PROTEGER Y SERVIR A LA COMUNIDAD

octubre 21, 2016

DERECHO

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   Ciertos chicos rebeldes, detenido una y otra vez, a veces son dejados por sus padres todo un fin de semana para que el susto los arregle. Y funciona.

AH, EL METRO

Julio César.

JUEGOS Y TOQUES

octubre 21, 2016

SORPRESA DE CUMPLEAÑOS

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   ¿Quién no los ama?

   Así como pasaba con las novias, aunque por razones distintas, era una tortura para los entrenadores de equipos de muchachos ver las sobadas entre estos, al estar semi desnudos, exhibiendo sus armoniosas figuras, vanidosos por ello, admirando también la del compañero, cuando comenzaban con sus juegos. Como ese de meterle la mano para ver si era tan grande como se vanagloriaba, riendo este y separando las piernas facilitando la operación, en medios de las carcajadas del grupo que alentaban a la comprobación, que a veces se verificaba al grito de: “miren, ¡se le para!”. Las novias soportaban esas tonterías que las incomodaban porque los amaban, a los entrenadores les daba calor y las manos le picaban con ganas de, también, comprobar la vaina.

COMPARTIENDO EL MOMENTO

Julio César.

HOMBRES, MECANICA Y LA LLAVE NECESARIA

octubre 21, 2016

EL INFIERNO DEL INDECISO

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   Parece que la necesitaba…

   Desde su dormitorio, Martina oye a su marido lanzando bufidos mientras le revisaba algo a la camioneta. Suspirando exasperada, se dice que jamás entenderá toda esa excitación de los hombres por meterle mano a un viejo cacharro. Por suerte no se asoma o habría entendido que a su marido, quien efectivamente revisaba el motor de su perola, en shorts y sin camisa, se le acercó el joven, robusto y masculino vecino, mecánico de profesión, ofreciéndole una mano, o una llave si la requería. Diciendo esto mientras se tocaba el paquete sobre el pantalón cuando al otro, de manera traidora pero inocente le mirara allí. Tendiéndose para tomar algo, en cuanto su shorts bajó, se dispuso a gritar, a pelear, pero el otro, hábilmente, demostrando que sabía, utilizó contra él su fría llave de buena circunferencia, arriba y abajo, moviéndola para aflojarle la masculinidad; y entre gemidos, alarmado y emocionado, sabía que la tenía tan flojita que ya le chorreaba, facilitando el trabajo de la lleve y lo que el otro deseara meterle luego y que ya, del pantalón ajustado,  se sacaba.

COMO UN PROFESIONAL

Julio César.

¿Y QUIEN AYUDA A LA BRUJA?

octubre 21, 2016

MALA LECHE

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   ¿Suerte con el amarillo? Tal vez…

   Recordarán quienes hayan leído algo de lo que escribo que una vez, estando con una hermana, una conocida de la casa, apesadumbrada y sintiéndose mal nos contaba que se sentía culpable ya que había comprado una moto y una bruja le dijo que la vendiera o pasaría muy malos ratos; se la vendió al hijo de una conocida suya, este tuvo un accidente y perdió la vida. Recordarán que mientras la consolábamos diciéndole que no era su culpa, lo que en verdad pensaba es: ¡Vaya, esa bruja sí que sabe! Mi hermana pensó algo igual. Bien, este ha sido un año fatal, a las cosas malas que pasan en cada vida, se suman los problemas del país y… En fin, no ando muy bien, mi nevera, para colmo, no enfría, y tan sólo es lo último que falla en una lista que ya se hace larga. Una amiga me aconseja que hable con su bruja (no la misma amiga ni la bruja), que es una maravilla, aunque anda algo deprimida porque el marido la dejó, llevándose casi todos los corotos y al hijo acaban de matárselo en un oscuro asunto con pandilleros. No dije nada, pero… ¡Vaya bruja!, mejor que busque ayuda. ¡La gente cree en cada vaina!

SACOS DE HUESOS

Julio César.

AHOGADO EN NOCHES DE ALCOHOL

octubre 21, 2016

ENTREGADO

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   Con otros jugos…

   Verga, allí estaba mi amigo Leandro otra vez, borracho y becerreando; sabía que le encontraría en la trastienda desde que le perdiera de vista hace media hora en semejante botiquín. Era perfectamente consciente de que si no le detenía, o alguien llegaba (la mujer de algún tipo de esos y armara un lío que los pusiera en fuga), allí se quedaría lo que quedaba de la noche, bebiéndose todas las que le ofrecieran hasta tener el estómago lleno. Seguro que en estos momentos no se acuerda de Teresa ni de las gemelas, esperándoles en casa. Tal vez era mi culpa, sabía que andaba tenso, con la mujercita enferma no había podido darse una escapadita, lo que seguramente despertó a niveles de locura esa gula que ya casi no reprimía aunque la negara y sus amigos no la comentáramos. Ese tipo respira pesado, el otro ríe llevándole la cara sobre la manguera, con los “vamos, chúpalo bien, perra”, que tanto nos gusta decir cuando nos hacen ese trabajo. El tipo gruñe, se convulsiona y la manzana de Adán de Leandro parece sufrir espasmos. Seguro que se bebió hasta la última ardiente gota, me digo mientras le tomo una foto… por si cualquier cosa. Retira la boca, jadeando, buscando aire, los labios rojos e hinchados; “¿algún otro?”, pregunta ansioso y ya un gordito se la ofrece, caliente. Meneando la cabeza, me alejo, no puedo aprovecharme de su debilidad para que me atienda. Era un buen sujeto, un gran amigo y fue un maravilloso esposo y padre de familia hasta que, por puro error se podría decir, probó la primera y esta le dejó en la boca, para que la saboreara, su carga espesa; desde ese momento ya no pudo pensar en otra cosa como no fuera la esperma.

LA NUEVA MUESCA

Julio César.

VIER EN TWINTIGSTE

octubre 19, 2016

TWINTIGSTE

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   El muy diablo llevaba sol cada mañana frente al seminario.

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   En cada excursión escolar el directo le invita como chaperón.

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   El problema comienza cuando se emociona… mucho.

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   Por alguna razón esos idiotas cambian la talla para verle buscar por horas la suya.

VYF EN TWINTIGSTE

Julio César.

EL PEPAZO… 22

octubre 19, 2016

EL PEPAZO                         … 21

De K.

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   -Sé sincero, ¿de verdad te gusta?

……

   Por supuesto que la idea se le ocurre… y le eriza de pies a cabeza. Aunque no obsesivo con el sexo, a pesar de encantarle, y de ser respetuoso con las amistades, conoce al desgraciado de Renato Ocando desde hace muchos años, un guapo amigo con quien ha bebido y bromeado, y mentiría si dijera que a veces no sintió un cosquilleo en las pelotas viéndole inclinarse a tomar algo, mostrándole aquel trasero dentro de sus ropas, o en bóxer cuando van al gimnasio juntos. La idea de que llegara, los encontrara, se le pusiera dura y se la sacara dándosela a comer a su cuñado, al marido de su mujer, con él ahí, viéndole, le excita de una manera perversa. Pero es que caliente, perverso y decidido se sentía metiéndole el güevo adentro y afuera a ese bonito carajo fornido; cada golpe que le dio le hizo temblar la verga como sí se le llenara de una corriente nueva. Aún ahora, quietos como están mientras sostiene el teléfono contra su oreja, respirando agitadamente, su pecho subiendo y bajando sobre la recia espalda de Jacinto, ese agujero parecía continuar amasándosela.

   -Sí, estoy aquí… -se le escapa, ronco, no sabiendo ni el mismo qué espera que ocurra.

   Por su parte, echado de panza contra esa camilla, respirando también agitado, sonriendo plenamente como un gato feliz, el cabello cayéndole en la frente y sobre un ojo, Jacinto se siente en la gloria. La dura, gruesa, nervuda y pulsante verga clavada en su culo le brindaba todo lo que quería o necesitaba… aunque podía ser más. Y mientras su culo, sin hacer un sólo movimiento, parece adherirse totalmente a ese tronco, agitándolo, frotándolo, succionándolo con hambre, provocándole un gemidito al otro, de sorpresa y gusto, también siente deseos de chupar con su boca. Babea, salivaba, deja escapar gemidos mientras le succiona el dedo que tiene entre sus labios, acompasándolos con las chupadas que daba su agujero vicioso. Y cierra los ojos, estremeciéndose más… pensando en Renato, su cuñado, con una mezcla de disgusto, alarma y excitación. Odiaba a ese carajo que se creía moralmente superior a él; pero tenía un cuerpo que…

   Y se imagina también, allí, desparramado sobre esa camilla, Gabriel llenándole el culo con su güevo grande, uno que le producía sensaciones increíbles que llegaban a cada rincón de su joven y musculoso cuerpo, dándole sin detenerse, mientras se comía el güevo de su cuñado, cubriéndolo con sus labios como hace con ese dedo, pegándole la lengua de la gran vena en la cara posterior, haciéndole gemir, oyéndole decir que mama un güevo mejor que su hermana. Tal idea, tan alejada de lo que generalmente es, de lo que siente y piensa ordinariamente, le provoca escalofríos, y su culo parece conectarse decididamente de aquel tolete clavado y lo ordeña. No es imaginación de ninguno de los dos, lo conecta y lo hala, lo chupa. Eso provoca otro gemido de Gabriel, todavía teléfono al oído.

   -¿Ocurre algo? –escucha este, a Renato, junto a su oído.

   -Nada, yo… -jadea pesadamente, casi como un maniático, lo sabe, mientras ese culo sigue ordeñándoselo, y ahora Jacinto comenzaba otra vez un vicioso sube y baja de sus nalgas plenas, refregándose de su pelvis.- Ahhh… Hummm…

   -¡Hijo de puta! –oye una risita del otro lado.- Estás follándote a uno de tus maricones mientras hablamos, ¿verdad? –se oye a Renato de los más divertido, y Jacinto se estremece al escucharle; si, se cogía a uno de sus maricones, se dice, apretando y soltando el agarre de su esfínter.

   -Así es, el mariconcito con el cuerpo más bello y el mejor culo que he probado en mucho tiempo. –exclama maligno, Gabriel, recuperando su dedo y levantándose, apoyando una de sus manotas sobre la joven espalda, casi quedando arrodillado, culo sobre las piernas, con el güevo bien metido en ese culo (joder, cogerle viéndole las nalgas y la tirita del hilo dental a un lado era mejor).- Tendrías que verlo. –y con un inconfundible chillido de la camilla comienza un salvaje saca y mete, mirando fijamente su cilíndrico tolete saliendo y entrando del deliciosos agujero que lo apretaba; unas cogidas que le ocasionan un alarido agónico de placer a Jacinto, quien maúlla, se revuelve, su espalda se agita, y sonríe de manera encantada. Oyen la risa de Renato.

   -¡Bolas! Sabes que esas vainas… -se niega, aclara… pero no cuelga.

   Gabriel no sabe qué tiene, qué se había apoderado de él; debía ser Jacinto, ese carajote tan rico y culón que se decía heterosexual pero que gemía con el roce de una bragueta contra su culo. Debía ser, porque rompió uno de sus tabúes, sexo con un paciente, y ahora le hablaba así a un amigo, con claras connotaciones sexuales, límite que se había jurado no cruzar jamás; pero la manera en que ese agujero le chupaba era…

   -Este culito apretado chupa como nunca nada me lo había hecho. Y tiene hambre este muchachón, quiere mamarse un buen güevo caliente y pulsante. –le dice ronco, provocador, intensificando el saca y mete dentro del agujero de Jacinto, quien responde con alaridos que llenan la sala, y que Renato, del otro lado del teléfono, debía escuchar muy claramente.

   Sonido que afecta al galeno también, quien afincando sus rodillas sobre la camilla, aún con el mono cubriéndole el culo y los muslos, se echa hacia adelante, sosteniéndose con una mano de la camilla, y comienza a embestirle con todo, su grueso güevo joven, nervudo, sale casi hasta la punta, momento cuando siente que ese esfínter lo retiene (¡no quiere que se lo saque!), y cae otra vez, con todo su peso, aplastándole nuevamente contra el mesón, encantándole de una manera dominante el sentirle tensarse y arquearse bajo él, escuchar sus gemidos ahogados mientras el culo chupaba con fuerza los jugos que del ojete del glande salían.

   -Deja, pana… -advierte Renato, ¿con voz algo ronca?- Oye, esa voz me parece conocida…

CONTINÚA … 23

Julio César.

SAM, DEAN Y MARY WINCHESTER EN LA CARRETERA, 01×12

octubre 18, 2016

COSAS DE FAMILIAS: 21×11

   El camino todavía nos ilusiona, y lo que queda por ver.

   La espera para el inicio de la nueva temporada se me hizo realmente larga, y no lo entiendo, ¿ya no debería estar un poquitín cansado después de más de once años de Supernatural, visto todo lo que ha ocurrido? Pues, no. Tuve que esperar que uno de los portales menos desconfiables subiera el episodio subtitulado para poder disfrutarlo; fue pesado, tanto que me pareció  mejor descargarlo, pero lo vale, la calidad de las escenas fue maravillosa. Comienza la doceava temporada de las tan esperadas aventuras y desventuras de nuestros héroes, Sam y Dean, acompañados por el angelito de Dean, Castiel, y ese diablo que quiere meterse y a veces se gana su espacio, Crowley… pero esta vez aparece una de las míticas, Mary Winchester. Y el resultado me encantó, pero supongo que eso ya lo imaginan quienes saben cuánto amo este programa (ah, ¿quién no querría ser Dean Winchester?, sin la maldición, claro).

   La historia puede dividirse en tres toletes, Dean reuniéndose con Mary y Castiel, sabiendo que Sam fue secuestrado, lanzándose en su búsqueda; el menor en manos, y siendo feamente torturado, de La Mujer de Letras británica, Toni, de la cual no quedan muy claras muchas cosas (aunque la entiendo un poquito, cosa que no me ha ganado simpatías); y Crowley persiguiendo una sombra, un rumor, que Lucifer busca un recipiente para regresar a la pelea, deseando aplastarle antes de que ocurra (¿imaginan su encuentro con Mary Winchester?, Dios, ya quiero verlo). Cinco cosas me encantaron de este episodio, hubo una que odié y me dejó gruñendo entre dientes.

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   De las que más me gustaron, de menos a más, fue el camionero con cara de buena gente en la carretera que ve algo que viene cayendo del cielo, estrellándose, y un hombre apareciendo preguntando dónde está; la respuesta “¿en la Tierra?, fue genial, creo que temía fuera Superman. Y Castiel lo duerme y lo deja en la carretera, ¿y si le pasa por encima una carreta amish? Eso no lo pensó.

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   Lo otro fue ver la cara de Mary Winchester cuando ve el impala, notándose que comparte ese amor desmedido de Dean por la belleza; su expresión, y todo lo expresado sin palabras cuando mira los asientos, obviamente pensando en John, y pillándola Dean, fue todo un poema. Por la cara que pone este (y pocas caras como la de Jensen Ackles para dar a entender tanto sin hablar), sabemos que entiende perfectamente el qué recuerda la mujer, comprendiendo que fue allí donde le concibieron.

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   Me gustó el reencuentro de madre e hijo, justo allí donde todo quedó la temporada pasada, con Mary derrotando e inmovilizando a este Dean confuso (también le había presentado buena batalla cuando esta era joven y la seguía cuando ella cenaba con John); la charla, las explicaciones, ella recordando el incendio, su muerte, la manera en que todo encaja y ese abrazo que se dan. Hay mucho para asimilar, y a la mujer le cuesta, pero lo hace con la facilidad de quien ha vivido entre cazadores y ya ha oído, como lo expresó, de gente que ha regresado de la muerte. Me gusta que esté porque para Dean el recuerdo de esa familia que perdió siempre ha sido importante. Por ello amaba a Ellen, y a Bobby, que fue más padre que John.

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   Me gustó ese Sam desafiante que enfrenta a las británicas que quieren sacarle información para “guiarlos” en la lucha contra lo sobrenatural, el nombre de otros cazadores norteamericanos y dónde encontrarlos, para ayudarles a que funcionen como ellos en el Reino Unido, y este respondiéndole algo increíble: “O para que terminen encadenados y torturados”. Y es cierto.

   Pero lo que más me gustó fue la cara de Mary cuando Castiel se arroja sobre Dean, dándole ese abrazo que demuestra que nuestro ángel si tiene sentimientos (cosa que ya sabíamos, especialmente para con el mayor de los Winchester); es parte de lo que espero en esta temporada, ella indagando, preocupándose y hasta censurando sus vidas íntimas, sin esposas e hijos (nietos), y entendiendo que sólo el ángel esta allí para el mayor.

   ¿Qué odié?, que Sam continúe en manos de esos perros ingleses. Cuando noté que faltaba poco para terminar el episodio, y seguí allí, ah, qué rabia.

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   Fuera de la adaptación de Mary a este tiempo, de Dean a tenerla cerca y comenzar con ella, y Castiel, la búsqueda de Sam, ignorando a quiénes enfrentan, buena parte de la acción se trasladaba al menor, siendo torturado por una Mujer de Letras que le detesta y le culpa de haber colocado al mundo cuatro veces en peligro, que ella sepa (y es cuando digo que algo de razón no le falta, especialmente con lo del Apocalipsis y la llegada de la Oscuridad), Sam les cuestiona por no ayudar en esos momentos. Se notó por la respuesta, que aunque se sometió al criterio de los “ancianos mayores” de no intervenir, la mujer no estuvo de acuerdo con esa actitud. Ancianos que uno imagina como el Consejo de los Amos del Tiempo, en Leyendas del Futuro, o Los Hombres de Letras de los cuales formaba parte Henry Winchester, que se conformaban únicamente con mirar y llevar registros.

   A pesar de que pueda parecer lógico o hasta deseable lo que dice y hasta lo que parece pensar cuando le asegura al castaño que sus métodos de batalla son mejores para combatir lo sobrenatural y que desean compartirlo con los cazadores norteamericanos, para lo cual quieren los nombres que él pueda darles, hay que concordar con la desconfianza de Sam. No se pueden esperar grandes fines cuando los métodos son ruines, eso ha sido cierto durante toda la historia de la humanidad, la pasada, la que se escribe actualmente, la que llegará después. La respuesta de este, mirándola retador, fue de lo más inteligente: ¿Confiar en sus palabras para que todos los que nombre terminen encadenados? Igualmente fue hilarante su desafío, ¿qué puede hacerle ella a un hombre que fue torturado por el Diablo en el Infierno? Por cierto, es la segunda temporada que el castaño comienza encadenado y torturado para sacarle información, hay que recordar a Cole Trenton, cuando cazaba a Dean, en la décima temporada.

   Como sea, le tortura, y feo, pero calla, y la asistente habla de llamar a otro sujeto, el cual parece más sádico, tanto que disgusta a la misma Toni; esto me recordó un poco una trama de la telenovela brasileña Xica da Silva, cuando la inquisición llegó al pueblo, toda esa brutalidad en nombre de Dios, en aquel caso, para un bien mayor en este. Dean sigue la pista, encuentran a la gente que ayudó a la mujer a llevarse a Sam, y me disgustó que no los apalearan. Ahora Toni sabe que Dean vive (Sam no, el pobre está soportando todo aquello “sufriendo la muerte de su hermano”, sin esperar recibir ayuda).

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   ¿La otra mujer encarando a Dean y Castiel, y apaleándoles?, me gustó una barbaridad, siempre son emocionantes esas escenas, aunque deseaba que Dean se fajara con ella como hacía con Abaddon. Cuando estaban caídos, Jensen Ackles todavía ingeniándoselas para verse bien, Mary interviene y la mata. Aunque… no sé, esperaba una pelea de gatas. Una Mary pensativa por lo que hizo, por saber que sus hijos están en aquella violenta vida, que John está muerto, se ve desalentada, pero Dean la consuela, dándole nombre al episodio, mantén la calma y sigamos adelante, en este caso porque Sam los espera y necesita.

   Este, torturado sicológicamente por algo que le inyectan finge su muerte y casi escapa, pero no mató a la mujer, por lo que esta se recupera y le encierra, quedando atrapado a merced de sus torturadores… ignorando que Dean vive, que le busca y que viene acompañado de un ángel furioso, y lo mejor, su madre. Ah, ya quiero ver ese encuentro también.

   Por cierto, Lucifer anda buscando recipientes, quemándolos, Crowley le sigue los pasos pero llega tarde; el policía diciéndole al otro que vieron a un loco consumido que se hacía llamar Lucifer, no tuvo desperdicio. Pobre Rey del Infierno, los demonios no le siguen, no le respetan, y el Ángel Caído amenaza, con su simple existencia, el trono que cree merecer. No será el Rey hasta que Lucifer desaparezca, y eventualmente los Winchester también deberán volver sobre este asunto… a menos que Lucifer también termine, como en algunos fics, como personaje regular. Y en la baticueva. Son capaces.

   Mientras suspiro me pregunto, ¿veremos en esta temporada que re cien inicia a Amara, la todopoderosa hermana de Dios, la única digna del amor del cazador… sacando a Castiel? ¿O a la amazona con quien tuvo un hijo? ¿Y los nazis nigromantes, algún leviatán rezagado o el alfa vampiro? Cole y Jodi siguen vivos, las “hijas” de esta también, igualmente Donna, así como la ya no tan niña cazadora…

MAMÁ WINCHESTER; 02×12

Julio César.

EL SUPLICIO DEL TIMIDO

octubre 18, 2016

NECESIDADES

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   ¿Pesadilla o fantasía?

   El reprimido y tímido muchacho que sufre de indecisiones y de confusiones sexuales, a quien es cierto los ojos se le van tras cada suspensorio olvidado por su dueño en una banca, en un momento dado enfrenta a unos zagaletones del colegio que vienen de sus prácticas deportivas, quienes, mirándole juguetones y calientes, llenos de adrenalina por el ejercicio, deciden provocarle enseñándole sus cualidades…

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   Obviamente todo termina así, con el tímido chico probando lo ofrecido. Casi atragantándose con ello. Como suele suceder en tantos y tantos vestuarios deportivos escolares, cuando no sobre una colchoneta en un rincón de la azotea, cuando un chico virgen despierta a las sensaciones. La técnica de seducción de los gandules, entusiastas como ellos solos, fue bastante efectiva como se puede ver en: MERECIDA GRATIFICACION

SANA COMPETENCIA

Julio César.

BIENVENIDOS A RIO GRANDE… 4

octubre 16, 2016

BIENVENIDOS A RÍO GRANDE                         … 3

noche-de-lluvia

   Disfruten del lugar…

   Qué importaba que lo dejara así… El cuerpo maldito ya no estaba donde lo había sepultado. El miedo al admitirlo le hiere la piel, los ojos, la cabeza. No estaba, ¿alguien lo había movido? ¿Se lo habían llevado? ¿Por qué? ¿O acaso…? Se apresura más, creyéndose en peligro, mirando en todas direcciones, completamente dominado por una imagen de pesadilla, un cuerpo apareciendo frente a él, cortándole la retirada, cubierto de barro y tierra, ojos llenos de rabia. Casi jadea al correr febril, bajando de la ceiba, rumbo a la vieja propiedad, al pueblo.

   Aunque no todo eran imaginaciones suyas. En cuanto desaparece, el hombre se acerca al borde de la hondonada, del lado contrario de la ceiba, mirando al fondo. Estudiándola. Luego el camino por donde el otro se había alejado. Lo que acaba de ver le preocupa, lo que ponía en peligro al delgado chico en fuga… ya que este sí era un monstruo en toda la regla.

……

   Dentro de la cocina de los Lezama, amplia, bien iluminada, con un lavaplatos de dos enormes piletas llenas de platos y utensilios de cocina, Elena y su marido hablan, y no disimulan en ese momento la horrible impresión causada por el regreso de Mayra, con sus amigos. Con un trapo en las manos, el culo pegado a las hornillas de la cocina, Raúl clava los ojos en su mujer, quien tensa, mirando por la ventana, refriega con algo de agresividad una sartén especialmente manchada.

    -¿No vamos a decir algo?  –exige saber después de un rato, quiere explotar pero no sabe cómo.- Llega a casa después de años de ausencia, vestida como una hippie de los sesenta, en una camioneta inmunda y acompañada de unos chicos desagradables. ¡Tenemos que decirle algo!, fijarle límites. ¡No podemos dejar que haga lo que quiera! Menos esto. –ruge.

   -¿Debemos, imponernos?, ¿qué vamos a decirle ahora que tiene dieciocho años de edad y ante la ley es una adulta?  –responde ella con dureza, sin mirarle, casi exasperada.- No pudimos impedirle hacer lo que quería cuando tenía catorce, ¡tú dejaste que se fuera a hacer su vida!, ¿qué podemos hacer ahora? –culpa, feo.

   El hombre se congela por el golpe, alza los hombros pero no responde. La vieja disputa, el resentimiento de siempre. El día que falló. Esa maldición parecía perseguirle; y ahora, muchos años después, sabe que jamás será perdonado, que todo lo que ha hecho e intentado era un pálido paliativo para su realidad.

   -¡Basta! –tercia la voz de Mayra justo cuando abría la boca para recriminarle si era que su condena jamás terminaría. La pareja se vuelve hacia la puerta.- Los chicos van a escucharles. –parece ser su preocupación.- Sabía que lo tomarían así, desaprobándome, a mí, a mis amigos.

   -¿Qué carajo pensabas que podíamos decir cuando te aparecieras vestida así, en una camioneta con chicos? –se altera el hombre. Quiere decir mucho más, pero Elena, tomando un pañito de cocina después de enjuagar sus manos se vuelve, encarándola.

   -Ah, entiendo, te pones a la defensivas porque tus padres son completamente horribles e insensibles, y no entienden tu punto de vista, o no les parece bien por simple egoísmo y ganas de molestarte, a ti que todo lo haces perfecto aunque nadie quiera verlo así. No, Mayra, lo siento, no vamos a jugar a eso. –la voz es ecuánime, sensata. Y es ahora ella quien pega el trasero de lavaplatos.- En serio, ¿qué creíste que podíamos pensar de todo esto? –la reta, y la joven se tensa, sus labios se mueven sin emitir sonido.- Regresas a tu casa después de años para decirnos que quieres que te firmemos un papel para entrar en posesión de un dinero que papá te dejó, y que vas a usarlo para financiar tu grupo teatral, ¿y te parece que debemos aplaudirte, que no debemos preocuparnos el que actúes con tan poco tino y casi de manera irresponsable?

   -¡Es mi vida, soy una adulta y puedo hacer lo que mejor me parezca! –lanza la joven, con desafío en sus ojos, uno que intimida un poco a Raúl, no así a Elena.- Son mis padres, es cierto, pero no vivo bajo su techo, sus reglas no son para mí. –eso lo dice con voz dura, mejillas rojas, tratan do de no mirar a Raúl, pero no evitándolo al final, casi doliéndole notar que lo lastima, pero no puede evitarlo. Vuelve los ojos a Elena, ella era la dura. Se miran durante un segundo, y le altera y molestar encontrar en sus ojos comprensión, frustración, amor y… ¿piedad?

   -No, tampoco vamos a jugar a que eres la niña boba que piensa que esto es una telenovela, diciendo majaderías, porque si pienso que no puedes actuar y razonar realmente como una adulta no tendrás ni mi respeto. Eres legalmente una adulta, una mujer ante las leyes, con cédula de identidad y derecho a tu opinión, a escoger y seguir tu camino para encontrar… no lo sé, la felicidad, tu lugar, pero… -da un paso hacia la joven.- Somos tus padres y no podemos dejar de angustiarnos, de preocuparnos. Lo hicimos cuando te caíste de la cuna a los nueve meses, por traviesa, tu papá corriendo para conseguir un corral alto, teniendo que darte vueltas una y otra vez aunque sabíamos que en ese corralito estabas segura. Porque tu visión, llorando desconsolada al pie de la cuna, caída, lastimada, fue demasiado horrible para nosotros. –su voz tiene un tinte de amargura vieja.

   -Mamá, por favor… -Mayra desvía la mirada, nunca se sentía segura cuando tomaban aquella ruta.

   -Lo sé, eres una mujer… -e incómoda, pensando en el guapo chicho, Clemente, se pregunta qué tan cierto será lo que dice en esos momentos.- Pero para tu papá y para mí sigues siendo la misma cosita que gorgojaba y sonreía y lloraba cuando no la cargábamos. Y el miedo de tu caída fue el mismo que sentí cuando te vi colgando de cabeza de una rama de la mata de mango con tus amigos, o cuando escapaste la primera vez para llegarte a la laguna. –toma aire.- ¿Cómo puedes imaginar que no vamos a preocuparnos por ti, por las cosas que haces, los pasos que das? Te fuiste… por todo aquello, y lo entendí. Lloré, mucho, los hijos duelen, pero lo entendí… -en el tono vibra una calidad dolorosa, de reclamo no expresado, de intenso dolor que afecta a Mayra y su padre.- Decías que regresarías al finalizar el bachillerato y no lo hiciste, porque ibas a estudiar Medicina, ser doctora, y un buen día lo dejas todo, te vas de casa de tu tía, no te inscribes en la UCV y actúas en ferias y calles, y ahora andas con un grupo de chicos en una camioneta, gustándote uno de ellos. –acusa levemente.- ¿Cómo podemos sentirnos?

   -¿Qué? ¿Te gusta uno de esos chicos? Por Dios, ¡dime que no sales con el de la gonorrea! –se alarma Raúl.

   -¡Papá! –exclama Mayra, roja de cara.

   -Raúl. -el seco estallido de la mujer le detiene. Madre e hija se enfrentan.- Después de tantos años regresas y es por dinero, para irte otra vez, a llevar una vida de gitana… Claro que estamos preocupados. –la joven se muerde el labio inferior, sintiéndose atrapada en la implacable lógica materna. Quiere rugir otra vez que es su vida y hace lo que quiere desde los trece años, pero…

   -No puedo quedarme aquí, mamá. Ni siquiera quería regresar.

   -Aquí naciste, tú y tus…

   -¡No! Odio este lugar de sombras y tristezas. –se ve afectada, su respiración agitada.- Cómo pudieron quedarse papá y tú, jamás lo entenderé. –les reprocha.- Debimos irnos todos hace mucho tiempo. Debieron hacerlo por Tristán y por mí, porque no estábamos a salvo. Pero no lo hicieron. –acusa, ahora si como una niña.

   -Mayra, en todas partes pasan cosas malas, lo importante es mantenerse como familia y…

   -¡No! –tajante interrumpe a su padre.- No, aquí es especial. Río Grande es un lugar maldito. –habla la antigua niña, vehemente.- Sólo quiero irme y no regresar jamás. –termina casi temblando, mirando de uno a la otra, ellos que intercambian una mirada.- Si desean continuar aquí, bien por ustedes. Yo también me preocuparé, y me asustaré, por ustedes, pero es su decisión. Yo sólo quiero largarme, ojalá pudiera salir hoy mismo.

   -Estás siendo irracional, cariño. –insiste su madre, va a agregar algo más pero unos pasos a la carrera la interrumpen. Y tensan. Agitado, mostrando por primera vez señales de animación, Tristán entra, se detiene y les mira, teatral, sin captar que algo ocurre.

   -¡Se perdió un niño! –exclama triunfal.

   -¿Qué? –Elena, naturalmente la madre, se altera. Raúl le lanza una mirada a Mayra, quien palidece, respirando pesadamente.

   -Es un niño de la escuela. Dicen que entraron a su casa y durmieron a todos y se lo llevaron. En un saco. –repite el joven, casi divertido, el deformado cuento.

   Todo el horror de un niño extraviado, especialmente en semejantes condiciones (aunque los padres dudan un tanto de los detalles), se deja sentir en esa cocina. ¡Un niño extraviado! ¡En el pueblo! Antes de que puedan preguntar quién, Mayra habla.

   -Tengo que irme. –grazna, ronca y rota, y Elena, después de mirar a Raúl, deja caer los hombros.

   -Firmaremos los papeles, y si te los notarían esta tarde, será todo.

   -¿Hablan del dinero del abuelo? –los ojos de Tristán se iluminan, sacando sus cuentas.

   -Gracias, mamá, papá. –la voz de Mayra es apagada. Sus ojos miran por la ventana, una mañana clara, soledad, hermosa. La trampa del maldito pueblo.

   ¡Maldito sea Río Grande!

   Con pasos lentos, acalambrados, deja la cocina mientras Tristán responde lo poco que sabe a Raúl; sin escuchar nada más se medio vuelve y ve a su madre caer en una de las sillas de la pequeña mesa, y a su padre alzando una mano, para tocarla en el hombro, dudando, apartándola. Cada uno atrapado en su propio drama. Por un segundo se había sentido casi bien hablando, escuchándoles decir cuánto la amaban, dejando saber cómo se sentía sobre ese lugar. Por un segundo casi estuvo cerca de ellos, otra vez, se dice cruzando el comedor y la sala, necesitaba salir al exterior. Fue duro reclamarles el no haberse ido, seguramente así se los pareció a ellos, pero por el momento que vivían silenció algo que lleva años preguntándose, ¿por qué jamás tuvieron el valor de separarse si ya no podían seguir juntos? Le pareció cruel, ahora…

   Un chillido se le escapa cuando, al abrir la puerta de la calle y salir, choca de alguien, el cual le atrapa los hombros con las manos para estabilizarla.

   -Clemente… -jadea, notándose en su cara un dolor antiguo, muy vivo.- Un niño…

   -Si, escuche cuando se lo contaban a tu hermano. ¿Estás bien? –se ve preocupado, mucho, y con los pulgares le frota sobre el vestido, calmándola un poco. Pero con una sonrisa que parece llanto, ella niega.

   -Tenemos que irnos. Ahora. –se le escapa. Le sorprende, y mucho.

   -Creí que esperarías por la firma y…

   -Mis padres van a firmar, pero… no quiero esperar. –le atrapa la franela y hala un poco.- Vámonos, ahora. –calla el “antes de que sea tarde y algo pase”. Pero se le nota, todo ese miedo, esa angustia profunda.

   -¿Qué te pasa realmente, May? –usa ese diminutivo de cuando están solos, y hay tanto interés y ternura en su mirada que la joven tiembla, visiblemente, casi al borde del llano. Eso le gana un fuerte y cobijador abrazo. Y contra su hombro, sintiéndose protegida, deja escapar una larga bocanada de aire.

   -No soy la primera, Clem… -era el diminutivo que ella usaba.- Soy el “segundo hijo”, tuve un hermano mayor, Leo. Se llamaba Leonardo, y un día, cuando tenía nueve años, y yo ocho, salió y nunca volvió. Él también desapareció. Salió por esta puerta y nunca mas volvimos a tener noticias suyas, ni un zapato tirado, un cuerpo en una cañada, el rumor de un niño en la carretera… Tan sólo desapareció. –confiesa y tiembla todavía más, notando la tensión de él.

   -May… -exclama en un jadeo de sorpresa, simpatías y confortación, pero ella niega con la cabeza, casi ahogando una risa de llanto, tan fuerte que se separa y la mira, sin soltarla.

   -Tú no entiendes, el había ido a la bodega de la esquina por un refresco, para almorzar, mamá no estaba. Era yo quien debía ir, pero protesté y me quejé tanto que él fue. Salió y no volvió. –traga llorando.- Pero era yo quien debí ir. Él tomó mi lugar y este maldito pueblo…

   La sorpresa del joven es enorme, en su joven vida, dos años más que ella, nunca había sufrido nada parecido, ni concebía que alguien pudiera. A Mayra le había sido arrebatado un hermano, su hermano mayor cuando tan sólo era una niña de ocho años, y ella pensaba…

   -Vamos. –la toma de una mano y la arrastra a la vieja van.

……

   Nada más retirarse su padre de la escuela, ignorando si iría o no a la calle de la lavandería, Timoteo Zabala inició algo que lo llevaría, con sus amigos, muy cerca de la destrucción. Comenzando por escaparse de clases, abandonando el liceo, a solas, aunque el gordo Rubén y el negro Cruz, extrañados, le vieron alejarse sin sus útiles escolares. El muchacho no pudo quitarse una idea de la cabeza: el pequeño Antonio Liscano, un crío grande para su edad, tal vez entró al patio de la bruja a buscar el balón por el cual fue retador el día anterior, teniendo que soportar las presiones y burla del resto al negarse. No sería el primero que se veía forzado a hacer algo que no quería. También él lo había sido, aquella vez de los cigarrillos, por culpa de su hermano.

   Arruga la cara, siempre le pasaba al recordar las náuseas y el malestar de ese día. No entendía cómo a alguien podría gustarle fumar (él nunca lo haría, efectivamente). Aquello fue desagradable, aunque casi inofensivo, a pesar de las nauseas; lo de retar a Liscano a entrar en ese patio…

   No le lleva mucho tiempo llegar, allí estaba la pared con el cartel anunciando el regocijo por la reciente visita Papal. Posa los ojos sobre la faz del pontífice que recibiera un disparo en la plaza de San Pedro, a manos de un turco, apenas cuatros años antes, motivo por el cual le admiraba más allá de su significado espiritual, que siendo sinceros no era mucho para un chico de doce años a quien su madre obligaba a ir a misa. Se vuelve hacia la casona abandonada, de aire triste tras la alta cerca de maderas. El municipio siempre se opuso a aquello, pero, y él lo atribuía a que era una vieja bruja loca y los vecinos a que se volvía excéntrica con los años, Soledad Contreras se había salido con la suya. ¿Estaría Liscano allí, dentro de la propiedad, herido, oculto o preparando una broma? No lo cree, era un chico alto, pero tan sólo un niño, casi un bebé. Erizado, estremeciéndose a pesar de estar bajo un intenso cielo azul despejado donde el sol brillaba con toda su fuerza achicharrante a pesar de ser temprano, se encamina hacia la verja, buscando sus huecos. Uno a uno los va recorriendo, buscando en la alta grama, en los matorrales, el jardín escapado de control, ¿desde cuándo nadie se ocupaba de él? ¿Por qué nadie notaba que algo ocurría allí? Alguien…

   Se congela, parpadeando, acercándose más a la verja, como si deseara traspasarla. En el suelo, cerca del porche de la vieja casa solitaria, estaba el remendado balón de futbol. Allí, como si tal cosa, cuando el día anterior no aparecía por ningún lado. Lo habían arrojado en ese lugar, a propósito, pensó… como parte de una trampa. Con el corazón palpitándole con fuerza en el pecho, alza la mirada, la cual se le empaña de pura impresión. En una de las ventanas del piso inferior, supone que la sala, cerca del porche y no tan lejos del balón, tras la cortina corrida, estaba la alta y voluminosa figura de la mujer… con una más baja y delgada a su lado.

   La de un niño… tal vez demasiado alto para su edad. ¡Le había atrapado la bruja!

CONTINÚA … 5

Julio César.

AMA DE CASA… 4

octubre 16, 2016

AMA DE CASA                         … 3

Por Leroy G.

machote-velludo-en-tanga-caliente

   Todo un macho… en apuros.

……

   Sobre el colchón inflable su frente se arruga. No, no quiere eso, aunque traga en seco, de manera convulsas, sus manzana de Adán subiendo y bajando como si chupara, como la mano que tiene sobre su verga muy rojiza y erecta, la cual le baña los dedos con sus jugos espesos.

   Aunque lo odia, se siente abrasado por el calor de una lujuria enferma imaginándose de rodillas, desnudo su joven cuerpo musculoso y velludo, las manos a sus espaldas, su boca, de donde escapan ahogados sonidos de succión y saliva, cubriendo una y otra vez el extrañamente grueso güevo del joven vecino marica; bajito y flaquito pero con una tranca de las buenas. Lo chupa, succiona y lame. Van y vienen sobre la morena mole de carne sus labios rojizos por ente los castaños pelos de una sombra de barba y bigote de un día. Y estaba fuera de su apartamento, en el pasillo del edificio, ¡dándole una mamada al güevo de otro sujeto a la vista de cualquiera que pasara!

   -Oh, sí, bebé… -oye la riente voz maricona del vecino, que le embiste la boca con su tolete, llevándoselo a la garganta (y en la colchoneta, Gregorio casi cree atragantarse, prácticamente sintiéndola sobre la lengua).

   Se ve rodeándole el glande con los labios, las mejillas ahuecadas, succionando de manera intensa los jugos y todo lo que sale del güevo de un hombre, bañándole la lengua, haciéndosela estallar en llamas, tragándolo todo. Se ve cubriéndolo otra vez, pegando la nariz del pubis y los negros pelos rizados, su garganta incansable mientras lo ordeña, sabiendo que nunca antes había probado algo tan delicioso como la verga de un hombre. Eso se dice en aquella fantasía que le hace apretar los dientes en el cuarto, de rabia, frustración y vergüenza. Aunque no tanta cuando imagina que escucha como algunas puertas se abren y se oyen unas voces que se acercan, vecinos que van a sus asuntos y le descubrirán…

   Lanza un frustrado pero ronco bramido en aquel colchón inflable, alzando las caderas, masturbándose con mayor calentura. Aunque sigue mamándole el güevo a ese tipo, nota de reojo, muy rojo de cara, como otros hombres y mujeres les miran, sorprendidos, señalándole a él, gritando que ya le imaginaban tremendo marico; siendo burlones y degradantes… justamente como lo sería él mismo en iguales circunstancias. Pero ni eso le detiene, de rodillas, la saliva rodando por su barbilla, mojándole el cuello y el velludo torso mientras sigue ordeñando aquella polla gruesa como lo son todas en los sueños.

   -Eso es, tú sí que sabes cómo mamar un güevo. –ronronea el marica que le coge la boca, con una enorme sonrisa en su rostro.- Y te ves bien ahí, así, de rodillas con un tolete tieso entrando y saliendo del coño que tienes por boca, como una buena perra sumisa. –esas palabras despertaban ecos, risas y aplausos de los presentes, que los rodean y miran. Y desde su posición de perra sumisa, Gregorio ata sus ojos con los del marica ese.- Lámeme las bolas…

   En la colchoneta, aturdido, el joven aprieta los dientes, rebelde y molesto, pero se ve haciéndolo, retirando muy lentamente sus sensuales labios de la mole canela, dejándola brillante de saliva espesa, chupándola a cada centímetro. Queda afuera, bamboleándose en la nada, una gota de saliva y líquidos pre eyaculares colgando, una que atrapa acercando su lengua roja de tantas chupadas. Gota que parece encender nuevamente todas sus papilas gustativas, ganándole otra salva de aplausos de los presentes, algunos carajos tocándose sus bultos bajo las ropas, calientes por el espectáculo que les daba la perra sumisa.

   Si, era una perra caliente, le gritaba una jubilosa y liberadora voz en su cabeza, una que incluso parecía resonar en el vacio cuarto de aquel apartamento solitario, haciendo temblar las cerradas pupilas del joven y guapo muchacho, cuyo culo cae sobre el colchón de aire mientras sigue masturbándose. La idea, no sabe si suya, le calienta más, porque lame aquellas bolas ligeramente peludas con ganas, agitándolas, moviéndolas, alargando las pelotas dentro del saco, ganándose nuevos aplausos por su buena técnica. Las ensaliva, atrapa una en su boca, y sobre el colchón, rostro arrugado de repugnancia, aunque su garganta se agita, le parece casi sentirlo, ese testículo arrugado y velludo.

   -Sé lo que quieres. –regresa a ese pasillo, desnudo, enrojecido, erizado, mirando al macho, el marica ese, que le somete al embrujo de su verga. Este le sonríe.- Si, lo sé.

   -Todos lo sabemos. –tercia uno de los presentes, no sabe quién, puede ser cualquiera de aquellos hombres que van quedando al irse las mujeres, acariciando sobre sus ropas sus enormes penes erectos.

   -Tómalo. –le ordena el maricón ese.

   Y con un jadeo ahogado, botando vapor caliente como una cafetera, deja las peludas bolas y vuelve los ojos a ese glande brillante de nuevos líquidos que se muere por tomar. Lentamente, siendo aupado por los presentes, pegando la lengua casi entre las bolas, sube lamiendo, dando leves agitadas sobre la gran vena de aquella dura verga joven, subiendo para tragarla otra vez. Temblando de emoción, encontrándola enorme, demasiado gruesa, una real verga que entraría muy difícilmente dentro de su virgen agujero de amor, uno que titila entre sus nalgas muy abiertas. Esa idea le hace temblar, de miedo y emoción en ese pasillo, imaginando (dentro de su extraña fantasía), el momento cuando cayera en cuatro patas entre esos hombres presente, y aquella enorme y gruesa tranca, caliente y pulsante, robará su inocencia, tomara su cereza y lo estrenara como el coño de una puta que goteaba de emoción por los hombres.

   Sobre el colchón de aire, Gregorio aprieta los dientes y ojos con furia, de estos manan gruesas y ardientes lágrimas de horror y frustración, mientras sigue masturbándose, aparentemente incapaz de detenerse, percibiendo ese olor extraño a duraznos, su culo cerrándose bajo sus bolas… y abriéndose un tanto. Quería parar, pensar en su vida de siempre, en su familia, en Ligia, incluso en la iglesia, pero no podía. Sólo su miembro masturbado era real, sólo importan esas imágenes de él mamando güevo, siendo felicitado y alentado con los “así, sigue así, puta, muéstranos como ordeñas una verga”, con manos que hora lo tocaban, que recorrían y acariciaban sus hombros recios, su torso velludo y musculoso, sus tetillas erectas que eran apretadas. Las manos que recorrían sus duras nalgas, los dedos que violaban la santidad de su peluda raja y la entrada de su culo.

   Quiere evadirse de ese lugar, regresar a un puerto seguro, a su masculinidad, pero no puede. Lloraba abiertamente mientras se veía gimiendo, abarcando con su boca la totalidad del moreno miembro, caliente y pulsante sobre su lengua, atragantándose en su garganta, donde lo ordeña… mientras su culo recibía pellizcos y haladas, puntas de dedos que rastrillaban. Poniéndole caliente.

   -No te preocupes, mi perra… -la voz del marica, su hombre, le regresa a esa escena en aquel pasillo de su mente, sacándole el tolete de la boca, viéndole desde arriba, entregado, de rodillas, rojo de cara, labios y barbilla cubiertos de saliva, con esos hombres tocándole con codicia, porque sí, todos querían un pedazo del hermosos y velludo macho que ahora era una sumisa princesa.  Azotándole la nariz suavemente con la punta del impresionante tolete, le aclara.- Sé que puede parecer muy grande, pero te cabrá por el culo. Sé que puedes con esto y mucho más. Y cuando lo tengas clavado, abriéndote, llenándote, descubrirás el verdadero placer sexual, el bueno, el real, el total, ese para el que viniste a este mundo. Cuando comience a metértela, gritarás de emoción, cuando la tengas todas me rogarás que nunca te la saque del culo. –le promete, palabras extrañas que resuenan en su mente.

   Y, de rodillas, pecho subiendo y bajando con esfuerzo, le mira con amor, sabiendo que era cierto. Que podría con esa verga por su culo, que la domará, ordeñaría y exprimiría… y con la de todos en ese pasillo. Vergas que van apareciendo mientras uno a uno, todos esos hombres, las sacan de sus ropas, ofreciéndoselas para que las atienda. Y las disfrute.

   -Vamos, perra, chupa como las buenas putas, ya estás muy cerca, pronto tendrás la boca llena con mi esperma, la saborearás y la tragarás amando cada gota de ella. –le rugía, autoritario a pesar del, tono amanerado, el mariconcito ese, provocándole un estallido en las pupilas y un intensificar de las idas y venidas de sus labios sobre le morena mole de carne surcada de venas que atrapa otra vez.- Tragar leche es bueno, perra, beberla y sentirla sobre la lengua te enloquecerá. Mamarás todas estas mientras estreno tu culo, uno que todos disfrutaremos también. Ahhh, ¡tómatela toda, perra! –le grita y el primer trallazo caliente…

   Y se corre. En su colchón de aire, casi contra su voluntad, un Gregorio de ojos cerrados alza el culo, dobla los dedos de sus pies y se arquea mientras de su verga rojiza y dura escapan verdaderas erupciones de esperma que bañan su pecho y abdomen; goterones calientes, gelatinosos, olorosos. Todavía entre temblores, cae… Y piensa en el semen; su semen bañándole debía saber rico. Quiere probarlo, y casi mecánicamente se lleva la mano chorreada de jugos pre eyaculares con la que se masturbaba, a su torso, recogiendo un reguero, llevándose esos dedos a la boca, cerrándola hambrientamente sobre ellos, las gotas mojando su lengua, disparando algo en su mente, y chupa y lengüetea para recogerlo todo. Si, la leche era muy rica. Repite una y otra vez aquella acción, amodorrándose, desparramado sobre el colchón inflable, desnudo, joven y velludo, guapo, sumergiéndose en la inconsciencia, su verga aún morcillona, manando algo de esperma, los regueros visibles en su pecho y abdomen, donde lo recogió. Sus labios brillantes con el semen ingerido. Se siente cómodo, cobijado por una buena y grata temperatura. Y se duerme sonriendo.

   Hasta el otro día, cuando despierta sintiéndose levemente confuso, hambriento, recordando vagamente que no se duchó. Ni cenó como no fuera… Grita aterrorizado al recordarlo todo, quedando sentado de culo, incapaz de procesar las imágenes y recuerdos que su mente se empeña en traerle nuevamente al presente.

   -¡Oh, Dios! –grita llevándose las manos a la cabeza, notando algo raro en la derecha, los dedos… semen de cuando lo tomó de su abdomen y pecho.

   Lanzando otro grito la aleja. Siente nauseas, su lengua… Corre hacia el baño sufriendo arcadas, y cae de rodillas frente al inodoro, la boca llena de babas, pero no vomita, aunque en verdad lo quiere. Cae de culo al lado de la poceta, agotado, irritado. Asustado. Dios, ¡había probado su semen!, la idea era horrible, y le pareció que el pene se le encogió como avergonzado también de haber tomado parte en aquello. Si alguien se enterara… Esa era una de sus preocupaciones mayores. No, nadie lo sabría. Saldría como siempre y buscaría a Ligia, tendría bastante sexo con ella, o con cualquier fulana si esta no estaba de ánimos. Resolvería… esto.

   Toma una larga, larga, muy larga ducha, con bastantes gárgaras. Su pene seguía, gracias a Dios, blandito. Al menos esa urgencia del día anterior había terminado, se dijo con sombría satisfacción. Sale, envuelto en la toalla, rumbo a la cocina, montando el café y calentando un guiso de pollo con papas, estaba muerto de hambre. Mucho. Tomó una pieza fría y mordió, desagradable pero necesario. Regresa a la nevera, debía tener pan de sánguche en… Frunce el ceño al ver un cartón de medio litro de leche fría. ¿Todavía había envases de medio litro? ¿Y quién la llevó? Debió ser Ligia, a veces sufría de acidez estomacal. Bien, se encoge de hombros, tomando el envase, abriéndolo y tomando directamente. Aunque una idea le molestaba subconscientemente. Leche. Bebía leche. Deja de hacerlo y la mira, dentro del pote, tan blanca, y aquella era algo… gruesa, espesa, pero deliciosa, debe reconocer.

   La idea era molesta, tomar leche, pero vuelve a hacerlo, cerrando los ojos, oliéndola al beber; leche cremosita de delicioso sabor. Se sentía bien la leche sobre su lengua, piensa, sus papilas gustativas estaban de fiesta, e imagina que cantarían si fuera leche recién ordeñada, caliente. La idea le estremece y le parece que el sabor se hace mejor todavía. Se termina y casi gime con deseos de más; pega los labios y chupa de la triangular boquilla.

   ¡Qué rico era tomar leche!, se le ocurre, desconcertándose, parpadeando. Mirando hacia abajo. Nuevamente estaba erecto.

CONTINÚA … 5

Julio César.

ESOS MOMENTOS CUANDO…

octubre 16, 2016

AVIONES

pelea-de-toletes

   …Los chicos juegan al inocente “a quien  primero se le pare en la pelea, pierde”.

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   …Se entiende lo de la muela, que duele pero no quiere que se la saquen.

vaquero-en-manos-de-indios-cachondos

   …Mareado después del trago brindado, entiende lo que quieren esos indios cuando dicen que vienen a cobrar lo del tratado.

chicos-en-hilos-dentales-buscan-amigos-grandes

   …Dejando de lado la timidez, le dice a sus amigos, viendo a los marineros: “perras, pasemos a todos por las armas, nada de prisioneros”.

momento-de-descubrimientos

   …Al probar la primera vez, para ver qué tal, descubre que necesita aún mucho más.

TIOS HOT

Julio César.

LA CASA DEL SOL NACIENTE, UN HERMOSO SUEÑO AMARGO

octubre 16, 2016

LA HIJA DE NADIE

   El sueño roto de los sesenta…

   ¿Qué hace de una canción ser digna de una rocola?, tratar sobre despechos, amores ingratos, prohibidos o desgraciados, como “El Último Beso”, con ella muriendo en sus brazos. Incluso macabros, como el hombre que se casa con el cadáver de su amada. ¿Qué más?, un reclamo, social o de pareja, como puede ser “La Hija de Nadie”, pero también “Ese hombre que tú ves ahí”. Empero, hay otro tipo de temas, la ilusión perdida, el sueño roto, la esperanza que parece lejana, que son hermosos, y “La Casa del Sol Naciente” (nombre de por sí ya bonito), corresponde a ese renglón. The House of the Rising Sun, para ser más exactos, fue la gran producción de la banda inglesa The Animals, con su blue sutilmente melancólico a pesar de ser también música electrónica.

   Poco dado a los temas en inglés, necesito saber qué dicen, hay los clásicos que, como “Hotel California”, te hacen soñar. Sin entender la letra, “sintiéndola”, nos vemos en un lugar secreto donde los amantes se encuentran, al fin, y nada importa como no sea sacarle el jugo a esos pocos instantes de pasión con la persona esperada. Por el contrario, “La Canción de la Prisión”, no sé si porque uno conoce el título, es hermosa pero triste. Con esta, que ni idea de qué iba, siempre me sentí cercano. La poderosa voz de Eric Burdon, el vocalista casi desgranando las frases, me parecía atractiva, por algo en el tono, en la melodía. Al menos me pasaba a mí.

   Curiosamente es un tema muy ubicado en Estados Unidos, en el Sur, “salí desengañado de donde nací, Nueva Orleans, y regreso derrotado a Nueva Orleans”, para tratarse de una banda inglesa. Pero les quedó de maravilla. Aparentemente no solo Los Beatles y Los Rolling Stones causaron sensación por allá. La cosa es que encontrando, por pura casualidad, el tema traducido, me quedé con la boca abierta. Entendí, cabalmente, porque me gustaba tanto. Es la ilusión rota de un fracasado.

   ¿Han oído del sueño americano, ese que empujó a tantos a cruzar el Atlántico y aún el Pacifico, y más recientemente de nuestras Américas? Siempre ha sido la esperanza, llegar y encontrar un mejor modo de vida; pero como amante de la historia universal, he notado que ese sueño no siempre ha sido real para todos, como muy bien dice la historiadora colombiana Diana Uribe. Los negros no encontraron un paraíso, ellos ni siquiera deseaban ir, fueron llevados a la fuerza y despojados de todo derecho. Durante la Gran Depresión de los treinta el sueño murió en la desesperanza de la ruina, la falta de empleos y el polvo tragándose los campos. Los europeos que llegaron después de la Segunda Guerra Mundial encontraron a una sociedad hostil esperándoles, que los tachaba de mafiosos, anarquistas o católicos. Los sesenta con sus problemas sociales, los finales de los setenta y los ochenta, con el fin de las grandes industrias que dejaron a muchos sin trabajos, sin hogar ni esperanzas, reviviendo los fantasmas de la depresión de los treinta, machacaron cada vez esa esperanza. El sueño americano ha hecho aguas muchas veces, lo notable es que se sostengan.

   La canción habla precisamente de eso, de una vida sin sueños, de un antes y un ahora, de una búsqueda eterna de algo que no se encuentra, que no llega pero se anhela, de la carretera como único escape. El hombre que todo lo apuesta a un golpe de suerte mientras todo lo que tiene lo carga en una maleta. Recuerden que durante los sesenta ocurría el horror de una guerra televisada, Vietnam entraba en las casas y les ponía los pelos de punta a muchos, especialmente a los estudiantes; eran los años de la estudiante universitaria gritando ante el cadáver de un compañero asesinado en una toma universitaria a manos de la policía en Chicago; los reformistas iban siendo asesinados uno tras otros, a la vista de todos, desde Malcolm X a Bobby Kennedy, como todos los que estaban en el medio; la gente joven, la común y corriente, no veía salida. El sistema era incapaz de darle un lugar a los sueños normales de vivir en paz, ser feliz y envejecer tranquilos viendo los niños crecer, pero también con el derecho a disentir, a opinar lo que se pensaba y aferrarse a ello sin sufrir persecución. La pelea por el derecho a la individualidad, yo soy yo, frente a un estado omnipotente siempre ha estado ahí.

   De eso trata este tema que siempre, siempre, me gustó. No lo entendía, ¿tal vez lo presentía? Para quienes ni papa de inglés, y no lo conozcan como ahora lo conozco, se los dejo. Bien merece estar en mi rocolita.

13 AÑOS

Julio César.

LADO SUAVE

octubre 16, 2016

RECATO

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   El rudo y joven equipo de hockey, llevados por el entrenador, descubrió las ventajas y encantos de las suaves tangas de seda. Y ahora todos las llevan.

ESPECTACULO

Julio César.

EL PEPAZO… 21

octubre 16, 2016

EL PEPAZO                         … 20

De K.

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   -Sé sincero, ¿de verdad te gusta?

……

   Enrojeciendo aún más de cara por aquellas palabras que salen de su boca, de panza sobre esa camilla, bajo el médico que buscó por ayuda para su “problema”, uno que ahora se le clavaba en el alma… y el culo, Jacinto sabe que no puede aguantar más. Siente como sus entrañas amasan y halan con fuerza de ese tolete, deseándolo, necesitándolo. Su culo lo quería y se abría con ganas, endulzándole con poderosas oleadas de una lujuria tal que nunca antes había sentido. Y aún antes de que Gabriel cayera definitivamente sobre su espalda, cerrándose sobre ella, metiéndole el güevo casi hasta los pelos, quemándole con sus bolas, ya sabía que deliraba y le pedía que lo cogiera, una y otra vez, mientras echaba sus nalgas hacia arriba buscando todavía un poco más del largo, grueso, duro y pulsante miembro que lo llenaba.

   Los dos gruñen, el macho cabrío arriba, sintiendo las apretadas de su vida que le daban esas entrañas; el joven forzudo, abajo, boca muy abierta y mirada casi ida, experimentando tales cargas de endorfinas que creía estar drogado con cocaína… la cual, en una que otra fiesta ha probado. Su piel es especialmente sensible, sus pezones arden de una manera deliciosa, y cuando uno es rozado por los dedos del otro, grita contenido. Su propio güevo, pisado bajo el peso de ambos, se frotaba sabroso de la camilla, la tela de la tanga excitándole de manera intensa, era como el refregar de una suave y acariciante manos. Pero su culo… era su culo el que…

   Cuando Gabriel sube sus nalgas, sacándole lentamente el tolete, refregándole las paredes del recto con su nervuda superficie caliente, otro bramido se le escapa, algo agónico, el chillido que lanzaría una actriz porno, de la bien putas de los años ochenta. Así se sentía Jacinto. El güevo entra, otra vez, y las sensaciones se intensifican tanto que ya no puede pensar. Sube y baja sus nalgas, abriendo y cerrando el culo sobre el grueso miembros, necesitado de más y más.

   -Hummm, hummm, cógeme, cógeme duro, por favor. –se oye gritar, muerto de vergüenza y excitación, casi lloriqueando cuando el otro obedece, atrapándole con las manotas los hombros, apoyándose, y comenzando un rítmico y frenético sube y baja, sacándole y metiendo del culo su cilíndrico tolete, adentro y afuera, golpeándole con la pelvis, azotándole con las bolas. Y Jacinto grita cada vez más y más, ojos cerrados, una viciosa sonrisa en su rostro bonito; nadie que le viera dudaría que fuera una puta, un viejo adorador de los güevos, no chillando como lo hace, ronco, como si le doliera, pero era de gusto. Algo de baba escapa de sus labios mientras su agujero era abierto una y otra vez con las duras enculadas.

   ¡La pepa de su culo era cepillada!, la idea le trastorna y marea. No sólo era intenso, maravilloso y glorioso sentir como el nudoso tolete refregaba en el vaivén los labios de su esfínter, produciéndole placer, o el recorrido en sus entrañas, que le tenía ardiendo, preguntándose cómo era posible tanto goce por el culo, pero sentir el glande golpeándole contra la próstata, encontrándola facilito y estimulándola era lo mejor. Cada frote, cada roce le sumergía en una intoxicación casi sicotrópica. Delira prácticamente mientras aquel joven y fuerte hombre se lo coge, admite aferrándose con las manos a la camilla que chilla, cruje y se mece toda por los hombres que sobre ella follan. Y su mente…

   No, no desea pensar, tan sólo sentir. Le avergüenza lo mucho que le excita el abrir y cerrar su culo alrededor del poderoso falo masculino, subirlo y bajarlo, buscándolo lo poco que le permite el peso de su hombre. Uno que le gruñe cositas sucias al oído, mientras le mete la lengua por el conducto auditivo, atrapándole un hombro para apoyarse, y con la otra mano le acaricia y aprieta las tetillas que parecen a punto de soltar leche de lo hinchadas y sensibles que están.

   Desde que ese sujeto le tocó en los hombros con sus manos estuvo caliente, cuando le rozó con la verga, la mente dejó de funcionarle con claridad, desde que le rozara con el pulsante y cálido tolete al desnudo no sólo la mente se desconecto, su culo se hizo sopa. Para cuando se la metió, aunque asustado, sabía que ardía como una zorra que gustara mucho del sexo en una fiesta de universitarios borrachos. Verla fue desear que esa verga le penetrara, que se le metiera como se le metía, con fuerza, al fondo, con dureza. Por ello, aunque apenado, no puede sentirse muy mal por los gritos de placer que lanza mientras siguen y siguen follándole contra la mesa de examen médico. Lo hace tanto, imagina, que Gabriel le cubre los labios con una mano, el pulgar…

   -Ahhh… -jadea ahora Gabriel, asombrado, no sólo ese culo estaba derritiéndole el güevo con aquellas haladas, apretadas y ordeñadas, sino que el sucio carajo le cubre el pulgar con sus labios. Ahuecando las mejillas y alzando la cálida lengua se lo chupa con una fuerza y sincronía que… si, era igual a las de su agujero vicioso. Culo y boca se sincronizaban maravillosamente. Si allí estuviera otro hombre, seguro que Jacinto le mamaría la vida por el pito.

   Y justo en ese momento el móvil timbra en su mono, sorprendiéndole, paralizándose al encontrándose de pronto haciendo aquello. Jacinto también está muy quieto. Toma el aparato del bolsillo y responde sin ver.

   -¿Si? –las voz le sale estrangulada.

   -Épale, Gabriel. –escucha una voz que le paraliza aún más, al igual que a Jacinto, quien oye por el volumen del aparato.- ¿Fue a verte el vago de mi cuñado? Voy a pasar cerca de tu consultorio, ¿estás allí? –era Renato, su amigo, el marido de la hermana del tipo este.

   ¡Y él le tenía el güevo totalmente clavado por el culo mientras el otro parecía querer mamarse uno!

CONTINÚA … 22

Julio César.