CUANDO LOS CHICO VAN AL CAMPO

noviembre 23, 2014

LA TIERNA CARNE DEBIL

UN CHICO Y SU GRUESA MAZORCA

   A la comunión con la naturaleza.

   ¿Han escuchado aquello de que las plantas sienten, hablan, temen y ríen? Pues el chico podría jurar, nada más llegar en el autobús escolar para un encuentro con los del colegio campirano, que al pasear por allí ese maíz le había hablado. Le contó cositas sucias, tanto que, casi en transe, peló la mazorca y su trasero. Era tierna, gruesa, larga y totalmente granulada, pero lo insólito era que la rama iba y venía por su cuenta, haciéndole chillar. Podría tratarse del viento meciendo el maizal, pero… Ojos nublados nota, a la distancia, que tres amigos más también están tragándose sus vegetales.

HARTA RAYA

Julio César.

DE AMOS Y ESCLAVOS… 11

noviembre 22, 2014

DE AMOS Y ESCLAVOS                         … 10

MUSCLE HOT

   ¿Cómo llegó a eso? ¿Cómo le redujo a ser su juguete?

……

   El calvo sujeto, lleno de tatuajes y piercing en cejas, nariz y un lado de la boca, parece mayor de lo que es realmente. El lugar es largo pero estrecho, el techo bajo y la iluminación indirecta en casi todas partes, lo hace ver algo chico y sofocante; desde la barra, donde habla con otros dos tíos, pelones también (por elección), mira tatuajes en folios, mientras otras personas recorren la especie de galería, viendo tatuajes y piercing en fotos de personas. Algunas realmente grotescas.

   -¿Galdo? –pregunta una voz estrangulada.- Vengo de parte de Hank… -el hombre, con mirada indolente, se vuelve hacia el joven hombre negro.

   -¿Eres la futura perra de Hank? Me dijo que vendrías, tal vez la semana que viene. Veo que tienes prisa por servirle. Eso es bueno, chico, que te mueras por satisfacer a tu hombre. –le dispara a boca jarrón, frente a los otros dos, que también le miran.

   Y Roberto desea caerse muerto.

   -Creo que me equivoqué de lugar. –grazna, intentando la retirada robándole fuerzas a sus debilidades. En cuanto le sonríe, odia a ese sujeto flaco y feo al que podría vencer de un solo carajazo.

   -¿Seguro? ¿No se te hizo una oferta condicionada? Conozco a ese carajito, debes estar corriendo contra reloj, y él no espera por nadie.

   -Bien, yo… -no sabe qué decir, ¿cómo explicar lo que siente si él mismo no lo entiende? Y esos sujetos mirándole, todos con cierto aire de superioridad, no ayudaban.

   -¿Por qué no pasas, ves y hablamos? –ofrece, sonriendo otra vez.- Prepararte para ser su perra sumisa y bien acondicionada llevará tiempo. –y Roberto se estremece violentamente antes las palabras, las sonrisas y las miradas de los otros.

   Quiere escapar, pero sus hombros caen y sigue la dirección que el brazo del sujeto le señala. Reparando, y odiándole otra vez, en su sonrisa satisfecha al ser obedecido. Cruza la barra y una puerta tras ella. Un pasillo minúsculo, oscuro, una luz rojiza bañándolo todo, cruza frente a puertas abiertas, cubiertas con collares de abalorios como únicas “puertas”. Entran en uno, mejor iluminado. Y Roberto se estremece otra vez. Hay una mesa tipo para masajes, con extremos móviles, con apoyadores para brazos y piernas. Las paredes están decoradas con látigos, correas, cadenas. Fustas. Consoladores. Lo mira todo con desconcierto. Y sus ojos caen sobre la imagen.

   Su corazón late con fuerza, dolorosamente, la boca muy seca. Hay un afiche a todo color, visible a pesar de la luz rojiza. Un musculoso y joven hombre negro está usando un ball gag, rojo, que muerde con expresión de gozo aunque su rostro está ladeado contra el suelo, sus brazos en la espalda, sus muñecas atadas, una bota negra y lustrosa se apoya entre sus omoplatos desnudos, reteniéndole allí, sometiéndole. Un tío blanco, de expresión marcial y prepotente, es quien lleva la bota. Hay una nota escrita con letras góticas, sabe que rojas también: Un negro feliz ocupando su lugar.

   La imagen es ofensiva, molesta; si la policía llegara… pero no puede dejar de verla. A sus espaldas, recorriéndole con la mirada, como un tasador que comprueba la calidad de un gallo de pelea, Galdo cruza los brazos sobre el pecho.

   -Cuando dije “prepararte para ser una perra sumisa”, te molestaste. Lo noté… pero estoy seguro de que también te gustó. Juraría que una parte de ti respondió a ello. –sentencia, sorprendiéndole. Se miran.- Esa imagen… te pone caliente, ¿verdad? Te imaginaste allí, cara al piso, la bota de Hank sobre ti…

   -Yo… yo no… No sé cómo… -se ve realmente agitado, casi atrapado. Desea gritar, pelear, huir. Entender.

   -Dime… ¿no has sentido que algo falta en tu día a día? ¿Qué en tu vida no todo es satisfactorio? ¿Eres exitoso? ¿Tienes pareja? ¿Emprendes algo y lo consigues, o lo terminas al menos? –le estudia.- Seguro que no. Ni sabes qué tienes, aunque te provoca enojo. Te has acostumbrado a vivir sin estar completo.

   -¿De qué coño hablas? ¡Soy un hombre completo! –ruge, luego parece confuso.- O lo era hasta que…

   -No, Hank no te hizo nada. Él tan sólo lo notó… Tu  vacio. Tu anhelo. Tu… deseo de ser sometido.

   -¡No! Yo…

   -¡Silencio, perra! –le ruge y Roberto calla automáticamente, casi como un reflejo.- No hay nada malo en ti, amigo. No estás enfermo ni eres un anormal. Tan sólo… tienes deseos diferentes. Otros apetitos. Deseas, y sospecho que necesitas, sentirte controlado, ser llevado, usado. Una parte de ti precisa ser humillada en sus remilgos… tomada a la fuerza. Expuesta a otros. –le mira a los ojos.- ¿Te imaginas en cuatro patas, frente a Hank, y este mostrándote a sus amigos? –la idea era horriblemente sucia y caliente.- Quieres eso. -alza un dedo hacia el afiche, sonriendo.- Incluso ser atado. Sentirte y saberte atrapado por tu superior. Tu dueño. Tu amo. –baja a voz.- Tu hombre. Porque eso quieres, servir a un hombre. Tener a uno que te controle y te tome cuando quiera. Que incluso te monte en sus piernas y te azote.

   -Eso suena… horrible. Una persona que desee eso…

   -No. No es una enfermedad ni una aberración; no estás mal, sólo… quieres sentir algo más. Fuerte. Extremo. Es parte de ti. –su mirada es casi hipnótica.- Quieres jugar a pertenecerle a un macho.

   -¡No! –jadea otra vez. Nunca dejaría que le pasara eso. Llegar a eso.

   -Okay, okay, no perdamos tiempo. Aquí siempre tengo mucho trabajo y no hablo de tatuar o perforar para piercing, hablo de los que quieren ser iniciados para sus amos. Desnúdate. –ordena dándole la espalda, encendiendo lámparas cerca de la mesa.

   Roberto libra una dura batalla interna. Todo lo dicho por ese sujeto sonaba horrible, degradante. Si, enfermo. Debía escapar, pero… sabía que el tiempo era su enemigo. Entiende que si no enfrenta eso ahora, esa… necesidad de saber, nunca se libraría de la duda. Una que atormentará y amargará toda su vida. Casi no nota que se quita la chaqueta y que hala los faldones de la franela mostrando su torso recio, musculoso, sus pectorales poderosos, sus pezones oscuros rodeados de gruesos pelos, así como los hay en la parte central de su pecho y que bajan. Temblando se abre el pantalón, sale de los zapatos pero aún duda. El tipo no le mira, pero lo sabe.

   -Dime, ¿no quieres llegar y que él te mire con aprobación, encontrándote deseable para satisfacer sus apetitos con tu cuerpo, lo que, irónicamente, es lo que más deseas? –las palabras le alarman, ese hombre parecía estar mirando en su mente, se dice mientras baja el pantalón; terminando con las dudas sale del bóxer algo largo (se resistía a usarlo chico como rebelándose contra lo que Hank le hacía sentir), y enfrenta la mirada del otro.- Nada mal, negro… -le aprueba como quien revisa un caballo.

   ¿Lo peor de esa mirada y esas palabras despectivas?, es el estremecimiento de excitación y agrado que le recorren. Sabe que tiene un buen cuerpo, que sus bolas grandes cuelgan bajo, pero su verga, en reposo, gorda, llega más abajo aún. Todo rodeado de los crespos pelos enrollados. Traga cuando el otro golpea la mesa con su palma. Con pasos lentos se acerca y sube, el culo sobre el frío y aparentemente esterilizado cuero. Era extraño, pero el cuero contra su piel se sentía…

   -Debes mostrarle a tu dueño todo lo que tienes para ofrecerle. –dice el sujeto, empujándola por el pecho haciéndole caer de espaldas. Abriendo un chorro y mojando su mano le recorre el torso. La mano delgada y fría era molesta. Una pastilla de jabón, azul, así de barata, se frota contra la oscura piel, fabricando algo de espuma.- Tu hombre querrá ver tus tetas, negro; deseará tocarlas, acariciarlas, pellizcarlas. Tal vez morderlas. Nada como unas tetas sensibles; si al clavar sus dientes en las tuyas, él nota que te mojas y gimes de lujuria, estará complacido. -con una afeitadora desechable, va depilándole. Se lleva sus buenos minutos.- Voy a recortar… -hunde los dedos y hala sobre los pelos púbicos.

   -Oye, no lo sé… -se agita otra vez, todavía muerto de nervios y dudas. Galdo le mira, ligeramente exasperado.

   -Aún ahora, ¿no se te hace agua la boca, se te pone duro el güevo y el culo te tiembla un poco ante la posibilidad de tener otra vez la verga de burro que tiene Hank en la boca, llamándote zorrita sucia y puta? ¿No te has imaginado siendo manipulado para caer de panza, tu culo descubierto, su tranca quemándote, tú resistiéndote, negándote, pero él posicionándola, metiéndotela mientras te grita que toda perra negra quiere un güevo blanco llenándola, y tú casi ya corriéndote al oírle? Nada de eso no ocurrirá si no haces esto. Y no hacerlo sería un error porque parte de ti lo necesita desesperadamente. –Roberto no puede contener un jadeo.- Sentirlo, desearlo, querer sometértele puede parecerte horrible porque te entregas, pero no hacerlo puede ser peor. Imagina una vida de insatisfacciones, de furias, de sentirte frustrado, ¿no es peor? Deja salir toda esa necesidad que tienes de ser tomado por un hombre, de servirle como su sumiso juguete. No eres el único, chico. –habla y recorta con una afeitadora eléctrica. Lo deja bajito, el miembro se ve más grande.- Conozco a tipos que lo tienen todo, que compiten en todo como salvajes, negocios, deportes, hasta mujeres, que se vuelven mantequilla cuando un tipo les atrapa por el cuello con una mano y le amenazan con que si no dejan de joder le cogerán duro y le harán llorar. No imaginas cuántos se ponen mal con eso. O cómo disfruta el tipo grande que bajándose de un autobús lleno de amigos siente la mano de otro de ellos metiéndose en su culo, jurungándoselo frente a todos, que ríen. Muchos desean eso, ser tocados así… Tomados.

   Habla y habla, pero ya Roberto no le oye, perdido en sensaciones como está. Sus muslos y piernas son depilados. Sus axilas igualmente, y el paso de la afeitadora por ellas era casi sensual. Su espalda y nalgas corren igual destino.

  -La gente verá que no tengo pelos…

   -Diles que practicas natación por las nenas en la piscina.

   Sin embargo, ese temor a ser descubierto lampiño, le parece la menor de sus preocupaciones. Lo que teme es lo que ocurre en su cabeza, el imaginar lo que Hank puede hacerle con esa enorme, blanca y gruesa pieza de carne palpitante entre sus piernas, metiéndola allí, en su redondo y cerrado culo que es frotado con jabón, mucho, halado con un pulgar para ser recorrió con la afeitadora, una y otra vez, luego enjuagado.

   -Ahora el enema.

   -¿Qué? –logra escapar de esa nube de sensaciones oscuras. Alarmado otra vez.

   -Necesitas un enema para limpiarte, y debes hacértelos tú mismo antes de ir con tu hombre. Usa esta solución. –le muestra una bolsa como de suero.- A muchos carajos que gustan de dominar y someter, aunque no lo admitan, les encanta saborear los coños calientes de sus putas. Meterles las lenguas muy hondo para oírles gemir. Dicen que no para darles placer sino para que las patéticas perras vean que son unas putitas calientes; aunque, personalmente, creo que hay algo de una cosa y la otra. Por eso debes llevarlo muy limpio. –y lo dice mientras ya trae la bolsa terminada en la delgada cánula de boca chica, la cual aceita y mete, logrando que el semental negro en cuatro patas se tense y arquee la espalda ante la invasión. Sorprendiéndose, joder, un espejo que no había visto. Allí está él mismo, mirándose mientras le aplican un enema por si otro carajo quiere “comer su coño”. Aprieta los dientes cuando el líquido entra, cálido, mililitro a mililitro, llenándole. Y allí lo deja. Jadea, esa vaina arde un poco ahora.- Aguanta. –es un ardor desesperante, la cánula sale y la entrada le molesta como si picara.- Suéltalo. –y si pudiera habría enrojecido al verse allí, en el espejo, en cuatro patas, desnudo y depilado, de su culo manando un chorrito con potencia que cae dentro de un balde.- Bien. –aprueba el otro, sonriéndole horriblemente sardónico y alejándose.

   Esa mirada era… la línea de pensamiento es interrumpida por otro jadeo del hombre negro. ¡Su culo ardía! Sentía la entrada como más irritada. Y sin pensarlo llevó una mano a su trasero y tocó su entrada, estremeciéndose, erizándose. Joder, ¡se sentía tan bien al tacto!, graznó al pasarse el dedo una y otra vez.

   -Hay que hacer algo con tus ropas. –le oye decir y casi con violencia aleja la mano de allí, el dedo de la entrada de su culo donde estuvo a punto de penetrar. Abre los ojos, que no sabía había cerrado, con un leve y vergonzoso jadeo cuando tres dedos vuelven, aceitados en algo, frotándole de manera acariciante la entrada misma de su agujero.- Hidrátalo para que no parezca cuero seco. Vamos… -nalguea sobre la redonda masa de carne, indicándole que se ponga de pie.

   Más avergonzado, Roberto obedece, su tolete medio alzado. El otro sonríe leve pero no comenta nada.

   -Debes mostrar… -saca de una gaveta un bóxer corto que al joven negro se le antoja dos tallas menos de las que le toca. La prenda es suave.- Hank se ocupará de esto, no te preocupes. Póntelo.

  Obedece. La tela es increíblemente suave, elástica, buena. Sobre sus muslos en una caricia… y le cuesta meterse en ella.

   -Es pequeña. –grazna.

   -Es el tamaño justo para juguetes como tú.

   Las manos del otro se mueven terminando el trabajo y Roberto, totalmente avergonzado pero también estimulado, cierra los ojos otra vez, estremeciéndose. Termina y se mira en el opaco espejo de cuerpo entero. Una poderosa ola de calor le recorre. Mierda, se ve del carajo. Hasta a él le gustaría ver a otros así. Si, es una pieza pequeña que parece apenas cubrir sus caderas, por donde la tela parece subir un poco más que al frente, donde se ve el nacimiento de sus recortados y putones pelos púbicos. Su tolete fabrica un buen bulto, que hala hacia adelante y abajo. Temblando más, expectante ante lo que espera ver, se medio vuelve. Dios… sus nalgas redondas y musculosas se ven tersas, grandes, la tela las cubre valientemente aunque una poca se hunde en el centro, haciéndole ver más provocativo. También se ve el nacimiento de la hendidura entre sus nalgas. Por abajo casi deja el final de los glúteos fuera.

   -Te ves bien. Hank sabe elegir sus juguetes. –oye la aprobación.

   -No creo que pueda usar algo así.

   -Quieres hacerlo. Vamos, hazlo. Ve para su casa y se un buen negrito para tu amo. Muéstrate, que vea lo que haces para satisfacerle. Vivir para servirle puede ser tu destino. –va hacia la puerta.- Ya nos volveremos a ver. Aún no terminas tu preparación. Te faltan los aros y tatuajes.

……

   Y si de piezas íntimas blancas se trataba, Gregory Landaeta también pasaba sus sofocones con ellas. Atacado de una fiebre exhibicionista que ni él mismo entiende, o creía padecer, entra en aquellas tres mínimas paredes de material sintético, con una cortinita que cubre la entrada, que sirve de probador. Entrar, quitarse los zapatos, bajarse el pantalón, despojarse de su bóxer ajustado y entrar en aquella basurita de licra blanca, una tanguita que nunca en su vida usaría ni en una cita, es una sola cosa. No piensa, va en automático. Al igual que Roberto, se mira al espejo y no se cree. La tanga se ve tan pequeña, tan elástica, ajustada y putona que siente calorones recorrerle por todos lados. Volviéndose ve sus nalgas alzadas, medio glúteos afuera, y la visión era calentorra. Uno leves toques a un lado de la entrada le tensan, pero es ese vendedor cuarentón, bajito, algo obeso, con cara y figura muy poco atractiva, pero cuyos ojos se iluminan ante la visión del enorme y guapo tío negro con la franela alzada, sus cortas medias de paño y la tanguita blanca.

   -Si, se le ve fantástica. Haría ovular a las mujeres en la calle si saliera vistiendo así. –dice, intuyendo lo que el otro quiere escuchar, sabiendo que acierta al verle expandir el tórax con satisfacción.- Es una pena la diferencia de pieles bronceadas. Debería ir a la playa y tenderse con esto… -y de su hombro toma una tela aún más mínima, también elástica, licra, un hilo dental blanco.

   -No creo…

   -Pruébesela. –reta y ofrece.- Nada más ver el resultado valdría la pena del trabajo así no compre nada. ¿Por qué no se quita la franela?

   Esas palabras le marean. El sujeto da media vuelta mientras, todavía dudando un segundo, Gregory se despoja de la mínima prenda, tomando la aún más chica de la mano alzada del tipo que le da la espalda. No sabe si quitarse la franela, pero al intercambiar las prendas con el sujeto, verle tomarla sin volverse, llevándosela al rostro, le hizo perderse. Se la quita.

   -¿Qué tal? –pregunta, alto, joven, fuerte, musculoso, negro, con sus medias de paño y el mínimo hilo dental, apenas un pequeño triangulo muy deformado por su güevo y bolas, dos tiritas difíciles de ver que suben por sus caderas.

   -Maravilloso… -grazna embobado, pero se rehace.- Le queda maravillosa. ¿Y atrás?

   Gregory no duda ya, se vuelve, su espalda ancha y recia, su cintura delgada, los huesos de las caderas visibles, las tiritas que las rodean y se unen en un pequeño triangulo que desaparece en otro hilo antes de perderse dentro de esas increíbles moles de carnes negras y firmes. Volviendo la vista sobre un hombro, mira al vendedor. Y jadea. La expresión embotada de ese sujeto le mantenía casi hipnotizado. Saber que le gustaba, que le gustaba mucho, que estaba rendido ante su atractivo, le debilita. Sin embargo da un bote cuando le ve caer, gimiendo un poco por el esfuerzo, sobre una rodilla. Se miran, uno de pie, mirando sobre su hombro, el otro inclinado.

   -¿Qué haces? –pregunta con voz rota.

   -La etiqueta… -dice como si tal cosa. Y aunque Gregory sabe que está mal, que no debería, permite que el sujeto con sus dedos cortos y gruesos, lenta, muy lentamente, le acomode la etiqueta de la pieza, metiéndola dentro del pequeño triangulo, rozándole la piel de la baja espalda.- Es… maravilloso. –grazna, totalmente entregado. Y sus palabras marean otra vez al hombre más alto.

   Por ello no es raro que se quede quieto cuando el vendedor acerca más el rostro, bañándole con el aliento de su respiración pesada, o que, trémulamente primero, luego con más osadía al no ser rechazado, cubriera, o lo intentara, con las manos abiertas las duras y redondas nalgas. Separándolas y notándose la visión de aquella tirita blanca entre las negras masas, ensanchándose más abajo para cubrir las bolas, a cualquiera le habría provocado un infarto.

   Gregory no sabe qué esperar, o qué espera a secas, pero traga y se queda quieto cuando el bigote del tipo le cepilla la raja al acercar más la cara, estremeciéndose al oírle aspirar ruidosamente, aparentemente deseando intoxicándose con el olor a macho. Y la punta de la nariz frota de sus nalgas, luego los labios, el bigote. El tipo, como un poseso, mete la cara entre sus nalgas, llevándola de adelante atrás, subiendo un poco, frotándole con todo.

   Esa vaina estaba mal, un hombre no debía dejarse hacer eso, piensa Gregory, olvidando intencionadamente todo lo ocurrido ya. Pero echándose un poco hacia atrás, separando también las piernas, prácticamente queda sentado sobre la cara de ese tío que ahora lengüeteaba en su parte más íntima y privada de su ser. La idea, la visión ante el espejo, todo era de una locura caliente. Su pecho musculoso de buenos pectorales sube y baja, entregado a las sensaciones que lo recorren, al hombre que le está sorbiendo ruidosamente el culo sobre el hilo dental. Mira como su propio tolete, apuntando hacia abajo, se levanta, endereza la tela, halándola, bajándose en la cintura, los pelos púbicos escapando, la raíz de su gruesa verga negra dejándose ver.

   -¿Ocupado? –le sobresalta una voz, y casi grita con el corazón a punto de un infarto. La cortina es corrida y un carajo delgado y alto, les mira con sorpresa.

   -¿Está ocupado? –pregunta alguien a sus espaldas y el corazón de Gregory cae a sus pies. Dios, iban a descubrirle en esa vaina de maricones.

   -Mucho. –es la respuesta del joven, mirando fijamente al tío grande, entrando y corriendo la cortina tras él.

CONTINÚA … 12

Julio César.

UN RUIDO EN LA CASA

noviembre 22, 2014

ESCALOSFRÍOS

MIEDO EN LA CAMA DE NOCHE

   A solas, cuando las inquietudes susurran y ríen.

   Me encantan los relatos de miedo, esos de Stephen King que durante páginas y páginas te mantienen pegado al libro (IT, eso es poesía oscura); pero, sorprendentemente, hay cuentos cortos que son increíblemente bueno también. Porque causan la inquietud de lo inmediato. Es como leer una historia de Quiroga, donde al final queda un mal sabor de boca. La mujer que duerme y desmejora y desmejora, descubriéndose luego que un horrible parásito estaba en su cama alimentándose de ella. O el hijo que sale a solas de cacería, con ese padre afiebrado y enloquecido que siente miedo por él, a perderlo, aterrándose a cada hora que pasa sin que vuelva y este llega, como siempre, tranquilizándole, para que luego supiéramos que delira, que el muchacho no está ahí, que murió en cuanto salió. Son trabajos de pocas cuartillas que logran atraparte.

   Este relato, que encontré por pura suerte en la red, tiene esa virtud. Algo sencillo, corto, una vida bajo análisis que termina con una pesadilla. Y trata de un miedo conocido, la soledad, la casa desierta, saber que no hay nadie más que pueda tender una mano así sea de consuelo. Aunque al final el autor le deja cabida a la esperanza (soy cruel, no le habría dado ese desenlace). Disfrútenlos:

……

Martes, 11 de noviembre de 2014

Atrapado

   Los ruidos comenzaron sutilmente, pero de a poco la actividad fue aumentando. Rubén no les dio importancia los primeros días.  Acababa de pasar por una época muy complicada, por eso aquellos ruidos que creía oír a veces eran triviales para él. Ni estaba seguro si se originaban dentro de la casa o fuera. Le preocupaba mas otra cosa, una fobia que estaba desarrollando; miedo a salir a la calle.

   Cuando estuvo seguro que los ruidos venían de adentro, pensó que su vida iba de mal en peor.   Recientemente había caído enfermo, estuvo días en un hospital, y cuando le dieron el alta, resultó que se habían apurado, y tuvo una recaída en su hogar. Ahora escuchaba ruidos raros que parecían no tener una explicación lógica.

   ¿Cómo podía estar pasando aquello? Hacía muchos años que vivía allí y nunca había sentido nada raro, ¿y ahora, su casa se había embrujado de la nada?  Cuando el asunto se puso peor pasó a ser aterrador. Y como si todo eso fuera poco, aún no se sentía bien, aunque no tenía ningún malestar concreto. También dormía mucho, y casi todos los días tenía episodios de lo que él razonó era algún tipo de sonambulismo. 

   En una ocasión, estaba parado en medio del baño cuando de pronto algo lo hizo girar hacia la puerta entreabierta, y su mirada se encontró con los ojos claros de una cara peluda y barbuda que le enseñó los dientes. Aquel suceso solo duró un instante, la cara desapareció enseguida.  Mas la impresión que le causó no se le fue así nomás. Cuando finalmente pudo recordarla sin sentir tanto terror, se dio cuenta que era la cara de un perro. “¿Hay perros fantasmas?”, se preguntó.      Otra vez, estando acostado en su habitación, empezó a experimentar algo aterrador: la sensación de no estar solo allí, después algo peor; pasos apagados que iban rumbo a la cama, y seguidamente, que alguien se subía en ella.    No lo soportó mas, se levantó de un salto y se precipitó hacia la puerta. Casi en el mismo momento, detrás de él emitieron un grito muy agudo, un grito de terror que parecía ser de una niña. 

   No podía creer lo que le estaba pasando, era absurdo, ¿por qué un hogar como cualquier otro, normal en todo sentido, ahora era un lugar de pesadilla para él?  Él la mandó a construir, la casa no tenía historia, y la levantaron sobre un terreno hermoso donde nunca antes habían construido. Pensó que si alguien hubiera muerto allí podría entenderse aquella actividad, pero nadie lo había hecho. ¿Nadie? Repentinamente se dio cuenta. Recordaba haber desmejorado tras volver del hospital, pero después todo era confuso. ¿Cuánto tiempo había pasado?, ¿y los amigos y familiares, por qué nadie lo visitaba? No recordó la última vez que comió. Solo andaba por la casa, hundiéndose en una especie de sueño por horas, para después aparecer en cualquier habitación. Y su fobia a salir a la calle no era tal; no salía porque no podía: era un fantasma atrapado allí. Al comprenderlo pudo abandonar el lugar, y la familia que vivía ahora en la casa dejó de sentir y escuchar cosas raras.

Autor Jorge Leal en 11:42 23 comentarios:

……

   ¿No fue bueno? Más que horror a lo sobrenatural es un miedo personal, eso que nos causa inquietud; el niño que ve una horrible y enorme cucaracha que entra a su cuarto y que por más que la buscan sus padres no aparece pero él debe acostarse sabiendo que está allí, mirándole, tal vez esperando acercarse mientras duerme y entrar por uno de sus oídos como escuchó a un chico en la escuela decir que hacen (qué idea tan horrible). El protagonista está atrapado en su miedo primero, en su realidad después. Me recordó un tanto la cinta Los Otros, pero antes ya había visto un episodio de la Dimensión Desconocida, en blanco y negro, donde una mujer del Sur, después de la Guerra Civil, ve pasar gente por un camino, camino al que teme y por donde todos se han ido ya; un soldado herido se queda unos días pero al final entiende que es el camino que todos deben seguir. Ella se resiste desesperada a tomarlo porque sería aceptar que está muerta. Fue impresiónate porque termina con el mismísimo Abrahán Lincoln pasando, sosteniéndola y diciéndole que no tenga miedo. Finalmente ella también toma el camino.

   Este cuento cae en esa categoría. Es curioso como tanta gente teme a una casa de noche, a solas. Creo que ya lo conté, no recuerdo bien el sueño, pero “veía” que el Diablo mismo me estaba persiguiendo y desperté realmente aterrado en mi cama, con la absurda idea de que el Señor del Infierno estaba en mi sala, esperándome. Me costó un mundo, pero prácticamente me obligué a hacerlo, salir de mi colchón e ir a tomar agua, cruzando por la sala camino a la cocina.

   Jorge Leal es un autor interesante. Vale la pena buscar más sobre su trabajo. Y esperar que elabore algo más largo. No es fácil escribir sobre conflictos y temores internos, y lo logró en media cuartilla.

A SOLAS CON MI MUERTE

Julio César.

PETICION

noviembre 22, 2014

RESIGNACION

PELUDO Y SEXY

   Un trabajo para toda la vida.

   Un vecino que sabe cómo soy, vino a pedirme un favor. Para sorprender a su novia quiere usar un hilo dental pero antes se tiene que depilar. Y así me lo dijo: “Ayúdeme, vecino, quíteme hasta el último pelo. Trabájemelo”. Y si, pretendo trabajárselo, trabajárselo muy bien, comenzando con los dedos. Sé que puedo hacérselo.

SECRETOS DE MACHOS

Julio César.

NOTA: Coño, si, es difícil escribir en primera persona.

DE SOLIDOS GEOMETRICOS

noviembre 21, 2014

DEMANDANTES

MILITARY HOT

   -Vamos, marine, voy a enseñarle otro tipo de lucha cuerpo a cuero… ¿trajo el lubricante?

CULO REDONDO

   Mi amigo y yo entramos y vimos a papá buscando un jabón. Este jadeó sin palabras, pero luego las encontró: “Oye, ¿tu papa no lo reparte?”.

EL MUSCULOSO Y EL FLACO

   El atleta y el nerd, una ley de la naturaleza… siempre hay algo que quieren. En este caso, ¿quién de cuál?

DE TIOS DUROS

Julio César.

LA IMPACIENCIA DE ANGELA MERKEL

noviembre 21, 2014

QUERIDA VIRGEN DEL VALLE

MERKEL CONTRA PUTIN

   -¡Te me sales de aquí! (¿La imagen será real?)

   La noticia que titulaban ¿Pierde la paciencia Ángela Merkel con Vladimir Putin?, vino con esta imagen. Me pregunté ¿será que lo regañó? La doña parece muy capaz. Leí el artículo pero no aclaran; hace referencias a expresiones de la mujer sobre las maneras absolutistas e imperialistas de actuar del mandatario ruso en el caso de Ucrania, soñando con los idos días de grandeza. En Australia, la dama señaló que Rusia estaba “violando la integridad territorial y la soberanía de Ucrania” y que Europa debía continuar ejerciendo presión. “La canciller cree que desde hace tiempo hay una enorme discrepancia entre lo que Putin dice y lo que Putin hace”, apareció en Der Spiegel. No extraña tal actitud, es la misma desde los días de Catalina La Grande, con la expansión rusa, que continuó con el comunismo; pero como buena alemana, Ángela Merkel sabe el desastre en que puede terminar un conflicto en los “Nuevos Balcanes”, con otro loco delirante de gloria. Y no sólo en lo económico. ¿Será que nada se aprende?

EL ULTIMO DE NOVIEMBRE…

Julio César.

LUCHAS INTERNAS… 138

noviembre 20, 2014

LUCHAS INTERNAS                        … 137

SEXY BOY

   ¿Puedes imaginarlo en una playa de los Mares del Sur?

……

   Y mientras un hombre planea escapar físicamente, otro, Samuel Mattos, intenta hacerlo espiritualmente. Perdido en su dolor, depresión y angustia, terminaría besando a uno de sus mejores amigos, Renato, sin sospechar el infierno que desataría en el alma del mismo.

   Sentado a solas en una apartada mesa en una pequeña tasca, el abogado catire toma grandes cantidades de whisky, uno añejo de buen color y sabor, sintiéndose solitario y apartado. Pero eso estaba bien, no quería a nadie cerca de él. Ni a Eric, que ya era decir bastante. Mientras bebe, con el rostro enrojecido y los ojos aletargados, su mente divaga por senderos parecidos a los recorridos poco antes por Eric Roche. Alguien manipuló a Linda para que hiciera lo que hizo. La mujer estaba mal, llevaba tiempo así, sus tratamientos y medicamentos parecían no controlarla del todo; y él la había descuidado sabiendo lo delicado que eso podría ser. No supo cuidarla. O no la amó lo suficiente como para que le preocupara, le gritaba una molesta voz en su cabeza. Le había fallado y por eso mató a ese sujeto ruin y despreciable, condenándose a terminar encerrada.

   Linda.

   La adoró, al principio, pero luego todo se volvió compromiso, obligación y deber; mientras la relación avanzaba en tiempo, la vio perder estabilidad, seguridad. Le pareció cada vez más una niña a quien debía cuidar. No sentía que debía compartir y disfrutar con ella, a su lado, sino que tenía que protegerla. La cabeza del abogado, atormentada y llorosa, volvía una y otra vez sobre el mismo punto. Ella estaba mal y él la abandonó cuando más lo necesitaba. Ese pensamiento mortificante, torturante y masoquista fue lo único que dominó su mente durante toda esa tarde que bebió y farfulló necedades. Afuera llovía.

   Cuando finalmente le dijeron que no podían servirle más tragos, y mucho menos dejarle manejar en ese estado, el hombre, molesto, se puso de pie, pagó, dejando la tarjeta allí y salió del lugar con borracha dignidad, erguido, cabeza en alto, aunque en verdad iba tambaleándose. De nada sirvió que lo llamaran, que le pidieran que esperara por el taxi. El hombre, ofendido como sólo saben ponerse los borrachos, salió a la calle oscura y llena de charcos, bajo la lluvia. De forma vaga sabía que no estaba lejos de su edificio y no le importó mojarse con el chubasco. Algo de agua no mataría a nadie, una bala si, se dijo, aunque aquello no era una simple lluvia más bien parecía el segundo diluvio. Mareado e inseguro, caminó acera abajo, mojándose los pies en los riachuelos que corrían ya con increíble velocidad.

   Turbiamente mira hacia el otro lado de la calle, al llegar al final de la cuadra y enfocar con esfuerzo el edificio donde vive, donde vivía con Linda, con su Linda, con la pobre y loca Linda a la que era más fácil cuidar como a una mochita, una cieguita, una loquita, que como a una mujer entera. Casi grita, allí, totalmente empapado: llevaba tiempo sin sentir amor por ella. No sabe en qué momento dejó de amarla. Meneando la cabeza, para alejar esos pensamientos, sólo logra que toda la calle gire ante sus ojos. La rápida y vertiginosa sensación lo obliga a buscar apoyo con la mano, tanteando y encontrando el respaldo frío y mojado de un banco de cemento, donde cae despatarrado, sintiendo el agua en el culo y las bolas. Sentarse sólo hace que todo gire más rápido, necesita enfocarse, pero entrecerrando un poco los ojos siente que va adormilándose, ¿y por qué no? Podía cerrar un rato los ojos y descansar, sintiendo la no muy fría lluvia sobre sí. Al despertar estaría mejor.

   Confusamente, a la distancia, nota como la reja del edificio se abre al otro lado de la calle, y una figura alta y delgada se asoma, abriendo un ancho paraguas con un donaire increíble, con la elegancia de un caballero inglés. Esa persona cruza la calle, cubriéndose del agua y de su mirada confusa, con el paraguas, hasta detenerse frente a él.

   -¿Estás buscando una pulmonía? Eso ya no es romántico desde que Bolívar murió. -acota Renato, mirándole fijamente. Preocupado.- ¿Qué haces aquí?

   ¡Renato Mijares! Tenía que ser él, se dice confuso, sonriendo tontamente, Samuel. Renato, ceñudo, nota que no está en sus cinco sentidos, y alargando un brazo lo atrapa por el codo derecho, halándolo, firme e inflexible. Podía ser delgado, y guapo como el infierno, piensa confusamente el otro, pero era fuerte también.

   -Nos vamos a mojar… -balbucea.

   -No creo que puedas más. Vamos, ayúdame, Sam. Se nota que has ganado algo de peso.

   -Imbécil… -suelta una risita.

   Sam se medio para, su culo deja la banca, pero está mareado y es pesado, no puede levantarse. Sentarse lo puso peor. Con determinación, Renato se inclina hacia él, rodeándole con un brazo la mojada cintura, atenazándolo y usando su propio cuerpo como polea, levantándole, sin importarle lo empapado que esté o que algo de lluvia le esté cayendo también. Pero pesa mucho, así que soltándole la cintura, hace que el otro monte el brazo, pesado y húmedo, sobre sus hombros, sosteniéndose. Es un peso mojado pero caliente, fuerte y viril.

   Renato casi lo arrastra cruzando la calle hacia el edificio, cargándolo y cubriéndose de la persistente lluvia lo más que puede. Cruzan la reja y mojan la recepción mientras van hacia el ascensor, que se abre casi en seguida. Renato mete a Sam, apoyándolo contra la pared mientras estudia los botones. Con un jadeo, el catire va como deslizándose hacia un lado, mirándole.

   -No te caigas, porque del suelo no podré levantarte. –le ve cerrar los ojos y ablandarse.- ¡No te duermas! –la demanda le hace dar un leve respingo, mirada nublada.

   -Renato, ¿no sabes si ya llegó Linda? -suena confuso, borracho.

   -No la he visto. -le dice cálidamente, mirándolo con fijeza, preguntándose dónde coño estaría Eric. Qué Sam se embriagara un día como ese, era algo que medio mundo debió esperar. También Eric.

   El ascensor se detiene en el piso de Sam, y nuevamente Renato tiene que cargar prácticamente con él, sacándolo de allí y arrastrándolo por el pasillo, deteniéndolo contra la pared al lado de la puerta. Otra vez Sam parece rodar, pero ahora no sólo lo parece sino que se viene hacia adelante, como una versión humana de la torre inclinada. Renato tiene que lanzar la mano abierta contra su pecho para enderezarlo y retenerlo. Como el saco estaba abierto, la mano entra, sin premeditación, directamente contra la camisa, contra el musculoso pectoral izquierdo. Renato siente esa piel firme, cálida y húmeda, donde el corazón late con calma, pero con fuerza. ¿Siente algo? Es difícil saberlo.

   -Dame tus llaves. -le pide, pero Sam sólo cierra los ojos.- Sam, las llaves. -le pide, alzando algo la voz, medio zarandeándolo, sosteniendo por el pecho aún. Las pide una y otra vez, pero Sam parece dormido.

   Botando aire, ¿de disgusto?, es difícil saberlo con Renato; el hombre lleva su otra mano al bolsillo del pantalón del abogado, hurgando y metiéndose hasta el fondo, cerrándola sobre el llavero. Y lo siente, allí, al final, pegando contra el dorso de su mano. Y parecía aún más caliente que su pecho. Saca la mano, tal vez no muy rápidamente, y es posible que algo enrojecido de cara, pero finalmente abre la puerta. Al intentar meterlo, Sam parece tropezar consigo mismo y ambos hombres casi caen aparatosamente. Tiene que echar mano de todas sus fuerzas para sostenerlo y enderezarlo, rodeándole le cintura con los brazos, acunándole contra sí.

   -Vamos, borracho idiota. Tienes que acostarte. -le gruñe Renato, sonrojado.

   -Humo…

   Lo lleva hacia su dormitorio, sabe donde es. Abre la puerta, enciende la luz, la tarde nublada es oscura, todo eso sosteniéndolo todavía contra sí; y al hacerle cruzar la puerta vuelven a trastabillar y casi caen. Intenta servirle de un mejor apoyo atrapándole ahora por bajo los brazos, lo intenta, porque esta vez Sam, con un jadeo y ojos en blanco cae hacia atrás, sobre la cama, de espaldas, arrastrándolo a él en su caída, como un mal amigo. Los dos hombres caen en la cama. Sam cierra los ojos y Renato, sobre él, lo mira fijamente, sin moverse. Saca su mano derecha del sobaco de Sam, y lentamente la pasa sobre la frente del otro, echando hacia atrás los cabellos mojados y despejándosela. Sam murmura algo, tomando aire, movilizando sus brazos y rodeándole la cintura al amigo. Renato, agitado, siente como todo ese corpachón se mueve, bajo él.

   -Sam, despierta. No puedes dormir así. Estás empapado. Te va a dar una vaina rara y te vas a morir como La Dama de las Camelias. -le gruñe, luchando por soltarse del agarre del catire, lográndolo y poniéndose de pie, zarandeándolo por el pecho y dándole palmadas en un cachete.

   -Deja, coño. -gruñe borracho, sin abrir los ojos.

   Botando aire, Renato le toma una pierna que cuelga fuera de la cama, apoyado el pie en el suelo. Lo alza y le quita el mocasín oscuro, luego la fina media negra, asombrándose ante el bien cuidado pie del otro. Seguro que era cosa de Linda; seguro que si se lo acercara a la cara no apestaría, se dice, pero sin pensar en hacerlo. Le quita el otro zapato. Serio, se endereza y mira al hermoso y sensual borrachín, ¿quién no aprovecharía para acariciarlo teniéndole así, débil, inconsciente, ebrio? Renato Mijares.

   Le aparta las solapas del saco, aflojándole el nudo de la corbata y abriéndola. Desabotona cada botón de la amarilla camisa, halándola y sacándola del pantalón. Abre todo y mira ese tórax musculoso y ancho, de pectorales desarrollados y tetillas marrones algo levantadas, desafiantes. Su abdomen era plano y la cintura delgada. Qué fácil era imaginar las manos de alguien acariciando esos pectorales, pellizcando esos pezones, o una boca ansiosa y enamorada recorriendo ese abdomen, besándolo y lamiéndolo cada músculo, sintiendo su calor y su sabor. Excepto, tal vez, a Renato.

   Sentándose a su lado en la cama, mete una mano bajo su húmeda y cálida nuca, empujándolo hacia arriba, sentándolo a duras penas, quitándole de encima el saco, la corbata y la camisa. Pero antes de terminar con la camisa, la cabeza de Sam rueda, como todo él, apoyándose del otro. cálido, guapo, a un tiempo indefenso, vulnerable pero sensual.

   -¿Renato, eres tú? ¿Hueles como tú? Dime, amigo, ¿dónde está Linda? Es tarde, es muy tarde ya. No debe andar sola por las calles. Hay gente mala, gente muy mala.- susurra dolido y borracho.

   Su cara, caliente, cae sobre el hombro de Renato, quien siente su aliento, su respiración, y su peste a whisky. ¡Pesaba el carajo ese!

   -Debe estar al llegar. Descansa.

   El delgado, algo y guapo hombre se pone de pie, ayudándolo a caer nuevamente de espaldas sobre la cama, mirándolo grandote, como un atractivo niño. Le mira las caderas y sólo duda un momento. Abre la correa y el botón del pantalón. Sus dedos se mueven ágilmente bajando el cierre; que vaina tan rara estaba haciendo, le dio tiempo de pensar mientras tomaba los faldones del pantalón y comienza a bajarlo, descubriendo la cadera, muslos y piernas donde brillan los claros pelillos, quitándoselo.

   Allí estaba Sam, adormilado, semidesnudo, casi en la mitad de la cama, en calzoncillo, no una tanguita, pero si un calzoncillo pequeño, azul, mostrando el bojote del tolete que abulta hacia un lado. La halada del pantalón lo hizo descender un poco y algunos pelos amarillentos oscuros se dejan ver.

   Renato lo mira un momento y luego se inclina sobre él, hundiendo una rodilla sobre el colchón a su lado, llamándolo y zarandeándolo para que suba hacia la cabecera; tomándolo por las axilas, lo hala como rodándolo sobre la cama. No es fácil, ese carajo pesaba una barbaridad; y como piensan muchos hombre, que por una causa u otra les ha tocado cargar con otros, como el hombre del bacalao al hombro, Renato se preguntó, ¿cómo hacían las mujeres para soporta todo ese peso sobre ellas en la cama sin asfixiarse? Misterios del amor. ¿Cómo hacía Linda para calarse a Sam sobre ella, jodiéndola cada noche? Mientras lo hala, arrastrándolo hacia las almohadas, lo oye reír ebrio y se sorprende cuando el otro le atrapa la cara entre las manotas, riéndose más, halándolo hasta casi tocarse sus narices.

   -Linda, ¿dónde estabas? Dame mi besito de buenas noches… –la boca húmeda, el olor a alcohol escapando como aliento de dragón, quema al otro cuando sobre la suya, la lengua luchando por entrar.

   Renato se congela, ojos muy abiertos, totalmente paralizado; la mente le queda en blanco con esa boca contra la suya, la lengua luchando contra sus labios, oyéndole gemidos de quejas como preguntándose por qué no le respondía. Le empuja hacia abajo y va a gritarle, juraría ante Dios que esa era su intensión, pero cuando separa un tanto los labios la lengua del catire penetra, buscando, explorando, lamiendo. Es un beso húmedo, demandante. Maravilloso.

   Las manos sobre los desnudos y recios hombros de Sam se tensan más, empujando; Renato tuvo que echar la cara hacia un lado para escapar del contacto de esa boca. Gimiendo y quejándose, Sam cae sobre las almohadas. Pero sólo duró un momento, ya que el gigantón se durmió y sus manos cayeron de golpe. O se desmayó. O se murió. Algo alarmado, Renato le monta una mano en el pectoral izquierdo, ese corazón aún latía. Esa piel estaba dura y caliente. Y al hombre le costó todo un largo segundo retirar su palma. Le acomoda la nuca sobre las almohadas, por si le daba por vomitar no se regresara, lo cubre con una sábana y va hacia la puerta del baño.

   Mira el botiquín de primeros auxilios y saca un frasquito con aspirinas para adultos. Regresa al dormitorio dejándolo junto a la cama. Sale del cuarto rumbo a la cocina, donde abre la ancha nevera, buscando entre unas botellas de cervezas y envases plásticos donde Linda, en otras eras, guardaba alimentos para calentar rápidamente en el microondas. Saca una botella de Gatorade y regresa junto al bello durmiente, dejándola al lado de las aspirinas. Nuevamente va saliendo, apagando las luces. Se vuelve a mirarlo un momento, sereno, preocupado por la suerte del carajo a quien tanto estimaba.

   -Buenas noches, Sam. Descansa cuerpo y alma. Mañana será otro día.

   Apaga la luz, deja la puerta entornada y regresa a la cocina donde, con una paciencia y una entrega extraña, arma una cafetera eléctrica con bastante café en polvo, negro como conciencia de izquierdista en el poder. Va hacia la sala, abre la puerta y apagando las luces, sale del apartamento, dejando en su cama, arropado y atendido, a Sam Mattos…

   Regresará a su piso a tomar una ducha y comer algo, asuntos retrasados desde que asomándose a su balcón vio al abogado bajo la lluvia. Y sobre su cama, cerrando los ojos y entreabriendo los labios, recorriéndolos con sus dedos, recordará aquel beso. Uno que le mantendrá en vela, soñando y temiendo mil posibilidades… ignorando la separación dolorosa que el otro día traería.

                                      ………………..

   Echado sobre la ancha y muy cómoda cama de Frank, Nicolás, en un aún más cómodo mono deportivo y holgada franela, todo salido sólo Dios sabía de dónde, sigue con mirada asombrada todos los acontecimientos que terminaron con la muerte del abogado Ricardo Gotta. Le fascina como a cualquiera que escucha que a un lejano conocido, alguien que vio una vez sin sentirse realmente cercano, le acontecía algo extraño. O grave. Que le asesinaran en los estacionamientos de La Torre le parecía menos extraño (en su capa social la inseguridad es el día a día, lo común), que el hecho de que fuera su asesina la esposa del doctor Mattos. Qué horrible, piensa al escuchar sobre los problemas mentales de la mujer, cayendo en aquello que a veces parecía cierto: el dinero no garantizaba todo. Con una mujer así, el docto Mattos, con todo lo apuesto, triunfador y realizado como parecía, no debía ser dichoso.

   Timbra el teléfono y lo toma sin mirar.

   -¿Aló?

   -Hola… -sonríe a pesar de sí mismo de esa voz intencionadamente baja, respiración pesada.- ¿Estás solo? ¿Qué llevas puesto? ¿Juegas con tu cuerpo?

   -Idiota… -ríe leve, sintiéndose intrigado como siempre cuando respondía así a la voz de Franklin Caracciolo. El abogado tuvo que salir a la carrera a una reunión urgente con algunos socios misteriosos que Ricardo Gotta llevaba. Escuchar la risita del otro lado le eriza totalmente la piel de una manera cálida y grata.

   -¿Qué haces?

   -Veía las noticias sobre la muerte del doctor Gotta… Qué horrible, ¿verdad?

   -Mucho. Estoy devastado. –la réplica le intriga.

   -Se te nota en el tono. Frank…

   -Lo sé, está mal que diga algo porque se murió. Pero él era malo.

   -Si, pero…

   -Oye, ¿por qué no te pones bonito, más bonito, paso por ti y salimos por una buena barbacoa? Ya sabes, mucha carne de todos los tipos, mucha salsa y ensalada de aguacate. Lo necesario para ir a la cama y dormir ligeritos.

   -¿No tienes que trabajar? Pensé que esos socios…

   -Hay un paro cívico, ¿por qué siempre lo olvidas cuando tratas conmigo? Vives predicando sobre ello. –Nicolás no puede evitar la sonrisa, que se transforma en lago mas cuando oye.- Quiero verte. –es simple, tono ligero, pero la frase pareció llenar su cerebro.

   -Okay… -al diablo todo lo demás.

   -Ratita… -hay algo contenido en el tono que inquieta al joven sobre la ancha cama.- ¿No te gustaría conocer Miami? ¿O Singapur, Wellington, o Varsovia? ¿Has escuchado la frase “los Mares del Sur son un paraíso”? Es cierto…

   -Frank…

   -El mundo es grande, hermoso, lleno de cosas buenas, Nick. No es esta tumba de miseria y rapiña, de carestía y penurias hacia donde dirigen al país. –aguarda, pero fuera de tragar en seco, Nicolás nada agrega.- Piénsalo, ¿no? Ay, ratita, si vieras los atardeceres sobre las playas de la Polinesia… Te hace entender que vivimos para un propósito. Y te hace desear querer vivir más. Para siempre.

……

   La horrible tragedia que se abatió, y se abatía aún sobre Venezuela, que nadie nunca imaginó posible que sucedería, continuaba su marcha. Un país se resistía a las hordas que querían regresarla a la barbarie, a la fuerza del grupo que linchaba y que gritaba y que por lo tanto tenían la razón y debían mandar. Eran fuerzas que deseaban hundir a todos en el atraso de los años cincuenta, el conuco, a las aguas negras corriendo frente a las casas, al trueque por lo que había y no por lo que se quería; al faculto y yerbatero en lugar del médico, a la recitadora del partido que le gritaba a unos niños sumidos en la ignorancia y la miseria creada por ellos mismos, que todo era culpa del Vaticano, de Estados Unidos y del Marcado, un carajo, según ellos, que no cejaba en tramar contra los pobres revolucionarios. Era la izquierda en toda su dimensión, en todo lo que era, actuando y causando daños tanto en el Tercer Mundo, como en el Primero.

   Pero sería injusto decir que nadie lo previó. Todo lo que ocurría sí fue advertido, casi vaticinado por gente que parecía, a los eventos posteriores, poseer el don de ver entre las nieblas del tiempo. Sólo así era posible explicar los llamados de atención, desesperados y desoídos hechos por gente como el periodista Rafael Poletto, que avisaba sobre un proyecto fascista de gente que ni siquiera sabía que lo era, ignorantes como eran para todo entendimiento de política, historia o economía. Fue él uno de esos hombres que ya en fechas tan tempranas como febrero del año noventa y nueve, cuando la pesadilla apenas comenzaba, cuando aún se esperaba (la mayoría lo esperaba), un cambio hacia la decencia, la justicia, el ahorro, la desburocratización de un Estado atrofiado y el trabajo honrado, quien decretó lo que sería un infierno autoritario con ambiciones de llegar a una tiranía.

   Ese febrero, apenas tomada la presidencia de la república mediante unas elecciones populares, secretas y libres, Poletto alertó sobre los peligros de un hombre impreparado pero lleno de ambición por el poder, enfermo de poder, necesitado de adulantes que le cantarían lo maravilloso que era mientras le secundaban cualquier locura, cuan Calígula tropical, que luego, siguiendo las enseñanzas de su viejo maestro, el feroz y sanguinario dictador antillano, luego no querría soltar el mando. Llamó la atención Poletto, sobre los peligros de que un Presidente mesiánico e ignorante controlara en su totalidad todos los Poderes del Estado y sus Instituciones, y que buscara retenerlos para sí todo el tiempo que pudiera, aunque no supiera qué hacer con él.

   El hombre dijo que la sociedad civil en todo su conjunto, traicionada mil veces (por políticos, clases dirigentes y hasta por los medios de comunicación capaces de aliarse con un delincuente como Carlos Arturo Téllez para salvarlos de un juicio público, político y moral), pero al mismo tiempo cobarde y negligente de sus deberes cívicos durante décadas (ni siquiera capaz de explicarle a los hijos la importancia del voto y de vigilar a los políticos), terminaría siendo agredida, vapuleada y cercana por hordas gritonas. Que se necesitaría, para que el proyecto totalitario se impusiera, que la clase media, profesionales y técnicos desaparecieran como grupo social. Nadie le creyó. La gente pensó que se trataban de tremendismos de Poletto.

   En ese febrero del noventa y nueve, ya había hecho las comparaciones entre la mentalidad del caudillo oligárquico y fascista en quien terminaría convirtiéndose el Presidente, quien para controlar el país aplastaría toda forma de disidencia política, parlamentaria, sindical, gremial, intelectual y hasta humorística (hasta sobre el ataque a los humoristas alertó en ese año tempranero), y la forma desquiciada en que Hitler amasó todo el poder en la Alemania de los años treinta, usándolo para destruir sin detenerse hasta ver convertida en escombros humeantes, arrasadas y llenas de dolor a las antiguas y hermosas ciudades europeas. Los pocos venezolanos comunes, quienes se tomaban la molestia de oír lo que otro dice y no sólo lo que sale de su propia boca, pensaron, sin embargo, que Poletto lo atacaba porque le caía mal.

   Venezuela era, es y muy seguramente continuará siendo un país donde sus ciudadanos, altos, bajos y medios, ignoran todo sobre política, economía e historia, por lo que no podían relacionar lo que pasaría con lo ocurrido con esa gente que vivía en la feliz ignorancia del bobo en que vivía el alemán promedio de la era nazi. No sabían los de ahora, como no supieron los de antes, que uno de las primeros pasos para ascender al poder total sería elaborarse una Constitución nueva, acomodaticia a los deseos del loco homicida que regaría de muertos, miseria y atraso al mundo, pero que le daba una fachada de legalidad que liberaba la conciencia de los necios que se negaban a ver lo que se les venía encima, dentro y fuera de Berlín. El demente genocida reunía masivas concentraciones humanas, sazonándolas con discursos violentos e intimidatorios, donde retaba y amenazaba a los factores de poder de la época; alternándolo además con referéndum a sus medidas y necesidades.

   Cuando aquel enfermo mental quería algo, llamaba a elecciones, ¡tan democrático era! Toda oposición fue eliminada, muchas veces con brutalidad, con palizas y agresiones personales, y con asesinatos en las calles, a la vista de todos, gritándolo en las plazas para aterrar a toda una clase con sus gritos de: sí, matamos ¿y qué? Los sindicatos fueron sometidos por la violencia. Empresarios y medios de comunicación, así como aquellos que se llamaban a sí mismos intelectuales, temblorosos, creyendo que aún podían salvarse de algo que ellos mismo ayudaron a crear, pensaron que podían controlar con halagos y adulancia al amo, quien ante el mundo mostraba una faceta jocosa y jovial, de líder popular, mientras perseguía, sometía y aplastaba toda forma de individualidad y de pensamiento propio. Fue le pesadilla que se derramó sobre Alemania y de ella a todo el mundo conocido. Fue la brutal fórmula soviética para aplastar a las naciones del Báltico y los Balcanes, la usada por el viejo y cruel dictador antillano. Ejemplos de donde sólo salió miseria, dolor y atraso. La misma que se comenzaba en Venezuela en años tan tempranos como el noventa y nueve.

   El mundo cambiaba, pero la gente no lo hacía tan rápido. De lo que fue antes, y de lo que resultara ahora, sólo dependería de la voluntad de un pueblo que luchaba por cambiar la historia y no dejar que, como siempre, se repitiera. Y luchaban a pesar de los generales eruptantes, de los choferes del transporte público y de la gente del transporte Subterráneo, a pesar de los árabes y de los portugueses. Luchaban contra la fuerza del pasado, de la barbarie y de la locura homicida siempre oculta entre los más bajos y ruines, los incapaces de crear algo.

   Y sin embargo en la Venezuela del dosmil dos era posible mirar nuevamente a las figuras siniestras del la galería del terror que bañaron al mundo de sangre y muerte en los treinta y cuarenta del siglo pasado. En sus maratónicos programas, huecos e inútiles “aló”, hechos sólo para halagar la vanidad de ese pobre enfermo, era posible ver, rodeando al Presidente, riéndole las gracias, gritando y gesticulando como simios, a ministros, militares, a dizque empresarios, artistas, sindicalistas, a adulantes y aventureros. Era posible entrever entre ellos, nuevamente, a Göring, a Heydrich, a Himmler, al patético Goebbels, a Röhm, a Bormann; a von Papen, a Rosenberg, a Hess, sonriendo, aplaudiendo, felices de esta segunda oportunidad para destruir y hacer daño. Más tarde perseguirían, encarcelarían, torturarían y asesinarían.

   ¿Qué quienes eran esos de nombres tan extraños? Pocos en Venezuela podrían decirlo, así de fraudulenta había sido y era la educación en el país, y espantosa la falta de cultura de toda una nación que se arrojaba a los brazos de una hiena que les gritaba lo que querían oír. Samuel Mattos sí sabía quiénes eran porque le encantaban las películas sobre la Segunda Guerra Mundial. Eric también, porque le encantaba leer sobre Historia Universal. Y sin embargo, ninguno de los dos creyó lo que advertía, públicamente, a veces gritado desde un canal de televisión, Rafael Poletto. Nadie le creyó que se llegaría al militarismo, que vendrían las persecuciones, que se crearían los escuadrones pagados por el Estado para apalear y matar, para que agredieran e intimidaran. Y todo eso ocurrió.

   Ahora sólo quedaba la batalla sorda y desesperada de un país para volver a ser gente y contarse entre los pueblos civilizados del mundo. Pero estaban solos, horriblemente solos, como lo estuvieron los kurdos en Irak, los bosnios en Serbia o los cubanos en Latinoamérica. La gente seguía en las calles, en pie de lucha, pero ese muy adelantado diciembre del dosmil dos presagiaba que sería una Navidad sin juguetes y sin estrenos, sin hallaca o pan de jamón y, coño, sin cerveza. Pero lo peor era la horrible sensación de que tal vez no se librarían de esos delincuentes. Que el Paro fracasaría.

   Y eso era lo que comenzaba a atormentar a tanta gente en todas partes.

CONTINUARÁ … 139

Julio César.

NOTA: Releyendo ahora lo que escribí hace tanto (más de doce años), resulta inquietantemente sorprendente, aún para mí, ver lo muy acertado que eran los análisis del señor Rafael Poleo. Esos nombres de la galería del terror que cité, incluso el orden, los tomé de una revista ZETA de la época, donde el viejo reportero comparaba a personeros actuales del régimen con aquellos peligrosos y enfermos sujetos de la Alemania nazi. Lo notable es que el régimen terminara siendo fascista, aún sin saberlo; lo destacable es la destrucción de las instituciones para perpetrarse en el poder, como ocurrió; pero lo más increíble es que se diera eso, sentenciado por el señor Poleo en sus revistas de la época, que se terminaría encarcelando, exiliando, torturando y matando. Y todavía hay quienes hablan imbecilidades de este señor que, como él mismo ha sostenido con la falta de modestia que le corresponde por tener razón, siempre le ha advertido a este país de qué mal se va a morir. ¿Lo demás?, sólo hablan pendejadas.

LA CONFUSA OFERTA EN LA FERIA ALIMENTICIA

noviembre 18, 2014

LA VENGANZA DEL MAL PADRINO

SEXY EN LECHE

   -Hey, ¿no quieres probar un poco de mi leche?

EL JOVEN LO TIENE DE MARAVILLA

Julio César.

UN ENTRENADOR DE HOMBRES SABE

noviembre 18, 2014

EXPRESION

EXPLORADO, USADO Y GOZADO

   ¿Cómo engañarles con esa cara?

   Nada más entrar en ese gimnasio para ponerse en forma “’para sus chicas”, como les anunció a los tipos presentes, el rudo entrenador con pinta de ex marine experto en torturas, sonrió diciéndole que ya verían para qué, realmente, es que servía. Al hombre le gustaba comenzar los ejercicios con la lucha grecorromana porque, según, sacaba el verdadero carácter y el novicio cometió el error de aceptar. De ponerse en sus manos, ser derribado, inmovilizado y sujetado por el fuerte y poderoso macho; terminando aplastado de cara contra la colchoneta, su culo alzado y ese tipo sobre su espalda, rugiéndole al oído que en verdad no es más que un putito que quiere encontrar su lugar entre los hombres para ser feliz. Lo negó, se resistió, pero que cerrara los ojos, abriera la boca y refregara su trasero a ninguno de los que miraba convenció. Manos grandes y rudas que desnudaron, que le abrieron el trasero, lengua y dedos trabajando y explorando, caído, flotando, dejándose llevar, sabe que le gustará dejarse hacer. Y todos parecen notarlo, entre risas y frotes de sus entrepiernas; las malas intenciones en las muecas le hacen estremecer, tanto como el grito de uno: “¡todos al gang bang!”.

RECOMPENSA

Julio César.

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 25

noviembre 17, 2014

… SERVIR                         … 24

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

OSO GAY

Todo chico busca, lo sepa o no, su osito cariñosito…

……

   El timbrado del teléfono despierta a Jeffrey Spencer de manera brusca, casi haciéndole caer del sofá donde se adormiló leyendo algo, perdido momentáneamente entre lo que soñaba y la realidad. Se sienta y se tiende hacia la mesita del centro, tomando el móvil… presionándose con la panza el abultado pene dentro de su bermudas holgado. Había estado soñando con lo ocurrido con el jefe Slater tres noches antes, siendo tomado otra vez por el inmenso hombre de ébano de verga titánica, reviviendo como en una película cada detalle, apareciendo luego, de la nada porque no estuvo, ese otro hombre apuesto, musculoso, desnudo y erecto…

   -¿Si? –responde todavía confuso.

   -¿Abogado? Soy el detective Selby. –responde una voz profunda y varonil, la de ese hombre con quien soñaba poco antes, desnudo y de verga tiesa, caminando hacia él.- Necesito verle… ¡Ahora!

   -Oye, no sé… -duda, sus instintos quieren prevenirle de algo.- Estoy esperando a mi esposa para cenar y…

   -Es importante, abogado. Es sobre Marie Gibson. –el nombre le hace tragar saliva y decidirse.

   -Okay…

   -Perfecto, te espero en… -le tiene que repetir las señas tres veces porque esos nombres no le suenan de nada, y cuelga.

   Ahora, algo ofuscado, Jeffrey se pregunta por qué aceptó tan pronto. Marie Gibson, por ella, claro. El nombre le inquieta. Toma una rápida ducha, se viste y toma un taxi para asegurarse de no perderse por el camino, recostándose del asiento.

   Marie Gibson. La ex mujer de Robert Read. Esa tarde, leyendo sobre el Matadero, asó como algunas declaraciones de vecinos, encontró que todos hablaban de “un mal aire” en el lugar. Un “ambiente” hostil. Lo entiende, nada más ver las fotografías del expediente se le erizó la piel ante la realmente imponente fachada. Y recordó cuando, de chico gustaba leer cuentos e historias sensacionales, supo de la última de los Winchester, heredera de un imperio hecho con el arma que mató a tantas personas, de quien se decía que había enloquecido construyendo una casa siniestra y laberíntica para alojar a los fantasmas que la atormentaban. Contaban que la casa era realmente inquietante. Así era el Matadero. Claro, eso era lo que pensaba mientras leía, recostado en su sofá, adormilándose. ¿Y a dónde fue al caer en el sueño? ¿Al horrible lugar? No, al regazo del jefe Slater.

   Se revuelve incómodo en el asiento, había sido un vívido sueño de las cosas que habían pasado en aquel cuarto de entrevistas dentro de la prisión. El poderoso y musculoso hombre negro, aunque algo obeso, una panza dura, sentado muy abierto de piernas sobre la silla metálica, con su pantalón y largo bóxer en los tobillos, y él, Jeffrey Spencer, sin el saco, sin sus pantalones, vistiendo únicamente la pantaleta de su mujer, que subía y bajaba el culo de su pelvis, atrapando y soltando con sus entrañas el grueso y largo güevo de ébano que le abría imposiblemente mucho, llenándole con su dureza, sus rugosidades, su calor y su casi afiebrado pulsar. Sentirla adentro, llenándole las paredes del recto, dándole en la próstata, le hacía gritar, ronco y babeado de pura lujuria.

   El otro hombre no hacía nada, recuerda con vergüenza, era él, las manos en los respaldos del asiento, los pies sobre el piso, también muy abierto de piernas, quien subía y bajaba su urgido y muy abierto culo sobre el falo, cogiéndose, atrapándolo todo y todavía meneándose un poco, impúdico, sin poder controlarse, para sentirlo agitarse en su interior. No podía pensar, no con ese güevo en sus entrañas, sino en rozarse de él. En un momento dado, transpirado, totalmente controlado por las endorfinas en su sangre, se dejó caer contra el sujeto, cerrando los ojos, gimiendo, su pecho agitado, quieto, la pantaleta algo apartada de un lado, su culo muy blanco totalmente abierto por una de las piezas masculinas más oscuras y gruesas que alguien pudiera imaginar. Y allí, así, Jeffrey casi convulsionó de placer y más ganas, con ese tolete duro que palpitaba con fuerza, mojándole.

   -Mierda… -el jefe Slater gruñó casi contra su oreja, tono ronco y oscuro, una voz preñada de sorpresa pero también de lujuria, pudo reconocerla y eso estremeció más a Jeffrey, quien podría jurar que el hombre negro lo sintió, con su recto sufriendo poderosos espasmos que sobaban, apretaban y halaban del tolete metido en su interior.- Casi todos mis amigos son negros, abogado, y de tarde en tarde, entre borracheras, escuchaba a alguno comentar lo mucho que gozaban los chicos blancos montados sobre un buen güevo oscuro; de cómo les enloquecía ver uno endureciendo frente a sus ojos; que lo sepan o no, todos deseaban mamarlos, saborear sus leches, tenerlos bien metidos en sus culos mojados y calientes que se transformaban en ardientes coños para los hombres de color… Mi mejor amigo me contó que una tarde, cuando su hermana menor iba a casarse con un tío blanco, mientras se duchaban todos apresuradamente para ir a la iglesia, ese crío se le quedó viendo la tranca, que creció, sorprendiéndole, mareándole. Y el muy sucio hizo que se la tragara. -le contó mientras movía las anchas y ásperas manos por su torso algo suave, quemándole, erizándole, el tolete palpitándole más en las entrañas.- Siempre creí que era algo… sucio, de ociosos. De hombres que se ponen con mariconerías con dos cervezas. Pero tu culo, abogado… -le atrapó las tetillas y suavemente apretó, expertamente, como hacía con su propia mujer, y sonrió excitado al verle tensarse, arqueándose, sus pezones erectos.- Ordéñame la leche con tu culo… ¿No quieres tenerlo lleno con el semen de un negro? Imagínalo, un buen pedazo de macho de ébano llenando tu delicado culo rosa con sus espermatozoides…

   Sonaba tan sucio, los toques eran tan estimulantes, la palpitante pieza en su interior era tan obscena que todo ello enloqueció a Jeffrey Spencer, tanto que empezó otro sube y baja fuerte, rápido, rítmico, pero gritó todavía más cuando el hombre comenzó a acompañarle subiendo y bajando sus caderas, el impresionante tolete entrándole y saliéndole del culo con tal empuje que el abogado casi cae desmayado y es agitado y ensartado por la fuerza del hombre. Los blancos muslos caen sobre los de color, que lo llevan de aquí pata allá. El joven gime, sus pezones son apretados más fuertes, de su propia verga dentro de la suave pantaleta que le aprisiona y acaricia, mana un río de jugo.

   -Sácame la leche, abogado. Sácame la leche, chico blanco. –le gruñó al oído.

   Y Jeffrey cayó otra vez sobre la verga, los pliegues de sus nalgas, muy pálidos, contrastando con la oscura piel de la lustrosa verga metida. Y sube, muy lentamente, el anillo del culo fieramente cerrado dándole la apretada de su vida al otro mientras siente en las paredes de su recto todo el paso de la nervuda pieza. Se la hala y chupa, y baja, apretando más. Sube y baja.

   -Ahhh… -es lo único que puede gritar en todo momento.

   -¿Te gusta, chico blanco? ¿Te gusta sentir esta enorme verga negra en tu rosado culo? Tómala. Tómala toda. Es una verga hecha para los chicos blancos. –le gritaba mientras sumaba también sus embestidas.

   El hombre de color rugió, casi blanqueando los ojos, tensando los muslos, doblando los dedos dentro de las botas. Ese culo apretado y sedoso lo cubrió otra vez, y lo sintió, como de sus bolas manó un rio de lava que recorrió su pieza, tan caliente que también Jeffrey lo notó, volviéndose a mirarle. Y disparó entre jadeos agónicos de placer indescriptible, mientras su verga temblaba. Las cargas chocaron una y otra vez en las entrañas del abogado, quien se tensó también, sintiéndose desbordado, perdido, y sin tocarse su propio tolete soltó su carga también. Una y otra vez, empapando la pantaleta de su mujer. El aire se llenó con el fuerte olor del semen, del que goteaba de la pantaleta y el que chorreaba con dificultad de su culo totalmente lleno aún por la pieza de aquel hombre que lo había tomado.

   Por razones obvias, perdido en esos recuerdos (el jefe alzándose con él en peso, dejándole caer de espaldas sobre el mesón, metiéndosele entre las piernas e iniciando otra cogida poderosa, agitándole, casi meciendo la metálica mesa, gruñéndole putita blanca en todo momento), el viaje le parece desconcertantemente breve. Llega y baja aunque el taxista se queja de las vueltas dadas, el tráfico y la zona. Silenciándole con el pago y la propina, Jeffrey recorre la calle estrecha con la mirada, observando a mujeres en la esquina, evidentemente dedicadas al viejo oficio, también a uno que otro sujeto, en las penumbras, recostados de las paredes. Vaya lugar.

   Enfoca la entrada del bar señalado y penetra. Huele un tanto a rancio, cervezas, alitas de pollo y salsa picante. También a cuero y sudor. La barra es larga, hay unas cuentas mesitas y tres mesas de billar que son usadas en esos momentos. Y todos, dentro, aunque no muchos, son hombre de color. Tíos calvos, algunos de afros, barbas, de variadas edades, de muy jóvenes a maduros de cuarenta. Sólidos, mal encarados en ese momentos, todos volviendo la mirada hacia el algo bajo sujeto, muy blanco, que traga en seco y abre mucho los ojos tras los lentes.

   -Vaya, al fin. –oye un poco más allá, detectando al detective Selby, quien le hace señas con la mano.

   Con un intento de sonrisa, medio saludando con movimientos de cabeza mientras cruza, Jeffrey Spencer es totalmente consciente de lo menudo y debilucho que debe parecer frente a esos sujetos altos y musculosos, vigorosos. Negros. Todos con sus ojos clavados en él. Siente un desasosiego que le hace palpitar el corazón de forme acelerada.

   -Detective. –grazna a forma de saludo y cae sentado.

   -No es necesario anunciarlo, abogado. –le corrige el otro, tendiéndose sobre la mesita donde reposa un botellín de cervezas.- ¡Rick! –llama al de la barra y hace una señas de “dos”, sin preguntar, asumiendo que aceptará y la tomará, cosa que hace, se recrimina Jeffrey, dándole un trago a su botellín cuando llega.

   -Parece cliente conocido.

   -Es un buen lugar donde pasar el tiempo, tomar algo o jugar una partida de billar. ¿Le gusta el billar?

   -Detective… -comienza y enrojece cuando el otro le mira con intensión.- Lo siento. Pero mi esposa…

   -Creí que querría hablar con la mismísima Marie Gibson. –sonríe socarrón de su cara de sorpresa.- Y preguntarle, ¿mataste tú a esas personas? Claro, si no le interesa…

   -Si. Sí, claro que quiero hablarle. ¿Vendrá?

   -No, ella no sabe que la busco. Pero tengo a alguien que la localizó. Y aquí llega mi informante. –anuncia luchando con una sonrisa.

   Curioso, Jeffrey se vuelve y enfoca a un joven negro, algo bajo de estatura y menos musculado que el resto de los presentes. Cabeza brillante, una barbita en candado rodeando sus labios. Este sonríe algo obsequioso.

   -Llegas tarde. –gruñe Selby.

   -Iba saliendo cuando vi esto… -saca un reloj de pulsera.- Creo que lo dejaste olvidado anoche en mi casa…

   Y Jeffrey recuerda una conversación telefónica del detective, “¿Estás con vida? ¿Puedes caminar después de lo de anoche? –y rió escuchando la respuesta al otro lado del teléfono.- Tal vez deba esforzarme más la próxima vez. –amenazó con un claro matiz sexual”. Con mano trémula, el abogado toma su cerveza, el detective, ocupado como está poniéndose de pie, chocando palmas de manos con aquel sujeto, nada nota.

   Ese hombre inmenso, guapo y masculino… ¿era gay?

……

   ¿Qué quieres en verdad?, Daniel Pierce todavía se lo pregunta, aunque su mente es una vorágine, una que quiere achacar únicamente a esas botellitas de licor que sabe el peligroso Robert Read le da a tomar con cosas que le estimulan y hacen muy consciente de su propio cuerpo; pero ¿acaso eso explica por qué está de rodillas entre las piernas de ese sujeto sentado en el camastro y que su boca vaya y venga golosa sobre el enorme tolete? Porque es lo que ocurre, a la pregunta de Read, ¿qué quería en verdad?, no pudo responder, porque en ese momento no podía. Quería… quería algo que no se atrevía a imaginar y mucho menos poner en palabras.

   Quería algo que ese sujeto le hacía toda las noches y mañanas desde que le había sometido y esclavizado a sus deseos, sexo. Por el disgusto de días antes, no le había tocado, aunque le hacía tomar cosas, le aplicaba cremas a sus tetillas, le estimulaba dejándole caliente pero sin permitirle tocarse… Joder, ¡quería sexo! La idea era clara y aterradora, porque, ¿acaso no diferenciaba lo que sucedía? Aparentemente no podía, no cuando siente la inmensa mole de carne dura y palpitante atravesar sus rojos labios, aplastando su lengua y dejándola untada de los jugos que escupe por el ojete, y que sorbe y le parecen extrañamente deliciosos. Su lengua es un campo minado donde cada papila gustativa parece estallar de alegría y lujuria ante la invasión.

   El rubio cabello cae sobre su frente, ocultándole un ojo, y de rodillas, desnudo a excepción del hilo dental rosa, guapo como el Infierno, subiendo y bajando sobre la mole más oscura de carne erecta, Daniel Pierce es la viva imagen de la putez, de la entrega, del más marica de los maricas, ese que sólo vive para esos momentos, para atender y ser atendido por un hombre. Y desde las celdas opuestas es visto con burlas, con risas, pero también con lujuria. Todos lo desean, eso lo sabe mientras sube sobre el falo, succionado, dejándolo brillante de saliva y jugos, antes de volver a tragarlo, palmo a palmo, disfrutando de cada pulsada de la dura carne que agradece las atenciones de sus mejillas y su lengua que aletea ya con cierta experticia, gratificándola con más gotas salinas y deliciosas a su paladar que iba siendo educado por el sujeto. La tiene atrapada toda y cierra los ojos con fuerza, la recta y apuesta nariz enterrada entre los crespos y negros pelos púbicos del otro, que luchan por entrar en sus fosas, así como el fuerte olor del macho, la verga atravesado su garganta, pulsando más y más caliente como el fuego del Infierno.

   -¿Es lo que quieres, Tiffany, el amor de tu hombre? –oye la pregunta burlona, dicha lo suficientemente alto para ser escuchada por muchos.- ¿Es la verga de tu hombre suficiente para hacerte feliz, pequeña princesa? –no responde, ¿qué diría?, mientras los labios se contraen, un pequeño lunar destacándose en una de las comisuras, mientras devora palmo a palmo el enrojecido miembro; pero se tensa cuando una ruda mano atrapa suavemente su sedoso y brillante cabello, halando leve, por lo que abre los ojos y le mira.- ¿Sorprendida, pequeña? –y sabe que habla del placer que siente mamándole el güevo.- Ya estás listo para probar algo que te gustará casi tanto… -y le retira de su tranca, que emerge gruesa y nervuda, mojada de saliva espesa y jugos de su ojete.

   Todos contienen la respiración al verle ponerse de pie y guiar al tipo rubio y en pantaleta, cara manchada de saliva y líquidos pre-eyaculares, obligándole a caer de pecho sobre el camastro, piernas muy separadas. El peligroso reo goza el momento, disfruta su sumisión, su esperar entre asustado y ansioso, así como las vidriosas miradas de lujurias de los otros prisioneros, quienes literalmente arden de ganas de tener a su Tiffany a mano, de tocarla y hacerle a la bella putita todo lo que quieren. Agarrándose la verga, totalmente tiesa, baja mirando esas nalgas rojizas de vergüenza y excitación, redondas y paradas, donde destaca increíblemente erótica la tirita del hilo dental.

   -¡Cógelo! ¡Cógelo duro! –grita uno, ronco, manos enroscadas en la reja de su celda.

   -Préñalo. ¡Préñalo con tu leche! –brama otro, casi babeando.

   -Hazlo gritar y llorar. Entiérrasela duro y que llore. –interviene un tercero.

   Todas esas voces marean a Daniel, quien se eriza y aguarda, preguntándose por qué coño no intenta escapar, ¿qué espera? Las enormes, rudas y callosas manos del oso caen sobre sus nalgas y jadea ruidosamente, ya incapaz de controlarse.

   -¿Tu coño arde, Tiffany? ¿Gotea de lujuria? ¿Ya desea ser llenado de amor, cariño? –le pregunta burlón, pero también diciéndole que sabe lo que ocurre con su cuerpo más de lo que el propio Daniel puede imaginar siquiera.

   El hombre inca las rodillas para estar cómodo, acercando el rostro a las redondas nalgas abiertas, sus manos cubriendo las firmes carnes, la nariz haciendo contacto con la raja cubierta por la tela y Daniel abre los ojos, no sabiendo qué espera que ocurra; y Read aspira ruidosamente mientras su cara sube y baja, labios, nariz y mentón frotándose de su cuerpo.

   -Dios, Tiffany, tu coño… Tu coño caliente es capaz de volver loco a cualquier hombre. –y muerde la tierna carne cercana, suave, y lame lentamente, degustando su sabor y calor.

   Y el paso de su lengua hace estremecer al hombre rubio, que se tensa cuando la tirita del hilo dental es apartada, su rojo, depilado y titilante culo expuesto. Sabe que le tiembla aunque no sabe por qué. Un pulgar cae sobre el ojete mientras Read sonríe mirándole la cara sobre la cama, y lo frota, fuerte, de manera circular, sin entrar, y el rubio flexiona los dedos de sus pies, sintiendo cada roce, cada movimiento como una enloquecedora ola de corriente cálida que lo recorre, algo jamás antes experimentado. Medio pulgar se presiona, abre y penetra, y allí, sin ir más lejos, el peligroso convicto vuelve a moverlo, masajeándolo de manera circular el esfínter, y Daniel gime, ese medio dedo en su entrada se sentía tan extraño como increíblemente bien.

   Maestro en esas ardides, sonriendo cruel, guiñándole un ojo a los tipos fuera de la celda, Read sopla suavemente sobre aquella enrojecida y trémula entrada, la cual se estremece totalmente, abriéndose y cerrándose; y cuando abre un poco y el aire penetra, Daniel se tensa y jadea, abriendo y cerrando los puños sobre la colcha crespa que cubre la cama. Read sopla y sopla, atormentando y excitando a todos los que ven aquel vivido cuadro de lujuria, como al mismo Daniel, quien finalmente eleva el rostro, mirando al frente.

   La boca de Read cae sobre su orificio anal, cubriéndolo, soplando aún. Y el roce de los labios, como también la barba que raspa un poco, se siente indescriptiblemente obsceno. Mirando las redondas nalgas, la recia espalda que se estremece y tensa, abriendo los labios, la lengua del peligroso reo sale y aletea sobre el ojete, arriba y abajo, una y otra vez, saboreándole pero también excitándole. Daniel cierra los ojos, su cara cae sobre el colchón y gime largamente, esa lengua babosa, reptante, húmeda y caliente era sencillamente enloquecedora. No sabe por qué, o cómo, pero cuando la enfila y busca de penetrarle con ella, se siente morir de gusto.

   Lo tenía totalmente estimulado, bien, se dice Read, admirándose como siempre con lo útil que eran ciertas drogas de transformación. Separa los labios, ver el rojizo y tembloroso capullo ensalivado le encanta, con sus pulgares separa la entrada y ahora sí que pega la boca y le mete la lengua, atravesando su esfínter, aleteando con la punta en su interior. Y Daniel Pierce se siente morir de vergüenza, porque gime de puro deseo; se agita, sus nalgas se abren y cierran, sus mulos se tensas, no sabe de dónde agarrarse para controla la poderosa ola de lujuria y placer que le recorren todo. Siente que su culo está en llamas, unas que lo consumen pero que también le encantan. Esa boca que chupa viciosa le obliga a arquear la espalda; la lengua que le entra y sale del agujero le hace cae sobre el colchón sin fuerzas. La boca se separa lentamente, la barbilla barbuda dejando el rojizo y lampiño agujero, con hilillos espesos de saliva que se dejan ver antes de caer, para volver y repartir besitos ruidosos. Y Daniel cierra los ojos, tiene que hacerlo, para no gemir, para no pedir por más; ¡por Dios, ¿qué era eso?! Necesitaba esa lengua en su culo otra vez.

   -¿Te arde, Tiffany? ¿Tu coño ahora sí que está hecho agua? –le oye, ronco y dominante, mientras le acaricia las nalgas de manera posesiva disfrutando tocar lo que le pertenece, todo ese bonito carajo en tanga, semi desnudo y totalmente caliente.- A todas las nenas les gusta. El hombre que sabe lo que hace tiene que trabajarlos, metiéndoles la lengua para ponerlas ruin, y mientras tanto… -casi suena a una amenaza y Daniel se asusta, ¿qué planeaba?- …También hay que jugar con sus clítoris.

   El mundo se viene abajo para Daniel Pierce cuando grita como una verdadera puta, con la frente fruncida, la boca muy abierta, avergonzado y humillado frente a una buena cantidad de tipos que le gritan vainas, que lo llaman puta, que incluso han sacado sus miembros y se masturban. Perdió todo control cuando el rostro caliente se acercó a sus nalgas, cuando esos labios besaron repetidamente su culo tembloroso, antes de cubrirlo, la lengua larga y caliente penetrándole, una y otra vez, cogiéndole con ella, al tiempo que una mano del oso se mete entre sus piernas y con la punta de los dedos recorre el espacio que va de su culo a sus bolas, acariciando sutil, como en cosquillas, repetidamente. Y ese toque es terriblemente erótico, tanto que el hombre rubio gime y se revuelve en la cama, agitándose todo, como buscando dónde meter tanta excitación, todo su cuerpo es una tensa cuerda que ese sujeto estaba afinando.

   En su mente nublada, torturada, trabajada, esa lengua que entra, que abre su culo, el cual casi lo hace solo para dejarle penetrar, para sentirlo cogerle, se suma al increíble gozo de esos dedos que le acarician allí, nunca imaginó que ese pedazo bajo sus bolas fuera tan sensible; sabiéndose imposiblemente duro dentro de la breve tanga tipo hilo dental, donde su tolete babea y se estremece, se sabe perdido. No lo nota, o no quiere, pero su culo va y viene contra esa cara, buscando esa lengua, pero también contra esos dedos, de donde se frota casi de forma circular. Necesitaba de todo.

   Separando el rostro, enrollando su lengua, Read le apuñala una y otra vez el orificio, mientras atrapa el duro y palpitante falo de su princesa con una mano, sobre el hilo dental, y le da leves frotadas de arriba abajo, muy lentas para torturarle; sabe que su nena está a punto, que quiere correrse, pero no le deja acabar. Lo soba, le excita, pero no lo deja llegar. Y el hombre rubio gime, en voz alta, ronco, desesperado. Y todos le miran, ojos casi saliéndose de sus órbitas. Y ocurre, Read lo esperaba, pero sería una sorpresa para todos los demás, comenzando por Daniel.

   -Por favor… por favor… -gime y echa el culo hacia atrás cuando la lengua casi le llega al estomago por ahí. Read sonríe sigue tocándole, sigue metiéndosela.- ¡Por favor, cógeme! –pide todo tenso, para terminar gritando a todo pulmón.- ¡CÓGEME! ¡CÓGEME, POR FAVOR!

CONTINUARÁ … 26

Julio César.

NOTA: Les recuerdo que es un relato de malditos. Pobre Daniel.

REGRESO A CLASES… 3

noviembre 17, 2014

REGRESO A CLASES                         A CLASES… 2

PADACKLES KISS

   Cuánto lo soñó…

……

   La música acaba y se disculpa, decidido a volver a su plan de momentos antes, Jensen.

   Cruza el salón, medio evade y roza gente que baila, hablan mientras gesticulan o simplemente caminan sin fijarse por donde van. Y le intriga, todos parecen realmente conectados, como si esas reuniones fueran más de lo que simplemente eran, verse después de uno o dos años (los que siempre asistían), para ver cómo seguía todo. Tal vez no lo sentía así porque nunca fue amigo de ninguna de aquellas personas, su gente era el grupo de Chad, Sandy, el loco Misha y Chris, el marica. Y de ellos, de la mayoría, siempre estuvo más cerca. Nunca se alejo del todo. Se siente bien salir de la pista de baile, del auditorio. Del ambiente algo recargado. Toma aire y se siente un poco ligero.

   Sigue por el pasillo a los sanitarios, abriendo lentamente la puerta para darse tiempo de pensar, preguntándose qué dirá si Jensen…

   Unos gruñidos bajos, de placer y excitación, le sorprenden, el susurrado “chúpalo así”, le amoscan. ¿Qué coño…? Los lavamanos están vacios, el largo urinal de pared también, pero del último de los privados provienen los roncos y muy bajos gemidos de placer. Del techo prenden tres largas farolas de neón, la más alejada de la puerta, casi sobre los privados, produce una larga silueta que se dibuja claramente en la pared.

   Y Jared no sabe si estar más desconcertado o molesto. La silueta es clara, alguien, de pie, una mano sobre la parte superior de la puerta para medio sostenerse, está recibiendo una buena mamada en su verga, por la sombra, a Jared se le antoja que es como larga y gruesa, eso cuando puede verla, porque otra silueta, obviamente de rodillas, está tragándosela de punta a base, toda, rítmicamente, dejándola allí y medio agitando la cabeza de lado a lado, instante cuando el otro deja salir esos gruñiditos de placer agónico. Y la sombra de ese que chupa con deleite, también es de un hombre.

   Por un segundo Jared Padalecki ya no está allí, vuelve a estar en el sótano de su casa donde tenía su estudio de lectura y escritura, a los dieciséis años, sentado en el viejo sofá, cohibido, encarando a un joven y hermoso Jensen Ackles.

   -¡No soy ningún marica como tú, ¿okay?! ¡No me gusta nada de esto! -le gritó esa vez, con rabia, casi como si le acusara de intentar hacerle daño.

   Y ahora, ve la sombra del sujeto de pie elevar el rostro, boca abierta, gozando cuando el otro deja salir su miembro, que cuelga de la nada, pasándole la lengua por todos lados, de cabeza a las bolas que cuelgan también afuera.

   No piensa, dominado por una rabia que sólo él entiende (¿así que no eras marica?), va hacia la pareja, cerrando los puños con enojo, siendo alcanzado por una duda terrible: Jensen, ¿dejaba que lo mamaran… o estaba mamando a otro sujeto?

   La incertidumbre le hace zumbar los oídos. Y una rabia pura y terrible le recorre otra vez. A los dieciséis años, cuando era tan sólo un muchacho flaco, desgarbado, de largos brazos, tropezándose con todo, el cabello sobre los ojos, lo había dicho, temblando de miedo pero también decidido a probar, a luchar por lo que deseaba… segundos antes de ser rechazado.

   -No es que me gustas, Jensen, no es que te encuentro sexy o caliente, no es que quiero chupártela o masturbarme pensando en ti… todo eso está, pero la verdad, Jensen, mi verdad es… que te amo. Estoy enamorado de ti desde hace tiempo. Y me duele y me gusta amarte aunque nada supieras de ello.

   Sabiéndose sin oportunidades, temiendo al ridículo, a la burla, se lanzó, porque a los dieciséis años sintió que amaba a ese chico de una manera que ya simplemente no le dejaba continuar y tenía que decírselo. Y este le rechazó. Le gritó marica. Y ahora…

   -¡Ahhh! –oír ese ronco gruñido de placer era como una puñalada en su pecho.

   ¡Ya vería ese rubio hijo de puta!, se dice reanudando su marcha.

   Se acerca paso a paso, todo mala leche (aunque no queriendo pensarlo así), oyéndoles concentrados en lo que hacen. No entiende cómo no perciben los terriblemente sonoros latidos de su corazón. Y escucha, alguien traga en seco tomando aire por la boca, gozando mucho, mientras los chasquidos y sorbidas de otra boca, entusiasta, le provoca un feo escalofríos. Quiere gritar, se asoma y… Dios, Jensen…

   No, ¡no era él, el mamado! Al acercarse un poco más logró ver a ese sujeto que poco antes les tropezó cuando hablaba con Chris, el tal Max Adler, el cual jadea agónico de placer (claro, le mamaban la verga), medio recostado de la pared de azulejos, una mano en la puerta, la otra sobre una nuca rubia que iba y venía, tragándosela toda, chupándosela ruidosamente con, aparentemente, mucha experticia. Joder, Jensen…

   ¡Oh, Dios, no era Jensen! La sorpresa y el alivio casi le hacen jadear y reír, nervioso. Con mucho cuidado se vuelve y escapa, aunque le parece que esa nuca que iba y venía sobre la erecta verga masculina, se había vuelto un poco en su dirección. No está seguro ni le importa. Sale porque casi causa un escándalo por nada. No se trataba de Jensen… Y no era educado interrumpir a alguien cuando estaba disfrutando tanto. Regresa al vacio pasillo preguntándose dónde estaría el rubio Ackles… Y por qué su amigo Chris le comía la verga a un sujeto que tanto le maltrataba.

……

   Era complejo de entender, aún Chris Colfer lo sabía, y lo pensaría si estuviera para eso y no de rodillas, sus manos gráciles y móviles abiertas sobre los muslos musculosos de Max, mientras su boca va y viene, realmente golosa, sobre el duro y pulsante miembro del atractivo hombre joven. Y lo disfruta, adora mamar, no podía engañarse; le gusta el cruce de la pieza caliente sobre su lengua, las sorbidas que le da y le otorgan esas gotas que le encanta saborear, pero también escucharle gimiendo ronco, jadeante, totalmente entregado. Era su venganza contra el mundo, una que disfrutaba increíblemente; podría haberse dicho que se desquitaba un poco, de estar pensando, pero en esos momentos, tragándole la dura verga hasta la base, olisqueándole en los pelos púbico, su garganta amasando la pieza, no puede. Sólo quiere sentirla, acariciar las fuertes piernas, oírle gemir bajito que sí, que siga, que no se detenga, por favor.

   Qué Chris Colfer era gay lo supo todo el mundo desde siempre, comenzando por su padre, quien aunque no lo entendió ni estuvo totalmente de acuerdo, lo aceptó. ¿Qué podía hacer? A los siete años dejó de obligarle a jugar futbol con otros chicos, a hablar de niñas o usar sus puños para luchar y no para acariciar el cabello de las muñecas de sus hermanas. Así que para el joven, su casa nunca fue un Infierno, como si lo fue la escuela desde el inicio, cuando otros chicos, llevados por esa crueldad clara y abierta de la espontaneidad, le llamaban “niña”, luego marica. Actitud del mundo que aceptó de una manera curiosa. “¿No me quieren por marica?, está bien, no lo ocultaré. Seré más marica”. Y lo hizo, en lugar de buscar el disimulo, la medianía, exageró a los extremos su ambigüedad, enfrentando empujones, bromas crueles e incluso ataques; sobreviviendo pero perdiéndose, ya ni él mismo puede saber qué tan original era su manera de actuar. Con la adolescencia y el bachillerato, llegó la locura. ¡Le gustaban los chicos!, los grandes y fuertes; los guapos en su juventud y vitalidad. Y debió enfrentar nuevamente las decepciones, las burlas y hasta uno que otro golpe.

   Hasta que notó que si, que a todo el mundo le gustaba el sexo, como descubrió él mismo tiempo antes. Y aunque pudieran tenerle repulsa, ideas o prejuicios, pocos se negaban a una masturbada en una azotea apartada y prohibida para los estudiantes, a que el chico marica metiera la mano en sus braguetas y se las tocara, sobándolas, apretando de arriba abajo; o una mamada en un gimnasio solitario, o dentro de un privado de los sanitarios. Y lo supo, podían odiarle, despreciarle, pero se calentaban viéndole y sólo podían pensar en una mamada. Así que le buscaban. Tenían que hacerlo. El joven nunca llegó a tanto en su análisis, nunca quiso hacerlo, pero sospechaba que su desquite era aún más cruel que eso, que cuando les obligaba a ir por él, por su boca golosa, más tarde también su culo, uno que sabía cómo ordeñar una verga dura de muchachos hormonales, les hacía cuestionarse y despreciarse un poco a ellos mismos. Pero no era su asunto, se repetía al llegar a ese punto. Ya bastante tenía con su vida como para preocuparse de esos acomplejados necios. Eso, claro, hasta que se enamoró del hombre más caliente, hermoso y cobarde que pudo encontrar… pero tampoco quiere pensar en eso, porque duele. Aunque ahora que estaba de regreso, tal vez…

   Jared…

   Bien, Max Adler era uno de esos que le atormentaba en público y le seguían en privado. Hablando con Jared, le tropezó y ofendió, molestando a Jared. Pero él le entendía mejor. En ese momento a Max no le importó todo el tiempo trascurrido desde la escuela, lo supo cuando sus miradas se cruzaron, porque allí, en medio de esa fiesta entre amigos y conocidos, con su mujer al lado, una bonita chica de cabellos amarillos como el trigo, comprendido que Max se moría por una mamada. Una mamada suya. Allí, en medio de aquella reunión con antiguos condiscípulos, ¿qué podía ser más peligroso y sucio? Y se la ofreció, camino a la salida del salón, medio ladeando el rostro, guiñándole un ojo y continuando hacia los sanitarios.

   Sonriendo esperó, lavándose las manos, hasta que Max llegó, respiración pesada, ojos oscuros, pegándosele de atrás, llamándole “sucio marica”, casi al oído, refregándole del culo su miembro ya tieso bajo las ropas, las manos recorriéndole el torso. Era el ritual, uno que continuaba con él de rodillas, atrapándole la dura verga, como seguramente no se le endurecía con su mujer, el puño masculino (por decirlo de alguna manera al tratarse de Chris), apretando y agitándola de arriba abajo, masturbándole, recorriéndole el glande con la lengua, haciéndole estremecer, tensarse y gemir a cada milímetro lamido y ensalivado. Tragarla, centímetro a centímetro, teniéndole allí sujeto a esa lujuria compartida, ojos cerrados, boca abierta, viril y guapo, entregado; ese era su triunfo… Así como la deliciosa calidez que le recorre, embriagante, excitándole como pocas cosas en el mundo cuando la siente sobre su lengua, pulsante.

   Le encantaba chupar vergas, ¿ya lo había dicho? Mamarlas era una deliciosa locura que siempre le gustó, trabajó tantas con su boca, bebió tanto semen caliente que se aficionó, tal vez demasiado, a él. Y justo en ese momento, cuando oye a Max gruñir y jadear, su tranca imposiblemente dura y ardiente, lista para disparar su carga de esperma, una que espera con hambre, le recuerda a él… Quien estaba de vuelta. Al fin.

……

   Jared se aleja, sonriendo todavía entre divertido y molesto con ese amigo tan ligero de cascos. Jamás entendió su punto de vista, su lucha de desafíos, pero reconocía su triunfo cuando los que le molestaban, se le rendían. Él nunca pudo ser así de abierto.

   -¿Entraste al sanitario? Colfer no olvida sus viejas costumbres. –las palabras, tan parecidas a lo que piensa, le sobresaltan; Jensen está ahí, como no, con un botellín de cerveza en las manos.- Ni los chicos del club de deportes.

   -¿Sabías de esa… debilidad de tus amigos? –reta, tiene que hacerlo. Queriendo preguntar, ¿y tú?

   -El espíritu es fuerte, más la carne es débil… aunque esté dura, pulsante y caliente. –le ve encogerse de hombros, y un profundo escalofrío recorre la espalda del más alto. Hay un incómodo silencio, uno donde Jensen no le mira.- Debo… -señala hacia la puerta que lleva a la reunión, pero suena a “mejor me alejo de ti. No te molesto más”.

   -Hey… -le llama, humedeciéndose los labios, odiando que el otro no le mire.- Discúlpame, ¿si? No quise ser…

   -¿Un hijo de perra? –reta, leve, y por un segundo al más alto le parece el chico guapo que podía ser tan adorable como insoportable.

   -No, iba a decir irritable; lo de hijo de perra no te lo gana nadie. –replica igual. Y Jensen ríe, por primera vez en la noche parece aliviado, y más joven y más guapo. Joder, calma, Padalecki, ya sabes, vienes a recomponer cosas, nada más. No hay nada más. Se amable pero no te dejes llevar. Agradable pero indiferente.- No me agradó lo del membrete y…

   -Siento lo de Pitillo… -hablaban a un tiempo, y se miran, azorados, y ríen a dúo. Y se siente muy bien, piensa el castaño.

   -Mierda, la secundaria fue horrible. –jadea Jared, notando que el otro mira hacia el largo pasillo, caminando hacia el barandal y apoyándose de frente.

   -No fue tan malo. –replica al fin, y Jared no puede verle los ojos.

   -Claro, a ti te iba de maravilla. –y al decirlo se muerde la lengua; aparentemente ya no le iba tan bien.- No quise…

   -¿Ya te han contado algo? –le encara volviendo únicamente el rostro, notándose al estar más cerca que sí, toda la masculina belleza seguía ahí, algo menos etérea y ambigua con el paso de la última década, pero también hay pesar. Y Jared se pregunta si no habría también resentimiento.

   -Nada. Lo creas o no, nadie ha tenido tiempo de contarme nada. –se apoya a su lado. De frente. Mirándose.

   -No me extraña, ¿para qué perder el tiempo contando mi vida? –se encoge de hombros y termina el botellín.- Creo que iré por…

   -¡Jensen! –dice algo exasperado, sorprendiéndose un poco; mierda, qué bien se sentía pronunciar el nombre en voz alta, frente a él. Joder, frialdad, Padalecki. Sabes que es un bastardo.

   -No pasó nada importante, no fue un gran acontecimiento; ni un momento transcendental en la historia de este pueblo. –se encoge de hombros.- Me gradué y perdí la beca en la primera universidad a la que asistí; habían clausulas de conducta que no leí ni les presté atención. Mucho parrandeo. En esa época era… -se endereza y le mira.- Tú sabes, medio…

   -¿Gilipollas?

   -Volátil. –puntualiza.- Creí que con mi talento bastaba para silenciar al mundo, que nadie podía decirme qué hacer. Fui a otra, menos buena… y tuve un accidente.

   -¡Jensen! –jadea.

   -Fue… estaba algo tomado. –enrojece violentamente, sonriendo duro.- La jodí, Jared, mi oportunidad. Era mi vida y… la volví mierda. Luego Danneel y yo… Bueno, la jodí más. Un día me encontré sin nada, sin oportunidades. No sabía qué hacer y no me porté muy sensato que digamos. Nunca me preocupé mucho por una educación real. Volví y… -parece costarle cada vez más hablar.- …Ahora doy clases en la secundaria. Educación Física.

   -¿Clases? ¡¿Aquí?! –Jared no sabe si estar sorprendido u horrorizado. ¿Quedarse allí?, se habría vuelto loco.

   -Y conseguí el cargo gracias el entrenador Beaver. Creo que sintió pena por mí. –habla mirando a la noche, mirada ausente, boca abierta, y a Jared se le eriza la piel por escucharle castigarse.

   -No creo; imagino que él vio…

   -Fue mi entrenador. Mi guía. Aquí. Y lo fue aún más allá de la secundaría. ¿Sabes?, me visitó después del accidente, cuando supe que debía olvidar mi futuro como estrella deportiva. Me llamó idiota, estaba rojo de ira. Y yo… -rueda los ojos.- …No pude soportarlo. Escuchar que le había fallado a él… Y lloré un poco… -sonríe como avergonzado.- Fui toda una nena. Y él se quedó allí, acompañándome mientras me derrumbaba. Sus ojos también estaban húmedos, aunque siempre lo negó… -calla, era demasiado para tan pocas cervezas, toma aire y sonríe.- Y va y se muere. Un infarto. ¡Maldito bastardo! –medio ríe, amargo. El silencio se prolonga y alza la mirada.- ¿No dirás nada?

   ¡Maldita sea!, al castaño le cuesta tragar. Quería sentirse distante, mirarle con aprecio, pero lejano, y ahora sólo quería rodearle los hombros, acunarle, decirle que todo estaría bien. Pero allí estaba, observándole. Esperando una respuesta.

   -¿Enseñas Educación Física? –es lo primero que le viene a la mente, recorriéndole con la mirada, ¿cómo no intentó posar para artistas o ser gigoló?

   -Lo sé, no me veo tan en forma como antes, pero, oye, tampoco estoy tan mal. –se defiende, recorriéndole también.- Tú, sin embargo… vaya cambio, amigo.

   -Yo… eh… gracias. -eso silencia la aclaratoria que iba a hacer negando ese cacho del asunto; las palabras le erizan la piel y le hacen arder las mejillas. Se hace un nuevo silencio.

   -Me alegra que hayas venido… Tú y los otros… -dice con vaguedad y Jared se pregunta si acaso recordará sus nombres.- Me ha extrañado que faltarás a las otras convocatorias.

   -Claro, venir y compartir con amigos… -sonríe no sabiendo si bromea o no.- Vine por… lo del Señor Beaver. No fui atleta, pero… también me ayudó. –espera la pregunta, ¿en qué?, pero le maravilla verle asentir, aceptándolo como tal.

   -Era un gran hombre… -se muerde el carnoso y sensual labio inferior, y Jared no quiere pensar en eso, en cómo se sentiría atraparlo con los dientes. No quiere porque desea mostrarse distante y porque… por alguna razón el rubio parecía preocupado.

   -¡Jared! –estalla con un jadeo la hermosa Sophia, saliendo del salón.- Al fin te encuentro. ¡Entra y controla a Chad! –gime.

   -¿Qué está haciendo? –sonríe aunque preocupado.

   -Un culo de sí mismo. –es la seca respuesta, una que alegra a Jared porque le saca una sonrisa divertida a Jensen, aunque este intenta simularla mientras regresan al gran salón.

   Se detiene en seco. Cerca de la barra están Chad, muy mal encarado, y al frente se encuentra Paul Telfer, un paso atrás, pero en medio de los dos, Pauley Perrette les mira con exasperación preocupada. ¡Joder!

   -Oye, sólo digo que me alegra que estén aquí. –aclara, alzando las manos pidiendo paz, Paul, desconcertando a Jared, ¿le “alegraba verles”?

   -Me lo imagino, hijo de… -es la dura respuesta de su rubio amigo.

   -Chad, basta. –intercala Pauley, mirándole a los ojos, conciliadora.- La gente tiende a madurar, ¿no?

   -¿Y yo no lo hice? –parece un niño regañado. Y la mujer calla.

   -Ella habla de Paul; que ya no es el mismo de antes. –interviene Jared, diciéndose que ha escuchado mucho de eso en lo que va de noche. Su llegada parece una válvula de escape.

   -¿Jared? ¡Por Dios, estás caliente! –exclama ella, feliz, tal vez un poco más de la cuenta, intentando alejar la atención de sus viejos admiradores, rodeándole el cuello y dándole un fuerte abrazo.

   -Estas bellas, Pauley, pero siempre lo fuiste. –corresponde él, sintiéndose realmente bien; percibía su agrado sincero, su contento por verle, por verles. Y pudo hacerlo, verles realmente, por encima de las sombras del ayer.

   -Y aún así nunca logré que me invitaras a salir… -es pícara, todavía abrazándole, pero susurrando ahora a su oído.- Pero claro, no tengo pecas adorables… -sorprendiéndole. Ella sabía de su condición sexual y de…

   -Polly. –intercala como saludo, Jensen.

   -Jensen. –ella le corresponde, pero como mirando más allá de él, cosa que desconcierta a Jared.

   -¿Ya llegó? ¿Danneel? –pregunta inquieto el pecoso rubio, adivinándola.

   -Si no lo ha hecho, debe estar por hacerlo. –aclara la joven y sonríe, pero mirándole fijamente, y Jared entiende menos.- ¿Por qué no tomamos todos una copa? Aquí estamos, todos, bellos y saludables, la ocasión lo merece, ¿no?

   -Yo… yo… -un confuso Chad Michael Murray, rojo de cara, ceño muy fruncido, se aleja unos pasos.- Necesito aire. –aclara para detener a Sophia cuando esta va a seguirle.

   El momento habría sido realmente incómodo si no fuera porque todavía faltaba mucho más por llegar.

   -Buenas noches. –una educada y dulce voz de mujer se deja escuchar, y al volverse, Jared se sorprende. Danneel Harris era una chica hermosa y sexy cuando estudiaron juntos, cuando era la reina de los malditos, pero ahora estaba sencillamente exuberante. Su cabello rojo y largo, su busto marcado a pesar de lo sencillo del traje de suéter y falda, casi sobria entre todo lo que se ha visto esa noche, no puede dejar de notarlo ni él, que es gay.- ¿Jared Padalecki? Vaya, estás impresionante. –sonríe serena, todo encanto, desconcertándole más cuando llega, le abraza suave y le besa en una mejilla, como no reparando en su congelamiento.

   -Danneel, estás…

   -¡Zorra! Dijiste que te verías horrible. –la acusa, amistosa, Pauley. La pelirroja ríe y todos parecen sentir que la presión baja. Esto hasta que…

-Jensen…

   -Danni… -croa en respuesta, reparando Jared, por primera vez, en lo pálido que se ve.

   -Me alegra verte. –su tono no puede ser más amistoso, interesado y hasta cariñoso.

   -Sí, yo… Disculpen, me solicitan. –arguye, sin gracia, alejándose, aunque a decir verdad, respondía a unas señas que un hombre maduro, apuesto y elegante le hacía desde una esquina del salón. Pero todos lo sienten, lo saben. Huyó de Danneel Harris exactamente como Chad hizo hace poco del grupo.

   Joder, ¿no terminaba nunca la mierda de la secundaria?, se pregunta Jared.

……

   Se ve tan distinta, no puede dejar de repetirse el castaño, siguiendo con la mirada a Danneel, quien se acerca a varios grupos, sonriendo, repartiendo besos y saludos. Había un algo de… serenidad, si, de paz en la mujer, que le desconcertaba. La ve detenerse frente al muro de la fama, sonriendo tenue, con algo de melancolía. Joder, ya no soportaba la curiosidad, y decidirlo era ponerse en marcha. Toma dos copas de una bandeja y se acerca a la pelirroja, quien le mira, sonríe y acepta una de las bebidas.

   -¿Un centavo por mis pensamientos? –hay picardía en sus ojos, y Jared enrojece un poco, correspondiéndole. Están frente al retrato en toda su adorable y soberbia pose de Jensen Ackles.

   -Necesito saberlo, Danneel, ¿qué pasó? ¿Jensen… y tú? –intentó que sonara como simple curiosidad, pero por alguna razón le parecía muy importante.

   -Lo amaba, Jared. Mucho. No recuerdo una época de mi niñez y adolescencia que no fuera así. –mira la fotografía.- Pero no pudo ser. Fracasamos porque Jensen no me amaba a mí. Lo intentó, él quiso que funcionara, tal vez hasta creyó sentir por mí algo más que cariño, pero yo le notaba amargado a veces; sentado en alguna parte parecía perderse. Estaba allí, pero también ausente. –toca la fotografía.- Su corazón no me pertenecía, Jared, estaba en otro lugar.

……

   Con manos temblorosas por el profundo enojo que siente, Chad Murray enciende un cigarrillo en ese pasillo solitario.

   -Es un delito federal fumar bajo techo en un colegio. –oye la voz a sus espaldas.

   -Vete a la mierda. –es la seca réplica, sin volverse. No es obedecido.- Que te vayas, no quiero verte ni hablarte, Paul. –el otro hombre se apoya contra la baranda, de espalda, mirando al rubio enojado.

   -¿No quieres verme? –hay cierta sorna en sus palabras, y luego de mirar hacia la puerta al salón, y en ambos sentidos del pasillo, baja un poco el rostro y la voz.- No era eso lo que decías cuando me buscabas para chupármela… Chad. –dice con aire ligero, como un comentario cualquiera de algo que pasó hace años, pero sabiendo que ya el elefante estaba en el pasillo.

   Ahora tendrían que hablar.

……

   -Señor Ackles… -Jeffrey Dean Morgan, rostro grave, saluda al ya algo tomado profesor.

   -Director… -es la réplica, algo estrangulada. Lleva dos días evadiéndole.

   -Tenemos que hablar.

   -¿Aquí? ¿Ahora?

   -No puedo seguir esperando a que responda mis llamadas… Vamos a cerrar el programa de voleibol femenino… Lo siento, pero la escuela prescindirá de sus servicios.

   ¡Le estaba echando!

……

MAX ADLER

   Creo que en otra historia de estas había hablado de este actor, Max Adler, a quien vi únicamente en la serie Glee, que nunca fue de mis favoritas. Me parece recordar que expresé que tenía algo de canallón y rudo que le hacía verse interesante. En el presente relato aparece muy incidentalmente, pero tendrá mucho que decir más adelante, llevado por los celos.

PAUL TELFER

   Paul Telfer, el Damon de NCIS, el marine que enloquecía y parecía un guerrero bárbaro, llegando a inquietar sexualmente incluso a la bella y mortal Ziva. Me agradaba este personaje porque se veía bien, Gibbs le tenía aprecio y DiNozzo lo odiaba por celos. En el presente relato tiene una historia con Chad, una a la que tienen que ponerle un fin.

CONTINÚA … 4

Julio César.

EL AFECTO Y EL INTERES

noviembre 17, 2014

DESCUBIERTO

AMIGOS, TIEMPO Y TERNURA

Desde que instaló el jacuzzi, le aprecia más.

   Roberto era un hijo de perra aprovechado, se dice Javier mientras le recorre la firme y musculosa espalda hacia el muy redondo y duro trasero. Compañeros de piso desde hace dos años, cada uno lejos de sus casas por estudios, el trato entre ellos era más o menos informal hasta que compró ese jacuzzi de casa de un amigo que sorprendió a la mujer en él, acompañada. Notó que a Roberto le brillaron los ojos al llevarlo, pero no pensó más en eso hasta llegar una tarde y sorprenderle en su vaina, hundido en agua cálida, jabonosa y olorosa… masturbándose. Se sorprendió y molestó, hasta que el muy pillo le invitó a entrar y compartir el momento, que ambos tenían prisa y bien sabía que también él se desahogaba ahí. Y así comenzó, cada uno en su espacio, dándose mano mirando al otro. Hasta que… La lengua del pana le quema la mente mientras se abre paso entre los glúteos y marca con un dedo su territorio. Bien, ¿y qué? Jóvenes y fogosos debían descargar tensiones. No podía pensar en nada mejor qué hacer, aunque los estudios se descuidaran un tanto por esas duchas compartidas tres veces al día.

DESPECHO Y AMISTAD

Julio César.

LA MONUMENTAL CAIDA DE VENEZUELA, UN POBRE PAIS SIN GOBIERNO

noviembre 17, 2014

MARIA CORINA MACHADO Y LA HISTORIA

DESGOBIERNO EN CARACAS

   La caída.

   Esta frase la utilicé hace poco y me gustó. La monumental caída de Venezuela. Que el gobierno de Hugo Rafael Chávez Frías terminara siendo un desastre a nadie sorprende, estaba fundado en postulados fracasados desde hace más de setenta años, era previsible, lo que no lo fue tanto fue el derrumbe de este pequeño país lleno de recursos naturales y de riquezas bajo la tierra, que no en bolsillos de sus habitantes. Y ahora menos que todo fue robado y sólo queda pagar la deuda. Debe ser difícil de entender, y hasta creer, fuera de nuestras fronteras esta ruina física de Venezuela, donde todo escasea, donde los servicios públicos que medio sirven son de hace más de veinte años atrás, incluyendo autopistas, puentes, hospitales, centrales eléctricas; el petróleo debió crear un colchón que amortiguara este descalabro, pero no ocurrió así, porque, por primera vez en la historia, se robó hasta lo que medio se usaba para funcionar como Estado. Nos las ingeniamos para terminar arruinados, y quien no roba (ordenado desde el poder), mendiga o recorre laboriosamente gran cantidad de lugares para ver si encuentra lo que necesita y que antes conseguía entrando a un autoservicio, un mercado o una farmacia.

   La debacle política es todavía más incomprensible para quienes no entiendan el proceso al que fuimos sometidos, comenzando décadas atrás (la irresponsabilidad de una clase acomodada). Pasamos de crisol de democracia en la región, de montar un sistema a lo gran mundo, gobierno y oposición vigilante, poderes separados, instituciones definidas (nuestro antiguo sistema electoral era garantía como veedor, también fue copiado; nuestra policía científica fue modelo para otras, ahora sólo producen vergüenza), y terminamos en lo más atrasado de la Colonia, el caudillo militarista, donde el “hombre fuerte” puede que esté loco o ser un sádico, pero es el caudillo y quien decide qué se hace, cómo y cuándo. Y si alguna voz se alza, debe ser aplastada en medio de los aplausos del resto de los caudillos orates de la zona. Pocas manos quisieron rodear el cuello de la república para sacarle lo que podían de los bolsillos, y al ser incapaces, incompetentes, ladrones, fascistas y violentos el resultado no podía ser otro, el derrumbe de Venezuela. Tengo un amigo que siempre da sentencias terribles, a veces jocosas, pero duras, y en este momento debo citar dos.

   “Si este fuera el peor gobierno adeco y copeyano, con todo el dinero que ha entrado en estos quince años, ya tendría dos casas, dos carros, habría recorrido el mundo como turista manirroto”. Porque es que entró plata en bruto, más de un millón de millones de dólares, cinco veces más de lo que ingresó en los cuarenta años de democracia en la antigua república… y a los venezolanos como país no nos queda nada de ese festín de Baltasar como no sea robar lo que tiene otro para ver si se consigue algo. Hay un régimen inepto y corrupto que habla mucha, mucha paja loca, muchas imbecilidades, pero la realidad es que arruinaron al país mientras lo saqueaban. Esto se puede revestir de muchas frases, de muchos razonamientos, de exagerados análisis, de palabras altisonantes que intenten desviar la atención, pero eso fue lo que ocurrió, una colosal fortuna llegada por exportación petrolera fue totalmente pillada por un grupito falaz, y a la gente no le queda sino hacer infamantes colas para ver si algo les cae. ¿Se imaginan lo que habría llegado a través de contrataciones sindicales, aumentos salariales, becas, créditos reales, préstamos bancarios, planes para comprar vivienda si toda esa fortuna la hubiera manejado el antiguo régimen? ¿Qué había corrupción? Toda la vida, pero antes una escuela que costaba diez millones de los viejos te la facturaban a cien, la hacían con sobreprecio. Ahora una que vale cien la facturan a mil quinientos millones, se roban los reales y de la escuela ni noticias. Ah, pero hay que calársela porque “antes era peor”. ¿En qué sentido?

   Lo segundo que dijo mi amigo, y que levantó roncha, hasta yo le dije algo aunque por dentro me reía, es que cuando supo de la muerte del presidente Chávez Frías, llamó a su mamá para ver si no estaban por ahí unos zapatos que compró una vez para un matrimonio, de tacón cubano que hacían mucho ruido al caminar, porque los iba a necesitar para ir y bailar sobre la tumba. ¿Qué es horrible? Esté donde esté, ese señor debe estar contento, él sembró el odio entre venezolanos como manera de reinar sobre grupitos. Debe estar satisfecho de su logro. Con todo y lo terrible que suena lo dicho por mi amigo, hay que reconocer que es cierto, hay razones para detestarle aún después de muerto, Hugo Rafael Chávez Frías, llevado por sus delirios y problemas, por sus complejos, nos arrojó en esta fosa; aunque, claro, todos veíamos el hueco y de todas maneras caímos. Pero si su gobierno fue malo porque dilapidó una fortuna que seguramente no se repetirá, sembró las bases del deterioro moral del venezolano, se nos convirtió en una patria de ladrones y pedigüeños (roben, en esa palabra se resume su legado), el gobierno de Nicolás Maduro Moros es sencillamente una tragedia nacional. El Estado venezolano, como ente, ha comenzado a fracturarse. Eso que decía el RAFAEL POLEOperiodista Rafael Poleo hace añales, sobre países que caían en crisis tan terribles que terminaban diluyéndose y cayendo al quinto mundo, está pasándonos hoy. Ahora, mientras escribo, es posible escuchar como todo se derrumba. Y les juro que la percepción es horrible.

   Pero no quiero referirme a lo económico, eso se ve en la manera que decae PDVSA, aunque los socialistas crean que es un éxito, aplaudible, que el hombre que la destruyó se mantuviera en su cargo a pesar de las frecuentes críticas y la demostración de su incompetencia. Así mide la izquierda el éxito, no es logros reales. Quiero comentar sobre lo puramente político, el Estado como tal. Lo funcional. Hace tiempo que se había acabado con el Estado de Derecho, eso lo saben hasta los chinos, lo grave es que ya no hay Estado. Punto.

VENEZUELA ENCARCELADA

   Todavía vivía el presidente Hugo Rafael Chávez Frías, o eso decían en Cuba, al menos (¿dónde estaba Aurora Morales en esos momentos, ella que gusta de hablar tanto?), cuando se presentó una dantesca batalla en un penal venezolano, El Rodeo, en la cercana población de Guatire. Por un altercado interno, la guardia nacional quiso tomar el centro penitenciario y la población penal, jefaturada por los pranes, que gozan de todos los privilegios y planean sus delitos desde allá, les enfrentaron. No solo les enfrentaron, sino que los pararon, armas de fuego en mano, y les hicieron retroceder. Durante semanas, ¡semanas!, el penal estuvo en poder de los peligrosos delincuentes y el Estado venezolano tuvo que pactar con ellos para que depusieran las armas. Siempre lo negaron, pero que de un centro como ese, rodeado por los cuatro costados por las autoridades y la guardia nacional, y que se escapara el Oriente, jefe de la alzada, nunca convenció a nadie. El para ese entonces ministro de la Seguridad, Tareck El Aissami, qué tontería no dijo; según él, la culpa de la crisis penitenciaria, de la violencia existente, de la alarma de la población era de todo el mundo, de todos, menos del Gobierno. Habló mucho, pero la realidad es que un Estado que ha permitido el dejar pasar, el dejar hacer, a los delincuentes para crear un ambiente de temor dentro de la población, se enfrentó con armas, contingentes y recursos contra una gente encerrada y no pudo con ellos. Así de simple y de terrible. El inútil ese, que tantas vidas costó por su inoperancia al frente del ministerio de la Seguridad, termina siendo gobernador de un estado central donde debieron tener más sentido común. El anterior gobernador, también de su tolda política, anda huyendo acusado de corrupción. Es el retrato degenerado y vicioso de un movimiento que nació enfermo.

   Esa derrota del Estado frente a unos delincuentes encerrados, pero fuertemente armados (dicen que hasta bazucas tenían, y todavía pretenden decir que no hay corrupción y complicidad con las autoridades penales, que todo eso lo metió la visita dentro de sus partes íntimas), se dejó así, nadie quiso pensar mucho en ello. El Gobierno porque no quiere investigar, temiendo el hijo de quién pueda caer si lo hacen, y porque son responsable de ese estado de anarquía; ni la gente común y corriente que quiere seguir creyendo que hay un “gobierno” que mantiene las garantías sociales mínimas. Como nada se hizo, fuera de intentar otro juicio al fallecido canal de noticias GLOBOVISION, por transmitir los acontecimientos, se reincidió. Vino lo de la batalla de Los Valles del Tuy. Un grupo armado, colectivos, encararon a las policías locales por la detención de uno de ellos. Como suele suceder, los grupos violentos, armados por el Estado (para este momento ya era difunto Hugo Rafael Chávez Frías, pero él los armó), impusieron su poder, liberando al preso, haciendo retroceder a las autoridades, incluida la guardia nacional. Hubo que pactar con ellos, llegar a un acuerdo de convivencia (¡grupos armados dentro de la población!, ¿a eso no se les llama paramilitarismo?), porque no pudieron detenerles, someterles y mucho menos desarmarles. El Estado venezolano, eso que va quedando después de este desastre, ya no tiene el poder para hacerlo. Así como no garantiza la alimentación, la seguridad o la atención médica aunque es un mandato constitucional. Ya no pueden hacer nada… como no sea hablar más paja.

VIELMA MORA

   Todavía resonaban los ecos de esos colosales fracasos de lo que debería llamarse el Estado, para enfrentar esos grupos irregulares, cuando caímos en la violencia de comienzos de este año. Por una protesta por inseguridad en la universidad en el Táchira, Vielma Mora, gobernador de la entidad, creyéndose ya un rey designado por Dios, ordena a esos grupos violentos armados que arremetan contra la casa de estudios. Cuando los estudiantes le replican, en igual tono, ordena encarcelamientos sumarios, envíos a cárceles, incomunicándoles. ¿Comenté que no hay Estado de Derecho desde que Hugo Rafael Chávez Frías ordenaba por televisión encarcelar a sus enemigos, dónde se les encerraría y por cuánto tiempo? A lo hecho por Vielma Mora, el entramado que deberíamos llamar legal, fiscales y jueces, guardó silencio, secundando toda esta arbitrariedad fascista. Al ser esto protestado en Caracas, un Día de la Juventud, se vio, estupefactos, como el señor Nicolás Maduro Moros, para este entonces fungiendo como presidente por cuentas que la señora Tibisay Lucena se negó a auditar en el CNE, ordenaba la arremetida violenta contra los manifestantes. Caen asesinadas dos personas frente a la Fiscalía, y qué no gritaron los fascistas histéricos, sobre complots, conspiraciones, la derecha, Álvaro Uribe Vélez y Leopoldo López, a quien encarcelan por estos hechos, para que luego se supiera que el homicida material era un funcionario del SEBIN, la policía política.

   Más tarde comenzaría la violencia sistemática de fuerzas del orden y grupos paramilitares, llamados colectivos, para amedrentar, agredir y asesinar gente en Baruta, Valencia y San Cristóbal que protestaban por el amparo de tantos delitos y abusos; nuevamente el llamado entramado legal y el jurídico guardó silencio. El único preso era Leopoldo López porque dio unas declaraciones que molestaron a Nicolás Maduro Moros. En ese entonces los grupos violentos armados por Hugo Rafael Chávez Frías, y se dice que por Freddy Bernal y Darío Vivas, eran unos héroes. A la muerte del diputado Robert Serra, con el cual el Gobierno en complicidad con Ernesto Samper, intentó crearse un enemigo interno al cual perseguir y hostilizar para aglutinar el país a su alrededor, los colombianos (Mussolini lo hizo con los comunistas en Italia, Hitler con los judíos en Alemania), se produce un extraño caso donde las llamadas fuerzas legales del orden arremeten contra un grupo de colectivos en medio de una batalla campal. Caen asesinados varios líderes de estos grupos que, repito, ¿no son paramilitares en otras partes del mundo? Estos, con gritos y amenazas, de que nos llaman cuando quieren que golpeemos estudiantes pero después nos llaman criminales, pusieron al Gobierno en dos y tres: o salía el ministro de la Seguridad, para ese entonces el señor Rodríguez Torres (otra joyita valuada en número de muertos dejados por la violencia en las calles mientras perseguía a un sujeto que grabó un video diciendo que odiaba al Gobierno), o ardía Troya. Hay quienes dicen que Diosdado Cabello quería salir de él, otros aseguran que era una jugada para debilitar el ala militarista del brutal y oprobioso régimen, la verdad es que el país lo percibió como el triunfo de estos grupos irregulares (otro más) sobre el Gobierno. El temor hizo que recularan, el temor a grupos violentos y armados que actúan dentro de las ciudades. La pesadilla de todo estado democrático, levantado aquí por la insania mental de un hombre delirante. Los irregulares imponiéndose a los legítimos.

LEOPOLDO LOPEZ Y MARIA CORINA MACHADO

   Pero tan destruido está el sistema, el Estado se derrumba con tal velocidad y patetismo, que a un preso político de Nicolás Maduro Moros, Leopoldo López, un militarete le niega las visitas de su esposa, a quien amenaza y vergajea; y cuando el preso, y otros que comparten con él el calvario de vivir bajo un régimen brutal, se quejan, ese mismo militarillo ordena que sean bañados de excrementos humanos en sus celdas. Tal grado de depravación del sujeto (únicamente le cabe el adjetivo de basura) logró incluso una condena del que se dice presidente. Nicolás Maduro Moros condenó su proceder, también un gobernador ex militar oficialista, quien pareció sorprendido por ese actuar demencial, pero nada se puede hacer. En un entramado que se deshace, cada quien se toma su parcelita de poder y se cree un Boves, sin responder ante nadie. Ya, a lo que en otras partes llaman el gobierno, en Venezuela no les para bolas nadie, excepto tal vez aquellos que tienen algo que levantaron con esfuerzo pensando en legarlo a los hijos y temen perderlo, el dueño de una tienda, una finca; del resto, entre risas de locuras, les sacan el dedo medio mientras gritan y amenazan. Y el régimen ya no puede hacer nada.

   En este retrato calamitoso resaltan muchas cosas. Lo primero es la bañada con excrementos al que fueron sometidos unos presos político, ya detenidos ilegal e injustamente dentro de tres paredes y una reja, y que ahora son atacados de manera cobarde y alevosa por un gorila disfrazado de militar, quien adulando y arrojándose de espaldas al piso para que le pasen por encima cree que asegura un cargo o recibirá una medalla o un ascenso. Esto, que ya de por sí es un síntoma del mal que muere la república, tiene dos vertientes que son aún más terribles. Y, repito, cuesta decirlo, enumerarlo, porque nos avergüenza a todos como nación, ¿cómo pudimos caer en semejante primitivismo colonial? Me refiero a la baja calidad de la fuerza armada venezolana, así, con minúsculas. Claro, atacar gente encerrada en una celda a quienes no han armado con chuzos y pistolas, es fácil; disparar, detener, torturar y aún matar personas que manifiestan, también, para eso cuenta con el entramado para judicial que dará un aire de legalidad a todo. Enfrentar a grupos violentos y armados, dentro de una cárcel o una barriada, eso es ya muy diferente. Para eso no sirven.

   Por ello, mientras este grupo de payasos (o cívico-militar, no recuerdo bien) habla y habla, perdimos la Zona en Reclamación, por ello tuvo que pasar vergüenza dos veces Hugo Rafael Chávez Frías cuando amenazaba a Colombia con llevar tropas a la fronteras; como en todos los sistemas fascistas (el ruso, el chino, el cubano, como lo fue la Italia de Mussolini y la Alemania de Hitler, todos son iguales), los fascios se deshacen de los militares capacitados que no les deben nada, o de los honrados, esos que creen en “patria”, porque son peligrosos a sus apetencias autocráticas, sobre todo si prometen rematar el país y sus recursos en busca de “ayudas” de países amigos. A gente así no les sirven los militares de verdad (a los que más temía Hitler era al ala prusiana del ejército alemán). De todos esos salen y sólo quedan lo menos aptos, los más ineptos, los capaces de todo (menos de preparase como los demás) por un ascenso o asegurarse un botín antes de que alguien note sus incompetencias. A un tipo capaz de golpear mujeres por detrás y luego eructar en televisión. Y con este grupo de dizques militares ni vender agua en el desierto funciona. No son estos tristes sujetos a quienes todos desprecian, los militares aguerridos que se pusieron del lado de Rómulo Betancourt cuando Fidel Castro intentó su invasión para llevarse nuestros recursos (como años más tardes, envilecidos, entregaría la izquierda sin presentar en cambio una escuela, una universidad, un teatro o una carretera), derrotándoles, arrojándoles al mar y deteniendo a sus cómplices internos, quienes conspiraban con cubanos y libios la entrega del país a la extinta Unión Soviética, motivo por el cual Venezuela solicitó y logró la expulsión de Cuba de la OEA; aunque la gente necia siempre ha creído que un pobre venezolanito no puede ni siquiera hilvanar una idea sensata o laboriosa como esa y eso sólo pueden hacerlo los norteamericanos o canadienses (ese complejo de inferioridad que nos ha hundido). No son estos los militares que cercaron la fragata Caldas en el golfo de Venezuela, movilizando tanquetas hacia toda la zona fronteriza cuando Jaime Lusinchi le paró el trote al país vecino. No, estos sólo saben de ridiculez, de necedades, de jurar imbecilidades para asegurar un cargo cada vez que abren las bocas. Y, bueno, lanzarle excrementos a una gente tras las rejas. Por cierto, cuando Hugo Rafael Chávez Frías estuvo preso se le trató como a la gente; estos ni siquiera pueden corresponder en un mínimo.

MARIA CORINA MACHADO

   Pero bañar de excremento a los “enemigos”, no es un hecho aislado; puede ser que el funcionario desubicado, en un país sin gobierno, se tome atribuciones que no le tocan pasándole por encima a un Presidente de la República y a un Presidente del Parlamento, que únicamente están allí como feos adornos; esto, y es lo grave, se inscribe dentro de las prácticas fascistas, ese que si es de verdad fascismo, no las boberías que sueltan palangristas y gente que no sabe de lo que hablan pero abren las bocas para dejar pasear el simplismo. Cuando dentro de un parlamento un tolda política cambia leyes y reglas de manera ilegal para legalizar el abuso, al tiempo que persigue a la oposición mientras defiende los vicios propios, vemos los atributos del fascismo de los años veinte del siglo pasado en la Italia de Mussolini, donde se perseguía y golpeaba a los rivales políticos, como se ordenó hace tiempo en Venezuela contra la diputado María Corina Machado, para intimidar y silenciar; vejar, exponer al odio, calumniar sin pruebas, como hace Mari Pili Hernández, era una práctica común para “asesinar” moralmente a los oponentes del movimiento del Duce; atrapar gente en las calles y obligarlas a tomar aceite de ricinos y golpearla, para que se ensuciaran encima, para ridiculizar y vejar, era una práctica del viejo y brutal régimen italiano.

   La manera soez con la cual Diosdado Cabello, ni siquiera fingiendo un procedimiento medio constitucional, expulsa María Corina Machado del Parlamento, sólo es concebible en aquella civilización mediterránea que comenzaba a irse al Infierno, y que conoció el hambre, la miseria y las penurias que su Duce Eterno les regaló al final, cuando fueron totalmente derrotados en la Segunda Guerra Mundial. Ese escenario de violencia, de impunidad, de abuso es el que se recrea en la Venezuela que decae ya a finales del siglo pasado. Pero siendo estos unos trasnochados de la historia, gente sin ninguna capacidad como no sea llenar las botijas, ni siquiera pudieron ofrecerle al país unos añitos de prosperidad, de brillo, de orden, como si pudo el fascismo italiano a sus inicios. Ni siquiera para eso sirven, notándose que vienen de la escuela del viejo y sanguinario dictador cubano, Fidel Castro.

   Otro resultado inquietante viene de la defenestración que el régimen tuvo que hacer del ministro de la Seguridad y los jefes policiales atacados por los colectivos, qué miren que lograron meterles el miedo en el cuerpo a Nicolás Maduro Moros y a Diosdado Cabello, es que ninguna policía de este país se atreverá a enfrentar otra vez a estos delincuentes armados y violentos, que o los matan en el acto o les envían luego a una celda si los tocan. Otra hazaña que hay que aplaudirles, o así esperan ellos, a Nicolás Maduro Moros y a Diosdado Cabello en esta hora menguada de la nación. Es el signo de los tiempos que a Leopoldo López una juez venial y merecedora de cárcel (hasta en la Biblia exigen que el castigo para el juez corrupto sea mayor) decida dejarle encerrado sin mediar delito, tres semanas sin llevar siquiera sol en manos de estos aberrados, mientras unos sujetos que se enfrentan a tiros en una hacienda del interior, cada uno queriendo cobrar vacuna a la gente de la zona, ni la guardia nacional o la policías se atrevan a enfrentarles, menos jueces o fiscales. Es el mensaje que envían, que cada quien se salve como pueda… porque ya no hay gobierno.

VENEZUELA, ORO Y PETROLEO

Julio César.

JAKE, ¿DE VUELTA AL RUEDO?

noviembre 17, 2014

PRIMITO PUTITO

JAKE GYLLENHAAL!!!

De ahí no lo tumba nadie.

   Sonrió enigmático y bello en la rueda de prensa cuando se le preguntó que hacía por Wyoming otra vez y explicó que se preparaba la segunda parte de los vaqueros maricones: un hijo tras los pasos de su padre… Y sonrió más cuando algunas féminas hicieron el gesto de “awww, qué adorable”, mientras recuerda toda la preparación y el ejercicio que ha estado haciendo con los chicos de cuadra de la finca de su mejor amigo. No dejó potro sin montar… y agotar.

   -Cariño, debo preguntártelo… ¿por alguna razón, la que fuera, has estado con un hombre en una cama fuera de tus películas? –pregunta azorada una reportera cuarentona, seguramente ovulando ante la imagen.

   -No, puedo asegurarles que no me he montado jamás en una cama con otro hombre… -y su mirada y tono traslucía sinceridad, porque era cierto; que, ahora, de otros sitos no hablaría.

……

   Es un montaje… o eso imagino. Pero quedó genial. Se ve tan real. No me pertenece, el artista es otro, aunque desconozco su nombre. ¿Cómo lo haría? Ah, me quedé esperando la segunda parte de El Príncipe de Persia, qué desperdicio.

¿QUIÉN NECESITA AMIGOS…?

Julio César.

EL INSOLENTE NOVIO DE LA HIJA

noviembre 17, 2014

TRABAJO?

   Un hombre tiene sus límites; aunque inventa y prueba cosas en la cama con su mujer, aún con tatuajes y aros, en el fondo trabaja toda su vida para que su única niña lo tenga todo, especialmente un gran futuro y que vaya a la universidad. Pero esta, cuando apenas tiene dieciocho años, regresa para visitarles trayendo un novio, un carajito igual que ella, pero odioso y vago, a quien pilla una noche en el balcón exigiéndole que se ponga de rodillas y abra la boca. Su mujer le dijo que no se metiera, que eran cosas de la vida de su hija, que ya hablaría con ella; pero él, cuando veía un problema lo resolvía. Y trama…

UN HOMBRE Y SU YERNO 1

   Quiere pillarles en la cama, gritarle que va a matarle, verle llorar asustado, su hija gimiendo pero sacándola, el chico suplicando todo tembloroso por su vida, él gruñéndole un “¿así que te gusta en la boca de mi hija?”, y desnudando su enorme cuerpo le obligaría a ir hacia su pelvis y a atrapársela con su boca…

UN HOMBRE Y SU YERNO 2

   Rojo de cara, todo lloroso, el chico se resistiría, gemiría que no, pero no tiene fuerzas para oponerse, fuera de que el miedo de haberse visto descubierto así, le restaría efectividad. No le quedaría más remedio que ir y venir, ahogado, babeando, lloroso, una y otra vez… mientras él le gruñe “¿eso es lo que te gusta?, ¿es lo que querías hacerle?, ¿crees que lo goza, que le sabe bien?, ¿te sabe rico?… Y sólo estaba comenzado.

CONTINÚA …. 2

Julio César.


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