CÁLIDO VERANO DE UN CHICO AMERICANO

junio 11, 2015

EL POLICIA

   Siempre quise encontrar comics de este tipo, pero en español. Una revista, pues. Hace tiempo encontré varias imagines pero todas en inglés, y decidí incluirlas bajo la directiva de que quien quisiera saber qué ocurría debía traducir. Ahora un amigo de la casa me envía esto, en español, que parece de España por el uso de ciertas palabras. Quien lo hizo, traducirlo y publicarlo, se tomó su trabajo y merece reconocimiento. De dos juegos de imágenes, me gustó esta, un chico que vive todo un verano de calenturas. Disfrútenlo:

……

COMICS GAY, CHICO CALIENTE 1

   Un inocente aunque calentorro chico, inexperto, deseoso de probar y experimentar y con pocos años de vida, va a una piscina pública y allí es mirado y excitado por un sujeto maduro que le mira, y se la enseña para enloquecerle. Como suele ocurrir siempre esas primeras veces…

COMICS GAY, CHICO CALIENTE 2

   ¿Un chico caliente y un sujeto experimentado, viril y sexy que le ofrece la luna alcanzada desde el enorme telescopio entre las piernas? Un encuentro furtivo en unas duchas deportivas, temiendo ser descubiertos pero al mismo tiempo preguntándose si se presentará otra oportunidad, y queriéndolo. Tocar… aunque tan sólo fuera eso.

CONTINÚA … 2

Julio César.

NOTA: Lo sé, llevo demasiadas cosas así, continuadas. No lo he hecho, pero Leroy asegura que es posible encontrar la página buscando comics gay, así que aplíquense… como tarea.

AL FINAL DE LA PRIMAVERA… 11

junio 10, 2015

AL FINAL DE LA PRIMAVERA                         … 10

   Este relato NO ES MÍO. No entraré mucho en detalles, tan sólo que dos sujetos se conocen, conectan, y pasarán más de veinte años de sus vidas encontrándose y perdiéndose. Me gusta (no lo leí antes) porque es, argumentalmente hablando, muy completo. No es para menores de edad.

……

Título: Memories of Autumn

Autor: Damnlady62

JENSEN ANDA JARED, PADACKLES

   ¿Y si solo se nos permite un único gran amor?

……

   -Creo que podría funcionar. Ya lo… probamos, sabemos cómo será. No estaríamos tan nerviosos. –le dice a su mejor amigo Colin Morgan, sentados a la mesa de los maricas en el cafetín. Este silba bajo.

   -No lo sé, Jensen. La verdad es que fuimos fatales, la raya del fracaso la tuve pegada al trasero como cola durante días. Dos veces tropecé con ella. –recuerda este, aunque a decir verdad había sido uno de los menos malos en opinión de muchos.

   -Lo sé, pero… -el rubio se agita, balbucea y calla. ¿Cómo expresar que eran sus sueños los que eran pisoteados?

   Colin va a responderle algo, seguramente que sabía lo que pensaba, cuando una risa divertida le distrae, su mirada, como la de Jensen, va a la entrada del local, donde aparece Jared Padalecki, rodeado de los tres chiflados que tiene por amigos, riendo, con uno de sus largos brazos sobre los hombros de una bonita rubia que le mira radiante de felicidad por las atenciones que el guapo capitán del equipo de futbol de la escuela le estaba brindando.

   -¿Entonces, me llevará a la fiesta de Jessica Alba? Ella ni me mira, creo que no existo en su realidad. –todavía cuestiona ella.

   -Claro que te llevaré, Kaley. –le asegura él, soltándole, guiñándole un ojo y continuando con sus amigos hacia otra mesa. Ella queda casi flotando. El castaño ni una vez ha mirado a Jensen.

   -Okay. –se recuerda de respirar la joven, corriendo con una gran sonrisa hacia otra mesa donde la esperan sus amigas.

   El pecoso, en su asiento, traga con dificultad. Vaya, parecía que muchas chicas caían por accidente en el regazo de Jared, ¿todas conseguirían citas? Parece que todas tenían su oportunidad. Aunque, viéndolo bien, también ellos habían tenido una. La cara le enrojece. No, no le agrada eso, ese Jared realengo, pero tampoco podía reclamarle nada, no eran novios ni nada por el estilo. Pero, la verdad es que… ¡El muy puto! Es cuando repara en la mirada de Colin, e intenta una sonrisa.

   -¿Qué?

   -¿Tú y Jared Padalecki? ¿Cuándo ocurrió esto?

   -¿Jared y…? –se ahoga, enrojece y finge una sonrisa.- ¿De qué hablas?

   -Les vi salir de cierto gabinete de aseo. Y noté la poca gracia que te hizo verle con Kaley Cuoco. Parecías… celoso. Celoso de Jared y ella. ¿Tanto así te gusta?

   -No, Jared y… -comienza y se desinfla. Parece que mentir después de salir del armario, tras el otro, era tonto.- No es nada, Colin. Es un juego…

   -¿Juego? Padalecki me está perforando la nuca con esos rayos de odio que salen de sus ojos. –comenta sorprendido e irónico el otro. Jensen lanza un leve vistazo a Jared, quien efectivamente parece molesto. Tal vez era uno de esos niños que no gustaban que tocaran sus juguetes. Lo pensó, pero sin maldad, más bien divertido.

   -No es nada serio, créeme. Tan sólo es pasar el rato.

   -¿Con Jared, el hermoso? Juegas con fuego. –le advierte, sonriendo suave, ojos torturados.

   -Lo sé. Pero está bajo control. –le asegura, sonriéndole con agrado, tomándole una mano y palmeándola, un gesto de confianza. Uno que no le agrada mucho a cierto guapo jugador de futbol unas sillas más allá.- ¿Entonces? ¿Me ayudarás con los chicos? –vuelve a mirarle todo implorante, sonriendo con ansiedad. Sabe jugar sus cartas.

   -Jensen, sé lo que la actuación significa para ti. –comienza Colin.- Pero tal vez…

   -Joder, no puedo olvidar todos mis sueños e ilusiones por el fracaso de una noche. Tal vez sólo fue eso, una mala noche, las estrellas mal alienadas, los astros jugándome una pasada. –se agita, mirándole intenso, sin soltarle.- Sé que todos están deprimidos por los resultados, pero si tú dices algo, todos podrían interesarse de nuevo. –le mira suplicante.- Necesito esto, amigo. –y es más de lo que Colin puede resistir.

   -Está bien, déjame hablar con los muchachos. –Jensen lanza un grito de guerra, todos le miran, incluido Jared, y, por supuesto, en medio de un silencio momentáneo se oye claramente lo que dice a continuación.

   -Dios, podría besarte aquí mismo. –exclama el rubio, antes de enrojecer cuando comienzan las risas y pitas de las mesas cercanas y se oye un: “Por favor, no aquí, Ackles”.

   Jared Padalecki, orejas muy rojas, cierra las manos en puños, luchando ya por pararse de la mesa y dar el show de su vida en la cafetería de la secundaría, en su último año escolar. ¡Y por causa de un chico!

   -¡Ni se te ocurra, coño! –ladra Chad, entre dientes, atrapándole con fuerza un faldón de la chaqueta y halándole hacia abajo, para que se siente.

   -Chad…

   -¿Estás loco? –interviene Mike.- Cabeza de chorlito, tiene razón; siéntate y quita esa cara de burro mascando hierbas amargas.

   -Oh, vaya, gracias por lo de cabeza de… –Chad divide su atención contra él, también.

   -Son unos entrometidos. –gruñe Jared, ojos clavados, ceño fruncido, en cierto rubio atractivo y su acompañante, un mareno guapillo de rostro dulce.

   -Que dejes de mirarles. –ladra Mike, cubriéndose la boca con una mano.

   -No es tan fácil, ¿okay? –le gruñe, ganándose dos miradas desconcertadas, con bocas abiertas, de Chad y Mike. Tom parece confuso.

   -Oh, por Dios, te dio duro la mariconería. –farfulla Chad, casi enojado. No por el hecho en sí, sino por lo insólito e intenso de la situación, una que puede arrastrara su amigo al ridículo. ¡Y después decían que el demente era él!

   -Mírenlos, están dando un espectáculo. –gruñe, voz ronca, olvidando que estuvo a punto de dar uno mayor.

   -Hacen lo que siempre hacen desde que estamos en esta secundaria, y lo hace, como siempre, en la mesa de los maricas de la escuela. –le aclara Mike, mirándole a los ojos.- ¿Qué ha cambiado? Fuera de Ackles, que parece otro desde que se cortó el cabello y dejó sus feas gafas de montura, sólo tú.

   -¿Se puede saber de qué coño hablan? –Tom parece molestarse al fin, mirando a Jared, volviéndose sobre un hombro y enfocando a Jensen. No entiende. Se vuelve hacia Chad, que calla, igual Mike. Finalmente enfoca, de nuevo, a Jared.

   -Cuéntenle. –dice este, más abatido que molesto, aunque muy ceñudo, levantándose y alejándose. Sin haber almorzado, cosa que todos notaron con las bocas abiertas. Y no sólo en esa mesa.

   -¿Qué le pasa? –Tom estudia a sus amigos con desconfianza.

   -¿Recuerdas aquella vez que quisiste volverte mormón porque escuchaste que podían tener varias esposas? A Jared le gusta Jensen, y cree que puede ser marica. –explica Chad, ganándose una mirada molesta de Mike.

   -Qué tino para las expresiones. Deberíamos enviarte a arreglar los problemas entre palestinos e israelíes. –reprende, pero Tom no escucha, boca muy abierta, una tormenta cubriendo su rostro.

   -¿Jared marica? –brama, bajando la voz, furioso.

   -Bueno, ni él mismo sabe. –Mike intenta restarle importancia al asunto.

   -¡Ese hijo de puta! –ruge Tom, realmente molesto, levantándose y casi volviendo la mesa, alejándose de mala manera, sorprendiéndoles.

   -¿Acaso…? –comienza Mike, mirando a Chad.

   -Mierda, no creí que Tom tuviera problemas con los gay. De nosotros, parecía el más normal.

   -Tal vez por eso, sabes cómo es su papá. Son tan conservadores esos republicanos hijos de perra… –le defiende Mike. Chad mira a Jensen.

   -Ese Ackles va a causarnos muchos problemas, ya verás.

……

   Jensen Ackles nunca estaría seguro de qué medios, de qué palabras se valió Colin Morgan para convocar a todos dentro del grupo de teatro a una reunión-ensayo. En teoría, después del estreno, las funciones continuarían como parte de la tarea. Del aprendizaje. Los desastrosos resultados lograron que buena parte se replanteara el asunto, ¿querían o servían para eso? Claro, algo de nervios e improvisación privó, evidentemente, porque, individualmente, había personalidades interesantes, que destacaban en sus monólogos, Colin incluido, pero no resultaron lo suficientemente buenos durante el estreno. Así que el muchacho debió usar bastante labia, de la buena, para convencer a los chicos a tan sólo pensarlo otra vez.

   Se discutió durante bastante rato si valía la pena o no reintentarlo. Como un reto colectivo, pero Colin estuvo genial cuando lo planteó en términos de lo personal; cada quien debía evaluar, y probar, si deseaba continuar. Todos esos chicos se habían reunido alrededor de un sueño, uno que terminó en pesadilla, pero la esencia se mantenía. Todos, en mayor o menor medida, soñaron con triunfar en las tablas, tanto que debieran salir y buscar nuevos y más grandes escenarios. Retos mayores. Y un día ser famoso. Jensen era uno, aunque él lo veía casi como una necesidad, la única puerta que le llevaría lejos de sus primos, de la ciudad y de su propia historia. También él habló, elocuente, pero a diferencia de Colin, más bien radicalizó posiciones, muchos se dedicaron a acusar a otros, de falta de talento para comenzar, de ser completamente imbéciles en los momentos más álgidos. Fue cuando la profesora de arte, Kim Johnston, tomó la palabra.

   -Okay, okay, entiendo que estamos frustrados y molestos, pero no nos desviemos del tema. –desde el escenario se dirigió a los chicos, dentro y fuera de este. Sonrió con calidez.- No les negaré que me sorprendió un poco el resultado, los ensayos habían estado bien. Imagino que sí, que hay malas noches. También falta el talento, o la preparación. Pero eso puede conseguirse, cultivarse. Con disciplina y compromiso. –les mira.- El compromiso de cada uno de ustedes con su propia persona, sin apoyarse en los otros para intentar diluir una realidad. Deben probarse si aquello que una vez soñaron, es real. –mira a Jensen.- Pero no lo tomen como un asunto de vida o muerte… -el rubio traga saliva, incómodo. Ella les sonríe.- Véanlo como una aventura, otra que practicaron unas cálidas noches cercanas al verano cuando terminaban la secundaria, que contarán un día en medio de risas, asegurándoles a quienes oigan que sí, que eran buenos, que había talento, pero… otras cosas se presentaron. Será algo más que probaron, que intentaron, y que enriquecerá sus vidas. Los conozco, muchos tienen una veta a explotar. El resto puede mejorar. Pero cada uno debe intentarlo y probarse a sí mismo.

   Después de eso, se forman pequeños grupos que discuten, que se plantean la conveniencia o no de repetir. Propuesta que gana.

   -Jensen. –Kim, sonriendo, llama al joven, quien se veía que no cabía en sí de dicha.

   -Gracias por sus palabras. Los convenció.

   -Di forma a algo que ya se formaba. –resta ella importancia, mirando a Colin.- Él, por otro lado, tiene pico de oro. Si le da por la política… -se vuelve a mirarle.- Cariño, sé que estás muy feliz por probarte nuevamente, pero… -el rostro del rubio se ensombrece.

   -No soy bueno, ¿verdad? –plantearlo en palabras era como encararlo, hacerlo real, un miedo que tomaba forma. Le dio frío y se abrazó a sí mismo.

   -No es eso, todavía es muy pronto para saberlo. ¿Cuánto llevas en el club? ¿Seis o siete meses? Dime, ¿despertaste una mañana mirándote al espejo y diciéndote que si actuaba bien eso podría llevarte lejos? Lejos de aquí, quiero decir. –le ve enrojecer feamente.- Cariño, sé sensato. No es fácil destacar. Hay que ser bueno, tener talento. O prepararte, buscar un método que te sirva. Aplicarte.

   -Lo sé, y quiero hacerlo. Necesito hacerlo. –jadea vehemente.

   La mujer duda en pronunciar las siguientes palabras, porque en verdad, y aunque prometió ayudar a su amigo el entrenador Beaver, no sabe si le hará bien o no al joven frente a ella. Podía ver a través de la bonita cara, porque vaya que había resultado guapo (lo que a veces ayudaba, otras condenaba), que al muchacho le empujaban otros demonios.

   -Yo… tengo amigos. Dentro del teatro. Hay una academia que podría ayudarte, si les llamo. –ofrece, pero incómoda. Jensen enrojece, abre mucho los ojos y balbucea sin pronunciar palabras; y le duele verle las esperanzas, las ganas tan a flor de piel. Esa gratitud increíble brillando en sus ojos.

   -¿Lo haría, profesora? ¿Llamaría para hablar bien de mí? –pregunta, y por un momento parece tan sólo un niño.

……

   Saliendo del colegio, por la puerta trasera, hacia las gradas, Jared se siente molesto consigo mismo. Inconforme. Infeliz, él, que nunca ha experimentado tales sinsabores. Se sentía inseguro y celoso. Muy celoso. De Colin Morgan, un chico que, y sin querer parecer odioso, siempre le aprecio poquita cosa. Pero ahora le detesta porque le teme. El hijo de puta de Colin parecía un chico sensible y amable. Cosa, que de pronto, le parece sumamente amenazante. Y no se reconoce, no comprende en esos momentos, no esas ganas de llegarse y golpearle, cosa que sería increíblemente fácil. Debería hacerlo, por tocarle (bien, Jensen le tocó, pero…). Nunca ha sido celoso, ni de sus padres, chicas o amigos. Pero ahora siente que la sangre le hierve. Y cree entender un poco, por debajo. Lo que provocaba su inseguridad. Le gusta Jensen, de una manera inmensa, desconcertante, casi intimidante… pero a Jensen le parece que sirve tan sólo para pasar el rato. Ir, cuando quiere o se siente agrumado, por unos cuantos besos. Sube a la cancha, ve las gradas vacías, la grama verde.

   -Jared Padalecki con cara de tormenta, ya me parecía que eras tú. –oye una dulce voz de chica a sus espaldas. Se vuelve sonriendo, no del todo aliviado, pero algo.- ¿Todo bien?

   -Alexis Bledel… -le sonríe, enfocando a la menuda morenita de ojos grandes y cintura casi inexistente. Habían tenido algo en el pasado.- Todo bien. –responde, manos en los bolsillos de la chaqueta, mirando nuevamente hacia las gradas vacías.

   -No lo pareces, ¿es por tu rompimiento con Taylor? Vaya, no te creí tan apegado a ella. –comenta la joven, logrando que frunza el ceño.

   -La quería mucho. Aún lo hago.

   -Como seguro me quieres a mí, todavía, un poquito en lo profundo de tu largo cuerpo. –medio ríe ella.- Pero creo que ya sabes de qué hablo.

   -Si, no es por ella. –baja la mirada a la grama, extraviado.- ¿Alguna vez te ha gustado mucho alguien, que está contigo, pero…? -la enfoca.- ¿…que sientes que no te quiere tanto como tú lo haces?

   -Amar demasiado es cosa de chicas, Padalecki. –se burla, luego ríe de su cara.- Te entiendo. Y sí… tú me gustabas todavía cuando… todo se acabó. –le desconcierta.

   -¿Quieres decir…? –se lleva las manos a los cabellos. Alexis le había gustado mucho, fue divertido, luego ya no tanto y siguieron cada uno por su lado. Pensó que había sido algo mutuo, pero ¿quería ella eso? ¿Lo quería Taylor cuando se lo planteó? Había resultado bien para él, pero no parecía igual para todos.- Lo siento.

   -Oye, no te sientas tan mal. Teníamos trece años, no podía ser amor real, ¿verdad? -se encoge de hombros.- Entonces… ¿alguien ha movido tu mundo? –el joven sonríe con una mueca, indeciso.

   -¿La verdad?, no lo sé. Me gusta alguien. Mucho. Realmente mucho. –vuelve la mirada a los conocidos y queridos edificios donde transcurrieron sus años de secundaría, molestos a veces, divertidos muchos otros. El escenario de sus triunfos sociales, deportivos, escolares e incluso amorosos.- ¡Es tan molesto sentirse así! –gruñe.- Saber que mientras sólo piensas en sus ojos, en un roce de sus labios, de ti ni se acuerdan hasta que te vuelven a ver.

   -¡Wow! Te dio fuerte. –gime ella, sonriendo asombrada, deslumbrada por algo, atrapándole un bíceps con las dos manitas.- ¿Y quién es ella? ¿La feroz y distante pero hermosa reina del hielo? No puedo creer que alguien no quiera vivir metida dentro de tus pantalones si a ti te gusta.

   -¡Alexis! –enrojece, sonriendo divertido y halagado, hasta ver que Jensen sale del colegio por la puerta del patio, evidentemente buscándole. Encontrándole con la mirada. Con Alexis. Ella tocándole. Claro.

   -Debo volver a clases. –dice ella, alzándose en puntilla de pies y besándole una mejilla, congelándole.- Si necesitas hablar…

   -Okay. –responde, tenso otra vez, viendo a Jensen acercarse. Les observa al cruzarse, cada uno alzar la mirada en reconocimiento, sus mundos no colisionando, apartándose. Por alguna razón, el corazón le late con fuerza. Con pesadez. Y no era algo grato.

   -Lo juro, campeón, ¡nunca he visto a un tío como tú! ¿También con Bledel? –Jensen sonríe socarrón, aunque no parece contento.- ¿No habías salido con ella hace tiempo? Dios, no me digas: saliste con todas y ahora vas a comenzar la segunda vuelta. –a pesar de no ser su intención, se oye bastante venenoso.

   -Por lo menos busco lugares discretos para dar mis espectáculos. –se le escapa a Jared, acusando, aunque tampoco pensaba decirlo.

   -¿De qué hablas?

   -Sé que Morgan es… tu amiguito, ¿pero tienes que derramar tanta miel en una mesa de la cafetería? Trabajas ahí, por Dios, deberías ser más profesional.

   -¿Qué derramo…? –se ve confuso.- ¿De qué coño hablas? –y si no hubiera tenido la mente tan ocupada con tantas cosas, tal vez, en ese momento, durante ese estallido de celos, el rubio hubiera sabido a lo que se enfrentaba, sobre todo después de que Colin dijo algo al respecto, sobre la profundidad de los sentimientos que se estaban formando en el corazón de Jared. Pero no supo verlo y la historia comenzaría de manera dolorosa.

   -Oh, por favor. Las miradas bobas, las sonrisas babosas, los tonitos de voces. ¡Querer besarle como gritaste! –enumera.

   -Estaba agradeciéndole su ayuda porque… -se detiene.- Repito, ¿qué coño tienes?

   -¡Nada! –cruza los brazos, con un mohín.

   -¿Tienes hambre acaso? Te estás comportando muy extraño.

   -Dije que estoy bien. –da un paso adelante, encarándole y remarcándole cada silaba al rostro. Se miran a los ojos, llameantes.- ¿Y qué haces aquí? ¿Buscas a Morgan?

   -No, te buscaba a ti, Colin prefiere la biblioteca; pero si estás tan ocupado siendo un culo… -va a dar la vuelta.

   -Ya estás aquí, ¿no? ¿Qué querías? –le atrapa un hombro, deteniéndole.

   Nuevamente se miran a los ojos, tirantes, molestos, hay frustración y casi ira latiendo de manera tácita. Jensen toma aire, los labios le tiemblan y a Jared las rodillas se le aflojan un poco.

   -Quería… -comienza el rubio, rodeándole el cuello, halándole, luchando contra su leve resistencia, venciéndole, acercándole y besándole.

   Jared responde automáticamente, sus brazos rodean la cintura del rubio como dotados de vida propia, con ganas, casi aprisionándole de manera posesiva mientras sus lenguas se encuentran. Las puntas rozándose, tocándose, luchando, producen estallidos eléctricos en cada punto de sus cuerpos. Sus miembros responden con calor. Jensen separa sus labios, a duras penas porque Jared no desea permitírselo.

   -Quiero que vayamos a algún sitio donde estemos solos… y que lo hagamos. Quiero verte desnudo, Jared Padalecki. Quiero tenerte y que me tengas. Que seas mío por un rato. Y ser tuyo.

CONTINÚA … 12

Julio César.

MERCADOTECNIA

junio 10, 2015

ABANDONO

ESPALDA DEE MUSCULOSO EN TANGA

   El numeroso público, casi todos tíos solitarios y chicos calentorros, aplaudía a rabiar mi idea de que las trusas de la exhibición fueran de esas.

COMPROMISO

Julio César.

SU GUSTO

junio 10, 2015

SALUDABLE EVOLUCION

UN TIO Y SU CHICO

   Para él no había nada mejor que la salvaje apretada de la iniciación sexual de los traviesos chicos de la cuadra.

¿MOTIVADOS?

Julio César.

EL EZEQUIBO Y EL DEFENSOR DEL PUEBLO… MÁS BLA BLA BLA

junio 10, 2015

VENEZUELA… UN NUEVO FRACASO

LA ZONA EN RECLAMACION

   La enfermedad de la paja loca.

   Evidencia de que el gobierno de Nicolás Maduro Moros anda de capa caída y no lo quiere ni los que antes era su gente, es que un truco que siempre resulta en todas partes del mundo, aglutinar a la gente a su alrededor inventándose una agresión externa, no le funcionó. En Argentina, cuando se arrojó ese hueso, a pesar de la desacreditada y muy corrupta dictadura que la ordenaba, se dio La Guerra de las Malvinas, porque cada argentino con sangre en las venas sabía que tenía que dar esa pelea. Todos alrededor de un anhelo nacional, pero aquí no se consigue del todo con el tema del Esequibo. Nicolás Maduro Moros, por televisión, únicamente por televisión (no se dirige con todo su gabinete a la zona, no se movilizan tanques o fragatas porque destruyeron las Fuerzas Armadas, ahí sólo quedan delatores, vende pollos y represores de pobladas desarmadas), anuncia mano enérgica contra Guyana y sus pretensiones en la Zona en Reclamación. Porque con esto intenta, con las declaraciones vacías a las que ya nos tienen acostumbrados, remediar un problema real, que significarían ir a presentar el pecho, en este caso comenzando por ellos, los grandes y únicos responsables del desastre que ahora vivimos. El del Esequibo, fuera de todos los otros desastres.

   Ese llamado en boca de cualquiera, por actos como los que la nación vecina hace, habría movilizado a todo el país, como lo hizo Jaime Lusinchi cuando le plantó cara a Colombia por la fragata Caldas, porque este problema territorial si es una herida abierta en el alma nacional. Claro, que fuera de lo que gritan los medios de comunicación controlados por el G2 cubano, la no movilización de la familia Cabellos, la familia Maduro y la familia Moros, cascos en cabezas a dar la batalla, molesta que al país no se le ha aclarado suficientemente eso de la total responsabilidad del difunto Hugo Rafael Chávez Frías, y su régimen todo, el mismo que hoy intenta rodearse de patriotismo, cuando entregaron el Territorio en Reclamación, en voz del propio difunto, y quien sabe qué no firmaría sin que supiéramos y sin que le costara terminar con sus traidores huesos en la cárcel, como merecen los diosdadoscabellos y las maripilishernandez que aplaudían semejante canallada y ahora gritan que quien no los apoye y no se someta a los dictados de La Habana es porque no le duele la patria ((“Venezuela no se opondrá a ningún proyecto de desarrollo en el Esequibo”, Hugo Rafael Chávez Frías, 19 de febrero de 2004, desde Georgetown, Guyana). Porque ese, el Esequibo en peligro, sí es un problema real, uno causado por ellos y del cual ahora, de manera desobligante e irresponsable, pretenden desentenderse con ese cinismo con el cual tachan de golpista a todo el que se queja de la corrupción, la incompetencia y la represión, como si dar golpes de estados no implica hacer lo que Hugo Rafael Chávez Frías hizo el 4 de Febrero, sacar tropas, fusiles, tanquetas y aviones a las calles (claro, porque ¿de qué otra manera se da un golpe de estado?, ¿hablando paja se derrota a gente armada o tanquetas?).

TAREK WILLIAM SAAB

   Pero no es este el único caso donde se observa que el régimen hace agua por culpa del peso de los incompetentes insustanciales. Mientras el país se aterra pensando que nos vamos a quedar sin comida, que si siguen asesinado gente en las calles al ritmo que vamos se superarán los casi veinticinco mil del año pasado, y que los pueblos van quedando incomunicados por la falta de repuestos vehiculares (un payaso habló de quinientas mil baterías en un país con más de diez millones de carros particulares, sólo particulares, y baterías chinas, marcas que nadie compra porque no resultan muy buenas), el día se va con el Defensor del Pueblo, Tarek William Saab, inventando cuentos sobre atentados, sicarios y paramilitares en la muerte de un diputado alcanzado por sus vicios y vida disipada; denunciando a una gente que él y Hugo Rafael Chávez Frías nacionalizaron, cedularon y armaron para que controlaran por miedo a la población. Todo el mundo les dijo no hagan eso, no se sabe quiénes son esas personas; no escucharon y ahora se lavan las manos. Dice él, representante de un régimen al cual se le descubre mentira tras mentira, que tienen una confesión del asesino implicando a otros, ¿acaso el Testigo Estrella del caso Anderson no lo hizo también para que se supiera que fue un invento del difunto Hugo Rafael Chávez Frías y el entonces Fiscal Isaías Rodríguez? ¿No gritaban que un general había denunciado, en Diciembre, a no se sabe exactamente cuánta gente en una conspiración, para que este se les escapara y echara el cuento de que fue torturado y obligado a decir disparates?

   Es el drama de unos inútiles que no pueden dar respuestas al caos que montaron, sin ninguna necesidad, además. Robarse los casi novecientos mil millones de dólares por excedentes petroleros, unos que los árabes y los noruegos si lograron juntar, se habría “entendido” si no se hubieran robado también lo que era para pagar proveedores, comida, medicinas y repuestos (¿de verdad había que robase hasta el último centavo dejándonos arruinados y endeudados?). Pero mientras el país pasa trabajo, del real, el Defensor del Pueblo delira y piensa que con más paja convencerá a la gente de que no hay hambre, asesinatos a carretadas o que es falso que ya todo comienza a paralizarse por falta de repuestos, incluido el servicio de agua y electricidad (viven de iguanas, rayos y saboteadores que jamás atrapan). El problema para el país es que él, y el régimen todo, cree, que hablando paja se resolverá algo.

LA COMPARSA DEL PARLAMENTO

Julio César.

TRES HOMBRES, UN DESTINO… SERVIR… 36

junio 9, 2015

… SERVIR                         … 35

   Un hombre cruel e infernal está sentenciado a muerte en una cárcel y decide divertirse antes de que llegue el final… Tomará a tres sujetos y los convertirá en sus putas. Uno será su hembra, otro será usado por sus compañeros de trabajo, el tercero descubrirá un fetiche que le hará delirar. De Cierta manera, y aunque es un relato maldito, este no parece tan feo a la larga. Disfrútenlo.

……

the convicted’s whores

by Lexicode

ESPERA POR LO QUE AHORA QUIERE

   Listo para lo que salga, especialmente vivir.

……

   El chico también lleva unos pantalones de cuero, pero totalmente abiertos en el área pélvica, donde destaca un corto y chico suspensorio de cuero, por lo que sus nalgas redondas y jóvenes quedan al aire, lleva una chaqueta abierta, unas botas, también guantes, unos que (y le avergüenza) ha olido ya varias veces, el aroma fuerte era grato; igualmente lleva el collar alrededor de su cuello. Grande, evidentemente canino-fetiche-sexual. Lomis, mirándole severo, sirve dos copas de whisky, agitando la botella para que vea que toman de la misma, y le tiende una.

   -Toma. La necesitas. –es más bien una orden, y con manos temblorosas y algo inseguras por los guantes, Nolan obedece y bebe. El licor es fuerte, grato y cálido. El hombre toma el suyo, sonriendo. Si, la misma botella, pero en los vasos cortos habían cosas muy distintas.- Vamos con retraso. –urge, olvidado del temor a Read, impulsado por otras urgencias, unas que el diabólico reo había sabido leer en su alma oscura, explotándolas.

   -Yo… -la cara del chico es un poema de pesar, desvalido, sufrido.- No quiero hacer esto, por favor. –el otro vigilante le encara, mirándole dominante, hablando con fuerza.

   -Recuerda de dónde te saqué, de las cosas que te liberé cuando te degradabas en tus vicios y tus maridos te dejaron atado y olvidado en ese depósito. ¡Me la debes, chico! Quiero ir a esta fiesta y deseo que me acompañes, ¿es acaso mucho pedir, chico malagradecido? ¡Me la debes! –le repite y aunque el otro tiene mucho que responder a eso, no lo hace; se siente agotado, la mente embotada. Salir de todo sería mejor. Ceder. Someterse. Por ello asiente.

   Salen por la puerta interna que conecta con la cochera, solitaria y amenazante en esa vieja casa donde el hombree vive solo. Llegan a una camioneta Van, de la prisión aunque sin logos, o eso espera el joven. Cuando iba a abrir la puerta del pasajero, una mano enguantada, firme y fuerte de Lomis le atrapa el cuello, mirándole, abriendo la portezuela lateral del vehículo.

   -No, tú vas aquí.

   El chico quiere oponerse, correr, alejarse, pero no tiene fuerzas. Una jaula de perros espera en el interior, pequeña. Ni siquiera es consiente cuando entra, quedando en cuatro patas, casi encogido sobre sí; la puerta se cierra, el candado externo también. ¡Le tenía encerrado como un animal!, la idea era deprimente, alarmante, y sin embargo se sentía a salvo, tal vez por la idea, tonta a esas alturas, que después de esa noche quedaría libre del otro, no debiéndole nada. Casi no tiene espacio y agacha el pecho contra sus manos, la cabeza debe encogerla contra las rejas, su trasero quedaba presionado de la reja contraria. Y se revuelve.

   -No, no… -gimotea cuando una mano de Lomis le acaricia las nalgas, le recorre la raja, le apuñala suavemente el culo depilado, sin entrar, hasta que le escupe y el dedo regresa y se le mete.

   El chico enrojece de cara, avergonzado, sin poder resistirse o moverse. El dedo va y viene dentro de su culo; hay un impresionante, erótico y perverso contraste entre el largo dedo enguatado de negro, lustroso, entrando y saliendo del redondo y liso culo muy blanco. Le dilataba, el chico no sabía para qué hasta que un consolador corto, que comienza en punta, engruesa hasta una perita para luego adelgazar otra vez, desaparece en sus entrañas. Se tensa, pero no puede hacer más. Lo llamativo es que fuera del culo se extiende, en goma, una muy flexible cola de perro.

   Nolan cierra los ojos, lloriqueando, humillado, vergonzosamente usado cuando Lomis cierra la portezuela, enciende la camioneta y salen de la cochera. Gimiendo ahora, cada giro, cada movimiento del vehículo agita esa cola externa que produce reverberaciones poderosas en sus entrañas, inquietante, estimulantes. Oprime los dientes, quiere apretar su agujero para contener las sensaciones, pero estas se multiplican y gime bajito, cerrando los ojos.

   Y todavía no llegaba a la fulana fiesta.

……

   La claridad del día que avanza, y que penetra a raudales por el balcón, logra que Jeffrey Spencer despierte, sin brusquedad, chasqueando con una lengua increíblemente seca, sentándose en medio de la desconocida sala, sin ubicarse. Lo recorre todo con la mirada, ¿dónde está? ¿Cómo llegó allí? El bar… El recuerdo intenta colarse en su mente. Le cuesta, era como si querer evocar las cosas las alejara más bien. Pero estaban esos chicos, aquel baño… Enrojece feamente. Su calentura sexual. Owen Selby llegando y… No logra escatimarle nada más a su memoria. Se pone de pie, con piernas algo inseguras, una manta que cubría bastante, cálida y cómoda, rueda. Se mira. Está desnudo a excepción de su bóxer holgado de rayitas tipo pijama. En una sala, estaba durmiendo sobre un sofá grande.

   -¿Cómo diablos…?

   -Ah, despertaste. –oye una voz que le sobresalta y obliga elevar la mirada hacia el pasillo. Allí estaba el detective, con un cómodo pijama pantalón, descalzo. Alto, fuerte. Hermoso.- Creo que tenemos que hablar, abogado… de los asuntos que hay pendientes entre nosotros.

   Jeffrey, confuso, las defensas bajas, no sabiendo ni que era de su vida, mira de manera desvalida al sujeto, algo desenfocado por la falta de anteojos, unos que toma con mano algo temblorosa de la mesita del centro, al lado de un bote de agua mineral, enfocándole.

   -¿Qué hago aquí? –grazna, inquietándole la mirada intensa del otro y su sonrisa chula.

   -Ah, ¿no recordamos nada? ¿O será el despertar de la vergüenza? –parece burlarse, acercándose, alto y guapo, peligrosamente juguetón. Notando, de paso, lo bien que se ve el abogado en ese bóxer holgado como única vestimenta, cosa extraña porque nunca le han ido mucho los chicos blancos, pero este, con esos anteojos, con la cara de sueño y el cabello levantado en todas direcciones, le provocaba encontradas emociones. Una de ella es meter los dedos y peinarle un poco.- ¿Será una amnesia real o una de conveniencia?

   -No sé de qué… -comienza, enrojeciendo feamente. No recordaba bien, pero tiene algunas imágenes, aquel baño, los dos sujetos acosándole, la llegada del policía.- ¡Oh, Dios! –cierra los ojos, la risa leve del otro le eriza la piel.- ¿Cómo llegué a tu apartamento? –se abre de brazos.- ¿Por qué estoy así? ¿Ocurrió algo entre tú y…? –no puede terminar. El otro pone cara de dolor.

   -¿De verdad no lo recuerdas? ¿Todo lo que dijiste? ¿Lo que pedías?

   -¡Detective! –grazna, ojos alarmados, muy rojo de cara. La risa de Owen se repite.

   -Calma, no pasó nada. Te encontré en ese bar siendo… atacado por esos sujetos que te drogaron. –parece molesto.- Se hará una investigación sobre el lugar, te lo garantizo. Estabas mal, algo… agresivo y molesto cuando… -se humedece los labios, cuando le rechazó. Cosa que hizo por no aprovecharse de las circunstancias, aunque el otro lo tomó bastante mal. Nota la tragada en seco del otro y se pregunta qué tanto recordaba.- Perdiste en sentido. Te traje para que no llegaras así a tu casa. Aquí comenzaste a gritar que te quemabas y te desvestiste. –sonríe al verlo avergonzarse.- Fue divertido. Bailaste un poco mientras lo hacías. Hubo un toque de sensualidad.

   -Por favor. –jadea. El otro ríe, pero amistoso.

   -No fue nada, abogado. Fui a traerte agua y cuando volví estabas muerto para el mundo sobre ese sofá. Te busqué una manta y… ahora enfrentamos el ratón moral.

   -Yo… -Jeffrey, avergonzado, débil, cae sentado.- Siento haber dado todo ese espectáculo. No me sentía muy bien anoche. Todo se juntó para que fuera una mierda. –toma la botella de agua y bebe, con vehemencia. El otro lo mira, desde toda su altura.

   -¿Lo de tu esposa? –el otro asiente, sin mirarle.- Jeffrey… -el nombre se oye suave, a pedido. El abogado le mira por un fugaz segundo. El policía quería explicarle lo de la otra voz al teléfono. Pero el joven blanco no quiere escucharle. No puede afrontar otro flanco de batalla ahora.

   -¿Qué ibas a decirme de Marie Gibson? –la voz es rasposa, bebiendo, sin mirarle. El atractivo y oscuro rostro se ensombrece, algo molesto, cayendo a su lado, casi pegado a su cuerpo, sobresaltándole.

   -Algo pasó anoche. Querías; en ese bar, tú deseabas… -comienza y toma aire.- Abogado… -pero Jeffrey no le mira, se aparta mentalmente.

   Así que Owen Selby no dice nada más, eleva una enorme mano atrapándole una mejilla, firme, fuerte, obligándole a volverse, mirándole a los ojos. Le nota la alarma, la angustia, el deseo. ¿Qué ocurría con el abogado? ¿Deseaba algo más con él? Parecía, y sin embargo se contenía. ¿Por su esposa? ¿Por negarse a la idea de sentir lujuria por él? ¿Acaso… celoso por escuchar otra voz en su apartamento cuando hablaban por teléfono? No lo sabe, tan sólo que esos labios que tiemblan un poco, buscando palabras que no salen, le llaman. Los cubre con los suyos, gruesos, atrapando entre ellos el inferior del chico blanco. El contacto es eléctrico.

   Jeffrey no puede pensar, la mente le ha quedado totalmente en blanco, es la segunda vez en su vida que le besa un hombre. ¡Al menos era el mismo hombre!, se dice, mientras responde, abriendo la boca, aspirando con urgencia; los labios del policía cubriéndole, la lengua tanteando suavemente, cálida, despertando ecos eléctricos en cada terminación nerviosa de su cuerpo. Sus lenguas se encuentran en una batalla dura, sofocante, sus vergas responden a toda velocidad, es como si tan sólo eso bastara para que toda la lujuria estallara, cálida y vital por sus venas, deseando tocar, penetrar, poseer. El abogado no quiere pensar mientras se deja y comparte, mientras lleva las manos a ese torso desnudo, fuerte, firme, decididamente masculino, que se eriza bajo su roce, que le enloquece de maneras que no entiende. Dios, estaba jodidamente duro bajo su bóxer, y la tranca parecía querer escapar por la abertura en la prenda destinada para sacarla y mear.

   Mientras le besa, casi de manera dominante, llevándole contra el respaldo del mueble, las manos de Owen Selby le atrapan el rostro, sus pulgares le acarician, bebe de su saliva y de su aliento. Y siente ganas de más. Besa, chupa, sorbe y tan sólo aspira tener un poco más de ese hombre. Había algo en ese carajo que le hacía desear los besos, las caricias, tocarle de manera intensa. Sus bocas enrojecidas se separan, la saliva brilla, sus ojos se atan. Y el hombre negro, mirando su propia mano, recorre la tersa piel blanca, desde el cuello, con sus dedos abiertos, recorriendo el hombro, bajando por su torso, viéndole enrojecer, oyéndole gemir, un dedo jugando con entrar en el ombligo medio cerrado por la posición, la mano cayendo finalmente sobre el bóxer, atrapándole la erecta verga. Y en cuanto dedos y la palma se cierran alrededor de ella, firme como sólo un hombre puede hacerlo, una bomba de placer estalla en el cerebro de Jeffrey, una que le deja casi inconsciente de ganas. Ha tenido días difíciles, en lo personal y laboral, y estar así, siendo besado, mordida su barbilla, sus anteojos empañados, su güevo en un puño que sube y baja, era lo que necesitaba. Definitivamente.

   Se oye el teléfono repicar, mientras se besan otra vez. La contestadora se enciende y en cuanto la voz se deja oír, el detective se tensa y maldice internamente. Debió…

   -¿Owen? Cariño, estoy deseando verte. Eso si uno de tus muchos putos no te distrae hoy. –se oye una voz masculina, mórbida.- Mi novio está de viaje, podemos hacerlo en nuestra cama. –ofrece y hay una risa descarada.

   El detective cierra los ojos con fuerza, llevando las manos al rostro del otro, a quien nota tenso, rígido. Quiere retenerle pero ya Jeffrey le aparta, saliendo del mueble, mirándole de manera desencajada. La verga fuera del bóxer, una que, luego de una vacilación al no darse cuenta, oculta como puede.

   -Wow, ¿con un tipo cuyo novio sale? ¿Y en su cama? Encantador. –gruñe despectivo, censurador, sintiéndose agitado entre la calentura recién vivida y una extraña sensación de frustración y decepción. Una que sabe no debería sentir. Ese sujeto no estaba engañándole. Nunca habían hablado nada. Ni le había prometido algo, tan sólo estaba allí, le probó, y si sabía bien le agregaría a su recetario.

   -No es como Lionel… -comienza Selby, frustrado.- Somos amigos. De años y…

   -Entiendo. ¿Pero su novio de viaje? Vaya, deberías…

   -¿Cuál es tu problema? –se altera al fin, poniéndose de pie también, obligando a Jeffrey a luchar contra las ganas de mirarle el entrepiernas.

   -Ninguno.

   -¿Seguro?, porque pareces celoso. Siempre te pones así.

   -¡Claro que no! –es tajante, mirando al suelo, acomodándose los anteojos. Sintiendo rabia.- Y no tengo ningún problema con tu manera de… Tan sólo… -aspira con fuerza.- Debo irme. Mi esposa… -se congela, por Dios, ¿estuvo a punto de engañarla? ¿Qué coño? Él no era así. Él no iba besando carajos, no traicionaba sus votos, no traicionaba la confianza.

   -Abogado… -suena frustrado. Quería. Había deseado tenerle, tocarle, besarle. Poseerle. La idea de llenarle, de verle estremecerse sobre su verga, oírle gemir, jadear, decir su nombre cuando se corriera, eran ideas que habían llenado su cabeza. ¿Y ahora?, un balde de agua fría.- Es sexo. Son… amigos. Sólo eso.

   -Lo sé, lo entiendo. Es lo que significa para ti.

   -¿De qué hablas? –revira, alterado.

   -De nada. De nada.

   -¿Me estás juzgando otra vez? ¡No soy un puto inmoral!

   -Dejemos eso así, ¿okay? –mortificado, sintiéndose increíblemente estúpido por haberse dejado llevar de esa manera, toma sus pantalones y zapatos.- ¿Qué pasó con….? –vacila, el cerebro no le ayuda.

   -Marie Gibson desapareció. Tomó sus cosas y abandonó casa y trabajo. –informa, realmente molesto ahora. ¿Le estaba condenando por su manera de vivir? ¿O eran celos? Le parecía. Uno y lo otro. Y no le gustaba.- Y no solo eso, no he podido encontrar nada de ella, en su estado natal. No sólo antecedentes, no hay ningún registro de una Marie Gibson en la dirección que dio. –eso le congela y le mira por primera vez desde la llamada. Cierra los ojos desencajado.

   -Dios… -el policía entiende.

   -No me gustaría estar en tus zapatos. –intenta un tono amigable.

   -Tampoco los tuyos serán cómodos. –le recuerda, colocándose la camisa, notando la mirada de Owen sobre su cuerpo.- Iré a casa, tomaré una ducha… y me llegaré luego a los tribunales. Esto ameritará abrir una investigación judicial. Y a Robert Read, ya de entrada, puede que le suspendan la pena de muerte.

   -¡Qué mierda! –se ve frustrado.- Voy a revisar unas propiedades que Read tiene a las afuera de la ciudad. Tal vez la señorita Gibson las conozca y las esté usando.

   -Suerte.

   -Jeffrey…

   -Me tengo que ir. –la voz es apremiante, por alguna razón.

……

   Lomis lleva al peligroso convicto de quien todos hablan, todo encadenado, hacia la sala de entrevistas. Oficialmente cuenta como uno encuentro con uno de sus abogados. Con datos no del todo fidedignos. Para todos era una suerte que el jefe Slater no estuviera ese día. El vigilante pelirrojo, que se muere por contarle algunas cositas al convicto, como la “pelea” de perros que Nolan Curtis protagonizara la noche anterior dentro de una pequeña piscina llena de aceites, y que perdiera siendo poseído por el otro “perro”, un chico asiático, frente a los presentes, bien valía la pena. Pero no hay tiempo para lucirse. Eso sí, en ese momento, adora al sujeto que le entregó a su cachorrito.

   Dentro del recinto de entrevistas espera un hombre todavía joven pero prematuramente envejecido, de cabello peinado escrupulosamente y algo largo atrás, canoso. Anteojos finos sobre un rostro delgado. La chaqueta que lleva le sienta mal. Parece un hombre hecho para trajes. Robert Read le sonríe al entrar, el otro traga en seco, intimidado y furioso. Lomis, después de lanzarles una mirada a ambos, sale.

   -Es grato ver que los amigos responden. –comienza Read, sentado a un lado de la mesa, esposado a esta. El otro se agita.

   -No somos amigos ni vine porque quisiera. ¿A qué juega? Creí que nuestros asuntos habían terminado. –ruge desesperado, intentando mostrarse duro, pero más bien parece pedir que se recuerde que había un arreglo entre caballeros.- Hice que le colocaran con la población general. Que no fuera aislado. Logré que… se le tuviera consideraciones especiales aquí. ¿Acaso no lo hice?

   -Si, e imagino que sabiendo que me condenarían a muerte, pensó que se libraría rápidamente de mí. Todas estas posposiciones deben ser realmente horribles, ¿no? –se burla. El otro va a replicar.- Basta, doctor, sabe que no voy a detenerme en consideraciones a usted. Ni las mereces ni soy de los que se preocupa por el bienestar o los sentimientos ajenos. –le aclara brutal, frotándose las manos.- La policía está tras Marie Gibson, y ahora si con un interés especial. La buscan para detenerla y… -sonríe al verle palidecer, de pánico real. El hombre tiembla y parece con ganas de vomitar.- Por ahora ha… desaparecido, y creo que todos estamos de acuerdo en que es mejor así. Sin embargo, esa damita no es tan lista como cree. Ella, como usted, no puede librarse fácilmente de sus pecados. –el otro le mira con horror.

   -¿La tiene?

   -Digamos que estoy en condiciones de lograr que se le encuentre, viva o muerta, o de que no la encuentren nunca. La opción… -le mira salvajemente.- …Dependerá de usted.

   -¡No puede asesinarle! –jadea. Read sonríe.

   -¿Todavía la ama? Que tierno. –ríe. El otro le mira, enfermo.

   -Es un monstruo.

   -Creí que eso se había establecido hace tiempo. –le corta, frío y duro.- No me conviene que caiga, doctor. Ni caer yo. Esa mujer, donde está, está siendo de utilidad. A mí. Y a usted. Para que todo siga bien, necesito un último favor suyo. Y esta si será la última vez que le busque.

   -Eso creí la vez pasada.

   -¿Acaso dije que lo sería? Eso lo imaginó usted, nunca lo dije yo, como hago ahora; quiero que busque a una persona por mí y le dé un recado: Marie. Sólo eso. Y no, no tema por ella. La señorita Gibson es una sobreviviente. Oh, sí, tiene mucho chance de salir bien librada. No dije que la tuviera en mi poder, sólo que sé donde está. Aún podría vencerme, desaparecer como ya ha hecho antes y reaparecer con una nueva vida. Lejos de nosotros. –termina con una sonrisa.

   -¿Por qué no contacta a esa persona por su cuenta? Como hizo conmigo, a través de ese sujeto pelirrojo.

   -Ah, porque no quiero que el vigilante Lomis sepa. No todavía. ¿Tenemos un trato?

……

   Esa mañana, cuando despertó, a Daniel Pierce le anunciaron que el alcaide Monroe quería hablar con él. Cosa que le asustó e ilusionó. Por Diana. Le inquietó ver la sonrisa de Robert Read, aún en la celda para ese momento.

   -Al hombre le gustas, Tiffany. Te ve y la sangre le corre a la verga. No puedo culparle, eres tan hermosa. –le dijo atrapándole la cintura con sus brazos, halándole y besándole, todos mirándoles desde afuera.- ¿Qué querrá?

   -Ni idea. –contestó sonrojándose, bajando la mirada.

   -Por Dios, deja de temblar. –le gruñó Read, sacando una botellita cerrada de debajo de su almohada.- Bebe.

   -Es temprano y…

   -¡Bebe!

   Lo hizo, casi agradeciéndolo después. Moverse en las sombras era peligroso. Con una esperanza dándole vueltas, una que debía ocultar, era peor. Necesitaba controlar sus nervios.

   -Gánate al viejo, sedúcelo, tal vez nos sirva para conseguir cositas, nena. –le dijo Read, atrapándole el rostro con las manos.- Cepilla bien tu cabello, usa ese brillo labial que hace lucir tus labios tan besables. Usa la tanguita vino tinto, esa se la levantaría al capellán de la capilla, lleva ropas parecidas a las que usaste la vez pasada y…

   Odiándole, y odiándose todavía por escucharle y obedecerle, Daniel se dirige, de mano de Lomis (quien luego sacaría de su celda a Read, algo que el rubio no sabría), a la oficina del alcaide. El vigilante llamó a la puerta de la oficina, la señorita Lamas no estaba tras su escritorio, oyeron la autorización y abrió.

   El joven hombre rubio, de manera automática, adquiere un tono más amanerado en los gestos de su rostro, sus ojos, sus miradas y sonrisitas. Nota como aquel sujeto maduro, firme, le mira, recorriéndole con desconcierto e ¿interés?; no lo sabe. Pero la idea de que aquel hombre guapo le encontrara atractivo le provocaba corrientes cálidas que no entiende… No, porque no sabe hasta qué punto ha variado su tendencia sexual desde que está con Read, ni los cambios que experimenta su cuerpo, ni que la botellita que el otro le dio a beber antes de salir, no estaba tan pura como parecía.

   -Señor Pierce, qué bien. –dice el alcaide Monroe, como si le alegrara que aceptara su invitación.- Tome asiento. Gracias, Lomis. –el guardia, algo intrigado, notando electricidad en el aire, asiente y sale.

   -Escuché que quería verme. –contesta, en la silla, sintiéndose muy consciente de sí. Su voz mórbida parece despertar calambres en la columna del otro.

   -Quería verle porque supe de la agresión que fue víctima en las duchas. –le mira, notando como el otro se contrae.- ¿Puede decirme algo al respecto?

   -No les reconocí. –miente, bajando la mirada, sintiéndose embargado de una doble emoción, la rabia y el temor al recordar aquello, y el querer ganar la simpatía y posible protección de ese hombre que le mira el cuello como si deseara tocárselo.- Pero fue horrible, señor. Horrible. –medio dejándose llevar por el recuerdo, baja la mirada cohibido.

   -Dios, lo imagino… -dice el otro, levantándose de su silla, rodeando el escritorio, era recio, el traje le sentaba bien, tenía un aire masculino y protector. Paternal. Y Daniel no entiende las sensaciones que le recorren al pensarlo. Aunque también le nota algo. Algo le abultaba entre las piernas. El hombre se sienta en el escritorio, a su lado.- ¿Cuántos fueron? –pregunta solícito. Daniel le mira directamente a los ojos.

   -Cinco o seis sujetos enormes y excitados, me tocaban por todas partes, decían que deseaban hacerme de todo. Querían que… los mamara a todos –baja la mirada, estremeciéndose.- Fue tan humillante.

   -Lo imagino. –admite el otro, voz ronca, algo caliente.- ¿Lo hicieron? ¿Le obligaron a esa indignidad? –se miran otra vez.

   -Si. No pude resistirme, eran muchos y estaban decididos a tomarme. Fue tan…

   -Claro, claro… ¿Más de uno? –pregunta caliente. Daniel le mira fijamente, sintiéndose excitado, algo ardiente corriendo por sus venas. Monta una mano muy arriba en un muslo del hombre, que se estremece bajo el contacto.

   -Tuve que mamar una verga inmensa, caliente, que casi me ahoga. No podía respirar, mi nariz estaba llena de pelos púbicos, mientras otros me… me… me tocaban el culo, metiendo…. sus dedos y…. –las mejillas de Daniel están rojas, sus ojos brillan, su mano está en llamas sobre el muslo.

   Los engranajes de Robert Read giraban y giraban, y uno a uno iban cayendo, finalmente, en su sitio.

   El alcaide Monroe, hombre casado y con familia, un respetable funcionario público, hombre respetable, mira y imagina al tío bello y mórbido, desnudo entre muchas manos y güevos grandes que quieren poseerle por la fuerza, haciéndole gritar. Se ahoga, no puede respirar; se medio mueve más, atrapa al chico por los hombros, alzándole, atrayéndole, obligándole a caer contra su cuerpo, entre las piernas abiertas, y hace algo que desde su punto de vista es terrible e intenso, aplasta la boca contra la de Daniel, quien se estremece y gime, mientras las lenguas se encuentran en un beso mordelón, sucio y prohibido. Chupan y sorben de manera escandalosa.

   El hombre mayor lleva demasiado tiempo caliente en una relación física poco satisfactoria. Mientras le besa, disfrutando el desconcertante placer y excitación de tenerle atrapado y recostado de su cuerpo, las manos cae en su baja espalda, donde la franela corta ha dejado un espacio libre mostrando la piel. Los dedos de una mano se meten por el borde del pantalón tipo mono deportivo, color naranja, bajándolo un poco. No lo ve, pero se estremece salvajemente, y su verga sufre un espasmo, cuando sus dedos rozan los inconfundibles contornos triangulares de un hilo dental que baja metiéndose entre unas nalgas de chico guapo y puto. Y los dedos sobre la mínima franja de tela le roban el poco sentido común que aún le quedaban.

CONTINUARÁ … 37

Julio César.

NOTA: Bien, eliminé la parte de la fiesta donde “lucha” Nolan. Y todavía me quedó largo, lo hice porque había mucho bla bla bla y sé que no les interesa mucho, así que quise salir de toda esa parte. Ya queda poco para terminar.

SALUDABLE EVOLUCION

junio 8, 2015

UN MARIDO ESCARNECIDO

PARA VER CHICOS EN SUSPENSORIOS

   Antes le avergonzaba cambiarse frente a otros chicos; ahora, bien papeado, disfruta cuando lo hace y todos le miran embobados.

SU GUSTO

Julio César.

LA GRIPA DE DON NICOLAS

junio 8, 2015

LA DEFENSORA Y LA TARJETA DE RACIONAMIENTO

MACHO HOT

   ¡Usted arrugooooó!… ¿No decía así la canción?

  ¡No fue a ver al Papa (ganándose un poderoso enemigo, si fuera un Borgia)! Porque estaba enfermito. Ay, que broma. Menos mal que esa peste no le dio a principios de año, cuando viajaba gastando a dos manos cuan pachá, con toda aquella comitiva de arrimados y asomados. Pero se le entiende, aunque intentan aparentar que nada pasa, saben que la habladera de paja sólo funciona aquí con quienes fingen creerles, al resto les da arrechera y por fuera del país los cuentos no se los traga nadie… a menos que esperen algún negocito donde jodernos. Uno se lo imagina caminando por los corredores de Palacio, mirando las ramas buscando un pajarito en busca de consejo (¿no será Mandinga?), haciéndose mil cábalas sobre la travesía. ¿Imaginan lo que sería bajarse del avión y encontrar a uno huelguistas de hambrea protestándole, gente a la que no podría arrojarles los colectivos violentos para después culpar a algún líder de la Oposición de la agresión? ¿Imaginan llegarse al Vaticano, todo el mundo mirándole feo por los estudiantes torturados, y que por esa cara le revisen hasta la pepa del ojo (a la entrada y a la salida), aún así sonriendo porque le caerá a muelas al Papa y encontrarse nada más y nada menos que con la cara avinagrada de Monseñor Lückert (ni yo quisiera encontrármelo cuando anda de malas)? ¿Se imaginan aguantarse ese chaparrón del Papa cuando comience diciéndole “esto que te voy a reclamar ya se lo dije a Raúl y este no se va a meter”? No, es mejor una gripa salvadora.

   Pero, fuera de juegos, esto es significativo: la realidad comienza a golpear la Tierra de Mordor, digo, el mundo de fantasías que el Gobierno intenta mostrar, levantado a punta de pura paja. Ah, caen los poderosos, don Diosdado no se atreve a salir por miedo a que le clave los ganchos cualquier policía internacional, ahora don Nico debe privarse del sabroso viajecito, el primero de muchos que serán amargas experiencias en el futuro. Bueno, por lo menos están mejor que la gente que ha muerto por tanta incompetencia y desidia, eso sí.

NICOLASITO, ¿TERRITORIO LIBERADO DE QUÉ?

Julio César.

SERVIR Y OBEDECER… 5

junio 7, 2015

SERVIR Y OBEDECER                         … 4

   La siguiente historia NO ES MIA.

SERVE AND OBEY

By: lexicodecy

MARINE HOT

   Mientras más se resiste, mejor.

……

   Agotado, Eddy Morales abre los ojos, había estado soñando o recordando ese momento tan traumático y terrible. Con la conciencia le llega nuevamente el dolor por la incómoda posición y por su abdomen lleno de líquidos. Intentando evaluar su situación mira en todas direcciones, la otra puerta está cerrada. No oye nada. Va volviéndose al otro lado cuando dos manos caen en sus axilas y comienzan nuevamente las cosquillas, grita de frustración y dolor, mientras ríe y lloriquea.

   -¡Silencio, perra! –le oye rugir bajito, y le obedece inmediatamente, respirando pesadamente.- Así está mejor… -se oye satisfecho, la mano que le palmea una nalga es aprobadora, cosa que le eriza la piel de rechazo.- Ahora vamos a probar cómo sigue tu coño… -agrega, la mano rodando, entrando en su raja, medio golpeando sobre el tapón en su culo.

   Y Eddy se agita, su frente se arruga. Quiere gritar, negarse, oponerse… pero tiene miedo.  Y el otro lo sabe, por eso sonríe perverso, golpeando nuevamente contra la base del tapón, fuerte. Lo que provoca un eco muy molesto dentro del chico. obviamente ese sujeto sabía cómo lastimar, reconoce. Y la idea era aterradora, estando como estaba. Aprieta los dientes sobre la mordaza y su frente se frunce. Le está quitando el juguetito con el cual le tapona y es incómodo. Pero no tanto como cuando lo retira y de su culo sale aquel chorro del enema. Expulsarlo, sentirle libre de él, vacío, casi le duele ahora. Bañado otra vez en sudor cae sobre el mesón. Pero pronto se tensa cuando algo de agua templada, como la aplicada con una jarra, le moja la raja y unos dedos le enjabonan.

   -Quieto, no vaya a cortarte las bolas. –le oye decir mientras le acaricia un glúteo con el frío canto de una navaja.

   Helado, Eddy contiene la respiración, ojos muy abiertos, mientras le afeitan la raja del culo y se lo lavan. La cosa era… sencillamente atroz por lo humillante. Tiene que luchar contra las ganas de hacer fuerza y liberarse para escapar de allí; aunque sabe que es inútil. Y que podrían cortarle las bolas por “accidente”.

   -Bien, esto tendrá que servir por ahora. –escucha nuevamente al sujeto, antes de agacharse tras sus nalgas, soplándole la mojada entrada.

   El culo recién afeitado tiembla y se cierra a cal y canto. La risa del otro, baja y roncas, le irrita y asusta. Siente su aliento caliente bañándole otra vez, y… un calor distinto. Casi salta cuando ese tipo pega la nariz de su culo, frotándolo lentamente, luego subiéndola, pegándole los labios. ¡Ese tipo estaba acariciándole el culo con la cara! Y la idea le parecía repugnante, debía… Tiembla. Quiere gritar. Resistirse. Pero teme el castigo. Todavía le asusta lo que escuchaba que le sucedía al sujeto en la otra habitación. Le horrorizaba… no quiere ni pensar en eso, pero le asustaba llegar, de alguna manera que ni podía imaginar, a desear ser tratado igual. Su cuerpo lucha por resistir, su mente le grita que tenga cautela, aún cuando unos pulgares, cerca de su entrada, halan y le abren un poco.

   Los ojos de Eddy se llenan de lágrimas, de rabia, de impotencia, de frustración al saber que ese tipo estaba haciéndole eso, tocándole así, jugando con su culo. Este, abierto, recibe a unos labios entreabiertos que lo cubren. Y la caricia le parece tan sucia y degradante que quiere patearle, hasta que la lengua se abre paso, poco a poco, la siente adentro y se tensa, los pies afincados dentro de las botas, sus manos en puños, los dientes apretados otra vez. La sensación de la húmeda, tibia y reptante lengua contra sus entrañas le calentó de una manera intensa. No sabe lo que ocurre, pero siente que su culo, su interior, se llena de calor y de ansiedad… ¡Quería que la lengua entrara y le calmara! No, lo necesitaba. No es que lo quería, rectifica con una rabia profunda, gruñendo otra vez, incapaz de contenerse. ¡Era un hombre, carajo! ¡Eso estaba muy mal!

   Tras él, lentamente, Jim Preston aparta el rostro, la lengua afuera todavía, mirando el ensalivado agujero. Vaya, un batallador…

   -¿Seguro? ¿No quieres nada? –le reta. Eddy gruñe su disgusto, medio volviendo el rostro.- ¿Ni esto?

   Con rapidez, dos dedos se apoyan en la cerrada entrada, aunque algo menos estrecha por el juguete sexual que le sirvió de tapón. Los dos dedos blanco rojizos van forzándole, tensándole y penetrando. Desaparecen, luchando y venciendo la resistencia del joven de piel canela clara, clavándoselos. El dolor se siente terrible, piensa Eddy, quien una vez, sin agua, comiendo galletas en un apartado punto fronterizo, sufrió un malestar estomacal que le dejó estítico, lastimándole horriblemente, cuando iba a evacuar, esas pelotas duras que parecían no poder salir sin romperle. Esos dedos que forzan los pliegues de su anillo, desapareciendo entre ellos, le producían un malestar similar.

   Los dedos parecen no tener fin en su metida, pero el puño choca de su entrada, y es cuando el hombre comienza a tijerear con ellos, forzando aún más su entrada, de manera ruda. Doliéndole. Pero además, los dedos… Eddy se estremece, frío, lleno de rabia. Odiaba saber y sentir que los dedos de otro hombre estaban metidos en su culo, le frustra no poder defender su hombría, y le molestaba, por encima de todas las cosas, las sensaciones gratas que el roce de esos dedos provocaba en su recto que parecía irritado.

   Sonriendo, con la boca ligeramente abierta, Jim saca sus dedos, halándole los pliegues, rozándole, y vuelve a meterlos. Van y vienen, frotándole, y Eddy casi jadea, su cuerpo ardiendo ahora. Ese picor en su culo era desesperante, ese roce parecía calmar, pero sólo un segundo, en seguida regresaba.

   -¿Lo sientes? ¿El placer y la excitación de mis dedos en tu culo? No a todos los hombres les ocurre. Eres tú respondiendo al tratamiento. La verdad es que quieres. Te gusta la idea de ser tratado así. Te molesta, te angustia, pero sabes que tu cuerpo lo desea. –Jim le informa mientras se pone de pie, tendiéndose sobre su rostro, los dedos no abandonando su culo.- Cuando termine el tratamiento, estarás gritando mi nombre con placer cuando te corras montado sobre mi verga, bien clavada en tu coño caliente de puto. -le saca los dedos.  Eddy se sorprende de verse libre, también de su entrada agitándose. Eso le produce un rubor feroz al oír la risita.- Si, los necesitas clavados en tu culo, hay hombres que no merecen ni llamarse tales, que desean vivir con los dedos de un macho metidos en sus culos las veinticuatro horas del día. Eres de eso. Imagina lo mucho que disfrutarás cuando te sientes sobre mi regazo, probando la primera verga de las muchas que se meterán en tu culo de ahora en adelante. Sé que piensas que no ocurrirá, que resistirás. Que me vencerás. Lo mismo pensaba el puto en el otro cuarto y ahora vive llorándome para que vaya a cogerle. –se aparta y le encara, comenzando a desatar sus muñecas.- Voy a soltarte, necesita bañarte. Pórtate bien o lo lamentarás.

   Con la mente confusa como la tiene, el joven cree ver llegada una oportunidad. Le duelen los hombros cuando finalmente puede mover los brazos, pero está débil y no puede evitar que ese tipo le una las esposas a las espaldas. Va atrás y le quita el pequeño cinturón con el tapón, luego le libera las botas de las argollas del piso. Al joven le cuesta enderezarse, pero lo hace intentando alejarse de las manos del sujeto, quien parecía querer servirle de apoyo, y que le mira serenamente.

   -Quédate aquí. –le ordena, dirigiéndose a la puerta donde, aparentemente, tenía encerrado a otro sujeto.

   La adrenalina sube como la espuma de la cerveza por las venas de Eddy Morales cuando le ve desaparecer por ahí, mirando luego hacia las escaleras. Con pasos inseguros, las piernas le temblaban por la posición que estuvo obligado a sostener, medio corre. Su corazón late locamente, sabe que se arriesga pero tiene que hacerlo, escapar de toda esa maldita locura. Buscar ayuda. Soltarse y… le matará. Ya lo tiene decidido. Vengaría tanta injuria con su vida. Oye un corto silbido pero no se detiene, no hasta que bajando los escalones, con pasos inseguros por la superficie, pero con determinación, bajan tres enormes pastores alemanes, ladrando, todo dientes, todo ojos mala leche. El miedo le enfría la sangre y el cuerpo. Aterrorizado ve esas muecas de rabia, escucha esos ladridos de peligro. Y se le arrojan encima.

   Tras la mordaza grita aterrorizado, obligándose a volverse, luchando contra el miedo y la debilidad de sus piernas. Corre dentro de la habitación hacia la parte más lejana de la puerta, gritando amordazado, mientras los tres animales prácticamente le están mordiendo el culo ya. Le despedazarían, sus colmillo se clavarían desgarrándole, y no podía defenderé, no como estaba, al menos. Se deja caer contra una esquina e intenta patearlos, pero dos de los animales atrapan las puntas de sus botas, con fuerza, inmovilizándole cuando ya otro se le lanza al cuello. Grita y grita, llorando ya para ese momento. La orina escapa de su vejiga, tras la mordaza el vomito casi le ahoga. Hay otro silbido. Los perros dejan las botas, los tres le bañan con sus salivas mientras le gruñen y ladran feamente. Eddy se encoge sobre sí, muerto de miedo, débil. Indefenso. Los animales olisquean entre sus piernas, la orina, uno pega el morro de su sudado hombro y parece lamer. Todos le olfatean y gruñen feo. Y no le extraña ver aparecer a ese tipo tras los animales, los cuales, en verdad, no le han tocado.

   -La próxima vez que lo intentes y te atrapen, tus bolas y tu verga desaparecerán en sus hocicos. Sangrarás a morir, mientras te mordisquean en lugares sumamente dolorosos pero no mortales. Te llevará sus buenos treinta minutos. Si, por alguna casualidad, lograras salir de este cuarto o de la casa, te rastrearán, tienen tu olor clavados en sus cerebros. Te encontrarán y te morderán, luego te arrastraran aquí para que te vea morir. –le informa, brazos cruzados, alto, guapo, terrible.- Esta es tu vida ahora, cholo. Eres mi esclavo. Y mientras más pronto lo entiendas será mejor para ti. –le da la espalda, los perros gruñen quedo, mirando a Eddy al rostro. Sin moverse.

   ¡Le iba a dejar allí, así, con los perros rodeándole! Aterrorizado bufa, quedo, no queriendo alterarles. Sus miradas se encuentran. Lo odia, pero ya no puede controlarse. Le suplica con los ojos. El otro sonríe, le gusta cuando ruegan, cuando reconocen su debilidad, que no son nada, tan sólo juguetes a ser usados por él; cuando admiten su poder sobre ellos. El chicano iba bien encaminado.

   -Disfruta la compañía… perra.

   Sale, dejándole aterrorizado, desesperado. Todavía gimotea, alzando el tono, pero los gruñidos silentes de los animales le erizan la piel, congelándole.

……

   La noche cae, calurosa, todo se ve a oscuras más allá de los perímetros de la cerca de la propiedad Preston. El cielo es inmenso, estrellado, sin luna en esos momentos. A lo lejos gruñe un animal, tal vez un coyote. La carretera secundaria parece una boca de lobos. Impera un aire de distancia, aislamiento. Soledad. Muy a propósito para los horrores que aquel apuesto sureño racista había montado.

   El hombre, recién duchado, su cabello corto peinado hacia atrás, se prepara un buen pedazo de carne a la plancha. El humo, el olor, es delicioso. Sangra un poco sobre el budare. Bebe una cerveza mientras escucha algo de country. Un corto bip le llama la atención. Se vuelve hacia el mesón, donde descansa, abierta, su laptop. Un mensaje. Deja caer la carne sobre un plato grande, se sirve una buena porción de puré de papas, y con tenedor y un filoso cuchillo, se detiene frente a la laptop. Sonríe. Un mensaje archivo de la señora Rice. Imagina qué. Era delicado ese tipo de correos, pero la mujer sabía las precauciones que debía tomar. Sabía, igualmente, que con gente como él no se jugaba. Era peligroso. Y nadie como ella estaba consciente del hecho.

   Corta un buen trozo de carne, aunque marrón-dorada por encima, la roja naturaleza se deja ver dentro. Se lo lleva a los labios mientras abre el archivo. Muerde y algo de sangre escurre de su boca, una que atrapa con la lengua y el dorso de la mano. Se carga un video. Sonríe cruel. Era Jazmina, la princesa. Así le bautizó. La escena, de mala calidad, se centra sobre un mesón corto, donde está, en precario equilibrio, una creación suya. Tres meses antes, dirigida por uno de sus contactos, la señora Rice le habló de un tal Saleen, un joven de ascendencia hindú que pretendía a su hija, conociéndose ambos en la universidad. A ella no le agradaba ese chico bajito, delgado, piel canela intensa, ojos grandes y oscuros, amables. Pero la niña estaba encaprichada, él también, hasta fue desafiante para con su “suegra”; hasta de boda se habló, así como de cambio de religión por parte de ella. La señora Rice quería que el joven desapareciera, pero no que muriera. Deseaba que ese atrevido que le desafió, lamentara cada día de su vida haberse metido con su familia. La gente indicada atrapó al joven, apenas dieciocho años, y se lo llevaron. Él le sometió al tratamiento especial, lo que ella deseaba, aunque no era mucho de su gusto. Ahora, allí, estaba Jazmina…

   Era casi imposible reconocerle después de las cirugías que alargaron un tanto su rostro, aligerando la mandíbula, viéndose femenina, así como por su cintura más estrecha. Viste un traje de porrista abierto, sus tetas, color canela, grandes para una “chica” de dieciocho, son apretadas por dos enormes manos blancas, mientras su boquita es atacada una y otra vez por un güevo inmenso del mismo color. Le oye gemir con la boca llena, labios pintados, la larga melena casi llegándole a las nalgas sobre la espalda. La faldita está recogida sobre su baja espalda, sus nalgas redondas, sin marcas de bronceado, se ven totalmente porque una diminuta pantaleta tipo tanga, amarilla intensa, descansa casi sobre sus rodillas. Su culo, que sabe depilado, es abierto una y otra vez por otro monstruoso güevo blanco rojizo, que le embiste con furia, casi viéndose demasiado grande para ese agujerito, o para ese chico-chica en especial. El pene del muchacho, que emerge de unos muy recordados pelos púbicos, cuelga flácido, pequeño. Casi nada. Ya nunca más tendría una erección en su vida. Era un eunuco. Ahora su órgano sexual principal, el que le daría gusto, era su culo. O su coño, tratándose de “ella”. Esa fue la venganza de esa mujer. Le ve casi en cuatro patas sobre ese mesón, sosteniéndose con las manos del borde para no caer derribado por las embestidas, siendo atacado por las dos vergas titánicas que llenan su boca y su culo; de sus ojos salen lágrimas, su mirada se ve perdida, de su boca muy ocupada escapan jadeos y gemidos ahogados, imposible saber si de gusto o no.

   Pero que terminará siendo su vida. Si seguían el régimen que les indicó, fuera de las inyecciones de hormonas, y de enemas con ketamina, esos hombres debían correrse todos en su culo, sólo en su culo, o coño, y taponarlo para que el semen no saliera.

   Mirando la escena, erecto bajo su pantalón, Jim Preston termina su carne, toma su cerveza, complacido, contento. Ese chico no debió nunca acercarse a una mimada niña blanca. Ahora sería una putita el resto de su vida. Conseguida su venganza, la señora Rice se lo devolvería. Ya lo tenía negociado en un burdel de la frontera, donde el chico satisfacería a cientos, tal vez miles de hombres ruines, violentos y viciosos. De esos que pagaban con dosis de cocaína, para controlar. Pronto sería un despojo, una puta andrajosa que para pagarse las drogas deberá recorrer las calles vendiéndose muy barata.

   La idea le hace sonreír mientras le ve estremecido por esas dos vergas que le cogen al unísono, los enormes sujetos gozan forzándole, sometiéndole, controlándole como lo hacen, provocándole más llanto y roncos gemidos. Si, parecían de placer.

……

   Tiene fiebre, se dice Eddy Morales, en medio de la noche, del lugar oscuro y de repente muy frío. Rodeado de esos perros que se tendieron casi sobre él. Los pelajes, el calor, le hizo buscarles. Casi se abrazaba con los animales, o lo que podía hacer al estar sujeto a sus espaldas. Los pastores alemanes parecen dormidos, a pesar de sus respiraciones agitadas y sus movimientos nerviosos. Se separa de ellos, mirándoles. Volviendo los ojos hacia las escaleras. Un ruido, tal vez de un televisor, le llega. Ese lugar estaba sin llave. Ese sujeto pensó que no era necesario, que sus perros bastarían para retenerle. Que le tenía sujeto por el miedo. Con cuidado se pone de pie, moviéndose increíblemente lento se aleja de los dormidos animales.

   Apenas se aleja media docena de pasos cuando estos alzan las cabezas, ojos brillantes en la oscuridad. Echa a correr, cuidando sus pasos en la oscuridad; los ladridos le llegan primero, los perros, saltándole encima, derribándole de panza, quedando totalmente indefenso, poco después. Grita y aúlla, intenta luchar, con un pie golpea a uno, el bramido de rabia que este lanza enfurece a los otros, unos dientes se cierran sobre sus músculos del brazo, por encima de la muñeca derecha. Era el primero en morder, en clavarle los colmillos. Y grita aterrorizado.

CONTINÚA … 6

Julio César.

NOTA: ¿Es o no es todo un maldito?

NOTA 2: Ese carajo de la imagen me recuerda a alguien.

DEAN, EL SOLITARIO REGRESO DEL GUERRERO… 3

junio 7, 2015

EL REGRESO DEL GUERRERO                         … 2

DESTIEL, SENTIMIENTO

   Si el ganador lo toma todo, ¿qué queda para el perdedor?

……

   Riendo para sus adentros, claro, Dean se pregunta cómo nadie ha venido a reclamar por todo el escándalo cuando él, por dos gritos locos que lanza en medio de sus pesadillas regulares, despertaba e irritaba a todos en un motel. Porque vaya qué gritaba aquella joven desnuda, de espalda arqueada sobre la cama, con dos tíos, desnudos también, a sus lados, que lamían y mordían sus pezones imposiblemente duros, estimulándolos con dientes y lenguas, succionando como lactantes que compiten entre sí, mientras también juegan con su coño, las manos de dos tíos recorriéndolo externamente, los dedos entrando en la cálida y húmeda cavidad, jugando, tocando, estimulando. Es más de lo que la pobre chica puede soportar. Y más cuando se mira en el espejo del techo, eso que el cazador se cuidó mucho de que estuviera. Verse a sí misma, perdida de calenturas, parecía excitarla aún más. Estaba prácticamente delirando entre los dos sujetos, de sus bocas que mordían y chupaban, de las manos que recorrían su abdomen, los dedos que jugaban con su coño, un dedo de cada tipo penetrándola adentro y afuera.

   El chico también se miró al espejo cuando, sentado en la cama, la vio, en cuatro patas, tragándose su verga, de punta a base, succionándola también, gimiendo mientras lo hacía, porque ese tipo estaba detrás de ella, arrodillado, metiéndole la lengua en el húmedo y tibio coño, lengüeteándole ruidosamente el clítoris, teniéndola delirando de excitación, mientras le clavaba dos dedos por el culo. Preparándola para el sándwich de vergas que le darían. Todo eso lo veía el chico en el espejo, incluso su propio rostro.

   Como también se vio y a ella, más tarde, la joven de espaldas sobre la cama, besándose con el rubio pecoso de manera hambrienta, después de haberle mamado, seguramente con algo de su sabor compartiéndolo con ese sujeto, mientras este continuaba jugando con su coño, metiéndole dos dedos largos que iban y venían, como ganchos, haciéndola delirar. Y él… bien, de medio lado entre las piernas de ese sujeto… le lamía y mordía la verga blanco rojiza, dura. Sus labios, húmedos, se abrían y cerraban sobre el glande de ese otro carajo, sorbiendo, chupándolo todo, algo que nunca antes había hecho. Cuando lo lame de lado, como saboreando una paleta, su boca subiendo y bajando, ese sujeto alarga una mano firme sobre su cabello, casi como una caricia, y le sorprendió lo bien que se sentía. No pudo evitar elevar la mirada y verse, mamándole el tolete al sujeto rubio y pecoso de ojos verdes. Algo que lo excitaba horriblemente. Dejando de lado todo pensamiento racional sobre lo que hacía, medio elevó el rostro, de frente a esa pelvis, y lo tragó totalmente, como su chica hizo poco antes con el suyo, llenándose la boca con la pieza masculina, esta latiendo sobre su lengua.

   -Oh, mierda, si… -escuchó que el tipo gimió, de gusto mientras le mamaba la verga con fuerza, sus labios subiendo y bajando dejándolo brillante de saliva y jugos.- Trágatelo todo, te ves bien chupándolo, tío. A tu nena le gusta. –el tono chulo ni le incomoda, no mientras lo atrapa todo, casi ahogándose, y la oye medio reír excitada.

   Dean también ríe, bajito, ronco y sexy contra los labios de la chica, medio volviendo sus ojos, viéndoles en el espejo. Esos dos servirían para ahuyentar las pesadillas hasta por la mañana.

……

   Hubo un tiempo cuando Castiel entraba, sin pedir permiso porque creía tener derechos sobre su humano, a los sueños de Dean Winchester; lo hacía atormentado por todo ese dolor que percibía en el otro. Se presentaba para calmarle las pesadillas. Ahora no se atreve. Fuera del motel, aguarda. Sabe que el cazador está inquieto, lo percibe. Mucho. Era cuestión de tiempo.

……

   La noche avanzaba, y entre dos cuerpos tibios, dormidos, ellos mismos no sabiendo por qué se quedaron, Dean está fuera del mundo. Pero no descansa. Sus parpados se agitan, se revuelve en la cama. Está corriendo otra vez por el Purgatorio, escapando de leviatanes que se levantan aquí y allá, rápidos en sus carreras, sus bocas desmesuradamente abiertas, los alaridos de rabia escapando de sus bocas contra uno de los culpables del fracaso del gran plan. No era miedo lo que le dominaba, era desesperación, corría por su vida y no podía detenerse ni un segundo. No había descanso, reposo, tan sólo tensión, adrenalina y rabia. Saltaba sobre árboles caídos, las ramas le rozaban y herían. Cae y rueda, feo. Se levanta. Frente a él se encuentra una mujer que le mira con odio, y su boca se abre de manera terrible, lanzándosele encima.

   Helado, Dean Winchester se sienta en la cama, perdido, no sabiendo dónde está, desconcertado por la mujer y ese tipo a ambos lados de su cuerpo. ¡No está en el Purgatorio! Esa leviatán no le amenazaba ya. ¡Estaba a salvo!, mentalmente se lo grita una y otra vez, pero tiembla sin poder contenerse. Sam… Castiel…

   Los nombres, pensar en ellos de manera desolada, el auxilio que esperó a cada segundo en aquel lugar, le hería, porque eran ayudas que nunca llegaron. Ni llegarían porque no le buscaban. Eso le ahoga. No puede quedarse, necesita moverse. Tiene que ponerse a trabajar para ver si logreaba acallar los temores, las rabias por todo lo que tuvo que hacer. Con cuidado sale del lecho, se medio viste, recoge sus cosas y sale, mirando por última vez a la pareja dormida. Pensó que alcanzarían para alejar las pesadillas, pero no. No le extraña, la reunió con Sam le había dejado profundamente afectado.

   La noche tibia, oscura, el viento agitando los arboles, le inquieta. Traga en seco, a buen paso dirigiéndose hacia el auto estacionado al final del lugar. Se detiene bruscamente. Lo siente. Alguien o algo está allí (Castiel). Sus ojos brillan como los de un gato, alertas. El temor y la inquietud idos. Morral al hombro, con una mano sostiene su arma, con la otra un largo cuchillo de plata. No ve a nadie, pero…

   Castiel no se materializa para él, le mira, parado no muy lejos, pero no osando dar el paso. Qué diferente se veía el cazador. Su rostro estaba más marcado, más delgado y algo macilento, y sin embargo parecía más fiero. Más decidido a todo. Tiene que…

   -¡Hey! –alguien aparece frente al cazador, que se agita. Este sonríe y alza las manos.- Tranquilo, hermano, recibí tu llamada.

   -¡Benny! –gruñe el cazador, de pronto tembloroso de alivio.- Amigo, no te esperaba hasta… -y calla. Se miran.

   -¿Todo bien, Dean? ¿Encontraste a tu hermano? ¿Sabes de tu amigo Castiel? ¿Encontraste lo que ansiabas en el Purgatorio?

   -No… -confiesa este, dejando caer las manos.- Nada está bien, amigo. Nada es como lo imaginé. O como creí que era.

   -Te entiendo. Todo se ve muy diferente ahora, ¿verdad? El Purgatorio parecía más estable. Y confiable.

   El ángel les mira y escucha, incómodo. Confundido. Sabe que ese tal Benny es un ser sobrenatural. Un vampiro. Le sorprende un poco verle al lado de Dean, el duro cazador enemigo de toda criatura maligna. Pero no es eso, precisamente, lo que le causa esa desazón extraña. Es la mirada atormentada del cazador, algo suplicante. Necesitaba un hombro y parecía querer encontrarlo en esa abominación.

   -No sé qué hacer ahora, Benny. Me dejaron atrás. La vida, mi hermano… -calla, y Castiel se pregunta si pensaba en él. Idea muy molesta.

   -¿Todavía te atormenta lo del Purgatorio?

   -Las cosas que hice…

   -Las cosas que hicimos. Y no eras tú, hermano. Fue ese lugar. Te cambia. Te afecta. Es como una droga. –es solícito, alzando una mano que seguramente era fría, muerta, piensa Castiel, atrapando un hombro del cazador, apretándole. Con intimidad. Pero lo más sorpresivo para el ángel es ver a rubio sonreír levemente, agradecido. ¿Qué estaba ocurriendo allí que…?

   -¡Dean! –se presenta, sobresaltando al cazador y al vampiro, que muestra sus dientes puntiagudos. Ángel y el vampiro se miran, tensos, como calibrando qué ocurriría en una batalla.

   El cazador se queda helado, confuso, los ojos clavados sobre el Castiel de siempre, con su gabardina y su corbata floja, su mirada abierta y clara. Franca. Una trampa de la vida, piensa el pecoso hombre, molestándose. Una vez creyó en esa franqueza. Con una mano sobre el torso, detiene a Benny.

   -Tranquilo. Le conozco. O eso creí. –le informa. Sin quitarle los ojos de encima, sintiéndose atrapado, enterrado en pantano.

……

   En su cama, Sam Winchester tampoco puede dormir. Regresó molesto con Dean por marcharse y dejarle de esa manera. Le parecía increíble que no pudiera entender que, de verdad, ya no tenía fuerzas para continuar, no con un trabajo que le había costado todo. Su madre, su padre, Jessica, Bobby, y finalmente Dean. ¿Cómo continuar? ¿Cómo preocuparse de otros cuando había quedado tan roto y solo? Dean no lo veía así. Tragando en seco, sin moverse para no despertar a Amelia, quien no se había sentido muy bien últimamente (y que no le preguntó a dónde fue o qué hizo, algo que debió indicarle que la cosa era mucho peor de lo que imaginaba), siente también rabia. Disgusto porque Dean había sido certeramente duro: le había dejado atrás, abandonándole a su suerte. ¿Le creyó en el Cielo, que sabía se lo había ganado ya que Dios mismo había dado la garantía? Si, lo creyó. O lo supuso. O quiso imaginarlo.

   Un año en el Purgatorio, arrastrándose por un campo de guerra, todos los horrores que habían combatido a lo largo de los años, siguiéndole. Cazándole. Dean se había convertido en la presa. ¿Cómo salió? No, ¿cómo sobrevivió todo un año a ese horror? Había sido lanzando, en cuerpo y alma, a ese lugar, podían destrozarle, matarle. Imaginar que… No, no podía engañarse. No le buscó. Por una vez no hizo nada. Tan sólo continuó su camino. Dejó atrás al guardián de su infancia.

   -¡Quiero helado, Dean! –oye sus propio gimoteos de niño, un enorme puchero con sus ojos llenos de lágrimas.

   -No tengo dinero, Sammy. Lo que papá dejó ya se agotó. –respondía exasperado, y desesperado, aquel pecoso niño de ocho años.

   -Helado, Dean… -gimoteaba. Y así continuaba hasta que el muchacho salía.

   Para regresar siempre agitado, con un bote helado. Una vez un arañazo en su cara sangró un poco. Lo supo luego, dos años después, una tarde que le siguió. Dean entraba a un supermercado, mirando en todas direcciones y tomaba algún paquete de helado con el cual escapaba a toda carrera. Nunca más le pidió nada por el estilo. Esos recuerdos eran demasiado molestos en ese momento, piensa el menor de los Winchester en la cama que comparte con Amelia; prefería recordarle cuando, contando con ocho años, le dejaba en esas horribles salas de fiestas, con payasos, donde alguien cumplía años y se colaba en la celebración. Le dejaba allí, aunque lo odiaba, para ir a coquetear con alguna chica. Regresaba, intentando alegrarle con zalamerías, llevándole luego al cine, a ver algo de ficción, para contentarle.

   Mirando hacia el techo, Sam toma aire. Hasta en sus momentos de idiota, Dean pensaba en él. Aunque, claro, había otras facetas, las que nunca hablaron. Aún a los diez años notaba como las chicas, algunos chicos y uno que otro adulto, miraban a su hermano de manera especial. Había algo en Dean que destacaba, su aire chulo, desafiante, de sabelotodo, arriesgado y osado. Recuerda esa tarde en el cine cuando un chico miraba y miraba a Dean, el cual venía molesto porque su cita le había fallado (no quiso dejarle meter mano). Era evidente que al chico le atraía su hermano. Sam pudo haberle advertido, que mantuviera los ojos apartados, pero no se atrevió. Dean notó la mirada, y ceñudo alzo la barbilla, desafiante. Al rato se levantó, abandonando la sala diciendo que iba al baño. Y el otro chico le imitó. Presintiendo algo terrible, Sam salió luego, viendo desaparecer al jovencito, tal vez de dieciséis años, entrar en los sanitarios. Con cuidado se acercó y les pilló.

   Dean, de pie, la chaqueta de su padre quedándole enorme, con la joven y rojiza verga erecta afuera, miraba al otro, que estaba de rodillas.

   -Entonces… -Dean quiso saber. Era como un reto, Sam lo supo.

   -¿Me dejas chupártela? –suplicó el muchacho, haciendo sonreír a su hermano y estremecer a Sam, quien no podía creerlo. ¿Dean sacándose la polla frente a otro chico?

   -Hazlo. –le oyó y le vio metérsela en la boca, atraparle el cabello, embistiéndole, preguntándole si le gustaba mucho mamar.

   Esa tarde comprendió que Dean era notablemente sexual, salía con una chica para tener relaciones, si no resultaba buscaba lo que fuera para aliviarse, y no con una paja. Y se le daba. Alguien siempre aparecía, con los años fue notándolo, dispuesto a satisfacerle. Por eso su hermano creció tan chulo, tan creído de sus atributos y encantos. Aunque, a decir verdad, mirándolo en frío, Dean siempre fue el más guapo de la familia. Y desde esa tarde, para el chico, aunque más tranquilo, rigió la misma regla de calenturas. A veces le molestaba la actitud del otro porque era confusamente sensual y excitante. Con los años, pareció que ya ninguna rechazaba a su hermano, cosa que también era molesta.

   Amelia, a su lado, jadea y toma asiento en la cama, alarmada.

   -¿Estás bien? –rápidamente se sentó también y le rodeó los hombros con un brazo, notando como la joven se tensaba tomada por sorpresa.

   -Sam… -gimotea, como si le sorprendiera y aliviara encontrarle allí.

   -¿Qué tienes? ¿Una pesadilla? –pregunta; últimamente tienes muchas, lo piensa pero no lo dice.

   -Si, una tontería. -intenta una sonrisa.

   -¿Quieres contarme…? -comienza, pero ella se aleja, tensa otra vez.

   -No. No es nada, yo… Necesito agua. –sale de la cama, casi como si huyera.

   El menor de los Winchester parece confuso. Y preocupado.

   La mujer toma agua en la diminuta cocina y se dirige al cuarto de baño, el del pasillo. Se mira al espejo. Se ve desencajada, pálida. Ojerosa. ¿Cuánto tardaría Sam en notar que algo le ocurría? Pero… jadea desmayada, a su imagen reflejada en el espejo, se suma otra, la de un hombre joven vestido de militar, piel apergaminada, descompuesta, una mueca de ira en la boca, ojos desencajados.

   -¡Ayúdame! –le ruge, contenido, bajo y burbujeante, como si hablara con la boca llena de agua.

   -¡No estás aquí! ¡No estás aquí! –jadea aterrada. Estaba enloqueciendo.

   -¡Ayúdame! –repite con un grito esa imagen y el espejo se raja como si hubiera recibido un puñetazo. Ella chilla algo histérica de miedo, aunque oye a Sam llamándola, apareciendo en la puerta.

   -Amelia, ¿qué ocurre? –la mira, desconcertado, notando el espejo.

   -Sam, creo que estoy enloqueciendo. –las lágrimas brotan de sus ojos mientras le abraza.- Estoy viendo cosas. Alucinaciones. Me parece que me persigue un fantasma, el de mi esposo muerto en Irak. Y está furioso. Quiere lastimarme.

……

   Arrojando el morral sobre a capota del viejo auto, Dean mira hacia la noche, más allá de los límites del cutre motel. A sus espaldas, Castiel parece aguardar algo. El cazador endereza los hombros y bota aire.

   -Habla, Castiel. No tengo toda la noche. –es seco cuando se vuelve y le mira. El ángel alza la mirada, sorprendido.

   -Pareces molesto, ¿fue porque interrumpí la reunión con tu amigo, el vampiro? –no puede evitar el retintín. Simplemente lo pensaba y lo dijo.

   -No tienes que decirle vampiro, tan sólo di “tu amigo”. Él lo es. –Castiel alza la mirada bruscamente.

   -¿Insinúas…? –no puede continuar. La conversación estaba resultando realmente difícil.

   -Habla, Castiel. Di lo que tengas que decir.

   -No pareces de humor. –replica algo seco.

   -Pero tiene que ser. Hablaremos ahora o ya no lo haremos después. –puntualiza, sorprendiéndole y lastimándole.

   -Estás molesto conmigo. –reconoce.

   -¿Te parece?

   -Dean… no pude hacer nada…

   -¡Estabas a mi lado cuando Dick Roman estalló! Desaparecí, succionado por el Purgatorio, pero tú no. Tú sabías dónde estaba, qué había pasado conmigo por usar esa arma de… Dios. Pero al igual que Sam, me diste por perdido. Todo un año, Castiel. Me arrastré por la porquería todo un año. Llamando a Sam, por costumbre, ¿qué podía hacer mi hermano que no estuviera intentando ya desesperadamente? Mi fe estaba puesta en ti, en el ser angelical que no fue tragado por toda esa mierda, quién fue una vez al Infierno por mí, así fuera porque seguía órdenes de otros que deseaban comenzar el Apocalipsis. Pero fuiste, esa vez. Y te esperé, Castiel. Cada tarde, cuando podía parar un momento, me preguntaba si sería el momento cuando aparecerías. Al otro día me lo preguntaba otra vez. Esperé mucho tiempo por tu ayuda. Dime, Castiel, ¿qué estabas haciendo por mí?

   -Dean, no puede hacer nada. El Cielo está devastado por la guerra entre los ángeles, por Rafael, luego por mí. El Infierno parece ser una gran amenaza, aunque no entiendo cómo ahora sí lo es y antes no. Y yo soy un leproso, por la matanza que realicé cuando… me creí un dios. Le debía muchas explicaciones a todo el mundo. Fui… obligado a ayudar en la reconstrucción. –se miran.- No podía hacer nada por ti. No se me permitía. –suena suplicante. Se estremece bajo la mirada brillante del rubio, toda la decepción y desaprobación visible en ella. Eso le hería de una manera atroz. Dean le juzgaba. Dean le encontraba culpable. Dean le castigaba. Y la verdad es que era insoportable. Por un momento pensó que habría sido preferible fallarle a toda la Creación que aquel hombre de corazón torturado.

   -Entiendo. Todo queda claro… -susurra finalmente. Rígido abre el auto, arroja sus cosas. Sin mirarle.- Cass… -el antiguo apodo le pega, le mira, suplicante aún.- Sigue con tu misión. Tengo la mía propia. No te molestaré más… Y no me busques. –finaliza, mirando sobre el techo del vehículo, a la noche.

   No nota que al ángel, a sus espaldas, parece que se le rompe el corazón.

……

DEAN AND BENNY

   Dean y su vampiro; lo dicho, demasiados hombres en una serie.

CONTINÚA … 4

Julio César.

AGALLUDOS

junio 7, 2015

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junio 7, 2015

¿OTRA DE HALLOWEEN?

LA DAMA Y SUS AMORES

   ¿No sería una gran sorpresa?

   La imagen es divertida y no tiene desperdicios, y me hizo recordar algo que me contaba un amigo, Rafael, de su abuela, antes de que abandonara este mundo. Como era muy mayor, se sentaba en la puerta de su casa, como se hacía antes de esta ola de violencia demencial, y a veces pasaba alguien que exclamaba: “Antonia, ¿pero tú todavía estás viva?”. Eso siempre le hacía reír, y confieso que a mí también. Imagino que a ella no mucho. Siempre le decía a la doñita: “Señora Antonia, publique un anuncio en el periódico que diga: para quienes pueda interesar, Antonia Mendoza sigue viva”.

   En cuanto a las cosas de la red, es cierto. No suelo entrar, ni jugar con eso, no tengo paciencia. Ni tanto ego. Pero he visto páginas de amigos con fotografías de antaño. Curiosamente más de hombres que de mujeres. Estas no usan una nueva, nueva, pero tampoco tan antiguas. Aunque viéndolo bien, sería una buena manera de llevar la cuenta. Cuando era muchacho, leía La Voz de Guarenas (se llamaba así), únicamente para ver si había muerto alguien que yo conociera. ¿No es extraña la gente? Con las páginas sociales será más fácil. Aunque ahora no quiero escuchar malas noticias.

ESCUCHANDO CUENTOS

Julio César.

DE SEMINARIOS Y PARADIGMAS… 2

junio 7, 2015

DE SEMINARIOS Y PARADIGMAS

SEXY EN SUSPENSORIO, ATADO Y SOMETIDO 3

   Sobre la colchoneta, Jiménez se agita, está inmovilizado, todos sus compañeros de trabajo trotan a su alrededor, todos los ojos clavados sobre su masculina figura atada y amordazada. ¡Esto no podía estar pasando!, se decía, luchando por soltar sus manos y piernas. Él era un hombre casado, padre de familia, amigo de muchos de esos carajos que ahora las tenían duras, y algo mojadas, mirando sus nalgas, deseándole. Corren y sudan, y es Pablo Correa, su asistente en el departamento de embotellado, un chiquillo flojo, quien sigue trotando un poco más, después de que los otros se agotan. “Bien, Correa”, Jiménez oye al instructor, “cómo ganador tiene el derecho de estrenar a la perra”. Y aterrorizado, viéndole la mole bajo el suspensorio alzado, Jiménez ve la sonrisa de codicia y orgullo de su asistente inútil.

SEXY EN SUSPENSORIO, ATADO Y SOMETIDO 4

   Se revolvió al sentir sus manos calientes y mojadas tocando y metiéndose, tanteando. “Tiene un olor raro”, le oyó decir, frunciendo el ceño, ¿olería a culo sin lavar?, se preguntó Jiménez. El instructor responde: “es el olor de un coño en celo”, esas palabras provocan risitas en el grupo que mira, y un jadeo de Correa. “¿Sientes cómo te tiembla y se te pone más caliente mientras lo aspiras?”, oye la pregunta del tipo. “Coño, si, sé que no debo, pero casi me parece que podría meter la lengua, así de bueno huele”. “Cierto, es el olor de un calienta braguetas, todos podemos sentirlo. Los hombres, me refiero. Te apuesto que por dentro está todo mojado, caliente y desesperado”, oye al instructor, y sabe que son sus manos, firmes, las que separa sus nalgas. Hay un tenso silencio. Y su frente se frunce alarmado. Algo liso, esponjoso y tibio se pega de su tensa e inocente piel virgen.

CONTINÚA … 3

Julio César.  

JLO, AÑOS Y SENSUALIDAD SEÑALADA

junio 7, 2015

JLO, UNA SEXY TIGRITA

   Toda una tigresa…

   Leyendo una corta nota sobre la rabia que la hermosa Jennifer López agarró al ver unas fotos de ella, no retocadas, y sin sus supuestas ayudita anti arrugas, me reí. La barrera de los cuarenta es difícil para todos, sin embargo está allí y los cambios llegan, es una ley natural; pero la verdad es que la mujer se ve bella. Damas menores a ella, no pueden hacer semejante alarde. Malo, malo, sería que la carismática latina se amargara por semejante tontería. El tiempo pasa, inevitablemente. Dicen que por ello es que Brad Pitt y Angelina Jolie están pensando dejar la gran pantalla, dedicándose únicamente a dirigir. Desean que sus legados de “hermosos”, perdure en la memoria de sus fans. Y por una parte me parece bien (ay, Dios, el pobre Mark Hamill), pero por otra sería una lástima que se pierda la gracia y picardía de la señora Jolie.

JLO CUARENTONA

   Bien, buscando sobre las fulanas fotos no retocadas, encontré una noticia donde hablaban del éxito arrollador que la cantante alcanzó a finales de Mayo en Rabat, Marruecos. Vi un video y se ve sensacional. Según todas las notas, el público enloqueció con ella, había talento y sensualidad… de una mujer entrada en los cuarenta. Eso es lo importante.

   Aunque por ahí leí que hubo un ministro marroquí, el de Comunicación, Mustafá Al Jalfi, que criticó el acto, demasiado cargado de erotismo ara su gusto. Aparentemente sostuvo que semejante actuación no debió ser transmitida por la televisora pública. Creo que son musulmanes, eso podría explicarlo todo. El hombre no la criticó directamente a ella, lo que me parece bien, pero le pareció que todo el show no era apropiado para semejante cobertura. Que pueda parecer pacato, y me lo parece, el público joven y no tanto de Marruecos merece conocer a Jennifer López, si lo desean (si sienten que va en contra de lo que creen, no van y punto), la manera de actuar del ministro es medio loable. No condena a la bella mujer que canta, baila y muestra su esplendida figura, critica el concepto, por lo que puede aplicarse a cualquiera. Lamentablemente, políticos al fin, aparentemente al presidente del país, Abdelilah Benkirán, no le pareció bien quedarse atrás y pide sanciones contra la televisora. Ya caemos en la censura a los medios.

   En fin, me parece que JLo debe ir aceptando que el tiempo pasa y preparase mentalmente para ello, intentando parecerse más a una Meryl Streep y no a una Hillary Clinton, aunque a esta se le podría achacar la acabada por culpa del marido que le tocó (renglón donde la señorita JLo, cojea también). Todos vamos a envejecer, y la locura de la cirugía ha destruido a demasiada gente, de muy fea manera, como para que se le tome a la ligera. Que siga bailando y cantando, que ría y la pase bien. Se le sigue queriendo.

Julio César.

NOTA: Por cierto, buscando sobre ella entré a una entrada mía, JENNIFER LOPEZ, QUÉ VACILÓN, cosa que me hizo reír, sobre un video que realizó el año pasado, también cargado de sensualidad… que me habían borrado. Lo subí de nuevo, carajo.

FAMA Y EQUIPO GANADOR

junio 7, 2015

¿SACRIFICIO?

COMICS FUCK GAY

   Todo lo bueno para el triunfador.

   Desde que contrató a esa agencia que su representante le indicó, el famoso atleta vivía en la gloria con el grupo de guardaespaldas que le tocó. Esos hombres grandes, fuertes, hermosos y calientes atendían todas sus necesidades. Todas. No había apetito que no le saciaran entusiastas. Como por ejemplo, al ir a la playa. Como el sol le quema, le aplican una espesa y abundante capa de esperma. Si tiene sed, se encargan de llenarle la copa y bebe lo que más le ama. Como la playa le da hambre, uno a uno se turnan para darle de comer gruesas carnes. Y todavía le faltaban algunos platillos a probar. Si, quien llega, se queda. Y no es para menos, ¿quién no quisiera esos privilegios?

CHICOS, AUTOS Y POLLAS

Julio César.