TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 41

septiembre 11, 2015

… SERVIR                         … 40

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

TIO EN TANGA ROJA

   Listo para lo que salga.

……

   Cae la tarde sobre los grises muros de la prisión, y en su celda, duchado, su cabello dentro de la gorra, con su braga naranja, un muy inquieto Daniel Pierce espera. Confuso y temeroso. Por muchas razones. ¿Qué pasó en la oficina del alcaide? ¿Por qué tembló así ante ese hombre? ¿Por qué deseaba que le tocara? Traga en seco, se dice que fue por algo que Read le dio a beber, o esas drogas que le obligaba a consumir y que tenían sus pectorales abultados y sus tetillas eternamente erectas y sensibles. Pero la verdad es que lo había deseado, sentirse… amado por ese hombre maduro, fuerte y gentil. Luego estuvo la llegada de Read. Demasiado oportuna. Se tensa cuando este aparece del otro lado de la reja (confirmándose que cuando se menta al Diablo, se presenta), esposado, el vigilante obeso, Adams, escoltándole. La reja se abre, el convicto entra y le quitan las esposas. Muy erguido en su cama, el rubio le mira.

   -¿Te divertiste bastante con ese hombre, Tiffany? –le pregunta en voz clara, fuerte, dominante. Alta.

   El hombre joven se encoge, inquieto por muchos motivos, uno de ellos es por los convictos de las celdas contrarias al pasillo que dejan de hablar o hacer lo que hacían, y les miran, especialmente aquel hombre maduro, negro y obeso, uno de quienes intentó violarle en las duchas y lo habría hecho si Rostov no aparecía.

   -Yo… yo…

   -Eres una putica caliente, ¿verdad? –ruge, silenciándole, Read, acercándose, atrapándole de los hombros, clavándole los dedos para que entienda que va en serio, que puede lastimarle, y le alza.- ¿Te besaste con él? ¿Dejaste que metiera su lengua en tu boca? –le exige saber, pero parece una actuación para el resto de los reclusos en el área, parte del plan que tiene en mente, momentáneamente interrumpido por el sujeto ese, Rostov.- ¿Besó y chupó tus tetas, Tiffany? –le pregunta procaz, soltándole los hombres, rudo, halándole el frente de la braga, separándola, apartándola de su torso esbelto de buenos pectorales de tetillas marrones claras, los ojos de todos los que miraban cayendo sobre ellas.- Sé lo sensibles que son tus pezones de nena caliente… -y con los dedos los atrapa, frotándolos, halándolos.

   Daniel quiere resistirse al ataque, no entiende lo que pasa pero presiente un peligro real, fuera de que los otros reclusos miran, pero la manipulación de sus tetillas le provoca una poderosa ola de lujuria que le hace gemir y echar el torso hacia adelante, buscando más. Hay risas y señalamientos.

   -Miren cómo se pone. –oye una voz.

   -¡Qué puta! –tercia el hombre negro, mirándole con rabia y hambre, las manos aferradas a los barrotes

   -No… por favor, así no… -gruñe Daniel, pero gime cuando Read se inclina y le clava los dientes en uno de los pezones, apretando suave, lengüeteándole, lamiendo y chupando como un chivito, cerrando los labios y succionando de la muy sensible piel cuyas terminaciones nerviosas han sido híper activadas con fármacos. Daniel no puede hacer otra cosa que estremecerse y gemir, esa boca, ruidosa, succionando, salivándole encima, le controla totalmente. Todos los ojos clavados en él.

   Read ha decidido que es hora de que los lobos vayan por su nena, y la ofrecerá como un delicioso platillo. Tiffany estaba a punto de caer.

   -¿Te comió las tetas así? ¿Chupó de ellas ese hombre con el cual te revolcabas como una ninfómana incapaz de saciarte? ¿Cuántas vergas necesitas mamar al día, Tiffany? ¿Cuánta leche puedes beber? ¿Cuándo güevos tienen que llenar tu coño dulce, suave, afeitado y perfumado para que deje de tener hambre? ¿Cuántos hombres necesita una putita como tú para ser feliz? –le pregunta mientras chupa de una tetilla a la otra, quitándole la braga naranja del uniforme que baja por sus hombros y caderas, dejando al descubierto lo único que le permite llevar, una diminuta tanga tipo hilo dental roja intensa, y esos hombres casi quieren arrancar las rejas para llegarle. Gritando, salivando como animales.

   Read les enloquecía para lo que luego vendría.

   El rubio  cierra los ojos, boca muy abierta, las grandes manos recorriendo su cuerpo despiertan reacciones que no entiende, pero muy reales y poderosas, la boca sobre sus pezones, succionando ruidosamente, le robaba toda idea; tan sólo era consciente de las oleadas de lujuria que subían y bajaban por todo su ser. Escuchar a esos sujetos jadear desde las celdas vecinas, gritar lanzándole insultos sobre lo puta que es, le avergüenza, pero… su verga, imposiblemente dura dentro de la tanga de mujer, tiembla y babea de una manera totalmente deliciosa. Un pulgar se frota de su rojo y húmedo labio inferior, y lo lame, no sabe de dónde le sale hacerlo, pero lo hace, su lengua lo recorre en medio de las risas. Lo cubre con sus labios y chupa, lo muerde levemente, oyendo más risas, incrementándose los jadeos sobre lo zorra que es. Pero no puede importarle menos, no en esos momentos cuando mama el dedo del hombre que le ha hecho todo eso. Succiona con fuerza. Y jadea sin sacarlo, cuando el aliento del otro le baña la cara.

   -Estás tan hambrienta de güevos, Tiffany… -y el rubio abre los ojos, mirándole, enorme, velludo, cruel, ojos llameantes. Le ve bajar la mirada, le imita y allí estaba, cerca de él, la verga amoratada del peligroso convicto, llena de sangre y ganas, una que arranca algunas exclamaciones a los mirones, por el tamaño y el que se la hubiera sacado así.- Alimentante, pequeña puta infiel.

   Una de las manos del oso se posa con fuerza sobre un hombro de rubio y le obliga a caer sobre sus rodillas, todos conteniendo el aliento, ojos prominentes, bocas abiertas y secas. Ven la espalda del rubio, ancha en los hombros, la cintura estrecha, las lisas nalgas redondas abiertas, el hilo dental cubriéndole apenas la raja del culo, la mano de Read en su gorra, soltándole el sedoso cabello de oro que se desparrama, los dedos velludos del sujeto enredándose en ellos y obligándole a caer sobre su verga enorme y amoratadas. Todos lanzan un graznido cuando los rojos y sensuales labios de Daniel chocan de la amoratada pieza, la cual tiene que tragar cuando la mano le empuja por la nuca. Los labios recorren más de medio tolete, la increíblemente erótica visión de un tío comiéndole el güevo a otro, y todos desean que Tiffany les mamara a ellos. La boca, por obra de esa mano, va y viene sobre el nervudo palo, dejándolo brillante de saliva.

   -Ahhh, si, nena, eres tan buena mamando güevo que casi te perdono lo puta que eres. –le dice Read, mirando hacia la otra celda, donde los hombres del pasillo contrario les observan con el máximo de morbo y obsesión.

   Muchos de esos ojos hambrientos recorren el culo de Daniel, deseando poder tocarlo, sobarlo, apartar el hilo y enterrarle los dedos, la verga (incluso una lengua) dentro. Pero otros, la mayoría, ven su bonito rostro mientras va y viene, por su cuenta, como si no lo notara, tan sólo disfrutando de mamar a un hombre, cuando la ruda mano le suelta el cabello apartándole mechones rubios de la cara para que todos le vean chupar con ganas.

   Se dejan escuchar los gruñidos bajos de puta caliente, qué puta, quiero a esa puta, pero todos están oscuramente fascinados con el rubio en pantaleta que mamaba de aquella manera ese güevo, casi tragándolo todo, como necesitándolo, cerrando los ojos, sus mejillas muy rojas, para retroceder, besar y chupar del ojete en el glande.

   -Eso es, Tiffany, trágatela así, chúpamela toda, pequeña puta. Sólo tú sabes ordeñar una verga de esta manera. –le gruñe Read, pero más que para Daniel, lo decía para el resto, mirando con desafío al hombre negro que estuvo a punto de violarle la vez pasada en las duchas.

   Pero por ahora sonríe, sintiendo rico la presión de esa boquita que decididamente le apretaba, halaba y succionaba. Tiffany le había encontrado el sabor a los güevos, era algo con lo que tendría que vivir de ahora en adelante. Del chico que conoció apenas unas semanas atrás, el joven y altanero estafador financiero, mujeriego y conquistador, ya no quedaba nada. Le había llevado tiempo de práctica pero ya no sólo lamía vergas por deber, ahora las mamaba saboreando cada latido, cada espasmo, cada gota de ardiente licor que lograba robarle. Sonriendo ve como traga más y más, sin que se le ordene o le guie, tan sólo su garganta deformándose al alojarla.

   -Eso es, Tiffany, déjate llevar, pequeña. Siéntelo, vívelo… muéstrate como la ardiente puta que eres. –le gruñe, sonriendo terrible.

   Y mirándole a los ojos, realmente entregado en esos momentos, transfigurado, trastornado, todos pendientes de lo que hace, el hombre rubio inhala y traga más y más de esa barra, toda, resollándole en los pelos, aspirando su olor fuerte a hombre, mientras eleva las manos y acaricia el vientre abultado y velludo de aquel macho cabrío, y todos dejaban escapar un gemido. ¡Lo estaba haciendo! Read le sonríe, luego mirando a los otros.

   -Eres tan caliente, nena… -le dice, inclinándose sobre él, atrapándole entre su vientre y pelvis, acariciándole la espalda. Todos miran, erizados, mientras la mano grande, velluda y bronceada recorre la cremosa y suave piel del rubio, hasta llegar a sus nalgas, los dedos recorriéndole la raja, sobándole una y otra vez, sabiendo que todos deseaban hacerle aquello al rubio, deteniéndose finalmente sobre la tela, en la entrada del culo, todos observando con ojos vidriosos, deseando tumbar esas rejas y caerle encima a la perra y partirle el culo a fuerza de güevos.- Dios, Tiffany, tienes tu coño tan caliente… -mete un dedo debajo de la tela, apartándola un poco, y calva un dedo en el lampiño, rojo y glorioso agujero, casi logrando que esos sujetos mojen sus ropas.- …Y lo tienes tan mojado, putica. Se nota que tu coño quiere, que pide, no, que exige lo suyo… -y el dedo hurga, entra y frota. Daniel se tensa con ojos desenfocados, mareados, la boca deformada por la verga del reo, los otros presos casi histéricos.- ¿Qué puedo hacer contigo, pequeña?

   -¡Cógela! ¡Cógela como la puta que es! –gritaban algunos, y esas voces, ese fuego de lujuria obscena y sucia hizo ronronear a Daniel, que se estremecía y tensaba con aquel güevo en su boca, el dedo agitándose en su culo y todos mirándole.

……

   Jeffrey Spencer prácticamente temblaba sobre la silla frente a su escritorio, en su oficina del bufete, mientras sentía el cuello acalambrado. Estaba convencido de que convulsionaria o tendría un infarto antes de los treinta. No sabía cómo había ocurrido, pero al ir a los tribunales a apelar en el caso de Robert Read, alguien se había enterado y comenzó un circo de preguntas sobre qué pretendía su firma legal, sí es que pensaban dejar en libertad a un monstruo como ese. Así de malo había sido el juicio y sus detalles. Que respondiera, algo cohibido, que eran asuntos de su cliente y que como abogado los atendía, no les calmó. ¿Lo peor de todo, aun más que tener que hacer algo por ese ente?, que al llegar a la oficina prácticamente le aplaudieron, convencidos de que “lo lograría”, salvarle la vida, y quien sabía si no hasta liberarle. Su suegro fue especialmente desagradable en sus alabanzas a “este yerno que me ha resultado tan aventajado legalmente hablando”. Él, que siempre le creyó una basura inútil que se pegó a la suela de los zapatos de su hija.

   ¿Cómo podían estar tan felices?, ¿no entendían lo peligroso que era Robert Read? Otros podrían engañarse, incluso mantener una duda razonable sobre el carácter del sujeto, pero en la firma si le conocían. Hay unos toques a su puerta y esta se abre. Con los ojos cerrados, responde seco.

   -Dije que no quería ver a nadie, Jodie. –responde sin moverse ni abrir los ojos.

   -Convencí a tu asistente de que no te molestaría. –la voz, profunda, masculina, con un deje de diversión, le estremece y obliga a abrir los ojos. Owen Selby.- Te ves fatal, abogado.

   -Así me siento. Pero tú no pareces mucho mejor. –no puede evitar sentir como su rostro se relaja en una sonrisa, señalándole una silla frente a él. Mentía, aunque preocupado, aquel hombre se veía… magnifico, reconoce con un estremecimiento culpable. O lo recordaba así, sin los anteojos su mundo era algo difuso.

   -Así me siento. –repite la respuesta tomando asiento, sonriéndole, mirándole fijamente, con curiosidad, tensándole.

   -¿Qué?

   -Te ves bien, aquí. El joven y prometedor abogado, idealista, listo y guapo. Para ser blanco, claro. –parece algo azorado al final, y por fin Jeffrey rompe en una sonrisa.

   -Cuidado, detective, voy a creer que le gusto.

   -¿Sería muy extraño? –hay una nota de diversión, pero también de interés.

   -Nadie quiere a los abogados. O a los médicos abortistas, así les utilicen. –el otro echa la cabeza hacia atrás y ríe. El sonido hace sonreír más al abogado, sintiéndose tontamente orgulloso de haber logrado divertirle.

   -Te quedas hasta tarde. Y tu asistente. Cuanta lealtad la de esa chica. Bonita, por cierto. –comenta y frunce el ceño con malicia.

   -Por Dios, esa joven mujer es una vampiresa que gusta de los marines, no pueden con ella. Soy demasiado blando para ella. –se miran y se tensa otra vez.- Fui a la corte. Interpuse lo que tengo, y aunque creo que a nadie le gustó, y que muchos me odian por ayudar a ese sujeto, creo que… -toma aire, abatido.- …Que el recurso puede prosperar. Se planteará una duda, y Robert Read podrá exponer nuevamente su caso. Como dice él, sin proteger a nadie esta vez. –Owen, ceñudo, asiente.- Te citarán. Querrán saber…

   -¿Por qué no investigué más a Marie Gibson? –le mira con interés.- ¿Piensas que fui negligente?

   -No. Creo que Read deseaba que se pensara una cosa en ese momento, ahora quiere otra. –se frota entre los ojos.- Dios, Owen… -y su nombre en la boca del otro, pronunciado tan a la ligera provoca escalofríos en la espina del detective.- …No puedo dejar de sentir que ese hombre infame juega con todos nosotros. ¿O me estoy engañando? ¿Su… apariencia me predispone tanto en su contra que pierdo el norte? –plantea el asunto, frente fruncida, medio ladeando un hombro, el cuello tenso.

   -No, es una pila de mierda. –se pone de pie, intrigándole.- Hoy supe cosas que de haberlas escuchado antes, me habrían hecho dispararle cuando fui detenerle. En un pie o una mano. Ese hombre es un sucio. –va tras la silla del abogado.

   -¿Qué haces?

   -Quieto. –le ordena suavemente, llevando las oscuras manos grandes al cuello blanco, bajo el cabello castaño, hundiendo los pulgares en el centro, los dedos rodeando bajo el mentón. Oprime. El gemido de incomodidad y dolor del otro pronto se transforma en un leve ronroneo cuando las puntas de los pulgares frotan circularmente, sin moverse del mismo lugar.- Estás muy tenso.

   -Esta mierda de caso me tiene mal. –responde Jeffrey, luchando por no cerrar los ojos y echar la cabeza hacia atrás, por no ronronear aún más, esperando que el otro malinterprete su cuello enrojecido de pronto, erizado con piel de gallina.

   -Necesitas relajarte, abogado. –Owen, ojos oscuros, baja el rostro, ignorando que aspira mientras lo hace, pero Jeffrey si lo nota y casi tiembla. La manipulación de su cuello es un dulce tortura a muchos niveles; una que envía señales a su bajo vientre.

   -¿Cómo cuando fui a ese bar y me drogaron? –y medio ríen. Golpean a la puerta y los dos hombres se tensan. Owen le suelta como si se quemara de pronto. La puerta se abre y la bonita asistente, pelirroja y pecosa, asoma el rostro.

   -Terminé de transcribir los alegatos, doctor. ¿Necesita algo más?

   -No, Jodie, puedes retirarte. Gracias. –se siente y teme verse culpable. Más cuando ella mira, a sus espaldas, al detective.

   -Su esposa le llama por la línea dos. –sonríe, se despide y sale.

   A la mirada de Owen Selby no escapa que el abogado se tensa otra vez, que su aire ligero vuelve a enrarecerse. Le ve mirar el teléfono y tomarlo con mano indecisa, levantándolo y colgando inmediatamente.

   -Ya… ya hablaré con ella. –se defiende, colocándose los anteojos y mirándole. Owen asiente. Se ha perdido el momento, piensan.

   -El día ha sido largo. –comenta al pasar, el detective, dirigiéndose a la silla donde dejó su chaqueta, sintiendo sobre sí la mirada del abogado.- Mañana no será mejor.

   -Descansa. –sonríe Jeffrey, sintiéndose vacío de pronto. Solitario. Se miran. Owen duda en marcharse.

   -Oye, entiendo que estás cansado, y que tu esposa te llamó, pero… ¿no te gustaría… cenar conmigo? –pide, voz ronca y baja, una segunda invitación, algo sensual nadando en ella. Y Jeffrey duda, sus ojos se abren mucho, sus labios no articulan palabras.- No te preocupes, no tienes que aceptar si no…

   -¡Quiero ir! –replica rápidamente.- Acepto cenar contigo. –sonríe como tonto mientras se pone patosamente de pie.

   Y Owen sonríe y se ve exactamente igual.

……

   Lo que ocurre contra la reja de una prisión de máxima seguridad, entre un condenado a muerte y su “chica”, frente a un público delirante y enloquecido, no tiene parangón. Con las manos cerradas alrededor de unos barrotes, de frente a la reja, con los pies montados sobre una de las barras horizontales bajas, Daniel Pierce es cogido violentamente por Robert Read, quien está a sus espaldas, desnudo del peludo pecho hacia arriba, con sus manos grandes de velludos dedos alrededor de la cintura del rubio lampiño.

   Los hombres, todos esos delincuentes de las celdas de enfrente, y aquellos que con espejos miraban desde los lados, tiene sus vergas afuera y se masturban; y a Daniel, mientras es enculado ininterrumpidamente, le parece que el olor de todos esos líquidos le llegan, que el calor de todos esos miembros duros le alcanzan. Todo su cuerpo está tenso, se sostiene con fuerza mientras el güevo a sus espaldas va y viene, abriéndole y llenándole una y otra vez el lampiño culo, con la tira del hilo dental a un lado. Read era un semental fuerte, brioso, su verga quemaba, mojaba y pulsaba de una manera que tenía las paredes de su recto totalmente en fuego. El hombre rubio se sabe perdido, ya no podría negarle a todos esos sujetos que era… el puto del peligroso convicto, no cuando le ven agitarse, sostenerse en su sitio pero subiendo y bajando un poco las caderas, buscando el grueso tolete que le penetraba golpeándole la próstata, o por los gemidos que escapaban de su boca.

   -Eso es, Tiffany, mueve tu coño así, atrapa la verga de tu hombre y ordéñala con esas ganas de hembra maluca y puta. –le gruñe Read, acercándose a una de sus orejas.- Abre los ojos, bebé, mira a los hombres que te desean. –le ordena, y Daniel se tensa cuando lo hace, todos esos sujetos gritándole cosas, estirando desesperadamente las manos para alcanzarle, todos esos güevos babeantes que son masturbados.- ¿Los ves, Tiffany? Los tienes locos, pequeña zorra dorada. Comprobar lo puta que eres, lo sucia que eres, les enloquece. Si pudieran llegar a ti tendrías todos los güevos que deseas llenando tu boca y tu coño toda la noche, toda tu vida. –casi parece ofrecerle, metiéndosela toda, gozando los salvajes espasmos que ese culo le daba.

   -¡Sabía que eres una puta! –le ruge desde la celda contraria, el hombre de color que intentó violarle, Morgan algo.

   -Debería estar molesto contigo por traicionarme entregándote a otro hombre, Tiffany, pero debo entender tu naturaleza… -le cepilla otra vez la pepa del culo, con fuerza y rapidez, recorriéndole el torso y vientre con sus manos grandes, llegando a sus tetillas y apretándolas, sonriendo al oírle gemir con abandono y lujuria, todos notándolo.- Naciste para ser cogida por los hombres. Todo hombre que te encuentres por el camino lo sabrá, que eres una boca golosa de semen, un coño hambriento de güevo y esperma…

   Daniel casi pierde el agarre de los barrotes, estremecido como está, oyéndole, mareado, subiendo y bajando su culo sobre la gruesa verga del sujeto, ganándose cada vez más miradas, inultos y pedidos de amor de los otros reclusos. Sus tetillas arden, su propio tolete, cubierto por la telita que lo frota y frota cuando va y viene, así como la fricción contra su recto y los golpes contra la próstata lo hacen correrse, sin tocarse, gritando, bañando la pantaletica, mojándola tanto que gotea, todos riendo frenéticos, casi dementes (esa noche habrían muchas violaciones). Y cuando está así, delirando por el orgasmo, un fuerte brazo de Read le rodea la cintura, sosteniéndole mientras sigue cogiéndole. Los labios están más cerca de su oreja cuando le susurra algo que los otros no escuchan.

   -Sucio maricón, sabía que terminarías así. ¿Lo ves?, no eres un hombre, nunca lo fuiste; te engañabas y engañabas al mundo haciéndote pasar por un tío, pero sólo eres un sucio mamagüevo, un culo listo para ser llenado por los hombres de verdad. Y aquí lo vivirás, puto. Todos esos hombres van a tenerte, te poseerán, uno tras otro, una verga dura tras otra. –y ríe, casi haciendo gemir a Daniel, de horror pero también de lujuria.- ¡Y lo vas a disfrutar tanto, maricón! Todos esos machos para ti. –y se la clava hondo, corriéndose, llenándole de semen.

   Y sentirla estallar y bañar sus entrañas hace que el rubio lloriquee de emoción, la prueba que todos necesitan para convencerse de que es una grandísima puta urgida de hombres. Una idea que quemaba cada cerebro del pabellón. Cada uno sintiéndose con derecho a tomar a esa perra caliente.

……

   La mañana encuentra a todos los reos frustrados y molestos en el pabellón de alta peligrosidad. La escena sexual que les inflamó les había alterado; cada quien lo desahogó a su manera, pero no había sido suficiente. Uno de los más molestos era Morgan White, el violento convicto de color encarcelado por múltiples atracos a mano armada. El hombre, enfurruñado con el mundo, y contra el mundo, barre un solitario patio desierto. Generalmente estaba en el taller mecánico pero esa mañana le había llevado ahí. No lo entiende pero…

   -Así que tú andas velando lo mío… –la voz a sus espaldas le tensa y le eriza los pelillos tras su nuca rapada. Se vuelve aferrando el mango de la escoba como un arma. Robert Read le mira.

   -Amigo, no quiero problemas contigo. –y ese hombre grande, maduro, fuerte y peligroso siente miedo. Había algo en Read, detectable por otros como él, que disparaba todas las alarmas. Muchos sospechaban lo que había ocurrido en realidad con aquel cholo que se metió con su puto.

   -Cuando tocaste a Tiffany, te buscabas problemas conmigo. –le aclara el otro, disfrutando su intranquilidad. Alza las manos.- Pero tranquilo, no vengo a pelear por esa puta infiel; entiendo que se lo buscó, vivo vigilándola para que no se acueste con todos. La viste anoche, es una puta demasiado caliente para que un solo hombre la satisfaga. En verdad… -sonríe de manera torva.- …Ya quiero librarme de ella. Es tuya.

CONTINUARÁ … 42

Julio César.

TIOS EN CONTROL

septiembre 10, 2015

OBLIGACIONES Y ATENCIONES

FUTBOL GAY

   Cuando sale a la cancha les grita a sus oponentes “inclínense ante mí, perras”; siempre alguno se estremecía y se le quedaba mirando. La mayoría creía que era una maniobra intimidante hasta que aquel al que le clavaba la vista le veía llegar a los vestuarios, donde está a solas como si le esperara, y le ordena: “de rodillas, puto; los chicos grandes amamos las bocas bien abiertas y culos como el tuyo, enormes”.

SEXY COP GAY

   El agente Vergatti, cuando no está infiltrado en una pandilla, se divierte en la comisaria con los nuevos reclutas, a quienes intimidaba con su presencia. “Bueno, muchacho, tengo mi cigarro en la boca, tú en la tuya no tienes nada aunque se te hizo agua desde que me viste, ¿por qué no estás de rodillas y la ocupas?”. No había quien se le resistiera.

EL BOMBERO APAGA TU LLAMA CON SU MANGUERA

   -Oye, conozco este apartamento… -le comenta el joven bombero al chico que abre cuando llama a la puerta desde donde telefonearon y en el cual sólo hay un pequeño humo de un trapo de cocina quemado. Luego sonríe.- Entiendo, si, eres el hermanito marica de Érica, ¿no? Seguro que te habló de mi enorme manguera y quieres verla. Tranquilo, la tendrás en las manos, y aunque notarás que es grande siempre consigo que quepa.

CHICOS CALIENTES Y COSAS QUE PASAN

Julio César.

MOMENTOS DUROS EN LA LUCHA

septiembre 10, 2015

LA POSICION DE SIEMPRE

ESOS MOMENTOS GAY DE LA LUCHA

   Desde que salió supo que terminarían dándole…

   El público estaba al borde de sus sillas, todos exhalando testosteronas mientras el negro y el catire se frotaban, ataban y tocaban sobre la colchoneta, cada uno deseando someter al otro; con el enorme morenazo derribándole, controlándole con su cuerpo, reteniéndole las manos. Dejándole de panza sobre la colchoneta y cayéndole encima le inmovilizaba, frotando y moliendo la pelvis sobre su trasero. El catire agitado, ojos muy abiertos, confuso, quieto, tan sólo subía y bajaba sus nalgas, ¿para comprobar si lo que siente detrás, duro y caliente, es real? Como fuera, cuando el macho se endereza, el público exige el sacrificio del perdedor.

   -¿Qué esperas, hijo de puta? Baja y termínalo, ya lo tienes montado en la olla. –grita uno.

   -Sigue, no te detengas hasta que llore pidiendo más. –Rugía otro.- Dale duro.

   Los guerreros se miran, el victorioso y el derrotado, quien se echa nuevamente de panza y separa un poco más las piernas. Y el ganador baja para cogérselo todo.

¿EL ENCANTO DEL FUTBOL AMERICANO?

Julio César.

LA FARSA DEL DRAMA COLOMBIANO EN LA FRONTERA

septiembre 10, 2015

NICOLAS MADURO EN CUBA, REALIDAD Y TONTERIAS

NICOLAS MADURO Y LA FARSA DE LA FRONTERA

   Nunca han entendido que juegan con la vida de personas…

   Eternamente desplazados, ayer por la violencia insensata de la narco guerrilla, hoy por la locura electorera del desesperado socialismo del siglo XXI, los colombianos pasan las de Caín en la zona limítrofe, recreándose en nuestro suelo lo peor de otras latitudes, la de los locos violentos y fanáticos en África que arrojan gente contra las costas europeas, donde esos desplazados no son bien recibidos y se forman los mismos campamentos de miseria que ahora hay del otro lado del río Táchira.

   Necesitado desesperadamente de separarse de la realidad, de la pavorosa crisis económica y social, de niños que son perseguidos por un criminal que les vio cometiendo un asesinato, asesinándole también, de las peleas por dos pollos o una bolsa de pañales dentro de la población, mientras la delincuencia y la escasez campean, especialmente en las zonas intervenidas hace poco, el gobierno de Nicolás Maduro Moros y Diosdado Cabello requieren llevar la atención a otro punto, en la irresponsable locura de pretender que las realidades se cambian con necedades. Fracasó la intentona contra Guyana, porque la gente vio y escuchó a Hugo Rafael Chávez Frías regalar esa vaina aunque no estaba facultado para ello, mientras Nicolás Maduro Moros y Diosdado Cabello, así como los medios de comunicación controlados, el maripilihernandizmo, aplaudían a rabiar (y también que del Esequibo me acuerdo yo, los menores de treinta ni saben de eso, les suena a un terrenito en la Luna al que jamás se va ni del cual sacamos nada), como de China no se consiguió sino una curita para tapar un hueco en la aorta, en Vietnam nada y en Qatar pasaron la vergüenza que después de que prometieron llevar alimentos el año pasado, ahora mendigaban ayuda, había que emprenderla contra otro, inventarse un nuevo enemigo, uno cercano y más propicio, al que nos une una larga relación de amor y odio, a quien pudiera achacársele todos los males que el régimen ha generado. Y se hizo. Se fue contra los colombianos en nuestro país.

   Deben recordar que el cuento de la toma de la frontera comenzó por unos militares venezolanos asesinados en el Táchira, de donde los diosdadocabellos y las maripilihernandez comenzaron la consabida alharaca irresponsable de señalar culpables sin tener pruebas y se habló de paramilitares colombianos enviados por Álvaro Uribe Vélez para causar problemas aquí. Si, la violencia en Venezuela no es responsabilidad del estado venezolano, es algo que maneja otro individuo, fuera del país, para colmo. Sirvió para cerrar la frontera y culpar a los colombianos en nuestro territorio de todo (como con aquel judío que mató a un diplomático alemán en Francia antes de la guerra –cosas pasionales, parecía-, pero se usó para señalar al “enemigo”, el culpable de todo). Al poco tiempo se corre el rumor de que los agentes habían decomisado, el 17 de Agosto, dos días antes de sus muertes, un millonario cargamento de drogas y dólares en camionetas de unos funcionarios de la guardia nacional en la frontera, con presencia de fiscales del Ministerio Público mientras develaban el asunto, asunto sobre el que se echó tierra (nadie toca al peligroso Cartel de los Soles). Como fuera, el Gobierno, en la farsa de la frontera, dejó de mencionar desde ese momento a los susodichos, dejándoles como segundo recurso, comenzando con lo del bachaqueo. Es decir, fallado aquello, bienvenido esto, porque el asunto era cerrar la frontera y satanizar a los colombianos de la ruina y la miseria a la que el régimen nos ha llevado. No importa cuál sea la razón que se esgrima, lo importante es buscar el chivo expiatorio necesario para mostrarle a su gente, que la culpa de este desastre no es de Nicolás Maduro Moros y Diosdado Cabello, sino de “los otros”.

   ¿Cómo se pierde por la frontera toneladas de alimentos, medicinas y combustible sin que de este lado nadie sepa nada, especialmente un régimen que lleva diecisiete años mandando? No, no hay explicación como no sea complicidad. Y hay que recordar que una de la primeras cosas que se hizo cuando el régimen comenzó fue dejar de trabajar en conjunto con el ejército colombiano, con la DEA, se sacó a los gobernadores de las alcabalas, se cerraron los teatros de operaciones y únicamente se le reportaba al Ministerio de la Defensa y al Presidente de la República, pero hoy, desentendiéndose de todo eso, culpan a los colombianos en la frontera de todo esa gigantesca estafa a la nación venezolana. Pero no es únicamente el Gobierno, interesado en mentir y transferir sus responsabilidades, con las maripilihernandez soltando cuanta tontería se les ocurre desde los medios controlados, quienes se prestan al circo; mucha gente decente se deja arrastrar. La periodista Sebastiana Barraez, a quien admiro y he citado muchas veces en estas páginas, cae en el mismo cuento de evadirse mentalmente de lo que somos como país, cuando en su columna en el semanario QUINTO DIA, del 28 de Agosto de este año, ¡QUE CINISMO EN LA FRONTERA!, sostiene:

“¿MALTRATO? Desde Colombia y sectores de oposición en Venezuela se ha desatado una feroz campaña contra la intervención militar en la frontera venezolana. “Son amas de casa y niños”, es el argumento. “Fueron sacados violando sus derechos humanos”, se agrega. Pero esas voces jamás se pronunciaron cuando por más de diez años la frontera se sembró de terror y muerte con los colombianos, provenientes de organizaciones paramilitares como Las Águilas Negras de ayer y Los Urabeños y Los Rastrojos de hoy. He visto, en mi patria chica, a niños venezolanos aterrados ante el asesinato de sus padres, a familias huyendo y dejándolo todo atrás, al miedo en el rostro de los amenazados, chantajeados y extorsionados por esos grupos paramilitares. “Es inaceptable allanar, marcar y demoler casas, sacar a la fuerza a familias y separarlas”, dice el presidente Juan Manuel Santos. Lo que no dice el cínico mandatario es que las primeras víctimas inocentes han sido los andinos porque ante el avance de los grupos irregulares de la guerrilla y los paracos, Colombia se ha hecho la sorda, la muda y la loca. Santos recordó índices económicos de la prosperidad de Colombia ante la feroz inflación, desempleo, inseguridad de Venezuela. No se entiende entonces que “esa gente humilde” quiera vivir en Venezuela”.

   Hasta aquí la columna de la señora Sebastiana Barraez a quien, como ya indiqué, sigo y cito regularmente. Pero cuando leí esto, este panfleto de odio que bien podría servir de prólogo al libelo “Los Protocolos de los Sabios de Sión”, lo primero que pensé es, ah caramba, la señora Barraez como que tenía un dolor de muelas y se tomó algo antes de ponerse a escribir todas esas cosas. No se me malentienda, todo el mundo tiene el derecho a odiar y a despreciar a quien le dé la gana (yo lo hago), a pensar pestes de él o ella, incluso decirlo porque le sale sentir eso (por el sur la gente no quiere a los brasileños a quienes se tachan todos de garimpeiros); mientras no se agreda violentamente a traición, por la espalda o en camada, odiar es simplemente eso, un sentimiento. Y es muy natural la propensión a disculpar nuestros errores, carencias o equivocaciones señalando a otros como responsables de ello. Es fácil, pero es equivoco, y quienes se echan por ese barranco nunca terminan de cuajar como gente adulta y responsable, son los eternos contestatarios que llegan a viejos fracasados en lo espiritual, aunque no siempre en lo material. Lo que me sorprendió fue eso, no el aire a lo Donald Trump exigiendo salir de los mexicanos y latinos para que Norteamérica sea el imperio galáctico, o Joseph Goebbels pidiendo acabar con los judíos para que Alemania prosperara y controlara el mundo (repito, uno odia a quien quiere, es casi un derecho), fue el que una dama elegante e inteligente terminara en la simpleza de culpar a los colombianos de lo que los venezolanos hicimos o dejamos de hacer, cayendo en la maña de simplificar cosas que no lo son. ¿Por qué es alarmante?, porque si en eso cae ella, que es un ser racional con acceso a la información, ¿qué pensará quien sólo oye música, chatea tonterías o ve y lee los medios de comunicación controlado por las maripilihernandez?

   Comienza la dama quejándose amargamente de que la Oposición y medios de comunicación colombianos señalen el abuso de arremeter contra una gente a las que les tumban las casas y las obligan a escapar mientras se silencia lo de los grupos colombianos violentos que se han enseñoreado de la zona y de eso los medios no dicen nada. ¿Qué medios? ¿RCTV? ¿No fue sancionado El Nacional por una foto en la morgue? ¿No cerraron de un plumazo más de cuarenta emisoras de radio regionales? Pero volvamos con los colombianos en este lado de la frontera y cómo debe tratarse “el asunto colombiano”; como hay grupos irregulares como las Águilas y los otros, ¿todos los colombianos tienen que pagar, inocentes o no? Como había negros que se dedicaban al pillaje, por las razones que fueran, en el sur norteamericano después de la guerra civil, ¿hay que aplaudir al Ku Klux Klan y disculparles por los pendejos que cayeran? Como había judíos con propiedades en una Alemania arrasada después de la Primera Guerra Mundial, ¿había que exterminarlos a todos? No, no puedo compartir, por principio, este parecer.

   A mí lo que me parece es que si hay grupos violentos, colombianos, tan identificados que los nombres se conocen, las autoridades venezolanas, ejército, inteligencia militar y policías debieron cazarlos, detenerlos, juzgarlos y neutralizarlos. Así de sencillo, ¿o no son gobierno? No Uribe, no Santos, los venezolanos, porque o el gobierno se responsabiliza por la seguridad del territorio y sus habitantes, o no lo hace y renuncia para que otro sí se ocupe. Culpar a otros de lo que se dejó de hacer o se hizo mal aunque todo el mundo lo advirtió, es fácil, pero es erróneo a la hora de resolver el problema; que Venezuela como nación se dé a respetar líneas adentro de sus fronteras pasa por eso, no golpear mujeres y niños.

   Se queja la bella dama de QUINTO DIA de que ha visto el horror de los niños cuando sus padres han sido asesinados o las caras de la gente que es extorsionada o amenazada, pero le recuerdo que eso se ve en Caracas, capital de la nación, todos los días, a cada hora. Está el caso de ese niño asesinado porque vio a un malandro cometer un homicidio; anoche, nada más, bandas armadas que actúan al margen de cualquier legislación, se echaron plomo más de cuatro horas en la muy céntrica y caraqueña 23 de Enero. Allí los niños lloraban, la gente estaba aterrada, ¿a quién llamamos para que resuelva? ¿A quién culpamos de esto para que no nos sepa tan mal? En un país donde veinticuatro mil personas caen asesinadas en un año a manos de la violencia del tipo que sea, ¿cuántos mueren al día, en una hora, en un minuto? ¿Las familias de esas personas no sienten dolor, sólo aquellos que caen a manos de colombianos delincuentes? Ese simplismo de señalar un punto, que me gusta porque me da la razón en lo que siento, silenciando el resto, aquello que no podemos explicar cómo comunidad, es peligroso por irresponsable. Y creo que se llama fariseísmo.

   Cuando la señora Barraez sostiene que las primeras víctimas con el paso de los colombianos a este lado han sido los andinos, debo recordarle a la dama que la fiscalización de las armas, la vigilancia y control del territorio venezolano es de las autoridades venezolanas que jamás debieron permitir la entrada de esos grupos irregulares, del signo que sean. Cuando Hugo Rafael Chávez Frías abrió las fronteras de Venezuela, cedulando y nacionalizando a la lata, dejando que pasaran y tomaran lo que les diera la gana fue cuando Venezuela, los andinos, Sebastiana Barraez y yo debimos decir algo, detener esa locura de irresponsabilidad, pero se guardó silencio, especialmente los andinos que una y otra vez apoyaron esta demencia, y ahora la pagan, con violencia e inseguridad, pero no aprenden; según, la culpa es de otros. “Es que son malos y nosotros lelos, ¿qué podemos hacer?”.

   Pero donde se le ve el cobre y la piedra falsa a la columna, usando palabras de Aníbal Nazoa, es cuando la señora termina señalando la evidente contradicción entre lo que dice el mandatario colombiano, Juan Manuel Santos (un ser detestable), sobre la crisis de Venezuela y el deseo de esos colombianos por quedarse. Y la falacia está en simplificar, banalizar, un hecho muy humano como lo es dejar su tierra atrás y asentarse en otro lugar; hubo un tiempo cuando Venezuela no era este desastre de hambre y anarquía, y los colombianos de la zona fronteriza, acosados por la narco guerrilla primero, y los paracos después, cruzaron el río Táchira buscando una tierra mejor, como hicieron españoles, portugueses e italianos cuando Europa pasaba las de Caín durante la reconstrucción. Aquellos llegaron primero, estos después, los dos grupos por las mismas razones, y Venezuela, tierra libre de esos odios raciales y religiosos, se les acogió a todos. Muchos de esos colombianos no llegaron ayer, como la señora Barraez, Nicolás Maduro Moros y Diosdado Cabello quieren hacernos creer, ni vinieron todos ellos a meterse a malandros, para ser una carga, como hoy Donald Trump dice de los latinos en Estados Unidos, que llegaron a esas tierras en busca de una nueva vida, como antes habían hecho ingleses, holandeses, italianos e irlandeses, cuyos descendientes ahora desprecian a los mexicanos (según los peligrosos republicanos). Cosa que me recuerda al señor Nicolás Maduro Moros preguntándole a los colombianos, hace poco, qué dirían si los venezolanos fuera allá a llevárselo todo, ¿de verdad sabe tan poco de la historia de Venezuela? ¿No recuerda o no supo que hubo una época cuando los venezolanos recorrían el mundo gastando y comprando porque teníamos una moneda fuerte y solidad frente a países menos favorecidos? ¿No recuerda que Cúcuta y Margarita eran los grandes almacenes donde se gastaba a manos llenas cuando el bolívar valía algo?

   Bien, muchos otros colombianos llegaron a este país después, cuando se les dijo, sin verificar antecedentes, que entraran y votaran por el chavismo, ¡sin que los andinos levantaran la voz! (quejándose Patricia Poleo aquí en Caracas y ellos “bien, gracias”), aplaudiéndolo en ese momento porque el comandante intergaláctico lo quería. Que muchos de esos recién llegados no resultaran buenos no justifica ni la xenofobia ni el lenguaje de odio contra ellos, porque lo que buscan es que los venezolanos pensemos anti colombianamente, que los veamos como nuestros enemigos, como los responsables de la escasez, la inflación y la inseguridad. Es la táctica electoral, “todos juntos voten por mí y luego iremos contra los colombianos que se robaron el erario nacional, los reales de los préstamos chinos y el multimillonario fondo del excedente dinerario del alza petrolera”. Lamentablemente a esa campaña se suman muchos de quienes no podemos sospechar estas canalladas en las intenciones, por demás de los más evidentes.

   La seguridad, paz e integridad del territorio venezolano, del estado Táchira en este caso, y de toda la zona fronteriza, descansa únicamente sobre los hombros del Gobierno, de los andinos, de los venezolanos todos, de Sebastiana Barraez y los míos, no de gente en Bogotá o Miami. Eso es buscar a Dios por los rincones, rumiando por una situación que nos buscamos nosotros mismo creyendo en pendejadas y todavía, al día de hoy, sosteniéndolas. ¿Que cuáles pendejadas?, que una gente que el año pasado prometía traer niños palestinos desplazados por Israel (¿alguien recuerda aquella habladera de paja?, ¿alguien sabe en qué quedó la vaina?), y hoy, mientras desplazan colombianos, dicen que traerán sirios que han tenido que abonador sus hogares por la violencia del Estado Islámico. ¿Está loco el señor Nicolás Maduro Moros cuando sostiene cosas como estas o piensa que somos pendejos? ¿Traerlos a morirse de hambre en una cola eterna en un refugio insalubre en La Candelaria, o de una infección en un hospital sin nada o a manos de un malandro armado y apoyado? Y mientras el país tiene problemas reales, terribles (un kilo de chuleta de cochino vale un millón doscientos mil bolívares de los de hace ocho años; ¡más de un millón de bolívares!), ese señor pierde el tiempo hablando paja, ¿qué se puede esperar?

   Y aquí me pregunto, después de todo lo ocurrido, ¿qué piensan los andinos?

LA CONDENA A LEOPOLDO LOPEZ

Julio César.

LA FAMA DE BEBEDOR DEL COMPADRE

septiembre 10, 2015

ENTREGADO

UN TIO QUE GUSTA DE LA LECHE ESPESA Y CALIENTE

   Ahora vivía sediento…

   Llegándome al trabajo del compadre escuché los gemidos, los jadeos. Y vi algo insólito que me ofendió, molestó y que clamaba al cielo, y lo cual presencié durante casi cuarenta minutos. Los empleados de mi amigo lo rodeaban, todos haciéndole tragar carne dura por todas las entradas. Eran muchos, a pelo, y este gemía desesperado. Cosa rara, noté que ninguno terminaba, todos iban y lo juntaban en un frasco. Uno que al final de la tanda querían obligarle a tragar. Y mi compadre se resistía, no quería hacerlo, creo,  para no volverse raro. Pero cuando forzado, probó un buche, tragó el resto desesperado. Le tomé una foto para convencerme de que aquello era cierto. Todavía intrigado, y después de un auto desahogo recordando a mi amigo tomado por todos sus empleados, lo leí en la red. Metamorfosis. Pasaba, un hombre al que le dan de beber leche, regularmente, cambia y termina como becerro.

OSCURO SECRETO… ¿O BLANCO?

Julio César.

PEDIDO

septiembre 10, 2015

VAYA CON EL CAPITAN

MACHO EN SUSPENSORIO

   Le encanta enviarles fotos a los chicos del gym, pero en lugar de agradecerle, estos le exigían que usara tangas de las muy chicas.

ENORME MADERO

Julio César.

DEAN Y CROWLEY, LA MIRADA INTERIOR

septiembre 10, 2015

DEAN, VAYA CHICO…

LA PESADILLA DE DEAN

   ¿Se puede saber dónde estaba su ángel de la guarda?

EL GRAN BOBBY EN EL CIELO

   Decir que me encantó el episodio de la semana pasada de Supernatural, 10×17 – INSIDE MAN, sería repetir lo de siempre, pero así fue. Temí que sería aburrido al ver a Rowena, pero nada que ver, hasta me gustó que apareciera como lo hizo. Hubo obsequios. La primera sorpresa fue la intro, Bobby, el gran Bobby estaba de regreso, y ya sólo eso valía la pena. Fue un capitulo dual, Sam y Dean viven aventuras por separados, curiosamente las dos se tocan emotivamente, aunque no podían ser más diferentes. Y están todos, Sam, Dean, Castiel, Crowley, la infame Rowena, el detestable Metatron y Bobby (pocas nenas, ¿eh?), ¿cómo pude pensar que no sería bueno?

   Bien, hay dos historias, Sam quiere algo del Cielo y se busca a Castiel, quien por primera vez le sigue en una aventura a espaldas de Dean (el pobre angelito anda tan mal por este), y Dean, que pensaba pasar el rato, encara a los demonios, no los suyos (podría decirse que eran los de Crowley). Por cierto, hoy si que no me extenderé mucho. Como no sea una acotación inicial, el saber que la marca ya está arrastrando a Dean fue inquietante; sus gritos de noche, Sam, arma en mano corriendo hacia su cuarto, al otro día el pecoso fingiendo que durmió bien, o los ojos negros que se ve por un segundo en el billar, fueron espeluznantes.

   Sin casos, el inframundo parece de paro, y sin otros trabajos pendientes (jamás arreglan closets, aparentemente), Dean le pregunta a Sam qué hacer para divertirse, y este sale con que quiere ir a ver una película francesa, con subtítulos, donde el personaje principal parece ser una cucaracha. ¿Pensó Dean en acompañarle?, claro que no, y era con lo que contaba el menor para escapar con Castiel. Debe hacerlo así porque el mayor le tiene terminantemente prohibido continuar buscando referencias sobre la Marca de Caín, tema que me encanta (lo repito, Dean fue demonio demasiado poco).

LLAMADA AL CIELO

   Bien, a Sam y Castiel les niegan la entrada al Cielo, a donde quieren llegar para encontrarse con Metatron, desesperados como están por falta de pistas; la mismísima Hannah, en otro cuerpo, le dice a Castiel que no se puede, no le dejarán pactar con este y que quede libre. Y le someterán así sea por la fuerza si intenta pasar la entrada (era curiosa la gesticulaciones del hombre que la contenía al mirar al ángel de Dean). Sam, previendo esto, busca a un síquico que trabajó con los Hombres de Letras, y el sujeto era bueno, leía la mente de Sam como un libro abierto (cosa que le obligó a retirarse del mundo), no así la de Castiel, de quien se negaba a creer que fuera un ángel ya que es ateo. El hombre, y repito, que sabía lo que hacía, se conecta con alguien en el Cielo, con Bobby. Quieren que abra una puerta del otro lado y que Castiel entre. El gran Bobby ayuda, aunque no le gusta saber que Sam hace todo aquello a escondidas de Dean. El viejo cazador cumple, Castiel llega, Metatron todo chulo, creyendo tenerles por las pelotas, dice saber que le buscarían y parten de allí. Se supone que a Bobby se le castigará por lo que hizo, y de este lado la cosa no es mejor.

SAM Y CASTIEL, CHICOS MALOS

   Metatron, que es uno de mis personajes favoritos (y el actor), se pone duro, chulo, chantajista, parecía que jugaría con ellos al imponer sus condiciones al tener la sartén por el mango. Sentí rabia al ver que dominaba la situación. Lo que no esperaba el escriba, y sinceramente yo tampoco, es que Sam y Castiel fueran a jugar aún más duro. Castiel le corta bajo el cuello y toma su gracia, Sam le dispara en una pierna, y le duele ahora que es humano. Le amenazan feo y el pobre Metatron termina confesando que nada sabe sobre la Marca, que cuando Dean le golpeaba invento lo primero que le vino a la cabeza. Es decir, no tienen nada. Sam parecía que iba a matarle, pero el mañoso ángel negocia con lo que queda de la gracia de Castiel, quien parte con él, no sin antes entregarle una carta a Sam. Y verle humillado, derrotado, fue catártico.

DEAN Y LA COMIDA CHATARRA

   Dean, quien tenía terminantemente prohibido entrar al cuarto de Sam, por indicaciones de este, entra y hace desastres. Lo del cepillo dental contra su axila fue demasiado, aunque me hizo gracia. Luego se va a un bar a comer basura pero oye a unos universitarios apostando al billar y los estafa. Allí le encuentra Rowena. Antes, la mujer, en el Infierno se pintaba unos tatuajes raros por el cuerpo, siendo vista por Crowley, que se incomoda como todo hijo que pilla así a su madre, y más cuando ella le dice que tiene una cita porque una mujer tiene necesidades.

PELEAS EN BILLARES

   Va tras Dean, quien ya ha tenido una fea visión de sí mismo, y hechiza a los muchachos a quienes estafó pero el cazador los vence, y fue notable ver como Jensen Ackles personificó la batalla entre el Dean de siempre y el semi demonio que porta la Marca de Caín. La mujer le enfrenta, le odia porque debilita a su hijo, al Rey del Infierno, lo tiene comiendo de su mano (lo dicho, puro Deawley), quiere matarle con un hechizo, exactamente como Lilith intentó acabar con Sam en la tercera temporada, con los mismos resultados. La cara de Rowena al fracasar fue notable, aunque juega a que no la matará porque es un héroe y quiere que los chicos hechizados vivan.

DEAN Y CROWLEY, EL HOMBRE INTERIOR

   Frustrada, la bruja regresa al Infierno y se autogolpea, así se presenta frente a Crowley, quien le pregunta si tuvo una cita difícil. ¿No fue genial?, lo disfruté. Cuando ella culpa a Dean, este la responsabiliza a ella por ser tan tonta como para ir a enfrentarle, que quienes portan la Marca están protegidos por ella. La mujer dice que la Marca es tan sólo un hechizo que puede revertirse, y quienes vieron el episodio y notaron la cara de Crowley y el interés en saber si ella podía, ¿no pensaron que deseaba ayudar a Dean?, ¿en llegarse frente a este con una cura? Dean sigue en aquel bar y llega Crowley, la verdad fue algo que me desconcertó, gustándome una barbaridad. No pelean, están bebiendo juntos, Dean le cuenta su versión y Crowley la acepta, aunque la disculpa porque ella quiere protegerle al creer que le han cambiado. Dean le dice que sí, que lo ha hecho, que ambos han cambiado, que en lugar de pelear a muerte, deseando uno acabar con el otro, están tomando y hablando. Dean entiende lo de la familia, que a veces molestan e irritan, pero están ahí para lo que salga, ¿Rowena es ese tipo de madre, de familia?

CROLEY ECHA A ROWENA DEL INFIERNO

   Y la mejor escena con Rowena es cuando Crowley finalmente la encara y la echa del Infierno. Su sorpresa, negándose a creerlo, diciéndole que no podía hacerlo, no por un cazador, sentir casi su dolor, su rabia y despecho me gustó. Como me gustó que la palabra de Dean pesara en el ánimo del Rey. Este lo hizo muy humano, sabe que ella no le quiere, que nunca le importó, que si no fuera el Rey ni le miraría (tanto así ha cambiado Crowley).

   Sam regresa a la baticueva, Dean y él se mienten sobre lo que hicieron y Sam lee la carta de Bobby, la cual está llena de afecto paterno, de añoranza, pero también de guía, el mensaje es que por difícil que esté todo, confíe en su hermano y le cuente lo que hace. Mientras Sam lee y escuchamos la voz de Bobby, vemos la soledad preocupada de Dean, la abatida de Sam, la pensativa y solitaria de Crowley, a Castiel con Metatron, a Rowena, que se vio impresionante en esa escena en la calle desierta, elegante, cargando sus maletas, el rostro golpeado, fracasada, rechazada, despechada. ¿Saben qué me habría gustado para terminar el episodio?, que después de leer, Sam hubiera ido con Dean, así no le contara nada, pero que fuera con él.

   A mucha gente le pareció un capitulo flojo, carente de sentido, a mí me gustó todo. Sam ingenioso, Castiel a su lado luchando por Dean, la reaparición de Bobby en el papel de siempre, el ingenioso hombre que todo lo puede, aún abrir las puertas del Cielo (por cierto, que el Cielo es una mugre, con razón Anna se escapó), Dean siendo el héroe de siempre, Rowena derrotada (frustrada y rabiosa le llevará la cuenta a los Winchester, especialmente a Dean), Metatron siendo finalmente acorralado (aunque de ese siempre hay que desconfiar), Crowley solitario en su trono (¿hasta cuándo será el Rey?). Sí, todo me encantó, llevaba tiempo esperando ver esto, especialmente a esos dos morder el polvo. Pero lo inquietante es que uno tras otro los caminos que toman para buscarle salida a lo de la Marca les llevan a callejones cerrados, Caín y Metatron eran las fichas fuertes a jugar, y fallaron, ¿qué queda?

HACIA EL GRAN FINAL DE LA DECIMA TEMPORADA

Julio César.

¿SOLO PARA LAS CAMARAS?

septiembre 10, 2015

EL CONTRATO

UN MACHO VELLUDO GOZANDO DE SUS JUGUETES (1)

   Hay hombres que actúan toda su vida…

   El mundo estaba decididamente loco, piensa Jacinto, enfocando con la cámara a su cuñado metiéndose y sacándose el grueso consolador del culo, mientras gime y se estremece, mirándole (no, hacia la cámara), con lujuria, como diciéndole que le gusta, que goza mucho cuando el rugoso juguete frota las paredes de su recto y que quiere algo más (era un gran actor, se dice, temblándole algo entre las piernas).

   Eran dos machos heterosexuales sin trabajo ni suerte, que escucharon a un amigo decir que vendía fotos desnudo a tías calientes, y videos, y echándolo a la suerte, Germán había perdido y le tocó dejarse fotografiar, luego filmarle cuando se masturbaba. Subiéndolo a la red, si, habían tenido cierto éxito, algo moderado hasta que una tarde, dejándose llevar por la calentura (le leía un cuento erótico sobre una tía que era cogida por tres tipos), Germán se había metido no un dedo, sino dos por su culo. Aquello causó sensación. Las visitas y pedidos de compra del espacio se duplicaron. Notaron que eran puros tíos los nuevos afiliados. Lo discutieron luego, rojo de cara Germán, le confesó que Alicia, (su hermanita menor), en momentos de pasión le metía un dedo. Ahora le filmaban desnudo, macho y sexy, acariciándose ese impresionante y hermoso güevo (y Jacinto ser estremecía no pudiendo apartar la mirada), metiéndose y sacándose dos o tres dedos de su dilatado agujero. Los pedidos se triplicaron.

UN MACHO VELLUDO GOZANDO DE SUS JUGUETES (2)

   Lo discutieron de nuevo, Jacinto algo asustado pero Germán decidido, y se mostró jugando con un dildo. Eso fue la locura, ver al velludo semental ya sin masturbarse, de hecho le preferían con un suspensorio, tan sólo metiéndose el grueso juguete por al agujero que quedaba muy abierto, cosa que a Jacinto, que miraba fascinado, se la ponía dura. Y comenzaron los juegos, para los clientes, claro, Jacinto diciéndole lo que quería hacerle a su culo de marica, Germán gimiendo y pidiéndole (falsamente, claro), que sí, que fuera y se lo llenara porque estaba muy caliente y necesitado de macho. Los afiliados eran una multitud. A veces, para darles algo de qué hablar, y tan sólo por el negocio, Jacinto, evitando la cámara, metía tres dedos en el ansioso, ardiente y delicioso agujero, adentro y afuera, adentro y afuera. Cogiéndole. Viendo como Germán enrojecía, se tensaba y el güevo le babeaba contra el suspensorio. Un día, por el negocio, usando la sombra en la pared, pegó un dedo de la húmeda tela, recogió unas gotas y los lamió.

   ¡Las cosas que dos tíos totalmente heterosexuales tienen que hacer en estos días para sobrevivir!

LA NOVIA EN CASA

Julio César.

COMPARTIENDO PISO Y SENSACIONES

septiembre 8, 2015

AMIGOS EN PISCINA

ASS BOY

   -Okay, chicos, el más necesitado que se ponga de rodillas, saque la lengua y comience, que lo tengo bien sudado.

ACEPTANDO SU DESTINO

Julio César.

SOBREENTENDIDOS

septiembre 8, 2015

FLOJERA DE ESCRIBIR…

TODOS A LAS BANANAS

   Fraternidades: -Bien, chicos, hora de la prueba de las bananas largas y gordas, ¿trajeron algún lubricante?

LA VERDAD DE UN CHICO BLANCO EN MANOS DE UN TIO NEGRO

   Exámenes médicos: -Tranquilo, tío, sé lo que necesitas, que saque la perra caliente que llevas por dentro.

MACHO RETADOR

   Status quo: -Si, lo sé, te debo la reparación del yate pero voy a pagarte aunque estoy arruinado. Ven, cóbrate tú y tus ayudantes.

SENSACIONES Y PERCEPCIONES

Julio César.

CORRERÍAS EN BOSTON… 13

septiembre 8, 2015

CORRERÍAS EN BOSTON                         … 12

   La siguiente historia, QUE NO ES MÍA, es un Wincests enviado por una amiga. Que me perdone la autora, pero era una mala traducción del inglés y tuve que llenar algunos espacios. Me agradó mucho. Me gusta cuando Dean sorprende a Sam, y cuando Sam anda perdido de celoso (¡ha hecho sufrir tanto a Dean!). Disfrútenlo.

……

Titulo: Una noche en Boston

Autor: yeya-wc

Resumen: Dean sorprende a Sam con una vida secreta, una donde pensó dejarlo todo, incluso las cacerías.

WINCESTS HOT

……

   -¡Toda esta mierda es tu culpa, Nicholas!, si no me hubieras fallado como lo hiciste, mi vida sería ahora otra muy distinta. –el otro traga, resintiendo el golpe, parpadeando.

   -¿Crees que no lo sé? Eso es lo que más me atormenta, haberlo jodido todo contigo. Pero no podía hacer otra cosa, Dean; tú llegaste tarde a mi vida, cuando ya había hecho planes y adquirido compromisos, ¿por qué nunca has podido entenderlo? Nunca quise lastimarte. La verdad es que no pude hacer nada más. Ni siquiera ser sincero contigo. No podía contarte todo porque sabía que me dejarías, y no podía soportar la idea. –casi le grita a la cara, los dos muy cerca.

   -¿Acaso no terminó todo?

   -¿Acaso fue porque yo quise?

   -¿Acaso fue mi culpa? –le contraataca, irritado a límites imposibles. Nunca podían hablarlo, dejarlo en claro; Nicholas parecía incapaz de comprenderle.- Nunca quisiste entender que jamás habría podido aceptar ese juego sucio, tu propuesta.

   -Si me hubieras querido como yo te quería, lo habrás hecho. –acusa, contenido, voz dolida. Desconcertándole y molestándole más.

   -Hijo de perra, ¿todavía me responsabilizas después de lo que hiciste? Me mentiste, pretendías engañar a esa mujer, a todos, y querías que yo… -no puede seguir. Le desconcierta la sonrisa triste del otro.

   -Qué fácil es para ti juzgarme, condenarme. Cómo te fue fácil dejarme.

   -No fue fácil. –replica alzando la barbilla.- Nada fácil. Eras mi puerta de salida, mi libertad. Pero era un camino minado, lleno de falsas promesas.

   -Ni aún ahora puedes entender el miedo que sentía a que todo se supiera. No podía soportar la idea de verte partir, y cuando lo hiciste, y el cómo lo hiciste, lo comprobé. Fue un dolor casi físico que me rasgó el pecho.

   -Por favor… -intenta restarle intensidad, incómodo dentro de su piel.- ¿Por qué hablamos de esto, Nicholas? El pasado es pasado, lo que pudo ser… -se encoge de hombros.- …Se acabó. Estoy aquí en un trabajo, tú estás siguiendo la vida que elegiste, la que deseabas, eso tiene que hacerte feliz. –le mira en verdad desconcertado, la frente algo arrugada. La risita ronca y astillada del otro le eriza la piel.

   -Ah, Dean Winchester, qué poco sabes de nada, como poco sabía yo… La vida que llevo fue la que elegí, pero cuando lo hice, la planeaba, jamás pensé que… apareciera alguien como tú y… -no puede seguir, no tiene las palabras, no está acostumbrado a explicarse a ese nivel.

   -Bien, supéralo. –intenta ser ligero, alzando un hombro, ganándose una mirada violenta, casi jadeando, tensándose para la lucha cuando Nicholas se echa hacia adelante, atrapándole los hombros con las enormes manos, zarandeándole mientras le acerca.

   -Cierra tu maldita boca y deja de soltar basura. –le ruge, ojos centelleantes.- Nunca imaginarás el dolor que sentí al entender que te habías ido, ni imaginas cuánto me dolió cuando entendí que ya no te vería, te escucharía y hasta te olería otra vez. –le acerca más, con rabia y desesperación.- No puedo explicarte cuánto quise gritar, y llorar, y dejarme caer y gritar tu nombre para ver si de alguna manera me escuchabas y regresabas. Te maldije, Dean, te odié, y sin embargo esperaba cada día que regresarás, cazador idiota, o que en algún momento dejara de dolerme tanto.

   Decir que las palabras impresionan, confunden e impactan a Dean, sería decir poco. Tal vez por ello no reaccionó con la suficiente rapidez cuando el hombre le cubrió la boca con la suya, de una manera dura, vehemente, demandante, casi exigiéndole que le diera algo de paz. Claro, eso no explicaría por qué Dean  elevó las manos, le atrapó el rostro y correspondió al beso.

   -¡¡¡Dean!!! –estalla a sus espaldas, Sam.

   El rubio se tensa y pega un bote, escapando del beso y las manos de Nicholas, ojos muy abiertos y mejillas muy rojas, volviéndose y encontrando a un Sam de ojos llameantes, boca muy apretada y ceño totalmente fruncido, que desvía la mirada de él a Nicholas, apretando las manos en puños. Dios, lo que le faltaba a esa mañana post coito infernal…

   -Sam… -jadea el rubio, la mente nublada. Ver a su hermano así, cabello mojado, en jeans y franela, descalzo, quien le vio besándose con el otro, le sabe mal.- Nicholas vino para… para…

   Calla porque sabe que es ignorado. Sam y Nick se miran de manera retadora, el rubio abogado también furioso, sus manos también en puños, totalmente a la defensiva.

   ¡Maldita sea!, se dice Sam, ese hombre afectaba a su hermano más de lo que imaginaba después de todo el tiempo transcurrido; no sabía exactamente qué había ocurrido entre ellos, el por qué se separaron, pero todavía tenía poder sobre él.

   ¡Maldito mocoso!, piensa Nicholas, mascando piedras también. ¡Había estado tan cerca!, Dean había respondido como en el pasado, tal vez le había tomado por sorpresa o algo así, pero lo hizo. Y Sam aparecía arruinándolo todo.

   -Me parece que es muy evidente a qué vino. –el pecoso fulmina momentáneamente al pecoso cazador.

   -No, no lo sabes. –se molesta este, le irritaba sentirse a la defensiva.

   -Me parece que… que… -Sam se atraganta, ni siquiera puede decirlo. ¿Cómo podía Dean besarse con ese sujeto después de lo ocurrido apenas la anoche pasada? Era una pesadilla; hasta que cae en cuenta que Dean no recuerda nada, o dice que no recuerda, lo que empeora mucho más las cosas.

   -Calma, Sam. Sé que eres el hermano de Dean y puede que esto te haya sorprendido, saber que… bueno, un hombre puede sentir algo por tu hermano; pero somos adultos y debes entender que entre él y yo hubo historia. Una de naturaleza… personal e íntima. –comienza Nick, ganándose una mirada furiosa de Sam y una alarmada de Dean.

   -¡Nicholas! –le previene este último.

   -No, Dean, es bueno que lo sepa. Lo siento si lo has mantenido oculto para él, pero no es sano, debes poder confiar en tu hermano. –el manipulador abogado se vuelve hacia el castaño.- Mantuvimos hace tiempo una relación. Una carnal. Entiendo que te afecte saber eso de tu hermano, pero era cariño, Sam. Había algo entre nosotros muy distinto a lo que compartes con él, la sangre. Lo nuestro fue… pasión, sexo, entrega.

   -¡Basta! –estalla Dean, rojo como un ladrillo.

   -Imagino entonces que su esposa debe estar muerta de contento con la llegada de Dean, ¿verdad? –lanza Sam, para ponerle en su sitio, y a sus ojos no escapa la tensión furiosa del abogado y el respingo de su hermano. Vaya, había sido eso. La esposa de Nicholas Stanton. ¡Eso les separó en el pasado!

   ¡Maldito mocoso!, piensa nuevamente mientras traga para sus adentros Nick, cerrando nuevamente los puños, dando un paso al frente. Sam alza el mentón, casi tan alto como él, pero menos acuerpado. Y Dean, quien miraba de uno al otro, muy ceñudamente a Sam, por cierto, se interpone y alza sus manos, tocándoles, estremeciéndose, por lo tanto, incapaz de notar que a los otros dos, al sentir el roce de sus dedos en los torsos, les ocurre exactamente igual.

   -Esto es privado, Sam. Es entre tu hermano y yo. –ataca, dando otro paso al frente, pegando del cuerpo de Dean.

   -Y ella, ¿no? Porque recuerda que está casado, ¿no es así? ¿Lo recuerdas tú, Dean? –se defiende, dando otro paso, y el pecoso rubio casi queda ensartado entre ambos.

   -¡Basta! –ladra este. Y mira a Sam.- Lo que viste… bien, Nick está aquí por una nueva información. Sobre el caso. Una nueva víctima anoche. –habla lentamente, del trabajo, ordenándole que se concentre. Es cuando nota que todavía les toca, las palmas abiertas sobre sus pechos que suben y bajan, agitados, y aleja sus dedos. Eso parece despertar a los otros dos.- Y un paso atrás, por favor.

   -¿Y para contarte eso tenía que besarte? –Sam retrocede.

   -Madura, chico, que me guste tu hermano y yo a él no es para que te vuelvas loco. Es el siglo XXI… -contraataca Nick, en el único punto que sabe el otro no puede defender abiertamente.

   -¡Paren, coño! –estalla Dean.

   -Eso debiste decirle cuando comenzó a besarte.

   -Déjalo ya, Sam, maldita sea. –Dean va encolerizándose.

   El menor cierra la boca aunque aún tiene muchas cosas para expresar. ¿Fue a contarles de la nueva víctima?, ¡patrañas!, buscada a Dean. Pero baja sus hombros, aunque su mirada sigue siendo tormentosa. Por su lado, Nick está muy desagradablemente sorprendido. Conocía algo de la extraña fascinación de Dean por su hermano, pero lo achacaba a la realidad oscura que le tocó vivir, ser el responsable del chico, pero ahora notaba que aquella “pasión” podía ser correspondida. Algo que no le gustaba para nada.

   -¿Qué ocurrió? –pregunta Sam mientras toma su laptop de la mesita de noche, deseando concentrarse en el trabajo.

   -Fue asesinada mi asistente, la señorita Murray, Annia Murray. –informa Nick, ganándose una rápida mirada del menor, llena de recelo y sospechas.- Es imposible negar ahora que estoy mezclado en este asunto.

   -¿Miedo por su buen nombre? –se burla Sam, conectándose. Dean rueda los ojos.

   -No, responsabilidad. Alguien, para atacarme, les hizo daño a todas esas personas. –es firme, claro. Y está furioso. Sam le mira ceñudo, y más cuando nota que Dean sonríe un poco, con aprobación por sus palabras.

   Llaman discretamente a la puerta. Nick atiende, es su gorila. Intercambian unas palabras mientras un muy ceñudo Sam sigue buscando en la red. Dean observa el disgusto del abogado, quien asiente y se vuelve a mirarle.

   -Me llaman de la Fiscalía, ya debe ser del dominio público lo de Annia. Debo…

   -Entiendo. –es sencillo es la respuesta, pero se miran, y Nick no parece encontrar las fuerzas para irse, nota Sam mortificado, fingiendo que no les vigila tras el cabello que cae sobre sus ojos.

   -Dean, necesitamos hablar. –pide, como lo hace todo, con firmeza. Sam alza la cabeza como movido por un resorte.

   -Nick…

   -Es necesario. –insiste el abogado, manos en los bolsillos, acercándose, algo ladeado de un hombro, mirándole a los ojos.

   -¿Por el caso? –Dean se burla; Sam también se preguntaba si usaría esa excusa.

   -No. Necesito… quiero que hablemos. –hay todo un mundo implícito en la frase.- Tal vez podríamos reunirnos esta tarde en alguna parte, si quieres en una habitación de este hotel, no en esta, claro, abrir una botella de whisky y…

   -¡No! –Sam estalla, agitado, recibiendo sus miradas.- Este caso es delicado y debemos concentrarnos en el trabajo.

   -Puedo trabajar y beber. –le recuerda Dean, estremeciéndose un poco, seguramente recordando que por beber se metió en la cama con el menor la noche anterior. Por su lado, Sam debía estar sacando las mismas cuentas, jurándose que nunca dejaría al rubio encerrarse con el otro en un cuarto con una cama y una botella de licor.

   -Si,  lo manejas divinamente. –le replica. Nada de eso le agrada a Nick.

   -Llámame luego. –alzando los hombros al mirar a su hermano, Dean acepta. No por testarudo o maldad. Por Sam. Tal vez eso ayudaría a repara un poco el error cometido con su hermano.

   Poco después, el abogado sale y Sam se pone de pie, estallando.

   -¿Estás loco? ¡No puedes salir con él! –le encara, y quiere mentirse, decir que es por el caso, no por la ola de celos que lo cubre y le ahoga de rabia y desesperación. La idea de que era tarde, de que le había perdido, le atormenta.

   -Puedo manejarlo. –le replica ceñudo.

   -Oh, eso lo noté cuando salí del baño. –reta, poniéndose de pie. Y Dean le encara, barbilla alzada y mirándole a los ojos.

   -Basta, Sam, me viste besándole, ¿es eso lo que tanto te molesta? Te creí más liberal. ¡Ya te dije que hubo algo entre nosotros! –y en cuanto lo dice se arrepiente, mierda. Sam abre mucho los ojos y la boca.

   -¿Lo recuerdas todo? –es una pregunta vital, siente que todo zumba por los rincones del cuarto.

   -Claro que lo recuerdo. –el rubio lucha ferozmente contra su mente, intentando serenarse.- Te dije que le conocí cuando estabas en la universidad y cazaba solo. Que era un conocido, pero tú insinuaste que había algo más. Y es cierto. –enrojece al admitirlo sin el alcohol.- Hay historia, pero ya la imaginabas.

   -¿Eso es…? –Sam le mira con desconfianza supina. ¿Era todo lo que recordaba? ¿Era de lo que hablaba? Maldita sea, ¿Dean recordaba todo lo ocurrido la noche anterior o no?- Nunca creí verte besar a alguien así. –suelta algo que le quema.

   -Lo sé, el sexo es una cosa, las caricias emotivas otra. Con un tío o una tía. Con ellas es fácil explayarse en ternuras y caricias que con un tío resultan imposibles; pero Nick…

   -Fue realmente importante. –acepta la evidencia, casi acusándole.

   -Estaba solo, Sam. En un momento cuando creí y sentí que todos me abandonaban. –grita porque tiene que hacerlo. Porque está cansado de ser llevado, fiscalizado, censurado. También él tuvo sus momentos malos, ¿por qué nadie preguntaba nunca por ellos? Sam lo entiende y se encoge dentro de su piel, aceptando el reproche. Pero necesita saber.

   -¿Qué tanto significo? ¿Por qué terminaron? ¿Por qué nunca deseaste regresar a Boston? –le ve tensarse. Sabe que tiene que ver con algo que el otro hizo, Stanton, algo que tenía que ver con la esposa.

   -La gente se gusta, luego ya no. Y Nick es fiscal, siempre me pareció temerario reencontrarme con él. -se encoge de hombros escapándose por la tangente. De repente se siente agotado.- ¿Podemos dejarlo así, Sam? Me duele la cabeza, no he tomado café y me estás fastidiando. Enfoquémonos en el caso y salgamos a desayunar.

   -Esto tiene mucho que ver. –le señala la consola, cayendo sentado sobre la cama. Dean, después de dudarlo, cae también; con ese mal tino siempre entre ellos, quedan muy juntos y sus muslos chocan. Los dos son consientes de ello. Sam le mira, él, enrojeciendo, evita sus ojos.

   -Muéstrame lo que guardas, Sam. –y maldijo que sonara así.

   -Tu amigo nos ha ocultado muchas cosas. –comienza y el pecoso se tensa inmediatamente. En la pantalla aparece una noticia de un hombre desaparecido en las afuera de la ciudad, una zona de depósitos y almacenaje.- No nos habló de esto. Martin Hammer, un hombre de cincuenta años que laboraba como vigilante en estos depósitos, desapareció. Se le buscó y nada, pero se sospechó juego sucio por la cantidad de sangre que encontraron en el lugar. –mira a Dean, quien se ve ceñudo.

   -¿Y?

   -Esas propiedades, en específico, pertenecen a la familia Stanton. –informa y Dean se tensa más.- El hombre, Hammer, denunció la presencia de extraños en la zona, alegando que incluso allanaron unos de los depósitos y robaron algo. No sabía qué. En realidad se hizo poco, la familia no lo tomó en serio pero el hombre vigilaba con más atención. Y desapareció. No fue sustituido por nadie.

   -Sam, esto… ¿seguro que tiene que ver con el caso?

   -Bruce McCoy, no era tan incondicional de tu Nick como este quiere hacernos ver, estaba investigando ese asunto, si, pero algunos sostienen que para el Procurador del estado. La propiedad ha sido asociada a ciertos transportes recibidos desde California. –termina triunfal.- Y la ahora difunta señorita Murray tiene un interesante record telefónico. –le muestra la pantalla.

   -¿Ya lo miraste? –se sorprende.

   -Sabía qué buscar. También ella mantenía conversaciones con la oficina del Procurador. Creo que se investigaba a tu Nick y este… se aseguro de que no llegaran a nada.

   -¡Sam! –estalla poniéndose de pie, ceñudo.- No… no puede ser.

   -Dean, tu amigo tiene razón, todo lleva a él, pero no de la forma que imaginábamos. No creo que nadie le persiga. Alguien le sirve.

   -¡No! –es tajante. Sam se pone de pie, furioso.

   -¿No porque te gusta? –reta, fascinándole ver como la cara le enrojece y las pecas destacan sobre su nariz, el cómo sus ojos se cubren de una brillante capa luminosa.

   -Nicholas Stanton, fuera de su vida muy personal, es un hombre de leyes, Sam. Nunca haría esto.

   -¿Estás seguro? ¿No será su ambición personal mayor que sus escrúpulos?

   Y Dean se congela. Sus intentos siempre le han servido, pero le habían fallado una vez, con Nicholas. Algo en él le aseguró que era de fiar, leal, sincero, y se había equivocado; pero de allí a pensar que el otro estuviera tras unos monstruos horribles que destripaban personas que le estorbaran…

   -Le conozco, Sam, no puede ser que…

   -¡Dejas que tus sentimientos por él nublen tu juicio! –acusa con despecho. Dios, cómo odia a ese sujeto, y a Dean por tonto.

   -¿No será que tus prejuicios te llevan a acusarle? Supones que es un maldito imbécil porque no puede creer que alguien decente pudo encontrar en mí algo digno de quererse. Papá y tú siempre han creído que no valgo nada. Ni siquiera para que continuara tras ustedes, por eso te desconcierta que a Nick pudiera gustarle tanto como para pedirme que… –contraataca igual de molesto. Pero calla cuando nota que le hiere. Mucho. El castaño retrocede un paso, vacilante.

   -Vaya, al fin lo dices. Debes haber esperado mucho por ello. –la voz sale ronca, dolida.

   -Sam… -traga, intentando remendar el capote. ¿Cómo podía herir tanto aquello que se ama? Tal vez porque estaba mal. Lo que sentía por Sam. Tal vez a Sam no le quedó otra alternativa como no fuera marcharse para terminar con toda esa anormalidad.- No quise…

   -Oh, sí, quisiste. Y entiendo. –al menor le cuesta asimilar el golpe, sabiendo, a cierto nivel, que lo merece.- Pero no te estoy engañando con esto, Dean. No te miento. Nunca lo haría sólo para herirte. Todo ocurre alrededor de tu… -traga saliva.- …De Nicholas Stanton. Sé que no quieres creerlo porque te importa, pero… -le ve alzar los hombros, retador.

   -Vamos. A ese depósito. Ahora. –desafía. Y el menor le sostiene la mirada, sintiéndose todavía afectado, profundamente dolido.

   -Okay, Dean. Es lo que hacemos, el negocio familiar, ¿no?

   -Si… hermano. –es lapidario.

CONTINÚA … 14

Julio César.

CITAS EN NINGUNA PARTE

septiembre 8, 2015

JARED HACE CAER A JENSEN

   Aunque pensaba llevar, por ahora, únicamente Correrías en Boston, algunas amigas me han comentado lo poco que les interesa la historia. Aparentemente no comparten mi fascinación por los celos de Sam. Sin embargo, voy a terminarla; pero para compensar, y siendo que este blog es sobre sexo (en una buena medida), subo otra historia, una ligera, sin tantas complicaciones, nada oscuro o terrible, y que no pasará de ocho entradas, máximo. Lo juro. Irá con Correrías en Boston.

PADACKLES ES AMOR

   -¿Le damos un poco más?

……

   Cuando escucharon que Jeremías Ackles le había partido la boca a Nataniel Padalecki, comenzando la vieja disputa entre las dos familias por la mina de cobre que Jeremías gritaba el otro le había robado, la tercera generación rodaba los ojos, pensando en lo inútil que era preocuparse por peleas que ocurrieron en mil ochocientos y algo, aunque la verdad es que aquello hubiera acontecido unos cuarenta años antes. Sin embargo, muchos de ellos sí recordarían lo que hacían cuando escucharon que Alan Ackles le partió la boca a Gerald Padalecki cuando un tribunal, al que el primero acusó de vendido, le dio la razón a “los polacos esos”, como se refería a ellos, en el largo juicio por la mina. Así se zanjaba legalmente el asunto. A no ser porque Gerald Padalecki había caído hacia atrás y se había golpeado la cabeza, quedando medio inconsciente, por lo que su mejor amigo, Rex Murray, había golpeado a Alan, tomándole por sorpresa (alarmado, se quedó congelado cuando Gerald quedó tendido en el piso), cayendo también.

   Así, aquel delgado y pecoso chico terminó en un hospital en ese comienzo de la noche, frente a una casi totalmente vacía máquina expendedora de bolsas de frituras chatarras, hambriento, esperando noticias sobre su padre. Su ceño fruncido era adorable mientras sacaba la última bolsa de cheetos y caía sentado en una silla de aquel solitario pasillo, dispuesto a disfrutarla. Fue cuando vio al otro chico, delgado también, cabello enmarañado, castaño, cayéndole casi sobre los ojos. Debía tener más o menos su edad, unos seis años. Le vio dirigirle una mirada curiosa mientras abría la bolsa y tomaba uno de los muy amarillos cheetos, disfrutándolo mientras también le seguía con los ojos. No sabía por qué, pero el delgado chico le fascinaba por alguna razón. Y otro tanto parecía ocurrirle al castaño, quien únicamente apartó la vista para mirar la ahora si vacía máquina, con un enorme puchero y aire de desaliento.

   El pecoso, que se había quedado allí para que su hermano no le quitara las golosinas que esperaba encontrar, le sostuvo la mirada cuando el otro, muy afligido, le enfocó. Y alzó la mano con la bolsa, ofreciéndole. Le maravilló ver esos ojitos rasgados y multicolores brillar. La manera en que todo él resplandeció, cayendo patosamente a su lado, muy cerca, llenándole de su calor y olor a sudor joven y jabón.

   -Gracias. –le agradeció, como todo chico bien criado y comenzó a comer de la bolsa. Ambos muy pensativos.- ¿Qué haces aquí? Yo estoy esperando a mi papá. Tuvo una pelea y le derribaron; debieron atacarle entre varios, aunque no me han contado. Mi papa es muy fuerte, ¿sabes? –contó para cortar el silencio, notándose que era abierto, amigable y conversador.

   -Seguramente.

   -¿Y tú?

   -También espero a mi papá. –informó el rubio pecoso, sin notar la mirada exasperada sobre él. El castaño esperaba más detalles.

   -Me encantan los cheetos, a mamá le molesta que coma tanta… chatarra, ¿por qué le dirán así?, pero me gusta. –hizo una detallada relación de las chucherías de su preferencia, y el pecoso, sonriendo levemente animador, le escuchaba. Encontraba algo sedante en ello. Pero de pronto notó que el otro había dejado de hablar, se volvió y le pilló mirándole muy fijamente, con los ojitos brillando y la boca abierta. Enfocándole la cara. Se tensó.

   -¿Qué?, ¿nunca habías visto a alguien con pecas antes? –se le notó incómodo y molesto. Odiaba sus pecas. Su hermano no tenía tantas. Ni sus padres. Seguramente una vieja gitana malvada…

   -Miraba tus ojos. –respondió enrojeciendo.- Son muy bonitos. –acotó y los dos se agitaron, desviando las miradas, ambos muy rojos de caras, y para colmo, cuando intentaron volver a la normalidad, es decir tomar otros cheetos, sus dedos de niños chocaron en la entrada de la bolsa… y no los apartaron. No se miraban, pero no pudieron, ni quisieron apartar los dedos. Años más tarde, riendo, el castaño le contaría a todo el que quisiera escuchar que le gustaron los chicos desde ese momento.

   -¡Jensen Ross Ackles, ¿qué haces con ese niño?! –una voz alterada de mujer les hizo pegar un bote. Y el castaño quedó en shock, mirando al rubio, que enrojeció mucho.

   ¿Ackles? ¿Acaso el pecoso…? Cuando, en la escuela, leyera Romeo y Julieta, aquello sobre el único gran amor nacido de su mayor odio, le parecería demasiado personal. El chico pertenecía a esa familia de dementes que odiaban a su papi, el mejor papá de todo el mundo.

   -Mamá, yo… -Jensen pareció compungido, más cuando la mujer en evidente estado de gravidez, le atrapó la mano cuyos dedos aún rozaban de los de Jared, halándole, dejando la bolsa en manos del otro, quien maniobró para que no cayera al piso.

   -No tomes nada que venga de ese horrible chico Paladecki. –sentenció la mujer, agitada.

   -¿Padalecki? –Jensen bramó, boca y ojos muy abiertos, mirando al castaño. Uno de ellos. De la gente que tanto daño le había hecho a su familia.

   -Soy Jared… -el niño intentó una sonrisa, deseando en esos momentos como nunca quiso otra cosa, no ser rechazado por razón alguna. No por… Jensen.

   -Yo… -el rubio comenzó a decir pero ya la mujer le halaba.

   -Nos vamos. Dieron de alta a tu papá.

……

   Las azuladas y rojizas luces estroboscópicas barrían la pista y un tanto sus ocurso rincones, mientras la música prácticamente obligaba a bailar. Jared, enfundado en su buen traje deportivo, ríe a mandíbulas batientes con una cerveza en las manos, escuchando de boca de su menuda amiga Alexis, como es que siempre se lleva un chasco por buscar hombres grandes que luego defraudaban en la cama. El grupo, seis o siete jóvenes profesionales exitosos, la pasa bien. Era un viernes por la noche de una semana larga de trabajo. Y a los veintiocho, como rondaban casi todos, la sangre pedía a gritos una escapada, para reír y gritar con los amigos, para beber y bailar hasta que el cuerpo aguantara, o los movimientos se convirtieran en preámbulos de sexo, clavando los ojos sobre un cuerpo también joven y deseoso de vivir, una mirada que prometiera un buen rato sin preocupaciones o consecuencias.

   Jared lo necesitaba, su padre le tenía verde con sus consejos y vigilancia sobre la manera de llevar el negocio de la familia, del cual sólo era asesor, ocupado como estaba con sus propias ideas. Su padre, y en buena parte su medre, le deseaban de lleno en las empresas. Y que sentara cabeza; que si no iba a casarse con una linda chica, que estabilizara su vida sentimental, que encontrara a alguien y se enseriara. Y saber que les atormentaba el que no lo hiciera, le robaba algo de paz. Era un joven empresario que deseaba conquistar el mundo por su cuenta, luchar a brazo partido por ello, o llevar su existencia a paso lento a veces, disfrutando de cada rama mecida por el viento, cada grato rayo de sol en la cara, cada trinar de pájaros. Cada chico guapo con quien se cruzara, así sólo intercambiaran una sonrisa, una mirada. Pero…

   -Necesito otro trago, ¿alguien más? –pregunta y todos aplauden aprobadores.

   No puede evitar sonreír mientras cruza la pista, los cuerpos contorsionándose, chica y chicos que le miran en aparentes invitaciones, como los cuerpos que le rozan o las manos que le tocan hasta que se aleja. Ve a su mejor amigo del mundo, Chad, bailando con una joven en mini falda. Aunque decir que bailan es una exageración; el rubio está besándola de una manera ya sexual, mientras le tiene una mano metida bajo la falda, tocándola. El muy cerdo, sonríe con aprobación. Agitado de respiración, algo transpirado, el cabello un tanto húmedo, llega frente a la barra.

   -Hey… -llama, feliz como siempre, pero su mirada se congela cuando un cuerpo corta la visión de la chica pelirroja a quien se dirigía. El hombre más guapo, sexy y caliente que pueda imaginar está allí, enfundado en una franela negra, ajustada de una manera obscena sobre sus hombros, bíceps y pectorales, y un jeans oscuro que parecía pintado sobre su cuerpo. Nota las manos grandes que se secan de un pañito que lanza bajo la barra.

   -¿Deseas algo, grandote? –le pregunta con una voz cantarina, profunda, que despierta ecos en todo el cuerpo de Jared, y un calor intenso en su pecho y bajo vientre.

   Por un instante que le sabe a eternidad, el castaño no puede responder, perdido como está en los ojos verdes, las largas pestañas amarillas, el cabello rubio sucio alzado en puntas, la nariz algo desviada, totalmente adorable, y sus pómulos cubiertos por un millón de maravillosas pecas. Y sus labios, carnosos, rojos, los cuales se humedecen cuando pasa la lengua sobre ellos, de manera refleja. Y Jared quiere esa boca contra la suya, esos labios contra su piel, sobre su verga, rodeándola y masajeándola en su ir y venir. Quiere que esa lengua…

   -Hey, ¿deseas algo? –la maravillosa aparición trona los dedos frente a sus ojos, sonriendo todo chulo, como sabiendo el efecto que causó en él.

   -Yo… si, eh, claro… -sonríe tragando saliva.- Necesito tú número telefónico y tu dirección. Eres soltero, ¿verdad? Tienes que serlo o me muero. –el otro le mira desconcertado por un segundo y luego ríe, mostrando sus dientes blancos, parejos.

   -Eres un avión, Padalecki. –le desconcierta que sepa su apellido. Y más por la mirada oscura, traviesa y perversa que adivina en sus pupilas. Le mira y le mira, pero no cree haberle visto antes. Joder, si le hubiera conocido jamás le habría olvidado… O quitado las manos de encima. Debía…

   -¿Ackles? –brama finalmente, aún más desconcertado, sintiendo que todo da vueltas a su alrededor.- ¿Jensen Ross?

   -¿Lo recuerdas todavía? Dios, eso fue hace muchos años, más de veinte. –se maravilla el rubio, el otro sonríe, algo confuso ahora.

   -Nunca olvidaría al niño por el cual supe que era gay. –confiesa abiertamente, ganándose miradas de otros consumidores y de la chica pelirroja tras la barra. Pero no repara en ellos, tampoco Jensen.

   -Tu familia me debe algo, Padalecki. Mucho, a decir verdad. –el rubio se tiende sobre la barra, mirada intensa, y Jared siente que se ahoga, que se hunde, que quiere sumergirse, desnudo, en esas piscinas de aguas verdosas y brillantes. Pero también inquietud por lo que el otro dice.- Tú, personalmente, me debes algo.

   -Jensen… -oh, Dios, la antigua pelea entre Ackles y Padalecki. No era posible que esa tontería le costara llegar a conocer al hermoso dios sensual que tenía en frente. No puede evitar agitarse y echar su cuerpo hacia adelante, en respuesta automática, cuando el rubio se tiende más.

   -Me debes una bolsa de cheetos… y haré que me la pagues. –suelta con una mirada oscura, un tono de voz bajo y profundo que promete tocadas, lamidas, mamadas, penetradas; y tal vez azotes y esposas, y súplicas para que no se detuviera nunca.

   -¡Cuando quieras! –replica agitado, su voz también baja, duro bajo las ropas. Se miran por lo que parecen horas.

   -Vuelvo pronto. –anuncia Jensen, sin mirar a nadie, señalándole con un gesto hacia el final de la barra.

   Y Jared siente que todo le da vueltas. Mierda, ¡esto estaba ocurriendo! ¡Iba a pasar! Caliente como está, no puede ni imaginar el precio que terminará pagando.

CONTINÚA … 2

Julio César.

REACCION

septiembre 8, 2015

VAYA CON EL CAPITAN

GOLOSO

   Entre el bañador, la mirada sucia y el helado que atrapaba todo con la boca, chupándolo y lamiéndolo, tenía a todos bien locos en la piscina.

PEDIDO

Julio César.

PAGANDO EN PLAYA PARGUITO

septiembre 4, 2015

OFERTA

MARINES ISRAELIES

   Eran chicos de honor… marines.

   Ríen como bobos, entre incómodos y divertidos al usar aquellas prendas que en sus casas jamás llevarían, algunos todavía no atreviéndose aunque les estimulaba. Habían apostado con unos colegas y perdieron, así que debían cumplir el reto: llevar prendas chicas, mostrando mucha piel y culos, coqueteándole a los machos nacionales en la arena. Todos debían, al menos, “enganchar” a un tío, así fuera prometiéndoles atenciones de bocas. Y pensaban hacerlo, pagar y el buen rato pasar. Ya Jimmy había recibido una oferta para cubrirle de bronceador.

MUY CALIENTE

Julio César.

REUNIONES FAMILIARES

septiembre 4, 2015

¿APRECIO O HAMBRE?

SUEGRO MONTADO EN LA POLLA DEL YERNO

LA VIDA EN LA GRANJA

Julio César.