obedecía a su temor ante el riesgo de que sus deseos sexuales se descontrolaran y terminaran follando en plenos vestidores.

Mientras aborda una unidad de transporte colectivo, Rodrigo piensa “¡qué estupidez!”, haciendo un esfuerzo por romper con todos esos pensamientos homoeróticos que automáticamente estaban invadiendo su mente. Está claro que Rodrigo hoy no era dueño de sus pensamientos, pero en cambio, sí era capaz de reconocer que no todo estaba mal: la singular situación lo ha puesto de buen humor y cada vez es más fácil de admitirlo para sí mismo. Indiscutiblemente, Luciano le había agradado mucho… tal vez, demasiado. Después de todo, le debía su primera alegría en tres días, cosa extraña… y digna de agradecer después de haber vivido el caótico fin de semana que tuvo.

Cuando Rodrigo llega a la Universidad, reconoce las siluetas de Roberto y de Samuel, quienes van caminando algunos metros adelante y hablando entre ellos. De no haber estado peleado con su hermano, Rodrigo se habría acercado para desearles “buena suerte” en el importante examen que tienen hoy, pero considerando que era demasiado temprano para amargarse el día con discusiones inútiles, evita acercarse a ellos. Sin embargo, Samuel sí distingue a Rodrigo pasando de largo.

– Allá va tu hermano. Deberías plantearle la duda que tienes. – aconseja Samuel.

– ¡No jodas! ¿Para qué? ¿Para que me eche en cara que no estoy listo para el examen? – responde Roberto, incómodo.

– Bueno, es una sugerencia. Como no me entendiste cuando yo te lo expliqué…

– Lo sé, pero ese remedio es peor que la enfermedad. Además, de seguro tampoco le entendería a él…

Mientras ambos jóvenes, ojerosos y soñolientos, se dirigen al salón de clase en el cual se realizará el temible examen en menos de media hora, Rodrigo se dirige a la oficina del Ing. Saúl para devolver los exámenes que calificó el viernes. Mientras se saludan y conversan, Rodrigo no puede evitar pensar en que Saúl es un hombre de edad madura, pero que está bien conservado, se ve mucho más joven de su edad y que posiblemente no tenga nada que envidiar a sus jóvenes alumnos.

Aunque esta idea se enciende provocando un chispazo en su mente, ésta la ahoga rápidamente, rehusándose a ser incendiada por esos pensamientos que había conseguido apagar durante su trayecto hacia la Universidad. La amena conversación con su ex profesor y ahora jefe facilita las cosas al tratar temas interesantes… y desvinculados al sexo. Ambos están frente a frente, mostrándose animados mientras platican. Mientras Saúl mueve sus manos mientras habla, las de Rodrigo sostienen una bolsa de papel que contiene los exámenes calificados.

– Pues te agradezco tu eficiencia para calificar este control tan rápido. – verbaliza Saúl.

– Es que quería adelantar con este para que no se juntara con la evaluación de hoy. Le adelanto que hay buenas calificaciones. – responde Rodrigo con genuina humildad.

– A ver si eso sucede con el examen de hoy… ¡Hoy no van a tener acceso a los apuntes! Ja, ja, ja Te doy las gracias otra vez.

– De nada, me alegra ser útil.

– Sólo espero que este cargo no te afecte con tus otras materias.

– Sé que son muchas cosas las que tengo que atender, pero la clave está en saberse organizar y estoy haciendo. – enfatiza al percibir que su capacidad de trabajo está siendo cuestionada.

– ¿Y estás seguro de que te funciona? Je, je – pregunta con amabilidad.

– Yo creo que sí y aquí está una prueba de eso. Je, je – afirma mientras agita la bolsa de papel que tiene en sus manos.

– Eso veo y no dudo de tu trabajo, pero me parece que has andado apurado con tanta responsabilidad y no te ha quedado tiempo para tus cosas.

– Creo que, en parte, así es la vida del estudiante aplicado, pero ¿por qué le ha parecido que ando en apuros? Je, je.

– Es que veo que tu cabello está muy mojado. Supongo que el trabajo te consumió mucho tiempo, no pudiste dormir bien y se te hizo tarde. Je, je.

– Ahhh… Pues en realidad eso no es por el trabajo. La verdad es que no califiqué el fin de semana porque terminé de calificar el viernes, pero es que… no me quedó suficiente tiempo para bañarme hoy… porque me baño en el gimnasio al que voy… y todas las duchas estaban ocupadas y tuve que esperar. En realidad sí dormí bastante. – balbucea avergonzado al tener que volver a disfrazar lo que hizo (y le hicieron) entre viernes y lunes.

– Bueno, como ya me lo aclaraste, no me preocupo. Je, je  De hecho, te ves muy bien así.

– ¿En serio lo cree? – pregunta con auténtica ingenuidad mientras una pequeña nueva chispa se prende en su mente.

– Claro que sí, es como que un deportista como tú haya estado nadando en la piscina y haya corrido a ponerse su ropa encima. –dice mientras se aproxima más al joven.

– Eso es exactamente lo que pasó, excepto porque el deporte era levantamiento de pesas. Je, je – presume gozando los halagos de su profesor.

– El deporte es lo de menos. – señala mientras amistosamente pone su mano sobre el hombro de Rodrigo.

– ¿Qué quiere decir?

– Que creo que el tiempo que tú has pasado haciendo deporte supera al tiempo que yo llevo impartiendo clases.

– Bueno, siempre me gustó el fútbol, la natación, el ciclismo…  

– ¡Y tu dedicación salta a la vista! – le interrumpe animado mientras aprieta el bíceps del brazo izquierdo de Rodrigo.

A Rodrigo le resulta tan desconcertante esto que lo deja literalmente sin palabras. Automáticamente, se encienden otra vez las ideas intrusas contenidas en su mente inflamable que ya empezó a arder. Su piel está sensible y ese tipo de contacto físico podía resultar “peligroso”. Lo sabe, como también sabe que, sin abandonar la diplomacia, debe quitarse la mano de Saúl de encima.

El problema es que lo que en realidad le inquieta abandonar no es la diplomacia, sino ese firme roce de la mano de Saúl a los músculos de su brazo. Pese a no ser una caricia, le produce una sensación muy erótica que, en lugar de limitarse a su brazo, se extiende progresivamente a su pecho y su espalda.

Rodrigo no habría tenido ningún problema en ser asertivo y “hacerse respetar”, ni siquiera ante una figura de autoridad, como lo es Saúl. Sin embargo, cuando su deseo sexual está despierto, las situaciones se relativizan bastante para Rodrigo. Y la situación que está ocurriendo ahora mismo no es la excepción.

Saúl nota la agitación de Rodrigo, pero en lugar de temer incomodarlo con su cercanía corporal, desplaza su mano hacia la espalda de Rodrigo, quien empieza a imaginar que lo que no ocurrió antes en el gimnasio ocurrirá ahora en la oficina. Al menos sería con su profesor; y no, con un desconocido. Al menos es un espacio cerrado al que nadie accede sin la correspondiente llave. Ante el enigmático silencio de Rodrigo, Saúl reanuda la conversación.

– Por lo que veo, estás más mojado de lo que pensaba.

– ¿¡De qué habla!? – pregunta Rodrigo, no sabiendo cómo reaccionar.

– A tu espalda. Estás empapado… y caliente. Creo que la humedad no es por la ducha, sino que estás sudando. – afirma sin despegar su mano.

– Bueno, ya va a ser la hora del examen, así que yo le dejo las evaluaciones calificadas ya… – dice mientras utiliza la entrega de la bolsa de papel como una excusa para escapar de la situación, pero al hacerlo de forma repentina y torpe, termina arrojando la bolsa al suelo causando que los exámenes salgan disparados de la misma.

– ¡Perdón, ingeniero! – exclama Rodrigo profundamente avergonzado mientras se agacha para recoger las evaluaciones.

– ¡No pasa nada hombre! Se te escapó de las manos… literalmente. Ja, ja, ja, ja – bromea Saúl dejando escapar una ruidosa carcajada.

Rodrigo se siente un poco aliviado de que Saúl se tomara con humor su torpeza, pero el sonido de su risa lo distrae durante un instante. Mientras está terminando de recoger las evaluaciones para volver a ordenarlas tal como estaban en la bolsa, Saúl aparece frente a él con un traje formal.

– Ponte esto. – ordena amablemente Saúl.

– ¿Qué? – responde Rodrigo, temiendo parecer estúpido, pero sin saber qué decir.

– Estás muy nervioso. Supongo que por el asunto de que estás mojado… por el sudor. Será mejor que te pongas este traje. – razona.

– ¿Pero no cree que es inapropiado para la ocasión? Quiero decir que es un traje muy bonito, pero puedo verme ridículo llegando a cuidar el examen así.

– Pues, aunque te dije que te ves bien, sería mejor que llegaras con él que húmedo y nervioso. Recuerda que no debes demostrar debilidad ante los estudiantes.

– Bueno, está bien, pero… ¿dónde me cambio? – pregunta lógicamente.

– Aquí mismo. Después de todo, somos hombres, ¿no? Je, je – verbaliza tranquilamente la lógica respuesta que temía Rodrigo.

Para comentarios o sugerencias, escriba a:

 maxival91@gmail.com

CONTINUARÁ…

Julio César (no es mío).

NOTA: ¡Al fin! Ni imaginan cuánto esperaba por la continuación de esta historia.

¿FAVORITISMO?

diciembre 7, 2017

NOCHES DE HALLOWEEN

   Aunque no es el más acuerpado en las competencias, los jueces nunca lo eliminan. Seguro que disfrutan su rutina.

EXASPERACION

Julio César.

EL CAMBIO… 44

diciembre 7, 2017

EL CAMBIO                         … 43

   Basado en una idea QUE NO ES MIA. Es una adaptación. No digo más, por ahora, no contacto aún al autor. Es un cuento de los que llaman de lenta construcción.

   Lo quiere todo…

……

   -No, claro que no…

   -En serio, ¡no lo soy! –jadea, con convicción.

   -¿No lo eres y me la exprimes con ganas? ¡Eres un marica, amigo! ¡Un enorme maricón!

   Las palabras le desconciertan. ¿Sería cierto? Bien, lo estaba gozando, si, pero…

   -¿Lo soy? –le pregunta, como si tal cosa fuera importante que se la explicaran. Pero no llega a abrir la boca el otro, para agregar algo seguramente ofensivo o burlón, mientras se la empuja hasta el fondo, cuando…- ¡Ahhh, ahhh, si, si! –casi bizquea y chilla, mirándole aún sobre un hombro, justo cuando alcanza la gloria. Su próstata, sensibilizada, golpeada una y otra vez por la cabeza de esa verga, estalla. Tensa aún más la espalda, apretando sus entrañas mientras se corre abundantemente y moja el bikini que no ha bajado del todo. Su agujero se cierra duro sobre el otro tolete que sigue cepillándole la pepa, abriéndose camino hasta el fondo.

   -¡Te corriste sin tocarte! ¡Eres tan puto! –le grita el cabo, nalgueándole tan duro que la mano le arde, clavándosela toda. La verga se le pone aún más tiesa cuando esas entrañas se cierran sobre ella, el semen la recorre, le quema, y, teniéndole bien enchufado, aferrándose a su cintura como para no caer, se corre una y otra vez, chillando mientras lo llena bastante con su esperma.

   Y mientras el joven cabo se corría, teniéndosela bien clavada, Jeffrey, todavía en los vaporones de su propio clímax, alza el sonriente rostro, sintiéndose bañado por toda esa esperma caliente que le golpea, quema y chorrea, toda una marea de masculinidad que lo nutre. Ignoran que ambos jadean bajitos y roncos, que sus torsos subían y bajaban.

   -Mierda, eso fue… -gruñe Pelham a sus espaldas, sacándosela.- No, espera… -le dice para inmovilizarle, montándole una mano en la espaldota, con los ojos clavados en aquellas nalgas abiertas, sobre el agujero pulsante de donde mana la esperma.- Joder, mi leche chorreando del culo de otro carajo… -ríe bajito, maravillado, sintiéndose sucio y sexy.

   -¿Te… gustó? ¿Cogerme? –como preocupado de repente, Jeffrey le mira sobre uno de sus recios hombros. Sus ojos se encuentran.

   -Fue… diferente, muy distinto a cuando… Si, carajo, me encantó. –admite, riendo, pero más como para sí mismo. Recordando las veces que, uno que otro tipo, pareció insinuársele. De saber que era así, habría hecho su agosto en el colegio. Y en el desierto.

   -Me alegra. –sonríe el enorme marine, como si eso borrara cualquier nube en su vida, alzándose cuan alto y musculoso es, subiéndose el bikini que se moja de esperma, algo que eriza al otro. Volviéndose, muestra el frente de esa vainita toda empapada, como si hubiera disparado una cubeta de esperma. Pelham parpadea.- ¡Me muero de hambre! –exclama acercándose al camastro, tomando otra de esas camiseticas cortas y un shorts, o bóxer, corto, elástico, de color amarillo clarito. Uno que le cuesta subir, que no oculta ni disimula el que lleva un bikini oscuro. Y al caer en la cama, para ponerse las botas, Pelham parpadea nuevamente, maravillado. ¿No le molestaba la leche en el culo? ¿Toda la que tenía en el bikini? El olor… Bien, era un alegre marica. Un alegre, muy sexy y rico marica, rectifica sintiéndose algo erizado mientras se guarda su propia barra chorreada de esperma, pensando en ir a lavarse.

   -Debo volver a mi puesto. –informa, sintiéndose tonto al recordar ahora su deber, congelándose ante la alegre mirada inocentona y suplicante.

   -Entonces, ¿no te quedas a almorzar conmigo?

……

   -¿Qué demuestra todo esto, fuera de lo calentorros que son? –pregunta Hessler viendo a los dos hombres compartir la mesa.- Esto hasta me parece… peligroso. El cabo olvida que debe estar alerta en su puesto.

   -Nuestro chico lo ató. Y si eso hace con él… -Larry sonríe, anotando algo en una carpeta.

   -Capitán… -todas las dudas aún se notan en el tono.

   -Pronto todo terminará, coronel, y lo verás por usted mismo.

……

   Así como hacía cuando almorzó y habló con Pelham, coqueteando a cierto nivel todo el tiempo, Jeffrey McCall parecía no poder dejar de sonreír, de sentirse satisfecho, realizado y contento con su vida… que no alcanzaba ningún pensamiento muy serio. Eso, de alguna manera, le producía paz, dejar de preocuparse por todo; y el saberse buenote, sensual, era la dicha. Así de simple, como simple eran ahora sus reacciones mentales, que no físicas. Vistiendo aquella camisetica y shorts, o bóxer, con sus botas, fue llevado después del almuerzo a realizar algunos ejercicios de coordinación física que le recordaron, vagamente, sus días de reclutamiento, cuando todo era nuevo y extenuante. Ahora le divertía. Era rápido de reflejos, también en respuestas, ágil… físicamente. Ni una vez se preguntó por qué le hacían repetir dichas rutinas. Ignora que la idea es que infiltre territorios enemigos, en selvas, desiertos o ciudades… venciendo a los machos a su paso con su sexo. Agotándolos. Sometiéndoles.

CONTINÚA … 45

Julio César.

LOS HEREDEROS… 14

diciembre 7, 2017

LOS HEREDEROS                         … 13

   ¿No es adorable?

……

   -Oswaldo… -grazna casi sin voz. Este se le acerca a paso vivo. Agresivo. Hostil.

   -Tu madre le contó cosas sobre su fallecimiento, rumores que esa periodista del carajo quiere averiguar, que distorsionará como le dará la gana. ¿Se suicidó Mariana?, ¡eso quería saber! –trona agitando un dedo, su voz rezumando rabia, resentimiento.- Tu madre fue ambiguamente clara sobre ello, y me pregunto qué tanto de eso le contaste tú. –acusa.

   -¡Nada! –jadea, pero sabe que no importa. Oswaldo la castigará por lo ocurrido. O tal vez era la excusa perfecta que el hombre había encontrado para salir de ella, ahora que apuntaba a una diana que golpearía bastante al abuelo Girardi.

   -Cada vez que algo malo me ocurre, uno de ustedes está implicado.

   -No hice nada, no le dije nada. Nunca he ido en tu contra. –lloriquea. Herida en verdad. El hombre odiaba a su gente, está bien, pero ella le había demostrado que sabía ser útil, y fiel. ¡No merecía ese trato ultrajante e hiriente!

   -Te quiero fuera de mi negocio. –es tajante, dándole la espalda y volviendo cerca de su escritorio.- No quise decirlo frente a los otros para no humillarte, ni perjudicarte más con rumores echados a rodar; pero estoy terminando toda relación comercial contigo. –la mira, ceñudo.

   -Oswaldo, por favor, no. Toda mi firma depende casi exclusivamente de ti. Aún mi posición dentro de la familia. Sabes que nos quieren casi tan poco como a mi tío. Me toleran porque trato a tu nombre y temen una represalia si se ponen groseros. –suplica veladamente.

   -Esta conversación ha durado demasiado, vete de una vez, Sofía. –es tajante. Y los labios de la joven tiemblan mientras siente una fea opresión en el pecho, algo muy cercano a las lágrimas.

   -¡Hijo de perra, ¿qué le haces a mi gente?! –brama una airada y molesta voz, al tiempo que la puerta de la oficina se abre; voz que congela a la pareja.

   Sofía se vuelve a mirar hacia la puerta y endereza los hombros, aspira con fuerza y compone su eterna sonrisa de yo estoy bien, tú estás bien, por lo tanto todo es maravilloso. A Oswaldo, junto a su escritorio, le toma más tiempo, fijándose en el hombre mal encarado que le mira desde el marco. Joder, ¿cómo sabía ya lo de Sofía?

   -Ricardo… -gruñe en respuesta, en verdad estaba inquieto de la ira que su amigo podría mostrar cuando la joven le contara que la había botado, pero no puede dejar de sonreír, porque había algo en ese otro carajo que siempre le divertía, que le relajaba, que apartaba, por minutos, las tensiones y los problemas de su mente. ¡Le encantaba verle enfurruñado como estaba ahora!

   -Nada de “Ricardo”, ¿qué le hiciste a Atamaica? –exige saber Ricardo Amaya alzando el rostro velludo y algo redondo. Ha intentado comunicarse con la mujer desde que saliera de su apartamento, picado por la curiosidad sobre lo que iba a contarle, eso que “les hizo Oswaldo”, pero esta no le respondía. Y como supone que ya debía estar fuera del banco, al menos que estuviera atracándolo, sabe que se le está negando.- ¡Anda toda cabreada!

   -No le he hecho nada  tu ex mujer; seguramente anda todavía molesta porque una vez se casó contigo. No fue un error… pequeño. –bromea el otro, todo sonrisas, aliviado al saber que no se trata del asunto Sofía, a quien mira fugazmente, al tiempo que monta su culo sobre el escritorio.- Carajo, te pierdes un tiempo, no llamas, no escribes, no visitas y te presentas enfurruñado acusándome de toda clase de cosas; eres un amigo de mierda.

   -Atamaica… -comienza este, reparando al fin en la mujer presente, enrojeciendo y sonriendo con toda la cara.- ¡Sofi! –y abre los brazos con afecto generoso, como siempre, piensa Oswaldo, aunque en este caso se entiende, era su sobrina, la hija de su hermana, la zorra de Alida. Puede que nadie en este mundo quisiera a Alida Amaya, viuda de Nazario, pero sus hijas…

   -Tío… –ella le sonríe igual, va a su encuentro y se abrazan con fuerza, medio balanceándose.

   A Oswaldo le produce algo de gracia la escena, Sofía era un poco más alta, como mucha gente respecto a Ricardo, algo que le hacía verse un tanto… entrañable, piensa. Los ve compartir afecto.

   -Estás hermosa. –le dice él, apartándola un poco.

   -Ay, tío… -sonríe como si no le creyera, las manos atadas. Este, algo ceñudo, la estudia.

   -¿Todo bien? Pareces… agitada. ¿Qué haces aquí, con Oswaldo?, ¿alguna operación comando contra tu abuelo? –tantea. Y el otro hombre se congela. Ahora ella le diría y…

   -Más o menos, pero sabes que no voy a contarte. -responde ligera.- Y todo está bien.

   -¿Seguro? –entrecierra los ojos, preocupado.- Sé que este energúmeno puede ser terrible.

   -Si, tío. Estoy bien. No pasa nada.

   -Me alegro. –gruñe mirando ahora, con falsa seriedad, a Oswaldo.- A mí sí me molestó durante días. Y no sólo con mi ex, la “adorable” bruja del oeste.

   -Por Dios, ¿y ahora qué otra cosa se supone que hice?

   -Llamarme y llamarme, aunque te había dicho que quería tomarme unos días para… arreglar un asunto. Y poner a Atamaica a llamarme y luego molestarla con algo. –soltando a la joven, agita un dedo.- No sé qué tiene, pero no me caben dudas de que eres el culpable.

   -Si, sí, claro, todo yo, todo yo. Yo hundí el Titanic y destruí la Atlántida. –bromea este, parándose del escritorio, cubriendo la distancia y llegando a su lado, dándole un fuerte abrazo que ya sentía iba con retraso.- También es mi culpa que seas un feo enano amargado y desconfiado.

   -Oye… no soy feo. -grazna Ricardo, ahogadamente contra su hombro, pero en el tono y el rostro se detecta la sonrisa, la diversión, abrazándole a su vez.

   Si, los abrazos de Ricardo Amaya tenía algo diferente, se dice Oswaldo, sonriendo al apretujar el sólido y compacto cuerpo de su mejor amigo contra el suyo, el cual corresponde de manera similar a su… ¿necesidad del abrazo? El día parecía, efectivamente, menos mierdoso ahora. Un carraspeo les regresa a la realidad y les hace separase… lentamente. Y nada contento, se dice el tipo más alto. Necesitaba aún un poco más de… ¿consuelo?

   -Bien, chicos, es lindo verlos tan amorosos, pero tengo que irme. –anuncia Sofía, sin mirar a Oswaldo, acercándose al hombre más bajo, quien aparta al amigo poco ceremoniosamente.

   -Adiós, hermosa, debemos almorzar un día de estos. –responde él, abrazándola otra vez y mirándola fijamente.- ¿Segura que te sientes bien?

   Oswaldo nota el parpadear infinitesimal de la joven, la fugaz mirada que le lanza, y se tensa. Dios, no, no necesita en esos momentos un disgusto con Ricardo.

   -Divinamente. –le sonríe, atrapándole las mejillas.- También tú te ves bien, tío; fuera lo que haya sido que te había estado molestando, pareces más relajado. Imagino que le sacaste el jugo a esos días de reposo. –sonríe pícara, notando sin ver, la tensión de Oswaldo, y por ello lo hace, para molestar al odioso hombre.- ¿La pasaste rico en esa pequeña tienda, en los brazos de tu apasionada compañía? No quiero ni imaginarme todo lo que hicieron en esos montes. Ni todos los rastros de ADN que dejaron. –medio ríe, con un tonillo de chica algo tonta.

   Uno que irrita terriblemente a Oswaldo Simanca, quien, sin embargo, observa fijamente el rostro de su mejor amigo, quien va enrojeciendo de vergüenza… admitiendo todo lo que la joven señala. Que estaba con alguien y la pasó “rico” en sus brazos.

CONTINÚA…

Julio César.

UN DICIEMBRE BLANCO EN ESPAÑA

diciembre 7, 2017

PRIMERO DE DICIEMBRE

   Aunque, palear la nieve, no parece divertido…

   Nada más comenzar el mes, el norte de España se vio alcanzada por la nieve, las ventiscas y el aire helado procedente de los Pirineos (¿y no suena genial?, los Pirineos, debe ser por esos lados donde ni español hablan); tanto que aunque apenas comienza, ya se oyen alertas en varias comunidades autónomas. ¿Cómo cambia el paisaje de rápido en esas latitudes, verdad? Claro, si el frío es extremo y provoca todos esos inconvenientes de los cuales se escuchan tantos cuentos feos, desde problemas con el agua, el transporte y en caso extremos hasta con los servicios eléctricos, incluyendo la gente que a veces muere de frío, no suena tan genial; pero debe ser bonita una navidad así, con la nieve amontonándose en los jardines, el muñeco levantado en las entradas, las quebradas congeladas, las ramas de los árboles cubiertas con cristales de hielo, la gente bien abrigada. Hermosa para verla o vivirla al menos una vez. Es tan… tropical el clima en el trópico. La blanca navidad…

Julio César.

ANIMO

diciembre 6, 2017

HACIENDO LA DIFERENCIA

   Si, parecía algo goloso…

   La verdad no le gustaban mucho esas prendas, por mucho que sus amigos le dijeran que se veía del carajo en ellas (cosa que si le gustaba, reconoce con todos sus cachetes rojos y calientes), pero eran… imprácticas, incómodas y molestas. Aún allí, sentado, medio se agita como para acomodarla. Empero, a ellos les gustaba vérselas puestas, así que les complacía. Imagina que algo de fetichismo hay en ello. Ignora lo que si saben todos esos amigos “con derechos” en esa vida soltera sin compromisos y grata; ellos lo han notado: diez minutos metidos en una y el roce como que le emocionaba y le ponía maluco. Nunca decía que no una vez en el hotel de turno mientras vestía una y sobre el colchón alzaba ofreciendo generosa y abiertamente su muy redondo culo.

Julio César.

PRUEBA NO SUPERADA

diciembre 6, 2017

DA DE BEBER AL SEDIENTO

   ¿Todavía sin resultados?

   Se estremece y gime cuando la golosa boca de su mejor amigo va y viene, succionándole y apretándole sabroso la verga; la tiene muy dura mientras el otro se la trabaja con ganas. Su pecho sube y baja, respirando con esfuerzo por la excitación… y el temor. Le parecía que su mujer, Marión, regresaría antes de tiempo y les pillaría. Quiere detenerle, regañarlo por mamagüevo y mandarlo lejos, pero… Era su mejor amigo de toda la vida… ¡Y esa vaina se sentía bien sucia y rica! Que te la chupara así tu pana del alma.

   Cuando le dijo que quería probar algo que hacía tiempo le rondaba la cabeza, pero no se atrevía, y temía decirlo porque podrían malinterpretarlo, la curiosidad le llevó a preguntar qué. Y miren que le costó convencerle de contarle.

   -Quiero mamar un güevo. –confesó rojo de pena, temeroso de ser rechazado.- No es que sea marica ni nada de eso, pero he estado en tríos, a veces, con Mercedes y otros carajos, y la verdad es que me he preguntado… muchas veces, qué se sentiría y… -se fue apagado, avergonzado, y más cuando su amigo estalló en carcajadas algo sorprendidas y nerviosas.

   -¿Qué quieres probar eso? Bien, si, puede ser curiosidad. No creo que eso te haga gay. Ni a mí, así que si quieres güevo, bueno, aquí está el mío. –respondió con ligereza. Como juego. No esperó ni la mirada ilusionada, ni la tocada, ni que se lo sacara y lo lamiera con deleite. ¡Y qué chupadas!- Hummm… -ahora chilla atrapándole la nuca, agitado, muy cerquita de llegar, pareciéndole escuchar el motor del carro de Marión, cosa que aumentó la emoción y le hizo correrse abundantemente, con un chillido, llenándole la boca, oyéndole sorber y tragar frenético.

   Sí, eso no le convertía a él en maricón, pero su amigo ya no podía decir lo mismo, no después de haber regresado siete veces a tragarse el buche caliente y fresco de cada tarde. Sonriendo, agitado, recuperándose, recuerda a una amiga putona que decía que no había nada más peligroso, incluso para un hombre, que chupar vergas, porque rapidito se volvía costumbre.

……

   ¡Y eso pasa tanto!, si no pregúntenle a estos carajos que cayeron BAJO LA CADENA

Julio César.

EL AZUCAR DE LA FIESTA

diciembre 6, 2017

TIEMPO DETENIDO

   Si, no debió amenazarle con dejarle si no iba.

   -¡Roberto! –chilla la joven, por sexta vez en menos de veinte minutos cuando su novio, al que está presentándoselo a los compañeros de trabajo de la fábrica, hace su oferta.

   Este, después de negarse a asistir a la reunión, de quejarse por todo el camino mientras iban, había tomado bastante y se sentó junto a los regalos del intercambio, quietándose la ropa y proponiéndole a todo el que se acercaba:

   -¿No quieres ir conmigo al cuarto donde tienen las carteras y chuparme el caramelo? Lo tengo duro y sabroso.

   Riendo, las chicas se alejaban, todo coloradas… pero más de uno de los chicos, incluso su jefe, parecieron dispuestos a probar y saborear el curioso momento.

EL ESPIRITU

Julio César.

CARA NAVIDEÑA

diciembre 6, 2017

PRIMERO DE DICIEMBRE

   No, no es Caracas… Ni de lejos.

   A pesar de que los puristas sostienen que Jesús no nació el 25 de diciembre (las cuentas no dan si la Inmaculada Concepción fue el 8 de ese mes), la navidad es una festividad netamente cristiana, y la más importante. Celebramos, quienes en eso creemos, la llegada del Niño Dios, el Salvador, el cumplimiento de la promesa mesiánica. Pero, fuera de ese significado, la fecha ya es una referencia mundial de todas las culturas, que, independientemente de la fe la toma como un tiempo para llamar a la paz, a la buena voluntad y la convivencia, a la unión de las familias y los pueblos. Las personas sonríen y aguardan con dichosas expectativas la llegada de estas fiestas, que concluyen con el final de un año y el comienzo de otro, aunque no todos los calendarios terminen igual. Muerte y resurrección. Esperanza. Las naciones de la Tierra se visten de bonitos ropajes, todos intentamos lucir lo mejor posible para expresar externamente lo que se siente y se espera. El mundo se verá bonito por unos días. Eso se siente bien.

UN DICIEMBRE BLANCO EN ESPAÑA

Julio César.