EL CAMBIO… 6

septiembre 13, 2017

EL CAMBIO                         … 5

   Basado en una idea que no es mía. Es una adaptación. No digo más, no contacto aún al autor. Es un cuento de los que llaman de lenta construcción.

   Bien empaquetado…

……

   Después del desayuno, no ingerido totalmente, Jeffrey experimenta esa compulsión por ejercitarse, cosa que le agrada y ayuda, después de todo lo desayunado. Le horroriza, como a cualquier joven, la posibilidad de ganar panza. Alza los brazos y comienza a flexionar las caderas, arriba y abajo, tocando con facilidad la punta de los dedos de sus pies, con las puntas de los dedos de las manos, sintiéndose bien al hacerlo, transpirando levemente después de treinta flexiones, sintiendo, eso sí, la inquietante caricia del bóxer contra la piel. No tardó mucho en apoyar los dedos en el piso, luego las palmas de las manos, sin que su respiración aumentara de ritmo. Se detiene y endereza bruscamente, sufriendo nuevamente los espasmos en su cuerpo, más intensos. Flexiona los brazos y casi cree ver su piel ondular sobre los músculos, notando la molesta sensación del calambre; era como si hubiera trabajado muy por encima de sus posibilidades física cada músculo. Pasa pronto y casi jadea, rojo de cara, sonriendo avergonzado. Al malestar le sigue una poderosa sensación de bienestar, tiene la piel caliente, realmente caliente, pero deja de sudar y su respiración es aún más serena. Aunque la erección bajo su bóxer babea un poco, temblando de emoción. Le gusta la sensación física al ejercicio, ese nuevo aguante, pero lo otro…

   Durante el día se repetirá esa sensación extraña, ganando en intensidad los espasmos, así como el alivio y bienestar que los continúa. Le ocurre cuando toma una ducha, lee algo, ve televisión, ojea su Biblia, almuerza o va a un pequeño cuarto con pesas y máquinas, donde ejercita a solas, agradeciéndolo en el alma. La erección iba y venía, en alcance y dureza, en urgencias (sin que se la toque, no iba a masturbarse delante de otros; tampoco era muy amigo de la idea, siempre se sentía un poco culpable al jugar con su cuerpo), pero nunca estaba del todo blando. Otro ordenanza, también joven, este más alto, de reluciente piel oscura, le indica que debe volver a la pieza. Y este evita mirarle el entrepiernas, sonriendo ligeramente incómodo, cosa que Jeffrey agradece. Quiere contarle que no es cosa suya, pero sabe que no debe hablar del estudio.

   Regresa para otra ducha, menos rápida. Siente los músculos del cuerpo algo agarrotados, y sin notarlo, bajo el agua tibia, se masajea y acaricia, hasta que recuerda que seguramente le miran. Se seca, con los dedos se peina el cabello (no iba para ninguna parte), y al abrir el gabinete por el enjuague bocal… parpadea. Otra vez la telita brillante y breve colocada allí. Una tanga. ¿Sería la misma? ¿Otra? Como sea, bufa y cierra el gabinete sin tocarla. Con un bóxer nuevo, lo escoge algo corto por comodidad, regresa a la cama, lee, ve televisión otra vez y cena, sintiendo los ligeros espasmos musculares. Sentado sobre la cama, acariciándose un bíceps, le parece que está más firme, más duro, como si hubiera levantado muchas pesas, pero no siente ninguna de las molestias física que irían asociadas a tal resultado. Eso le hace sonreír… La idea del Súper Soldado. Ser el Capitán América. Era como ejercitarse, sin ejercitarse. Bosteza, y aunque quiere leer un poco su Biblia, otra vez, se queda dormido, profunda y pesadamente.

……

   Despierta con la alarma, sintiéndose despejado y pesado a un tiempo. Mira la hora. Joder, había dormido nuevamente de un tirón. Se sienta y parpadea, lo primero que nota es que sus muslos parecen más firmes, duros al tacto. Pero no era todo. No es que parecieran trabajados, ejercitados, sino que se veían más abultados. Flexiona el brazo y se toca el bíceps derecho, la masa parece mayor. Confuso, y maravillado, se pone de pie, ojos clavados en uno de los muchos espejos, notando que parece, si, más sólido pero también… ¿Acaso parecía, efectivamente, más musculoso? Sonríe, tocándose, porque, joder, su abdomen parece más marcado. Se veía bien y se sentía mejor todavía. Se notaba…

   Carajo, rojo de cara repara, por primera vez, en la erección que tiene, deformando el bóxer. Mojándolo. Despertó duro. Y seguro estaban viéndole. Pero no era sólo eso, sentía unas ganas locas de meter la mano dentro del bóxer, tocarse la verga, atraparla en su puño y sobársela, masturbarse. Por un segundo se imagina bañando de esperma el espejo. Lucha contra las ganas.

   -Buenos días,  buenos días… -la puerta se abre mientras el capitán O’Donnell entra, saludando con su alegre sonrisa, con la camiseta que deja ver sus músculos bien trabajados, y un pantalón camuflajeado muy entallado. Entrando sin llamar. Entrando y recorriéndole con los ojos para terminar casi tocándole la verga con la vista. Entrando con la charola en las manos, incluida la cinta métrica.- ¿Durmió bien, marine?

   -Muy bien, señor. –responde seco. Traga y se mira al espejo.- Me veo… más grande.

   -Si, es parte de los efectos del súper suero. –le confirma, dejando la charola, volviéndose a mirarle con picardía y ¿coquetería?, en la vista.- Desnúdese. –le ordena.

   Y se repite la rutina del día anterior, incluida las medidas, las tocadas a su verga; y la leve presión de un pulgar contra su ojete que le hizo contener un jadeo. Sus muslos se ven más llenos, su verga igual, pensó con algo de travesura. La inyección provoca un fuego mayor en sus venas, su erección parece ganar en dureza. Los calambres y espasmos musculares se presentan, y flexionando un brazo nota que las venas abultan visiblemente. Quiere ejercitarse, y se lo dice.

   -Lo imagino, pero aún tenemos que hacer otra cosa. –responde el médico después de terminar de anotar muchas cosas en la libreta.- Necesitamos llevar otro control, peso y volumen, pero también de apreciación a simple vista. –lo recorre con la mirada, casi obscenamente, mientras abre la puerta.- Necesitamos fotografiarle; venga, vamos, así como está. –le señala el pasillo.

   -¿Desnudo? –grazna, rojo remolacha. Imaginándose saliendo del cuarto, recorriendo el pasillo, desnudo; no captando de entrada lo de las fotografías.

   -No tiene nada de qué preocuparse, soldado, quien le vea admirará algo bueno. –le responde, con un tonito que lo eriza.- Vamos, necesitamos salir de esto.

CONTINÚA … 7

Julio César.

EL AMIGO DEL HERMANO

septiembre 13, 2017

EL PUNTO EXACTO

DIMENSION DEL SENTIMIENTO

Julio César.

FIESTA LOCA

septiembre 13, 2017

BAJO LAS CAPAS

   Y muy caliente…

   Si de día en la playa y la piscina era una locura con todas esas pieles expuestas, las noches no eran menos. No cuando la fiesta brava comenzaba después de las dos de la mañana, entre aguardiente y otras cosas, poniendo frenéticos a todos esos tipos saludables que bailan, se tocan, se acarician escandalosos para que los vean todos, con bromitas viriles como meter manos bajo las bolas. El jefe de los chicos, ese grupo de bomberos calientes, sonríe. Sabía que el whisky haría su efecto, potenciado por la junta, las bromas, la vitalidad de los cabríos machos. Esos cuerpos perfectos, meneándose putonamente como buscando excitar a otros hombres, disfrutando de las miradas oscuras, se complementaban ahora con sus mentes abiertas a lo nuevo de una noche de muchas copas, dispuestos, cada uno de ellos, a tenderse y experimentar placeres nuevos. El hombre sonríe mientras los anima a gritar y bailar; en cuanto los tuviera listos volverá con ellos al hotel, y una vez allí ya no se alejarían mucho aunque quisieran, tan sólo el largo de su manguera.

JUGUETONES BAJO EL SOL

Julio César.

CONFUSION

septiembre 13, 2017

SOLOS

   De las primarias de ayer quedó un sabor amargo entre los asistentes a elegir y en el mundo político. No nos gustó la pelea entre candidatos, estando uno frente a las mesas. Y los dirigentes se vieron alarmados y desalentados por la poca asistencia. Parecían confundidos y eso es lo grave. Que el gobierno no entienda qué ocurre no es raro, hace rato que se desconectaron de la realidad, pero sí que se enrede nuestra dirigencia. A los venezolanos no nos importa quién lleve la batuta en el tarjetón, puede ser este o aquella, cualquiera será el candidato y por ese se votará. Punto. No buscamos ofertas, el “yo haré”; estos no son tiempos de campañas tradicionales. El asunto es derrotar en cada gobernación al régimen y restregarles en las caras y la del mundo que, puestos a elegir, una y otra vez les daremos la espalda a un gobierno que tiene que desconocer esa voluntad.

LOS HABILITADOS

Julio César.

EL PEPAZO… 80

septiembre 10, 2017

EL PEPAZO                         … 79

De K.

   Indeciso, sufre, ¿puede quedarse con todos?

……

   No escucha, tan sólo sonríe y gimotea con total entrega cuando el güevo del marine sale y entra de su culo mojado y caliente, el cual lo atrapa como si tuviera un millón de ventosas, todas chupándole y halándole, provocándole roncos gruñidos de placer al macho que lo cabalga como  a la puta que seguramente parecía en esos momentos. Sonríe aún más y cierra los ojos echando la nuca hacia atrás sobre la grama, sometido al hombre entre sus piernas que le encula con fuerza. Pero él mismo, apoyándose en las manos del macho que le sostienen los tobillos, sube y baja su trasero redondo y musculoso, llevando y trayendo su agujero hambriento y travieso.

   Escucha risitas, palabras en inglés, gruñidos del marine que le machetea el chiquito, pero nada le importa. Su culo tenía lo que quería, verga. Vergas. Esa pepa que siente deslizarse, ser golpeada, salir disparada chocando de todas partes como si de la bolita de un viejo juego de pinball se tratara, despertaba estallidos de intensa lujuria a cada paso. Dios, no quiere que eso termine nunca, desea vivir una eterna enculada, sentirse lleno, abierto.

   -¡So bicth! –escucha a alguien, seguramente Taylor, y ríe más. Si, es bien puta en esos momentos, no podía negárselo.

   Bajando la mano izquierda, Smith, apretando los dientes, eleva la otra y medio ladea al fornido joven, dándole todavía más rápido al ávido culo, azotándole con sus rojizas bolas de pelambre clara. Le gustaba eso, coger, usar el tolete, enterrarlo en una boca, una vagina o un culo, y gozar. Y ese carajito acuerpado sí que le estaba dando placer.

   Pero, para ser totalmente honestos, era posible que su placer no llegara ni a la mitad del que experimentaba Jacinto, totalmente entregado, en esos momentos, a la idea de servir de receptáculo a los toletes de esos marines, a recibir sus leches calientes y espesas. Estaba más allá de eso, de toda consideración sobre su heterosexualidad ligeramente comprometida en esos instantes, y no por el licor, que se siente algo borracho, sino por el placer intenso que sus entrañas estaban brindándole. Por esa pepa que… Lanza una risilla mientras la siente, esa verga algo curva, entrando y saliendo, golpeándole duro, la cabeza como refregándole las paredes del recto, haciéndole arder literalmente. Tan hondo, tan pulsante y caliente, cada vena quemándole… Mientras otros dos hombres les miran. Saber que le observan mientras es sodomizado, mientras se estremece y chilla de placer al ser cogido, le pone más cachondo. Más puto, tanto que eleva una mano y cierra los dedos sobre su pezón izquierdo, lanzado un nuevo grito cuando se pellizca, recorrido por una profunda ola de placer, aunque menos intensa a cuando se toca la verga sobre la tanguita. El sólo roce de sus propios dedos casi le hacen temer que volverá a correrse.

   -No, no jugar con cosita. –oye una voz profunda, cargada de excitación, y una mano atrapando la suya, apartándola de su tolete.- Correr sin tocar. –le indica White, mirándole, sonriéndole al ponerse de pie, abriéndose la correa y el pantalón, bajándolo, dejando al descubierto unos muslos negros de impresionante grosor y firmeza, la verga se ve como un arpón fuera del bóxer verde. Que también baja. Y Jacinto tiembla de lujuria e indecisión cuando el hombre coloca las piernas a los lados de su cuerpo y se inclina, entre las risas de sus compañeros, acercándole el enorme trasero a la cara, cuyas nalgas se separan y un oscuro agujero, velludo, queda justo sobre su rostro.- Jugar con esto, bicth. –le ordena.

   Tal vez fue porque en ese momento Smith, riendo aún, redobló sus enculadas, pero como fuera, Jacinto nadó en un mar de testosteronas, o estrógeno, a estas alturas ya no se sabía, y despegó la nuca de la grama, labios abiertos, y enterró la cara entre esas nalgotas abiertas que cubrían toda viste frente a sus ojos. Y gimió cuando los labios rozaron la carne caliente, sudada, almizclada. Estremeciéndose, White cerró los ojos, rodillas en la grama, bajando más, sentándosele en la cara al chico cuya lengua sale disparada hacia su agujero y lo lame y azota.

   Nada más cerrar los labios sobre ese culo, una nueva llamarada estalló en Jacinto, notando algo que… en algún momento tendría que pensar en ello. Sus manos claras contrastaban con esas nalgas al aferrarlas, mientras comía del agujero. ¿Qué notó?, que su lengua pareció necesitar agitarse, lamer y meterse al mismo ritmo que Smith le cepillaba el culo. Lo que le ocurría allí, le parecía y no por primera vez, que despertaba una reacción similar en otras partes de su anatomía.

   Cualquiera que se acercara en esos momentos (y se acercaban), habría escuchado los gruñidos decididamente masculinos, hombres que estaban follándose algo rico; habrían notado gemidos, también masculinos, pero diferentes, ahogados por algo, de tono inequívocamente putón, los del hombre que estaba gozando ser el objeto de deseos de otros. Y al doblar la esquina habría visto el insólito cuadro de belleza y lujuria. Un chico musculosos echado de espaldas sobre la grama, abultando una diminuta tanga, sus fornidas piernas alzadas, su culo siendo macheteado por un largo, grueso y blanco güevo, su cara oculta entre las nalgas de un sujeto grande y negro, en donde parecía chupar y succionar. Con otro tipo, más joven, de pie, mirándoles, riendo como ratica, acariciándose un duro tolete rojizo. Todos con pintas de marines norteamericanos.

   Smith, cogiéndole sin parar, le da embestidas largas y duras, casi le saca la verga hasta el glande, para, luego, enterrársela toda, de golpe, estremeciéndole sobre la grama.

   -Ahhh… -grita el hombre, muy rojo de cara, echándolo hacia atrás, cerrando los ojos, metiéndole la barra hasta los pelos al forzudo joven.- ¡Tomar mi leche, bicth! –le ruge.

   -Yeah, yeah, tocar a mí. –ruge White, sentado sobre la cara del muchacho, ojos brillantes de lujuria, la gruesa tranca botando un mar de líquidos que mojan el pecho de Jacinto. En esos menesteres siempre era el último. Su verga… abría demasiado.

CONTINÚA … 81

Julio César.

NOTA: Lo siento, K, debí quitar algunos modismos que usaste, los fonéticos, el corrector no me dejaba en paz.

EL CAMBIO… 5

septiembre 10, 2017

EL CAMBIO                         … 4

   Basado en una idea que no es mía. Es una adaptación. No digo más, no contacto aún al autor.

   Buen material para trabajar…

……

   Jeffrey, por su parte, flexionándose entre jadeos y sonrisas, ni repara en el otro mientras levanta y expone su culo, frente a otro sujeto, algo que jamás habría considerado en su vida. Podía compartir duchas con muchos carajos, después de todo era un marine, formaba parte de un cuerpo de hombres, pero jamás de aquella manera. Sube y baja, sintiéndose cada vez un poquito mejor, su piel más caliente y sensible, aún al roce de su abdomen al doblar; su piel al ir y venir, como si el aire le cargara de electricidad, también. Aunque aleja el pensamiento como un detallito molesto, siente zonas como sus pezones, verga y glúteos, especialmente sensibles.

   -Ahhh… -jadea deteniéndose, llevando una mano a su abdomen plano, ligeramente marcado.

   -¿Si? –se vuelve al escuchar la pregunta, como sorprendido de encontrar al médico. Continuaba olvidando que estaba ahí mientras él seguía desnudo.

   -Sentí un espasmo. ¡Hey! –la sensación, un poco más fuerte, recorre todo su cuerpo, desde las plantas de los pies hasta los pedacitos detrás de sus orejas; una especie de espasmo muscular involuntario, como cuando se conectan esos parches con electricidad para dar masajes a zonas especificas, pero estas son a nivel de todo su cuerpo. Mira a O’Donnell, el cual sonríe.

   -Es parte del estudio, la droga trabaja a nivel celular. Primero sobre sus músculos, estimulándolos a endurecer, crecer, luego sobre los huesos, fortificándolos. Pasará pronto.

   Es cierto, reconoce el joven, todavía masajeándose el abdomen. Ha pasado y vuelve a sentirse muy bien. Mejor que eso. Su respiración se ha regularizado, los latidos de su corazón también. Todo el agotamiento sentido un segundo antes, ha desaparecido.

   -Esas sensaciones se reptarán con cierta regularidad, soldado. Tome esto. –sin pedir permiso, el médico va hasta el closet y saca un bóxer verde, algo corto, que Jeffrey recibió como regalo, algo pícaro, de su pía novia en Idaho. Eso le avergüenza.

   -¿Sólo usaré eso?

   -Y es mucho. Ya lo verá. –le sonríe el hombre, con el bóxer sostenido en un dedo, como un tipo procaz mostrándole a una chica que todavía tiene sus pantaletas en la mano.

   Rojo de cara, lo toma algo brusco, molestándole el brillo de burla en los ojos del otro. Entra en él y casi tiene que oprimir los labios para contener un jadeo, la sensación de la suave tela sobre su piel, en piernas, muslos y pelvis, es casi una caricia. Pero la prenda cubre poco, apenas un poco por debajo de las bolas, y la verga destaca obscenamente. Y lo peor es que el roce estimula de manera algo alarmante su piel, sus nalgas, testículos y tolete. Al menor movimiento siente… lo mismo que experimentó cuando ese sujeto le tocó el miembro para medírselo.

   -Le dejo para que metabolice, y ya viene el desayuno. –le sonríe alejándose, y Jeffrey casi teme, por la sonrisa y el tono, que canturree un “tatáaa”. Este se detiene ante la puerta, volviéndose a mirarle.- Le parecerá mucha comida, pero va a necesitarla. –informa, para luego mirarle la verga, la cual parece pulsar bajo la suave tela en respuesta.

   Horriblemente mortificado, cruzando los brazos sobre su torso, Jeffrey soporta la miradera hasta que sale. La puerta no se ha cerrado del todo cuando alguien vuelve a empujarla.

   -El desayuno. –informa un joven ordenanza, algo bajito, pero bien constituido, ojos verdes brillantes, cabello casi al rape, rubio, en traje de faena.

   Y Jeffrey quiere morirse de vergüenza, le cuesta actuar con normalidad cuando está prácticamente desnudo y presentando una erección escandalosa, encarando al otro, que parece contener una sonrisa divertida, carente de todo interés sexual.

   -Gracias. –toma la bandeja y se impresiona; si, era bastante. Era un desayuno abundante, como para dos personas, ¿realmente esperaban que comiera todo eso?

   Sentado a la mesa, consciente de su trasero contra la silla, del roce del bóxer contra sus genitales, lo intenta, come lo más que puede, pero es demasiado.

……

   El cuarto de monitoreo es largo y estrecho, algo umbrío. Fuera del doctor, y capitán, Larry O’Donnell, vigilando dos monitores que enfocan al marine desayunando, sólo hay otros dos técnicos, una mujer de apariencia fría y eficiente, y un joven cabo, que parece divertido por todo lo que ve. Es nuevo en la asignación. Todos se cuadran cuando el coronel Hessler entra. En el monitor ven a Jeffrey de pie, alejándose del ordenanza que se lleva la charola del desayuno.

   -Le avergüenza ser visto excitado. –informa O’Donnell, sin mirar al superior.

   -Se entiende. ¿Eso cambiará? –es lo que le interesa saber. El proyecto súper soldado ya lleva meses en ejecución, exitosamente, con varios los participantes; la introducción de Jeffrey McCall obedecía a otro interés. Algo que a algún genio se le ocurrió comprobar.

   -Oh, sí, ocurrirá. –O’Donnell se vuelve y le sonríe.- Los cambios en su personalidad, la inflamación de su ego se presentarán, ¿se llegará tan lejos como pretendemos, sobre lo sexual? Eso está por verse. –hay un breve silencio mientras intercambian una mirada.- Y sí, coronel; sí ocurre, esos cambios también serán permanentes. Cuando terminemos con él, ya no volverá a ser el mismo.

CONTINÚA … 6

Julio César.

BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 25

septiembre 10, 2017

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                         … 24

   Al amparo de la oscuridad…

   La cena transcurre amenamente, como atestiguan las risas, sorprendidas y realmente divertidas, de Raúl Lezama, Tristán, Andrea y Reyna, escuchando un cuento de Jairo. Sobre una excursión de este con unos amigos a unas playas, en un tiempo muy lluvioso, donde se emborracharon, vendieron el caucho de repuesto para comprar más aguardiente y de repente todos comenzaron a gritar que había mar de leva y había que huir de la zona.

   -Por supuesto, fue cuando uno de los cauchos nos echó la vaina. Justo cuando las olas se parecían a las que voltearon al Claridón. Tocó salir corriendo dejándolo todo atrás, incluso al chofer del carro, el idiota ese; y eso después de casi pillarnos los culos intentando empujarlo en la arena. –continuó, con aire pícaro. Como siempre, el asunto era algo escandaloso, una experiencia y una conducta casi deplorable; pero el joven resultaba realmente divertido cuando se lo proponía, como ahora, cuando recorre la amplia mesa con la mirada, notando que Clemente sonríe, sin comprometerse mucho, mueca que contrasta con las carcajadas del resto, así como las sonrisas que no llegan a los ojos de Elena y Mayra, quienes, como puestas de acuerdo, van trayendo platos de la cocina.

   La comilona consiste en abundantes carnes guisadas, pastas a la milanesa, yuca con guasacaca casera, todo oliendo a gloria, así como un consomé que hizo rugir las panzas de Jairo y Clemente en cuanto el olor les llegó. Eran chicos que se podría decir que estaba en franco crecimiento pero, que por la vida en la carretera, no siempre comían cuando debían. O cuanto deseaban. Así que el relato del procaz joven es recibido con tantas sonrisas como la cena.

   Todos ocuparon un lugar en la mesa, no hubo el casi tradicional (Clemente y Jairo lo temieron) “Gracias, Señor, por estos alimentos”. Las conversaciones continúan, y una mirada que Elena cruza con su hija, cuando finalmente se sienta con el resto, esta asintiendo un poco, le indica a la mujer que la joven ya habló con Clemente y partirán esa misma noche. Eso parece quitarle un gran peso de encima, haciéndola sonreír más abiertamente, algo que provoca un leve fruncir de ceño de su marido, testigo del cruce de mirada. Nadie había tenido la decencia de hablar con él y contarle algo. Cuestión que ocurría mucho en esa casa, pensaría este más tarde.

   A Clemente le había sorprendido un poco la petición ansiosa de Mayra de abandonar esa misma noche el pueblo, el tono de urgencia, pero no tanto como debería. No por todo lo que había escuchado desde su llegada, el por qué de tantos pesares de la joven, lo de su hermano, la culpa que sentía y lo del chico desaparecido esa mañana. Por ello (y el tal Víctor, no olvidemos al sujeto ese), había estado más que feliz de complacerla. Salir de ese pueblo y dejarlo todo atrás; comenzando por el ex novio de ¿su chica? Era algo que debía aclarar en cuento Río Grande quedara muy atrás. La idea de tal conversación, y la del ex novio, le provoca un cierre de garganta… que no dura mucho mientras devora con apetito de muchacho la suave y deliciosa carne guisada. Ah, sí tan sólo una de las chicas cocinara así… O que al menos cocinara…

   Si, Elena se siente mejor, tanto que sonríe más abiertamente cuando Raúl, su marido, mirando a Jairo y Andrea, habla de sus cualidades como gran cocinera. Lo hace con gusto, con una sonrisa… pero a la joven de anteojos le parece notar algo extraño en su tono y la ansiedad por cantar las cualidades de Elena. Parecía buscar que ella escuchara y estuviera contenta. Con él. Qué raro.

   -Cariño… -la mujer mira a Tristán, sentado este entre Mayra y la joven morena de pechos grandes, cercanía que tenía al adolecente algo distraído.- Necesito hablar contigo al terminar la cena.

   -Ay, mamá, voy a salir con Mos y el Gato… -el chico comienza la queja, mirando todavía con disimulo las tetas de Reyna, notando que tomó una ducha. Otra. Se estremece imaginándola enjabonándose sus partes, la mano entre sus piernas, perdiéndose en su sexo. ¿Habrá dejado secando sus pantaletas en el baño? Algunas chicas lo hacían, tal vez si entraba…

   -No, quiero que hablemos. –le sonríe, pero el tono es firme. Este alza la mirada al fin, retador.

   -¿No podemos hacerlo mañana? Ya quedé con mis amigos.

   -Discúlpate con ellos. –puntualiza, y la tensión va acrecentándose en la mesa.

   -Pero mamá… -grazna.

   Oh, mierda, pensó Jairo, tomando aire sin molestarse en disimular su enojo ante la escena. Porque estaba seguro de dos cosas, que aquello sería una escena desagradable como cuando su madre le reclamaba a su segundo marido por manchas de pintura de labio en sus camisas, sabiendo que al sujeto le encantaba irse de putas (así se habían conocido; contaba a veces, sonriendo de las carcajadas que lograba), y que todos alrededor de esa mesa pensaban más o menos lo mismo que expresó con su suspiro, pero eran demasiado idiotas para expresarlo.

   -Basta, Tristán, ya escuchaste a tu madre. –Raúl tercia, sin mirarles, tomando asado del plato. El joven palidece, furioso, conteniéndose a duras penas.

   -No entiendo por qué no podemos hablar mañana. Yo…

   Porque tu mami quiere que sea hoy, tontín, y tu padre es un cabrón que algo debe y lo paga dándole por su lado, se dice Jairo, sonriendo levemente ante el aire concentrado en sus platos que presentan sus amigos para disimular. Oprime los labios en mueca, y mientras pincha un pedazo de carne, que estaba muy buena, usando la mano izquierda, con la derecha, bajo el mantel de la mesa, toca a Andrea muy arriba en su muslo, provocándole un leve bote, ganándose una dura mirada de esta, que no dice nada, pero le pellizca feamente con las garras de gavilán que tiene por uñas. Eso le hace sonreír levemente, aunque dolió.

   -Debe tratarse de algo importante, ¿no lo has pensado? –Mayra le replica a su hermano, va perdiendo la paciencia. Este la mira con disgusto.

   -¿Y qué?, ¿ahora sabes lo que es mejor para otros y no lo que simplemente deseas para ti? Vaya que eres grande, ¿eh? –la ataca, directo a la yugular.

   -¡Tristán! –brama Elena, algo sorprendida, severa, controlándole un poco.

   Joder, chico, metiste la pata en grande, piensa Jairo, sacando la mano herida de debajo de la mesa, tomando el tenedor y continuando con su cena, mientras baja la izquierda, como si tal cosa, y atrapa el musculoso y firme muslo de Clemente, cerrando la palma contra la cara interna de este, muy arriba, casi rozándole el entrepiernas sobre la áspera tela jeans, y  comienza un leve manoseo de apretadas. Sonriendo al verlo pegar un bote más brusco que el de Andrea, mientras le lanza una furiosa mirada, dándole un manotón bajo la mesa. Luchan un poco y le hace sufrir no soltándole, aunque al final debe hacerlo. Eso le hace sonreír de manera torcida.

   Ese hijito de puta le debía una, algo que se había prometido a sí mismo una vez, en una fiesta que no recuerda muy bien, cuando el otro terminó bailando toda la noche con una chicuela que le gustaba, y de la cual no recuerda ni la cara, pero a la que había estado trabajando en esa reunión donde hubo mucho vino barato y porros a granel. Se prometió, mientras tomaba ron del malo como si fuera colita, que las manos del apuesto muchacho, un día, terminarían sobre su verga, acariciándosela, masturbándole. Y, quizás, si estaban sentados mientras se lo hacía, se la haría tragar. Y promesa era promesa, así hubiera estado volando por tanta marihuana en el momento de hacer tan solemne y sagrado juramento. Tal vez en ese viaje a ese apestoso culo del mundo…

   -Mamá… -Tristán baja la guardia y quiere rogar; vana ilusión, lo sabe. Así que calla y bulle de ira y frustración, sabe que nada conseguirá. Su madre quería decirle algo. O se lo inventaba porque temía que saliera cuando la mierdita del niño ese se había perdido. O porque no le gustaban sus amigos, como se lo había dado a entender un millón de veces, de mil maneras. Como fuera, no le dejará salir.

   -Disculpen el momento, y cenemos. –la mujer termina, mirándolos a todos, serena, pero firme.

   Perfecto, se dice el muchacho, casi trinando los dientes, controlándose a duras penas. A la menor oportunidad escaparía por la ventana de su cuarto. Otra vez. Mos seguramente tendría de esos cigarrillos mentolados que tanto le gustaban, y el Gato alguna revistica nueva de chicas ligeras de ropas. Y hasta era posible que llevaran la vieja moto y le permitieran usarla. No iba a perderse todo eso por las tonterías de su madre. Que continuara creyendo que le había ganado, si eso quería creer. La resolución le hace trinchar con rabia la comida.

   Por un segundo el silencio es pesado, tan ensimismados están todos en lo que piensan, que las luces del auto que se acerca, que ilumina contra los ventanales del comedor, les llega a todos. Y todos alzan la mirada al escuchar el motor acercándose. Tristán, precisamente, sentado de espalda a la pared y el ventanal, se vuelve y mira por un resquicio de las cortinas.

   -Es la patrulla del jefe Zabala. –anuncia, algo curioso, como la mayoría de los presentes a la mesa, excepto Mayra, Raúl y Elena, que se tensan automáticamente, casi con disgusto ante la mención del apellido. A tres de los cuatro Lezama no parecía agradarles la noticia.

   -¿Qué pasará? –se agita Mayra, viendo a su madre.- ¿Será algo sobre el niño?

   -Ni idea. Iré a… -Elena se ve confusa, evitando mirar a su marido en todo momento.

   -No, Iré yo a ver qué quiere ese sujeto en mi casa. –gruñe, hosco y agresivo, Raúl, arrojando una servilleta a la mesa, sus ojos, tormentosos, cruzándose con los de su mujer, que parpadea.

   -Raúl… -grazna ella, poniéndose también de pie. Dispuesta a seguirle.

   El hombre la mira pareciendo dolido por un segundo, como si esperara que ella dejara todo en sus manos. O que no quisiera salir a ver a ese tipo. Elena no es tan despistada como para no intuirlo, a pesar de su desasócielo, pero la conciencia (comprometida), no la deja ceder; aunque entendiera que era mejor no aparecer entre los dos hombres. La mirada entre marido y mujer parece durar toda una vida, aunque sabe muy bien que no es así, tan sólo se lo parece porque… ¿Qué sabía Raúl? ¿Sospechaba que ella y…? ¿O lo sabía de cierto? Algunas veces había notado una expresión herida, furiosa en sus ojos, cuando se volvía y le sorprendía mirándola, en silencio, gesto que cambiaba rápidamente. Pero nunca le ha dicho algo, no le ha preguntada nada.

   -¿Es “ese” Zabala? –se interesa Reyna, mirando a su amiga.

   -El mismo. Ese hombre es detestable. –Mayra responde, sin mirarla, tensándose aún más al notar cierta vibración extraña entre sus padres. Una que no había notado allí antes, ni siquiera cuando su madre, por alguna razón, hizo responsable a su padre por lo de Leonardo. Por injusto que fuera. Una tensión que si estaba presente ahora, ante la mención del jefe Zabala…

   Mientras Elena y Raúl salen, y Tristán regresa su atención a la mesa, todos guardan silencio. Mayra, enderezando los hombros y les sonríe. Tensa.

   -¿Alguien quiere algo más?

   -Yo sí. –replica Jairo, bajando la mano otra vez, atrapando nuevamente el firme muslo de Clemente, el cual pega otro bote y le empuja, mirándole enfurruñado.

   Ríe de lo más divertido, siendo mirado extrañados por el resto, menos por Andrea que sonríe imaginando lo que hizo, Dios, ¡estaba tan loco ese idiota!

   Oh, sí, no pasaría mucho antes de que su bonito “amigo” tuviera su miembro en las manos, haciéndole una buena paja, se decía el otro, atragantándose de yuca.

……

   -Raúl… -Elena intenta tender algún puente, siguiendo a su marido que camina con grandes y firmes zancadas hacia la puerta de la calle, rostro pétreo, deteniéndose con la mano en el picaporte, volviéndose y fijándola con la vista.

   -¿Si, querida? ¿Algo que quieras decirme o preguntarme? –inquiere lentamente, mirándola con intensidad, como retándola a decir algo más. Pero ella no puede, en verdad que no, aunque muchas cosas le suben del estómago, como deseando salir de una vez.

   -No, nada. Es que… pareces alterado y…

   -Zabala está en mi casa. Creo que tengo derecho a alterarme, ¿no? Es el jefe policial, después de todo, su presencia aquí podría ser para dar una mala noticia sobre algo. –casi le sonríe entre dientes.- Me pregunto qué le traerá aquí, exactamente. –abre la puerta, las luces de los faros los iluminan mientras salen al porche. Entrecierran los ojos.- Parece venir acompañado.

   -Creo que hay un niño con él. –susurra Elena, abrazándose el pecho, recorrida de repente por un fuerte escalofrío.- Me pregunto sí será el niño extraviado anoche. Ojalá sea él.

   -Debe serlo, ¿no? Aunque, ¿para qué lo traería aquí? –se intriga Raúl. Bien, ya lo sabrían, se dice viendo como la portezuela del conductor se abre. Dios, ¡cómo odiaba a ese sujeto!

CONTINÚA … 26

Julio César.

RINDIENDOSE

septiembre 9, 2017

MUCHACHO OCIOSO

   Suspirando exasperado, el coach se retira sin reñirles. Sabe que después de un juego difícil llegan esas tensiones… junto al sudor y los ricos olores…

LA POCA ATENCION EN CLASES

Julio César.

EL CAMBIO… 4

septiembre 9, 2017

EL CAMBIO                         … 3

   Buen material para trabajar…

……

   -Bien, bien… -la voz complacida del médico (y marica), le saca de aquella ensoñación, enrojeciendo de pies a cabeza, de vergüenza.- Voy a… -va a tocársela. ¡El marica iba a tocarle la verga justo cuando la tenía tan dura y caliente!, no lo piensa, automáticamente le da un manotón, alejándole.- Hey, quieto, eso que le pasa es por la droga. No es que le suceda algo… raro. -le mira con un sonrisa, rodando los ojos.- Ni por un segundo he pensado que sea por mí. –se burla.- Y lo cierto es que necesito medirla ahora.

   Sí, claro, gruñe para sí Jeffrey, muy tenso sentado en la cama, sintiendo un hormigueo en las nalgas, donde su piel hace contacto con las sábanas. Y aunque la tiene dura, y pulsante, caliente como no recordaba otra vez, se incomoda cuando el capitán de la naval, médico y marica, se inclina entre sus piernas (tensando los músculos contra el mono y la camiseta), mirándole con cierta burla al agarrarle las rodillas y separárselas más, tomando la cinta métrica y clavando los ojos en su verga. El joven quiere pegar un bote cuando nota, antes del roce, el calor de las manos acercársele, el cosquilleo de los dedos cuando atrapan, ¡sin guantes!, el glande de su tranca, enderezándola, verticalizándola, ¿sobándole un poco? No lo sabe, pero no le extrañaría. Le ve manipular la cinta, fijar la punta a su glande y bajar, lentamente, tanteando como para asegurarse que la recorre toda, y mide entre sus bolas. Le parece que se tarda todo el tiempo del mundo.

   -Bien, bien… -repite complacido, tomándose demasiado tiempo para soltarle, piensa otra vez el mortificado muchacho.

   Mortificado porque el roce había sido del agrado de su verga, a la cual no pareció importarle, en esos momentos mientras era tocada y manipulada, que las manos fueran de un nombre. Se había sentido… sucio, malo, caliente. Y esas ideas le irritan. Siente alivio (¿y algo de pesar?, no, ¡no!), cuando el otro se pone de pie, libreta en manos y anotando algo. Lejos de su tranca.

   -Dígame, soldado, ¿qué siente?

   -Yo… yo… -furia, eso sentía. Y vergüenza. O’Donnell le mira con frialdad ahora.

   -Me refiero a su cuerpo, en general. Ya le dije que las drogas eran estimulantes, diseñadas para… provocar cambios en su cuerpo. Y no hablo de calenturas sexuales, ni de erecciones locas o ganas de masturbarse, créame; los cambios serán físicos. Fuerza y resistencia. Vigor.

   -Bien, siento calor por todo el cuerpo, la piel… -calla, enrojeciendo más, ese calorcito sabroso pareció aumentar, y sus tetillas picaron, así como su verga latió.- Me siento algo… -sonríe con una mueca.- …Como… mareado. Como si hubiera tomado una cerveza. Pero bien.

   -Okay, todo va como debe. –escucha el otro, y anota con rapidez.- ¿Alguna otra cosa?

   Sí, que le arden las tetillas y quiere pellizcárselas, también que su tolete necesitaba atención, y las nalgas le escocían, como cuando una parte del cuerpo pedía le pasaran las uñas suavemente, produciéndole esa placentera sensación de calma en el escozor. Pero era demasiado. Y tal vez el otro ya lo sabía.

   -Siento el cuerpo algo agarrotado. Necesito… estirarlo.

   -Bien, hágalo. –el otro anota y responde al mismo tiempo.

   Claro, ya iba a hacerlo, desnudo, con él ahí, piensa mortificado el chico; pero esa sensación de hormigueo aumenta y tiene que saltar de la cama. Al no hacer contacto su piel con la sábana, siente algo de alivio. Y entiende que era cierto lo que el maricón decía, de estar usando ropas, tal vez ya se las habría arrancado. Eleva los brazos y se alza sobre los dedos de los pies, con el tolete bamboleándose como una lanza de carne rojiza. Y hacerlo, estirarse, fue grato. Se arroja al piso, con técnica, cayendo sobre las manos, y comienza a hacer flexiones. Una, dos, cinco, diez lagartijas. Y mientras más realiza, veinte, treinta, mejor se siente, aunque el cuerpo le arde más. Su respiración se espesa al llegar a las sesenta, transpira, y todavía se siente muy bien, aunque el corazón le late con fuerza al llegar a las ochenta en tan corto tiempo.

   -Pronto no te parecerá ni esfuerzo. –oye y recuerda de repente al tipo, congelándose, viéndole desde el piso, notando la mirada untuosa del médico sobre su espalda. Y sus nalgas tensas.

   Se levanta, respirando agitadamente, más rojo de cachetes, muy consciente de que sigue desnudo, ahora algo brillante de sudor, su pecho subiendo y bajando.

   -¿Puedo vestirme, señor?

   -Pronto. –responde este, mirándole, como si supiera que se contiene porque está ahí.- Y pronto dejará de sentir ese tonto pudor, soldado. –le informa, algo fastidiado.- Se sentirá orgulloso de su cuerpo, otros lo notarán. Sus enemigos lo harán en combate. Dígame, ¿no siente unas ganas locas de continuar ejercitándose, sentir la tensión y la presión de la rutina, el goce de saber que supera alguna marca personal, y sigue y sigue? -le pregunta, mirándole con ojos entrecerrados. Y si, quiere, el muchacho quiere en verdad.- Por Dios, déjeme ayudarle a decidirse. –le dice soltando la libreta, tomándole de un hombro, la mano es firme, se nota que tiene fuerza, y le empuja halándole hacia adelante, obligándole a flexionarse de cintura.

   De manera natural, Jeffrey extiende los brazos y se toca con la punta de los dedos de las manos los dedos de los pies. Sintiéndose bien, comenzando a subir y bajar, una y otra vez, notando la sangre corriendo en sus venas de manera estimulante. Sus nalgas se abren mostrando la rojiza raja cubierta con una pelusa brillante color oro, y su culo cerrado, queda expuesto.

   La brillante y codiciosa mirada de O’Donnell cae sobre ese capullo cerrado y virginal.

CONTINÚA … 5

Julio César.

VYF EN DERTIG

septiembre 9, 2017

DERTIGSTE

   -Estoy aburrido, pana; creo que te sacaste el premio grande.

   Altivo trasero que reta a los machos a que se les queden quietos.

   -¿Qué te enseñe más, muchacho? Ya veo. Bueno, vamos para el baño.

   No, no era pedir mucho cuando espera cariño de sus amigos.

SEWE EN TWINTIGSTE

Julio César.

NOTA. ¿No es afortunado quien tiene un amigo o conocido que las usa como el último chico y siempre espera visita especialmente una noche del viernes cuando no hay otro plan presente?

SHADEN FROID CON LA VINOTINTO

septiembre 9, 2017

…DESENTONA EL FINAL DE LA COPA

   ¿La verdad?, hace reír…

   He visto los dos últimos juegos de la Vinotinto, su encuentro contra Colombia y luego con Argentina, en diferido, como suelo hacerlo por la firme creencia personal, aunque otros también me han culpado, de empavarlos cuando los veo jugar en vivo. Nunca ganan cuando los sintonizo… Maldición que, a veces, también alcanza al Real Madrid. Ronaldo no se luce si lo estoy viendo esperando que haga algo. Disfruté ambos encuentros, hablo de la Vinotinto, especialmente sabiendo que no perderíamos, pero dentro de ciertos límites. Venezuela ya no va para el baile en Rusia, el año que viene. Es otro Mundial que miraremos lejos de la cancha, con tristes caras de añoranzas, las manos en la tela metálica puesta para que no nos acerquemos mucho. Por ello no comprendía la alegría de unos amigos que reían con franca felicidad. Entiendo a los narradores deportivos, viven del deporte y debe ser bonito, de vez en cuando, hablar del buen juego de nuestra selección, ¿pero y el resto? ¿Y por empates, por muy bien que se halla jugado?

   Pues, me parece que mucha gente ha caído en lo que Lisa Simpson explicó una vez a su padre, Homero, cuando este disfrutaba de la mala racha del negocio de Ned Flanders, gozando al verle caer al menos una vez. A eso, Lisa lo llamó shaden froid, palabra alemana para alegría malsana. ¿Saben qué me respondieron amigos sobre el por qué de la dicha por esos resultados?, que está bien, ya no tenemos vida, pero que hundiremos a otros con nosotros. La explicación me hizo reír, lo confieso. Y, aclaro, no debe tomarse como un odio idiota a otras naciones, esa necedad en la que en seguida se cae cuando se hacen comentarios al respecto. Lo cierto es que pocos países se alegran de verdad cuando a la selección nacional de otros, les va bien; a expensas de la suya, o no. A Chile, que ha mostrado un gran juego en los últimos años, ya se les detesta por esto, porque son buenos, porque van dejando a otros atrás, porque incluso amenazan y desplazan a los consagrados, léase Brasil y Argentina. Así estamos, la gente se ríe porque complicábamos la vida de Colombia (no tanto), y de Argentina (mucho más).

   Y viéndolo así, si, es gracioso. Con Colombia la sorpresa no debió ser tanta, los neogranadinos siempre se tropiezan con nosotros, no son encuentros de su gusto; pero allí siguen, aferrándose bien al tercer lugar de la clasificación, aunque Perú no anda tan lejos (y hay una fiebre con ellos, personalmente me alegra, el Perú es una tierra amiga de Venezuela, de siempre), y la Argentina les ronca en la puerta.

   Argentina, tal vez había sacado cuentas más alegres que Colombia, por los resultados tradicionales, y sin embargo, debieron luchar por el empate. Porque la diosa azar hasta en eso fue cruel. Tal vez una derrota hubiera decretado algo malo, impensable (y ojalá no ocurra), ¿un Mundial de Futbol sin Argentina? No puedo ni imaginármelo. Ni quiero. Pero con el empate, con ese punto, siguen sufriendo con las posibilidades matemáticas, enfrentando la picota de la crítica. Y miren que los han asediado y criticado. Pobre Messi.

   Por cierto, que los tropezones, feos, de Chile (dos derrotas a cero, saber que, por ahora, están eliminados), tienen a muchos contentos. Y no sólo en Venezuela. Igual pasa con Uruguay. ¿Cómo le irá a Costa Rica? ¿Y a México?

Julio César.

EL CAMBIO… 3

septiembre 7, 2017

EL CAMBIO                         … 2

   Buen material para trabajar…

……

   ¿Qué carajo hacía eso allí, entre sus cosas? Rojo de indignación oprime los labios, al tiempo que la mano sobre la suave y breve tela, enrollándola en el puño y arrojándola al cesto de la basura. La respiración se le dificulta por la rabia. Seguramente ese hijo de puta la había dejado allí para burlarse a su costa, para ver su cara en cuanto la encontrara y reír con los otros del otro lado del espejo. O tal vez para ver si llegaba a usarla. ¡Cómo si fuera a ocurrir!

   Como sea, en shorts reglamentarios y camiseta, sale del cuarto de baño. Furioso. El molesto momento llena inicialmente su mente, sobre aquella cama de colchón firme donde se arroja; luego le da por cavilar sobre su predicamento, el presentarse de “voluntario” en un estudio del que desconoce todo. Y al que, en circunstancias normales, no se habría presentado sin estar bien informado. Preguntándose qué le aguarda, cuales serían aquellos cambios, va adormilándose.

   Curiosamente despierta algo extraviado pero descansado, cuando una alarma le indica que son las seis de la mañana. ¡Durmió toda la noche de corrido! Y pareció sentarle bien. Ignorando qué le deparaba el día, corrió al cuarto de baño para encargarse de sus asuntos y estar listo para el capitán O’Donnell, cambiándose por un mono de faena y otra camiseta, una verde oliva.

   -Buenos días, buenos días. –la puerta se abre y penetra el otro hombre, todo sonreído, sin la bata médica, llevando un mono parecido al suyo y una camiseta igual, mostrando un cuerpo musculoso, bien definido, de buenos hombros, bíceps y pectorales (un maricón total, se dice Jeffrey), marcándose al llevar una charola rectangular en las manos, donde carga con varias cosas.

   -Buenos días, capitán. –se cuadra, el otro corresponde displicente al saludo. Jeffrey quiere preguntarle por la pieza en el baño, pero sus ojos están sobre la charola. Hay tres vasitos cortos de plástico, con algunas capsulas de buen tamaño. Un potecito de agua. Una libreta de anotaciones. Una cinta métrica. Y una jeringa con un líquido claro, que no imagina sea agua salina.- ¿Es…?

   -Si, vamos a comenzar con la medicación, antes del desayuno y la hora de los ejercicios. –el otro irradia vitalidad y sonrisas, como si no pudiera contenerse.- Tome primero estas, son vitaminas… -indica uno de los vasos. Dudando lo toma, pero traga y bebe agua.- Estas son complementos energéticos, dirigidos a la masa muscular. –señala otro, donde las capsulas son de dos colores. Las toma, costándole tragar.- Y estas. –indica las últimas, y no informa sobre lo que pueden ser.

   -Son amargas. –farfulla, el otro ríe, de manera algo… tonta, le parece.

   -La próxima vez las mejoraremos con sabor a naranja. ¿O mejor mantecado? –y parece cavilarlo en serio. A Jeffrey le disgusta más y más, ¿sería realmente un científico?

   -Oiga, capitán, ¿cuánto tiempo durará este… estudio? –no quiso decir experimento.

   -Dos meses, aproximadamente. –y sonríe un poco más cuando le ve tensarse.- Debe quedarse para que monitoreemos los resultados, como comprenderá. Pero tranquilo, el tiempo pasará volando, ya verá, marine. –y suelta una risita.

   -¿Qué resultados esperan obtener, en concreto?

   -Oh, ya lo verá. –responde con un mohín, dándole a entender que será una grata sorpresa.

   -Si usted lo dice… -qué sujeto tan extraño, piensa, ceñudo.

   -Bien, quítese la ropa. Toda. –le indica, con cierta retintín en el tono.

   -¡¿Qué?! ¡De ninguna manera! –ruge, rojo como tomate.

   -Es parte del estudio. –O’Donnell parpadea confuso.- ¿Le avergüenza desnudarse frente a otros hombres? ¿Acaso no ha vivido en las barracas y compartido las duchas con tropas desplegadas?

   -Sí, pero… -no encuentra qué decir. ¿Qué le incomoda porque le sabe maricón? ¿Qué duda aquello sea parte del estudio y se está aprovechando?

   -Firmó un consentimiento, pero sí quiere dejar el estudio y regresar a su predicamento legal…

   -No, no, yo… -hirviendo de rabia se quita la camiseta, reparando en la mirada evaluadora del otro sobre sus hombros y pectorales esbeltos. Nada parecido a lo que él mismo, aparentemente, guardaba bajo su camiseta. Mirando hacia los espejos y una cámara en una esquina de la habitación, duda cuando se despoja de las botas, el pantalón y el largo bóxer verde.

   Terriblemente avergonzado debe luchar para no retroceder cuando el otro, dejando la charola en la mesa, le toca el cuello, palpándole, igual en las axilas. Le mide los bíceps, el torso, incluso (la cara le arde literalmente y debe contenerse para no alejarlo) la circunferencia de sus caderas, cerrando la cinta métrica tras sus nalgas, las cuales roza. Y la verga, se la mide, aunque esta parece más chica que nunca.

   -Suba a la cama, sentado. –le ordena, terminando algunas anotaciones en la libreta.- Flexione el brazo derecho. –le indica, tomando la pequeña jeringa. Y Jeffrey tiembla al obedecerle, notando como se le abulta una vena, la cual es tocada por un algodón con alcohol, y recibe luego la aguja, sin dolor, a decir verdad.- Relaje el brazo. –y le inyecta aquello. Indoloramente, ¡gracias al Señor!

   -¿Sentiré… algo?

   -Tal vez un poco de calor. La droga es experimental, es verdad, pero sus efectos ya los hemos estudiado y monitoreado. Sus células óseas y musculares serán más receptivas a los cambios que su cuerpo sufrirá. Será… incómodo, tal vez. Por ello debes estar desnudo.

   -¿Debo quedarme desnudo? –se alarma, y más por la sonrisa del otro, algo untuosa.

   -Tranquilo, le sienta muy bien la desnudez, soldado. –el tono baja un poco, al tiempo que con un dedo alza sus chapas identificadoras, un gesto demasiado íntimo.

   Jeffrey va a replicar algo, algo feo, lo sabe, algo que tal vez dañe toda esa oportunidad de escapar de sus líos judiciales, cuando una sensación cálida parece irradiar desde su corazón, llenando cada vena, cada vaso y arteria, su piel erizándose de cálidas sensaciones. Dios, sus tetillas estaban endureciendo. Y su verga, mirada por ese sujeto, se erectaba más y más, alzándose entre sus piernas como una gloriosa lanza de carne de dieciocho centímetros. Carne que necesitaba…

CONTINÚA … 4

Julio César.

USOS

septiembre 7, 2017

AL CALOR DEL MOMENTO

   Después de sudarlo duro en las prácticas, con el ajustado pantalón sin llevar ropa interior, sabía que su coach le daría la atención que merecía por su esfuerzo. De alguna manera ese tipo negro de cara ancha lograba meterla entre sus nalgas y recogía con la lengua cada salada gota… Lo mejor de la jornada.

   Sabe que esos muchachos no olvidarían su último año en el campus, donde comparte las duchas y vestuarios con ellos, dejando su suspensorio por ahí botado, todo sudado, algo manchado de jugos, sabiendo que se lo pelearían, ya sin disimulos, para olerlo y morderlo. No los culpa, él recorre el lugar cada tarde, tomando todos y cada uno y olfateándolos, para ver cuál huele más a puto… Cosa con la que no resuelve nada, todos parecían querer montársele, incluso haciendo trampas saltando sus turnos.

   Cuando llegó a esa prisión de negros, con su fama de supremacista blanco, le gritaron que no se preocupara por el mono o el uniforme, que únicamente vestiría el traje de las zorras; no lo entendió hasta ahora, cuando jadeante, sonriendo íntimamente satisfecho, ve acercarse al enorme guardia, otro negro grande, quien le pregunta a cuántos hermanos ha atendido ya. “A muchos”, respondió con cierta vergüenza, mejillas rojas, “pero puedo con uno más”. El guardia rió, acercándose por su parte; sabía cómo terminaban siempre, en prisión, los chicos blancos.

ESTRATEGIAS COMPROBADAS

Julio César.

RECLAMO EN LA PLAYA… 5

septiembre 7, 2017

RECLAMO EN LA PLAYA                         … 4

De EdwJc

   Va a decirle que no, pero el brillo en esos ojos le indica que lo espera, para atizarle otro tortazo. Para que comprenda lo que tiene que hacer. Siente rabia y frustración, eso le lleva a meter la mano y bajar la parte delantera del bañador, dejando al descubierto ese tolete rojizo cobrizo, largo y grueso, la cabeza cubierta con la capucha de piel. Erecto. Levantándose de una maraña de ásperos pelos negros, dos bolas, algo velludas, cuelgan pesadamente. Y no era que eso le gustara, no, por Dios, pero Felipe no puede apartar la mirada de la pieza.

   -Lo sientes, ¿verdad? La fascinación ante una expuesta, dura y caliente. –le dice el hombre, haciéndole parpadear. Sus miradas se encuentran otra vez y el otro ríe.- No te contengas, maricón, tócala, sóbala. Prepárala para ti.

   -No me gusta… -grazna bajito, sintiéndose extrañamente más indefenso frente a ese tipo altivo y enérgico que le anulaba de alguna manera. No conocía de sí eso que el otro si supo ver, su vena sumisa. En el orden natural de la vida, tal vez se habría encontrado con una chica mandona, controladora y gritona, y habría sido lo que llaman un marido oprimido. Pero se topó antes con el señor Cortez…

   -¡Tócalo! –brama, oprimiendo pulgar e índice sobre el cuello del joven, casi como controlara una marioneta.- Si pasamos mucho tiempo aquí, alguien podría preguntarse qué hacemos y venir a ver… Y no puedes parecer más marica de lo que pareces en estos momentos, chico.

   Temblando, por muchas razones, el joven parpadea y vuelve a cerrar la mano sobre la barra masculina, ese güevo ajeno. La palma le pica, esa suave piel arde, las venas parecen llenas de lava. Pulsa y se sentía extraño, reconoce, mientras lleva y trae su puño, masturbándole de manera automática, sintiendo algo de alivio cuando le oye jadear bajito, viéndole entornar la mirada. Aparentemente la gustaba que le hiciera eso. Tal vez que cualquier hombre se lo sobara. Y no era extraño, una paja era buena, una chica tocándotela en momentos de sexo, igual. Tal vez el que fuera otro hombre quien te lo hacía, por lo extraño de la acción, era lo que lo hacía especial, se dice confuso, él, que nunca imaginó que haría eso. Aunque ahora lo hace. No puede apartar la mirada de ese tolete mientras lo aprieta y soba, fascinado ante el glande que se descubre cuando parece crecer aún más.

   -Si, así; lo haces tan bien. A los hombres nos gusta cuando los putitos como tú se toman libertades. –le gruñe el tipo, bañándole la mejilla con su aliento.- Como en una reunión, sentados a una mesa en medios de otros, metiendo la mano bajo la mesa y tocándonos, prometiéndonos con sus miradas de maricas que nos lo chuparan, de cabo a rabo, entre ronroneos de maricones, para luego ordeñárnoslos con sus culos viciosos. –le indica, sonriendo cruel al verle enrojecer y palidecer.- Lo haces muy bien, maricón; parece que todos ustedes nacen sabiendo cómo tratar una buena verga. Tócame las bolas; si, así; rastríllalas con tus dedos, dales apretoncitos. Son las fábricas de toda esa crema que tanto les gusta beber a ustedes, los maricas… -machaca una y otra vez.

   Felipe se estremece nuevamente, de repulsa por sus palabras, pero al mismo tiempo… había algo de excitante en las imágenes que conjuraba. Él no se molestaría si lo manosearan, o se lo mamarán bajo una mesa secretamente, en medio de una reunión, y era cierto. ¿Pero hacerlo él? Eso si le alteraba. Dios, ¡tan sólo quería salir de ahí!, se agita, masturbando la gruesa barra viril que comienza a botar unas gotitas de humedad por el ojete, espesas, de fuerte olor masculino. Fascinado por ese detalle, llevando su puño hacia la pelvis del sujeto, subiéndolo, ve el ojete abrirse y babear; aquello le parecía… ¿divertido?, no lo sabe. Se sobresalta cuando la mano libre del tipo regresa a su rostro, recorriéndoselo con suavidad, mientras le sonreía burlón, enmarcándole los labios, las yemas recorriendo sus mejillas jóvenes levemente velludas, bajando por su cuello. Al paso de esos dedos, el joven se tensa, y estremece, ¿de repulsa?, ¿una reacción física a la estimulación?, no lo sabe, pero lo que sí tiene claro es que el señor Cortez si notó su temblor.

   -¿Sabes qué es lo que más odio en esta vida, pequeño? –llega el tono condescendiente.- A un maricón tonto que se engaña pensando que no lo es, saliendo con chicas; o masturbándose solo en su cama, soñando con machos, sintiéndose culpable por hacerlo. Me parece tan triste que se engañen así, que sean tan egoístas jugueteando solitariamente con sus cositas de chicas cuando podrían estar satisfaciendo a los hombres… -nuevamente acerca su rostro y casi le habla sobre los labios, los dedos recorriendo sus pectorales, frotando las tetillas duras.- No, eso está mal. Un mariconcito bonito como tú, por ejemplo, joven y aseadito, debe salir a buscar hombres a los cuales servir, chupar sus güevos, lamer sus axilas, lengüetear sus culos y bolas, abrirse de piernas y dejar que usen sus herramientas alimentando y satisfaciendo el coñito que Dios puso entre tus nalgas, para que disfrutaran el verdadero placer sexual. –le mira a los ojos, le mira los labios, y Felipe, masturbándole casi frenético, traga en seco. Esas palabras le confundían, le mareaban. Y esa boca tan cerca de la suya…

   -Señor Cortez… -grazna ronco, voz chillona, mirándole a los ojos, también a sus labios. ¿Qué iba a decirle? No lo sabe, y eso le tiene todo erizado. Contiene un jadeo cuando esa mano sigue bajando, por su abdomen plano, ligeramente marcado en cuadros, velludito, llegando a la liga del largo bañador.

   -Eres un lindo chico egoísta… -le repite sonriendo, la punta de sus dedos rodeando el borde del bermudas, sin entrar, casi enloqueciéndole de desesperación por… ¿por qué?, no lo sabe. Es tan sólo un chico manipulado por un hombre hábil.- Tan joven, tan bello… y usando esta mierda tan fea. –con los dedos tantea sobre el bañador, disgustado, medio atrapándole el tolete, no erecto, pero tampoco blando.- Deberías estar usando una tanguita pequeña, sensual, adherida a ese cuerpecito tan rico, estando bien depiladito; para que los hombres nos gocemos contemplándote, tu traserito, soñando todos con tenerte en cuatro pata chupándonosla, cada uno imaginándose que te la mete duro…

   El muchacho traga ruidosamente, provocándole risas. Y casi gimotea, con un leve alarido, ¿de sorpresa?, tenía que ser, cuando la mano entra en su bañador, sobándole y oprimiéndole el tolete sobre el corto bóxer; algo rápido, una pasada técnica, antes de salir, al tiempo que le suelta el cuello. Felipe apenas tiene tempo de respirar con alivio, cuando esa mano que retenía su cuello baja procaz por su joven y recia espalda, metiéndose dentro del bañador, y el bóxer, tocándole en vivo, con la callosa y caliente mano, las tersas y paraditas nalgas, metiéndose de canto entre ellas; palpando, aferrando, clavándole los dedos.

   -Señor Cortez… -gimotea, mirándole con ojos desorbitados, sin soltarle el güevo ni por un momento.

   -Hummm, un tierno culito… Lástima que lo tienes velludito. –la punta de esos dedos, uno sobre otro, recorren su raja interglútea, de arriba abajo, una y otra vez, en una caricia tan íntima que era escandalosa. Y electrizante.

   -Señor Cortez… -chilla más alarmados, apartando los ojos por fin del atractivo y viril rostro, dirigiéndola a la entrada de los sanitarios. Si alguien entraba…

   Y perdido en esos pensamientos y temores, le toma de sorpresa el dedo que se detiene sobre la entrada de su cerrado anillo, palmeándole de arriba abajo, dedeando. Quiere chillar otra vez, negarse, pero ese dedo empuja y empuja, clavándosele media falange, abriéndole.

   -Por Dios, muchacho, creo que lo tienes mojado… Ya listo ya para mí.

CONTINÚA … 6

Julio César.

UN CENTAVO POR SU HONOR

septiembre 7, 2017

SOLOS

   Exactamente, ¿en qué estaría pensando?

   La denuncia de que el régimen venezolano le paga a PODEMOS, bajo la mesa, por “asesorías económicas” (con resultados que hacen temer una barbaridad por España si esa gente llega al poder), pero que realmente es para que bloqueen todo foro sobre la autocracia en Caracas, toda discusión de pérdida de libertades democráticas y desestimación de toda denuncia sobre violación de derechos humanos (les pagan por cómplices en calidad de colaboradores, pues), acaba de estallar por allá. Un diario señaló el pago de casi trescientos mil dólares a una cuenta del señor Pablo Manuel Iglesias, en un paraíso fiscal (donde se depositan reales de esa clase), y este lo demandó porque “atacaban su honor”. Un tribunal acaba de señalarle que el pago si se hizo, que si fue a un paraíso fiscal y que no creen que halla ningún honor qué vulnerar. ¿Qué tal? Y vaya ruidoso silencio.

CONFUSION

Julio César.

NOTA: Imagino que todos saben cuánto les detesto, y por qué.