DRIEEËN TWINTIGSTE

septiembre 24, 2016

TWINTIGSTE

musculoso-en-tanga

   Inocentemente cree que todos le miran por su disciplina.

la-oferta-gay

   -¿El camino a la felicidad? Te lo señalo.

un-chico-esaperando-vivir

   Lo sube y baja repetidamente, así tonifica y práctica para la cama.

tio-hot

   -Para ocuparte del premio sorpresa debes usar dientes y lengua.

VIER EN TWINTIGSTE

Julio César.

EL REFERENDUM INTERRUPTUS DE TIBISAY LUCENA

septiembre 24, 2016

EL TSJ Y LOS DIPUTADOS DE AMAZONAS

corto-y-profundo-rafael-poleo

   Declararse forajidos, ¿qué otra les quedaba?

   La verdad es que se me está haciendo un poco difícil opinar como pienso, me vuelvo algo grosero (me dicen), pero creo que tendré que serlo, muy claro para que se entienda cierto punto particular de vista. Que no supongo sea la verdad, pero es el mío y si lo adorno no se comprende. Comienzo diciendo que estoy en Oposición a este Gobierno desde antes que estuviera de moda estarlo, cuando el difunto Hugo Rafael Chávez Frías juró sobre “la moribunda”, allí pensé que era un hablador de tonterías, cosa que nunca es buena; cuando la tragedia de Vargas, en diciembre del 99, rechazó la ayuda internacional entendí que no estaba en sus cabales. Que era peligrosamente irresponsable y caprichoso. Igualmente dejo muy en claro que estoy con la Mesa de la Unidad Democrática, como lo estuve con Carlos Ortega, para lo que salga. Lo que digan, me incomode o no, lo entenderé… siempre y cuando la voz que lo exprese sea la de Jesús Torrealba. A los otros los escucharé con la vieja desconfianza que se guarda para con los políticos de oficio. Por ello imaginarán el placer que siento al saber que un periodista por quien espero, leo y disfruto, Rafael Poleo, se pone del lado de la unidad por encima de todas las cosas, como hacen a su vez, irónicamente para con quienes menos arriesgan, las esposas, madres, hermanos y padres de los presos políticos.

   El día de ayer le saqué la piedra a un poco de gente porque en verdad no las entiendo, ¿en serio les sorprendió lo que el Gobierno le ordenó hacer a sus fichas al frente del ente comicial, el CNE, para dificultar el referéndum revocatorio? ¿Acaso no están secuestrados los poderes y subyugados bajo la bota de La Habana? Carajo, una gente parasitaria e inútil desea mantenerse en el poder aunque el país no los quiera, que votó contra ellos en diciembre, saben que si hay comicios de lo que sea salen con las tablas en la cabeza por mucha paja que hable PODEMOS en España, Rafael Correa en Ecuador o Evo Morales en Bolivia, es una realidad que toda la paja del mundo no cambia, ¡claro que tienen que intentar impedir como sea la realización del referéndum revocatorio! Era su tarea, para eso nombraron a esas señoras, no por cualidades o preparación; a Las Comadres como les dice Rafael Poleo al irregular cuarteto, se les tiene allí para eso. Para cambiar las reglas según les convenga aunque sea un delito, a obligar a exigir cantidades por estados, a colocar los centros alejados y con un reducido número de máquinas. Así trabaja el fascismo.

   De eso siempre se habla en las redes sociales, en cuanta reunión hay, pero parece que nunca esperamos que respondan como se les ordena. Por alguna razón que se me escapa, esperan que, Las Comadres, por ejemplo, actúen como gente decente (?). ¿En qué universo paralelo un facineroso facilita las condiciones de su captura cuando cree que está en la cresta de la ola? Lo que si me sorprendió, y desagradablemente, fue que la Mesa de la Unidad Democrática “se declarara en sesión permanente para dar una respuesta”. ¿Cómo no la tenían ya? ¿Nunca nadie previó ese escenario? Sorprende en un hombre tan capaz como Jesús “Chúo” Torrealba, del resto no mucho; esos politiquillos a quienes Hugo Chávez manejaba a su antojo, sólo ven que “llegó” la hora y que “el presidente tengo que ser yo; yo y mi partido, mi partido y yo”, y que ahora mismo muchos ayudan al régimen a destruir la unidad. No todos, es bueno decirlo, hemos madurado a los golpes, algunos han crecido más allá de sus propias apetencias y egos.

   La única explicación que encuentro para el proceder del señor Torrealba, es que entre tantas vanidades y habladeras de pajas para ver quién era más alzado que los demás, y que no nos arrastraran a un cisma, le fuera imposible plantear en su momento, o expresar a viva voz, semejante escenarios y qué hacer. Seguro que no pudo decir “bien, ahora que si con las largas y largas quieren que lleguemos al año que viene, o se llega, lo que se hará será esto y esto”. Seguro que ni siquiera pudo plantearlo en voz alta para no ver a los miembros del sanedrín halándose las barbas y las túnicas al grito de “traidor, traidor crucifíquenlo”. Es la única conclusión a la que puedo llegar. Conociendo al rival, sabiendo de sus tracalerías, era fácil imaginar escenarios, pero plantearlos ya era “entregar”, “transigir”, “negociar” (prepararse para el golpe, carrizo), y así se llegó a lo de ayer. A una arbitrariedad, un delito cometido por Las Comadres, no tuvo una respuesta automática. Hay que reunirse para ver. Nada más ayer era patético leer muchos portales de noticias, donde el enemigo no era el régimen y Las Comadres, lo importante era atacar a la unidad y ver cómo descabezar al señor Torrealba. Bochinche, bochinche, a eso se refería el generalísimo Miranda cuando se perdió la Primera República. Y ahí seguimos.

   Las tensiones, y ambiciones de grupos internos, están lesionando y erosionando la monolítica cobertura que permitió el triunfo en diciembre, fue la boleta de la Unidad la más votada, no es extraño que el Gobierno y pescadores en río revuelto deseen destruirla o apropiársela. Aún ahora hay quienes hablan de “salir a las calles” cómo si eso de verdad ha logrado algo de 2002 para acá, pero es la cartilla que les dan a repetir sin salirse de las tres palabreas. Muchos se comportan como lo hacían cuando la extinta Coordinadora Democrática, como los del carmonazo; para ellos no existió el sacrificio del paro cívico, ver como Venezuela se detenía ante la indiferencia de una gente que esperaba continuar medrando en las ruinas, o quienes ordenaban a los círculos violentos enfrentar a sangre y juego a los jóvenes que protestaban en 2014, donde todo quedó así. Son estos insensatos que no ven que el día se le va a la gente buscando algo de comer para esa noche. Gritan “a las calles”, pero sin salir a llevar sol para ver si el país apoya en esa estrategia o no.

   Lo que molesta es que no asuman ningún riesgo, aparecer en televisión (el Gobiernos les daría la facilidad de una cadena, pero muertos de felicidad) para llamar abiertamente a desconocer a la Mesa de la Unidad y sus dirigentes, a acusarlos de algo concreto y que llamen al país a salir todos a las calles, pero convocando de verdad, una cara, una voz por los medios, no esa paja de twists y comentarios en las páginas sociales. Pero no lo hacen abiertamente porque eso les podría costar demasiado y sólo saben sacar cuentas de encuestas: ¿Y si la gente no sale, o les dice que ellos no los representan o que no están de acuerdo con esa estrategia? Por lo tanto se quedan adentro fingiéndose afuera, para ver si confunden a la mayor cantidad de personas posible, tan sólo joden y molestan sin aportar ni arriesgar nada.

   ¿Qué pienso personalmente de esta estratagema de Las Comadres? Lo dejo para mañana, o pasado (si, el blog se volverá más político todavía), pero eso sí, aclaro que mi opinión no dejará a nadie contento. Debo dejar de preocuparme por cómo digo las cosas. Si, aunque parezca extraño, me mido demasiado.

   Lo que si adelanto de entrada es que el Gobierno, empujado por el desprecio nacional, ha cometido el mismo error que en diciembre les llevó a esa catástrofe histórica y existencialista de la que todavía no se recuperan, y ya no tienen manera, el país los ha identificado como “el problema”. Para las Parlamentarias, la elección de los diputados, Nicolás Maduro Moros metió la cuchara y convirtió aquello en un plebiscito a su persona, su gobierno, el PSUV y hasta el legado, saliendo con las tablas en la cabeza. Hace dos días la señora Tibisay Lucena y su camarilla transformaron la consulta sobre la permanencia de un funcionario público en su cargo o no, de un solo funcionario, en un juicio sobre cada representante de instituto o jefe de poder público. A ella y sus cómplices como cabeza del CNE, pero también a la Contraloría, la Fiscalía y el Tribunal Supremo de Justicia. Lo que era contra el jefe del poder ejecutivo, ella dio pie a que se transforme en un juicio nacional, de los votantes, al resto de los poderes y de todo el gobierno mismo. Yo, como la MUD, ya estaría en la campaña para el veinte por ciento por estado con el eslogan de “todos a votar contra esta enfermedad que nos está matando, todos para fuera, que tu firma y tu voto (la fecha que sea) se haga contra Maduro, la Lucena y…”, y un largo etcétera. Ella dio pie a ello al responder a la angustia de un país que se cae a pedazos con esta burla grotesca.

ARISTOBULO, ¿QUE CUIDE LA PUERTA…?

Julio César.

ESTE VIEJO MUNDO

septiembre 21, 2016

ADIOS, RIO

mundo-azul

   A veces, todavía, nos deja sin aliento…

   Cuando escuches que digan frente a un niño o un muchacho que el mundo está enfermo, que es sucio y malo, que no abriguen ninguna ilusión por el mañana, explícale a esos chicuelos que este viejo planeta sólo está ahí, que de él resulta lo que de él hacemos. Que deteniéndose, sentándose y mirando con calma descubrirán su belleza, una que llena el corazón y eriza la piel, como lo hace una hermosa melodía, una bonita frase leída, un cuadro, una palabra amiga o una caricia. Que alberguen esperanzas, que tengan sueños aunque deban comenzar sus vidas con los ojos bien abiertos. En el fondo, este enorme y convulso mundo tan sólo aguarda, sin animosidad espera que cada uno de nosotros trace su rumbo. Cielo o infierno, esa será nuestra elección, nuestro futuro.

LA TEMPESTAD QUE VIENE

Julio César.

DE AMOS Y ESCLAVOS… 40

septiembre 21, 2016

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 39

tios-en-tanga-brillante

   Feliz, saboreando lo que le dejan encima, les sirve…

……

   ¿Qué diablos estaba haciendo?, ruge una molesta vocecita en la cabeza de Gregory Landaeta, una a la que en verdad no le presta mucha atención, no cuando está de panza sobre su sofá, los atléticos brazos doblados bajo su cabeza, apoyado sobre el lado derecho de su rostro; y sentando a su lado, está ese carajo bajito, flaco y blanco que le recorre la espalda con las manos como si le masajeara, pero aquello era una descarada y erótica sobadera. Las delgadas manos se cerraban sobre sus recios hombros, apretando, bajando abiertas, produciéndole escalofríos. Su piel estaba muy sensible por aquel aceite… y la verdad es que después de que el otro le chupara las tetillas, poniéndole al borde, y le medio metiera un dedo en el culo, sin que se lo impidiera, era poco lo que podía hacer. U oponer.

   Las manos bajan y bajan, Esteban sonríe con ojos nublados mirando la tirita de la tanga, las redondas y firmes nalgas que la tragan. Sus dedos blancos contrastan sobre la oscura piel.

   -Baja los brazos. –pide, y desperezándose, como si tal cosa, Gregory lo hace. Parecía calmado, pero bajo su cuerpo, contra el mueble, su verga palpitaba con fuerza. Y más cuando sus bíceps vuelven a ser recorridos por aquellas manos que le ofrecían adoración.

   La sonrisa de Esteban se ensancha, volviendo la mirada hacia ese trasero que lo obsesionaba desde que conoció al tipo. Las manos regresan, tienen que hacerlo, acariciando, enterrando los dedos, produciéndole gemidos al otro. Separa los glúteos, la visión del hilo dental cubriendo la raja es enloquecedora. Gregory se tensa y traga saliva, asustado y emocionado, cuando nota que el otro acerca el rostro, caliente, a su trasero, soplándole sobre el ojete cubierto. El cual sufre espasmos. Lo sabe, tenso sobre el mueble como está. Esteban le vigila con el rabillo de los ojos, su rostro cerca de ese culo, y vuelve a soplar, llevando los pulgares prácticamente a cada lado del hilo, sobre el ojete, y halando. Gregory se muerde el labio inferior y aún así se le escapa un ronco gruñido, mientras su culo se alza un poco y la verga le babea de manera copiosa sobre el mueble.

   -Amigo… -inicia una batalla que la sabe perdida hace rato, pero la defensa de su hombría así lo requiere, cuando siente un dedo del otro meterse, en su baja espalda, en la tira que desciende entre sus glúteos.

   El pálido dedo baja, halando la tela a un lado, rozándose de la piel, y el negro culo queda al descubierto. Gregory no sabe qué esperar, en serio, tal vez un soplo, o un dedo (le sorprende no alarmarse más al imaginarlo), pero no aquello…

   Lo primero que sintió fue la barbilla, caliente, acercándose, impactando contra su piel, raspándole con la barba, luego el aliento en directo contra su ojete, y el toque de algo suave, caliente y húmedo que frotaba y se pegaba de su culo expuesto. El roce, la sensación era tal que se erizó; arqueando la espalda y mirando sobre un hombro, se encuentra con los nublados ojos del otro, que le estaba pegando la lengua del culo, sin reparos, lamiéndolo, azotándolo con la punta, con rapidez y salivándolo.

   -Oh, Dios, ¿qué haces? –jadea, ahogándose, alzando más la nuca cuando los delgados labios rodeados de barba y bigote se cierran sobre su agujero en un beso sucio y prohibido.- ¡Ahhh! –grita sin poder o querer contenerse. Eso era muy…

   Se siente mareado, asuntado e impactado, tal vez es por eso que no reacciona cuando el hombre le atrapa una mano con la suya, flaca, alzándosela, guiándola, llevándola a su entrepiernas, donde abulta un güevo erecto bajo el pantalón de tela suave. Los dedos de Esteban se cierran sobre los suyos, y mientras su culo era lamido y chupado, Gregory es consciente de que su palma y dedos se cierran por la presión sobre el duro tolete del otro… y que sus dedos comienzan a moverse sutilmente, apretando, sobándolo.

   Toda la negra piel se eriza como de gallina cuando Gregory entiende lo que hace, y lo ve, que agita sus dedos sobre el tolete erecto de otro hombre, sobre sus ropas, algo que le parece terrible, insólito… y excitante, tal vez por lo malo que le parecía. Y, además, reconocía con vergüenza, tampoco era la primera que sentía, experimentaba o tocaba; debía recordar lo del Metro. Como sea, sus dedos se cierran inequívocamente sobre la mole de carne dura del otro hombre, quien doblando de cintura y pansa, sigue comiendo de su culo, lengüeteando, azotándole con la punta, cerrando los delgados y rojizos labios en su orificio y chupando, aprovechando sus espasmos. Porque, mientras respira pesadamente y jadea, sabe que su orificio sufre espasmos, abriéndose y cerrándose sobre la lengua hábil de aquel sujeto.

   -Hummm… -ahogado se le escapa, plenamente consciente de que sube y baja sus tersas y musculosas nalgas negras contra ese rostro delgado, blanco, con la rala barba que rasguña sutilmente su piel. ¡Quiere esa lengua penetrándole el culo!, aunque era la verdad, todavía no se atrevía a pensarlo de esa manera. O que estaba masturbándole, entusiastamente el güevo, sobre las ropas. Sus dedos cerrados iban y venían sobre la tiesa carne de joder y no podía detenerse. Estaba atrapado por la lujuria, las ganas de sexo, una necesidad que generalmente no dejaba ni pensar a los hombres. Al menos no con claridad.

   Apartando centímetros sus labios húmedos y brillantes del ensalivado culo, que titila salvajemente como reclamándole volver, Esteban sonríe, separando esa entrada con sus pulgares, manteniendo la telita de la tanga aparte. Sus dientes mordisquean, recorren y rayan sobre la tersa piel que lleva a la raja, sopla el ojete peludo que se estremece, con la punta de su lengua recorre los pliegues, y ese orificio parece paralizarse, abierto, necesitado de más. Y lo satisface, hunde su lengua en aquellas entrañas olvidado toda prevención, asco o repulsa. Comerle el culo, escucharle gemir, verle tensarse y arquear la poderosa espalda oscura, sentirle estremeciéndose al agitar el culo frente a sus ojos, o su boca, era todo lo que el tipito necesitaba en esos momentos. Le mete la lengua decididamente, tibia, mojada, reptante, y Gregory se tensa contra el mueble.

   -Ahhh… -es el grito que escapa de sus labios, algo que parece totalmente involuntario.

   Pero Esteban quiere más.

   Su mano delgada y caliente cae sobre la de Gregory, ambos estremeciéndose, y con justa razón de parte del tío negro, ya que el otro era el dueño de la verga que acariciaba sobre las ropas. Apartándole un poco los dedos, no alejándole, tan sólo obligándole a retroceder un tanto sobre la barra, Esteban se las ingenia para manipular la cremallera de su pantalón, bajando el cierre lentamente, sin dejar ni por un segundo de agitar su lengua dentro de aquel culo que echaba candela, pero con ojos de halcón mirando al otro. Ante esa bragueta abierta, la mirada de Gregory oscurece, su respiración se espesa aún más al estar acostado boca abajo sobre el mueble.

   ¡Si!, se dice Esteban al verle, sonriendo como el propio gato aunque besa de manera chupada aquel agujero. La mano oscura suelta la barra y como poseída por otra voluntad, una que no dependía para nada de la de su dueño, se acerca a ese cierre, los dedos tantean metiéndose, su piel muy erizada, todo él gritándole que se detuviera pero no deseándolo. Las puntas de los dedos toquetean la barra del tipo blanco sobre el bóxer, y le parece que late con fuerza, que quema a pesar de la tela. Lo atrapa y exhala un gemido, cerrando los dedos sobre el otro güevo, sobre la pieza de vestir íntima, apretando y sobando, apretando y sobando más, palpándolo, luego aferrándolo y masturbándolo otra vez. Y le encanta notar y escuchar como el tipo ese se agita, como su respiración se hace superficial. ¡A la mierda!, piensa, poseído de fiebres, y mete la mano dentro del bóxer, cerrando la palma y sus dedos sobre el tieso güevo de otro chico.

   Quema contra su palma, agitándose, y le parece la cosa más increíble del mundo. Sabe lo rico que es tener el güevo en la mano, se hace pajas desde los trece años, y lo mágico que es cuando una tía te mete mano, pero aquello… Sentir en vivo y en directo la de Esteban era… Lo aprieta, fuerte, no puede evitarlo, agitándolo lentamente, de arriba abajo. No aguanta más, maniobra para sacarlo, quedándose helado al verlo, el rostro de lado, erizado por aquella boca que incrementa sus chupadas, besitos mordelones y succiones en su culo, aquella lengua que se le metía hasta el alma, reptándole como un animalillo planeado para dar placer. Le parece una pieza magnifica, no tan larga o gruesa como la suya, pero si nervuda, rojiza azulada de vasos. Ver su mano grande, de oscuros dedos recorriendo la blanco rojiza barra con las puntas, viéndola estremecerse, le parece el colmo de lo caliente. Cierra su puño alrededor de ella y los dos lanzan un gemido, es un choque eléctrico poderoso. Y lo masturba, su puño va y viene sobre la pieza masculina erecta, haciéndole la paja mientras la lengua de ese carajo ya casi le llega al estómago.

   Si, se dice el joven hombre blanco, lamiendo, dándole lengüetazos salivosos, también chupetones ruidosos. Eso le gustaba, lo que le hacía con su lengua… pero especialmente lo que el guapo hombre negro le hacía con la mano, el puño cerrado sobre su tolete blanco enrojecido. Pero quiere más…

   Gregory, por un segundo no entiende lo que ocurre cuando Esteban se pone de pie, siendo lo notable que no le suelta el güevo, parecía no querer, o poder. Se vuelve a mirarle, este sonriéndole, guiñándole un ojo, tendiéndose así sobre su trasero, llegándole otra vez al agujero, pero ahora con la peluda barbilla pegada a su baja espalda. Así regresa esa lengua a su culo… pero frente a sus ojos se encuentra ahora la verga pálida de este, a escasos centímetros, irradiando calor, exhalando un salino olor, una gota espesa escapando del ojete… Muy cerca de su boca. Una que se le seca y luego se le hace agua mientras traga con esfuerzo.

……

   Yamal Cova llega molesto a su casa después de tomar una larga ducha en aquel motel, donde ya estaba que trinaba de rabia. ¿Estaba así porque aquella mujer le había usado de esa manera, exponiéndole frente a unos desconocidos? Tal vez, aunque la verdad fuera dicha eso le tenía sin cuidados, era de los firmemente convencidos de que el mundo era tan grande que nunca más les vería. Lo que le irritaba eran las palabras del maricón ese, reconoce, sintiendo un nudo desagradable que no puede controlar en sus entrañas.

   Ese carajo le culpaba de traicionarle, le imputaba el tenderle una trampa. No quiere seguir por ese camino, no desea caer en que le altera el que el otro estuviera molesto con él, tanto que le corrió como a un perro; eso cuando… Camina a paso vivo hacia la cocina, donde la mujercita, rostro avinagrado, le ve entrar sin alegrarse. No la saluda, no dice nada.

   -¿Vas a cenar? -pregunta ella, sin emoción.

   Sin mirarla le gruñe cualquier cosa y abre la nevera, saca una cerveza y la toma casi de un trago, lo que ensombrece más y más la frente de la mujer.

   A Yamal le molestaba que su perrita emocionada, siempre golosa de su verga negra, se le hubiera revelado así. Era eso. Bartolo Santoro no tenía ningún derecho a tratarle como si no fuera nada, ¡era su puta, carajo! Decidido, muy molesto, se dice que lo llamaría y… El último buche de cerveza le sabe amargo. La putica se le había alzado. Necesita… se vuelve a mirar a la mujer, camina lento tras ella, olisqueando tras su nuca.

   -¿Terminaste con eso? ¿Estás desocupada? –le pregunta. Ella encoge el hombro, alejándole.

   -¿Vienes maluco? Déjame en paz, estoy cansada.

   Traga con rabia, deseando gritar, pero se aleja. La mujer no era así, generalmente sumisa se alegraba cuando la buscaba. Pero entendía, se había comprometido a acompañarla al hospital a visitar a su madre y no lo hizo. Cosa que esta no olvidaría fácilmente.

   -¡A la mierda! –gruñe frustrado, toma otra cerveza y sale. No nota la mirada dolida de la mujer, ni su puchero desdeñado.

   Bebiendo regresa a la sala, cae de golpe en un sillón y toma el teléfono fijo. Marca y espera, impaciente, molesto. El peor de todos los consejeros. Al escuchar el “aló”, se lanza.

   -Quiero que nos reunamos, que hablemos. –demanda, hay un silencio.

   -Yamal, estoy con…

   -No me interesa. Te espero en el trabajo, ¿okay? –es firme, casi malvado.- No tengo que recordarte lo caliente que te pones cuando quieres que te encule, ¿verdad?

……

   Aunque no hace nada más, nada pide o exige, Gregory Landaeta es totalmente consciente de lo que Esteban espera de él, de pie, inclinado y ladeado en una postura que no debía ser cómoda para nada, comiéndole el culo… la verga blanco rojiza erecta muy cerca de su rostro. Una verga que todavía acaricia y mira fascinado.

   No podía tratarse de un accidente, ni por un segundo lo cree. Ni lo que siente.

   Ese güevo caliente, pulsante y goteante llena su mente, quiere… desea tanto tocarlo con la punta de su lengua y recorrerlo que la piel le arde casi dolorosamente. Se imagina separando los labios y atrapando el liso y blanco rojizo glande, y sabe que gotea sobre el mueble. Pero si cedía, si lo hacía… sería un mamagüevo en la definición más literal de la palabra. Estaría chupándole el tolete a otro hombre, lo tendría en su boca, sobre su lengua, latiendo y mojándosela y eso ya nunca cambiaría. El miedo a la imagen le ata, pero de igual forma le excita. Un mamagüevo… algo que sólo un marica…

   La gota cuelga en la nada y cae cuando le da otro apretón al duro miembro. A la mierda, ¿qué le importaba lo que cualquiera dijera? Estaban a solas allí, si alguien le preguntaba si mamó güevo lo negaría hasta el fin de sus días, y si el otro contaba algo ya le arreglaría cuentas a golpes. Eso se dice alzando el rostro, llevándolo hacia el tolete, sacando la lengua y tocando el glande. Siente como Esteban se estremece, le oye contener el aliento mientras le mordisquea de manera erótica y sensual una nalga, cerca de su raja, soltándole una buena cantidad de saliva espesa. Pero es poco a lo que siente él mismo.

   Algo se apodera de su cuerpo, es lo único que puede pensar cuando con ansiedad comienza a recorrer el blanco rojizo glande con su lengua, cada lado, borde y resquicio, casi metiéndole la punta en el mojado ojete. Y siente el sabor sobre su lengua, salino y algo amargo, nada agradable. Por eso no entiende sus propias ganas al continuar lamiendo, no cuando Esteban deja su culo, enderezándose, frente a él, mirándole pasar la lengua sobre el miembro. Se miran, el otro sonríe de manera amable, casi dulce, y sin quitarle los ojos de encima, ardiendo de vergüenza, los negros labios se cierran finalmente sobre esa cabecita lisa, apretándola, sintiéndola gotear contra su lengua, estremeciéndose al notar que tragaba sin detenerse.

   -Vamos, siéntate. –Esteban le indica, atrapándole el rostro, obligándole obedecer, demasiado manso piensa él, quedando de culo, uno mojado de saliva sobre el mueble, sin dejare salir ese pedazo de güevo.

   El hombre de la barba nada dice, pide u ordena, incluso le suelta. Tan sólo se miran. Gregory siente que su corazón le cabalga con fuerza en el pecho; este, ancho y recio, sube y baja con esfuerzo. Y cerrando los ojos, posiblemente no soportando mirarle al hacerlo, lentamente va cubriendo más y más del cilíndrico tolete, aprisionándolo con sus gruesos labios, pegándole la lengua, estremeciéndose al sentirlo pulsar.

   -Oh, Dios… -escuchar el jadeo de Esteban, ojos cerrados, le eriza. Había sorpresa, gozo y lujuria. Una que comparte mientras va devorándolo cada vez más.- Vamos, chúpame el güevo. –le oye, ahora si exigente como todo hombre que encuentra a quien se lo haga.- Vamos, comételo un poco. Luego… -el tono le hace abrir los ojos, alarmado, más al verle la determinación, la sonrisa casi de compartida picardía.- …Quiero coger tu culo. Deseo ser el primero en tu vida.

CONTINÚA … 41

Julio César.

RECUERDOS

septiembre 21, 2016

RECATO

tanga-en-rubio-de-antano

   Hoy muchos lo dudan, pero hubo un tiempo cuando las playas estaban llenas de tíos en bikinis y tangas como esta.

PRAGMATICO

Julio César.

EL PLAN CONDOR DE CRISTINA FERNANDEZ

septiembre 21, 2016

EL TSJ Y LOS DIPUTADOS DE AMAZONAS

   Debo aclarar, de entrada, que odio mucho a esta gente.

lula-y-cristina

   Dios los crea y…

   Definitivamente es cierto que, y sin ánimos de ofender en lo personal, a cada cochino le llega su sábado. Ese día cuando recibe el palo, precisamente, cochinero. Acercándose a su momento, la ex presidenta argentina, la señora Cristina Fernández, viuda de Kirchner, chilla mientras la llevan. Enfrentados ella y su colega brasileño, con quien guarda tantas semejanzas, don Ignacio Lula da Silva, a enfrentar a los jueces por casos de corrupción, todo quiere despacharlo como una campaña de gente que la odia (gente de derecha, claro), que fascistamente reedita en su contra, la chica de la película, la hija del pueblo, un nuevo y siniestro “Plan Cóndor”, como en lo peor de las horribles dictaduras militares que asolaron el Cono Sur años atrás, las cuales obligaron a mucha gente a escapar, siendo recibido en naciones a las que luego les cerrarían las puertas cuando transitaran  parecidas condiciones. De hecho es por ello que siempre he sentido un profundo desprecio por la Vieja Loba de la Plaza de Mayo, y por la actual mandataria chilena, la señora Michelle Bachelet, quien, a mi parecer, es peor en este sentido que la dama argentina.

   Si, doña Cristina dice que a Lula y a ella los persiguen por buenos, no porque a cada uno se les asocie con escandalosos y directos actos de corrupción, de haber aceptado dicha corrupción mientras corrompían a otros, y protegerla. Que más de la mitad del gobierno de Lula fuera destituido e investigado por ladrón, o que gente de ella fuera detenida con las valijas llenas, o que se les pillara enterrando los reales para ocultarlos, no son pruebas de nada… según la dama. Es que hay gente mala que quiere perjudicarla por pura mala fe. Pero sobre esto poco más puedo decir, viviendo fuera de Argentina y Brasil sólo les conozco por su actuar decididamente criminal para con los venezolanos, lo de allá es otro asunto. Que enfrente a sus acusadores, que toda la podredumbre salga a flote. Muchos no necesitarán verlo para saberla una verraca. Otros, ni siquiera así, lo creerán, mucha gente pretende vivir suponiendo que la realidad no es la que ocurre, que no es verdad que hubo valijas llenas de dólares para comprar voluntades y torcer decisiones, porque no quieren creerlo, por lo tanto se borra, no ocurrió. Repito, es asunto de ellos. Personalmente siento un frío placer por saber que ahora, ambos, enfrentan a ese aparato institucional con el cual uno y la otra intentaron ahogar toda voz disidente. Especialmente ella, que pretendió robar el derecho a mantenerse informado y a opinar lo que se pensaba en la Argentina, mediante maniobras seudo legales para silenciar a la prensa, como veía que ocurría en Quito y en Caracas.

   Lo que me irrita de la señora es lo del nuevo “Plan Cóndor” contra ella; que al final resulta que es una mujer enfrentando a unos bárbaros. Que lo diga ella que reía y celebraba las gracias de gobiernos militaristas autocráticos que cometían toda clase de tropelías, como lo era en su tiempo el de Hugo Rafael Chávez Frías y continúan siéndolo el de los Castro, primero Fidel quien luego delegó graciosamente el poder en el hermano, Raúl, es lo que molesta. Molesta, y mucho, que pretenda hacerse pasar por víctima, ella que (no se sabe si para eso eran las valijas en efectivo) hizo hasta lo imposible para impedir que se discutiera el asunto venezolano en cualquier foro internacional, desde UNASUR al ALBA (cueva de cabronerías impresionantes), a la OEA y la ONU; que hizo lo que pudo para silenciar e invisibilizar la situación de los presos políticos venezolanos, el deterioro de la democracia y las instituciones en esta tierra, las persecuciones, encarcelamientos ordenados por televisión y los tribunales condenando gente porque “les pareció” que si hubo un delito. A la dama le parece horrible el pasado, el Plan Cóndor, los gorilas, en aquel caso uniformados, haciendo lo que les da la gana… cuando no se lo están haciendo ella y sus amigos a otros, esa elite de mandatarios que confundieron la cosa pública con lo propio.

   Y en esto la comparo a la Vieja Loba de la Plaza de Mayo y a la presidenta chilena, que hablan y denuncian un pasado tenebroso mientras alcahuetean la reproducción de ese pasado en Cuba y Venezuela. En el fondo, es posible que algunas de ellas (ni por un segundo lo creo de la señora Cristina Fernández, viuda de Kirchner), realmente crean que la dictadura de Pinochet fue algo horrible y monstruoso, que indudablemente lo fue, pero disculpan y aplauden una dictadura que ha durado cinco veces más, que persiguió y asesinó más gente como la de Fidel Castro, porque este les agrada. El viejo y simplista axioma de que eso que hago es perfecto y válido, pero no si lo hace el bando contrario. Es posible que la Vieja Loba de la Plaza de Mayo, cuando acosa a ancianas que denuncian a Fidel Castro cuando salen de Cuba después de muchos años de estar encerradas lejos de su gente, crea en eso, que la dictadura argentina fue terrible porque la sufrió ella, pero que los cubanos deberían darse con una piedra en los dientes por padecer la de ellos que a ella si le agrada; o la misma señora Bachelet, de quien aseguran que su esposo perteneció a una de las policías más horribles del ex bloque soviético; pero la señora Cristina no. A ella se le nota que exclama tonterías, que habla paja, para cubrirse. Por puro cinismo.

EL REFERENDUM INTERRUPTUS DE TIBISAY LUCENA

Julio César.

EL PEPAZO… 7

septiembre 21, 2016

EL PEPAZO                         … 6

De K.

chico-sexy

   -Hola, vecino, ¿puedo pasar?

……

   Fuera lo que fuera que le provocaba todos esos estallidos de lujuria cuando su abierto trasero caía en el acanalado asiento de la bicicleta fija, al golpearle la entrada del culo (ese que notó como más protuberante esa misma mañana), se le sumaba la presión de aquella delgada mano sobre sus ropas, apretándole el tolete… en medio de gente no muy apartada, en el gimnasio.

   Sabe que debería apartar a ese marica, no dejar que le tocara, no así, pero…

   -¡Oh, Dios! –casi grita, sin abrir los ojos. Lo siente, ese tipo le alza un poco la camiseta, aparta el borde del pantalón de látex, y el bóxer, y mete la mano delgada, atrapándole en vivo y en directo el erecto, pulsante y caliente güevo. ¡En medio de aquella sala!

   El joven y amanerado catire tampoco entiende lo que ocurre, o cómo puede atreverse a tanto, pero ese hermoso hombre joven, fornido y fuerte le había excitado con tan sólo verlo, haciéndole soñar con enterrar la cara entre sus nalgas, esas nalgas redondas y magnificas. Y ahora estaba allí, excitado, transpirado, jadeando, intentando controlarse para no gemir de manera sexual en medio del local. Por eso, mirando en todas direcciones, rojo de cara, casi frenético, despejó las ropas y le metió la mano, el güevo del muchacho estaba duro, pulsante. Si nada más al tocarlo sobre el pantalón supo que no podía dejar pasar la oportunidad, ahora teniéndolo quemándole contra la palma y los dedos entendía que no podría soltarlo ni aunque la vida le fuera en ello.

   Sudando copiosamente, boca muy abierta y jadeante, la cabeza algo echada hacia atrás, Jacinto continúa pedaleando mientras es manoseado por aquel muchacho raro. La bicicleta, más específicamente su asiento, le marea. La frenética mano del joven le había enderezado el tolete y le masturbaba arriba y abajo, mientras él seguía “ejercitando”. No podía detenerle, no encontraba fuerzas para pararse a sí mismo.

   Una idea, una imagen aterradora llena su mente, casi obligándole a abrir los ojos con alarma, temeroso de que otros la perciban, lo juzguen y lo condenen por ella. Pero allí está el joven, masturbándole, teniéndole el güevo bien agarrado, apretándolo al ir y venir al pedalear, mojándole con sus líquidos los dedos. Nota como este tensa el cuerpo, colocado de tal manera que cubre buena parte de la vista de lo que allí ocurre a quienes pasan hablando no muy lejos. Eso le impone el silencio, pero le cuesta, porque esa maldita imagen…

   Tiembla al evocarla, porque si, mientras más intenta alejarla con más fuerza le ataca, llenando su cerebro poderosamente. Pedalea, y mientras lo hace su culo sube y baja sobre aquel asiento, frotándose, rozándose, estimulándose. Pero lo que imagina es que de alguna  manera su pantalón de látex, y su bóxer, se rompen en la raja entre sus nalgas, por el roce de las telas contra el sintético material del equipo, y que la punta del acanalado asiento, con su forma de banana, pega, empuja y abre su esfínter, enterrándose un buen pedazo en su culo. Sin dolor ni problemas, tan sólo haciéndole arder de ganas. Se muerde con fuerza los labios porque esa idea le hace temblar todo, caliente como nunca en su vida. Se imagina, o se sueña, o no sabe qué es, pero puede verse subiendo y bajando, siempre pedaleando, sobre el maldito asiento, su punta, bien metida en su esfínter, abriéndole, separándole los hinchados labios que viera esa misma mañana. Iba y venía sobre esa punta, que entraba y salía cogiéndole como un inanimado amante bien dotado.

   -Oh, Dios. –casi grita, rojo de cara, congestionado, oyendo a lo lejos el siseo del chico que le masturba, para que no llame la atención.

   Puede verse, pedaleando y pedaleando, sin el chico masturbándole, su culo abriéndose y cerrándose sobre la punta del asiento; llevándolo de adelante atrás, cada vez más atrás, forzando su entrada con ese asiento que se ensanchaba al alejarse de la punta. Piensa, imagina o sueña que se lo mete, que puede con eso, que sube y baja sobre eso, llenándole, frotándole y estimulándole, pegándole de la próstata. Ya no puede contenerse y casi grita, pero una mano delgada cubre su boca. Los ojos, turbios, enfocan al muchacho, al caer, sintiendo el puño sobre su güevo que sigue haciéndole la paja. Tenía un hueco en sus ropas, ¿verdad? El asiento lo tenía clavado, era consciente, podía experimentarlo al apretar y soltar sus entrañas, ¿no es así?

   -Huffff… -ruge contra esa mano, siendo lanzando a la gloria, corriéndose en medio del gimnasio. Es un orgasmo poderoso, intenso, que casi le hace levantarse aunque sabe que no tendría fuerzas para sostenerse. Se corre copiosamente, lo siente, bañando sus ropas de ejercicios, con lo incómodo y molesto que era, pero sin que le importara, no en ese momento de intensa magia.

   Pero ahora, al terminar, jadeando contra esa mano, bañado en sudor, pareciéndole que todo olía a semen a varios metros a su alrededor, le llega el ratón moral. Aparta la mano del chico. Este le sonríe.

   -Amigo, estás loco de verdad.

   -Yo… yo no…

   -¡Vamos a las regaderas! –le pide vehemente.- Sé cosas que… -promete con lujuria, caliente por la escena vivida.

   Y, horrorizado, Jacinto le ve mostrar la mano llena de blanca y espesa esperma, una que lleva a sus labios delgados, y lame, allí, en pleno gimnasio.

CONTINÚA … 8

Julio César.

OFERTAS LOCAS

septiembre 21, 2016

MEN GAY

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REGLAS

Julio César.

INESPERADO ENCUENTRO DE LUCHA

septiembre 21, 2016

DERECHO

vestido-y-peligroso

   -Hey, amigo, mis padres no están, ¿qué te parece uno rapidito y sucio en la alfombra de la sala.

SIEMPRE ACABA ASI

Julio César.

SHAKIRA Y LA CARA EN MARTE

septiembre 21, 2016

ADIOS, RIO

shakira-y-sus-cosas

   Luces y sombras.

   Ah, esa maña de hacer de la vida privada un circo, pobre Shakira. ¿Vieron la imagen de la bonita colombiana subida por ella a instagram donde muchos creen ver en un objeto donde la luz se ve algo manipulada lo que parece un largo juguete sexual? ¡Lo que no se ha dicho del mismo!, entre risas y chanzas, comenzando por lo del autogol al marido, Piqué; que la obliga a ello al no ser tan bueno en la alcoba. Lo que da tema para ociosa discusión, como comentábamos unos amigos entre risas; tal vez es algo usado en la diaria rutina en la cama, o lo utiliza ella como Roxana Díaz usaba aquel dedo en aquel video. La verdad es que creo que fue un mal juego de sombras sobre algo, como la cara en la superficie del planeta Marte, pero me hizo reír, me recordó una imagen de cuando comencé en Facebook y una joven subió una foto suya en medio de un revoltijo de cosas y alguien comentaba “arregla ese cuarto primero, coño”. La imagen provoca carcajadas, aunque imagino que a la bella y al futbolista, no tantas.

ESTE VIEJO MUNDO

Julio César.

EL PEPAZO… 6

septiembre 20, 2016

EL PEPAZO                         … 5

De K.

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   -Tómalo.

……

   Por un segundo la mente de Jacinto queda en blanco, ¿pero qué coño le pasaba a todo el mundo ese día? Su pecho sube y baja agitado, de incomodidad y algo de ira. Rápidamente toma su camiseta de látex, maldiciendo en todo momento las oscuras miradas que el chico amanerado le lanza detallando cada centímetro de su cuerpo, el expuesto y el cubierto.

   -¡No, no puedes tocar! –casi ladra, dando un paso atrás, algo desacostumbrado. En un día cualquiera le diría cuatro  cosas bien desagradables después de mandarle a lavarse ese culo, pero no quiere pensar en culos en esos momentos.

   -¡Oh! –el joven parece genuinamente abatido.- Dios, te veo y quiero…

   -Basta, ¿okay?, no quiero escuchar nada. –estalla al fin su genio vivo. Le agrada saber que gusta, le producía cierto placer el que otros carajos se compararan, y perdieran, con su físico, pero esto era demasiado.- Sólo déjame en paz, ¿si? –entra con dificultad dentro de la camiseta, la cual se ajusta como un guante a su llamativa anatomía. Era insólito que ese marica pensara que podía interesarse en… en esas vainas.

   Va a pasar a su lado para poner distancia, bastante, pero todavía le ve llevarse el chupón de la botella de agua a los labios, succionando desagradablemente (o eso le parece). Y le sigue.

   -No te molestes, por favor. ¿Sabes?, me gusta chupar culos. –dice con morbo.- Mi lengua provoca sensaciones que… -comienza a enumerar virtudes pero se detiene y congela cuando el fornido joven se vuelve con la boca abierta, los cachetes rojos, la ira brillando en sus pupilas y las manos en puños.

   -¡Déjame en paz! –por un instante quiso gritar, empujarle, pero lo deja así. No quiere atraer las miradas, no hacía él junto al amanerado chico.

   Alejándose cruza el salón hacia las máquinas, consciente de las miradas que recibe, especialmente sus nalgas y espalda. Lo nota, la del chico, como dardos en sus glúteos, y las de otros. Y siente un ligero estremecimiento de inquietud, caminaba con cierto tumbado que… Dios, ¿estaría meciendo el culo bajo la ajustada tela blanca al caminar? Llega a una de las bicicletas fijas, se monta, acomoda sus audífonos y comienza a pedalear “en subida”. Es fácil, se dosifica, bota aire, aspira y resuella. Se siente bien, el esfuerzo físico le aleja de otros pensamientos. Su corazón comienza a bombear, la sangre a correr caliente por sus venas, transpira. Su trasero se amolda a la silla, pero… Subir y bajar, forzarse por mover los pedales, provoca que frote como más de la cuenta su culo contra el asiento, siendo muy consciente de ello, de una manera incómoda. La piel se le eriza, la siente sensible, el sudor le hormiguea de manera grata al correr sobre ella.

   -Bonito… estilo. –el chico amanerado dice de pronto a su lado, sorprendiéndole al no verle llegar.

   -Amigo… -jadea por el esfuerzo, pero inquieto por otras cosas.

   -Sólo miro. –se defiende con una mueca de súplica, llevando el chupón de la botella a los delgados labios, cubriéndolo y succionando del mismo.

   Molesto, aunque curiosamente halagado, va a gruñirle que se vaya para el carajo, pero ocurre algo inesperado, lo siente. De alguna manera sus nalgas parecen separarse un poco y queda con la raja directamente sobre el asiento, sintiéndolo, firme y duro contra su cuerpo a pesar de las ropas. Por un segundo no sabe qué es esa oleada cálida de sensualidad que le envuelve y marea, que le obliga a tensar los dedos de los pies dentro de los zapatos y a continuar su pedaleo. No puede detenerse. Va y viene… y su culo se frota completamente contra la barra.

   El frote contra la entrada de su culo es obsesionante. Cada caída o roce despierta ecos en sus entrañas. Sube un poco y baja, y cada desplome era eléctrico. Se eriza, su piel arde. Cada frote o golpe contra el asiento, sobre la entrada de su agujero, envía vibraciones extrañas, intensas y que parecen intensificarse. Aumentan, aumentan y le excita, era como cuando aquella vainita parecida a un dedal se le fue por el culo, subiendo, quemando, latiendo, pegándosele de la próstata. Ahora era igual, pedalea, subiendo, y al bajar le parecía que un largo, flexible e invisible dedo le llegaba a la próstata, acariciándole, rozándole, estimulándosela. Traga y jadea consciente de su enorme erección contra la elástica y reveladora tela, una que el chico amanerado mira con ojos brillantes y sorprendidos. Quiere detenerse pero…

   Sube y baja, arriba y abajo, perfectamente consciente ahora de lo que hace. No pedalear como ejercicio sino para experimentar aquello, esos golpes, esas vibraciones, ese sentir ese algo que frota y excita su próstata. Va y viene, y tiene que halar la franela que, aunque muy ajustada, era algo larga, intentando esconder la carpa de su verga erecta, pulsante, caliente, sintiéndola sabrosa contra su muslo derecho, frotándole al ir y venir pedaleando. Quiere detenerse, lo juraría por Dios, pero no puede. Cierra los ojos, y sigue. Suda, exhala bocanadas de calor, y quién sabe qué más.

   Lo próximo que sabe, sin que abra los ojos, es que una mano delgada cae sobre su pelvis, tanteándole la erecta verga, allí en el gimnasio, y aprieta y aprieta de una manera que…

   -Ahhh… -se le escapa un jadeo agónico, todo girando a su alrededor.

CONTINÚA … 7

Julio César.

LA NENA DE PAPA… 19

septiembre 19, 2016

LA NENA DE PAPA                         … 18

De Arthur, no el seductor.

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   -¿Qué es lo que quieres de mí?

……

   El joven siente que un abismo se abre bajo su cuerpo, tragándole. El miedo, sin embargo, parece prestarle fuerzas para ponerse de pie; eso sí, camina  con pasos vacilantes y así se apoya contra la puerta.

   -¿De qué hablas? –intenta una sonrisa como si el otro pudiera mirarla.

   -¡En mi cuarto se oye todo! –le sisea con fuerza y determinación, pero en tono bajo no deseando sean escuchados por alguien más.- ¿Es…? ¿Tienes… algo con un hombre?

   -¡No! –grazna, pero a sus propios oídos suena fallo, agudo, demasiado vehemente. Hay un silencio del otro lado y ruega porque el amigo se vaya sin preguntar o agregar algo más.

   -Abre, tenemos que hablar. –eso era, precisamente, lo último que deseaba.

   -No puedo, tengo que…

   -Abre, coño. –se oye molesto y frustrado.

   -¡Vete al carajo! –es la réplica parecida. Y el silencio se instala, ominoso.

   -Imbécil. –oye casi el estallido y los pasos que se alejan.

   Brandon cierra los ojos, agitado. Necesita una ducha, o un vaso de whisky. Tembloroso reconoce que todavía tiene algo de hambre, sobre la mesa, esa donde había sido apoyado, doblado y explorado su culo por aquel hombre, todavía quedaban unas rodajas de pizza, pero no las podía comer en esos momentos. Sin cambiarse, sin desvestirse (de hecho llevaba muy poco), cae sobre la mullida cama nueva, con sus muchos cojines y escandalosa manta. Cierra los ojos e intenta aislarse, alejarse de todo lo que le ocurre.

   Pero no puede, porque la verdad es que aún saborea sobre su lengua el semen de Cole, y lo traga cuando deglute. Lo cierto es que tiene el pene muy erecto, muy pulsante y goteante dentro de la diminuta pero suave tanga de mujer que lo contiene, contacto que le eriza un tanto la piel. Desea, necesita como pocas cosas antes en su corta vida, desahogarse. Hacerse una paja y estallar en leche. Pero no lo hará, no sucumbirá a eso. No se masturbará pensando en… lo que le ocurrió. A pesar de lo que ese sujeto le hacía, y le decía, era un hombrecito, un macho. No podía perder eso de vista. Mañana… Si, buscaría a Nelly y tendrían tanto sexo que le dolería.

   Mañana…

   Corre e intenta agotarse en la pista, alejándose del entrenador que quiere saber de su patrocinador y amigo, agradeciéndole las contribuciones al equipo, pero mirándole de manera extraña, calibrándole.

   -Llevas el cabello un tanto largo, ¿nuevo look? –le preguntó de pasada, a lo que le respondió cualquier cosa, enrojecido del traje algo llamativo de colores que Cole le había dejado. Había algo en esa mierda que le molestaba, su trasero destacaba.

   En los vestuarios, donde no se quedó mucho, le parecía que otros chicos le miraban y susurraban cosas a sus espaldas. Saliendo llamó a Nelly, con cierta urgencia cuando no atendió de inmediato. La saludó, sonriendo tenso, cuando finalmente lo hizo.

   -¿Cómo estás, bonita? –preguntó.

   -Bien, ocupada con mamá, anda algo indispuesta.

   -Nada grave, espero.

   -No, es una cirugía, pero electiva. Quiere hacérsela, no hay riesgo. ¿Estás bien?

   -Extrañándote mucho. –aprovecha el momento, todavía algo jadeante por la práctica, sudoroso, las mejillas rojas.- ¿Podríamos vernos esta noche? No lo sé, ir a…

   -Lo siento, amor, pero no quiero dejarla sola. Anda nerviosa aunque no diga nada. Intenta ser fuerte ante papá, pero…

   -Pero Nelly, pero llevamos días sin vernos y…

   -No puedo, no se sentiría bien bajo estas circunstancias. Perdóname, ¿si? –se defiende, pero algo impaciente, como alterada por ese chico que no entendía que se preocupaba mucho por su madre.

   -Está bien. –acepta botando aire, cerrando los ojos y rascándose con una uña la transpirada frente.- ¿Hablamos luego?

   -Claro, quiero saber cómo te va. –le manda un beso y corta. Así de fácil. Cuando abre los ojos se desconcierta, a su lado en la acera que le lleva de la cancha a la residencia, hay un auto detenido y un tipo treintón, guapo y masculino, lo recorre con la mirada.

   -¿Necesitas que te lleven a alguna parte, chico guapo?

   ¡Oh, Dios!

   No quiere recordar lo rápido que caminó de regreso, rogando al cielo no encontrar a nadie en los baños de la pensión, tomando una ducha larga y profunda… y repasanso su afeitado. No quería que el otro le molestara y se lo ordenara, teniendo que hacerlo luego, derrotado. No quiere recordar la discusión con Mark, su amigo, ni verlo, por lo que sabe que debe regresar lo más pronto posible a la seguridad de su pieza, esa trampa donde Cole juega al gato y al ratón con él. Se coloca cualquier cosa por encima, no puede arriesgarse a nada de ropa interior allí, y cruza casi a la carrera el espacio hasta su cuarto, temiendo lo que vaya a encontrar al abrir la puerta, especialmente porque al final del pasillo se encuentran dos de los chicos de la casa, dos mocetones del quipo de lucha, que lo observan, acercan sus rostros y uno dice algo al otro, vehemente, burlón, con una mirada cruel en los ojos. ¿Mark habría contado algo?, se pregunta con el corazón adolorido. Abre y…

   No, Mark no había dicho nada. Seguramente eso fue lo que vio y le causó extrañeza a Fulton, el capitán del equipo de lucha de menos de noventa kilogramos, una mole a pesar de la edad. Seguramente vio a la gente entrando y saliendo de su pieza, cargando cosas. Ese cuarto… El aliento escapa de sus pulmones y siente ganas de gritar.

   La nueva cama, en una esquina, muestra una de esas sábanas satinadas color pastel, con una gran colección de cojines estampados, algunos en rojo y en oro otros. Las paredes, aunque no puede olfatear resto de pinturas, muestran nuevos tonos, dos son de un furioso color naranja, las otras dos color arena, el techo es de un tono violeta claro. De la pared que sigue el largo de la cama, pegada a ella, un abanico de abalorios se abre, sostenido seguramente con ganchos. Sobre el colchón, donde descansan los peluches de animalitos de caras amistosas y un estuche de delicado color rosa (una laptop), un cubrecama atigrado hace juego con una alfombra que sale de debajo de la cama. Justo frente a la “pata” de esta, un espejo muy pulido, enmarcado en plata, ocupa buena parte de una de las puertas del closet, enfocándola perfectamente. Para mirarse mientras tiene sexo, piensa con el corazón todavía más agitado.

   Su mesita de noche ha sido ocupada por una lámpara esbelta y femenina, con una pantalla satinada color vino tinto, a su lado, algo desparramadas para que se vea la mayor cantidad, hay algunas revisas y las detalla, son de culturistas de grandes musculos y diminutas treusas, de ejercicios y salud, de cine y farándula, todas mostrando guapos y viriles hombres sonriendo desafiantes, sensuales. Al lado de la misma hay un nuevo mueble, una peinadora de coqueto armado, con tres espejos convergentes para quien sentado frente a ellos se acicale. Hay cepillos, un secador de cabello nuevo y una caja de cosméticos, lo sabes sin necesidad de abrirla, aún más grande que la anterior. Una de las gavetas está abierta y una suave y estampada telita color rojo sobresale. La toma y es, cómo no, una tanguita tipo hilo dental indudablemente del tipo femenino. Abre un poco más la gaveta y hay varias, nuevas, así como medias altas, de colores claros y oscuros. Traga con esfuerzo.

   La mesa donde come y estudia, pegada a otra pared, está cubierta con un colorido mantel esfaralado, de toques delicados. Una bolsa con viandas, estofado, descansa con una nota encima: “Llego tarde, cena”. Sobre el saliente en la pared, de una hoja de madera, donde guarda sus libros y otras cosas, descansa una estatua plateada, de un torso masculino perfecto, musculoso y armónico, sin brazos o cabeza, un claro reconocimiento a la belleza del macho. De las paredes cuelgan posters, no de equipos deportivos o autos. Son actores sin camisas, modelos en poses no sexuales pero sin sensuales. Tipos bonitos en jeans que dejaban ver ciertas protuberancias contra las telas de sus jeans o el nacimiento de sus pelos púbicos.

   El cuarto de un gay, eso es lo que era todo aquello. O, peor, el de una chica. Una colegiala…

   Con pasos débiles camina hacia la cama, mirando todo, todo dándole vueltas. ¿Cómo pudo hacerlo? Cole, a solas, no podría, debió traer gente, sujetos que sabían que un chico vivía allí, un chico a quien ese hombre grande, exitoso y viril… Un calor se agita en su pecho, sus ojos brillan, rebeldes, pero también fascinados, ¿qué clase de sujeto era el papá de su novia? Es cuando repara en la nota sobre la rosa coraza de la pequeña laptop nueva. Claro, la orden:

   “¿Te gusta, Brenda? Lo hice con amor, lo vales. Espérame arreglada y vestida para la ocasión. Esta noche te amaré como mereces, te correrás en mis brazos, y sobre mi tolete, gritando mi nombre”, lee con ojos empañados. Hay una oración final. La amenaza, por supuesto, velada pero presente: “Siento que algunos chicos notaran tus mudanzas, ¿no crees que debería llamarles para que vieran tu cuarto y te felicitaran?”.

   Tan simple, tan sencillo, se dice dejándola caer. Cierra los ojos y traga; Dios, ¿qué debía hacer?

   La pequeña tanga roja, estampada y sedosa, se desliza por sus musculosas piernas de corredor. La sensación es acariciante. Atrapa sus bolas y pene dentro del saco triangular delantero, y por alguna razón lleva su miembro hacia abajo, pisándolo con la suave prenda. Pero es entre sus nalgas donde es más consiente de ella, presionando sutil, casi sobándole. Sentado ante el mullido y cómodo asiento de la peinadora toma una de aquellas medias, le cuesta entrar, no está acostumbrado. Pero parpadea al sentirla abrazando su piel, sus muslos. Alza y extiende una de sus piernas, sintiendo el roce eléctrico. Se soba y casi jadea. Porque era extraño, nuevo, no porque le gustara en realidad. Y así, con medias y tanga, se seca y peina el cabello, suave y lustroso. Pinta sus ojos, sus mejillas y labios con un tono rosa pálido, sorprendiéndole parecer una hermosa chica. Sintiéndose sucio y perverso, en medias, tanga y maquillado, va al clóset y toma una franela corta de talle, que apenas cubre más abajo de sus pectorales. Se mira al espejo del closet y arde. ¿Qué le haría Cole? ¿Le penetraría con rudeza y a fondo? ¿Llenaría su culo con fuerza despertando todas esas extrañas sensaciones ya vivisdas? ¿Le provocaría aquellos intensos orgasmos que, aunque le avergüence admitirlo, sufrió sobre su güevo duro teniendolo bien metido?

   No quiere pensar en su ansiedad, el su temblor. No sabe qué hacer mientras espera, aunque tiene exámenes cercanos no puede concentrarse en nada. Espera, vestido como una nena, a un hombre que le ha “prometido” cogerle esa noche. La idea hace que su corazón lata con fuerza, que su respiración se espese. Toma la laptop para tener algo que hacer y la abre, la pantalla se ilumina con una imagen poderosa. Un chico joven y delgado, rubio y hermoso, de cabello bien peinado, rostro maquillado y labios pintados, abiertos en una salvaje mueca de gozo y de lujuria, de realización teniendo clavado un en su lampiño agujero, que asoma al lado de una tanga tipo hilo dental blanca, un grueso y tieso güevo negro, el cual, evidentemente, le provocaba todas aquellas emociones.

   Con un jadeo la cierra, rojo de cara, ardiendo con un fuego inexplicable. Es cuando escucha los pasos acercándose a la puerta de su pieza. Cole venía para darle lo suyo, para cogerle y hacerle gritar su nombre cuando se corriera. Traga en la espera con los ojos sobre el picaporte de la puerta.

CONTINÚA … 20

Julio César (no es mía la historia).

EL PEPAZO… 5

septiembre 17, 2016

EL PEPAZO                         … 4

De K.

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   -Tómalo.

……

   -Pero, ¿qué coño les pasa? ¡Dejen la manoseadera! –reacciona al fin, de mal talante… no logrando nada. Esas manos siguen tocándole, acariciando con las palmas abiertas las tersas mejillas de su trasero, los dedos flexionándose un tanto sobre ellas.

   -Se sienten tan… -Bravo, mitad broma, mitad confuso, sonríe y toca, mirando al socio del otro lado de Jacinto, el cual tiene una expresión parecida.

   -Si, se siente tan bien, Contreras…

   -¡Basta! –repite el joven, rojo de cara, molesto, dándole manotazos a ambos, alejándoles. Estos ríen.

   -No te molestes, pana, ¿no haces todo ese ejercicio para que te miren el corpachón?: misión cumplida. –arguye el hombre negro, sonriendo, la lengua asomándose un poco entre los gruesos labios, metiendo esa mano de canto, ahora hacia la zona de la raja interglútea, bajando, palpando allí donde la suave tela se hunde un poco, y rastrilla con la punta de sus dedos. Ríe ronco, burlón, ¿o no es sólo eso?- Esto se la pondría dura a cualquiera. Es como acariciarle el coño, sobre la pantaletica, a una linda chica metiéndole la mano dentro del vestido en medio de una fiesta, y hacerla mojarse. –confiesa, quizás demasiado. Y Bravo ríe.

   -Ay, maricón, ¿cómo que quieres darle a Contreras?

   -¡Suficiente, carajo! –grita colérico el joven, la voz algo alterada por toda aquella tocadera. Esos dedos cepillándole ahí se habían sentido distinto a la ocasional broma de sobar el culo del que pasaba distraído, algo que él mismo había hecho. Esto parecía diferente. Y le estremeció porque se vio claramente, otra vez en aquel espejo, metiéndose dos dedos por el culo, el cual los apretaba y aceptaba, abriéndose para ellos. Claro que los de Linares parecían más largos y gruesos…

   -¿Ocurre algo? –la voz femenina les sobresalta, y mientras Jacinto se vuelve, dándole el culo al gabinete, cubriéndolo, los otros dos guardaespaldas parecen despertar y entender lo que hacían, sus caras azoradas lo indican.- ¿No estaban tocándole el culo a Contreras, o si? –hay burla.

   -No, señorita. –le responde Bravo a la “niña” de la casa, la cual parece trasnochada, desarreglada y algo pálida, tal vez por el cabello teñido de verde o la cara tan cubierta de polvos. O porque realmente estuviera trasnochada. La acompaña el novio de turno, un joven gorila que había sido guardaespaldas de una amiga, que la chuleaba y la vivía de lo lindo.

   -Me pareció. –todavía se burla.- Bueno, necesito que nos lleven a Naiguatá. –anuncia, frunciendo el ceño al mirar a Jacinto.- Aunque entendería, todos esos ejercicios están resultándote. Te ves lindo. –le sonríe, hasta que el novio le clava los dedos en el delgado brazo y casi la arrastra a una de las camionetas.- ¡Hey!

   -Hora de irnos. –le gruñe, mientras mira feo al joven fortachón.

   Este, todavía en estado de shock, procesa todo mientras los dos compañeros, acomodando sus trajes, suben con la pareja. La señorita Fabiola nunca le miraba o hablaba, sus gustos eran extraños, drogas, hombres violentos, aros por todo el cuerpo. Mantener sujetos. A Jacinto eso no le molestaría, pero la damita parecía no encontrar nada atractivo en él. Hasta ahora. Eso le gusta, pero deja de sonreír al recordar el manoseo a su culo. Recordar las palabras de los dos socios, le divertía… y halagaba de cierta manera oscura en su vanidad, pero lo otro… No quiere pensar más en ello. Sin embargo, quitándose el saco, para terminar de aspirar el auto dejado por Linares, siente como la bonita camisa color lila se tensa sobre sus hombros y antebrazos, llena. Eso le encanta, la sensación de su cuerpo fornido. Y estando allí, revisando su moto, le pareció que todas las chicas de la quinta pasaban a saludarle, a mirarle el trasero y el torso, y reír. Eso le gustó mucho. Tal vez invitara a alguna a…

   Tan sólo tuvo que dejar la quinta una vez, la señora se reunía con sus amigas para “conversar”, es decir, jugar cartas y beber caña hasta quedar medio inconsciente como a las diez de la noche, por lo que dispone de tiempo libre una vez la dejan, a las tres. Arreglándoselas con el Indio, el compañero que le toca, un retaco pero ancho y fuerte sujeto casi cuarentón, le deja de guardia en el carro mientras se llega a su gimnasio. Siente unas energías intensas y necesita quemarlas ahora que el hombro no le molestaba. Entra y es seguido por muchas miradas de chicas, también de uno que otro tío; después de todo era guapo, y quienes no sentían interés en él por eso, lo hacían por su cuerpo, especialmente ahora. Se cambia en los solitarios vestuarios, le cuesta subir el pantalón de látex, blanco, bueno para transpirar alguna grasita por allí depositada. Salta y lucha un poco, halándolo, la tela abrazándole con fuerza, destacando sus muslos musculosos, su pelvis y su trasero de una manera nueva, casi sensual. De pasada se mira al espejo, su trasero se veía redondo, alzado, altanero. No puede evitar una sonrisa.

   -Bonito culo. Provoca morderlo. –la masculina voz amanerada le sobresalta, haciéndole volverse con rapidez, enrojeciendo al mismo tiempo, encontrando a un catire delgado, bajito, de ademanes increíblemente afectados, que toma agua de un chupón de manera extraña mientras le mira.- ¿Se vale tocar?

CONTINÚA … 6

Julio César.

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 61

septiembre 16, 2016

… SERVIR                         … 60

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

dulce-chico-en-hilo-dental

   Esos chicos ni imaginaban lo que les pasaría.

……

   Mientras la lluvia, truenos y relámpagos hacen desistir a todos los del autobús de la idea de bajar y que lo mejor es esperar el reposte de combustible en la seguridad del vehículo, un hombre joven es atacado sexualmente en el sanitario. Prácticamente vestido, excepto por la corta y ajustada camisa que tiene desabotonada mostrando el fornido torso velludo, su panza dura, y la palpitante verga emergiendo de su bragueta, Robert Read se cansó de obligar al tembloroso y asustado sujeto a mamarle el güevo, atrapándole en un puño el cabello, con crueldad, haciéndole gritar, obligándole a caer sobre su barra de carne tiesa y chuparla, cubrirla totalmente con labios, mejillas y lengua, ahogándole, haciéndole tragar todo lo que de su pito salía. Sonrió entre dientes, con una mueca cruel, de pie, mirándole ir y venir bajo su control, metiéndosela hasta la garganta, dejándola allí para ver como esos ojos se llenaban aún más de lágrimas, ya no sólo de miedo o frustración sino de ahogo, con la cara muy roja, para retirarla, viéndola brillante de saliva.

   -Si, así chupa una verdadera puta. –le decía para atormentarle.

   Luego, y aunque el otro se negó y gritó, no oyéndole nadie, le desnudó a zarpazos, mareado de las ganas. El temor, lo desvalido del sujeto, le tenía caliente como predador. Bajarle el ajustado bóxer (seguro lo llevaba para sentirse sexy), le hizo arder. Su güevo goteó espeso líquido, listo para lubricar, como siempre, el apretado coño virgen de un mariquito reprimido. Uno como ese, al que pronto estaría reventándole el culo mientras lo usaba como a su puto. Con un “silencio, maldita zorra, o vendrán todos los del autobús a cogerte”, le atrapó la nuca, llevándosela hacia adelante, haciéndole caer en cuatro patas, posicionándose, de rodillas, tras sus nalgas.

   El tipo, todavía alucinado ante la realidad de lo que le ocurría, le gritó que no, que era una violación, ignorando cómo excitaba eso a Read, quien atrapándole el cabello nuevamente en un puño, haló dolorosamente haciéndole echar la nuca hacia atrás, gritando, y se la metió de golpe y porrazo. En ese momento si que el otro chilló. La cabeza de la gruesa, larga, tiesa y amoratada verga en un momento dado frotaba el redondo, cerrado y peludo culo para luego desaparecer dentro de él, con dureza. Y al clavársela así, indiferente a sus gritos y llantos, Read sonrió y lanzó un hummm, bajo y ronco, de puro placer al sentir las paredes de ese recto en llamas cerrarse violentamente sobre su tranca, combatiéndole. Se lo dejó clavado un segundo, no por piedad para con el otro, sino para disfrutar los temblores y espasmos de ese hueco virgen que ahora conocía del poder y dominio de un macho. Ese carajo ya nunca sería el mismo. Era un momento importante para toda marica reprimida que nacía a su verdadera naturaleza.

   Aspiró ruidosamente, eran extrañamente estimulantes los olores del baño que le llegaban mientras retiraba medio tolete, haciéndole gritar nuevamente. Le gustaban esos lugares aislados para sus juegos, ¡había tomado así a tantos sujetos! Desde sus quince años, como aquel amigo de la mierda aquella que fue su padre. En el patio que compartían las casas. En ese baño, en particular, por la hora de la noche y la tormenta, podía bombear todo lo que quisiera en ese coño recién estrenado, y ese tipito podía gritar, suplicar o llamar por ayuda todo lo que quisiera sin que eso le salvara de que su culo y su boca fueran usados. Sonríe diciéndose que era una pena haber tenido que matar a sus socios en aquella casa. De haberlos traído los tres harían fiesta con esa perra, se decía mientras le clavaba los dedos de una mano en la cadera y con la otra casi le aplastaba la frente contra el piso, mientras pintoneaba con fuerza su erecto y grueso tolete adentro y afuera del pequeño y ardido culo peludo recién estrenado. Los golpes eran sonoros, las flacas nalgas del otro se agitaban con las palmadas de su pelvis.

   -Ahhh, mierda, qué culo tan rico, cómo aprieta, cómo chupa… se ve que lo tenías hambriento de macho. –le ruge mientras le embiste con mayor rudeza y brutalidad, casi derribándole sobre el piso, mientras el otro solloza y gime.- Llamemos a alguien, a quien sea, tu culo necesita de más de lo que un sólo hombre puede darle. Vamos, grita, llama a alguien, que venga, que el olor a zorra que emana de tu coño lo vuelva loco. –le urgía entre dientes, azotándole con duras palmadas, intensificando los gritos ahora contenidos de ese carajo sometido a su bestialidad.- ¡Grita por ayuda, puta!

   -No, no, déjeme… ¡Ahhh! –ruge cuando el oso casi le cae encima, clavándoselo todo.

   -Este culo bien merece un premio, ser bien atendido y llenado, al primero que entre por esa puerta te voy a ofrecer; por cinco dólares dejaré que goce de tu cuño caliente y vicioso. –le dice cruel, aterrándole.- Sé que te parecerá poco, pero así más machos vendrán y los tendrás. Y si, eres una puta barata, lo supe en cuanto te vi meciendo tu culito respingón frente a mí, retándome a tomarlo, a usarlo. Se te mojaba de las ganas. –le ruge feo casi sobre una oreja, confundiéndole, alterándole, manipulándole. Su culo sube y baja, empujándosela hondo.- ¿Te gusta, puta? ¿Te gusta sentir mi verga llenando tu vulva? –le grita sorpresivamente, cogiéndole más suavemente, metiendo una de sus enormes manos y acariciándole el flaco torso poco velludo, la panza y la verga, la cual está morcillona pero late. Sonríe, otro que amaba la degradación, que disfrutaba bajo el control de un hombre. Otra perra necesitada de un amo. Se alza sobre sus rodillas, cogiéndole con fuertes golpes.

   Bien, le haría gritar por más verga… Sabía, a cierto nivel, que ese tipo terminaría sometiéndose, por miedo, dolor o fascinación. La degradación tenía su encanto en mentes débiles, piensa mientras le hala el cabello. Haciéndole gritar, al tiempo que le dice cuánto le gusta la manera en la cual su culo/coño le aprieta la verga, notando, con una sonrisa cruel, como aquel agujero efectivamente parece sufrir espasmos, amasándosela. Y que el tipo solloza de manera abierta, desolada, mientras su culo era penetrado una y otra vez por aquel sujeto que le forzaba en un baño de carretera.

   Halándole aún más el cabello, provocándole un agudo alarido, le obliga a despegar las manos del piso, alzándole, abrazándole contra su torso velludo y fornido, sin dejar de cogerle, teniéndole ahora casi sentado sobre su regazo. Las embestidas son menores pero el grueso tolete parece llenarle más las inflamadas paredes del recto. Teniéndole así, todavía cogiéndole, le monta una mano en la nuca y lo obliga a ladear el rostro surcado de lágrimas, y comienza a lengüetearle bajo la oreja, el cuello, de manera lenta, reptante, provocándole nuevos gemidos de repulsa a ese tipo, que se resiste pero no puede alejarse. Esa lengua recoge algo de su llanto, los dos lo notan, y el oso deja escapar un gruñido de satisfacción, subiendo y bajando sin detenerse su tolete dentro de aquel culo apretado y ardiente por la agresión, agregándole ahora el llevar su otra mano grande, fuerte, de dedos velludos, al torso, apretándole feamente una tetilla.

   El infortunado sujeto grita de dolor y la lengua de su violador penetra su boca, llena de saliva, recorriéndolo todo, atrapándole, chupando de manera ruidosa y asquerosa. ¿Gritaba? ¿Respondía? Read no lo sabe cuando la otra lengua sale a su encuentro, ni le importa. Ha decidido que ese sujeto gusta de eso, que es un marica reprimido y está teniendo lo que merece, ¿o es lo imagina su mente perturbada?, a quién le importaba, se dice sonriendo, sacando su lengua y agitándola soez, vuelve a metérsela en la boca mientras fantasea que entran otros sujetos que se reirían y burlarían de ese carajo, que sacarían también sus güevos y con ellos le llenarían todos los agujeros. Que entre todos le darían la enculada de su vida, con sus vergas aún más duras y goteantes, todos llamándole asqueroso puto sucio, marica de porquería, con los “ven y llena tu culo maricón de güevo”. Esas y otras linduras. La idea le pone tan duro que sube y baja más sus caderas, enculándole a fondo, teniéndole retenido contra su cuerpo de oso, besándole, amasándole de una tetilla a la otra.

   Lo coge, lo lengüetea, le hala los pezones mientras con voz ronca, fuerte, decidida y autoritaria le va diciendo que se quedará allí, de pie, con un marcador en la mano anotando en la puerta de ese privado el número de hombres que enterrarían esos toletes duros y nervudos, calientes y babeantes en su culo, llenándoselo, haciéndole gritar como la puta que era. Hombres rudos, sucios, jóvenes y viejos, gañanes, tal vez algún policía o un militar, y que todos, absolutamente todos tendrían su oportunidad de arar en su agujero vicioso, de llenarlo de güevo y leche. Le oye gemir ahogadamente, al tiempo que esas entrañas se abren y cierran espasmódicamente, ordeñándosela. En un momento dado, fuera por lo que fuera, ese hombre de aire extraviado lleva una mano a su delgado miembro rojizo, muy erecto.

   -No, nada de jugar con tu clítoris, pequeña puta. –Read se lo impide de un manotazo, arrojándole hacia adelante, obligándole a caer sobre las manos, aferrándole las caderas e incrementando sus embestidas.

   El sujeto chilla, grita, arquea la espalda, suda, se estremece, y en todo momento Read habla, de cómo lo filmará mientras es cogido por todos, le grabará su culo goteando un mar de leche masculina antes de que otro güevo tieso lo penetre, y que revisando su teléfono le enviará copias a todos sus familiares, amigos y conocidos, y todos entenderán que siempre fue un marica reprimido.

   -Ahhh… -grita ese tipo, fuerte, ¿rabia?, ¿miedo?, ¿deseo?

   -Y mientras te filmo le diré a todos esos carajos que deberán correrse, finalmente, sobre todo tu cuerpo. Te dejarán bañado de esperma de pies a cabeza, y así, sin secarte o limpiarte regresarás al autobús. Todos olerán tu degradación, tu putez; todos sabrán lo que eres. Tu aroma asqueará a las mujeres que saldrán con sus hijos, pero enloquecerá a los hombres presentes, gay o no, y te cogerán otra vez, entre todos. –sonríe ante el violento tirón de ese culo, sabe lo que pasa, aferrándole un hombro y halándole del cabello le alza otra vez, justo a tiempo para ver el delgado miembro del tipo lanzar sus chorros de leche, sin tocarse.- Eres tan marica. –le gruñe al oído, lo que provoca otro gemido y otro disparo. Perfecto, así se convertiría en un sumiso sexual más rápido.- Óyeme bien, puta barata, nos quedaremos aquí, buscaremos una pieza y nos divertiremos… por un tiempo. –impone.

……

   El seco sonido de la cerradura metálica descorriéndose hace que Geri Rostov eleve su rostro hermosamente varonil, encanto acentuado, curiosamente, por la sombra de barba y bigote de los dos días en detención. Sus ojos, nublados, miran entrar a ese vigilante latino que lleva rato molestándole. Como le molesta su sonrisa sardónica.

   -Se cumplió el castigo, presidiario, puedes salir. Imagino que estás loco por llegar con tu putico, que bueno que ya sea de noche, ¿no? Pero creo que antes debemos hablar muy seriamente tú y yo. Tenemos un problema.

……

   Dentro de la celda que comparten, un agitado Daniel Pierce espera por su compañero. Sus mejillas están algo rojas, lleva el feo uniforme de la prisión y el cabello recogido en un gorro de igual color. Su respiración se detiene cuando la cerradura de la reja se activa y una mano separa las rejas, allí estaba Geri, con el cabello húmedo de la ducha, sonriente, con su sombra de barba y bigote, y a Daniel le duele algo en el pecho: era tan guapo. Eso se dice, entendiendo lo mucho que ha cambiado su vida. Sin que le importe en esos momentos.

   -Adentro, convicto. –gruñe el guardia, casi empujando al paralizado Rostov, cerrando y alejándose.

   -¿Estás bien? –la pareja dispara a un tiempo.

   Y Daniel va a su encuentro, rodeándole el cuello con sus brazos, besándole. Geri responde de manera casi hambrienta al beso, atrapándole la lengua, rastrillándosela con los dientes, chupando ruidosamente de ella. Hay pito y chillidos, y rojos de cara se separan. Volviéndose hacia el corredor, sacándoles el dedo medio, Rostov corre una cortina. La pareja, jadeante, se mira y vuelven a besarse. Daniel gime atrapado por esa boca y esas manos que acarician su baja espalda. Se pega más del otro, estremeciéndose excitado al sentir la dureza de su verga. La extrañaba, la quería. La necesitaba. Se separan, labios rojos, húmedos, hinchados. Daniel parece suplicante, y aún más cuando Geri le quita la gorra, metiendo los dedos en la sedosa, brillante y hermosa melena de cabellos dorados.

   -Me gusta… un poco. –Daniel le acaricia una mejilla. El otro ríe.

   -Tenía tantas ganas de verte que me bañé pero no tuve paciencia para afeitarme. Dios, eres tan hermoso. –gruñe ronco, doliéndole el tolete dentro de la braga.

   Y Daniel ya no piensa, todo él se estremece y calienta con una felicidad desconocida. Sonríe al tiempo que le besa otra vez y abre su braga. Con un jadeo de lujuria, las manos de Geri caen sobre sus hombros suaves, bajo la braga, obligándola a caer, descubriendo el torso esbelto, las tetillas erectas, unas que habían sido manipuladas por Read con hormonas. Dejando aquella boca, el joven besa el cuello, y al paso de sus labios, de los besos mordelones y chupados que deposita, Daniel se estremece, y el gemido que escapa de sus labios cuando uno de sus pezones es cubierto y chupado, eriza a Geri y a quienes escuchen afuera, aunque no lo reconocieran. Y esas manos recorren esa espalda, despojándole del mono, y cuando caen sobre las turgentes, lisas y duras nalgas, casi descubiertas a excepción de aquella prenda pequeña, sensual y putona que se pierde entre ellas, ya el apuesto convicto babea.

   Cegado de lujuria casi obliga al rubio a caer sobre el camastro, al cual se le desparrama su larga cabellera, gimiendo ante la fuerza de su hombre, abrazándole el cuello, reteniéndole, esa boca succionando de un pezón a otro, despertándole oleadas de lujuria y placer, provocándole gemidos, y una buena erección bajo el hilo dental rojo que lleva. Casi sobre él, Geri reparte sus besos entre la boca y esas tetillas, mientras las manos recorren ese cuerpo que lo hace arder. Sentir bajo sus palmas el roce de los contornos de la diminuta prenda en las caderas o perdiéndose en las nalgas le enloquece.

   Quiere ser gentil, amable, llevaban dos días separados, estaban juntos al fin y no todo era sexo, o no únicamente, pero no puede pensar. Acaricia al rubio, lo besa, le lame las tetillas, y de alguna manera, mientras aparta su propia braga mostrando su cuerpo esbelto, levemente velludo (gustándole el brillo de placer en los ojos del otro), se las ingenia para acariciarle la entrada del culo del rubio, clavándole un dedo. Al sentirlo, Daniel se tensa y gime, ardiendo de ganas. Quiere ser tomado por Geri, penetrado, necesita ser poseído por su hombre. Y la idea le hace casi delirar. Geri baja su braga, no lleva ropa interior, su erección rojiza y goteante queda al aire libre, los hambrientos ojo de su chico posados en ella. Ya habría tiempo para que se acariciaran, para que Daniel comiera y chupara de él, para que él mismo enterrara su lengua en aquel depilado “coño” antes de llenarlo de güevo, pero ahora no.

   Con las bragas anaranjadas en el piso, las botas aún puestas, así como Daniel aún lleva la pantaletica hilo dental, de frente, teniéndole de espaldas en el colchón, Geri le entierra lentamente el glande en el ojete, abriéndoselo, y va penetrándole, llenándole con su ardiente y pulsante pieza, centímetro a centímetro, obligando a rubio a gemir de deseos, sintiéndola rozándole y llenándole las paredes del recto. Y comienza un frenético mete y saca, un vaivén de deseos mucho rato negados. Mientras le besa y come la lengua, atrapando en un puño el brillante cabello rubio, Geri lo penetra una y otra vez, haciendo rechinar un tanto los viejos muelles del colchón. Y respondiéndole, bebiendo de su lengua, de la cual chupa con sed, Daniel le rodea la baja espalda con sus piernas, las botas molestando un tanto, pero halándole con ellas, casi obligándole a ir más y más profundo, sintiéndose nadar en endorfinas mientras su macho lo cabalga con bríos y ganas.

   Más tarde, esa noche, hubo tiempo para hablar. Daniel, preocupado, le comenta sobre ese vigilante mientras reposaran en medio de las penumbras, abrazados, Geri todavía acariciándole el cabello mientras le veía adormilarse, asegurándole que todo estará bien porque estaban juntos.

   Y lo estaría. El joven recluso jamás permitiría que ese vigilante de mierda, o ningún otro hombre tocara a su dulce amor, no después de todo lo que esperó por él. Por ese carajo conspiró con Robert Read en los patios, cuando la oportunidad del nuevo juicio se abría ante los ojos de Daniel, el escapar de ese infierno; por ello el convicto y él dejaron saber que al rubio nadie le protegería, azuzando a aquel hombre a atacarle. Por eso le dio el chuzo, para que lo matara, para que le condenaran en un nuevo juicio por asesinato y nunca pudiera irse. A cambio usó su red, fuera de prisión, para que los cómplices de Read contaran con una camioneta modificada para la fuga y un refugio provisional para ocultarse, uno donde, debajo de una mesa, el recluso encontraría un arma para atar cabos matando a los socios. Nada le unía a Read, este, y él, se habían encargado de eso; ni siquiera ese monstruo deseaba enfrentar a los “hermanos” de la supremacía blanca, se dice sonriendo con tranquilidad, recorriendo con un dedo el apuesto perfil de Daniel, quien sonríe suavemente a pesar de estar casi dormido, feliz de estar entre sus brazos. Delinea esos labios, caliente otra vez, deseando tenerlos cerrados alrededor de su verga como en otras ocasiones.

   No, no había nada que temer. A ese vigilante, con el cual se reunió a solas en los patios, donde el otro le propusiera una convivencia con el recluso, algo ilícito y prohibido, le asesinó rompiéndole el cuello. Hubo algo que vio en sus ojos que le ayudó; si, ese tipejo deseaba a su Daniel, pero también más. Aparentemente les había visto follando en los baños, así que no le costó mucho incitarle a tocarlo, algo que el otro hizo con nerviosismo, bajando la guardia cuando cayó de rodillas tembloroso por lo que sentía, ante la posibilidad de dar la primera mamada de su vida a aquella mole joven y dura de carne que le era ofrecida. Fue cuando le mató. Que investigaran, sonríe, a nada llegarían. Ya convencería al rubio a su lado de que nada tenía que ver con eso.

   La gente siempre terminaba creyéndole, reconoce con una enorme sonrisa, besando con ternura esos labios rojizos; muchos consideraban imposible que hiciera ciertas cosas, como matar a esos chicos en Iowa. Aunque le atraparon y condenaron a cadena perpetúa. Pero eso era pasado, ahora estaba bien. Muy bien, se dice acurrucándose al lado de Daniel, el hombre al que nunca dejaría ir, aunque, por suerte, el otro nunca lo sabría ni lo intentaría.

……

   -Debo decirle que… no es exactamente como le imaginaba por la entrevista telefónica, señor Miller. –sonríe tras su escritorio el señor Sanders, un cuarentón delgado y atildado, de pálidos ojos azules saltones tras sus lentes de montura fina. So oyente, sentado del otro lado de su escritorio, le impresionaba un poco. Era tan grande, fuerte, tan… masculino, reconoce con cierto embarazo, sonriendo nerviosamente.- Así que… ¿quiere trabajar con nosotros? –la oferta flota, y casi un subconsciente ruego para que acepte.

   Robert Read, cabello casi al rape, lentes del tipo intelectual, rasurada la barba no así el bigote, embutido en una camisa manga largas, bonita y cara, increíblemente ceñida a sus hombros y brazos, sonríe calibrándole, estudiándole. Detectándole. Le habían gustado las instalaciones del caro y pretencioso colegio semi internado para chicos ricos y problemáticos, algunos de los cuales le vieron con altanería al entrar.

   -Nada me gustaría más que quedarme aquí, señor Sanders. –responde con una sonrisa afilada, un vozarrón propio para impresionar al otro; súbitamente se pone de pie, lamiéndose el pulgar y tendiéndose sobre el escritorio, y con ese dedo le recorre la barbilla, sorprendiéndole, haciéndole jadear y tensarse.- Tenía algo allí. –explica como si nada, cayendo en su silla, dejándole temblar de sentimientos encontrados. Seguro que su mujer, la apagada rubia que vio poco antes, no le provocaba aquello.

   Oh si, se quedaría allí. Después de encargare de Miller en aquel apartado cuarto de motel, seguro de que nunca aparecería su cuerpo, se le ocurrió la idea, perversa, ¿buscaría a Marie Gibson y volvería por Owen Selby, o iría a ese colegio para ver qué ocurría? Mira por un ventanal, dejando que el otro, todavía turbado, respirara, observándole. Seguramente caliente bajo el pantalón. Y mira los patios verdes, los muchachos agresivos, bonitos, mala conducta… Oh, sí, ya imaginaba lo que haría con todos ellos, comenzando por el marica ese, todos entregados a sus juegos, sometidos, sirviéndole. La verga se le llena de sangre y ganas, ¡la cara que pondría Sanders cuando se pusiera de pie para despedirse!

   Su venganza bien podía esperar un poco más.

……

NOTA: Este final, tan desgraciado, me encantó. Read, aunque el principal, no era el único monstruo. Y ahora una confesión molesta, cuando descubrí el mundo de los porno relatos en la red, y leí este, lo copie, en hojas, y encontré el inicio de la continuación, de Read en ese colegio pervirtiendo muchachos. No lo copié, siempre dije que volvería, había tanto porno por ver, que lo dejé pasar. Y la página cerró. Una pena, era bueno.

Julio César.

EL PEPAZO… 4

septiembre 16, 2016

EL PEPAZO                         … 3

De K.

sexy-muscle-boy

   -¿Lo quieres? Te lo tengo guardado.

……

   Ante esa duda, su corazón late con fuerza, de temor. Pero ¿temor a qué? Va a tocarse y… La mano vacila y la aparta. Jadeando con cierta preocupación se mira al espejo, parpadeando otra vez. Nota la hora en el reloj de la mesita y corre a la ducha. El agua templada le gusta, le aligera los pensamientos; toma el champú y enjuaga su cabello ya sin pensar, con el gel de baño, que hidrata la piel, recorre su cuerpo. Cuesta apartarse de la sensación untuosa pero le gusta el resultado. Es cuando, de manera automática, mete la mano cubierta de gel entre sus nalgas, frotándose a conciencia. Le gusta eso, culo y bolas muy limpios. Las mujeres podían decir que era un patán que se preocupaba más por su orgasmo, por rápido que sea, que por el de ellas, pero no que apestaba.

   Aunque esta vez hay una diferencia. Se estremece cuando los dedos rozan su culo. Si, coño, lo siente un tanto más protuberante, y tembloroso cuando lo frota desde afuera. Se congela y traga, el agua cayendo en su cabeza y mojándole la cara. ¿Qué pasaría? ¿Estaría así por… haberse metido un dedo? Rota los ojos, bien, se metió dos, pero… Nunca lo hace, se enjabonaba bien, a veces pellizcaba un poco, el culo soltaba mierda y había que asearse bien, ¿no?, pero lo de anoche…

   Mandándolo todo al carajo, decidido a olvidarlo, se enjabona, la mano entre sus nalgas duras, porque si, parecían más duras, y frota sobre la raja. Una y otra vez, casi mecánicamente. La punta de dos dedos van y vienen sobre el ojete peludo, reparando en lo sensible que está, en lo… mierda, si, lo extrañamente inquietante que era tocárselo. Con un miedo sorpresivo, y nuevo, nota que el güevo se le para un poco y lo deja así. Sale secándose, frotándose con fuerza y rabia con la toalla, ¿qué le pasaba? Es cuando se ve al espejo, extrañándose otra vez. Joder, parecía… más recio, más musculoso. En su abdomen se marcan sutilmente los cuadros, sus pectorales, que toca, parecen más redondos, las tetillas se ven como más pronunciadas. Flexiona un brazo y no lo entiende. Si, parecía que el globo de carne dura era un poco mayor. Tragando se mira mientras se seca, medio ladea el cuerpo y… No, no se engaña, su trasero parece más alzado, más firme. Y eso le gusta. Sonríe, a pesar de todas las dudas y cosas curiosas. Deja caer la toalla y flexiona ambos brazos… Oh, sí, le gusta mucho lo que ve.

   Sabiendo que era tarde, y que el cabrón de Requena le reclamaría, así como se quejarían los cabrones que tenía por compañeros, sale a la carrera y toma un bóxer nuevo, de los cortos, gris. Su talla de siempre. Pero le cuesta subirlo por sus muslos, y aún más que cubra sus nalgas. Le ajusta mucho, de una manera cálida y confortable sobre sus bolas. Se vuelve y el trasero le parece increíble. Dios, ¿acaso todo ese cambio tendría algo que ver con…?

……

   -Joder, Contreras, al fin llegas. –le gruñe en los estacionamientos de la quinta, uno de sus compañeros, Raúl Bravo, un treintón cobrizo, escandaloso, agresivo, de bigotillo tipo lagartijo, ex guardia nacional.

   -Si, se me hizo tarde. –se defiende bajando de la motocicleta, acomodándose el traje y la corbata, traje que le ajustaba como un guante, por cierto; el pantalón muy abrazado a su culo, hecho del que fue muy consiente durante todo el viaje.

   -¿Acomodándote para verte bonito? –se burla el otro, quien sin el saco, y con una pequeña aspiradora, parece asear una de las camionetas, Rigoberto Linares, un negro de piel clara, alto como él sólo, había practicado básquet antes de irse por la vigilancia privada. Le mira y su sonrisa parece un poco confusa.- Y lo logras, te ves muy bonito hoy.

   -Deja de joder. –gruñe el joven, sabe cuánto odian los otros que sea guapo y que las damitas no tengan ojos sino para él, al principio. Se sobresalta cuando Bravo replica casi a su lado.

   -No, en serio, hoy te ves como más… bonito. Debe ser por esa linda camisa color lila. –acota con chanza, mirando al hombre negro, que ríe. Aunque lo reglamentario eran las camisas blancas, no era una norma fija, aunque sólo a él parecían no ponerle pegas por llevar otros colores. Claro, era el consentido.

   -Deja de joder tú también. –le replica el joven, sin sentirse intimidado por su cercanía o las palabras. Sabe torear a los tíos que se molestaban un tanto por su presencia. Se alza sobre un gabinete para tomar una de las tazas para el café.

   -¿Pantalón nuevo? –le pregunta Linares.- Te ajusta bastante en el culo, ¿no? –sorprendido, recordando lo de esa mañana, Jacinto se vuelve a mirarles, y encuentra que los dos, confusos, le observan el trasero sobre el pantalón. Ajustado, enmarcando esos glúteos firmes, la tela algo hundida entre las piernas.

   -No, es el culo, parece que le creció. –se burla Bravo, alargando una mano y acariciándoselo, y riendo al hacerlo, una broma pesada entre ellos.

   -Si, es eso, y está como más duro también. –se suma Linares, que llega al otro lado del joven fortachón, metiéndole mano también.

   Jacinto, con la boca muy abierta, mira de uno al otro, mientras estos siguen recorriendo con las enormes manos abiertas sus nalgas, apretando un poco, como si palparan melones.

CONTINÚA … 5

Julio César.