SÉ MI AMIGO, JEN… 11

octubre 22, 2016

SÉ MI AMIGO, JEN                         … 10

Titulo: Do not leave Me

Autor: River_sun

JARED PADALECKI HOT

   -Jugaré bien mis cartas y te ganaré…

   -Mira, sé que fui un idiota, pero acabo de disculparme, no sólo como no suelo hacer, sino de corazón. De verdad no quiero que nos distanciemos o… nos separemos disgustados. –se le escapa, revelando demasiado, se dice acalorado. Por suerte Jensen parece tener sus propios problemas para hilvanar ideas. O hablar.

   -Lo sé, te escuché y… lo agradezco, que vengas a mi puerta y… -sonríe entre divertido y apesadumbrado. Le mira a los ojos y en las verdes pupilas el castaño encuentra una intensidad que le abruma por un segundo.- No quiero que me tomes por idiota o malagradecido, Jay… -lo dice con una sencillez y facilidad que provoca un parpadeo al otro, y un aceleramiento del ritmo cardiaco.- Pero no quiero otro día como este. Nunca más. He pasado por malos ratos, créeme. Y no sólo cuando todos mis planes saltaron hechos añicos por las cucarachas esas, o cuando debí enfrentar a mis padres, conocidos y… a la joven con la cual salía en esos momentos para decirles que había perdido todo. Fueron momentos horribles, duros, unos que no deseo volver a vivir ni en mil años. Me quedé sin nada, lo perdí todo, pero no quise sentirme expuesto a la lastima o las criticas; por eso… acepté un trabajo inmundo y vivir aquí, donde sé que ni las cucarachas vendrán… -intenta una broma.- Para no tener que encarar a ninguna de esas personas, no tener que responder un “¿todo bien de dinero?”, como con ganas de alargarme unos cuantos dólares. No quiero deber, no deseo depender, no busco comprensión… o piedad en los ojos de nadie, ni siquiera de mi familia.

   -Pero me buscaste a mí. –Jared escucha, sintiéndose mal por el rubio.

   -Porque tú no me conocías bien, no sabías de esa historia patética de fracasos. Vi que te vas a casar y pensé… debe ser muy feliz, tal vez recuerde a un tipo que conoció una vez y quiera darle una oportunidad, ¿por qué no tocar esa puerta? –encoge un hombro.- Llegarme y pedirte que me dieras un trabajo en alguna de las cocinas de tus hoteles. Fui y toqué, no sabiendo qué esperar. Y recibí más de lo que pude suponer. No imaginas el alivio, la paz que sentí desde que me contrataste. Pero hoy… -baja la mirada, sus hombros caen.- Por Dios, creo que prefiero volver a soportar la mirada de papá cuando le dije que perdí sus ahorros a tratar con tu desprecio. Sí que lo sabes hacer, Jay, lacerar. Herir.

   -Jensen… -casi brama dando un taconazo contra el piso alfombrado, exasperado y dolido, ¿no se había disculpado ya por haber actuado como un idiota?

   -No quiero vivir… -comienza alzando las manos. Enrojecido, parece no poder darse a entender, tal vez porque ni él mismo lo entiende cabalmente. El rechazo de Jared, su disgusto le había lastimado de una manera extrañamente punzante, superando la rabia. La desazón, el malestar, ese dolorcito latente había sido… insoportable.

   -Te juro que nunca más te haré sentir mal. No te gritaré ni… -comienza atropelladamente, no deseando escucharle decir que no volverá al trabajo. La risita del otro le silencia.

   -No creo que puedas, en verdad, controlar esa parte.

   -Por favor, créeme, quiero arreglar esto. –nuevamente siente que habla de más, agitando una mano entre los dos.- No quiero perderte, Jen. –el diminutivo sale fácilmente, casi ni repara en ello, aunque si en el parpadeo del rubio.- Tú… me ayudas.

   -¿En qué? –le reta, cruzando los brazos.

   -Hablando contigo esta mañana se me ocurrió algo que me sirvió para resolver el problema con el viejo Howard, te lo dije. –confiesa con una sonrisa, aunque no piensa contarle más. Le agrada verle sorprendido.

   -Si, ya lo habías mencionado, pero, ¿en serio? No recuerdo haber dicho nada…

   -Hablaste de un hombre que amaba a su familia, apelé a eso. –ya, eso será todo lo que aclarará sobre el chantaje, se jura.- Y no importa que entiendas, funcionó.

   -Guao, entonces merezco un aumento, ¿no? –se burla, sonriendo leve, notándose que quiere hacer las paces, quedarse. Y a eso se aferra Jared, con la adrenalina corriéndole por las venas.

   -Si demuestras ser capaz de mascar chicle y caminar al mismo tiempo, hablamos. Pero para eso… debes quedarte conmigo. –se oculta en bromas. Y espera.

   -Okay, Jared… -el corazón le late con fuerza cuando el rubio le tiende una mano, correspondiéndole, atrapándola y pensando que le habría agradado más si le hubiera dicho “Jay”.- Te debo mucho, y quiero el trabajo. Y… -rueda los ojos, algo rojo de mejillas.- …No eres un ser humano totalmente desagradable como te imagina uno por los reportajes. Me gustaría seguir trabajando para tu compañía, pero… debes prometerme, que en la medida de lo posible, harás todo lo que puedas para controlar tu genio; no tratarme, o tratar a otros frente a mí, con esa deliberada crueldad que mostraste hoy.

   -¡Hey! –se alarma. El rubio no temía llamar las cosas por su nombre.

   -¿Es un trato? –le estudia, sonriendo, sus manos unidas todavía, aunque tal vez el asunto ya estaba tardando demasiado. Se sobresalta un poco cuando Jared le hala acercándole a él y llevando las manos unidas a su pecho. Siente el latir de su corazón y eso le parece abrumadoramente íntimo.

   -Prometido. –concede, sonriendo bonito, como un niño. Había querido sorprenderle con el gesto, jugando, pero aún él nota como se incrementan los fulanos latidos, así que le suelta.

   Algo rojos de caras, se miran, no sabiendo qué otra cosa decir. Jared, metiendo las manos en los bolsillos, sonríe chulo.

   -Entonces, ¿terminó este momento de chicas? ¿Puedo olvidar que dijiste que soy tan importante en tu vida que mi opinión te trastorna mucho? –puya. Le encanta ver como Jensen alza los hombros desafiante, notando el brillo en sus hermosos ojos (mierda, si, eran hermosos), sonriendo igual.

   -Y yo olvidaré que estabas celoso de que otra persona me hablara, incluso tu hermana.

   -¡Touché! –estalla en una risa, rojo de orejas. Es cuando… Olfatea casi asombrado.- ¿Qué coño es ese aroma glorioso?

   -¡Oh, diablos! –exclama Jensen, bordado el muro y llegándose al rincón que ocupa, según él, la cocina. Jared le sigue y sobre una plancha grande, divisa dos enormes pedazos de carne para hamburguesas humeando. De allí partía ese olor enloquecedoramente bueno a comida.

   -¿Qué haces? –pregunta, prácticamente detrás del rubio, el espacio era estrecho y habían muchos trastos para cocinar. Este se vuelve, mirándole con ironía, haciéndole rodar los ojos… aunque le gustaba ese gesto del pecoso.

   -Hamburguesas, ¿no lo ves? Dios, debes ser realmente rico para no reconocer…

   -Córtala ya, rubio tonto, lo pregunto porque me parece extraño que un cocinero… -se burla, viéndole tomar una paleta metálica y volver la carne sobre la plancha.

   -Soy, chef, maldita sea, y aún yo amo las hamburguesas. –se defiende, y se miran.- Me muero de hambre, no he comida nada prácticamente desde el desayuno. Arruinaste mi almuerzo con tus reclamos.

   -Tampoco yo almorcé… o cené, y en mi caso es prácticamente un signo apocalíptico; ya debe haber gente en el Vaticano revisando alguna tabla, si esto se supo. –contesta. El olor era increíble, pero…- Deja eso, apaga y vamos a cenar. Yo invito.

   -Ya preparé la carne, bastante a decir verdad, cuando estoy… pensativo, eso me relaja; y casi terminé la ensalada, una de mis preferidas cuando… -le encara, mejillas algo rojas, y no termina lo que decía.- Si quieres quedarte y acompañarme… -invita, azorado, mas por la mirada fija de Jared, que por otras cosa.

   -Me encantaría, pero… ¿ensaladas? Soy texano y… -comienza con fingidos reparos, Jensen ríe.

   -Lo sé, Jared, he leído tu biografía, una historia de abigeato y desvergüenza, ¿recuerdas? –va a la estrecha nevera, abriendo y buscando algo, la corta franela se despega del borde del pantalón y los ojos del castaño se clavan en esa porción de piel expuesta, en el borde del bóxer azul pálido, sacudido por emociones y sensaciones que no entiende.

   -Eso asusta, suena a acoso. –dice algo, para disimular, apartando la mirada, caliente de cara, pero deseando echar otra ojeada.

   -Ya quisieras tú que te acosara. –se burla Jensen, más ligero, sacando dos botellines de cerveza, tendiéndole una.- Soy bueno en eso.

   -¿En serio? Fuera de mí, ¿a quién otro has asechado? -destapa la botella y bebe, con dificultad, porque Jensen, destapando la suya, eleva el cuello y toma también. ¿Por qué coño era tan difícil dejar de mirar su manzana de Adán moviéndose, ese largo y recio cuello? Seguro que, en el sexo, cuando usaba la lengua… Más acalorado, casi se termina la fría bebida. El hambre le tenía delirando, definitivamente, se dice como excusa.

   -Bueno, no es algo que cuente… -responde con una sonrisa divertida, dejando la botella en el mesón, volviendo a la nevera, inclinándose, mostrando piel, espalda recia, borde del bóxer… y el trasero redondo. Y el castaño no aparta la vista. Algo rebusca.- Pero Stan Lee pidió una orden en mi contra. –Jared no puede contener la risa.

   -¿Eres un nerd del comics? Dios, ahora me siento menos especial.

   -Oh, no, eso nunca, Jared; estoy seguro que eres una persona muy especial, el chiquitín especial de tu mamá. –se burla, sacando un tazón con algunos vegetales, frascos de cosas, y más carne lista para ser aplastada en la plancha.

   -Idiota. –es la réplica ligera, automática.

   -Cuando lo dices tú, no tiene el mismo impacto. –le mira y sonríe chulo. Destapa un frasco de mayonesa, vierte buena parte en el bol y revuelve, también sal, pimienta y lo que parece una infinidad de otros aderezos como aceites y vinagre, con esos rociadores de especias que Jared regala a la gente cuando se queda sin ideas. No sabía que se usaran en verdad, como no fuera en las cocinas de hoteles y restaurantes.- Prueba… -el rubio le ofrece, con la cuchara, aquella mezcla muy verde.

   -Si me intoxico…

   -Come o lárgate.

   Todavía no muy convencido, acercando la boca, atrapa pedazos de la ensalada, todo aderezado con la mayonesa. Y siente una explosión de sabor.

   -Hummm… -se ve sorprendido.

   -Te lo dije. –sonríe Jensen, satisfecho.- Mi ensalada de aguacate es muy buena. No como para comercializarla, pero si para las amistades. –deja el bol sobre un mesón estrecho y coloca más carne en la plancha.

   -¿Puedo ayudar? –se termina la cerveza, mirándole, por alguna razón le gustaba hacerlo, ver la nuca amarillenta oscura, los anchos hombros bajo la franela, espalda y brazos tensándose al aplastar carne con una mano mientras bebe con la otra.

   -¿Qué tal si sacas el pan de ese estante y otras dos botellas? Pero, te lo advierto, no quedan muchas. Michael… -comienza y se detienen, tensándose, Jared lo nota, incomodándose también. Por alguna razón le disgusta ese nombre y la idea de ese sujeto, el tal Michael.

   -¿Un amigo? –pregunta como de pasada, dándole la espalda, sacando los botellines y destapándolas después de sacar una bolsa de pan de hamburguesa del estante señalado. Se acerca para entregarle su cerveza.

   -Más o  menos. –es evasivo, a propósito.

   -¿Es la persona a quién pensabas gritarle cuando abriste la puerta y te encontraste conmigo? –interroga, con una precisión tal, lo entiende, que le sobresalta; se ubica muy de cerca del rubio. Estaba, lo sabe, en su espacio personal.

   -No quiero hablar de eso, no ahora… -Jensen, tomado por sorpresa por las palabras, se vuelve, agitado al verle de pie, tan cerca, más alto al estar descalzo, chocando de él, retrocediendo por impulso, el trasero contra la cocina y la plancha.

   -¡Cuidado! –alarmado, con un brazo le rodea la  cintura, halándole, separándole de la plancha caliente, estrellándole contra su cuerpo, las manos de Jensen, que suben, cayendo sobre su torso. Chocan, muy juntos, la enorme mano libre de Jared abierta, la palma contra su espalda sobre la franela, y se miran.

   Y el castaño sabe que está en problemas, en muchos problemas… no quiere soltarle.

CONTINÚA … 12

Julio César.

NOTA: Pensaba subirlo anoche y se me pasó. Por suerte no lo borré.

SANA COMPETENCIA

octubre 21, 2016

NECESIDADES

lucha-gay-1

   Deportes, edad y hormonas…

   Cualquiera tendría derecho a preguntarse cómo dos chicos que compiten por el mismo cupo para representar su colegio en las interestatales de lucha escolar, terminan de esto…

lucha-gay-2

   …En esto, y la explicación es sencilla. Compiten usando sus fortalezas y debilidades. Quien primero se rinda, el que primero se agote, pierde… Y por la cara del muchacho sobre quien el compañero se aplica con fuerza y poder, este puede no sólo resistir durante un buen rato, sino ganar al dejarle bien seco. Es poco ortodoxo, pero cuando los candidatos son buenos, y habilidosos como lo son estos, el entrenador deja que resuelvan el asunto sobre la colchoneta… Siempre y cuando luego la laven y no dejen ni una sola gota de esperma.

……

   El video, aunque no es nuevo, es un claro ejemplo de una buena producción; hay tema, los actores tienen caras de raticas y parecen disfrutar lo que hacen. La fantasía es clara, dos chicos compiten en una colchoneta, luchando cada uno por dominar al otro, y terminan enredándose. Siempre me ha agradado esta escena, si les interesa o quieren volver a verla pueden ir a: TARDES DE LUCHAS SOBRE LA COLCHONETA DE LA ESCUELA 

UN RATO NO TAN MACHO

Julio César.

RELATOS CONEXOS… 12

octubre 21, 2016

RELATOS CONEXOS                         … 11

UN  LARGO  VERANO… 5

COWBOY HOT

   Listo para montarte, ¿preparado para la doma?

……

   Sin embargo, de alguna manera, todo eso pierde importancia, sus miedos, sus ambiciones, sus sueños de poseerlo todo. La idea del amor… ¿Acaso no se sentía vivo como nunca en mucho tiempo, en ese momento? ¿Se había sentido así antes? ¿Cuál era la alternativa?

   Mientras la boca de Roberto sube y baja, tragando cada trozo del enorme tolete, Antonio, jadeando, se moviliza, llevando su rostro al las caderas del otro; y mientras tiene el tolete clavado en la garganta, Roberto lo mira y entiende, tendiendo su cuerpo al lado del amante. Y Antonio, cerrando los ojos, atrapa el güevo con su boca cálida y hambrienta, comiéndoselo, saboreándolo al llevarlo a su garganta, con ahogados gemidos de placer; ¡coño, le gustaba tanto mamar eso! Los dos se dejan llevar, aflojándose y tensándose sobre los duros sacos, cada uno becerreando en el tolete del otro, en un increíble y llamativo sesenta y nueve, uno al lado del otro, que hace que Sergio, quien los espía, abra mucho los ojos.

   La boca de Roberto, jadeante, roja y ensalivada, deja el tolete que atrapa con una mano, sobándolo, mientras hunde el rostro bajo las bolas del joven, lamiendo la suave piel que lleva al culo, provocándole gemidos y estremecimientos al otro. El joven lame lentamente, mirando siempre el rojo botón, que parecía temblar de anticipación. Su cálida lengua cae sobre él, lamiéndolo y azotándolo con rapidez. Y siente a Antonio cimbrarse sobre el colchón de sacos.

   La boca de este también deja su güevo, y enfila hacia su culo cuando flexiona la rodilla izquierda para ayudarle. Cada uno bucea bajo las bolas del otro, sus lenguas lamen, azotan y medio penetran esos agujeros que tiemblan y echan candela. Roberto cierra los ojos y pega su boca allí, chupándolo y mamándolo, oyéndolo gemir y sintiéndole estremecerse. Abre los ojos y le mete la lengua al ver el capullo titilar, y siente como el orificio se estremece, derritiéndose en su boca, abriéndose. Con un gruñido rodó sobre Antonio, con la cara metida entre las piernas flexionadas de este; y su boca, totalmente enchufada a ese orificio, mamó y chupó con urgencias, perdido de lujuria. Y sin embargo le alcanzó algo de razón para sentir y gemir ahogado cuando la boca de Antonio también comienza a trabajarle el chiquito, ¡un sesenta y nueve de culos! Y, Dios, piensa el señorito de la hacienda, una lengua en el culo era… Pero Antonio no mamaba con mucha fuerza, ya que le aplastaba, ricamente, con su peso, y la vaina que le hacía con la lengua lo tenía mareado y tonto, en un mundo de deseos que lo tenían todo lelo y el hueco hecho una sopa. Lo que era lo que el señorito buscaba.

   Mientras lo paladea y saborea, Roberto recuerda los horribles celos que sintió de Sergio, cuando andaba por ahí, tetón y culón. ¡Como temió que Antonio se fijara en él! Que el otro se interpusiera y se lo quitara. Vivía arrecho, molesto e inconforme desde que el joven regresó de Mérida. Lo sabía allí, casi al lado, solitario. El padre del muchacho había muerto hace dos años, y para lo que servía, debió ser un alivio; pero era su padre, y Roberto imaginaba que al otro, debió dolerle. Saberlo allí, cerca, lo enloquecía. No quería acercarse o ir, por su padre, y por no ceder a esa cosa grande y terrible que lo dominaba. Pero ahora están allí, acabando con toda esa larga, desesperante y horrible espera; y era como lo había imaginado. No, era más caliente, más excitante. Con un gruñido seco, se pone de pie, bajando de los sacos, frente a él, empujándole un poco, para que no se parara. Arrodillándose frente a él, Roberto le abrió mucho las piernas, apoyándole los zapatos en los sacos, exponiéndole el titilante culo. Lo miró fascinado, escupiéndolo con espesos goterones, que fue untando con sus dedos, metiéndolos un poco dentro del orificio, lubricándolo.

   -Roberto… -hay cierta alarma, las miradas se cruzan.

   -Nunca te haré daño. –es la respuesta, seria, una promesa.

   Lo ensaliva y lo lame, dejándolo más untado de baba, y Antonio chillaba agudo, revolviéndose en los sacos, incapaz ya de enfrentarlo o detenerlo, aunque tampoco quería. Y Roberto sonríe suave, sabiéndolo, obligándolo a darle la espalda, bajándole los pies en el piso, y abriéndole las piernas. Algo echado de panza sobre los sacos, Antonio se volvió a mirarlo, sin decir nada, con sus nalgas abiertas, el culo ensalivado titilando ya, las bolas colgando y su güevo igual. Esperando.

   Posicionando su tolete en la entrada, Roberto empuja venciendo la resistencia inicial, y va metiéndosela. Antonio chilla, tensándose todo, igual que las nalgas, así que lo soba y lo sisea, como calmándolo, mientras va clavando su rojiza tranca, que no encuentra mucho problemas porque la entrada estaba bien lubricada y adentro estaba totalmente caliente y mojado también, de las ganas. Lo mete todo, pegando fieramente el pubis de esas nalgotas, sintiendo el tolete aprisionado, apretado y chupado. ¡Coño, era virgen!, se dijo con sorpresa, calmándosele de repente los celos que durante años le atormentaron, imaginándoselo tirando con muchos guapos carajos en Mérida. Al clavárselo todo, grita agudamente, como adolorido, pero es de placer, esas entrañas estaban dándole la masajeada de su vida. Y en eso le acompañó Antonio, tensándose y retorciendo el cuerpo; eso le quemaba, aporreaba y rasgaba, pero también lo llenaba y le presionaba algo, un botón, que le provocaba deseos de más, más ganas de tirar así.

   El güevo sale un poco y vuelve a clavarse, con ganas. Sale y entra, cogiendo al otro sin miramientos, sin piedad, a pesar de la reciente promesa. Es que no puede controlarse. Roberto no puede pensar mientras le atrapa una cadera con una mano y con la otra le soba la recia espalda. Lo empala duramente, embistiéndolo feo, estremeciéndolo todo sobre los sacos con la fuerza de sus cogidas. Lo estaba cabalgando con meneos buenos de cintura y espalda, empalándolo a fondo; y Antonio sólo podía chillar, sintiéndose caliente, vivo y desesperado por algo que no entiende. Todo su cuerpo pica con ganas de ser tocado, sobado, pellizcado o lamido. Su espalda se arquea, igual que su rostro que se eleva, incapaz de estarse quieto con ese tizón en su culo, arándolo, cepillándolo, saciándolo, llenándolo, pero también dejándolo más hambriento.

   Los dos iban ahora uno contra el otro, el culo de Antonio lo buscaba, subiendo y bajando contra su pelvis, restregándose allí, mientras Roberto lo cabalgaba con dureza, como quien domina un caballo. En ese baile de macho contra macho, de hombre que se empalaba con el tolete de otro carajote, ambos sentían que algo se rompía, algo que no sabían qué era. Ahora estaban haciendo lo que querían, y en el caso de Roberto, cumpliendo lo que soñó muchas veces, en la soledad de su cama, en medio de un salón de clases o cuando salía con alguna chica: cabalgar a Antonio así, oyéndolo gemir y suplicar por un poco de su cariño. Ahora le enterraba duramente su tranca, y lo oía gemir, y sabía que sólo sería cuestión de tiempo para que el otro le suplicara por más, que se lo metiera más, que lo cogiera duro y a fondo. Y tan excitado está, que le atrapa un mechón de cabellos húmedos, halándoselos, gozando también de eso.

   Sergio tiene la boca horriblemente seca, y aunque no es gay, ni le atrae la idea, siente la terrible erección de su güevo. Mira a Antonio, joven y bello, de espalda ahora, sobre una pila de sacos de maíz, con el culo justo a la altura del güevo de Roberto, quien está de pie frente a él (que gente tan aplicada, piensa mórbido). La nuca de Antonio está apoyada en la vieja madera de la pared del gallinero, y con el rostro contraído de placer, y de adolorido deseo, mira a Roberto entre sus piernas, atrapándolo por debajo de las rodillas, metiéndole a fondo su güevote blanco rojizo en las entrañas. El tolete iba y venía, metiéndose en el orificio por debajo de las bolas, donde descansaban los pelos púbicos del otro, cuando lo embestía. Los dos hombres se miran, diciéndose, prometiéndose y jurándose cosas extrañas en silencio, y sudan copiosamente. Roberto siente como la cálida transpiración le baja por las sienes y la espalda, que brilla, musculosa y mojada, mientras va y viene. Los dos gimen, se agitan, gruñen, y de cuando en cuando tienen que espantar a las malditas moscas que querían probar el manjar. Las nalgotas redondas y musculosas de Antonio se apoyan al borde de los sacos, mientras el tolete cilíndrico triangular de Roberto, rojo y duro, surcado de venitas, entraba y salía, cogiéndolo a fondo, viéndose hermoso cuando abría esos pliegues calientes del culo, sodomizándolo, azotándole con las bolas. Cada golpe arrancándole un gemido al chico de aire medio indio.

   A Sergio le parece que ve algo particularmente notable. Esas cosas no le atraían, aunque el güevo le palpitaba dentro del short mientras va alejándose; pero le parece que esos dos cuerpos viriles y musculosos, de hombres jóvenes que jadeaban mientras el güevo de uno se metía con urgencia en el culo del otro, que parecía pedírselo con sus gemiditos agudos de doloroso placer, conformaban una escena digna de un cuadro al óleo. Se aleja para dejarlos terminar en paz, ya que él tiene otra reunión. Su misión en la zona estaba cumplida (y lo estuvo antes de la llegada de Roberto a esa propiedad, tomando, al fin, lo suyo; sólo que ahora se confirmaba). Sonríe con pesadumbre por Isabela, ¡tenía tan mal tino para los hombres…! Tal vez aceptara salir con él, que la mimaría y consolaría… por un tiempo.

   Dentro del gallinero, el clímax se acerca, mientras Roberto se monta las rodillas de Antonio en los hombros, tendiéndose un poco hacia él, subiéndole más el culo, que se agita recibiendo una y otra vez el duro manduco que lo penetra saciando sus ganas de güevo, pero despertando otras peores. La espalda de Roberto brilla y se contrae mientras las nalgas van y vienen empujando su tranca en esas ardientes entrañas, sacudiendo al otro sobre los sacos. Antonio cierra los ojos, bañado en sudor, gimiendo putonamente, arqueando el cuerpo, recorrido por oleadas intensas de placer. ¡Quiere ese güevo en su interior!, lo quiere hondo, cogiéndolo duro, y así se lo grita a Roberto, quien sonríe feliz, amándolo más en esos momentos.

   -¡Cógeme, cógeme así! –le grita, rojo y apasionado.

   -¿Lo quieres mucho, quiere mi güevo en tu culito caliente? –se burla, sonriendo al verle apretar los dientes.

   -Cógeme, maldito hijo de perra.

   -Si te pones tan cariñoso…

   Esa tranca enorme y caliente dentro de él, sobándolo y rozando todo, hace que Antonio chille, tensándose, cerrando violentamente su culo alrededor del tolete, mientras comienza a temblar todo. Roberto, fascinado, le oye gemir, le ve alzar el rostro, pegando la coronilla de la pared, mientras intenta agarrarse el güevo como para impedir la corrida, pero no pude, esta estalla en una erupción olorosa, bañándose el abdomen y el pecho. Se ve abundante y espeso, el fuerte aroma de la esperma fresca llena el lugar.

   Enloquecido de lujuria, Roberto se inclina hacia él, casi acostándosele encima, aplastando con la panza el güevo y el vientre enlechado del otro, encontrando eso rico, atrapándole la boca y lengüeteándolo. Antonio tiene que tragarse sus gemidos, cuando Roberto comienza a temblar, metiéndole el tolete hasta las entrañas, con las bolas pegadas totalmente a sus nalgas, y se corre, entre temblores y jadeos. Antonio lo besa lamiéndole la lengua, y chilla también al sentir el impacto de esos disparos calientes y enloquecedores, que cree que van a matarlo de gusto, gozando la corrida de leche de ese otro hombre, al que tanto había deseado, en su culo semivirgen.

   Jadean al mirarse, ojos turbios, rostros enrojecidos y bañados de sudor, rostros muy cercanos, y Roberto sonríe con afecto, embargado de algo que le eriza todo, ¡nunca le había visto tan hermoso! Antonio corresponde a la sonrisa, tal vez no sabiendo qué piensa, pero no importaba, no ahora ni por ahora, ya se enteraría, se dice bajando el rostro y besándole otra vez, entre respiraciones pesadas. Y era increíble. O se lo pareció hasta que los brazos del muchacho rodearon su cuello, atrapándole en ese beso. Entonces fue perfecto.

   La tarde comienza a cambiar ya, hacia las tres de la tarde, la hora en que mataron a Lola, como decía su abuela, cuando preparaba café con leche y les daba con pan andino; a Roberto le gusta pensar en ella (flaca, alta y seria, pero amorosa en el fondo de su corazón), recostado entre los sacos de maíz, junto a su amante, tirados de cualquier manera, recordando, marginalmente, que por ahí debían haber muchos alacranes y ciempiés. Se siente dulcemente agotado, con las manos cruzadas tras la nuca. Totalmente desnudo, sintiendo la tibia brisa, aunque también una persistente visita de las fastidiosas moscas. Coño, si se iba a quedar ahí con Antonio, debían poner mosquiteros. Y sonríe sintiéndose idiota al pensar en quedarse con el otro, que está a su lado, pero recostado de medio lado, respirando calmadamente, adormilado. Vaya, su amorcito era de los que tiraba y se quedaba dormido, ¡que poco considerado! ¡Vivir juntos!, y la idea lo llena de dulces temores. Cierra los ojos recordando lo contado por el joven hace poco, lo propuesto por Sergio. Arruga un poco la frente, quién iba a pensar que el otro iba por negocios, y no por placer. Como él, por ejemplo.

   Claro, ninguno de los dos sabe, exactamente, para quién trabajaba el chico culón.

CONTINÚA … 13

Julio César.

EL PEPAZO… 23

octubre 21, 2016

EL PEPAZO                         … 22

De K.

sexy-boy

   Volver a ser quien era…

……

   Jacinto nunca podría negar que al escuchar esa pregunta, y presintiendo la respuesta de Gabriel, que era a él a quien enculaba con esos fuertes y maravillosos golpes que le metían el güevo hasta el estómago, desde el culo, casi se corrió de pura calentura. Una idea poderosa, que le hacía jadear más, respirar más pesado, su piel brillar con un sudor sexy, le dominó: quería más güevo. Otro, al menos otro para comerlo. Desea ese enterrado en su culo y que con el glande le daba en esa cosita que subía y bajaba, haciéndole arder totalmente las paredes del recto, que le tenía sobre estimulada la próstata, despertándole esas curiosas ganas de tragar y saborear uno, rodearlo con su boca y chuparlo con fuerza. Dios, las ganas eran tantas que no puede evitar gemir más y más, meciendo su cabeza, ronroneando, mientras su agujero era una verdadera ventosa sobre ese tolete que ordeñaba despiadadamente.

   Y si, Gabriel va a decirle a Renato a quien se coge, al cuñadito, al hermano de Omaira, su mujer. Abre la boca, entre jadeos, su respiración también afectada, cuando escucha.

   -No, mejor no me digas, coñe’e madre. –suena alarmado y amistoso del otro lado, como si le avergonzara agregar.- Me la tienen  dura y eso no me gusta. –le cuelga, dejándole desazonados.

   Pero… ¡se le había puesto dura!, piensan ambos, como compartiendo un cerebro, o tal vez era esa profunda conexión güevo-en-un-culo que los dominaba en esos momentos.

   El joven de rostro picado como de sarampión, enrojecido también por un tardío acné, llevando la braga que le acreditaba como miembro del equipo de Mantenimiento del grupo clínico, entra en la recepción de la oficina del urólogo, congelándose en el acto. De la puerta cerrada que lleva al consultorio del galeno parten unos sonidos inconfundibles, una mesa agitándose violentamente, una voz masculina gimiendo, gritando y lloriqueando como si estuviera gozando una bola y parte de la otra, y la gruesa y ronca voz del médico.

   -Tómala, tómala toda, puto; es lo que querías, ¿verdad? Tu culo goloso estaba necesitado de esto. –casi grita.

   El joven queda con la boca muy abierta, parpadeando, acercándose y escuchando contra la puerta. ¿El doctor estaba  cogiéndose a un paciente en su consultorio?, qué vaina. Le conocía, era un sucio, pero nunca había hecho aquello. El galeno tenía cierta fama en las instalaciones… como que, reconoce enrojeciendo, se lo había follado a él en el depósito… y eso que ni gay era. Muy quieto, boca abierta en un gesto normal de toda su vida, se queda y escucha…

   -Ahhh… -grita totalmente entregado, sonriendo dichoso y caliente, Jacinto, de espaldas sobre la camilla, su cabeza colgando un poco, cerrando los ojos, agrandando su sonrisa, sus axilas muy visibles al tener los musculosos brazos hacia atrás, su increíble cuerpo desanudo, sólo sus genitales cubiertos por una rosa tanga masculina, la cual demarca como si fuera pintura su verga totalmente dura, que pulsa y gotea, así como sus bolas. Todo él agitándose por las embestidas que le da aquel hombre, desnudo totalmente, sólido, bronceado, con los tatuajes que suben de los antebrazos y cubren parte de sus hombros, y el costado derecho del torso, dientes apretados, atrapándole por las nalgas, teniéndole los tobillos en sus recios hombros mientras agita sus caderas, follándole con fuerza. Pero, de alguna manera, aquellas entrañas ardientes, adheridas a esa pulsante barra, la halan, masajean y succionan de una manera tal que tienen rugiendo al urólogo.

   -Oh, Dios, eres tan puto. –le grita, ya no pensando en si quedaba todavía alguien por ahí, la camilla quejándose más por los renovados bríos de las cogidas.- No, puta; eres una puta caliente. –parece acusarle, notando como eso le hace ronronear sobre el mesón. Le azota un glúteo duro, y se siente tan bien como escuchar el gemido del otro, que sonríe viciosito y abre los ojos, brillantes de lujuria, pero también como mareado, seguramente por todo el placer de sentir su culo incansablemente cepillado por la verga de un hombre. Si, esa puta necesitaba más…

   Una nueva nalgada, leve, obliga al fornido joven a caer otra vez, boca muy abierta de donde escapa un grito totalmente sexual; ese hombre le trataba con posesión, con autoridad sobre su cuerpo, casi reduciéndole a una sumisa posición de ordeñador de su verga, y la idea, saber que se la ordeña con el culo, le tiene delirando de placer. Y esa cara, esos gemidos, esa sonrisa excitan y ponen más mal a Gabriel, quién, sin embargo, nota algo, ceñudo de confusión. Cuando Jacinto se desnudó, le llamaron la atención los pezones del joven, pero ahora… eran como más visibles, largos y algo llenos. Con la mano libre pellizca uno, ¡estaba tan durito!, y nota como el joven arquea la espalda sobre la mesa, como si le hubiera tocado otro botón imposiblemente erógeno.

   Como médico eso le intriga, era un cambio notable en poco tiempo, ¿alimentado por la verga en su culo? ¿Y qué tenía ese culo que al metérselo parecía golpear una fuente de poder sexual? Como sea, se siente algo culpable, como médico debió ayudarle cuando se presentó con su “problema”… Pero, tal vez, estaba haciendo lo mejor por él. Aunque Jacinto decía una cosa, parecía anhelar otra. Tan joven y guapo, un cuerpo de infarto y un trasero de pecado, debía guiarle a encontrar lo que en verdad quería y para ello no había mejor método que aquel, que experimentara con un güevo clavado su culo y entendiera que todo ese placer que ahora le tenía delirando en la mesa podía tenerlo siempre, si aprendía a complacer a los hombres. No sólo con su buena figura o su cara bonita, sino con su culo; no, con su coño hambriento, mojado y caliente. Soltándole las nalgas, metiéndosela hasta el fondo, se tiende sobre él, apretándole las dos tetillas. Ambos mirándose.

   -¡Puta! –le grita casi al rostro.

   Y cerrando los ojos con una mueca viciosa de gozoso, sin tocarse, Jacinto Contreras tiene el primer gran orgasmo de su nueva vida.

CONTINÚA … 24

Julio César.

NOTA: K tiene una idea que a mí me sirve, aunque no sé si al público…

BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 5

octubre 21, 2016

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                         … 4

noche-de-lluvia

   Disfruten del lugar…

   Su joven corazón late con fuerza, el ojo muy abierto, enfriándose aún más su cuerpo a pesar del sol al tiempo que se aparta. Su mente racional, de doce años, lucha contra la idea en sí, que aquella mujer era una bruja. Cierra los ojos por un segundo y vuelve a mirar por la abertura. Aunque no quiere, sabe que al mirar esa ventana estará abierta, que Liscano, ese niño demasiado grande para su edad gritará pidiéndole ayuda y que no sabrá qué hacer. No quiere enfrentar el momento pero tampoco puede apartarse. Mira y mira, pero sólo encuentra la figura ominosa de la mujer, tras la cortina, dentro de la casa. Sin rastro de la otra sombra. Febrilmente, las manos contra la madera, se afana en buscarle, en otras ventanas, en el patio, preguntándose si el chico habría escapado. Desea llamarle, pero la voz no le sale. Mira la figura en la ventana, quieta, una mano levemente alzada, apartando uno poco las cortinas, ¿mirándole?, pero no le importa. Intenta fijar la mirada en el balón de futbol para… No estaba. Eso le produce un violento escalofrío por la columna vertebral.

    Cruzando tras el callejón de los depósitos donde se guardan mercancía para el mercado popular en la plaza, motivo de frecuentes disgusto para el cura del pueblo, el camión cargado con bombonas de gas domestico parece llevar cierta prisa, desplazándose a buena velocidad por la calle curiosamente desierta. El conductor, un hombre cincuentón de cara redonda y vientre parecido, parece molesto. Problemas en su casa, su mujer se acicalaba demasiado, y mientras más lo hacía más interesada parecía en sus horas de salida y llegadas a la casa. No quería ser mal pensado, pero… Y para colmo estaba el problema del Paisa, el socio que  no daba señales de vida… Oprimiendo los labios pisa un poco más el acelerador, casi llegando a la calle de la lavandería del chino “lalón”, como le llamaban todos. Que no era realmente chino, pero si muy poco honesto. El enorme, pesado y mortal vehículo farfulla como un animal exigido al máximo al girar en la curva, un letrerito atrás, casi sobre el escape, se agita. Ominoso. Una calavera cruzada con dos huesos, pero no era una bandera pirata. Era la señal internacional de peligro (era un camión de gas), pero también podría ser de muerte. Arrojado contra alguien…

   En la calle de la lavandería, paralizado frente a una verja, buscando frenéticamente algo con un ojo pegado a una abertura, el mundo de un chico de doce años pierde todo sentido; todo lo que está del otro lado se disuelve, la grama desordenada, la casa abandonada, la figura siniestra en la ventana. La abertura, a escasos centímetros de su propio ojo, es ocupada por una imagen de pesadillas, una pupila legañosa, lo blanco casi amarillento, con trazas rojas por los vasos prominentes; un iris salvajemente amarillento (como el de un gato), le mira directamente. Sucede tan de repente, es tan extraño, tan apartado de todo lo que sabe que tan sólo su boca se abre y se queda quieto. Hasta que estalla una risita cascada, sucia.

   -No es bueno espiar, pequeño niño, ¿por qué no entras y hablamos? –invita, tono ronco, entre risitas, unas que son amenazante aunque las palabras intentaran ser tranquilizantes.

   Timoteo lanza un jadeo y casi cae de culo, bajando de la acera, para escuchar al segundo siguiente un violento traqueteo, algo arrojándosele, y un prolongado bocinazo. Un enorme camión de gas estaba casi encima de su persona. Casi no tiene tiempo de subir otra vez a la acera cuando, desviándose un poco, el vehículo evita aplastarle de pura suerte. Mientras el hombre le grita un insulto por andar de idiota en la calle, y que fuera a la escuela, producto del miedo que le provocó aquel muchacho que bajó de la acera a la calle cuando pasaba, y al cual casi aplasta, Timoteo no está mejor. El miedo real a la muerte que le envuelve, lo cerca que estuvo, es tan intenso en su pecho que teme que su corazón estalle. Un miedo parecido al sentido poco antes. Y la risita siniestra, burlona, regresa del otro lado de la empalizada.

   -Ten cuidado, pequeño niño, no vayas a terminar como tu dulce amiguito. –y ríe aún más, cuando un jadeante, erizado y aterrorizado Timoteo echa a correr alejándose de la verja. Sin mirar, si podía cruzar. Su mente se niega a responder en esos momentos.

   El miedo, la adrenalina, el peligro vivido le hace llorar, corre sin detenerse ni mirar atrás, un enorme puchero en su cara. Algo que le avergonzaría luego y de lo que jamás le hablaría a nadie mientras viviera.

……

   Mientras el horror de la desaparición de un niño se extendía lentamente por el pueblo, arrancando desde las casas vecinas donde residía el chico, un pueblo que ha padecido de casos parecidos de vez en cuando, no terminando nada bien muchas veces, se iniciaban también mil conjeturas. Desde fugas de un niño tonto a escapando de unos padres abusadores (cosa que todos decían no creer, aunque lo repetían como una lejana posibilidad, sabiendo exactamente qué tipo de daño hacían). Igualmente, los pocos que la ven, se comenta la aparición de la mujer diminuta, poco más de medio y metro de altura, algo obesa, viéndose gruesa, no como una nevera pero si una lavadora, de largo y grueso cabello blanco de una tonalidad sucia, no de algodón, que cae a los lados de su rostro y su espalda. Su cara redonda es muy poco atractiva con sus muchas arrugas y manchas en la frente, los profundos surcos que bajan de su nariz gruesa, algo caída, a unos labios levemente gordos, quedando completo el cuadro por unos ojos que se ven enormes, con gestos de pescado en pecera al nadar tras unos enormes anteojos de carey, antiguos, con mucho, mucho aumento. Había días cuando era fácil creerla una anciana decrepita, con más de ochenta años, según quienes la conocían; otros se veía francamente vieja y acabada. La pequeña figura de duende, de la cual mucha gente se aparta al divisarla llegar, va cubierta por un vestido estampado, que llega a sus tobillos, manga largas, con un viejo chal en sus hombros. Sea a donde sea que vaya la mujer, parece llevar prisa mientras cruza la acera de la calle Bermúdez, que la acerca al corazón del pueblo, el llamado Centro Cívico.

   Nota las miradas, el apartar de algunos, los niños señalándola (es otra de las llamadas brujas del pueblo, lo sabe y sonríe), los perros que parecen mirarla con recelo. Lo ve todo y nada, como también escucha. Lo del niño desaparecido de su cama. Otro niño perdido, ¿cuándo pasó la última vez?, todos se dedican a recordar. Ella sabía exactamente cuándo fue, y cuál, pero no se detiene a comentarlo. Ni siquiera cuando escucha que el jefe Zabala espera que llegue gente de la capital del estado, de la Policía Científica, para ayudar en la búsqueda, lo que siempre era incómodo. En Río Grande no gustaban de los extraños… y eso que había muchos. Los llegados hace tiempo, atraídos por lo que la tierra ofrecía. Y gente más nueva, como las dos llamativas jóvenes que ve caminando lentamente en la plaza, una negra delgada, curvilínea y alta, hija o nieta de trinitarios (la cataloga), peligrosamente bonita, y su amiga, mas bajita, rostro anodino, cabello negro y liso, algo ensortijado, con lentes pequeños sobre sus ojos, ofreciendo un aire intelectual.

   Mientras sigue su camino, la mujer clava la mirada en las chicas, las recién llegadas. En la joven de los lentes, y sonríe con cierto sarcasmo. ¡Cuánto odiaba y adoraba a su amiga morena! Se pregunta a causa de quién… abre mucho los ojos tras los cristales. ¡Mayra Lezama había regresado a casa! Justo a tiempo. ¿Sería eso lo que puso todo en marcha?

   -El jefe Zabala encabeza la búsqueda, ya no es por los patios, van a llamar a las casas. –comenta una mujer a otra, en una esquina.- Me da tanto sentimiento, y miedo, pobre niño. Y pobrecita de su mamá, aunque si lo hubiera cuidado mejor…

   -¿Crees que le encuentren? Viene gente de la capital. –comenta su acompañante.

   Para lo que servirá, pobre chico. El pecado de los padres… comienza a decirse la extraña anciana, continuando su camino. Oyendo todavía.

   -Mira, la vieja Aminta Santos, pensé que… -inicia una, muy bajito, furtiva.

   No, aún no he muerto, piensa la anciana bajita, sonriendo desdeñosa. Para desesperación de muchos. Oh, sí, todo comenzaba, la gente llegaba, los grupos se formaban, la historia sería otra, cambiaría… para continuar exactamente igual. Mira uno de los postales conmemorando la reciente visita papal y sonríe torva. Río Grande exigía el precio a lo entregado.

……

   La historia era tan corriente como vulgar, un joven que no llegaba a los veintidós años, apuesto, engreído y creído de sí, salta la verga del patio y se dirige hacia la puerta de la cocina de aquella casa que no era la suya, sonriendo echón, notando la mirada anhelante de la mujer que le espera, algo llenita de mejillas, buenas tetas para sus mal llevados treinta y tanto, cara algo pintarrajeada en un intento de verse bonita para él, el atractivo y exitoso muchacho que coqueteaba con todas y ninguna en el mercado, pero que terminaba mirándola a ella, una mujer corriente, en una casa más corriente aún y con un marido tan corriente que, como en el viejo chiste de la televisión, daba toques.

   Salvador, Salvy, Mastrangioli la mira con picardía y algo de condescendencia. La mujer era un vehículo, algo quería de ella, pero también servía para “descargar tensiones”.

   -Hola, bonita, ¿ya se fue tu marido? –le pregunta deteniéndose frente a ella, viéndola enrojecer, algo avergonzada, culpable y excitada.

   -Salvy, no creo que… Hummm… -toda duda, oposición o disculpa que quisiera inventarse a sí misma es silenciada con un beso algo demandante del alto joven.

   Mientras le atrapa el rostro, encontrando desagradable, como siempre, la laca en el cabello, este le mete la lengua, aleteándola sobre la suya, sintiéndola temblar. Tomasa era una mujer apasionada que se contenía o a la cual el marido no encendía. Él sí, se dice, empujándola, haciéndola conectar, de espalda, contra la pared, metiendo procaz una de sus piernas entre las de ella, aplastándola, casi alzándola, haciéndola consciente de su masculinidad calentándose y endureciendo al reaccionare a la caricia.

   Y es todo lo que Tomasa de Beltrán puede pensar, todo gira mientras ese muchacho alto y guapo la besa, mordisqueándole el labio inferior, soltándole el rostro, llevando una mano a su baja espalda, reteniéndola, la otra subiendo y atrapando uno de sus senos, mientras empuja la pierna entre las suyas, casi teniéndola montada sobre ella, la falda cubriéndola, haciéndola consiente de la dureza de su miembro, siempre así a esa edad. Y se agita, siente que su propio sexo responde a ese joven.

   Hay cosas que esa pobre mujer nunca entenderá cabalmente; el por qué ese chico la buscaba a ella, para comenzar. Se lo preguntaba para escucharle decir que la encontraba sensual y hermosa, cosa que le producía una alegría patética, casi haciéndole olvidar que engañaba a su marido en su propia casa. Tampoco entendía como en un momento dado se besaban en el patio y cuando se paraba a tomar aire, para respirar apenas, ya estaban en su dormitorio, el matrimonial, algo que siempre la avergonzaba un poco pero que a él parecía encantarle. Luego no podía detenerle o decir algo viéndole despojarse de las ropas, el esbelto y firme cuerpo exhibido sin ninguna vergüenza o complejo, viéndole caer de culo, desnudo, sobre la cama, del lado donde dormía su marido.

   Sabía lo que le esperaba, y la avergonzaba y enloquecía. Se acerca y tomándola de la cintura, Salvador la hace caer a su lado, aún vestida, desabotonando su blusa, metiéndole una mano dentro del sostén, acariciándole los duros pechos, el erecto pezón del que se antojara, haciéndola gemir mientras le alzaba la falda, riéndose como siempre, predador, al verla con sus coquetas pantaletas de fantasía, unas que no usaba con su marido. Y todo se volvía nebuloso para Tomasa; de espaldas sobre la cama, gemía mientras sus tetas eran expuestas, mordidas y chupadas golosamente, el muchacho parecía un lactante, al tiempo que una mano de este la acariciaba sobre la pantaletas, suavemente, desequilibrándola más, antes de que los dedos se hundan, con todo y tela, entre los labios de su vagina, con fuerza, buscándole el clítoris, presionándolo una y otra vez haciéndola delirar.

   El chico no era tímido, gustaba de cosas que la avergonzaban un poco, por pacata. Como cuando besando, bajaba por su cuerpo, despojándola de la ropa interior, pegando su boca sin recato de su vagina, mirándola con esos ojos verdosos de gato, chupando y moviendo su lengua, haciéndola gritar imprudentemente, y cuando más mareada, excitada y perdida estaba, le atrapaba la nuca, obligándola a despegar la espalda de la cama, inclinándola, dirigiéndola a su entrepiernas, al sentarse sobre la almohada de su marido, obligándola a tragarlo, a repartir besitos y lamidas en la punta de su miembro, bajando…

   -Ahhh, si… -grazna, apretando los dientes, atrapándole la nuca, no molestándole ya, en esos momentos, la laca, empujándola, obligándola a separar las mandíbulas, de frente a su miembro, y tragarlo. La oye boquear, ahogada, succionando, y es todo lo que le importa. La lleva hasta el final, sonriendo y cerrando los ojos con el joven y atractivo rostro en éxtasis al notar los labios de la mujer contra su pubis, el aliento caliente y afanoso de esta bañándole los pelos.

   Si, para eso, para sentir y recibir una de esas, se metería en la cama de cualquiera, se dice, aligerando la presión, ella subiendo rápidamente, para poder respirar, apretándole con los labios, tocándole con la lengua. No la deja apartarse totalmente; aferrando el cabello en un puño, sin lastimar, la lleva arriba y abajo, mientras de su boca escapan jadeos. La primera, como siempre, será en su cara, o tal vez sobre sus tetas, luego… Bien, la mañana era larga y el marido estaba trabajando, y esa idea le resultaba tan perversa como excitante al apuesto muchacho.

   La mujer, mientras subía y bajaba su boca de labios muy pintados de rojo, dejando machada la dura carne joven, ignora que es observada desde la ventana de su dormitorio, el que compartía con su marido. ¡Alguien era testigo de su adulterio! Una figura quieta, totalmente inerte los observa fijamente. La mirada de Salvy cae en la nuca de Tomasa cuando abre los ojos, ronroneando, diciéndole qué tanto bajar y cuánto tomar, que ella podía; pero, por un segundo, se congela y alza la vista hacia esa ventana. El mirón sabe que su presencia es conocida… Y no hace nada. No se aparta. Ni el joven en la cama dice o hace mas, tan sólo sonríe torvo, atrapándola la nuca a la mujer con sus manos, y comienza a subir y bajar sus caderas con rapidez, atragantándola… Los ojos clavados en el mirón en un insolente desafío, uno de ¿quieres también, cabrón?

……

   -¿Está ocupado? –la voz de Aminta Santos se eleva con cierta sorpresa, casi cubierta por la barra de la biblioteca. ¿El Códice de la Colonia?, pero quién…

   En la espaciosa sala hay silencio, paz… y ausencia de personas. La diminuta mujer mira, confusa, a la delgada y algo avinagrada mujer que se encarga de cubrir la recepción en esos momentos, la conoce, como a todos, Josefina Gómez, la cual muestra deferencia aunque la mira desde su altura hacia abajo.

   -Cierto joven parece estar haciendo unas consultas. –hay una insinuación en el tono, sus ojos, tras unos anteojos también de pasta, se desvían un tanto, y Aminta repara en una figura apartada, silente, concentrado en lo que lee de un grueso y enorme volumen de cuero.

   -¿Otro cazador de tesoros? –suspira la mujer, sin humor, reconociendo también al chico.- Gracias. –se despide de la mujer, sin verla, encaminándose hacia el joven, sonriendo de manera burlona. Miren que se ha puesto guapillo, se dice, pero no era eso lo que le divertía. Si, la concordancia del universo parecía estar en marcha. Pobre Río Grande.

   El joven, poco más de los veinte, es delgado, pero en sus hombros se veía la reciedumbre y fortaleza de su padre, el cabello negro, lustroso, era algo abundante, cayendo en su frente y orejas, casi cubriéndolas, empatándose con un intento de barba y bigote, recortados, que le hacía verse interesante. Su rostro alargado, cobrizo claro, con los ojos castaños y los labios delgados aunque rojizos, era armonioso. Junto a él se detiene, pequeña, expectante. Le lleva a este un rato notarla.

   -¿Si? –el joven, parpadeando, se sorprende al ver la figurita, y cierra el libro así como el cuaderno donde apuntaba cosas, de manera algo furtivo.

   -Hola, querido, necesito un favor. Ese libro.

   -Lo estoy… usando. ¿Es muy necesario…? –se ve incómodo, lo que hace le parece vital, pero el negarle a una venerable anciana era duro. Y más a esta que le mira fijamente, ojos deformados tras unos gruesos cristales. Carajo, ¿por qué le miraba así?

   -No me recuerdas, ¿verdad?

   -¿Nos conocemos? –pregunta después de forzar su mente, tensándose cuando la anciana, echándose hacia adelante, acercándosele, le sonríe; porque no parece un gesto amistoso.

   -Soy la señora a quien tu madre llevó una tarde a tu casa, a tu cuarto, cuando estabas convencido de que un ser horrible vivía bajo tu cama y terminaría arrastrándote al infierno…

CONTINÚA … 6

Julio César.

EL TERRIBLE RICARDITO, MI AMIGO

octubre 21, 2016

TIEMPO LIBRE… SIN INTERNET

reencuentro

   ¿No sería bonito un lugar donde todos nos encontremos?

   Hace poco falleció la mamá de un amigo, una señora, toda una dama, una mujer trabajadora, laboriosa, inocentona y buena gente. En su mesa siempre hubo un espacio para mí, y para el resto de los amigos de sus hijos. Ha sido triste. Pero lo traigo a colación por dos cosas, una de ella es porque era la mamá de este amigo… de quien una vez escribí pero nunca lo publique aquí. Lo otro… lo dejo para el final, un corolario para estos tiempos de irresponsabilidad y decadencia.

   Es un tanto personal, así que lean sólo si lo desean:

……

   Comienzo un espacio más personal. Para sorpresa mía, reunido con amigos que saben de mis entradas, me han acusado de no ser lo suficientemente personal ya que la finalidad de un blog es hablar de uno en buena medida. La verdad es que la cosa me sorprendió, ¿más personal de lo que soy? Todo, todo lo que escribo está untado de personalismo; me parecía increíble que me acusaran de eso. Al parecer, según Carmencita, escribo sobre muchas cosas desde un punto de vista muy individual y externo, muchas veces ‘satanizando’ mi parecer (qué frase), pero no de mí. Pensando en eso decidí que debía ser más detallista sobre mis cosas (y mientras lo escribo no puedo dejar de sentirme tonto y de preguntarme a quién coño le interesa lo que pueda decir al respecto), pero lo haré, en cierta forma como un homenaje a todos los que conozco. Familia, amigos y enemigos. Seguro que al final todos los del grupo ‘amigos’, terminan en el otro. Iba a comenzar hablando de mis primeros años, pero prefiero dejarme ver un poco a través de los ojos de un gran amigo, Ricardo (los que conocen, saben quién es, lo nombré en una de mis primeras entradas, de cuando fuimos al cine un grupo de amigos a ver a los vaqueros maricones, Brokeback Mountain).

   Nací hace cuarenta años y pico de años (y eso me recuerda una cita de un libro de historia escolar, “Hace casi quinientos años Colon descubrió América”, siempre pensé, ¿casi?, qué científico) en la vecina población mirandina de Guarenas, en un amplio apartamento de la conocida urbanización Menca de Leoni. Siempre me gustó ese nombre, Menca de Leoni, sonaba a nobleza, y me dolió y arreché cuando lo cambiaron. Mi niñez fue feliz; dos cosas que pronto noté era el amor de mis padres, mezclado con la severidad de mi madre, y la mano presta a aplicar disciplina (por instigaciones de ella), de papá. No creían en aquello de que correazos o nalgadas cuando lo merecían traumaran a nadie.

   Era ella quien dirigía la casa y el destino familiar, y con algo de tiranía. Papá, aunque nos zurrara, era del tipo sentimental, de esos padres que resienten que sus hijos le griten, por ejemplo, que no lo quieren. Imaginarán que en cuento lo descubrimos, nos aprovechamos. Bien, a mamá nunca le gustó Guarenas, ni Menca de Leoni. Con voz seca le decía a papá que debíamos irnos de ahí porque se estaba levantaba una generación de malandros y delincuentes, y que si no partíamos, eso nos afectaría a nosotros, sus bebitos. O terminábamos como azotes de barrio o de víctimas. Ni que decir que desde ese momento el objetivo en la vida de mi padre era ver para dónde, y cuándo, nos mudábamos.

   Tardamos un poco en largarnos, pero como ella trabajaba medio tiempo en la población de Guatire, cargaba con nosotros cada día, eso hizo la elección muy lógica. Creo que eso la tranquilizaba un poco, vigilarnos. Fuimos a la escuela primaria en ese pueblo (mi padre es oriundo de allí; ahí tengo tíos y primos en cantidades industriales), localidad que a ella le gustaba más. Recuerdo con agrado el colegio donde estudié mi primaria, el Grupo Escolar Elías Calixto Pompa. Pasé grandes momentos allí; para mí no fue nunca un trauma ir a la escuela. Me gustó aprender a leer, y leer de todo, y oír de Historia y Geografía. No lloré el primer día y todo lo miré con sorpresa; y en preescolar conocí a mi mejor amigo de todo el mundo aunque en ese entonces no pudiera entenderlo así; el primero… que no fue Ricardo sino Rafael.

   Era Rafael, y es, un carajo de buena cabeza para los estudios, pero nunca lo vio importante así que jamás se aplicó. Nos caímos bien desde el primer momento y andábamos para arriba y para abajo siempre, tanto que, al correr del tiempo, la gente llegó a creer que éramos familia (porque también es de apellido Tejada), aunque no podíamos ser más distintos. De hecho el muy bicho dice todavía que somos primos. Rafael era el más reilón del salón, de todo sacaba una frase que provocaba la carcajada cómplice; era ocurrente y con mucha chispa. Y a través de él, conocí a Ricardo. Este era un muchacho grande para su edad, que hablaba alto, con un tono de voz extraño que más tarde supe era llanero; que hacía reír cuando hablaba en clases, por el sólo tono, no porque buscara hacerlo. Ahora que lo pienso no sé cómo eso no lo acoquinaba, pero no lo hacía. Jamás se acomplejó de decir ‘deo’ por dedo y cosas así. Eso lo contaba años después, entre carcajadas, de cuando yo le explicaba qué era un hiato, dos vocales fuertes que se separaban, y él puso cara de entender, “ah, como en deo”; y yo le repliqué “no, deo no existe, es dedo”. Muchas veces, en la escuela, más bien lo regañaron porque a un comentario suyo que arrancaba risas, él lo incrementaba con algo más. Tan es así que la idea de una Tierra que se desplazaba en el espacio le confundía.

   Nunca me gustó mucho mi apariencia. El cabello no rojo sino de un feo naranja, algo ensortijado, me ganó desde el principio de mi vida escolar el mote de “cerro prendido”. Mi cara era pecosa. Era flaco y con tendencia a jorobarme un poco, las maestras vivían gritándome “enderézate, Quevedo”. Yo admiraba el corpachón de Ricardo, aún cuando niño nadie podía meterse con él sin que se le fuera encima como un toro; uno podía reírse abiertamente con él, no de él, eso lo hacían a sus espaldas. Rafael era de un color moreno claro, de cabello chicharrón cortico, de sonrisa contagiosa y dientes muy blancos, y por alguna razón la gente reparaba ya en él. Tenía una malicia que hablaba de alguien que sabía lo que quería y que sabía cómo hacer para obtenerlo. Fue el primero de nosotros que perdió la virginidad, era el que más novias tenía. Era el que más bailaba en las fiestas. Comparándome con ellos, me sentía inadecuado. Pero me buscaban, eran mis amigos. Con el tiempo supe que tenía facilidad para eso, para hacer amistades. Rafael y Ricardo (es difícil hablar de uno sin nombrar al otro), jamás me pidieron nada, tal vez un borrador para eliminar algo, o un sacapuntas, jamás aparecieron una tarde en mi casa buscando algo; ni de niños y menos de adultos. Éramos amigos por el simple placer de serlo.

   Un detalle: Alicia, ¿la recuerdan?, y Ricardo nunca se llevaron bien. Ella es una antigua amiga que luego fue pareja, y más tarde, después de botarme, siguió como amiga. Pues bien, ellos nunca se tragaron. Recuerdo que en una fiesta hace algunos años años, medio borracho (es cuando más alto se le oía), Ricardo gritó que la fiesta estaba completa porque habían llegado Brad Pitt y Angelina Jolie. Éramos Alicia y yo, que entrabamos. A mí me hizo gracia, como a todo el mundo (insinuaba que nos creíamos una vaina), pero a ella no. Siempre fue así. Ricardo era del tipo de persona que te preguntaba, en un ascensor lleno de extraños, “¿se te curó la alergia esa que te salió en las bolas?, ¿qué era, algo venéreo?”. Lógicamente a muchos molesta, o incomodaba, ese proceder, pero así era Ricardito el terrible, tal y como los demás también teníamos nuestras manías. Aunque rúscano, recuerdo que cuando fuimos esa primera vez a ver Brokeback Mountain (y qué de chistes hacía sobre que temía que le gustara estar en la montaña; cómo nos reíamos de la idea de los vaqueros maricones), me sorprendió con un comentario más tarde. Había salido yo esa primera vez molesto, no sé por qué, pero así fue, estaba insatisfecho. De hecho comenté que me parecía absurda la encamada de esos dos, qué de dónde salió ese deseo de pronto. Ricardo fue quien me preguntó si no había notado las miradas de uno, u otro, cuando veía partir al contrario; o cómo se buscaban en la soledad, mirando más allá. Él se dio cuenta antes que yo. Es que me pasó algo rarísimo esa vez ().

   Como dije, era alto en aquella época, y eso era bueno para él. Peleaba mucho en el colegio, creo que cada mediodía terminaba con la camisa rota y llena de mugre. Muchos, al menos una primera vez, se metían con él por sus orejas grandes, por su voz patosa, por su paso como arrebatado, por los pantalones todo remendados y cortos de ruedos, y porque era el hijo de una de las señoras que lavaban los baños de la escuela. Como niños, reíamos un poco con todo, con los ataques y con su defensa; siempre estuvimos de su parte, pero en verdad siempre pensé que era un poco alocado y salvaje. Una tarde que mamá tardaba en recogernos a mi hermano Miguel y a mí, Rafael, Ricardo y yo nos columpiábamos en el pequeño parque frente al colegio. Era un lugar ideal, bajo las sombras de acacias enormes, con brisa, con la Iglesia a un lado (lo que lo hacía un lugar seguro, al menos en ese entonces). Allí, al vaivén de columpio hablamos muchas cosas. Y muchas cosas también las hablé con otros.

   Rafael, que era más salido que yo, le reclamó esa vez que peleara tanto, diciéndole que no le parara a la gente cuando se metieran con su mamá. Fue la primera vez que vi una mirada de rabia dolorosa en mi vida, no tendría yo diez años, pero me impresionó. Gritó que no, que su mamá trabajaba mucho para mandarlos a la escuela, que era la primera que despertaba cuando todavía era de noche a hacer comida, que llegaba a limpiar todo el día en el colegio y luego debía ir a lavar o planchar ajeno, que no era su culpa no tener un papá. Dijo algo horrible, que durante mucho tiempo deseé no haber escuchado, que esos pantalones que le quedaban cortos de ruedo se los habían regalado a su mamá en una casa donde trabajaba. No sé si todos pasamos por lo mismo cuando somos niños, pero yo me alegré de no ser Ricardo, y de que mi papá estuviera allí y, que junto a mamá, sí pudiera protegerme, cuidarme y darme lo que necesitaba.

   Los tres comenzamos el bachillerato, pero Ricardo se retiró después del primer año. A los trece años comenzó a trabajar como ayudante en un camión de carga. Más tarde me fui para Caracas, al terminar la universidad, mudado, pero siempre regresaba a Guatire; allí estaban mis amigos de los primeros años, también mis padres y abuelos. Rafael se casó a los 17 años, para divorciarse seis meses más tarde. Luego se casó otra vez, pero no duró tampoco, aunque tiene, que yo sepa, seis muchachos a estas alturas. Ricardo se rejuntó varias veces, como yo, y que se sepa no tuvo hijos, como yo; pero era un tipo de leyenda en sus parrandas. Tampoco amarraron los años su lengua.

   El no casarme, y el gustarme tanto la vida de soltero provocó, una noche mientras tomábamos caña, que Rafael me preguntara por qué no me casaba o por qué no duraba viviendo con alguien, preguntándome sí es que era marico. Cómo me reí, y Ricardo, tan borracho como nosotros, le preguntó a Rafael que qué quería conmigo; dijo algo como: “No vayas a echarle los perros delante de mí”. Y que él siempre había sospechado que entre nosotros algo había pasado o pasaba. Más tarde, Rafael y yo, abordamos nuevamente el tema (ya lo contaré, los que convienen saben más que yo, los demás no me leen, no hay peligro); pero esta es la historia de Ricardo.

   Mientras yo me alejaba, estudiaba y sin darme cuenta ya tenía una pata en la universidad, Rafael y Ricardo se hicieron más amigos, amigos de parrandas y borracheras. Siempre les gustó la caña, como a todos. En el segundo año de bachillerato, Rafael, un grupito y yo, tomábamos guarapita hecha con anís y jugo de naranja o limón, casi todas las tardes. A escondidas. Dios, qué que borracheras agarré. En un viaje posterior a Guatire, los encontré como los mejores amigos (de hecho cada uno se llevaba mejor conmigo que entre ellos, pero era gente que compartía historia). Cada diciembre bajaba a Guatire, a visitar a todo el mundo, son las fechas propicias para hacerlo; aunque tengo amigos y los quiero, no los buscó a cada rato. A Ricardo lo veía más; con Rafael, en promedio, hablo dos o tres veces al año por teléfono, y lo veo igual número de veces… A menos que alguien del grupo tenga un problema. Y en verdad sentía aprecio por ellos. Al morir la abuelita de Rafael lo acompañé toda esa noche. Y verlo llorar por la viejita me pegó fuerte. De carácter alegre y hasta algo displicente, uno no lo imagina de entrada tan sensible. Ni sabía yo qué tanto me pegaría verlo así de mal.

   Pues bien, en esas bajadas encontraba yo a Ricardo y Rafael, de vacaciones desde el quince de diciembre, tomando caña desde ese día en la tarde hasta el siete de enero, de forma ininterrumpida, día cuando debían comenzar a trabajar nuevamente. A pesar de gustarme beber y todo eso, yo me preguntaba ¿cómo aguantan? ¿De qué tanto hablan? Salir con ellos era tomar camino a Perdición, deteniéndonos en alguna parada para vomitar u orinar. Con los años cada quien tomó su rumbo definitivo, pero la amistad estaba presente. Cuando a otro amigo, Manuelito, le dio por construir su casa, allí los encontré el día que hubo que vaciar la platabanda. Dios, ¡cómo trabajamos y cómo sudamos ese día! Desde las diez de la mañana protestábamos porque no nos daban ni una cervecita. Y aquí aclaro que cuando se hace un trabajo duro, pesado y penoso, una cervecita fría mejora todo. Bien, cuando terminamos nos quedamos un buen grupo hablando tonterías, porque el día había sido largo y pesado pero habíamos cumplido con el trabajo, la platabanda había quedado bien; almorzamos una sopa llena de carnes, y por fin aparecieron las cervezas, luego un whisky barato y después el ron; en fin, la jornada estuvo buena. Rafael, y no fue el único, hablaba como si nada y de repente cayó de culo, borracho totalmente. Ricardo no podía ni caminar, el aguardiente le afectaba de forma extraña, y montado en su jeep se fue hacia atrás y nos costó sacarlo de una zanja. Casi se queda dormido tras el volante y decidí irme con él para acompañarlo.

   ¿Qué hablamos, qué camino tomamos, cuánto tardamos?, no lo recuerdo. Nada. Sí recuerdo, que echando el cuento luego, dije que Ricardo era un demente, qué cómo manejaba estando así, y todo el mundo me respondió que más loco era yo que me fui con él. Ah, qué cuentos de borrachos salió de todo aquello. Uno de los panas, Armando, se fue rodando por unas escaleras y otro llegó sin zapatos a su casa. Por su parte, Ricardo ha chocado diversos carros como diez veces, hasta el sol de hoy nunca he entendido cómo no terminaban de quitarle la licencia para siempre. Era un peligro al volante; uno preguntaba ¿y Ricardo que tengo tiempo sin verlo?, “¿No supiste?, ya chocó el Dodge, la electricidad va a quitar el poste del alumbrado que está cerca de su casa”. Todos bebíamos, y bebemos bastante, pero los años nos han restado facultades para recuperarnos como antes. A veces lo pienso antes de emborracharme así, pero él no. Le gustaba demasiado la caña.

   Ahora un cuento particular del cual no fui testigo por estar lejos de Guatire por esa época. Mi abuela vive (o vivía, ya murió, cáncer), cerca de donde lo hace la señora Úrsula, mamá de Ricardo… a donde el muy vago había regresado después de tantos años. ¿Pueden creer que una vez se fue a vivir con una muchacha a la que sacó de casa de sus padres, se la llevó a casa de doña Úrsula y se fue con otra dejándole a la joven allí? Pero creo que así les gusta vivir, juntos y revueltos. De hecho, mi amigo y dos hermanas con maridos e hijos, compartían espacio en esa vivienda. Nunca he entendido cómo pueden.

   Pues bien, después de uno de sus choques frecuente (quedándose sin carro), Ricardo, con la mochila donde llevaba la comida al hombro, tomó una mañana un autobús para Petare, rumbo al taller donde trabajaba para ese momento. Al parecer el vehiculo fue obligado a parar antes de llegar al túnel, y a punta de pistolas robaron carteras, celulares y equipajes, llevándose también el vehículo. Esa gente, robada, quedó en la vía y debían esperar ayuda. El caso fue que el jefe de Ricardo intentó ubicarlo y nadie contestaba el celular robado, por eso llamó a la familia preguntándoles qué pasaba con Ricardo que no había llegado. La familia se inquietó, respondiendo que ya había salido como todos los días. La mamá y las hermanas comenzaron a llamar al celular, hasta que una voz grosera les preguntó que qué coño querían. Ellas preguntaron que quién era, que por qué tenía el móvil de Ricardo y todo eso. ¿Saben que les contestó el malandro? Que los estaban robando a todo.

   Ellas gritaron asustadas, luego contaron que el carajo se reía, diciendo que sí, que estaban robando y estaban arrechos, que ya habían matado a dos (qué gente, ¿no?, son hasta chuscos). Esas mujeres gritaban y lloraban que no lo mataran. El tipo les respondió que creía que a ese ya lo habían raspado, y cortó la comunicación. Pues, me cuenta una de mis tías, ¡se armó aquel escándalo en la barriada!, que de la casa partían tales gritos que la gente se llegó hasta allá a ver qué pasaba. Y al oír el cuento todo el mundo se alarmó igual.

   Llamando y llamando se comunicaron otra vez, y el tipo les dijo que iban a matar a todos, que ya estaban cansados. Y se reía. Y aquí cometieron un desliz llevadas por la angustia. Llorando, una de las hermanas, Rossmary, le dijo que no le hicieran nada, que ellas pagarían un rescate para que lo dejaran libre (luego les dije que ahora los malandros debían estar calculando cómo hacer para practicar el nuevo negocio); el carajo pareció hablar con alguien y dijo que querían cinco millones de bolívares (de los viejos, cuando el bolívar valía algo). Claro que la familia no los tenía a mano, y ocurrió una de esas cosas extrañas que hablan de la solidaridad de la gente. Todos los presentes comenzaron a sacar cuentas para ver cómo reunían el dinero para pagar el rescate “del loco ese”.

   ¿Qué pasaba, mientras tanto, con Ricardo, sin dinero y sin comida?, decidió no llegarse al trabajo sino que se regresó en otro autobús. Y justo cuando llegaba a su casa, que ya parecía verbena por el gentío alarmado, escuchó a las hermanas llorando. Al parecer habían intentado llamar nuevamente a los malandros, pero tenían rato sin comunicarse y temieron lo peor. ¿Pueden imaginar la escena?: Ricardo apareciendo en medio de los reunidos y preguntando quién se había muerto que estaban todos allí. Mi señora abuela dice que fue cierto, que lo preguntó. Eso fue la locura, la gente lloraba, gritaba, lo palmoteaban y cada quien echó su cuento. ¿Saben qué dijo cuando oyó lo del rescate?: “¿Pidieron sólo cinco millones?, huy, qué poquito”. Les juro que contándolo así no resulta tan divertido como sonó cuando Rafael y él, me relataron todo, entre carcajadas.

   Como las cosas están duras, Ricardo no logró comprarse otro carrito y un día apareció en una moto. Le formé tremendo lío, que cómo se le ocurría a él comprar una moto cuando ni caminar podía al emborracharse, lo que es casi siempre; y me replicó con esa frasecita de la canción de Juan Luís Guerra, que tanto molesta cuando la usa: “Tranquilo, Bobby, tranquilo”. Hace poco salió a parrandear dos días y regresó a las seis de la mañana, borracho, con un sobrino; mientras este bajaba, se cayó con todo y máquina. Pero no se quedó quieto, dejó al sobrino y salió nuevamente, a comprarse unas arepas porque había amanecido con hambre. Me cuentan que al estacionarse, dos carajos en una moto lo encañonaron gritándole que se bajara porque se iban a llevar la motocicleta. Ricardo, borracho, con su vozarrón se negó e intentó irse, le dieron un tiro en una pierna y cayó.

   Esos hijos de puta podían haberse llevado la moto entonces, pero ya no era suficiente. Le dieron tres balazos y lo dejaron para que se muriera. Así me lo contaron un tres de enero por la tarde, mientras estaba yo acostado en la cama de mi mamá con la pierna inmovilizada por culpa de un accidente idiota. Y les juro que lloré, y no fue de rabia como suele pasarme, fue de lástima por mí y por mi amigo, por Ricardito el terrible. Aún ahora no me gusta pensar en eso, porque me parece verlo grandote, algo calvo ya, panzón, todavía con su vozarrón; lo imagino intentando alejarse en su moto y lo veo caer, los veo acercársele, lo imagino, tal vez, asustado. Maldita sea.

……

   La señora Úrsula acaba de partir, una mujer como millones en este país, que trabajando duro en las obligaciones más humildes levantó a sus hijos decentemente, queriendo que estudiaran y se superaran para que llevaran una vida más fácil que la suya. No esperaba una beca, una bolsa de comida, una limosna, tenía familia, una que se buscó y era su obligación,  su derecho, hacer por ellos lo mejor. Rossmary estudió y terminó como técnico dental, hábil y trabajadora, sus hijas y su mamá siempre fueron lo primero. Y mientras cuidaba de su progenitora, a quien una afección cardiaca la mantenía casi recluida, una de sus niñas se hacía bioanalista, la otra profesora de inglés, y esta anda pensando en irse, en Panamá o Costa Rica, asentarse en otro lado y entonces mandar a buscar por ellas y llevárselas. En la Venezuela pobre, en el estudio y la preparación estaba la clave de la superación económica y social, estudiar garantizaba un mejor modo de vida. Tan sólo para los vagos, los flojos, la vida fue, es y será dura, sin esperanzas, es la maldición que cargan, ser ellos, aunque viven quejándose de que el mundo les debe todo.

   Pobre Rossmary e Isaura, cuánto deben estar extrañando a la señora Úrsula, como yo a papá, y todos todavía recordamos, ellas más que yo, imagino, con cariño a Ricardo. Un día, es la ley de la vida, no quedará ninguno de nosotros y esos nombres se irán olvidando, como los nuestros, pero todavía no.

¿VENEZOLANOS FALTOS DE CONSTANCIA?

Julio César.

ESPECTACULO

octubre 21, 2016

LADO SUAVE

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   Acercándose por la arena, mojándose en la playa y subiendo, pedaleando… todo era seguido hipnóticamente por sus calientes fans.

NEGOCIACION

Julio César.

PROTEGER Y SERVIR A LA COMUNIDAD

octubre 21, 2016

DERECHO

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   Ciertos chicos rebeldes, detenido una y otra vez, a veces son dejados por sus padres todo un fin de semana para que el susto los arregle. Y funciona.

AH, EL METRO

Julio César.

JUEGOS Y TOQUES

octubre 21, 2016

SORPRESA DE CUMPLEAÑOS

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   ¿Quién no los ama?

   Así como pasaba con las novias, aunque por razones distintas, era una tortura para los entrenadores de equipos de muchachos ver las sobadas entre estos, al estar semi desnudos, exhibiendo sus armoniosas figuras, vanidosos por ello, admirando también la del compañero, cuando comenzaban con sus juegos. Como ese de meterle la mano para ver si era tan grande como se vanagloriaba, riendo este y separando las piernas facilitando la operación, en medios de las carcajadas del grupo que alentaban a la comprobación, que a veces se verificaba al grito de: “miren, ¡se le para!”. Las novias soportaban esas tonterías que las incomodaban porque los amaban, a los entrenadores les daba calor y las manos le picaban con ganas de, también, comprobar la vaina.

COMPARTIENDO EL MOMENTO

Julio César.

HOMBRES, MECANICA Y LA LLAVE NECESARIA

octubre 21, 2016

EL INFIERNO DEL INDECISO

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   Parece que la necesitaba…

   Desde su dormitorio, Martina oye a su marido lanzando bufidos mientras le revisaba algo a la camioneta. Suspirando exasperada, se dice que jamás entenderá toda esa excitación de los hombres por meterle mano a un viejo cacharro. Por suerte no se asoma o habría entendido que a su marido, quien efectivamente revisaba el motor de su perola, en shorts y sin camisa, se le acercó el joven, robusto y masculino vecino, mecánico de profesión, ofreciéndole una mano, o una llave si la requería. Diciendo esto mientras se tocaba el paquete sobre el pantalón cuando al otro, de manera traidora pero inocente le mirara allí. Tendiéndose para tomar algo, en cuanto su shorts bajó, se dispuso a gritar, a pelear, pero el otro, hábilmente, demostrando que sabía, utilizó contra él su fría llave de buena circunferencia, arriba y abajo, moviéndola para aflojarle la masculinidad; y entre gemidos, alarmado y emocionado, sabía que la tenía tan flojita que ya le chorreaba, facilitando el trabajo de la lleve y lo que el otro deseara meterle luego y que ya, del pantalón ajustado,  se sacaba.

COMO UN PROFESIONAL

Julio César.

¿Y QUIEN AYUDA A LA BRUJA?

octubre 21, 2016

MALA LECHE

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   ¿Suerte con el amarillo? Tal vez…

   Recordarán quienes hayan leído algo de lo que escribo que una vez, estando con una hermana, una conocida de la casa, apesadumbrada y sintiéndose mal nos contaba que se sentía culpable ya que había comprado una moto y una bruja le dijo que la vendiera o pasaría muy malos ratos; se la vendió al hijo de una conocida suya, este tuvo un accidente y perdió la vida. Recordarán que mientras la consolábamos diciéndole que no era su culpa, lo que en verdad pensaba es: ¡Vaya, esa bruja sí que sabe! Mi hermana pensó algo igual. Bien, este ha sido un año fatal, a las cosas malas que pasan en cada vida, se suman los problemas del país y… En fin, no ando muy bien, mi nevera, para colmo, no enfría, y tan sólo es lo último que falla en una lista que ya se hace larga. Una amiga me aconseja que hable con su bruja (no la misma amiga ni la bruja), que es una maravilla, aunque anda algo deprimida porque el marido la dejó, llevándose casi todos los corotos y al hijo acaban de matárselo en un oscuro asunto con pandilleros. No dije nada, pero… ¡Vaya bruja!, mejor que busque ayuda. ¡La gente cree en cada vaina!

Julio César.

AHOGADO EN NOCHES DE ALCOHOL

octubre 21, 2016

ENTREGADO

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   Con otros jugos…

   Verga, allí estaba mi amigo Leandro otra vez, borracho y becerreando; sabía que le encontraría en la trastienda desde que le perdiera de vista hace media hora en semejante botiquín. Era perfectamente consciente de que si no le detenía, o alguien llegaba (la mujer de algún tipo de esos y armara un lío que los pusiera en fuga), allí se quedaría lo que quedaba de la noche, bebiéndose todas las que le ofrecieran hasta tener el estómago lleno. Seguro que en estos momentos no se acuerda de Teresa ni de las gemelas, esperándoles en casa. Tal vez era mi culpa, sabía que andaba tenso, con la mujercita enferma no había podido darse una escapadita, lo que seguramente despertó a niveles de locura esa gula que ya casi no reprimía aunque la negara y sus amigos no la comentáramos. Ese tipo respira pesado, el otro ríe llevándole la cara sobre la manguera, con los “vamos, chúpalo bien, perra”, que tanto nos gusta decir cuando nos hacen ese trabajo. El tipo gruñe, se convulsiona y la manzana de Adán de Leandro parece sufrir espasmos. Seguro que se bebió hasta la última ardiente gota, me digo mientras le tomo una foto… por si cualquier cosa. Retira la boca, jadeando, buscando aire, los labios rojos e hinchados; “¿algún otro?”, pregunta ansioso y ya un gordito se la ofrece, caliente. Meneando la cabeza, me alejo, no puedo aprovecharme de su debilidad para que me atienda. Era un buen sujeto, un gran amigo y fue un maravilloso esposo y padre de familia hasta que, por puro error se podría decir, probó la primera y esta le dejó en la boca, para que la saboreara, su carga espesa; desde ese momento ya no pudo pensar en otra cosa como no fuera la esperma.

Julio César.

VIER EN TWINTIGSTE

octubre 19, 2016

TWINTIGSTE

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   El muy diablo llevaba sol cada mañana frente al seminario.

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   En cada excursión escolar el directo le invita como chaperón.

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   El problema comienza cuando se emociona… mucho.

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   Por alguna razón esos idiotas cambian la talla para verle buscar por horas la suya.

VYF EN TWINTIGSTE

Julio César.

EL PEPAZO… 22

octubre 19, 2016

EL PEPAZO                         … 21

De K.

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   -Sé sincero, ¿de verdad te gusta?

……

   Por supuesto que la idea se le ocurre… y le eriza de pies a cabeza. Aunque no obsesivo con el sexo, a pesar de encantarle, y de ser respetuoso con las amistades, conoce al desgraciado de Renato Ocando desde hace muchos años, un guapo amigo con quien ha bebido y bromeado, y mentiría si dijera que a veces no sintió un cosquilleo en las pelotas viéndole inclinarse a tomar algo, mostrándole aquel trasero dentro de sus ropas, o en bóxer cuando van al gimnasio juntos. La idea de que llegara, los encontrara, se le pusiera dura y se la sacara dándosela a comer a su cuñado, al marido de su mujer, con él ahí, viéndole, le excita de una manera perversa. Pero es que caliente, perverso y decidido se sentía metiéndole el güevo adentro y afuera a ese bonito carajo fornido; cada golpe que le dio le hizo temblar la verga como sí se le llenara de una corriente nueva. Aún ahora, quietos como están mientras sostiene el teléfono contra su oreja, respirando agitadamente, su pecho subiendo y bajando sobre la recia espalda de Jacinto, ese agujero parecía continuar amasándosela.

   -Sí, estoy aquí… -se le escapa, ronco, no sabiendo ni el mismo qué espera que ocurra.

   Por su parte, echado de panza contra esa camilla, respirando también agitado, sonriendo plenamente como un gato feliz, el cabello cayéndole en la frente y sobre un ojo, Jacinto se siente en la gloria. La dura, gruesa, nervuda y pulsante verga clavada en su culo le brindaba todo lo que quería o necesitaba… aunque podía ser más. Y mientras su culo, sin hacer un sólo movimiento, parece adherirse totalmente a ese tronco, agitándolo, frotándolo, succionándolo con hambre, provocándole un gemidito al otro, de sorpresa y gusto, también siente deseos de chupar con su boca. Babea, salivaba, deja escapar gemidos mientras le succiona el dedo que tiene entre sus labios, acompasándolos con las chupadas que daba su agujero vicioso. Y cierra los ojos, estremeciéndose más… pensando en Renato, su cuñado, con una mezcla de disgusto, alarma y excitación. Odiaba a ese carajo que se creía moralmente superior a él; pero tenía un cuerpo que…

   Y se imagina también, allí, desparramado sobre esa camilla, Gabriel llenándole el culo con su güevo grande, uno que le producía sensaciones increíbles que llegaban a cada rincón de su joven y musculoso cuerpo, dándole sin detenerse, mientras se comía el güevo de su cuñado, cubriéndolo con sus labios como hace con ese dedo, pegándole la lengua de la gran vena en la cara posterior, haciéndole gemir, oyéndole decir que mama un güevo mejor que su hermana. Tal idea, tan alejada de lo que generalmente es, de lo que siente y piensa ordinariamente, le provoca escalofríos, y su culo parece conectarse decididamente de aquel tolete clavado y lo ordeña. No es imaginación de ninguno de los dos, lo conecta y lo hala, lo chupa. Eso provoca otro gemido de Gabriel, todavía teléfono al oído.

   -¿Ocurre algo? –escucha este, a Renato, junto a su oído.

   -Nada, yo… -jadea pesadamente, casi como un maniático, lo sabe, mientras ese culo sigue ordeñándoselo, y ahora Jacinto comenzaba otra vez un vicioso sube y baja de sus nalgas plenas, refregándose de su pelvis.- Ahhh… Hummm…

   -¡Hijo de puta! –oye una risita del otro lado.- Estás follándote a uno de tus maricones mientras hablamos, ¿verdad? –se oye a Renato de los más divertido, y Jacinto se estremece al escucharle; si, se cogía a uno de sus maricones, se dice, apretando y soltando el agarre de su esfínter.

   -Así es, el mariconcito con el cuerpo más bello y el mejor culo que he probado en mucho tiempo. –exclama maligno, Gabriel, recuperando su dedo y levantándose, apoyando una de sus manotas sobre la joven espalda, casi quedando arrodillado, culo sobre las piernas, con el güevo bien metido en ese culo (joder, cogerle viéndole las nalgas y la tirita del hilo dental a un lado era mejor).- Tendrías que verlo. –y con un inconfundible chillido de la camilla comienza un salvaje saca y mete, mirando fijamente su cilíndrico tolete saliendo y entrando del deliciosos agujero que lo apretaba; unas cogidas que le ocasionan un alarido agónico de placer a Jacinto, quien maúlla, se revuelve, su espalda se agita, y sonríe de manera encantada. Oyen la risa de Renato.

   -¡Bolas! Sabes que esas vainas… -se niega, aclara… pero no cuelga.

   Gabriel no sabe qué tiene, qué se había apoderado de él; debía ser Jacinto, ese carajote tan rico y culón que se decía heterosexual pero que gemía con el roce de una bragueta contra su culo. Debía ser, porque rompió uno de sus tabúes, sexo con un paciente, y ahora le hablaba así a un amigo, con claras connotaciones sexuales, límite que se había jurado no cruzar jamás; pero la manera en que ese agujero le chupaba era…

   -Este culito apretado chupa como nunca nada me lo había hecho. Y tiene hambre este muchachón, quiere mamarse un buen güevo caliente y pulsante. –le dice ronco, provocador, intensificando el saca y mete dentro del agujero de Jacinto, quien responde con alaridos que llenan la sala, y que Renato, del otro lado del teléfono, debía escuchar muy claramente.

   Sonido que afecta al galeno también, quien afincando sus rodillas sobre la camilla, aún con el mono cubriéndole el culo y los muslos, se echa hacia adelante, sosteniéndose con una mano de la camilla, y comienza a embestirle con todo, su grueso güevo joven, nervudo, sale casi hasta la punta, momento cuando siente que ese esfínter lo retiene (¡no quiere que se lo saque!), y cae otra vez, con todo su peso, aplastándole nuevamente contra el mesón, encantándole de una manera dominante el sentirle tensarse y arquearse bajo él, escuchar sus gemidos ahogados mientras el culo chupaba con fuerza los jugos que del ojete del glande salían.

   -Deja, pana… -advierte Renato, ¿con voz algo ronca?- Oye, esa voz me parece conocida…

CONTINÚA … 23

Julio César.

SAM, DEAN Y MARY WINCHESTER EN LA CARRETERA, 01×12

octubre 18, 2016

COSAS DE FAMILIAS: 21×11

   El camino todavía nos ilusiona, y lo que queda por ver.

   La espera para el inicio de la nueva temporada se me hizo realmente larga, y no lo entiendo, ¿ya no debería estar un poquitín cansado después de más de once años de Supernatural, visto todo lo que ha ocurrido? Pues, no. Tuve que esperar que uno de los portales menos desconfiables subiera el episodio subtitulado para poder disfrutarlo; fue pesado, tanto que me pareció  mejor descargarlo, pero lo vale, la calidad de las escenas fue maravillosa. Comienza la doceava temporada de las tan esperadas aventuras y desventuras de nuestros héroes, Sam y Dean, acompañados por el angelito de Dean, Castiel, y ese diablo que quiere meterse y a veces se gana su espacio, Crowley… pero esta vez aparece una de las míticas, Mary Winchester. Y el resultado me encantó, pero supongo que eso ya lo imaginan quienes saben cuánto amo este programa (ah, ¿quién no querría ser Dean Winchester?, sin la maldición, claro).

   La historia puede dividirse en tres toletes, Dean reuniéndose con Mary y Castiel, sabiendo que Sam fue secuestrado, lanzándose en su búsqueda; el menor en manos, y siendo feamente torturado, de La Mujer de Letras británica, Toni, de la cual no quedan muy claras muchas cosas (aunque la entiendo un poquito, cosa que no me ha ganado simpatías); y Crowley persiguiendo una sombra, un rumor, que Lucifer busca un recipiente para regresar a la pelea, deseando aplastarle antes de que ocurra (¿imaginan su encuentro con Mary Winchester?, Dios, ya quiero verlo). Cinco cosas me encantaron de este episodio, hubo una que odié y me dejó gruñendo entre dientes.

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   De las que más me gustaron, de menos a más, fue el camionero con cara de buena gente en la carretera que ve algo que viene cayendo del cielo, estrellándose, y un hombre apareciendo preguntando dónde está; la respuesta “¿en la Tierra?, fue genial, creo que temía fuera Superman. Y Castiel lo duerme y lo deja en la carretera, ¿y si le pasa por encima una carreta amish? Eso no lo pensó.

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   Lo otro fue ver la cara de Mary Winchester cuando ve el impala, notándose que comparte ese amor desmedido de Dean por la belleza; su expresión, y todo lo expresado sin palabras cuando mira los asientos, obviamente pensando en John, y pillándola Dean, fue todo un poema. Por la cara que pone este (y pocas caras como la de Jensen Ackles para dar a entender tanto sin hablar), sabemos que entiende perfectamente el qué recuerda la mujer, comprendiendo que fue allí donde le concibieron.

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   Me gustó el reencuentro de madre e hijo, justo allí donde todo quedó la temporada pasada, con Mary derrotando e inmovilizando a este Dean confuso (también le había presentado buena batalla cuando esta era joven y la seguía cuando ella cenaba con John); la charla, las explicaciones, ella recordando el incendio, su muerte, la manera en que todo encaja y ese abrazo que se dan. Hay mucho para asimilar, y a la mujer le cuesta, pero lo hace con la facilidad de quien ha vivido entre cazadores y ya ha oído, como lo expresó, de gente que ha regresado de la muerte. Me gusta que esté porque para Dean el recuerdo de esa familia que perdió siempre ha sido importante. Por ello amaba a Ellen, y a Bobby, que fue más padre que John.

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   Me gustó ese Sam desafiante que enfrenta a las británicas que quieren sacarle información para “guiarlos” en la lucha contra lo sobrenatural, el nombre de otros cazadores norteamericanos y dónde encontrarlos, para ayudarles a que funcionen como ellos en el Reino Unido, y este respondiéndole algo increíble: “O para que terminen encadenados y torturados”. Y es cierto.

   Pero lo que más me gustó fue la cara de Mary cuando Castiel se arroja sobre Dean, dándole ese abrazo que demuestra que nuestro ángel si tiene sentimientos (cosa que ya sabíamos, especialmente para con el mayor de los Winchester); es parte de lo que espero en esta temporada, ella indagando, preocupándose y hasta censurando sus vidas íntimas, sin esposas e hijos (nietos), y entendiendo que sólo el ángel esta allí para el mayor.

   ¿Qué odié?, que Sam continúe en manos de esos perros ingleses. Cuando noté que faltaba poco para terminar el episodio, y seguí allí, ah, qué rabia.

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   Fuera de la adaptación de Mary a este tiempo, de Dean a tenerla cerca y comenzar con ella, y Castiel, la búsqueda de Sam, ignorando a quiénes enfrentan, buena parte de la acción se trasladaba al menor, siendo torturado por una Mujer de Letras que le detesta y le culpa de haber colocado al mundo cuatro veces en peligro, que ella sepa (y es cuando digo que algo de razón no le falta, especialmente con lo del Apocalipsis y la llegada de la Oscuridad), Sam les cuestiona por no ayudar en esos momentos. Se notó por la respuesta, que aunque se sometió al criterio de los “ancianos mayores” de no intervenir, la mujer no estuvo de acuerdo con esa actitud. Ancianos que uno imagina como el Consejo de los Amos del Tiempo, en Leyendas del Futuro, o Los Hombres de Letras de los cuales formaba parte Henry Winchester, que se conformaban únicamente con mirar y llevar registros.

   A pesar de que pueda parecer lógico o hasta deseable lo que dice y hasta lo que parece pensar cuando le asegura al castaño que sus métodos de batalla son mejores para combatir lo sobrenatural y que desean compartirlo con los cazadores norteamericanos, para lo cual quieren los nombres que él pueda darles, hay que concordar con la desconfianza de Sam. No se pueden esperar grandes fines cuando los métodos son ruines, eso ha sido cierto durante toda la historia de la humanidad, la pasada, la que se escribe actualmente, la que llegará después. La respuesta de este, mirándola retador, fue de lo más inteligente: ¿Confiar en sus palabras para que todos los que nombre terminen encadenados? Igualmente fue hilarante su desafío, ¿qué puede hacerle ella a un hombre que fue torturado por el Diablo en el Infierno? Por cierto, es la segunda temporada que el castaño comienza encadenado y torturado para sacarle información, hay que recordar a Cole Trenton, cuando cazaba a Dean, en la décima temporada.

   Como sea, le tortura, y feo, pero calla, y la asistente habla de llamar a otro sujeto, el cual parece más sádico, tanto que disgusta a la misma Toni; esto me recordó un poco una trama de la telenovela brasileña Xica da Silva, cuando la inquisición llegó al pueblo, toda esa brutalidad en nombre de Dios, en aquel caso, para un bien mayor en este. Dean sigue la pista, encuentran a la gente que ayudó a la mujer a llevarse a Sam, y me disgustó que no los apalearan. Ahora Toni sabe que Dean vive (Sam no, el pobre está soportando todo aquello “sufriendo la muerte de su hermano”, sin esperar recibir ayuda).

gracias-mama

   ¿La otra mujer encarando a Dean y Castiel, y apaleándoles?, me gustó una barbaridad, siempre son emocionantes esas escenas, aunque deseaba que Dean se fajara con ella como hacía con Abaddon. Cuando estaban caídos, Jensen Ackles todavía ingeniándoselas para verse bien, Mary interviene y la mata. Aunque… no sé, esperaba una pelea de gatas. Una Mary pensativa por lo que hizo, por saber que sus hijos están en aquella violenta vida, que John está muerto, se ve desalentada, pero Dean la consuela, dándole nombre al episodio, mantén la calma y sigamos adelante, en este caso porque Sam los espera y necesita.

   Este, torturado sicológicamente por algo que le inyectan finge su muerte y casi escapa, pero no mató a la mujer, por lo que esta se recupera y le encierra, quedando atrapado a merced de sus torturadores… ignorando que Dean vive, que le busca y que viene acompañado de un ángel furioso, y lo mejor, su madre. Ah, ya quiero ver ese encuentro también.

   Por cierto, Lucifer anda buscando recipientes, quemándolos, Crowley le sigue los pasos pero llega tarde; el policía diciéndole al otro que vieron a un loco consumido que se hacía llamar Lucifer, no tuvo desperdicio. Pobre Rey del Infierno, los demonios no le siguen, no le respetan, y el Ángel Caído amenaza, con su simple existencia, el trono que cree merecer. No será el Rey hasta que Lucifer desaparezca, y eventualmente los Winchester también deberán volver sobre este asunto… a menos que Lucifer también termine, como en algunos fics, como personaje regular. Y en la baticueva. Son capaces.

   Mientras suspiro me pregunto, ¿veremos en esta temporada que re cien inicia a Amara, la todopoderosa hermana de Dios, la única digna del amor del cazador… sacando a Castiel? ¿O a la amazona con quien tuvo un hijo? ¿Y los nazis nigromantes, algún leviatán rezagado o el alfa vampiro? Cole y Jodi siguen vivos, las “hijas” de esta también, igualmente Donna, así como la ya no tan niña cazadora…

MAMÁ WINCHESTER; 02×12

Julio César.