LUCHAS INTERNAS… 122

febrero 14, 2014

LUCHAS INTERNAS                         … 121

SEXY HOT MAN

   ¿No te han puesto contra la pared alguna vez?

……

   Cuando Ricardo Gotta llega, silbando mortificado, tenso por lo que pasó en Altamira, y entra en el dormitorio matrimonial, encuentra a Amelia mirando la cinta sobre la joven a la que golpeó y sodomizó en aquel hotel. El hombre sintió un feo vacío en el estómago. Ella lo miró con odio.

   -¿Cómo puedes ser tan infame?

   -¿De dónde sacaste eso? -suena ronco, sintiendo una dolorosa pulsación en sien derecha.

   -¡Maldita basura! -le grita la mujer, arrojándose contra él, sólo para recibir una fea y poderosa bofetada.

   Es algo que le gusta al hombre, quien le repite la pregunta, quién le dio eso, y la cachetea una y otra vez, mientras ella le grita basura, encogiéndose, cubriéndose con las manos y brazos la cara, sólo para recibir un puñetazo en el estómago, que la deja sin aire, resbalando al piso, donde gimotea.

   -¿Quién te la dio? -ruge una y otra vez, hasta que lanza una patada que le da en un codo. La mujer grita, ahora si aterrorizada, nunca le había visto así. El hombre se vuelve con violencia cuando alguien entra, alarmado.- ¿Qué quieres?

   -Lo siento, doctor. -responde Alex, frío, mirándolo a través de sus lentes oscuros. Mira la cinta que corre en el video reproductor. Ricardo se para una mano por los cabellos, mirando a Amelia.

   -¿Quién estuvo hoy aquí? -le gruñe al tipo.

   -Acabo de llegar, señor.

   -Sácale el nombre de la persona que le dio esa cinta. Haz como sea, pero que hable. Quémale los pezones si es necesario. -la mujer grita.

   -Fue Eric Roche… fue Eric Roche… -gimotea, sintiéndose sucia, vacía y derrotada, cubriéndose el rostro con las manos.

   -Eric… -jadea Ricardo, sorprendido y alarmado, apagando el VHS y dirigiéndose hacia Alex alza la cinta.- No, él pudo traerla, pero… Esto no es obra de esa basurita. Tras todo esto hay alguien más. -agita la cinta con rabia.- Averigua quién es. Averigua quién conspira contra mí. Quiero saber si es cosa de Juan V. Rojas o Dagoberto Cermeño. Sí es él, lo jodo; no me importarán sus Círculos de la Muerte. Los jodo. ¡Los jodo a todos! Si yo caigo, él también caerá, y todos ellos con nosotros. -parece jurarse a sí mismo, lleno de odio.- Averigua quién anda tras de mí, Alex… Diles que o arreglan esto, o todos se van al coño. Y termina con Eric Roche de una vez… y con toda su maldita familia, comenzando por la vieja hija de puta. –ladra órdenes insensatas en voz alta, perdidos los estribos.

   Alex frunce el ceño, pero asiente. Acabar con el abogaducho era ya cuestión de honor.

……

   Las cosas para Cecilio Linares estaban a punto de precipitarse, aunque él lo ignoraba, como lo ignoraba todo aquel que iba a pasar por algo similar. Esa mañana, cuando fue descubierto por un joven marinero cuando otro carajo, un jovenzuelo insolente, lo enculaba, no podía sospechar que terminaría de confidente de los enemigos de su jefe, mentor y amante de su esposa, Ricardo Gotta. Mientras eso llegaba, el hombre, en cuatro patas, o en algo parecido a esa posición, ya que tenía una pierna doblada en el sofá y un codo mientras la otra pierna y brazo colgaban fuera del mueble, notaba su culo abierto y penetrado violentamente por un joven desnudo de la cintura para abajo, con casaca y gorra de marinero, mientras su boca era cogida por el joven de cara granulosa, que sonreía mientras lo embestían al unísono.

   El rojizo güevote entraba hondo, con un golpe de cadera, dentro del redondo anillo abierto mil veces por amantes que habían saciado sus deseos en él, t aunque era que no se decía o admitía, muchos reconocían que el agujero caliente del abogado era  capaz de ordeñar las vergas más reacias de una manera que encanta. Esas nalgas se agitaban cuando las caderas del otro lo golpeaban. Cecilio, por otra parte, se sentía turbado como siempre al ceder así, tan fácil y ansioso al asalto de un macho. El otro güevote le deformaba la garganta, quedándose allí, muy clavada mientras el abogado respiraba afanosamente en los pelos púbicos del muchacho que gruñe su agrado, el que tiene todo joven al que un carajo hambriento le come la tranca, succionándosela con todo.

   El marinero clava los dedos en sus caderas mientras lo encula con más fuerza, le saca el güevote del rojo agujero, que queda abierto, y se lo mete otra vez. Lo saca todo y metiéndole dos dedotes, hondos, los agita allí para oírle gemir. Luego lo coge nuevamente, con rudeza, abriéndole, satisfaciéndole con su dura y caliente carne las sensibles paredes de su recto. Cecilio chilla, barbilla babeada, cuando la tranca sale de su boca para que ruja lo mucho que le gusta ese tolete en su culo, eleva la cara y siente el azote del tolete del chico, sonriente y malévolo, en sus mejillas y nariz.

   La espalda transpirada del leguleyo se arquea mientras lo cabalgan con ganas otra vez. Su culo va y viene contra ese tolete duro, atrapándolo y amasándolo con rabia. El marinero le azota las nalgas con una mano, primero una y luego la otra, enrojeciéndoselas. Cecilio chilla ahogado con la tranca en su garganta. Se sentía bien, carajo, esas nalgadas duras que picaban y ardían. ¡Era feliz en ese momento! Lo tenía decidido, iba a dejar a esa puta que tenía por mujer e iba a vivir para culear así, como ahora. Se vuelve hacia el marinerito y le grita que lo cabalgue bien, que se lo clave hondo, que lo coja duro.

   -¡Qué puta! –ríe el marinerito.

   Su culo y boca chupan ferozmente, y el joven del bar grita largamente, llenándosela con su carga tibia y abundante de leche, que el otro traga con ansiedad y frenesí, saboreando cada buche. Jadeando lo saca y sonríe al ver como Cecilio se retuerce y gime, con el güevo del otro clavado en sus entrañas, comprendiendo que el panita estaba dándole sobre la pepa del culo, y no había hombre que se mantuviera indiferente cuando le daban ahí. Sonriendo les dice que gocen bien, que la pasen sabroso. Se viste y sale, bostezando y estirándose.

   Todavía sonríe al salir del almacén, oyendo los agónicos gemidos de Cecilio, ese güevo alimentando ese coño que tenía por culo. Se topa con un tipo negro y alto que viene con dos cajas de cerveza en sus manos.

   -¿Dónde estabas? -le pregunta el tipo.

   -Aquí. Gozando el culo más rico y caliente que he cogido nunca. Y qué boca, pana. Ese carajo tiene chupones en todas partes. –informa y el tipo sonríe.

   -Hummm, suena bien.

   -Anda. Ese quiere más.

   Casi dos horas después, un adolorido y sonriente Cecilio Linares sale del bar, sintiéndose diferente. El sol., alto, lastima sus ojos, pero no importa. Se estira y pasándose una mano por el rostro, se avergüenza un tanto, el rastro abundante de semen le apelmaza los pelos. Casi grita cuando un carro se detiene a su lado y en la ventanilla aparece el rostro de José Serrano, el vigilante de La Torre… quien también le ha enculado varias veces.

  -¿Dónde estabas, Linares? Llevo horas buscándote por todos esos bares. -sale del carro, serio.- Pana, estás metido en una buena vaina. Mataron gente anoche en la plaza de La Libertad. -lo mira palidecer de muerte.- Hay quienes te señalan como metido en todo eso. Esas periodistas, la Poletto y la Colombina aseguran tener grabaciones donde planeaban matar a esa gente y que tú estabas ahí.

   -¡No es verdad!, yo no tengo nada que ver; esas son vaina de Ricardo. -jadea ronco, asustado, sin reparar en que el otro mira hacia el carro. José parece meditar. Sólo lo parece.

   -El doctor Gotta está cubierto, pero tú…

   -¡No hice nada malo! No sé nada de eso.

   -Bueno, si tú lo dices… Mira, hay alguien que tal vez te ayude. -abre la puerta posterior del vehículo y Cecilio mira, con algo de temor, la negra cara.

   -¡Doctor López! –mierda, Aníbal López.

   -Doctor Linares… -le estudia y medio olfatea.- ¿Una noche difícil?

   -Yo no… No creo que deba…

   -Sé que sabes cosas de Ricardo Gotta, amiguito. Y yo quiero saberlas también… -suena casi amenazante.- Si sabes lo que te conviene.

……

   Lesbia sabía que se las estaba jugando, pero que era algo que debía enfrentar. Ahora estaba convencida de que Ricardo Gotta era real y totalmente un monstruo. No olvida las horas en que la asedió, con detalles, galanteos, miradas, con su aire de gran caballero, aún dentro de su casa, frente a su marido, un hombre que confiaba en él. Y en ella. Y ella lo defraudó. Estar con Ricardo fue algo novedoso y aventurero; era un hombre que la atendía y mimaba, hasta que comenzó a ser agresivo. Hubo cosas de la vida sexual que llevó con él que le desagradaron. Se volvió exigente y egoísta, pero lo aguantó hasta que quiso involucrarla en un intercambio de parejas. Su negativa fue seguida de gritos, reclamos y dos bofetadas que nunca le perdonó. Ni olvidó. En ese momento le tuvo miedo, pero no podía recurrir a nadie, y menos a William. ¿Cómo contar que había sido una puta?

   Calló sus indirectas y bromas siguientes, la cruel burla en sus ojos; sabía que tampoco él la había perdonado y sólo la esperaba en la bajadita. Bajada que llegó cuando William sufrió su crisis de conciencia. Fue el mejor momento para descargar su odio contra ella. Ricardo era un enfermo, y ella se enredó con él, atrayendo sobre sí su locura. En cuanto su marido abandonó La Torre, después de abril, ella imaginó lo que había sucedido, no las muertes y lo de Roger, eso no podía ni pasársele por la cabeza, pero sí que Ricardo le había dicho algo de lo otro. Cuando lo enfrentó, él lo negó, burlándose y exigiéndole que fueran nuevamente amantes. Casi la coaccionó.

   Le tenía miedo y recurrió a Aníbal López, el enemigo de Ricardo. El hombre intercedió por ella ante el otro. ¿Qué dijo o cómo lo enfrentó?, no lo supo, sólo que Ricardo ahora la odiaba más, pero la dejó en paz. La mujer ignoraba cuánto le temía, a nivel físico, Ricardo a su socio y enemigo. Eso la ayudó en esos instantes, pero sintiéndose perdida sin William, sin saber dónde andaba o qué hacía, recurrió nuevamente al abogado negro, en un restorán donde Ricardo no podría encontrarles; allí este la miró fijamente.

   -Tu marido huye de algo que hizo, o que vio. O de sí mismo. El punto es que está… sentenciado. Esta huyendo de Ricardo Gotta. Y de Ricardo Gotta no se puede escapar. -lo vio juntar las manos, meditando (ignorando que ya todo lo tenía decidido).- ¿Por qué no buscas a Eric Roche y a Sam Mattos? Ellos pueden moverse más libremente, sin llamar la atención de Gotta. Cuéntales a ellos sobre la huida de tu marido, de tus sospechas sobre lo que pasó ese día de abril.

   -Ellos no son mis amigos. Ni de William, ¿cómo me les acercaría…?

   -Busca a Irene Guerra. Pregúntale por William, dile que llevas tiempo sin verlo. Ella lo comentará con Eric y todo saldrá en forma natural. Es lo único que puedo aconsejarte por ahora.

   Y lo hizo, nerviosa, poniendo en marcha un plan que el abogado llevaba tiempo madurando, que dirigiría la atención de Eric y Sam hacia William y su huida, hacia lo que sabía y para quién trabajaba. Eso los llevaría a Lesbia y a que ella contara la marcha de su marido después de abril; y más tarde los llevaría a Marsella Salas y a Luis Maquís (y a cuando Eric casi es atropellado una noche). Pero de esas maquinaciones de Aníbal, Lesbia nada sabía.

   Tomando aire, mientras llama a la puerta de la casona de Ricardo Gotta, la mujer siente que se está metiendo en honduras, pero no podía hacer otra cosa. Ya no le temía a su ex amante, le tenía pavor, un miedo visceral, por ella, por sus hijas, por el ingrato de William. Las indicaciones de Aníbal habían sido claras, no oblicuas y oscuras como la vez anterior. Fue introducida a una sala amplia, donde esperó, sentada, poniéndose bruscamente de pie cuando entró la otra mujer, la esposa de Ricardo.

   -Lesbia, que sorpresa… -gimió Amelia, con los labios inflamados, oculta tras sus lentes oscuros.

   -Amelia, necesitaba verte. -sonríe nerviosa e impresionada por su estado.- Por Dios, ¿qué te pasó?

   -Yo… -jadea, pasando saliva.- Ricardo… -deja escapar como un gemido, indicándole un sofá. No iba a mentir más, no por esa basura de hombre. Toman asiento.

   -¿Te golpeó? -eso la sorprende mucho y no sabe bien por qué. Tal vez porque ella sí era su esposa, no una amante escondida que tenía que callar y soportar sus caprichos y vicios.- Ese hombre es un monstruo…

   -Hablas con pasión. -suena dura, mirándola tras los cristales. Sus ojos se encuentran.

   -Vine a hablarte de él, Amelia. Ese hombre es peligroso y hay que detenerlo a como dé lugar, y pronto. -suena vehemente y convencida.- Él intentó matar a mi marido, en dos oportunidades.

   -¡Lesbia!

   -La primera vez en un callejón cercano al Nuevo Circo, cuando Tirzo Ramos, un vigilante de La Torre fue tras él y le disparó. La segunda vez fue en pleno Clínico Universitario. Quiso matarlo por lo que mi marido sabe de él, que estaba involucrado con la gente que hace meses cercó y emboscó a unas personas que iban marchando hacia Miraflores. Puedes preguntárselo. Pregúntale por Rojas Guzmán y Bittar, por Rubén Vivas. Pregúntale por todos esos delincuentes.

   -No puede ser… -gime entre horrorizada y fascinada.

   -Fue él quien ordenó hace meses un atentado contra la vida de Eric Roche en plena calle, con una camioneta que casi lo atropella, manejada por este Tirzo Ramos. Y volvió a intentarlo otra vez, hace poco a las salidas de los estacionamientos de La Fiscalía. Intentó que mataran en plena calle a Norma Cabrera de Roche. -es vehemente.- Intentó violar a Carolina de López, mujer de Aníbal López. Se metió con tu hermana, Reina, prostituyéndola y volviéndola una adicta. ¿Sabes que se gana la vida vendiéndose en un hotel de Margarita? -casi ruge.- Ricardo ordenó el asesinato del tal Tirzo Ramos. Y como si todo eso fuera poco… -de su bolso extrae una pequeña grabadora, donde se oyen algunas voces que Amelia no conoce, hasta que oye a Ricardo ladrar que tiene que acabar con la gente en la plaza de La Libertad. La mujer palidece y se aterra, su corazón palpita dolorosamente. Ella sabía demente y ambicioso a Ricardo, lo sabía cruel y sádico. Malo. Pero no un homicida.

   -Eso no… -tiembla ante ella.

   -Te va a matar, Amelia. Tú también vas a caer si le estorbas, porque ahora va a tener el poder para hacer lo que quiera y que no le pase nada. Nadie va a poder detenerlo después…

   -No sé qué hacer…

   -Él tiene… algo escondido, en una bóveda. Unos papeles. Unos documentos que le dan poder, que le protegen de sus enemigos, que son muchos, Amelia, en su demencia ha ganado ejércitos de rivales. Sin ellos, sin esos papeles… No podría lastimarte más. Y mira que puede lastimar, tú lo sabes.

   Amelia lo sabía, o lo intuía. También lo odiaba. Lo odiaba como se odia una sabandija, a un bicho especialmente repulsivo y sucio. Por eso le pidió a la mujer que la acompañara. Temblando de miedo cruzaron los jardines, donde guardaespaldas con aires de carceleros le preguntaron para dónde iba. Temblando les dijo que al médico. Le replicaron que llamarían a uno. Cuando Lesbia, molesta, preguntó qué pasaba, le dijeron que se callara. Esos hombres eran crueles, arrogantes y autoritarios. Amelia tuvo que fajarse con ellos para que le permitieran salir, la dejaron, pero uno de ellos ordenó al otro que llamara a Ricardo Gotta.

   Las dos mujeres salieron asustadas y notaron como eran seguidas. Amelia quería regresar, ocultarse y esperar a que Ricardo la olvidara. Pero Lesbia le insistía que nunca estaría libre de él sí no lo enfrentaban. Juntas llegaron al Banco Central de Venezuela, donde la familia de la mujer era conocida y apreciada. Amelia firmó unos formularios, habló con gerentes y cajeros, y finalmente abrió una pequeña caja de caudales, que técnicamente no estaba ahí para ella,  sacando unas carpetas. Con ellas en su poder miró a Lesbia. Las manos le temblaban, casi tanto como el corazón de Lesbia latía con fuerza atronadora. En una de esas carpetas…

   -¿A quién busco? ¿A quién le entrego esto? ¿A Eric Roche?

   -No lo sé, pero creo que lo más importante ahora es sacarte de aquí, lo más discretamente posible.

   -Llamaré a la gente de seguridad de mi padre. A todos. Es un pequeño ejército capaz de todo. Me iré a su casa. -suena decidida, tomando su celular y marcando un número.

   Su padre era un hombre de fortuna y reputación. Un hombre seco y duro, venido a menos al haber colaborado en gobiernos anteriores, pero con plata. Eso lo hacía temible aún a basuras como las actuales. Todavía eran gente allí, en Venezuela.

   Media hora más tarde, viendo como la mujer se iba acompañada de ese ejercito de guardaespaldas, con un gran despliegue que alertó a sus seguidores, los cuales fueron interceptados afuera, Lesbia se sintió más segura. Sólo un poco. Antes de esa visita a la casa Gotta, había tomado la precaución de sacar de Caracas a sus hijas, sólo ella y su madre sabían a donde, el paro escolar tenía sus ventajas. Mientras sale de Caracas, rumbo a la Panamericana, marca un número desde su celular y espera.

   -Ya lo hizo. Sacó los papeles del banco. –informa y oye la voz de Aníbal López.- Sí, también a mi me sorprendió que estuviera allí. Pero era lo lógico… -ese era uno de los lugares más seguros y secretos del mundo, donde si no se sabía que existía, no era posible encontrar nada.- Imagino que lo llevó para la casa de sus padres.

   Cuelga y tomando aire intenta darse ánimos. La otra cita era más delicada y… preocupante. Pronto dejó atrás la ciudad y enfiló por la larga autopista, llegando media hora más tarde a Los Altos Mirandinos. Enfiló hacia una vasta propiedad, cercada y cuidada, donde gente en batas danzaban de aquí para allá por los jardines, o estaban sentados en bancos y cosas así. Parecía una casa de retiro, un hospital para gente ida; pero era un sanatorio para enfermos mentales, no con ese nombre ni esa connotación. Pero es lo que era.

   Y allí estaba Linda Santana de Mattos.

   La mujer sintió un escalofrío al entrar en la propiedad y bajar del carro. Fue abordada por un vigilante y llevada a recepción, donde se presentó como una hermana de Linda que pronto debía viajar por un muy largo periodo de tiempo. Insistió, repartió sonrisas, fue muy atractiva y logró que la dejaran verla, sólo unos minutos, para “despedirse”. La llevaron a un cuarto iluminado y alegremente decorado, que parecía una cómoda estancia de hotel, con amplios ventanales que daban a un jardín, pero la ilusión quedaba rota por los barrotes que la cruzaban.

   Sobre la cama yacía, alejada en espíritu, Linda, pálida y tristona. La enfermera que vino con Lesbia le dice que la mujer no habla mucho, no quiere comer nada y sólo esta así, preguntando ‘¿ya llegó? ¿Ya vino por mi?’. Lesbia siente un estremecimiento de miedo, por Linda. Debía ser horrible perderse así en las tinieblas de la mente, querer salir del lugar y ser retenida a la fuerza, encerrada y sedada. ¿Y sí hubiera una confusión y alguien gritara, “epa, esa también está loca”, y la detenían?

   La mira fijamente y la otra no repara en su presencia. Lesbia sabe que está así después de un ataque violento contra Samuel, a quien acusaba de infidelidad por unas fotografías donde vio que el joven la abrazaba a ella. Había sido algo ruin y repugnante en ello. Algo muy de Ricardo Gotta.

   -¿Linda? -la llama suavemente y la otra no se mueve.- ¿Linda? -insiste, moviéndose hasta quedar al alcance de su vista. Y nota como algo va encajando, detecta el enfoque de esas pupilas, percibe el miedo, el horror, la rabia que va apareciendo. Mira el odio que brilla en sus ojos.

   -¿Tú…? -suena ronca, como si le costara hablar, con su garganta cerrada y seca.

   -Linda, entre Sam y yo no hay nada. Fuiste usada. -la mira vehemente, repitiéndole eso varias veces. Le dijeron que así debía hacerlo, repetirlo hasta que le entrara en el coco.- Hay gente que odia a Samuel, Linda. Lo odia mucho, y quiere hacerle daño, Linda. Mucho daño. -y lo repite una y otra vez.

   -¿Daño a Sam? -jadea.- A Sam, no. -la mira con odio.- Yo le hice daño… -y gimotea.

   -Fue obra de Ricardo Gotta. Fue él quien te hizo eso, y se lo hizo a Sam. Fue Ricardo Gotta quien te obligó a hacerle daño a Samuel. -insiste vehemente, machacando cada frase.- Ricardo lo odia. Es malvado. Es un hombre muy malo. Y odia a Sam. Y a Eric. Ricardo va a matar a Sam y a Eric. Les hará daño. Le hará daño a tu Sam. Sam es tuyo. Tú lo quieres y él va a quitártelo. Ricardo le ha hecho daño a muchos. Lo de las llamadas esa noche, lo de las fotografías, fue cosa de Ricardo. Él quería enloquecerte para que tú lastimaras a Sam. Quiso que tú, que tanto lo amas, lo lastimaras. Porque lo odia, Linda. Ricardo odia a Sam. Y por su culpa estás aquí, lejos de Sam. De Sam que te ama y sufre porque estás encerrada. Encerrada por culpa de Ricardo. Y él allá afuera, esperando el momento de matarlo. De hacerle daño a tu Sam. Porque tú no estás para cuidarlo.

   -Sam, no… -gruesas lágrimas ruedan por sus mejillas. Ella le hizo daño a Sam. A su amado Sam. Al hermoso Sam. A Sam que siempre la quiso y la cuidó. Su Sam.- Yo no quise lastimarlo… -llora.

   -No fuiste tú. Fue Ricardo Gotta. Debes decírselo a todo el mundo. A tu médico. A las enfermeras. Diles que fue Ricardo Gotta. Díselo a Sam. Debes decírselo a Sam.

   -Sam… Sam… ¿Ya vino? ¿Ya vino por mí? -la mira con ojo extraviados.

   ¡Coño’e la madre!, piensa Lesbia. Debía comenzar otra vez. Y otra vez. Pero lo haría. Por sus hijas. Ricardo se lo merecía.

CONTINUARÁ … 123

Julio César.

VIELMA MORA, IL DUCE, CONTRA LOS ESTUDIANTES

febrero 13, 2014

LIBEREN A IVAN SIMONOVIS

VIELMA MORA

   -Y nunca lo olviden… ¡Yooo sooyyy Diiiooos!

   Venezuela cuenta con un periodista que desespera, uno le lee y queda levemente mortificado y deprimido, de entrada uno se dice “no, esto no puede pasar”, pero sabe que si ocurrirá; aunque seguramente no es la intensión del reportero ni debería ser la reacción de los lectores. Nos previene, y ningún soldado debería morir en guerra avisada, sin embargo nos pasa. Eso debe ser lo deprimente. Hablo de Rafael Poleo, seguramente hay otros tan buenos como él, a vuelo de pájaro recuerdo a la profesora Marta Colomina y a Nelson Bocaranda, pero a Poleo le sigo más.

RAFAEL POLEO

   Bien, el año pasado, nada más admitir el régimen que Hugo Chávez había muerto (aún no se sabe cuándo, nadie ha presentado un certificado de defunción), Rafael Poleo habló de la necesidad de entendernos los venezolanos para salvar lo que quedaba del país, o hundirnos todos. El régimen prefirió el hundimiento. Fue cuando Poleo “profetizó” que vendrían tiempos terribles porque Venezuela estaba en bancarrota, no había para comida ni medicinas, totalmente saqueada por un socialismo corrupto, incompetente, fascista (FASCISMO A LA VENEZOLANA) y violento. Y que eso les llevaría, invariablemente, a la represión más brutal que se halla visto jamás para mantenerse en el poder.

   La bancarrota está declarada, hace una semana no había ni para una subasta de doscientos millones de dólares, y al tiempo que el país comienza a colapsar sector por sector, la represión indecente, grotesca y criminal asoma su cara (tal y como lo dijo Poleo hace un año, ¿por qué nada se hizo para impedir llegar a esos extremos?). Y esa represión brutal estalla precisamente en uno de los estados venezolanos más educados y respetuoso de las maneras, el Táchira, nombre asociado a civilidad y decencia, ahora bajo el mandato como gobernador de José Gregorio Vielma Mora, el Duce de Los Andes. La salvaje persecución que el hombrecito de los impuestos ha desatado ha dejado a todo el mundo con la boca abierta. En su brutalidad fascista, Vielma Mora, se ha visto obligado a ello, a reprimir, para sostenerse con sus camaradas en el poder hasta que puedan completar la venta de PDVSA y llevarse el efectivo, como han hecho con todo lo demás.

   Actualmente vivimos días de contiendas, la gente joven, estudiantes en su mayoría, está en las calles protestando; el problema denunciado es muy concreto, real y dramático, pero el Gobierno intenta convertirlo en algo político, no es que reclaman por la dificultad que tienen, no, “lo hacen porque quieren echar vaina”, y por lo tanto se les aplicará todo el peso de la ley, de esa que usan a conveniencia. No es de extrañar este proceder, castigar en lugar de resolver; si el régimen pudiera presentar soluciones ya las habría implementado hace tiempo, pero no pueden, fuera de corruptos son increíblemente incompetentes, por lo tanto lo único que pueden ofrecer es represión, cargar contra la gente, aterrorizarla y silenciarla con miedo. Reprimir. Reprimir. Reprimir, esa será la consigna, pero ¿hasta cuándo funcionará o durará?

   En una universidad del Táchira una joven que iba para el comedor fue atacada por un delincuente que quería robarla y violarla, ¡dentro de la universidad!, delitos como ya han ocurrido en Carabobo, Oriente y en la misma Central, en Caracas, donde hasta un asesinado por el hampa, dentro de la casa de estudio, hubo. La joven se defendió del malandro, algunos compañeros que vieron el asunto la ayudaron y casi lo matan. Cuando la universidad alza la voz para reclamar la inseguridad, la misma que ha costado el año pasado casi veinticuatro mil muertes, grupos encapuchados atacaron el centro de estudio, causando daños al edificio y a los alumnos. Contra esa gente, así como con el pichón de violador, no se hizo nada, a Vielma Mora no le pareció importante, él vive bien y a salvo. Cuando los estudiantes protestan, y aparentemente un grupo sitia y ataca la casa del gobernador, es cuando Vielma Mora monta en cólera, y lo que no hizo contra los encapuchados ni el pichón de sádico, si lo hizo contra la comunidad universitaria. Le ordenó a la fiscalía y a un tribunal que les metieran presos, y jóvenes a quienes no se les probó tuvieron algo que ver con el ataque a su casa (lo único que le importa, como su pellejo propio), fueron encarcelados.

   Repito, hay que recordar lo dicho por Poleo, incompetentes y ladrones, no pueden hacer nada por mejorar la situación, por lo tanto Vielma Mora pela por la represión, el abuso y la criminalización de las protestas, así como usar a la fiscalía y los tribunales como brazo ejecutor de sus arbitrariedades. El cuento es tal, que dos jóvenes fueron detenidos, de pie, frente a un modulo policial cuando pedían que liberaran a otros estudiantes, no se les detuvo agrediendo, encapuchados o en motos y armados, sino de pie frente a un juzgado, y otra señora es detenida por el horrible delito de tener un puesto de ventas y ofrecerle agua a los jóvenes que marchaban. Por ese terrible crimen, Vielma Mora no sólo ordena que la encarcelen, sino que la saca del estado, junto a los otros estudiantes, y les envía a la peligrosa penitenciaria de Coro, donde la violencia es atroz. El mensaje enviado por Vielma Mora a los estudiantes y al pueblo tachirense fue muy claro, nos pasamos la ley y la legalidad por el forro de las metras, si me alzas la voz te meto preso sin derecho al pataleo y de ahí no sales.

POTESTAS EN EL TACHIRA

   Y no se detiene aquí el señor Vielma Mora, gobernador del Táchira, los detenidos no han podido ser visto ni por sus familiares ni sus defensores, Dios quiera que todavía estén vivos y este füthrer tropical no esté copiando totalmente el modelo cubano para tal fin. La situación ha sido tan dantesca, que a la dirigencia estudiantil le llegó una notificación de los pranes del penal en Coro, donde se “comprometen” a no hacerles nada malo a los estudiantes. ¡Cuándo hasta a ellos les parece un exceso de basura! Uno imagina la rabia que debió sentir Vielma Mora cuando lo supo, porque si a los pranes no les da la gana de que algo ocurra dentro de un pernal, no hay poder en Venezuela que lo cambie. Hoy, Vielma Mora, Nicolás Maduro y el resto de este régimen corrupto, incompetente, fascista (FASCISMO A LA VENEZOLANA) y violento, se tongonean y se tongonean para que no se les vea el bojote, pero se les nota. No se cansan de hablar de las siniestras intensiones de los estudiantes, del horrible complot, de la monstruosa manipulación capitalista, imperialista, sionista y seguramente satanista… Ya que gritan y protestan porque se arrecharon cuando una estudiante iba a ser violada dentro de la universidad. Esa arrechera, que la expresaran en voz alta, fue demasiado. Ese fue el delito de los “manitos blancas”, como dijo uno de esos sujetos que viven rodeados de guardaespaldas hasta para ir al baño.

   Sin embargo, esto me gusta, que haya pasado tal cual. Que el país vea las aberraciones a las que es capaz de llegar un sujeto que espera todavía conseguir más, y por lo tanto debe mantener a la gente callada y aterrada. Muchos veían en Vielma Mora a un tecnócrata eficiente, por un tiempo yo lo creí también, como Diosdado Cabello parecía un operador político capaz. Ahora, uno y otro, se ven arrastrados al mismo albañal, a la represión más brutal para sostenerse en unos cargos para los que no estaban preparados en la espera de la venta del petróleo, el oro y el territorio mismo a nuestros acreedores internacionales (aún  Cipriano Castro, que fue tan maula y ladrón como estos, intentó evadir ese momento, esta gente no). Diosdado Cabello jamás será presidente de Venezuela, a menos que tumbe a Nicolás Maduro y se autoproclame con alguna seudo legalidad; Vielma Mora dejó lo que era cuando arremetió con violencia contra los estudiantes, ya no puede aspirar a nada. Ahora, cualquiera que quiera derrotarle solo tendrá que hablar de esa mujer con dos niños, uno de cinco y otro de dos años, a quien encarceló por darle de beber agua a unos muchachos que gritaban contra la inseguridad, arrastrándola a una cárcel fuera de su estado natal para que fuera más difícil para su familia visitarla y ayudarla. Pero hay que entenderle, no le quedaba otra, para continuar mandando deben recurrir a la represión como anunció Rafael Poleo hace un año, sin embargo se le pasó la mano en los detalles (de haber detenido a los encapuchados que atacaron la universidad, o al pichón de sádico, otro galló cantaría, pero ni eso).

IRIS VARELA

   Pero no fe Vielma Mora el unido que se rayó de insensato. La señora Iris Varela, señalada de haber liberado a nadie sabe exactamente qué número de delincuentes que han reincidido en sus prácticas, se atrevió a burlarse de los estudiantes recluidos en esos infiernos llamados prisiones que ella desgobierna, diciendo “qué ahora lloraban como niñas”. Para algunos parecerá una insensatez, tal vez por algún medicamento que tomó y la mareó sacándola de sus cabales, o que es medio bruta. Personalmente no lo creo. Cuando expreso esto, la gente no lo entiende cabalmente, pero es una realidad, una mujer como ella, y un hombre como Vielma Mora, que en estos años han acumulado una fortuna tan inmensa, riquezas incalculables, que en sus mesas no falta nada, que sus médicos no carecen de medicamentos para curarles, que sus casas, familias y propiedades protegidos por un ejército de agentes del orden que son pagados con el erario nacional, no puede entender a la gente pobre que sufre, teme y se esfuerza por conseguir lo poco que sobra de sus mesas abundantes, mientras esquivan malandros.

   Ellos, protegidos y mimados, gordos y fofos en su excesos, no pueden entender que esos muchachos se arrecharan por un intento de violación de una joven dentro de la universidad porque las casas de estudios cuentan con un tercio, ¡un tercio!, de los vigilantes porque el régimen se robó el dinero de los presupuestos. Ellos, poderosos oligarcas que lo tienen todo, cuan señores feudales, no entienden las necesidades de los pobres del proletariado. Ya son muchos años gozando del desafuero, violentando leyes, cometiendo delitos que no les serán imputados, abusando; para ellos, una clase privilegiada, es algo normal toda esta aberración. Si alguien dice algo, entonces sí arde Troya, algo hay que hacer… y se comenten estos delitos.

JORGE ARREAZA

   Por cierto, que el Vicepresidente de la República, Jorge Arreaza, habría ganado más quedándose callado. Eso de que esos muchachos deben ir a protestar a los barrios, le queda grande a él como representante de un régimen corrupto, incompetente, fascista y violento. Hace mucho tiempo que ellos no se reúnen con la gente como no sea escogiendo de antemano quienes asistirán a un recinto cerrado, como teatros y cines. Hace años que no saben qué siente, o padece, la gente de los cerros. Y no es la gente de los barrios la que debe resolver el problema de la inseguridad en las universidades, señor Arreaza, ni investigar quién se robó los reales de los presupuestos, no sea irresponsable, ese trabajo es suyo. Vaya usted y resuélvales a ellos, en los barrios que no visita, lo del desabastecimiento o lo de los malandros armados, paramilitares todos, que se hacen llamar colectivos.

   A ver si se atreve a seguir su propio consejo, uno bien malo, por cierto; pero, claro, él no es un buen Vicepresidente. Al menos tuvo buen ojo para los parentescos políticos.

NICOLAS MADURO Y SU FIESTA GOLPISTA

Julio César.

SER O NO SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA… 7

febrero 12, 2014

SER SU PERRA, HE AHÍ EL DILEMA…                         … 6

   La siguiente es una historia que NO ES MÍA. Pertenece totalmente al señor capricornio1967. Tan sólo la reproduzco, tal vez cambiando una que otra coma, aunque la historia ya está por ahí, completa. Es un relato maldito en toda la regla, un hombre maduro decide tomar, controlar y dominar a su joven pupilo, transformándole en algo que no quiere, ni soñaba, aunque se resiste. Lo repito, es un cuento muy maldito. Disfrútenlo:

……

EL DILEMA

Autor: capricornio1967

Capítulo III “DESFLORADO”

SEXY CHICO ATADO

   ¿Es malo quién guarda sus juguetes solo para sí?

……

   Franco, sabiendo del estado de tensión al que ha llevado al clavadista, se va acercando mas al desnudo cuerpo del joven, pero sin tocarlo, solo lo suciamente para que Daniel sienta que su cazador se está acercando, esta rodeándolo, cerrándole todas las posibilidades de escape. Acerca su rostro a la nuca de Daniel para que lo joven pueda sentir como escapa el aire de su nariz, como ese aire caliente choca con su cabello y su cuello. Daniel y Franco tienen una altura similar, así que a solo unos centímetros de la nuca del joven están la nariz y la boca de Franco, y a unos centímetros del culo de Daniel, está aun dentro del pantalón, el duro miembro del hombre mayor.

   La piel de Daniel se encina por el vaho proveniente de la agitada respiración del entrenador; cada vez siente ese aire caliente más cerca de él, acostumbrando a su piel a recibir ese aire caliente a una distancia minina, pero no por eso deja de ser desagradable para Daniel, aunque nada puede hacer para evitarlo. Percibe, a pesar de tener los ojos cerrados, algunos movimientos que el entrenador hace, aunque no siempre puede precisar qué es lo que planea con cada uno de ellos, así que eso lo estresa mas, lo tensa mas, lo conduce a un estado de angustia que jamás había conocido. Estado nervioso que se acelera cuando escucha como el pantalón del entrenador desciende, lentamente.

   Franco procura que se escuche el sonido para que Daniel sepa que el momento se aproxima. Aunque no lo ha tocado aun, lo tiene al borde; no necesita tocarle para mantener a ese hombre bajo una tensión nerviosa elevada al máximo. Las mandíbulas de Daniel se tensan así como sus manos presionan más fuerte contra la pared de la regaderas, sus nalgas se contraen, tratando de proteger por última vez su virginidad anal. El sonido de un miembro erecto liberado hace que el joven apriete aun mas sus parpados, pase saliva y se tense todo, sabe que de un momento a otro sus nalgas serán separadas por las grandes manos de Franco, que su culo virgen será expuesto por ese sádico para meterle la verga, para desflorarlo y llenarle el culo de caliente verga, la verga de otro hombre, una vaina enorme y goteante, repulsiva, que lo lastimará y le dejará lleno de la leche proveniente de las grandes bolas de Franco.

   Traga y quiere huir, correr. Tal vez pedirle que no lo haga. Pero sabe que no servirá de nada, ese hombre le tenía ganas, seguramente había soñado muchas veces con su cuerpo artético, joven y musculoso, con tenerle así, atrapado, cogiéndole una y otra vez, llenándole cada vez de leche, haciéndole gritar y llorar. Soñando con… con convertirle en su puto, uno que terminaría disfrutando ser sometido por un macho. Si, seguramente ese hombre había soñado muchas veces con ello, y ahora le tenía…

   Un leve temblor se apodera del cuerpo del clavadista, debido a la gran tensión que está sintiendo. Franco sabe perfectamente que el joven está en los límites de la tortura, de la tensión; el leve temblor en su cuerpo y lo erizado de los poros de la piel del varonil nadador, son indicadores de que lo tiene en el lugar emocional que deseó desde que llegó a entrenar ese equipo. Para Franco ese culo es un objetivo largamente acariciado, ahora es una realidad inminente.

   Daniel piensa en sus padres, en que debe sacrificarse por ellos, que Franco podrá violar y romperle el culo, pero que jamás podrá quebrantarlo emocionalmente como hombre. Eso es lo que cree pero desconoce que eso es unos de los principales objetivos para Franco. El hecho de retardar la penetración es uno de los pasos, uno que está destrozando sus nervios, ya está resignado a ser penetrado, a pertenecerle a Franco, pero la espera, el no saber en qué momento ocurrirá, lo tiene así, inseguro de todo.

   Estremeciéndose escucha como Franco empieza a friccionar su miembro, lo deduce por el sonido y los movimientos que percibe cerca de sus nalgas, las que aprieta mas y mas. Trata de pensar en sus padres, en su carrera, en otras cosas que alejen su mente de ahí, que lo transporten emocional y mentalmente al exterior mientras su cuerpo es ultrajado. Los jadeos de Franco se hacen más fuertes. Daniel espera que de un momento a otro sus nalgas sean obligadas a separarse para dar paso a su primer trozo de carne, lo presiente. La mano de Franco toca el brazo, de Daniel, el temblor del chico es cada vez mayor.

   La mano de Franco sobre su piel es el primer contacto real del joven con su dueño, un paso más antes de ser violado, penetrado por primera vez. La mano recorre todo el brazo de Daniel, recorriendo los músculos del joven, mientras su cuerpo se acerca más y más al del aterrado clavadista. Daniel recarga mas fuerte su frente en la pared, esperando lo peor para su culo. La boca de Franco se acerca a su oído mientras la mano detiene su recorrido sobre la mano de Daniel que permanece apoyada en la pared de la regadera y le da una llave, mientras le dice bajito al oído, bañándole con su aliento.

   -Lárgate, puede ir a su dormitorio, Saldívar.

   El joven, respirando pesadamente, abre los ojos. ¿Qué es lo que sucede? ¿Irse a su dormitorio? Así, virgen aun. No lo entiende, no se explica de momento el juego mental que Franco esta aplicándole. Así que sin moverse, solo con los ojos abiertos, incrédulo ante lo que escucha, pregunta para ver si lo que oyó es lo correcto.

   -¿Perdón, señor? –sin poder voltear aun por la sorpresa de la orden.

   -¡LARGUESE A SU DORMITORIO, SALDIVAR! -le grita Franco, mientras se vuelve a acomodar el miembro en su ropa interior y se abrocha los pantalones, retirándose unos pasos del desnudo cuerpo del deportista.

   Daniel baja las manos, se da la vuelta, su rostro esta enrojecido de vergüenza, pero hay cierto alivio en él, al saber que, al menos en ese momento, no le va a pasar nada. Cargando con la llave camina hasta la puerta y la abre, para después regresar a dársela al entrenador. Se pone una toalla alrededor de la cintura y se dirige nuevamente a la salida de las regaderas, apresuradamente, antes de que el entrenador pueda arrepentirse de dejarlo ir. Momentáneamente, su culo está a salvo. Las piernas le tiemblan mientras va camino hacia la salida, pero antes de que logre alcanzar la puerta de las regaderas escucha la fuerte voz de Franco llamándolo.

   -SALDIVAR. -la voz del entrenador le paraliza cuando está a unos centímetros de la salida; ¿se habrá arrepentido de no cogérselo?, se pregunta el aterrado joven. Solo espera las nuevas órdenes, respondiendo sin darse cuenta a su control, ahí de pie, sin moverse.- No quiero que cierre la puerta de su dormitorio, nunca. Esta noche iré a verlo.

   -Si, señor. ¿Puedo irme, señor?- pregunta.

   -Váyase, Saldívar, lo veré esta noche en su dormitorio. Quiero que me espere usando solo bóxers.

   -Si, señor. -le contesta y sale apresuradamente antes de que suceda otra cosa. Siente como las piernas le tiemblan mientras avanza a pasos agigantados para llegar hasta su dormitorio, el nuevo, el que desde ese día le asignó el entrenador Franco, y en el que la puerta jamás debe estar cerrada para recibir a su dueño.

……

   Cuando el entrenador Franco ve salir a Daniel, apresuradamente, casi corriendo, huyendo, no puede ocultar una sonrisa de satisfacción. Sabe que lo que acaba de suceder le irá dando a Daniel una idea de cómo será su vida de ahora en adelante y de que todo lo referente a su cuerpo será decidido por su dueño. El hombre, como buen cazador, sabe disfrutar la persecución y el triunfo sobre la presa, así que Daniel, quien no esperaba una tortura mental, solo sexual, debe estar sufriendo un infierno. Ahora sabe que todos los aspectos dependen de lo que él decida. Silbando se marcha a su oficina, satisfecho por lo que ha hecho con Daniel, como ha empezado a entrenarlo.

……

   El camino que hay entre las regaderas y su dormitorio se le hace eterno a Daniel, solo con una toalla enredada en la cintura y una más sobre sus hombros; viéndose enorme, joven y sexy, recorre esa distancia apresuradamente. Afortunadamente los pasillos están solos. Por fin llega hasta su dormitorio, entra y cierra la puerta, al menos por unas horas, desde ese momento hasta la noche sabe que estará tranquilo. Esa tranquilidad será al menos aparente, ya que no por faltar algunas horas dejará de pensar en lo que le espera a su culo, quizá esa noche. Después de lo sucedido en las regaderas, sabe que Franco se divertirá con él, torturándolo mental y sexualmente, antes de desflorarlo, antes de hacerlo suyo sexualmente hablando.

   Sabe que no debe salir de su dormitorio, apenas han pasado algunos minutos desde que llego cuando se oyen toquidos en la puerta de su dormitorio. Su corazón se dispara. ¿Quién podrá ser?, se pregunta el joven deportista. ¿Franco? No, no puede ser, inmediatamente deshecha la idea.

   -Adelante. -responde Daniel a los toquidos. Se pone frente a la puerta esperando lo peor. Pero, para su sorpresa, es uno de los asistentes de Franco que le lleva la comida hasta su dormitorio.

   -Es la charola de la comida, Daniel. El entrenador la ordenó para ti, dijo que no irías al comedor. Aquí te la dejo y más tarde pasan por ella.

   -Si gracias. Es que estoy algo cansado, por eso preferí quedarme aquí.

   -Está bien. Que descanses, Daniel, nos vemos mañana.

   -Hasta mañana. -responde mientras ve como la puerta se cierra, se sienta en la cama, deprimido. Franco está decidiendo en todo, a cada momento le hace saber que él es el dueño. Que él manda y domina la situación. Y más aun que él tomaré hasta la decisión del más mínimo detalle.

   Permanece sentado en el borde de su cama por algunas horas, hasta que la oscuridad de la noche lo saca de sus pensamientos. Se pone un bóxer, como se lo ordenó Franco y trata de comer algo para no disminuir su rendimiento. En eso Franco ha sido esplendido, la dieta que le mandó es bastante adecuada para su mejor rendimiento. Por ese lado no tiene quejas. Ve el reloj, son ya las 9:00 PM, eso más bien es una cena, ya no comida. Solo toma algunos bocados, realmente el nerviosismo de que Franco esté por llegar no lo ha permitido sentir hambre.

   Para Daniel, la zozobra de no saber qué le espera, qué podría hacerle Franco, lo mantiene en tensión nerviosa, y aunque trata de calmarse y relajarse no lo consigue del todo. Sabe que su cuerpo puede en cualquier momento ser desflorado. ¿Será esa noche? ¿O continuara jugando con él, el pervertido entrenador? Son preguntas sin respuestas, o que no puede responder al menos por ahora. Debe esperar, esperar, solo esa maldita cosa puede hacer, se dice.

   Por más que trata de pensar en otras cosas, le es casi imposible poder olvidarse de que en cualquier momento el entrenador llegará a su habitación. Ya está vistiendo los bóxers que le ordenó el entrenador usar, su cuerpo está desnudo del abdomen hacia arriba, los minutos se le hacen eternos, sabe que no puede cerrar la puerta con llave, esa puerta debe estar abierta para que el entrenador Franco pueda entrar cuando lo desee. Y esa noche, la primera noche que debe estar a la disposición del sádico sujeto, es una noche de clima agradable, pero los pezones del joven deportista permanecen erectos por la sensación de frió que su cuerpo tiene, debido a sus preocupaciones más que a la temperatura.

……

   Cerca de ahí, en su oficina, Franco termina sus asuntos. No tiene prisa por terminar, sabe que la puerta y el culo de Daniel, están a su disposición cuando lo desee. Está seguro que Daniel debe encontrarse en un nervioso estado mental, esperando por su suerte. Por eso retarda mas su llegada a la habitación, le ha parecido más placentero de lo que imaginó provocar en el muchacho esa tensión. Quizá si maneja bien sus cartas podría llegar a ser una crisis; pero, por lo pronto, sabe que aunque le divierte jugar con Daniel, con su dominio mental y nervioso sobre él, también sabe que lo desea físicamente, cosa que le hace dura la espera. Desea tanto el culo de Daniel, que no podrá aguantarse mucho tiempo sin aflojarle el esfínter anal con su verga.

   Mientras tanto, en su dormitorio, Daniel ha caminado de un lado a otro, en sus recias piernas sus músculos se marcan a cada paso, esta solo usando el bóxer, esta así desde hace casi 2 horas, son las 11 PM ahora y Franco no da señales de aparecer. Decide apagar la luz y recostarse. Solo la lámpara de noche ilumina levemente su atractivo rostro y su perfecto cuerpo. Todavía pasa bastante tiempo antes de que el cansancio venza al fatigado deportista que tiene algunas noches sin dormir bien y por lo extenuante del entrenamiento ese día, además de los nervios que siente por la nueva vida sexual que empezó.

   Está recostado sobre la cama, acostado boca arriba, sus musculosos pectorales se agrandan marcando cada uno de los paquetes musculares del abdomen, la bronceada piel y los pezones, perfectos, erectos, invitando a ser succionados, chupados, saboreados. Era un chico que había nacido para despertar esas pasiones.

   El sueño de Daniel es profundo, pero no lo es tanto como para no despertarse cuando escucha que la perilla de la puerta empieza a girar, lentamente, haciendo el mayor ruido posible. Sin levantarse de la cama, ni encender la luz, la mirada de Daniel se fija en la perilla de la puerta, viéndola girar despacio, después lentamente la puerta se abre. El joven pasa saliva, sabe que es Franco, que viene dispuesto a humillarlo nuevamente, haciéndolo sentir sexualmente esclavizado. La puerta se abre lo suficiente para permitir el acceso a una persona robusta y alta, la figura inconfundible del entrenador Franco, quien está ansioso de entrar no solo en el dormitorio de Daniel, sino en su culo también.

   Después de entrar, Franco cierra la puerta y le pone el seguro para tener más privacidad. El cuerpo de Daniel nuevamente empieza a tener un leve temblor, sabe que será difícil que Franco decida no cogérselo. Mira la lujuria en sus ojos mientras recorre su cuerpo. Se pone de pie, entiende que no debe hacer nada que pueda causar la ira o el enojo del demente sujeto.

   -Señor… -le dice mientras se levanta de inmediato, adoptando la posición de descanso, sus brazos los deja a un lado, paralelos a su cuerpo, su musculoso pecho sobresale, la luz marca sombras sobre su rostro y su muscular cuerpo, el bóxer de algodón de color oscuro hace resaltar mas el bronceado de la piel y los músculos del obediente clavadista.

   -Encienda la luz, Saldívar. – le ordena.

   Daniel, despacio, enciende la luz, había pensado que le permitiría estar en penumbra para poder ocultar su vergüenza. Franco cierra la ventana, evitando que se pueda ver lo que sucede en el interior y como es uno de los dormitorios más alejados, el sonido que pueda generarse no se oirá hasta los demás dormitorios. Una vez que hubo encendido la luz, Daniel adopta otra vez la misma posición, bajando la mirada esta vez, no desea que el entrenador vea en sus ojos lo agobiado que esta.

   -Levante los brazos, Saldívar. -el entrenador es el único que le llama por su apellido.

   El joven, sin levantar la mirada, levanta los brazos. Dejando su abdomen desprotegido. Franco avanza hasta donde está Daniel, quedando frente al muchacho. Daniel evita verlo, continua con la vista fija en el suelo, aunque en esta ocasión mantiene los ojos abiertos. La mano de Franco se dirige hacia el mentón y obliga a Daniel a que levante los ojos y lo vea fijamente. La mirada de Franco es penetrante, dominante, inquisitiva, como queriendo averiguar todo lo que está pasando por la mente de Daniel. Mientras la mirada de Daniel es de vergüenza, tratando de esquivarlo y no verle directamente a los ojos.

   Franco obliga a Daniel a mantener la vista fija en sus ojos, su mano deja libre el rostro del joven, que permanece con los brazos en alto, así que las manos de Franco se fijan a sus costados, recorriendo suavemente los firmes costados del atleta en dirección a su cintura, disfrutando el contacto de sus manos con los recios músculos del muchacho, que se erizan de repulsa, hasta llegar al elástico de los bóxer del deportista. Con sus dedos separa el elástico de la dura y suave piel de Daniel, y empieza a deslizar el bóxer hacia abajo, para ir revelando las perfectas nalgas, la parte superior de muslos anterior y posterior y el miembro colgante, por lo flácido, del heterosexual joven.

   Los ojos de Daniel permanecen fijos en los de Franco y se empañan con lágrimas que amenazan salir de sus claros ojos en cualquier momento, dándole placer el pervertido entrenador. A medida que desliza el bóxer por la cadera de Daniel, los ojos del nadador están más y más húmedos, su rostro se enrojece y Daniel siente como si su rostro le ardiera por el sentimiento de vergüenza, humillación e impotencia que siente.

   El rudo sujeto termina de deslizar el bóxer hasta los muslos de Daniel, después de eso retira sus manos del musculoso atleta. Sin dejar de mirarle a los ojos se retira un poco y le ordena.

   -Termine de quitarse el bóxer, Saldívar.

   La vista de Daniel vuelve al suelo para deslizar el ajustado bóxer por las dos columnas de músculos que son sus piernas. Flexionando su abdomen, sin mirar de frente a Franco, termina de deslizar el bóxer para dejar su atlético cuerpo desnudo frente al entrenador. La mirada de Franco sigue cada uno de los movimientos de su mascota humana, sabe que lo tiene bajo el control emocional que desea. Una vez que termina de quitarse el bóxer, el joven se pone de pie, desnudo totalmente frente a Franco, esperando nuevas órdenes, su corazón empieza a latir fuertemente por el nerviosismo, la tensión aumenta, aunque sabe que no puede hacer nada. Daniel está ahora resignado, nuevamente, a dejar que Franco juegue con él.

   Franco se acerca al desnudo cuerpo de Daniel, sus manos se posan sobre el musculoso pecho del muchacho, sus manos sienten la dureza de esos músculos pectorales, sus dedos pasan por los pezones del deportista, pequeños promontorios que ha soñado succionar muchas veces. Franco puede darse cuenta de lo apresurado que está latiendo el corazón de su presa, sabe que la frecuencia cardiaca de Daniel esta algo por encima de lo normal debido a su estado emocional. Cuando sus pulgares presionan los pezones, ese corazón late más.

   Daniel siente la presión de las firmes manos masculinas sobre su tórax, el calor de las manos de Franco contrastan con lo frió de su piel. Las manos de Franco permanecen sobre las montañas de músculos de cada parte del musculoso pecho del nadador, cada palma atrapando y presionando contra una tetilla.

   La mirada del atleta su vuelve a fijar al piso y vuelve a entrecerrar los ojos para evitar reflejar en su mirada la vergüenza que siente por permitirle a otro hombre manosearle los pezones. Se siente sucio, menos hombre por dejarse hacer eso, que ese tipo atrapa con sus dedos los pezones, pellizcándolos y halándolos un poco; pero el pensar en su situación lo hace permanecer quieto, dejarse hacer. Es quizá más el amor y agradecimiento que siente hacia sus padres, el darles una satisfacción en la vida, que su propia hombría, más que su propia virginidad anal.

   -Acuéstese en la cama, Saldívar. -le ordena, gruñendo ronco, torciendo un tanto sus pezones, más caliente ahora que unos segundos antes. Esas tetillas… qué bien se verían perforadas, qué placentero sería meter su lengua dentro del aro y halarlo…

   -Si, señor… -con un violento temblor en las piernas, Daniel acata las órdenes de Franco, se dirige a la cama y se recuesta, subliminalmente se acuesta boca arriba para evitar dejar su culo expuesto, tratando de protegerlo el mayor tiempo posible, pero ya se escucha la voz de Franco nuevamente.

   -¡BOCA ABAJO, SALDIVAR! –molesto, le ordena cambiar de posición. La que necesita para tomar de una vez la dulce y fresca fresa que es ese culo joven y virgen…

CONTINÚA (el relato no es mío) … 8

Julio César.

TRABAJO VOLUNTARIO

febrero 11, 2014

RECOMPENSA

TOCANDO AL CULTURISTA

   No le pagan nada por ayudar a los fornidos culturistas de piel dura y caliente dentro de sus chicas tangas, pero él lo hacía entusiasta.

EVIDENTE INTERES EN EL CUENTO

Julio César.

CORAZON DE PLATA… 10

febrero 11, 2014

CORAZON DE PLATA                         … 9

   Este relato, QUE NO ES MIO, es un Padackles sobre una realidad alterna. Un chico rubio y pecoso va al fin del mundo arrastrado por su abuela, y encuentra más de lo que parece a simple vista en la persona de un arrogante chico grande y sonriente, el cual le regala, al final, su propia vida para que el pecoso decida.

……

Title: Gray Moon

Author: River_sun

JARED AND JENSEN

   Espera por su verdad…

……

   Lo malo de vivir tan al norte era el oscurecer temprano, piensa Kathy Bates, con paso algo vacilante sobre el congelado suelo. Pero no es eso lo que provoca su gesto austero y algo seco. También ella tiene una cita, una de la que desconfía aún más que Alexis Biedel de la suya. Traga en seco, aferrándose a su ancho y viejo bolso como buscando equilibrio o convicción, la bilis subiendo por su garganta. Jensen no lo sabía (aunque temía que imaginara algo, ahora), pero el viaje a ese fin de mundo no fue buscando nuevos horizontes, un trabajo y una casa, recomenzar…

   La nota recibida en Dallas había sido escueta pero muy clara: “su hija y su marido fueron asesinados”. Era lo esencial, lo que la dejó sin aliento, hirviendo de furia. Lo otro era ese encuentro, citarse en ese fin de mundo para conocer la verdad. El “su vida peligra también, así como la de su nieto”, al final de la página fue casi innecesario, aunque la decidió a actuar y viajar. Que mencionaran a Jensen. ¡Sabían de él! Ellos. Fueran quienes fuesen los enemigos esta vez. Por ello no pudo dejarlo en casa de sus primos, temía que llegaran hasta él en su ausencia, y que lastimaran a todos los que se cruzaran en sus caminos. Ahora iba por la verdad, respondiendo a ese encuentro a solas en esos parajes helados.

   Endureciendo el rostro, metiéndose en el estrecho callejón entre dos casas aparentemente desiertas, la mujer espera encontrar esas respuestas. Ha buscado, mucho. La nota no le dijo nada nuevo. Ese punto estaba claro desde el principio. Su hija, y su familia, habían sido asesinadas. La cosa era saber de cierto quiénes eran ellos y por qué lo hicieron. Ahora lo sabría. No puede evitar una sonrisa leve, petulante y peligrosa. Pero acaba cuando frente a ella aparece un sujeto alto, realmente alto y fornido, enchaquetado, gorra sobre su cabeza casi hasta las gruesas cejas, rostro cuadrado, ojos oscuros y peligrosos, una sombra de barba casi cubriéndole todo el rostro.

   -¿El señor… Smith? –pregunta ella, confusa.

   -Desmerece su fama, señora Bates, nunca debió venir sola a este lugar; fue meterse en la boca… del lobo. –sonríe torvo mientras lo dice, con marcado acento francocanadiense, mirándola fijamente, abriendo sus largas y enormes manos en gesto amenazante, echando a andar hacia la mujer mayor.- Aunque el resultado habría sido el mismo, habría tenido que ir a buscarla. Es hora de que se reúna con su familia en el Infierno. No se preocupe… su nieto la seguirá esta misma tarde. 

   Kathy, una mujer mayor, sola en ese desierto paraje cubierto de nieve y hielo, retrocede un paso, el atacante ensancha su sonrisa, sabiendo que será una presa fácil, ignorando, al parecer, la mano de la mujer dentro del bolso grande, abierto, de donde sale el puño cerrando alrededor de una cadena brillante, que destella no al sol de ese día gris, pero sí de la luz, de unos noventa centímetros de largo. La mujer alza el brazo, el puño y la cadena, las cual se dobla un tanto en su punta al describir un brusco ángulo de descenso cuando repele el ataque del hombre, alcanzándole de lleno sobre el pómulo izquierdo. El sonido es feo, como una feroz cachetada que rompe algo.

   El hombre grita, paralizado de pronto por el dolor más terrible e intenso que haya sentido jamás. Todavía da otro paso al frente, tambaleante, por el impulso que llevaba, cuando mira como la mujer alza bruscamente su puño, de nuevo alzando la cadena, cuya punta, no tan brillante ya por la roja sangre, sube con velocidad siseante, golpeándole de abajo hacia arriba en el bajo mentón derecho. El grito se repite. El hombre siente que sus piernas no responden y cae de rodillas, agarrándose con mano febril de una baranda, llevando la otra al feo corte que cruza su mejilla izquierda desde el pómulo, luego a la abertura abierta bajo su mentón del lado derecho, que duele así como el infierno es caliente; se toca el hueso.

   Un pesado silencio se hace de pronto, con los ojos cuajados de lágrimas de dolor, el corazón bombeándole con fuerza, de sorpresa… pero también de temor, observa a la mujer de pie, altiva, serena, ni siquiera agitada, la cadena colgando inerte, la punta manchando la blanca nieve. ¡Plata!, es la idea que craza la mente del sujeto, pero la plata no…

   -¿Quién eres? –es tajante, él calla y ella alza la cadena.- ¿Quién eres?

   -Maillet… Robert Maillet. –grazna casi contra su voluntad.

   -Creo que tenemos que hablar, señor Maillet. –dice la mujer, su voz cargada de odio.- De mi familia, de esa familia que escribió informándome que fue asesinada; como lo sería yo, hoy mismo. ¿No fue lo que dijo?

   -No, yo… ¿Qué es eso? –duele, duele horrores, es como una herida abierta llena de sal y de la que alguien estuviera tirando con sus manos en diferentes direcciones, queriendo arrancarle la piel del hueso, con todo lo horrible que la idea y la sensación sean.

   -¿No reconoce la plata? –es burlona.

   -Eso… Eso no es plata… No solamente plata. –grazna, con nauseas, sabiendo que sangra copiosamente, pero no puede hacer nada, tocarse le produce un dolor tal que casi pierde el sentido.

   -Es plata consagrada, temblada en la sangre de incontables monstruos. ¿Por qué fue asesinada mi familia?

   -¿Va a golpearme hasta que hable? –intenta la burla, pero se estremece cuando, sin soltar la cadena, ella lleva su otra mano al bolso, no cenecista más para saberlo, esa mujer lo haría sin vacilar.- Si me mata… nunca sabrá.

   -Oh, no se preocupe por mí. Sabré encontrar el rastro. Alguien le reconocerá, e iré por la gente que la trajo, la que le albergó desde su llegada. Cazaré uno a uno, acabando con todos, hasta que encuentre a alguien que me diga lo que quiero saber. –es terrible, porque lo dice entre dientes, ojos llenos de resolución.

   -Nos odia mucho, ¿verdad?, a los monstruos. –la estudia, el corazón acelerado.- Y no lo entiendo. –toma aire e intenta ponerse de pie, pero ella alza el puño, la cadena se agita, brilla y tintinea, por lo que cae otra vez de rodillas sobre la nieve.- Su hija y sus nietos eran abominaciones, y usted lo sabe… -ahora sonríe cruel.- Dime, vieja, ¿cuánto odias a los monstruos en verdad? –ella no responde, solo le mira, comprendiendo al fin.

   -¿Quién dio la orden?

   -No puedo…

   -¿Qué clan ordenó sus muertes? –repite con fuerza, sacando del bolso la otra mano, empuñando un brillante cuchillo, grueso en la base pero dramáticamente afilado en punta, de unos veinte centímetros de largo.- ¿Se encuentran aquí, en Nome?

   Un auto cruza lentamente por la entrada del callejón, el pitazo de una sirena policial se oye y Kathy se medio vuelve. Rápido como son, el sujeto se pone de pie y prácticamente desaparece por el otro lado del callejón. La mujer jadea, enojada. Sabe que es inútil seguirle, para seres así sólo quedaban las trampas, la cacería. El auto se detiene, una camioneta policial. La anciana mira la sangre, guarda sus juguetes en el bolso y con paso rápido va hacia la entrada del callejón. Mira por la ventanilla del auto policial a un hombre todavía cuarentón, de rasgos fuertes, cabello negro y entre cano, indudablemente atractivo.

   -¿Todo bien, señora? –pregunta el hombre.

   -Muy bien… ¿eh…?

   -Welling, comisario Thomas Welling… -mira hacia el callejón.- ¿Seguro que todo está en orden?

   -Así es comisario, eh… se me hace tarde, creo que me perdí. Soy nueva en la ciudad.

   -Lo sé, señora Bates. –la sorprende y pone en alerta; le sonríe.- Soy el comisario, debo saber esas cosas. Está lejos de su casa, suba, yo la llevo…

……

   Los labios de Jared sobre los suyos son suaves, etéreos, parecen no estar, ser simplemente una bocanada de aliento, y sin embargo Jensen siente que todo estalla a su alrededor, aún frente a sus ojos y en su mente, la cual gira violentamente de manera vertiginosa. Tiene que atrapar con sus manos las mejillas del otro, sosteniéndose, estremeciéndose al tacto. Era… imposible decir cuán grato, excitante y correcto era eso, tenerle tomado así, mientras abre los labios y responde, cubriendo ahora la boca de Jared, en cuya entrada titila su lengua. Le oye gemir, le siente erizarse y estremecerse, percibe cuando también él responde con pasión. Ahora Jared le besa con tanta intensidad como él mismo, y es mágico. Era su primer gran beso de deseo, el primero en toda su vida, esa mañana había salido de su casa sin saber que algo tan grande y maravilloso le ocurriría y la idea casi le hace lanzar un sollozo de dicha.

   Todo pierde sentido, siente que suben y bajan, la camioneta parece salir disparada por los aires, girando, cayendo a veces, flotando otras, ingrávida. Pero aunque lo nota de manera tangencial, Jensen no puede asimilarlo o dedicarle un gramo de su cerebro, se estaba licuando, ardientemente, contra Jared. Sus lenguas atadas parecen fundirse, moviéndose de manera unánime, una sobre la otra, y cada toque, aliento y succionada es enloquecedora. Sus manos parecen amasar el rostro de Jared; acariciarle, recorrerle, era como hacerlo a sí mismo y nunca imagino que tocar a otra persona pudiera ser tan intenso, total, tan grato…

   Ahora luchan, las manos de Jared bajan a sus costados, metiéndose dentro del viejo abrigo y Jensen gimotea agudo, sonido que Jared se traga al tener la boca soldada a la suya. Parecen incapaces de separarse, y cuando Jared atrapa con los dientes, su lengua, Jensen, totalmente tenso y caliente, casi cae desfallecido contra la portezuela, imposibilitado de recordar nada más. El aliento de Jared bañándole caliente al salir de su nariz, su lengua que casi le llega a la garganta, sus dientes afilados, sus manos grandes que no se cansan de tocarle, los dedos clavándose en su cintura, todo era increíblemente erótico, tan sólo podía pensar “quiero, quiero más, lo quiero todo”, mientras su miembro, erecto hace rato, palpita dolorosamente contra el pantalón. Los anteojos caen y Jared, jadeando como un poseso, se separa y le mira, mejillas rojas, labios húmedos, ojos perdidos de adoración ante el pecoso y hermoso rostro.

   -Deberías usar lentes de contacto, es un crimen que un rostro como el tuyo… -comenta roto, voz sofocada, elevando una mano y con un dedo recorriendo su mejilla, erizándose y erizándole.

   -Jared… -es el único sonido que puede expresar. Y es verdad.

   El pecoso joven pierde todo contacto con la realidad cuando Jared se echa hacia adelante y oculta el joven y bonito rostro de muchacho, en su cuello, su aliento le quema antes, y gime, pero nada comparado a cuando esos delgados labios caen sobre su piel, que quema al contacto. Cuando besa y lame con la punta de su lengua, el pulso de Jensen se dispara a millón. Grita ronco, ojos cerrados y frente fruncida, cuando Jared atrapa con los dientes su piel, mordiendo suave, para luego cerrar sus labios y besarle ruidosamente, aspirándole en todo momento, como deseando llenarse los pulmones con su olor, para luego succionar. Era un chupetón en toda la regla, y cada vez que Jared lo hacía, Jensen gemía y sentía como su verga respondía en concordancia, pero aún es poco al salto que pega cuando la mano de Jared cae allí, palma abierta, caliente, quemándole a través de las ropas, sobre su miembro, el cual se estremece visiblemente bajo el jeans, como buscando su camino, deseando estar en su mano, sentirse atrapado por el otro muchacho. Jensen tiene que echar la cabeza hacia atrás, ronroneando, estimulado cada palmo de su piel, y Jared, lengua afuera, mirada lasciva, recorre lentamente todo ese cuello expuesto, muy lentamente recreándose en su sabor, agitando de arriba abajo su lengua mientras va recorriéndolo.

   -Jared… -jadea Jensen, bajando la mirada… y congelándose. No lleva sus anteojos, y seguramente era por eso, una falsa impresión, pero los ojos del otro eran en esos momentos diferentes, las pupilas eran inmensas, ocupando casi toda la órbita, y ya no eran de un avellana multicolor, eran amarillentas reluciente. Inquietante.- ¡Basta! –ruge, apartándole con una mano, respiración pesada y agitada; debe luchar porque Jared no quiere hacerlo, pero finalmente retrocede en el asiento.

   -¿Qué ocurre, Jen? –gimotea, casi lloroso, como el niño a quien sin razón le quitan el juguete que más ama en la vida. Y sus ojos continuaban iguales.

   Era aterrador, ¿qué carajo…?, con movimientos febriles, el pecoso se tiende y tantea el piso por sus lentes, colocándoselos, enfocándole. Los ojos de Jared son como siempre, aunque podría jurar que esa amarillenta tonalidad está desapareciendo aún.

   -Debo irme. Mi abuela me espera. –gruñe asustado, tanteando a sus espaldas y abriendo la portezuela, sin dejar de mirar al confundido Jared.

   -Espera, Jen, déjame llevarte, así hablamos y… -intenta agarrarle, pero se congela.

   -¡No! –es el grito firme del otro, que abre y sale casi cayendo de culo.- Yo… tengo que… ¡Adiós! –ruge y echa a correr, asustado de cosas que no entiende cabalmente. No es solamente lo que le pareció ver, que seguramente fue una ilusión de la luz y su miopía; escapaba más bien de ese Jared que podía controlarle y enloquecerle tan fácilmente, haciéndole actuar fuera de sus cabales. Y la idea era tan inquietante… como lo que creyó ver de sus ojos.

   El castaño sale de la camioneta y todavía le llama, afligido y extrañado, pero el rubio no se vuelve ni una vez.

……

   Jensen llega a la casa, entra y sube las escaleras sin detenerse, sin saludar o anunciar que llegó, como le tiene ordenado su abuela hacer cada vez para saber que se trata de él. Siente calor y frío, su piel sigue erizada cuando entra al cuarto de baño, y mirándose al espejo ve sus mejillas rojas y sus labios hinchados, también un enrojecimiento delator bajo su mentón. Tocársela le dispara la adrenalina y la sangre. ¡Jared! Su miembro endurece otra vez, en segundos. Mortificado entra a la ducha, el agua tibia le recorre, cierra los ojos e intenta no pensar, pero enjabonarse le pone mal, todo su cuerpo parece necesitar ser tocado… por las manos de Jared. Nunca se había sentido tan sensible, tan excitablemente pendiente de sí.

   Maldiciendo se echa contra la pared y comienza a masturbarse, intentando no pensar, ocupando la cabeza con viejas y conocidas imágenes pero… El chupetón que el castaño hacía bajo su cuello fue suficiente, era lo que controlaba su mente, y ya no era su cuello, Jared le abría la camisa y su boca joven caía sobre una de sus tetillas, succionando ruidosa y entusiastamente, mientras la mano atrapaba su miembro sobre el jeans, duro y caliente, apretándolo y sobándolo sobre la áspera tela y… Grita al alcanzar un orgasmo de locura, dejándose caer de culo sobre el piso, el agua sobre su cabeza, tragando y tomando aire.

   Dios, ¡estaba tan jodido! Acaba de correrse y… no es feliz. No siente alivio o satisfacción, aunque el clímax había sido explosivo. Jared…

……

   Esa noche cena en silencio con su abuela, la cual parece también alejada después de preguntarle cómo estuvo su día. Cada uno tiene cosas en que pensar, sobre todo él con un suéter cuello alto. Con el tenedor gira y gira la carne guisada sobre el plato; generalmente le gusta pero… se siente inapetente, frustrado y rabioso.

   -Cariño, vas a arrojarlo fuera del plato. –la escucha del otro lado de la mesa.- Quiero que… Me gustaría que no salieras este fin de semana. Parece que estás a punto de pillar algo. Y, Jensen, ten cuidado en la calle. –le previene, preguntándose qué tanto contarle.

    -No soy un niño, abuela.

   -Lo sé, pero a veces pareces ir en la luna cando cruzas la calle. Siempre te he dicho que vigiles… -y sigue, recriminándole y recordándole viejas lecciones pero sin el calor habitual cuando le sermonea, su mente ocupada en algo más. Pero le molesta, todo le molesta desde hace rato.

   Joder, iba a ser un largo fin de semana.

……

   Como a las diez de ese viernes, Jensen, molesto sin saber todavía por qué, va a su cama a pasar lo que será la regla durante el fin de semana, una muy mala noche. Se retiró temprano para escapar al mundo de los sueños, no quería hablar con su abuela, no deseaba que ella notara que algo le pasaba. No quería pensar, recordar o cuestionarse. No quería… nada. Pero el sueño no llegaba. Dio vueltas y más vueltas, rabioso, casi lloroso de frustración. Era desesperante desear dormir y desconectarse, y no poder hacerlo. Únicamente podía pensar en Jared, recordándole con resentimiento, con rabia por dejarse afectar así. Intranquilo por lo que creyó ver. Con lujuria también.

   Era evocarle y sentirse caliente, cosa que también le molestaba y frustraba. Las horas iban pasando con horrible lentitud y temió volverse loco. Fue a mear dos veces. Dos veces más fue por agua (para tener qué mear). Una se sentó en la sala, queriendo ver televisión o leer, pero no podía quedarse quieto. La verdad era que ya estaba angustiándose.

   De regreso en su cuarto, en la cama, es cuando le oye…

   Un no tan lejano aullido, algo largo, desgarrado y dolido. El corazón le da un vuelco en el pecho y se pone de pie, apartando los pesados cortinajes de la ventana, enfocando a duras penas la calle. Le ve, la noche parecía tan gris como el día. Casi al final de la calle, la recortada figura de un animal brioso y hermoso echado en sus cuartos posteriores, cabeza alzada, aullando dolor y soledad. Jensen, estremeciéndose,  está convencido de ello y le pesa en el alma. El lobo, debía ser su amigo, sufría. Igual que él. Por un segundo sus miradas se cruzan, está seguro. El animal deja de aullar lastimeramente y se alza, cabeza vuelta hacia su ventana. Y Jensen lucha contra el irrefrenable deseo de bajar y buscarle, de cobijarle y decirle que todo estaría bien, que no iban a morirse, que de alguna manera sobrevivirían a ese pesar que les embargaba. De hecho da unos pasos hacia la cama para ponerse sus zapatos cando le parece escuchar un ruido fuera. Se asoma, con cuidado, y ve como el lobo emprende la retirada, volviéndose un segundo para mirarle, mientras una silueta aparece en su campo de visión bajo la ventana. Su abuela… empuñando una vieja escopeta.

   Dios, eso era todavía más deprimente.

……

   Para cuando vuelve a la cama, el domingo en la noche, ya sabe que tiene que buscar a Jared Padalecki. Lo necesita y lo odia por producirle esa desazón, esa angustia y depresión. No ha podido alejarle de su mente durante todo este tiempo, casi doliéndole físicamente no verle, pero también temiendo encontrárselo. Han sido días largos, desesperantes, no ha podido hacer nada, aún pensar o comer. Su abuela lo ha notado, que ni siquiera salió de casa, pero pareció más bien aliviada (cuando terminara sus asuntos, hablaría con él). Ha sido terrible el transcurrir de las horas, lentas, eternas; al joven le dolió la cabeza, la espalda, pasó buena parte de ese tiempo muerto echado en su cama pero sin poder dormir, ni siquiera ese consuelo consiguió. Tan sólo podía recordar, por alguna razón que no entendía, todo lo que había perdido en su joven vida, deprimido y molesto. Mirando el techo, embargado por esa profunda sensación de infelicidad e insatisfacción, se pregunta si nunca pasará, si siempre le dolerá ese algo que no entiende, si es que nunca volvería el sueño, el alivio, la felicidad. Cerró los ojos y lágrimas saladas, tan sin razón como todo lo que padecía, le quemaron.

……

   Después de un infernal fin de semana, apenas durmiendo, apenas probando bocado, y variando entre la ira, la depresión y la desolación, Jensen Ackles se alegra de que al fin llegue el lunes de escuela. Ahora buscaría a Jared…

   Deja a su abuela con la palabra en la boca cuando quiso, al fin, saber qué diablos le ocurría. Tomó un café con mano ligeramente temblorosa y casi huyó hacia el colegio, a pesar de la alarma de la buena mujer que temía por su seguridad. Pero él no podía escuchar o esperar. ¡Necesitaba ver a Jared!

   El chico tenía muchas cosas que explicarle. Sabía que estaba mal, que se veía mal, y no porque mucha gente le dedicara miradas curiosas cuando cruzaba los pasillos; es porque sabe que está demacrado, ojeroso y decididamente más delgado que el viernes anterior.

   -Amigo, pareces una mierda. –la voz de Chad le hace pegar un respingo, se vuelve y le encuentra, hablando con Jared, no le ve el rostro porque está de espalda, pero sabe que se trata del castaño. Lo sabe porque su pulso se acelera y la cabeza le duele un poco más. ¡Al fin! Decididamente cruza hacia ellos y se detiene tras el joven alto.

   -¡¿Se puede saber qué diablos me hiciste, hijo de perra?! –reclama, soltando algo de saliva, voz vibrante, alzándola como nunca antes lo había hecho en ninguna escuela y menos frente a otros, pero no puede pensar.

   ¡Odia demasiado a Jared Padalecki!

……

ROBERT MAILLET

   Robert Maillet… Cómo me gustó su participación en Sherlock Holmes. Qué paliza le dio a nuestro héroe. Por cierto, ¿no amaron a ese Sherlock tan celoso, odiando a la mujer que le quitaba a su Watson?

CONTINÚA … 11

Julio César.

ESTADO MENTAL

febrero 11, 2014

NIEGALO…

LECHE DERRAMADA

   Sentirla escurrir…

   Nunca se cansaba de comerlos, eso lo notaban todos sus amigos cuando le veían la cara, pero pocos sabían que cuando terminaban y todavía le chorreaba un poco, al tío le gustaba llegarse y mirarse al espejo. Y allí, observando su rostro cubierto por la blanca crema espesa, ojos brillantes, sonrisa tonta, notaba lo satisfecho que se sentía, lo sereno que parecía, lo contento que estaba. Temblando sacaba la lengua y tomaba lo más cercano, lo otro lo recogía con la mano y lo olfateaba, un aroma fuerte, antes de chuparlo. Y en su rostro lo veía, en ese momento era completamente feliz.

DE TIOS VIENDO PORNO

Julio César.

ENTRE VECINOS TE JODAN

febrero 9, 2014

GUSTOS Y JUEGOS

EL NEGRO SABE LO QUE HACE

INTOLERANCIA

Julio César.

JUEGOS Y VERDADES

febrero 9, 2014

VAYA PREGUNTA

CHICO EN HILO DENTAL

   Tiene carita de pícaro, ¿verdad?

   Desde su butaca en la orilla, el hombre sonríe divertido al ver el descarado coqueteo que el muchacho le había montado. Le escuchó apostar con su madre, en el ascensor, cuál de los dos pescaba primero a un tío. Y seguro que él le llevaba la delantera a la buena mujer, por hermosa que fuera; tan joven, tan dulce, tan sucio con ese hilo dental mínimo. A cualquiera… cruza las piernas, sonriéndole zorrón, el chico resplandece, creyendo que le pescó; la verdad, y la sabe el sujeto por mayor, era que esos carajitos siempre andaban buscando a un hombre fuerte que les tomara en brazos y les diera lo que tanto necesitaban. Estabilidad. Y ese carajito… bien, parecía de la edad de su hijo, lo que le añadía mucho encanto al asunto.

FAMA REGADA

Julio César.

¿DIOSA CANALES NO PUEDE IR A LOS MAYAMIS?

febrero 9, 2014

DIOSA CANALES Y LAS BOLAS

   ¿Cómo se atreven?

   Leí una nota de prensa donde se sostiene que a la vedet venezolana (que lo es, así sea por su vida de escándalos y espectáculo), Diosa Canales, le habrían negado la visa de trabajo norteamericana, impidiéndole presentarse en el programa “Sábado Gigante”, de Univisión. Aparentemente no se dieron razones para la negativa, pero de que se dio, se dio. Claro, la gente alegará que ella no es realmente una artista sino una mujer vulgar que gusta de exhibirse de manera explícita y a quien harían bien encerrándola en su casa y obligándola a usar ropas, pero de cada bomba sexy del momento se dijo lo mismo, desde Iris Chacón y la Tongolele, a la Yuyito. A todas se les tachó de poco talentosas pero sí de buenos cuerpos (como si eso no diera más trabajo conseguirlo, las dos primera son de la era pre siliconas). Y todas eran recibidas y amadas por los venezolanos.

DIOSA CANALES SEXY

   Que Diosa se pase un poquito, puede ser, pero hoy se debe ser algo más osado si se quiere superar lo ya visto.

DIOSA CANALES HOT

   No lo sé, tal vez algún grupo en los mayamis se cura en salud y no requieren abrirle la puerta, diciéndose que ya pasó con Laura Bozzo y ahora no pueden sacarla ni con humo de trapo (y sería injusto compararlas, Laura Bozzo si es una vergüenza, para la comunidad latina y el mundo en general, no tanto por sus temas de trabajo, sino por inventarlos descaradamente). O puede ser que como “Sábado Gigante” ya cuenta con un escándalo propio, y bien feo por cierto, alguien decidiera “pensar por ellos” y evitarles otro problema. Censura, creo que le dicen a eso. Como sea, la sexy chica puede perder ese gran escenario internacional, lo que sería una pena, nos guste o no su arte (que gusta), porque es una compatriota.

   Y si, esas mujeres tienen su talento, si lo dudan, miren a la señora Iris Chacón. ¿No es maravillosa? El talento es tan evidente que uno no entiende a los criticones de oficio. Sabrán que quise incluir el video “Si tu boquita fuera”, ¡pero aparecen censurados! Así que no podrán apreciarla en uno de sus mejores temas, con muchas bailarinas y un montón de chicos sonrientes botando plumas. Por ahí supe que al señor Rafael Poleo se le caían las medias cada vez que la veía. Y no es para menos.

   En fin, Diosa; ojalá todo no sea más que un mal entendido y pueda ir y dejar bizcos a esa gente.

Julio César.

LUCHAS INTERNAS… 121

febrero 8, 2014

LUCHAS INTERNAS                         … 120

CHICO CALIENTE

   ¿Por qué negarte lo que más quieres?

……

   Muy pocas personas no se enteraron esa noche de lo que pasó en Venezuela. Y uno de esos pocos fue Cecilio Linares, quien esa misma tarde, al regresar a su casa, encontró a Ricardo Gotta sodomizando a su mujer, quien gritaba como una puta, pidiéndole que le destrozara el culo. La revelación fue terrible para el hombre, quien sintió que se moría. Y huyó. No se quedó a encararlos, a coñacear o matar. No se quedó a pelear, sino que escapó, sintiéndose traicionado, llenándose de lástima por sí mismo. Horas más tarde volvió y la encontró pulcra y hermosa, esperándolo para ir a cenar donde unos árabes que no se plegaron al paro; unos coño’e madres como ella, pensó. Cecilio sólo podía verla, con rabia. Le gritó que era una puta, una puta sucia, qué desde cuando se entendía con Ricardo Gotta. Ella lo miró, divertida.

   -¿Nos viste?  ¿Te fuiste o te masturbaste viéndole el culo a Ricardo? Ay, Cecilio, no me hagas hablar, aunque si tú quieres, podemos hacerlo, de tus maridos, de todos los hombres que te han llenado el culo de leche, aún en nuestra cama. ¿Creías que lo ignoraba, querido? ¿Quieres hablar de eso?

   -¡Helianta! –le impresiona no tanto las palabras, o el que sepa tanto de algo que creía le ocultaba, sino el tono directo y vulgar.

   -Ricardo me lo contó todo. Que eres una mierda. Un sucio marica. Y ya estoy cansada de tenerte consideraciones, a ti, un marica ruin que deja que los vecinos le hagan el favorcito en nuestra cama. ¿Creías que no hablaban de ti? Todos lo hacen, entre risitas y burlas. Ricardo me da lo que tú no puedes, con él tengo lo que necesito. Cuando estamos en la cama me lo dice, toma, toma lo que tu marido no quiere darte, lo que le dan a él los otros.

   ¡Eso era demasiado! El hombre se molestó, gritándole al fin que era una puerca, una sucia puerca. Mirándolo en forma inexpresiva, la mujer sonrió en forma cruel.

   -No digas idioteces. Deberías estarme agradecida. La única razón por la que Ricardo te tiene en la firma es porque soy buena en la cama y eso, él sí lo aprecia. No como tú. -es tajante.- Y mejor ubícate, mira que vienen grandes cambios. A Ricardo no lo para nadie. No te le pongas al frente, o te da una patada en el culo. No me hagas irle con el cuento. Aunque tal vez lo disfrutes, una buena patada por el culo, por lo que sé de ti. -comenta casi divertida.

   Cecilio, dominado por la furia se fue sobre ella, quien encarándolo tomó un largo adorno de cristal, un cisne, y lo empuñó como arma. La decisión y el odio que vio brillar en sus ojos, le paró en seco. ¡Ella esperaba golpearle! Y esa vacilación la hizo sonreír más. Lo sabía una pobre mierda, se dice el hombre, retrocediendo.

   -¡No sirves para nada! –acotó con crueldad.- Estoy cansada de verte ir de aquí para allá, sintiéndose prisionero entre estas paredes; estoy harta de escucharte parlotear para no tocarme; de olerte, de sentir el aroma de otros carajos en ti. ¿Por qué no te has ido ya si no soy lo que deseas? –es dura, y el hombre lo resiente, la verdad tras la acusación.- Déjame sola, con Ricardo obtendré lo que quiero. Comenzando por un macho en la cama.

   La mirada se le empaña al abogado, y la baja. Quería decir algo, explicarse, justificarse. Continuar enojado, pero… Poco después sale de esa casa, huyendo por segunda vez esa tarde. Se fue al Centro de Caracas, a buscar botiquines donde nadie lo conociera, para beber como un perro toda la noche. Allí, en una mesa apartada, dio rienda sueltas a su lloradera, rabia y resentimientos. Ricardo no debió hacerle eso, coño. Él le era fiel, hacía lo que le decía. No debió pagarle así. Está bien, tal vez era un marido faltón y no se ocupó de su mujer, pero Ricardo no tenía porque ir a contarle nada, a meterse en su cama, a hablar de su vida mientras la hacía suya.

   Y en esa tónica pasó la noche, bebiendo, llorando, pensando en la traición de Ricardo, meando y vomitando, hasta que hacia la madrugada, perdió el sentido sobre la mesa; para despertar al siguiente día sobre un sofá viejo, de trapo maloliente en algo que parecía un depósito. Sentía la boca muy pastosa y la mente confundida. Debía ir a su casa. Su mujer debía estar preocupada. Pero entonces lo recordó todo y le dieron ganas de llorar. Sentarse y ocultar el rostro entre las manos, sintiéndose bajo y miserable, le costó un gran esfuerzo.

   -¿Todavía llorando? -le pregunta rudamente un joven, no muy alto, de cabellos lacios y teñidos, cayéndole en la frente, que carga unos vacíos de cerveza, vistiendo un viejo jeans y una camiseta.- ¿Qué fue? ¿La mujer lo dejó? Sólo un abandono hace que se llore tanto como tú anoche. Claro, cuando no vomitabas.

   -Es una puta.

   -¿No lo son todas?

   -La mía es la reina de las putas, la puta madre.

   -Esas son buenas. Como saben cosas… -dice riente. Cecilio le mira molesto.

   -Está no. Es mi mujer y se acuesta con mi jefe, dándole el culo como una zorra. -suena resentido, al parecer, sin reparar en las muchas veces que él ha dado culo. El otro le observa extrañado.

   -Ay, pana, mejor no hables de dar culo, ni la ataques por eso, mira que anoche te pillé viéndole el culo a unos marineros grandotes que bebían cerca de tu mesa. Tenías lo ojos puyuos en sus nalgas. -es burlón y cruel, sonriendo al verlo enrojecer apenado.- No te enrolles, papá… Ellos tienen la culpa, ¿no? Si no quisieran que les clavaran la vista en las nalgas no usarían esas telitas transparentes y esas tanguitas, ¿verdad?

   -¿Tú también les ves el culo? -eso comenzaba a inquietarlo e interesarle. El otro sonríe, mostrando unos dientes separados en un rostro algo picado de espinillas.

   -Cuando se rascan mucho, es posible darles una sobada de nalgas; pasó cerca de la mesa y si están de pie, trastabillantes, les meto la mano y les sobo ese culo. Se siente rico, esas nalgas duritas, los pequeños bikinis blancos que apenas cubre. Y uno que otro, a veces, viene conmigo para acá. Tienen esos culos como unos chupones, gritan y se estremecen cuando suben y bajan sobre tu güevo. Creo que es cierto lo que dicen, no hay nada tan marica como un marinero. Y si la novia de uno anda lejos… -se encoge de hombros, dando a entender que cogérselos no era problema.- Y tú, ¿tienes prisa? -se para frente a él, y Cecilio le mira el viejo jeans, donde un joven y desafiante paquete abulta un poco hacia la izquierda.

   -¿Por qué? Tú, ¿qué planeas? -lo mira inquieto. El otro sonríe.

   -Puedo ponértelo a punto de caramelo, dándole paleta a ese culo hasta hacer suspiros. ¿Tienes el culito virgen o ya te han enterrado la yuca? Tienes cara de vicioso. -le sonríe, abriendo el cierre del pantalón, de donde emerge un paquete envuelto en una tela verde chillona, plástica y barata.- ¿Te gusta mamar güevos? Anda, mámamelo. Y después te doy por ese culo. -dice sacándose la rojiza y erecta tranca del calzoncillo. Cecilio la mira con ojos brillantes, dudando.- Anda, güevón, cómetela de una vez. Se ve que te mueres por esto. Así olvidas a la puta de tu mujer…

   Se inclina un poco hacia él, golpeándole la nariz con la punta del tolete. Cecilio lo mira fascinado y casi no necesita de la mano del joven que va tras su nuca halándole contra la tranca. La boca del abogado se abrió, curvándose sus labios, tragándose lentamente cada centímetro del enorme tronco, caliente y duro que le llenó la lengua de salinos jugos deliciosos. Se estremeció reconociendo que era de verdad un puto, porque lo pensó, lo delicioso que era comer el primer güevo del día. El hombre mamó ese tolete con fuerza, sintiéndose mejor de lo que se había sentido toda la noche. La tranca creció más, casi ahogándolo, obligándolo a abrir la boca al máximo, bajándole por la garganta, asfixiándolo. Haciéndole sentirse en la gloria. No podía engañarse, se dijo resollándole en los pelos púbicos, esa vaina le encantaba.

   -¡Ahhh! Lo sabía, mamas como las propias putas…

   El chico tiene iniciativa, abre un poco la camisa del abogado y metiendo su mano por allí, soba un pectoral y pellizca la tetilla erecta, con algo de fuerza, obligándole a gemir con la boca llena, succionando mientras la retira del palpitante tolete de carne masculina.

   Momentos después, el joven granujiento, desnudo, sentado en el sofá con las piernas muy abiertas, sostiene frente a su cara las caderas de Cecilio, quien está cabeza abajo, apoyando la nuca en el sofá, entre las piernas abiertas del muchacho. Están güevo contra boca y cada uno mama con avidez el del otro. Cecilio jadea, sintiendo algo la tensión de la sangre en la cabeza por la posición. Pero está gozando. Su rostro, de ojos cerrados, de barba y bigote, va contra ese tolete caliente y palpitante que le moja la lengua y la garganta. El joven lo mama a él, algo que no le gusta mucho, pero lo hace de vez en vez. Y esa tranca sí que estaba dura y caliente, casi desencajándole las mandíbulas de lo gruesa que es. El abogado tenía una buena, aunque prefería darle acción a su culo, lo sabe porque mientras le traga toda la verga, le tiene clavados tres dedos en el anillo de su ano, abriéndolo, cogiéndolo con ellos, haciéndole delirar de gusto.

   Cecilio mama con furia, apartando en esos momentos todo sufrimiento, frustración o sentimiento de traición (pocos podrían imaginar cuánto estimaba y admiraba al traicionero Ricardo Gotta), subiendo y bajando su golosa boca sobre el tolete rígido que le compensa con gotas de néctar. Pero no se engaña, son esos dedos cálidos y traviesos que entran y bailan en sus entrañas, los que le tienen al borde.

   Más tarde, el chico sigue sentado, abiertote de piernas, mientras Cecilio esta arrodillado sobre el mueble, dándole la cara, con las nalgotas abiertas sobre sus muslos. El güevo erecto del chico se asoma bajo los glúteos y bolas del abogado, el cual jadea meciéndose de adelante atrás, gozando la íntima caricia del tieso y ardiente trozo de carne dura con sus bolas y la entrada de su raja. Y lo hace mientras se frota y abraza con el joven, subiendo y bajando su cuerpo, frotando su tolete contra la panza caliente del otro. Los dos gruñen y sudan. Por un segundo, algo en su cabeza le dice a Cecilio que debe detenerse, que esas son cosas de maricones sin remedio, que debía pensar en su mujer y la traición con Ricardo Gotta, asumir que le vieron la cara de idiota, que le usaron. Pero no puede, sólo es consciente de ese chico que lo soba, que le acaricia la espalda y las ancas con sus manos grandes y fuertes, manos de hombre que controla y produce placer, que derrite a tipos como él que se derrite bajo el peso y calor de su lujuria.  Tan sólo es consciente de cómo esos dedos se clavaban en sus nalgas enrojecidas, y en como una iba hacia su raja caliente y mojada, sobándola con ganas. Grita, arqueándose hacia atrás, imposibilitado de contenerse cuando la punta de esos dedos lo recorren, íntimo, despertando ecos de deseos casi asfixiantes. Un hombre recorriendo su culo era…

   Es cuestión de minutos para que el culo enrojecido y redondeo de Cecilio suba y baje sobre la rígida y nervuda tranca joven, dura como una tabla rojiblanca. El culo va y viene con fuerza, necesitado de ser llenado. Cecilio, con los ojos cerrados, salta y cabalga sobre él, con una lujuria que lo avergüenza, pero que le grita que él es eso, un buen marica, un carajo que siempre querrá y buscará machos que lo culeen, que lo cojan con rabia y con fuerza. Hombres que llenen su boca y su culo con sus hombrías y con sus leches. Si, era un marica y quería gritarlo y vivirlo sin disimular o mentirle a nadie.

   Suda y cierra los ojos, echando la cabeza hacia atrás mientras salta sobre las caderas del otro, quien sonriente le soba las tetillas, pellizcándolas, halándolas con fuerza y haciéndole gritar de placer. Cecilio cae sobre esas caderas, su culo rojo traga centímetro a centímetro todo ese tolete, quedándose así, dejándolo clavado muy hondo en sus ardientes entrañas que aún lo amasan y lo aprietan, con una rudeza que hace chillar al muchacho que aprieta los dientes y baja sus manos para atenazar esas nalgotas, asegurándose de que las deje allí y siga haciéndole eso tan rico con su agujero de amor.

   Para Cecilio es lo máximo sentir como las cálidas corriente de placer recorren su cuerpo, mojándole más el culo, atenazándole las bolas, endureciéndole las tetillas y el güevo. Siente que eso es lo que quiere, llegar a su casa o apartamento y encontrar a un hombre que le haga delirar… eventualmente, claro. Por ahora los ama a todos. Grita cuando el joven comienza a subir y bajar sus caderas sobre el mueble, dirigiendo su barra contra él, cogiéndole el culito con fuerza de juventud. Sus gemidos y gritos atraen a un joven marinero, con cara de enratonado, que se asoma, llevándose la sorpresa de su vida.

   -¿Cómo pueden tirar tan temprano? -pregunta algo mareado aún.

   -Mire, doctor, un marinero… a esos les encantan los culos y las bolas peludas.

   -Hummm, carne fresca… -Cecilio, jadeante, sonriendo mórbido, como lo haría Jerry Arteaga, lo mira, quieto sobre la tranca enterrada en su agujerito loco.

   -¡Verga, qué maricón de mierda! –ataca burlón, con desprecio masculino.

   -Cállate, güevón, que no engañas a nadie, y menos con ese palo duro que se te ve ya; quítate esa ropa. A este carajo no le basta con un sólo macho. -le gruñe el joven, atenazándole aún las nalgotas al abogado, subiendo sus caderas y metiéndole el güevote en el palpitante y enloquecido culito, mirándole a los ojos ahora.- Vamos a ver si puede con dos… -y Cecilio casi se corre de morbo.

……

   Lo del atentado a la plaza fue demasiado para Eric Roche, por lo que esa mañana, a pesar del fin de semana, fue de visita a la casona de Ricardo Gotta, para entrevistarse con alguien a quien no sabía cómo encarar. Si todo lo que Alirio le contó era cierto, y lo recuerda con un revuelo de estómago, el hombre no era más que una gran basura y lo mejor que alguien podía hacer era darle un tiro. Llegó a la casa, se anunció y pidió hablar con Amelia. Cuando la llamó por teléfono, la mujer, dudando, se negó pues estaba indispuesta.

   -Es necesario que hablemos. Créamelo, esto le interesa más a usted que a mí. -fue firme.

   Ahora la esperaba en la amplia sala, sintiéndose muy inquieto. Lo que iba a hacer era una bajeza. Lo sabía. Pero era necesario. Esa mujer debía verlo así. Amelia, arregladita, con unos grandes lentes oscuros, hace su aparición, sintiéndose aún más tensa que el otro, quien le ve el rostro, por debajo del maquillaje y los lentes, notando los moretones que ya iban palideciendo.

   -Eric, ¿cómo está? Tiempo sin verlo. ¿Desea tomar algo? -intenta parecer normal. Él la mira fijamente.

   -¿Ricardo la golpeó? -es seco. Ella palidece y parece molestarse.

   -Claro que no. Me caí y… -comienza a inventar, como miles y miles de mujeres que por alguna extraña razón, que habría que buscar en la siquiatría, defendían lo indefendible, tal vez pensando que lo que tenían era lo que se merecían. Que lo merecían y no podían aspirar a algo mejor.- No es asunto suyo.

   -Yo creo que sí, Amelia. -da un paso hacia ella, encarándola.- No es un secreto en Caracas que Ricardo la golpea regularmente, todos lo comentan. Algunos le tienen lástima, otros… y siendo decirlo, la desprecian por permitírselo. -es terrible, no sabiendo si miente o no. Él lo supo hace poco y eso porque se lo dijo Alirio Fuentes.

   La mujer palidece más, poniéndose lívida. ¡La gente lo sabía y lo comentaba! Eso la llena de una terrible depresión. Sus amigas, sus padres, todos los que le advirtieron que no se casara con Ricardo Gotta, lo sabían, y si, tal vez le tenían lástima. O asco, porque ella seguía junto a él. Seguía a su lado a pesar de que llevaba meses hiriéndola, humillándola, paseándole mujeres por la cara, gritándole, insultándola. La verdad es que Ricardo era un sádico, quería ver qué hacía ella, si respondía o si se iba. Quería que se fuera, que se largara, así era más fácil lograr la separación. El hombre la hacía sentirse sucia. Y de cierta forma se preguntaba si no sería una sucia, por lo de Reina y…

   -Eric, por favor, márchese. -suena aguda. Él le tiende una cinta de VHS, lo último en tecnología de los cuerpos de Inteligencia venezolanos.

   -Esto puede interesarle. -dice opaco y la mujer cree advertir una mirada de reprobación en sus ojos. De repulsa por ella.- Encontrará que esto le resultará familiar, tengo entendido que fue lo que le pasó a  su hermana, Reina. -acusa duramente y la mujer casi chilla, retrocediendo de él y la cinta.- Eso también lo sabe todo el mundo.

   -No fue mi culpa ni de él… -chilla aguda.- Reina… lo buscó y…

   Ella sabía que Reina, su hermana alocada, moderna, vivía sacándole fiesta a Ricardo a quien encontraba atractivo, poderoso y rico. El hombre era galante con ella, hasta que una tarde recibió la llamada de la hermana, una chica de diecisiete años, golpeada, deformada a punta de carajazos y correazos. Reina le gritó que Ricardo la envició con cocaína, que eran amantes, y le decía que iba a divorciarse de ella; pero ahora andaba con otra, y cuando ella le reclamó, la golpeó, violándola antes de irse, porque eso le gustaba. Y Amelia encaró a Ricardo, pero él la abofeteó, gritándole que era una puta como su hermana, que si quería irse, que se fuera.

   Y ella se quedó a su lado, separándose de Reina.

   -Aquí tiene. Disfrútela. -suena feroz, le duele hacerle eso a esa mujer, pero era necesario.

   Aunque, a decir verdad, tampoco siente simpatías por ella. Una persona independientemente de quien fuera, no debía soportar ciertas cosas. Había una línea de decencia personal, de auto respeto y dignidad que si se cruzaba, ya no se era nadie, sólo algo que se usaba y se botaba luego. También odiaba a Alirio, ¿cómo sabiendo todas esas cosas (Dios mío ¿qué más sabría?), lo permitía? No le gustaba lo que hacía, pero era necesario. Alirio decía que esa mujer tenía un arma muy poderosa contra Ricardo, algo que podía hacerle mucho, muchísimo daño.

  -No, no quiero ver… -jadea ella.

-Se la dejo de todas formas… –insiste y se aleja unos pasos después de dejar caer la cinta, que ella no toma, sobre una mesita. Se detiene, odiándose por lo que dirá.- Por cierto, han visto a Ricardo cenando en el club lusitano, con su otra hermana, Antonia. ¿Cuántos años tiene su hermanita?

   La mujer se cubre la boca con una mano y chilla horrorizada. Con ojos aterrorizados lo mira alejarse, sintiendo un feo vacío en el estómago. Había perdido parte de lo qué era viviendo con Ricardo, había dejado de ser una mujer segura de sí, una persona, para convertirse en una sombra que lo odiaba y deseaba seguir a su lado, temiendo ser rechazada y apartada. Odió a Reina, acusándola de todo lo que pasó. Pero, ¿Antonia? No, Antonia era una muchacha, voluntariosa, rebelde y estúpida, pero era sólo una niña, alguien que debía buscase a un jovencito e iniciarse en su vida, de la clase que fuera, sexual o sentimental. No con una basura como Ricardo Gotta, sádico y abusador.

   Cuando Ricardo Gotta llega, silbando mortificado, tenso por lo que pasó en Altamira, y entra en el dormitorio matrimonial, encuentra a Amelia mirando la cinta sobre la joven a la que golpeó y sodomizó en aquel hotel. El hombre sintió un feo vacío en el estómago. Ella lo miró con odio.

   -¿Cómo puedes ser tan infame?

   -¿De dónde sacaste eso? -suena ronco, sintiendo una dolorosa pulsación en sien derecha.

   -¡Maldita basura! -le grita la mujer, arrojándose contra él, sólo para recibir una fea y poderosa bofetada.

   Es algo que le gusta al hombre, quien le repite la pregunta, quién le dio eso, y la cachetea una y otra vez, mientras ella le grita basura, encogiéndose, cubriéndose con las manos y brazos la cara, sólo para recibir un puñetazo en el estómago, que la deja sin aire, resbalando al piso, donde gimotea.

   -¿Quién te la dio? -ruge una y otra vez, hasta que lanza una patada que le da en un codo. La mujer grita, ahora si aterrorizada, nunca le había visto así. El hombre se vuelve con violencia cuando alguien entra, alarmado.- ¿Qué quieres?

   -Lo siento, doctor. -responde Alex, frío, mirándolo a través de sus lentes oscuros. Mira la cinta que corre en el video reproductor. Ricardo se para una mano por los cabellos, mirando a Amelia.

   -¿Quién estuvo hoy aquí? -le gruñe al tipo.

   -Acabo de llegar, señor.

   -Sácale el nombre de la persona que le dio esa cinta. Haz como sea, pero que hable. Quémale los pezones si es necesario. -la mujer grita.

   -Fue Eric Roche… fue Eric Roche… -gimotea, sintiéndose sucia, vacía y derrotada, cubriéndose el rostro con las manos.

   -Eric… -jadea Ricardo, sorprendido y alarmado, apagando el VHS y dirigiéndose hacia Alex alza la cinta.- No, él pudo traerla, pero… Esto no es obra de esa basurita. Tras todo esto hay alguien más. -agita la cinta con rabia.- Averigua quién es. Averigua quién conspira contra mí. Quiero saber si es cosa de Juan V. Rojas o Dagoberto Cermeño. Sí es él, lo jodo; no me importarán sus Círculos de la Muerte. Los jodo. ¡Los jodo a todos! Si yo caigo, él también caerá, y todos ellos con nosotros. -parece jurarse a sí mismo, lleno de odio.- Averigua quién anda tras de mí, Alex… Diles que o arreglan esto, o todos se van al coño. Y termina con Eric Roche de una vez… y con toda su maldita familia, comenzando por la vieja hija de puta. –ladra órdenes insensatas en voz alta, perdidos los estribos.

   Alex frunce el ceño, pero asiente. Acabar con el abogaducho era ya cuestión de honor.

CONTINUARÁ … 122

Julio César.


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