PROPOSITO

agosto 24, 2017

BANAS ILUSIONES

   Su mamá se pregunta qué tanto hace en su cuarto…

   Es un chico aplicado, serio, conoce su tarea, su deber, que, irónicamente, es su mayor placer. Entrenarlo para su profesor de Educación Física, el viejo, velludo y rudo oso que una tarde, en los vestuarios del colegio le preguntó si era putito y que en tal caso debía mostrar más ese enorme trasero, regalándole la primera de aquellas atrevidas, apretaditas y sedosas prendas. Todo comenzó así. Pensar en él, mirar la tanga, lo ponía caliente, por lo que le dio el consentimiento que el otro buscaba con tan sólo dos palabras: si, papi. Ahora, en cada momento que tiene, se despoja de sus ropas menos de lo que conviene, y lo ejercita, totalmente excitado, nadando en hormonas, casi corriéndose… sin tocar nada por delante. Ya no le hace falta.

HOT!

Julio César.

REALIDAD

agosto 24, 2017

PRIMERO EL OJO QUE LA BARRIGA

   Una cosa piensa el burro…

   …De enorme pieza, y otra el arreado. Mientras sube y baja, gruñendo, babeando, blanqueando los ojos, los amigos, que saben de esta pequeña debilidad al perder el control al tomar dos cervezas (cosa de lo que todos se aprovechan por muy machotes que sean), se gozan en la idea de abusar de su garganta, clavándosela toda, obligándole a actuar como el faltón que ahora le saben. La realidad es que finge perder el control, así les deja hacer y decirle lo que quieran, todo lo que les provoque, porque ese es el camino a su felicidad. Y lo cubre palmo a palmo con sus labios y se lo trabaja con la garganta, para experimentar la dicha de tomar lo que en verdad, verdad, necesita y desea.

MOMENTOS DE SANA EVASION

Julio César.

RECLAMO EN LA PLAYA… 4

agosto 24, 2017

RECLAMO EN LA PLAYA                         … 3

De EdwJc

   Dios mío, ¡ese hombre se había vuelto loco!, jadea para sus adentros Felipe, alejando la mano nuevamente, todo su ser revolviéndose contra la idea de tocar ahí, y así, a otro carajo, pero sintiéndose dividido entre el miedo y la desesperación. Paralizado ante la poderosa voluntad del otro, quien nuevamente le atrapa la mano, con dureza, afincando el agarre en su cabello, ahora algo transpirado por la angustia.

   -Señor… -intenta razonar.

   -¡Cierra la boca, maricón! –es tajante, menos cordial, mirada brillante de algo que le asusta todavía más. ¿Deseaba que diera guerra para zurrarle? ¿Discutir? ¿Gritarle en ese baño, humillándole y sometiéndole al tiempo que todos se enteraban? Lo sospecha y la sola idea le debilita, congelándole. Eso parece complacerle y el tono vuelve a ser pedagógico, paternal y casi amistoso.- Lo primero que tienes que hacer, y sería bueno que amaras hacerlo porque te tocará mucho como marica latente que los hombres huelen… -desconsiderado, burlón, controlador, le dice aquello, llevándole la mano nuevamente a la verga tiesa que deforma el bañador que usa, obligándole a atraparla con la palma, frotándosela con fuerza de ella. Los cachetes rojos del muchacho, el furor impotente de sus ojos, le hacen sonreír.- ¿Ves lo duro que está mi güevo? Responde así a la caricia, a una mano ajena que lo soba, que lo adora y rinde pleitesía por lo buenote que está. Por lo mucho que le gusta a las mujeres y a ustedes los maricones. –le dice al rostro; están tan cerca que los alientos se mezclan, así como los calores corporales.- ¿Lo sientes? ¿Cómo pulsa cuando lo recorres con tus deditos que se agitan sobre él? -ríe de su jadeo.- ¿No notabas que lo palpabas? Es lógico, un maricón, independientemente de lo que crea, vive para estos momentos, su cuerpo se eriza, calienta y se le moja todo en presencia de un güevo que se le ofrece. Sus reacciones, sus respuestas, son automáticas.

   Felipe no responde, pero se paraliza, ofendido, humillado, sus dedos quietos aunque la palma sigue recorriendo la barra dura y caliente bajo la suave tela. Y sí que era grande, coño, se dice sorprendido; pero más por el detalle que por estar tocándolo, obligado por la mano del otro. Se sentía tan… extraño. Ignora la sonrisa socarrona del otro porque no está mirándola; curioso, aunque no cree poder jamás llegar a sentir deseo sexual por eso, no puede dejar de mirar la fascinante pieza del otro sujeto (el güevo de otro tipo, algo que jamás consideró tocar, dijera ese tipo lo que dijera), tan duro, tan pulsante. Parpadea, maravillado, cuando una leve gotita de algo moja la tela, untándola. Le parece percibir un olor fuerte, uno que reconoce como el de él mismo, cuando se masturba y el güevo le babea de ganas. Un olor poderoso, la esencia de un hombre. Y, llevado por la curiosidad, cierra los dedos, la mano en puño, sobre la barra, apretándola, medio agitándola de adelante atrás sobre la pieza, provocando más de ese humedad. Y un ronco gemido del otro.

   -Si, a los hombres nos gusta que jueguen con nuestros güevos. Nos gusta usar el güevo. Vivimos para el placer que sentimos cuando los usamos. Y nos excita lo mucho que vuelve loquita a los maricas. –le gruñe, bajito.- Esa fascinación que sufren cuando ven uno todo parado. ¿Te gusta cómo se siente en tu mano? –casi ríe al verle congelarse, el puño cerrado sobre su verga.

   -No, señor, Cortez, esto no… -comienza, indignado.

   -Coño, ¿dónde está la niña? –oyen una voz que ruge, afuera, un sujeto molesto por algo, tal vez un padre que dejara a un hijo vigilando a la hijita mientras iba a tomarse una cerveza. O gritándole a la mujer. La cosa era que se escuchaba cerca. Y el pánico se eleva a la estratosfera en aquel muchacho, que tiene miedo de que le vean en eso, e intenta alejar la mano, otra vez. Y nuevamente es retenido en el lugar por la mano del otro. aumentando su angustia e impotencia.

   -¡Quieto! –le ruge, mirándole a los ojos, saboreando su angustia, su pánico.

   -¡Pero alguien puede entrar! –lloriquea, casi temblando de miedo.

   -Entonces hazlo rápido, maricón. Satisface a tu hombre ya. –le indica, elevando un tanto la voz, provocándole más miedo.- Aprende los caminos de los maricas eficientes. –cada frase es lapidaria para el joven. Oh, sí, era tan sumiso. ¿Gay o no? No importaba.- Toca, deléitate en sobar a un hombre excitado. –le indica, seco, obligándole a tocar y apretar sobre el bañador, sabiendo que el otro estaba ansioso. Guiándole por el puño que le retiene del cabello, le acerca más, sus rostros casi tocándose.- Después de una tarde de practicar un deporte como futbol, o beisbol, en los vestuarios, sudados, calientes, la sangre todavía corriendo, cualquier macho agradecería que te acercaras a él, y sin decir nada, lo tocaras así sobre los calzoncillos, indicándole cuánto amas la figura masculina. No habrá hombre que, riendo mientras te llama maricón, no abra las piernas para facilitarte el trabajo, soñando con que le des una mamada. Una que, en lógica, deberías darle después de tocarle y calentarle las bolas; pero, el punto, es que a todos nos gusta esto. Que nos lo soben y digan lo hermoso que es nuestro güevo, lo sabroso que se ve, el de cada quién. Que llegues y digas, por ejemplo, “que buen güevo tienes ahí, Manuel, se ve tan grande y tan rico”, y que lo toques, sorprendiéndolo, y agregues que uno así provoca masturbarlo o tragárselo hasta que suelte la leche. Así debes proceder siempre, maricón. Imagínate todos esos toletes creciendo, poniéndose duros por ti y para ti; la recompensa que mereces todavía cubierta por un bóxer, esperando que lo tomes.

   -No… no… ¿está loco? –el chico grazna, muy rojo de cara, casi aterrorizado ante semejante escenario. Conteniendo un jadeo cuando el otro le hala más, sus bocas casi rozándose, sus alientos totalmente mezclados, los ojos del otro sobre sus labios. Estaba tan cerca que… ¿Le besaría? La idea le sorprende y hace parpadear, garganta seca, labios temblorosos.

   -Deléitate en tocar así… así… Recórrelo con la palma, así. Aprieta con tus deditos de chico maricón, si, así… -le obliga a proceder, mirándole, sonriéndole, autoritario, complaciéndose en su sumisión. Porque Felipe parece dejarse llevar. Era como más fácil que enfrentare al formidable tipo.- Lo mejor está por llegar… -le advierta sonriendo, y el joven abre mucho los ojos, conteniendo un jadeo cuando le alza un poco la mano, los dedos quemándole al tocar ese bajo vientre algo velludo, y le obliga a bajar, metiéndosela dentro del bañador, tocándole directamente un güevo realmente caliente, venoso y duro.

   -No, no… -grazna el chico, casi mirándole suplicante. Aquello era una locura. ¡Él no era gay! Pero el otro no le deja apartar la mano de su verga, obligándole a recorrerla, como acariciándola para conocerla. Por un segundo logra despegar la mirada de la del otro, bajándola, encontrando su propia mano metida en ese bañador ajeno, notando la silueta de esta, deslizándose sobre el tolete tieso.

   -Tócalo, gózalo sentirlo así, muchacho maricón. Hazlo, cierra tu mano sobre el tolete de papá, eso nos gusta a los hombres. Aún a los más jóvenes, cuando un marica viene y lo hace. Apriétalo, sóbalo… -ordena, sus miradas atadas otra vez.

   Las mejillas de Felipe están muy rojas, su frente fruncida, sus ojos gritan de incertidumbre, impotencia y humillación… Su mano se cierra sobre la dura barra que pulsa contra su palma. Todo tan extraño, tan… Y lo masajea, de lado a lado dentro del bañador, las siluetas destacándose, el canto de su mano cerrada, la punta del güevo al ir y venir, la cabecita dibujándose, como un nabo, bajo la suave tela. Lo hace, lo masturba, temblando, mirándole. Bajando la vista, inconscientemente, hacia los gruesos y sonreídos labios del hombre, una boca masculina, cruel…

   -Ya está listo para ti. Para que saboree el momento. Sácalo…

CONTINÚA … 5

Julio César.

POR UNAS MIGAS DE PAN

agosto 24, 2017

LLEGO AGOSTO

   El Chigüiere Bipolar lo hace de nuevo.

   Entrando en sus páginas para reírme un poco con ese humor negro, la ironía, encuentro esto: “Bruja que pone migas de pan para atraer niños gordos termina con cola afuera de su casa”. ¿No es genial? No el mensaje en sí, la espantosa realidad de Venezuela, otrora país cuasi saudita donde la gente viajaba a Miami para comprarle tierra a las matas del balcón (ta’ barato, dame dos), hoy arruinada y miserable. Hablo de lo ingenioso de la composición. El hambre tiene a la gente haciendo cosas así. Los totalitarismos de izquierda son la muerte; los tiranos de derecha, Franco, Pinochet, después de un tiempo dicen “bueno, al carajo, me voy; no es necesario que se maten por mí”. Los otros no, Fidel pretendía morirse en el trono, Raúl va por el mismo camino, Chávez también lo intentó, Maduro no halla que delitos y tropelías cometer para conseguirlo. Con la izquierda, con los socialistas, no hay vida.

ENORME ROCA SE ACERCA A LA TIERRA

Julio César.

UN TIO CLARO

agosto 23, 2017

VUELTAS DE LA VIDA

   -Pasa, muchacho, ando muy caliente y necesitado…

EL DETALLE DE LA FIESTA

Julio César.

TRAVIESOS

agosto 23, 2017

EL PUNTO

   Mareado y caliente, queriendo le metan mano, recuerda lo que dijo el papá de los jóvenes gemelos a los que iba a entrenar: cuidado con lo que le den a tomar.

MANDO

Julio César.

LEJOS EN TIEMPOS DE GAITAS

agosto 23, 2017

LLEGO AGOSTO

   ¿Qué se sentirá, qué se pensará, estando a solas y lejos?

   Una querida amiga, de años y años, deja la oficina. Otra. Se va para el exterior, buscando tranquilidad, un aire nuevo para su familia. Comida. No quería hacerlo, pero el hijo mayor se le fue a México, la mediana a Chile, el menor, el que le queda, se va con la esposa y su niña para Bucaramanga, la familia de ella es de allá. Y si la ida de los otros le pegó duro, lo de la nieta ha sido terrible. La verdad no quería hacerlo, por su mamá y sus hermanos, pero el muchacho no pensaba irse sin ella y su viejo, así que casi se vio obligada. Brindamos por ella, hubo abrazos y besos, deseos de mucha suerte, esperando todos por un pronto regreso a una tierra libre… Pero nunca deja de sentirse como un hasta “nunca, cocodrilo”; como esos amigos de la escuela que parecía eternos, de quienes pensábamos jamás nos apartaríamos y un día dejamos de verlos, y hasta de recordarlos. Adiós, amiga; fue dulce y amarga la despedida, perdona la broma de la gaita y el “ya nos recordarás el 24 en la noche”, disculpa esas lágrimas.

POR UNAS MIGAS DE PAN

Julio César.

LOS CONTROLADORES… 45

agosto 19, 2017

LOS CONTROLADORES                         … 44

   -Ven por todo lo que te gusta, marica.

……

   No lo piensa más, de hecho no piensa, va tras el sujeto, moviéndose lenta, incómoda e irritantemente dentro del atestado vehículo. Todo el mundo se estorba, todos odian el roce. El calor, la humedad y los olores de gente que lleva todo el día en las calles, en diferentes oficios y tareas, dirigiéndose a sus casas, llena el espacio. Es una mezcla que, generalmente, no era muy grata. Y el gordito, en particular, era especialmente oloroso. No a violín, a peste de axilas, era como si hubiera sudado mucho, incluida las ropas, se hubiera secado, sin cambiarse ni bañarse, y volviera a sudar otra vez. Y otra. Así apestaba el tipo tras el cual se coloca.

   Este, sintiéndole, muy cerca, otra persona más presionándole, le lanza una mirada irritada. Ya tiene el metálico respaldo del asiento clavado en su entrepiernas. Es cuando el sujeto, un moreno claro y atractivo, de esos a los que odiaba porque las mujeres los aman y él nunca se podría parecer, se le pega. Así de simple y directo. Llegó, se detuvo detrás de él, montó una mano en el tubo que cruza el techo y le pegó la pelvis del culo. Parpadeando, ceñudo y molesto, lo siente, el contacto firme. Nada de sutilezas, de roces accidentales o disimulados. No, el tipo vino y le pegó el güevo del culo. Así lo piensa, porque… Es cuando parpadea aún más, confuso. Si, ese tipo tenía el tolete bien parado; duro, tieso, caliente a pesar de las ropas que los separaba. Pulsante. Eso también lo nota. Esa tranca de tío, verticalizada en la pelvis, estaba latiendo contra su culo, como si lo deseara. Sorprendido, intenta apartarse un poco, echarse hacia adelante, pero el tubo del respaldo no lo deja. Y ese carajo, respirando algo pesadamente tras su cuello, bañándole con el aliento, tiene las santas bolas de comenzar a frotarse, muy imperceptiblemente pero evidente, lento y deliberado para que lo note, de arriba abajo.

   El gordito traga en seco, alarmado por la situación, era algo que nunca antes en su vida le había pasado, que otro hombre le diera semejante refregada. Y ese bicho parecía largo, duro, con ganas de culiar. La idea le llega claramente, confundiéndole, consiguiendo que su sangre corra con fuerza en sus venas: era un güevo que evidentemente quería culo. Pegar la cabeza, mojada, de un agujero peludo y cerrado e ir enterrando esos pelos mientras iba entrando, centímetro a centímetro después de vencer la resistencia del esfínter, robando una virginidad. El gordito siente que su corazón va a dejarle sordo por la manera en la que martilla y hace que su sangre corra ante otro pensamiento que parece certeza: seguro que me dolerá si me la mete.

   ¡No, no!, se grita mentalmente, cara confundida. Debería estar gritándole ya, ¿no?

   -Oye, amigo, deja espacio, ¿no? –es lo único que puede gruñir, bajito para no llamar la atención, por alguna razón se sentía débil, vulnerable en aquella situación y no deseaba fuera notado por la gente alrededor, casi todos otros hombres. Sus ojos se encuentran, y le eriza no ver en esa otra mirada sino intensidad. Ganas. Unas ganas que adivina cuando el tipo, por toda respuesta, lo que hace es pegársele más, haciendo más evidente su refregar de perro, arriba y abajo, casi empujándole con la pelvis; ese tolete casi metido entre sus nalgas algo gordas.

   -Lo tienes caliente. Quiero tu caliente coño de chico.

   -¿Qué? –la boca se le secó, ¿acaso ese tipo estaba loco? ¿Por qué no se detenía? ¿Por que seguía refregándose? Y… ¿por qué, él mismo, empujaba su culo hacia atrás ahora? No sabe exactamente cuándo comenzó, o por qué, pero de alguna manera, tal vez para convencerse si la cosa era cierta o no, había proyectado su trasero. Para verificar el asunto, que sí, que ese tipo se le pegaba, que le tenía el güevo montado contra las nalgas, y que estaba duro. De alguna manera su trasero se había como sensibilizado para tal comprobación.

   -Quiero tu coño. –fue la respuesta mecánica.

   -¡Hey! –todavía no respondía algo adecuado a aquello, cuando ese tipo se suelta del tubo, autobús en plena marcha, y lleva las manos a su bragueta, abriéndole la corre, el botón del pantalón y el cierre.

   ¡Allí, en pleno autobús lleno de gente! Y él no hacía nada para detenerle…

……

   -¿Lo notas? –la joven le pregunta a su acompañante, con quien camina tomada de la mano, como si fueran novios o algo así (no quieras ponerle nombre a nada; no empujes Joanna, no empujes, se recordaba), mientras recorren el pasillo del Centro Simón Bolívar, el cual parecía algo umbrío, descuidado. Arruinado, apagado el brillo de ayer. Iban rumbo a un lugarcito donde vendían unas hamburguesas increíbles, sin embargo. Tanto que, aunque no habían llegado, ya sentían el agradable aroma.

   -Si, y eso que no tengo ninguna habilidad empática. –gruñe René, el hombre joven de piel aceitunada y aire medio árabe con el cual la joven pasaba sus buenas horas en la cama; se ve ceñudo, más curioso que mortificado. Mirando a todos a su alrededor.

   Las personas que pasan y se cruzan con ellos muestran una curiosa expresión… vacía. Especialmente las mujeres. Caminaban en línea recta sin mirar vidrieras, hablar por teléfono o hacer contacto visual con alguien. Incluso parecía que se alejaban. Que iban abandonando el lugar, los pasillos del Centro. Los hombres eran otra historia. Estaban detenidos, de espalda a las vidrieras o paredes. Mirando a todo el que pasaba. Sus ojos también parecían carentes de expresión, pero las pupilas buscaban. Cazaban. Sintió sobre sí, no sobre su bonita acompañante, miradas de interés, evaluadoras, unas que se volvían confusas, luego desdeñosas. Suspicaces. Era como si preguntaran algo, algo esperaran ver, y él no diera la respuesta adecuada.

   -Debe ser cosa de los controladores. –grazna Joanna, bajito, interpretando también la situación.

   René va a responder, pero no tiene tiempo. Un policía municipal, joven, bajito, mal encardo, les corta el paso. Su mirada, vacía al inicio al ir de uno a la otra, luego parece hostil.

   -Circulando, ciudadanos. –les gruñe, volviendo el rostro hacia una salida del Centro.

   -Vamos  comer algo. –responde Joanna, suave. Este los mira, frío.

   -¡Circulando! –repite con agresividad.

   -No hacemos nada malo. –se altera René, nunca muy paciente. Y nota que el joven policía alza la barbilla, como esperando la respuesta. Y que tres tipos, parados por allí, sin hacer nada, como esperando, se acercan, sin intercambiar palabras o miradas entre ellos, coordinados por algo externo. Y la idea era fascinante, y perturbadora.- No queremos problemas. –les mira, indolente.

   -Cédula. –pide ahora el joven agente. Agresivo. Los otros se acercan más.

   -Mejor nos vamos. –sonríe Joanna, tensa.

   -No, ahora no. ¡Identificación! –repite el joven, un brillo nuevo en sus pupilas. Agresividad, una alegre, evidente. Sentimiento compartido por los otros. Jóvenes osos buscando pelea por pelear.

   -Ya escuchaste. Tú y tu perra… -comienza otro de los presentes.

   -Váyanse a la mierda. –responde entre dientes René, abultando sus mejillas, frunciendo los labios y soplando muy suavemente, muy contenido, haciéndolo así porque en cuanto soltó su frase, Joanna le había montado una mano en el codo, para que se detuviera, o que actuara con mesura.

   Sopla, suave, muy leve, apenas una bocanada que no agitaría una telaraña, pero los otros cuatros, al frente, parpadean y comienzan a boquear, como si no pudieran respirar. Se inicia poco a poco, pero luego rojos de caras, inspiran ansiosamente en busca de oxígeno, uno que parece haber desaparecido. Uno de ellos se dobla de rodillas, los otros se alejan tambaleándose. ¡Se estaban asfixiando!

   -Vámonos. –la joven le gruñe, halándole del brazo.- Y deja de sonreír así. Eres aterrador.

   -Oye, ellos se lo buscaron. –se defiende, volviendo la mirada, ya parecían ir recuperándose. Era una pena, si Joanna no hubiera estado allí se habría divertido atormentándoles por abusadores.

   -Dios, esto está empeorando. –jadea ella, que rueda los ojos cuando la mira con evidente confusión.- ¿No lo ves? Los controladores están tomando la ciudad. Lo que hacen no nos afecta, y los controlados terminan notándolo… Y es posible que la agresión que intentaron fuera una respuesta programada. Tal vez deban ir contra todo el que no se someta. En ese caso…

   -Todo anómalo en esta ciudad corre peligro. –termina él, maravillado. ¡Vaya con esos bichos!

   -Y todo es culpa de Sombrío. –farfulla ella, resentida.- Nos pone a todos en peligro. Es un traidor.

   -Tal vez trabaje con ellos. Y tal vez debas dejar que yo me ocupe de él. –sugiere, alarmándola.

   ¿Ir contra Sombrío? La idea le parecía repulsiva, inconcebible, y se pregunta si el otro no la habría programado para que le fuera fiel. Aunque, viendo como estaban las cosas, era una idea. Un camino desagradable que tal vez habría que tomar para salvar a la mayoría de la locura que los controladores desatarían. O ya habían desatado. Es consciente de las hostiles miradas a su paso.

……

   -No, no, espera, ¿qué haces? -el hombre joven y gordito, mal vestido y apestoso a sudor no puede creer que ese otro tipo esté abriéndole el pantalón en medio de un autobús atestado de personas, y que sube al barrio, mientras le refriega de las nalgas un tolete que siente totalmente duro, caliente, pulsante… extraño.

   Gruñéndole al oído como un mantra que quiere su coño, llenar su coño, llenarlo con su güevo, todo ello le parece una locura al gordito, pero no puede hacer nada por detenerle, no se siente con fuerzas, aunque, a última hora, atrapa una de las perchas del pantalón, sosteniéndolo en su lugar, en la parte delantera, cuando el otro se lo baja por detrás. Enrojece, de vergüenza, porque lleva un bikini baratón de licra, verde chillón, de mal gusto, el cual dejaba ver el nacimiento de su peluda raja, y cuya tela estaba casi toda clavada entre sus regordetas y algo blandas nalgas. Todos verían que usa esa mierda… La idea le llena la mente (no que un carajo le hacía eso), embargándole de horror y emoción, su corazón bombeándole con fuerza en el pecho. Y a duras penas contiene un jadeo cuando el tipo vuelve a pegarle la pelvis, y el güevo, del trasero.

   -Bonitas pantaletas. Pero yo quiero tu coño. –el gordito siente la mano que entra en el borde del feo y barato bikini, bajándolo, exponiéndole.- Voy a coger tu coño… aquí y ahora.

CONTINÚA … 46

Julio César.

FASCINANDO SOLO OBSERVANDO

agosto 19, 2017

EL MOMENTO ESPERADO CADA TARDE

   Ya se estremece sintiendo su mirada…

   Le encantaba ejercitarse, cultivar su cuerpo en arduas horas de gimnasio. A su novia no le interesaba, no más allá de una inicial fascinación de enamorada. Otros eran como él, en el gym, y aunque era grato compararse secretamente en esos momentos, debía compartirlo con ellos, que también tenían lo suyo. Y eso no le gustaba. Por ello, cuando el vecino le alabó el corpachón, un tipo flaco y reilón, de dientes grandes, casi le obligó a ser testigo de sus rutinas, encontrando en el brillo de sus ojos, mientras recorría su musculoso cuerpo, un estimulo nuevo que calentaba su interior, obligándole a mostrarse más y más. Cada vez más encerrados para esos show, cuidando que no llegaran de improviso las novias y los pillaran. Cada vez en una trusa menor, más chicas, apretaditas, bien llenadas y mojadas. Más estremecido al flexionar ante los gruñidos roncos del otro, los “sí, sí, enséñamelo, muéstramelo todo”. Temblando a pesar del tamaño cuando las flacas manos ahora le aplicaban el aceite, lentamente, endureciéndosela bajo la trusa, cerrando los ojos y respirando pesado cuando esas manos iban y sobaban su trasero… prácticamente lubricándole el agujero.

   Oh, sí, eso iba a terminar muy mal… para su novia descuidada.

CADA NOCHE UNA CITA

Julio César.

INTELIGENCIA

agosto 19, 2017

SOLOS

   Cuando leo todo lo que se dice, del lado “opositor”, de la dirigencia a la que aplaudíamos hasta ayer por derrotar al Gobierno en las parlamentarias, obligándoles a caer en el delito de dar un golpe de estado que los desnudó frente al mundo como ilegítimos y luego como represivos al tener que matar gente para sostenerse; lo que esos mismos necios repiten de gente como Leopoldo López y su esposa, (el placer de creerle al Gobierno); y lo mucho que gritan para entregarles todas las plazas al régimen en unas elecciones que tiñan de rojo rojito el mapa (“¿lo ven?, Venezuela está con nosotros”, dirá Maduro), alegando que con este CNE no se puede ganar, aunque se arrasó en esas parlamentarias (7 a 3), sólo queda asentir a lo que dice Rafael Poleo: quien está ganando es el G2 cubano. ¡Y cómo lo han insultado por eso!, ¿creerán que así dejará de ser cierto?

UN CENTAVO POR SU HONOR

Julio César.

LOS HEREDEROS… 6

agosto 19, 2017

LOS HEREDEROS                         … 5

   Bolas azules, cuando se piensa que se va a gozar y…

……

   Elías no necesita observarlo especialmente, cuando él mismo responde al fuego, chispas saltando contra la tela metálica. Es bueno con las armas, pero todo fue rápido, profesional. La moto se aleja, rauda, dejando detrás el cuerpo caído de lado de una anciana medio encorvado. ¡La habían matado! A Anastasia Palicki, la extraña mujer mayor que sostenía saber y tener las pruebas de que al comandante presidente de Venezuela lo habían envenenado.

   El drama ante sus ojos le impresiona por una breve fracción de segundo, cuando ya se despega de la ventana y echa a correr fuera de la habitación, arma en manos, lanzándole una furiosa mirada a la puerta cerrada del otro lado del pasillo. Claro, aún con dos consideraciones en mente: el grito de alguna mujer situada cerca del lugar de los hechos, una testigo, y el recuerdo de la anciana saliendo disparada hacia atrás bajo el impacto de las balas, golpeando unos botes de basura estacionados allí, como en una mala película, derribándolos mientras caía de costado, con un sofocado grito, tal vez de sorpresa, o rabia. O miedo. Una mujer vieja, pequeña y frágil había sido asesinada. ¡El miedo qué debió sentir!

   -¡Cerruti! –ruge, furioso, sin detenerse, dando un golpe en esa puerta con un pie.

   No se detiene pero la oye abrirse cautelosamente, ¿qué habría estado haciendo el pajúo ese? Tal vez eso, un paja mientras la anciana a la que se suponía que debían proteger (en realidad extraer de su hábitat y llevársela al hombre fuerte del Gobierno), salía a fumar y le pegaban tres tiros. La rabia lo ciega, contra su compañero, por displicente (cosa extraña en él, debe admitir, pero aparta la cuestión por irrelevante ahora, ¡está furioso!), contra la anciana insensata que sabía su vida corría peligro y aun así salió, sola, a despoblado. Y contra sí mismo. Especialmente contra sí mismo. Había dejado que todo ocurriera. Bajó la guardia. Descuidó la vigilancia por estar pensando en meterse dentro de los pantalones del botones, preguntándose si usaba bóxers, trusas o bikinis; así, el temor que no tomó en serio, el de una mujer que temía por su vida se hizo realidad. Con paso de caballo al trote recorre el pasillo, empuja con el hombro la puerta que da a las escaleras y alarma a una parejita joven que subía, buscando un cuarto para follar en la tarde en lugar de estar en el colegio, quienes al verle con esa cara de matón, rabioso, arma en mano, volando por los escalones de tres en tres, se asustan. Aunque no tanto como para irse, el chico ya había pagado la habitación y no había devolución.

   -¡Llama a la policía y una ambulancia! -le grita Elías al hombre viejo tras la recepción, que parece turbado, seguramente habiendo notado algo. O por los gritos femeninos que se repetían en aquel costado del establecimiento. Parecía estar matándola a ella también.

   Sale, cegándose por el sol, tenso, rostro pétreo, mirada atenta, arma alzada frente a su rostro. Nada. La moto se había retirado hace rato. La perspectiva de un enfrentamiento (lo deseaba, en verdad, aunque no esperaba que ocurriera, si eran profesionales), le eriza la piel. Su corazón bombea con la adrenalina suficiente para acabar con un ejército.

   -¡Silencio! –ruge, sin volverse hacia la mujer parada a un lado de la puerta, una camarera del hotelucho, cigarro en mano también, una que tiembla bastante. Aparentemente en esa tierra de nadie se refugiaban todos los acosados por la prohibición del tabaco y el humo. La mirada la tiene clavada, algo apenado, en el cuerpo pequeño y frágil caído, la nuca cubierta con la llamativa pañoleta, el bolso abandonado fuera de su hombro. Un bolso que cuidaba tanto.

   Siente un renovado furor, contra sí mismo. La mujer no le había agradado, ni un poquito, pero había confiado en él, tanto como para poner la vida a su cuidado. Y le había fallado. Las manos se le tensan sobre el arma que aún sostiene en alto, los abultados bíceps casi haciendo estallar las mangas de la camisa. Pobre diabla. Con la boca seca, con un saborcillo cobrizo en la lengua va hacia ella, apenado, o todo lo que puede un endurecido hombre que se ha dedicado al mundo de las operaciones oscuras, y a las contra operaciones. ¿Cómo llegaron hasta ellos? ¿Quién sabía que pernotarían allí? La cosa era sencillamente imposible, él mismo no se había decidido por ese hotelucho hasta que tuvieron que parar ante la negativa de la anciana de continuar, temerosa por su vida si llegaba a Caracas. ¿Entonces? La duda penetra su mente. Cerruti.

   Él debió avisarle a alguien. Era la única explicación aunque le costara creerlo. El tipo era cabal y leal a su deber. No eran amigos, no confiaba en el catire ese, pero… Doblando las rodillas, la tela del pantalón tensándose al límite sobre sus muslos y trasero, la camisa demarcándole la espalda recia (le gustaba lucir así a los ojos de los chicos), se inclina sobre el cuerpo, casi encogido sobre sí, como si en medio de la agonía, la anciana hubiera adoptado una posición fetal de auto protección. Había poca sangre. Se tensa, los dedos se cierran sobre el arma y se vuelve desde su posición, apuntando hacia la entrada a ese callejón lateral, provocando otro grito de la mucama, quien todavía temblaba pero continuaba allí, mirando mórbidamente fascinada todo aquel drama. Elías Rodríguez, tragando en seco, ceño muy fruncido, apunta a su colega, Antón Cerruti, quien lleva su arma de reglamento en una mano, pero apuntando al piso.

   -¿Qué diablos pasa contigo? ¿Qué haces aquí? ¿No deberías estar vigilando desde…? –pregunta este, ceñudo también, mirando al enorme oso inclinado junto a un cuerpo que se parecía curiosamente…

   -¿Qué estoy haciendo? ¿Qué coño te parece qué hago? –ruge molesto Elías, convencido de que le acaba de estallar una venita en el cerebro al escuchar preguntar eso al catire de cara ancha, bigotillo como pelusa, ojos clarones que despertaban admiración en las féminas del cuerpo. Un tipo atlético, joven al ir finalizando los veinte, ancho pero no obeso. Fuerte. Todo eso ya lo había notado antes, gustándole sexualmente los machos, pero sin sentir el menor interés por él, aunque, claro, le ha dado una que otra mirada cuando se cambian en medio de una operación. Joder, tampoco era de piedra, y tenía buen cuerpo. Y un macho en bóxer o trusa… En ese momento quiere gritarle, le oye hablar pero no le para bolas y se vuelve hacia el cuerpo caído, oprimiendo un delgado hombro, aún tibio, volviéndola. El shock le paraliza toda función mental, no así el físico, salta y se endereza como empujado por un resorte.

   Aquella anciana muerta no era su encargo, no era su anciana. Era otra anciana muerta, una que llevaba la pañoleta y el bolso de Anastasia Palicki. Parpadea, boca seca, mientras Cerruti se acerca, confundido, él no vio ningún asesinato por una ventana, ni supuso que era la fulana anciana. Un cebo, la idea penetra la mente de Elías como una tromba de agua. A esta anciana la habían usado de cebo para obligar a unos asesinos a manifestarse. Alguien la puso allí, le dijo ponte esto, cuélgate esto otro, camina de tal manera, sal a fumar. Pero, claro, no le dijeron que alguien la mataría. La enviaron como vaca al matadero.

   Anastasia Palicki. La vieja hija de…

………

   De espalda sobre su cama, Ricardo Amaya olvidó la franela rasgada y estar sobre su cama apestando a camarón de río cuando Sergio Luna, medio bajándole el pantalón, atrapó en un puño su tolete y comenzó a darle lengüetazos en sus bolas peludas, como todo él. O lo olvidó todo lo que pudo con su, muchas veces, mente quejumbrosa (joder, le gustaba esa franela, y con tantos gastos no podía comprar cosas nuevas; ni pagar tanto en lavandería, si al caso íbamos, y sacar el olor a camarón…), pero sí, todo lo olvida con un largo gemido de gusto cuando la boca del otro carajo atrapa su bola derecha, cubriéndola, lengüeteándola, succionándola y halándola, al tiempo que le masturba la barra; el recio puño masculino (muy distinto a cuando se lo atrapa una mujer, esto era más firme, exigente, como le gustaba), subiendo y bajando apretaba muy bien; las dos pieles ardiendo por segundo.

   Lloriquea sin ninguna vergüenza cuando su otra bola, de alguna manera, también queda atrapada en esa aspiradora que el otro tiene por boca, y que le hace notable a la hora de mamar güevo… O lamer culo. En lo que también era muy bueno. Bastante que le había hecho delirar cuando le trabajaba con ella, bañándole de saliva. Práctica a la que antes de Sergio, no era tan aficionado. Pero, coño, esa lengua se metía de una manera que le dejaba maluco, con la pepa alborotada esperando güevo para calmarse. El otro era bueno en el sexo homosexual. Era evidente que, a pesar de sus reparos, de buscar sólo citas a ciegas de un rato en las duchas de los gimnasios, se había aplicado. Eso o a sus mujeres les gustaba que también se las metiera. Por allí.

   Como sea, el algo relleno tipo, bajito y muy velludo, sonríe beatíficamente, tomando una almohada y acomodando su cabeza, disponiéndose a disfrutar en toda la regla de una buena mamada de güevo; de todas esas haladas y chupadas, algo que un hombre siempre agradecía. Y jadea cuando sus bolas son liberadas, mojadas de tibia saliva, y la mano sobre su tranca aprieta subiendo y bajando, lentamente, el pulgar sobre el ojete de su glande, presionando sabroso. Lo siente, primero el aliento pesado de Sergio bañándole la base, la lengua de este titilando sutilmente en ella, entre los pelos, las bolas y el tolete, subiendo siguiendo el curso de la gran vena de la cara posterior, la punta de esa lengua dándole pequeños azotes sutiles, excitantes y enloquecedores, subiendo y bajando. La lengua, pegándosele totalmente, sube lentamente, recreándose en su vena caliente que seguro la quemaba. ¡Dios, lo tiene tan duro y le late tanto! El agarre en puño se libera un poco para que Sergio suba lamiendo como quien disfruta una chupeta, hasta alcanzar el glande, azotándole el ojete bañado en licor.

   -Hummm… -gimotea sin ningún pudor.

   -Esto si te gusta de mí, ¿verdad? –tiene que abrir los ojos ante el tono levemente acusatorio del otro, encontrando su torturada mirada, los labios muy cerca de su glande.

   -Por Dios, ¿acaso vas a continuar…? –aunque era difícil encontrar fuerzas para alterarse y seguir discutiendo en un momento así, lo va a hacer.- Ahhh… -pero toda queja muere cuando la boca del otro cubre la punta de su tolete, los labios presionándole el cuello, succionando, la lengua tocándole, caliente, móvil. La sensación de vacío lujurioso es tan intensa que siente un escalofrío recorrerle todo, y aprieta el culo inconscientemente mientras sube las caderas.

   Quiere, por encima de todas las cosas, que se lo mame, que lo cubra y… Lanza otro gemido cuando esa boca va haciéndolo, descendiendo centímetro a centímetro sobre el más que vistoso tolete. Y mientras lo hace, mientras aprisiona con sus labios, mejillas y lengua, con la frente muy fruncida por el esfuerzo de mirarle, los ojos de Sergio están clavados en los suyos. Joder, si, era tan excitante ver a otro tío tomar tu güevo, piensa, especialmente uno como ese, tan guapo y masculino. Y más joven. Tomándolo todo como si le gustara que jode.

   Fuera lo que fuera que Sergio estuviera sintiendo en esos momentos, y pensando de él, para Ricardo era evidente que disfrutaba subir, dos o tres centímetros, y luego bajar, la misma distancia, sobre su tolete duro, sorbiendo. Le gustaba mamar güevos, o al menos el suyo. Por alguna razón tiene la idea de que el otro era siempre más activo en esos menesteres, acostumbrado a esperar que otros le hicieran y complacieran. La boca baja más, entre ahogados “aggg”, la saliva corriéndole por el tronco, caliente y espesa, el aliento quemándole. Y lo agradecía, independientemente de los problemas de comunicación que tuvieran (cables cruzados, quiero y no quiero esto), gime en la dicha cuando esa boca sube y baja, apretándole, halándole y chipándole el güevo con nuevos bríos, estimulándolo las mejillas, esa lengua que parecía al rojo vivo contra su sensible piel.

   Cierra los ojos otra vez, dejándose llevar, sonriendo aún más, mejillas más rojas, viéndose casi como un chicuelo a pesar de la edad; el rostro velludo, el cabello sobre su frente (parecía crecerle por segundos), dejándose llevar por la sensación de aquella boca que lo estaba mamando ruidosamente, con sorbidas poco elegantes si fuera la hora de comer, mientras una mano apretaba y daba suaves halones a sus bolas, las cuales era recorridas casi mimosamente por un pulgar cuando aquella boca se pegaba toda de su pubis, tragándole todo el tolete, y aún así sigue ordeñándoselo con la garganta. Y no necesita abrir los ojos para verlo, para comprobarlo, era algo que ya sabía, hasta por experiencia, que la vista de un  hombre devorando cada centímetro visible de un güevo tieso era una visión realmente erótica; y que Sergio tendría la frente levemente fruncida, los pómulos rojos, la manzana de Adán subiéndole y bajándole espasmódicamente. Especialmente si continuaba trabajándosela así.

   Recuerda la primera vez que chupó un güevo, uno joven, como joven era él mismo… Prácticamente comenzando la secundaria, en los baños del colegio, en uno de los privados, sentado en la tapa del inodoro, el compañero de estudios de pie, el tolete afuera del cierre del pantalón, ojos cerrados, gimiendo contenidamente mientras se lo cubría con la boca. Apresurado, nervioso, sintiéndose feliz y culpable al experimentar eso con lo que ya llevaba tiempo soñando en mil pajas en su cama. Disgustado porque el semen tocó su lengua. El alejamiento de ese amigo, quien tal vez contó algo por allí, por la manera en la cual le miraban los demás, le hirió. Pero luego le buscó, regresando por otra mamada. Y otra. Y otra. Él dándoselas, casi sin hablar. Parecían no disfrutar totalmente de esos encuentros, y sin embargo no podían simplemente pasar de ello. No encontrarse una tarde y hacerlo, era desagradable. Se sentía como haber perdido lo único importante de ese día. Si, ese chico del cual no recordaba mucho más que la forma de su miembro, había sido su primer tonto enamoramiento gay. Antes de, como se lo reclamó una tarde ese chico, herido y celoso en ese momento, la llegada de la bella y dulce (se lo parecía ene se entonces) mujer que sería su primera…

   Se congela, porque entre sus gemidos roncos y bajos escapados de sus entreabiertos labios brillantes de humedad, y las chupadas y sorbida de Sergio al subir y bajar, dándole espasmódicos besitos en el enrojecido glande, del cual manaban esos jugos que al otro encantaban, se escucha el sonido de su teléfono. ¡Justo en ese momento! Estridente, contundente. Una tonada de la película El Retorno del Jedi, Hacia la Trampa. Se oye obligándole a abrir los ojos, parpadeando. El otro parece sentirlo también, en aquel güevo que chupa, y lo suelta, mirándole ceñudo.

   -¿En serio? ¿Lo harás en este momento? ¿Dejarme colgado mientras atiendes? –exige saber.

CONTINÚA … 7

Julio César.

¿QUIERES…?

agosto 19, 2017

CUANDO LLEGA…

   -Hey, puto… -le dice al vecinito que no puede quitarles los ojos de encima.- ¿No quieres venir conmigo y mi pana para mi cuarto? Vamos a enseñarte algo.

   -Mi novia me habló de las prácticas privadas, pero no pudo venir. ¿No jugarías conmigo?

   -Vamos, chico, sé que te gustan. Tu papá es mi amigo y me ha contado de tus compañeros de estudio. Sólo juegos, ahora probarás una de verdad.

HOMBRES Y CHICOS…

Julio César.

MANZOTOTE

agosto 19, 2017

EL PUNTO

   El chico encuentra una foto vieja de su tío, y entiende cuando dice que gozaba una bola con sus amigos en la playa. Deseando haber estado allí.

TRAVIESOS

Julio César.

LOS GENERALES DE LA CONSTITUYENTE

agosto 19, 2017

LA ONU Y LA MENTADA DE MADRE

Torciéndolo todo…

   La verdad es que el mal que carcome al Gobierno no es cosa de este o aquel tarado, es como cuando hay piojos, todos están infectados. Cuando abre la boca y aleja a los chavistas, y a los amigos los transforma en enemigos (el viejo milagro de volver penes los panes), uno imaginaba que era cosas del ahora presidente de Venezuela, don Nicolás, pero escuchando al hijo, Nicosito, que llegó a formar parte de la Prostituyente, se entiende que sea lo que sea que le tiene en ese estado, a Nicosote (mental o adictivo), es cosa de familia. A unas amenazas que Donald Trump emitió, no a nombre suyo sino de su país (ese es otro que necesita un monitor, ¿será que si son estos los últimos días y los burros hablarán mientras perros y gatas cohabitan?), Nicosito, para ganarse los aplausos de la pequeña galería que le hace barra a la Prostituyente, grita que irá a Nueva York y atacará la Casa Blanca para detener al señor Trump. Irá a Nueva York. Por la Casa Blanca. Seguro que cree que la Gran Manzana es la capital del imperio. ¡Lo insólito fue que lo aplaudieron! Aunque la gente se veía como roja y miraban a los lados, apenada. Pena ajena. Y ese sujeto está allí, “diseñando” el nuevo país (y que me perdone Rafael Poleo por el título).

   Pero no es todo, la Prostituyente adelantó la convocatoria de la regionales, sin consultarle a nadie, y pretende dar carta de buena conducta a los candidatos de la oposición, tú sí, tú no, dependiendo de si han estado en marchas contra el Gobierno o no, reclamándoles el haberse robado todo el dinero y sumirnos en la miseria mientras violentaban la Constitución. Para ser candidato a gobernador o alcalde, no importa que se sea un reconocido ladrón, un incompetente que no puede ni cerrarse el pantalón antes de salir a la calle (pero muy bueno dando excusa y echándole la culpa a otros, ¿miren?, salió solita la definición de socialista), un violador de derechos humanos, un asesino fotografiado y grabado en mil videos, un famoso jefe del narcotráfico, sólo que no haya gritado contra un régimen corrupto, incompetente y violento, ¿qué tal? Más o menos eso pensó el país que terminaría pasando con la Prostituyente, por ello el ochenta y ocho por ciento del país desconoció el proceso.

Julio César.

ESPAÑA

agosto 18, 2017

   Mi más sentido pésame a los españoles por tan terrible acontecimiento, por tan cobarde ataque. Comparto el duelo de los catalanes que sufren y lloran por su gente amada caída en tan insensato, estúpido e inútil gesto de odio irracional. Mis mejores deseos para quienes velan los cuerpos de sus muertos para que en un momento dado sientan que pueden respirar de nuevo, que el dolor se vuelve un poquitico más tolerable, por difícil que sea creerlo. Un abrazo particular a toda la gente hermosa, cálida y amistosa que me ha brindado su afecto por años, desde allá; en este momento les aclaro que ese sentimiento es retribuido. Un beso, Marga, mi gitana catira que no bailas el tablao. En ti pensé primero y no respiré hasta saber que tú, tu nena y tu familia estaban a salvo. Así como tú siempre te preocupas por mí y los míos en estos tiempos oscuros, preguntándome regularmente sí puedes hacer algo por ayudarme. ¿Cómo no quererte, y a través de ti, suponer que todos son iguales de generosos, alegres y geniales? Igualmente a todos mis otros amigos, también a los conocidos que han partido buscando mejor destino.